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                    <text>LA P L U :t,.I A
Vano empeño sería pretender reflejar en unas cuantas cuartillas al vuelo la,
agudeza de don Ramón, las sugestiones que conthuamente despierta en la conversación corriente, la naturalidad de su pose.
Del retrato de Anselmo Miguel Nieto, varias veces reproducido en periódicos y revistas gráficas, inspirado en la devoción de Valle al Tiziano, a los
Echevarrías de ahora, pintura fiel de la teatralidad cotidiana de don Ramón~
transcurren precisamente los años de madurez y lozanía en que se halla. Dolíase no ha mucho Luis Araquistain de la pérdida que significa para la literatura española contemporánea la falta de un constante anotado, de los hechos
y dichos de don Ramón del Valle-Inclán.'Es verdad. Prometo, en lo que pueda
caberme de esa re-sponsabilidad, la enmienda. Valgan estas cuartillas por la
intención de señalar no más la vena inagotable de una historia fidedigna de
la vida literaria de nuestro tiempo.
En ella cabrá cuaato el espacio y la memoria nos niegan ahora. Ni apuntar
siquiera hemos podido algunos aspectos interesantísimos de la persona de doa
Ramón: el diletlante de ocultismo, el fumador de cáñamo índico, el político, su
ars amandi, en fin, merec~n la atención prolija que me propongo consagrarle
en las temporadas que a6.n nos es dado a sus amigos madrileños disfrutar de su
compañía, cuando para preparar la impresión de un libro nuevo, viene del casal gaJlego, donde, con su mujer y sus cuatro hijos, vive ahora lo más del año.
en las tierras de un antiguo señorío de su familia.
C. R.C.

( • ... todas las tardes, de seis a ocho y media, puede verse a don Ramón en
una mesa ante el café Regín11, en la encrucijada ele ese bullicioso centro de Madrid, llamado la calle de Alcalá- -donde tiene su corte literaria, como no ha
habido otra desde que Goldsmith y Boswel se reunían en torno de nuestrn Samuel Johnson. El mundo literario español se reúne en torno suyo: novelistas y
dramaturgos, poetas y editores, «poetas menores• y periodistas, vendedores de
periódicos, mendigos callejeros y las Cármen~s de la¡localidad. Muy excitados,
discuten allí los negocios de Estado, la literatura internacional, el Neo-Platonismo y la Inmaculada Concepción. Los poetas recitan versos en alta voz, con.
el ruidoso acompañamiento del estrépito callejero. Los vendedores de cigarrillos interrumpen los acalorados discursos con la oferta de su mercancía.
Don Ramón se pone en pie. Con su única mano se peina las barbas desmalazadas. Como chispas eléctricas brilla el ingenio. Tal es la «tertulia», como ellos
la llaman, de los literatos españoles.•)

96

AÑO IV.

'

MADRID, FEBRERO 1925

1

NÚM. 53.

LA QUINTA DE PALMYRA
,.

I
DESCRIPCIÓN DE LA QUINTA

había una alta tapia cubierta de musgo pardo como
s1 llevase a sus hombros una capa de terciopelo . La
puerta era una enorme puerta en cuyas dos col
'
1
umnas po.
'-•·
·~ . ma: en a de la izquierda QUINTA v en la d l d
h
PALM
.
, e a erec a DE
YRA con su particular ortografía portuo-uesa Sob
1
1
n
d
o
·
re as co urnas se estacaban los dos jarrones tradicionales.
RI~fERO

t

Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el pala ..
pero se le entreveía en el fondo recibiendo los
.
c10,
puerta central l
,
.
cammos en su
,
, ª. a qu~ se sub1a por una suntuosa e~qalinata. '
Era un palac10 clanto y triste. En los copones de sus esq .
estaba depositada el agua de las lluvias antio-uas
umas
de las lágrimas del cielo.
º ' como reservorio
En el centro, sobre el ángulo de la frente de 1
atribnto d . .
h b'
a casa, como
ivmo, . a ia una diosa pagana que recogía su túnica sobre las bellas piernas. Era de piedra y tenía los colores variados
VII
97

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
elos ue hace la lluvia en el mármol como si
del tiempo y los ~oyu
. q había bañado a aquella mujer!
fuese el mar. ¡Cuanta lluvia
l
lo que de picudo tienen los
Quitaba aquella escultura a a casa
tejados en forma de toca.
1
h'meneas hacen tanto bien a
En señal de gratitud, ~a que ads \~rtuo-al aquellas de la quinta
todas las chimeneas e
o ,
la casa, como
.
en alo-o más que en chimeneas y paestaban elevadas y convertidas 1
º, con pretensión de ser alguna
vástagos de a casa
recían palornares,
· 11 · del prado.
. t· as nuevas casas mas a a
t
vez casas au en ic ,
'fi os que se preparasen en
·
pesinos v mao-m c
En los gmsos cam
. 11 . . l sº chimeneas artísticas de alar.
tenían que m uir a
d l
aquella cocina
d
alida al humo e as
gada y ancha rendija, muy bocona para ar s
o-randes cazuelas.
h b'a i'ncrustados unos cuanº
l
ho de la casa a 1
En un lado de pee
t
ses en que parece desnutos azulejos azules, de esos tan por ugue
bes que aún no han
.
1
. • lavado con nu
barrarse un cielo azu recten
,
han endulzado el cielo
acabado de destrizarse, nubes buenas que
con sus azucarillos.
11 . n día hecmoso y un
.
t ueses en que se re eJa u
Esos azuleJOS por ug
d l
I c1·0 de Palmyra, palab 1 fachadas e Pª
pozo mojado decora an as
l
l' deliciosa como lo es el vino
cio de melancolía antigua, me aneo ia

ª

viejo.
. antiguo había en_ los ladrillos azulencos
¡Qué reflejo de un d1a
y optimistas!...

.
.
. imulo en sus junturas se comEntre todos esos azuleJOS sm d~s
t d por los vientos y por
ponía una viñeta marina, un nav10 azo a o

la tempestad.
1.
que suele haber siempre en las
Ya esos cuadros de azu eJos_
. s azules a través de lágrifachadas portuguesas ponen lágmnas, OJO
mas, en el aspecto de las casas.

¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? ¿El día inaugural y feliz de la casita?
El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos.
azulosados.
A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.
A un lado, en lo alto, tenía una espadaña con su campanita para
pedir auxilio.
Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba
cerrado por una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas
en lo alto miraban a través de sus cristalitos, ventanas encarnadas
desde las· que el mar se veía un confín más allá, un escalón más abajo del escalón visible del horizonte.
Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos
de fina batista con ondulado cmusou. La ropa blanca de los balcones
siempre estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de J¡i
casa encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.
Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de
mujer pulcra que huele al alba pura de la ropa blanca muy bien
lavada y oreada.
Irían bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos
visillos su gran presentación rizada y atirabuzonada.
En el jardín se encontraban cenadores, mesas de piedra, bancos de parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque
chiquitín al que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño
sentado en unas peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen
conchas peregrinas.
El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía
mucho cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, aquel refugio de segura intimidad.
99

�LA PLUMA
LA PLUMA

En aquel rincón de Portugal, junto al puebl~cito de ~~dantes, la
paz del mundo era regia y aquella quinta respiraba felicidad y sosiego.
.,
. .
. ,
Todo el paisaje ayudaba a esa sensac10n, un paisaje de mngun
lado del mundo, paisaje de los cuadros que tienen el reloj en una
torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de es~s
bes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendi:entos dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el
tren del tiempo.
,
_
Serán esas nubes como humo que no se deshara hasta la manana s1· 0a m·ente, en esa hora disolvente del alba que puede con todo.
..
La quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaJ~;
pero después se veían muchos hotelitos, ~~telitos trazados por ~l la. d e1 capnc
· ho , hotelitos felices que se h1c1eron con la _ventana
ideal
p1z
,
, .
en el sitio estratégico de la pared y en la forma que senalo con lap1z
el mismo propietario.
Eran hoteles para el verano.
Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente constru~~ un
hotel y recién construido pierde la felicidad o escoge otro sitio o
· que nadi·e se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!
muere sin
. ,
·Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener 1magenes c:en tanto tiempo y qué consol&amp;s carcomidas no habrá en el fondo
de esos hotelitos?
Se destacaban los torreones, esos torreones inútile~ en los que no
h ay nunca Un vi ocría , hechos en balde para que no subiese nunca na-l
die, torreones orgullosos a los que sólo subía el dueño de la casa e
día de la inauguración.
Miraban sus propios cristales a sitios distintos, con visión de
horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de
distinto color.

I

¡Qué pena los torreones inútiles!
Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias
próximas ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa
en que daba la casualidad que no se había afincado nadie.
Del pueblo próximo y para ver el célebre faro que se levantaba
en aquel paraje iban gentes que querían pasar un rato allí y se
sentaban a tomar algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una
bella niña de ojos azules que indudablemente nació en el faro, como
sueño de las olas y la noche.
Se prosucía en aquel paraje una de esas entradas ~n que el mar
vive tranquilo y lame la costa.
En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el
mar en otros sitios parece que descansa y añade también a todo el
paisaje una emoción más de serenidad manifiesta.
También venía aquí a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas
de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos
siglos de labor.
Su lengua más vieja, su verbo más usado, era la que se hospedaba y se reponía allí.

II
INTERIOR DE LA QUINTA

En el interior de la Quinta de Pa!inyra todo eso se remansaba
más Y la~ humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cnstal tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña
de cristal que tiene la tapadera.
Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, Y por eso se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la
conversación.

100
101

�LA PLUMA
En el centro de los grandes salones había asientos como esos de
los Museos, que dan toda una vuelta alrededor del rollo del respaldo. Sobre el pináculo del respaldo se erigía una estatua que unas veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.
Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidos
de conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.
Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de
mapa, se alzaban sobre muebles confidentes.
Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas
de las habitaciones, resguardándose en las esquinas, como dejando
sitio para el paso y disfrutando una vida disimulada y pacífica.
Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo, estaban ellos.
Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.
Tan c,pulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo
así como una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.
Se vivía en el cuajo ele las habitaciones, en sus mejores rincones,
lejos de su decorado y aceptándolo como un incontable alicieote.
En aquel conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una
sorpresa cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en
cera y pelo de los antepasados, y otro un relicario apenas visto.
Casa llena de caracoles como adorno de todo pie de consola o
toda mesa libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se componía entre unos y otros. Estando muy atento
se oía otro rumor que no era el del mar lejano, una especie de ruido
de oídos de los caracoles.
102

LA PLUMA
Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y ultraterrestre.
Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como
para no recibir a nadie, y, sin embargo, para recibir a alguien. Había
numeroso¡ despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.
La quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus
persianas estaban entregados a un duerme vela constante.
Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter de Semana Santa, cuando toda imagen santa se envuelve en un
paño morado.
Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el
sitio predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en
1as que no se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de
roca, las pulseras eran como griUetes para la prisionera de la riqueza
Pero en este interior lo importante es la sombra de los rincones,
la sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron
e~tar nunca Y que son los que hubieran llenado la soledad del palac10, seres excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos
que hubieran conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía telas de sombra en las esquinas de las habitaciones
de la quinta.
Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el
dulce estrago de la quinta, y casi todos habían acabado viviendo en
Lisb?a o en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la
p~op1edad Y edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, la habito hasta el día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, la
103

�LA PLUMA
única descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el
dulce retiro, tomar buena .cuenta de todas las cosas en aquel dulce
paraje, oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la
ciudad. Era Palmyra el alma flotante de la quinta, la que la hacía
apetecible y conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la avenida que paraba a la puerta de la casa.
En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas
sembradas en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá
otra, tenía un prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que
vivía año tras año en la quinta ideal.
Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño
de sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos
ojos negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que
se podrían llamar mordores.
Su voz tenía la suavidad infantil que la da el portugués.
No es que mezclase en sus palabras eses andaluzas, ni ces con
zedilla, sino equis, muchas x x x x intercaladas entre las palabras,
dándolas exquisitez y dulzor.
Palmyra era un dechado de dulzura y equis. Todo lo sugería y lo
preguntaba al mismo tiempo, todo lo daba vaguedad y dejaba que
pudiese ser de otro modo, como el varón quiricoz.
Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana
que daba amor por ella, y después la gustaba salir con los brazos
desnudos, los brazos que amarilleaban y se ponían cárdenos de frio !encía, y no quejarse. nunca. Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el cierre de la toquilla.
Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más
tibio y cándido, el nido blando que mecían.
104

LA PLUMA
La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. Era una cubierta de lienzo del que usan para las velas de los
barcos, y en ella una aguja paciente había bordado debajo de un
precioso papagayo verde:
Papagais da péna verde
Naó venhas ao meujardzm
todas as penas se acaban.
Scf as mz'nhas nao tém fim.

_¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país,
el mmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía
aquella voz excepcional, pulida, como por haber cantado mucho.
Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las
palmeras y el mar, como un escarpado, como un ancho patio.
Sobre todo, a las horas de tedio estaba acodada sobre el alféizar
de la ventana más bonita y desde la que se le veía recostada sobre
el mar, coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas
de los vagones, que la amplia marina que se destacaba por encima
Y a los lados
. del trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar
como pomendo las ventanillas en blanco, era de lo más particular de
aquella visión del tren sobre la costa, lo que montaba el mar era un
aderezo contrastante.
)

El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed
e~erna con cerveza salada y fresca, encaperuzada por espuma de
meve.
La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en la dentición perpetua, se calmaba con el mar.
Da_ba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que
la hab1a dado su madre a ella. Cada ola que se rompía era una medida

�LA PLUMA
de agua fresca que la echaban sobre la cabeza, se rompía sobre su
espíritu cada ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.
¡Cuánt&amp;.s conchas de agua vertidas sobre el agua!
Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros,
son los que añaden vida a la vida.
Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas.
¿Las quería? ¿Las odiaba?
¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más
lejos!
Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela,
de su muerte.
Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la ii;iquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad,
que sonríen aun los días más duros.
Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en
medio de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza
y ese optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de
luna pareciese como recortada luz del sol en el paraje de las playas.
Palmyra apenas salía de esa contemplación, y veía venir y alejarse los trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les
deja andar más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enredase.
¡Oh, pero tanto la magnífica soledad de la quinta como la frialdad del mar, la hacían necesitar del amor como única reacción contra
aquellas dos grandes influencias.

LA PLUMA
III
ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA

Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el
tiempo pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó
que eso se debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se dejó seducir por ese joven español que está a su lado,
Armando Vivar, que se hacía tener por un aristócrata español y vivía
en el palacio desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, recibiendo en sus brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del paisaje.
Armando era un huido de España no se sabe por qué misteriosos
asuntos. Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un ribete de plata en las sienes.
Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de charol mientras habla.
-¿Y tus posesiones de la India, cómo son?-preguntaba con visible entusiasmo.
-Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento
a su desembocadura,
-¿Y hay grandes árboles, de esos inmensos?
-Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los
indígenas casa para tres familias ...
A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en que el hombre pregunta como un niño ávido.
Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su
axila y depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.

106
107

I

�LA PLUMA
LA PLUMA
Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda
seguro de la quinta.
Ella se adornaba mucho para él, para retenerle.
Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban a la
luz del sol de la tarde, cuando se acercaban a las dulces ventanas con
singular encanto.
Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz
movibles a cualquier gesto de su cabeza.
Armando miraba esa animación viva que ponían sobre la pared
esos espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar la tarde a
fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más próxima la
caja de puros con su orla de fina puntilla y con un caballero de
grandes bigotes, medallas de oro y sortijas; en el reverso de la tapadera un caballero de tipo español enriquecido, pureador como un
rey, con placidez de gran tendero en la expresión. Eran esos gran-·
des señores de Partagás, o Bravo, o Gómez, grandes amigotes de su
soledad, retratos de parientes bonachones de gran bigote.
La nudosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La
quinta entera estaha llena de humo a la tarde, como si hubiese entrado en las habitaciones el humo de la cocina.
Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía
en su muralla, buscaba esa manera que tiene el humo de tabaco de
cortar la respiración de las mujeres.
Le hablaba muchas veces sin que éi escuchase, distraído en especulaciones ingenuas. Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los
muebles le reconvenían. «¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación.» Y las cornucopias le dirigían miradas
atroces.
El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta.
108

Era la hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches
como en barcas por los lagos del paisaje portugués.
Armando subía a aquel coche un poco convencido por el paseo.
Iban en el coche por la orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra en forma de escamas que parecen las
cabezas encucuruchadas de unos dragones escamados.
Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recorda\(oes»,
«Corbeille de fleurs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bellamar», «El ribazo», «Vasco», «Ermida», «El mirador», «Mascota»,
«Ribereña» y numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres
quizá muertas en su mayor parte, alguna con la placa del nombre a
medio desprender.
Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.
Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballo
desconocido por si se hacía el dueño.
No podía haber mejor ladrón de su casa que el que se sentase
amistosamente en su gabinete.
Los pasos a nivel con su camino de tragedia. Siempre recordaba
aquel coche de carTeras atropellado por la máquina.
Esos grupos de hombres después del trabajo que juegan a estar
borrachos en la p11erta de las tabernas. Parece que por lo menos van
a tirar un corcho al coche que pasa.
Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados
tules de perfumes, sus grises ráfagas.
Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea
apretándola el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera,
como intentando volver a la mujer a su primitiva injertación en el
costillar derecho.
-¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador

�LA PLUMA
paisaje, o quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras
mujeres?
Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado
&lt;¡ue da vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:
-No digas tonterías ...
Y, sin embargo, se tenía _q ue conmover ante aquel paisaje y
aquella mujer.
Los dos caballos, bien amaestradcs por los antiguos cocheros de
la casa, componían esa cuarteta del paso bien pezuñeado, que da al
camino aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos caballos.
Había siempre muchos humos en el paisaje.
Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena
tarde. Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran humos del ara.
Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más
.asiento que en ningún lado del mundo. Era aquel un rincón inmóvil de felicidad.
«Este será-pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en un rincón-el último refugio de la felicidad; será donde más tarde en apagarse.»
Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran
red, bastas con que la gran red estaba atada al mar.
Sin poder creer que aquellas fuesen barcas, considerando que
eran boyas, preguntaba Palmyra:
-¿Son barcas?
-Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan para pescar más ... Sacan el vivo dinero con que vivir los días
malos.
-Que nunca les llega para zapatos ...
l!O

LA PLUMA
-~fonca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del
pie nunca necesita medias suelas.»
A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuese el abrelibros del cielo y del mar.
Sí, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de los cortapapeles el
cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás, las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate el tiempo esfoliándolo. ·
Entonces volvían apresuradamente, nadando el camino los caballos con braceo más enérgico.
El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las quy se ha
comido el color la luz, y en los que se hace un borde así, una huella insubsanable.
El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando
en la habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.

IV
LAS VISITAS

Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los
pocos hoteles con gente.
Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba la soledad. Entraban en la quinta con una zalamería de gentes que temen que les echen y las exijan el silencio.
Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se esplayaba entre
los moradores de la quinta y los recién llegados.
Los recién llegados.-Venimos a tener en ratito de conversa,ción... Déjennos ustedes tenerla...
l lI

�LA PLUMA
Los moradores.-Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?
Los recién llegados.-De nada... De esas cosas que se cazan al
vuelo de lo que sino se hablase la vida sería demasiado importante...
Pequeñeces.
Los moradores.-Hágannos ustedes el programa.
Los recién llegados.-No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, surgen las palabras ...
Los moradores.-Con que nos digan cualquier cosa de las que
pasan por el camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!
Los recién llegados.-No ... Intentaremos hablar de todo antes de
ocuparnos de eso ...
Los moradores.-También nosotros estamos deseando la conver:sación trivial.
Los recién llegados.-Pues no perdamos tiempo.
Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.

Entre los q~e iban con más constancia figuraban doña Manolita►
don Vasco y una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se
llamaba Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo
gran importancia social en España y se había metido allí para
~emp~
.
Doña Manolita era una viejecita española que apenas tema para
vivir, y que agradecía con locura los tes de Palmyra.
.
Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llov1a mucho
y llegaba toda chorreosa y brillante de lluvia.
Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo
trayendo sus manos frías para calentarlas urgentemente.
.
Su sombrero de luto con gran pena colgado del perchero, poma
de luto toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la

LA PLUMA
angustiaba la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber
para estorbarla.
Pero sobre todo su sombrero en la percha ponía en la casa, la
añadía gran pena.
Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba de luto, no enlutaba la casa. ¡Encojía, dobladillaba, guardaba tanto su manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había que dejar
ocupando un sitio de la casa ajena!
La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar,
y se iba derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecí~.
No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, de hacia
dónde caía su pueblo.
En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado asomada al mostrador de una tienda dé especias. Tenía los lentes de la que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus
colonos.
Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa
era, pero sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de
la humanidad.
Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun
siendo un buen clima el portugués convenía ensamblarse con la
moda y dar al invierno lo que es del invierno. Su sombrero de pajilla fina, machucada, de estar rizado siempre en la horquilla del perchero.
A la servidumbre, a la gente del pueblo los trataba con ese aire
c0lonizador que tienen los ingleses.
No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de
pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras fue-

II2

VIII
Il3

�LA PLUMA
sen superiores a le moneda de los país11s que -visitaban y adquirían
en seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.
La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un
imperio de pantera que, aun vieja, debe a su fiereza el ser.
Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor
que estuvo en la China y que tenía la casa llena de cosas chinescas.
Recordaba unos días mejores que aquellos con un amarillo más
puro.
Pero lo que ocultaba a todo el mundo, lo que le martirizaba, es
que tenía allí un hijo más chino que europeo y le daba miedo traerlo,
y sin embargo lo necesitaba a su lado.
Sólo le iba a vender su secreto cuando enseñaba con demasiada
deleitación una figurilla china.
RAMÓN GóM!:Z DE LA SERNA.

(Se continuará.)

LIENZOS DEL CREPÚSCULO
ARIA
CJJerás cuando el cSol se vaya
como te acaricia el mar.
.Ca .Cuna sobre la playa
vuelve contigo a soñar.
.Ca ola besando a la nave
Y tú mirando a la nube;
cuando la tarde se acabe
verás la estrella que sub~.
CJJerás la estrella subiendo
por la espuma de la escala
-toda blanca-floreciendo
como los lirios de un ala .
.Ca .Cuna-callada y sola
vuelve contigo a soñar,
Y tu alma se irá en la ola
sobre el piano del mar.

114

IIS

�LA PLUMA
ESTAMPA

'llna luna de lirio
en un cielo violeta.
'Ya tu silueta blanca
no ilumina la senda.
:Pasa el tren como un triste
mendigo hacia la aldea.
.Los pañuelos del humo
me dicen "adiós" -cerca.
.te. esquila desvelada
llora junto a la era.
/;sta noche se ha puesto
más triste mi tristeza.
'Ya tu silueta blanca
se hizo nube de ausencia.
'llna luna de lirio
por un cielo violeta.
ERNESTO LóPEZ-PARRA.

RAMÓN PÉREZ DE A Y ALA (i&gt;
Hugo, que no conocía España, aunque creía conocerla,
habla en uno de sus poemas de «mes Espagnes», en plural.
Quizá lo más exacto que ha dicho sobre nuestro país. Los
antiguos reinos cortados en artificiales provincias por los teorizantes de Cádiz, viven todavía, si no en los papeles oficiales, con la
vida fecunda de la naturaleza y del espíritu. El genio de España es hoy
tan compuesto como siempre, y para comprenderlo hemos de aprender
a observar en él la intensidad, la seriedad y la ingenua «gaucherie» del
Vasco, el intelectualismo y el talento imitativo del Catalán, el sentido de
la elocuencia y de la forma que distingue al Valenciano, la grácil y a
veces significativa espontaneidad del Andaluz, la inspiración seca y cálida de Castilla, la fuerza primitiva de Aragón, la dulzura lírica ¡de Galicia, y ese encanto indefinible que hace de Asturias un reino aparte entre
los reinos de España.
Asturias, la más pequeña de las Españas, se extiende como una
transacción entre la cadena cantábrica y el mar, uniendo los dos irreconciliables opuestos por medio de un ingenioso sistema de valles. Montañas, valles y mar, junto con esa suave y delicada atmósfera de que gozan las comarcas complejas en los climas moderados, son los elementos
formativos del carácter asturiano, y así hallamos entre la gente asturiaÍCTOR

( 1) Capítulo del libro Semblamsas liter•rias españolas, de fpróxima publicación.
116

117

�LA PLUMA

LA PLUMA
na una noble actitud, una elevación de miras, que por los ojos, hechos
a la montaña, va calando lentamente hasta el alma de los montañeses;
una sagacidad, una penetración y una intuición psicológica que la fantasía quisiera atribuir al ejemplo omnipresente e insinuante de sus tortuosos valles; y un espíritu generoso, universal y abierto como el mar,
cualidades todas que explican que la nación asturiana se distinga entre las
demás de la península por su genio político. Y no paran aquí sus cualidades típicas. Porque la suave atmóstera de su pequeña patria parece
reflejarse en su carácter, dándole cierta sutileza, cierto sentido del matiz, una delicadeza de mano y un poder de sugestión que hacen de los
asturianos los Españoles más ricos en cualidades de distinción intelectual.
No es excesivo decir que el carácter asturiano. ~s en cierto modo antitético del carácter del resto de España. Mientras España es ante todo
creadora y sobresale por su genio, Asturias más bien crítica y su don
distintivo es el talento. Asturias es, pues, consciente, y en este sentido,
el más hondo, es sin duda el más europeo de los reinos españoles. Cierto que para las más de las gentes, parece ocupar este lugar Cataluña,
representante oficial en España de la civilización y del progreso europeos.
Para mí, sin embargo, esta opinión se apoya en una observación externa y superficial. El genio de Cataluña es ante todo imitativo y formal y
su carácter esencialmente conservador. Cataluña se esfuerza en ser Europa, mientras que Asturias quiere ser Asturias, y esto es mucho más
europeo que aquello. Así se explica que los Asturianos hayan estado
siempre en la vanguardia del progreso político de la Península. En
Asturias halla Carlos III sus estadistas; de Asturias vienen hoy todavía
los Españoles más útiles para la labor llamada de europeización. Esta
pequeña España en cuyo territorio comenzó la reconquista-reafirmación de Europa frente al Africa y al Asi~ en las tierras de la Península
Ibérica, frontera espiritual de los tres continentes-es todavía el baluarte
áel espíritu europeo en el más. oriental de los países occidentales.

Don Ramón Pérez de Ayala es sin disputa el escritor más distinguido
que la España de hoy debe a Asturias. Aunque_ jove~, no ~s precisamente un principiante, ya que cuenta en su act1:o seis vol~~enes de
novelas (r) y tres de versos, amén de numerosos bb~os de c:1~1ca y ensayos varios. Figura de viso en las letras cont~mporaneas, cnt'.co agudo,
fino poeta, buen novelista, curioso lector ~e bt~ratu'.a extran!era, el señor Ayala es un asturiano típico por la actitud mtehgente e ~ntelectual
que distingue sus escritos. Hombre culto, moder?o humanista, posee
un sentido sintético de la historia y una comprensión serena del mundo
y de la vida. Su actitud favorita es la del espectador. A buen seguro que
no es indiferente al aspecto ético de la literatura ni frío en sus sentimientos humanos. Pero su fin no es tanto el juzgar, ni el sentir, como
el comprender. No se apoya su crítica en preferencia alguna por es~uela, cultura, nación, religión o raza. Su espíritu SJ! abre a todos los vientos y es transparente para todas las luces que emanan de la realidad.
Buen europeo en su amplia comprensión de los valores intelectuales que
en el curso de la historia han ido formando nuestro continente, buen
· español en su sensibilidad para las voces de Oriente, como para las auras de nueva vida que llegan a Europa a través del Atlántico, no le estorban las férreas trabas del dogma católico que tanto limitaron los movimientos del gran Menéndez y Pelayo; pero se halla aún más libre si
cabe de ese deplorable racionalismo que ha hecho estéril en nuestro siglo x1x a tanto excelente intelecto. Halla su gusto raíces en la verdad y
en la naturaleza humana, y refinamiento en su familiaridad con los grandes maestros europeos.
Esta crítica, la verdadera, viene a reducirse al cotejo del arte con la
vida, y en último término reposa sobre la psicología. Ayala es un psicólogo consumado, escritor nunca tan feliz como cuando, dejándose ir
por su pendiente natural, analiza los fondos psicológicos de obras, personas y sucesos. Al estudio de los motivos prefiere la exploración de las
oscuras regiones ~n que se ocultan los manantiales de la emoción. Nu(1) Escrito antes de la publicación de las dos últimas novelas de Ayala.

* * *

�LA PLUMA

LA PLUMA
merosas son las páginas en que ha anotado con mano maestra los delicados movimientos del alma batida de aquí y de allá en la indefinida
zona fronteriza entre la risa y el llanto.
La observación es la base de la psicología, y Pérez de Ayala es buen
observador. Hay un tipo de observación, frecuente en los genios creadores, que consiste en una contemplación tranquila, casi pasiva, durante la cual se empapa el alma de impresiones casi inconscientemente y
como por absorción. Tal no es el modo como observa Péréz de Ayala,
sino más bien por una atención penetrante y aguda que no debe tanto
al estímulo directo de la realidad como a la sensibilidad intelectual de una
mente rica en ideas que a la menor provocación da generosa mies de
pensamiento. De aquí el carácter especial de su labor crítica, que no
aparece construida con aparato lógico, sino más bien vertida en líquida
vena de ideas. No se entienda, sin embargo, que le falta a Ayala vigor
dialéctico. Muy por el contrario, debe a su origen asturiano un intelecto
de excelente acero, que los Jesuitas, sus maestros, se cuidaron de afilar,
bien ajenos de que serían los primeros en padecer bajo su temible filo .
Sus ensayos, sus novelas y hasta sus mismos versos dan fe de su afición
a la dialéctica. Pero el espíritu dialéctico no es precisamente el más lógico y constructivo, y así Ayala parece preferir la flúida atmósfera del
essay ingléi; al plan claro y definido de la étude francesa.
Esta fluidez de sus ensayos, que parecen a veces la taquigrafía de sus
meditaciones sin rumbo, se debe en parte sin duda a la prisa que hoy en
día impone a todos la prensa, sierva de un público acostumbrado a desayunarse con ideas. Muchos, si no todos, los ensayos de Ayala son en
realidad artículos de periódico. La misma desigualdad de su estilo crítico, generalmente en tono, a veces expresivo y jugoso, pero también a
veces pobre y desaliñador acusa una labor hecha sin la preparación reposada que da unidad a la contextura de las ideas y de las formas. Pero
no basta la prisa periodística para explicar este aspecto de la obra crítica
de Ayala. Hay también en su aparente desorden una actitud intelectual
y un modo de ser. Ayala observa las cosas más que las siente, y las ve
más con los ojos del intelecto que con los del alma. Su mirar es, pues,

no sintético y de posesión, sino sucesivo y de descripción, y maneja los
objetos reales con movimientos varios, como para buscar todos los efectos y todas las luces. Es, además, hombre culto, a quien gusta repensar
lo pensado por otros, y escritor de y para un pueblo que ha perdido la
tradición universitaria y en cuya literatura se mezclan, por lo tanto, las
ideas nuevas y originales con las nociones básicas establecidas en otros
pueblos como lugares comunes de la cultura. De todas estas causas resulta la abigarrada calidad de la labor crítica de Ayala.

* * *
La expresión más clara del credo y de la filosofía de Ayala está quizá
en su poesía. Hasta ahora esta poesía se halla representada por tres volúmenes-dos de los cuales aparecen fundidos en uno solo-con nombres que sugieren cierta secuencia: La paz del sendero, El smdero ínnttmeraPle, El sendero andante. Esta uniformidad de los títulos no corresponde, sin embargo, a continuidad algu.na en el asunto patente de las
poesías, pero la constancia de la palabra sendero indica la idea del avance individual por el camino de la experiencia, idea que es el verdadero
asunto interno de todos ellos. El primer volumen, La paz del smdero,
publicado en 1903, con prólogo de Rubén Darío, revela, a pesar de su
aparente sencillez aldeana, al lector asiduo de poesía nacional y extranjera. El poema inicial que da su título al libro, es una excelente adaptación a usos modernos de la añeja cuaderna vía. Observemos de pasada esta reminiscencia meramente formal del Arcipreste de Hita, antepasado literario de Ayala en más de un concepto. Mas, al lado de
este renacimiento de la vena nacional, los primeros versos de Ayala
acusan la fuerte influencia que sobre nuestro poeta ejerció Francis James. Esta influencia que se manifiesta en la actitud de Ayala para con
la naturaleza, y sobre todo, para con los animales, le lleva a una imitación que llega muy cerca de la copia, como se ve en el trozo siguiente, que es curioso cotejar con el original en que evidentemente se
inspiró:

�LA P L U ~1 A
Aquf en mi casa de campo
tengo una vieja butaca
de gutapercha; y es tan
humilde la pobre anciana,
que cuando alg(m visitante
viene a verme, no repara
en ella y me dice: -Siemp~e
tan solo, señor Ayala.
¿No se aburre sin salir?
Y yo pienso cuando marcha
que las gentes son muy frívolas,
muy soberbias y muy vanas
porque no miran siquiera
a esta valetudinaria.

LA P L U 1\1 A
ll y a une armoire a peine Juisante
Qui a entendu les voix de mes grand'
[tan tes
Qui a entendu la voix de mon grand-pere,
Qui a entendu la voix de mon pere.
A ce souvenirs l'armoire est fidele
On a tort de croire qu'elle ne sait que se
[taire,
Car je cause avec elle.

... .... ........ .... .......... ..... .....

11 est veou cbez moi bien des hommes et
(des femmes
Qui o'ont pas ero. a ces petites ames.
Et je souris que J'oo me pense seul vivant
Quand un visiteur me dit en entrant:
-Comment allez-vous, Monsieur Jammes?

Esta imitación tan directa de Francis Jammes revela más de un rasgo típico de la poesía de Pérez de Ayala. Hay en ella,_ como _en el cará~ter asturiano, cierta gracia original y extraña, cierta mgenmdad, cualidades que también se observan en Francis Jammes y explican que esta
poesía alcanzara en su tiempo en Francia un succes dt nouveauté. Llevado por una afinidad instintiva entre su propio modo de ser y lo que en
el poeta francés es quizá tan sólo una manera ment~l, Pér~z de Ayala no
supo evitar en alguno de los poemas de este su primer hbro el escollo
en que tropezó Francis Jammes-cierta afectación que ~on_stituye el ~ac?
de una poesía no exenta de peculiar encanto-. Mas s1 b1e~ co~o 1m1tador ce Francis Jammes, Pérez de Ayala era desde luego mfenor a su
modelo, el joven poeta asturiano revelaba ya en estas primicias de su labor la cualidad que había de ser su salvación-una seriedad que se manifestaba de dos modos diferentes: dominado el uno por una preocupación filosófica, casi religiosa, por la idea del Destino; otro, inspirado en
un certero instinto estético hacia la verdad de fondo y la sobriedad de
expresión. De aquí, pese a cierta gauclurú no exenta de atractivo, una
obra llena de belleza, en la que se observan ya las cualidades típicas del
122

..

estilo de Pérez de Ayala: su rico vocabulario, su sentido del valor y de
la música de las palabras; su propiedad verbal, la claridad de su golpe
de vista y la nitidez de su expresión. Estas cualidades se manifiestan en
su máxima virtud cuando Pérez de Ayala describe esos fugaces movimientos de la naturaleza que son materia tan tentadora para el artista:
... el cielo que en dedos de diamante
hila sutiles hilos de lluvia en sus mil ruecas ...
Sobre el lago del cielo arrojaron la luna
Y su claror platead&lt;) difundiendo va una
Melodía de halos. que son como aureolas
Crecientes, en un ritmo ondulante de olas.

Buen comienzo para un poeta. Y mejor todavía la foerza que sabe
elevarse a la bella sencillez de estos dos versos:
Divino peregrino,
Mi pensamiento sigue ese blanco camino.

«Mi pensamiento». Obsérvese la palabra. La poesía-dice Wordsworth-es un derrame de emoción con una subcorriente de pensamiento. En Ayala es más bien un derrame de pensamiento con una subcorriente de emoción. Y aunque en su primera obra se da una juvenil generosidad que el poeta ya maduro habrá de refrenar, ya se echan de ver
en estos versos las virtudes y los vicios inherentes a este género de poesía inversa. A su seriedad innata debe Ayala su limpieza de toda retórica.
Llega a las letras cuando los poetas españoles, huyendo de la retórica
puramente verbal de sus predecesores, parecen querer refugiarse en una
retórica de pasión; y sus veladas emociones y penetrantes ideas, cubiertas de una vestimenta verbal ajustada, que decora una gracia sobria,
casi severa, aportan a la poesía española aquel tipo de progreso que era
de esperar precisamente del genio equilibrado de Asturias. El lado flaco
de esta poesía parece ser una tendencia a enfriarse hacia lo meramente
critico. La verdadera poesía es emoción lastrada con pensamiento, pero
123

�LA PLUMA

. ,,

demasiado pensamiento o insuficiente emoción pueden impedirle alzar
el vuelo. En Ayala, el crítico puede a veces más que el poeta, y entonces su poesía cae en lo didáctico, lo anecdótico y aun lo meramente jo.coso. Esto, más en su obra madura que en la temprana.
Lo cual no quiere decir que el tiempo haya mermado sus dotes de
poeta. Lejos de ello, Id sendero innumerable, que sigue a La paz del sendero con un intervalo de doce años, es rico en poesía excelente y contiene quizá dos o tres páginas de la mejor poesía contemporánea española. Nada tan satisfactoriamente completo, a la vez tan hondamente
poético y tan hondamente filosófico, como las páginas en que Ayala interpreta las mil almas y el alma única del mar. No hay quizá en la poesía española de hoy nada tan serio y tan bello, tan amplio y tan minuciosamente exacto. En este poema encuentra Ayala su verdadera
personalidad como el poeta de la emoción intelectual. El mar uno y vario
parece inspirar con especial felicidad este humor poético, el más elevado de Ayala, pues también es marino el mejor poema de su tercer
volumen, El sendero andante. Sólo que aquí, en El niño en l&lt;i'ptaya,
el poeta se revela todavía más plenamente, porque, junto con esa riqueza de significación filosófica, que le hace mirar a la naturaleza con
ojos llenos de la vibración del espíritu humano, junto con su don de interpretación rítmica de los movimientos naturales, y su fina sensibilidad
para los colores, aromas y gustos, hallamos también ahora la genero$a
emoción de su juventud, sofrenada, pero llena del calor vital que le da
el más hondo de los afectos españoles, el amor paternal; y aquella ternura asturiana, que ya se atreve a ser ingenua, y sin afectacíón se recrea
en los humildes animales; y su habílídad para el uso de formas arcaicas
españolas; y hasta su preocupación ética, que le lleva a armar su poema
con una punta didáctica, pero con mano tan grácil y ligera que el valor poético del conjunto, en vez de caer, crece en intensidad al ganar
en intención.
«The struggle to apprehend the superna! Lovelíness-this struggle
on the part of souls fittíngly constítuted-has gíven to the world all
laht which ít (the world) has been enabled at once to understa:nd and
124

LA PLUMA
to feel as poetic.» (1) Esta cita de Edgar Poe, que figura en inglés en cabeza de La paz del sendero, es una significativa declaración de principio
a la que nuestro poeta ha permanecido leal con singular consecuencia .
Las palabras de Poe explican que Ayala sea ante todo un poeta de emoción intelectual, es decir, un poeta que aspira a ahondar su percepción de
la naturaleza, cuya existencia independiente respeta, absteniéndose por
tanto de colorearla con sus propios estados de ánimo y confiando en
que la emoción nazca de la armonía innata entre el mundo y el hombre. Tal poeta es Shelley. Sólo que Shelley manifestaba su comprensión
poética de la naturaleza animando las cosas naturales, dándoles movimiento, carácter y expresión propia. Y es que Shelley era un platónico,
mientras que Ayala, español, pertenece a una raza que tiende a considerar al hombre como el centro de las cosas. Su comprensión poética
de la naturaleza consiste, pues, en descubrir Jo humano de las cosas,
no, entiéndase bien, los efímeros humores y sentimientos de los hombres, sino lo permanente y universalmente humano que es el Hombre.
Lo cual le lleva a la identificación del hombre y de la naturaleza como
dos formas diferentes de una misma vida. «Todo es uno y lo mismo»:
tal es la conclusión natural de su actitud de espíritu y la lección que se
desprende del último poema, Füosofía, de su último libro de versos. En
este poema, la idea aparece desarrollada con la excelencia técnica, la
fineza y la elegancia rítmica que tan fácilmente alcanza nuestro poeta
bajo la influencia de su inspiración intelectual.
Siempre que se ha visto libre de la vegetación de doctrinas dogmáticas -religiosas o filosóficas-que con frecuencia cubren su forma verdadera, la mente española ha ido a parar a esta actitud, quizá en último
término panteísta, pero desde luego panhumana. He aquí el secreto de
la imparcialidad estética que distingue a los clásicos españoles, desde el
autor de Myo Cid y el Arcipreste hasta Pérez Galdós. En Ayala, este
(1) El esfuerzo para asir la suprema Belleza-este esfuerzo por parte de
almas aptamente constituidas-ha dado al mundo todo lo que el mundo ha sido
capaz de comprender y de sentir a la vez como poético.
125

�LA

PLUMA

LA PLUMA

sentido de cohumam'dad es tan genuino, que sin esfuerzo alguno le
permite alcanzar el tono clásico con sólo su espontaneidad, guiada por
un instinto literario casi infalible. De aquí un estilo que, al menos en
sus últimas obras, es quizá de lo más puro, más elegante, y sin embargo, mas suelto y sencillo que se ha escrito en nuestra generación.
Es rasgo constante de los clásicos españoles que el representar de
preferencia al hombre como individuo les lleve a tratar situaciones convencionales, sino esencialmente, antisociales. Aventureros, pícaros, prostitutas, que otras literaturas consideran como material meramente pintoresco, son, por la razón apuntada, más humana y más honda, asunto
favorito de las letras y artes españolas. Ayala no es excepción a esta regla. En sus libros, la gente de poca pro ocupa lugar no despreciable,
como sin duda lo debe ocupar en la mente del Creador que no se cansa
&lt;le darnos siempre nuevos ejemplares de ella. Ya en las primeras novelas ayalinas maneja nuestro autor este difícil material, sino siempre con
gusto seguro, al menos con frecuente singular fortuna. Valga como
ejemplo el capítulo aquel de Troleras y Daw;aderas, en el que un artista
joven y culto lee Otelo a una chiquilla analfabeta, cuya única educación
es la de la calle, recreándose en las espontáneas reacciones de la niña, a
medida que la tragedia se va revelando ante sus ojos ingenuos.
Estas cuatro primeras novelas, hmeblas en las Cumbres, A.M. D. G.,
La Pata de la Raposa y 7 roteras y Danzaderas (título que nos vuelve a
recordar a Juan Ruiz), son meros peldaños, por los que nuestro novelista va elevándose a su nivel natural. La materia prima de su experiencia
aparece en ellas todavía insuficientemente trabajada por el arte. Pero ya
se echa de ver, al pasar de la primera a la última, un progreso gradual
,que prueba la continuidad y la consecuencia del desarrollo de Ayala.
Sin embargo, para llegar a su revelación plena como artista-novelista, habrá que esperar hasta sus Novelas Poemáticas. He aquí al fin un
-espíritu moderno, consciente de sus vínculos con un pasado racial que
se manifiesta en una continuidad de tradiciones de forma y fondo, con
un poder de observación enriquecido por su familiaridad con los eternos
problemas humanos y con un poder de expresión que se afina y sutiliza
126

al influjo de una mente poética experta en el manejo. ~e los sír~b_olo~.
Estas tres narraciones son obras maestras de observac10n, de onginahdad creadora y técnica, de hondo sentimiento poético y de sonriente humorismo-pese a su despiadado realismo a la española-. Prometeo sobre todo, la primera del libro, está escrita en un nivel de suave ironía
tan delicadamente definido que su tristísimo desenlance no basta para
descomponer el peculiar encanto del conjunto. Por su composición, amplia y libre, con su admirable adaptación del lenguaje mitológico a la
vida de la España actual, y por su fondo, tan profundamente humano,
a pesar de su armazón estrictamente lógica e intelectual, este cuento
constituye un verdadero apólogo, un enxiem.plo a la manera de Don Juan
Manuel, mas el mérito de su singular belleza.
Las Novelas Poemáticas presentan numerosos modelos de esa perfecta adaptación de la forma a la sustancia, que es lo que hace el verdadero
estilo-el de los grandes autores, no el de los meros estilistas-. Tal es,
por ejemplo, la página inicial de Prometeo. Hay en este libro trozos escritos con tan fino sentido del lenguaje que suenan al oído mental como
un eco de la voz de Cervantes. No se alcanza este nivel elevando el tono
de voz hasta el diapasón clásico, cambiando el cuello planchado por la
gola cervantina; sino con sencillez y llaneza y una actitud sinceramente
humana, cualidades 9ue hacen que las líneas siguientes suenen como
una reminiscencia de palabras inmortales:
Odysseus deseaba partirse, y no sabía cómo, que Federica no le retuviese
con llantos, clámores y escándalo. Por olvidarse de su congoja, y con achaque
de que gustaba mucho de la natación, Odysseus se pasaba casi todo el día en
el mar. Nadaba como un tritón. !base mar adentro y se estaba cuatro o cinco
horas nadando sin cesar. Y cuando no estaba en el baño procuraba acogerse a
la esquividad de un bosque, en donde suspiraba largamente por su libertad
perdida. Hasta que se determinó en su ánimo a escapar. Y fué de esta
suerte ...

Ya en plena posesión de su estilo, Ayala podrá lanzarse a escribir una
novela de madurez. Tal es su Belarmi110 y Apolonio. Cabe en cierto
modo considerar este libro como una ilustración dialéctica del tema tra127

�LA PLUMA
tado en el poema Filoso/fa de su Smdtro Andante. Belarmino, el zapatero filósofo en busca de una palabra que exprese todas las ideas, y Apolonio, el zapatero poeta dramático, en busca de gloria y actitudes bellas, vienen a representar dos principios opuestos, dos tipos: uno, deseoso de comprender; otro, de expresarse; uno, sensible, pero sereno; otro,
curioso, pero insensible. Pero Apolonio y Belarmino no son meros tipos
teóricos, sino que viven con vida tan individual, con carácter tan original y acusado, que, aunque la novela, en Jo que les concierne, no se distinga por su riqueza de acción, abunda en ella hasta desbordarse el interés
humano de modo que el lector cierra el libro con sentimiento, como se
deja a un amigo. Sobre el laxo cañamazo de una rivalidad artística entre
los dos zapateros, borda Ayala un cuento de amor. Este cuento de un
seminarista, hijo de Apolonio, que se fuga con la sobrina e hija adoptiva de Belarmino, la abandona obligado por una protectora bondadosa y
tiránica, y, ya sacerdote, la vuelve a encontrar y la salva del abismo de
degradación en que había caído, este cuento presentaba en verdad excelentes condiciones para un deplorable folletín. Que Ayala haya sorteado
todos los escollos que tuvo que bordear al contarlo, con ser meritorio,
no es extraño. No era de esperar menos de un gusto ya hecho. Pero ha
conseguido más. Ha desarrollado su narración con mano tan segura y,
sin embargo, tan ligera, con tan delicada mezcla de humorismo, serenidad y emoción, que lo que parecía material mal escogido se nos aparece
ahora como la base misma de su triunfo de artista, nunca más hábil
que en lo que sabe omitir.
En esta fruta madura de su ingenio, Ayala reTela sus principales características como artista creador, combinadas y aliadas para mutuo enriquecimiento. Aquella su tendencia a mirar al objeto bajo varias luces,
a la que en su labor crítica atribuimos su vacilante composición, se traduce aquí en un sistema de composición original que presenta el asunto, ya en acción presente, ya en relato del pasado, visto ya por un protagonista, ya por otro, ya por el autor, ya directamente por el lectorperspectivas todas perfectamente armoni:iadas-. Aquel su fluir de ideas
que observamos en todas sus manifestaciones literarias, aparece aquí
128

LA PLUMA
tan abundante como siempre-quizá por demás abundante-pero ordenado y canalizado y admirablemente distribuído entre los actores de la
novela según sus peculiares caracteres. La modalidad poética que le distingue se manifiesta en el espíritu de que toda la obra está penetrada y
que parece intensificar la simpatía humana con la que están tratados
todos los personajes, mezcla de afecto, humorismo y profundo sentido
de lo cómico que es tan española. Porque el afecto en Ayala sabe sonreír. A esta su manera poética debe también nuestro autor su facultad
para poner de relieve con toda delicadeza, pero con todo vigor, el elemento sensual de hombre y naturaleza, hilo favorito de su discurso,
finamente hilado y entretejido con nitidez y pulcritud clásicas en toda
su obra, y que se revela en su uso frecuente del adjetivo vmusto. Las
distintas calidades y cantidades de sensualismo que atribuye a sus personajes son indicio significativo de la atención que Ayala consagra a
este aspecto de la naturaleza. Recuérdense los admirables tipos de monsieur Colignon, el pastelero francés henchido dejoit dt vivrt, y de Felicita Quemada. la solterona que consume una pasión reprimida. Obsérvese el contraste entre la inflamabilidad de Apolonio, el zapatero dramático, y la total carencia de sensualidad del zapatero filósofo, Belarmino.
Este rasgo del arte de Ayala influye no poco en el encanto peculiar de
sus paisajes. Todos sabemos que un paisaje u un ts!ado dt dnüno, pero
no todos sabemos aplicar este dicho. Ayala consigue muchas veces d:1rnos la sensación de estar ante un momento dt la naturaleza, y su éxito se
debe, no pocas, al atrevimiento con que trata a la naturaleza, y «osa levantar la más íntima vestimenta, la que todo lo oculta» (1).
Era la sazGn otoñal, de color de miel y niebla aterciopelada y argentina, a
manera de vello, con que 11 tierra estaba c:omo un melocotón maduro. Por encima de las tapias del huerto conventual asomaban los negros y rígidos cipreses, que eran como el prólogo del arrobo místico, el dechado de la voluntad
eréctil y aspiración al trance; y los sauces anémicos y adolecieutes-en la redare lift
( 1) The closest, all-concealing tunic. (Shelley).
IX
129

�LA PLUMA
gi6n los llaman desmayos-, que eran la fatiga y rendimiento, epílogo dulce
del místico espasmo; y los pomares sinuosos y musculosos, las ramas, de agarrotados dedos, mostrando rojas y pequeñas manzanas, que no sugerían la imagen del pecado, sino a lo más de un pecadillo. Para los ojos todo era paz en el
huerto conventual; para el oído la querellosa algarabía de los gorriones vespertinos.

¡,
1

Ejemplos como este de aguda penetración son frecuentes en sus últimas obras. Estas obras revelan una personalidad serena al parecer, pero
hondamente sensible a las íntimas corrientes de simpatía que ligan al
hombre con el mundo. «El filósofo-dice en Belarmino y Apolonio el famélico estudiante Aligator-se halla consti tuído a la inversa del dramaturgo. Por fuera, serenidad, impasibilidad; en lo más secreto, ardor inextinguible.» Aligator habla pensando en Belarmino. No ·dejarían de convenir sus palabras al propio Ayala.
SALVADOII. DE MADARIAGA.

OLIMPIA DE TOLEDO
DRAMA EN TRES ACTOS

Personaj~s
Olirnpia de Toledo, bailarina.-Paca, doncella.-La Mogigona gitana -Doña
Lorenz~, madre de Julio.-Augusto, poeta.-Don Esteban.-J~lio, pin~or-l'aqu1ro, torero.-El E:npresario.-Periodista.-Vicente.-Un Botones.
La escena en Madrid.-Época actual.

PRIMER ACTO
Cuart_o de ?Ji~pia en un teatro de variedades. A la derecha, uerta de entrada, a la izquierda, tocador con espejo. En el fondo u b' pb E l
redes
t ¡
f;
,
• n 10m o. n as pa' car e es, otograf1as, caricaturas, ropas colgadas de perchas. Divanes y
gra ndes baúles. Las luces encendidas.

ESCENA PRIMERA
PACA (después la MOGIGONA)
PACA

(Arregla el tocador, cuelga algún traje de la percha)
MOGIGONA

¿Se pué pasar, si se pué pasar?
¡La bruja esa!

PACA

�L A l-' L U ~l :\

LA PLUMA
MOGIGONA

MOGIGONA

Con tu permiso.

,,

PACA

Pues, pasa usted sin él.
MOGIGONA

Pue&amp; ahí verasté, que es que me interesa, y que me gustaría que usted
me sacara de las dudas que tengo, porque estarasté enterada, y me gustaría que usted me hiciera el favor de contestar a media palabrita, que
es poco pedir a una chavalilla tan requetepreciosa como usted.
PACA

Pues diga lo que sea, y veremos.

Pues ahí voy; porque por acá esto es una piojera de chismes, y que
si el señor Paquiro está chalaíto perdío por la señora Olimpia, que si no
es así, que si fué, que si vino, que si ha regalao o ha dejado de regalar; y como esto interesa a mi niña, que está la probe que se la puede
ahogar con un cabello; porque el señor Paquiro no hace ni ocho días
me daba la coba, y no había en el mundo para él nada como mi niña;
y ¡señora Mogigona, que su niña es una perla! y ¡señora Mogigona,
que su niña es la rosa de Andalusía! ¡y usted el rosal que la ha produsíol Y enarbolarme a la chica como me la ha enarbolao para que aluego,
en cuanto ha llegao la señora Olimpia a bailar aquí nos deje plantás, y
que ya no se acuerde pa ná de nosotras, y que se olvide de sus promesas, y que mi niña ya no sea la rosa de Andalusía...
P.~CA

MOGIGONA

Pues lo voy a decir, y en diciéndolo, pues me va usted a contestar;
porque no es por mí por lo que yo pregunto, si no es por una persona,
que es para mí más que yo misma.

Ni usted el rosal que la ha produsío ...
MOGIGONA

Eso que usted dice, aunque lo diga con retintín.

PACA

Bueno, bueno, dígalo ya, y no se ande con tanto requilorio, que
tengo que arreglar esto, porque va a venir en seguida mi señorita.
MOGIGONA

Pues lo voy a decir, y el caso es que no sé cómo e~pezar; porque
esa persona es mi niña, y aunque esté feo que una madre ... ¿Usted me
comprende?...
PACA

No comprendo una palabra.
MOGIGONA

Pues es, que lo voy a decir, y es esto. Si usted puede y quiere decir
si la señora Olimpia de Toledo tiene o no tiene mucho que ver con el
señor Paquiro.

PACA

Bueno, ¿y qué?
MOGIGONA

Pues que me dijera usted si el señor Paquiro es algo de la señora
Olimpia, y si usted cree...
PACA

Pues no sé nada, y aunque lo supiera no tendría porqué decirlo;
porque a mí mi señorita no me paga para que vaya contando sus cosas;
es más, al contrario, si me pagan es para que me calle lo que sé. Con
que ya lo sabe usted, señora Mogigona, si tiene usted gana de que le contesten debe usted llamar a otra puerta.
M.OGlGONA

Pero, vamos a ver, ¿he faltado en argo?

PACA

¡Ah, vamos! ...
132

133

�LA PLUMA

LA PLUMA
PACA

¿Faltar? No. En todo caso, sobrar.
MOGIGONA

¡Cál ¡Qué va a regalárselos! El poeta ese no tiene mosca suficiente
para comprar las cosas que le gustan a la señorita. Aquí nos gusta lo
caro, don Esteban, ¡Lo caro! Porque lo caro es lo bueno.

PACA

ESTEBAN

¡Pues, hija!
Nada, nada, que tengo que hacer.
MOGIGONA

¡Qué arisca que es usted!
PACA
l'

Soy como me da la gana.
MOGIGONA

¡Vaya con Dios! ¡Vaya con Dios! (Vase.)
PACA

k

PACA

•Caramba! Si lo sé compro antes los pendientes para hacerla rabiar
un ~oco, y luego, claro, se los doy. ¿No tenía Olimpia que pasar la música de ese nuevo baile que están preparando?
PACA

Sí; ha hecho que la orquesta repase la música, y ha dicho que está
bien, porque ella no necesita ensayos.
ESTEBAN

¡Olimpia no necesita ensayos! Es verdad. Baila de inspiración; inventa sus danzas en el momento de levantarse la tela.

¡Vaya con el demonio! ... ¡La condenada gitanaza esa! ... (Pausa.)

PACA

ESCENA SEGUNDA

También ha venido el señorito Julio. Ese sí que está chalao perdido
por la señorita.

1

PACA y DO N ESTE B AN

ESTEBAN

PACA

Sí; ese muchacho anda loco por ella. Entre el poeta Augusto y Julio
el pintor están llenando de Olimpias en verso y de Olimpias en color,
todos los periódicos y revistas de España. ¡Soneto a los ojos de Olimpia!
¡Madrigal a la boca de Olimpia! ¡Fantasía, en verde lechuga, de las danzas de Olimpia! 1Scherzo, en blanco mayor, a la «Muerte del cisne~, de
Olimpial Yo no sé cómo los editores aceptan tantas Olimpias. Si me entendieras el chiste te diría que hemos vuelto a la era de las Olimpiadas ..•

Pase usted, don Esteban; pase usted. La señorita no está; pero no
tardará en venir.
ESTEBAN

Entonces hoy ¿soy el primero? Paquilla ...
PACA

No, don Esteban; el primero, no; porque antes se presentó don Augusto y salió con la señorita a comprar unos pendientes que ha visto el
señorito Augusto en una tienda de antigüedades.
ESTEBAN

¿No será Augusto quien se los regale?
134

PACA

A la señorita la gusta verse por todas partes: en carteles, en las portadas de los periódicos. Es un gran reclamo que da mucho postín y
ayuda a las contratas.
135

�LA PLUMA

LA PLUMA
ESTEBAN

Dentro de poco vamos a ver la figura de Olimpia anunciando un callicida o un agua purgante. ¡Qué tabarra!

ESTEBAN

~Pues sabes lo que te digo? Que no es el Paquiro el que me quita el
sueño.

PACA

¡Vamos, don Esteban! Cada cual usa de las armas que tiene. Usted
tira de cartera ...

PACA

~Pues quién, el pinta-monas?
ESTEBAN

ESTEBAN

No vaya¡¡ a creer que yo todo lo fío a los pápiros ...
PACA

No ... si ya se ve que usted como persona tiene lo suyo. Es usted simpático, barbián.,.; pero ahí tiene al Paquiro ..

Ese, ese es un muchacho de cuidado. Hay que ver cómo poco a poco
va poniéndose sombrío, a medida que Olimpia exagera sus coqueterías
con los demás. Hay que ver cómo palidece, cómo se pone rojo de repente. Se le humedecen los ojos con lágrimas, que deben de quemar
debajo de los párpados ...

ESTEB\N

¿El Paquiro? El Paquiro es un chulón. Un gran torero, pero muy
chulo, aunque él no quiera.
PACA

Pero a nosotras nos ha gustado siempre un poquito la chulería.

ESCENA TERCERA
DICHOS y PAQUIRO

(Queriendo tocar la cara a Paca)
¡Buenas, don Esteban! ¡Hola, barbil Déjame, mujer, enterarme de
cómo está esa carucha de suave.
PAQUIRO

PACA

ESTEBAN

A ti sí, que no puedes vivir de chulapona. ¿Pero a Olimpia? ¡Ha viajado mucho!. ..
.t'ACA

Pero ha nacido en la calle de Toledo, don Esteban. En la calle de
Toledo, entre la plaza de la Cebá y la Fuenteciya. ¡Qu~ no se le olvide
el encarguitol
ESTEBAN

Lo que Olimpia tenía de gata madrileña, lo ha perdido en el Extranjero.
PACA

Pero como la cabra tira al monte, don Esteban; aunque la pongan
en el cartel Olimpia de Toledo, se llama Engracia Rodríguez.
136

Quite usted, ¡so sobón!
ESTEBAN

~Qué hay? ~Cómo va?
PAQUIRO

Así, así. Habemos ido ayer a San Fernando a ver los morlacos de la
corrida del domingo, el empresario, Manolo, el señor Rafael y yo. Me
he enfriado ... Y como está uno hecho una criba, empiezan a decir aquí
estoy el puntazo de Sevilla y el palo de Algeciras...
ESTEBAN

¡Bah, aprensión!
PAQl'IRO

~Y

esa niña, no está?
137

�LA PLUMA
LA PLUMA
PACA

No. Pero no tardará en venir, matador.

PACA

¡Pues estaba eso muy feo!

PAQUIRO

,,,

¡Tú sí que estás matadora! Oye, nena. ¿Quieres que se forme una
cuadrilla de señoritas, y vas tú, y te pones el vestido de torear, y quitas
los moños a muchos torerazos?

PAQUIRO

Lo reconozco ahora. Y di, Paq uilla, ¿te gustaría a ti bailar, cantar o
hacer alguna habilidad en el tablao?
PACA

PACA

Me asustan los cuernos.
¡Qué te van a asustar! Mira, ¿tú ves a don Esteban? Pues suponte tú
que es un novillo.
ESTEBAN

¿A mí? No. ¡Anda! Pues si la señorita supiera que a mí me gustaba
bailar así, en un escenario, como ella, me despedía a escape. A mí no
me gusta eso.
PAQUIRO

¿Y los toros te gustan? Ver torear.

¡Vamos tú, so maleta!

PACA
PACA

Según, según.

Es mucho suponer. Eso de torear, para la señorita,
PAQUIRO

La verdad, Olimpia es muy brava. ¿Se acuerda usted en el tentadero
de San Agustín? Si no la sujeto le planta una verónica al cabestro de
punta.

PAQUIRO

¿Según? ¿Qué quieres decir con eso?
PACA

Según quien toree.
PAQUIRO

ESTEBAN

Si no es por ti, da Olimpia una voltereta más alta que las que da en
el escenario.
PACA

Pues todavía dice que le estropeó usted la suerte.
PAQUIRO

Así somos todos los que vivimos del público. Me acuerdo que el señor Rafael, en mi alternativa, me deslució un quite metiendo su capote.
De buena fe, sí, creía que el morucho me enganchaba. Pues estuve incomodado con él toda la tarde.

¿Verme torear a mí?
PACA

A usted, no. Por que vamos, es usted conocido y ..
ESTEBAN

.

Pero bueno .. . ¿Os vais a hacer el amor delante de mí?
PACA

¡Já, já! Delante de usted todavía se puede, ¡pero lo que es delante de
la señorita, ni por pienso! Señor Paquiro, como me chicolee usted, me
despide.

138
139

�LA PLUMA
PAQUIRO

LA PLUMA

Es que todo lo quiere para ella.
ESTEBAN

Ahí se le siente.
PACA

Está en el e9Cenario. (Vase.)

ESCENA CUARTA
DON ESTEBAN, PAQUIRO y AUGUSTO
AUGUSTO

Buenas noches.
ESTEBAN

¡Hola, poeta!. .. ¿Qué, está usted de acompañante?
AUGUSTO

¿Qué hay, Paquiro? ... Sí... ahí viene Olimpia, con un perro que ha
comprado a un golfo en la Puerta del Sol. Salimos a comprar unos
pendientes y compramos un perro. ¡Es admirable!
PAQUIRO

¿Para qué lo querrá?
(Se tumba en un diván y enciende un cigarro).
No lo sé. Dice Olimpia que es un perro de raza. Para mí, es uno de
esos chuchos, vulgar, de lanas ...
AUGUSTO

ESCENA QUINTA
DICHOS y OLUIPIA
OLIMPIA ( Un

láHgo en la mano)
¿Un lanas? ¿Eh? ¡Tú sí que eres un lanas! (lírando el sombrero, el
mangu.íto, el abrigo y un bolsillo sobre un divá11.) ¡Es una lata esto de salir a la calle! Está todo lleno de golfos y de sablistas. ¡Olimpia! ¡Seño-

rita Olimpia! ¡Reina Olimpia! ¡Qué coba! ¡Pero me conocen! ¿Eh? Vaya.
me conocen hasta los de la Policía, todo el mundo. ¿Qué te parece, Paquiro? ¿Te conocerán a ti tanto como a mí? ¿Cuándo matas, torerazo?
PAQUIRO

La semana que viene, el domingo.
OLIMPIA

Don Esteban, nos llevarás a la plaza en tu auto, ¿eh? Veremos quién
puede más; tú o yo, Paquiro. Tengo un trajecito para ese día, ¡que quita el sentido, chico! ¡Estebanl ¡Don Estebanillol ¡Qué pisto te vas a dar
en el palco, a mi lado, cuando el Paquiro nos deje su capote de paseo!
¡Pero, ven acá tú, vamos a ver. ¿Qué méritos tienes tú para figurar así
con nosotros? Di... ¿De qué t~ las das tú?
ESTEBAN

La verdad, chica, que me pones en un brete. Vosotros sois unas celebridades ...
OLIMPIA

¡Pero eres muy salao! ¡Esteban de mi alma! ¡Muy salao y muy simpático y tienes tu mérito!
PAQUIRO

¡Poquito mérito, el ser dueño de toda esa tierra de Extremadura y
de todas esas casas de Madrid! ¡Ni nada de mérito que tiene eso!
OLIMPIA

¡Vaya una cosa!. .. Ese Paquiro ya te está dando jabón porque eres
rico ... No. No tienes ningún mérito, Esteban ... ¿Has ganado tú ese dinero?
ESTEBAN

140

(Riendo)

Yo, no, .. ; mis abuelos... qué se yo, mis antepasados ...
141

�LA

PLUMA

LA PLUMA
OLIMPIA

,,

Entonces has tenido la suerte de que tus papás nacieran antes que
tú ... y te dejaran los cuartos ... Di, ¿de qué presumes?

OLIMPIA

.¿Y tú qué dices, Augusto? ¿Qué haces ahí tumbado, fuma que fuma?
AUGUSTO

ESTEBAN

¿Yo? De nada.

Psch ... , oirte.
OLIMPIA

OLTMPIA

¡Qué modestitol Si yo te entiendo. Ya sé lo que tú quieres. ¿Que hay
por ahí un automóvil, el mejor de todos? Pues para ti. ¿Que un tronco
de caballos? Para ti, ¿Que una joya? Para ti. Todo para ti. Te lo cuelgas en ti mismo, como yo cuelgo estos amuletos en mi cadena. ¡Ah, bribón! ¿Que hay una chica hermosa que canta, baila, o da volteretas en el
circo? ¿También para ti? ¿Como si fuera un dije? ¡Estás tú bueno! ¿Pero
ves, Esteban? ¿Ves esta chica que baila hasta allá y que alborota al público cuando se retuerce en el escenario? ¿La ves tú?, ricachón. ¡Buen
dije! No lo colgarás en tu cadena ...
ESTEBAN

(Rimdo)

Mirad a éste. Mientras me ha acompañado a comprar los pendientes...
AUGUSTO

¡Pendientes que se han convertido en un perro!...
OLIMPIA

Bueno ... ; mientras íbamos en el coche, era este hombre una matraca ... Que si va a escribir un poema trágico ... de mi vida, y dale _que le
das... viene aquí y se tumba en el diván, y como si le hubieran cosido los
labios y no le dejaran más que un agujerito para echar humo. (Ámena.zándole con tl láti~o.) ¡Levántate, so tumbón!

Peor para ti, Olimpia.

AUGUSTO
OLIMPIA

Siempre que pienso en tipos como tú, me acuerdo de una caricatura
que vi hace años. Era un pobre gomoso, que había recorrido el mundo
en busca de una mujer que le quisiera por sí mismo. Dc;sengañado de
Europa, se va al centro de Africa, y le cogen prisionero unos antropófagos. Lo ensartan en un asador y lo ponen sobre la lumbre. Una negra
horrorosa le da vuelta poco a poco, para que se dore por igual. A. la negra se le cae la baba pensando lo sabroso que estará el asado, y el gomoso gira lentamente sobre las llamas y exclama satisfecho: «¡Gracias a Dios
que encuentro una mujer que me quiere por mí mismo!» (Todos ríen.)
PAQUIR.O

Tienes gracia y no tienes razón. Eres una loca. Tener parné y saberlo gastar son cosas que pocas veces se ven juntas,
1.42

Déjame en paz.
ouMPIA

(Dándole un latigazo)

No, no; ¡arriba! ¡arriba!
AUGUSTO

Déjame, Olimpia. Estoy pensando en el poema en que te asesina ...
OLINPIA

JQué poema ni qué chanfaina! Levántate. (Lt ptga.)
AUGUSTO

Un amante celoso, celosísimo... ·
OLIMPIA

(Pegando)

~Toma, celoso!
143

�LA PLUMA

LA PLUMA
AUGUSTO
AUGUSTO

A quien tú desprecias...
OLnn&gt;rA
1

1

(Ptgando)

¡Toma, desprecio!
AUGUSTO

Se precipita sobre ti y te quita ... la vida ... (lt cogt tl látigo.)
OLil!PIA

¡Dame el látigo, poetastro!
ESTEBAN

¡Eres terrible, Olímpial
OLIMPIA

¡Vete! ¡Vete!. .. No quiero que estés aquí...; ahora mismo llamo al
portero para que te eche ... Anda, dame el látigo y vete.

Pues mira, ahora me siento orador ... Don Esteban y tú ilustre matador de toros ... Vamos, me van a decir si no tengo razón para quejarme ...
Esta Olimpia no es una mujer, ¡es un demonio! «Ven sin falta a buscarme a las cuatro-me dijo ayer-, vamos a comprar esos pendientes que
tú has vísto.» «Bueno, vengo a las cuatro menos cuarto.» Olimpia se presenta a las cinco y media. ¡Siete cuartos de hora que se pueden medir
exactamente por las colillas que hay en ese cenicero! Salimos de aquí,
tomamos un coche y «A la calle del Prado-digo al cochero-. Empezamos a rodar y Olimpia dice: «No. Vamos al Museo de Reproducciones.»
«(No querías ver esos pendientes?»-Ja pregunto-. «Sí-responde-.
Iremos Juego. Ahora vamos a ver la túnica del Auriga de Delfos; la tengo que copiar para una danza griega.» Al Casón-digo al cochero-.
Llegamos cerca del Museo y Olímpia grita al auriga, no al Delfos,
sin o al de la manuela. (Arrojan una zatJatilla por dttrás dtl biombo.)
OLIMPJA

AUGUSTO

(Tumbado)

Ni me iré, y, por lo tanto, no me levantaré de aquí, ni te daré el látigo, y este poema que me está saliendo de la cabeza se lo dedicaré a la
Pelitos. Esa, al menos, no se siente domadora como tú.
OLIMPIA

A mí no me hables ... Oye, Esteban, ¿has visto tú a la Pelitos? La del
empresario. ¿Esa ridícula muchacha?
AUGUSTO

¡Sí, sí, ridícula!
OLIMPIA

¡Calla, majadero!... No hables, hombre. ¿Estás ahí tumbado? Pues
estate; pero sin hablar, como sí estuvieras muerto ... ¡Paca! Ven. Tengo
que vestirme para el baile Indio. ( Ollmpia y Paca pasan detrás dtl
biombo.)

(lncorpordndou)

(Dtlrás del biombo)

Toma, para ti, por hacer chistes malos/
AUGUSTO

Cochero, vamos al Retiro; daremos una vuelta por el Paseo de Coches. Hace una tarde magnífica. Entrábamos en el Retiro cuando me
pregunta: «Oye, ¿esos pendientes son de filigrana de oro?» «Sí, son de
filigrana de oro con esmeraldas.» «¡Cochero!-grita Olimpia-. ¡A la calle del Prado!» Bajamos por la calle de Alcalá hasta la Cibeles. Allí Olimpia ordena: «Sigue hasta la Puerta del Sol.» Y a mí me dice: «Es que
quiero ir a la zapatería.» Al desembocar en la Puerta del Sol ve a un
golfo con un perro. «¡Qué perro más prPciosol Voy a comprarlo.» «Para,
cochero.» Bajamos, me hace dar diez duros por un chucho feo, sucio y
gruñidor, que tengo que izar al coche a empellones. (O/impía aparect
con una túnica, descalza de medias; lleva chinelas.) El perro gruñe y quiere
morderme, la golfería se amontona. Yo tiro de la cuerda de esparto que
sirve de collar al perrito, y el vendedor le da puntapiés para que obedezX

�•

LA PLUMA

LA PLUMA
ca; la hermosa adquisición de Oiimpia prorrumpe en aullidos. Metemos el perro en el coche, y resulta que hay que comprar un collar y
un látigo, y nos detenemos en la tienda de un guarnicionero. Saco el
perrito del coche; el perrito chilla, vuelve a reunirse la cáfila de golfos.
Hacemos las compras. «A la calle del Prado»-dice Olimpia al cochero-. El cochero arrea, y cuando estamos a mitad de camino grita Olimlia: «¡.Ail. teatro!» Yo estoy cansado de lidiar con ella y con su maldito
perro, me tumbo a descansar y la fiera empieza a latigazos conmigo.

vosotros? ¡Vaya unos esclavos! En cuanto se le pega a uno se revuelve y
me arranca el látigo; yo necesito un esclavo que se deje martirizar, que
goce en el martirio, como Julio. Vamos a ver, tú, Augusto. ¿Eres un esclavo, así, como tu amigo Julio?
AUGUSTO (

Tumbándose)

¡Yo soy un árabe sensual! ...
OLIMPIA

OLlMPlA

¡Bien! Ahora hablas como un sacamuelas.

¿Tú, Paquiro? Tú sí, ¿no es cierto? (Paca atraviesa y sale.)
PAQUIRO

(Riendo)

AUGUSTO

¿Cree usted, don Esteban, y tú, gran torero, que me he ganado este
rato de descanso en el diván?

OLIMPIA

Tampoco ... Entonces tú, don Esteban.
ESTEBAN

ESTEBAN

Sí, hombre, se lo ha ganado usted.

¿Yo? Admirador, el más ferviente admirador ...
OLIMPIA

PAQUIRO

¡Vaya que si te lo ganaste!
OLIMPIA

¿Entonces todos contra mí?
PAQUIRO

Todos contra ti, chiquilla.

¿Pues sabeis lo que os digo? ¿No? Pues que os vayais ahora mismo a
la calle y que no pongais los pies aquí hasta que se os avise. No quiero
pelmas en mi cuarto. ¡Eh, tú, árabe sensual!, levántate y largo de aquí,
que me estás chafando el abrigo. Tú, matador de caracoles, toma tu
cartulina (dándole tl sombrero ancho), y andando, y tú, señorito de pueblo, a dejarme en paz, que me tengo que vestir y que dorarme los pies
y las manos para el baile indio.

OLIMPIA

ESCENA SEXTA

¿Y el hombre de los dijes? ¿También?

DICHOS y PACA

ESTEBAN

¡También!

OUMPIA
(1

¿Qué quieres Paca?
OLIMPIA

Bueno. Pero no vivís a mi lado sometidos a la legislación del embudo. ¿Entonces a qué tanto decir que mis caprichos son leyes para

PACA

Ahí está un caballero que quiere hablar con la señorita. Me ha dado
esta tarjeta.

�LA PLUMA
L A P 1, L i\l A

' 1
OLIMPIA

(Lee)

¡Ah, es un periodista!. .. Mirad, entonces no os vayais. Si me encuentra sola, se quedará aquí mucho tiempo. Siéntate tú, árabe, ¡siéntate,
precioso!, y tú, ¡magnífico torera:,o!, aquí, a mi lado, y tú, don Esteban,
aquí. .. Paca, dile que entre. Aquí estais muy bien, me servís de armatostes para que ese buen señor no me dé la lata. ( Vase Paca.)

ESCENA SÉPTIMA

PERIODISTA

¡Ah! Es que los buenos versos se pegan 31 oído. Los del poeta no son
como algunos que se publican por ahí, que tienen la melodía de un carro cargado de flejes que rodara sobre un pedregal.
AUGC'STO

¡Ah! Es que a veces el idioma es rebelde.

DICHOS y U~ PERIODISTA
PERIODISTA

¡Olimpia de Toledo! ¡¡Hombre!! ¡Augusto y Paquiro! ¡Cuánto me
alegro!
OLIMPlA

Voy a presentar a usted a mi íntimo amigo don Esteban ... Chico,
ahora no me acuerdo de tu apellido ... El señor es redactor de el...
PERIODISTA

El Nacional.
OLIMPlA

Eso, sí; de /:.,l Nacional.
P ERIODISTA

¡Bien, Augusto, bien! He leído sus últimos versos y me han parecido
una verdadera maravilla ... Bueno, usted lo sabe mejor que nadie.
AUGUSTO

PERIODISTA

Usted doma esa rebeldía.
OLIMPIA

¡Vaya, vaya! ¡Le gustan a usted mucho los versos de mi amigo!
PRRIODBTA

¡Muchísimo, Olimpia! Considere usted que yo soy poeta fracasado·
¡Qué no hubiera dado yo por rimar así!
OLIMPIA ( lmp aciente)

¿Pero vale tanto, tanto eso que has escrito? Yo, chico, no le encuentro tanto, tanto mérito.
AUGUSTO

Este señor es muy benévolo conmigo, Olimpia. Creo que toda la belleza de mi última composición se debe a que tú la has inspirado.
PERIODISTA

El motivo es, indudablemente, hermoso, y usted, como verdadero
poeta, lo ha exaltado.

Hombre, muchas gracias.
P l!RIODISTA

Aquella estrofa... «Y en la morena curva decora el vellocino. Bajo la
cachemira ...»
OLlMPIA

¡Vaya una memoria que tiene usted!

OLIMPIA

¡Bueno! Es decir, ¿que la composición vale más que quien la inspira?
¿No es eso lo que quiere usted decir?
PIIRiuDIST A

Es difícil hacer una comparación ...
149

�LA PLUMA

LA PLUMA
OLIMPJA

l.

¡ '"'

11

'

Mira, Augusto, no me chafes la falda. Tengo que bailar con ella dentro de poco. ¡Jesús, qué hombre más tumbón! Levántate, hombre.
AUGUSTO

(Levantándose lentamente)

Bueno, mujer.
(Levantándose)
He tenido un gran placer en manifestarle toda mi admiración ... ¿Me
permitirá usted el tener una conferencia con usted? Será de gran importancia para el público ...

PEJUODISTA

¿Estará usted agobiado de contratas?
PAQUIRO

Le diré a usted. Si no tengo percance torearé unas cuarenta corridas
en Barcelona, Sevilla, Madrid ...

PERIODISTA.

AUGUSTO

OLIMPIA

Pero Paquiro de mi alma ¿nos vas a colocar la lista de todas las plazas de toros?
PAQUIRO

Como este señor preguntaba ...

Cuando usted guste ... Me voy al escenario ... (Vase.)
ESCENA OCTAVA
DICHOS, MENOS AUGUSTO
PERIODISTA

¡Admirable poeta!
OLIMPIA

PERIODISTA

Ya sabe usted Olimpia la afición que hay a los toros ... Y diga usted
Paquiro ...
OLIMPIA

Pero bueno, señor periodista, ¿ha venido usted a preguntar cosas a
todos los que están en mi cuarto?

PERIODISTA

(Sonriendo.)
Perdón, Olimpia. Ya que he tenido la suerte de encontrar aquí al
gran poeta y al gran torrero ...

OLIMP!A

ESCENA NOVENA

Pues a mí me parecen muy rebuscados. ¿A ti qué te parecen don Esteban? ¿Y a ti Paquiro?

DICHOS y AUGUSTO

¿Pero usted cree de verdad que sus versos valen tanto?

PERIODISTA

¡Ya lo creo!

PAQUIRO

Y o, chiquilla, no entiendo de eso.
PERIODISTA

¿Usted de matar toros?
PAQUIRO

Sí; de eso se entiende una mijita.

OLIMPIA

¿Ya estás otra vez?
AUGUSTO

Sí chica me asfixio en cuanto salgo de tu cuarto. Vengo a conven' de que aquí, y fuera de aquí, lo más impo:1an~~ eres_ t~'
cera 'este señor
y tus danzas. Aquí, amigo mio, respiramos, hacemos la d1gestion, v1v1mos, en una palabra, con permiso de Olimpia de Toledo, y usted, que
no sabía eso, parece ocuparse de todos menos de ella.

�LA PLUMA
LA PLUl\lA
PERIOOISTA

¿Cómo no? ... ¡Sí, por Dios! Si precisamente quiere el periódico hacer una gran información acerca de este teatro y de las estrellas que aquí
actúan.
ESTEBAN

Aquí no admitimos más que una estrella, estrella única.
PAQUIRO

¡Olimpia de Toledo!
AUGUSTO

Eso que tú has dicho, matador: ¡Olimpia de Toledo y sus danzas, sus
fantásticas danzas, compendio del arte pasado, del arte presente y del
arte futuro!

dica con sus gestos la verdadera intención de Wágner en el Viernes Santo del Parsifal?
PERIODISTA

Está bien; está bien, pero yo creo que al paso que vamos se bailará
dentro de poco el Código de Comercio.,.
OLIMPIA

No, si lo que hay que bailar eternamente son las seg~idillas Y el garrotín. Bueno, señores, hasta otro rato; tengo que vestirme... Paca ...
Paca (Vanse todos menos Olimpia.)

ESCENA DÉCIMA
OLIMPIA y PACA

OLIMPIA

Exageraciones, no. Pero ¿no me dirá usted que ahora hay ninguna
bailarina que pueda compararse conmigo?
PERIODISTA

Usted es, sin duda, la danzarina ideal en su género.
El único género posible.

OLIMPIA

PERIODISTA

Sin embargo, la Duncan, la Argentina, Tórtola, Pastora ...
AUGUSTO

No pueden compararse contigo.

(Incomodada.)

PACA

¡Vaya un tío pelmazo!
OLIMPIA

¡Valiente lata! He estado por ponerle de patitas en la puerta ... Viene
a hablar conmigo y se está ahí preguntan~o a Augusto por _sus v~rsos
y al Paquiro por sus corridas. Luego, q_ue SI la Pastora, que SI la Tortola. Le habrán pagado para que las elogie.
PACA

Pues la señorita no ha estado muy amable con e'l . ¡A ver s1· se m ete
con la señorita en el periódico!
O LIMPIA

PERIODISTA

Yo he tenido el placer de aplaudirla ...
AUGUSTO

¿Pero .ha comprendido usted toda la trascendencia de las piruetas de
Olimpia, cuando interpreta la marcha fúnebre de la Heroica, o nos in-

. No me lo digas! Esta misma noche le pongo una tarjeta invitándole
1
• por aqm.
, Pero vamos, es que no puedo resistir que alaben a gena vemr
tes que no se lo merecen.

�LA PLUMA
LA PLUMA
ESCENA UNDÉCIMA
DICHOS y el EMPRESARIO

encendió el proyector grande, y yo le digo a usted que, o se me pone el
foco grande o me voy.

EMPRESARIO

EMPRESARIO

¡Hola chiquilla! ¿Todavía no estás vestida? Falta poco para tu sección,
OLlMPIA

¿Qué tal está usted de relaciones con ese periódico El Nacional?
EMPRESAllIO

Bien.
OLIMPIA

Es que ha estado aquí un redactor y no sé si se habrá ido un poco
incomodado.
EMPRESARIO

¿Quién, Pepe Martínez? ¡Ca, es un guapo chico! No tengas cuidado,
no se meterá contigo. Lo único que le preocupa es la literatura.
OLIMPIA

¡Menuda tabarra me ha dado con los versos de Augusto! ¿Y no podía usted mandarle que pusiera un suelto elogiándome?
EMPRESARIO

Pero eso hay que pagarlo, chica. Yo creo que no hay necesidad.
OLIMPIA

¡Pero, mujer, si es que el electricista ... !
(Incomodada)
¡Sí, sí, el electricista! ¡Está usted bueno con el electricista! Que la
Pelitos le unta al jefe de la clac y regala medio teatro, y usted, usted.
está chiflado por ella. ¡Parece mentira! ¡Ese esqueleto ambulante!
OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Mujer, no tanto!
OLIMPIA

(Gritando)

¡Una fea, una chata fea!
EMPRESARIO

Algo tendrá cuando al público le ha dado por aplaudirla.
(Furiosa)
Es que el público del teatro de usted ni es público ni es nada;un montón de señoritos chulos y de gentuza. Morralla buena para los.
novillos. ¿Qué entiende esa turba de arte ni de nada? (Se levanta, saca
un pliego de papel de un cajón y se lo tira al empresario.) No trabajaré, no; no quiero bailar delante de esa gentualla. Ahí tiene usted mi.
contrato, rómpalo si quiere.
OLIMPIA

Pues sí hay necesidad.

EMPRESARIO
EMPRESARIO

¡Por Dios, Olimpia!. ..

¿Por qué?
OLIMPIA
OLIMPIA

Porque sí. Porque aquí se bombea a todo el mundo menos a Olimpia de Toledo. Porque aquí, a todas esas que no valen un pimiento
se las considera y se las halaga. El otro día, sin ir más lejos, le puso
usted a la Pelitos con letras rojas en el cartel, y cuando salió se le

La culpa de todo la tengo yo. Si ya me lo decían. Es un teatrucho de mala muerte ... ¡La aristocracia! Me dijo usted que venia la aristocracia. ¡Buena aristocracia vendrá a oir a esas cupleteras con voz de
gato, a ver esas bailarinas, que no las querrían en un café cantante
de Lavapiés! ¡No quiero trabajar aquí!. .. ¡Me voy, me voy!

�LA PLUMA

LA PLUMA

ESCENA DUODECIMA
DICHOS y JULIO

(Fumando)
¿Qué pasa? ¿Por qué gritas así?
JULIO

EMPRESARIO

Considere usted, amigo Julio. Por esas ridículas aprensiones que se
le han metido en la cabeza quiere dejarme plantado media hora antes de
empezar su sección.
OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Hombre! Me alegro de que venga usted, a ver si consigue calmar
los nervios de esta mujer!

Anuncie usted que me he puesto enferma. Eh, ¿qué te parece, Julio?
¿No dices nada? No, si todos sois iguales ... Quiero hacer mi voluntad, ¡ea!
EMPRESARIO

OLIMPIA

Juli~, ayúdame a reunir los chismes más necesarios y nos vamos.
Llamaras a un coche.
EMPRESARIO

¿Pero no comprendes que eso es imposible? Hoy, en la sección
de moda, cuando viene el público más selecto a aplaudirte, en que
me han encargado que reserve dos palcos proscenios para el Duque de
Bistonia ...

¡Pero mujer!

OLlMPIA
vLIMPIA

, Esto ~o se puede resistir. Desde que he entrado aquí no he tenido
mas que impresiones detestables.
JULIO

¿Pero qué ha ocurrido?

¿El Duque de Bistonia?
EMPRESARIO

Sí, el Duque de Bistonia, ese embajador gxtraordinario ... Ha pedido los palcos de la izquierda a precios de contaduría. No puedes,
Olimpia ...
UNA

OLIMPIA

,,

Que aquí no se me considera, que no se me atiende. Muchas palabras, mucha~ promes~s, y luego, nada. Rivalidades, dirán. ¿Rivalidades'. Como s1 yo pudiera tener rivalidades en esta barraca, después
de bailar en Folies-Bergeres y en la Alhambra. No pasa más sino que
don Manuel quiere levantar a la pelandusca de la Pelitos a costa mía.
Para ella, el foco; para ella, los grandes letreros y las canastillas de
flore~. Y en los reclamos la Genial, la Estrella. ¡No y no! Eso no lo
co?siento. A mí se me dijo que durante mi contrato sería aquí la
pnmera, y no lo soy.
156

voz (Fuera)

¡Don Manuel!. ..

,,

EMPRESARIO

¿Qué pasa?

UNA VOZ

Que le buscan a usted unos señores en el despacho ...
EMPRESARIO

Convénzala usted, Julio. Olimpia, no me revientes la sección de
moda ... (Vase.)
157

�LA PLUMA
ESCENA DECIMATERCERA

l
' ·,

OLIMPIA y JULIO
OLIMPIA (Tranquila)
No te puedes imaginar lo que me hace rabiar esta gente. Me indigna
tener que competir con estas pécoras de aquí. Yo no sé cómo el público
no las patea.
JULIO

¿Por qué no abandonas todo esto?

LA CUASI TRAGEDIA DE UN ''HOMO HISPANOS"

OLIMPIA

¡No d!gas tonterías, hombre! ¡Vaya un susto que se ha llevado el
~mpresano! _Que fastidi~ ... pero, pasa el tiempo ... voy a pintarme ...
~Me ayudara~, Julio~ (Se sienta en un dt'ván.) Trae la purpurina ... Ahí,
J~nto al espeJo ... ah1, ho~bre. ¡Jesús, qué torpe! Ese frasco que tiene el
pmc~l. La verdad es que s1 me empeño en no bailar hago una tontería.
Precisamente, cuando va a venir el Duque de Bistonia. Le conocí en
L~ndres. A~da, arro~íll~te aquí para pintarme los pies. (JuHo se arroázlla a los pies de Oli1:'p1a. JttHo conserva et cigarro en ta boca.) Entonces'. el Duque proteg1a a una muchacha griega que bailaba ... ¡ja, ja!. ..
¡bailaba com_o un peón ... de albañil! Así, no está mal; revuelve el líquido, _po~q_ue s1 no la pu~purina se va al fondo. Pues sí, chico, el Duqué
.es_nqm~im?, muy metido en «music-halls» y en teatros de variedades.
jSr c,ons1gu1era pescarle! No sé si me ha visto bailar alguna vez ... Pero,
¿que hace~? Hombre, las uñas, sólo las uñas. Vaya una conquista ...
Pero, ¿que te pasa? ¿Lloras? ¿Eh? ¿Lloras? _
JULIO (Balbuceando)
No ... es el humo del cigarro, que se me mete en los ojos ...
_OLIM~IA (Quíta _el dgarro a Julio, lo míra y lo tira)
¡Pero _si tu cigarro esta apagado!. .. ¡Qué simple eres, Julio! (Yult'o tlo.ra arrodillado a los pies de Olt'mpt'a. Oümpia ríe.)

s:

TELÓN LENTO

FIN DEL PRIMER ACTO
RICARDO BAROJA.

COMENTARIOS DE UN INMIGRADO

u1s1ERA, para el mejor efecto de esta leve nota, empezar llamándome extranjero. Obligado a escribir en tal pie, ganaría
esto que voy a decir, en objetividad y serenidad lo ue perdiese en cálida emoción, en «dolorido sentir». Pero, hombre
sincero, me calificaré, simplemente, de extranjero en su patria. Largos años fuera de este nuestro país, una relativa familiaridad
con España como entidad histórica, como un plasma a través de los siglos, me ha llevado a crearme de ella una idea estilizada. Acaso ese apartamiento de la vida actual me. haya conducido a formular en mi mente
una España que no es la que es, sino la que yo quisiera que fuera .
Como hombre tímido para)a acción soy aficionado a generalizar violentamente. La teoría, nuevo Icaro, vuela, sube, cae y se despedaza. (Qui-zás fuese mejor compararla con la consabida pompa de jabón ... ) Pero
dejémonos de metáforas manoseadas y que no conducen a nada.
Para mí-ratificado por la visión de viajeros de tierras extrañas, que
·es mi debilidad el leer-el orgullo era algo fundamental en la idiosincrasia de mis paisanos. Ello me parecía bello en extremo, y leyendo a Epic1eto (¡oh admirable altanería de los estoicos!), veía a través de Lázaro y de
Guzmán, claras figuras de la raza; creía sorprender por qué el Cid en el
destierro («¡albricia, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra!») se nos
.aparece más grande que cuando le contemplamos conquistador de Valencia; imaginaba comprender a don Rodrigo Calderón y atisbar el fuego interior que consume al Caballero de la mano al pecho. Esto de que
,el valor de la humana personalidad no dependiese del reconocimiento

ll

�LA PLUMA
LA PLUMA

,,

social-repito, actitud bella en extremo- se me antojaba un rasgo inherente al pensamiento de mis compatriotas.
Dividía en consecuencia, a los pueblos europeos-hoy reconozco que
un poco a ia ligera-en dos grupos: orgullosos-es decir,. con un muelle
real de conducta de origen interior-:--y vanidosos-e~ decir, _con un muelle real de conducta de origen extenor. Eran los pnmeros ingleses y españoles, eran los segundos aleman~s y franceses.
.
.
Tal clasificación me daba en mis andanzas fuera de m1 patna una
admirable y bendita sensación de ~plomo y repos_o esrirituales. El español en España ve que las cosas estan mal y se md1gn_a; reconoce que por
ahí más allá de las lindes de esta piel de toro extendida, hay algo ~e¡o~,
mu~ho mejor, ya en form3: de ~rganizaciones universitari_as o ~e ~aqu1nas de guerra, pero no esta obligado a un co!1tacto &lt;'&lt;pre~1so,_ d1~no Y fatal», y el bello uniforme detonante de un husar _(compas vienes de tres
por cuatro, cuando Viena era Viena), la ceremonia suntuosa de una función de corte (ristras de caballos bayos, de c3:ballos alazane~, de caballos
tordillos penachos libreas peluquines-haciendo caso omiso de los se' perfiles 'borbónicos)
'
.
miocultos
o un acre &lt;:º~entario con un amigo,
compañero deolutidor de esa cicuta de cuna mc1erta, falsamente achacada a Puerto Rfco o al Brasil (así se destruye, señores, el hispanoame~icanismo), serena y distrae su ánimo, aunque las ametralladoras no disparen mejor ni los señores catedráticos estudien más.
Empero para el español que anda por ahí fuera eso no vale, y, en ge neral, le ocurre una de dos cosas: o cae en un fetichi~mo insoportable
de todo lo exótico, o se le encalabrina y agudiza ~o castizo ~asta un punto patológico. ¡Qué difícil es mantenerse en un ¡usto medio de reconocimiento de méritos en los extraños y de ecuanimidad para con~erv~rse
uno mismo, sin baj(Sas ni desplantes! Y el eje de mi amor_ a Es pana, simplemente-ahora caigo en la cuenta-, porque era el ~¡e f~ndamental
de mi existencia como ser consciente, era esa inaprensible, imponderable cualidad de la dignidad humana.
.
.
La actitud noble y gallarda del labriego, el sentido pree~mnentemente aristocrático-en su excelso sentido, no en el de los revisteros de salones, horrtsco referens-de los rangos aún más bajos de la sociedad (~n
oposición a otros pueblos en que todo es terriblemente cl3:se media,
burguesía infecta, cuidadosos de honores, pagado~ ~e tratam1e~tos) _me
parecía muy español. Orgullo, de un lado, y amabilidad con el mfenor,
de otro, aristocratismo y democratismo; no surgían sino de la misma
fuente, eran los puntos extremos de un arco que se curvaba para encerrar un círculo, el círculo de la máxima espiritualidad humana. Y con

tal teoría, uno se forjaba una especie de armadura y acorazado iba por
el mundo. Nosotros éramos los grandes señores, caídos, sin duda, pero
también grandes señores.
Pero observo con dolor que si en Inglaterra el snobismo era ya la
filoxera que hacía estragos en una gran parte de su sociedad, aquí también~án pasando esas cualidades por mí tan admiradas. Se construyen casas de una chocarrería, de una falsa grandiosidad, verdaderamente aterradoras. Veo &amp;entes atacadas de típicos complejos de inferioridad:
los que se crean el circulo mágico, el de aquí no pase usted, los que mal
imitando a « Vigny, plus secret» que
Comme en sa tour d'ivoire, avant midi, rentrait
se cercan de una tapia de adobe, que van muy estirados, metafóricamente hablando, porque saben que no llevan sobre su carne espiritual
más que unos trajecitos de papel pegados con salivita, que al menor
contacto, al menor movimiento brusco, a la menor pirueta intelectual,
les del·ª sus vergüenzas al descubierto; y los otros, también atacados de
comp ejos de inferioridad, que por reacción inconsciente de la psiquis
son llevados a una arrogancia y agresividad enojosas, que insegu_r~s _de
su propio yo, creyéndose postergados, tratan de forzarse, con exh1b1c10nes de un Zeus de guardarropía, en el ánimo de los que co!1 ellos tenemos que convivir y malvivir. SibaritiSf!JO d~ doub/éy_ausenc1a de humorismo, todo ello es prueba de una ep1dem1a de vanidad; porque el humor no se dará sino en tipos orgull?so~, en sup~radores que s_e bu~lan
del ambiente y pueden burlarse de s1 mismos, mientras que el mgemo y
la actitud tragediante-ambos tan propios de las mujeres-son productos de raíz vanidosa. Lo que aquí ocurre, a mi entender, es que se ha
dado un salto mortal de uno a otro sentimiento; del que permite al hombre afirmar su personalidad aún en las más bajas condiciones social;s,
al que lleva a un señor a volverse loco y correr desalentado tras un_ cmtajo o a esponjarse al decirnos que es amigo de tal pseudo persona¡e: el
paso del hombre-hombre al señor-guiñapo.
.
.
Yo quisiera ir por esos campos de Dios a ver s1 el labneg_o eerdura
en su pristino estado-pero a mi natural tímido aterran las t1fo1deas y
los fríos-y prefiero continuar pensa!ldo que esto_ es así, y que estas gentes que creen que Madrid y en Madnd se ha me¡orado mucho porque
se fuman más Murattis o más Abdullas, porque se construyen_ unas casas coronadas por cúpulas y torrecitas espeluzna!ltes o cuadngas re~ubiertas de deslumbrante purpurina, etc., no son sino unos pobres senores •totalistas» (consúltese y medítese la admirable Caverna del humo-

160

X!

161

�LA PLUMA
rt'smo de Baroja), inferior producto del &lt;~quiero y no puedo», de una
burg~esía acaso un tant~ mejor aba~tada, pero que no lee más, que no
sabe más, que no ha me¡orado de ideales, antes por el contrario, ha
perdido las viejas virtudes; que no se ha refinado, antes por el contrario, se ha chafarrinado, pero que presume cuando nunca se debe presumir ... y menos ella ahora.
Pero de todos modos, mi fe se ha ido; la útil, eficaz y resplandeciente a;madura se ha mellado y cuando salga por ahí otra vez tendré
que acudir al humorism&lt;?, escudo siempre protec_tor de l?s noroesteños
(que se chinchen los puristas). Y esta _es la cuasi tragedia de un ho_":ó
hispanus, ingenuo y desterrado, que pide se le perdone esta exudac1on
lírica.
ERASMO BucETA.

CRÓNICAS LITERARIAS
PORTUGAL
de Castro parece haber abandonado definitivamente la magnífica manera en que nos dió ejemplares prodigiosos, de arte supremo, para fijarse en tJn procedimiento más sincero, más natural,
menos artístico, más profundamente humano. El gongorino de Belkiss, el ortebre de Sagramo1·, el brujo irresistible de Oa,·istos y del
Libro de Horas, ha cedido el puesto, primero, al clásico de Consta~;a, y , por
último, al trovador henchido de simplicidad de las Can;oens desta negra vida,
su libro de ha pocas semanas.
Son veintitrés canciones hechas, generalmente, a seres modestos: al olivo
seco, al carpintero, a la doncella que envejeció doncella, a unos zapatitos, a la
mano izquierda, a la mata de clavel, a la borriquilla que llevó a Nuestra Señora, a !a camisa de boda, al canario de la botica.,. Entre esas canciones, algunas
se dirigen a cosas nobles y orgullosas; a la noble Popeia, gata persa; a la espada
de Toledo. a un reloj inglés viejo.
Emplea en esas canciones la cuarteta de siete sílabas de la antigua poética
portuguesa, excepto en la segunda canción de la Donzella envelltecida, que adopta un ritmo poco usado hoy, pero que bien manejado posee su encanto. La canción es linda: la doncella tenía una perla, ia tiró al aire y la perdió; tenía
una rosa y la deshojó; fué a buscar otra y la vió deshojarse; su amado quiso besarla y ella le huyó. Era doncella. Ahora, al envejecer, desea la perla que perdió, la flor que deshojó, el beso que rehusó. Y dice:
UGEJIIO

cVeiu o outono. Onde estás, primavera?
Como cu foil... E como é que me vejo?
Ai, agora, meu Deus! quem me dera
urna rosa... urna pérola ... um beijo ... •
l

62

163

�LA PLUMA
LA P L U \1 A
A can;ao da mao esquerda es de las más armónicas del libro. Canta las tristezas de la mano izquierda, que dice a la mano derecha:
«Ela é fidalga, eu plebeia,
Assim o quis nossa estrela;
Coisas mesquinhas sao minhas,
E coisas belas sao dela.&gt;
La Can;ao das seis ,11a,·ias es interesante. De las seis Marías amadas, sólo una
no le hizo traición. La María de la Luz, le cegó; la María de los Placeres, sólo
le dió sufrimientos; la María del Cielo, le abrió las puertas del infierno; la María del Rescate, le esclavizó; la María de la Gloria, le humilló.
«Dos seis nomes, qua! mais lindo,
Dos nomes dos meus amons,
Só nao me mentiu o sexto,
Que era... Maria das Dores!•
La última canción es la de sus hijos. Uno de ellos murió. El poeta le consagra estas dos cuartetas maravillosas:
«Martín, passaste de leve
Neste mundo, qu' é só dor...
Nascendo, fizeste-me aojo,
E morrendo, pecador.
Pecador, que, ao ver-te morto,
Descreu de Deus e dos Céus,
E qué ainda, se em ti pensa,
A Deus pergunta se ha Deus!•

* * *
En el siglo xvm hubo un escritor portugués, en cuyo espíritu se reveló a la
vez el pensamiento de un Montaigne y la ironía de un Voltaire: Francisco Xavier de Oliveir~. conocido en el mundo de las letras por el Cavalheiro de Oliveira. Su obra más conocida y más juntamente célebre son las Cartas. Diplomá tico y aventnrero, estuvo en Viena, y fué a morir a Londres. Hace poco tiempo
que se ha empezado a ver claro en su vida, merced a las investigaciones minuciosas de un erudito de mucho valor, el Sr. Jordao de Frt&gt;itas. Sábese por

qué se fué a Viena, por qué salió de allí; se conocen algunos incidentes de fU
vida, tan original. Mientras estuvo en Londres redactó y publicó una especie
de periódico, en francés, el que tituló Amuument périodique. Ese periódico, conocido en Portugal de poquísimas personas, aunque muy inferior a las Carlas,
es necesario para recibir la impresión completa de la personalidad intelectual
del Cavalheiro de Oliveira. Un funcionario de la Biblioteca Nacional de Lisboa,
y al mismo tiempo escritor, Aquilino Ribeiro, ha traducido parcialmente el
Amusement, y acaba de publicarlo en dos volúmenes, acompañado de una larga
introducción.
La única ventaja que se obtiene con la iniciativa de Aquilino Ribeiro es la
de llamar la atención sobre el periódico del escritor del siglo xvm. Pero esa
obra sólo interesa a los eruditos, que saben francés; no había necesidad de hacer la traducción. Lo indisculpable es que, de traducirlo, no se haya hecho la
traducción íntegra. Aquilino Ribeiro ha suprimido lo que ha tenido por conveniente, de modo que la traducción tiene un carácter acentuadamente anticatólico, que no estaba en el espíritu de quien lo escribió. Si Aquilino Ribeiro hubiese hecho la introducción del Amusement plriodique, habría prestado un verdadero servicio a la crítica literaria portuguesa. Tal como está, su trabajo es
poco menos que inútil.

* * *
Hipólito Raposo es, entre los nuevos, un nombre consagrado. Figura entre
los directores del grupo político denominado integrafümo lusitano, y es también un escritor de mérito. Hasta el presente se había limitado a publicar volúmenes de crónicas ligeras. Ahora se nos presenta con un trabajo de mayor
alcance, de más alta y profunda intención, una novela: Seara Nova. Novela de
teadencias nacionalistas, con una parte crítica del modo de ser de la sociedad
Y de la élite mundana contemporánea, y otra parte de aspiraciones y de creación, el libro de Hipólito Raposo es una tentativa feliz en la literatu:-a portuguesa, Lástima que su prosa sea tan pesada, tan opaca; prosa sin perfume, que
cansa como la subida de una ladera. Me recuerda la prosa del difunto Marce!
Proust, que sólo puede leerse a tragos, porque atosiga y fatiga.
Aparte de eso, el libro de Hipólito Raposo es un trabajo de cualidades singulares, que merece ser leído y estudiado con atención.

* * *

�LA PLUMA

LA PLUMA
La poetisa D. Branca de Gonta Collac;o heredó de su padre, el poeta Thom as Ribeiro, un puñada de cartas que Camillo Castel!o Branc0 le escribió desde 1883 a 1890. Ha resuelto publicarlas. El libro apareció pocos días hace. Son
120 cartas ptefaciadas por su propietaria, y anotadas por J. D. C. Las anotaciones no tienen mayor importancia. El prefacio ayuda a cónocer la compleja y
m lsteriosa psicología del gran novelista del siglo x1x, psicología que las cartas
ponen claramente al desnudo en toda su complicatión y misterio.
Del infortunado ramillo deben de haberse publicado ya más de 300 cartas.
Ellas serán el gran instrumento elucidatorio de que habrá de echar mano quien
se resuelva a hacer la biografía completa del escritor. Hasta ahora no se ha pasado de tentativas, laudables por ia intención, pero de escaso provecho. Sólo
delante de las cartas en que Camillo nos ofreció su alma desnuda, podremos
formarnos idea de lo que realmente fué el gran maestro del sarcasmo y del
llanto.

* *

*

En el periodismo portugués se ha destacado últimamente el nombre de
Hentique Trfodade Coelbo, hijo del notable cuentista de Os Meus Amo,-es, Trind ade Coelho. Su prosa posee elegancia y brillantez. Dueño de cualidades técnicas dignas de aprovechamiento, Henrique Trindade C'oelho, que también
es poeta, aparece en las librerías con un volumen inédito: Prozas e Ve,·sos
{e Belchü1,- de /1 ob,-ega. Este Belchior de Nobrega es un personaje ficticio, de
quien se sirve el autor para ciertas evocaciones del tiempo del segundo imperio francés. Es una figura a la manera del Fradique Mendes, de Ec;a de Queiroz, viéndose que Henrique Trindade Coelho se deja influir mucho por el novelista de Os Maias, pero sólo en la manera de componer la armazón del libro,
en la estructura de la frase y en el modo de adjetivar. Integran el libro 49 sonetos, preciosos algunos. Me gustaría que Hendque Trindade Coelho fuese más
exigente al trabajar sus versos, para no incurrir en la repetición evitable de
adjetivos ni en las cacofonías, que, para oídos hipersP-usibles, son verdaderos
martirios.
Transcribo este soneto, muy bello:
«Quando o pastor, de noite, á porta !he bateo,
Dormía Sulamite, e o corac;ao velava.
Velav¡¡, ouvindo a voz inquieta q . a chamava
Sob as gottas do orvalho e a clara luz do ceo.
166

-«Abre-me, pomba minha, amiga minha ... &gt; Ergueo,
Sulamite, subtil, a perfumada aldrava:
Deserto, o limiar. Apenas negrejava,
Ao fundo, urna palmeira a o pé do poc;o hebreo.
Quedou-se Sulamite, estática, a olhar.
E vendo unicamente a sua sombra ao luar,
A ella ergueo as maos diaphanas, e disse:
-«Em vao por rnin chamou aquelle q. esperava.
O meo corpo dormía, o corac;ao velava...
Antes velasse o corpo, e o corac;ao dormisse ...&gt;

* * *
Otro poeta: Guilherme de Faria. Es un niño; apenas, quince años. Dos libros,
ya, Poemas. y Mais Poemas, Este último acaba de publicarse, Es un ejemplar característico de precocidad. A veces, leyéndolo, y al recordar la edad del autor,
pienso en Arthur Rimbaud, el amigo y enemigo de Verlaine, poeta en París,
comerciante y contrabandista de armas en África.
G11ilherme de Faria no posee todavía una personalidad muy marcada. En
algunos de sus poemas se percibe influencias manifiestas. Mas la musicalidad
de sus versos es verdaderamente asombrosa. Oigan, que lindo:
cO' Pedra que choras na rua,
Pedrinha, meo bem,
Tu choras, meo bem?
O' Pedra que choras, na rua,
Tu choras de alem...
O' Pedra que choras na rua, s6, nua,
Eu choro, tambem .., •
Este poeta tiene quince años y trabaja sus versos como un artista maduro,
ALFRJIDO Pll(JINT.l.

�LA PLUMA

LA PLUMA
CATALUÑA

IDA CATALANA.-La vida de la gran urbe catalana llega en esos meses
de fiebres diversas a su máxima intensidad. Se prodiga la edición
de libres, se llenan los teatros de multitudes curiosas, se celebran
cursos y conferencias en los Ateneos. De esta inquietud diversa
sobresalen algunos pináculos entre las aguas turbias de la corriente. A vista de pájaro, a manera de cinta cinematográfica, veremos pasar la vida
catalana de esos días de crudo invierno, al que no estamos acostumbrados los
barceloneses en la perenne benignidad primaveral de nuestro clima, saturado
de brisas marinas y de auras montañesas olorosas de pinos.
En materia teatral hemos tenido copiosas novedades. La aportación a nuestra lengua de la obra rebosante de humor y de ironía de Gerome K. Gerome
Fanny i els seus criats, debida al poeta Millás Raurell, ha sido en Romea un
éxito completo. El jugoso humorista inglés era ya conocido de nuestro público
a través de las novelas Tres homes dins d'uná barca, sense cantad# el gos y 1res
anglesos s'asbárgeixen, las dos de una completa novedad. La obra intensa y algo
dura Et páquebot Tenacity, de Darles Vildrac, que obtuvo en París los honores
de un éxito grandioso, ha pasado por el escenario de Romea sin pena ni gloria, a pesar de haber merecido de la crítica barcelonesa un elogio muy justo
por su acertada interpretación. Ha pasado asimismo con indiferencia la refundición hecha por Pous y Pagés de su comedia, estrenada en anteriores tem•
poradas, La met i les vtspes, con el nuevo título Sanls i diábles.
Por el mismo escenario de Romea, donde se rinde constante culto al teatro
catalán, ha pasado el arte completo del venerable Zacconi, con todas sus extraordinarias facultades escénicas, que han hecho de su actuación un éxito público. Hay que agradecerle habernos dado, después del viejo melodrama espeluznante de Giacometti, inevitable en todos los grandes «divos,, antiguos y
modernos, la fruición de su Otilo, de sil Re Lear, cubriéndose con el sombrero
de raros plumajes de Petruccio. Asimismo. dando prueba de su buen g_sto, al
lado de las figuras inmortales de Shakespeare, ha ofrecido al p&lt;iblico barcelo•
nés, que tanto le distingue, las d11s magnas tragedias dannunzianas La cittá
morta y La Gioconda.
Nuestro Lieeo sigue una buena orientación que aplauden los amantes de la
música selecta. Al lado de las inevitables vulgaridades de la música italiana,
desde Donuetti a Puccini, los artistas rusos, ya conocidos de anteriores tempo•
168

radas, grandes cantantes y ~raades actores, han reanudado unas cuantas representaciones del grandioso Boris Gudunof, que adquiere mayor relieve cuando
más se oye, habiéndose estrenado la obra maestra de Borodine Et Pdncipe
Igor, cuyas danzas del segundo acto dieron la vuelta al muado en la interpretación de l\fiassine, en el ya lejano espectáculo de revolución coreográfica de
los Bailes Rusos. Los artistas alemanes, que reanudan a cada temporada su
maravillosa compenetración con las obras que interpretan, han dado una ajustada perfección a la fresca partitura de l\fozart Le nozze de Fígaro. Todos se
bao convencido de que se imponen las •bras teatrales de Mozart, y se habla en
la próxima tempordda de un ciclo completo, en el que además de estd obra se
interpreten IJ fláuto mágico, Don Giovánni y Cosí fán tutte.
La actriz Mercedes Nicolau prosigue su campaña de fervor artístico en el
Teat,·o Auditorium, habiéndose presentado entre otras obras diversas, todas
-escogidas, en la traducción catalana de Monna Vanna, y la de El vano de lady
Windermeere. En esta rápida revista no debe dejar de citarse el éxito obtenido
por Julio Vallmitjana en una nueva obra de ambiente popular, A l'ombra del
Monljuic, ante un público acostumbrado al bajo espectáculo que se ha dado en
llamar cvaudeville,, como herencia de aquellas comedias alegres servidas por
Elena Jordi y presentadas con lujo y buen gusto por el malogrado Alejandro
Soler.
De entre una grandiosa pirámide de libros publicados, reveladores de es&lt;:asa originalidad, merece citarse Caries d'u11 visionad, de Pedro Corominas·
Se hallan reunidas en este _volumen, de poca extensión, algunas cartas políticas, escritas desde la fiebre del estadio donde luchan los hombres a un amigo
que vive en el campo lejano entre la paz de sus olivos y sus viñedos, ocupado
en la recolección de los frutos ricos de la tierr:i. El luchador, retirado hoy de
la política, habla de sus ideales democráticos, y desfilan por las páginas del libro figuras harto conocidas de los que gobiernan el país dentro de los leones
decorativos de la fachada del Congreso. Se hace interesante la lectura hasta
desde el punto de vista histórico, por tratarse de hechos ya consumados y de
males ya conocidos.
Tiene la obra el defecto esencial de las de:nás obras de Pedro Corominas,
el estilo pobre, abunda11.te en una fraseología vulgar. y aceptando como artículo
de fe las corrupciones del pueblo en la deformación de las palabras deixu¡,ilnades, por disciplinades, por ejemplo.
En el prólogo de este libro habla el autor de su teoría sobre el estilo. Cree
169

�LA PLUMA
que el estilo debe ser transparente para seguir, detrás de las palabras, las sinuosidades de la idea pura; que en el corazón de cada palabra hay un espíritu
que duerme y que en el genio de la lengua llay una lógica normal de construcción; que cuando el escritor evoca las palabras y las ordena con una lógica perfe~ta, la materialidad de las palabras es como si no existiera, y se muestra la
virginidad del pensamiento como un espíritu puro.•Esa teoría de la superioridad de la idea sobre la palabra se aleja de Maragall, que cree en el origen di_
vino de la palabra. En realidad, el concepto idea y el concepto palabra son in separables el uno del otro, y cuando la idea se viste con un ropaje suntuoso
de palabras puras y bellas, la idea aparece mucho más luminosa. La unión de
idea y las palabras de origeu divino, el verbo hecho carne palpitante de emoción, es todo el arte del escritor. Claro está que la preocupación del estilo y
de la forma se llama Theophile Gautier, el frío versificador que esculpe esmaltes y camafeos; pero también es cierto que la u1Jión de la idea y d~l estilq se
llama Víctor Hugo, el poeta de las grandes realizaciones.
Eso aparte, que es objeto ya de una preocupación de escritor, que no traería nada bueno si esa teoría de Pedro Coromi'.laS tuviera adeptos, Car-tes d'un
-oisionar-i s.e lee con gusto, a pesar de que la edición es detestable y se escapa
involuntariamente de las manos del bibliófilo.
Carlos Rahola ha publicado últimamente un pequeño volumen muy interesante. Editado por }a$ Publicac1ons-Empordás-B1Jr-celona, lleva por título En
l?amon Muntaner-L'Home-La Cr-ónica, e incita a su lectura un prólogo de Nicolau d'Olwer. La personalidad eminente del cronista de las glorias catalanas,
de las grandes empresas guerreras de nuestros reyes cuando de negunes gents
s,mt tants at mon com catalans, sohresale de esas páginas en su doble aspecto
de hombre y de cronista. Carlos Rahola, ferviente ampurdanés, ha hecho una
ofrenda de gran precio a la cultura catalana con ese estudio de otro ferviente
ampurdanés de otros tiempos. Todo lo que tienda a hacer revivir a nuestra
vida moderna las grandes figuras de nuestros siglos de oro, ha de ser bien acogido por todos. E~te estudio ha sido singularmente oportuno además, ahora
que gracias a la iniciativa meritísima de Patxot y Jubert, el l.stitut d'Estudis
Cátalans va a emprender la publicación erudita y cuidada, tan esperada por
todos, de las grandes crónicas catalanas que ahora es preciso leer en edicio nes difíciles de encontrar, hechas por beneméritos hombres de otras
épocas.
Givanel y Mas, el docto cervantista, ha publicado un estudio comparado en1;0

i.,A PLC"MA
tre el / on Quijote, y el m~gnífico libro ce Caballe1·ías Tirant Lo Blanco, joya
de la lengua catalana medioeval. Es un tiraje, aparte de la revista Qttadernsd'Estudi, y una muestra de su pericia en e&lt;;tudios de esta índole.
Uu diminuto fascículo de Manuel de Montoliu, La Cán;ó de Ges:a de 'Jaume I, publicado por la 1ipog, afia editorial Tar-rago11a, ha producido algún revuelo en el va~to campo de la erudición catalana y de los estudiosos de otros países que de estudios catalanes mectioevales se ocupan. Mucho se ha dicho sobre
el_ problema de la aute~ti:idad de la Crónica de nuestro eminente rey Conquer-idor-, aunque pocas cronicas pueden parecer tan llenas de observaciones personales corno esta. Montoliu trae a la cuestión latente un descubrimiento que
parece de alguna transcendencia. Ve en la Crónica fragmentos rimados en metro épico, lo que parecería suponer la existencia de canciones de gesta perdidas q~e hubiesen entrado en la redacción definitiva de la Cr-ónica. Cierto qn('"
la figura de epopeya del rey debió despertar en su tiempo fulgores de leyenda.
Y de poesía épica, hoy totalmente perdida. Pero Montoliu, para sostener su teoría, come_te algunas infidelidades, corno trasponer una palabra a la otra para
hacerla nmar, Y no falta quien dice que cualquier pedazo de prosa medioeval
de ~amón_ Llull o de Joanot Martoreil se prestaría a una prueba semejante, sup~ni~ndo igualmente fragmentos en metrn épico. Sea lo que quiera, el descubnm1enio de Montoliu es muy interesante y trae nuevas luces al problema dé
la Cr-ónica de nuestro gran rey.
La Rd,ton"al Catalana ha publicado últimamente, en su Biblioteca Litera,·ia
a versión debida a Carlos Riba de la emocionante narración de Sienkiewic~
B_artek el -oenc~dor. El poderoso escritor polaco es conocido por su resurrecc16n de otros tte mpl)S heroicos de iniciación cristiana, que h'l dado la vuelta al
i_nundo con el nombre de Quo vadis. Pero el escritor se entrega más y es más.
Sl~Cf?rO en obras como Bartek el vencedo,•, donde con su alma de patriota que
odia la raza alemana que esclaviza su pueblo, traza la vida sencilla de ese héroe
de la guerra de 1870. Así como anteriormente se public6 en la misma biblioteca la novela de los estudiantes de Kiel Endebades, obra de juventud del gran
a_utor polonés, es de esperar que sigan traduciéndose al catalán sus obras, partic~l.armente la trilogía heroica y sus m1ravillosas novelas Sin dogma y l..afamil,a Polaniecki.
La misma poderosa Empresa Editor-ial Catalana, que publica varias revistas Y periódicos y bibliotecas y que llega a grandes tirajes, ha dado a los lectores de su Biblioteca Catalana los Iibros .·Jplec de J?ondatles, de Valeri Se!Ta Bol-

�LA P L UMA

LA PLUMA
-dú, el curioso rebuscador del folk-lore catalán, y el nuevo volumen de Alfóns
Masuas, el infatigable novelista, Setze cantes.
L'Associacid Protecfo,-a de l'Ensenyanfa Catalana, prosiguiendo su norma de
conducta de dar biografías de los gra12des hombres de nuestra historia, de las
-que estábamos .completamente faltos, acaba de publicar Francisco Pi Mar.gall, de J, Roca y Roca, y Pau Clads, de A. Rovira Virgili. El éxito obtenido
por esas publicaciones prueba claramente la sed que tenía de las mismas el
público catalán, que admira sus grandes hombres y busca ocasiones de enterarse cumplidamente de su vida y del carácter de su obra.
Se habla mucho de la reciente J,undació Ba,-nat Metge, que con un fabuloso
-capital inicial, tiene por objeto la publicación de los clásicos con el texto original y la traducción c11talana, debida a nuestros primeros eruditos en lenguas
orientales. Las listas de suscriptores a la magna obra se llenan cumplidamente, pues el público no permanece insensible antP. las nobles iniciativas. Los
primeros volúmenes están ya en curso de publicación y se asegura que pre•
sentarán una acabada perfección tipográfica, siendo un regalo para el bibliófilo.
Hablando de bibliófilos, acaba de fallecer en la Cartuja de Valldemosa, que
une espiritualmente los nombres de Georges Sand y de Rubén Darío, Isidro
Bonshoms y Sicart, el perfecto bibliófilo. Vivía allí como un gran señor que
era, en la amplitud de unas celdas inmensas decoradas con lujo y buen gusto,
donde trasladó hace ya años su biblioteca, para vivir consagrado a sus libros y
a la contemplación de los espléndidos paisajes de Mallorca.
Su biblioteca era el fruto de toda ~u vida. Años y ai'í.os había rebuscado, reuniendo un tesoro de incalculable valor. Con su gusto exquisito hacía revestir
el viejo infolio de venerables pergaminos con el levante gofrado de hierros de
-oro y toda clase de olorosas pieles. Había reunido la maravillosa Biblioteca
Ceroántica, una de las primeras del mundo, que legó en vida al lnstitu/ d'Estudis Catalans, donde queda instalada en una sala lujosamente decorada, a la
,curiosidad de los historiador~s, después de publicado el catálogo de tan estupenda colección y de haber instituido un premio para estudios cervánticos que
lleva el nombre del generoso donador. Asimismo tuvo gusto de entregar en
vida a la Biblioteca de Catalunya, aumentando sus tesoros, la colección de folletos referentes a las guerras de Cataluña. Instaló en Valldemosa sus libros de
Caballerías y gran acopio de libros, todos de gran preci~ que lega en su testamento a la Biblioteca de Catalunya.

El ilustre patricio ha muerto, después de una larga enfermedad, sufriendotanto que ni entre sus libros enc1&gt;ntraba gusto. Vivió para los libros, para dis-

frutar con ellos, con el selecto placer del bibliófilo. Tuvo la fortuna de poder
perrritirse ese lujo de los dioses, de tan pocos conocido; porque generahnente la afición a 1-&gt;S libros está en razón inversa con los dones de ta fortuna loca
y los que podrían adquirir libros raros prefieren comprar cuatro Rolls-Royce,
aunqt:e con uno tuvieran bastante. En el bibliófilo fallecido en Mallorca se
unían esas dos raras cualidades, la fortuna y la afición a los libros.
El hombre feliz y generoso se extinguió en sus lujosas celdas de Valldemosa, rodeado de sus libros y del paisaje luminoso que une espiritualmente
los nombres tan distintos de Georges Sand y Rubén Darío.

J.

MAssó VENTÓS.

�l. A P L U .\l A
Isabel O. de Palencia (Beatriz Galindo).-Et sembrador sembró su semi/ta...-Novela.-Rivadeneyra. Madrid.

LIBROS y REVISTAS
A. tiernández l:atá.-La Casa de Fieras.-Bestiario.-Ed. Mundo Latino.
Madrid.
La moda de las moralidades esópicas, renovada en las literaturas extranjeras modernas con los rugidos de las selvas de Kipling, el cacareo de Rostand,
la astucia lírica de Renard y el sentimiento pánico de ColC'tte, cuya aguda feminidad cala tan hondo en el instinto puro, no había tenido en España más
continuador de Iriarte y Samaniego, q ,1e don Manuel Linares Rivas con su fábula teatral de &lt;El Caballero Lobo&gt;. En el prólogo a La Casa de Fieras, Hernández Catá señala sus oróximos antecedentes en lengua española: Lugones,
Tablada y, más modernó entre todos, nuestro amigo Moreno Villa.
Hay una diferencia esencial entre la mora lidad esópica, transfundida a
nuestro tiempo a través de cuantos imitadores de La Font~ine en el mundo han
sido, y los bestiarios modernos. Para el gran francés, como para Esopo, los animales son e-ntes de razón humana, encarnaciones simples cada cual de las con•
diciones que constituyen la complejidad del hombre. Los pJetas modernos se
complacen, por el contrario, en descubrir en sí propios la psicología de nuestro hermano lobo, de nuestrn padre el mono; o. en todo caso, se recrean en
esquematizar las siluetas del mundo animal en líneas arquetípicas.
No ha perdido Hernández Catá en este nuevo intento de colaboración en
un género clásico, un ápice de su bien ganada fama de novelista. Sobre toda
otra intención triunfa en su último libro la sátira, es decir, el zumo fuerte de
sus mejores cuentos. Y si le falta, acaso, la finura de matiz, la gracia sorpren·
&lt;iente de la expresión, características del propósito moderno, a que nos referíamos antes, tiene en cambio la robustez, la claridad, la fuerza saludable de
los antiguos modelo&amp;, y ese recto sentido de la protesta contra la injusticia social que ha guiado siempre a los grandes escritores naturalistas.

* * *

Una de las pruebas más fuertes que solemos aducir loe antifeministas en
apoyo de nuestra opinión, es la propensión general de las escritoras a imitar a
los escritores. Cuando no, la ñoñez, la sensiblería de las mujeres que alardean
e:i su literatura de la supuesta debilidad de su sexo, nos hace aborrecible la
distinción de géneros literarios en masculino y femenino. Apresurémonos,
pue~, a señalar con piedra blanca la aparición de la primera novela de la señora de Palencia. Porque su mayor precio está en la resolución con que afronta
un problema de .:onciencia femenina.
Toda la primera parte de la novela, llevada con innegable soltura, peca de
excesivo respeto a la manera de hacer una 'llás. Por querer contar las cosas
sencillamente, la autora no se preocupa de la facilidad con que ha aprendido
a llenar cuartillas para columnas de periódicos-el mal del siglo, del que nadie
estamos exentos-, y hace literatura sin saberlo. Mediada la obra, triunfa la
fuerza del sentimiento natural que le impulsó a escribirla, y del mismo modo
que la protagonista, al sentirse madre, cobra una conciencia de mujer heroica,
que no sospechábamos por su insípida existencia anterior de muchachita provinciana, la novela adquiere un valor impondernble, más todavía por el tem peramento que revela en quien tan decididamente arriesga la iniciación de un
tipo de literatura experimental. que por lo ya logrado, con ser, repito, la última parte muy interesante como tal obra de entretenimiento, fin primordial que
el·novelista no;ha de:olvidar:nunca, y que la señora de Palencia cousigue de primera intención, en crescendo basta el final, dignamente compuesto y rematado

* * *
Rafael Urbano. -El Diablo. Su vida. y su poder. ( Toda su historia y vicisitudes).-Bib. del Más Allá. Madrid.
Rafael Urbano, hombre ingenioso, humorista de profesión, conversador
amenísimo, cultivador de raras especialidades, aficionado sobre todo a disimular bajo una apariencia frívola y desentonada con la última moda literaria y
científica, una gran cultura, acaba de publicar un libro por demás curioso, divertido, sagaz y utilísimo para el profano.
Burla burlando, traza en un compendio didáctico, con el atractivo de una
nov'!la de aventuras, la historia del Diaolo, del Espíritu del Mal, personificado
en el Angel rebelde de las Escrituras, sagradas para el mundo cristiano. De las
primeras revelaciones conocida¡¡, a los satanismos literarios de estos últimos
tiempos va Urbano saltando ágilmente con donosura y humor alegre, en pos
&lt;le la gran sombra maléfica que hace el magnífico clar:oscuro shakespeariano
en la conciencia de la Humanidad.
Es una historia, dice su autor, «tal como puede escribirse en nuestros días,
no Jlena de fe, pero ¡¡Í de inquietud•.

*

* *

�LA PLUMA
María Bnriqneta.-Rumores de mi huerto. Rincones románticos.-Madrid.
Imprenta de Juan Pueyo.
Se ha honrado alguna vez LA Pw:r,u. publicando versos de María Enriqueta,
distinguida poetisa mejicana. En el volumen que ahora recoge todos los com·
prendidos en dos ediciones ya agotadas de Rumons de mi huerto, con más la
copiosa colección de inéditos de Rincones romJnticos, se advierte clara la formación de la autora en la escuela post-romántica.
Es verdad que la poesía no es de ayer ni de hoy; pero es innegable que en
tanto no borra el paso del Tiempo las diferencias de los tiempos, hay una especie de barrera que delimita los gustos de una a otra generación. La gracia de
los versos de María Enriqueta es, sobre todo, tan espontánea, que aún sometido su estro a leyes ha tiempo vencidas por usos y costumbres más arbitrarios, nos ganan por la tierna efusión que los dicta.
De Norte a Sur corre por el Continente americano un blando movimiento
de liras, acordes al íntimo sentir de tantas gráciles musas como se han dado a
cultivar la poesía, que ya no se contentan con inapirar en pechos varoniles.
María Enriqueta las preside.

*

*

AÑO IV.

1

MADRID, MARZO 1925

NÚM. 34.

LA QUINTA DE P·ALMYRA

*

&lt;1 &gt;

(Continuación.)

Valcntín de Pedro.-España .Re:-zaciente.-Opiniones, Hombres, Ciudades,
Paisajes.-Los Núevos. Calpe.
Valentín de Pedro es español. Español de España, como dicen muy just11m&lt;!nte en París para distinguir a los de aquende el Océano, de los españoles
americanos. Su internacionalismo no le perrr.ite reivindicar exageradamente su
condición de nacido en la Arge ntina. Tiene, no obstante, cierta timidez de extranjero para contemplar a España. El generoso optimismo de su España Renaciente, y más que nada el tono de descubrimiento con que celebra sus impresiones, le delatan. Ha abordado, en los capítulos que componen este libro, el
tema fundamental de la literatura superviviente del desastre nacional en que
seguimos viviendo. Admite el dogma de un renacirnrento actual de España.
Vamos, indudablemente, camino del éxito mundial. Hora es ya de que pensemos en afinar el sentido critico. No, no es oro todo lo que reluce.
Estas ligeras apreciaciones en nada quieren menoscabar la intención, el -i nterés, la amenidad del libro de Valentín de Pedro, en cuyas páginas se alían la
información curiosa, el detalle significativo, el apunte, el toque, y el impulso
ditirámbico, cálido, juvenil, entusiasta, esperanzado siempre.

C. R. C.

.. .

U

ooos pa:ecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias
de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas
de todo y frente al mar.
. Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba
b~:n mal que ésta tuviese a Armando a su lado. Le saludaban tambien con mucho aprecio Y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.
Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los
que permaneciesen en la vida.
-Por fin van a aprobar el tren eléctrico-dijo don Vasco dando
una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto i(jeal, el magno proyecto

°

(1) Véase el n&lt;imero 33 de La. PLUMA.

XII

177

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>«.la pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.&gt;
VOLUMEN SEXTO

MADRID
I

9

2

3

�TJMDA ESPECIAL DE ESTE NÚMERO: CINCUENTA EJEMPLARES
EN PAPEL DE HILO, REIMPUESTOS1 NUJIERADOS DE l A

50.

~O IV.

MADRID, BNBRO 1923

NÚM., 32.

DEDICATORIA
el camino por donde va nuestra Revista, este número en
homenaje del gran escritor, es el primer descanso a que
llegamos. Saliendo al margen de la ruta, depuesta momentáneamente la carga de todos los días, hablaremos
entre amigos de las nobles cosas acabadas por otro, que nos precede, y alzaremos en su honor una estela, un trofeo. Esto no es evocar una sombra, avivar una fama, ni extenderle al poeta la cédula
&lt;le jubilación; entre nosotros vive: comprobamos la fluencia de su
virtud; lejos de remedar a la posteridad, nos agrupamos en torno de
una obra todavía inconclusa, donde no pocos delirios de esta edad
nos brindan, en su transposición poética, con amables, risueñas
imágenes de nuestra vida. El poeta ha visto en el zenit el mismo sol
que alcanzamos a ver cayendo hacia el ocaso. Pero es más nuestro
-coetáneo por ciertos sentires descubiertos en nosotros, que él reviste
&lt;le expresión cabal. El soñador amado avanzará, siempre actual, por

11
IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁF.Z HERMANOS
NORTE,

21.

MADRID. TELÉFONO

17-65 J .

N

s

�LA PLUMA
la carrera del tiempo, llevándose esas almas, ·ébrias de irreales grandezas, de misterios prestigiosos, presas en la red de sus ensueños.
Quien desde ahora discurre por la obra del poeta, vaga en la robusta selva, prometida a una duración de siglos, que nos envuelve
en el sosiego de sus sombras y pone olvido de las cosas triviales.
Hablar del poeta nos trae el regocijo, la serena certidumbre de quien
trata en valores eternos.
Corona jubilar o ágape de despedida, LA PLUMA habría solicitad&lt;&gt;
para este número un tributo de todos los autores españoles de renombre. Diez cuadernos de la Revista no hubieran bastado en ese
caso. Hemos optado por reducir el concurso ajeno al rigor de nuestro propósito: aparte de los que habitualmente redactan LA PLuMA.
buscar en tres generaciones de escritores los testimonios precisos.
para que ningún aspecto de 1a obra de Valle-Inclán, ni de su excepcional figura, quédase relegado-y añadir las notas plásticas que algunos artistas admirables, amigos de don Ramón, nos han ofrecido.
Situarle en la perspectiva de la literatura militante de nuestro tiempo, ver su obra por reflejo en otras mentes, establecer un repertorio.
de observaciones y de noticias en torno de su persona y de sus escritos. Y como nos ofrece un ejemplo notable, honrar la vocación
literaria pura y la altivez en el gobierno de su vida..,
Tal es, maestro, el ánimo que ponemos en este homenaje.

V ALLE-INCLÁN, NOVELISTA

'00

I

oN Ramón de~ Valle-Inclán es novelista, poeta lírico, autor
dramático. El caso del artista literario que se confina en
un solo género es muy raro, y lo es, no sólo por los tanteos que ejecuta la vocación antes de fijarse, sino también
porque los géneros no están separados por barreras precisas, difíciles de traspasar, sino que se enlazan entre sí por una cadena de formas intermedias. Los géneros no son, en absoluto, una invención de
los retóricos, pero son universales, y, por tanto, generalizaciones o
abstracciones de los caracteres comunes de obras individuales. Hay
en su concepto mucha parte de artificio de clasificación, de que se
vale el historiador de las letras para ordenar la multitud de los hecho» literarios. Así las mayores diferencias entre los géneros son de
técnica y de procedimiento. Los dos géneros de poesía lírica y épica
se distinguieron en Grecia por el instrumento que acompañaba la
recitación o canto del verso y hoy lo distintivo de la dramática está
marcado-por la representación.
Toda la literatura es una interpretación estética por medio de palabras, del hombre, la naturaleza y Dios (si el artista admite lo sobre-

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�•

LA PLUMA

LA PLUMA

natural). En esta interpretación no hay más que dos actitudes, la del
artista que se entrega al objeto y se convierte en claro espejo de él
y la dt-1 artista que se imprime a sí mismo en el objeto y .lo impregna de su propia personalidad; actitudes épica y lírica, objetiva y subjetiva, de las cuales se ofrecen en las obras mil matices y combinaciones, pues no se dan puras.
Pero si es raro el caso del escritor de un sólo género, más raro
todavía, si existe, es el del escritor repartido con igualdad entre varios géneros. Aparte de que su temperamento ha de conducirle a una
de esas dos actitudes estéticas fundamentales, hay también una afinidad electiva hacia las formas y los procedimientos de los géneros.
Se es por inclinación poeta lírico, dramaturgo o novelista, y cuando
se es de veras, por íntima elección o vocación, se sigue siendo tal,
hasta cuando se cultiva otro género. Mas como la literatura no
se escribe en un Olimpo, alejado de la esfera práctica, sino que
la Estética anda mezclada con la Economía y la Ética, estas
elecciones individuales están modificadas y a veces desviadas por
las modas y predominios de los géneros. Hoy escriben novelas y
comedias muchos que no son novelistas ni autores dramáticos, aunque sean literatos , por ser dichos géneros los que encuentran mayor
aceptación.

II
Valle-Inclán me parece que es principalmente novelista. Me fundo
en que las novelas forman lo más copioso de su producción; en
que las más perfectas de sus obras son novelas y en que en sus novelas se funden y compendian los demás elementos de su ª[te, de
manera que son la expresión más rica, más compleja y total de la estética y la inspiración del autor. Que posee también grandes dotes
líricas y vocación dramática lo demuestran sus mismas novelas, en
8

las que entran elementos líricos y que propenden a la forma dialogada, a la que llamó Moratín novela dramática, que es la forma clásica de la Celestina.
Se suele señalar el estilo como la excelencia característica de ValleInclán. Es la característica de todo gran escritor, pues un gran literato sin estilo no se concibe; es uua hipótesis que envuelve contradicción. Mas esto del estilo hay que precisarlo. No es sólo estilista
Valle-Inclán por escribir en muy elegante y pulida prosa castellana,
a la vez clásica y moderna. Su estilo no es sólo retórico, sino que
llega a capas más hondas y a maneras más íntimas de la expresión.
Por eso, en vez de estilo, diría yo estilización, aunque el vocablo sea
menos puro y tenga algo de bárbaro y advenedizo. Son dos aspectos
-0 dos momentos de la misma cosa. El estilo es la cualidad, la estilización, la obra. El estilo es la expresión y, po:: tanto, el gran instrumento estético, puesto que la Estética, según Croce, es la ciencia y el
arte de la expresión. La estilización es también la expresión, pero
lograda, sacando de las cosas todo su oculto tesoro, todo el carácter
y sentido que encierran. Estilizar una cosa es tanto como exprimirla
para que dé todo su sabor y jugo estético. Son, pues, como la potencia y el acto, estilo y estilización, y he marcado este matiz porque en
el uso corriente el estilo se ha hecho un vocablo algo equívoco, que
para muchos significa escribir bien, aunque se expresen lugares comunes o fruslerías. Concebido así, es la potencia operando en el vacío o sobre míseros materiales. En estos casos no se logra la estilización. Los lugares comunes no pueden exprimirse porque carecen
de jugo. Pues bien, en Valle-Inclán, y singularmente en sus novelas,
no hay sólo primor lingüístico, sino evocación y emoción, imágenes
llenas de realidad y envueltas en una atmósfera cordial que provoca
la simpatía, que es el secreto del arte, por cuanto consiste éste
fundamentalmente en comunicar nuestras emociones.
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�LA PLUMA

LA PLUMA

III
Una cualidad que enaltece y distingue a Valle-Inclán es la renovación. Empleando la antigua fraseología del hegelianismo, diríamos
que es un autor en devenir, en movimiento, que no se ha parado en
una forma. Es muy frecuente que los artistas se encierren en una
manera o en un tipo artístico y lleguen a estar envueltos y prisioneros allí como en un caparazón de crustáceo. En las novelas de ValleInclán, por el contrario, observamos una serie de formas que se suceden como por una evolución y crecimiento. Tiene por esto la
mejor clase de fecundidad, pues de fecundidad hay dos especies~
la del número y la de las formas y cualidades. La fecundidad material vale poco si no va acompañada de calidad. Hay muchos malos escritores extremadamente fecundos. Los grafómanos son legión. Nadie que tenga gusto preferirá a Ohnet sobre Flaubert.
En la obra novelesca de Valle-Inclán se pueden señalar tres partes o momentos. Los he comparado en otra ocasión a las tres hojas
de un tríptico literario. No son en realidad maneras diferentes queacusen cambios de orientación en el artista, sino desenvolvimientos.
y enriquecimientos que van haciend_o más compleja la expresión
e incorporándola nuevas aportaciones. Entre una y otra hay transiciones, y todas forman un conjunto vario, pero consecuente.
En la primera parte están las S onat11.s. El personaje central de
esta hoja del tríptico es el Marqués de Bradomín. Son obra de juventud, hora de lirismo, hora también en que la personalidad del
autor está más impregnada de las influencias literarias, de la inclinación hacia los autores favoritos. Había ya en la traza de la atractiva figura del héroe una potente originalidad, pues lo original no.
consiste en los accidentes, sino en la sustancia, en la concepción dela obra y en la interpretación del hombre, de la sociedad y del mun10

do que ella nos ofrece. El Marqué;; de Bradomín es un Don Juan
dieciochesco, uno de los avatares más distinguidos de esa figura de·
difusión universal y de tan varios destinos, que, nacida en un drama.
teológico, ha venido a triunfar como representante de una cosa tan
poco teológica como el polo sexual y el genio de la especie y está.
acabando en interpretaciones metafísicas, aunque sean de metafísica
del amor.
Los rasgos de Bradomín no son sólo donjuanescos. Hay en él,
otros rasgos significativos. Es católico y un poco volteriano. Es tradicionalista y ama la tradición por ser cosa pasada. El carlismo le
gusta como una catedral gótica y a condición de que no triunfe, en
lo cual se revela el instinto estético de este personaje, pues comprende que nada poetiza y depura tanto las cosas como la lejanía de lo
pasado, donde va quedando lo más puro y amable de su imagen,..
dorado por una luz suave de recuerdo que favorece mucho más que
la cruda luz iluminadora de las cosas próximas y presentes. Al hacer
pasar a su Bradomín por las estaciones de la vida, cada una de las
cuales canta su sonata sentimental, el Don Juan de Valle-Inclán se:
adelantó a otros Don Juanes que luego han andado por Europa.

IV
De Bradomín se pasa por las novelas dramáticas de los Montenegros, Aguilas de Blasón y Lobos de Romances, en los que s1r1bsiste la
fiereza feudal de los señores gallegos, a quienes sujetó la Reina Católica, a las novelas de la guerra carlista, que son lo mejor y más saliente de la segunda hoja del tríptico o de la segunda parte de la obra
novelesca de Valle-Inclán.
La guerra carlista es asunto que ha tentado a grandes novelistas.
11

�LA PLUMA
-españoles: Galdós en sus Episodios, Baroja en sus Memorias de un
Jiombr~ de acción, que son episodios nacionales también; Unamuno
~n Paz en la guerra, han evocado escenas y personajes de aquella
,contienda, en la cual, debajo de la disputa dinástica, que era la superficie, había tantas cosas en pugna, lucha del campo con la ciudad,
.del localismo con una concepción más amplia del Estado, del indi·vidualismo contra la abstracción de un Gobierno de leyes, que eso
'"Presume ser· el régimen moderno, aunque a veces sea harto personal; de la tradición contra la novedad, de la aristocracia vieja contra
tos nuevos señores de la clase media.
Las novelas de la guerra carlista de Valle-Inclán no se parecen a
las otras. Están construídas con una sencillez clásica. Un breve episodio en torno del cual gira la acción, tiene virtud expresiva para
que en él veamos no sólo el hecho particular, sino el ambiente y el
carácter de la época. Sin que se pierda la seducción poemática de las
.Sonatas, hay en estas novelas una poderosa irrupción de vida, de
realidad, de objetivismo, de historia viviente. Son las más acabadas
_y armoniosas obras de Valle-Incl¡ín y las mejores que se han escrito
acerca de su asunto. Así como la composición es clásica por la claridad, la proporción de partes y la sobriedad que omite todo lo _superfluo, es clásico también su estilo literario. El castellano adqutere
-en estas páginas una armoniosa sonoridad latina, de romance convertido en sermo nobilis, donde cada palabra concurre al ritmo Y al
.significado.
En las novelas de los hidalgos gallegos y en las de la guerra civil ha entrado en la galería novelesca de Valle-Inclán el pueblo, una
multitud pintoresca, bulliciosa, llena de vida, de espontaneidad Y de
color, cuyas figuras, principalmente las de los aldeanos y los mendigos de Galicia, con su intenso realismo, se elevan en valor estético
..al nivel de las de los caballeros y los caudillos y son ciertamente de

LA PLUMA
más dificil estilización, porque la sustancia estética está más honda,.
soterrada bajo una capa de vulgaridad.
Esta muchedumbre se sale de las novelas aludídas, quiere un
lienzo para ella sola y lo consigue en Divinas palabras, que es comouna novela picaresca de tierras de Ga!icia, de sus romerías y de sus
caminos, novela de mendigos, saltimbanquis, brujos y aventureros,
escrita y concebida, no con la visión satírica propia de la antigua picaresca, sino con emoción y espíritu de poema.
Divi1tas palabras, la novela de la Galicia andariega y errante de
las carreteras y las ferias, inicia otro grupo novelesco, una tercera
parte. Está ya en la tercera hoja del tríptico, donde aparecen las más
recientes, las más extrañas y las más arriesgadas obras de Valle-Inclán, bautizadas por él con el nombre de Esperpentos. No todos son
novelas. Hay desenfadados y aun descarados poemas satíricos de·
corte aretinesco, como la Farsa y licencia de la reina castiza, perohay una novela dramática, Luces de Bohemia, algunas de cuyas escenas son de lo más conmovedor que ha escrito Valle-Inclán.
Prodigios de estilización y de valentía ante lo más repulsivo y
peligroso del natural, hace el novelista poeta en estos Esperpentos.
Parece desafiar a lo feo y a lo plebeyo, a lo soez de las escenas lu-panarias y tabernarias, domarlo y reducirlo a la servidumbre estética
y sacar de estos viles materiales un misterioso e ignorado estímulode emoción. El realismo castellano no ha ido más lejos desde La
Cdertína.
Luces de Bohemia es nuestra mejor novela de bohemios. La escena entre el ministro y el poeta ciego, hampón en quien se descubre
una genialidad frustrada, y la de la muerte del bohemio son páginas
de una emoción desgarradora y penetrante. El cuadro madrileño en
que se mueven las figuras principales, bajos fondos sociales, ex hombres como los de Gorki, pero españoles y pintados con los colores..
13

12

�LA PLUMA
jugosos y abundantes de la paleta española, ofrecen una mezcla atrevida de cómico y de trágico, de dolor y vicio, de desgarro chulesco
y de ingenuidad de lo natural que requiere un esfuerzo extraordina·rio de estilización y aciertos raros de expresión para que lo atrayente
venza a lo repulsivo. El artista, en estos cuadros, está bordeando continuamente el peligro. Hace un alarde como el del funámbulo que
•camina sobre el alambre tenso.
Hay en estas tres partes o grupos de novelas una progresión y
enriquecimiento de valores de asunto y de expresión. Primero, la
,concepción poética de un personaje; después, el objetivismo y la realidad de la pintura social e histórica; por último, el movimiento y
acción de la novela dramática, colocada en la frontera indecisa entre
novela y teatro y que añade al realismo de su objeto el de la expre·sión. Valle-Inclán ha caminado desde el idealismo y el lirismo a la
-realidad. La ha impregnado de sabor romántico sin desfigurarla. En
la novela española contemporánea no se parece a nadie. En lo espe.,cífico del novelista y en la extensión de la obra hay sin duda quien
le supera pero en el conjunto de cualidades literarias no le gana nadie
_y al presente no hay quien le iguale.~
E. GóMEZ DE BAQUERO.

VALLE-INCLÁN,

LÍRICO

I
que Valle-lnclán publicó su libro inicial Femeninas,
e~ 1895, hasta que da sus primeros versos, pasan doce
anos. Aromas de leyenda es de 1907. De esos doce años
son las S onatas, todas las novelas y cuentos menores,
la primer «comedia bárbaru. Casi la mitad de su obra está hecha;
su personalidad, plenamente definida.
Pasaba, con toda su labor narrativa, por uno de . los prosistas
~senciales del tiempo. Sin embargo, así que se anunció su nuevo
rumbo, se le vió a su verdadera lúz: un poeta.
ESDE

J

11
Todo se explica con esta palabra. Nada más despoetizado, en la
literatura cursiva de hoy, que el teatro, si no es la novela. Teatro y
novela, cuando se levantan del medio nivel, empiezan a ser poesía.
Cuando no, son cámaras sin luz natural. Aunque en ellas ardan mil
faroles y antorchas les falta holgura, se les ha enrarecido al aire. Un
novelista, un dramático tienen que «justificar:. demasiadas cosas, es-

�LA PLUM A
forzarse en hacer posible lo que desde el primer momento se sabe
que es ficción, revelar en la vida inventada lo que la vida verdadera suele esconder. Un trabajo más que de Hercules: explicar la
vida. El poeta, sólo, acepta la vida en toda su inexplicable grandeza.

1II
Valle-lnclán-se dice-no es un escritor en quien se refleje la
vida de su tiempo. Cierto: no explica cómo está confeccionado el
traje de una dama, ni describe una fiesta de sociedad, ni dice cómo
es un mueble de lujo; tampoco se detiene a medir las fuerzas del trabajo, ni a lamentarse con los oprimidos, ni a amenazar a los fuertes.
El tiempo en sus libros no suele contenerse tan fielmente como en
los románticos; recuérdese a Alfredo de Musset, en sus novelas: «En
febrero de 1580... &gt;, «Era, si no recuerdo mal, en 1825... &gt;1 «Por los
últimos años de la Restauración ... » En Valle-lnclán el tiempo se indica vagamente o no se indica en absoluto; pero aun en este último
caso, sus personajes aparecen tan bien plantados en ~l como el Pablillos velazqueño en su fondo perdido. Con el lugar, le sucede otro
tanto. Si recordamos uno de sus paisajes lo recordamos indefectiblemente unido a una situación, a un afma. Esa vaguedad, esa totalidad
de impresión no son otra cosa que poesía.

No tenemos, de fijo, por lo más importante que Valle-1nclán baya
impreso los tres tomos puramente líricos: Aromas de leyenda (1907),
La pipa de Kif (1919), El Pasajero (1920). Son sus · «Parerga y Parali- 1
.pómena&gt;. Ciertamente, por sí solos tienen' indudable valor. Pero bay
que leerlos situándolos en la obra, dándoles su puesto en la serie:
Aromas tle leymda después de Ptor de santidad; La pija de Kif con

·16

�LA PLUMA
los «esperpentos&gt;; El Pasajero al margen de La lampara maravillosa. El subtítulo del Pasajero, «claves líricas&gt;, conviene a la colección completa de los versos de Valle-Inclán. En todos hay, no una
alusión, pero sí una resonancia íntima de las obras mayores.
El primer libro canta en versos sencillos, entonados como los de
la lírica primitiva, espolvoreados de cantarcillos gallegos, como un
dulce monjil con azúcar bien cernida, trovas ingenuas «en loor de un
santo ermitaño&gt;. Praderías verdes, rústicos pastores y rebaños de
égloga van ordenándose alrededor de las ascéticas figuras con la gracia tosca de un nacimiento. En el segundo la realidad asume su máscara grotesca, estilizando en mueca su gesto de horror. En el tercero
la idea se sutiliza; el recuerdo íntimo o la visión fugaz toman cuerpo
en palabras que son, más que una representación formal, un signo
algebraico.
V

Elemento importantísimo en la poesía de Valle-Inclán es la rima.
Su arte métrico, en términos generales, viene de la reforma asentada
en el verso español por Rubén Darío; aspectos especiales de ella la
aproximan a la de Guerra Junqueiro, en Os simples. Pero ninguno de
estos poetas concede a la rima el valor que le asigna el nuestro.
Valle-Inclán habla de Banville y de su «punto de extravagancia&gt;.
La rima perfecta, el consonante escogido, le sirven a Valle-Inclán
para dar timbre y color a su poesía, para iluminarla o ensombrecerla. De todos nuestros poetas, él solo sabe hasta qué punto el consonante merece ser atendido. Los derroteros de la poesía nueva lo suelen marcar como una sirte. No falta quien lo considere como una
transacción: dar al vulgo lo que es del vulgo. Nuestro poeta, no.
Usándolo siempre-raras veces emplea el asonante y en verso suelto
sólo recordamos de él una breve composición no recogida en volu-

n

�LA PLUMA
men- lo somete a la ley que le dicta la poesía; y así aparece, en los
Aroma~ claro como tinta de miniatura; en el Pasajero, es moderado
auxiliar' del ritmo; en la Pipa es rey y juglar a un mismo tiempo.
Sabe arreglar la economía de una composición y dar a punto la voltereta.
VI
Sobre todo en la poesía de Valle-lnclán, hay una cosa: no es
poesía de supe;ficie. Detrás de cada evocación poé~i~a suya_siempre
se esconde algo. Las palabras no agotan la sensac1on. Na?1e se parará en la imagen que evocan, porque esa imagen trae consigo, como
un cortejo inefable, una teoría de sugestiones. .
Esto y su tendencia a unir en un verso cuahd~des que son, _en
sentido absoluto, privativas de otras artes, modulandolo, ~odel~ndolo y mafüándolo, le convierten de lleno en u~o de l~s mas_ sutiles
representantes del simbolismo, más que el propio Ruben Dano, porque lo es de manera más constante. Y _el s~mb~lismo no se confina,
con Valle-Inclán, en la nostalgia del misteno, sino que, a r~~os, de~pliega un doblez de humorismo, como en una cate~ral gohca baJo
las espirituales agujas erguidas que apuntan al cielo, aparece de
pronto la geta de una gárgola.
E. Dh:z-CANEDO.

J

18

.,

V ALLE-INCLÁN, DRAMATURGO
s Valle-Inclán un dramaturgo?
Valle-Inclán ha escrito, para el teatro: una tragedia,
.
«Voces de Gesta»; una farsa, «La Marquesa Rosalinda.;
un drama poético, «Cuento de Abril&gt;; una comedia infantil, «La cabeza del Dragón». Se advierte que el autor se propuso arquetipos. Entre las cuatro líneas de este rectángulo cabe acotar la
superficie del arte dramático.

[I

Tragedia: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de cada
individuo, en forma de pasiones. Cada personaje es como una fuerza
de la naturaleza: una ley natural.
(En la iconografía trágica, junto a Edipo, que imaginamos esculpido por Fidias, y Peribáñez, pintado por Velázquez, y don Juan,
estilizado y algo femenino en una efigies de Pantoja, y Segismundo,
retorciéndose en una talla sinuosa de Berruguete, y Otelo, sobre una
tela de Veronés, y el rey Lear, esbozado en un bloque de Miguel Angel; entre esta asamblea de personajes infortunados y dilectos de los
dioses,bien puede hacerse un hueco para Ginebra, la pastora de «Voces de Gesta». A Ginebra la vemos de bulto; muy real y auténtica, con
la calavera en la mano, algo como la Magdalena, de Pedro de Mena, y

�LA PLUMA
a la par, barroca y lírica en su furor, algo a lo Bemini, co~ las características cejas en acento circunflejo, la boca entreabierta Y en
arco, reminiscencia de las antiguas máscaras de Melpomene.)
.
Farsa: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de cad~ individuo, en forma de rutina, de instinto habitual. Cada personaje es.
una marioneta, con un hilo que la mueve; hilo de oro, ?e ~la~bre,
de seda, de araña, según. (La comedia clásica, la comed1:ta itaha~a,
la comedia de Moliere, son, en el concepto, farsas. Aqm, las pasiones se degradan en fuerza y espontaneidad. Pierden músculo Y descubren el esqueleto, la armadura, el resorte; pasan a ser costumbres,
vicios. Biológicamente, vicio y costumbre es lo mismo: falta de elasticidad de adaptibilidad. Asi como pasión y vicio son opuestos. Pasión e~ superabundancia biológica; vicio, infravitalidad. Por exceso,.
el a~asionado no se adapta: rebasa el obstáculo o contra él perece,.
que es una manera de triunfo. El vicioso no se adapta, por defecto,
y es vencido mediante el ridículo-. La comedia pr.e~enta l~spect~:
de pasiones, pasiones desencarnadas, esquemas, v1c1os, ps1colo~
automáticas, caracteres. «Los Caracteres», de Teofrast~, compendian
el repertorio de la comedia clásica. Los tratad&lt;'S clásicos sobre las.
pasiones-Aristóteles, Epicuro, los estoicos, Espinosa y Descartesversan, en rigor, sobre caracteres de comedia, que no s~bre verdaderos personajes de tragedia. El personaje trágico t.rasc1ende t~da.
psicología especulativa; es un caso único; no s~ da s~o en la vida
misma o en la obra de arte trágico. El personaje cómico es un casogenérico que jamás se da plenario en la vid~; sí so.lamente en los tratados de moral y de psicología, y en la comedia clásica, que no es m~ral
en la intención, a pesar del castigat ritk,u;lo mores-pues todo artista,.
entre ellos el autor cómico, halla cierta fruición en lo inmoral Y pr~hibido-, sino que es moral porque despierta o esclare~e el con~c1miento de aquello que en nosotros es más bien automático que vivo

'º

"LA PLUM A

y libre, junto con el subsecuente anhelo de enriquecer nuestra vitalidad mediante acciones originales. El castigat ritk11do morts es un
rasgo de hipocresía humorística; se trata de escandalizar sin escán-dalo. La teoría de Bergson acerca de la risa, conviene con la esencia
de la comedia clásica: nos hacen reír los organismos superiores
-cuando se mueven y obran como mecanismos.)
Drama poético: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de
.cada individuo, en forma de visión íntegra de la vida. Así chocan,
entre sí o con el medio, de modo irreductible, las pasiones, como los
vicios, como las discrepancias en la contemplación de la vida. Dos
actitudes distintas frente a la vida pueden enfrentar a dos almas con
tanta violencia como la pasión o ajenarlas con tanta repulsión como
el vicio. Si alquitaramos un último elixir de lo que sea la poesía, veremos que se reduce a una visión íntegra de la vida. Todo lo que
sea detenerse en refinamientos preparatorios de este último elixir
dará por resultado aspiraciones poéticas o emociones poéticas, pero
no poesía absoluta. Ahora bien, la vü,ión íntegra de la vida no la puede alcanzar un individuo por sí, aisladamente; es la obra prolija, multitudínosa, de generaciones animadas de un mismo espíritu, sobre
una tierra maternal y centenaria. Esta visión, vasta e inasible, cristaliza al cabo en una voz gloriosa: el poeta. La visión íntegra de la vida
la engendran los pueblos; el poeta finalmente la singulariza en un
vértice estético. Cada pueblo contempla la vida desde un cuadrante
diferente; de aquí los conflictos perdurables entre pueblos. El semblante auténtico del alma de cada pueblo se retrata en su poesía. Los
grandes poetas han cantado en los momentos colmados, cuando la
energía nacional, recién alcanzada una cumbre, advierte dilatado el
horizonte de su visión; momentos, también, que inician el declive
descendente. El poeta es vidente, con una visión que le ha sido
trasmitida por herencia seleccionada; por que ha visto con los ojos de to21

�LA PLUMA

LA PLUMA
dos, luego todos ven con los ojos de él. Y así, cada cual lleva la retina acomodada, conformada para una visión íntegra de la vida, que
es la de su pueblo. Cuando,-por el contrario-un hombre singular
entrevé, él por sí, la vida en un sesgo desacostumbrado, y se coloca
en insólita actitud frente a la vida, provoca un conflicto dramático de
orden poético. La poesía subjetiva-y toda poesía subjetiva ambiciona,
quizás oscuramente, multiplicarse en poesía colectiva-, frente a la
poesía popular, que acaso, por acidia, ha perdido su virtualidad poética: una visión naciente, dolorosa, personal, de la vida, que pide ser
participada, complementada, realizada democráticame~te, y de esta
suerte modificar la presbicia senil, la falsa visión tradicional- fué visión, ya no es visión-de quienes tienen ojos y noven. El precursor, el
innovador, el apóstol, el insurgente, el revolucionario-sea en materia
de sentimientos, de ideas, de preceptos o de dogmas-, en combate
con la red pasiva de lo establecido-, insensibilidad, rutina, licitud,
ortodoxia-; he aquí el drama poético elemental. (No se confunda el
drama poético con el llamado teatro de tesis. Este último es una contradicción en principio. Una obra de arte no puede demostrar nada,
y, menos que nada, una ley. Es un acto de creación; es un caso. Caso
que acaso crea otros muchos casos semejantes. De donde su eficacia·
Las consecuencias de la obra de arte son biológicas, que no lógicas).
Un grado superior, más depurado, del drama poético se nos ofrecerá
cuando dos visiones íntegras y opuestas de la vida, en el punto de
su mayor frescura original y afirmación expansiva, las visiones recién
alcanzadas y orgullosas de dos pueblos diversos en el corazón y en
el órgano contemplativo, se contrastan, asumidas irremediablemente
en sendas personas, varón y hembra, a quienes por otra parte empuja,
de modo recíproco, la proclividad del sexo y del amor. Esto es
«Cuento de Abril&gt;. La princesa de Imberal = universo riente, espejado en el alma bienoliente y oleaginosa de Provenza. El Infante =
22

universo ascético, purgado de toda superfluidad, sobre el yermo heroico de Castilla. «Cuento de Abril&gt; (Valle-Inclán no ha querido clasificar esta obra suya: la denomina simplemente, escenas rimadas en
una manera extravagante), es un pequeño canon del drama poético.
Comedia injantil.-La máxima libertad del espíritu-no es otra
cosa la puericia de la conciencia-ante un mundo tejido con necesidades y fatalidades; esto es, ante un mundo absurdo y ridículo. La
comedia infantil es melliza de los cuentos de hadas. Materia de los
cuentos de hadas: la virginidad libérrima del espíritu superando la
caduquez y determinismo del universo. Libros de caballerías: cuentos
d_e hadas para adultos. En arte, la fac1.4ltad creadora es la imaginación, salvo en el género infantil, qae entonces lo es la fantasía. La
imaginación no es libre; sus leyes últimas son las propias leyes naturales. La fantasía, sí; para ella la necesidad está abolida. En todo
gra~ artista, la cualidad preponderante es la imaginación (virtud de
sentir y expresarse en imágenes (1), las cuales provocan en el espectador una sensación y simpatía inmediatas). La imaginación es más
real que la realidad misma, puesto que es extracto, concentración de
realidad. Pero todo gran artista no ha podido por menos de escaparse alguna ve~ del mundo de lo necesario-la imaginación-al país
de lo fantástico, lo voluntario, lo libre, lo absurdo. Lo absurdo deliberado es precisamente la perspectiva desde donde se abarca más
por lo sintético la fatalidad absurda de lo cotidiano. «La cabeza del
Dragón&gt; es un escape premeditado por la tangente que se suele llamar fantasía. En otras varias obras se observa la alegría genial con
que Valle-Inclán gusta de hacer, de cuando en cuando, estas escapadas.
He dicho en un principio que Valle-lnclán había escrito para el
(1)

Imágenes no quiere decir metáforas.

23

�LA PLUMA
teatro las cuatro piezas que acabo de someter a una calificación genérica. Estas piezas han trashumado un instante por el tablado histriónico de las Españas: han sido representadas a la ligera. Pero no
han sido escenificadas. (Por escenificación se entiende dotar a una
obra de vida física, c&lt;:&gt;nforme al designio del autor). Esta frustración
escénica ¿es lo que ha retraído a Valle-Inclán de poblar nuevamente
el proscenio con sus bellas y corpóreas criaturas? ¿O es que se ha
satisfecho con acreditar sus extraordinarios poderes de creación en
aquellos cuatro arquetipos dramáticos?
Lo que se puede asegurar es que Valle-Inclán, ante todo-, y
hasta diríamos que únicamente-ha producido obras de carácter dramático. Todas sus creaciones están enfocadas sub specie theatri, como
decían los antiguos; desde las Sonatas, hasta los últimos Esperpentos.
Un tiempo, estuve obligado a comentar en una hoja diaria las
manifestaciones teatral~ de la actualidad; comentarios que más tarde
colegí en mis dos volúmenes de «Las Máscaras&gt;. Fué una labor, al
día, durante cosa de dos años. En aquel período, no se me presentó
la coyuntura (el tema de actualidad; obligatorio para mí, corno dije)
de glosar el carácter de dramatismo preponderante con que se desenvuelve la personalidad de Valle-lnclán. Esta es la razón por qué en
aquello~ dos libros míos se advierte esa grave deficiencia. Valle-Inclán no figura en ellos. (Anteriormente, yo había publicado dos ensasayos, sobre «El diálogo dramáticoi., en «La Tribuna&gt;, alusivos al
concepto dialogístico en las obras de Valle-Inclán, y unas apostillas
en torno a «Cuento de Abril&gt;, en la revista «Europa»). Tampoco en
mis libros figura Unamuno: otra deficiencia.
Estas líneas no aspiran a ser un estudio de la dramaturgia de Valle-Inclán. Insisto que toda su obra está concebida sub specie theatriEstudiar a este autor como dramaturgo significa nada menos que

LA PLUMA
-desentrañar, trozo a trozo, la unidad genesiaca de toda su obra. Mi
deseo es, con vagar y atención suficientes, llevar a término este tra•bajo algún día. Enunciaré aquí, escuetamente, algunos puntos del
i&gt;rograma.
Resonancias.-EI autor es tanto más original-y no hay paradoja-cuánto más remotas son las resonancias que en él se concentran;
como si dijéramos que sus raíces beben la sustancia de las tradiciones literarias primordiales. Resonancias del teatro helénico y shakesperiano en Valle-lnclán.
Clasicismo.-Valle-Inclán, clásico. Escribe Lessing: «Fué privile_gío de los clásicos no hacer en ninguna cosa nada de más ni de
menos.&gt;-Este es el tino de Valle-Inclán.
Sentido de presencia.-Primera condición del arte dramático; que
-~ada una de sus personas nos afecte con el sentido de presencia corpórea, como una escultura o una pintura. Esta condición deben po·seerla asimismo las figuras más pasivas y anónimas; de donde se
•compone el coro, el friso. (Hay autores dramáticos, y famosos, cuyos
personajes jamás pasan de ser sombras inanimadas, pero gárrulas).
Visibilidad de las figuras de Valle-Inclán; su decoro escultórico; importancia del coro en sus obras.
Dinamismo:-Dinamismo y dramatismo son sinónimos. Los grie_gos buscaban el dramatismo por la coincidencia en el tiempo: los modernos-Shakespeare, la Celestina, teatro español, por la expansión
•en el espacio. Aparece el postulado del fondo, de la decoración, del
medio plástico armonizando inseparablemente con las acciones espirituales e influyendo sobre ellas. En Valle-Inclán siempre está el ambiente sensible en torno a la figura. (Bradomín, personaje dramático,
sobre cuatro escenas terrenales, en cuatro momentos del año. «La
lámpara maravillosa&gt;, un gran drama metafisico entre el dinamis.mo absoluto y el estatismo eterno, entre Dios y el diablo). Por la ex-

�LA

LA PLUMA
pansión en el espacio el drama shakesperiano, la Celestina y el teatro español participan del afanoso caminar de la novela: no en baldenacen casi sincrónicamente. Y esto es lo que tienen de novelas las.
obras de Valle-lnclán.
Antipsicologismo.-Valle-lnclán ha comprendido que el teatro.
psicológico es un disparate. En el teatro-en sus obras también, las.
de Valle-Inclán-, las acciones se ostentan en su motivación inmediata y en sus resultados, por sí mismas, en tanto la novela registra las
motivaciones sutiles y oscuras de la conciencia, las cuales no caben.
sino en el análisis del novelista, que no en la exposición desnuda de
las acciones. (Un ejemplo extremado del término lógico adonde
conduce el concepto moderno de la novela: Marcel Proust, cuyo antecedente ocasional es Henry James.) Valle-Inclán no ha querido hacer la novela moderna.
Diálógo.-La excelencia más evidente en la obra de Valle-Inclán
es, a mi juicio, el diálogo. Se habla del diálogo natural, del diálogo.
en la vida misma. Pero en la vida no existe el diálogo. (Agudeza del.
P. Malagrida: «La palabra se le otorgó al hombre a fin de ocultar lo
que piensa». Sentencia jesuítica. No. La palabra, al común de los.
hombres les sirve para rellenar el hueco de los pensamientos y de·
los sentimientos cuando no los hay. Se habla, generalmente, porque·
no se tiene nada que decir, por miedo al silencio. ¿Se ha de llevar·
esta manera de diálogo a la obra de arte?) No existe el diálogo natural, sino el artificial; como no existe el average man, el promedio de·
las estadísticas. (En una estadística norteamericana he leído que en
aquel país, cada matrimonio tiene 2 8/ 4 hijos.) Dos tipos de diálogo~
diálogo platónico, en que el locuente está creando expresiones inauditas, puesto que tiene que expresar ideas y sensaciones originales,el diálogo popular, en que la boca del individuo es como un tubo de:
órgano, qut: respira del mismo pulmón que a todos los demás tubos.

PLUMA

hace cantar y gemir, diálogo que traduce ideas, sentimientos y expresiones universales, acendradas y pulidas por los siglos, en el cual.
cada miembro o locución suena a proverbio, a letanía y a versículo ..
El héroe dramático debe acercarse a la elocuencia elevada de Platón; el coro, producirse en lenguaje de sabor milenario. Así en Sófocles. Pienso que esta intuición se trasluce en el diálogo de Va-lle-Inclán (como también en D'Annunzio), señaladamente en lo tocante al diálogo popular. (Influencia ruralista galáica y resonanciai..
de la Celestina en Valle-Inclán.)
RAMÓN PÉREZ DE AYALA.

i

�LA PLUMA

fl{ay un trágico viajero
que debe ver cosas raras,
y habla solo y, cuando mira,
nos bo"a con la mirada.
Yo veo campos de nieve,
y pinos de otras montañas.

IRIS DE LUNA
AL MAESTRO VALLE-INCLÁN.

fl{acia fM,adrid, una noche,
va el tren por el {}uadarrama,
bajo un arco-iris
de luna y agua.
¡{)h luna de abril serena
que empuja las nubes blancas/
.Ea madre lleva a su niño
dormido sobre la falda.
f/)uerme el niño y todavía
ve el campo verde que pasa,
y arbolillos soleados,
y mariposas doradas.
.Ea madre, ceño sombrío
entre un ayer y un mañana,
ve unas ascuas mortecinas
y una hornilla con arañas.

'Gú, señor :Dios, por quien todos
vemos y que ves las almas,
dinos si todos un día
hemos de verte la cara.
ANTONIO MACHADO-

�LA PLUMA

V ALLE-INCLÁN Y AMÉRICA

mil partes aparece América en la obra de Valle-Inclán:
a veces, de caso pensado; otras, en un vago fondo inconsciente-si es que puede hablarse de inconsciencia
l
para un escritor que pondera siempre las siete evocaciones armónicas de cada palabra.
En la Sonata de Estío, encontramos la pintura de la Niña Chole,
la mestiza dulce y cruel que el Marqués de Bradomín descubre entre
las ruinas de Tuxpan, envuelta en el rebocillo de seda y vestida con
el hipil de las antiguas sacerdotisas, sobre un paisaje de piedras labradas y arenales dorados, palmeras, indios y mulatos con machetes,
y cabalgaduras llenas de plata. Preciosa miniatura que apenas enturbia cierta frase de la Niña Chole sobre «el flete de Carón&gt;, que el negro de los tiburones va a pagar en el otro mundo.
Aquí inaugura el Maestro la interpretación artística, sutilizada, del
,ambiente mexicano, escogiendo las escenas, las palabras, los tipos
más cargados de color; solicitando levemente los datos de la realidad
1para que todos resulten exp1esivos; trasladándonos a un momento

[I

OR

-convencional del tiempo, donde puede juntar lo más mordiente y vivo
de los rasgos de algunas épocas. Así aplica a los asuntos americanos
,el procedimiento con 1que trataba los temas peninsulares; aprovecha
las sugestiones de los primitivos cronistas y soldados, que usaron de
·la pluma de las memorias cuando ya no podían más con la espada de
las hazañas; o tal cual fugitiva evocación de la América de Chateaubriand-este verdadero creador de la «selva virgen&gt;, donde los árboles gritan como en Dante; y procura siempnt aquella objetividad parnasiana del Flaubert de la Salaméó, sobre cuyo fondo estrellado co-rren poco a poco los velos de una melancolía católica y céltica, trémula de lágrimas y palpitante de insaciables anhelos-. «Es la noche
americana de los poetas»-suspira el Marqués, doblado en la borda
-de la «Dalila&gt;-, y sentimos que en sus palabras tiembla el llanto.
Por las páginas de La Lá1npara Maravillosa se percibe también
la obsesión de los recuerdos americanos: «En la llanura sólo florecen
los ·cardos del quietismo. El criollo de las pampás debe a la vastedad
de la llanura_su alma embalsamada de silencio, y si alguna emoción
despiertan en ella los ritmos piiganos, es por la mirra que quema en
-el sol latino la lengua de España.&gt; Y aquella adivinación: «Todo el
conocimiento délfico de los ojos es allí convertido en ciencia de los
oídos, y en sutil ap1ender de topos. Se siente el paso de las sombras
clásicas, pero ninguno puede verlas llegar. Los pueblos de la pampa,
cuando hayan levantado sus pirámides y sepultado en ellas sus tesoros, habrán de hacerse místicos. Sus almas, cerradas a la cultura-helénica, oirán entonces la voz profunda de la India Sagrada.&gt; Esta idea
.-se afirmará más tarde, con el segundo viaje a México.
En La Pipa de Kif, La Tienda del He, bolario es una aromática bodega de olores americanos, con especial predilección por el rasgo
-exótico y-si es posible-grotesco, con-espondiendo a la estética del
poema. El poder sintético es desconcertante, y esa Jalapa, ese Cam31

30

�LA PLUMA
LA PLUMA
peche, esa Tlaxcala entrevistos a través del humo de la marihuana,.
como lindos monstruos de alucinación y recuerdo, no se olvidan más.
Decididamente, Valle-Inclán prefiere la América mexicana: la más.
misteriosa y la más honda.
Y finalmente, en los Esperpentos y creaciones últimas, hay un recuerdo, que va y viene, de las palabras mexicanas, de los giros y los.
equívocos mexicanos. Es un murmullo que anda por la parte liminar·
de su alma, pero el escritor lo deja sentir con plena conciencia de lo.
que hace. Los que estamos en el secreto, saboreamos y sonreímos.
Y agradecemos esta dignificación artística que don Ramón concede a
tal o cual disparate humilde de nuestro pueblo, a tal o cual injuria.
recogida en labios de un jarocho de la costa o de un charro del
bajío.
Pero, sobre todo, América ha sido para Valle-lnclán algo como
un empuje oportuno de la vida, un deslumbramiento eficaz, que leabrió los ojos al arte. «Y decidí irme a México, porque México se escribe con X.&gt; De aquí, de este primer viaje, procede el milagro de
Valle-lnclán. El hombre que México Je devolvió a España, contenía
ya todos los gérmenes del poeta.
En plena época colonial, Baltasar Dorantes de Carranza hablaba
de las Indias con abominación y a la vez-con mal encubierto rencor
de amor-. «¡Fisga de imaginacionesl-decía-. ¡Anzuelo de voluntades!&gt; La imaginación y la voluntad de los españoles peninsulares
volaban hacia América, que ejercía en la vida de la raza una función
tónica , de ideal , de golpe de viento purificante. Igual función sigue.
desempeñando América para los españoles más altos, durante el siglo de Independencia: Castelar vuelve a ella los ojos con esperanza
y con aliYio; se cura de sus tormentas políticas, enviando sus confidencias y desahogos a los lectores de América. Unamuno-cuyo padre vivió en Tepic, y que aprendió a leer hojeando libros mexica-

nos-, declara un día, entre melancólico y soberbio: «Si yo fuerajoven, emigraría a América.&gt; Ortega y Gasset trae de América un secreto de fantasía renovada semejante al de Fausto. Y a Enrique DiezCanedo le es tan familiar la literatura americana, que, acaso por primera vez, se vuelve, bajo su pluma, un capítulo de la literatura
española.
Valle-lnclán escribe, y sueña con México. De su segundo viaje
trae dos experiencias profundas: primera, persiste la lucha entre el
indio y el encomendero (encomendero que no es necesariamente español, como él parece suponerlo); la pugna entre el individualismo
europeo, yuxtapuesto artificialmente sobre los hábitos de la raza vencida, y el gran comunismo autóctono que encontró Cortés, que la
Iglesia amparó en cierto modo, como único medio de salvar a las poblaciones indígenas, y que las Leyes de Indias respetaron teóricamente, hasta donde era compatible con la necesidad de repartir premios y riquezas a los conquistadores; segunda, México es un país
vuelto hacia el Pacífico, que huye del Atlántico y se hincha de magnetismos asiáticos. Conserva el rastro espiritual de los juguetes sagrados que la Nao de China traía desde el Parián de Manila al Puerto de Acapulco, de donde pasaban a México, camino de Veracruz,
rumbo a Sevilla. Esta gran circulación oceánica explica sus inadaptaciones y sus extrañas reservas de fuerza y de esperanza. Tal idea
-que pudo parecer paradójica a nuestros amigos madrileños-es la
clave del enigma mexicano: la X de México. Se ha dicho de la bíblica Ester: «Dos naciones hay en tu seno.&gt; Pero hay que interpretar el
texto: «Y realizarás tu destino cuando juntes las dos sangres en una.&gt;
Ciertamente, de los nuevos directores espirituales del indio americano puede asegurarse-como Valle-lnclán Jo presentía pocos años antes-que tienen el oído atento a las enseñanzas de la India, esta gran
mestiza de arios blancos y dravidios oscuros.
III
33

�LA PLUMA
Hay muchos que aman a América en su bienestB:r y e~ su so~-

·sa Valle-lnclán resiste la prueba de la verdadera s1mpaba am~n-

:0~; a él lo que de América le enamora es aq~ella vitalidad p~tética,
aquella cólera, aquella combatividad, aquella inmensa afirmación de
dolor, aquel hombrearse con la muerte.
ALFONSO REYES.

V ALLE-INCLÁN y

II

GALICIA

la edad del arte románico, cuando la apartada y rtebulosa
Galicia, a orillas del mar grande, era místico faro que atraía
a sí las gentes de los más remotos confines europeos, la lírica gallega reinaba sin rival en la Península, y para expresar
sus tiernos anhelos, iban a pedirle rimas y palabras los corazones sensibles de toda la España cristiana. Pero después, coincidiendo innegablemente con movimientos políticos y económicos, Galicia llegó a ser tenida por el resto de las tierras españolas como algo grotesco y rid(culo;
fueron objeto de befa su lengua y sus costumbres (la España africana se
burló de la España europea, diría un fanático de nuestro pequeño nacionalismo), y el gallego, tan inteligente, reflexivo, trabajador y sufrido,
fué en general considerado como paria nacional, para quien se reservaban viles labores y mofas sangrientas. Tirso de Molina, por ejemplo, lejos ya de aquella universalidad de comprensión para las cosas españolas
de Lope de Vega, en una comedia gallega, convierte en personaje cómico hasta a la misma protagonista. Este movimiento escarnecedor, que
pervive todavía en ciertas bajas esferas sociales, a pesar de nuestra gran
aportación a la obra cultural del siglo xvm dura hasta bien entrado el xix,
cuando, en vez de aguadores, comenzamos a exportar a Madrid políticos y literatos.
La Condesa de Pardo Bazán, en la escuela naturalista del último
N

35

�LA PLUMA
LA PLUMA
cuarto del siglo pasado, elevó al pueblo de Galicia a la categoría de tema
literario· con ella entraron en el ámbito de fa novela española nuestras.
gentes ; costumbres, nuestra manera de hablar, nuestra psicología,
nuestros paisajes: Los Pazos de U/loa marcan una fecha memorable e~.
la historia literaria gallega. Pero su autora, a pesar de las dotes y aptitudes casi universales que albergaba en su privilegiado espíritu, o acaso.
por ellas, no poseía el tono de sensibilida_d necesario p~ra dar, en toda
su plenitud, artística vida al alma de su tierra. No es, m mucho menos,
que sus obras, tan valiosas en todos sentidos, co~ie~ con ine~actitud la.
vida de sus paisanos; hay en todas ellas un conocimiento preciso y amo-roso del verdadero ser de aquella comarca, como no podía menos de esperarse de quien atesoraba en sí aquel maravilloso afán de conocer. Mas,
si podemos expresarnos así, la ilustre artista suele mantenerse fuera ypor encima de los acaecimientos que tan sabiamente refiere; observa a.
sus personajes como un entomólogo a una colo~ia de insecto~; no ent.r a
con su alma entera en medio de ellos para sentir en su prop10 corazon
sus alegrías y sus duelos. No olvidemos, si queremos ser justos, aparte.
de que en aquella gran escritora dominaran las notas intelectuale~ sob~e:
las sentimentales, que la impasibilidad fué norma de la escuela hterana.
a que, en su fase de novelista de costum?r~s, perteneció la Co~_desa.
A Valle-lnclán estábale reservada la 10tima y plena comumon con el
alma de su raza, y en su obra tenemos que saludar los gallegos el monumento artístico en que alcanzó más alta encarnación el verdadero ser·
de nuestro pueblo. Galicia: antiquísima tierra, resto quizás del mítico
continente, sumido bajo el mar a que da nombre, cuyas indomables
aguas aún hoy van poco a poco, milenio tras milenio, destruyéndola con
su infatigable trabajo, al morder las rocas de las costas y entrarse porlos cauces fluviales, convirtiendo en ría lo que fué valle antaño; raza
prócer, de tan rancia y profunda cultura que se ha trocado ya e~ naturaleza; anciana estirpe, que desde hace muchos centenares de anos sabe
la íntima vanidad de todas las cosas y vive desengañada, en un estado.
de fatiga y apagamiento, cortado por dionisiacas embriagueces de sensualidad y alegría o de odio y sanguinaria violencia; místico pueblo,

-cuya civilización de los mil años últimos se ha fraguado y desenvuelto

-en torno a un misterioso sepulcro del aluvión dejado a su paso por la
-santa corriente de los peregrinos; tierra de ocaso, última de Europa que
ve ponerse el sol, y cuyo ser entero, por la gente y el paisaje, la humanidad y el ambiente, es un atardecer perenne: suavidad, ternura, nostalgia, lirismo que llena de inacabables canciones la melancólica soledad
de los campos, sentimentalidad, erotismo que convierte en l' ltnlre du
./Jerger cada una de las nuestras, y en la vetustez de nuestra cultura y la
crep~~cular inde~nición c~n que se nos aparecen las cosas, a pesar del
sem1t1co monote1smo plunsecularmente vencedor, todavía son divinas
-entre nosotros las incomprendidas fuerzas naturales, aún habitan clan-destinas divinidades en los árboles, las peñas y las aguas, aún hay tronantes en las nubes, hadas en las fuentes, encantos en las cavernas, la
hueste de difuntos recorre siniestra por las noches los caminos aldeanos
&lt;:on espanto de los vivientes. Todo esto encuentra, en lengua castellana,
en la obra de Valle-Inclán, una expresión no menos fiel e intensa que
la que alcanzó en gallego en los inmortales versos de Rosalía.
Es ello (¿cómo dudarlo?), porque los más puros y característicos
-elementos del espíritu gallego encarnaron dichosamente en la psique
del creador del Marqués de Bradomín. Valle-Inclán es un excelso espír~t~ represe~tativo de nuestra tierra. Posee, ante todo, un alto sentido
lmc~ Y musical, como es pr?p~o de un pueblo mejor dotado para la
-canción q~e para las artes plas~1cas. Esta musicalidad, este lirismo, junto con su mterna fuerza expresiva y la abundancia de términos y giros
gallegos, presta~ a la prosa_ de Valle-Inclán la inconfundible personalidad con qu_e brilla en medio de la de nuestros más excelentes escritores
&lt;:ontemporaneos. Después, en el espíritu que sus obras revelan, encontramos un nebuloso fondo de melancolía, sensualidad, misticismo, so~re el cual se alza, ro~usta y fuerte, la perenne obsesión a~atoria, sentime_ntal Y_ carnal, varia en sus manifestaciones, pero siempre igual en
su v10lencia. Unida a ella, una gran fuerza viril, valor personal coraje
bravura, la acometividad que llenó de esforzadas acciones los f~lios
nuestras crónicas y que aun en la decadencia actual se revela en las

d;

36
37

�LA PLUMA
sangrientas refriegas que suelen armar los mozos al final de las romerías aldeanas; el espíritu aventurero que lleva a América en repetidos
viajes a la mayor parte de nuestros paisanos y establece un vivo lazo
permanente entre las tierras de aquende y allende el Atlántico: impulso
de raza bien profundo es el que arrastra a Méjico al Marqués de Bradomín. Por último, Valle, como buen hijo de celtas, ha topado al pie de
las tapias del camposanto con el cortejo de los muertos y cobraron para.
él escalofriante significación los lúgubres misterios de la trasvida. Como
en el rostro del Dante los espantos infernales, quedaron inextinguiblemente pintadas en los ojos de este gran artista las tremendas luces fosfóricas de la Santa Compaña.
Dos grandes épocas han brillado en la Galicia cristiana, según nos
revelan sus monumentos religiosos, ya que en toda su historia Galicia
está íntimamente ligada con la Iglesia: la época romániéa, entre los siglos xu y xm, cuando Compostela fué una de las grandes ciudades del
orbe cristiano, y la barroca, entre los siglos xvu y xvm, cuando, a pesarde la miseria de los pueblos, uná bella civilización floreció en las cimas
sociales, en pazos y conventos. Una y otra, encuentran su expresión en
la obra de Valle-Inclán. De la Galicia medieval procede don Juan Manuel y su progenie de lobos, la dulce Adega, los peregrinos, los mendigos, los leprosos, los ciegos que van diciendo malicias de feria en feria
por los largos caminos, todo aquel pueblo de siervos, callado y resignado bajo el feudal azote de sus amos. La Galicia galante del xvm nos da
al casanovista marqués de Bradomín, a la pobre Concha y a sus otras
enamoradas, a las damas y caballeros, de tan auténtica nobleza, a los
que vemos hacer frívolas cortesías entre los damascos y cornucopias de
los salones de los pazos.
Toda Galicia, con su ambiente, sus paisajes, sus tipos, sus decires,
surge ante nosotros de las páginas de estos libros. La gran tristeza de los
viejos jardines señoriales abandonados; el encanto de las románticas
iglesuelas de aldea (con esos prodigiosos nombres de santos gallegos que
don Ramón sabe encontrar: San Cidrán, San Gundián, San Electus,
Santa Minia, Santa Baya de Brandeso, San Berísimo de Céltigos) en me38

LA PLUMA
dio de sus risueñas quintanas, bajo cuyo menudo césped duermen el
sueño sin término los feligreses muertos; los hoscos caminos montañeses, barridos por el viento, que atraviesan yermas soledades, sólo vestidas de brezos, en cuyos siniestros mesones alguna vez ha entrado para
no volver a salir jamás algún desdichado viajero; las hondas corredoiras, húmedas y sombrías, aromadas de madreselva bajo la verde fronda
de lo~ casta~os; las ~obilísimas plazas y ruas de la sagrada Compostela,
dormida ba10 la lluvia como por un hechizo que alejara de su místico
recinto el curso destructor del tiempo; y allá en la lejanía, poder maléfico que amenaza destruir tanta dulzura y belleza, en un salobre ambiente de violencia que contrasta con la suavidad de lo restante, el perenne fragor de las gigantes Qlas atlánticas que rompen frenéticas contra
los enhiestos roquedos de la costa en su contienda eterna. Toda Galicia,
hay que repetirlo, vive con altísima vida de arte en Ja obra de ValleIn~lá_n, y con su insigne autor tenemos una inmensa deNda, impagada
e impagable (porque ¿cómo encontrar homenaje que iguale con tan
grandes merecimientos?) todos los gallegos y los que, sin serlo, aman
como suyas aquellas dulces tierras.
RAMÓN MARÍA T&amp;NREIRO.

�SONETO ESTRAMBÓTICO

DÍAS DE BOHEMIA

A DON RAMÓN, EN CONSONANCIA CON

SUS ÚLTIMAS PRÉDICAi DE CAFi.

.Ca siri~ga de !Pan, dios pie-de-cabra,
no a los ;Númenes pido ni la lira
poética g retórica, que el lauro
académico ciñan a tu obra.
:Dentro del pecho el corazón celebra
saltando, fiesta que no ondea al aire;
g si moneda vil parece el oro
con que te pago la amistad, encubre
la expresión torpe un sentimiento puro.
fNo de la sombra de {}recia famosa,
para cantarte, conviene el amparo.
!Preste a mi acento su gracia tu musa.
cSuene la gaita gallega. Y espere,
andando mucho aún, el 'Giempo, tu miserere.

c. RIVAS CHERIF

11

nombre del gran escritor evoca en mi memoria todo un pasado de juventud. Cuando yo vine de Bilbao, en 1897, la
personalidad de Ramón Valle-Inclán había alcanzado ya el
homenaje de los literatos de su tiempo. Se Je temía y se Je
admiraba. Su verbo crítico era de una acritud y de una gracia insuperables. Una frase suya demolía una reputación. Otro, en su lugar,
habría saltado sobre el trampolín del ingenio a un. alto puesto en la
Prensa, que de momento le hubiera permitido hacer frente a las estrecheces de la vida; pero Valle ha sido siempre de una independencia de
carácter y de una austeridad de costumbres, que le han preservado de
toda claudicación. Atraído, como otros muchos, por su ingenio, que él
.acuñaba en frases inolvidables, yo iba a visitar a menudo al gran escritor, empresa que exigía una cierta dosis de buena voluntad, porque la
&lt;:alle de Calvo Asensio, abierta entonces sobre un extenso descampado,
y sin comunicaciones fáciles con el centro de la ciudad, era intransita~le de día, y peligrosa de noche por la oscuridad. La puerta de la vivienda de Valle estaba siempre franca. No he conocido hombre más
libre de prevención medrosa, ni más hospitalario en su casa. A cualquier hora del día o de la noche se podía entrar en su cuarto, porque,
no solamente no se encerraba por dentro, sino que dejaba la llave por
L

41

�LA PLUMA
fuera. Yo solía reconvenirle: «Pero, hombre, está usted expuesto a que
le roben ... »
•
-¿A que me roben?-preguntaba con extrañeza el futuro autor de.
Las sonatas...

En la habitación no había más que los muebles indispensables: una
cama y una mesa de noche, y dos sillas de madera clara, y en una salita
contigua, una mesa, un aparador pequeño, sin el menor aire de familia,
con la mesa y cuatro sillas. Me parece recordar que todo el decorado de
las paredes se reducía a una panoplia con dos floretes enmohecidos y
una careta de esgrima.
A Valle se le encontraba, indefectiblemente, en la cama. Sin ser insociable el gran escritor, ha sido siempre un retraído, vagamente tocad&lt;&gt;
de melancolía. Yo me sentaba en una silla, al pie de la cama, y nos poníamos a charlar No he conocido espíritu más curioso que el suyo. Se
informaba de todo, lo menudo y lo grande, con igual interés. Yo solía
llevarle noticias de nuestra tertulia del Café Inglés, a la que asistian, casi
a diario, Benavente, que aún no había estrenado más que dos comedias:
El nzao ajeno y Gente conocida; el «Abate Pirracas», revistero de teatros
de La Cornspondenáa de España; Antonio Palomero, Emilio Fernández.
Baamonde y un escritor muy inteligente, de vocación muy castiza, ~El
bachiller Estepa•, que se eclipsó pronto, socialmente, en uná crisis de
misticismo. De tarde en tarde, caía Joaquín Dicenta en nuestra tertulia,
y claro está, que monopolizaba la conversación. ¿Cómo olvidar la palá- ·
bra apasionada y el desenfado, un poco plebeyo, del ilustre autor de.
:Juan :fosé? Los diálogos entre él y Valle eran impagables. Eran dos estéticas frente a frente. Dicenta tenía un talento natural que todos reconocían, y Valle, sobre ser muy inteligente, decoraba sus ideas con una
riqueza cultural exenta de pedantería, que deslumbraba. Pocos literatos
han conocido tan a fondo como el autor de Las sonatas su arte, el arte
de escribir, de reproducir lo real y de evocar lo misterioso que hay en
la vida. En eso procedía de los artistas del Renacimiento, que subordinaban el instinto genial a la disciplina técnica. Cuando Valle exponía
sus teorías estéticas, Dicenta, impotente para contrádecirle en el terreno
42

LA PLUMA
crítico, salía brillantemente del compromiso espetándonos media docena de dogmas literarios que Zola había puesto en circulación. ¡Qué-.
charlas aquellas! De ordinario, terminaban con un donaire gracioso dePalomero, que nos hacía reír a todos, o con una frase de Benavente,,
oportuna y cáustica De tiempo en tiempo, y obedeciendo a la inflexib!e ley del cansancio, aquella tertulia se dispersaba, y poco después vol-v1amos a encontrarnos en Fornos, en el Café de Levante de la calle" del
Arenal, que ya no existe, o en el «Gato Negro».
Valle no venía con asiduidad a aquellas reuniones, sino de un modo
intermitente. Lo más del tiempo se le iba acostado y meditando. Las.
grandes líneas de su obra futura se dibujaban ya en el horizonte de su
pensamiento. Yo solía quedarme a comer a menudo con él, y entonces.
el gran escritor me exponía sus proyectos literarios y el método de tra-bajo a que debían ajustarse. ¿Cómo negar que he aprendido mucho de.
aquellas confidencias? Sin presumir de erudito, Valle no ignora ninguno de los secretos de su arte. Conoce a fondo el castellano que ha renovado sin caer en el culteranismo, más que con la aportación de voces,
sacando de sus entrañas giros inéditos y estableciendo alianzas nuevas.
entre las palabras. Por eso, la obra de Valle señala un momento, una.
edad del idioma. ¿A qué más puede aspirar un literato? Allá por aquellas fechas a que me he remontado al principio, casi todos los escritores..
de la generación del 98 malvivían en la incertidumbre del mañana. Yoescribía crónicas en l:!.7. Globo, de las que reportaba doce duros mensuales. Todos mis demás ingresos eran tan eventuales que parecían un donativo providencial. Antonio Palomero y Ricardo Fuente trabajaban en
la redacción de El Pais, diario más rico de ideales que de dinero, en el,
que un duro, por lo raro de su aparición, tenía algo de un meteoro. El
«Abate Pirracas» vivía con decencia, de su paga de teniente coronel, ye~ poeta Baamonde se daba buen trato, merced a una rentita que admimstrab_a con cau~ela de gallego. Solamente Jacinto Benavente respiraba.
la plenitud del bienestar económico. Hijo de familia bien acomodada
el agobio material le era desconocido. ¿Habré de añadir que el autor d;
Gente conoá da no tenía nada de rumboso? Eso lo sabemos todos de muy,·
43

�LA PLUMA
.atrás. Yo recuerdo de un día, en que por no haber comido el anterior,
.acudí a él, cuyo trato frecuentaba con asiduidad, y medió cuatro •P:se""tas. Valle, en cambio, a pesar de ser gallego, no tiene nada de tacano.
iCuántas veces ha compartido conmigo los _modestos co_ndumios que le
.aderezaba su portera? Innumerables. Ademas, he conocido pocos hom.1lres que soporten con más entereza que el autor de Las s~nalas la ad·versidad. Su estoicismo varonil recuerda el de don Francisco de Quevedo. Indiferente a la estrechez, Valle-lnclán no tenía entonces más que
'Una preocupación: su obra futura. «¿Por qué no colabora usted en los
periódicos?»-solíamos preguntarle-. «La prensa-contesta~a~avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético». «Pero, el per1ód1co-le
Teplicábamos-puede extender más rápidamente su reputación». «Eso es
'Un error. Las reputaciones que crea la prensa son deleznables. ~ay q~e
"ltrabajar en el aislamiento, sin enajenar nada de la independencia esp1-ritual.»
Esa era su respuesta.
·
Allá por el año de 1904 ya gozaba el gran escritor de una autori~~d
•en el mundo intelectual, que debía ir en aumento hasta su consagrac1on
definitiva entre los arquitectos del idioma. Un día me propuso que refundiéramos una obra de Lope de Vega, Fumlt Ove.funa, y con ese mo•tivo nos dimos a frecuentar el Saloncillo del Teatro Español. En torno
-de María y Fernando se agrupaban en aquella casa todas las noches don
José Echegaray, gran espíritu, con quien los escritores de aquella generación hemos sido injustos; Eusebio Blasco, tan ingenioso y tan llano
-siempre; Sellés, que a pesar de su talento no ha sido comunicativo nun-ea; don Ricardo de la Vega, que parecía soñoliento a toda hora; Pepe
Laserna, constante, como buen castellano, en sus amistades; Ricardo
Catarineu, cuya prematura muerte ha sido cuna de las grandes penas
de mi vida, y el duque de Tamames, el último gran señor que yo he conocido. En aquellas reuniones, la palabra elegante y subversiva de Vallelnclán desconcertaba a todos los que le tomaban por lo serio. El duque,
.sobre todo, le ofa con asombro. ¿Qué decía el gran escritor? Cualquier
,cosa. El tema de la conversación lo traía el azar. Lo demás lo ponía Valle
44

LA P L U ,\1 A

con su originalidad de pensamiento, su facundia de paradoja y su verbo
pintoresco y osado. La descripción de sus aventuras en América, por
ejemplo, proporcionaba a Valle grandes éxitos.
Todos Je olamos risueños, descontando mentalmente lo que ponía la .
fantasía del gran escritor en aquellos relatos; pero el duque, hombre de
poca malicia, no sabia a qué atenerse. Las enormidades bélicas que contaba el eminente escritor lo tenían desconcertado. No conociendo el espíritu humorista de Valle, su afición a lo épico y a lo truculento, atri-buía aquellas hiperbólicas aventuras a un desvarío mental. Su mirada
formulaba esta pregunta: «¿Se nos habrá vuelto loco Valle-Inclán?» Al
final tenía que venir María Guerrero a tranquilizar al duque: «No le haga
usted caso, padrino. Todo lo que ha dicho Valle es una serie de bolas
para hacernos pasar el rato ... »
De allí a poco el gran escritor, temperamento inquieto y andariego,
se nos hizo actor-para enseñarle a Thuillier el arte de la interpretación.decía él-. Y, por último, se nos fué a América, donde tiene muchos yfervorosos admiradores. Se había casado ya y era feliz en su hogar. A
partir de entonces, su obra ha ido en aumento. El teatro y la novela le
han hecho conocer la plenitud del éxito y pisar el umbral de la gloria.
Hoy que, más afortunado que nosotros, es totalmente feliz, ¿se acordará
Valle de aquellos días de incertidumbre y de estrechez, ya lejanos? Como
es hombre en quien el corazón está, por lo menos, a la altura del ánimo,
es probable que no olvide aquel pasado de sueños y de entusiasmos que
ha sido el pedestal de su personalidad actual. Ahora vemos de tarde en
tarde al gran escritor, que vive retraído lo más del año en una finca
suya, a orillas del mar que baña su tierra natal ... Y al abrazarle con fraternal efusión, entra en nuestro espíritu una ráfaga de juventud.
Él está ya donde debe estar, asistido de todas las hadas que labran la
ventura de los hombres, mientras nosotros, menos afortunados, segui- •
mos nuestro camino en pos del éxito que no llega y de la paz interior
que no presentimos siquiera.
M.umu BUENO •
45

�LA PLUMA
se publican en los periódicos, recordando cosas que ya no interesan más
que a los viejos.

• • •

·vALLE-INCLÁN,

EN EL CAFÉ

he comprometido con los editores de LA PLUMA a escribir un
artículo relatando episodi~s de la vida de mi antiguo amigo
don Ramón del Valle-lncla_n.
Mi situación ante la balumba de mis recuerdos, es semejante a la del niño del cuento, al que un hada lleva a una mesa surtida
de tantas golosinas que el niño no sabe por dónde empezar a ~omerlas.
Durante muchos años, creo que se van acercando a los treinta, puede decirse que he vivido con Valle, he sido testigo presencial de he_chos
de los que fué protagonista, y tuve el placer de conocer la mayona de
..sus obras literarias antes de que las diera al teatro o a la prensa.
Sé que, a los jóvenes, les desagrada un poco el que se recuerde tiempos y personas que ellos no conocieron. Yo torcía el gesto cuando me
hablaban de las gracias de Castro y Serranó, de las espirituales conferencias de don José Echegaray en la Cacharrería del Ateneo o del estreno Y
éxito enorme de la Pa.1io11ana.
Ocurre que los jóvenes no pueden comprender lo que interesaba a
.sus padres, los acontecimientos pasados perdieron el destello que les
prestaba la vida y las anécdotas sin actualidad resultan muertas.
:remo que lo contado por mí tenga para los jóvenes de hoy el gusto
rancio que yo mismo encuentro en los artículos que de vez en cuando
E

Una noche, hace ya muchos años, entré por casualidad en el Café
de Madrid, que estaba donde hoy está el Crédito Lyonés, en la calle de
Alcalá.
En una mesa cercana a la mía, vi un joven, barbudo, melenudo,
moreno, flaco hasta la momificación. Vestía de negro y se cubría con
chambergo de felpa gris de alta copa cónica y grandes alas. Las puntas
salientes del planchado cuello de la camisa, avanzaban amenazadoras,
flanqueando la negrísima barba cortada a la moda ninivita del siglo XIX
antes de Cristo, y bajo la barba, se adivinaba la flotante y romántica
chalina de seda negra, tan cara a los espíritus poéticos.
El extraño personaje respondía a las curiosas miradas de los concurrentes con desfachatez insultante y dirigía el destello de los quev~dos
que cabalgaban sobre su larga nariz, sobre aquel que le contemplaba con
insistencia.
Pregunté al mozo del café quién era aquel parroquiano, y el mozo
satisfizo a medias mi curiosidad, diciéndome:
-Creo que es poeta, como los que se juntan con él, y creo que viene de Méjico.
Fueron llegando amigos del poeta, y sentándose junto a él, se entabló entre ellos una acalorada discusión acerca de un desafío.
La voz altisonante del poeta melenudo se destacaba sobre todas. Explicaba una estocada, sin duda alguna, porque para dar mayor comprensión a sus palabras cogió una cucharilla y señaló tres o cuatro golpes sobre el chaleco del que tenía enfrente.
Entre las prácticas demostraciones intercalaba denuestos contra aquel
galopín de doa Francisco de Quevedo y Villegas, ignorante patizambo,
que se había permitido burlarse de los Grados del Perfil del gran tratadista y maestro de armas Pacheco de Narváez.
Pero las explicaciones no debieron convencer a los contertulios, por47

�LA PLUMA
LA PLUMA
bue el de la barba asiria y melena merovingia se levantó del asiento, requirió un bastón, a guisa de tizona, y saliendo al pasillo que formaban
las mesas del café, se puso en guardia como un San Jorge, y dando
desaforados gritos, se tiró a fondo. Todo ello sin importarle un pito la
sorpresa de los parroquianos, el apuro de los camareros y el pánico del
encargado, que desde el lejano mostrador miraba las fintas y estocadas
de aquel maestro de esgrima.
-No hay más que batir el hierro del contrario y tirarse a fondo.
Todo lo demás es ganas de perder el tiempo-dijo el poeta, y se sentó
satisfecho, atusándose las barbas.
Entre los amigos del espadachín había tipos curiosos, por su aspecto
y por su indumentaria.
Uno de ellos, cetrino, de facciones abultadas, de corva nariz y enorme bigote negrísimo a la borgoñona, cejas como cepillos que rascaba
constantemente con la uña del dedo corazón de la mano izquierda. Llevaba sombrero hongo de copa plana, gabán de color café con leche herméticamente abotonado, con botones diferentes, por debajo del cual asomaban los pantalones escoceses a rayas pardas. Hablaba con acento gallego, y era, según supe después, Camilo Bargiela.
A su lado, un joven de barba castaña, cortada a lo Alfredo de Muset, alzaba su ensimismado rostro y raras veces pronunciaba alguna frase lánguida. Era Godoy.
Un muchacho bajito, rubio desteñido, con aspecto de golfo callejero, gracioso y ocurrente, hacía el bajo a la voz atenorada del poeta espadachín con el piporro bronco de su garganta. Era Antonio Palomero.
Importante personaje en aquel conciliábulo, era un caballero pequeño de estatura, de perilla y bigotes mefistofélicos, calva incipiente, muy
refitolero en el decir y en sus ademanes. Mordisqueaba constantemente.
un puro. Era don Jacinto Benavente.
Otro de tez aceitunada, expresión de esclavo irredento o de Buda en
el Nirvana, ojos pequeños bajo los párpados carnosos, apenas abría los
gruesos labios mas que para exclamar: ~¡Admirable! ¡Admirable!» Era
el magnífico poeta Rubén Darío.
48

Allí estaban Martffiez Sierra, Luis Bello Sánchez el
.
.
Alonso y Orcra, González Blanco, Leal da Cá:nara Lozano:ncatun:,
cardo Marín, Gómez Carrillo y Ors y Ramos.
'
poeta, Con ellos, se dedicaban a una orgía de café con J h
. .
snobs, dibujantes y poetas inéditos.
ce e, penod1stas,
Eran los modernistas, los modernistas odiados a
démicos y por los consagrados y el poeta es adach. muerte por los acatos, su definidor, el debelador de famas m~ ad ~ -:e lo~grandes geslos viejos penachos literarios, el sarcástico rebus~~m das, . . que segaba
Ramón del Valle-Inclán.
or e np1os, era don
_Si_ se me permite una comparación microbia
. .
.
art1st1co-literario del Café de Madrid fué ara _na, d1re que el_ nucleo
rodea a una pobre célula aband
p. m1 como un amiba que
Así ingresé en aquel cenáculo. onada y Jo mcorpora a su protoplasma.
. Noté que en aquella reunión el tema favorito de la dº
'6
.
siempre un motivo literario, alguna vez se habló d p· 1Scus1 n era cast
tura, jamás ~: Música ni de nada científico.
e mtura y de EsculMe extrano también que muchos de J
.
.
incapaces de hacer la multiplicación d os ap~end1ces de hter:3to eran
otro de otras dos, que no conocieran : ~n numero _d e dos cifras por
que su cultura literaria empezaba con las s'. l;ada d~ hteratu~a clásica y
Eran _enciclopédicamente ignorantes. u imas o ras del siglo XIL
Esta ignorancia de los literato
trañeza he dºd
s, que entonces me produjo tanta ex'
po i o comprobarla después en
h
.
res, y, en escala mayor si es . ºbl
mue os pmtores, escultoArte.
pos1 e, en los músicos y críticos de
Con semejante auditorio era ma nífi
.
var por la fantasía más delirante g co_o1r a d~n Ramón dejarse llearremetiendo contra los figurones' pero mas admirable todavía cuando
.
consagrados de la época
mo vio1ento y sin misericordia esco ía J
.
' con sarcaspeores de dramas poesías novelasg d _os trozos mas selectos entre los
grito por la rotonda del café.
y iscursos y los largaba a voz en
Casi toda la literatura española contempo ,
.
ranea ca1a hecha añicos a
IV
49

�LA PLUMA

LA PLUMA
su acerba crítica y únicamente se salvaban de ser arrojadas al Spoliarium Campoamor, Zorrilla, Galdós, Valera y Menéndez P~layo.
En el Café de Madrid se iban señalando dos tendencias, y, por lo
tanto dos grupos que tendían a separarse.
U~o capitaneado por Benavente, que llevaba tras de sí a los que_ le
admiraban por sus escritos escénicos; otro grupo, a cuyo frente iba
Vall~lnclán, revolucionario, indisciplinado y revoltoso.
El núcleo benaventino fué a sentar sus reales a la cervecería Inglesa
de la Carrera de San Jerónimo, y el valle-inclanesco dió en ir a la Hor- ,
chatería de Candela de la calle de Alcalá.
En el grupo de Benavente todos literateaban más ~ men?s, en el ~e
Valle-lnclán, más abigarrado, figurábamos literatos, cancatunstas, cómicos, pintores y algún estudiante.
.
.
.
Nos reuníamos en la horchatería a las diez de la noche, y s1 las discusiones terminaban temprano, el grupo se echaba a la calle y pasea~a
hasta el agotamiento de fuerzas desde la calle del Caballero de Gracia
hasta la plaza de Isabel ll, pasando por la Puerta del Sol.
.
Alguna vez se alargaba el paseo a la plaza de Oriente o a la Cibeles;
pero esto era rarísimo, porque el grupo sentía verdadera/~bia _por todos
los países que se extienden más allá del Teatro Real o la 1gles1a de San
José.
En aquella época, Valle-lnclán pensaba dedicarse al teatr~, y cuando el grupo, haciendo un esfuerzo, llegaba a la plaza de One?te o por
Recoletos , alcanzaba las soledades de la Castellana, Valle-lnclan
quería
.,
, .
demostrarnos sus poderosas facultades para la declamac1on trag1ca.
Generalmente el trozo escogido era la imprecación de Los Aman/es
tÚ Tenul.
Valle-lnclán se arrimaba a un árbol, ponía sus brazos a la espalda, Y
lanzando el furioso destello de sus gafas al cielo, prorrumpía en extent6reos rugidos:
¡Infames bandolerooos ... l
¡Que me habéis a traición acometido!
¡~eoid ... l ¡Ensangrentad vuestros aceros!
1La muerte ya ... por compasión os pido ... !
50

Las parejas amorosas refugiadas en los bancos más metidos en sombra, abandonando su idílico refugio, se levantaban y corrían dcspavori~as. Acudían los serenos y los guardias de orden público y se armaba el
Jaleo.
. Unas veces ~odo terminaba bien; otras, conduciendo a] gran trágico y a s~s admiradores a la Prevención, llamada hoy Comisaría.
EJ pohdaco empleado que tomaba la filiación a los detenidos se veía
en un brete cuando llegaba el turno a don Ramón.
-¿Cómo se llama usted?
-Don Ramón María del ValJe-Inclán y Montenegro-contestaba
Valle desplegando sus nombres y apellidos en columna de honor.
-¿Profesión?
-Coronel-general de los ejércitos de Tierra Caliente.
-No existe ese grado en la milicia.
-¿Cómo que no?
I
-No, señor.
-¿Va usted a negarme mi grado?
-El grado mayor es el de capitán general.
-Pues yo soy coronel-general y no consiento que se me degrade en
un documento público.
-Ponga usted militar retirado-decía alguno de los polizontes para
terminar el conflicto.
~nton~es, d~~ Ramón protestaba airado y amenazaba con una reclamac1ó? d1plom~t1ca que el señor embajador de los Países-.Cálidos presentana a Espana, y todos los honrados guardias de Orden Público serían declarados cesantes.
~na noche, _en la Plaza de Oriente, Valle-Inclán hizo algo extraordinario, demostro lo grande que es su cultura literaria y Jo enorme de su
memoria. Fué dando la vuelta a la Plaza y delante de cada estat
•
· ·
d
'
ua re
cito trozos e romance, escenas de comedia, párrafos de Historia anécO
dotas que se referían al rey o aJa reina, que desde el pedestal parecía escuchar en postura elegantemente barroca.
Valle-Inclán ingresó en la compañia del Teatro de Ja Comedia, re-

�LA PLUMA
: LA PLUMA
presentó un personaje en la obra de Bcnavente titulada La Comida de
las Fi'eras, y fué aplaudido.
,
.
Por entonces llegó a Madrid, procedente de P:u:is, Ennque Corn~t~..
poeta francés ultra desfalleciente; sus títulos Y_ mentos era~ habe~ asis~ido a Verlaine en sus últimos momentos y dedicarse a un genero hteranodenominado por su autor Naderías Doloro!as.
.
. .
Era Cornuty flaquísimo, con cara de tártaro y OJOS semibizcos. Cubría su pequeña cabeza, de cabellos lacios, con un sombrero de c~lorcafé con leche, deformado y grasiento. Andaba encorvado, con la mitad
derecha del cuerpo avanzada sobre el izquierdo. A su paso lento, con
ritmo de oleaje, los flecos de los pantalones deshila~hados, las cintas.
sueltas de los calzoncillos y las correas de los borcegmes prestaban a ~u
figura algo así como una peana movediza. L~evaba un enorme gaba?'
colgado de los esquinados hombro~, y los bolsillos desbordaban cuarti-llas, hojas impresas y libros descuadernados.
.
Mascaba algo constantemente. El bastón de palma, que concluyo pordevorar, lo sustituyó con una llave, más refractaria a las dentelladas que.
el bastón.
.
,
Cornuty se parecía físicamente a Trozky, sm la energ1a que denotan
las facciones del jefe bolchevique.
,
..
Un literato español, que conoció a Corouty en Pans, le acogio en su
casa de Madrid y se prestó a administrar los pocos francos que el_padr~
de Cornuty le enviaba. Esta administración con~istía en ca~biar los.
francos en pesetas y las pesetas en bebidas akohóhcas que el hterato español, dipsómano empedernido, ingería.
.
. .
Además, este hidrófobo sujeto fué al Gobierno C1~il a de~larar_que
había llegado a Madrid el más audaz de los an_arqu1stas, . d10am1terocomo Ravachol, y que él, gloria de las letras patnas, le hab1a llevado a
su casa para vigilarle. En el Gobierno Civil señalaron un buen sueldo a~
literato.
..
. Pero he aquí que la Empresa de la Comedia _acepta la _adaptac10n.
teatral de una novela traducida del francés por el hterato polizonte, Yde
uno de los papeles se encarga Valle-Inclán.
52

En la primera representación, Valle manda a paseo a la Empresa y
renuncia a los triunfos escénicos.
La obra se da varias veces, el pseudo-polizonte deja de vigilar al
pseudo-dinamitero, en el Gobierno Civil se vuelven locos de terror y
ponen dos auténticos policías tras los zancajos de Cornuty, que se
desespera al verse perseguido día y noche.
·
Valle-Inclán vuelve a la Horchatería de Candela, trayéndonos a Cornuty, y acogemos en nuestro seno al francés.
'Jno de nuestros amigos se había enamorado locamente de una camarera de la horchatería y quería raptarla.
Nuestro amigo consultó el caso con don Ramón, y dos de·los nuestros
$C ofrecieron para empujarle en su romántica empresa. Se tomaron los
billetes del ferrocarril, se alquiló un coche y se esperó a la muchacha en
la bocacalle cercana.
Nosotros aguardábamos las noticias con verdadera ansiedad. Pasaba
el tiempo y los raptadores no venían. Por fin apareció Bargiela. Se rascaba la ceja con más furia que nunca.
-¡Nada! ¡Nada! La chica no ha apar~cido. Ese se ha quedacto allí esperando, siempre esperando.
-¿Pero ha ocurrido alguna confusión?-preguntamos.
-Nolo sé.. .
A media noche se presenta el enamorado: la desesperación en el rostro, los saltones ojos, que nosotros comparábamos a los de la llama del
Perú, llenos de furia y de lágrimas.
-¿Pero... ?-pregunta don Ramón.
- ¿Pero ... qué?-decimos todos.
. - ¿Qué? ¿~ué? ¡Oh, Dios míol-gime el enamorado-. ¿Qué? Que la
mfame hoy mismo, ahora mismo, mientras la esperábamos, se ha fugado con un francés ...
Nuestro compañero llora su amargura sobre la barba de ébano de
don Ramón, que reniega de la inconstancia horchateril y se siente
capaz de emprenderla a trastazos con todas las que ostentan servilletas
al hombro y presumen de llevar bandejas repletas de loza y de cristal
53

�LA PLUMA

LA PLUMA
sobre tres dedos de la mano izquierda con gallarda apostura de canéfora.
Pero, ¡ay!, el eterno femenino es siempre vencedor, y hasta la del empingorotado moño, Isabel, la de los grandes ojos llenos de promesas;
Juanita la Larga, digna del cincel de Fidias; Patro, la rubia, Patro, la de
belleza escandinava; María, la de ligeras manos; Dolores, la del dulce
meneo de caderas, aventan nuestra indignación.
Mientras escancian el café con gotas oyen los madrigales de don Ramón, vcrdrs hasta el paroxismo, y sus manos, d.iestras to el manejo de
cucharillas y de tazas, tiemblan, y la rubia y alcohólica mixtura denominada ron, que el encargado compone todas las mañanas detrás del
mostrador, pasa a raudales de la botella a las copas, y las gargantas artístico-literarias la sorben con mayor delicia, puesto que es un suplemento gratuito.
En nuestra reunión ocurren cosas extraordinarias. Se 4cscubre que
uno de los contertulios posee condiciones pasmosas para empeñar objetos que el adusto prestamista rechaza. Valle-lnclán estimula al maravilloso pignorador. Un día es colocado en una casa de préstamos un dedo
amputado conservado en alcohol; otro día 1,1na merluza. ¿El colmo sería empeñar un amigo? Pues bien: nuestro compañero consigue pignorarlo durante una hora.
Aquella época era ingrata para losjóvetus tí/tratos, frase de Cornuty;
no se vendían libros y los periódicos pagaban mal a sus colaboradores.
Valle-Inclán, como todos, se resentía por la crisis, pero aguantaba poniendo a mal tiempo buena cara.
Un editor de novelas por entregas le encargó que convirtiera en narración novelesca una obra estrenada con éxito, y Valle-Inclán sa!isfizo
el deseo del editor, hinchando aquel perro melodramático de modo que
diera muchas entregas.
El inventor de un específico para las enfermedades del estómago deseaba anunciarlo en verso, imitando a los fabricantes del Jabón de los
Príncipes del Congo, y el poeta escogido por el inventor era don Ramón
del Valle-lnclán.

s,

En la horchatería nos dedicamos a mover sabiamente el plectro, y de
allí surgieron estas y otras semejantes estrofas:
En toda fiesta onomástica
os dije: «Comed, bebed,
atracaos, absorbed
la dosis de Harina Plástica».

•

Retorciendo la filástica
un cordelero enfermó,
pero al punto se curó.
¿Cómo? Con la Harina Plástica.

¿La pesadilla fantástica
os agobia en invernales
noches? ¡Los estomacales
jugos con la Harina Plástica
reconfortad, animales!
Creo que esta última poesía no fué admitida por el descubridor del
específico, y ha permanecido inédita hasta ahora.
Un éxito literario permitió a Valle-Inclán abandonar a sus dos Mecenas.

* * *
Nuestra tertulia se trasladó entonces al Nuevo Café de Lennte de la
calle del Arenal.
Allí, Abclardo Corvino, excelente músico, tocaba el violín acompañado por un pianista estupendo. Creo que pocos intérpretes de Beethoven, de Mozart y de Haydn serán tan clásicos, tan respetuosos, tan justos como aquel pobre muchacho apellidado Enguita. Su recuerdo será
querido mientras viva alguno de los que se sentaban en aquel tiempo en
los viejos divanes del café.
El pianista quemó rápidamente su vida y alguna de las que iba1t a
esperarle al café, parodiando al jorobado de Víctor Hugo, puesto en solfa por Verdi, puede que diga:
-Le solle co¡,ra110 lievi qutl capo amalo.
SS

�LA PLUMA
Vallc-lnclán se distinguía entonces por su falta de oído musical; para
él, exquisito armonizador de la palabra, lo mismo era el azulado sonido
de la flauta que el cobre de los timbales; todo, ruido más o menos desagradable.
Así es que los primeros conciertos fueron para Valle-Inclán largas torturas, que resistía arrinconado en el ángulo donde habíamos hecho el
nido. La cabeza caída sobre el pecho, la nariz metida entre las barbas y el
sombrero tapándole los ojos, parecía un faquir durante el sueño extático.
Otras veces alzaba el demacrado rostro para tomar por testigo de su suplicio a los arcos voltáicos que iluminaban el café colgados en el techo,
y lanzaba profundos suspiros, que iban a perturbar la manta de humo
de tabaco que flotaba sobre nosotros.
Nuestra reunión, con el tiempo, fué variando; al principio se compuso casi totalmente de literatos; después, la mayoría, eran pintores, escultores, dibujantes y grabadores, y las discusiones cambiaron también;
si antes se habló de literatura luego las artes plásticas fueron nuestro
tema.
La desaparición de los snobs literarios y artísticos, un tanto corrompidos por El Mercurio de Francia, hizo que se citaran menos entre nosotros a los literatos y artistas a la moda contemporánea y más a losantiguos.
En realidad, lo que constituía el nervio de nuestra reunión era la
salvaje independencia de juicio de cada uno de nosotros. Por eso las dis
cusiones se hacían interminables; duraban, a veces, días y días.
Agotado el tiempo, lanzábamos nuestros últimos argumentos al ponernos el gabán, al embozarnos en la capa, entre el estrépito de las sillas que los camareros colocaban encima de las mesas y el del choque
de las cucharillas y de las tazas que lavaban sobre el mostrador. Nos despedíamos conservando nuestras líneas de ataque y defensa, y a la noche
siguiente volvíamos a la carga, excitados por el tabaco, el café y los alaridos del violín, que ponía sus agudos crescendos sobre la tempestad de
voces que brotaba de nuestro grupo.
Noche de fiesta cuando don Ramón nos leía su última obra.

LA PLUMA
Don Ramón, en el centro, se quitaba los lentes, se inclinába sobre
las cuartillas; todos nosotros escuchábamos en silencio, y de aquel círculo de cabezas atentas, de espaldas corcovadas, salía la palabra metálica
del maestro relatando las fabulosas andanzas del Marqués de Bradomín
-o las hazañas de Cara de Plata, el segundón alegre y perdulario.
Nuestra reunión adquiría importancia cuando llegaban las Exposi.c iones de Bellas Artes; los divanes del café se llenaban con artistas de
provincias; llegamos a tener corresponsales en Londres, en París, en
Munich, en Basilea, en Roma.
En Madrid nos temían.
-Vaya usted a todas partes; pero jamás, jamás vaya usted al nuevo
ufé de Levante-dijo un ilustre profesor de Pintura a su discípulo pre&lt;iilccto-. Allí se lleva a la juventud a dar contra una esquina.
Muchas veces Valle-Inclán ha dicho:
-El Café de Levante ha tenido más influencia en el Arte y la Litera'tura contemporánea que un par de Universidades y de Academias.
Si se estamparan aquí los nombres de los que se sentaron en nuestro rincón quizá los lectores de LA PLUMA dieran la razón a Valle-Inclán.

* • *
Un espectáculo de variedades que se inauguró en el Frontón Central
110s hizo abandonar el café por una temporada.
Picton"hus a/que poetis fuimos a admirar a la Mata-Hari, a la Fornarina, a la Imperio y a las hermanas Victoria y Anita Delgado, llamadas
«Las Camelias».
Llegó la boda del Rey y entonces comenzó el prodigioso cuento que
Teófilo Gauthier o don Ramón tan solos pudieran escribir, y que tuvo
-desenlace con el casamiento de Anita Delgado con el Maharaja de Kapurtala.
No me atrevo a indicar, ni sumariamente, la participación que nuestro grupo tuvo en el asunto. Tan sólo diré que una carta escrita por VaJle-lnclán, traducida al francés por un distinguido pintor, que fué en-

�LA PLUMA
viada con la firma de Anita, decidió al Nabab a llevársela a Par!s y a hacerla Princesa.
El pintor que tradujo la carta acompañó hasta París a la hermosa.
bailarina malagueña, y Valle-lnclán antes de partir le dijo:
- A ver si consigue usted del Príncipe para mí una condecoracióni
de Kapurtala con uso de uniforme.
Y durante unos meses estuvimos esperando ver entrar a Valle-lnclán
en el café con turbante de muselina, caftan de cachemira teñido al batik y al flanco el corvo alfanje damasquino, como el que don Juan Nicasio Gallego hace rimar con asesino.
La reunión siguió en el mismo rincón del café años y años. Pasaron
por allí nuevos literatos, nuevos pintores, nuevos amigos y nuevas ¡.nodelos. Todo se renovaba menc-s don Ramón del Valle-Inclán, inconmovible en su puesto.
Llegó la Guerra Europea y con ella las inacabables disc_usiónes.
Valle-Inclán, desde el principio, fué aliadófilo ferviente.
Entonces Valle militaba en el partido tradicionalista, y en ese partido, los únicos que estuvieron acordes con la tradición, fueron don Jaime y Valle-Inclán, el resto de los jaimistas se de::laró francamente ger-manófilo. Veía el tradicionalismo español en el Káiser el triunfo de la
autoridad y de la espada, y con la derrota del inglés y del francés veían.
derrotados también los principios liberales y democráticos; creían queel triunfo de Germanía vengaba a España de las desdichas que atribuían
a Francia y a Inglaterra, cuando probablemente nuestra patria ella solamente ha sido la causante de su desgracia.
Valle-lnclán tenía que ser aliadófilo como poeta, como artista y como.
católico.
Francia, aun ahora mismo, es la nación más católica del orbe, la.
que más hombres y más dinero gasta en la propaganda de la fe.
Valle-Inclán lo sabía, no así sus correligionarios del tradicionalismo.
Valle-Inclán se sentía más cerca de Chateuaubriand que de Goethe,
de Pascal que de Schopenhauer, de Barbey y de Gauthier que de:
Nietzsche.
58

LA

PLUMA.

Cuando Italia se decidió a combatir al lado de Francia y de Inglate-rra, la aliadofilia de Vallc-lnclán se exacerbó más, y en su mente de poeta y de artista, Rafael, Leonardo, Bocaccio y el Ticiano combatían con-tra Alberto D11rero, Holbcin, Goethe y Lucas Cranach.
El papado luchaba contra Lutero.
_
En nuestra reunión del café, la guerra europea no era un problema.:.
militar, sino lucha artística.
Aliadófilos y germanófilos esgrimíamos como mazas los sagrados.
nombres de los artistas.
Un distinguido literato francés contó la historia de nuestro grupo,.
del café de Levante en una revista de París, y cuando una cosa pasa a ..
ser motivo literario es que está muerta o que va a morir.
Efectivamente, el dueño del Café lo cerró y tuvimos que buscar nuevo refugio.
Valle-lnclán fué invitado por el Gobierno francés a visitar los campos,
de batalla, estuvo varios meses sepando de nosotros, y como era la columna vertebral de nuestro grupo, éste se deshizo para siempre.
Ahora Valle-lnclán frecuenta otros cafés cuando viene a Madrid, y a.
su alrededor se reúnen literatos y artistas ávidos de escucharle.
Ya Publio Ovidio Nasson solicitó, hace cerca de dos mil años, la ve-nia para comparar entre sí las cosas más lejanas, y yo, aprovechando el
permiso, quiero decir que, así como en el extremo del acantilado en que:
anidan el petrel y la praellaria de largas alas, y las algas cubren con ver-de cabellera, insensible al teredo que le carcome los recios fundamentos,
al embate del mar y al de los aquilones, está la ingente roca siempre erguida, así el poeta levanta su orgullosa cabeza. Los años la habrán en-canecido; pero la eterna juventud la ilumina, y allí, donde él se encuen-tre, acudirán a beber los sedientos de arte y de belleza, porque su palabra-..
es fuente siempre fresca, siempre nueva, siempre generosa, siempre..
mágica.

Rico.oo

~

J

BAROJA.

�LA PLUMA
-Señora-repuso ValJe-Inclán con su gesto más noble-, el personaje principal era mi abuelo.

• • •
I.J

VALLE-INCLÁN, EN PARÍS
•n o he visto en la sala artesonada de un caserón hidalgo de Galiciá, un flibro de juventud autorizado con el nombre de
Valle-lnclán y datado en París.: La palabra, esta palabra
¡
mágica: París, iba muy bien al final del libro. Pero don Ramón ha hecho a París su primer viaje cuando la gran guerra. Vivía entonces su admirador fervoroso el diputado francés Jacobo Chaumié que,
.años antes, había traducido en Le Ttmps, Mi hrrmana Antonia, y en el
Mercure, Romance de lobos. Jacobo Chaumié, en quien ha perdido la
literatura española un amigo exquisito y leal, pertenecía a una familia
patricia de la República francesa. También vivía aún Chaumié, el pa. dre, uno de los políticos de la República. Toda la familia, que conocía
a Valle-Inclan por la admiración de Jacobo, deseaba conocerle en per: sona. Don Ramón se había llevado a Galicia, un verano, a su amigo, y
le había prometido devolverle la visita. La curiosidad por acercarse a la
. guerra, le hizo no demorar más el devolvérsela.
Su primera noche en París, estábamos de sobremesa en casa de los
-Chaumié. La madre, con la cultura tan a punto de una dama francesa,
,hallábase preparada para recibir dignamente al huésped: acababa de releer Romance de lobos. Y estaba impresionada con esos lobos de cristia...nos, entregados a los siete pecados capitales.
-¿Son todavía así los hombres de su país?-le preguntó madame
•Chaumié a Valle-Inclán.

Al otro día nos paseamos por París. A don Ramón le sofocaba el'
follaje abundante de los muchos y copudos árboles parisienses. Lo quemás le gustaba eran las perspectivas del Sena. Se detenía en los puentes.
y miraba como el capitán desde el puente de un barco. Allí respiraba..
con la vista.
Recuerdo que entramos en un «restaurant» del barrio Latino, en ek
«restaurant de los Médicis», enfrente del Luxemburgo; y cuando nos.
habíamos instalado, se acercó a nuestra mesa el «maitre d'hótel» ha-ciend,, reverencias, con su servilleta debajo del brazo, y dijo, presentándonos la lista de vinos:
-Monsieur del Valle-lnclán, el dueño de esta casa que ha honrado.,
usted con su visita, se sentiría aún más honrado si usted le permitiera
ofrecerle los vinos que más le agraden de su bodega.
Don Ramón se quedó harto sorprendido. Nos miró luego como si.
fuese una broma de los que íbamos con él. Pronto se convenció de que .
ese dueño de «restaurant» era, en efecto, algo Médicis y había visto en,
un periódico la fotografía del «grand ecrivain espagnol», a quien rendía .
los honores, frecuentes en París, a los valores literarios.
¿Cómo no iba a sorprenderse el Valle-Inclán que en Madrid ha tenido que reñir batallas con los encargados de aquellas famosas cervecerías..
de literatos y camareras?

• • •
Don Ramón, en París, no hablaba más que en español. Para ir a las .
trincheras se vistió de carlista: llevaba capote y boina. Esto le hacía pa-.
recersc a los soldados alpinos; y, cierta vez, un soldado le confundió con
el general Gouraud, que también es manco. Pero, no soy yo, es el mismo,,.
Valle-Inclán quien ha de contar, algún día, su epopeya. Hizo lo que a
ningún civil extranjero ni francés le estaba permitido hacer. Su aspecto .
61

60

'

�LA PLUMA

militar además de sus amistades, le facilitaba todo. Estaba más que im
ponent~. Parecía hasta más completo: el nervi~ parecía músculo. Un día
-de marcha resbaló en un mal paso y el companero de armas que le ayu&lt;ió a levantarse contaba luego:
-¡Lo más extraño de este señor es que pesa menos que una pluma!
Yo le decía a Valle-Inclán:
-Es una lástima que sea verdad todo lo que está usted haciendo,
porque a usted no se lo van a creer.
Llegó a prestar servicio. Voló sobre las lineas alemanas, y las .m~las
lenguas insinúan que hasta lanzó bombas. Aquella noche estaba invita-do a cenar en un Estado Mayor. Sin embargo, los aviadores, encantados
-con él, le retuvieron.
-¡Usted es de los nuestros!-le aclamaban.
Y don Ramón, magnífico, mandó un cortés recado al Estado Mayor
-~xcusándose de asistir a la cena por tener que acampar con los suyos.

* * *
Mauricio Barrés dió una comida en honor de Valle-Inclán. El intérprete fué Chaumié. Hablaron de Santiago de Compostela y de los peregrinos franceses que atravesaban las ciuda~es galas _eor la call~ de Santiago. A la salida, don Ramón hizo los debidos elogios de Barres. .
- Y su persona, ¿qué impresión le ha hecho a usted?-hubo qmen le
p~~~-

.

-Parece un cuervo mojado-fué la respuesta de Valle-Inclan. Toda. vía hoy se repite en los ecos literarios de París.

* * *
La impresión que Valle-Inclán dejó en París a los que le trataron,_la

resumía muy bien el padre de Jacobo Chaumié, el anciano Sr. Chaum1é,
-a quien por muchos motivos la política le había hecho conocer a los
hombres. Y cuando, delante de él, se hablaba de don Ramón, nunca dejaba de argüir:
-He ahí uno que no es trivial.
CORPUS BuGA.

V ALLE-INCLÁN Y LOS ARTISTAS
t:CUERoo· aún con cierta emoción la primera vez que vi a
Valle-Inclán. Fué en el viejo Café de Levante, ya desaparecido. Don Ramón erguía su magra silueta en medio de sus
amigos; y en su noble cabe7.a de guerrero o santo de piC'•dra, los oJos, tras de las gafas de carey, tenían un fulgor de cobre. Hablaba de Santiago de Compostela, ciudad maravillosa donde vivía su
,mocedad turbulenta, y con encendida palabra iba describiendo el pórtico de la gloria del maestro Mateos.-suma teológica de los analfabetos y
peregrinos galaicos-y evocando las obras ingenuas de los canteros picardos. En torno a él congregábanse Ricardo Baroja, Romero de Tones,
Julio-Antonio, Anselmo Miguel, los hermanos Villalba, Corpus-Barga,
Penagos, Mariano Miguel, Vighi, Vivanco, Arteta, Solana, Montenegro
.Y algunos artistas incipientes, que escuchaban con atención las sugestiones artísticas de su palabra.
La influencia de las normas estéticas de Valle-Inclán en el arte español contemporáneo ha sido muy grande. Todos los artistas citados-entre los cuales muchos han alcanzado sólido y merecido prestigio-fueron influidos, en más o menos grado, por sus doctrinas, y las difundieron por medio de sus obras. Presidia, con él, este grupo, Ricardo Baroja,
y los dos se complementaban como el cuerpo y el alma. Don Ramón
-era el espíritu; Baroja, la materia en su más noble acepción. Éste exalta,ba a Velázquez, Ribera, Cervantes, Pasteur, Kant; aquél respondía con

[D

6:1

63

�L A PLUMA
genuo y detallista, como en los cuadros de Patinir, o se funden en una
magnificencia clásica como en las pinturas murales de Ticiano y Veronés. De ahí su gran amor por la pintura, su finísima percepción y sensibilidad por el color, que le han hecho exaltarse tantas veces ante la tierna y aguda armonía, olorosa a lirios, de los verdes y morados del Tintoretto, y ante los cándidos azules, raso$ y oros, de la anunciación del
Beato Angélico.
También a las artes aplicadas llegó su influencia. Su gusto por lo plástico llevóle siempre a preocuparse por la belleza del mueble y la decoración del interior; a sus ideas sobre estas materias se debe en gran parte
el renacimiento actual de las artes suntuarias en España que iniciaran
los Villalba, extrayéndolo de nuestro renacimiento histórico ...
Pero donde la influencia de Valle-Inclán ha sido más clara y definida
es en las artes del libro. Todas las ediciones actuales que presentan interés artístico están derivadas de las de sus primeros libros: sobre todo,
de Voces de e,·e t,,, donde don Ramón puso lo mejor de su gran conocimiento de este arte.
He queriJ o apuntar, si bien sea sucintamente, su influ~ncia sobre los
artistas rnntemporáneos, y creo q ue cuando en lo futuro la pintura, escultura y el arte aplicado que hoy se produce sean bien estudiados, la actuación de Valle-lnclán en este sentido cobrará un relieve extraordinario.

J. MovA
Rafael, el Greco, San Juan de la Cruz, Paracelso, resultando de estas
inolvidables discusiones un perfecto equilibrio y una gran amenidad.
Valle-Inclán es un escritor esencialmente plástico. El alma de sus
personajes se nos revela por la acción y por el gesto antes que 1~ p~labra
sea dicha, y la emoción que sentimos al leer sus obras es mas bien el
producto de una visión pictórica que de un minucioso análisis p~ic~ló-gico. Existe siempre en sus libros una unión perfecta entre el pa1sa¡~ y
las figuras, que se destacan vigorosas, ya sobre fondos de un encanto m-

DEL

PtNO.

��LA PLUMA

RAMÓN DEL

[I

VALLE-INCLÁN

grand Ramón a la barbe de bouc», ainsi que I' appelait Rubén, a en effet, comme tant d' autres poetes, quelque chose
de faunesque, en méme temps assurément que 'de sacerdotal. C'est aussi a Jui que Rubén envoyait ces roses d'.un Versailles du dimanche ou il errait, parmi une foule «municipale et épaisei..
Et il Jui adressait ce souvenir comme a un reve qui console dans la détresse. Ramón del Valle-Inclán exhale une poésie a laquelle le creur ne
saurait résister. Il possede un grand _secret, et il sait combiner les charmes les plus puissants pour exercer sa magie.
.
Ramón del Valle-Inclán est d'un pays peuplé; de songes, ou les chars
aux roues de bois plein passent au loin avec un bruit tel que toutes les
terreurs sont permises aux vogageurs, aux bergers et aux enfants. Galicien, il appartient a un de ces groupes celtiques qui émergent a diverses
pointes occidentales de l 'Europe et qui, a divers moments de l'histoire,
ont produit un harmonieux charmeur capable d'inquiéter les hommes
et de leur rendre le goO.t du réve.
Apres deux siecles de raison, de géométrie, de constructions abstraites et d'intelligence, le celte René de Chateaubriand a su rctrouver dans·
les voix du passé le grand trouble humain, l'appel des terres vierges, le
besoin de créer des dieux. Ainsi apres les jours lucirles et monotones de
l'hiver ou de l'été, tout-a-coup, le parfum et la température des demi68

i;:

saisons produisent en nous une impérieuse nostalgie. Les personages
de Valle-lnclán, qui sont des gens d'église, des nobles et des sotciers
c'est-a-dire des gens de tous les temps, parlent un Iangage qui se pro:
longe dans les époques anterieures et réveílle d 'étranges échos. Certaines paroles nous plongent dans le passé, surgiss~nt a travl!rs Je silence
comme du fond des contes de notre enfance, et nous semblent des formules rituelles de religions tres anciennes dont Je sens se seraít obscurci. Des passions, comme les vapeurs d'ur.e vieille terre sacrée, dirigent
ces personnages et des charges traditionnelles pesent sur Jeur destin.
Epris de gloire et d'héroisme comme D'Annunzio, extravagante et
fier comme Barbey d'Aurevilly, Ramón del Valle-Inclán, connétable
des lettres espagnoles, est surtout un poete, un enchanteur, un connaisseur du _myste~e, un év~cateur de tragédies perdues. Son marquis de
Bradomm, «la1d, cathohque et sentimental~, dans ses voyages a travers
le temps et J'espace1 a vu les ames de ceux et de cel]e,s j q~i se melerent
a ses av~ntur~ comme on devine l'ame d'un portrait qui s'efface, et
cette vo1x qui nous parvient est celle d'un ami que nous aurions connu
dans un autre monde, parmi des ombres romantiques et des chimeres.
1.KAN

CA.ssou.

DON RAMÓN DEL VALLE-INCLAN
~amón del Valle-Indán est peut-etre, a mon avis du
m,01ns, ~e p~us grand écrivain de l'Espagne contemporaine.
C est lm fa1re tort que de le présenter au public francais
. .comme une sorte de Barbey d 'Aurevilly. Cette facon de
fixer les :dees est par trop sommaire. Ils sont tous deux cath 1·
é ·
•~ ,
•
..
o 1ques,
r~c s ¡usq,u" 1 ~me est tres trad1t1onnalistes. Mais la s'arr~te l 'analog1e: ell~ n est pomt profonde. Jamais Barbey n'aurait écrit Romance de
lobos m (dans un tout autre genre) cette étonante comédie de
· _
tt
blº , .
manon
ne es, pu 1ee ¡ustement par LA PLUMA et intitulée: Los cuernos de don
ON

69

�LA PLUMA
Friolera. Il n'avait ni ce sens du passé, ni cet humour. Il aurait tout
juste pu imaginer et peut-~tre manquer les Mémoires du Marquis de
~,Bradomin. II ne pouvait rémonter plus loin que le XVIIIe siecle. Tandis que don Ramón pénetrc jusqu'au creur du moyen-age, et cela naturellemcnt, sans effort; et c'est ce qui donne a son style cette native
: grandeur. 11 y a en lüi une pureté austere, une certaine rudesse, quelque
. chose de primordial, une ver/u qui frappe-qui impose le respect. II est
- seul de ~on espéce. Ir est grand.
FRANCÍS DE MIOMANDRE.

,1

t

LA PERSONALIDAD FANTASMAGÓRICA
DE DON RAMÓN

VALLE-INCLÁN Y EL 98
Ramón del Valle-lnclán es, tal vez, el único escritor de la
generación del 98 que no ha escrito nada sobre ~El Problema
Nacional,.. Declarémoslo sin empacho: esa nave ausente asume una de las más firmes bellezas de la gran fábrica erigida
•por el gran constructor. ¡Con qué deleite no léemos esas blancas páginas! ¡Oh, aquel terrible nacionalismo a redropelo de aquellos demoledores del 98! Basta, basta. Necesito ser real como un europeo cualquiera. No me place, hipotético, sentirme perdido, egregiamente perdido en la irrealidad de una España demasiado planteada como problema. ¡El problema de España! ¡Qué cansancio, qué fastidio! ¿Ño es
bastante vivir simple y fuertemente-sin más-esta tremenda y magnífica fatalidad de ur español? Arquitecto, frente al solar: ¿y la posible
-casa? Ingeniero, frente al río: ¿y el posible puente? ~te España», ~nte
el porvenir de España», no. En España, en el presente más atareado de
-España. Pero ya Valle-Inclán, entonces, el único entonces, levantaba
-sus casas de prosa y tendía sus puentes de verso dentro de su ideal España perenne. Por lo que «escribió» ypor lo que no escribió, vítor, vítor al poeta puro de ]a generación del 98.

[l]

ON

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; ~ u..

1

Jr,.

JoKG.E GUJLLÉN.

m

la personalidad literaria, sobre su misma historia persona], después de mi relato de las numerosas maneras que tuvo
de perder su brazo, queda en don Ramón la personalidad
fantasmagórica.
No puede ser verídica ni seguida y ordenada la descripción de esa
personalidad, tiene que brotar de la pluma como los dictámenes de las
echadoras de cartas.
Tengo que reclinar la cabeza sobre los brazos echados sobre la mesa,
en ese oscuro cercado de uno mismo que forman así, para suponerme a
don Ramón y recordar su personalidad fantasmagórica, esa personalidad
que es la más difícil de encontrar y que en don Ramón es tan potente.
Tan fantasmagórico es, que en las tablas de las puertas del Renacimiento, entre ringorrangos, volutas, rúbricas y hojarascas, hay unas cabezas de su calaña, cuyas barbas desmadejadas son útiles a la estructura.
En una de esas puertas misteriosas, en caoba oscura del Renacimiento, he visto yo antes a don Ramón el fantasmagórico.
OBkl!

* * *
Don Ramón procede de Cronos, así como otros proceden de Dios.
El viejo Cronos es el abuelo natural de don Ramón, que cuenta tam71

�LA PLUMA
bién entre sus antepasados al otro viejo Cronos de los ríos y al Cronos
de las nieblas y al de los entresijos de los bosques tupidos.
Don Ramón vino al mundo con sus barbas de hilos claros, y de niño
era el asombro de los demás niños con sus barbas luengas, que entonces, :rnnque después haya sido tan moreno, eran rubiales como las de la
panocha.
Don Ramón tuvo una adolescencia fantástica , grave, de seminarista
que va a ser patriarca de las Indias.
.
Sobre los libros cayeron sus barbas como raíces de los conceptos,
como arraigo de la cabeza a la que subían las ideas por ahí.
Vió agonizar a muchos viejos que Je dieron la mirada última, y tiró
de las piernas a los muertos para que no se quedasen rígidos y sin el
descanso que hay en tener las ¡.,iernas estiradas.
Se extasió en la selva viendo raíces como serpientes, quietas unas sobre otras en cópula inmovil.
Bailó con las vaqueras del bosque en esos &amp;alones que cierran los arbustos y aclara una especial luz verde clara.
Tuvo un caballo prestado-se lo prestaba el boticario-; pero él, con
su decisión y su fantasía, lo convirtió en el ca bailo de las leyendas, en
el hipógrifo que echa fuego por las narices y lleva sobre sus lomos al caballero y a la raptada.
Acompañó a dar la extremaución a las aldeas que están sobre los picachos y en las que la muerte se reviste de más absurdidad.
Don Ramón tuvo el primer sombrero de copa a los diez y seis años.
Era sombrero de copa muy alta, en el que iba toda la librería de sus
ideas. Se paseaba por el atrio de la iglesia aldeana, imaginando lo que
tal vez hiciese algún día, acariciando las empresas, esperanao que escampase después de las lluvias que hay que aguantar primero en la
vida.
Don Ramón tenía una gran habitación que daba a la parte fuera del
pueblo, dedicándose a mirar la naturalidad del campo, su atroz monotonía que sólo el Arte puede amenizar.
Don Ramón olió día tras día las humedades de la casa gallega, y fué

LA PLUMA
lomando todo él ese olor a maderas antiguas y a manzanas ·guardadas;
-en fin, ese húmedo sentido que guarda su estilo.
En la habitación torcida en que parecía que iba a naufragar don Ramón, flotante en el valle sobre aquel primer piso, recogió luces, al pare-cer inútiles, de las que después había de acordarse muchos años. En los
.inviernos, con las ventanas cerradas y el ruido de las máquinas de escri.bir de la lluvia sobre el zinc de las ventanas, creció la personalidad de
·sauce y reloj de arena, que es en el fondo la de don Ramón.
En la otra ventana, en la que no daba a la espalda del pueblo, sino a
la calle estrecha y siempre lloviznada, en cuyo pavimento sonaban las
barcas de las almadreñas, había un espión, un espión que recogía la silueta de todos los que pasaban, reflejándose, sin asomarse al balcón, en
el pupitre interior de su memoria, detrás de todos los cristales que guardan del invierno.
En ese espión vió la humanidad implantada para la novela.
Después don Ramón salió de su tierra, la mitad en peregrino, la mi'tad en emigrante. Por eso tenía que ir muy lejos, tenía que tocar en tierras líricas ignoradas.
Vino a Madrid en la última diligencia y se atracó del paisaje de España para siempre. Tardó días enteros en transitar los •puertos», esos
magníficos puertos secos que succionan al universo en su entraña y ab':SOrben aires extraños, lejanos, exóticos, corales y madréporas de luz,
además de inmensas, rutilantes y claras estrellas diurnas.
Al cabo llegó a Madrid este gran señor literario, y se encontró con
un Madrid lleno de aguadores. Vagó por las calles; y dió, como nadie,
la representación de las cosas de aquel tiempo en los cafés y en las terlulias privadas. Dijo las primeras paradojas, que hasta llenaban de asombro a las columnas de los cafés y hacían abrir la boca a los rodilleros.
Ya entonces tenía don Ramón la aristocracia desdeñosa y agresiva
•que merece un pueblo tan plebeyo.
Hay que saber que don Ramón estuvo en las casas de huéspedes en
·que hay que esc6bir sobre las mesas de noche y en que hay que comer
-con los demás.

�LA PLUMA
Don Ramón tiene siempre la exaltación despreciativa que le quedó.
de aquellos días en que tuvo que yantar con los beocios peores, los que
no tienen siquiera la grandeza rústica de los de las Posadas.
Don Ramó11 entonces salió en un barco de vela con rumbo desconocido. Se veía su baúl negro atado sobre el barco, y a don Ramón sentado junto al palo mayor, con sombrero de copa y envuelto en la capa del
emigrante, en cuyo cuello, los broches eran dos conchas, para que sehermanase.el emigrante con el peregrino.
Cuand~ entró en la bahía de Méjico se puso en pie y permaneció en
pie con dignidad de visitante que sabe ponerse en pie cuando está a la
vista del que le va a hospedar. ¡Gran caballero!
Don Ramón encontró en Méjico un Madrid más romántico aún que·
el Madrid de entonces, y que daba a unos campos de gran estilo. Alfon-so Reyes, Orozco, Rivera, acababan de nacer, y por eso no pudieron hacer los honores al patriarca.
Todos los relojes de Méjico sonaron en sus oídos con timbre español-porque aunque parecen lo mismo las campanadas de unos y otros.
relojes, hablan lenguas distintas-, y le parecieron todos los relojes relojes de reloj de cuadro, relojes del puro estilo evocador.
Le recibió el ídolo en piedra jabaluna, y desengarfia en su honor los.
dientes poderosos de su boca desdentada, regalándole ese gesto de movilidad que no había hecho nunca.
Acarició las trenzas de una hermosa mujer, praviana ideal con pelo,
teñido en la tinta china de Dios) con el punto aún de la que Él derritió
en el platillo para hacerla morena pura.
Volvió.-Su capa estaba agujereada, su sombrero de copa tenía en los.
bordes rozaduras de cuello de gabán, y sólo se trajo de allí un bastón.
una bengala de una madera exquisita del país, como si fuese la vara mágica para conquistarlo todo al regreso.
Madrid le aguardaba Jo mismo que le dejó. Al recordar las calles y
las costumbres de aquel tiempo, se ve que se veía menos, aunque lascosas tenían el mismo aspecto. Había una opacidád en las calles que patina y va bien al recuerdo de aquel tiempo.
74

Valle-lnclán, fantasmagoría de Vivanco.

�LA I' l. lJ M A
Don Ramón pasaba por las calles ocultándose detrás de una anuncia•dora de los teatros. Yo creo que por arte misterioso de magia le seguía
uno de esos biombos anunciadores, protegiendo su paso por las calles,
-&lt;lisimulándole. Yo recuento haberle querido ver al pasar y haberme en-contrado siempre al insistir con esa interposición de una cartelera.
Aquella fué la época de sus célebres desafíos; a~uel que no qui~ el
contrincante concertar sino se cortaba don Ramon su melena, mitad
de poeta mitad de gitano bravo, y don Ramón se lanzó al desafío con el
pelo recogido de extraña manera.
.
Su desafío con revólver también fué célebre. Desechó esas pistolas de
:.salón de los desafíos, y quiso desafiarse con el arma de fuego moderna,
que era entonces el revólver, con su cilindro giratorio, que le convertía
en aloo así como en la pistola cinematográfica. Cada uno de los dos con\trinc;ntes tuvo derecho a descargar sus siete tiros, dando gusto al dedo
y viendo variar de postura a la rueda fatal. Pero después de los catorce
tiros los dos quedaron ilesos.
En aquella época sentía don Ramón el rizo de su melena sobre el
-.cuello del gabán, y eso le daba una gran fuerza, un gran tesón, un empuje barbarisco. Abrigaba su personalidad aquella melena extraña, melena de gitano, melena de hombre que va hasta el fin.
.
Don Ramón acarfriaba y pensaba el estilo. Se encerraba con el estilo
,en su cuarto y se estaba días enteros encerrado con él y recibiendo la comida por el montante de la puerta.
Fué el primer estilista que hubo en España que en vez de hacer su
-esposa a la retórica, la hizo su querida, y no su querida _para pegarl~ y
.maltratarla-en eso quizás había tenido anteladores-, smo su quenda
para someterla a su espíritu y hacerla los mimos inolvidables.
Don Ramón, para pensar bien en sus cosas, pasaba la noche en las
iglesias en que había adoración nocturna; y su e~píritu así, se llenó de
palpitantes y vivas lámparas votivas y de lampanlleros ~rpctuos.
Cada día tenía más maravillosas condiciones de falur, y hasta conseguía fenómenos de levitación- las formas de.sus ideales mu_jercs as•Cendían sobre el suelo-, y también consegu1a que las semillas que

LA P L U .\1 A

Aguardaban, que estaban preparadas para después, germinasen espontá-neamente, y con gran antelación.
En aquella esposa, que no sabía nada; en que na~ie se imaginaba d
porvenir y, por lo tanto, se veía el presente sin profundidad, todo plano,
y en estampa para niños o en grabado de La 1lustrc1rió" li ¡,ano/a 'V
Awuni:ana, don Ramón paseó su melena como un rey merovin~io d;J,
porvenir soviético.
En aquella épocá fué en la que se dedicó don Ramón a la alq uimia
misteriosa, no por encontrar la despreciable fórmula del oro, s1110 para
encontrar la palabra creadora, la imagen en que más durad1.:ra pudiese
ser la figuración. Es su época de Fausto. En sus ojos queda el tu.:go de
sus manipulaciones y de sus hornillos, y llevaba a las tertulia, e~ orillo .
extraño. Fué su hora de leer en el gran Facistol los libros i II mc·11s ,s de
los que cuelga úna larga cinta como señal, puP.s s1 se perdiese p ·&gt;r Jonde
se iba, se sería ya un extraviado eterno.
Don Ramón adquirió, después de eso, facultadc; má-; m ,
,,., as,
y pudo, por ejemplo, cambiar el estado de la luna y s 1~ f ,s
,una,
que era llena, se convertía en luna menguante, dt:spués J
J,HO.
¡Sólo un escritor, y un escritor fantasmagórico CútnO don l{
, 1. es.
capaz de conseguir eso!
En ese momento don Ramón es un gran adi vino y un «m .: 1 &gt;» deprimera. Con su vara mágica hace aparecer cu dros, hab1ta..:1 , ..;S. una
mujer que sufre, un marino que vuelve, cosas, ~n fin, que " · llenen
que ver nada con la magia de salón, pero para la:, qu.: estdb
. ~ a sLL.
figura y dispuesto el poder de su cabeza
Don Ramón consigue ya su consagración. T ,,da la cinlt;; ... J 1, los.
periódicos, las cosas, los descubrimientos, han a..:tuadJ p
¡ h! la
gente le comprenda. Ya don Ramón cortó la vuelta Je s , ·1
, ,. el
plumaje en que se encoge el águila y se siente á,~u11J. Y , J
non
se siente a gusto en la vida; tiene una esposa y u
11¡.1
posa en el sofá de la victoria.
Cuando la barba vuelve a ser ya lino, lino ,,u "· J 1,u
11110
primitivo, vuelve don Ramón al agro donde esta -&gt;·. Hd, JJ , e

�LA PLUMA
,dos, y vuelve Valle al valle y el señor de Inclán al señorío: a la casona
.solariega, con refectorio y capilla bien tenidas y puestas.
Ya es cosa arbestre, más que arborescente, su barba y su guedeja y
'1e gusta ser liana de los árboles viejos.
Todo el paisaje Je vitorea y Je dice cosas nuevas. Ve pasar por los caminos gentes a caballo, y se encuentra con los hidalgos de piedra y vozarras de viento de invierno.
Busca en los bosques de castaños y cruces clavadas en sus troncos,
las veredas del miedo, y se le hunden los pies en la tierra por un fenómeno del pavor, que tanto ama con ser tan valiente.
Entra en las casas de piedra y en las casucas de aldea, y con el achaque del cansancio y la sed escucha lo que pasa en ellas. Sabe la.historia
,del mendigo y la del indiano que casó con chica joven y fué muerto con
el veneno que no se nota y que entra en la gallina en pepitoria.
Los atardeceres de los grandes paisajes imperan en su obra, y se le
ve cómo en esa vuelta a casa aprieta un poco el paso.
Se ven en su obra las playas inmensas, en cuya arena sólo quedan
fas huellas de sus pies durante toda la baja mar.
Es don Ramón, en medio de esa gran naturaleza, el astrólogo de las
flores, de los ecos, de los que pasan muy lejos y no se sab~ si son fantasmas o son de una realidad áplastante.
Toda la emoción del paisaje de su juventud se une a la emoción de
ahora, ya entrecano, y se dan un fuerte abrazo. De esa fuerte unión de
las primeras imágenes, que no tuvieron audacia para expresarse, y las
últimas, sosegadas y muy hechas, brota su última obra enzarzada, resaltante, forcejeadora, entusiasta.
La nostalgia habida durante siempre de este gran paisaje con hombres bíblicos-nada de fantasmas-que al pasar confiados bajo las ramas poderosas se quedaron colgados de ellas por los cabellos, ha sido el
tercer ingrediente que ha entrado a hacer verdadera, saliente, veraz y
lenguaraz su obra última.
Don Ramón es en medio de: aquellos, paisajes!como un_ cenobita
suelto, rebelde, que concita a todas las aves las tentaciones y los

LA PLUMA
recuerdos a su alrededor y halla el sentido del paisaje como nadie.
Es en la tarde de ese paisaje el hombre más fantasmagórico que se
conoce, el hombre que comprende ,a selva y que se presenta en el palacio más señorial de los contornos a pedir el predio que le pertenece, a
ser el dueño como le corresponde del salón de las consultas, donde a
ninguno de sus antepasados mejor que a él habrán ido a preguntar cosas y a someter litigios sus colonos; el salón de la geografía, cuyos tenápreos movidos por sus manos tendrán rotación de mundos manejado~
por el Creador y el salón de la biblioteca, todos cuyos libros serán entendidos por él como por ninguno de sus antepasados.

*

* *

Don Ramón ha -tenido cortada la cabeza, esa cabeza fantasmagórica
y que parece injertar en la vida las volutas renacentistas.
· ¿Quién le cortó la cabeza a don Ramón? En un martirio del arte parece que fué, en una disputa sobre la liturgia, pero don Ramón fué de
esos mártires que después se pusieron la cabeza que les habían cortado,
consiguiendo así más tesoro sobre su garganta.
Su larga barba encubre la cicatriz, pero hablando con él de perfil yo
le he visto la sotabarba llena de esas fieras rugosidades de las cicatrizaciones.
Ese mistno encono que tiene don Ramón en la cabeza, ese modo fiero y cercenador que tiene de encararse con todo, le quedó de su época
&lt;le haber tenido cortada la cabeza, repitiendo desde entonces su rostro
el gesto que tuvo cuando se encaró con las cosas en su hora de cercena-ción y desprendimiento, un gesto que no podrá imitar nadie, un gesto
entre clarividente, colérico y pasmado.
Con este descubrimiento de que la cabeza de don Ramón ha estado
cortada, se aclaran muchas de sus idiosincracias, su impasibilidad, su
fiera independencia, su actitud de monarca degollado y repuesto, su estrella fría y consolidada en la frente.
Una cabeza que ha sido cortada y vivcf tiene un fanatismo por sus
propias ideas que llega a ser tan hermosamente dogmático como el de
79

�LA P L lJ ;..1 :\
LA 1' I, U !11 A

don Ramón y que ya no cejará nunca por nada ni por nadie en sus orgullos y suposiciones.
Por eso tiene su cabeza esa colocación en forma de cuña, en . for~a.
de puñal clavado, en forma de cosa remetida con imperio, de estandarte encujado-no encajado-en la alta almena después de la reconquista.
La cabeza de don Ramón, siempre echada hacia atrás, ~orno cabeza.
articulada de Santo de vestir, tiene un gesto resurrecciooado y ve por eso
con nitidez y fulgor todo lo que tiene algo de inmortal, todo lo que no,
va a ser efímero, todo lo que, como él, volverá a resucitar y persistir.
Esa visión de lo permanente, de lo indecible, de lo esencial, que tiene.
don kamón, depende de que sabe lo que va de lo pasajero a lo perdurable, de que conoce por experiencia ese límite, esa brusca transición,.
ese seguir encendidó de lo que no ha de apagarse y ese estar ya apagado,
de lo que ha de ap,agarse aunque aµn siga encendid,.o.
La cabeza cercenada y rediviva tiene esas facultades de ver lo radiante, \o latente, lo constante, lo sostenible, lo indiviso, lo que e~ fenómeno de la unidad inveterada y sempiterna.
Esa experiencia que tiene la cabeza de don Ramón no admite com-.
petencia. Repetir esa trama de perder la cabeza y reanimarla sobre los.
mismos hombros es cosa peligrosísima y mortal para casi todos.
Por eso merece más respeto don Ramón y que ese respeto sea de una.
especie supersticiosa y salvaje. Compara la vida de todo con aquel instante o instantes en que tuvo su cabeza cortada y en que vió lo que murió y vió lo que no murió en el subitáneo espectáculo del mundo, durante su muerte, mientras su cabeza rodó como muerta, igual que el capitel de una columna cuando se desprende de ella para que el tiempo.
siempre los arme de nuevo.
Fijémonos bien en cómo está de recompuesto, de venido hacia atrás,
de extrañamente colocada sobre el altivo don Ramón la cabeza quimé·rica, la cabeza resurrecta, la cabeza que no sólo evoca las tallas de los
muebles del renacimiento, en que todos los adornos son barbas y gue-.
dejas del viejo y venerable genio central, sino que evoca eso~ colof~nes.
de los libros complicados en que los ringorrangos del pendolista o d1bu80

Valle-lnc1án estuvo en Korte-A11.1éríca a fines de1 a6o 21. Un µeriódíc,o iieoyorquü,o .apr.owechó la .ocasión parn publicar d grnb.ad-0 pr.ec.e&lt;lente (D011 RailHHl .at .a table in fro-ut -0f the Caf.é Regi na), i.lustr.a.tiv-0 -de .un .copi~o a,rtícul.G,
.del que sacamos este pána.fo;
« •.. any aftern-0011 in Madrid from ú to S:30, ycm am fin&lt;l Don R amoH .at a
tabJe in front of J:he Café Re-gfo.a, -0.i the squat·e in the busy centre of Madrid
.called the calle d.e Akal.á-where he holds .court, as n-o !iternry coort has been
held si.nee Goldsmith a1Q.d Boswell gatbe,·ed .iro.t,1nd our own Sanw.el fohnsou.
And the Spaais]} lite:rary world gathet·s aro.una h.irn., th.e novelists and drama±:ists, t he poets a1¡d e4itors., tl,e «minor J)Oets• aod jou.rnalists, tlte J)ape, sellers
:aad 1he :;tceet beg,ars .a11d t'h.e local. Carmens. And mere ther excited1y discuss
the .affairs o:f uations, fote,rnational. litec.ature, l\Ieo-Platonism and thc fo.macuia,-:e Corn.e-&lt;;ptiobl.. Verses are ct&gt;..;id al&lt;J1.1d by the J)Oets, to the noisy a,ceompani,
mest of cl.as:gililg street cars. Cigacette sellen, tbrust their wa1·cs in to intecrup
tbe .euited -O!iscoorse.
D.cm llla100&amp;011 dses ro his fe.et. His one hand nen,ously pulls at hís scraggly
lil&gt;eard.. FO.a6',es of 1Wit dart like .eleclricity. lt is the «tertulia» (as tbe spaniards
c:ill i1 &lt;'llÍ t'lle spanís.lJ. literati.» { La traduc¡;iótt ett la pági1Ja 9óJ

�I

L A PLUMA

j ante, sin que precisen una cabeza, sin precisar una fisonomía, componen un ser imaginario, un apóstol teórico, un ser formado por las rúbricas, los arabescos y las volutas puras, el verdadero ente del estilo.

* * *

Este es el don Ramón fantasmagórico que yo pienso.
Ahora perdonadme que haya escrito tantas veces Ramón en mi trabajo; pero es que ya tengo la facilidad de escribir ese nombre, que se
adquiere en el firmar mucho y dialogar mucho con uno mismo. Es un
tocayo y un tocayo de nombre muy español que los franceses convierten en jamón y que ni una sola vez he dejado de acentuar.

•
RÁMÓN GóMEZ DE LA SERNA.

VI

�LA PLUMA

EL SECRETO DE V ALLE-INCLÁN
que el mundo se rehiciese sobre un módulo dado
por Valle-Inclán. No conservaría el mundo su forma esférica. En las partes donde Valle-Inclán lo hiriese con el rayo de
su fantasía, la rutilante corteza del globo, dilatándose como
un flemón, tocaría en el confín de las estrellas; en otras, que Vallelnclán desprecia u olvida, la envoltura terrestre, desinflada, se hundiría,
plegándose en abismos negros. Mundo tan irregular c~mo el nuestro lo
fué hasta que advino, pocos siglos hace, a la perfección de 1~ esfer~:
mares tenebrosos, inexplorados continentes, y en torno de las tierras civilizadas, el escita, el tártaro devastador. Valle-Inclán vería en imagen,
dolorosa a fuerza de ser plástica, el friso ornamental de su vivienda, o el
trazado y los colores del jardín; se inflamaría describiéndolos; el esplendor de la imagen brillaría en sus ojos, en su palabra, y encendido por
el deseo de la hechura perfecta, vendría a resolver con ciencia propia los
detalles más privados de cada oficio; el tejido, la talla, una pintura, la
poda arquitectónica de su jardín, cualquier aplicación al ornamento de
la vida, le absorberían en el goce de domar la rebelde materia, y de vaciarla en las formas acabadas que brotan en su imaginación; Valle-Inclán
se olvidaría de su papel de reformador del mundo. Hombre que contempla a nuestro planeta desde una estrella, que trastrueca los continentes, perfora los itsmos que aún están cerrados, reenciende los volcanes
fríos si la grandiosidad de un cuadro lo pide, enjuaga los senos del Pa-

D

MAGINEMOS

dfico co~ l?s caudales del Atlántico, transplanta las razas, sigue el curso
de las rehg10n_es, en suma, gran Arquitecto del Universo imaginario, se
.abate a lo me¡or sobre una presa minúscula, la apura, la atormenta y se
atormenta, por encuadrarla en su tipo, por imprimir en lo real un acabamiento lógico. El mundo que Valle-Inclán hubiese de rehacer saldría
navegando incompleto. Tropezaría con alguna ley inviolable. Daría volteretas en los espacios. Los pasajeros, amarrados por la cintura, se pre_guntarían el por qué de sus penalidades. Entonces surgiría el héroe: pre-c!pitándose al gobernalle, voces de mando, denuestos, razones, argucias, todo le parecería bueno para sofocar la resistencia ajena. En vién.dose perdido, él mismo aniquilaría su mundo, haciéndole volar en mil
pect·azos; se hundiríá por su Iibén:ima voluntad.
Valle-Inclán se solaza en ese mundo quimérico, del que sólo son emisarios amables sus criaturas poéticas. Es más amplio su espíritu que su
.arte. El arte concluye un poco de lo que en su espíritu flota, y nos deja
ver la gala, el ornamento de algunas estancias, trabajadas con primor.
Pero otras formas, indecisas; otros límites, vagos; un amontonamiento
&lt;fe materiales sin utilizar; modos insólitos, que penetrán como cuñas en
el orbe de la gente llana, descubren la existencia de unas soledades fabulosas, _de las que Valle procede, a las que va. Está en su reino, que
apenas tiene con el nuestro un lado común, mucho más distante de lo
q_ue él ~ree. No iría a pedirle ensueños a la marihuana si el poder alucmatono de su fantasia fuese menos pertinaz. De una nube quisiera saltar a otra nube; pero ningún beleño le hace soñar tanto como el ensueño en que vive. Fumando la pipa de kiff se aletargó; en la clarividencia
ultraterrena del letargo ¿qué pudo contemplar? ¿Algún séptimo cielo?
¿~bismos luminosos?, ¿verdades inefables?, ¿la suma explicación de la
vida'. ~Lo que valga la pena de filtrarse convertido en humo por los interst1c10s de la puerta del misterio? Valle-Inclán descubrió un retablo de
maravilla: en una vasta pradera en declive, de un verdor chispeante, entre dos suaves colinas, un gran santo, un apóstol, un patriarca, sentado
-en_ su facistol, asistido de otras figuras menores; y a su espalda, cerramiento entre las dos colinas, una vidriera esplendorosa, de tan vivos y

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puros colores como si la luz fuese una canción. Valle-Inclán volvió de
su trance rebosando placer; placer incompleto: echaba de menos algo; si
el prado y las colinas, el santo y la vidriera no podían parecer mejor, el
conjunto era una composición defectuosa, no estaba «bien resuelto». Cavilando en la dificultad, sin vencerla, resolvió adormecerse de nuevo, y
absorbió la droga-me .contaba-pensando ahincadamente en el prodigioso retablo: el prado, el santo, la vidriera, las colinas fueron descubriéndose, bellos como antes, y, ¡oh gozo! sobre el conjunto apareció,
bordeando la vidriera, estribado en las colinas, el Arco del Señor. El
Iris era el único remate posible en tanta majestad ... Valle-Inclán, trasladado a la región pavorosa de la doble vista, había ensanchado a términos colosales la vidriera de una catedral. El narcótico, sin revelarle nada,
le disminuye, porque le deja inerte y apaga su poderosa voluntad de extravío.
Valle-Inclán, el hombre más altanero del mundo, con nadie se confiesa, nunca declara su secreto sentir. Hombre más que violento, explo-·
sivo, siempre está sobre aviso, incluso cuando estalla; quisiera poder
decir: sobre todo cuando estalla. Es tan prodigiosa su facultad de personificar, de formar criaturas exentas, que los defectos y las cualidades desu carácter se han convertido en otros tantos personajes, con físico, actitudes y hasta vocabulario diferentes. Hay un Valle-Inclán colérico y
otro maldiciente; hay un Valle-Inclán arriscado, temerario, y otro piadoso y recoleto. Si por ciertos atisbos fidedignos, no se barruntara en
Valle-Inclán la humanidad compasible y fatigada donde yacemos todos,
pudiera creerse que no existe íntimamente, que sólo es una máquina de
acuñar piezas para el público. Detrás de esos personajes se oculta un hombre indomable, que no solicita la simpatía ajena exhibiendo desnudo su
corazón. Alguna vez, yendo a encontrarme con Valle-lnclán, me he preguntado a cuál hallaría, de los vario5 que existen. Rebozado en la capa,
a paso largo remonta la calle de Alcalá: prestancia de caballero, cortesana desenvoltura, correspondientes a cierta manera de coloquios livianos,
donde Valle-lnclán acostumbra tratar prolijamente de algunas superfluidades (de esgrima, de caza, de linajes), con la afectación frívola, la supe84

LA PLUMA
rioridad negligente de quien no hallase para la vida mejor empleo. La
figura de Nw~n2t1 lwmmt, del cortesano cumplido, cuadra en el carácter
de Valle-I?clan con la reserva, el frío comedimiento de su gran trato;
Valle-Inclan sólo es confianzudo para sus bufones. Si el rebozo pende
~esmayado de sus homb~os, y él~ª. despacio, habría que llevarle al pórtico de_ u~a cated~al, cua¡arl: ~e vieiras la esclavina de la capa, dejándole
profenr ¡aculatonas doloros1s1mas, emanadas de sus entrañas. Este es el
Valle-Inclán, peregrino de Compostela, que nos cuenta el caso ejemplar
de «una ilustre viuda de Maguncia», o el terror sagrado de una noche en
el monte. En cuerpo, sin la envoltura prestigiosa de la capa, tan flaco,
tan escueto como parece por la manquedad, se deja ver el poeta ascético,
macerado por tantos rigores, y por las privaciones voluntarias. Valle-Inclán es el mayor enemigo de sus carnes. No duerme, pudiendo dormir;
no come, teniendo qué. Diríase que el sufrimiento le exalta. Bajo tal especie, Valle-Inclán se acerca más al sér doliente que hemos entrevisto en
su recatada intimidad.
Metido en un corro, bajo techado, en la mesa del café o en un casi·
no, Valle-Inclán suele poner en primera línea al personaje literario. Las
extrañas sugestiones de su apostura se pierden; la cabeza usurpa totalmente la función expresiva. Tan pronto es un pope como un guerrero;
t~~ pronto u~ cabecilla montaraz como un nigromante. Una chispa mahc1osa se enciende en sus pupilas al pr.&gt;vocar, melifluamente, opiniones co~prometedoras. Es el instante de hacer proyectos, de tirar planes, el instante de los acuerdos fáciles, el de aplazar las realidades. VaIle-!nclán transforma la conversación en género literario, donde puede
lucir sobre las cualidades que son ya conocidas por sus obras escritas,
o_tras no poco brillantes y difíciles. En esas máquinas habladas vuelca
sm atenerse a los cánones recibidos en los demás géneros, el archivo de
sus observaciones y sus increíbles memorias, tratándolos con fantasía
calenturienta. Ciertas personas-hay gente para todo-se muestran escandalizadas por esta inventiva de Valle-Inclán y deploran, como una
tac~a del po~ta, que sus livianos decires no respondan a un concepto
seno de la vida, no casen con las estadísticas o con los programas de
85

�LA

gobierno o... con las sociedades por ácciones. Otros le escuchan atónitos, con señales de recelo, persuadidos de que Valle-Inclán está engañándoles. Y no falta quien, dándoselas de entendido, asienta con risas.
equívocas a las narraciones de Valle-lnclán, como si corroborase las invenciones de un bromista. Es que el verbo y la acción no se acoplan en
el espíritu de Valle. Con la palabra crea un mundo que adq1.Jiere la ple-.
nitud del ser en cuanto lo formula, simplemente. Lo mismo da que
Valle-Inclán recuerde o profetice: allí no hay antes ni después. Pedir
que esas criaturas fantasmales advengan al orbe real, al terreno de la
historia en que está la persona de Valle, o que el autor dé testimonio,
por sus personajes, tomando sobre sí la carga de representarlos, es.
absurdo, incluso cuando inventa, recuerda o vaticina en cabeza propia.
Valle-Inclán otorga a la acción el menor espacio posible en su vida de·
hombre privado; en lo que hace, se advierte un resabio traído de las esferas imaginarias de su mando: propende a lo grandioso; más aún: suscita lo grandioso, generalmente irrealizable, como estratagema para
eximirse de las tareas menudas que enfrían la imaginación. Y afronta el
mundo necesario en 9ue su persona vive, con tal ánimo, que de la necesidad hace virtud. El se mece en el limbo de las libertades ilimitadas··
•
si desciende al suelo de las realidades inexorables, ninguna le ha vencido, porque se adelanta a inventar y a proclamar por suyo lo que la fatalidad decreta e impone. Parece un juego y es todo el arte de vivir. Donde se acaban la resistencia a la necesidad y la gracia para convertirla en
virtud, Valle empieza a ser un hombre como los demás. Pero esa coyuntura nunca se advierte; y advertida, lo mejor sería disimularlo, para
no lastimar o violentar al poeta, que a fuer de tal, se sustrae a las normas ordinarias. Una noche hallé vacío su puesto en la tertulia; pero
en el cristal de la mesa, las ramas curvas de sus gafas se apoyaban
como las antenas de un bicho; don Ramón no andaría lejos. Un porn
de ropa, apenas de bulto, tendida en un sofá, simulaba la silueta de un
hombre. Sí; era Valle-Inclán; su cabeza de león reposaba sobre el brazo del sofá, en un cabo de aquella ropa. Al despertarse, la cabeza se irguió como si ascendiera sola por el aire llevándose abrochada al pes86

LA PLUMA

PLUMA

cuezo una chaqueta flácida; hechos los ojos ascua, alzando su mano
abierta, clamó con voz tonante, al insertarse en la conversación: ~¡¡Sí!l
¡¡El poeta debe ser un hombre absurdo!!» Nunca habrá sido más fiel a
sus ideas.

Hilvano con un rasgo común las variantes de su persona que Valle Inclán ha pensado y estilizado, y obtengo un tipo complejo, quijotesco
si fuese menos precavido, dominante si tuviese menos orgullo. El personaje a quien Valle-lnclán ha transmitido su nombre y su figura es un
semidiós movido por el afán de la justicia absoluta. Sus odios, su crueldad verbal, su intransigencia, pueden invocar, en el origen, un motivo
de interés público aceptable. Es un héroe desprovisto de misericordia,
que ha tirado muchas piedras porque estaba libre de pecado. Se sitúa,
naturalmente, en la extrema oposición. Es una picota de lo mediocre y
de lo malo; un anticipo del juicio final para los chirles, los hipócritas,
los vividores; es un hurón que vocifera sus despegos. Pero esa justicia,
que ama tanto, no la aprende en otros, ni menos la recibe de una ley
exterior. Valle-Inclán es el hombre de la ley propia, que desprecia la jerarquía social y legal porque está corrompida. Vagando por tierras toledanas, entró con unos amigos en la posada de Olías del Rey. Sobrevino
un posadero, a quien, por ciertos dimes y diretes, amenazó con unos
palos:
~-¿Palos a mí? ¿De qué manera?
-¡Así!-y le dí unos cuantos estacazos.
-¡Dios mío!-clamó la posadera-. ¡Dios mío! ¡¡P"egar al alcalde!!»
El acento bufonesco con que remeda el grito de la posadera Jleva todavía una segunda intención, enteramente añadida por Valle: subrayar
su señorial despotismo, la turbulencia con que arroJla al representante
de la ley. ~¿Alcalditos a mí? ¿Y a tales horas?», podría exclamar. No soporta alcaldes ni alcaldadas, llámense como quiera. De grado respeta el
capricho ajeno; pero necesitaría ir en la vida por una vereda muy ancha
para sentirse holgado. En qué partes entran a formar su ley propia la
herencia, unas siluetas históricas, arquetipos poéticos y un mesianismo
vago, que suele andar por aquellos rincones mal conocidos de su uni87

�LA PLUMA

LA PLUMA
verso, es menos importante que nombrar sus dos fundamentos: la independencia personal y el pundonor. No obligarse a doblar la cabeza ante
nadie, sostener la fama y el crédito, a todo evento: tales son, a mi parecer, las causas de muchas abstenciones y de algunas intromisiones de
Valle, a costa de su bienestar y su comodidad, en tiempos; arriesgando
locamente la vida, las raras veces que de ello ha sido caso.
Como todos los imaginativos, Valle-Inclán se cree un gran general.
Contemplando el tráfago de los ejércitos, no sacia únicamente un goce
estético. Le place una guerra movida, brillante, una guerra a lo Van der
Meulen, con reencuentros de caballería, emboscadas y pistoletazos; o
una guerra novelesca, como la carlista, en que la inspiración personal
halla tantas ocasiones de lucimiento; o un aparato bélico teatral: ValleInclán, arrojando el bastón de mariscal al otro lado del Rin, ¡qué magnífico envite! Pero en la guerra pensaría encontrar un acuerdo entre su
capacidad de inventar y la acción, que hoy no marchan juntas; entre
la vastedad de su ánimo sin límites y los objetos a su alcance. La guerra, además, es la gran suscitadora y aprovechadora del pundonor.
Valle-lnclán, animado de un pundonor fabuloso, habla de la guerra
como del teatro natural de sus hazañas. Esto es quijotismo. Acometerá
una acción sublime o correrá un paso ridículo, según el color del momento, sin cambiar el impulso. Tropieza con una guerra de verdad, y
se extasía en el peligro; pero también puede perecer en tonto.
De madrugada, Valle-lnclán y otros amigos iban por la carretera de
Carabanchel a presenciar un fusilamiento. Vieron venir un tropel de
ganado: el encierro de bueyes y vacas que subía al matadero. Los amigos se apartaron todos, menos Valle-Inclán. Gritábanle los vaqueros:
«¡Apártese! ¡Apártese!~. Y se negó a obedecer. Pasaron los de a caballo;
llegaron las reses, y él se estuvo tieso en la carretera, sintiéndolas trotar
a sus costados. Tuvo, sobre Don Quijote, la fortuna de que no le molieran a coces.
Este es el tipo exaltado, impresionante que Valle-lnclán alimenta
con sus más robustas energías; acaso sea el Valle-Inclán de la historia,
o de la leyenda. Es probable que Valle-lnclán esté destinado a soportar
88

una desfiguración popular, grosera, y que dure en la memoria del vulgo como un carácter terrible, agrio. ¿No padece Quevedo una reputación
de procaz deslenguado? Pero al hombre dulce e infantil, huidizo y modesto, al cultivador galaico que vive secretamente aherrojado por el personaje fabuloso de Vallc-lnclán, un destino casi sobrehumano le pe.saría.
MANUEL AzAÑ.A..

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MÁS COSAS DE DON RAMÓN
oNocf a don Ramón hace catorce o quince años en su casa, ad•,ndeme llevó un poeta, de cuyo nombre no quiero acordarme. Recién
casado con Josefina Blanco, actriz rarísima en la escena española
por su inteligencia y sensibilidad, vivía en un principal espacioso
y burgués, a la entrada de la calle o paseo de Santa Engracia. Ra ·
p ada la melena romántica, con que basta poco antes había desafiado la curiosidad madrileña, sustituídos los quevedos por unas simples gafas, más cuidado
y pulcro en su atuendo que basta entonces, la figura de don Ramón permane cía inconfundible. «Enmedio del camino de la vida•, cobraba esa prestancia
natural de algunos retratos del Tintoretto.
Pronto me ganó la afabilidad de su trato, que cierta fama, debida a tal cual
desplante quijotesco de sus buenos tiempos juveniles, supone difícil. No es,.
e n verdad, hombre dado a disimular sus sentimientos. Pero lo valiente en él no
q uita a lo cortés, y todavía no le he visto nunca airado sin razón ni motivo..
He podido comprobar varias veces, en cambio, la finura espiritual, exenta de
ade manes superfluos, con •que distingue a los amigos, que lo somos de la verdad al serlo suyos.
Una de las primeras veces q11e le Tisité con mi inseparable compañero de
carrera, hasta que prematuramente acabó la suya en esta vida, Fernando Fort6.n~
nos recibió Valle-lnclán en el comedor de su casa, donde al pie de una estufa
al rojo vivo, yacía desnudo un bebé de pocos días, pues que la madre estaba
convaleciente a6.n. Don Ramón contemplaba a su hija forzando la curiosidad
por disimul ar sin duda todo sentimentalismo paternal. La niña, que desde SIL

primera infancia se mostró en hechos y dichos heredera de la viveza de inge- •
nio de sus padres, correspondíale con una mirada, sorprendente por lo segura
en criatura tan tierna.
Nos habían hecho pa5ar al comedor, como habitación más confortable que
la salita de entrada donde acostumbraba recibir los visitantes de cumplido,-.
n@ porque estuviera comiendo. Don Ramón no comía; ayunaba por prescripción facultativa, como había hasta entonces ayunado muchas veces por no,
tener qué comer. Hasta hace muy poco no le he oído alardear ante un san-grante solomillo de café, de la virtud del ayuno, practicada por él en los años·
de bohemia descarada, en holocausto a la fe literaria en su propia obra. Cuando
lo practicaba no lo decía. Es más, si no se salpicaba las barbas de migajas los,
días que no lo probaba, interrumpía la compaña de sus camaradas para enga--·
ñar el tiempo de- la cena. La hora del almuerzo la pasaba en la cama.
Para poderle aliviar, ya que coovidarle hubiera sido imposible o contraproducente, que tanto valía comprometerle a corresponder, exageraban sus amigos la afición a una buñolería pintoresca, donde por poquísimo dinero satisfa-.
cía don Ramón con un café sus escasas necesidades. Cuando yo le conocí, repito, ayunaba; pero ya sin apremio, y cuando no se lo rechazaba el estómago
ingería sus buenos vasos de leche, que, solícita, le tMÍa preparados su muj e r.
Estaba en trance de publicar Romance de lobos, que iba viendo la luz, según
la escribía, en follctones de El Mundo, diario nuevo aquel año. Más de una vezc:
nos leyó a Fortún y a mí la comedia bárbara a medida que las escenas se sucedían inspiradas. Quien no haya oído leer a Valle-Inclán sus propias obras no .
es fácil que entienda toda la significación que don Ramón atribuye a las palabras, consideradas en sus elementos sonoros. No, no es escritor que se enjua -gue con el estilo, alambicándolo de un modo precioso. Pero el acento no es en
~u prosa impreciso o inapreciable. Es algo consustancial. Todavía recuerdo la.
Impresión que un simple inciso en una de las acotacione s de Romance de lobos,
~e produjo en su primera lectura: cla llamaban por mal nombre la Rebola•~
dice el texto acabando de pintar un tipo. A contadísimos actores, entre los.
más grandes, juzgo capaces de expresar, como don Ramón aquella tarde, el mis-terio trágico-grotesco del estrafalario personaje con tan pocas p zlabras descrito.
-¡Ah!, pues si la hubiera usted visto...-decíame no ha mucho don Ram ó n,
r~c?~dándole yo mi impresión por tal lectura, y aludiendo él al original de tan.
v1ns1ma copia.

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LA P L U .\1 A
Yo no conocí, claro está, a la verdadera Rebola; pero no puedo por menos
,,de asociarla al recuerdo de la Criso, criada a la sazón de Valle, atormentada
por espíritus que le acompañaban como una sombra, ya en la cocina, y11 en !as
.andanzas de su ministerio por la casa toda.
La Criso, diminutivo de Crisógona, su nombre de pila, que don Ramón cn1:onaba heroicamente para encomendarle cualquier servicio sin importancia, era
una criada sin par, más q1tc persona viva, trasunto de la imaginación de su amo.
·un amo de tan fuerte personalidad forzoso es que imprima al ambiente en que
se mueve cierto encanto novelesco. Es verdad que don Ramón empezaba por
introducir al que por primera vez iba a su casa en una habitación cuyo único
balcón a la calle aparecía condenado en su parte baja por un pequeño escrit&amp;rio; y sustituido en su parte alta por un montante clavado imitando una vidriera de catedral. Luego, el menor accidente prestaba a la decoración la rareza de
un mundo anacrónico. Así, cierto día que se fundió el alumbrado eléctrico y
hubo de acudir Criso con un quinqué, cuya sombra incierta ngaba junto con
la del espíritu-no sé si tutelar o burlón-que siempre le acompañaba, el
prestigio de lo misterioso, caro a d,n Ramón, cobraba insospechada realidad,
Pasábase en la cama días enteros, los más fructíferos de su trabajo-y aun
ahora, cuando escribe, suele hacerlo entre sábanas, no más que incorporado en
el lecho, recostándose sobre las almohadas-. Leyéndome en otra ocasión uno
de los últimos pasajes de Romance de lobos, detúvose uu punto, sacó la cabeza,
inclinósc a una jofaina que al lado de la cama tenÍl, y con me1los esfuerzo que
el catarroso se alivia de una flema molesta, vomitó una bocanada de sangre tal
que quedé espantado. Antes se recobró él que yo del susto, y como si nada su-cediera siguió leyendo con el mismo graciosísimo énfasis.
Creo que aquella misma tarde fué cttando, a propósito d&lt;- la desorientación
.de sus críticos al atribuirle determinadas filiaciones literarias, me dijo:
- No saben nada; no se enteran de nada. ¡Vaya! ,!A que no sabe usted el
eji:mplo que tuve presente al escribir las Sonatasr
Don Ramón hizo, según acostumbra en casos tales, una pausa, a que pudo
,quizá servir de pretexto la rápida rebusca de un pañuelo perdido bajo la al.m ohada o entre el embozo de la sábana. Yo, entre tanto, callaba respetuoso,
-sin acertar a figurarme la influencia que don Ramón se disponía a confesar, se_guro por lo demás de que mi empeño hubiera sido vano, dada su agilidad para
.reaccionar siempre de una manera inesperada y sorprendente.
Alzó la cabeza de nuevo, se me quedó mirando, y dirigiendo luego la vista

a las cuartillas que yacían sobre la cama, añadió mesándose las barbas con lenta-

fruición:
-Pues tuve presente las Doloras de Campoamor.

........... ................. ........ - ....................... .. .

Don Ramón ha sido siempre hombre de pocas lecturas. Su rápido instintode comprensión, su aguda sensibilidad, le han ahorrado mucho tiempo para
enterarse. Meses enteros he visto en su escritorio un ejemplar de I Laudi, de
D'Annunzio, con la seiial en la misma pági"a. Conoce vagamente el italiano y
no muy bien d francés. Es sorprendente la justeza, desde su punto de vista
personaUsimo, con que juzga a Anatole France, al autor de La jiglia dt Jorio,
de la Francesca, de La Fiacco/a so/Jo il moggio, a lbscn, a Tolstoi, con un criterio opuesto las más de las veces al sentir general, a la opinión a la moda. Tolstoi le entusiasma, D'Annunzio le seduce, France le gusta poco, a lbsen casi le
detesta. Se explica, sin embargo, sn admiración por Beroard Sbaw, de que conoce poquísimas obras, por el humorismo genial del graa inglés, de que es incapaz su gran ascendiente noruego.
De la literatura española le atrae el mwimiento dramático del teatro clásico
más que los moldes poéticos del diálogo tradicional. Pero sus preferencias van
a los cronistas y más que en los antiguos se complace en los de Indias. De sus
contemporáneos admira sin reservas, con apasionado fervor, a Rubén Darío, de
quien recita de memoria la obra entera con emoción y gracia rítmica inefablesRecuerdo la imperturbabilidad, tan característica suya, con que yendo •n día
conmigo calle de Alcalá abajo, al dar la vuelta por la del Barquillo, según cami- nábamos despacio por medio del arroyo, recitando é l con grave pausa el céle-bre soneto:
•¿Eva era rubia?, no; con negros ojos
vió la manzana del jardín, con labios
rojos probó eu miel..., etc.•
como acertara a alcanzarnos un tranvía que con insistentes llamadas nos aTisaba que nos apartásemos, volvióse don R.1món iracundo, y con tal denuedo excla1116 dirigiéndose al conductor:
-¡No me da la gana, ea!
que, amedrentado y confuso, el hombre se avino sin más a seguir nuestro paso,
tardo, en tanto don Ram6n, ajeno a todo cuanto no fuera el iOneto que iba recitando, centinu6 hasta terminar;
• ... que hace temblar a Pan bajo las viñas.•

�.LA PLUMA
~cediendo al cabo, 110 a los requerimientos del tranviario, sino a la suave insinuación con que procuré llevarle a la acera.
Aparte Rubén Darío, le he oído encomiar las grandes CUJllidades dramáticas
,,de Pérez Galdós:
-Aquella Alma y vida... ¡Ya estaba bien, caramba, ya estaba bien!
·
De El abuelo prefería la versión primera a la reducción escénica. Sor Simo. na también es muy de su gusto.
-¡Pero esos cómicos son tan bárbaros, tan bárbaros!

1

'

Uno de los capítulos más interesantes de la biograffa de Valle-Inclán es su
afición al teatro y sus andanzas por los escenarios. Paladín de la protesta con·,:t;ra Echegaray con ocasión del homenaje nacional en celebración del Premio
Nobel, siempre que viene a pelo tiene en la memoria algún trozo ridículo de
La peste de Otranto, de La esposa del vengador o de El gran galeoto con que corroborar su mala opinión de don José, como entonces se le llamaba en los saloncillos.
-Benavcnte ha podido hacer algo ... perG no quiere ... Benavcntc, que pudo
. ser algo a la manera de un Chéspir (don Ramón españoliza bravamente los grandes nombres) satírico, y hacer comedias en que hubiera tras una escena ~k señoritos en la cuadra otra de criados en el salón, se ha entregado a la Pino, a
Lara, al abono de la Guerrero ...
Conocidos y celebrados son su'&gt; desplantes con cómicos y empresarios. Admirador de Maria Guerrero, cuyas facultades considera malogradas por el pésimo gusto en que se ha educado y vivido, llegó a estrenar en el teatro de la
Princesa dos de sus obras. Como a los pocos días de representarse por primera
vez La marquesa .Rosalinda, fingieran en su presencia cierto desacuerdo la Gue,Trero y Díaz de Mendo1a, respecto a la acogida que pudiera tener la obra el
sábado de abono blanco, y a la conveniencia de suprimir o no determinados pa· sajes, don Ramón, conociendo la añagaza, se adelantó a decir:
-Estaba yo pensando, sin saber a qué atribuirlo, lo bien que se está en
Madrid los sábados por la noche. Es observación que vengo haciendo al salir
-de la tertulia de Levante con los amigos y andar tan a gusto a esas horas por
,la calle. Ahora he caído en la cuenta: todos los imbéciles están abonados a la
Princesa. Pero el sábado que viene voy a interrumpir mi costumbre de no salir a escena, para decirle al abono cuántas son dos y dos, ea; ya estoy cansado
•-0e oír insensateces.
94

LA PLUMA
Llegó, en efecto, el temido sábado, y contra lo que sospechaba el director
&lt;del teatro, se aplaudió la escena cuya suerte juzgaba comprometida.
-¿Y ahora?-parcce que exclamó triunfante doña María Guerrero al volver,
-concluída su parte, al saloncillo, cncaráadose con su marido, que seguía representando el papel de ingenuo, y con el propio Valle, que sonreía cínicl', me.sándosc la barba-. ¡_Y ahora, qué me dicen ustedes del abono? ¡Han aplaudido
la escena que siempre había pasado en silencio, incluso el día del estreno con
los intelectuales amigos de don Ramón!
-Como que han reforzado ustedes la claque- respondió don Ramón in-mutable.
Valle-Inclán, curioso de toda experiencia, quiere ver surgir al renovador
fundamental de los cánones subvertidos por la genención del 98, triunfante
con él, con Baroja, con Azorín, con Unamuno. Toda tentativa juvenil le interesa
y esperanza.
- Habría que hacer algo... Es preciso cambiar los conceptos, habría que ha-ccr algo en un modo poP.ular y con un sentido eterno de la actualidad.
La forma teatral de sus últimas obras, culminante en el género de esperpen•
ros-como le place titular a La ,·eina castiza, Luces de bohemia, Los cue,·nos de
-.don Friolera, inéditas en volumen lu dos últimas, y que el curioso ha de buscar aún eu las colecciones del semanario España y de LA PLUNA- responde a la
-necesidad de renovación qne le acucia a producirse sin contaminación con los
medios de dema.1da y oferta que acostumbran editores, e.npl·esarios y ptovee·dores de baja estofa literaria.
-El teatro es lo que está peor en España. Ya se podían hacer cosas, ya.
Pero hay que empezar por fusilar a los Quintero. Hay que hacer un teatro de
muñecos. Yo escribo ahora siempre pensando en la posibilidad de una representación en que la emoción se dé por la visión plástica. El tono no lo da
nunca la palabra, lo da el color.
Don Ramón no entiende la música:
-Sin embargo, una vez, hace ya de esto algunos años, una noche en Levan•te, donde tocaban siempre música clásica, .empezó la orquesta una cosa que yo
que no tengo oído para la música dije: ¿Pero esto qué es? ¡Esto es muy malo!
Preguntamos después y nos dijeron que era la .rantasfa morisca. Chapí se llabía muerto aquel día. Yo no entiendo nada, pero había allí un modo tan vulgar
y tan ramplón de acordar los sonidos ...

95

�LA P L U :t,.I A
Vano empeño sería pretender reflejar en unas cuantas cuartillas al vuelo la,
agudeza de don Ramón, las sugestiones que conthuamente despierta en la conversación corriente, la naturalidad de su pose.
Del retrato de Anselmo Miguel Nieto, varias veces reproducido en periódicos y revistas gráficas, inspirado en la devoción de Valle al Tiziano, a los
Echevarrías de ahora, pintura fiel de la teatralidad cotidiana de don Ramón~
transcurren precisamente los años de madurez y lozanía en que se halla. Dolíase no ha mucho Luis Araquistain de la pérdida que significa para la literatura española contemporánea la falta de un constante anotado, de los hechos
y dichos de don Ramón del Valle-Inclán.'Es verdad. Prometo, en lo que pueda
caberme de esa re-sponsabilidad, la enmienda. Valgan estas cuartillas por la
intención de señalar no más la vena inagotable de una historia fidedigna de
la vida literaria de nuestro tiempo.
En ella cabrá cuaato el espacio y la memoria nos niegan ahora. Ni apuntar
siquiera hemos podido algunos aspectos interesantísimos de la persona de doa
Ramón: el diletlante de ocultismo, el fumador de cáñamo índico, el político, su
ars amandi, en fin, merec~n la atención prolija que me propongo consagrarle
en las temporadas que a6.n nos es dado a sus amigos madrileños disfrutar de su
compañía, cuando para preparar la impresión de un libro nuevo, viene del casal gaJlego, donde, con su mujer y sus cuatro hijos, vive ahora lo más del año.
en las tierras de un antiguo señorío de su familia.
C. R.C.

( • ... todas las tardes, de seis a ocho y media, puede verse a don Ramón en
una mesa ante el café Regín11, en la encrucijada ele ese bullicioso centro de Madrid, llamado la calle de Alcalá- -donde tiene su corte literaria, como no ha
habido otra desde que Goldsmith y Boswel se reunían en torno de nuestrn Samuel Johnson. El mundo literario español se reúne en torno suyo: novelistas y
dramaturgos, poetas y editores, «poetas menores• y periodistas, vendedores de
periódicos, mendigos callejeros y las Cármen~s de la¡localidad. Muy excitados,
discuten allí los negocios de Estado, la literatura internacional, el Neo-Platonismo y la Inmaculada Concepción. Los poetas recitan versos en alta voz, con.
el ruidoso acompañamiento del estrépito callejero. Los vendedores de cigarrillos interrumpen los acalorados discursos con la oferta de su mercancía.
Don Ramón se pone en pie. Con su única mano se peina las barbas desmalazadas. Como chispas eléctricas brilla el ingenio. Tal es la «tertulia», como ellos
la llaman, de los literatos españoles.•)

96

AÑO IV.

'

MADRID, FEBRERO 1925

1

NÚM. 53.

LA QUINTA DE PALMYRA
,.

I
DESCRIPCIÓN DE LA QUINTA

había una alta tapia cubierta de musgo pardo como
s1 llevase a sus hombros una capa de terciopelo . La
puerta era una enorme puerta en cuyas dos col
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umnas po.
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PALM
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YRA con su particular ortografía portuo-uesa Sob
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re as co urnas se estacaban los dos jarrones tradicionales.
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Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el pala ..
pero se le entreveía en el fondo recibiendo los
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puerta central l
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cammos en su
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Era un palac10 clanto y triste. En los copones de sus esq .
estaba depositada el agua de las lluvias antio-uas
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de las lágrimas del cielo.
º ' como reservorio
En el centro, sobre el ángulo de la frente de 1
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a casa, como
ivmo, . a ia una diosa pagana que recogía su túnica sobre las bellas piernas. Era de piedra y tenía los colores variados
VII
97

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Pedro l.eandro lpnChe.-.4las Nueva.r.-Mo □ tevideo,

1922.

Manífiéstase en estos poemas del señor Ipuche el deseo, apuntado ya su logro en aJgunos atisbos felicisimos, de fundir el sentimiento de la tierra nativa.
y su expansión en más amplios horizontes de conciencia, transmutándolos en.
una expresión poética donde los modismos populares del campo uruguayo adquierar. virtualidad literari;i.
.
«El Lazo,, p:iema central del libro, participa de esas dos cornentes de emoción en que parece dividida, espiritualmente la colección de poesías de Alas
Nut'Das: la determinada por contemplaciones visuales, cLos carrero~•, cLos
potros,, «Las lavanderas, 1 «La sorttija,, «El Viraró,; y las que derivan del
pensamiento a la raíz sensitiva, «La vocación fatal&gt;, e Ritmo y hora1&gt;, eAsunto&gt;,
cEl dedarrollo•, eLa Noche&gt; .
eYo siento el entusiasmo de los lazos abiertos
Que hacen fiesta de líneas en el aire:
Un entusiasmo largo, seguro, desplegad0,
Y bien trenzado,
Que salta hacia las cosas con afán de enlazarlas.•
canta el señor Ipuche en cEl Lazo,:

cMi lazo es inauditc,
Y va donde lo tira mi intención.
Mi oficio es intuitivo
Y cuando enlazo llevo al puño el corazón.
¡Cuidado con el arco valiente de mi lazo!
¡Soy buen enlazador!»

* * *
Dr. Atl.-Las Sinfonías del Popocatejeil.-México 1 Edic. México Moderno,
Reúne aquí el autor. bajo un título excesivo para nuestro gusto, algunas
impresiones literarias de sus antiguas excursiones y dilatada demora por las
montañas del Iztatzihualt y el Popocatepetl. Cuando el viajero se limita a describir, a apuntar sencillamente, paisajes y tipos que más que destacarse los
componen, la lectura de sus notas se hace fácil y grata.
No tanto, cuando, ahueca la voz; y prodiga palabras sonoras, por competir
en vano con la Naturaleza, en la tremenda sinfonía de las cumbres volcá.nicas.
C. R. C.

AJiÍO III.

1

MADRID, DICIEMBRE 1922

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TiERCERA

CARA DE PLATA

CoNTJNúA

LA

ESCENA TERCERA

G 1 NE R A , ES TREME C 1 D A, abre la puerta, y bajo el
encaje lunario del empanado, aparece la sombra del sacristán, de rodillas y con los brazos abiertos.
BLAS DE MIGUEZ

¿Dónde me hallo? ¡El dolor me nubla la vista y no reconozco los
parajes!
LA SACRISTANA

¿Qué copla condenada traes?
BLAS DE MIGUEZ

¡Confesión pido! ¡Por los Divinos clamo!
400

NúM. 51.

XXVI

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��LA PLt.:MA

LA PLUMA

Sonaba con Morales una nota nueva en aquel concierto de voces. Los

gratitud y deferencia para con la Junta directiva de la Sección de Literatura del Ateneo y en especial para con su ilustre presidente.
Mi amistad con Tomás Morales puedo decir que empezó con los primeros versos suyos publicados en Madrid, por aquellos años, que no me
decido a llamar remotos, de 1903 a 1907. Formábase entonces, levantando como enseña el estandarte de Rubén Daría, la legión de poetas que
inició, en la lírica, el primer movimiento de rebeldía posterior al romanticismo. Triunfaban ya y habían producido obras considerables Eduardo Marquina, Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Francisco Villaespesa.
¡Francisco Villaespesa! He aquí un nombre que en las futuras historias literarias ha de tener, junto a las páginas en que se hable de su labor personal, ondulante y diversa como el hombre mismo, ya leve y ar11

poetas de aquellos días eran subjetivos, exquisitos? s~ música tenía sua-

ves arpegios de clavicordio, tenues lamentos de v10l10, cuando no pastoriles cadencias de oboe o de flauta; de vez en cuando, las largas trompetas sonoras de la marcha triunfal dejaban oir sus acentos metálicos,
haciendo más vivo el contraste. Se iban elaborando los nuevos temas
poéticos. Iba surgiendo de la poesía moza una visión de_ Esp~ña que _no
era ya la orgullosa y fastuosa de antaño, sino otra Espana mas recogida
y austera, que alcanzaba la suma expresión en las sobrias tonalidades de
la meseta castellana.
A esta poesía, Tomás Morales fué el primero en hablarle del mar.
Trajo a la poesía la palabra que Juan Maragall iba pidiendo a los pueblos del contorno como alivio para la desolación de las llanuras anchas,
lejanas de los mares. Y le habló del mar como quien mucho tiem_p_o l_o

moniosa en sus mejores momentos, ya amanerada y fría con harta frecuencia, un rincón en que se le recuerde como descubridor de ingenios

ha vivido, como quien tiene con él un trato tan íntimo, una fam1han-

dad tan próxima, que, para evocarlo, le basta decir:

y forjador de revistas.
¡Las revistas de Villaespesal No se ha escrito aún, y cada día que
pasa se hace más difícil escribirla, la historia de esos cuadernos literarios,
nacidos al azar de un feliz encuentro de camaradas o del hallazgo in verosímil de unas pesetas. No se ha hecho aún, y bien vale la pena de que
se haga, una nómina cabal de esos efímeros papeles que vivían Jo que

El mar es como un viejo camarada de infancia.
Antes de ahora, al intentar un esquema lógico de su poesía, he señalado en ella tres fases, tres momentos sucesivos, perfectamente encadenados entre si. Primeramente, aquellos versos en que, refugiado en sus
recuerdos íntimos, buscando, como tantos compañeros suyos de poesía,
el destello del mundo interior en las memorias de la edad infantil, evo-

las rosas: seis números, cuatro números, dos, uno tan solo. Revista hubo

que, después de bien tramada, de acoplado el original, de elegida la imprenta y encargado el papel, no pudo publicarse ni una vez siquiera: se
quedó, inmaculada, en el limbo de las buenas intenciones.
Entre las voces nuevas que empezaban a levantarse de aquellas páginas juveniles, ninguna más robusta y sonora que la de Tomás. No podría yo ahora decir en dónde: en el Renacimíenlo La#no, en la Revista
Latü,a, vi por primera vez la firma de Tomás Morales; y en la segundá
de las nombradas, de seguro, aparecieron algunos de los Poemas del Mar,
los versos más personales, más llamativos entre los que formaron en 1908
ague primer libro suyo que se llamó Poemas de la Gloria, del Amor J)'
dtlMar.

caba sombras domésticas, paisajes urbanos, deleitábase en la amistosa
conversación o en la espera meditabunda del amigo en la habitación ya
invadida por la oscuridad del anochecer. De, pronto, el mar .. Una de
aquellas visiones de su infancia le puso otra vez fr~nte al «vie¡o camarada» y le hizo escuchar sus mil voces. Lo que le di¡o_ pnmero
mar,
fué lo más cotidiano y sencillo: se le dió como espectaculo multiforme,
y él no tuvo más que copiarlo fielmente. Este es el segundo instante de
su poesía. El tercero Jo sublima y completa: es también el mar, pero no
va el mar humano de sus lienzos de alta mar o de sus aguafuertes de

d

1,

1

puerto, sino un divino mar mitológico, el movible dominio de un dios,
427

���LA PLUMA

la rama de un manzano que se estira
perezoso, a la aurora, bajo el muro
donde abre una ventana. &amp;l humo blanco
trazaba, íejos, sobre el prado ameno,
la ruta vertical de su columna;
y, más cantora cuanto más cantada,
-motivo eterno, cada vez más nuevo-,
la alondra rasa, en el lejano surco,
dab&lt;1 el saludo matinal de un trino.
'Y entonces quise, por hallar castigo
a la pereza de mi pensamiento,
pensar en algo. 5\tas el alba rosa
discreta fué; que adormeció de nuevo
mi espíritu cansado y, solamente,
me despertó a la vida los sentidos.

LA OBRA DE BEN A VENTE AL
FULGOR DEL PREMIO NOBEL
A

adjudicación del premio Nobel a Jacinto Benavente no ha
desatado el furor de protestas encontradas que suscitó su con-

cesión a Echegaray, señalando en nuestros anales literarios la
hora crítica de una revisión de valores. La ausencia del agra•
ciado, en correría artística por tierras americanas, ha soslayado por lo

'JI hubo serenidad en la foresta
IJ en el bosque dormido de mi espíritu.

pronto las reacciones inevitables de la opinión pública, no más que
apuntadas, ante la indiferencia general, en los pocos artículos y tal cual
homenaje cómico con que hasta la fecha se ha celebrado el acontecimiento. Por otra parte, en su verdadero punto la fama de Benavence, y
a salvo su buen nombre de los embates ulteriores de la fortuna, no tenía
por qué mover escándalo el discernimiento de la Academia de Stockolmo en 1922.
Al dar la noticia del triunfo han coincidido los comentaristas más
discretos en deplorar la falta de asistencia oficial que privó a Galdós en
sus últimos días de la gloria tangible del premio Nobel. Por si queda algún ingénuo capaz de suponer encarnada en los académicos suecos, testamentarios de su benemérito compatriota, la justicia infalible que sólo
Dios se atribuye, permítasenos señalar, dentro de la relatividad de
las cosas humanas, las circunstancias que determinan la significación
del premio internacional de literatura. Que si Nobel procuró asegurar el

LUIS FERNÁNDEZ ARDAVIN.

x:xvm;

1

433

�LA PLUMA
cumplimiento de su voluntad generosa, por encima de toda contingencia política, en el bajo sentido a que tal concepto se ve arrastrado por
el uso, las normas de transacción que la realidad de la vida impone al
Ideal son ineludibles.
Tuvo el que esto escribe, como secretario a la sazón de la Sección
literaria del Ateneo de Madrid, el honor de formar entre los comisionados para recabar del director de la Academia Espadola de la Lengua la
oportuna solicitud cerca de la Real de Stockolmo, en demanda dda
concesión del premio Nobel de literatura de 1916 a favor de D. Benito
Pérez Galdós. Don Antonio Maura, cuya imponente figura mosaica
pierde de su prestigio con la proximidad, delatora de cierta rusticidad
torpe, insospechada en la perspectiva teatral del Parlamento, del mitin,
de la fotografía de circunstancias, atajó Juego nuestra pretensión, oponiendo Ja letra estatutaria de la propia Academia que preside, matadora
del espíritu cuya conservación le está encomendada precisamente. Las

•

mismas protestas de amistad con que quería enaltecer a nuestros ojos la
inanidad de las diferencias políticas que de Galdós le separaban, nos
hicieron comprender al punto que si dependía de su gestión el premio,
podíamos dar el empeño por perdido. -Recientemente, don José
Lasalle ha contado en un periódico cómo la resistencia del secretario de la Española ha podido retrasar hasta ahora el provechoso honor
con que Benavente se ve, con general aplauso, favorecido-. No pudo lograr el autor de los Episodios Nacionales y las Novelas Contemporáneas
la adhesión sin reservas que ahora piden en torno al nombre de Benavente quienes se estiman copartícipes, a título de españoles, del honor,
que a todos toca, ya que no del provecho, que apenas cumple para un
hombre solo.
En Jo que no van descaminados cuantos piensan así, ya que la Academia sueca parece atender equitativamente en el reparto anual de tales
mercedes, al mérito relativo de los grandes hombres considerados no
como ciudadanos del mundo, sino como súbditos de un Estado al cual,
una vez premiados, representan en la República oficial de las Letras y
las Ciencias. Hácese casi siempre la elección con anuencia, y aun a pro◄ 3•

LA PLUMA
puesta, de los embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en
Stockolmo. El espaldarazo que significa para el recipiendiario semejante
gracia, lleva consigo la extensión a términos comparativos más dilatados, de la opinión favorable a que debe el éxito logrado entre sus compatriotas . Parécenos, por lo tanto, felicísima y oportuna la última decisión de los repartidores del Premio.
Data la primera obra dramática coleccionada en el Teatro de Jacinto
Benavente de 1894. Se estrenó en la Comedia, escenario Juego de sus
primeros triunfos, cuando todavía el Español era un feudo del viejo
Echegaray y de su escuela. Toda la primera época benavcntina está
influida del estilo francés contemporáneo. Sin que sea dado señalar
como tales plagios La comida de las fieras, La gobernadora, Lo cursi,
el repertorio, en suma de los primeros volúmenes, desde Gente conocida
a La noclu del sábado y Rosas de oio1lo, es evidente la sugestión de Donnay, de Lavcdan, de Abe! Hermant, ea cuanto al tono punzante del
diálogo, embarazado todavía por la ensedanza tiránica de Dumas hijo,
a que han seguido sometidos tanto tiempo, incluso los más arriesga-

dos innovadores del teatro europeo en el último cuarto de siglo, Benavente, reacio en declarar sus modelos inmediatos, no recata, al igual en
esto de otros grandes, lo que debe al autor de La dama de las camelias.
Lejos de nuestra intención el señalar tales coincidencias, voluntarias
o no, como un reproche. Si no tuviera otros méritos que el haber

limpiado, en Jo exterior al menos, la escena española del tufo rancio
que exhalaban los dramones y comediotas de los Sellés, Cano, Cavestany, Eusebio Blasco y compañeros de menores pretensiones literarias, siquiera su boga fuese no menos sintomática-¡Ramos Carrión,

Miguel Echegaray!-ya se le debería a Benavente gratitud, cuando no
admiración. Como en su tiempo Moratín, Benavente ha contribuido no

poco a que la España literaria pueda ser admitida de nuevo en la sociedad de los pueblos cultos. Cierta opinión, muy difundida entonces,
obligada a reconocer la gracia y la intención de las comedias satíricas
características de la primera época de Benavente-no obstante sus escapadas y escarceos, menos felices, al reino abstruso del drama nórdico:
433

�LA PLUMA
LA PLUMA
tanto como material, perseguido por la hipocresía de un ambiente gazmoño que a favor de un clzantage intentado contra él, pretendía no menos que ejercer en su daño la misma acción póblica que condenó a
Osear Wilde en Inglaterra, Benavente se ausentó por una temporada de
Madrid y sus corrillos de café. Volvió a presentarse en público al ser
aclamado la primera noche de Los intereses creados. Fácilmente se echa
de ver en la intención satírica de esta comedia; el prurito de defensa que le movió a escribirla, aguzando el aguijón que ha sido siem-

Sacrí-/icios, Alma triunfante-le acució, con menospreciar la esfera de

acción a que se habra limitado, a proponerse empeños más altos, o en
todo caso más altisonantes.
La noche dtl sábado, El dragón d, fuego, La Princesa Bebé, compli-

cadas máquinas de teatro, cuyos felicísimos toques afirman la personalidad satírica del Benavente anterior, pero cuyos defectos de concepto y
de procedimiento las asignan una categoría literaria harto circunscrita a

la moda pasajera coincidente con su estreno, señalan el punto culminante de la ofensiva modernista contra el teatro más aplaudido hasta
aquella fecha. Benavente, impuesto ya al público, seguía apoyado en un

pre su mejor arma cómica.

Ese prurito defensivo se advierte en todo su teatro, no obstante
la diversidad de géneros en que Benavente se ejercita. Nunca hasta
Los intereses, ni después, ha logrado tan perfecta ecuación dramática. ¿Qué son en definitiva Leandro y Crispín sino el desdoblamiento
picaresco, inspirado en los principios de la filosofía cínica, de la conciencia del autor? «El fin justifica los medios», «Quien roba a un

movimiento literario cuyos directores dispersos no contaban con un

verdadero representante en el teatro. Do otro modo, las diferencias, no
por calladas menos patentes, entre el hoy premio Nobel y los novelistas
y poetas de su generación, habríanse manifestado irreductibles antes de
ahora.
Los intereses creados y Señora ama, representadas por primera· vez
con breve lapso de tiempo, La ,n,1lqueriila después, marcan en la obra
de Benavente el punto máximo de coincidencia del propósito del autor
con el efecto conseguido en el público. Felicísimo remedo de la commedía italiana ddl'arte, cuya pintoresca disposición escénica sorprendió
desde luego a los espectadores, hábilmente perge,'iada con elementos

ladrón tiene cien años de perdón», «A tuerto o a derecho nuestra

casa hasta el techo» son postulados tan científicos como populares
de un mismo instinto de conservación. Lo verdaderamente original,
lo personal, lo autobiográfico de Los intereses creados está en mante-

ner el principio aristocrático de la caballerosidad inmaculada: ,No fuí yo
quien hizo tal, fué mi criado» ".iene a decir Leandro, salvando así todos
los respetos que se deben a su condición, y a que él se obliga.
No es, sin embargo, del teatro de Benavent.e, Los intereses crea.dos lo
que preferimos. Su retoricismo y amaneramiento literarios de calidad

poéticos inspirados en Shakespeare y ea Musset, Los intereses es, quizá,

no obstante su fantasía funambu]esca, lo más humano del teatro benaventino. La parte autobiográfica, que en otras de sus comedjas se des-

•

inferior, prenda segura del éxito entre el público petulante, malogra

cubre en réplicas más o menos oportunas, agudas e ingeniosas, hasta

nuestro gusto. Puestos a elegir una comedia entre todas las de su reper-

el empacho a veces, y en tiradas de prosa discursiva, constituye en esa
farsa el fondo dramático sobre que está tramada la intriga, es algo
consustancial con ella, se entrevé bajo la máscara de los protagonistas,
prestándoles a manera de una conciencia lírica que para descargarse de
su peso se disfraza y finge la voz, sincerísima en defensa propia.
La ocasión del estreno de Los ,intereses cnados nos permite aventu-

torio, coincidimos sin duda con la elección, varias veces proclamada,
del propio autor de Señora ama .
Señora ama nos parece una comedia perfecta. Las mejores cualidadadcs de Be□ avente, gracia irónica, sentimiento humano, finura de observación, aparecen en los tres actos
esta obra tan diestramente pon-

rar esta hipótesis, que añ!1de tan singular atractivo a su eficacia pura-

mente teatral. Agobiado, a lo que parece, por reveses de índole mora436

cte

l '

derados, tan bien conducido el interés al fin moral, tan acertadamente
repartida la simpatía entre los personajes, tan ausente el dramaturgo de
437

����LA PLUMA

LA PLUMA

digiosamente conservado por los embalsamadores admirables y quizás
por el milagro.
El fraile fué a dar cuenta a su superior.
-Un seno ... Era un seno .
-¡Que nadie lo toque!-dijo el rector.
Toda la comunidad pasó por delante del seno virgen y mártir, que
cedió a las miradas como hubiera cedido a los dedos, que era inevitable
que fuese la cosa de morbidez pecaminosa e irresistible.
Conservaba su roseta con todo cuidado, pues los embalsamadores
saben pintar los labios y hasta dan sombra de actriz a los ojos de las em balsamadas.
Aquel seno, aquella reliquia disolvió la comunidad. Todos se fueron
por el mundo buscando un seno que no estuviese prohibido, un seno
como el de Santa Anacaria.
Antes trasladaron a la catedral el seno vivo, viviente, mórbido, muy
entrapujado y pusieron en el letrero: «El corazón» en vez del seno.
LOS SENOS DE LA QUE VA POR CAFÉ

Entra orgullosa de sus senos con la cafetera en la mano. Como es la
caída de la tarde-la hora en que los hombres que han acabado el trabajo necesitan beberse una taza de café-, parece que vuelve después de
haber conseguido, gracias a los pastos del día, que sus senos sean cau··
dalosos, repletos, titilantes .

Tiene este desparramarse de las mujeres por las calles del barrio de
senos mejores, algo de la vuelta de las cabras repletas, imponiéndolas un
modo de andar especial lo «ubronas» que vuelven.
Las que entran en los cafés con sus senos magníficos tienen una altivez especial al decir: «Más café que leche.» Quizás es que ellas pueden
mantener la necesidad de leche que le puede ocurrir al mucho café.
Pasan por todo el café como «echadoras», que se miran en todos los
espejos. Viendo Jo que llevan delante dan ganas de alargar las tazas.
Todo el café espera a que la paradoja se cumpla y que a ellas las ubérrimas las echen «café con leche» en la jarra lechera.
444

Cuando salen del café van más completas, más llenas, más orondas.
En la calle les dirán como a las que llevan los botijos y tienen la caridad
de dejar beber a chorro: «Morena, ¿un poquito&gt;»
LOS SENOS DE LOS QUERUBINES

En el Concilio de Neponucea se discutió largamente, con altercados
violentos, si los querubines tenían senos.

Al dibujar como se dibujaron en los primitivos concilios todas esas
cosas que no podían ser vagas o indeterminadas, al dibujar el pecho de
los querubines se pensó en los senos y se tuvo que hablar de los senos.
¿Aquellos seres de voz deliciosa y de carnes finísimas que eran los querubines tenían senos? Hay quienes querían colocar en sus senos, para que

hubiese algo en ellos, algo como los cuernecillos de la vid, como sus tijeretas o zarcillos de gusto agraz y empezonado.
Aquellos sacerdotes primitivos que comían con los dedos y que mascaban como puercos, con gran ruido, los tronchos de las lechugas y de
los coliflores, hicieron discursos llenos de espesa salsa hablando de los
senos de los querubines.
-Son diáfanos-dijo uno-como si estuviesen hechos de esas nubes
blancas que ni son de agua ni de pedrisco ni de nieve.

-En los vuelos de los querubines-dijo otro--se mueven sus senos
con voluptuosidades puras, de que son incapaces los de las mujeres.
-Se siente muy de lejos-dijo otro-, basta lo siento yo, pobre pecador, en mis ratos de más puro éxtasis, cómo acarician el aire, cómo se

trasmite el roce de sus mórbidos bordes a través de las mayores distancias.
Aquellos curas que entonces eran más que sacerdotes, frailazos, no se
cansaron de añadir encantos a los senos querúbicos.

Sólo uno de entre ellos, rijoso, de sotana más potrona, de cíngulo
más grueso, dijo:
~Los querubines no tienen senos porque si los tuviesen, como fuese,

con el misticismo que queráis, como se toca con los dedos en la concha
441

�LA P L lJ ,\ \ A

LA P L U'\I A

provocando en las danzas una especie de fuga de círculos como os que
se escapan al buen tabaco en la hora espesa.

del agua bendita, así se les tocaría los senos y todos nos derrumbaríamos
en el infierno deopués de haber alcanzado la gloria.
No obstante esa opinión se admitieron los senos de los querubines
por

132

votos contra

LOS SENOS DE LA CHATUNGA

20.

En la chatunga los senos toman una importancia arrebatadora. La
nariz se ha sacrificado para hacerlos más valiosos y deseables. C!eopatra
era chata, pero debla tener los senos que bailan solos la danza de su

LA TEMEROSA

Tenía los senos más bellos del mundo. Había ido a un tasador a que
se los tasase y el tasador le había dicho que valían veinte millones. Las

vientre de ombligo rojo.
La chatunga, con senos vivos y ondulados, es la hermana más casa-

mujeres que son las más entendidas se recreaban con sus senos y la cé~
lebre baronesa-por algo era baronesa en vez de &lt;1&lt;feminesa»-los había

dera de las hermanas. La nariz corta hace discreta la expresión de su
cara y deja que los senos se esplayen.
La chata con senos encantadores enloquecerá a los hombres como si
les diese cloroformo, como si les empujase la cabeza contra el mullido de
una cama queriéndoles ahogar, como si les pusiese un apósito de algodón con que asfixiarles.
En la chatunga parece que el pezón de sus senos hace el gesto chatungón de su chatunguería y ¡os senos se respingaran con gracia rabalera el día en que ella ría la aventura del matrimonio, pues con la chatunga-porque las lágrimas o la seriedad ponen feísima-está asegurada la

querido para ella.
Ella, con gran miedo de que se los robasen, los guardaba en un cojrefort, y a veces los llegó a guardar en las cajas subterráneas del Banco.
Sólo en las grandes solemnidades, en las grandes fiestas del gran
mundo rescataba sus senos y se los ponía.

-Irá la de Rosalda-se decían en voz baja los invitados-, y llevará
sus dos senos, únicos en el mundo ...
El salón que elegía para ir se llenaba de gente desde muy temprano,
pues se podfa dar una fortuna sólo por verla subir las escalinatas. Todos
los invitados, en la plataforma de museo del alto y ancho balcón del des
cansillo que daba a los salones.

risa, en la hora de los atrevimientos que viene~ inmediatamente desp ·és
de la boda y en que todas las hipocresías se inutilizan y todas las rases
1

de resistencia hay que hacerlas frenar en sentido inverso.
LOS SENOS DE LA REGIÓN DE ABA Y

En esa región de Abay, en la India, donde a la mujer que entra en
el primer día desu pubertad se la lanza pintada de rojo por las praderas
y el que primero la encuentra aquel la posee, los senos de las mujeres
son rojos con franjas amarillas .. . Parecen tiros al blanco, pues las franas rojas en los senos son concéntricas, así como en el resto del cuerpo

lo bandan. Todos son felices en la región deAbay, donde sólo existe una
clase de árbol, en que se clava un puñal y salen manantiales de dulzura
entrañable.
Tenía que haber estos senos en algún lado del mundo y allí los hay.
446

LOS SENOS UE- VERDADERO Sto:VRES

,,

En casa del anticuario apareció la fina mujer, cuya cintura se cim-

breaba en la luz.
-,Qué desea? ¿Me trae algún abanico?
El anticuario, al verla sin ningún paquete, creyó que era una de esas
que se sacan de no se sabe dónde un abanico, un abanico viejo, que

llena de lentejuelas la tienda cúando ellas Jo abren.
Ella, acercandose más al anticuario, le dijo:

-Le traigo unos senos de verdadero Sevres .
44'i

�_LA PLUMA
LA PLUMA
-Venga, pase-le dijo el anticuario pasándola al despachito donde
compraba las joyas más importantes.
Ella entró con la determinación de la que va dispuesta a todo, y allí
sacó sus senos y se los enseñó al anticuario.
-,De Sevres? ... ¿De Sevres?-decía el anticuario sin dejar de darles
vueltas, como a los jarrones a los que se busca la marca.
-Sl, mire usted la señal-y la mujer, que tenía los más puros senos
de Sevres, y que sabía dónde estaba el grabado frío, como una cicatriz,
della marca, le dijo:
-Aquí está.
_
El anticuario, con su lupa, se quedó asombrado de la autenticidad y
comenzó a contar, como quien cuenta papeles de fumar, los billetes que
daba por ellos.
Y la mujer de los puros y verdaderos senos de Sevres salía de la tienda sin senos, lisa, como la que ha vendido la última joya que le quedaba
de sus padres.
LOS SENOS POSTIZOS

Aquella mujer se desnudó de espaldas, como quien se quita ropa un
poco sucia, y después se mostró. ¿Cómo ella, que había seducido con su
busto espléndido, era tan escuálida? ¡Ah! No tenía aquellos senos que
aparentaba. Era una mentira.
Por eso tomó una actitud compungida y temerosa de ir a ser rechazada. Pero, sin embargo, el descubrimiento de su subterfugio para atraer
en la calle y hacer pasar el dintel estrecho, el escamoteo que había hecho de sus senos falsos-¿de cartón?, ,de goma?, ¿de vejiga?-la dió un

piensa en ellos! Son los senos de las mujeres que hacen la limpieza, que
arreglan el cuarto, que los tienen más olvidados que nunca en medio del
olvido general ... Alguna vez, sin embargo, piensa el hombre en ellos durante la mañana, y al descubrirlos bajo los matinés entreabiertos le emborrachan como el alcohol en la mañana, cuando se está un poco ayuno
de fuerzas ...
Los senos por la mañana se refrescan, toman la ducha de la mañana
bajo los holgados matinés, se llenan de un rocío interior que les sazona
como el rocío a las lechugas que hemos comido crudas en las huertas
durante las mañanas del estío.
Los senos en la mañana son unos senos como de la mujer que cría,

porque aunque sean de solteras viven para ellas en ese momento, se
dedican a la casa como la madre al niño, los tienen enlechecidos todas
con leche nueva, la leche de la nueva mañana.
Los senos en la mañana son amigos de los zorros, del plumero, de
los espejos, del fondo de los armarios, del fogón, de la cocina, de los
baúles, sobre los que se inclinan, de los periódicos, de los repechos de
todo, de las tablas de las mesas, del saliente de los tocadores.
Los senos en la mañana tienen la calidad de los plátanos que traerá
la cocinera para el almuerzo y de toda la compra que se hace para mantener el día. Son un poco fruta y otro poco hortaliza.
Los senos en la mañana se cansan de trabajar; pero lambién descansan de vez en cuando sobre los sillones, sobre las mecedoras, llenos de
una mañanera languidez, una languidez remota al hombre, en reposo
como los de las monjas, abandonados sobre sí mismos, porque aún no
se han puesto ellas el corsé, un poco durmientes aún.
RAMóN GóMEZ DE

L...,SnNA.

valor impensado, como si hubiesen sido una provocación más sus senos

imaginarios.
EN LA MAÑANA

Los senos muy de mañana tienen una tranquilidad y un abandono
como el que les ·queda a las recién paridas después del parto ... ¡Quién
448

XXIX

449

�LA PLUMA

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA

s

D' ANNUNZIO

A NOSOTROS:

G1ovANNJ

Bonrn.-Nadie entre los jóvenes

de la nueva generación, a no ser Slataper, representa tan_ adecua•
damente !a inquietud, el descontento, la desgana, el tedio de los
modernos, como Giovanni Boine.
Nacido para la filosofía, empeñado desde los primeros años en
experiencias y estudios de pensamiento, solo en los últimos de su vida, tras de
luchas formidables para despojarse de todo el peso de su cultura, intentó des•
viarse hacia la lírica pura, con la idea de aislar de todo entorpecimiento su
mundo emotivo. No me parece que lo consiguiera¡ pero quien hoy, después de
su muerte, se acerca a KU obra de combate, constructiva, crítica y de creación,
con un sentido de descontento y de abulia 1 experimenta una sensación de ~ran
respeto, al advertir que tales fragmentos y tentativai, si no están plenamente
resueltos ni son claros, procedían de un ánimo atribuladísimo, en el cual ~e
agitaba tumultuoso un mundo de ideas y de ritmos ansioso de luz y de síutes1s.

•••
Murió de tuberculosis a los treinta años (1917). Pero más que el Boine _de
los últimos tiempos, enfermo y esquinadísimo, es menester ~uscar al Bo~ne
anterior como ha intentado hacerlo precisa!Dcnte en un estudio muy detemdo
publicado ahora en Alemania (Kurt Schroeder, Bonn. und. Lcipzig) un jov~n,
pero muy aventajado crítico italiano, lector en la Umverstdad de Bo~n, 10vanni Vittorio Amoretti: GiOfJanrzi Boine e la letteratura contem¡oranea italtatia,
delineando la fisonomía de Boine, tal como surgió en aquel período turbulento,

?

pero fecundísimo, en que surgieron y se expandieron el futu.rismo, el crocianismo, el movimiento vociano, es decir, en los años inmediatamente anteriores a la guerra (1909-1914 ). Tentativa que pudiera parecer paradójica, sobre
todo en lo que hace referencia al futurismo, por el cual nunca tuvo Boine excesivas simpatías y sí sólo cierta atención; pero que no es tan paradójica si se
tiene eo cuenta el temperamento de este joven, febrilmente ansioso de verdad, pero tan orgulloso, por otra parte, como para no aceptarla de los demás'
aunque fuesen maestros. Estudiante todavía en la Universidad, y necesitado
ya de explicarse a sí mismo su mundo, se adhiere al movimiento católico modernista, representado entonces en Milán por una noble revista cll rinnovameoto». :Mas el problema religioso no lo era todo para él, y sí sólo uno de
tantos puntos oscuros que esclarecer. Le parecía que había de vivir y superar
primero toda una tradid6n histórica, humana, incluso jurídica; y el problema
religioso, como dice muy bien Amoretti, estaba en todo caso unido para él a
todos los demá.s 1 y en modo alguno aislado en sí. Y como el religioso, el moral,
si bien la importación misma de todo problema, encontrase prontamente en
Boine una acentuación ética, rarísima ca otros jóvenes, por no decir imposible. Su educación fu6, desde los primeros años, filosófica; pero de esa filosofía
que sufren los artistas, no Jc,s teóricos natos: la cual intenta y se esfuerza en
llegar al pensamiento a través de la sensación vivida y no encuentra nunca en_
tero equilibrio; precisamente porque la vida no es domesticable ni reductible
a paradigmas, sino caótica, tumultuosa, mudable, incoherente, de-sieual 1 contradictoria.

* • •

Por eso, desde el día que empezamos a conocerlo, en libros y revistas, y
personalmente, Boine nos interesó únicamente como artista, aun no estando
formado todavía y no obstante su difícil lectura; artista: en cuanto todos aus
afanes literarios y filosóficos, de polémica y de crítica, nacían de una individualidad francamente lírica 1 que buscaba más que nada, tanto en las teorías
filosóficas como en las experiencias dialécticas de los demás, un punto de apoyo
para llegar a su nudo emotivo y deshacerlo. Que haya discutido a Croce, que
no se pusiera de acuerdo con Pre2zolini 1 que intentase llegar a Dios, primera:nente a tnvés de filósofos y moralistas 1 de los modernistas después, es cosa
qne a nosotros nos interesaba~ interesa relativamente uada más. Porque lo
que Boine decía en tales referencias y balances, era, más o menos, dialéctica de
un hombre de talento, y bien dotado; no todavía individualidad que se manifies451

450

�LA PLUMA
LA PLUMA
ta y se yergue. Pero cuando superada la barrera del pensamit:.nto ajeno, Boine
intenta llegar a Dios con los propios mc-dios 1 manifestándonos su lucha secreta 1
su espasmo vivo, su experiencia sensible, entonces nos interesa y aprisiona:
alma moderna, que con sus mismos sufrimientos y beatitudes, destaca su drama de las palabras huideras y lo aisla y personifica. Aquí es uno de los nuestros; y, aun más, a todos. nos precede (tal vez por más próximo a la muerte que
todos nosotros) en ese ansia por el más allá, que después de la guerra ha lle·
gado a ser el motivo férvido y sen-tido de gran parte de los escdtores jóvenes
italianos. Aquí es uno de los nuestros; el primero en preguntarse con desconsolada desesperací6n: «lEstá Dios en mí, o en dónde?» Y si en mí ¿por qué no
consigo volver a evocarlo como quisiera, concretarlo 1darle términos evidentes?
Un vivísimo ardor vibra en las páginas de su obra; y aunque su lirismo nos
parezca a veces turbio e incierto/¿quién le negará poesía?: «Entono, pues1 a plenos pulmones 1 el canto de la realidad, de la realidad tangible que me circunda,
el canto de todas las cosas grandes y pequeñas, adversas y placenteras, que yo
con ojos sanos, con la lúcida salud de mis ojos, he definido y visto. Yo curado,
atrás ya la tristeza de la irrealidad angustiosa (tristeza sin fondo de quien no
,1ma en el mundo ninguna cosa más porque ha arrancado del mundo el espíritu1 porque quiere el espíritu, y de todas las cosas terne o sospecha-¡oh Macbeth, oh Segismuudo1 trágicos hermanos míos!-como de vanas apariencias);
yo, curado, entono un canto resplandeciente. Canta con voces distintas dentro
de mí el mundo entero: soy el igual del mundo, el igual de toda cosa en el
mundo.•
Es un grito alado; eu el cuJ.l el alma parece ya tranquila y próxima al reposo. No será así por desgracia; porque tas e."'perieT1cias, incluso aquellas que
tenemos por más consumadas (y por lo tanto resueltas) la vida misma nos las
vuelve a presentar a intervalos-aunque sea con otros aspectos -como n uevos y urgentes empeños que rescatar; pero, en fin, al menos por el momento,
ia duda y el ansia parecen aquietadas, vencidas: •Dios: inmensa sombra que
iocumiJe 1 que amenaza al mundo (en que el mundo se desvincula) y que infiltra,
que embebe, que reúne en un haz las cosas todas.•
Condus~ón nada pacífica que lleva coa·sigo una sombra, una duda nueva; Y
como una necesidad de dejarse penetrar y sobrepujar por las cosas de alrededor: vive y no vive, con esa pasividad de los seres que a todo renuncian.
«Perdidas todas las ilusiones 1 yo las busco-dirá un día~; y esta P,S preci
samente 1 la tragedia poética, no solo suya sino de torlos 1 volver a encontrar
4

452

mañana, a la vuelta de la esquina, las mismas dudas y necesidades que ya
se creían superadas. Porque la vida del poeta y su esfuerzo están de continuo
enderezados a la verdad, y la verdad huye, se escurre, se esconde, siempre encarnizada enemiga de quien la persigue y la quiere.

* *

1

.¡.
i

*

Tragedia que había de conducirle 1 como le condujo, a fraccionar en los últimos tiempos su mundo en briznas y atisbos, en impulsos y reacciones, como
aquel que busca y no encuentra, y ora vuelve sobre su::, pasos, ora da un paso
más; sin correr nunca el riesgo de una aventura demasiado complicada. No había sido un escritor que pudiera llevar a término un trabajo complt&gt;jo, ya fuese
por razones de salud, ya por descontento interior; pero ll pucato, aquel su
primer cuento de una experiencia de amor, era al menos un cuento, con un
principio, un desarrollo lógico, una conclusión; y así L'esperienza religiosa, verdadero ensayo, entre lírico y metafísico, de uo conocimiento, y Perdzete tutte
le :'ltusioni, io le cerco; rebusca ésta cada vez más obsesionante, más perturbadora, más desesperada; porque quiere alcanzar la verdad a costa de pruebas,
cada vez más atrevidas; pero sin tener fuerza y tranquilidad para buscarlas con
paciencia y medírlas antes que en el papel. sobre sí mismo. Es una enseñanza.
Es un adiestramiento: de la sensación no tanto cotidiana, como del momento,
pasajera; una fuga sin ritmo, ávida del detalle que si no es obtenido de momento, puede desaparecer para siempre. En suma, una especie de fiebre, la
misma fiebre tal vez que lo abate físicamente, y a la cual O.o resiste intelectualmente tampoco: ciego por la. verdad y más negado ca:da vez para encontrarla.
Luego. el abatimiento: ¿de qué_sirve hacer vibrar tantas cuerdas y jugar al escondite coa. la verdad, cuando hay quien, como el tío Bautista, por ejemplo, vive
su vida 1 entre el sol, el miir y su pipa, tan sereno? Después de tantas briznas
de pensamiento y tanto hervor de imágenes-expresadas y volcadas a manos
llenas en el papel~he aquí que Giovanni Boine se serena y busca no ya el
porqué de las cosas, sino la satisfacci0n superficial en la cosa misma: ya sea
una mariposa que vuela, un vaso de vino que burbujea, ya un pajarín que
canta. Vivir, vivir, vivir. E ironiza esta renuncia tan. trágica 1 si bien con esfuerzo tal que nosotros, leyéndole, no le creemos. Mientes-nos vemos obligados
a decirle-, mientes para enmascarar tu sufrimiento! Con todo, estos frJgrnentos y momentos de supuesta paz son bellos. Hay en su misma incertidumbre
expresiva, toda la tragedia de este hombre 1 que finge una serenidad idílica,
precisamente cuando el p:lthos de su espíritu llega al colmo. &lt;Entonces, la
453

�LA PLUMA

LA PLUMA
senda que tomo, lentament(': 1 es la mía; tras las tapias de los huertos nos espía,
bisbeando, un rumor de espadañas; los macitos de rosas blancas se deshojan
por doquier¡-y va al camposanto.»
Incluso como ritmo, estas últimas palabras del poeta, denotan la caída: algo
que, irresistiblemente, si bien poco a poco, se derrumba: Y luego ese guión,
separación enérgica, sl, pero inútil: .y va al camposanto&gt;.

•••

No se adhirió nunca a ningún movimiento, filosófico ni literario. Comprendía que tenía mucho que hacer, de por sí: para disipar sus deudas antiguas, y
dulcificar, aligerar los estremecimientos nuevos: h3.rto que hacer para comprenderse; y, por otra parte, no comprendía cómo la filosofía podía descender
a la práctica, a la acción, como pretendía J'rezzolini: el cual esta próximo a su
tiemµo y, en cierto modo, lo precede. Boine. no. Boine es individualista. De
aquí su continuo desdén para con los demás: ya sean artistas, pensadores u
hombres de acción. Quien no esté de acuerdo con é1, le es ajeno. Y en la crítica no hubo nu:1ca opinión tan parcial como la suya: muy capaz de comparaciones temibles cuando el artista que considera, se le parece; y de ridículas andanadas cuando da con artistas diferentes de él. ¡Ay de los demasiado claros,
los demasiado simples, los artistas lúcidos y tersos! Le parecerán obstinada.
mente mediocres. Con otros, por el contrario, cuyo pensamiento se complica
y no consigue expresarse claramente, se encuentra pronto de acuerdo 1 porque
se reflrja en su mismo drama formal; y se siente mejorado con el ejemplo.

aún, sus Plausi e Botte para ver cuán árdua lucha debió sostener en busca de
una expresión suya, inconfundible, expresión que la muerte le impidió hallar.
Drama formal, por lo tanto. Porque el fondo humano de Giovanni Boine, tras
de experiencias y tenta· ivas innumerables, era esencialmente artístico; y quien
logra librar de la armazón científica toda su obra filos6fica, ética y polémica,
sicote, sobre todo, a un almr1 que sufre, nerviosa, angustiada por la duda mental y la enfermedad física (la cual debió ciertamente pesar mucho, sobre todo
en los últimos años, sobre su labor intelectual) incrédula a veces, y otras incluso escéptica: descontenta de sí misma antes que de los demás y buscando
en vano un punto seguro para librar el vuelo o cantar al sol. Es menester verlo
cuando se abandona-desnudo de toda su cultura y reducido voluntariamente
a un vocabulario lo más exiguo-, cuando se abandona a contarnos un paseo
por el campo, ante su mar: con cuánta suavidad y sabor consigue darnos páoicameute el sentido de las cosas que viven y prosperan; mie.ntras su cuerpo
físico, bien lo notaba él, se iba descomponiendo y deshaciendo cada vez más.
Es menester verlo en tales momentos: cómo se afana en hacer vibrar todo
cuanto ve: y cuántas pinceladas emplea para que toda cosa despunte y se ilumine. Esas páginas se leen con trabajo, lo sé; no son sencillas, no siempre son
evidelltes. Pero por eso precisamente nos interesa; porque con una sensibilid:=td semejante, COI:!. una tan intens.a vitalidad, con tao rica potencia de vibraciones, no ha dejado por último a sus connacionales ninguna ¡:iágina inmortal.
é! 1 que de todos nosotros, era tal vez el 6nko preparado para crearla.

* * •
e Drama formal• he dicho. Aquí es precisamente, donde, según mi punto de
vista, se estudia y considera a :Boine. Porque él tenía, sí, una disciplina a la
cual responder, inte:-na, :nora): y una individualidad lírica, fortísima sin duda
alguua; pero ni la una ni li\ otra se allanaron ni esclarecieron del todo nunca:
engarzadas en aquel su natural descontento y rudo (aunque educado por vastíc,ima cultura), dondt" se mezclaban y confundían con el detalle bellísimo innumerables corpúsculos sin forma, imprecisos e indecisos. Disciplina de la mente
por un lado; individualidad lírica riquísima pero procelosa, de otro¡ mas la fusión que debía producirse en el estilo precisamente 1 la fusi6.i falta. Si alguna
de sus obras-pequeñas( véanse J discorsi militan.) no están excesivamente maceradas, otras se resienten muy mucho de ello; y basta leer (no obstante sus be1Jí_
simos detalles) su cuento Ji peccalo, ~sus fragmentos de pensamientos, o, mejor

&lt;54

M.A:iuo PoCCINI.

IlJBUOGRAFÍA:

Giovanni Boine: ll peccato ed altre cose (La Voce-Firenze).-La ferita non
cbiusa (La Voce•Firenze).-Frantumi-seguito da Plausi e Botte.
G. V. Moretti: Giovanm· Boine {Kurt Schroeder, Bonn und Leipzig).
Giovanoi Papiai: 1 estimonianze (Vallacchi, Fireoze).
Giuseppe Pre.zzolioi: Amici (Val1acchi 1 Firenzc).

455

�LA PLUMA

'LA PLUMA
ALEMANIA
SCIUTORES.-Hablaré en primer término (l) de tres autores a quien
los tratados de paz han convertido en checoeslova.c-os. Uno de ellos 1
Franz Werfel, vive no lejos de Viena; los otros dos, Gustavo Meyrink y Max Brod, en Praga.
Franz Werfel es, ya lo he dicho, el poeta más grande de su generac1on. Su obra, que apenas abarca diez años de su vida1 comprende cinco
o seis colecciones de poemas, tres dr~mas y una novelita de tendencias apologéticas y sociales, cuya tesis está resumida en el título Nicht der MOrder der
E,·mordete ist schuldig.Quede aislada esa novela en la producción de Franz\Verfel: es su úaico trozo de prosa y pertenece a la literatura de tesis. Le falta, además, la pujanza de invención y de forma que constituye la característica principal de su talento. Sé que prepara una novela más narrativa, en la que tratará
de lucirse como estilista. Por eso no quiero juzgarle ahora y condenar la calidad de su prosa. Pero no oculto que mi admiración se concentra por entero en
su poesía. De sus tres dramas, el primero no es más que una adaptación de las
1 royanas de Eurípides, y los otros dos, SpiegeJ11i1nsck y Bockgesang, están rebozados en tantas disquisiciones metafísicas e ideológicas, que la acción se pierde
y se quedan a medio camino entre ~¡ poema y el drama, sin la fuerza expresiva del uno ni del otro. De esto ya he tratado al hablar del teatro .
Como poeta, Franz Werfel ha publicado una serie de volúmenes que denotan la continuidad de su pensamiento y a la vez su evolución. El primero, lJer
VVdtfnund, celebraba la necesidad de quebrantar todas las fórmulas que esclavizan moralmente al hombre, que le rodean desde la infancia y ahogan su
vida; el último 1 Der Gericktstag, muestra al hombre en lucha consigo mismo, y
sin tr0pezar con más obstáculo en la senda de la libertad que su mezquindad y
su incorupre □ sión propias. Entre uno y otro, Wir Sind, Die Versuchung, Einander, su obra maestra, y Gesii.nge aus den drei Reic/un-volumen que está un
poco al margen de su producción y de sus preocupaciones-marcan las etapas
de esa conquista del yo.
Prefiero Einander al Gericktstag a causa de las preocupaciones metafísicas
que envuelven, desvían y a veces paralizan el sano y sendUo lirismo de que
dan testimonio los libros anteriores, sobre ·todo Einander. Acaso soy injusto
(1)

Véase en el n!Ímoro anterior la crónica de letras alemanas.

con la poesia filosófica, pero siempre, quien la cultiva, me hace sospechar que
pretende esconder en la confusión de sus razonamientos y teorías una crisis
de la imaginación, un desmayo de la poesía. Veo en ello un síntoma de desaliento, cuando menos pasajero-este es ~l caso, creo yo, de Franz Werfel- 1
y un modo de situarse para el descanso, remediando la insuficiencia del lirismo ccn aportaciones de ideas, y el elogio de ideas tradicionales en demasía
con un lirismo mitigado. Nada de esto ocurre en Einande,·: el dolor total de la
guerra alimenta ese libro, sin prolijidad, sin plantarse nunca en el primer término del esceoario. El drama se esconde en la conciencia del poeta, que ea. la
senda de su emancipación tropieza con aquella locura colectiva y se niega a
someterse a su resolución destructora. El admirabJe poema De1· Krieg, escrito
a principios de agosto de 1914, es, en cierto modo 1 la proclamación lírica de su
desesperación y de su resistencia. Pero la desesperacióu suprime la libertad;
por eso Werfel se ha aplicado a vencerla, a dominarla, y muchas páginas de
Einander cueutan esa peregrinación lenta y dura hacia. el equilibrio y la seguridad .
El camino elegido por Franz Werfel Je aleja de sus amigos y tiende a encerrarlo en el angosto círculo de una metafísica que, a fuerza de severidad, podría llegar a ser desdeñosa y casi inhumana. Pero tengo confianza en él; saldrá
de ese trance con la violencia moral y la tiesura de un predicador, rnas hallará
lu~go, ante el espectác•llo de la vida y del heroísmo oscuro de los hombres de
buena volunt-1.d, los acentos de Wir Sind y de Einander.
Gustav Meyrink pertenece a una generación anterior, a la que tiene ahora
cincuenta años. Como novelista es, al mismo tiempo, satírico y místico; sus
libros ostentan el carácter de esas preocupaciones opuestas. Gustav Meyrink
ha trasladado a sus novelas los sistemas filosóficos, o más exactamente, Gcu1tistas, que han llamado su atención, y a los q_ae ha prestado cierta unidad la
lógica de su cerebro. De ello resulta un cuadro bastante completo de las teorías en que ha solido apoyarse, desde la india hasta la judea antigua, la sabiduría asiática. Confieso, sin embargo 1 que a mis ojos no está ahí el v:tlor de Gustav Meyrink, sino en la inteligencia penetrante con que somete a un análisis
cruel a la sooiedad contemporánea. En ciertos pasajes de Walpu.rgisnachi, su
mejor novela para rui gusto, revela un genío para lo grotesco verdaderamente
incomparable. Bien sé que le acusan de aderezar artificialmente el interés de
sus novelas inventando detalles tendenciosos, y de crear por entero la psicología de ciertas castas, como la aristocracia schwarz-geJb (habsburguesa), en
Walp1trgi.m.acht. Pern si esa afirmación e5 aparentemente exacta, tratáudose del
457

�LA PLt:MA

LA PI, U M A
ambiente político de Praga reflejado en aquella novela, dífícil seda decir otro
tanto de JJas grünen Gnicht y de la extraordinaria pjntura de la judería que en
ese libro nos da. Y mucho más difícil aún tratándose de los breves cuentos y
de las parodias del Oeuisclzm Spieturs T,Vunderlt.orn, obra mr1estra de Ja sátira
alc!mana 1 digna de un émulo de Juan Pablo Richter.
Max Broo es también una figura de marca en la literatura alemana, a la
vez que en la mentalidad judía de nuestra época. Brod es un cerebral y esa cerebralidad aguza extremadamente.los síntomas judaicos de s11 carácter. Analista a la manera del Swan de M. Marcel Proust, con una pertinacia y una conciencia admirables 1 se apUca a cortar pelos en el aire; y cuando los objetos así
extenuados se disipan en humo o en polvo, se pone a rehacerlos por la metafísica. No es esta la parte más ligera de su trabajo. Es tan curioso como lamentable que Max Brod gaste un talento enorme en ese juego cerebral, juego triste,
sin brío, desprovisto de emoción y de simple belleza.
La obra de Max Brod, a!lnque considerable, no es muy variada. Bajo la ñCción de su inteligencia disolvente, todos los temas adquieren un aspecto parecido, se rc-ducen a un montón de ceniza 1 que el novelista remueve con pasión.
Entre sus principales libros e:-stablezco una escala de preferencias. Siento, por
ejemplo, verdadera simpatía por ]udfnnen, Das grosse Wagnis, y por la colc:ccióo de cuentos Dü Einsamm, donde se encuentra la obra maestra de Brod: Ein
tscheschisches Di'enstmii,dchen. Por el contrario 1 me inspiran ~incera hostilidad
Schloss Nornetiyg-ge y J,ffet'be·rUJirischaft, que llega a ser aversión respecto del
famoso Tyc/tc, Brahe.
Antes de proseguir la enumeración de los escritores que completan d cuadro de la Alemania literaria, y c!e trazar la silueta de los que, por diversos motivos, reclaman nuestra atención invocando gustos literarios más antiguos, citaré al poeta expresionista Jobannes R. Becher y al notable novelista Alfred
DOblin, representante, durante mucho tiempo, del futurismo, e inclinado ahora
hacia un reaJismo depurado.
Jobannes R. Becher es el poeta de los anatemas y de las rebeliones sentimentales. Con desordenada energía se ha revuelto contra todas las manifestaciones de la vida colectiva que su vida personal ha ido atravesRndo. Antes de
la guerra se consagró a odiar a los hombres satisfechos y despreocupados; duniote la guerra se rebeió contr~ la disciplina de muerte que empujaba a los
pueblos a la degollina; luego, la agonía de la revoluci6n suscitó su rabia contra
os mercenarios del orden. Cada vez su obra se renovaba, y cada vez Becher

'

'.

nos ofrecía un libro precioso: en 1914, Verfalt und Triumplt; en 1916, AnEuropa y Vtrbrüderung-, en 1~18, el Piian gtgen die Ztit, donde se ha expresado mefor que en ningún otro; en 1919, Dar neue Gtdicht, las Gtdickit für ei11 Volk y
An A.lit, que es la obra maestra de la poesía revolucionaria del siglo xx. Joh,rnnes R. Becher posee el genio de la lengua alemana; en los más difíciles tritnces
demuestra un dominio asombroso sobre las palabras y una seguridad en el estilo sorprendente en un Jírico tan exasperado. Y ello le asegura contra la iodi·
f erencia y el olvido.
Por grande que sea mi amistad con Johannes Becher, no oculto que Alfred
DOblin se lleva mis preferencias, no obstante la ci-isis de futurismo por que
pasó al comienzo de su carrera, cuando la acción de Marinetti, suscitó en Ale·
mania ecos de aprobación. A nadie perjudicó esa crisis tanto como al propio
DOblin. En torno suyo se: arremolinó el snobismo, fu.é mal comprendido, y estos males no se han desvanecido aún por completo. Esa es la causa de que le
aplaudan principalmeute por obras de dudoso valor, mientras que una novela
de tanta consideración como Die drei S;rün'gt des U-ang-t1mg no ha logrado el
triunfo que merecía.
Alfred DOblin entró en el futurismo con una gravedad y una voluntad netamente alemanas. La fantasía que los inventores dd futurismo despilfarraban
en sus catecismos literarios le faltó, hasta el punto de parecer una víctima más
que un C'ooquistador. Creyó en la virtud del futurismo. Adherido con pasión al
movimiento se propuso rebasar el marco de la crítica destructora y levantar
sobre las ruinas del arte un edfficio nuevo. No acertó. El destino de DOblin es
asombroso. Cuando quiso llevar el futurismo más allá de la negación, llegó inconscientemente a refutar sus principios; el libro reciente, cuyo título he cita.
do, Die Drei Sprüngt., obra vasta, de fuerte estructura, viene a corrobo.ra1 Jos
principios que pretendía destruir.
Alfred DOblin no es un retórico. El futurismo' es una codificación dt la retórica. Como no es retórico, DOblin no se divierte en jugar con las palabras y
su prosa es de una riqueza eminentemente plástica. En su novela Der Schwarze Vorluzng, mostraba ya cualídades de estilista en la tradición del realismo, pero
ponía el mayor empeño en ocultar esa propensión a los ojos del público. El
escritor luchaba con sus cualidades; el artista con su talento. El libro es trabajoso, y sólo en alguu,1s páginas se muestra la pujanza del autor. Pero en las
.Drei Sprünge triunfan indi::cutiblemente las cualidades, y bajo la etiqueta que
la cobija, la obra despliega su forma suotuosa 1 tradicional y sólida. De suerte
459

458

l

��LA PLU.MA

LA PLUMA
maestro, ha de quedar siempre vivo en el recuerdo de nuestra juventud. Es 1 al
lado de Verdaguer, el clásico de nuestro renacimlento Literario. El poeta de la
espontaneidad y de la gracia, el pensador de las profundas ideas. vive aún por•
que sus libros están siempre presentes en nuestra imaginación; porque, guia•
dos por e!lo:i, hemos de partir a la conquista de la serenidad. Su nombre no ha
de apaga:rse, sino que ha de crecer con el tí~mpo hasta llenar el vasto horizonte de la cultura catalana. Sus ideas han de cuajar en fruto dentro del surco
profundo de la raza donde moran para siempre. So.o la simiente eterna que
trabaja Y fructifica, siempre vieja y siempre nueva, porque es el alma de Cataluña.
La figura de Maragall va tomando más cut"rpo a medida que se aleja de noso:ros. Déa veodTá que le veremos tan grande que no podremos comprender
como fué que el gran muerto fué amigo nuestro, que tantas veoes estrechamos
sus manos inquietas, que pasamos tantas horas en su conversación, que nos
sentamos a menudo a su lado y vímos su respiración y escucbamos sos palabras; que u□ día antes de caer enfermo nos recibió en su estudio y nos habló
con ~a mi~ma dulzura de siempre, con su voz un poco apagada que tenía matices molv1dables, con sus palabras precisas, coo sus conceptos claros; porque
Manigall habla_odo era el mísmo de sus artículos y de sus versos1 amigo ante
todo de la claridad, que es el secreto ,de los dioses. Hasta no podremos comprender cómo fué que le vimos muerto, c-on su túnica franciscana, con el marfi~ de sus pies desnudos que acababan de hacer su último paso soberano por la
vida, c?n el dulce reposo de sus facciones, que se habían dormido iJara siempre, mientras su alma luminosa había dejado el cuerpo para &lt;1brir s.us ojos más
g.randes .a lJZ major naiXenra.
Han pasado diez años. No se ce·Jebra en esos días nincruna fiesta en home•
• •
•
D
na1e suyo, pero v1v1mos 10te11samente todos la obra de Maraga11. La fiesta se
celebra dentro de nuestras almas, en el callado ambiente de los cuartos de estudio donde se elabQra el trabajo espi1,itual de cada día. Eo este mismo trabajo de cada día glorificamos la obra de Mara~all. Es algo co-nsubstaucial en nosotros, algo muy íntimo, como la levadura de la raza catalana.
Maragall deja una única obra teatral, Nausica. En la velada necrológica que
celebró el Ateneo Barcelonés, en aquella tribuna donde el gran muerto se sentó
un día para pronunciar los altos conceptos del Etogi de la Pa1·aula 1 se dieron a
conocer las primicias de su única obra de teatro que dejó al morir ínédita. La
voz cálida de Mar.garita Xit-gu entonó fragmentos de aquellos ca~tos, por los
462

l.

cuales la belleza inmortal de la Greda descendía basta la Cataluña nuestra. Dos
grandes genios se unían a través del sueño de los siglos y de las civilizaciones.
El mismo nos había hablado anteriormente, emocionado, de la tragedia planeada. Se le aparecía Nausica, fresca, infantil, catalana 1 abriendo el retorno de
Ulises a su patria, después de sus grandes trabajos y peligros.
Más tarde se t'Stren6 la obra. Tre5 grandes escenógrafos pintaron el decorado, un gran dibujante dí.ó los modelos de los figurines, todo el lujo se derrochó en homenaje al gran muerto, que nos había dejado cuando más necesitá•
bamos de él. Pero, a pesar de la buena voluntad, faltaba algo: faltaba en h presentación y en la ejecución la simplicidad de línea con que Maragall compuso
su obra, la pureza de !as generaciones primitivas, la gracia virgen de los bosques y del mar donde se desarrollan las escenas inmortales de la prin·cesa y
del héroe, algo de lo que pint6 Maurice Denis en su maravillosa tela Ulises que
vuelve. ¡Cómo hubiera ~anado la fábula sin decoraciones, teniendo como fondo
los pliegues arm6nicos de un cortinaje, sobre los cualt:s, doncellas vestidas
simplemente de túnicas flotantes tejieran las danzas y los juegos de las compañeras inocentes de Nausica!
Entendemos que no se estrenó la tragedia de Maragall hasta que, el año pasado, la actriz Pepita Tapias, que ha tenido en Madrid un éxito rotuncio, encarnó en el teatro Eldorado, de Barcelona, la joveñ figura de la prinaeslta de

l

íl

1

Maragall.
De todos modos, habría qve pensar en la creación de ligas espirituales que
fiscalizaran los atentados realizados en memoria de los grandes muertos o subsanaran el olvido, demasiad© fácil, de las nuevas generaciones. Si ahora todos
tenemos presente la augusta figura de Maragall, quién nos dice que generaciones futuras no olvidarán momentáneamente su obra. Este momento de olvido,
por breve que sea, porque la.sobras definitivas acaban por triunfar a pesar de
todo, sería un dolor imponderable. ¿Por qué oo cree,r en la posibilidad de la
fundación de una liga espiritual cEls Amics den Maragall», a i:;ernejanza de e Les
Amis de Balzao? ...
Han pasado diez años desde su tránsito srreno, porque fué serena su muerte como había sido serena :::u vida. Era uno de aquellos raros hombres que sólo
despiertan simpatías en la vida, de los cuales puede decirse que no tenían euemigos. Ante su alto valor moral de bombre de bien, casi tan alto como su valor
de poeta frente a la posteridad, no habfa partidos, ni cenáculos, ni odios, ni envidias. El buscaba con un instinto de poeta en la vida y en la obra, ei sedimen463

�LA PLUMA

LA PLUMA
to de bondad que había hasta en el corazón de los malos. Había recibído también en pl~io rostro salpicaduras de lodo, pero había seguido serenamente su
camino de superación espiritual.
Murió en un día muy puro de invierno, con un augurio de primavera en el
aire. No hacía frío. La ciudad se dibujaba en el crepúsculo, desde el jardín de
su casa, con todos sus detalles, basta el azul sereno de su mar latino. Parecía
que se podían contar las casas una a una, los árboles de los paseos y de los
jardines1 las velas abiertas en la transparencia del mar. Y el poeta allí había
muerto y reposaba sobre un túmulo, con la túnica franciscana y el reposo tranquilo de sus facciones marfilinas.
¡Hace ya diez años y todo esto parece tan vivo! Su jardín es el mismo con
los árboles más corpulentos, ellos que cobijaron los amores del poeta. Cuando
pasó el féretro bajo los follajes desnudos pareció, hace diez años, en una mañana de diciembre como ésta, que dejaban caer sobre los despojos mortales
del poeta las últimas hoias del año, con una sensibilidad exquisita.

• * *
Acabada esta crónica de devoción a los muertos , primera de mis crónicas
de cL("tras catalanas:. para LA PLUMA, empezaré en seguida mi labor de crítica
litera.ria, con la seguridad de que habré cumplido con estas palabras un deber
que deberíamos guardar todos los hombres de nuestra generación.

J. M.iSSÓ VENTÓS.
MÉXICO
PoKsÍA.-1-Hace tiem po publiqué una pequeña nota sobre la espiritualidad mexicana (1) habiendo recibido con tal motivo más de
un reproche lleno de justicia de los intelectuales de mi país y de
¡a América Latina.
¿Es po:;ible-me preguntan-que pueda decirse enfáticamente
cuál es el primer poeta mexicano?
(Díaz Mirón o González Martínez, Francisco A. de Icaza o José Juan Tablada?
Claro está que no, porque cada uno de estos espíritus selectos tiene difeA

(1) En cCosmópolis:. 1 de Madrid, julio de 1921; reproducida en cNuestra
América&gt;, de Buenos Aires; en «América Latina&gt;, de París, v en cEl Heraldo
de México, .
~
464

rente sensibilidad y diferente estética; porque si el autor de 1.Lascas, impone
siempre al recordar su obra la rememoración de la Grecia luminosa-palabras
de Tablada-, Francisco A. de Icaza es sincero y su poesía-comentaba Daríaes una canción de melodía cuyo secreto psíquico y armonioso no lo percibe
sino el meditabundo y el comprensivo.
Sin embargo, Pedro Henríquez Ureña~ crítico doctísimo 1 hizo la clasifica•
cióo de seis dioses mayo1·es en la lírica nuestra: Gutiérez Nájera y Manuel José
Othón, muertos¡ Díaz Mirón, Amado Nervo (1) 1 Luis G. Urbina y Enrique González Martínez- y agrega: cada uno de e-stos grandes poetas tuvo su hora.
González Martínez es el de la hora presente, el amado y el preferido por la juventud,
Para mí, si Enrique Gonzá!ez Martínez es el poeta de la meditación, e] poeta sazonado que anda a caza del alma y del sentido de las cosas 1 Jo!::ié Juan Tablada es el bardo de las inquietudes y de las modernidades y el apóstol de las
estéticas palpitantes¡ pero, a pesar de ("]lo, sigo en la creencia de que Salvador
Díaz Mirón-sin tumar en cuenta sus llamaradas, fanfarrias y grandilocuen_
das de la primera época, sino la produccitin dorada del otoño-, es el espíritu
poético más alto que poseemos; sin desconocer tampoco a Gutiérrez Nájera,
que con Ruben Darío 1 Julián del Casal y José Asunción Silva, introdujeron en
América 1a modalidad francesa, siendo los precursores de la renovación de la
literatura latino-americana.
Tres grupos o cenáculos-escribe Jenaro Estrada-han difundido en México la poesía nueva: el de la cRevista Azul&gt; formado por Manuel Gutiérrez Nájera, Justo Sierra-aunque éste es anterior y debe considerársele, según anota
Luis G. Urbina, del grupo de Altamirano, de Manuel José Othón y de Juan de
Dios Peza-y Luis G. Urbina; y de esta agrupación se derivó 1.Revista Moderna•
fundada por Jesús E. Valenzuela y aristocratizada por las firmas de José Juan
Tablada, Amado Nervo, Balbino Dávalos, Francisco M. de Olaguibel, Efren Rebolledo, Ruben M. Campos y Enrique Goruález Martínez; habiendo ejercido
una influencia absoluta la 4Revist:i. Moderna&gt;, no s6lo en la literatura mexicana , sino también en todo el Continente de habla española.
Después se formó el grupo más fuerte, el más preparado, el más cultoi el
de 19101 que dió vida al cAteneo de la Juventud&gt;, que con el viejo cLiceo Altami.rano&gt;, son las dos agrupaciones que mayor influencia han tenido en los últimos tiempos; y e5 que el cAteneo de la Juventud» lo integraron espíritus tan
(1) Murió en mayo de 1919.

XXX

�LA PLUMA
comprensivos, tau exquisitos y tan bien orientados como Alfonso Cravioto, AlÍOTJSO Reyes, Rafael L6pez, Antonio Caso, Eduardo Colín, Roberto Arguelles
Briagas, José Vasconcelos, Luis Castillo Ledón, Jesús T. Acevedo, Manuel de
la Parra, Rafael Cabrera y Alba Herrera y Ogazón.
Y en este tiempo, en la mística quietud de la provincia, surgía uno de los
más grandes poetas mexicanos: Ramón López Velarde (1) 1botón de gloria que
acaba de caer al zarpazo aleve de la muerte-dijo Alfonso Cravioto en la Oración Fúoebre-López Velarde, mejor que un poeta de presente fué un gran
poeta de futuro.
A grandes rasgos he dicho el paisaje de la poesía mexicana desde 1894, en
que Carlos Díaz Dufóo y el imponderable Duque Job fundaron la cRevista
Azul•, donde empezaron a revelarse muchos de los que actualmente son el orgullo de nuestras letras.
Desde luego, el poeta más antiguo de los actual~s, es Salvador Díaz Mirón,
qu~ con «Lascas•, libro dilecto, armonioso y noble, donde todas las palabras
poseen el soberbio milagro de la arquitectura ática, marcó una nueva orienta~
ción, no sólo en la literatura latino-americana (2); en España siguieron su ruta
una cohorte de imitadores 1 donde se hic.ierou calcos facsimilares dt: sus estrofas (3),
Ahora, el magnífico troquelador de ,Gris de perla• ha enmudecido, y vive
triste y viejo a la orilla del mar.
Hace algún tiempo, «Cultura» hizo una selección de los poemas del egregio
veracruzano, con un admirable prólogo de Rafael López.
De Francisco A. de !caza, que acaba de publicar un precioso libro, c!aro
como un chorro de Castalia, el «Cancionero de la vida honda y de la emoción
fugitiva», apunta José María Izquierdo, el más representativo de la Andalucía
moderna:
«Multum in parvo. Un dilatado estudio, un hondo sentir, una gran copia de
ideas, de sensaciones que estuvieran a punto de cristalizar en un esquema, y

¡

1

(1) Murió en junio de 1921.
(2) La osada elocuencia de Salv,ador Díaz Mirón afect6 también a Darío y
al famoso poeta que, en concepto de muchos, ha ocupado su puesto, Santos
Chocaoo, del PerlÍ., aunque no todos coinciden en concederle esa primacía,
pues algunos pretendeµ. colocar sobre ese pedestal a Díaz Mirón. - Isaac
Goldberg, Ph. D. cLa literatura hispano-americana:t, Madrid.
(3) F. A. de Icaza. Conferencia en el Ateneo de Madrid sobre los grandes
poetas de México.

466

LA PLUMA
que por obra y gracia de un espíritu aristocrático, dotado de un vivo anhelo de
belleza 1 cuajaran en una frase preñada de sentido, en un verso palpitante .•.
Sintetizar en un pensamiento una suma de ciencia, un caudal de experiencias;
resumir en una flor los trabajos de una vida ... He aquí el arte-arte de sabiduría y de poesía-del Sr. !caza. Toda la vida es un puro sacrificio, y nada que
valga la pena de vivirse se alcanza, si no le hemos sacrificado algo. Si no nos
decidimos a prescindir de lo accesorio, toda nuestra obra será una cosa supérflua. Quien no sea capaz de renunciamiento, que renuncie a ser artista. Asi
-mucho en poco, el arte velando el arte y la vida consagrada al arte, para que
éste goce vida perdurable-son sus libros de versos.:t
Además, Francisco A. de lcaza es un eminente cervantista y un crítico sapiente, respetado por lo más serio de la intelectualidad española; ahí están sus
estudios «Las Novelas Ejemplares de Cervantes•, «Nuevos Estudios Cervánticos:t, «El Quijote durante tres siglos» y «Suc€:SOS reales que parecen imaginarios», qac lo bañaron de prestigio y de honores, así como su «Antología crítica
de Poetas Extranjeros:t.
Su primer libro de poemas «Efímeras:t fué publicado en Madrid en 1892.
Icaza, desde hace más de cuatro lustros, pertenece a la carrera diplomática,
habiendo sido Ministro de México en Alemania y en España, por lo que todos
sus triunfos literarios los ha conquistado lejos de la patria.
Luis G. Urbina ocupa un remarcado sitial en la historia de nuestra literatura; romántico, $entimental, bebió las mieles rítmicas de Gutiérrez Nájera; su
poesía es suave y confidencial como las notas de un clavicordio; todavía habla
del ~arroyuelo murmurador&gt; y canta a la «pálida luz &lt;le Ja luna:t; en su último
libro «El Corazón Juglar:t quiere renovarse, pero esas inquietudes que ardorosamente desea asimilarse hacen que sus estrofas sean pesadas y fuera del tono
de su antigua y dulce canción.
Allá en lejanas calendas, el maestro Sierra, en un prólogo a Urbina, escribió: «Sus composiciones primeras pueden fi~urar al lado de las últimas:t .
Y es la verdad.
Urbina está muv bien con sus «Lámparas en Agonía&gt;.
La historia de literatura en México debe mucho a este delicado poeta: la
«Antología del Centenario-•, q~e hizo en colaboración de Pedro Henríquez
Ueeña y Nic.olás Rangel; la eLiteratura Mexicana:t y cLa Vida Literaria en
México&gt; 1 ex.tracto del prólogo de la «Antología del Centenario».
Alfonso Reyes, que es en el momento uno de los más elevados valores in467

!;

�LA PLUMA
LA PLUMA
telectuaJcs, dt"'.l que no solamente está envanecido mi país, sino la Am~rica entera, y esto lo escribo sin temor a rectificaci6n, al ocuparse de Enrique González Martínci, comenta:
•Este poeta pone mdsica en todos tos instantes (de su vida) y sobre Ja escala de sus· notas, los hace deslizarse hacia ese misticismo central que los coordina. Su poesfa es como su vida: hay en ella algo que yo llamaría cartesianismo
poltico; una constante referencia a las primeras evidencias del espíritu. El
poeta sale al mundo, se asoma a la Naturaleza, hojea los libros, saluda a los
hombres, cultiva un poco s11 viña diariamente, y luego huye1 por senderos qne
sólo él conoce, hacia el sagrario del silencio. Allí tiene que acabar todas las
poesías, porque el alma misma enmudece . Allí llega con el tesoro de sus visiones recién robadas, corrige los valores, los pesa; y el alma asimila calladamente
las nuevas ~mociones, y así va creciendo en perfección. Esta es su poesía y
esta es su vida.&gt;
Todos los libros de González Martínez1 cuyas diáfanas fuentes están a la orilla del Sena, han sido revelaciones; libros panteístas y plenos de hondo conocimiento de la vida; libros hechos para la aristocracia pensante son: cLos Senderos Ocultos&gt;, e El Libro de la Fuerza, de !a Bondad y del Ensueño&gt; y cLa
Palabra del Viento&gt;.
Ha hecho infinitas traducciones de poetas franceses contemporáneos que
recogió en dos volúmenes: •Jardines de Francia•; y otras aparecen en cLa
Poesía Francesa Moderna&gt;, antología anotada por Enrique Díez-Canedo.
Tiene un estudio maestro sobre los tres poetas belgas Maeterlinck, Rodenbach y Verhaeren, editado por cCultura•, y varias versiones de ese poeta piadoso, exquisito y humilde, que se llama Francis Jammes.
La juventud intelectual de México y Centro América sigue con asombro y
deleite la estética diamantina de José Juan Tablada, estética deslumbrante
como una llama de carburo y fuerte como un motor de 40 H. P.
Tabalada, elogiado por Leepoldo Lugones y llamado por José Enrique
Rodó, cuno de los predilectos de Arieh, clava con el áureo alfiler del Arte las
mariposas del instante, y es el que atesora todas las vibraciones modernas;
vivaz, salta con oportunidad sobre lo novísimo; constantemente riega su jardín
interior con aguas de Juvencio y sus rosas magníficas giran con el sol.
Sus últimos libros de poemas •Un día ... •, con reminiscencias de Jules Rc-nard, que, como éste, es un privilegiado cazador de imágenes; cLi-Po&gt;, queposee los irisados malabarismos y los cohetes de bengala de Guillermo Apolli468

naire y «El Jarro de Flores•, que aún tiene la tinta fresca de las prensas
de Nueva York, dicen de la sagacidad de su talento y de su orquestación
dinámica.
Estos son, a mi modo de pensar, los poetas primados que modulan sus decires en mi joveu República, profesora de energías y de idealh•mo, revolucionaria y romántica.

(Continuará).

GUILLKRKO JIÚNKZ

TEATROS
R.BAL.-Las hablillas de entre-bastidores, las referencias, más
o menos· autorizadas, de los revisteros teatrales, en torno a una
obra nueva, ilustran muchas veces las circunstancias de su estreno.
Las declaraciones de Eduardo Marquina, acerca de su colaboración
con el empresario de Eslava, permiten entrever la génesis del poema, cuya representacióu se han apresurado a señalar algunos críticos como un
cambio de rumbo en el procedimiento dramático habitual en el autor de .Doña
Maria la Brava. No ya la expresión poética, voluntariamente ajena a las sugestiones orientales proclamadas en el cartel con declarar la procedencia india
de Et pavo ,·eal, mas cierta propensión a exagerar la suavidad sentimental de
la leyenda, denota la inspiración de segunda mano de que se ha valido Marquina para componer el drama, cuyo felicísimo suceso opone rotundo mentís a
las exculpaciones con que se defiendea, alegando el mal gusto del público, los
directores de teatros cultivadores del género que se ha dado en llamar castrakán•. Las referencias y comeatarios a que antes aludíamos permiten suponer
que si el Et pavo real representado en Eslava µrocede de la India, el barco que
a Europa lo trajo, hizo, cuando menos, escala en Gibraltar. En resumidas
cuentas, que tiene de indio lo que de chino La túnica amarilla, divertidísima
adaptación senídaQOS antaño en Ja Princesa por Jacinto Bcnavente.
A lo que parece, por lo qu~ se cuenta, y ror lo que se infiere, la colaboración del empresario de Eslava con el poeta de El jatJo real, se reduce al ofrecimiento de un plan somero, ideado o combinado, siguiendo ia pauta de alguna obra inglesa, pcr la escritora, cuyo ps~ud6nimo de cGregorio Martínez
469

(1

L PAVO

�LA PLUMA

LA PLUMA
Sierra&gt;, ha logrado hacer popular en osadas empresas mercantiles, el propio
manager de Catalina Bárc~na. Diferencias de criterio, que escapan a la consideración del crítico, y que por lo demás no importan al caso 1 han roto por esta
vez el consorcio a que se debe la producción escénica de Canción de cuna
Mamá, Don Juan de EspaiitJ, etc., compensándonos muy ventajosamente con E;
pavo real de Eduardo Marquina.
Pocas Teces ha estado tan feliz el poeta de Elegias y Vindimióu, como ahora,
:lil constreñir su lirismo exuberante a la justa expresión de los efectos dramáticos. Del principio al fin se desarrolla la acción poética de Et pavo real proporcionada y sobria, sin que rompa la unidad del poema la sucesión de cuadros y escenas, a cual más vivos y pintorescos. Hemos de insistir, en elogio
del poeta, en la virtualidad de su trabajo, tan !ogrado 1 que consigue comunicar,
a través del ambiente fantástico de la leyenda, y de )¡ visualidad del escenario
-habilísima pero quizás excesivamente decorado por Fontanals-, emoción
humana a los entes morales de la fábula, y encarnar en verdadero .'iCntimicnto,
la harto fácil moraleja.
Gracias a la r".&gt;bustez física y espiritual de Marquina, no se ha dejado llevar
del don de lágrimas en que suele exceder su co,laborador-tan modesto así
mismo en esta ocasión que se ha limitado a. cobrar simplemente su parte
alícuota, aunque discutible1 de nutteur en scem, sin compartir la gloria de los
carteles. Esperamos, con todo, que EJ pavo real no signifique rectificación en
el propósito poético, señalado con tan raro aliento en Las hiJas del Cid, y acomodado después con explicable pero sensible sentimiento, a las exigencias de
Ja realidad ... de Jos empresarios.
Cierto que la interpretación de El pavo ,·eal en Eslava, por lo que a los actores se refiere, no convida a seguir otras normas que las marcadas por La
chica del gato. Pese a los sueltos de contaduría 1 pocas veces se ha visto recitación más desdichada, ni más amanerado movimiento escénico. A no existir la
compañía de Ricardo Calvo, cuyas Mocedades, de todos los Castros que en el
mundo han sido y son-que no de Guillén solo-dan ciento y raya a todas las
interpretadones sin sentido, la del Pa'l)O ,·eat no tuviera par. Salvo las niñas
encargadas del papel de niños, y eso por :su grJciosa soltura infantil, siempre
de seguro efecto en el teatro, más que por revelarse en ellas excepcionales
condiciones dramáticas, los demás se distinguieron todos, como decía siempre
un crítico, a quien Dios habrá perdonado en el Limbo su inc:1nsable benevolencia. De hacer alguna mención especial, correspondería por derecho en pri-

'.

mer términc, a la Bárcena, tan incomprensiva en su papel como falta de facultades, y a los racionistas encargados de representar los guardias de ;palacio,
cuya inexperiencia tergiversa el sentido de una de las escenas de efecto mejor
logrado
-EL DONCl:1. ROMÁNTICO.-Más afortunado Luis Fernándcz Ardavín, en ese
respecto, ha podido ver bien servido su último drama por la compañía Guerrero-Mendoza . Cuidadísimo el detalle, siempre adecuadamente dispuesto e]
conjunto, hace tiempo que en Madrid no era dado asistir a espectáculo tan
grato. Doña María Guerrero acertó además, como en sus más acabadas realizaciones escénicas, a prestar a la •Carmen Sevillan:::i• imaginada por Ardavín,
consistencia de mujer y plena evidencia dramática. Aclamada con entusiasmo
la noche del estreno en las escenas patéticas. quizás ni el público ni los críticos
han señalado cumplidamente lo que, a nuestro entender, reclama ahora en ella
por modo singular la atención debida a la verdadera maestria. Es a saber, la
manera natural, supremo artificio del buen actor, con que en los pasajes menos
brillantes, el verso, sin menoscabo del ritmo. toma en boca de la Guerrero el
movimicuto de la prosa, concentrando la expansión lírica en la expresión dramática, fundiendo en s.uma los elementos reales y poéticos que constituyen la
representación. María GuerI'ero, como los grandes cantantes que empiezan a
declinar, muéstrasenos en un momento· propicio para el arte. En posesión aún
de sus mejores recursos1 y no ya fiada solo en la exageración de sus facultades
naturales, ]e incumbirían, a no hallarse contaminada de la atmósfera viciosísima de escenarios y saloncillos, el descubrimiento de nuevos poetas dramátioos
y la defensa del patrimonio clásico del teatro español. Representando a lbsen
y a D' Anauozio ;IJa vuelto a la escena Eleonora Duse¡ cubriendo con su pabe1ló1.J la mercancía de monsieur Verneuil su nieto, sí, pero dando al César lo
que es del César, y a Racine lo que es de Racine, se salvará el buen nombre de
Sarah la espectral, intérprete de la F'edra y la Esther. Mancha que no se limpia
será siempre en el escudo de la Fnncesa el favor de que goza, sin honra ni
provecho, e1 repertorio de Muñoz Seca .
Es verdad que El doncel romántico no ha llevado público al teatro donde se
rstrenó con éxito franco. Dt!monos a razones: Al día siguiente, la Prensa señaló unánime los defectos, que los tiene, del drama, recalcando la supuesta superioridad del poeta lírico1 patente en tal o cual pezzo di bravura. Con la sola excepción de En.rique de Mesa, cuya probidad hace época en los anales de la
crítica de España, atento a discernir en El doncel romántiro los elementos per-

471

470

�LA PLUMA

LA PLUMA
niciosos para el lo!iro del dramaturgo cabal que, desde su primera obra, promete ser Ardavfo, los demás revisteros, incluso los más benévolos, daban a
entender harto la disconformidad del público de la primera representación. Lo
Cual, no es lcierto. Sobremanera injusta nos parece la conducta sin sanción
posible, de Manuel Machado1 que negando toda cualidad literaria.y artística al
Doncet romántico,se complace en justificar con ironías disimuladas su benevolencia para las chocarrerías sin gracia de comedias(?) inaceptables.
EJ doncel ,·omántico, superior con mucho a La dama del armiño, revela en
Ardavín al dJ;"amaturgo nato. Contra el parecer general, si la obra peca por exceso, débese al afáa. de injertar en la acción dramática aria:; puramente líricas
Y de fácil aplauso, no al drama, ni a su acción teatral. Ni es tampoco el ambiente pintori;-sco de principios del siglo xrx lo que nos seduce, sino su modernidad. El incesto no es clásico □ i romántico. La manera de revelarnos el
drama del protagonista, es modernísima: en Ja inconsciencia del sueño, el doncel declara, con solo pronunciar el nombre de su amada, que no la maldecía
despierto tanto por haber descubierto en ella a su propia madre envilecida
cuanto por sentirse atado por la fatalidad de la carne. ¿El poeta ha leído a:Freud?
Por más que con gracia, un tanto resabida pero discreta, subtitule a su drama, dlolletín escénico» ~o es por mero afán de acumular complicaciones, por
lo que el doncel romántico-en pos de las sombras de Werther, de Larra-se
mata la mañana misma de su boda. Es la lógica de la acción la que tal pide.
Incluso la escena última, un tanto forzada para que sea doña María Guerrero
quien cierre la obra, se salva dramáticamente por el efecto de la mii·ada acusadora en las pupilas, fijas por la muerte, del hijo infeliz. Hay, pues, un buen
drama en El doncel romántico, y, sobre todo, en su autor, un dramaturgo.
El abono de la Princesa ha obligado a cortar la obra, que, en efecto, necesitaba ser aligerada de un acto. ¿Ha hecho bien el autor en consentir, en holocausto al hipócrita puritanismo de las abonadas, que ta!es cortes se hayan hecho en detrimento de la escena cuya valentía encerraba el drama en sí? En todo
caso, publicada corre la obra, en su versión primera.
No creemos, por otra parte1 que se deba a desvío del público por el E! r.'Qn•
cel romántico, Sil escasa asistencia a la Princesa. El público a quien pudiera
gustarle, no puede pagar los precios excesivos que los teatros han dado en señalar a diario. Y, si es verdad que los directores de la Princesa se ven sujetos
al criterio estrecho de sus abonados, no lo es menos que cada cual se hace el
público que quiere. Lo que no se puede es jugar con dos barajas.
'

•1•

•

Acertados en general los intérpretes de El doncel romántico, hasta lograr a
veces una estilización desusada en las escenas españolas, hemos de apuntar el
indudable acierto de Fernando Díaz de Mendoza y Guerrero, cuyas malas condiciones de voz va venciendo el estudio, la afición, el empeño, de que tan faltos están por lo ~eneral los cómicos, y que sería de dese.ar ver empleados en
una colaboración deddida con tos pocos autores jóvenes capaces de regenerar
nuestro teatro. Muy discreto también el señor González María.
-RuTH DuPr:R.-Sugestivas en extremo han sido las representaciones de
Miss Ruth Draper, excepcional artista norteamericana. Sia compañía, sin decorado ni atrezzo alguno, sin otra caracterización que la conseguida con el gesto
y la voz, Ruth Draper representa verdaderas comedias-monodramas los titule
ella-, produciendo e□ el público la ilusión de tiempo y lugar, el recitado y la
acción de los interlocutores imaginarios.
Nos hallamos, pues, ante el problema mismo del teatro: Miss Draper ha
dado sus representaciones en el mismo de la Princesa donde María Guerrero
y Fernando· Diaz de Mendoza mantienen, en punto al servido escénico, los
principios de la escuela realista. Más de una vez hemos visto a Miss Draper,
antes de alzarse el telón, retirar del escenario un siilón o una mesa de mero
adorno, y que juzgaba innecesarios para su trabajo. Una mesa o una silla eran 1
cuanc!o más, todo su atrezzo. ¿Se deben presentar, o representar las cosas? El
público ¿ha de ser mero espectador, o contribuir colabo:-ando con su imaginación al espectáculo? Es el dilema que ha dado origen a las diferentes fases del
teatro ruso en sus varias modalidades artísticas. De un lado, Stanislawsky,-la
perfección realista-; de otro, el arte sintético, evocador y no reproductor de
la realidad, del Murciélago y de PitOef.
Miss Ruth Draper, sencillamente vestida y con un simple fondo, sale, al público, precedida de un cartelillo que anuncia el número correspondiente del
p1ograma. Las primeras palabras de s11 diálogo con los supuestos personajes a
quienes escucha y responde, sitúan desde luego la acción. Muchas veces, ni la
·palabra importa. En «El Amor en los Balkanes•, por ejemplo, Miss Draper habla un idioma imaginario también cuya fonética imita a la perfección una lengua
eslava. El tono1 el acento, le bastan para dar con la pantomima la sens:ici\)n del
drama.
He ahí, tal vez, el teatro del porvenir. Rilorno aJf anfico. En el principio.f.
era el bululú.
U11 cdrrco IKCIPIKNTK.
473

�LA PLt;MA

LIBROS Y REVISTAS
Juan Ramón Jiméne-z: Segunda Antolofi'a poética (1898•1918).-Calpe 1 Colee•
ción Universal, Madrid,

1922.

« Vino,

primero, pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fué vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fuí odiando, sin saberlo.
L!egó a ser u.na reina
fastuosa de tesoros ...
¡Qué iracundia de ye-1 y sin sentidol
... Mas se foé desnudando.
Y yo le sonreía.
.Se quedó con la túnka
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica
y apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía p&lt;&gt;.ra siempre!,
Esta poesía, nómero 411 de las recoO"idas por el propio autor en su S~gtmda
Amoiojz'a poltica, es sin duda sincero tr:suoto autobiográfico de las vicisitudes
de su musa.
No es fácil seguir los paso~ del poeta hipersensible por excelencia, cuya
obra.~~ 18y~ a la fecha obtiene eu grado sumo el consenso de los fieles a una
trad1c1~n lí_nca que la renovación que se llamó modernista apenas encubría,
al propio tiempo que el reconocimiento autorizado de precursor de las nuevas
formas en ensayo, por parte de los ióvenes recién vocados a la poesía.
No rs fácil se~uir los pasos de Juan Ramón Jiménez desde sus primeros
versos a }os re-un1dos en Piedra y Cielo (19q-1918). El mismo prurito de exac474

titud que le mueve a señalar con precisión, red1.,;ciéndolo al momento y circunstancias de su creación, cadp poema-cada verso casi-despista al curioso
--y aun al amoroso-investigador. Puesto a referir con números indicadores
de un orden prolijo las diversas categorías asignadas a su vasta producción,
tampoco se atiene a la cronología rigurosa, ni conserva el título como apareció
de tal o cual poesía o colección. De algún libro reniega ¡,or entero: Ninfeas 1
Almas de Violeta están suprimidos en la copiosa relación de nombre~ de esta
Antolojía. Si oo al simple lector, al crítico literario, semejante falta no ba de
serle indiferente ni parecerle desprovista de sigoificación. En todo caso, el
gusto caprichoso de los primeros alardes modernistas-incluso tipográficosdel Juan Ramón Jiwénez juvenil, se corresponde lógicamente en mucha parte
con las preocupaciones quP. actualmente le inducen a insistir por señas o incisos sobre la atención del lector. Ni deja de comprender él mismo, en las notas
finales, lo excesivo e íoútil de tanta complicación sentimental e intelectual,
harto explicadas en breve carta prólogo, a su vez comentada, subrayada, recalcada.
Detengámonos un punto no más, en el supuesto fundamental que justifica
la selección de esta Segunda t1ntotojía 1 única verdaderamente destinada al público1 ya que la preciosa edición de la primera (cHispanic Society:. de Nueva
York, 1917) es limitadísima. cUoas poesías escogidas no pueden tener, como escogidas, un valor permanente, sino solo el del momento en que fué elegida
cada una&gt;, dice el poeta salvando su intención.
¡Ah, no! Hay poesías mejores entre las buenas¡ selección que no está sujeta
a la veleid1d del gusto individual, mucho menos eJ del autor, sino que depende
precisamente del acuerdo entre la expresión en que el poeta ha logrado vaciar
su sentimiento, y el grado de e~oción que eu la mayoría de lectores hay~ podido·suscitar.
Juan Ramón Jirnénez es de cuantos poetas cantan en español quien tiene
vena más honda y fluída. El sentido musical de lo inefable nadie como él lo ha
poseído. No 1 no es de ninguna manera el ·interés histórico de su obra, las formas de transición a que vaya dando lugar su afán siempre vivo por descubrfr
cada vez relaciones más precisas entre la palabra y el sentir dolorido, en pos
de la suprema serenidad inaccesible, lo que de su obra nos gana la voluntad
por entero. No sino la perfecció11 de sus mejores poesías: c¡Mañaoa de Primaveral&gt; «¡Tú me mirarás llorando!&gt; Ya &lt;:&gt;stán ahí las carretas!• «Mañana de la
Cruz&gt;:
«Dios está azul. La flauta y el tambor
anuncian ya la cruz de primRvera.
¡Vivan las rosas, las rosas del amor 1
entre el verdor con sol de la pradera!
Vámonos al campo por ,-omero,

Vámonos, vámonos
por romero y por amor•..
•••••.••• - •.•••••••••••••••• &gt;

475

�LA PLUMA
eEl poeta a caballo, 1 cAmo el paisaje verde por el lado del río&gt;, ,Luna,
fuente de paz en el prado del cielo&gt;, e Le he puesto una rosl fresca-a la flauta
melancólica-; cuao.do cante, cantará ron música y con aroma», ,Estampa de
invierno», cSoJedad•, cAbrib, cPaz,, ,Hojas Nuevas,, ,Retrato de de.:ihOra•,
«Al sueño&gt;, ,Tren y buque•, ,El Nostálgico:

c¿Mar desde el huerto;
huerto desde el mar?
¿Ir con el que pasa cantando;
oírlo, desde lejos, cantar?&gt;
cCanción de invierno&gt;, eHora inmensa,, ,Primavera•, cNada1o y «Otoño» (de
los «Sonetos Espirituales,), ,El Poema:

ÍNDICE DEL VOLUMEN V

No le toques ya más,
que así es la rosa•,

,,
'

son pequeñas grandes obras de la lírica moderna, que emergen consistentes,
definitivas, de una tonalidad general irisada, diluída en romancillos deliciosos,
cuya vaguedad e imprecisión de concepto nimba de celestes oros, de malvas
perfumados, de estrellas verdes, de latidos violeta, la mirada hermética del
poeta, perdida en uaa voluntad tenaz de captación del secreto susceptible de
ser cifrado en el signo puro, sin relación humana.
En plena madurez de conciencia artística, Juan Ramón Jiméuez, modelador
asigne del sentimiento propio de un estado de ánimo, logrado ya poéticamente en Arias tristes, Jardines lejanos, Pastorales, Baladas de Primavera, Elejías, La soledad sonora, Poemas Mágicos y Dolientes, emprende ahora la conquista espiritual de un más allá de la poesía inmaculada. Eternidades, El niario de un Poeta Rer,·üncasado, Pit1dra y Cielo, inician el camino difícil -¿a dóndd-de una nueva música del concepto abstruso.
C. R. C.

FIN DEL VOLUMEN QUINTO

1922
JULIO

A DICIEMBRE
Páginas

NÚMERO 26 (JULIO)
Ramón del Valle-lnclán. Cara de Plata ..................... ,.
Alonso Quesada: Mar mío... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: La gran corrida de toros... . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Domingo Rivero: Yo, a mi cuerpo. . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . .
Diego de Mendoza: De un ejército contra moros. . . . . . . . . . . • • .
Cardenio: Almanzor .................... , ....... • - • • • .. • .. •
Crónicas literarias: Paul Colin: Rathenau ................. , . .
Un crítico incipiente: Las compañías de la legua .•......... , . .
Libros: R. Blanco Fombona: El conquístador español del siglo
XVI.-Carlos Sabat Ercasty: Poemas del Hombre.-Carmende
Burgos (Colombine): Rttorno.-José M.' Chacón: Ensayos de
literatura cub,wa.-Luis H. Hidalgo: El poema triunfal.-Adela Marión Adám: Platón. Sus ideales morales y polítfcos.-Mario Puccini: Dove i il peccato e Dio.-Raymond Schwab: La
conque/e de la ;oie.-Raimondo Raymondi: Verso fl solt di
Levan/e.-Revistas ................................. • . • • •

5

27
28
46
47
49
58
63

69
471

�•

LA PLUMA
Pági.au

¡

NÚMERO 27 (AGOSTO)
Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata ......... . ... . . .. .... .
C. Rivas Cherif: Cuatro sonetos ... . ....................... .

81
100

Ramón M. ª Tenreiro: Posesión. . ......................... .

!03

Gines Pérez de Hita: El caudillo .............. .. ........... .
Ramón Gómez de lá Serna: El novelista .. . .............. . .. .
Fernando González: En la transmutación del maestro, ...•....
Crónicas literarias: Paul Colin: Bélgica; Jules Bertaut: Francia;
Alfredo Pimenta: Portugal; Un crítico incipiente: Teatros ... .
Libros: Adolfo Reyes: El carro de asalto .-R. Buen día Abreu:
Luz.-Luis del Valle: Flores marchitas.-Huberto Pérez de la
Ossa: Po/ifunías.-0. W. de L. Milosz: La colifession de Lémud.-Céline Arnauld: Point de mire.............. . ......

1(O
113
132

t

478

Páginas .

literada de V. García Calderón.-Paul Verlaine: Cordura.A. del Valle Arizpe. Doña Leonor de Cácerts y Acevedo.-Fernán Silva Valdés: Agua del tiempó.- Gastón Figueira: Hada
las cumbres.-E. Malespine: Mitabolíques.-L. Martín Granizo: La provincia de Leó,z.-J. l. Escobar: füc,itos.-Roge!io
Sotela: Recogimiento.-Revistas .. ............ . ...... . .... ,

230

1

NÚMERO 29 (OCTUBRE)
137

r55

NÚMERO 28 (SEPTIEMBRE)
Ramón del Valle-Inclán: Cara de Plata......................
Adolfo Rubio: Paisaje. Ante la;; cuartillas.............. . .....
C. Rivas Cherif: Facecias.. .. . .. .. . . .. . .. .. . .. . . .. .. .. .. . ..
Cardenio: Los curas oprimidos........... . .................
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . . .. . .. . . . . . . . . . . . .
Pedro de Rivadeneira: Los lisonjeros y el príncipe. . ... . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Prezzolini; Paul Colin: Frank
Wedekind; Un crítico incipiente: La noche del sábado. La niña
de Gómez Arias.. . . . . . . .. • . .. . .. . .. . . . . . . . . . .. . . .. . .. . ..
G. Gaspar: Pólux a Cástor.. . . . .. . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ..
Rogelio Buendía: Tarde de sol... . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Manuel Ugarte: Mi campaña hispanoamtni:ana.-F. lscar
Peyra: la bolsa y la vida.-A. Gide: La puerta estrecha. -A.
Mercereau: Pensees choúies.-Napoleón Pacheco: Personahdad

LA PLUMA

16!
175
176
178
188
204

,,
207
225
229

Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata ........ ,.............
Ricardo Baroja: Un personaje de novela . . . . . . . . . . . . ...... • .
Cristóbal de Villalón: Religión de hombres honrados... . . . . . . .
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Fernando González: Manantiales en la ruta. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Gian Pietro Lucini; Un crítico incipiente: Teátros y cines.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Domingo Rivero: El humilde sendero. . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . .
Libros . Tomás Morales: las rosas de Hércules .-A. Hernández
Catá: La muerte nueva,-Saulo Torón: las monedas de cobre.
Joaquín Edwards Bello: La muerte de Vanderb,lt.-Juan Ruiz
de Alarcón: Los favores del mundo. - Alfredo Pimenta: Prete:&gt;:tos e njtexoens .-Mario Puccini: Viva la anarquía! Uomini deboli e umni,zí forti.-Car!os Prendez Saldías: El alma en los
crútaüs.-Revistas. -Gacetilla ................. , , • • • • •, • •,

241
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287
294
296
308

309

NÚMERO 30 (NOVIEMBRE)
C. Rivas Cherif: Un liberal de antaño.......................
Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata . . ........... ,.. . .....
Jorge Guillén: Rigor .. .. ................ ,, .... •• .. • .. • .... •
479

321
328

345

�•

LA PLUMA
Páginas.

Ramón Gómez de la Serna: Palabras sobre el alba indescriptible.
Die~o de Simancas: Hector Rodríguez, catedrático . . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: M. A.: España y Persia; Jules Bertaut: Francia; Paul Colin: Alemania; Alfredo Pimenta: Portugal.. . . . . .
El Paseante en Corte: ... castillo famoso.. . . . . . • . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Ramón Gómez de la Serna: Variacíones. El incongruenlt.
Mauricio López Roberts: El Ave blanca.-Isaac Goldberg: La
líteratwa hbpanoamer!cana.-Pedro Leandro Ipuche: Alas
nuevas.-Dr. Atl: Las sín,fonías del Popocatepetl.............

348
357
360
389

394

NÚMERO 31 DICIEMBRE
Ramón del Valle-Inclán: Cara de Plata......................
Enrique Diez Canedo: Tomás Morale•.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Luis Fernández Ardavín: Serenidad .. - . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: La obra de Benavcnte al fulgor del premio
Nobel..................................................
Ramón Gómez de la Serna: Senos inéditos. . . . . . . . • . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Italia; Paul Colin: Alemania.
J. Massó Ventos: Cataluña; Guillermo Jiménez: México; Un
crítico incipiente: Teatro•: El pavo real. El doncel romántico.
Ruth Draper............................................
Libros: Juan R. Jiménez: Segunda antoloj{a poéüca ....... , ....
Indice del volumen V. . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . • . . . . . .

401
4"5
431
433
442

450
474
477

1

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�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                    <text>LA PLUMA

1

1

., 1!
11

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•'I

bien le sentaba cuando comía pan y ceboUa con el honrado pLteblO:, más que
t&gt;I Sr. Lerroux en licenciarse hn ta11dado Santa Teresa en llegar a doctora; más
doctrina que en las Facultades universitaria!! hay en cualquier discurso de! señor Lerroux. Le ha bastado arengar en Canarias para que las divinidades académicas de La Lagu.na se decidieran a zambullirlo simbólicamente en aquellas
aguas, sacándolo jurisperito regenerado. Poseemos el texto de su oración!
«Llegará un día-exclama el Sr. Lerroux, profeta-en que grandes vías férreas
han de cruzar Europa, han de cruzar el Atlántico por la línea más breve, y por
la costa del Cllotinente africano, llegar hasta América, donde se irradiarán por
todos los países 1 llevando hasta ellos el caudal de nuestra rique.za, las palpitaciones de toda nuestra vida. Esn L.0 VERÁN LAS (;KNERACIONBS VKNIDRRAS.:t ¡Pues
tendrán que abrir un ojo tamaño! ¿Y lo que se atormenta el Sr. Lerroux con
los grandes problemas históricos? ,He sentido-añade-un gran dolor en el
corazón cuando algunos pensaban que acaso hubiese sido preferible que no
hubiese nacido Cristóbal Colón.:t ¡No se apure, doo Alejandro; ni se duela de
nada! Podemos asegurarle que si CristóGal Colón no hubiese nacido, no tendríamos toros de la ganadería de Veragua; lo demás, sería casi lo mismo. cHa
de pensarse siempre coa la mirada fija en el porvenir, como pensó Inglaterra
cuando 1 coN oos SIGLOS DK A.NTIC[J&gt;AClÓN (?) ocupó Gibraltar, se hizo daefia de
Malta 1 dominó el Egipto, para hacer de la India un pueblo auxiliar (o para kacer !tablar a Lert·oux en Las Palmas) y poder expansionar su riqueza, abriéndose nuevos mercados.:t Esa _prev~sión inglesa será mucho más admirable de
aquí a cien o doscientos años, cuando el Lcrroux que esté de tanda eche de
ver que los ingleses se apoderaron de Gibraltar ccon cuatro siglos de anticipación». Pero los ingleses mismos, con ser quien son, no pueden competir con
Ja Providencia, que biza nacer a Jesuc1•isto eL1 el comienzo exacto de la Era
Cristiana, precisamente mil novecientos veintidós áños antes de licenciarse en
Derecho el Sr. Lerroux.

•
320

A:ilO III.

MADRID, NOVIBMBRE 1922

NÚM. 50.

UN LIBERAL DE ANTAÑO
EN LA MUERTE DE DON AMÓS SALVADOR

niño, la idea que yo tenía de los patriarcas era por
demás imponente; la luenga barba blanca, la túnica, el aspecto grave con que los pintaban las estampas del Fleury,
sugeríanme la impresión de una voz tonante que amedrentaba mis sueños. Como después he visto alguno sin tal atuendo
bíblico, de primeras no lo he reconocido.
Hace el nombre a la cosa. Aunque no lo sé de cierto, no creo que
el nombre de pila de D. Amós Salvador respondiera a ninguna tradición antigua en su familia. Sin duda sus padres, a usanza castellana
de cristianos viejos, pusiéronle simplemente bajo la advocación del
santo del día, en que nació. El apellido Salvador ¿denota ascendencia
de judíos conversos? En todo caso, Amós Salvador es nombre que
imprime carácter, que parece definir ya de por sí una personalidad

(1

XXI

UANDO

321

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LA PLUMA

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a ojos del escéptico desengañado, chirimbolos teatrales sin correspondencia en la realidad. Una política liberal ha de regir el Estado,
representación verdadera de Ia conciencia nacional traducida en
leyes fundamentales comunes a todos los súbditos. Garantida la
libertad ir.dividua!, el Estado mantiene una religión nacional en cuyos dogmas morales se cimenta la sociedad española, por mejor defender la personalidad jurídica de la nación de la ingerencia de Roma;
sustenta un c1iterio nacional en materia de enseñanza, atribuí da a los
Institutos y Universidades del Estado; vela, en las Academias, por la
conservación y el progreso de una ciencia y un:arte nacionales; mantiene, sobre todo, la supremacía del castellano, como idioma español
oficial, sobre las demás lenguas y dialectos regionales. Llevando la
teoría al extremo, incluso admite como buena la intervención de su
autoridad en las fiestas de toros, porque nada se sustraiga, con hipócrita ignorancia, a la ley nacional.
El buen liberal de antaño sigue creyendo en la posibilidad de
continuar la historia de España, respetando los principios constitucionales pactados hace medio siglo entre la Revolución y el Poder
Real. Su política de unión liberal reniega siempre de todo espíritu
faccioso-llámese regionalismo, sindicalismo socialista, tecnicismo
profesional, camarillas, somatenes, juntas de defensa o de acción
ciudadana-que implique menoscabo del Estado en que la nación
define su personalidad.
El buen liberal de antaño muere, si no pobre de solemnidad,
ajeno a las grandes especulaciones de los nuevos ricos, acogido al
horaciano huerto familiar regado por el Ebro, río nacional por excelencia.
Y al volver para siempre a su tierra, su pueblo calla con solemne duelo, en el que late, por una vez, bajo el rito oficial, un

sentimiento de augusta sencillez humana. Sobre
ria poner la copla de Jorge Manrique:

su tumba cumpli-

,¡Qué amigo de sus amigos,
qué señor para criados
y parieotes 1
qué enemigo de enemigos1
qué maestro de esforzados
y valientes!
Qué seso para discretos,
qué gracia para donosos,
qué razón,
cuán benigno a los sujetos,
y a los bravos y dañosos1
un león!&gt;

c.

RIVAS CHERIF,

�'l'

LA. PLUMA
SA.BELITA

Padrino, vuélvame a San Clemente.
EL CABALLERO

Después de la cena. Siéntate.

'11
11

'j!

SAHELITA

1

¡¡

1¡i

,,.

:1

CARA DE PLATA ~

Permítame que le sirva.

COMEDIA

EL CABALLERO

No llores y obedece,

BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

SABELITA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TERCERA (,J

Mi destino es llorar.
EL CABALLERO

ESCENA PRIMERA
Toma mí copa y bebe.

SALA GRAND E y oscura en el Pazo de Lantañón. Un Santo
Cristo con enagüillas en la tiniebla del ,nuro encaladí!, sugiere su lívida
tragedia. Hipnotiza el clavo amarillo de una luz dt aceite. Por el vano
de u.n arco se advierte la mesa con recado de manteles. Rondan en torno
gatos y pe,-ros. El Mayoraz![o, en su sillón, levanta la copa. Sabe/ita,
en ti fondo de una puerta, se cubre la cara. ¡Blancura de aquellas

SABELITA

¡No me avergüence, padrino!
EL CABALLERO

¡Aborrecida vergüenza!

manos!

EL CABALLERO estrella la copa y se alza del sill~n bamboleandí! la mesa. Largo y sobresaltado temblor del ª1''ª,. loceno, se de. y se apaga el vel on.
, En la sala oscura1 como. sz
, naciese
l
rra,na el vino
de pronto, la luna argent,í una vidriera, Con las .figztras diluidas en a
el prestigio de las voces y de las sombras.
()SCf
_..,
1 n 'dad, sura'Ía

EL CABALLERO

Descubre los ojos y mírame.
SABELITA

¡No puedo!
SABELITA

EL CABALLERO

¡Obedece, Isabel!
( 1)
328

Véas..-:: LA

PLUMA

de octubre, 1922.

l.
1

Padrino, permítame volver a San Clemente.
EL CABALLERO

•
¡a puerta. 1·Vete , y no vuelvas!
Franca tienes

�LA P L U ~l A

LA PLUMA
SABELITA

¡Malvado Fuso Negro!

SABELITA

¿Para qué quiere mi alma?
EL CABALLERO

¿Por qué te detienes?

EL CABALLERO

Para mí la quiero. ¡Entrégamela!
SABELlTA

¡Espanto me da!

SABELITA

A Satanás se la entrego.
EL CABALLERO

¡Vete!

EL CABALLERO

¡Mía es!
SABELITA

¡Alma sobresaltada, sosiega! ¡Aléjate, espanto! ¡No me ates en
estos umbrales, imán del Infierno!
EL CABALLERO

SABELlTA

¡Padrino, no me pierda!
EL CABALLERO

¡Soy Satanás y te pierdo!

¡Mal rayo me parta! ¡Huye! ¡No te detengas!
SABELITA

¡Rey del Cielo, desencadéname, que aquí me pierdo!
EL CABALLERO

,No te vas?
SA.BELJTA

No puedo.

.'I

EL CABALLERO

Me perteneces.

SABELITA

¡Padrino!
EL CABALLERO

Llámame monstruo infernal. Maldito mil veces, que ni la flor de
tu inocencia respeto.
POR LA POERT A L UN ERA, escueto y negro, d tonsurado
atropella, y detrás se enC1Jge y mima un gesto dt terror y lascivia el repelado sacristán de San Clemente.

SABELITA

Mi alma condeno.

EL ABAD

¡Rey Faraón, vengo por mi oveja!
EL CABALLERO

¡Entrégamelal
330

EL CA~ALLERO

¡Mírala!
331

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

.1

EL CABALLERO

¡Mal pensé de ti, bárbaro Montenegro, mal y con saña! ¡Nunca
tan bajo que acogieses a las mancebas de tus hijos y cenases con
.ellas!

· Porque mis soledades acompañase .
EL ABAD

Montenegro, te amonesto para que me vuelvas la oveja.

EL CABALLERO

EL CABALLERO

¡Clérigo bellaco, de ningún hijo de puta es manceba mi ahijada!
1

Fué su voluntad el cambio de vara.

1

EL ABAD

, l.
. l:'1· ,
1'
1

111
.•'1 1

•1:11'
;

'1

EL CABALLERO

De nada soy culpada .

Yo tampoco te muevo guerra .

EL ABAD

¿Quién aquí le trajo, pues te han visto arrebatada en un caballo/
;¡Tu liviandad declara!

I

:., :!~'

Montenegro, de paces vengo.

SABELITA

. :1:
•I

EL ABAD

Habla tú, impúdica mozuela .

EL ABAD

· Éramos amigos, con trato de parientes, y me negaste el pas&lt;&gt;
cuando iba a encomendar un alma.

f!'L CABALLERO

¡Yo la traje!

EL CABALLERO

Yo, no. Uno de mis rapaces.

EL ABAD

¡Vade retro!

EL ABAD

Pero tú lo has sostenido.

EL CABALLERO

¿De qué te espantas?

EL CABALLERO

EL ABAD

¿Tú la robaste?
EL CABALLERO

Sí.

.332

\

No e5taba a menos obligado.
EL ABAD.

Aquel pecador murió sin auxilios, y es de suponer que pene en
el Infierno.

EL ABAD

¿Con qué mira?

j

EL CABALLERO

Eso tendrá que agradecerle a mi rapaz el Diablo.
33.3

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL ABAD

Te sacaré arrastrada de las trenzas.

¡Blasfemo!

SABELITA

EL CABALLERO

¡Padrino, no me ponga cadenas! Rompa el negro imán con que
me prende! ¡Déjeme libre! ¡Libérteme!

¡Sacrílego! ¡Deseas la moza para tu regalo! ¡Nos conocemos!
EL ABAD

¡ 'I

.'

'• ,.I ·

:€1 CABALLERO

Puedes cobrarla, de paz te la entrego. Isabel, de quedarte o de
irte eres libre. Elige.

¡Bórrate, espanto! ¡Alma mía, avaliéntate! ¡Supérate! ¡Padrino,
rompa estP atribulado cautiverio\ Y si no lo rompe, ordene que me
quede, si es mi suerte perderme.

SABELITA

EL CABALLERO

1

Ir.' · ··11i\ ·
¡ .

\1

Libre eres.
SABELlTA

1 :
'
. ~'I¡ 1
. : 'I
•t. ;1
, 1,!,. •·.·¡

ti . .
•

EL CABALLERO

¡Bárbaro Montenegro, tendrás la guerra, pues la guerra provocas\
Pisaré por tu dominio y cobraré la mala oveja.

'

1

'

•

,1

\

1111

Caiga el pecado sobre mi concienda. ¡Quédate!

¡Elijo mi muerte\

1

. •1 ·m]l11 'I

EL ABAD

Ef, ABAD
¡

:1,I

¡Montenegro, poder de brujo tienes! ¡En él te amparas! ¡No me
espantas, Montenegro! ¡Emplazado quedas! ¡Aún nos veremos!

¡Calla, malvada! ¡No publiques tu licencia! ¡Sígueme!
SABELITA

EL CABALLERO

¡Pazo de Lantañón, adiós para siempre!
¡El Diablo te lleve!

EL ABAD

EL ABAD

¡Sígueme!

Por castigar tu soberbia soy capaz de encenderle una vela.
1Tiembla!

SABELJTA

Los pies me atan. Andar no puedo.
EL ABAD

¡Ven conmigo!
SABELITA

Tengo grillos.

l

SALE EL TONSURADO como una ráfaga negraporla
puerta tunera. l!."/ Mayorazgo levanta su copa y la ofrece a la sombra
arrodillada dt su nueva manceba. ·
335

334

,,
j

l

�LA PLUMA

LA PLUMA
ESCENA SEGVNDA

LA ENCRUCI7ADA DE SAN MARTIÑO DE FREYRES:
Cielo con estrellas: Rumor de viento en las mieses y la q1teja del molino,
en un grupo de árboles, nocharniega. La luna en la balsa hila nieblas
de plata. Sobre la cruz de los albos caminos ennegrece d bulto ensotanado del Abad. Bajo el cielo estrellado tl bonete perfila sus cuernos,y
el brazo perfila su trazo 11egro dt maldición y anatema. Bias de Migutz
se encoge como un perro sobre la sombra alargada dd to¡uurado.

EL ABAD

¡Hoy me juego el alma!
BLAS DE MIGUEZ

No la juegue, que la pierde.
EL ABAD

¡Y tú te condenarás conmigo!
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¿Qué falta le háce compañero?

¡Casta de soberbios! ¡Maldita seas!
BLAS DE MJGUEZ

EL ABAD

Tú seguirás mi suerte.

¡Qué gallo el vinculero!
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

'

1

¡Bárbaro Montenegro, yo te daré en la cara una bofetada como
ésta!
BLAS DE MIGUEZ

Caso de no tener influjo con San Pedro.
EL ABAD

Tú harás cuanto yo te ordene.

¡Justo juez!

BLAS DE MlGUEZ

EL ORDEN AD O se azota la mejilla, y tl sacristán se santigua muchas veces con gemidos y g olpts de pecho. Ladran, lejanos, los
perros dt una aldta.

¡Salvando mi alma!
EL ABAD

Llegado a tu casa, te pones a morir.
BLAS DE MIGUIDZ

EL ABAD

Saµmás, te vendo el alma si me vales en esta hora. ¡No me espanta ni el sacrilegio!
BLAS DE MIGUEZ

¡Señor Abad, no pida ayuda al Infierno!
336

¡Madre Santísima!
EL ABAD

Y, puesto a morir, te despides de los hijos y de la parienta. ¡Pides confesión!
XXII

337

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

BLAS DE MIGUEZ

Si es preciso, te mueres.

Me pongo a morir y no muero.

BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¿Qué achaque padeces?
BLAS DE MIGUEZ

¡Mal de ijada!

l

De un ojo solamente; a más no me comprometo.
EL ABAD

¡Camina!
EL ABAD

Desde que pises el quintero empiezas a dolerte y a implorar los
Divinos.
BLAS DE MlGUEZ

BLAS DE MIGUEZ

A más, me rebelo.
EL ABAD

¡Obedecel

Susto me da de penetrarle la idea.
EL ABAD

Es preciso que me obedezcas ciegamente.

BLAS DE MIGUEZ

¡Morir, ni de pe~samiento!
EL ABAD

BLAS DE MIGUEZ

Me pongo a morir ... Confieso y comulgo, que nunca está por demás ... Así es. Pero de agonizante no paso ... A morir me rebelo.

A morir te pones, y si es preciso te mueres. Esta es la lección y
a ella te sujetas.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Cativa letral ¡Ya le declaro que no es para cumplida!

¡Tú, obedeces!
EL ABAD
BLAS DE MlGUEZ

¡Como tal se malicie la parienta!

A Satanás te encomiendas.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Para que luego me chamusquel_¡Arreniégole!

¡Vetel
BLAS DE MIGUEZ

Tendré que zurrarle el pandero.
338

EL ABAD

¡Vete!
339

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..., que lodo ti mal paedesl ¡SehnM. ta llamo con

...

~-

, ida.

BI

III

W·- -~¡:.,i/J

�LA PLUMA
LA PLUMA
LA VIEJA

uya! Si te hacen una barriga, vas para fuera de casa. ¡Es anís doble,
condenación! ¡Bebe un trago, rapaza!

LA BlGARDONA

LA BIGA R D O NA, con remangue, toma el pichel que le
ofrece la vieja, y tras de catarlo, se frota los labios con el pañuelo majo

,No te representa una voz?
¡Cómo está de alumbrada, mi madre!

que lleva al pecho.

LA VlEJA

LA BIGARDONA

Ya que el pecado me recuerdas, voy a tirarle del teto!
¡Resolis!
LA VI E 7 A ,ncu,rada alcanza del vasar el pi.ch,! p, itt!{oso.
Ca,n unas trébedes. Se espanta el gato. Cruje el camastro, y por el
borde de la cobija remendada sacan la cabeza tres críos. La vieja apura
el pzchel, morosa y deleitada.

CORO DE CRIANZAS

¡Una pinga mi mál ¡Una pinga mi má!
LA VIEJA

Dale una pinga a esos aborrecidos.
CORO DE CRIANZAS

SOBRE EL CAMASTRO, saliendo de la cobija remendada, implora el coro de dnimas. Celonio, Cabina, Mi.ngote, st disputan
el pichel con las manos tenaidas y las uñas de fuera. Al ddrselo la bigardona, el pichel se quiebra entre tantas manos.

¡Una pinga mi má! ¡Una pinga mi mál
LA VIEJA

¡Una horca, centellón!
CORO DE CRIANZAS

LA VIEJA

¡Una pinga!

¡Ay, venenos! ¡Mala centella os abrase! ¡Habéis de acabar en una
horca! ¡Casta renegada! ¡Sanguinarios!

LA VIEJA

¡Celonio! ¡Gabina! ¡Mingote! ¡Venenos! ¡Buscáis que os visite San
Benitiño de Palermo! ¿Quieres tú echar un trago, Ginera?

LA BIGARDONA

Vístase la camisa, mi madre.

LA BIGARDONA

LA VI E 7 A acompasa los gritos repicando las tenazas sobre las
asustadas cabezas del retablo que se desbarata. Plañidera torna al hogar. Entre un burujo de ropas _cachea por la faltriquera y cuenta unos

Luego los mozos me sienten el aliento.
LA VIEJA

Ten la boca desapartada, gran sinvergüenza. Arrímate mucho a

ochavos.

los mozos Y verás lo que sacas. ¡Ay, qué condición más renegada la

343

342

'

�LA PLUMA
LA VI•JA

¡Era de lo bueno! ¡Un resolis que mejor no lo bebe la reina de
España! Ginera, átate las enaguas y ve por un cortadillo.

1,

LA BIGARDDNA

i

¿Holanda o anisado?
LA VIEJA

¡Anisado, grandísima bribona! ¡Arreniégole, que no piensas más
que en los mozos! ¡Anisado, condenada! ¡Anisado! Enciende un Cachizo.
LA BIGARDONA

RIGOR
PLAYERA
Ciudad accidental,
de los estíos: damas.
flustes de extremas sedas
ángulos insinúan.

¡Hay luna!
VOZ LEJANA

¡Muero! ¡Acabo!

.l:aten las alusiones

LA VIEJA

¡Asúsl ¡Pues; no me vuelve la tema pasada! ¡Viento inventor!
¡Talmente el lamento de tu padre!

con rigor geométrico.

J:a ciudad está loca,
loca de geometría,
¡oh, mm¡ elemental!
J:ibro de bachiller:
página tantas: vértice.
¡cSutil, sutil 6uclides!

VAHO LENTO
cSienes soñolientas.
soñolientos.
Un vaho lento, más lento, en/o.
{;l vaho se espesa:

;}{0 mbros

344

.

345

�LA P L U~! A

LA PLUMA

.-\LELUY AS SENTENCJ0SAS,

más niebla, más niebla.
'Vaho,
niebla,

~us duelos y tus penas
esconde en la bodega.

nube, caos.

C,l umbrío reposo
sabe añejarlo todo.

5nsólito término:
Cárcel. ~tu ros férreos.

BARCAROLA

C,l tiempo es así hucha
de ahorros de dulzura.
'Verde será la hoja

9f.l durmiente meciendo
cabecea el esquife
en el espacio puro.

en rama que fué monda.

¡ 'Venturoso vaivén
sobre lisa alta mar
sin instantes de espuma!

sonreirán al viento
las penas y los duelos.

Un indice de luz
descubre las tinieblas.
C,l albor da las cuatro.

91, la costa conducen
el esquife los puños
de solares remeros.
¡Oh, cuán ceñudamente,
a medio abrir los ojos,
atraca el navegante!
'Vacilando aturdido
piérdese por la villa,
trémula de relojes.

'JI bajo un sol aún niño,
cual pueriles flequillos

VILLANCICO
Carne rosa y alba
del sagrado ;Niño,
con risas calladas
en hoyuelos lindos.
9/.osa, pero alba,
tan pura y a legre
albea la gracia
en carne celeste,
cual si iluminaran
grosezuelas risas,
a la luz del alba,
una rosd viva.
JORGE GUJLLtN.

347"

�EL ALBA

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,,

�LA PLUMA
LA PLUMA
Los pueblecitos los dibuja el alba como en una improvisación.

mar, ya naufragada la superficie iluminada. Y es que el momento es
supremo como la agonía y el hundimiento en el mar.

-No he vivido horas tan altas sino en los días de enfermedad o de
preocupación en que no se ,·e nada.
-Pues mira qué otro mundo, qué otra cosa.
-Suelta el recuerdo de tus faltas, de tus procacidades, de tus crímenes, porque el alba es un gran turbión que pasa con el jabón y la Jegía
mezclados al agua.

Por el bosque del alba invernal, bosque que se proyecta sobre la ciudad urbanizada, pasan los hombres embozados, cheposos y echados hacia adelante.

A la madrugada, cuando volváis de un baile, cuidad de arreglar
vuestro cuarto y de guardar el frac y su camisa ... Si no será deplorable
el despertar, pues un concepto vivirá en la mañana con todo por medio
y el frac ahorcado: el concepto de la INUTILIDAD.

Cielo de viaje, cielo de ciudad en la que se entra con la madrugada.

Nada más desconsolador en el alba que el Jlanto de aquel niño de
pobre, dolorido de no encontrar su casa, visionario de una conciencia
superior en la voz del alba, disconforme, imponente, con ojos en su
niñez como en las parálisis el paralítico, ojos de querer decir qué y no
poder.
-Primero fíjate cómo el cielo se Jlena de Diluvio universal.
-¿Que sientes frío en las piernas?
«No he vivido horas tan altas», se podrá exclamar.
Suelta el recuerdo de tus faltas, de tus procacidades, que el alba es
lustral y se las Jlevará todas.
Entre los retazos de diálogo de un posible drama titulado «El Alba»
se dice:
-Tus ojos que miran el alba tienen expresión de agonizante.
- Tú también, tú parece que miras desde el fondo oscurísimo del

La ciudad queda convertida en antigua ciudad lacustre, en siniestrada ciudad, en ciudad vista desde lejos.

Crea el mundo, lo templa, Jo fomenta, Je hace darse cuenta de su
deber.
La idea compacta, prevalida y testaruda del tiempo se deshace porque se la ve la trampa.
Se comprende cómo de la noche a la mañana se podía haber modificado todo.
¡Oh, la propaganda anarquista del alba, terrible, famélida, nihilista!
El alba de todos los días rompe las bolsas de las aguas del día.
Sorprende a vivos y a muertos con idéntica superioridad ... Recuerdo
en los velatorios Jo ruda, Jo igualmente indiferente que entraba para el

muerto y para nosotros en la casa fúnebre.
Fábrica de acero de la madrugada. Nos resistimos a aceptarlo. Queremos ser blandos y suaves. Pero entra en nosotros este acero y nos llena
-de un vigor terreno, de un instinto solitario y atrabiliario.
JSI

�L A PLUMA
LA PLUMA
De lo único que se acuerda la nueva alba es del muerto enterrado
en el día de ayer.
- Ya no está ese-se dice, y se pone más pálida.
Empiezan a nacer las cosas y las casas y las montañas por arriba,
de arriba a abajo.
Todas las calles son patios del alba.

nueva ley de la existencia, el nuevo movimiento de la vida, el nuevo
estado de espíritu.
Ahora se ve que lo que sucedió ayer ya no tiene remedio. Después de
preguntar si ha habido ayer, sale en su gaceta definitivamente, está consagrado el desengaño o la esperanza.
Hay en el alba como señales de estación, brazos blancos y cartabones pintados que se destacan sobre el cielo y en los que pone «EL
ALBA» ... «EL ALBA» ...

La c.,planada del cielo es mayor.

La nueva aurora ha borrado ya al muerto de ayer. Eso completa¡Cómo mira el alba por las ventanas vacías que dan al otro mundot

mente.

Le enterraron ayer tarde y todavía durante la noche flotó aloo
de su
0
¡Qué conseguida tienen su mujer los que ahora están con su mujer!
¡Qué solos los amantes a esta hora en que priva la verdad escueta!
Toda la ciudad parece un panteón, tanto que al pasar durante el
alba por delante de los balcones que sabemos de quién son, nos decimos.
frente a sus maderas, que son como bandas reunidas por unas visagras:
-Allí vivía Fulano.
Es lo único que podemos decir.
Amanece el alba como una mirada. Todo vuelve a la realidad por
la gracia de esa mirada de luz natural que lo crea todo de nuevo.

Esa primera campana no está en ninguna parte. Es del campanario
del alba, se funde en cada alba y tiene como inscripción de campana la
fecha del día, como esas inscripciones del pan de cada día.
Las horas prehistóricas y cavernarias vuelven con el alba.
En los pisos altos y en las guardillas comienza a regir primero la
352

ser en la vida.

La aurora automáticamente borra al muerto de la vida y lo borró
con la tinta blanca de lo que no es tétrico. Así nos borrará a nosotros
también el día en que nos toque ser borrados, así como tuvimos la
suerte de ser creados.

Arranca todas las esquelas de defunción del día anterior y con la impiedad necesaria borra los muertos. Si no fuese por eso estaríamos llenos de los lutos antiguos y el día en que aún no teníamos luto propio
ninguno, hubiéramos llevado colgandero el luto abrumador de los
demás. La aurora sería negra en vez de blanca si no tuviese tan terminantes decisiones, si no borrase como borra los muertos que fueron

enterrados en el día de ayer.
En nosotros seguirán todos los recuerdos, pero ya aquel catafalco
que a raíz de la muerte del muerto entrañable ocupaba el día, será borrado por la nueva aurora.
El turbillón, esa atmósfera o cuerpo flúido que rodea nuestro planeta, se desgarra.
XXIII

353

�LA PLUMA
Una aurora más. Vamos de luz en luz distinta, de luz en luz de nuevos días, aprendiendo el significado estrecho del mundo.
Hay contornos esperados, los que ya sabíamos que iban a aparecer
frente a nosotros, pero el sentido del nuevo día es absolutamente distinto.

Va un alba en el sentido de resignación de que nos llena el tiempo.

¡Cómo riza el alba el tirabuzón de las volutas! No es que hayan tenido durante la noche un papillón prendido a su piedra, no. Sólo el
alba se ha encargado de trazar ese tirabuzón envolviendo la piedra en
uno de sus dedos formidables.
¡Cómo se destacan las pirámides en el alba y cómo se erigen las columnas!
La arquitectura vuelve a estar dibujada y perfiladita como el primer
día, en los limbos del alba.

1
1

Lo que forma el alba con más rudo milagro son las montañas. De
ellas se escapa el color y la frescura de recién nacidas, de recién creadas, y tienen ese olor a lo nativo que hay en los corderillos recién nacidos.
Todas las plantas y todo dan su olor más tierno, y en los huecos de
las peñas, en todo lo que forma una sombra, no es sombra lo que hay,
es la huella violeta de los limbos, aun sin desprenderse ese mechón vaginal.
«Los poetas, que no han hallado medio más a propósito para agradarnos que el de hacer hermosas pinturas en sus versos, han delineado
y propuesto las imágenes más gallardas de la Aurora. Hácenla hija del
aire, dándola el título al mismo tiempo de Precursora del día. Con este
título la suponen encargada de guardar las puertas del Oriente, de modo
que en el punto de tiempo prescrito y determinado las viene a abrir con
dedos de rosa. Delante de si dicen que envía a los céfiros para que purifiquen el aire condensado y disipen los vapores sombríos y perjudic,a-

l

LA PLUMA
les. Por cuantos parajes pasa y se deja ver va dando nueva alma a las
plantas, verdor al campo y hace que nazcan las flores.,.
Estos son los tópicos de los poetas que han reducido el alba quitándole la seria, mate, incongruente voluntad y las enloquecidas imágenes
que la pueblan.
Una mayor y más terrible incongruencia hay que dar al alba.
Sus inmensos cielos de incongruencia vibran en su atmósfera y to~
das estas imágenes que digo las he sentido y las he consultado, no con
mi ansia de novedad sino de verdad.
Todas las campanillas del cielo suenan como las que hay en los
coches de niño.
Un gorjeo interno se plantea con la luz del alba. Es copiosa la
caída luminosa del ruido. Abastece el mundo.
Es un inmenso ¡oh! ¡oh! de ooo enormes, desmesuradas, que en

vez de letras parecen Zodíacos, Zodíacos acústicos con voces proporcionadas a los signos de sus ooo desmesuradas.
¿Oímos este gran ruido, esta balumba inmensa que se arma en el
cielo?
Así como 1a luz de esos crepúsculos del estío, largos, interminables,
que dan al hombre luz «del modo más obligatorio y con et mayor silencio», el crepúsculo de la mañana, si da su luz del modo más obligatorio
también se podría decir con el «mayor ruido».
Este despertar de la luz del alba es ruidoso, inundan te, magnificente,
trae el raudal del ruido como trae el raudal de la luz.
Los pájaros, los hombres, todo lo que de pronto siente el ansia eficaz
del ruido es que lo beben en ese gran acopio que derrama el alba.

Como se echa en la jofaina el agua de la primera ablución, así echa
el alba en los ríos el agua de la mañana.
355

3S•

�LA Pl.Ul\lA
Qué descarado va ese que en el alba de verano llega a su casa en coche abierto.

Las galerías de cristales miran el alba desorbitadas, ansiosas, pegada
la frente, de una atención inmensa, a los cristales que elevan los ojos.
1

Suenan los zancos del alba y sus alm;¡dreñas.

l

Los primeros perros se levantan; los gatos se recogen.
No, pero cae sobre el pianista el alba y se despierta, no sólo con la
luz de la iluminación, sino con la luz del sonido.

PÁGINAS INACTUALES

Después del alba es como una salida de túnel ... Nos acordamos de
las salidas del túnel y de esa rama verde y como lacrimosa de un persistente rocío, que se transparenta como si fuese de concha.

HECTOR RODRÍGUEZ, CATEDRÁTICO
llegó un co,·reo de Su Majestad para que hiciese cierta visita de la Universidad de Salamanca y averigunse lo que
allá se luuía con mal 01·de,, y por cuya culpa y qué convenía
remediar en ei/0 1 porque tenía relación que 110 estaban aqtte/las escuelas como dtbían ... ; y asi fuí a primero de julio, y ante todas
cosas escribí al Cons~jo que me e,zvia.,en uua provisión con pena. para
E

RAMÓN GóMEZ DE LA SEI\NA.

que no dictas ·n los Lectores, que era una cosa perniciosa a los estudiantes, y qui' no u solía us,1r; 1 dije que les quitaban el ejercitar la memoria1 y se la destJ uían, porqut no encomendando las lecciones a tila, sino
1

\

1

escribiendo lo que les dit:taba,i los lectores, no la cultivaban y n,, la
acrecentaba,z,; y también estragaban a los discípulos sus entendimuudos,
porque los cautivaban a lo que escribían, sin defarles eleción, y quitábanles el cuidado y diligtncia, porq1te ya kabía sabido que muckos encomendaban a sus amigos o a sus criados que les escribiesen las ltccionts,
y con aquello .,e contentaban, y sobre todo que lo que kabían de leer ,n
un mes, no esperando a que tscrlbieseu los discíprtlos, no lo ltian en seis
meses. Yo me !tallé t n una ltcción, y vide que repetían cinco y seis veas
357

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�LA PLUMA
país e instaló en un patio de su real morada varios pares de guillotinas: en
los ratos de tedio, o por divertir a huéspedes de fuste, guillotinaba a un cierto
número de persianos, dinásticos probados, que oor honrar la corona de su señor, perdían la cabeza. Hemos de ver al punto qué abolengo deslumbrador tient: en Persia la costumbre de ofrecer un suplicio como festejo; recreo no enteTamente desusado en la España de otra edad, cuando en ciertas pom¡:,as regias
asaban vivos a judaizantes y luteranos. El tufillo de las hogueras, y las memorias-vagamente entreoídas a su maestro de ceremonias-de aquella justicia
sagrada :e imperial. católica y política, habrán sugerido al Sofi lo más bah1-güeño del brindis que pronunció en Palacio: ,Que había descubierto-dijo Sll
Majestad Persiana-grandes st:mejanzas entre los dos pueblos, persa y español., Lisonja fué; no nos tomó desprevenidos: el Rey de España !e devolvió la
fineza. Sí-vino a decir-; somos un poco persas; aquí ~ay reliquias de vuestra
'Sangre: dos de los más claros linajes españoles descienden de las dos damas
persas que el Gran Tamorlán envió presentadas a D. Enrique Ill de Castilla ...
Cómo y de dónde vinieron realmente tales damas, y en qué modo se hizo el
entronque con los linajes castellanos es historia poco vulgar, digna de recor-Oarse aquí, por su incidencia en la literatura.
Dos caballeros de su casa envió el Rey Don Enrique con su embajada al Graa
Tarnorlán y al turco Bayaceto: Payo Gómez de Sotomayor. y Hernán Sánchez
de Palazuelos. Era Payo Gómez, Mariscal de Castilla, Caballero de la Banda (la
,orden dé caballería creada 11or Alfonso Onceno), Señor de la fortalez&lt;1. de
Lantaiio con toda su tierra (en Lantañón ocurre la acción de Cara de Piata), y
de las villas de San Tomé, Puerto novo, Villamayor, y Puerto del Carril, Señor
de Rianjo y tierra de Pns~omarcos, y dé quince feligresías en Noya, y de seis
feligre5ías en tierra de Quinta, Señor de la fortaleza Dain:rna, y tierra de Tabeyros y de Cela y Sobran ... Con tan gran caballero vino a casar uoa de las dos
damas que él trajo de su embajada.
Hallaron Payo G6mcz y Hernán Sánchez que lo3 dos gr.tndes capitanes a
,quit' n iban despachados, Tamorlán y Bayaceto, estaban en guerra. Los embajadores castellanos µreseuciaron la batalla en que el Tártaro deshizo al Turco.
Tamorlán aprisionó a Bayaceto; lo encerró en una jaula de hierro; temalo de
poyo para subir a caballo. Tornó un botín grandísimo, y ~n él dos hermanas,
muy hermosas, que entregó a los castellanos con otros muchos dones para el
rey Don Enrique. Las dos damas eran cautivas del turco, ganadas en sus incursiones por Europa; serían húngaras o griegas; en modo alguno persas, ni tár'SU

CRÓNICAS LITERARIAS!
ESPAÑA Y PERSIA

esplendor han tenido los obsequios del Rey de España a su primo y colega el Rey de reyes,
Sha de Persia, huésped, por unas horas, de esta villa coronada: un
banquete muy cortés, congelado por la etiqueta, sin los desmanes
de la gula y de la lujuria que el Señor Persiano se prometería
-alentado por la tradición de sus mayores-como parte de la fiesta; gala de
tercer orden en el teatro de Apolo; centenares de gazapos tímidos acribillados
impunemente a perdigonadas, y la ida a Toledo, pensión de visitantes ilustres,
donde el sucesor de Ciro, de Darío y de otros personajes truculentos, habrá tenido que admirar casullas y códices. Ni un auto de fe, que hubiera sido lo propi;,; ni uo simulacro de la ley de fugas; ni siquiera una corrida de toros, en que
se derramara sangre espafíola, a lo menos sangre de bestias espafíolas... O ese
Re~' de reyes ha caído muy bajo, y es, como la pinta y el porte delatan, un jovenzuelo burgués, frecuentador de casinos, más apegado al asfalto de París que
a su meseta nativa, o estará muy descontento de l:t suavidad v mesura de
nuestras costumbres. Es probable que no seamos nosotros ni él lo que nuestros progenitores fueron; pero la decadencia de la cast:ci pe1·sa es reciente: el
augusto padre de este Sha reinaba todavía al modo oriental. Cuentan que, en
París, se obstinó en ver el manejo de la guillotina. Madrugando mucho, asistió
a la decolación de dos infelices; maravillado del artefacto, la fondón se leantojó breve (resabios del fausto oriental), e invitó al Prefecto de policía, su
acornpaiiante, a subir al cadalso. y ofrecer el pescuezo a la cuchilla, por alargar
el placer de Su Majestad, El Prefecto se deshizo en excusas. El Sha llevóse a

D

360

U:MBKDO AGUA.JO DEL TAKOUAN,-Poco

361

�1

LA PLUMA

LA l' L U\! A

I'

taras. T1·aídas a Castilla por Payo Górnez, fueron llamadas, la una, Doña Angelina de Grecia, y Doña l\faría Gómez la otra.

A Doña Angelina, «una de las más hermosas damas de aque siglo•, le hizoMicer Francisco Imperial estas canciont-'.i:
Gnin sosiego é mansedumbre,
fermosura é dulce ayre,
honestad é sin costumbre
de apostura é mal vexaii e,
de las partidas del Cayre

vi traer al Rey de España
con altura muy estraña,
delicada é buen donayre.
Ora sea Tarta o 'Griega,
en quauto la pude ver,

su disposicion non niega
grandioso nombre a ver,
que debe sin duda ser
muger de alta nacion 1
puesta cu grao tribu 'acioo,
depuesta de grau poder

Parecía su semblante
decir, ¡ay de mi cativa!

conviene cie aquí avante
que en servidumbre viva,
¡oh ventura muy esquiva!
¡ay de mí! ¿por qué nací?
dime, ¿qué te merecí?
¿por qué me faces que viva?
Grecia mía, Cardiamo,
oh mi SSe1tgil Angelina
dulce tierra que tauto amo,
do uace la sal rapina,
¿quien me partió tan ai □ a
de ti et tu señorío,
é me traxo al graode río
do el sol nace, e•do se empina?

La bella señora, tan rnavement"$ cantada µor ei µo t:t.'&gt; genovés, vi110 a casarse en Segovia, con Diego González de Contrenis, regidor de la dudad. No debió de vivir en gran estado, según parece de esta carta que un príncipe griego.
escribió al hijo de Doña Angelina:
-.Cayre Don Zuben, a ti, Roddgo , mi primo 1 salud en el Poderoso. He sabido
de g~nte de tu tierra que vives no !:!u tanto de!eyte como a ti couviene segun
tu linage: vente ton tus parientes a mí, que lo que el poderoso medió bastará
para todos, tú en t,u ley y yo en la mía, e trayrá~ contigo a los hijos de Christiana, nuestros primos, que allá también est,fo. El poderoso te guarde y te me
dexe ver.»
Doña Angelina fué enterrada en la capilla mayor de la iglesia de San Juan
de Segovia, en un sepulcro con sus armas (león de oro en campo azul) y estas
letras: eAquí yace Doña Angelina de Grecia, Hija del Conde Juan, nieta del Rey
de Ungrfa, muger de Diego González de Contreras 1 Regidor desta ciudad.,
Más tormentosos debieron de ser los amores de Doña MJría. Yéndose Payo
G6mez de Sotomayor con las dos hermanas desde Sevilla a la corte, lleg,1ron a
la villa. de Xodar 1 que a la sazón era de s•.1 primo , Luis Méndez de Sotomayor,
señor del Carpio. Fué recibido y hospr-dado con grandes fiestas, y ,teniendo
-refiere Argote de Molina~puesti\S su:; tiendas junto a una fuente de aquella
villa, tubo amores con Doña María, una destas Damas Griegas que en el testamento d~ Payo Gomez es Uamada Doña Maríd Gomez, en la qual tubo hijos, de
quien suceden Gomez Perez das Mariñ;i;s de Junqueyra, y Antonio Sarmientft
de Redondela, y otros Caba!leros.:t E-stos amores celebra un cantar antiguo.
que dice:
En la fontana de X@dar
vi a la niña de ojos bellos,
é finqué ferido dellos

sin tener de vida .in hora.

Ganar para manceba a una dama de tan alta alcurnia 1 que además venía presentada al rey, fué proeza digna de los señores de Lantañón, -.Jobos fieros,
-como se ve en Cara de Piafa-, hasta en los posfrimeros retoños del JioajeComo el rey, sañudo, le quiso prender, P;iyo Gómez huyó a Galida y luego a
Francia, de donde volvió perdonado, µara casarse con Doña María por orden
del Príncipe Don Juan.
De un matrimonio anterior tuvo Payo Gómez. entre otro.s bjjos, a Suero
Gómez de Sotomayor, también Mariscal de Castilla. &lt;Yacen sepultados los dos

�LA Pl,UMA

LA PLUMA

:1
111

':\fariscales, padre y hijo en el Monesterio de Santo Domingo de Pontevedra
-en la capilla de Sancto Tomás, y sobre !Qs cuerpos se ven ricos sepulcros de
.alabastro con Slls vultos y letreros. y Doña María Gomez fué sepultada en otro
Monasterio a tres leguas de Pontevedra. Vense allí sus armas, que son en campo de plata tres faxas jaque-lad.1s de oro y roxo 1 y por medio de cada faxa otra
faxa negra.&gt;
A la graciosa acogida que el Gran Tamorlá.n di~peosó a los castellanos, el
rey Don Enrique repuso con otra embajadd, y otro:. dones, de que fueron portadores Fray Alonso Paez de Santa María, maestro eu Teología; Ruy Gonzálcz
•de Clavija, Camarero de Su Alteza, y Gómez de Salazar, su guarda; •e porque
la dicha embajada es muy ardua, y a lueñes tierras-dice el propio Ruy González de Clavijo-, es necesario y complidero de poner en escrito todos los lugares e tierras por do lo~ dichos .E mbajadores fueron, e cosas que los ende
acaescieroo, porque non cayau en olvido, y mejor y más cumplidamente se
;puedan contar y saber.• Tres años duró el viaje, desde mayo de 1403, que se
dieron a la vela en Cádiz, hasta su retorno y desembarco en San Lucar, a principios de Marzo de 1906. Ruy González, observador y memorioso: nos ha dejado una relación puntual, día por día, de sus aventuras {I). Cinco meses navegaron por el Mediterráneo, en demanda de Constantinopla; con no pocas
ocasiones de perecer. Cerca de Sicilia les asaltó una tormenta: cE miercoles a
.hora de medio día rompió las velas de la carraca, y anduvieron a arbol seco de
una parte a otra, de manera que se vieron en gran peligro. E duró la dicha
tormenta martes y mierroles fasta dos horas de la noche, e las dichas bocas,
séñaladamente la de Straagol y Bolcantl!, con el gran viento lanzaba grandes
llamas de fuego y fumo con grao ruido, y durante la tormenta fizo el patron
-cantar las letanías, e que todos pÍdiesen misericordia a Dios. E acabada la oracion andando eo la tormenta parecció una lumbre de candela en la gabia encima del mástil de la carraca, y otra lumbre en el madero qµe llaman bauprés,
·que está en el castillo de abante: e otra lumbre como candela en una vara de
,espinela que está en la popa; ... E estas lumbres que asi vieron decían que era
,Fray Pero Gonzalez de Tuy 1 que se habían encomendado a él, é a otro día amanecieron cerca destas dichas islas, é a ojo de la isla de Sicilia 1 ,con buen tiempo seguro.&gt; Eo Agosto llegaron a la isla de Rodas, mes y 'lledio después a Xlo;
(1)

Vida y .Hazañas del Gran Tamodán, con la dcscripciJn de tas tierras de su imperio Y señorío,

&lt;e1crita por Ruy Gonzálcz de Clavijo, etc. Madrid, Sancha, qbz,

•

e-desde la isla del Tenio-donde el viento contmrio los detuvo trece días-a la
mano izquierda parecció un monte muy alto que es en la tierra de la Grecia,,
que ha nombre Moateston, é dis que ha en él un Monesterio de Monges Griegos, é facen buena vida, que non consienten alli estar mugeres, nin perros nin
gatos, nin otra cosa mansa gue faga fijos; é non comen carne ... ; é sin este Monesterio que h3 en este monte, ha otros cincuenta o sesenta Monesterios, éque todos los rnonges dellos visten silicio negro, é que non comen carne 1 nin
beben vino, nin comen aceyte, nin pescado que tenga sangre.&gt; Sonaba el veinticuatro de Octubre cuando los embajadores castellanos ponían el pie en Constantinopla: habían cumplido lo más fácil de su jornada.
Fueron a ver al Emperador: c:Fallaronlo en su palacio que acababa de oirMisa, y con él estaba asaz de gente, y recibiolos muy bien,y apartose con ell0s
en una cámara: y al Emperador hallaron en un estrado un poco alto con unostapetes pequeños, y en el uno dellos puesto un cuero de !eon pardo, y a Jas
espaldas una almohada de tapete prieto con unas labores de oro ... é el Emperador tenia a1lí consigo a la Emperatriz, e tres fijos pequeños machos, é el mayor dellos podía aver fasta ocho años.&gt; Mostraron ganas de ver la ciudad, lns
reliquias y las iglesias: el Emperador les di6 por guía a un su yerno, Micer Ilario Genovés, y los agasajó y regaló cuanto pudo; cierto día volvió de caza y
envió a los embajadores medio jabalí, de uno que h1bía muerto.
La grandeza de Constantinopla, la magnificencia de las iglesias, lo fastuoso,
del culto, la devoción griega, los monumentos de la antigüedad clásica 1 y las
tradiciones, tan vivas, de los orígenes cristianos, dejaron a Ruy González maravillado1 como parece en la minuciosa enumeración de cuanto vió~ sobre todo,
las cosas d~ la religión le suspenden. De la iglesia de San Juan Bautista escribe: c:e] cielo deste chapitel y las paredes dél es todo imAginado de imagenes y
figuras muy fermosas de obra de musayca, la qual obra de musayca son de:
unos pedazuelos muy pequeños, que son dellos dorados de fino oro, y dellos .
de esmalte azul y blanco é verdeé colorado, e de otros muchos colores qua otos pertenecen para departir las figuras é imagenes y !azos que allí están
fechas: así que esta obra parece muy estraña de ver; y allende deste chapitel
está luego un gran corral cercado al derredor de casas sobradadas con sus por~
tales, y en él muchos árboles y acipreses 1 é a par de la puerta de la entratla
del cuerpo de la Igle-;ia está una fermosa fuente so un chapitel que está armado sobre ocho mármoles blancos, y la pila de la fuente es ·cte una loza blanca, y el cuerpo de la Iglesia es como una quadra redonda, y encima un chapi--

�LA PLUMA

•

tel, y es muy alta é armada sobre marmoles de jaspe verdes; é de frente como
ome entra están tres capillas pequeñas en que estan tres altares, é el de en
medio es el mayor, e las puerta;; desta c~pilla son cubiertas de µlata sobredorada ..• E en el cielo alto está una figura de Dios Padre. é las paredes destacapilla son desta obra misma fasta cerca del suelo, y dende ayuso de losas verdes
de jaspe, e el suelo de losas de jaspe de muchos colores fechas a muchos lazos,
-é esta capilla estaba cerrada toda al derredor de sillas de madera entretalladas
muv bien fechas, é entre cada silla C::&gt;taba uno como brasero de latan con ccniz;, eu que escupe la gente porque non escupa en el suelo, é muchas lámparas de plata y de vidrio.:. Por el mismo paso deiicribe no sé cuantas iglesias,
siu olvidar, daro es, Santa Sofía: y el Hipodiamo, la:columna de Justiniano, y
unos obeliscos cuya significación se le escapa. Muéstranle las reliquias guardadas en la iglesia de San Juan: .-los Monges revestieronse, é encendieron mu.chas hachas é cirios, e tomaron las llaves, é cantrndo sus cantos sobieron a
una como torre, do estaban las dic!:las reliquias, t! con ellos un caballero del
Emp~rador, é decendieron un arca colorada, é los Monges v,~nían trabados della diciendo sus canto:. muy dolorosos, e l,1s hachas encendidas, e muchos ince-nsarios ante ella, é pusieronla en el cuerpo de In Iglesia sobre una mesa alta
que era cubierta de un paño de seda: la qual arca estaba sellada con dos sellos de cera blanca, que estaban echados a dos aldavillas de plata., Y lo que
Ruy González vió sacar del arca fué esto: el pan que e! jueves de la Cena dió
Jesucristo a Judas; una ampolla con sangre de la que salió por el costado del
Señor CU:lndo Longinos le dió la lauzada; barbas de Nuestro Señor Jesucristo,
•de las que le mesaron los judíos; un pedazo de la piedra en que pusieron a
Jesucristo cuando lo descendieron de la cruz; el hierro de la lanza de Longi~
nos; un pedazo de la esponja en que le dieron a gustar la hiel y el vinaire; y
la vestidura de Jesús, sobre la que echaron suertes los caballeros de Pilatos:
era forrada de un cendal colorado, y la manga era: cangostilla. de las que se
abrochan, y era tendida hasta el codo: tenía tres botoncillos fechas como de
cordoncillo, así como ñudo de pigüelas, e los botoocillos é la manga, é lo que
se pudo ver de la saya, parecci6 de color colorado escuro como de color rosado., Cuando los embajadores visitaron estas reliquiss, la gente que lo supo se
llegó a verlos, y lloraba y bacía oración.
Los castellanos invernaron en Constantinopla: el barco en que se habían
aventurado-corriendo ya noviembre-a salir~al mar, una borrasca lo desbarató; milagrosamente llegaron a tierra, y salvaron los regalos que llevaban del r~y

LA PLUMA
Don Enrique al Tamorlán. En marzo, al declinar la invernada, la primera nave
,que se atrevió a salir, fué la suya; y un roes más tarde, recorridas las novecientas millas que les separaban de Trapísonda, desembarcaban en este puerto ar•
mf"nio Ya pisaban tierra tributaria del gran Tamurbec; un año se cumplía desde
que partieron de Cádiz; pudieran creerse muy cercanos al término de sus fatigas: en rigor, comenzaba entonces lo más áspero del viaje. Quisiera Ruy Gon.zále, alcanzar al Tamorlán en sus cuarteles de invierno; cuando les llegaron
nuevas ciertas del Señor, supieron-no sería i:;io espanto-que había alzado
los reales (el Ordo) y con su corte y su innumerable hueste se iba a Samarcan-da, donde los esperaba. Emprendieron una cabalgada furiosa, por tierras de Armenia, Persia y el Korasao, iiguiendo el alcance del Tártaro. Cinco meses
vivieren a caballo, galopando día y noche. sin dormir, abrasados de calor. de
sed, enfermos; alguuos murieron. Pasaban i)Or ciudades pobladísimas, bien
abastecidas (Arsioga, sobre el Eufrates, «uno de los ríos que salen del Paraíso";
Erzcru,n; Soltania; Teherdn; Tauris o Tabriz, junto al «mar de Bacú,); los deudos y aliados del Tamorlán, sus lugartenientes y vasallos colmaban de agasajos
a los molidos embajadores, proveíanlos de ropa::. y caballos. ostentaban i:;u ri-queza y poder en banquetes abrumadores, en fiestas vertiginosas; en las comarcas ye:rmas hallaban cabalgaduras de refresco, guías y escoltas ... En situación tan privilegiada, los asendereados emisarios del rey Don Enrique iban
perdiendo la vida. El favor y la protección del Tamorlan eran tan temibles
como su enemistad. Había ordenado que los castellanos ese fuesen en pos déquanto más pudiesen,; y los legados tártaros que los guiaban y honraban, sal
hiendo que el más breve 1etraso, la apariencia de un descuido, les costaría la
pelleja, no los dejaban respirar: llevároolos con celeridad mortal. No podía re•
sistirlo el reverendo Maestro en Teología, ni el mismo Ruy González, habituado siu duda a «cabalgar en mula gruesa&gt; por las vegas apacibles de Arlan.za y
Pisuerga. Así es que el rigor y los favores venían mezclados. Más allá de Teherán, tropezaron con un gran privado de Tarnurbec: «diales sendas ropas de camocan a los dichos embajadores; é al dicho Ruy Gonzalez dio mas un caballo
grueso é amblador, que prescian ellos mucho al que amblea, guarnido de silla
-é de freno muy bien según su usanza; e otrosí le dio una camisa e un sombrero». Con camisa y sombrero regalados pasábanlo muy mal. cE el Maestro en
teología, é Gomez de Sala.zar eran ya dolientes, é Ruy Gonzalez se sentía ya un
poco mejor, é pieza, de la gente de los Embajadores estaban eae mesmo dolientes», Dejaron a siete del séquito en aquel lugar, y dos de ellos allí murieron.

�LA PLUMA

LA PLU,\IA

. 1 I de ·ulio durmieron al raso. tras de dos.
Era en Jo más fuerte del verano, e S t J_ s muy calientes sin habitación bu. f oso entre mon ana ,
1
jornadas por camrno
' tan ca 11en
. te que parecía salir del infierno; mu1 rag
· oto era
d•
mana. Al otro u, e vie
JI
b
A veinte de ¡'ulio entraron en
d 1 h 3 leones que eva an.
rió sofocado uno e os
d b
mandado del Tamorlán; como
O
una gran ciudad. Ü1l caballero lo~ aguafr a a, pqure estaban envióles viandas y
.
•
él de en ermos
'
0
no pudieron ir a comer e n '
1
6 que fuesen a verle. Ellos dijeron
d . d pués de comer es rog
frubs a la posa a, es
d' n levantarse· pero insistió enferma que
que ya conocía su estado, que no po
Al instan,te aquel caballero les pidió
hubo de ir el teólogo a cumplir por to _os.
•
, d ba el Señor de día y
e anduviesen, como man a
•
que cabalgasen de nuevo, Y qu . .
t b
ta flacos que eran más cerca
e partir, ces a an
n
.
T ·
de noche.
u vieron qu .
1 dicho Caballero fü:oles poner en las sillas
de la muerte que de la vida. K ed I t s atravesados con sendas almoha1 s arzones e an ero
unos maderos
en
.
fuesen echa d os de Pechos ' e desta guisa ovieron de pardas en medto, en que
.
d
che e fueron dormir en el campo
I
tir de aqui, e anduvieron este d1alé to ata º1 d1·~s del mes de julio, y el mes
blada • os res an e
Id d
cerca de una a ea espo
·
t . de Ruy González es monótona.
·dé f os afanes· 1a no ac16 n
.
. mo día que llegaron, y anduvieron
de agosto, tra1eron 1 n ic
.
d
1
A fines de julio salieron de una c,u a e I m,sd . ban y au' n de noche, el calor
· ·
parar no os eJa
·
.' t Gó ez de Salazar uno de los embadía y noche; aunque quisiera~
. to recio ard1en e.
m
'
era sofocante, con vieu
'
t do este camino ni se pararon
· . 00 hallaron agua eo o
'
jadores, se puso a monr,
.
..i
la gran ciudad de Nixaor, un MaS
d
eb ada A crnco leguas ue
más que para ar c
·
. .
.
ue habían dc'ado a Gómez de alariscal de la hueste salió_~ rec1bt1~s~:~1~ºq:e no podía t~nerse; ordenó que bizar en una aldea y volvto por~ h' Gó
ellas· unos hombres lo llevaron a
mez en
,
.
5 O al die o
d
cieran unas an as, Y pu
.• C
ego un yermo que duraba cm. d d d de muno ruzaron Iu
cuestas basta la c1u a , on
· J
donde creyeron morir de sed.
cuenta leguas; y después otro de doce ef '1S,y en el camiuo no hallaron agua;
Salieron una noche a las dos1 con gr~n ca or. é b ber Ya no podían mover los
. - • t t mpoco tuvieron qu e
•
en todo el d1a s1gu1en e a
del ~laestro tenía un caballo,
.
d'dos
Pero un mozo
·
1
tó
ó a un rí cé unos camiso·
caballos; tuv1éronse por per
8
11
1
un poco más recio que los otros, se ade
y ée~ornó con ~llos quanto m3s
1
o mo¡· olas en e agua,
.
nes que llevaba en a man
d 11
dieron alcanzar ... ~ Corría sephempudo, é bebieron lo que del agua ~aº;e~; ci6n maravillosa qne les dispensó
bre cul\odo llegaban a Samarcanda.
~ la extrañeza de las costumbres,
el Tamorlán, el esplendor bárbaro de su c:.r e. o a los castellanos, haciéndoles
la variedad de naciones allí presentes, cau ivar n

i:

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d

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ª,º

368

olvidar, o tener por bien empleadas, las penalidades del camino. Ruy Gonzálcz, a lo menos, agota, en la descripción de las increlblcs fiestas de Samarcanda, su capacidad enumerativa.
No difieren esencialmente aquellas fiestas de lo que hoy aún se usa en la
hospit;1Jidad de los príncipes: rerepciones y comidas -en Palacio; simulacros militares; visitas a lugares y monumentos célebres. Bajo el Taruorlán, todo eso adquiría una magnitud ap;ireatemente sobrehumana. Re,:ibió a los l'astellanos en
una huerta y casa que tenía fuera de la ciuddd; la entrada de la puc&gt;rta era grande y a!ta, bP.rmosamente labrada dt&gt; oro y azul y de azulejos; porteros de m:iza
la guardaban, que no osaba acercarse nadie; y por la parte de adentro, hallaron
«seis marfiles que tenian encima sendos castillos de madera con dos pendones
en cadR uno•. Cabalkros de la corte del Tamorlán, tomando a los embajadores por los sobacos, lleváronlos delante del Señor. Estaba en un portal,
sobre ur. estrado llal)o en el suelo; ante él, una fuente lanzaba el agua hacia
arriba, muy alto; en la fuente había unas maozaoas coloradas. Sentado en unos
almadraques pequeños de paños de seda bordados, el Señor apoyaba d codo
sobre unas almohadas redondas. Vestía ropas de paño de seda raso siu labores; en la cabeza tenía un sombrero blanco alto con un balax encima, con aljo•
far y piedras. Llegados los Embajadores ante el Señor, hiciéronle tres reverencias y quedaron de hinojos en el suelo. El Señor mandóles levantar y que se
acercasen: c... é esto cuido que lo facia por les mirar mejor, ca non veia bien,
ca tan viejo era que Jos párpados de los ojos tenia todos caidos; é non les dio
la !l'!ano a besar, ca non lo han de costumbre•. Preguntóles por el Rey, dii.:iendo: c¿Cómo estd mijijo eJ Rey? é cómo le va? e si era bien sano.• Los Embajadores
le respondieron, y escuchó todo lo qtte quisieron decir; cuando acabaron, el
Tamurbec se volvió a unos Caballeros sentados a sus pies, y dijo: Catad aqu,
estos Embajadores que 11Je env{a niijijo eJ Rey de España, que es eJ mayor Rey r¡ue
ha en los .Francos, que son en ti un cabo deJ mtmdo; l son muy gran gente é de verdt1d; é fO le dad mi ~endicion a mi fijo eJ Rey: é abastára fa,·to que me envia,·a eJ a
vosotros con su carie sin presente, ca tan contento fuera yo en saber de su salud y
estado, como en meenvia,· presente.

Dichos los discursos, y puestos los Embajadores en su estrado, comenzó el
banquete. Nada frugal, en verdad, y poco acepto a nuestros paladares, Pondremos aquí la tabla:
COMIDA DBL TAMURBJ:C EL 8 DE
SxÑon l{_gy DB EsPAÑ4:

llS DBL

XXIV

SBPTunou

DB 1,404 EN B01f0R DR LOS EMBAJADO-

�LA PLUMA
LA PLUMA

no eran tres. Fiestas en su honor, alardes bélicos bod
.
de otros embajadores· todo se 1 •
.
•
as en palacio, recepción
.
·
vo v1a comilonas Ruy G
•¡
.
ha Jada de una tierra lindante con el C t
.
onza ez v1ó llegar la emlos embajadores. El principal t a'
a bay, y nota con cierta sorna el atavío de
r ta un ta ardo de pelle·o 1 1
eran estos pelleJ·os mas • •
J s, e pe o por fuera 1 c.é
v1eJOS que nuevos•· en Ja c be t ,
pequeño,• que lo llevaba encasquetodo por r'uerza para
a za
querau1. un ¡sombrero tan
que venian COD él vestían pell .
.
,
no se e cayese. Los
fierro•. Recibiólo~ Tamurbec c~:~,ay •parecia~ ferreros que salian de fabear
s ceremonia"' ya \·ista. d ¡
~ liend s e os ,castellanos
P
armar muchas
. ara Ia fi esta militar mandó el Senor
1eres en una gran llanura, y que se juntase t d l h
as para s1 y sus muesparcida. En tres días se juntaron á d o. a a ueste que por allí andaba
m s e veinte mil tiend
¡
1ilS d e I Señor. y no cesaba de 11 e q•
,..ir gen te µor todas
l as.
H en. e ~rredor de
el real carniceros y cocineros qu· e
~ar t:S. . dab1a t&lt;1mbién en
'
ven d'·
rnn carne cocida
ruta;
horneros
que
amasaban
¡·
v
d'·
.
as;i, ;i; otros vendían
f
t:n ,.10 pan, y todos losYofi
aun traen mas, por do quiera que va n ea b uesk baños e bañc1os
"é
d necesarios;
1
arman sus tiendas, é fac,"n sus casas para I b :
a ores, os qua ic,,;
t
d
·
os anoc; de fierros
es, Y entro sus calder,,,., en que tiei 1e n Y ca 11ent1rn
.
su aaua ,Lque
¡· son calic·nnor era m11y alta 1 cuadrada' , co 111 o de cien
.
;:, •· rt 1enda del S~pasos
I
b
base sobre treinta y seis mástile!:i pintados d 'yle tec o abovedado: armá. t ~
e azu v oro v la
t •
.
men 3:, cuerdas coloradas·' el f 01.ro era d e tapete carme
SO!:i enrnn qui•, tos de otros paños de seda de
h
:.i, con e ntrctallamicnmue os c:Jlores bordado a t h
oro; 1a guarnición de fuer,, • paño d e sed a, con ,bandas neg a recbl o,; de hifr, de
d
'
r ,s, ;,11cas -v amariji as. E n cada esquina sobresal'
•
· ta un ma ero alto coo una
una fi1gura de luna encima·' en el ce n t ro o t ros cuatro mademanzana
de cobre y
0
zanas. y luna.s muv- ,.,trrandes · I- as t',en d·as de j as mu¡·ere d Ir ss, •con sendas fTlannos neas.
·
s e enor no eran me-

Caballos asados.
Ca,·neros cocidos y adobados.
Tri¡as de caballos.
Cabezas tk camero.
Caldo con sal.
Albóndigas.

Lec/ie de yegutJ con azt.ka,·.
,lfe/o,ies, uvas, d11ra1nos.

11
fl

El orden del servicio fué de estt: modo. Los caballos y carneros poníanlos
en uo05 cueros como de guadamacir redondos, muy grandes, y con asas de que
tiraba gente. En cuanto el Señor demandó la comida, trajeron aquellos cueros
arrastrando y \o,:. dejaron a veinte pasos oel S~ñor; vinieron conadon•s, e hincáronse de hinojos ante los cueros; traían ceñidos unos paños de labor, y en los
brazos unas mangas de cuero porque no se untasen~ cebaron mano de aquella
carne, cé facian piezas della, é ponían en bacines, dellos de oro, y dellos de
plata, é aun dellos de barro vedriado, e otros que llaman porcellanas, que son
muy preciados e caros de avcr•. El pedazo de honor enm las ancas del caballo
enteras con el lomo sin piernas; en los tajadores ponían también lomos de carnero con sus piernas sin los jarretes, pedazos de las tripas de los caballos redondas como el puño, cabezas de carneros enteras. Así preparadas las raciones1 pusieron en hileras los tajadores; luego vinieron unos hombres con escudillas de caldo , echaron sal en ello, deshiciéronla, y fueron vertiendo en cada
tajador· un poco, como salsa; o tomaban unas tortas de pan muy delgadas, y dobiábanla~ cu cuatro dobleces, poníanlas sobre la vianda de los tajadores. Esto
hecho, los privados del Señor, y los mayores dignatarios asían los tajadores de
dos en dos, o tres, pues un hombre solo no podría llevarlos, y ponían los ante el
Señor, ante los Caballe ros y Embajadores. El Señor envió a los Embajadores
dos tajadores de los que ante él estaban. Apenas servida esta vianda, la levantaban y ponían otra. Era costumbre llevar cada uno a su posada la vianda que
alli le diesen; y el no hacerlo así, tendríase por baldón. Así que levantaron lo
cocido y asado, sirvieron carneros adobados, albóndigas y otros guisos: después, mucha fruta, c.é dieronles a beber con unas escodillas1 o aguamaniles de
oro é de plata, leche de yeguas con azúcar, que es un buen brebaje que ellos faceo para en tiempo de verano&gt;.
Este régimen soportaron los embajadores castellanos basta primeros de noviembre, casi dos meses, a razón de uno o dos banquetes por semana, cuando

Ocho
- de estas mujeres vió Ruv
- Go nzál ez eu una fiesta uf e 'd•
r c.1 · a por un nieto
na o St' nora grande· otra Quinch·
.
, 'lue quiere decir Rey'] .
'
icano, que quiere decir 1
u tima de todas se llamaba Yaugu\,a a
R .
• ª Senora pequeña•; Ja
luna de miel: se había casado co ·1 Tg, o seáa ema del corazón; estnba en la
0 e
amor! n hacía do
mera mujer, o señora grande en
t
.
s meses. Apareció la prilorado, l11brado de oro muy ~nch~ es i~ ~ergemo: vestidura de paño de seda co,
ª Y uaJa ' que le arrast 1·a ba, srn
·
abertura que la del cue llo y un s b
mangas, ni otra
,
'
a so aqueras por donde sa b 1
tema talle, y como era tan ancha
1 b .
.
ca a as manos; no
fa!da para q11e pudies(' andar· "te~ o ªJº, qutoce dueñas iban alzándole la
' ra1a en la cara tanto albay11lde, o otra cosa

_ n
d e I S enor,
- e.bazo~ sin barbllS&gt;. La u na "'... e IJ amaba Cano

j

371

�LA PLUMA
blanca, que non paresda sino como uo papel; e esto se pone por el sob; delante del rostro, un paño blanco delgado, y en la cabeza una cimera de paño colorado, muy alta, con mucho aljofar grueso, turquesas y otras piedras; en la _cimera una guirnalda de oro y piedras, y sobre ella un castillejo, con tres balaJCS
clarísimos, y un plumaje blanco tan alto como un codo; c3ían algunas plumas
hacia abajo, a la altura de los ojos, ·Y se ataban con hilos de oro; en el cabo, una
borla blanca de plumas de aves, con aljofar. Y al andar. mod,1se el plumaje de
una parte a otra. Varias dueñas, de trescientas que venían con la reina, soste•
oían la cimera. La impon ente señora caminaba bajo una sombrilla de seda blao.
ca que lle\·aba un hombre en un asta como de lanza.
Idéntico aparejo mnstraron las otras siete mujeres del Señor, Y la muJCr de
su nieto. Puestas en sus estrados, comenzó el beber. En las fiestas del Tamorlán, la ceremonia del vino era de las más rigurosas: la etiqueta exigía, ~in excusa, la embriaguez. Ruy Gonzálcz, como buen castellano, era muy sobrio, Y no
lo cataba. Los tártaros no querían creerlo, pero respetaron su gusto, Y era _conocido por •el que no bebía vino». El teólogo, sí; bebió de manos de la rema ..
Supónese que el bueno de Frav Alonso Páez rodaría por el suelo, traslornado,
por no desairar al terrible Ta~11rbec. Ya en el segundo banquete, el Señor
mandó que bebiesen vino, y lo bebió él, porque no se atrevían a beberlo. en
público ni .:i escondidas, sin su licencia. Daban el vino antes de comer; cy dan
a beber a tantas veces v tan amenudo, que face los omt&gt;S beodos; é non t;rnian que sería alegría ~in fiesta, si non se embeodasen». Los caperos servian
una taza tras otra. Daban las tazas llenas, y no había de 'luedar vino en ellas;
.
.
,
. é · d" eren que beba aquel
a quien lo dep1ba no le quenan tomar 1a taza. e s1 1x
vino por amor d:i Señor, o si le conjuraren t)Or la cabeza del Señor, hanlo _de
beber todo, que una sola gota non dexen. E el orne que esto face e mas vino
.
.
· • é el que refierta
bebe, dicen que es bahadur, que dicen ellos por ome recm,
·
¡
Para templarlos, el
que non quiere beber, facen e beber, aunque non quiera,.
Señor enviaba a los castellanos, ante!:i de la fiesta, un cántaro de vino, rog~ndoles que lo bebiesen, para que llegasen ante él chien alegres». La eran sen~ra, Ja reina Caño, llamó junto a sí a los embajadores, en otra comida, Y les dió
a beber con su propia mano, y porfió con Ruy Gonzá\cz por hacerle beber
vino. «Tanto fué el beber, que se caían delante della los ames beodos, sozabrados: é esto han ellos por muy gran nobleza&gt;.
La mayor fineza de Tamurbec, fué sin duda la de mostrar a los españoles
cómo administraba justicia. En las bodas de un su nieto, convidó a toda S'l
3'2

LA PLUMA
corte, y a los mercaderes de Samarcanda les mandó que fuesen a vender sus
cosas en el campo donde él estaba; resultó una feria monstruosa. HlZo pt&gt;oer
en el campo muchas horcas, porque entendía hacer bien a unos, y ahorcar a
otros. Ahorcó primero a un Alcalde mayor, personaje prindpalísimo en el Imperio, porque había usado mal su oficio; y a otro que habló por el alcalde, lo
ahorcó también. Y a un privado que ofreció por el rescate de aquellos dos la
suma de cuatrocientos mil reales de plata, le tomú el dinero, y tras de mandarlo atormentar para que Jiese más, lo ahorcó po!· las piernas, huta que murió.
Y lo mismo a unos tenderos porque vendían las cosas en más de su precio justo. Donde los bárbaros nos b1 indaron un ejemplo poco imitado.
La embajada terminó de súbito, y los castellanos fueron despachados a su
país con menguada cortesía. Enfermó el Tamorlán; Ruy Goazález esperó en
v::ino la audiencia de despedida. No le vieron más. Cuando los deudos y privados del Señor, conociendo que se moría, empezaba:: 1 disputarse la herencia
de tan insigne animal, dijeron a los embajadores que se fueran, que no estaban para huéspedes. Resistíase Ruy González, esperando sin duda recoger la
bendición para su amo Don Enrique IU, pero en tales modos debieron de decírselo, que prefirieron cabalgar, desandando el camino hasta Trebisonda, en
demanda de la ruta de España. No bago memoria de los sucesos del retorno 1
que no fué, por tierra ni por mar, menos tempestuoso que la ida.
De cuanto alcanzó a ver Ruy Gonzá.lez en su fascillaftte aventura, nada le
impresionó, si se juzga por la dett:nción en describirlos. más que los elefar.tes;
como no fuese el ap;irejo de la reina Caño. Catorce de aquellas máquinas de
guerra tenía el Tamorlán: ,é los dichos marfiles-escribe Ruv Goozález-eran
negros, é non han pelo ninguno salvo en la cola, la qual han ¡orno camello, con
unas pocas de sedas, é eran graades de cuerpo, que podían ser como quatro o
cinco toros grandt"s; é el cuerpo bao mal fecho, sin talle como un gran costal
q~e est~viese lleno, é las cintas bao derrocadas facia ayuso como bufano, é las
piernas muy gruesas é parejas, é el pie redondo todo carne, é tiene cinco dedos en ,~a.da uno con sus uños como de orne negras, é non han pescuezo ninguno, salvo luego en las agujas, que las ha mlly grandei¡ tiene la cabeza apegada,
é non puede abajar la cabeza ayuso, nin puede llegar la boca a tierra: é han las
orejas muy grandes é redondas é farp:tdas, é los ojos pequeños: ·é tras las orejas va un orne caballero que lo guía con un focino en la ruano, é le face andar
a do quiere: é la cabeza ha muy grande, fecha como una albarda de asno pequeña, é encima de la cabeza ha un foyo, é de la cabeza se sigue ayuso, do ha
373

�LA PLUMA
LA PLUMA
de tener la nariz, una como trompa, que es muy ancha arriba. é an ~qsta ayuso toc1avía, más como manga que le llegaba fasta el suelo; é t&gt;Sta trompa e:, foradada, é por ella bebe; qu;rndo ha gana, métela en el 3gua é bebe con eUa
é vale el agua a la boca así como si le fuera por las narices: otrosí, con esta
trompa pace ca non puede con la boca, que se non puede abajar; 1! toma en
esta trompa, quando quiere c.omer, é revuelve la a la hierba, é tira e siégala con
ella, como si fuese un focino, é de sí apáñ:il.t con aqllella trompt1, é face un
vulto, é revuelvela aq11el\a, e méLela en la boca, é de sí. cómela; é con e~ta
trompa se mantiene. é nunca la tiene queda, i:ialuo con ella faziendo vueltas
como culebra; é esta trompa echala en el espinazo, é non dexa lugar ~n todo
su cuerpo onde non llega con ella; é debaxf) desta trompa tiene la boca, e las
quixadas debaxo tienelas como de cochino, é como de puerco: é en estas quixadas como debajo tiene dos colmillos tan gruesos como la pierna de un orne,
é tan altos como una brazada. E. quando lo faéen pelear, en estos colmillos trae
unas argollas de fierro, é en ellas le ponen unas espadas, que son fecha'&lt; e-orno
espadas de armas encanalada. é non es más luenga que el brazo .. E con estos
marfiles facían este día muchos juegos, facieodolos correr tru caballos é tras
la gente, que era gran placer: é quaodo todo.s corrían juntos en uno, parecía
que la tierra facía mecer en aquel derecho; é non ha caballo nin ailmania tras
quien vaya, que le ose espetar. E tengo de verdad segun lo quP. en ellos vi.
que en u □ ll batalla deben ser contados carla uno por mil ornes,.
En marzo del 4 06, los embajadores rendían viaje en Alcalá de Henares,
ante el rey de Castilla, Don Enrique. El cual, dice el señor de Batres, era ctriste y enojoso. Era muy grave de ver e de muy áspera conversacion, ansí que
la mayor parte del tiem¡:m estaba solo é maleaconio::;o,.
No se sabe que este rey tuviese, como lo tuvo el Tamorlan, un anillo con
una piedra de tal propiedad que cuando alguno decía mentira en ~u presen•
cia, la piedra mudaba de color. Aun sin esa libertad. Ruy González traía uu
cuento verdadero, que alegraría a los má.s saturninos. Ruy González no se dió
por pagado con esclarecer-si lo esclareció-con su relato el sombrío semblante de su amo. Él había visto tales prodigios como pocos españoles los vieran, ni otro alguno había de verlos mayores hasta que~ las Indias se dr-!'icnbrieron. Y se puso a ordent1r su diario gravemente, sin ponderaciones, ni comentarios alabanciosos; estaba lleno de sabiduría, y escribió como si la po_steridad
que hubiese de leerle poseyera el anillo del Tamorlán. Ignoro qué fué de fray
Alonso Páez, ell teólogo. Acogido al reposo de su convento, :ii volvió a beber
374

vino-que sí bebería-gustó a lo menos la suave licencia de beberlo sin etiqueta, con remanso y moderación.

• • •

•

No me consolaría de haber escrito estas liviandades, si el ejemplo de Ruy
Gonzálei no viniera pintiparado al caso en que hoy está España La visita
del Sofi nos ha comprometido; o. lo menos, nos compromete a devolvérsela.
Oigo decir que España debe arrancarse de su aislamiento. Somos una impotencia ultramarina v musulmana: esto, a mucho nos obliga. Bien estuvo enviar
al Sr. Francos Rod;íguez a contarles cuentos tártaros /bebidos Dios sabe en
qué fuentes), a nuestros hermanos de América; no estará. peor enviarie al Sofi
un caballero cortesano que dé testimonio por la fraternidad hispanopersa. Ha
de ser cbahadur~, hombre recio, capaz de resistir la cocina persiana; audaz.
diserto, y, por guardar el estilo antiguo 1 camarero del Rey. Nadie como el señor Lerroux se acerca a esa talla. Tiene recientitos, por añadidura, los estudios. ¡Qué libro escribiría a. su retorno! Quinientos años después, segunda parte
de la Vida de Ruy Gonzálei. La agudeza del Sr. Lerroux no dejaría de penetrar
en el fondo de esta situación: al cabo de cinco siglos, en Oriente y en Occidente estamos como en los días de Enrique III. Turcos y griegos pelean por
Constantiaopla; l\.lustafá es ur, Bayeceto chico. Españoles y mc,ros, seguimos
con nuestras ~uerras civiles; los adelantados de Laracbe, dt' Ceuta, de Me:lilla,
reemplazan a los de Cazorla, de Alora, de Carmona; todavía la Providencia no
nos ha quitado, a griegos ni a f'Spañoles, la comisión de repeler de Europa a la
Media Luna. ¡Comisión onerosa! Se impone, pues, que el Sr. Lerroux lleve un
coadjutor teólogo. Valdría ese frailecito métome-en-todo, que iba por el Rif
blandiendo un Cristo, y azuzaba a los fieles contra la morisma. Pero sería me·
jor don Ramiro de Maeztu, que entiende mucho de encargos ultraterrenos y
miras celestiales.

M.A.

375,

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·•11 •5•11

�LA PLUMA

LA PLUMA

ie r&lt;· admirablemente ilustradas. Hay
dactadas por críticos competentes,! s d:~u·I arización, cuyas tiradas parecetambién en todos esos ~~oeros, ~enes rd d ge el fondo y en la forma, está
rían fantásticas, si las d1Jese, y c.:,º!ª ca i a ' n
casi siempre al abrigo de toda cnt1ca.
PAuL CouN.
(Conlinua,·á.)

PORTUGAL
ooda espiritualista que caracteriza la literatura europ~a actua
aparrce también en la literntura portuguesa, c.¡ut" por .su indule n~
es mu inclinada al ro nanticismo osbceoo de Zola n1 al rnmant~.
Yplebevo d e J0 1.ge Sand · El aspecto naturalista del
cismo
d lromantt·
fué
.
1-ogró en Flaubert su rejrtJmtaJive man, y e qwe
'
cismo_ q~e
r E a de Quciroz, tn la primera fase de su obra,
entre nosotros, pnr.c1pal fig_u_ a i;. 1 rt ratura ortuguesa. El temperamento
tampoco alcanzó gran estab1hd=1.d en a t e
r . p o fundamental y estructuportugués es lírico esencialmente, y nuestro msm_ • 1 T e mucho público
. . r1 H 0 O se lee a Zola
en Poi tuga • ien
ralmeute espmtua sta. oy,
.
eralmente aceptación todos
Paul Bourget, desde Le Disc,~ie acá,~ obtte~::u:1~:ad. Volve mos al dulce Jnlio
los escritores que se caracterizan po1 la esp1r
• .
·t de fü;a
Díniz, y la preferencia del público actual recae en los ulttmos escn os
A

de Queiroz.
.
..
t
oránea de Ja literatura esPuede decirse que quien abno b época con emp
• aro Desd
rbro A .5enhora ao n. mp
·
piritualista fué Anthcro ~e Figueir~ ~ con s: l de hablar a los lectores de LA
de entonces, la tendencia se acentua, y hoy e
f
o· (} Deserto de MaPtUMA de una de las obras más notables de nuestro iemp .
•

nocl Rib:~~-lo ue es. Luciano, que personifica al propio autor, recibió de _u~
ami!:p:ue va a !rofesar en la Cartuja de Miraflores, d~_B ~rr:ci::: :::;;a'.ºy
5
vitándole a pasar unos días en el conven_~o, :ar~ d~s~:o i~ía~
que pasa LucianC&gt;
sale ara Burgos. La novela es la narrac1 n e os o
Bureo etconvento de cartujos. Manoel Ribeiro describe, µ~~•• ~\:~:g:!•:edida
gos, una fría mafiana húmeda, y las impresiones que rec1 e u t se-deambuque se acerca la hora de entrar en el convento. Como se apara

l

laudo a lo poeta-de la encantadora y ,•ieja ciudad española, oyó las notas
leves de un esquilón-el cie la Cartuja-. Y ya no volvió a la ciudad. Dirigióse
inmediatamente al convento. Dijo al religioso que acudió a su llamada, que ve•
nía de Portugal, para hablM al reverendo prior. Éste, que esperaba la visita,
le mandó pasar; recibiólo, díéronle una celda; informáronle del horario de su
vida conventual y de la naturaleza de sus relaciones con los monjes. La primera noche que pasó ea el convento, Lucia no, escéptico, ya que no impío, vió en
su celda una imageD de la Virge n ante la que muchos se habían postrado humildf"s, orando, y •sin dar bue n;¡ cuenta de sí, 1 arrodillóse, y aunque no sabia
rezar, también rezó. En la alta nocb e asistió, desde el lugar que t4!nía se5alado
en el coro, a los maitines y Ltude.:; d el dla. La descripción de esa madrugada
es magistral.
Los ocho días trascurren entre rezos y ceremonias monásticas, couversaciones serenas, y un despertar, en la conciencia de Lucia no, de sensaciones puras
y de visiones sanas. El espíritu escéptico llega a convencerse de que sólo en
el convento se es como se del&gt;e ser, y fuera de él, apecas como se puede ser.
Al retirarse del convento, Luciano, que todas las ma5anas había depositado
flores a los pirs de la Virgen de su celda, confiesa que si aán 110 tiene fe, parte
•convencido de que sólo la religión es capaz de espiritualizar y orientar la
vida; de regir las vocaciones sinceras y persisteates, que ninguna desilusión ni
desánimo alguno pued e n desvirtuar; y que sólo con Dios en el alma es posi•
ble la verdadera fe y la confianza intrtpida para proseguir el bien,.
Esta novela, que ya en sí representa mucho en medio de la corriente escéptica que marca la producción de nuestro tiempo, tiene todavía más valor por
su intención, sabiendo que su autor es uno de los elementos más activos del
Sindicalismo revolucionario de Portugal. Manoel Ribeiro . pertenece a la Con•
fet1eraci6n General del Trabajo 1 y comenzó a ser notado su nombre en los movimientos de carácter sindicalista.
Por eso, su libro levantó protestas entre los obreros más ilustrados, y contra él se formularon observaciones en el órgano sindicalista, a las que respoa dió el autor, defendiendo su punto de vista. ¿Es un convertido? Todavía no. Lo
declara ea su libro: cno sé lo que es Dios; no lo comprendo aún; pero sí lo
siento-y ya es algo,. Y como su amigo el cartujo le desea que Dios le toque
con su gracia, Luciano responde: •lo deseo íntimamente. Soy todavía asaz indigno para alcanzar tal merced,.
Literariamente, esto es, desde el punto de vista técnico, el libro no es im~

XXV

�t.A PLUMA

LA PLUMA

.
I'm ccablcs? y ademá.s, ¿se propu10 Manocl Ribeiro
pecable. ¿Pero hay libros
P
b . de significación moral? El autor es
. .
b d arte pura o una o td
csc.nb1r una o ra e
l
' de tro de su teoda, ha escrito una obra que
adversario del arte p9C e _arte: y n odemos encontrarle como novela, desLas defiC!coc1as que P
'
1
tira a un b aneo.
son randes y bellos. O Deserto es la apología más
aparecen ante los fines, que
g de la vida monástica. Al cerrarlo, dcspu~s
.
equilibrada que conozco,
ca1uro,a y
.
'6 d h be atravesado una comarca toda pureza y
de leido, tuve la imprcs1 n. e a r

autor describe en qué consiste, médicamcnte, y estudia y di:M:utc tu m6.ltiples
opiniones de los tratadistas de esa especialidad. Formula Jue-go una tcrap6uti•
ca, y la pro61a.xis, que es la parte de más interés pedagógico. Concluye exponie-uc1o la lcgislaci6n dictada para estas materias en el mundo civHiJado Rea-ptcto de España, cita las disposiciones legales de! Código de los visigodos, y
llega ,'lasta el C-Migo penal vigente.

•••

suavidad, inmacula1la y musical.

• • •
I l 'l. ería!. ha aparec1·do u n volumen de un periodista, Bourbon e Men as t:.1r
.
.
. a1 q uc l03 amigos del autor cosa.1zan
d S. lilo,,uios
espirttuau,
. exa.
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nczcs, ama o ¡J ? . 1·d d s con pretensiones de paradojas. que n1 s1qu1era
damente Son tnv1a t " e
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d del estilo o por la gracia de as im gene .
sr salvan por. la persona 1·d
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• • •
.
a ura a la literatura científica El médico sePasemos ahora de la hter_atur pi
t ba¡·o médico-legal sobre el Amor
.
'! t ·ro publica un argo ra
ñor Arltodo ., on
e1
.
d ú .
. E Obra dest10a a mcam ente a las bibliotecu Y a los le•
Sáplúco e Sacra/leo. s
b
para poder andar en manos
t es en demas1a esca r 050
1
trados, porque e asuo o
.
t para los lectores de LA Pun,u. es la
t L parte más interesan e
_
de toda ·gen e. a
I
sáfico La investigación paciente a que se
que se refiere a la histo:~.d: •:i:teiro 1~ granjeará la atención de los erudiba entregado el doctor r in
·¡
te la historia de esa anomalía sexual. Es
to:s, que abo:3 podrán conoce~ª 1~:e:::ra contemporánea, donde hallamos una
tal vez deficiente en cuanto.ª.
t das sus obras es sáfica declarada; y
.
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Renée V1v1en que en o
.
escritora rancesa,
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Les hors nature que son de pnmedos Hbros de R.tchilde, M,nneur enus y
'

\1.

ra línea en su género.
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·do de punta a cabo las literaturas
A r do Monteiro a recorn
Pero el doctor
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las
manifestaciones más precions
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5 no deJan o e c1 ar
griega y latina ao igua ,
.
C
gra un capitulo a España, rccoy del socratismo. onsa
1 fi
y notables de sa smo
.
d
Giovano Pontaous basta los tragiendo desde las informaciones aporta as por
bajos del doctor Mata,
.
.
b
. fisiol6&amp;ica y sentimental. el
Oespu6s de trazar la h1stor1a de esa a errac16 n

Ilazilio Telles es uno de los más curiosos esµíritus portugueses. Sus traba•
Jos económicos le hicieron célebrt- entre las personas cultas, si bien su notorie.
dad se debe más a sus escrito:-; políticos. Es unn de los dir('ctores fallidos del
republicanismo portugués. Su influencia sobre la masa de sus corrr.:ligionarios
es nula 1 porque su corte aristocrático, individ.iali~ta, le induce a no doblei::~r
su pensamiento ante l11s imposiciones de la multitud. Pero como participó t:n
la revuelta de 31 de enero de 1891, y (lf&gt;rese mt)dvo tuvo que emigrar, la mul•
titud ("mpc-zó a conocerlo, p('ro no le itmaba. Cuando en 1910 se implantó la
república en Portugal, Basilio Telles apareció en Lisboa con un programa de
Gobierno, donde al lado de algunas utopías, hal&gt;ía cosas aprovechables. Pero
entre la mentalidad de B,uilio Tdlc:s y la mentalidad de los mme,,r.r re\·nlucionarios, 1,, distancia era mucha, v Bazilio Telles se metió en su c:1sa, olvidado,
preterido. Durante los li.ltimos años del régimen monárquico escribió sus trabajos econJmicos que, como he dicho, le dieron a conocer en los medios cu!•
tos Desde la implantai.:ión de la república ha dado a luz alg"Jnos estudios de
crítica histórica y µolític3 que no aumentarán su celebridad, por dispersos y
superficiales. Entre esos trabajos hay algunos, dedicados a la guern europea,
dignos de lc-erse.
Ha lanzado ahora un libro de estudios filosóficos: A Sciencia e o Ato,,.ismo.
No siendo LA PLUMA una revista filos66ca, no estaría bien detenerme a exami•
nar la$ 300 páginas del volumen, sobre el que habría mucho que decir. Me limitaré a una ;1oticia ligera.
Después de exponer lo que considera fundamento experimental del atomis•
mo, se extiende en la noción de masa, y consagn a la masa y la inercia capítulos tanto más curiosos cuanto que ese problcm:i se encuentra actualmente en
discusi6o, debido a las teorías de Eiostci-o. Ba.zilio Telles es difícil de leer, por•
que su estilo es pesado. Sólo la voluntad legítima de conocer lo que picosa un

�LA PLUMA

!:fi~:::t~:n~;i:!:

espíritu distinguido, puede bastar a vencer es~ d~fic~!!ª~·
1
1 l"b O de Bazilio Tclles que sus conoc1m1en
contra e t r
do ue su crítica se ejerce sobre el estado del penpecan de atrasado.s1 de m~ q t años Pruébalo sobradamente su estudio sosamiento hace treinta o cmcuen a
•
~
bre las geometrías no-euclidianas.
ALFREDO Pu,xNTA.

NOCTURNO DE LUNA y AGUA

. .. CASTILLO FAMOSO

(1919)
f/(,[

Cantaba tan lejano
que el paraguas abierto
estaba chorreando de luceros.
.Ca .Cuna
pisaba con sus zuecos
/a fl?osa de los 'Vientos.
,lirio
tenía un diván de estrellas en el cielo.

BIOMBO JAPONÉS
Una est1ella-cigüeña
sueña sobre /a arboladura de un vekro.
{;/ .Sol luce un kimono
con un dragón sentado en un lucero.
Un arrozal
y un mandarín
en pala'!'JUÍn

y J:i- 'Ga-

fle

cantando el ,amovor
del 'Ge.
ADRIANO DEL VALLE.

cTJoluntario&gt; de :M.adrid, fHl/on,o /R.eges.

es una dolencia de los madrileños, o un fenómeno donde se
materializan (sin ilusión ni superchería) las fuerzas secretas qut reimotamentc presiden en la existeucia de estos vecinos: entre lo patológico y lo metapsíquico, dudo por qué camino he de buscarle
explicación a la villa. Si el espíritu madrileño recobrase la salud, el Madrid
presente se nos caería, espero yo, y arribaríamos a la plenitud vital que echo
de menmr, si a Madrid, sonámbulo, le desper'tasen, nada quedaría de esta experiencia tan penosa, tan rara, como no fuese el estupor de haberla padecido.
En niL1gún caso es normal nuestro M •drid; incita y no satisface; no habla ni
oye¡ no retiene, acorrala. Es impedimenta gruesa: nace aquí un hombre, y por
mucho instinto que tenga. pierde la vida en defender3e de Madrid. en ir tirando
La villa, aborto de una ambición que llora su fracaso, es de miel con los perdi
dos, con los ineptos; como tierna madre, los mejora; enturbia, para su consuelo, liis diferencias del valor y la nulidad. No le falta discernimiento; le sobra
cinismo: Madrid parece un desahuciado de la vida, para quien todo cede ante
la evidencia del aniquilamiento inmediato; pero no incurre en santidad ni en
sabiduría: es tolerante por desdén; dócil con rechifla. Es el Limbo de los vanidosos: todo se logra en Madrid, a condición de ser fingido; todo el mundo es lo
que quiere, si lo representa bien; nadie le va a la ma □ o; puede lucir su papelón
en este tablado, !in pena ni gloria: tal es de incongruente con la del mundo la
vi&lt;!a en Madrid. Traer, por ley de nacimiento, la villa a cuestas, es vivir a regaADRID

��LA PLUMA

LA PLUMA

-en las noches de la canícula; si lo supiera. no se dormiría. El callar de tanta
-gente solivianta a los perros, y ladrJ.n despnoridos, ladran en los solares, en
fos corrales, en los huertos; ladran por fidelidad al hombre, avisándole que no
se duerma así en el filo de la muerte.
Pensar.in que soy madril"!ño apóstata. No tal. Madrid, con su dejadez, su
desconcierto, es mi rutina; no podría abandonarlo; equivale a mi modo de ser.
Ponerle cara de pocos amigos es simple juego, sin moraleja. «La b€tise c'est
de conclure&gt;-exclama un hombre descontento-. No concluyamos, pues. El
madrileño, divertido en conocer la villa, en pensarla tal cual es, seguirá siendo
v.n hombre feliz, mientras no abrace la pretensión soberbia de emanciparse
Quien viva en el Limbo, consérvese en él; y mantenga sus horas con poner
mr,tes a personas y cosas. No ha!' libertad para dejar de ser madrilei'io; ni
arraigaríamos en otro suelo, si nos transplantaran. El escarmiento nos ha
1,·uelto díscolos, y sólo podemos vivir aglomerados, sin más nexo urbano que
el censo electoral y el padrón de cédulas personales; a condición, todavía, de
que esos instrumentos de dominio los fabrique y administre la voracidad forastera. Esta es la suma elegancia de Madrid, y así se hace amar, el muy cazurro, de los descreídos. No ostenta pretensiones colectivas, no promulga evangedlos, no quiere fundar nada, ni descubre cada veinte ai'ios cosas olvidadas de
puro sabidas. En sus entresijos se ríe de los luchadores, y a los hombres de
presa les pone entre los dientes un zoquete de pan duro.

Que naci6 en Manzanares
Para cisne del Tajo y del Henares.
Llaméme entonces Fabio;
Mudóme el nombre el desengaf'!o sabio,
Y llamóme EscarRJiento.

Dícese que, en el fondo, los hombres de casta manchega no aman la vida.
Q,,izás empiezan amándola demasiado, y van a dar en el despego, en el rencor,
aborrecen la vida ingrata porque no es lo bastante pródiga y ferviente para
llenar el cóncavo de sus almas. La injurian, porque no es infinita, como la va•
gu~dad de sus deseos. Creyentes, se refugiaban en la soledad pavorosa del
cristiano delante de su Dios; fiaban no tanto en Su amor como en ~)u vengan za: la destrucción del mundo por !a cólera divina vendría a ser el desquite de
su escarmiento personal. Descreídos, como lo son ahora. ni aquel refugio intranquilo alcanzan. En nuestro dfa el sol nunca l:cga al zénit; desde el alba se
b1rrunta la noche, la ::iada.
Madrid ha de exp!ornrse desde dentro a fuera; sufrirlo primeramente, sin
padecerlo; remar en la galera, como tantos forzados reman, aunque no lo conozcan. Sentir después los grillos, romperlos, arrancarse de la chusma, pesar
la gravedad del destino. Todavía eso no basta. El s!:creto de Madrid se entreabre únicamente al espíritu contristado. Si esa lengua de fuego desciende sobre ti, ¡oh manchego insaciable!, en un Pentecostés de la melancolía, no habrás
menester otra clave. El ~adrid agrio y dis:ordante de todas hora~, irreductiblt' a una explicación racionctl, opaco, tórnase manso y concorde, se somete, se
deja traspasar por el rayo de tu tristeza. Vendrá a decirte que tu misantropía
e:; la suya; que si tú desfalleces, él no .ilienta; que si tú vives por no esforzarte
:1 morir, tl ignora para qué ba nacido 1 ni a quién satisface con tenerse en pie.
Se ofrecerá a recogerte en su arena, si ya eres náufrago ... Los raptos de lucidez en que se anuda el coloquio son raros, y, al parecer, sir. fruto. El mismo
hombre que piensa haber entrevisto la verdad, recobra la categoría municipal,
sale a la calle, y va, sorteando los charcos, a esperar el paso de un tranvía
bracea por ganar el estribo, como si le pagasen la faena, en lugar de tenderse
friamente sobre los carriles y que las ruedas, triturándolo, se comprometan en
rn evasión definitiva. Pero le queda la virtud de entender las horas culminantes de la villa que son en las madrugadas del verano, horas en que Madrid se
apaga (':n su recogimiento funernl. Madrid no sabe qué opresor silencio guarda
39'

Et PASEANTE EN CORT.K.

1
393

�LA PLUMA
lá: la mág11ina de partir el jam6n en lo,, h, ,rer; t&gt;I ;i i:adémico. peripltético noc
turno, amigo y protector de los gatos famélin,s; las µajaritas de papel en q11e
es Unamuno maestro de maestros; una visita ;.l Hospital General; la música de
jau·,-band, son motivos en qtte su ingenio se ejercita con magnífica sutileza.
Quien haya leído una sola página de Ramón, no acertará a comprender por qué~
suscita ahora nuestro elogio fervoroso simple colecci6n de greguerlas, en escogimiento de las cuales. se nos iba en cansancio otras veces mucho de nuestra
capacidad admirativa. Cierto que no basta la enumeración d~ loe; temas de estas Variaciones. Porque lo que hay en es,;~ libro de indudable adelanto es, sobre todo, mas que la novedad del gé11ero, su perfecci6n.
eLibertemos los globos,, por ejemplo, es un verdadero poema. en que se
manifiesta clarísimo el honda sentimiento lírico que por debajo de la gracia de
expresión, forzada hasta la truculencia muchas veces, riega de lágrimas humanas el humorismo de Ramón.
Adornan este libro curiosísimns dibujos de literato, obra del propio Gómez·
de la Serna, que subrayan con intención, que en vano podría sustituir la técnica de ningún dibujante que no tuviera su mismo temperamento, y talento parejo, los temas del libro, verdadero resumen caprichoso de lo más característico
del ramonismo.
Estas páginas son, sin duda, una selección acertadísima de las crónicas publicadas con el mismo título en Et Liberal. El que pueda con ellas componerse
un volumen tao acabado , denota en la constante labor, q1.1e se nos antoja dispersa, de su autor, un esfuerzo de CO!lCentraci6n logrado al inspirado correr de
la pluma.
Novela grande subtitula Gómez de la Serna a El Incongruente. No es la primera vez que, por consideracione'3 editc riales, o porque realmente signifique
un propósito contrario id concepto teórico de la gregut&gt;rÍa, su verdadero descubrimiento, llama novelas grandes a algunos de sus libros sui géneris. Et G,·an
Hotel, La Viuda blanca y negra no implicaban, sin embargo, una determioacióo
radical que variara el carácter de su litt?ratura anterior. Son greguerías en torno
a dos temas novelescos, en que la novela aparecía pulverizada en apuntes ingeniosísimos, sagaces hasta el lirismo, para una novela que quedaba sin hacer.
En ese sentido 1 no sería aventurado equiparar a este Ramón nuestro a otro donRam6n, innovador en el siglo pasado, y por más de un aspecto parecido, salvando distancias irreductibles, a Gómez de la Serna. Don Ramón de Campoamor acertó, en efecto, a condensar en la dolora bs aspiraciones de su tiempo.
Aspiraciones literarias, filosóficas, del sentimiento popular. Pe9ueiios Poemas,
Humo,-adas, draw,as, tratados de estética y de filosofía, discursos políticos, cuanto escribió, no fueron sino doloras, más que otra cosa manera, adecuadísima
a su época, de sonrei1· entre lágrimas c!ásicamente. La difusión de sus obras, superior a la de todos sus comemporáneos1 se debió en gran parte a la calculada
generosidad con que renunció al dominio temporal sobre r-Uas, despertando así
la codicia lícita de los editores, y la propaga oda consiguiente.
Túvosele a Campoamor por ianovador o inventor, y por tal túvose el mismo.
¿Cómo explicar entonces la miseria de su descendencia directa? Campoaroor no

'ª

LIBROS Y REVISTAS
Ramón Gómez de la Sel'na: Variaciones.-Con curiosas ilustraciones del
autor.-Publicaciones Atenea, 1922; fa./ fncongn,ente.-Nov cla grande.-Los
Humoristas, C~lpe.
Creo que ha sido un escritor francés, el señor Valery-Larbaud, quien ha dicho que de haber nacido en Fraoci_a Ramón Gómez de la :5erna, a .estas hcr2~
su literatura estaría inftu, endo directamente sot;.re los literatos Jóvenes del
mundo. Estoy de todo punto conforme _con esa .a~rm~ción en 9ue_ s_e rinde al
genio literario de nuestro compañero cierta anhc1pa~161_1 de la JUSt_1cia con q~e
hemos de ver uo día acatada su obra por el reconoc1m1eato unánime del publico. No somos de los más entusiastas corifeos dr.l infatigable creador de Pombo. De intento, hemos puesto siempre sordina a la expansión de nu:,stra co~placencia en las lecturas de G6mez de la ~~rna. Creemos habe1: senalado Stn
recato el peligro que puede sup~ner 1~ fac1hdad con que se prodiga, en ~n verdadern alarde de incontinencia literaria. A punto vanas veces de rendirnos a
la evidencia de una gracia avasalladora, he~os resistido, ora a los irop~lsos de
la simpatía que. despt:rtaba en ~uestro ántmo cada_ n~eva producc1on suya,
cuándo a la cons1derac16n contrana, del talento que s1gmficaba el ganarnos precisamente con páginas trabajosas y difíciles, torpes incluso. Hora es ya de que
proclamemos. sin temor a un desen~año de la confi_anza propia, nues~ra fe en
la consagr,1ci6n progresiva del que es hoy una realidad ,en que se ~1fr~I! esas
µ-andes espe,-anzas desacreditadas por el abuso del tópico. La pubhcac1on de
Variaciones y Et Jncongrutn!t nos autoriz~ a tanto. .
,
.
Va,·iadones no es un libro m1evo. Nacido del capricho de cada d1a. han ido
viendo sus páginas la luz en las columnas de un periódico. P_ue~, no obstante
la insistencia del tono, que insensiblemente ayuda_al lector diario a co_niprender tales crónicas vohnderas como un todo orgánico, es ahora, reun1das en
volumen, cuando adquieren la formalidad, la importancia de una obra animada
en sn varied!d de- un sentimiento personal y delimitado.
Periodista, Gómez de la Serna va dejándose llevar en sn inspiración de los.
ternas que suscita la vida corriente: cEI mejor reclamista del mundo,; el comercio del pan duro en Madrid; el kiosco de los caramelos de la calle de AICi'l0

,94

j

395

�LA PLUMA

LA P L U ~1 A
fué unpioneer, no fué un ini:iador. Mas su personalidad vigorosa recogió, transfundiéndoles un aliento propio, las ideas poéticas que circulaban en su tiempo.
Fué cabo, realización, y no principio.
Así G6mez de la Serna 1 en quien convergen tantas modalidades literarias,
extranjeras o S!llonadas ya con sabor nacional, ha podido parecer el inspirador
de una nueva escuela, sin adeptos posibles, porque lo que hay en él de original ('5 la personalidad acusad{sima en que se funden irreconocibles, encontradas corrie,ntes e influencias.
Et lncon¡rrutnte señala un paso decisivo hacia la novelación de la greguería,
Si la capacidad de disgregar por lo menudo los elementos del mundo sensible,
puede llevar nunca a la composición dramática, si la iotrospecci6111 si la vida
foterior, pueden ser alguna vez materializadas literariamente, Ramón Gómez de
fa Serna está en camino de conseguirlo.
Ahora bien: todas estr1s disquisiciones, en el caso de Variaciones y El I,u;ongrumü, nos apartan de la consideración esencial, y que importa cocsignar muy
•especialmente, de que su autor atiende ante todo a conquistar lectores. Es de-eir, que su literatura es &lt;le entretenimiento; que aspira a divertir, a interesar,
verbo sin eficacia po, el mal uso que de ellos solemos hacer los críticos y apreo-Oices de tales. Entretenido, divertido, interesante, suelen ser adjetivos con que
se sobrentiende la insignificancia de una obra. Por el contrario, la categoría literaria y artística es sinónima para las entenderas del vulgo lector de aburrimiento.
Ramón Gómez de la Serna, como Campoamor también, profesa la dignidad
poética en la prosa de la vida.

•

j

• •

Isaac Goldberg. Pb. D.-La literatura hispanoamericana.-Estudios críticos.
Versión castellana de R. Cansinos Assens. P.-ólogo de E. Díez-Canedo . Madrid, Editorial-América.
¿Existe una literatura hispanoamericana? ¿Puede nadie pretender el título
de cpoeta O.e América, con más razón que otro cualq11iera, de este lado del
m&lt;1r, el de e poeta de Europa,? Díez-Caned.:&gt; se pronuncia resueltamente en el
prólogo a la edición española de La literatura hispanoamericana, ea contra de
una proposición tan absoluta. cA nuestro parecer-dice-no hay ah.ernativa
posible: o una sola literatura con la de España, o tantas, si no como repúblicas,
má.s o menos artificiales en sus límites, como países naturales haya en la América de habla española&gt;.
Estudia el Sr. Goldberg la renovación cmodernistu en la literatura espa'tlola, señalando acertadamente su coincidencia con crisis similares en Inglaterra, en Alemania, en Rusia, en Noruega, en Italia, en Francia, principal receptáculo transmisor a los países españoles de las nuevas corrientes literarias.
A nuestro entender, presumen en demasía los escritores españoles de América•de la aportación que puedan significar Sll'l licencias ai caudal riquísimo

¡

de la. lengua común. En ~odo caso, ~ubén Dar~o. poeta excepcional, por excepcio~al 'Y no por amcr!cano adquiere en la historia del español una preponderanc1~ sm par en ~os tiemp.os modernos. Poeta americano, todo lo gran poeta amen~ano, y, !11CJ0r todav1a, peruano, que se quiera es Santos Chocano, en
cuyo_s e:ntos de libertad, .co~o en sus ~antes de pleitesía a la e madre España&gt;
~ers1ste ~n acent? col?mal mcon~un~1~le. Por americano, pe&amp;e al cosmopolit1smo1 al mternac1onahsmo de la 1ustic1a, por que rlñe toda su vida desigual
~atalla, nos gana Blanco-Fombona, el desterrado de Venezuela aferrado a una
,dea ~oble de reconquista espiritual de su tierra. El amerkani;mo, voluntario
también, d~ Rodó, .escapa ya, prec~sam~nte por virtud de la Jengua, trabajada
e~ un se~t1do clás1c.o y no revol1~c.1onano del ca:stellaao, a los límites a que lo
circunscribe la ocasión de sus Ci"tUCas. José María E2'urcn desconocido co España, poco conoddo en Am.érica, paree~ señalar, pOr la 'referencia del señor
G_o!dberg, una nueva. modalidad en la_ renovación hispanoamericana, cierto esp~nlu de couc~n~ractón y menosprecio del vulgo, cierto recogimiento, que reº!ega del sent1m1cnto a velas desplegadas, de sus predecesores. A Rubén Dano, s.aotos Chocano, Rodó_, Eguren y Blanco-Fombona, dedica sendos estudios
el senor Goldberg, precedidos de un capltulo inicial sobre el modernismo otro
sobre «Algunos precu.r~ore.s moder?ista~,: Gutiérrez Nájera, José Martí, julián
d~I Casal, José Asuoc10n Silva, y D1az-Muón; y otro sobre las e Nuevas orientac1_ones, desp~és de los pre~ur~or~s'. y el cAmericanismo literario» que irrump~6 en la ~nttgua metr6poli cornc1d1endo con la pérdida de sus últimas colomas amencanas.
La preem!~encia indiscut~Ble de Rub.én Daría en la poesía española mo~erna, ~a f~cil1tado la confusión que atribuye a influencia hispanoamericana,
J s d~r:1vac10nes que en España-como en América-haya podido tener el
prestigio del autor de cLos Cisnes&gt;.
Prueba irrefutable de ello, la supremacía de los cmodernistas» españoles
so~re los hisf!anoamer~caoos, en los géneros de prosa: Un Valle-lnclán, un BaroJ~, un Azonn, postenormente un Pérez de Ayala, no tienen equivalencia Jiterana del otro lado del Atlántico. L.1 labor consiGerable de Florencia Sáncbez,
aun con ~n d:ama que toca a la perfección como Ba,·ranca Abajo, en modo al•
guno ha rnflu1do en la escena española como Jacinto Ben avente europeizador
de nuestro teatro y, no lo olvidemos, quien mató en definitiva ai mayor monstruo, Echegaray, q_ue guardaba tantas princesas chillonas.
.Es más,_Anton1_0 y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Eduardo Marquma~ el mismo y111a:spesa, _Díez-CanedJ, Pérez de Aya la y Valle-Inclán en
su ?ltim~ modalidad !mea, ¿tienen ya nada que ver con el camericanismo Jiterano», s1 es q.ue alguna vez el imperio de Rubén Daría pudo justificar el equívoco? De Ennque de Mesa no hablemos, pues que nunca tuvo más Castalia que
la fu~nte de los Gallegos, y las del Lozoya coque bebió el Marqués de las cSerramllas~. Las influencias comunes a todos los .poetas menores que empiezan
a cantar ahora ~n todas las_ Españas de aquende y allende el mar, no determi'lan dependencia mutua, m apenas otra fraternidad que la del idioma. Podemos s1• asegurar, por 1o que nos es dado conocer basta ahora, que si la época,
397

��LA PLUMA
Pedro l.eandro lpnChe.-.4las Nueva.r.-Mo □ tevideo,

1922.

Manífiéstase en estos poemas del señor Ipuche el deseo, apuntado ya su logro en aJgunos atisbos felicisimos, de fundir el sentimiento de la tierra nativa.
y su expansión en más amplios horizontes de conciencia, transmutándolos en.
una expresión poética donde los modismos populares del campo uruguayo adquierar. virtualidad literari;i.
.
«El Lazo,, p:iema central del libro, participa de esas dos cornentes de emoción en que parece dividida, espiritualmente la colección de poesías de Alas
Nut'Das: la determinada por contemplaciones visuales, cLos carrero~•, cLos
potros,, «Las lavanderas, 1 «La sorttija,, «El Viraró,; y las que derivan del
pensamiento a la raíz sensitiva, «La vocación fatal&gt;, e Ritmo y hora1&gt;, eAsunto&gt;,
cEl dedarrollo•, eLa Noche&gt; .
eYo siento el entusiasmo de los lazos abiertos
Que hacen fiesta de líneas en el aire:
Un entusiasmo largo, seguro, desplegad0,
Y bien trenzado,
Que salta hacia las cosas con afán de enlazarlas.•
canta el señor Ipuche en cEl Lazo,:

cMi lazo es inauditc,
Y va donde lo tira mi intención.
Mi oficio es intuitivo
Y cuando enlazo llevo al puño el corazón.
¡Cuidado con el arco valiente de mi lazo!
¡Soy buen enlazador!»

* * *
Dr. Atl.-Las Sinfonías del Popocatejeil.-México 1 Edic. México Moderno,
Reúne aquí el autor. bajo un título excesivo para nuestro gusto, algunas
impresiones literarias de sus antiguas excursiones y dilatada demora por las
montañas del Iztatzihualt y el Popocatepetl. Cuando el viajero se limita a describir, a apuntar sencillamente, paisajes y tipos que más que destacarse los
componen, la lectura de sus notas se hace fácil y grata.
No tanto, cuando, ahueca la voz; y prodiga palabras sonoras, por competir
en vano con la Naturaleza, en la tremenda sinfonía de las cumbres volcá.nicas.
C. R. C.

AJiÍO III.

1

MADRID, DICIEMBRE 1922

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TiERCERA

CARA DE PLATA

CoNTJNúA

LA

ESCENA TERCERA

G 1 NE R A , ES TREME C 1 D A, abre la puerta, y bajo el
encaje lunario del empanado, aparece la sombra del sacristán, de rodillas y con los brazos abiertos.
BLAS DE MIGUEZ

¿Dónde me hallo? ¡El dolor me nubla la vista y no reconozco los
parajes!
LA SACRISTANA

¿Qué copla condenada traes?
BLAS DE MIGUEZ

¡Confesión pido! ¡Por los Divinos clamo!
400

NúM. 51.

XXVI

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA P L U ~I A

!1

•.,

l"

·,'
"'
•
•

'"

dejadas por Dostoicwsky, su propia visión etc los tipos del Oeste Medio. Sus
mejores libros son: Po,r White, Tlz, Triumjh o/tite Egg, 0/tio, 1/Je 1rlumpl,.,
Edgar Lee Masters acaba de publicar con el título Children of tke Ma,·ket
Place un libro que es una autobiografía ficticia , la historia supuesta de nn colono americano; no es una novela solamente, pero la reseña brillante e imparcial de la historia de los E. E. U. U.
lndelibk, primera obra de Elliot H. Paul, es indiscutiblemente genial. Contiene la historia amorosa de la hija de un judío y de un individuo de cierta familia aristocrática de Nueva Inglaterra. Upton Sinclair, que años hace asombró
a los lectores con sus revelaciones acerca de las fábricas de conservas, ha pultlicado una nueva novela, They Cali ,,,e Carpenler. Es la historia de Jo que le
ocurriría a Jesucristo si volviese a la tierra para vivir en las grandes ciudades
de nuestros días.
Algunos autores jóveues explotan lo que ellos llaman iofluencia de los Indios aborígenes y de la raza negra en la literatura. Lou Sattet ha escrito versos
excelentes sobre temas indios. Este invierno tuvimos en New York un teatro
donde los autores y actores eran negros. EJ libro de T. S. Stribling, BirJl,riglt.t,
nos ayuda a comprender la situación del negro educado que vuelve a1 Sur, su
país natal, que no ha variado, llevando la educación liberal de las Universidades del Norte. Es indudable que la edad de oro de la raza negra alborea. Pronto
nos dará buenos escritores y pintores.
Los negros publican excelentes periódicos y algunas revbtas. Anunciáse,
pua el otoño próximo, la publicación de dos novela.,. Cuando el arte negro floreció, en el pasado, fué muy original, y de exquisita calidad. El cerebro de los
negros ha almacenad:, mucha alegría, sin la cual nadie puede crear, pues las
raíces más hondas del arte están en la alegría. La sangre negra ha tenido fuerte influencia en muchos poetas portugueses y españole9 de la América del Sur·
El negro posee un alma racial que a6n no se ha manifestado, y que guarda para
Jo porvenir muchas cos:is. Cualquiera que sea la forma del arte en la América
del Norte, en él tendrá mucha participación la raza negra.

.

A110 IIl.

1

MADRID, OCTUBRE 1922

1

NúJIL 29.

CARA DE PLATA ~

COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA&lt;•l
ESCENA TERCERA

LA VERDE QUINTANA tk San Cl,mtntttkLantañón
escutto, que tkspitk a tr,;
VltJOS ceremoniosos sobre la sola11:a tk dorados sillares, ,·,gala JI monas/tea, Capas largas, varas JI monteras, los tres vitj'os se vuelven con un
mismo compás,JI kaun su genuflexión en la verde Q"intana,

'º". la rectoral al flanco, JI su aóad negro JI

EL ABAD

¡Dios os acompañe!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Con saludiña se mantenga!
EL VIIJO DE CURIS

i Y el Rey del Cielo nos libre a todos de coléricos y soberbios!
(1)

XVI
240

Véase L• PLUM.A. de septiembre, 19u.

�,,1

LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL DIÁCONO DE LESON

Escribanos y alguaciles no quiero que por la puerta me vengan.

¡Faltan leyes!

SEBASTJÁN DE XOGAS

EL ABAD

La Curia es la peor ralea.

Y sobran malos jueces.

EL DIÁCONO DE LESON

l!L VIEJO DE CURES

¡Y con ser tan malos, a cuántos pícaros no mandan a la horca!
Dejemos el renegar de jueces y sentencias para aquel que no labra
un mal ferrado de pan.

.,

¡Va la Ley do quiere el Rey!
HBASTIÁN DE XOGAS

Y gobierna el de oros. En el día se llama rey la moneda.

EL ABAD

i,
•

.
,

1"

,,

...

Caso de ser llamados a declaraciones ...

¡Abade, con Dios le dejamos!

EJ. DIÁCONO DE LESON

Que no lo seremos ...

t''

EL VIEJO DE CURES

ll

SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Celebrando no pase el caso a papeles!
EL ABAD

Si el caso llega ...

EL DIÁCONO DE LESON

¡Montenegros! ¡Bárbaros selváticos!
SEBASTIÁN DE XOGAS

Si llega ... ¡Ninguna cosa hemos presenciado!
EL DIÁCONO DE LESON

¡Pur mi parte, a lo menos nada he visto!

SE AL E Y A N con tsta platica dorada de latín, como las piedras dt la Quintana. Ya son idos, y graena ti sacristdn, que hace la
corneja, acecltando ti ocaso tn el arco dt las campanas.

EL VIEJO DE CURIS
BLAS DE MIGUiZ

¡Ni tampoco se pasó cosa que pudiéramos ver!

¡El tiempo no tiene duda!

EL DIÁCONO DE LESON

Esa es la máxima: Ninguna cosa sabemos, ni hemos visto cosa

.

ninguna .
EL \~EJO DE CURES

Con declarar la verdad, no hay pleito.
t· 1,.

EL ABAD

Aquellas nubes ...
BLAS DE MlGUEZ

Aquellas se van. Tiempo bueno y seguro.

•

�LA PLUMA

LA Pl~UMA
tL ARAD

Baja a ponerme sanguijuelas, Bias.
LA HERMA NA y la sobrina del dirigo mueven ti lt11so, Y en
banquillos parejos, sentadas frente a frente, oc1tpa11 el quicio de una
puerta y g ozan de la solana.

DOÑA JEROMITA

En el arca de las tías Pedrayes.
EL ABAD pasta dt un lado al otro, band!mulo latín sobre el
breviario, negro y escueto e,t la sotaua. Cruza l 1i sobrina con el manojo
dt cera terciado en los brazos, al abri~o de la mantilla.

DONA JEROMITA

•

¡Mah ganancia nos trae ese Lucifer!
'

EL ABAD

¿Adónde vas?

SABE-LITA

'

SABELITA

¡Alma de trueno!

A Freyres.
EL ABAD
~L ABAD

!i

¡Baja, Bias!

No te coja la noche.
BLAS DE MIGUEZ

¡De cabeza bajo! Sabelita, carabel hermoso, mañana ~uadra la
misa en San Martiño. Mientras queda un rabo de tarde, quieres llegarte, paloma, a poner paños en el altar y renovar la cera'

)

'

Date prisa.
EL ABAD

DO~A JEROMITA

¡Me arranco el alzacuello si no le pongo la ceniza en la frente a
esa casta soberbia!

BUS Di: MIGUEZ

DO~A JEROMITA

¿También la cera/
Se va con el aire.

•

DOÑA JEROMITA

No se acalore, hermano.
DO~A JEROMITA

EL ABAD

·
e der1·a1nas la vela y nunca ja¡Airc excomulga do, que s,empr
más la apagas!

¡Llevaba el libro de rezos para encomendar un alma, y podía haber llevado la Eucaristía!

SABELITA

¿Dónde guardan ahora la cera?

DO!IA JEROMITA

¡Qué espanto!

�LA PLU.IIIA

LA PLUMA
EL ABAD

¡Y qué sacrilegio!

DE CA R A a la iglesia, un jinet, viene galop,mdo: Resalta por
negro sobre el sol poniente. Doña Jeromita, illzándose del banqnillo, cvn
los brazos en aspa, cacarea uua escala de espantos.

DOÍ1A JEROMITA
DOilA JEROMITA

¡Montenegros! ¡Almas negras! ¡Pedernales!
¡El malvado!
B L A S DE M 1 G U E Z sale por la puerta de la sacristía sona11do un llavero.-Blas d, Miguez, !tombre de cuentos y 1nentiras, la
cara tk sebo rancio, la boca larga, la encía sin dientes, ,nuy repelado de
las cejas, los ojos lienzos, un gran bellaco aquel sacristá,i tk San Clemente.-Sobre la escalera de la solana, ti tonsurado le recoge las llaves.

EL ABAD

¡Busca que me pierda!
BLAS DE MIGUEZ

¡Tres noches llevo soñando con jureles asados!
DONA JEROMITA

BLAS DE MIGUEZ

¡Montenegros! ¡Lobos fieros!

Y la sobrina sin recogerse.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Yo lo soy más!
BLAS DE füGUEZ

¡Mucho hay que serlo!
EL ABAD

Al cabo humillarán la cabeza, y si no la humillan, condenados al
Infierno.
BLAS DE MIGUEZ

Ya lo están.
EL ABAD

Lo estarían con dobles cadenas.
DOilA JEROMITA

¡Cadenas de llamas y de serpientes!

A prevenirle me alargo.
EL S A C R 1 STA N, arraposado y medroso, salta por el muro
al camino, lil cabeza vuelta para inquirir lo que s, pasa m la Quintana. Torcido el bo11ele, escueto y enso/anado, el clérigo s, mete por una
puerta, y asoma, apuntando con el trabuco, en ti ventano del Jay!'-do.
EL ABAD

Soberbio Absalón, sigue tu camino. ¡Mira que te encañono y le
mando al lnfiernol
CARA DE PLATA

¡Señor Abad, que vengo de paces!
EL ABAD

¡Réprobo! No hay paces con mala conciencia.
&gt;47

�LA PLUMA
LA

PLUMA
CARA DI PLATA
CARA DI PLATA

¡Que le traigo la bolsa con los treinta dineros!
,

¡Señor Abad, que le parta un rayo! Ahi va la bolsa. ¡Una! ¡Dos!
¡Tres!

EL ABAD

Alguna perversa intención encubres.
CARA DE PLATA

Hacer méritos para ¡;anar el Cielo. Señor Abad, baje el trabuco y
tenga las treinta portuguesas.

los estribos, ti humoso segundón revuelve
ti brazo y
la bolsa al ventano, dondt el cornudo bonete asoma.
Como un pdjaro negro, va la bolsa por el cielo nocturno, y tl tonsurado la recoge con hosco bramido, sacando los brazos dt sombra por el

l E V ANTA D O

,n

ª"º1ª

vt1'tanuco.

ltL ABAD

~L ABAD

¡No las quiero! ¡Guárdalas y con ellas te condenes!

!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, no maldiga y demos por muerto el pleito!
EL ABAD

¡Ese manso hablar no te sale del corazónl ¡De tus intenciones
reniego!

¡Vuelve, soberbio! ¡Recoge tu bolsa! ¡Si eres altivo yo lo soy más.
¿No vuelves? ¡Al camino la tirol ¡Al camino val ¡En el camino se
queda! ¡Vuelve a recogerla, bárbaro! ¡Diez mil reales! ¡As! te condenes, verdugo!
DORA JBROMITA

¡El mundo §e acaba!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, reciba su ganancia y convide con un jarro de vino!
DORA JEROMITA

¡Vete de nuestra puerta, Satanás! ¡Arrédrate, Enemigo l\lalo, que
te haces el humilde para robar la flor de una doncella! ¡Vete de
aquíl ¡Espántate! ¡No tientes la virtud, Satanás!

EL A B A D, palpitando con ronca brama, arroja la bolsa al camino, por donde, al galope de su caballo, se aleja Cara dt Plata. Doña
Yeromila cae de rodJllas abriendo los brazos, y el Mnete tspa11ta sus
cuatro cutrnos tn ti vtnta,,uco.

ESCENA CVARTA
CARA D!: PT~ATA

•

¡Un rayo me parta si no entro en la casa y me llevo en el caballo
la prenda que me niega!
EL A.BAO

¡Soberbio Tarquino, sigue vereda y no busques que te mate!
248

HUERTO DE L UC EROS la tarde, y mtre cuatro cipreses negros, las púdras romdnicas d, San Martiño de Freyres . Son remotas lumb1ts las cimas d, los montes, y las faldas si11fónicas violetas.
Pasa ti rt/1# del viento por los maizalts ya nocturnos, y st tstále trans-

•

�LA PLUMA
LA PLUMA

porta1tdo a la c/avt del morado los caminos qut aú1t son al crtpzisculo
almagrtsy cadmios. San Martiño de Fr9rts, por la virttui crtpuscttlar, acendra s1t karma de suplicaciones, milagros y cirios de muer~t.
Ma11os dt mujer tncimden la lámpara del prtsbittrw. Vutla asttstad,
una ltclwza. Sabelzta, m sombra, aparta bajo la lámpara, y m la
putrta, refrtnando ti caballo, Lara de Plata.

SAB!LlTA

Eres tú muy soberbio para ello.
CARA DE PLATA

Soy más enamorado.
SABELlTA

¡Tarde del amor acordaste! ¿Y mi tío, a tus paces ha respondido?
CARA UE PLATA

CARA DE iLATA

El trabuco sacó de la sotana como si fuese un Santo Cristo.

¡Isabel!
(,

SABELITA

SABELITA

•

r•

¡Lástima no haberte matado!

..

¡No me hables!

f.

Levanta los ojos para mí.

CARA DE PLATA

CARA D!: PLATA

~

¡Por qué quieres vestirte de luto?
SABELITA

SABELITA

No quiero mirarte.
CARA DE PLATA

¿Tanto me aborreces?

rr

¡Me vestiría de grana!
CARA DE PLATA

¡Embustera! ¡Isabel, bodas sellan paces!
SABEL!TA
SABEL!TA

¡Espanto me das!
CARA D!: PLATA

¡Las cruces te hago!
CARA DE PLATA

¿Sabes de dóade vengo?
SABEL!TA

.

De alguna obra mala .

¡Por el asilo de la iglesia no te prendo ahora por la cintura y te
llevo robada sobre mi caballo!
SABELITA

CARA DE PLATA

¡Pirata!

De brindarle las paces a tu tío.

251

,50

•

'"

�, LA PLUMA

LA PLUMA

SAll&amp;LIU.
CARA DS PLATA

¡Vete!
ruso

¡Isabel, adiós!
SABELITA

NIGRO

¡Me das para un vaso?
SABt:LlTA

¡Adiós, Carita de Plata!

¡Vete!
ENTRA Fuso Negro con ti bouete 1/wo de piedras por la p,urt,,
de la sacristía, y st extingue ti souoro galope con que st altja Ca, a de
Plata.

c.
•

fUSO NIGRO

¡Touporroutóu! Juntando para una casa. ¡No bastan siete mil bonetes! ¡No bastan! ¡Si bastasen! Tengo q&lt;1e hacerme la casa, y prontamente: Me viene una moza embarcada de América. ¡Touporroutóu'
¡La tengo preñada! Aún no la he visto y trabajo todas las noches
con ella. Pecamos a las escuras. ¡Hay que pecar! ¡El que no peca se
condena!
SABELITA

Respeta la Iglesia, Fuso Negro.
ruso NEGRO
Ya la respeto. Espera que tenga la casa levantada, y nos ajuntamos. ¡Touporroutóu! A la otra tengo preñada: Trae en el bandullo
treinta y siete varones y treinta y siete hembras. Esta noche voy en
el caballo del viento, trabajo contigo y a ella la degüello.
SAliELlTA

•

¡Fuso Negro, no me asustes! ¿Qué quieres aqui?
ruso
Mirarte.

~EGRO

ruso NEGRC
Si no me da.~ para un vaso, enséñane las piernas.
SABELITA

¡No me asustes, Fuso Negro!

ruso

NEGR(

¡Touporroutóul ¡Ay, canela! ¡Dame ¡ara un vaso!
SABELIT.I.

No tengo.
:ruso

NIGR•

¡Qué buena idea, de mala idea, solhr el vino toJo que hay e~ el
mundo, todo a correr en una fuente di cien mil tornos! ¡Qué idea
más buena! ¡Y que las vacas, en v~ debostas, vertiesen panes por
bajo del rabo! ¡Otra buena ideal ¡Pero d, mérito! Todo anda
El
mundo va descaminado. Yo sé el remedo, y otros lo saben: Ninguno
lo declara. Al primero que hable, cuatro tiros, mandamiento ~•l cabrón Gobierno. Satanás podía goberna· el mundo a sattsfacc16n de
unos y de otros. ¡Touporroutóu! Siend&lt;; como es, tan lagarto, podía
darse con todos la lengua.

'."ªl.

SAIIELIU.

¡Respeta la Iglesia! ¡Vete, que me asistas, Fuso Negro!

�LA PLUMA

LA PLUMA

ruso

nso

NIGI\O

Reinando Satanás, las mujeres andarían en cueros. De punta de
viernes a punta de viernes, beber y comer con fornicamento. Mal
gobernado el mundo, sería algo de mérito. ¡Cara bonita, amuéstrame
las piernas!
SABELITA

¡Vete!
FUSO NEGRO

No quiero.

NEGRO

¡Concho, que te como la lengua!
SABELITA

¡Socorro!
IMPRECADOR Y VIOLEN TO, por ti muro dtl atrio
salta, impensadamtntt, un negro jinttt, y ti loco st rtvutlvt bajo las
lttrraduras, grtii11do y tspantablt como los moros dtl .Stiior Sa,.tiago.
Dtspuls, convulsa y blanca, levantada 111. ti arzón, la niña desmaya la
frm/t sobrt ,I hombro dtl Caballero.

SABELITA
SABILITA

¡Vete, o doy voces!
ruso

NEGRO

¡Padrino, adónde me llevar

1Amuéstrame las piernas, puñela!

EL CABALLERO

¡Conmigo para siempre!

SABELITA.

¡No me asustes, Fuso Negro!

SABEL.lTA

FUSO NEGRO

¡Touporroutóu! ¡Qué blanca eresl ¡Dame una vicada, conchol
¡Madre Santísima, qué virgo tienes!
EN EL R ú MAN I C O pórtico, bajo los santos dt pitdra, ti
fálico triunfo, la risa m baladros, los a¡'os tn lumbrt, la grt1ia frtnlti•
ca. Sabtlita, con 14n grito, invoca al ltjano caminanll de los caminos

.

1

crtpuscularts.
SAHLITA

¡Socorro!

1Para siempre ... !
ESCENA

QVINTA

LA RECTOR A L . A la IUII dt 11n vtlón, ti eaguá11 mcaltdo
y dts{fuarnido, con arca~ mitañonas _y negra vi!(utria. Pt1sta el tonsurado. Trab11co, sotana, bonttt. Los r,jltjos dtl vtlón lltn,m dt alad,s
inquiet11du las paredts: En tl ttmblor dt la lue y la sombra st kact v1•
sihlt ti vi,11to sobre las lfvidas cales. Colgado dt un clavo baila ti solidto, y solfta sobrt ti arcón dt los ditemos la cola dt un gato tn lucienlt
actcho. La Q11intana, silenciosa y nochar,.it¡ja, st prolonga por ti vano
&gt;SS

�LA PLUMA

LA PLUMA

,ü la puerta, y "' ,t claro ,ü 1,.,.,., ""' los braeos abin-tos, st espanta
la vitja pilonga hermana ,ul Abad. Estrmitct ti vitnto la llama dtl vt·

Ión, y calca su n,gro bail, "' la partd la borla del solitko.

DO~A JEROMITA

¡Y sin pasar alma vil'iente!
EL ABAD

EL ABAD

¿Lo lamentas?
DO°SA JE~OMIT\

¿Vuelve ese Satanás/
DORA JIROMITA

¡Este sobresalto me acaba! ¡Tantísimo dinero\ ¡Hermano, considere que condena su alma\

KL ABAD

EL ABAD

¡El rabo!

¡Calla, serpiente\

¡Un rayo le parta!

DORA JERO&gt;IITA

DORA JEROMITA

¡Y la bolsa luciendo en el camino!

,~o le corresponde en justicia la bolsal ¿No se la dió el naipe?

EL ABAD

¡Así se vea pidiendo limosna ese altanero\

IL ABAD

¡El naipe marcado!

DORA JEROMITA

¡Hay otro que se pasa de altanero, y es usted, mi hermano! ¡A
mí me entierra\ ¡Se llevará la bolsa el primero que pase! ¡Le cleclaro
la luna malvada!

DO~A JEROMITA

Se llena de un escrúpulo y por soberbio cC&gt;ndena su alma. ¡Es orgullo, el lobo que le come!
EL ABAD

EL ABAD

Deja esos rezos y métete adentro, que quiero echar la llave.

Acaso ..

¡Luna sin ansias, ya podías esconderte en una nube negra! ¡Luna
cismática!

DOR., JEROMITA

,

DORA JEROMITA

Puesto rn disputa no quiere que ninguno le supere. ¡Hermano,
haga cuenta de sus canas, y no tire el dinero como un malvado
sus años!

EL ABAD
·' 1

¡Calla con esos reniegos de bruja\

fl::L ABA.U

Tengo de superarle. ¡Métete adentro y no hablemos más!
XVII

,

�LA PLUMA
LA PLUMA
LA VIEJA
DORA JEP.OMITA

¡La Madre Benta me valga, y no me pone de alcahueta!

¡Máteme! Pero me rebelo contra su dictado, y la bolsa recojo y la

EL ABAD

bolsa me guardo.

,Por qué buscas a la rapaza?

EL ABAD

LA VIEJA

¡De un trabucazo te doblo!

No la busco.

DO~A JEP.O"1TA

DO~A JEP.OMITA

¡Por un pique de orgullo sería asesino de su h~rmana! ¡Me hoPor ella llamabas.

rrorizo!

LA VIEJA

i:L ABAD

'•.
•
t

Llamaba para cerciorarme.

¡Entra y callal

DvRA JEROMITA

DOÑA JEROMIT,A

,De qué cerciorarte?

¡Esto me entierra!

LA VIEJA

EL ABAD

\

¡Y a mil Pero no me vence ese Satanás. Entra, que quiero echar
la llave.

D O lv A JE R OMITA rae de r,dillas con lo.&lt; bra,os abiertos
bajo la luna clara. El Abad, neg10 y tsc1utn, tstá en el umbral. BM,te,
trabuco, sotana. Una voz. La so111bra parda de u11a vitja por tira-

De si la e:a o no la era. En el camino tuve el encuentro, y aca. .
rrerada
d
· me vine ... Algún aguinaldo me dará · ·Tan
t
s1qmera
un puno
e harma para el caldo de la cena! Sabeliña, en los brazos de a uel
q
turqués, era una despeinada Madanela.

El SACRISTAN aparta tn la nitbla lunar dt la Quintana.

mmo.

BLAS DE MIGUEZ
LA VIEJA

¡Sabeliña! ¡Sabe!!
beliña?

I

\,

DO~A JERO).UTA

¿Dónde dejas a la niña?

DORA JEP.OJiITA

•

,Qué enredo traes/ No quiero cuentos a la ore~ Conozco tus malas artes.

¡El mundo se acaba!

Asómate un momento, paloma. ,No está Sa-

•\

'

BLAS DE MIGUI:Z

Arrebatada en su caballo se la lleva un negro Satanás .

�LA PLUMA
DO~A JEROMIT A

¡La niña disoluta teníalo tramado! ¡Me cegó la malvada!

•

EL ABAD

¡Qué hora negra!
BLAS DE MIGUEZ

EL PASADO

Desencadenóse el Infierno!
LA VIEJA

19 21

¡Buen quiebravirgos es el diablo!

e,

EL ABAU

.,.

•

La mala oveja esta noche vuelve a su corte. Arrastrada la traigo.

¡Acompáñame, Bias!
DORA JEROM!TA

¡Y mañana mismo sepulta en un convento, hermano!
BLAS DE ll!IGUEZ

¡Requies in pace!
LA VIEJA

¡Aún se pudiera encontrar alguno con quien casarla! ¿'fo habrá
para un aguinaldo, señor Abade?
EL ABAD

¡Así la lengua se te caiga!

..

EN L A N l E B L A L UN A R, por ti camino de plata, un
caminante. Tropi,za co11 la bolsa y escapa con tila. Doña Jeromita abrt
los brazos para alcanzar ti cielo, y co11 un grito traspasa ti nocturno
silmcio dt estrtllas. El Abad dispa,a su trabuco. Ladridos ltjanos.

.

FIN DE LA ]ORNADA SEGUNDA.
160

{;[ !Pasado, alharaquiento,
&lt;Jiene a mí. !Pero yo eludo
su plática, que es tormento.
Gstog triste. Gstog desnudo.
9l mi &lt;Jera, ondula el mar,
espejo de mi inquietud.
«Gl mar-pienso-es un azar
digno de la ju&lt;Jentud. •
!Pero este &lt;Jiejo-antropoide
de rostro enjuto g xiloideque es el !Pasado, se obstina.

('/in diminuto asteroide
fulge en su frente cetrina.)

-fNo trabajaste tus músculos
-me dice-: tu &lt;Joluntad.
Gn ti medran los corpúsculos
261

�LA PLUMA

LA PLUMA
de la. «nsibilidad.
'Ge conmueven los crepúsculos
y te acucia la. verdad.
.Son tus designios, minúsculos
segmentos de eternidad.
!Pero le faltan los músculos
tensos de la voluntad.
- 'Gú eres-le digo - un lamento
ecoico, sin existencia.
{;/ torpe remordimiento:
la escoria de la conciencia.
8res lo que ya no siento.
81 grito de una demencia
pasada.
'V hoJJ ya me asiento
sobre una roca de ciencia
que en mi formó el sedimento
de una continua experiencia.
81 !Pasado, a su espelunca
se parte. !Pero al partir,
me grita:
-'Ge engañas. ;Nunca
podrás, de nuevo, vivir.
C:uando una vida se trunca
nunca ya se vuelve a erguir.
C:amina. 8n su espalda adunca
se quiebra mi porvenir.

... .Silencio. 81 sol, que desciende,
lleva agon{a. 9!1 pasar
junto a su lumbre se prende
un C:irrus crepuscular.

.La vista, lenta, se extiende
en un perdido mirar.
!Detona un grito, que hiende
mi amargura y mi pesar.

:Bajo las rocas se tiende
el verde clamor del mar ...
JUAN JosÉ: DuMEN~HlNA.

�LA PL U\\ A
carios y Arqueólogos, en él que había ingresado despnés de cur;,ai en la
ya desaparecida Escuela Superior de Diplomática y de hacer oposiciones a la Sección de Museos. La Arqueología, la Historia de Arte, la

.-u-

mismática y la Epigrafía, formaban el fondo de conocimientos nccesa

rios para ingresar en la Sección de Muscos. Era natural que se roe destinara a una colección arqueológica; pues no, fui nombrado archivero
de Hacienda de Teruel, para catalogar documentos de Bienes de Propios, estanco de la sal, cédulas personales, etc., étc.

.

UN PERSONAJE DE NOVELA
PARA EL SR. J. B. TREND

Hice un viaje raro, Fui a Cuenca en ferrocarril, y en Cuenca tomé la

diligencia de Cañete. Subieron al coche onas cuantas mujeres, con su
impedimenta de cestos, colmados con piezas de percal, gallinas, bacaladas y huevos; un albañil valenciano, serio como un peregrino de la
Meca, y un muchachote alto, guapetón, de unos treinta años, con aire

mujer, americana del ;\orte, me ha traducido la obra de usted referente a España.
En el capítulo que dedica usted a los libros de mi hermano Pío Baroja, 1'11ly un párrafo en el que creo notar el deseo
de saber dónde mi hermano conoció al pintor Bohtwell Crawford, ~carácttr txtraño, intertsan!t, excéntrico, a quien no le gustaba [ng'laterra .. .&gt;J
que aparece en El Mayorazgo d, labraz.
Este personaje fué a medias inventado por el novelista, a medias tQJnbién tomado de la realidad.
•
•~Yo creo que asi suelen proceder la mayoría de los a~ores _de no~ •
las. Los datos reales dan al personaje una armazón sólida, que quizá la,
fuerza imaginativa del autor no pudiera crear, y sobre este maniqu~ vi..viente se yustaponen detalles fantásticos o vistos en otras personas.
En este caso, puedo decir que mi hermano no conoció a su modelo,
y los rasgos que dan vida a Bohtwell Crawford fueron proporcionados
\Por mí.
El pintor inglés que yo conocí se llamaba José Sttatford Gibson (no
estoy seguro de la ortografía). Le vi por primera vez en Albarracín, en
la última decena del siglo pasado. No puedo precisar qué año.
Yo, en aquella época, pertenecía al C.uerpo de Archiveros, Bibliote1

264

"

de jaque.
En cuanto el coche tomó carretera adelante, todas las mujtres comenzaron a charlar por los codos y querer enterarse de quiénes éramos
y adónde íbamos. A fuerza de preguntas, consiguieron saber que yo iba
a Teruel y que venía de Madrid, que el jaque bien plantado era maderero, que cortaba pinos en los Montes Universales y los echaba por los
arroyos, hasta el Tajo o el Júcar, y que el moruno albañil iba a arreglar
una casa en Cañete.

Una de las viajeras me preguntó si conocía a Francisco Sáochez. comerciante de la Cava Alta, y al responderla yo que no tenía el gusto de
conocer a Francisco Sánchez, noté que dudaba mucho de mi ventajosa

condición de vecino de Madrid .
El maderero tuvo que explicar el motivo de su viaje: iba a Salvacañete a ai;reglar un puente que sus almad ías de troncos estropearon en la
última primavera.
- ¿Entonces lleva usted el mismo camino que yo?-le dije.
-El mismo hasta Salvacañete; luego, usted tendrá que atravesar la
sierra para ir a Albarracín.
-¿Habrá algún guía en Sah acañete?
-Ya veremos.
•1 •

�LA PLUMA
LA PLUMA
El n¡aderero, en la primera parada de la diligencia se apeó y entró en
1a venta con el cochero. Al poco rato salia éste, enjugándose los labios
con el dorso de la mano, y subía al pescante. El cortador de pinos tardaba y comenzábamos a impacientarnos. Por fin apareció de espaldas a
la pu~rta de la venta, se despidió de una muchacha, apretándola la mano
Y diciendo: «¿A la vuelta, eh?» En dos zancadas llegó al estribo y subió
al coche.
En todas las paradas ocurría lo mismo: el cochero echaba un trago
y el mad~r~ro tenía una tierna entrevista con la moza del mesón.
Las viaieras fueron bajando, y quedamos el silencioso valenciano el
m~=roy~.
'
-¿Sabe usted que voy notando que es usted el gallito de estos andurriales?-dije al maderero.
-¿Por qué?-respondió.
-Porque en cada posada tiene usted su rato de parla con alguna
chica.
-¡Bah! Se hace lo que se puede.
-Esa última era guapa de verdad.
-¿A usted le parece ... ?
-¡Ya lo creo!
-No es maleja, .. ; pero donde hay una que quita el sentido es en la
posada de Salvacañete. ¡Vaya una mujer! Lo que tiene de malo es que
es sorda.
-¿Sorda de nacimiento?
-No; se quedó sorda ... ¡Si es uoa historia pero que la mar de rara!
Ella era muy ... ¿cómo diremos ... ?
No voy a referir la historia de la sorda que nos contó el maderero
porque_únicamcnte t':~dría cabida en un tratado de Psicología Sexual.
El s1lenc1oso ~baml, q_ue escuchaba el pornográfico relato, preguntó:
-¡Pero los med1cos d1¡eron que la frialdad de aquello fué lo que le
produjo la sordera.
-Así se decía.
Llegamos a Cañete, término de nuestro viaje en diligencia. El a\ba266

ñil se despidió de nosotros, y ya estábamos dispuestos el maderero y yo
a pasar la noche en aquel pueblo, cuando se terció el modo de llevar los

equipajes a Salvacañete en carreta de bueyes.
Cargamos nuestras maletas, y charla que charla, carretera adelante,
llegamos al pueblo entrada la noche.
Fuimos a la posada de la sorda, y nos dispusimos a cenar.
t,ramos seis o siete alrededor de la mesa. La sorda nos servía.
Buena moza, bien plantada y garrida, llevaba gran faldamenta de refajos a la manera aldeana y cubría su cabeza con un pañuelo azul muy
ceñido, anudado por debajo de la barbilla.
Los prójimos que cenaban la hicieron unos cuantos arrumacos, más
de mano que de palabra, a los cuales la moza no se mostró demasiado
esquiva; al contrario, sonreía picarona y se dormía en la suerte sobre el
hombro de los comensales al cambiar los platos o escanciar el vino. El
maderero torcía el gesto.
Ahora, que han pasado tantos años, puedo decir, sin pecar de vanidoso, que yo, el señorito madrileño, fui especialmente distinguido por
el dejar hacer de la sirvienta.
-Pues nada, señorito-saltó el maderero bruscamente-, esta misma noche me ocupo en buscar un guía que le lleve a usted a Albarracín,
que siempre se encontrará aquí algún trajinero que vaya para allá.
-Pues mire usted, compañero-respondí-, la verdad es que no
tengo maldita la prisa, y lo mismo me da marcharme mañana que pasado que dentro de quince días.
-¿Pues no me dijo usted que tenía que tomar posesión de ese destino dentro de la semana?
-¡Bah! El Archivo de Teruel y sus papelotes pueden esperar.
El maderero se sirvió un vaso de vino, lo apuró de un trago y se mar:hó, lanzando miradas iracundas a la sorda, que se puso inclinada sobre mí a recoger los cubiertos, con una lentitud muy de agradecer por
mi parte.
Se marcharon los compinches de la cena, y la madre de la sorda dispuso una cama para mí en la alcoba del comedor.

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el otro lado•

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-Pue... que hoy es gran

.. ,

en

AIIII

.

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cua, que no haClfi •·.......

....

�LA PLUMA
que mi mujer me ha dado una cría. ¡Maja ... , bien majical Venga a verla,
buen amigo.
-Enhorabuena. ¿Y está bien la madre .. .?
-Y la hija, mejor que nunca.
Pasamos a la alcoba; en un catre vi a la parturienta, que me miró
con ojos lánguidos, y al lado una bolita amoratada, la cabeza de la reciénnacida.
-¿Pero no ha venido nadie a asistir ... ?-pregunté.
-¡Nadie! ¡Ja!, ¡ja! ¡Que se equivocó en la cuenta ... ! Que dec/a que
era para la semana que viene ... y ¡zás... ! Esta mañana ¡pum ... l Como
con una escopeta ... ¡la chica ... ! Y que es bien maja ... Ahora sacaré
agua y unas copejas.
Disimuladamente puse un duro sobre una cómoda bajo la fotografía
del hombre del zorongo, vestido de solda~o, y salimos de la habitación.
Bebimos dos, tres copas de aguardiente a la salud de la reciénnacida,
y despidiéndome de aquel feliz padre marchamos a campo traviesa y nos
internamos en el monte.
A medio día llegamos a un pueblo llamado Toril.
Pedro de Ademuz se encargó de la comida. Comimos no recuerdo
qué, bebimos vinazo negro de un porrón.
El guía se puso taciturno cuando vió que se terminaba el líquido, y
me miró de soslayo.
-¿Qué, más vino?-pregunté.
-Bueno.
La posadera trajo otro porrón. Yo tomé un par de tragos, y el guía,
sentado en el banquillo, la nuca apoyada en la pared y el compás de las
garrillas bien abierto, alzó el porrón en el aire y Jo vació sin resollar.
Pagué y echamos a andar a pie. Pedro de Ademuz se puso a mi lado.
Sonreia, y el vino Je daba ganas de conversación.
-Mi amo-principió y le interrumpió el hipo-. Yo tengo que confesar ... eso ... , que ... confesar ... que nunca he ido ... a ... Albarracín ...
-¡Demoniol

LA PLUMA
-No ... , no ... señor... ; no he estado nunca en Albarrada ... Yo soy
del Rincón de Ademuz ... , sí..., por eso me llaman Pedro.
-¡Maldito seas ... !
-No se incomode usted ... , mi amo ... , yo siento ... , yo tengo remor ...
remordimiento ... , eso ... , por engañar a un señor que da tan bien de comer y de beber ... , yo seria un cochino ... , peor que un cochino ... , si no
Je dijera la verdad a quien me da de comer y de beber ... El señor Juan,
el de los pinos, ¡le parta un rayo!, tienela culpa ... Me dijo que usted necesitaba ir hoy mismo a Albarracín y que yo tenía que acompañarle ... a
Albarrada ... Si quiere usted ir a Ademuz ... yo sé el camino ... como el
pasillo de mi casa ... Diga usted ¡vamos a Ademuz! y voy con los ojos
cerrados ...
Yo sentía ganas de machacarle aquel cráneo, en forma de coco, que
cubría con el grasiento pañuelo negro.
-El señqr Juan, el de los pinos ... es un canalla.
-¡Y usted otro!-grité exasperado.
-Es que yo no tengo más remedio que estar a bien con el señor Juan
y obedecerle, porque cuando llega la corta ... da jornal. .. Es una cochinada ... , sí, señor ... , una guarrada ... , yo creo que lo ha hecho por ... la
sorda de la posada ... ¡Ji!, ¡ji!, ¡ji ... !
Y el condenado guía, no sé si llorando o riendo, se fué hacia la raíz
de un pino, se sentó, dió dos o tres cabezadas y cayó al suelo de bruces.
Me acerqué y le sacudí con violencia. Se le diría muerto si no fuera
por el borboteo que hervía en su gaznate.
Yo estaba furioso y le dí unos cuantos puntapiés para hacerle volver
en sí. Todo fué inútil.
Monté en la yegua, descargué en ella parte de mi cólera, y con el potrillo detrás seguí el camino a la buena de Dios.
El terreno era cada vez más montúoso; enormes picachos cerraban el
horizonte, iba anocheciendo, y en el fondo de la pinada sonaban los chillidos del mochuelo.
El camino subía recto por un barranco, y cuando llegué a la altura
era noche cerrada.

"

�LA PLUMA
LA PLUMA

El camino se hundía bruscamente en una torrentera pedregosa, y la
yegua tanteaba el terreno antes de afianzar las pezuñas. Penetré en un
desfiladero, la senda se allanó y desemboqué en una carretera a orillas
de un río.
Dejé que la yegua tomara la dirección que quisiera, y el animal, sin
vacilar tomó a la derecha, siguiendo aguas abajo.
El ~auce del río estaba formado por dos ingentes murallas de piedra
negra, en las que se abrían oquedades más negras.
.
Ya desconfiaba de llegar a poblado, cuando al doblar un recodo v,
una luz, alta, muy alta. Sacudí un par de ramalazos a la yegua, que no
dejó por eso su paso cansino. Desapareció la luz y me encontré en la
boca de un túnel. Era para volverse loco.
La yegua se negaba a penetrar en las tinieblas que teníamos delante:
a fuerza de tirones de ronzal se decidió. Yo no sé cuánta longitud tendría aquel túnel; lo que si sé decir es que a mí me pareció largo, largo
como una noche de insomnio.

Por fin salí del agujero. Luces, casas; en una, como anuncio de felicidad y de descanso, lá sublime palabra POSADA escrita con letras de a
vara. Me arrojé de la cabalgadura y, como siempre, mi pobre maleta
cayó dando tumbos. Fui a la puerta de la posada y la golpeé con todas
mis fuerzas.

Se abrió un ventanuco, y una voz cavernosa me indicó la convenien cia de marcharme con viento fresco. Protesté a grito pelado, pateé la
puerta, cogí un canto y pegué con golpes capaces de derribarla.
Me abrieron por fin.
Entré jurando como un carretero. El hombre del mesón me hacía
dúo con una retahíla de maldiciones.
-Bueno; ¿pero dónde demonios estoy?
El posadero interrumpió su letanía respondiendo:
-En la posada de Narro, en Albarrada.
Suspiré satisfecho, y toda mi cólera desapareció.
-Pues dele usted doble ración a la pobre yegua, y su amo, así re-

.,.

viente ...

-¿No es de usted la yegua?
-No; es de un majadero que he dejado medio muerto en el monte,
de puro borracho. ¡Así se lo coman los cuervos esta noche!
El posadero me miró extrañado, murmuró media docena de blasfemias, y se llevó la yegua a la cuadra.
Yo vi una puerta iluminada por la que salía delicioso olor de cocina,
y me metí por ella.

• • •
A la luz de un quinqué, vi a una mujer que cocinaba en el hogar terrero, a una muchacha y a dos chitos sentados junto al fuego, y debajo
de la luz, sentado a una mesita cubierta con un mantel, comía un

hombre.
El hombre dejó la cuchara de boj en el plato de vidriado, se levantó
, al verme entrar y me saludó inclinando la cabeza.
Era alto, de cabeza pequeña, cabellos grises, bigote y barba recortados. Su rostro, ligeramente asimétrico, recordaba la figura de Covarrubias, pintada por el Greco, en el «Entierro del Cónde de Orgaz~.
El hombre se adelantó hacia mí, se puso la mano izquierda sobre el
pecho, y alargándome la derecha, dijo:
-José Sttatford Gibson, pintor acuarelista inglés.
Yo estreché la mano que me tendía, dije mi nombre y añadí:
-Archivero de Hacienda de Teruel.
Vestía aquel personaje un viejo traje gris; pero su figura era tan noble, que el ternd, rozado por los codos, adquiría la prestancia del traje
de etiqueta. Calzaba alpargatas blancas y no llevaba calcetines.
Le rogué que no interrumpiera su cena, se sentó a la mesa y conti-

nuó comiendo potaje de judías encarnadas. De vez en cuando, con un
tenedor, sacaba de un cacharro de loza pedazos de pan húmedos a mi
parecer, y el caballero, al notar mi sorpresa, me explicó que no podía
masticar los duros mendrugos del pan que se cocía cada ocho días, y
que usaba de aquel medio para reblandecerlos.
La posadera me destinaba un par dé huevos fritos con torreznos.
XVIII

273

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�LA PLUMA
-Sí, hasta mañana-y el acuarelista se levantó y, descolgando su
sombrero de un clavo, se dirigió a la puerta.
-Le acompañaré a su casa, y así veré el pueblo a la luz de la luna
-dije saliendo con él a la carretera.·
El pintoriba preocupado pensando en mis futuros modelos.
-El canónigo :lfachancoses, el señor Paco ... , la señora Francisca.
¡Ah!, se me olvidaba lo mejor. ¡La señora Pía! ¡Oh, sí, la señora Pía!
¡Gran tipo con su cara pálida, noble, con su mantón alfombrado! ¡Ad·
mirablel Mejor que la posadera, mucho mejor ...
-No se preocupe tanto, mañana pensaremos en ello, don José.
-¡Ah!, mañana, mañana. Es necesario recordar ... Sí, sí, la señora

Pía. ¡Esa es una figura para honrar sus pinceles!
Llegamos a la herrería y me despedí del inglés. .
-Acuérdese, señor pintor; ante todo, el retrato de la señora Pía
-dtjo al estrechar mi mano, y penetró en la casa.
Extraño tipo, pensaba yo mientras volvía a la posada de Narro, por
la carretera que pasa a lo largo del río. Había salido la luna y su reflejo
se mezclaba en el remanso de la presa con el reflejo de las luces de Albarracín, edificado sobre un risco.
Estaba ya cerca de la posada, cuando sentí pisadas rápidas de alguien
que se acercaba a la carrera. Una voz jadeante gritaba:
-¡Eh, señor pintor ... ! ¡Retratista .. 1 ¡Señor archivero!
-¿Qué pasa?-grité.
-¿Que qué pasa? Nada, que la señora Pía, mi recomendada, la de
cara pálida y noble, la del mantón alfombrado ...
-Sí, bueno. ¿Y qué?
-¡Que se murió el año pasadol-y después de darme la noticia, el
inglés huyó dando grandes zancadas y se perdió en la oscuridad.

•••
Al día siguiente por la mañana me despertó la señora Francisca para
decirme que un hombre chiquito, mal encarado, quería presentarse delante de mí, de rodillas, a pedirme perdón.
276

-:lhre usted, ama--contesté-, co¡a usted del chaleco cuatro pesetas y deselas a ese sinverguenza de Pedro de .-\demuz, y d igale de mi
parte, que como se presente aquí le doy con el orinal en la cabeza. Que
se lleve su yegua, que tiene más sentido que él y es menos falsa que el
tunante de Juan, el de los Pinos.
Salió la posadera, y aJ cabo de poco rato volvió, diciendo que mi borrachín de guía se había marchado lloriqueando y sonándose los mocos
con la manga de la chaqueta.
_Recor;í el pueblo en compañia de Narro, que se había hecho gran
amigo mio: y a la hora de comer lle~ó don José Sttatford muy sofocado. Se dedicó a la pmtura durante toda la mañana.
Según me dijo, vivía en España hacía muchos años. Pasaba Jo más
crudo del inviernc/ en la corte, y al asomar la primavera se marchaba a
su querido Albarracín.
Aquellas casas con muros de ocre amarillo, puertas de añil y ,·entanas nbeteadas de cal, le parecían la quinta esencia de Jo pintoresco,
Los riscos cobrizos y los pinares centenarios eran motivos de sus acuarelas.
-Me he refugiado aquí-me dijo-, después de mis correrías por el
mundo, porque cada vez se está poniendo más feo. El industrialismo Jo
invade y lo corrompe todo. La tierra se llena de fábricas horribles de
estaciones de ferrocarril. Hasta el mar, sí, hasta el mar está surc~do

por s~cios va~ores tiznados de carbón. Yo he visto el Mar Egeo, desde
un m1st1~0 gncgo, en el cielo de la tarde he comprobado que los rojos y
los amanllos de Turner en su cuadro Polifemo son reales. He mirado
aquel esplendor de luces y colores, y cuando estaba más embriagado, ha
llegado un paquebote inglés, vomitando por su chimenea bocanadas pestífer~• de hum?··· Aquí mismo, en este rincón, el leñador derriba pinos
y mas pmos, sm que a nadie le importe el color dorado del tronco ni
copa azulada de forma clásica tan querida por el Pusino y por Claudto de Lorena. Las pobres casas derrengadas por el tiempo suelen restaurarse con ladrillo recocho y no las revocan con el manteo de arcilla
y paja. El Arrabal ha sido prostituido por una espantosa serrería mecá-

fa

'77

�LA P L U ~I A

LA PLUMA
nica, que alza su techumbre de teja plana, orgullosa de su fealdad, sobre
los tejados, a los que el sol y los líquenes patinaron ...
-Pero, don José-le interrumpí en su perorata-. ¡Qué le vamos a
hacer? Son cosas inevitables. Todo cambia y nosotros también. Yo, lo
declaro con vergüenza. encuentro belleza en una locomotora y en un
acorazado de cuatro chimeneas y treinta cañones.
-¡Puff!, iPUff!
-O en una fábrica colosal. ..
-¡Puff!,¡puffl
-El progreso-quise continuar pero el inglés no me dejó.
-Yo vengo a Albarracín hace veinte años. Creía que para cuando
llegara aquí eso que llama usted progreso yo habría desaparecido de
este mundo. Desgraciadamente, asoma el progreso y yo vivo. En España hay dos pueblos admirables: uno, Fuenterrabía; otro, Albarracín.
¡Soa dos hermosas mujeres españolas! Fuenterrabía, es la española que
se pone sombrero a la francesa. Albarracín, a pesar de las barbaridades
progresivas, conserva su carácter, como la española castiza conserva su
mantilla. Por eso estoy aquí. Además, este pueblo es culto, naturalmente culto. El otro día estaba pintando en la plaza y una ráfaga de viento
arrebató mi hoja de papel. Pues bien, un chiquillo se precipitó a recogerla, y quitándose la gorra me trajo mi acuarela. ¡Eh? ¿Qué le parece?
¿En Londres o en París hubiera ocurrido lo propio?
-¡Londres! ¡Londres!- -continuó el acuarelista, y su rostro expresó
el desprecio-. ¡Infecto montón de ladrillos negros! No comprendo cómo
se puede vivir allí .. ¡Aire corrompido!; ¡río sucio!; ¡alcantarilla navegable! ¡Puff!, ¡puff!, ¡puffl Y pensar que una millonada de seres humanos
se apelmaza también en París, a pocas leguas del bosque de Fontainebleau. ¡Eso!, ¡eso es magnífico! Allí sí se puede estar. Yo he recorrido el
bosque infinidad de veces, con el morral a la espalda Tiene, eso sí, un
1nconveniente para pintar a la acuarela: el agua, el agua de los países
llanos descompone el tono de los colores. Por eso yo siempre llevo una
botella con agua de manantiales que broten en roca silícea. Es la mejor.
-¿Y por qué no usa usted agua destilada?-le pregunté.

-¡Jamás! ¡Nunca! ¡Agua modificada por un alambique! 1'o, natural, natural-. Y el acuarelista me miró casi con desprecio.
-Me gustaría mucho conocer sus obras-le dije.
Al oirme, torció el gesto; aquella energía que usaba para abominar
del progreso, se tornó en timidez.
-¿Mis acuarelas ... ? Pues ... , bueno ... , las tengo en la herrería.
-¿Le molesta enseñar sus cuadros?
-No son cuadros, modestos ensayos de un aficionado ... ; después
iremos, ya que siente usted esa amable curiosidad.
Terminamos la comida con ensalada de tomates y pimientos, a modo
de postre, y salimos a la carretera.
El caballero inglés me confesó que no poseía más que una renta muy
corta, resto de su fortuna, y que como siempre había sido aficionado al
arte y no un profesional, no pudo ganarse la vida nintando. Prefería
conseí\·ar sus acuareJas a venderlas.
·
Toda su vida fué empleada en viajar, sin rumbo fijo ni idea preconcebida, y ahora se encontraba casi en la penuria. Se remendaba él mismo los zapatos, se zurcía y larnba la ropa, y todo lo que podía ahorrar
durante el año, lo empleaba en colores, pinceles y papel de la mejor
marca inglesa.
La habitación que ocupaba don José en la herrería, era muy reducida; una ventana daba sobre el río; a un lado, el catre de tijera, cubierto con una colcha roja de percal; debajo de la ventana, la mesita y la
silla; en el ángulo, el lavabo, con la palangana llena de agua jabonosa,
en la que se remojaban pañuelos de bolsillo y calcetines usados. Arrimados a las paredes, rimeros de cartones y algunas cajitas enfundadas
en tela gris.
-Es mi única riqueza-dijo señalando las cajas-; son de lo me¡or-. Y cogiendo una, desprendió la funda y me enseñó la charolada
caja, que se abría como un tríptico, para mostrar las pastillas de color,
limpias, brillantes, como piedras preciosas.
-Estos canutos de bambú, que traje hace muchos años del Japón,
contienen los pinceles. Suelo lavarlos tres veces, después del trabajo,
2 79

278

�LA PL U~¡ A

LA PLVMA
con agua de manantial de roca silícea. La botella está en ese rincón, y
entre los cartones guardo las hojas de papel, para que no se arruguen
con la humedad de la noche. Todas las precauciones son pocas para
pintar a la acuarela.
Experimenté una gran desilusión cuando me enseñó sus pinturas.
De factura premiosa, sobada, parecían miniaturas de paisaje, en las
que el electo total se perdía a fuerza de detalles inútiles.
-¿Ve usted este rincón del pinar?-dijo mostrando una acuarela-.
Pues no puedo ya continuarlo; los pinos han crecido y el paisaje ha
cambiado.
Le miré cara a cara al oírle. Y la verdad es que iba creyendo que se
burlaba de mí. Pero en el rostro del inglés no vi el menor asomo de
burla.
-Pero don José-le dije-, los pinos crecen con una lentitud
enorme.

-Es que yo pinto con más lentitud todavía-contestó con seriedad
enteramente británica.
Me enseñó diez o doce acuarelas, casi todas ellas sin terminar por
falta de tiempo, y eso que habían sido empezadas hacía más de ocho
años, y después de guardarlas cuidadosamente entre los cartones, me
preguntó si quería decirle mi opinión acerca de su manera de interpretar la Naturaleza.
Quise salir del difícil paso, diciendo vaguedades, haciendo equilibrios, que si el color, que si el detalle, etc., etc.
El caballero me escuchó atento, y después, tranquilamente, me dijo:
-En resumidas cuentas, que no le han gustado nada.
Me dejó pegado a la pared, sin saber qué contestar.
Nos despedimos; él se fué a pintar y yo a dar una vuelta con Narro.
Por la noche, después de cenar, el posadero y su mujer discutían la
conveniencia de que uno de sus hijos entrara de aprendiz en un taller de
carretería, o fuera con unos arrieros a Valencia. Don José, que estaba de
mal humor, terció en la conversación y dijo que todos los oficios son
malos, y el peor de todos, el de vivir.
280

-Las madres no lo comprenden-continuó, dirigiéndose a mí-.
Figúrese, ese chico, golpeando toda la vida con el mazo sobre el formón,
o por esos caminos, escuchando las atrocidades de los trajinantes. ¿Qué
porvenir? Cuánto mejor hubiera sido para el chico que, cuando nació,
lo hubiera cogido Narro por la piel del cogote y lo hubiera arrojado al
río, que pasa, ad kor, por debajo de estas ventanas.
No pude menos de soltar una carcajada.
-¿No le parece a usted lógico?-me preguntó el inglés, extrañado
por mi risa.
-¡Sí, don José ... , muy lógico!
-¡Está loco!-me dijo Narro, cuando don José marchó a su casa-.
Figúrese usted que cuando mi perra tiene ganas de juerga va y la trinca
con una cuerda del collar y se la lleva a todas partes consigo,. y si hay
algún perro valiente que se acerca, se lía a cantazos con él, hasta que les
hace correr rabo entre piernas. Está más loco que una espuerta de grillos, porque después de hacer eso va, y un día de invierno que helaba
más que Dios, se mete entre los al morrones de una acequia llena de agua,
a salvar a un gato sarnoso, que unos chicos habían echado para que se
ahogara.

•••
Durante los días que pasé en Albarradn vi las cosas más curiosas de
la Colegiata, de la Escuela Pía, y las viejas fortificaciones arruinadas. Me
disponía a marchar a Teruel, cuando el inglés me llamó aparte y me
dijo:
-Se va usted de aquí sin ver una de las maravillas del país.
-¿Qué es'-pregunté con verdadera curiosidad.
-La obra maestra de un gran pintor de animales, un gran artista caprichoso.
-¿Y dónde está esa mara villa?
-En el monte; si no tuviera que aprovechar las horas de sol le
acompañaría. Pero he de continuar una acuarela que empecé hace siete

•8•

��LA PLUMA

PÁGINAS JNACTUALES

RELIGIÓN DE HOMBRES HONRADOS
-

EDRO.-Estaba [un bisoño] tn v11a posada de vn lab.-ador rico

y ae onrra, y Itera razien pasado d'España, y como no entendía la le11gua, vio que a la mug,r llamavm, madona, y dixole
al huesped: Madono porta manjar, pensando que deáa 1111,y
bien; que es como quien di:rest mugero. El otro corríose,y entre il y dos
hijos suyos le pelaron como palomino, y lubo por bien mudar de allí adtlanlt la posada y avn la costumbre.
MATA-Si el rd los pagase"º quitarían a nadie lo suyo.
PEDRO.-Vi, los paga; pero es como cuando en el banquete falta el
vino, que siem.pre hai para los que se sientan en cabtztra de mesa,y los
otros se van a la fuente. Para los generales y capitanes muica falta;
son como los pues, que los mayores st comen a los menores. Coclusió1t
es averiguada que todos los capitanes s011 cnmo los sastres, qu.e na es en
su mano de:rar d,.¿ hurtar, en poniendolts la pieza de seda en las manos,
sino solo el día que se confiesan.
MATA.-Ese día cortaría yo siempre de bestir; pero ellos ¿cÓHW
hurtan?
PEDRO. -Yo os lo diré como quien lt,, pasado p ,,. ello: Cada capitán
time de te,ur tantos soldados, y para tantos se le da paga. Pongamos
por caso 300; él time dofientos, y para el día de la reseña busca fiento
184

de otras compañías o de los oficiales del pueblo, y dales el quinto como
al rei y toma/es lo dtmas, al alferez d1 q1te pueda hazer esto en tantas
plazas y al sargento en tantas; lo de mas para no bis.
JUAN.-Y los genuales ¿no lo remedian eso?
PEDRO.-¿Cilmo lo !tan de remediar, que son ellos sus maestros, de
los q1tales deprendieron/; antts estos dismmlan,por que 110 los descubran,
q1te ellos lo httrtan por grueso, dizim,/o q1tt ,rl ni es licito vrtarl, porque no le da lo que ka 111enester.
MATA,-/ Y el rri no pone remedzo/
PEoRo.-No lo sabe, ¡q1&lt;é ka de hacer!
]UAN.-¿Pues stmejante cosa ignora?
Prn'Ro.-Sí, porque todos los que !tablan con el rei o sori genera/es
o capitanes, o oficiales a quien toca, que no se para hablar con pobres
soldad"s; que si eso fuese, ll lo sab, ia y sabiendo/o lo atajada; pero
¿que, eis que vaya el capita1t a dezir: Señor, yo vrto de tres partes la
vna de mis sollados; castígame por ello/
JUAN.-Y el Consejo del rei ¿no lo sabe/
PEDRO.-No lo debe de saber, pues 110 lo remedia; mas yo reniego
del capitan que no Ita sido primero muchos a,zos soldad».
MATA.-Esos soldados .fieros que defiais dntantes en el escuadran
al arremeter ¿qué tales son?
PEDRO.-Los postreros al acometer y p, imeros al retirar.

JuAN.-B1una va La guerra si todos son ansf.
PEoRo.-Nttnca Dios tal quisiera, ni avn de treinta p11rtts vna.
antes toda la religión, crianfa y bondad, está entre los bueiros soldados,'
de los qua/es kai in.finitos que son vnos (:esares y andan con su bestido
llano y son todos gente noble y illustre; con su pica al hombro, se andan
sirviendo al rei como esclavos invierno y verano, dt noche y de día,_y de
mue/tos se le olvida al rei, y de otros no se acuerda, y de los que ,·estan

110 tiene 1~tmoria para gratificarles sus servicios.

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�LA PLUMA

LA PLUMA

· Iba 8 dialogar con sus heroínas, sus Matildes, sus Cármenes, sus
Adelaidas:
, -,Qué os parece?
.
.
-Que también a nosotras nos es necesano este retiro;
,
de !no no sab1amos
_t·Os acord a1·s de aquel día en que muertos
)
ómo íbamos a salir del apuro del sustento.
.
.
c -Sí nos acordamos que te hicimos el socomdo arroz de toda la primera etapa de tu vida...
. d
d'
t
-El arroz que me volvereis a hacer en el ret1r~ e me 10 muer o.
-Sí te lo haremos; pero en vez de echarte en el las oscuras p1m1entas ue engañan y el aceitazo de haber guisado otras cosas que su~t1tu)e
la f~ta de todo te echaremos gallina o la cabeza del besugo re~1en pescado en el mar 'de enfrente y que nos traerán las pescadoras, aun vivo,
en las cestas de mimbres separados para que sean cedazo a la vez que
sosténPero siempre me echareis muc~os ajos estimulantes, aquellos ajos
que da~an todo el sabor al arroz antiguo.
Des~;e modo el Novelista cambiaba impresiones con sus heroínas,
las ,que se iban con él al asilo final.

XXX
El Novelista, por fin, estuvo instalado en un ~ote\ hast~ la mue:te.
Estaba satisfecho, pero lánguido. Su vejez se volv1a mas puhda por d1as.
_
Sus manos estaban pulidas de felicidad ¡•. de renuncia plena:
0
Andrés Castilla miraba al le¡ano con m del mar en éxtasis prolon.,a
dos como si esperase un barco.
Buscaba muchos consuelos a su soledad y pensaba qud
~menaza
ael catarro que seca al hombre y le hace poroso Y. escar a o e irritación, ya no le perseguiría en el noble pueblo. p~rdido en que la mt1m1dad es de quinta de recreo siempre en el para¡e ideal.
El corrosivo catarro no le desharía casi nunca, y eso ya era bastante.
Sus personajes nuevos, como turis~as que. creen _que no van 3: se_r sorprendidos por un novelista, lleganan de incógnito a su conoc1m1ento,
pero él los descubriría.
¡
No existía la amenaza dura del frío, al que de pronto le da la ocura
y estrangula al hombre pacífico.
d.
Siempre le parecía mentira vivir otro día sereno después de un 1a

Jª

de serenidad; pero allí se podía esperar con fe la continuidad del buen
tiempo.
Los pinos. se conmovían _bajo la caricia de es~ clima, y se ponían dorados como s1 el sol les hubiese 0X1genado. Perd1an su color los cipreses
bajo la ¡¡alv~noplastía tan en su punto del sol d~l buen invierno.
El !'.ovehsta disfrutaba ese color de musgo dichoso de liquen divino
que tenían los pinos de cabeza ancha en lo más alto d~ sus cabezas.
:\'o se había libertado de la muerte, pero sí del altercado del mal
tiempo con el buen tiempo, algo así como el desagradable altercado del
padre y _la madre, en cuyo confücto no se puede intervenir y cuyas con-

secuencias aprietan el a]ma.

En la permanencia de la vida no se podía creer nunca. El Novelista
al construir la casa en aquel rincón resguardado por un monte con u~

y

pinar a un cos.tado, _un jardín_ espléndicfo y abierto al otro lado el mar
enfrente, creyo que iba a sentir asegurada una racha larga de tiempo.
¡Nada más talsol La incertidumbre era la misma, aunque no la encrudecía el trío tenebroso.
Todos sus libros estaban colocados para siempre en las estanterías
que llenaban escaleras, pasillos y toda pared, pues por fin había realizado su sueño de tener todo al alcance de la vista y de la mano· nada de
librerías altas o profundas, sino anchas y bajas.
'
Había clavado cada clavo para siempre. Los relojes ya no se desnivelarían más, porque habian sido colocados detinitivamente, y los cuadros
tampoco variarían de sitio ni se ladearían, porque estaban clavados entre cuatro clavos.

• Todo ya no padecería otro desahucio que el de muerte. El desahucio
que se p_uede consentir, porque toda supervivencia del alma seria repugnante e infame.

Los personajes de sus novelas se paseaban a lo largo de la costa y se
l?s tropezaba al_ darse un paseo: Todos se trasl_ucían porque creían estar
libres de mvest1gac16n en la l!erra de prom1s1ón, pudiéndose pasear
desde el amanecer hasta bien entrada la noche. La fuerza de los eucaliptus se los conservaba buenos.
-Un sitio de hotelitos-solía decir el Nol'elista- es un sitio de muchas novelas ...
En cada hotel se cura y se prepara una nueva novela ... Es como una
cosecha que el novelista ve al pasar por el camino y con cuyo futuro
cuenta ...

Andrés veía a esas jovencitas entre mujeres y niñas que pasaban por
su lado por entre las calles de hoteles, X las miraba como a futuras he-

,,,

�LA PLUMA

LA PLUMA
roínas, todavía criándose para s~rlo, pero ya con la alegría en que se

cuaja la tristeza fotura que habra en_ el ~rama .
,
Alimento y aliciente de su 1magmac1ón eran los geraneos, que se
asomaban a todas las tapias y terrazas siempre floridos. Dab~n la emoción de un tiempo invariable, en que se podía pensar con sosiego en los
,
grandes dramas de la vida,
La perspectiva de la miseria, del encono, de la sensualidad desacertada del frío eran más vivas desde aquel camino de la costa, en cuyos
ban¿os públi~os estaba sentada la avizoración oteando el mundo como
sólo se otea frente al mar.
Las novelas y los conflictos del mundo se veían_ apiña?º' en las casas de los pueblecillos de la nbera . ¡Qué gran traba¡o hac1an todos l&amp;s
días por vivir con alguna felicidad en aquel recodo del mundo, frente
al mar y el cielo!
Andrés guardaba su silencio de todo el día, su silencio de retitado
del mundo que sólo habla a lo lejos-v lo retenía en su boca-, como
lucha de amar~ura y de delicia_ que lle'vaba quieto y sin que se le perdiese en el fondo oscuro y sumido del alma .. ,
.
«Tenoo fe-se decía-en seguir comprend1endolo todo y solo eso es
bastante,º sólo eso es lo que necesito.

»Sólo con esta gran serenidad no me distraeré nada de_cont_emplar las

pasiones humanas y ahora va a ser cuando voy a escribir m1s me1ores
novelas.»
. .

Junto a él aprovechando el sol de la tarde y la pulvenzac1ón del mar,
pasaban damas con sombrillas de antiguos encajes. Todas se veían lejos
de la novela; en un rincón del mundo y paseaban su decadencia con
encanto.,. ¿Cómo se iban a suponer que pasaba ¡unto a ellas, el novelista que iba a divulgar sus vidas, porque siempre sospechana alguna
verdad de las que la• corresP.ondían o alguna infidelidad de la que fueron capaces .. .? Surgían en el frases de serenidad que sólo en aquella
gran paz se le ocurrían.

«El mundo entero se está hundiendo en cada instante, y los barcos
que entran en el puer_to piden, a la ve~ que entrada, auxilio en el gran
naufragio en que se Sienten comprendidos.
.
.,
»El cielo se levanta sobre el mar con vuelo de miedo, adqumendo
su mayor altura.
, ,
»La arena de las orillas sueña con la caricia del mar, esta palida de
tanta voluptuosidad, está nerviosa de deseo. .
.
»Toda la costa recuerda la inundación antigua y presagia la futura.
»Ríen en anfiteatro las costas.

»Los gemelos lejanos nos ven pasear y buscan un rostro en todos los
cristales, tristes, oscuros, y con cuchilladas de luz,
»¡Qué en vano es toda la expectación del mundo!
»Somos ya la cruz del camino que anuncia un caminante menos. No
tenemos mas que abrir los brazos,
»Esos hoteles que tienen intención en la veleta y en el modo de rematarse, perturban todo el panorama y son como iglesucas de una religión desconocida o castillos que quieren poder sobre nosotros . Las hijas
de_ sus dueños son las más orgullosas de todas las muchachas del paisa¡e.
»Hay días en que los railes del tren costero están más planchados y
brillantes. Durante la noche parece que los han dado brillo esos hombres que se recuerda haber visto en las ciudades trabajando como planchadoras en estirar y enlucir las tirillas de acero,
»Sólo en las costas de buen clima hay gentes que creen que van a
ser felices siempre, que no sospechan que sus leñazos sobre el mar no
van a ser eternos. Yo me paro a mirar esas gentes dichosas en las que
no hay ningún temblor, y robo en sus jardines algo de su fe, como quien
arranca una de las madreselvas que se escapan a su verja.
»En aquel balcón de la casa triste de madera se asoma el colchón del
muerto desde hace un mes. Debía enterrarse al muerto con su colchón,
perp con lo mucho que se le llora a nadie se le ocurre tener ese rasgo
espléndido.
»En los trenes del anochecido vendrán siempre los trabajadores de
la ciudad, los que mejor cumplen con su deber, pero los que odian más
la ciudad y sus oficinas . Me aplacarán siempre como novelista.»
Y Andrés Castilla, que pensaba inundar las habitaciones del hotel
con las cuartillas de numerosas novelas, se desleía en la luz y no se atrevía a tirar nada de aquello como elemento novelesco.

Había encontrado la luz final, el clima constante y el cloridio divino para los ojos cansados.

FIN
RAMÓN GóMEZ DE LA SE ..NA,

�LA PLU,\\A

/'JI antes que la lujuria de .Salomé fJenciera
a !Dios, a ti y al mundo, por tu constancia, un día

MANANTIALES EN LA RUTA
A

&lt;•&gt;

SAN JllAN

rui mente se imagina, de pronto, tu figura
junto a este arroyo, como en el ;Jordán, un día,
la gente de ;Judea miró tu mano pura
bañando la cabeza del SCijo de ruaría.
')/ ante mi flista surge tu fJaroníl belleza
-¡oh, las purpúreas rosas de tu rostro encendido!¡'Gu cuerpo de mancebo contrasta su grandeza
con la pobreza humílde del rústico fJestidol
ru;s ojos en la senda flan buscando las huellas
de tus plantas, pastor de sagrados corderos;
por elección divina santo pastor de estrellas
que hoy fJas, tras tu rebtJño, por celestes senderos ... I
¡ 'bu fJOZ estremecía los montes de granito
y sacudía el alma de toda Qalilea,
cuando a las multitudes tu fNúmen infinito,
lanzaba la sagrada semilla de la f!dea!

'JI así el ido/o fuiste de la comarca entera .
.Cas gentes te adoraban y !Dios le bendecía.
(1)
294

Libro en prcpa.raci6n.

tus ojos, dilatados por el asombro fJaslo,
de pronto, en un paraje de la amplia selva, han fJisto
cómo, u la sombra fresca de un viejo olivo casto,
ruaría füagdalena daba aposento a Cristo!
LA PRESENTIDA

.Silencio... {;sta mañana mi corazón te espera.
ClJendrás a mi, no sé por qué extraño camino,
nimbada de oro y de azul de primavera,
con un manto en que el púrpura pone festón al lino.
{;[ sol te anuncia. !Dice tu claro nombre el fliento .
.Ca puerlcr de mi vida presiente tu llegada.
!Para escuchar tus pasos se detiene mi aliento
y la ansiedad prolonga la luz de la mirada ...
.Serás buena y serena como mi alma ... 'Gus manos
sabrán curar las llagas de todos los humanos
con su magia sublime de bálsamo divino ...
¡!Para que le saluden en la mañana de oro
,¡o he puesto cien campanas a orillas del camino
y en mi fJentana el canto de un caracol sonoro .. .!
FERNANDO GONZÁLEZ.

•

�l. A P L U ~I A
de mi tiempo: por demasiado antiguo o, (~Or qué no?, por uacido harto prestfl.
Pensaba y pienso en Stendhal; pero luego IJO me part"ce que Lucini haya dejado,
como Steudhal, pruebas acabadas y seguras de un gran poder artístico; y sí
solo señales innumerables aquí y allá, a que naturaleza o d .izar negó la obra
maestra.

• * •

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA
1 D'ANNUNno A NOSOTROS: G11.K Purra.o Luc1N1.-No había nacido

para su época. De haber vivido ahora_ y continuado produciendo,
probablemente la juventud de después de la guerra le hubiera
comprendido. Pero nacido y desarrollado en el período gris e incoloro que corre del So al 914, su voz no llegó a los contemporáneos, y los poquísimos que le oyeron no tuvieron valor ni fuerza para ayudarle, ya por demasiado j6venes, ya por harto viejos. Se decía en 19r4 que Croce
tenía el propósito de escribir algo acerca de ti y lo mismo Cecchi; pero luego,
ni uno ni otro lo cumplieron. Una vez muerto, otros hombres, otros ingenios
se sucedieron, de suerte que Lucini entró en la sombra y nadie le recordó más.
Sobreviviente de aquel período, y amigo del Lucini de los primeros tiempos,
era Lioati; pero poeta, y no crítico, cuando con gusto y emocióo dedicó algunas páginas de un libro suyo a Lucini, los críticos leyo:!ron y comentaron incidentalmente, agradecidos a Liaati por haber escrito unas cuantas páginas de
las que Lucini era tan solo ua motivo, Yo mismo, ayudado por Linati e inspirado por el propio Lucioi, todavía vivo, publiq•Jé en las ediciones de Carabba
una antología de sus mejores cosa3; pero, salida a luz ea plena guerra, tampoco mi trabajo suscitó la menor atención. Por lo demás, yo empezaba a separarme del escritor a quien tanto había amado, atraído por pruebas y experienci.is
GUe me parecían más nuevas y modernas, y en las que, por el contrario, tuve
que reconocer una antigüedad de muchos años, y en todo caso, superadas por
él. Hoy, si picoso en Lucini y lo rdeo, estimo sl su estilo, pero no me parece

Vió la luz en Milán el 20 de septiembre de 1867: ea una época inmediata a
la r~volución; pero ya aquietada y pobre de idealidad. Dotado de un temperamento excepcionalmente despierto, burlón, de-sdeñoso, intencionado, Gian
Pietro Lucini no aceptó el tranquilo ambiente que se respira en Italia; y odia
al puato, desde su primera juventud, a la jocunda burguesía y a los poetas y
artistas porque se expresa: afeminados y palabreros. Comenzó a escribir muy
joven, revelando desde los primeros intentos que poseía una mente (aunque
no desarrollada aún) túrgida de ideas y ritmos. Revolucionario por instinto, se
apoya en los mazzinianos y en los republicano!', en los cuales ve y cree ver reflejada la atrevida temeridad de los hombres de la revolución. Pero, mientras
se acerca al pueblo y le babia, enllubia su pluma con tales y tan afanosas nov~dades de lengua y de ortografía, que sus artículos no se entienden ni se leen;
Jos más de los lectores los saltan. Y como los artículos, los librns.
Su natural es abierto y generoso; pero ya sea por la soledad que le impide
la comunión inmediata con los hombres, o por la cultura mal dosificada, sus
artícttlos y sus libros c:trecen de medida; y los italianos, incluso ]o;ó; itmigos político!i, acaban por conocerlo solo d~ nombre. c¿Luc.:ini? ¡Oh, sí: uno ele esos
pensadores!&gt; O: c¡un µolemista 1 sí!&gt; Pero sin haberlo l~ído. Por otrn parte,
como todos los solitarios y los enfermos, se acercaba a la tragedia de los demás, pulsándose él mismo primero: por Vl;'r si estaba sano y bien dispuesto.
Leía en el mal y en el bien, en lo justo y en lo injusto, pero siempre desde un
punto de vista angosto y personal. En suma, más que un corazón, un cerebro,
que veía el mundo con el termómetro de :su realidad; y, lo que es peor, sin que
esta realidad fuera siempre la misma, sino varia.ble, y pudiéramos decir que
correspondiente a sus condiciones de salud ¡ay! siempre circunstanciales. Como
un ser deforme al que la suerte haya empeorado su condición física, para colmo de injusticia, con una enfermedad incurable, la tuberculosis ósea.
Operado, medicado, amputado, no gozó ni una sola hora de salud perfecta.
Con todo, si he conocido nunca un ser alegre, pronto a la risa y a la burla, era
297

�LA PLUMA

lAPLUM.A
Lucini precisamente. Parecía en algunos momentos un niño; si bien la cara
faunesca, acabada en una barba puntiaguda, desigual, revelaba por deseracia
los sufrimientos del cuerpo: amarilla, ch11pada, devastada por precoces arrugas. Pero si estaba alegre, desahogaba su bue11 humor en gustosísimas donosuras; cuando fui su huésped en Breglia, varias veces se burló festivo de mí, de
su mujer, de una sobrina que con él estaba por aquellos días, hasta que cansado, mudab~ de fisonomía y de conversación: haciendo decaer la broma a los
sarcasmos y basta la invectiva. De la muerte, estoicamente, no tenfa miedo;
Linatí y yo recordamos aún Sl!S palabras de junio de 1914, cuando en su casa
de Milán, despué~ de la última amputación, nos mo~traba la gangrena ascendente por el pie que aún le quedaba: fiando, sí, en la nueva cura al sol que el
médico le había prescrito; pero confesando al punto que, aunque la enfermedad concluyese con la muerte, estaba bien dispuesto. A momentos de seguridad y orgullo (Jmi obra no morir~,) sucedían por lo demás, aunque no frecnentes, momentos de desconsuelo; y entonces se lamentaba de no haber dicbo aún
cuanto podía; de que su cestétita, no e:.tuviese toda ya escrita; de cierto libro
suyo de filosofía; de una obra de crítica, no se cual. Entonces él, tan combativo
y que tanto gustaba de los hombres activos y CO'.Ilbativos, escribía a los amigos: c¿combatir?, y ¿para qué? Todo se mueve conforme a un orden inmutable;
y todo esfuerzo humano es superflu.o, cuando no inútil, En tales horas, se encerraba en sí mismo; y en vano sw. mujer, buena, afectuosa, conciliadora, intentaba consolarlo con palabras y caricias. Lucini ya no respondía, sórdidamente cerrado, acorazado casi en su desperación. Pero amaba la vida y ea
Bretlia, en el lago de Como, sentíase siempre mucho más consolado que en
Milán, y nunca o casi nunca desfallecía. «Resistir todavía algún año más-me
escribía desde allí pocos días antes de su muerte -- , acabar los cuatro o cinco
libros en que trabajo; fijar en el papel unas cuantas ideas que me bullen y que
aún no he sabido o podido decir; y después morir.•
Pero la muerte llei.!Ó solícita. Y no se curó de las cosas empezadas, de los
pensamientos que Luciai no había expresado aún. Muertos, con él. Lo mismo
que las apostillas a los volúmenes qua pensaba escribir y que hubieran sido
interesantísimas; y como todas las cosas bellas que nos había prometido. Todo
muerto ¡ay! o naonato.

• • *

He dicho que los pocos crític0s de talento y seriedad que poseemos, no se
acercan todavía a la obra de Luciai, no la buscan, no quieren darse cuenta de

.

.

ella. ¿Pero por qué maravillarse? Yo mismo, que be sido de los primeros en
gustarla y que creo entenderla, experimento ahora su dificultad. V es que Lucini fué un espíritu disperso. Escribió de todo: poesía, drama, noveia, política,
filosofía, tentado por todas las aventuras espirituales, a que le atraía la curiosidad del momento; y muchas veces, obsesionado por ideas fijas, que en vez de
ayudarle a clasificar su material, lo recargaban. Nada le era ajeno; y no ya
de los acontecimientos espirituales y físicos de su país, sino de los extranjeros; e incluso de países l~janos. Pero lo que otros hubieran saciado con rápida
ojeada, profundizábalo él-y el derroche era siempre enorme-. Su talento había nacido para la orgía; entusiasta, sensual, febril, abandonaba totalmente sus
fuerzas internas y exteriores, ante fenómenos mezquinos .

• • •
Este ímpetu no estaba, por lo demás, de acuerdo con los tiempos, ni tampoco con la región lombarda, de la que procedía, donde et ingenio sabe ser
siempre cauto, y aunque lo tienten aventuras osadas, sabe contener el propio
impulso y medirlo. Lucini tenía algo de los románticos alemanes: y más de una
vez yo mismo Je be oído parangonarse a Jean Paul Ricbter, a quien leía y amaba. De la sensibilidad de Jean Paul heredó, a buen seguro, muy poco; porque
le falta sobre todo la delicadeza del sentimiento; y por completo, el humorismo
n6rdico que melancólicamente, y a golpes, veía en el estilo de Jean Paul.
Lucini era más biP,n un sensual, en el verdadero sentido de la palabra: anheloso siempre y dispuesto a volcarse por entero en !a emoción. No conoce la
meclid~; y cuando está excitado, la imagen se le espesa en vez de afinársele;
su estilo es siempre superabundante, nunca dosificado, frenado, consciente.

• * *
Poeta, se perdi\J en .concepciones vastas, sin límites, y aunque penetrado
de que el arte es medida, una vez lanzado, no se detiene; expresa, cuanto hay
en él. Pensaba en Foscolo y decíase su heredero, pero le fa\t11ba su arte, esa
admirable sucesión de efectos que dan a la lírica del autor de los cSepulcros,
uoa solidez marmórea. Él no; abierta la vena, deja fluir cuanto contiene: lo bello y lo inútil; y ésto muchas veces enturbia aquello, Piénsese en su «Carme di
angoscia e di speraoza•, poema de un millar de versos: riguroso de concepto
y rico de momentos líricos sublimes. Estaba convencido de qae este poema

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
perduraría; y, ciertamente, algunos fragmentos no morirá □: sobre todo los internos: ciertos pequeños cuadros d,: muerte y de espasmo; ciertas sensaciones
cósmicas y pánicas¡ un sentimiento de terror robustamente expresado aquí y
allá. Quería ser una composición clásica en la intención ( cEstanme al lado
las gracias,), pero la concepción. el desarrollo, el movimiento son románticos;
y, peor aún, decadentes. Hay allí demasiado peso muerto de pensamiento; rara
vez la imagen se desprende de él y vuela. Y lo mismo sus demás líric ts: desde
La prima ora d1 'f Accademia, concepción grandiosa, que hace pensar en el Fausto,
harto sofística por lo demás en el fondo, que ahoga con sus disquiiiiciones cerebrales el drama lírico; basta las poesías de Revt1lverate y de La Salita canzone det
Metibeo en que es más manifiesto el esfuerzo del poeta por fundir el concepto
idealista que tiene (o quiere tener) de la vida, con la materialidad de su temperamento. Este dualismo tormentoso podía ser su drama; y aquí y allá lo
fué; pero la fusión solo se dió raramente, y siempre de una manera fugaz. La
riqueza de sensaciones, verdaderamente insólita y desbordada, no se at~mperó nunca a ritmos mesurados, y, pudiéramos decir, l·onscientes.

* * *
Pero a quien pidiera a Lucini mayor equilibrio y freno, se le contestaría
que de la misma suerte que en la naturaleza los desequilibrios son tan solo
apariencia, así en algunos talentos poderosos; que contemplase un día su obra
total y la vería entonces, aunque nada fácil ni simple, coherente; tan coherente
que la muestra más pequeña tendría su razón de ser1 estricta. Un crítico joven,
A. N. Tarabori, que ha tornado en CO'lSlderación ahora la obra completa de
LuciQ.i, de las primeras a las últimas páginas, y escrito un largo y armónico
eo!:tayo: G. P. L,,cini (Rinaldo Caddé Editare, Milano) 1 encuentra a su vez, coovencido admirador, esa coherencia: y lo demuestra. Pero se le podrían hacer
muchas objecciones. Principalmente la de que la razón crítica sobrepuja asai:
frecuentemente en Lucini al esfuerzo creador; y a. vecell casi lo anula. En otras
palabras, nos parece que por cada página artística que Lucini produce, nacen
por lo menos diez sofísticas y críticas; de suerte que el lector queda las más
de las veces antes convencido que emocionado, ganado por la dialéctica y no
por la poesía.

•••

Más razón tiene Tarabori cuando quiere hacernos reconocer la sincera hu
manidad con que Lucini se enlaza a la tradición lombarda: con cuánte vigor y
300

•

emoción la expresa; cómo participa de ella. Por esto tal vez, el libro más
hermoso, e incluso diremos perfecto de Lucini es eL'ora to pica di Carla Dossi~: cuadro enteramente logrado de la vida intelectual milanesa, realizado no
crítica, sino Hricamente. Este es acaso el esfuerzo creador de Lucini más duradero; por cuanto carece en absoluto de reflejos o contorsiones: discurso fácil, armónico, fel ,z; nunca ahogado por disquisiciones polémicas, por tentativas
sofísticas, por añadidos filosóficos. Cario Dossi, figura literaria tao diferente de
Lucioi (aquél todo economía 1 éste disperso en grado sumo), revive por entero
en esas páginas: sobre el fondo del Milán de anteayer, tan poético, luminoso y
atractivo. Obra biográfica; pero sólo aparentemente: porque la materia se
transforma, se ilustra, se enciende: arte.

•••
Pero quien quiera, por lo de'más, incluso eo las obras inperfectas, juzgar a
Lucini con el compás y la escuadra sólitoi, yerra: que si los defectos de c\arid:1d (la ondulación rebuscada del período, la ortografía extrañamente forzada,
d estilo lleno de idiotismos y neologismos ...) son frecuentes y chocantes, d
µe nsamiento es siempre vigoroso, .complejo, la imaginación riquísima, la cultura enorme. ¡Nol Lucini es una mente y un alma superiores, y su obra, inclu!O
la más imperfecta, denota siempre que ha sido elaborada por un cerebro poderoso, y que su expresión ha sido trabajadísima. Por eso digo que quizás ha
nacido antes de tiempo: que tiene en sí elementos grandiosos. los cuales si no
llegan siempre a emocionarnos, es porque vamos todavía al paso marcado por
los Ci.ltimos grandes escritores, y no hemos salido aún ¡ay! de la tutela. Hay,
sin duda aquí y allá, en su obra crítica sobre todo, ciertas señales que nos
mueven a dudar de él: preferencias, admiraciones, amistades: esa misma fobia
danounziana en cuyo altar él mismo sacrificó más de una vez; ese fetichismo
destemplado por Dossi, y, lo que es peor por Rovani, novelista harto exageradamente alabado. Pero si consideramos que estaba solo, aislado en el mundo
y casi en la roca de su oscuridad, se pueden comprender y compadecer esas
apoyaturas, inexplicables de otra suerte. ¿Dónde ballar hoy, por lo demás, un
hombre semejante? ¿Dónde hallar un espíritu tan henchido de turbacióo, de rebeliones, capaz de grande: amor y de un gran odio 1 accesible e inflamabld
¿Dónde un carácter que se le parezca? Es mene.ster llegar hasta Carducci. Y
aunque no comparables uno a otro en los resultados, sus huellas morales
coinéiden en algún momento; se ve por lo menos que Lucioi no se ha abreva301

�LA PLUMA

LA PLUMA
do en la escasa linfa de que viven incluso los literatos más famosos de hoy día;
sino que se nutrió de una médula que tiene ciertamente el sabor de la de un
Foscolo, de un Parini, de un Alfieri, de un Stendbal: rica y sanguínea. Y aunque
no hubiera una sola página suya perfecta-las hay perfectísimas-quedarí:an
de él signos de verdadera grandeza: el desdén varonil de la al:tbaoza 1 la dignidad y el org:ullo del pensamiento prC)pio, la seriedad en los actos J en las pa~
labras que :Wlo tu.vieron los grandes hombres.

• • •

.,

Nosotros, que lo hemos conocido de cerca y medido con nuestro criterio
de contemporáneos, podemos habernos engañado o al menos, pese a nuestra
buena fe, no haber visto, a través de- sus muchos defectos, el verdadero centro
de su pensamiento y de su moral literaria y civil; pero, como dice Tarabori
muy bien en su honrada conclusión, Lucini quedará en nuestra historia literaria; y, añadimlii'ls nosotros, si no como un gran poeta, como un espíritu moderno r.o menos grande; del que los jóvenes de mañana puedan, con sólo proponérselo, tomar ejemplo de vida, primeramente; y además, enseñanza de seriedad artística y civil.
M.iRIO PucCINI.

BrnuoGRAFÍA.-Obras principales. Poesía: lJ libro de/Je jiguraziom ideali; lt
lib,·o delte immagini te,·rene; Ejisodi dei Drami" del/e 1/aschere; La pt"ima ora detl'Accademia¡ Carme di angosúa e di speranza; Revolvtrate¡ La solita can$one del
Me#beo. Prosa: San Pie/ro da Core; Le no/tole é i vasi; JI tenipio delta gloria¡ Giosué Carduccz"¡ It ve,·so libero; L'ora to/rica di Cario Dossi¡ Antidannunziana; Enrico lbsm; Filoso.ft ultüni.
Véase: Mario Puccioi: Sc,·itti Scelti di G. P. Lucmi; (antología con prefazior.e, autobiografia e note). Ed. R. Carabba-Lanciano (Co11ezione .. Scrittori
nO!tri~, diretta da Giovanni Papini.)

-

TEATROS

:tN1nto CATALÁN.-Al fin se ha presentado al público de Madrid la
señorita Jordi, ccstrella» qu~ fué durante_ estos ólti~os. años d~l
Paralelo de Barcelona. Cornan, a prnpós1to de la senonta Jord1,
rumores por demás atractivos. La rectificación que la señorita
Jordi se apresuró a mandar a los periódicos, no bien desembarcó
en la estación de Atocha, llevaron a nuestro ánimo la duda. Traía fama la actriz
catalana de desenvuelta y aún de procaz. Sería hipócrita negar cuanto nos felkitábamos de ello los hombres de bJena fe, harto convencidos de la honestidad del
escote y virtuoso desaliño monjil de algunas primeras actrices. La señorita Jordi, curándose en salud, declaraba paladinamr-nte su propó_sito de hacer comedia
ligera, sin concesiones al mal gusto. De ello habría mucho que hablar y que es~
cribir, por más que de gustos, pese al refrán, haya muchísimo escrito. Probablemente no ha hecho la Chelito nada tan gustoso como la exhibición rotunda
de sus encantos, al final de la rumba. Sentada así nuestra opinióo 1 temerosos de
la falsa actitud con que, al parecer, pretendía ganar Madrid la señorita Jordi,
fuimos al lindo teatrito de la plaza de Bilbao.
Líbrenos Dios de tronar contra el género francés. La Presidenta es un
vau.devitle muy gracioso. Su representación requiere unos intérpretes sui géneds. ¿Concibe nadie La verbena de la Patona, Et san/o da ta Isidra, o una canción
de Pastora Imperio , por un actor francés de vaudeville, ni aún por la misma
Sarab? Con excepción del Sr. Allens-Perkios, la compañía de la señorita Jordi
representa el 'Daudevilte de Hennequin y Vcber deplorablemente.
La señorita Jordi sabe sentarse encima de las mesas y en las rodillas de los
actores, sabe brincar sobre un sofá1 sabe hacer como que besa a su interlocutor, sabe convertir un traje de sociedad en un deshabillé de teatro. Pero no sabe
hablar.
No es que tenga acento catalán. Después de todo, uunca hemos compren•
dido que se le pueda hacer semejante reproche a un buen actor cu:rndo los hay
tan malos con ceceo an°daluz, ocupando los primeros puestos de la escena española. No es que tenga acento catalán. Es que no sabe hablar español. Para
decir un nombre tan sencillo y corriente como Eugenio, tiene que pensarlo
tanto antes de decidirse, pone tal esfuerzo en marca! bien las dos primeras v&amp;cales, que casi se suspende la representación, a fin de que la primera actriz
concentre su atención en "'l difícil empeño, Si, al cabo, se abaridona un momen-

�LA PLUMA
LA PLUMA
. 1ueg 0 con
tal arrebato • abrazada al galán: ,Estov ~01110
to a 1 pape 1, d 1ce
·
. . Estltef'
delante Asueros:., que el público, ríe, sí, pero de ella, ajeuo a\~ com1c1dad de 1a

,,'
,!
, ,11

·,

escena.
.
· ·d' d on
Hubo una época, allá por la última Exposü.:i6n Universa 1y co1nci 1cn o e
el estilo modernista de todos los ensanches urbanos, en que se propagó por E~ropa y América cierta epidemia de imitación parisiense, en lo qu~ más tema
.París de feria circunstancial. Bucarest y l\fonich, Milán y Buenos Aires, y hasta
resumieron más O menos de sucursales acreditadas del bottleva,·d. En
M
11
arsea, P
fi. d
'l L
d.i
España se alzó Barcelona con el último grito de la moda .n e s1g o.. a an luza de la Rambla cantada por Musset, arrojó de sí la navaJa en la lltga d~ las
española.das pari. la exportación; y adoptando un aü·e desenfadado de suficiencia, pretendió legitimar entre nosotros su tra~ucción del chic. Pero ~.l género ca:
talán es de una trama inconfundible. Sus me1ores muestras-de teJtdos, de po
lítica, de arte-denotan luego la mixtificaci6n.
Hemos de t:.acer e.o este punte una salvedad fundamental. Hablando entre
castellanos de géne,·o cataldn, creo que todos sabemos a qué atenernos. No estará de más sin embargo, que expliquemos el poco aprecio que nos merece.
' 110 es para nosoti·os, aunque
.
· cuan t ~ de Cata
Género catalán
pa.r~zca para d OJa,
, luña procede, ni mucho menos lo que por sustancialmente catal:n hen.e caracter propio e inconfundible, dentro o fuera de la comu.nidad e~panola. S100_ todo
lo .falso, poslizo y adquirido de segunda mano y a baJO ~recio, que los catalanes prepotentes pretenden imponer a título de v~lor t~n1versa_l.
. . .
.
El arte de ínfima categoría de la señorita Jord1 hubiera kmdo cie1t~ inte1és
en su propia salsa, en catalán del Paralelo. Cohibida .hasta la angustia por 1~
preocupación del idioma en que trabaja, cuya prosodia le es en absoluto ex
traña, apenas puede hacer gala de la desenvoltu~a, ~e.l gracioso descoco, qu~
tanto celebran en ella sus admiradores. Sus gracias frncas no ba.stan a campen
sar los defectos esendales de la actriz.
. .
tá
-EL TEATRO Muna: MusmottA EN EsPAÑA.-DouGLAS FilRBANKS.-Mus1dma es
haciendo películas españolas. Parece ser que la luz y el dima de Espa,ña soo
muy favorables al establecimiento de grandes casas productoras de pd1culas.
La inestabilidad del negocio cinematográfico en todG el mundo, pese a la afición creciente a! teatro mudo-s6lo en Milán bao quebrado después de 1~ gu.erra cincuenta editoriales de películas-, detiene sin duda a nuestros ca~itahstas, poco propicios hasta la fecha a aventurarse en un negocio de ~au pmgües
rendimientos. Musidora, la gentilísima vampiresa de gnta recordac1ón para los
304

buenos aficionados al cine, se ha laa.aado • impresionar po;:- su cuenta y riesgo
temas españoles para la exportación.
Dos ensayos lleva hechos: la adaptación a la pantalla del célebre folletín
Por don Carlos, de Pierre Bc-noit, con el título de :..a capitana A.leg·rfa, y Sol y
Sombra, arreglo de no se qué novela norteamericana (?) a la manera de .Sangre
y Arena .
La capitana Ale.rrla es, en sustancia, la repetición de la intriga melodramá•
tica de 1a Toua rJe Sardou, tan celebrada en el mundo entero c'on la melopea
de Puccini. Está situada por el novelista en un supuesto ambiente de la óltima
glterra civil en las Provincias Vascongadas, como podía haber servido de pretc~to a cualquier otra falsedad folletinesca. i\presur6monos a decir, en descargo de Benoit, reo de /f•adiciona(¡is,no en punto a la ya proverbial ignorancia
francesa de la Geografía, .. y la Historia, que no pretende su Por don Carlos
más vernsilimitud que la pequeña corte alemana de Koenigsmarck. L11 refundición de la novela en La capitana Alegría de Musidora, destaca, con acierto indudable, la nota melodramática. ¿En detrimento del arte?
He aquí una pregunta que aos hacemos sinceramente, no con la intención.
de lograr un efecto retórico aprendido en el bachillerato. No nos hacemos la
pregunta, seguros de la respuesta, como el conde Tolstoi, anatematiiador del
arte. Nosotros no sabe1J10S bien lo que es el arte. Sobre todo, donde empieza y
donde acaba . Cuando de arte cinematográfico se trata, nuestra incertidumbre
sube de punto.

r

Alguna virtud tendrá el espectáculo de la pantalla 1 cuando tao ciega fe po~
nemos en sus posibiUdadcs los desengañados un día y otra de lo que va logrado hasta ahora. ~u difusión cada vez mayor es, sin duda, lo que nos mueve a
inquirir algún motivo en que fundar nuestra aquiescencia, faltos de gusto para
rendirnos a la belleza de las películas más celebradas. Los propios productores-a los directores conscientes me refiero-penígueu un ideal a1•fútico en
la consecución de su negocio. Pero, ¿qué es el arte del cinematógrafo? ¿Qué debemos hacer en las películas?
Algunos aficionados vergonzantes pretenden engañar su gusto, disculpándolo con lo que en él pueda haber de pllra complacencia visual en la fotografía
anima.da. (Es el viaje del mundo ante mi butaca•, se aicen. El ~xito limitadísi• •
mo de las películas panorámicas y de las instructivas-cultivo de los gusanos
de seda, menagen'es en el corazón de la $elvas africanas, fabricación de abanicos en el Japón-, la avidez con que la masa anónima sigue las incidcncfas de

�LA PLUMA

LA PLUMA
1

Jas cintas de serie, la influencia de los trncos ciuem;itográficos en lá vida soda\
-robos de trenes, detectivismo. resurgimiento actu.al de las sociedades_secretas bandas infantiles de ;1.paches en ,ciernes, gusto por las aventuras· ex.trnor'
, .
di1;1arias-rcvelan que el interés del cine será más o menos arhshco; pero,
desde luego, deriva de sus cualidades draruá.ticas. La expresión habrá de ser
necesariamente más plástica que literaria, variarán los elementos de que puede disponer el artista para suscitar e·n el e_spectad?r la emoción comunicat~va;
pero, ¿dejará de ser teatro QJ.i&lt;:;ntras subsista• el eme como tal repres~ntac16Ll
sucesiva de imágenes/otog,·dficas del mundo rea!?
Cierto que las más d'e las veces las adaptaciones a la pantalla de novelas o
dramas, más que una nueva r~presentación son ilustraciones anirn.adas de un
texto que el espectador conoce. A medida que los productores.de cmtas.\~a.~an
obteniendo la película pura-sin apoc;tillas pi letreros,-, el crne adquinra la
condición esem:ial que le falta para constituir un arte en sí.
Musidor~ tiene instinto y ~xperiencia nada comunes. La esceoil central de
La capitana Al;gría llega a adquirir, gracias a su talento de miru.a, calid-adt:s
transcenPenlales. Si lr1 escena concebida por el novelista no evoca más recu_e r•
do que el de Tosc:4, la interpretación personc1.I de la actriz correspo_nde al ti~o
clásico de la Judith . ¡Lástima que al final exa~ere con un a!ar~e innecesario
de romanticismo ~ la italiana, el efecto de la muerte y el entleno de la he•
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Sol y Sombra es un escenario absurdo, sin interés dramático_, el'fóneo ~re•
texto para algunas composictones magníficas de Musidora en traJe de ·:spanola
de corrida de toro~·, sobre fondos de Écija y de Toledo, de plaz_a taurma Y de
dehesa pintoresca. El final, esµecialmente, e11 que la protag~n1sta mata a su
rival-la consabida extranjera, por la .que ha muerto en glad,ad.or romano el
toreado/' andaluz-¡con la puntilla!-de un tamaño que infringe por ]Q deseo•
munal todos los reglamentos de que se muestra tan celoso guardador el Jefe
Superior de P.:.licía-es un puro disparate, sin justificacié~ posible.
.
En la interpretación de Sol y Sombra acompaña muy discretamente a Mus1•
dora con su arte de buen torero, el que lo es por afi~ión, y ahora de,muestra
sus ~ualidades de excelente sujeto fotogénico, Sr. Cañero.
Puede sin duda, 1fosidora afianzar sus prirnerQS éxitqs de vampiresa, a poco
que persi~ta en definirse con carácter propio pn la pantalla. El ci~e tiende en
sus mejores realizaciones a suscit&lt;1r tipos que correspondan en cierto modo a
los consaO'rados en la c:om.media dell'arte, llegados h"-sta nosotros cu la pa11to•

•

l
t

mima tradicional de Pierrot, Colombina y Arlequín, El autor de teatro pro~
cura sobre todo diversificarse lo más posible en sus creaciones, adscr!tas siempre a un texto literario en que se fija la diferente p3Si6n de un Otelo o un Pe•
dro Crespo 1 de una Nora o una Cordelia, seres vivos por el aliento divino que
les infundió el autor de quien son imagen y semejanza. Los mimos de la pantalla han de persistir en el recuerdo del espectador, por la insistencia co □ queacusan !u personalidad a través de las vicesitudes de una en otra película. Así
Charlot 1 así Mary Pickford, así Douglas Fairbanks.
Douglas Fairbanks se ha metido En c:amt'sa dt once varas. Y ha hecho otra
pequeña obra maestra de la cinematografia americana. He aquí que la produc ción en que nos lo han presentado por primera vei en esta temporada los sa:
Iones oscuros de la Corte, resuelve felizmente el problema técnico e11 queparecía irrevocablemente condenadas a naufragar las grandes casas de Los Angeles. Dos grandes escollos se alzan amenazadores para el buen gusto en la
lontananza de las posibilidades del cine por el lado de Norteamérica: el acro•
batismo, la reducción del campo visual del espectador ante la pantalla a toda
emoción que no sea la del salto, la carrera automovjlista o a caballo, 11 perse•
cución constante, la invariable intriga clásica de poncho y browning; o el sentimentalismo facilitón de tantas young-girls abnegadas como luchan entre la
pasión y el deber más ridículos de cuantos inventaron los propulsores de toda
fábula con moraleja.
Douglas Fairbanks ha encontrado la fórmula. Más sano, más fuerte que Char•
lot, su humorismo no implica la menor crueldad del público que con él se regocija. Ágil y gallardo, templa con una sonrisa constante de buen chico el incansable alarde en que ejercita su fuerza. En catnisa de once varas nos lo pre.
senta de empleado de un banco, en donde hace además las veces de ayo y tu.•
tor de un canario, propiedad del director. El canario, escapado de su jaula,
vuela corto de tejado en tejado, perseguido por Douglas intrépido y aud;z_
Llevado de tal azar, las aventuras se suceden graciosas, oportunas, tan impre~
vistas como humanas.
Apuntar los detalles con que Douglas Fairbanks va caracterizaudo su situa•
ción cómicamente anómala, valdría tanto como descubrir en cada gesto. en
cada movimiento, en la proporción y medida cou que se suceden lógicamente
ponderados la aceleración y el reposo, Otros tantos motivos de ínspiraci6n propiamente cinematográfica. Apenas si haj,- letreros que indiquen o subrayen la
acción. El adaptador español no se ha excedido por esta vez, aunque todavía

�LA PLUMA
'a más evidente la comicidad de la cinta suprimiendo todo comentitrio, limisen
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tá.ndose a guiar al espectador dándole los supuestos 1111 c 1a es.
alas Fairbanks sabe ¡0 qur- es el arte df'l cine y lo que se debe hacer.
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UN CRÍTlCO lNCCPJJi.NTE.

;Nunca aspiré a la gloria, ni me atrajo
de la fama el estruendo,
ni soñé que mi nombre
pueda en su libro recoger el tiempo ...
¡:De esa ambición mi corazón no sabe!
!Pero cuando contemplo
por la noche, del campo en el retiro,
el humilde sendero
que hollaron pobres pies que ya descansan,
borrado en parte, que blanquea a trechos,
mí terrena raíz se reverdece
y, acaso, a veces pienso
con humana emoción: f/{.sí quisiera
que en la tierra quedara mi recuerdo ...
DOMINGO RIVERO.

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EL HUMILDE SENDERO .. -

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LIBROS Y REVISTAS
Tomás Morales.-Las Rosas de Hlrc1'les.-Libro primero.-1\Iadrid. Librería
Pueyo, MCMXXII.
Al cumplirse el año de la muerte del poeta, sus amigos coaterráneos ofrendan a su memoria la realización de su deseo más inmediato, reuniendo en un
primer libro de Las rosas de Hércules, aquellos Poemas de ta Gloria, del A"wr
y del A-far que señalaron triunfalmente su vocación a la poesía, y algunos otros
de varia inspiraci6n, a tono siempre en la vasta armonía que Tomás Morales
quiso infundir a su obra lírica. La piedad fraterna de sus camaradas ha añadido tal cual fragmento de poemas esbozados, muestra preciosa e interesantísima del ímpetu con que acometía, exuberante y vigoroso, la obra circunstancial. Ningún lema hacíasele pequeño o indigno. No ya el mar en su extensión
azul rival del cielo inmenso, el puerto, los muelles, los barcos humeantes 1 los
revueltos olores y el abigarramiento de colores y formas, se dignjficabao en
la ex,resión magnífica, alegórica y transcendente.
Enrique Díez-Canedo ha sido el encar¡:ado de dedicar en breve prólogo,
la intención de la familia y los compañeros de Tomás Morales al publicar el
libro, antecedente p6stumo al segundo volumen de las rosas de Hércules, salido a luz poco antes de la muerte de nuestro amigo. Pocas veces se alian como
en esta ocasi6n, con tan serena ¡:racia, el puro sentimiento de la amistad y la
razón del crítico. Nadie ajeno al dolor con que lo.s amigos llora mes a Tomás
Morales, dejará de participar de él con s6lo leer las páginas de Caoedo. No ~e
podrá decir tampoco que ese dolor ex-ageró lastimero, en holocausto a la amistad, la pérdida del poeta. Intérprete fidelísimo del sentir de cuantos le conocimos, ha sabido Canedo removernos el ánimo evocando la sombra familiar y el
eco augusto del que los dioses eligieron arrancindole de esta vida.
No podía faltar en ese pr61ogo, el recuerdo a otro muerto, Fernando Fortún, compañero mío que fué y amigo de Morales. Nunca la amistad selló imper~cedera fuerzas más encontradas. Cuanto en el uno estruendo, exuberanria, ca.oto a toda voz, era en Fernando recogimiento, sonrisa dulce y melodía

�LA PLUMA

LA PLUMA
interior. Ambos tenían un punto común, cierto dejo melan~ólico, trasparente
en la fisonomía de Fernando, disi-nulado por el acento nativo en la voz de To.
más: sin duda el sígoo de la predestinación, que n~s los ha roba~o. Las R:-Itquias literarias que de Fernando quedan, no dan smo en potencia la medida
de su talento. Menos cruel la suerte con Tomás Morales 1 se lo ha llevado en
pl('oa sazón. Verdaderamente malogrado, a medida _q?~ el tiempo _µasa, des;
cúbrennos las Retiqulas de Fortún tesoros de sens1b1hdad, escondidos en~r ~
balbuccos•a..veces. Morales sentíase demasiado feliz. Feruandoi harto desg~ac1ado. No podía vivir ninguno de los dos. Se fueron, y con ellos nuestras meJores
esperanzas. Nuestr11. juventud no era nuestra sólo.

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A. Hernández.Catá: La Muerte Nueva.-Novela.-Editorial Mundo Latino,
Madrid.

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Se advierte, de algún tiempo a esta parte, cierto recrudecimiento de la a6,cióo literaria. El koómeno no se nota en España tan s6lo. Incluso en los pa1ses que más han padecido con la guerra, y aun en aquellos que, guerras y revoluciones asuelan actualmente, hay cada vez más gu3to por los libros. Obsérvase
también la falta ele predilección en el público por un autor, o un género determinado,,s. Sin duda porque no es factible, en el comercio de libr~ría, el l?nz~mieoto de cuando en cuando, de un Hugo, de un ZoI.,, de un D Annunz10 siquiera. Ello hace que los autores, buscándole el gusto_ al lector, ensayen de
continuo nuevas intenciones, o, cuando menos, se prodiguen, forzando la producción llamada de entretenimiento.
No es cosa de dilucidar ahora, y meuos de pronunciarse en pr6 o ~n centra, si e5 o no conveniente para el arte literario el exceso o la conteuc160 . No
hay razón bast3ntc fuerte para invalidar la obra en bloque de un Lope de Vega
a la mayor gloria de la de un Flaub Tt, pongamos por op~estos métodos de trabajo. Aun .1hora mismo, y en Espaiia, ¿depende.o ex~lus1vamente de su_ abundancia o de su parquedad respectivas las excelencias y fallas de BaroJa o de
Azorín?
Cuenta entre los autores más prolíficos últimamente Alfonso Herná~dez
Catá. Su novela La Muerte NudVa, recientemente aparecida con atuendo tipográfico imitado del Notlurno, de D'Annunzio, ostenta además un tamaño desusado en los modelos corrientes del género, y en el autor, propulsor en otras
obras suyas inmediatamente anteriores; del tipo de novela corta, ~n que se h,a
distinguido muy señaladamente. Ello rev~la, y no,s parece propósito acertad1simo la intención de no someterse a un cnteno fiJO en cuanto al género que
se b~ de cultivar . .-Todos son buenos, menos el aburrido:.. Ya lo dijo Voltaire.
La Muerte N11,eva nos gusta menos que las novelas corta~ de C_atá. Sobran
páginas, desde luego. Por la precipitación, acaso, con que esta escnta 1 el autor
no nos ahorra ninguna justificacióo de cuantas se compla~e-en acumu!ar. sobre
los personajes de su ficción-de lugar, de tiempo, de acción, de sentimientos,
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de impulso!'!, de maneras-; hablan por sí y por el autor, ate nto en todo instante a justificarse a su vez, haciendo el juego y enseñando la trampa; 5e a1rnlizan, se desnudan, reflexionan demasiado. Y, por añadidura, la fusión que e! novelista pretende, entre un estilo natural y corriente, a vuela pluma, propio
para la nanaci6n, y el adecuado a las disquisiciones psicológicas, pictóricas,
explicativas del ambiente físico y moral de la novela, falla y agobia la atención. Falta, en suma, arquitectura, pon,d eración, evidencia humana.
No basta para la verosimilitud, ni hace falt~, que las cosas hayan sucedido
o puedan suceder tal y como el novelista nos las cuenta. Es preciso limitarlas
en el espac_io. y en el tiempo. En el espacio y en el tiempo reales-390 páginas
repartidas en las horas, con los necesaribs respiros, de que el lector puede disponer para leer la novela.
El protagonista, hijo de familia enriquecida, vuelve de In~laterra, donde se
ha educado, a Madrid. Cuatro mujeres se insertan desde luego en su vida, hasta
acabar con ella. en una muerte nueva, que no otra cosa es la disparatada exis•
tencia solitaria a que Se L:ondena en compaiiía de un tío suyo, bombre por de•
más extravagante- y novelesco. Esas cuatro mujeres son: la querida de un malvado, socio del padre del protagonista, una mecanógrafa, una virgen loca de la
clase media, una prima insignificante y zafia, cuyas ambiciones matrimoniales
alimenta la propia madre del galán. No aparecen delimitados de una pieza los
caracteres de las cuatro heroínas. Una misma fatalidad sentimental confunde
~us acciones en el transcurso de la fábula: Acierto innegable del novelista.
Acaso propende a presentarnos con colores excesivamente simpáticos a la 11tu~
jer mata, tipo dama ae las camelias, Por el contrario, logra justificar-sin explicación esta vez, sólo por su manera de producirse, dramáticamente-a la pobre fea, sobr~ la que se acumula toda la antipatía de cierto género de perfectas casadas. El sacrificio de la mecanógrafa vale por toda una novela. El ambiente de la calle donde vive se nos antoja el mejor fondo de cuantos se nos
ofrecen, no siempre necesarios, en La Muerte Nueva.
La grandiosidad pretendida én la última parte, la precipitación con que se
suceden episodios truculentos, en que nos parece advertir un mal con1:agio de
dannunzianismo de película, la incoherencia en, que la acción se diluye, malogran para nuestro gusto esta novela de nuestro amigo Hernáudez Catá, cuyo
constante esfuerzo por aunar la conquista del público a la dignidad literariá
-supremo don del gran escritor-le hacen acreedor a la sinceridad de una
opinión como l,1 nuestra, perseguidora de 1a verdad iuasequible.

* * *
Saulo Toróu: Las monedas de &amp;ob,·~.-Poemas.-Con una poesl,1 preliminar de
Pedro Salinas.

·
«T-6, que al mediado de tu vida
hasta nosotros te llegaste
con sólo unas monedas de cobre

�LA PLUMA

LA PLUMA

Joaquín Edwards Bello.- La M1ierte de Vanderbilt.-Novela.-Editorial

en la palma de la mano abierta,
señor eres de gran riqueza
que no se cambia ni se acuña
y tras la cual nos afanamos,
Como mineros incesantes
y como comerciantes activos,
unos cuantos hermanos dispersos,
de común anhelo, en la tierra.•

Mundo Latino. Madrid.
No sabemos a qué obedece la poca correspondeucia que se adviert~ entre
la poesía. lírica y \a novela, en lo que hace a los mo~os nuevos, que ~~ cµando
en cuando marcan con una sacudida más o menos v10lenta, la alteracion en las
normas literarias de una época.
La poesía lítica adquiere en E$paña un impulso que !:lignifica variaci,60 ¡¡b•·
soluta de rumbos desde el triunfo de Rubén DaTÍO eotre los jóvenes del 98,
con la consiguiente jmportadón de id~as francesas) hasta los prime_ros b~otes
futuristas, no granados aún en obras nt poetas com_parables a sus 1111?-edlatos
antecesores. La novela, en cambio, pese al ejem_plo de un Valle-lnclan, o de
un Bároja, no toma dirección alguna en pugna con las normas de Galdós,_ de
Pereda, de la Pardo, de Blasco Ibáñez1 v;vo y coleando triunfos no.rteamencanos. ¿Es que la sensibilidad que hemos dadry en llamar moderna, llene su expresión adecuada en la lírica, sin que sea dado intentar con éxito una nueva
interpretación novelesca del mundo?
En el flujo y reflujo de tendencias literarias y apetito'i del lector voraz, se
ha iniciado, de la guerra para acá1 cierta boga europea de las novel_as d~ av:nturas. De otrA parte, el humorismo, confinado hasta la fecha en la iroma ática
de segunda mano, según el patrón francés fin de siglo-modelo clásico-1 empieza a rebasar eso&amp; Jímües en busca de la farsa alegórica. La AfuerJe de. Vanderbitt, del señor Edwards Bello, revela el propósito de trasplantar a la novela española ese estado de á.nimo de ciertos escritores de allend~ el Pirineo }'
los Alpes, en que se funden el humorismo lírico, y la epopeya ma9uinista _de la
época-motores, vuel os, humos, energía eléctrica, ~aneo~, Bolsas, es decir, la
poetización del 1naterial t~nid? basta a~ora-por a.nt~p?éhco.
.
.
.
La Muerie de Vmlderbtll, llene grac1.11., soltura, d1v1erte, excita la 1mag~oación, mantiene el inlerés eh pos de la página siguiente, y, sobre todo sugiere
la posibilidad de rmevos veneros vírgenes todavía de toda mirada observadora
de novelista.
Lleva un prólogo muy justo eo su exaltaci6n, del literato chileno Augusto
d'Halmar.

En este envío con que se cierra la poesía de Pedro Salinas que figura al
frente de Las monedas de cobre, se declara su intenci6n honesta. Claridad de
espíritu y sencillez de expresión son sus cualidades notorias. El poeta proclama la sabiduría del médico que profetiza la salud de sus hermanos, como si le
agradeciera má.s que la salvación de sus vidas la seguridad del diagnóstico feliz; canta el poema de la vida familiar, la hermana mayor, en quien se compen~
dian las virtudes del hogar, las tertulías tranquilas y apacibles de su casa1 el
juego de los pequeños-paz y serenidad simplemente evocadas, rara vez sugeridas por una imagen ideal sin correrpondencia inmediata en 1a realidad - ;
canta a la barca vieja, a la casa en construcción, al borracho pintoresco de la
calle, que se embria~a de vino como el poeta, su compañero in mente, de en~
sueño; canta fraternalmente al poeta 1 cuyo libro Je trae una ráfaga de emoción;
canta las cartas vulgares, los viajes discretos, la lámpaga amiga, la hora del
ángelus.
Contrasta la inspiración 'recatada de este poeta canario con el esplendor y
el bartoquismo, que ya, por virtud de la poesía de Tomás Morales, de la pintura de Néstor de la Torre, se nos antojaban necesaria acomodación de la expresión literaria y pictórica-confundidas incluso eu las obras de Néstor y de
Morales-a una sensibilidad propiamente isleña.
La poesía de Saulo Torón tiene, sin embárgo, no sé qué especial acento
-dentro dé la generalidad y hasta vulgaridad de los temas que prefiere-, no
sé qué dejo característico del esptritu canarío, en lo que µueda tener de escala
obligada en el viaje espiritual de Esl?aña al nuevo continente. Un latido universal en el que perdura cierto eco provinciano:
«Palabras fugitivas
mis monedas de toóre
que al mundo vais a circular, o acaso
a saber del olvido de los hombres:
que el destino os depare
mejor suerte que a mí ... Que alguno log.re
sacar del cobre vuestro el oro suyo,
y que ricos y pobres
en vuestro amor 5e unan 1 como buenos
y bíblicos ap6stolcs.&gt;

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Juan Ruiz de Afarcón.-los Pavores del J ,f u;;:Jo.-Edición de Pedro Henriquez Ureña.-Cultura, Méjico 1

1922.

Contrastra con la exuberancia y profusi6n del teatro clásico español, la meaura del mejicano Alarcón. No es la pi-imera vez que hemos tenido ocasión de
St&gt;ñalar ese comedimiento, como peculiar de la literatura mejicana, patente en
la literatura española t:Q.Oderna, y mucho más .comparándola con las del resto
de Ja América que habla español.
No se ha de exagerar, con todo, ni atribuir por entero a cualidades de raza .

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y de civilización, lo quet en el caso de Alarc6n especialmente, es efecto de la
fatal reacción de su espíritu contra el destino: la agudeza de la sátira, Ja complacencia en las virtudes morales y su exaltación, más se debell sin duda a los
defectos físicos del autor de La verdad sospechosa, que a otra cosa. Por lo demás, si es cierto que sus comedias se distinguen de las de sus contemporáneos
más grandes, por un sello especial de dignidad y compostura, no lo es menos
que en punto a arquitectura su teatro no rompió deciC.idameote los moldes al
uso. En Los Favores deJ Mundo, recientemente editado en Méj\co, se echa de
ver cictto cuidado en trabar rigurn·s amente las variadas incidencias de !a intri•
ga; pero ésta no rebasa los límites canónicos de la comedia de capa y espada.
En cuanto a la lección moral, no falta tam'póco en los grandes ejemplos de
Lopc, de Tirso, de Calderón, de Moreto; salvo que en Alarcón, y ello 'no re.dun•
da, para nuestro gusto, en alabanza suya, los sucesos de la acción dramática
están encaminados con orden tan premeditado a la moraleja, que la fábula, de
tan evidente, pierde consistencia humana Es fodudable 1 no obsbmte la rigidez
con que pinta los caracteres dramáticos, que ese mismo empeño moralizador
le hace ver y declarar la condición de los personajes de que se vale, antes que
su aparato y comportamiento más exteriores y pintorescos, como suelen sus
contemporáneos de la metrópoli.
La presente edición de LQs Favores del A;/undo, cuidadosamente impresa, va
precedida de breves ensayos acerca de Alarc6n y su obra, ya pi!blicados en
otras ediciones y revistas por Alfonso Reyes y Enrique Díez-Canedo. En ellos
se fija con seguro trazo la figura de AlarcÓl'l y se deducen comentarios de gran
originalidad, sugestivos e interesantísimos, no ya para el estudioso, mas para
el lector en general, a quien se dedica esta edición popular.

* * *
Alfredo Pimenta: Prelexlos e R'q'lexoens.-Pdmera serie: 1920-1922.-Lis•
boa, ~ICMXXIL

No compartimos po1· entero el credo estético de nuestro colaborador. Credo
estético que es más bien una norma de vida. Aristocrática, refinad&lt;1. señera.
¿Quiere esto decir que prefiramos una existencia anodina, fea y toi-pe? No; c:ida
cual tiene su ;ilma en su almario y tiende a vivir plenamente. La discrepancia
está en las limitaciones a que sometemos el gusto propio. En el caso de nues•
tras afinidades o diferencias con Alfredo Pimenta, pudiéramos decir que esta•
mos de acuerdo en cuanto afirma; mas no en todo Jo que niega.
Pretextos e Rejleroens es una colección de notas breves y apostillas circunstanciales, entreveradas de expansiones líricas en prosa, a los pequeños acoote•
cimientos diarios de la vída literaria y artística. La lectura de un libro, la asistencia a un concierto o a una exposición, los bailes rusos, un simple paseo, o
la consideración del crepúsculo vespertino desde la terraza de un café, una
conversación con una dama en un salón, son motivo para otras tantas divaga·
ciones de varia lección, eu 1as que se descubre siempre el mismo sentido críti•
co, irreductible a la realidad.

.
.
uesto~ por el tráfago de la vida
Enemigo de los hábitos d~mocrát1cos,
d esPiritual con !o:s Wilde, los
moder □ a, Alfredo Pimenta vive en
~-tístico muy fin de siglo XIX., ;10
Lorrain los Bum e Janes, vacado a un I ea a todo intento de clasificar su 10·
'
• t · ue pretende
oponer a
á
rece
obstante la res1s encia q
,
scritor es:pañol co11tempor neo,_pa · .
dependencia. Cuando habla de a 1gun e
b a de circunstancial, de tributo al
r¡ducir su admiració~ a lo que bay_en ~u v:lle-lnclán limitadas al -preciosista
gusto de la época; aSl_ sus referencias e h n ens(lnchazado y ltmiianizado .Y.ª•
de ua tiempo al tslibsta, cuyas normas se a
o admite la colaborac1on
,
,
. foa Pimenta en suma, n
sin perder de su grncta prlS t .
p . t en la negación de ver d adera
anónima del pú.blico en la obra ~e arte. ers1~:nor intento utilitario. No sólo
calidad artística a Jas obras realizadas c~a el e juzga de la belleza del cuadro,
cree en la virtud aristocrática_del arte, s1i1~ s;¡udificultad.
del poema, de la sonata, prec1sament~Jrdad delicadísimos, y sobre _todo, no
Ello revela temperamento y sens1 l 1
1 es íritu cosmopolita de Al·
obstante Ja universalidad de los temdasl tri31ad~=u~:so, Je no es un tópico a qu_e
fredo Pimeata, descubre ese fondo e ª. ?1ªd 1 mundo civilizado, mas la condt·
haya reducido a Portn~al la ,incomprens1on :eblo libre, como concjencia hu·
ción esencial de su ex1stenc1a, no ya como p
mana.

he::ªr1mg

•••

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la tradudda del italiano por J._Sán·

Mario Puccini.-Viva la anarfu,a.-[f,Nov_e. deboli e uomini" Jorti.-Le Sp1ghe,

cbez Rojaii,-Editorial Aménca.- om,m
Milano, Fratelli Treves, ed.
.
·. es r,n el orden espiritual, como
Pocos campos de experimentacuSn tan feiac ' '.d ocasión de respirar iU
.
h
'd
vez
en su
. d de
Italia. Quien qu1era que aya tem O una
d v1 acraños qiJe la leni1tu
•
•
·
, ·e por mucho~ esen.,,
·
¡¡ a
ambiente, conservara pflra s1em1 .1 ,
_ ·vas de energía adquinda _en e
r ·
la existencia normal le depare, c1ertasre,,er U 'd de América suscitar en el
siempre causa el especgor de- la vida italiana. Podrán los E 5 lad?s. ni . os
ánimo e*.· ·un español el a.sombro_ Y aturdimiento qte fsico v espiritual. Pero
táculo r:e la velocidad ea cualquiera de sus aspet ~~r;s la lui serena quepa·
ha de faltar e.n ta\ preponderancia de energ¡¡t ~x
No hay en el mundo
1
rece difundir su gracia de siglos sobre la vor 10 e l
:aYor rapidez, con más
país a1gL1no con mayor ..::apacidad de adaptac1 n, con
sensibilidad.
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En el punto crítico a que ha llegado la civi iz
ugoa por lograr una
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roa de esfuerzos en P
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Itaha representa ta vez a mayor_s_u .
ómico moral. Hasta don e es_a
nueva estabilidad1 un nu~vo equ1hbn~ econ
de!arrollo requiere la parst•
crisis se manifiesta en la hterature, es tema cuyMo . p
· • ¡ viene tratando
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monfa. y método con qne nlleS t ro co Iaborador ano u·ucc de uoa opiu1º6 n per·
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en sus crónicas. Por más que su ID enctoni d
oetáneos más afines, vaya
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claridad singularísimos en sus creaciones puramente artísticas, en obras como
este Viva la Anarquía! recientemente traducida al español.
Hemos dicho que se trata de una obra puramente artística, y casi e3tamos
ya arrepentidos de nuestro aserto. Eu todo caso, esa puridad no excluye en
modo alguno la combinación de elementos, no ya meramente narrativos o de
invención, mas satíricos y aun en parte priacipalísima, de crítica literaria.
Tomando un punto de apoyo en la realidad 1 y en la autobiografía incluso, el
novelista se propone en Vha la anan¡u{al pintar el mundo apenas se aventura
e1 protagonista a comprenderlo y reconstruirlo idealmente sobre las minas de
la guerra. En esa n~construcción, radica a nuestro entender el alto sentido de
la novela, ita1ianísima, y por Jo tanto lo más adecuada a la comprensión del
lector español.
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La actittid espiritlla] de Mario Puccini ante la disolución de los valores mo.
rales en que se cimentaba la vida anterior a la guerra, parece envolver, a pri•
mera vista, ese supremo desengaño en que juntan su nihilismo prestándose
fuerza mutuamente, anarquistas y conservadores a u.Itram:a. La solución es, con
todo1 digna de un espíritu liberal. No se ha de entender por estos términos que
Viva la anarquía! pertenezca a ningún género de literatura política. Hay en
sus páginas humanidad, y ello implica necesariamente que el autor aborde, por
boca y, aun mejor, por obra de sus personajes, problemas cuyo engranaje cons•
tituye Ja vida misma de estos días de lucha, de renovación, de amanecer
cruento.
¡Lástima que las míseras condiciones en que medra la librería española ha•
gan pasar inadvertida hasta la fecha, la novela de Mario Puccini!
El pequeño volumen, titulado úomini debo!i e 11011#ni forfi, contiene tres no•
vela~ cortas, inspiradas en e1 mismo criterio de realismo, a lo Verga, saturado
de crítica humana dentro de 1a gran tradición de Maozoni, en que inspira sus
propósitos el fecundo autor de Viva ta anarquta!

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:111il"

Carlos Préndez Saldias: Et alma en los cristales. (Ilustraciones líric ~· de Ga•
briela Mistral y
Chile, 1922.

' 1

J. Lagos

Lisboa. Portada de Laureano Guerra.).- rntiago

Esta colección de poemas «es propiedad de la mujer amada. Queda hecho
el depósito que marca la ley•. ¿Buen humor? No, sino romanticismo ingenuo.
Es poeta qu(l! pulsa lira, a la que arranca sones acordados, a tono eon toda
clase de músicas oonocidas. Algunos poemas, como el titulado cMi estrella•.
denotan distinción y gr3cia poco comunes:
Tan vaga y pequeñita, que en la noche azulada
tiene apenas el débil claror de una mirada.
Los ojos agresivos de los sabios austeros
ínMilmente buscan en las altos senderos
la lumbre soñolienta de la estrella dormida.
316

Se niega a la mezquioa ciencia de los austeros
¡y encanta la brumosa nostalgia de mi vid al
Ha siglos que los hombres a la noche preguntan
el lejano misterio de la estrella que falta;
yo, cuanrlo las p.rimeras luciérnagas despuntan,
siento el beso inefable de una estrella muy alta!
Quieren darle los sabios en su ciencia pequeña
un nombre como a todas las estrellas vulgares,
y decir a la triste caravana que sueña:
¡apareció la estrella que se perdió en las naves!
Pero tú, la ermitaña de los cielos profundos,
mientras la ciencia diga su vanidad eterna,
has de seguir velada para todos los mundos,
¡y besandó la'5 aguas vivas de mi cisterna!
C. R. C.

•••
En el número del mes corriente de La Nouvetle Revue Francaise, Albert
Thibaudet dedica sus habituales Re'fl,exiones sobre literatura a la crisis del pensamiento francés y a su reha,bilitación ante el mundo:
cEs inótil decir una vez más que la figura actual de Francia no es la que e~peraban quienes están habituados a verla ocupar un lugar eminente_en el pai•
saje universal de las ideas y de las formas. Tanto más inútil cuanta que no soy
de los que se preocupan y lamentan, a este r:especto, des~edidamentc. Hay
alao mejor que hacer. De una parte es interesante y ventajoso el recor:·er los
sa7ientes de esa figura, engendrándola con el pensamiento. Por otro lado, podernos considerarla como uaa especie de corteza, de caparazó~~, un _tanto duro
y denso, impuesto por cierto impulso vital de defensa, Y en el rntenor_ del cual
se opera la c:volu.ció.n que, de hallar circunstan~ias favorables, dará mana~a un"'a
figura más ágil, compensando en solidez in tenor la actual d~reza cal~~rea. dc
1a periferia de su muro defensivo. Es ambicioso y de peligrosa facthdad e 1.
pensar y hablar por generaciones, pretendieQ.do dibujar-una de las grandes
tentaciories de la crítica-un diseño de la generación venidera. L~ más qu~ se
P uede hacer es reconocer, más o menos frágilmente, algunos equipos, que tm. ¡ a con d.1c100,
·' el terreno 1 el
plican o implicarán equipos adversos, y presentir
· uego el público de los grandes partidos.

J

•
&gt;El' crítico que se esfuerza-en pensar as1, por equipos
contemporáneos ' por
desenvolvimiento regular y natural del tiempo social, se encuentra hoy, Y ex•
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bien le sentaba cuando comía pan y ceboUa con el honrado pLteblO:, más que
t&gt;I Sr. Lerroux en licenciarse hn ta11dado Santa Teresa en llegar a doctora; más
doctrina que en las Facultades universitaria!! hay en cualquier discurso de! señor Lerroux. Le ha bastado arengar en Canarias para que las divinidades académicas de La Lagu.na se decidieran a zambullirlo simbólicamente en aquellas
aguas, sacándolo jurisperito regenerado. Poseemos el texto de su oración!
«Llegará un día-exclama el Sr. Lerroux, profeta-en que grandes vías férreas
han de cruzar Europa, han de cruzar el Atlántico por la línea más breve, y por
la costa del Cllotinente africano, llegar hasta América, donde se irradiarán por
todos los países 1 llevando hasta ellos el caudal de nuestra rique.za, las palpitaciones de toda nuestra vida. Esn L.0 VERÁN LAS (;KNERACIONBS VKNIDRRAS.:t ¡Pues
tendrán que abrir un ojo tamaño! ¿Y lo que se atormenta el Sr. Lerroux con
los grandes problemas históricos? ,He sentido-añade-un gran dolor en el
corazón cuando algunos pensaban que acaso hubiese sido preferible que no
hubiese nacido Cristóbal Colón.:t ¡No se apure, doo Alejandro; ni se duela de
nada! Podemos asegurarle que si CristóGal Colón no hubiese nacido, no tendríamos toros de la ganadería de Veragua; lo demás, sería casi lo mismo. cHa
de pensarse siempre coa la mirada fija en el porvenir, como pensó Inglaterra
cuando 1 coN oos SIGLOS DK A.NTIC[J&gt;AClÓN (?) ocupó Gibraltar, se hizo daefia de
Malta 1 dominó el Egipto, para hacer de la India un pueblo auxiliar (o para kacer !tablar a Lert·oux en Las Palmas) y poder expansionar su riqueza, abriéndose nuevos mercados.:t Esa _prev~sión inglesa será mucho más admirable de
aquí a cien o doscientos años, cuando el Lcrroux que esté de tanda eche de
ver que los ingleses se apoderaron de Gibraltar ccon cuatro siglos de anticipación». Pero los ingleses mismos, con ser quien son, no pueden competir con
Ja Providencia, que biza nacer a Jesuc1•isto eL1 el comienzo exacto de la Era
Cristiana, precisamente mil novecientos veintidós áños antes de licenciarse en
Derecho el Sr. Lerroux.

•
320

A:ilO III.

MADRID, NOVIBMBRE 1922

NÚM. 50.

UN LIBERAL DE ANTAÑO
EN LA MUERTE DE DON AMÓS SALVADOR

niño, la idea que yo tenía de los patriarcas era por
demás imponente; la luenga barba blanca, la túnica, el aspecto grave con que los pintaban las estampas del Fleury,
sugeríanme la impresión de una voz tonante que amedrentaba mis sueños. Como después he visto alguno sin tal atuendo
bíblico, de primeras no lo he reconocido.
Hace el nombre a la cosa. Aunque no lo sé de cierto, no creo que
el nombre de pila de D. Amós Salvador respondiera a ninguna tradición antigua en su familia. Sin duda sus padres, a usanza castellana
de cristianos viejos, pusiéronle simplemente bajo la advocación del
santo del día, en que nació. El apellido Salvador ¿denota ascendencia
de judíos conversos? En todo caso, Amós Salvador es nombre que
imprime carácter, que parece definir ya de por sí una personalidad

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XXI

UANDO

321

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
bía p;1rado atención en el nombre ni en el descubrimiento del poeta ausente.
«Es algo así como Góra, Góra, pero tan difícil...», insistió Miss Natalie Clifford
Barney sacando fuerzas de su flaqueza de memoria.-¿Góngora?-aventuré-.
Cest fªl

La Confnsion de Lémuel, e~ un libro de pequeños poemas herÓ'léticos, precedidos de una epístola, a modo de prólogo simbólico, de un simbolismo
pseudo-filosófico, místico, e incidentalmente inspirado en motivos pe rsonales
a que se alude por confidencias sucesivas. ¿El señor O .-W. de L.-Milosz, es un
mallarmeano? Un mallarmeano de salón, en todo caso. Del salón. gongorino de
Miss Natalie Clifford Barncy. Lo más ínteres2nte para el crítico, y aun para el
dílettante, del libro del señor Milosz, es la sombra, el eco, la evocación-a través de la depuración occidental, francesa-del evidente espíritu eslavo que de
sus páginas trasciende.

• ••
Céline Arnauld.-Poin/ de mire.-PoCmes. Collection 11.Z, Jacques Povolozky
et Cie.-París.
Un retrato, al lápiz, de la auton, puesto al frente del librito, nos predispone en su favor. Más que por su hermosura, por el androginiomo gracioso que
sus facciones, su figura, su peinado, su traje, denotan. Es el suyo, sin duda, un
tipo muy de mujer moderna, cuyo mayor encanto está en la perversión inocente con que se produce y nos solicita. Es romántica. Romántica, todo Jo dernier
cri de la moda literaria que se quiera, pero lo es. Pretende sorprendernos con
el misterio, harto descubierto, de sus ojos, de su paso masculino, de. su humorismo lírico. Es inútil que nos diga cosas incongruentes, en versos estrafalarios , Va ve:;tida por un buen modisto, lee los últimos libros, sabe estar en la
sociedad de las gentes de letras de París. Su gracia exige cierta comprensión
del lector, e-s verdad. Pero ya, nos guste o no, lo comprendemos todo. Lo que
ella misma no sabe, se explica por el psicoanálisis.
11.Dans ce monde traitre rien
va trop vite ni trop tard
l'aspect des choses depend ,
du Poin.t áe Mire du regard,,
que pudiéramos decir, traduciendo libremente la profética kumorada relativista de nuestro Campoamor.
c. R. c.

160

A:'l'O Jll.

1

~!ADRID, SBPTIBMBRB 1922

NÚM. 28.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA &lt;1&gt;
ESCENA PRIMERA
! ' !ANA DEL PRIOR: Fttévil/ad,señorío, como lo declaran
sus púdras insignes: Está llena de prestigio la ruda sonoridad tk sus
atrios y quintanas: Tient su. crónica tlt piedras sonoras: Candoroso romance de rapiñas feudales y banderas tk gremios rebeltks, frente a condes y mitrados. Viejas casonas, viejos linajes, pergaminos viejos, escudos marcos, pregonan las góticas fábulas de la Armería Galáica. ¡ Viana

dd Prior! Feria renombrada en la Octava dd Corpus. Nunca faltan
lusos y castellanos.-Un campo verde con robledo. Velarios.-Gentío. Ganados. Vistosos tendales. Portugueses talabartes, jalmas zamoranas,
pardas esta111e,ias. En las bayetas de los refajos canta1t amarillos, verdes y granas. El asul en las calzas, y en los recortes tkl sayo. Tentk( 1) V éase LA

XI

PLUMA.

de agosto, 1922.
161

�LA P L U ~I A
LA PLUMA
PICHONA LA BISBISERA

r,tes de espejillos, navajas J' sartales, fulgen al sol, y bajan en dos
carreros por la cuesta tnlosada con prosapia romana, )' aun traspone11
ti arco qut comunica la iglesia dt un convt,zto y u.,, palacio. Bajo gr1111,-

¡Agua de rosas para los ojos! ¡Petaquillas del presidio de Ceuta!
¡A la rueda del biribís, que a todos contenta! ¡Amigos, ya desconocéis a Pichona la Bisbisera! ¡A cuarto la suerte! ¡A cartiño rabelo!

des parasoles, tienen el tabanque tunos y buhone,os que el barato_¡• la
suerte pregonan 1 y con arte !(i!ana engat!an a los mara·vitlados aldeanos. Ciegos y lazariiio.'i cantan sus romances.

EL CIEGO DE GONDAR

¡Se cansa la boca de cantar! ¡Se cansa el pie de bailar! ¡Se cansa
el hombre de picar en la misma mujer! ¡Y los ojos nunca cansos en
su aquel de mirar y contemplar!

UN PREGÓN

¡El Ciprianillo! ¡Libro para toda casa y personal

.1 11

OTRO

¡Sanguijuelas de la Limia! ¡Sanguijuelas!
OTRO

¡El zamorano! ¡Lienzos y mantas!
EL MARAGATO

SO.VORA DE FEUDú Y ESPUELA una tropa de s1is jinetes,
galanes achalanados, mtra por la quintana y a la puerta del mesón
/Úscabalga. Son Cara de Plata y sus lunJZanos, Don Pedro, Don Rou1tdo, Don Mauro, Don Gonzalo y Don Farruquiño, el 1nt1zor de los
stis, qut luce tricornio y btca,perdurabits dir:isa,; de los colegialts tn el
seminario de Via11a del Prior. Con las varas golp,an la puerta,)' reclaman al mtsontro. Acude la coima.

¡Mal rayo te parta, Lucero!
LA COIMA

PICHONA LA BISBISERA

¡A cuarto la suerte' ¡Rosarios, naipes, verduguillos, alfileres! ¡A
cuarto rabelo 1

¿Qué se ofrece?
CARA OE PLATA

Apronta un jarro.
FRENTE AL MESÓN, un labriego, cetrino y endrino, co1t
hábito de e, mita,lo, salmodia la confesión de su vida, si ahora penitente, antes disipada. Pecado, sangre y candor de milagro.

LA COIMA

¿Del Rivero, o de la tierra?
DON 1-EDRJTO

EL PENITENTE

¡Mirad aquí el ejemplo de un calificado pecador, que por señales
y presagios fué amonestado para que se apartase de la vida de juego
y mujeres!

Sea moro, y sea del infierno.
LA

Todo él es moro.

COIMA

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

FUSO NEGRO

MAURO

El mundo está para acabarse. ¡Talmente finalizando! ¿Para qué
mudar de costumbres y echarse nuevos cargos? ¡Pero me hacían
obispol Hay pocos teólogos, y los pocos que hay, amancebados.

¡Un jarro de cada cual, Marela!
LA COIM,\

Don Mauro falló el pleito.

EL CIEGO DE GONDAR

DON ROSENDO

¡Se cansa la boca de comer! ¡Se cansa el cuerpo de dormirl Solamente los ojos no son cansos en su aquel de mirar.

Sobra el de la tierra donde está el Rivero.
:EL

MARAGATO

DON MAURO MONTENEGRO, un gigar,te btrmtjo y
atrabiliario, salt dtl mtsÓlt contando dinuos. Para abravar su figura
st concitrtan, pica vaqutra, ,spuela.r y galgos.

¡Buenos mostos, en Castilla!

1¡

DON PEORITO

A los mostos castellanos, los mata el gusto a la corambre.
DON FARRUQUIÑO

EL MARAGATO

¡Hay juego dentro?

No lo cuento yo como tacha.

DON

DON FARRUQUJÑO

Cada vino reclama su sacramento. Rueda blanco, propio para
acompañar una tortilla de chorizos. Espadeiro de Salnés, bueno para
refrescar en el monte, o en un, romería o en un juego de bolos.
¡Sardinas asadas! Rivero de Avia para las empanadas de lamprea y
las magras de Lugo. Cada vino tiene su correspondencia en la vida,
igual que todas las cosas. El mundo es armonia y concierto pitagórico. ¡Y nadie me rebata, si no está ordenado de teóloaol.

MAURO

Un burlote.
CARA. DE PLATA

¿Quién tira?
DON

MAURO

El abad de Lantañón.
CARA DE PLATA

~

Voy a coparle.
CARA DE PLATA

¡Cómo se conoce que andas entre abades!
FU SO NEGRO, con su m edia sotana /,ecl,a jirones, al sol una
nalga Y d bonete lleno de t;1ú¡'arros, blasfema y dogmatiza en el atrio
tu la iglesia.

DON

MAURO

Tú le has hecho vol ver del camino, pero no le harás tirar una
sota cargada.
CARA DE PLATA

Voy a coparle.

�LA PLUMA
LA PLUMA
DON FARRUQUIÑO

Es un taumaturgo barajando.

mundo. Me junté con malas. compañías. Llevé el juego fullero por
las ferias, y con una mujer de mala vida pasé mis escándalos . ¡Por
muchos caminos fui llamado! ¡Por muchos signos amonestado!
EL MARAGATO

EL MARAGATO

Juega leal, pero la suerte le favorece.

¡Anda, aparenta cuentos, que con la industria del hábito holgazaneas, y de engaños vives como el Real Gobierno!

DON FARRUQWIÑO
EL PENITENTE

Tira siempre la descargada con dialéctica escolástica.
DON PEDRITO

Hago penitencia por mi salvación.
CARA DE PLATA

Supiera Teología como sabe amarrarlas ...
EL MARAGATO

¿De qué eres reo?
EL PENITENTE

No lo he visto, y estuve reparándole como barajaba.

De muerte. ¡Peor que Caín\ ¡Tuve el hacha suspendida sobre la
CARA DE PLATA

cabeza de mi padre 1

¡Voy a coparle!

CARA DE PLATA

DON PEDRJTO

Todos levantamos una parte. Es dinero de mi padre.

¿Mataste a tu padre?
EL PENITENTE

PICHONA LA BISBISERA

Señor Carita de Plata, mérqueme alguna cosa. Esta gargantilla,
que no le faltará a quien regalarla.
CARA DE PLATA

Para ti es, y no te la pago .

Espantado de verme, cay&lt;&gt; fulminado. ¡Maté a mi padre con el
aire del hacha! ¡Bastó mi saña para matarle! Me criaron mis padres
con el vicio del hijo único, donde fué la mayor causa de mi perdición. Salí a mozo desenfrenado.
CARA DE PLATA

CON LA S TA ZA S dtl vino m la mano, pm,tra m el mesón la tropa dt Montmeg-ro. Cara dt Plata queda un momento suspensu
m la puerta, oyendo al mozo pmitent, y al Maragato.
EL PENITENTE

Del Demonio revestido, dejé la casa de mis padres y salí a correr
166

¿Cómo te llamas?
EL PENITENTE

Maldito me llamo. Mala intención. Mal pensamiento. Negro infierno. Reo de Satanás.
167

�LA PLUMA
LA PLUMA
CARA DE PLATA

ESCENA SEGVNDA

¡Embustero!
GRACIOSO m ,! tÚsngravio, deja u11a moneda de plata en la
ma110 del po, diosero, al tiempo que la palabra en ,l aire. Y mira por el
mesón con gmtiles paso.&lt;, llevándose al hombro las jalmas d,t caballo.
PICHONA LA BISlHSERA

Ese que ahora entró, tampoco está libre de matar a su padre. Miran los dos a una misma mujer.

UN HUERTO CON PARRAL, A ESPALDAS DE LA
VENTA . Tragi11antes chalanrs _y ,ufos clérigos. en una rinconada,
tiran al naipe, tl juego clásico de las ferias españolas, gallos Y albures.
que dict11 los doctos.
EL ABAD DE LANTAÑÓN

¡As en puerta!
EL INDIANO

Horita, quebró juego. Se daban judías.
FUSO NEGRO

UN CHALÁN

Celos con rabia a la puerta de la casa. Matas a tu padre y libras
del verdugo. ¡Touporroutóul Ese sí que es milagro del Diablo. ¿Tenéis conocimiento? ¡Bueno! ¿Te saludas con ese sujeto? Ahora está
publicado su gobierno sobre el mundo. El clero lo pasará mal, y las
putas beatas, todas en camisa, irán a una hoguera.
EL MARAGATO

¡No he visto eso!
DON FARRUQUIÑO

¿Quién tenía el corte?
PEDRO ABUIN

Yo lo tenía. ¿Qué se ofrece?
DON FARRUQUIÑO

¡Si no repelan al Diablo!
¡Benditas tus manos!
FUSO

NEGRO

,Sabes quién soy? ¿Los estudios que tengo? ¿Te pones conmigo?
¡No te pongas que saldrás perdiendo! ¡Todo anda mal! El mundo
visto es como está descaminado. Entre un viernes y un martes se
escachiza en mil pedazos.

PEDRO ABUIN

¿Gana usted?
DON FARRUQUIÑO

¡Indulgencias!
EL ABAD, lento y socarrón, apila los dineros, pei11a tl naipe Y lo
pone al corle. Do" Mauro tiende m brazo de gigante, y el clerigote

161

queda. con la mano sobre las cartas.
169

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

Lo tiene pedido el Capellán de Lesón .

EL ABAD

No respondo a preguntas impertinentes.

EL CAPELLÁN

Se lo cedo a Don Mauro.
EL INDIANO

¡Qué jueguecito, ché! ¡Recién quebró con el Rey! ¡Cabrón!

EL ABAD habla oscuro, entornando los ojos. Tiene vuelta sobre el tapete la baraja, y encima cruzadas las dos manos. Cara dt Plata
sonríe, rubio y btllo, .:,poyado tn la pica vaquera, al hombro las.fa/mas
cantándole alegres.

EL VIEJO DE CURES

Ya lo dijo el refranero: Con maricones y putas no te metas a
disputas. Por sota y rey nunca jures, ni tu dinero aventures.
D O N M A U R O, soberbw y callado, asesta los ojos sobre ,l
naipe y juega su dinero ,n un rey. El Abad, acastillado y enjuto, la
nariz torcida, la boca dibujada como una boca de pitdra, corre la pinta
y oficia dramático .Y lento.

CARA DE PLATA.

¡Señor Abad, con lo que yo le quiero!
EL ABAD

¡Tengo los ejemplos!
CARA DE PLATA

Dígalo, el venir a dejarle las vacas paternas. Treinta onzas portuguesas.

DON MAURO
EL ABAD

Me quedo a la luna, si ese rey me falla.
Estás demente.
DON FARR UQUIÑO

CARA DE PLATA

¡Que te falla!
DON MAURO

Quiero que tenga usted de mí un buen recuerdo.

Pues en él voy.

EL ABAD

CARA DE PLATA

¿Qué hay en el monte, señor Abad?

170

CARA DE PLATA

EL ABAD

¡Va usted a ganarme las treinta portuguesas? Yo se las juego.

CARA DE PLATA

A UD A Z Y AL E GR E, ti hermoso segundón arra.fa sobre la
mesa una bolsa sonora de oro. El tonsurado la sopesa.

¡Desalmado!
¿A cuánto sube?

¡Desalmado!

171

�LA

PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

DON MAURO

CARA DE PLATA

Recuerda al oráculo de Cures: Con maricones y putas no te meas a disputas.

¿Están aquí?
Contarlas puede.
1

CARA DE PLATA

EL ABAD

Allá veremos.

No te admito la jugada. Tienes la leche en los labios.

1

CARA DE PLATA

EL A.BAD

Aún estás a tiempo de retirarte.

No es la edad lo que se tercia,
EL ABAD

DON FARRUQUIÑO

¡Cátalo visto! El rey de copas.

¡Réprobo!

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Esa maldita baraja no tiene más que reyes.

Tire usted.

EL ABAD
EL ABAD

Advertido estabas. No dirás que te robo los dineros.

Voy a complacerte.

DON MAURO
CARA DE PLATA

Las treinta onzas en la doble, matando la pinta de espadas.
DON MAURO

Mi carta es el rey.
EL ABAD

¡Juego! Rey en puerta.
EL lNDJANO

Quien eso dice soy yo. Tiene usted la baraja amarrada y tira
el pego.

EL RO y O G l GANTE levanta 1~ bolsa dt las trti11ta p,rtugutsas, y la rueda dt jugadores se apasiona y revuelve: Titnt un
acento dramático, una ruda corrtsp01ukncia de voces y ademanes. El
tonsurado saca un pistolón. Cara dt Plata st inttrpont y arrebata a su
htrmano la bolsa.

Estaba oyéndonos el pendejo.
CARA DE PLATA

Palo de espadas. No pierdo ni gano. Sigo en iguales, jugando el
blanquillo.

CARA DE PLATA

Ganó el Abad.
DON MAURO

Con trampa.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

Goliat, que te abraso.
DON MAURO

¡Tahur!
EL ABAD

¡Judas!
DON MAURO ,estalla .,u vara. El fogonazo de vn tiro, cha-

.,,

fl

ramu&amp;cas, olor de pólvora, ladridos, denuestos, espantos. Don Jl,fauro

pelea }ar desasirse entre clerigotes y chalanes que le ac011sejan y traban. El Abad, can la sotana rata y la pistola h1tm,ante, caminando de
espalda, pega con la puerta del huerto y escapa. Repentinamente se
aclara el tropel. Cara tk Plata tzene en la frente el rasguño rojo de
una bala, y todo un lado del rostro, negro del fogonazo . Se lava con
vino, y sus hermanos, con sorda brama, /tacen rueda mirándole.

PAISAJE
C,stío. eluema el sol. C,l aire duerme.
fNace la tarde, muerta de pereza.
93ajo la espesa copa de un castaño
un pobre can escuálido bosteza.
cSe oye zumbar un moscardón. C,l burro
de la noria tropieza a cada paso.
C,l campo está amarillo, pardo, verde.
{;l cielo es de un divino azul de raso .
f!{ay una calma eterna en cada hoja,
en cada florecilla de la linde.
Gl gañán ha dejado la faena.
Los párpados entorna ... fl{,[ fin, se rinde.
eluietud. .Silencio. cSoledad. .;1l Nlos,
tiembla una hoja, pía un pajarillo.
flnesperada y amorosamente,
pasa y nos besa un fresco vientecillo.

ANTE LAS CUARTILLAS
;JU fin, suave cuartilla inmaculada,
a profanar me atrevo tu blancura.
elsado so,¡, si bien de prematura
no puede mi osadía ser tildada.

'j/a con la vista, de leer, cansada,
y con la vida, de luchar, madura,
y con el alma, de sufrir, tronchada,
quiero que seas tú mi sepultura.
1

75

�LA PLUMA

LA PLUMA
Gn ti, en efecto, enterraré las penas
de que mis horas idas están llenas,
mi ardiente sed de eternidad y amor.

'Y, cuando ya no sepa qué contarte,
dareme al rezo, y volaré a otra parte,
donde todo, tal vez, será mejor.
ADOLFO RUBIO

Cluiero ser cómico,
hacer reír y llorar al mundo,
ser héroe y cobarde.

'Godos los hombres en uno,
como :Dios.
:Dios solo hace ya papeles de barba.
Gl humor herpético sale a la cara.
Gl humor lírico va por dentro.
Gl verdadero culto no tiene signos exteriores,
bombo, platillos ni campanas.

FACECIAS
'Godo está verde: tus ojos, la tierra
la esperanza de que repintan la puerta oscura de la taberna.

9f. los muertos les cierran media puerta.
¿.Son todos tuertos?
5Cuelga de brazos caídos.
'Un mundo todo de mancos.

EL A~!ISTAD

-'Yate ideal en figura de corazón.
fNo es velero a todos los vientos ni navega a todo vapor.
fM.atrícula particular y amarras en seguro puerto.
.Co tripulan solo dos hombres sin más carga ni pasajeros.
fNo es pirata como el 9l.mor ni en el cabo de los 'Gormen/os
se pierde.
Gnarbola pabellón cándido . .Cleva el casco pintado de verde.

:Místicos ojos al cielo
ven pajaritos sin cola.
:Mamola.
9'uego de niños.
'Y de monjas .

c.

RIVAS CHERIF.

.Suspiro: bostezo puesto en verso .
.Son rimas fáciles las ya aprendidas
fM.ujeres conocidas
las que el deseo sabe de memoria.
!Por miles cuenta vírgenes la 5Cistoria.

.,

XII
1'¡6

'77

�LA PLUMA

a Fulano. Si es en las letras, el color local no Jo percibo; Jo vistoso me
irrita; y en los modos de tratar el lenguaje, pongo al escritor que acerca
nuevamente dos vocablos desgastados, y saca de ellos un acorde también
nuevo, delante del que va volcando en la senda trillada del estilo, palabras como pedruscos, para que tropecemos, y caigamos de bruces, y se
nos acuerde Jo que hemos leído .
Que mis observaciones acerca de los curas sean, cuando más las ha•
bría menester, pocas, viene de esa tendencia descrita, que no me ha de-

LOS CURAS OPRIMIDOS

jado escudriñar la huella de cada profesión en el carácter humano, o las
variantes de la probada zafiedad general, según los oficios . Se me ha
atrampado la vena de Jo cómico. A dos pasos estoy del aborrecimiento
de Alceste. Con que sea ingrato el comercio sociali me sobra: no tengo

observado poco las costumbres de los curas, digo los modos de vivir determinados por el orden sacerdotal, en que
consiste el papel de cura. Defecto es de m1 sagacidad, que
usta más de Jo general, y de generalizar con cualquier motivo que de ;sparcirse en Jo ameno, en Jo especial, o en Jo pmto~esc~.
El detecto es ave en un siglo de documentación y de rarezas, on_ e
luce más el fi~ero' que el raciocinio; pero es mejor abundar en es.tas,~E

~~~:¡:;::~;;::

ltj:t::;i~::;r:~:~~!~~:n: 1::i:::0~!J:i~~it:s,1~~t::~
1 b oaría mil libertades particulares. Tirama inexorable, porq
~:r:; J:so~~~n del temperamento, sino rigorismo extremado de Ia ~~:::
ligencia, ofendida de no ver las cosas gobernarse por Jo que m_am 6 bien
d d Me place Jo que se razona, refinendolo a un canon_
:;:::::~:t::;~: : 0 j0 que vale sólo por su fecha, o por sus facdciones s111r·¡
n· ensarlo Prefiero levantar hoy un ,scurso so re
~::;~ ~:~~e:e~!~' se~ ~rró~eo.", al ac~rreo de materialesd Pª~:i:'\i°:~'.
más dichoso, discurra manana en m,lpuesto. De! :::. ;boles 'cerrada
,. D 1
·or re alo es una llanura no muy opu enta, con u
~or afguna barrera natural en el extremo donde alcanzan _los o¡os . a ~o
mundo moral, como estoy exhausto de compasión, me importa, Je

por qué dividir en dos manadas, una para los clérigos, otra para los laicos, a tanta pécora como me aflige con su cacumen estrecho y sus intenciones podridas. Faltándome preparación especial, se tachará de frívolo este parecer, parecer vago, de simple aficionado: que no pueden ser
los curas gente oprimida . El clérigo irredento es invención nueva, contraria a las promesas del bautismo, a lo que nos enseñaron en la cuna, a
nuestra experiencia, por truncada que brote, y a los fines de la vocación
de cura . «Este hábito es una libertad~, decía un gran misionero, no ins-

crito en nómina ni amedrentado por el peso de la cruz. Ya no Jo es.
Ufanos porque entienden de curas, pintan algunos a la clerecfa encadenas, o igualan al clérigo con el soldado, el presidiario u otros tipos sujetos a una autoridad que no rinda cuentas. Leo el escrito de un capitular
reverendo. donde se llama (¡a buena hora, señor ilustre!) a los espíritus
liberales del país en auxilio del clero oprimido. Los sacerdotes ya no se
sienten libres en su hábito. Van camino de formar una de esas clases su-

fridas que impetran mercedes del Estado. Los partidos extremistas, si
perseveran en la cordura española, que manda no suscitar recelos, no

espantar a las fuerzas sanas, acabarán por tomarlos bajo su protección.
El levantamiento general de presbíteros, daría a la revolución en ciernes
una faz original, y tal vez fuese la prenda del buen éxito. Pero esto es lo
exterior. Si la opresión es cierta, psicológicamente, y los curas lo sienten

sumo, lo que conviene al mayor número, o a todos, no le que le cump
'79
178

�LA PLUMA
LA PLUMA
así, 0 no son lo que dicen, o no son como deben. Me niego a ir en socorro de las sotanas cautivas.

El cura que primeramente conocí, era capellán de ladrones. ~onde
otros correligionarios suyos, más sufridos, conllevaban capellamas de
monjas, oyéndolas suspirar, plañir, diciéndoles una m1S1ta despa•
ciosa, una plática gazmoña, tomándoles por regalo. un chocolate c~n
agua, el cura de mi amistad servía las querencias rehg10sas de lo~ huespedes del presidio. Misa sucinta, al vuelo, que los galeotes?º ped1an floreos· confesión por los mandamientos, en víspera del domingo In Albts;
y en' caso de muerte, exhortaciones a la conformidad, proferidas con la
más llana franqueza, por este tenor: que si les iba mal en el otro mundo,
peor que en presidio, con tanta habichuela podrida y tanto verdascaz~,
no podría ser. Confortadas las almas, "_'i amigo el capellán asum1a
el hábito, el porte y el lenguaje de su pasion dommante. Era _pescador.
De ]as fangosas entrañas del río sabía sacar, _contra todo presagio razonable, fuesen cualesquiera el tiempo y la sazon, abundante pesca. Calzadas unas botas altas, oculta I• mitad del ro,:tro pizmiento bajo el sombrerote de paja, al hombro las artes de pescar, rompía por _entre el carrizo y los mimbres, en demandad~ los sitios buenos. Nad'.e se los disputaba. Era el amo de la ribera. Mas de una vez Je sorprend,, en los anocheceres sosegados del verano, tendido en la margen, v1g1lando las zam~

' i1

1
1

bullidas de sus corchos, o de pie en el filo del agua quebrando con la
red el cristal del remanso. Llegaban los sones discordantes de la música
del presidio, el vocerío, los cánticos de los feligreses del cura. ~•recia un
hombre profundamente dichoso. Cuando era perm11tdo hab,ar, el re•
bote de su vozarrón en el haz del río ahuyentaba a los peces y a los ge·
nios. Volvíamos juntos a la era; en el chozo, cortaba un cantero de pan
y se Jo comía, engañándolo con un tomate reventón, jugoso. Apostaba
con los agosteros, por la cabida de los montones de grano; pretexto para
meterse en ellos y pisarlos en el copete, hundiendo los rem?~ hasta _la
corva. «¡Qué gusto da! ¡Qué gusto da!», decía con entonac,on puenl.
Dentro de las botas se llevaba el cura una almorzada de tngo.
Otro clérigo me salió al paso en la carretera de Guadalupe: el fuego

del hígado le resecaba la piel, adherida al esqueleto; con su bonete de
dos cuartas calado hasta la nuca, parecía más largo; los ojos, saltones; el

gesto, de hombre muy padecido. ,En estos temperamentos-recordé entre mí-el calor excede a la frialdad, y la sequedad a la humedad. Será
propenso a la cólera y a la hipocondría.» Hablamos. Él, con voz muy gra•
ve, mudándola de tiempo en tiempo al tono declamatorio, tremante, que
echaba de menos el eco de la iglesia parroquial, se declaró ocupado en po•
ner chinitas en el camino de la anarquía. Tres palurdos le acompañaban,
tan parecidos, tan feos, que cada uno se me antojó caricatura de los otros
dos. Eran hermanos, caciques repezuñados. Llamábanlos 4&lt;los Tuertos»,

aunque ninguno lo fuese; pero lo fué su padre, de quien heredaron po•
derío y mote. Cosechaban votos, ayudados del cura, por la intención de
un candidato que Je había donado tres mil pesetas para recomponer
el órgano. Caminando juntos, me explicó su política, que era desvelarse por la salvación de sus ovejas, y no exponerlas a los ataques del
lobo.
-Contribuyo a restaurar el poder espiritual-decía-. Su cometido
es grandioso, si hemos de buscar la resolución armónica de los conflictos entre el capital y el trabajo, como enseñó el inmortal pontífice
León XIII.
El enfático cura trataba de imponérseme. Se detenía, con ua brazo
en alto, dilatando las sílabas sonoras. Dijérase que, sólo en tantísimo
campo, apostrofaba a los vientos, a los terrones, a las encinas. Los Tuertos, formados en ala, nos seguían sin escucharle, pensando en sus co-

sas. Me despidieron a la entrada de las labranzas de un propietario re•
miso, a quien iban a embaucar. «Veremos-dijo un Tuerto-por dónde
sale este ahorcado».
Pasados veinte años de no verlo, topé una tarde, volviendo de caza,
con cierto cura barbián. Le conocí al momento: enjuto, trigueño, los
ojos garzos alegrillos; la nariz recta, fina; la boca delgada, con fugaces
mohines de burla: tal fué, y tal Jo encontraba, sin otra mudanza que habérsele retostado la tez y abierto la pata de gallo en la comisura de los
párpados. Venía por el borde de una arroyada-la escopeta a punto,

�LA PLUMA
LA PLUMA
cia mí, entre latidos, la mirada, tan chispeante y franca, tan aguda, que
los perros cazando-, en busca de un rodal de codornices. Era su habilidad excelente: la caza. Dominaba muchas. Buen servidor del altar, puntual en el coro, atacaba el tono ferial en la misa o despachaba los sermones
de tabla con el desembarazo de quien posee al dedillo una técnica y la
aplica en frío. Obtuvo su mayor triunfo exhortando a dos reos de muerte: halló palabras y acento tales, que los curas fanáticos y los hermanos
de la Paz y Caridad, maravillados, ponderaban entre burlas y veras el su·
ceso. Desbravar caballos, enseñar perros, atronar los billares aporreando
la tarima con el taco, desfogaban su robustez corporal; pábulo de su facultad discursiva era el tresillo, tomado con aliento de gigante, en jornadas cumplidas, entreveradas de disputas, donde el clérigo, por guardar el
decoro, adecentaba los vocablos obscenos poniéndoles desinencias nuevas. Ningún macho de perdiz más célebre que los suyos; dos perros traía,
príncipes de los perdigueros. Le pregunté por su caza. Había marrado algunos tiros: me probó con razones palmarias que estuvieron muy bien

marrados: nada podía ocurrirle mejor que marrarlos. Tiró por tirar, por
meter ruido y darle gusto al dedo. Ponderándome sus blancos y las muestras de los perros, abordamos en el río. Nos sentamos en el poyo de piedra, delante de la fuente antigua, quien sostiene en sus hombros de
mampostería el acirate desplomado. El agua surte a par del suelo; para
catarla, ha de hacerse la triste figura. Comimos y bebimos reposadamente. El clérigo contaba los cismas del cabildo, roto en dos bandos
por si había de imponerse o no, a cierto canónigo que lo rehusaba, el
uso de la luenga cola negra, prolongación del balandrán con que asisten a coro. Pensando que las canongías iban a perder su valor proverbial de emblemas pacíficos, me distraje en mirar los giros de las golondrinas, que volaban a ras del espejo empañado del río, y los perros retozones que en la arena marginal, blanca, suelta, erizada de regaliz, se

refregaban después de chapuzarse. El aroma de los cañamares silvestres,
cargados de flor en racimos, tan fuerte, disuelto en la emanación calienta del agua, entorpecía los sentidos. Vinieron los perros a prestar al discurso del amo más atención que yo. Oíanlo inquietos; remuzguillos eléctricos serpenteaban por su piel; lo devoraban con los ojos o volvían ha182

nos entendíamos muy bien, por comunicación directa; las maravillosas

criaturas enloquecían de gozo, viéndose así entendidas, muy cerca de un
corazón humano, y yo creo que algo debía de robarles, a mi vez, de su
expresión canina y su dulce lealtad, para serles acepto. Este juego rompieron ciertas palabras del cura:
-¡Los prelados son unos granujas, desengáñese!
Me sonó a que empezaba de nuevo el discurso. No entré en su desengaño: tan sin cuidado estaba yo, tan sin malicia de la opresión contra
los clérigos, que no se me ocurrió tirar del hilo de esa sentencia. Hombre libre en la naturaleza no lo había visto tan acabado como en el cura
cazador.
Apenas he ampliado de,pués mis observaciones personales en los_ curas. Vísperas de Navidad vi a uno, joven, bien portado, rolltzo, brillar
en la cadena de holgazanes famélicos enroscada a la Casa de la Moneda,
esperando el sorteo de la lotería. La expresión de manso regocijo, de pacífica y segura tenencia que advertí en su semblante, mostraba que tras
de echar cuentas con el premio, no quiso esperarlo en su casa o en lasacristía: prometíase verlo salir del bombo. A otro encontré, viejo y raído,
de porte rústico, embelesado en el umbral de una taberna: ap,yado e_n
el quicio, laxas las facciones, la boca entreabierta, clavados los o¡os, o,a
la música dulzona y aflautada de un órgano mecánico como si fuese la
de las esferas. Ninguno de estos curas me dejó conocer que estuviesen
corroídos por el descontento.
De no repugnado mi gusto, las novelas con cura hubieran suplido
por mi experiencia. Pude, si no observar la naturaleza, estudiar los bue~

nos modelos, graduarme de doctor en papalogía a fuerza de leer narraciones de amores sacrílegos, hacerme papálogo libresco. Hay quien sabe
mucho de amor según Stendhal, o de ambición según Balzac, y se precia de haber explorado lo más recóndito del corazón del hombre, aunque no haya sentido palpitar el suyo propio. Pero la simple entrada del
cura en la novela me infunde desconfianza; y si el autor describe principalmente el erotismo del clérigo, su enredo con tal señora o damisela
183

�LA PL U~¡ A
más o menos almibarada y redicha, me invaden sentimientos ingratos:
asco y despecho, templados por la presunción de que allí va a suceder
algo muy ridículo. Menester es que el público español lector de novelas
se haya pasado de gazmoño, y los autores de tímidos, para que un día
pudiesen, los unos, hacer el descubrimiento de las pasiones carnales del
cura, y el otro recibir por tema peliagudo la descripción de esas'fatigas.
Si a una señora le ronda un sacerdote, ¿a quién le importa? Tal vez ni
a la señora; y hemos de ver en el caso un conflicto raro, y convertir un

trapicheo vulgar en cuestión de orden público porque el galán lleve sotana. Suele poner el novelista buena porción de sus terrores propios en
la conciencia del cura enamorado; Je sobrecoge de espanto el sacrilegio;
échase de ver que, metido a cura, jamás habr/a afrontado pasión igual
ni declarádose a la dama de sus pensamientos: hubiera probado mejor
cura que su héroe. Esta noción: que el sacerdote, cediendo a su apetito,
incurre en culpa ominosa, puede mucho con el ,escritor laico, y le des-

vía, a su pesar, del propósito original; en vez de pintarnos la pasión de
amor, bastándose a sí misma, bastante para la obra de arte, se enzarza
en el caso de conciencia, ca el miedo, en los remordimientos del tonsu-

rado. La pasión, en los curas de novela, suele adquirir lóbregos tonos,
causa de mi despego. Es propio del clérigo, dirán, dejarse atormentar
por la moral de sus creencias. Yo Jo dudo; la virtud y el vicio, la conducta en general, poco tienen que ver con las ideas; y el clérigo que,
rota su fortaleza, se allana a la pasión, recae en el estado natural, como

cualquier hombre o mujer picados por el tábano. Su conducta depende
de su historia sentimental, no de la profesión . Los aspavientos, zozobras

LA PLUMA
pasmo de otras damas de cura en ciernes: así Doiia Lut , cuyo enamoramiento no puedo recordar sin náusea.
Mi aversión literaria no me priva de tratar con templanza en materia

clerical. Cierto, una puntita de clerotobia descubrí en mi ánimo tiempo
atrás, adquirida en contagios callejeros, de quien nadie está libre. En un
teatro averigüé de súbito que aborrecía a los curas, sin saber la causa;

revelación fué, o dicho en otro estilo, flechazo. Habriame inficionado
profundamente, hasta la muerte de la razón entre bascas horribles, sin
la alarma que me movió a extirpar en el aclo el germen del mal, cortando lo dañado y lo sano. Oíamos un concierto de música eclesiástica .

Tenía yo tanto hábito de encuadrar en el velludo rojo de los palcos el
descote, J~s plumas, las joyas y los gestos de muchas damas conocidas,
que en levantando aquella tarde la vista a los Jugares donde solían estar,
nunca pude reprimir un movimiento de sorpresa al ver trocadas en obis-

pos las señoras. Repartidos por parejas o por ternas en los palcos, bastantes había de manifiesto con su cortejo de familiares negros. Lo demás
del público, también clerical o asacristanado, se congregaba por ser la
música de iglesia, y eclesiásticos el director y los ejecutores. Gustamos
unos trozos de misa y unas cantatas en el modo altisonante, vulgar, que

corresponde a sentimientos triviales hinchados. El autor-aunque la
música me pareció inclusera-estaba presente; ya desde esta vida terre-

na «había entrado en la inmortalidad»; el programa omitía que fuese
«el primer músico del mundo», pero yo rellené mentalmente esa laguna. Granizadas de aplausos, arrebatados, descubrían la intención de
desquite y de trágala, presente en todo alarde profano de la clerecía

y poquedades que un clérigo de novela, si se rinde a ser amante, prodi-

cuando se manifiesta a solas. El director, frenética batuta, se retorcía

ga en negocio tan natural, no pertenecen al estado eclesiástico, sino a la
condición de primerizo, de hombre sin mundo ni cortesanía, criado

como un poseído. La sotana bailábale en los hombros, subía, bajaba,
dejando al descubierto los pantalones y los zapatos, volaba de una a
otra parte según el meneo de los brazos. Entonces me entró el acceso de

aparte del otro sexo. El novelista cuida de poner un clérigo que desbra •
ve su inocencia en el primer amor¡ mostrándolo en lances ulteriores , se

las compondría por otro estilo; la absurdidad de aquellos sentimientos
postizos quedaría al descubierto. Pero nada es comparable al rencor que
siento por las damas de cura . Sobre todo, si las inventan para deleite y

clerofobia. Zafiedad, palabrería, ignorante engreimiento, chabacano
gusto: eso vi en tantas almas de pazguato. Me abrasó la cqlcra, y comencé a odiar al director en representación de todos, por zurdo, por basto;
no podía reirme de él, no obstante sus ridículas contorsiones; la saña

�LA PLUMA

.

'

vencía a la risa . Sali a la calle preguntándome el motivo de aquel rapto;
si no fué persuasión del demonio, sería un estallido de los malos humores almacenados sin advertencia mía por el despecho y la inquina. Me
pareció desatinado, y feo, enviar al corazón los residuos de ciertas hogueras; y peor aún, en la cabeza de un pobre diablo, no muy seguro de lo
que representa, vengar la perdición de una gran causa histórica . M~ esforcé a la piedad, a no quitar la vista del chasco postrimero, comun a
todos; creo haberme portado desde entonces blandamente con los curas;
y hasta los he favorecido en persona. Al capellán pescador, mi amigo,
lo saqué de las garras de la policía. Es tal su catadura que al sub1r a un
tren lo detuvieron, sospechando que fuese un asesino a quien buscaban.
Le arrancaron la teja, y en viendo la tonsura, quisieron someterlo a más
apretado reconocimiento. Por mí lo soltaron en la estació~ misma; el
cura, con el susto, se fué sin decir adiós ni dar las gracias .
Guardo, en fin, delante del clero la actitud ingenua de quien fía en
el testimonio de los sentidos y cree que el sol rueda sobre nuestras cabezas. El clero es un cuerpo inmune, con más predicamento e imperio que

pudieran tener el médico, el maestro y el militar si los fundiesen en una
pieza. Unico tronco venerable de España: puede probar que a su amparo v costa han vivido, como el muérdago en la encina, las clases espa~

ñol~s. Es más antiguo que el reino; ya el godo soberbio se prosternaba
ante el clero; todavía el rey, a ciertos dignatarios de la Iglesia los llama
primos, y son los únicos personajes a quien hace acatamiento . ~ue un

gremio tan potente gima, teniéndose por desheredado en este siglo, no
pasa de ser un melindre gracioso: ignora lo que son apuros . Como a
criatura mimada, el revés más fútil le llena de pesadumbre y se ,magma
que le es contrario el universo. Esta explicación plausible, vale para
otros clamores y alborotos, triunfantes porque los promovía gente de
mucho peso, no con intención mala, pero temiendo por las franquicias

y exenciones que siempre han gozado y gozan. Y si el clero está descontento, escarmiente en cabeza ajena; tómese la justicia por su mano; em-

plee la acción directa: ya contra la sociedad e~pañola, cuand_o se crea
-inverosímil supuesto-aminorado en rango, ya contra sus Jerarcas y
186

LA PLU/VIA
príncipes, si cometen desafuero. El clérigo tropezará con los cánones, a
veces, o con la institución divina de ciertos poderes, y tendrá que reformar la Iglesia, o arrepent!rse de no haber mirado mejor dónde se ponía,
o ejercitar la paciencia. Andese con tiento, no vaya a pisotear el espíritu cristiano, sola razón de su vida; o a rebelarse alocadamente contra
algunas privaciones, fruto de la sabiduría, de la cordura de los siglos
traducidas en leyes, como la de tenerle sin mujer, a lo menos sin mujer

que pueda alegar derechos civiles. Duélense algunos curas de su pobreza. Deploran la desigual repartición de los bienes de la Iglesia. Que un
obispo tenga automóvil, no teniéndolo el cura rural; que el párroco de
Madrid devengue miles de duros en la misma función que desempeña
su colega de pueblo por unos ochavos, parecerá irritante si se mira con

ojos terrenales. Pero los curas saben que siempre hubo pobres y ricos;
que los bienes del espíritu son la única riqueza; y que nada importa ganar un tesoro si se pierde el alma. Deberán, pues, callar sobre eso .
Pónganse en lugar de la parroquia: el vecin~ de la capital reclama un
cura suntuoso, como llama para que le mire la lengua a un médico que
sepa alemán y que cobre diez o veinte duros por visita, mientras el médico de aldea se satisface con la iguala de una fanega de trigo por familia. Ese desnivel, admitido en una profesión asimilada a la del clérigo
(«el cura es médico del alma", se dice a la cabecera de los enfermos; o
también: «¡aquí la ciencia humana ya nada puede hacer!»), debiera servir de ejemplo a los curas, moviéndolos a escarnecer la civilización y el
lujo: inventan necesidades fingidas, elevan a quien los sirve, dejan a
otros olvidados en el santo suelo; y moverlos también a contentarse con
la pobrecilla mesa, bien abastada, de que habló el clérigo poeta. Contentos o no, lo que el gremio clerical pretende, habrá de lograrlo por
sus puños. Su apelación a los espíritus liberales no carece de ironía. Por
luengos siglos los curas han perseguido el exterminio de esa planta; si
no lo alcanzaron no fué culpa suya. Pero ha quedado tan endeble que
los partícipes en ese famoso espíritu liberal no pueden malgastar sus
energías en acorrer a los antiguos perseguidores.
CARDENJO.

�LA PLUMA
das

EL N O V E L I S T A

ci¡

(NOVELARIO)

XIX

[I

novelista había vuelto a sus dias de fiebre, cuando comía y
cenaba entre las cuartillas sin levantarse de la mesa, llenando
de migas el revés de las cuartillas, y resultando eso tan molesto como el que se llenase la cama de ellas.

L

EL BIOMBO avanzaba manteniéndose erguido, insensible,
como lo que posee un misterio fiero que no es que se in\·cnte sino que existe.

Ya había llegado a obsesionar al escritor el biombo de mirada felina

y atrevida. Ya iba por el capítulo XIII y se sostenía tieso e impertérrito

el bello encubridor, el suntuoso mueble con brillos lacustres de ciénaga
en que florecían los asfodelos.
«Hasta que no quite el biombo de en medio, hasta que no resuelva
el desenlace-se decía-no podré ocuparme de otra novela. El biombo
lo perturba todo, ten&amp;o que venderlo, tiene que llevárselo el editor para
volverlo a leer una sola vez más en pruebas y procurar oh idarle toda la
vida. El día que acabe regalaré mi biombo .»
Y el novelista escribió, con esa facilidad de señalar los números romanos que sólo el reloj posee.
XIII
U. MODELO DK UN FALSO

PINTOR

El biombo me seguía por todos lados. Nunca dejé que "" lo llevasen
en los carros de mudanza; siPmpre lo llevaba un mozo, en cuyas espal(1) Véase LA
188

PLUMA

de agosto, 1922.

s, hacía tan crnz a cuesttrs de su destino como lo había sido del mío.
Ahora brillaba con .-ayos di negrura en aquel gran despacho. El
biombo convirtió mi desfacho en estudio. Yo sabía que las mod,los u
esconden detrás de los biombos pa,-a desnudarse, como si se metiesen en
la caseta antes de lanzarse al baño, y siempre tenía el deseo de ver m
mi intimidad ese g,sto smcillo en que la mujer sin pudor pone en el
biombo su último pudorcillo.
Compré un gran lienzo, pútturas, todo, y busqué en el círculo de los
pi11tores la modelo de desnudo, la que 110 se presta a ser el absoluto ideal
de arte, sino a que pongan sobre su desnudo otro desnudo mejor, a ser
el maniquí de otro desnudo, el espectro de que colga, lo.
¿Cómo estar 111i1ando _fijamente a 11,na mujer desnuda, sht que esa
coll!nnplacirJn exija el fin del arrebato? Necesitaba realizar esa larga
contemplaczón, pero sin que la mujer desconfíe o se canse.
El engañ• le hacia gracia . Todo lo que había comprado eran ,na/eriales para una falsificación, pero la modelo sería la que menos se diese
cuenta de ella y era a la que había que engañar. Había comprado tubos
de óleo como el que compra tubns dentríficos, que hacen el mismo efecto
que pintums cuando se les aprieta sobre los cepillos de dientes.
La modelo acudió puntual, y dió al despacho tipo de estudio de pintor. Dejó el paquete de la bata sobre un sillón, como si hubiera entrado
en el taller de Velázquez.
Ninguna mujer que produzca tanta confianza como la modelo. Viene a quedarse sin ninguna ropa, viene a jugar m la playa del estudib,
e:,,plota la tontería humana qut da importancia a lo que sucedía en el
principio. Ha comprendido de una vez para siempre la naturalidad que
hay en ponerse desnuda.
La modelo es tan casera y tan buena, que pedíría permiso para hacer crochet mientras está desnuda si eso no descompusiese la ·inJpiración
del artista. Sabe su i11stinto que hay que adaptarse y representar algo
así como una figura r,mántica o estatua de jardín.
Cuando dijo:
-Dejaré la ropa aquí detrás del biombo--y se llevó una silla consigo, me quedé satisfecho.
Iba a poner del otro lado del biombo algo verdadero, algo con lo que
soñaba el biombo. Iba a satisfacer de algún modo su instinto.

189

�LA PLUMA

LA PLUMA

El diahlo que se tsco1uú detrás del biombo la ab, azaba. Hubiera iurado q,u había oído un beso.
-¿Qué hacer-la pr,guuté.
-Mt desnudo-respondió con stnci!lez.
Tardaba. Yo estaba impacie11te,y aunqut podía asomarme para ver
lo que pasaba dttrás dtl biombo, no quería faltar a tsa única cortesía
que ,xigen las modelos.
-¿Pero qué la pasa?
-Que se me ha hecho un 1mdo qut no puedo dtsatar-respondió.
¿No era ,so a las claras un abra~o del que se esconde detrás de los
biombos y que había aprovechado ese pretexto para abrazarla? Parecían
oirse lo_s jadtos dt una lucha comprimida, de alientos contenidos.
Entonces, i•iolento, suponiendo lo que siempre había supuesto detrás
del biombo,fuí a sorprenderlo, pero tampoco, ya había huido, y en cambio allí estaba la mujer, que tiene un nudo en el corsé y cu_~o premio ya
se sabe cual es, sobre todo si es muy difícil desatarlo.
Detras del biombo rernltaba pecaminosa la escena de nuestros roces.
Era la mujer inquit la que rabotea y da con el posterior molledo e11 el
vientre dd komb,e, en la desesperación del nzulo que no se desata, como
mulilla a la que pican las moscas en la rabadilla.
Ya no pinté a la modelo, ¿para qué? Mt pareció que era mtendida
en la pintura y descubriría mi estratagema, la pintura torp,, el desnudo pintado por un niño o por un salva¡e en qut ltabría de incurrir.
Sin la sospeclta de que aquella mujer me la pegaba detrás del biombo no se me ltabría ocurrido trasponerlo y comenzar aquellos amores
con la modtlo, que quería dedicarme el hijo que ya llevaba pintado m
su vientre.
XlV

!U.DA, NADIR

El biombo me iba dtjando la impresión má"'· fija dt algo que sin biombo ltubiera sido vaguedad de mi vida, la existencia dt «n,zday nadie&gt;.
La mitad de la.- cosas raras qut sucedían a m, alrededor no ku!,ieran sucedido ,in el biombo. Lo que no se l,ubiera podido pertrecltar del
biombo, alegre y disimulado-«yo• no amo el fondo de los armario, ni
los cuartos oscuros sin los burladeros-, 1w hubiera tenido en ·mi casa

una vida tan campante y tan die/tosa, aprovecltándose dtl gran burladero .
La existencia dt «Nada, nadie•, la notaba a todas !toras.
Yo no creo en nada y sin embargo l,e presenciado esa presencia de lo
que no puede ser ni misterioso, de lo que ni puede aspirar a str, dt lo
qut quisiera darme un gran susto en la noclte y no puede, no puede dt
ninguna manera, no podrá 11unca.
-Anda, ahora que puedes, a/tora que estoy solo, porque la antigua
asistenta que asea mi casa no está ya aqui y no vtndrá !tasia después de
las once de la nockt.
Le provoco, busco las vueltas a esa nada, y yo, que no creo en nada,
voy creyendo demasiado en esa nada. ( El parquet !te notado que tiene
tres pasos en vez dt dos. Paree, que andamos por él coll tres pies sin llegar nunca a los cuatro, pero sí co11 trts)
Hago ya la excursión por la noclte con ti pie forzado de buscar fil
nada, con el afán de que me enc11entrt.
Alguna vez, al sacar una botella de entre las botellas, se kan reído y
kan castañeteado los dientes de todas con sospecltosa algazara. ¡Fué esa
la señal de su int xistencia y de aprovtchar esa misma casualidad para
meter baza en mi vida?
Soy solitario y dialogo solo conmigo mismo.
Yo.-¿Pero para qui st me va a aparecer a mí lo que no existe si eso
no pasa en el resto dt la creación . ..?
Yo mismo.-Tienes razón. ¿Para qui? ¿Por que voy a merecer esa
distinción?
Yo.-¡Qué más da la noclte de aquí dentro que la noche de los
tiempos!
Yo mismo.-Lo mismo da ... Pero todo el esfuerzo ltumano, el esfu rzo de los hermanitos, consiste en demostrarnos que no da lo mismo ...
¡Pobrtcitos y qué razones !tallan y cómo st afanan! Hasta encuentras
motivos para creer eJt los q11.t no hay más remedio que "º creer .
Yo.-¡Es que no se dan cuenta de que se está en igualdad de condiciones con toda la naturaleza para áspirar al milagro, al imposiblt milagro de la creación upiritual!
Yo mismo.-¡No es nada lo que pidtn los niños!
Cuánto kt estado solo en el mundo y sin más fe que ti ruido del rt-

�j

LA PLUMA
LA PLUMA

,,

/oj, siémpre anfisesmático, sim,pre con el golpe que le mata, con _el tropiezo fatal. Si sobrt el golpe no duse el •regoipe•, todo marchana hten,
pero da el «regolpe».
,
.
,
E11 la caja del reloj podra darse por ,yemplo la prese&gt;lfac1on de eso
que no es nada, qut no es nadie y qut estoy deseando ver. Como uso de
un reloj que no es de uso, podr_ía abrir la puerteczlta y asomarse. .
¡Cómo he esperado del relo; hace mucho tzempo,pero se ve demasiado
que ti reloj se va a morir!¡ Camina J1acia la muerte, pzerde corazón tn
cada palpitación!
«Nada•. «nadie•, no /iay que darle vutltas, eso es lo que hay fuera
de nuestra vida, la vida q,ie nos Ita tocado trasportar por el mundo, conse, var por instinto y lucir por vanidad. . ,
.
¿Seria .eso•-nada, nadie-la qut de;o encendida la luz del comedor
la noc!te de anteanoche?
Yo estoy seguro dt qut la apagué, y, sin emba,go, amaneció encendida. ¿Denunció su ma/a·intención con tst rasgo, eso que no se me ~
descubi.erto nunca? No. Me dediqué a perseguir la verdad, me estudie,
inrfagui, nu anduve en el fondo de la americana. Y por fin dí con timomento medio sonambúlico en qut encendí la luz...
.
1Vunca .. nada» ni «nadie», porque el Ladrón o ti asesmo que se me

apareciesen serán alguien.

.

Siempre detriis del biombo «naaa», «nadu».
1

XV

1

'1
1 1

LA DKSVANKCJDA

La habitacion que tiene fo111za de estudio partee que puede ser pres.
..
.
.
tada a quien la pida.
-¡Hombre, si me prestases tu estudzo!-mt di;o el amigo del colegio,
ti amigo de siempre. .
.
-No es mi estudi,o ... Es mz casa.
-Sí, pero tiene puerta y llave distinta ti salón y además tienes la
inmoralidad insaciable de un diván .•. Déjame que le eche carne a tu
diván.
.
.
Termi11é accediendo y procuré alejarme, no sólo del estudio, sino de
la ca.,a, la tarde en que mi amigo llevó aquella jovencita cuyo nombre Y
figura velaba con la más estricta discrecció11.

_-¡Lo que la ha g1tSlaao tu b,0111bo!-1Jle di]O al día siguiente mt
amt,l[O-. Además, gracias a él se pudo arrtglar ti pelo ... Es inverosímil
que."º tengas un mal espefo en que mirarse en tu cuarto ... l!,,l/a, que es

rubza, se tu.1 0 que hacer un peinarlo oscuro de morena.
1

Yo JZO lzabía entrado e11 mí habitación desde el día anterior. pero
cuando e11tré y cerre la puerta tras de mí, encajrmdo su colmillo con un
fuerte ![olpe, noté algo cO/J/O una presencia perfumada que no había

antes.

No pude trabajar. En el biombo había una sonrisa y zma mujer despeinada.
Dí vutltas a la lzabitacion como ptrro que busca una huella. ¡Que
testarudez de 1·econocer las huellas cuando no había ninguna! Fué tan

fuerte aq1tetia maña11a para mi cabeza como una insolación.
Me acosté en el diván y busqué en SltS almohadones el perfume de
una cabeza y hasta esa mancha definitiva que de.Jan los amantts en los
divanes por tener debajo la azalea de los niños.
Nada; y, sin embargo , todo estaba lleno de la presencia de aquella
m:,jer que había llevado el amigo que pone en ese compromiso difícil de
conllevar.
B_usquépor el suelo una orquilla, algo, v no encontre nada. Busqui
lo mas sutzl y difícil de buscar:"" beso caído, un pelo, un alfiler. Nada.
Debió dejannt su pañuefo o su cubrecorsé en un rincón, como impuesto galante, como lzuesecillo de regalo por lo qut la había consentido.
Sólo un botón de él encontré.
Mi biombo se sonreía y detrás de él miraba mi búsqutda una mujer
muerta de risa, una mujer de encarnadura tan vaga como la de las musas de los poetas.
Ya estaba contagiaao aqutl despac/io por la presencia de aqutlla
dtsconocida, que se había qutdado allí, sarcástica, cruzando una pierna
sobre otra con mucho descoco, dándostlas de ltabirmtla pegado.
Desde aqutl día, en vista de eso, busqut a aquella seducida y busque
las 7:ueltr1s al ª""lfº, y no paré hasta que dí con ella, que, como toda seducida en casa a;tna qutda corrompida para la fidelidad, logré que
volviese al sitio de su bautismo galante.
.
Quería que el biombo viese el desquite, y que m aqutl reflejo dudoso de una mujer qut había quedado en su casa se recalcase el veraadero.

�LA PL U ,\1 A
LA P L U f\l A

·,

. .
ue vagaban por la habitación se
Las ltuellas dispers;s e inc1:n'::u1t que ,10 sintió pena por lo qiu
encontraron alrededor e aque ªh b'a estado conmi&lt;To al haber estado
,
de lguna manera a z
b
.
hacia_, porque
a ultó ue se acordaba de mí como de su p1 tmer noq , J ' s niñas como sólo las agranda el arell mi despacho, y res
vio, cuando el espasmo agranuo su
slnico.
XV
SOltPRESAS MENUDAS

. .
de nocturnidad hasta durante el día,
1l
El biombo inevzta~le J:
'da y ya sabía mis flaquezas y conavanzaba ni su experiencia
mi vi
vi·vía mis visitas.
.
.
.
Discutía yo conmigo mis~no. l b. b
No es elegante ni político...
-Es una falta de hcortesi:r~er
:~~ no están aseados' los que esSólo sirve para que ec en a c
y además es he, moso.
tán de cualquier mo~...
-Pero era de mz p_adr,be... l
e le sirve a la providencia para Iza-Sí, pero con el biom o es o qu

J/º .

zf;;:

cer más trampas.
1 p obabilidades de hacer fortuna ... Las
-En cambio aumentl as ;e Neetsitan disimularse ... Como lr:,
cosas buenas no llegan l fre~ ...l da vergüenza conceder la felictmaldad es_ la patronla de 1lnun a;io ~on el regalo Jeliz desde detrás de
dad... y tiene que a a,gar a m
un biombo. _
da l
al enuaño ... Debían deja, las puertas
-Predispone a to
a casa
,,
l l b b
O vender el biombo...
l
francas y rega ar
. 't
lo miraban con extrañeza, o a a a an
Ti dos al entrar a vzsz arme
,
.,
o
l s veia sospeclutr no se de que.
.
generalmente, per_o yo, o
d es1&gt;eio de otra casa, de la casa ae
Cada vez tenia mas una ~os;1- ~ 'l'do:; l .
• ¡ de •1&gt;e;o intrinca Y f!Jano.
da
enfrente, por e;emp o, . esr1,¡ ble de una casa, de una casa encanta .
Era como el ala viva y r. ega
.
ver cómo y cuándo te atreves a
Yo le desafiaba con cora;e: «Quier~ 'dad no quiero que me llam1s
'
matarme... N,o quiero retroceder, preczosi
cobarde&gt;.
. .
de un modo digno de tus hojas
«PfJr lo menos hazlo con ltmpQzeza, uera asfixiado en ti sin síntomas
pulidas... Qtte yo no me entere... ue m
de asfixia..,,
194

El biombo lttúrgido y mitrado, rtaliza con esa especie de gran car-

!,, a mágica que es, todos los actos de prestidigitación.

-¿Pero y tse sei'zor? ¿No le han dicko que pasara?-pregunto const. mado a la muchacha.
-Si, seiiorito, ahí le he dejado smtado !tace un momento ...
-¿Qué decía, que tmía un g,an mteris en verme?
-Sí... Pero se ha debido ir.
En efecto, ya no estaba, y no volví a saber de il. El biombo me lo
había escamoteado.
Yo mismo resultaba el transformista del biombo y lzablaba hipócrilamente detrás de él y decía cosas que no quisiera haber dicko mientras
pretextaba en falso «que estaba acabándome de arreglan .
«¿Cómo !te salido? ¿Que ser que no soy J'O es t'Sfe que acaba de salir
de detrás del biombo con una sonrisa tan osadar-,,-1,ze he dicho varias
veces a mí mismo.
A vecespregunto con curiosidad al que entraba:
-¿Quién?
-Servidor-contesta una voz detrás del biombo y se retarda. ¿Que
careta se pone ese visita11te?
-Pase.
Y tarda mi poco más.
-Pase, hombre, pase-diffO ya con cierta vi0lencia, como si fuese que el nuevo visitante se hubiera estado rechupando la risa a1ites de
entrar.
Y por fin entra un cualquiera que trae la cara corrida como sí se
hubiese estado burlando de mí detrás del biombo.
Una vez he respondido hoy con sinceridad a ten «¿se puedeh
con un:
-Adelante.
Y el que iba a entrar me ha preguntado con voz de cómico:
-¿Me conocesr
Por la voz me parece aquel condiscípulo simpáticoy bueno; pero no,
es el ot, o condiscípulo, el malo, el avieso, el torpazo .. .
La desagradable sorpresa sólo me la ha ocasionado el biombo, escamoteándome el amigo bueno para que fuese el que si presmtaba el desleal, el de la voz gangosa y contenida, el de las conversaciones lentas,
195

�LA PLUMA

LA PLUMA

¡,

1

flemáticas, estúpiaas, hablando encima a través de una pipa que usaba,
fJorque creía que sentaba bien a su nariz aguileña.
¡ Qué aburrimiento con aquél espíritu mediocre y aburrido que como
el sordo usa una trompetilla usaba la pipa como aparato ortopedico!
Al final yo lo sabía, se abriría como en los bastidores de las comedias de magia y aparecería mt japón vivo o cosa por el estilo.
XVI.
LOS BIOMBOS

"'

OK

LA FKANCESA

Ya no por mi biombo de laca y perspectiva, por todos los biombos
hube de ttner aprensión.
Me desconcertaban los biombos de los cumás, pero ningunos que me
intimidasen tanto como los de la francesa.
· Teníamos una perla muy grande, herencia de nuestro padre, que
guardábamos para cuando buenamente se presentase la ocasión de 1•enderla.
Pasaba el tiempo y no se presentaba esa ocasión, decidiéndonos entonces a pignorar/a de cualquier modo.
FuíytJ el comisionado,}' en el simón de todos los días, con muchos
billetes en la cartera, como si los simones estuviesen blindados, me dirigí
a casa del joyero más amigo, que desde luego me dijo que no se podía
quedar con ella y que por str yo me iba a hacer una r'ecommdación.
-La única que podría comprar esa perla es una francesa llamada
Mademoisetle Nodier... No es una fortuna y es una fortu11a esa perla
tan grande... Depende de que se encuentre un comprador particular.. .
No es comercial... Sólo si esa mujer rara la quisiese como coleccionista ...
-Pues haré un via;e a París. . Mi pobre padre creía que era un tesoro ...
-Puede ser que Mad.emoiselle NtJdier se la .:ompre...
Me &lt;kspedí del joyero, que me escribió en una tarjeta las señas de la
francesa y una presentación, y me fuí a casa a notificar a mis hermanos
el chasco de la perla z·nmensa.
-Los reyes ya no compran las grandes joyas... No se puede tratar
con ellos y además no quieren tratar con nadie... Emplean su diner&lt;&gt; en
otra cosa que en joyas... Tienen bastante con dar vueltas y cambiar de

montura y marco las que tienen... En resumen, que me ka dicko eljoyero que,no puede ofrecer nada por la perla, que no es comercial aquí...
Que solo una coleccionista francesa, de la que me ka dado las señas,y a
la que me presenta, la compraría...
.. Todos convinimos en el viaje y salí para Francia con la perla muy
distmul,zda erz el equipaje...
En !~guida m_e dirigi a casa ~ Mademoiselle Nodier, cuya belleza
rejinadmma me imaginaba con m~edo, viéndola cubierta de perlas y sonrzendom, con tma dentadura perlma tambien. Me iban a ofuscar y desvanecer las perlas. ¡ Qué g, an timidez iba a ser la mía al sacar miperla
solitaria por grande que fuese!
, Dos biombos habúi en casa de la fra_ncesa, en aqutl gabinete en que
tema que hablar otra lengua, cosa que zban a hacer más difíciles precisamentr los biombos.
i~a a conocer una mujer que me era completamente descouocida, y
los bwm_bos me la recelaban más y me hacian temblar de timidez, p"es
las cortinas St! mueven un poco cuando miran a travts de ellas.
Los biombos, impasibles, me miraban. Ya había perdido yo todas las
ventajas que pudiera tener .1obre ella.
-Espere wz momento-me di.fo desde detrás de uno de los biombos
'
notándose/e en la boca los últimos alfilens de su toilette.
_Miré_al biombo con odio, encontrando en él lo que de libro cerrado
tema y como eran las tapaJ, el empastado de la vida humana la cubierta del libro.
'
L.~s rendí;~ t¡uizá me en/ilab:m a mí, pero yo no podía enfilar las
rendgas; me mtre receloso a los o;os alargados tkl biombo.
El bi~mbo iba~ hacer rue yo ve~dies~ mucho más barata la perla.
Mademozselle Nodzer habrta descubierto indudablemente mi timidez mi
.
. respecto al preczo
.
'
zg1tora11cza
de la perla, mi modestia.
Si no hubiera habido biombo, la sorpresa hubiera sido mayor y yo
kabría gozado de las ventajas de la sorpresa.
Por fin aparaió Mademoiselle Nodier. Toda iba llena de perlas y
daba por eso la sen&lt;ación de una mujer encapullada; de una dama del
mar sacada del naefraft,·o llena de sonrosadas burbujas.
¿Cómo iba yo a ensniar una perla más a esta mujer?
Desde detrás de los biombos ,ne vigilaban indudablemente, pues que
197

�LA PLUM:\

LA P L U ,\1 A
ptrdtrse'm su tntrtVista co,i ,u, tusetmocido a ""ª mujer tan
cM!g'ada ik perlas.
lA dal,m, 11n µan asptcto dt rtcitn lavaaas sus rosas brillant,s y
sus briJ!qs rositlwrllos. La lltpblm rtsplandores qutbrados dt una aurora ltJª"ª·
Por'.fa, ,u a/rt1,'Í a sacar,,,; ptrla. La miró como quim cotrttmpla
ti ~,uvo dt#lasia':° ptq~o, ti l,utvo como dt paloma que st lt ka ocumO&lt;J potlh' a""ª gallma,y levm,tóse y mt dijo:
_:_Voy a vrr si ts ~ua/ qut otra ptrla
tengo al,í a,ntro ... S,
futst ,gua/ 'st la adquirl11.
St µrdió dmtro dtl bior,1/Jo y mctndió luz tn la alcoba a gut daba.
Estuvt por as~r•t_a las rtndi_jas, desconfiado y co•o ymdo a sorpm,dtr _fd ;;;a,,tpult1aon dt la tstafa, pero m uguida volvió.
• T_ra,a la pn-lti m la mano, y dtsdt el primer momento vi qut no"ª
la miS#la, qut tstaba más amarilla y ltnía más marc,1dos los dos bollos
tJW par«t qw las 1,a,, luclto co1t los dttlbs n las ptrlas tsos qut /as
aprtttan y las manostan.
-No, no ts igual.
Mi,t kacia ti biombo con sarcasmo y rabia, como dicitndola sin
faltar a la galantería: «Dttrás dt tse biombo me /,i ka tscamote~do.&gt;
Ella, con_ la gran distir.cion qut la daban sus perlas, me di.Jo:
- Y lo szmto tanto.
. Volví a mirar al biombo al dtsptdirmt con mucko rttintÍII1 como si
mzrast con _tkJprtcio al /adron qut se tscondía dttrds dt/ biombo.
No ~/vrdart nunca aquel biombo burlón detrás del que kizo dtsapartctr "'' perla aq"ella francesa cuyas uñas "ª" como perlas y cuanao
tstuvitst dormida sus finos párpados sobrt el globo dd ojo tamóiin tomarimi asp,cto dt ptrlas dormi"1r.
. El nov~lista se detuvo al fin. Era muy tarde y estaba cansado. El
biombo, sm embargo, seguía retador y en pie.
1IO podía

q,,,~

XV
. El novelis~ siguió en días sucesivos su B10100. Tenía el coraje de
9u1en ~os fabnca y un_as veces emplea la gubia y otros ratos se vuelve
loe~ dandole ~ 1~ muneca y otros ratos se dedica a formar la humanidad
sutil de los masules.

«&lt;Qué hace usted ahora?», le pr~untaban; y él contestaba con orgullo de artífice: «EL B10MBO», y sonre1a con altivez, porque un biombo
puede ser cosa excelsa, refinada, pulida, interminable oora de arte.
Ya estaba en el capítulo XXII, en que se veía al fatal protagonista de
EL 81011BO casado y con un niño.
·
Andrés Castilla, sentado a su mesa y al cuello el¡añuelo que se ponía en las grandes etapas de trabajo, iba por la mita de su XXII capítulo, titulado Ei. GRITO ENlGMÁnco:
«Aunque mi esposa .1e negó a qut ."VO regalase ti biotHbo y lo cuidaba co,e los trapos s11at1e.1 J' milagrosos qut da/Ja11. profu11dos t i,u,u#ltrah/ts reflejos al biombo, yo estaba rtsignado; pero toda mirada qut
tcl,aba al biombo tra dt pma, buscando tn ti los sombríos prtsagios.
Parecía arrtpmtido y dulcificado porqu, lt cuidaba,e las manos dt
Esptranza; pero ltabia mucl,a tristeza en su cara morada.
Akora, cubrimdo la alcoba, sólo podía actuar sobre los que vivían
dmtro dt la casa, ya no tn las entradas dt nuevos emisarios dtl dtstino, como cuando vivía en aqutl castron con su salon-tstudio.
Como en este instantt, siempre le dirijo miradas qut pierdo con pnf ~tncia tn su paisaje qut en ti paisa.ft real a 'l"' da mi balcon. Algo
v,e,,t y va constanttmtntt m ti, y kay m su INmz ,ug,·a la vida dt las
vidas en abanico dt varillaje i11terminablt que se suudn1 tn ti techo dt
las kabitaciones.
¡Qui cómodo era aqutl sillón! En él me qutria morir.
Del brazo salía el atril en que co/ocaha la ltctura y jttnto al balcón
,,,, pasaba la tardt, oytndo el ritmo dtl tiet11po, cómo St dtsmenu::a,
como trascurre matando ti mundo.
El biombo t~ía tardts tranquilas tn que parecía que un paisajt mt•
nos urbano que ti qut se asomaba kacia dentro a travls dt los cristales
dt visillos dtscorridos, se reflt.faba en él.
C"ando de pronto kt oítúJ un grito tn ti fondo dt la casa, un grito
dt Esperanza como no In oí otro, como no ful dt fúlgido y dtsganador
cuando recibió ti telegrama dt la muerte de su padre.
-¡El niño! ¡El niñol-gritaba-, y su grito mt contu1.'o en tsptra
dt lo que apareciese, con las manos como ptim s dt mis cabellos enre-

dados.

mas

-¡Jli lziiof ¡Mi k(iol-gritaba con
k orror después dt kabtrlt
visto CN110 e.1 /u,:iese-. Yo en pie, quieto, paralizado, tirnndo del enredo
1 99

�LA PLUl\lA

u .-\
que me.había hecho m los pelos con los peines de 1flÍS manos, esperaba
lo que iba a aparecer detrás del biombo ...
/ Qué minuto de telón de la tragedí,1 cuyo procedimiento se ignora, el
que tuvo el negro biombo!
Y apareció el niño con el rostro q11emado, encendido, amoratado. Estaba hadendo caramelo J' había echado más alcohol sobre el alcohol encendido.
Recuerdo cómo cayó el biombo como en los grandes acontecimientos
sobre la cama, como acostado en ella, da11do un susto 111ás en la inquietud dd momento.
. D,spués he recordado mucho este mome11to, y siempre achacaré al
biombo el que agravase to que traía el wño en la cara, el niño al que
mi! mgañé al pensar que su madre había visto las quemaduras antes
que y~, pues ~l. niño,. com~ actor caracterizado por el peluquero de la
tragedia, corno hacza mi despacho, amotoso dt· enseiiarme su rostro
quemado por la bree/za entornada del biombo.
Hubo un 11zo11zento que fué cuando fl niño estuvo ht la alcoba, un
mo~ento antes de presentárseme, atnmesando el telón del biombo, que
el biombo agravó como 110 puede tenerse idea, pues vi a mi lzijo con el
dardo clavado en el corazón.
XX 111
LOS

VECINOS

DB

ENFRBNTB

Ni aun con la desgracia del niiio pude despedir el biombo.
-Pe,o ¿qui culpa tuvo el biombor-decía mi esposa que lo miraba
como las mujeres miran los recargados retablos churriguerescos.
Yo, la verdad es que tampoco me atreví a echarle. Era mi joya, y,
adeniás, todo lo que sucedía hubiera sucedido sin biombo. No hay que
salir fiador nunca de ninguna puerilida,d.
Nos tomaría el destino por débiles y miedosos.
Los biombos insignificantes sí los mandaría plegar y que se los llevase el trapero, como la puerta falsa e inútil, la puerta de la desgracia.
-¡Ha figurado tanto,en n1testro amor!-me decía ella.
Yo callaba, lo apreciaba, .Y, sin emhargo, lo 11/!Ía enlazado a la fatalidad de la vida.
-Hasta hago viajes por él... Me Paseo en esos estanques de laca en

I' L U ~t A

una góndola negra con gualdrapas ribeteadas de bla'nco de las que en
Venecia sirven pa1·a los entierros.
Nunca por su revés habia visto nada, J' eso que aquel día en que mi
tsposa tzwo mie.lo vigilé a aquella nmjer que nos constaba que estaba
tnvene11ando poco a poco con arsénico a su marido, par,: ver si lo echaba
en la taza de mi esposa.
Por el revés pertenecía al dueño del cotarro humano, al que da los
sustos, al enemigo malo.
Solo un día, estando arreglándome en la alcoba con ese sigilo con
q11e a veces nos arreglamos en esas alcobas que dan a una habitación
de recibir. como si hubiese siempre vzsita, aunque 110 la haya, vi en la
casa de enfrente a una dama desconocida hasta que dir~([Í esa mirada
por el biombo, y bellísima.
En cuando salí de detrás del biombo para contemplada de cerca,
como el que se acoda sobre el balustre que separa los retratos del público en los museos, vi que se metía.
No la volví a ver en va1·ios días, lzrzsta que otro día, estando de•th#
del biombo, vz que se asomaba con szgzlo, mirando el biombo lejano,
contemplándose en la gran dalia de color que debía de enviarle reflejos
extraños.
Me di ~uenta que era 1ma visio"n de l,1s 1eJ1d1jas del biombo, algo
que m realidad quizás 110 existía, una realid,zd que sólo existía citando
nadie la contemplaba.
En vano que yo dú igiese esas miradas a los balcones cerrados con
las que se quiere llegar a conmover a los que nos hacen caso.
Sólo me servían aquellas miradas para litografiar en mi espíritu la
casa ae enfrente; tenia el tono que yo quería que tomasen las casas y
las maderas que la empe,si.maban. Tenía envidia a aquella casa y, sobre todo, te,,ia ansias de ver szt jardín. Era un jardín del que .solo se
veían las puntas de los árboles desde fuera, pues tmía una tapia muy
alta.
E1t el jardín de ltz vecindad, en un laboratorio de otra viaa, en la
casa deshabitada de más allá, es donde se fragua el atentado c01ttra
nuest,a vida.
Una temporada gocé a aquella mujer pura t incomprensible mirando por detrás del biombo, y por su escasa pero clarividente rendija y

200
201

�LA PLUMA

L A P 1, U .\1 .A¡

las pinzas, y el que viese el único dunte postizo que tenia en el vaso de
cristnl.
Desae que aquel día quedó desterrado definitivamente el biombo, mi
vida es más tranquila y puedo contar con el día de mañana con cierta
seguridad, sin aprensiones de beata o pusilánime que siempre repite:
«Si Dios quiere».

dttrnnte esa tempwrada, quizás porque era _¡10 el vigilante Je mi propia
habitacüín y quitaba su puesto al malo, no hubo traición m mi vida.
-¿Qué haces ahít-me pregu,,trí varias veces mi esposa .1orprendié1Zdrime en aquel acecho-, y aunque realmente nn podía lzacer nada
malo, ella se quedaba escamada, hasta que un día vino sigilosa y' descalza para so, prenderme en mi escondite, y viendo por detrás de mí a
la mujer bellísima, siempre desgreñada, como si se arnbase de levantar
d.e la siesta, r111pujó d biombo hacia a/ante _Y quedé a la -vista de la
vaina en aquella actitud de fisgón mimtras mi esposa nu rec, imi11aba.
Se metió conimdo y 110 se volvió a asomar nunca.

FIN
Y después de escrita la breve palabra ideal, Andrés Castilla se
echó el pelo hacia atrás y se quedó reclinado en ei respaldo de su
sillón como si estuviese en la peluquería.

XXI V

..

RAMÓN GóMEZ DE LA SE1'NA.
jNO PASKS!

(Concluirá).
"Hasta que un día, de vuelta del trabajo, que dejé antes y por lo
tanto un poco a deshora ¡ara que me esperase, al abrir el picaporte de
mi puerta oí que me gritaba mi esposa:
-;No pases... !
Confieso que me quedé parado en 1•ez de correr con valmtiu kaáa la
verdad, fufSe la que fuese, y como tenía entreabierta la puerta miré hacia el biombo, que ya había alcanzado el máximo de su sarcasmo, de su
cel,stinismo, de su maldad e11cubrido,a.
A través de sus rendijas vi sombras sospechosas e inquietas moviindose, y entonces me acordé del biombo que había en la entrada del estudio de Luua No11icio y al traspasar el cual y ver a su esposa con otro
la mató, y despuis a JU suettra.
Aquel ¡no pases! que había pasado no había podido contener una
decisión fatal, y yendo a mi mesilla de noche cogí mi browning.
Seguía viendo las sombras que cruzaban por las rendijas como poniéndolo todo en su sitio, y sin poderme contener dí u11 salto, y dando
un puntapie formidable al biombo lo lancé contra los m,írmoles de la
chimenea y se hizo añicos, pisándole para acabarle de destrozar al 1r
haca mi esposa, q,,e contra la inducción del maldite biombo estaba sola,
y si me había dicho que no pasase era porq!te nunca la gustaba que la
sor rmdiese haciendo sus limpiezas íntimas, sus abluciones, la la/Jor de
202

r

203

�LA PLUMA

PÁGINAS INACTUALES

LOS LISONJEROS Y EL PRÍNCIPE
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•• 1

11 1

otra cosa muy importante tiene necesidad el príncipe de
la frudencia, que es para conocer el falso amigo y distinguirle del verdaderu, para saber quien es lisonjero y quien
es consejero fiel. Esta es cosa de tanto momento, que no sé
110 si hay otra de mayor en el príncipe para bien de su república. Para
entender bien lo que en esto importa, se ha de presuponer primero que el
homb, e, por la corrupción de la naturaleza, es muy amigo de .ií mismo,
Y tiene deutro de sí, metido en las entrañas, un amor propio que le ciega
Y le lisonjea, y le hace a·eer que merece m1tcho, y que por su casta, ingenio, letras, prudencia y talentos, debe ser antepuesto a los demás,y le
incita a estimarse a síy menospreciar a los otro.s.
E.ste amor propio es el que los griegos llamanfilautia, y dicen que es
ciego, porque riega a los ho111bres y hace que no se conozcan. Este amor
propio en los reyes y principes comúnmente es más poderoso, porque con
el regalo y mando,y verse servidos y adorados de todos, crece la co"upción de nuestra naturaleza, y así timen los príncipes más necesidad de la
divina gracia para conocerse y reprimirse e irse a la mano, que los otros
que no lo son.
Tambiln se ka de presuponer que unos hombres naturalmente son
ARA

204

más inclinados a unos vicios que a otros (conforme a su complexión, contiición y estado); unos son más inclinados a la ambición y apetito de
konras, otros a las blanduras y deleites sensuales, otros al interese, otros
a la ira y venganza, y cada uno tiene su particular alguacil y doméstico
enemigo, que le hace !aguerra.
Estas pasiones son más vzvas y má.s vehementes en los príncipes, por
la razón que dijimos de su grandeza y estado,y tanto más peligrosas que
en los demás, cuanto ellos son más libres y absolutos señores,y pueden lo
que quieren sin hallar resistencia en cuanto se les antoja; pues rtinancú,
en los prhuipes las pasiones que reinan m los otros hombres (porque
ellos también lo son),y siendo comúnmente más poderosas en ellos que
en los otros, por la razón que habemos dicho, si se acrecientan con las
lisonjas, y la llama que arde en elpecho delpríncipe toma mayores fuerzas con los soplos de los que la debrían apagar, ¿que .ie puede esperar,
sino que abrase al príncipe y consuma y vuelva en ceniza la república?
Guárdanse los príncipes con gran cuidado de los memigos de fuera, y
para ello tienen guardas de alabarderos y soldaaos, y no se guardan de
los amigos falsos y enemigos domisticos que tienen dentro de sus palacios, con tanto mayor pel~rro, cuanto son más blandos y más caser~s, y
halagando matan sin sentir.
Algunos que tienen entrada en los palacios reales, y son admitidos a
la familiaridad y privanza de su príncipe, como ven que para !()do lo que
pretenden de honra i interese, lo que mas les importa es ganarle la voluntad (que es la fuente de donde Ita de manar todo su falso bien, y hartarse, si hartarst! pudiese su loca mnbición y codicia), para conquistar esta
voluntad del príncipe, procuran que él entienda que no tiene criados ni
servidores que más le amen ni le sean más fieles; porque el amor naturalmente engendra amor, y no es hombre, sino tigre, el que no ama a
quien le ama. Para esto, cuando están presentes, están colgados de su
rostro y sus ojos moran en los ojos del príncipe. Cuando están ausentes,
205

�LA PLUMA
muestran que nuu, en de deseo ck 'l 'tr a su seiior; 110 pueden oir palabra
que no s,a alabanza suya; de día pien.&lt;an y de noche sueñan m él, y

,,

J
¡•··.1

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••,.

.

·:1

como unos cama/rones se visten de la color y afecto del príncipe, y como
espejo representan la imagen que ven tll él.
Si se ríe, ríen; si está triste, están tristes; si st enoja, salen de sí; si
enfermo, no hay quien les vea la cara,y lo que suele ser señal de un amor
encendido y vehemente, tienen celos y envidias entrt sí y aunque .fingm
quererse bim, cada uno pntmde desprivar al otro y tener más parte y
cabida ron .rn príncipe, y amarle sill competidor (como lo hacen los que
andan perdidos de amores); pero en lo qut más se desvelan es en juntarst
con aqutl amor propio y ciego que tenemos todos los hombres, como dijimos,y es más furioso y vehemente m los príncipes,y ir con ellos al amor
del agua y servir en todo a su buena o mala inclinac:ión; porque, asi
como el agua de los ríos toma el color de la tierra por dvnde pasa, y la
sombra sigue su cuerpo, y las líneas no se mueven por sí, sino por el
cuerpo cuyas líneas son, así ti lisonjero &lt;e mueve con el príncipe,y como
sombra sigue sus afetos y toma la color que ve en él.
Si ti príncipe gttsta de caza, ellos se hacen cazadores; si de música,
músicos; si de amores torpes y livianos, ellos se los alaban y procuran;
si es flojo y amigo de holt5arse, dictn que aquello es ser rey, y que se
descargue del trabajo con otros; .,i es cruel, que tl príncipe debe ser temido; si quita las haciendas a sus vasallos, que todo es suyo; si quiere
hacer alguna guerra injusta y peligrosa, que bim se ve que es hijo de sus
padres y digno de tales y tan gloriosos príncipes sus progenitores, y con
sus palabras y consejos mas blandos que el olio atraviesan como con
saetas los corazones de sus príncipes, como dice ti real profeta David. Y
siendo el ,·ey como tma fuente pública de todo ti reino, tstos lisonjeros la
inficio,;an de manera que no pueda manar della sino ponzoña y corrupción.
PEDRO DE füVADENEIRA.

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALlA
K D'A!fNUNZIO A NOSOTROS.-U!'f NOMBIK y UNA FECHA: Pa.e:zZOLINI.-Pa-

san los años; los nombres jóvenes van poco a poco sustituyendo a
Jos viejos; pero en tantas tentativas, pruebas y sondeos, no se inicia todavía entre nosotros una nueva corriente de pensamiento .
Quizá no faltan esfuerzos individuales y subjetivos, de artistas probos y de grupos homogéneos; pero, después de la g~erra, en punto a filosofía,
estamos todavía en el idealismo de Croce y de Genttle; y en cuanto al arte, en
Verga. Nosotros digo, pua indicar los jóvenes, los últimos lleg~d?s, los que de
treinta a cuarenta años a la sazón, representan el desarrollo arhshco, filosófico,
moral. de esta generación. Porque, en cuanto a los demás, los que han permanecido fieles al estetismo dannunziano, al funambulismo marinettiano, o a la
filosofía positivi,ta, si no de años, son viejos de espír.itu, y, por lo tan~o, :uera
por completo de las corrientes directivas del pensamiento y del arte 1tahanos
de hoy. No es posible salir de estos términos por buena voluntad c;¡ue se tenga; al menos por ahora ... No obstante hayan sido mucb~~• y alguno conspicuo,
los propósitos de rejuvenecimiento o de franca renovac1on , estos esfuerzos artísticos O de pensamiento, no han colocado en primera línea a un gran filósofo
ni a un gran artista nuevo.

• • •
Estamos, pues, todavía en los tiempos en que nos dejQ La Voce de Prezzolini, ni más ni menos. Sólo ahora, a distancia de años y después de la guerra,
podemos comprender lo que el movimiento fJOCiano ha beneficiado a Italia Y al
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P L U ~l A

LA PLUMA

pE-nsamiento italiano. No se p·1ede decir otro tanto de la moral y de la política, si bien Prezzolini se ha esfonado en extender con todas las fuerzas del ingenio y del ánimo, contra la vida italiana en sus expresiones políticas y morales, la misma cruzada emprendida contra el mal arte y la mala filosofía. Pareció en el primer momento que sus esfuerzos-en los cuales le ayudó fraterna
L'Unitá de Salvemini-pareció, digo, que los efectos de su lucha se reflejaban,
aunque en menor grado que e ,1 el campo literario y cultural, en el aire malsano de ese mundo pútrido que eran-y son-el Parlamento y Roma; mas, ya
porque la guerra llegase demasiado pronto (ella apagó las últimas y limpidísimas chispas de la «Voce&gt; política) o por razones que sería largo dilucidar aquí,
y nada fácil el hacerlo, ni Roma, ni el Parlamento, ni en general la vida política de la nación se beneficiaron de aquel esfuerzo. Las campañas contra la guerra de Libia, contra el proteccionismo, contra Giolitti, contra los post-liados
nacionalistas en la poHtica, en pro de la moral sexual y de la escuela, en el
campo genérico de la vida moral italiana, si tuvieron resonancia en el momento, no así efectos duraderos; de suerte, que agotado el esfuerzo polémico, faltóle a Prezzolini, no digo la satisfacción de contar para algo en la vida de su
país-que ello no entraba y no entra en sus propósitos-. pero al menos el
ver planteados y resueltos algunos de los problemas que le habían ocupado durante años, con molestias e inconvenientes de todo género.

• • •
Quien pensaba años atrás, en la hora de la lucha, en Giuseppe Prezzolini,
imaginábase un hombre membrudo, de voz fuerte y tonante, una de esas figuras que parecen nacidas para dominar. Este hombre era la inquietud en persona. Había creado con Papini una revista, el Leonardo, batalladora, ávida de
polémicas, dispueata siempre a atacar y a discutir. Papini estaba todavía en
mantillas en punto a polémica; pero era Papini, que se iba desarrollando en
una Italia falta de años atrás de ingenios osados y entusiastas (Sbarbaro, que
tenía mucho menos talento, no era más que un recuerdo). Aquel Gian Falco,
tan preciso en el lenguaje y tan áspero en el ataque, gustóles luego a los jóvenes. Era un hombre que no tenía miedo, y a los jóvenes les gusta que no se
tenga miedo. Y además veíase deshacerse famas sólidas: grandes nombres
pomposos quedaban empequeñecidos, cabezas que parecían qué se yo cuán
ilustres reducíaase a términos harto más modestos. Gian Falco era Papini, y
estaba además Giuliano il Sofista (Prezzolini), más comedido, más señoril, pero

en sus intentos polémicos no menos severo y arrollador. ¿Qué era esta gente
que surgía de la 11ada y que decía sin ambages tantas verdades? ¿Quién era?
Giuliano il Sofista parecíame, no sé por qué, que había de ser un hombre
robusto: un coloso tonante en cuanto al cuerpo; y de ánimo, puesto que 1us
palabras se hincaban como punta de alfiler, malicioso; tal vez una mala
persona.

• • •
(Yo no era entonces más que un muchacho. Creo que cuando leí los primeros números del Leon~rdo-me los enseñó en mi pueblo un viejo pintor fracasado-no había salido aún del Instituto; era el tiempo en que muchos dioses
dominaban todavía nuestro cielo, y, al menos en provincias, se creía en Rovetta, en Barrili, en Stecchetti, en Pa1Jzacchi. De D'Annunzio se contaban fábulas maravillosas y encantadoras: un hombre que galopaba por la campaña romana y cantaba sus cantos apolíneos a musas de carne y hueso, señoras de la
alta aristocracia de Roma; que paseando en coche por la ciudad profería infamantes insultos para nuestros muertos de África; dulce efebo de garganta de
om, de cabellos de oro, feliz cuanto famoso, por amado de las más bellas mujeres, porque toda palabra suya tenía una resonancia musical, como la de los
antiguos dioses y semidioses.
¿Qué hacía el gran viejo Carducci? Su melena ya no se rebelaba; nuestro
poeta de las mejores jornadas estaba a la expectativa, y no sólo no protestaba,
sino que parecía escuchar tan contento las alabaazas que se prodicaban a Barrili, novelista de ínfima categoría, pero muy celebrado y leído, o a Rovetta,
dialectal y sentimentalón, o al Jacrimosísimo Daniele Cortis; mientras aceptaba flores de las mano&amp; pulidas de aquel efebo que cantaba tan gentil y feme11ino, sin estallar, sin coger el primer objeto arrojadizo y contundente que tuviera a mano. El ambiente era completamente retórico, falso, y la gente de
alrededor dulzona; todas las bocas vertían mieles; todo era bueno, bonito y cantante; un paraíso tal, ea suma, en el teatro, en sociedad y en la calle, que a
quien se hubiera armado tan sólo de palabras sinceras y rudas, le habrían linchado cuando menos...
¡Oh, Papini! ¡Oh, Prezzolini! ¡Cuán cerca estuvo de vosotros_ quien no_ten~a
la boca de miel y no sabía cantar en lindas palabras sonoras na una canc1onc1ll1 siquiera! ¡Cómo os escuchó y os leyó, cómo amó vuestr~ libro La cultu,:a
italiana, en el que hablábais al revés de los demás y por primera vez en Itaha
XIV

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�LA PLUMA

LA PLUMA
· 1a herei1
··a1. r,
c-n aquellas ¡&gt;áginas clara,; os vimos, Gian Falco •V Giuliano
osa'b a1s
,
·¡ Sofista vivaces ligeros, audaces, y os quisimos cerca, como no hab1amos
1
,
•
•
d'
querido nunca a ningún compañero o amigo; soñan_do encontraros un _ia, presentarnos ante vosotros, tímidos, claro está y humildes, pero convencidos de
ue vosotros nos habríais levantad&lt;&gt; de nuestra timidez y llam,idonos con un
;brazo. Porque voiotros, como nosotros, os sentíais también en ~e mundo harto ceremonioso y difícil; vosotros que érais, como nosotros, seuc11los.
.
Tú, Prezzolini, ¡no eras un hombrón de cuadrados hom~ros y cabeza leo~inal Cuando ví que eras casi de mi misma est~tura, me s;ntl confortado. Habian_
muerto. el . f✓eonardo,
pasado muehos an·o·" desde aquellos del Iast1tuto·' babia
.
¡
habían muerto Rovetta, Barrili y Panzacchi, y también tantas 1lus1ones de a

'"

primera juventud..
.
Rubio, con tus ojos claros que resplandecen de sinceridad, hablas al J?V~n
casi desconocido. La Voce está en la hora de mayor auge; t_ú ya no eres_ G1uhano ¡¡ Sofista el misterioso, sino Prezzolini, el h:&gt;mbre a quien_ toda ltaha conoce, con amor O con odio, el amigo fraternal de los jóvenes. G1an, Falco esti ya
lejos; aunque todavía contigo, marcha por el cam'.no de su ego1s11;0, en bu~c~
de su mundo que va, no ya enriqueciéndosele, hmchindosele: Tu, Prezzohm,
estás solo con nosotros. Nosotros hemos errado muchos cam10os; porque en
un momento dado, muerto el Leonardo y no muy viva todavía ~a Vo~e, hemos
buscado 00 sé si instintivamente o de propósito, otros apoyos literanos Y morales. P~ro tú esperas en cuantos has leído posibilidades poco vulgares, Y sabes que antes o después te seguiremos.)
•

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1

1

* * *

·Cuán difícil hoy e! reconstruir con elementos claros y didácticos el mundo
de ~yerl Pero si se dice que era «la época de las palabras_despilfarradas, tal
vez sea fácil-hacerse entender. Palabras escritas y pronunciadas a r:te un poeta
que nace; ante un hombre que obtiene una condecoración cualquiera; a~te _la
virgen que va al tálamo; sobre: el féretro de un grande hombre o de uno ms~gnilicantísimo. Época de las palabras: que los hombres lanzan ,en cualquier
evento y a cada minuto, y que escriben también a cada minuto y en todo ev~nto. El aire, con sólo que se abra la boca, sabe :1 retórica (es un sabo: que quita
el respiro) a i-stlidio mecánico. Nada procede del alma, de los sentidos. Se habla O ,e es~ribe, porque si no se ha~lase o se escribiese, esta gente que se extiende de los Alpes al Etna, casi no creería ser una nación; Y son tantas las pa210

labras, tantos lm; vivas, las músicas, los cantos, que el aturdimiento, el ato■ta­
mir.nto de la generación es '-Ompleto. Basta con abrir la boca para que la gente
aplauda, se agiten pañuelos al viento y viertan los ojos conmovidos IJ.grimas de
ll'do sabor. Es la época que aún no ba visto nacer al italiano verdadero; la época &lt;le la incubación en que todos sen monárquicos, incluso las moscas que
zu.11ban en la,; cocinas¡ la época anónima en que vienen al mundo el positivismo de Enrico Ferri, las teorías criminales de Lombroso, y nadie se percata de
Giovanni Verga.

*

*

*

Pero ;,oi::o a poco vino el despertar. No hablaremos aquí del socialismo, del
internacionalismo, de los primeros vagidos de los partidos subversivos q_ue nacían, sino sólo de la literatur1, la cual, aun siendo la última, como es lógico
-¿es lógico ea efecto?-, en sentir las bofetadas de la realidad, se di6 cuenta
un día de que el gran viejo Carducci, el único que hubiera ter.ido felices explosiones de ira y de rabia, dormía en su sillón y que el sueño ¡ay! amenazaba
ser largo, prolijo, definitivo. En rededor de su cadáver la academia velaba, para
que una vez apagado el viejo rebelde el aire volviese a calmarse como antes.
Pero en el ambiente notábanse las primeras señales del nuevo fervor¡ y si los
creadores no eran grandes, la crítica, con Croce a la cabeza, toreaba posiciones; y lo que Croce no podía reducir de su pensamiento a moneda corriente,
lo intentaron los jóvenes. La academia vigilaba; pero el clamor de las voces rebeldes, vago al principio, iba advirtiéndose cada vez más claramente. Todo el
profesorado italiano, hasta ayer a la cabeza, intentó defender posiciones y reductos; pero los asaltos se :mcedían por doquier, el iuego simultáneo atacaba
la fortaleza. Florencia, naturalmente, estaba en primera línea, y delante de todos, el Leonardo primero, ,/..,a Voce después .. ¡Cuántas famas que demoler,
cuántos académicos por vencer! Debía ser difícil la lucha si se piensa que los
asaltantes, aunque en gran número y audaces, surgían de posiciones descubiertas, jóvenes no ya sin cátedra, sino sin título incluso, con poca o ninguna fama;
y los asaltados, por el CQntrario, estaban muy altos en la consideración de la
nación, y alguno poderoso. Con todo, la lucha, a11nque nada breve, se resolvió
a favor de los jóvl'nes. Quedó D'Annunzio y quedó Pascoli, los cuales, en el
campo creativo y lírico, representabH cada cual una tendencia, pero todo el
cenáculo carducciaoo de mediocres desapareció, y asimismo los imitadores innumerables de aquellos dos poetas más representativos, incluído ;l bemllism•.
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�LA PLUMA
LA PLUMA
Aclarada la atmósfera después de la batalla, los jóvenes se regocijaron por no
haber hallado sólo muertos en el campo. Sino también a los desconocidos del
día antes que de aquella confusión de cabcias rotas y troncos deshechos, sur~
gían por primera vez a la luz; Verga el primero, y luego Paozini, y después
otros, los no leídos, los abandonados en la sombra, los no funámbulos, los no
·arribistas, li,s artistas modestos y hurr.aildes.

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Croce estaba ya; pero si no hubiese nacido La Voce, si no es Prczzolini,
Croce hubiera permanecido por mucho tiempo lejos de los jóvenes. Y diciendo
Croce decimos la atmósfera nueva, decimos el retorno a Verga (es decir, a un
arte claro específicamente italiano), decimos la caída de D'Aonunzio, decimos
un nuevo período literario que surge sobre los despojos del estetismo dannuziano y del postcarduccianismo harto profesoral 1 barto literario, en demasía
bajo por lo que hace a la crítica y en cuanto a creación. Quien intentó antaño
el parangón entre Croce y D'Annunzio no aventuró una paradoja. Con Croce
empezaba a germinar verdaderamente en Ita.lía una nueva juventud. A falta de
un gran creador y maestro {Verga no fué ni podía ser al mismo ti('mpo maestro y creador), (talia expresaba su deseo de verdad y claridad {sobre todo de
claridad) con este filósofo: e incluso a donde no encontraba lectores (transcurrió algún tiempo antes de que lo:. jóvenes se le acercaran) llegaba algo de él
(un reflejo, un eco) que despertaba atención y curiosidad hasta entonces no
experimentados. Prez.zolini representaba con su periódico el pensamiento de
Croce; y no en sus términc:,s más rígidos y científicos, sino emulsionado y destilado en el esfuerzo hacia la sinceridad y la cbridad. Naturalmente, los jóvenes que se iban dcstacand&amp; en torno a Prezzolini no eran todos filósofos ni todos crociaaos. Et más brusco había sido Papini. Grl'ln talento, acepta en el primer momento la fascinación de Croce; pero después esa aceptación le ocasiona intranquilidades1 arrepentimientos, rebeliones. De natural inquieto Yrebelde, llega el momento en que confía tanto en sí mismo que encuentra la fuerza
necesaria para sacudir el yugo y aun de reputarse capaz de un esfnerzo enteramente antagónico. Es el primer período de Papiní, del cansancio que precede
en él a rebuscas y excitaciones de varia naturaleza; las cuales culminarán un
día en la experiencia futurista. Pero los más son y siguen siendo durante mucho tiempo crocianos, Prezzolini el primero. 1A Vact es, sin decirlo, expresión
de Crocc, combate a D'Anounzio y el estctismo, se sacude el yugo de la acade~

~ia. se asoma a mundos hasta entonces desconocidos en Italia y los acerca con
diversas lentes (y por lo tanto con inevitables desproporciones y errores) al
joven lector italfano. Mientras Papini con sus extravagancias empieza a llegar
hasta el lector más ajeno y distraído, Prezzolini organiza cada vez mis estrecha
Y claramente su trabajo: primero con un libro sobre Croce, evidente en Ja exposición y en la crítica, copioso de grata lectura, armónico en grado sumo; y
más tarde con tentativas moralistas menos impetuosas que las de Papini, pero
no menos efi~aces sCJbre los lectores. Es la hora de auge de La Voce: porque
~as ~e sus directores, he aquí otros ingenios: Boia.e, admirable temperamento
mqu~eto, que re~uerda los tiempos del Slurm und Dra,s:galemin, entre poeta
~ filosofo_; ~o~ diversos sondeos en cada uno de estos campos y una imposibil~dad casi f1s1ca de esclarecer en la conquista del estilo el propio mundo esté~
t1co y mor~I, no obst~ntc su riqueza; Soffici, que va de la poesía a la pintura,
de la estética en senhdú genérico a la crítica propia y verdadera; Jahier, tem•
peramento montaraz, que empieza de ironista y un buen día se descubre
moralista y poeta; Slataper, un tanto rígido y encerrado en sí, pero de sentido
Y ánimo elevadísimos; y luego la poesía irónica de Palazzeschi que tritura los
mundos estéticos en que hasta entonces se ba mantenido en equilibrio el dann~nziai~ismo; y la crítica que encuentra en Serra al humanista, en Borgese el
dialéctico, en Cecchi el poeta ... ¿Donde está Crocc? Croce no escribe en La Voce
Croc_e ~stá en Nápoles con su revista reservada a pocos y su pequeño grup~
de _d1_sc1pulos. No está Croce, repetimos, pero está su aliento; en el que Prczzoltm, con inspiración de innovador, ha sabido imbuir el sentimiento lírico
que en Croce faltaba, es decir, el abandono, el eotusiumo, el calor; en una palabra, la juventud.

• * •
Se ha dicho que en substancia Prezzolini no ts más que un divulgador.
~ace Croce y él está con Croce; nace Gcntile y está con Gentile; nace el político en e! historiador Salvcmini y está con Sal ve mini; nace el modernista en
Rom?l~ Murri y está con l\forri; nace el patrocinador de los jóvenes, el editor,
e~ mishco Peguy Y sigue y copia a Peguy. No comparto yo, con todo, tales juicios Aparte lo ridículo de semejante posición, substanci~lmente equivocada,
p~rque un imitador, incluso de mediano ingenio, tiene siempre sus puntos de
vista, no me parece en modo alguno que estos amores y hábitos hayan ejercido sobre Prcnolini una influencia duradera. Prezzolini muestra. bien patentes

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�LA P L lJ \I A

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..1:¡,

en tu obra las scftalet de un tormt:nto interior que ha teuido sus orfecnes más
que en las !ecturu y en las amistades, en su adolescencia; la cual fué sí recogida y familiar, pero encaminada desde el primer momento a auto-investigaciones afanosas y ardientes. Siente y ama desde niño la poesía, pero la poesía de
las cosas se le muestra y rcsuen11. tal vez en su interior tormcntosamentc y aun
con cierto dejo de hastío; como si en el mundo humano y moral no hubiese
mú que injusticias, desequilibrios y desorden.
Esta sensibilidad particular que da a las cosas un aspecte insólito e inorgánico, revela o un poeta naciente, despectivo e irónico, o ua dialéctico y polemista. Y como no ha nacido poeta, apenas pone la pluma ce. el papel la po1ici60 que asume al punto es ofensiva, de ataque, de fastidio. Crítico, dialéctico, polemista, moralista ... , llamadlo como querais; pero quien lea sus primeras p'-ginas (de hace veiote afios) o sus 6ltimas de hoy, a menos que no teoga
ojos ni mente sanos, no puede engañarse: Prezzolini tiene una dirección y un
estilo. Dirección y estilo que tienen oscilaciones de toda suerte, retrocesos,
arrepentimientos, dcsequ.ilibrios, descontentos, pero que en todo caso son seftales de una personalidad de primer orden. Dura todavía en los más el engaño de la coherencia del carácter en el hombre: nacer enarbolando una bandera
y sin replegarla emprender la marcha hacia la C:.ltima morada. Engafio dialéctico de los más 1imples. que podía contar en tiempo de los guerreros y de la
política facciosa de la época de Farinata; pero que hace reir hoy que podemos
cuando nos place volver los ojos por doquier y sentirnos hermanos de poetas
del Eúfrates o de filósofos de Noruega. Personalidad de primer orden y no
sólo desde el punto de vista literario. Este hombre ha sido ciertamente un productor limitado; no ha dejado en sus libros, pocos en n6mero, señales de un
cerebro potente, pero su personalidad no es por eso menos enérgica y real.
Todos tenemos uo poco de Prezzolioi; es de los hombres que más cuentan hoy
y que mis contarán mañana, de los que más han podido influir con sus consejos cariñosos, con su desaprobación o con su desprecio; su ir.fluencia se advierte incluso en el ambiente de después de la guerra, en esta inquietud no satisfecha, en el odio profundo que los mejores de nosotros sienten contra la retórica, la falsedad, la política nefasta y el arte inólil; Prezzolini está con nosotros como si La Voc, viviese a6n resolviendo problemas o planteándolos simplemente como seis o siete ai\os ha. Hombre moderno se ha llamado cierta
ve~ y ninguna definición Je cuadra mejor ni le pinta tan a lo vivo. Hombre
moderno, que ycrra 1 que se vuelve atrás, que se balancea entre h. fe y la duda,

LA PLUM A
entre el amor y el desAmor, que intenta todas las experiencias y 1 una vez que
las ha aprovechado, las abandüna como despojos muertos; que se siente solicitado por toda nueva expresión de pensamiento y de arte, cada vez más jove n
aunque los año::! corran, y siempre e l primero cuando es menester hablar clA~
ramente y sin cálculo alguno. Su honestidad moral e intelectual es in:itacable 1
11s( como Sll sentimiento de hombre entre los hombres. Podrá también odiar
acaso este hombre rubio de ojos claros y voz: femenina; pero su odio es tan
franco y paladino que incluso sus enemigos se dan cuenta y estoy por decir
que se lo perdonan. Con su nombre y sus amistades podía haber ido al Parla•
mento tiempo ha; pero todavía no ha proouociado una sola palabra que aludiese. a semejante posibilidad o permitiese siquiera que sus amigos la pronunciasen.
Permanece en una sombra discreta de segundo término, y es entre los jóvenes de cuarenta años la figura más relevante y tal vez, si no por sus obras
por los efectos de su acción, la que más se recomienda al tiempo. Se afanan
todnía sus coetáneos, qui~n, procurándose una personalidad artística, quién
crítica o filosófica; pero sus libros pasan, ¡ay!, sin dejar rastro, en la mayor parte de los casos. La obra de Prezzolini, por el contrario, que incluso en los libros
es harto más modesta, corre bastante meuos peligro de perecer, porque está
polarizada en la sangt'e misma de los jóvenes que nacen y en el aire que respiran y respirarán (1).
MAaio

PucCINt.

•
(t) Obras de Prezzolioi: «Vita intima&gt; (1903). - cll linguaggio come cau~a
di errore».-«La cultura italiana&gt; (iu collab. con Papini).-cll sarta 1pirituale,.
«L'arte di persuadere&gt;.-cU 1 cattolicismo rosso&gt;.-«Cos'é il modernismo,.«Benedetto Croce&gt;.-«La teoría sindacalista&gt;.-cStudi e capricci sui mistici tedeschi&gt;.-cla Francia e i francesi&gt;.-«-Vccchio e nuovo nazionalismo, (in collab. con Papioi).-«Discorso su Giovanoi Papini&gt;. -«La Dalmaziu.-cTutta la
guerra&gt;.-«Paradossi educativi•.-«Caporetto,.-cViltono Vcneto•.-«UO!Dini
22 citta 3 Amici».-«Codice della vita italiana&gt;.
Vé:i. s,• el interesante «Servitorrc de Piana•, simpático libro de Adolfo
Franci, donde están diseñados con buen gusto y desenvoltura nuestro11 escritores más notables, entre ellos, y con felicísim a C3ricatura, Prez.zolini.
215

�LA PLUMA

LA PLUMA
ALEMANIA

[11

RANK WEDBKIND.-Marzo de 1918: Bruselas ocupada por los alemanes.

En vano un derrotista como yo ha resistido con todas sus fuerzas
a los hábitos de traición: han concluído por dominarme. Y todas
las mañan-as la llevo más al cabo leyéndome las diversas ediciones de la Frankfurler Zeitung; y así desde cuarenta y dos meses.
Los ccnsore5 de la patria me lo perdonen: nunca podré olvidar el alud de emociones que se apoderó de mí el 11 de marzo de 1918 al encontrarme con un
breve suelto en el periódico: Muerte de Wedekind.
Sé muy bien que Wedekind era casi un anciano en una época en que los
jóvcnés escaseaban más qut" las flon.•s en abril, y que ese mes de marzo
de 1918, al inaugurar una era de grandes ofensivas a!ems.nas, iba a snmir en la
aflicción a millares de familias. Pero también sé que ante la muerte de Wedt"~
ki'ld recibí la impresión del inevitabl&lt;'! desgajamiento de Europa, con más
fu e rza que ante los comunicados de los Estados Mayores, por terribles que fuesen. Porque, al 60, para Yosotros como para mí, para todos aquellos a quieues
la guerra no les destruyó su pasado, Europa consistía en unos cuantos hombres
y obras, en unos impulsos, y en la seguridad orgullosa con que se afirmaban
unos cuantos genios. En &lt;'!Se haz de individuos, Wedekind tu'fo siempre un
puesto, dond&lt;'! recordaba que la consigna intelectual más imperiosa es incapaz
de quebrantar la voluntad de emanciparse. En las horas más sombrías de la
guerra, cuando los individualistas más tenaces necesitaban de toda su reflexión
para no dejarse coger cu la trampa de las geu.~ralizaciones prematuras, Wedekind no dejó de ser uno de los raros apoyos de mi certidumbre.
Para muchos lectores, sobre todo franceses, el nombre de Wedekind no
evoca sino un escritor algo más grande, un poco más misterioso o un poco más
loco que los restantes. Para mí simboliza una de las grandes rebeldías de la
mente y del corazón y toda una época de heroísmo y de sacrificio. Su ejemplo,
la lección de su vida entera, la suerte de frenesí con que se erguía frente a su
tiempo, frente a las fuerzas coligadas del Equilibrio Naturalista, cuanto le concernía y formaba su atmósfera, avergonzaba a los indecisos y a los impotentes.
De tal manera, que ese hombre, cuyo único resorte fué la impopularidad y
cuya única paga fué el odio de dos generaciones, ha ejercido una influencia sin
igual en su tiempo, y todo el Expresionismo, en el teatro, pero también en la
216

.,.

novtela, y también, que es más importante, en la mentalidad cotidiaua (porque
el Expresionismo es un movimiento social), ha nacido de é l, o le debe cuando
meaos, su vitalidad.
Poseo el último retrato de Wedekind, el de los meses postreros, cercano a
la muerte, el de la faz dolorida y tranquila de quien ya ue abriga ilusión alguDd, pero que ha dejado de padecer. Sin resignación y sin encono: Wedekind se
había elevado sobre la una y el otro, hasta el plano en que el universo no es
más que un conjunto de espectáculos y de testimonios, en que hasta el azar
deja de ser temible. Mucho se ha dicho y repetido de Wedekind que odiaba a
los hombres, y alguna¡ de sus obras han servido para acercarle a Strindberg y
Ssologub, y clasificarlo entre los genios malditos e infernales. Cierto: puestos a
hacer comparaciooes literarias, esta era tan cómoda, que todo un batallón de
críticos no ha dejado de cebarse en ella. Pero la distancia que sep1ra a Wedekind de Strindberg es tan grande, que sóle un examen superficial puede conducir a equiparar sus genios. \Vedekind a nadie aborrece. Es implacable y
cruel a fuerza de la superior imparcialidad que le poseía, y porque 'iU curiosidad no se detenía en las lindes de la decencia com·encional ni en los problemas gratos a la escuela naturalista. Hay en su obra tipos de emocionante humanidad, delicados y tiernos, que en vano se buscarían en los di-amas del gran
autor de La danza de ,nuertt y de La Señorita Julia. Va confrontando los que suelen llamarse virtudes y vicios, e investiga en qué consiste la verdadera faz del
hombre, sin atenerse al patrón de las convenciones recibidas. \Ved t:kind está.
animado por el ideal de un Balzac en la Comedia Humana y como suele decirse, sus diez y nueve obras vienen a ser las piezas de un políptico inmenso.
Diez y nueve obras, y en realidad, uua sola. Rara vez ha incurrido en la debilidad de desquitarse de un agravio, o de sus apuros. Incluso cuando empieza
a ceder a ese impulso, torna rápidamente a la objetividad terrible, principal
característica de su teatro, y le ocurre a menudo que sale rehabilitado el Personaje a quien quiso A.acer odioso. Diré más: a menudo Wedckind se pone
en escena y ejercita contra sí mismo su sátira rigurosa. Se trata sin miramientos, se conoce mejor que nadie, y realiza e!:\e tipo de hombre, raro y valioso,
que acierta a escrutar su alma como si no fuese suya, y se apoya en ella para
observar a los demás.
Míresele por donde se quiera, Wedckind nunca transige; se afirma siempre
como una fatalidad, se substrae a la presión de sus contemporáneos. Ensu vida
cotidiana estaba fuera -de la ley común: durante los cincuenta y cuatro años
217

�LA PLU11A

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que vívió (1864-1918) ejerció veint~ oficios distintos y permaneció constantemente al margen de la vida social; fué sucesivamente (cito de memoria, sin
preocuparme de la cronología) actor, administrador de circo, periodista, secretario del pintor mundano \Villy Grctot", redactor del Simplizissimus. jefe de pu·
blici::lad en h casa Maggi, vivió en Zurich, París, Londres, Marsella, Berna,
Leipzig, Munich, Viena, Hamburgo, Breslau y Berlín; se llamó Wedekind, Cornelius :Mine Haha Y. Heinrich Kammerer; conoció a todos los hombres célebres
de su generación, y todos se apartaron de él; conoció también la prisión política. Durante cuarenta años se ahitó del rudo gozo de luchar como salvaje con.
tra el mundo entero, y en el umbral de la vejez:, cuando el combate ya uo le
¡nteresaba, del gozo de no estar vencido. Es ~vidente que la burguesía alemana no lo aceptó, y por eso no se le hicieron honras fúnebres nacionales. ¡Ah!
Si hubiese sido Tbomas M.rnn o Gerhardt Hauptmann, la resonancia de su
muerte hubiese dominado un dla entero el cañón de Hindenburg.
Fuera de la ley común en su vida literaria: sin preparación alguna se hace
periodista y en ello emplea varios años metido en Suiza, hasta que le contratan
para alabar en modo lírico, las ventajas del caldo Maggi. A los veinti~éis años,
cuando empieza a escribir, y firma su primer drama, Frül,lings-E,-wadsen, ha
arrastrado ya su miseria por las cuatro puntas de Europa. Escribe sus mejores
obras rodeado de tribulaciones constantes, y al hacerse actor, en 1897, en el
Ibsen-Theater de Leipzig, consigue hacerlas representar apresuradamente.
aprovechando las excursiones por provincias. Logra imponer algunas obras,
si no a la admiración, por lo menos al estupor de sus contemporáneos: entre
ellas, Erdgeist, acaso su obra ma-i:slra. En la cárcel escribe una novela: Mine
Ha/Jn. Después, instalado en Municb, se limita a trabajar, a ir todos los años a
Berlín, donde le acoge Reinhardt, y representar en persona la serie de sus
dramas. Representacíones casi improvisadas; con pocos r.nsayos o ninguno; y
la mise rn scéne variable. Pero su genio suple por todo, y quienes· han visto a
Franck \Vedekind representar sus obras, Oa/z.a, por ejemplo. o el .A-Jarquis r,on
Keitk, y despu~s de muerto han asistido en los mejores teatros d(" Alemania a
)as representaciones c-..1idadísimas de c::sas mismas obras, dan testimonio unánime de la grandeza misteriosa de aquel hombre: no era actor, en el sr.ntido
corriente de la palabra, y sin embargo su estilo es inolvidable.
Fuera de la ky com6n en su posteridad: influyente como nadie en su tiempo, cuece de discípulos directos-felizmente-y quienes más le deben, temen
declarar sus simpatías por su arte y por su memoria. Creo que la muchedumbrt:
218

••

no se acercaría a él, por miedo de su genio, si algunos directores, como Falkenberg, Jessner, Weicbert y Hartung no acudiesen a su obra para alimentar el repertorio. Es un consuelo ver que los hombres de teatro, dedicados por afido
a descubrir las posibilidades dramáticas, reronocen unánimemente su genio y
están como embrujados por él.
Algo de vergüenza me da emplear ese vocablo:genio; y con tanta frecuencia.
Porque se presta a demasiadas confusiones e interpretaciones, y bien sabe Dios
que está raído basta la trama. Pero no dispongo de otro que exprese mejor lo
que pienso acerca del frenesí con que Wedekind µrofundizaba, llevándole a
destruir todo estorbo, y a reducir la tragedia del hombre al esquema de sus líneas esenciales. Hay dos modos de simplificar los espectáculos del universo:
detenerse en las líneas externas, ocultando con discreción la pobreza del artista;
horadar el aspecto exterior y dibujar con brutal concisión el contorno del alma.
El primero, si es excelente (cosa rara) puede llamarse sobriedad; el segundo, si
es lúcido. no puede amoldarse en una definición.
El teatro de \Vedekind rompe los moldeJ. de la psicología rutinaria. Ignora
la escala de valores y las mil y tantas maneras de levantar sobre el artificio de
una an~cdota la apariencia de la realidad. Ignora la hal&gt;ílidad teatral y de diálogo que constituye todo el bagage de muchos que presumen de dramaturgos:
algunas de sus obras, como 1odtmd leufeJ, van contra tod;1s las reglas y códigos, pero le guía el instinto, y cu:t0do cae el telón, reconócese que \Vedekind
tiene razón y que las tradiciones se equivocan. Si no fuese expuesto a confusiones diría que no tiene talento alguno, o sea, las cualidades brillantes y mundanas de las que un hombre hábil puede extraer gloria y una carrera esplendorosa. Es duro, agrio, inhábil; posee el don y casi el prurito de la impopularidad.
Carece de gusto, de ponderación, de elegancia, y si no es mucho decir, de economía. Como Miguel Ángel. como Tintoretto, Cervantes, Delacroix, Cézaone, y
como Nietzsche. Es superior a las clasificaciones.
Su teatro requiere la atmósfera y el acento de la tragedia, o l.t brutalidad de
las mario~tas. Nada común tiene con el naturalismo, y eso precisamente en
el punto en que Wedekind rae hasta el hueso la armazón de la sociedad moderna; es una lección, casi una conclusión. En el teatro contemporáneo entero
ac hallarán pocas pruebas más convincentes de que la deformación es la ley
creadora por excelencia. En esto residen la importancia y la significación hisricas de Wedek.ind: cuando el teatro alemán sufría un yugo tan pesado, que la
obra de un Hauptmann pareció a ciertos hombres de buena fe y de buena vo-

�LA PLUMA
LA

.'

PL U ~1 A

!untad una liberación, Wedekind aulló una denegación formidable. Es evidente
que su intransigencia logró menos atención que los atrevimienh.&gt;s mitigados y
diplomáticos del nombrado Hauptmann o de HOlz. Y el público, harto de esa
escuela, se volvió hacia lo extranjero y descubría a los grandes escandinavos ( 1890) y a lbsen. Pero esto no mengua el ~alar de la rebeldía en que secolocó \Vcdekind desde el comienzo: si pertenece a la clase de escritores cuyo
destino es que empiecen a conocerlos y comprenderlos sus nietos, las obras
que produjo dan testimonio por él. Lo que Reinhardt ha hecho por la escena,
Wedekind lo hizo por el teatro mismo; uoo y otro quebraron el cíngulo de convenciones que ahogaban al arte dramá~ico; para apreciar la calidad de su triunfo, piénsese en el esfuerzo sobrehumano que haría falta en nuestros días para
operar en la escena de occidente tal revolución.
Frank Wedekind libró su combate en toda la guerra de independencia intelectual que empezó hacia 1890 en los cenáculos, para lograr, diez años más tarde, al nacer literariamente la generación de Heinrich Mano, St"rias conquistas.
Pero al paso que los otros escritores de este primer grupo influían unos en
otros y arrojaban a la cabeza de la multitud tal lluvia de manifiestos, de teorías
y de artes poéticas que los oyentes más acérrimos no lo resistieron, Wedekind
afirmó su independencia, y guiado por su robusto instinto, se salvó de los- contagios y de las polémicas. Cuando los innovadores-me refiero a los que ostentaban ese título-no tenían más afán que el de dotar con ejemplos sus afirmaciones estéticas, y escribían novelas y dramas pensando demostrar la solidez de
su geometría literaria, Wedekind creaba para si y para el porvenir, dramas
exentos de las preocupaciones de actualidad.
No es mi propósito trazar una biografía académica. Generalmente, me aparto de catalogar la producción del autor de quien hablo, y dejo para los historiadores de la literatura la tarea de pegar en las obras de cada uno, como en tarros de farmacia, las etiquetas que correspondan. Pero voy a ser, por Wede•
kind, momenU.neamente infiel a esa regla general. Sin entrar en laberínticas
comparaciones y resúmenes, consignaré los datos suficientes para que los lectores de LA PLUMA animados de la curiosidad de conocer tales obras, no se extravíen o no vayan a abordarlas por el lado más escarpado ·y abrupto.
Debe abordarse la producción de Wedekind por el .F1·ül,lings Erwachm, que
es su primera obra, y la menos sintética de todas. Es un drama de la adolescencia, mejor que una crisis de la adolescencia; pero no hay en la Gbra ni rastro de inexperiencia técnica. De golpe, el autor se apoderó del asunto y de sus
220

...

medios, que ya no había de perfeccionar. Si hubiese tenido talento, en el sentido corriente del vocablo, habría mejorado su desempeño; pero no lo tenía, y
durante su vida toda, al expresar su pensamiento o sus inquietudes sentimentales, incurrirá en las mismas flaquezas. Siempre estuvieron en desacuerdo su
cerebro y sus manos: manos inobedientes, cerebro en demasía perspicaz.
La atmósfera de .Prühlings Erwachen permitirá al lector entrar llanamente
en Erdgeisl., una de las obras más grandes de Wedekind y en su continuación,
Die Büchse der Pand,ra; ambas violan la disciplina del teatro convencional. Por
estas dos obras se habló de satanismo. La fuerza, la satisfacción cruel del autor.
que confiere talla heroica a sus personajes esquemáticos, sublevaron a los críticos que tienen por axiomas la lógica y la mora 1. El personaje verdadero, iba
a decir el único, es Lulú, personificación de la mujer, que juguetea sin malignidad ni remordimiento con los sentimientos que la asedian. Esclava o dueño:
su elección es siempre instintiva 1 y ese perfume de inconsciencia flota de escena en escena, hasta la conclusión de la aventura. Es imposible resumir la
obra, ni la impresión que produce. Sobre todo, es imposible dar a entender
cómo dos obras de asunto tan trivial, al parecer, afirman con inesperada violencia su incomparable novedad.
Después de E,·dgeisi y Die Bückse ckr Pandora, puede abordarse todo Wedekind. A los que quieran limitarse, les aconsejaré que lean a continuación
OaJia, su comedia más fustigan te, escrita en 1908¡ en ella se pone en escena
\Vedekind, en el ambiente del periódico satírico Simplizissimtts, donde, como
he dicho, colaboró por bastante tiempo. A esta obra de clave la llamó l!:átira
de la sátira•; no puede llegarse a más en 13. objetividad y crueldad críticas.
Importa citar después Der Marquis von Ktiih, cuyos cinco actos están equilibrados con una prndencia y una ductilidad raras en Wedekind; desde el punto de vista de la forma es la mejor obra que ha escrito. Percíbese en esta autobiografía simbólica, una seguridad plena, y que el autor no se hace ilusiones,
ni en bien ni en mal, sobre su persona. Es un verdadero triunfo del análisis y
de la disección sincera y minuciosa del más íntimo y secreto mecanismo de su
corazón.
En fin, antes que remitirlos a las otras obras ¡:randes de Wedekind, So its
daJ Lthtn, Hidalla, y ese Sckloss Wetttrsttin, tan curioso por su forma (cada
uno de los tres actos puede constituir una obra aparte), acon'iejaré a los lectores eventuales de Wedekind los breves Eina!etern (comedias en un acto), donde quizá se ha expresado mejor que en obras de más aliento. Enumeraré las
221

�LA PLUMA

LA PLUMA
principales: Der Kam,,,e,·slinger, de una ironía exasperada, Tod und Teufel, que
concentra una tragedia en tres escenas, dentro de una casa de mal vivir, y .Die
Zenmr.
Wedekind escribió todavía otras obras; ninguna es insignificante, pero yo
no puedo detenerme más. Apuntaré tan sólo que también escribió poesías y
un cuento autobiográfico importante: .Mine-Ha/za.
P.1.uL CoUR.

..

TEATROS
sÁBAno.-Cuando se estrenó La noche del sábado se
llegó a decir que podría haberla firmado Shakespeare-adhesión
implícita, en todo caso, a la opinión que discute a Shakcspcare la
paternidad de su teatro.
En La noche dd sábado hay de todo como en botica. Si la receta pudo entonces parecer sorprendente, la originalidad que se le reconoció
descubre ahora a la luz del tiempo S'l grosera trama. El oro dannunziimo se ha
oxidado pronto, las perversiones literarias género J.orrain y Osear Wildc se
nos antojan cándidas, la novela y l:'I melodrama policíacos han venido a satisfacer el gusto de mucha gente sencilla que pretendía complicarse la asistencia
al teatro, mintiéndose paraísos artificiales en Ja·vacuidad de algunas comedias
extraordinarias. No es de extrañar que los perfumes de segunda mano a que
transciende el exotismo inocente de La noche del sábado huelan a rancio con los
años transcurridos desde su estreno.
Un acto de Gran Guiñol y otro pncuno,· del detectivism.o, desconocido entonces todavía del público español, en un ambiente de príncipes, rastacueros y patibularios de película-a letreros de película suenan las frabcs que se tuvieron
un día por dechado de inspiración poética-, constituyen el espectáculo de La
noc/re del sábado, reminiscencia del mundillo satírico de Abel Hcrmant, del lirismo exaltado de D'Annunzio, de un vago simbolismo nietzscheano, sin emoci6n dramática verdadera en el transcurso de sus cinco actos.
En la representación de ahora en el Español el espectáculo, por lo demás,
es deplorable. El pobrísimo lujo de la escena denota el error de antaño
al juzgar magnificencia literaria el oropel escenográfico. La inexperiencia
A MOCHB Dl!l

..

f

de 1~ _lindísima señorita Carbonell, el defecto del coujunto, ponen de relíe,..e la
frag1hdad del cuadro del cabaret, defendido, en el recuerdo de los que asistieron al estreno de la obra. por Josefina Blanco, que supo infundir a la Donnina
•
sin hablar apen&amp;s, la apariencia de un ente trágico.
~fargari~a Xirgu ha acertado en el cuarto acto a comunicar a su papel de Imperia un ahento de verdad humana. Habla, llora, mira sobre todo como una
mujer. No así en el resto de la representación, agobiada sin duda p~r el esfuerza de tanta declamación sin sentido.
No lo ticn~ tampoco el que imprime a sus pasos, desde los primeros en un
e~cenario de :,tadrid, la excelente actriz catalana. Esperábamos en ella a la pos'.ble renov~dora de un aspecto del teatro español. Su juego escénico revelaba
ciertas preciosas dotes de que se han mostrado siempre avaras nuestras actrices. Dotes esenciales de la condicióri femenina, cuya manifestación teatral no
debe ser tan fácil, cuando tanto las echamos de menos en las primeras intérp_retes de c~m_edias. Las actrices españolas acostumbran representar con excesivo coroed1m1ento los papeles harto convencionales que los autores escriben
par~ un público de sobra timo~ato. La salida de "largarita Xirgu en Madrid par~cia prom~tcrnos en ese sentido algo que, err6nea,meute dirigida, no ha querido cumplir.
Adolecen las heroínas del teatro español, aun en sus obras más grandes, de
cortedad de expresión-pese a la elocuencia con que exageran sus afectos-.
Suelen ser lo que se llama de ttna jieza, es decir, rígidas en demasí,1, suelen ost~ntar demasiado carácter, De ahí, en la decadencia del car.icter verdadero, la
tiesura, la ñoñez de las criaturas imaginadas por los a11torcs dramático, contemporáneos más aplaudidos, y el amaneramiento consiauiente de los actores.
¿~o era l~gico suponer que con una actriz capa.z de re~rcsentar mujeres, pod1an surgir los autores nuevos de comedias humanas, Entre tanto, Lady l\lacbeth y Hcdda Gab!er, la Cándida de Bernard Shaw y la LtJ.lú de Wedekind
~a Parisiense de Becque y la Judith de Hcbbel, hubieran sido buenos ejercí~
c1os para templar un temper.irnento como el de _:¡fargarita X:irgu. El atractivo
de su imje1f1cta lurmosura, subrayado por la intención sensual de su arte femen~no por excelencia, indícanla como intérprete de un teatro posible, ~ás
apasionado y sincero que el nuestro moderno.
Pero la Xirgu. temiendo el desdo del público afecto a determinados teatro:;, co_ntaminada por l3 rutina de los empresarios, lóin aliciente que la obligue
a trabaJar por algo más que por el negocio pecuniario de las excursiones a
223

222

�LA P L U~! A

.

,,

f'

.,
•

provincias-mal negocio en definitiva-, va adocenándose de error en error,
pese a cuanto le quierau mentir los aplausos a los recursos afectistas y la adulación, no por sincera menos dañ0sa, de los amigos incondicionales.
-LA N1i1J. DB G6Miu:-All1As.-!\o había representado la Xirgu ninguna obra
de nuestros clá.sicos. Eduardo Marquina ha querido brindarle la oportunidad
de incorporar a su repertorio la interpretación moderna de una heroína de
Calderón.
Los primeros carteles que anunciaron el acontecimiento declaraban paladinamente la colaboración de Marquina con el autor de La Niña dt Gdmez-A.ria.r.
Alguien se llamó a escándalo, se disculpó Marquina sobre la dirección artística del teatro, y al cabo se corrigió el anuncio con la fórmula de la refundición.
Creemos, sin embargo. que La Niña de Gómez-Arias, más que refundida, es
una tragedia nuetra inspi: ada en una escena-magnífica y subsistente por entero en el arreglo-de la de Calderón. Creemos, además, que a ello hay perfecto
derecho .
La Ni,la de Gómez-Arias es un drama de lo más deslabazado de cuanto Calderón escribió. La escena que Marq11ina ba respetado integramente vale por
todo el drama. Ha querido darle la evidencia dramática que en el original faltaba, ba deducido de ella el carácter de la heroína y ha planteado sus antecedentes en otros términos que Calderón. Un mal entendido respeto le ha forzado a ensamblar la acción dentro de las triquiñuelas y efectos de que el propio
Calderón se valía conforme a los malos usos de entonces. No ba justificado tanto
los sentimientos como el engranaje exterior de las escenas.
De otra parte, la Xirgu, falta &lt;le recursos vocales y plásticos para abordar
la tragedia, en vez de aventurarse a una interpretación distinta de la tradicional, sigue las normas de María Guerrero1 cuyas aptitudes naturales cuadran
tan bien al énfasis, al aparato exterior de nuestros clásicos. la Niña de Gómer..Arias del Español, es un ejemplo de lo poco que se puede esperar de nuestros
actores y empresarios más eminentes. La decoración, no ya en su realitaci6o
por los escenógrafos y sastres1 en el coocept::&gt; que la ha dirigido, es prueba
irrefutable del desconocimiento absoluto de las nociones más elementales del
arte teatraÍ, en que prosperan los directores de compañías.
La inauguración de la temporada no ofrece el menor asomo de compensación de las anteriores.
U lf CRÍTICO IHClPlDTK.

PÓLUX A CÁSTOR
Igual que aytr lure koy d sol pres/ando
el armo,iinso fuego e,1 que se enciende
COll tan v,1rio color la titrra cuando

al clarín dt {ns gallos kuye el duende
callado tú la noclze; la campana
igual que ayer su agudo canto extiende
a travls tú/ azul de la mañana,
y lzoy como ayer alegre se despierta
el mulldo bullicioso con la sana
claridad en el rostro de quien citrta
ve la esperanza en que cifró su vida.
Pero la mía Iza amo.n,cido muerta.
Y Iza IÚ ser vano qut al rtcuerdo pida
el consuelo qu.t sólo da el olvÚÚJ.
Ya sé que anta,zo la lloré perdida
y al ritgo de mi llanto Izan florecido
tkspuis, cien ilusionts y quimeras
que el titmpo deskojó. Ya si que hall sido
mis Inocentes lágrimas primeras,
cual las de tantos otros, excesivas.
Cuando se cuentan ¡ay! por primavtras

�,,
'

LA PLUMA
los aJZos presurosos, son más vi·vas
tus quejas, corazón, y tamb~n s~be
mejor la miel que de los labio, /zbas.
Ahora es tal mi II isteza que no cabe
fiar en que el dolor, exhausto, luego
de llorar largo llanto con qut lave
la ·negrura del ánimo, sosiego
conceda a mi inquietud y nueva fuerza
para aspirar al bien a que no llego .
No esperéi&gt; ahora no, que me retuerza
las manos ui con trágicos desplantes
pretenda yo que mi pesar ejerza

'11

-(

.1

•

la mismc1, gravedad en lús circunstantes,
que me miran tal vez con atención
curiosa, por si soy de esos ama~tes
románticos que dan el corazon
tn coplas y drvitrten a la gente

.'

para cobrarse en conmiseración.
Yo ya no lloro; seca está la fuente
que de mis ojos manantial de llanto
lzizo, en los años en que no se siente
si no st //vra. Ya no lloro. Canto.
y no quiero mentir que unen su acento
a mi voz y sz, duelo a mi quebranto
las fuerzas naturales; que si el vitnto
gime en la obscuridad y suspiros finge
le falta carne para el sentimiento; . .
y por ,nás que nos duele ver que infrmge

,.

,..

la ley drvina del dolor la dura
piedra, Natliraltza eterna esfinge
11

226

LA PLUMA
ni nuestro bien ni nuestro mal procura.
Indiferente corre al mar el río
v el mar debe a sus sales la amargura,
nunca al kunzano llanto; desvarío
de poeta es creer que ríe el día
si él se muestra contento, y si sombrío,
trueca la luz al punto su alegría,
y ti citlo, antes streno,ya se cubre
de nubes g, ises que la poesía
dice que lloran porque llueve. Octubre
dorada palidez pinta en las hojas,
mas no el dolor que nuestro ,ifán descubre.
Insensible a las líricas co11gojas
de los hombres, ni la Naturaleza
da su sangre por tilos m las rojas
auroras estivales, 11i flaqueza
que es propia de mortal ptcko comparte.
En el día nefasto que ahora empieza,
alivio inútil me será que tl arte
a tu lamento antiguo ejemplo preste,
corazó11, p1·ete11diendo decorarte
de inspiración ajena. A usada veste
por cuanto noble sea, se resiste
mi grave luto. Mío, mío es este
dolor de soledad, y nunca oíste,
¡oh, tú, desconocido que me escu.ckas!
perderse en el azul eco ta1t triste.
Las peHas de uu amante, con ser muchas,
no juntan entre todas el tormento
en que yo nze co11sunz1, ni fas luchas
227

�LA PLUMA
LA PLUMA

TARDE DE SOL

tk amor son nada en parangón tkl ltnto
martirio qW! trabaja por vtncerm,.
No vengo a repetir ti vitjo cumto
de otros enamorados. Vtngo inerme
sin retórica lira con qta el o,o
de unos cabellos, o un amor que duerme
suave sueño de olvido, ca1ttt, a coro

con anticuados vates. No es lo mismo
que el suyo mi dolor, 111 muerte intploro
con gesto usado tk roma11ticismo.
No. De estJJ muda soledad mt qu,jo,
dt este ciego estupor, tkl Y" to abismo
que al irtt tú se ha abitrto en mi alma, vitj•
amigo, compañtro dt la suave
ligera moctdad, bla11do constjo,

1

•

...

r·

risutño humor y pensmniento grmJt

en que post mi juvmtud alada.
Al borrarse la ,stela tk tu nave
st mt ltund&lt; tl mundo en la primera Nada,

I
Gl sol entibia las cuartillas
!earece que oa a 1alir
de la blancura un poema de oro
y de topacios vesperales
C,l sol escribe lentamente
desde el cristal su alegarla.
9Jlanca algazara &lt;Ú papeles
iluminados.
II

.t:a botella del agua
tiene un halo de luz.
C,l sol circunda
ul cristal de una caricia
reberberante.
9lraña de mil prismas
descompuestos en luces refractadas,
corona de crepúsculos
por donde suben globos cautivos
hacia el sombrero cándido.

111
G. G.t.SPAR.

Gl perro blanco
tiene humo en su nieue,
nieve derritiéndose
sobre el tapiz dorado.

IV
:Mis manos, diez luces,
bujías en llamas,
sobre las cuartillas
se han quedado olvidadas.

.

RoGELIO BUDIDÚ.

''

�LA PLUMA
para que reunidos en u'1 libro no constituyan un2 f:'.Xcepción, mas señalen la
continuidad de la obrí\ del literato .

• • •

r
LIBROS Y REVISTAS

.

, u
1." ~ !
.,
l"'

El'

Manuel Ugarte: Mi campaña hispanua1tlericana.. -Editorial Cervantes Barcelona.

'

Un li?ro oportunísimo. Ha coincidido su publicación con la visita a España
del presidente electo d: la República Argentina, preludio, sin duda, de la de
Alfon~o XIII a la Aménca española. De otra parte, ea la misma época del año
orga_nnaba la Junta de Ampliación de Estudios el acos\urnbfado curso de ex-t~aDJCros en la Residencia de Estudiantes, pretexto para el intercambio creciente de pr~feso~es y alumnos. españoles y norteamericanos especialmente~
Aumenta a OJOS vistas la demanda de profesores de español en las Universidades Y ~scuelas de los Estados Unidos. La realidad parece desmentir el temor
profético del.poeta: ~lTanlos millones de hombres, hablaremos ioglés?t
La co!e~c1ón _de d1~cursos 1 escogidos de 1910 a 1920, de Manuel Ugarte, plantea co_n hnca ev1?e~c1a ~l problema fundam&lt;."otal de la América española: la
neces1?ad de res1sh_r.. al imperialismo norteamericano. Ello 110 significa, entiéndase bten, preparac1on alguna belicosa. El Sr. Ugarte es pacifista y por asegura: la paz clama en pro de 1~ unión sud-americana contra la federación anglos_aJona del Norte. A la d?ctrma de Monroe, paladinamente declarada por la reah_dad no ya en el cAmé~1ca para los americanos•, sino en un amenazador cAmér_1ca para los norteamen~anos,, opone el Sr. Ugartc el ideal unionista de los
h~ert~dores de las coloo1as españolas, reivindica para España un justo lugar
h1stónco, y promueve en nombre de la América española el problema universal de la libertad.
. Quéjase más ~e u.na vez el S:, Ugarte de las persecuciones de que ha sido
obJ~to, de la torct~~ 1nt~rpretac1ón que se ha atribuído a su campaña. Es el calvario de todo esp1ntu liberal.
1!-fi campaña hispanoamerica":a no es un libro de cuestiones diplomáticas. No
babia menester el Sr. U~arte srncerarse como lo hace justificando su actuación
política por la necesaria participación que cumple al hombre cabal en toda
cosa humana. El tono encendido, el aliento poético de sus discursos, bastan

Lea pensee"4 choisies d' .\le:x:andre )\ercereau. -Préface de Carios Larronde.-Collection de Penseurs Conternporains.-París, [ugene Figuil!re.
2 vol.
La nueva Colección de Pem,adores Contemporáneos que inauguran los Pensamientos escogidos de AJexand,·e JJerct.reau revela ese exquisito gusto de los libros, peculiar del aficionado parisiense. No es Mercereau un escritor de gran
público. Ensayista principalmente, es decir, cultivador de ese género cuyas
fronteras se confunden con las de la poesía y las de la filosofía puras, no tiene. es cierto, el número de lectores que un novelista, no ya famoso 1 de su misma categoría. Pertenece al grupo de escritores que, consideradísimos entre
los mismos literatos, empiezan ahora a aumentar las tiradas de su producción .
Nacido a la literatura con el siglo, revela su obra, lírica, de imaginación, de moralista, la reacción constructiva contra el decadentismo anterior. La influencia
difusa, intelectualizada, de Tolstoi en algunos escritores franceses de los más
caracterizados, muéstrase patente en estos Pensamientos de Mercereau, escogidos de sus dos libros preferidos: Pa,·oles devant la vie y Ev~ngile de la Bonne Vie.
·
Poeta, crítico literario y de arte, cuentista de fibra, &amp;us mejores cualidades
se resumen en estas moralidades, con las que Mercereau, contmuando una de
las roás puras tradiciones francc.sas, profes.l en la religión literaria de que son
s11cerdotes universales un Emerson, un Marco Aurelio, un Epicteto.

•••

(

P. Iscar Peyra: La bolsa y la vida.-Novela.-Calleja.
La bolsa y la vida no es una novela de actualidad. Ni el autor se ha propuesto al escribirla ningún tema de los llamados palpitantes o de ocasión, ni J;i;
manerll como está escrita revela esa comezón de modernidad fugitiva, en que
fatigan su esfuerzo algunos principiantes, no por repetir los últimos ecos de la
moda eurapea más originales. Por otra parte, aunque Iscar Peyra no haya publicado después ninguna otra obra, tampoco es ésta una novedad de librería~ en
la misma colección de la Biblioteca Calleja son más recientes otros varios títulos españoles y extranjerós. Nos mueve a hablar de La bolsa y la vida, el haberla r1!leido nosotros ahora, en un remanso veraniego-circunstancia lo más
adecuada para tal novela-y la consideración del silencio con que fué recibida
al salir a luz; por más que esta confabulación del sureta p,rofesional a que pireceo vocados los pocos críticos (?) literarios de la Prensa cotidiana no es nueva,
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230

�LA P L lJ .\1 A

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ni p'arece preoc:uparle gran ,-osa a los escritores, que es a quienes debiera interesar principalmente.
Las cualidades d~ novelista con que r:n La bolsa y la vida ise nos mue.::tra Iscar Peyra le señalan como un continuador del género que ilustró emiaentemeote D. Benito Pérez Gald6s. Galdós ha tenido una consecuencia lógica en Pércz
de Ayala. Lo cual no quiere decir que sus novelas se parezcan, ni delaten im itació~ ni calro. Iscar Peyra tiene ciertas afinidades con Pérez de A,yala, y esta
filiac160 tampoco implica depe11dencia del uno al otro 1 ni completa influencia
de aquél en éste. Las afinidades entre Galdós y Ayala son interiores, responden tal vez a un posible encuentro en el infinito de dos tendencias paralelas.
Las semejan.zas entre Ayala e lsca.r Peira son exteriores. Los tres beben en la
fuen te del humorismo: el grande, de bruces, casi bañándose la cara en la linfa,
ayudándose de las manos, a 50rbetones, re::odeándose a sus anchas, el otro degustando, paladeando el agua, y, sobre todo, mirándose en ella, con ático aarcisis1;0-o intelectual; el autor de La bolsa 11 ta vida, con comedimiento y circunspección, en buena vasija, quizá de Talavera, suya por haberla adquirido, con
instinto seguro, en el saldo de estilos nacionales.
La bolsa y la vida, más que novela, trabarla con rigor 16gico, en la que el carácter de los personajes se vaya definiendo por la manera como actó.an en ·la
intriga imaginada por el novelista, es una galería de retratos srn destacar apenas del ambiente en que están e-nfocados: una ciudad parecidísima a Salamanca.
Y aquí del acierto de Iscar Peyra, le que denota su condición de novelista,
pese al defecto de in_teris propiame11te novelesco que en la nanación se advierte: que mientras el turista estetizante hubiérase dejado llevar de la propensión evocadora a que invitan las de.radas pi~dras salmantinas, abigarradamente decoradas por los estudiantes de un tiempo, el autor de La bolsa y la
vida ha pintado la vida misma, el contraste entre el magnífico escenario y la
mediocridad de sus habitantes, herederos, en sus menudas querellas, de lapasión escolástica, de la picaresca estudiantil de la ciudad universitaria, sobre la
que triunfa hoy el espíritu rural del charro.
Tiene, sin duda, Iscar Peyra demasiada preocupación por hacer estilo académico, o se deja llevar de la facilidad que le .impele por el camino de la prosa
clásica, que viene a ser lo mismo. Exceso, sin embargo, que no nos atrevemos
a reprocharle sino con ciertas reservas, ya que revela al menos manifiesta disparidad con el criterio, que empieza a prosperar, de dar a las palabras un valor puramente subjetivo, lo que destruye el idioma como tal medio de entender:se unos hombres con otros.

•••
André Gide: La Puerta Estrtda.-Novela. ,Tradudda por E. Díez-Canedo.Biblioteca Calleja.
La lectura de La Puerta Estrecha nos produce un disgusto inexplicable al
pronto. Disgusto que nos producen :,iempre las obriils de André Gide, y que
culmina en esta novela, capital entre todas las suyfls. André Gide es jefe, si no

de escuela, de una tendencia, de una política literaria.. E:, la cabeza mas visible
del grupo de escritores de la Nouvelle ,,:evue Pra'!fªist'. Si le falta fuerza para
represt::ntar por sí ~olo al espíritu (':ª'!~és caractenzado hasta la g~erra en Ao~1.ole France perm1tasenos esta div1s100 grosso modo-, la reacción que venia
operándose en el criterio literario de París, reflejo de la actitud de los france•
ses, muestra en André Gide, ya que no su expresióo cabal, uno de sus aspectos más considerables. Por represeotatíva eo grado sumo, La Puerta Estrecka,
aparte sus cualidades que extienden su acción e influencia más allá de ~os limites perent0rios de Ja novedad, llega oportunam~nt~ ~ los lectores. espanoles,
no obstante los años transcurridos desde su µubhcac100 por nz pnroera.
Aparentemente La Putrta Est,·echa es una novela sencilla: un sacrificio de
amor. Aglavaine et Sdisette de Mac.terlinck, .5acrificios de nuestro Benavente, ~e•
velan la misma preocupación stntimental: dos hermanas enamoradas del mismo hombre. Aridré Gide sitúa la novela en un dmbiente burgués, y protestante. Escrita en tooo autobiográfico, el lector atribuye luego a intención moralizadora del novelista la sujeccióu a los preceptos bíblicos a que se someten los
per~onajes de la novela. De lo que se sigue el m~lestar que P.roduce su le~t.ura.
El can/ inglés, la prudencia exterior, la bipocres1a no ya soc1al, personahs1ma,
con que los protagonistas castigan sus pasiones, malgashndo su esfuerzo en
inútiles desistimientos, ·nos hacen antipática la historia de La Pue,·ta Estr;c!ra.
¿Por el tn'unfo de la virtud que en ella se c~lebra? No; hay al~o e.n, esa edificación cristiana que huele a Podrido, que trasciende a desmorahzac1on dec~dentista a Jo Osear WiJde, a deformación triSi.e de la naturaleza en sus me1ores
sentimientos. Hay esa vaga cuanto malsana confu!:tió? de .ª?etit~s! patente ~n
los devocionarios católicos para uso y desahogo de h1sténcas, d1s1mulada baJO
la contención de palabra, la sequedad de estilo, la pretendida dignidad de
conciencia. Esa doblez intelectual es lo que nos produce un malestar muy parecido al asco de la pornografía.
.
Sería cosa de estudiar las encontradas inclinaciones de algunos escritores
contemporáneos, cuyo desacuerdo con la room.! social de sus connacionales lleva aparejada la adhesión a los usos de otra so~tedad, separada, no más que por
un canal de la Mancha, de aquella en que nacieron y se educaro?. T~l el anglofilismo-anglicanismo pudiéramos decir en el caso de .André G1d~-del grupo
literario de La JVouvelle J(evue ftrattfaise, cuya expansión en el V1eux•Colombier-capilla protestante del arte teatral-denot-a. la misma propensión a que
se entregan, en sentido contrario, un. Beroard Sh~w y, sobre. tod?, "? &lt;;besterton, en Inglaterra, contra la hipocresta social. contra la co□ c:1enc1a bzbtica de la
sociedad ingles~.
En España, si no todavía manife~taci?nes literarias ?e ese e~p~ritu protestante, se observa en algún círculo reducido, pero cuya mflue□c1a 1rrad1a cada
día mavor fuerza la mis-na tendencia moralizadora de las costumbres, en un
sentidÓ inglés. '
En ese público hallará seguramente lectores gustosos la excelente traducción que de La Puerta Estrec/Ja ha hecho Enrique Diez-Canedo.

• • •

233

�LA P L U~! A

LA PLUMA
Paul Verlaine: Cordura (Sagtsse)-Trad. en verso de E. Díez CanedoEditorial Mundo Latino.

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Traducir _es_ oficio sobremanera árduo. Las traducciones de Enrique DíezCaned? se _d1:-tmguen sobre las dem~ al uso, aparte su perfección, en queparec~n inspiradas por un gusto especial, que les quita precisamente lo que de
oficio suelen tener las más de las que los editores publican. Las versiones espa~~las de poetas extranjeros modernos cuentan entre lo mejor de la obra
ong1nal de Canedo. _Algunas de /)el ce,·cado ajeno y de la Antologfa de Poetas
f1·1111ceses que triidu¡o con Fernando Fortún, tienen en español la misma virtud
que ~us autores \a,; infnndieron.
La que de c'''J'agesse publica ahora /1.,fmzdo Latin", en la Colección de Obras
compl&lt;"'tas de Vcrlaine, contiene más de una muestra preciosa de la excelencia
que apuntamos:
•Cae sobre mi vida,
negro y grande. un sueño:
dormid, Esperanzas;
dormíos, Anhelos.•
o los célebres tercetos que empiezan:
«Dios mío, vuestr~ amor me ha lacerado
y está vibrando aún la roja llaga,
Dios mío, vuestro amor me ha lacerado.•

,;

"

Cordura. no es 1 sfo embargo, la mejor versión de Canedo. La misma corrección y co1:tinencia. del traductor resta no poco. de la. música, que antes que
todo quena Verlaine; pero a la que no es posible siempre adaptar en otro
idioma, letra y espíritu.
~Deben traducirse íntegramente los poetas como Verlaine-los poetas-?
Qu1zá_no. Seguro~ estarnos d_e que, a no haber recibido Canedo el encargo de
un ed_itor, no hubiera traducido por entero un poema que, sin su música uativa,
!·e~et1~0s, se nos hace harto abstracto. Mejor nos parece la versión libre, la
1m1tac1on. de que gustaban tanto los poetas antiguos respecto de los clásicos.
En todo casn, hagamos votos por que nuestros reparos a tod.:1 traducción
puedan serlo siempre a cuenta del exceso de fidelidad de corrección de dig'
'
nidad poética.

• • •

.

Artemio de Valle Arizpe.-JJo,ia Leonor de Cdceres y Actvedo y CosaJ Tenedu.-Madrll:I, MCMXII.
No suelen ser de nuestro gusto las llamadas reconstrucciones históricas
Casi siempre. juzgamos del mérito de un trabajo en estilo antiguo, por el qu~
?ºS cues~a leerlo. Preferimos el artificio que disimula la manera de contar. El
ideal sena que la forma, de taCJ eficaz, se borrase luego de nuestra memoria,
234

dejándonos tan impresos el bulto, los colores de los objetos descritos, la animada gradación de los sentimientos imaginados, que llegara a confundirse con
el recuerdo de la verdad.
Hay, con todo, evocaciones cuya verdad artística requiere precisamente ese
artificio, como tal, sin disimulo, y aun exagerado con ostentación barroca. Las
dos novela~ breves reunidas en el nuevo libro del Sr. Valle Arizpe pertenecen
a esta categoría. Ya sus obras anteriores mostraban su predilección por el género.
En los tiempos comerciales que atravesamos, la literatura de Valle Arizpe
parece, más que oficio artístico, simple juego. Recobra en cterto modo la obra
literaria su antiguo prestigio de ocio inútil. Ese desinterés, si le presta atractivo por una parte, puede ser perjudicial en definitiva para el arte mismo. La
independencia del artista en relación con el gusto de sus contemporáneos, no
ha dC ser absoluta. De otra suerte, lo que empieza siendo inclinación aristocrática, acaba en manía.
Doña Leono,· de Cáceres '\' .4cevedo 1 Cosas 7medes, son dos cuentos muy gustosos. El primero sobre todo ganaría, a nuestro entender 1 descargado del engolamiento en que su autor se coro place con exceso. No obstante lo curtido de
nuestro ánimo a las impresiones de brujas y trasgos, las historias de aparecidos con que nos regala el Sr. Valle Arizpe se leen con interés. que alimenta y
solicita la socarrona parsimonia con que están cOotadas por boca de Jos protagonistas, harto conceptuosos.

* * •
Pernán Silva Valdés: Aiua del tiempo.-Poemas nativos.-Otros poemas.Montevideo, Cooperativa Editorial cPegaso•, 1922.
La autoinvt&gt;stigacióo, la introspección tan de moda, tieoen ancho campo en
la lírica. La minuciosa renovación de la sensibilidad a que ha dado lugar el
desmenuzamiento de los cánones antiguos, promueven en los poetas verdaderamente jóvenes, nuevos brotes de inspiración sincera.
.
Agua del tiempo, de Silva Valdés, nos descubre un ~oeta atento a copiar
del natural no la naturaleza muerta, impasible, sino la naturaleza viva, de que
su espíritu forma parte consciente. Violenta ■ do con decisión normas retóricas
y ritmos fijos, anota más que canta el paisaje espiritual de su América:
¡Guitarra,
no te queda un amante,
debe hacer mucho tiempo
que no le ves a solas con un hombre:!
&gt;Alégrate, guitarra .
En tu boca se hastían los cantos viejos,
penJ ha llegado alguien a estar contigo.a solas
y a hacerte madre de un canto nuevo.,
235

�LA P L l' ~¡ A

LA PLUMA

La América de Silva Va\dés no rs solo la dt"l centauro indígena, la del
poncho

•...
que des¡lUéS de una noche

aliento que le da carácter. Hacia las cumóres,.tiene algo de esa hipertrofia de la
expresión lírica, propia de los poetas americanos ..- Cu~bre~ y c~ndores en
campo de azul -. Su autor revela desde luego esa srncendad Juvenil, de creer
que canta por primera vez la tristeza que existe desde que hay poesía ...
y mundo.

i\ la intemperie
amanece cubierto de rocío,
húmedo de alborada,
húmedo y estirado
como si e l viento se lo hubiera puesto.&gt;

.,

•••

la del mate dulce
corrido de los salones
y arrojado a la orilla de las ciudades
como los chíogolos por los gorriones.•
«..•

Es también la del tango canalla en el cabaret criollo, la de la yiradora vendedora de placer, la del poeta moderno en cuya lira bárbara bay un eco dormido de vidalita ancestral.

•••

Napoleón Pacheco: Personalidad literaria de Ventura García Calaerón.-Re-

P':rtorio Americano. Publicado por J. García Monge.-San José de Costa
R1ca.
Persiste el benemérito editor García Monge en la tarea de reunir en su Biblioteca cuantas manifestaciones con ·ribuyen a formar una conciencia literaria
P!opiamente americana. No quiere esto decir que su Repertorio pretenda sigmficarse por el colorismo local. Tiende, por el contrario, a divulgar en América
el espíritu cosmopolita de los mejores escritores del Nuevo Continente. En
este tomito del Sr. Pacheco se estudia con simpático entusiasmo la personalidad de Ventura García Calde rón.
Peruano de nacimiento, europeo en toda la extensión de la palabra por educación, residente en París, García Ca lderón goza ya en los centros i:1telectuales
de toda la América española y de la capital de Francia de la consideración que
su labor múltiple le ha conquistado. Hombre de letras por excelencia 1 su curiosidad apasionada le ha h.echo asomarse a las ventanas del pasado y a las de
la aurora. Poeta, novelista, critico, su actividad ábrele sin cesar nuevas perspect_ivas, en que su espíritu vaga protegido por las sombras propicias de Rubén
Dano y Rodó, vates de la España americana. La juventud de las repúblicas
transatlánticas tiénele por Mentor amigo.

• • •
Gastón Pi~ueira:-Hacia tas cumbres.-Poemas idcalistas.-Buenos Aires.
.1ño de MCMXXII.
Hay una poesía americana, cuyas imágenes sentimentales, de un romanticismo muy siglo xrx:, y muy de los veillte años sobre todo, toman del pals el
236

1

B. Male■ pin.c: MtlaóoiiqutS.-Lyon.-lmpressions des Deux•Collines.
El Sr. Malespine dirige ttna rev.ista literaria, Manomftr~1 que ~o~ parecer
una de tantas revistas de vanguardia corno surgen en Francia, se d1strngue por
el espíritu sutil de su director. La donosura, el divertido ingenio de que hace
gala en su revista se multiplican en Métaboliqi;~s, delicios? fantasía humorística, sio moraleja, un tanto abstrusa, pero agud1s1,ma en S\t hgereza .. El cuento de
hadas, la sátira la novela de aventuras, la alegona, componen, báb1lmeote apuntados, los cuat;o breves capítulos de este librito encantador, muestra finísima
de buena gracia y gusto excelente.

• • •
Leó11 M.artin Granizo.-Paisajes, Homb,·es y Costumbt·es de la provincia de
Ledn.-Madrid 1 Imp. de Juan Pueyo, 1922.
Estos apuntes interesantísimos constituyen el tema de una conferencia
dada en la Sociedad Geográfica por el señor Martín Granizo, viajero curioso y
leonés entusiasta.
El seTero paisaje de León, sus hombres austeros, sus costumbres en q":e se
revela la antigüedad augusta de los montañeses, de lo~ parameaes ascéttce~1
de los maragatos exóticos, sus cantos, los más bellos qu.Jzá del folk-lore mus1•
cal de la península, son evocados con trazos eficaces en el rápido diseño compuesto por el conferenciante, en quien se reúnen la probidad del investigador
y el ímpetu lírico del poeta.

• • •
José Ignacio B■cobar.-Escritos .-Repertorio Americano.-J. García Monge. Sao José de Costa Rica, 1922.
El doctor Diego Mendoza señala en el breve prólog? de la selección p~r él
ordenada las circunstancias que adornan a D. José Ignacio Escobar, colombiano
ilustre:
e Frisa hoy con los setenta años. Hijo de un maestro, hubiera sido sie~~re,
como lo fué en los primeros años de su dora,,Ja juventud, a haberlo perm1hdo
las circunstancias 1 maestro de varias generaciones ... ReJentaba .en l~ Univ~rsidad dos dtedras: la del idioma español y la de Geograf1a ... La ciencia de R1tter
y de Humboldt tuvo en él un afortunado propagador.•
237

�L.\ PL U 11 A
LA P L U ~I .-\
. El Sr. Mcndoza ha e11tr;sacado de 1a obra de D. José Ignacio Escobar tres
discursos y do, breves artículos acere~ de 1~ cultura int~lectual y la libertad
hu01an3:, en que ~esplandecc la noble 10teoc16n, la clara conciencia del mac-stro
colomb1ano. cscntor t'!xcelcnte de ideas generosas.

• * •
Rogel_lo Sote~a: Hecogimiento.-(Apuntes, Comentarios, Rcflc:xiones).-Repertono Amencano.-San José de Costa Rica,

1g22.

'de Todo está dicho desde hace miles de años; ciertamente. Pero no todo se hª
01

O.&gt;

. Podrás lo~ pensamientos, sentencias y sugestiones coleccionados en el libnto del r. Sotel~ no revelar una originalidad destacada. Todos ellos contribu~·':0 a la comumón ideal de los hombres de buena voluntad, con los conceptos liberal.es so_bre que se funda. la civilización del mundo moderno. eTener un
poco de silen~10 entre el bulli~io y huir del contagio de los vanos., e No servia la patria solam_ente munéndonos por ella, sino también haciéndola más
~ 11 .Y m~s culta., ePiensa que tu mayor deber es revelar a los demás su espí~1.tu inmortal, y que tu más bello día será aquel en que hayas desenvuelto un
I0~•1 son lemas de otras tantas acotaciones abstractas: e Hombre,, «Patria,
cAite,, cAlma,, en que el Sr. Sotela agrupa consideraciones de varia filosofía.

(

.

•

r?'

r

C. R.C.

* * *
UNIDOS.-De un artículo pubhca~o por Edna Wort~l.ay Underwood eo la revista bruselesa Le Disque Vtrl,
colegunos algunas noticias y apreciaciones relativas a los p.)etas y prosistas
modernos de
• aquella
· repúbl 1·c·a. L a vtta
· l"d
I ad que impera
·
actualmente en los
Estados Uuidc.s
· · ha:en cast· 1mpos1ble
·
·
• •
, y la extens·ó
1 n d e ¡ t errttono,
encerrar en
u~a rt"d cntica de orden general el movimiento literario del país. En el Oeste
siempr~ .ha pred_omioado cierto ·dealismo político. En el Sur sigue reinando
un espmtu de mdo 1encia mczc Iad o con romanticismo,
· ·
y palpables vestigios
del~ esplendor del espíritu latino, heredado de los colonos que vinieron de Espana ~ de Fr~ncia. En el Norte y eo el Este prepondera el conservadurismo,
el egoismo. Con excepción de algunas grandes ciudades, la tendencia es I pcr
;~necer adheridos a las ideas del pasado. Hasta ahora, ninguna novela ha po:
1 0 concentrar todos esos elementos heterogéneos, ni es probable que tal
cosa se logre en mucho tiempo.
• -LA NUEVA GENHACIÓN UTBRARU IN LOS Esn.DOS

+

•

238

,

Las antiguas y podefosa, casas editoriales de los Estados Unidos se obstinan en aferrarse a las fol•mas literarias .arcaicas. Sin embargo, no faltan, entre
los poetas ni entre los prosistas, hombres nuevos, si bien muchos de ellos son
de origen extranjero. o llevan en sus venas algo de sangre extranjera. Las casas editoriales que más los han explotado son casas judías, porque los judíos
suelen hallarst: en la vanguarJia de los que se asimilan y explotan las ideas
nuevas.
Los que más han contdbuído al auge de la poe~ía nucva en los Estados
Unidos son Amy Lowec y Alfred Krymborg. La primera pertenece-e:s una
excepción-a una familia antigua. aristocrática y puritana. Miss Lowec esrá a
la cabeza de. la nueva gt-neración. Ha publica-do ya v•rias colecciones de poesías modernas, y recientemente, en colaboración con florenc(; Ayscougb, sinólogo distinguido, un volumen de poemas traducidos del chino. Su colección
flir Flower ra/Jlets es uno de los libros más notables rlel año .
Alfred Krymborg, autor de J/uskroom.s, Lima Beans y otras obras para mal
rionetas, ha sido el primero en brindar una salida a las obras de los poetas modernos, fundando la revista extremista Otl,ers. Es también fundador de la revista Broom, editada en Italia, en inglés; Krymborg vive en Italia.
Carl Sandburg, de Chicago, es otra figura notable entre los poetas jóvenes.
Es extremista, como Krymborg. Su (iltima obra se titula Siaó, o/ the Sun/Ju,·nt
Wesl. Es un innovador audaz.
Entre los autores de la nueva escuela son de notar, además, Lola Ridge,
Marianne Moore, Pascal d'Angclo, John Gould Fletcher, Williams Carlos \Villiams, Benjamine de Casseres (descendiente de Spinoza), Ezra Pound, Vachel
Lindsay, que ha recorrido las úidas llanuras del suroeste predicando la religión de la belleza, Baxter Alden, que ha interpretado las artes pláoticas del

Oriente bajo el título de Jnk o/ India and Gold.
Marsden Hartley maneja la pluma y el pincel, pero ante todo es poeta; delicioso estilista, aunque a~arente desdeñar esa cualidad. Entre los jóvenes,
Miss Zona Gale se ha labrado una reputación con su novela Afiss Lulu Bets,
adaptada al teatro; acaba de publicar un nuevo libro de versos: 1ke Secret,
Way. Una poetisa de once años. Hilda Conkling1 ha escrito un librito delicioso·
S!wer o/ the ffind, muy alabado
De los prosistas nuevos conviene citar a Sherwood Anderson y Ben Hecbt.
Este último acaba de publicar una novela de la vid:t americana, escrita a lamanera de los folletines populares. Anderson se esfuerza en adaptar a las normas

�LA P L U ~I A

!1

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•

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dejadas por Dostoicwsky, su propia visión etc los tipos del Oeste Medio. Sus
mejores libros son: Po,r White, Tlz, Triumjh o/tite Egg, 0/tio, 1/Je 1rlumpl,.,
Edgar Lee Masters acaba de publicar con el título Children of tke Ma,·ket
Place un libro que es una autobiografía ficticia , la historia supuesta de nn colono americano; no es una novela solamente, pero la reseña brillante e imparcial de la historia de los E. E. U. U.
lndelibk, primera obra de Elliot H. Paul, es indiscutiblemente genial. Contiene la historia amorosa de la hija de un judío y de un individuo de cierta familia aristocrática de Nueva Inglaterra. Upton Sinclair, que años hace asombró
a los lectores con sus revelaciones acerca de las fábricas de conservas, ha pultlicado una nueva novela, They Cali ,,,e Carpenler. Es la historia de Jo que le
ocurriría a Jesucristo si volviese a la tierra para vivir en las grandes ciudades
de nuestros días.
Algunos autores jóveues explotan lo que ellos llaman iofluencia de los Indios aborígenes y de la raza negra en la literatura. Lou Sattet ha escrito versos
excelentes sobre temas indios. Este invierno tuvimos en New York un teatro
donde los autores y actores eran negros. EJ libro de T. S. Stribling, BirJl,riglt.t,
nos ayuda a comprender la situación del negro educado que vuelve a1 Sur, su
país natal, que no ha variado, llevando la educación liberal de las Universidades del Norte. Es indudable que la edad de oro de la raza negra alborea. Pronto
nos dará buenos escritores y pintores.
Los negros publican excelentes periódicos y algunas revbtas. Anunciáse,
pua el otoño próximo, la publicación de dos novela.,. Cuando el arte negro floreció, en el pasado, fué muy original, y de exquisita calidad. El cerebro de los
negros ha almacenad:, mucha alegría, sin la cual nadie puede crear, pues las
raíces más hondas del arte están en la alegría. La sangre negra ha tenido fuerte influencia en muchos poetas portugueses y españole9 de la América del Sur·
El negro posee un alma racial que a6n no se ha manifestado, y que guarda para
Jo porvenir muchas cos:is. Cualquiera que sea la forma del arte en la América
del Norte, en él tendrá mucha participación la raza negra.

.

A110 IIl.

1

MADRID, OCTUBRE 1922

1

NúJIL 29.

CARA DE PLATA ~

COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA&lt;•l
ESCENA TERCERA

LA VERDE QUINTANA tk San Cl,mtntttkLantañón
escutto, que tkspitk a tr,;
VltJOS ceremoniosos sobre la sola11:a tk dorados sillares, ,·,gala JI monas/tea, Capas largas, varas JI monteras, los tres vitj'os se vuelven con un
mismo compás,JI kaun su genuflexión en la verde Q"intana,

'º". la rectoral al flanco, JI su aóad negro JI

EL ABAD

¡Dios os acompañe!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Con saludiña se mantenga!
EL VIIJO DE CURIS

i Y el Rey del Cielo nos libre a todos de coléricos y soberbios!
(1)

XVI
240

Véase L• PLUM.A. de septiembre, 19u.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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LA PLUMA
estoy, y eo él veo el peligro más grave que corremos en la hora actual. De antemano estamos dP. acuerdo, y únicamente, con lo que prolonga nuestros pen-·
samientos, nuestra inclinación, nuestros deseos. Al parecer, ya no sospechamos que el mundo puede tener sus caprichos, contra los que carecemos de defensa. Y, sobre todo, sus leyes, que nos convendría penetrar.
Nos contentan aquellas injusticia5 de que µodemos probar que somos víctimas. Sólo nos interesa ponerlas en evidencia; en lugar de reflexionar y de
trabajar.
.
.
¡Dónde y cuándo se ha visto re~o:npensada 1~ virtud? ¿En qué momento las
naciones se han mostrado agradecidas? ¿Por que aparentamos creer en toda
una pseudo-moral intt:rnacional, cuando somos realistas y t'Scépticos en demasía para haber incurrido jamás en la tontería de alimentar esa ilusión?
Pero nos es menester tener razón; es menester que los demás carguen con
el yerro: es menester, que en lugar del mundo exbtente, donde nos hallamos
a disgusto, se organice otro en nu_estro cerebro, en el que c.cupare!11~s el puesto mejor; si no puede ser el de triunfadores. por lo menos el d~ v1ctunas.
Todo esto, simplemente humano, carecería de gravedad, s1 no pasáramos
adelante, si nuestra inteligencia y nuestra industiia no e-;,tuvicran, a lo que parece, agotándose en esa representación falsa.•

AÑ'O III.

1

MADRID, AGOSTO 1922

NÚM. 27.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA&lt; &gt;
1

ESCENA CUARTA
EL ABAD DE LANTAÑÓN con escolta de chalanes y boyeros, entrapo,· la verde quintana de su iglesia,y ante elportón de la rectoral descabalga. Bias de Miguez, el sacristán, acude a tenerleel bridon de la montura. Tumulto de voces quiebra el verde y aldeano silencio. El tonsurado
esquivo y sin /tablar palabra, se mete por las puertas de la sacristía. Negro, zancudo, angosto, desaparece en la tiniebla de arcones y santos viejos. A poco retorna, y en el quicio de la puerta hace disimulo de no mirar a los chalanes, atento al tempero. Disputa d tr&lt;'pel de feriantes, y
se mueven las picas mtre (fritos y gestos. De pronto, sobre el patín de
la rectoral, aparece 1ma dueñ,1 pilonga, muy halduda, que co11 la rueca
m la cinta tuerce el huso y escupe en el dedo. Es Doña Yeromita, la hermana del Abad.
(1)

VI

Véase

LA PLUMA

de jnlio, 1922.
81

�LA PL U .\1 A

LA PLUMA
DOÑA JERO:\IITA

¡Jesús, con las voces! ¡Pues aunque estuvieseis a la puerta de un
ventorrillo! ¡No hableis todos a una, selváticos! ¡Hermano, ponga paz!

MANUEL TOVIO

Lo heredarán nuestros hijos.
DOÑA JEROMITA

EL ABAD

¿Cómo ha mediado el Abad?

No me sale del bonete.
DOF!A JEROMITA

MANUEL TOVIO

EL ABAD

El Señor Carita de Plata le negó la vereda, cuando iba a encomendar un alma.

¡Ave María!

¡Mi tonsura ha sido ultrajada por un carajuelo!

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

¡Qué sacrilegio! ¿Y vosotros aquí que buscais?

¡Jesús, mil veces!
EL ABAD vuelve a entrarse por la puerta de la sacristía. Bias
de Miguez le sigue sonando las llaves de la iglesia. Doña Yeromita, con
la rueca m la cintura y los brazos en aspa, baja la escalera del patín.

PEDRO ABUIN

La cabeza que nos acaudille.
DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

No hableis todos a una. ¡Ay, Dios, que me entere! ¿Con quién
tuvo mi hermano ese mal encuentro?

¿A mi hermano?
PEDRO ABUIN

Justamente. ¡No es otro mi clamor!

SEBASTIÁN DE XOGAS

Con un hijo del Mayorazgo.
DOÑA JEROMITA

¡Si aún somos parentela!
PEDRO ABUI~

En Lantañón no saben de parentescos. Allí todo es fuero y
altanería.
DOÑA JEROMITA

¿Es que volveis a cuestionar el pa~o por los arcos? ¡Cuándo tendrá fin ese pleito!
82

SEBASTIÁN DE XOGAS

Y el nuestro por el igual. No eres tú el solo. Tú eres uno como
los más, y no te pongas el primero. El clamor de todos es tener por
cabeza a nuestro Abad.
EL ABAD, negro y escueto, se aparece en la puerta de la sacristía,
con el breviario entre las manos. La tropa de chalanes y boyeros queda
silenciosa esperando que hable, y la dueña pilonga con la rueca en la
cinta y el huso bailándole al flarzco, se espanta en el ruedo del halda,
los brazos abiertos, aspadas las manos.

�LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

LA PLUMA

¡Por el padre, pongo en la lumbre las manos! No me extrañaría
de los otros bigardotes, pero sí de Carita de Plata. Ya sabe cómo
anda enamorado.

EL ABAD

¿Qué esperais?
SEBASTIÁN DE XOGAS

EL ABAD

Su resolución esperamos.

¡Alma de Lucifer!
EL ABAD

DOÑA JEROMITA

Y yo espero a saber si sostiene la mala acción del hijo, el viejo
Montenegro.

De cierto que estaba bebido.
EL ABAD

DOÑA JEROMITA

¡Si como iba a encomendar un alma, hubiera llevado el Santolio!

¡Ay, hermano, para este sofoco le hará bien sangrarse! ¿Por la Virgen, diga, cómo ocurrió ese desavio?

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

EL ABAD

EL ABAD

¿Qué preguntas, si estás enterada?

¡Condenado! ¡Irremisiblemente condenado!

DOÑA JEROMITA

SEBASTlÁN DE XOGAS

¡Jesús mil veces! ¿Y ha sido con Carita de Plata?
EL ABAD

¡Casta de soberbios!
PEDRO ABUIN

;

Con ese Luzbel.

La fama de lejos les viene. ¡Montenegros! ¡Negros corazones!
DOÑA JEROMITA

MANUEL TOVIO

¡Estaría alumbrado!

¡Negras almas!
PEDRO ABUIN

EL ABAD

¡Maldita casta de lobos!
DOÑA JEROMITA

¡Ay, hermano, no la reniegue, que aún nos alcanza una gota de
esa sangre! ¡Recuerde que demora nuestra sobrina bajo las tejas de
Lantañónl ¡Que allí la criaron!
EL ABAD

Pues la sacaré de esa cueva. Si el padre autoriza la violencia del
hijo, romperé para siempre las amistades.
84

.,

¡Señor Abad, póngase como es ley de justicia a la cabeza de sus
feligreses!
EL ABAD

Ya os he dicho que espero.
SEBASTIÁN DE XOGAS

Viene a significarse que su consejo es la prudencia.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL ABAD

Me la arranco.

Yo espero, espero, espero.

DOÑA JEROMITA

SEBASTIÁN DE XOGAS

Y a todos nos conviene ese parigual, en tanto transcun-en estas
grandes ferias de Viana. Después se verá.
PEDRO ABUIN

Todo es visto. Hay qt1e meter los ganados por Lantañón. ¡Hay
que meterlvs y venga lo que venga!
SEBASTIÁN DE XOGAS

Pedro Abuin, no hay cordura donde falta prudencia. cCuál viene

Muera el cuento.
EL ABAD

Jeromita, saca un jarro de vino para que estos amigos se refresquen. Yo voy a rezar mi breviario.
EL ABAD se quitó el bonete, signóse de prisa, y paseando a la
sombra del muro, comenzo el rezo canó11ico. La tropa dt chalanes se reparte por el murete de la quintana, eu espera del jarro de mosto. Era famoso el vino de la Rectoral.

a ser el consejo de nuestro Abad?

ESCENA QUINTA

EL ABAD

Yo no he dado ningún consejo. Cada uno es libre de reclamar
como mejor le cuadre, por la mala o por la buena. Yo en el ínterin
espero.
RAMIRO DE BEALO

El Señor Mayorazgo, si le rogamos, mudará de idea. Hay que esperar una virazón de su genio.
DOÑA JEROMITA

Pues id a verle.
PEDRO ABUIN

Otros fueron y solamente sacaron malos textos.

EL ATRIO DE LIMONEROS en el Pazo de lantañón. Doña
Jeromita aparece sobre un borriquillo con jamugas, saltante al trolt
titiritero, bien repartido por los bastes el vuelo de su falda de o,gandí,
y el manto con alfileres. Bias de Míguez, el sacristán, que viene como
espolique, azota el anca del borriqz,illo con una vara de verde avella110.
Entran por el gran arco con escudos y cadenas. La dudza pilonga descabalga en un poyo, tapándose las canillas, y el sacristán, con los brazos abiertos, está atento, sin tocarla, respetando aquella honesta pulcritud de abadesa.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil v_eces!

EL ABAD

Pues yo iré y no me los dirá.

EL SACRISTÁN

¡Solamente falta que nos echen los perros!

SEBASTIÁN DE XOGAS

Por levantado que sea, tiene que respetar la corona.
86

DOÑA JEROMITA

¡No me sobresaltes!

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL SACRISTÁN

Pues otra cosa no sacamos, Doña Jeromita.
DOÑA JEROMITA

I!:!, SACRISTÁN

Ni por malas ni por buenas entrega a la paloma el Mayorazgo.
¡Como a hija la tiene!

Eso ha de verse.

DOÑA JEROMITA
ET, SACRISTÁN

Hay que considerar que venimos dos O\'ejas contra un lobo. ¡Dos
cativas ovejas!
DOÑA JERO~f!TA

No me quites ánimo, con esos romances.

La ley me ampara.
EL SACRISTÁN

Se ríe de leyes el viejo Montenegro.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús mil veces!

EL SACRISTÁN
. 1

Este era pleito para el Señor Abad.
DOÑA JEROMITA

Son genios iguales mi hermano y el Mayorazgo.

S ABEL!TA aparece por la sombra de los limoneros: Canta la
nota popular y dramática del hábito morado, en la penumbra verde.
Tiene la niiza esa expresión triste que tienen las dalias en los flore ros.
Viendo a la dueña pilonga, corre a ella.

EL SACRISTÁN

¡Pues mismamente! A un fiero, otro fiero.

SABELITA

¿Ocurre algo, mi tía?

DOÑA JEROMITA

De un acaloro entre hombres, hasta puede sobrevenir un patíbulo.
Si hoy viene mi hermano, se pierde.
EL SACRISTÁN

DOÑA JEROMITA

¿Nada sabes?
SABELITA

¡Nada!

¡Si así se considera!. ..

DOÑA JEROMITA
DOÑA JERO!IUTA

Te mandé un aviso.

Yo creo que me oirá el viejo Montenegro.
EL S-.CRISTÁN

Para mi cuenta era m~jor no haber venido, y esperar una virazón.

SABELITA

Pues no ha llegado.
DOÑA JEROMITA

Vengo para llevarte. Disponte.

DORA JrnOMITA

Pero en el ínterin no puedo dejar a mi sob~ina bajo estas tejas.
88

SABELITA

¿Qué sucede?
89

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

A tu tío, cuando iba a encomendar un alma, se le opuso como un
ángel rebelde el malvado Carita de Plata.
SABELITA

SABELITA

Escuche mi tía: No se entreviste con el padrino.
DOÑA JBROMITA

¿Qué recelas?

¡Santísimo Señor!

SABELITA
DOÑA JEROMITA

Vuélvase a la Rectoral.

Y vengo para llevarte.

DOÑA JEROMITA

SABELITA

Y tú conmigo.

¿Mi padrino lo sabe?

SABELITA
DOÑA JEROMITA

Tenga espera, mi tía. ¡No me lleve!

Si lo sabe y lo consiente, vamos a ponerlo de manifiesto.
SABELITA

¿El tío cómo queda?

DORA JEROMITA

¡Ya estás llorando! ¡Guardas a los tuyos menos ley que a estos
lobos!

DOÑA JEROMITA

Hubo precisión desangrarlo.

SABEJ,ITA

¡Me criaron!
DOÑA JEROMITA

SABELITA

¡Ay, Dios! ¿Y me llevan para siempre?

¡Rebélate contra tu sangre! ¡Quédate!

DOÑA JEROM1TA

Para siempre i;erá, si tu padrino no contralleva la mala acción de
ese Barrabás.
SABELITA

SABELITA

¡No me rebelo!
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¡Seca esas lágrimas, no quiero verlas!

¡Cara de Plata!. .. ¡Vena de loco! ¡Alma de trueno!
SABELITA
DO?lA JEROMITA

¡Un condenado!

Acaso ... No sé ... Cara de Plata, si yo le hablase ... Porque él no
es malo.

SABELITA

No es malo, aunque lo parece.

DOÑA JERÓMITA

¡Perverso!

DOÑA JEROMITA

¡Un réprobo!

SABELITA

¿Pero cómo le hablo?

�LA PLUMA
LA PLUMA

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¿Responde, niña, qué media entre vosotros?
DOÑA JEROMITA

SABELITA

¡Nada!
DOÑA JEROMITA

..

¿Sin fundamento?
SABELITA

Sin fundamento.

¿No es tu cortejo?
SABELITA

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

¡Hazle la cruz, niña! ;Hazle para siempre la cruz a ese malvado!
y lo que tengas en el corazón sepúltalo bajo siete estados de tierra,
Disponte a seguirme.

SABELITA

SABELITA

¡Inventos!
¿Lo jurarías?
¿Para qué me pregunta, si luego no me cree?

Ay, mi tía, tenga espera.

DOÑA JEROMITA

¿Y el propósito de mediar con ese descomulgado, qué representa?

DOÑA JEROMITA

1Y tú miramiento!
SABELITA

iABELITA

Todo puede arreglarse.

Una idea que me acudió.

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

A eso vengo. ¿Dónde mora tu padrino?

Tendrá algún fundamento.

SABELITA
SABELITA

¡Ay, mi tía, no le hable, no le vea!

Que desagraviase al tío.

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROl\lITA

¿Qué temes?

¿Esa esperanza tienes?

SABELITA

SABELITA

¡Su genio altivo!

No sé.

DOÑA JEROMJTA
DOÑA JEROMITA

¡No me sobresaltes!

¿Tanto es tu influjo sobre ese Satanás?
SABELITA

¡Pobre de mí! Me acudió esa idea.
92

SABELITA

¡Mi padrino es un rey!
DOÑA JEROMITA

Pues yo seré una reina. Me veré con ese lobo cano, para saber
si ampara la mala acción de su lobezno.
93

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

SADELITA

¡Ay, mi tía, si esté por llevarme, lléveme sin que me vea! ¡Sin que
lo sepa!
DOÑA JEROMITA

¡Entrometimientos, Bias!
EL SACRISTÁN

¡Ay, que me rachan la ropa los canes!

¡Jesús, mil veces! ¡Pronto mudaste! ¡Declara tu recelo!
SABELITA

DOÑA JEROI\IITA

Por tener el pico largo.

¡Pudiera oponerse!

EL SACRISTÁN
DOÑA JEROMITA

¡La ley me ampara! Me veré con tu padrino, y a sus palabras
corresponderán mis procederes.
SABELITA

¡Quise evitar una guerra civil! ¡Ay, que la ropa los canes me
rachan!
SABELITA

¡Suéltele, padrino, que está espantado!

¡El padrino!

EL SACRISTÁN
D.:&gt;ÑA JEROMITA

¡Ay, mi ropa rachada!
EL CABALLERO

Déjale llegar.
SABELITA

¡Calla, maldito, que aún no te llegan a las carnes!

No cuestione, mi tía.

DOÑA JEROMITA
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

Ponte a mi vera.

EL SACRISTÁN

¡Más me duele la ropa que las carnes!

EL MAYORAZGO, que salía por la puerta de su torre, se ka detenido en la gran sombra de piedra. Bias de Miguez, el sacristán, salta
y gime alflanco del linajudo, que le prende de una reja con mofa feudal, cercad() de perdigueros y galgos.

EL CABALLERO

Eres un filósofo.
J:L SACRISTÁN

¡Un pobre desamparado!

EL CABALLERO

Este zorro viejo me ha traído una embajada.

EL éABALLERO

Entra en la cocina, y ampárate con un jarro de vino.

EL SACRISTÁN

¡Por tu santo servicio lo hice, Jesús Crucificado!
94

EL SACRISTÁN

¡Ay, mi ropa rachada!
95

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL SACRISTÁN, renqueando, éntrase por el enlosado zaguán,y
en la sombra sonora del arco, ríe, con su ruda risa feudal, el viejo
Montenegru.
DOÑA JEROMITA .

¡Qué genio fanático!
EL CABALLERO

¿Cómo queda mi amigo el cl_érigo?

EL CABALLERO

¡Conforme! Pero este no puedo darlo.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¿Quiere decirse que sostiene la heregía de su
rapaz?
EL CABALLERO

Estoy obligado.
DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

Con arrebato de sangre, pienso que lo sabe.
EL CABALLERO

¿Sabe bien lo que hizo?
EL CABALLERO

Y lo lamento.

Siempre ha sido en la mesa un templario.
11
1

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! Otra causa motiva su achaque, y es el oprobio
que Je hizo un vástago de esta casa.

DOÑA JEROMITA

¿Entonces por qué lo sostiene, y rompe las amistades?
EL CABALLERO

¡Yo no las rompo! Pero tengo que llevar recta mi vara.

EL CABALLERO

DOÑA JEROMITA

Tarde o temprano habrá de doblarla.

Ya conozco ese pleito.

EL CABALLERO

DOÑA JEROMITA

No lo esperes. Conozco el propósito que traes. Sé a lo que vienes.

¿Y cómo lo sentencia)
EL CABALLERO

¡No puedo romper la vara de juez que me ha puesto en la mano
el Diablo!

DOÑA JEROMITA

¿Y qué dice?
EL CABALLERO

¡Nada!

DOÑA JEROMJTA

DOÑA JEROMITA

¡Algo dirá!

¡Jesús, mil veces!

EL CABALLERO

EL CABALLERO

No puedo dar ese mal ejemplo en mi casa.
DOÑA JEROMITA

Y da otros peores.

¡Nada!
DOÑA ]EROMIU

¡Jesú~, mil veces! ¿Qué encubre?
VII

96

97

�LA P L ü ~1 A

LA PLUMA
EL CABALLERO

¡Nada!

EL CABALLERO

¡Acaso! Acércate, ahijada.
DOÑA JEROMITA
DOÑA JEROMITA

¡No extrañará que le reclame la oveja de mi corte!
EL CABALLERO

Bésale la mano a tu padrino, y vamos caminando.

No lo extraño.

EL CABALLERO
DOÑA JEROMITA

¿No se opondrá a entregármela?

¡No llores, niña! Comprende que no puedo torcer mi vara.
SABELITA

EL CABALLERO

No la tuerza. ¡Adiós para siempre, padrino!

¡No me opongo!,
DOÑA JEROMITA

Puestas en discordia las familias, hasta por miramiento me
cumple reclamar la sobrina. ¿No lo estima de esa conformidad?

EL CABALLERO

Para siempre no. Tú volverás.
SABELITA

EL CABALLERO

¡Quién sabe!

¡Un rayo te parta!
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

EL CABALLERO

¡Si Dios no lo quiere, lo querrá el Compadre Coronado!
SABELITA

¡Adi?s, piedras de Lantañónl
DOÑA JEROMITA

, .
'
¡Seca prontamente esas 1agnmas.
EL CABALLERO

No llores, niña. Tú volverás, que el tiempo es mudanza.

B LAS DE MI G U E Z sale por la puerta de la torre con unjarro de vino, borracho y bailando. La vieja pilonga se espanta en el ruedo
de su falda de organdí,y renueva la risa el viejo linajudo, mientras lzalaga blanda1nente la cabeza de la niña, que se arrodilla para besarle la
mano. E1i la penumbra verde de los limoneros, la nota morada es uit
grito dramático.

DOÑA JEROMITA

y muerte también.

FIN

DE LA JORNADA PRIMERA.

EL CABALnRO

También.
DOÑA Ji:ROMITA

Y castigo.
98

99

�L A PLUMA

CUATRO SONETOS
CONCEPTOS A UNA ZAGALA ARCÁDICA

l
1

:lJiáfana luz y claro pensamiento
el húmedo cristal de tus pupilas
difunde. Gl titilar de las esquilas
vesperales uniéndose a tu acento
reparte con la mansa voz del viento
el espíritu de las hipsipilas
celestes. .La invisible rueca en que hilas
tus sueños gi.ra en blando movimiento
sin que tus dedos-rosa y nácar- muevan
la virtud prodigi.osa que a tu mano
imprimieron las f/{,adas tus madrinas.
.La transparente· linfa en que se abrevan
tus líricos rebaños, el arcano
redil refleja al que gentil caminas.

1

ES TÍ O

.La verde pompa que no filtra el rayo
-ígneo dardo del sol que la ballesta
de la 91.urora dispara a la floresta
y con su luz enciende la de ;J,t,ayo,
;Junio dora, calígi.no desmayo
tropical vierte en f!ulio, y con que presta
brasas al rito virginal de CVestala verde pompa aquí fresco soslayo

me prepara en las líricas umbrías
donde con gusto mi razón navega
perdiéndose en soñadas armonías.
fMientras con su guadaña el tiempo siega
la cosecha inexhausta de los días,
y paso a paso 91.mor hasta mí llega.
INVOCACIÓN

cleñor ¿dó tu divino ser se esconde
que aún no me ha sido dado hallar tu huella?
¿Gn el Juego del sol? ¿Gn la alta estrella
lágrima de la noche? :lJíme dónde;
pues que vano ha de ser que ciego ronde
en torno al corazón de la doncella
o en derredor de toda cosa bella,
por ver si a mi oración tu eco responde.
fHaz que callado un punto el universo,
en la mística sombra en que me hundo
pueda yo ir modelando verso a verso
tu faz, &lt;Señor, copiada en el profundo
lago interior del alma, sin que el terso
cristal se empañe con el vaho del mundo.
IXSOMNIO

;J,t,ás negra oscuridad tiene la fNoche
hoy para mí. $oñando estoy despierto

�LA P L U 11 A

macabras pesadillas. 01 incierto
sobresalto sus muecas de fantoche
sonámbulo repite en el desierto
de mis cavilaciones. .Luego un coche
rueda fantasma por la calle. 01 broche
de mis cábalas tristes sigue abierto.
'Godo porque, la luna tras la lenta
nube que ayer fraguaba la tormenta
no pudiendo tender su argéntea alfombra,
sin reflejo me vi. Dtias ya trasciende
por el balcón el sol que el día enciende.
eon esa luz recobraré mi sombra.

c.

RIVAS CHERIF.

POSESIÓN
9l fMiguel &lt;Salvador y Carreras.

n

al descender del tren en el apeadero campesino . y ser estrechado por los recios brazos de mi tío Santiago. parecióme
descubrir en su semblante algunas huellas de preocupación
que venían a enturbiar la muy sincera y franca alegría que le
causaba mi visita. No pude menos de poner cierta secreta alarma en las
sacramentales preguntas de:
-¿Y en casa? ¿Cómo están la tía y Santiago?
-Bien ... Bien ... Como siempre ...
Mas después, por el camino, al subir en su ~cesto», al alegre trotecillo de las valientes jacas, cargadas de repiqucteadores cascabeles, la carreterilla que, entre sotos y pinares, prados y maizales, llevaba hasta la
quinta, cuyas blancas paredes brillaban en Jo alto de la colina entre las
redondas copas de los castaños, fué afianzándose cada vez más en mí la
idea de que a mi tío «le pasaba algo». Jamás lo había visto así. Había
no sé qué de forzado en las sonrisas que me dedicaba, en las palmaditas
que me daba en la rodilla de cuando en cuando, en sus expresiones de
contento porque tampoco aquel año dejara de ir a pasar en su compañía el día de su santo ... ¿Qué Je ocurriría? Enfermedad suya no debía
ser; jamás se le había visto tan fuerte y sano como desde que, dos años
antes, se había retirado de los negocios, traspasando en excelentes conA

103
102

�LA PLUMi°

~
~vivir
...,..u~~~~171r f.u~t1t..~yrobusta
~ajn_~ dí~ an~~ graaas a
~ í a venir la
preocupación.
uel mue
illo, hijo único del matrimonio, habíase
criado siempre, y sin saber por qué, con la salud más precaria. Apenas
era creíble que de semejantes padres hubiera podido originarse aquel
vástago débil, canijo, p ~ c~i,.~ ~ ~da suerte de males. Hacíase
querer por la dulzura de .G ciar!ctefy~ tonrisilla: espiritual y bondadosa que casi sin cesar iluminaba tristemente los delicados rasgos de sus
enferm~ facciones. ,t pesar_pe JU clara inteligencia, no había habido
m~de aedlca1tlbi ntíi~riftlue de estudios, con gran disgusto suyo,
y el buscar su fortalecimiento era el principal motivo que habían tenido
•• pacires, qa~lo adorabab,. p,ara :retira~ a '9i\fir en el campo.
El,«cat&lt;»&gt;: • detu\'ICJ ante la -puet1a del jardín, y mi tía, que debía
_,.. esiaclo acechamlo nuestra llegada, me recibió en sus brazos y me
eebrió de .btsos, rcle¡áadome la faz bal'iada en llamo. Hubiera debido sorprendeane aquelaneb,a~~n:persowa, aunque afectuosa, tan equilibrada
y dueña de sí, pero no me dejó reparar en ello algo inesperado que advertí entonces y que me dejó cuajado de estupor, sin que con palabras
ni caricias pudiera corresponder a las- ternezas de la buena señora. Por
lás'.llbiertu:ventanu de la Al~ arrancados al piano con indecible brío y
maesairía, l&gt;Nta\Jaw.a ~al• loll excelsos acordes de la Polonesa m fa,
cié Oaopin. Melómano apastonadfsimo, no había perdonado yo ocasión
en que oír a: IGs- mu grndei MÚSié?OS europeos; sin embargo, parecióme
amaa que jamó había ~hado nada semejante; aquel pianista, a
fuera de getnialtdácl,, lf1graba crear por segunda vez, infundiéndole un
catícta ~utamefitt ~gihill, ta tan traída y llevada Polonesa.
-~wa s? l!Quíén fdcli'-pregunté maravillado, pues en casa de
mis: áol s.le111pte hwbíarr sido todos absolutamente ajenos a la música.
--¿Qui4n ha idfJ ..m JEI hifto!
....JSánttagultef--exdmn@ ton un asombro aún mucho mayor.

-Como lo oyes.
-¡Pero si no puede ser, tía! Si a estas horas apenas habrá en el mua4P en~ quien pueda tocar esa Polousa de ese modo.
-Pues no es otro, sino él.
Y allí mismo, al pie de la ven.,_oa de donde surgía la cascada de sonidos, quitándose la palabra uno a otro, los dos buenos viejos fueron
dándome a conocer los antecedentes de aquel hecho que tanto me asombnba. Algunos días antes, Santiaguito, que acababa de cumplir los diez
y siete años y que jamás, ni en la cosa más pequeña, había dado el menor disgusto a sus padres, pretendió de pronto, y con una violencia
nunca en él conocida, que le compraran un piano. Fueron inútiles todos los razonamientos que para disuadirlo le presentaron. &lt;Qué iba a
hacer él con un piano si ni siquiera sabía cómo se ponían las manos en
el teclado ni tenía quien se lo enseñara? Con impaciencia '8da vez mayor aferróse tercamente a su idea, y en tal estado de excitación llegaron
a verlo, que, a la otra mañana, su padre, que jamás le había negado cosa
alguna, se fué a la ciudad e hizo que le enviaran, sin perder momento,
el primer piano que pudo encontrarse. Antes de la noche, ya estaba el
instrumento instalado en la sala. Entonces el muchacho, que todo el
día había esperado loco de impaciencia, sentóse ante él, y como si en
su vida no hubiera hecho otra cosa, con la mayor agilidad y dominio
había echado a volar sus manos por las teclas, tocando las cosas más enrevesadas. Mis tíos, aunque nada entendían, habíanse quedado estupefactos. Pero bien poco les duró la alegría: no hubo fuer7.U humanas que
arrancaran del piano a Santiaguito para llevarlo a cenar, y costó Dios y
ayuda que, cerca ya de la madrugada, dejara de tocar para irse a la cama.
Sin embargo, no bien fué de día estaba ya otra vez ante el piano; y desde entonces, casi sin _comer ni dormir, se pasaba días y noches tocan~
do... Iba a acabar consigo ... Y lo peor era que no encontraban manera
de dominarlo ... ¡Tan obediente y cariñoso antes!... Pues ahora se ponía
como una fiera si pretendían que se levantara del piano... Gritaba... Pataleaba... Casi había llegado a pegarle a su madre... ¡Y miraban de un
modo sus ojos! ... Digo, sus ojos... ¡Si no eran los suyos, Dios mío, si no
105

...

�LA PLUMA
eran los suyos!. .. Eran otros, ardientes y terribles, que sabe Dios de qué
modo hab/an venido a albergarse en sus cuencas.
Entre tanto, acabada la Polonesa, el pianista había acometido con
magistral bravura el San Franc:sco marchando scJbre l,1s ondas, de Listz.
-Ven, ven y lo veras-dijo la madre.
Entramos de puntillas en el gabinete inmediato a la sala, y pude
contemplarlo a través de la puerta de cristales. Si antes me había llenado de asombro el oirlo, casi fué mayor el pasmo que sentí ahora al mirarlo. ¿Qué había de mi primo, siempre tan dulce y modesto, en aquel
pianista, que, sacudía con soberbia su cabeza al compás de la música,
consciente de su poderío, y lanzaba terribles zarpazos al tembloroso
piano, tendido ante él como bestia recién domeñada, mientras la casa
entera se llenaba con la tempestad de armonías que nacían de aquella
lucha sobrehumana~ Ahora eran los acordes de la •..Jpasionata de Beethoven lo que brotaba majestuosamente de sus manos.
Al cabo de un rato, de contemplarlo, sin poder creer apenas lo que
percibían mis sentidos, reparé en que no tenía ante sí ningún libro de
música en el atrtl del piano.
-Pero ¿toca sin papel?
-¿De qué le serviría?-respondió el padre-. Jamás conoció ni
una nota.
-¿Cómo será posible? ¿Cómo será posible?-repetía yo cada vez más
maravillado, ya que las fuerzas de mi razón se consumían en vano por
comprender aquel hecho increíble, inexplicable, pero cierto-. Sólo
creyendo en milagros ...
-Sí-dijo la madre-; de Dios o del diablo.
Entramos en la sala en un momento en que el pianista había dejado
de tocar, y con aire de extremada fatiga se pasaba un pañuelo por el
sudoroso rostro. Apenas pareció saber quién era yo ni correspondió a
mi saludo.
-Deja, por Dios, ese maldito piano-imploró la madre-; sal con
nosotros al jardín y merendarás con tu primo.
-No, no; no puede ser, no puede ser-gruñó rudamente, y sin de106

LA P L U .\ l A
cir otra palabra, dejó caer las manos sobre el piano. de donde surgieron
con bárbaro esplendor los primeros sones del Carnaval de Schumann.
Sus pádres y yo, preocupadísimos, nos dejamos caer, al otro extremo de Ja habitación, en el sofá y las butacas. Yo estaba a cada momento más espantado. ¿Qué le había ocurrido al pobre muc~acho para que,
sin haber oído en toda su vida otra música que las canciones de la cocinera, pudiera tocar de repente con aquella mar~villosa perfección todo
el repertorio de un gran pianista? Además, parec1a en extremo alarmante su estado de salud. Su delgadez era ya esquelética, su color era el de
un cadáver, su cara ya LJ.O era más que lividez de ojeras en ~edio de las
que refulgían lúgubremente las encendidas brasas de unos o¡os, que no
parecían los suyos, como había dicho su madre. Weber venia ahora
detrás de Schumann.
Me levanté sin ruido e hice señas a los tíos para pasar al gabinete de
al lado.
-¿Cuántos días dicen ustedes que lleva de este 1:°ºd~?
-Hoy es el trece. El primero le trajimos el maldito piano.
-¿Y qué dice el médico?
-¡El médico!
.
.
-¿Pero no lo han llamado? Es urgentísimo. El pobre Sa~uagu1to
sufre una terrible excitación nerviosa. Hay que hacer todo lo posible para
calmarlo.
En seguida marchó el jardinero a la ciudad en busca del doctor. Nosotros nos dejamos estar en el gabinete, oyendo aquel poi:entoso to:ren~e
de música entre cuyas oleadas parecía irse a chorros la vida de la infehz
criatura. Todo Jo dominaba por igual: fugas de Bach, sonatas de Beethoven, valses y estudios de Chopin y de Listz, fantasías de Sc~u~ann,
rapsodias de Brahms, impresiones musicales de Debussy o Al_bemz, Borodine o Strawinsky. Cuanto surgía de sus dedos, por conocido y vulgar que fuera, cobraba misteriosamente un inefable prestigio d~ novedad, adquiría una trascendencia y vida nunca sosp~chada, volv1a. a tener aquel prístino y virginal encanto con que por primera ;ez hab1a sur:
gido en lo escondido del espíritu del artista que lo hab1a creado. M1
107

�LA P f, U :VI A
ánimo oscilaba entre el dolor y el entusiasmo: dolor por ver tan en pe-

:I
1

1J

ligro la razón y la existencia de aquel pobre niño que lo era todo para
sus padres; entusiasmo porque por primera vez en la vida me era revelado, como en su auténtica fuente, el arrebatador hechizo de la música,
en parangón con lo cual era sombra vana cuanto había logrado oír hasta
entonces.
Aún no eran las ocho cuando llegó el médico. Parecióle muy grave
la situación del enfermo y ordenó un enérgico tratamiento sedante.
Con mil trabajos logramos hacerle tragar unas pócimas que le recetó,
le dimos un baño tibio, lo acostamos.
Durmió pacíficamente toda la noche, la otra mañana, y aún seguía
durmiendo cuando llegó el médico por la tarde.
-¿Duerme aún? ¡Magnífico! No lo despierten por nada del mundo.
No creí que tan pronto hubiéramos podido triunfqr de un trastorno tan
violento.
Se fué dejándonos a todos algo más animados. El enfermo siguió
reposando con el sueño de un recién nacido el resto de la tarde y la
noche.
Serían las nueve de la siguiente mañana, estábamos aún desayunándonos en el comedor, cuando se nos presentó con su ropa de dormir, tal
como estaba en la cama. Tenía otra vez su dulce y bondadoso aire habitual y estaba pálido, flaco y decaído como si convaleciera de grave enfer
medad. Los padres se angustiaron mucho al verlo llegar así, pero él aseguró muy alegre que se encontraba mejor que nunca, me abrazó con
gran cariño, celebrando que también aquel año hubiera venido a hacerles mi acostumbrada visita. Comprendí que no recordaba haberme visto
antes.
Lo obligaron a que se vistiera, le sirvieron el desayuno, que tomó con
excelente apetito. Pasan .os después a la sala.
-¡Hombre! ¿Un piano?-exclamó palmoteando-. ¡Qué idea! Es lo
que más falta hacía en esta casa. Ahora verá usted, señor primo, qué
concierto Je doy. Un «recital», como creo que se dice ahora.
Sus padres y yo nos quedamos helados al verle levantar la tapa del
J08

LA P L U ~I A
piano, sentarse ante él. .. ¡Dios mío! ¿Cómo no se nos había ocurrido hacer llevar de allí aquel condenado instrumento?
-Fijaos bien -decía con gran regocijo, sin reparar en nuestras caras
de espanto-. Ni Paderewsky lo hace como yo.
Y con un dedo solo fué tocando torpemente: «No me mates, no me
mates ... »
Volvióse hacia nosotros, que estábamos pálidos y temblorosos, y exclamó con una gran carcajada:
-Veo que habéis enmudecido de entusiasmo. Si tanto os ha gustado, lo tocaré otra vez, pues aquí da fin todo mi repertorio. ¡Cuándo yo
decía que nada era tan necesario en esta casa como un piano!
RAMÓN MARlA TENP.l!IRO.

109

�PÁGINAS INACTUALES

EL CAUDILLO
(de 1Ql5 Vélez) era """ di los ~/eros #l4s vaúrosos ~I ~1111do, pw.liñ,dose co11tar_ mtre los 111ds ti/#r1s
dt Espana, 111tlusos tllJtUl/os t}tu tu1Jzeron #lás no,n/JradJa,
t01'l0 ti Cid, ti c"""4 Ftntá11 GonBálea, &amp;r11arrio dti Úlr·
jio, Y otros capitmus españoús m11y esclaret:idlJs. Esto lo &amp;O#fi,wd ti
e,nptr~&gt;r don Carlos V, 1'11estro seiíor, esta,,do en Cartagma de 1n11/ta
de A,jtl, y""14lt a IJesar las 111anos ti 111arqllls don Pedro, padre dtl
don Luis. dt quien alwra vatamos; y q,u l,alJilndole abrazado y levantado del s111/o donde estaba de rodillas, le dijo lo primero: «mar9uls,
/Jun, kijo tenlis,y óim podlis decir tJUI es u110 de los bumos de España:
asl lo Iza mostrado en todas las ocasioMts que se Iza !,a/lado co11migo.&gt; A
Jo Cllal respo11dió ti 111arquls don Pedro: «señor, yo y él estamos al ser'Vit:io tk 11utstra real y cesdrea Ma;estad /,asta la muerte.&gt; Tonidle ,.
abrasar ti emperador, dicieNio/e: «tal SI tune entendido tkJy de VOS.&gt;
..• E.r puts de saber tJM ,J smor &lt;Ion Luis na 1,omóre 111uy gmtil, de
rtcios y doblados miq,/Jrc, te1lia doee ¡alt111S ti( alto, tres de espalda
Y otros tres de pee!,,; forllido de /Jru'N y jÑrMaS, '4 pantorrilla gruesa
Y iien l,ecl,a a l ~ de su taHt, el vado et la pi,,_ delgado, de t,iJ
ma11era, 9ue j ~ p11do g(I.Star /Jot4 dt! cordobán j1t.rta, si "° fuese de
ga111ito de ~ s ; calzaba trece y 111/Ís putos de fe, y era tan bim
trabado, nluc/,o y d#ú, qw no st «Wa de wr s11 altura; el color mormo cetrino, los ojos grandes rasgados, Jo blanco dellos con algunas
foras de sangre, de espatela/JJe aspecto; usaba la baróa crecida y pei11ada, Y alcanzaba grandísimas fwrsas; cuando miraba mojado parece
que le salía fuego de los ojos; era súpito, valiente, deürminado, memigo
de 111mtiras; trataba bim a st,s criados, especial,,,enü a aquellos qw lo
merecwn; por poca ocasión tenía a un l,ombre preso 1Jti11te años, dándo-

11

J. 11111rqllls

110

l.A PLUMA

""'°'tabt,

/l ali# &lt;H aJIIU1"i c""""'1 11 lfll!iaba.
a ltls ,,.,os, ~111
,-.J diJaWr~; I"' lilsp,,ls 1M ~ el n,q¡.. lt.Jlff/N, tlt /p p1 J,s
Wla didlo, y lts Jt"4 p,rdó,,, dicil,u/,o: cg,w "° ,r11, flflis n, n . . .,,
ne, l.!,, edil, a le jada Jlrdw los limitts '414 raed,,.• Era grll#IÚ lw:,,,/ntt
¡, cahllo; ,uaba sitmprt la M"ida,y ;artda 111 las illa a /diascofin,11;
pada ves t¡#I mo,stúa l,acia al cúallo ün,b/ar y orinar; n,teodlt, l&gt;i•
t:.flalt¡uitr suerte de fre110; s11 vestido de ""'"14 erapardo y vtrde 7 wora(/IJ; las botas qw caluba "4óia,, de ser blancasy abiertas, a/Jrockadas con
ftwdones; era /arguísi.o gastador, y Unía cwtro despensas de gran 1sp111t4o, ,ma 111 Vl/16 el Blanco, otra en Vl/111 ti R14bio, otra en las. C,uvas y otra 11, Allzama; era 111uy sabio y discreto, eztrnnado m /Jurlasy
de costulllÓrt oir misa a la ,ma del dJa _v a las doce, tlt
wras;
Sfllt'lt q111 los capell~111s no II podla,,, sufrir; ccmda UNJ sola vt11 al día,
J IZ!flUIH' comida tra tal, que /Jastaria para satisfactr a ,uatro l,"'9./Jres,por l,a,nbrt que tuvustn; en la cowida "° bebía n,Js de ua vt11,
1llás tll}utlla buena, de 4gua y dt ww "-"Y tn,plado, JI esto al acaó,.
Negopaba de noclu,y así se ióa a dormir cuando los otros se leva11taóm,; andaóa sin,,pre co,, su capa cobijada a las espaldas, espada y dtJra
umdas,y esta era ta#IÓil• de nocl,e. Por el dia u ocupabapri11cipal11St11tt m tirar al blanco, ora co,,, escopeta, ora co,i ballesta, y m ,wrJo gmti/, si era verano, sit,,,pre sin gorra, y si inwr110, co• "" .ron,htro de 11111"/t ,-uy pespunteado. Era gran j11Stador y torna1'11; desltllbarazaóa con gran futr11a u,ui caña, de manera que si daba m la
adarga la aporli//ab11; muy amigo de lkvar ,ma pluwa peptia al lado,
.1 parecía n,uy /Jim a caballo, de tal suerte, que se conocúra mire cien
/,o,n/Jres; tenía de espaldas MtÚ /unnoso Vtr IJUI por dt/a1'11, y cllalUJo
salía a pie en com,pañía de otros sobresalía entre todos; tenimdo armados
ti cuello y cabeea pareda estr1111ada11W1te bim. Entre mil l,omóres que
se /zallara, sn,uja/Ja ur seiíor de todos ellos por la gra1Jtdad de supersona y ahidalgado talle. Estando ua wa ti# la 111arina acompañado de

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111

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LA PLUMA

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1

mucha gente de a caballo y de a pu, saltó en tierra el capitá1t de una
galeota, _11 llegando adonde estaba t'l marqués, miró a todas partes, tanto a los de a pie como a los de a caball,1; y aunque entre unos y otros
lzabía hombres de mucha g,avedady buen asptcto, se fué al 1; arqttés y
le dJj{I: «tú eres el sáior de t11da esta gente», de lo cual se maravillaban
tod.os. Se halló muchas veces en escaramuzas y peleas con los turcos,y
en la batalla de Porman alanceó por su mano a más de cincuenta dellos; siempre tiraba el golpe de revés,y llevaba la lanza atada a la muñeca del brazo con un .rrrueso cordón de s,da verde; sus armas eran finísimas. Peleando una vez en Cartagena con los turcos, que vinieron
sobre ella más de dos mil, fué herido de un balazo en una espalda, quedando abollada el armadura y ,zo pasada, por ser muy firme. La lanza
que lkz.,aba era tal, que un criado suyo Izaría /zc1,1 tu en lit-varia al hombro, y el marqués la »zeneaba como si fuese un junco delgado. En la acción que decimos de Cartagena, tm renegado le conoció en la batalla, y
dijo en 'VOZ cl&lt;1ra, que todos oyeron: «aquí está el marqués, no podemos
saquear a Cartll(;ma.» Era tanta fa fama del marqués, que en el real
palacio de Arjel le tenían pintado, armado con una lznza en la mano,
y en la p1mta de la lanza clavada la cabeza de un turco; del mismo
modo le tienen retratad1 en Constantinopla, y así lo está también en
Cartagena en una sala de la casa de Nicolás Garrí; finalmente, el marqués erag,an señor y valeroso. Fué muy amigo de toda caza, y tenía
muchos perros y aves dr volatería; muy aficionado también a tener but1ws caballos. Cu,md, h,,bía de ir a monte aguardzba a que hiciese mal
tiempo, como que nevase, llouiese o hiciese grandes aires; y esto por hace, a sus gentes robustas, como él lo era.
1

GINÉS PÉREZ DE HITA.

1

~

I,
112

EL N O V E LISTA

&lt;i )

(NOVRLARIO )

XVI
·

la vuelta de Londres quiso Andrés conocer en París a Remy
Valey, el escritor de fama segura, al que vivía ahora la vida
que después se exhumaría hasta en sus menores detalles.
Así como su desconocimiento del inglés-«¡parece mentira!», dirán los aburridos novelistas que saben inglés-evitó
que buscase la manera de ver a Ardith Colmer, para ver a Remy Valey
tenía palabras, si no las más sutiles, para demostrarle que tenía espíritu
~uficiente, las bastantes para no estar silencioso.
Valey le recibió con sencillez. Aún podía gastar un poco de tiempo
en un amigo desconocido; aún vivía. ¡Cuánto más que un autógrafo era
aquel rato con el escritor de arte puro y cuya vida se agotaba por minutos!
Escribía Valey en una mesa de las que usan en los colegios los niños,
pupitre inclinado y asiento unido a la mesa, todo de pino claro y optimista.
Le había salido por mechones el pelo blanco, y eso le daba un terrible aspecto de más enfermo, de mitad joven y mitad viejo, sin que la
mezcla hubiese resultado bastante bien hecha.
Valey le trató con distinción porque encontró en Andrés una madurez muy parecida a la suya, si no con mechones blancos y negros, con
u n gris de miércoles de ceniza, bien cargada la mano del sacerdote en e
«pulveris reverteris~, noción justa de la muerte que, sin ofenderle, lle1
vaba Valey en su espíritu y pesaba y depuraba todos sus pensamientos(1)

VIII

Véase

LA PLUMA

de Junio,

1922.
113

�LA PLUMA
LA PLUMA

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c¿Será el que me plagia en el país vecino?», se-veía que pensaba con
benevolencia Valey.
.
. .
·
Andrés le dijo para evitar que creyera que era su d1sc1pulo en vez de
su admirador:
,
, .
. .
-Yo soy el escritflr más indígena de España .. . J\fas que cla~1co_ o 1m1tador solapado de los clásicos, indígena con todo lo que de anad1do por
el tiempo hay en eso y con la misma degeneración del tiempo que hay en
ello. Mi mejor novela se llama «Pueblo de adobes»
-¿Y qué es el adobe? ... -preguntó Valey subrayando la palabra,
ablandándola un poco, quitando a la panza de la be su fuerza de empuj~ El adobe-dijo Andrés Castilla-es algo m~~ duro qu~ la piedra y
que parece ser el prii:1er elemento de. c~nstruc~1on del p~1mer pueblo.
El ladrillo es algo mas amañado y mas mdustnoso ... Cream~ q_ue }?s
relieves asirios con ladrillos que hay en el museo me parecen 1m1tac10n
descarada de nuestro tiempo ...
-Pero, bueno, ¿e_l adob_e con q':1é está fabricado?
-Con tierra del no y pa¡a a medio cocer, preparada toscamente como
si fuese una masa de abono ...
-¿Pero eso puede ser alguna vez tan duro?
-Sí... Se endurece a medida que pasa el tiempo, y, sin embargo, se
deja rozar por él, le cede sus aristas y así nunca se pa~e, nunc~ ~e c~esta
más que el borde que se va all~nando ~ esa denudac1on, y as1 ¡amas se
quiebra la casa por la destrucción del t1em~o .. .
-Debe estar bien su novela. ¿Y ha escrito usted muchas?
-Veinticinco ...
Valey miró consterna?º a Andrés, y aur:ique ese era un pensamiento
raro en un francés, penso de pronto: «¿Y s1 este hombr~ fuese ~n gr~nde hombre semejante a mí?» Ningún escri~or de Fra1:c1a hubiera s1~0
capaz de ese pensa~iento, p~ro Valey tema esa sencillez que le hacia
escribir en un pupitre de chico.
«Todos estos muebles-pensaba Andrés-pasarán a un museo cuando Valey muera y todos querrán r~co~s.tru_ir, _da~ían todo por. r~construir la luz de esta tarde en esta hab1tac1on ms1gmficante ... ¡Que simple
.
..
.
es la vida y cómo la complica lo irreparable!»
-Yo soy el memorialista de una época, nada mas ... -d1¡0 despues
de una larga pausa Valey.
-No~le dijo Andrés-, usted es el creador de una época, su trasparentador, el que la devuelve_ el ton_o ino~ente y b_on?adoso, el tono sencillo que tiene ... Todo eso sm llonconena y sens1bhsmo.
114

. -Yo no hago más q':1e ver t~l cual es ~a luz que entra por ese balcon ... Es? es lo que destilo aqui todo el d1a-respondió Valey.
Se ve1a que para hacer pasar a Valey al porvenir habría que poder
c_onseryar un poco del aire d~ e~te cuarto que se estancaba en él con sat1sfacc1ón de que Valey no mmtiese, no lo enrareciese, no lo quisiera poblar con un diablo o con un Dios.
«¡E~criba, escriba. todos los pap~les q':1e pueda, gue el porvenir los
buscara todos con av1dez!»-le hubiera dicho Andres· pero le dió pena
ver cómo el escritor le contestaba con sus manos mort~les sobre la mesa
en actitud de sufrir la imposibilidad de hacer más.
'
«Yo 1:1-ismo-siguió pensando An~ré?-, qu~ corro sin parar sobre
las cuartillas, no puedo rebasar los limites ... ¡No se puede inundar el
mund_o de p~peles _con la firmé!: mejor y con el mejor espíritu! Se llena
de ho¡as otonalrs sm nada escrito, pero de hojas de Valev que estarían
tan bien ¡solo unas cuantas!, desoués de todo...
''
-¿Y cómo me encuentra usted ... ? ¿Era el que usted buscaba ... ?
¿Estos latidos mios que usted ha percibido en nuestras pausas son los
que usted añoró?
-Yo le conocía a usted de hace mucho tiempo: . . Es usted el que yo
esperaba, aunque con un tipo de irse a morir... Esa timidez que usted
tiene ya sé yo que no es por mí, es que siempre se está usted escabullendo de la garra que le quiere atrapar ... Se le ve a usted hacer ese gesto ...
Será lo que menos olvide de usted .. .
-Está bien observad_o ... Si, me hago el tímido, me intimido y me
escabullo, como usted dice, para que pase, para que no se fije en mí...
Nervioso el gran escritor frances, metía la cabeza entre sus hombros
y hacía un ~esto escurridizo ... Resultaba un poco cargado de espaldas,
como si se hubiese puesto la americana con la cruz de que coloaba y la
i,
llevase encima.
Siguieron hablando. Andrés observaba sin perder detalle a Valer, y
le..encontraba hum~no como ~n escarabajo, y se preguntaba: «¿Es el el
~1¡0 de los persona¡es de sus libros de extraños tipos, o son ellos sus hi¡os? De cualquier manera, es importante y no se sabe qué es lo que le
da más importancia, si ser el padre o el hijo».
-¿Y aquella española que hay en su obra «La escondida»?
•Existió ... La conocí en un tren y no me habló ni una palabra es
decir, sí, me dijo: «Muchas gracias».
'
-¿Y cómo ha podido con eso solo hacer una novela tan interesante
y en la que se hospeda tan para siempre esa mujer?
-Pues porque seguí su rastro ideal hasta dar con ella aquí, en mi

�LA

pi

"

PLUMA

LA P L U i\l A

propia habitación, que es donde hay que dar con las cosas, no en la
vida ... Todo está escondido aquí en este momento, todo ... Lo que es
menester es encontrarlo.
Después de esas palabras del gran escri~or y noveli~t~ francé~, Andrés se calló y mir? al_r~dedor _como con miedo s~~erst1c1oso. ¡Como, se
iba a llenar la habitac1on de bichos novelescos, si el y Valey se ponian
a buscar lo que indudablemente estaba!
.
.
Había que dejarle con el personaje que ya esperaba _sin .~uda su turno;
-Le dejo con todo lo que se esconde en esta hab1tac10n, que ya se
lo importante y lo mucho que es ...
- Le confesaré que me deja usted con mi último personaje, el hombrecito que gastaba en los puños unos gemelos azules de su padre, dos
gemelos con larga cadena entre el escudo y la muletilla, pues eran para
puños mucho más anchos ...
-¿Y cómo se titula la novela que prepara?
- «Cualquier cosa».
.
- ;Cómo?
-~&lt;Cualquier cosa». ~ecojo ren ella todas las confidencias y todas ,las
calumnias que sopla el aire ... No he rechazado nada de lo que he
a la inspiración. Se hallan mal unas cosas con otras y unos personaies
con otros.
Andrés se puso en pie y, apretando efusivamente la mano del novelista tan admirado. salió a la calle.
Su resumen era de miedo al sentir cómo se consumen las vidas inapreciables. Ya el gran Valey, cerca ~e la _h ora de c~n~r, atornillaría la
caperuza o capuchón de la plu_ma e~~1logra~ca, y de1ana para la, n~che,
para después de cenar, la cont1nuac1on ... 1'0 se lo perdonaba a s1 mismo
Andrés ... Quizá el hombre que usaba los _gemel?s de su p~dre y que se
destacaba en el dintel de la obra cuando el entro, no volviese o entrase
en la novela trasformado ... Sintió su responsabilidad, pero había visto al
escritor, del que Francia, después de no hacerle mucho caso, conservaría el orinal hasta con el último esputo.

º'?º

.1
11,

XVII
Al volver a su casa de Madrid lo primero que hizo el novelista fué
.
revisar sus papeles y romper numerosos proyec~os.
Fué una tarde de convalecencia en que le htzo estornudar vanas vece~ el ¡:iolvo de los legajos.
-¡Qué constipado estaba ya este original, qué enfermo!
Ante el original de X, que le había hecho soñar con una gran X en la
116

portada, cubriéndola casi por entero, tuvo una disputa consigo mismo
y con el señor X.

·

El señor X se resistía a ser ras~ado, y no decía más que:
-Espera un poco, que despues ya no tendrá remedio.
En X había encerrado al señor X de todas las novelas y lo había casado con la Marquesa de X, y habían tenido por hijos a la señorita X• y la señorita X•
En aquella novela había trazado una sátira humana, en que todas
las cosas figuraban con su valor propio en la novela; las mesillas de noche, por ejemplo, estaban llenas de sus cosas humanas: un pedazo de terrón, un tornillo de no se sabe qué cabeza, una cerilla y el tirador del
propio cajón, que siempre se arranca, más una punta del mármol de la
mesilla, que parece que en la ceguera de levantarse para servirse el
desayuno se la ha dado un pellizco creyendo que es la ensaimada, ¿o fué
en un hambre de pesadilla ...?
Así estaba de detallada aquella novela humorística en que X llegaba
a poseer una fisonomía inolvidable .
El novelista miró con tristeza su antiguo proyecto, pero odioso de X,
y como quien realiza una venganza, lo rasgó también.
No diillaban apenas los originales, y caían en el cesto como la cabeza del guillotinado en la cesta que la recoge ...
¡Qué tono más claro tenían algunas cosas! Habían sido agua, linfatismo agudo, períodos de adolescencia renovados de vez en cuando.
Milagro que un recelo íntimo hace que esos originales no se acaben.
A veces sólo los títulos le repugnaban ... «Tres mujeres». ¡Fuera! Ris,
ras y al cesto.
Otras veces le estomagaba el personaje. ¿Juan Renovales? ¿Por qué
todos los tipos guapos e insoportables se han de llamar Renovales? ¿Por
qué se le ocurrió a él también poner ese apellido?
Ris ... Ras.
«Lo Inolvidable». El novelista se paró ante las cuartillas de este original y las releyó. Estaba escrito en la época en que usaba tinta negra
en vez de tinta azul eléctrico y en que a veces cometía la sucia aberración
de escribir en lápiz. Tenía un recuerdo embalsamado y por eso quería
conservarlo. Durante un largo rato, mientras leía el original, que era
como una escritura vieja, dejó de romper papeles.

117

�LA PLUMA
LA PLUMA
LO INOLVIDABLE

«Se quedó sentada como un chicuelo y mirando hacia arriba, en el
testero de frente al diván ...
Su corazón se había se,,tado en su pecho, y descansaba de la primera
emoción de entrar.
Una luz velada velaba el ca11tior del primer momento.
En los primeros besos sin restallidos, t1pretujantes, sentimos lo sofocados que estábamos de emoción. Y apartamos los labios pa, a no altogarnos. Pué grato ver cómo estábamos idénticamente afanosos, y que, al
hablar, la emoción nos embargaba y nos coagulaba la sangre, perezosa
y feliz.
.
Después nos distrajimos de nuestro único deseo de besarnos, y ella
miró los objetos y yo se los e,iseñé uno a uno.
-Ves... Mira.
Pero en seguida. volvíamos como el niño, después de volver los ojos
atónitos a las cosas, vuelve a la teta; volvíamos a los labios y resistíamos en un beso lo que se puede resistir sin respiración, el corazón parado y anheloso .. .
-Lo ves..., lo ves... Y no querías.
Y ella, sin contestar, inició un nuevo beso, más largo, más clavado,
más mollar...
Le fuí a quitar el s11mbrero; pero tan encajado iba y tan mal lo intmté, que ella levantó los brazos para quitárselo. Ese acto de voluntad
de sus manos fué encantador y propiciatorio.
Con la cabeza libre, después de esponjar en el aire sus rizos con un
ligero flamear, me miró como una niña «desnudada&gt;, más que desnuda..
--Mira-pareció quererme decir-. Jl/írame más ín:ima, mírame
casera, como si ya fuese a vivir en tu casa para siempre... ¿Te defraudo?
Un beso en su cabeza, abriendo una boca que besar entre sus crenchas, fué la confirmación de la con.fianza y de la alegría.
Su cabeza se reveló más para el jue[JO y 6/ alborozo ágil.
-Muy bien, muy bien ... Muy guapa, muy guapa ...
¡Cuánta vuelta a la niñez, como a una niñez eterna en este momento!
Y la enlacépor la cintura y comenzamos a recorrtr el cuarto como
uS

un j,,rdín o como un palacio. Distr:~cias, d~stancias, lontc:,~a11zas había
frente a nosotros. Fué una e:rcttrsion Je bade, _e;a e:rcurszon _que se hace
en los valses, por ejempl(I, y que tan real zlu.sion de un camino largo y
precioso d,m.
·~
,
.
Un 111011zento la dejé sola como a un m110 para ver donde zha y para
verla con perspectii:a. Se acercó a u11 ntrato de mu;er.
-Sí, es la bailarina rusa.
- Qué bellos qfos tiene, ¿verdad? .
. .
.
.
En su con.fianza 110 había celos, smo clanvukncza. Los dos ad,mramos a la artista. Y la dt'jé que continuase viendo para verla _yo.
Me pareció más fina, más mi~il que en la ca!~e, de más bla11da. ~atería. Sus gestos de estar sola tenz~11 unu natur:1-lzdad que nunca habtan
tenido. El jersey que llevaba deba;o de ~u abrlf[O ,la moldeaba carnalmente, y por detrás sus caderas}' sus piernas teman contoneos suaves,
blanduras visibles y vivientes.
,
..
Y otra vez la contuve en mis brazos. Su cabeza tema una docilidad,
una flojedad, una coquetería infantil de caer de un lado y de ot~o_,_sobre
uno y otro hombro, sobre mi pee/to. Me e11dio~aba a_quella su~ziszon, me
endiosaba J' la endiosaba a ella con doble endzosam~e11to: _el mzo, que yo
quería perder en sus labios,y el suyo, que estaba 1.1wo e mzperecedero en
su encanto.
,
Y volvimos a se11tarn(ls en el divá11. Ya la acosté un poco sobre el,
y asi, declinante, supina, tendida, la c~11secución de _l~ gloria , .e~ vez de
u,, mito, como siempre me había pareado, me pareczo tan pro.runa, tan
ganada, tan conser;11ida, que comencé en zwa coiztradanza a detener la
ronsecución, a diferirla, a jugar con ella.
.
.
.
Nunca la había de ver J'ª tan cerca y tan misteriosa, y, sz~z embargo, verla mía, sabiclz y desvelada., sería visión de toda !ti ·mda. Y un
gran rato jid í11vertido en ret,1rdanzos el uno al otro con un gran placer
inzpacimte, despie, to, inmejorable.
, .
. .
Por jiu 111z bes,, fué nzás r:rigt'ltte que los &amp;más, mas ineszstzble, Y
come,:cé n de.,abrorhar su jersq p,,r su única ,1bertura m el_ hombro. _El
hombro fué como un seno descubierto, porq1~e ella, at sentzr~o al azre,,
puso m él toda su vida, .11t gracia, su .wiucczón, y lo 1edondeo J1_ lo elevo
más. ¡Bello hombro con la coquetería de la hombre, a de la camzsa! Realidad bmpia, i-isible, a11téntica,pnvada, castísima.
119

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LA PLUMA

..
"

. Y_tiré del ji:rs~y como de una camiseta, y m un rápido momento se
e~lzpso y re11p~1reczó de nuevo, nuü fina, más pueril, grariosísima, sonrwzdo ella misma de su frescura, de la jovia_lidad d, su desabillé.
El corsé, flojo, cedió sen1icialmmte y me resultó ,aro encontrar un
vimtre tan liso, tan pla110, tan menudu, tan in1.,t-rosím,l.
Era ta 11 cla,o el momento sin concupiscencia, si,, ardor. msi sin
des~o, qne rlfjl correr un ¡,oco el !iempo de aquel mod,1 séd1z,z/e, tranquzlo, jadfico.
Y la a~racé por la cintura viva y tierna sin mo11erme, 1111da11do e11
el arroyo, lzmpio y sill prof,mdidad, como si fuésemos dox hojitas lln•adaJ
pnr agu,zs sin violencia en un cauce ,1upe,jicial_v liso, sin tropiezos.
Ella era de una confo, midad que me i111uoz:ilizaba má, y me hacía
desear fa p_e,petuación de ese momento sobre otro cualquier,/ Era perder, cambzar zneparablemente el pasar más adela11te. El reloj interior
estaba callado. En lo alto, un espejo uos permitía perder los ojos m el
más alfa lejano en que deseábamos 1espi,ar. Pensábamos el uno en el
otro con tma abstracción zí11ica.
--Jf,e voy-dijo ella, para sentirse retenu:L.1; para desga, ,arme y
desgarrarse al hacer cruzar mire nosollos la idea de la sf'paracidn inevitable.
,Y mto11ces vi la posibilidad de un suaso subitáneo que hiciese imposible el 'lJOÍl erla a tener en tan gran intimidad.
_Desabroché su falda .Y se la quité como los pantalones a un niíio que
esta limo tÜ pertza y de un sutiio i11oce11te ?'a.1ó /)01 ella la falda con
presteza, sutilmente, con una gracia leve en que ",zo se notó la i11quietalfte _'V torpe fimción de desnudar, en qne la pesadez y la co,porabi!idad,
se revela•, J' hacen temer que se nztere demasiado dt nuestras pretensiones la bella medio do, mida en la suerte. Sobrtsaltar/a demasiado 1ería
depertarla y hacer que ya no sea dócil_y comt&gt; los 11iii,os desvelados y
m vez de dulce y apegada será cruel, podrá ur impertinmte.
. Prro no No ,re ha despertado, no se ha movido; me ha mirado 'lJertzra_lmente en esa perspectiva de ensueiio, ella acostada y ron la cabeza
ba;a y yo enfrente y colocado sobre ella.
U1t beso en los labios, y mientras, como el ladrón que distrae del
robo dd relnj al 1 obado, la busco la lazada, temiendo que esté deba/o de
ella, una cosa tan tlemenda en este caso co•no cuando en los baúles el
1

120

LA P L U ~1 A
nudo de la cuerda cae debajo v hay que levantarle.i, tan tremenda, porque habrá que levantarla, y eso hará violenta y esforzada una cosa que
debió se, tan sencilla, tan rápid,... Pero no: está a un lado y ha cedido
en see·túda, suavemente, como u,, milagro. Indudablemente ella lo ha
notado .Y a ella tambiéJ1 le ha sabido bien la agradable facilidad del lazo
al deshacerse.
Otro besa para premiar su consentimiento, y yci más rwdacia al descorrer el visillo de encaje.
¡Por cada momento de hacerme esperar cuánto ti•mpo alegre me regala! ¡Qué iutenso cada momento de estos...! ¡Cuánta ansiedad, cu.ánta
ima,rrinación, cuá,rto respiro m cada momentu de estos! El pecho se
ahoga en su propia profzmdidad.
Y nos abalanzamos sobre ella, consintiendo en cegarnos para t,1par
sus ojos, su pensrmúento. sus sienes y su, boca, y que no se articule en
ella esa vulgar frase de «esto es lo que os gusta a los lzombres», esa
frase que nos anonadaría, nos perdería, nos confundiría.
Entonces oí m,, inesperado J' nunca oído:
- ¡ Te quiero mue/to, mucho .. !
,
Ese «te quiero mNcho.,. sin la previa pregunta, que lo precede siempre, y que aunque no sea la que mueva la contestación se necesita lzacer
siempre, me halagó por sí solo como nunca. me anuló como trastornan
do et orden natural de nuestros diálogos.
-¡ Te quiero mucho!-aquello mt hizo perder la cabeza y rodar
por el «te quie,o» lzasta abismarme m el «muclzo». Holgaban todas las
palabras.
·
Un rato 110 hubo úleajija de lo que se realizaba. Un:1 clarividencia,
un estar metido en luz, un alargarse en blanduras extendidas, todo
seguido, todo lzorizontalme11te de oriente a poniente, toda esa realidad
del cielo de oriente a po11imte que hay a través de un día, realizándose
en el minuto lento, maestro, parado; 111z sill'nczo de hombre arómto ante
zm paisaje de valles fértiles y de arroyuelos dulces-el tren e11 lo
alto de w1 desfiladero-; un sentirse vivo en una wuerte dulce, e11 una
mzurte s,1!isfecha de sí misma, sin necesidad riel cielo nz de la turra,
sin necesidad de nada, aterrados de e.dar posados al fin, sin contusión,
después de atravesar y dejar el vado del resto de co,as, posados con
tanta fd,cidad, con tanta .rn,e, te, escapados a la ley monótona de toaos
121

�L.--\ PLUMA

LA PLUMA

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. 1

mo11iázdose y perdulos allá. desgraciados, inútiles, lejanos; zm perseguir por una senda pe,fumada una mariposa blanca; zm enternecerse,
mternecerse en un elemento puro, destilado, clmo, de un consuelo balsámico; un nadar en aguas dulc.·s y curativas de tod,1; un dormir la sim
sobre una almohada jreJCa sin problemas 1lÍ ecos; un asomarse a la luz
y al cielo del nadir desde el cenit, con todo el cielo del cenit sobre la
cabeza, dos cielos, los dos cielos con todas sus estrellas visibles de una
vez como nu11ca: un haberse escapado, estar en luinr li/,re con la libertad maxima, agazapado en el disimulo más perfecto, sin mqttieturJ; sin
persecució11, sin deber ... Y despuis de todo eso, de ese rato de músicas
penetrantes, de músicas e•rca111adas, después de «eso» el llegar al fin y
el volver co1t demasiadas nostalrias, sabido el camino y cercana la
puerta.
Ella sólo me había mirado sin pestañear, para no señala,· el paso
del tiempo, abstraída en mí, con sus dos ojos hondos como con abismos
muy dentro de ellos, agujereados hasta lo imposible, ptrforados como
esos de algu11as estatuas de bronce al que así dió una expre.11ón ettrna el
a1 tista que vació su pupila, que la descorricf, que la hizo tener esta mirada oscura y fulminante.
Nos separamos un momento para rez·elarnos 1mestro cansancio y
reconocernos J' nos d1111os un abrazo supremo, rápido, encarmzado, frío
y apasionado, tn que quisimos matarnos con todas 11uestras fuerzas en
un último a, ranque hr,ndo y aguijado.
De muvo adolescentes conzo 110 lo podíamos espera,. le sonreí alegre de encontrarla tan mña, mucho más niña que yo; las ji1Zas antenas,
los brazos y las píen.as vivos y redonditos, sin ser pavesas después del
renu11ciamiento a todo, después de haber cedido el alma y el cue,po por
la fortuna del momento 111Jtes... ¿No había habido un mommto en que
sentimos que quedaríamos como ez 1,•otos céreos y fríos ro~rados en la
iglesia de Dios, en cambio al bim que nos había concedido Dios? Un
sentimiento así quedó eu nosotros al dar sueitá a nuejt, a sa11gre 11 nziestra alma, al se11timos dominados por el descanso etano m una ,f1 adación de inquietud a se,emdad, 11 pasmo ab.,oluto.
No quise que se vistiese sola; todas las mujeres se 1-istm solas después.
Esta es una injusticia pavoroJa.

-

122

Estába111os satisfechos de todo. No esperábamos 11ada. Por no esperar no esNrábamos 1li voh:enzos a ver.

-De prisa, de prisa, dame el alfiler del cuello ...
El sombrero volvió a cubrir la mata de sus cabellos. Se puso el velo.
Resultaba chatilla y misteriosa bajo el velo. Vestida me parecía de 1mevo hipóa ita y me pareció temible que se me Jói•i~zse. [!it momento,
cuando la dí el bolsillo, estuve por retenerlo y no de;arla zr.
-Adiós, me voy ...-dijo ella.
.
Había variad,; un poco de voz. Su voz era la voz vestzd1, la voz que
puetk mentir, que puede ser indiferente, que puede hasta desconocemos,
esa voz que cuando una mujer se vuelve contra el hombre que la obtuvo
hace a veces que ese lzombre la mate.
.
La COfTÍ y la di un último !Jeso, un beso con el que quzse besar tvda
su úda, la de todos los días prózimos, por si se me escapaban, Y
se fué.
.
Me quedé de pie en el centro de 1nz des!aclzo. Todas la! lu~es encendidas, las del techo y las de la mesa. Sentza que este habza sido et momento mayor de nuestros amores.
.
.,
Sin embargo, aquellos días, ante~zores a[ _de la p~se¡zou, se me par_ecían ahora, pensándolo bien, los mas de.fimtzv~s. qmza porque no quzse
apurar su secreto, aunque se combaba hacza mz_por l,i_ czntura; pero me
satisfacía más probar sólo una_ a :'na las_ guz~zdas inagotables de sus
labios, las guindas sin hueso, cluquztas y sin aculez.
,
,
En la iluminación de mi cuarto había una melrmcolta que contemple
eztasiado. ¡Si se hubiese dejado algo! Y busqué una hue~la. On alfiler
de cabeza negra había quedado clav_ado en la pared: Siempre sobran
alfileres en el tocado de una mujer, siempre puede olvidarse Y regalarse
uno, sin que se desprenda nada de Sil tocado ... »
Hasta ahí levó el novelista, y después rasgó la novela; c~nservaba
aquella primerá parte un recuerdo vivo y auténtico, pero me¡or estab:3en e] alma que en aquel relato de cuader~o de hule. El des:nlace que~]
pensó siempre dar a su novela «Lo Inolv1dable» era el de com~ despues
de momentos en que volvió a encontrarse a Pilar y pudo realizarse d~
nuevo Jo inolvidable, nunca pudo volver a ser suya, n~rnca; ~e fus~ro
siempre la segunda vez. y sólo lo inolvz:dable de aquel primer dta de ¡uventud pudo permanecer en su memoria ...
123

�LA PLUMA

LA P L U ,\1 A
Rotas esas cuartill~s de «Lo Inol~idable», que tenían la semilla de lo
que ha pasado, Andres ya no tuvo piedad para muchos otros originales.
LA

MUJER HKRMOSA

Drama.

~Nada, fuera .. . Ya es sabido que hay un drama permanente de la
mu¡er hermosa, pero es como hijo qcl despecho y de la tontería abusar
de esa verdad. Que lo sufran los señoritos de largo cuello almidonado y
de botines c~aros, que caigan en ese drama, es una trampa que no hay
que descubnr.»
Era el novelis_ta como esas _má9.uinas de moler café por cuyo embude se e~ha el cafe y toda la maquina se complace en molerlo.
Hacia balance de ~uchos años. No quería ya sino una noticia escueta del proyecto que le interesaba. Había pasado por el último límite. Ya
sabía lo que _no se debía decir, odiaba el estilo de los cuadernos y de las
carta~ a papa, y_ todo aqu~l original tenía algo de eso.
Ris-Ras ... Ris-Ras... R1s-Ras .. .
Ris Ras ... Ris-Ras .. . Ris-Ras .. .
Ris-Ras ... Ris-Ras ... Ris-Ras .. .
Ris-Ras ... Ris-Ras... Ris-Ras .. .
Después se quedó triste, con las manos coloantes y como si hubiese
roto lo que le podía haber servido, lo que era fu ahorro.

1

1

XVIII
Andrés éomenzó ag~~lla noche_ la novela que aquellos días había
cst~do tramando. Escri~10 en su pnmera cuartilla el título, con su letra
de 1m_pre~t~, que despues de su gran costumbre de'escribir trazaba como
una hnot1p1a:
EL BIOl\1B0

Y con la pluma angulizó en la primera cuartilla el dibujo de un
biombo tosco e inquietante.
EL ESPEJO SOMBRfo

. 11

No sabíamos ninguno de los hermanos de dónde le había venido a
nuestro padre aquel biombo de laca morada .
124

E,a un regalo de Filipinas, un regalo suntugso, porque la laca tenía el bruiiido de los antiguos espejos pompeyanos. Se veía uno e11 él
con más gusto que en los espejos claros; pero al mismo tiempo parecíamos de una raza más osmra que se movia en una vida de destino más
oscuro.
«Alguna 1;ez aparecerá el señor que regaló el biombo-pensábamos-. Nuestro padre nos lo dirá en la co11zida:
-Ese que Iza estado e.) el que me regaló el biombo».
Pero nu1u1i llef[ó esa ocasió.,,,, y sólo yo escuché deh·ás del biombo
una terrible disputa entre mi padre y mi madre, que le Izada decir .a mi
padre a voz en cudlo: -¡ Y todo por ese maldito biombo!
El biombo tomó dtsde entonces para mí un sombrío sentido de selva
i11trincada y triste, e11 la que se podía pe, der u11 nii'zo. Sus flores eran
jlore.1 blancas y leclznsas de las que crecen al pie de los pinos de los bosques y sus japo11eses iban por la selva misteriosa entenebrecida por la
tormenta.
Por las rendijas del biombo de laca morada vi a mi padre tal cual
era, tal como 110 le reconocía ni cuando más cerca de él estaba, ni cuando le nbsenoaba de cerca J' ap,dado de la mano notaba cómo su barba
salía de Las mismas meiillas.
A través de las rendijas del biombo reconocí que mi padre era otro.
Mi padre era «1t11 señor», esa cosa vaga que expresamos cuando decimos «un se1ior».
De mirar a mi padre a través del biombo perdí la ilusión de ternura q11e le lzacía un ser vago, con tipo naz,1reno, casi sin tosquedad
huma11a. Por lzaberme parado a contemplar tt mi padre por las rendijas del biombo, peutí su mf)i1r .fisonomía, y _va m va110 la busqué siempre. Estaba rota.
El biombo .:e oponía entre un lado y otro de la ·vida. divirií1i la vida.
Volvía del colegio deridido y alegre, pero /zasta que no 1:olvia la esquina del biombo no lo estaba completamente.
-Es la joya de la casa-oúz yo que decían co11.1tante11unfe.
-¡Bonitu biombo!-repetían las gentes, y buscab,m algo así como el
trasunto de nuestra vida en los 1·ejl,ejos de la laca.
Tenían razón, y, sm saber lo que buscaban, buscaban eso. En todo
está escrito nuestro Desti1,o; pero, sobre todo, en los espejos y en lasco125

�LA P L U ,\l A
LA P L U ~1 A
sas sati11arlas y brillwtes. ¡Ptro cuá,tto ntcis /)rHfmcLwzente en las
cosaf satinad1s )' brillmzte1 qtt! rejl;jiz,z l,zs cosas y qut, además, son
osc11ra fl
A tr,111és dd biomb,1 se veí,z algo así como que l,z lzabitación es 1m
escenario del humbre para poco tiempo. Los primeros presentimientos
de muerte de mis p,1dres, fa primera vez que se me ocun ió fa ahsurda
idea de que podían morirse, fué vimdo la fu-, del utro lado, la habitació,t coma sitio ai.sladu, que se veía desde detrás del biombo.
Las seis Jzoj,1s, rl! wr 11e:;ror so1t1 ie,1te, parece que nos comprendían
en zma misma liistori I a 1ms fa /res, a mi y a mis tres hermanos. La
lzofa que me pertenecida mi t'ra la tercera, porque _110 era ti mayor.
¿Pero la tercer,z empezanio por qué !ador Si no se supiest que hay lenguas que se escriben de derecha a icquzerd1, se pndría sostener que era
fa tercera de la izquierda. Era desde lue:;o aquella en que J'º me miraba
con más preferencia y con la que siempre me SOllreÍ 1 misterioso, aunque lo que yo buscaba en su lago 11eg-rti era la constatación ,ü que «fJtaba allí-,,; pues de nÍlzos nos acoge la congoja de fo v.ig,1, la congoja. de
la inn:1ste11cia,
-¿E,·to;1...? ¿Estoy, verdad?-!e preg1111ta?a a la ltoja tt!rcera.
-Sí, hombre, si... Estás ... Y eres una siluet,z de .,,,mbra sobre el
balcón luminoso como tm espejo d,.z1 o.
-¡Papá!-gri:é desde detras del biombu mue/zas z,·ece,, como si tuviese u11 mal presentimiento o como si quisiera que se prniniese, qtte se
q~titase precipitadamente el bigote )' la barba de máscara o se los puszese.
-¡Papá! ¡Sé mi p,1pá!-le querLz yo decir COll aquel grito des-:arrado.
¡Cómo smtía yo que el biombo me separaba de mi p.,p,í!
La puert,z se abrí,1 d~ u,i golpe, me ecltaba sobre ella y era como si
desaparecitse. El biomb,, no: era 11ecesarzo jre;mr ln carrera y hacerse
cargo de la recomendación paternal de: «¡Cuidado, no lo 'ZJayáis a
tirar!» El pá,zico de tirt1r!o era ,ztro::, porque se /mózera roto y se hubieran despre11dido todas las figuras, deskech,xs como se desll!lce el ptdrisco de nácar en cuanto cae.
El biombo era para mí como u1z telón de la vida; t,mto ti! zm lado
como de otro había misterzo.

E1t aquellos momentos en que me decidía a robar algo a mi padre, el
biombo-me contemplaba, )' ademds de verme por fas rmdij'as, sacaba
Jotogr.zfías de mi acto m sur placas ne[!alivas.
La PrOl:irlmcia se escondía detrás del biombo, que dab,z a la alcoba
tn que dormía1t mis padres. Por lo mmos, al acostarse a la 11oclte, y
cuando hiciesen el resumen rvl día, entre las cosas que recontasen aparetería, sin saber cómo ni por qué, la falta que fa sombm tutelar de la
alcoba había visto pr,r /.,s rmdi;a, del biombo _v rnva delación había
depositado sobre las almohadas p·1ra cuaudo se acostasen.
-¿Le diremos algo?-.ie decían i11duda/,lemente mis padres.
-No-contestaba mi madre-,"º, porque él se arrepentirá y porque e1·tá bren que aprovec!umos wz anónimu del biombo.
Después de un,1s ,:acaciones que fui a pasar con unos tíos, al d.zr la
vuelta al biombo 11u mcantrl co11 que J'ª no estab,1 mi 11zt1dre. Si,t que
nadie me lo dijese me di rnenta de que ya no estaha mi madre. ;l1e bastó
1:er a mis tres hermamtos mu_y congregados alndedor de mi paih e-que
antes de aquello no couseN!Í,1 que se ¡ug,1se eu su mes,1-jztl{a1tdo cmz el
juego tnsu de la conv,ilecencia, con 1m juego de damas del que h,1/JÍlln
huído todas las damas como dam1H deshonestas ... ¿Cómo podían t'sfar
los tres com1alaientes? Era que había mwrto mi madre.
Las cosas 1,,agas que me habí.m lucho sospEclzar /,1 trirte noticia que
no se quiere erar, qued,110// comprobadas al dar fa ·vuelta al biombo;
antes de lo que me dije: .: Cuandu meta medio pe,fil entre el biombo y el
marco de la puerta lo sabré todo-,,.
En efecto, mi marire había muerto. Se quedó más renegrida la /znja
segwl(ia del biombo.
¡Pe,o qutd1ba su tlutíiol 1Vimtras mi padre durase, e/ bi11mbo se
defendí"; 110 se que,faba huérfano como uno de 1wsot1 os.
La ltisto, i.r de todos los días del idilio del padre _11 la madi e estaba
escrita m aqud biombo, que retmía las cosas como 110 lo retiene 1111 espejo. Mi pad•·e 1111rabade vez en cuando hacia el bzombo como .li mimadre e,1luviese detrás. cubierta por el bwmbo como en las e,;fermedades,
que pedía que skuiese cubriendo su c.zm,1, para 110 ?'er la luz d.e/ despacho y para que mi padre pudiese continuar traba¡ando.
-¿ Te molestan los niliosr-parecía que le ib,l a preguntar, aquella
pregunta que indefectiblemente era contestada por mi madre:
127

126

�LA PLUMA,

LA PLUMA
-.No, no me 1ttoüstat1; déjales qut jueguen alzí.
Una tía mía se había encargado de la casa para sustituir a mi madre. Era hermana de mi padre .Y no.r odgió mi padrr para ella mucho
rt'Speto, talllo respeto como por mi madre, cosa que 11,ereda, porque como oí a mi padre en com ersación con un amigo, c.elli:, que si-mio ta11
guapa ltabía rechazado todos los p,etmdie11tu,, se había w1?formado a
cuiíh1r dr sus h{jos-..
Se me Izada 1·aro 1,e1la 1-á:ir •n ,ruestra casa,y por laJ rt'lldtjas tkl
biombo 111e asomé a 1.;er lo que hacía. «Estaba generalmente a1struída,
pensando probablemente oz los pretendimtes que dejo e:.capan.
Después de va, ias miradas por la rendija, ducubri que mi tía era
una mujer, una mufer arroga,zte y fén ida de c,zrfles suaves. La observaba J'•l m1~y ,1. mmudo por las rendiji1s del biombo y me smtía muy
próximo a ella detrás d~ mi esco11d1te; el biombo la enfilaba como fachas
mis miradas y se las iba clavando con pu1tlería y audacia.
Detrás del bznmbo lltJCÍ O la emoción varomi 11ft día que lmi tía Je
cambiab,1 de ropas.1' se aliger,zba _v se quitaba h,1st,1 el corsépara poneru de bata.
Con qué dilicult,ui confesé aquel pecado, para el que creí que 110 h,1bía absolución.
-No vz,elrn a mirar det, ás de los b1t1111hos-me di/o el cun1-. Eso
es muy /to. Satanás se oculta tútrJs de los biomlJ'Js y obse,va desde ese
disimulado burladero a los hombres.
De aquel/,1 co11fesidn brotó en mí li, primer,, Uea del qu~ e,stá tletrás del biombo.
Y mi tía, que antes me baitaba, no quiso seguir haiiándome, y c11ando me Jaba el ¡,ar d,, calcetiner q1u se me liabh olvidad,1 meter, me los
daba por la rend~ja de la puerta, volviendo la cabeza.. Yo, :rill emb irgo,
no le habiafalt,.uto ai respeto de u,z ffl(Jdo voluntattu, smo que en la
i11co11ti11e11cia i11tvitable habÍil te11ido más 1 ubor que nunca.
II
QUIIDA INPR&amp;S.l. LA SIGUSDA HOJ.a.

El biombo seguía en mi casa t,m imperturbable como siempre. Yo_
había hecho la carrera y lzabía entrado con not,2s chistimbusc,mdo a mi
128

podre para ense,iárselas y tirando casi el bio»tbo por lo contento giu es-

taba d,, «haber salido blem.
El biombo estaba más awiotado, más sombrío. Se iba mruluratido.
Daba a lo:. balcones sin luz del mundo e:rti11to. Daba su ve11tanal a los
,cl,pses.
Un día armó mi padre zm gran escándalo porqu.e había desaparecido una mariposa de 11ácar:
,
-Eso ha sido al barrer, a no ser que uno de estos chicos se lo /zaya
llevado...
No me señalaba a mí, porque mi padre ya me consideraba el mayor;
pero yo comprendía que hacía un,1 injusticia con ,nis ltermanos, porque
atjutlla mariposa no la había,i cogido ellos, ¿para quét, sino que se había escapado ella, augurando una desgracia.
Mi padre se-puso enferma por aquellos dias, y no es para describir
la emoción con que yo bordeaba el biombo para ver cómo estaba. Yo que
sinnp,e he trnido la idea de que la muerte es una cosa precipitada y
atrabancada s, se q11iere, me daba cuenta de que aque/io e, a una de
esas cosas de dexenl11ce rápido y fuhninante.
Detrás dei bümibo reponía mi serenidad, y le ví por las rendí.fas
abatido, como el San F, a11cisco de Pedro de Mena, mirando ravernosamente el cielo.Cuando entraba yo se reponía. Sentía que era su lti.fo mayor el que_se d,zba más wenta de lo que pasaba e inte11taba engaiiarme.
éi b10mbo 110.1· ofrecía la distracción de sus flores de agua y de sus
jap(itteses. /{os aca,iciaba .Y nos serenaba La suavidt1d de la laca.
La muerte parecía que se iba ,z dettner frente al biombo, sin el trecl,o franco tú la puerta. Algo debía defe11túr al biombo del viento ag,,do de la muerte.
-El mldico-decía la criada aquellas tardes, y todos huíamos o
,ros sentábamos mejor al oir aquel anu11ci,1.
Generalme11te, como el doctor miraba por la puerta de la fria sal,1,
nos esco11diamos detrás del biombo,y los cuatro lterma11os, como pájaros
silenciosos en un árbol muy tupida, oí,zmos las palabras del médico, sus
preguntas, sus co,rsejos... ¡Qué cara ponla mi padre cuando el doctor se
agachaba pa, a auscultarle y se quedaba su rostro sin testigos/ ¡Era la
cara del agudo escepticismo y de la aguda esperanza/ Pedía a no sabía
quien que la auscultación fuese favorable.
IX
129

�LA PLUMA

LA PLUMA
Poco duró mi padre después de aquella huída de la mariposa del
biombo, muchos momentos solemnes tuvo d biombo, pero llegó al momento supremo cuando sirvió pa,a tapar la entrada de la capilla ar-

diente.
¿Quién le iba a decir que su biombo, el biombo que cubrió szt sueño,
iba a cubrir su muerte, y ya ael lado supo no podía ver nad,i y sólo tenía vista del !,ido en que estábamos nosotros, que de vez en cuando asomábamos la mirada por las rendijas, para ver sí los ci,·ios estaban derechos y no había peligro del fuegi,, qzu se aprovecha de que los muertos están muertos para incendiarles.
.
Ya el biombo estaba de luto riguroso, y s1t segunda hoja estaba escrita definitivamente, con todo el historial de mi pobre padre; quedaban
cuatro hojas vivas y atemorizadas.
No podía olvidar ya que por aquellas rendijas ·m iré con miedo
los temblores amarillos de la muerte y la cara de ahogado que tiene et
muerto.
Ya por las rendijas del biombo se vería siempre eso.
Le ornamentamos sus últimas horas de huesped en la caja con la visión optimista y reconcentrada del biombo. Le debió ser agradable tener
tl biombo a su alrededor.
Cuando hubo que entornarle para que saliese /,1 caja, se plegó c.on
tristeza y se inclinó hacia la pared c.omo sin fuerza para mantenerse de
pie.
El pobre biombo, el biombo que ya sabíamos menos quien se lo había
regalado a mi pobre padre, tenía ttn aspecto más tétrico y más enigmátictJ cuando volvimos desconsolados a casa y nos le encontramos ocultando a las visitas en la puerta dt' la sala para que pudiese ser discreto
nuestro no querer ver a nadie. Pasamos silenciosos por detrás del biombo, dejando quizá ·ver los pies como se ven por debajo de 1t11 telón mal
corrido.
A la nochf', lo primero que discutimos al hacer el reparto, fué el ver
quitn se quedaba con el biombo. Fué la primer disputa solemne.
-¡Si aún está el cuerpo de vz,estro padre calzente/-dijo la vieja sirviente m tono de reconvención, suponiendo un po, venir fratricida, que
es lo que da más razón a las prescripciones de las comadres.
«¡No saben mis hermanos lo que me llevo!»

'«Debíamos de habernos llevad
d
Una responsabilidad atroz se ; ca ~ _uno u~a hoja del biombo.&gt;
daba con el biombo.
nuncio en mz al pensar que me queUna nueva era se iba a afirmar en mí L
.
!odos aquellos días lo vitrilaba lo c~idaª fra del ~zombo.
r~vzUa. Daría importancia al cuar~ alto
ba co~o sz fuese una marza Las dos esquelas de defi . ,
que quena tomar. Nadie vehojas.
unczon que colgaban de sus dos primeras
En efecto, a los pocos días de
.
nos, me lo l!t:z•é a mi nueva cas'ay. sa!a, ~czendo l..z casa de mis herma·
,
.
• , Que serza sepuso l
l
,
at' ver e entrar! Por
deczrto
. a.,z ' medza habitacio',
·
zsea,nnconoyseacJz
1
med za a un lado y media a otro.
an o a ver el biombo,
Ya comenzaba el biombo a crear
d /"
de un l,1do la luz del otro la . b . esda ua u/ad adversaria que crea
mm rte.
'
Jvitz 'a, e zm lado la vida, del otro la
La nueva vida iba a comm"'ar Ahora
como u11 ser indt"e1v1.iente y l~ :d
-!º m~ encaraba con
la vida
'de
r
•
a vz a conmwo Hn de•e
•
i ue sposeidas debian sentirse mi
' .
:1,nsa nwguna.
s ~,obres hermanos, qué al aire y
qué wdefensos! Claro q11e l·z a. '
•
' .,ectzanza so o yo l p d'
atrmclzaba d~l otro lado del biombo.
a o z,i temer, pues se
_Ellos, mas por superstición que por liada
.b
.
neczdos, pero yo era el , .
,
' se z ª" a sentir desguarzmuo que me habza atrevirl
,1,
cada. E !los el ra JIO. yo toda l d ,
o a sorortar la tmbostadoras .»
· '
J
as emas cosas mortíferas y atormenta-

º

El novelista, que de un tirón h b,
pus~ a descansar, tirándose como u~ ,a trazado bestos d?s, caíptulos, se
su biombo, que también le m· b dmuerto so re un d1van y mirando
rendijas.
ira ª e perfil Y con sagacidad por sus
RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA.

(Se co11túmará.)

�t

1

LA PLUMA
y apenas riza el viento la comba azul llanura:
¡todos los elementos con nuestro duelo están!

•.
II

EN LA TRANSMUTACIÓN DEL MAESTRO
TOMÁS MORALES

En el regazo ardiente de la ciudad dormida,
cuando sobre las cumbres se iba a poner el sol,
«han quebrado las parcas la hilaza de una vida,
prestigio de los dioses, de las Musas amor» .. ,

Y en el silencio inmenso del paraje nocturno,
entre chafar de hojas y aromas de rosales,
pasan, desafiando las iras de Saturno,
con el poeta~augusto, los dioses inmortales.

Frente a la mar Atlántica- bajel donde su gloria
ha de surcar las ondas de las Eternidades,

Se oyen sus claras voces vibrando entre el ramaje
de la amplia selva. Apolo comienza su cantar,
cuando el recinto invade, cual bárbáro homenaje,
la bronca sinfonía del júbilo del Mar.

donde un rumor perenne conserva la memoria

del hijo primogénito de las Divinidades;·murió el cantor amado del Bosque y de la Mari
C~lló la voz solemne del rapsoda divino
que supo entre las redes del sueño aprisionar

·I ,
1

el tesoro secreto del corazón marino!

'

1

Ante el dolor profundo, calle la lengua humana ..
-Nadie su voz levante frente a Alcides, dormido,
que cada nuevo día despertará mañana_
por continuar el arduo traba;o suspend1do ... -

11

1

1

'
1

Mirad cómo las cumbres silencian su amargura,
mientras que sus entrañas conmueve un huracán,
132

Frente al vital fracaso la Esperanza perdura ...
¡No ha muerto! Por un bosque lleno de rosas bellas,
cortejado de dioses adentró su figura
nimbada de una intensa fulguración de estrellas.

Pan a sus labios lleva la flauta cristalina;
su son llena los cuatro sentidos cardinales;
y hace temblar el alma pétrea de la colina
donde tienen su asiento los dioses patriarcales.
Y mientras Diana, bella, mirando al dios, suspira,
Apolo, arrebatado de lírica bravura,
tañe, como un mancebo, Ja melodiosa lira

¡tal, que se le creyera tocadó de locura!
Viola su canto el virgen silencio del boscaje;
sobre los cuatro vientos la novedad pregona;
dice su voz:-«Ha ·vuelto de su terreno viaje

el vástago heredero de mi imperial cotona.»133

�LA PLUMA

LA PLUMA
De pronto, suenan voces de gente que camina
al centro de la selva, donde el gentil cantor,
bajo la espesa fronda de milenaria encina,
tiene a la esquiva Diana prendida de su amor.

Marte el primero avanza; a sus bravas legiones

hace presentar armas ante el triunfal caudillo;
Eros trae un carcaj para los corazones,

y Vulcano su fragua, su yunque y su martillo.
Pomona porta un cesto de frutas olorosas,

¡Son los dioses! Se acercan con temeroso paso.
-¿Por quién rompen-preguntan-la perennal quietud?
-¿Hay algún astro nuevo temblando en el Ocaso?
--¿Es un nuevo secreto de eterna juventud/-

Ba,o preside el cuadro de sus vendimiadores,
que, «cubiertas con pámpanos las partes pudorosas»,
muestran los prietos frutos de sus viñas mejores.

Ceres hace el presente de sus trigales de oro;
Todos indagan; todos ven al Desconocido
curiosamente; alguno, de un vago modo, evoca

en él, la gentileza de un joven dios perdido,
que era alma de océano y corazón de roca.
Y Apolo dice:-«Triunfo de mi existir doliente,
ha vuelto el hijo pródigo a los paternos lares
de su excursión audaz por tierras de Occidente,
sobre las jadeantes espaldas de los mares.
Yo Je creí perdido; mas al Ocaso vino
teniendo una guirnalda de rosas en la mano,

1tuerte!, y encadenada la Gloria a su destino,
con el poder divino y el atletismo humano.
Por su retorno sea colmado de tributos,
frente a la mar que canta y al bosque que suspira,
y en tanto que se aportan los varios atributos
yo coloco en sus manos la gloria de mi Lira ... !

Minerva los secretos de su sabiduría,

Mercurio trae la bolsa que guarda su tesoro
y Momo la sonrisa de su eterna alegría .

¿Y Diana? ¡Nada ofrece! Absorta y distraída
en la contemplación del Bardo, deleitosa,
silencia; hasta que Apolo, con elocuencia ardida,
la mueve a que formule sus oferta ... Presurosa,

Diana reclama el cuerpo del joven dios humano:
siente su carne inquieta de comezón lasciva,

y ella, que es vencedora de Zeus soberano,
tiene el alma en el gesto del Rapsoda, cautiva.
Todos los ojos miran, extáticos, a Diana,

que al dios, en un acceso de voluptuosidad,
frenética y desnuda, ¡tal como una manzana
quiere entregarle el fruto de su virginidad!

Tal, cuando de la parte del Mar, Venus asoma
anunciada por suaves tonadas de Sirenas,

Dice, y su voz domina todas las voluntades.
Cada uno el presente de su atributo apresta,
y hay en los rostros graves de las Divinidades
un resplandor de llama y un júbilo de fiesta.
,34

que mientras ella asciende por la ondulada loma
tienden sus sonrosadas carnes en las arenas.

Los dioses se contemplan estupefactos: clama
1

35

�LA PLUMA

CRÓNICAS LITERARIAS

Diana la posesión viril del dios mancebo,
y se abraza a su cuerpo cuando Venus Je llama
y él adelanta el paso, a un desposorio nuevo ...
.••

La confusión se adueña del concurso divino .
Venus y Diana luchan. «Y en medio, el Dios; sereno ... ,.
Helios a rodar echa su carro matutino,
y Eolo a sus' violentos vientos, desata el freno ...
En la playa, Neptuno sobre su esquife, espera;
Sirenas y Tritones forman alegoría;
y mientras en la selva sigue la lucha fiera,
como un fastuoso manto que todo lo envolviera,
sobre la Mar se tiende la clámide del Día ...
FERNANDO GoNzÁLEZ.

BÉLGICA

m

es el país de las facciones políticas, y también de las faccio•
nes literarias, subdividas hasta lo infinito. Preténdese adornar
esta lucha de int~r~~~s~-:que tienen muy poco que ver, a veces,
con la vida intelectüa1___'..!có0 el nombre de &lt;rivalidades de escuela»,
o en modo más~anodino, &lt;torneos entre cenáculos•. En rigor, es
Un espectáculo tradicional en el país, y un símbolo del carácter nacional.
Un peco de historia literaria basta para demostrarlo. Sabido es que las le•
tras belgas no han comenzado, ya que no a ser florecientes, por lo menos a me•
recer un mín,iipo de ate1lción por parte del extranjero, hasta que en 1880 el
1
grupo llamado les Jeune•Belgit¡ues- hizo su aparición. Hasta entonces, la litera•
tura belga de lengua francesa estuvo monopofizada por unos cuantos buenos
viejos y académicos, cóndecorados, y, por añadidura, inofensivo!:i. Escribían
cantidad de versos de circunstancias, componían (preciso es emplear aquí la
ridícula palabreja) madrigales, frenos, odas interminable"s 1 y a veces, alguna tra•
gedia en cinco actos, rigurosamente clásica.
áGICA

El movimiento de los Jeune-Bdgü¡ues, que fué la rebelión de una juventud
dotada hasta cierto punto del sentido de lo ridículo, acabó con la raza de esos
bardos oficiales, y aunque no hubiese producido otra consecuencia, merecería
una parte de los elogios que los historiadores patentados de la literatura belga
les prodigan. Pero, en fiu, conviene notar el aspecto negativo de tal rebeldía,
y subrayar que gracias a ese carácter fué fecunda.
Los vencedores no se mantuvieron de acuerdo mucho tiempo, y pronto se
hallaron divididos en varios grupos rivales, hostiles y aun francamente enemigos. En el momento de edificar algo positivo, de realizar su victoria y oponer a las bromas de mal género del antiguo régimen 1rna estética nueva, sostenida por la efloresencia de las obras, el impulso se quebró, y los Jeune-Belgiques no volvleron a encontrarse con fuerzas hasta que sus jefes más calificados
los incitaron a destrozarse mutuam ente. Emile Verhaeren, a quien Ja propaganda nacionalista ha cogido después de muerto en las redes de su retórica,
se vió apartado, y tratado con el rigor y los sarcasmos de que son pródigos los
veinticinco años. Es manifiesto que los excelentes parnasianos que componian
el estado mayor ortodoxo-éste, discípulo respetuoso de Leconít! de Lisie y
de Heredia; aquél, imitador de Beaudelaire:; el de más allá, revoloteando desde los t'Ondeaux de Charles d'Orleans a los lieder de H. Heine-sentíanse des136
137

�LA PLUMA
asosegados por el ímpetu y el áspero lirismo del autor de F/aml,taux 11oirs.
Con perspicacia verdadera, vieron la fuerza de su genio, capaz de barrer sus
minúsculas reputaciones locales como barre el huracán las brizna&amp; de paja.
Después de muerto, en los innumerables discursos que en ceremonias incon•
tables han infligido I aus manes, se ha intentado avergonzar al.espírita •1F90•
que obligó a Verhaeren a buscar refugio#B oi\e:ttranjero; pero tenga\nos el 'fl•
lor de la historia, y restablezcamos la realidad de los hechos: la fuga de Verbae•
ren se debi6, no al espíritu •QCOCio• pe un país que no es más ni menos ,beocio• que los demás, sino a la campaña odiosa de todos sus •camaradas•.
Verhaeren había encontrado un refugio en el grupo formado en torno de
una revista, intitulada L'Arl Moderne, fundada por el dilettante y gran jurista
Edmond Picard. Después que Verbaeren se fué a Francia, el g.-upo de L'Art
Moderne siguió hostil a la Jeune-Belgique y continuó reclutando escritores y
artistas, no para realizar obra de creadores, sino para socavar y derruir lo que
los vecinos de enfrente intentaban levantar. Hay que reconocer, por lo demás,
que los Tecinos de enfrente estaban animados de iguales preocupaciones, y
que. sobre todo después de la muerte de Max Wallcr se acantona1 on en lo puramentt; negativo.
Esa rencilla condujo al resultado que fatalmente le esperaba: L'Art .lfoder"' se desvió de sus fines educativos. y por los recovecos de la polémica concluyó en una especie de periodismo, apenas de nivel superior y sensiblcmcutc
igual en moralidad a la prensa cotidiana; la Jeu,,e-Belgit¡ue periclitó, perdiendo
sangre y gloria, con todo su pasado, por cien heridas, y tras de haberse obstinado mucho tiempo, sus redactores tuvieron que suprimirla.
Pero acababa de llegar al primer término del escenario una generación nue.
va: contaban en ella Maurice Maeterlinck, el pobre Charles Van Lcrberghe, que
murió joven, después de dejarnos en La Chanso11 d'Eve la obra maestra de toda
la poesía simbolista, Henri Maubel, muerto también, y que ha dejado una obra
teatral curiosa. donde se halla en germen el teatro impresivo de Crommelynck,
y muchos otros. Les pareció indispensable crear una nueva revista v nació
Le Cot¡ Houg,. Con él nacieron e:spantosas discordias intestinas, lo des~~rraron,
lo desplumaron y en meaos de dos años lo asesinaron. l\laderlinck se desterraba; Maubel se recluía en una soledad que ya no había de abandonar, y sus
compañeros oscuros o merecedores de serlo, se repartieron en tres o cuatro
secciones que se fusilaron con saña.
Y de ahí no se ha pasado, salvo que antes de la guerra hubo en alguno5 mo138

LA PLUMA
meatos hasta cuarenta revistas, ostentando cuarenta programas, e invectivando
a cuanto pasaba a su alcance.
He trazado este breve bosquejo del movimiento centrífugo que desde la
cuna anima a la escuela literaria belga, porque no conociéndolo es imposible
comprender su pobreza crítica, su falsa pasión y el tenaz desequilibrio que le
ha impedido, por un lado. alcanzar efectiva fecundidad, y por otro, conceder a
lo que CD ella vale más el respeto y la simpatía que le hubiesen granjeado, mejor que sus clamores vanos, la atención de la Europa civilizada.
Falta de crítica: esto es lo que más sorprende, el chasco mayor. Si en uD
país donde haya critica alguien la moteja de inútil, que vaya a Bélgica y com•
pare la cohesión y robustez de las letras belgas de expresión flamenca durante
esos aflos de 1890 a 1goo, con la esterilidad de los círculos de expresión francesa, abandonados por los elementos buenos, y reducidos, en lo demás, 11 minúsculas querellas locales. En Flandes, un hombre, de quien puede decirse que
fué un genio de la crítica, Auguste Vermeylen, agrupaba todas las fuerzas activas en torno de la famosa revista Va11 Xu en Straks («De ~hora y de muy
pronto•). En Walonia o en Bruselas, ido Verhaeren, ido Maeterlinck, vínose a
caer por bajo de lo mediocre.
Falsa pasión. En una crónica precedente he hablado de la crisis regionalista
y sus peligros. De esto provienen directamente. Amezquindados, incapaces de
abordar el espectáculo de las cosas con el alma libre de angustias pequeñas y
de los pequeños apuros de la vida cotidiana, impotentes para ver, comprender
y restituir lo patético que hay escondido en todos los conflictos, en todas las
acciones y en todos los corazones, era Ídtal que esos escritores:se apegaran al
marco y decoración dentro de los que, la tradición, o mejor dicho, la rutina, situaba los accesos de pasión de los hombres del país. Sin contacto con «el muD·
do•, se concentraron en torno de la minúscula idea que se forjaban de csu
mundo•, y mezclando su modo de expresión con el de )os pintores, buscaron
también h1 truculencia de los tonos y la supremacía de uua vida ficticia pero estruendosa.
Desequilibrio. Para librarse de la trampa del falso tradicionali:,mo, cierto
número de jóvenes se arrojaron a todo correr por las avenidas que en la lite•
ratura abría la Francia nueva, y entonces, h;u:ia 1905, las letras belgas se convirtieron en el refugio cláeico de todos los cismos•, y para cada uno hubo un
profeta, apóstoles. catecúmenos, y una revista
Todavía hoy, hoy más que nunca, siguen la.; divisiones y subdivisiones hasta
139

�LA PLUMA
LA PLUMA

'·

lo infinito 1 y las excomuniones de una capilla para otra con sañudo encarnizamiento. Esta observación la hice pocos Oías ha, leyendo uno tras otro tres artículos publicados en París por unos jóvenes, por reclutas literarios, acerca de
e movimiento literario belga desde el armisticio•. En el primero, muy corto, se
sentaba el principio de que tan sólo la .rtradición jordaenesca» (en vano me pregunto qué tiene que ver Jordaens con el campo de las letras) permanecía realmente viva y merecía atención; el autor se dignaba hacer, no obstante, una excepción en favor de las novelas regionalistas de la parte walona del país, con
tal que lleven bien impreso el sello del terruño r:y huelan a heno segado&gt; (sic).
En el segundo, un poco más largo, se entonaban los loores de la fanta:;ía, y el
autor, que se refería abundantemente a las obras de Tristán Dereme, de Ibels,
e incluso (¡oh, actualidad!), de Jules Laforgue, restringía la literatura belga contemporánea a unos cuantos jóvenes acomodados que hacen versos como otros
van al dancing, y a sus imitaderes y discípulos, cuya fantasía se paga c0n dos
insomnios por página. En fin, en el tercer artículo, francamente largo, un discípulo belga de M. Francis Jammes «refutaba, todo lo que no fuese íntegramente"
cat6lico, ,idealista, y espiritualista.
«Eu este país piensan a bandadas,, decía Baude1aire de Bélgica. Es para
creer que el mal se ha agravado y que hoy piensan según ciertas categorías.
Viene a ser como un escrutinio por lista, cuyas consecuencias son más deplorables todavía que en política. Nadie se libra: cuando Max Elskamp 1 gran solitario, el mayor poeta de la persistencia simbolista, publica un libro, le atribuyen toda suerte de segundas intenciones, toda suerte de ambiciones escolásticas que le harían morir de miedo. Lo mis:no ocurre con todo lo verdaderamente grande, y con todos los que, poseyendo un genio libre, no pueden ser catalogados, ya se trate de Fernand Crommelynck, de André Bailloo, de Neel Doff,
de Marguerite Duterme, o de los jóvenes poetas Albert Valentin, René Verboom o Sébastien Dongrie. Por el contrario, si un M. Hubert Stiernet publica
un Roman du lonnetiet·, del que lo menos que puede decirse es que ya lo han
escrito antes trescientas veces en todas las lenguas, si un M. Franz Ilellens publica una novela de aventuras y negros dnnde se combinan más o menos agradablemente los dos c:artículos, que más salida tienen ahora en la librería fran cesa, si un M. Melot du Dy o uo .M. Paul Fierens publican, aquel, vergonzosos
pa, iicl,es de Laforgue, y éste una cuadrag@sima versión de las. Georgiques Cáretiesnes, no faltará, en este o en el otro rincón del circo literario, un alboroto de
entusiasmo premeditado, preconcebido.

El extranjero que una o dos veces, fiándose de tales entusiasmos, lleva su
curiosidad basta examinar las obras, se encuentra las ¡nás veces tan completamente chasqueado 1 que borra de la lista de sus preocupaciones la literatura
belga, y el puñado de escritores que obstinadamente se niegan a dejarse alistar bajo una enseña, se ven cada vez más faltos de apoyo y de lectores.
En general, no creo en los críticos que cada quince días descubren un VerJaine cuando no un Shakespeare. Hay elogios peligrosísimos, no sólo para quien
los recibe y para quien los tributa, sino para la escuela entera a que unos y
otros pertenecen. Por eso-dado mi propósito de defender esta escuela, es decir, a los hombres que le prestan, en mi opinión, su valor y relieve-, he creído
pertinente poner en guardia a los lectores de LA PLUMA que por ella se interesen, contra las consecuencias de los sectarismos cuadriculados, de los sectarismos por cuadrillas, cuya vitalidad se comprueba a cada momento. Provienen
generalmente de hombres cuyas obras y teorías sería superfluo conocer, siendo
necesario atravesarlas para encontrar más allá, en los caminos de la libertad,
algunos poetas para qnienes el dolor humano no es una máscara ni una actitud,
y que no confunden la alegría cou la pirueta y la pasión con la literatura.
P.AuL

FRANCIA
M. Francis Careo, uno de Jos buenos novelistas de la
generación joven, se ha manifestado con tres volúmenes publicados
arreo y por un gran premio de novela que le ha concedido la Academia Francesa.
Es,1 manifestación triple denota por lo meaos la actividad literaria de M. Fraacis Careo, que multiplica i-us esfuerzos en el teatro y en varios
géneros de novela. Au Coin des Rues, l' Homme Traqué, y /'Equipe son 1 por Jo demás, de la misma inspiración y pertenecen a la misma estética. Tampoco señalan un intento de renovación por parte del autor de Jesús la Cailie, y de nuevo
le encontramos como le conocimos siempre: aficionado a los rincones y luga•
res montmart,-ois del París Oloderno, pintor de la gente maleante de la capital,
cantor de chulos, golfas y asesino!-.
UCRSIVAM.ENTE,

141

(
140

Cout..

�LA PLUMA

LA PLUMA

El hampa entera desfila. esta vez como siempre, por las novelas de M. Francis Careo, y ofrecería poca novedad analizar esa m,rnera suya, próxima a las
de Bruand el cancionista, de Charles-Henry Hirsch y algún otro. Más interesante será acaso subrayar la originalidad de L' Homme Traqué, la más curiosa,
la más nueva, a mi parecer, de lds últimas producciones de M. Francis Careo
El interés de ese libro es puramente psicológico, y no tan sólo pintoresco.
El autor no se aplica a un estudio de costumbres, sino a un estudio de almas, a
un C!lso psicológico que ha situado en el mundo del hampa, pero que podía
haber analizado Jo mismo en otro medio. Es el caso de un asesino que, en cierto
modo, está como hechizado por un pseudo cómplice, que no ha participado en
el crimen por modo aiguno, pero que Jo ha visto, y con eso, viene a ser algo así
como uno de los actores del drama. La penetración lenta que van mostrando
esos dos seres, la manera como se descubren poco a poco, y se iluminan mutuamente el fondo del alma, no deja de recordar al Raskolnikoff de Cr-imen y
Castigo. El análisis es singularmente audaz, ccn efectos de luz y de claro oscuro que son de verdadero poeta.
Con esta cualidad última, M. Francis Careo realza los asuntos que trata, vulgares siempre, propios de un género esencialmente caduco. Y por eJla, sin
duda, la Academia Francesa Je ha otorgado una recompensa que suele reservar para una literatura mucho más anodina.

* *

*

M. Ad. Van Bever, uno de nuestros historiadores literarios más sagaces,
más laboriosos, acab'I de emprender una tarea grave, que había tent..do a muchos eruditos, pero delante de la cual todos habían reculado: se trata de publicar la correspondencia de Paul Verlaine. Conocida es la importancia de esa
correspondencia para comprender el alma del Pobre Lelian; esa confidencia
perpetua, simple, espiritual, de uno de los espíritus más asombrosos del pasado siglo, vale tanto como las más acabadas memorias, como las más extensas
confesiones.
No poseíamos_hasta ahora más que l~s famosas cartas citadas por Edmond
Lepelletier en su gran libro sobre el ~utor de Sagesse, y que las Leifres d' Angleterrf- el dr, Nnr-d enviadas a Emile Blémout, además de crecido número de cartas desperdigadas por revistas, periódicos, libros y hasta almanaques, al azar
del momento y de los recuerdos.
Era menester, ante todo, colegir esa enorme masa de misivas, ponerlas en
142

orden, revisarlas (porque muchas contenían errores de copia), en fin, completarlas con otras no menos abnndantes y considerables, porque Paul Verlaine
es uno de los ·e scritores franceses que más corresponsales han tenidc, y más
variados.
Ad. Van Bever ha comenzado ya esa tarea enorme, y acaba de publicar el
primer volumen de la correspondencia del autor de Jadis et Nagi,er-e. Comprende la serie de misivas, billetes, nótula~ dirigidos a Edmond Lepelletier, a
León Valade, a Paulet Malassis y a!Emile Blémout. Es un trozo capital para la
memoria del gran poeta, la llave indispensable para abrir aquel corazón magnánimo y dolorido. Notas, aclaraciones, una bibliografía impecable y muy estudiada otorgan a esta obra un rango superior en la crítica.
*

* *

¿Conoceis las críticas de André Billy? Entre los jóvenes, es de los más despiertos y seguros. Acaba de reunir, bajo el título pintoresco de La 111:tse aux
Bésicles, algunos artículos de los que regularmente publica en L'Oeuvre, y esto
nos brinda ocasión para fijar los rasgos de este crítico, periodista y nove\bta
excelente.
En lo físico, André Billy parece un americano, vestido con amplio gabán,
cuidadosamente rasurado, gruesos cristales con montura de concha a caballo
sobre la nariz, calzado con recios borceguíes de doble suela, que camina con
paso rápido al par que firme.
Por su talento, es periodista de raza, nervioso, enterado, crítico sagaz, dotado de la originalidad de no atenerse a las capillitas literarias, a las opiniones
de encargo, ni a los juicios determinados por consideraciones extrañas a la literatura, pero que se afana por descubrir el talento donde quiera que se encuentre y consigue hacerlo valer con unas cuantas frases.
André BiJly es sagaz, penetrante. Tiene también sus vi30S de humorista, y
posee una cultura real, sin la que no es posible la crítica.
La amplitud de espíritu de André Billy, su carencia de prejuicios, su deseo
sincero de otorg1r a todo talento bien intencionado el puesto conespondieate,
se descubren con sólo repasar la lista de autores analizados por él y a quienes
se refieren los estudios incluidos en La ,lfuse aux Bésicl,s. Desde Jea&lt;1 Giraudoux a Walt Whitman, pasando! por Colette, por La Fouchardiere por Julien
Benda, por Pierre Benoit y A bel Hermant, desfila por el libro una serie de figuras muy diversas, proc-:dentes de muy distintos orígenes, y cuya variedad sorI43

�1:

LA PLUMA

LA PLUMA

prende a quien no considera la asombrosa diversidad de nuestra literatura
contemporánea.
Libros como el de André Bi ly son los mejores guías a través de la Francia
actual. El autor ha dado cima a una buena obra y a un excelente trabajo literario.

• • •

"
1'

1

1

Charles Derennes no cesa de asombrarnos. Poeta, novelista, cofabor.ador de
la Vie Parisienne, que acierta a ser, cuando quiere, perspicaz analist~, enamorado de la mujer parisina 1 de la que ha hablado con pasión de amor, para iCr
sencillamente-que vale más-pintor de la Mujer, se aplica ti mpo h,1ce a un
trabajo singular. Pretende estudiar los animales, o cuando menos, ciertos animales, como ha estudiado a los héroes y heroínas de sus libros anteriores. Esa
galería se intitula Bestiario sentimental, donde había puesto ya la Vie de Grillon, y ahora La Chauve-Sourú.
El género no es enteramente nuevo, puesto que visiblemente está imitado
de Maeterlinck, pero puede engendrar obras notables cuando el autor, no limitándose a la observación paciente, lleva en sí un amante y un poeta.
Preciso es querer como amante a esos bichos para hablar de ellos como
poeta. Charles Derennes es lo uno y lo otro, y de ahí el hechizo de sus libros.
Como la Vie de Grilton, como será mañana la Sotilté des f?qurmis, La ChauveSou,-is es un estudio paciente donde no se sabe qué admirar más, si el método
del observador o la manera de genio que manifiesta para introducirse en el ser
observado, vivir en él y hacerle vivir a nuestros ojos.
Estos libros son muy bellos, y destacan noblemente en la literatura contemporánea; no nos cansaremos de recomendarlos. El porvenir destruii-á sin duda
-esµeré-moslo al menos-muchos valores de hoy, y podrá ser que coloque en
primera línea obras de este género, cinematografía literaria original e inesperada.

• • •

Poco tengo que decir del teatro esta vez. La conclusión de la temporada ha
sido lamcotablc para !os teatros del boulcvard, desde el punto de vista material. Los directores inculpan a los autor"s, los autores al público, el públko a
las obras, y a nuestro parecer aciertan. Nunca se han representado en los grandes teatros franceses obras tan medianas, en condiciones tan desfavorables
para el buen éxito .
144

Obras montadas a todo gasto, ccslrellas• pagadas a precios ridículamente
exagerados, localidades carísimas, diríase que todo está dispuesto para que la
obra fracas&lt;.&gt;. Y fracasa, en efecto, y a nadie debería sorprenderle.
Por fortuna, conservamos algunas esperanzas, Ciertas agrupaciones teatrales nos han dado a conocer autores y obras de mérito. Ya he mencionado algunos . A estos hay que añadir La Cliimere, dirigida por M. Gastan Baty, que ha
representado obras muy notables de Jean-Jacques Bernard y de Jean Schlumberger. ¡Ojalá. viva mucho tiempo La Chimdre, para bien de las letras fran cesas!

JUta

B&amp;R.UUT.

PORTUGAL
la exposición panorá.mica de la literatura portuguesa
contempo:ánea, llegamos ahora a los cronistas periodísticos, impresionistas del suceso del momento I comentaristas del - hecho
efímero.
Joao Costa es de los más interesantes cultivadores del género.
Su observación es sagaz, y la oportunidad de su comentario, flagrante. Antonio
Ferro y Affonso de Bragan~a son los más i6venes escritores notables en esta
manera. Albino Forjaz de Sampayo imprimió a su espíritu u.n giro artificialmente pesimista, y siguiendo esa línea compone sus crónicas.
Luiz da Camara Reys y Raul Proen~a representan la tendencia revolucionaria de la crónica, adaptándola a sus prevenciones político-sociales.
Joaquín Costa es un cronista lírico, revoloteando sobre los asuntos con levedad que cautiva.
Entre los cronistas teatrales, Augusto de Lacerda es el más equilibrado y
('} de más firmes puntos de vista. Merece ser notade entre los nuevos Armando
Ferreira.
Tenemos pocos ensayistas. Antonio Sergio y Manoel da Silva Gayo pertenecen a la estirpe que comenzó con el fallecido Moniz Barreta. Agostinno de
Campos cultiva especialmente los ensayos críticos de vulgarización¡ 100 notab les los que ha escrito al frente de cada volumen de la Antología, cuya p ublicación dirige.
ONTINUANDO

X

�LA 'p LUMA
Corta es la familia de nuestros novelistas contemporáneos. Manuel Ribeiro
y Aquilino Ribeiro, All:ierto de Souza Costa y Samuel Maia, cultivan con mayor
o menor acierto el género narrativo. En la novela histórica hay un maestro in-'
discutible, que a la emoción que sugiere alía excepcionales primores de forma:
Anthero de Figueiredo. En otros géneros de novela , Eduardo de Almeida, perdido, oh•idado en provincias, ha probado ya singulares dotes. Raul Brandao,
novelista del claroscuro, de lo sombrío goyesco, no tiene par dentro de su
manera.
Prosadores sin género definido, que trabajan la frase y las imágenes, Luiz
de Almeida Braga y Veiga Simoens.
De3pués de escrita mi crónica anterior se ha publicado un trabajo notabilísimo de crítica literaria, que coloca a su autor en una de aquellas categorías a
que me referí: el estudio sobre Bras García Mascarenhas del Profesor Antonio
de Vasconcellos.
Cultivan admirablemente la Historia Gama Barros, que se ha consagrado a
formar la Histo1·ia da attministrapao pública dm Portugal en los siglos xn a xv;
Fortunato de Almeida, a quien se debe la Historia da lgreja em Portugal, abundante repertorio de documentos de estudio; Antonio Baiao, Jordao de Freitas,
Joao de Meira, Abbade de Tagilde (muertos los dos últimos, pero tan próximos
a nosotros, que podemos considerarlos contemporáneos), Vieira Guimaraens,
Ludo de Azevedo y Thomas dé Vilhena.
Críticos especialistas de arte, Joaq11.im de Vasconcellos, nuestro único musicógrafo; Antonio Arroyo y José de Figueircdo.
Magistral evocador de figuras históricas es el Conde de Sabugoza, cuya monografía sobre· la reina Doña Leonor, mujer de Juan II, es un trabajo acabado.
La generación de hoy es pobre en ·escritores dramáticos. Carlos Selvagem.
,en la comedia dramática; Brun, en la farsa moderna; Julio Dantas. en el drama
semi-histórico, semi-bure-ués, y Augusto de Lacerda, en el teatro simb61ico, son
los nombres que se salvan de toda la caterva de revisteros sin gracia ni origi1
'
•
nalidad.
Hablemos ahora de las escritoras. Pocas son, pero brillantes. Vera de Luna
y Clarinha, Luiza Gra~de y Juana Emilia Taronca. en la prosa, son, cada 11na
en su génerÓ y en su manera personal, nombres que pai·a siempre quedarán
ligados a lá historia de la literatura portuguesa. Es justo destacar también el
nombre de Virginia de Castro Almeida, novelista regional, dueña de una forma
agradabilísima, determinada por las !I'ás laudables intuiciones. Blanca de G.
146

LA PLUMA

,,
Coll~~o, Virginia' Victorino, María de Carvalho, Domitilla de Carvalho, son la~
principales poetisas de nuestro tiempo, detrás de las que siguen otros nombres celebrados, como los de Fernanda de Quadros y Oliva Guerra.
Con esto queda hecha la exposición panorámi.:a del estado actual de la lit¿
ratura portuguesa. Podemos ahora entrar en el objeto preciso de estas crónicas, el compte ,·endu de la producción literaria de Portugai.

• • •
De los últimos libros publicados retengo algunos, pues si la cantidad es crecida no corresponde siempre a la calidad.
L~is Fernando Ta vares de Carvalho es un poeta joven que publica su primer libro, al que ha dado el título sugestivo de O Graal do meo encanto.
Es un ramo de poesías líricas en que se adoptan los ritmos más variados
para servir temas muy diversos. El poeta se aparta · de preocupaciones de escuel~. ?'.Quiere halla•: en su lira la cu~rda que mejor traduzca el lenguaje de su
sens1b1hdad. Transcnbo, porque lo rnernce, una de las páginas más lindas de
este libro:
cl\leo amor: ouve: Alguem que já do mundo
se foi, e que tu olhei no derradeiro
Instante; Alguem, de olhar sereno e fundo,
Como o luar p'las noites de janeiro;
Alguern q' o seo aprumo en vao recunrlo
E nelle advinho uro Santo e um Romeiro ...
Alguem, Amor, q' já deo brado ao mundo,
E que ha de dar ainda ao Ceo inteiro,
Disse: que no jardim onde nascera
A hi plantara a flor que o seduzio,
Q' flor tao bella nunca o ceo houvera
Mas nao a vira o Sol,-e nao florio ...
-Vai boj~ es tu a Flor que o Sol quizera,
E emfim sou cu o Sol que a flor nao vio!,

* * *
_Cha das ~inco es e! títu!o del libro de Carlota Serpa Pinto (C/arin/,a). Esta
seoora ~s h1Ja de Serpa Pmto, explorador de África, conocido en todo el mundo. Hasta ahora limitábase su actividad literaria a colaborar en algunos perió147

�11

'

LA PLUMA
picos, desde que se decidió a escribir para el público en Diario Nacional, órgano realista portugués.
Este libro, C/Ja das cinco, es un conjunto de crónicas inéditas, en que se hace
crítica leve, y a veces, enternecida 1 de los aspectos variados de la vida social
portuguesa. La sonrisa de Clarinha va siempre rodeada de una aureola de mal
disimulada tristeza, de melancolía mal encubierta. Puede aplicársele la amarga
expresión que Beaumarchais pone en boca de Fígaro: «Je me pressc de rire de
tout, de penr d'Ctre obligé d'en pleurer •
La ironía de Clariuha no lastima: es como eJ roce de las pluma de un abanico~ no llega a ser el pinchazo de un alfiler de oro.

• • •

'1

'

'

Joao Amea1, a quien ya me referí cuando hablé de los críticos impresionistas, es también un novelista que vale. No hace mucho todavía que publicó
la novela 01/ws cinzentos, y su nombre reaparece en los escaparates de las librerías con otra novela, Nossa senko,·a da Mor/e. La primera indujo a la crítica
portugueba a aproximarlo, equivncadamente a mi entender, al novelista castellano Antonio de Hoyos y Vinent, que tuvo en Portugal fugaz notoriedad. Pero
entre el autor de El árbol genealógico y El pasado, sus dos mejores trabajos, en
mi opinión. y el autor de 01/ws cinzetztos hay gran distancia. Hoyos y Vinent recarga las tintas, nos da aguasfuertes; Joao Ameal es todo matices, medias lintas, crepúsculos.
Nossa senkora da Mor le es su mejor novela. En dos palabra.; se cuenta el
enredo. Rafael amó, en tiempos, a Elena. Después se casó con Magda. Hallándose ésta en un sanatorio, Rafael encuentra a Elena. Resucita !a pasión antigua,
y va dominá.ndolos por completo, cuando Elena, que tenía en Magda su mejor
amiga . llama a los dos para que la asistan en su óltima hora. La muerte colócase entre los dos ama[ltes, y renuncian, por amor de ella, al 11mor de sus corazones vivos. El enredo hace pensar un po~o, por el poder espiritual que ejerce
una muerte, en la no..-ela de Jean Louis Vaudoyer, Le dernür nndez-vous. Por
lo demás. son dos tragedias diferentes, y el estilo de Joao Ameal es enteramente suyo; más equilibrado, más armónico, más perfecto de imágenes en esta novela que en la primera. Joao Ameal, esencialmente pintor de escenarios, mueve
a sus personajes en un medio admirablemente dibujado, de curiosas tonalidades.

• • •

LA P L U ~1 A
Pai• lilaz, Desterro Azul, es el último libro de Affonso Lopes Viein. Este
poeta, ya regularmente conocido en España, posee una t·bra dilatada. Su primer libro, Para qul?, data de 1897. De todos, aquellos en que su arte se ha elevado más, son ese Pard ful? y el Ndufrago. Lopes Vieira, como muchos otros,
es víctima de la falta de sentido crítico de nuestro periodismo. Así va su nombre prendido a innegables trivialidades, que ciertamente no hubiese escrito de
permanecer indiferente a la fácil lisonja de una Prensa inepta. Dueño de genuinas cualidades líricas, las ha gastado lamentablemenie en manifestaciones sin
brillo. Es uno de nuestros buenos poetas contemporáneos; pero de los muchos
libros que publica, sólo algunas páginas merecen perdurar. Sus descuidos de
forma son patentes; y cuando la forma no sea todo en poesía, es mucho.
En este libro Paiz Jilaz, Desterro azul, hay esta cuarteta admirable:
O ceo era todo azul,
Como o teo sorriso é loiro,
Mas pra a balada de Tule
Faltavame a taca de airo.
Y hay también esta, que no sé si los lectores de esta Revista apreciarán en
toda su fealdad, pero que en portugués es horrible:
Vai partir a Embaixada!
Oiro, rubis, todo esplende!
Cada nao ernpave~ada,
Cada olho do Rezende!
Si Affonso Lopes Vieira escuchase menos a la badauderie indígena, y se
mantuviese inflexible en su línea, habiendo escrito tan bellos poemas como
Pa,·a qui? y el Ndufrago, no caería en los deslices que desde entonces acá caracterizan su obra.
AtFRBDO PnUNTA..

TEATROS
JONDO, BL BAJLX FLAMENCO y OTRAS VARU:DADKS.-Con ocasión
del primer concurso de cCante Jondo, en el Corpus de Granada
del pasado junio, han publicado sus organizadores un folleto i!us,
trador de los orígenes, valores musicales e influencia en el arte
musical europeo, del canto primitivo andaluz.
La adopción ~or la iglesia española del canto bizantino, basta el siglo once•
no en que fué introducida la liturgia romana propiamente dicha; la invasión

11

L CA.NTB

149

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~~- c ; i q ~ ~ ~ del H1'4•/flllll,.
~ c:qb,u.,P&lt;mH!R'h~Qlq ~-tel._; el cimpleode,••..._. m-6dico
que rara ves trasp11a los lfmites de una sexta;
lleltaio~111i07
D~,M4, ~ ~ta, úel;!Je1JWMAte ~ • d a do • .,.,....,. lapa'k,r
e WiPr. d ~M dc;.¡it~i4tfP.IPlttíataliea ~PpNlioDOí,e arre1,atme ...
Fi488 &amp;&gt;Pt 1, f"t;rp ~IW,'liiva ~ ~ ; Nllt -.... y pitolt CDIJ que anima el
~ro aj°' "A'W~1 t.o&amp;-,ru, 1M, e l ~ ~ a,,adalee 4lel ...u J"""" que
d . ~ ~~itblA ~ ' q P . IJl!MliWeaqtpf de la Wit ,i1ltl!OI padtlaile

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de clos Cincoa qUt= ~ ~ciQ11alifJ.r,:1 ~~• -'t tuck-, la m61ia' ru•,
io~Dfq dqraa~ au larp. ~Qeia ep Et~ .tn4,cm al piHe o a la oirqunta
Ju Í.Qfp.wadq "'IIPªIJi. • t9• ace&gt;mpallamlentea ck maat111,fabdang01-y Jota
~~. que.~e~visJbf\ ~ .teb,~ p~ailst&amp; F ~ bdrf¡ua 11.,.
~ Q . . LJI' A~~c:icNJ•.AftllllldU J&gt;O( Gliw 4etuJDio~lacrcaci6u &amp; ciertoe
~{Qientos orqueatalci. c¡u.c "v-loraa au •l«lleJde 4le 11118 noche de ffft¡,
~ ea M4dri4• 7 1u ~C.pr~ bfjJlan~ 11¡0bn, la jota anp•ee•r-. La .ultra de
Ri"'8kJ-Ko~, BQrodio y 13al~(.c,t4Himisme nQldde De yitmos J mloripo ~paflolqa.
~ jipportap~ q11e la ioll1,1~ q~ baJa podido lljercet1Ja mdsica pepa•
lar an~lu&amp;a ~ t9s ~ea4ore1 4~ .ir~ muaiJ:f,I auso, es la que en loe mocleril•
fr•ccaca dctefmina ~94alid~ca e11etaclales, no ya meramente pintoreacas y
,cceaoriait. ~ 4D los pr~nt~ El Dl!llllffic:o eapaloliamo de la
de .Bi~J. por: *•plo, ~ mú dr-'tico qae prtpiamcnt, !lllllical, Ea ea.-..
el pa~tlaPlp C$J&gt;116ol está trad11ciclo • un leng11aje lfDiffraal. Mientras que De-

.-IJSi~

(l.•,...
151

�LA PLUMA
bussy y Ravel emplean, incluso en obras que rio están escritas con intención
española, modos, cadencias, enlaces de acordes, ritmos y aun giros melódicos
que revelan evidente parentesco con nuestra música natural. Sin duda porque
en d cante jondo, de igual suerte que en los cantos primitivos de Oriente, la
gama musical es consecuencia directa de la que podríamos llamar gama oral.
¿Xo llegan a suponer algunos que palabra y canto fueron en su origen una
misma cosa? Louis Lucas en su Acoustique N11uve!le dice del género enharmónico
cque es el primero que aparee-.: en el orden natural por imitación del canto de
las aves, del grito de los animales y de los infinitos ruidos de la materia.• De
Debussy a Stravinsky y los más avanzados exploradores del futuro musical
hay una evidente tendencia a retrotraer la mú~ica como tal género artístico a
la expresión de lo inefable por medios naturales, que implican una reacción
contra el academicismo clásico.
cEI empleo popular de la guitarra representa-dice el folleto suso citadodos valores musicales bien determinados: el rítmico exterior o inmediatamente perceptible, y el valor puramente tonal-harmónico. Los efectos armónicos
qu«- inconscientemente producen nuestros guitarristas, representan una de las
maravillas del arte natural. Claude Debussy fué t:l compositor a quien, en ciec
to modo, debemos la incorporación de esos valores a la música artística; su escritura armónica, su /ejido sonoro, dan fe de ello en no pocos casos. El ejemplo dado por Debussy tuvo inmediatas y brillantes consecuencias: la admirable Iberia de nuestro Isaac Albéniz cuent.i entre las más ilustres.,
Sobre todo, y esto es lo que más nos interesa del concurso de Granada, e1
e;cmplo de Debussy, de Albéniz y de los rusos, mueve a Manuel de Falla a
trabajar la inspiración propia en el venero aodal~z. El autor de el.a vida breve,, de •El amor brujo,, de las ,Noche~ en los jardines de España,, de e El
sombrero de tres picos• nos debe la grao tran~posición artística del ca,ztejondo.
Las fiestas flamencas en que han reverdecido fugazmente 1,,s laureles de los
vencedores de Granada, para solaz de los espectadores madrileños de Parisiana
y el teatro del Centro, suscitan de nuevo la cuestión batallona dd concurso. El
canfejondo, el baile popular andaluz, a palo seco, ¿pueden ser un espectácnlo artístico? Tienen, en todo caso, su sede propia en el tab!ao, han menester del coro
adecuado de concurrentes habituales al Burrero de Sevilla, escenario sui-generis
par:t el arte natural de los ce&gt;rtijos. La composición del cuadro gitano para ingleses visitante~ del Albaicín J!fdel Sacro Mor.te, «-s harto pobre. Del recientemente presentido en Parisiana, aparte la suge5tiJo del canto alternado con
152

LA PLUMA
que se acompaña el baile, y el estilo casticisimo de la vieja Triui la Maestra, especie de Sarah Bernhardt gitana, aprovechable en grado sumo para un director
artístico que quisiera montar una hanza de la Muerte, poco puede decirse si no
es que revela cierto retroceso a los tiempos del baile flamenco de zarzuela, an-'
teriores a Pastora Imperio. Conocemos, en este respecto, una explicación foédita de la transposición artística del baile de lablao al, que fué inimitable, de
la propia Pastora. Hace pocos años, el prime,o que bailó en el Real la compañía rusa de Diaghilef, obsequió la Imperio una tarde a sus colegas moscovitas
con una sesión íntima de sus danzas. Bolm, el primer bailarín, quiso saber, entusiasmado como estaba, si el arte de la sevillana genial era espontáneo, lo que
a un discípulo como él de la rigurosa Ac;idemia coreográfica de Petrogrado parecíale inverosímil, o aprendido con conciencia artística. Pastora Imperio se
limitó a contestarle en un francés ceceoso y pintoresco: «Ju,q1ld ,na mere on
dansait comme fª·• Y agitaba las manos, cual si tuviera los palillos, a la altura
no más del pecho. e.Ya mere fut la premi,!re qui fit comme fª· • Esto diciendo
alzó un brazo por encima de la cabeza, erguida sobre el busto soberano, teniendo el otro a la altura del talle y como protegiendo graciosamente el cuerpo, en
la actitud que tantos estragos ha hecho entre sus malas imitadoras, y ante la
que se extasiaba el discípulo de Fokio.
Las gitanillas del cuadro flamenco de PJrisiana bailan como tiples de género chico de hace veinte años. No ya Pastora o la Argentina; la Argentinita,
Nati la Bilbaína, o la bellísima lsabelita Ruiz, en quien culmina el mal gusto y
la técnica fácil en que degenera el baile español artístico, revelan un progreso
indudable en la pobreza de los escenarios de variedades.
Por lo que hace al cante, si el público percibe con suficiente capacidad el
mérito de uu guitarrista como Mootoya, propende siempre a entusiasmarse
con los alardes de virt•10sismo, ni más ni menos que en la ópera italiana o en
los conciertos de Price. Uno tras otro se le ofrecían en Parisiana el bueno y e1
mal ejemplo, el arte rudo, austero, evidente incluso a través de los insuficientes medios vocales de Bermúdez el viejo; y las florituras flamencas de Chacón,
cursi como un tenorioo, tolerable tan sólo en alguna chufla como •Los caracoles•. Chacón es al cante jondo, lo que Gallito y sus malos sucesores al toreo
rondeño, lo que la Argentioita a la Macarrona. Chacón procede de Juan Breva,
el canat"io mds sono,·o de tiempos del rey jaranero. Es la perfección de un arte
degenerado. Un arte popular hasta cierto punto. El caso del cNiño Caracol» entonando con estilo neto saetas y soleares, no es más general que
153

�LA PLUMA

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11

el de un Pepito Arriola, pongo por fenómeno artístico espo_ntáoeo. Arte natural lo ·namá. el autor del folleto del Concurso. Sus mapifcstacio1!CS tienen más
de rito que de tradici6n ingenua. propia de los demás cantos populares españoles. Su carácter individual, su dificultad técnica le diferencian ,esencial 1mente de la música popular. Es un arte reducido,_por ende, a la comprensión de
los iniciados. Sentir lo jon_do no es dable a todos los oídos ni a todos los
ánimos.
Un poeta, Manuel Machido, ha encontrado la fórmula artística en que tale~
elementos naturales se funden con el sentimiento lírico personal. Su último
lib ro, Cante !tondo, así lo revela. Un' mú;;ico como Falla puede realizar la misma fusión, coptinuando la interpretación personal de ~sa historia latente eo la
soleá, la liviana y el polo, hasta el misterio de la Jt'gttiriJa.
¿Qué otra solución puede tener si no la conservación in.tegral, en sµ eureza prístina, de los cantos andaluces? La degeneración fl~menca revela el
impulso cre~dor del artista mediocre. El cantaor de tabtao, produce la musiquilla de género chico, o el espectáculo deleznable del flamenqui:Smo de va,rie•
tés . El cante hondo puede ~ngendrar buena música española de c4rmlra. La
zambra gitana puede- se1· qÍigen de una excelente academia de baile andaluz de
gran espectá.culo. En cuanto al bolero clási¡:o, de que es el bailarín Ramírez
uno de los más genuinos representantes. contiene en cermen jududables posibilidades artísticas en su represe1Jtarión humorística de los más equívocos
instintos sensuales.
Bien muerto, pues, el tlamenquismo, viva la música española.
UN CRÍTICO lNClPIENTB .

11

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LIBROS Y REVISTAS
Adolio Rcyes.-EJ carro de asalto.-Gil Blas,-Renacirnicnto, Madrid.
cTodos los l1ombres hacen de su ilusión carro de asalto; pero sólo avanzan
los que aplastan a la multitud; los de los hombres fuertes, antiguamentl:" cubiertos de bronce, y hoy cubiertos de oro. Los carros ligeros, como no atropellan
ni hieren, son detenidos por la muchedumbre, que irritada de que la adelante
cosa tan vana, quebranta sus ruedas. Así, el que va en carro que no derriba, no
llega nunca a su feJicidad. Es necesario para el asalto un carro que apisone la
grava de Ja muchedumbre. Si no, todos los mutilados por las ruedas de oro, detendrán las ruedas de marfil para que el que sueña, también. como ellos, se
arrastre.•
Así se explica Gerardo, protagooist;i de la novela, pocas páginas antes de
declararse vencido, una vez .-desgarrado para siempre el velo de Maya de su
vida•.
Gerardo es malagueño. El autor de El ca,.,-o de asaJ/o, también. Si por algo
nos interesa especialmente señalar esta circunstaoci;i, no obstante la novela en
sus accidentes exceda el ambiente local de Mál;1ga la bella, es porqne su mayor
mérito sin duda reside en la evocación de un aspecto determinado de la vida
española contemporánea, peculiarmente maldgueño.
No queremos decir, entiéndase bien, que el novelista se haya propuesto la
pintura de un cuadro regional más o menos pintoresco; ni siquiera que la evocación sugerida sea el logro de una intención artlstica encaminada sobre todo a
determinar ese ambiente en nuestro mapa moral. Pero, consciente o no e·l autor. tal impresión 1nalagueña, nos hace esperar en obras futuras una aportación
decisiva en el mismo sentido.
Esa impresión, ese ambiente a que nos referimos, nada tiene que ver con
las luces y colores, ,propios de la acuarela o la fotografía literarifls. Nos referimos a Ja situación moral en que Et carro de asalto se inspira. Por Málaga ha
penetrado en la sangre española ese morbo decadente, que acaso no sería muy
aventurado JI amar Medite1 ráneo, ese abandono soñ0liento. de perezosa ciegan•
cia espiritual, de la Costa Azul, de la riviera italiana, de Nápoles y Capri. Digo
que ha penetrado en la sangre española, porque sus efectos no sóo los del cos155

�LA PLUMA
LA

PLUMA

mopolitismo errante, sino que por la frecuencia de cr1:1:ccs selectos entre ingleses y malagucñ.@,s, o viceversa, en los años en que el industrialismo naciente
atropellaba a cierta parte de la nobleza antigua, el mo1bo decadente que señalamos tiene en Málaga un desarrollo sui generis. El mismo cruce anglo-hispano
en Jerez, por ejemplo, ha dado finísima raza de caballos, de mujeres y de hombres de negocios. La mayor blandura malagueña débese quizá a que la inmigracióri británica lo fué principalmente de enfermos ricos-tuberculosos, hipersensibles.
Adolfo Reyes no pretende bucear en ese ambiente característico de la Málaga moderna. El ca,To de asalto es una novela sentimental, cuyos episodios
están siempre intervenidos en la narraci6n por el afán explicativo del autor,
desdoblado en la conciencia de sus personajes: Dos hombres de peso, un escultor, un poeta, una actriz, una enamorada que engaña su pasión pintando, en
derredor de i1na mujer falal y un hombre sin sentido. La acción transcurre
principalmente en Barcelona. Lo que nos gusta de ella, repetimos, es su especial acento malagueño.

* • •
R. Ba.eud.ía Abren. -Lu~. - Novela de costumbres choqueras. Barcelona,

1922.

La novela de costumbres, y más anunciada como tal, presupone la supeditación de todo propósito al de copiar del natural. lo más exactamente posible,
un escenario determinado. Las de Pereda, algunas de Palado Valdés y Blasco
lbáñez, las comedias de los hermanos Quintero, caen dentro de la literatura
costumbrista. ¿Por qué no las novelas contemporáneas de Galdós, ni las de Valera, pese al realismo de las unas o a la minuciosidad detallista de éstas? Por
su intención transcendente. Porque Valera y Galdós, corno ahora Valle-Inclán
y Baroja, y Azorfo, y Unamuno, y Pérez de Ayala, por caminos diversos, no se
limitan a copiar fielmente, sino que depuran, exaltan, crf"an con el barro de la
realidad un mundo c:,n espíritu propio. ¿Hemos de decir por eso qtte la literatura de costumbres es un género ir:iferiod Tanto valdría negar la calidad artf~tica del paisaje comparado con la pintura de figura, lo cual entra por los ojos
que no es cierto. Que no hace el nombre a la cosa, y sí el hacedor-mucho más
en .\rte, plástica o literaria.
¿Ha querido el autor de Luz pretextar una intriga novelesca para invitarno.; al viaje por Estuaria-Huelva-y sus alrededores? Así parece deducirse de
la frecuencia con que se interrumpe en el relato de los acontecimientos por él
inventados, para describir, para enumerar muchas veces, complaciéndose no
más en el recuento, las bellezas del campo y la ciudad, su transformación, de
la paz idílica al tumulto industrial, su pasado-evocación de las galeras de Colón-, su presente-materialismo pujante-, su ·porveoir rosado. Con todo, el
protagonista de la novela, que se llama Roberto, buen nombre de romántico
amador, hallándose en cierta ocasión acongojado, saca un libro del bolsillo y
empieza a leer: « ... esa linda producción, sin duda la mejor de Octavio Feuillct,
156

que se titula Le reman á'u-: jenne homme pauv1·e... Roberto DO leía, sino que saboreaba con fruición los bellos capítulos de esta novela, que es una verdadera
filigrana en su género.,
Este pasaje, que transcribimos a la letra, nos resuelve la duda que Ja lectura de Lus sugiere, respecto a la; intenciones del novelista, no ya al escribirla, al subtitularla novela de co.rt1'mbre.r. ¿Es que las de Estuaria son, en efecto,
nos decimos, tan puras y sencillas como las que nos revela el Sr. Buendía, no
obstante sus personajes vivan pasiones intensas? Roberto DOS da la respuesta
f:n el pasaje suso citado. Hombre de buena fe, vive en ese mundo donde triunfa la virtud y a los protagonistas los entierran con palma. Por lo demás, es achaque general c!.e novelas de costumbres el no pintar sino las mejores, sobre todo
si ello va en alabanza de aldea y tnenosprecio de corte. Las de Pereda, las de
Trueba, sírvanme de excelente ejemplo. Como más cercanas a la Luz del señor
Buendía, citaremos no más las de Fernán-Caballero, y hoy las del Sr. Muñoz y
Pavón, presbítero, muy difundidas merced al reclamo que de ellas se hace en
los confesonarios, especialmente en Andalucía.
Por otra parte, ¿cómo no estar conformes con la doctrina literaria ~entada
por el autor de Luz al retratar a Roberto el protagonista? eLos .rpo,·t.r y la literatura eran Sil~ dos grandes aficiones. Habí;¡ leído muchísimo, y conocía a fondo
los clásicos griegos y latinos. Los escritores del siglo de oro de nuestra literatura habían sido objeto de su particular atención, siendo sus autores predilectos Cervantes y San Juan de la Cruz. Sus gustos, cada día más refinados, en materia lite-raria le llevaron a la tentación de hacer muchos trabajos en prosa y
verso, algu[!OS bastante aceptables; pero dudoso siempre de sus propios méritos, jamás tuvo el valor de darlos a conocer por medio del libro o de la
Prensa.
,Manera. de proceder digna de loa, y que debería ser imitada por el sinnúmero de ignaras medianías que pululan en nuestros tiempos por el camíJO de
la literatura patria, con daño manifiesto de la misma, y que hacen mangas y capirotes de la gramática y destrozan el idioma.
•Detestaba cordialmente a los autores que, faltos de léxico propio, escriben
con pluma de ganso, empleando frases y aun oraciones enteras de los clásicos;
y también abominaba de aquellos otros enfáticos y pedantes que emplean de
modo desaforado y sin ton ni son adjetivos y nombres estn1falarios y rirnbombantes, rebuscados en el diccionario con una paciencia digna de mejor causa,
para demostrar asf una erudición de la que carecen en absoluto. A éstos los
llamaba, con mucha propiedad, ratones de biblioteca.
•A los neo-clásicos y ultra-modernistas los calificaba de sospec/10.ros, es decir, algo así como una especie de monedas clandestinas literarias.
&gt;Le gustaba que las ideas vertidas por los autores en suii obras fueran, si.no
nuevas, porque esto es difícil, por lo menos bien dichas y discretamente engalanadas.
• Y como la justicia bien administrada debe empezar por uno mismo, cuando repasaba lo que él había escrito y veía que aquellos: pensamientos no eran
suyos, sino que los había leído en autores antiguos o mod~rnos, tocaba retira1

57

�LA PLUMA

LA PLUMA
da y se dedicaba a guardar en su biblioteca las cuartillas de estos trabajos, que
habían de permanecer inéditos ... &gt;

• • •
Lula del Valle (Suly Veya): Floru A/arrkUas.-Pocsías.-Bit,liotcca Nuc•
v.t.-Editorial Athcuaeum.
Las clasificaciones hist6ric.ts, de cualquier orden, no responden exactamente a uaa i-ealidad delimitada en el tiempo con la nitidez que suponemos al con•
siderarla a distancia. La invasión de los bárbaros, la toma de Constantinopla
por los turcos, la Edad ,\lcdid, son conceptos a posteriori, desconocidos espccialmeute por algunos aut&lt;1res drotmáticos como aquel QUC hacia exclamar al
µrotagoni:::.ta de una de sus tragedias al final de un acto: e Partamos, pues, pan.
la gueru de los treinta años.,
Lo mismo sucede con las clasificacione, de la historia literaria. Siglo de Oro,
Romanticismo, Stmbolismo, Modernismo, Futurismo, son nombres que corresponden no más que rdativamcnte a un período de tiempo determinado. La inspiración de los poetas y el gusto de los lectores no cambian uniformemente y
a toque de corneta. Así, J.1,; Flores Af,irúiitas de Luis del Valle no pertenecen
a las 61_timas direcciones de la poesía española, a la zaga del movimiento europeo. N1 faltará quien arguya que la verdadera poesía nada tiene que ver con
las modas y los modos diferentes de expresión" Es posible que alguna vez, hablando corno se suele a la ligera, hayamos caid'J nosotros también en el error
de referirnos a la poesía verdadera e inmutable. Nada menos seguro. Una cosa
es el prurito insano de la novedad a toda cosca v otra el encastillarse en una
manera de sentir anticuada, por haber pasado ~- lugares comunes poéticos lo
que en un tiempo pudo deuotar una renovación de la sensibilidad literaria.
¿Hemos de negar por eso toda consideración a poetas como Luis del Valle,
cantores post-romántic0i, a tono sin duda con cierto número de lectores y quizá sobre todo de lectoras, que se nos antojan rezagados, pero que se complacen
en las antítesis, harto U.ciles ya a nuestro entender, de cLa cinta de seda&gt;,
«Una mentira más•, y cLa voz de la vida?• No por cierto.

• • •
Hu.berto Pérez. de la Os■a.-Pol,f"n/a.s.-(Poesías, 1915-1922). Madrid, 1922.
. P~etende el autor, en breve nota preliminar, tal variedad en punto a la insp1rac16n de los versos que componen su libro, que éste-a su entender-lo
constituyen dos más bien: el de su adolescencia y el de su juvectud. Antes y
después de: pecado, como si dijéramos.
. No creemos nosotros lo mismo. El artificio con que está dividido-Sones de
o~gano; En t~ clave;. Esquilas_; Afúsica inferi"r-responde mb que a una neccs1da_d: a una 1ntenc1ón preciosista. Polif,mías, en efecto, saivo dos-o tres compos1c1ones fin.tics, que denotan un propósito de expresión dinámica a la última

moda, corresponde exactamente al gust~ poético oc hace um:,s cuantos años,
cuando al sentimiento, sinc~ro o no, pero con pretensiones de parecerlo, sucedió en los líricos la contemplación estética. Hubo entonces un prurito de in·
genuidad, un retroceso a las emocione:1 sencillas-vitrale&lt;s góticos, perfume de
incienso, visiones monjiles-tao perversos como cualquier paraíso artificial.
Los poetas no transcribieron ya la realidad sino a través de una interpretación anterior, pictórica, musical, o musical y pictórica J un tit:mpo. La portada prerrafaelista dibujad 1. por el propio Pércz de la Ossa para Polifonías, las
ilustraciones del texto por Zamora, revelan esa intención. Lograda a veces ca
esta, páginas: con innegahle gracia poética.

• • •
0.-W. de L.-Milosz,-La Confessio,: de Lemuel. -La Connaissance, París, 1922.
Con el libro de 0.-W. de L.-Milosz, recibimos su tarjeta de Encargado de
Negocio,; de Lituania en Francia. Uno de los primeros pO~!'I'as, está dedicado
a Miss Natalie Clifford Uarney, otro, a Natalie. Miss Natalie Clifford Barney,
mantiene en la o,·il/a izquierda, el fuego sagrado de los salone-s literarios de
París. Esto del fuego sagrado no está pu&lt;""sto aqui a humo de pajas. Cuando me
fué dado visitar el salón literario de Mis:. Natalie Clifford Barney, 11dolecía la
capital de Francia, en plena crisis de la victorta. de falta de carbón con que alimentar las calefacciones centrales. Miss Natalie C\ifford Barney reducía su salón de la rue des Saiots-PCres a una habitación espaciosa del piso alto de su hotel1 de la que había hecho con excelente hmnour o bon4omie, alcoba, gabinete, comedor y despacho de trabajo, donde reunía a sus amigos, literatos y arlistas. un
día por semana, en torno a una gran chimenea reconfortante. Los amigos de :\liss
Natalie Clifford Barney son, principalmente, amigas. La que le:dió celebridad fué
la genial poetisa sáfica y suicida Renée Vivien. Remy de Gout montera también
asiduo concurrente al salón de l.liss Natalie Clifford Barney. Amigo de más
confianza que otros. entraba al salón atravesando a cualquier hora de! día o de
la noche, las habitaciones que yo ví refundidas en una. Así se desprende al
mt&gt;nos de las Lettres d l'Amazone que le dedicó. y a que ha respondido Miss
Natalie Clifford 8.1rney C•"ln sus Propos tlu!lr A11uzone, coleccionados en un
libro qut era reciente cuando su autora nos lo ofreció amable hace tres años.
)1iss Natalie Clifford Baroey tiene por ende esa encantadora ingenuidad
de \as mujeres de mundo. El día que asistimos a la reunión semanal en su salón, nos recibió deplorando nuestro retraso. Un poeta-¿el gran Paul Valery?acababa de salir de allí. Habfa estado hablando de un extraordinario lírico español. Un ma\larmeano. ¿Qué digo un m&lt;1l\armeano? ¡Un Mallarmé tal! Poeta
moderno, insistió Miss Natalie Ciifford Barncy, disculpando su olvido con la
dificultad de pronunciar los nombres españoles. Poeta moderno, y español de
España, no de América como Rubén Darid. Monsieur Salomón Reinach-a quien
miraba en vano Miss Natalie Clifford Barney repartiendo tazas de te-, no ha-

�LA PLUMA
bía p;1rado atención en el nombre ni en el descubrimiento del poeta ausente.
«Es algo así como Góra, Góra, pero tan difícil...», insistió Miss Natalie Clifford
Barney sacando fuerzas de su flaqueza de memoria.-¿Góngora?-aventuré-.
Cest fªl

La Confnsion de Lémuel, e~ un libro de pequeños poemas herÓ'léticos, precedidos de una epístola, a modo de prólogo simbólico, de un simbolismo
pseudo-filosófico, místico, e incidentalmente inspirado en motivos pe rsonales
a que se alude por confidencias sucesivas. ¿El señor O .-W. de L.-Milosz, es un
mallarmeano? Un mallarmeano de salón, en todo caso. Del salón. gongorino de
Miss Natalie Clifford Barncy. Lo más ínteres2nte para el crítico, y aun para el
dílettante, del libro del señor Milosz, es la sombra, el eco, la evocación-a través de la depuración occidental, francesa-del evidente espíritu eslavo que de
sus páginas trasciende.

• ••
Céline Arnauld.-Poin/ de mire.-PoCmes. Collection 11.Z, Jacques Povolozky
et Cie.-París.
Un retrato, al lápiz, de la auton, puesto al frente del librito, nos predispone en su favor. Más que por su hermosura, por el androginiomo gracioso que
sus facciones, su figura, su peinado, su traje, denotan. Es el suyo, sin duda, un
tipo muy de mujer moderna, cuyo mayor encanto está en la perversión inocente con que se produce y nos solicita. Es romántica. Romántica, todo Jo dernier
cri de la moda literaria que se quiera, pero lo es. Pretende sorprendernos con
el misterio, harto descubierto, de sus ojos, de su paso masculino, de. su humorismo lírico. Es inútil que nos diga cosas incongruentes, en versos estrafalarios , Va ve:;tida por un buen modisto, lee los últimos libros, sabe estar en la
sociedad de las gentes de letras de París. Su gracia exige cierta comprensión
del lector, e-s verdad. Pero ya, nos guste o no, lo comprendemos todo. Lo que
ella misma no sabe, se explica por el psicoanálisis.
11.Dans ce monde traitre rien
va trop vite ni trop tard
l'aspect des choses depend ,
du Poin.t áe Mire du regard,,
que pudiéramos decir, traduciendo libremente la profética kumorada relativista de nuestro Campoamor.
c. R. c.

160

A:'l'O Jll.

1

~!ADRID, SBPTIBMBRB 1922

NÚM. 28.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA &lt;1&gt;
ESCENA PRIMERA
! ' !ANA DEL PRIOR: Fttévil/ad,señorío, como lo declaran
sus púdras insignes: Está llena de prestigio la ruda sonoridad tk sus
atrios y quintanas: Tient su. crónica tlt piedras sonoras: Candoroso romance de rapiñas feudales y banderas tk gremios rebeltks, frente a condes y mitrados. Viejas casonas, viejos linajes, pergaminos viejos, escudos marcos, pregonan las góticas fábulas de la Armería Galáica. ¡ Viana

dd Prior! Feria renombrada en la Octava dd Corpus. Nunca faltan
lusos y castellanos.-Un campo verde con robledo. Velarios.-Gentío. Ganados. Vistosos tendales. Portugueses talabartes, jalmas zamoranas,
pardas esta111e,ias. En las bayetas de los refajos canta1t amarillos, verdes y granas. El asul en las calzas, y en los recortes tkl sayo. Tentk( 1) V éase LA

XI

PLUMA.

de agosto, 1922.
161

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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•

LA PLUMA

�i\..
«J:a pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes

VOLUMEN QUINTO

y la que sustenta leyes.»

MADRID
I 9 2 2
\

�.·

AÑO ID.

1

MADRID, JULIO 1922

CARA DE PLATA

1

NÚM. 26.

4t, COMEDIA

BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA
ESCENA PRIMERA
ALEGRES ALBORES. Luengas brañas comunales, en los Montes de Lantaño. Sobre el roquedo la ruina de un castillo,y en el verde
regazo, las Arcas de Bradomín. Acampa una tropa de clzalanes, al abrigo de aquellas piedras insignes-Manuel Tovio, Manuel Fonseca, Pedro Abuin, Ramiro de Bealo y Sebastián de Xogas-. A la redonda,
los caballos se esparcen mordiendo la yerba sagrada de las célticas mámoas.
PEDRO ABUIN

Ganados de Lantaño, siempre tuvieron paso por Lantañón.
IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁEZ HERMANOS.
NORTE, '.ll. MADRID. TELÉFONO

17-65 J.

RAMIRO DE BEALO

Hoy se lo nie¡an.

s

�LA PLUMA
LA P L U ~1 A
VOCES LEJANAS

PEDRO ABIJIN

¿Qué se ofrece?

Eso aún hemos de ventilarlo.
RAMIRO DE IJEALO

No te metas a pleitos, con hombre de almenas.

PEDRO ABUIN

En Lantañón parece ser que ahora sacan el fuero de negar el
paso a los que transitan para la feria de Viana. ¿Estáis conformes
en ello?
EL VIEJO DE CURES

PEDRO ABUIN

¡Casta de soberbios! El fuero que tienen, pronto lo perdían si todos nos juntásemos. ¡No es más tirano el fuero del ;Rey!
SEBASTIÁN DE XOGAS
1

¡Si hay ley!
PEDRO ABUIN

¡No la hay! Ni ley ni poder para negarnos camino, tiene el viejo
Montenegro.

Ya hubo reyes que acabaron ahorcados.
RAMIRO DE BEALO

En otr&amp;s tierras.
¡Montenegrosl ¡Negros de corazón!
PEDRO ABUIN

A esa casta de renegados la hemos de ver sin pan y sin tejas.

¡Más altos adarves se hundieron!
MASCF.L TOVIO

Pero en el ínterin se nos priva el paso por el dominio de Lantañón. ¡Tanto son parciales los días presentes!
POR LOS CAMINOS DEL MONTE van clzalanes y feriantes,
tn desgranadas hileras. Los rk Cures y Tras Cures, los de Taveiros 'Y
los de Nigran. Trasponiendo las célticas lomas, entre picasy gritos, cornea una punta rk vacas. Las voces de los clzalanes y el ladrido de los
perros_prolongan un épico verso, en los cri.-tales matinales.
PEDRO ABUIN

6

¡Mucho aventuras!
SEBASTIÁN DE XOGAS

MA.l\UF.L FONSECA

¡Alto, compañeros!

EL VIEJO DE CURES

Tanto no juego, pero habría que deliberarlo. Conforme al texto
de los pasados, nos debe servidumbre el dominio de Lantañón. Eso
conforme al texto de nuestros mayores.
RAMIRO DE BEALO

El vinculero ganó el pleito que tenía con los alcaldes.
PEDRO ABUIN

¡Fué mal sentenciado! Y todos a una puestos en la de pasar, nos
reímos de papeles.
EL VIEJO DE CURES

Donde hay sentencia de juez, mala o buena, tuerta o derecha, le
toca perder al rebelde. ¡Siempre lo he visto en los años que tengo!
PEDRO ADUIN

Con sentencia o sin sentencia, no tiene poder contra todos el
viejo Montenegro. ¡Esa es la mía!
1

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL VIEJO DE CURES

Arrogancias, nunca ganaron pleitos.

UN PASTOR, escotero y remot{} sobre una peña, asiste al concilio
Jzacimdo círculos con el hierro cúl cayado en los líquenes milenos del
roquedo.
EL PASTOR

SEBASTIÁN DE XOGAS

(Qué cuentas son las vuestras? ¿Llevar el ganado por la barca?
EL VIEJO DE CURES

Acercarnos a las puertas del pazo, y pedirle su venia al vinculero.

La idea vuestra, ya otros la pusieron en obra. ¿Y qué sacaron?
jÜir malos textos! Yo fuí con buenas palabras. ¿Y qué saqué? ¡Escarnios! Me oyó tirándose de las barbas, y acabó con que fuese a pe,dírselo la parienta.

PEDRO ABUL"{

¡Es mucha la soberbia que tiene!

MANUEL FONSECA

¡Con ella en la cama sentenciaba el pleito!

EL VIEJO DE CURES

Pues nos allá vamos con ese concierto, y a ser vos conformes,
podemos ir todos, que más fuerza hacemos.
PEDRO ABUIN

EL PASTOR

¡No sentenciase su fin!
RAMIRO DE BEALO

Es el fuero que tiene.

¿Y si se niega, qué procede?
EL VIEJO DE CURES

Esperar una mudanza de su genio. Tú propones juntarnos para
la rebeldía. ¡Así es! Yo para las mediaciones que transigen guerras.
¡Quién tuvo razón, lo diga el tiempo!

EL PASTOR

Pues llévale la vaca de tu corte.
PEDRO ABUIN

Ya se la había llevado.
RAMIRO DE BEALO

RAMIRO DE BEALO

Con ir allá, nada se nos pierde.
MANUEL TOVIO

Si lo atrapamos en la hora renegada, nos echa con rayos y centellas.
PEDRO ABUIN

Si mala palabra me dice, mala palabra respondo.

Un rayo que os parta.
PEDRO ABUIN

¿Qué resolución tomamos, compañeros? La mía es meter el gana&lt;io por los arcos . Pero habíamos de ser todos a una; si como dicen,
hubo ya tiempos donde fueron quemadas las casas de torre, pudieran volver tales tiempos.
EL PASTOR

LA VOZ llEL VIEJO

¡Con ese dictamen no vengas allá!
8

Vamos y no lo demoremos, que está solo en la cueva el lobo cano.
9

�LA PLU.MA

LA P L U l\l A
PEDRO ABUIN

¿Qué respondéis los feriantes? ¿Nos juntamos para hacer valer
nuestro derecho?
EL VIEJO DE CURES

Tengo una carga de años, y os confirmo que más ganaremos con
palabras cristianas que con acciones rebeldes.
PEDRO ABUIN

PEDRO ABUJN

¡Montenegro, emplazado quedas!
EL TROPEL DE CHALANES parte en cabalgada., y el pastor
en lo alto de la peñ_a, silueteado sobre el cielo, los despide con un grito,
agitando los brazos.
EL PASTOR

¡No hay otra guerra que quemarle los campos!

Los de ese dictamen que vayan delante y hablen primero.
EL VIEJO DE CURES

¡AmJn! Sin concordia entre altos y bajos, el mundo no se gobierna.
VOCES DE LOS FERIANTES

¡Too! ¡Marelal ¡Tooo! ¡Bermella!
MANUEL FONSECA

ESCENA SEGUNDA
El PAZO DE LANTAÑÓN-Luces matinales-. Sobre el atrio

de limoneros, la arcada. de tma solalla, con escalera de piedra. Sabe/ita
está en lo alto, de pechos al arambol, rubia de mieles, el cabello en dos
trenzas, el hábito de Nazareno. En el lindero del atrio clamorea una
ringla de mujerucas con frutos y tenderetes.

Esperemos a ver lo que saca Quinto de Cures.
RAMIRO DP: BEALO

El no, ya lo lleva.
!:L PASTOR

Sacará lo que otros sacaron.
PEDRO ABUIN

¡Sacará voces y denuestos!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Atención pido! De ir a un levante tiempo tenemos. Y para mi:
discurso, nos 0uadra dejar cualquier querella hasta pasado el Corpus
de Viana. Busquemos, ahora, h vida en la feria, sin contratiempos,
que a la vuelta lugar hay de abanderarnos contra la sentencia del
vinculero.
ro

CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¿Es verdad que se quitó el paso? ¡Miren que es mucho el arrodeo!.
¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Con el camino tan largo que traemos! ¡Madre Bendita! ¡Que venimos de muy distante! ¡Más aniba de
San Quinto de Cures!
LAS MUYER UCAS se apartan para dejar paso a un jinete, mancebo muy gentil que, cercado de galgos y perdi((ueros, entra al galope.Basculada. con gritos y espa1itos, cestos torcidos sobre las cofias, manos
aspadas protegiendo los tenderetes-. Don Miguel Montenegro, el hermoso segundón, salta de la silla y ata el caballo a una artrolla empotrada.
en el muro. Por stt buena gracia, los suyos y los ajenos le dicen Carade Plata.
11

�LA PLUMA
LA PLUMA

CARA DE PLATA
CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¡Don Miguelito, déjenos pasar! ¡Tenga compasión, Señor Carita de
Plata! ¡Que venimos de la fin del mundo! ¡Tenga buen corazón!

Mi madre te espera.
SABELITA

¿Por qué no me manda ir? Yo bien lo deseo.
CARA DE PLATA

UNA BOLICHERA

¡Téngalo de plata como la cara hermosa, Señor Caballero!
CARA DE PLATA

¿Ahora que yo he venido?
SABELITA

No comiences.

¡Pasad con mil demonios!

CARA DE PLATA

LA BOLICHERA

Ayúdame a ver qué tiene este cadelo, pues viene cojo.

¡Viva el Señor Carita de Plata!
CARA DE PLATA

SABELITA

Si entró por las tojeras, será alguna espina.

¿Cuándo me lo das, pichona?
LA BOLICHERA

Cuando ponga la cara seria.
CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¡Dios le florezca! ¡Dios le florezca!
LA RINGLA DE MUYERUCAS penetra en el atrio, y pasa el
gran arco con escudo y cadenas. Sabe/ita deja oir el ceceo cautarín de
su voz, y sobre las piedras viejas de la solana, entre el verde de los limoneros, se enciende la nota morada y dramática del hábito Nazareno.

CARA DE PLATA

¡Ven aquí, Carabel!
EL CAN SE ACERCA con un brazuelo en el aire, y el hermoso·
segundón lo vuelca mirá•uiote las pezuñas. Sabe/ita está a su vera, arrodi.Llada sobre las losas, risueña y atenta.
SABELITA

¡No te clave los dientes!
CARA DE PLATA

Ya verías tú de curarme.
SABELITA

SABELITA

No soy cirujana.

¿Cómo queda la madrina?
CARA Di PLATA

Rezando el trisagio. ¿Y tú, cuándo vuelves allá?
SABELITA

Cuando el padrino lo ordene.
f2

CARA DE P LATA mete el puño en la boca del alano, que g ime
ostigado, pero sin morderle. Sabe/ita le mira fijamente, los oj os ing enuos.
y fran,eos como los de una niña.
13

�LA P L U l\1 A

LA PLUMA
S.\BELITA

¡No tienes los cabales!

CARA DE PLATA

Será otro hablar, a la luz de la luna.
CARA DE PLATA

¡Muerde Carabell

SABELITA

¡Eres tú muy lunático!
SABELITA

¡El animal, discierne más que túl

CARA DE PLATA

¿No me quieres, Isabel?

CARA DE PLATA

¡Pues que siga con la espina!
CARA DE PLATA salta en pie, con gentil y violento alarde. Tze,ne el cabello de oro, los ojos de alegre verde, la uariz de águila imperial.
SABELITA

SABELITA

Al modo tuyo, no.
CARA DE PLATA

Pues no me quieres.
SABELITA

Eso será.
CARA DE PLATA

¡Alienado!
CARA DE PLATA

Esta noche te deshago la cama.

Ponme tú cuerdo.

SABELITA
SABELITA

¡Qué falto estás de sentido!

¿Con qué yerbas?

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Con palabras.
SABELITA

No soy saludadora.

SABELITA

1No seas pirata!
CARA DE PLATA

SABELITA ARRODILLADA al pie del can, sobre el suelo de
piedra, se aja11a por sacarle la espina que time clavada en el brazuelo·
El hermoso segun&lt;Un vuelve a su lado.
CARA DE PLATA

Esta noche tengo que hablarte, Isabel.
SABELITA

¿Y no es hablar lo que estamos haciendo?
14

¿Me abrirás la puerta?

Si la encuentro cerrada, cuenta que la derribo.
SABELITA

JBárbarol
CARA DE PLATA

¡Cuando me veas aparecer, no grites!
SABELITA

¡Pero para ti no hay honestidad!

�LA PLUMA

LA PLUMA
CARA DE PLATA

CARA DE PLATA

¿Y qué sucedería, si esta ~oche entrase en tu alcoba?
SABELITA

¡Cómo te gusta cavilar en el pecado! Y no me das miedo, Carita:.
de Plata... Pero si me quieres, quiéreme honesta.
DON :JUAN MANUEL MONTENEGRO, con la escopeta y d
galgo, rufo y madrugador, aparece por el huerto de frutales, y se para
en la cancela. Es un hida/¡[o mujeriego y despótico, hospitalario y violento, rey suevo en su pazo de Lantañón.

Lo tendré presente.
DON YU.4N MANUEL le mira con enojo risueño, Jiente por aquel
hijo una afección indzt/f(ente y ruda. El gentil mancebo está en pie delante de sn padre, la boca serill y un alegre ímpetu en el verde cristal
de los ojos. Pronto y liberal se arranca y besa la m,mo del viejo que
le acaricia la cabeza.
EL CABALLERO

¿Queda en buena salud tu madre?
Sí, ~eñor.

EL CABALLERO

Cara de Plata, deja la buena compañía, y ven a rendir tu cuenta.
Ayer te esperaba. ¡Muy largo se ha vuelto el camino de Flavial

¿Qué hace?

CARA DE PLATA

CARA DI PLATA

EL CABALLERO

¡Aquí me tiene abandonado!

EL CABALLERO

CARA DE PLATA

De algo parecido se duele mi madre allá en Viana.
EL CABALLERO

Son sus romances. ¿Y ahora sepamos qué historia es esa con que
me ha venido Pedro Rey?
CARA DE PLATA

CARA DE PLATA

Se le fué al río una vaca brava, y me tiré a salvársela.

Nadie está libre de una tentación.

EL CABALLERO

EL CABALLERO

Pues si eres tentado, procura ganar, y si pierdes no te aparezcas
ante mis ojos.
16

EL CABALLERO

Lo de siempre: Novenas.

Tuve el caballo con un torzón.
Mandé en tu busca, para hacer en el monte recuento del ganado,
y poner el hierro a los novillos del año. Tus hermanos allá están.
El ganado más lucido hay que bajarlo a la feria de Viana. Irás con
tus hermanos mayores, que ellos están caídos en picardías de chalanes ... Pero el dinero lo guardas tú. Espero que no te lo juegues
como suelen hacer los otros Barrabases.

CARA DE PLATA

No son esas mis noticias. Parece ser que tú has montado sobre
la vaca, y que contigo encima se sumergió y tragó tanta agua, que
ha muerto bajo el puente.
11

�LA PLUMA

LA P L U:-\ A
CARA DE I-LATA

CARA DE PLATA

No ha muerto. Está para morir.

Padre, yo aquello que hago, bueno o malo, lo hago sin consejo.

EL CABALLERO

,1

Pedro Rey pretende que yo Je pague la res. Ya le he dicho que
me la traiga viva o muerta. Quiero proponerle un cambio.
CARA DE PLATA

Le roba a usted el dinero. Cuando yo me tiré al río, la vaca estaba ahogándose. No se la pague usted.
EL CABALLERO

No hablé de pagársela. Quiero proponerle un cambio: Que me
deje la res, y cargue contigo. ¿Te parece bien?
CARA DE PLATA

Yo soy un hijo obediente.

EL CABALLERO

Pues ahora, sube al monte, y cumple con arreglo a mis órdenes.
CARA DE PLATA

Amén.
EL HERMOSO SEGUNDÓN desata el caballo, ijtte piafa atado
~n la sombra del rudo arco de piedra, cabalga de u,z salto y sale algalope, bajo la mirada orgullosa del viejo genitor. E11 lo alto de la solana,
rubia como una espiga, infantil y risueña, está la akijada del vinculero.
CARA DE PLATA

¡Adiós, Isabel!
SABELITA

¡Que tengas sentido, Carita de Plata!

EL CABALLERO

Hablemos en veras. ¡Yo querría que tú fueses un caballero que
correspondiese en todo a las obligaciones de su sangre!
CARA DE PLATA

EL CABALLERO

¿Te enamora mi rapaz?
SABELITA

Son ventoleras.
EL CAB/.LLERO

Ya correspondo, padre.

¿De qué te hablaba?
SABELITA

EL CABALLERO

Tus hermanos te pervierten, con sus malos ejemplos. Escú!:hame. No te pido que seas un santo; caua edad reclama lo suyo; pero
no olvides las obligaciones de tu sangre, como hacen los otros perversos.
EL VIEYO LINAYUDO acabó de kablar co1t un gran suspiro,
los brazos sobre los hombros del mancebo. ·
18

¿Cuándo?
EL CABALLERO

Hace un momento.
SABELITA

¡Ya ni recuerdo de qué me hablaba!
EL CABALLERO

¿Y lo que tú le respondistes, tampoco?

�LA PLUMA

LA PLUMA
SABELITA

Yo no le escuché.
•L CABALLERO

No eres tú para él.
SABELITA.

Tampoco Jo pretendo.
EL CABALLERO

Tú eres para más.
SABELITA

F\JSO NEGRO

¡Tomporrontón! ¡Se juntó una tropa de hirmandinos! ¡Tomporrontón! ¡Para acá viene! ¡La torre entre todos nos han de quemar! ¡Tomporrotónl
FUSO NEGRO ESCAPA. Una nalga negruzca le palpita entre
girones de remiendos. ¡ Tomporrontón! De pronto se vuelve,y comienza a
bailar, trenzando las piernas. ¡ Tomporrontónl

Yo soy para llorar muchas penas.
ESCENA SEGUNDA

EL CAUALLERO

¿Quién puede dártelas?
SABELlTA

Quien lo da todo.
EL CABALLERO

Cuando se es joven, no hay penas. A mí todas me acudieron de
viejo... ¡Y no caigas con mi rapaz!
SABt:LITA

Si no le escucho, padrino.
EL CABALLERO

ENTRE LUGAR DE CONDES Y LUGAR DE FREYRES,
el Pazo de Lantaiión.-Brañas, castañares, agros de pmz.-Lugar de
Condes en el abrigo de la iglesia,y cavado en el monte Lugar tJe Freyres.
La Puente de Lantai'ión, reina en medio: A un lado y otro son orgullosas entradas, arcos barrocos con escudos J' cadenas. Por los pretiles, en
los claros ojos de la ma,iana, se estrecha una punta de vacas, con el sol
en las astas. Y contra el sol, rostro al mo,zte, 1 1iene al galope Cara de
Plata. Le saluda pl(l,Centera la voz del viejo de Cures.

¡Como yo tuviese diez años menos!
SABELlTA

Yo no los quería, diez años menos.
EL CABALLERO

1Yo sí! Para hacerte levantar los ojos. ¡Maldita costumbre de
monja, tenerlos siempre por tierra!
EN EL LINDERO DEL ATRIO, aulla con tuertos visajes, u1z
mendigo úlunado:-Aqud Fuso Negro, roto, grúi11,do y cismático, que
lleno de guijarros el bonete, corría los caminos entre Lugar de Condes y
Lugar de Reyes.
20

EL VIEJO DE CURES

¡Galán Vinculero! ¿Es verdad que al presente está privado el
tránsito?
CARA DE

PLATA

Es verdad.
EL VIEJO DE CURES

~Y hemos de llevar el ganado por la vuelta del río, y pasar la
barca, al ir y al volver de esta gran feria de Viana?
CARA DE PLATA

Así es la sentencia.
21

�LA PLUMA

LA P L U i\1 A
EL VIEJO DE CURES

A duras leyes, jueces clementes, dice el saber de los antiguos.

por la vuelta._¡Así es! Pero aquel jinete que viene trotando, no quedará sin paso.
CARA IJE PLATA

CARA DE PLATA

Mi padre se cansó de ser clemente.

Viejo de Cures, ¿cuándo has visto esos malos ejemplos en la sangre de Montenegro?

EL VIEJO VE CURES

¡A lo menos fuéranos permitido el tránsito para estas ferias anuales del Corpus! ¡A lo menos fuéranos eso concedido, que según luces.
de curiales, es lo que vinieron gozando los pasados!
CARA DE PLATA

Eso os daba mi padre, y fuisteis al pleito.

.

)

EL VIEJO DE CURES

Los de Cures no fuimos. En ese referente está engañado el Señor
Mayorazgo. Yo soy allí el árbol de más años. Contando los hijos y
nietos casados, suben de treinta las puertas donde puedt: morar
Quinto Pío. ¡Así es! Y por más señalado, Quinto de Cures. Cristiano
viejo, aun cuando en los días presente~, no se reconoce diferencia entre nuevos y viejos. ¡Así es! Hoy no queda por esta tierra otro judío,
que el inglés de los Evangelios.-Pues era aquel decir, que no pleiteamos los de Cures.
CARA DE PLATA

Pero fuisteis de testigos falsos.

EL Vl!:JO DE CURES

El mismo rey, ante otros reyes baja la espada.
CARA DE PLATA

Viejo de Cures, si no pasan los que caminan a pie, no pasarán los
que vienen a caballo.
EL Vli;JO DE CURES

¡Así cumplía!
CARA DE PLATA

Y así es la doctrina de mi padre.
EL VIEJO DE CURES

¡Amén! Nieves paternas para el hijo espejos. ¡Así es! Y grillos de
bronce sus mandamientos.
EL VlEYO DE CURES, con la 1,ara tn alto, hace retroceder el
tropel d1 sus v,zcas, que entrechoca las cuernas, entornad, por las voces .Y las picas de tantos hijos y nietos. Y aquel negro jinete que sobre el
sol llega trotando, es e/ Abad de San C/eme11te de Lanta,ión.

CLAMOR DE LOS VAQUEROS

¡Está mal informado! ¡No somos de esa-condición! ¡Le inclinaron
en contra las orejas!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, tuerza el caballo!

EL VIEJO DE CURES

¡Sangre de Montenegro; el tránsito a todos nunca podrá quitarser
Es la costumbre del tiempo de los viejos, y las costumbres hacen la
ley . Los de Cures no seremos rebeldes, y de hoy más caminaremos
22

EL ABAD

¿Pues qué ocurre?
CARA DE PLATA

Señor Abad, que no hay vereda.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

¡Joven Absalón, no me detengas con chanzas, que "ºY apremiado
para encaminar un alma en Lugar de Freyres.

EL ABAD

¡En nombre de Dios, desvíate del camino!
CARA I&gt;E Pl,ATA

CARA DE PLATA

;Ko puedo!

¡Ojalá fueran chanzas!
¡Mal vino tienes!
¡~o lo he catado!'

EL
EL ABAIJ

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Hoy me santiguó con el rabo.
EL

EL AllAO

AllAD

En Lantañón guardais una paloma de mis palomas. ¡Ténlo
presente!

jApártate, y déjame camino!
¡Ko puedo!

ABAU

¡En ti est;i revestido Satan:b!

CARA DE PLATA

EL ABAD

CARA DE PLATA

¡No lo había olvidado!
EL

¡Considera, bárbaro, la afrenta que haces a mi tonsura!

ABAD

¡Iré por ella!
CARA DE PLAT A

No es afrenta, sino justicia que debo a Quinto de Cures.
EL VIEJO DE CURES

Quinto de Cures no desconoce que todas las \'aras se rinden nnte
el Justo Juez.
CAR.\ DE PLATA

¡Si no pasan los que vienen a pie, no deben pasar los que \'ienen
a caballo!
EL

AllAD

Don Quijote, deja las burlas para otra hora, que la muerte no
espera.
CARA Di,; PLATA

Pues habrá que romperle una pata.
24

CARA DF. PLATA

¡Ya lo sé!
F:L ARAD

¡Excomulgadol

T:L ABAD VUELVE GRUPAS.y ponerspuelas. Sobre los roqrudos, ágiles siluetas p,1sfo1 iles gritan ogita,zdo los brazos,)' esparcidor reb,11ins pf1cen entorno: Voces y ladridos se prolo11ga1t y encadenan por la
qne!mrda.
VOCES REMOTAS

¡Es camino del Rey! ¡El paso es libre! ¡Libre e3 el paso! ¡~o hay
ley que lo cierre!
CARA DE PLATA

¡Venid a ganarlo!

�LA PLUMA

LAPJ.,UMA
VOCES REMOTAS

MAR MÍO, MAR DE TODOS..•

¿Quién lo defiende?
CAR~ DI PLATA

¡Satanás!

txar mio, mar de todo.
LA VOZ DEL VIEJO

¡Negro Soberano!
CARA DI PLATA

Viejo de Cures, por rendirte justicia mis amores pierdo. ¡Un rayo
te parta!
LA VOZ DEL VIEJO

¡Monten~o soberbi(), con hacerte las cruces te pago!
(Continuará.)

los mios, mar ile amor g de múterio;
flOZ eficaz para los corazones
que aiwn del mañana... fMar eterno:
encarcelado dentr.o de yo mismo
aog hacia ti para liórarte, lejos...
&amp;tán, hermano, llenos los C(llllinos;
no hag más silencio aqul, que mi silencio...
¡ 'JI el cotidiano laborar estéril
par:a morir al fin, como otro ha muerto/
Sgual el pan que agu, un pan mendigo
-¡el dulce pan crútiuno que fué nuestrolSgual dolor sobre to. tilas... siempre
un corazón extraño, escondedero
de múerabk condici6n urbana.
¡g el hombre que lo lleva, sin terterlol
g un ¡adiós/ en la calle, g una sombra
sobre el hogar•.. g un !Dios más aiejo
que nunca paa g lo detiene todo
ante el espanto de mis ojos ciegos...
1&amp;1 mucho gal-t;°odas las horas oienen
como una hora nada más. &amp;l nuevo
camino es más antiguo g más amargo
que el camino de agu••.l -(!Dónde utd el 'Giempo,
el 'Giempo que anda g se lo llew, todo,
amor, dolor g penaamiento...?
ALONSO QUISADA.

�LA PLUMA

LA GRAN CORRIDA DE TOROS
empresa arrendataria de la Plaza de Toros de Madrid iba a
empezar la temporada con una corrida sin parangón en la
historia taurómaca. Los seis espadas de mayor renombre, matarían cada uno un toro, después de ser lidiado por sus
cuadrillas. Los toros de las más reputadas ganaderías, fueron cuidadosamente seleccionados por los expertos; tras tientas concienzudas y de discusiones interminables en los periódicos, se llegó a separar seis reses impecables: fuerza, peso, finura de remos y de astas. La fotografía de
las fieras publicada en las revistas produjo asombro y orgullo. Jamás la
ganadería brava española pudo presentar en el redondel de una plaza
nada tan perfecto. Ni los criadores ingleses de razas especializadas de caballos de carrera, o de ganado de carne, habían llegado a la suprema
selección, demostrada por aquellos seis cornúpetos, maravillosamente
organizados para la lidia. Era para sentirse orgulloso de ser español. Los
doscientos años de inteligentes cruzamientos entre toros y vacas de distinta raza, habían producido aquel excelente resultado; de lo que secolegía que, en otros doscientos años de cruzamientos, entre hombres y
mujeres de diferentes castas, podría mejorarse el tipo humano español,
que en la actualidad es un poco esmirriado. Lo que más sorprendió fué
la estampa del toro «Pelotero», de un criador navarro. ,\fagnífico ejemplar, que a la ligereza navarra, añadía la musculatura castellana y labravura andaluza. El éxito de Navarra fué un argumento más para los nacionalistas de aquella provincia, que sacaron a colación inmediatamente
A

28

a don Sancho Séptimo, el Fuerte, en la batalla de las Navas de Tolosa►
Pero los salamanquinos, que también tenían su toro entre los escogidos,
abrieron una suscripción regional para regalar una moña de honor a su
«Cardenal», así se llamaba el toro, y uno de los periódicos salió al paso
de las alharacas navarras, demostrando que en la batalla de las Navas,
los leoneses apretaron contra los africanos más en firme que nadie y que
estaban dispuestos a probar que en la actualidad no desmerecían de sus
antepasados medioevales y que si el chorizo de Pamplona es bueno, mejores son los de Candelario.
..
Los andaluces tomaron a guasa la discusión, porque es lo que d1¡0
Perico González en la calle de la Sierpe:
-Para qué tomarse un zofocón. Donde ezté un Miura que se quiten
toos.
El cartel anunciador de la magna fiesta fué encargado al más gran
cartelista de .Madrid, que hizo una obra maestra de cubismo, llenando
dos metros cuadrados de papel, de cartabones y rectángulos de diferentes colores, tan fuertes, que el que lo miraba se exponía a sufrir una oftalmía.
El cartel fué convenientemente expuesto en las estaciones de ferrocarril, en las fon Jas, en los quioscos de necesidad de to, la España y del
Mediodía de Francia.
Como el cartel era obra esencialmente decorativa, y el artista no
quiso prostituirlo con letreros, fué preciso imprimir un _anuncio supl~mentario, indicando los nombres de los toreros, el precio de los localidades y las demás condiciones del espectáculo.
Este programa, colocado debajo de la obra cubista y publicado en
toda la Prensa, produjo en la afición taurómaca verdadero estupor.
Decía el anuncio que, de las trece mil trece localidades que contiene
la Plaza de Toros de Madrid, no se pondrían a la venta más que la mitad más una. A precios fabulosos, eso sí; un miserable e incómodo
asiento de sol costaría cien pesetas, impuesto comprendido, y una barrera del tendido uno vendría a valer quinientas pesetas.
Las seis mil quinientas seis localidades restantes serían regaladas a
29

�LA PLUMA
}os aficionados a los toros que demostraran ser dignos de tan s~ñalada
distinción.
Para obtener una entrada gratuita, especificaba el cartel la lista de
las condiciones necesarias, tan metódicamente enumeradas, que ponían
de manifiesto que el redactor de aquella especie de reglamento conocía
lo que puede caracterizar al verdadero aficionado
En primer lugar, tenían derecho a una barrera todos los matadores
de toros y de novillos, los ganaderos de reses bravas, los empresarios,
los contratistas de caballos y los revisteros de los periódicos. Ocuparían
localidades gratuitas los abonados a seis temporadas de corridas de Madrid y d_e provincias. Los satélites de los grandes soles tauromáquicos,
esos amigos que van apresurados a comprarles una cajetilla. Banderilleros, peones, cacheteros y picadores irían al tendido por derecho propio,
reservando para los monosabios las localidades de arriba. Asimismo los
distinguidos coleccionistas de billetes de toros y de carteles, los que conservan cabezas disecadas de cornúpetos célebres y forman panoplias con
banderillas, estoques y monteras, eran los elegidos para ocupar la meseta del toril y las delanteras en la puerta de arrastre.
Al final del programa había una nota que produjo estupefacción en
todas partes; era incomprensible el motivo de semejante medida, que
quitaba a la fiesta parte de su encanto.
Quedaba terminantemente prohibida la entrada a las mujeres
Muchas camareras, carniceras, chicas de vida alegre y cómicas de
bajo vuelo protestaron airadamente.
Por que ¿qué se podía oponer a los argumentos de Patro la Rubia,
.cuando en el bar de la Florida, terciada la servilleta al hombro y los bra.zos en jarras, demostró a los parroquianos que ella era más torera que
nadie? ¿Qué méritos tenía el tío gordo de los anillos que tomaba café
con el Perico (alias el Rana), un roña incapaz de marcarse propinas mayores de diez céntimos y que jamás pagó una con.,w,iti al novillero, al
lado de ella, de Patrocinio Olmedillo, que el invierno pasado le había
.desempeñado la capa para que el Rana no anduviera por la calle de Sevilla con su bastón de alcayata por todo abrigo? «Pues el tío ganguero,
30

LA PLUMA
con el pretexto de poseer una colección de billetes de corridas célebres,
a las que a lo mejor no ha ido, tiene gratis su tendido del dos, y yo me
hago la santísima y me tengo que contentar con ver a tJda esa patulea
de gorrones tan satisfechos irse a los toros».
Amaranto y Perla, el célebre revistero, protestó contra aquella injusta
decisión. Don Arsenio López de Agudín, que se firmaba Devaneos, arremetió contra los organizadores de la fiesta; pero reclamaciones, campañas periodísticas, intervenciones del altas esferas, todo fué vano. La
misteriosa empresa publicó un suelto oficioso ratificando su disposición,
y únicamente cuando Filomena Sánchez, llamada la Chanuca en círculos bastantes viciosos, anunció que ella, o mejor dicho, su amigo en el
presente, se gastaría quinientas, mil, dos mil pesetas en una entra_~ª• y
que presenciaría la corrida vestida de hombre, la empresa respon~10 diciendo en un entrefilete que los acomodadores de la plaza no se iban a
convertir en matronas para enterarse del sexo de los concurrentes, y que
las damas que deseasen presenciar la Gran Corrida fueran disfrazadas
si era su gusto, pero que la empresa no asumía responsabilidad por lo
que pudiera ocurrir.
.
. .
Otra de las cláusulas del programa que produ¡o enorme curiosidad
fué la señalada con el número cuatro. Decía literalmente. «Después de
la lidia del tercer toro, se dará comienzo una ceremonia que jamás fué
presenciada en ninguna plaza. Este espectáculo, de emoción innenarrable, únicamente puede compararse a los que se han desarrollado en los
campos de batalla de la guerra europea, y en menor escala durante algunos días del verano del año 1921 en el Rif. Este número dejllrá plenamente satisfechos a los que honren con su presencia la Plaza de Toros de
Madrid en día tan señalado, y producirá inmensa, trascendental y radical transformación en la vida de la nación española.»
Durante tres meses se discutió, se apostó, acerca de lo que el miste1-ioso párrafo quería decir. Quien, quiso adivinar un combate d~ gladiadores utilizando a algunos soldados que durante la guerra perdieron las
ganas de trabajar y adquirieron la afición de derra~ar sangr~humana. Sí,
indudablemente eran gentes rechazadas del Tercio extran¡ero, que ha31

�LA PL U ,\l A
bían pretendido ponerse en condiciones de matar moritos por el solo
gusto de hacerlo y que no fueron admitidos en los banderines de enganche.
Esta idea no prosperó, y más partidarios tuvo quien aseguró haber
visto en los corrales de la plaza un aeroplano de alas rojas y gualdas,
desde el cual un aviador, gaditano por más señas, clavaría rejones al
toro, y después de pasarle de muleta con el timón de profundidad, le
propinaría una estocada a vuela pies.
Un gran diario de Chicago envió a H. l. J. K. Shmith S. P. Q. R. de
Kalamazoo, Michigan, U. U. S. S., acreditado reportero, a España, con
un talonario de cheques para sobornar al secretario de la empresa y poder cablegrafiar al rotativo algo sensacional; pero los dólares del yankee produjeron tan poco efecto como los encantos de Paqui la Retrechera, que se entregó con armas y bagajes al emµr..:,,.iriJ para satisfacer su
curiosidad; aceptó el gracioso donativo pero no soltó prenda.
De toda España, de Méjico, del i\lediodía de Francia, llegaban las
solicitudes de billetes, acompaii.adas con pliegos v documentos demostrativos de la afición taurómaca de los peticionari~s.
Los revendedores de billetes, constituidos en sociedad, quisieron adquirir de golpe todas las localidades vendibles, pero el factotum de un
noble y aprovechado político español, que había vislumbrado el negocio
de la reventa, se les adelantó y se quedó con todo el billetaje.
Quince días antes de la fecha señalada para la corrida, una grada
de ciento cincuenta pesetas se vendía a cuatrocientas, y se adquiría con
cierta dificultad. Una semana después, habían alcanzado los billetes un
sobreprecio de tresdentos noventa y nueve con nueve décimas por ciento, y en la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol hasta la calle de Peligros, se estableció una bolsa de contratación, con su corro de tendidos,
su parquet de talanqueras, sus zurupetos, sus alzas, bajas, pánicos y entusiasmos. Quien se arruinó, quien se hizo rico.
El bolsín formado en la plaza de la Cebada influía formidablemente
en los precios, y sus cotizaciones eran inmediatamente telefoneadas a
Barcelona, a Sevilla, a Valencia, a Nimes y a Bayona.
32

LA PLUMA
L' Echo de Paris editaba artículos rabiosos, tratando de demostrar
que La Grande Course de Madrid tenían menos importancia:que los mojicones recibidos por Car¡:-cntier en América, y achacaba a intrigas alemanas aquel entusiasmo, mientras Le Temps, más sesudo, se lamentaba
de que el Mediodía de Francia mandara a España unos cuatro millones
de francos para cambiarlos, con un cincuenta por ciento de pérdida, por
biiletes de toros.
En cambio D'Annunzio envió a hl Astro unas líneas abogando porque el León Español y la Loba Romana se aparearan para engendrar el
Fénix del latinismo. Era un tanto difícil, zoológicamente considerada,
la producción de un ave semejante, por el cruzamiento de dos cuadrúpedos, pero un poeta no se para en pequeñeces.
La víspera de la corrida no se podía vivir en i\ladrid, tal era el gentío
que inundaba la calles, callejuelas, plazas y plazuelas y sitios reservados
que tiene la capital de las Españas. Cuatro filas de coches y autos corrían
desde la Puerta del Sol a la Plaza de Toros. Gracias a las disposiciones
del jefe del Orden Público, el barullo y la confusión, que ya eran grandes, se hicieron enormes; unas cuantas viejas y hasta dos docenas de
chiquillos fueron aplastados bajo los neumáticos, demostrando hasta la
saciedad que la culpa de los atropellos está siempre en los atropellados.
La muchedumbre, ávida de bullanga, se apelotonaba alrededor del
circo taurino; se establecieron aguaduchos, puestos de vinos y licores,
barracas de tablas y lona, donde se tocaba el organillo, la guitarra y se
bailaba a todo trapo y se jugaba a la ruleta.
La algarabía era inaudita en aquella improvisada verbena, subían en
el aire polvoriento olores de aceite frito, de pescado, de aguardiente, de
humanidad sudorosa, el vaho de los caballos -y la pestilencia.de los
motores de gasolina, eran la tónica y la dominante en Ja armonía de
aromas.
Al hacerse de noche. los señoritos automovilistas lanzaban los cegadores rayos de los focos sobre la multitud, que les increpaba a grito herido, pero los espormanes, con el retemblar del escape libre, no oían, o
no querían oír, los improperios y las alusiones a sus mamás que les de.
III

33

�LA PLUMA

LA PLUMA
dicaba la iracunda canalla; pasaban y repasaban trincados al volante, el
sombrero hasta las cejas, mirando por encima del radiador.
Cada farol del alumbrado público tenía alrededor de la luz un halo
sangriento, en el que se vislumbraba la figura gesticulante de algún golfo encaramado en un árbol.
Toda la noche permaneció el gentío en aquellas cercanías, y allí le
sorprendió el amanecer, cuando el sol, como una sartén de cobre, se levantó por encima de los horizontes alcarreños.
Durante la mañana, la furia especulativa de los bolsistas de la calle
de Alcalá llegó al paroxismo.
-¡Mil! ¡Mil quinientas! ¡Dos mil pesetasl-gritaba un caballero gordo con aspecto de chulo elegante, en el centro de un grupo de revendedores, también gordos, con vitola de presidiarios.
-¿Dos mil quinientas?-clamó una voz.
-Hecho-respondió el gordo achulapado, y sacando su cartera, cambió tres billetes de Banco por un papelito azul, en el que un banderillero muy mal dibujado se alzaba sobre las puntas de los pies, para clavar
los rehiletes en la a final de la palabra barrera.
El vendedor entregó su billete, agarró los del Banco de España y
desapareció. El billete que había vendido era falso. El estafador corrió
por la calle de Peligros, subió por la Gran Vía y torció por la calle de
Hortaleza. Entró en un estanco lotería a comprar un paquete de puros y
un décimo de Navidad, y puso el billete de quinientas pesetas sobre el
mostrador. La estanquera se caló las gafas, cogió el billete, lo miró, lo
remiró al trasluz y dijo con deje galaico:
- Paréceme falso ...
El estafador sintió una desgana atroz en el plexo solar, y poniendo
los otros dos billetes sobre el mostrador, preguntó balbuceando:
-¿Y éstos también son malos?
La estanquera sobó los papeles y respondió con tranquilidad:
- También parécenme malitus.
Después salió a la puerta y llamó al guardia, que bostezaba en la
-puerta de la taberna de enfrente.

-Oiga, Pedru, venga, porque este golfante queríame estafar.
El guardia penetró en el estanco, y agarrando al estafador estafado,
se lo llevó a empellones hacia la Comisaría, mientras la estanquera, sin
perder su calma, murmuraba:
-Golfu, canalla, sinvergüenza.

* * *
-¡Eh, a la plaza! ¡A la plazal ¡Una peseta a la plaza!
Voceaban los mayorales de los grandes ómnibus, enfilados a lo largo del Ministerio de Hacienda. Los tranvías, repletos de gente, aturdían
al pretender abrirse paso a fuerza de campanadas, y los aullidos, berreos
y pitos de los autos se mezclaba en horrible cacofonía con el tableteo de
ametralladora de las motocicletas, que llevaban cuatro, cinco, seis aficionados en racimo, retrepados sobre el side-car. Los viejos pencos de
los coches de punto galopaban azotados por el cochero, ahíto de Valdepeñas, y las prehistóricas diligencias, que tanto tiempo estuvieron
arrumbadas desde sus antiguos viajes a Arganda y Colmenar y a las estaciones, retemblaban con sus ventanillas desportilladas y sus herrajes
desvencijados al rodar sobre los adoquines desiguales. Sus caballos, con
la mezquina guedeja de crin al viento, las narices humeantes y el belfo
ensangrentado a la tirantez de la brida, chascaban las herraduras al galopar y con el estertor de sus pechos oprimidos por el collerón, sus costillas salientes y la grupa repujada por la osamenta de las ancas, semejaban los caballos del Apocalipsis de Alberto Durero.
La Cibeles, tan tranquila y tan guapa, desde su trono arrastrado por
leones, miraba con sus ojos sin pupila la avalancha de carruajes, de caballos que bajaba por la calle, encauzada por las márgenes de curiosos
apelmazados en las aceras.
Los grandes camiones atiborrados de carne humana presidían el estrépito con el zumbido de su ronco motor. Los pesados armatostes se in35

34

�LA PLUMA
clinaban al ceñirse a las curvas y toda la tripulación de aficionados parecía venirse al suelo.
De vez en cuando un auto acharolado, destellante como una joya,
pasaba silencioso, rápido entre la turba de coches más pesados que ascendían hacia la Puerta de Alcalá. Todos los que iban a la fiesta, se volvían a mirar al afortunado mortal que llevaba a uno de los matadores a
su lado y treinta mil duros convertidos en vehículo bajo su persona, pero
éste, desdeñando las miradas envidiosas, atendía a la dirección, y su
compañero, el célebre Tomillares, cubierto con el capote de paseo, oro
y joyante seda, saludaba a los conocidos con gallardo ademán, mientras
el chau/feur, repantigado en el asiento de atrás, demostraba confianza en
la destreza del señorito.
Pero en aquellos momentos, todos los que iban a presenciar la gran
corrida, llevando su billete cuidadosamente guardado, formaba una verdadera aristocracia ante los desdichados que, alargando el cuello, les
veían pasar desde las aceras.
A la apretada fila de coches que marchaba por la izquierda de la calle
se unió otra fila de coches vacíos que volvía en sentido contrario. Galopaban frenéticos los caballos, los autos sorteaban rápidos los obstáculos,
metiéndose en los claros en que apenas podían pasar, rozando sus aletas
con las patas de los caballos y con las ruedas. Los conductores se insultaban, se amenazaban con la tralla. Un ómnibus de estación y una jardinera de treinta asientos regateaban en competencia para alcanzar a los
rezagados. El ómnibus llevaba cinco mulas burreñas llenas de moños y
borlas rojas y verdes. Las cinco bestias, cruzadas.por el látigo, galopaban,
el hocico al viento. De la jardinera tiraban cuatro caballos blancos, desecho del ejército, huesudos y fuertes, que al restallido de la tralla encorvaron el cuello y se precipitaron en esfuerzo desesperado. El cochero
-digno de guiar una cuadriga en el circo de Delfos- , sereno, plantado
sobre sus viejas alpargatas, rígidas las piernas bajo la pana de sus pantalones remendados, sostenía firme en la mano izquierda la brida; en Ja
derecha empuñaba la tralla. La gorrilla echada a la nuca, la colilla pegada al labio, una greña negra bailaba sobre la frente, y del rojo pañuelo

L-A PLUMA
anudado al cuello flotaban flameantes dos puntas como dardos de llama
de un soplete.
-¡Hiá, hiá, hiá!-gritaban los cocheros.
Hubo un momento en que las cinco burreñas se pusieron al par de los
caballos. La mirada de los rivales se cruzó amenazadora, pero en la cuesta
arriba, desde el Prado, la jardinera consiguió colocarse delante y subió
hasta la calle de Sevilla. Allí, los aficionados rezagados tomaron por
asalto el coche, brincando al interior por encima de las ruedas, del cochero, de las caballerías.
Ya no fueron quedando en la calle más que paseantes y curiosos que
bajaban lentamente hacia el Prado para presenciar la ~lida de los toros.
Las terrazas de los cafés, antes rellenas de consumidores, quedaron
desiertas.
.
Por el centro de la calle pasó volando hacia la plaza un automóvil
rojo rubí; en él iba la hermosa entre las 1hermosas de mala _v!da y costumbres, la sin par Chanuca, vestida de majo de Jerez, calanes de felpa
negra, que avaloraba la rutilante crencha rubia; la pechera de la aleandora rizada se abombaba sobre el pecho turgente, el marsellés color corinto con ribetes y coderas negras. Un enorme galgo bla,nco asom~ba su
hocico afilado por el borde del coche. La Chanuca queria_ p:oporc1onarse el placer de una entrada sensacional en la plaza, y perc1b1r el murmullo de la multitud al saltar del estribo, cuando la gente forma cola, se
apiña para pasar entre esos cajones colocados en las puertas del cir~o, en
los que los empleados arrojan los trozos de papel cortados. Y quena entrar sin esperar, atropellándolo todo, por guapa, y por chulapa, y por
que sí.
y así fué, porque cuando la Chanuca se acercó se hizo _un cla~o a su
alrededor, y los cocheros quedaron con la boca abierta~ sm_ ~ast1gar ~l
jamelgo, y los naranjeros dejaron de gritar, y los guardias c1v1~es ~a ~1raron bajo el tricornio y se retorcieron el mostacho, terror de sm~1cal1stas. Un vendedor de agua reventó el botijo contra el suelo gntando
«¡Vaya calor!», a lo que eontestó un tranviero: «¡Vaya_ caldo!», y los dos
se quedaron tan satisfechos de su ingenio y de su gracia.

36
37

�,

LA PLUMA

LA P L U :\1 A

L_a Chanuca entró en su palco. Antes de sentarse, apoyada en la barand11Ja, pa~eó su mirada po_r todo el redondel. Sonaron aplausos, oles,
para la ~a~~1ana que se hab1a atrevido a presentarse solita, riéndose de
I_a~ proh1b1c1o?es de la Empresa. Ella fingió que no se percataba de su
exito y coloc~ en el pasamano su manta jerezana abigarrada de rojo,
verde y amarillo, con fleco de madroños y guindas de mil colores.
* * *
El inmenso anillo negro y monótono rodeaba el redondel de
•.
.
arena.
o a 1a un sitio vac10: miles y miles de americanas negras miles . ·
1 d
b
•
,
} mies
·
. e som. reros oscuros sobre las cabezas. La prohibicio'n de q ue asistieran mu1eres
quitaba
el
colorido
que
los
tra1·es
mantillas
y
aba
·
.
.
,
nicos
dan ord manamente
a la fiesta.

N h b'

Una enorme me_la_ncolía flotaba sobre el círculo silencioso, que contrastaba con el bull1c10 de la multitud apiñada al exterior. Dos, tres frases de un c_husco no consiguieron romper la expectación silenciosa de
los trece mil espectadores.
_Los co~cejales y diputados aparecieron en el palco presidencial. El
~nor p~es1dente, de gran levita y sombrero de copa, fué recibido con ind1fe~enc1a. Todo el mundo clavaba los ojos en el portalón de Ja derecha,
&lt;letras del cual se preparaba la cuadrilla. Los matadores se ceñían los capote~ ~e paseo, los piqueros vacilaban sobre los caballos destinados al
suplicio, y las mulillas de arrastre cascabeleaban, sacudiendo los coll _
rones llenos de moñas, cintajos y banderolas.
e
El ~lgua~il, caracoleando con su jaca andaluza, se acercó al palco de
la pres1den_c1a a repr~entar la mogiganga de la petición de permiso.
El pre~1dente arro16 la llave con tal acierto, que cayó sobre Ja cabeza
de un afic10na~o ~e la barrera. Afortunadamente, la llave no se rompió.
'-!nos cuant~s s1lb1dos, algunas risotadas, y entregaron la llave al alguacil, que partió dando corvetas hacia la :puerta del chiquero; después,
38

en gallarda arrancada, fué a colocarse en el portalón de la cuadrilla.
El presidente dió la señal, y los lidiadores, de seis en frente, aparecieron en la arena a la esplendorosa luz del sol.
No había música, no sonaban los alegres sones del pasodoble flamenco que el alegre banderillero se complace en mar~r mientras los matadores marchan a contratiempo.
'
Se decía que la Empresa no había tenido más remedio que destinar
las localidades que solía ocupar la música del Hospicio a determidados
personajes que a toda costa quisieron asistir a la corrida. Gentes ricas,
poderosas, influyentes, acostumbradas a no pagar nunca nada, empleados del Municipio y de los Ministerios, diputados a Cortes y senadores
vitalicios.
La penosa impresión se trocó en curiosidad al adelantarse los lidiadores. Allí estaban los ídolos, los que sabían sobreponerse al horrible miedo que sobrecoge al pisar la arena, los que aguantaban el prurito de tragar saliva y el temblorcillo de las piernas.
En el sitio de honor, vestido de corinto y oro, la capa ceñida al enjuto cuerpo, marchaba Pedro Tomillo, alias el Tomillares; a su lado,
Teodoro Calderón, el de Alcalá de Guadaira, alto, fuerte, con su aspecto
de emperador romano, vestía de carmín y plata. José María Rodríguez
deTriana, de amaranto y oro, desmedrado, feucho. Andaba con torpeza.
Sus músculos atravesados repetidas veces por el cuerno, no adquirían
flexibilidad hasta que la lidia fuera avanzada. El cordobés Rafael Almodóvar, agitanado, estrecho de caderas como una figura egipcia, vestía de luto: su amante, Soleá, la de Alora, había muerto una semana
antes. Sucumbió de amor, según unos; según otros, de un estacazo dado
por el mismo Rafael al encontrarla en amoroso coloquio con Perico de
Gloria, alias el Formal, alias Castaña Gorda, picador de la cuadrilla.
El quinto espada era Florencio, llamado el Argüelles, porque era hijo
de un baulero del barrio de Argüelles de Madrid, y el sexto matador, Vicente Macip, de Valencia, se distinguía por cierto aspecto de clérigo bien
tratado. Su terno acero y oro se ceñía dem_asiado al vientre y a las recias
posaderas.
39

�LA PLUMA
Detrás venían los banderilleros más célebres: el Tostao, el Caracolito

el Ardura, Montanchez, el Pili, Alonso, el Chilla, Ordóñez el de Peña~
~or, el Saliva, Vinagre y Rodriguillo de Carmona, flor y nata de lo~ valientes capeando y poniendo banderillas en la mismísima cruz, cuando
no en el rabo. La patrulla de varilargueros, encajados en las sillas vaqueras, caminaba al tardo paso de sus entecas cabaloaduras y detrás
l os monosa b'10s, pantalones azules, gorros y blusas rojas,
:, aspecto
' de piratas.
Las mulas de arrastre, impacientes, bravías, pateaban, apenas domadas por los mocetones que se colgaban del bocado.
Los sesenta lidiadores se espaciaron en el centro de la plaza para llega_r en colum~a de honor bajo el palco presidencial y saludaron, como a
Cesar los gladiadores antiguos, al concejal enlevitado verdadero César
del distinguido gremio de leñas y carbones, que resp~ndió a su saludo
con toda la gallardía de que es capaz un asturiano avezado en su juventud a llev~r sobre el hombro espuertas de cisco y de cok del gas.
Despues, los _toreros fueron arrojando sus capotes de paseo a los espectadores de pnmera fila para que los colocaran extendidos sobre la roja
tablazón de la barrera.
.

La Chanuca tuvo la gloria de colocar la capa de Rafael Almodóvar
pasamanos del palco. Más de uno
rabi~ de env1d1_a al comprender lo que aquello significaba, y deseó que
el pnmer cornupeto entablara relaciones intimas con las entrañas del torero por intermedio de sus cuernos.
Los_lidiadores sobrantes saltaron la barrera, liaron sus pitillos y desde
el callejón entablaron conversaciones con los conocidos.
-¿Qué es eso, Joaquinillo? ¿Qué nos preparais ustedes?
-Pues no lo sé; mardito si nos han dicho ná ...
-¡Eh, tú, torerazo! ¿Se puede saber, si se puede saber, de qué se
trata?
-¿Eso del aeroplano?
-Como no venga por el qire, lo que es en el corral.. .
-A ver si es una mandanga ...

JUº:? a la m~~ta jerezana, sobre el

40

LA P L U i'.\l A
-¿Es verdad que el Charlot, el verdadero, va a atorear de verdad?
-Pa mi que le hemos visto yo y el señor Fulgencio paseándose por
la calle de Sevilla con Paco el Sastre.
-Pues no sabemos nada.
Sonó el clarín y se abrió el chiquero. Un hermoso animal corpulento
y fino apareció en el redondel, entró despacio en la gran media luna de
sombra que dividía el circulo de arena.
Era negro, y la divisa roja clavada en la cruz se destacaba sobre la
piel de tuciopelo. Los inteligentes se relamieron de gusto.
-¡Vaya moruchol-exclamó Juanillón el carpintero-. ¡Eso es clase
y lo demás jonjaba!
-Como que habemos ido a escogerlo menda y la Comisión-respon,dió el señor Manuel.
-- Pa ponerlo en un fanal.
-¡Mañífico, remarcable!-aseguró monsieur Grandidon, el comigionista de gomas higiénicas desde su delantera de grada.
_
-¡Bravo togo!-le respondió monsieur de Petit Gris, que había abandonado su comercio mercería de la calle de La Tourne broche de Marsella en manos de madame Petit Gris para presenciar la grande course de
taureaux de Madrid.
El toro divisó a los picadores de tanda y dió un respingo, vaciló, escarbó la arena, un espasmo recorrió su piel y derecho, furioso, se precipitó contra el jinete, que le esperaba inclinado hacia adelante, el cuerpo
firme sobre los estribos, el astil sujeto bajo el brazo.
La pelota que guarnece el hierro se aplastó en el morrillo del toro, al
mismo tiempo que el asta se hundía en el pecho del caballo, cuyo cuerpo se dobló comprimido contra la barrera. Desplomáronse bestia y jinete, y el toro, desdeñando al enemigo caído, se lanzó frenético de rabia y de dolor sobre el segundo picador, y enganchando al caballo por
bajo del brazuelo lo arrojó destripado.
El caballo alzó la dolorida cabeza, noble como la de un mártir; pero
una terrible cornada en el cuello le tendió exánime sobre la arena ensangrentada.

•

�I.A PLUMA

LA P L U ~1:\
Mientras sonaba el alarido d
·
Pedro Tomillo empapó al toro :ne~~~~'.asmo y de bravura del público,.
clavados en tierra, los brazos altos f . igeros vuelos de su capa, los pies:
tia !eroz del lugar peligroso para' et~i~aodc:r a~~c:, apartandj o a la bessabios que le
d b
, Y para os monohombre 1 ~yu a an a.1e:antarse. Al contraste de la tranquilidad del
y a ciega acomet1V1dad del toro estalló en el a·
1
aplausos, de gritos de entusiasmo:
'
ire una sa va de
-!Olé lo~ tíos con entrañas!-exdamó el Pequeño de A h 1
-¡Pero s1 eso no es ná!
ra a .
-Usted lo haría mejor.
-¡Pa chasco que no!
-¡Que se calle ése!
-No me da la gana.
-¡Al corral!
ahora~;~;:

!~:~~~~re/:n~~~:r:/:1fe~!o~~mingo en Carabanchel, y

cio!ls.pubhco se iba calentando. La corrida prometía grandes emo-

..

ñafl~l t~ro tomó¡ ocho varas, mató cinco caballos; el Tostao y el de Per c ava_ron os pares de reglamento.
El Tom11lares, después de un brindi
..
nost' arrojó la montera y se fué al toro ~¡~::;:ng~~ac:e ~:e VYO~·ecavren os pases de muleta ceñidos y
'fi
d . .
va orestocada colosal.
magm cos; ernbo al enemigo con una
-Esa estocada es contraria-sentenció el Manolo lla d
, ma o por mal
nombre el Malhuele.
sosl~~~n;raria, atrav~sada q~~drá usted decir-respondió mirándole deY_ - n Ru~c'.to, m~ond1c10nal entusiasta de Almodóvar.
-¡~so es ch1pen!-di¡o otro.
-N1 contraria, ni atravesada ni hi ,
.
ciego para no ver que es una . ' .. c dplen, m nada. Se necesita estar
U
·
rmga¡1ta e antera.
lo que
42

::et/::::s,C:~~~:1; ~;;:~ª~~/~:;~~

Y cinco sobre ropas; pere&gt;

A pesar de las distintas opiniones, el Tomillares cortó la oreja y dió
dos vueltas al ruedo, recogiendo un montón de cigarros peninsulares,
que si los llega a fumar, sucumbe. La reseña de su faena fué telegrafiada inmediatamente, y el espada ordenó a su mozo de estoques que pusiera el parte de siempre a sus amigos, redactado en estos términos~
«Yo, superior. Lós demás, regulares; ganado, regular.» Claró es que los
demás espadas no habían toreado cuando se poma el telegrama; peroeso no le hace.
El segundo toro no dió todo el juego del primero. En realidad, a los
únicos que satisfizo un poco, fué a los aficionados a lo que antes se llamaba hule, es decir, a los buenos corazones a quienes agrada que en las.
corridas haya tan siquiera un par de cornadas en carne humana. El toro,
descuadernó a un picador, y enganchó por la pantorrilla a un banderillero, sin más consecuencia que la de rajarle la media de seda y todo el
paquete muscular desde la corva hasta el talón. Total: unas veinte o
treinta puntadas con catgut.
Teodoro, el de Alcalá de Guadaira, despachó al toro con dos medias
estocadas y un descabello a pulso. Faena vulgar que no añadía gloria y
prez al célebre matador. Éste, sin embárgo, ordenó al Parguela, su mozo
de estoques, que cablegrafiara a sus amigos un parte redactado así: «Yo,
superior; los demás, medianos; ganado, ídem».
El público, a medida que transcurría la fiesta, se impacientaba. En
los tendidos de sol se pegaron tres o cuatro veces de bofetadas, y monsieur Grandindon llamó cocu a monsieur Petitgris, porque se permitió
decir que el Tomillares había cambiado su primitiva profesión de limpiabotas por la de torero para entrar en el gran mundo, y todos sabían
que Pedro Tomillo se hizo matador de toros, porque así se lo exigió,.
delante del Señor del Gran Poder, la célebre cantaora Camisona, de la
que Tomillares estaba profundamente enamorado.
-Romances; castillos en España-respondió el comerciante con
desdén.
La lidia del tercer toro pasó casi desapercibida, y cuando las mulas
arrastraron a los tres caballos despanzurrados y al cornúpeto, la multi~3

..

�LA PLUMA

LA PLUMA
tud permaneció muda, inmóvil, esperando el gran espectáculo anuncia&lt;io en los carteles.

Por fin, se desprendió el hule y apareció una plata~orma ~ireular dehierro y sobre ella seis ametralladoras giratorias de diez canones cada

El zumbido de las gentes de fuera llegaba como el roncar de un mar
lejano. Los toreros se retiraron al callejón, los areneros alisaron el piso,
y el redondel quedó desierto.
Los trece mil trece espectadores, anhelantes, vieron que el portalón
&lt;le entrada se abría lentamente.

una.
·
Los hombres enlutados, inclinados sob re 1a mira,
em puñaban las.

* * *

'1

Ocho caballos negros, con gualdrapas y jaeces negros, arrastraban
un carruaje tapado con un hule. A los lados de aquel carro, marchaban
seis hombres enlutados. Eran personajes extraños aquellos desgarbados
tipos, vestidos con largos levitones, cubiertos con sombreros de copa.
Los dos primeros, sostenían las bridas en sus manos enguantadas. Sus
caras pálidas, que ribeteaban barbuchas pajizas, tenían algo de asiático:
pómulos salientes, levemente teñidos con la roseta de los ... uberculosos;
ojos oblicuos, cubiertos con gafas; a juzgar por su semejanza, eran hermanos gemelos. Los dos siguientes parecían judíos, con sus narices lar.gas y caídas, su perilla puntiaguda y su tez amarillenta, y los dos últimos, corpulentos, atezados, barbudos, llevaban encasquetados sus sombreros de alas curvas sobre la melena cortada bajo las orejas.
La extraña comitiva llegó al centro de la plaza con precisión matemática.
Uno de los caballeros se metió bajo el toldo de hule, y el carro descendió medio metro y quedó fijo en el suelo. Las cuatro ruedas se des_
prendieron y los ocho caballos, obedeciendo a un silbido, trotaron y
-desaparecieron en el portalón.
Los enlutados, abandonando en la arena sus sombreros, se metieron
.a gatas bajo el hule y anduvieron arreglando algo.
El público empezaba a tomar la escena a chacota; sonaron silbidos,
-risotadas.
44

manivelas.
de cada arma coSonó un grito seco de orden, y los diez canones
menzaron a disparar contra el público.
.
Un enorme alarido subió al cielo. Las ametralladoras enfilar~n pn~
meramente a las puertas, que pronto quedaron atascadas de cadaveres,
después, cubriendo con la rá.faga de proyectiles desde el alero de la plaza hasta la barrera, giraron lentamente.
Las o-entes rodaban heridas, muertas, por los escalones de los tendidos AJ.aunos locos de terror, sin poder escapar por las puertas ~e los
palco; saltaba~ por encima de la barandilla, y eran caza~os al v~e º:
un' monosabio sacó su navaja y corrió agachado hacia ~a maquma
infernal que escupía fuego; el ametrallador lo enfiló y el valiente monosabio fué empujado hacia atrás por el huracá~ de acero que le atravesaba, hasta que cayó hecho un guiñapo sangriento en la are?~·
y el giro fatal continuaba destrozando a los grupos fugitivos, desgranándolos, en cabezas destrozadas, brazos Y piernas ª,rran~ados.
La hermosa Chanuca, con el costado abierto, dorm1a ca,da sobre 1a
capa bermeja del torero, no el sueño del amor, el sue_ño de la muer~e,
Y aquel palco como todos los demás, destilaba cua¡arones de san0 re
sobre grupos 'informes de c haquetas, pant a1o nes y sombreros acumulados bajo las gradas.
•• d 1
Las cuadrillas de los toreros habían sucumbido en el call~1on e ª
barrera acribillada a balazos, convertida en mo~tones de astillas. .
E n ~¡ enorme anillo de la plaza reinaba la quietud y el augusto mis, d'1sparando hasta
terio de la muerte; pero los sesenta cañones segu1an
que las municiones se consumieron.
El sol iluminaba la atroz carnicería; un vaho espeso de sangre ~ entrañas desgarradas subía hasta la bandera española que flameaba airosa
al viento de la tarde.
45

�LA PLUMA

LA PLUMA

Los seis hombres enlutados cambiaron algunas palabras en ruso, y
''. Sacando cada uno una pistola, se levantaron la tapa de los sesos.

DE UN EJÉRCITO CONTRA MOROS

* * *
.Después de este acontecimiento, ya no hubo corridas de toros.
RICARDO BAROJA

YO, A MI CUERPO
¿:Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?;
¿por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

"Gu pecho ha sollozado compasivo
por mi, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, lJ altivo
con mi ambición Latió cuando era fuerte.

'JI hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseriá.
¿ffor qué no te he de amar? ¿tlué seré el día
que tú dejes de ser? ¡ :Pro/undo arcano/
&lt;Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

D.

RlVERO

las causas por qué nación tan animosa, tan
aparejada a sufrir trabajos, tan puésta en el punto de lealtad, tan vam, de sus honras (que no es en la guerra ta par'
te de menos importancia), obrase en ésta al contrario de su
valentía y valor, truje a la memoria numerosos ejércitos disciplinados Y
reputados en que yo me hallé, guiados por el emperador don Carlos,
uno tú. los mayores capitanes que hubo en muchos siglos; otros por el
rey Francisco de Francia, su émulo,y hombre de no menos ánimo y e:rperiencia. Ninguno más armado, más disciplinado, más czunplido en
todas sus partes, más plática, abundado de dinero, de vituallas, de artillería, de munición, de sold,ldos particulares, de gente aventurera ae
c,1rte, de cabezas, capitanes y oficiales, me parece haber visto ni oido decir que el ejército que Don Felipe II, rey de España, su hijo, tuvo contra Enrique JI de Francia, hij"o de Francisco, sobre Durlan, en defensión dP los estados de Flandes, cuando hizo la paz tan nombrada por el
mundo, de que salió la restitución del duque Filiberto de Saboya; negocio tan desconfiado: como por el contrario, ninguno lze visto hecho ta11 a
remiendos, tan desordenado, tan cortamente proveído, y con tanto desperdiciamiento _11 pérdida de tiempo y dinero; los soldados iguales en
miedo, en codicia, e,i poca perseverancia y ninguna disciplina. Las causas pienso haber sido comenzarse la guerra en tiempos del marqués de
Mondéjar con gente concejil aventurera, a quien la codicia, el robo, la
flaqueza y las pocas armas que se persuadieron de los enemigos al principio, convidó a salir de sus casas cuasi sin orden de cabezas o banderas: tenían sus lugares cerca; con cualquier presa tornaban a ellos; salían nuevos a la guerra, estaban nuevos, volvían nuevos. Mas el ti.empo
.que el marqués de Mondéjar, hombre de ánimo y diligencia, que conocía

[I

ONSIDERANDO yo

47

�LA PLUMA
las condiciones de los amigos y enemigos, anduvo pegado con ellos a las
manos, en toda hora, en todo lugar, por medio de los h?mbres particulares que le seguían, estuvieron estas faltas e•1eztbiertas. Pero despu!s
que los enemigos se repartieron, aconteciero1t desgracias por dontú quedaron desarmados los nuestros y armados ellos; comunicábase el miedo
de unos en otros; que como sea ti vicio más perjudicial en la guerra, así
el más contagioso: no se repartían las presas en común; era de cada U1UJ
lo que tomaba, como tal lo guardaba; lucían con ello sin unió,,, sin respondencia; dejábanse matar abrazados o cargados con el robo, y donde
no le esperaban, o no salían, o en salimdo ton, 1ban a casa; guerra de
montmia, poca previsión, menos aparejo /)ara ella, dormir en tierra, no
beber vino, las pagas en vitualla, tocar poco di11ero o ningullo: cesando la
codicia del interese, cesaba el sufrir trabajo;pobres, hambrientos, impacientts, adolecían, morí,m, o huyéndose los mataban; cualquier partido destos escogían por más ventajoso que durar en la guerra ouwdo no traían·
la gana11cia entre las manos. De los capitanes, algunos, cansadn ya de
mandar, reprender, castigar, sufrir sus soldados, se daban a las mismas
costumbres de la ffente, y tales eran los campos que della se ;ímtaba1t.
Pero también hubo algunos hombres en:re los que vinieron enviados p or
las ciudades, a quien la vergüenza y la hidalguía era freno. También
lt1 gente enviada por los seizores, escogida, igual, disciplinada, y la que
particularmente venía a servir con sus manos, movidos por obligación
de virtudy deseo de acreditar sus personas, animosa, obediente, presente a cualquier peligro: tantos capitanes o soldados como personas; y en
fin autores y ministros de la victoria. Los soldldos y personas de Granada todos aprobaron para ser loados. No parecerá filosofía sin provecho para lo porvenir esta mi consideración verdadera, aunque experimentada con daño y costa nuestra.
DI!:GO HURTADO DE MENDOZA.

ALMANZOR
os hombres de mi generación habíamos esperado-esperanza
huera-vernos libres de la morería. i\letido en su arca de
tres llaves el cadáver del Cid; tachado de apócrifo el testamento de Isabel la Católica; en decade~cia el orientali~mo
romántico, lícito era el regocijo de pensar que el afncano no volvena a
entorpecer el discurso natural de nuestras vid~s, ni a embarull~rnos ,el
trabajo, ni a corrompernos el gusto, como solla e~ estos doce siglos _ul
timos. ¡Al Rastro las cimitarras, los alfanjes, los an~files;. donde podna~
adquirirlos a bajo precio los rimadores ve:bosos! No mas almala'.as ~1
almaizares, ni marlotas y alquiceles; no mas sultanas sensuales, m mas
Leilas d~ ojazos profundos, ni otros ripios sarracenos. Tras de los bandidos v arrieros iríase el moro imaginario que los cursis ven aún vagando en ia plaza de cada pueblo andaluz: el moro caballe~esco, sentimental, tañedor (el moro de Irving), que exhala ternezas al pie de un to~reón;
v el moro sediento de sangre, fanático islamita, con que atemonzan a
;us ovejas los obispos belicosos. No más cruza?as: no más triunfos sobre
la media luna; acabáronse los arrebatos, la gntena, las membranzas de
las Navas y del Salado. Aunque el Estrecho-nos decíamos-sea brev
reparo, por pronto que la furia españ~la resucite y qu~ramos pas~r alla
nuestros pendones, ya los moros usaran chaquet y perilla y tendran escuelas laicas. Quedaremos una vez más lastimados en nuestro derecho,
ejecutados en la honra; pero la epopeya de la reconquista-con este su

7

IV

49

�LA PL U :-.1 A
LA PLUMA
reato dañino-habrá concluído. No oyendo el galopar de la morisma,
pensábamos que, al fin, podría hacerse en la península algo serio: labrar, fabricar, leer en buenos libros, allanar las cuestas, cultivar con
curiosidad los jardines... Esta guerra que venimos haciendo en l\larruecos, más larga ya que ninguna campaña de la reconquista, más sangrienta que cualquier gran victoria cristiana de aquella edad y que muchas juntas, más desgastadora de haciendas que la reconquista en pleno,
descubre la condición inacabable de nuestra epopeya cristiano-bélica;
habrán de ponerle apéndices cada quinquenio, cada decenio, para archivar las memorias de las proezas cumplidas, como se los ponen al repertorio de Alcubilla, donde se archiva el fas y el jus, el fruto de la inspiración de las covachuelas hispánicas. Es lo debido; una minerva rige
armas y leyes.
Si este es mi destino de español, pienso que no lo hay más negro.
Creíamos desembocar en el siglo xx, y nos vuelven a uno de aquellos
que nada tuvieron de dorados, poniendo en armas la frontera contra los
moros. Eso basta. Hoy, los moros son nuestros amos. Lo primero, porque al eaemigo st! le otorga siempre un poder incalculable en teniéndolo por tal, con romper la paz y disponerse a guerreado; poder no sólo
físico, pendiente del albur en las batallas, pero moral, que obra sobre
las mentes y deja al ánimo obseso. Los españoles nos arruinaremos si
los moros quieren, haremos infinitas locuras, porque les hemos entregado el resorte de nuestra conducta; tienen en su mano la mortificación
de nuestro orgullo; pueden infligirnos sin salir de su breñal humillaciones crueles; cubrirnos de ridículo. Lo segundo, porque España venía
curándose despacio de la infección muslímica, y soltaba el veneno a
fuerza de privarse, como se abstiene el morfinómano procurando su salud. Todavía el régimen era laxo, reciente. Hacía falta más rigor en la
nutrición mental, expurgar la fantasía, buscar el aire tónico del Norte;
extremar la defensa, brutalmente, hasta que el organismo perdiese la
memoria de ese vicio y pudiésemos entrar en las mezquitas sin emoción
histórica, con tanta naturalidad como en la barbería, y hablar de los almohades con el displicente gusto que pondríamos en disertar de los es50

·qui males. 1'0 estábamos curados. Todavía fulguraba sobre nuestro horizonte la ;Jfedz"a Luna. (De hallarme limpio del veneno no se me habría
-ocurrido esa imagen.) Con un pinchazo, recaemos en' la dañada afición
que iba perdiéndose; el morbo musulmán recupera su virulencia. Poner
en curso sangriento la frontera contra moros, es abrir la fuente mal cerrada: _el organismo español retrocede a la edad en que ese manantial
berme¡o, perenne, era la condición de su vida. Las cuestiones los sentimientos, los presagios, la armazón política, lo que nos preocu~a O conmue\·e, torna a ser medieval, com«&gt; en los siglos en que guerrear con los
moros era la rueda catalina de nuestra economía.
;\ledievales los sentimientos. Tratamos a muchos españoles que se
han rehecho un alma del siglo décimo y odian a los infieles como fueron odiados en tiempo de Almanzor. Admirable privileoio de España.
Nº •
D
. mgun eu'.o~eo, aunque imbuido de cultura clásica, llegará a compart1_r l_os sentimientos locales de un ateniense o de un romano; podrá imagm~:selos,. describirlos como se los imagina, mas no podrá odiar con
pas;on ~ac1onal a Xerjes ni a Alarico. Apurándolo más, ¿que europeo
esta co~1do_ en una_ misma onda sentimental con sus compatriotas de
~ace mil anos? Quiere decirse que no son ya compatriotas; el lazo de la
t~~rra se _suelta solo, y todos los muertos no nos emocionan; la compas1~n nac10nal se deslíe en sentimientos más generales, vagos, de humamdad, de curiosidad, o en puro goce estético, en cuanto sin salir del
país se pasa de una civilización a otra. El español, se exceptúa. Le cumple la virtud de desposarse con las antigüedades de esta tierra, de prest~rles su apellido a cierra ojos. ¿Por qué ha de ser Numancia presea nac10nal, un timbre de gloria equiparado a Zaragoza o Gerona? Toda España es antinumantina. Debemos España a la destrucción de las Numancias-sonadas o no-por el romano. No se advierte que es profanar
el idioma de Cicerón emplearlo en alabanzas de los bárbaros. ¿O ya nos
despagamos de ser latinos?
«Enojada estaba Roma con ese pueblo soriano», canta el romance.
Roma, a quien llamamos madre, nos libró, con su enojo, del peligro
berberisco. He llegado a ver las estatuas de los últimos numantinos (me
51

�LA PLUMA
LA P L U \1 A
regocija que fuesen los últimos): un hombre peludo se degüella; una
mujer-no mal formada-con el hijo muerto sobre las rodillas, se apresta a ingerir un bebedizo. El exterminio de esa horda me asegura que no
corre por mis venas gota de su sangre. Si el español entiende tan mal lo
que debe a su origen, y odia un momento a Roma por fraternizar atolondradamente con el numantino, no es milagro que se zambulla en lo
más negro de la Edad Media, sienta a lo mesnadero de un Bermudo,
de un Ordoño, en cuanto las guerras del moro le reavivan ciertas pasiones oscuramente adormiladas en su alma. Tal convecino adocenado nos
saluda en la calle, que lleva dentro un conmilitón de Mauregato; en el
horizonte de diez, de doce siglos, no halla otro árbol donde ahorcarse.
El tipo no es del pueblo, sino de español mediano, que ha recibido instrucción general, patrañosa, y le tolera algunos deslices a la imaginación, cebándola en los recuerdos del bachillerato. Suele vivir adscrito a
profesión sedentaria; aprecia que una ciudad esté «amurallada»; se desquita de la aridez de su monogamia fingiéndose la desenfrenada lascivia
de los harenes; se persuade que también él sería poeta si por deber no
mantuviese aherrojada a la fantasía. Es patriota; cayendo de bruces en
los desengaños, que no puede negarlos, se recobra y dice: «Pero la raza
es sana; y muy inteligente. La más inteligente de Europa.» En suma:
es tan recio y duradero como el muro ciclopeo de Tarragona. Están al
unísono con ese tipo: el rentista, si ha leído a Villoslada, y los deportes
no le han vuelto tarumba; el erudito local, conocedor del punto de la
muralla (derruida hace quinientos años) que aportillaron las huestes de
Alfonso VI. 0e otras gentes sospechosas-caballeros de las Órdenes,
académicos de la Historia- nada digo, porque no los he observado de
cerca. Así, el primer fruto de la guerra nacional contra los moros es restaurar los entes más viejos, arrancar del alma a los españoles toda una
edad, y encenderlos en la misma pasión que los míticos guerrilleros de la
caverna astúrica-la misma por su objeto, su expresión, y los modos de
saciarse que propone.
Medieval la armazón política. La vida española recae en el ínterin
donde estuvo empantanada ocho centurias; igual ceguera: obstinarse en

derribar una puerta abierta; codicia tamaña: quitarles tierras a los moros por «haber más hacienda» y repartir mercedes a los ladrones; descuartizamiento de la potencia pública, único paladión de pobres, por los
oligarcas desmandados que la emplean en el gran despojo. Que sean los
Ricos-homes o las sociedades anónimas quienes trasquilen al pueblo; que
sea el oligarca Don Lope Díaz, o el Señor de Cameros, o Don Juan: el
Tuerto, u otro bandido de gran solar, o el gerente de un banco, de una
compañía minera o ferroviaria, y sus mesnadas en las Corte~, síguese la
misma procesión del dinero: se estruja al cristiano-al humilde, no al
poderoso-, para costear las armas y los brazos que han de someter al
moro; disípanse los acostamientos; cuando llama el rey, no le acuden, o
mal, y tarde. Entonces, como ahora. Y tales han acudido a veces, que
mejor les estuviera no ir. Vasto latrocinio, chantage desaforado viene
siendo para España la guerra contra los moros, desde antes de Covadonga; y no han robado más los que allanan una choza, saquean un aduar:
«El mayor ladrón-dice Quevedo-no es el que hurta porque no tiene,
sino el que teniendo da mucho, por hurtar más.» El desvalido, el ignorante, o el que posee un talento y pretende hacerlo valer, habrán de perdonar por este siglo, y por el próximo, si la morisma no se rinde. Lo
que presta la nación al individuo, el auxilio de vivir socialmente, se pierde en esta guerra, hoy por modo más estúpido que en el siglo décimo,
pues lo aventuramos en disputar con mayores bárbaros que nosotros. No
me conviene depender en lo más mínimo de la razón o sinrazón de un
puñado de berberiscos cerriles. Si los españoles lo mirasen bien, de vergüenza y de rabia romperían el hechizo que los tiene alelados, y verían
que es poco estimar a España restituir al moro su rango antiguo, otorgarle sobre nosotros tanto poder como de enemigo hereditario. Debieran
levantar a más la soberbia. No apellidar causa nacional a empresa donde
sólo puede haber manteamientos, pedradas y estacazos, empresa guardada para Sancho, ayudado desde lejos por el caballero «con advertimientos y consejos saludables». Mirar en la calidad del enemigo, y si hemos
de tenerlo, buscar alguno que nos honre. O crearse un enemigo de igual
condición, o sufrir la que el enemigo nos imponga. Francia tiene el suyo.
53

l

�LA P L U ~I A

LA PLlJMA
Dicen maliciosamente que Francia muda de enemigo hereditario cada
veinte años; pero va de Inglaterra a Alemania, de Alemania a Inglaterra,
y si quisiéramos nosotros entrar en turno, habríamos de instituir-hermanos y todo-un poder económico y militar que la amenazase; Francia no se estima en menos. Ni Alemania, que tiene el odio portátil. Y el
inglés no se declara enemigo hereditario del zulú ni del birmano a quie~·
oprime. Tal el enemigo, tal la enseñanza, o el contagio. Francia ha adelantado en la química y en la mecánica; no se consolará por eso de la
guerra, pero algo sabe hacer mejor, o de nuevas, que antes no hacía.
Cosa que los españoles hayan aprendido en Marruecos, no se conoce
ninguna: como no sea cortar cabezas de moros y mostrarlas en las tabernas, o enviar a la Península bajo sobre dedos y orejas berberíes. Cúlpese a sí propio si aún anda embarazado en compañías que le degradan;·
si desperdicia el seguro que le ofrecía el mar, apartándolo, por fin, del
poder islamita derruido; si en vez de irse cara al mundo en que siempre
debió asistir, mira al Atlas, captado por el funesto prestigio que desde siglos le atrae,

* * *
Mirando en el bullicio de Marruecos, la inútil mortandad, los destrozos, la ineptitud, el sonrojo público, nadie pensará que en África esté
escribiéndose un apéndice de la ilustre epopeya de ocho siglos; fué otra
la calidad de los hechos-se dirá-; otros eran los modos; menos fangoso el manantial de la gloria. Si en trescientos o cuatrocientos años.
nuestra entrada en el Rif no provee de metáforas altisonantes a los retóricos que nos sucedan(«... la enseña roja y gualda se paseaba triunfadora por la 9lanicie de Zeluán!»), o no sirve de pretexto para incursiones nueva~(« ... nuestros antepasados introdujeron en el Rif la civilización cristiana!»), será que el caletre español se haya recompuesto; pero
la materia histórica que amasamos en el Rif, contra aquella opinión superficial, es la de siempre. Los términos, en armas y gobierno, con que
los cristianos de España entran a guerrear a los moros son, en substancia, siglo tras siglo, invariables.:Adviértase que al español moderno, oído.
54

el proceso de la reconquista, sólo le queda en la memoria una explicación polémica fraguada por la propaganda; al valerse d~ ~que! ,·ocablo,
no maneja un caudal de hechos, sino un concepto pol1t1co. La reconquista, si en algún modo nos determina, no es_ tanto por rechazo ~e los
sucesos sobrevenidos en esa edad, como amarrandonos al razonamiento
con que la explican. Toda guerra, para ser bien ente~d_ida, erige u na
oficina de propaganda. Las dilatadas guerras entre cnst1~n_os y moros
por el dominio de la península, suscitaron en el_ campo cristiano una.legión propagandista descomunal; ocupaba la cated:a de San Pedro) el
púlpito de la más pobre aldea; el alcázar, el h_osp1tal,
~om·ento; el
pretorio y la catedral. ¿Adónde iría el hombre s1mp(e, el 1d1ota, q~e _no
blandiesen sobre él un hisopo o una lanza, exhortandole o conmmandole a pelear, e inculcándole por qué peleaba? Pero nadie es tan ingenuo que confunda la guerra, los móviles de los potentados que_la_encienden las razones del hombre vulgar para someterse a los padec1m1entos y ex¡orsiones, con la figura levantada sobre la guerra pa_ra inscribirla
en la historia. De la explicación aducida por los propagandistas del plan
cristiano, poco caso se ha de hacer (salvo en lo que a su pesar confiesan), sobre todo si fueron testigos presenciales: los testigos ven lo q~e
creen· lo demás, no entienden. Peor si detentan el mando. La fuent: ultima; que acudiríamos para trazar la crónica de nuestra ?uerra en A!rica serían las arengas de los generales o los partes del G3b1erno; vald nan
como re-::urso desesperado, por no perderlo toJo y guardar algu_na memoria de los acontecimientos: como si de un reino desaparecido nos
quedase una estela en un desierto. La propaganda del plan cri~tiano en
la reconquista puso al servicio de la historia, por modo e~clus1vo, ~artes oficiales, arengas ~ prelados o grandes señores, comunicados rcg10s.
Que nuestra entrada en el Rif parezca, cumplidos los ~ie~pos, tan
o)oriosa como el hecho del Salado o de Granada, se antoiara supuesto
inverosímil; peor: chocarrero. ¿Es acaso menos estrafalario someterse,
siglo tras siglo, al patrón explicativo de nuestra historia, p~es~o por los
bárbaros? ¿Se puede comulgar con mayores ruedas de molino. El concepto político de la reconquista surgió en la edad de más espe~a barba-

e!

55

�LA P L U \l.-\
ríe conocida en la península desde la caída de Numancia; seres montaraces, crédulos, lo adoptaron. Cortos de entendimiento; largos de
manos; las tragaderas, anchas. Si hoy un corresponsal nos mandase
a decir que había visto los acorazados de la escuadra anclados en los
picos del Gurugú, o que las nubes llovían sobre Melilla riquísimo aceite, podríamos dudar si era un mentecato o un bromista, pero no creerlo. Las remotas noticias de la reconquista no son más serias; las explicaciones tocantes con el origen, vienen de autores creyentes en las en carnaciones del diablo. Se imaginaban que el demonio, en cuerpo de
hombre, iba por los riscos de Sierra Morena tocando un tamboril. cantándole coplas a Almanzor. ¡Necia diablura! ¿Para quién iba a cantar en
la sierra el pobre diablo? De chico, tales fa.ntasías me impresionaban vivamente, y también yo creía ver a un diablo viejo, negro y cornudo,
brincar entre los jarales, profiriendo con voz cascada: «En Calatañazor,
Almanzor perdió el tambor. ¡P]án! ¡Rataplán! En Calatañazor, Almanzor perdió el tambor!» Y esto era muy triste; la voz del diablo no tenía
ecos; nadie le oía en aquellos cerros candentes, desiertos, que yo me
imaginaba; el diablo parecía desconcertado, corrido de su mal suceso,
y se iba a pordiosear, lamentable. En rigor, al diablo no debe achacársele tontunas_. Perdió la capacidad de amar, no el entendimiento angélico. No es fornicador, ni borracho, pero soberbio y envidioso; le conoce mal quien le pinta necio. Si Dios creó al hombre a su semejanza,
el hombre crea, también a semejanza suya, al diablo de las apariciones;
cuando es imbécil, a su creador se lo debe. Concluyo de la estupidez
del diablo en Sierra Morena la modorra de quien lo trajo, y que eran
mentecatos o farsantes los autores gravísimos que con tal cuidado lo ingieren en sus textos; sus demás opiniones y cuentos quedan, con eso,
daiiados. Pensará algún moderno que no pueden correr sobre Melilla
tan gruesas fábulas, de aguzado que tenemos el sentido crítico. Es según
la materia. Si al corresponsal de marras se le apareciese el diablo, el público se burlar/a, en efecto, hallando excesivo el anacronismo. Tolera
otros: si ve a un fraile arengar en lo más recio de la batalla, blandiendo
un crucifijo, espectáculo desusado, a lo que creo, desde la toma de Orán,
56

LA PLU;\1A
.nadie se espanta. Es el primer paso, el segundo sería ~ue al corresponsal se le apareciese el apóstol Santiago, con peto y qu1xotes, encasq~etado, fulminando ]a terrible espada, subido en el caballo blanco, o b1e?
uniformado a la in"lesa-que sería más tJlerable-: guerrera de kaki,
correaje avellana, p~ismáticos en bandolera y un junquillo coi: mango
de cordobán. Al punto, muchos lo creerían. Millones de_ e~~anoles ?º
podrían quebrantar el dicho del corresponsal con u~~ ob¡ec10n_ de pnncipio; los que impetran del omnímodo poder dm~o _el tnunf~ de
nuestras armas, alabarían a Dios. Tenemos, pues, en Afnca lo ne1,;esario, falta lo que debe faltar, para que la entrada de los cristianos e~ Morería resplandezca mañana con tanto brillo com? l_a cruzada_ nacional•
No es tan descaminado poner en los altares de Afnca a Santiago Matamoros. Lo que es yo, concentraría la Guardia civil en ~ierra Morena
para vigilar las apariciones del diablo, y que le tomase~ ¡uramento de
decir verdad si voceaba un triunfo nuevo. Comprendenase entonces el
emblema de A:lmanzor, vencido por el apóstol Santiago en una batal:a
que no se dió.
CARDEN JO.

57

�L.-\ P L U 11 A
por sus opinioneE y las de sus lectores, sino apartándome de toda preocupación.
política, con toda mi paciencia y mi atención.
Puesto que hoy no puede ya hablarse de él más que en tiempo pasado,.
puesto que pertenece a la historia, como dicen en los discursos ollciales, permítaseme alzar la voz y decir qué hombre era este y el por que de mi afc:cción.

* * *

CRÓNICAS LITERARIAS
ALEMANIA

m

l.THRNAu.-Nadie se admire al verme introducir la figura de·
Walter Rathenau en eshs crónicas. Podría defender su presencia
arguyendo con las cinco o seis obras que ha escrito, pero sin desconocer su valor e importancia, no quiero ocultar bajo una excusa
q 1 e sería casi un pretexto la determinación de no esclavizarme al rigor de un
epígrafe, dt&gt; una rúbrka. Walter Rathenau se substrae a las clasificaciones y definiciones. Pertenecía a todos los órdenes en que nuestra atención y nues,ra
simpatía se reparten: literato, economista, filósofo, aficionado en arte, y hasta
hombre de Estado. Era uno de los espíritus más grandes, no sólo de su país,
pero de su tiempo, uno de los hombres que simbolizaban la persistencia y la
defensa europeas. El Occidente extremo y, en particular, Francia, no han visto
en él más que al ministro, e incluso si se esforzaban en proclamar sus méritos
no le: d iferenciaban del batallón de hombres políticos entre quienes vivía al fin
de su carrera. Hace dos años no le conocían ni de nombre, y probablemente
dentro de otros dos lo habrán olvidado. Sin embargo, en él se encarna un momento del pensamiento europeo.
.\le es grato hablar en esta Revista, de donde está excluída la política, de un
hombre a quien tuve felizmente ocasión de tratar durante diez años. de un hombre a quien conc,cí antes de la guerra, época en la cual, si alguien le hubiese predicho su destino, habría contestado con un encogimiento de hombros. Quisiera
diseñar su retrato, no como lo hao hecho los periodistas arrastrados por el tum.ilto de la información cotidiaoa y tiranizados, incluso inconscientemente.
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La notoriedad europea de \Valter Rathenau había nacido en Cannes, ya que
no en Génova, porque sus misiones eo Londres y sus primeras armas en política apenas revelaron su nombre más que a los iniciados en los juegos de la diplomacia, o a los que van siguiéndolos con ardor. Su notoriedad en Alemaoia
era, claro está, más antigua, pero no hacía mucho tiempo que había .-lcanzado a
todas las clases de la población. Walter Rathenau era el caballo que, recomendado con discrección a los apostantes por boletines dignos de crédito, acababa
de destacarse del grupo de sus competidores y de tomar la delantera a favor
de una curva.
Había publicado antes de la guerra varios libros que descubrían la penetración de su intelígencia y su temible cultura-libros de tendencias filosóficas
pero en los que desempeñaban pJpel importante la sociología. la economía política y la historia-. Ninguno de ellos había reclutado vasta clientela de lectores. Su forma literaria, su concepción, y la confusión de géneros, rebelde a todas las reglas de la crítica y de la ciencia alemanas, los hacían 5ospechosos a los
ojos de los especialistas; al paso que, por su inevitablt: aridez, eran en demasía
pesados para el públ;co. D·masiado diiettante para unos, dem1siado sabio•
para otrc-s, se inmovilizaba en el cuadro restringido de algunas amistades.
En las esferas oficiales le mantenían aparte y en observación. Porque la influencia de los negocios y de los grupos fin~ncieros que podía manejar le hacía,
más temible que su crédito personal: la A. E. G. (Allgemeiue Elecktricitat Gesdlschaft), por sí sola, convertía a \Valter Rathenau en uno de los grandeis señores del capitalismo alemán.
Durante la guerra, tuviéronle en cuarentena, coofinado en funciones accesorias: sus teorías democráticas y europeas, pedestal de su triunfo en 1921, eran
conocidas de todos, así como su hostilidad a los Hohenzollern; por otro lado,.
su mutismo y su recelo, más aún que su fortuna y su plan de vida, le apartaban de las minorías socialistas y revolucionadas e incluso del radicalismo burgués, es decir, de todos los grupos en que prendía la oposición. No desempeñó
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�LA P L U ~l :\
,papel alguno en los acontecimientos de 19181 y al año siguiente Jlamó un poco
la atención dando a :uz dos libritos, uno de ellos acerca, o más bien contra el
último emperador. Hasta 1920 los hechos no se pusieron a favorecer su marcha: en el momento de convertirse la joven república en juguete de las facciones políticas, y bajo su máscara, de los grandes trustr industriales, Rathenau
fué ascendiendo, con opon~r las fuerzas financieras que dirigía a las empresas
y a las ideas de Hugo Stinnes.
Hay muchos puntos de semejanza entre Hugo Stir,nes y Walter Rathenau
Pero también muchos puntos desemejantes. Por una parte, la vida, y el contraste de los mismos acontecimientos sobre intereses idénticos, les imbuyeron
preocupaciones iguales y les impusieron idénticas actitudes. Por otra parte, sus
caracteres individuales eran opuestos en casi todos los órdenes, y en modo
completamente favorable a Rathenau. Hugo Stinnes no tiene otro valor ni otro
prestigio que los de su dinero, mientras que Rathenau tenía todas las cualidades
Y_ todos los defectos necesarios para ser un hombre de amplísimo vuelo, y para
simbolizar, a ojos C:e quienes gustan de las clasificaciones y de los símbolos, el
hombre moderno: mente aguda, voluntad ardorosa, indiferencia completa ante
las objeciones de la moral, facultad de no considerar a los individuos, cuando
no a los pueblos, y a sus tradiciones, cuando no a sus patrimonios, más que
como fichas en un tablern, subordinación de los medios al hn. supresión completa del factor Sentimental en la economía general del individuo.
, Esto e_s sin duda lo que en Ratheriau nos llamaba más la atención y nos hacia experimentar la sorpresa y la seguridad que nos infunden ciertas obras de
Frank \Vedekind y la obra de Car! Sternheim. Sorpresa más intensa, porque el
&lt;lominio del escritor, por grande que sea, nunca es tan tiránico como el del
hombre &lt;ie acción. Harto se ve el daño que las supervivencias románticas han
causado en tres generaciones, y los esfuer:os que la n11estra acumula de~de
hace veinte años para zafarse. Pero en este caso nos hallamos bruscamente delante del exceso contrario: exceso de cerebralidad y conceotraeión de toda la
vida interior en las figuras y fórmulas de una geometría implacable. Espectáculo más conturbador quizá, y seguramente más misterioso que el del sentimentalismo romántico. Testimonio de fuerza, pero de una fuerza casi monstruosa y
co,1tra naturaleza.
Los hombres como Walter Ratheoau, que suprimen toda ternura-•en e
sentido más amplio de este vocablo-y que llegan a menudo a templar e inclu:so a suprimir todo~ los odios, tienen sobre sus contemporáneos una ventaja
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LA I' L U :'-.l A
inapreciable; no llevan a cuestas bagaje al¡¡uno, y gozan de una preciosa líber· ·
tad de movimientos. Me imagino que esa ventaja estará ampliamente compensada por otro lado, y que cesa medalla-como decía M. Prud'homme-debe tener varios reversos por lo menos•. Pero oo trato de hacer aquí un curso de
psicología general; quiero simplemente not.ir lo que facilitó a \Valter Rathenau el acceso al poder.
Supresión del factor sentimental: e11 e l fondo, conviene confesar que esto ,
es de lo más inquietante. Cierto que en ese dique temeroso había algunas fil.
traciones. Un amigo que conoció a Ratbenau hace veinticinco años, cuando su
padre y los amigos de su padre le rode aban de una desconfianza entreverada
de compasión y le tenían sujeto, incluso dentro de la A. E. G.. me contaba recientemente que en esa época no era insensible a cierta vaga sentimentalidad
de orde11 histórico: la época de la reina Luisa le atraía por modo singular, Y no ,
podía contener cierta emoción cwando pensaba, por ejemplo, que el escritorio
de su uso había sido. un siglo antes, de aquella princesa legendaria. Pero estas
puerilidades, que no están lejos de recrearme como una bocanada de aire fresco, eran nada al compararlas con el mecanismo formidable que presidía en la
vida intelectual de Wllter Rathenau. Y a pesar de su progenie israelita-peligrosa sería desestimar su impo rtancia-ese mecanismo le mantenía brntalmen-te apartado de todos los hombres cuyas cúleras, rencillas, y demás pasiones,
veía conjugarse o entrechocarse alrededor.
Walter Rathenau estaba dotado de una inteligencia cruel. Todo iba a parar
a ella o &lt;lf' ella se alimentaba. Incluso sus goces estético5, que apenas nacidos
le servían para cebar sus experiencias, sus paradojas, sus fantasías. Si le gustaban Renoir, Cézanne. Van Gogb, Beethoven, lo que más le divertía era descubrir y desmenuzar sus procedimientos técnicos, y embromaba a sus amigos
manchando lienzos y escribiendo trozos de sonatas y de sinfonías imitados con
tanta fidelidad, que su facultad de asimilación causaba estupor.
A su inteligencia debía la agudeza extraordinaria de su sentido crítico. No
llegaré a decir que Wa iter Rathenau fuese ante todo un hombre de oposición,
pero lo cierto es que tenía más de censor, a lo Maximiliano Harden, por quien
no ocultaba sus simpatías, que de hombre de Estado. Algunos responderán que
la tragedia de Max:miliano Harden c0nsiste precisamente en verse encerrado,
por la caída de Bismarck, en un papel negativo, siendo así que le estaba reservado ace~tar cosas grandes en la esfera de las realizaciones. Pero yo nocomparto ese parecer, ni ~sa indulgencia, acerca del vicio libelista que, desde
61

�LA P L U l\J A
hace treinta años, pero sobre todo desde 1914, se agota en perseguir la gloria
por todos los cami1.os, ea todas direcciones.
\Valter Ratheaau era demasiado audaz y cultivado para ser un grande hombre de Estado. Y por el contrario, le faltaban ductilidad, tradiciones, destreza
política. Es el único oficio a que no supo adaptarse nunca-sin duda porque lo
despreciaba-. Para político profesional le faltaba todo, y creo que Jo echaba
·&lt;ie ver: durante su vida entera se mantuvo cuidadosamente apartado de la cocina parlamentaria, donde .Matías Erzberger era singular. Y al paso que prose,guía la realización de sus vastos proyectos y trazaba líneas nuevas en el rompecabezas europeo, permanecía sin defensa contra las conjuras de los pasillos,
que eran capaces de arrancarle de golpe todo su poder.
NI) es infecunda la comparación entre Rathenau y Erzberger; como individuos, la_s ventajas están de parte del primero; pero como hombres públicos, el
favorecido es el segundo. Es lícito creer que si Erzberger no se hubiese aplicado a la liquidación de la guerra, y si hubiese emprendido como Rathenau la
construcción de un edificio nuevo con materiales de desecho, habríalo acertado ~el mismo modo. Porque las circunstancias han ayudado a Rathenau: lo que
en tiempos de Fehrenbach o de von Simon:- hubiera parecido imposible, esa t s.
pecie de nuevo Dranr nach Osten que empuja a Alemania hacia Rusia, de quien
antes se temían catástrofes sin cuento, se antoja hoy, incluso a los reaccionarios, la única tabla de salvación. Rathenau ha cCJnseguido la victoria de R ipa.
llo sobre el Occident:!-Extremo, y podía gloriarse de ello; pero Erzl,er&lt;1er hubiera tenido que ganar esa vicroria contra Alemania misma y el Reichst:g, y el
cas,, hubiese sido más difícil.
En Rapall0 todas las opiniones alemanas vinieron a coincidir. Ea las froater~s del ~eich n? hubo más que un ·:encido: Hugo Stinnes. Ese tratado. que
abna a la mdustna alemana el mercado ruso, le privaba, en eíecto, de su clientela de descontentos, y revestía a su adversario del prestigio que ambicionaba
sí. ~stoy seguro, además, de que Rathenau, al combinar su golpe, oo perd10 de vista esa primera consecuencia de su victoria.
Con ella terminaba brillantemente, y en el vasto campo internacional, que
le era grato, lo que constituía al parecer la primera parle de su carrera. Fué,
por desgracia, el término definitivo.
Los que le han asesinado, cegados por el odio polícico y por las máximas
del aa,ti~emitismo que azota en Alemania con intensidad trágica, han suprimido al un1co hombre capaz de sostener un papel de primera línea en el Gobier-

P~:ª

62

LA PLUMA
cuando la derrota ha impuesto a su país lo que he llamado en otro sitio
cdesgermanizacióa•. Porque, a riesgo de dejarme llevar por las ilusiones extremo-occidentales, diré que Walter Rathenau era a mi parecer el mejor guía
que pudiéramos desear a Alemania en la imposibilidad de su política tradicional. Su inteligencia le habría preservado de mnchas errores y tentaciones, y sus
teorías, le habrían apartado de los compadrazgos de clase con que nos abruman
los Hugo Stinaes de todos los países.
No se juzgue, pues, erróneamente el alcance verdadero de las reservas que
he formulado respecto de la capacidad política de Walter Rathenau. No es que
temiese que un nietzscheano como él, pagado de la Voluntad de Poderío y de
la Transmutación de Valores, fuese débil para llevar a término su cometido.
Lo que temía era que resultase demasiado fuerte para librarse de las trampas
y añagazas que irían poniéndole al paso. El exceso de fuerza es tan peligroso
como la debilidad, así para el hombre que lo padece como para la causa que
defiende; el presidente Caillaux: lo sabe a su costa. Y no puedo por menos de
considerar que toda la inteligencia de Rathenau no ha bastado para desarmar la
pasión de los asesinos de Erzberger ni la paciencia emponzoñada de sus rivales, y que ea su desprecio de las crisis sentimentales no ha pensado ea protegerse ni ea proteger su obra contra ninguno de esos dos riesgos.

'110,

l

PAuL CouN.

TEATROS
AS COMPAÑÍAS DK LA LKGUA.-Hasta hace pocos años la vida teatral
española se reducía a los principales escenarios de Madrid. Fuera
,
de ellos. no gozaba de la menor consideración cuanto se representaba sin el marchamo de los revisteros y el público madrileños,
ni sin su refrendo prosperaba artísticamente actor alguno. Las excursiones por
provincias de las mejores compañías de la corte, tenían un prestigio muy superior al de la gloria local, discernida en ocasiones a tal o cual histrión y rarísima vez acatada fuera de su ambiente propio. Cómicos hubo populares en Sevilla, pongo por caso, y aun por toda Andalucía, que no lograron el aplauso no
ya de Madrid, mas de cualquier otro público que no el suyo habitualmente;
como si, en efecto, su arte respondiera por modo especial a cierta sensibilidad
característica de sus admiradores, reveladora de las diferencias étnicas que

�LA PLUMA

LA PLUMA
suelen animar a unos contra otros españoles, faltos de una educación con sentido nacional y humano.
Tenían entonces las compañías del Español, de la Comedia, de Lara, una
estabilidad inconmovible y, bien que regidas por empresas particulares, paredan traducir en cierto modo, adaptándola a la realidad madrileña, la burocracia de los teatros oficiales franceses. Pocas veces se interrumpía el turno de
antigüedad para dar entrada en e! escalafór. del personal de los teatros al simple mérito artístico. Por otra parte, el estreno de una obra nueva, la consagración, por el éxito, de un autor dramático, eran acontecimientos cuya solemnidad se fraguaba ~n círculos y corrillos; para trascender a provincias, ur.a vez
obtenido el beneplácito de l\ladrid. Esta disciplina riguro~a procedía de las
enseñanzas y métodos implantados por Emilio :\lario, de quien fueron discípulos eminentes en el arte de adaptación al medio, la Guerrero y Díaz de
Mendoza.
A principios de siglo, la inmigración de Enrique Borrás suscitó un cambiobrusco en las normas que eran entonces habituales e,1 el teatro de la Comedia
Borrás tenía una personalidad y, sobre todo, una manera de explotarla, muy
semejante a la de algunos actores itali,1nos, que acostumbran correr su patria
de p,mta a cabo, la América después, y el muudo toao, sin más bagaje que
unas cuantas obras en que el protagonista declama un aria. trágica casi siempre, coreada por su compañía, obras cuya repetida aceptación dote los varios
públicos está asegurada por el prestigio del divo.
Borrás no se aclimató a los usos madrileños, pronto vió su incompatibilidad con el sistema de compañías estables a base de unos cuantos estrenos
cada tem¡&gt;orada, e imitando con acierto la vagabundez trashumante de los actores itali:rnos, formó la suya con escaso repertorio de dramas de los llamados
de:' costumbres populares, traducidos del catalán casi todos, y añadiéndole luego
N Alcalde de Zalamea, y El Abuelo, de Gald6s, de que ha hecho una interpretación muy aceptable, se dió a correr las provincias.
El matrimonio Guerrero-Mendoza menudeó más cada vez sus viajes a la
América española, donde em;iezó a estrenar, a modo de ensayo general con
todo, incluso público, las obras con que intentaba luego ante el de Maddd descubrir el anhelado sustituto de Echegaray, su mejor oroveedor de un tiempo.
Ello quitó importancia a la tradición dd estreno en la corte. Margarita Xirgu,
ErneitO Vilches después, por no citar sino a los que dentro de un mismo criterio comercial representan diferentes .nodalidades artísticas, hiciéronse tam-

t

bién un repertorio propio, 3decuado a su capacidad y a la ley económica del
mínimo esfuerzo. Surgían al mismo tiempo compañías casi exclusivamente
provincianas, como la de Antonia Plana, cuya breve estancia en Madrid les
servía de reclamo para sus negocios de fuera, harto más fructíferos, y con repertorio copioso en que tienen cabida los estrenos más aplaudidos en la temporada; extensiva a los teatros de provincias, antaño abiertos tan sólo esporádicamente, en época de f.-rias, Carnaval y tal cual fiesta señalada.
La circunstancia de haber coincidido nuestro paso por una capital de tercer
orden con la actuación en su kalro de !a compañía de 11orano, actor más alejado cada vez de los escenarios dt Madrid, nos mueve a referir a tal campaña algunas consideracioues de orden general acerca de los cómieos de la legua de ahora . N'o es :llorano de los directores artísticos que transigen con las imposicioms
del público en punto al gusto que ha de presidir en el 1·epertorio, o de los que,
a cuenta de tales imposiciones supuestas, se adelantan vertiginosamente por el
camino de la barbarie en que está a punto de naufragar la escena cómica. En
realidad, es dificilísimo, si no imposible, probar esa dependencia de la taquilla, con que se escudan, exculpando sus malas artes, c.tsi todos los empresarios. Puestos en lo peor, podremo5 admitir que el mal gusto imperante sea un
resultado fatal del concurso de empresarios, cómicos y público; nunca p("cado
imputable exclusivamente a la masa anónima que paga para divertirse. Morano no transige, repetimos, y, lo que es más, hace gala de luchar, a grito herido,
ya que no a brazo partido, en defensa de los fueros-o que él cree talea-del
arte dramático. En la capital de tercer orden donde nos ha hecho coincidir la
suerte, recordábase este año antes de la presentación de la compañía, la hazaña
con que su director interrumpió, en su anterior incursión por el mismo escenario, un pasaje de Set'iora Ama, la conocida comedia de Benavente. Parece ser
que el público de aquella noche aciaga, protestó, más o menos ruidosamente,
pero siempre ea uso de un derecho que estim1tmos indiscutible, determinada
frase, o el gesto y ademán determinados con que el propio Morano la subraya
en un alarde de realismo erótico. A lo cual, deteniéndose un punto en el desempeño de su papel y revolviéndose airado en la realidad, dijo, encarándose
con los espectadores, estas palabras u otras semejantes: «La culpa me la tengo yo por representar margaritas,.
En abono de la moderación de público de tal manera maltratado, dice no ya
el que Morano y su compañía hayan podido volver al mismo escenario, sino el
que éste ni la sala padecieran entonces menoscabo ni deterioro.

V

�LA P L U \l A

LA PLUMA

Tiene, pues, ;\lorano un criterio artístico que considera superior al de su
público habitual. que ha de ser, por necesidades del neg_ocio económico, ~I de
pueblos y ciudades situados sobre la lín_ea del ferro~a:nl, ent:e dos cap1t~Ie_s
de temporada teatral de más importancia. El except1c1sm? casi absoluto, 111~1lista a que propende nuestra escasa fe de hombres del siglo, no nos per:~11te
aventurar la posibilidad intangible de otras normas estéticas que !as relativas
al tiempo y al ambiente en que vivimos. fiemos de atribuir al criterio ar~íst'.c"
de Moraoo, por ejemplo, cierta correspondencia con los gustos de otro publico
que no ante el cual le hemos visto representar úl.~imameute en_ compañía dé su
fami\id.-No menos de tres hijos, de ellos, dos, h11as1 y muy hadas por cierto,
lleva consigo este actor, batiendo el recordp1teroal a qJe se entregan la s primeras figuras de la escena española-. Su reiterada ause ncia de lo: t~atros madrileños, el escaso provecho logrndo en todos los órdenes en sus ultunas tt m¡,oradas de la Princesa y el Centro, muestran que no es ta~poc_o d púb iico, tenido por más refinado, de la villa y corte, aquel cuyas ex1ge~cias se c?•11pag1naa mejor con los propósitos de Morano. ¿Habremos
colegir que c_stan és~os
tan por encima del medio ambiente español, que su misma excelencia retr.11ga
al común de las gentes a prestarles aquiescencia ni atención?
_
Un dato tenemos, sin embargo, a que asimos nuestra esperanza de no ver
aureolada su fortaleza artística con la soledad de que se precia el héro,'. i1&gt;seniano de Un enemigo del pueblo, nunca representad&lt;&gt; poi' 1'1oraao. No todo:; los
públicos se le manifiestan indiferente¡; o rehacios como los de Madrid y Zamora. y si bien la mayor demanda y consiguiente competencia de las empre,as de
provincias le obliga a pasear de ceca en meca sus engendros dramáticos. ,ie~e
i\Iorano una a manera de sede propia en Barcelona, donde representa con mas
frecuencia v continuidad que en el resto de España.
He aquí· un hecho que tiene su significación. 1&lt;:1 que hoy por hoy tenga más
adeptos en Barcelona que Borrás o la Xirgu, que 011.n perdido en prestigio localista, y quizá ea conciencia artística, lo que hayan ganado al &lt;to:nar las alas
del castellano&gt;, como su pequeño compatriota Eugenio D'Ors, determina bil!n
a las claras la situación artística de ~lorano, cuyas condiciones se adaptan a 111a1avilla a la economía-material y espiritua!-del teatro en Barcelona. ¿11.'o ha
siclo siempre característico de la capital cataia'.la el espectáculo de traducción,
,::rosso modo, de cuanto más exteriormente repre:;eata a nuéstros ojos el «espíritu europeo?•
Tal el que Morano nos ofrece en sus programas. Lialos no más el ingenuo

d:

66

t

:y al punto prestará con la intención la adhesión que ea ellos se le reclama:
Shakespeare, Calderón, Turguenief, Ga!dós, l\Iirbeau, y, entre los más modernos españoles, Lópe:r: Pinillos, ¿no son nombres que parecen revelar desde luego ese amor al verdadero arte dramático, que en vano pedimos un día y otro a
cómicos y empresarios cuantos, de puro aficionados al teatro, hemos dejado de
ir al que se esti;a en todos?
No hay, sin embargo, ea tan eclética variedad esa unidad de criterio artístico que a primera vista, con su solo anuncio, se presupone ea el actor que
ofrece interpretar el Shylock y el Pedro Crespo, el león de Albrit y el Léchat.
Ya el hecho de que un director de escena se permita invocar la gloria clásica
de un autor para defender la representación de sus obras, contra la posible
falta de respeto por parte del público a tal consagración previa, denota intolerable doblez. La ~niversalidad de toda gran obra se computa no por la supersticiosa adoración que su nombre suscite, mas por sus hondas raíces humanas,
ca¡:¡aces. a través de la distancia que los siglos, o los montes y mares que separan i,n s.1 manera de ser accidental. a unos de otros contemporáneos, de hacer
reverdecer en el ánimo de los espectadores, o del lector, la pasión puriñcadora
de nuestras miserias cotidianas. El señor Moraao supone que sio su advertencia de que se va a representar una obra maestra, el público no toleraría El mercader de Venecia, tomándolo como cosa de poco más o menos, bueno para en tretener a niños y militares sin graduación.
Es posible que el señor l\lorano, y quienes le han precedido en tal método
de incubar el fetichismo de la gran obra y el autor clásico, no andeu muy lejos
de la verdad al considerar como buen público de Shakespeare el más popular,
es decir, el que no suele asistir a sus abonos. El que, por darse la obra en día
festivo, vi yo solazarse con Shylock el judÍ&lt;', no era ciertamente el que a diario
ocupaba no más de unos cuantos palco~ y butacas del amplio teatro provinciano. Era el público sin graduacitf11,. Y en tanto lvs &lt;"spíritu~ avisados de la pequeña capital celebraban sobremanera el prólogo ridículo ea que i\lorario exculpa la candidez del poema dramático q11e va a tener el honor de representar,
d anriteatr &gt; y el gallinero seguían interesados las peripecias de Ja farsa. Quienes necesitan soslayar su admiración a Shakespearc, acogiéndose oo más a Sil
filosofía //rica, sin abandonarse al simple goce de la fábula, so;i incapaces de
co:nprenderlo.

Muy cierto que de la tragedia al mdodrama media un paso. El que da Morano en cuantas obras interpret~, ora reduciendo la noble angustia del Abuelo

�LA PLUMA
galdosiano a la intriga, pretexto de la tragedia, ya refundiendo doblemente,.
con simplificarlas a dos o tres contrastes efectistas, las representaciones de
Calderón y Shakespeare, desbordantes de vida en los origioalc:s del EJ Alcalde
y Et Mercader, o pretendiendo adaptar a un ambiente de falso asturianismo,
con praviana y todo cantada entre bastidores, El pan ajeno, de Turguenief.
Un drama le hemos visto a Morano, que no tuvimos ocasión de ver cuando
su estreno en Madrid: Et caudal de los hi.fos, de L6pez Pinillos 1 en que por proceder el dramaturgo con notoria ingenuidad, cobra condición artística la simple emoción melodramática que Morano imprime en general a todo su repertorio. El caudal de los lujos, concebido melodramáticamente, es decir, para probar en el transcurso de la acción teatral una fatalidad reducida al absurdo de
su mismo planteamiento arbitrario, se desarrolla con lógica inflexible y va adquiriendo casta de naturaleza humana, conforme reaccionan violentamente acto.
por acto y escena por escena, los personajes del drama unos contra otros, salvando su responsabilidad, de suerte que no podamos en nuestro ánimo admirar exclusivamente al hiroe y condenar sin remisión al traidor.
Y, sin duda por contener El caudal de los /,i_jos una aleación de intereses morales y materiales del autor, que Je obligaron a forzar la invenci6n·y procurar
justificar dignamente ante sí mismo la necesidad de soliviantar los nervios de
los espectadores, el último drama de Pinillos inicia una solución posible del
desvío que actualmente se advierte entre los profesionales del teatro y el público español.
La fruición con que el de la misma Zamora, que en serie de abono protestó las crudezas, o que tales le parecieron 1 de Señora Ama, asiste a las representaciones anuales de La Pasión de Nuestro Señor, al Tenorio, o con que aplaude
emocionadamente al Alcalde contra el capitán ¿no revela una conciencia !&gt;Ocial
tan viva. por lo menos, como la que acusa el éxito de Muñoz Seca, de Linares.
Riv1.S, del raquelismo en las v.irietés.l Producto todo arte, por la ley económic?..
de la oferta y la demanda, de la colaboración entre el artista y el público, cuanto más el arte dramático, renegu e mos de Jos dogmas absolutos, y huyamos de
las malas compañías, qut: todo lo pervierten.
UN CRÍTICO INCIPIENTE,

LIBROS Y REVISTAS
R. Blanco Fombona.-El Conquistador Español del siglo X VJ.-Ensayo de
interpretación.-Editorial Mundo Latino, Madrid.
El conquistador de la América española no es un santo, como han querido
·pintarle los propugaadores del dogma de. la historia inmaculada de España; no
es tampoco un bandido, cual afirman sus detractores. Es simplemente un pro-dueto heroico de la España del gran siglo. Sus cualidades excelsas, sus aberraciones, no les son peculiares, sino del ambiente en que habían nacido y criádosc.
Conforme a esta hipótesis, de sen~ido común, pero que era necesario sentar, ahora que reverdecen en congresos, exposiciones y embajadas las tradicionales mentiras del mútuo trato hispanoam('ricano, Blanco Fombona ha planteado con inequívoca rudeza la antigua y siempre nueva cuestión de la conquista española de América.
Analiza el escritor venezolano los caracteres fundamentales de España, pa1entes en sus ~antos, en sus capitanes, en sus reyes; la arrogancia, el espíritu
filosófico, el factor religioso, la dureza de la raza, son temas de otros tantos capítu los, que preceden a la revisión panorámica de la incapacidad administrativa del reino, desde Alfonso X, hasta el cumplimiento de la unidad nadona) con
Isabel y Fernando, a través, luego, de la gloria falaz de Carlos V y Felipe II, y
con sus sucesores Habsburgos y Barbones, para terminar en la tremenda liquidación colonial del 98. Presenta después el escenario sobre que se destaca la
figura del conquistador aventurero, especie de condottiero nutrido fuertemente
de la savia española de la época: ignorancia, religiosidad, heroismo dinámico,
a que pone cebo la fiebre amarilla, el Dorado sueño de los quiméricos países,
cuya realidad antes que desengañar avivaba la imaginación.
No se trata de un estudio erudilo. Ya en la carta a Gabriel Alomar qut&gt; sirve de prólogo al libro, se disculpa Fombona justificando el desorden con que
fué escrito. Se trata de una vindicación apasionada. Más que historia del conquistador español, es trágica defensa de la crueldad española en América. Por
-encima de toda otra consideración, pese a la serenidad europea, en el más alto
-sentido de la palabra, con que pretende sustraerse a su condición de venezo-

69

�LA

LA . PLUM,\

PLUl\IA

«Abro mi freule al lado de los vientos.
A:argo mis ojos al lado de las sombras.
Hundo mi corazón en el costado del amor.
Tiemblo y canto.
La boca está caliente de gritos y de sangre.
¡Ah, qué días más duros para estar de pie!
¡Ah, qué cansancio enorme sobre los hombros!
¡Cómo pesan las noch-!s del mundo
en los grandes espacios que nos hacen los ojos!•

lano, de americano, de españoi, y pensar como un hombre como todo un hombre, se advierte la traged_ia personal de quien, como Blan~o Fombona, no puede contemplar especulativamente la historia de España eo América, porque le
duele, no ya eo el alma, en las heridas de la propia carne.
. Por eso, sin qu 7 este libro tenga en su composición aparente, ni eo los motivos que han mo:,r1do a su autor a escribirlo, afinidad alguna con el magnífico
Facundo de Sarmiento-de que ha hecho una nueva edición recientemente la
Editorial-América que él mismo dirige-. corre por sus páginas algo de la mis!11ª tremen.da e_mocióo, la misma calidez de polémica.:la misma sed de venganza
1~e_al, que 1nsp1ró al desterrado argentino. en tiempos del tirano Rosas, aquel
vml aceuto, cuyos ecos parecen revivir un punto en las palabras de este perseguido de la justicia que manda hacer el tirano Gómez de Venezuela.

* *

No sé si será atribuir demasiaaa significación al hecho de que los PoemtZS del
Hombre estén editados, y muy b~liamentc, eo Montevideo. Pero es lo cierto que

*

Carlos Sabat Brcasty.-Poemas del Hombre.-Montevideo, MCMXXI.
No os asuste la aparente prosopopeya del libro. Su autor es ua poeta. Para
nosotros, nue, o. Creemos que lo sea, eo efecto. Nuevo y moderno· pero tan
antiguo como la poesía.
'
Más que una serie de poemas, constituyen los de este libro uo poema lírico,
sin armazón novelesca alguna, dividido en tres partes, netamente señaladas en
la división que el propio poeta establece: «Libro de la voluntad» «Libro delcorazón», «Libro del Tiempo«, en qu~ se resumen grav~mente la; dos primeras.
. Todo él e~tá ~scnto en. versos hbres o blancos, cada uno con su ritmo propio y su medida mdepend1ente, salvo rara vez, de la del verso siguiente, y más
rara vez aún componieado una estrofa de acentos regulares. La metáfora sust~tuye siempre a la expresión ~irecta del sentir del poeta; pero, y de ahí sumérito, nunca la metáfora es capnchosa, sino que, trasunto de no concepto, concreta la vaguedad del sentimieuto eo alusiones materiales cargadas de sentido,
espiritual.
•¡Hermano!
¡H..-rmaoo inmenso!
Contémplarne esta enérgica locura
y la pokncia elástica con que me rompo en músicas.•
.. . .
.
.

t

nos ~ugiere ciertas consideraciones, que corroboran la de que goza el Uruguay
en la República uoiver5al de las artes y las ciencias con relación a sus bernrnnas del continente americano. Tienen. en efecto, los uruguayos fama de más
cultos. Y, si, aparte las naturales condiciones poéticas, nos interesan los poemas de Sabat Ercasty, es, a oo dudar, por su sabor euroµeo del momento actual, en que parecen conden-sarse virtudes que el gran Walt \Vhitman alumbró
como propiamente americanas, que adquieren consistencia tradicional en Verhaeren, o esplendor barroco en iJ'An:111ozio, que en la lírica post-simbolista
francesa toman incremento y desarrol:o, y que ahora arraigac, como antes en el
corazón-con el Romanticismo y sus hijos-, en el puro intelecto.
Añadamos que tal modernidad es sin menoscabo de la nobleza de la lengua
española, ni alardes, por el contrario, de academicismo trasnochado .

*

*

*

~armen d.~ Burgos (Colombine).-Et Retorno.-Novela espiritista. (B11~ada
en hechos reales.)-Lusitania Editora, Limitada.-Lisboa.
Creemos haber apuntado ya, con motivo de Los An.icuarios, novela inmediatamente anterior a la que nos ocupa en la copiosa lista de obras de Carmen
de Burgos, cómo destaca entre sus notorias cualidades de escritora, la de periodista, que ha ejercido muy principalmente. Pero hemos de hacer una salve
dad aclaratoria: oo obstante el incremento de la prensa periódica, suele tenerse
en cosa de poco más o menos la condición de periodista. No es justo en modo
alguno, por más que expliquen t¡¡I recelo ,ouchos malos ejemplos que el periódico nos ofrece obstinadamente cada mañana y cada tarde. No es menos noble
el periodismo moderno que ]¡¡ crónica antigua, pongo por género literario. Es
menester. eso sí, que sea bueno, que tenga calidad artística. Colombine es buen
períodi-t,.
Los estudios espiritistas suscitan cada vez más apasionado entusiasmo. No
poco ha cootribuído ¡¡ ello en estos últimos tiempos la labor divulgadora de
Maeterlinck, poetizando con singular encanto la sucinta relación de los fenómenos registrados desde mediados del pasado siglo. Otros nombres ilustres colaboran en la misma obra. Richet y Flammarion, acaban de publicar sendos libros

. . . . ... .. . .. . .. . . . . ........................ .
••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••• ♦ •••••

«Sí, corazón,
innumerables cantos,
como de mar,
me lle~ao
desde tu carne joven.&gt;

...................................................
.. . . . ...... ...................................... .
70

71

1

�LA PLUMA

LA PLü\lA
interesantísimos. La novela de Colombine nos lleaa con'gran oportunidad. ¿No
es la oportunidad la primera condición periodísti~a?
'
El Retorno gana luego nuestra atención Su autor observa una imparcialidad
a prueba de toda solici~a~ión en pro o contra de los sucesos que refiere. No dej~
transpai:entarse su op111_1ón personal. Atribúyaselos la significación que cada
l.ua_'. ~st1me más conveniente a la razón, al sentimiento propio, a la educación
rec1b1da: es lo cierto que se comprueban de continuo fenómenos extrnordin·1rios ~in suj~ción a _las leyes norm':'les del mundo en c¡ue vivimos. ¿Superchería~?
No. ,Sugestiones sm trascendencia real? Tan maravillosas en todo caso como su
existencia efectiva. Que no hayamos descubierto la Causa, no quiere decir nada.
~or &lt;;&gt;tra parte, ¿tal reacción espiritualista en el conc.-pto humano del mundo,
1mp!•~ª. total desacuerdo con el materialismo del siglo pasado' De ningún modo
Espirlt)Stas hay_que afirman la unidad aosoluta del Universo, que no admiten
la ~ualidad clásica: cuerpo y alma, materia y ~spíritu, mal y bien. Todo es rna•
tena No ~a la lu_z, el alma es susceptible de ser apreciada en peso y medida.
Colombme, ha inventado una tran:ia sencillí,;ima y natural. en que inserta algu~os_ so~~rendentes relatos de fenomen.)S de telep1tíJ, de adivinación, de matenalizac1on, acompañados de la evolución del prosélito, desde la desconfianza
a la fe, y aún a la locura en casos. El Retorno, su:namente at,activo como no'."~]~, e~_sobre tod? selectísima crónica de un movimiento social, y excelente
1~1~1ac1o_n de ultenores lecturas y estudios psíquicos. El ambiente de la novela,
v1v!do _sm duda por el autor en el propio marco en que está encuadrada, la estación mveroal de Estoril, pintore:;co remedo de Niza, en los alrededores de Lisboa, Je presta mayor interés y evidencia.

* •

*

*

José M:i.ri Chacón y C:1.lvo.-Ema11os de Lite•·atum Cub.ina.-:\IC:l{XXII
Editorial Saturnino Calleja, Madrid.·

'

Cnatr~J _estudios acerca de «Los orígenes d:- la poesía cubana•, los e Romances Trnd1c10nales», «Getrudis Gómez de Avellaneda• v «fosé :\iarí~ Heredia&gt;,
constituven el volumen editado recientemente en la Primera Serie de la Bibiiote.:a Calleja, con «¡uc continú:t Ch,,c6n v Calvo sus interesantísimos ensa, o-;
críticos de la literatura de su p;,ís.
·
. No obstante 1:i.s di~tintas circ•1nstancia; que h~yan dado motivo a los trabaJOS que huy apare..:en reunido, por primera vez, dé tal modo t·~tán &lt;'t1c1de 1ados en_el pensamiento del a!.!tor. que más arecen &lt;liferc,n,.•s capílnlos de 1111
vasto libro, que simple~ ~rtíc11lo_s o c,mferencia,. Ya en la Antología de poel:is
c,ubanos, de que _gustos1s1mos dimos cuenta no ha mucho a los lectores de L.\
f LUM.\, se l)atent1zaba excelentemente la artbtica labor de invm,:ión. llevada a
cabo por Chacón )'Calvo, al descubrir, por l,is nrocedimientos modernos de la
crítica histórica, el caráctf"r n,1cional de la po~sía cubrna. Estos ensavos de
ahor.i, que no son, sin embugo, de fecha reciente, acusan la serena p:-"nbid1d
con q,,' su autor investig,1 1 deduce, concuerda, explicando con su criterio libre
de todo prejuici,1 nacionalista, l:is señales dcrtas porque va desarrol lándose, a

72

medida que se despierta el sentimiento de independencia en Cuba, un espíritu
literario peculiar de la isla.
cEI método con que habrá de escribirse la Historia de la Literatura Cubana, no podrá ser otro que el comparativo-dice-. Ha pasado la época en que
·se consideraba la obra artística como fruto exclusivo de la fantasía individual:
hoy todo se ve como en una íntima y estrecha cadena en la que los factores sociales modifican las tendencias primeras del artista y donde se distinguen elementos de las más varias procedencias. Y ta comparación habrá de establecerse principa!mente con la I iteratura española, ya que la nuestra participa, en
muchas de sus ~artes, de los mismos caracteres que aquella, y atraviesa por
análogas vicisitudes.•
Así, pues, lo mismo cuando habla del Espejo de Paciencia, crónica, más que
poema, de Silvestre de Balboa, cque es hasta ahora la muestra más antigua de
la poesía en Cuba» (1608), que cuando transcribe las variantes a los romances
tradicionales españoles, introducidas en las versiones cubanas, o al evocar el
ánimo patriota latente en las mejores líricas de la Avellaneda, y mostrar por
último en Heredia «Poeta de la naturaleza, poeta civil• ce! sentimiento de la
patria y su sentido de liumanidad• que constituyen «la esencia de su arte•,
Chacón y Calvo lo hace buscando antecedentes inmediatos en la literatura de
la metrópoli. En ese sentido, si no lo fuera además por la particularísima perspicacia con que sitúa la figura del poeta de Cuba por excelencia, el estudio sobre José María Heredia es modelo del géuero de ensayos que nuestro amigo se
propone, en que el soplo sentimental de la simpatía parece animar el vigor de
la investigación científica.

* *

Luis H. Hldalgo.-Et Poema Triunfa/.-París, 1921.
El autor, americano, por lo que se infiere, y muy joven, por lo que se ve en
el retrato inserto al frente del poema, cuenta ya con J¡, adhesión , según la carta
impresa, que lo a.:ompaña, «del presidente Millerand, de M. Bérard. ministro
de Instrucción pública, del vicerrector de la Sorbona, en fin, con la del gran
poeta Jean Suberville, autor del hermoso poema, sobre el mismo tema, coronado por la Academia Francesa•.
Al frente de El Poem,1 Triunfal, dedicado a la victoria oficial consagrada en
el monumento , tantas veces profan,1do ya, del sold:tdo desconocido. al pie del
Arco de la Estrella, pone el poeta estas palabras de Briand: &lt; ••. no subimos a la
tribuna para que se admire la donosura de nuestro ingenio, la ,ublimidad de
nuest.-o estilo, sino para emocionar y convencer. Somos servidores, no de la
sintaxis, sino del sentido común.•
Y, luego, el Sr. H. Hidalgo dice, ya por su cuenta:
Desconocido Dios de la Epcpeya,
que al mundo coronó con su estrella,
yo vengo con mi pobre musa,
cuando ya rota está ta escaramuza,

73

�LA PLUMA

L :\ P L U l\l :\
v t&gt;l mundo se e:,;/iende en calma
como una grande ¡alma,
a traerte! mi canto hechicero,
mi canto mu'/ smaro, .
pon.JU&lt;:: e,:, oijo humilde de la raza
que tu recuerdo eternamente abraza.
Y «sf por espacio de doscientos setenta y cinco versos, impresos en buen
pa¡&gt;d Nos hemn, limitado a subrayar.

* * *
Adela .~arion Adam.-Platón. Sus ideales morales .v políticJs. -Traducción

dd inglés ¡)Or J. ;\lenéndez Arranz. Editorial S,lturnino Calleja, Madrid.
Tienen, ante todo, los .\!anuales Calleja, de que es muestra escogida el librito que nos ocupa, sobre sus congéneres, la presentación pulcra. cuidada,
:itradiva. El original inglés de esta correcta traducció11 e«pañola, forma parte
dt· l,1 colección de «;\lanuales Cambridge: de Ciencia y Literatura•. La autora,
profesora distinguidísima de los colegios de .Newnham y Girton de Cambridge
ha conse~uido plenamente el objeto que su editor Je propuso, según ella misma advierte en el prefacio: hacer cuna exposición clara e inteligente a la mayorfa de las gentes de cuanto Platón produjo en la esfora política y moral.&gt;
~&lt;&gt; obstante la t •ndencia de les últimos eruditos ea l a. materia a considerar
la filo~ofía platónica como merl\ exposición d&lt;:"l pensamie11to socrático, a nn ser
en los diálngos del últimn período, Misstres Marión Adam. prefiere adscribirse
a la opinión antig·1a según la cual, el pensamiento de Platón. ampliamente expuPsto en sus mejores obras, representa el descubrimiento de su propia mentalidad.
Conforme a ese plan. sucintamente, pero con singulares agudeza y claridad,.
partiendo del resumen de la Ética y Política griegas antes de Sócrat"!s, y ex•
poniendo luego las doctrinas socráticas. apunta en sus rasgos esenciales, Sl'ña-lanclo los jalones de su desarrollo, las ideas de Platón, culminantes, desde el
punto &lt;le vista que hoy llamaríamos social, o de filosofía práctica, en la utopía
de L,i Repttb!ica.
Lr,s capítulo~ r&lt;"ferentes a la importancia que Platón atribuye a Ja educación, y al, por decirlo así, comunismo platónico, son especialmente suge~tivos,.
y carn~terísticos de la intención que la autora y el editor de los :\!anuales llev;,n, no cle hacer un libro de erudición a la violeta, .;inn de reducción a las neCf"sid:icles de la vida contemporánea de cuanto la filosofía platónica tiene de·
nonna fundamental para conducirse en la vida, conforme a un orden noble de
lit acción gobernada por el pem,amiento.

Mario Puccinl.-Dove e iJ peccato

* * *

e Dio.- Romanzo.

F. Campitelli, Editore,
Foligno.
•Es la novela de nuestra angustia más próxima y menos advertida. No se,

74

puede volver ya a Cristo y a la Iglesia, porque el reino del espíritu no está. en
abstract,&gt;, fuera del hombre, sino vivos en el hombre v en la carne. Hov no se
puede. no ya creer, ni pens~r siquiera, en una religión estática, sin pecados;
porque sólo más allá del mal y del pecado, están el bien y la virtud. Dios no
está e,1 la inmovilidad, sino .:u nuestras luchas de cada día más penosas y pesadas y en nuestra ansia desesperada de vivir.&gt;
He aquí, en pocas palabr;;s, del propio autor sin dnda, el propósito de la
nueva novela de ~fario Puccini, paladinamente expuesto, a modo de reclamo
editorial, sobre la cubierta de Dove e il pecato e Dio, que acaba de ver la luz en
Italia. Encar~ados por el director de la Editorial-América, de traducir al espa•
ñol la .'.iltima obra del colaborador italiano de LA PLUM.)., remitimos el dar un
apunte crítico de ln novela a la fecha próxima de su publicación entre nosotros.
Dedicada a la memoria del maestro, muerto recien.:emente, Giovani Verga,
Oo,,e ¿ il peccato t! Dio revela ese punto de madurez del escritor nato, en que
los problemas de c1Jnciencia individuales adquieren trascendencia colectiva, al
resumir en las páginas de un libro de entretenimiento, con la emoción personal, con la experiencia propia aliada a la invención novelesca, un momento
histó1ico.
Añadid a la misma oportunidad circunstancial que pudo prestar sinaularísimo atractivo, y la boga coasiguiente, a 11 Santo de Fogazzaro, cierta p;o pensión voluntaria a comprobar la verdad más que a sublimarla en un misti cismo
¡¡ospechoso, como lo fué sin duda el aparato espiritual e.e la doctrina modernista; sustituid por esa misma verdad, el prurito de conversiones estupefacientes, como la recentísima de Papini-para anunciar su Vita dt Cristo-a imitación de la actitud a la última moda católica, de ala unos escrito res franci::s es
contemporáneos; y tendréis ill mente un somero av.~1ce de la :iianificación que
Mario Puccini ha logrado imbuir a su interesantísima novela. "'

* *

*

Raymond ~chwab.-La conqutle de la 7oie.-Lcs Cabiers Verts, pnblié:,
sous la direction de Daniel Halévy, París.-Librairie Grasset,

1922.

De cuantas publicaciones animan el mercado literario de París desoués de
la guara. una de las más interesantes es la cokcción de ~es Cahiers Verls, en
que parece revivir, en mucha parte, el espíritu que alentó en los célehres Ci·
hiers de la Quinzaine, de Peguy, donde cohboró con éxito Daniel Halévy.
. ~a co11quete de la Joie es un libro de poesía. Poesía en prosa e himno a i mov1m1ento• en que se canta cla curiosidad fi::cunda del espíritu y de los sentidos,-según anota el prologuista-, por alusiones simbólicas, ma,; •con una
percepció!1 aguda de l_o real y de lo inmediato. La exactitud de sus imágenes
más atrevidas lo atestigua. Aunque su espíritu raya lejos, sus ojos so: apoderan
vigorosamente del.as formas.•
El príncipe, despierto a la voz del padre, se dispone a correr el mundo de
los sentidos, el mundo de los deseos, el mundo de la buena fe. hasta la conquista suprema de'. Amor. La «Semana de las Tentaciones&gt;, la «Semana de los,

75

�L.-\ P L U l\l A

LA P L U l\J A

·Conocimientos•, la •Semana &lt;le la sed•, la ,Semana &lt;le las buenas voluntade!&gt;
condúcenle a la conquista de la Alegría.
Y con él va el lector seducido por el encanto de unas palabras, al mismo
tiempo misteriosas y precisas, en que cada imagen, de un realismo crudo, directo, tallado en la propia visión, o en la experiencia del tacto, o del olfato,
•o del oído sensible a la música latente en los ruidos todos de la vida, o del paladar. suscita una emoción alada, que, desprendiéndose poco a poco de las sensaciones carnales, se pierdt: en el deliquio.
En las páginas de La conquile de la Joie parece fraguarse un decidido pro
pósito de conciliar la expresión sensitiva de las cosas, según e!. gnsto decadente del simbolismo baudeleriano, con la tendencia a reconstruir idealmente, por
el predominio intelectual, la imagen artística del mundo. Literatura de litera·-tura. Pern buena.

* * *
•Raimo:ido RRymondi.-Verso il So/e di Levante.-Padova. Riccardo Zannoni, 1921,
e Verso il Sol di Levante
Che dire mai vorrá?
Preludin d' avvenire
O di caducita?

E chi losa!
• • • • ••• •• • •• • ••• ••• , •••• &gt;

¿Qué quiere decir •Hacia el Sol de Levante? ¡Quién sabe!, ¿Ha querido el
Sr. Raymondi, cansado de tanto esfuerzo como hace la poesía moderna por
sutilizar cada vez más las sensaciones. volver la mirada a !~ antigu1 simplicidad? De tudas suertes, es una sencillez la de sus versos no exenta de cierto
111a11ierismo, de cierto prurito de inocencia que denotd la picardí~ del siglo.
Compone Verw it So/e di Levante, un ramillete de epigramas graciosos, cuyo
lirismo, con un dejo a lo i\letastasio y algl'.u toque de prosaísmo poético, un
poco a la manera francesa que dió el éxito, en pleno d'annunzianismo barroco,
.al malogrado Guido Gozzano, muéstrase siempre velado por la sonriente sátira
y el tono de dómine amable, característico dtl fabulista nato.

C. R. C.

* * *
Et ldOVIMlENTO JOVBII EN U LITERATURA NEERLANl)BSA CONTl!MPOPÁNEA: En LB
D1sQUK VBRT, (junio), F. Chasalle y C. Kelk escriben: «Holanda no posee más
,que fra~mcntos de una literatura; no exbte literatura holandesa, como uu todo
histórico. En nuestro desenvolvimit:nto artístico hay puntos culminantes, que
·no están ligados entre sí por una serie ininterrumpida de portadores de la tra•
-dición, como ocurre en la historia artística de todos los grandes pueblos. Nues76

tro de3envolvimientc; artístico no sigue en su curso un concepto fijo, cuya dirección se determina por el espíritu del tiempo. Ese desenvolvimiento se efectúa a empujones, y adopta sucesivamente, por transiciones bruscas, las fases
diversas de las literaturas de los pueblos vecinos.
Casi todos los holandeses conocemos cuatro idiomas, lo que nos permite conocer inmediatamente la !iteratura de otros pueblos cultivados. Nuestros act;&gt;ntecimientos literarios son el reflejo fiel de lo que ya ha pasado en otra parte, e
incluso desde bastante tiempo, porqe una de nuestras características étnicas
es cierta lentitud, nacida de J;, prudencia. Cuando un renacimiento se produce,
conserva por lo general su actualidad durante mucho tiempo. La consecuencia
es la formación de una especie de argot artístico, la desoladora repeticiÓ!l de
cietas formas.
El movimiento secundario que hacia 1880 reno\·ó nuestra literatura tuvo por
jefe a Willen Kloos, tan pagado de sus creaciones erótico-líricas, que para él y ·
sus discípulos no existe casi nada, fuera del lirismo. La resaca de ese movimiento aún se siente en nuestros días. Además de los partidarios inmediatos
de Kloos. que aún publican, como Van Eeden, Boeken (en la poesía), está la pléyade de sus discípulos, como Jules Schürman y Bastiaanse. fiele~ a las fórmulas
de Kloos, aunque en ellos la poesía erótica haya cedido el puesto a la poesía
naturalista. Albert Verwey, que comenzó en partidario de Klo,:,s, se abrió pronto un camino propio y agrupó en t,orno una escuela de jóvenes. Boutens procede de Verwey más que de los naturalistas, aunque con personalidad propia.
A todos ellos puede reprochárseles que su poesía es liten:tura, porque se han
habituado a sentir en literatos .
Otra corriente que se manifestó más tarde y que en parte es paralela de la
anterior, es la de la poesía colectivitit?., cuyo representante principal es actualmente Henriette Roland Holts. A su lado se coloca Herman Gorter. También
hay aquí alguna figura más o menos aislada, como Adama van Scheltema, que
trató de generalizar la p ..rticularidad del poema por el tono .o el contenido populares. Esta corriente se cuajó pronto en formas convencionales y en una
tendencia a lo cerebral.
Doesburgh !la hecho notar que en Holanda, donde la pintura es futurista en
extremo, la literatura revela un carácter opuesto. Esto es típico y natural en
nuestra literaturn; así la encontramos en todas las épocas, de suerte que podemos considerar ese carácter retrospectivo como una tatalidad, de la que no se
librará nunca. Los procedimientos renovados qlle han permitido, en las litera•
turas extranjeras, crear valores nuevos, se han aplicado tambien en la nuestra,
pero sin resultado favorable. El único a quien le han valido de algo es J. K. Bonset, pero no ha acertado a manejar bien un material exótico, y se ha desviado
de la pujanza plástica, verdaderamente grande, que poseía.
Los poetas j6venes holandeses de quien depende el porvenir de la poesía
neerlandesa, pretenden aplicar, conjuntamente, procedimientos tradicionales,
renovados y nuevos, para la realización de sus concepciones incógnitas, nacidas
de una visión nueva. Con esto renuncian acaso al rango de jefes, pero se libran
del peligro de un?. excentricidad tendenciosa, que no les es natural, y se reser-

77

�LA P L U 1\1 A

LA P L ü ~! .\
van el merito de introducir en Holanda y de imponer lo bueno de las literaturas extr:mjeras, principalmente de la francesa. Continúan las tradiciones de
Verlaine, de Baudelaire, de Rimbaud. Entre los poetas cuya obra refleja esa
tendencia citaremos a Hermao van den Bergh, M. Nijhoff, J. Slauerhof; Hendrik
de Vries es de un natural más germánico.
En cuanto a la prosa, se admite generalmente que del movimiento literario
llamado «movimiento del So• nació una prosa neerlandensa. Es cierto que a
partir de esa fecha han aparecido muchas obras caracterizadas por un estilo y
lln •género positivo• en el arte de la descripción y de la observación; de donde
ha podido venir la idea de una pro5a que nos asegurase un valor nacional. En
realidad, las propiedades del nuevo arte estaban también tomadas del Extranjero. Creíase poder salir, con ayuda del estilo nuevo, del atolladero del estilo
precedente, llamado iróoicamenle •estilo de los pastores•. Pero un levantamiento contra los pastores no S!gnificaba todavía una insurrección contra el espíritu burgués, prudente, cauteloso de Holanda, que era la verdadera fuente
del malestar de nuestra literatura. Las simoles características del entusiasmo
espontáneo en que aparecieron las primeras obras, se convirtieron en un prncedimiento más. Surgieron nuevos clichés. los del género estilístico. Nos propusieron por ejemplo a Flaubert, olvidando que la significación de Flaubert
ccnsiste en lo que ha realiz11do con ayuda de csu estilo,. En lugar de un estilo
se produjo un calambre estilístico. El estilo se hizo completamente antinatural,
en cuanto la crítica se opuso a lo que se antojaba «lugares comur.es•. No es
raro, pues, que nuestra novela no pudiese sostener la compdración con la novela extranjera.
Ea !JUestros prosadores jóvenes germina la aspiración de liberar el idioma.
Hemos visto evolucionar la novela naturalista de Querido hacia la novela psicológica de Karel \Vasch, y cambiarse la plástica lingüística en cerebralidad
lingüística. Ahora se p:-ttende que la lengua sea simplemente una metáfora, y
no un todo ,compuesto• de vocablos y líneas. c,m un elemento de «estilo•, ni
tampt,co una apariencia e xterna, de forma;; bellas. pt&gt;ro. como lo formula en su
manifiesto la revista de j,,venes Het Gellj, la libcraci6n del hom"re frentt&gt; a Jo
infinito. mediante el precipitado de la obra primitiva y de los sentimientos primitivos en el fondo del vo !it1bli111inal. l~sa «realidad• será estudiada. mucho
más &lt;¡ue los llamados «tr-ozo&lt;; de vida• en la prosa del So, en relación con los
aspectos y formas ,•xteriores de la vida, inc,&gt;,porado en personajes y situa•
ciones.

* * *
-A PROPÓSITO nE J. K. HuYSMANS. En L\ CONNAISSANCK (mayo-junio), termina el ensayo de;\[. Aubault de la Haulte Chambre. acerca de su mae,tro y amigo, el autor de Ld Ba!: •Doctor ea ciencias litúrgicas y místicas, fué un gran
iniciador. Cargado d(' infinitas lecturas, tenía el don de asimila, se maravillosamente lo que había leído. Guiado por doctos maestros. formado en su disciplina, los igualó si no los sobrepujó. Mística divina y diabólica, liturgia, ascetismo,
exég..-sis, hermenéutica, hagiografía, todo lo poseyó en gr;ido eminente. Se mo7S

vía con h&lt;&gt;lgura eu las cuestiones má-1 árcluas del orden espiritual, y más de
una vez asombró a hombres versados e'l materias como esas, que piden un tacto exquisito. No se abandonó, por vana curiosidad, a conocimientos que le
atrajeran o cautivasen; su ciencia, según el consejo de Bossuet, se encaminó
por entero a amar. Su conversión no fué el caso de un alma curiosa v dilettante que busca sensaciones inéditas; fué ve1·dadera, no se desmintió j'.¡¡ un momeDto. Me atrevo a decir que Huysmans fué un santo eo el sentico teoló~ico
de la palabra. Cuando sobrevino el padecimiento, que fué extremado, hasta el
punto· de que no pu,.de pensar~e sin temblar en los esterto1·es que acompañaron su agonía de tres semanas. se mostró fnerte, resignado, tranquilo, considerando que revivía la pasión de su santa, y se vió que si había hecho literatura con los místicos, entonces hacía, también con ellos, ejercicio de santidad.
Murió, como Fran,;;ois Coppée, de un cáncer bucal, ocasionado poc el abuso dr:l
cigarrillo; "10 de otra cosa. En 1904 su médico le llamó la ateoción sobre el peligro que corría fumando demasiado. Intentó reaccionar, pero no lo consiguió.
Aún estoy viéndole macerar el tahaco en la jofaina para quitarle la nicotina,
extenderlo después en unos periódicos y ponerlo a secar en el horno de la cocina, y fumarlo así, para engañar las ganas; pero eso le duraba un día, todo lo
más; al cabo. no pudiendo resistir, volvía a los cigarrillos de tabaco verdadero,
que tanto le daiiaban.•

*
-PELIGROS

O&amp;

* *

UNA POÚTICA CONSECUl!NTE.-En el número de julio de la

N. R. F., M. Jacques Riviere. dbcurriendo en términos crencrales acercad,· la
política francesa actual, escribe: •Nos conducimos como~¡ la política fuese ún imente •cosa m&lt;'ntale•. Gastamos una actividad desusada en imponer a lo r eal
una forma que visiblemente repele. Nos falta en absoluto la percepción de las
resistencias. Acepta mes lo irremediable en lo más cruel y repulsivo que tiene,
en la muerte de 1 1n millón seiscientos mil compatriotas, pero no se no, ocurre
pensar que también puede haber algo de irremedial,le en las cosas soi&gt;re que
reca•:n nuestns decisiones. Continuamos echando por delante los artículos de
nuestro derecho, como un rebaño al que quisiéramos hacer trepar por una pared.
No vemos salvación más que en el cumplimiento de aquello que concebimos
claramente. Es menester que los principios admitidos y refrendados un día por
el !lrnndo a instancias nuestras, arrojen, andando el tiempo, y a plazo fijo. los
frutos que esperábamos.
.
En general. todos los franceses sentimos un afán terrible de ten,:r evidentemente razón, quiero decir: de tal manera que admita demostración. Nada más
peligroso. Porque una opinión nueva y fecunda es una opinión poco sólida todavía, que puede re.:ibir el asalto de cantidad de Mgumentos y ser q11ebrantada por ellos. No qu.-remos ..:orrer el peligro de que un razonamiento nos ponga en un aprieto. De suerte que instintivamente nos apartamos de toda concepción aventurada, es decir, creadora.
Esa rnaoera de repliegue sobre nuestra propia mente me inquieta; contra él
79

�f

LA PLUMA
estoy, y eo él veo el peligro más grave que corremos en la hora actual. De antemano estamos dP. acuerdo, y únicamente, con lo que prolonga nuestros pen-·
samientos, nuestra inclinación, nuestros deseos. Al parecer, ya no sospechamos que el mundo puede tener sus caprichos, contra los que carecemos de defensa. Y, sobre todo, sus leyes, que nos convendría penetrar.
Nos contentan aquellas injusticia5 de que µodemos probar que somos víctimas. Sólo nos interesa ponerlas en evidencia; en lugar de reflexionar y de
trabajar.
.
.
¡Dónde y cuándo se ha visto re~o:npensada 1~ virtud? ¿En qué momento las
naciones se han mostrado agradecidas? ¿Por que aparentamos creer en toda
una pseudo-moral intt:rnacional, cuando somos realistas y t'Scépticos en demasía para haber incurrido jamás en la tontería de alimentar esa ilusión?
Pero nos es menester tener razón; es menester que los demás carguen con
el yerro: es menester, que en lugar del mundo exbtente, donde nos hallamos
a disgusto, se organice otro en nu_estro cerebro, en el que c.cupare!11~s el puesto mejor; si no puede ser el de triunfadores. por lo menos el d~ v1ctunas.
Todo esto, simplemente humano, carecería de gravedad, s1 no pasáramos
adelante, si nuestra inteligencia y nuestra industiia no e-;,tuvicran, a lo que parece, agotándose en esa representación falsa.•

AÑ'O III.

1

MADRID, AGOSTO 1922

NÚM. 27.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA&lt; &gt;
1

ESCENA CUARTA
EL ABAD DE LANTAÑÓN con escolta de chalanes y boyeros, entrapo,· la verde quintana de su iglesia,y ante elportón de la rectoral descabalga. Bias de Miguez, el sacristán, acude a tenerleel bridon de la montura. Tumulto de voces quiebra el verde y aldeano silencio. El tonsurado
esquivo y sin /tablar palabra, se mete por las puertas de la sacristía. Negro, zancudo, angosto, desaparece en la tiniebla de arcones y santos viejos. A poco retorna, y en el quicio de la puerta hace disimulo de no mirar a los chalanes, atento al tempero. Disputa d tr&lt;'pel de feriantes, y
se mueven las picas mtre (fritos y gestos. De pronto, sobre el patín de
la rectoral, aparece 1ma dueñ,1 pilonga, muy halduda, que co11 la rueca
m la cinta tuerce el huso y escupe en el dedo. Es Doña Yeromita, la hermana del Abad.
(1)

VI

Véase

LA PLUMA

de jnlio, 1922.
81

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Llbro1 reclbldos.-Juana de lbarbourou: EJ cântarofresco, Garda Monge, cd. San José de Costa Rica.-S. Freud: Psicopatolog{a &lt;k la fJida cotidiana,
Biblioteca Nueva, Madrid.-Prudencio Otcro Sanchez: Espaiia, patria de Colon,
Biblioteca Nucva, Madrid. - Las nuevas stndas dtl co,,,unismo; tesis, acuerdos y
resolueionu dtl Ill Congruo de la I. C. Traducci6n y pr6logo de E. Torralva
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f Amérique latine, Paris.-Le Thyrse, Bruselas.-Intentions, Paris.-La Revue de
Geneoe, Ginebra-Feuilles Libres, Paris.-Le .Maglio, Bolonia.-La Vte lies let.
tres, Parîs.-Hispania, Parfs.-Ateneo de Honduras, Tegucigalpa.-Revista Pa,·lamentaria de Cuha, La Habaoa.-Gandirea, Cluj.-Le Disque Vert, Paris-Bruselas.

...

ANO III.

'

MADRID, JUNIO 1922

NUM.. 25.

EL JARDIN DE LOS FRAILES&lt; &gt;
1

(CONTINUA EL CAPiTULO XII)

historia, ?uis~da en pociones caseras por sus paternidades, nutn6 m1 conciencia espafiola. Adquiriamos un extra~to del saber, resurnido en conclusiones edificanteç· lo
.
fra1les las ?btenian manipulando en el archivo de las c~s~
que ignorabamos ~ s1empre habriamos de ignorar; no éramos Hamados a saberlas: Ahcortar la ambici6n intelectual parece el supuesto
de tale~ _estud1os. No por .c~acci6n de la fe religiosa o del régimen
que ~a1 ha las lecturas en hcitas y prohibidas. La actitud humilde del
estud1ante
en el colegio, como boy puedo verla, tocaba en 1a voca..
c1on y en las ca~acidades de nuestro entendimiento, no en la cualidad d~ las matenas por conocer. No la predicaban en parte al
.
los fralles se espantarian al descubrirles la entraiia d l . t
guna,
.
.
e sis ema; pero
dad . los mozos m1rabamos las nociones serias el sab
es
ver
do
.
,
er a ",on1
.' como se va inexplorable y tarea de gigantes, reservadas a los
brios de la casta _que alumbra fil6sofos, escritores, catedraticos; sobre todo, catedrahcos. No despreciabamos la sabiduria. un temor peA

(1) Véase L1. Prnx1. de mayo, 1922.
320

321

�LA PLUMA

A PLUMA
11a de su tenebrosa vastedad; nadie s~gadizo nos cl_avaba en la o~1 eto natural era éste, sin dejos de pnfiaba en arroJarse dentro. esp
'"ormar otorgan al ornato de la
obres de buen coni,
. .
vaci6n. Corno los p
.
'bl y exclaman con retmtm
. • · b ba de lo masequ1 e,
'
vida de admrrac1on o
t
es para nosotros!-asi los codonde el orgullo se regodea: 1Es.od no. de nuestra inferioridad natiab
en la ev1 enc1a
legiales descans amos .
tagiaban su modestia. 0 proLos frailes nos con
va para la..cultura.
. de aldeanos ante los
·11
con ingénua reverenc1a
'
· 0 la aplicaci6n doPendian a humi. arse,d que alcanzaban not·1c1a,
espiritus supenores e
l
.( cultivados - empleo subalb de ser - en os mc1s
cente no pasa a
d la pubertad dejaban las aldeas
·d En los albores e
terno de 1a v1 a.
. . s p1·ntado en el semblante ant - para ser nov1c10 ,
leonesas o la mon ~na . . s el candor rustico. Virtudes, todas; y
guloso y en los OJOS atomto . . or ue se enclaustraban. Cienanimo de _perseverar e; e~. sac~1:s~~~!10; a evangelizar tagalos, o a
cia, de m1sacantanos. - ~ ian errados en su Universidad. Mas arfilosofar con los espanohtos en~
las Indias No bastaban la
. .
el coleg10 que en
.
duo era salir airosos en
. . d a·rtrr·es· no los amparaba el pres.
·
·
la
vocac1on
e
m
,
. .
santa obedienc1a m
l 'b a descubrir el semmano y
·
Q · horizontes es 1 an
tigio del casbla. l ue
.
. . dad ni c6mo encenderla aldea? iQué pesaba_ en.:~
~:e~::~stro? lEn qué ambiente?
se en el ardor comumcah
,
1 s seria maravilloso si la ense~Por qué estimulos? No poseyendo o ' l s apuros de junio. Tanto
.
ado de salvarnos en o
.
fianza hubiese pas
. d 1 t dlID'1·ento como a subir a la
.
1 lf o supenor e en en
nos inc1taba a cu iv
b
voluntad asiduos en las
h
f ailes de uena
'
.
luna. jTremendo c asco, r
ando acertarla, abreviabrus
.
por nuestro amor, pens
lecc1ones, que
. o de dictar sumulas, para ahorrarnos
los libros, tom~ndoos el trabaJ de los textos! Muy escasos de jugo,
la digestion e mclus~ la l~ct~ra ardaban el aparato técnico, el votodavia los libros umvers1t~nos gu rd des evaporados en los exti·accabulario, las alusiones a v1vas rea i a '

::t

'tillos. Los frailes concienzudos trabajaban al revés de su cometido
recto: ponderar la dificultad del arte; no descorazonar ningun esfuerzo; provocarlo; ensanchar las cuestiones por la misma escala de las
capacidades, habria estado en su punto. Lo contrario haciamos: el
esfuerzo, suprimido; el arte, ingerido en pildoras o abreviaturas. Éramos inutiles para otros empefios. Tentar la curiosidad, debia de par ecer i.;n desprop6sito: nunca nos soltaron entre colecciones de
libros por observar siquiera nuestra conducta en ese paso: si los
destrozabamos, o los robabamos (bibliomania precoz), o nos poniamos a leer. En tres lugares del Escorial pudo hacerse la prueba: la
Biblioteca Real, o como se llama el almacén de c6dices preciosos, de
libros raros; la libreria de lo5 frailes, dotada de te6logos y canonistas, baluarte contra maniqueos, y la sala de lectura del colegio. Pri11cipal ornamento de la sala era una mesa guarnecida de hule, donde
solia haber numeros de L'Univers, La Croir y La Epoca; atrasados,
por aiï.adidura. En la gran Bibliotcca, qué podiamos hacer nosotros,
-si entraba unicamente en ella de siglo a siglo algun estudioso extranjero; harto era mostrarnos el C6dice Aureo, y calcular, por sospechas fabulosas, su precio venal. Ni en la libreria del convento,
atiborrada de ciencia eclesiastica, libros prohibidos y tratados espinosos sobre moral casuistica «non cumplideros de leer», como el
salaz jesuita de C6rdoba a quien mentaban los frailes diciendo: «Si
quieres saber mas que el demonio, lee a Sanchez, De Matrimonio».
Pero quedaban libros de humano interés-legibles, en sentir de los
mismos frailes, sin aventurar la salvaci6n-, que hubieran guarneci&lt;lo muy bien nuestra sala de lectura y servido de cebo, dejando uno
e n el hule de la mesa, a todo evento ... En las horas de tedio, aigunos estud1antes erraban solos, aborrecidos de las companias forzosas, del abandono perpetuo en la celda. Los domingos, el colegio se
antojaba desierto: huian todos a esconderse no sé d6nde; hasta el
323

322

"

�LA PLUMA
LA PLUMA
billar estruendoso y el gimnasio estaban vaci~s. Entonces era el btcobijo discreto, y no encontrarlo; el rr de una parte a o ra~
c: _un.
eces las mismas puertas-también la del cuarto de lectua rrr ctedn v da de novedades y hallar dondequiera la nada. lPudiera-en eman
l
habriase
os la sociedad de un libro? Teniéndo o a mano
1
ra
ca marn
· d uc1rnos
·
probado
la fuerza de la desesperaci6n para m
acol,nar dignamente el ocio.
- l
Demostrado por la historia en qué consist: el_ ser de_ un espano:
âbase en el mismo punto la ortodoxia espanohsta. Comodos ata
~~: al soslayo de las rutas del discurso, nos llevaban desde la ~pa~e~cia desdeiiada de las cosas a la esfera moral en que se refleJan.
suplantando la defensa de los sentimientos al logro ~e la v~rdad.
Las formas del espaiiolismo de colegio, placientes a la Jactan_c_,a natural al prurito alabancioso y a otros resabios que la educac1on ~xtir a' o sofoca, incitaban a profesar en esa milicia, don?e la constnccln era, en apariencia, nula. No tardaba~os en advertir la pe~a~umbre de la vocaci6n e:,paiiola, incierta, te,mble como la del cnsha~o.
La ortodoxia espaiiolista nos imponia solapadamente una rev~lac1_6n
da chapurrada con la revelaci6n religiosa. De los m1stenos
segun ,
11 ~b
Tca
cristianos sabiamos la ilicitud de juzgarlos; pero am~ amos cr_1 1 ,
frente a los sucesos hist6ricos, al devaneo de aprec'.arlos segu~ el
refuerzo que aportan a una explicaci6n previa: intenc1onada._ La 1d_e~
de mi cualidad nacional, pedia para su contemdo asenso obhgatono,
en mi conciencia de espaiiol, el deber eminente era aceptar:se como
tal abundar en las representaciones hist6ricas, bast: de los valores
m~rales que la constituyen. Esta es la semejanza del postulado esp~- olista y la insinuaci6n del dogma cristiano: iluminado el entend1n
s
miento, queda embebida la conducta. El dogrna no enmasca~a u
pretensi6n radical de abolir la critica; nuestro credo de esp~nol~s,
por el contrario, echâbaselas de demostrable e hijo de la expenenc1a,

.alzandose luego a un seguro casi religioso, en nombre de la cualidad
misma que acabab.t de revelarnos. Cualidad espiritual, ante todo. Lo
&lt;Jue inspira el ser fisico de Espaiia, cuanto en mi caracter viene de
la sangre y me ata en la estirpe con tantas generaciones, era nada
para el rango de espaiiol. El toque esta en participar de una tradi.ci6n y esforzars~ a restaurarla; en asumir el encargo a que estoy
prometido. Prueba su temple la cualidad espaiiola en la adhesi6n a
las formas que han incorporado hist6ricamente el ser de Espaiia. No
son formas emblemâticas ni trofeos memorables, que puedan, en rigor, mudarse por otros; poseen virtud agente, sacramental, y adornan a quien las recibe con particulares ·gracias de estado. Espaiia es
la monarquia cat61ica del siglo diez y seis. Obra decretada desde la
eternidad, hall6 entonces los robustos brazos capaces de levantarla;
empresa guardada para cl héroe espaiiol; su timbre unico. Ganar batallas, y con las batallas el cielo; echarle una argolla al mundo y traer
-contento a Dios; desahogar en pro de las miras celestiales las pasiones todas, 1qué forja de hombres cnterizosl Nos daba tan fuerte gozo
el remedo de esa unidad interna, que los frailes no disponian de argumento mas sutil para inculcarnos su espaiiolismo. Con siglos de
por medio, dilapidado el poder, tan diversos como parecen un enjambre de aventureros y una pollada de estudiantes reclusos, nos
bastaba entrar en las proezas de los espaiioles truculentos para ver
concordes nuestras creencias y lo que quisiéramos ser, nuestra obligaci6n superior y los impulsos del ânimo bravo. lguales en los pensamicntos, no en las acciones, las reemplazabamos con el sabor de
la gloria, y esta persuasion tacita: que el heroismo es en el espaiiol
virtud inmanentc, aunque a ratos dormida, y reaparece en saz6n,
cuando lo ha menester. Yo no sé si nacia de esa inmanente virtud
la perennidad del esfuerzo espaiiol, que nunca era pasado, sino acitual; y lo sentiamos inundar, por decirlo asi, nuestro pecho, viva-

�L A PLU.\1A
mente. Este es el mayor misterio del entusiasmo. Quitar de en medio
las edades y hacernos ver los mitos, no disecados en el ejemplario
nacional, sino fluente!!, reponiéndolos en su eficacia. Nuestro espiritu se inflamaba ante el vastisimo retablo donde los héroes todos asistian con presencia igual, respirando con el mismo latido. La gloria
espaiiola lograba un vigor demostrativo, una utilidad increibles; podiamos detener una invasion con los pechos numantinos, y enviar·
contra la America del Norte las naves de Lepanto. Digo que serian
increibles, si los porrazos de estos molinos de viento no nos hubieran dejado cicatrices. Restauro en la memoria disposicion tan sin gular mercej a Ios ensalmos que conservo, tales como éste: «La infanteria espaiiola es la mejor del mundo~; repitiéndolo en modo de· •
jaculatoria, sin pensar en cosa alguna, pronto se pone a mi alcancc
entre nieblas, aquella figura de espaiiolismo que he descrito. Perfecta es su unidad interior. Creencia y pasi6n nacional se traban tan
estrechamente, los apetitos de dominaci6n concurren tan a las claras a propagar ei plan divino, que es posible y grato abandonarse a
ellos, sin reparos de caridad ni de humanidad. La caus~. de la reli-gi6n catolica es la causa espafiola en este mundo; nadie la ha servi~
do mejor que nosotros; a nadie ha sublimado como a nosotros. La.
contraprueba es fa.cil: Espaiia, si no campea por la Iglesia, se destruye. Los Iuteranos, desde fuera, no la vencieron. Ha transigido
con el espiritu del mal y dejadose inficionar el coraz6n por las doctrinas de Ios barbaros: sus energias se amortiguan. Nada crea; sacrifica en balde su originalidad; solo consigue malograr sus dones excelsos.
El arquetipo espaiiol entronizado por los frailes, venia al proposito de zurcir el ideal puro cristiano de perfeccion interior y de santificaci6n por las obras, con la urgencia, mas baja, de pertrechar a
unos j6venes para la vida civil. Cediendo en el rigor monâstico, los..

LA PLUMA
frailes salian del aislamiento contemplativo a mezclarse en faenas
utiles, tocantes con el siglo. Este rodeo equivale al giro que tomaba
su educaci6n; declara la amalgama en que consiste; la hace posible;
la representa. Los frailes sepultaban en los fondos cenagosos de nuestra alma un sillar, la fe cat61ica, que se abria camino con su borde
mas afilado: el terror de la otra vida. Servia de fundamento a la pers~na moral, mas el colegio no era plante! de monjes, ni los maestros
ptadosos nos catequizaban para correligionarios; una reserva decente
amparaba su vocaci6n, y de paso la nuestra. Es lo mas serio que hacian (en saliendo de los estudios se acababa Io frivolo): no jugaban a
contagiarnos la abnegaci6n, y aunque vivian en comunidad, donde
-por ser todo lo mismo en todos-, parece que pudieran entrar infinitos mas, y echandoles encima la cogull~ dejarlos empadronados
para el cielo, se entendia que la uniforme vida en comun era acatamiento externo, asaz lejano del impetu inicial, cobijado misteriosamente en los limbos impenetrables por la curiosidad; se colegia asi
de algun silencio, de cierto mirar... Destinados a ser buenos clientes
~e la lglesia, pero en el mundo, nos era menester una moral que pahase la espada y la cruz, guardandonos de rebeli6n, de martirio, no
menos que del desvio, y brinda~e al César nuestro esfuerzo de cabnIleros cristianos. No hallabamos esa moral en la mta de la piedad. En
contra del mundo esta la fe, que aparta de los negocios terrenales al
creyente, si de veras arde en creencias vivas; nada hay que le importe, fuera de su eterno destino, y se mira en horrenda soledad. La fe
pura es insociable. No es util en la Republica; ni robustece su potestad, ni la defiende. El soldado cristiano, prometido a los honores del
triunfo, tan bizarro y glorioso como parece en sus armas, se descifie
alegremente la coraza y la espada para entregar el cuello al verdugo.
Su gozo es mayor cuanto es mâs grande el sacrificio, segun el
mundo; ninguna victoria iguala a la que alcanza sobre si mismo; mas

�LA PLUMA

LA PLUM .4-.
le importa vencer a los enemigos de su alma que a los del Imperio.
El simple cristiano, humilde y pobre, dechado de mansedumbre, no
es ciudadano. La caridad va contra el Estado, opresor, soberbio.
Entre Jas mallas pue!:&gt; tas por la raz6n politica, la caridad libérrima se
escabulle, las rompe. El coraz6n cristiano, por entrar en los designios
de Dios, anonada los m6viles civicos; ama al pr6jimo aunque milite
en otras banderas. El mendicante, el ermitai'io, Nué sociedad fundan?
&lt;Para qué empresa se cuenta con ellosr Es demoledor cualquier
apostolado; la contemplaciôn induce en esquivez, y ùesplace al soberano, como una injuria. De esa manera, los sentimientos primordiales
en nuestra educaciôn, exaltados por su propia virtud al tono sublime,
habrian disuelto la vida civil, de no templarlos y encauzarlos, sin renegar de los principios, la moral del patriotismo, que transportaba al
orden politico la fogosidad de las aimas impacientes, y secundaba la
gloria de Dios a través del gobierno humano. Los frailes, con la mejor voluntad, daban entrada al patriotismo necesario para fijarnos en
la tierra e introducir en la esfera de nuestros motivas el de la utilidad
comun, y solian irrîtarlo adrede, dirigiéndolo sobre objetos que a s u
parecer brindaban con pertinente empleo; pero el concepto de Espai'ia,
del que sale la norma patriôtica, sufria un expurgo previo, no fuesen
a prender en él gérmenes dafünos, o se acreditasen, encubiertas por
el nombre de la patria, ideas de mata reputaci6n. N'uestro mundo
interior descansaba, como globo de cristal en el cabo de una aguja
sostenida por algun malabarista, en el libre albedrio; si al juglar le
falla el pulso, la bola se hace afücos; extinguirse la centella del libre
arbitrio y hundirnos en cualquiera de los abismos bordeados por la
ruta ortodoxa, hubiese sido todo uno; abismos cÎrrespondientes con
el infierno de la religion, como si abrieran un averno en la metafisica.
Profesâbamos el orden, sacandolo del origen divino de la autoridad.
Nuestra figura de Es pana tenia apenas base fisica; en el s entimient,,
328

patri6tico, lo instintivo animal, la que;encia espontanea, cuanto p udiera introducir una sombra leve de necesidad, se relegaba en Jo os-euro; abstraer de la entidad de Espai'ia sus facciones histôricas para
mirarla convencionalmente como una asociaciôn de hombres libres
estaba prohibido. Nos propinaban una patria militante por la fe· Es~
.
'
pana es, en cuanto realiza el plan cat61ico. Las sugestiones todas de
la pasiôn nacional aprovechaban al propôsito divino. Usurpaci6n
temible.
Mirândolo bien, jqué vida regalona nos proponian! El espai'iol
bueno, no tiene que devanarse los sesos; ser castizo le basta. Todo
esta inventado; puestas las normas; gobernar, como Cisneros; escribir, como Cervantes; y hallandose frente al mundo en actitud de litigante desposeido por la fuerza del bien que le pertenece, meterse en
un rinc6n a devorar el reconcomio, no tratarse con nadie, pedir para
los émulas victoriosos el mayor mal posible. Su deber es imitar, conservar, en espera de tiempos mejores, o que realizado su apocalipsis,
~onfundidas las potestades diab6licas, la misi6n espai'iola se justifique. Holgorio del caletre, preparado para cortas fatigas, y de la rehacia voluntad, era esa pauta; pero el sentimiento de la injusticia universai nos penetraba de amargura. Creiamos inamisible nuestra virtud; no podiamos negar la ruina del poder; la oposici6n entre los
méritos que alcanzâbamos y su paga, nos volvia el mundo en un
valle de lagrimas; estabamos mas tri::,tes cuanto mas convencidos de
nuestra capacidad, de nuestro derecho. En poco tiempo, la critica,
soliviantada por esc~rmientos ruidosos, acredit6 otra opinion: la
ruina espafiola es aborto de una raza incapaz. Desabrido fallo, no
muy lejano, psicol6gicamente, de la ilusi6n a ntigua. Me pago dt!
11aber sabido por uno de los mâs Jistos intérpretes de los orâr:ulo;;,
~ste aforismo:
-En Espai'ia escasea lo ario, jeso es lo espantosol

�LA PLUMA
Preguntaban si la casta espanola se avendria con la civilizaci6n,
y la respuesta, diferida tantos siglos, era adversa: mala ralea, poco rejo;
las calaveras lo prueban, dejândose medir. iPesado infortunio! Pero el
encantamiento qued6 al descubierto. Fuése por excelencia en la virtud y consecuente inquina del mundo, o por tacha del linaje, la culpa
no es personalmente nuestra; inutil seria revolverse contra el destino.
En Ios anos de colegio, cuando la persuasion de pertenecer a un
pueblo corrupto, retono encleque de un tronco viejo, no habia podrido la raiz de mi espanolismo, nuestra protesta sentimental contra
el despojo era aferrarnos en lo que poseiamos, adorar lo que nadiepodria -quitarnos, caer pasmados ante los emblemas. Después de
la religion, en nada nos mirâbamos como en la literatura del siglo
de oro. Otra ortodoxia que guardar. Habiamos sacado el arte y el
idioma de la nada, o los habia puesto Dios en nuestra alma como
puso al primer hombre en el paraiso. Bien que no pudieran arrebatarnos ese emporio, tras de las Américas, no era floja tarea conservarlo puro. Los frailes nos excitaban a perseverar.
-iLos tengo aqui, todos, todos ...l-decia el Padre Miguélez tirândose del 16bulo de la oreja.
Se referia a los galicismos.
El aspecto de los soldados, si entraba en El Escorial una manga
de ellos, nos enardecia. Subiendo por la carretera dos filas de jinetes, tan altos, con plumeros blancos y recias hombreras de metal,
sable en mano, al paso cadencioso de los fuertes caballos, una tarde·
de entierro queriamos escaramuzar con dos colegiales norteamericanos. Los jinetes daban escolta al cuerpo de una infanta vieja, que
poco antes de morir nos visit6, quizâ por serle urgente recabar la
sepultura. El banquete que le dieron en un comedor donde presideel «Choricero&gt; de Goya, acab6 impensadamente con mal presagio.
Tres estudiantes desmandados, introduciéndose a hurtadillas, cuan-330

LA PLUMA
~:!~:ntaban los mante!es, en el comedor, devastaron cantidad de·
y de mosto. Saheron claustro adelante
.
.
saron al coro de la b T
,
por el palac10, pa. éd't
as1 ica, y con ho!nsonas blasfemias hasta all'
~:d lq~/:s~bmansi6n del Rey Prudente, ahuyentaron a la comuni~,
,
a en sus rezos; danzaron una danza b, .
del grandioso facistol; y dandole a la lâ
.
. . aqmca en torno .
a chortos el aceite y el ag . L
mpa1a, ver heron por el suelo
ua. os manes del lu&lt;Ya d b'
tarse... Ello es que la . " t
.,
o r
e 1eron de irrim1an a muno en seguida
tuvo culpa en el sacrilegio De 1
, aunque Ja pobre no
·
a pompa con que la
t
b
tan fascinante el séquito militar que d ,
en erra an era.
marinos, senalando a los corac~ros: eciamos a los camaradas ultra-jEhl l(Qué tal? jCon éstos entramos en Nueva York!

( Continu.ara.)

MANUEL AZANA

�LA PLUMA
me inunda la boc,. fMujer
es tu nombre, fMemoria, que el ser
hace perder a cuanto toca.
9Coy, desnudo, vuelvo a nacer.

CIFRA DE LA PRIMA VERA
CVuelves otra vez, ffrimavera,
y vuelvo a salir a tu encuentro.
fNo te ven en clasica f!lora
mis ojos, cenida la sien
de rosas, no; dentro del alma
penetras disuelta en olores
-de acacia, de azahares, de inciensof/,io se ve, se siente tu gracia
vertida en el ambiente denso.
9l tu contacta se despierta
mi juventud, y, como antano,
la esperanza que juzgué muerta
resucita. fNunca se pierde
la virtud inicial de las cosas:
azul de cielo y verde afan
pintan alas a la quimera
-mariposa entre mariposasde mi sueno de ffrimavera.
'Geje la memoria f alaz
la mentida historia de ayer.
cSi exprimo el recuerdo, su agraz

$eciennacido soy, mi peso
grava la conciencia del mundo
con un nuevo llanto. l,~eliquia
de mi vida anterior o sorpresa
de la luz que al abrirme los ojos
me hiere? ~enazco:
$roto otra vez del olvido,
cobra sentido de la existencia
'
soy todo un hombre. fHuérfano.
9Je ahi mi f uerza.
/;sta salud que me defiende
y las alas que me sustentan
livianas-no ha menester mas
mi espirifu-son obra mia,
que yo me he tejido la seda
de mi capullo. 'JI cuando vuele
sera porque pueda.
fNo me propongo el patron agui/a
-«record» de todas las rapinas-.
:Para castigar ese instinto
me muerdo las uiias.
fMas tampoco sigo ejemplo
de paloma ni milano;
la l&lt;impara de mi templo
es de aceite de aeroplano.

�LA PLUMA

LA PLUMA
'Griunfa en fin la razon con alas
-la razon de la sinrazonCJJuélase el corazon; las balas
hienden la estela del avion
-navegante en mar sin escalas,
zumbando (andaluz moscardon}
los presagios y sombras malas
que, en el tiempo sin sucesion,
columbra en sintéticas calas
desde el cénit de la aviacion.
{;n ta/ campeonato de azul
-olimpiada del sentimientodesafiando los obstaculos
.
que dispone en el match el vzento,
hasta llegar al aire puro
y al respiro mas ancho, el,animo
se templa al diapason de flcaro
por cumplir los antiguos sueiios.
~as cSancho maneja el timon
y el motor de cien clavileiios.
cSuspenso en el ambiente di&lt;ifano
sobre el haz de la tierra, su aliento
maternai no enternece los mfos;
libre soy en el libre elemento.
~e he escapado otra vez de las redes
que tendia la araiia del tiemp~
contra mi, porque viera empanada
por su tela sutil, la verdad, , .
la verdad que descubro en mz mzsmo
columpiandome sobre el abismo.

'i}(o, no pueden ganar las affuras
que he batido, los tristes olores
de muerte que, oh fllora, tus flores
crucifican en las sepulturas.
CJJuelo libre a otros aires mejores.

Cabo. - CJJuelve otra vez ffrimavera encendiendo
por el tlriente sus c&lt;ilidos rayos,
pinta en las aimas abri/es y mayos
y, al soplo an.il de la brisa, moviendo
mi voluntad, sus seizales entiendo.
C:éfiros suaves, sutiles lacayos,
irae que reparten con ella los gayos
colores mil de que luego vistiendo
va por el campo las mansas faderas,
el vallecillo, la ingente montaiia,
y !&lt;J. ciudad donde ondea en banderas,
puesta a secar, de los hombres la sana.
1.Cuz estrellada de noches de 0spaiza,
devuélveme iodas mis primaverasl

JfM_éceme al son de la flauta de canal

C. RIVAS CHERIF

�LA PLUMA
que muchas veces el mismo tono, es decir, la misma mezcla de colores
en la paleta, varia en el lienzo con la manera de estar esparcida por el
pince!.
Ademas, hay una raz6n econ6mica; la pintura de paisaje es mucho
mas barata que la de figura. El Arte, como todo, sufre la influencia
del dinero.

LA EXPOSICIÔN .NACIONAL

DE BELLAS ARTES
un poco ligeramente a los editores de LA PLUMA, mis.
. - esiones sobre el actual certamen artîstico, y voy a hacerer de mi maquina de escribir. Espero que el Redac11mplr
o a corr
,
·
e se me
. c de esta revista corregira los gatupenos qu
tor-1e1e
•
J cosa
, C 't'ca de Arte no voy a rntentar, a
escapen en mi dactilograf1~: _n_ i _ de un cuadro o de una estatua que
d 'f' ·1 Porque em1t1r 1mc10
es muy i ici .
, .da visita a la Exposici6n, es gran
apenas se ha vislumbrado ednrountr:;ac~adro y estatua tras estatua, es pe1.
y el enumerar cua
•,
1 d la
1gereza,
-· é a dar una impreswn genera e
sadez
inaguantable. Me constremr
-

ROMETi

Exposici6n.
. del Retiro destinada .a la. pintura,
la parte de1 Palac10
A
,
Se ?ota end
, . abandona la figura y cultiva el pa1sa1e. ~ que
que la 1uventu art1st~ct
uchachos dejan el estudio y van al campo?
se debe esto? (~or que os m 1 d'fi
ltad mayor que presenta la figura.
la pnmera raz6n es a 1 cu
.
b
C
reo que
. .
, te un escorzo, y, sm em argo, nos.
Un mediano d1bu1ante ~e ~strellara a;e arbol de nube ode colina. Creo
dara un contorno veros1mil de ca:a, t a re~roducir el acorde de tonos
también que un colorista ac:a:a ~~::arse impunemente un poco, que
del aire libre, en el cual pue
dq
1 ue todos los tonos estan intia modelar justamente el _de~nu o, end:li~adîsimas. Tan delicadas son,
mamente unidos y sus vanac1ones son

Los paisajistas de esta Exposici6n son, a mi modo de ver, muy superiores a la generalidad de Ios pintores que cultivaron el mismo género
en los ultimos aiios del siglo x,x y Ios primeros del siglo actual, exceptuando, claro esta, Ios grandes pintores Sorolla, Rusiiiol y Mir. Precisamente estos artistas fueron de Ios que, abandonando la escuela introducida en Espaiia por Carlos Haes, limpiaron su paleta de colores sordos y
adoptaron los luminosos.
~A imitaci6n de los impresionistas franceses? No lo creo. En ninguno
de Ios pintores antes mencionados puedo ver remembranzas de los
transpirenaicos. Son tres levantinos.
Las influencias franccsas se notan mas en dos admirables paisajistas,
que probablemente no dejaran escuela en Espaiia: Regoyos y Beruete.
La abundancia de paisajes da a la Exposici6n un aire de concurso
entre aficionados a la pintura que no se atreven a intentar el supremo
esfuerzo, el cuadro de composici6n.
Hace treinta y mas aiios las Exposiciones se llenaban con grandes
lienzos y sus au tores eran llamados pintores de historia. El concurso
art{stico produda una impresi6n terrod.fica a veces, a veces c6mica. Las
degollaciones, las batallas, Ios grandes episodios de la Historia eran los
temas elegidos.
Un chico recién salido de la Escuela de Bellas Artes desdeiiaba pintar
lienzos que tuvieran menos de quince metros cuadrados. Todos soiiaban
con emular las glorias de Rosales. Se pintaron cuadros hermosos, se
realizaron atrocidades sin cuento; pero los pintores eran romanticos.
Ahora, ya no lo son y no se encuentran entre los j6venes artistas contemporaneos muchos que sigan el consejo del· divino maestro: Haz
siempre aquello que te dé miedo-. Ahora, no; se pesan Jas facultades, y
337

�LA PLUMA
se calcula la obra de tal manera, que pueda realizarse con discreci6n.
Cosa un poco fea es la discreci6n en el Arte cuando no va unida a la
maestria.
Por eso, en esta Exposici6n se destaca, sobre todo, la obra de un muchacho que no tiene miedo. Lo que él piensa ha de realizarlo, a pesar
de todo, sin que le asusten las dificultades. Si tiene que saltar por encima de la 16gica, sait.Ira; si hay una combinaci6n de color irrealizable
para él, la pondra en el lienzo como pueda, negro, betun, galipote con
cl que impermeabilizan los fondos de los barcos, con loque sea, y conseguira o no el efecto apetecido. A Solana, que es de quien hablo, no le
asusta poner en sus cuadros detalles o figuras que reciban al mismo
tiempo la luz de cualquicra de los puntos cardinales o una luz subtcrranea o interior como la de un farol.
El maravilloso artista va derecho a la emoci6n. &lt;Consciente o inconscientcmente? No lo sé. Corno el pajaro emigrador va hacia el Sur en los
primeras dias del otofio, y como el pajaro llega al pais encantado.
Voy a decir quiza una barbaridad, una exageraci6n, mi aserto hara
fruncir el ceôo a muchos lectores de LA PLUMA, a otros les causara risa.
Siento un poco de miedo al teclear en el abecedario de mi maquina,
pero me decido. José Gutiérrez Solana es... el mejor pintor de Europa y
su.cuadro titulado «La vuelta de la pesca» redime a la Exposici6n Nacional, agobiada por la balumba de tonterfas que hay en ella.
Para hallar algo semejante al cuadro de Solana en la Historia de la
Pintura habriamos de remontaroos a Goya, y daodo otro salto, al Greco.
Solana perteoece a la raza de pintores incomprcnsibles que resisten a
la critica.
tHay nada tan imposible de explicarse como era el Greco? Al menos
para ra/, todavla no se ha dicho oada que satisfaga. Fué autor del mejor
cuadro del mundo: •El conde de Orgaz», y pint6 los mas horrendos mamarrachos: alguno de los ap6stoles de Toledo. Lo mismo que Goya, en
el mismo lienzo pintaba del modo mas insuperable, y al lado, como si
de repente se le olvidara todo loque sabia, se embarullaba en un roont6n
de pinceladas infames. No poseian ni Goya ni cl Greco la receta de
338

l.A PLUMA
-escuela que a 1os mas
, grandes arti
.
pro~lema irresoluble. (!No coooci:::/erv1a cuando se les presentaba un
olana procede de la misma
re~eta, o no querian usarla?
lucharé con ella hasta agotar
S1 ha! una dificultad que vencer
rrota apar_ezca clara. 1Es un pintor h s,; s1 no la venzo, que mi deAdemas, una cosa im
onra o el tal Solana!
de memoria ·
portante: Solana pinta su pensa m1ento,
.
.
pmta

mi:~~:~

1~~

Otra obra culminante en la Ex osi ..
cscultor Asorey, natural de ca!ba~10n,Ees 1a madera policromada
a en el suelo con un niôo en br
os_. s una aldeana gallega senSI yo fuera Jurado de la Exposici6nazos. S~yo fuera rico, la compraria·
oro, y si estuviera en mi mano reu~·conce cria al autor una meda11a d;
pueden votar la medalla de h
Ir todos los votos de Ios artistas
Lo mas encantador de est:n:, se 1a daria a_l tallista gallego.
que
produce la contemplac1·0· d o ra, es su anticlasicismo 1Que· I
J'd d
n e una obra d · d .
·
p acer
t a ' que_ no nos traiga esa an
.
enva a d1rectamente de 1a reap~~er dec1r: 1Ah!, ese torero pin~~~~a del :carreo artistico! Eso de no
ta gura del Greco; ese acorde Io h p_or e gran Fulano, me recuerda
parece
al d e R od'm, y este negro esta
e v1sto
. este busto se
.
. . den el y erones;
c1r eso, es un consuelo delicioso'
imita o de Degas. El no poder deLa Naiciiia de Francisco A .
va a1 mercado de Santia o
sorey es una buena aldeana aile a
pronuncia dulce y canta~in~~a~~mpo_stela; su boca, de labio: car!o:c
se le va bacia un lado, distraido :~ m1entras ~no de sus ojos candida~
1Ah! ;Francisco Asorey d C
un estrab1smo soiiador.
va s
e ambadosl ·C ·
d
devo~· ~a~, para que su gubia corte las fi'br~:ndto 1 ebe querer a su pais
10n.
e a madera con t
Do
. .
anta
s pa1sa1es de tierras castella
presenta Aurelio Garcia· «Cam
sde bFuensaldaiia» y la «Barranca dnas
e la T ·
·
pos
o re todo el primcro ticne la e
e1era». Los dos son admirables
que el Iabriego castell~no, conden:~~m~ :mo~i6n de las llanuras roja~
su y~nta flaca. Son esas tierras cale'
am rc, ara todos Ios aiios con
las t1erras de la escarcha matin~I
mad~s ~or el sol sin misericordia
' que en rnv1erno se hielan y adqu1eren
. '
339

�LA PLUMA
. , n llena de Iuz Aurelio Garcia ha
dureza berroquefia. En la d eso1ac10 .
'
..
d.d entre tanta tnsteza.
puesto un pnete ~~r 1 o Aurelio Garcia, una cosa importante: este
y ahora, refinendome a
e en los miles de pinceladas que
artista pinta del natural. De segur~~: sido comparada, estudiada, concubren la tela no hay una que no , ante los o1·os
lo que aparec1a
·
trastada fielm~nte con
. erior· Aurelio y Asorey, reflejando lo que
Solana, mirando a s~ mt
' do en las dos cumbres representaven. Los tres tienen razon. ~~:;:a~elazquez: &lt;A quién hay que seguir?tivas de las dos maneras, el
~ 1 que han de darnos la pauta ....è'
&lt;Son nuestros ojos o nuestros suenos os
RICARDO BAROJA

PAGINAS INACTUALES

LOS PRINCIPES Y LOS SABIOS
veces me para a pensar de do procede tanta discordia
entre subditos y senores,y entre p rincipes y vasallos;y echada mi cuenta, hallo que los unos y los otros tienen razôn;
ca los subditos quefjanse de la poca benignidad que hallan en
s us sâiores, y los senores quéjanse de la mucha desobediencia que hallan
m sus subditos; porque a la verdad la desobediencia va envuelta con
malicia, y el mandamiento va encaminado a codicia. Ha crecid0 tanto
la desvergüenza del obedecer, y hase desenfr enado tanto la ambiciôn en
el mandar, que a los subditos les parece que el yugo de pluma es de
plomo, y por contrario, a los principes y senores les parece que contra
qm mosqzûto que vue/a han menester desenvainar la espada. Toda este
dano publico no viene sino de no tener los principes cabe si hombres sabios que les aconsejen en secreto; porque jamds hubo principe bueno te11iendo el consejo malo, ni jamds hubo principe malo tmiendo el cons(!jo
hueno. Entre los principes y prelados que gobiernan hay dos casas: la
1,na _es la dignidad del eficio,y la otra es la naturaleza de la persona;
J' pitede ser que uno sea b11,eno en su persona y malo en su gobierno, y
p or rontrario, imo sea bueno en su gobierno y malo en su persona; y
por eso decia Tulio que j amds hubo ni habrd tal '.lulifJ César en su persona, ni tan mal g obernador coma él fué para la republica. Gran bien

I]

340

UCHAS

3 41

�LA PLUMA

LA PLUMA
es que sea uno buen hombre, pero sin comparaciôn es mu,y mayor bie1t
que sea huen principe,y por contrario, gran mal es que sea uno mal'
lzombre, pero muy peor es que sea mal principe; porque el mal hombrf
solamente es malo para si, pero el mal principe, no sôlo es malo para si,
pero es malo para los otros. Cuanto la ponzoiia esta par el cuerpo mds
derramada, tanto en mayor peligro pane la vida; quiero decir, quP
cuanto mds puede un hombre sobre la republica, tanto mds da1îo lzace
si tiëne la vida aviesa. Yo no sé par qué los principes y grandes seiiores son tan curiosos en buscar los mejores médicos para curar sus
cuerpos,y junto con esta, son tan remisos en buscar hombres sabiN
para gobernar sus reinos; porque a la verdad, sin comparaciôn es mayor dano la mala gobernaciôn en la republica que no la enfermedad r11
su persona.
De lo que estoy maravillado y aun escandalizado, es no tanto de la
mucha que pueden en casa de los seiiores los hombres locos, cuanto de
lo poco que pueden y en lo poco que tienen a los hombrts prudentes y
sabios; porque gran injusticia es que en casa de los principes entren los
locos hasta la cama, y no pueda entrar el sabio aun en la sala; de manera que para los unos no hay puerta cerrada, y para los otros no hay
puerta abitrta. Los que ahora somas, con razon loamos a los que ante·
nosotros fueron, no par mds, sino porque en los tiempos pasados, siendo
muy pocos los sabios y estando el mundo lleno de bdrbaros, de esos mismas bdrbaros en suprema reverencia los sabios eran tenidos;porque mucha tiempo durô esta costumbre en Grecia, que cuando pasaba un filôsofo cabe un greciano, se habla de levantar,y habiéndole de hablar, 1w
se podh asentar. En contrario de esta, todos los que vinieren después reprehenderdn a los que ahora somas, en que habiendo hoy, coma hay, tan
g ran hueste de sabios, y viviendo, no entre btirbaros, sino entre cristianos, es ldstima verlo y a/renta escribirlo, ver en cudn poco son tenidos,
porq ue hoy,por nuestros pecados, no los que saben mas ciencia, sino los
342

que
,1, 'bt·
. .tienen mds hacienda, aquéllos mandan mas' en la reru
tca. ~r
I o no
Je sz _los lzaya depravado la sabiduria o que ya el mzmdo totalmente tiene
p~rdzdo el gusto _del~a, que apenas hay lzoy sabio que limpiamente sirva
solo !~r ser sabzo, szno que le es necesario aun para ganar de camer ser
b~llz_czosos. I Olz mundo, oh mundo! Yo no sé cômo~escapade tus manas
m coma se de.fiende de tus pelifros el hombre simple y idiota, cuando los
hombre~ sabzos Y prudentes, atm con toda su sabiduria, apenas pueden
to-:'zar tzerra segura, porque todo la que saben todos los sabios desta
vida, todo la han menester para difmderse de tu malici,1.
!in comparacùfn los principes tienen mds 11ecesidad de tener cabe sz
sabzos para, apr:oveclzarse de sus consefos, que no ninguno de todos los
otros :us subdztos, jorq~e coma estdn en el miradero de todos para mira:, tzenen menas licencia que ninguno de su reino para errar· ca si
mtran
t'
r
.
'
de
t doa tOdo
. s, Y zenen zcencza de Juz.rar a todos, sin licencia el/os son
0
_
s mz:ado: Y atm juzgados. Muclzo deben parar mientes los prin czpes
~uzên fzan la gobernacidn de sus reinos, a qui!n encomiendan
sus
• ,J a tzerras
•
, e;ercttos, con quién env'zan las emba;auas
eztraiias de quién
~an el coge~ y guardar de sus tesoros; pero mucha mds tiene:i que mi1 ar y ezamznar a los que eligen por sus privados y consejeros porque
cual, fuere
la com"a
- ' qut etp rznczpe
' · tuvzere
· en s11, consejo y casa
'
_
-.r nza
ta!
sera
lafama
que
te
d
'
l
·
'
.
n ra en a tzerra eztraiia y en la republica propia.
Sz contra su vo_luntad oyen y saben cada dia los principes la vida de todos :os que reSlden en sit republica, .par qué de Szt voluntad no ezaminaran y co~reg!rdn a los de szt casa? Sepan los principes, si no lo saben
que
· dos, de la provtdencza
.
. de sus consejos de'
l de la lzmpteza de sus crza
a cordu~a de su persona y de la orden y concierto de su casa depe~de
todo
·
"b le, estando en el 'drbol las
, el bzen de la re"ublica
-.r
,- p orque es zmposz
raues secas, veamos en las ramas verdes las hofas.

r::

FRAY ANTONIO DE GUEVARA
343

�LA PLUM A

EL NOVELIST A
(NOVELARIO)
(CONTINUACIÔN)

XIII
novelista defendia, sobre todo, el atardecer de toda contaminaci6n. Veia, a través de los visillos, el verdadero sentido
..
de la novela de la vida, lo que..nunca habia alcanzado, loque
estando tan cerca resultaba indeciblemente lejos.
Era esa hora de la tarde como ese poco de postre que los golosos dejan para tomarlo con el café, y que no dejarian que nadie se lo comiese
porque es el verdadero bocado de cardenal.
.
Vefa venir a esa hora, por las calles surcadas por h1leras de faroles,
los personajes que no llegaban nunca, y esa mism~ real_idad ta~ t3.ngible y tan admirable, se le escapaba, resultaba impos1ble, maseqmble. Le
atravesaba como a uncedazo, pero no dejaba en él ni rastros de si mism~{(S6lo con esta hora se podria hacer una novela develadora», se dec,a
el novelista; pero era como imposible concentrar en una novela la sencillez de una hora tan definitiva.
En el atardecer de esta tarde habia encontrado una persuaci6n magnifica. Era el principio de la prirnavera, y estaba todo lleno del vaho de
la ciudad, y precisamente, cuando mas abierta estaba la calle sobre el

[I

344

L

-c~elo, pare~ia que se habian llenado las calles del humo de los cigarros,
.sm que le 1mportase salir pronto por la ventana .
. , Los tres he~manos o amigos que salen con sombrero de paja, defend1en_dose, gracias a la solidaridad, pasaban a Io lejos como los primeros
manneros de la primavera.
_ ~abia un aire, cargado de rebuznos, que quisieran dirigirse a Jas senoritas que Bevan trajes talares que les marcan todo.
El no~elista s.e asom~ al balcon buscando ese olor, ese caldo particuIar del primer dia de pnmavera. Era como si se asomara al tendido de
Ios toros, unos toros nocturnos. cÜ era como asomarse hacia Ja calle del
templete de la musica ... ?
. El novelista,, acodado sobre la balaustrada del balcon, seguia, como
iurado del balcon, el paso de las gentes en procesi6n, aunque sin velas
en las manos,_ esas velas con arandelas de pape! que llevan Jas beatas
con un gesto mdecente.
De pronto alguien le IIam6, de entre la multitud, con gesto, ante todos, de torero que va a brindar un toro.
-ïEh!, jtu!, 1Andrés... !
~ndrés reconoci6 a su condiscipulo Arturo, el hombre jovial para
,dec1r cosas desa~r~dables, el que daba en la espalda Ios golpes que causan una hemopt1s1s.
- cPuedo subir un rato?
-Si... Sube ...
Y A_nd~és meti6 la silla en la habitaci6n y sali6 a abrir al amigo, que
•ent~a t1mandose con el perchero y acaba timandose con todas las que
estan asomadas en la vecindad.
-cTe refrescabas la frente con el balaustre?
-No. Meditaba.
-:-iPero ?ombre! iA quién se le ocurre! Meditar poniendo la frente
e~ h1er~o fno ... ~o hay peor caustico para las ideas ... Yo, cuando quena enfnar cualqu1er obcecaci6n, hacia eso.
-Pues yo n~flexiono asi _mejor ... Ese entusiasmo tonto con que bro.tan las concepc,ones lo cornjo de ese modo tan sencillo ... Yo me acuer345

�LA PLUMA

LA PLUMA
do que, cuando de nifio tuve ideas mas sensatas, fué cuando apoyé la:
frente en las barandillas de hierro para ver pasar las gentes, para ver los.
perros, para quedarme después abstraido mirando el suelo y como diciéndome: «iTodo es tierra, tierra, tierra para nosotros!»
-Bien, pues no reflexiones tanto y deja ese refresco de verano para
Jas frentes fatigadas ... .:Sabes con qué mujer he estado cenando ayer?
-èCon quién?
-Con Margarita.
-.:Qué Margarita?
- Tu Margarita.
-jC6mo!
.
-Si, la protagonista de tu novela «La Encontrad1za&gt;&gt;. .
-iAh ... l Bueno ... Acabaramos ... Esa no es mi Margarita ... N~nca
fué mi Margarita, pues en la vida se llama Rosaura, y yo la eleve un
poco llamandola Margarita ...
-Pues todo el mundo la llama Margarita.
-Defectos de la popularidad ...
-Y ella me ha dicho que va a poner en sus tarjetas: «Margarita la
de la novela mejor de Andrés Castilla».
-iHombre! Que lo ponga y la meto en la carcel... 1No faltaba mas ... !
Hubo un silencio en que Arturo dej6 que envainase su indignac~6n
Andrés. Esa Margarita de su obra «La Encontradiza» era la protagorusta
de una novela de la época en que Andrés aun hacia libros de venganza
Fué la antigua novia del novelista, a la que, si bien habia desprestigiado
y descubierto, habia dejado en medio de la vida abandonada ~l albur
de muchos dias pr6ximos. La dej6 bautizada en grande y fué el el padrino. Ahora en todas las bodas casuales de Margarita, siempre resultaba
la bero{na del gran novelista Andrés Castilla.
Ya con todas las mujeres que eran protagonistas de sus novelas, tenia gran cuidado el novelista, y, sobre todo, desechaba ~as mujeres reales que le resultaban demasiado escandalosas. Lo que hizo con Margarita, no lo volvi6 a hacer nunca. Ahora el unico encanto de aquella mu-

jer, s~rda como una Upia para toda idea, era haber sido amante del
novehsta, y hasta habia habido un amigo que le habia dejado clavada
una frase de ella:
-Me dijo Margarita-le cont6 con ensafiamiento el amigo-: «me
gustas mas que él...»
èMostraria las comparaciones con esa precisi6n de que oustan los
hombres? èLograrian hacerla hablar llevandola a confidenci:s en que
ella por exaltar _al nuevo amante desprestigiaria al novelista?
Sus calzoncillos no eran muy ridiculos, pero siempre encontraria
un desdén para el tipo de loco vestido de blanco que es el hombre en su
mas intima intimidad ...
Hubiera _preguntado_ cosas a Arturo, como: «l'.Sigue diciendo aquello
de «Para_ m1, no hay mas que Adan ... Todos sois Adan?», y otras varias
c?sas mas, ~ero se ca!I&lt;&gt; porque le repugnaba que aquel amigo dnico y
cicat7ro ,hu~1era pod1do estar con su Margarita, porque de verdad se
llamo as1 Y s1e~~re recordaria las horas aquellas en que Margarita fué
buena y parec10 1r a serlo siempre.
èC6mo ~udo enso~_erbecerse tanto de pronto? l'.Quiz.i la menopausia ..?
Arturo mterrump10 sus meditaciones, diciéndole para dejar mayordesgarradura en su alma.
-Y me voy, chico ... Que me esta esperando ...

XIV
. El nove!ista cmprendi6 el viaje a Londres. Iba por personajes mistenosos. Sabia que en tal calle, a ta.\ hora, le esperaba uno de ellos, el nue_
110 protagonùta.
I~a. como a una cita, en el bosque o en cl centro de la poblacion,
~lle1eando corn~ para encontradc sin saber en qué esquina le encontrar_ia. Los ~rotagomstas que mas huella dejan son esos con los que el novelista trop1eza al volver una esquina, dandose entrambos en la nariz.
l_~o olvidaria nunca a aquel personaje de novela que le pis6 un pie
pomend?le la plancha de hierro de su pie sobre el dedo pequeiio, el
dedo mas planchado de todos los del pie, el que mas timidez tiene de:
347

�LA PLUMA
existir y en el que la uiia es como un recuerdo ancestral, pues lo primero que perdera en su evoluci6n el hombre es ese dedo!
Llevaba en su maleta el original de «El Faro! 185» dispuesto a acabarlo como fuere en aquella retirada a Londres.
Pero a loque él iba, principal mente, era a merodear la casa del gran
escritor inglés Ardith Colmer. Queria ver proyectarse la sombra del
escritor tan admirado por él, sobre los visillos del balc6n, poniéndose
y quitândose la pipa de los labios.
Iba con ese deseo de ver sombras chinescas, de o/r la inspiraci6n del
maestro y de recoger los efluvios que se escapasen a su despacho por el
cristal ventilador ...
El otoiio habia comenzado en Madrid y habia tenido que cerrar la
habitaci6n hacia dias, sin poder resistir ya el anochecido de las ultimas
noches. En Londres el otoiio estaba mas retrasado y se encontr6 con
unos dias veraniegos a los que atufaba algo como el tufillo de los antiguos quinqués de petr6leo. Agobiaba el calor inesperado, aquel olor a
minerai, a petr6leo malo, a tubo recalentado ...
Andrés se estableci6 en el antiguo hotel que habia ocupado siempre
.a través de la vida y en el que hasta las tazas de entonces se conservaban ... Nunca se Je habian caido a ninguna criada, ni las habian descascarillado dândolas un golpe con el diente del grifo.
Podria ver con los balcones abiertos el laborar de su admirado
maestro Ardith Colmer.
En efecto; aquella primera tarde, cuando ya podia pasear un tran.seunte por enmedio de la oscuridad sin ser visto, Andrés sali6 de su hotel y se dirigi6 a la calle que viviria en una gran inconsciencia de que
hospedaba al grande hombre hasta que pusiesen la lapida en su pared.
En la calle del gran novelista ejemplar los pasos se hacian impercep.tibles, silenciosos, mas apagados que en los contornos. Toda la calle
cooperaba al silencio y las casas de enfrente no tenian nadie en los
balcones para no distraer al escritor.
Estaba el escritor inglés en esa hora del atardecer en que la mesa
.es una plazoleta dulce en la que se acaba de encender el farol.
348

LA PLUMA
Andrés, cl gran novelista de las novelas con luz, ten{a envidia de
aquellas novelas ~scu~as y p_sicol6gicas que fabricaba el novclista inglés,
Y_en las que el m1steno hac1a personajes de la novela hasta de los armanos de la casa.
Por el b~lc6n se vcia la silueta del gran escritor inglés, Jimpiando sus
gafas Y med1~and_o ~ient~a~··· Se veia su sombra de bruccs sobre Ja baJaustrada, mas bien mqumente que escribiente.
-1Pero que todos han de hacer sus novelas sin escribir, menos yo
que tengo _que_ matarme de tanto trabajar!-se dijo el novelista.
,El es_cr:itor mglés se mordia la pluma y se rascaba la cabeza. éLe distraia quiza el que Andrés le mirase con aqueUa avidez desde el fond 0
de la calle?
Andrés espera_ba que por el balc6n abierto le echase el novelista ing_lés alguna cuart11Ja sobrante que él descnvolveria con la misma religiosidad ~on que un niiio desenvuelve el pape! que se encucntra hecho un
gurrun? y en cuyo fondo se sospecha una sortija.
_Ard1th Colmer reposado y paci~nte esperaba un personaje. Jban a
salir to?os los elc~entos de su novela detras del coche fünebre y solo
depend1a de ese am1go ausente: el que el coche y la comitiva se pusiese
en marcha.
. Veia Andrés asi el argumento de la ultima novela de Ard"th
1 , pues
s1e~p~e parece que el nov~lista escribe en loque escribe la repetici6n de
su ult1ma novel_a, como s1 se pudiese escribir de nuevo la misma obra.
An~rés sent1a una gran emulaci6n parado en la esquina de la calle
de 1\rd_1th. Pensaba escribir una novcJa entera a la noche, vertiginoso
fantast1co, solemne.
'
El farol de la esquina le dijo:
-1Atrévetel
Andrés, dcspués de lanzar una ultima mirada al escritor inglés y ver
que se andaba en la nariz, se di6 cuenta que era Jo bastante hum
· ·tar y se voIvi6 a su hotel ansioso de avanzar en la ano
noPara pod erle 1m1
vela: «El Faro! 185».
«éPor qué capitulo iba?»
349

�LA PLUMA
LA PLUfll'A
«Por cl xv111.~
Y continuô:
«El amigo de los faro/es les 1niraba tanto, les asistla tanto con sus

. das que parecia pasearse con ellos.
1mr~s
especie de hermandad esa de los amigos de los faro/es, como

u:uz

/a hermandad d! la paz y la caridad.
El amigo de los /aroles los va mirando fijammte cu.ando_ sale en la
l tdo pues nadie que como
noclze y recoge de cada uno una firase o un sa t ,
.
. l
· ·1ual ni el centme a
los Jaroles se wadre al paso dtl transtt{,Jlte esPm
'
R
n / · R al cuando entra el ey.
.
q zte hace guardia en la puerta del ra acw e·
izamnoso franco te.
los faro/es mttestra,i un rostro comprenszv0 1
:
d
I".
z..
veces tl amzuo e Ios J aSon granties predicadores en la 1zocru:, Y a
"+ones de /os J aro1es verroles se fla parado a oir sus palabras. L os serm
•.
.
comentan los contras,ts
sin sob, e la realidad de la vzda y mttestran Y

de que utti lima.
da cfr a y
«La rea/idùd-predicaba uno una nocke-es sordcmu . y / 'g, , ,
no piensa ademds... Nosotros percibùnos como nadie el si/e,ic10Ly e vladcz:
d
te la noche... a so e a
de pensamiento que hay en la natutal eza uran
..
.
la que vosotros pasazs.. •
que nosotros pasamos no tzene que ver con
t
1Cdmo va,nos nosotros, pues, a creer en nada, cuando !tay largos :la os
c
ad" . o·
r Podiis estar tranquz os...
e,e que no sentimos nada a n ,e ni a ,os...
Se
No hay responsabilidad moral... Nosotros /o sabemos como na lie/.:· ·,
da Solo tenemos e imz e
/
Pue .. . .
l
puePuede pensar y realizar todo o quet seb ·1-dad
Ba1o nuestra uz se
de nuestr.i posibilidad y nttestra es ~ i i :;· "J
de leer el periddico en blanco de /a lzbertac,on.&gt;
Todo a su alrededor o lanzan sennone! o cuent.m citentos.
.
&lt;y cdmo es un cumto de farolr Los cuenta el farol vara con sosugo,

a

tomtindose tit.,,,po, rodeado de su Luz.
·.
Un cuento de faro/ es, por ejemplo, el de «El nino perdui:i•d·-~ b
. un nzno
•- m 1a noche Y v agaba por /a au au. usSe habia perdido

cando la puerta de su casa. Bra el nino genial que esta llmo de orgullo y por eso no se humilia pidiendo auxilio, dejdndose llevar entre la
piedad de las gentes, que preguntan: «{Pero no te acuerdas, nùîor.. Y
exclaman a cada paso: «1Pobre nùiol&gt;
Aquel nùîo de las tres arrugas en la /rente se dispuso con una gra,z
dignidad a buscar el portal de su casa, cuyos alrededores conocia y de
rnya puerta se acordaba,pues sus cuarterones imitaban las onzas de la
lzbra de cltocolate.
El 1ziiio perdido se sento en un banco,junto a/ faro/ mimera 77, y
se puso a pensar lo que karia para encontrar su casa sill provocar la
piedad de wt extraii,. &lt;Esperar a la maiianar No, porque todos notarian que era el 11ùio perdido.
El niiio perdido miraba al faro/ numero r85 pidiéndole proteccùht
y conse;o como un mdrtir, y el faro/ ntimero 77 se compadecio del ni,ïo
como ltuérfano y perdido:
-Vamos, 11iiio-le dijo-; te voy a !leva,· a tu casa...
Y d faro! nûmero 77 llevd al nùîo a su casa, dejtindole en el portal
y quedd11dose /rente a él un momento para ver al niiio subir la escaler-i, colocado de esa manera con que por casualidad algunos f aroles lacayunos esttin siempre /rente a una puerta.
Después el faro/ ntimero 77 se fttl como habla llegado alli, dandù
saltitos en un juego de las esquinas en que aproveckaba parti, moverst
la distraccion de todo el publico.
Los /aroles, con la medalla de su n11.mero en la visera siempre, parecen asi o:rorcizados por ese atributo, como medalla de la Virgen en
pecko de vagabu11do.
Esa cosa blanca que los remata parece el babero blanc,; de là Congregacion.
Los /aroles cuadrados, siempre ante el que pasa, se ponm a las drdenes sobre todo del que espera que tl sermo le abra el portal. A ese le
351

�LA PLU .\1 A

LA PLUMA

prtsentan las armas de su luz y le atientUn de frente muniras espera1t
el sereno advenimiento. f Qui mudos didlogos se eslablecen entre esos fa' oies y los que esperanl
-Buenas noches.
-Buenas noclus.
-Mantienes con tu luz el orden alrededor de mi portal... Gracias a
ti no se atret•en los ladro11es a meter sus ga11zuas par el o;o de la cerradura ...
-Es verdad... Pero ademas doy estabilidad a tu casa ... Toda la
noche ma,ztengo tu postin r pongo cerca de tu sueiio tma plazoleta de lu=
blanca ...
-Estas anima.M, te alimentas bien, parece que te sientes feliz m la
noche fumando tu puro...
-Si, me simto feliz.
Nadie ni 11ada presencia la vida como un faro/. Si algun encargokay que dar a alguien para los dias que vendrdn despu!s de nuestra
muerte, es a un faro!. El solo guardard un poco de nuestro tiempo de
ayer para el tiempo de man.ana cuando ya no estemos.
El faro/ ts el unico ser que nos da dnimo para morir y que nos demuestra y nos revela lo senci/la que es la supervivencia.
CAPÎTOLO XIX

El faro/ r85 tenia esa noche un espiritu mas satisfecho que ningû11
dia. Si se pudiera decir eso de un farol, se podria tlecir que kabia cenado bien. Tenia la facka del que purea después de ltaber cenado opiparamente y ha tomado de postre una tortilla de ron cargada de alcohol ardiente y de mas alcohol que arde después, que sigue ardiendo dentro,
porque se apagd sin f undirse.
Comened a si/bar. No era el silbido tristt de algunos /aroles.
Acudieron los serenos a su silbido, y unos ladrones que robaban en

las prorimidades huyeron indignados al
denu;ciaba. 1Silbar co,no un serenol
ver que era un faro/ el que los
os ladrones, despuis de pasada l
l
.
le rompieron todos los cristales y l
a ~ arma, volvzeron Y, rabiosos,
de mariposa azulenca e inquieta. a ca,nzsa, quedando una luz con tipo
Tan tétrico se quedo, que toda la calle re .
.
sus paredes lo tétriw que se habfa quedadn 'Prodzyo en los espejos de
Parpadeaba coma mtuertado y tristdn .
gmte maleante buscô
.
,y en aquûla oscuridad toda la
A ,
su esqumaY toda la rinconùda se llend de
quz..., ·;:en-se oia con anhelo m l
.
pecados.
mechero entornado guiiiot"aba ,
, a oscurzdad-; y el faro! de
.,
aun mas nerv ·0
te
z samente, coma la !lama
l las maquinillas de espiritz, de .
1Ah! 1Pero lo que mas le mol v~~o
se acaba el alcohol.
·ver y alu.mbrar el camino lza . ,es o aquella noclte fui que no pudo
.
,
cza ,a casa «Non Sant
.
mu;er tema la voz 4•z, _, . .
a», a unapare1a cu11a
,, as ue1zczosa que h b, 'do
..,
';J'
1Qué bel/a d. b · .
a za oz m el ,nund~!
e za str aquella muchacha
.
Nunca habia Shllido "a t.
. .
' a 7uzgar por la voz!
'' n a cunosuiadpo
b
•
aquella 11oche, e,t que el mech, b ·,,
r sa er quzen era ella, cômo
.
o,z rz ,a,rte de su lu
.J,f
,
~omo tma falena triste con dock .
.
z, se queuu lugubre
Del r1.· 'l
o;os mzopes en las alas
za ogo Y dd timbre de voz no se obida ,
.
-Es l p
" na nu11ca ·
a
uerta
de
la
sacrzstia
del
,
,
E l
amor... -decza eï .
- s a puerta del ùifierno... Volvdmonos M-: .
que nos hemos esca"ado , k
. .. z Madre va a ,zotar
'l'
a ,a« ermessh de ' Il
que supo,u las manas em•" •"aria _,_
cza e a con la voz trémula
.
r 11r
s ue sudor.
-Mzra, e1teontr,1remos sin carrer lo
l'
rrer si esperdbamos la ale b _,_ l
s pe zg_ros que teniamos que coP.
o a ue a boda-decza él
- ero los colchones son de espinas M
. .
volver...-su"licaba ella- y lfi
... o me pzdas esto... Def;ame
-r
•
e . arol r85 q uerta
'
·
ver la carucha triste
avzvar su luz para
.
Y comp1mgzda· pero
p
'bl
tibia el luor de su al
'
no era osz e, era osrnro y
ma.

;uand~

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
.
ue tanto se dtfmdiô en la osc11debiô ser aqueila ~UJ", q . dtl te por la mano varo11il!
é ,1iu1ada ,,aeta
an
.
~-'-d pero que, al fin, fiu emr ..,_
, b sido lzeroico al avisar
r'"" ,
p , sm luz por ,,a er
dt
De aquella noclze que aso
'
ervo siempre el recuerdo
t
los ladrones, cons
. dt b
a los sere,cos y asus ara
t, a una bel/a mujer, la mu;er
eaquella voz dulcisima ru_e represe1:: no pudo ver y por eso le resultaba
lleza ideal, que fué la unica a la q
, . a·,,,
maszn
....,,..tey e,zlabiadora.
j Q"é bella

CAPfTOLO XX

l

, dt los f aroles restituyô
e repo11 e las averzas
. .

En siguida el fa, o ero qu
. t·. re•i"venecido y como de t,mpio
b al r85 y se sm w ..,

sus cristales y su tu o
de t. lia,.
Le habian cambiado el cuello
m
d'
, l ·dez que otros zas.
Pensaba con mas uc~
.
decîa con gran empa,que.
-«Ilumznamos la hzstorza&gt;-se

Qui dt modas he vistol&gt;
t de tzosotros mismos...r
dam-os cuen a
.
«tPor qué cree,me que no nos
ada casa los rodta la idea dt sz
h bres es que a c
.
Lo que no saben los om
. . l âea de todo lo dtmas.&gt;
',Ja
t . por comparacion, a t
y en esa iuea es a.
· dtl otro &gt;
«La noche no es de este mzmd~b•. sz~o to en la ~oche y borramos el mal
t ly recz ,mien
. ,fi •
«Ponemos luz de por a
l
che es nodie dt/ in nzto, esue
oscura
a
no
tfecto que lzace oscura, po, q
«/

tar enterrados y ,,,mertos.&gt;
l noche perderîa ese gran artifi.cio que
«Si no Juese por nosotros' a
tune.&gt;
,
ciente coma nunca en la noche dt verano,
.
Elfarol 185 se sent~ cons
-as· humanos. Volvia a aco1 que olia a albahacas recibt regadas.l
l s •aro es son,,.
b'
do
o J'
, biaperdido no usa za
En el verano es cuan
.
- asado, de la que se ,za
darse de la mu;er de! ano p -;a durante todo el 'L'era1to.
,
_,, dt pero que le kzzo compan
_
. , de madre, le rodeo, le
aan ,
.
aquel ano se sa1zo
La verbena dt/ barrzo, que
354

akogo, )' metié11do/e dtlltro de una barraca hizo con él a/go asi como
raptnrle.
Se sintùJ desconcertad., al verse convertido en algo asi coma en ldmpt1ro1 de comedor. llrmtùzaba a/li d,utro 1ma c&lt;1suca miserable sobre la
tierra y las esce11as dt! recuento del dinero. A lo md.s se atimentaba con
nutas de las mûsicas de macillos y del trombon marina del verano.
Se arordaba de los veranos de srt vida, los veranos evocadores en
que recordat,a la paz del pasado, la estabilidad de la tierra en la gran
sa:uracid11 de los dias calurosos.
Los veranos tiene el faro/ una vid.J simpdtica. E.std coma en vacacio1zes. Alumbra todas las noclzes de verbena. Es md.s blanca y de arroz con
leche su luz. Vive en un mundo md.s consciente y modesto en que un farol es un personaje, porque el verano asciendt las categodas y zen empleado de quinta clase llega a ser también un personaje.
En el verano son como polios parados t!1t las esquinas.
-iPero no volverd la del mio pasado?-se decîa el r85. y despuis
lloriqueaba-. ;Pero aunque vue/va 110 la veré, porque estOJ' encerrado
en esta alcoba de campana!

El r85, metido en la barraca privada, aprendio este verano los secretos de la vida, pues ilumi110 el camastro como enornu vela de fanal.
Andrés, abatido por la poca vida que después de todo sugcr{a a su
alrededor el farol, dej6 la novela en ese punto.
Al dia siguiente volveda a pasearse por la calle de Bolburg para consultar con la sombra pr6xima de Ardith Colmer el desenlace que deb{a
dar a su novela.

XV
El novelista llevaba ya un mes de Londres, y poco a poco habia encauzado su novela ~El Farol 185)). El gran nove!ista inglés, cuya firmeza en vivir le hab{a dado la sensaci6n de la posibilidad de todo, le ha355

�LA PLU :\l A
bia hecho encontrar gestos y

LA PLUMA
dia.logos y mon6logos de los faroles intere-

santisimos.
. .
un farol!~, habia aprendido a compren~iQué gran presenc1a, t1ene ·unto a un farol sin saludarle.
,
der Andrés. Ya no podria ~~~r~ Colmer fué el mas inspirado. Parepa
El farol de la calle de
it
, os del gran novelista inglés.
tener comunica~i6n con los sub~er:;:iente sordo, sin otra e_ntrada aseAndrés le ve1a moverse en u 1· . n una casa cualqmera de una
b 1 'n so 1tano e
•
quible mas que por e1 a co '
premo encontrando las me1ores
.
. embaroo tan su
'
. d 1
calle cualqmera, y, s1~
o &gt;~endiendo el mundo en med10 e a aucomparaciones de la ~1da, coml_ de hombres.
sencia ilimitada de d1oses y ;.~1. complacientes la que salia por la reEra como una luz de can i e1:~ mismo novelista, sentado en _la mesa
pisa de un balc6n'. por el suel~. balcon le devolvîa, como si hub1ese una
interior se prevalia de c6mo e
b
su despacho, luz refractada
baterîa ~n su base, la luz que se ~scapa a a
por la ciudad a que daba su ~ait n. lillas de las ideas de Ardith, y con
El novelista espaiiol recog1a asdc~
an animo ver de cerca al homellas daba lumbre a su tab,aco .. L~6
rseguir{a su pr6xima novela en .
bre que en seguida se hana mdl~? dg se ver «Es prodigioso el mundo-se
b' te hasta e1an
tan natural am ien '
uible y pr6ximo.»
decia Andrés- porque todo es aseq tel6n de cinemat6grafo, en el que
El balc6n de Ardith era ~omo un
d Ardith y los ensayos de las
se veian las figuras de las primeras obras e

:c:

°

·

ultimas.
,
, ner todos los dias una mujer en obserEl novelista ingles parec1a t\ . , d Andrés se marchaba éste con
vaci6n, y al final de la contemp ,ac10~ b~anco se babia quedado en aquel
'd d d ue sobre un marmo
la segun a e q
.
. del novelista inglés.
despacho la victima,ps1col6?1ca
tacaba Andrés su novela «El Farol
Cada vez con mas entusiasmo a , l
Hab1'a enredado el farol con
• lt' mos cap1tu os.
d
185». Estaba frente a 1os u i
.
d
b once las flores de la ofren a.
,
d
.
do
a
los
pies
e
su
r
,
.
Andrés aquellas paginas en
Pare1·as que ha bian eia de Ardit h escn' b'a
t
1
Corno con la p umad h
na novela sobre un farol.
. 'aba su deber e acer u
que tnun1,
356

Escribia apresuradamente Andrés ya en los ultimos &lt;lias que habia
ido a pasar en Londres:
Veia el gesto de los borrachos, que parece que hacen esfuerzos para
echar el mar atldntico por la boca.
Veia pasar las mujeres que son traidas en una sil/a porque estaban
para dar a luz inminentemente. Tenian una cosa esas mujeres de torero
.que es ensalzado por los suyos.
Y una noche vid al herido de muerte cuyos ojos miraban el mundo
con despedida y avidez-siempre con avidez-, y c1eyas palabras eran
«sed... sed... , mucha sed . .,,
-iSi estas borracho métete con los Jaroles!-habici oido una vez el
I85 que le decia un cochero a un borracho que la habia tomado con él.
Ninguna /rase le habia ofendido tanto como esa. La recordaba constantemente y se la repetia en sus silencios.
-iSi estas borracho métete con los /aroles!
«1Qué se habrian creido que eran los /aroles que merecian mas consideracidn, puesto que su pensamiento lucia con esplendidez en la noclze
a la vista de todo el mundo?»
Pero en la memoria de I85 se grabd aquellas noches una silueta de
miqer garbosa y llenita como no volveria a ver de est? modo ningzma otra
mtt;er. Fué la joven que se suicida con su amante en el lecho de los suicidas por amor. Nadie la pudo ver después, pues se la llevaron al deposito, porque prohibieron la entrada, pero él se acordaria siempre de lapanja indecisa, de ella jugando con los jlecos de su mantdn que caian en
cascada desde su pecho como si fuesen los chorros negros de las fuentes
de sus senos.
Tan necesitado de memoria como estd lo que sufre el arraigo fuerte
de la tierra, aquella mu:fer de senos inûtiles para no ser rica y feliz m
una vida sin conjlictos, seria la eterna novia de su éxtasis, la novia de
.su luz blanca.
357

�LA PLU r-.1 A

l;A PLUMA
CAPÎTULO XXI

El faro/ I85 habia llegado a los sesenta a1zos de servicio. Era u11:
veterano. De nuevo comenzaba el /rio invierno en que el ardor de sus
mejillas no seria tan chocante si pudiéramos forcer sus cristales en l,z
noclze /ria.
Cada vez era mas individualista. Estaba satisfecko de no ser de esos
con dos muheros que parecen unos hermanos gemelos.
Tenia ya un poco de en:fisema y se oia un poquito su resuello en lœ
noclze.
En la noche poblada cada vez mas de 1niseria de aquel barrio él erre

1Quéfracaso de toda su vida claral
, En la casa de las citas se lzabf.a est~blecid.
el resultaba el semdforo estratégico de la C o una Casa de Socorro, y
Ahora todo lo veria dramdtico or
asa de Socorro.
este caso-no lo hubier
dad,, p. que nunca mas recordable que en
a recor o sz no
u
do
del cristal con que se mira.
-q e to es segun el color
Siempre estaria sobresaltado esperan .
, .
rida en anda.s o arrastras.
ao la vzctzma, la Camilla, el he-

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Se continuard.)

la vitrina de la luz.
Después .se quedaba donnido y coma desaparecido en el amanecer,
momento én que se ju,raria que no hay /aroles en el mundo.
«1En qué acabard mi vida?»
«1Qué nueva generacidn de luz nos harci ser arrzunbados?»
P reguntas asi se hacia muchas veces el I85.
Pero los dias pasaban y hacia su pape/ de Guardia civil estrategicoy nocturno. Cada vez era el faro/ campechano y claro hacia el que levantan la vista lzasta los que no estcin enterados de nada.
«1Si toda la eternidad me la pasase asil•-se decia.
Pero un dia le sucedid la tragedia. Llegd el farolero con un gran
envottorio de cristales, y coma quien se aupa en la escalera para arreKlar los altos del armario, asi se subio hasta llegar bien a él.
El sintid en su cabeza la voluptuosidad que sienten los niiios a los
qitt se peina. !ban a asearle.
«1Pero qué cristales eran ,zquellos que traia el farolero? 1Qué cristalera el que ya le habia sustituido? 1Rojo ...?»
Si, rojo. 1Habia quedado convertido en elfarol desdich~do que anuncia con su rojez la Casa de Socorro! 1Qué tragediàl
358

359

�LA PLUMA

LA PLUMA

CANTOS BREVES

VI
.Ea mzsma mano que un dia
sirvi6 para acariciar,
fué la mano que servia
mas tarde para matar.
VII
0res un verso sutil,
hecho de brisa o de aroma,
que jamcis podré decir.

I
C:uando vine a la vida,
ya el dolor me aguardaba
oculto, en el camino...•
9lrin sigue junto a mz,
como fa propia sombra...

II
{fBrisa de la manana:
como una vida nueva
que nace con el dia ...!
/~ilencio de la tarde:
angustia del crepuspulo
en su !enta agonial

III
C:ada estrella es un sueno,
que un poetG dejara prendfdo
en la boveda azul de los czelos.

IV
/0res diversa, infini/a
1/ unica, como fl)ios .. .!
j/;res todo... y, sin embargo,
cabes en mi coraz6n!
V

;Ni la onda del viento,
ni la ola del mar,
jugaron contigo, / alma!
como su voluntad.
360

FÉLIX DELGADO

LOS CAMPESINOS
1

Gstos son, alma mia,
los hombres que asistierpn al entierro
de aquella pobre enferma que tenia
mi coraz6n vagando por sus suenos!
~obre sus recios hombros
le hicieron el camino verdadero.
/ fEien saben que manana
otros le harcin igual camino a ellosf

INQUIETUD
'j/ has de partir imi navel que el horizonte es bruma
y un desierfo la isla con sus doradas playas.
'G'e hicieron un juguete para mimar la espuma
y has de ser un juguete donde quiera que vayas...
/9llma mia, mi navel, t!,qué viento hincha tus lonas?
t!,tl.uién te inici6 en el ansia de una tierra lejana?
t!,~abes si te es esquiva la playa que abandonas,
g si serein mejores las que vercis manana...?
FER~ANDO GONZALEZ

�LA PLUMA

LETRA S FRANCESAS
ursrERA hablar hoy a los lectores de LA PLUMA de ~no de los libros

mâs notables publicados desde hace algunos ~no~, un? de esos
.
cargados con todo un porvenir ltteranoMy cuya
libros que v1enen
d
aparici6n constituye una fecba. Es la obra de l\I. Pau 1 oran '

Ouvert la nuit.
1 ·6
s
Se sabfa ya entre la gente de letras que M. Paul Morand era, de os J vene ~
as originales y mejor dotados; ciertas plaquettes, como Lampes
0 de los m
un
b' h b"t ado a una manera
arc, Fetûlles de température y Tendres.stocks nos_had1anl af • ue a una combinaspec1e de rotu1 a e a ras •
de estilo nueva dei to d 0 , a una e
d de observaci6n
. .
t O de humor mezc-lado con un on
ci6n de los adJetlvos, a un on
e para expresarse
. t ·•s ·1néd1·
ex•··aordinario Advertiase un talento nuevo, tan nuevo, qu
u
·
.
.
•
1 guaje y 11.na sm ax
tenfa que atropellar la tradic16n, •~prov1sar ~n er:nobra de importancia, lejos.
tos Su nueva obra, que es, en reahdad, su pnm
fi.
1
.
.
h
d. do por men os de con • mar os.
de desmentir bles pron6st1cos, no a p~ i
IJ
t nsas Jas noches catalaOuvert la nuit es una colecci6n de se1s ~ou~e es ex e
r'tuyen sendos cua,
6rdica de se1s d1as, que cons 1
na, turca, romJna, h ungara, n
'
t
M Paul Morand, diploma.
t · torescos de la Europa ac ua 1• r ·
dritos sub1damen e pin
G b.
ha estado en muchas paises,
tico de profesi6n-como s:n~a~a~ :art:s i:;::s~Pero la visi6n que conserva de
visto mucha gente, y conte p
ha se arado de ellos, al recordarlos ante su
tales espectâculos, un_a vez que se_ 1
~ da ue ver con las imâgenes de la
mesa de trabajo, no t1ene, por dec1r o as1.' na q
·taban en su fuero
misma kdole que los viajeros a la ant1gua usanza resuc1
interna.
.
•
film una sucesi6n
Es una especie de kaleidoscopio, o por meJOr dec1r, es un
'

de films, presentados con velocidad variable, en los que van desfilando ante
nosotros imâgenes bellas o fea~. agradables o siniestra~, vivas de color o de
tiotds pâlidas, pero siempre curiosas, por lo inesperadas.
La sorpresa: ta! me parece que es la clave de este arte nuevo. Epitetos inesperados, puestos a las palabras que mas se les oponen por el sentido, un
verbo raro que estalla en medio de una frase, comparaciones de ta! modo excesivas que provocan casi la risa en el primer momento, y necesitan cierto tiempo para que Pl lector se habitue a tllas, una sin taxis embarullada por gusto.
contorsionada, desfigurada, y que provoca un •ïahl, de asombro.
Cierto: M. Paul Morand no es tradicionalista, y no tarda uno en advertirln.
jPero qué observador tan ingeniosol Didase que un ser humano mira el rnundo
con ojoi enteramente nuevos y descubre entre las cosas relaciones que no habian visto todas las geoeraciones pasadas. Cada cuadrito de su galeria nocturna
es un apunte de Espaiia, de Italia, de Hungda, de Constantinopla ode Paris,
pero es una vista enteramente nueva, un rinc6n tan curioso, tan raro, que
nadie, antes del autor, babia sospechado que existiese.
La vision de M. Paul Morand es completamente original, y la psicologia de
su libro no es menos asombrosa que la forma. Su pensamiento es tan ductil,
tan destrabado como su frase, el giro de su ingenio tan punzante, y sus inclinaciones sentimentales no menos inesperadas.
Digâmoslo: es un novelista completamente nuevo que despierta a la vida
literaria, y mucho nos sorprenderîa que se èetuviese en el camino. No olvidéis
el nombre de Paul Morand: serâ célebre.

* * *
Sabido es que M. Jacques-Emile Blanche, dejan&lt;lo los pinceles, escribe, para
descaosar de la pintura. Su nuevo libro, A_vmeris, es mny interesante, y apasiona a cuantos amaban en M. Blanche al retratista notorio.
También ahora. en efecto, nos da un retrato, retrato psicol6gico muy apurado, de mil matices de la misma in~piraciôn que Adolphe, Volupté, o Dominique.
Mâs que una novela es una biografia contada por quien ha visto con sus
ojos la vida del personaje y se esfuerza en reconstituirlo para nosotros. La
,econstituci6n acarrea gran copia de dettlles, que mâs de una vez nos han
recordado la manera de Marcel Proust. En el fondo, donde visiblemente se inspira M. Jacques-Emile Blanche es en la novela inglesa.
Nos muestra a su héroe en la infancia, desarrollandose en un medio de es-

�/

LA PLUl\'IA
LA PLUMA
.
e uarctara seii.al, a pesar de la independen.pesa burguesia, de la que_ s1~mp~ g I t I de que e.sta dotado. Precisamentc,
, 't
d la cunos1dad mtc cc ua
d
;ci• de cspm u Y c
.
d
idcas familiares en cscaparse e
s·stirâ
en hbrarse e sus
'
1
su gran esfuerzo con
.
una voluntad obstinada: es un
le rodeaba. Ay111ens no posec
, .
la atm6s fera que d
S
d
•a
· d ·ciso us au ac1 s son atrevimientos de tim1do.
déhil, un atormenta o, un i~ ~
. d t
lo le hace retroceder. Su coraz6u
fue viene a c ener ,
A cada momento 1o q~e .
.
su inteli encia balanceada perpetuamente
esta ansioso, su espfr1tu mdec1so, . d
g t emo que para su descripci6n
·
N turaleza comphca a en ex: r
'
cotre cootran_os. a l . ode dctallcs que concucrda muy bien con la manera
perfccta reqmere un UJ
.
1 Blanche como cscntor.
.
de M. Jacques E m1 e
d
otac1·ones minusculas, lleva cons1go
· d
eôos trazos e n
•
La abundanc1a e pequ
. •
de Aymeris debera poner cuidado
t 'a y alguna pesadez, e1 autor
cierta mono om
,
él hasta un ex:tremo cnojoso.
en ese defecto, que podna agravarse en

* * *

ue M Marcel Boulenger ha consagrado a
Todo el mundo_ çonoce el _cult_~ q le h~ llevado a escribir un libro sobre su
Gabriel D'Annunzio. Su adm1rac1on
'd , tima y en plena batalla. Es uua
•
t • donoslo en su v1 a m
.
,héroe favonto, mos rao
'd
la ci· ccuci6n el verbo maht ente acabados· pres1 e en
serie de cuadro~ prcs am
M ~i'arcel Boulengcr Gn trozos sabrosisimos
cioso que convierte las obras de ·
de prosa francesa.
.
. f tuosa &lt;lei artista: en el Lido, en los
El bi6grafo nos presenta la ~x1stelnc1a as del Camaro; se le puede amar o
olivarcs de Cargnacco, en med10 de a pompa
exccrar, p ero a nadie le de1·a indiferente.

* * *
d 6 t do 'o que es capaz de hacer, y
M. Gémier no ha hecho aun en el O e n o .
era Es innega11'1 h
h'bido
no
pasan de ser una csp .
1
los espectâculos que a
a ex
•
e e· triunfo de la buena lible, sin embargo, la buena volun_tad c_on que pers1gu •
· de st1 d1recc16ü
teratura en e1 cscenano
·~
que aguardamos ha continuado
.
.1
1 maonili.cos espect..cu 1os
'
.
M1entras 1 egan os
"
.
viene dedicado, pon1endo
.
d 1 ciclo shakespenano, a que
las reprcsentac1ones e
.
, b.
adaptado por el humorisEt suàio de u11a noc/1e de estio, traduc1do, o mas ien,
ta Georges d e La Fouchard ière.
.
.
hombre como La
-gô de 10 gen10 eucargar a un
Es cvidentcmente un ra~
lo
de
esa magia deli.,
t
le to en lo burlesco, c1 arreg
Fouchard1ere, un poco rucu n
h
s y encantadores.El adaptador
.ciosa, donde andan gnomos, hadas, seres umano '

no ha dcspcrdiciado la ocasi6n y ha llegado hasta colaborar con Shakespeare.
Cuando una réplica o una idea le parecen chuscas, las desenvuelve y a veces
resulta muy divertido; nunca trivial. As,, en la escena famosa de los c6micos
aficionados, se ha despachado a su gusto, tratando esa parte de la obra como
uoa serie de cuadros de revista ode music-hall. Realzado por un actor cxcelente, como Harry Baur, en el pape! de Bottom, ese trozo ha sido un acierto
total y ha gustado mucho al publico. ·
'
Nos parece que el traductor ha estado menos feliz en la adaptaci6n de la
parte poética de la obra. El bosque misterioso, susurrante, donde los geniecillos y las silfides, conducidos por Puck, retozan en la niebla a la luz de la Jana;:
las enramadas prefundas, aparecen tratadJs con alguna torpcza por cl traductor y pucstos en escena en un modo demasiado simplista. Unos grandes c.ortinajes grises uo pueden sustituir a la decoraci6n, por mediana que sea. y en el
momento preciso en que se hace bablar a las hadas y a los genios es necesario
poseer también alas, y abrirlas.
Reconozcamos. con todo, que el esfuerzo de 1\1. Gémier ha sido como siempre, intcligente, y que marcha por el buen carnino.
En la Comédie des Champs E:lysées, la campaîia de M. Pitoeff, de que hablaba en mi cr6nica anterior, continua atrayendo a la mucbedumbre. Después
del drama de Lenormand, Le silangeu,· de rêves, acaba de estrenar con cl mismo buen éxito La Moue/le, cuatro actos de Chejow.
De este autor aplaudirnJS ya el aii.o pasado Oncle Vania, drarna sombdo,
fuerte, envuelto en una atm6sfera aplastante; la nueva obra no nos ha chasqueado. El marco es: una posesion en el campo, cerca de un lago, a pocos ki16rnetros de la ciudad; un verano sofocante de calor. Los personajes: Tigorine, escritor, pt esa de la enfermedad caracteristica del hombre de letras, por
exceso de tensi6n en su espfritu observad0r, y en el fondo, coraz6n seco, sin
voluntad; Arkadina, actriz notoria, amante de Tigorine mujer dominante, celosa, cruel; un hermano de Arkadina, general viejo, medio chiflado; Constantino, hijo de Arkadina, ardienle, ebrio de ideal, mistico al par que sombrio.
Escribe drarnas, sueôa con renovar los rnodos del teatro, pasa alternativamente
de los delirios del orgullo a la dcpresi6a dit la duda. En fin, Nina, deliciosa mucbacha, pura, abstra,da en sus candidos ensueîios.
Una angustia sorda, una atm6sfera densa, se cierncn sobre esos seres; atmosfera de aburrimiento, de dejadez, de pavor, muy particular del teatro ru so.
y que hemos vuelto a encontrar aqui sin sorpresa.

�LA PLUMA
El drama se enreda lentamente. Constantino y Nina se quieren bien, pero
·sobrevicne Tigorine: el prestigio dei artista fascina a la humilde prodnciana
y la inflama de amor. Abandona a su prornetido, y en un violento arranque se
precipita hacia el que simboliza para ella la gloria y la hermosura. Tigoriue,
que al pronto no la aabia hecho caso, un dîa repara en ella y se deja querer.
Se marcha, ella le sigue, se conviene en su amante; después, abandonada, naufraga en el teatro y, prontamente, en la miseria. Constantino, desesperado, se
mata.
Sombrîo clrama, arrebatos sombrios, de un realismo cruel, angustioso, que
ha causado fuerte impresi6n en e.l publico.
Para distraernos de una funcion tan fuerte, hemos tenido en el teatro del
Vieux Colombier Les Plaisirs du Hasa1·d, de M. René Benjamin. Sabido es que
M. René Benjamin hai)fa llamado la atenci6n, estos afios ultimos, con sa.tiras
violentas dirigidas contra l.1 Sorbona y contra la justicia. Es un talento de caricaturista, un poco basto, bien dotado, al parecer, para emplearse en la farsa.
S u iniciaci6n en el teatro se esperaba con mas impaciencia, porque el aiio pa-sado nos recre6 en el Ode6n con un breve acto titulado La Pie borgne, que era
lma carcajada violenta. Desgraciadamente, es preciso confesar que la realidad
no nos ha traido todo lo que esperâbamos de este autor.
El punto de partida de M. René Benjamfo era pintoresco, ta! como para
permitir cualquier fantasia, por extravagante que fuese; venia a presentarnos
un hombre que, aburrido de la moa6tona existencia contemporânea, resuelve
-eotregarse a mil locuras, ejecutadas con imperturbable gravedad. Siguense
multiples aventuras chuscas, que acaban muy mal para el héroe. Pues bien;
1:odo ello nos ha parecido lânguido, desprovisto de verdadera vida, demasiado
largo. Es evidente que M. Benjamin no posee todavia el oficio de autor dramâtico, y que necesita adquirirlo, si quiere acertar en la sa.tira teatral, como ha
acertado en la sa.tira periodistica.
En cuanto cite Dardamelle, de M. Emile Mazaud, farsa un poco basta que
acaban de estrenar en !'Oeuvre, habré mentado las (micas manifestaciones tea trales interesantes de estos ultimos tiempos. L'Oeuvre, le Vieux Colombier,
con la Comédie des Champs Elysées de Pitoefi, y algunos grupos, como La
Chimère, son, a la bora prese11te, las unicas fuerzas francesas capaces de lu.char contra el vaudeville, la opereta y la baja comedia del boulevard.

JULES BERTAUT

LET RAS ALEMAN AS
THEODOR DAÜBLER
notas que conaagre aquf al estudio de la poes' 1
pora
d ~
ia a emana contem
nea no po r.1n ser tan sistematicas tan met6d"
dedicadas a la ~rosa. No hay en aquélla ~eôales de e~~~:•c~Inm:i 1:s
n~, no es pos1ble indicar durante los veintc aiio , If
g v1m1ento paralelo al que desd H . .·
su '.mos un monid y a Karl Sternheim gobierna la novela~ emuch Mann a Kasimir EdschiAS

r

Individualidades poderosas que nin , 1
•
entre si, llaman auestra atenci6u nuestrgun_ azo ~1 cohesi6n de «escuela• atan
en este ordt.n, a obras grandes, ;ero no\:~:~alt~a. El expre:i~nismo da vida'
estrategia literaria nueva.
que yo quis1era llamar una
0 bien, para decir todo lo que pienso, o ondré
,
. .
harto copiosa, tiranica, y empaquetada en f6~ ul _a la poes1a expres1on1sta,
t
. .
m as rnnumerables algunos p
as ·expres1on1stas, de independencia fecunda , que no henen
.
' e l · oeculpa
·
n as 1m1t ac1ones que sus obras suscitan.
Hablaré, pues, de algunos hombres y no ha bl aré de los circulos que reducen sus esfuerzos a sistema.

* * *
Theodor Dailbler, a quien consaaro mi articul d h
ta: Corno poeta, las obras que ha p:blicado wn om;s oy~ no es expresioni~m1ento que en _ellas se ex;:,resa y por las imagenes que :p~::a:u~o;:/ =~n~:mo ~ 1~ prosodia. Corno critico, defiende el exprcsionismo pict6 • E
·n ·
trad1cc16n acaso sea ,
nco. sta con~a poesia de DaUbler:::uap~rent~ que_ real. Seria injusto, en efecto, considerar
. o i eacc1onana, y seria falso ver en él, en cuanto eu-

�LA PLUMA
sayista, un ap6stol verdadero de la estética oueva. Daübler es un espiritu ardieote y cnrioso, pero que a meoudo no deja de ser confuso, y la onda de filosofia en que se sumerge todo lo que escribe, domina por igual su reserva en
poesia y su extremisn,o en prosa.
Theodor Daübler es un gran poeta que pretende hacer teorias. Ha intentado
enfreoar sus sentimientos y sus ernociones y someterlos a rfgido analisis. No
es deshonra para él declarar que no ha acertado en ese empeiio, esencialmente antipoético, y donde otros, tao grandes corno él, habiao ya fracasado lastimosameote.
Sé que expoogo aqui un parecer opuesto al de la mayoria de los cdtico,;
alemanes, que alaban de bJen grado las obras en prosa de Daübler, y se reser van un poco frente a sus obras en verso. Pero mi preferencia por su Hymne an
Italien (Hirnoo a Italia) es tan viva, y eocuentro tantas contradicciones y oscuridades eu sus eosayos, que no tengo por qué disfrazar mi opinion en ese respecto.
Sin embargo, entre sus obras en prosa poogo aparte dos libros, por los cua-.
les sieoto admiraci6n rnuy sincera: Lucidarium in arte musicae, y uoa autobiografia, donde hay paginas verdaderameote notables: Wir wollen nickt verweilen
(«No queremos detenernos•).
Daübler es un hombre complicado, y a la vez muy comprensible; complicado, en Jo que escribe, y cornprensible en cuaoto a su naturaleza intima. Es un
lîrico. Tiene de tal, la lucidez y la inconsciencia. Posee el geoio de la adivinaC'i6n, y las cosas mas profundas que ha dicho sobre los musicos y los pintores,
las ha dicho sin el concurso de su reflexi6n ni dP. su voluntad. Cuando tiene
que razonar y coostreiiirse, es que le falta inspiraci6n. Sus obras, en ta! caso,
se resienteo. Pero cuaodo habla espontaoeameote, es seguro que dice grandes
cosas. Creo que al genio le van bien esa desigualdad y esa indisciplina.
Esa condici6n de Daübler se comprueba lo mismo en sus poemas que en
sus estudios de arte. La mayor parte de su enorme Nordlicht (Aurora boreal)
es fruto de un trabajo paciente, voluntario. Y se echa de ver doode q u iera.
Hymu an Italien es el canto de una nostalgia exasperada, y Daübler no ha escrito obra mas grande.
Daübler no es aleman. Nacido en Trieste (el famoso tratado de paz le ha
convertido en ciudadano de Italia), ha vivido en Napoles, en Roma, en Florencia, en Paris y en Viena durante la mayor parte de su existencia. La guerra
f11é loque le condujo a Berlin. Bien se ve que en sus obras, que nada especi-

LA PLUMA
0

1:a1::;:: ~e:1:;an~n~::::;! :;t~~:~s Y sensaciooes ~e toda la Europa latina.
ardimiento que Jucha con la f .
Jera~ su armoma, tan caracteristica, su
libros un e~plendor raro.
na pureza e verso clasico aleman, prestan a sus

Î

Ese ardimiento, esa armooia no impiden que su lirisrno
Daübler es, por su mundo interior, terriblcrnente intelectua~e; muy cerebr;l.
to lo_ es, que acaba por aoimar con inesperadas fantasias 1. an por COffip etracc16n. Juega con las abstracciones, como otros poetas . a esfera de la abso s' b J
Juegao con imagenes
im o os, y como el realista se esparce en una descripc,·60 D
encant
• e tal modo le
a, que ya no se da cuenta de las dificultades con q
1
.
~ueo por un terreoo tan fragoso.
ue sus ectores le s1poe~i:m~:!~!~: e~!a ne~e~~dad die insisti1_· asi sobre el caracter artificial de esta
•
· men a e es a neces1dad de clasifica
t
•
.
ep1grafe. Pero es imposible estudiar a Daübler s· d . r es a poes1a baJo tal
h a
m ec1r cosas corno esa q
ar n creer al lector que todas las obras del poeta son dificiles s·
d' ' ue

:~:::: ~!:::::

~=:r~::~:r:~~;~re=J~~lls:sg::~:o: :: ~u:l~ui~ra \;/ s::r::i:::
dlic/1t), o una oda de su Italia, se advertiria que a Daüble e1ce1a pdarte de Norsele en f6r 1 1
.
r no pue e encerrarofrece.
mu a a guna, gracias a las excepciones copiosas y magnificas que
El examen de su intelccto y de la disci lioa d
~~:t:e la beJleza verdadera de uno y otr!, porq:es~s;:t:~!:::~~rue:1i::aq::
si m~sm:n~:sb~ant opudestos y tao varios, rompe a cada instante la valla que por
ia raza o en torno de su obra.
Con todos sus errores, y hasta en todos sus errores Daübler es a
de que la mayor parte de los poetas alemanes contem~oraneos p e~ \ granyores flaquezas a la crfüca. Pero tao rico es de cualidades
t . r -en a m ace ca · • • .
sun uosas que pare
s1
Hnsono
pretender
cootrapesarlas
A
cada
t
s
. b
J
•
momen o, por el 'empuje deu genio ruta ' consigue de golpe loque los talentos meoos ductiles edifi
con esfuerzo poco a p?co. En Jo moral como en lo fisico, es un poco desma~:~
d o, acaso, pero colosa1.

* * *
Theodor Dailble.r ha producido mucho. En poesfa, apemas de los tres volumenes de s~ N.Jrdltcht y su Hymne an Italien, ha publicado una oda Jar a titulada Hesperzen, donde hay pagiAas admirables sobre el movimiento de u:a ciu-

�LA PLUMA
1 i6n· Das Siernenkind (El niôo de las estrellas), y un libro
dad; uua br~v: co ecc. . h li We,,. (El camiuo alhmbrado por las estrellas),
bastante caot1co: De, Siern e e
0
al uuas composiciones de poco vuelo, perfectas.
.
donde
._, .zum,
.
de cuyas cinco partes bay que adm1rar
E hay
rosa gal lado de su L uciaa1
nP
'
• ·ento del drama musical, y al lado de la au·
sin reservas la que trata del nac1mt 1 ·taré Der Neue Standptmkt (El punto de
b'
f' que be nombrado an es, c1
..
t~ iogra ia ) donde defiende con simpatîa tesis que ya no son muy ong1?al~s,
v,sta nuevo '
a inas sobre Picasso y sobre Barlach, y un hbnto
pero en el que hay bu~na~ tp ·gI: Kam"'"e um di, moderne Kunst (En liza por el
de propaganda expres1on1s a. m
:r.1•
• .
d
fi
al unos recuerdos delic1osos.
art~ m~d~rno); d:i:i;/;m;:rdognable no citar la perfecta antologia de poetas

franc:se:·,

:;:~:cidos

por Daübler, que public6 con el tîtulo: Der Hahn (El Ga-

ll 0 ) sin nombre de autor.
.
· t
'
•
h bl de los muy abundantes articulos pubhcados en revis as Y
No qu1ero a ar
.
• •
d
e en. •
.
1 s escorias ue el tiempo ira ehmman o, para qu
p en6d1lco,, ~u~:1dos_dl_ecaaotorgue a T1eodor Daübler la justicia que boy le re•
tonces a oprn1on en 1
gatea un poco.

PAUL COLIN

37°

LIBROS Y RE VI ST AS
Don Ramon del Valle-lnclan.-Farsa ;v licencia de la Reina Castiza.
No han menester los lectores de LA PLUMA referencia alguua de La freina
Castiza, cuyo recuerdo para los que la conocieron en su prime ra salida, cuya
leye nda, para los que todavfa no saben de ella siuo cl escandalo movido por
·s us majezas, hadau desear su publicaci6u en libreria, que ahora se cumple, ed itada por su autor e ilustrada muy graciosamente por Vivanco.
La Reina Castiza marca la iniciaci6u, con una obra maestra, de un nuevo
propôsito liternrio en el autor de las Memorias del Marqués de B1·adom{n, de las
Comedias Barbaras y La guerra carlt'sta, de Voces de gesta y La iltfa1·quesa Rosalinda. Nuevo prop6sito que no significa rectificaci6n de los anleriorf!s, que
110 implica traici6u a los principios sustentados hasta ahora, ni, por lo tanto, a
sus adeptos, a su publit::o; pero si mayor conciencia, artistica y social, mas pasi6u, mas lmma11idad.
La protesta de los modernistas del 98, de que fué uoo de los mas deuodados paladines D. Ram6u del Valle-Inclan, tuvo eu gene ral, y muy especialmente en él, un caracter estético, esteticista. Adelaot~ndose, cou la prodigiosa intuici6n que le distingue entre todos sus contemporaneos, a la moda reacciona:ria que otros ahora traducen de las nuevas re vistas francesas, Valle-Inclau impone a su Marqués de Bradomiu uua mascara de finisimo humor vaciada eu el
rostro propio. Por mejor situarse con su héroe fu e ra del tiempo omiuoso eu
q ue le ha sido di:do uacer, pretende salvarse haciéndose campe6n de una cau~a mfrica, el carlismo, espiritualizada, susceptible de defensa poélica, precisamente en el puuto y bora eu que pierde, cou la dispersi6a de las filtimas part idas, toda sombra de realidad. Bradom,o, ademas, como Casanova, es un grau
"' mbustero. Lo que no quita para que el relato de sus hazaiias sea sincerisimo,
·con esa siaceridad que tergiversa a coucieucia los acontecimientos mas sim,ples, dotandolos de una verdad artificiosa cuya iuteuci6u revela el aoimo del
protagonista harto mejor q.i.e no la realidad a que se ve constrenido. Bradomiu, como Casanova, da por cierto lo que él hubiera querido que fuera. Romauticismo puro.
371

�LA PLUMA
LA PLUMA
Bradomio es un decadente. Es un Nai:ciso feo-f~o, cat6lico y sentimentalque se complace en contemplar sus soiiadas aventuras. Aventuras de arror. Su,
donjuanismo, con todo, es muy de su tiempo. Bradomîn cree que su tiempo no
es en el que vive. Sin embargo de lo cual, su afan retrospectivo es muy fin de
siglo. Por eso perduradn sus Memorias.
Las Comedias bdrbaras, Voces de gesta, La guerra carlista, son el intènto,
plenamente logrado en Romance de labos, d~ resolver, a la manera de Shakespeare en el juego exterior de luces y sombras, una armonia de contrarios-leyenda, poesîa, irrealidad-, transcendentes del natural solo con rehuir del na•
turalismo, es decir, estilizanao, componiendo artisticamente los elementos del
modelo real, enlon:idos en una valoraci6n trâgica, deformando obslinadamente
sus contorPIOS para obtener una teni i6n del ânimo, que pucda suplir a la fuerza cuando faite. El arte por el arte con que engaiia Bradomin sus mas nobles.
descos, vâse sustituyendo en la S('gunda ép&lt;&gt;Cd, perfectamente definida ya, de
la obra de Valle-Inclân, por una depuraci6n moral, absolut;.mente desinteresada de toda contingencia bist6rica en la conversion a la caridad del gran pecador Don Juan Manuel Montenegro; vanamentc empleada en ennoblecer con épico aliento de gesta la mezquina idea politica del rey Carlino; encamioada en la
cr6nica anecd6lica de Los cruzados de la Causa, El 1·esplandor de la hoguera y
GerifaJtes de antaito a exaltar en unos cuantos cuad,·os vivos de esplfndida traza Jas guerrillas por don Carlos, no ya solo en su aspecto pintoresco, sino en
la significaci6n religiosa y popular d-:1 movimiento.
En el trânsito de una a otra época, a modo de diversion estratégica, ensaya Vall('-[nclân la forma lirica en verso. Aromas de leyenda precede a Las Come·
dias btfrbaras, como La Pipa de Kif y Et Pasajero a La Reina Castiza.
Hétenos en un momer.to de crisis tan grave, o mas, como el que la literatura espaiiola salv6 bace veinte aiios. La guerra nos ha contagiado de su hervor,
pesc a nuestra neutralidad. iSe anuncia un mundo nuevo? Las formas literarias
se disuelveo, se atomizan sin contacto aparente con loque se llama el espiritu
pu.blico. cBizantinismo? Los nuevos ingenios, au.n DO maduros, apuntaD en eclosiones liricas prometedoras de un retorno a la poesîa pura, cabalistica, hermética, suficiente en si misma. Los ya acreditados en el comercio repiten, en el
caso mâs favorable, los mejores productos de su firma. La generaci6n del 98ticne ciucuenta aiios. Es tal vez la mejor bora de preguntar a sus hombres invitândoles a un examen de conciencia tosltoiano: •iQué es el arte? iQué debemos hacer?&gt;
Vallc-lnclan no reniega de su esteticismo. El arte es un juego. Pero hay momentos en la vida de los pueblos eu que es una inmoralidad jugar por jugar.
Este es uno. iCuâl puede ser la ob,a s0cial del artistû
No baya miedo que ouestro don Ram6o vacile. Es, ante todo, un hombre
inspirado. Lo ha sido siempre. Dispuesto a emprender un nuevo camino, are·
mozarse, a seiialar un derrotero abriéndose paso de DUevo COD eotusiasmo
juvenil y experiencia de veinticinco aiios de escritor, Val\e-Inclâo irrumpe desenfadado con uo3. sa.tira histurica.
La Farsa y licencia de la Reina Castiza, caricatura del reiDado de Isabel Il, es.

uoa representaci6n guiùolesca de • t 1
·ganado por la booachooeria de ~[~rd: fYe~d_a que do~ Benito Pérez Gald6s,
desterrada en Paris, no quiso utilizar ~s r1s~cs_destm~s&gt;, a quien conoci6
Modelo de gracia s6lo corn arable a 1 P ~a a ulttma senc de sus episc.dios.
no, escrita con desgaire y :alanura suase~eJores arsas_del Renacimiento italia~a Cru:, en versos regulares, ceiiidos !str·otes a os sametes_ d_e don ~am6n de
·nola, evocaci6n sutil de los od
ictamente a 1~ trad1c16D clâs1ca espaépoca de Gi/ Blas La G dm ls ~pulares d~l hbelo caracteristico de Ja
misma inteoci6o lit~raria d:r1:
t aca, culmina en sus breves paginas la
térmioos purameote estéticos dp ~s a del
red_ucida ~~tisticamcnte de los
y es ahora libre de toda e en on~:s a a pas16n pohhca de ahora.
pretensi6n ap~caliptica cua!:;~~~~acwn pseudo-biogrâ.fica, purgado de toda
hasta la fccha limitado' a no ma r mpera~ento combativo de Valle-lnclân,
·9-~i~re_pleoa eficacia artistica, ruJ~j,.:~eob160 que la de la m:sa del café, ad101c1ac16n de la nueva modalidad satiricaal cabo e~ una l?equena obra maestra,
de bohemia y Los cuernos de don F1·iolera i;roseg~i~a tnunfalm~~te _en Luces
voc6 sus primeros eosayos-cum J"d , ' e 1estetic1smo, la est1hzac16n a que
de Otoiio-, y la vaga iotenci6D m~r~i°!,; :xce entemente :n la magnifica Sonata
esta farsa transceDdcntal.
d después, que v1ene a concretarse en
Vuelve don kam6o del Valle-lnclân J
•
.
represeDta COD esa facilisima maestria os OJOS a 1a :eahdad y la apreheDde y
e~capando a toda consideraci6n teo··c que, por enc1ma de todo prop6sito, y
villa, divierte v excita el animo cle/\ a,/orp~ende Y capta, deslumbra y maraLA PLUMA que· el haber ublicad
ec or. . o tuviera nuoca ya otros méritos
revi;;ta tendrfa s6lo porpeso
o i:ior_livez l:&gt;6nmera La Heina Castiza y nuestra
.iterano
. contemporânèû.
•
, una sigm 1cac1 n de va n.,uar01a
a
·
• .
en e 1 mov1m1ento
1

f

Yro/

18,

373

372

�LA PLU 1\1 A

LA PLU.MA

Ûltimamente, ademas, se nota en cuanto escribe, si no mayor reflexi6nque sus obras parecen un fruto espontaneo, un relato sin composici6n ni art,ficio, y es su mejor cualidad-, cie,·ta propensi6n gustosa a interpretar psico•
16gicamente el naturaJ. Carmen de Burgos. nacida a la literatura en pleno naturalismo, ensaya ahora, acaso sin proponérselo, una especie de acompaôamiento poétic-o a la realidad que transcribe, lo cual hace que. sin esfuerzo
a parente, sin soluci6n de continuidad entre el verismo a lo Matilèe Serao y el
dctallismo humoristico a lo G6mez de la Serna, balle una manera de transici6n ,
adecuada, tanto a su temperamcnto como a la mayor facilidad y recreo dl 1
leclor.
El ambiente, la idea inicial de Los Anticuan·os, familia de espaôoles tra~plantados a Parfs vendicndo antigiled1des, es un acierto indudable. La protn
gonista, una mujer becha y derecha; algunos cap(tulos, como el de las monja~
de Toledo, sumamente sugestivos; los tipos secundarios, forzados sin empacho
a la caricatura, muy pintoresco•; la segunda parte del libro, en que se inicia y
gradua con gran habilidad el paso de las necesidades del comercio al puro en•
tusiasmo heroico, revela una intenci6n espiritua!ista, no exenta de buen hu~
mor, que realza, prestandole cierta luminosidad interior, la intriga de la nove•
la, por demas amena y divertida.

* *

*

de guiarle; si se advi_erte esa lozania y facilidad que denota al poeta verdadero, al que _sabe cons1_derar los sentimientos fundamentales del hombre O Jas
menudas c1rcunstanc1as del azar, con una emoci6n aunca interrumpida 's·e .
p re fluyente.
, 1m
Acep!a de grado Ardavfo las leyes musicales a que tenemos hecbo el oido
!os esi:_,anolos, y no_ suele pe_rmitirse licencias que pugnen por completo cou Ja
1nmed1ata percepc16n del ntmo. Mas tampoco se ciiie a reglas inflexibles v
aun adopta muchas veces un tono recitativo, fluctuante entre cl verso rigid~ y
la prosa aconsonantada y medida, que da al discurso poético cierto humorismo denso. Tampoco se arredra ante la expresi6n equivoca O vulgar ni escoge el vocablo exacto,_ o bla~do, o ei;f6nico con preferencia al que e~ un moment? dado lraduce 1mpuls1vamente su pensamiento y su St&gt;ntir. Su poesia.
rep~t.1mos, pa_re~c reco~er, en cuatro v~rsos, o en una tirada de genuino aliento lmco, senhm1er,to_s, 1_deas y basta op1niones fugaces dispersas en cl ambien~e. Y sobre todo la d1g01fica y ennoblecc la eterna inquittud, que presta al li/o, compuest0 al correr de la pluma y de los dias, grave acento elegiaco El
1bro est.i prologado por don .Miguel de Unamuno.
·

• • •
G. K. Cheaterton.-El ltombre que fué jueves.-Novela, traducida del ioglés
por Alfonso Reyes.-Calleja.

Luis Fernândez Ardavin.-La etema inquietud.-Hispania, Madrid, 1922
El primer libro de versos de Ardavin, suscit6 no hace muchos ailos justa
ldmiraci6n e intcrés en torno del joven poeta. S11 advenimiento seiialaba, si
no una modalidad nueva en las formas e ideas poéticas remozadas por los renovadores espaôoles y amcricanos de fines del s iglo pasado, la concreci6n, en
un temperamente vigoroso, de ta! revoluci6u literaria, adaptando sus conquis.
tas a la capac1dad comprensiva del publico. Ardavin pareda descle luego llamado a realizar la uni6n de la nueva poesfa con los lectores, reacios en un
principio a encender la lirica, para muchos imcomprensible, de los que ya la
juventud intelectual consideraba sus maestros y guias. Estaba, sin duda, desti·
nado a ser un poeta popular.
Sus ,1fedilaciones reprodudaa en cada pagina, casi en cada verso, la imuge11
esjontosa de la ,nuerte, caracteristica del pensamiento poético espaiiol degenerado del misticismo clârico. La auatcridad del paisaje castellano, la vida ,nutrta de las viejas ciudades, donde retumban con lugubres ecos los pasos del
tiempo, la trasposici6n al lenguaje de los sentimicntos que boy despiertan en
nosotros 111s pinturas de Valdés Leal y del Greco y un ju\·enil deseo amatorio,
contagiado de los lamentos romanticos de hace un siglo, pero cernido en el
color de las miserias presentes, constituian los temas de la poesia de Ardavin.
La eterna inquietud recoge la obra lirica del poeta en los ultirr.os aôos; no
muestra ningun cambio esencial en la contemplaci6n del mundo a travts de
un temperamento como el del autor de La dama del ormino, que ya al nacer a.
la vida literaria tenia los ojos y la concicncia hechos a la luz interior que bab1a
374

C&lt;Jntinua la casa Cal!eja la publicaciôn en espailol de las obras de Chertestoo, cuyos folletos de propaganda en pro de la cau~a de los aliados durante la
gu_erra. despertaron la curiosi~ad, acrecida luego por Ortodoxia y Ja Pequena
lltstor,a de lnglaterra, aparec1das en la misma colecci6n que abora f,_J hombre
que fué jueves.
Es ésta_una novela _tipicame~te inglesa, y, por lo tanto, adecuadîsima al
gusto espanol, par!l qu1eri_ so°:, sm dud~, harto m.is comprensibles los mayores
al,irdes del humonsmo bnt.in1co que c1ertas cualidades inherentes a la Jiteratura francesa no obstante su universalidad.
EJ hombre que f11é Yueves, tituJo sugestivo y que de primeras puede infundir
al lecto~, por su aparente extra, agancia, la sospecha de una traducci6n mala
de _tan litera(, es una nove:a policiaca; _la caricatura de _una novela policiaca, 0
me1or, la_ s.ihra_, so pretexto de tal caricatura, de bs pnncipios fondamentales
la s?ciedad rnglesa. Obra maestra de ironia, constante paradoja, espirituarnmo Juego dt:! autor, que se complace en inventar la trama novelesca para
sacar al_ punto la cabez~ :&gt;: d~scubrir ~a intriga sobre qne ergotiza, discute, brinca, se ne, se confiesa, d1v1rtiendo sutilmente al ltctor, El ltombre quefue juer,es
acaso no tenga ~tr_o defecto que el de suspender, acelerandola la marcha de
la novela Y prec1p1tarse al final en una justilicaci6n innecesaria' de las premis,, , que aœptabamos gustosi5imos.
Chesterton es cat6lico y, como Bernard Shaw, eminentemente polemista en
sus obras de entretenimiento. Traducido al franc~s hace aigu nos aiios, no ha

f ~.

375

�LA PLUMA

LA PLUMA

dejado de sentirse su influencia, s_iquiera sea indir:ctame~t;, en la re~~ci6n
literaria contra el liberalismo del s1glo xrx. En Espana mamliestase tamb1en su
influjo, mal entendido, en la conversi6n al _catolici~mo de algûn a!ltiguo anarquizante como el Sr. Maeztu. Mal entend1do dec1mos, porque s1 Chesterton
fuera espai'iot, emplearia su agillsima dialéctica en pro de la Reforma.
Sobre que Chesterton es un artista, cuyo estil~ dificilfsimo de tan anima?_o,
contundente, gracioso en grado sumo, podemos d1sfrutar merced a la version
de Alfonso Reyes.

* * *
Adolfo Salazar.-A11drtfmeda.-Bocetos de critica y estética musical.-Fr61ogo
de Pedro Henriquez de Urei'ia.-Cultura, 1921.
Reuni6n de cr6nicas, pero «no importa que sea cada pag!na ~n f:agmento'
si forman un todo en su union&gt; como traduce Salazar de Heme, 1usbficando la
divagaci6n ~parente, la inconexi6n exterior de los ensayos colecc!onados baj?
la advocaci6n de Andr6meda-«la belleza nueva, el nuevo arte, 1ove11, palpitante, llero de vida y luminoso (que) gime entre las cadenas del drag6n tricéfalo: académico, ministerial y conservador. Andr6meda espera a Perseo&gt;.
Adolfo Salazar ri.fie en peri6dicos y revistas ruda batalla en pro de la musica nueva, de la posterior a Wagner. Su teoria fondamental es el retorno a l_a
mûsica pura, elp1·ebeetkovenianismo, y, como consecuencia, las mas audaces pos1bilidades de la mûsica moderna.
Y aquî del equivoco. Porque no sé si habra quien guste de la mûsica como
ta! arte, que pueda disentir de una t_endencia mo!artian_a, o d~ la reg:esi6r. a
Monteverde o a Bach; mas no sera fa.cil que de primera mtenc16n, y s10 recurrir a la 16gica, sin ma,s que atener~e al oid~, ~cierte a compa_ginar su aquiescencia a tan grata teona, con la reahdad aud1hva que los music~~ ultramodernos nos ofrecen. Podemos estar conformes en la raz6n que as1ste a cuanto~,
como Salazar, defienden contra la costumbre rutinaria la viabilidad de toda forma nueva, por extrai'ia que nos parezca; pero hay siemp~e en toda den:iost_r~ci6n artistica un factor esencial: la genialidad o no del innovador, la reahzac1on
de su teoria.
Abora que, en el caso de Salazar, e independientemente de nuestros gustos
personales, no habra tampoco_ quien d;i~ de reco_nocer la ~xisteacia ?c ~n
nuevo aénero, el ensayo estét1co, ame01s1mo, sugendor, poét1co, es dec1r, sin
sujecié; a vcrdad alguna, ilimitado como toda fantasia sobre motivos person~les e intransferibles: ta! Andnfmecta.

* * *
Juan José Domenchlna.-Poeslas escogidas.-Edicîones Mateu. Madrid.
Dos lib.:os no mas Jleva publicados Juan José Domenchina, en edicionts
restringidas, que meredan mas atenci6n de la que los_ crîticos se han digna~o
concederles, cuando ya se lanza a dar 110 tercero, esp1gado en los dos anteno-

J"CS, con alguna~ poes~as mas, entre las cuales los poemitas que vieron la luz
en L&amp; PLUMA baJo el htulo general de La corporeidad de lo abslt·acto.
~o nos pare~e mal esa labor clc selecci6n, que revela un prurito de acab~_m1ento, de _me1ora, de depuracié~ consciente, rara vez intentado por los esc11tor:s ~span~les, mucbo 1!3Cnos s1 son poetas, y no se diga si son jévenes.
As1 d1scer01das las poes1as de Dome:ichina resalta su caracter cerebral intclectualista, concept~oso, ctifkil-r_ebuscado en ocasiones-, que constituye
para nosotros su ménto; pero que sin duda es lo que, unido a la modestia del
poeta: y as~ aleja_miento de cenaculos y drculos, baceque no sean asequibles
de I;&gt;nmera 10tenc16n a la masa de lectores, y, csto ya es peor, a los criticos de
ofic10.
Al frente del tomo, se repite el p• 6logo de Ramon Pérez de Ayala padrino
de uno de los dos libros primeros.
'

* *

*

Nicolas Beaudnin,-L'homme cosmogonzque.-Povolowzky, ed. Paris.
~icolas Beauduin dirige una revista ultramoderna, La vie des lettres, de las
vanas que demuestran hasta qué punto es intcasa la vida literaria parisiense
para sostencr multiples manifcstaciones de una misma tende11cia. L'homme cos1nogonique es una colecci6n de poemas inspirados en la agitaci6n tumultuosa
del mundo contemporaneo, expresada eu formulas abstrusas concentradas arbitrarias e incomprcnsi':&gt;les e~ defi'litiva para los que, simpl~s aficion&lt;1;dos ~ las
letras, no pue~an s~gu1r ~l ntmo de las &lt;:lucubraciones de los nuevos poetas
hasta la_ expres1611 a.gebra1ca y de calculo 111tcgral en que se comp lace el sei'ior
Bea1:1du10; dotado, por lo demas, de aguda sensibilidad y humorismo, cualidadcs 10_herentes _a ~as form?s. poéticas que _triunfan por doquier, impregnadas
del ~1smo senhm1ento arhst1co de que nac1cron en la plastica, el cubismo y el
Jutunsmo.

* * *
J. Francos Rodrignez.-Los Dias de ta Regenc,a.-Hisloria de tu que fué.Calleja.

No deja de ser curioso el efecto que produce la lcctura de este libro de un
maestro de periodistas, como acostumbran llamar sus colcgas al autor de ,._os
1
lias de la Rege11cia. No deja de ser curioso el que incluso aquellas cosas que
por haberlas oîdo referir tantas veces, casi nos atrcveriamos a escribir como
vistas, no~ parezcan, ~atalogadas y ~omentadas por &lt;;l sei'ior Fraacos Rodrîguez,
remotas, 1ncomprens1bles, mal cop1adas de rclatos mcompletos.
Los _su_cesos triviales eaumerados. con la -~isma ligereza que los grandes
:icoatecmuentos, componen una cr601ca tan hv1ana 1 un memorandum tan somero, deslabazado y sin gracia, que dcsafiamos a quien no conserve de cuar.to
a llî se recuerda una imagea pt ecisa, a que pueda reconstituir la de los primea·os ai'ios de Ja Rcgencia de dofia i\larîa Cristina.

377

�LA PLUMA

LA PLU ~1 A

Ahora, que si como documento hist6rico es malo el libro, co11;10 estilo lit~rario es un monumento de orosa torpe, cbabacana y con pretens1oot';s de clas 1cismo académico. «La obra ·de un ministro», que dida el senor Azonn.

* *

C. R. C.
'!&lt;

-Prisma, revista interoacional de poe~ia, editada muy bellam_ente en P~ris,
b~jo )a direcci6n de Rafael Lozano-cuyo hbro La_ atondra_ encandz~ada le se~aloe11tre Jos poetas j6venes de mas valer de la Aménca espa_nnla-reune ecléchcamente, con amplio senl!do liberal, den_tro de las teoden~1as modernas, los n~mhres mas prestigiosos de la lirica universal, con los pioneers de la generac16n
'! ue ahora se abre paso.
* * *
-En el Mercu,·e de France de 1.0 de juoio, r.;. Jean C_assou habla de AntoMachado: « •.• es un poeta muy profundo: qu1ero dec1r_ que todos. los elementos en que consiste la belleza de su arte estan escond1dos, como 1mper:etrables secretos. La musica de sus poemas es apag~da, y se substrae a todo
analisis: la libertad de su verso se adapta al pensam1ento, eso es todo; su armonia es menester sentirla. En Antonio Machado no bay hala~os, nada que subyugue. Se le ama, o no; sencillamcnte. No presenta superficies !?Janas; es un
poeta bacia lo bondo. Puede disecarse una Crase de Cervantes, sm que sellegne a descubrir el por qué de su hechizo;_una fras': ~e Cervantes puede estar
mejor O peor constrmda; poco importa; c1ertos esp1ntus encuentran en esa sobriedad cordial, caliente, en esa manera robusta )'. noble de_ expresarse una delectaci6n rara, Lo mismo hay que gustar loque d1ce Antonio Machado, de alma
010

a alma.
·o ·d l ·
Sus poemas, poemas cortos, no evocan_ ninguna decorac, n 1 ea , s!no aquella en que vive el poeta, y s6lo en lo prec1so para ex:traer una nos_talg1a de_ otrolugar, de otros tiempos: las calles de uno de esos pueblo~ espanol_es, tristes,
.iplastados par cl sol, un patio abandonado, una noche ar?1ente, eb~·ia, rara, un
suspiro, un llamamicnto, el rocc de una mano, al punto mterrump1dcs brutalmente.
.
.
t D
... Nada mas escueto, mas austero qt1e l~ ex1stenc1a _de estt; poe a.. e s~s..
versos se alza a veces un clamvr par hero1smos y senhmentahda~es. 1mpos1bles. Su juveotud no ha vivido, y la «triste loba• aulla. Al poeta sohtano, rayano con la vejez, tqué le resta, fuera d: S? ensueno?
No mas aventuras, ni mas descubnm1eatos que los que el P?eta ~ace en la
noche de su muado interior. AUi se encuentra con l~s hadas stlenc10sas que,
en su iafaocia, le Jlevaron en brazo!I- a una fiesta bo~:uta en la plaza de su _pueblo. Alli traducc la canci6n de las fuentes eu los patios abandonados. al pie de
los limooeros polvorientos.
.
,
1
Los poemas de Antonio Machado mezcla1;1 asi a_ sus nostalg1as la melanco.1a
de una pasi6n insatisfecba, recuerdos de la mlanc1a tra_nsformad~s acaso por
Ja apetencia que todos seotimos de crear ouestra. prop1a leyenda, l?s què «se
han criado en los cuentos de Andersen•, como d1ce Barrès, saben mventar cl-

mundo magico y singular que les form6, y de él eocuentran hucllas en todo su
dc:stino de hombres. Asi en su soledad y en sus ensuenos Machado halla las
voces, las _aspiraciones perdidas, una historia I ancia, que' babfa olvidado. Es
muy traba1oso expresar la desaz6n y el sortilegio que sirven de atm6sfern a estos poemas.
Soledad y ensueiio: es el tema eterno de la literatura esp ..nola, de G6ngora
y de Cervantes, de Santa Tere~a y de Calderon.
... Ant~nio Machado./ poeta indefinible e intraducible, ocupa en la Jiterat ura espanola un puesto umco. ':'erdad es que ~n respeto gr:inde rodea o;u ciigntdad y su soledad, pero no sé s1 ya esta arraga1da la persuasi6n de que es uno
de los poetas mas profundos y singulares que ha producido la pr0fu11da y singular Espana•.

* * *
-Les. Ma1·ges, la revista de M. r.~ontfort, publica en su numero de mayo las
cont:stac1ones _a su ~ocuesta: •1El s,glo xx, es un gran siglo?» Se trata, es claro,
del s1glo xr_x chterano• y francés. Comentando las repuestas obtenidas, M. Le
Blond escnbe entre otras cosas: •Nos hallamos ante una campana colectiva,.
que no data de boy_ (sus origenes esta.a en los escritos de M. Maurras y de
l\f. Lasserre, porno c1tar mas que esos dos nombres), y tiende a desnaturalizar
y escarnecer en bloque la época mas fecunda y brillante de nuestra historia
literaria. Se adivina el prop6sito refle:x:ivo, premeditado, de demolici6n sistematica ... Los despreci:idor~s. del siglo xrx: se reclutan entre gentes que para
pensar y ;uzgar se colocan umcamente en el punto de vista nacional. Lo que
Jes preocupa sobre todo es la supremacia francesa, del genio francés. Casi no
tienen en los labios mas palabra que esta: jfrancésl Y hasta ahora 1 con su campana loca,_s61o aciertan a proveer de armas a los agentes peores de la propaganda antifrancesa, por lo que M. Pierre Mille ha podido decir: «Durantc la
guerra los hubiesen tachado de traidores a la patria ...
... Examioemos la repercursi6n que para el parvenir de la lite,atura puede
tf&gt;ne'. esa Campana en nuestra propia casa. El fJroblema se presenta grave s; se
cons1dera hasta qué punto la guerra ha afectado a las generaciooes mas recieotcs. No s61o es mas bajo el nivel de los conocimientos, pero la curiosidad iotelectual. Los gustos son diferentes. El afao por los deportes, el excesivo ardor
que emplean en la cultura fisica, desvfa a los jôvenes del trato con las ideas.
li:l apetito de leer ha disminuido singularmente en la juveotud actual, en quien
e1 séptimo a_rt~, llamado también cinema, ha desarrollado la pereza. Pregun tadles su op11116n sobre este tema a los profesores de segunda enseiianz~ '"
quedareis edilicados. En una clase de ret6rica habra tres alumnos que conoican el uombre de Anatole France, y uoo solo acaso sabe que este insigne·
maestro es nuestro contemporaneo. En cambio, niuguno icrnora lns nombres
de Carpentier o Criqui. jNo se dira que los ouevos bachille~es esta.a enfermas
de literatural Devoran los peri6dicos deportivos; y pueden contar sin omitir
detalle la biografia de los campeones de boxeo o de foot-ball, la nomeoclatura,
y las peripecias de los nzalches mas recientes.
379

�LA PLU M1A

LA PLUMA
Las injurias contra el siglo xix llegao a punto para que esos j6venes beo•cios se las traguen. 1Qué invitaci6n a la indiferencial iPara qué conocer a los
espléodidos romaoticos, o a los grandes realistas, que pueden excitar su ioteligencia o su sensibilidad, si fueron unos cretiuos, unos locos, o pavorosos divagadores? Los escritos de esos «malos maestros•, ioo ban engeodrado aquel
deletéreo estado de espiritu que nos condujo a Charleroi, al borde del abisrno, y que nos bubiera llevado al desastre final si Le6n Daudet, al escrib1r
l'.A.vant-gue1·re, no bubiere sido el verdadero veocedor de la batalla del Marne ...? Y ,se coosagraran ma;; al culto exclusivo del atleta, expresioo superior
&lt;iel bruto moderno.•

* *

*

-La Connaissance (abri!), comieoza u:1a en cuesta con este litulo: El genio
literario y la Universidad. «El Estado pretende eoseiiacLetras, Cieocias y Artes. iC6mo es que ni un solo escritor de genio, ni uo grao escritor ha salido de
la Universidad?• De las respuestas publicadas, ootamos la de M. Abel Fau1·e,
autor de «libros crueles e interesantes• sobre cuestiones universitarias: cLa
eoseiianza de la Universidad, que, para el caso, es el Estado, fabrica loros, de
tres grados: primarios, secuodarios y superiores. A los del primer grado les
entrega certificados de estudios; a los del seguodo, titulos de bachiller; a los
-del tercero, licenciaturas y agregaciones. La Educaci6o francesa, desde lo mas
alto de la escala a Jo mas bajo, s-:Slo tira a un fin, no busca mas que una cosa: el
titulo. El titulo es el comienzo y el fin, el principio, la esencia, la raz6n misma
de la educaci6n fraucesa. Suprimase el titulo y bruscameote todo el edificio se
buode como castillo de oaipes. Desde bace aiios, oo ceso de proclamarlo: el
titulo es la podredumbre que emponzoiia la economia entera del sistema escolar. tPor qué? Porque corrompe todos los métodos oaturales de una disciplina
que podria ser 16gica y racional, swstituyeodo constantemeote y por esfuerzos
reiterados el signo a la cosa significada, Jas apariencias a las rea\idades. Por
su causa, toda la juveolud fraocesa se Jaoza a la cooquista de no pergamioo,
que ocupa el lugar de las ideas, de la originalidad persona!, del espontaneo y
libre desenvolvimiento de la iodividualidad. De ahf, el recargar los programas
de ensenaoza, el atiborrar los cerebros, el rellenar las inteligeocias, con el ejercicio iobumaoo de la memoria, y la adqui:;;ici6n de lo literai y de Jas f6rmulas.
Corno consecueocia, debilitamiento progresivo de las cttalidades invtntivas,
pérdlda del juicio, nivelaci6n de las ioteligencias. La caza del titulo contrihuye a crear ese tipo de hombre mediano, que eo cada orden de ideas pieosa
-como todo el muodo, bace loque todo el mundo, se determina por :motivos
extraiios a su personalidad propia, magnifico ignorante, muy pagado de su ig•
norancia porque le adornan las apariencias del saber y le permite bablar de
todo con imperturbable aplomo y total seguridad.&gt;
Por su parte, Maurice Barrès contesta. «Pedimos a la enseôaoza que form'!
.3eres capaces de recibir la lecci6n del geoio.•

* * *
380

ACADEMIAS
Gonza~o R. Lafora: Ensayo de interpretacùfn psicoldgica del cubismo.-Conferencia en el Ateoeo de Madrid.
Ap~~te el_ inter~s cieotifico que puedao teoer los eosayos, com-o el de ioterpretacioo ps1col6g'.ca del _arte moderoo, con que de vez en c.iaodo nos regala
el doctor Lafo:a,. lteoen s1empre cierto in te rés arlistic:o, cierta emoci6n creadora ~ue l~s distrnguen de los de otros estudiosos investigadores, e indudable
ameoida~ mc_luso ~ara el publico profano. Su ultima cooferencia en el Ateneo
de Madrid ev1dencta las cualidades que seiialamos.
Con docu~entos a la vidta-uoas cuantas obras selectas entre Jas de los
maestr?s cub1stas, f~tur!stas y expresionistas, y uoa breve antologia de textos
exegéticos que las 1ust1ficao-promovi6 e l doctor Lafora la explicaci6n del
;;te m?derno en sus manifestacione s mas absurdas e incongruentes al parece r.
ay,_ si_n duda, un punto de semejanza entre los artistas mas sigoificados del
movim,ento poet-impresionista, que, sin tener en cueota circunstancias de
orden secund~rio-la imitaci6n, la moda, el afao extravagante de sorpreoder
al buen ~urgues_-~evelan uoa inspiraci6n comun. El doctor Lafora atribuye Ja
producc16n artistica moderna al peosamiento disociado-esquizoide-del artista, _que se propone conscientemeote expresar sin aux1·1,·o de Ja composici6o
16
gicd, las seosaciooes, seotimientos, ideas, que le asaltan.
Po_r mejor d~mostrar su aserto, el doctor Lafora presenta juoto a las obras
escogidas de artistas célebres, otras, sin calidad artistica, de iiiiios y de Joc
que respondeu en la inteoci6o a la misma de los cubistas y expresionistas moas~
en boga. En ést~s se ve ab 11ltado, monstruoso, el mismo impulso inicial generador en el artlsta moderno de tan desconcertantes elucubraciones plasticas
como sueleo ofr~cer a la coosideraci6n espantada del vulgo.
. La conferenc1a del doctor Lafora ha ocasiooado alguoos comentarios apaswnados en contra, suponiendo que, como cualquier Max-Nordau preteodia
extender uoa cer~ificaci6o de locura al arte modernisimo en geoer~l.
Nada meoos c1erto. El doctor Lafora, pintor de afici6n por otra parte 505•
l~y6 de ~rop6sito toda inteuci6n de cdtica artistica. Quiso, y Jo consigui6: suscitar el_ 1nterés_ ~el publico, casi todo de pi:ofanos, que le escucbaba. sobre la
geoerac16n espmtual del fen6meoo, para muchos iocomprensible auo, de loque se ha dado en llamar por antooomasia arte moderno.

�LA PLUMA

LA PLU ~1A

Deseamos vivamente que continue sus ensayos de interpretaci6n, cxtendiéndolos a Jas manifestaciooes cubistas, futuristas, expresionistas, creacionistas dadaistas ultraistas, en la Jiteratura europea cootemp6ranea. Lo que en
es~ sentido a~unt6 ya en su conferencia del Ateneo, despert6 auo mas nuestra c&lt;1riosidad, tal vez insana.

* * *
'GACETILLA
1Cretlnos, a defenderse!-No sabiendo ya a quieo favorecer con nue~,1ras prendas protecloras, se intenta ensayar un protectorado maso _menos civil en Las Hurdes. Esta en ciernes uoa comisaria, que sera solo rned1aoa; a un
pueblo tan bajo de estatura, siempre le parecera sobradamente ~lta. ~e e~p~r_a
que los naturales sean lo bastante sensatos para no oponer res1stencra; mutil
resullarfa que los hurdanos pretendieran ampararse con el «derecho de los pequefios pueblos a disponer de si mismos• (véase: D1ccroNA_Rio DE IDKAS TRIVJ~U!S: Guerra eut·opea; Sociedad de naciones; Wilsonismo); reumda una conferenc1a
de técnicos-conferencia de las Batuecas, col!tinuaci6n de la de Pizarra-ba
declarado que ta! pequeficz se entiende del numero, no de la talla; asi es que
a los burdanos no les vale ni la Paz y Caridad. 1Pobrecillos! lA tanto llegan las
ventajas de nuestra alzada? No poseemos otros titulos para ir a inquietarlos en
sus madrigueras. jNi siquiera estiin incluidos en el testamento de Isab~l la Cat61ica! Si tienen hambre, si no saben leer ni escribir, a otros tan faméhcos, tan
barbaros pudiéramos proteger, que no se protegen; lo decisivo, lo grav~ es q~e
son cretinos. Algun escritor se alarma, pensan40 que al propalar la ex1stenc1a
del cretinismo en Espaiia nos perjudicamos en la opinion extranjera. Pero que
·hay cretinos en Espaiia es un secreto a voces; eso en pri:ner lugar. En s~gundo si en el extranje:-o también los hay, sera.a unos cretinos mucho meiorcs,
mâs acabados cretinos que los de aqui, y no se mezclaran en asuntos de go"bierno, de letras y de armas, como se mezclan los espaêioles cretos, haciéndose
pasar por Jo que no son. Y tercero: lo intolerable es que haya •~antos cretinos
bajo una !inde•; esta es la opini6n de los técnicos. Que anden d1spersos por la
uaci6n importa poco; pero que se concentren a millares, aunque sea en los
aparta~os y altos valles donde viven los hurdanos, es peligrosisimo. Todo JO

-que se concentra, es mas vigoroso que si se enrarece-excepto el liberalismo,
que al concentrarse se evapora-; un gran conclave de cretinos, como el de Las
Hurdes, debe de ser para el cuerpo social una infecci6n mucho mas violent a
qae si los mismos cretinos viviesen separados. Asi, pues, hay que protegerlos
hasta que se acaben.
Varios métodos puedeo emplearse:
0
1. Matarlos a todos. Un par de operaciones de policia no dejarfa ni los rabos. Este es un método costosisimo.
0
2.
Enviarlos pensionados, hasta que adqu ieran la técoica del cretinismo
en el extraojero. (Esta idea acaba de ocurrfrsenos como si tal cosa; no podemos
desarrollarla porque esta en prensa el numero). Tropezaria con la oposici6n de
los reaccionarios. ,Qué necesidad tenemos del extranjero, o de imitar malamente loque hay bueno en casa? La experiencia prueba-afiadfrian-que con
los métodos espaiioles puede formarse tan buenos cretinos .:omo en cualquier
pais del mundo.
3.° Formarles un expediente para &lt;depurar responsabilidades&gt;, y enter~rse de quien fué el primero que naci6 creto; y
0
4.
Que el Sr. Cierva, u otra personalidad relevante, les pronuncie un discurso, incitandoles a crecer, aunque sea solo por patriotismo, y a no multiplicarse mas, hasta que hayan crecido.
Entre esos métodos hay que decidirse. &lt;Quién ha de aplicarlos? La elecci6n
de Mediano Comisario, representante del Protectorado, es ardua. Aqui los pre,cedeotes no sirven de nada. Cuando en Soria pidieron que su provincia se re bautizase con el nombre de Numancia, dijimos: «Nombraran gobernador a Escipion Emiliano, que aceptara pJr patriotismo un puesto inferior a su catego.
ria!• Pero en Las Hurdes hace falta un comisario civil, o dvico-eclesiastico no
un general. Dicese que nombraran a D. Abilio Ca!Jer6n, uno que fué mini~tro
y dej6 fama de austero porque adopt6 como emblema las iniciales del servicio
de Obras Publicas: O. P., que significa: Onradez Palentina.

*

* *

Libros recibidos.-J ulio End ara: José lngenieros y etjorvenir èe ta filosofla
Buenos Aires, Agenda general de libr&lt;!ria.-Molière: Et Amo,· Médico (trad. de
Narciso Alonso Cortés), Valladolid, 1922.-Céline Arnauld: Point de mire, Pari~,
f'ovolozky, 1921.-Luis H. Delgado: El joema tt-iunfat, Paris, 1921.-1\Iariano

�LA PLUMA
Aramburo: Discunos, Garcia Monge, San José de Costa Rica, 1922.-R. Buendfa.
Abreu: Luz, Barcelona, 1922.-Manuel Velasquez: Mad,·e, El Convivio, Garda,
Monge, ed. San José de Costa Rica.

Revistas.-Mercu1·e de .F,·ance, Paris. - Le Progrès Civique, Paris. - La
Connaissance, Paris.-La Revue de l' Epoque, Paris.- Vida Nuestt·a, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Amet"icano, San José de Costa Rica,
Le C,·apouillot, Paris.-Belles Lettr.:s, Paris.-Cultu,·a VeneZ1Jlana, Caracas.Die Aktion, BerHn.-Pegaso, l\fontevideo.-Cuba Contemporanea, La Habaoa.Babel, Buenos Aires.-Po,.s{a ed .frte, Ferrara.-Espaiia ;v América, Cadiz.-Hel'mes. Bilbao.-L' Art Libre. Bruselas.-Ça b·a, Amberes.-La Romia, Roma.
La No•,velle Revue F,-ançaise, Paris.-Indice, Maddd.-Cosmopolis, Madrid.-The
Living Age, Boston.-Espana, Madrid.-Les Marges, Paris.-P1'isma, Paris.Signaux de France et de Belgique, Bruselas.-Los Nuevos, Montevideo. --Revue de
l'Amérique latine, Parl'.s.-.Le Thyrse, Bruselas.-Intentions, Paris.-La Revue de
Genève, Ginebra-Feuilles Libres, Pads.-Le Maglt'o, Bolonia. - La Vie des lettres, Paris.-Hispania, Paris.-Ateneo de Honduras, Tegucigalpa.-Revista Parlamenta,·ia de C11ha, La Hab&amp;oa.-Gandù·ea, Cluj.-Le Disque Vert, Paris-Bru~elas.-Nuestra América, Buenos Aires.-CJaridad, Santiago de Chile.-Af"id,.
l\fontevideo.-America Brasilûra, Rio de Janeiro. -Zun-otnica, Cracovia.-Aperusen, Perusa.-Caminos, Barraoqui!la.-La Revzte d' aujou:-d'kui, Bruse!as.

FIN

DEL

votU?d.EN IV

�</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>ANO 111.

MADRID, MAYO 1922

NÛ.M. 24.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

•1œJ•cf•
'

XII

con frase acerada el Padre Miguelez: •No es necesario
que el Septentri6n los lance; jlos barbaros estan en Espafia!»

Debo al Escorial-a sus escuelas-eJ apresto necesario para entender esa maxima, impregnada de espafiolismo, y recibirJa en espiritu y verdad; y a la percepci6n cabal de su sentido
-decadencia del estado glorioso preexistente-, una timidez egoista, un recelo, que me impedian avanzar por la ruta abierta a mis sentimientos espafiolisimos. Me atollaba sin saberlo en un desbarajuste
raro; la pasi6n nacional, encandilada por muchos cebos, queria encabritarse y a!zaba la cerviz soberbia: puro goce de dar suelta al orgullo y henchir con su viento el énfasis, la hipérbole y otras capacidades donde asiste el desenfreno. El animo se Ianzaba en taI orgia por
engreirse a sus anchas una vez siquiera: éraie permitida toda licencia, en raz6n del objeto sublime. Pero buscaba saciedad apacible, que
no martirios nuevos. Al desmandarse, la pasi6n nacional embestia
2 57

�LA PLUMA

LA PLUMA
con el cimiento hist6rico de nuestra noci6n de Espafia, y replegaba,

)

,I

fJ

maltrecha, las alas.
Tarde comencé a ser espafiol. De mozo me criaba en un espafiolismo edénico, sin acepci6n de bienes y males. Veia en el mapa las
lindes de una Espafia, pero éste era nombre sin faz; moralmente, no
advertia sus limites, ni sospechaba que los hubiese. Las anécdotas
colegidas bajo el r6tulo de Historia general no vivian mas que un
libro de estampas. Acaso me deslumbr6 el gran fuego de nuestro
hogar alcalaino. Restos de la tradici6n literaria complutense aleteaban en mi pueblo al declinar el siglo diez y nueve. Juristas viejos, imbuidos de humanidades; algun hidalgo desvencijado, sin dos adarmes de meollo, recitador de Horacio; labradores ricos que empezaran
en su mocedad a cursar «estudios mayores»; escribas de la curia toledana, que a poco mâs hubieran alcanzado a F16rez embanastado en
su celda de San Agustin; y un can6nigo, el ultimo catedrâtico de la
Universidad, que rouri6 de un atrac6n de sandia..., mantuvieron en
Alcalâ el culto fervoroso de los antepasados. No vivian en su tiempo; el mundo no rodaba desde el dia roismo que la Universidad de
Cisneros se cerr6; las prensas dejaron de parir en cuanto los t6rculos alcalainos se enmohecieron. En sus rancios libros, en sus buenos
libros-hechos trizas luego, cuando sus bibliotecas dilapidadas fueron a parar en las droguerias-, se empapaban de erudici6n anodina. Sabian los aniversarios, las idas y venidas de los héroes, sus posadas, sus sepulturas. Eran tercos, grandilocuentes. Daban guardia
a la cuna de Cervantes, defendiéndola de los manchegos rapaces venidos por hurtarla. Cisneros llamâbase siempre «el conquistador de
Oran&gt;; Cervantes, «el principe de los ingenios:l' , «el manco de Lepanto&gt;, «el cautivo de Argel&gt;, «el manco sano», con otras perifrasis
no usadas. Juntabanse y se rejuntaban para proferir discursos, loas
poéticas, vejâmenes, ditirambos; glosas al «libro inmortal»; loores del
258

conde de Lemos; denuestos venenosos co
.
go. Nadie mas odiado que el
ntra Avellaneda, el sacrilesupuesto Avellaned d
,
das. H e necesitado llegar al "-&lt;p·ice d e 1a cordura p a, espues de Juta de que nada malo me ha he h O l
ara caer en la cuen.
c e misterioso
·
.
ofend1do con él ni he de v
personaJe; m estoy
.
'
engar en su memoria
·
patnotas alcalainos alborotaba I
agrav10 alguno. Los
f .,
n e manso cotarro de
l
pro us10n de memorias, veladas, la idas .
. . su ugar con
pero su patriotismo era local N
p
' ~lummac10nes, catafalcos;
AJcala, no la de Espafia Es . os, pil~rsuadian la grandeza ûnica de
.
veros1m que el s l 1 .
de la ciudad poseen una virtud
d'
ue o, e aire o el agua
.,
pre isponente para la 1 .
sabe qu1en otorga mâs a q ., . 1
.
g ona, y no se
. .
Ulen. e gemo a la ciudad s · 1 h d
p1c10 le encamina a ver en ella 1a 1uz, o la cmdad
.
,
1
e· a o proal
amasandoIo con ingredientes nada comunes. Esta opinion esgemo,
1 ,
..tble. E. 1 buen alcalaino créese no menos que copartici e a mas proba1 Q ..
e, e mcluso generador alicuota d 1
p en e lllJOen Alcalâ fué el acierto de ese i e _a_ p~rsona de Cervantes. Nacer
le habrian mentado como
n~emo, s1 aparece en otro pueblo no
,
no m1entan a otros v
salvo q_ue un rayito del sol alcalaino los alumbre a;_nes e~celentes,
obra mtlagros dondequiera, ha hecho en A!cala prodio-·
. !OS m1smo,
que
d
esaforadpos. .En suma: es pueblo elegi.do, colaborador en los d,.,10s
· .
rov1dencia. La historia era inteligible si
,
es1gmos de la
y acento complutenses· cuando
, pod1amos prestarle rostro
Participabamos en ella 'como e ~~-' c~1a en 1~ tinieblas exteriores.
yecinos. La actitud
. n yue a repartida entre el comûn de
, de pasmo, el tono ponderativo· el tem l
so; y como ejercicio-que suple a los .
1
b,
p e, gozobito d l b
impu sos a ortados
el ha
e a a arse por méritos del r6ïmo
.
-,
~ ropias lo , ·
.
p ~
' Y el mirar como prendas
mas mcomumcable y azariento d l
b
P:;ci6~ per~onal o las mercedes gratuita/
1:sr~~s~:::::~ela
p - mo o directo, ya sus representantes en el reino de Toi d l
senores arzobispos.
e o, os

y:

6~;;

259

�LA PLUMA

i
tl

Advine al rango de espaii.ol por dos caminos: ensanchando hasta
el confin de la Peninsula el area plantada de laureles y robândole a mi propensi6n admirativa su inoperante candor. Temblé con
emociones menos suaves; descubri un antagonismo; milité contra
las fuerzas agresivas, dotadas de significancia moral opuesta a la que
ministraban los frailes. Mis sentimientos espaii.olistas ganaron en
violencia lo que perdian de libertad, y retrayéndose a su origen, oprimidos, zumbaron amenazas sordas, como nube de pedrisco a punto
de desgajarse. No me bast6, llanamente, engrosar el caudal de las
cosas que sabia, ni seguir la inclinaci6n del instinto, para verme de
pronto roido por el despecho, abrasado de malquerencias, o presa
de abatimiento rencoroso, como quien viene lisiado al mundo, o enfermo incurable, o desposeido sin justicia de alguna cualidad com(m
al mayor numero de gente. En el pasto de que iba nutriéndose mi
opinion de espaii.ol, debieron de echar cierta levadura que se agri6.
Padeciamos en cuanto espaii.oles la suerte de Abel. Nuestra virtud,
la superior comprensi6n del plan eterno, suscitaron la liga de los
barbaros con el espiritu del mal. Es el espafiol semidios derrocado; su generosidad pertenece a otro siglo. De tal manera, descubrlr
nuestra posici6n en el mundo-el crimen contra Espafia, escândalo
de la Historia-y quedar emponzoii.ados, viendo frustrarse en la raiz
las esperanzas naturales, era todo uno. A quien aborreciamos mas:
si al extranjero envidioso o a los espaii.oles ap6statas-los bârbaros
del Padre Miguelez-, no lo recuerdo.
Los frailes bubieran podido son1eternos a dos férulas: juridica
e hist6rica, y elevar el tono de nuestro caracter, no ya formarnos la
inteligencia. El estudio del derecho-sin la infecci6n de bajo y estéril profesionalismo que desde el origen lo dafiaba-habria servido
no solo para lograr la destreza formai del juicio y aguzarlo, mas para
insertar la noci6n de la ley en las apetencias profundas de nuestra
260
r

LA PLUMA

1

vida moral, si le hubiese precedido una
1
.,
•
de justicia. La materia de la historia no h e~p, an~c1on sena de la idea
capacidad de discurso pon1'e' d
a na solo mejorado nuestra
,
n onos como critic
._
valor de los testimonios pero nos h b'
.
os a escudnnar el
.
'
u iese ab1erto ese h ·
blado y puesto en esa altura p
b
onzonte venara 1a o servaci6n dond 1 f . 1
perece. Los frailes que admitia 1 d
e a nvo idad
'
n e erecho natural O
h
una historia natural de los m6vî h
f
, n sospec ahan
cos legistas a las abstracciones ~ ets ~manos. bamos de los recovem enc1onadas Aprend d
h
andar al estricote con f6rmulas h
.
.. .
er erec o, era
ficil es que un mozo se a Id uerdas, la h1stona, proselitismo. Dimo e a ecorar los
't 1
Real; si el celo del maestro cho
1
cap1 u os del Fuero
.
ca con a desgana del al
é
qu1en acierta. Viéndonos rebeldes a su d ' . .
umno, ste es
grit6 un dia: «Mariana os tomaré I l '61sc1plma, el Padre R. nos
a ecc1 n con puntos
LI egado ese mafiana empez6 al .
d .
y comas.»
gu1en a ec1r gravem t . L . ,
novena, punto Rota en .1 d
en e. « ecc1on
•
m1 oe azos la unidad
. 1
rompe también la unidad le ·1
.
nac10na coma se
ga p unto.» La mdign ., d 1 .
nuestra alo-azara probaban d
,
ac10n e fralle y
ahora el g:sto con que Jas ~ qtul~ par~e estaba el ridiculo. Repaso
m e 1genc1as deformadas
t
postura, se habrian avezado a
I
por an mala

:;:';~::,;::~~;:,:;':'.~:::::;,:i:::.~::::::~:6~::,:~:

su color, palpar los contornos a ' p:sa~ una piedra, notar su forma
mundo de aquella su re rese , ~re en er _con los sentidos; sacar el
d6nde lo veiamos gira!do ;~::t~i~tém1ca, del torbeilino oratorio
rqué alivio! Tal como respirar el aire h~;:d su reposo, en su bulto,
cerrona en atm6sfera v· . d
o campestra tras una enmovia, acaso, en la div~c:;6: ~ese:abl~n apetito d~I mismo orden me
figuras sacadas de Ios libros de : t . eNIescenano del Escorial con
is ona. o me jacto de heb
to a prueba en esa porci6n de .
. er puescritica. El primer afio m 1 ~1 cultura de entonces, mi sagacidad
e p an earon esta dificultad: «&lt;Fueron los
261

�LA PLUMA

LA PLUMA

..
l

concilios de Toledo verdaderas Cortes?&gt; Hecho alarde de las opiniones contradictorias, como eran de peso igual, la cuesti6n qued6
indecisa. Al ano siguiente, de nuevo tropecé con ella; el tiempo no la
habia esclarecido. Desde entonces, no vi texto ni me encaré con profesor que no me la propusiesen. Y el dia venturoso en que, dentro de la zar.urda maloliente de la Universidad de Madrid me preparaba a cortar del ârbol académico la valiosa borla doctoral, un
sacerdote valetudinario, parapetado detras de una mesa, me espet6,
después de interrogarme sobre Sim6n Mago, el insoluble enigma:
«&lt;Fueron los concilios de Toledo verdaderas Cortes?~ Todavia es esta
la bora en que no lo sé.
Mas que por insuficiencia critica, advertida apenas, la historia me
fatigaba por su aridez inhumana. Con estar incorporada sucintamente en unas docenas de personajes grandiosos, la catadura de estos
héroes no era de hombre. Habian llegado al mundo con el encargo
de recitar un papel aprendido de memoria, y colmar los decretos providenciales. No aprendiamos nosotros lo que ellos hicieron; mas parecia que ellos se adelantaron a cumplir lo escrito. Quien debia salir
sobresaliente en los exâmenes no eramos los estudiantes, aprendiéndonos la lecci6n de los Reyes Cat61icos, sino los Reyes Cat6licos
mismos, que sin olvidar punto ni coma (ni la conquista de Granada,
ni el descubrimiento de América, ni la expulsi6n de los judios, en
fin, nada), respondieron muy bien a todas las preguntas que les concernian en el Gran Programa. La historia se ahilaba en la longura del
tiempo; perdia corporeidad, densidad; diferencias insondables separaban las edades; lo inmanente era la venganza de Dios. Por ventura
presentia yo el rumor lejano de un caudal de emociones retrospectivas,
y en modos pueriles tanteaba su invenci6n, poblando la tierra que
alcanzaban a ver mis ojos con gentes de los siglos esquilmados. Habriame dicho: «Aqui estamos los de siempre&gt;; si hubiese sido capaz

de pensarlo. Me sorprende la magnitud del esfuerzo que necesitaba
para mantener presente esta idea: que Ios peones de Ja historia no son
seres
. fantasmales, ni. conceptos de la escuela·• otros h om bres, amortaJa~os hoy en los hbros, gravitaron sobre esta tierra misma, se esparc1eron en es~ naturaleza; aunque hallandome muy apoderado de
ella, se .me antoJaba proyecci6n enteramente mi'a • Abrazan
-" d ome con
lo
sensible,
me
representaba
la
perennidad
de
sus
formas
t
, d
. .
, y a I puno_ surg1~n el pa_1saJe, también con trazos perennes, los seres vivos,
t~butanos del m1smo sol. Sobre el material humano resucitado
•
dia
echar
el
color
hist6rico
que
me
conv
·
n
·
ese
El
Il
'
po
11 .
_
ano y 1a montana, la luz, prestaban un fondo invariable; el recruerillo que cor ,
J I d h"
.
o
na por
e au .a e 1stona se mudaba P.n catarata , nacida en mi·s sensac10nes,
·
en mis d seos.. Atroné los términos del Escorial con batallas, desfil~s, ~acenas. l\1is representaciones de la historia eran de movimiento
fulg_1das, sonor~s; mas no pasé de ahi, de la câscara. Pasiones, no 1~
h~b1a, no acerte yo a prestarselas a los héroes; su resorte era la vamdad ostent~sa, el saber que alguien estaba mirandolos: mis reyes
caba~gaban ~1empre_con manto rozagante y estoque en el puiio. Me
humilia esa _1~capac1~ad para la invenci6n verdadera: ya Jas tocase
con el mornon del Cid o con la boina carlista, tantas fi guras veman
,
a se~ una sola, como una voz sola repetia las arengas, las palabras
sublimes que les achacaban Ios textos.

7

MANUEL AZA~A
(Conti11uard.)

�LA PLUMA

EL NOVELIST A
(NOVELARIO)
(CONTINUACIÔN}

CAPÎTULO XXVI

·f
♦ j

1

..
..,
.. l
.

encotdraba un itnpuro sabo~ e:z aquell~ mujer, que s;
la pegaba con su padre, y que quzzas se habza burlado de e'L
antes de que se enterase.
.
Andrés se jijaba mucho en ella. lzacimdn como que ;ugaba
en la cocina observandfJ la bombiila desnuda que como tm
péndulo pende del teck; de la cocina, co,i su flexible lleno de moscas
muertas.
.
J. . , .
jQué gran realidad tumefacta, innoble, esclavzz~da, zzp,ocnta,, sensual, tomaba la vida, apoydndose en el fogdn y vzendo como Mzcaela
cositi alrededor del lzuevo de la costura!
Ese huevo de madera le abstraia. Se le veia por entre el_ roto del calcetin, y Andrés, con cierta friolencit: en todo su cuerpo, mieiztr':s espe:
raba que la cena le cordializase, dzvagaba sobre e~e huevo t~ste, mo
ndtono lobanillo bozio grt?-n almendra mtre la encza Y la meplla._ ada
Micaela teMi~ una gran facultad de abstraccidn y se la veia olvzd
de la sensualidad que buscaba los p,isillos Y movia la _Puert~ d~ co,;vento del c1tarto de las rriadas con su enonne !lave, mas ordmana qz e
Iodas las de la casa, siempre puesta.
.
Micaela tenia miradas oculta~, miradas oscuras que mzraban no u
sabia ddnde. 1Se acordaba de alguna de las pe~s~11as de las otras casas
en que habia estado? Parecia que entraba una vzszta de las muclzas a las
que habia abierto la puerta.
. ad
l +. d
Esas mi.radas perdidas de las criadas JOn co!1io ~ttr as a .1 ?11 0
oscuro del cuarto de los bau/es en el que hay mzsterzos, reconvenczones
NDRÉS

•)

."
tl

..'

y anhtlos.
il de
· 1 Eso
·Con qué reposo estaba Micaela sentada en las sz as
cocwa.
Je q~itaba a él toda actividad, le llenaba de calambres de perezas. Ella'

al coser, ocultaba sus senos con la cabeza y le quitaba a Andrés pensar
cdmo eran de imposibles en aquel momento, cdmo la mz·rada sostJechC'Sa de
la cocinera evitaba que los buscase éi; y la misma Micaela se sentia tranquila y satisfec!ta, defendida con la compaii.ia de su compaiiera. / CudnJas veces !tabia temido las asecha11zas y las coincidencias de los pasillos
repltgdndose al lado de su compaitera con algo de fiero perro pachtfn.
And1·és aplicaba a Micaela cosas de la cocinera y se daba cuenta de
!tasta ddnde son conmovedoras las criadas. Su cocinera era una cocinera
muy antigua en la casa, que g-uardaba, como solo stt padre los guardaba, retratos de los niiios allddndose en la mindita.
Andrés pensaba en Iodas las criadas que habia tenido, y ya "l'eia a
algu11as mzey borrosamente. Entre todas habia una que se le habia olvidado absolutamente. tCdmo era aquélla?
Algunas se ca.saron en la casa, y esas le fueron in.fie/es al senorito
con sus propios maridos. No debieron ptgdrsela al seiiorito con sus maridos, porque entre el senori:o y su marido hay una gran diferencia. Es
menos arbitrario y cruel con ellas el seiiorito que el que las haya desbosado.
Andrés, observando a aquella mujer hipdcrita, miraba su zurcido
largos ratos y recordaba aquella criada que sin saber cdmo, porque nadie habia notado nada, did a luz zm niiio en la alcoba oscura y desmantelada de su casa.
-1No seria otro hermanito, otro !tijo de su padre?
Valid la pena de ver cdmo se cumplia un acto asi en tma habitacidn
oscura. Nadie habia entrado a ver a aquella mujer que convertia su
cama en cama dt hospital, dando al fondo de la casa un aire de sitù,
sostmido por la caridad publica.
Una voz débit daba la voz de alarma de lo que habia sucedido. Eu
toda la vecindad habia espectacidn y burla, y le habian achacado cl ckico
a Andrés.
Andrés, vestida con los trajes viejos y potrosos de hace varias inviernos y con las zapatillas ,de orillo, seguia con las manas en los bolsil!os,
apoyado en el fogdn y recibiendo de vez en cuando los empu:fones de la
cocinera que 11ecesitaba sitio.
Toda la melancolia de las criadas le llenaba. Se sentia el criado
entre las criadas.

264

,

�LA PLUMA

.

)

. t·
4

j

..•

Pensaba que lo mds triste en la vida de ~as criadas son las despedidas y que toda su vida estâ llena de despedzd:1,s,
Unas veces porque el/as eran las que se _iban: ~ otras po~que eran
sus compaiieras las que se 11za~·ckaban. Habian vwzdo e'! la mzsma casa,
bajo el mismo tecko; m la 11ttsma alcoba, llena d~ ruzdos de mue/les,
ltabian salido juntas y ltabian .corrida ~nucho cr:,~zno para acab~r cansadas y aburridas. En la Navzdad kabzan partzctpado de la_Navuia~ de
la casa, atiborrdudose de sobras, de empanados de mazapu.~, de vznos.
y con todo eso, a lo mejor llegaba la mata_ lwra y se rfespedzan.
.
Andrés, que esperaba air las nueve, miraba a Mzcllela, cuya ~tpocresia natural y cuyo cinism0 recondito le asombraban; La ;ocznera
Jreia patatas y las iba dejando en el plato, del que Andres cogza algunas, sopldndolas como a ckurros reczentes.
.
,
Las nueve dieron y se oyeron los paso! kacza el comedor, lev~ntandose _!i,ficaela para ir a servir la mesa, de_jaudo clavado en el zurczdo, en
la cocorota, el huevo tstéril.
CAPfTULO

1
.1

•.

tl .

"

·.

LA PLUMA

xxxn

Micaela, aquella tarde, porque ya era tarde y si tardaba mds se la
reconoceria, se jué a casa de la mu._jer que sabia detener lo que toda la
naturaleza se empeiia encarnizadamente que sea_fat~l.
.
Salio de ella la decisidn de ir a la casa mzsterzosa cuyos crzstales
ltacian opacos esas calcomanias losangeadas que cu_bren: gen_eralmente
[as ventanas de los retretes y las de algunas galerzas zntenores para
que el patio no vea el pasar por ellas de los_ veci~os.
_ ,
Tuvo que aprovecltar un domingo para tr _allt, pues qu.zzas_ no la ltubieran dada penniso entre semana, pues la senora era '"!uy e::ngente. No
quiso oir encima el sarcasmo de no concederla el penmso _Para no emparentar con el/a, para sacriftcar la rama a la que ya tenza derecko.
1Qué gran resignacionl
_
La matrona, que la esperaba ya en la casa de los cristales turbios,
estaba pronta a cumplir su mision.
.r:•
-iPero no me mnrirû-pregunto lr11_caela con mte~O,
-No, mufcr-dijo aquella mujer v_alzen_te, que ~amb?é~ ~abza a/rontar la vida como nu la saben afrontar nz los ;ueces nt los medzcos mzsmos.
266

Ella n,o dtbia ni p~d!a recapacitar lo que la que, ian hacer recapaci-

tar, y tenta el gesto ràptdo, violenta, seguro, absolutivo que era neêesario, en sus manas j,u~tes de lzuesos muy bien desa, rollados y mu.y separados unos de otros, s1e11do su mar.o, mdJ que una mano, la maquinaria
de una m11no.
-Tu mir~ aquel ~uadro-la dijo la mujer, vestida con el tra_je de
luto con enca;es aman/los, que la componia zma eûraiza toi/ete de verduga siltnciosa.
-Lo que usted mande-dijo ilficaela con su docilidad de escla-m
ecltd.11d.1se kacia ah ds en el sillon operatorio.
'
La matro11a, como un gato de p, esa, p, epa, aba et golpe de hoz que
hay que dar con buen golpe de segadora. Realzzaba la operacion sin practicante, la opera~z'dn que se realiza por debajo de la mesa, la operacion
cuyo ll:rod!llamunto de la opera dora te11ia la obscmidad reparad&lt;Jra y
sanguinana de los lzumanos sacrifiâos a Moloclt .
Toda la sensacùfll dominical se ezplayaba fuera, y en el gabinete
ltabia el tono de las meriendas y los tes caserillos de los domingos por
la tarde. Todas las sombras de los muebles J' la g, an coloracion en situacion de descanso de las casas, seiialaban el domi11go en «su lugar
descansen» .
Era Micaela pd!ida, bonitilla, con cara de szifrimiento por el trabajo
mds que por el placer, como la cliente/a del dentista al que éste va a sacar los dieu tes y las encias.
El sillon de operaciones de lz comadrona era un sillon de sentarse y
nact,i mds, un sillon de ![tdapercha.
.J.!icaela sentia en media de tudo el escalofrio de a.quel/a a la que van
a qztztar el alma, a la que van a desholfinar del espiritu.
Saco la pulsera de ùifanticida. lba a pasar por el albur de estar en
una carcel coma ùifanticida varias aiïos. Y si nadze se daba cttenta, si
las comadres q_ue guluzanean conzo perros no encontraban la huella por
alguna parfe, tba a estar tranquila, esbelta, sin que los ri.nones la pesasen como piedras, coma riiïones fiisiles y obturados.
Entre el decorado habia ttJt cuadro de tm mdrtir vtrdadera indiscrecidn en la que ,u1die caia en el gabinete.
'
, Unas tijéras que habi 1 sobre la cornisa de la 111dqui11a de caser pareczan tener que ver a~g-o con lo que sucedia en la habitacion.

�LA PLUMA
LA PLUMA

.)

. !'
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ÎII

1
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"

1Qué lejos dt los organillos y las marchas incesa11tes y forzadas
ltacia el campo estaba aquella tarde Micaelal
-Mds vale esto que hacer u1i desgraciado-dijo ella por justifiecir
la pausa, mientras miraba el cuadro qUI' la habia aconsejado la matrona, con tl tono indi,ferente con que se habla con el fotdgrafo que ha aconse_jado el mismo torticolismo de la cabeza.
La segadora que operaba sin cloroformizar, y asi, a simple vista,
sin vestirse el ma11dildn de las ope1 aciones,practicaba su acto con sigilo
pero con presteza y fuerza de dedos, con ese engancke con que los pescaderos abren el besugo y le sacan todo el tripa_jo.
Como las heridas y los desgarramientos eran recientes, el dolor no
se /zacia sentir, y la matrona, para evitar que Je quedase alti sin poderse mover, la e:rigid los catorce duros y la aconsejd que sin p1trarse,
•sin dejar de andar, se f11ese a su casa y que no se asustase si echaba
.sangre.
-Llevas una pidserita que acabard de estrangular y cortar, al cabo
d e dos dias, lo que me kas pedido que te arranque... Caerd con ello ...
Ya lo sabes.
Micaela bajd aque/las escaüras con cuidado, con miedo de que la
vfctima que llevaba colgada como un ahorcado se la escapase, se saliese
de su cuerda, se cayese de su suspension.
1Qué camino mds dificil hizo hasta su casa, a contrapelo de la corriente del d omingo, que ibu hacia las afuerasl Se paraba como la mujer débit cuyas piernas se doblan, pero con un dnimo inmenso volvia a
ponerse en marcha. No podia sucederla que la tuviesen que hacer la sillita de la reina pr;zra llevarla a la casa de socorro, donde descubrida11
la !rampa horrenda que acaba de hacerle a la vida.
Llegd a su casa y se comenzd a sentir enferma, a no poder mds, a
1recesitar unas pasarelas en las paredes lisas y resbaladizas de los pasillos.
•
Pretestd un catarro, una indisposicidn subita.
Los dos Andreses, padre e hy·o, dentro de la mayor hipocresia, disuadieron a la madre, a la gran Basilisco, de la sospecha que tenia que
.aquello era gandulitis o quizds borrachera de domingo.
La proporcidn imnensa del sacrificio solitario de aquella mujer que
dor1nia con su compaiiera y que no podia dejar traslucir ni siquiera a

ta11 frattrnal esclava el secreto de sus su"rimient
. . .
mtnso.
~'
os, era un sacrificw zn-

Ellos no querian darse por enterados por
. . .
,
los catorce duros.
'
que nz szquzera querzan dar
Se apa.garon las luces de la casa sobre I ,fi . .
Mic~ela, a la que la subita caida en la brec%a -:;:
de~~ pobre
halbzadopluesto gafas azules, las gafas azules de las ojeras des{,,bitada~l°Je.
os
ores un poco sobrehumanos.
Toda la casa entrd en el silencio l
l
al sermon La sombrap
, .
vu gar, Y as cucarachas salieron
colocadas
el nasill parecza zr a tropezar en el silencio con las sil/as
.
r
o, ero no tropezaba. Se temia
h
puszese a rebullir en el silencio de la noche pe t, :aue unb pue ero se
en guardar silencio hasta la maiiana.
' ro o esta a conforme
. Pero en ese silencio se oyd de pronto
. de
Mzcaela, que llamaba:
un grzto
la compaiiera de-1Se1iorita! 1Seiiorita/
Se levantaron todos. Por el montante de l. l b de l
.
veîa la luz de ,11 bl da , ,.,. ,.,
.
·
a a co a
as cnadas se
. d.e l
. da sro a ' soruiu11, szn adornos, sin ·ventilacidn del cuarto
as crza s.
,
Ya la cocinera salia al pasillo envuelta en la «sali.da de t t
que el dia que la to b
l'
b .
ea ro&gt; con
tarde.
ca a sa ta a a rzr al seiiorito Andrés cuando volvia

F:i,~Z:.,.~'Ja

:.n

-Seiiorita... Seiioritos-dy'o al ver/es a todos- 1u·
l.
,.,_
gra corre l
deb .
, Y1 tcae a se cu:sana sangre P~r
a;o de la cama y sale ya al pasillo S. 'l
se
quf)ado un poquzto Y después se ha quedado desmayada ... o o
. a tocaron; e:!aba yerta. Llamaron al médico, que ce;tijico
1
; : ; ;~:to,y
parte por si encontraba la joiida a aquella
, a za ruest~ al futuro la lazada de acero que debia lo rar en
::o;:z:e~:. lzgamento con la vida y que habia cortado ;[ vida

h

1

.

dzo

m~;;

de~;

FIN

Andrés, en la casa solitaria y ya os
'd
• ..
que estaba envuelto por la ola de la r~f~ecd1 a, smtio que l~ envolvia,
1
dolor que
'
•
a , que era un naufrago del
sombrero ;~iwtasÏa ~~f;~ novela, y sin numerar las cuartillas tom6 el

(St' continua-rd.)

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
269,

268

�LA PLUMA

-dondt un fadtar dt adversario
profetice el retorno al lodogozando dt ser mt"llonsn·o,
porque Antes es un cabal Todo.

.

CEROS DEL BOSQUE NOCTURNO

ENCARNACIONES
..)

· I'

•i

'...
')

El basque es una vasta auuncia de drbolts.
Los suma.ndos frondosos de la tarde
son en la suma tenebrosa ceros:
anùlos para manas de poetas,
que plantardn en sus versos un libre
basque, tambiin revelacion de un dios.
1 odo taller divino es un paùafe
raso.

FALSO y CANDIDO INCESTO
)

Su tierno amor me transjt"gura
en et lzifo de su fermera.
Asi tan solo logro cura
al dolor de no ser mas que tmo.

'

.,it

jOh, mi falso y cdndido incestol
Bttscando ampar,.; con un gesto
dt niiio, jqzté bien contrarrestro
la Jatuidad de ser ef fiurtel

ï.

EL NOCTURNO DE CHARTRES

PARA c~ONSOLARME EN LA ESPERA
Porque Antes es un cabal 1 odo,
de mi futuro tributar1:o,
trinzense los ritmos en modo
mehor, y nuestro i'tinerari·o
no se q•iebre tn turbio recodo

)

Ensayo o simulacro de unidad,
pare/a estilizada en lineas minimas,
de la memoria no soli'citamos
u,sa perduracz·on de los contrastes.
~us ofos ahora irradian un oscuro
fulgor, que los oculta y esclarece
Iras secretos postigos sz·n //avines.

�LA PLUMA

Inuit'/ la congofa tnquisiti'va.
No farfulla balbuceos_ la nocke,
de plmi"tud unica pan'dora.
Du/ce amiga, sospecha jlorecùnte
en el recato del fardin nocturno: .
·No eres ya de tu sino la fragancta,
raganda de tus rosas kzpotéticas?

f

)

J

1Amargura de expresar tn anécdotas
esa historia ignorada por los otros,
que afetea, tsenâal, en_ ~uesto orgullo!
Mas ya tu vida no vtvi'da late
tan pura en mi como en tus espera,uas.
, real.' mas verdadera
y eres, si. no mas

i

adivinada en el;a1din nocturn~
que mentida por la fuz verosim,,_t
en escorzos de azar y compromuo.

TJ

JORGE GUILLÉN:

,1.

PARALELOS ANGLOESPANOLES

&lt;1&gt;

I
aiios-no diré cuantos-, una joven de Glasgow anunci6
a la vieja cocinera de su casa que se iba a casar con un espaiiol. «Are ye no feared?» (t!,No tiene usted miedo?), pregunt6 la fiel cocinera. La pregunta no tenia nada de extraiio. Yo mismo recuerdo que, hallandome una vez en cierta villa del
extremo Sur de Escocia, vino a pasar por alli una compania de c6micos de la legua, como diria Polonius los mejores actores del mundo
para 6pera ligera o pesada, género dramatico-c6mico, c6mico-sentimenta1, sentimenta1-dramatico-c6mico, music-hall inmusico o varietés
invariables. Representaron una obra, cuyo nombre no recuerdo, modelo de ese arte dif{ci1 que 11eva por nombre melodrama. La acci6n tenia
lugar a bordo, en alta mar, y sus mas emocionantes escenas, en el camarote del capitan. Era este camarote una pieza notable por su amueblado, tan sencillo como imponente, que consist{a en dos cuadros colgados a uno y otro lado de la puerta abierta en el fondo, representando
Ios dos rufianes mas terrorŒcos que sonar pudiera un Goya de menor
cuantia; dos tipos fascinantes de verdad, por la superlatividad con que
estaban concebidos: los ojos mas feroces, el cabello mas exuberante y
rebelde, los bigotes mas negros y poblados, y el mas formidable apresto
ACE

(1) Confercocia dada en la Asociaci6o Espafiola de Escritores de Escocia.
2 73

�LA PLUMA

LA PL ü ~l A

)

de armas y municiones que la realidad, multiplicada por la fantasia,
pudieran contener. El nudo de la acci6n era una reYuelta a bordo, que
el esfoqado capitan sofocaba en una escena admirable: llamaba a la tripulaci6n rebelde a su camarote. sacaba del bolsillo una pistola mohosa,
pero de imponentes dimensiones. y tronaba con aguardentosa voz:
«jRendios o hago volar el barco!» Luego, seiialando a los dos feroces
bandidos pintarrajeados en la pared y con voz que ponia la carne de gallina, aiiadia: «Por mis venas corre sangre espaiiola. jVed mis antepasados!» La tripulaci6n desfilaba como un rebaiio de corderas, y una ola
de emoci6n sacudia al auditorio.
Naci6n de tanto abolengo como Espaiia no podia dejar de corresponder a tan ta civilidad. En un libro pu blicado en Sevilla, era 1529 ( 1),
puede Jeerse el largo y detallado relata de un proceso visto ante el Rey
de Escocia entre
«una dama llamada Brasayda, de Jas mas prudentes del mundo en saber y en desenvoltura y en Jas otras cosas a graciosidad conformes, la
cual por su gran merecer se habia visto en muchas batallas de amor y
en casos dignos de memoria, y un caballero de los reynos de Espaiia, al
cual llamaban Torrellas, un especial hombre en el conocimiento de las
mujeres, e muy osado en los tratos de amor, e mucho gracioso, como
por sus obras bien se prueba ...»
Brasayda y Torrellas actuaron, respectivamente, ante el Rey de Escocia, de defensora y de acusador de las mujeres. Fué uno de los numerosos episodios de la secular discusi6n sobre los méritas y deméritos de
la mujer, en la que Chaucer, aunque sin gran convicci6n, «consumi6
un turno» en defensa del llamado sexo débil (2). Segun el texto espaiiol,
que no es precisamentc irrecusable, gan6 el proceso Torrellas, el acusador de las mujercs; pero las escocesas, con su Reina a la cabeza, toma(1) 1ractado de Griset y Afirabella, compuesto par Juan de Flores a su amiga. Sevilla. Gamberger, 1529, Citado par Menéndez y Pelayo. Historia de la
Poesfa Castell,wa en la Edad Media. Il. 268.
(2) Con su poema 1!te Legend of Good Uiomen, escrito a instancia de la Reina de Ioglaterra (Ana de Bohemia).
274

ron
pronta y terrible vcnganza, cuya d escnpc16n
. . dejaré al cronista espaiiol:
«E fue luego despojado de sus vestid
qucxar no se pudiessc, e desnudo fue ai~• e_ tapa:onl~ la boca porque
una traia nucva invcncion par I d
p1lar bien atado, e alli cada
.
a e ar tormento· ta!
nazas ard1cntes, c otras con unas ct·
. , es ovo que con tezaron.»
e ientes rav1ossamente le despcdaDejemos aqui cl relata pucsto uc 1
.
lo citado basta para prob;r que E q - o qu~ s1gue es todavia peor. Con
imagcncs de Escocia tan pinto
spana sab1a, llegado el caso, construir
da de Esparïa. y no es que 1 ~esca~ co~.o las que Escocia se hacc toda.
a 1magmac1on espaii 1
1· •
scptentnonal. En 1482 Mosén D" o d V
o a se im1tase al reino
politico c historiador a' su maner:eo; /
alcra, caballcro, diplomatico,
nica de Espaifa, que la siempre sab· c ~c~ todo u~ capitulo de su Cor6la descripci6n del Re,•110 d.e l l t '.a erna Cat61ica mandé abreviar, a
'J
na- a terra que M , D"
muy·gràde situada en el mar O~ca f '
i osen
iego llama •Isla
do» (1). En este capitula
no uera de toda la rcdôdeza del munReina Isabel Mosén Dico~ que, como todo el libro, esta dirigido a la
«Ala par;e del leuâte oen!: ~:~~:~:el modo siguiente:
ay arbolcs â la foja dellos â ca
l I mar se affirma por muchas que
la que cae enla tierra en aucs ~cen raan:: se con~icrte en pescado: y
verdad yo prcgunte al Sciior Ca d gal d . de _gau1otas. E por saber la
,
r en
e mglatJerr f
no d la serenissima reyna do - ,
J"
a 10 vucstro: hermatifico scr assi.»
na cata ma aguela vuestra: el qui me cerTodavia parecc flotar entre los ren l
,
del cardenal. y sin embarg
d"d g ones de este parrafo la sonrisa
0
'
, me 1 as con las no
d
,
en la que la credulidad humana no se hallaba r~as_ eaquclla epoca,
por conocimientos concretos las ide d :\1 t_an l~m1tada como ahora
rra» no parecen mucho ma' d"
as de i osen Diego sobre «Inglaties isparat~ as que algunas nociones sobre
(r) Cf.

Et pcnitus toto divisos orbe Britanos
Virg. Eg. I.
2

75

�LA PLUMA

)

.,r
1

t

Espaiia, que todavla boy se imprimen en libros y peri6dicos ingleses.
Hay, pues, amplio campo en la Gran Bretaiia para la labor de entidades como la Sociedad Anglo-Espaiiola y la Sociedad Espaiiola de Escocia. Mucho se ha hablado y escrito sobre la insularidad britanica, y,
sin embargo, no cabe dudar de que el pueblo britanico, precisamente
por la complejidad de su composici6n nacional, se hal1a admirablemente preparado para el conocimiento y comprensi6n de los pueblos europeos. Pocas naciones cuentan en su ascendencia elementos escandinavos e ibéricos, franceses y teut6nicos. La Gran Bretaiia es una de ellas.
El fondo hispano, en particular, esta bien representado en la zona occidental de la isla por aquellos elementos, a veces llamados célticos y probablemente de origen ibérico o mediterraneo. No seria prudente conceder excesiva importancia a estas relaciones raciales entre pueblos que
viven y crecen en tan distantes y diferentes medios; pero el observador
imparcial no puede dejar de admirarse ante la semejanza de tipos, movimientos, ritmo y aun costumbres entre ciertos pueblos de la Gran Bretaiia occidental y los que habitan las regiones norteiias de Espaiia.
La observaci6n tiene su interés porque, sigamos o no el indicio de
las semejanzas raciales, no podemos menos de hallar entre Inglaterra y
Espaiia cierto paralelismo-geografico, hist6rico, literario-, no precisamente coincidencia, pero si un paralelismo que sugiere tendencias comunes en el caracter de uno y otro pueblo. Se habla de insularidad inglesa; pero también existe una insularidad espanola. Nuestra tierra lleva
cl nombre de La Peninsula porque toca al Continente a lo largo de la
frontera francesa. Pero nadie duda de que los Pirineos son una barrera
por lo menos tan eficaz como el Canal de la Mancha para las influen•
cias europeas. Espaiia es la Isla del Suroeste. Ni la Reforma ni el Renacimiento consiguieron desembarcar en nuestras inaccesibles costas. El
capftulo mas glorioso de nuestra historia-y quiza de la Historia-no
esta escrito sobre las tierras de Europa, sino mas alla del Oceano. Corno
Inglaterra, Espana, colocada al extremo Oeste de Europa, vuelve la espalda al Continente y mira hacia su propia imagen en el Nuevo Mundo.
Corno Inglaterra, Espaiia consigui6 conservar un caracter propio a tra276

LA PLUMA
vés de siglos de historia europea C
. omo 1nglaterra, Espaiia esta en Euro-

pa, pero no es Europa.

No sorprcndera, por lo tanto II
colocados por la naturaleza al S, que dos pueblos tan simétricamentc
.
,
uroeste y al N
oroeste del extrarradio de
Europa, mamfiesten cierta se .
.
meianza en su d
Il .
esta semeianza existe es palm .
esarro o literario. y que
. .
.
ano para todo
él
s1qu1era
hgeramente , las 11·tera t uras mglesa
.
aqu que
.
_ haya estudiado,
m1enzos, aparece en los rasgos do .
y espanola. Desde sus coAunque Beowulf es mucho ma·s m1~antes de sus respectivas epopeyas
· .
. .
ant1guo que M c·d
·
se JUStl 6 ca s1qu1era por ser ambo
yo i , la comparaci6n
tid_a de la cronologia actual de in~oemas los_ respectivos puntos de parmas elocuente que la co1·nc·d
.
y otra hteratura. Pues bien nada
I enc1a entre l
· •
so bre Beowulf y la de la critica
- a op101 6 n de la critica inglesa
profe~or Mac Neile Dixon sobre
sobre .Myo Cid. Oigamos al
«:-,;uestra literatura prenormand
.
cul~, esta firmemente arrai ada en~• como_ Be~wulf, si bien ruda e inla vida como es y con qué !aient' 1a e?enenc1a. 1Con qué claridad ve
una filosofia no aprendida en los
r?n~I Va hacia el mundo con
adaptada al mundo. Comparese Beowui/, sm embargo, perfectamentc
luego afirmar la superioridad de H
con Homero y se podra desde
mas no tan seguramente en vigo
ome_~o en belleza y calidad poética
y ahora escuchemos a M é rdvarom y en verdad.i. (1)
'
.
en n ez y Pela
b
.
«La t1erra que nucstros he'ro h Il yo so re Myo Cid:
n·ta
· c: •
es ue an no es mnguna
·
J m iantastica sembrada de p d" .
regi6n inc6gmos paramos y las mismas sierr:~ ig1os y de monstruos; son los misf:sta poesia no deslumbra la ima inqu~ nosotros pisamos y habitamos.
c1erta majestad barbara que nacegd/c16n, pe~o se a~odera de ella con
su total carcncia de artc . p
h
su prop1a senc1llez y evidencia de
·
,
···, ero ay otro art
·
·
'
ignora a s1 mismo y, confundiéndose c
e ~~s s~blime, aquel que se
fuerzas naturales nos da la . . . 1 on la d1vma mconsciencia de las
,
v1s1on p ena de la realidad.,. (2)

B::;:~/3
•~ib;o:

(1) Poelry and Nalidnal Ch
(2) Historia de la Poesfa C a;afjer by Prof. W. Mac Ncilc Dixoo p

as e ana en la &amp;lad Media.

· · 30.
2 77

�LA PLU ~l ..\
Realidad. La palabra es tan familiar en Inglatcrra como en Espafia.
En el inglés corriente, estas dos palabras, rcalidad y Espaiia, no parecen
casar muy bien. La palabra Spain evoca romanticismo, caballeria, fastuoso aparato, grandes acciones, pcndones y estandartes, lanzas y espadas que se agitan en el polvo de oro de una atm6sfcra de lcycnda-gloria y belleza luminosas e irreales como csas ilusioncs que llaman los cspaiioles castillos en el aire, y los ingleses, significativamcntc, castillos en
Espana-. Pero excusa decir que esta luz dorada que flota en torno al
nombre inglés de Espaiia no irradia de Espaiia. Cae sobre ella de los ojos
sonadores de los ingleses-arrebol del recuerdo que mas que idealizar

..
r

••1

1

•

irrealiza el pasado .
Ello no quita que Espaiia sea muy real y muy realista. De escoger
entre la epopeya inglcsa y la espanola a este respecto, es seguro que :\lyo
Cid le ganarfa la mano a Beowulf. Beowulf, que ,·a por el mundo degollando menstrues imaginarios. es un héroe algo borroso que cl poeta
fué a buscar siglos arriba en los arcanos de la mcmoria tribal danesa,
mientras que en J\1yo Cid no figura ni un solo monstruo y las influcncias sobrenaturales se limitan a una intcrvencion· poco importante del
arcangel San Gabriel, aparici6n muy natural, puesto que toma la forma
de un sucno. Ademas, del héroe al pocta media cl minimo posiblc de
tiempo y de espacio, de modo que en Myo Cid la litcratura espanola da
la primera prueba de su capacidad para poctizar la realidad inmediata.
La topografia del poema ha sido identificada por D. Ramon Menéndez
Pidal, que ha probado que los cpisodios mas detalladamente descritos
ocurren en la regi6n de Medinaceli, de donde cl poeta era probablemente oriundo. El poema esta escrito unos cuarenta anos después de la
muerte de Ruy Dic1z. Los incidentes relatados son todos posiblcs, plausibles, hasta hist6ricos. Y, sin embargo, hay en '.\lyo Cid poesia épica
digna de compararse con lo mejor creado en Europa desde Homero.
Esta capacidad para transformar la realidad inmediata en poesia es
debida en primer lugar al desintcrés ético del poeta; en scgundo lugar,
a su genio dramatico. El Cid no seria un héroe universal si el pocta hubiese limitado el tamafio de su crcacion a las.dimensiones de su propia-

LA PLU 111 A
...
.mente.
. Humilde )' limpio de p re1u1c1os
guiado t
61
mstmto estético, el poeta copié su mod~lo co
an s .◊ por su seguro
cedor de monstruos, ni modelo d
b ll mo en real1dad era: ni vcncion; sino hombre soldado ·ec e ca a eros perfecto hasta la abstrac•
, J 1e aventurer
b·
y toda la sangre de su tierra y de' sus bataIl as
o. eu
ierto
cauto
. con
• , todo
. el polvo
puesto a comprar la paz con c 1 .
. '
• capitan s1empre dis, em1(Tos peh(Troso h 'b'l
con todo, padre, marido v am." o d.
o
s, a t negociador, y
. d .
,
'oo cor ial y sab~m
. d
Y cuan o v1erte Jacrrimas • y c uan
. d ose sant:oua· y c:t osb ..cuan o son rie y
1
O
o '
am ,en sabemos d6nde acampa y d6nde v c6mo al'
fué generoso para co~ el rey q~:~:~ st ~aballos y cuin~o y por qué
obtuvo un empréstito de dos . d. da ,a esterrado, y cuando v c6mo
JU ,os e Bur •os d . d
.
pesad os cofres llenos de arena; en suma D ô ' ~Jan o en prenda dos
sola persona, menos la intermite t l ' on Qu11ote y Sancho en una
simpleza del criado.
ne ocura del amo y la intermitcnte
Poeta de verdad era q uien asi su o
poeta quien con tanta energ'a .
p ~espetar su modelo. Pero 0"ran
1 m terprcto car
t
venerable monumento de Jas l t
ac eres y escenas. En este
matico de Espana. Con exces,·~araf_s espan~las se advierte ya cl genio drarccuenc1a ,. sob t d
pana se trata,. la palabra dr;a1•za't.
.
' ,
re o o· cuando
' 1co se 111terpreta
. . de Esd I
como s1 s1gmficase ltatra/ . El prop10 Corneille no p
no obstante, de Jo dram.i.tico.tarelcet e toldo libre de esta confusion. Ello
··
.
o eatra va basta t ct·c
.
mat1co t1ende a la interpretac· .
,.
n e 11erenc1a. Lo dra.
.
ion estetlca de Ja
•
tmpres1onar al auditorio Lo d
. .
s acc1ones. Lo teatral a
..
.
ramattco busca I
l'd d
e1ecto. La tendencia teatral c
.
, a rea J a ' lo teatral el
iorma sin duda pa t d 1
.
turgo, como en todo escultor ha
.
r e e gemo del dramala forma plastica Ta b' .
y un p1capedrero al servicio del poeta de
·
m 1en es Yerdad que
.
.
es pos1ble fiiar netamente
la frontera entre Jo elevado y Jo servi·1 en JanoJabo
d
.
que 1o uno y Jo otro surgen d
.
. r e un art1sta, puesto
tenci6n que diricre los
. e_ una m1sma ra1z y solo difieren en la ino
mov1m1entos y col
1
todo buen teatro la habilidad
al
ora os resuitados. Pero en
subordinada a la inspirac,·o· dteatr. _aparece en su verdadera condici6n
.
n ramatlca En el
d
'
El
.
cantar e .\lyo Cid puede d ecirse que ni siquiera fiou
el asunto, que se limita a rela;:; los ~ue~{osse halla tan impres_ïon~do por
por su orden, sin d1gnarse
2;9

278

�LA PLUMA

LA PLUMA

)

..

• 1·
l

..
)
.,if

·•..
11
~

..

..

turbar la tranquilidad de la narraciôn con trucos, preparaciones o esfuerzos para sorprender o aterrar a sus lectores. Parece estar seguro de
que su relato, dicho con sencillez, impresionara a sus lectores tanto como
los hechos le impresionaron a él.
Y, sin embargo, pc!&gt;e a su tranquilo fluir, el cantar de Myo Cid esta
cscrito con tanta fuerza dramatica, que en sus versos parece vibrar ya
la voz de Lope, de Tirso y de Calderon. No cabP duda de que la lengua
espafiola posee una cualidad dramatica inherente, como el aleman la
posee filos6fica y matematica el francés. La palabra francesa de.fine la
idea; la alemana la desarrolla; la espafiola la presenta. Mientras la palabra alemana es gruesa y voluminosa como un libro y la francesa es fina
y clara como una linea geométrica, la palabra espafiola es cuadrada y
crguida, como un objeto material. No se trata de meras distinciones
filol6gicas, sino de diferencias que nos recuerdan que las palabras no
son sino medallas de sonido estampadas por el espiritu. Las palabras
cspafiolas, francesas, alemanas, ostentan el cuiio del esp{ritu cspafiol,
francés, aleman. Las &lt;!spaiiolas son enérgicas y dramaticas porque la
lcngua rindc en fuerza de exprcsiôn toda la vehemencia, con la que el
espiritu espafiol cae sobre las cosas como un aguila sobre su presa.
El autor de Myo Cid sabia hacer uso de esta virtud de nuestra lengua. Las palabras, los versos, los parrafos llenos de fuerza dramatica son
demasiado frecuentes para la cita. Su imaginaciôn dramatica es tan viva
que con frecuencia se coloca entre los espectadores, recibe la impresi6n
de la escena y prorrumpe en exclamaciones de sorpresa, terror o admiraciôn:
1Dios, que alegre fo el abbat don Sancho!
(243)
Y los detalles que instintivamente escoge para cada escena son precisamente los que primero y mas hondamente se imprimirian en la mente
de un testigo presencial. As{, la llegada del héroe al Monasterio de San
Pero, donde Dofia Ximena, su mujer, se ha refugiado:
«Apriessa cantan los gallos c quieren crebar albores,
(235)
Cuando Bego a San Pero el buen Canpeador;
El abbat Don Sancho, cristiano del Criador
180

Rezaba los matines a vuelta de los alb
ores.
R
d
na ,mena con cinco dueiias de pro
ogan o a San Pero e al Criador.
«Tu que a todos guias val a myo Çid el Ca
Llamaron a la puerta e so .
npeador,..
D'
p1eron e1 mandado·
ws, que alegre fo el abbat don Sancho.
'
t n lumbres e con candelas al corral dieroo salto
n tan grant gozo reçiben al que en buen or
.
Ad ·
a nasco ,.
.
m1rable contraste entre la paz el sil .
.
c16n y la algazara y animaci6n prody 'd enc10 del monasterio en ora1Qué familiar cl detalle de las &lt;&lt;lumbuc1 as por la Ilegada de Ruy Diaz.
nida esa humilde palabra «corral res» y las «candelas» y qué bienvetodos los dias, no en la irreal at ; ~que dcoloca la escena en la tierra de
hondamente épica esa alusi, ml sder~ e libros y maravillas! 1y qué
El
on a estmo que impr
I ,l .
« que en buen ora nasco p
ica e u t1mo verso·
Myo Cid las influcncias sup:~na~rq~e, au~que falten casi totalmente e~
do sincero para rehusar al D t· ura es, e poeta es un realista demasiad
es mo aquella parte que I h b
ce en en sus pensamientos y pre ·ui . ' Al
. . os om res le conqueiia tropa de desterrados ya J c1~s.
descnb1r la marcha de lapefavorables:
empieza a notar los signos adversos 0

y estaba do - x·

«A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
E
entrando en Burgos ovieronla s101estra
. .
,
La •
»
re1teraci6n del tema de la b
·
beradamente con notable varied:;n~;r;,7' manejado persistente y delihéroe con una especie de auret:&gt;l .
ormas, acaba por coronar al
el mundo de la realidad tangibl: sm por eso abandonar ni un instante

y«Myo
C Çid Roy Diaz el que en b uena ora çinxo espada

(58)
~• anpeador, en buen ora fostes na ido
·
Vmo para la tienda del que en bu
ç ·
(7x)
E
en ora nasco »
(
)
sta mezcla de realidad y de De f
, .
.
202
q~iza el rasgo definitivo que acab/ ~:oh;:;r babil en su ingenuidad, es
d1gna de la raza y una de las mas b 11 d l dde Myo Cyd la epopeya
e as e as e Europa.

�LA PLU[\1A

I, A. PLU ~f A
III

. . . e••;cos
y oaenio dramâtico, las tres
.
carencia de pre1uic10s
u
Rea11smo,
.
aiiola reaparecen en la persocualidades dommantes de la edpopeyatesp dad :Uedia· Juan Ruiz, quizâ
.
.
·satractiva enuesrae
·
nalidad 1iterana ma
.
d. H'ta el i'.mico sin embargo, que
, . d..
de Jos Arc1prestes c 1 ,
'
el mas m igno
.
rd d Ticknor Menéndez y Pelayo y e1
haya conquistado la mmorta i a .
do' a Chaucer No dejarâ de
F.
. e Kelly lo han compara
.
Profes~r it~mau~1c
ralelo detallado entre ellos, no solo a causa_ de
tener c1~rto mtcres_ un pa .
uizâ mas todavia por Jas sugestivas d1fesus cunosas seme1anzas, smo q

11

•

rencias que los scparan.
bablemente de que Juan Ruiz y
La idea inicial del paralelo nace P:o.
horn6loaas en sus respectidecirlo asi pos1c10nes
o
Chaucer ocupan, por
'.
eta del siglo xrv de su pais, Juan
vas literaturas-uno y otro el pnml er po da mitad uno y otro vivientes
·
a Chaucer en a segun
'
d
Ruiz en la pnmer ,' .
tiva heraldos precursores de la época e
epîlogos de la era ep1ca y narra
Iy l t a como en Espaiia se inicia a
.
. que tanto en og a err
.
l
esplendor iterano
. "dencia hist6rica Juan Rmz y
mediados del xv:. Pero aparte esta co1nc1 Ambos incita~ a la sonrisa,
erosos rasaos comunes.
,
Chaucer poseen num
bo
d buen natural de gran corazon y
velan
ser
hom
res
e
'
f
.
pues am b os re
., . . .
ue roccde de la verdadera ratermricos en esa comprens1on mstmtiva ~reiron mundos que les perteneccn,
dad. Ambos, como grandes poetas,d . que sus almas esta ban libres de
se excusadecir
, amargado- De aqui el
Y' Pues fueron creadores,
., ·d l na e corazon
·
hiel-que nunca saho_ v1 ~ a g~
uaitiva silenciosa que no causa la
delicioso saborde!~ ironia-~1sa f d~l o?ma; sea ejemplo al caso e~te
mas ligera ondu!ac1on en el n:m~
.: Don Jimio alcalde de Bug1a,
ex uisito verso en que Juan Ruiz escn e a
.
'
-u~ conoci6 del pleito entre el Lobo y la Raposa.
2
q
sabio , nunca scia de balde.»
« E ra sot'l
1 e
• (3d 3)l
Chaucer. y no lo es menos el elog10 e as
Este verso era digno de
duei'ias chicas, basado en que
.
D 1 mal tomar lo menas, dicelo el sab1dor,
;o; ende de las mujeres la rnejor es la menor.»

puesto que Chaucer pone en boca de su locuaz Yecina de Bath la sabia
sentencia siguiente:
«Pues por seguro habed que es imposible
Que el clérigo hable bien de las mujcres.»
Esto no es misoginia, sino exageraci6n ir6nica sin mala intencic\n.
Hay un trozo en el Libro de Buen Amor-pues el ûnico libro que Juan
Ruiz, regocijado satirico, nos ha legado, se Hama Libro de Buen .\mor,
y con menos sorna de loque pudiera creerse -en el cual su ironia raya
en el cinismo. Es cl famoso trozo en prosa que figura inmediatamente
después de la oraci6n inicial a Jesûs Nazareno:
«Escogiendo e amando con buena voluntad salvaci6n e gloria del
paraiso para mi anima, fiz esta chica escritura en memoria de bien; e
compuse este nuevo librb en que son escritas algunas maneras e maestrias e sotilczas engaiiosas del loco amor del mundo, que usan algunos
para pecar. Las cuales, J'eyéndolas o oyéndolas, home o mujer de buen
entendimiento que se quiera salvar. descogerâ, e obrar lo ha; e podra decir con cl salmista: Viam veritatis etc. Otrosi, ios de poco entendimiento
non se rerderan; ca leycndo e coidando el mal que facen o tienen en la
voluntad de facer, e Ios porfiosos de sus malas maestrias, e descobrimiento publicado de sus muchas engaiiosas maneras que usan para pecar
e engaiiar las mujeres acordarân la memoria e non desprcciaran su
fama; ca mucho es cruel quien su fama menosprecia: el derecho lo dice.
E quemin mas arnar a si mcsmo que al pecado; que la ordenada caridad, de si mesmo comienza: el Decrcto lo dice. E desecharan e aborreceran las maneras e maestrias malas del loco amor, que face perder las
almas e caer en sana de Dios, apocando la vida e dando mala fama e
deshonra, e muchos danos a los cuerpos. Empero, porque es humanal
cosa el pecar, sï'algunos (loque non les consejo) quisieran usar del loco
amor, aqui fallaran algunas maneras para ello. E ansi este mi libro, a
todo home o mujer, al cuerdo e al non cucrdo, al que entendiere el bien
e escogiere salvaci6n e obrare bien amando a Dios, otrosi al que quisiere
el amor loco, en la carrera que andudiere, puede cada uno bien decir:
lntellectu m tibi dabo, etc...»

�LA PLUMA

LA PLUMA
. el final del pr6logo al cuentoRdel
.
esta escnto
fi
En este m1smo tono
d Canterbury de Chaucer. e •
molinero en los admirables Cuentos_ ~
,
riéndose al cuento que va a reiatar, d1ce.
. ..

J

.r
•l
)

l

•

«Mas de este molincro yo no sé ~ue.dma
. que sus dccires por nadie. rcpnm1a, •
Srno
y asi cont6 el bcllaco la historia q~c qu~na.
ue yo también contarla aqu1 deb1a,
C
q
.
a cada cual
y reo
por lo tanto, am1gos, yo rueg0
1
Por el amor de Dios que no lo tome a ~a.,
Que yo he de rcpetir sus cue?tos y no al,
0 sino falsear algo mi matenal.
.
. cl cuento del moiinero a alguno eno1a .
y
.
escucharlo ' puede vol ver la
y s1
no qu1ere
fl ho1a,
·
y al momento hallara en cantidad no o1a.
Historias mas gentiles en que su ?usto esco1a.
No me culpeis a mi si ois âl molmero. El es un gran bellaco, y otro su c~mpancro.
Su hablar solo a burdcles era atancdero.
die ha de juzoar la chanza a lo severo.»
.
y
na
o
eco
de
la
advcrtencia
de
Juan
Ruiz:
'l .
erso es como un
Este u t1mo v
.
. hestoria de la fija del Endrino,
«Entiende bien mi
or ue a mi vino.»
Dijela porte dar ensiempro, non p ~encia moral y a la suprepagan a su conc1
Tributo que ambos poeta~ . E
h cho tanto Chaucer como Juan
macia de la virtud sobre el v1c10.. st~ c bre~ y mujcres en las sinuosas
Ruiz se sicnten libres para seguir a loml'neas abstractas del vicio y de
d n por entre as 1
. 1,
vueltas y revueltas q_ue a ntre meridianos y paralclos. y aqu1 vo v~la virtud como los nos por ~
·a1idad de observaci6n que es cond1mos a dar con esa inocente imparc_1, sa! y permanente. Chaucer lo ex.
bl d todo arte unn er
.
ci6n ind1spensa e ~
.d d admirables en el trozo c1tado:
rcsa con lucidez y sinccn a
'l
p
y no a ,
« Q ue yo he de repetir sus cuentos
.
0 sino falsear algo mi matena1.»

Aqui habla la conciencia del artista que se alza frente a la conciencia
del moralista. El verbo falsen, falsear, y ese posesivo, my maitre, mi ma/mal, son en verdad instructivos en cuanto a la profundidad de la vocaci6n artistica de Chaucer. La vocaci6n de Juan Ruiz no Je iba en zaga:
«Yo, Joan Ruiz, el sobredicho Arcipreste de Hita,
Pero que mi coraz6n de trovar non se quita ... »
Quiza sea esta misma imparcialidad estética el secreto del poder dramatico de nuestros dos poctas. De toda la gloriosa cadena de poetas que
loglaterra ha dado al mundo, Chaucer, después de Shakespeare, es a mi
ver el mas rico en genio dramatico. Existe estrecha afinidad entre Chaucer y Shakespeare, en parte manifiesta por la esfera de sus rcspectivas.
creaciones, su elecci6n de asuntos y una comun habilidad para aliar
soltura con precisi6n en el trazado de sus caracteres. Analogo parentesco
cabe observar entre Juan Juiz y los grandes dramaturgos del siglo de
oro, en particular aquellos que como Lope y Tirso de Molina, se distinguen por su interpretaci6n de la vida inmediata. Juan Ruiz es comoellos, un genio dramatico natural. A pesar de su tendencia a ser difuso.
posee el secreto de ese zambullido directo en la acci6n que es t{pico
rasgo de los romances como de las comedias espaiiolas, y, en nuestros
dlas, de Jas copias populares. Con frecuencia sucede que, dejandose
llevar de su tendencia dramatica, abandona todo el relleno narrativo y
deja que los personajes vivan la acci6n ante el lector (r). As{mismo,
gusta de presentar a sus personajes como si se estuviesen moviendo ante
sus ojos:
c1Ay Dios, e cuan fermosa viene Doria Endrina por la plazal
!Qué talle, qué dooaire, qué alto cuello de garzal
1Qué cabellos, qué boquilla, qué color, qué buena andanzal
JCon saetas de amor hiere cuando los sus ojos alzal»

Obsérvese el ritmo de estos versos, no menos descriptivo que Jas·
palabras, no menos sugestivo de los graciosos andares, la «buena andan(1) Slempre fué este procedimiento favorito de lqr; autores espadoles. Se

oblc"a desde La Celestina hasta la obra de Pérez Ga(d6s.

�LA PLU .\1 A

L A PLU :\1 A
za» de la jovcn que se acerca. Porque esta es otra virtud poética que une
.a Chaucer con Juan Ruiz y en general a la poesia espanola con la
inglesa: a saber, la habilidad para ex.presar los movimicntos de la naturaleza no tanto por el rudimentario método de la descripci6n externa
como por medio de csa sutil facultad, cminentemente poética, que pudiéramos llamar ù,tuiciôn rftmica (1). Es una facultad en la que confluyen Jas tendencias Jirica y dramatica y el hallarla en Chaucer y en Juan
Ruiz nos recuerda que tanto el inglés como el espanol, aunque ante todo
dramaticos, son también poctas liricos. También es curiosa aquf la deYoci6n a la Virgen que se observa en uno y otro poeta. La mayor parte
de los trozos liricos del Libro de Buen Amor son poemas en loor de la
Yirgen Maria. Pero aunque no faltos de cierta gracia y de una ingenuidad que, por lo menos para nosotros, tiene el sabor de la sinceridad
misma, estos intcntos Jiricos de Juan Ruiz merecen comentario ana.logo
al que el Profesor Legouis dedica a la poesia Jirica de Chaucer:

...
)

1

•

(1) Remito el autor a quien el asunto interesare a las paginas 145 y siguieotes de mi libro de ensayos «Shelley and Calderon and Otber Essays on Spanish
and Englisb Literature• (Londres 1920), en donde esta idea e~ta desarrollada a
base de ejemplos tomados de la poesia inglesa. Corno no conozco traducciooes
satisfactorias de otros cjcmplos, me limita ré aqui a uno cxtraido de la Oda al
\'iento Oestc, de Shelley, ya que en mi traduccion no se ha perdido del todo
.su efecto ritmico. Me refiero a la fr11se:
«Pâlidas, amarillas, neiras, rojas,
Putridas multitudes ... •
en cuya sucesi6n de epîtetos, seguida de una frase amoolonada, por decirlo
asi, sobre su primera silaba, se me antoja ver la hutda de las bojas, uoa a uoa,
luego recogidas por el remolino en un turbulcnto trope!. En castellano rccuer&lt;lo dos casos admirables de intuici6n ritmica; uno viejo y otro moderno.
c Helo, bclo por do vie ne,
El infante vengador... •
no s6lo dice lo que dice sino que lo !lace. Estos c!os versos son un trote de caballo. Y en el exquisito retrato del Rey Don Felipe, que Dios guarde, que
debem0s a Manuel Machado, la repetici6n de la sîlaba ante en «un guaote d~
ante• es maravillosa expresi6n dtmica de la dejadez de la cobarde manoque lo

csostiene apenas•.

286

«No pasa en verdad de
vastos campos de su produc:to: un arr~yuelo de lirismo que rodea 1
te m,
,
n narrat1va y n
.
os
as caractenstica de su b
.
'
o es ni con mucho 1
persona!.»
o ra, ni, por extrano que parezca, 1aa mas
pa:H
,(1)
e aqu1, pues, coincidencias mas h
lcn d~rse entre grandes poctas de disti:tndas !_ numerosas de las que sueparat1v~ de Chaucer y de Juan Rui
. os p~1ses. Pero cl cstudio comcomo literarias, que son no men z re\ela d1ferencias, tanto ersonal
la obsc~vaci6n de Ticknor sobre ~: nota~lcs }' sugestivas. Al !acer su
fesor F1tzmaurice Kelly a - d
parcc1do entre am bos poetas 1 y
Ch
na c que le falta J
, c proaucer. Esto es desde lucgo cxacto
a uan Ruiz la dignidad de
~~e la dignidad es una cualidad que fn ttt~ mas digno de nota cuanto
i a en tratandosc de espanoles p
. . n_g a terra sucle darse por consapero que no es sicmpre guia mu~ sc:e1u1c10 halag~eiio y de agradcccr,
dad, en efecto, es una de esas cu'a1il~ro en matena literaria. La d1rrnila comp~sici6n del genio. lmpliC: es que no entra nccesariam:nte
as lcycs soc10-morales, dominio de • ~esura, moderaci6n, sumisi6n a
pe a través estas barreras sociales e i~d7~,1.smo. y ~1 gcnio a veces irrumtcs y elementalcs impulsos As, h
iduales, tmpelido por mas fucr

e:

t

::titud): :::~::•:-po,
ejem~lo, 'i.i:i.1;•;t7i1:t';'i lit:mrias po, b,j;
a -por e1emplo, Pascal y Dostoiev . as ~y por cncima
.
que ambos revelan para perm
sky. Gracias a cicrta apv1da, Shakespeare y Cervantes co . aneccr al margen del juerro de la
por eso salir del plano de la d' _ns1gucn dar libre curso a su "~nio s·
con_ frecuencia de este piano igmdad,- .Pero la litcratura espan~la se'sa~:
~::}e~on Santa Teresa, ya ~x~~o~::n~:ni!~s; : gran altura por cncima
0
' con la novela picaresca y Q
d
dos que por debajo se exse0undo
grupo. A unque no es rob bueve o . Juan R uiz
· pertenece a este
i,
tu~as que nos relata en su libr: 1 a le que le ocurriesen todas las avcnm1smo corn o amma
. vzïis para sus
• ec'mero
hecho de que se prestase a si
.
micas anécdotas bastaria para fallar
(1) Emile Legouis: Geof.frey Chaucer.

�LA PLUMA

.

orrecto burgués (1) de Londres, sin
su caso. Lejos estamos con él del
etable funcionario, trab~jador orduda amigo del buen ~u~or, p~~o sarr!'ente en su silencioso reuro, c~~o
denado que lefa y escnb1a estu i~aber echado sus cuentas. Chau~er ice
él mismo nos relata, después d~
. es poca (thyn abstinence 1s l~ter
en el mismo lugar que su a~stln:nc::vela su moderaci6n. Juan Ruiz a
Pero la misma palabra abst1nenc1a
.

;es

habia perdido de vista. . . .
cial de costumbres entre Juan Ruiz y
La diferencia de posi~10_0 so . y Chaucer es un cortesano, maeshaucer no puede ser mas 10struct1va. deroso· si no noble, es por lo me~o en el arte dificil de c~mplacer !~res de ios nobles, por ell?s res~:hombre hecho a la vida y cos u
rnato de la vida anstocratin~o
rotegido y en cierto modo ~arte ~~nte que su época toleraba.
:: 1Ja~ Ruiz es un preste de ese t1p~nm articular aquella parte d~l p~e., favorita es el pueblo,
y imag10ar
.p .
h oy, en la que 1ud1os,
Su. compan1a
d•ficil
1 •
blo de la Peninsula que es tabn i fraternidad de placeres y a egna.
. •
mezcla an en
moros y cnsttanos se
oeta se considera:
Este es el pûblico cuyo P
(1.513)
.
tigas
de
daoza
e
troteras,
ués
fice
muchas
can
D
« esp
ara entendederas;
Para judias e moras ed
p omunales maneras:
· strumentos e c
Para en 10
b s oilo a cantaderas.
El cantar que non sade los que dicen ciegos,
s fiz algunos e
.
Ca
ntare
dan nochermegos,
E para escolares que an uertas andariegos,
E para muchos otros por p b . en diez priegos.»
Cazurros e d e bulras' non ca nan

t1

e ""'rmite asuntoa que
(1) Bucn~ scr
iodolc tal como no se prcscntan c~
resi6n de un p6·
Juan Ruir. cv1ta'. y de
hasta fccha muy rccicn~c y baJO laJ/iau de don Pital
ni auo en los p1carescos,
de gusto equ1voco. El fi
d ...... otro
. No p uede c .... blico cada ver. mayor de lcctùres
b
pero es limp1O.
.11 ente ,csca roso&gt;
Payas es scnci amd l M linero» de Chaucer.
tanto del cCucnto c o
'

â explicar, no obstantc, que Chaucer s lar-litcratura cspa6ola,

LA PLU .\lA
Juan Ruiz es, pues, un bohemio. Tiene toda la imprevisi6n tipica de

esa pintoresca raza, y en ello estriba quiz.i la causa mas grave de su inferioridad para con Chaucer. Porque con el genio pasa loque con toda
clase de riqueza, que requierc bucna administracicin para dar lucido rendimiento. Chaucer administrci su genio con tanto orden como sus tediosos dcberes oficialcs de interventor de los Derechos sobre la Lana, y quiza con mas. Juan Ruiz lo dilapid6 con indiferencia muy bohemia a todo
lo que no fuese el fruto de la hora. Y, sin embargo, seria poco exacto y
menos justo dejar esta impresi6n puramente negatîva del aspecto bohemio de su caracter. En la impresicin de Juan Ruiz hay también algo de
ese desinterés tan humano que distingue al tipo mas noble del espaffol.
Quien lo dude relea aquellos versos en que prohibe vender o alquilar
ejemplares de su libro:
«Pues es de buen amor, emprestadlo de grado.
Non desmintades su nombre nin dedes refertado.
Non le dedes por dineros nin alquilado.
Ca non ha grado nin gracias ni buen amor complado.»
Chaucer era un burgués demasiado juicioso y sentado para pensar en
términos de tan generosa imprevisicin. Pero en cambio era mucho mas
refinado. El profesor Legouis ha observado que el refinamiento de Chaucer se remonta a lo que habia de francés en su naturaleza, incluso en lo
que concierne a aquella parte de su labor que puede considerarse como
cxclusivamente inglesa.
Juan Ruiz sabia francés y Jeia a los poetas de Francia. Esto nadie lo
duda. Pero mientras Chaucer halla bastantes elementos normandos en
su composici6n inglesa para asimilarse el espiritu de la poesia francesa
con toda espontaneidad, Juan Ruiz revela ya esa peculiar resistencia de
nuestra raza a aceptar nada de Francia que no sea meros moldes, formas y escenas o frases comunes. Francia da a Chaucer no solo un gran
asunto (EJ Roman dt la Rose) y muchos cucotos menores, sino un estilo, una manera, una actitud, clegancia mental y claridad de forma.
De Chaucer en adelante, el genio de Francia no vuelve a estar ausen-

288
289

�LA PLUMA

L A p L U 1\1 A

.
debe a Francia
p
Juan Ruiz no
ue
te del todo de_la poe~:::rr~e~: &lt;:l~un:r~e sus estbr::sJ:~e:;:s~; el
mas que la primera u as personales. De m~ o e\omo tal el Cantar
transforr:ia
e~ ob~~::le~a no ser qu~ se co~~i::ra resistir a la influenp rimer e1emp
on
.dad del gemo espan
.
s
C.d de la tenac1
cje Mio I •
rofunda en epoca
cia de Francia.. d Francia sobre Espaiia solo ese~paiiol, menor es la
La influenc1a e C
to mas grande es un
rto deriva del
.,
ional. uan
te. Este ase
1d
de depres1on nac
·a e1·erce sobre su men
. de Francia y e e
l
. que Franc1d la diferenc1a
. entre el gemo de luz a traves
. de
•ofiuenc1a
· iento e
n rayo
mero reconoc1m
través del otro como u . .
esta tenacidad esEspaiia. El u~o dpa~a ~raza. En su asp~cto p~s1t1~o~as primitivo y deslla
. del gemo nac1ona '· frances.
. En su asuna ma-sin ciar bsistenc1a
aiiola garantiza la su . e de su poder que el gem_0
ues cabe decir
~uidado, m;nos
universal al geni~ •~~:•~~lt~ra es en cierto
la universahdad e
.
Pecto negat1vo, r
a al menos,
e cont1ene.
f' il
que, en Europ_
l a la esencia francesa qu - l se adapta mas ac modo proporc10~a as complejo que el espa?o '
uede sometersc a
El genio ingles, m
F ncia Mas consciente, p
lnglaterra un
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·a de ra
·
· que en
mente a la in u_enc1
a la absorci6n. De aqui
iamente el agostaesta influen~i~ sinn~~:ui:ncesa no signifiJue
no resulta nunca
periodo de in ul: ra nacional. Una pala ra r enos todavia en tiempo
miento de la eu u , ina de inglés, y lo era m

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ex.tranjera en una pag
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uidadoso y persever~nte
de Chaucer.
finado por Francia, c
en la cant1dad
Asi, pues, Cha~cer, r~uan Ruiz, el bohemio,. tan~~ de Juan Ruiz en
b rgués es supenor a
b ·o Su obra aventaJa a
u
como
en' lacalidad de su tra aJ .
't' as adversa S, se entiende, en
f
. -~e han es' d objeto d e re cuentes en 1c •benevolenc1a,
(1) Esta frase ha _si o ue con gran generosi~ad y uedo resignar~e a creer
las numerosas resenas q . libro y sin embacgo, no p la poesîa, s1no en la
bre mi
· '
N 610 en
crito en lnglat~rra soue encierra es un error. _o :diera decirse inmanente.
e el pensam1ento q .
nipreseute, cas1 p
qu
vida inglesa, to d a Francia es om

aquella inestimable cualidad que Alfred de Vigny describi6 en un verso
inmorta1: Es una obra
Empreinte du parfum des douces solitudes ...
Faita en 1a obra de Juan Ruiz el aroma de las dulces soledades.
Cuando se sienta a escribir, zumba todavia en su cabeza el ruido de mil
voces, «instrumentos e todas juglerias». De aqui la diferencia entre su
genio dramatico y el del poeta inglés. Chaucer esta en un grado mas distante del tumulto de la vida que Juan Ruiz. Chaucer es casi un pintor,
Juan Ruiz casi un actor. El ejemplo quiza mas notable de esta diferencia lo ofrecen sus respectivas obras aleg6ricas. Las alegorias de Chaucer
son cuadros. Las de Juan Ruiz manifiestan ya aquel genio para dramatizar abstracciones que culminara tres siglos después en los Autos de
Calder6n.

*

*

*

De Chaucer y Juan Ruiz a Shakespeare y Lope la transici6n seria fa.cil si fuese posible resistir la tentaci6n de acoplar los nombres de Sir
Philip Sidney y Garcilaso de la Vega. Ambos caballeros de noble estirpe,
soldados, poetas de exquisito refinamiento, cantores de amor desgraciado, ambos muertos en la flor de su edad, Sir Philip a los treinta y dos
arios, Garcilaso a los treinta y tres, de heridas recibidas cara al enemigo,
Sir Philip en I 586, Garcilaso exactamenre cincuenta afios antes. Garcilaso es uno de los poetas mas grandes de Espaiia y, como poeta, superior
a Sir Philip Sidney. Distinguese por un don relativamente raro en las
Jetras espaiiolas, cierta ternura casi temenina que da emoci6n a su poesia y no deja de contribuir también-junto con su habilidad técnica-a
dar a su forma admirable fluidez. Aunque reformador, y adaptador del
endecasilabo italiano, escribe un verso suave y liquido que armoniza de-liciosamcnte con su pacifico ambiente pastoral, su delicada atm6sfera y
6U tono melaoc6lico sin exceso-precisamente el tooo en que Sir Philip
Sidney se queja, sin desesperaci6n, de la ingratitud de Stella. Su poesia es fresca, murmurante y animada con los reflejos y rumores de arroyos, rios y lagos, como ninguna otra poesia espafiola-hecho quiza debido a su estancia en la Grosse Schüt Insel, en aguas del Danubio. Su

�LA PLU.MA

LA PLUMA

. .;) ·I
·f
•1
1

musica es de una belleza y afinaci6n no inferiores a poesia alguna escrita
en Espana antes o después, musica en verdad cuya sutil delicadeza es
excepcional en nuestro lenguaje. Garcilaso es ante todo un poeta aristocratico, por su espiritu como por sus asuntos; un poeta que hallarfa su
puesto natural en el Parnaso inglés, en el cenaculo literario mas selecto
que el mundo ha conocido. En nombre de un nacionalismo mas robusto
que penetrante se le ha acusado de falta de espafiolismo a causa de su
àfici6n a la~ formas italianas que, con su brillante ejemplo, consigui6
aclimatar en Espafia. La acusaciôn es desde luego injustificada. Ello no
obstante, aunque en forma burda, corresponde a un instinto certero. No
por su forma, sino por su fondo y naturaleza, Garcilaso representa un
tipo de poesia poco en armonia con el genio de la raza; poeta refinado,
seguro artista, musico exquisito. En las letras espafiolas es un nombre
excelso, pero un nombre aparte.

* * •

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..

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""

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•

Volvamos a la corriente principal de las literaturas inglesa y espafiola contemplando este fen6meno, el mas notable de los paralelos literarios: el nacimiento, esplendor y fin simultâneos de los teatros elisabético
en Inglaterra y del Siglo de Oro en Espaiia. Inglaterra y Espaiia son las
dos unicas naciones modernas que han creado un Teatro verdaderamente original; es decir, un Teatro nacido del maridaje de la realidad
con el gcnio nacional, sin intervenci6n del modelo clasico, prejuicio o
tradici6n. Este hecho bastaria para justificar el estudio comparativo de
las literaturas inglesa y espaiiola como indispensable complemento de
cada una de ellas, y mas todavîa si se observa que las dos unicas creaciones dramaticas originales de la Europa moderna presentan curiosas
analogias a pesar de haberse desarrollado en casi completa ignorancia
una de otra. Esta semejanza debiera haber impuesto hace tiemp.) el estudio del espaiiol en Inglaterra y el del inglés en Espaii.a como elementos indispensables de cultura nacional, puesto que alguna bonda y todavia inexplorada relaci6n tiene que existir entre dos pueblos que desdc
los extremos Noroeste y Suroeste del Continente aportan a la cultura
europea ofrendas tan originales y de tan espontâneo parecido.

No se limita este parecido a
de ~dmbos teatros, cuyas rudas foe:a:o~usta y casi barbara ingenuidad
reg1 a por Jas tres unidades
.
trrumpen en la pulida
.
tiéndese tam b. ,
. , no sm gran escand 1 d
soc1edad
como 1a . 1 ien a ese apetito de acciôn que
. a o e los doctos. Exmg esa, con el movimiento d
amma la escena es anola
;es, y no meros ejercicios lôgicos o _e ~~e:pos vivos, hombres /mu·
atando la tempestad la b tall
ps1co og1cos. Nada de me .
Jepes~_ades en e1 mismo 'escen:rio a, el due1o, ~ino duelos, bat:i~:!eros re~!eJJdades naturales, héroes
, e~ el que,_ s1guiendo fielmente 1 y tems1empre entreme l
y grac10sos te1en ante el
as comlibertad d . zc ada, de la existencia. La fi
espectador la tela,
e ntmo que los hech d
, . orma, a su vez, reclam 1
0

~:i/''~do •lejand,ino franc~:, ;;:::"

'

imponen. Contmta:d:

espaiio:: se paso ~egular de sus dos bueyes a~::s;ando la tragedia seuromance es iaer;Iten gran variedad de me:ro. E ra~aturgos ingleses y
analoaa a la del ase db~ la versificaciôn. Cumpl/ue tfeatr~ espanol, el
t:&gt;
zum 1do de l
.
na unc16n
·ca1
cesa cuando se . .
a ga1ta escocesa o " I
mus1
rece prolon~arst~o1zmaon otros tipos métricos distinfoas lesgua, pu!es ~-unque
,
•
u
en acomp ~ .
,
pu sac1on p
mas vanedad lirica (1) p
l
anam1ento a través de l
atales como carta
. a:a os menesteres mas hum.
os trozos de
hace uso de la pr~s;;sa1es, av!sos, el teatro espan~Id~~ de la r~lab~a,
cambiantes asî c . stc atrcv1do alternar de rosa , mo e mgles,
~tm6sfera de viv:c%:;1 :as~ fdredcuente de canci~nes / ;~::~a e: metros
nol y al inaJ .
, ne a y movimiento
,
, rea una
dia frances:.es y en fuerte contraste con el deco;oc::~°e ~! dteatro espaA
t:&gt;
mo e la trageunq ue fundador del t
Vega hubo de aaua d
eatro espanol, y su mas gran fi
concediese la fa~a ; ar hasta época reciente para que l gura, L_ope de
e que merecidamente g ,
.
a postendad le
- ozo en vida. Calderon, me(1) Existe, en mi O • .6
nuestro Teatro v la def1111
n, gr~n s~mejaoza entre
.
comlo el otro, dân el rit~iompanam1ento de &lt;&gt;uitan-!a func16n del romance ell
cop a o de las form
.· genera! y sirven
en nuestra jota. El uno
la Jota siguen, adem~~ vfgIJasl. ~l romance v el ac:!pea~ase_ al vuelo lirico de la
, ua ntmo.
'
nam1ento de guitarra de

c;m

2 93

�LA PLUMA

•

•
•

jor conocido, le precedio en renombre europeo. Esto cxplica que Calderon, en quien se creia ver la 4&lt;figura central» del teatro espaiiol (1) se considerase en Inglaterra como el prototipo con quien comparar a Shakespeare. Pero, en realidad, el verdadero paralelo de Shakespeare en Espa.
iia es Lope. No solo pueden ser ambos, por su superioridad sobre sus
respectivos precursores, considerados como los fundadores de sus teatros nacionales, sinoque ambos pertenecen a ese tipo de genios espontaneos que mas nos da la impresion de la sencillez, fatalidad y podcr de
las fuerzas naturales. Ambos recuerdan a la naturalcza por su fecundidad, su derroche de fuerza creadora y su tranquila indifcrcncia hacia la
patina, el pulimiento y la pcrfeccion. Y no es que no scpan lograr la
expresi6n pcrfecta. Antes por el contrario, es en ellos frecucnte el feliz
acoplamiento de idea, palabra e imagen. Pero cuando esto succdc no se
debe a laboriosos esfuerzos de artista concienzudo, sino a esa intuici6n
que el genio alcanza en su mera absorci6n de las cosas. Por ultimo,
. como todos los fértiles manantialcs de creaci6n, Shakespeare y Lope nos
inspiran anâlogos misteriosos sentimientos de afecto y de gratitud, como
los que sentimos por el mar, la tierra o el sol, padre de la luz.
Pero el paralelo entre Lope y Shakespeare no pucde prolongarse mucho sin tener que anotar diferencias que recuerdan las que ya observamos entre Chaucer y Juan Ruiz. La maravillosa fecundidad de Lope
implica una facilidad de imaginacion y ejecuci6n tan favorable a la cantidad como nociva a la calidad de la obra. Dadas las circunstancias en
que escribia, su nivel medio es increiblemente alto. Su vida aventurera
no le dejaba tiempo para ahondar y madurar su filosofia de la vida.
Tanto o mas que de Juan Ruiz puede decirse de él que, comparado con
su contemporâneo inglés, le es inferior en cuanto le falta cultivo del espiritu en soledad. Poco se sabe de la vida de Shakespeare; pero la mayoria de sus complejas flores de poesia implican una vida no exenta de
ocio y soledad. Asi Shakespeare ahonda en pensamiento y erige un teatro de emociones en las mismas câmaras del alma humana, mientras
(1) An Essay on tl,e Life 11nd Ge11ius of Calcuro~, µor cl Arzobispo de Du•
blio, Richard C. Trcnch, 1886.

LA PLUMA
Lope se extiende en la acci6n y monta su t
.
.
pacio abicrto de la realidad tano'bl
eatro de s1tuac1ones en el esA
_,1 e.
unque .\1ilton y Calderon son exactamen
.
hecho no bastada para justificar un aralelo. ~e. cont~mporaneos, este
base de comparaci6n en la ana!ooia dp 1
. x~ste, sin embargo, una
.
o
e as s1tuac1ones q
b
pan en las l1teraturas de su~ respect'
.
uc am os ocuépoca de resplandor, ambos
ivos pa1ses, ambos en la estela de una
arrivés trop tard dans un monde tro .
·
p VlCUX.
a circunstancia los acerca como hered
nio literario que les da por decirlo , . eros que son de un patrimo'
as1, c1crto abolenrro
1
1os hace seconscientes (i). En ,·cz de la es ont . o Y, por o tanto,
kespeare. de su imprevisi6n de su ins . p .. a~e1dad de Lope y de ShaMilton revelan atenci6n in{enc·o
~1radc1on libre y fluida, Calderon y
d
,
i n, meto o Son con .
zu os. Conocen a fondo el arte d t
I.
sc1entes y concicnpiracion, rara vez dejan a su mu/ ~azar i-banes y, aunque ricos en insCierto que .\1ilton no es en u:i~:;~/ ertad de m~vimientos.
lo es de manera predominante PEii
bamaturgo, m1entras Calder6n
, l
.
·
o no o stante es im
'bl l .S
slJn • gomstes sin Jleoar a la co cl . .
. •
pos1 e eer ,mval de Shakespeare de habc ~ ·ctus10~ que .\I1lton habria sido digno ri.
,
r v1v1 o cmcuenta aiio
t D d
d
.
s an es. a o el amb1ente moral en que vivio M'lt
como le fué posible De m'od. J on _esarrollo su vena dramâtica tanto
'
0 q UC SI se
J'
·
contiene, aunque desde lue o en ro an~ JZa su _g~mo se hallara que
csencias literarias que el de c!Ide . ~ 1,P_orc1oncs ?1.stmtas, las mismas
Porque Calderon es quizâ cl r~n·1·1'.1ca, dramat1ca y didâctica.
.
mas mco de nuestros d
su 1ira, como la de .\1ilton p
ramaturgos, y
1
plata. Llcvado de su tende'n _?sel~ _a cuerda de bronce al lado de la de
,
çJa mca no deja a
d
e1ecto dramatico al efecto m . al ,
.
veces c sacrificar el
---us1c , suspend1endo la accion para que el

Est

(1) ~ie pcrmito este neolo ismo ue
.
~ncerrdd 1 en la palabra inglcs g
If, q ~reo neccsano para exprc~ar la idea
a •se consc1ous, estado d
, •
P1&lt;:JO que. el que cxprcsa el voca bl o cconsc1ente,
.
' yq
c esp1ntu. m:is cornestrccha intervenci6n d 1 . t
•.
uc se caractcnza por una
' 1n e 1ecto cntico en los
• .
del sentimiento ra sccoas .
.
movimicntos de la voluntad y
· •
c1enc1a scrfa ' pues' lo con trano
. de la cspootancidad·
2 9S

�LA PLU l\f A

•

·.

dialogo pueda adquirir una simetria como de terceto de opera italiana.
La repeticion de temas verbales que Tirso de Molina habia utilizado tan
discretamente (por ejemplo, en El _burlador de Sevilla), se desarrolla en
Calderon hasta llegar a complicado ejercicio de composicion, casi intolerablemente mecanico, y desde luego antidramatico. Pues, aunque Calderon poseia la conciencia artistica de Milton, le faltaba para su aplicacion el gusto infalible del gran maestro inglés, y en su prurito de perfeccion formai deja con frecuencia que su pensamiento se extravie en
inextricables laberintos de estilo.
Defecto es este natural en un poeta que tenia que escribir mucho y
para complacer a un pûblico echado a perder por varias décadas de produccion dramatica exuberante. A pesar de él, los vuelos liricos de Calderon recuerdan a Milton, parecido reforzado por la comun preferencia
que revelan hacia los asuntôs religiosos y biblicos, tratados por uno y
otro con una austeridad que contrasta con la sonriente mundanidad de
Lope y Shakespeare. Pero aqui, la diferencia especifica entre el poeta espafiol y el inglés reside en la sustancia mas que en la forma de su labor.
Milton es el poeta protestante, Calderon el poeta catolico por excelencia. Milton concentra su atencion en el caracter y la conducta, Calderon
en la fe y la gracia divina. Este aspecto de Calderon hace de él el tipo de
transicion entre los poetas realistas y populares como Lope y Juan Ruiz
y los poetas espirituales y rpisticos como Santa Teresa.
Realismo y misticismo son los dos polos del ser hispano: un realismo que tiene algo de mistico en la intensidad de su contemplacion y un
misticismo enamorado-de la realidad, como solo lo estan quienes ven a
Dios en todas las cosas. Velazquez y el Greco representan estas dos tendencias en el arte de Espaiia. Calderon ocupa un lugar intermedio. Se
aproxima a Velazquez en el claro realismo de Et alcalde de Z alamea y
pinta .La vtda es suetio con los colores violentos y las lineas torturadas
del Greco .
Esta revista de algunos de los mas grandes creadores da la literatura
espafiola, vistos en contraste con sus equivalentes ingleses mas cercanos,
.296

LA PLUMA
ilustra la consistencia con que el ge mo
. nac1onal
.
esp - 1
d
ano se esarrolla.
la cuahdad y del defecto mas im ta
d
mo, causa a la vez de
Porque bajo la accion de esta este:~ ~tes e la literatura de Espafia.
puede hacer dar flores de poes1'a al '~ e apetito de realidad, el poeta
.
m1smo suelo que h Il
.
aire que respira; mientras que el h b
.
ue a Y a 1 m1smo
mi~mo apet~to, tiende a desparram:;s:e a~~tvi~:~ en él, animado por el
accwnes, pnvando asi a su obra d
por el mundo de las
e esa crema del
•
acumula en la quietud y en la soledad
pensa~1ento que se
mento vivificador del genio dra , t' . Est: elemento reahsta es el elepafi~ posee en grado tan solo t;a;~~oespanol, facultad litera~ia que Esgemo ûnico de Shakespeare
mb' , ' n~ por Inglaterra, s100 por el
nio espàr'iol que en el c- d.
ieo_ exp ica el desinterés ético del ge'
ion o no es mas que
' f,
.,
sivo amor a la reaJidad Est
. mam estac1on de su exclu.
e amor no perm1te q 1
·
• ..
mano coarte los movimientos d l 'd
ue ey m pre1u1c10 hubelleza es gracia de inspiracion t:rr:;: :1 consagrada p~~ la belleza. La
se aparece la realid d 1
•. ' esplendor espmtual con el que
a a a mente estet1ca Pe h
.
de la realidad todavi'a ma' , .d
·
ro ay un t1po de amante
s av, o que el art· t
· 1
.
aparece envuelta en un respl d d
'.s a ~ ~uien a reahdad se le
mistico.
an or e gracia d1v10a: este realista es el

La tendencia
maestra de la raza es
. 'd
.
un av1 o realis

Tf

Asi, los realistas y Ios m · r
estan impulsados por u
,~ ,cos espanoles, aunque en forma distinta,

na m1sma tendenc· L
·
•
al uno caer sobre la realid d t
,
,a. a m1sma av1dez que hace
tual y la union co n· Na aog1ble, eleva al otro hacia la vida espirin 10s. uestra gran 1' ti
estilo suyo que brota d
,
i:n s ca anta Teresa cscribe un
1
fadosas redes de Ja ara e_ ~orazon romp1endo impacientemeote las enmatico? Este estilo ;s ::tlca, del or~e_n y aun_d~l sentido logico. èDramisma vida El an, .
que dramatico. Està vivo y palpitante. Es la
·
ommo autor de M C'd J
R .
a pesar de "U man
d'
yo l ' uan u1z, Lope de Vee-a
era
1recta
y
sobri
'fi
.
u
'
al lado de est
.
a, parecen art1 c1osos
e insinceros
e rea11smo transcende tal c S
la cumbre del &lt;&gt;eni
n . on anta Teresa ~stamos en
sia, en esa realida/ de Espana, en ~lturas por cima del arte y de la poeq ue, como la misma luz, es invisible.

s

SALVADOR DE MADARIAGA

�LA PLUMA

LETRAS BELGAS
)

EL REGIONALISMO

r

. . d lo que vov a decir me expongo a que
BNASaoo sé que dicien
c6l • d un eJ·ército de crîtico•,
,1
vos y la
cra e
caigan sobre m1 os ra.
.
H
·ornas consagrados por cl
. •
d académ1cos. ay axi
•
de penod1stas Y e
.
s· arduo es el empt-no de
.
t' d Jas gcncrac1one ,
respeto y la s1mpa ia . e
t d encargado de dar cucnta
ncias Pero es an
Proclamar sus ncfastas consccu~
.
d los altibajos de la hteiatura
I escntores belgas Y e
d ·
aqui d~ la actividad d e os
d .
. pensamiento entcro: para eor
d
ho para ec1r m1
de su pais. me creo con erec
1 regionalismo tiene la culpa.
q ue Jas Jetr:is belgas estân enfermas y quede .d desde la infancia. Pero, ce,
dad la ban pa ec1 o
•
Cierto es que ta! en,erme
. . f t'J que pasarâ con los anos.•
, d · . Es dolenc1a m an 1 •
.
rraudo los ojos, soha ec1rse. •
.
heroicos de la joven Bélg1ca, 1os
ado En los hem J&gt;OS
·
s
Lejos de pasar, se h a agrav
·
aciones y disciplina reg1ona 1 ·
•
dieron de las preocup
· b
la
mejores escntores se eva
t t ·mportancia que deJa a en
·e de arupo de an a t
â
tas v formaban uoa cspec1
.,
1
de sus colegas restantes, m s nu' •
f d d 1 sombra-a i;:rupo
V h
sombra-en el on o e a
I
. :\faeterlinck, Emile er aeren,
m~roso. Bastarâ citar los nombres de :\ aunce •

°

•1
)

,.

°

)

l

•

.

r

..

Charles Van Lerberghe, etc.
europeo v-mejor aun1
traba en un P 1an 0
'
Con esto, la literatura be ga en
d L
eocupaciôn de lo pintoresco
.d d amplia profun a. a pr
1
h
en un piano de umam a
•
t·t yen todo el 11tractivo de as no•
.
..,
booitos que cons 1 u
tiJ
v los dctallcs d1vtrtiuos o
I
su sigcificaci6n y su es o,
•
disminuyen su a cance,
éll
.
vc]as reoionalistas-y que
b
no aparecîan en aqu os, 01
"
b de un talento ro usto-,
de
incluso cuando son o ra
.
li . t de las kermesses de aldca y
se rcspiraba en sus cscritos el aire a!&lt; 1x1an c
las disputas de politica local.

298

Porque en el fondo de todo esto late el conflicto eterno entre dos concepciones difert·ntes: la que concede preponderancia al ,asunto, y la que, desdei'iando el aspecto exterior, desdenando la fabula, .Ja anécdota que reviste con
ropas acaso brillantes monigotes sin alma, busca dondequiera y siempre los
principioi; fundamenlal ~s y (si puede decirse asi) el ritmo esquemâtico del corazon v del cerebro humano. El regionaiismo es por excelencia el régi men de
los coil)res llamatirn~. de las iotri:{aS sin importaPtch y de las anécd,&gt;tas pintorescas. lnch1so cuando prctende elevarse al dramd psicol6gico se dispersa en
mil ddalles sin interé~ rcal, y prnduce esos «cu~dros de género• que deleilaban a nuestros abuelos. Es de notar ademâs que en los espect.iculos de gusto
cregionalista, interviene a menudo, abundantemente, la revisiôn y la interpret11cion personales del autor, de suerte que el 1-.bricgo de la Campine llevado a
la escena por las obras belgas no puede estar m.is distante de su moddo.
Mezquindad, mentira: toda Ja literatura de este pais se revuelve entre esos
dos defectos, y apenas logra evadirse del uno sin caer de bruces sobre el otro.
Pero han sabido urdir esta comedia: como eran :os m.is. y también los mâs ruidosos, los autores re:;:ionalistas proclamaron que su concepci6n era la unica
digna de atenci6n y de simpatia, y lanzaron una especit de excomuni6n mayor
contra los hombres que mostrabau audacia e indisciplina bastantes para inclinar sus preocupaciones creadoras en otra direcci6n. Su alzamiento fué tan ,mânime y brutal, que realmente empujaron al clestierro a :\!a:terlinck y a otros,
y est.1blecieron un1s reglas de estética litcraria en que los relieves del naturi:lismo se asociaban al deseo de constituir una «escuela, en el ,·asto n111ndo de
la literatura francesa. Xo es exagerado afirmar que llegaron a proscril.Jir completnmente la novela psicol6gica, el drama de ideas, y hasta la poesia lirka, y
que encerraron toda su producciôn en el circulo angosto de sus particularidades loc:iles.
Espectaculo poco alentador y cbocante. Igooro si Espaiia ofrece, junto a su
literatura de expresicin uni1·ersal, centros muy ardientes de regionalismo arti,tico. Sé que cuenta con algunas escueias provinciales, pero dudo que sus micmbros pongan t11n hurada intransigencia como los de aqui en no dejarse contaminar por sus 1·ecinos-cuanào no en imponerles sus propias miras-. Lo cierto
es que en Bélgir.a nada podia autorizar ta! explosi6n: en un pais tan pcque1io.
tan cuncenlrado, en cuya capital se junta la décima parte de la poblaciôn tc,tal.
y en donde la centralizacion es intensa, la vida, la autonomia provinciales no
existrn. Cuanto se hace por resucitnrla, lo mismo en Flandes que en \Vallonia,

�LA PLUMA

r ·

lamentable. Por otr.\ parte' el ei· cmplo de la literatura acerlandesa
es c 1c10 y.
, funcsta a los escritorcs belgas.
hubiera dcb1do apartar de csa v1~ .d d Todos los que no podian ambiciooar
r6
·ctoria de la med1ocn a .
.
Rebc i n y v1
. cias de las intriguillas locales, en med10 de las
cosa mejor que notar las p~npe
sc·1tar un movimiento de opini6n cool · d se col1garon para su
..
que pasaban a VI a,
d
fuertes cran incapaccs de inmovihzar
tra _los h~mbrcs que por :~:,~nuo ~:~sc;mpanario de su aldea.
su mgcn10 y su coraz6n e
.
1 orte combativo que ostentaba hace
El mal ha ganado terreno. Ya no t1_cne ~ p
una rutina A fa,·or de la
• 1 ble y s1lcnc1oso como
·
unos afios. Ahora es imp ac~
.
do que la ha scguido, reviste el
guerra. y de la crisis de nac1onal!smo exaspcra
fi

aspecto de un dog~a .de estad?.
1
·onalismo no ha producido niaguna
Seda injusto y nd1culo dec1r que e reg1
entre las que se inscriben
.
• p ro bvsco en vano obra de 1mportanc1a. e
.
opea sea en el presente
•
b de repercus16 n eur
,
bajo ese ep1grafe-una
o
ra
.
1
7 ' I Eulens""ievel de Charles De Cos. T emos es c1erto, e 1iy
-r o
o en .el porvemr. en e se' dele1tan
.
a 1guno s m1·11ones de lectores, y que no ha
ter, hbro famoso •con qu inco se1s
. 1.d.1omas. Pero es de advertir que respecto
O
dcjado de traducirse a c
d .
s'mbolo hist6rico de Flan!
- 1 tea de otro mo o, es e 1 i
de 7 h_vl el prob ema se P an
.
me a los oios de los extranjeserva un re 11eve enor
,
1
des, y como tal, ogra Y con
•
. . de gesta de Flandes, como sus
. 1 s lgo asi como 1a canc1on
ros: Tliyl E11 ens/mge e a
. d
m letado poco a poco por mil na•
'
Niebelungen, y nacido entre Jaa~u~:~::~nci: hfst6rico de un pucblo.
rradores an6nimos, pertenece P
h
blicado media docena de libros
La prueba es fa.cil. Charles De Coster a ~éu los conoce quién los ha leido,
•
d f,O lklore flamenco: ·qui n
'
mas. vc:st1dos todos e
"é '
ha ocurrido nunca tomar en
q uién se pondria a tr:iducirlos? ;_Y a qui n se 1e C
l
•
. •t d ~ de Charles de oster.
cuenta a los discipulvs e 1011 a ore:s
d"
co no escritor de la repulaci6n
.
• 1
De Coster no es 1gno, 1
'
D1gamos me uso que
- E kh d v Camille Lemonnier, en lende su libro. La verdad es que Ge~r~~sl :uy~s: ;n lcngua fiamenca, son mas
gna francesa, Styn Strcuvels Y y 11e.
'

•
•

gr~ndes y ~as respetables qu~ él.unicos noveladorcs regionalistas que ban goLemonmer y Eekhoud son os .
t "6 en Parfs Adeptos ambos
d
·d de cierta repu ac1 n
·
zado, en una época ~ su v1 a,
d M dan (con Zola} Huysmans a la cade! mas riguroso rcahsmo, los autores c e 1· t la entre la de sus amigos.
.
b
clutaron su c 1en c
.
beza), los acog1cron, y am os re
.
ue e11 algunos capitulos ac1crta
..
l'd d 1• ·cas de Lcmonn1er, q
Las pos1t1vas cua 1 a es .m
d
. •6n del Paradou del Abbé
a vcncer dificultadcs comparables a la famosa escnpc1

LA PLUMA
Mouret, le granjearon la admiracicin de una época cuyo ideal mas sano consistia en la cnotaci6n de la vida,. Y las seiioras del barrio de Saint-Germain se
entusiasmaban con el misticismo que empapa sus cuadros flamencos, asi ccmo
Janzan gritos de admiraci6n en cuanto vi-n aparecer una toca breton a o vendeana. Pero hoy que las modas han variado y que ban muerto los hombres, boy
que s61o quedan Jas obras y cienen que defenderse por si mis'llas, es impo1ible forjarse ilusicnes acerca del ,·alor y de la significaci6u verdaderos
de Camille Lemonnier: sus libros son sancil!amente ilegibles. Sabido es que
firm6 mas de setenta, pero no hablo ac;ui de las novelas concluidas atropelladamente por causa de la alimentaci6n; no bago excepciones, ni siquiera en favor de Un mdle, ni de Le Afo,·t.

En cuanto a Georges Eekhoud, ultimo sobreviviente de su gcneraci6n, acometi6 la conquista de la fama sembrando en sus novelas pro\'inciales un erotismo mas o menos acentuado, segûn las necesidades de la venta. La Nour,t//e
Carthage, donde intenta pintar la vida social y moral de Ambercs, el Cycle PalWlliaire, su libro mcjor, que pone en escena a los labricgos de la Campine, las
Kenusses, y sobre todo Esca/. Vigor, Je valieron al autor la consideraci6n de
eaa clase de lectores que estân sic:"mpre en acecho de cmocioncs fuertes. Al
propio tiempo acert6 a que la justicia le persiguiese por ultraje a las bucnas
rostumbres. Pero todo eso olvidado esta, y yo no sf si aûn se Jee a Eekhoud
en 1922, fuera del restringido corro de discipulos que le rodcan con sus obras
agraccs y calientan sus manos impacientes en el rescoldo de su gloria.
Porque Eekhoud tiene discipulos c imitadores. El El;tado los subvenciona
para que publiquen sus libros, que nadie compra, y asi se forman catalogos
enormes de literatura belga, donde los libros estan ordenados por series, segûn
la porci6n de pais llano o la ciudad que celebran. Cada uno tiene su especialidad, se han repartido el pais por secciones y cada cual explota su parte a
foodo.
No quiero citar nombres. S61o be querido explicar c6mo y por qué una escuela que produce tanto como la escucla belga es tan pobre en realidad, y a qué
lie debe su )t,nta estrangulaci6n. El regionalismo asesina poco a poco el csfuer10, demasiado mon6tono, de los t&gt;scritores de este pa{s, y toda su mana consiste
en poner en los cadaveres mascaras rutilantes. Mas, por desgracia, ponen en
eso tanta convicci6n, que son los primeros-y los unicos-engaiiados. Lo cual
no q uicre dccir que sean Jas unicas vfctimas.

PAUL COLIN
300

3ot

�LA PLU 711 A

LETRAS INGLESAS
publicaciJa,. taato tiempo esperada, del Ulises, de James Joyce, es
un acontecimiento literario que eclipsa a buen seguro en importancia todo lo que desde mi ultima cr6nica de LA PLUMA ha sucedido
en la literatura de los pueblos que hablan inglés. Es, en verdad, un
l!acoatecimiento que no puede por menos de tene1· significaci6n hist6rica en tanto se continue leyendo inglés. Porque este libro, vasto, extraordinariamente difkil e intensamente couturbador, no es tan s6lo uua indudable
obra de genio, tiene ciertas cualidades que le hacen unico entre todas las obras
de genio. En él, ese denuedo intelectual y esa bonr.adez cruel que·caraclerizan a
Bernard Shaw, paisano del autor, llegan a profundidades nnnca sotiadas hasta
ahora. La violencia, la pasi6n que esconde la reprcsentaci6n, cruelmente cândida, de los personajes de Mr. Joyc-e en todos sus pensamientos y acciones tienen sin duda origen en la., constrkciones antinaturales y absurdas muchas veces
que forman parte del sistema irlandés de educaci6o, y constituyen integramen•
te la vida religiosa del pais, cat6lico y protestante. i\Ir. Joyce ha encontrado la
incitaci6n y el împetu para su colosal prop6sito, mâs en una reacci6n contra
tales constricciones que contra la religion de que suelen ser resultado, merced
a la ceguera humana.
El Jibro equivale en extensi6n a cuatro o cinco novelas i,1glesas corrie1Jtes.
Describe veinticuatro boras de Ja vida de un judio de Dublin, llamado Leopold
Bloom, de su mujer y de su amigo Stephen Dedalus, principal personaje del
Retrato del Artista en su juventud, del mismo escritor. La época, se supone en
un dia de 1904. No bay «acci6n• en el sentido corriente. El Jibro es la presen•
taci6n de esas ~entes (y de otras muchas), de sus pensamientos-ora flotantes e
informes, ya definidos y precisos-de sus conversaciones, bazatias, funciones
fisicas. No se aminora, disimula, oculta ni suprime nada. El lector mete la nariz en todos los guisos de la vida, tal como la mayoria de los falibles humanos
Ja viven, y la implacable forma que le subyuga a las paginas impresas, parecc
estarie diciendo de continuo: cSi quieres ser idealista, basa tu idealismo en los
bechos. No te escurras, '10 te salgas de ellos.• La técnica, no menos que el contenido, del Ulises muestra toda la originalidad del genio, y es de esperar que
los escritores de la generaci6n venidera sientan profundamente su influen•
da. Aunque sea discutible la bondad de esa influencia-la licencia suele ser

[I

..

·.

302

A

harto
frecuentemente
el resultado de toda liberaci6n - no cabe d ud a d e que 1a
.
.
hteratura rng_lesa entra en una nueva 4poca con la publicaci6n de Ulises.
_Por espec1ales que parezcau las circunstancias en que ha sido publicado el
{IJ,ses, no son tan sorprendentes cuando consideramos Ja h'lSt ona
· d e Ja 1·1teratura
Uua y otra vez, obras que h a r. 11egad o a ser c lâ. en Inglaterra -v América.
.
s1cas para . las generac1ones futuras , ban salido a luz e n con d1c1ones
' ·
anormales y c1rculado s6lo entre los menos. (Los nombres de William Blake,
Shelley. .v Samuel Butler,
acuden luego a Ja memoria)
· · 1mente
.
•
, Débese pnnc1pa
al. apas1onado
entus1asmo
del poeta angloamericano
Ezra p oun d , y a Ia d eC1·
.
.
,
s~6~ de M1ss_Sylvia Beachs, dama americana, propielaria de Ja excclente libre0
na mglesa
rTI·
.
. Shakespeare and C. (12 rue de l'Odeon , Paris, VI. •) eJ que v,rses
~aya s,do. 1mpreso por entero. sin cexpurgaciones• o mutilaci6n del texto. El
libro ha ~1sto la lu_z en Frnncia, en Dijon, en edici6n limitada a 1.ooo ejemplares, v~nd1dos ya srn duda a los admiradores del autor de lnglaterra, Irlanda v
Aménc:t.
·
~iGcil es comp~eoder c6mo Ulises p11ede ser asequible a los europeos del
contmente. Es un hbrn extraordinariamente dificil de eot-:nder por entero, influso _para los Ject_ores ingleses ignorantes del idioma angloirlandés: v eJ sabor
JX:c'.111ar de su estilo, se ha de perder casi seguramente en una trad~cci6n. El
cntico francés l\I. Valery Larbaud ha observado que con este Jibro clrlanda
vuelve a entrar en la gran literatura europea•. Su dicho es un tanto oscuro
porque Uli~es es cualquier cosa menos ceuropeo• en sentimiento, desde el mo~
me~to que ignora tod~s las convenciones que la Europa cristiana ha aceptado
~1tamente durante s1glos. Por otra parte, dado que es una obra de aenio es
umversal.
b
'
La recepci6n que ha tenido Ulises por parte de distinguidos criticos inale
ses-!IIr. Arnold Bennett y Mr. J. M. Murry entre otros-ha sido satisfacto:ia~
Mr. Murry se atreve a decir en The Nation and Atlzenaeum que c.Mr. Joyce posee un poder magico comparable al de Goethe en la segunda parte de Jiausto
o al de Dostoyewski en El sueiio de Ivan. En tal parte de l•lises-digé!.moslo cte
u_na ve:, ya que e!lo nos ha de valer cierto descrédito o cierta gloria de aqui 11.
cien aoos-es ev1dente una genialidad de orden elevadisimo, estrictamente
co,nparable a la de Goethe o a la de Dostoyewski.
Aparte la publicaci6n del Ulises ha habido en el mundo Jiterario inglés pocos sucesos que merezcan comentario especial, o que puedan interesar a los
lectores de otros paises. Hemos de decir algunas palabras acerca de The Jyro,
303

�LA PLUMA

•
)

'.'.1

•

..

rcvista dirigida por .Mr. Wyndham Le\vis, que rcflcja Jas teodencias modcrnas
en artc y literatura. Ha aparccido rccientcmente cl seg,undo oûmcro de esta
publicaci6n, y seiiala marcado progrcso respecto al primcro. Rcproduce obras
del propio !\fr. Lewis, de los pintorcs Etchells y Wadsworth y muestras del
artc del escultor Dobson. En punto a colaboracioncs litcrarias, la mas impor•
tante es la de Mr. Lewis, que demucstra igual distinci6n en las dos artes que
practica. Corno escritor tienc grandes dotes de pcuctraci6n e ironfa y su estilo
es admirable.
De poesia muy poco ha aparecido ûltimamentc que merezca algo mas que
una atenci6n transitoria. Teuemos excelentes talentos poéticos que produccn
muchos versos agradables. Pero aqui no hay seiial de genio alguno. !\Ir Edmund Blunden, poeta pastoril muy influfdo por John Clare, acaba de publicar
un gustoso volumcn titulado Tite shepnerd (El pastor). Es un trabajo docto y
cuidadoso, pero calculado con poca fuerza para clevar el aoimo del Jector.
En tanto esperamos que la musa se recobre, tenemos tiempo de dedicar
mas atenci6n critica a la obra de algunos poetas recienteme.nte desaparecidos.
Entre ellos, debe mencionarse a James Elroy Flecker, autor de un bello volumen litulado Tne golden journey 10 Sama1·ka11d (El viaje de oro a Samarcanda),
muerto de tuberculosis en 1915. Flecker no cra modernista en ningûn sentido
-inclinabase ciertamente a la teoria parnasiana-, pero si un admirable artifice. y su libro ha resistido la acci6o del tiempo mejor que los de su contemporaneo ~upert Brooke. Hassan, comedia oriental de Flecker, no se ha publicado ni reprcsentado a(m. Los que la han lefdo, la coosideran una de sus obras
mas importantes, y cuaodo apartzca, decidira probablemente el lugar de su
autor eu ouestra literatura.
La novela ing!esa esta actualmente en un estado de transici6o. Nadie sabe
Jo que en realidad constituye una oovela, corno ta! forma artistica, y la palabra
«novela• va gradualmente encubriendo toda clase de obras de imaginaci6n co
prosa. La novela corta, sin embargo, empieza a ocupar la ateoci6n de nuestros
mas brillantes escritores, y aqui la disciplina es mas estrecha. El dramaturgo
W. S. Maugham, !\fr. Aldous Huxley y Miss Katharioe Mansfield, han publicado durante los ultimos meses, sendos volûmeoes de cuentos, que alcaozan co
punto a la técnica brillante, un alto nive!, y es de esperar que el progreso con•
seguido en tan dificil rama del arte literario se mantenga en Ioglaterra, donde.
la novela corta no tcnia basta ahora la considerad6n debida.

DOUGLAS GOLDRING

LETRAS PORTUGUESAS

fi

cr6nicas tiencn por fi
n provcl"r a la c lt
rnentos contemporaneos sobre l 1·
u ura espaiioJa de elca 1terat
que lleguernos a liacer un co111,,., . . ura portuguesa. Antes de
d
r e-, en,1u de J
ose, menester es exbibir pa
,, .
o que vaya publican,
.
nordm,came l
.
nue~tra literatura. No podemos
.
n e e 1 estado actual de
n~cias, a pianos secundarios que no ~e corn' ev1dentementc, descender a mimica de nuestro estudio No c t
padccea con Ja naturalez·1 p
.,
·
a raremos pue
• anordgéne, os, que nos Jlevaria muy Je·
'
s, en una clasilicaci6a precisa de
declarado. !encmos ademas que cx:~;i;o;r:s apartaria de nucstro prop6sito
nos ofrecena Ja conternplaci6n d 1
. aspecto de] problema aqucl
.
.
e os cscntores · .
•
que
eu un s11enc10 ya casi de/initivo E
vnos, pero que se mant1·e
•
•
n
otras
palab
.
nen
con 1a literatura de boy esto es
l ..
ras. nos encararcmos tan s ·1
p
•
, con a hteratur
h
oo
ortugal es un pais de poctas. S6Jo de tar a que oy esta en actividad.
muy pocos son, entre nosotros los e , .
de en tarde aparecc un fil6sofo y
g~I J~s hombres de ciencia, ni ~iquie;~1~tus filos61icos. No abund:in en Por:u.
c1ent1ficos. Tencrnos un corto numero d ay gran caatidad de vulgarizadorcs
nemos dos historiadores. Tenemos
e.:onografistas de la Historia· no te
,. .
una p,.-yad
b
'
.
critica hteraria, y muy pocos criticos litera . e ;ota le de monografistas de la
en poetas-en poetas que escriben ve nos. ero somos un pais riquisimo
versos. Co:nenccmos, entonces por Io rsos, en poetas que no sabcn hacer
L
•
s poetas
os poetas portugucses contem ora
.
el grupo nacionalista, que se form6p neos pueden dividirse en tres grupos·
Jar· , t ·
en torno de d os nom b res de talent •
·
. y Alfonso
t · -~n 0010 Correia de oi·1ve1ra
L
. .
o s1n~uJor~ado en torno de Tcixeira de Pascoaes ~pes V1e1ra; el grupo saudosista
os independientes, formado por tod
y . ugusto Casimiro; y el grupo de
obedecen en su obra a mas prece t os aqucllos que no tienen cscuela o no
~on individualistas, dentro del Ar~eo nque el ~c extcriorizar su tempera~ento
t~cos ni de c6digos doctrinarios. Ioc;ut qucnendo depender de dogmas esté~
tivadores de la poesia en Portu al en mos e~tre ellos a Ja mayoria de los culque Espaiia acaba de consagra/u~t estos hem~os, desde Eugenio de Castro
Ja traducci6n castcllana de sus pJoema;~te,_ pubhcando el primer volumen d~
cl mas nuevo de los poetas portugues:s dar,st;s e Horas, hasta Américo Durao,
e va or. .in ese grupo entramos nosSTAS

305

�LA PLUMA
otros. que en nuestros libres, Alma Ajoelhaaa, Payzagem de O,·çftideas, 0 Lioro aas Sympltonias mor/Jidas, y O Livro das Cltimeras, hemos mostrado diversos
aspectos de nuestra sensibilidad lîrica, en la que nada influyen las corrientes
sistematizadas de la poesia portuguesa.
Entra en ese grupo Julio Dantas, que revel6 un modo baudeleri.ino y
rollinatesco con su primer libro Nada, y ha ido liberandose poco a poco de las
inftuencias directas, basta ser boy aut6uomo. También pertenece a ese grupo
Augusto Gil, que es entre nosotros una especie de Uenri Heine, par la dulce
ironia de sus trovas. Jndependiente era Juan Lucio, poeta de fecundos recursos, que la muerte nos 11ev6 prematuramente, dejandonos un libro, Descendo,
la muestra mas curiosa de su manera poética. E independiente es Camilo Pessanha, l{rico notable, de forma irregularisima, que en su poema Clepsidra, harpa de cuerdas desafinadas, encanta, no obstante, las sensibilidades modernas.
Los representantes principales del primer grupo, o grupo nacion~lista, son
Antonio Correia de Oliveira y Alfonso Lopes Viera. Antonio Corrtia de Oliveira es boy el maestro indiscutido de la redondilla portuguesa. En su alma
cstan confundidas las aimas de Rodriguez Loba y de Bernardino Ribeiro-o
sea el bucolismo portugués, la sencillez lusitana. En Alfonso Lapes Vieira,
ese mismo bucolismo, esta tocado de leves tintas modernistas, como si su alma,
viviendo en la contemplaci6n del alma antigua, no olvidase por completo el

•

•

ambieote contemporâneo.
Entrao en ese grupo: Antonio Sardinba, poeta a quien las preocupaciones
exageradas del proselitismo politico deforman y empequei'iecen, pero que aun
asi, en su libro A Epopeya da Planicie, encuentra notas que es justo poner de
relieve; Alberto de Mousalaz, poeta brillante; José Bruges de Oliveira, joven
poeta que va marcando su puesto con afirmaciones que no pasan inadvertidas;
Thomas Ribeiro C olaço, en cuya sensibilidad andan ecos de las liras de Tho•
ffi'\S Ribeiro y de Blanca de Gonta; Juan Cabral do Nacimiento y Augusto San·
ta Ritta.
Al grupo segundo, grupo saudosista, pertenecen, ademâs de Texeira de
Pascoa~s y Augusto Casimiro, otros poetas, pocos en numero, mas o menos

•

afiliados al renacimiento portugués.
Teixeira de Pascoaes es un poeta nebuloso, sin primores de estilo, pero de
fnmca vibratilidad Hrica. Augusto Casimiro es, sin duda, el mejor poeta de
ese grupo. De vez en cuando se deja caer también en nebulosidades que le
perjudican, pero son muchas sus paginas fulgidas y de trascendencia transpa-

1

rente. Los acompada . M .
L A p L U .M A
C
n. ario Be' â .
ortezâo, lirico saudos· t
.1r o, rnteresante tem
riosos colores.
is a, a qu1en cierto tono de
per_amento lîrico, y Jaime
E
pagan1smo
stos dos grupos, nacio l'
suave presta euel• cu!to de ciertos te mas tradi
na ista
y
saudosista,
t1·e
· al
nen un
c1a de los sentimientos
c1on es portugueses
punto de contacto·
guesa. Lo que distingue: e constituyen el fonda
11.eva a la reviviscen:
pensi6n mâs contemplaf saudosismo del nacionalis
g1co de la raza portuen el segundo·
iva en el primera y u11a cap1c1dad
~o es,da mi ver,
una pro •
.
El campo de los
e acc16n mâs viva

p~i~~~

entran en la prosa q~:o::ores es mas vasto, porque son
. Para indicar a los lectore~u; constituyen la poesia.
mâs los géneros que
ev1dentemente que aba
e LA Pw1u los prosado
la novela y de la cr6 . rcar la vasta esfera del pe . d'res portugueses, tenemos
.
mca del
no 1smo
d
garizaci6n, del comenta :
cuento y de la historia d I y e la cr{tica, de
El catâlogo de nuest:: y de 1.a investigaci6n Jite/ari:. a filosofla y de la vulcomo el de los poetas
s pros1stas es grande; no tan
.
6Jtimos, m~s sufi .
' porque les falta la indiv1'd a1·
brillante, por cierto
c1entement
u
1dad
qu
tuguesas.
e notable para dar n om bre y gl e caracteriza
a cstos•
•
De nosotros
ona a las letras por' personalmente
nos .que no nos citemos al h
' ya hablamos al citar a los
cultivar cl periodismo 1
~~Jar de los prosistas, dond poetas. Perd6nesequeremos exclu;~
' a cntica, la filosofla la h" t . e tenemos cabida por
d
~nos ec est
.
•
1s ona y el
e lcgitimo orgullo•
a ocas16n por motivos• no d e falsa
comentario,
d . pero
omencemos
por
el
.
mo
esha, sino
C
'6
penod'
c1 n periodistica: Annit&gt;al
ismo portugués. Son nomb.
de singular lucid
. Soares, director del /'
. tes notables en la ac.
ez, de tndis t"bl
r..,orrezo da Al. hâ .
equ1librio, una iron.
eu I e penetraci6n qu r
an ' rnteligencia
dircctor del Dîa d ia penetrante, glacial· José A' e a ia al buco sentido v al
" , otado d
'
ugusto .M
·
repentinamente de l
e una maleabilidad extrao d' ~re1ra de Almeida
os asuntos
r mana q
'
con una agudeza y u .
por el lado de la opo t .
' ue se apodera
I.Jlico a que se diri ~a mtcligencia que los hace comr un1d.ad poHtica y los trata
~uida su prosa co!:• uAugu~to de Castro, dircctor d:ire_;;~ibles para el gran purntcligencia clara
n arhsta; Joaquin Mauro dir t zano d~ Notit:ias, que
Trindadc Co
y ponderada, scrvida por una'
ec or del D1ario de Lisboa
blico y llam6~:t:~~~rioddista mas nucvo, que s:a:::~~;:~ moderna; Enriqu~
n I" todos por la elcgancia de s
rn~ntemente un pûu dec1r y el equilibrio
307

�LA PLUMA

.

.

) director de ..,a É Poca' mgemero
d ctrinas· Fernando de Souza (Nemo '
cat61ica la facilidad de exprcde sus o
,
al servicio de la causa
. C acho una de
distinguid{simo que pone
s positivos de su saber; Bnto. am
, cuita,
fritu y los recurso
.
.
. muy v1va y muy
si6n de su es? 'pales del republicanismo, mtehg6ed~c1a n la exposici6n de sus
las fili:uras prmo .
'6 y notoriameote met ico e
t{ • o en la discus1 n
correc sim
. .
· nes ni pro•
ntos de vista.
1 cdtica leve, sm intenc10
.
pu
la critica periodistica, csto es, en a emos boy dos nombres: Antomo de
En
la lectura presurosa, ten
d' las maneras moderp6sitos, becba x:r;eras), que ha adaptado a nuest~o ~aeci;~a mucho su amplia
Meoeze~ (R~~ca periodistica france&amp;a, ta~ea qucbl: bonestidad de sus juicios,
nas de ~ en . baciéndose notar por la impcca
be dar en media doceoa
cultura hterana,I aestro del impresionismo, que sa {t'do ' de los e,,critorcs y
Y Joao do Amea ' m
d . ~"enes el valor n 1
n media doccna e imai;
'
de palabras, e
.
b conquisb' ctos de la crfüca.
.
hay nombres que an
de los o l 't' a c1en
. tilica
d~ revista ode hbro,d - Caro1·10 a "'1'cbaelis
de Vas1 ,
m
y

tad:~al:::i~:ci6o d~dlaase:~~ipg::t~so~~i~t~:a ~~~oga, etrlprdimee;o::i::~o~:~~~
li
muy coooc1
d' '6 macs a
conce os,
d' iosa en la cru 1c1 0,
libro sobre
co de ouestro tieml po, ploros ~!nos culto~; Ricardo Jorge, qlue crouod:6n literaria
1
as eu tos a
.
as lto de a e
.
desde os m
ha colocado en el n1vel m a
uteloso en las aprec1aRodriguez Lobo :e dos Remedios, profesor y e~ud1~0, ~a 1 mas nuevo de los
portugue~a; M:~n ~:r meticuloso; Fidelioo de F1gue;re ~r:an-Camp Freire, ha
clones e mvest1ga
e vamos refiriéndonos; Anse mo
valioso juigador,
criticos del géoero ~ qute coordinador de t:lementos, y su bos le atribuyen
,.
't'
que mue
Poco fa11ec1'do' pac1en .
e el esp1ruu en ic0
. es y de
si no pose
f d d de noc100
Theopbilo Braga, que 1 bomcnaje de todos por la can_ 1 a tal manera, que si
merece, no obstante, te 6 del olvido y de la ignoranc1a, de , es valiosisima
ue desen err
. .
le s6lo por si,
problemas ~
h'lmenes que escnb16 no va .
.
utilizarlos, libres
la gran cantld~~ ~eq:: suministrara algun
a ~uien ~:1~:: faltas de que no
Por los matena e
.
d las prec1p1tac1ooes,
de los errores, d e los
. deshces, e
,

~i~

esta exento Tbeoph1lo Drag\ o· por eso lo dcjamos boy aqu1.
...Pero este articulo es ya arg '
ALFREDO PIMENTA

~

LIBROS y· REVIST AS
Mario Paccinl.-Raconti cuj,i.-F. Camp1telli, editore.-Foligoo.
cEI hnmbre del sombrero gris•, traducido para LA PLU~.&amp;, por gracioso designio 'de su autor, es buena mucstra de la colecci6n de Cut.'llos rombrfos en que
ahora 11parcce incluido. ;:\fario Puccini, cuya actividad s6lo ti~oe par en la q11e
prodigiosamente dcsplicga para bien de las letras espaiiolas nuestro G6mez de
la Serna, a G6mez de la Serna y Pérez de Aya la ci due piu origioali Ram6n (sic)
della giovine Spagna le tteraria• dedica sus Haconti cupi. Por extraiic, y aun
caµrichoso q11è pueda parecer a primera \"bta tal maridaje de prefercocias, no
obedece, sin duda, a simples razoncs del afecto pcn,onal. Sirve, por el contrario, para cxplicaroos el prop6sito que, patente a través de toda su obra, se
acusa cada vez mas definido tn el autor dei Viva l'anarc11ia! Poseido de una
curiosidad y una scosibilidad modcrnisimas, en cuanto moderno implica retorno
a la realidad viva-reacci6n que en ltalia se caracteriza en una lucha de diez o
docc anos contra el dannuozianismo, gloriosameote muerto en la gucrra-,
Mario Puccini no se deja arraslrar por la corrieote saltarina, lurbulenta a veces,
del futurismo, valga la palabra, representativa de una modalidad muy italiana
del estado de animo literario de Europa a la bora actual, siquiera tomada a la
letra envuelva un concepto anticuado en muy pocos aiios. Es decir, que nada
explicara mejor a un lector espa.iiol el cquilibrio intelectual que Mario Puccini
quiere conseguir, como la aparente antîtesis de su dedicatoria a los dos Ramones que estima m.is originales de la joven Espa.iia literaria.
Es curîoso observar, leyendo los ultimos novelistas, la influencia de Maupassant, rediviva de entre los escombros del naturalismo y redimida de cuanto
por inmediato y puramente de cscuela habfa de pasar con la moda de un tiempo. Estos Haconli cupi, de Puccini, traeo a la memoria del lector cl nombre de
Maupassant, si no dcsde luego, tamizado, cernido por el de Poe, los rusos
-gcneralizaci6n ésta no tan arbitraria como a primera vista parece-, .Manzoni
YVerga. No hemos de justificar loque s6lo quercmos ~ugerir en estos apuotes.
La misma disparidad de térmioos de referencia, demostrara que no entra para
nada en nuestra ioteoci6n el clasilicar a Puccini en un escalaf6n cerrado. Sî
309

�LA PLUMA

LA PLUMA
s61o seiialar, con ocasi6n de su ultimo Jibro, su tendencia cada vez mas persona!
y precisa a destacarse en la Jiteratura italiana como un intérprete sincero, y
valios{simo, por lo tanto, de cierto caracter nacional que, cootinuando la me•
jor tradici6n de la vena patria, la que por Verga se enlaza con Manzoni, contri•
buya a la cxprcsi6n del espiritu de nucstro tiempo, con la fuerza que 1011 grandes novelistas rusos han dcrivado de la verdad literaria palpitante en Maupassant.
Tema es este sobre el que no han de faltarnos ocasiones de volvcr.

* *

*

Ramon Gomez de la Serna.-El Gran Hotel.-Novcla grande.-Editotial
América, Madrid.
No menos de quince titulos corresponden en la lista de obras de Ram6n
G6mc1 de la Serna, al haber de los ultimos doce mescs. En tan copiosa producci6n, la tcndencia a escribir novelas propiamente tales, es mas aparentc
que real. Si uno de los volumenes publicados con ese marcbamo comercial nos
permite entrever la posibilidad de un esfucrzo en su autor por eocauzar la
inspiraci6n en un scotido mas genérico e impersonal del que hasta ..hora se ha
propucsto, pronto cl volumcn siguiente, al otro mes, cuando nG al otro dia,
nos deseogaiia: Ram6n es Ram6n y no quicre scr otra cosa. Su mancra de
entender la litcratura, o por mejor dccir, su maocra de practicarla ticnc mucho
de clown; su afici6o al circo no es, sin duda, mcramcote plat6oica. Del mismo
modo, pues, que sabemos a qué atcnernos cuando cl cxcéntrico nos anuncia
que va a dar un concicrto o una corrida de toros, no dcbemos tomar al pic de
la lctra los subtitulos de las obras de Ram6n; novcla grande quicre decir taota
como grcguerîa de grcguedas, o variacioncs en el mismo tooo sobre el tema
del Gran Hotel.
Por de contado, nunca falta a la vuclta de cien paginas, el golpe de gracia
en el clavo: Asi en El Gran Hotel, el descubrimiento en la realidad de la vida
de lo que antes era tl dunudo en el a.-te. Con la difusi6n y la boga de los banOI
de sol, los pinteres no teodran, en efecto, que inventar para su, estudio1 de
desnudo niogûn pretexto de acadcmia.

,
'.'.l

•..

• * •
Gerardo Diego.-/magen.-Poemas.-Madrid, 1922.
Suelen los lectores rctardatarios-los que acomodados por entcro y para
siemprc a los usos y costumbres literarios de cuaodo cran estudiantes, se rcsisten a entrar por los de veinte aiios después--, suelen los lcctorcs rctardata·
rios aducir en abono de su incomprensi.Sn la impersooalidad de los poctas nue•
vos, con rclaci6n a los ya consagrados por la fama. Achaque es ese de que no
se libran los mas recicntes poctas espaiiolcs, como sus congéueres franccscs,
alcmanes o italianos.
310

••

Ciento quince poctds de d
rita, por riguroso ordcn ~lfabé/n Joaq~io Akaide de Zafra a d
1',f •
todos los que son. Bien es . ico, se rncluyen en f:'sta col ~n i a;1ano Zudesde lucgo, los hispaooame ~erdad que no son todos los q ecc16n. \ no cstau
cada por nacidos en Es _ncauos. Sobran mucbos eu
~e est'!mos. F;,Jtan,
Segura de la Garmilla inf~?a, no merecen por poctas yaHmserc1~0. si justifia una imparcialidad mal e1 ts~_de manifcstar su gusto
a qrendo el sciior
. Es lo cierto, que su ant:l~n î~da?
rsona en holocausto
s1 se a:lvierte rastro de 1 1 g produce una imprcsi6n d
espaiiola por los que "ôv a a~or de sancamiento llevad,1 eplorable. Apenas
justn consideraci6o: l~Js :i~:~s ~mpetuo~os a fines del pasado a .c~bo en la liricn
Unamuno. AJ)arte cl caudal a o, los Jiménez, los Pérez de ;•go. gozan boy de
contemµoraneos por la iodud~~IRu_!&gt;én Da~î?, distinguense 10/;~\los '.\fcsa, los
rrcspondcncias con el flotam .e ~f"n11r.•rc1,.,,..ct,,.t aui;:t&lt;&gt; ~cnrr"" -~}~ esp~nolcs
los musicos post-wai:ne . icn:o ~ •n?ccisi6n que obticno~n, j'"~'~.,,.i., 1.v•
y producir uoa atm6sfe:~a?os a d1fu~1nar los contornos den vo untanamcnte
para la memoria del oycn:aga o un ntmo marcado, sin asid la fra_se canta/Jile
Pero esto no significa c.
.
ero n1 apoyatura
necesanamcnt
1
nas scan menos favorables a 1
. • c que as escuelas o tend
.
!~:~/d pe~sonaHsimo. Del m~!~~•:;0 de u~n verdadero talenti~~:~i:~~~~=
de la ult~ aJustarse a los patrones-tan aca~ém_no confiere csc talcnto cl mero
1ma rnoda.
icos como los canoncs cl, •
la plé d
s1cosD c aii
timos
3:a e post-modernista dcstacasc en
, .
na! Gcraord;hn_o con pcrsonalidad inconfuodibl!a d~nc~ ~spaiiola de cstos ul-

p:

d_iJtindguido poe~:g~~~r:t~~:~:~~ee~~ t\cratura, c~ cl n I~~ti~ii~~cgS~~:: ecrso8 pocs1a nucva Im
ci n c poemas brcv 5
.
- muy
ta de contribuci6n esep~iic:1:°1hbro _su_mamente suaesti~o pa~~~~pequeiia colecdad aguda
. .
a mov1m1ento poéti "
•
que rcprcscnh filiaciôn ~ec?am~:•cahva qu~ re~e!a en su autor.c~oe~;~î~c:-o, y por 1~ scnsibilibanvillescas del Val1a fucl]e inspira, ejcrcitada sin duda
trabaJ0_10 hallar
nairc e
.
e- ne an de La Pipa de Kif, c I
en as vocah.zaciones
da ha•b~rl~ ~-~mmo d~ renovar cicrta tradici6n ~s o ii a~ experiencias de Apollicn el Greco • o en pmtura cl descubrimiento de pa o a, ta? fecuoda como puede G6ngora [ en Goya: la tradici6n cuita de G6 una o v!nas teorias modernas
boratorio del a J?~Sado recientemcnte en Franciangora. N~ en. vano el nombre
de Mallarmé cntico y hay quien preteode hallar ~elé~rch1vo oel crudito al laHuva
.
n
un antecesor espiritual
justili - :nos, con ~odo, de la arbitraricdad
mcoo~:; ~~~ ~rec1si6n, deduciéndolo de ex~;~: p~cde arr~strar?os el afan de
prcstan an li~ris, un fcn6mcno literario. A mu~~~ass :;!enore~ ioclu~o en sus
proniesas. ëSalud~!mo Imagm y un poeta como Gcrar: co?s1derac1o~es se
ya no hay oli
?S en él desde lucgo a un elegid d ol D1e_go, tan nco en
mpos m paroasos, saludemos en él
o e os d1oses? Pues que
a un vol11ntario del artc.

mur

* * *
311

�LA PLUM"A

LA PLUMA
. cada vez mas .persona!
.
i·b su teo d enc1a
·on de su ultimo 1 r O,
intérprete srncero, 'J
s6lo seilalar, COD ocas1 en la literatura italiaoa_ coro un cootiouando la mey precisa a dcstacarse o de cierto caracter nac1ona que~ con Manzoni, contri•
valios{si_m_o, por Jo tan~' atria, La que por Ve~ga se enlazla fuerza que 101 granjor trad1c16n de 1.~ v~nel ~spfritu de nuestro tiedmpdoli~~:aria palpitante en M111buya a la expres1 n h
derivado de la ver a
des novelistas rusos an
. nes de volver.
passant.
Tema es este sob re el que no han de faltarnos ocas10

* * *

El Gran Hotel.-Novela grande.-Editotial
.
n-- .. •
.
La hie/ -Renacimiento, Madrid, 1912.
Alhe-to Insua.-Marav1l~,i y
, ·.
1 cuento" la novela. La c~oNo siempre estan bien èefi~1dos lost~:n~ti~~edr:imi1..nto de géneros ana s1mfusi6n estriba en que ~6uel;.ail~:7~1~do desde luego, cuando el cuento es larple medida de exteos1 n. is e
'
'd bis
y la novela corta.
. eiemplar, contada por su m~n ~• L.
go Ma,·avilla es la novela_ de una muier nde fil6sofo de su propia h1sto_r1a:
to riador v fil6sofo profes1ona_l yh, pdo1rs epero' no sin bado ad verso de principes
•
d badas sm a ·
hie/ es un cu_ento e
'
,
. il/a v La hiel, figura
con pseud601mo.
ol6gico de las obras de Insua . •Il/a, av las ultimas noveEn el ordeo cron
/ d E indudab e que en
t . 'dada Un corazon bur a o. :s d
cillez de expresi6n que no

"'

J

f
11

r.ot11ez de la ~erna.-

~

1

:~~~!dl~~

t;~~;:;::e~

1,,=~sacavui::•prE~~:rli:{7;ieJ~i°~i~~i; ~e
[~sn:ïi~~:;~:::
la ficci6n ,1ove e
•
del
relat~. quel a la-itud
e imprecisi6o
del
p otagonistas,
~
.
e lenguaie.
un poco a 1a manera de Pierre Ber La kiel es un cuento fa~tasu~oB~;n ei i\lal en lucha candorosa.ln ~~,;~;;~
noit en Koeni_rsmark, se a~1tan :1 sentimentalismo plac«:ntero de a ue ardo de principes educad~:, en
d
te de la revoluc1611, y béroes q
p
•
os rusos
e an
,
Heidtlberg, revo 1uc10nan
d un
ldeal" con mayuscu,a.
.
teo en raudos corceles en pos e

f

* * *

* *

.
X~
illa -Poetas espaiioles del s1glo
, .- (Ant oJoaia
"

Ramon Seg~a _de la G~r~~lad;id, Libreria Fernando Fe,

..

Notas bio-b1bhogrâlicas.)

f!

.

1922.

,

"!&lt;

JaJea
Supervielle.- .Dlbarcadéres.- .Éditions de la Revue de l'.\mérique
Latine.

oéticas para uoa aotolog,a.

No es empr~sa facil
1:ci:~~ec~i~;t: g~~~t:ada por el sre~fI2!g~:'d~~l:.
Mucho menos s1, como
. uto de Caceres, preteode se
'oadidura,
Garoilla, catedrâtico del _Instt_t de la Literatura espailola•, y, p~r a
cuti! a los alumnos de ~1stor'.: ar el mis puro deleite intelectua •·
•para todos los que asp1ren a .,oz
312

l

Ciento quince poetas. de don Joaquia Akaide de Zafra a don ~fRriaoo Zurira, por riguroso ordeo a'fabético, se iocluyen ea esta colecci6a. Y no esta!!
todos los que son. Bien es verdad que no son todos los que esta,,uu. F;,Jtan,
desde luego, los hispaooamerica11os. Sobran muchos cuya inserci6o, si justificada por nacidos en Espai'ia, no merecen por poetas. cH• querido el senor
Segura de la Garmilla iohibirse de manifestar su gusto persona! eu holocausto
a uoa imparcialidad mal entendida?
Es Jo cierto, que su aotologia produce una impresi6n deplorable. Apenas
si se a:lvierte rastro de la labor de saoeamiento llevada a cabo en la lirica
espanola por los que, j6venes impetuosos a fines del pasado siglo. gozan boy de
justa coosiderad6o: los Machado, los Jiménez, los Pérez de Ayala, los Mesa, los
Unamuno. Aparte el caudal de Rubén Darîo, distfoguense los poetas espanoks
rootemporaneos por la iodudable depuraciôn del gusto, corrompidîsimo por los
6ltimos romanticos y los campoamorinos, por el alioamiento de sensibi!idad
que su obra supooe. &lt;Hay aigu na tendencia definida, aigu.a rasgo propiaml"nte
oacional, al par que en el espiritu del siglo, que desde luego imprima carâcter
a la antologfa del seiior Segura de la Garmilla? Cierto que si. Se advierte pa tente la preponderaocia del oaciooalismo de mogollon, estilo siglo de oro dou/Jll, que so pretexto de reanudar no sé qué tradici6n de guardarropia, nos
iovade con estruendo de d •scomunales tizonas, relumbr6n de soles de Flandes,
y otros cacareos por cl estilo. De otra parte, el sedor Segura de la Garmilla
cede un punto en su eclectic1smo de colector sin prejuicio~, para pr;,,clamar
,El ama,, de Gabriel y Galân, •la elegia mâs bella y sentida de la literatura
universah. Es inexplicable la fama, iomaculada por protesta alguna, de que
disfruta el rampl6o poeta salmaotioo, cuya inspiraci6o no ya de prQfesor, de
pobre maestro de escuela, remedo aoalfubeto de la cl.1.sica de Fray Luis de
Le6n. es cifra y comp,:ndio de la barbarie literaria que boy triunfa agudizada
con el seilor Cbamizo, poogo por poda castuo.
La inmerecida atenci6n que con nosotros ha tenido el sefior Segura de la
Garmilld al iocluiroos en ,;u antologfa, doode tan mal represeotados estan los
que representan a/go en la lirica espafiola contemporanea, y donde faltao aigunos cuya'significaci6o es, por modernîsima, mas interesante, no puede ser 6bice
a que la verdad sea dicha, por miedo a que de desagradecidos se nos tache.
El libro de don Ram6n Segura ei&lt;ta., por lo demas, empedrado de bonisimas
iotenciooes.

De Chateaubriand a Supervielle, pasando por Francis Jammes, es facil tirar
una lînea de inspiraddn colo11ial, que pudiéramos decir, en la poesfa francesa
moderna. Pero loque constituye (aparte la u!tima moda a que aju~ta la expresi6o de sus emociones liricas) la novedad esencial de los poemas de Super\'ielle, dentro de e~e espiritu viajero, es la compenetraci6o oatural del poeta de
313

�LA PLU ~1 A

LA PLU ~1 A

•

Déba,·cadères con el airbiente en que su inspiraci6n navega. Lo que en Chateaubriand, en Francis Jammis, o en Loti es gusto de lo cx6tico, simple afan de
cscap1r a la vulgaridad de la vida sedcotaria, en Supervielle es cxpansi6n del
.inimo criollo, contcmplaci6n en el panorama natal, o en el honzontc marino
que anuncia cl dcsc'llbarcadcro patrio, del yo interior. Solo que en vez de
cxpansionarsc dando suclta al scntimicnto en vrrsos de cadencia f.icil al oido,
rcduce la cmoci6n a términos propiamcnte intclcctuales.
J ulcs Supervielle, uruguayo de nacimicnto y francés de clccci6n, vc la pampa y cl rancho, y las cscalas del camino de Francia a América, no como prctcxto de apuntes y cuadros imprcsiooistas, sino cstilizaodo la nota de color
para sutilizar la imagea poética. Emplca diversos metros libre!:', usa cl vcrsiculo
a la manera de Paul Claudel, muestra a vcces cl dominio con que sabc scrvirsc
de combinacioncs cl.isicas, en punto a la técnica, diestramcntc obtcnida de las
&lt;iltimas expcricncias en los laboratorios artistkos de Paris con las mas recicntes degustacioncs de los procedimientos actualistas, del simbolismo litcrario al
cubismo pict6rico. Y se rcvcla pocta original muy ,noderno, muy cosmopolita y
muv anti~o-pocta en suma-en esto'3 Desembarc.Jderos, réplica siglo veinte,
insospechada acaso para cl mismo Supervielle, al Embarque para Cite,-ea, tan
siglo diez y ocho, de Watteau.
R.C.R.

"' "' "'

l
::1

Colette.-Chéri.-Novcla. Paris, Fayard.
Madame Colette-Colette \Villy-ha publicado esta novcla que, convenicntcmcnte adaptada a la cscena, se rcpresenta en cl tcatro Michel, de Paris.
La obra, en sus dos aspectas, ha obtcnido favorable éxito de libreria y mu.
chas rcprescntacioncs. Madame Colette ha quc-rido rcndir al publico parisién cl homenajc de su agradecimiento y, al llcgar la comcdia a la ccntésiroa
rcprescntaci6n la propia Maàamc Colette descmpen6 cl pape! de Léa, principal pcrsonajc de la obra.
Dos razoncs puedcn cxplicar este suceso, que, por lo dcm.is, nada ticnc de
extraordinario. Chéri es una novcla de cortc antiguo, pcrfectamentc construida, dcsdc lucgo, y de gran finura psicol6gica. Dicha clase de novelas alcaoz6
hacc ticmpo en Francia la perfccci6n y cualquier obra nueva, si fundida en los
mismos moldcs, ticnc en realidad bastante poco de nueva. Léa pucdc frisar eo
los cincucnta y Cltiri s6lo en vcinticinco ai'los-quc es cl caso de Madame Colcttc-o bien Léa s61o cucnta vcinticinco primaveras y Chéri cincucnta inviernos bien pasados en blandas butacas y coo calefacci6n central; los factorcs vadan, el produdo no; la novela resulta igual de un modo que de otro, supucslo
que se baga s61o psicologia fi.na, que, por lo visto, es algo muy difcrcntc de
psicologia vcrdadcra o simplcmcnte de psicologia al modo como la cntendi6
Stendhal.
Esto en cuanto a la forma de la oovcla. Por lo qur. se rcfierc a su asunto
314

-y aqui pod~ia hallarse la segunda
Çoletle ha sido ca!ificada, adn e F ra~6n de su ~xito-la obra de :\f d
bene, como se sabe su ~sie
n ~anc1a donde toda libertad d
• a ame
ai nos atenemos a 1~ mo~al :~og de rnmoral, calilicaci611 cier'tam/1tcostumb~es
l&gt;!e n prictos los vioculos que h:~~:sap,o~~?i° 0 bjct~, casi_ cxclusivo,•c;
1a ex1stcoc1a dcciad1 quease .Hama la fami·1·ia. D csdc lucgo cCM.
.
csa agrupaci6n sooa a m s c1erto. Pero, iCS que los tic
'
n no e~ un modelo de mari
.
la C_a~cza, pongo por csposos, no ban mp~s de San Isidro y de Santa Mari dos,
fam1ha, con J., signilicaci6n que hov d pasado para no volvcr jamas? ·Es a de
al margen del curso de la h. t . , . amos a este concepto ha d
( que la
maci6n-léasc si se . is ona, srn somctersc a la lcy· '.
cl pcrm~ncccr
D .
,
qu1cre, dcstruccion)
uoivcrsa de transforCJemos a un lado la moralidad . .
.
~~;o~:c~ci}~~~~{:~•o~o;~~d~ui~t seo ::r!~~a~r:~s~e ~~~u~t~~!itCTz"fri:s y di-

:::~c~~:

:~~c;e~:~~uc en ciertas desnudas ;~;:::;ouso=~~r:f m ,nc~af. S6!~ intcr~s~~r~
.
iva satis acc100 a incumpli-

]. A. P.

* .. "'

�LA PLUMA

•

..

LA PLUMA

transformctdo en libros: Force Ennemie, Le Preleur &lt;f Amom·, Cristo/Jal le Poêle,
Thir,!se Donali, y hs misteriosos cuentos de razas (no reeditados) que public6
la Rev11e B/afl(:/ze. No componfa. en su mesa, novelas de aventuras: sus aventuras-de marino, de periodista haitiano, de buscador-, sus aventuras han venido a formar novelas, novelas-poem.1s... Vivi6 su poerna de vida, vida libre,
versos libres. Nau, err6. Esa suerte de evasi6o, de emancipaci6n por el espacio, fué lo que dilat6, por modo extraiio, luminoso, su pcrsonalidad. Le di6 lo
que les Calta mas a los escritores de Sll generaci6n: :1zorizonte. Pienso, al escribirlo, que su periplo fué, por la fécha y por el sentido, paralelo del de Gauguin. Pero diferenciemos a esos dos amantes de ctierras prometidas•, o por
mejor decir, de «tierras perdidas,. Nau tenîa el don de ver directamente la vida,
de hallar en ella espontaneamente color, sabor, olor, con una facundia, una jovialidad, una algazara rcvoltosa, que le tuvo apartado siempre de toda cestili•
zaci6n,. Nada de sintesis, de caractcres preconcebidos, ni de cuadros de costumbres premeditados: al co!orido prefiere el color, al dibujo el gesto, al héroe
cl tipo,. (Marius-Ary Leblond: C,·a_1·on). Otros articulos de L. Descaves, Fagus,
Royère, G. Geffroy, Maudin, etc.
-Intentions (Abri!): O. Mannoni: f Unanimisme: Aunque Jules Romains baya
empleado a veces el vocablo religi6n, cl unanimismo es uoa actitud mas que
un sistcma; una tendencia, mis que una realidad. Para el unaoimista hay en el
grupo algo mis que la suma aritmética de sus individuos; no es s61o que lo social rebasc lo individual: la sociedad. para el unaoimista, no es una entidad
escolastica; existen unicamente los grupos que oacen, crecen, envejecen, mueren, y tienen historia. Esos grupos son raros y no aciertan a conocerse. Uno de
Jo::; fines del unaoimismo es infundirles consciencia. Las teodas unaoimistas no
son enteramente nucvas; la idea mi"&gt;ma del unaoimismo fl.otaba en el aire; la
originalidad de Jules Romains no consiste tanto en baber invcntado una doctrina como en habcrla utilizado como poeta. En la obra de Jules Romains se
cncucntran casi todas las tendcncias de la poesia contemporanea, pero orga•
nizad:i.s en torno del unanimismo. Dcjemos aparte el misticismo; todos los
poetas han buscado, fuera de si mismos, una fuente de emocioncs misticas. El
unanimismo es la for!lla que ha tomado cl misticismo de Jules Romains. Deje·
mos también su caricter cosmopolita, bien visible, pero que no es distintivo.
Oponiéndose al analisis de lo subconsciente y a la cxpresi6n de lo inexpresado,
donde se eocerr6 el simbolismo, es de notar en cl unanimismo la tendencia a
lo coocreto. La verdad es que el sentimieoto no puedc cxpresarse; es preciso
provocarlo, y para provocarlo, de nada sirve oombrarlo. El intermcdiario mas
imperfecto es la palabra abstracta. Los términos tomados del vocabulario de la
psicologia afectiva, no expresan nada en poesia. Parece mas natural el inteoto
de provocar el scntimiento rep resentaodo el objeto, haciéndolo presentc. Si
el simbolismo, tomando por objeto lo que no podia serlo, conduce al iodivi•
dualismo sentimental, el unanimi~mo co11grega a los hombres en torno de ido•
los macizos.

* * *

ACADEMIAS
Jaldeee/oRomalns: La literatura franctsa conlè .~01_.,

m.r unea, desde elpunto de vista

s autores.

Jo■é Ortega Y Gasset·· El arte de ,..,a,·,:e
.,,
1 P.roust.

Harto oficiales, por lo gcncral las mani~

.

re~ac,~n_es franco-espaiiolas, hemo~ de scnal~~tacioocs ~cloque suclc jJamarse
pnnc1p1os q~e suponc el habcr venido a .Mad -~o~tJlac1dos la ~ectificaci6~ de
parte en el c1clo de couferencias con que cl /1 f~
. ules Romams, para tomar
rrar sus curso&lt;i anuales.
ns I uto Francés acostumbra ceSobremancra sugcstivo el tema elc 'd
«:I atra_ctivo de la personalidad del conÎ~r~!r M. Jules Ro'!lains, tenia ademas
htcranas refrendan en el teatro la no I ci3nl~e! cuyas d1vusas activid:tdes
torde fa vie unanime. En torno 'al una:;,:,/,,, a mca, la_ teoria gcneral del a,1 •
0
por él mventada, giraron las tres confereocias'dte~feJncl1a, mas 9ue disciplina,
estado actual de las Jetras fraocesas
c ~ · u es Romains acerca del
Uno de !.us fcn6mcnos mas sor ~c d
cién artîstica contra el teatro bulcfa do en~s es el triunfo palmario de la rt'ac
carta de naturaleza los Jlamados 1e:t1~ro. es pués de la guerra han tom ad~
·
os a1 ,nargen
·
• al
g ran p6bl'1co, a J gran éx1to,
al gran actor·
. , de extepc1'6 o, aJenos
cl!sico cl llamado del Vieux-Colombier
espcc~a.1~ente triunfa y se hace
•~ ~a propucsto y conseguido cse teat'ro-escu~~J d1r1g1do por l\f. Copeau. iQué
d1c16n
teatral,
Rcstaurar
la verdadera
tra
,J
_.,,.
d l con un agudo scnti'd o en't'ico que· impo
. .
aramu 1co e a represcntaci6n d' . )' d
ne 1a sum1s16n
al to:tucada_ ob~a la recitaci6n y juego 'es~~c~rc~n~ 1s con arrcglo al utilo peculiar de
a lo md1spensablc para la tvocacitfn del ami.os actor1;i1, el decorado, rcducido
muy buen éxito Shakespeare y Dostoycwsk!cni{)~s1
repr~scntado con
1• 0 iere seY han
mams.
cl proµ10 Jules Ro-

fu~da

èQué se ha propucsto el inventor del un . .
fana en que se csccnifica de nuevo I
t an~m;smo con su Crommede,·re-le vieil
concepto de la vida undnime en
raf ~ e as sabinas? Llevar a1 teatro s~
voluntades individualcs sino ia co q~e e .Pujo, la masa no es la mera suma de
. •
nc1enc1a popular soc·181 L
.
.
otra parte, 1a adopci6n de un dialo O
•• é
. ,
• o_ cua 11mphc;1, por
rcglas acentualcs del verso clasico gt sui g oens, cuya tonahdad, libre de Jas
bras usuales y cGrrientes, cicrta di :~gd
no obslantc_ la sencillez de las palacurso.
g I a por la medida Y elocuencia del disLa poesia franccsa de veinte aiios a la f, b .
.
.
adas actualmente en cl grupo unani ·st cc a s•~~ dos d1recc1oncs, sinteti_cuyo umco_ repre_scntante puro es
Luc-Durtain, Cbeoneviêre etc
I inc u1r a sus am1gos Vildrac, Duhamel
Unos y otros quiercn inter ;;;~; ~irgrupo de los:segui~ore5'de Apollinaire'.
~n susceptible de una trasp!ici6n oé~~:mente la reahd_a~ contemporaoea,
arcunstancial, como las épocas clasic~s
t' c~o su maqu_in_ismo f su aspecto
ras. Salvo que los unanimistas no desdfi:n•z1: !6s ~or r&lt;:mw1s~enc1as de lcctugica 01 se ahenen cxclusiva·
M. Jules Romains, pero en el que cab:'. a

1

�LA PLUMA

LA PLUMA

•

son ultima ~consecuencia todos los dadas, quieren expresar sus sentimientos
mente al culto exterior del d,nvmismo. y los seguidores de Apollinaire, de qut.
-disociados, en la subconscienoia absoluta, con d mismo criterio de los pintores
cubistas al reconstruir el mundo exterior en sus elementos. Jules Romains,
autor de Dans les quais de la Villette, de Puissam:es de Paris, Eu,·ope, Amour. couteu,· de Paris, poeta en prosa y en versos libres, seguidor en cierto modo de
Walt \\'hitman y Verhaeren, fiel a la mas pura tradici6n francesa, lejos de renegar de la inteligencia y la raz6n , ha fundado una escuela-verdadera academia
técnica, donde los poetas puedan aprender su oficio en bien del arte-, que
tiene su sede en la propia casa del Vieux-Colombier.
De la novela, en franca prosperidad, aparte el éxito puramente comercial
&lt;le las de Benoit, piensa el autor de Les copains, A-fort de Quelqu'un, Le DonoroTonka-tses obras maestras, las mejores sin duda de Jules Romains, la primeTa sobre todo, modelo de gracia profunda, francesa y universal-que ha de
producirse la gran obra de nuestra éooca, pouderando con un sentido democratico, de conciencia popular, unanimisla en fin, las direcciones que, muerto
el naturalismo fin de siglo, preponderan en la novcla franccsa, con André Gide
-continuador de la tradici6n psicol6gica-, Charles Louis Philippe-adaptador y refundidor en el cspiritu francés del sentimcntalismo transcendentc de la
novela rusa-•y cl gusto e,·identc en la actualidad por las noveh1s de aventuras. Es decir, que ~1. Jules Romains no s6lo cree en la virtualidad de la novela
como ta! género moderno, sino que su concepto de ella se rcduce a adaptar a
las neccsidades espirituales del siglo, los preceptos clasicos en punto a la in1enci6n, animacitfn de los personajes creados por el novelista de la realidad, y
justa meèiC:a y claridad en cuanto al estilo. Todo lo coutrario de loque constituye el artificio \ato, difuso, minuciosisimo, sin interés, de la obra, en curso
inextinguible de publicad6n, de '.\larcel Proust.
A la defensa del arte de M. Proust, ha salido después, desde la misma tri•
buna del Instituto francés, D. José 01 tega y Gasset.
El Sr. Ortega y Gasset no cree en !a posibilidad de una n011ela moderna, como
no cree que haya uadie capaz de pensar en serio en una arquitectura después
de la g6tica. Las artes susceptibles todavia de una vida propia son para él la
poesia. la piutura y la musica. Asi, p.ies, la ubra de M. Proust no le p:irece buena como ta! novela y si al~o moostruoso en su hiperisteri5mo del recuerdo
persona!, considerado no como un mcdio de recobrar imagioativamente las cosas que un dia poseimos con los sentidos, sino como fin: e: recuerdo por el recuerdo; pero qui- nos gusta-que le gusta a él-por su misma monstruosidad.
Las memorias de M. Proust son un ensayo psicoanalitico, una verdadera inversi6n del gusto, la complacencia hasta el paroxisme en la enfermedad del
animo propio. El Sr. Ortega y Gasset considera que no hay obra de arte sino
fuera de la realidad, todo lo mas rozândola, al decir de Nietzsche, con la punta
del pie como los bailarines; y situa la de M. Proust no en nuestro ticmpo, ni me·
nos continuaodo en modo alguno la tsadici6o de Stendhal-verdadero novelis_ta,
invenfor de realidades-, sino en cl tiempo que M. Proust rememora con 10.trospeccion ckina, es decir, el mundo parisién fin de siglo, decadentc, de la pin•

3!8

tura puotillista-cuva misma cinte

.6

M

co~toroos, descubré el Sr. Ortega nec~
'frncral atmosft!rica,, sin relieve ni
mu1eres con so,nbrero canotier y en bici~let oust-, cl rnundo de las primeras

quC: los que 7scuchamos al Sr. Ortega trad a_ por una playa vcraniega mundo
mtigua cano6n:
ucimos al de nuestro recuerdo de la
•Las bicicletas
son muy booitas
Y las montan al pelo
las senoritas.,
Senoritas
rnadres• sin duda , d e 1as •16venes
.
,
L: •
gran oumero a oir al Sr Orte
.
r1yas en fion que acudi
ti6 en su metaf6rica dis~rtacJ:•J :x~u1enes el tie~po riguroso a que s:rs:nm:~
ya. nos prometia su prop6sito, diferidoeleote ensay1sta: priv6 de las micles que
m1nar la confereocia sobre el arte de Mpa;a una pr6x1ma publicaci6n, de teracerca del rnobismo y la elrgancia.
. roust con alguoas coosidcraciones

NECROLOGIA
JOSÉ LÔPEZ PINILLOS
Cuando empezaba a disfrutar de cierto so .
t'd
s1ego, que hasta hace pocos aiios
'6 1·
par t o por el pan de d ,
mac1 n ,t..-raria, ha muerto José L6
. .
ca a dia y por la estilndudable t
pez Pioillos (Parmeno).
emporamento de escritor o b
suele tener justo premio en u é .
' o uscaba la dif,cil fac,lidaa que
n XJt0 de publi
t .
.
'
Por el contrario, advertiaosc en s
t'I
co an inmed1ato como efimero
tr
u es t o con exceso l d'fi
.
opezaba al qnercr rendir siem
., .
·
as 1 cultades con que
..
.
pre en muxzma 'rur~a s
...e 1a vida. Pod1a haber sido el M' b
- .I' * ' u concepto dramatico
1r eau espanol
. Algunas fr6nicas-Ja del debut en la 1
.
.
rzto; la iotcrviu con Vicente p t
lp ~za de Madrid del novillero Zapateas or-, a idea y al
~ .
como La sangre de Cristo y Doiia lit l'
gunas pctgmas de novelas
cual obra dramatica o me1·or t I
elsa zna; una novela entera, Las Âguilas: tal
1
,
a cua escena en t d
'
que es excelente e1·empio Los sen_,
_, I
o as sus obras dramaticas de
ueros ue mal qued
•
ma del talento creador de P1· ·11
b
'
an como muestra valiosisi•
n1 os, a ortado en
· t
.
~eresantes y reveladoras que m h
. vanas entahvas harto mas inalieoto.
uc as obras d1scretamente cumplidas, pi-ro sin

le falt6, en continua pelca a brazo

Descanse en paz oucstro pobre amigo.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
"ta que se lleva el
.
triste coraz6!! pesa menos que una pap
lidad enemiga, su
.
·-edos
viento.
.
foDdO un paisaje lummoso, con "'.m
_
La tragedia de Tuvach.e tieneyllordel do y en el paisaje un pueblec1dto, eu
.
arboledas tup1das, on a
'
d l héroe Esta co:1ta a sopu1an~!i~ientos colectivos ?etermina? lai
:ondens~do en notaciones
yo~ m
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atetismo, sm cromos, e e
'
bnam~nl
M. A.
esenc1a etes,• Ls:~r~ fuerte, veridico, claro.

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Calvo: Literatu,·a cz,bana. Ensayos
Libros recibidos.-:José Mana Char:d~i uez: Dias de la Regen-cia: Re:1w-criticos. Biblioteca Cal(eJa,-JC.F[ia~c~E de torbea Lemmi: /,os mil _ano~ de
d de lo ue fué. Bibhoteca _a eia.
H Car enter: La vida de los 11:sec os.
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F;'j:·h:tr::tion~:~
::.::~~tT!'iftlai~
le~-Libreria y Editorial Rivadenefr~, ~ .f;eigado: El Poema tri1mfal; Par~s,
5
a· fea Madrid, Suarez, 1 9 22
. • de Lemuel La Connaissance, Pans,
f~2 i, 0.-W. de L. Milosz: f.aver:;tfs:?e di Levante.' Padova, Zannoni, ,921.1922 -Raymondo Raymdond.
·sta"o,- Ça Ira• Amberes, 1921.
·
. 1.,' Appel u conqzti u,
Leén Chenoy.
, - Le Pro rés Civiq1,e, Paris. - La
Revistas. - Mercure de h·an~e, l~aEnps~qtte Paris~ Vida Nuest,·a, BuRe_nos
,
La RevueRueerton·o Amencano,
• .
San J osé de Costa 1ca.
Connaissance, Pans.Aires -Athenaeum, Zaragoza.-L ep . Paris -Cidtura Venezolana, Caracas.ü c',-apouillot, Paris.-Be/JeM e:" ~~eo -Cuba Contempordnea, La B:aba~--:Die Aktion, BeAr!in.-RRego:::~ edo:r~:,1F~r~ara.-Espana y AménL·caa, ~o~~·Ro:a~
Bab l Buenos ues.,.
r l a Amberes..n.,
'
Madrid.-The
mes.eB,1'lbao .- L' Art Libre.
. pBruselaf~yaMrd,
's indice a n'd.-Cosmd"olis
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La Nouvelle Revue Françtus!, ..~nd.-:-d - L;s Marges, Paris. - P_,·isma, oar1s. de
B t
Espana, iua n •
M tevideo -.n.evue
Living Age, "'os on.·;de BeJtrique Bruselas.-Los Nuevo~, opn 's -La Revue de
Signaux de .,-r~nce e ,
Th' rse Bruselas.-lntenttons,. an .
J' Amérique latine, Par~s.-tb 'Y P;ris -Le Maglia, Bolorua,
Genève, Ginebra-Feu:Jles i res,
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'

i,

A~O III.

1

MADRID, ABRIL 1922

LOS A UT ORES

[I

NUM. 25.

'

(r)

mundo de la 11ecesidad y el mundo de la libertad.-Permitidme, senoras y sefiores, a guisa de exordio, unas palabras,
que me ayuden a adaptarme al medio. Si no lo consiguiese
-y temo mucho que no-, que mi sinceridad me granjee
Yuestra tolerancia.
Dice el refran que «cada uno habla de la feria, segûn le va en ella».
Yo, por muy mal que me vaya, os juro que hablaré con admiraci6n de
este certamen industrial. La feria de muestras es ella misma la muestra
mejor, la muestra mas evidente, no tanto de loque ya es y de loque ya
ha conseguido esta ciudad magnifica, dina mica y discordante, sino de lo
que se propane ser y conseguir en lo venidero; la muestra, no tanto de
los hechos y victorias pasados, cuanto del deseo de avance y perfecci6n;
mas que la muestra de las obras, es la muestra del espiritu que anima a
esta ciudad. Pues bien, este espiritu, que lo es todo, puesto que sin idea,
sin espiritu, no hay nada quellegue a ser materialmente; este espiritu es
lo unico que no puede mostrarse en una instalaci6n, en un stand espeL

(1) En la Feria de .Muestras de Barcelona se ha dado una serie de conferencias acerca de la industria del libro. El Sr. Pérez de Ayala habl6 de clos
autores&gt;, que también soa parte eu el pleito. El tema, y los puntos de vista del
Sr. Ayala poseen interés dur&lt;1dero; no obstante, los roismos peri6dicos que
dieron cabales noticias telegraficas de las otras conferencias, nada han dicho
de ésta.
1 93

�LA PLUMA

"

cial, dondc cl cspcctador lo toque con las manos y lo vea con los ojos,
como los dcmas objetos de la industria, porque el espiritu es intangible
c invisible, es inmatcrial, no consiente ser dividido en particulas, es inconcrcto, esta cxcnto de la tirania de los sentidos.
La industria pertenece al mundo de la necesidad y de la posibilidad.
El espiritu constituye el mundo de la arbitrariedad y de la imposibilidad; pues, en cuanto una cosa es posible, ya cae bajo la industria y el
cspiritu enuncia un nuevo imposible, un nuevo estimulo de la acci6n.
Por lo tanto, todo lo tocante a la industria es claro, es sencillo, es limitado, es comprensible; lo tocante al espiritu, es vago, genérico, caprichoso, sin limites. En este ambiente industrial, donde otros conferenciantes han disertado sobre hechos definidos y claros, me han invitado
a que represente la funci6n del espiritu, en el caso singular de la industria del libro; al autor.
Perdonad mis obligadas arbitrariedades; esto es, mi inadaptaci6n al
medio. No aspiro a que de mis palabras se extraiga una enseiianza; s6lo
que por su virtud flote una emoci6n, un ansia hacia el espiritu. Y basta
de exordio.
Los autores y las licencias poéticas.-Quisiera tratar con sobriedad y
prccisi6n absolutas este tema: «Nué papel juega, qué direcci6n imprime,
qué necesidad satisface el autor dentro de la varia y compleja industria
del libro~ Desde luego se advierte que el papelero juega importante papel, y el impresor imprime nuevas direcciones a la industria, puesto que
imprime nuevos libros, aunque éstos, muchas veces, sean nuevas tonterias, para las cuales la inteligencia humana acredita una espontaneidad
milenaria e inexaustible; y, fioalmente, el editor satisface seiialadisimas y respetabilisimas necesidades, asi ajeoas como propias, tanto publicas cuanto privadas. Papelero, impresor, editor-sio jerarquias y en
orden parejo-, constituyen, dicho sea sin animo irreverente, la santisima trinidad de la industria del libro. tQué representa el autor ante esta
santisima trinidad?
Sucede con el autor lo propio que con las licencias poéticas. Y ahora
os diré lo que sucede con las licencias poéticas. Teodoro de Banville, en

LA PLUMA
su «Pequeno tratado de la poesia francesa~, hinche todo un capitulo
con la tcoria de las licencias poéticas. 1Un capitulo admirable! Diffcilmente se ha escrito nada tan sobrio y tan preciso como este capitulo
acerca de las lice~cias poéticas ... Se reduce el capitulo a dos (micas palabras. Hé~as aqm: «No existen.~ Las licencias poéticas no existen. Pues,
de la prop1a suerte, en la industria del libro, el autor... no existe.
. Con é~to, yo podria dar por concluida mi disertaci6n, en ]a tranquihdad de Haber tratado el tema con predsi6n y sobriedad absolutas. Sabedlo: _en cuant~ autor, no existo, sino de una manera imaginaria y
pote~c1~. _En m1 personalidad de autor incluyo a todos los demas autor~s h_1s~amco~; ~esde la fementida invenci6n de la imprenta . Los autores
h1spamcos ex1st1remos, Uegaremos a existir, pero todavia no existimos.
La ec~nom~a y l~ a~torùiad.-Hablo del autor, no en su aspecto de
c~ea~or hterano o c1,ent1fico, que es como existir, por si mismo y para
s~ m1sm~, en el pais de ~a cuarta dimension, fuera del espacio y del
tie~po, smo del autor coniugado con su medio, en sus funciones de rclac1on, en sus dimensiones mensurables, en sus aspectas cotizables· en
suma, en lo social, lo industrial y lo econ6mico. Un instante de aten~i6n
reflexi va b:5ta pa:a co~prob~r 0uestro aserto. En lo ccon6mico: ningun
aut_or espa~ol-fiiaos bien, mnguno-, ha podido vivir de sus Jibros. En
lo mdustnal: el autor es todavia un articulo de comercio mas no un
comercia~t~ (digo «comerciante» en el mas noble sentido: compatible
con la acti_v1~ad creadora, y _también coadyuvante y necesario para ella).
En lo social. lo caractenst1co del autor debiera ser la autoridad. como
que _esta p~labra _no significa otra cosa; autoridad, cualidad d; autor.
tQue autondad d1sfruta un autor en Esparia? Aqui, se Hama autoridad
a un polizonte, pero jamas a un autor: como jamas se Hama autor sino
al autor de un delito. Cuando en sociedad se alude a un autor in crene
re, susdt_ase una anfibologia sobremanera enfadosa para lo~ qu~ no
somas mas que autores de libros; ya que la mayoria de las gentes supo
nen que se trata del autor de un atentado. Corno, por economia de
vocablos, h~ de proseguir hablando de autores a secas, os suplico que no
sobrentenda1s autores de atentados, a no ser en una acepci6n muy trasla-

�LA PLUMA
ticia, esto es, autores de atentados artisticos y cientificos; y en este caso,
abominad del crimen y compadeced al criminal. Y cuando, de aqui en
adelante, diga «autoridad», entended cualidad de autor.
Repito: en la industria esparïola del libro el autor no existe sino
potencialmente, como realidad futura . Esta inexistencia temporal del
autor es una etapa transitoria en el desarrollo de la industria del libro.
En otros paises ya se ha recorrido esa etapa. En Espaiia se recorrera también. Entretanto, paciencia y esperanza.
Jmprmta ·versus autor.-Hist6ricamente, la aparici6n del libro como
objeto industrial determin6 la desaparici6n del autor. Estudiemos este
curioso fen6meno.
La matriz donde se engendr6 esa pavorosa y maravillosa criatura del
mundo moderno, que se llama el libro, fué la imprenta. Todavia menudea, en el léxico del arte de imprimir, la expresi6n «matrices del
libro». La imprenta y su primogénito el libro usurparon al punto toda
autoridad intelectual, con exclusion del autor. A la autoridad intelectual del autor se sobrepuso la autoridad fetichista, la superstici6n diriamos, de la letra de molde. El autor hubo de convertirse en cortesano y
servidor del libro. Fué quebrantada la natural subordinaci6n del libro y
el autor; en vez de someterse el libro al autor, el autor cay6 bajo el despotismo del libro. El libro surgi6, desde luego, como un scr sustantivo,
como una finalidad en si mismo. El libro era lo primordial, lo esencial;
cl autor, un elemento secundario, cuando no supérfluo. El autor necesitaba del Jibro, mas no el libro del autor; luego el autor debia ser el que
se rindiese y humillase. Todo esto parece il6gico y disparatado (1).
Sin embargo, asi fué (y asi es aun, en Esparïa). Fué y es, por raz6n
de la 16gica mas incontrovertible y realista; la fatalidad de las circunstancias. Y si no, examinemos el razonamiento fatalista que la realidad
impone. Se dira: «No es 16gico otorgar al libro categoria primordial
sobre el autor, ya que muchos siglos antes de haber libros hubo, conti(1) Autor, am:tor, eti!Dol6gicame_nte, es el que h~ce una_cosa. El autor ha
sido y serâ siemqre el que hace el hbro, que no el ed1tor, cl 1mpresor y el pa_pelero.

LA PLU ~I A
nuamente, sin interrupci6n, autores; lucgo lo primordial es el autor
que pudo valerse sin imprenta y sin libros, en tanto el libro no se pued~
vaJer sin autor.» jAyl Esta circunstancia del gran acopio de autores (y la
mayor parte de ellos, insuperables) anteriores al advenimiento del libro
junto con la pasmosa facilidad para reproducir sus obras artificiosamen~
te y sin t~sa, mediante la imprenta, fueron la causa causante de que los
autores v1vos, los de carne y hueso, pardieran de pronto la autoridad .
Claro que el_ li?ro, entonces como ahora, necesitaba de au tores; pero,
dc~de su nac1m1coto como industria, el libro, 16gica y econ6micamente,
fue a coger s~s aut~rcs ~ntre los muertos, consagrados y gratuitos, que
no entre los v1vos, d1scutibles y costosos. Veis que es natural que el libro
busque la autoridad cierta con predilecci6n sobre la autoridad du dosa.
La gran mayoria de libros publicados en los primeros tiempos de la im~renta fueron de obras antiguas o sobre materias tratadas ya por los ant1guos.
~cputo per~ectamente i_ustificado y loable que un editor se nicgue a
pubhcar mis hbros, fundandosc en que todavia no ha publicado los
libros clasicos; de griegos y latinos, de nacionales y extranjeros, si bien
~o suele ser ésta la justificaci6n de su negativa. Y reputo asirnismo justtficado, aunque no tan loablc, que los editores, habiendo a mano •iiejos
autorcs gratuitos y autores extranjeros, asequibles por una bicoca de derechos de traducci6n, cuando no gratuitos también, repugnen paoar a
los autor~s vivos nacionales, a no ser una mezquina pitanza, y ést/a titulo grac10so, como sacrificio y como dadiva. Con la aparici6n del libro
desapareci6, desde luego, el autor vivo como origen legîtimo de autori~
dad, y brotaron tres factores esenciales, concurrentes en la manufactura
del libro: el papelero, el impresor y el corredor-editor o librero-. No
e_s de extraiiar que algunos autores vivos, ignorantes de que este evangeho de la santisima trinidad del Jibro -papelero, impresor, editor-, es
transitorio, o impacientes, porque la transitoriedad se prolorga demasiado, maldigan la invenci6n de la imprenta, la consideren como una ca{da, y descsperen de ser redimidos jamas. La imrrenta fué el pecado original. Antes de él se exticnde la era del paraiso terrenal para los autores.

196
1 97

�LA PLUMA

I'

1,

pmo no mirar bacia la tttrospectiva edad paradisiaca con ojos melanc6licos y coruon amargo?
LI, 011"1ritltu fal,•wsa.-Tracemos un sucinto pergenio hist6rico de
la autoridad, es decir, de las sucesivas vicisitudes que han experimentado los autores.
En un principio, el autor no cscribia sobre papel deleznable, sino
sobre la eterna turquesa del cielo. Su instrumento era la palabra oral.
Lu palabras del autor volaban entre el aire fluido, como aves dulces Y
ligeras. Por eso Homero aiiadio a las palabras el epiteto de aladas: .r.aa
TTapoavta. No alumbrandose la palabra sobr~ el papcl, tampoco ~taba
destinada a imprimirsc en el papel. Alumbrabase en un corazon e 1ba a
imprimirsc en la plasticidad de otros corazoncs.
,
(Los antiguos suponfan-muy sagazmente-que cl ~orazon e~ la ~de
de la inteligencia y de la memoria, por cnde del lenguaJe. Salomon d1ce:
Cor sapimlts eruditt os ejus, el coraz6n del sabio amaes~rara su lengua.
En Jas lenguas hebrea y arabe hay, al parecer, el mod1smo de «pensar
con el corazon». Quinto Ennio sostenia que «tenia tres corazones», porque hablaba tres lenguas. En varios idiomas modernos subsiste la locuci6n de «aprendcr de coraz6n»; ltudier par coeur, to learn by keart, como
sin6nimo de encerrar en la memoria.)
Alumbrada en un corazon e impresa en otros corazones, la palabra
no se reproducia a golpes de manivela o a vueltas de volante, como siglos después con Ja imprenta, ni se manif~staba, !~erte ya, en el sarc6fago de un libro. Alentaba con el soplo vivo e?1_1t1do de l~s p~Jmones
~ntonces, a la respiraci6n se Je llamaba «espmtu»-, art1culabase en
una lengua, humeda y vivicnte, y en unos Jabios, rojos por el fucgo de
la vida. y asi, las aladas palabras que el autor habia creado en su coraz6n iban muchas veces a anidar en una boca de mujer; un libro, cuyas
hojas son hojas de rosa.
Fué Ja época semidivina del autor. El autor era el aeda, el bardo, el
vate; mas que sacerdote, profeta. Hasta el legislador se Je supeditaba,
solicitandole que tradujese en verso Jas Jeyes, que de otra suerte permanecerian ignoradas e incumplidas. Esta época , casi fabulosa, de
1 C)8

LA PLUMA
la supremacia del autor, concluye con la invenci6n de la escritura.
El aulor grdfico y û a11tor ora/.-La cscritura acarrea una divisi6n de
podercs y de jurisdiccioncs en la autoridad, quiero decir, en la actividad
de los autores. De un lado el autor que sabe escribir y escribe para los
que saben leer; de otro lado, el autor que no sabe cscribir y se produce
oralmente para los que no saben lcer. (La clasc de los autorcs que no
saben cscribir subsiste, y con gran cxuberancia, en nucstros d{as.) La
divisi6n de autoridad, en esta segunda época, implic6 una divisi6n de
la masa sobre la cual se ejerciesc la autoridad, esto es, una scparaci6n
de publicos, y en consecuencia una disminuci6n de autoridad. El publico de los autores que sabian escribir, por fuerza era tan selecto y exigcnte como poco numeroso. Y el publico de los autores que no sabian escribir era por fuerza tan numeroso como poco educado y mal parado de
fortuna. El autor que no sabia escribir, desdenado de los selectos y exigentes, perdi6 la autoridad para con su propio publico también; la plebe
no podia pedirle que la adoctrinase, puesto que era hombre sin doctrina, sino que la divirticse y Jisonjease, por donde no le cra licito crear
nuevas palabras sutiles, antes bien, servirse unicamente de las palabras
comunisimas y cotidianas que la plebe corrompia y sin cesar dcformaba. Asi, el autor que no sabia escribir se vi6 compelido a emplear un
instrumento de escasa resistencia y extrcmadamente cambiante, mudadizo; el sermo vulgaris o idioma vulgar con que mas tarde se formaron
nuestras lenguas romances.
Horacio y Mecenas.- Por su parte, el autor que sabia escribir no podia sustentar autoridad sobre la plebe, puesto que no era entendido por
ella. Faltandole este sustento de la autoridad debi6 de faltarle asimismo
el propio sustento. pues &lt;de qué iba a vivir? Y en este punto fué cuando,
en la historia de la autoridad, se produjo la asistencia mas fecunda, la
asistencia inexcusable, para toda cultura delicada en inmarcesible; aludo
al mecenismo. Puesto que la palabra proviene del calor generoso con
que Mecenas incub6 a Horacio, que el propio poeta hable por nosotros.
Horacio dedic6 varias odas a Mecenas. La primera de su primer libro de
Odas esta dedicada a Mecenas. Comienza:

�•

LA PLU \I A

LA PLL'MA
Maectnas, atnvis tdilt regibus,
0 et pr,u:sidium, et du/ce lkcus mmm.
«;\\ecenas, descendiente de abuelos de realeza, tu eres mi itpoyo y mi
dulce gloria.» Corno quicn dicc: «Sin ti, l\\eccnas, yo no setia Horacio.»
En la oda XVII del libro segundo, Horacio, adidninJo~c inmortal,
exclama:

NM ego paurtrttm

Sangm"s paren/11111, 110n rgo, quem t'tJttzs,
Dilecte .ilaemlttt, obiho,
«Aunque vastago de padres humildes, no dcsapurcccré, dilecto i\\cccnas, puesto que me has acogido en tu casa» (1). 0 seâ, que manumitiJo
Horacio de las neccsidades de la vida matcrial, gracias a . 1cccnas, goz6
la libcrtad de advocarse plenariamente a pr0&lt;.lucir obras inmortales.
Este estado de libcrt:·d de espiritu )' de libcraci6n ccon6mi..:a - cl ocio
meditativo-, es cl clima psico16gïco en que gcrmina la cultura durade-

ra y el arte incorruptible (2).
No otra cosa significa cl meccnismo si no es asistcncia a là llbcraci6n
ccon6mica del autor con que pro.::urarle la libertad de espiritu. El autOr
cscrupuloso no se aviene a brin Jar pa~·,o innumerabh: a la voracidad del
vulgo, ni menos se rcbaja a propiciar cl mal gusto de la plcbe; en definitiva, no vive del pucblo, vi,·e de , \eccnas. Sin Mecenas no hay lloracio; son dos términos corrclativos.
(1) En e~ta rni~ma oth, Horacio v.1ticinl\ lo~ uernpo~ f.ituri,;imos e:1 que
hasta Rsp~na (lo mism l que o~ros p·H:b o, birba ·o3) lie~'\ a rnstrnirse, ll,ber
peritlls. Estamo;; lejos tnd,wia del cu·uplirnientn del vaticmio,
(2) Odo no es vagancia, ni rn•no c:ctra,agancia Ocio e~ coocentraci6::i.
Co 1ce11traciun e~ lo o;,·1e~to a evap r.1ciô, E\·apo aciôn es 1:i e,,cl 1vitud a lo;;
rèq 1::ri!ll1ento, e.'derno;, rnnmen l 1eos, de amuientc. YI Clt.11·/11 ·et1i116 que
el ·ul~ 1 ,costumbra lh1mar rli traid, al llflil1°lre rn i, atento, estn e , al (!Jt' e ta
c~nc::utra1\ &gt; ett si mism,. Y bace mu:h'l, ii H, c:·1 11na d• m primera;; obras,
con un I pe,11eiia variante d'! 1~ o~;ervaci6n de Ct.Jrln, escdb(, viviendo en
In 11l 1terra, que lo, in •leses pHan pnr e,c:tr,tvagantc~. precbamcntc porque
nu":1ca cictr:wa~an, ante:1 bie.1, se c rn1foœ11 at•nt&lt;n a u norm1 intim o inclinaci,Sn, si11 c11id ,rse del cfecto qu • pro,\u,;en. D. lltigud de Unam,mo, con iterncion, caracleristica suya. ha de;;arrollnJo cl retruéca:10 - de palabras y cte

Tanto monta dec1·r Jo mecé mcocomo
.
lo
h Dos
· c,mrdos
T ,i /or ,wt1m!'s..
orac1ano.
odo
Horac10
se
resume
en
dos
consc,·os
l
" d
b d
.
a os autores: uno
«suar a tu o ra urante d1cz anos )" al cabo de ellos .
, . d b •
b'". J • l
.
1uzg:1ras s1 e es
pu ,11:ar :t», e otro, «od1a al vulgo profano y aléjate de él» Calma v
noblcza.
•
• z " • ~La e~cuelâ de la. perfccci6n
. es cl ocio · Record a d que ·escuela es
~o. i,ne::ia _Y que en ~r1ego quiere dccir «ocio». Sin ocio econ6mico
&lt;como
de
. d as en
l 1 · segu,r
d . los conseios
•,
, .Horacio? Si vives de tus obras. cot1za
a
on1a
e
l;0ntr.1tac1on
pubhca,
o
dilatas
dicz
alios
ù~
1
l
•6
d' ,
.. ras a a estampa
,c mo pcrsua ,ras al cst6ma,To
" que en csc plazo
· • nad a b rcv' suspenda
sus d cmandas '! aprcmios&gt; y si el vulgo te da de co
. ~•
,
elevarte sobre cl vulgo?
mer ,como podras

~!

pensamiento puro, o füosofia, la ciencia ura. cl ar
prol1Jas gcst.1ciones del ocio. Scntimos que somo; dioscs ca'tdc puro, s~n
ba p
1
l
1
.
,
1 os-rum1aa~ca -en os c aro5 c mmovilcs pcriodos de oc·
d
O .
cread
'·
,
.
io crca or. c10
or, s1, no )a creador de hteratura, cienda v filosofia sino t b',
c~cad~r d~ pueblos. puesto que para que cxis~ un puebio en ::t;~~
h1stont:o1y transccndcnte,
. conc1en. .
c·
. . es mcncster' sin duda , que h ava una
ia popu ar, pero, pnncapalmentc,.quc esta conciencia populars~ ramiconcept,,s- que resultn de intravaaar
.
ch&lt;&gt;,, c.,;pontaneamente ha van percib'd
ytxtr,,~agar: Lo proh.tble es que 0111•
1
a quicn narlie ni nada ·1. &lt;listrae d
&lt;• a,antin_,rnias del cdistraido,, que cs
que es el que no \'h"a e:rtrn de,~ · e 51~5 pensam,cr.tos, Y ciel •r-.xtra\•agaute•,
.
b
•
• 1 prop10.
0 ciofecuodo=·onccntrncio
Duque
d,. i\!Uan lÎnto 1 • n,• act'i,·1'dad absorbcnte y tensa. Por encnr!!o del
taha sioo la cabJa de
la Ccna en el refcctorio de la Cartujn. No faldittc; al convento; encHarnlibis~s:ron ~rcs .m_e 5 i::s. Llf"_gaha Leonarclo todoq los
trc horn . cruz ,do de braz s· '
a~ am10, _contemplnha d fre co por dos o
que. Replic6 Leonardo· • ~ ;,'.~:n e ,n ~ar pmcclada. Qucj6se cl Prior al Du5
da-1. Tres meses llevo t~Rbaja;do
l ~r•or_&lt;]UC no trabajo en la cabeza de Ju•
f I ra artista hol~az.,n liaero me t!n ~ a, SUI llcertar con lo q~e 11uiero. Si vo
Prior, que ln tiene dd~na-:. redorn~t11
~nfo matlo C?n _coptar l_:i cabeza del
Pcnsemos r-n . 'cwton, t11mbado o ga_op1:.1 que en m1 V)da be v1sto,•
Cac un:i manzan:i pero nri c
al pie cle un ;hbol. oc10,;o, reconccntrado
I ,~elo; cae a plom_o C? el c~ntro insondable
del espiritu de X~wtoo.
JJt la le,• de la ra\'Ïtaci,
. r.1 • a~por una erav1tac16n evidcnte; ,, Newton
yt ncta és un si~bolo. un umver,,nl. F.sto podra sc r una leyenda; pero esta le-

f1~~:t:!o

err

corn'~\~

201
200

�LA PLUMA
fique y reciba su savia de una concienciauniversal; que tal es la cultura
o autoridad suprema del pensamiento, la c_ien~ia y e~ arte ~~ros.
.
La escritura-todos los pueblos han atnbu1do su 10venc1on a un d1os
nacional-, provoc6 esta separaci6n y aparente divergcncia entre la autoridad cuita-sobre los escogidos y gobernantes-y la autoridad vulgar
sobre el pueblo-; literatura erudita y literatura popular. Digo aparentc
divergencia, como entre la ramazon de un arbol y su tronco.
El drbol de la cienâa.-Si resqucbrajamos la cascarilla de las palabras y les arrancamos su meollo secreto, se nos mostrara con limpidez
esta verdad. De tres maneras denominaban los latinos a las coleccioncs
de obras eruditas: caudex, o codex, (de aqui, c6dice), lt'ber, (libro), y volumen. Pues bien; codex significa tronco del arbol; liber, la pelicula que separa la corteza de la albura, en el tronco; y también significa libre, alusi6n al postulado de libertad de espiritu para la cultura, y volumen, lo
que gira y se envuelve sobre si mismo, como la corteza; una reconcentraci6n material. Lo popular deriva de populus, que significa tanto pueblo como alamo, ya que en esta especie de arbol el tronco se prolonga
hasta la cima y las hojuelas, mellizas, caedizas y garrulas, simbolo de la
plebe, rodean el tronco casi desde la base, nutriéndosc de él.
El orto de los pueblos.-Esta separaci6n de la autoridad cuita y la au_
toridad popular se extiende todo a lo largo de la Edad Media, sin excluir la reciproca transfusion de jugos y energias, como en la iH1agen
del arbol. El arbol se mantiene tanto del sentido de la tierra, o sea, lo
universal, a través del tronco, como de la atm6sfera local, del aire pa_
trio, a través de las hojas; guarda una vida profunda, constante, sin mudanzas y se exterioriza por sus hojas en un ciclo vital de juventud, madurez, ancianidad y muerte simuladas, segun las estaciones y cambios
del cielo nativo.
No de otra suerte, la autoridad cuita (el tronco) infunde, temporal
mente, conciencia universal en la autoridad popular (ramas y hojas), y
temporalmente de ella recibe conciencia nacional e hist6rica.
En Espaiia, estas dos autoridades se decian, «saber de clerecia» la
culta, «saber de juglaria» la popular.
202

LA PLUMA
En la autoridad crudita, el alma del pucblo hablaba con voz univcrsal; en la popular, el alma universal hablaba con voz del pueblo. El
mecenismo continuaba siendo el angel guardian de la autoridad erudita;
la plebe, el proveedor de la autoridad popular. Si no la cra fabulosa, de
autoridad exclusiva y superna, al menos la era paridisiaca, ya que la
esencia del paraiso se cifraba en cl ocio.
Los primeros libros impresos.-Hasta que un teut6n o un holandés
-cual, no se conoce de cierto-, invent6 la imprenta; y los autores, a
causa de aquella 16gica fatalista de las circunstancias, que anteriormente
hemos puntualizado, fueron expelidos del paraiso.
A raiz del nuevo descubrimiento, los bibli6filos, o amadores de libros,
rcchazaban con disgusto los libros impresos, por su fealdad, en cotejo
con los preciosos manuscritos iluminados, fatigadas obras de arte, como
un cuadro o una escultura. Los emisarios del cardenal Besari6n, viendo
en casa de Constantino Lascaris el primer libro impreso, lo comentaron
as{, con risas: «Entre barbaros tenia que nacer la ocurrencia. Federico
de Urbino se hubiera avergonzado si poseyera un libro tan villano.i.
Aquellos libros villanos, los incunables, los estimamos hoy como joyas.
Ello es que, en lugâr del autor vivo, paso la letra de molde a ser
depositaria de la sapiencia clasica. A esto se debi6 que el reducido publico de cultos se congraciase con el libro impreso. Fijar6nse asi, hallandose todavia embrionaria, las dos normas cardinales de la industria del
libro: hacer libros buenos y hacer libros bellos. El editor de entonces
era artista y autor. Los mejores libros eran los libros clasicos; por donde,
los autores vivos que aspiraban a crear obras puras, obras perduraderas,
engendradas en el ocio y la libertad de espiritu, observaron estar mas
menesterosos que nunca del mecenismo. (De aqui en adelante, no podemos por menos de indicar el paralelo y contraste entre Espafia y los
demas paises occidentales.)
Mece11ismo aqui y aculld.-En otros paises, el mecenismo se prorrog6
Yhasta se condujo con mayor liberalidad. En Espafia degener6 en caridad desderiosa, que debia obtenerse por mendiguez servil. Horacio se
dirigia a Mecenas de par a par. Las dedicatorias y suplicatorios pordio
203

�LA PLU .\I A

LA PI..; U ~\ A
seros de Cervantes y Lope a diversos mecenas nos mueven a iracundia
todavfa; y no contra Ios autores, ciertamente. Lope fué utilizado c~mo
rufian, por el duque de Sessa., jHe aqui el predicamento que la a~stocracia de Ios Austrias otorgaba a la autoridad cuita; la sola autondad
valedera, en ûltimo c:ttremo!
El mecenismo escala el vértice del sumo esplendor desde el siglo xvu
hasta fines del wm. Cartesio, .Molière, Voltaire, D'Alemb&amp;t, Goethe, Y
otros ociosos e ilustres meèlitabundos, ora son enaltecidos y revercnciados por el Estado, ora son favorecidos con largueza a fin de que ~ogrcn
la plcnitud de su obra. El Estado, a la saz6n, era uu rey. A~ontec1a c~to
fucra de Espaiia. En Espaifa hubo un conato de mecemsm_o co~ l~s
ministros de Carlos III, educados en los principios cultos y enc1cloped1stas de Francia. Fué la ocasi6n ûnica en que la J\fajestad hispanica se
rode6 de nombres en Ios cuales la conciencia popular se inscribfa en _el
esquema de la conciencia universal. Fué también, cuando en Espana
liubo mcjorcs imprcsorcs y editorcs.
.
L.z rewluciJ11 polit/ca.-Cabalgando los siglos x,111 ~- .x•~• se ve~1fica11
casi sincr6nicamente la rernluci6n politica y la re,·oluc1on industnal.
La revoluci6n politica agrava al pronto la crisi~ ~c aut?:id~d, pro1~0vida por la invcnci6n de la imprenta. La re,·0Iuc1on po!tt1ca instauro el
docrma de la soberan/a popular. Este dogma establece que la voluntad
de Jos mas debe pre~alecer; lo cual es incontrovertible. La voluntad de
mavor Yolumen prevalece siemprc a la larga; es un hecho de naturale~
qu~ fué trasplantado al texto de la ley. Pero, cl dogn!a de la sobera~.,a
popular 110 cabe predicarlo sino de la conducta colectiva, de la relac1on
mcramentc politica de unos ciudadanos con otros. No o_bs1'.3nte lo cual,
el pueblo, en la embriaguez del triunfo, se arrog6 todo hnaie de so~eraria, incluso la autoridad, que atai'ie, como ya hemos e:,cpuesto, al~' al~raci6n permanente y uni,·er:;al sobre el pcnsamicn:~ puro: _la c1enc'.~
pura y cl arte puro. Por eso he dicho que la rc,·oluc1on poltt1ca agra, o
la crisis de autoridad.
Ante este menoscabo de la autoridad legitima, algunos autores reaccionaron con agresi6n. Schiller cscribi6, en su Wal/rstd11: «Stimmen soi/
:?04

wan w,ïgen und nidzt :..ïhlm», Ios votos deben pesarse y no con tarse. Y
Carlyle: « Y do not bdz'ez·e that st,1/c ca11 las/ in whir!t Jcsus and Judm
haz·e equat weig!tt in p11b'i'° {if/tJZrJ», no creo que pueda perseverar un
estado en que el voto de Jcsus y el de Judas tcngan cl mismo peso en Ja
cosa pûblica (1). Aquellas palabras de Schiller v de Carlvle no desvirtûan en lo mas minimo el dogma de la soberania popular. Los votos son
expresion de la rnluntad y no del entendimiento. Un voto no es un
;iucio, sino un drseo, un acto presunto. En cuanto deseo expreso, el ,·oto
de Judas, politicamente, pesa tanto como el de Jesus, y, si la mayoria
vota con Judas, saldra Judas con su ,·oluntad, como acaeci6 en Judea,
en los ticmpos de Tibcrio, y acaecera en todas partes y tiempos, de lo
cual no tienc Ja culpa la sociedad humana, que es como la han hecho.
Claro que no se puede decrctar por vota.:i6n la distancia que hay de la
tierra a la luna, ni el mérito de la Jliada, ni la certidumbre de la filosofia de Kant; pcro. para averiguar Io que el pueblo quiere no hay mas
camino que pedirlc el voto.
He aqui la formula exacta de la division de poderes: el pucblo posee
soberania, cuyo instrumento es la voluntad y cuya realizaci6n es el acto
momentaneo, pero no posee autoridad, cuyo instrumento es el entendi-

(•?

Un espaiiol muy simp.itico, muy m.irchoso y muy sesudo. en nada
semeiante. aunque cordobéQ, a los muiiidores y politicastros cordobeses de
ho~aiio; Séneca, en su • Vita Beata•• escribe: Itafjue id eve11it, fJUOd in com1tiis, in
fJUtbus_ eos f_aclos jJraetores iidem fjtll fecere mirantt,r, fJtlUm se mo/Jilis favor circumegü. Eadem p,·o/Jamus, tadem rtjJrehendimus; /,ic txilus tsl omnis judicii, ifl
9uo secumdum jJ/ures dalur; •ocurre en los comicios que los mismes ciudadanos
que han nombrado con su voto a los pretores se maravillan de habcrlos elegi?o cuando, mas adelante, el favor les es contrario. Reprobamos entonces las
m1smas cosas que habîamos aprobado. Tal es la consecuencia de todo juicio
por mayoria.• Lo que dice Séneca es certisimo, cuando en un maçistrado se
busca un favorc-cc::dor, en vez de designarle como mandadero o «mmistro• de
la voluntad general. En el mismo tratado de «Vita Beata., Stncca emplea la
palabra «ministro• en el sentido del que sirve a la n.esa. Eso deben ser los
gobernantcs respecto del pueblo; pero son lo contrario. De los tratados de Séncca hay una traducci6n castellana del siglo xvu, por el licenciado Navarrete,
por cierto deplorable, de exactitud y de lcnguaje.
205

�LA PLUMA
miento y cuya realizaci6n es la obra impercccdera. Esto, en lo tocante a
la revoluci6n politica.
La revolucion industrial.-Pasemos a la revoluci6n industrial. Esta
revoluci6n, como la otra, la politica, se ofrece en la realidad eomo un
grado de plenitud; la producci6n copiosa. En rigor, no hay industria
hasta el siglo x1x. De ordinario, no entendemos por industria sino la industria mecanica, la producci6n copiosa. La producci6n copiosa implica dos 6rdenes de necesidades contrapuestas; a un cabo, los factores de
producci6n; al otro cabo, los factores de consumo, el mercado. La ley
fondamental de la industria es la ley del mercado.
Los factores de producci6n de la industria del libro son el pape!, la
imprenta y el agente que los reune y liga, o sea, el editor. El autor, digo
el autor vivo, el de carne y hueso, estani incluido o no en la producci6n
del libro segun lo condicione la ley del mercado. cCual es esta ley? Buscar consumidores que absorban la producci6n copiosa, satisfaciéndoles
la necesidad o el gusto.
Comparemos, a este respecto, lo de Espaiia con lo de fuera.
Espaiia y el Cong-o .-En otros paises, la revoluci6n politica indujo a
una usurpaci6n de autoridad por parte del pueblo, el cual quiso arrogarse la facultad de fallar en materias de cultura superior. Mas, como alli
el pueblo anhelaba instruirse y, con ahinco correspondiente, el Estado
se esforzaba en instruirlo, fué agrandandose el perimetro del publico
culto o apetente de cultura. No son pocos los paises occidentales de donde se ha desterrado el analfabetismo. La industria del libro, en esas naciones, dispuso a seguida del mercado mas seguro y pr6spero, el que
responde a la satisfacci6n de una necesidad. Ademas, el Estado allf practic6 el mecenismo, ya por medio de la retribuci6n u homenaje a un autor distinguido, ya por medio de sus corporaciones de cultura (Escuelas
superiores, Bibliotecas publicas, Publicaciones oficiales, Academias), inculcando en el publico de juicio liviano o vacilante criterios de selecci6n
y sentimientos de respeto con que diferenciar y acatar la autoridad auténtica. La industria del libro, en esas naciones, junto con el otro mer-

LA PLUMA
cado de la necesidad, fué condicionada por el mercado del bucn gusto,
y entrambos se confuodieron.
Ahora ccual es la ley del mercado en Espaiia? Un agudo amigo mio
decia: a primera lvista parece que un bazar de ropas hechas en el Congo
seria un negocio incalculable, ya que todos los congoleses van desnudos,
solo que los congoleses van desnudos porque el calor les obliga al sucinto taparrabos, y las unicas prendas europeas que han adoptado son los
puiios postizos y el sombrero de copa.
Nuestro mercado de libros guarda, en lo intelectual, notoria semejanza con el mercado del Congo, en lo indumentario. A primera vista
parece que en Espaiia habra tantos que ambicionen poder leer como
analfabetos hay, y son en proporci6n abrumadora; y tantos que ambicionen cultivarse cuantos se cchan de ver incultos, y son casi todo cl
resto de los habitantes. 1Qué buen negocio la industria de libros .. .1
Pero iay! los desnudos de espiritu no se ruborizan de su dcsnudez, porque nadie les ha sugerido el pudor; y Ios que alardean de ir vestidos no
adquieren del vcstuario intclectual otras prendas que el somero taparrabos, los puiios postizos y el sombrero de copa. (1)
Saber ker y sabcr escribir: su proces,1 so.dal.-Hoy ya no se concibe el
hombre que no sabe leer; por cso se ha extinguido el specimen del autor
oral, que no sabia escribir. Las frases de «no sabcr leer» y «no saber escribir» han perdido en las lenguas cuita~ modernas su sentido literai y
arcaico; no significan ignorancia de un automatismo infantil con que
trazar vocablos y descifrar vocablos, sino la falta de discernimiento para
desentraiiar el valor de lo que se lee, y de pericia para comunicar con
precisi6n o emotividad loque se piensa y sicnte.
El publico que no sabia lecr atraves6 varios tramos, en el decurso de
los siglos. 1\lientras la escritura manuscrita y enrevesada, no se molest6
en aprender a leer. Después de la imprenta, con sus nitidas letras, apren(1) Se ha vuelto, al fin y al cabo, al sentido que comenzaron a dar al vocablo los antiguos autores eruditos. Leer viene de Lego, legere, verbo que significa cscoger, selcccionar, interpretar.
207

206

�LA PL lJ ~I A
dio lentamente a deletrear; y fué el tramo del fetichismo de la letra de
molde. La rcvoluci6n politica trajo la democracia de la rroducci6n libresca; la ciencia vulgar o seudociencia, la literatura de plazuela. Y fué
el imperio transitorio del editor mercachifle y ·del pûblico ensoberbecido e irreverente, que aunque sabia Jeer por lo automatico en puridad no
sabia leer todavia. Por ultimo, la propaganda de la instrucci6n y el mecenismo del Estado dieron fin, en esas naciones, del pûblico que no sabia leer. En esas naciones el mercado es, si no culto, apetente de cultura gcnuina. Los autores de mas mérito suclen ser los de mas pûblico.
Puedc aplicarseles indistintamente un criterio econ6mico o un criteriointelectual; los primeros, scgûn un criterio, se afirman con autenticidad
casi siempre como los primeros, segûn cl otro critcrio. Estos primeros
autores son en vcrdad cl tronco, soporte y apoyatura del pueblo, y a través de ellos la conciencia nacional habla con acento univcrsal.
La lcy dd mercado en Espaiia.-Pero cstamos en Espaiia. La ley del
mercado editorial la promulga cl pûblico de lcctores. El pûblico hispanico atravicsa cl pcnûltimo tramo de los antes descritos; es el pûblico
democratico-dem6crata de la cicncia y de la literatura-que en puridad
no sabe leer, aunque automaticamente pucdc deletrear. Las mercaderias
que satisfagan la neccsidad y el gusto de este mercado debcran ser la
scudociencia y la scudoliteratura; pornografia literaria y pornografia
cientifica. Los au tores para este pûblico, aun cuando se exterioricen mcdiantc la escritura automatica, son ni mas ni menos que los autores de
antaiio que no sabian escribir, puesto que no crcan nada propio, sino
que dcvuelven lo que les ha llcgado de oidas, si bien aquellos viejos autores iletrados solian cstar atentos a la voz de la autoridad crudita, en
tanto los de ahora se vanaglorian en mcnospreciarla. Por eso - como
declaré en los preliminares-los autores genuinos, aquellos que se afanan en dotar de concicncia uni versai el alma nacional de estos dias, los
creadores de pura ciencia y de arte puro, no cxisten en Espaiia sino potencialmente; como los obispos 1iz pa,tibus, obispos sin di6cesis, son autores sin pûblico. La autoridad espaiiola esta destroncada. Pero-se me
objetara-, eexisten siquiera esos autores in partibus, autores genuinos?
208

LA PLUMA
Respondo que si; tantos y tan cxcelentes como en los ticmpos mas fecundos de la cultura espaiiola, solo que en cierta medida son autores
frustad~s ~or la adversidad del medio y la ausencia de mecenismo, dir~o e md1rccto. De dos maneras se frustran los grandes autores en Espana, y una sola es la causa del daiio.
Sobre/)roduccùhz v penodùmo.-Causa del daiio , la ausenc·a
d e mecc.
1
msmo; en otras palabras, la esclavitud econ6mica que impidc el ocio
crea~or. Las ~os maneras de frustraci6n; una, la sobreproducci6n, producc16n ~x~es1va y atropellada; otra, el periodismo. A un autor que no
sabe esc~1bir, o loque es Jo mic;mo, un autor de mucho pûblico, Je bastan ~ed1a docena de obras, y tal vez una sola, para manumitirse ccon6n6'.111camcnte. El autor de conciencia-de doble conciencia; nacional y
umversal-ha de_ compensar la exigüidad del rendimiento de cada obra
con 1~ abundanc1a de obras, y el desvio de la fama con la insistencia en
corteJarla. Pero la soluci6n mas pr6xima, cuando no la mas forzosa del
problema,econ6mico, se la proporciona al autor el periodismo. Èn la
uymda aurea .s~ cucnta de dragones y tarascas acogidos en la vecindad
bosco~ de las c1udades apacibles; alimenta.hanse habitualmente de criaturas sil:estrcs; mas, a fin de evitar su colera y estragos, la ciudad deb{a
en oca~1ones entregarlcs como tributo, a que los devorase una hermosa v1rgcn o un principe heredcro. La prensa peri6dica, a ,:eces devora excel~ntes ingenios, frustandolos para obras de mayor y mas d'urader~ autonda~. Y mcnos mal. Es de esta suerte la Prensa, noya inofensiva,
smo ben~fic10~a. (\\Tells preficre que le llamen periodista en vez de artista, n~vehsta, intelcctual.) La gran tarasca de nuestra sociedad es la otra
especie d~ prcn~,. que s: alimenta de rateras sabandijas; esa prensa para
la cual Bismarck 1nvcnto «cl fondo de reptiles».
!al es la situaci6n de la industria del libro en Espaiia, por lo que
atane a los au tores. La dura lcy del mercado no tolera conculcaciones·
es una ley de broncc.
'
Los e?itores espaiioles, no pocos de cllos-justo es proclamarlo-procu~an SUJetarse a las d~s n~rmas cardinales que, ya desde su puericia,
gu,aron los pasos del hbro 1mpreso; hacer libros bellos y hacer libros

�LA PLUMA
buenos. En cuanto a la pulcritud y decoro formai del libro, muchos
libros espanoles emparejan, si no aventajan, a los de cualquiera otra
parte. En cuanto al contenido, el editor no goza sino de un margen angosto de libre arbitrio; lo que rige es la ley del mercado. (Para Musset, tres cosas habia sobre todo absurdas: un combate sin una charanga,
un viaje sin un libro, una vida sin un amor. En los trenes espanoles, por
milagro se ve un viajero con un libro, como no sea un clérigo, signandose al salir de cada estaci6n y mascullando el breviario.)
Terapéutlca.-~Quién derogara la ley presente del mercado? ~Quién
promulgara una ley mas justa y mas conveniente? Insistimos que la crisis de autoridad es efecto de una sola causa: la ausencia de mecenismo.
Y el mecenismo, modernamente, es funci6n casi privativa del Estado.
Hay desde luego el mecenismo mas indirecto y de consuoo el mas
provechoso y eficaz. Consiste en desterrar el analfabetismo y, a este prop6sito, en formar maestros modernos, no de esos que ensenen a leer y
escribir automaticamente, sino hombres cabales, con amor y retioa para
lo uoiversal. En este mecenismo.no es verosimil acci6n sucedanea privada; si el Estado no lo ejerce nadie ni nada pueden sustituirlo.
Hay, después, otro mecenismo oficial menos indirecto: el que se
practica a través de las corporaciones de cultura, las academias, por
ejemplo. Practicar este mecenismo no puede ser otra cosa que seleccio.
nar con justeza y honradez. En Espaiia no se practica.
La Real Academia Espanola.-Hablaré de la Academia de la lengua.
· Los mas respetados escritores contemporaneos, las autoridades ciertas,
no tienen asiento en aquel recinto. La Academia de la lengua otorga peri6dicamente algunos premios literarios. (No tengo para qué disimular
que algunas de mis obras han jugado con desdicha en los concursos
académicos.) El dictamen académico en estos certamenes se ajusta - seguo confesi6n de los mismos pupilos y parasitos de la Academia-a la
finalidad mas incongruente con el concepto que presidi6 en la creaci6n
de este instituto. La idea fué, defender la autoridad erudita frente al
despego u hostilidad del vulgo que no sabe leer. Pues bien; la Academia confiesa que no premia sino aquellas obras que todo el mundo pue210

LA PLUMA
de lee~; las obras de quienes no saben escribir
.
,
' para quienes no saben
1
arte es como la ciencia y la reiigi~~~r~tn~s { ~: coleg!ala~ (1~. P~ro ~l
teologfa que la que todo el mu d
d
u iera mas c1enc1a 01 mas
cia ni habrfa teologia· las Aca/ ~ pu~ e ~fiomprender, no habria cien,
em1as c1ent1 cas se compond , d
camue1as y prestidioitadores y el C l .
nan e salug~r de Cardenale:. Nuestr~ Acade:~!1~:~am~:o, de monaguillo~, en
sacnstia El
.
gua es una espec1e de
dentro de aq:re~:nz;:;/;: h1~pa~otarlanrs rendimos culto, no se halla
de los muros, en las lapid~ssdmo _e otlrod ado de la pared, por defuera
.
e marmo onde-muertos
1
' b d
Ysepu tos por
1os sacnstanes de la Academia- t,
Valdés, Garcilaso Cervantes es anJra a os los nombres de Hita, Ios
serian (por cultos'
' Queve o, Ios cuales, de vivir ahora no
d
dependientes) ni ~ie:b:~:aa~:;::nf~i h~tern o~os, por_li~res, po/ intranjeros que juzguen por la e
. , s 01 prem1os academ1cos. Los exconcepto de la autoridad y del xpres10~ oficial, formaran el mas triste
(En la Academia en lu
pensam1e~to espaifoles de nuestros dias.
camilla, debieran est~r tod:;~ de los ~m1gac~os de_ u?a tertulia cursi de
catalanes, portugueses- y lo osdgrlabn es es&lt;;=r~tor~s ibericos-castellanos,
.
,
s e eroamenca iunto co l h"
.
tas extran1eros notables E
.
'
n os 1spa01shizo.)
. n otros tiempos, algo de esto se intent6 y se

leer; hteratura de analfabetos d

Colofôn.-En conclus·· l
•,
·
del libro quizas sea sufic~~~~e a ~~~tecc10n econ6n_iica_a Ios industriales
pec.to editorial Para compef p l poscer un artilug10 precario de as1
·
1r, en e coso de los mercad
·
es, con la industria extran ·era del Iib
. os mternaciona_
arancel· hace fa1ta el J
.
roE, no es sufic1ente la protecci6n
rni1zaelvestido
'de pulcritud pero
mecemsmo. l libro extra ·
.
t b' ,
niero se arro1a a la
libros, por muy pulcra~ente qu:m ien armado de au_toridad. Nuestros
vayan arreados, daran en tierra, si no
(r) Caso pasmoso ver que la A d . . .
de Mesa: un autor que' no pueden le~: ;m1a d1st10gue una obra de D. Enrique
mayor parte de los académicos M h odos. Que no pueden leer todos ni la
· uc o menos, cntenderlo.
'
211

�LA PLUMA
blanden las t'micas armas adecuadas a estos torncos: la lanza de Minerva y las flechas de Apolo.

Esto es todo loque tiene que decir un autor, en un ambiente industrial.
AJ retirarme, despliego n:i bandera; paciencia y esperanza.

RAMÔN PÉREZ DE AYALA.

POEMA DE LA SENSUALIDAD PUERIL
I
(;sa palabra
como un ciprés
alla en la sombra de mutuo secreto.

.la piedad de mis manos
tendida hacia tu pena delirante.
- 'Ganta blancura marchitada
en el éxtasis rojo-.
/tl.ué sumiso el espfritu
a la /atalidad de aquel momento/
('lin naufragio de aimas.)
.Ca inmaculada desventura
de tus diez y ocho estrellas deshojadas
mancha mis manos todavia.
'Gu blanca primavera
se hizo luto en un beso.
ltl.ué escarcha de purezas
se deshelo en mis dedos?
/ eomo temblo el ciprés de esa palabra
alla-en la sombra de nuestro secretol
213

�LA PLUMA

LA PLUMA
II
(;[ reflorecimiento de los éxtasis.
-/llesucitar de amor-.
{fM.iedo de crimen
circulo por tus ojos).

•

'J/a el azahar de tus sueiios
se ha secado en mi boca.
efe ha doblado tu amor en la ternura
de una sonrisa
hacia lo irremediable.

1

'JI después
has mirado tu infancia
-ya floridacomo el primer vestido largo.
l ll

"G'e posel rezandote
como al 9foe fM.arfa.
euerpo de tus jardines.
-/t1.ué blancura de ritos
en la profanacion santificada
por la piedad de mis palabrasl;/(ondura temerosa
de manantial de lagrimas.
1Como /foré fundido a la inefable
tortura de tu infancial
'G'us gasas de pureza se perdieron
214

por el camino aquel de la caricias
rasgadas en las cruces de mis besos.
!Pontifo,ué tu pena
con los armiiios del silencio.

IV
$esucitada en mi
de aquella muerle breve
de caricias.

tt1.ué beso te mato
como a una rosa?
C:Vuelta del loco éxtasis
a la cordial cordura
;eomo nacias en mis brazos
tatuacla de sollozosl
-!Posesion inefable de aquel dia-.
fln/ancia ya quemo.da
de realidades mias.
!fuse una cruz de besos de ternura
sobre las cicatrices
del rosai deshojado
de tu inocencia antigua.
V

{;/ sueiio
dulce trine!
para viajar contigo.
'JI la sombra de aquella realidad
a pleno cielo el alma.
215

�LA PLUMA

.J:os luceros temblando
-huevecillos de plata de la fNoche-.
C(;us ojos- ya marchitos de pecadocomo violetas prof,nadas.
.J:as carreteras blancas de tus brazos
tendidas a mis besos caminantes.

.

{;l alma carcomida
de una extrana tristeza
hecha de amor y de piedad inmensos.

.

(/eomo viajé en aquella noche blanca
por el paisaje de tu carne
en el tren de tu infancia!)
ER~ESTO LÔPEZ PARRA

216

EL JARDIN DE LOS FRAILES
XI
haber maltratado mis sentimientos al descubrir, en las
soledades de la celda, la tibieza del coraz6n delante del
estimulo piadoso. Tan recio solia ser el tiro de esos afec,
tos, que bastaron para llevarse tras de si los apetitos divergentes de mi vida y absorber en uno todo erotismo y las quimeras nobles. Despacio, perdieron su virtud. Firme como nunca en las
creencias, no entendi al pronto por qué me emocionaban menos, y
anduve buscândole remedio a la frialdad de la pasi6n. Culpa nueva
se me antojaba la algidez; en su engaiio, la conciencia se acusaba de
descreimiento. Apegado a la unidad interior, aun ganândola por rutas
tormentosas, me apetecia recaer en el deleite casi mortal del acto de
abnegaci6n, que es llevar de grado al suplicio, en el ara del misterio
impasible, la voluntad de poseer profundamente la vida. Ese acabamiento repetido, esa postraci6n, frutos de un ejercicio donde se
amaestra la actividad total del espiritu, suplian por otras efusiones y
me dejaban el contento de no ignorar nada de mi. Cuando la unidad
vino a romperse, y la llama, por barruntar otros cebos, vag6 desprendida del tema religioso que hasta alli estuvo entreteniéndo!a, crei
perderlo todo: la caridad y la fe. Quise perdurar en el amor furibun-

(1

REO

217

�LA PLUMA

.

.

do, y me acribillé a espolazos. Hurgué en el_ ?rigen de la pasi6n m~rtecina: ido el espantc, ninguna contemplac1on me sac6 de la apaba.
Remonté el surco de los afios, agité mis memorias: los amantes refrescan con las suyas los apetitos estragados. Repasé por el trance de
la conversi6n, por las ansias posteriores, y me entemecia mi corta
ventura, que tan temprano me sac6 de la impiedad inocente. Me engan6 esa emoci6n viciosa: pensando restaurar en su empleo ~a p~janza original, devoradora de experiencias, me fui con el baJO aliciente de La conmiseraci6n de mi mismo, a echarme en el regazo de
la degradaci6n sentimental.
_ .
Me propuse ser algo en religi6n cabalmente al.apag~rse m1 ac_ttvidad espontanea, punto en que, cohibida la intehgenc1a, la conv1cci6n era mas honda y el entusiasmo cedia. No me propuse ser martir ni santo ni siquiera fraile o devoto, pero acompasar los sentimientos co~ las creencias. Si mi sobresalto de ne6fito se calm6 al
aprisionarlo la doctrina, que organiza lo sobrenatural y lo resume en
nociones al alcance de la mente, tampoco iba a soportar una verdad
rigurosa, aspera, donde no hallase esparcimiento la vena sensible.
Pugnaba por regir mi inspiraci6n e in~oducir cierto orden voluntario, poco patente, que deja a las emoc10nes levantarse y revolotea:,
pero atandoles un hilo en la patita; y cuando, al parecer,_~an_ mas
sueltas, la sagacidad las ha cazado y las expresa. A ese eqmlibno n_o
supe llegar. Veia la disociaci6n presente, y si no acerté co~ el mohvo, menos con el remedio; en el fondo, apuros del aprendiz en sus
tanteos. Aspiraba a concluir una obra que no por relegarse. en . los
limbos de la vida secreta dejaba de aparecer de bulto ante mis OJOS.
Consistia en impregnar de amor las creencias, y si me avasallaban
sin yo quererlo, trajéranme al menos la paz y, placiéndose en ellas,
arribasen a colmo las inclinaciones generosas del animo. Trenzar las
ideas con el sentimiento motor no me fué posible, como si escribien2 18

LA PLUMA
do este libro no acudieran a rellenar su trama los vocablos expresivos pertenecientes. La marea levantada de improviso por la revelaci6n del mas alla, en lugar de echarse, como antes, sobre mi y anegarme, refluia. Quise correr tras ella. Aceché su retorno. Solicité
ocasiones-fuera de las que incluia adrede el hora1io conventualen el roce de alguna sensaci6n propicia, que en granjear la complicidad del mundo exterior para sonsacar al animo su querencia recondita, cualquiera, desde nifio, es babil. La celda curaba de suscitar mis
soliloquios. Los cuatro muros que en las horas de sol me aislaban
del colegio, después de anochecido cobraban levedad y cierto género
de imaginada transparencia, como si la materia se atenuase, e iban
reculando hasta el confin del silencio, dejandome en el centro de un
ambito frio, solo. Entonces nada habia fuera de mi. La celda, abolidos sus limites, era tan vasta como el mundo, y el mundo estaba
muerto. Es indecible la acerbidad de este gusto: sentirse unico-principio Y fin-y afrontar la verdad pura, la verdad absoluta, confundida con uno mismo; uno mismo es toda la verdad. La idea de aniquilamiento entraba en mi al punto: queria zozobrar en el silencio.
Suspensa la atenci6n, me zambullia en ese agua insondable, que me
arrojaba como el mar devuelve los cuerpos... El tronco de luz amarilla
reanudaba la cadena de mis sensaciones. Por incapacidad de deslimitarme y perecer, volvia en demanda de voces amigables que rompiesen esta soledad interior. En vano. La invenci6n y los deseos, la
fronda viciosa en que solia perderme, se frustraban. En abstrayendo
las representaciones carnales, la reflexi6n s6lo encontraba el vacio
del. alma: seca, agostada toda, rasa. Vergüenza me daba la esterilidad ,
tra1da por las luces nuevas de la mente, ensenada ya a tasar en su
precio justo los fines de la vida. ~C6mo podia ser que nada me conmoviese? Pues asi era. El alma como un secarral, y vigilante sobre
ella, una atenci6n agudisima, en acecho del mas leve temblor. Ingrato
:z19

�LA PLUMA

LA PLUMA
es guardar una vina vandimiada. El hastio de esa quietud me inducia a buscar el parasismo en las plegarias, y no sabiendo inventarlas, en las plegarias de encargo, ofrecidas por el repertorio de rezos.
De haber tenido medios propios de expresi6n, a borbotones hubiesen manado de mis labios, no suplicas, improperios. Proferia, atenido
a la pauta de un librito, jaculatorias blanduchas, estomagantes, de
tantos ayes y suspirillos como traian: querellas no inflamadas por la
emoci6n de nadie. Pero en el libro, un pasaje desgarrador-el unico:
una oraci6n en la mue1'le, tan inverosimil como cruel-impetraba misericordia acoplando sus antifonas a los pasos de la agonia, escandidos lentamente. El cuerpo iba muriéndose poquito a poco en el
curso de las preces, y asistia uno al apagamiento de los sentidos
como a la extinci6n de un arbol de p6l\·ora. Al apagarse cada bengala de esas, reaparecia mas urgente la suplica, acercandose la obscuridad postrera. La plegaria horrible no dejaba de estremecerme con
repeluznos de miedo, entreverado de amor hacia el tercer enemigo
del alma, pues el rezo mismo obligaba a considerarlo aherrojado por
la mue1'le, y fuerza era despedirse de él y de sus promesas. Me arredraba en el umbral de la contemplaci6n prohibida.
Advierto en esc prop6sito descaminado de rescatar el amor aviva
fuerza, el yerro de un espiritu toda,·ia informe, pidiendo a la religi6n
complacencias sensuales incomunicables. Del hechizo inmediato de
la iglesia me habia evadido pronto. Los juegos de la luz y de la musica, el incienso y otras suavidades del altar, no me trajeron sacicdad alguna; donde muchos caen en arrobamiento y, por el deleite de
la vista o del olfato, suben al empireo, yo me mantuve 1ehacio, escatimando la atenci6n al lenguaje de la liturgia, que ya me habia inoculado por sorpresa emociones sospechosas, turbulentas, poco placenteras. En la afici6n de los sentidos, mejor p:ibulo era el campo. Un
dia de sol, las formas de los montes, la sonoridad de la Herreda, no
220

me forzaban
a concluir en nada·, no me amenazaba lo nat ura1con 10.
.
tenc1ones ~egu.ndas, y acab6 por derrotar a las sensaciones macera~:~ en la igles1~. Mas tarde, topé con esa insuficiencia del fervor reho1oso-anduv1ese
refrenado •" ùoméstico, o s,·qu·era
brav1O-para
.
Il
1
. ev~rme al punto donde el ânimo, fuera de si, aspira a disolverse,
se d1suelve
a veces, en otro aliento de mas ampt·io giro;
.
y
t d
pasmo ya
gus a. o en la invenci6n de lo bello natural, por el corte momentâneo
e~_ la msoportab~~ continuidad de mi presencia. Al contrario, la religion _me constrema; me apretujaba contra el centro moral de mi per~ona, todos los dardos centrifugos los metia en un cingulo d
.
ib· . 1 • • i
e acero,
a e:.cu p1elll orne, jCOn qué cincel inclemente!, y me dotaba de limites cada _vez mas disti nto.., y sensibles. La religion me oponia no s6lo
d~mas ~ersonas, pero al Universo. Ya no estaba esbozado en
, _Y s,endo. 1_nsop~r~able la cârcel, queria romperla, divagar fuera.
C_asos de union estatica con lo divino pululaban en las lecturas relig,osas Y en los ejemplo:. puestos por los fraile!:i. Ese vuelo en alas
del -~mo~·• pre,~iado co~ el oh·ido, con la suspension del pensamiento, tlba a ne;..:.,trseme, s1 cstaba advertido del rebullicio del corazôn en
columbnu~do la enseiia religiosa? Entonces probé una y mil Yeces a
dar ese bn?co, como tengo dicho. Fui el explorador mas atolondrado
de los carrunos misticos. No adelanté un paso, ni me alcé del suelo
una pulgada. Tamana ambici6n de sublimarse no se ha visto pagada
nunca
• ·t servidumbre a lo presente
I
. con mas ~mante
y contiguo. De
esos_ fracasos saha la percepci6n aguzada, mas capaz y alerta1 y los
senhdos, mas voraces. Si era en la celda nae quedaba el resto de las
horas mmovi
· · ·1 , d elante de los libros, filtrando
' , gota a gota la represa
enorme del tiempo. El tafüdo del reloj del Monasterio al caer las
ocho• levantaba _a 1 co1eg1O
· de su sepulcro. Portazos, voces,
'
paso de
gentes. La atenc16n se distendia. jA cuantas esperas ~ngustiosas no
habran puesto fin aquellas campanadas!

:/as

221

�LA PLUMA

.

.

Los frailes, haciéndome buen cristiano, no pudieron contagiarme
la tercera virtud, la mas entrafiable. Una sola poseia cabal. Nombré
caridad a ciertos sentimientos de rara bajeza. La ternura, la efusi6n
de convertido fueron, no mas, espanto de bestezuela acoquinada por
la evidencia de su infortunio. Me posey6 la emoci6n del riesgo; el
eaoismo
asustadizo di6 suelta a su temblor. Domado el alboroto .prio
mero, qued6me una verdad fria grabada en la mente, y troqué la mspiraci6n interna por la disciplina recibida de fuera. No mas alzamiento explosivo de los afectos, pero una pauta angosta para encajonar la vida, sin aquiescencia libre. La verdad religiosa me subyugaba-por raz6n de autoridad y del consenso ajeno-con el vigor de
las verdades practicas sacadas de la observaci6n persona!. También
era verdad que arrojandome por la ventana me estrellaria, o que me
ahogaria si me tiraba al estanque; fuera insensatez no atemperar a
tales verdades la conducta. Me someti, renca la voluntad, a contrapelo del gusto. La inteligencia, esclava; las pasiones, segadas en verde; observante, por prudencia humana: tal fué mi arte. Aceptar el
credo por molicie, me sabia a corrupci6n. De ahi mi aborrecimiento
de las amplificaciones sentimentales y de las digresiones poéticas de
algunos libros edificantes. En el refectorio, viniendo del silencio de
la celda, acaso me tocaba leer desde el pulpito unas paginas de El
Genio del Cristianismo (sin René), cuando no eran de Fabiola, o, caso
peor, de Las ruinas de mi convento. Tolerables los romanos de Wiseman, por caer de nuevas en esas evocaciones pintorescas, Paxot, el
lacrimoso, me daba nauseas, y mucha fatiga, como rodeo sin término, la amenidad de Chateaubriand. Las campanas... ; el peregrino que
retorna a su aldea y halla rejuvenecido a su padre ... ; la elegancia de
las ruinas...
jSi se hubiera tratado de esol... Placentero arbitrio: iPedirles
inspiraci6n cat6Jica a los roblesl Chateaubriand se quedaba lejos

LA PLU l\[ A
del foco de la creencia, y de su ha.lito, candente como el solano que
asura las mieses.
La escisi6n se consum6; vivi a lo hip6crita, administrandome la
seguridad falsa de haber extirpado lo inconfesable. En ese punto tan
b~jo, de la depresi6n, no es posible estimarse menos. Faita valor ~ara
m1rar cara a cara los designios solapados que se van superponiendo
y mezclando, y acaba uno por no saber d6nde esta la mentira ni la
verdad. E~ vivir en una suspension cuaresmal harto triste, y prepararse no se a qué: acaso a perdurar en la timidez, en la reserva. Pero
la insinuaci6n primaveral, el simple descuido de ser joven 1Jeo-an
irres~stibles. ~n el refugio vespertino de la basilica-el altar ~in p~m~
pa, sm devoc16n el alma-, el llamamiento atronador del coro rebota
en las b6vedas; nos doblega. El puro azul asoma en Jas vidrieras
altas de la cupula. &lt;Qué sugiere? &lt;No es mejor renunciar, que hagan
de nuestras vidas a su antojo, estar en paz siempre ...?
Al salir de la basilica, por deprisa que fuésemos, el azul, sorbido
por la noche, ya no estaba.

l\lANUEL AZANA
( Contirmard.)

222

223

�LA PLUMA

EL NOVELIST A
tNOVELARIO)
( CONTINUACIÔN)

"

il

L

..

X

1 puertas con miedo, porque
no~elista
s1emptar_e
detras
de lasabna
puertas
es n alis personai·es de novela esperandEo. toda oscuridad en las escaleras sobre todo, hday
n
,
En los cuartos e
ar umentosde
novela en' gran numero.

los baûles tam~ién.
. d una de mis novelas-deda a la som--Yo puedo hacerte personaJe { l' 1 aso
braque pasaba o al engendro que n\s:C;~ir ~ue ·busca a sus criat_uras,
Miraba a su alrededor como u
Yo las encuentro y com1enzo
aunque, como/1 deda, «~~s ~~;J!dc;:i;y auténticos ... Desde el principio
a contar con el as como se
• ·
verdaderas».
hasta el fin , mis novelas fan~ast1c~td~d que le habia hecho producir inSin embargo
e suhgbr~n
numerables
novedlas,
a ia v:~~s°q~e se' quedaba parado. Eso es loque
mas le hacia sufrir..
.
. , del mundo esta parada-se decia, y no
-Esta tarde la imagmac10n d 1 ar le dejabà solo en las arenas de
odia continuar, una resaca atroz e m
. .
fas playas desecadas.
. d
·ado la pluma y eso hace art1fic10Otro dia era porque ~~ ve1a emas1
'
sa y endeble la imagmac1on. .
la mesa el cepillo de la ropa, v al
Otras veces es que_le f??man sob~! cepillo se quedaba defraudado e
ira escribir con toda ilus10n y ver
224

irresoluto. No hay nada como un cepillo para secar y acabar con la ilusi6n de escribir.
-jYa me ha matado la tarde!-se decia con desolaci6n, y llamaba. a
la criada para rogarla que no le colocase mas el cepillo encima de la
mesa; pero 1a criada se rnlvia a olvidar del mandato y de nuevo trepaba
por la mesa el cepillo, que borraba toda la inspiraci6n y hacia infecunda
una larga tarde.
Cuando el no\'elista Yeia el dia con clarividencia, ya no era novelista.
«1Hoy no soy novelista! ïHoy no puedo ser novelistal», se decia Andrés, y se paseaba por enmedio de las gentes sin novela, que pasaban por
el dia generalmente limpio y sin novefas, estornudando de monotonia y
de mediocridad.
Hasta le parecia extrarîo al novelista en esos dias imposiblcs de novelar, que existiesen las novelas ya escritas y que se pudiesen leer en esos
dfas incapaces. Por lo menos le parecia que carecerian de interés, que
habria que tirarlas al suelo para que se quedasen derrengadas sobre el pavimento como escobas de pape!.
«En estos dias-pensaba Andrés-comienzan sus novelas los que no
son novelistas ... En estos dias se perpetran las novelas para los concursos.»
«Hay que saber no coger la pluma los dias gue no son novelables.»
Eran para él &lt;lias de mericnda y de cervecena, en los que vefa seres
tan apartados de Ja novela como los que tienen un cancer en la nariz y
Jlevan
el pafiuelo de seda ncgra que les tapa el agujero de la chatunguerfa fatal.
Él, que nunca merendaba, porque a esa hora es un cargo de concicncia cargar el espfritu, que debe estar agil y en ayunas en los novelistas,
entraba en los sitios en que meriendan los que ganan mucho dinero o
constantes dinerillos sueltos o se comen el dinero de sus padres.
Al principio, cuando no era el novclista consumado que era ahora,
habia incurrido en el defecto de escribir muchas pasinas los dfas no novelables, y asi, aun después de muchos afios, quedaban deslucidas, tristes, con una luz sin sol, aquellas paginas escritas los dias imposibles.
Eran como los roeles blancos de las vacunas y de las cicatrices que quedan en las carnes.
Los dias no novelables veia las cosas que hay colgadas en las perchas,
le resultaban muy visibles los cubiertos, Je daban dentera los platos, oia
Jas colleras de los caballos con insoportable insistencia, le abrumaban los
anuncios de los balcones y de las vallas; veia las mofiigas rubias de los caballos, que se le pasaban desapercibidas otros dfas, y en los balcones
22

s

�LA PLUMA
LA PLUMA

vcia solo criadas, criadas asomadas o criadas haciendo la limpieza y
asustando a toda la callc con sus arricsgados ejercicios, como si tuviesen
red debajo.
Los dias no novelables es cuando descubria en la ciudad lapidas que
nunca habia visto, y cso que habia pasado por aquellas calles y mirad()
aquellas fachadas numerosas veces. Eran por lo visto los dias para ver
todo lo superficial, los dias en que las miradas no pasan de las verjas al
pasar junto a los jardines.
El mundo quedaba convertido los dias no novelables en un mundo
en que se vive y se muere, nada mas. escuetamente solo en eso.
Necesitaba Andrés esos dias balanes de oxigeno para poder pasar el
dia, y cerraba todas las puertas con violencia sin querer y sentia frio en
todas las habitaciones.
Los dias no novelables eran dias sin correo, dias en que se acordaban
de él acreedores que tenian las cuentas dormidas hacia mucha tiempo,
dias en que encontraba el olor a humedad que tenia el lavabo y en que
pensaba que debia tener comprado un nicha para cuando se muriese.

Xl
Es el retorno de ediciones lo que seiiala para el novelista el camino ya
bccho y la construcci6n de la casita en el rinc6n sosegado, en el retira.
Sin embargo, Andrés veia novelas tan nuevas, entraba en dramas tan
interesantes, veia ambientes tan inexplorados, que seguia ardorosamente
hacia nuevos desenlaces, estudiando ·cada dia nuevas vecindades de personajes, nuevos ensafiamientos, nuevas incomprensiones, nuevos enfermas.
Las noches cran interminables y fecundas.
Andrés no conoda ya la mafiana, siempre rechazaba las fiestas, las
citas o las comilonas en la mafiana.
-La mafiana es bobalicona y su sol es el que da los costipados, es el
que se agarra a ia garganta como un tabaco salvaje-decia el novelista.
La maiiana se pasaba sin él siempre.
-Pero cso va a dar una gran monotonia a sus obras futuras, llenas
s6lo de personajes de la tarcfe y de la noche. También hay personajes intercsantes en la maiiana.
-Permitame usted que le diga que los personajes de la mafiana solo
son intcrcsantes a la noche.
A Andrés le iba muy bien sin ver la mafiana, a la que tenia tanto
micdo como a una vara verde. La mafiana luda con los ojos en blanco

Jejos de éJ, que solo daba sus co .
mos, pues el propagar ese odio an:J~a~ontra Ja ";taiiana a los mas intimayor de los descalabros a Ja ma t 'blndpodr1~ JJevar al mundo al
-En la maiiana el m~nd0
ern e e sus tnrporalidades.
bJanco ripolin.
es eSlartalado Y esta pintado como de
-No sea usted exager d
E
_
mejor.
.
a o... n 1a manana todo se ve mas daro y

d

-Mentira ... En la maiiana todo
tada de una falsa y absurda da 'd dse ve con una oscura simplicidad doEn 1
n a ···
-Anodadoarnaana adquiere el apetito de la vida.
manana con su esp ta
d
volve~ de misa ... Los cristales me at ec cuIo e _gentes gue parecen
do sntos de destel!o ... Yo amo hast!can en la manana, _dehrantes, dancua,ada, end_urecida, guisada...
el alba ... La man ana es un alba
-La manana refrcsca la mente.
-Con la frescura inutil a la inteli e .
.
quedamos frescos como las lechugas d ncha y a la imaginaci6n nos
-La manana esta llena de la
e a_s ~e~tas, nada mas.
'
-Si es verdad: esta llena de c~er~~~ mas _d1stmguida de la ciudad.
~ue ~alen a mejorar su tisis. 1Con decirac~s msoportables l de elegantcs
ommgos p~r la maiiana!
q e todas las mananas parecen
-CLallmanana esta Bena de ilusiones
- a e usted por Dios ·La
.d . .
vagas ilusiones a lo ma's . l'-- ma_nana e, ilus1ones! Enganosas falaces
l h
... La mana na esta He
d
'
'
gués,
ombre se sien te mas orega .
na e un desengaiio bur- .a man-ana conv1•da a tod i,
no que nunca ....
S1
·
p
o...
-- PUJas... ero de un modo b 1 •
d~ la manana produce el sentido co~n,a ' macabado, estupido ... La luz
d1as verdes y a las calabazas....
un como ayuda a crecer a las ju-Nada, que no nos pod
mafiaNa.
emos poner de acuerdo en eso de apreciar la
- unca... Figurese que todo lo , .
tbols en la ~aiiana, y mis obras ha~ sfdtg~~ccor~tde
losl de mas estan escri1 as en
emos mas.
a noche... ;-{0 ha-

s:

1

le

~I defensor de la mafiana un
lenc10, en5urrufi6 e hizo coU:o u/obo quemado con Andrés, guard6 siamante de la mafiana des ué a arra con sus guantes amariJJos de
El novelista se qu~c!6 urf os/e levant~, se despi~i6 y se march6.
novelas ~doleciesen de tener p~ca~ perpleJO. «~Podna suceder que sus
«Manana mismo
d"
1 mananas?»
-se IJO-sa dré por la maiiana ... Quiero volver a

�LA PLU,\tA

LA PLUMA
ver la manana.
•• No creo que sea diferente a la que me supongo, pero
bueno es repasarla.». .
la maiiana. Le escocian los ojos
y a la maiiana s1om~nte .sa1·,
1~ .P0r
de la luz y tenia seca1a ima,g111ac1on. bajo el frio. Ellas, como con la toHacia frio y todos parec1an rus~f cuello subido y bufanda. Todo ,e~quilla Iiada al cuello, y ellosf,
on pocas rayitas sobre el fondo llVltaba como grabado al ajua u:r e, c
do del papel de hilo ~e a mand~~·lbaniles,-se decia.
«Las maiianas estan llenas . d q~e Bevan un paraguas al brazo
Pasaban las mucha~~as atontma as,
como la cana del martmo Il ~ccld~oo~~~mo nunca, como muiiecos re«Se ven los sargentos y os so
los chicos.»
cortables de lo~ papeles de s:&gt;l~:~:/~~~ no sabe d6nde esta la Plazuela
«Por la manana pasa ese or la Inclusa también.»
.
de los Carros o q_ue preg~nltal p d alfombras que sacuden unas forag1·Oh I la manana esta ena e
«i
.,
1 r d
la cabeza.»
das con un panue o ia o a d 1 aiiana es mas antigua.»
«En la callc_ ~ayor es don e ~ m
ue le oscureciala vista corn? no
Andrés siguio repasando l_a 0:1anana,atuantos dias quedaba abumdo!
podia oscurecérsela 1a luz drt1ftal.ta~aiiana a la maiiana. Todo res~lNo le qucdaron gan?s e s,a i_r o ra en todo hab/a aires de Sanatono,
taba de una adolescenc1a es~up1fa1 y1 d ·glesia con muchos funerales.
de patio de Instituto, de atr~o c enca e ~ana
El sentido comun era impenos~ en la ~ea~ueh:en de misa con ganas de
Sc vc a Jas ins? portables s~~or~s \n poco. Todo cl mundo, duranmetcrse con los cnados y de _c me i;~r
..
te la maiiana, fisgon~a en vcz de m r r~ asado la maiiana, se promet10
El novelista, ind1gnado de ha~e t irse los burouescs plct6ricos que
no volvcr a salir a ella para no encon r
t&gt;
brillan v esplendcn.
d'd y lanzado en la manana colgado
No volveria a encontrarse pcr: i o
de la luz como un mu~eco de h1l:t - didura a la maiiana en que acaA lo mas se asomana un rato e;na que suele decir a Jas cosas que
baba su trabajo de la noche, esa noc e
aba·o·
se han queèado dorm_idas en el cu~rto ~~ osl v~y a ver dcntro de poco
-Dormid ... dorm1d un rato mas, q dar el desayuno de un poco de
despertar y lc_vantaros; que yo os voy a
luz de la manana...
- a bobalicona agria, es completamente
y abrir las maderas a la manan
'
inutil para el novelista.

cot

..

u:r

228

XII
Andrés seguia escondiéndose hasta de si mismo en su otra casa de la
calle del Sotillo, donde compon(a la otra novela, la segunda de las dos
que siempre ten{a entre manos.
«LA CRJADA» estaba pr6xima al polo de su fin. Micaela seguia su peregrinaci6n de casa en casa, buscando la de la felicidad, y pasaba por
las tristezas de salir tarde, de ver morir al seiior el mismo dia que habfa
entrado en esa casa y de estar con la compaiiera triste, tristisima, que
no sabe d6nde ir cuando llega el domingo que la toca.
Andrés acercaba a la criada al peligro del estallido del dep6sito del
baiio, accrcando su heroicidad a la de los héroes del Macht'chaco, todos
escaldados ror la explosion de la caldera. Andrés pint6 el caso de la que
se quema a preparar el ~~uamis y la cera para limpiar los suelos.
La peregrinaci6n de 1Vlicaela por las casas de Madrid era incesante, y
entraba en casa del cura hip6crita con lentes ahumados que la echaba
mano a los posteriores carrillos y en casa de la virtuosa que tenia el gusto
de matar de hambre a las criadas.
Sin parar tiraba de las asas de su baul-Ias fieras asas que la cortaban las manos-, guiandolo hacia cl descansillo de la escalera, depositandolo sobre su madera enarenada, mientras el mozo ven/a por él.
1Cuantas vcces la ayudaba la compaiiera a llevarlo a la otra casa, quedando en las manos sufrientes y quemadas por la lejia la huella de las
asas afiJadas, como huellas de martirio por caridad, como Jas Jlagas del
Salvador!
En la novela habia parrafos que la daban mayor realidad:

«i llabrd nota mds viva de la realidad que el lavatorio de los piafos J'
los ~•asos?
Reg11rgilan las tazas y los vasos. Los plalos y todo suena como dentaduras, .!frandes dentaduras que chocasen los dzenles.
Toda la realùiad de la casa se concentraba a esa hora en la casa para
oir, para no dormùse tan pr,mto, para vel.:zr un ralo mds.
Solo en la cocz'na se oian las ûllimas t'ntermitenctas del dia, sus ûltimos
sobresaltos, su ûltùna musica.
Corren las fuentes,y no se oye nada. Se olvidan de todo. El •gua de lJ.
fuente les ayuda a olvidar.
Cua11do cierran la fuenle todo se apaga, todo se stfencia, y /)or temt'r a
ese silendo en que se chapucean las ma11os como ranas en Los barre,ios, vuelven a harer correr la fuenle.

�LA PLUMA
Gran ruida el del agua cornente, iran virtud, tes Irae -ruido de sus sllios dt divtrsiôn, de Fuente de la Te;a, de la Fuente del Bern&gt;.»

Andrés scntia en la calle pobre, con el pensamiento puesto en las
pobres criadas, toda su tragedia, aunque las vcia entrar en pleno ataque
âe coqueteria en la tienda âe ultramarinos de enfrente.
Apuntaba siempre con referencia a las companeras de Micaela o de
la misma Micaela, sus rasgos conmovedores: c6mo tienen la facultad de
despertarse a la hora temprana que se las manda que se despierten, para
llamar al que se va de viaje, su abnegaci6n para querer a Paquito, el
niiio del que fueron nineras y que les tiraba del pelo con crueldad de
chino; la sobreposici6n de las borrachas, cumpliendo su deber en plena
borrachera, deiplegando una fuerza servil asustante, especiando los
guisos y manejando el afilado y gran cuchillo, conteniéndose, reduciendo
esa propension al crimen que tienen los cuchillos con la borrachera; su
enternecedora manera de convertir en tiestos las latas de conservas y
regarlos y cuidar las florecillas que nacen en ellos como quien cuida
unas flores de jardin.
El novelista desenlazaba la novela hedionda de los seiiores, las seiioras y las senoritas de cada casa en que estaba Micaela, anadiendo detalles de realidad a su novela realista hasta el deliquio: «Sonaban sus
suelas nuevas como si todo el entarimado crujiese y se cimbrease ... »
«traia la falda a medio desabrochar, que es como se queda después de
los bailes en las praderas ...» «eran aficionadas sobre todo a los falsos
rubies rodeados de falsos brillantes... » «guardaba todas las cosas viejas,
sobre todo cajitas, cajita5 de boda, estampas, una cosa rota a la que eubren la herida con una cinta rosa. 1Qué 0 ran dicha la de los d,as que
arre~laba su baull « ... » 1C0mo asustan a1os criados los sucesos de los
periodicos! Cua ndo llegan a las pescaderias o a las carnicerias donde el
carnicero, mientras comenta el crimen, parece quelo rcconstituye dando
hachazos en la cabeza de cordero para sacarle los sesos, es que el crimen
es de los que les hacen clientela del establecimiento, porque se quedan
encantados de lo bien que se comenta alli el crimen .»
Aparecian en la novela casas de portales distintos, portales con portero de larga levita, portales con portera miedosa de mono hecho con
una trcnza sutilîsima y que se ocultaba para corner avergonzada de que
la viesen comerse aquel pedacito de pan que era su pobre cena, portales
en cuya portcria, siempre sola, se quedaban dos gatos negros sobre la
mesa cubierta de hule, dos gatos negros que parecian ju~ar a la brisca
sobre la mesa con el hule color madera y con el dibujo Cie las vetas de

LA PLUMA
m~dera, que es el tipo de las mesas de los verdaderos jugadores de
b nsca.
La casa del ~erïor Golard consigui6, gracias a la ins iraci6n de la
pluma del no~ehsta en aquel cuarto misterioso de la calle del Sotillo'
u~a granbsord1dez que daba escalofrios a toda la novela, con su recibim1ento o scuro, de farol que apagaba las falabras y los estos de
banco con fondo de arc6n y que era corn~ e asiento del trfnvfa, 'ïnmfiln
y teatro de tod? lo que sucede en los pas11los, de Ja vida ue va murien~
do en las galenas, _en Jas rotondas, en la propia antesala.q
. «De casa del_ senor Golard se mcJ.n·hô aquella f.2rde e,z que la mandaron
ba1ar a ta cstacûJn una maleta tan pesada que la hubiera derr,"n .J.
plttamente.»
~ :gauu com1 Por fin l1eg6. el novelista a los capitulos del desenlace asentandola en
a fc~sa que hab1a supu~sto ella de la felicidad, pero en J~ que habia de
su nr 1a mayor desgrac1a.
;su ~·arne de_poros etrrados, produ.fo en Andrés, hi.fo, la calentura sensu~ , y supo arrwconarla en el cuarto de los bau/es y preparar sobre el
rzuL e;,or':le y_negro como las grandes camas de ébano, la boda perentoria
na e stlencz~ y perfumada por Los pebeleros de la naftalùta.
Aquetlo, mas_que nada, por et momento quedo convertùio en un acto
jl por aquella primera vez, Andrés, hijo, sintio et derecho a amedref:tarkl
~!'bmerosas veces, ddndola et pdnico de la sei'iora de cabellos anses e i·ra de
w a contra la vida.
"'
la Se rep:tia sin dar_Le impo?"lanâa el acto sordido con pdnù:o lambién de
;ompant:a, que, st se hubtese enterado, habda proclamada la Fa/ta a t,
toua la veczndad.
I'
nt
Et seiionfo Andrés creia conqulsta suya la de Mù:aeta, la pobre Micaela, que
dta_, p_or descansar de la persecucion, se habia entregado por fin.
p ero t~n za smttô ~l an_~elo ùtconfundzote que el provocaba
ue tan bie~
cçzo_cQta f°n su resp!raczon:, ahogada por la obscuridad del cu~r~o de los baâs. ~yu a_marga tnjidelidad, pero como ta merecia y no podia castitTar/at
c' quzên era? Bra su padre.
"''
·
. Aque(Lo le hizo dar u~a v~lte,:eta muy rara a su C()razon. Era un conjlzcto P~ltagud.o, .azmque srn d_zgn_zdad. Era el verdadero co11jllcto sordzâo en
que la tncestuoszdad mds ba;a tune tu&lt;rar.
Su padre falta~a al hi.fa con su in~âada, y al mt'smo tt'empo la consagraiba ylla f~;develz1(ta en su madre, en su ·m adrastra, daranda con sucia purpur na a tn1 ., dad.
Aquetta es~~na e~z el pasz'llo s_ilencioso, en el que sôlo ét se daba cuenta
de todo, le dl!.JO rela;ado, vulganzado, mediocrizado, desgualdrafado. La

u;/,

230
231

�LA PLUMA
historia de la rata hzmzana en su es:eua mas tipica de a_l~anlartlla_do, en
los claustros obscuros de los pastllos y los cuarlos de servtao de la casa, le
rebajtJ la vida.
•,
,•
.J l
·
·Con qué innoble afdn la busco! Después que se ron~tzo satteron ue s1len~'o, y ella volvùJ a la hipocresia de la faenl!' y la kzzo con:fesar la ve1·güenza del enga1io, que elll! justi.fico con un ~r_zste «110 /te temdo mds 1emedio» que acababa de hundtr .,n el pcor serv,ltsmo a la dadnra del placer
fiertivo y al mismo placer.
.
.
jAh, pero no acabo ahi la historia y las frecz~entaczones, aho:a con m~yores peli![ros, pues otra mano, la ma120 que podia buscar lo mis;no, podta
empujar la puer/a, que, entornada, solo parecia 110 ocultar nada.»

OBJECIONES
EL LE6N, DON QUIJOTE Y EL LEONERO

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Se continuard.)

232

~scâ~dalo m~vido por la visita ~e Unamuno al Palacio Real es
lisoniero en c1erlo modo para el m1smo Unamuno, eu cuanto prueba la autoridad de su campafia. El publico, receloso o frivolo, por
lo comun, le- habî11 tomado profnndamente en serio. Este es buen
siotoma. Prirnero, porque dcscubri- una capacidad de coufianza, una Ja,·gueza en
el crédito, que apenas podîamos sospechar: tan amargada por los desengaiios
suele mostrarse la que llaman opiniôn publica. Segundo, porque Unamuno habia captado el aseutimicnto de la masa en méritos de su prestigio intelectual.
La reputaciôn sôlida de Unamuno se funda en una gra1J obra literaria que
la mayoda de sus hoy chasqueados partidarios desconoce. En esa reputaci6n,
consagrada y, pudiéramos decir, respaldada por un corto numcro de genles, ha
consistido la fuerza de Unamuno en su empefio de debelar la dinastia. Nadie
pFctendera que Unamuno engrosaba sus hues tes de asalto contra Palacio por la
fuerza de los argumentos ni la novedad de sus tesis politicas. Tampoco le ha
valido su pregonada independencia. La honestidad persona! no decide del
triunfo de un caudillo. Demagogos que son granujas notorios andan por ah{
haciéndose temer y, por ende, corromper. Otros hombres, de tan honesta vida
como la de Unamuno, y con mas fuerte posid6n doctrinal, han perecido arrinconados, sin que nadie escuchase sus mon6logos. Unamuno, al descender a la
agresion virulenta, al ataque persona! que todo lo eropequefiece, se ha impuesto a la atenciôn espafiola porque metia en ese jueg0 la autoridad de su imponente tigura, labrada por cierto eR una vocaci6n que esta a mil leguas del oficio
de libf'lista. Que Ull poeta, un filôsofo, un gran literato pueda, dando en prenda
111 admiraciôn un poco supersticiosa, distante, que en Espafia se granjea con
esas profesiones, acaudillar a los descontentos y devolvcr ocasionalmente cierL

233

�LA PLUMA

..

.

.

ta eficacia aparente a las armas desacreditadas por otras manos, es cosa notable, que nadie ha de llevar a mal. Pero es también confusionismo, donde se
arriesga lo que no debe ponerse en litigio. De tal confusiôn. del uso inhabil
que Unamuno ha hecho de aquel poder, viene, a juicio mio, lo lastimoso de
este paso. Unamuno se niega a scr politico sectario; es su derecho (aunque no
entiendo c6mo podrâ ser un corifeo no tocado de sectarismo); pero venia siéndolo, porque sectario ha de ser el vocero de resentimientos exaspcrados. El
publico, que no le pedia lecciones de filosofia de la historia, le Hama resellado
Unamuno invoca su libertad de pensador independiente. Es admirable que·
Unamuno no advierta la incongruencia entre sus respuestas y las preguntas de
sus amigos.
En la campaiia de Unamuno era esencial el tono. Con el accnto expresaba
Unamuno lo,que ya no cabia en bt virtud cxpresiva directa de los vocablos.
Sacaba su idea de los modos normales de difusi6n de una propaganda politica,
y planteaba el caso en términos de urgencia, de inminente de~eolace, en cse
punto en que todos los razonamientos estan ya hechos, todos los discursos son
inutiles, y el animo debe esforzarse a la acci6n. Desde los tiempos de Costa
no habfamos oido igual rebato. Pero las adjuraciones de Costa se dirigian al
pueblo espaiiol para traerlo al bueu camino. Costa soltaba cataratas de impro.
perios, rugia, pero sus lagrimas ardientes caian sobre el pueblo mismo; luchaba con el monstruo a brazo partido; era uo titan generoso, pero bien se veia
que iba a perecer; invoc.1ba la violencia, las operaciones quirurgicas, pero
q uerîa operar en el cuerpo social; si las campafias de Costa bubiesen podido
ser mas eficaces, el res~ltado hubiera sido un levantamicnto de la ciudadania.
Las adjuraciones de Unamuno van a una persona sola, y aunque le sigue el
clamor publico, la multitud no es protagonista, pasa al rango de coro; Unamuno impropera a un hombre, personalmente, y en su casta, en su sangre; Unamuno no diluye su enojo en raudales de palabras; cada una va suelta, certeramente, como guijarro bien lanzado, a dar en el blaoco; a Unamuno el auditorio le sirve para producir el eco, pe ro lo que le importa sobre todo es «el
otro•; son dos en pugna: «hablo aqui para que me oiga Él&gt;, decia en el Ateoeo; se parece a Luzbel, que no resignâodose con el destronamieuto, ameoaza
al Hacedor para que le restituya en su antiguo aprecio. Unamuno habla de
castigos, de violencias ioeludibles; mas no para aplicarlos sobre el cuerpo corrompido de la naci6o: augura el rayo (truculenta rnetafora) sobre el cuerpo
real. En esa campaiia, la personificaci6n de la culpa y la de la viodicta me han
234

LA PLUMA
parecido excesivas. Dejandose me ter en daozas electoralcs Una u
d ...
v t
,
,
m no JJO.
• o ar po~ m1 es votar directamente contra el rey,. Es un error. Se vota contra un rég1men, contra un sistema, contra una instituci6o; 00 se vota personalmeute contra un rey; persooalmeote, contra un rey cuJpabJe, se arroja una
bomba, ~o las papeletas del sufragio. Eso de vota.r es una liza conveociooal,
u.na csgnma con espadas romas, doode no puede desfogarse el ardor vindicat_1vo. Cuaodo un r~~ graba su efigie en la conciencia popuJar con rasgos de
hraoo, surgen reg1c1das, que no elcctores.
Menester es advertir loque se crea con las palabras. Unamuno con el tooo
Y la personi6caci6o de agravios y culpa, habla creado un movimie,nto. Iba po;
una ruta que.' estando como esta muy trillada, todos saben a donde lleva; 00 le
f~Jtaba séqu~to. Pero las acciooes tienen su dialéctica, tao rigurosa como el
d1scurso rac1onal. En un debate de priocipios no se le tolerana
• a nao1e
· · r!:'sponder ~ una observaci6n 16gica con una pirueta. A Unamuno Je reprochan boy
sus segu1d~res el haberse salido, sin raz6n plausible cooocida, de Jas lioeas en
que se hab1a puesto a justar. Verdad es que su acci6n, por reducirse a machacar en el mismo clavo, brindaba con pocas esperaozas de progreso· pero en
fin, alguna salida airosa po~ia tener. Un ma! chusco (nunca faltao), al ~aber ~ue
Unamuno entraba en Palac10, exclam6: cVa a coronar su obra civica: boy asu~e el pape! _de Jacobo Clemente.» Terrible 16gica. Pero nosotros no le discern1mos a nad1e ese encargo'. y a ~namuno menos, porque 00 Je iocumbe, y porque _desea_mos que nos v1va mtl aiios. En su puesto, 00 le quedaba mas que
scguir, a nesgo de ~ansarse, machacando hasta que el obstaculo desapareciera
de ~lgun modo; o s1 otra c_onvicci6n germin;;ba en su espîritu, proclamarla, y
dec1r_ en qué puoto ~ab1a errado; presentarse ante el publico, después del
emoc1onante careo reg10, o relapso o convertido. Solo declar6 esto: ,Para decir
la verdad no es precise poner motes a nadie.&gt; ïSi, si! Pero también eso era
ver~ad antes, Y •l~s ~~tes, (en rigor, el tono) eran esenciales. iD6Dde, pues,
esta el yerr~? ëEn mfitg1r desde lejos una aflicci6n, como quien cump!e un deber, ~ en enJugarl~, ~uando. se tieoe dclante, quejândose, a la persona iastimada. Unamuno, c1ru1ano, v1endo llorar aJ paciente, arroja la laoceta y le :iplica
uoa cataplasma.
He oido Y leido las e~plicaciones del resbal6o de Unamuno propul!stas por
algu~as personas de m1 respeto. CuaJquiera seria aceptable si se tratara de
expltcar un fen6meno oatural; pero a Unamuno, coofrootado con su acto 00
se le ha pedido que lo explique, sino que lo justifique. Por ser necesario j~sti335

�LA PLUMA

LA PLU ~1 A

ficarlo como acto de hombre, es posible la critica. El rigor en la conducta no
es palabra vana.Lo que el vulgo llama cconsecuencia• no consiste, entediéndolo d~rechame11te, en decir o hacer las mismas cosas siempre, sino en Jlevar
de acuerdo los actos c-011 loque esta implicado en las premis;;s de nuestro modo
de hacer. ~i el acuerdo se rompe, justificadamente, serâ que motivos nuevos
alteran las premisas de la conducta. A Unamuno se le pcdia que los mostrnra;
no habiéndolos, o no siendo conocidos, se dice que cl acto de Unamuno es
arbitrario, sin justificaci6n. Explicarlo por el caracter singular del protagonista, es peligroso, si se omitc que los arrebatos del tempcramento no bastan por
disculpa. Guardémonos de acreditar la sospccha de que el intclectual es ur,
hombre con quicn no pucdc contarsc para nada. Si Unamuno ha incurrido en
el enojo publico porque un acto suyo, cngastado en la vida social, parcce en
desacuerdo con sus ideas, guardémonos de introducir-con la mira de probar
que el hombre ha obrado, como siempre, de acucrdo consigo mismo-una
licencia de peasamicnto intolerable. Uaa cosa es la libcrtad formai de la inte·
ligencia y otra el fin que la csclaviza. No piensa uao lo que quicrc. La intcligencia no es una cabra Joca, ni una facultad deportiva. No vamos a convertir la
inteligencia en abogado picapleitos, defcnsor dt" todos los arrechuchos del
carâcter, ni a emplearla en demoler la hombrîa. Concitar las pasiones d~ la
muchedumbre, azuzarla, manejarla, puede scr obra digna, donde se sac1c el
prurito de creaci6n y resida un goce estético. El iatclectual que abandona la
especulaci6n pura y, cediendo al tentador, echa por camioos tan fragosos, debe
advertir, no que se disminuye (esa es su gcnerosidad, su sacrificio), pero que
tu comcrcio cc.n el publico es ya distinto, otra la disciplina. Su principal deber
con los sccuaces es la fidelidad al convenio que los junt6. Es un estrago lamentable romperlo injustificadamente. No vale encararse después con el publico,
alegando la libertad del pensador, y decir en substancia: •lQuci se figuraban
ustcdes?, Porque los oyentcs, con un sombrerazo de respeto, podrian contesar: •jDispense usted, seiior: le habiamos creîdo por su palabra!•
El carâcter de Unamuno esta impregnado de quijotismo. La csencia del
quijotismo acaso no se.1 el amor de la justicia sino el afân de conquistar etcrno
nombre y fama. La aventura regia de Unamuno pudo mirarse, en todo caso,
como el principio de una gran quijotada: iba a encontrarse con el le6n. El prestigio del valor puro es tan violento, que estaban suspensos de admiraci6n los
mismos que desaprobaban la cmbestida: cl discrcto caballero de la Mancha, Y
cl cscudcro, que ticrnbla por su persona. Si éstos le molcjan, es que no ha sos·

tcnido su pape! cl héroe. :N'i el lc6n tampoco. El leon de Don Quijote era un
fiero_ le6~, un le6n soberbio, traido del dcsierto. Y al ver a Don Quijote-dice
la h1stona- &lt;el gencroso le6n, ruas comedido que arrogante, no hacieudo
caao de niiicr_ias ni de ~'.avatas, después de habcr mirado a una y otra parte,
~omo se ha d1cho, volv10 las cspaldas y enseii6 sus traseras partes a Don QuiJOte, Y con gran flcma y remaoso se volvi6 a echar en la jaula•. Desdicha de
Unamuno ha sido no tropezar con un le6n de igual temple. Su Ie6n no tienc
orgullo; en lugar de cnscnarle sus trascras partes, ha hecho como hombre Jastiruado: ensenarle los verdugones. Héroe y fiera se han pucs:o a departir gravemente. Ahora, Unamuno no podda aplicar a su aventura lt-onesca, con Je6n
humanizado, la glosa que escribi6 para la aventura de Don Quijote: c:'-io, el
le6n no podia ni debia burlarse de Don Quijote, pues no era hombre sino le6n,
y las fieras naturales, como no tienen estragada la voluntad por pecado origi•
nal alguno, jamas se burlan. Los animales son enteramente serios v enteramente sim:eros, sin que en ellos quepa socarroneria ni malicia. Los· animales
no son bachilleres, ni por SalaHianca ni por ninguna otra parte, porque les
basta lo que la Naturaleza les da,. Si t:I le6n, humanizado, puede burlarse,
jqué no reira el leonèro! Los leoneros se rien cuando un héroc hace la triste
figura.
No escondo mi despecho; diré, si no e;; exceso, mi rabia. Unamuno querra
creer en la sinceridad de mi despecho, como crev6 fundadamente en mi simpatia. Si ahora se revuell'e contrn los disidente;, fustigandolos, saqucme del
.ala1de. No le pido que sea republicano, o monarquico, no pretendo conferirle
un pend6n. Ni soy politicastro, sentimental, histérico, jugador, revolucionario
sin conteoido, ni cstoy adscrito a mentidero alguno. En la charca de Madrid,
Y fuera àe ella, pululan las gentes capaces de medir el alcance de las palabras
de Unamuno y su dcsinterés (&lt;para qujén, si no, escribîa?), asi como cl cstrago
que causa, si desentona. lQué testimonio d,~ considcraci6n superior po&lt;lemos
ofrccer a un hombre, que no sca el de publicar, si llcga el caso, nuestro diseotimiento? jCuantos quisicran suscitar una oposici6n de esc géncro, e impresiooarnos con actitudes que nos dejan indifcrcntes! Aplace Unamuno su pesadum•
brc para cl d{a que sus amigos le mircn con displicencia. &lt;O los espaiiol es
eminentcs son tan sobcrbios, que no pueden oîr la contradicci6n mas !cal sin
achacarle al contradictor scntimicntos ruines? No, don Miguel. Sc puedc decir
la vcrdad sin poner motcs. Tambiéo oirla.
CARDENIO

237

236

.,

�LA PLU ~1 A

LA DOCTRINA DE FREUD EN LOS PUEBLOS

actividad psicoanalista, apaciguada durante la guerra, ha adquirido nuevos brios, y al fin ha logr~do_ uno d~ sus mâs intensos
dcseos: Ja conquista de Francia. La 10d1fcrcnc1a que durante un
..,
periodo de ccrca de trcinta afios mostr6 este pueblo por la doctrina del psiquiatra vienés Sigmund Freud ha sido molivo _de gran a'.°argura
utor que en diverses ocasioncs ha intcntado cxphcarla med1ante su
para su •
,
b. d
Id ·
ingeniosa mctodologia psicoanalitica. Hoy todo parccc ha ber ca~ 1a
Ya c~intt'rés primcro ha sucedido cl cntusiasmo dcsbord;.nte. «Cet h1v~r-c1 sera, 1c
le uain~, la saison Freud• cscril.&gt;ia a principios del aiio en La 1'_our,t/k Her,ue
Pra'l,;aise Jules Romains: • Rn los salenes-prosigue cl citado cscnlor francéscomicnzan a haci·r ruido Jas tendencias re/irimidas, y las !&lt;ciioras rcficren su ultimo :1uciio con la cspcranza de encontrar un intérprctc audaz que las dcs~ubr.1 toda clasc de abominaciones.• Los hombres de lctras utilizan la técn1ca
ps;rnanalista para sus investigacioncs criticas o se inspiran en Freud, llcvando
inc:uso al tcalro productos gcnuinamcntc Creudianos, con_io Lenorma'.1d en_ su
rcc1cn...- tU rioes, rcprc·~,.ntado con éxito por P1tocff en Pans
.
.
d rama lJe m. ~.-,r
tcmcntc. )1arccl Proust, el concienzudo narrador de la tJila sexua/is ~c c1crta
clnsc de la sociedad francesa, ha sido objcto de un cstudio pscudofreud1sta poco
afortunado. Paul Bourget compu~o no ha mucho un cucnto a bast. del concepto
frt&gt;udiano de c/a lzu{da a /a mfermedad». En fin, raro es cl dia que el nom~re ~c
Freud no aparccc en alguna rc\·ista litcraria unido-no sabcmos por que mtslcrio del inconsciente-al del fisico Eim;tcin.
J.a doctrina de Freud o cjsicoandlitis• data del aii'J 1893, y ~us fundament~s
se hallan en la publicaci6n de Breuer y Freud: Ue/Jer ün ;syclmchen .1/echamsmus lzvslerisclzer Plziinomem. Durantc este tiempo la fccunda labor ~e Freud Y
de su· nutridisima escucla ha formado una copiosa biblio~rafia pubh~da en va·0. idioma!!l-alemân e inglés principalmeute-en rev1stas espec1ales Y en
nûmero de peri6dicos de carâcter gcneral. Los discip_ulos de ~reud no se
ban mantcnido dcntro de una severa ortodoxia psicoanahuca, y vanos de cllos
han crcado nucvas cscuelas, de las cualcs ban brotado a !lu vcz o~ras mâs recientes, discutiendo entre si acrcmentc dctcrminados puntos co~s1dcrados_ por
algunos como dogmas freudiaoos intangibles, engeodrândose el c1sma en la 1gle-

Il

.

.

,._

LATINOS

o:

(1,,

;~a:

1ia freudiana casi dcsde su fundaci6n, como apuntaba un sagu critico italiano.
Todo este intenso movimiento iotelectual creado en torno de Freud apcnas ha
repcrcutido en los pucblos latioos, doode fucra de un reducido grupo de proCcsiooales-médicos y psic61ogos-, que adoptaron 11nte la doctrina psicoanalista una posici6o critica advcrsa, a veccs dcspiadada e injusta, el resto dd pûblico cultivado no se ha intercsado por la doctrina de Freud hasta ahora, que
casi repenlinameote sicntc ilimitada admiraci6o por ella.
Aigu nos autorcs franceses culpan de la antcrior indifercnci:t a los prC&gt;fe!'ÏO·
nales de la psicologCa, y scmeramcnte apuntan, como Albert Thibaudct, que
csôlo los médicos han dado brcvcs noticias dt"l p icoanâlisis, pcro la litcratura
dogmâtica y breve de los médicos es una cosa. y la psicologia es otra ,. Ta: afirmaci6n es injusta por lo que a la doctrina de Freud se refiere, porque pr&lt;:cisamente de Francia ha salido uno de los rcsûmcncs mas completos dd i-,ii-011nalisis publicado har:i unos ocho aiios por Regi~ J Besnard, y que ha servi do para
ioiciar a gran nûmcro de médicos y no méd1cos de Francia y de Espana. l.ibro
ignorado por cuantos se ocupan ahora del psicoanâlisis en Francia, que como
Jules Romains escribcn: «Nuestros especiabstas. nuestros i11formad1,re~ de calidad, nuestros sabios, hoy como ayn, ,.e enteran dcmasiadn lentamentt• de lo
que pasa fuera de nosotros.• Xo debe ohidar~e que Francfa atra,·it'Sa actualmentc una dur?. crisis psiquiatrica, y hombres como Pierre ~Iaric, nenr61ogo
cminentc, no se recatan para dccir que cl pnis no cuer.ta. dcsi;radadamcr.te,
ma,; que con 1mos cuantos psiquiâtras de tcrtcra lila iocapaœ:. de rcprt-se11tar
a la psiquiatri.i francesa, de tan prcclaro abolcl'lgo, y como cl médico profesional no cra el mâs apropiado para abordar el psico1malisis, ,iendo lo~ médicos
los adecuados propagadorcs en pro o en contra de la doctrina, nada de extrano
tiene no llcgara al pûblico laico a sn dcbido tiempo. como ha ocurrido en otros
paises, América del Norte o Italia, por ejemplo. Y este hecho que, a juicio nuestro, es la causa principal del rctraso de la Jlcgada de Freud, retraso que a tantos indigna, es fâcil de comprobar en las revistas francesas profesionales, ricas
co contcnido ncurol6gico, pero de escaso vaîor psiquiâtrico y psicoapatol6gico.
Es peligroso, en nucstro sentir, que los iotroductorcs del psicoanalisis no scan
profcsionalcs, porque es presumible que aun el publico mâs cultivado vaya al
psicoanâlisis impulsado por un desco malsano, purament~ sexual, scmejante al
de las sciioras de los saloncs franccscs a que aludc Jules Romains, y su entusiasmo no signifiquc la aceptaci6n seria y meditlda de la doctrina, sino mero
csnobismo, y cl éxito de Freud en Francia sea tao cfimero como taotas otras
239

�LA PLUMA

..
,.
.,1

•

manifestaciones atrevidas del espiritu bumano. Claro es que este fen6meno se
ha dado anteriormente en otros paises y su peligro ha sido cquiparado-quitâs
de un modo algo hiperb6lico-al que implicitamente llcvan consigo todas las
doctrinas misticas o p~eudomisticas: el espiritismo, la cChristian Science•, etc.
(Ch. K. Mills.)
El desarrollo del psicoanalisis ha sido, ciertamente, leuto. Los libros de
Freud aparecidos desde el aiio 1893 hasta el 1905, Studien über IIysterie (1895),
IJie 1'raumdeutung ( 1900), Die Psychopato!ogie des A!ltagslebens ( 1904), Der Witz
und seine Bezielnmg zum Unwebmsten (1905) no lograron despertar la atenci6n
general en el grado que dada la calidad de la doctrina era de esperar. Segun
Isserlin (vie psyckoanal_vtische 1.Vetllode Freuds. Zeitschr. f. d. ges. Neurol. u·
Psycb. Bd. 1, p. 52-80) fueron los intentos de la escuela de Zurich para afirmar
la doctrina de Freud con el auxilio de la prueba de las asociacioncs los que
provocaron una intensa resonancia, a partir de la cual se inici6 una gran corriente literaria en pro y en contra de Fre ud. Oentro del campo de la l\Iedicina
no ha habido, en estos ultirnos tiempos, docti·ina que baya creado tantas discusiones y encendido t&gt;l apasionamiento de partidarios y censores con ta! fuerza
como d psicoanalisis. Junto a los que parangonan a Freud con Newton y hasta
con Jesus, se alzan otros negandole todo valor y calificandole de mercader de la
Medicina y curandero. Fadl es para unos y otros recoger en la doctrina argumentos favorables, ya que al lado de concepciones geniales de gran sutileza
existen numerosos bechos, grotescos y arbitrarios. Freud mismo reconoce (véase cl pr61ogo de la cuarta edici6n de Drei Abluwdlugen zur Sexualtheorie, 1920)
que la parte sexual de su doctrina encucntra mas oposici6n que aqucllos otros
conceptos de la misma, puramente psicol6gicos: represi6n, conflictos, inconsciente, etc. Y recuerda a los que le censuran cuao pr6ximo se halla el amplio
concepto de la sexualidad psicoanaHtica del Eros del divino Plat0n. El valor
extraordi11ario que concede Freud a la vida sexual considerâ.ndola como un
compor.ente esencial de la vidd psiquica normal es innegable, pcro a la su conocida frase c En la vida sexual normal la neurosis es imposible• puede responderse con Isserlin: cEn la oeurosis es imposil:,le una vida sexual normal&gt; ,
La cdtica moderoa del psicoanalisis repite los mismos argumentos que a su comienzo y son idénticos los anaternas lanzados contra ella. En una discusi6n reciente a prop6sito de la ponencia de Charles K. llfills, Some theoretical nnd some
praclicaJ aspects ofps;•chanalysis en la cAmcrican Neurological Associatioll• se
ban evidenciado las tendcncias mas opuestas; asi McCurdy cxplica la _)Opula-

LA PLU \1 A
ridad del psicoanâlisis por el interés porn o r ·r d
llins afirma que el psicoanal' . . .
g a ico e la doctrina, mientras Co•
•
ISJ!; es una forma d el
I
•
prmc1pal es el exterminio d e 1
_
. .
neop atonismo y su obJ'eto
• a moi a 1 cnstrnna
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.,. Alh entusiasmo despertado •aho ra en F◄ ranc1a
•
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auos ace, en ltalia una fuert . .·
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· psicoanalt:;1s pr 'cedi6
,
.
e &lt;i&gt;n tente ant1freudi,.,t · · .· .
'
!l"as linos y sut1Ies psinuiatras it· 1'
'
,
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.
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s1do, hasta ahon,, superada en 11 • u'
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I' 1 d
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ca 11ewz slorta e net
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ra egar a ser ps1coanalist
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mca espedfica del método freud;a
u .
.. a-escnbe -basta la téc.
•
• n O, 1 ac11 de adqumr
ps1co16g1ca, y una excursion por los •a d
. n poco de rntuici611
,
,, grn os textos del
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cos d tas de un hombre des--nv ltO
mae~ ro acen en po · · ne
un perfecto ex J d
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Es una cucaiia para charlatanes q d
p ora or del incon~ciente d.
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en11er cri.&gt; y resumc la doctrina d F
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e iqueta de :111a ci,.ncia
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c1p1os del umverso no es m~s
cer, uoo de lo,; &lt;los l&gt;ri n; '
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~s,asmo i n llexivo con
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.c agu 1i p-,t,. de mas ,·alor dl'n!ro de lad
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• an is1s. recisamen sC'-vicio p t inritar a psiquiatras v " . ' I octr1na. como .-J incor-sciente, ha
b'i r f'
• ., .
· · ,.çicv ogos en .-stn d i recci6 11
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1 ps 1u1,1tnca cu,.nta con notab:c t
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s ra 1··•JOS snb,·e e,· te 5 11gest1vo
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tema.
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y um ·e, d,. provechosa s
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,., nera no puede &lt;·nconlra
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ana itica mas fuerza ~,w.-sriva qt1e I• .
r &lt;'n a dnctrina p&lt;;ico•
p 1ne sexu11J y a• ri
ceptos mas cndebles. ciuc son
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informati vo se ocupar0n de l· d t .
p coanill1s1s. Desde na pnnto de vista
,
., oc na~ de Freud e
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�LA PLUMA

L .-\ . P L ü \ 1 A
ses y hagan furor entre nuestros hombres de letras y profesionales de la p5i•
quiatria los comp'ejos reprimidos y la libido freudiana.
Durante estos pasados dîas se ha puesto a la venta el primer volum~n de la
serie de obras completas de Freud, que la editorial cBiblioteca Nueva• ~e propone publicar. Ha elegido para él la Psicojalologia de la vida cotidiana. 0/vidos.
Eq:Jivocaeiones. Torpezas. Supersticitmes y Errores. ver5i6n castellana de Luis L6pez Ballesteros y de Torres con un pr61ogo de Ortega y Gasset. En este libro
aparece el ingenio de Freud y de alguno de sus secuaces en todo su esplendor,
Todo él se balla dedicado al analisis de los errores y olvidos de la vida diaria·
cuyo idéntico mecanismo se explica mediante el concepto de la represi6n
(Verdrangung).
•
Algunos ejemplos bastaran para conocer el mecanismn de la producci6n de
esas pequeiias alteraciones que constituyea la llamada por Freud psicopatologia d•' l.i vida diari.i: cUn sefior de edad madura se cas6 con una mucbacba muy
joven y decidiô no salir de viaje el mismo dia, sino pasar la noche de boclas en
un hotel de la ciudad. Apenas lleg6 a 6ste, advirti6 asustado que no llevab:i la
cartera, en la que habîa metido el diuero destinado al viaje de bodas ,. que,
po1· lo tanto, la debia haber perdido o dejaJo olvidada en algun lado. Por fortuna, pudo a611 telefonear .i su criado, el cual hal16 l.l cartera en un bolsillo del
traje que habia llevado cl novio en la ceremonia y cambiado luego por uno de
viaje, y fué en seguida al hotei, entregandosela al recién casado que tan desprovisto de 111edios entraba en la vida matrimooiill. En la noche de bodas permaneci6 tambiéo, como él ya lo temia, dtspro11islo de 111edios• ( pagina 273,
acto:i fallidos). «Un caba!lero hablaba con una seiiora joven, cuyo marido habia
fallecido poco tiempo antes. Después de darla el pésame, aiiadi6: «Encontrara
usted un consuelo dedicandese (widmen) abora por completo a sus hijos.• Pero,
abrigando un pensamiento reprimido referente a otro di:.tinto consuelo existente para su interlocutor~, esto es, que siendo una joveo y bella viudJ (Witwe),
no tardaria en gozar de nuevas alegrias sex11ales, confundi6 los sonidos de las
palabras widmen (dedicar) y lhtwe (viuda) y dijo widwen en su Crase de consuelo.• (Pag. 94, Equivocaciones orales.) h;terminable seria la lista de ejemplos
relacivos a olvido de nombre propios, de palabras extra!ljeras, de nombres y
frases, al anâiisis de recuerdos infantiles encubridores, equivocaciones orales,
en la lectura y escritura, que forman los sucesivos capitulos del libro . La traducciôn, fiel y cuidadosa, merece toda clase de elogios en algunos pasajes extraordinariamente difkiles por los jucgos de palabras complicados que forman
242

parte de los casos relatado
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.
' s, Y sobre todo
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1
:~aJ~s;os sin equivalente en castella~:1 ~n1;;:11cismo fn·udiano, plagado
U
I e estas palabras de dificil traduc. ·o l ,erto del traductor t·s colon so o reparo hcmos de hacer al d'
c1 n a palabra orioinal
~s'uerzo, digno de éxito, y es el habere '.tor,_ que en nada merm; .-1 \;alor des
nol la doctrina f, eudiana la ps·
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del psicoanâlisis. Hubiese s id e ~a P?r conocid;i la totafidâd de
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~u~a es. Un criterio opuesto sustenta Ort g,c~ de la aparici6n de la~ obr~s o1 iyubado por la amenidad del l'b
D
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para
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T anto se ha dic:h ° en contra de Freud
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pu 1os, que seria sumarse a 1 • • • •
' me 1uso por alguoos de
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formador de J
. a lnJustic,a general no rero
sus ex d1~c1a moderna µsiq • t . .
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. a nueva n:acci6n psiwlô.. ' .
mayor parte de la. .
.
q u1atncas modernas en l ,,
en apariencb, a 61 d b e p~.coana!ts1s han sido concebidas '. s tscuelas ps,.
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.
e en gran JJ&lt;1rte de sus co
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P. oanahsmo ortodoxo a J.is nov1'e1·m
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obra ;:; y adlgunos otros 1a distancia es enor::ones de Ja~µ'. rs, Kr&lt;'ts~hmer,
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• aun,1ue tcn c1c-rt1&gt; 111 1
Eoc o Sean
-speremos que en Es hada los Pr b kmas
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ps1coloa
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JOSÉ M. SACRISTAN

�LA f&gt; 1. U 1\1 A

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LETRAS ALEMAN AS

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RENÉ SCHICKELÉ

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s cuva rebeli6n comenz6 a
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·1 todo de los expres10111sl • t to de trastorna1 o
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.. , 1 tradicional se acerca al
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mucb-0 de la compos1c10
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·ento a los st'gnndos.
. . \'d d de su peusam1
.
primero; por la ongma i a
.
.
en una fue rz:i, inconsciente acaso,
-\1 hahlar de !&gt;li trndicionahsmo, p1enso
··t
reposado y grave. Schicke. . .is audaces un 11 mo
.
d,
q ue. impone a sus tentattvas
m . .
- del exprèSionismo hac1a lo anec o. t 1· . &lt;l•·s1·1 •c1ones
l in
Il! pa rece haber prev1s o .,s . .
' bati6. Sin ser austero, se opo·1e a ot
tien V caprichoso. De ante_-nano J.,s ~ '.11 ~ 1te es decir, SU1)erficirtl - comu se
·
·
d1vcrt1dn• soiam, 1 •
· · · 'd d v
loque sea «uo111to• o •
T
as que nada, la rnsmc,·11 a , •
. f Il de o"1st•&gt;-. eme, m
' ca
opondria a c:.ialqu1er ., a . ,,,
. ·va por arbitraria y audaz que par~~,' .
si :,dmite fkilmente cualqu1er ti-ntat1d· ,dero del artista. condena sin rem1s10,1
• es
cuaado responde a l tempr ram&lt;"nto ver a l'd &lt;l o un defèct i; en to d o caso,
,
p recerâ e~to Lrna cua t a
los juegos fnvolos. d
desdei\arse.
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t ·a alemaua cierta maoera de humor.
.
d 'd en la litera ut,
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Schickelé ha mtro uc1 o
. 'bTd ù en las Hneas, que sus co1egas m
una levedad de imageoes y una flex1 ' , a Pero seda error grave negar a las
j6vent~ h1n empleado desr~és ~on ~:r~::o.cualidades robustîsimas de pensabras que se p resentan baJO e,e d
,
. . propia de un autor fecundo.
orrnen
. to v_ de esti lo' y la amplitud de comprens:on

œ

&amp;:d

24-1

Heinrich Mann se fué a Italia a uuscar en la tierr. clasica de la civilizaci6n
latina, ejemplos valiosos y sustancia europea. René Schickelé, alsaciano, hijo
de francesa, resume, por herencia y por cultura, dos razas. Asi pudo ver mas
facilmente que Mann los defectos del realismo aleman; y su nefasto reflc·jo, su
tragica invasion en todos los érde11es. Y si ha introducido un poco de libcrla.d
en el rigor de los razonamientos, si ha preconizado y realizado un arte desprovi-to de tendencias didacticas f moralizantes-del que abusaban incluso aigunos escritores apreciables, fué por reacci6n espontanea de todo su ser contra
Jos m~rcos rfgidos que le brindab1u. En realidad, aunque no haya conseguido
eliminar todas las flaquezas cspedficamente germanicas, ha obligado al pensamiento aleman a cohabitar con los conceptos ex:tranjeros. De esa suerte, Schickelé ha dado un paso mas en f"l camino que Mann habfa empezado a trazar
para los expresionistas; apoyados en los couceptos, traidos de fuera, que
Schickelé propone, podran juzgar con mas tino la tradici6n de su p,1is y derrocarla con brio.
La actividad literaria de Schickelé es muy vasta. Evocaré primero su producci6n dramatica. Su obra mejor es también la mas conocida: Hans im ,\clmalztnloch, en la que ha puesto en escena, bajo las especies de un personaje de
gran fuerza vital, la psicologia del alsaciano, descontento siempre, batallador
por gusto, pero leal y de buen coraz6n. Esa comedia, acogida por diez teatros
alemanes, tuvo en Berlîo mas de cien represi-ntaciones. Scbickelé la escribi6
con plena alegria y sin proponerse la objetivaci6n del tema; constitu_ve una autobiogrdfia intelectual y sentimental, realzada por una clarividencia generosa,
rara.
Am Glockentt,rm es uoa obra de infinitos mati~s; me atreve:-ia a decir que
ese es su mayor defecto. Tan delicada es, y tanto abundan las medias tintas,
que le falta vital idad dramatica. Las positivas cualidades escénicas de Hans
;,,. Schnackenloch, de saparecen en la otra obra, concebida como un poema, y
que por carecer del relieve indispensable ao puede impresionar a las multitudes.
En fin, en Die Neue Kerle, los mercachiflt:s son objeto de una satira mordaz;
la obra divierte mucho leida, pero en las tablas no tendria acaso el equilibrio
suficiente y la trama resultarfa endeble.
Scbickelé dramaturgo es una creaci6o relativami-nte recieote. Cuando escribi6 Hans im Sclmackenloch, hacia ya quince ai\os que babia pubEcado sus primeros poemas, y diez desde la aparici6n de su pri~nera novela. Estoy conveo-

�LA PLUMA

LA PLUMA

• a sus p oemas y a sus libros
cido de que el porvenir otorgara mas importanc,a

de prosa que a sus obras de t~tro.

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11,;uales de os r,oe a •
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, · d" os po r su vu 1gan
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tranq ui los, q ue parcc,a n in ,gu ·1•·d
Aleman ia una mbion ia ua\ a la que
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los hom res. c ,c
. .
b . hav cic::rtos pa isajes poéticos y noVildrac ha euro ,lida en Fra·1c1a, t"n am os
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se parl"cen como hermanos.
taciont•s sent111wn a e:; que
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" •0 l) c todo e·1 su:; 1 ro:;
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Esa misi61 ' cu·u•&gt;
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de hs mci· ores de su tiempo,
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1 ·cciSn de poemas, v una
R· • q c s ~u meior co c
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1 ay~ mnstrado, desdc sus primeros p a&lt;'n D•r /,tihw.1d1e. Pero bueno e:, que i,
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·f rzo ,, -;, 1 certidnmbre estct1c.1.
c;o~. 1'1 . , ,d i,1 tic :;u e-, ,1~
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•·t· do de ·d.- la g•1er ra aca, v q ue forma•
L , . rso q 1e :1 &gt;Uv 1c.1
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G.-an µoeta. o:., . . ,
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son nuevo tcstimonio de su ternu•
ran µronto un n •1evo librn, Die 1)/(
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0 tes n&lt;J.1i1) tic su gcmo.
r;1, de su fo e rza. un nuev
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·tituven su obra de pmsador
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los
cinco
volurnenes
que
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~h ma~ importanc1a to av1a.
.
tient&gt;n, a m1 parccer, mu . a , d
• 1 " i;ortas, brind rn, con \.15 etapas p nnTrc~ novtl.i5, y dos tomo~ c no\ e 11.
•
•
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1 rCliu!llCII d-- su ps1colog1a.
cipnlt:S de su cv' 1ucion, e
~.
. cuahdades de una tentativ.1 apa•
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. •
La prinw1·,1 nov ,a,
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c6, otr-1 vez, e,1 . o, con i
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1 br1ro11 1, fortuna de aquella nove.
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. tn 1s sJ,; pa a tn ·s 1
,
t on&lt;:&lt;!5 sus prt.n •ro:. s '
.
.
padones subjt:ti,as, vema
. se ita-w prunera-co•1 p cOCll
la , 'l te por e,t~.• e
.
decir 6 tunumentc) coma ln primera voz dt? su
a r~vel11r~e t~rd11m ente t1L.1 a
p
1 é.
Paul Mcrkd, no es co·
P d d ·r-e q••• de de enton e:, su l ioe, '
conc1erlo. ,1e • ec1 ~
1
.. l h1st6rico de esc libro, sin atcnuar
nocido solo t"n los ècniculo,, tlo11d,· e pip~ .
.
. en Ids &gt;mbra su, defectos.
su!'&gt; cu111id.1drs, deJ~ u11 poi:o
. Fr; 1111Jin Lo, escrita c11 Francia, y que pone
No s,1ccd,· o mas no co,
eaventurn sentim;,nl11I, muy estudi,,da y
en csce ia, b 'J &gt; b ap1 i ·nci t ' e ,

j)/;'":n&lt;l

muy div('rtida, ambientcs muy variados de l Todo- Pari&lt;1. F:ste libro, publicado
algunos anos dcspués de Der F,·unde, tu vo not:ib le r•·sonn ncia, y :,igue siendo,
a juicio de muchos e scritorcs alemanes, la obra mae~tra de Schickclé. Rn ella ,
la pcnetraci6n de la mentalidad occiden t~! llcga a s,1 maxima violenda, y cl
autor acaba de defi nir su papel. Jovial, rebosanll" de ingenio, conci~o. escrito en
un le nguajc cuya armo nia no puede por mem,~ de imprc,,ionar, c:;1• libro, fo er a ya del cinon expresionisb. ha te nido u1w influencia profunda en el de.,arrollo intelect ual de su gcneracion.
E n tin, citaré tan solo Bm~al, 1er Fr,111mtrôrler. la oo,·ela mas solida de
todas las de Schickelé, la m~s h1,mori,tic;1, y los delicio,o~ cuentos, donde se
revela toda la amplitud c:e su talento: Trl111p:,pp 111id .!fanasse y ,lfii.ickm. La
independencia moral y 111 libertad cle ac-nto que i,i1scen esos libros, prueban
que cl autor ha reconq11 istadr1 la armonia y la tranquilidad.
Las exageracioncs de la novcla expresionista no habran sido inûti!cs, po rqu e la reforma de :\l;rnn y de Schickelé no hab ia dado quiia todos sus frutos,
no habria ac~so ~ido duradcra, ~i la rehelio,1 no huhiesc destruido hasta la rai;i;
de l mal que amenazab.1 de mucrtc a l.1 literat11r.. .ilcmann. El equilibno es estable cuando en él concluyen excesos ~uce,,ivos y contradictorios. Paro la obra
d e Schrckelé c.-s mas perfec:ta y mas ~imp-iti.:;,, dentro de la reacci6n mitigada
que rcpresenta, q ue la mayor pute de los cscritos P.Xpresionistas. Y los mismos q ue re prochan al autor el caractcr anedotico de su Fre:mdin f,o, esta.a
conformes e n considerar Bmkal i:omo una de las novelas mas robustas de nuestro tic mpo.
Hay q ue cita r todavia h&gt;s t res libros de ensnyos, para la historia de est&lt;!
comienzo de siglo, q ue Schickclé public6 sucesivan1entc: antes de la guerra,
&amp; kreie au/ dem Boulevard; durante la guerra: Die Genfer Reise, y después de
ella: Wir wollen 11ichl sterbm, donde eeta'l reunidos su célebre Neunte Normnber, s u Pariser Htise y su meditacion A11.f d. Har/m11nnswtilerkop/.
En Schreie au/ &lt;km Bouir1Jard cstan reunidas Jas cr6nicas principales de las
que e nvi6, durante un,t estancia de die.t y ocho mcses en Paris, a un p eri6dico
de Strasburgo. Son, en conjunto, un balance de la Francia de antes de la guerra, mas que en s,1s detalles, en la atmosfora gencral. Algunas de ellas parecen
casi profética:., y prueban la extraordinaria inteligencia de su autor; citaré, por
ejcmplo, .-1 E11sav:, sobre un potliicl}: Bri,m /, y cl Diario de Jas Eleccionu de 1910,
donde hay un retrato cruel de Miltcrand.
Der Gmfer Heise es el relato del viaje de Schickelé a Ginebra d;.irantc la

�LA PLUMA
, sa1·6
a'lligc,s, antest de retig uerra· un d1:i
I d e Bc·rna' donde vivirt cou algunos
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su
'U
·11 f é a vbitar los circulos iuteruac1ona1es, corn pues os en
rarse a ttwi • Y u
- ,
·11 dèl [ago Leman Li mayor parle por refugiado~ fr,111ceses, que v1V1an a_ori as
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•s pero 'a menudo de srngular clanv1 d'
enc,a, ' ro
bro am •go miusto
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• , de f ..~ -v llamamienlo.
Lo enten
d e comh:ite 'y de ùoctnna,
pro f es,on
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b 6,
. .
los mismos que deb1a11 estar u01dos, se
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en t em,'erlo· Fntrc
~
bl a "d
.
Y··so1ircvino
.
el
un abismo.
. a rmisticio• sin que la cohesi6n se haya resta ec1 o
e ntre los ultimos europeo_s.
•
. , Schickelé se apresur6 a volDcsde los primero,, ch1spnos de 1a revo1uc1O11, ,
. y corno
. , a Berlin • donde estuvo muy mezclado, aunque
er a Alema111a
- solo
v
' ;il mov1m1en
• · t o, O ma's bien ' a la tentativa de renovac1 6 n poectador
f c~~o esp .
' u Nmnte November ha contado sus esperanzas y sus su nhtica y social. R~ s .
.,
. 0 d. a Schickelé se alboroz6 en los primeros
:~:~::·~~:~;:~:c:~:;:~~;~ g~: 1: ::v~luci6n. Pero s_e opuso a

,
.. 1

lo_s_;:ce:~: :x~

las in cohe encias que fatal mente _siguieron-y_qlue s1embp::ss:~ul1; extrema izï
l· . y disanstado po1 os arre a
plosi6n ~e la _co era p~pn a~~mo ;r las resistencias tragicas de la derecha, se
q nierda rnsat1sfecha, tanto
P
, t de est 1vo e n Fran1
. . E fi algunos meses mas ar
v~lvi6
desespte
ra~o-;
Sp:~z:.do:ua~~ntarse
y reanudar el contacto, de don de sacia, en un cor o v1a1 ,
Ji6 su Pariser Reise.
.
,
que.
. • de René Schickelé sobre la historia contemporanea,
Los test,mom~~
.
.
aicos mas valiosos de n11esdaran entre los dvcumentos rntelectuales ~ ps1co16". .
. . la calidad de su
.
é ··t
ropio nos perru1te aprec1a1 meJOI
tra época. St su m t • o p
. 1
. ersalidad de su cultura y 1~ iucidez
alma, tci:upoco nec.-sitan otro espeJO a umv
ardiente de su espiritu.

PAUL COLIN

LIBRO S y· REV IST AS
Francisc o A. de Icaza.- Cancionero de la vida ltonda y de la emocidn /u::itiva.-1\Iadrid.

Alcaoz6 Icaza de joven los ultimos tiempos del impcrio poético de Campoam:Jr, y de Campoamor y de Bécquer hay no poco en sus versos: cierlo humorismo claro, manifiesto en sucintas antitesis, dt&gt;I pri mero; cierto lirismo germanico que en Becquer se natura liz6 andaluz. Pero Icaza, que p:&gt;r americano
estaba mas capacitado que los poetas espaiiole~ sus coetaneos para pcnetrarse
del espiritu europeo que habia de renovar nuestra lirica con el transito de un
siglo a otro, y como diplomatico corri6 de cortc:: en corte, y como sagaz erudito y lino critico habia de fogra r la consideracion de que goza entre las gentes
de letras, no es un rezagado, ni su poesia, reunida ahora en un c.1 ncionero donde caben de sus primeros versos a los mas recientes, puede clasificarse dentro
de 11na escuela, ni menos de una moda. Que por no ser de ningun moœento,
es de todos los t iempos.
La preocupaci6n estética, la contempiaci6n artistica de la naturaleza que
conslituyeron la principal aportaci6n, en puoto a los temas poéticos, de los
que siguiendo mas o menos a Rubén Dario iniciaron la revoluci6o modernisla,
o moderoa, no es nunca en los versos de Icaza mas que pretexto o fondo sobre
que destacar la imagea de su melancolfa. Delicado y circunspecto, cuida siempre de ,,elar el dolor propio, con gracia ir6nica, sin alardes ui excesos. Seguro
de ~r. gusta ae cantar sus emociones en ese que se ha dado en llamar, adaptandolo de la técnica musical, tono 11uno,·, tao pr11pio de la poesia lirica:
cTarnbiéo el alma tiene lejanias;
hay en la gradaci6n de lo pasado
una linea en que penas y alegrfas
tocan en el confia de lo soiiado:
también el alma tiene lejanias.»
No pretende hacer sentir al lector ningun eJtremecimiento nuevo, sino recorda ri.- cuanto baya sentido s inceramente. El dolor, el olvido, el amor, la muer-

�LA PLUMA
te, no son en los versos de Icaza abstracciones o cajas de resonancia, sin contenido propio. Son imagenes quintaeser,ciadas, purificadas, lîricas en suir.a, de
su peregrinaci6n µor el mundo. Sus dolores, sus olvidos, sus amores, la sombra misma de la muerte estan adscritos en su me moria a panoramas reales.
Sus sueiios estan tejidos con el hilo de s u propia vida:
«Nuestra vida no es vida, s ino cl instante intenso
que sacude la carne como rayo o ccntella,
que ilumina el espfritu como lumbre de estrella
o lo quema y lo esparce como grano de incienso•
Y cen ando el libro:

•Simbolo de mi vida
sera mi coraz6n una zarza florida•
Jean no es poeta divino al modo clasico, sino humano, y tampoco demasiado-realista, ve rista ni feo-, mas simple me nte humano, al alcance de los
sentidos y a la altura de nuestro coraz6n.

A. He-rnandcz Cata.-Una mata mujer.-Novelas.-Editorial Mundo La lino
Madrid.
«La preferencia de las novelas exteosas al cuento, constituye uoo de los
muchos contraseotidos de esta época de las pildoras de Berthelot y de los peri6dicos de cuarenta paginas•, dice el autor de Una ma/a muje•· en la oreve
nota de introducci6n a los pr6logos de Los frutos acidos, Lns siete pecados !' La
votuntad de Dios, reproducidos al frente de esta nueva colecci6n de cuentos.
iQuiere decir con ello Hernandez Cata que la coucisi6n en el arte de noYelar sea imp rescindible en toda obra modcrna? Si n duda que no. La t~ndencia a
la concepci6n dclica patente en Romain Rolland o en Prou;;t, en Valle-Ioc:lan o
en Baroja, no es menos caracterîstica del siglo, ni menos meritoria que la producci6n posterior a Maupassant en el género fijado por él con normas irreductibles, de que puede ~er excelenûsima muestra e n la literatura espaiiola contemporanea !a Luz de domim;o, de Pérez de Ayala. He rnândez Cata s6lo renieg?,
pu,-s, del prnrito editorial de hacer novelas y mâs novelas de un n(tmero de pa~inas determinado, sin que ninguo a necesidad de expansion del novelista justifique su lato sidad.
Y no porque Cala propenda naturalmente a la sobriedad de estilo. Harto se
ecba de vc:r, por el contrario, la limitaci6n que se impone constriiiéndose al
caso novelesco, en un solo contraste esencial. No obstante la brevedad del relato, se advierte luego la afici6n a razonar los sentimientos divagando !'obre
ellos, el affo psicol61(ÏCo, mas propio del novelista que del cuentista, la insistencia locuaz sobre el detalle caracterîstico, y. sobre todo, la e11.presi6n mctaf6rica constante, hasta la arbitrariedad a vt&gt;u:s.

LA PLUMA
Aunque de varia iospiraci6n todos 1
compo~en acertadamente un libro en q~: ~uentos ~~unidos en Una malamujer
me, est graduada en diferentes matkes de ~ em~c100, en cierto modo uniforco, ~le tan c_ru_e~ repeleote a los sentidos cas· n_ m1smo tono doloroso, sarcastique m1c:1a y titula el vol
J s1empre.
~Ascension» , cuyas primicias ha~~~~a~~aJ~tral casa,, «El fantasma,, son con
1 es para nue3tro gusto•
s ectores de LA PLUMA, los IDeJO·
' .

* * *
Vicente Pereda.- La Rida! a .h a

.Mucha fuerza ha de hacer l
g.
.-Novela en cuatro jornadas.
corn~ .:1 de Pereda, p ongo ao~angre en los heredero_s de un nombre literari
l~~~t-eton, que es en los mas d~ eu~~:~~
ellos a?qu1e ~e :ealidad elpeso de t~
ya1 a falta de concienci~ propia. En la i~o sentir]?, t0p1co facil e n que apou_n esfuerzo cada vez mas patente por Jibe /a de Vicente Pereda se ,id vierte
sm _pe~ar p~r elJo de inscnsato desamo/ :i:;-~er~e-la ::lorio~a tiranîa pat&lt;:rna,
eJ cam1no, s1empre a la vera del
. e u;o Poema a La ffidtz!ga Fea
briendo nuevos horiz'lntes por ent~ei5u padrc_; abri~ Pûit1s arriba, rn descu~
En La Hida/1ra Fea 1
.
r a montana nallva.
b•i
o·
a acc16 n noveJesca e t
ye il mantener la curiosidad del lect l ", ra por muy poco, s1 bien contri~rca en que_se condensa el pretexto ;:raa
melodramâtic.:a o folletiq•ie _const1tu_ve i:l eje espiritual de la
e I Jtogo tntre el amor y el inte' &lt;J.unt~namente los contornos human
nove a. ?vel,_1 en que su autor diJ.i e
10
ne,'., "' incluso empaiia de artificiales 11~~:ie ~ P~~"o.na1es que: en ella intervfepa1a poder con entera libertad ar, . a~ e.! p~1sa1e rcal que los cncuadra
p ersonific;1das &lt;·n Ja bid 1 , J
tistica d1scurnr acerca de la,. abstra .
,
~lat
a ga uana en cl apue5 t 0 R 3 f
·
cc1ones
.Y en Io,sdos servidores al m~rae•i
aeJ, en el prudente don
1as1ca en ;su conccpcioo La H.'d / .
~on.il y académi1.:o, que acent6a la in,t/ g_a_ F~a esta escrita en tin estilo imper
c ~ ficc!6n i_&gt;or él crcados, a eniele _nc10~ e su autor 'de reducir los liere;
d1ap,Ho11, ~11~ cla~oscuro ni vtrism qu1La_s, ~Justa~~s en su lenguaje a un mismo
lee de un tiron .
o. a 1ntenc1on no es mala , y la novela se

!t

r:-~rsa

'r

· ~t

*

C. R. C.

* *

Joseph
Conrad.-E n, l'
,·
,arge des maries-T· d
c1oues de la •Nouvt'lle Revue Françai;e•.

Id

.

uc1 6 n de G. Jean -Aubry. Edi-

A~nquc Joseph Conrad pa:;e enlre
h
, .
todav1a Reioo Uoido de la Gran Bretaîi~'Ilu~ ,os cnbcos y gentes de letras del
tuai e~ leniua inglesa-su ori en olaco ~ rand~ como ~l prime,r escritor acmar.e rnglt:s-, y aunquc el gé7iero"no;, ,, H? autonza sufic1entemente para Jlapara d le~tor continental, Joseph Con1~~stico ~ue cultiva ~cade grnn trlract1~·0
buen apet1to de nuestros traductores y d'nt o p~drece haber_ desp(!rtado aun el
e J ore:; e traducc10nes.

�LA PLUMA

..•
l

En Francia, en carnbio, comienza a faire trott, y una pléyade de escritores,
dirigida por André Gide, emprenden en la Nottvdle Revue Française !a traduc ci6n de las obras completas de Conrad.
Tres volumenes de Conrad aparecieron en la edici6r. rnencionada antes del
que ahora presenta traducido par nuestro colaborador y amigo .\l. G. Jean-Aubry: Le Typhon, traducido par Gide; la Folie-A/maye , pJr Mme. SéligmannLui, y .Sntts les yeux d'Occident por Philippe Nec!. El acfual volumen, cuarto de
la colecci6a, se campe ne de cuatro narraciones cortas, que escritas en distintas épocas (la 6.ltima en enero de 1914), estan unidas entre sf por el paisaje
de las costas marinas, ambiente que Conrad husca con frecuencia como fonda
sobre el cual se mueven sus figuras. La obra original apareci6 en la casa
J. M. Dent de Londres, en 1915, co11 el titulo de Within tke Ttdes, y ahora aoarece prologada por una sustanciosa «nota del autor• (destinada a la colecci6n
de sus obras completas, emprendida por el editor Heinemann el aiio pasado),
que par mostrar el modo de reacci6n de un escritor ante la crftica profesional,
tiene un interés grande, con la particularidad de que las tranquilas respuestas
con que el autor se defiende de las observaciones cdticas, pareciendo perfectamente justas, apenas desvirtuan la justicia de aquellas otras observaciones.
Pueden servir de ejemplo las referentes al primer cuento, el mas importante
del vol11men: Le planteur de A-falata, donde se aceptan coll la misma facilidad
el punto de vista del critico o el del propio a.itor, que considera a su narraci6n
como cla casi realizaci6n de su intenta de hacer una oosa muy dificil•, a saber:
,un ensayo de descripci6n y de narraci6n en torno de una situaci6n psico16gica dada,; prop6sito de un género sin duda diHci.l, pero al que no me parecen
muy ajenos los ;iutores y lectores contin.entales. El carâcter de los otros tres
cuentos es mas facilmente narrati 10, de una fuerza de color y de una justeza
en la pincelada notorias. En L'Associi, la estampa brumosa y sôrdida de los
barrios bajos mari nos, tenebrosidad que parece penetrar en las aimas de los
personajes que se mueven en este ambieate siniestro. En A Cauu des dollars,
el paisaje cambia radicalmente, trasladandonos desde los suburbios lolldinenses a los arrecifes luminosos y pesti!elltes de una Polinesia infestada de ladrones y asesinos, de una espontaneidad tan natural en sus crimelles, como el bacilo con que inocentemente nos inocula el mosquito habitante de sus putridas
charcas calielltes.
Otro cuento: L'Auberge des deux sorcières, tiene, para el lector espaô.ol, el
atractivo de desarrollarse en lluestro territorio. El paisaje es una Asturias humecta y sombria, poblada de facinerosos y de guerrilleros, en la inseguridad
temerosa de los primeras aiios del siglo pasado. Si la psicologîa puede parecer
110 poco forzada y no muy en consonancia con las gentes asturicas-Conrad parece mover mas bien unos personajes de un italianismo a lo Sparafucile-,
y aun cuando algun otro personaje pueda haber sido sugerido mas bien por al
~uno de los cuaC:ros cc'lstellanos• de Zuloaga, Conrad, en cambio, esta mucha mejor informado de nuestros gestus y modismos que el resta de los espafioli5tas al uso. No se le ha de exigir uoa documentaci6n impertillente Cil un
simple ,cuento de miedo,, narrado, por lo demas, con una facilidad y limpieza

L A P L t.; i\l A
de pluma muy notables· pcro no de·a d
.
fiol el hecho de que el ~rgunlento dJe 5 e ser tcurhioso para Ull observador espa.
u cuen o ava sida ·
·. d
ces~ ~ue tuvo lugarcerca de Napoles alreded d. 1 é mspua o por un_sulo situa.
'
or e a poca en que el escntor
Digamos, pai-.i. final, que el estilo perfecl d J
pluma, llana y f.icilmente cursiva ued
o c a prosa de Jean-Aubry v su
tanto como para los escritores de' cfsca i~1dpoalsadr por_ m~delo para traductores,
e e na1rac1one-s.
Ad, S.

* * *
Alfredo Pimenta.-0 livro das chymeras.-Portugalia-Ed1·to
I. b
Alf d O p·
ra.-J1s oa 19•2
re
imenta, cuyas cr6nicas de Letr p .
' • ·

gustar nuestros lt'ctorcs, tie11e en su pais t as . o, 1;gue~as han e-mpezado ya a
~oeta Hrico ante todo, como bue n ortu u~:a signi. cact~n n~ta•1_1ente definida.
t1do estético, o mejor, esteticista ~lustr~da ,dtrab~Ja 5!-1 msp1rac16r. en un senA,·te, Cartas a um Estlzeta u tiv,·o• .,
·t octrmarrameote en Palavros de
t t d
·
uas mvi as e variadas
ex o e comeotar la actualidad
literaria
.
'"•ozas, eo que, 50 pn!saje, nos muestra la ,•ocaci6n firme de s'II ~ a_rt1Sli~a, 0 e? uoa impresi6n de paie] cuita de la Belleza pura Pese a s
antmo, 3 Jeno Siempre a cuanto no sea
pade~ca por ello su pei so~alidad lite~-:/~;o~~s;;\d~ 1i~~ependencia, y sin que
denc1a europea que, coma reaccion co t ' 1 c1 c a~1 carie dentro de la tenm_iento lir!co que determina el ~uge
1:~ !i nbattralismo. provoc6 el_ renaciD Annunzio, la boga de Oscar \Vilde , n I m O IS tas fr~llcese5, :1 tnunfo de
Eugenio de Castro, de Rubén Da rio •d~ ta1i3s Iletr:s espa~olas, _la infiuencia de
de los poetas catalanes.
'
e- ne 11 Y el a1slam1ento voluotado
0 Jivro das ch,;mtras, recenti5imo Cil 1
. d
.,
, .
mellta, afirma su-desasimiento de tod
a ~10 ucc1on poettca de Alfredo Pitario o de relaci6n inmediata con la a~t~o!~q~e/iueda tener un aspecto utilinar sus sentimieolos de cuantas sulile a t a;
poeta se complace en adorq11e sencillaroente los expresan Porq 11\armo01:1~ pue:&lt;:n sugerirle las palabras
51
combinaciohes métricas que d~co
• eso_ , ate aJo el artificio de rimas v
pautas clasicas, la poesfa de O iiv,:a;aco~ cie~to bar;o9uismo! sin alterar la-s
0
saudoso, esellcialmente portugués q s
as, Ull mhmo deJo melanc6lico,
del poeta:
• ue ava ora Y caracteriza la sigoificaci6n

d:

Y't'

•E se O meo coraçao vive isolado
";baodonado coraçao magoado,
'
Neste tumulto de um viver sem fe
Que importa aos outras o que s~nha o seote?
E 5 &lt;: e!Je sonha mysteriozamente
Dec1frar- lhe o misterio, para q~ê?•
Pocas veces como en ,Pa13
.
~? d
.
egoista. Casi siem re r fl
que_• esnud a Simplementc su desengaiio
torturada gracia l~ no~t:lo~areqeunec_ubn: con elegante elocuencia, no exenta de
,
"'
1nsp1ra su canto:

�LA PLUMA

LA PLU .\1 A
de selecci6o •cdtica-que toda gra n ernpresa debe at 'b ·
d

• Doidamente mordi os teus labios vermelhos...
De repentl' me vi nos tcus olhos turvados,
Corno na agoa mysterioza de uns espelhos
Onde cstivessem meus desejos retratados!•

·ci h _

El prop6sito de O tivro das chyme, as, qite, para consola{ao das proprias saudades, e para perpetu,:içao de in riantes transcendenlafs Alfredo Pimenta escreveo.
q11a11do, tendo descido da torre do seu orgulho, entrava na cathedra! magnijlca da
sua humildade, es mâs ret6rico que sincero. Por mâs qut&gt; el poeta quiera descender de la Torre da lituzao, tîtulo harto expresivo de su primer libro (1912),
por mucho que quiera desnudar su Alma ajoe/hada (1914), propende siempre a
la molicie de O lir.&gt;ro das sympltonias morbidas (1921). Y as,, en •A ultima pagina• de estas Chymeras su resignada humildad continua mostrando, en el deseo
incumplido, el orgullo del Hrico habitante de la turris eburoea:
• E a vida que ja live e aquella q11e hei de ter,
A vida que se occulta "" aquella que se escreve,
Estâ toda na areia a descer, a descer,
Na ampulheta da vida, ii:sensivel e leve.
A areia fina desce.. E a descer corn e!la,
e corn ella a descer, pra nao subir jamais,
A rr.inha vida vai. sern eu poder prendei-a
Na muzica e na côr de versos immortais!•

..
)

*

\1

* *

Don Rafael Calleja nos envfa el numero del Mercurio, de Barcelona. que
inserta su conferencia sobre «El editor&gt;, segunda del ciclo organizado en la capital catalana por la Câmara Oficial del Libro. La coofcrencia del Sr. Calleja
hab/a suscitado, a rafz de la publicaci6n de un extract&lt;J de ella en un pcri6dico
de Madrid, algunos comentarios desfavorables FI Sr. Calleja quierr defender
al editor d~ 10s cargos que acostumbra dirigirlc el escritor, su rendido enemigo Aduce el Sr. Calleja, en justa vindicaci6n de su clase, fa.cil copia de ejemplos hist6ricos, de Aldo 1\lanucio a Çalmann-Levy. •Los prirncros impn:soreseditores eran, antes que industriales-dice- , verdaderos sabios; y no escatimaban el g.:sto ni el e:,fuerzo parn que los productos del nuevo arte por ellos
cultivado lueran bellos y excelentes. Tenîao el culto de sn profesi6u, de la que
se consideraban ministros; y tanto cuidaban del arte, olvidados del provecho
propio, que muchos acabaron en la ruina.,
Muy cierto. Ahora bien: los ultimos editores, entre los cuales esta la Sociedad (15 millones de pesetas) de que es gerente D. Rafael Calleja, son antes
industriales que sabios, y nada tendrîamos que opooer a uoa vocaci6n que
tanto podîa servir a la nuestra, si no escatimaran el gasto y el esfuerzo para
que sui productos fuesen bellos y excelentes. En la division del trabajo neresaria para la vida literaria de un pueblo, cumple al editor, no tanto una labor
2 54

1?·

* * *
-Cow,ôpolis, bajo la direcci6n de H
,
men~f' y acrece la importancia de las ::1:tndez _C,1ta, se transforma rnatc-rial0 3
5
&lt;;?otrnua la J,ublicaci6n de un ensavo de G ~
- En el num, ro dt· abri!
0a11d a .l,faJJurca; el mismo numero -c 11 • a 11 e
lomar: El vrajt dt Geor e
~o, po~mas de Ruiz de la Serna, nota~ d~e;eR:1den1as,,uria novela dt Korolet
.endano del mt&gt;s, etc.
· eye:s, D1ez Canedo, y otros, C.i-En la Rn•ut tte Ge11eve (febrero) S· 1 . d . d .
.
yo sobrt- Pin Haroja: «Curiosa triloaÎa· ~/a, 01 ~ Mad~r1aga publica un ensa1
creador d,; Silvestre Pdradox· se t·"
· Pa:· dops e~ este autor clt• triiogfas
•
.
'
· n 1menta 1 s111 amo.1
h'1
,
t ura, rac10
,iahsta anirnado de un odio vcrdad ..
• •arc_ :t-u~open.• sin cuiras. Se ha propuesto como meta ideal l d e1:!me11te relig1n,;o cuntra ïo,- cutandole el refinamiento de la cul tu ra I a ev?c''?" entera a la verdad. Pero lalpoético. qu, ,on las tres condic·
'_a co~t111u1dacl filos61l,:a )' el ~,'11timiento
sint~tica dt: la vida, este inflexib;;1~~1a~l~~1al, m~nt!I, estética. de tod,1 dsiéin
plac1611 plen11 de su Dama V tiene ue
o de _l,t \; erdacl no logr,, i., contemen las encrucijadas de la vida.•
q
contentai se con e1itreverla, acr1i y allâ,
-Hermes
(marzo)·· «D • Rani6n -11arn
, del V li r 1 ·
·
M~délnaga:
•D. Ram6o :\fada del v·all 'r Jâ a_ c ne an•, por Salrndor de
qu1z~ el mas rico en sentido musical e e~c f n es entre los poetas e:spaiioles
poesia se debe en buena parte al .
yd
orma. El encanto especial de su
d
·
Jueao e acuerdo
.· ·,
enc1as ya observadas en la poesîa gall _
. Y opo:sic1011 entre dos tenv~oa popula r, rica en em.Jcion ,,. ritmo /~~/nh~ua Y que_ se d,1n en él-nna
m1entos forrnales del aenio &lt;:xouisito
afi_c16n consciente por los refinapoesîa d(' Valle Jnclan~ el Hric,o pu ular e r~~l!Cla... Los tres elementos de la
co. constituyen también sus novelfs N~ e ;~1crrefinado y el épico drarnâtibos géneros. trataodose de un artist~ ~a e_s a~i ~arcar la fronter.t entre arnco en la n,trraci6n. Valle Inclân
f n imagrnatJvo en lo poético, ta11 poétioaria que todos vivimos-o al
e~to, rehusa _to_da ate1!ciô11 a la vida rutilas _calles aburguesadas de nuestras poitc~mos v1nr. De ignal modo que por
anttcuada figura, la manga vac' d
p b ac1ooes rnodernas, pasea su alti va y
ta e su razo manco, las !argas barbas frailunas

?f~

C. R. C.

.t

n_ent~ y eshgado de toda preocupaciôn a·en1 a
. n u1r a un Jurado perma~1en~1as-que obedezca a sus austos I' ca Jri
la 1:teratura, a las artes, a las
hzac16n de los valore!' literariis dis ,
c os p_e1sonales, CO'llo la comerciaoas competentes.
cerni os con cierto eclecticismo por perso;Cree nuestro amigo Calleja merecer d,
,
.
zas que cita de Anatole France a C l
e ralgun escntor espaüol las alaban.
.
a
mann,evy&gt;
D
Ar
d p
po ng,1 por nove11sta venerable tiene 1
man o alacio Valdés. ,
p J d ,
.
,
a pa1a b ra · ·
or o em"s, bien podemos los .
.
.
t&gt;mplaz~r a Rey y a Roque a cuentf~~1~ces, ahora qut: cs rnoda en polllica
algun. dia
Rafael Calleja se haaa acreed ut~as ~ransacc1ones conliar en que
no~ p1dc sm n,otivo.
"
or a ap auso Y a la gratitud qu&lt;: hoy

d-

di:~10:

.

�ANO 111.

MADRID, MAYO 1922

NÛ.M. 24.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

•1œJ•cf•
'

XII

con frase acerada el Padre Miguelez: •No es necesario
que el Septentri6n los lance; jlos barbaros estan en Espafia!»

Debo al Escorial-a sus escuelas-eJ apresto necesario para entender esa maxima, impregnada de espafiolismo, y recibirJa en espiritu y verdad; y a la percepci6n cabal de su sentido
-decadencia del estado glorioso preexistente-, una timidez egoista, un recelo, que me impedian avanzar por la ruta abierta a mis sentimientos espafiolisimos. Me atollaba sin saberlo en un desbarajuste
raro; la pasi6n nacional, encandilada por muchos cebos, queria encabritarse y a!zaba la cerviz soberbia: puro goce de dar suelta al orgullo y henchir con su viento el énfasis, la hipérbole y otras capacidades donde asiste el desenfreno. El animo se Ianzaba en taI orgia por
engreirse a sus anchas una vez siquiera: éraie permitida toda licencia, en raz6n del objeto sublime. Pero buscaba saciedad apacible, que
no martirios nuevos. Al desmandarse, la pasi6n nacional embestia
2 57

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLU ?Il A
dor y propulsor de instituciones musicales• como la Sociedad Nacional de Mu sica y la Orquesta Filarm6nica de Madrid, se ufana en la hoja de méritos alegados por sus presentadores al hacer su propuesta, de haber pertenecido a la
Rondalla Logroiiesa, con plaza de primer bandurria.
No ha becho, ciertamente, Miguel Salvador en su discurso un trabajo de
erudici6n, dado que portal suele enteoderse el mero acopio de datos y compulsas ajenos al interés del profano. Ha becho algo mis, y nada menos que la
historia general, suciota y amenisima, de la orquesta sinf6nica, a cuenta de la
que por derecho le compeUa bacer de la orquesta en Madrid y de sus vicisitu des en estos tiempos.
C. R. C.

* * *

R evue del' Amerique latine.-Hemos recibido los dos primeros numeros de esta rev1sta dirigida p..&gt;r el Sr. )farti,enche y en la que son redactoresjefes los Sres Lesca y Garda Calder6n (V). S,i programa e~ vasto y el cuadro
de colaboradores francese:; y americanos proporcionado, por el numero y ia
calidad, al programa. Seiialemos en el numero primero una cr6nica literaria
de Gonzalo Z2ldumbide. En el numero scgundo retenemos, por tocar directamente a Espaiia, el pr6logo de Charles Maurras (l es forces latines) al libro nuevo de Marius André, la fin de femfJire es;agnol en Amérique.
Aunque no tomamo!' demasiado en serio la filosofia politica de M. Maurras,
menester es preguntarse si el gran escritor ,se paga nuestra cabeza• (nuestra
pobre cabeza de celtîberos romanizados), cuando dice refiriéndose a Itali3, Espana y F rancia: cSu decadeucia se inici6 o se precip1t6 en el punto en q ue las
ideas revolucionarias se apoderaroo de su espiritu publico o de su gobierno•.
A no ser que M. Maurras demuestre (capaz es) que la época del Pad re Nitbard
fué el gran siglo de Espaiia.

*

,

* *

Llbros recibldos. -Carlos Reyles: Et embrujo de Sevi/la; Madrid, Calpe.Ram6n G6mez de la Serna: Disparates; Madrid, Calpe. - La viuda blanca y necra; Biblioteca )lueva. - Adolfo Sabzar: -tudrtfmeda; Cult ura, México, 1921. J. Moreno Villa: PatraittM; Madrid, Caro Raggio. - J uan José Domencbina: Del
poema eterno. Las interrogaâonlS dei silenâo (nueva edici6n); .\iadrid, 1922.
Revistas. - Mercure de France, Paris. - Le Progrés Civique, Paris. - La
Connaissance, Paris.-La Revue de I' Epoque, Pads.-Vida Nuestra, Buenos
Aires.- Atlzenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cra;oui//ol, Paris.-Be//es Lettres, Paris.-Cultura Venezola11a, Caracas.Die Aktion, BerHn.-Peg·aso, Montevidt"o.-Cuba Contem;oranea, La Habana.Babei, Buenos Aires. -Porst"a ed Arte, Ferrara.-Espana ·" América, Ca.diz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-Ça Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
L a No•,velle Revue Franyaise, Paris.- /ndice. Madrid.-Cosmdjolis, Madr id.-71te
Living Age, Boston.--Espana, Madrid. - Les /,-larges, Paris. - Prisma, Paris.Signaux de France el de Belgique, Bruselas.-Los Nuevos, Montevideo.-Revue def .4.mén·que latine, Paris.-.Le Tliyrse, Bruselas.-lntentioris, Paris.

us

ANO III.

1

~lADRID, MARZO 1922

1

NOM. 22.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

&lt;i&gt;

X
AS alla del espanto ' abordé en una trist
tada la primera turbulencia d 1
• eza gn~ve, desgas-

tidianos , dispuestos p
d e a pas16n en ejercicios co. .
ara esbra varia F é t
..
cermm1ento no sé s1· d"
l .
. u am b1en dis.
'
1ga as uc1a· d fï
m1 aprendizaje, pues vine a enfre
1
' e JO, un adelanto en
tocar en lo absoluto· ver e f . nar e abandono. Restafié el afan de
•
n narse la ge
•d
Aprendi q ue mi desbaraJ· uste
neros1 ad, me di6 lastima
_ .
se correspond'
·
muy aeeJas, disecadas ya articulad
. ta con otras experiencias,
de la vida me careasen co'
.
as en tdeas; como si en el hervor
t .
.
n mt esqueleto E fi
ra1an vtSos de desengafio· bd" b . n n, estos albores de paz
.
' a tca a u na pe d b
como s1 toda magnificen cta
,. me estuv1ese
.
d dsa um re grandiosa ,
esperanza, por mi flaqueza.
ve a a, en el temor y en la

(1) Véase LA PtuK.t. de ene ro de

1 9 2:1.

�LA PLUMA
No me precio de haber devotado en lo rdigioso una vida excepcional, pero si violenta en su cortedad, y prematura; toJavia no desdefiaba los juegos infanhles, curndo el susto de ver que me convertia me aterrô. Mi originalidad en lo religioso es poca, o nula. He ido
por donde el vulgo, y a remolque de las circunstancias, o digase de
otras pasiones, que acaso hayan vivido a expensas de mi capacidad
religiosa. Ni estoy muy instruido en esa esfera; si comparo el numero, la calidad de mis experiencias con los âmbitos sin fin que otros
exploran, conozco lo incompletas que son. La indolencia expectante
con que suelo mirar las cosas del rnundo, y que en todo me retiene,
quiza me ha privado en lo religioso de una estofa rica y tupida, dejân·
dome en desgarradora soledad para el combate con un dios persona!,
sin la presencia difusa de lo divino y su perenne auxilio, que otros
descnben. Por indolente, me arrebatô de sorp esa en su remolino
un delirio rehgioso, una manera de persecuciôn apasionada del mas
alla, y de preverlo en formas sensibles, sin poder evadirme de su
contemplaciôn ni de la angustia sofocante que el contemplarlo me
daba; esa pasi6n me golpe6, me machacô, tomândome sin defensa,
antes de saber yo siquiera que tal pasiôn existia ni cuales eran sus
sintomas ni su cebo.
Tenia yo en Alcalâ un confesor elegante, que me saludaba en el
confesionacio con palabras corteses, me daba tironcitos de orejas y
tras de gastar algunas cuchufletas, concluia por recomendarme qu~
al vol ver a casa besase las manos a mis mayores. iNo le habian quemado los labios con un ascua a este Jevital Ni se pudria por los yerros de los hombres. Lo que atase y desatase en la tierra seria, cuando mas, lazos de seda. Gracias a él no me ponian miedo las cosas de
iglesia. Adquiridas no sé cômo ni d6nde-entre faldas, acaso-las
nociones fundamentales, era capaz de repetirlas y de fijo las repetia
en siendo menester, pero no tenian sobre mi mas imperio que la
130

.

LA PLUMA

geograf1a
. 1 C~l.l:, VJ:,I •
f
•asiatica o la ü :,l U ,Jt:
a me~ona. Llegaron misiont!.s ai uebl gvJus; no hat,ian pa~ado de
alcalam1), vi111os entrar •·n
la sa I1 pde to.d.Estando en el gran c0',eg10
.
v
con sendos crucifijos en el pecho ~s ~1 io dos curas, dos jesuitas
con el director, a exhortarnos u~ . c_ ~se se puso en pie. Venia~
tarde; el director prometi6 por qtod:1st1e::.em~s. a, la misién aquella
ma~~r no la he cometido. Los mismos que as1shnamos. Tcmeridad
y v1g1laban nuestras lectura . o n t que nos prohibian salir solos
dond
I b
)
ue:, ros colo ·
e sop a a el vendaval de las mis·
~uios, nos dieron suelta
charnos. Estaba la Magistral tenebros:~nes, sm mirar que podia trondel _gran cardenal, guarnec1do de an , en las esquinas del sarc6fago
véncas llameaban en lo ait d p os de luto, cuatro luces c d
o e unas , r
a apa.~os ~legados, negros. No mas al
per igas, vestidas también de
las cap11las. La turba anhelosa s umbr~do, fuera de las lamparas en
~au~al caliente de las palabras ,e aplretupba al pie del pulpito. En el
Je mta
· ' en os acentos
t· ·
A
que nos habia exhonado en el c l .
pa et1cos, reconoci al
montonaba imagenes que al
t
o eg10. Predicaba del infierno
·
pun o se enc d'
·
. eo ian y fulguraban, como
qmen saca de una lenera h11ces de
lumbre. De las gradas de la cap1lla rn:arn~1entos para metcrlos en la
ceando: «jEso es menti· r R
yo1 se de!:-peô6 un pr6ii
l. .
ra.1&gt; epuesto de 1 .:
J mo voa incredulo; descargaba tajos de t. .
.. ,orpresa, el jesuita atac6
y al mont6n, ya que no era posible
. re honca tremebunda
•
' a todo e vento
sus denuestos, acallô los ··t .
acer punterio en lo oscuro Co
. .
gri os y sol'oz
d
. n
mont?. v1cto_rioso, cerniéndose sobre , oc; . e I_as _mujeres. y se reemoc1on m1sma D
.
el aud1tono impregnad d
mod
. e ptonto senli que tod
.
o e su
o persona(, y exclusivamente· e .
. o e:,o tba conmigo, por
secreta. Una mano saldria de 1 . t'· _1 Jesu1la vociforaba mi historia
bellos me Ievantaria en alto as
• j orne por los caara1n1eblas' y a.~·ien,
habl~ha. El horror venia sobr~ mi ~~ to_dos supieran de quién se
queria que fuese. Me resistia 10hl
go 1ba a descubrir que yo no
.
. 1 1 cerrar los ojos hubiese bastadol

s·

I3 l

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
. e durar mas en la vida de entonces-lno era
Busqué _as1dero;_ qut ;&gt; No pude· rodé al precipicio; lo que no podria
aq~el\o irse mu~1en o. « Que Dios os toque en el coraz6nli., clamaba
deJar de haber s1do'. f~_é. 1
C
un vuelco de las entranas me
1 . 't No lo p1d10 en vano. on
e Jesu1 a.
If. . s que al volver a casa me escondi porque
deshice en tantas &lt;1gnma '
no advirti~sen las lhEuella~ ~e~~::~odevociones capt6 esa vena, y fué
El rég1men de scoua
d · ï d agres
,
1.
d6 la pasi6n, dejândola presentable y oc1 , e
sangrando a, car
.
d.
beato no me comia los santos,
te que era. Al converhrme, no ~ _en ue es'a llama y la resoluci6n del
.
·Qué mas orac10n q
m rezaba apenas. 1
mento actual sin esperar al
tregarse en e1 mo
,
alma implorante para en
.fi .
preces' Queria forzar el des.
.
averse con sacn c10s y
.
que s1gue ni prec
en la conciencia lo corrompido; y no putiuo, enmendarlo; esc~rd~~
sér nuevo caia en aborrecer
. d d de la aspirac10n a crear un
'
t
d1en o, es
.
raz6n por sus pasos con a.
L s frailes me vo1v1eron a 1a
'
al anuguo. o
.
miré en otros ejemplos; supe
licaron mis creenc1as; me
.
La
M
dos. e exp
. 1
congojas se desvanec1eron.
lo que podia esperar y temer, a g~na!&gt;confesiones los ayunos, las vi.
.
tantas misas rosarios,
,
as1stenc1a en
' . .
T da con la vida, como pargilias, me habituaron a la rehg1ôn rec~nc1 ia u medida y su término.
te de las costumbres que tiene su ;a, suella nifieria de la pureEfecto notable del hâbito fué_ curarme e adia mi 16gica destructora.
za absoluta, del rigor intrans1gent_e que pedia menos de querer moUna criatura visitada por la gracia, nobpo.
su busca como los
.
l
si la muerte no llega a, ir en
'
nrse al pun o, y
,
e los descabezasen. De ese pennifi.os martires de Alcala fue~on a qu d. , y el susto de un fraile
.
.
ugnancta por la me 1ama,
samiento vmo m1 rep
,
rado que preferia condenaroyéndome decir, con her01smo desespe r; lamento a confesar los
me desde ahora a ir todos los meses, ~or g 1
' .6n del mârmismos pecados. Entre el destina del reprobo y a vocac1 uede ca·
tir admiti la realidad humana de vivir a trancos, como se p
'
132

, •

1

yendo aqui para levantarse allâ; en fin, en un alma de nifio desp6tico, inexorable, se insinuaba la compasi6n. Mis creencias echaron
raiz; la sensibilidad se irrit6 menos. La mente adquiri6 la noci6n del
deber; perdi la intuici6n dolorosa de haber marrado mi destino. Tuve
mas ideas, menos amor. De dos estitos de apacentar almas que
conocîan los frailes-el uno terrorifico, opresor; calmante el otro-,
acabé por abrazarme con el segundo. «Todavia ayer-contaba en una
prédica el Padre Uncilla-, un moribundo me preguntaba entre estertores: 1Padrel 1Padrel iMe salvaré?» Asi corria el primer modo. El Padre Uncilla, que lo usaba, era baritono, buen mozo, de nobles facciones y ojos grandes, tranquilos. Con ser muy beni~no y apacible, en
poniéndose a catequizar se templaba en el rigorismo desesperante.
Algunos acentuaban con tal energia la dificultad de llegar salvos a la
otra banda, que nos persuadian, sin proponérselo, la desconfianza, y
gran desmayo. Modo sedante, el del Padre Valdés. Severo en demasia era el porte de este fraile, el mas afrailado y temido de cuantos
entendian en nuestro gobierno. Jamas fué familiar, ni comunicativo
siquiera; recuerdo su sonrisa como suceso notable por su rareza; sonreia de tarde en tarde, a su pesar, violentando su gravedad, y no tardaban sus facciones, poco graciosas, en absorber y secar el rocio de
la sonrisa. Era por ventura mas inteligente o tenîa mas experiencia
del coraz6n que sus cofrades. Riguroso en el aula y en los claustros,
dulcificabase en la capilla. No escaldaba las aimas con el terror, ni
las forzaba a optar entre el heroismo y la perdici6n; pedia buena voluntad, no mas; inculcaba le certidumbre de que el esfuerzo mas humilde no quedaria estéril y sin pago. Pese a su frialdad, rendiase a
la ternura delante de ciertas obras cumplidas por la religion. Un domingo de abril estabamos tres en el patio viendo los chorros gruesos
de la fuente subir y deshacerse en monos de plata, cuando el Padre
ValJés, que se paseaba leyendo en su breviario, se nos acerc6; ver33

�LA PLUMA

LA PLUMA

niamos de la capilla; el espiritu pudiera competir en fresca tersura y
novedad con el dia; el cuerpo estaba en la feliz desaz6n que engendra un apetito violento, a pique de saciarse: era inmineote la Hamada
para el desayuno.
-lHabéis confesado y comulgado?-nos pregunt6.
Contestamos que si, y estuvo un rato mirandonos. Clavandome
los ojos, me di6 un golpecito en la mejilla, y exclam6:
-&lt;Entonces, estas en gracia ... ?
Se le saltaron las lagrimas, y se alej6 sin aiiadir palabra, volviendespacio a sus rezos. Tras de esa efusi6n no me adheri mas que
antes a la persona del fraile, pero me aficioné a su templanza, que
me aliviaba del peso de lo irremediable, y del espanto. Si hasta alli
habia buscado en vaoo la reparaci6n descomunal que me restituyese
la paz, empecé a gustarla en cuanto me persuadi que nada se restituye ni se restaura. Hice buenas migas con esta miseria: soslayar la
tormenta en vez de arrostrarla, irme por caminos de travesia, acomo•
darme con deformidades morales, apartadas de la rectitud absoluta en
que consiste el deber. La etapa en que iba eotrando me parecia un
fraude, puesto que mis fuerzas debieran bastar para mas; y una fuga,
pues desoia las voces del destioo. Arrollé esos repro::hes. Estaba
rendido. Quise descansar en una paz de esclavo. Paz sin gloria, de
esperanzas humildes, profundamente afligida. Aun zumbaba la resaca de mi conversion precoz.
Entraba en la declinaci6n de una borrasca sentimental, puntn gustoso en que el ânimo, al recobrar la serenidad, se mira en la zozobra
que va huyendo y en la paz que apenas llega. y tasa con mas juicio
el propio valor, los vaivenes pasados. El hombre que exprime ese
zumo de la madurez se alegra en su sosiego apacible; se alegra con
rooderaci6n, porque ha aumentado su sabiduria. Con calma podia yo
mirar el espantable 11lhoroto de mi conversi6n; pero mi madu1ez era

sin humorismo. El lastre de las creencias pesaba demasiado M.1 _
· fuego fatuo, viento, nada. Mas no quedé
· libre
pa
s1·on pod'ia h aber s1do
al volver _al suelo. Esta aventura no se gan6 como la del Clavileiio,
con s6lo mtentarla. Proseguiria hasta el fin- pero el fi d6 d
taba?
'
n ~ n e es-

..
(Contùmard).

MA}-TUEL AZANA

�LA PLUMA

CANCIONERO DE LA VIDA HONDA
1

Y DE LA EMOCIÔN FUGITIVA &lt; )
LA EMOCIÔN FUGITIVA
/;n la red de mis canciones
tengo un ave: la emocion.
flue vue/va a los corazones
lo que fué del corazon;
que siempre en mis versos viva
en el ritmo prisionera;
que la emocion fugitiva
se tome imperecedera.

BLASÔN. A LA USANZA ANTIGUA
bs egida
g estandarte
de mi arte: vida;
de mi vida: arte.
/!De qué modo,
al hallarte,
ha/lé todo:
vida y artel

Ml PENA
'j/o digo «la pena mla»
y la canto de mil modos;
pero sé que mi alegrla
g mi pena es la de todos.
(1) En este libro recoge el Sr. Icaza sus composiciones inéditas, y otras no
coleccionadas hasta ahora.

CAMINO ARRIBA

'J;'a camino arriba el mozo
cantando esta caminera:
C:uando las penas son muchas,
al juntarse se consuelan.
.Clora el pobre sus fatigas,
aunque tiene quien lo quiera;
se duele el rico de amores,
pues no le quieren de veras.
cSin dinera y sin amor
todo es igual en la tierra.
C:uando las penas son muchas
al juntarse se consuelan.
ARTE POR EL ARTE
9lrte por el arte alumbra la estrella,
ignora que brilla, g luce y es bel/a.
9lrte por el arte &lt;ibrese la rosa,
y alegra y perfuma la rama espinosa.
'Y de su divino frescor inconsciente,
en el prado, oculta, barbota la fuente.
'Gu, de tu belleza siempre desdenosa
-a modo de estrella, de fuente y de rosacuando ésta perfuma y barbota aquélla,
y lejos, muy lejos, la otra destella,
tienes el encanto de sentirte hermosa
sin buscar la gloria de llamarte bel/a.

FRANCISCO A. DE ICAZA
137

�LA PLUMA

UN CUENTO EN LA OFICINA
(PAISAJE DE LA JUVENTUD)

yo era joven, casi un muchacho, trabajaba en el escritorio de una fabrica de mi pueblo.
La poblacion era muy pintoresca, en una alta planicie,
rodeada de grandes montafias y de caminos que iban al otro
lado de la divisoria. Las alamedas a la orilla del rio tenian una belleza
exquisita de soledad. Yo paseaba en los anocheceres, precisamente cuando los pocos paseantes del campo regresaban a los soportales de la villa.
Era el momento indeciso de llegar la noche loque tenia para mi corazon
una misteriosa belleza en las alamedas solitarias de aquel rio, y por alli
sofiaba yo los cuentos que escribia para el periodiquito de la localidad.
En la oflcina yo era el ultimo de los empleados, y tenia la obligacion
de acudir el primero y de salir el ultimo. Yo cerraba a la una y media y
subia la Have a la casa del propietario del negocio, que la tenia, maravillosa para mi entonces, en los dos pisos del inmueble que estaba en la
plaza de la villa romantica. Esto de ser el ultimo de los empleados, y ser,
a la vez, un joven aficionado a leer y escribir, me tenia el corazon un
poco entristecido: lo bastante precisamente para sostener la necesaria
tension poética de un joven que aspiraba a ser escritor. El ultimo puesto
en la oficina me obligaba a varios mcnesteres; voluntarios, unos, y de
mi cargo y responsabilidad, otros. Por ejemplo: yo salvaba en muchas

(1

138

UANDO

ocasiones a uno de los viejos ernpleados, que el pobre se emborrachaba
habitualmente y no podia cumplir muchos dias con su obligacion. Yo
era cl encargado de llevar notas y advcrtencias a la administracion de la
fabrica, adonde se iba cruzando el rio por un puente de madera, cerca
de un rnolino rodeado de sauces, de campo y de arroyuelos que bajaban
de la presa. En la fabrica veia la tragedia del trabajo infantil, pues ayudaban los chicos de trece y catorce afios en la tarea de producir objetos
de cristal. Esta vision de los nifios en el trabajo, en los dias de mucho
calor o en los dias de Jucha con la nieve en las calles, me enternecia
como si fuera el hermano mayor de aquellos obreritos...
En razon también de ser el ultimo empleado de la oficina, yo me
quedaba casi solo en ella desde las doce y media hasta cerca de las dos.
Los emplcados de mas categoria iban marchando poco a poco, y yo
aprovechaba aquella hora para escribir mis cuentos: realmente, yo acababa mi trabajo. y a veces el del pobre cmp!eado viejo v borracho, para
las once y media o las docc, v desde aquel momento me aplicaba disimuladamente a mi literatura. 0 leia, teniendo mucho cuidado de que
no me vicran, o cscribia en Jas vueltas de los sobres usados, como fingiendo operaciones matematicas. Todos mis cuentos de aquella época
fueron escritos asi.
Un dia publico el periodiquito un cuento que yo habia titulado Rl
prmsa papel""· Era cl prensa papeles una mano auténtica de mujer. Se
trata_ba de un médico, que de estudiante habia querido a una mujcrcita
~rec1osa, y que un d{a volvio a hallarla muerta en una mesa de autopsias. Corno las maoos de aquella novia le habian impresionado tan amorosamente, él corto una de aquellas manos bellisimas, la embalsamo
como un artista y la engarzo en oro, para tenerla en su mesa y verla y
acariciarla siempre.
El médico era viudo y vivia solo con un hijito. Un dia. cl niiio, recién
puesta la mano en prensa papeles sobre unas cartas que aquella misma mano habia escrito, corrio asustado llamando a su papa, porque la
mano habia hccho una acaricia al chiquitin ...
Sea porque yo hab/a puesto todo mi pobre arte en hacer el cuento,
1 39

�LA PLUMA
sea porque la descripci6n de aquella mano habia conmovido a todos de
un hondo sentimiento de belleza, el caso es que, en fin, dijeron algunos
seiiores que mi cuento era muy bonito; llegué a saber también que ciertas muchachas de la villa habian dicho que era un cuento encantador.
Era en los dias de julio, y habia Ilegado ya a casa de mi jefe uno de
sus hermanos con las dos hijas que tenia. Yo iba hacia la fabrica a llevar una nota de administraci6n, y en el puente de madera tuve que cruzar con aquella familia. Pensé pasar timidamente, casi inadvertido; pero
el hermano del jefe me detuvo, y me vi en medio de aquella familia distinguida, todo acobardado. Me dijeron:
-Es muy bonito el cuento de esta semana.
Me dieron la mano todos, saludândome, y bajo la sombra en que estabamos sobre el rio, la mano de la hija mayor vino hacia mi en un claro
de sol... Tenia yo diez y nueve aiios, ganaba muy pequeiio sueldo, vivia
como jefe de familia, entre mi madre y mis hermanos. Aquellos seiiores
habian conocido a mi padre, que se habia muerto en el trabajo de la oficina. Aquel puente, aquella fiibrica y aquel paisaje cran mi propia vida.
Se comprendera, pues, la gran emoci6n de aquel momento para un
pobre muchacho como yo. Salvo la muerte en casa, nunca he pasado
por una intensidad de vida interior como la de aquel dia entero.
Uno de los siguientes yo estaba en mi pupitre, a la una de la tarde,
leyendo ya en la soledad de la oficina. Me pareci6 haber o{do un ligero
rumor de pasitos en la escalera. Otro dia, en el mismo silencio, también
o{ un rumor que no parce/a de ser viviente, es decir, que daba mas bien
una impresi6n de sombra o de perfume, una sensaci6n de que habia
algo en torno, muy alado y sutil. La puerta de entrada a la oficina estaba a la izquierda de la escalera de la casa. Después, ya dentro del escritorio habia una mampara de madera, pintada de blanco, y una ventanilla para despachar el cajero. Al lado de la ventanilla habia una carpeta
negra, de piel, para firmar sobre ella. Yo trabajaba aquel dia con una
emoci6n de lâgrimas, en un cuento que se titulaba l!l cartcro, cuyo
asunto era la conmovedora emoci6n de un hermano mayor. Oi dar en
el reloj dr la plaza la una y media y me levanté para cerrar y subir la

LA PLUMA
llave. Al vol ver la cara vi que sobre la carpeta de la ventanilla del cajero
h_abia u~a mano maravillosa, como la del prensa papeles. Blanquisima,
sm ~haias, ~ue era c_omo yo elogiaba la di\'ina hcrmosura de aquella
mamta de m1 cuentec1Jlo. Engarzada en oro también, porque en la mufieca resplandec/a una pulsera ...
Fué un minuto de maravilloso ensuefio. Y yo vi claramente serenamente ,desapa~~cer en seguida la mano de sobre la carpeta negr~ de pie!;
y yo, 01, tamb1en ~laramente, el rumor alado y sutil, la impresi6n de que
hab1a cerca de m1 una sombra o un perfume que vivian.
Guardé mis cuartillas, o mejor dicho, mis sobres usados, con el nucvo cuento para el periodiquito; cerré, subi la Bave y }lamé, con no sé
qué csperanza, en la puerta.
-Va usted muy tarde a corner. cPor qué no cierra otro cmpleado la
oficina?
Y una manita resplandeciente, con muficca de oro, recogi6 la Bave,
como a la puerta de un palacio cncantado ...

R. SANCHEZ DÎAZ

�LA PLUMA
los médicos, las salas de operacioncs; en el que los hombres, a menos
que se les rompa algo de su mecanismo orgulloso, evitan entrar y hasta
enterarsc de que existe. Corno yo, que entraba en él por vez primera, y
en una cdad en la cual puedc causar asombro, en ultimo término, la
imagen alegrc de la vida, que noya la desconsolada.

* * *
EL HOMBRE DEL SOMBRERO GRIS

...
1

,,,,1

.
W

como si alguien hubiese dispucsto de prop6sito aquc:
llas luces con atenci6n y cuidado: sofoc~da la u~a por n~ se
qué velario que de color de sangre parec1a; la mas dcspab1lada, enmedio de la sala, precisamente al lado de la puerta, Y
otra en fin temblorosa y azulada, alla lejos, dondc blanqueaban las
ulti~as ca~as El techo de la sala parecia altisimo; pero mirandolo de
lejos, y con ayuda de aqûellas Juccs, haciase casi convexo, y diriase q~e
se apoyaba por entero en los tubos de las tres grandes cstufas, q~e nad1c
se hab/a acordado de encender. El aire era denso, pero no deletereo, Y a
no haberlo irrioado de cuando en cuando el olor del acido fénic? que
salia de alguna ~ama, o entraba por alguna puerta invisible, hub1érasc
dicho que era incluso puro aquel -~ire. Aun a~~es de entrar e? la sala
inmensa habia yo tenido la impres1on de un paiaro que se p:erde en
una nube espesa y negra en una hora de temporal, y no sabe donde p~dra ira parar, ni si aquella nube ticne margenes y limites. Incluso la mirada de los porteros se me antoj6 hip6crita y burlona, sobre todo ~uando
me abrieron la salida del patio donde se ven las puertas de las camaras
,·
· · pero que hasta una mano de
mortuorias: cerrad1s1mas
en apanenc1a,
nino podria hacer girar sobre sus gozncs. Un hospital: con las hermanas,
ARECÎA

Una vez bajas toda5 las luces, como si aquella penumbra les quitase
hasta el respiro, los tres enfermeros de guardia enccndieron una lamparilla, y, bajo sus rayos, se reunieron. Callaban, mirandose: uno, alto,
grueso y afeitado, con cabeza de toro; otro, tan rubio, que la cabellcra,
abundante y lisa, se Je convertia en blancuzca bajo aquellos rayos; el tcrcero, con enormes orejas, que le aplastaban y alargaban el rostro, mas
bien fuerte y duro. Los dos primeros sentaronse al cabo; pero el tcrcero
permaneci6 en pie ante la mesita, como si tuviese él solo, con aquellas
orejas, la obligaci6n de recibir las llamadas de los enfermos. Pero los
enfermos no llamaban. Sobre los alineados lechos buscaban los cuerpos,
fatigosamentc, una postura firme para dormir. y s6lo se oia la respiraci6n
afanosa de las gargantas mas pr6ximas y mas atormentadas. Pocos habian encontrado en seguida el sucrïo, y golosamente, celosamente, complacianse en él con pequerïos resopJidos que parecian gritos de gozo reprimidos. Alguno tosia y espectoraba, pero se comprendia que era mas por
distracrsc o hacer tiempo que por necesidad; mientras un enferrno de
epilepsia, llegado aquella misma noche, y ya sin conciencia, salia de
cuando en cuando con un grito ronco, como si con ello quisiera ayudar
a la sangre a hervir mas de prisa. Pero los tres enfermeros no escuchaban, y cuando uno de los tres, el afeitado y alto, abri6 un peri6dico, los
otros dos le rogaron que leyese tarnbién para ellos. Aquella voz baja,
pero igual, no podfa llegar rnuy lejos: con todo, se vi6 en seguida que
dorninaba todos los demas ruidos de la sala, y a nadie le gustaba. Chirriô de pronto la puerta; detras del biombo, los enfermos despiertos buscaron al punto la sombra del que entraba. Era una monja. Los enferme143

�LA PLUMA

lit•
1

LA PLUMA

·a como si tuviese alas, estaba ya a la mitad
ros de1·aron de leer; 1a monJ '
a Entonces el en. b
a de cama en cam •
de la sala, y se ~eshza a' presur~ss6lo el de las orejas !argas fué hacia la
fermero empezo a leer de nuevo, 1 p
aquel blanco y negro mal funmonja, con intenci6n de alcanzar a. ero
casi correr Se detuvieron
dido se le escapaba; tuvo que alargar ~! padso y s·n hablar. La moni·a, con
d 1 l · ti
miran ose 1
·
ambos ante la cama e ep1 ep co~ del habito, abria y cerraba los ojos;
las dos manos sepultas en las manoa~
d., una lampara sobre cl
c
se aparto y encen 10
pero cuando eI eniermero
.
ioui6 como si quisiese pegarle.
lecho, solt6 las manos a toda pnsa,_ y le s o 1'en•ermero se inclin6 so11
· parar m1entes en e
'
Pero no; se d etuvo, y, sm
b
Corno si el coloquio aquel
bre el enfermo, susurrandole algunas pala ras. la mano sobre la Have
.
~
.
0 ·ugaba en tanto con
le d1era celos, e1 en ermer 1 .
le daria la vuelta sin el consentide la luz; pero se comprend,a que no ,
1 ·o indic6 al hombre
0
miento de la monja. Al cabo, éSt a s; alz~, s~ : ; \ ; miraba embobado.
que apagase. Pero el otro no par~c,a en en e ' mientras la monja, hoUn grito del enfermo los estreme~6a:~~:
volvieron a encontrar,
rrorizada, echaba a correr, el otro p od
, no tendido sino enros,
t
ama don e yac1a,
'
poco despues, ante o ra c
' ..
movia la cabeza sobre la
cado, un hombre gordo y largu1s1ml o, qtueem1'dades golpeaba a veces
lanosa y con as ex r
.
almohada, una cabeza
'
.
aloo· como si tuv1e6
.
La
monia
1
e
susurr
o
,
sobre los pies de 1a cama.
. . nto tan convulso, que del
.
. 1 go con un mov1m1e
se m1edo, se ret1r6 ue '
. 1·no' a recogerla· pero
,
fl El enfermero se me 1
'
pie se le escapo una pant? a.
al d d uevo. En medio de la sala,
ella, mas agi! que él, hab,~se ya c ~ oEl~tno se ri6 pero remang6 las
se miraron, m~dos. El e~ ermer~~:1:do con los ojo~, quisiera reir_ de
aletas de la nanz, como s1, no p
. .
mas tranquilos y desp1eraquella suerte. Luego, siguieron la VlS~a, rer~ama de los enfermos, sin
tos, tanto que se asomaban apenas so re aïijo la monja se inclin6; el
arreglarlos ni interroga~los. A~te un c;uc1 éndose derecho hacia otras
enfermero, que la seguia, fing16 no ver o, y

una manta de lana amarilla, doblaba en cuatro; no se sabia si para buscar algo en ella o para echarsela encima. Por fin, se decidio, y abriéndola
cuan ancha era, se tapo los hombros y el pecho. Oianse, Iejanos a la saz6n, Ios pasos de la monja sobre el pavimento, y los del enfermero, mas
sonoros, menos cuidadosos; pero los enfermos no se preocupaban de
aquel ruido, ni del enfcrmero que se habia tapado, y buscaban, con trabajo y suspirando, una postura para dormir. Uno, de orejas tan rojas
que, sobre la almohada blanca, parecian completamente -negras, encendia un cigarrillo tras otro, con un ansia nerviosa que le hacia temblar de
pies a cabeza. Pero no suspiraba ni se fatigaba como su vecino, un viejo,
estrecho de hombros y todo derrengado, que subfa y bajaba del lecho,
sin decidirse a beber o a orinar: no se comprendia a qué. Y cuando se
echaba de nuevo, se enroscaba sobre la almohada, tropezando las mas
de las veces con las columnitas de la mesilla, que tintineaban con cierto
ritmo. Otro, pero a éste habia que mirarle de lejos, tan encerrado en la
sombra estaba, se quejaba con Ios brazos en alto, como si su aliento le
pareciese harto proximo y quisiera con aquellos gestos y sonidos alejarlo.
Y no era el ûnico que se Iamentaba. Cuanto mas avanzaba la noche, mas
avanzaba la inquietud y el desasosiego, con ronquidos y lamentos que
en la sala, vastisima, pero cerrada, se propagaban, graves y macabros.
La monja habia desaparecido (no se sabia por donde), y el enfermero
que la habla seguido en aquella visita, se habia quedado al fondo de la
sala, al pie de un altar. El enfermero afeitado, apoyada la barba en los
codos, dormitaba, mientras el rubio, con los ojos fijos en el techo, encendia y apagaba una pipa corta, la cual solo a largos intervalos echaba
humo. Sobre todos, sanos y enfermos, pesaba algo, pero no se sabia qué,
pues que el techo era abovedado, altisimos los ventanales, y las estufas,
aunque voluminosas, fuertemente plantadas en tierra.

camas de la sala.
h b' n acabado de leer, pero no apagaban
Los otros dos enfermeros a ';. d daba vueltas y mas vueltas a
las luces todavia. Uno, el alto y a e1ta o,

abria Ios ojos y pedia de beber. Le servia al punto, y aquella distraccion
me arrancaba de la helada somnolencia de la espera. Porque tambiéo yo

f::: le

1

1

• * *
El amigo a quien yo velaba dormia, y solo a veces movia la cabeza,

10

144

�LA PLUMA
aunque sano, esperaba con ansia la man.ana, que me parecia que .habia
de tardar todavia no sé cuantas horas, y naccr, no alla tras los cnstales
de las ventanas, sino del pavimento frio donde descansaban mis pies, o
de la silla de hierro en que me sentaba, empezando a calentarme levemente, primero las puntas de los pies, gélidas, y luego, poco ~- poco,
todo el cuerpo. El viejo derrengado continuaba subiendo y ba1andose
de la cama, con grandes suspiros; pero el de las orejas rojas, que antes
fumaba, dormia con los brazos enarcados y respirando fuerte.
Debia de haber pasado, mucho tiempo antes, la media noche, porque
el aire se habia hecho elastico y ligero, no ya pesado y enrarecido; Y
alla arriba, por la ventana que frente a ml tenia, veia alargarse. una estrella enorme, como si quisiera consumirse del todo en aquel iuego Y,
acabando en punta, meterse dentro. Ya fuese que el alba se apro~imara lcntamente, ya cl frio que me daba la impresi6n de tener los pies en
un lodazal o entre la nieve cuando empieza a deshacerse, lleg6 un momento en que no pude seguir sentado. Mi amigo respiraba tranquilo en
su suefio: los enfermeros no se preocupaban de mi; asi, pues, me levanté poco a poco y cautamente di unos pasos por la sala. Me pareci~ que
de pronto se callaban todos los ruidos, como si los enf:rmos tuv1eran
miedo de que oyera sus suspiros y quejas una persona v1va y sana, que
podia andar y moverse a su antojo. Incluso los enfermos que roncaban,
debilitaron temerosos, o tal me pareci6, el flujo y reflujo de su garganta. No me alejé mucho de la cHma de mi amigo; contando los pasos entre la orilla de su lccho y la estufa mas pr6xima, procurando no hacer
ruido e incluso contener la respiraci6n. Me encontré en un momento
dado ante el crucifijo que la monja habla saludado con una inclinaci6n, Y
mirandole, me maravillaron sus ojos, tan abiertos, que parecian risuenos. No tenia labios, de suerte que la boca monstruosa, bajo aquellos
ojos dilatados, parecia contraida en una mueca. Aparté de alli la vista,
pero me encontré ante un enfermo con las pupilas dilatadas y vitreas,
que me miraba fijamente, enemigo. Sus bigotes, de un rubio sucio, eran
tan hirsutos, que todo el rostro, flaco, descarnado, parecia, a su vez, punzante. «&lt;Qué quieres tû aqui?» parecia decirme, aunque su boca cerrada

LA PLUMA
ni aun aJ respiro se diria que daba paso. Volvi la cabeza confuso
.
d d 1
'pero
otros d os OJOS,
es e a cama frontera , se fii'aban en m,', em ergen t es d e
.
una cabeza ~1zaday de frente estrecha, que reluda por el mucho sudor.
. Me voJv, a acer~ar a Ja cama de mi amigo; pero también él tenia los
OJOS puestos en m1, y me observaba como si no me conociese &lt;•,Est,
"&gt;l
,
. " as
meior.», e pregunte con dulzura. Pero no me contestaba mante · d
s b
,
11
. d f ,
.
'
men o
a mira a na y reluc1ente. «1Quieres
beber&gt;., a-nad't. E'J 1n·
d'o 6re m1
. aque
,
...._
1c : _si, s1; pero cuando le alargué la cuchara escupi6 contrariado y me
parec16
que
·
d murmuraba: «&lt;Qué haces aquii'» y tras esta frase , una sonnsa entre
l · e hastio
. y de pena. Le acaricié la frente , Je sub'1 la col ch a;
pero é , sin camb1~~ de fisonomia, volvi6 a cerrar los ojos para dormir.
Un enferma
· len. romp10, en aquel rnomento en un golpe de tos, t an v10
to, que se mcorporo con el esfuerzo hasta mostrar incluso las piernas
~eludas y arqueadas. Asi, cubierto en el lecho, estuvo unos segundos,
mtentando deshacer el nudo que Je ahogaba, ayudandose con brazos,
hombros y cabeza. Pero como no Jo conseguia tuvo que acudir el enfermera, qu_e, dormitab~ al pie del altar, con un gran recipiente gris que
me parec10 que deb1a pesarle en las manos enormemente. El homb
,
, , 'd
re
que t 0s1a
se agarro av1 o a Ja vasija y bebi6 celosamente como un n· I
b'b '
p
mo
e ~ eron. ero,_ al beber, la garganta le borbollaba, mientras sus ojos
lacnmosos me mlfaban, me pareci6 que con ira.
El epilépti~o calla~a en su cama lejana; pero yo senti que también él,
a su vez, hab1a de ~ i r presto con un grito o un estremecimiento. En
e~ecto; como un pa1aro grande que da con Jas alas en un cristal, afanandose con el pico y ayudândose de las patas, el epiléptico empezaba
a moverse en la cama, resbalando los pies, las manos O no sé qué· de
pronto di6 tal alarido, que toda la sala se estremeci6. Pero el ala;ido
aque~ no conmovi6 en modo alguno a los enfermeros ni a los enfermas
desp1ertos, los cuales pareci6 como que se complacian en aquella nota
audaz Yd_:sentonada que habria arrancado a Ios sanos y convalecientes
de su sueno reparador.
El _ho_mbre, ayudado poco antes con el oxigeno, dormitaba, a la saz6o, Sl bien afanosan;iente; mas de improviso se arrodill6 de nucvo en
147

�LA PLUMA

LA PLUMA

..

la cama y como por llamar mejor al aliento que le faltaba, agitaba los
brazos en cruz. El enfermero de las orejas de soplillo corri6 otra vez con
el recipiente, pero el enfcrmo no lo querla, lo rechazaba. Su agitaci6n
era tan desesperada, que también los otros dos enfermeros se sobresaltaron, y, levantandose, acudieron. Uno de ellos, el rubio, dijo: «1Una inyecci6n, una inyecci6nl» Y luego, armado de gruesa jeringa salt6 sobre
él y echandole a la fuerza sobre la almohada, le punz6. El hombre pareci6 tranquilizarse, murmurando en voz baja palabras inconexas.
Luego tosi6 y rascândose miraba adonde yo estaba, como si yo fuera la
causa de su sufrimiento y quisiese reprocharmelo. Yo respondia timidamente a aquella mirada pero, de pronto, rnovido de no sé qué impulso,
me acerqué y murmuré a su oido: «Ahora estas mejor, ,!OO es verdad?»
Con dilatados ojos me miraba sin responder, pero una vez que los enfermeros se alejaron, me hizo sen.as de que me inclinase, a lo cual obedeciendo yo, se golpe6 el pecho y exclam6:
-1He aqui el hombre!

* * *
Ya no veia la estrella, que poco antes ardla tan viva a través de la ventana, empobrecida y enturbiada como por una neblina entre amarilla y
cenizosa, cuando en esto, el epiléptico empez6 a moverse y gritar de
nuevo, y esta vez con tal terquedad e insistencia, que los tres enfermeros tuvieron que alumbrarle con la lampara que estaba sobre su cama y
ayudarle todos tres con no sé qué manipulaciones e instrumentos. La sala
parecia participar en el sufrimiento del desgraciado, clareando en una
luz amarilla que parecia filtrarse por los muros, por el suelo o por las
blancas camas, y en vez de acallar, robustecer aquellos gritos. Aun sin
la lampara, y no se sabla c6mo sucedia aquello, veiase al enfermo r algunas caras y ciertos rincones que por la noche estaban en sombra; y
mas puertas; y hasta una alacena cerrada con cristales, especie de guardarropa alla en el fondo. Mirando a través de las ventanas, aquella ne-

blina
que. enturbiaba
la estrella no se mostraba ya d e un amanllo
• cem.
.
d
c1ento, smo e un verde timido como algo fugif
•
Hquido que Jentamente se deshaci~ hundiéndose en1:~ ~é :~mp~:~ente
Los enfermeros maniobraban aûn en torno a la ca
li qu aratro.
1 d .
.
ma aque a de 1a cual
por
o
emas,
no
sal,an
ya
loi
aullidos
de
antes
L
h
d"
• 1
· «J e an' matadol» '
IJe
entre
m1;
y
os
enfermos
que
se
asomaban
desd
. '
t st
·1
e sus camas con ros
ro ranqu1
os
y
compuestos
los
enfermos
tamb'.
d
b'
b
'
ien e 1an pensar lo que•
yo pensa a, porque, meditabundos y serios se mirab
~n enfermero, el rubio, fué de una carrera :i.i extremoa; ~nos a otros.
v1endo con unas angarilJas, se detuvo de nuevo ante la ~ ; sala_ y vollos otros dos enrollaban mantas levantaban
b . b
a, m1entras
·
J •
'
Y aia an una sabana
a bnan y vo v1an a ccrrar los brazos· Alzaron l as angan·11as de nuevo '
pero esta vez no fué uno s6lo. El de Jas orejas !argas y el afe't d
'
v~ro, habfanse re.,;ervado silenciosamente ta] cometid' .
, a o y se-

::~z ~:0:.~:;:ti::~~~o~·:0;01~::,i~~~}~~I:.:i~

:;~~;:~1
vac10: Un cuerpo humano envuelto en una sabana, hundia;e en l ~n e
. Miro, no comprendo; pero los ojos de los enfi
a on_a.
1
:ng~. ~on claridad, los ojos de los enfcrmos me ex;):~~• !u:u:~~~~0d ~
m ,en una voz que surge de un lecho lejano donde un h
. .
y gordo, con un rostro sin pelo de barba se to~ l
.
ombre 1oven
dos en?rmes ~uiiones vendados de blan~o, que d;cs/:':~~ a~pu~das,
que as1». y ne con risa gutural.
J r sin p1ernas

* ·•

*

~:C~:~~~!;

ioo
!en~;oan;; ;;~: ::c%~ra; ~o~ia. Tal v~z. aJguien _habla
curiosidad de seguir aquclla ca ·u
am1go, ~ero ~mza obedec1a a la
parecia osible
m1 a, por ver adonde iba y a qué. No me
da.ver, :que
;om~~e, antes vi_vo y estent6reo, fuese ya cabien y la sala no dab
. dquel ugar, prec1samente cuando se veia tan
a mie o a guno.

ab;_~~i~~:~

149

�....
LA PLUMA

LA PLUMA

•

1

.

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...,

tll

Los enfermeros bajaban cautos las escaleras y yo los seguia, pero
como un somimbulo, cual si a través de aquellos corredores y escaleras
no hubiese otro guia: el muerto en la sabana blanca. Y me maravillaba
que las puertas de los corredores no fucran también como, las blusas de
los enfermeros y la sabana, candidas, y la luz menos difusa y clara que
en la sala.
En un recodo de la escalera, topo con un hombre. Yo quiero seguir
al muerto, ver adônde va y para qué; pero el hombre me toca en lacspalda y me apostrofa. Los enfermeros han desaparecido ya con su carga, y el hombre me su jeta y me interroga febril: «,:Qué hay en esa sabana?» ,:Sé yo lo que hay en la sabana?
Si; lo sé muy bien; en la sabana hay un hombre, un muerto,
-,:Quiere usted dedrmelo? ,!Si o no?-insiste el hombre, casi llorando: -Mi hermano estaba gravisimo ayer noche.
A estas palabras me estremezco y le miro. El hombre es gordo y
orondo, y lleva puesto un sombrero gris que por milagro se le sostiene
en la cabeza; casi se le escapa.
-&lt;Quién es?-repite afanoso.
Le miro estupefacto; luego le digo (y no sé por qué se lo digo):
-,!Usted esta sano o enfermo?
El hombre mueve la cabeza, tiembla, balbucea, repite:
-,!Quién es? Digame, se lo ruego, si es él.
Pero yo me tiro a su cuello y vuelvo a preguntarle (no sé por qué se
lo pregunto):
-,:Esta usted sano o enfermo?
Se echa a un lado por escapar de mi y los ojos empiezan a Jlorarle,
la garganta le solloza:
-jPOr amor de Diosl iDigame si el muerto ése era un epiléptico!
Pero yo no le suelto, y cuando al fin se me escapa, baja las escaleras y vuelve la esquina atemorizado, yole sigo gritando:
-,:Esta usted sano o enfermo?
En la porteria le detienen a él y me detienen a mi. Tras una puerta
abierta en el patio, se entrevé una cosa blanca que se mueve: las anga-

rillas ~tan ap?yadas ~n la pared, vac!as. Aq?ellos porteros escépticos le
cncarmnan a el a la camara mortuona; a m1, pcrsuasivos y condcscendicntes a la puerta exterior.
Estoy en la calle y en una franJ·a de so1
.
bjanco; pero c~mo s1ento entre mis dedos algo que no es mio, que me
tortura, me miro ~as manos en _aquella Juz cegadora, y me sorprendo
con el sombrero gns de aquel senor, estrujado en el puiio.

MARIO PUCCINI

....,,m
..._,___

....~...... ■ftllfflfflll~11t1Ullll~1,_ _ _

1

CANTA MI CORAZÔN COMO UNA FUENTE ...
f.Mi çprazon (como mi verso) es claro:
ha/lé en mi sangre férvida el venero
en que ha de constelarse el desamparo
de la rubia mujer que ya no espero.
(fHada inefable que dora mis sueiios
con la dulzura de su cabellera
y que guard6 en sus pé1.1pados sedeiios
la vision ruda de mi primavera.)
Caen las lunas sobre mi tortura
con una igual indiferencia, /ria,
en el silencio de la noche oscura.
'Ya la he perdido (irremediablemente}
y ante el abismo de la lejania
canta mi coraz6n como una fuente ...

R. MEZA FUENTES

�LA PLU MA

~!

EL NO VELi ST A
(NO V ELA RIO )
( CONTINUACI6N)

II

,. œ ERO

entre todos los /aroles de la dudad, uno de ellos, el 185, es
Pi;i;\
el que ha de figurar en esta nove/a, plantado en el rincon de la
W
Calle del Murallon, esqztt'na a la del Trinquete, a la que las
gintes !!aman desde no hace mucho La del misterio.
El faro! 185 ocupa la esquina precisa de la calle, d~jando
apenas que pase una persona entre él y la pared. Enjabelga con su luz la
pared, desconclzada y sucia, frente a la que luce y traza un cuadro de luz a
sus pies, como proyeccion suya, en La que trazan sus radios los emplomes
de sus ladrillos.
Lo unù:o que le asusta al farol son los vientos que soplan por su esqu{na y que alli hacen un tiro atroz, habiendo dias en que han estado para
tt'r arle, aunque en esta ciudad de los madriles no hay viento que pueda tirar
a un )zombre ni· /1paf{.ir un faro! por mds que se revista de los mds terribles
aspectos de ciclon y hasta arranque un drbol, pues es mds fdcil desarraigar
un drbol,porque todo él ayuda a ser desarraigado, que tirar a un hombre
o apagar un f arol.
«Se creerdn que n,1 pasa ,zada en la noclze», pensaba el 185.
Aquel erà el paso para una casa misteriosa -v empers{anada, la casa de
hulspedes j!otante, la casa dispuesta para qur los huéspedes se mz·rasen a los
espejos.
Por alli daban la vuelta JI se paraban un momento bajo el 185. Elfaro~
dicharaclu10, ducho en esas /ides, les anim aba, injlu{a en ellos, sin que ni
152

un~ otro st acaba.ren de e1tlerar de qufln habia sido el soplo divino de la
dectsion.
El nûmero 1~5_generalmenle estaba_ de mds, mirdndose en uno de los
cristales de su vttnna como e11 un espe;o, y soplando el fuego ùzterior que
le abrasa~a por los redondelt'tos que habla en su tubo, verdade, os agujeros
de la nartz del faro!.
A hora,estaba un poco descuidado. El farolero cada vez venia menos por
Il _'V se le tba ~a'.tando a la forera, a la garrrclza mtfo1 dicho, atmque resultaba tar: vtstble por el punto estratégico que ocupaba, que en seguida
habla un mspector que lo denuncinba.
Yi; hacia Hempo que no tenfa aquel tubo de 1·epuesto que an/es siempre
dormza al lado de stt lu~ enhiesta, como sustilutz'vo en caso de desgracia.
co"!o elemento de salvacùJn para no jJasar u11a noche entera a oscuras. jQué
dntmo § qui to1tjianza le daba el tubo de repues/of Y se daba el caso de que
estando tan a la mano el t~bo nad{e lo habia robado mmca. La peor a-ente
respl'la losfaro:es de las czudades clvilzzadas, y los Ladrones lfJ robanbtodo
menos alfarol.
Era rico con el tubo que tenia de mds, pero ahora se le pasaban tem/)or'!das mu_y !argas con el tu~o quebrado o alnzenado por la ruptura. 1Gractas que tenfa gran prtsencza de dnz'mo!
. E_l 185 no 11eia desde stt sùio mds que obo farol, el nûme,·o 63, de otro
drstnt~, porque la acera_ de~far~l 185 errz del distrito mimero 5,y en la que
e,nergza ~/ 63 era del t1;zslnto numero 4, acabando en el/a la jurùdiccù}n de
la aulondad del barno.
-Pertenecemos a disfnla re/lûblzca-se habian didto en broma muchas
veces los /aroles a través de la noche.
- S i hay escdndalo en tu acera z'rdn a una comisarla, y si es en la mia
{rdn a otra.. .
·
- El que esté dispuesto a cometer una fechorîa debe pensar qui autoridad le correspon:-fe... El «M~'ri» mmca p_ega las bofetadas a la Anlonz"a en
la ace,:a tu_ya, s:7;0 en la. 1ma; porque st va a mz· comisaria, elJitez es mds
asequtble a una 1njluencza.
-:,Qui rabia le d~ al_sere':o Borza cuando tiene que Si!r él el que lleve a
las ben_tes a la comzs_aria nmnero 4,po1-que es la rnds le.fana dt! ba,·rio ...
Para él, todos los ~rimenes Si! comelerian en la acera dt! d,:rtrito 5 .,1· 110
fr?les~asm los vectnos, y tod, porque es de la que le coue 11tds cerca la comtsana.
b
As{ charlaban en ùttenninable dtarla los dos farolu:
-(' Y esos.rl-le prepw1taba elfaro/ m,11w·o 63 al 185
-Esos... P ues hàlia el reposo...
·
1

53

�I
LA PLUMA

,.
•

-jCom~ la empu.fa él!
.
.
. .
-La capa se ha lzccho para mipu.1ar a las 11t1t_Jeres y para diszmular el
empuje...
..
Hn los silmcios cantaban los dos pobres /aroles ffUOJ1ras y otras compo_siciones menores y recatadas que se laizzaban mutuamente para darse ammo, para quebrar los hùlos de la noche.
.
,
De n11evo una pare_ja se paro en su esqutrta, alli donde todos ~e sentian
entre bastidores de la escena y no se atrevian a pasar al proscemo.
-Mt'ra, Jfanuel; no puedo...
,
-Pero, mu.fer, después de habtr llegad() hasta aqui...
El faro! nûnzero 18, conoda ya mucho aq_u~l argumenta de &lt;~haber ll~gado hasta alti», que para todos era algo decwvo cuando no podia ser mas
trivial.
,,
.L
El jarol nûmero 185 dio 11~s luz a su mechero, que era como e, sonre,a
1 daba optimismo a los indectsos.
-Después de todo, un dia tenia que suceder; (por qué no ha de ur antes que después?
-Si... Pero esta noche parece que puede haber alguna desgracia ... Es
hoy sdbado, el dia de las borraclzeras y de la polt'cia ...
- No seas tonta ... A esta hora, no...
.
-si· apagases el farol... Pero puede haber asomado alguzen a los balcones de esas casas.
.
El faro! insistia con su luz por lo ba_jo, demostrdndole que_nc_i~ze querria
reron(Jet1la porque la noclze era jria y estaba llena de impaszbtltdad.
«Como son estas mu.feres-pensaba el faro! - ; se creen que su caso es
un caso ûnico, es el caso del mundo y de todas_ las estrellas.»
.
.Ella temblaba a los pies del farol como ba;o la cruz del calvano. Nun~a
se la olvidaria aquella escena y el farol quedaria_ graba~o en su memorza
como un atributo de su destina en la hora culmmanfe. sin aprecfar que lo
que la decùii'o aquella noche fueron las mdximas del farol... . .
«( Pero no véis que en l,! s~ledad de la ca{le se puede deczdzr: lo qu~ se
quùra? Considerad que sois libres, y gozad ltbremente vuestra lzbertad.»
«Todo lo que esta iltemi'nado por un farol comn yo en ta noche, goza de
su independencia, y para fortalecerse se da esa ducha de luz de gas que
brota de mi.»
El 1 85 les vid por fin comenzar ese paso de p1•oc~s1:1n, que reanud~ _su
marcha en silencio, dejando de lzablar de todos, dmgzendose en de.fimtwa
al sitio seiialadv, jcompletamente desenfada&lt;fos!
,
,
Le emocionaba al r85 ese 1nome~1to v veia lo alemorz_zada qu~ ibn rlla.
empi~jada por el Jwmbro de su novto. Ya aquello no tema rnnedzo, y el 185

LA PLUMA
se sonrefa d.e ver cdmo lo irremediable no era casi una cosa importante ni
grave, sino aquella ansiosa excursion camino de la posada en que no se
pide dinero nada mds que par el desperdicio de una hora, )1 no se necesitan
papeles m· equipa.fes, y no i·mpera la dura ley de «por lo menos quznce dias
obhgados».
El 185 ecluf su bendi'cton a Los qzu se ale.fa/Jan hasta la puer/a de cristales opacos, en la que ha siâo suprimùia la portera para que sea la casa
de la felicidad.»
El novelista se detuvo en su novela. El farol ya estaba situado. Ahora, a _bus~arle personajes que logren hacer variada la acci6n sin romper
su m1steno.
Las noches sucesivas se dedic6 a seguir a los faroles, a perseguir sus
luces.
«Se podia decir que les ptetendo, que les busco las vueltas, que compruebo con los numeros colgados de su visera el numero importantisimo
de algo ... Parecen vendedores de décimos con el décimo en la gorra, y
a,los que yo voy buscando como si uno me hubiese dado una participaci6n que me hubiese tocado.»
. Andrés buscaba_ en l_os faroles que veia, el secreto cordial que se pres1ente en ellos, la h1stona que ocultan, loque vieron, aquel momento en
que vieron escapar al ladr6n con el reloj de un transeunte, llevandosele
por la cadena como el que se lleva un perrito que se niega a andar, o
a aquel en que vieron robar una cartera a un seiior y se qued6 desconccrtado, mas que nada porque se le habian llevado la cédula, las tarjetas, los papelitos de tafetan, todo eso 9ue si alguna vez se tuvo tiempo
de comprar ya no podra ser reconstru,do en la nueva cartera .
~ndrés se di6 durante varios &lt;lias, largos paseos por los arrabales de
la crndad buscando faroles pintorescos, intercsado por que resultase
bien aquella novela que era cl secreto tema de concurso que tenia clavado e~ su memoria desde hacia mucho tiempo.
. 1Que gran novela se puede hacer contando bien con el gran personaJe sobrehumano de la nochel
El novelista sentia pensamientos subitos bajo la luz de ciertos faroles y sacaba su cuaderno de apuntes y apuntaba clarividencias que pareda haberle inspirado el Espiritu Santo.
«Desdc luego, el farol es algo muy serio e independiente que no da
su luz para nadie, qu~ ~e irritaria con el que se creyesc dueiio de su exuberanc1a de luz--escnb,a en su cuaderno de Jas argollas jpobres hojas de
papel tan frias y retenidas por esos llaveros de los papelillos del verdadero cuaderno norteamericano!»
1 55

�LA PLUMA
Andrés encontr6 faroles que le estudiaron a él mas que él a ellos y l_e
Jlenaron de curiosidad, pues no hay nada que haga a~olecer de e~e v_1cio, que cree con mas viveza las luces de la expectac16n, qu~ d~ mas
aires de videncia al enfarolado y que le haga buscar una apanenc1a en
la kermesse de cada faro! aloo asi como la presencia de nuevas Virgenes
de Lourdes, tanto que el '«erffarolado» es como un lu_natico.
El novelista estaba empefiado en aquel comprom1s0 de honor y sentia dentro de si encandilado con tanta luz como un farol. el faro! de la
inspiraci6n. En su alma cbmo si fuese una calle, le habia salido un
faro!, un verdadero farol.' en que se apretab~ y se cefiia la verdad del
faro!. En esas noches, perdido por las c~lles mas an,~ostas. q_ue a veces era
la primera vez que encontraba y recorna. encontro farole~ mtensos como
no lo eran los de las principales plazas, faroles desconoc1dos, de alta cabeza faroles como Job faroles con intenci6n de dar un revuelo y faroles ~emorialistas para ~l pensamiento, pues ayudaban a aclarar una idea
y a escribir un preambulo.
.
El novelista obsesionado por la novela del farol 185, tuvo que deiar
cornenzado el r:ianuscrito para mejor ocasi6n, porque si no le iba a corner la neurastenia.
El novclista, cortada en esc punto la novcla del faro] 185, ~e dcdic6
a terminar «El barrio de doiia Benita». Ya estaba al final. Hab1a casado
a Rafael, habia pintado la esccna divertida ~c la boda v habia dcscrito
con emoci6n la inquictante cscena de la pn~~ra Soledad en la _alcoba
vestida de volantes, como la alcoba para la h11a del rey de Ios gitanos.
La pasi6n en aquel capitulo lleg6 a su desespe_r~ci6n plac~ntera y cr1:e~.
pues Rafael, que estuvo por preguntar, po_r ex1g1r, observo con d_ramattca pasi6n c6mo aquella mujer tenia un m1edo abnegado al enganarle, al
no poderse confesar. Disfrut6 de esa congoja. 1Cuantas veces estuvo ella
para confesarle la verdad y él para exigirsela aquella noche! Pe~o lo~ dos
entraron silenciosos en el engafio, sobre todo Rafael, que s~nt1a el msano deseo de beberlo todos los dias en la boca de su esposa.
El novelista habia pintado las es~enas de la veci_ndad en, el ~arrio de
Jas covachuelas y de la inclemenc1a, en cuya vida hab1a c1erto encanto inimitable. Se veia a los recién casados pasear por el pueblo, y Rafael observaba con los dientcs apretados, pero sintiendo el brazo turgido
de su esposa enlazado a su brazo, c6mo les miraban al rasar los q~e _sabian Jo del hermano. Y siempre estaba Rafael en el momento de ex1g1rle
la verdad y nunca se atrevia. Asi, en esa incertid~~bre y a}t~rnando con
otras peripecias, habia llegado la novela a sus ult1mas paginas, al momento en que va a llegar de nuevo el hermano.

LA PLUMA
«:,)C:ttia Rc:,fael-escribùJ el no7:el~sta-que la lzabia encontrado m pleno
crec1mwzto, szempre en pLeno crect1mento, porque Rosario cada vez era mas
(}j)ulenta. mas 11wjer, y er,1 mris oscuro su pela.
la muj.:r se habi,i ezallado tanto en elLa, que se iba volviendu la duena
de aquel ,wdurrit;I, la p_rov~cadora de aquel pueblo, JI todos pasaban por
delanle de la verya del yardm por ver/a sentada y coszendu en media de él
con frescura de jiœnte.
·
'
Rafael, Jiempre con ojos de lzaber donnidu nzuclzo, la vigilaba con temor
de algo, pu~s su esposa era et!da i 1ez 111ds mufer y tenia unos szlenàos y
unas rejleztones que le alemon:::,aba1t.
~;1Qmza soy yo po:o hombre pa;a, ellal», se preguntaba Rafael. Y le
ltac~a jlaquear l~ pregunta; era lo umco que Le hacia jlaquear, porque Rosario era demasiada muyer y en las tardes sosegadas de v,:rano ltenaba el
jardin con su perjitme.
Szempre en traje de casa, Rafael ya tenia el alma vestida de traje de
casa, es decir, apocada, temerosa, casera.
_Veia Rafael, con jntensa_s mù-adas_de ho?nbre de_ la otra orilla, que
en/Je el barrzo de Dona Bemta )' .1-Iadrid habia un abtsmo alg-o asi como
un rio de luna y de / ferra, jmo profundo comtJ un gran bà~ranco.
jPero habia tan gran encanto en que le tratase con dufzura aquella gran
bestia bLanca con voz un poco machuna!
Sus am{gos fueron a verte algun domingo, aquellos ami(f"os que habian
conjiado en Il y le habfan querzdo lzacer el politico de todos, ;l representante
del grupo, el hombre de los cargos y de los ézitos. Cuand" t"ban a verle mataba en honor de ellos un :onejo y Lo mandaba paner con arroz, y se emborraclzaba un poco al sentzrse encanlado de vzvir.
Después de aquelLas cenas Le de/aban media adonnilado v se zôan riendo
de -~1tS Sllfg'l'IJS, y se ibm; todos alg-o enamorados d~ aquella mujer que par~cza la estatua del v~s!tbul" sobre la que daba La tuna y /zacia La que volvzan la cabeza al retzrarse por en media de los campos.
. «,Pobre !, a/ael! i Esta atado a unos cvlla,·es de criral! •, se decian, no
St?z _ner/,z env,dza, al pensar en Rosario, que se al/zajaba, en cuanto z·ban
vwlas, con sus dnco vue/tas dt co, al rustù:o, leiioso, que en conjunto /enia
algo de car/mzca.
P,isaban silendosamente los di:ls durmiendo todos la siesta en el hotel
del colmnpio_ ocioso, buscando Rafael por la casa en sombra el rastro de
ca11ela y amzzcle a que _olia ella, su duefia, la mzqer coma loca que callaba
su locura, que n_o la de_Jaba trasparentar ni trasludr, pero en la que ezistia
coma una especze de locura latente, revelada sobre todo por su actitud desde
ltacia un aiio a esta parte.
'
'

�LA PLUMA

LA PLUMA

•
.l
la preO'tl.11/abà
altr1mas
veces
Rafatl.
-JMe quunsr1,t,·
d
r ;,
-~Qui preguntasl 1,No ves que estoy casa a con tgo ....

_!&lt;!en qui ca;/las lta;tor miro lasflons ... Siento el dia ... Me jtimto
-En nada ... nago a or 1
11ivir.
' h blaba Rafael tra con los padres. Estaba Pr:smado
Con quienes mas_ a
,
. , le pudiesen llenar toda una vzda.
de que las conversaczones mas tnvta s_ s de s•1. sueoro era la de dirigir
• l
de las preocupaaone
'
1&gt;
Por e;enzp o, huna_ l b icones altos, y siempre convtnaban a prop6sz1o
las enredaderas acta os a
de eso:
,
eountaba todaslas mafianas cuando le veia '!._
-1Que, no subenr-le pr ,,, d l
l bramante de cuyo lazo no sesabza
rar del ronzal a las flores' atan o as a
'
c6mo u desprendian.
do las oblt'go mucho se me rompen ... &lt;Qtté
-No ... Se me escapan, y cuan
strdr
.
d de s
-Que son timtdas efas enre ad, ra . ·ronia y seguia guia11do a las mEl suegro callaba, sin co;zJ;~z
s:s~ma1 s; ·a su aicoba alla arriba,
redaderas, que la fll:e no qu d
uellos viejos esposos atmrdos, monstruoquizd porno v_er e ;un~arsz
~dbula vestidos con esos trajes blancos O a
sos con su tzpo de anima es. e J'
fi'b las
list~s con que st vis/en los anmzales de as a u .
,J
•
Rct•-f.aell h a de las con.fiuenczas a 'J'
,
-Mira-le re1;etta ~iempre ex , a o:e cuando entraba por la calle de
no pasaré rato mas /eliz en tnz a:f:a q cami110 de la Puerta del Sol.. : l!..raFuencarral, a la~ cinco de la; de La cù1dad, sus primeros conqmstadomos, como los
7':J;~e!;!da e,~ una tata de petr6leo, y alguna vez
res... Tu mam p.
ponia preczosa con la basura.
llevamos a Rosario, que st . l b l
;, pre!Flmlaba con sorna Rafael.

e:;

d

l

~rz;f;1/a,

- / Y l~ rec1~ia la gente ;nbi~: f~~:::~do au~ ... Todos menos nosotros
-Cast nadte... No se a
_
Daban ,,.anas de cantar la Marperdian esas horas santlas de ll~!lem~~aq1:i·~~itraban ~ ltevarse alegremente el
sellesa... Eramos como os nzu t r
.
toro muerto...
' R ,f l- me acuerdo de sus alegres borriqu_illos,
-Me aet1erdo-decuz_ a1ae -'
hi uillos que van al colegio.
que se daban u11a gran tmlportancz,a, clo1.tn1~a,~er~ cuando Ra/ael enconlraba.
-deda a e=emen e e
r
.
- E so ... eso
t,·
d.. l n muchas ocasiones como un gran
una imagen fehz, llegando ahpe tr efie e· ,1.JMe la regalasr 1,Me dejas que
fiwor eztando le !{Ustaba mue o una ras . ·,
10 la dig&lt;;t fambtënr» bi p
motej a Iodes los del pueblo: «La poco
El VteJO tr~pero_d,sa aE/,~!rbaranda-» «La espul~d-». De algunos 11UJpelo», «La mono cat O'», «
'

tes no sabia dar explicaà6n y ten{an Ioda la estulticia de las palabras crerzdas como la maleza.
. La trapeni se embon·aclzaba en la os,U;ridad de la alcoba y estaba casi
s1cmprc dormzda. El gran respeto que tema al yerno, de dase supen·or no
la dljaba salir de su lzabùaci6n.
.
'
Sù:mpre est,1ba11 lzablando mal de las vecinas, y sobre todo la habfa tomado con dos mucltachrzs a las que llamaban •las decenles» y cuyos novios
s.ilt,1ban las tapias de nodze y se acostaban con el/as.
Rafael escuc/zaba; buscaba la tragedùz, que crecia en el fonda de su muier, y esperaba no sabia que.
CAPITULO XXIl

El sol de agosto soplaba como un so/.dador de vidriero sobre el Bardo
de Doiia Benüa.
Todos huian hacia el f 011do de las casas y se quedaban las alcobas sin
componer, perezosas, con las aljombnll.1s sobre la ba!austrada.
A la ta,:de,. las que ~e as{'m~ban tentan aûn los rizos cogidos con pape/es, como si asi mantuvtesen mas despe1ado el rostro en medio del sojoco
del dia.
No se jJodia ir a Madrid, y si se iba se llegaba lleno de polvo, un polvo
que no se tba de_las botas awzque fuesen de charol y azmque se llevase w el
bolsillo elpaiiolito del aseo con el que sacudirlas como criado de sus p1-opias
botas.
A_ veces los moradores del bar1:o de Dofia Benita se paseaban por otros
barnos tan pobres como éL, escogtendo mucho la Prosperidad; pero veian
que hasta aquellas andurnàleros eran mds distinguidos, pues po1 las venta11as se vei,zn Las arias de retratos de los que han estudiado una carrera.
Rafael se paseaba muclzo solo al atardecer mirando a los balcones de
Iodas las casas que vela en medto del campo. Parecia buscar las huellas de
un _crimen, el rostro de un criminal, la situe/a de una mujer que se le escap6.
Veza en el marco de una ventana ùz gran lupa del vil!JO que s6ld asi puede
leer el peri6dico, y a través de un baLc6n, ba;o una cama y echada sobre e!La
coma sz'fuese medzo hombre, una americana oscura.
Veia esas gallinas listas que se suben a los drboles que mt'ran al fo11do
de las habitacùmes y desde los que es jdczl lanzarse a los balausb•es de /,os
balcones,y los que acuden a la Üamada de uua campanilla.
Los niiios estaban juera de si y salian de todos Lados, de debajo de los
muebl~s, de l~s car.ros y como de los agujeros que se abrian en la tierra.
f..t:,s nzfias mismas eran bruscas y desgarradas, sùmdo niiias que tiraban
pudras con la mana zurda.
Alg-unos chicos cogian cisco de laj carbonerias y ponian cosas graves
1 59

�..
LA PLUMA

LA PLUMA

d , a las p'f!rsonas mayor'f!s que eran inen las parede!, co~as que hac{an
esto le mataba.&gt; Con aquel cisco q~e
sultad.i,s: «St cogzese al que
las c/ucas y Lo tiraban para que las 11t11je•
robaban, manchaban los tra1ed,s el
l de la catie y los portales y Las balres Lo pisasen J manchasen to o e sue o

u!~:

'!a~

dosas de s_us cas~s...
, d
escarlatina subita, pues eslaba'H conParecia que tban a morirse i! uzt
caderias para robar un poco de
(Testionados, calurosos' y bud,scaban s
sto a sal que tenlan los peduzos
lzelo para chuparlo, pasan o por aque ou
de hielo que conservaban el pesca10 fresco.durante las que él pensaba e,z ia
En una de aquellas t~rdes ca u1 osas lu anar lleno de Luna, se entero
noche de 'f!-osario, como si su caç;.{~i!S:u:c:rl;al camino, de que /zabia Ile
por la cnada de su rasa, que sa I
i .
tTado
el
hermano
que
la
sefioritla
teniC!
en
un rodeo para lleg w lo
0
Ra/ael no se apresur6 a vo ver, smo q

/;s

~~:/s~:-

1 •

mds tarde posible a casa., l
L hacla pensar en aque/la cosa lejana _y
La traffedia de l?.os~no, o qu~ a l . •dfn es ue sabia que ib., a volseria en que pensaba mzentras cyosia e11be,1a1,m,o'~Aci~irio y qui::;a por entre
sa ia co
,.
,
b
Peraba · no
ver rendijas
su hermano
Y lo esesos
. tos pensaba que era mds Jzom re que
las
de todds
pensamten
Rafael...
flema espesa imposible de tragar, que
Encontrô Rafael en su boca una
6· «Tod;s creen que yo no estoy en
n o habla sentido nunca en su boca J pens · • ·
v
virn.ïaré con cone
lo
su"'one
szqmera... L,0 o
ll
el secreto... Ella sobre t od o no s
r e tendré ue matarle. .. Porque e a
di!scendencia hasta la hora fadtaf,
to suce~ido ... Tendré que matarle
i!Sta muy hermosa y él no fJo ra o vt a_~
a él... y si ella me insulta, a ella tmnbwÎi/~ con miedo y repug11a11cia a l..z
Por fin se decidi6 a entra~ en ca~a. ,1
l iban a pr,sentar al hermane-ra sonriente y llena de inorencta con que e

7 ffI

mano.
. a leg,e,
, llena de una impudica franqueza, le presenEn ejecto; Rosario,
tô al
her'J!lano.
.
A qm, est,
-Mira
... nura...
a ... Este es mi niarido ... y tri, Rafael, aqu{
tzenes a m i hermano Fernan~o.
i:l l
ludo Habia desprecio tamEl herma1:o, con derto odhato tntenzdo;+:ch:tez porque sabla que Rafatl
bién en su mzrada y todo Lo c a con e'J.
'
no se podria imagina; lad.verdad. ll ha1·as pasiones y todas aquellas com·Alll y Ra•fael veza to as aque as 'J • •
1:F.az
1
':f'
.
•
·
'
nzmo an~• •
plicidades, claras, sin tapit.JO, sin_ el mas mi la hora fatal, la hora en qUI!
i Ah, pero él tenta que ser el '1/:i,?"tp'f!
ima(1'inar que volviese mmca
no /zabia pensaJo,porque no se
ia
o

::J:

160

el hennano! Aquel cinismo le harfa fuerle, sigiloso, certero. Lajlema mds
espesa de su vida le hacfa flematico.
Hubo una gran cena, y aun a trueque de que el con~jo saliese duro, y
sin /mer en CtJe?z!a que el arroz no estaba bien de noche, se comzo un gran
arroz con co~o.
Los padres, con su innobleza dislmulada de slempre, se iban metiendo
en la borrachera a propôsito de «la vuelta del hl.fo prodi.gio», como decia la
madre, en vez de decir prodigo.
Rosan'o tmfa la maldad humana encendùla, y como estaba permitida
una gran alegria, apmas se envolvia en la hlpocresia. Su adulteno por eso
en vez de tener esa blancura mate de los adulterios brlltaba con destellos
irresistibles ...
Rafael que antes de cenar habia subido un momento a su cuarto, sentfa en ttn bolsillo el peso del revolver, ddndole ese peso cierta tranquilidad
en la Ci!na desvergonzada.
Fenzando delataba a la famllia, revelando la .familia dt gitanos que
era. Era un verdadero gdano de ojos osados y drt boca de zorro. Conlaba
sus aventuras en Am&amp;ica como un domador y de vez en cuando se daba
golpes en los bolszllos del clzaleco para declr:
-1Aqui ha)' plata! jAqu{ hay plata!
Para terctar en la conversaci6n Rafael se propuso azuzar su ensaiïamiento provocando con preguntas en aparienda simples conli!stacz'ones
irritantes:
-( Y c6mo encuentras a Rosan'o?
-/Hermosa, mds hermosa que mmca.. !
Ra/ael sonno con una extraiïa. sonrisa fn'olenta al oir aquello y mi·ro
a Rosario esperando que el/a le dedicase el rubor que la mzyer propia dedica al marido cuando alaban su belleza, pero Rosario sin mz'ramientos
ante la supuesta ignoranda de Rafael, se qued6 mirando a Fernando...
&amp;Jlo le congratulaba a Rafael el peso del revolver y aquel rejrescante
contac/o del acero con la pierna.
-.rAsi es que vienes a quedarte aqui?
-Si me dqais, aqui me nzoriré...
-.r Y donde le habéis puesto la alcoba?
-La. alcoba de un sollero debe estar lo mas leJos de los casados-repuso él-. Dormiré en el sobrado... Cuando me fui me cansé de oi·r las ratas
de los grandes barcos, y nze he acostumbrado a ellas...
~ acabô la cena. Los padres beodos y dormidos se fueron a la cama
cas, sin despedt'rse. Rafael anst'oso de contener la tragedia aunque fuesl!
solo una noche mds, se quiso llevar a Rosario, pi!ro ésta le d(jo:

�LA PLUMA
-Yo me quetÙJ a air mas aventuras de mi hermanüo ... Seis anos que
no le 'lleia ... Tû. puedes acostarte...
Rafael reprimio el desquiciamiento de su expresion, :y conteniéndose
dio la mana a FemantÙJ :y toco con un carifloso bofeton la m,;'üla de su
esposa diciéndola:
-Tu,
hasta
Después
saHoluego
a la...antesala oscur_a a la que daba la cortina de facos,
aque!la cortina de peluqueria qut deJaba ver Lo que sucedia en la habitacion
ilmninada aunque ocultaba por completo a la oscura, y como si temiese vet
avanztir mas los ac~ntecimientos apunto bien sobre Il :y disparo sin temblut
de pulsa, con la desviacion de alto a bajo irreprz·mi'ble, hirllndole en el
vientre cuando hubiera queri'do herirle en el corazon.
La escena resultaba clariviâente desde detrds de la cor#na de flecos 1
vio c6mo él se llevaba la mana al vientre y ella aterron:zada miraba el teton Rafael,
de ftecos.como no querlendo air md.s palabms, d{sparo de nuevo sobre Il
y lel!,'lla
quitoentonces
el sufrimiento.
salio al reciblmünto, pasando por entre los fiecos de la
cortina coma las balas que habian penetrado en el comedor, y al encontrar-

se con Rafael le grito:
-;Cobardel Era mâs hombre que tû ...
EntonceJ Rafael busco bien el pecho de Rosario J disparo, dùparo kas/a
que viendo agotatÙJ el revolver la dio con la culata en La cabeza.
Pllf

Como siempre que escribia FIN en las cuartillas, el novelista se sentla
dispuesto a convidarse a lo que fuese preciso. Puso al FIN un cierre de
adorno, una contera de filigrana y se dispuso a salir a la calle. Huia asi
de Rosario y Fernando, que se desangraban sobre la alfombra del despa•
cho, y en cuyos vientres la autopsia encontraria el arroz con conejo de la

...
h

cena de bienvenida.

(Continuard).

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA

OBJECIONES
I. - PREMIOS y CASTIGOS

ID

.
eu d evoc1'6n seatimos por los prem1os
·
•
. ando menos. No suscitan nin ,
literanos. Son inutiles
c16n, y si la estimulan ento gun talento; no estimulan la p-od '
1 fi
•
nces son
1
· uc: n del lucro, es detestabl&lt;" Una d 7a os del todo. Escribir con
da pobreza f'aas que hay e_n Espaâa es es~e aband:n:s pocas cosas bien ordenagrandioso de ll~ue el esc~1tor, si es de ley, vive. S610' aest~ soled~d, esta recluitras y
gar a la lrnde de la vejez teniend
~u1 es pos1ble el oraullo
preguntarse 6
o escntas al
b
1
puras no son c
c. mo se proveera a la necesidad d gu~as obras maes.
arrera, chasqu
e manana L 1
amb1ciones futiles del arribi
~au - pr_eciso es reconocerlo con . as etras
optar entre
.
smo, hay un rnstante e
gozo - las
algo mas
su conc1encia profesiona1 y la hO1 ~ :-ue _el escritor tiene qUfi
que un pasar inci -t
gui a, qu1en debe a
El escritor deb
e1 o, suele haber transi .d
su plu!Ila
estar flaco co e,I pues, ser pobre; s6lo el pobre p g~ o con su conciencia
gran poet; am7;, ::;;~~s, y cazar agilmente sus ca:es. ~t::c!~nrado.
Deb;
1
la virtud del a
. - que, por cierto no esta
or, afirma un
.
yuao. V1rtud
.
'
muy gordo-d b
gr1llos de toda
.
que manhene inc61ume 1
.
e e pos&lt;"er
aa6nima el vul serv1dumbre, empezando por la que . a vocac16n y sierra los
S I
go comprador.
impone con su limosna
OCA

. ue e alabarse (ic6mo no .
tiempo!) la independencia qu~ s1 en ello se reconoce el espfritu de
argu.eza de su
.
goza modernamente 1
.
nuestro
p 6bltco. Exentos del
e escntor viviendo de 1
l
c a ora
.
mecenazgo
.
.
a
t h se:op:;a~
1 ltb~rlad del autor, sino la calid:~ ~~~:1:n~1a, loQqu_e se resienquicre
o a o menos en alabanzas
o ras. uien protege
• o en halagos a su vanidad o a s~

�LA PLUMA
ioclinaci6o. La posibilidad de reproducir sin término, con infimo gasto, el mismo producto, aplicada a las obras de la literatura (o sea, el menester de edici6n
traosformado en gran industria) erige en Mecenas al consumidor. Mecenas mas
imperioso, mas corruptor que los antiguos. Mas imperio~o, porque su paladar
es menos fioo; mas corruptor, porque brinda coo mayor paga. Cervantes no
quiso ir de lector de espaôol al colegio que fundaba cel grande emperador de la
China• por no perder el sustento del Conde de Lemos; y no se le da un ardite
de que Avellaneda le arrebate cou su libro la ganancia, mientras dos pdncipes
le mantengan. cViva el gi:an Conde de Lemos... , vivame la suma caridad del
ilustrisimo de Tolecio ... • exclama el grande ho:nore pobre (no sé si desdei'lado
o desdeôoso de la que llaman fortuna). Esos vivas me afligen. Mas, al fin, aque!los principes 110 acosabao a Cervaotes, no le obligaban a escribir una novela
cada mes, ni le incitaban a escribirla poniéodole ante los ojos mootecillos de
oro. Su iiberalidad vaHa mas, justamente por ser m6dica. No as! este Mecenaa
moderoo, uoico, numeroso, iosaciable. No es capaz de deleitarse frecuentaodo
una misma obra acabada; es tan grosero, que s6lo la impresi6n de novedad le
emociona; piensa que bajo cada titulo reciente, el autor se rehace; pide - y si
no, no paga - obras nuevas o que se lo parezcan, y casi siempre las obtiene,
recibiendo por tales las repeticiones de una misma obra con diferente aliôo. A
Cervantes le hubiese pedido un Quijote con cincuenta partes, y doscientas novelas cortas. Asl trat6 a Lope, quien, como bntos autores modernos, se dej6
au pare idolatrar por el vulgo a fuerza de a1 rojarle cientos y cientos de obras
abortadas. Lo mejor sera redimirse del mecenazgo del pr6cer y del mecenazgo
del vulgo. El parang6n es Juan Jacobo. «Je n'ai jamais craint que le pain vînt à
me manquer, et au pis aller je sais comment on s'en passe.• (Aquel llor6n tenla
la virtud del ayuno). •Je n' engagerai jamais aucune portion de ma liberté, ni
pour ma subsistance, ni pour celle de personne. Je veux travailll"r, mais à ma
fantaisie, et même ne rien faire quand il me plaira, sans que personne le
trouve mauvais, hors mon estomac.» Pensaba ganarse la vida copiando papeles
de musica, por mantener su huraôa libertad.
Si se ha de proteger la obra del esplritu como mercaderia vendible, parece
s6lida, al pronto, la teoria del certamen y de los premios. Tratase de buscar
valedores para el mérito, valedores cerca del publico, que recomienden a su
atenci6n un libro empujandolo a la celebridad. Se exalta la voz de la critica, y
de murmurante que suele ser, adquiere repentinamente el timbre de un dari•
nazo. Arduo sera juzgar en los certâmenes donde no se tira a elegir, entre va•

LA PLUMA
rias; una obra dcsprcndida enteramente del .
.
ponderar eu alidades morales o fac lt d .
ingemo que la concibi6, sino a
u a es mmancntes en J ·
en 1os certamenes para premiar cl t 1
.
como sucede
a ento o 1a v1rtud
·Qe suieto,
'é
gmerd èQué es un talento sin obras info
T .
· &lt; ui n es talentudo in
afroote el ridiculo de presentarse ' t rm~, 1 1m1tado, sin faz humana? A quien
an e un iurado d' ·
taleoto, mas talento que nadie•
t d
ic1endo: «Yo tengo mucho
h b-'
.
· Y pre en a devenaar 'l d
.
a nan de aphcarle el famoso invent0 de d on Arturo
., S m1· o E os mil pesetas '
que no es una maquina • como pud·1era creerse· es u
tona, 'J .Tairnttfmetrq
.
•
tootos de los que no lo son· un mét d
. . . n ar e para d1shnguir a los
•
'
O o,0s1sequ1ere un
d'
receta igual para graduar la virtud C6
' expe iente. No existe
Espaiiola o de la de Ciencias l\Io 1·
mo se_ l~s arreghn los académicos de la
ra es - adm1mstrad
d •
para sopesar la honesti&lt;lad y la pr b'd d
.
ores e c1crtos premios _
•.
o 1 a relat1vas de Jo5
.
yo qu11,1era saber; a qué pruebas 1
aspirantes, es Jo que
•
.
.
os someten en q é t
.
mcurnr; y s1 es Pic6n el abogado del d' bl
'
u entac1ooes los hacen
defendida entereza de alguna dam
. ia o cuando se va a fallar sobre la bien
a, o s1 acaso es Cota 1 ~.
tades que proponpo se allanan ~i se ad'
.
re o, o .,faura... Las dificul.
•
·
1scer01r no eot
.
c1as, s100 rntre obras, v no cual d 11
'
re capac1dades O poten.
·
e e as serâ buena ete
.
meior de las que concurreo D' ,
rnamente, smo eu.il cs la
.
· mase que gPntes
d
Rprec1ar la diferencia de los,mérit
. , . aveza as a leer Iibros pueden
. ,
,
os con mm1mas p b b'l'd
•
ro a 11 ades de errar. Se
d ·ma •ma 1. Juntense los acadé m,cos
para coronar u
1
p10 t1ernpo con ese fin treiota y seis se- ·t
~a nove a, y j untense a1 pronon as curs1s y t · t
.
.
rem a y se1s cocineras
y e9 aeguro que las tres asambleas vend â
nns, la juota de acaclémicus no dejara d r ." a op1~ar como una sola. Por lo me~
ca a las senoritas cursis y la q
d c ir prclilJaado la novela que enloquez.
.
·
ue ,:svel a la
·
.
rnveroslmilcs-no sazonado siquierd
1~ _coc,neras. E;iemplo de fallos
del prernio Fastenrath Present,•s
pol r a mahc1a-es la adjudicaci6n ultima
b 1
.
·
,n e certamen Pé
d
JO
I"
una
caltcfad,
un
t&lt;•nor
l1'te
.
r
·
rar]()S que 5 •
._ rez • e Ayala y Mir6 , d-'
d.ns ban desahuciado. Su5 jueces ta h
m su as1~tenc1a no hubiese tenido.
fc Jas dos unicas obras conside;~bl n, onrados_ como ne~io~. repelen ac buena
vcz mas la popularidad guiada por es ~ulel pod1an prcm1:ir. y abi tenemos una
La I
un ,a o estulto
s etras se han engrandecido tanto en 1
..
fre mccenazgo de antiguo estilo nie tâ ha soc1edad, que el escritor no suilu~a.r su nombre protegiendo' in e:io: ; ora los princi~s rouy solicitos en
public1clad, pues no va a mantene g d 1 .. or2oso es que el escritor corteje la
tar la vcna Iiteraria como una
rsed c aire que sopla. Negro destino explo
Oc la
vena e mine 1
' •
•
desastrada situaci6n en q
,
ra para que otros medren y gocen.
ue aun esta el trabajo ea el mundo participa

,·a

0

A

�LA PLUMA

LA PLUMA

1, '

.iri'
,,
1

1

li

'

-bajo el oropel de la nombradia-el trabajo que llaman intelectual; acaso participe como otro ninguno, pues debiendo competir en la plaza publica por mejorar de paga, el vulgo encuentra que el ingeoio produce por juego y que le
basta con el aplauso. Apeoas es de esperar que la fortuna tenga seso alguo dia,
y derrame sus dooes sobre quieo los apetece mas, que no es el avariento o el
luchador ambicioso, sino el hombre cultivado y de imaginaci6o fertil que sabe
medir el poderio del dioero con la fastuosidad de sus proyectos; ni sobre quien
los merece mas, que no es el operario, ni el inveotor, ni el capitan de industria, sino cl poeta, unico en eograndecer la vida. Corno la fortuoa es ciega, el
irgeoio no sera jamas bastante independieote en esta sociedad para no ccuoerciar con sus obras. Fiemos en la prepoteocia del trabajo manual, m6dulo de la
sociedad futura, para restaurar el espiritu en su perdida libertad, con solo
substraerlo a la ley de la oferta y de la demanda. cL' independance que j' entends-vuelve a decir Juan Jacobo-n' est pas celle du-travail; je veux bien gagner mon pain, j' y trouve du plaisir: mais je ne veux être assujetti à aucun
autre devoir, si je puis., Eso es. Una sociedad reor~anizada, donde no se despilfarren las energias como ahora, podria colmar la apetencia Hpica de Rousseau, que es liberarse prontameote de la deuda social y ganar, con el sustento,
tanta provisi6n de soledad y de asueto como el espiritu sea capaz de ir consu•
mieodo. Dos, tres boras de trabajo maoual cada dia, colaborar en la producci6n; pagada esa deuda, salir del taller y zambullirse en las realidades de la
vida persona! inédita: c6mo podra compararse esa situaci6o, digna, apacible,
con la que depara la sociedad de nuestro tiempo a los zarandeados iogeoios,
tratandolos como caballos de carreras, o premiaodo, no su taleoto probado,
sioo las maôas de comisionista, de bistri6o o de zurupeto que puedan teoer.
Sin abordar en las costas de Utopia, es creible que la desamortizaci6n de la
imprenta, tra(da por el progreso de la mecanica, disipara la tentaci6n mas fuerte que boy encalabrioa a los escritores: la de eooegrecer papi.'! por cueota ajena. Quieo primero se percat6 de los dinerales que pueden ganarse comprando
masas de pape! blaoco para revenderlo a los particulares, cortado, plegado î
cosido en porciones pequeiias, tras de estampar en todas las caras de cada
porci6n unas lineas, fué un geoio. Entre Copérnico y Col6n debieran pooerlo,
como un ep6nimo del mundo moderno. Aquel genio, sus secuaces. y sus contiouadores inventaron el oficio de escritor, incluido hasta .;bora entre los nece •
sarios para la gran industria de manipulaci6n del pape!, ode refinaci6o del pa•
pel, que asi podemos llamarla, pues la empresa editorial es semejante a la re•
166

finerla de azucar o de petr6leo en que desbasta una primera materia bruta y le
aôade cierta cualidad que antes no tenia. El empresario paga la mauo de obra
del escritor con poco dioero a cambio de no tasarle la vanidad. Permitele enredarse en una metafora y que vaya diciendo: «Esta ôbra es mîa.&gt; El escritor,
de!ira. Tan suya es como del cajista o del emplanador. El dîa que, tras la encuadernaci6n mecanica, y del marcador automatico, y otros perfeccionamientos, venga un artilugio que baga el trabajo del escritor con mas baratura, verân
qué parte les cabe en la industria de producci6n de libros. Parte minima, como
es justo. No es para escandalizarse como me escandalicé yo cuando un editor,
mostrandome un libro, me decia: •&lt;Qué ha puesto aquf Baroja, después de
todo? El original. Yo lo restante, que es mucho mas.&gt; Hoy no me escandalizo;
el editor tenia ra26n. En la industria que transforma el pape! en libros, se habla de letras, de ciencias, de cultura, como en la de producci6n de especificos
se habla de la salud; aiiagazas del fabricante. Persiguen al pûblico para darle
Lo que no le tienta, ni le sienta. Mucbos no se creerian enfermos de este y del
otro mal. si no anunciaran los especificos que los curan; ni comprarfan libros,
usurpando la condici6n de lectores, si la oferta editorial no los aturdiese. La
industria del libro, que ha creado el oficio de escritor, tiene que inventar el
gran publico, para dar salida a sus productos. Pero entre el escritor, que prod uce, Y el publico que consume, no hay, mirado eR su vastedad comuoicaci6n posible; el gran publico es una categoria comercial. De cien l~ctores, no:enta y nueve son poco interesantes; gente cuya opini6n y cuya emoci6o nada
tmportan, aunque seau cabalruente esos que se imaginau recibir por modo directo Y persona! las confidencias del artista, como si bubiese creado para ellos,
por cuidar de sus almas de cantaro. El autor desprecia a la masa de sus lectores presuntos, y no se cuidaria de ver llegar un libro a su. mar&gt;os si no fuese
por veoderlo; pero mas le importa vender que ser Jeido. Esta posici6n falsa,
corrnptora, desaparece ;;.nulando la industria del libro con la desantortizaci6n
de la imprenta. Ya hay maquioas que reproducen escritas la palabra bablada.
cuanto ~e dé con el modo d~ multiplicar, con igual sencillez las pruebas, pora uno t&gt;d1tar~e en casa, y el hbro perdera el valor comercial que boy se le
da po~ los capitales y los brazos que se juntan para fabricarlo. Hace falta una
mâq~ma que sea para la edici6n lo que la motocicleta para los transportes en
~~~un. Ya no hab'.a que retribuir a la empresa. Sera este el primer esca16n. El
ttmo es el trabaJO ma nuai forzoso. Desaparecerâ t&gt;l oficio de escritor· solo
cuaodo viva de la labor de i;us manos, el ingenio habrâ dejado de,ser prole,tario.

!"

�LA PLUMA

',1

LA PLUMA

No todos los oficios coovieoen por igual a las aimas sensibles. No debera
escoge~se oficio mal olieote, ni que obligue a esfuerzos penosos ni a sufrir las
intemperies. El de albaiiil no sera nunca oficio bueoo para intelectuales, ni el
de forjador o el de pocero. Pero hay oficios muy honrados y muy limpios que
no rompeo el equilibrio de los humores ni cortan con violeocia el curso del
peosar: carpiotero de taller, tornero, tejedor... Anulado el valor comercial del
Jibro, los certameoes ni los premios que abora se usa'!'! no son posibles. Y cuando los baya, serein cootiendas desinteresadas, sin otro botio que una corona de
laure!. Pero en la sociedad futura, barto mas exigente que la nuestra en pu'.lto
a moral social, si no babra bueco para el escritor jornalero, tampoco hallarân
merced el poetastro, el literato mixtificador, el prosista rumboso; un tribunal
terrible pesarâ el alma de los ioge.nios y dara a cada uno su merecido, sea premio O castigo, porque si esta mal premiar a quieo no se debe, mas escandalo
es dejar impune a quien se ha gaoado la pena con su esfuerzo. 1Qué alivio sentirâ la conciencia! Corno si boy se publicara eu la Gaceta: cle ha sido otorgado
el gran premio de literatura a Don Ramon del Valle-Iocl~n. Reconciliado _in
a,·tfculo mortis con la Academia Espaôola, ha sufrido la ultima pena el novehsta republicano Don Vicente Blasco Ibaiiez.• Pura justicia distributiva.
II. -QUINTANA, EN LA INFAUSTA
REMOCIÔN DE SUS HUESOS :: :: ::
No bay duda: desenterrar a los mucrtos es pasi6n nacional. &lt;Qué incentivos
secretes ticnen para el cspaôol los borrores de ultratumba que no se satisfacc
con ponderarlos a solas y ha de ir a escarbar en los cementerios a c2da momento? &lt;Vocaci6n de scpultureros, rcalismo abyecto, necrofagia? De todo bay
en esa mania. Aqui la hemos denunciado mâs de una vez. Avisamos a toda persona notoria que procure morirse a hurtadillas y enterrarse con nombre supuesto si quiere reposar en paz; de otro modo, iran a cribarle las cenizas cuando menos lo espere. Nadie estâ libre. Quien hasta ahora no se ha dejado deseoterrar, como Cervantc.s, incurre en Calta. 1Ah, si el esqueleto del Manco pa•
reciese! 1Qué embriaguez! 1Cuantas prucesiones y carrozas, qué pro:usi6n _de
reliquias, c6mo nos revolcariamos en la fosa abierta, poseidos de funa patn6tica sepulcral! Mientras la Providencia no nos favorezca con la invenci6n del
«inmortal cadaver• que ecbo de menos, fuerza es consolarse removiendo otros
no tan importantes. Hoy les ha tocade el turno a Quintana, al general San
Miguel, a Ortega y Frlas y a uoa caotante. Los fautores de traslados cargan a
168

granel. Debemos a la preosa diaria preciosas noticias del suceso; ésta, entre
otras: «Los cad.iveres se encontraban en estado de momificaci6n, pudiendo distinguirse e~ el del geoeral Evaristo San Miguel la banda de Carlos III y el fajin.,
1Estas alhaJas vegetan en las momias? cAnuncian el «estado de momificaci6n,?
1Acaso lo previenen? No sabe uno qué pensar... Y esta otra noticia: cEn tres
arquetas que apenas componîan un afaud para cuerpo mayor iban los huesos
de los tres hombres... • T riste mezquindac!: no darles uoa arqueta donde puedan
al meoos estirar las piernas. Habra aprendido Quintana, pues sac6 de sus tumbas
a los reyes ~el Escorial, que es malo inquietar a los difuntos, y c6mo aplican
la ley del Tali6.i. También, por no ser menos que los reyes de su poem 11 , ha
proferido, al reaparecer momentaoeamente sobre la tierra, un discurso que no
es nuevo: •La lihertad--les ba repetido a sus deseoterrarlores, como si resumi~ra ~us calladas meditaciones de difunto-, es para mi un objeto de acci6n y
de mstmto, y no de argumente y de doctriaa: y cuando la veo poner en el alambique de la metafisica me temo al instante que va a convertirse en bumo. p0 .
dran en buen bora otras teorias politicas ser mas utiles en tiempos ordinarios,
estar mas bien digeridas, mâs sabiamente concertadas: yo aqui no se lo disputa. Pero dispooer mejor el ânimo para adquirir la libertad cuando se aspira a
ella, para defenderla cuando se posee y para recobrarla cuar:do se ha perdido.
eso es muy dudoso que lo hayan hecho ni que puedan barerlo jamas. y no se
engaôen los espaiioles: la cuesti6n primera, la principal, la de si han de ser Ji.
bri&gt;s o no, estâ p0r resolver todavia. V.erdad es que han adquirido algunos derechos poHticos, pero estos derechos son muy nuevos y no han echado raices.
Por consig11iente, han de ser atacados Rin cesar, y si no se atiende a su dcfc nsa
con _decisi6n Y constancia, seran al fin miserablemente atropellados. El esta do
de hbertad es un estado continuo de vigilaricia y frecuentemente di&gt; combate.
Asi, su~ adversarios, c~nsidernndo aisladamente la agitaci6n de las µasiones y
el confiicto de los part1dos que acompai'ian a la lil:&gt;ertad. dicen que no es otra
cosaque una arena sangrienta de gladiadores eocarnizados. Este espectkulo,
a la verdad. no es agradable; pero bay otro mucbo mâs repugnante todJvia y
es el de Polifemo en sn cueva devoraodo uno tras otro a los compai'ieros •de
~lises.• Dijo'. Y tras de rogar que le reservasen la palabn: para deotro de un
siglo, se volv16 a su arqueta, d ejaadose llevar al cementerio nuevo entre un capitan eeneral Y los directores de Carabineros y de la Guardia Civil. Polifemo
no asisti6.

CARDENIO

�•' '•·

•r

.!

LA PLUMA

CASTILLO FAM O SO
rnejor, desde boy, cavern a famosa. Madrid es una ciudad prebist6rica, cavernaria. Un sabio nos lo dice, y yo lo creo. Mas: me lo
estaba dan do el coraz6n. Siempre que escribo algo de lo mucho bue. no que pienso de Madrid, trabajo me cuesta celar esta convicci6n
profunda: Madrid es un pueblo del pedodo protoneolitico; el oso
del escudo rememora al primer ocu pante de los cubiles madrilenos, a un convecino de nuestros remotos abuelos. La dencia, al suscribir tardiamente mis
vaticinios, me autoriza para salir a la calle con un hacha de pedernal al hombro, ernblema de madrileiiismo. Estoy muy contento. «En aquella época decia a:6os ha «l ·se:6or Salillas en una lecci6n profesada en el Ateneo-a la
rnano del hombre le naci6 un dien te: el b&amp;cha de piedra, el diente manual.»
(Cafo debi6 de presentir esa imagea desquijarrante y la realiz6,armando su
rnano fraticida con una mandfbula multidentada). Ese hombre, no sabiamos
quién era, niqué se propooia con llevar un diente en el puiio; ni, menos aun,
qué extravfo del impulso emigratorio le trajo a encastar en estas barranqueras,
entre Alcorc6n y Vallecas, donde ta ntos han estado y estan que preferirîan no
baberlas visto. Pero ya lo sabemos: ese hombre fué madrileiio como nadie; mas
que San Isidro, y que los majos de Goya; mas que los personajes de La Verbena; vino a cosa becha, a fundar Madrid, y nos leg6 el parangon eterno del
madrilenismo. Ese hallazgo prolonga el surco del casticismo en el tiempo: el
hombre paleolitico que, aspit-ando a estar en pie, se puso en cuclillas en el soto
del l\lanzanares, esboz6 la actitud en que se reconoœ todavia la condici6n ma,
drilefia, é:omo· se viene reconociendo a través de los sigles.
170

Débese el descubrimiento a don Elias Tormo, catedratico si los bay, erudito
de marca. Un peri6dico lo anunci6 en estas términos: «Historia de Madrid. Madrid en la época paleolitica.• •jQué disparate! -me dije - , ,No es Madrid una
persona de la Historia? ,C6mo hacer la historia de nadie antes de haber existido? En tal caso, si a mi se me ocurriera escribir la biografia del sefior Torrno,
podria hablar del oxigeno, del azoe y del carbono, porque and an combinados en
la materia de su cuerpo fisico. • Mas, prosiguiendo en la Jectura del peri6dico,
pronto reconoci la frivolidad de ese discurso mio. No s6lo existia Madrid en el
periodo protoneolitico: existian tarnbién Vallecas y Getafe; sus caracteres, y su
ocupaci6n continua, eran, al parecer, los mismos que boy. «Los hombres paleoHticos- dice el seiior Tormo-encontraron el pedernal en cerros inmediatos a
Madrid, en Almodovar y en Vallecas.&gt; Iban, pues, a buscar pedernales a Vallecas, como vamos a buscar alli el yeso para hacer este Madrid, de quien tornara
nombre nuestra época, llamandose del yeso vaciado. «Las caracteristicas del
hombre que primera mente habit6 Madrid - sigue diciendo el seiior Torrno debieron ser frente aplastada, las cejas arqueadas. y no tenia barba ni menton.&gt;
No era guapo el primer habitante de Madrid; ni escribia muy bien. que digamos; la verdad es que mucbos en nuestros &lt;lias no le sacan ventaja. Y tu, l!'ctor, a.:-quea, como nuestros antepasados, las cejas, que es admiraci6n o Sllsto, y
rascate la barba o el menton (pues, al fin, ya los tenemos), que el rascarse esa
parte es signa de recela dubitativo, y atiende: •Por esqueletos encontrados se
ha podido observar que su posici6n en pie era imperfecta ... • (Es el habito de
permanecer en cudillas. ,Y no esta hoy media Madrid en la misma postura, en
plena calle, a cualquier bora del dia?) «Era, sin embargo, fuerte y grueso, aunque no de uoa estatura crecida.• (Corno hoy: la vida sedentaria, las féculas. la
mucha agua que bebemos, engordan). •Era, desde luego, hombre poco inteligente, pero conocia el fuego.• (El seiior Tormo coloca unos adverbios que
espantan. (Poco inteligente, desde luego? ,Sin poder ser de otro modo? Esa ley
subsiste. Apuesto que los mas de los madrileiios son hoy en dia poco inteligentes y cooocen el fuego). Tales seiias bastan para afirmar la identidad étnica y
politica de Madrid desde la aparici6n del hombre sobre la tierra, en la edad
cuaternaria, precisamente •a la bora del paleolitico inferion. (Por c.:ierto, no sé
a gué correspondera en ouestra ed~d esa «honu. No se concibe que el criado
no~ diga: •1Sefior: es la bora del paleoHtico!•)
Las semejanzas prosiguen. c F.:s dificil reconstruir J;, historia de los primera~
habitantés de .Madrid, porque ha_y verdaderas laguoas.• (Si, si: mas que lagunas,

�LA PLUMA •

..

m11rcs). •Hay épocas en las que indiscutiblcmcnte Madrid careda de habitimtes., Esto es muy raro. Madrid estaba ya hecho, pues de no cxistir no hubiera
pQdido carccer de algo, ni, por t anto, carcccr de habitantes. Tenia la armaz6n
fisica: cavernas tiradas a corckl, derrnmbaderos libres, y monumentos arquitect6nicos de algun valor. Pc:ro estaba dcsierto. Los habitantes se hab/an ido.
Ahora también se van muchos en verano, pero lo raro es que se hubiesen ido
lodos, -dejèindolo deshabitado. La soluci6n del enigma es gratisima para nuestro
orgullo: los madrileîios se fueron todos a ~•er una exposici6n internacional de
pintura. El sei'ior Tormo Jo da a en tender: • Una de esas épocas en que Madrid
estaba deshabitado fué seguramente aquella en que en el Sur de Francia y en
el Norte de Esparia aparecia la industria pict6rica, que tienc su manifestaci6n
m.i.s intercsantc en la cue,·a de "..ltamira.• (Va en aqu • lla época el nombre de
Altamira scrvia para allanar los Pi,ineos. Por la magia del artc, los lazos se
estrecharon entre dos pucblos que presentian su latinisme, y, por ende, su
hermandad).
AIJ(unos reparos pnndrcmos a las conclusioncs del sei'ior Tormo: cEntramos
en esta edad (la del bronce) sin haber encontrado en Madrid ninguna manifestacion que &lt;lé scfiales de estar habitado Madrid., En primer lugar, no; el profcsor Salillas, ya mentado, de quien aprendimos a discurrir por esta ,;cnda:
•Planta es la de un edificio, planta es 111 que se adhiere al suelo, planta es la de
los pics; plantilla la de los empleados de un ministerio..., etc.,, tiene capacidad
sobrada para demnstrar que en la edad dt'! broncc se fund6 la callc de Latoneros, y que la llamada •gente del broncc, es la reliquia de un clan de forjadores establec-ido en Madrid desde aouc-lla edad. En segundo lugar, el seiior
Tormo se cnntradice: cS61o encontramos un monolito a la altura de Getafe.,
Tampoco ahora enc-ontr1mos mèis; el monolito se ,,e desde el Retiro, y no hace
rnucho que los jefrs de las tribus carpetanas lo inauguraron. Sin embargo, Madrid e~t:i pobladisimo. 1Por qué, pues, no habia de estarlo cuando cl otro monolito de Getafc, el primero, se lcvant6 para mcmoria de la dedicaci6n del pais
a las divinidades ibéricas? cS6lo cnconlramos un monolito a la altura de Getafe-obscrva el serior Tormo-, pero sin ningun val or fo ndamental., Es cierto:
no vale nada.
El sciior Tormo habla después de la cerèimica de la estaci6n de Ciempoiuelos. Pero en esa estaci6n no quiero cntrar- aunque conozco al jefc. He roto Y"'
demasiados cacharros.

EL PASEANTE EN CORTE

L_E TRAS FRANCES A S
es g rato seilalar este mes a los lectorcs de LA Punu una de las
novelas francesas mas hermosa publicadas en estos ultimos arios
L' Ajjel de la Roule, de M. Edouard Estaunié
'
L~s que siguen c~n atenci6n cl esfuerzo tenaz y d iscreto que ese
. , escntor excelentc rmde, laboriosamente, sin prisa fcbril, sin estr ~endo r~d1culo, no se asombran al verle conquistar poco a poco un pucsto e n
pnm_era hnea. ~esdc Un simple, y sobre todo desde L' Empreinte, primera de
sus hbros que h1zo aigu.a ruido, Edouard Estaunié, sin ensancbar su manera,
la ba ahondado, la ha complicado a su placer. Se ha dcsarrollado en profund idad, no en anchur~, ~e ha curado de cicrta sequedad, de cierta tiesura que
menoscabab,rn la v1tahùaJ de SJs obras. Ha adquirido ductilidad, conservando
el orden, el gusto por la peripecia violenta, el don de urdir bien el drama.
:\Us de una vez se ha comparado a Edouard Estaunié con Balzac; bay, en
efecto, en el autor de Les clwses voient una pujanza innegable, oculta en el
alma de los person;ijes princip,iles, que se desencad~na v,olcntamente al llegar la ace-ion a cierto punto. Hay, ademas, la enormc importancia concedida a
los mil detalles, a los mil matices de la palabra o del acto qut" el novelista
agranda de una manera formidable, mostnindonos el rechazo de esas menudencias inli~it~s en el alma de los persouajes. Y hay, en lin, una especie de conver~;nc1a de les efcctoi en un fin unico, que es la escena mas palpitante de la
acc10n.
B

Por todos esos rasgos, las obras de Edonard Estaunié resultan Jaboriosameutc urdid_as, de aspeclo un tanto severo, pero emocionantes a mèis no poder
Y cuyas cuahdades excelentcs son la pujanza y la profundidad psico16gica.

�LA PLUMA

LA PLUMA
· t erés, L' Ap,•el
En esa serie de producciones de tan e1evad o rn
. r de la Route
.
·o'n Es una historia contada por tres persona1es que han sido
no es una excepc1 •
.
t de
testigos del mismo drama, pero del que cada uno ha v1sto solo ~na ::;ae~onsuerte ue el escenario no aparece por co.npleto a nuestros o!os ~
cluir es! triple relato. La acci6n ocurre en provincia~, e~ una anb~uad~1~da~a~:
·a pone en movimiento unas almas de provmc1anos, gen e 1s1mu .
F ranci , Y
. d
I
bra Un ch1sue esconde en su coraz6n pasiones que van crec1en o en a som .
.
q
ada y las fuerzas ciegas del destino se desencadenan, produc1endo
pazo, un n
,
la catastrofe.
. .
.
Melle Loumer provmc1aoa
1oven,
se encuent ra coa un tal René de la Gi'
ue va a casarse con
1 ·dière que vive en Semur desde hace pocos meses, y q
.
a1
'hacha de la aristocracia local. Una vhü6n rapida en aquel encuent_1
una mue
.
d
una pas1011
basta para encender en el coraz6n virgen, ans10so dP. con enarse,
d
•
t' · a y es causa del drama que va a desarrollarse. Antes que per cr
v10 1en 1s1m ,
· se de unos
ara siempre al que ama, Ja joven proviociana no vac11a en servir
~o6nimos para deshacer la boda de René y para comprometerlo en un asun_to
de tan mal cariz que Je obliga a huir de Semur. Pero con esta ~eogaoza nr,~ \~l coraz6n del amado; al contrario, lo pierde para s1empre, Y_ .P e
cupera e
t . emord1m1euLoumer, perdidas las esperanzas, sepulta en un conven o su r

?•

to y su desesperaci6n.
.
1J"bro
Este aoalisis seco no basta para dar idca de la rica substanc1a en que e 1 .
~ amasado Edouard Estaunié escudriiia hasta lo mas hondo cada personaJe
es14
•
tes mas remodel drama, y analiza y diseca sus acciooes hasta en su:, compooen
.
.
Es como si nos mostrase particularmente &lt;:ada rueda de una maquma bien
l 0 S•
y hermoso·
nos biciese contemplarla en marcha. El 1·b
1 ro es mu
regu1a da Y
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La colecci6n francesa de estud ios extranjeros acaba de enriquece
É
volumen de M. Léandre Vaillat acerc:. del poeta indo Rabindran~th Tagor~. :
libro es de actualidad. En Francia poseemos muy pocos estudios acerca de
Oriente y del Extremo-Oriente, y escasos documentos sob:e los ~utores contemporaneos de aquellas literaturas. En particular, no te01amos 111ngu~a obra
sobre el admirable Tagore, uno de los mal&gt; grandes poetas de todos los tiemp~s.
M. Léandre Vaillat nos cuenta la historia de la juventud del _poeta, que ~1ene a ser un poema d I·1 a t ad o, vivido en un paîs .de hadas; analtza sus poes1as,
D _
hablandonos del hombre y del artista, dos seres wseparables en Tagore. e:
ués nos da algunos detalles sobre la Escuela de Calcuta y so~re _el mov1~iento joveo-oriental que va adquiriendo proporciones extraordmanas por la

atracci6n que ejcrce en nosotros, occidentales. «Muchos escritores de mi generaci6n-dice M. Léandre Vaillat-se han cansado de ciertos ha.bitos perezosos
en que se adormeda nuestro sentido de observaci6n. La guerra, que hemos
visto de cerca, nos deja asqueados para siempre de la elocuencia, del lirismo
verbal, de toda SPnsaci6n que no es sentida, de toda idea no vivida; nos ha
abierto los ojos en cuanto al materialism!&gt; repugnante y mecanico donde esta
en peligro de naufragar la civilizaci9n oc.cidental; nos ha enseiiado a temer las
amenazas que pesan sobre la inteligencia y la sensibilidad humanas. Estamos
como gentes despistadas, perdidas, mirando si en el mundo sumido en la obscuridad, no surge por alguna parte una luz que nos guie. Creo q11.e esa luz
brilla por la-parte de oriente... Al vol ver los ojos a la lndia, no haremos mas
que seguir una costumbre milenaria, el ritmo eterno de Jas antiguas emigraciones humanas y religiosas. Al estudiar el poeta indo Rabindranath Tagore,
no hago mas que escuchar las voces que el Oriente, en ciertas épocas, de siglo
en siglo, nos deja oir, mediante sus iniciados y profetas.&gt;
Esa pagina del prefacio es harto caracteristica de un estado de animo muy
extendido en Francia en el momento aclual para dejar de citarla y de incitar
al publico a que la medite. Todo el libro vale la pena de meditarlo, por la novedad que aporta en el momento presente.
M. Henri Duvernois acaba de publicar una nueva colecci6n de cuentos, La
tune de fiel, donde persisten Jas cualidades de observaci6n, de sensibilidad dolorida y de ingenio que ese escritor delicioso prodiga en todo cuanto firma.
Puede afirmarse que M. Henri Duvernois ha llegado a ponerse en primera linea
entre los cuentistas franceses, sacando mucha ventaja a sus competidores principales. Desde Guy de Maupassant no se habfa revelado ningun cuentista de
vena tan francesa y tan parisina. M. Henri Duvernois es mas parisino que galo,
sin duda; pero es inas sensible que el autor de Mademoiselle Fiji. Muy a menudo hace pensar en Alfonso Daudet; leed, para convenceros, sus libros de
cuentos.
En el géoero hist6rico, el libro bueoo del mes pasado es una simple reedici6n de la Vie de Monsieur Dug·uay 1,·ouin, écnïe de sa main, publicada por Henri Malo en la Cotlei:tion des chefs d'œuvre mécconus. La obrita es impresionante por
la sobriedad, la robustez del estilo, la darldàd; Ahora que nos inundan las ;:iseudo novelas de aventuras, es deleitoso hallar en Jn libro de antaiio paginas de
tao elevado tono y de forma tan discreta. No hay èngaiiifa ni trampa, iY gué maravilloso es su taiiido grave, entreverado de emoci6n...l

* * *

�LA PLUMA

LA PLUMA
La ridfcula propagaoda en favor de los premios literarios teoîa que llegar a
su conclusiéo natural: la negativa de los escritores a mezclarse en esos maoejos electorales. Con pocos cüas de intervalo, la Societé des gens ae let11·es Y f Association de la Critique litteroire hao protestado contra la manera de traosform a.r
una recompensa en uoa verdadera empresa comercial. L'Association de ~a ~ntique Jitterairt no se ha limitado a una simple protes~a: llevando sus ~en,ttm1entos al ultimo extremo, ha decidido suprimir el prem10 anual que atnbwa a una
obra de crîtica.
Es de !:imeotar esa decisi6n , ya que los criticos no disfrutao tantas ven ta jas como los aovelistas, eo puoto a rendimieotos de los libros, premios Y otros
beneficios. Pero la decisi6n se imponîa a titulo de ejemplo, y ya ha empezarlo
I'

a producir frutos.
.
Lo mejor, 0 , mas bieo, lo menos malo que puede esperarse de los pre0110s
litPrarios, es que, a fuerza de multiplicarse, crezcan en numero, ?e ta! ~uertc,
que ellos solos se anulea. En estos momentos, constituyeo el pehgro mas grave que amenaza a la literatura francesa y a la cducaci6n del publico.

* * *
El teatro ha atendido principalmente, desde hace dos meses, a las fiestas d el
tricentenario de Molière, cuya resonancia rnundial es conocida. Esta vez, la Comedia Fraacesa s6lo alabanzas merece, por el modo de presentar las obras
principales del teatro molieresco. Preciso es destacar la representaci6n_ de
/'Ecoles des f emmes y la de la Cr itique de l' Ecole des f emmes, por la interpretac16n;
seiialar el es fuerzo, iotd igentc en extre mo , que ha presidido en la prese11laci6n nueva de Les Fourberies de S capin, con decoracio11es de un italianis mo
asombroso, y ponderar el cuidado coo que han puesto el ;1isanthrop,, Tartuf-

..

La gran curiosidad del momento, después de las representaciones de Molière, son las que Pitoëff y su compafiîa vieoen dando en la Comédie des
Champs Elysées. Conocida es la osadia de su repertorio y la influencia profunda que ha ejercido en el extranjero, sobre todo en Suiza, eo Ginebra. Esta vez
nos ha traîdo a Paris una obra nueva de Lcnormand, Le Mangeur de ,·èves cosa
m~y notable, inspirada en las leorfas de Freud; pone en escena una espe~ie de
ps1c6logo que va alumbrando en los sujetes cuanto de inconsciente llevan en
e! fondo de si; Y a sn lado una mujer, tipo curioso-desempeiiado a la perfecc16n por madame Pitoëff-, que si en otros tiempos practicaba la virtud1 ha
descubierto, bajo la inftuencia del psic61ogo, su vocaci6n verdadera, que es robar, Y que va estigmatizando la acci6n del Mangeur de rêves a medida que se
desenvuelve, haciendo un pape] un poco parecido al del buf6n româotico. La
obra, muy bien presentada, e interpretada superiormente, ha causado una impresi6n profuoda.
Por el ceotrario, Ubu-Roi, que ha vuelto a representarse en el teatro de
!'Oeuvre, ha parecido anacr6nico y sio gran interés. Seguramente es Ja u.ltima
que se poodr~ esa farsa. René Faucbois, que ha encontrado, para caractenzar a Ubu, una stlueta asombrosa, interpreta maravillosamente esta obra, ya
pasada por completo.

v:z

JULES BERTAUT

fe y t'Avare.
Le Misanthrope ha teoido otras dos ioterpretaciones muy curiosas. En el
teatro del Vieux Colombier, M. Copeau nos ha mostrado llll Alceste doloroso,
pero que se deja llevar de un noble arrebato ante las cobardîas, pequefias Y
grandes, de la vida. Eo el teatro Edouard VII, M. Lucien Guitry oos. ha dado
un Alceste doloroso también, pero tan metido en sr, tan lento en sus 1mpulsos,
que ciertos parlamentos resultaban ioverosimiles. Evidentemente, hay una verdad que no consiste en oioguna de esas dos interpretaciones. Serîa menester
para el caso un actor de genio que nos hiciera refr y Jlorar sin sa\irse del tono
de la comedia molieresca.
Il

177

�LA PLUMA

LETRAS PORTUGUESAS
. er estudio de una serie que destino a las paginas de L.&amp;
est e pnm
•
, •
1 a b cîa
PLUMA, permitaseme hacer, como el ?oeta-mus1co a em n a
ara sus obras, una especie de prelud10.
.
p La literatura portuguesa es deficientemente conoc1_da en el
tranjero no s6lo por la poca importancia que el ex~a~iero conce ~
.
'
. ais• ero, ademas, por el desconoc1m1ento genera
a Jas co~as valiosas de m1 p '1 p
do padece Tenemos escritores, en prosa y
tuguesa que e mun
·
.
de la lengua por
f
é
• lés en aleman sedan umversa1•
en verso, que si escribiesen en ranc s, en rng O
'
·dos y admirados.
mente conoc1 .
.
y nuestra Jengua posee recurt
ortuguesa es muy nca,
Porque 1~ ht~ra ura pta d se a efectos mueicales y pict6ricos, notables por
sos extraordrnanos, pres n
deza y el relieve.
.
L
a
1
a grau
basta ho 'siempre ha seguido, m"s o menos, un
1·a10
Aunque desde
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.
y
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sular
galaico-castellana,
• t ·, extranJera (provenza1,
,
determinada onen ac1_on .
1 . 1
. espaiiola en el siglo xvn; france• 1
v- Jtahana en e s1g o XVI,
•
en los s1g .os x.u a x. f• anco germana
'
en e1 xix), la verdad es que la Jiteratura
1
sa, en el s1g xvm, ; d emotivo.' tematico, absolutamente portugués, que la
portuguesa bene un on o
. os (principalmente en los siglos XVII y icVI11),
caracteriza. Si algunas veces copia;
la adaptaci6n nuevas formas, nu~m uchas otras veces adaptamos, y amos con
d stinos a nuestra belleza.
.
vos colores, nuevos e
1
D o· iz y nuestros poetas de los canc10Nuestro:.t~:::::;;addeo:u:s;;:lit:r:tu~:. ~ien nuestros, por el sentimiento
neros, son, .
lidades ue atribuian a los temas de sus troque manifestaban y por Jas moda .
q
d terminadas por la infl.uencia
vas. Las poesias liricas de Camoëns, aunque e

II

N

E:-

°

?

178

formai italiana, tradujeron una sentimentalidad enteramente portuguesa. Y a
nuestro Garret, si el romanticismo se le impuso, llev6le también a buscar de
preferencia en la tradici6n nacional la enjundia de sus concepciones. iY boy?
La literatura portuguesa de boy ref!eja el estado de anarquia en que se encuentra Europa. Las corrientes mas contrarias la atraviesau, las aspiraciones
mas opuestas, los destiuos mas diversos. Romantica en el fondo, como rornântico es el pensamiento europeo contemporâneo, aparece, dentro de ese estado
de espfritu general, con multiples facetas. Pero no acompafian los poetas a los
prosadorcs. En éstos hay una tendencia genérica a un nco-nacionalismo. En los
poetas puede decirse que el modernisrno equilibra el neo-nacionalismo. .E:ça
de Queir6s, disdpulo de Balzac, de Flaubert y Zola, no ha becbo escuela duradera, y su influencia naturaJista es hoy casi uula. Guerra Juuqueiro, disdpulo
de Victor Hugo, tuvo un prestigio efimero, mâs polîtico que artîstico.
La literatura portuguesa de boy vacila ante Jas f6rmulas que puedc adoptar,
o porque niuguua de ellas le agrada eutcramente, o porque los escritores no se
sieuten con fuerzas para hombrearse con los consagrados.
En los eôcritores uuevos hay iufl.ujo del modernismo. Sin dejarse Jlevar por
las cxageraciones de las corrientes que cabeu dentro de la designaci6n lata de
futurismo, tratau, no obstante, de aprovechar la secousse que cl futurismo da a
las manifestacioues literarias del tiempo presentc. Sou, ademas, continuadores
de los escritores de antaiio, que aprovechaban, sin copiarlos, los procesos que
nos llegaban de Europa, ya partiesen de Petrarca o de G6ngora, ya de Goethe
o de Hugo. La poesfa, esencialmente lirica, s6lo excepcionalmeute épica en el
siglo XVI, adquiere con Eugenio de Castro modalidades bellas que eu nada le
cedeu a la poesîa franccsa de los Viellé-Griffiu, de los Montesquiou-Fezensac,
de los Regnier. La prosa, que con Eça de Queir6s alcanz6 uua fase de esplendor, posee hoy ejcmplares que se codeau con los Huysmans y los Lorrain.
El simbolismo es una f!or cultivada hoy naturalmeute en la literatura portuguesa. Y el decadentismo es una atm6sfera forzosamente respirada hoy por los
litcratos portugueses. Hay un géncro en que nuestra deficiencia es manifiesta:
el teatro. Los dramaturgos portugJeses de hoy son pocos y malos. Pero en la
poesîa, en la novela, en la cr6nica, en la critica, en el ensayo hist6rico o filos6fico, la literatura portuguesa de boy es rica y notable.

ALFREDO PIMENTA
1 79

�LA PLUMA
personalidad, elevada no mas que a la altura de los proscenios del entresuelo,
un interés directe en la empresa de Madame Pièrat. Pongamos la verdad en su
punto:

TEATROS
I.-DE LA COMEDIA FRANCESA
veces una compaîiia extranjera ha conseguid? en Madrid
el éxito econ6mico de Madame Pièrat en sus rec1ente: representaciones de la Princesa. Del rey abajo, cuantos antano daban
decoro aristocratico a los abonos de moda, se han a_presurado
a llenar espléndidamente la sala d onde a diario se p1erden los
ecos angustiosos de doiia Maria Guerrero llorando los infortunios que s~ele_n
caberle en los melodramas que representa. No pretendam?s, con todo, atnbmr
el pingüe resultado de la excursi6n artistica de Madam~ P1èrat a sus solos méritos de actriz, que son muchos, al interés que baya pod1do des~ertar s~ repertorio, escogido con cierte buen sentido de la armonia en la vanedad'. ~~ en manera alguna al prestigio de Monsieur Lugné-Poe, je~e de la expedicwn, c~ya
maestrîa en los negocios extranjeros del arte dramahco francés n~ ha podido
brillar en esta ocasi6n con el esplendor caracteristico de su pequeno gran teatro de fOeuvre. Lugné-Poe, introductor en Francia de Ibsen Y Crom~el!nck,
en una labor incesantemente renovada durante cinco lustras, se ha h_mit~~o
ahora a servir los intereses diplomaticos de su pais, poniendo a contnbucwn
su conocimiento de los gustos teatrales del publico que podia acceder a u_n espectaculo planteado en los términos que lo ha sido el de las representac1ones
de Madame Pièrat socia de la Comedia Francesa.
Cherchez /a fet~me, pues, 0 mas claro: lQuién es ella? Si bien en este c~so
fuera mas exacto rehacer la frase y decir Ckerchez fkomme. El rumor pubhco
durante los entreactos, y aun durante los actos harto zumb6n, ha hecho un
secreto a voces de la que secreta corda de boca en boca, atribuyendo a una

[I

·..

180

OCAS

Madame Pièrat, actriz distinguidîsima, si no genial, habia menester refren·
dar sus éxitos de la Comedia Francesa con el aplauso de un p6.blico extranjero, capaz de pagar en buena rnoneda, y cuyo beneplacito pudiera servir en estos momentos de aliciente para la conquista ulterior del Dorado sudamericano.
Madame Pièrat esta muy bien relacionada con un ex presidente del Consejo
francés, amigo a su vez del embajador de l rey de Esp a:iia en Paris. Una indicaci6n del rey a su corte palatina podîa decidir favorablemenle el resultado de
una empresa acometida, por lo demas, con la mayor economia de elernentos
escénicos. He abi la raziSn principal del triunfo de Madame Pièrat en sus ocho
r epresentaciones.
Librémonos muy bien, por otra parte, de negar todo valor artistico a tan
sugestiva re presentante de la Comedia Francesa. Acertadisima intérprete del
tealro de amor, cuyo mejor ejemplo es, sin duda, la Amoureuse de Porto-Riche.
ha querido Madame Pièrat, es piga ndo en los papeles de su repertorio que mas
se prestan a destacar del conjunto la figura de la primera actriz, seiiaJar cierto
car.acter inconfundible que patentiza la continuidad del espfritu francés-cuyo
musaico pante6n es el teatro oficial de la Comedia-, pese al tono difereote
que a través de los tiempos imprimen las diversas escuelas a obras tan dispares cuanto representativas de su época como Fedra, La Pf'incesa Jorge, Monna
Vanna y La marcha nupcial.
No obstante las excelencias de la actriz y el gusto de su publico en Madrid
hayan coincidido j ustamente en la re presentaci6n de Les Marionettes de Wolf,
Madame Pièrat ha demostrado su respeto a la tradici6n ·que en uni6n de sus
consocios le esta encomendado guardar, coronando su visita a nuestra corte
con el espectkulo de la Fedra de Racine.
Aceptando como buena la raz6n fondamental aducida por Stendhal en su
Racine tt Shakespeare, en defensa del teatro romantico contra el neocla;ico
francés-«Rien ne ressemble moins que nous au marquis couverts d'habits
brodés et de grandes perruques noires, coO.tant mille écus, qui jugèrent,
vers 1760, les pièces de Racine et de Molière•- babria motivo sobrado para
considerar l6gicamente como publico mas apto para entender uoa tragedia adecuada a los gustos de los marqueses empelucados de la Corte del rey Sol, el
de los cortesanos del 6.nico descendiente de Luis XIV que aun conserva su

�LA PLUMA
reino temporal. Y asi, el cuadro edificante de la real familia espaôo!~ pr'e sidiendo la selecta reuni6n de la Princesa la noehe de Fed1·a, podria borrar el recuerdo no muy remoto de las fotografias qu,. rlenotaban cierta grave complacencia regia en las astracanadas de Muiioz Seca.
Apresurémonos a disuadir al lector benévolo de toda deducci6n favorable
en ta! sentido. A los abonados de Madame Pièrat no se les alcanz6 de la Fed1·a
otra cosaque el patetismo con que la actriz subray6 dramâticamente los pasajes mas apasionados de la obra, pero en modo alguno eoteodi6 sus cantables,
ni mucho meoos su significaci6n estética.
Racine y Shakespeare evidencian, en efecto, la antitesis entre la pura elocuencia y el movimiento escéoico en la expresi6n dramatica. Con Shakespeare
estao los grandes poetas dramaticos espaîioles. Hablar ahora, sin embargo, de
teatro fraocés y teatro espaîiol como términos opuestos, es un tanto arbitrario.
Mejor seria generalizar con referencia a los diferentes publicos, seguo la escala de las desigualdades sociales, y hacer la comparaci6n cou un criterio inter·
nacional. Dentro de la clasificaci6n de !eatt-o neoc!asico cabrâo entonces con el
nombre de Racine, el de Ibsen, el de Bernard Shaw, el de Benavente, es decir,
el teatro de camara, regia o simplemeote burguesa, el teatro Hrico, en que la
declamaci6n, en verso o en prosa, en grandes tù·adas o en dia.logo rapido, prepondera sobre la acci6n dramatic11. Corresponde ra, por lo tauto, el dictado de
1·omantico al Uatro popular, el de Shakespeare, el de Lope, el de Tolstoï, el de
Decourcclles, el del autor del Don Àtvaro y el del autor del Cyrano, aquél, en
suma-aparte su mérito literario-, en que el movimiento determioa la representaci6n dramâtica.
E..1 gusto del pueblo se satisface m.is con Shakespeare, con el Don Juan 'Ienorio, con una pelicul de episodios, que con la Fed1·a de Racine, propia para intelectuales. Repasemos no mas los bueoos éxitos del aîio teatral en Madrid, tan
malo para la generalidad de las empresas. Un teatro popular, el de Fuencarra 1,
se ha mantenido exclusivamente con oora&lt;; del repertorio romaotico: Del Alcalde de Zalamea y Los Amantes de Teruel, o Un drama nuevo, a 1ierra Baja,
La carcajada y La dama de las camelias. La temporada de Eslava se ha salvado
bajo la advocaci6n romântica de Santa Isabel de Ce,·es. Rata de hotel, pelicula
dialogada, ha defendido el cartel del Rey Alfonso. El Espa.fiol, apenai:' sin obra
oueva, ha llegado a puerto, con Zorrilla, Calderon, Tirso, VP.lez de Guevara y
Hartzenbusch.
Madame Piéral interpreta a Racine con buen i.entido ecléctico, en que la

LA PLUMA
primitiva tradici6o rigida con que se hacia la tragedia en Francia, antes de Floridor, que inici6 la recitaci6n moderoa, muéstrase corregida, sin perder la linea
clasica ni el tono digno, con el fuego realista, que exige cualquier publico
hoy dia.
El conjunto fué deficientîsimo; los demas iotérpretes de Fedra, incluso remendaban de improviso los alejandrinos que su mala memoria dejaba cojos, o
se saltaban versos liodamente sin que el concurso lo advirtiera. La decoraci6o,
puro estüo hall del Palace, muy del gusto del abooo, es decir, pésima.
Il.-LOLA MEMBRIVES
Desde el primer adi6s de Rosario Pino al arte dramatico, adi6s tacito y auo
quizâs tan inconsciente como sus reiteradas despedidas posteriores, desde la
deserci6n de Rosario Pino del escenario de la Comedia, no habia vuelto a hallar Jacinto Benavente la actriz adecuada a su teatro. Nada sigoificao en contra
de esta verdad palmaria los aciertos excepcionales de la Guerrero en La Malquerida; de la Bân:ena, en La !osa de los szteiios; de la Xirgu, en Una Seiiora, y
hasta de la Coben.a, en Seiiora Ama. Mientras los Quinteros lograban, no ya intérpretes felices para sus obras, sino la formaci6o, en los teatros de género
chico, y en el Lara de antaôo, de c6micos a la medida de sus saioetes, de sus
comedias, de sus entremeses; mientras la firma Martinez Sierra se alzaba con
un teatro defendido por una ingenua agraciadîsima, e incluso Linares Rivas, o
un Sassone, podian darse por satisfechos en punto a la colaboracion necesaria
entre autores y actores para dar vida escénica a uua obra propiamente teatral,
Benavente repartia en va.no las suyas, sin en&lt;:ontrar una actriz capaz de prestar
evidencia completa a sus concepciones dramaticas. Rasta la reaparici6n triunfal de Lola Membrives.
Hace ya algunos aiios, siendo muy joven la Membrives, consigui6 destacar
en el escenario de Apolo, consagrado al sainete chulo y al melodrama compri1nido, su personalidad artistica, acusada en aquella breve actuaci6n con un fino
sentido de lo ex6tico, con una fantasia del mejor gusto, en La contrata, de los
Qui'ntero, que ella estren6; en El pe1·ro chico, en Et parat'so de los nit"ios, uoo de
cuyos principales personajes estiliz6, con una gracia a manera de parlante Co
pelia. Después de larga temporada en la Argentioa, volvi6 a Madrid por poco
tiempo, revelandose como tonadillera en suma fiesta del Ateneo. De regreso otra vez en Buenos Aires, iniciô su conversi6n de la zarzuela a la comedia,

�LA PLUMA

..

•

con un intento de teatro criollo, en que vi6 luego la estrecha limitaci6n que}
.
su afao artîstico impoofa esténlmeote,
Y abord an do, por fin , el género dram...b eve temporada que ha constltico moderne, se 06s presenta en Lara en una r . .
twdo el mejor éxito de los teatros de Madrid este mvierno.
d
L
La iott:rpretaci6n de El mat que nos ,.a,cen
Y R osas de oto1io oos ha «-scu_ •
bierto en Lola Membrives un tipo de actriz desusado en la escena espanola,
dende no faltan temperameotos precoces, intuiciones felicîsiRlas, gracias naturales O aprendidas inspiraci6n a veces, donosura, iogeoio travieso, facultades
emioentemente d:amaticas de raro en raro, pero doode siempre se ec~a de
menos en los c6micos la cualidad que es en Lola Membrives excelente: la mteligencia.
De ahi que nos parezca provechosîsimo el consorcio Membrives-Beoavente,
colaboraci6n circuostancial con vistas a una excursi6n por la América Espaiiola, que esperamos se consolide y arraigue despu~ e~ un lea_tro madril:ôo.
Si a las primeras comedias de Benavente en que la 1ro01a esen~1al to_m~ s1e~re una apariencia ligera, situado el autor desde un punto de v1sta com1co, fn:olo incluso eo los efectos dramaticos, coovenÎ&lt;\ el arte intuitive de Rosario
Pino, las producciones benaventinas de la ultima época necesitan una ~ctr'.z de
talento, una atriz comprensiva que sepa dar al natural el tooo de reflexi6n mterior que el autor se propone, y animar eo realidad ~os cooceptos so~re que
discurre, planteando paulatioamente eo los personaies de sus comed1as ~roblemas las mas de las veces resueltos de antemano liricameote, en la conc1encia del dramaturge.
La seiiora Membrives, arrogante de figura, expresiva, elegante en el vestir,
sobria en la dicci6o, sirve en todo momento el personaje que representa, sin
sacrificar el conjunto de la representaci6o a la facilidad del lucimiento persona! en otras esceoas que aquellas en que culmine la gradaci6n dramatica concebida por el autor. Hoy por boy oo teoemos en los esceoarios espaiioles ninguoa
aclriz de los merecimientGs de Lola Membrives, ni cuya modalidad artistica se
acomode mejor que la suya a la interpretaci6n del teatro con que Jacinto Benavente adapta a las conveoiencias del publico espaiiol - comprendido naturalmente el bispanoamericano - el espfritu de la comedia moderna, que ilustran
en Europa los dramaturgos posteriores a Dumas hijo, de Ibsen a D'Annunzio,
de Hauptman a Daunnay, de Chejov a Schnitzler, de Oscar Wilde a Bernard
Shaw.
y aun demuestra la seiiora Membrives la exuberancia de su temperamento

LA PLUMA
de actriz en otro aspecto muy interesante y atractivo: como cancionista. Con
mas voz desde Iuego que todas las artistas en boga del género de variedades,
con buena escuela, mas r.antante de lieder que cupletista, si bien se dedique
con preferencia en sus fines de fiesta a la canci6n ligera, oyéndola y viéndola
dramatizar las tonadas argentinas que constituyen lo mejor de su reperlorio
lfrico, acude a nuestra memoria el recuerdo de Ivette Guilbert, maestra que
fué en ese arte no bien clasificado, nacido en el cabaret, triunfante en el musichall y que en nada desmerece, con intérpretes como Lola Membrives, del concierto de camara.

III.-UN ESCENÔGRAFO
Mucha lastima ha sido que por aprernios de la organizaci6n azarosa de tales
espectaculos, la fiesta celebrada en el teatro del Centro a beneficio de los rusos
hambrientos no tuviera cierto seotido arllstico, que lejos de restar interés a la
fuoci6n la bubiese dado cil caracter de que estuvo Calta. No ha de achacarse, pues,
a incomprensi6n del publico la iodiferencia con que recibi6, entre otros numeros de un p rograma anodino y larguîsimo, la representaci6n· malamente
improvisada de Una 1,merte alegre, arlequ inada de Nicolas Evreinov, uno de
Ios propulsores del teatro artistico de Moscu.
Hubo, sin embargo, en dicha representaci6n una oovedad: el decorado y
los trajes del pintor polaco Wladyslaw Jahl, en que los ten.as tradicionales de
la'farsa italiana, Colombina, Pierrot y Arlequfo, estilizados con elementos populares rusos, sobre un fondo de arlequinesca composici6n moderna, interpretaban con aguda visi6n el prop6sito del autor, situando la obra en el ambiente
de humorismo e irrealidad de que no supieron penetrarse igualmente los actores que tomaron sobre si el empeiio de hacer t nll muerte alegre casi sin
ensayos.
Wladyslaw Jahl une, por loque se ve, a un sentido del arte &lt;lecorativo verdaderamente teatral, la comprensi6n justa de lo que debe ser la decoraci6n,
elemento expresivo en que se fuodan arm6nicamente todos los demas de la
_representaciôn escénica. Wladyslaw Jahl no tiene todavia teatro en que trabaJar. Qué mas prueba de la incapacidad de los empresarios que reclaman para sI
en los sueltos de contaduria la exclusiva del arte en el teatro.

UN CRiTICO INCIPIENTE
185

�LA PLUMA
a si propio vestido de gris en una do las paginas mas sugestivas de esta novela, que bien pudiera haberse llamado de otro curioso impertinente.
Una mujer y un hombre luchaa en •vano, solicitados por humanisimas pasiones, que ni aun ayudados del Destine saben vencer, porqu&lt;' sobre ese Destine altruista hay una fuerza incontrnstable que todo lo avasalla y encauza. no
con las da.ras linfas en que beben los poetas, mas por donde corre turbulenta
la vida.
Los cuentos hreves, Salvadortfn, extraiia y alucinaote evocaci6n de una Andalucia malsana. y La paz de Ve11ecia, moraleja casi sin fabula del mundo viejo,
el mundo nuevo y el amor triunfante, cierran el volumen.

LIBROS Y REVIST AS

* * *
Ram6n Gomez de la Serna.-Disparates.-Calpe.-La viuda blanca y negra,
novela.-Biblioteca Nueva.

Eduardo Marquina,-El destino cruel.-Ediciones de LA PLUMA.
.
.
. d Ed
do Marquina poeta lirico, drama
La triple personahdad hterana e d :c~6n un interés 'particuladsimo. Hay
t~rgo y novelista, pr~sta a toda s~r~:~euteatro, en sus narraciones novelescas,
s1empre en sus p~esias, e~ sus o
as netamente definida a veces, a sucomo una aspirac16n, no Sie~pr~ vag1ti: en el espectador, una emoci6n lirigerir en d lector una ernoci n _ram
' .
ro ios de cada aénero, antes
1
ca; no porque confond~ lo~.té~t"1 nos ~~rhe:i~~!r)dopcono·etar la idea al &lt;iarle
bien, sin_ f'X~C;derse de os im1 ~sen
·ando un esca e al espiritu libre, un
expansion !inca~ forma teatral, pero de{ que deter!inan Ja clasificaci6n de
mas alla, i:redu~tible a ills norfrras_des~ue ~~ a las leyes de la Hrica, la novela o
una obra hterana, por su con orm1 a o

•,.

el drama.
en nuestras ediciones
Esta cualidad apuntada ya por noso tros al aparecer
.
'
"fié
t te en El destzno crue1.
Agua en cisterna, rnam stase pa eln 1 . er capîtu.lo sobre todo, demuestra
Ya la primera parte de la nove a, e pnm
J 1· terés del lector,
la maestrîa del hombre de tea~ 1·o en Susot~~ ~~:d;rl~~fp°a1:s ;ersonajes de la
pic.indole con la presentaci6 n azarosa
I
de captar al lecficci6n. Si hubiéramos d_e buscar _un a_ntece~ent: eno/ ;;a:i~!lista sobre el cator para forzarle ~ segmr las l?enpec1as esnons:~~lai cierta coincidencia de proiiamazo de la reahdad, n~ vacilar~mos .
el comienzo de FI destine c1·uel
cedimiento entre el scg~ido pAolr ~rqum~l e:Scandalo por ejemplo. Salvadas,
el de D. Pedro Antonio de arcon en .
'
·
a ue Marynaturalmente todas Jas distancias en el tiempo "/ en eAI esp acio, Y q
·
t t omo en d1latar 1arc6 n.
quina se esfuerza en condens_a~- a~. 0 âe a templar de suave ironîa la cruda
Por otra parte, el poeta hnco . ien
be ederas de Celestina, pero mas
realidad que en forma de dos m~Jerona~- . r Gald6s-acaba por vencer al
pr6ximas parientas de algunos tipos ~e rneJor
rador de la fabula, se pinta
mismîsimo Destina, que, tomando cue1po en e nar
186

No ha mucho le oimos a un admirador de G6mez de la Serna, en una tertulia de café: cCierto que Ram6n tiene un defecto que le hace desmerecer no
poco: el de escribir cuauto se le ocurre, publicar cuanto escribe y regalar cuanto publica .• 1Es ello verdad?
En primer término, caso de que lo sea como por las muestras parece verosimil, nunca la!es exuberancia y liberalidad constituidan defecto, sino exceso, pecado que lejos de ~gravarse cou la reincidencia y el escandalo, pueden
abrir al pecador Jas puertas de la misma gloria de que gozan otros «moustruos
de la naturaleza». Y en segundo lugar, 110 nos parece justo medir con rasero
al guno a quien se esfuerza de continuo en pasa,- de la raya en que, so capa de
acatamiento a las reglas de la buena educaci6n literaria, se detieneo, faltos de
aliento en realidad, m11chos espiritus mediocres.
Sin descanso ni fatiga produce Ram6n G6mez de la Serna diariameo te cuartilJas y mas cuartillas, que luego de solicitar la atenci6n del publico, letrado,
curioso, o indiferente y remibo, en revistas y peri6dicos, nos ofrece coleccionadas en sendos volumenes, cuya aparici6n aventaja en regularidad a algunas
publicaciones con caracter de gacetas literarias-en punto al cronometrismo
de la hora ojicial de Europa que pretenden fijar-. Rara vez viene solo un libro
de G6rnez de la Serna. Pudiéramos decir, parodiando sus greguerîas, que «el
critico encargado de participar a los lectores tan fausta nueva, cumple en cierto modo la misi6n del redactor encargado en los peri6dicos de comentar esa
noticia extraord inaria de la mujer fccunda que cada nueve meses nos sorprende con un nuevo parto triple o cuadruple•.
Bromas aparte, puede tal vez reprocharsele a G6mez de la Serna la insistencia, no obstante su multiple labor literaria, en no pulsar sino una misma
cuerda de su sensibilidad, culminante en la manera, tan persona!, de sus greguerias de siempre, de sus Disparates de ahora, preciosa muestra de la fioura
de humorismo, semejaute al del gran humorista Charles Chaplin, incluso en el

�LA PLUMA

LA PLUMA

sentimiento lfrico que carre por debajo de su inspiraci6n desbordada en gracias truculentas. Mas Nuién nos dice que esa in sistencia 110 encubre un afan
de perfecci6n que se nos escapa en la improvisaci6n a que se obliga o a que
se abandona?
Sobre que repasando sus obras anteriores écbase de ver la evoluci6n, que
no se advierte de un libro a otro, cada uno de los cuales es reedici6n espiritual
del anterior, pero si en el conjuoto de su l~bor de quince aiios a la fecha. Nosotros que en alguna ocasi6n le bernas requerido a que c0111pusiera mas, deteniéndose en el camino del ingenio a c/r.orro suelto, que intentara aprovechar
esa poderosa imagioaci6n derrochada en tan deliciosas y admirables quisicosas con que nos sorprende, divierte y emociona, que orientara su esfuerzo en
suma a la invenci6n de nuevas relaciones entre los suce, os que constituyen
una novela, vemos ya patente ese esfuerzo en sus ultimas producciooes, de
que son precioso ejemplo, la que enriquece, actualmente en curso de publicaci6o, las pâgioas de LA PLoMA, y La viuàa blanca y ttegra.
Apenas hay, sio embargo, trama novelesca en esta disecci6o minuciosa de
un amor vulgar que Ram6n descrihe con la pausa, el humer, el estilo p eculiar
que le distingue. Pero ya la atenci6o coocentrada sobre dos protagonistas de
un solo tema, etl'rno en sus incidencia!, en sus contrastes d&lt;; luz f de sombra,
muestra el prop6sito en el aovelista de serlo verdaderamentè, con todos los
incoovenientes que puedao salir al paso de su imaginaci6o, torturada par un
concepto de reducci6n de la vida al absurdo, en que reside su modernidad, y
en definitiva la fuerza con que cooquista a sus lcctores.

* * *

Cela e5da1ola conte mporânea estâ ta! vez en Las Âuuilas de L6
on to o o cual, denota El embrujo de &amp;villa
d o C
pez Pinillos.
tor persooalfsimo y un novelista maduro·
en
arl~s Reyles un escricasi siemprc, hecho y derecbo.
' coma sue e dec1rse, abusivamente
El sefior Reyles escribe muy bien el
t 11
•
valor de las palabras, no fuerla la atenci~as i3J°o, ttene co?cieocia clara del
taxis capricbosa, y si alguna vez nos arec: e ector some,tiéndole a uoa sinnarfa aligeraodo el autor la pauta dei a.rra que la e&lt;:onom~a de la novela gagracia de buena lev literaria de un esiîlo fo, !los bene s1empre gauados la
elementos plasticos aparecen con ri
prOJ?lamente narrativo, en que los
verbal, abuodante, câlida, col~reada.gurosa l6g1ca, supeditados a la expresi6n
Corno novelista posee el seîior R~yles
1
·
~uar el mterés dramâtico y sorprender co~o:1 :~c= en_te con~1ci6n: la de gr~!1br~ por lo prooto el encadeoamiento oatural decl so 1mpr~v1sto, que desequ1Jushfica luego por la misma fatalidad a ue ob
os antenores! pe:o q~e se
por el novelista. La puiialada trapera di la ba~~:i~: t~d: la acc160 m~ag10ad~
enamorada, par salvar al que odia, vale or toda la a ombre de_ qu1en esta
mente recargada al final con demasiadai
. . novela, acaso 1ooecesariapurgativa a la confesi6o pûblica de la pec:~prnc1ones que no aiiaden emoci6n
Pero no vale solo 1:1 embrujo de Sevi/la ora. 1
.
diestrameote traoscrita Lo que me· 0
porta capitula novelesco o esce11a
seiior Reyles ha sabido paner de rili~v~os parece es la maestria con que el
1:1e~tal, ese delirio hiperestésico del tabta!s~ ?1oos:uosa exacerbaci~o senti.Sevilla, esa complacencia dolorosa en el a~o e rue o, de la Semana Santa de
dad y la ficci6n aparecen iovolucradas· y confruyd&lt;:od la rnue:te en que la reali0 1 as apas1ooadamente.

°~

J

Carlos Reyles.-El embrujo de Sevi/la, oovela.-Calpe.
Hay en la visi6o de Sevilla del seiior Reyles pasi6n de turista sensible a las
emociones de lo ex6tico, ese ;,unto de vista del extranjero descubridor, a través de un mon6culo de lente curva. del bechiz0 esp~iiol encarnado defioitivameote en la Ctirmen de Merimée y Bizet. El mismo afan prolijo que el autor de
El embru;o de Sevi/la ha puesto en verificar de una manera tlcnica sus primeras apuotes impresionistas, el alarde que hace ante el lector de sus conocimientos flamencos, la minuciosidad en que se corn place al describir los sagrados ritos del cante joodo o de la tauromaquia, demuestran su iohibici6n espiritual del espectaculo que fa protagonista de la novela contempla desde lo alto
de la Giralda.
Hay en la bi&lt;.toria de los amores del seiiorito torero y la bailarina de 1'l
embrujo de Sevilla, la sangre, la voluptuosidad y la muerte de los cuadros vivos
que acert6 a escribir sobre motivas espaiioles Maurice Barrès; hay un nuevo
trasunto, mas directo, de la Andalucia pintoresca de La femm• et le pantin de
Pierre Louys; hay la docume ntaci6n, mas cieotifica, valga la palabrn, menas
farragosa y periodistica, de que se sirvi6 malamenle Blasco lbâiiez para su
Sangre y Arena; hay toques de crudo realismo cuyo solo aotecedente en la 00188

* * *
José Maria Ch1tc6ny
Calvo. -L as cten
.
.
•
me;ores J&gt;oesfas cubanas.-Madrid.

Editorial Reus, ,

922

No se ha limitado el afortunaclisimo colectO r d
tresacar con exquisito gusto adoroa dol
e es~e c~nt6n modela a eomejores composiciooes de l~s poetas°esp~s-~fn ~o~as b~ograficas y cr.iticas, las
en Cuba. Ha hecho mucbo mas: ha descubi:rtesl e per,1odo romantico nacidos
Era empeiio oada fa.cil y que ha llevado a o a poesia cubana.
lento y discreci6n singular :le que ha sab'do ~abohel Sr.! Chac6n con el lino tamuestra en sus eosayos literarios de vari~ én::o asta a fecha tan cumplida
Poroue era menester senalar e l
g,
·
.
Manuei'de Zequeira a Juliân del Cn ~s poes1as selecc,onadas en este toma, de
redia, de la Avellaneda de 7.:enea as~ yrt~ené L6pez, a través del tonaote Henacional, que aparte la pasi6n poilïcaa et' Y p!~&lt;:1do el Mul~to, un sentimiento
fondo oatural del paisaje de la isla re;elas:ar ~1~ po~. l~ hbertad patria o cl
to cubanos. Y es loque halo rado'sob .
un numo inca con color y acen«Zorrillismo y tropicalismog son-dic~.:_~~~uf.admdeote
el ~r. Chac6n y C~lvo.
a I a es, mahces de una m1sma

�LA PLUMA

LA PLUMA

actitud espiritual. Por eso aquella tradici6n literaria arraig6 tan firmemente
entre nosotros, y puede decirse que apareci6 cou Francisco Orgaz, aiios antes
de que el poeta de la Alhambra la divulgast' con sus viajes memorables por
gran parte de la América e:spaiiola. El zorrillismo es lo verbal que simula lo
Hrico, lo mel6dico, que predomina sobre toda idea y toda emoci6n ... Los poetas simplemente versistas no llegan sino al tropicalismo zorrillista; los poetas
que han tenido algo que decirnos, que han visto luces distantes o sentido ocuttas e insinuantes voces, que han cantado, aunque fuese una sola vez, porque
todo el espfritu aspiraba y exigia las aladas palabras, llegan a la visi6n plena
del alma tropical...•
Ad vertir ese dejo cubano en la bélica trompa de los coetaneos y continuadores de D. Juao Nicasio Gallégo, o en la ada ptaci6n de los suspirillos germdnicos de Becquer a la lira tropical, es cosa que ya puede lograr cualquier ofdo,
una vez hecha la selecci6n de este muestrario poético, con el seguro tacto, la
voluntad inspiradora de un espfritu tan sabio como el del escoliasta de Las
cien mejo,·es poeslas cubanas.

* * *
Artemio de Valle Arlzpe: Ejemplo. - Madrid. Aào MCMXIX; Vidas
milagrosas.-i\fadrid, MCXXI.
Dos maneras hay de considerar e l pasado: como una ruina, cuyos ecos solo
repetiran ya nuestra voz, si enmedio de ella damos al aire elegiaco lamento
( cEstos, Fabio, jay dolor!, que ves ahora-campos de soledad, mustio colladofueron un tiempo Italica famosa• ), y ta! es la disposici6n de las gentes que no
creen en espiritus ni trasgos; o abandonandose por entero a la emoci6n que
las reliquias antiguas despiertan en el animo sensible, hasta que la propia voz
se impresiont-, y hable por boca del evocador el espfritu evocado.
Cierto que no tendra para oosotros interés alguoo esta segunda evocaci6n
o remedo simplemente verbal dt&gt; una época cuya memoria vive en la nuestra
por los monumentos literarios o artfaticos que de ella nos quedan, si el escritor de ahora se limita no mas a imitar formas arcaicas, vacfas de sentido propio. Pero hay un grado de contemphci6n est~tica, es decir, moderna, y este es
el caso de D. Artemio de VaIJe Arizpe en los dos preciosos libros que nos regala-deliciosamente ornado el uno con dibujos de Roberto Montenegro-, en
que la voz y el acento aotiguo se tifien de una ernoci6u directa y personril, cuyo
mismo artificio y engolamiento descubren cierto humorismo purificador.
Valle Arizpe, escritor mejicano, se siente atraido por las somhras del pasado colonial de su patria nativa, y con graciosa deiaci6n de la libertad de pensamiento conquistada por sus antece.sores iomediatos, se complace en fingir
historias y milagros de una lPyenda espaàola de supersticiones, estilizadas a la
mayor gloria dt1 D. Ramiro el de Larreta.

• * *

P,uù Neuhuys.-Poètes d'aujour d'hui. L'on"entation actuelle de la cons,·ience
lyri9ue,-cÇa lra,, Anvers, 1922.
1Hay, ~na or,ientaci6n defioida en las diversas manifestaciones de la oesfa
moder111s1ma? Jau] Neuhuys, afirma que si en su librito P.oetas -'e ho 1 p ·
tac .,
t / d, l
· · , •
'
"' '.Y ,a o,·un_i~n ac ua e a ~onczenc1a lirtca, publicado eo las atractivas y cuidadisimas
e_d1c1ones ~t' la rev1sta Ça ira de Amberes propulsora de Ja re O
••
é
bca postenor al simbolismo.
'
n vacion po Obse_rva e~ seàor Neuhuys en la aparente incoherencia, en la anar ufa del
muodo hterano, un esfuerzo comun por concentrar la expresi6n Hrica qma d
a_cuerdo con la reali~ad d~ loque se han propuesto los poetas de t~dos s1o!
tJe~pos. Esa ex1;&gt;res16n d1recta de la realidad se obtiene en la Jirica actual reduc1end? a tér!moos meramente enumerativos Jas relaciones , or seme· a'nza
fonsegu1das has~a _ahora en~e las cosas clasificadas en categorî.is. Lo cual dab~
uga~ a la repart1c16n del umverso en temas poéticos y temas prosaicos a r
nom!a resuelt~ en la concieocia del poeta moderno, para quien 00 ha ' dfr::
r~~cias de cahda? en la materia objeto de su poesfa, y sî s6lo valores d~ relah_v1dad con relac16n al absurdo absoluto, nuevo caos de que ha de s
·
virtud del Verbo, el nuevo mundo libre
urgir, en
_De Guillaume ~pollinaire a Paul VaJ~ry, a través del grupo de Jules Ro~uarns, Duham~l, Vildrac, y ~I de los dada{stas mas significados, traza Paul Neuys una resena de la poes1a francesa moderna, en que la brevedad y la a udeza no i_uenoscaba? l_a claridad_ de su opinion, afirmativa de una concien~ia
por d1fusa en multiples ma01festaciones, sin norma de escuela propiament~
tn~
a , menos patente en su unanimidad.

C. R. C.

* *

*

Louis Léon-Martin.-Tuvache ou la t,·a[fédie pastorale._ Paris, Grasset.
1:'u_vache era un camptsino de cortos alcances, que -1ceptaba el destino con
segun las reglas, y vivfa feliz, ernparedado entre cuatro ideas· •Yo
bs~m,Si6~,.
_,en qu1s1era .• •No se puede.• cTrabajemos., ,Tengo hamb
T
h.
smcero; leal a sus instintos, no comprendia al abandonarse ;\~losuvlac e era
cusion adve I•sa d
t
h ,
'
, a repera
e_ sus ac os, _a 11. "ndose_ corno sie;r.pre se hallaba propicio a
~ nars~ con trabaJo el pan cotid1a110, csm rencor y sin hip6tesis•. Todo Jo que
o poJ1 a gobe!narse por esa norma ni resolverse en esa actitud sumisa era
pa~a
uvache 10excrutable. Asi, ~u~ndo el mundo-una aldehuela riberefi~ del
0
!ra-,
que un momento le acanc16 y exalt6, Je volvi6 después Ja ('Spalda y
111
.;
stt6 luego, le persigui6, empujaudole a la desesperaci6n y a la muer'ce
uvac e no se da cuenta cabal del por qué de la borrasca eu que erece nid~
~a fterza-fue se dese~cadena ~ontra él, y que lo ]leva fatalmente reali~ar su
es ~n~. uvache hub1era pod1do salvarse si llega a tener, a tiem O un oco
~,s,mulo; ~ero en su moUera, no cabia ningu.n artificio. Verle a~i indefrnso
r g1camente 1ndefenso, suscita una emoci6n pura, bien lograda: contra la fata:

t

11

f

�LA PLUMA
"ta que se lleva el
.
triste coraz6!! pesa menos que una pap
lidad enemiga, su
.
·-edos
viento.
.
foDdO un paisaje lummoso, con "'.m
_
La tragedia de Tuvach.e tieneyllordel do y en el paisaje un pueblec1dto, eu
.
arboledas tup1das, on a
'
d l héroe Esta co:1ta a sopu1an~!i~ientos colectivos ?etermina? lai
:ondens~do en notaciones
yo~ m
.
atetismo, sm cromos, e e
'
bnam~nl
M. A.
esenc1a etes,• Ls:~r~ fuerte, veridico, claro.

su:~~~

,
Calvo: Literatu,·a cz,bana. Ensayos
Libros recibidos.-:José Mana Char:d~i uez: Dias de la Regen-cia: Re:1w-criticos. Biblioteca Cal(eJa,-JC.F[ia~c~E de torbea Lemmi: /,os mil _ano~ de
d de lo ue fué. Bibhoteca _a eia.
H Car enter: La vida de los 11:sec os.
0

{!en~

:i:~u;t:s caJit· \t:!nY~~a~;

1

F;'j:·h:tr::tion~:~
::.::~~tT!'iftlai~
le~-Libreria y Editorial Rivadenefr~, ~ .f;eigado: El Poema tri1mfal; Par~s,
5
a· fea Madrid, Suarez, 1 9 22
. • de Lemuel La Connaissance, Pans,
f~2 i, 0.-W. de L. Milosz: f.aver:;tfs:?e di Levante.' Padova, Zannoni, ,921.1922 -Raymondo Raymdond.
·sta"o,- Ça Ira• Amberes, 1921.
·
. 1.,' Appel u conqzti u,
Leén Chenoy.
, - Le Pro rés Civiq1,e, Paris. - La
Revistas. - Mercure de h·an~e, l~aEnps~qtte Paris~ Vida Nuest,·a, BuRe_nos
,
La RevueRueerton·o Amencano,
• .
San J osé de Costa 1ca.
Connaissance, Pans.Aires -Athenaeum, Zaragoza.-L ep . Paris -Cidtura Venezolana, Caracas.ü c',-apouillot, Paris.-Be/JeM e:" ~~eo -Cuba Contempordnea, La B:aba~--:Die Aktion, BeAr!in.-RRego:::~ edo:r~:,1F~r~ara.-Espana y AménL·caa, ~o~~·Ro:a~
Bab l Buenos ues.,.
r l a Amberes..n.,
'
Madrid.-The
mes.eB,1'lbao .- L' Art Libre.
. pBruselaf~yaMrd,
's indice a n'd.-Cosmd"olis
'f
' .
p ,
La Nouvelle Revue Françtus!, ..~nd.-:-d - L;s Marges, Paris. - P_,·isma, oar1s. de
B t
Espana, iua n •
M tevideo -.n.evue
Living Age, "'os on.·;de BeJtrique Bruselas.-Los Nuevo~, opn 's -La Revue de
Signaux de .,-r~nce e ,
Th' rse Bruselas.-lntenttons,. an .
J' Amérique latine, Par~s.-tb 'Y P;ris -Le Maglia, Bolorua,
Genève, Ginebra-Feu:Jles i res,
.

•-ë ~;_

1:,·

'

i,

A~O III.

1

MADRID, ABRIL 1922

LOS A UT ORES

[I

NUM. 25.

'

(r)

mundo de la 11ecesidad y el mundo de la libertad.-Permitidme, senoras y sefiores, a guisa de exordio, unas palabras,
que me ayuden a adaptarme al medio. Si no lo consiguiese
-y temo mucho que no-, que mi sinceridad me granjee
Yuestra tolerancia.
Dice el refran que «cada uno habla de la feria, segûn le va en ella».
Yo, por muy mal que me vaya, os juro que hablaré con admiraci6n de
este certamen industrial. La feria de muestras es ella misma la muestra
mejor, la muestra mas evidente, no tanto de loque ya es y de loque ya
ha conseguido esta ciudad magnifica, dina mica y discordante, sino de lo
que se propane ser y conseguir en lo venidero; la muestra, no tanto de
los hechos y victorias pasados, cuanto del deseo de avance y perfecci6n;
mas que la muestra de las obras, es la muestra del espiritu que anima a
esta ciudad. Pues bien, este espiritu, que lo es todo, puesto que sin idea,
sin espiritu, no hay nada quellegue a ser materialmente; este espiritu es
lo unico que no puede mostrarse en una instalaci6n, en un stand espeL

(1) En la Feria de .Muestras de Barcelona se ha dado una serie de conferencias acerca de la industria del libro. El Sr. Pérez de Ayala habl6 de clos
autores&gt;, que también soa parte eu el pleito. El tema, y los puntos de vista del
Sr. Ayala poseen interés dur&lt;1dero; no obstante, los roismos peri6dicos que
dieron cabales noticias telegraficas de las otras conferencias, nada han dicho
de ésta.
1 93

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
. R · r- EstJaiia colonizadonz; Madrid, 192 1.-Saturos; Madrid, 1921._-~an~1do ~1ma . itorial América.-Fugimoto: En eJ pars:
loi: Cocod1·ilos y ,·u:~enore~, M~drt ~~ica -M Gutiérrez Nâjera: Sus mejp,-es
de !as geichas; Mad~-id, Ed1tor~l. m Juan· Ma;qués: Don Bartolomé Gall~rdo,
poeslas; Madrid, Ed1torl_al Am n~a.
Arturo Torres: En el encanta,mento~
nolicia desu ,,id~y escr:tos; Madnd,C19;1.- .- José Olivares: Poesias; Garcia
Ediciones Sarmiento, San José de . ë::1':~ado· Pasteur y Metclmikoff.-Lms
Monge y C.a, San Jo~é de_&lt;;:•~-, 192~-~ Bib:iotec~ del Repertorio Americano,
L6pez de Mesa: Orzentac,on :deo{!g;{a,
-Miguel de Unamuno: Sensaciones
Garda Monie,_ Ed.; San José de_ . ., /;:'..:....Roberto Brenes Meseu: El mis~ide Bilbao; Brt&gt;hoteca Her~es, B~ lba?: ~ la 1Jerdad· Biblioteca del Repertono,
cismo como instrumento de t1lfJ~Sit!(ac:oJn / d C R \
-E Montfort: B,·elan
921
Americano, Garda Monge, ed.; Sapa '?s Mi~noa:Ï-Lo~is Leon Martin: Tu1JaJi,farin• Bibliothèque des Marges, ans,
·
&amp;Ize, ou' la tragedie pas!orale; Paris, Grasset, 1921.

,,
'

p

,

Le Progrés Ci1Jique, Paris. -

ANO 111.

'

MADRID, FERRERO 1922

I

NUM. 21.

La

Revistas. - ~ercure de firance, I' ~s; -;;e Paris.- Vida Nuest,·a, Due_nos

Connaissance, Pans.-La Re1Jue de t f ~ n~ri&amp;ano San José de Costa Rica.
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-fe~er or;o 'si Cultu;·a Venezo!ana, Caracas.1
Le 1..,1·apouillot, ~aris.-Be!le\ et
~è~a Contemporanea, La Habana.IJie .Aktion, Ber!m--Pias~, ~/~;~;1F:~~ara -Espaiia,, América, Cadiz.-HerBabel Buenos Aires.- rorsia e ·
•
·
A b-La Ronda, Roma.
mes. Bilbao.- L' Art Li~1·e.PBr?selj~dic~a~.t~~id ~c::~6polis, Madrid.- 'l'ile
La No•,velle Reoue françaue, ans..
,
LifJmg Age, Boston.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES (r )

·~d

UN CRIBADO DE NIETZSCHE

œ

la propia suerte que cuando uno esta recién vacunado todos,
en virtudCde cierta ley arcana de malignidad c6smica, vienen
a darle palmaditas en el brazo, precisamente a la altura donde remuerden las gafas ampollas, asî también basta que uno
tcnga entre ceja y ceja una preocupaci6n para que cuanto escucha o lee
coïncida con la preocupaci6n y la alimente o refuerce. En estas «Apostillas y divagaciones», en torno a Nietzsche, que me sirven de ocasi6n,
dcsde hace algun tiempo, para sustentar un coloquio ideal con mis lectores, («Apostillas y divagaciones,, modestamente; anotadlo en vuestro
cuadernito de notas criticas), vengo insistiendo sobre la incompatibilidad
de la literatura con lo que no es literatura. 1Cuan facil es tomar como
filosofia o ciencia lo que no es sino literatura, y no de la mejor, puesto
que es literatura epicena e hibridal Este concepto esencial es ya viejo en
ml, como no ignoran quiencs han tenido la abnegaci6n de leer mis enE

..

(,)

Véaac LA Pu:nu de diciembre 19:11 y •nero 1922.

�LA PLUMA
LA p L lJ \-l A

'd sen los dos vohimenes de «Las Masca
sayos de estética teatral, colef \ desglosado de un critico inglés, Misras». Pues cabalmente esto;in;:s : este prop6sito, que con firman aqu~l
ter Edward Shanks, unas
h
. 'd modernamente una espec1e
t Hélas aqui· « a ex1st1 o
maduro concep o.
·
edio y la literatura como un
de dicotomia entre 1~ literatura co;;c~:s~scritores daban por scntado,
Sin. Ha ~abido ~~a epoca :n1i!:ada literatura seria debia emplearse~n
sin prev1a reflex1on, que l
lb
B.
Tolstoï Hauptmann, han
. . t practico sen neux,
'
d
fines de ren 1m1en
has veces Wells confesaba a
.
d
erte la hteratura mue
·
d
pract1cado e esta su ,
e calificasen de periodista antes que e arHenri James que prefena due/ d no interesarle Shakespeare porque
tista. Bernard Shaw ha ec adr~ o
1 obi'eto de deshacer un abuso so,
·10 una corne ia con e
. d
nunca h ab1a escn
.
. de Keats se ha d1gna o
.
n motivo de1 centenano
,
.
cial; y rec1entemente, co
Isabella ataca el sistema cap1n
gran
poeta
porque
en
aceptarl e como u
lla esta opinion no es ya soss adalides perseveren en e ,
talista. Aunque s.u
.
Ni ho ni nunca. El 6rgano de aperce~tenible hoy en dia». Sm duda.
r~ tura es distinto y dispareio
ci6n del arte,-y entre_ las art;s, ~a i i:r\or se; disparejos y distintos el
del 6rgano de apercep~16_n de a c1en~ de la verdad cientifica. La verdad
orden de la verdad art1st1ca ~ _el orde
t La verdad cientifica es
.
d' ta intu1t1va permanen e.
artistica es mme ia ,
'
.
T
'd'culo y contraprodud. ta d'scursiva
l6g1ca
an n t
1
transitoria, me ia ,
'
d
icntîfica O una estructura 16cente es pretender demost~~r u~~ ::a a a csea de una melodia, de un cogica por medio de la emoc1on a
I de'rycontaoiar el sentimiento estético
lor o de una meta~ora~ como pre e:eoria En iuanto a lo primero, siempor medio de un s1log1smo _o u~a 1 h b. , n tenido cuantos han pasado
é
esta expenenc1a a a ra
.
pre recordar -y
.
. , entre c6mica y repuls1va, que
or
Jas
aulas
académicas-,
la
impres1_on,
.
.
acertaban
a desP
,
ofesores red1chos que iamas
1
me produc1an a g~~os pr . al ceiiida escueta, sinoque adornaban
arrollar una expos1c16n doctnn '
yrofusi6n de hojarasca ret6rica.
y escondian la flojedad de~d~1sc~rso ceolnlopquerfa pasar por ciencia o por
·naba a dec1 1r s1 aqu
. . . ,
No me determ1
, de lorable bambolla; como c1enc1a, rn1anarte. Corno arte, me parec1a p d
sea creer que una obra de arte
til vaniloquio. En c,uanto a lo segun o, o
'

°

.·

'

d

t

'

'

66

se enriquece y afianza con el aditamento de una verdad fisica, comprobable, cientifica, me parece tan incongruente como si a la estatua de la
Afrodita de Melos le colocasen una peluca de pelo auténtico con que
concederle mayor impresi6n de realidad y de autenticidad.
Pero claro que el vulgo-asi el vulgo social como el vulgo intelectual-, propende, por pereza e ineptitud, a preferir todo género confuso
y epiceno; la ciencia ret6rica (que no es ciencia ni ret6rica) como la ciencia mas elevada, y el arte catedratico (que no es arte ni encierra magisterio) como el arte mas profundo.
El error del mal entendido arte de tesis es evidente: el Arte es eterno
por esencia, y la caracteristica del arte de tesis es su caducidad. Porque,
proponiéndose ese arte de tesis un fin practico y pr6ximo, o lo consigue
o no lo consigue. Si no lo consigue, ese arte es inutil, estérîl, superfluo.
Si lo consigue, deja de existir ese arte en el punto de haber logrado su
prop6sito. Si todo el arte contemporaneo se enderezase exclusivamente
a concluir con el sistema capitalista, acabado ya el sistema capitalista el
artc contemporaneo dejaria de existir como ta! arte, y en el dia de manana seria solo interesante como curiosidad, como apatico documento
hist6rico, perteueciente a una edad sobreseida. Una obra de acte no se
aviene a otra jurisdicci6n que la del arte. El canon porque se la ha de
juzgar es un canon estético y su viabilidad depende de la sustaucia inmarcesible de arte que contiene. Si algunas novelas cientfficas de Wells
son superiores a las novelas cientificas de Verne, no es porque realmente scan mas cient(ficas (jalla se va la ciencia de uno y otro!), sino porque
son mas artisticas. Si las obras de Zola y las pinturas del impresionismo
permanecen en el tiempo sin perder su virtud estética, es obvio que esta
perduraci6n es de orden estético, y no de ordcn biol6gico y sociol6gico,
como quiso Zola, ni de orden fisico y cientifico, como se figuraban algunos impresionistas, puesto que de entonces ac:i (y van corridos m uy pocos afios) la biolog{a, la sociologia y la 6ptica han doblado una tornavîa
y est.in a mucha distancia y en distinta orientaci6n que otrora. No niego que el intrépido Bernard Shaw contribuya a que se derrueque el régimen capitalista; pero, si en el futuro socialista se conservan aun sus
67

�•
LA PLUMA

H
1

'I

dramas, no sera deseguro como reliquia sentimental y curiosa, al mo~o
como se guarda la tabaquera del bisabuelo, ni en memoria de su sagac1dad econ6mica, innecesaria ya en esa fecha venidera, antes bien por lo
que tengan de dramas bellos y conmovedores. Beaumarchais coadyuv6
con sus comedias a enardecer la turbulencia discola y sentimental precursora de la gran Revoluci6n Francesa. Y, sin embargo, las comedias
de Beaumarchais siguen siendo actuales, bien que los principios revolucionarios estén admitidos en todo el mundo. èPor qué? Porque toda
obra de arte, si por ser arte se halla fuera del tiempo y advocada a la
eternidad, como quiera que el arte es una actividad humana y el hombre vive en el tiempo y es una medida del ticmpo, la obra del artista ha
estado en su gestaci6n adherida a la matriz de la actualidad. Y aqui
-como en la gestaci6n natural, el instante misterioso en que se decreta
cl sexo de la criatura-se oculta el punto incognito y decisivo que determinara el resultado de la actividad actual; si ha de ser obra estética, o
ha de ser obra practica; si ha de ser fin en si misma, o ha de ser medio
para un fin econ6mico, sociol6gico, politico; si ha de comunicar una
verdad intuitiva y alentar en un sentido filos6fico o ha de manifestar
una verdad cientifica y exponer una filosofia 16gica y sistematica. El toque diferencial reside en ésto; la obra de arte, como actividad humana,
se alimenta con elementos tomados necesariamente de la actuâlidad,
pcro no los elementos transitorios, sino ciertos otros elementos que, sin
dejar de ser actuales, son constantes, permanentes. El problema doble,
!nsito a la obra de arte, lo habla denunciado ya Plat6n; desentraiiar lo
uno en lo multiple y la continuidad en el cambio. èQue éste es un problema filos6fico? La filosofia sistematica jamas resolvera este problema.
La unificaci6n de lo diverso y la inmutaci6n de lo mudable son antinomias que s6lo se concilian en el acto estético. Por eso la obra de arte genuino esta embebecida en un conocimiento de la realidad mas filos6fico
que todas las filosofias profesionales.
La mal entendida obra de tesis, la que esta elaborada con elementos
de la actualidad transitoria, se figura ser ella la que hace que esos clementos sean transitorios y que pasen de una vez para siemprc. Escribir
68

LA PLUMA
una obra de tesis contra un régimen polftico o un abuso social, natural~ente transitorios, lo juzgo tan estupido como escribirla contra el
ano 1921, para que se acelere el primero de enero de 1922. Ahora, una
verdadera obra de tesis buscara en cada régimen politico y abuso social
aquellos elementos de unidad y continuidad comunes a todos los regimenes Y abusos, aquellas rémoras constantes, desde el origen del hombre, qu.e_estorb~n la infatigable navegaci6n hacia la libertad y plenitud
del espmtu. As1 ha hecho Tolstoy; y en ésto disiento del dicta.men del
escri~or i_nglés Shanks. E~ n_ingu~a de sus obras persigui6 Tolstoy la
transi~one~~d de lo. trans1tono, 01 reformas politicas practicas, sino la
aprox1mac1on a un 1deal extatico y distante.
Conforme~ las ideas insinuadas anteriormente, mi deseo, boy, es
ce~ner la atom1zada obra de Nietzsche, y no diré separar el grano de la
P~Ja, porque en este autor apenas hay paja, pero si clasificar en montonc1tos lo q~e es literatura, loque es ciencia, loque es arte . ..
Un cnbado de Nietzsche.

LA MORAL OLFA TIV A
El_moral~sla inmo~alùta,--Nietzsche quiso ser, y fué, ante todo, un
morah~ta. C1crto que el hac1a el coco, llamandose un inmoralista, y nada
le plac1a tanto como que los timoratos le tomasen por un diablo coronado (~oronad_o de cuernos; la cornamenta es la corona del diablo).
Qu1ere_~ccirse ~ue un verdadero inmoralista es un individuo cuya
pre~cupac1on contmua, cuya pasi6n, polariza hacia la moral. De lo contrano no seria inmoralista. Porque todo lo que es-al modo de la vian
da e~ ~I a~do_r-:-:-, se sostiene sobre un eje, con dos puntos extremos de
e~~es10n e_1~c1s1on qu~ no cabe sino Jlamarlos polo negativo y polo poSltivo. Pos1t1vo o negat1vo, ambos polos constituyen oravitaciones fatales p~ra loque cae bajo su orbita imantada. En cuant~ un hombre, para
defi~1rse, coloca delante del apelativo un anlt o un in, confiesa, sin advertirlo, que esta en servidumbre de una cosa previa; traiciona su rec6n-

�1. A PLU \I A

LA PLUMA

·••

dita pasi6n dominante. Por lo tanto, ya no puede juzgar con serenidad
esa cosa previa de que esta en servidumbre. (Nietzsche nunca juzg6 con
serenidad de la moral. Mas aun; escribi6: «formular un juicio moral es
comcter una injusticia~. Sin embargo, no se recat6 en afirmar extremosisimos juicios morales). Toda nueva moral, o si queréis, todo intento
de moral superior y mas delicada, o si queréis, todo estadio fla mante en
la evoluci6n de la moral, choca, como inmoral, contra la moral acostumbrada y usadera. (NietzSche, con abusiva elasticidad 1fué tan impresionable, m6vil y elasticol di6 a entender que la virtud de hoy fué crimen ayer, y el crimen de hoy sera virtud mafiana. A veces, pero no
siempre. De la justeza en interpretar cuando si y cuando no, y el por
qué, depende el conocimiento preciso de la moral). En el moderno
mundo occidental vivimos todavia, no de la moral cristiana, como presuponia Nietzsche, sino de la moral judaica, y de la moral budica, y de
la moral chinesca; en suma, de la moral eterna, de la Moral, que es algo
consustantivo al espiritu del hombre. Cuando aparece una moral nueva
no es en rigor sino una exigencia mas severa de la moral olvidada; supone, en consecuencia, una incomodidad, un esfuerzo, una acci6n dificil, por ins6lita; y los hombres se sienten tentados a calificar estas novedades de crimen, cuando menos crimen contra la tradicion. Moisés
bajo del Sinal con cuernos en la frente, como un diablo. Cuernos de
luz, eso si, pero los pcrezosos y malignos no pasaban de sostener que

eran cuernos.

Nietzsche, aunque con cuernos, quiso ser un moralista.
Valuaciones.-Aparte de su preocupacion o pasi6n moral, de su exigencia de severidad en los usos morales (en los usos morales que él precooiz6), la novedad ética (?) de Nietzsche, su originalidad (?), sostuvo
él que residia en el sistema de valuaci6n. Los actos deben valuarse en
morales o inmorales segun aumentan o disminuyen, rcspectivamente,
la vida: y la vida no es sino sensaci6n y ànsiedad de poderio. Este sistema de valuaci6n tes original? Yo no entiendo por original aquello que
nace en un hombre, sin precedente ninguno, sino aquello que brota en
la espontaneidad de su espiritu y llega a adquirir forma comunicativa.
70

"

Si yo me enamoro de una mu·er m·
..
tagio o imitacion- aunque ant!
,~amor es ongmal, y no plagio, conEl sistema de val~aci6n de ,.,. tzs seh ayan enamorado otros cincuenta.
•
. "llC sc e no es una no d d
,
ginal, puesto que él ha llegado d 1 .
.
ve a , pero s1 es oripatible con las ideas originales. ;.a:r ~010tens1dad elocuente, solo commos como una de Jas formas d I
es novedad que ya lo advertije. Fué una forma adjetiva y : a n_1or~ del hombre primitivo y salvapuesta al fondo eterno de
/ans1tona d~ moral, co!ateral y superque ha ido depurandose
co_nsustan~vo ~l espiritu del hombre,
cLo moral es lo
- i enanas expenenc1as sociales.
dad de poderio? Un;~;pmere1·eannc~d~ sde_n~adciôln de vida y satisface mi ansie.
ia m iv1 ua tan br
.
nana experiencia social basta
b
'
eve, y no ya una m1lecionan aquella sensaciô~ y sat· ~ara-~ ~r que algunos actos que propor.
is1acc1on mmediatas
I I
noc1 vos para Ja vida y Ios m , s
. d. .
, son a a arga Ios mas
baja moral de la muched ab periu i~1ales_al poderio. Por culpa de la
um re, enem1ga s1empr d
d . . .
dad relevante' comenta N"et
1 zsc he Unas vece ' e e to a 10d1V1dualitificamos nosotros Pero co d .
s, s1, y otras veces, no, rec.
, nce amos que sie
hombre singularmente dotad l
. d
mpre que se le frustra a un
moral de la muchedumbre o ~ an~1e ad ,de poderio es por la bajeza
n ba,io (son palabras de N" tz'pohr )a pBs1colog1a de resmtimiento propio del
ie sc e . ueno Jy qu '? E
.
a la moral eternai) Nada d
El h
c
e é s esto una ob1eci6n
.
eeso.
ombred
d d
de la ansiedad de dominio co
d" N" esapo era amente aquejado
. .
, mo 1ce 1etzsche O c
d"
enac1m1ento
italiano
deseos
d
R .
,
o e real"1zar la pl, ,·t omo
d d se lJO en el
perc1be, si es inteligente, que sus med·
~m u
e su persona,
los demas hombres lueoo s·
.
d10s son im1tados, que necesita de
1
.
'
o , 1 se sirve e los de ·
s1rve a los demas o que lo d
.
mas tanto va e como que
'
s emas se sirven de él E
.,
es la moral- , es ax.iomatica e irred .
·. sta ecuac10n - que
bre individual, no puede valerse e/;~~~~~a~n~ ~mdad moral, un homde donde, la hostilidad ajena le
.
u?1camente por si propio;
pandir hasta el maximo ve , _slena mortal; s1guese, que si aspira a exros1m1 su personal"d d
.
de scr con ayuda de los demas
h . i a , como qu1era que ha
dos, que obrar en beneficio d; io:~to ~cersel~s hostiles tiene, una de
cuando menos, extraer su be fi . d ros a prop10 tiempo que suyo, o,
ne c10 e aquello que no acarrca perjuicio

e::~~ '

r

Ï 1

�LA PLU'.\1A
l d de la escuela inglesa, o utilitarista
al pr6jimo. Tales son los post~ a ~s
su bien como quiera que sea,
de moral, (Bentham): el homdr:, usca ·rroga se vuelve al cabo contra él
·
e todo ano que 1
·
comprueba d espues qu
aplacerse como bien pecuhar
lt
uistamente
por
no
.
mismo, y concl uye, a r
. ,
, Esta quiere ser una exphca.
1
barca el bien comun.
al
suyo smo en o que a
I
l no es un asunto 16gico. La mor
ci6n 16gica de la moral; per~ a lmora 1 harto dificil para el cerebro de la
.. .
n proceso mte ectua
.
utihtana supone u
ral utilitaria proporc10na norI
mayoria de los ~omb~es. Tamp?co aC;;o v~ a discernir nadie, especumas sencillas y eiecuuva~ ~e ~:c~~n~i~a loque redundara en bien comun
lativamente, en cada acc10n
. d 1 . terés? Asi como la luz supone
y lo que se reduce a falaz ~pet'.to e in e una inteligencia que lo ar"b
un silog1smo supon
.
ojos que la perc1 en, y
. d l
ducta supone un 6rgano pnvae
es
neooc1o
e
a
con
,
.
.
.
ticula, la mora1, qu
o
. .
oluntad La teoria ut1htana
'd
mov1m1ento 1a v
·
tivo que dec1 e y pone en
. d 1 ~ 6meno moral ni se basta para
de la moral ni penetra la esenc1a ~ e~ de ver traduce con bastante
hacer hombres morales; pero, a m1 m~ lod la e'tica El proareso social
0
.
.
· d l desarrollo soc1a e
·
exactitud la h1stona e
,
d hombres convencidos de que no
se computa en la me~ida del n~mero :1 interés general.
cabe interés privado mcompat1bl~ con existia el interés general. La HuPara Nietzsche, por el c?ntrano, no t para que se produzcan media
.
, 'l O es smo un pretex o
f
mamdad, segun e ' n
. N
h zaria yo este criterio si no uera
docena de hombres de gemo. o rdec a a conclusion como si el hom.
. haber llega o a un
,
q ue Nietzsche imagina
.
fi l'dad y no fuese a su vez pre.
si mismo su na 1
bre de gemo encerrase en l h
b es de oenio hubieran abrigado en
· s· todos os om r
o
texto de a1go mas. i
d
finalidad y no instrumcnto, no
. . 1
rt'dumbre
e ser una
.
.
1
su conc1enc1a a ce
. tes· habrian permanec1do anose hubiesen dado a conocer a s~~;~;:~e ;enio, como el que no es ~enimos. Lo que ocurre es 1u\ e d mas par: influirse de ellos y para mnio, necesita doblemente e .;sd :s ;etcxto para el hombre de genio,
fluir sob_re ellos. La Humam a ue 1/Humanidad se enriquezca y eleve
y el gemo es un pretexto_para·dad es indestructible. La moral del homespiritualmente. Esta rec1proc1
1 f damental la misma del hombre de genio, obligadamente, es en o un
72

LA 1-' L U'.\IA
bre normal. Lo cual no impide que, a cambio de un bien rarisimo que
solo él puede proporcionar, al hombre de excepci6n se le perdonen ciertas trasgresiones de la moral, a sabiendas, él el primero, de que son trasgresiones. Pero Nietzsche disputa que el hombre superior se conduce por
una moral distinta, que no se orienta al bien del mayor m'.imero: y anade que asi debe ser. Es la suya moral noble; la otra, moral de rebafio,
engendrada por la envidia y el egoismo. Si bien se medita sobre los escritos morales de Nietzsche se alcanzara la ultima consecuencia de que
con todas sus novacioncs no logr6 establecer una diferencia radical
entre la moral noble y la plebeya: continuan siendo la misma cosa. Muchas de las maximas, realmente ennoblecedoras, de loque él lia ma moral noble, que se figuré ha ber inventado, son (ya lo veremos) viejas maximas de la moral cristiana, que tanta enemiga le provocaba. En cambio, pone a la moral plebeya el reparo de ser una moral egoista, en la
cual por bajo del aspecto desinteresado se esconde el provecho de cada
cual; y, sin embargo, este ego{smo o afirmaci6n persona! es la caracter{stica que atribuye a la moral superior. La moral noble se echa de ver
en que suscita sensaci6n de vida y ansia de podedo; y, sin embargo, rebate la moral plebeya porque es un procedimiento de conservar la vida,
o sea el ansia de poderio, que segun él es el unico principio vital. Pero-y
aqu{ brota la originalidad de Nietzsche-la moral plebeya conserva la
vida de los débiles, una vida en evoluci6n regresiva que no engendra sino
decadencia y rebajamiento de los mas altos valores del espiritu. La moral plebeya-prosigue Nietzsche- aspira a ser justificaci6n y consagraci6n de la falta de vitalidad; es el indice que marca c6mo la vida ha tomado una curva descendente; asi como la moral noble es superavit de
vitalidad y curvatura ascendente. Pero ~c6mo comprobaremos cuando
hay déficit o superavit de vitalidad, cuando, en efecto, una moral comienza a curvarse hacia abajo? La soluci6n de Nietzsche es sorprendente: «Yo-dijo en ocasiones repetidas-lo conozco por el olfato. He nacido con un olfato especial para rastrear todo lo que es pro o contra la
vida.»
Ya habiamos indicado en un ensayo anterior («La mascara de
73

�L A P LU

;1J

A

1. A P L lI ~! A

Nietzsche») que era la suya una filosofia olfativa. También su moral.
Asi, pues, no habrfa sino unos pocos hombres éticos; aquellos cuyo 6rgano moral residiese en las narices.

MORAL RELATIV A Y MORAL
PERMANENTE

1 ,,'

Napok6n y sus viclo1'ias.-Si establecemos la moral del hon:1b:e supe~
rior y la moral del hombre dela masa como dos finalidades _d1stmtas, s1
relajamos la reciprocidad _anteriorme~te asentada: la h~mamdad para el
hombre de genio y el hombre de gemo para la humamdad; ~os hallar_emos en la situaci6n mas enfadosa e insoluble. Es como s1 Napoleon
(hombre de genio, dilectisimo al ânimo de Nietzsche) hubie:~ ~e pl~near y ejecutar sus batallas de tal suerte que las perdiera su eiercno sin

•

por eso dejar de ganarlas él._
,
,
,
,
La envidia. Nietzsche se iactaba de filosofo zahon. Zahon ten1a que
ser, puesto que, desgajado toda su vida del trato ~umano, creia adivinar
los mas rec6nditos resortes de la conducta. Llego a declarar que antes
de él no hubo psicologfa. Segun él, la pasi6n basica de la ~sicologia plebeya es la envidia, el sentimiento contra el ho~bre supenor. Esta ~fir~
maci6n esta como piedra angular en la moral metzscheana. Aho:a b1~n,
eso es una inepcia psicol6gica. La envidia no se da ~el_homb:e mf~nor
al hombre superior, sino entre iguales. Por algo la Bibha el primer eiemplo que nos proporciona de envidia es de un hermano a otro. Un mendigo envidiara a otro mendigo mas afortunado, pero ~o al alc'.'-1de de barrio, ni a un diputado a Cortes, ni a un soberano. Y s1 se o~rec1ese cl caso
de un mendigo a quien se le ocurriese cotejarse con un d1pu~ado, ~s~ableciendo diferencias, y deseando suprimirlas, esto ya no sen~ env1d1a,
sino ambici6n. La envidia supone en el envidioso la concienc1a de una
paridad cierta acompaiiada de una desigualdad i?justa:
Nietzsche, que cuando pensaba una cosa sab1a olv1darse de todo lo

1

.

que habia pensado antes, escribiendo accrca de la relatividad de la moral

y de ~6mo el cri men de ayer es hoy virtud, o viceversa, nos recuerda que
los gnegos veneraban la envidia, bajo los atributos de la bcnévola diosa
Eris._ 1Sus amado griegos, cânones de humanidad superior.. ! Y en otro
p~s~ie estampa lo siguiente: «el griego era envidioso, y no miraba la env1dia como una tacha sino como un don de una deidad benigna. Todas
las dotes naturales se desarrollan por contraste, por emulaci6n. Y en esto
se a_sen~aba, l_a ensefia~za nacional helénica». (También el sistema pedag6g1co 1esu1t1co, que v1ene desde Aguaviva, se prevale del sentimiento de
la envidia y de la emulaci6n.) Sobre la propedeutica de la envidia ha bda
mucho que comentar; no es ahora coyuntura adecuada. Basta, de momento, nuestra opinion adversa.
No, el hombre bajo y rebaôego no siente envidia ni resentimiento
contra el gran hombre; por el contrario, siente amor, entusiasmo ado:aci6~. La muchedumbre esta deseando siempre el gran hombre, ~n obJeto d1gno de sumisi6n y de idolatria; y como éstos no abundan, la muchedumbre los inventa. El riesgo de que un grande hombre verdadero
pase inadvertido no es a causa de los sentimientos rencorosos de la masa ·
antes bien, porque la masa no es bastante inteligeote y toma el oropeÎ
por oro.
La aditud jisiologzca.-Nietzsche calificaba las virtudes como condiciones fisiol6gicas. Comenz6 por colocarse ante la moral en actitud bio16gica. Escribi6: «Los moralistas, incluso Kant y Darwin, que no han
osado trasladar la biologia a la ética son unos cobardes.» (Ya hemos olosado que Nietzsche pretendi6 aplicar la 16gica a la biologia; que es co~o
querer corner el caldo con tenedor.) Después estiliz6 mas su actitud· una
actitud concrctamentc fisiol6gica. En muchos de sus libros, seiialadam~nte en Bcce Homo, concede menuda atenci6n al modo de preparar los
ahmentos y de masticarlos.
Pcrfectamente. Pero desde el punto que nos tropecemos con un dis~~tico v~rtuoso, la actitud fisiol6gica ante la moral nos parecera, si no
nd1cula, impertinente.
Los antiguos habian dicho: Mens sana incorpore sano. Mens, intelec-•

1

74

1

"

75

�LA PLUMA

LA I' Lü 111.l.
to. Esto esta bien. Nuestro Clarin escribiô: «Enfermo, no opines.» Se
opina con el entendimiento. Esto esta bien. La en~erm~dad menoscaba
a veces la inteligencia. La coordinaciôn entre lo fis1ol6g1co y lo cercbral
es como la de una rueda con el resto del mecanismo. Y como quiera que
la civilizaciôn material es corolario del progreso intelectual, un pueblo
sano y robusto sera también un pueblo adelantado. En sociologia ca?e
la actitud fisiologica. Un sociologo nortcamericano exclama: «La sarten
es el mayor enemigo de la civilizacion», aludiendo a que los alimentos
muy fritos en aceite pierden su capacidad nutritiva.
De la concieneia intelectual sabemos que posee su ôrgano, el ccrebro.
A la conciencia moral no se le ha hallado todavia la sede fisiologica.
,\'on est. No se ha hallado la sede fisiologica de la moral, rcplica
Nietzsche, porque la moral no existe. El mundo es amoral. (Conformes,
hasta cierto punto, respondemos. En las espccies zoologicas superior~
se observan rudimentos de conciencia ética. El amor materno, el sent1micnto de solidaridad, cl agradecimiento. la fidelidad, hasta la voluntaè
&lt;le sacrificio, resplandccen en la sociedad animal. La escuela evolucionista de moral considera la ética humana como herencia biolôgica,
dcsarrollada y perfeccionada, de la ética zoolôgica.) No hay fenômenos
morales-prosigue Nietzsche-, sino interpretaciôn moral de los .fen~menos. Claro que de que sôlo en el hombre se alumbre la conc1enc1a
moral no se deduce que no exista la moral, antes al contrario, que existe, y que existe s61o en el hombre; esto es: l'a moral es un_f~n6me_no n:ietabiol6gico. Corno la estética. No existen fen6menos estet1cos, s1no m terpretaciôn estética de los fen6menos. La estética y la moral no son fenomenos en la 'naturaleza, sino en el hombre. Ahora bien: cdônde reside cl 6rgano fisiolôgico de la estética? èQué tiene que ver la dieta
alimenticia con la obra de artc? Pues lo mismo la moral.
Un ejlrcilo de ir.vestlgadores.-Nietzsche, aun negando la moral, queria una espccie de quimica de la moral, y pedia un ejército de m~les de
investiaadores que coligiesen enorme material de hcchos denominados
morale~, a fin de luego preparar una tcoria de los tipos de moralidad.
Es cl procedimicnto empirico, que se sigue en las ciencias naturalcs.
76

Pero las cicncias naturales estudian los fcnomcnos en la Naturaleza
no es de es~ _especic el fen6meno moral. El procedimiento seria esté~/
Croce ha_ cntJcado sagazmente ese mismo procedimiento en la estética.
Relatwfsmo.-:-_ Entre_t_anto, Nietzsche se conforma con ser relativista
en _moral. «La et1~-d1Jo-depcnde de circunstancias geograficas e histônca~»- Esta noc1on la aprendiô de los moralistas franceses sobre todo
Volta!fe y Pascal. Este ultimo escribi6: «lo que es 1·usto del Iado d
'
d
·
· ·
d
e aca
e un no, es m1usto e11ado de alla». En efecto, enfrentados dos hombres, cada uno en una margen del rio, si hablan refiriéndose a un lado
u otr~ como la_der~cha y la izquierda, no se entienden, porque lo que
par_a este es la 1zqm_erda, para cl otro es la derecha. Pero, si dicen, aguas
arnba o _aguas abaJo, se cntenderan perfectamente. Pascal escribi6 la
palabra;us/o (o sea, conforme a la ley promulgada, que puede ser circunstancial o arbitraria), y no moral (o sea, conforme a Ja ley et
)
In~oducir cerillas en Francia es un delito de contrabando; e~rn~~
pana, no.
".'o~taire y Pascal fueron realmente relativistas, en cuanto el mismo
relat1V1smo lo expusieron relativamente, admitiendo y afirmando
b . I 1 . .
' por
aJO e re at1v1s~?• un~ moral universal, permanente y necesaria. Nietzsch~, en su relat1v1smo 1racundo y dogmatico, se conduce como un abs
lut,sta.
o.
Moral_cristiana.-«Has de saber amar tu alma de suerte que te bastes a ti m,smo en la soledad. Has de aborrecer por igual todo exceso de

la pl~be o del potentado. Has de escribir en tus tablas la palabra noble_
cQue cosa ~s ser noble? Ser dispuesto, tanto para ordenar como para
obedece~. S,gn~s ~e. nobleza: no pensar nunca que nuestro deber sea
compart1do, 01 e~1?1r a los demas iguales deberes; no rehusar ni dividir
nuestra r~po~sab,hdad; computar nuestras prerrogativas y su ejercicio
como obhgac,ones Y deberes». cEs, por ventura, esta una moral universal Y ~t~rna? S_egun Nietzsche, esta es una moral relativa y anticristiana
qu~ el mvento para los hombres superiores. jGrande es nuestra confus16nl
RAMON PEREZ DE AYALA

�L A l' LU .1\1 A

ASCENSION
nadie Jo adYertia.
milarrro se realizaba en aque li a casa, y
.,
Los i;ilagros son frecuentes, pero el _imp_erativo de atenc10~
que las cosas naturales nos exigen, imp1de observar_ lo p~o 1
. .
cuando carece de caracter ùtil o no se rev1ste e
d1g1oso,
. - era en , ,erdad extra, .
1
ltitudes. El mno
,
exterior escemco grato a as mu
.
.
_
.
t s 'as raras c1catnces que en e1 cos
ordinario: sus m1embros en eco , i
.
•
1
• 1 'dea de heridas anteriores a su nac1m1ento, e semtado sugenan a 1
. d
·os persuasivos
blante grave y dulce de facciones termina as, 1os OJ .
..
'd
la boca que con las primeras noc1ones dtJO ya
cargados de 1 eas, y
,
, l "fi
y
. . . s de tal simplicidad y justicia que todo parec1a c an ~rsed
JUl1c~ofi
en dos zonas inconfundibles de bien y mal, hub1ese e
c as1 carse
·ca don de la
sftuido tema de estupefacci6n en una casa n
seguro con 1
. t
J · el aspero pro. f
r: ·1 Mas en la casuca del carpm ero ose,
vida uese aci ·
· b I caracter El
'blema de cada dia iatigaba la imaginaci6n y agr1a a e . .
doctor de la Casa de Socorro, que se habia afici~nado al mno y gustaba de sostener con él !argas plâticas, s~lia dec1rles:
-Tienen ustedes en casa una maravilla.
.
·Con dientesl-respondia, prosaico, el carpmtero.
. f d' 1
-1
.
dl t
de despego m un iae
y la «seôâ» Maria, sin apartarse e ono
,
'Vaga ternura maternai:

m
N

78

-Los pobres no debiéramos tener hijos, doctor. Y si salen listos
y enfermizos, como éste, peor a(m.
El médico, mas para si mismo que para ellos, explicaba de este
modo lo excepcional de aquel muchacho, que a los seis aôos era ya,
sin que se dieran cuenta, la primera autoridad moral de la casa:
-Lo que me choca no es su inteligencia: conozco otros mas listos.
Lo que me admira es su tendencia precoz hacia el bien, su falta de
instinto egoista. Parece que sus ojillos ven lo bueno y lo malo a través de todos los equivocos, y que desnuda las segundas intenciones.
No es el niôo sabio: es el niôo santo, mucho menos frecuente. Hay
que cuidarle.
Aquel hijo inesperado, trajo d desconcierto a la casa. José era un
artifice torpe y escrupuloso. Su falta de habilidad impediale tallar
finas maderas, y su aplicaciôn vedabale entregar sin ciertas finuras la
obra basta. Ganaba, pues, muy poco. La existencia era casi misera,
y Maria, en las épocas mas estrechas, cosia para fuera y lavaba a
veces en el rio. Matri!r.onio sin pasi6n, mas pr6ximos a la calma ùe
la vejez que al hervor juvenil, tuvieron aquel hijo por sorpresa. Fué
una noche de un invierno helado, entre sueôos, sin que el placer, ni
aun la conciencia interviniesen, cuando la primera célula del fruto
pendi6 entre los dos arboles unidos por el frio y el hambre. Y cuando, dos meses después, la mujer clamaba: «Ha sido mismamente como
cosa del otro mundo», decia verdad.
Durante la prenez sucedieron a la «sefüb Maria dos hechos futiles que ni relacion6 siquiera: una tarde, mientras hilaba, detuvose en
el dintel de la puerta el hijo de una vecina. Era un muchacho hermoso, casi idiota, pero de belleza angélica. Nada dijo, sonri6 con sonrisa beatifica, e iba a hablar cuando un trope! de arrapiezos le tirô de
los harapos y lo arrastrô lejos. Fué inutil que la «seôa» Maria se
asomase a preguntarle si su madre lo mandaba con algun recado. El
79

�LA PLUMA

LA PLUM.',
angelote le sonri6 ... le sonri6 cual si hubiese tenido algo muy grato
que decirle, y desapareci6 entre la algazara cruel. El otro hecho fué
que una paloma blanquisima entr6 por una ventana y se pos6 sobre
la cabeza de la embarazada. Un pariente suyo, que estaba de visita,
la cogi6 sin trabajo alguno, la torci6 el cuello, y al otro dia se la

•

comieron con arroz.
Los primeros anos de la vida del nino estuvieron llenos de sobresaltos. La menor enfermedad adquiria en él caracteres graves, como
si el alma albergada en aquella arcilla equivocadamente, quisiera
aprovechar toda circunstancia para deshacer el error. Vicisitudes del
infortunio obligâronles a cambiar de ciudad y a ir a lomos de mula
hasta un pueblo costero, donde se asentaron. En cuanto el niiio
aprendi6 a hablar, sus palabras produjeron en quienes Jas oyeron no
ese contento c6mico que, a modo de chispas alegres, surge de los
primeros contactos del hombre con el Universo, sino una especie de
estupor. No andaba a(m, y ya hablaba de corrido y razonaba mejor
que sus padres y que los amigos de sus padres. Le pusieron de nombre Jesus, y alguien hizo notar que ninguno le cuadraba tan bien,
no s6lo por el fortuito entronque en sus progenitores de los patronimicos sagrados, sino por aquella vaguedad del rostro, por aquel
efluvio autoritario y suave, por aquella sabiduria innata acerca de las
verdades primarias, que hacianle viva piedra de toque del mal y del
bien.
Esta rectitud manifesta.base en detalles menudos. Por ejemplo: el
padre solia a media man.ana, cuando su mujer estaba fuera, llegarse
a la cocina y sacar del puchero la primera taza de caldo, la mas sustanciosa. La «senâ• Maria, en cambio, si iba de jornada a cualquier
casa rica y dabanle algo, traialo con misterio para dârselo al hijo.
Éste, en ambos casos, protestaba; y no eran menester sus palabras,
sino su gesto, para que la taza subrepticia sacarase en un descuido

s~~o y para que el paquete de vituall
.
d1v1diera en tres porciones d 1 as se abnese sin escondite y se
nienor.
' e as cuales una habia de ser algo
-Yo nec~sito corner menos, decia.
-rPero s1 se te cuentan los huesecitosl
-Con ese carâcter no é
,
-argumentaba la madre.
J .
T
s a que te vamos d d'
ose-. e engafiarân todos y ade âs
a e icar - preveia
los seres demasiado justos ' '
~ '-~o tendras amigos, porque
El
' no son s1mpahcos
.
padre, al decir esto, mostraba
. .
utu humano que las de Ios ârb I conocer_meJor las vetas del espi•
p~r su garlopa y su serrucho. : es c_onver~1do_s en materia muerta
cmos estaban intranquilos s1· e to tberna Jesus s1ete afios y ya los vedeseo d e verle partir a su ' . n ra
.
" a .en su casa. Unos atnbuîan
el
•
·,
aire
enierm1zo·
otr
oe nmo «que ya pareci h b
.
'
os a aquella curiosidad
.a a er s1do persona
I.An nmo tan poco travieso hab' i
mayor», y otros a que
misma casa su prese .
~a orzosamente de ser hip6crita. En su
,
ncia continua enervaba·
gur6 que el nifio estaba a , .
,
. 'y cuando el doctor aselas maiianas a la playa ne~1co y que s1 no lo obligaban a ir todas
a coi retear con los d a
.
catarro podria lesionar los b
.
. em s ch1cos, el menor
. .
ronquios débiles el
· t
posa smberon un secreto alivio.
'
carprn ero y su esmaiiana iras ' porque hace falta para tu salud , le d"!JO, severo-Desde
, José.
-En cuanto vayas unos cuanto di
pali6 la voz materna·
s as lo pasarâs mejor que aqui,

y Jesus no pens6 en desobedecer Q
,
Pero a las claras v1·6s
.
. 1 ué hab1a él de desobedecerl
e que no iba a gusto S b
arena, bajo el sol la ch1· ·11 ,
. o re el oro tierno de la
,
qui ena correteaba co 1
ameaban
las
velas
sobre
el
azul
intenso
n a gazara. A Io Iejos
11
espuma, Ios esqueletos de b
' y cerca de las grecas de
.
arcas a medio c t ·
Jas carcomidas de mol
ons rurr y las barcas vieuscos, parecian crias y restos de una fauna
6

8o

Sr

�LA PLUMA

LA PLUMA
marina. Desde el primer dia, Jesus aficion6se a los niii.os menores
que él. Los Uamaba junto a si, y les contaba historias que siempre
encerraban, a modo de ap6logo, consejos o advertencias. S6lo diez o
doce no se fatigaron de estar pendientes de sus labios. Los demâs,
âvidos de vivir en todas las cosas, desperdigâronse por la playa, Y
alguno debi6 de ir con el soplo a los mâs turbulentos, porque en pocas man.anas el auditorio se renov6 y surgieron las primeras burlas.
El don del humorismo habiale sido negado a Jesus, y a pesar de superar su ingenio al de los demâs zafios hijos de pescadores, respondi6 a las chanzas con una seriedad y un candor tan poco combativo,
que, sin duda, evitâronle violencias. Desde entonces, fué admitido a
titulo de buf6n melanc6lico entre los rapaces; y cada vez que uno de
ellos iba a matar un cangrejo, a tirar una piedra, a hurtar un trozo de
red, algunos pececillos o un remo, volvianse hacia él y, con fingida

•

gravedad, le consultaban:
-Oye, Jesus, &lt;es malo hacer esto?
-Si, si; es malo, respondia él.
Y el delito cometiase entre risas; mas si alguien lo descubria
luego, Jesus miraba al delincuente de un modo que aquel mirar le
penetraba aun mas que los golpes y las rio.as. Y después el castigado
guardaba contra Jesus un rencor subconsciente. Y asi como todos
los chicos cometian maldades, Jesus lleg6 a ser la conciencia de la
playa; y una vez que estuvo enfermo y que los chicos fueron uno a
uno a preguntar por él sin dejar de hacerlo un solo dia, soii.6 que no
iban a interesarse por su salud, sino por su muerte.
Cuando convaleci6 y pudo volver a la playa, dijérase que su
ausencia habia multiplicado la contumacia de los pescadores. Jesus
crey6 preciso multiplicar también su celo, y amonest6, contruri6,
hasta tuvo insospechadas c6leras que hicieron temblar sus labios
pâlidos.
82

- 1Ya podias no haber vuelto nunca'
. -Abusas de que has estado enfe. .-exclam6 uno.
d16 otro.
imo y no podemos pegaite-afia-Le andas buscando tres pies al at
.
encontrar, amenaz6 un pel' .
_g o, y conm1go se los vas a
.
irroJo, en qmen la
t·
m1embros despedazados y d l
con mua visi6n de los
b' d
e a sangre en la c . .
,a esarrollado algo feroz.
armcena paterna, ha-

y desde entonces' al gusto
· d e1 ma1 an- d' ·
nueva: la de hacerlo delant d J , '
a wse una voluptuosidad
.
e e esus cont a J •
cuan do llego , la confab u1ac1'6 n estaba ya
, t r d esus. Una mafiana,
unos pescadores dormidos d t
rama a para vengarse de
en ro de su fal h .
mar y amarrado a una estaca h d
uc o mquieto sobre el
pescadores habian castigad d'on amente clavada en la arena. Los
0
1as antes con
p_oc_o mas blandas, una rateria de la horda·
voces duras y manos
s1sttr en cortar el cabo
' y la venganza iba a conpara que se fuesen a I d .
con t ra los aiTecifes El
a enva o chocasen
·
mar estaba turbio · d
puma parecian querer salir vol d d
, pica o, y mil alas de esan
e él Por el · 1
··
pasa ban rapidas. El oro d 1
.
c1e o, negras nubes
o
. .
e a arena se habia t
Ji
cre ando. Uno de los h'
rans ormado en un
~ .
c icos preparaba ya
t
a e1tar para corlar la eue d J .
un rozo de navaja de
-·~o lo
.
r a. esus les suplic6:
'
?aga1s ... no Io hagais!
Su
fantasia
veia ya la barca vagando e I
1
a desesperaci6n y la muerte d I
n a noche, y el hambre y
c·.
e os que eran tamb'é
wn, esperados en tierra y I
'
i n con desesperad
· a ver que el gr
.
er sus ruegos, amenaz6:
upo se aleJaba sin aten-

°

-jSi Io hacéis grito y si no se
jEh, Ios de la barca'. .. !
...
despiertan, corro a avisar...
Su vocecita, arrebatada por el vien
...
grupo de muchachos se detuvo v . to, a~qumo volumen viril. El
Ios mayores dijo:
, olv16 hac1a él, lo envolviô. Uno de

�LA PLUMA

LA PLUMA
-Hay que taparle la boca... 1Tu, pelin·ojo!
Jesus huy6 y fué a guarecerse tras una canoa vieja, perseguido
por el hijo del carnicero. Con la lucha, la canoa oscil6 y el perseguidor tuvo una idea puesta en seguida en prâctica: volcar la nave
quilla arriba y aprisionar a Jesus debajo. Durante unos segundos
oyéronse gritos, y después, el grupo, ya lejos, vi6 al pelirrojo que,
cabalgaba sobre la barca, inclinarse a mirar por las grietas.
-~Chilla aun?-pregunt6 uno.
-Calla para asustarnos. Es un hip6crita.
-No se le ve. Hace oscuro dentro ... Pero id ... iDe aqui no sale!
Sin embargo, el grupo no se decidia a terminar la hazaiia. Poco a
poco desistieron, y, acercândose, miraron también por las hendiduras, sin lograr ver. Ya el pelirrojo estaba en tierra y con la boca puesta
en uno de los hoyos, vociferaba:
-jGrita, tu ... ! jMira que nos asu!rtas ...! jGrita o te doy una paliza
que ...!
Ningun eco tenian las voces. Y ya algunos empujaban con cautela la barca, cual si en cuanto entre el borde y la arena quedase
espacio, fuese a salir contra ellos algo terrible. Un chico, que se habia
tendido en tierra para ver antes, dijo:
-Esta, si... Y se mueve.
De un empuje la embarcaci6n volte6se y fué a caer a pocos pasos,
crujiente, dejando al descubierto el drama. La cabeza de Jesus habia ·
sido cogida entre una de las bancadas de la canoa y un enorme guijarro, y la sangre empapaba la arena en torno a la faz, donde s6lo
los ojos recordaban al niiio de antes. El corro se ensanch6, mas un
misterioso lazo oblig6lo, sin embargo, a quedar unido. Algunos se
aproximaron al cuerpecillo que encogia el dolor, y quisieron cargarlo. Ya era inutil. Las pupilas se vidriaron, un pafio inexistente y ama•
rillo tendi6se por el rostro. La mano derecha quiso alzarse y no pudo.
84

La ultima mirada fij6se en el cielo des
.
aterrorizado circulo de aprendices d~
cend16 despué~ a recorrer el
la despedida:
hombre Y los lab10s suspiraron

-jPadre...! jPerdono... os perdono... perd6n '
Todas las miradas estuvieron uno
.
....
cardenos labios como si t
I
s mmutos pendientes de los
escaparse de ell~s algo inco;a~re~ postreras ~alabras fueran a ver
hacia el azul que tapaban
6 que ascend1es_e en el nublado dia
inerte y hasta el menor rest ndu es.~ _s6lo cuanê:lo la materia qued6
0
,
e espmtu de"6 d
·
nusculos actores de aquel
. 1 e anunarla, los mi.
nuevo calvano sin lin
.
d1eron entregarse al miedo fi .
d
co a Y sm cruz, pu1s1co y esbandars
il
de voces de angustia.
e Y enar la manana

1:

A. HERNANDEZ CATA.

�LA PLUMA

EL DINAMISMO
61 ;/)inamismo-acrobata jantiticodice en un brinco: «/61 brinco es oracionl»
(C/Jibra la enfrana del aptitico,
bajo la espuela de esta afirmacion)

LA CORPOREIDAD DE LO ABSTRACTO
IMAGENES Y REPRESENTACIONES

cSi la cuchilla de la maravilla
perfora el lienzo de tu percepcion,
date a la danza, gesticula y chi/la,
que asi quiere el 6ferno la oracionl»

EL SUSTO

•

«(;/ éxtasis no llega al brinco.
61 éxtasis es abandono.
(;/ brinco es propension a todo ahinco,
hierro de voluntad, feson y encono.

.Eos cuernos gualdos, curvos, de alcrebite;
el rostro, ptilido; llena de espuma
la boca-estti, avizor, en su escondite,
palptindose los broies de la estruma.

LA IRACUNDIA
«.Eas cosas se hacen y se han hecho
para que yo las rompa»
-suele decir, hinchtindose
de vanidad, oronda.

eoncu"e asiduamente a los garitos
ctitedras
del erimen y el 9l.traco.
0
.Eleva a la espalda un goldre, y en él gritos
de horror. /;s la puntilla del cardiaco.

cSu cuello es corfo-nucleo
congestible-, amapolas
son sus carrillos, y su vienfre
-/timpanitis fatall-una rotonda.

Penetra por el ojo de una aguja,
y, como una molécula, se acopla.
'Gticito, en las cortinas se arrebuja,
y, cuando pasa el fMiedo, chilla o sopla.

.Eas blasfemias se cuecen
en la saliva amarga de su boca.
Propende al exabrupfo,
al improperio, a la repu/sa fosca.

/;strenuo, y ducho en el oficio, brinca
a espaldas de la victima, relapso.
y al pusiùinime, por hurla, le hinca
el estilete agudo del colapso ...
86

�LA PLUMA
;Regüeldos su.bitos y borborigmos,
mug a su sabor, maceran las penosas
digestiones, que sufre de continuo
en su acidia en agraz esta matrona.
cSe le cierne una muerfe subit&lt;inea,
si no domena su impulsion indomita.
'llna gota de sangre transvasada
y un golpe a plomo son bien poca cosa.

EL N OVELIST A
(NOVELARIO)

EL AD UL TERIO
fbapatillas de suela silenciosa,
mostachos con alardes indecisos,
ojos astutos, muecas de rapos~'llbicuidad. cy puntos suspenswos.
!De abu.lico le tildan, mas su abulia
-o concatenacion de ocios externos-,
si bien le !leva a hispirse en la tertulia,
le hace forzar su produccion de cuernos .

•

cSiempre-/el cauto, el medroso/- va desnudo
y pusil&lt;inime a su menester.
.Ca homocromia sirvele de escudo
contra el peligro-cito a 9lpollinaire.
cSubrepticio en la sombra que le curie,
trabaja con macizas realidades.
'Jj, en fin, de un modo solapado, surie
a los maridos de superfluidades...

JUAN JOSÉ DOMENCHINA
88

( CONTINUACION)

i, 1p01· qué?
-No si si deb{era decirleto, ;pero se sabe tanto en el Barn'o
de Doiia Benita.. .!
-c1 Y qllé es ello?
-Que estd deshonrada-dzjo aquel amt'g'o, de.fando tumlato
a Rafael, que se ech6 hacia atrds en el divan y se qued6 mirando con odt'o
infi11ito al amzgo ofic,'o;o-. Sin embargo, st relzizo, y sigui'ô prel{Untando
al ùisinuador:
-c1 Y quién fut?
-Su hermano...
-c1Qué Jzermano, si· ella no tiene ning-,mo... ?
-Tz'ene un lzennano que después del suceso se fué a América o fué envlado a A nzén·ca ...
Rafael se cal/6; porque si tenia un hermano, ya no lzabia duda de ello,
pues resultaba sospt!clwso que se g-,,ardase silenet'o sobre él en la casa.
- 1 Y cômo se supo?
-Era un cinz'co y le gustaba dar pa,te a las estrellas en stt diclza ... Le
pillaron en las afueras, en las barrancales secos... Yo 110 sé si habré hecho
bim, pero nze !te' creido en el deber ...
-Sî... No lza estado mal... Eso debe ser popular, y no era cosa de que
yo no Lo supiesc ...
Ra/ad se despidio y salio del Café de la Verdad, mds de veriiad que
nunca, lleno de ese ambiente espaiiol que siempre estd deseoso de decir las
verdades.

�LA PLC'MA

LA PLUMA
Hoy iba a volverse a Madrid sùz verla. Habia sùio dema.&lt;iado fuerte
aquella confidencia de los muchadzos del pueblo, porque aquel con.fidmle
o.ficioso les npresenlaba indudablenzente a todos y habia sido elegido como
comisi'onado por ellos. probablt!mente en esa lzora nocturna en que se preparan /,as rupluras de crisfaies y las nzalanzas de gatos.
«rLuego Rosan·o es la deshonradal&gt;&gt;-Pensaba Rafael, i·nsistiendu en
esa idea, con la imagùzacion recalcitranle, para ver a la deshonrada como
!al des/zonrada, fulminantemente u11sual, arrebat 1da, con calores entranables y fervientes como con un homo encendido hacc mucha tt'empo en los
rùzcones de su cuerpo.
-jEstd de!,/ionrada!-se dcda, con menos dcsolacùJn que admiracion,
pues 110 podia de.Jar de ver que deslwnrada se volvia mds deliciosa y debia
tener la ùiquietud de ocu!tar!o, la desesperaet'on de temer la noclze sincera
en que se Jzare la mas d1fici'l comprobacion de la vida, la conzprobarion que
debe encontrar a la mujer st'ti ima hoja arrancada, sin emnienda m· ras-

•

padura.
La sensàcion aquella de que Rosario estaba deshonrada le calmaba, le
seducfa, le parecia que la embellecla mds, que daba a su carne el aliiio de
las casas en moraga.
A nu'tad de camiito de huida vol-vùi sobre sus pas0s y se diri'gio al hotelito con lento cami11ar, viendo la escena, comprotandu como Rosario estaba
mds bel/a después del secrelo. Segun como contes/ara a sus preguntas. asi
se portaria el. Si las conte.~taba sin cinismo, la perdonarfa; si las ronfesaba
'.:on avezada rùa, lzuiria de su lado .
Rafael, ya a salas con ella, no supo hablarla y la bes6, con besos después de f {)S que no e1a posi'ble una recriminacion seria.
Triu11fo asi la belleza de Rosario de /,a insidia de la vida, y se api opi6
como empaste embeL/ecedor con la verdad de aquel pecado, pues C11ando él
lti pregunt6 si· /zabia tenido im he,mano, conlesfo que si, pero que era muy
c:ilavera y lo fenian en América.»

El novelista, con ese capitulo medio resuelto, pens6 en lo intensa y
afrodisiaca que resultaria la deshonra en aquel barrio fûlgido, bajo el calor ·horripilante del verano, resultando algo tan formidable como un aliciente mas para encerrarse en el fracaso. Si su prota 0 onista deseaba el
fracaso en aquel andurrial, oyendo expresarse a aquelfa humanidad pintoresca que le era inferior, no habria fracaso tan capitoso y tan grande
como el suyo uniéndose a aquella mujer tan bella, frente a la que no sentiria la ambici6n de lucir por el mundo ni de elevarla hasta felicidades y
dignidades superiores. Cuanto mas hacia abajo, mejor.

VIII
El novelista buscaba sus per O •
:,aba en plena vida para que no ~u~f~!!cqon der~aldero ~hinco. Los bus- necos de trapo.
ue ecir e nad1e que eran mu-

Pr

. Corno su producci6n era escandalosa
,
mr a sistemas extraordinarios Qu· .
s~ caudal, t~n,a que recurecurrido a los anuncios a lo; p _1~d_era eUpnn;ier novehsta que habia
sitaba un modelo de mu'-er abn ~no icos .. ~ d,a desesperado que nececesita mujer abnegada. Se gratifi~!1t' ejcnb1? en los peri6dicos: «Se ne-.
y toda la tarde estuvo recibiendo a_ a meior de las que se presenten*
ellas materiales superiores a los q mu 1er~~ a~nbegadas, encontrando en
naci6n.
ue po ia a erle prestado la imagiDesde entonces muchas vec
, 1
.
~Desearia cenar d~rante un me:s ~ecuma_ a os ;.nunc1os mas lac6nicos:
saciôn de espaii~l -Un america~o on mu1er_ru ia para cambiar converhaya estado en el .presidio de Ceut/ ;&lt;N;ces1t_o ha~lar con hombre que·
Gracias a ese procedim'
' ~.sa ex~rnguir su condena.»
habria podi~o inventar nui~~:~• recog10 de v1va voz impresiones que no
El novehsta acudia también con m,
.
resp?ndian a sus anuncios a los
as gust~ lue a la ~1ta de los que
Y, as!, conoci6 a la que esta~ia leye~d~ B~unc1a ~ con mdepe_n~encia
qafe de Puerto Rico. Frente a esas
. anco y . ep,ro en un divan del
c1dos asi, sinti6 el novelista la orim:diefes,_due citab~n a los desconoque no se conquista lo ue se gf
c a v1 a y lo m1serable que es lo·
Cuaresmas terribles' qJe llevabrece. No se podi~ con ellas. Eran doiias
dormir, la camisa d~ su carrera :~ en un p~lquet1to la larga camisa de
A esos mismo . .
poco sem .
estudiaba sus cas~t&gt;;1~e!e;d!d~~!e~n
pro~b~fidôndtarnbién
los llarnaba y
1f!1POSI
11
pronto en la vida Pareda
a de llegar que hay de
todas l~s combin~ciones. que el destmo los perseguia y les desbarataba

~1

! ~d

Subta Y bajaba escaleras en po d
.
s?l_o a los que el destino acercaba si
personaJe. No_ q ueria atenerse
v1s1ta, o eran sus parientes o eran lo
_a y ~e encontr? una vez en una
vasto y variado proorama
s am1&amp;os e sus am1gos. Queria mas
mas estratégicos. 0
Y por eso buscaba sus personajes en los sitios
los dolores
mas t ern.
'bles d e sus novelas, lo encontr6 en la ca-lie. Uno
Vi6 ada~na
obre mu·er
cara compunaldisima / 1;vp~!tJgd\~on grafn 1ignidad, que Jlevaba una
0
tristeza.
un Y se ue con ella a la casa de la

°

Iba a todos los restaurantes para ver de encontrar a alguien' y m uchos
90

�LA f&gt;LUMA
LA PLU~! A

•

dias tomaba rumbos disparatados, porque algo Je habia anunciado, por
medio de extraôas elepatias, que en tal sitio estaba comicndo un matrimonio, o un tipo fantastico que le sedan utiles.
El novelista se sentaba en las mesas redondas de los hoteles de su sociedad, siéndole eso lo mas dificil de hacer, pues necesitaba mucha hipocresia para trasladar de su casa a la fonda la falsa maleta. Realizaba
como un crimen su ida al hotel v pensaba muchas veces que el cochcro
se dcbia de haber ido sospcchando que se trataba de una estafa aquel
caso, de un seôor que se trasladaba desde su casa a la fonda sin pasar
por las estaciones.
«Un novelista es un verdadcro detective», se decia Andrés.
Muchas veces subia al quinto piso en que se ofrecia una alcoba, con
o sin, para caballcro solo.
-,!Es usted, la de un caballero?
Ella le miraba ... y buscaba a la scôora, que parecia que iba a alojar
gratuitamente al caballero.
Todo se preparaba para que encontrase asunto el novelista; muchas
veces se los presenta la misma suerte. Asi un dia, se equivoc6 de numero
y fué a dar a un hotelito desviado.
-iVive aqui el seiior Cord6n?-pregunt6-y la prcciosa doncella que
sali6 a abrirle le dijo:
-Espere, que llame a la sciiora ...
La sciiora, cra una mujer opulcnta a la que la brillaba un pendentif
sobre el descote.
Se veia que se habia puesto sobre la camisa un delantalito.
Era, sin duda, una protagonista de novcla, en cl trajc de la verdad.
Andrés habl6 con ella, pero cuanJo la dijo que era novelista clla se
-ech6 a llorar, ropandole que no dijera nada y, sobre todo, que no la
matase al final ac la novcla.
Todo lo aprovechaba Andrés, y los domingos iba al Hospital Genecal para prcsenciar la hora de dar la comida a los enfermos, puesto
que es el momcnto de fisgar bien la vida y de sorprendcr sus descos, y
ese vago anhclo de cosas que hay en el fondo del alma del hombre.
Era un gran visitador de la carcel, de los colegios de sordo-mudos y
de los de huérfanos.
Usaba todos los procedimientos posibles para cazar los personajes de
sus novclas.
Aqucl dia en que se enrcd6 en los flecos de un mant6n entabl6 conversaci6n con la chulona y se fueron a cenar juntos.
Su historia era de esas historias que son como esos dibujos de las

cajas de cerillas en la época en q
.
,
van en el bolsi110 de las cerillas uuneamh~stm?notonas fueron. Todos lley cm'da d o que el caso de enoancha1s ona como esa ·
de .Manila es una manera de tot:iar rse en_ ~os ~~cos de un mant6n
vida.
una participac10n espontanea en la
Pero su corredora de asuntos era la los . .
ur:ia de esas mujeres que comcrcian con la p1rac1?nd, que parccia como
P1edad.
reventa e cosas del Monte de
. No tenia que ser bella la Inspiraci6n .
. .
ttda y co~ un gran tipo de intriganta y ii~,;~ una correve1dile, entromeAndres la c1taba en los sitios mas rec, d'
.
la escena de la impaciencia de And , on d1tos, y es d1gna de rehacerse
su cita.
res cuan
la Inspiraci6n faltaba a
Andrés, ya muy tarde, se daba cuent d
,
Estaba en ese rinc6n del restaurante ma ' e que no ven~a la lnspiraci6n.
en que tomaba un poco de queso y de vf~O:oco conoc1do del publico,
Las mesas con mante! de ajedr d h
cos, un blanco brillante y otro ma~~ e~' etho ccJ° dos. clases de blanLa Inspiraci6n no llegaba No se' b ~ela a a os pos1bles imitados.
taba solo.
·
a na a puerta a su paso. Todo esEn un rinc6n del establecimient
.
.
bre los platos. Alguien queria come~s!eelbl el cuchl illo y el ter:iedor soplato hecho de queso.
anco P ato, como s1 fuese un
Andrés miraba por la rendi ·a d 1
.
I~spiraci6n no venta. Debian j ar:c/ cort!na que tapaba la puerta. La
hda mano por la rendi1·a de la cport· rdconlJUntamente su rostro y su pu•
ina e a puerta
Na d a. Las 1amparas de gas a a d •
·
ponian su sombra en )a pared . p ga as JUnto a las lamparas cléctricas,
Los pasos del camarero meditativ
.
d~straian de pensar. cEn q~é ruin C fi.Y Sl(:tre .c?n botas nuevas, le
za pensaba que Andrés iba a darle Pon icto ~ a?m1ha meditaria? èQui.
d
oca propina
E) cocmero
e gorro blanco ran
.
1. ,
le mandasen echar algo al aceit~ !iem;;:rm :{!n :J!-1guo, esperaba que
Pero And~és era cl unico que mere d be io
iente de la sartén.
1Y la lnsp1raci6n sin ir!
n a a.
cNo oy6 la cita~ cNo se ac0 d • d 1 .
Es seôorita facÙ-siempre ; 0 se cita? cNo se dio cuenta?
man-, que es enamorada y libre
rero-que a~ude donde la llaEntraba siemprc como yend · &lt; mo, pues, no 1ba?
cdon~~(a muy bien su gesto. Pri~:ri~s~~oltrarbal que busca. Andrés
cc1d1da.
a a ca eza y después penctra.

°

i î,
·C6

93
92

�LA PLUMA
LA PL U r-.1 A
Aquellos d îas e.n que faltaba la Inspiraci6n a la cita Je dejaban enfer-mo, desabrido, suicida, jugando con el cuchillo de la cena como con un
·terri ble punal.

IX

«jSi yo pudiera hacer una novela con un farol seria un gran novelis-ta!», se habia dicho muchas veces Andrés a través de su victa.
Aquella novela cuyo apremio le apretaba todas las noches cuando
pasaba transversalrnente la ciudad y vefa los faroles erguidos en la noche,
como los hombres de capa que Bevan muy salida la cabeza y la capa
muy caida y resbalante sobre los hombros, le obsesionaba.
«jHasta que yo no escriba esa novela no seré un verdadero novelista!», se repetia.
A veces se abismaba largos ratos pensando en los faroles y siguiendo
su posible novela, la novela que tenian indudablemente. Porque él no
sabria c6mo hallarla, pero los faroles tenian su novela, sobre todo uno
entre todos. iPero c6mo encontrar la telepatîa de cse faro!. ..?
Los faroles de gas donde tienen mayor preminencia es en Londres;
pero a Andrés le molestaba que pasase la acci6n de su novela en ambiente extranjcro.
En Paris habia sentido también la necesidad de escribir esa novela
sobre los faroles, arrebatado por aquellos faroles y por aquel gas que

•

·Paris ha refinado y ha convertido en algo suprasensible que llega a iluminar hasta la inteligencia de sensible que es.
El gas devuelve a Paris su abolengo romantico, y sus calles toman el
tipo de calles que conducen al baile de mascaras, calles por las que se
pasa en la noche fria camino del teatro sin butacas, del teatro que es por
,entero escenario de la mascarada.
El gas palpita a lo lejos; es decir, parece palpitar, porque el fen6me,no es que el gas que se escapa a los faroles de delante hace titilear a los
,de atras. Cintileo de sorti jas rriovidas en la mano viva son estos cintileos
del Ksi
oas.como con nuestros faroles se dia!oga, los de Paris estan tan altos,
·tienen tal orgullo, son tan grandes hombres, que solo se les puede ad mirar. Son sobrehumanos y no tienen que mezclarse para nada al amor o al
-crimen que sucede al pie de ellos; tienen el pensamiento mas alto.
Los altos faroles de Paris son los que iluminan la Historia, son los
faroles que hacen a la noche tan inteligente, tan clarividente como el
dia; los faroles que esperan los grandes acontecimientos, que velan en el
..centro del mundo. Estan solos en las altas nubes, pero estan consigo
.rnismos.
94

Aquellos faroles de Paris le fascinaban co
tas, como si el uno fuese Villiers de l'Isl Ado monuméntos cspiritisotro Baudelaire· pero no le acababan d e t ~m, Y el otro Banville, y el
cesitaba faroles 'mâs bumanos, y esos s~l~nloussh:w:r para la i:iovela. NeYa una noche, no pudicndo resistir
, l
e~ ,Madnd.
grandes cifras, que dibuj6 con mucho
tentac10n, escribi6 con

es:::!:ot

EL FAROL NÛMBRO

185

id~

El recuerdo de los faroles de la n h d b
al despacho, como si se hu bicsen un
:n a a gran ~splendidez de luz
aqudla conflagraci6n de la luz al rededor d~~ri ~~~~lamparas. Era feroz
T oda su vol untad estaba en construir
li
.
Je aquclla primera pagina con el titulo su~1~t~vi â~vela, pero no pasaba
EL FAROL NÛMERO 1 85

«Es la novela que ticne mi s
, .
drés-, la q ue esta pidiendo ser coa~~:r:r~! en SI m1sma-pensaba Anva a ser la mâs prcciada de mi vida D 'pase loque pase, pero la que
el farolero de ese faro] que es el ... - urdante ~n~ temporada voy a ser
A d · C •
,'
empeno e m1 vida»
~ res ast1lla ve1a cl numero del f l
. . .
.,
.estuv1cse sobrecargado de interés
ar~\ en su/m?grnac10n como si.
soldado mâs valiente de su regirr:i~~~o 1uese e n~.mer,o heroico del
«Hay que comenzar por el preâmb~lo», :ecâijt,a;~ao~~~:r r85.

d~

PREAMBULO

«El mzmdo de los /ai oles es un nzundo .
nadie, que nadie ve y qzte sùt embard'O t . vivo f~etgo~a !taras que 110 vive
naliJad.
'
" ' zenen e, tn eres entero de su perso-

17h:~: ;l!~~ L~~rar°lt:J'og~n_soLamente. :lan :~-::~;~~/!,~~~ ~~ ~'!:z~
Asi como las demds haras se comparten ha ho
0

t1

~:;t:::t-t;~

com~ guard1a:.
ldc&amp;lle si:i
mundo en su:. esquinas, plantados
!-Jon una clase de tes/i&lt;ToS pre
·l
d: •
~s lo que solo sahrd el
do cu~!:1;ae:~
ld,0 Y lolaque ellos saben
stva de su experiencia.
a ta , en noclze ya exce-

min

:;;;,,i~a_f

nid;_;; ~~:~~~:§:t:;~~ s/°:z" metros cu_amzta_-que_ lo 1:en todo con sere-

un pie y despuéien otro ~ ~n_te. 1:fo tzenen tmpaczencta y no se apoyan
n·gidez de hierro.
. s an szempre apoyados en el mùmo pte, con
tn

Hacen /rente a todo y estdn esper,mdo eternamente el ultimo dia.
9S

�LA PLUMA

LA PLUMA
Es lo unico que anima a los que se han de morir, el vertes tan peripuestos y tan, al fin y al cabo, tan a la postre de Iodas las vecindades.
l~l especldrnto de wt farol u r, dia de inviemo en una esquina es algo
confor/able que anima como nada al que pasa, que le da fiereza y qu, le
hace que se eclze la cùenla de que, dPspuis de todo, aquel farol le tiene que
superviz,ir de todas maneras.
L os faro ·es se Jzabùui unos a otros en fila, comunicdndose las cosas como
los prcsos de las prisùmes ùzg!esas en que estd ni,indado el silencio. Tambiéll rccuerda su clzarla la de los tellgrafos de wîales.
Fardait en llegar las cosas a Los faro/es de las afueras, pero, al fin,
lleg a11.

«En la callc del Tribulete-dice una de esas noticias que dan la vuelta a todo Madrid - se acab_a de romper la cabeza un borracho contra uno
de nosotros, contra el numero 8 de la caJle... No le ha visto aun nadie ...
No le han descubierto.»

..

De los per o,ticos que leen los serenos a sus pies /ambù!n sacan noticias
de bulto que solo comnueven su curiosidad, porque el/os miran por encz'tna
de lodo eso y solo por curiosz'dad lo hacen circular.
Los farolts Lienen categorfar entre ellos: y asi, son los cardenales los de
cuab-o o .reis brazos y g;r,ut lumbrera en med'o; obisp11s, los de tres; canônzgos dt las cal'es, los de d os, y sùnpl~s o.ficiales, los de wzo.
Los grandes /aroles de cuatro y sers brazos dan zma alegria a las plazas o plazoletas en que estdn erigidos, que hay deslteredados de la fortzma
que buscan sus caudalosas fucntes de luz, su.i drboles de un Noel espléndido
j' cotidiano, su cosa de altar de la noc/ze.
.Es como zma bendicion que esparcen por la noche la que dz'ngen desde
sus solios de pied1 a, lo!!rando triunfar co1t su luz de las bravatas de la noche de z·nvierno, de su terrible emboscamiento.
Se podria decir que tocan las guitarras o mandolinas de su luz, despejando de tristonerias la noche.
Una gran liturgia, zguat que la que ùtdica que se dau los Sacramentos
a cualquier hora de la noclze y la que hace que las casas de socorro estén encendidrts, es la que cumpleu esas congre!{acùmes de luz que lzacen /rente a
la tragedi'a de la noclze. iLztz, espz'n'tu de cordial tertulia, tienen esos /aroles de ci11co brazos! jllarfamos nieestro nido en ellos!
Los de dos mecheros dentro de la misma cabeza de farol, parece que se
confortan mds entre si y son como una especie de gemetos o qui'zâ-aunque
los se:ros estdn tan poco estud1ados eu la faroleria-un st'lencioso y pulcro
matrimonzo, umdo dentro de la casilla de cristal, nzuy pegada una luz a la
otra, cbmo dos cabezas que leyesen juntas o como una pareJa hunzana queal hallar las maderas de su habüaciôn abierlas se les hubiese ocurndo aso96

marse
a lN cristales
para ver la noc,zc
, y enronl!ar tod l d;r,
,
.
·
rtay entre wt mterwr coitror abLey la
., fi···-' .
a a ':;Crenaa que
Pero l fi
'.I'
J/Octze ,:ns1.ma
esldn solo~:· aroles usuales, hs que tze11cn wza vida ibseniana, son los que
Lis lzay que sufren como Cris/os son
lo
bajo las obras de alba,1,leria O los d;~ ib esos ~ !, que les ha Locado estar
d,llo de madera que les J'Ollen como a l os, ;~o s1rvze11doleJ apenas ese tejaen /,as cal/es toledanas. Durante la la os Lb zstos ~ue estdn a la ùitemperie
de la M sericord1'a, que bien mereceri;!au~z e;,:an acosados, como ( 'n'stos
Los lzay que estdn en esas cal/es d
at renuestro rpte les /Jalag-ase.
nzed;~o por tl1 bam'zar, bordeando esos s~faas_ afue~·as 111cdzo urbanizadas y
laeto7: costard tanto como la rasa.
,es vaaados en los que la czmen.Esos /aroles al borde del abismo sost. ë. d,
q~œ Ilay en su cabeza, pues esld1t eri ~'dtJs
Il ose _por ~l gran equilibno
tttmen grandeza de jaros en la no }.'g ,, , e :~ preczsa cm/a del precipicio
, .
Cie ue 1as a.111eras.
'
0 ltos que eslan;unto a la profimda via d lo
.
valaczôn, que ù1yec1an la inqmetud de los trn:es s [!.rtca, 1:tL~s de circundad a la que de.Jan ver de eerca los trenes
y e_ ,,! vza;es f1l la ciude ojo congestz'onado, estdn asombrados de a de movzmu11to y . ~ seiiales
trc11es y se asoman vigilantes jzmto a las V rdc:: a ~ alta 1lllS1Ô!l de los
dosa que bord-ean la liHea.
a as e mauera renegnda y 1111_
Otros e~tdn mas bajos, estdn en los camù
que lzuyen y a los pobres de pedir Nmosna
zos y ven pasar a los perr_os
das, y a los borrac/zos que se han p d 1·t1, que /uscan sus casas exb·tivtaescaparse.
er 0 Y a ,os nzuertos que han logrado

P.

:zz

Es tma cosa jiterte y fragtt un f arol
d.
que es figera y que se rompe con el alt'ent en me_ zo de la. calte. Su camisa,
nocturna. Parece menft'ra que tma especi o;/esfsl~ e~embzte de la canaLlerla
la de la camt'sa pueda mante.nerse t'tzcôl e e vzrrmt hd t~l volandera como
grandes violenàas.
ume en a noc e uesgraciada de las
En el fondo del/:lrol la camisa es c
la . ~
,
es loque mas se parece a un alma Es zmo __ n~na en camtsolin largo, que
saltar a su cama.
·
a ntna vtS!a en su alcoba antes de
No Pttede con los /aroles ni ta grip 1· l
Ese 1evulsivo, que es para ellos s
l e -~ ,a /ulmon{a. Son inviolables.
necesitan mldù:o ni boiz'ca
u ca orct o zntzmo, les resarce de todo. No
De~de Los altos puentel se les ve en nutrida
·~ d
.,
mas, vivos en espiriuat purcraton·o o en .
b {/pzna a prcceszon de alde su casco y de sus barbuq~tgos des :P tnaca a / retreta. La materzalùiad
cuestas que nos crennoJ qne no hemoas sa1r.be~~y Stt e,n cuestas que dan mùdo,
i tuo noso ros nunca.

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Co11tJnuard.)
7

97

�LA PLUMA

LETRAS ALEMAN AS
KASIMIR EDSCHMID
.. , 11·tcr•ria de Kasimir Edschmid en
, 16 · 0 que 1a pos1c10n
mas g1c
.
t mp6ranea s·1 merece ser estudiado m10uc1osala Aleman1a con e
. .
.d tales mediante traducciones,
.
e los artistas occ1 e n
,
.
te, s1 merece qu
tratarse del prosador cxpres101e conozcan, no es solamente po_r boliza las reacciones intelectua.
•
de sino porque s1m
nista ma" ~rand 'hombres que han padecido la guerra y que por
les de toda la generac16n e
f se nunca de sus remolinos.
•
t s
esperan za. ar
1sc-r bastante 10te.1gen .e • 11 O
·
•
. y no se puede formular un
. d K · ·r Edschmtd es comp1eia
.
La psicologia e as1m1
,
1 s Juchas morales que trabaia.
a fondo su pais Y a
balance de ella sm conocer
cde desistir de hacer esa cucnbaua la élite desde hace vemte aiios. Pberolno ss~1cpouog1'a mucho mas amplia, de la
• •a Juz so re a P
'
·
ta; pues derrama tan prec10:,
l, t mira da como la clave de este procrisis expresionista entera, que es ict o
p

•

•

ADA

..

blema.
.
1 . , como el propio Expresionismo. No se
Kasimir Edschmtd es una conc us1on,d
·enzos del siglo se libraba una
l
I id.id Des e com1
•
.
ha visto csto con bastan e c ar . . d . • s béroes- de la antigua cstéttca
•t t dorcs-iba a ec1r .o
d
batalla entre los ~ en a
. b ban sin plan de conjunto, concrosos que se 1e eIa
•
. ,
realista y los homb res gen
.
.
1
' a de senlimientos mmusculos
. . . t d l arma hterana y a org1
tra cl env1lec1m1en
e
.
De los rebeldes de hace
b I escntores de entonces.
.
en que se espcc1a iza an os
H . . h -uann· pero otros artistas iban susc1~
ocido es ernnc i.n
,
•
1
veinte anos, e ffidS con
.
.
d fe y aunque no todos rcpud1atando en Alemania centros de _res1st~~c1a: :1 deseo de ennoblecer su forma.
ban los mcdios de la novela ant1gua, a ima an

. r°

98

El Exprcsionismo ha salido de csos no.clcos aislados, no sin haber pasado
por cstados intermedios y proseguido una evoluci6n fecunda. Mann y sus contemporaneos atacaron la flojed&amp;d del estilo y no bicieron mas que amagar contra la dictadura del sentimcntalismo que la literatura alemana debia a todos
Jos Sudermann de fines del siglo. Diez aiios mJ.s j6venes que ellos, Schickelé
y sus amigos se esforzaron por combatir especialmente esta enfcrmedad, y
para acertar se apoyaron en la cultura europea que los estudios, la herencia y
los viajes habfan ido imbuyéndoles poco a poco. La influencia de los grandes
escandinavôs, sobre todo la de Strindberg y Hamsun, se dej6 sentir- en unos,
al paso que en otros es visible la de cicrtos fr..nceses.
Todo esto soa los preliminares del Expresionismo. Denotan la orientaci6n
constante y tenaz de toda una escuela, sus miras de analisis y de critica. La
ampliaci6n del horizonte intelectual, de una parte, y el afan de librarse de la
tirania del sentimiento, implicaban evidentemente la coocentraci6n de toda la
actividad artistica en torno de la inteligencia. Esa actividad, adt:mas, por ir
paralela a la disciplina impuesta al pueblo entcrn por su expansi6n universal,
tenfa que ser rapida y definitiva. Mientras el musculo y el cerebro alemanes
llevaban hasta Jos antipodas el afan de construir e11 que se resumc el esfuerzo
del «germanismo,, los artistas no podiaa permanecer indiferentes, sumi~os a
los caprichos de un romanticismo adulterado. El Expresiunismo no es liternrio solamente. La pintura y la escultura-arrastradas por la reforma arquitectural, es cierto-siguen el mismo camino y declaran las mismas preocupacioaes.
La guerra lleg6 en el momento en que el sc-gundo de los grupos r e formadores se dolfa de nn esfuerzo tao prolongado e intentaba dar a todo cl movimiento un impulso nuevo. La guerra corto las relaciones entre la Europa central y occidente; elev6 el nacionalismo al paroxismo; sumi6 a la masa del pueblo en una nueva sima se:itimental. Y con todo csto, solt6 los ultimos ataderos
que sujetaban al Expresio;'lisme.
Ocurri6 esto, sobre poco mas o menos: los artlstas j6venes que llegaban a
la conciencia de la vida penetrados de influenclas y pasiones europeas, no
quisieron renegarlas; de becho, desdo el punto de vista polftico, fueron desde
cl comienzo internacionalistas. Pero participaron, desde el punto de v1sta intelcctual- unos sin darse cucnta; otros con gozo-, en esa explosi6n del 'laciunalismo de que acabo dt' hablar. Ayudados por el aislamiento a que les obligaba la guerra, supieron ser alemanes en sus obras y en su artc y constituyc-

99

�LA PLUMA
LA PLUMA
,
.
"6n de artistas especificamente nacional. Por otro
ron as1 la primera gene~ac1
. ·t b
los desbordamientos sentimentales
d
educac16n les 1rn a an
lado, merce a su
1 ' 1ft d por irreflexi6n y el gobieroo por calcu 1o ;
a que soHan abandonarse a ml ut:dude ser cerebrales, analistas, razooadores, a
su vo un
. .
.
d e e se modo aguzaroo
. .
fin cuando la literatura oficial 1ba v1eoto en popa,
salvo de todas las cns1s. En ' b
de ~stilo y opu•ieron naturalmente,
.
t ar sus re uscas
~
,
'
se complac1a~, ~n mos r . d
scura a los arroyos cantarines de la prosa po0
una lengua d1fic1l y, de gr,t o,
polar.
.
or reacci6n pero muy nacionales en su
Internacionalistas por fidehdald y p
edispo~ici6o y reacci6o; esotéricos;
meotalidad y en su arte; cerebra ~s ~otr pdre esa generaci6n oueva, :ilumbrada
·t es expres1001s as
.
asi fueroo 1os escn or
. .
·a a los que les l\evabao d1ez
• y vm1eroo a empuJ r
1
oruscamente por a guerra,
f . es poco precisas y su voluntdd
afios de delantera, antojandoseles sus acc1on
indecisa en demasia:
racteristicos de la psicologia literaria de
y tales son tamb1én los rasgos cha
. alemana' la influencia del medio y
.
h "d H en él una erenc1a
·
Kasimir Edsc roi · ay
d 1 . erio• las cualidades y los defr.ctos
• d
·
\ que arranca e imp
•
10
la mentahda nac na '
. , de ser libre y no dejarse enganar,
del caracter alemao, y la doble preocupac~on
nacida, ya se comprenc!e, del odio a su tlempo.

* * •
"d
e limpio de defectos. Es ho.nbre fuerte, que gusta
Kasimir Edschm1 no e~î: el area del cvirtuosismo•, con detrimento de la
de ostentar su fuerza. Amp
·1
.
d decirse asi· defecto que no es alet1o de su est1 o s1 pue e
'
sencillez Y d e l es 1
'b ·t
los hombres seouros de si mismos
•
t
Las
mu·1eres
001
as
Y
"
man exclus1vamen e.
.
l"dades
Siempre que
.fi lt d cuando no ioooran sus cua 1
.
d
se libran d,. él con i eu a
"·d· lo que le deseo es verle cocu; be
.
alguno de esa cue1 a,
..
trop1ezo con a1guoa 0
d'
s
El dia que de la hab1hdad
. t I t almente ese reme 10 es a 00 ·
.
notado que, m e ec u
'
curara de ella sin falta. Escn.d
veche
un
colega
suyo,
se
'
.
de Edscb m1 se a pro
llo No oscurecera tanto sus hbros,
b
icntos y menos orgu ·
bira con menos re uscam
.
ces bay en ellos y que pue. e divertira en los escarceos bnllantes que a ve ,
01
s
t •
los concetti famosos.
den dar puntos de ven a1a a
b rie esos luoares como bacen los que
Pero es harto facil, en verdad, reprc,c a
, brosas de la Alema·t
s obras mas robustas y asom
se olvidan de que b a cscn Ia
t
de nuestro siglo occidental.
,
digamoslo francameo e nia contemporanea, Yél b
lo debe a sus dcfectos. La
Si! con menos de treinta anos es ya c e re, o O

°

100

relaci6o de causa a efecto existe, pero invertida; s6lo por mala fe, o por obtusidad de la ioteligencia, se puede condenar una obra admirable y a un hombre
de tan robuste equilibrio, fundaodose en los acrobatismos en que a veces se
divierte por gastar su fuerza sobrante.
Cuaoto mas que, la afici6n a excederse, la exageraci6n, es un error de toda
Alemania. En él incurren Ludendorff y Liebknecht, Heinrich Mann y Mahler,
Paul Klee y Hans Marc, y de la generaci6n de Edschmid, Sternheim, Landauer,
Georg Kaiser, W. Ha&amp;enclever y todos sus compafieros.
Al aleman le gusta representar. Un agente de policîa juega a dctentar la
autoridad, como Hindenburg y Ebert. El aleman es iocapaz de sencillez cabal.
Desempeiia siempre un pape!; si se sonrîe, es que su sonrisa sera notada en las
tablas. No hay, pues, que sorpreuderse si un gran escritor quiere lucirse en cl
pape! de poseedor de los secretos del arte, y si, para admiraci6n de la galerîa,
acumula dificultades por el gusto de vencerlas.
Si la exageraci6n es un defecto de raza, la sequedad que le reprochan es
defecto de su geoeraci6n. Sternheim esta mas contaminado por él. Es el desquite de su cerebralidad; Gourmont no estuvo limpio de ello; pero, &lt;4uién es
capaz de lamentarlo seriamente? En un ret6rico como Suarés, la sequedad resulta iosoportable, lo confieso, porque es mascara de su indigencia. No asî en
Edschmid, como tampoco en Gourmont. Mas le reprocharîa, por mi parte, el
intento de disimularla; su manifestaci6n franca y completa estarîa mejor. Al
pretender emanciparse de ella es cuando incurre en las fantasias y se pierde en
googorismos. Ha concluido por atemorizarse de las criticas, y en eso se equivoca. No es temiblc la sequedad cuando descubre unas lineas puras, firmes y
plenas.
Ademas, hago notar de buen grado que suele ponerse mucha constancia en
recorrer, rapida:neute, sus defectos, y, cambiandolos de lugar, auele enumerarse con mucha coovicci6o dos o tres reproches, que son siempre los mismos.
Pero, &lt;por qué no se intenta, una vez siquiera, echar la cuenta de sus cualidades? Nadie lo ha hecto, y no voy a empezar yo, que uo es ese mi pape!. Puesto
que defieodo a Kasimir Edschmid, y le teogo por uuo de los primeros prosistas
de su pais y de su tiempo, debo, por lealtad, enumerar y discutir sus flaquezas.
Pero espero que los académicos irritados baran lo mismo con sus cualidades.
A ellos les toca afrontarlas y decirnos por qué no se paran a considerarlas.
Me limito a hacer coostar que, hasta ahora, nadii: se ha aventurado a ecbar
esas cuentas, y saco de ta! silencio una lecci6n, a mi entender, rigurosa. En
TOI

�!LA PL lJ MA

LA PLUMA
cuanto a las enumeraciones sumarias que devanan un rosario de elogios, desde
a cpujanza al ingenio y a la originalidad&gt;, no me incumben. Mejor se defiende
a un artista dcclarando sus defectos y dando a conocer sus obras.

* • *
La obra de Kasimir Edscbmid ya es considerable, aunque su primer libro
date apenas de seis aiios. Se incluye en dos rubricas paralelas, pero independientes: en una, la prosa creadora. novelas y novelas cortas, y en otra la prosa
critica.
La primera obra que public6 fué, en 1915, su colecci6n de novelas cortas
Die seclis mündiengen (Las seis bocas). Escritas dos aiios antes: indicaban ya de
interesante aianera las cualidades de Edscbmid. Libro de juventud ciertamen·
te. Bastante ridîculo es decirlo cuando una sustracci6n elementalisima muestra
que el autor tenia, en la época en que las escribi6, veintiun aiios. Pero en ellas
nada es desdeiiable. El afan perenoe de novedad aviva la atenci6n del lector y
los procedimientos de la frase anuncian ya la estética que ira ftjaodose en lo!j
libros posterioro::s. Menos 6seo que el de Scbickelé, mas alemao también, su estilo es ciertamente el aporte de uoa geoeraci6n nueva. Su 6.ltima novela corta,
Puj S r,ottens es en ta! respecto la mejor.
Nada hay que aiiadir a lo dicho si consideramos su segundo libro, Das ra
sende Leben (La vida frenética); la primera de las dos novelas cortas que corn·
prende Das beschiimende Zimmer (El cuarto de la vergüenza), marca muy claramente una etapa en la carrera de Edschmid, pero no ofrece aun la perfecta ar•
monia y la gran fuerza que florecen por modo cabal en su tercer libro, publicado en 1916 con el Htulo de Timur.
Ti,,,ur es, a mi entender, la obra maestra de Kasimir Edschmid; y aunque las
afirmaciones y comparaciones de ese género sean, para mi, en general, insoportables, no vacilo en colocarlo entre los libros mas grandes de nuestros ultimos veinte aiios occidentales. En esa breve serie de obras maestras, no admitida como reprcsentaci611 de la prosa alemana mas que los cuentos de Elsa
Lasker Schüler, el Benkal, de Schickclé, y, desde puntos de vista mas especia.
les, uoa sclecci6n de Meyrink, Opfergzug, de Unruh y el Shakespeare, de Landauer; pero 1imur sobresaldria entre todos, creo yo, por la fuerza representativ11 combinada con el atrevimiento en la forma.
El analisis de tal libro es imposible, porque disminuiria inevitablemente su

significaci6n. ~s ir_reductible a nuestros valores corri,.ntes y a los canones de
nueSlra exp~nencia. Ahora bien; todo analisis se reduce a confrontar la obra
que se est~d1a con las bases clasicas de comparaci6n. Timur es Ja cima mas
alta de la literatura expresionista. La te rcera novela corta, Der Bezwinger (El
d~mador), mar:a _la consecuci6n de esa gran reforma, el triunfo cabal del escrat~r sobre _el 1d1oma, del artista sobre las rutinas y del innovador sobre las
a_ntiguas ex1gencias del realismo sentimental. Aqui ni rastros de exageraci6n ode la arbitra:ied_ad buscada que en las obras de Edschmid exaspera, a
vece~, nuestr~ adm1rac16n. En toda su producci6n, una vez sola ha aunado la
se n_c1llez clas1ca (empleo de prop6sito esa palabra) con la independencia de su
estilo Y de ~u pensamienlo. ~ si la decadencia del expresionismo se precipita
-deca&lt;lenc1a de que Edschm1d no dejara de aprovecharse soltando los lazos de
e~cuela que acepta, a veces, para imponérselos mejor a los dernas-, podra decirse que c_on Timur ha seoalado el punto culminante de esa curva y demostrad~ a los m1smos expresionistas la importancia de su conquista. Der Gott (El
DJOs) Y Die Herzogin (La duquesa). Que preceden a El domador, aunque suspendan menos, no son de inferior calidad
E~scha:id_ ha publicado otro libro de n~velas cortas, Die f.ür;lin (La princesa), hbro rec1e?te, d~ 1920, pero escrito cuatro afios antes, donde la victoria de
su_ penetrante mgemo y de su talcnto de escritor no es tan patente como en
Tt~ur. Das Frauenscliloss (~l castillo de las damas) y Traum (Ensueiio), son
~vi_dente~ente obras de primer orden, y Siiro, que acaba de publicarse en los
ulhmos numeros de las Weissen Bliitter, atrae por mucbos motivos la atenci6n·
per~ por 1~ existencia de Timur y su perfecci6n es muy dificil prestar caba{
aqu1es~eoc1a a es_as novelas construidas visiblemente con el mismo método. Si
n~ temie~e repe tifme,. diria que Die Fürslin y .Siiro son buena!I obras expresiomsta~, m1entras que limur es la obra maestra de una generaci6n que acaso a
los OJOS del porvenir seiiale uoa época.
Edschmid co~prendi_o la necesidad de renovarse. Por eso emprendi6 una
~ove_la: ,o p~r meJor declf, dot6 al expresionismo de la novela que Je faltaba,
Escnb10 Dte Acha~nen Kugeln (Las bolas de âgata, o mas bien l!,J collar de âgataJ
ob_ra vasta Y ca6ttca. Hay pagrnas admirables; otras brillantes; otras demasiado
bnll~ntes, suµerficiales , de facetas, algunas obscuras, Considerablc esfuerzo de
escntor, esfuerzo que, seguramente, ha de ser fecundo. La novela en conjunto
a~aso no esté lograda, pero harto se percibe en el curso de sus trescientas pa"mas al hombre que se busca a si mismo y que amplia sus mcdios. La desgra103

102

�LA PLUMA

•

cia de Die Ackainen K11ge/n es la idea, estrecha en demasia, que al emprenderla
se forjaba su autor de Jas necesidades y exigenci,1s de la novcla. En muchas
lugares la obra no pasa de ser una novela corta amplilicôda, pero con t ,11 minuciosidad en los detalles, que las Hneas t61nanse imprecisas y el equ1librio
se resiente. El espfritu se dispersa donde debiera concentr arse. F.I idioma
también padece. En ousiones le falta pureza. Estos defectos fücilment,~ corn·
prensibles y que de buen grado se µerdonan, prrrritt:n que a su lado brillen
las cualidades de Edschmid; por eso los buenos capitulas aikrnan con los ma-;
flojos, y el lector al salir de una aventura sin pasi6n se encuentrl\ st'.tbitamente
!rente a paginas grandiosas. Al escribir e5a novela, que debi6 ser corta, Edschmid ha aprendido el oficio de novelista. Contra lo que se ha d ·cho, yo no veo
que la estética expresionista sea incompatible con la novela. El autor de Adiat11en Kugetn no tarda ra en dar una palmaria demostraci6n de ello. TRmbién se
ha criticado el tema de la novela, el exotismo de sus personajes y la mabana
ingenuidad que traen, los unos de Asia y otros de los antiguos paises d· Amé·
rica. Pero creo también que una concentraci6n de ideas inevitable le llevara
a mayor sencillez. El apego al color y la propensi6n ., recargarlo todo, no podian cristalizar en su estilo solamt-nte. En sus obras hay cierta afectaci6n. de
que se ira librando poco a poco. No es falta de humanidad, es «dandy~mo• intelectual, exceso de elegancia, como en su vida întima; asî como su igero exotismo, sin pretensiones y sin vanidad, no es mas que exceso de juvent 1d y de
fuerza. En cuanto a Jo demas, recuérdcnse los princioios de la reacci6n expresionista dirigida por completo contra el oaturalismo. El exotismo actual, que
también se encuentra en Doblio y eO:muchos otros, no es acaso mas q ue una
consecuencsa.
Die ,tchatnen Kugeln, publicado en 1920, es la t'.tltima obra de imaginaci6n escrita por Edschmid. Su actividad crîtica es de importancia capitai v ha producido una obra maestra. Die do/&gt;/&gt;elkopfsge l\,ympl1e (La ninfa de dos cabeza■).
Desde muchos meses antes, sus follet.1nes en la Külnisdte Zûtun,r: habîan p.iesto a Edschmid en primera fila entre los crîticos de Alemania. Intent6 cor roborPr esa opinién con un estudio de conjunto accrca de la situaci6n actual del
peo~amieoto y de la literatur,, en su pais. Antes no habîa producido mâs obra
doctrinal que (.;/Jer den E:xpp, esionimus :&amp;11 dtr Literatur 1md die 11eue Richtu11g
(Sobre el Expresionismo en lite ratura y la nueva orientaci6n). Viene a ser la trama de 110a serie de conferencias pronunciadas duraote la primavera de 1918
en Escandinavia, acerca de la nueva generac16n. En esc librito, restringido ne104

LA i&gt; LU~! A
ctsariarnente a una enumerac,.6 n comentada el aut
Edschrnid renunci6 cuerdame t
. '
or Y e 1 asunto se abo'7aban.
n e a me1orarlo y
fi "6
"
e l balance literario de la Al
.
pre n trazar con otro plan
,
,
.
emania contemporaoea :-Jadi h
.
,g.in pais, un J1bro tan generoso t 1,. "d
· •
e a escnto, en nin' an uc1 o tan fran
/Je%as; lidto es afirm11r que e
b
'
co como la 11in/a de dos ca·
, .
sa o ra renueva lo 5 med"ios Y las reglas de la
cnt1ca.
fü,tâ. constituîda por una ser,·e de ensayos corn
t
coocebsdos como Jas ho,·as d
. .
'
pues os en un.is semanas
.
·
'
e un po11pt1co I
t h
'
ltbro tiene el aspecto de uoa c 1 "6
. mpor a acerlo notar, porque si el
0 ecc1 n de arti 1
•
mente lejos de tener el carâcter Y' d r
cu os rnconexos, esta infinitae,ecto:i de tal Cad
.
mento de la producci6o alem
·
a eosayo estud1a un fragana, uo p •oblema I t d O
rcsultados-buenos mal , • ..,
Pan ea
por un escritor y Jos
O
h
oi;-uc su esfuerzo De d s h •
'
asta los expresionistas, el inventario o . ·, . s e c nitzler y Keyserling,
psicologia de los hombres y d I
b c nhnua, smparcial, elocuente, fijo eo la
.d.
e as o ras desdeiioso d 1
de est d . '.
e as enumeraciones fast t sosas y, de las bioarafîas
.,
a o c1v1I· alud iendo
d
.
ses pr6x1mos mediante corn
.
'
eo ca a pâgma a los paî'
parac1ones, aproximac·
..
notando. para mernoria detall
.
iones y opos1c1ones râpidas,
•
es cop1osos pero co 1 •
todos, el rasgo capital la ob
, . '
o e ac1erto de escoger, entre
•
servac,on im porta ,t .
• e, agrupando en escuelas a los
f a1sos iridepeodientes· d" 1 •
, 1so v1endo grupos ·b"t. .
caos la luz. Un repaso de cà . t d
a1 • ianos, eo fin, haciendo en el
t
•
.,n1un o e la prosa alern
ermman, por via de concl -~ l
.
ana, y un balance magistral
USl•rn, a sene de notas d
,
y condenan en unas pâginas la l
"6 .
y e cap1tulos fragmentarios
en otras, de la post-guerra alem:::. o mtelectual de la post-guerra europea, ;
El dt fecto del virtuosismo desa
.
autor, en su pape! de .
parece en este hbro, incluso d~l estilo. El
1uez, es tan modesto
, b
la simpat(a es mavor .
, Y sa e esconderse de tal 'llodo, que
· ' srn que, por eso su cultura
retratos-por eJ·emplo el d L
h
'
se muestre menos. Alg,mos
•
e eoo ard Frank-esta I
d
ses. En otros se detiene con el r• •
n ogra os con pocas fra. "
a,an rncesante de s
b ·
d.:be priocipalmente a J~s s' t .
er so no Y exacto. El libro
·• 1n es1s exactas v s b
d
carâcter de documento superior S . t
.' , o re lo o al •balance• final, su
gqsto pûblico. Para cua1•tos
l u rn er~:, no depende de las variaciones del
'
'
eo e porvemr s
·
generaci6n ttagica y su fis
,
e apaSionen por la psicologia de la
'
onom1&lt;1 y su voluntad d
é5 d 1
Cl•pio,o inventario sera un inst
t d
. · ' espu
e a guerra, este
Jo3 latidos de nuestro cora•6 ;m~n o e primer ordeo, donde iran a buscar
nacionalista, de que ya he-h;bla:u1 es donde la cultura y la educaci6n interde dos cabe;as, no es ya el campe. o,;r~d;~eo su _fruto. Edschmid, en la Ninfa
on e a emao1a expresiooista: es el sîmbolo
105

�LA p LU ~l A
.
1 derrola corn un, el sentido,
del hombre de Occ idente que no ha perd1do, en a
de la eternidad.

* *

*

· t rbros que h a escn·to ' que son todos grandes libros,
d 1
Entre los seis o s1e e i
.
S
dos obras maestras, en to a a
. b
d t an con v1gor. on
Timur y la Nin/a se es ac
valido a Edschmid la gloria a que aspt~a a.
extensi6o de la palabra, y _le han t bados en sus rutinas, y los novelistas
d hombre Alborolo que a todos.
Ùoica ineote los criticos ofic1ales, per ur
'
.
s un falso gran e
·
populares van gntando que e
.
os llena -de coutento.
1
. de Kasimir Edschm1d. Lo que
fi emente en e gemo
.
Lo que es yo, creo rm .
ende de la formaci6n de su talento, imno me gusta de él-ya lo he d1cho dlelp
, a colmo. Corno a todos los macs, "damente egar..
' ·t
perfecta au.a, pero que rap1
h ido al mismo paso que el esp1n u
tros le ha sucedido que el artesano no ad , en cumplir su evoluci6n, y que
•
de que no tar ar..
.
• de
creador. Pero estoy seguro .
a re~tituir a la materia verbal la nqueua
adquirira los medios necesanos par
do en los cenaculos desmenuzados
t s momentos, cuan
.
por
sus concepciones. E n es O
_
debemos consentir que,
1 00
d
penar un pape,
basta la habilidad para esei_n . . . r do pujante y caprichoso pase coniodiferencia, un ge nio autént1co, t~d1sc1: rna '
fundido en el torrente de los med1ocre .
PAUL COLIN

n

LET RAS IT A LIAN AS
GABRIELE D'ANNUNZIO
0 HISTORIA DE UNA ANTIPAT1A

D

yo he recibido el Notturno de Gabriele D'Annunzio. Después.
de tantvs aiios de silencio, aunque solo literario, D'Annunzio vuelve
.i la esceoa de la literatura: y la platea, los palcos, e incluso las ga le
rias y el galline10, saludan con estruendosos aplausos y vivas al veterano que reloroa. Saludemos, pues, a nuestra vez al veterano.
AMBIÉN

* * *
Quien quiera, y alguien podra intentarlo un bueo dia, recoostruir, dra'llatizaodola o ironizandola. la vida de este hombre siogular, tendra, tal vez antes
que cualquie r ot,o particular, que estudiar el escenano que durante cuarenta
aiios sirvi6 de fondo a sus hazaiias: hasta la guerra que;, harto ·larga y tragica
eu grado sumo, movi6 a ouevos actos teatrales al héroe que ya empezaba a
declioar.
Nos asom:imos a ese escenario un poco tarde: cuando, si no a purificarse.
empezaba al rnenos a hacerse en él la luz. D'Annunzio supo dominarJo desde el primer momento; y del mismo modo que antes habia favorecido e l
aire sus primeros cantos, frivolos y mundanos, asi acogi6 mas tarde su poesfa
heroica; no obstante fuese esta segunda resonaocia completamente exterior y
ret6riccl. Nacidos en esta 5egunda fase de su poesia, cometimos el error de no
aceptarla; mas adelante diremos el por qué. Pero después, un&lt;1 vez empezada.
106

107.

�LA p LU :-.1 A_

LA PLUMA

.
nuestra vez tras uoa alamb rad a y uoa barrela guerra, y e xp~estos al pehgro a noticias de sus gestas, atrevidas, ~ranca~!
ra d e sacos de t1erra, nos llegabao
·mos tao luego discero1r nac10
f · toque no supt
.
descaradas: y no sé qué sen _1m1eo
t
hubiera que mirarle con OJOS no
en nosotros; algo asi como s1 él fuese o ro y
ya literarios sino humanos.

* * *
compaiieros de estudios !dan to~os
Yo he sido un muchacho tenaz. Mis .
- ·os gritaban su admira'
. y yo tarnbién lo leîa: pero mis compane1
a D Aonunz10,
f •
llaba
ci6n, mieatras yo, obstinado yd no,dca rcbu~ca alanosa! Creiamos que el mundo
·Ticmpo de prueba, de son eo, ~
d
ambio ya estabamos descon. t'ia, y a las primeras e c
,
solo1 para nosotros ex:1s

•

tentos y fastidiados.
'dolo Encendia a los que gustaban de las leD'Annunzio era eotonc~s un 1
.
a las letras preferian una guapa 'lloza.
o de1"aba insensibles a los que
tras; pero O
l
ustos
Tenia mercanda para todos os g
·•
mo quiera que yo la mirase, una
Pero hab(a siempre en su mberlcl~nc1~~ cJ.:egos verbales, y esto era ua obs.
. .
"dad un tor e ino
1
'a
sombra de insmcen
'
h
ue me obstinase, no o venc1 .
.
taculo tal, que mi volunta_d, p~r mue oo~lla del mar, ya en lo alto de las c?hMis coetaneos se reuman bien a la
I
la oueva obra de D'Annunzio.•
.mvJta
. b an.
.. • ven ' vamos
a . eer
'b··os
leerlo
y
me
.
nas, d
'
or d1vert1rme, pu es que' entre tantos e 11 ,
lba yo, mas para castigar~e que_ p .
h bre en fin, que r.o serîa nuoca ca' ser yo solo el msens1ble.
un om
'
me parec1a
.
paz de escribir una bella pagina.
• • *
· bella era t an So'lo la que brillaba y resonaba.)
(Porque, entonces, Pa gma

* * *
.
rniedoso. Porque al
. orgullo· antes b 1en,
, cabo quelba yo humildemeote, sm,
.' a celebrarla como los dem..s.
.
ria acercarme a aquella poesia, ~ent1r~'a ~an bien inteocionada, con tan ~ahda
jMe mirabao todos con u~a ~1mpa i a mis caros coetâneos, y los adm1raba.
compasi6n! Yo se lo agradec1a in m_ente aban el enfermo, el incapaz, el pobre
'
P ues qu e to dos comprendîan, sentiao, goz
de seosibilidad era yo.
* • *

Pero pqr otra parte maravillabame, a solas en mi despa&lt;:ho, de que cual-quier otro escritor-Manzoni, Leopardi, Ddate-me entusiasmaran: a veccs
hasta las lagrimas. Y eotoaces, volvfa de nuevo a D'ARnunzio, s6lo, esperaodo
que sin testigos ni esceoario me conmoviera. Pero bastabame abrir uoo de sus
libros y leer uoa de- aquellas dedicatorias sonoras, para que mi fastidio fuese
noya interior sioo fisico, y tirase para siemprP. el volumen sobre una mesa·
Porque ta! fué mi mas grave desacuerdo: pocas palabras y frases bastaban para
alejarme del poeta; y duraote mucho tiempo permanecia asqueado, lejos de éL
Vinieron dias mas tranquilos en que empecé a mi vez a buscar algun fantasma deotro, muy dentro, y a expresarlo poco a poco, pero con fervor, en los
tîmidos silencios de mi casa. jCuan festivos aquellos dîas en su brcvedad! Yo
sabîa, pues, aunque sin gritos, decir alguna frase humilde, caminar con paso
franco en el discurso, silabear una emocî6n.

* * *
Mas en Italia no se celebraba otro arte. La novela, cuando ne era lîrica,
exasperadamente lirica, parecîa harto pobre; la poesia, o graoducal y robusta,
como la que nos habia dado Carducci, o de tono llameante y épico como la de
D'Annunzio (a Pascoli leiasele poco todavîa); en el teatro, los personajes de
Giacosa y'de Bracco parecian los expooentes, aunque aceptables, de un arte de
tercero o cuar:o orden, comparados con los de D'Annunzio, que hablaban un ,
lenguaje alado e hiperb61ico. Preguntaba,ne yo-con angustia-qué se proponia representar ea la historia de su paîs, después de Manzoni, que habia resuelto por si solo el problema espiritual de toda su época, y después de Carducci,
que habia sabido, si no resolver, que no era su bora, Iormular con nuevo vigor
y simetrfa aquel mismo problema: hasta dejar a los que tras él viniesen (e ltalia no era ya un sueiio a la saz6o) una hereucia de claridad; partiendo de la cual
no hubiera debîdo ser dificil reconstruîr el muado nuevo, porque, en suma, el
muado de D'Annunzio era, a mi ver ompletamente falso; y por mas que yo inteutase cul par de ello a mi proviacianismo, no me acostumbraba a creer, desde
mi silencioso rioc6n, que la gran ciudad, el mundo mundano, fuesen tan viles
y mezquinos. Carduc-ci: pero Carducci, si no pudo ser épico, que, como be di_
cho, era todavia muy pronto, habfa enseiiado al menos a sus contt&gt;mporaneosa ao ser frivolos. Y D'Annunzio-aquî del drama- , D'Annunzio, para m{, era
frivolo.

* • *
109

�LA I' LU \ I A
LA PLU \1 A
. or qué solo yo habia deIl tencr. .
Mi provinc1a01smo
era, si,• un de fecto;
. pero. &lt;P
• . los hombres de la ca e pr6T
a e mtacta aun,
lo en cuenta? Yo veia la fam, ,a _san .
. ero aquel odio se manifestaba roxima ode las mas lejanas podnan od1arse, p tendierdn todos los problemas y
.
d. t
aunque no. se en ba 1 claramente, y S1c1
. ·1·
bstu
. ndo' brutal e rnme
. ia. o,1y d 1 cr6nica
sona ,
. ia, no o
vicisiludes de la historia, O:, e a
a parHcula de Itaha.
. e ra t am b.é
tante la distancia,
• n, en nosotros, un

* * *
.
defecto, si lo habia, consistia en a!?o
Pero el ddecto no estaha c-n e'lto, d
. to a toda mi construcc1on
b
as del pensam1en ,
.
mâs profun&lt;lo; e interesa a, a ~
. ·tarme dabame fastid,o; no 1ogra.
•
s
sia
leJOS
de
conquis
'
moral y t·s, ,mtu ,1. u poe '
. d
. s incluso aquellos en que b r illaba
ba le(• ha~ta cl lin ~us novelas; sus 'dra:a ~ono que siempre temfa que f~eran
1 • &lt;'aracter me parecian tan subi os e
b'.d harto fuera de la vida, y
a gun
•
. . 1 t no era harto su i o,
1
d un
a termi ,1 • en m1hi ca. ::,1, e o
el fondo indicio harto c aro e
• y m1· descontento. f'ran.. en
'
tod,1 m1 an~ust1.1
•natu r,11 antirrt&gt;t6rico e incluso anupoético.

* * *
.
.
r ue mi tiempo no era como D'~nnunzio
ti1&gt;nético y ant1rret6nco, po ~
.
L . i antidannunz1ano a su
ero an
é con Grnn Pietro ucm ,
dia
lo vefa; y el dia que me encontr fisiol6gica. sino voluntariamente,_ a_que1
·v ez no por construcci6n mental y. riores de mi insuficiencia. Lucrn1 fué una
compren&lt;l i por entera las razones m~e .d
Encuentran pocos lectores en su
de es1s figuras literarias que no ~e o ~~u~n;idor de valorcs ocultos los vuel~e ~
época· p,·ro llega dia en que algun d:~ po sinti6 el drama de su generac16:,
sacar ~ lu1.. Verd,tdero hombre- ~e s~o ie;de 'analisis era vasto y su vida esta a
ero como su campo de invest1gac1 n
uvo tiempo ni medios para exprc~inad.1 por una enft:rmedad espantog:•r::r:e que su naturaleza de creador, y
sarlo. Su curiosid.i.d, e n suma, fué ma a re resentaci6n de los hombr~s y ~as
en vcz de insistir decidida_me~te ;n ~ent:mC'nte en polémicas, co~o St tuvicide,ts de ,-u tic mµo , se 1,erd16 asazh:::r sitio a su alrededor, de senti~,;~ s6;;r~
s e ne..:esid.1d, antes de habla~, de
. mbra su odio vivo, su martirio. .
· :.in comp.:tidores. D'A11nunz1ober~ Ise~ saoquelh1' Jucha, entablada con fuerz~s uno, ni de ruido gaceh. 11ero, le rob6 un uemp
anks d.:: suµerarle qu iso corn aur
.
ill d
petuo1.1s, µe ro sin ayu~a de ~dto:e~a polémica, arrojar la primera sem a e
. . . y el di.i que rntento, ra
p rccmso,
P

110

l;i obra propia, aqucl dia, no sô.Jo llegâbale demasiado tarde, sinoque le encontraba cansado ya y en decadencia. El lil6n de su poesia habiase enturbiado,
hasta ta) punto, que en la misma rotaci6n de su periodo y de su eslrofa, asî
como en la construcci6n del pensamiento, inli ltrabase la propia enfermedad
que en D'Annunzio habia combatido: el énfasis.
Acaeci6, pues, que un dia llegué a tratar a Lucini: personalmcnte, de t(i por
tCi, en varias conversaciones y durantc m11chos dias. Tal familidad con un hombre verdaderamente capaz de odio y de rencor me hizo mucho bien. No en
punto a mi amistad o mi .tdmiraci6,1 por él, entend.imonos, y tampoco por lo
que a mi antipatfa por D'Annunzio se refiere. No. Me hizo bien pot mi; aviv6
mi fiebre. Comprend{ cntonces, escuchando a Lucini, que no me parecia, por
el momento al menos, a nadie, Podia ser poquedad, absoluta insignificanci:1 de
talento: lo sé. Juro que no me ofendia ta! cosa.

* * •
(Aun hoy me siento tan pequeno y lejos de mi sueôo de artC", que espero
que nadie ha de imputarme estos resentimientos y rebcliones m.is de loque
convenga. RC'lato la historia de una an~ipatia literaria, y como quiera que intento explicarmela a mi mismo antes que explic.irsela a los dcm.is, voy a 1:ts
raices de todas mis sensaciones, pasadas y presentes: como sintiendo q ue expreso, no tanto la historia de mi antipatia, cuanto l I de todas las naturalezas
recogidas y provincianas como la mia, cuyo desarrollo no ha tenido lugar aCin,
110 obstante D'Annunzio esté ya en decadencia; esta introspect.i6n afanosa, pero
franca, crco yo, no sé parqué, que algun dia ha de hallar conscntimiento en alguien toda11fa en la sombra, pero que ma nana, viva o muera D'Annunzio en la
mcmoria de los hombres, contar.i en la historia de estos tiempos bastante m.is
que él.)

* * •
Mas vinieron para m{ también dias de menos seguridad y orgullo. Mis pruebas y tentativas litera rias resultaban, y cran, harto modestas, ciegas mis fatigas

&lt;le escritor. El artc no era improvisaci6n o juego; y, por otra parte, quien queria, con elementos que no estaban de moda, expresar algun anhelo o pensamiento, tropezaba a cada paso con Jas m.is .isperas dificultades. Ya era la Jcngua, ilarto sorda; ya la anatomia del periodo, harto agrio; ya la scnsaci6n mis.ma, barto superficial y convenciooal. Iotereses internas, cero; educaci6n litera111

�LA PLUMA
L A P I, U I\l .1\

la Gioconda y Emma Variai,
matar,e.
para enzarzarse coom·igo que le odial&gt;a y qucria

ria, cero; y, eo cuanto a los modelos, uoa vez evitado cl que parccia mâs pr6ximo y tcntador, no habia donde cscogcr. Los modclos cran modcstos y pobrcs. Habia un Verga; pero a Verga no estâbamos acostumbrados a leerlo. Habia un Panzini; pero Panzini tuvo que caer en mis manos casi por equivocaci6n,
entre los libros de mi padre. Aquél si que fué, en verdad, un dia de fie'lta; pero
siempre me quedaba la duda atroz de los primeros momentos. Sî; descartado
d'Annunzio, habia otro carnino, y no vulgar, dondc intentai· dar un paso que
no fuera estéril: Panzini; jpero qué silencio de hielo en torno a aquella Lanterna di Diogene, que yo habia apostillaèo rcligiosamente en mis dulces hor,1s
de trabajo!

* *

* .. *
h Mi odio por Ja guerra creo que tuvo sus ,
_ada D'Annunzio recién llegado de Fr
. r;1ccs_ en la exaltaci6n q11e de ella
c1ones romanas alcjaron por completo 3;ec1:·, ~ d1scurso de Quarto y sus oram..1er~e, con todo, no queria; y de ltalia i e pensamiento de Francia, eu a
ofens1va y cobarde del lado de acâ de la r' quet no me placîa permaneciesi- i~
rra
· no volvi~ a habl · • rouera
·
. .y D'An nunz10
.. · Pero cuando estall6 la
10v1taba ber
ar ni a escnb1r, me par •,
guemosa, y a la guerra fu{ yo también.
ec10 que la guerra me

* ..

*

Y cntonces cac uno en los compromisos, en los términos medios, intenta
uno llegar, como sea, a tcner algun lector y alg(m juez. La aspereza de carâcter
se va corrigiendo poco a poco; y si se encuentra uno en un grupo de gente que
en el casino ciudadano celebra las grandes cualidades, etc., etc., del célcbre
poeta, no rcacciona como antaiio: se deja q11e digan, se agacha la cabcza, consintien1o, y el resentimiento interior vase debilitando poco a poco, hasta que
se leen las cr6nicas, en que se habla de el como de un dios, e incl.iso se guardan. Aun no nos es simpâtico, no se le !ce todavia; pero tememos que suba
cada vez mâs, en tanto uao va cayeado, y quisiéramos quizâs ser, co,1 los que
cotonan bimnos a su grandeza y se mueven en su 6rbita, uaa estrella menor de
su cielo. 1Terribles horas, terribles dias, terribles aiiosl iHa habido que ,nasti.carlos, sufrirlos, consumirlos minuto por minuto!

• • •
Cierta vez, de muy mozo, fu( al teatro Argcntina de Roma a ver la (Jjoco11da. Desde mi localidad pensaba yo que él pudiera estar alli entre nosotros

con su orgullo de vencedor a toda costa y siempre, y darse cuenta de que yo
con toda mi enemistad, iba a oirle. No estaba, no podia estar. Pero yo senti su
presencia en los entreactos, mirândome por la mirilla del tel60 y riéndose de
mL Aquella vez lloré de rabia. Un amigo mio, que conmigo estaba, crcy6 que
Jloraba por el drama y me dijo que también él, de tener tau ricos los vasos la&amp;rimales cuanto los mios, hubiera llorado. 1Qué ironia! Pero yo no escuchaba sus
palabras; tcmblaba por primera vez de verdadero odio, y hubiera querido que
el propio D'Annunzio se adelanta&amp;c, entre Vittorina Lepanto q ue intcrpretaba

u7

*

hizo el milagro, como be dicho D
ra La trinchera
.d
h d
. esapareci6 con su nomb
g vc, ru1 oso e imperativo en la
cmpobrec1'6 ' cas1. se fué trocando
'
pomue e ..tmbu··' y m1. od'io perdi6 fuerza rc
loque la guerra cra: el cumulo de . cto a poco en simpatia. Sabiamos muv b•. se
pc· d
10 ereses y
.
·
. 1cn
na os, y hasta qué punto el que la h , h recursos interiorcs en ella cm
su
nombre
,
acia
abia
de
ol
'd
t,
~ su escnc1a presente: n6mero b
v1 ar, no ya s•.1 pasado•
ua automâticamente•
' razo, una cosaque se muevc y ac-'
Rctrocedia uno con la me
.·
patias litcrarias·• pero era vanomo11a
a los dias lejanos de las simpat'1as y anti.
trabajo·
por otra luz: un compaiiero u h
, porque él pareda ilustrado a 1·a
6n
d
•
, n crmano y c
su
I
e gntos, un n6mero a su vez.
•
n e marcmagnum de esfucr.zos y

* * •
Corno nosotros, también el pocta céle
sed de ~ida y de gloria, tcnfa el valer d bre, con todo su orgullo y su inmensa
puedc
e una moncda falsa ' de u na cosa que se
y ttrar.
pues que debfa scr dificil si no .
.
tos teatrales y exteriores
'
impos1b1e, rcpetir en la gucrra 1
. .
, en que tanto se
os gcs1 ,
s1n i~ual contento en lo mucho que tal e c~mp ac'.a antaiio, pcnsaba yo con
Y quizâs de rabia ·
mpcno deb1a costarle·· de s u fnm1
• .ento

•

.. *

Pero un bucn dia Ueg6 a la tr·
D'Annunzio volaba. Y, 1ay! al punto rnchera, c~n los peri6dicos, una noticia·
comprcnd1mos que no volaria con aqucl.
8

113

�ailencio religioso, que era también el nuestro, de bumildes oficialillos de iofauteria. Si habi~ preferido el vuelo a la trincbera, sus buenas razones tendrfa
p;ira ello, porque era el arma mas teatral y romantica que el combatiente pod'.a de{:Îr. El arma romantica: con la muchedumbre (y entrabamos también
110s0:ro~) que sigue con ansia el combate aéreo; y a la vuelta, el campamento
todo rumoroso y el relato después de cumplida la bazai'ia.

*

*

*

También estaba él en 1~ g11erra. Pero los peri6dicos empezaron a h:\blar de
sus vuelos, mientras él escrib(a y publicaba sus mensajes. Sc esf ,rzaba, :;e comprometia, se jugaba la vida al cabo, pero no como nuestro infante bumilde y
fangoso. tComo nos dabamos cueota tan tarde? No podia despreci ar y jugarse
su vida como nosotros. Nunca habla puesto su vida en riesgo serio. Cuando
mas, nos babia dado su arte: para que lo representasen como era, o mas bello,
y ei sintiera, en derredor suyo, cl rumor de la mucbedumbre, que clama ad-

m.irada.

LA PLUM

~~~~t

LA PLU~\ A

*

* *

Vinieron dias mas tranquilos. Y uno de ellos, estando yo en la retaguardia,
fui enviado por mi general a D'Annunzio con unos diputados milaneses. lba
a verle. lba a hablarle. Él iba a fijar sus ojos en los m(os.

Fué aquel un dia memorable. :\le pareda ser barto peqaeiio. Mi guerrera de
teniente no era en modo alguno elegante, mas raîda asaz. (En las fotografias,
él apareda siempre elegantisimo y distinguido.) Por aiiadidura, yo era un ignorado, o poco menos, y él era D'Annunzio. Mi antipatia se buroill6 roucho mas
de cuanto yo pueda decir; y, en mi interior, temblaba. Iba a ver de cerca al
poeta a quien nunca habîa querido, antes bien odiado siempre, al co'Dbatiente
que ostentaba en el pecho las mas altas condecoraciones al valor. Toda mi altivez decay6. Y me pareci6 de iroproviso como si durante tantos aiios bubiese
cstado faltando a un deber elemental: el de celebrarle, el de gritar con todos
los dcrob, y antes que los demas, que él, y s6lo él, era grande. Me dcsprcnd(
en pocos minutos de toda mi soberbia de quince aiios. Sentia, con una especie
de pena sorda, cuan pequciia cra mi ohra de hombre y de escritor; e incluso
mi actividad de combatiente, que .habia sido pura y limpia de intercscs vanos
y de soberbia (cTû te bas obligado a u~a divisa de humildad, asi en la literatura como en la milicia•, acert6 a decirme una vez Ugo Ojetti), incluso mi activi-

A
en e me parecîa
y superficial. ÉI, él lo era t
' en comparaci6a con la d
'
.6ase: yo temfa barto hab odo; y e~ vano una voz interior e D A~nanzio, pobrc
y él dcbi6 verrue sin d ;rme equ,vocado. En estas co d_m_e dcc,a que descon.
sonriéndome am~ble u a, mas pcqueilo y trémulo do lmones llcgué ante él,
bablar, inflamado
mente, murmur6: ,Mario Pue . . e o que estaba, porque
, con voz
•
cin1 ·abJ
1
nado que le encendla la _musical y femenina, y el ro~:ro .,, ~ uego comenz6 a
sonido de aquclla vo
p1el, no de color ni en sangre . eshrado y apergamim{ me gustaban los 1~ ;~e en ~l aposento vencciano •u:\nao de scco orgullo. Al
cada vez mâs. Hablab;d es ab1e_rt~s y rudos), no hall~ba do y dannunziano (a
fendiéodose contra I
c su activ1dad de soldado de . deco, yo me cctontecîa
.
as acu~ac·
•
c1u adano d
rncohert.ncia y de dilett
. 10nes, que en tiempos s I b , ' e pocta, demi solo que odiaba
anh~~- Me parec,6, en fin
e he ab1an dlrigido, de
,
su estet1c1sm
• que ablaba p
ah de aquella
o, su ccrebrali•mo
.
ara ml, para
casa como b ·
'
, su patnotis
, .
S,
sentia que él de d
e no. No me gustaba
mo retonco.
, s e su mu d
, no me gu t •
nos podia do mmar.
.
n o, nos podia dom·inar.. Y no compre
sanad'nunca·' pero
n 1a por qué

* * •
vez fuera de V
. que m
sus Pero
oros,una
• también
a Igo suyo de él encc,a,
.
e parecia
tamiento que me h' b{
nac1da, quise librarmc a tod
' con sus agujas
y
1
a a sorprend"d .
a costa de
yendo sus famosos L .,.
J o, y lo conseguî si b'
aque encanaua, y sus clr
•
1en paso a
ron y alejuon Go âb
amas, que una vez m~4
paso, rele.
z amc en re f
S me lo cm
• .
p~estos, pero maravillos
pe ': aquellos versos mara ïl
pequenec1ed1osa musica L
amente vaetos de sabor h
v1 osamente com. uego cogi
D
umano y d
licioso e intimo gust
a a ante («Veài là Farinata ch ' 'è ~strozar su fastio comparaba t
c s utto ,
tas con aqucllas
es as representac·
•,, Y con de, iones potentisimas y e:slric
Iargas salmodias de palabras vacias.
•

• • •
Pero u n d'ia-v no hab·
pensativo, di de .pront ,a pasado mucho tiempo- un dia
o estaba para volar
o en una mania que me parc~i6 de que estaba solo y
61tima actitud q . ' no rec~erd.:&gt; bien, sobre Vicna· y
!oc~. Habfa volado,
encuentro con• élu~érecap1dtular.' mâs para mi que p'a;ac:vmo ts, alquélla fuese su
·
una e mis
en ua es lecto
•
uve que luchar-lu b
pcnas mâs injustas y d I
res, m1
t
llcvaba de la mano. ~:~:;;:;::::::t-=ontra alguien q:,:,::~: s!:be::cto,
co, por lo general lia no y 11mplc,
•
'me
hinchi-

�LA PLUMA
base me no/ente, y escrib!a una prosa emperifollada y sonora, que no era la mla
en modo alguno. Empt"zaba tomandolo de lejos: narrando el viaje en autom6vil
basta Fusina; y describiendo hasta los platanos ( cblancos candelabros•) del camino que va de Padua a Malcontento. Pareda clarisimo que, hablaodo o escribiendo de él, no era posible hablar o escribir sino de aqur.lla manera; pero si
releo ahora aquellas paginas, casi no las reconozco como mias: tao imposible
me parece baber, yo, sobrio y recatado de mio, alzado basta ta! punto mi aco&amp;tumbrado tono de voz.
Y héteme ahora ante estt: Notturno, después de tantas resistencias, orgullos
y caidas. Desde hace tiempo no leia yo sus mensajes de estos ultimos aiios, no
obstante me fuese cara la suerte de Fiume, que él defeodia, valiente, pero ne
modesto. Pero este Notturno no es un mensaje: es un libro que quisiera ser sufrido, sangre de su sangre. Lo siento por quienes lo celebran, sin des-canso, con
grandes alabaozas; pero yo no caigo en el lazo. Tonto seria no reconocer una
vez mas sus finisimas virtudes de estilo, su rica paleta cromatica, el sentido,
desarrollado en grado sumo, que tiene de ciertos paisajes y sensaciones. Pero
no bay ese drama con que querîa (y debfa) hacernos sufrir.
La preocupaci6o t:s una vez mas completamente exterior y el patl,os esta
marcado, barto cnérgicamente marcado de su violento cgoismo. Podra, si, haber sufrido con su herida y su ceguera; pero para comunicarnos su dra"Da•
D'Annunzio ten!a que haber bajado el tono de voz, y, sobre todo, no agobiarnos con todos esos particulares exteriort"S, a los que, se ve, no s6lo que no sabe
renunciar ya, sino que constituyen para él el cuadro necesario y principal. De
suerte que, en un momento dado, nos damos cuenta de que se aferra a esc,s
particul ares por mas sensibles y faciles de describir; micntras la ceguera real
y cspiritual que quer!a comunicarnos queda relegada a mero puoto de partida,
a motivo sobre el cual tejer la s6lita sinfonîa de imagenes y de recuerdos. Y hay
bcllas paginas, fioamente claboradas, como no bastaban ya en las novelas y en
los dramas para. convcnccrnos de su sensibilidad de hombre, en fin, hombre
de carne y bueso, que, ante hombres de carne y hueso, quiere desentraiiar su

LA PLUMA
con todos los colores de la palcta t
•
cidez interior que tuvieron los ver:::::~ pero le ha faltado la maravillosa Jude Dostoiewski a Cervantes
s grandes, de Dante a Shakespe
d h
, porque aunque hub·
t
are,
gran es omb1es, ni por un segundo
tesc enido cl genio de estos
mo, ni renunciar a la gloria efimera d supo nunca anu_1ar en s{ su terrible ego{se un poco de ru1do gacetillero y cotidiano.

* * *

Lo miramos y m1raremos
·
.
s1empre
como a
quc_a pocos poetas como a él concedi6 1
un agradadabilCsimo miniaturista;
fasc1nadora y luminosa. Pero estas . : naturaleza el don de la imaginaci6n
abono ret6rico, bajo cl cual
im gcnes estan ahogadas por cxcesivo
se f ·
' por mucho que se
n tmtento, ni aun cgoista, escuetame t
. raspe, se busca eu vano un
Eu cuanto a la huma .d d
. ne padec1do.
v f
"6 •
n1 a que s1empre ha de h be
es 1gac1 n lirica, especulativa y
a r eu el fondo de toda in
cala ha visto ui olido; y si los ve:~~;;;;nta~iva, la verdadera humanidad nun:
boy con sus ansias feroces y su .
. qu1cren mailaua hallar al hombre de
bie_n seguro de ello!-, los venid::~~1etu: desesperada-ïoh, se puedc cstar
atnbulado.
no uscarao en D'Annuuzio al hombre

MARIO PUCCINI

drama.
No bay drama en este hombre; por mas que su vida aventurera tenga aparicncias y marco de ta!. No bay drama, porque su vida no ha sido nunca interior y simple, sinoque ha cstaùo sicmpre cmpeilada en acciones e intereses
malditamente tcatrales, de suerte que nunca ha sido inconsciente. Ha creado
116
117

�,LA PLU ~l .A

TEATROS
DE PASCUAS A RAMOS
.
ara mas la f\aqueza de mi boisa, ya
s cuando voy al teatro, no da p
ta· ni merecen mas asidua
. l"b
ini6n mi butaca me eues '
que m1 1 re op
dias ue se estilan. Por otra parte, la
atenci6n t11mpoco las corn~ s e;i6dicos algun escogido trozo d~
costumbre de adelantar en o p
t
•t·cas y reseiias prelim1paiiado de au ocn 1
las obras nuevaa, acom
.
malgastaria en ver, pongo
nares, me suele ahorrar el tiempo y el d10ero que

fi

· r caso Santa Isabel de Ceres.
de los nacimientos de
po iQueda algo todavia en otros e5cenarios del verdor
Pascua?
.
resentaciones, para regocijo del p~blico
Vive y perdurara c1entos de rep
.
E
. hombre de Armches,
• d de mala hteratura, s ms
•
.
sano y alivio del contamma o .
1 f !te cierta raz6n a su autor para t1 1d
risa
si
bien
no
c
a
h
·cos
sainete para llorar... e
•
.
d 1 hambre determina los ero1
darlo de tragedia, ya que la negra fatahdad c
simulacros del prot~goo!sta.
ente con Es mi hombre, hermaoa, mcoor_
Pero luego de d1vertiroos grandem
. 6 . a que se llamanjQue vfene ms
• es de la gracia c mie
. d
. duda de esas eocarnac1011
1c·os si las cuahda es
s10
•
T,
preguotamos pcrp J
1
ma,·idol y La seiiorita de reve ez, nos.
·nctcro y currinclze, perjudican
·ches de un t1empo, sa1
h b.
c 1 A ra,
.
si con la extensi6n u ieran
P rcdominantes en du
ciones ultimas. Parece como
o avaloran sus pro c
• udes sus vicios.
aumeatado proporciooal'.11ente sus v1:e la C~media, revela en ésta cxcelenteLa Srta. Redondo, primera dama
u! otras vcccs. Si ha logrado cl aumente su talento de actriz, ya sciialado aq
J ,s

tor suscitar una emoci6n patética con una situaci6o tremendamente c6mica,
cu:mdo en el primer acto llora la hija de vergllenza y de miedo ante su padrt-,
mîseramente dislrazado de cabezudo anunciador, débelo, en primer término, a
la gracia natural, a la comprensi6n, a la sobriedad, al cabal descmpeoo de su
pape! por parte de- la Srta. Redondo. No por exagerado, ya que el de protagonista cuadraba a maravilla a sus aptitudes, hemos de negar el triunfo de Yaleriano Le6n, procedente, como el Sr. Aroiches, del género chico - escuela de
acton.s, si oo insustituible, siempre mejor que el Conservatorio. El gal.in c6mico Tordesillas ha oîdo. renovados en su honor, los aplausos ya obtenidos par
él en la interpretaci6n de tipos populares.
Por desmentir a los Quinteros, no me be dada ninguna en ver La prisa, comedia de la misma estofa resistentc- a las mudanzas del tiempo-no da frio ni
calor - que otras tantas, tan bién hechas y duraderas, de su copioso repertorio.
No1 apresuramos. en cambio, a comprobar la cxactitnd de los anuncio~ que
prometîan en Anton Caballero algo asî como una obra p6stuma de Gald6,.
Sobre que no hay tal postrimeria ni ta! obra, y si s61o algunos apuott'S de
tipos y conftictos dramaticos, clasificados por los mismos refundidores como
de una data anterior a los grandes dramas galdosianos, en que tuvieron, por las
muestras, reafüaci6n plena, los hermanos Quintero no han acertado a tallar, en
la cantera ya explorada, las figuras a que quisicron dar nue,·a vida escénira. Y
para mayor desgracia del intento, rehuyeroa al imitar piadosos, pero torpes,
el noble y levaatado estilo del maestro, ese di.S.logo pintoresco y vivo que cobstituye el mayor precio de su teatro andaluz. La colaboraciôa de los Quiateros
coa Gald6s es, literariamente, algo monstruoso. Una simplf' edici6n del primitivo borrador del Anton la/Jallero, corroboraria mi aserto, que el éxito de publico de 1/arianela antes comprueba que dcsmiente,
La sola elecci6n de Gloria, entre las novelas g~ldosiana'I susceptibles c!e reducci611 f'Scénica, revela el agudo instinto dramatico de sus adapladores. D:jemos, para tratado con m.S.s espacio, el comentario que merece la temporada de
Miguel l\Iuiioz con su compafiia :n el tcatro de Fuencarral, la m.S.s interesante,
por m,1chos conceptos, de este invierno en M..drid.
Y a las Kalendas de Marzo remitimos también el dar m;is e:rtensa cneota de
la breve cuanto feliz campaoa con que Lola Membri\'es-aplaudidisima COIDO
actriz en una comcdia de Benavente, y como tooadillera-anima en estas &lt;lias
la decaida escena de Lara.
119

�LA PLUMA

LA DAMA DEL

LA PLU .h1 A

ARMIRO

No sé si el critico que al referir eotusiasrnado el clamoroso triunfo de Lui,
Fernaodez Ardavio invitaba a los j6veoes poetas a sentirse coparticipes de los
aplausos que en su hooor sor,aban estruendosos al final de los actos de La
dtu,,tJ del armiiio e interrumpieodo repetidamente la representaci6n la noche de
su estreno, habrâ experimeotado como yo el sincero impulso de llamarse a la
parte en tan buena bora. Pr6diga la empresa de la Princesa en anuncios y reclamos, no siempre oportuoos, pero que en esta ocasi6n en oada han menoscabado la calurosa acogida del publico al nuevo dramaturgo, habia transcrito
en profusos sueltos de contaduria la opini6n que La dama del ar,ni1w mereci6,
al representarse en :\.mérica, a cdticos tenidos alli por muy severos. Aigu no
no se recat6 de parangonar la significaci6n del drama de Ardavin con la que
tuvo en su época Et Trovador de Garda Gutiérrez. Cuando, requerido por los
insistentes aplausos de los espectadores, se present6 el autor de La dama det
ar111Hio, mediado no mas el acto segundo, pateroalmente sostenido en su turbaci6n de novicio por el Sr. Diaz de Mendoza, senti uo gozoso estremecimiento,
parejo sin duda del que coomovi6 a los j6venes românticos al ver aparecer en
las tablas al soldado poeta del Tr#lvador a recibir el homenaje, inusitado hasta
entonces-de ello se hacen eco las Historias literarias de texto eo el bachillerato-, origen de la costumbre, hoy abusiva, de computar el éxito de una obra
dramâtica por las salidas de su autor a escena de la mano de los intérpretes. El que no sepa sentir como propia la alegria del amigo, mal podrâ darse
cuenta del inefable sentimiento que produjo en mi ânimo el triunfo apote6tico
de Ardavin.
Confieso, pues, mi incapacidad para discurrir serena y desapasionadamente
acerca de los reparos que otras plumas mas preclaras, y eo este caso-menos
solicitadas por afectos entorpecedorc-s del juicio imparcia\-mas justas que la
mîa. han podido hacer al a11tor de La da,na dei ar111iiio. S6lo si creo que lejos
de ameoguar tales reparos la buena fama literaria de Ardavin, demuestran el
alto aprecio en que le tienen quienes con su consejo, mejor que con futiles halagos, preteoden estimularle.

Pero hay algo en la invitaci6n susodicha a los j6venes contcmporâneos dcArdavin, con lo que yo, y muchos coomigo de los que con él nos felicitamos,
no podemos estar conformes. Es a saber, la estimaci6n del triuofo, por lo que
pudiera tencr de conquis ta del csceoario de la Princcsa.
La sigoilicaci6o del matrimooio Guerrero-Mendoza en el arte dramitico es-

paiiol esta bien defioida en muchos aiios de activid
.
tl'ntemos a su cuenta uoa revisio d
I
ad profes1onal para que ioabo d I
n e va ores Sus ant·
1
no e os miércoles O de los s~b d
·
•guos unes clâsicos su
·11
a a os sus cam
'
c1 o, su prosapia, coostituyen en bloq '
panas de América. su sal&lt;10ter rliscutir porque no hay d"
ue un valor enteodido, que no es menesna ie ya que en el fond
no; pero que nada tieoe que ver
1
. o, pueda llamarse a engar d
E
con a renovac160 de lo 6 .
ue a en spana el c&amp;rro de la f
s t p1cos sobre que
p
.
arsa.
. rec1samente porque la empresa Guerr
qma artistica, defendid., por . t
er~:\{e ndoza represcnta una oligar·
tienen a las oligarquia, port· in ereses semeJ;,ntes en su esfera a los que sos1 icas, no es de creer
~
"
d
que esaparezcan sin mâs los
bSt&lt;1culos tradicionales q ue eo ilrte como en politic
.
d
a se oponen a la conquist..
d e I pod er por la juventud 5 111
6 mmo e renovaci60 · t 1·
co. El estreno de un poeta en I p .
Ill e igeote de lo ya cadu-6
a nocesa podra se
d
ci n, un compromiso ventaJ·oso . ,
r, cuan o mâs, una traosac,
quiz... por el momento
ounca una victoda del poeta en la I h
.
para una y otra parte,
Y es u
uc a por el 1deal
I
q c os Sres. Diaz de Mendoza ticnen u
.
.
para que su concepto del t t
r
na personahdad harto acusada
· ea ro, per,ectamente ad
dO
'
a sus necesidades familia
ecua a su tcmperameoto
·
res, a Ias del publico co
h
'
med1da de su gusto bucno
I
n que an sabido haceise a
1a noche de Ecbega~ay a la :uma o, :ero que ao es el nuestro, pueda variar de
matrimonio Guerrero M d rora e Ardavio. Culmioaron los prop6sitos del
- en oza en el falso realis
d 1 .,_
garay, y, desde eotonces toda
.
mo e a ultima épo.::a de Ecbeinconfundible.
'
represeotac16n de su compaiifa lleva ese sello
0

• una reconstrucd6n h"13t6 ·
/. No ha intentado A r d avm
.
matica s&lt;&gt;bre motivos del II
d
.
nca, sino una fantasia dra.
. .
ama o esulo espaiiol Los
.
&lt;:1asal 1d1oma, las tergiversacio
1
• •
anacronismos, las violeoncs vo uotanas del carâ t d 1
evot.ados sin sujeci6n a mâs le
•
c er e os persooajcs
que la de! drama mismo re y ~ue 1a del capncbo poético, ni mas evidencia
• quenan para no dar lu
1
,
pretaci6n alejada de todo rcali
gar a equ1voco, una interledo, seguo el Greco estrech:mdo. ilo âmas_ decorado que el panorama de To.
'
n
c mb1to del esce
·
seot1do vertical Ja perspectiva d I d
.
nano para alargar eo
porte inicial del ânimo de los
e t rdama, ~e hub1era cooseguido cierto transespec a ores 1mposible d 1
sencia en Jas tablas de do-a l\i3113
.• G
'
e .ograr con la sola pre0
uerrero cuyos
•
bastaban para impedir . . .
. '
excesos de 1oterpretaci6n
1a J1us16 n escén1ca que el
t d"d
.
pre en I o verismo del
C ardenal Nino de Guevara • c6 micamente
eocarnado e I t
no podfa despertar tampoco.
n e ve crano sedor Juste,

s·

°

llli CR1TICO INCIPIENTE
l:?O

121

�LA PLU ~1 A

LIBROS y REV IST AS
. B
Eugène Montfort.- La N;'ia

r:

·ta o el amor a los cuare11ta aiios.- Novel a
ila -Ediciooes de LÀ PLUMA.
traducida del francés por ~ anuc za . d N
os mueve pues, a publicar
O O
.
d e 6ltirua
mo a .ideraci6n
'
·
No es Montfort un nove1,sta
.
de ac ·ualidad.
AJeno
a
en espanol la mejor de sus obras oin~uensa c:r~;ienses de cada tcmporada, Montlas cabalas en que se fra~uan los figurm t ~el ;parato exterior que suele acomfort es un escritor cuva hteratura,
Je unos aiios resume sin alarde las cuapaiiar' las glorias fugaces de un \:r~ lradici6n fra~cesa.
.
lidades car:icteristicas de l~s mas p e esta afirmaci6n puede da r lugar. _La agiNo se nos oculta el eqmvoco a
ïaci6n son tales, que no registra la
lidad del espiritu francés, su poder c_as1;1 ercusi6n en Francia, y, lo que es
historia litera ria experie~cia _algu~a s:~r:/valor y eficacia universal_es mcrced
mas, sin que esas e_xpem·nc1as a qu
eses suelen hacerlas asequ1bles al coa la depuraci6n clas1ca con que lo~ franc lo tanto tradiciô11 francesa, se prcsta
m6n de las g••ntes civilizadas. Dec1r, po~ de e~presi6o literaria a que se rca coofusione~, toda vez que los d?s mo ;:scucÎas de todos los tiempos. el claducen en ultimo término, las corne~te::1 po propio -Campo de bataLa a ve,
t·ienen.en Francia
cam
·
. Hay, s111 ern bargo '
sico y ' el romanuco,
.d
ib'e la de Hernani.'cel&gt;: ;en &lt;JUé otr~ parte h~lnelr_a s1 ~ po~p~cialmente cultivada por los france. ,. ·10·n del buen senhdo iterano, e
t'
·1a de Stendhal, SIU/luspeare y
una r Lg
· ·6 en la an mom
.
d
d
ses y dt finida por contrapos1c1 a
la intenci6n combat1v1, a ecu.i a
Hac,ne que oosotros utilizamos ~hora,l6no ~~on resol\'iendo arm6nicameote en el
'
autor la ,ormu 'si
.
al momento en que su .
. mode sus lérminos capitales..
n al
espiritu moderno cl _ant_agon1s C t ha dicho uno de sus cdhcos, perteuece d 1
cf.;is novelas de l&lt;. ugene Montord, la Edad )ledia, ha reioado hasta lin.es e
género que nacido de los cuen1~~ de la Histoi,·e de Jea11 de Paris a Les lra1so11s
si lo xvm, e incluso un poco m ~. e La Pri11cesa de Cleves y l,ano~ Lescout.•
a!,ge,·euur, al Adolfo, p'.lsda:1?6o prr ncesa la de los escritores a qu1enes _M. Le
Es decir. la mas pura tra ici n r~
ci· del hombre y de su~ pas1oocs•
Cardonnel atribuye ,sobre todo el estu io

::ce.a

~t .

t22

(Georges Le Cardoooel. Pierre Lievre: Êtudes sur E11~ne 11:fontforl. Paris, Bibliothèque des Marges).
El solo titulo del &lt;:studio de Le Cardoonel: .De un cierlo romanticismo a un cl'4sicismo moderno, basta para defini r, mejor de loque pudiéramos hacerlo en esta
nota, la pcrsonalidad del autor de La Nina Bo11ita. Eugène Montfort naci6 a la
literatura con una novela amorosa, Si/vie ou les Emois passionnés, conct&gt;bida a
la maoera romantica. Los que en 1896 cran j6venes con Montfort reaccionaban
violenta mente contra el oaturalismo de Zola y sus discipulos. Pero romanticismo ta ' no podia in~pirarse en la misma fuente de tristna que el de las Con/esiones de ,m hjo dd sigle. F:ra una cxpansi6o del .inimo eotusiasta, curado de la
dcrrotrl nacional del 70, no como en Chat•aubriand o en Musset un rcfugio de
la melancolia.
En su segundo Jibro, Essai sur f Amour (1899), Montfort afirma su romanticismo, pero nunca cludien&lt;lo la realidad, sino exaltandola. En 1902 hace su primer vi~je a Marsel'a, fecha decisi\·a en su vida de cscritor inseparable dt· su
experiencia persona! de paseante y de viajero curioso po1· ltalia, por Escocia y
Bretaiia, por Ids cost.is espanolas de Levante, Andalucia y Marruecos, refic1ada
en las notas de: 1ndar y ver reunidas en Jibros como En jl4nant de .Messi11e d
Cadix (1911) o ,1/0111,,,arlre el Jes B, 11/evurds (1908)
Guiado por el e,piritu de Ste,1dhal y el de :\ferimée, va afinaodo y ahondaodo en Ln cumrs malades (1904), Le cira/et dans la montagne (1905), La maitresse americaine (1906) las novelescas iovcstigaciooes eobre el amor de sus primcros libros. De 1903 a 1908, redacta y publica por si solo la revista Les .1/arges (acrccida boy con la colaboraei6n de un seJecto grupo de hteratos libres de
p rejnicios de escuela), en que la evoluci6n del rnmanticismo inicial de Si/vie, a
la inhibici6u clasica del autor de la La Nina Bonita, se va opcrando en nna ser ie de e~tudios magistrales de Gérard de Nerval a Barrés y Claudel, seguo
un orden interior que respondc a la maduraci6n de su espiritu critico y que
cxplica su con\'ersi6n graduai a !a sercnidad con que ahora Je es dado contemplar y pintar la vida.
La Turca ( 1906), no vela recientemente traducida al espaiiol, s~àala la primera etapa del esfuerzo asccnsio11:1l de .\fontfort bacia •cl n~tural, la simplicidad, la human idad,, logrado plenamente, tras La chanson de Naples ( 1909), noveia oapolitaoa al modo de las de Salvatore Di Giacomo, y Lu noces folies ( 1913\ en La i\'1na Bonihl o el amo1· a los cuarenla aiios.
,La Niiia Bonita. es el nombre jovial del yate en que Didier Cassenoir y su
61t ima querida regresan a .\[arsell.1, preSQS eo estrecba c.ircel de amrir de que
no saben escarar. Otros dos hombres, Garein y Ecartclance, consciente el ur. o ,
de la indefensi6n de sus cuarenta aéios ante la pasion amorosa que le asalta,
resuelto el otro a obtencr, por la fuerza que le rebosa, la mujer que se le re sistt&gt; terca, persiguen int'.itilm.. nt~ a aquella Diana enamorada con instinto tic
hembra del apoliaeo Guy Joli, sercno guardador dd animo libre contra las tentaciones de la carne cnemiga. Asesinada Diana, muerto también Ecartelaoce,
rcfugiado Garcia en la lilantropia, 1:arpar.i de nuevo «La Nina Bonita• «para
un viaje mas bello, sin pasi6n ni dolor, acogido su dueiio a la amistad triun-123

�L .\ PLUMA

LA PLUMA
fante del poeta, conducido por d experto nauta Barougas, servido siempre p~r
el sagaz Lombriz.
-~
.
tl amor a los cuarenta anos cuenta !&amp;. bisEl novelista de La NinJ !3onita :tro hombres sencillamente, rehuye~do en
toria apasionada d_e una muiir yd~unarrador, economizando paginas y t1empo,
todo momento su mtervenc1 n
te iendo la atenci6n del lector en
sin que la evidencia _del relat~ padezca,
el~.nento~ imprescindil&gt;les, y, p_or
una tension consegu1da_ no m s qufu~~;., de que s6lo hay ejemµlo en los meJO·
lo tanlo, con una segundad y una
res modelos del géner? oovele~co.
la razon que los corrige, no apareceo
El lirismo, la emoc16n senllmeral
8011ila de la acci6n de la novela,
nunca destacados por el autor ~e :nd;":u sustancia propia. y asimis~&lt;;&gt; los
sino entreverados en ella, c~&gt;n~t•~u) fondo estan dispuestos, no como alic1ente
detalles ointorescos o el _pa1saie te do . la tragedia la luz, la atmosfera, el a~ .
o pretexto descriptivo, s100 pr_es an .1 • ·te cia real vida bu mana. Marse a
biente en que los héroes adqu1eren C?~1s1~s ~l centro' natural de la pasufn ,neno es en La Nina Bonita u!1a decorac1 ~~ferencia a la Carmen de Bizet; su f~diterrânea, de que habl_a N1e_tz~che :;~fontfort a través de toda su obra, culm1talidad se impone al animo :tr~o·a l; ha traducida con un rigor .v una compenante en esta novela. Manu
zan
.· esfuerzo ni fatiga, perc1be en toda _su
oetraci6o con el original que el leitol~ s;~tax1s castellana, al servicio del est1lo
pureza; la fidelidad no meoosca
aparente de Eugène Montfort.
preciso, vivo, fi.nisimo en su senc1 ez
, '
C. R. C.

fi:

k--

·ti

* * *

.
. lickte seiner Selbstbiograj&gt;liie.-E_i,u
A lfred Storch.-August __St,:md~erg '"', -J F Bergmann MUochen u. \Vies• jsyckopat/wlogisclie Personl1ckke1tsana :yse. . .
.
badeo, t 921.
ellos aises de gran actividad pstEn estos ûltimos aîi~s, sob~e
:tras s~ han mostrado abie~tameot~
quiatrica como Al~rn~n:31 lo~b ~ocurnento mas elocueoce en estefi.se~t~d~
en contra de la psiquia na.
. .
d I h Zunte inserto al na e
man ifi.esto de la Bunde der ~rst,f~,. ,e~ :: :;,ige,n Geist. El hecho, interpre:ublicado por Hilier, Das z,e .- . u.1: U.1. s ermaoos ha dado lugar a anima a
~o opuestameote por algunos ps1qu1~tra d! la novela de H. Mann Di• A1·men.
-eontroversia, espe~ialme_nte con mot1vo - ue la maxima culpabilid~d de este
Es indudable-seria n_ec•&lt;;&gt; no reconoccrlo r~ ios especialislas, prioc1palm~ote
movimiento aotipsiqu1âtnco re~~e en ~o~iafic:~s que sobrepasando su obJeto,
en los autorcs de &lt;:icrtos ~stu ,o\~~ ~bsoluta~ent~ censurable. Al lado ~e
han llegado a un d llettantis~o en •.
a la Medicioa, que, a la sombra, _c
éstos se hallao, ademas, e;;cntores aJenosto Max Nordau es un ejemplo llpt·
teodas médicas o biol6gi~as ,del mome~es-;-~nvidias profesio:iales en groles-, han volcado sus an_tipatias pe_rso~a
•
.
~s eosayos de aparienc1a pseuf_doc1entt~~aJaspers en su admirable Allge~me
La finalidad de la patogra ia-escn

:i.~~~:'f

124

fï~~

Psyckopat/wlogie, 2.• ed., p. 382-s explicar la génesis de las crc,1ciones artisticas mediantc el aoalisis de las alteraciones y proce~os patol6gicos psiquicoa
sufridos por su autor, utilizando los datos que el estudio de su vida mental depara. Si el patografo-continûa Jaspers-intenta juzgar, fundado en sus descubrimientos, el valor estético de la producci6n del patografiado, comete una imperdonablt: falta, ya que en modo aigu no quiere decir que una obra de arte sea
mala o iocomprensible porque en ella descubramos ioequivocos signos pato16gicos; este juicio meramente subjetivo no ioteresara a nadie y si indignara a
muchos. Contados son los pat6grafos que se han librndo de caer en este error.
Es suficiente repasar la bibliograHa recogida y cuidadosamente glosada por
Birnbaum en su recieote libro PsJ-d1o;a1/io/ogisclte Dokumentt, Berlin, 1920, para
comprobarlo. Igualmenle carecen de interés. a juicio nuestro, los estudios patogrâfic ,s encaminados exdusivamente a obtener un diagn6stico y discutir el
lugar apropiado que corresponde eu la sistem,hica clinica al patografi;.do. Este
criterio, sustentado, desgraciadameote,por muchos, mantiene la creencia de que
el psiquiatra solo siente particular delectaci6n clasificaodo psiquiatricamente
a sus semejantes, y de un modo implicito !leva coosigo el elogio de la mediocridad. Ridiculo es, del mismo modo, como acertadamente seiiala Jaspers, el
estudio patogrâfico de ciertas figuras de la Historia: Jesucristo, Mahoma, etcétera. Por otra parte, son responsables de la animosidad contra la psiquialria
aquellos psiqu iatras que, como indica W. Mayer, consideran anormal} morboso todo cambio de técoica o direcci6n nueva de las escuelas modernas artisticas o liter arias y conceptûao la mas ligera desviaci6o del tipo medio normal
como un pathos de la psique.
Las escuelas psiquiâtricas modernas, especialmente la escuela fenorneoo16gica de Jaspers. han inspirado uoa serie de trabajos patograficos n,uy interesantcs, entre los que 10erece un lugar preferente el estudio de Storch sobre
Strindberg, objeto de esta recensi61t.
Para el estudio de los signos subjetivos de la vida psiquica pato16gica, con cedc la fenomenologia de Jaspers un valor metodol6gico extraordinario a las
autodescripciones orales o escritas. •Pue!:ito que no nos es dado percibir lo,
psiquico ajcno directamente como Jo fisico Ua!:,pers, loc. cit.p.31), nos limitamos siempre a una representad6n, intuici6n o empatfa, d la que nos conduce,
segûn el caso, uoa serie de caracteres externos del estado psiquico y de las
coodiciones en que se presenta y que juzgamos por comparacioo&gt;. De aqui que
sea un auxilio c-ficaz id aulodescripci6o oral o escrita, aunque esta ûltima sea a
veces feoomeno16gicamente obscura y su autor. por motivas estéticos o de
otra fodole, desuaturalice. De tal defecto adolecen, induddblemente, I,,s Pa, adis artificiels, de Baudelaire; la Aurelia, de Nerval, y las Confesiones ae un c,,,,,e.
dor de oj,io, de Quincey.
Strindberg ha dejado en los cinco tomos de su autobiografia un material
excelente, que, desde un puoto de vista estrictameote fenomeool6gico, ha aprovechaào Storch de modo admirable. La fidelidad de las autodescripciones de
Strindberg es indiscutible, y el misrno Strindberg se apresur6 a demostrar que
en su autobiografia s6lo se propooia aoalizar objetivameote la evoluci6n de su ,
125

�LA PLUMA

LA PLUMA
alma, y al final de cloficrno• dcclara: cQuit-n tcnga este libro por un producto
puramcntc literano, comparclo con mi diario, que desdc el aoo 1895, dia por
dia, cuidadosamcnte llcvo, y del cual e ste libro es s61o ordenada transcripci6n•. La autobiografia permite scguir la vida del gran dramaturgo cscaodinavo paso a paso. Consta de sictc partes, tituladas: cEI hijo de una criada•, ,La
cvoluc16n de un alma•, •La conksi6n de un loco•, cDesuni6n•, clnfierno•,
cLeyt&gt;odas•, «Solit11rio•.
La monografia ue Storch cstudia la pcrsonalidad de Strindberg solamentc
dcsdc un punto de vista psicopatol6gico, y co modo alguuo incurrc en los errorcs q.ie hcmos indicado al principio. Storch, siguieodo croool6gicamente la
autobiografia de Strindberg, divide su trab,1jo en las siguientes µartes: ,La
pcrsonalidad primitiva•, ,La cvoluci6o interior ha::sta la psicosis: primcros accesos e&amp;quizolrénicos; la c1 bis de los vuinticuatro aôos•, «La vivencia arnorosa•, ,La psicosis esquizofré ica: dèsciipci6u del curso; a'la!isis formai; analisis dt"! contcnido•, ,El cstado fioalt, • Rt:sumeo•, ,Ojcada psiquiatrica retrospcctiva•.
.
. ., .
.
El interéi de este cstud10 es puramentc ps1qu1atnco y aporta gran clandad
al conocimic oto de la enfcrmedad meotal que sufri6 Strindberg. S1 la alteraci6n morbosa ha inftuîdo o no sobre su produccioo artistica, fdvoreciéndola, 0 1
par cl contrario, l101itando sus facultade,;, es un asuoto escabroso, dificil de detcrminar, y que. inhcrclltC a toda investigaci6n p,1tografica, ha rchuido Storch
con grao acicrto. La enferm.::dad sufrida µor Strindberg plantca, adcmâs, aigunos problemas de psiquiatda clîuica muy interes:rntes, impropios, sin embargo, de ser comentado, en una rcvh,ta del cMacter de LA PwlllA.
Al llamar la atenci6n general sobre el estudio de Storch, nuestro objeto no
es otro que seiialar al publico profano la exbtcocia de una patografia moderna que expresa claramente el criterio actual de una escucla psiquiatrica alemana, dirio-ula por cl profesor Gaupp, de Tubi~ga, y, al mismo tiempo, indicar
a los hombres de lctras cuan lejos se hallan las iovestigaciones psico patol6gi1:as moderoas de aqucllas que solamente ban logrado encmistar al psiquiatra y
al litcratu, cuando tanto se obtendrîa µara el progreso de la ciencia psiquiatrica si tal estado afectivo se di-svaoeciera y entre ambos grupos intelecwales se
estableciese, en cicrto modo, una colaboracioo. Colaboraci6o intcntada en todas partes por algunos escritores con meoguado éxito, ya que éstos, equivocadamcnte, creycron servir a la psiquiatria llt:vando a la oovela o al teatro personaj~s patol6gicos, que nada enseiiaroo al profesional y aun me nos al profaoo, y que tan s61o sirven-como escribe Gaupp-para mostrarnos el criterio
del arti,ta y cl modo de concebir éstc las psicosis.
Las consideraciooes psiquiatricas de Storch. de gran valor doctrinal. el criterio c1entîfico sustentado en toda la obra, cl re:;peto y cariii.o a Strindberg,
priocipalmente y la claridad e n la exposic16n, son cualidades no f~cc~entes en
esta clasc de trabajos, y que en la mooografia de Storch marcbao mumamcntc
uoidas.

JOSÉ M. SACRISTAN

* * *
,u6

~obcrto Levilller.-La .'ien.ia de los es;~os.-~[C\1XXI.-Editorial
.
•
Sa-

tu:-01no Calleja.

Acababa de recibirlo aquella tard
sin abrir aun. Al pasar por la de m ~ Y ~e 10 llevaba de la redacci6n a casa
1 am,ga, recordé que era sab.vJo y subi;
saludar!a.
-:-Usted perdooe la curiosidad-me d..
.
.
pon,a d abngo, a punto de marcharme ~~h~OJean do cl hbro, mientras yo me
-No se lo presto a usted por ue n. 11 , ,
adcmas, constituye una obliaacio q
o o be Je,do todavfa, gusto que en mi
Gra ·
J
"
n, y .. ,
'
c1as, o conozco, v hasta me are
puede que no lo crea. Mi ami ,t sabf . cc que basta?l~ _bien, aun')UC usted
y para demostrarselo a ustedgh
m, µocd fe en cl 1u1c10 de las mujcre~ lecr tantos otros no le dé tiempo aga ~~ lrueba, ya que quiza la ol&gt;li •aci6o ·de
ted Yo. y dobl6 el pico de la ho· a sa ,s acer ~u gusto de leerlo enter~,: lea usPese a mi dcsc fi
13 correspond1eate.
h..
on anza en el espiritu ci 't" f
·
es •Jade mi ~antasia, sino de la pro ia T
,' ico ememno, mi amiga-que no
oc y hueso, s10 duda, reputad:i cou!'o la eq~s,core, y de scr cil~ musa. ln de car. No porque Yo sea el unico es &gt;e· o me1or_por el gran Dano-, tiene raz6n
vida de un persooajc o un personla·~ d;7 13; hcnda de Levi_liier, que relkje l~
~c proponc; mas porque en él conJera a v1d.1, ~on la cu_rva ,ronrn que el autor
rntenc1ones diseminadas con gr . _.,en { se aunan e~1dentc~ las parabr,licas
y en las que siguco dcspués to~~a s1ngu ~r en las pagm~s autcriore~ ,lei Jil&gt;ro
verdad_, ~i da facihdades a lo~ lectir::p;~~ores ~ la moraleja inicial, qu.-, a la
d_e l~s im.igenes repctidas en las
.
rer.n1sos para entender el sentido
~•os1dad a los aficibnados al ilusion~ut11cs comb1oac10?•·~ del laberito, r!"'ila cu1nocente, por boca del clown.
smo, con dcscubnr de antemano la trampa

*

*
t
E
~t'
*

.Miguel Salvador y Carreras L
so leido en cl acto de su recepc·o . ~-sruuta m Jiadrùl. (1921).-DiscurS.:? F_:rnando, y cootestaciun d~J en a
Academia d 8ellas :\rks de
dngaoez.
xcmo. e tmo. Sr. D. Am6s Salvador v RoUn,a reccpci6n académica, ma-. uc m .
..
laocoha. Ant6jansenos las Acadt::m9
ottvo de regoc110, suele serlo de meperdida. «De las Academias libr~n~:s ia_?teooes de la juventud por siernprc
la llntrada de nuestro amigo Miguel s-,tn~n, clama c l poeta. iQué mucho que
turbara el aoimo, viéndolc preso de u· va or en_ la d~ San Fern~ndo nos conque separan a unos hombres de otrosi° convenc1onahsmo mas de los mucbos
Mas no todo se pierde en la batalla
.
Digalo si no D Am6s Salvad
d por ser ~cadém1co. .Ni aun el humor
contestaci6o, imprcgoado de la ~r,/a re d~l rec,pieodiario, cuyo discurso d~
griego la excelcncia de la exprcs~ cch«sonnsa entre la.grimas• en que cifra el
resis~ente _a la grave cxperieocia
lo~~~~:• es ejemplo de juvenil donosura,
Ni ha s1do menester que para ·
·
nucstro amigo de ninguo caro rec~:~~e;1c en taod d~_cta corp?raci6n reniegue
moce a , antes bie n, el corganiza-

d:

127

�LA PLU ?Il A
dor y propulsor de instituciones musicales• como la Sociedad Nacional de Mu sica y la Orquesta Filarm6nica de Madrid, se ufana en la hoja de méritos alegados por sus presentadores al hacer su propuesta, de haber pertenecido a la
Rondalla Logroiiesa, con plaza de primer bandurria.
No ha becho, ciertamente, Miguel Salvador en su discurso un trabajo de
erudici6n, dado que portal suele enteoderse el mero acopio de datos y compulsas ajenos al interés del profano. Ha becho algo mis, y nada menos que la
historia general, suciota y amenisima, de la orquesta sinf6nica, a cuenta de la
que por derecho le compeUa bacer de la orquesta en Madrid y de sus vicisitu des en estos tiempos.
C. R. C.

* * *

R evue del' Amerique latine.-Hemos recibido los dos primeros numeros de esta rev1sta dirigida p..&gt;r el Sr. )farti,enche y en la que son redactoresjefes los Sres Lesca y Garda Calder6n (V). S,i programa e~ vasto y el cuadro
de colaboradores francese:; y americanos proporcionado, por el numero y ia
calidad, al programa. Seiialemos en el numero primero una cr6nica literaria
de Gonzalo Z2ldumbide. En el numero scgundo retenemos, por tocar directamente a Espaiia, el pr6logo de Charles Maurras (l es forces latines) al libro nuevo de Marius André, la fin de femfJire es;agnol en Amérique.
Aunque no tomamo!' demasiado en serio la filosofia politica de M. Maurras,
menester es preguntarse si el gran escritor ,se paga nuestra cabeza• (nuestra
pobre cabeza de celtîberos romanizados), cuando dice refiriéndose a Itali3, Espana y F rancia: cSu decadeucia se inici6 o se precip1t6 en el punto en q ue las
ideas revolucionarias se apoderaroo de su espiritu publico o de su gobierno•.
A no ser que M. Maurras demuestre (capaz es) que la época del Pad re Nitbard
fué el gran siglo de Espaiia.

*

,

* *

Llbros recibldos. -Carlos Reyles: Et embrujo de Sevi/la; Madrid, Calpe.Ram6n G6mez de la Serna: Disparates; Madrid, Calpe. - La viuda blanca y necra; Biblioteca )lueva. - Adolfo Sabzar: -tudrtfmeda; Cult ura, México, 1921. J. Moreno Villa: PatraittM; Madrid, Caro Raggio. - J uan José Domencbina: Del
poema eterno. Las interrogaâonlS dei silenâo (nueva edici6n); .\iadrid, 1922.
Revistas. - Mercure de France, Paris. - Le Progrés Civique, Paris. - La
Connaissance, Paris.-La Revue de I' Epoque, Pads.-Vida Nuestra, Buenos
Aires.- Atlzenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cra;oui//ol, Paris.-Be//es Lettres, Paris.-Cultura Venezola11a, Caracas.Die Aktion, BerHn.-Peg·aso, Montevidt"o.-Cuba Contem;oranea, La Habana.Babei, Buenos Aires. -Porst"a ed Arte, Ferrara.-Espana ·" América, Ca.diz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-Ça Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
L a No•,velle Revue Franyaise, Paris.- /ndice. Madrid.-Cosmdjolis, Madr id.-71te
Living Age, Boston.--Espana, Madrid. - Les /,-larges, Paris. - Prisma, Paris.Signaux de France el de Belgique, Bruselas.-Los Nuevos, Montevideo.-Revue def .4.mén·que latine, Paris.-.Le Tliyrse, Bruselas.-lntentioris, Paris.

us

ANO III.

1

~lADRID, MARZO 1922

1

NOM. 22.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

&lt;i&gt;

X
AS alla del espanto ' abordé en una trist
tada la primera turbulencia d 1
• eza gn~ve, desgas-

tidianos , dispuestos p
d e a pas16n en ejercicios co. .
ara esbra varia F é t
..
cermm1ento no sé s1· d"
l .
. u am b1en dis.
'
1ga as uc1a· d fï
m1 aprendizaje, pues vine a enfre
1
' e JO, un adelanto en
tocar en lo absoluto· ver e f . nar e abandono. Restafié el afan de
•
n narse la ge
•d
Aprendi q ue mi desbaraJ· uste
neros1 ad, me di6 lastima
_ .
se correspond'
·
muy aeeJas, disecadas ya articulad
. ta con otras experiencias,
de la vida me careasen co'
.
as en tdeas; como si en el hervor
t .
.
n mt esqueleto E fi
ra1an vtSos de desengafio· bd" b . n n, estos albores de paz
.
' a tca a u na pe d b
como s1 toda magnificen cta
,. me estuv1ese
.
d dsa um re grandiosa ,
esperanza, por mi flaqueza.
ve a a, en el temor y en la

(1) Véase LA PtuK.t. de ene ro de

1 9 2:1.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>La Pluma, 1922, Vol 4, Año 3, No 21, Febrero</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>��,-

8 J8 L 10 T E C A

C E N T RA
-L-·

U. A . N . L

i\_,
VOLUMEN CUARTO

MADRID

r 9

2

2

_

.l

..

�INDICE DEL VOLUMEN IV

1922
«.Ea pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
EN ERO A JUNIO

lJ la que sustenta leyes."

Paginas.

NUMERO 20 (BNERO)
Ram6n Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Nietzsche .. . .
Manuel Azafia: El jardin de Ios frailes. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
19
Alonso Quesada: Igualmente.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
33
Ram6n G6mez de la Serna: El novelista . ......... . ...... . ...
35
Paul Colin: Letras belgas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
49
Jules Bertaut: Letras francesas................... . ...... . ...
54
Libros: Luis y Agustin Millares: Companerilo.-Luis Araquis-~_..,,,_ ~
tain: Las columnas de Hércules.-Enrique Diez Canedo:Conversaciones Hterarias.-Alberto Insua: Un corazôn bttrlado.M. Gutiérrez Najera: Sus mejores poemas.-Revistas.. . . . .. .
59

NUMERO 21 (FBBRERO)
JMPRE NTA ARTiSTICA DE SÂEZ HEIIMANOS
NO.RTE.

21.

MADRJD. TELÉFONO

Ramôn Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Nietzsche . .. .
A. Hernandez Cata: Ascension.. . . . . . . . . . . . . .............. .

17-65 J .
Ill

�LA PLUMA

LA PLUMA

Paginas

P~ginas

Il

Juan José Domenchina: La corporeidad de lo abstracto ....... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista .................. .
Paul Colin: Letras alemanas ............. .. ................ .
Mario Puccini: Letras italianas........ ·................... • ..
Un critico incipiente: Teatros .. •. ... . .......................
Libros: Eugène Montfort: La Nt'iia Brmtta o el amor a los cuarenta a,iùs.-Alfred Storch: Aug-.1st Stri11dberg.-Roberto Levillier: La tt'enda de los espdos.-Migue1 Salvador y Carreras:
la Orquesia en Madrid. - Revistas. . ............ . ..... . . .

86

89
98
107
118

122

NUMBRO 22 (MARZO)

Manuel Azafia: El jardin de los frailes . ..... .. .......... . .. .
Francisco A. de fcaza: Poesias ...... ...... ....... . ..... • .. •
R. Sanchez Diaz: Un cuento en la oficina ......... . . . ....... .
Mario Puccini: El hombre del sombrero gris ................. .
R. Meza Fuentes: Poesia ... .. ... . .. .. ....... ... ......... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista. . . . . . . . . .......... .
Cardenio: Objeciones......... .. ............... . . ......... El paseante en Corte ... Castillo famoso .............. .. ..... .
Jules Bertaut: Letras francesas ........ . .................... .
Alfredo Pimenta: Letras portuguesas................. . .. . ... .
Un critico incipiente: Teatros................... ..... ... ... .
Libros: Eduardo Marquina: El deslino crud.-Ramoo Gomez de
Serna: la viuda btanca y negra. !Jt'sparates.-Carlos Reyles:
El embrujo de Sevilla.-José M." Chacon y Calvo: Las cien
mejores poesiascubanas.-Artemio de Valle Arizpe: Vt'das mt'lagrosas.-Ejemplo.-Paul Neuhugs: Poètes d'aujourd'lzui·.Louis Léon-Martin: Tuvache ou la 1rafédt'e pastorale .. .. .. .
IV

129

138
142

151
152
163
170
173
178 ,
180

186

NUMBRO 23 (ABRIL)
Ramon Pérez de Ayala: Los autores ...... · .. . ..... . ........ .
Ernesto Lopez Parra: Poema de la sensualidad pueril. . . .... .. .
Manuel Azafia: El jardin de los frailes ... . . . ......... .. ...... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista ............. . ..... . .
Cardenio: Objeciones ......... . . . ..... . .. .. . ... . ... . ..... . .
José M. Sacristan: La doctrina de Freud en los pueblos latinos ..
Paul Colin: Letras alemanas.. . . ..... .. ... .. ......... ... .. .
Libros: Francisco A. de Icaza: Canâones de la vzda lzonda y de
la emoci6n fugz'tz'va.-A. Hernandez Cata: U11a mala mujer.Vicente Pereda: La h{dalga fea.-Joseph Conrad: E11 margedes marées.-Alfredo Pimenta: 0 lt'vro das chymeras.-Revistas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ..... .... .. ... ...... .

NUMERO 24 (MA YO)
Manuel Azafia: El jardin de los frailes .... . .................. .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista .. ..... . .......... .. .
Jorge Guillén : Encarnaciones ....... ......... . ............. .
Salvador de Madariaga: Paralelos angloespafioles............. .
Paul Colin: Letras belgas .............. . ................... .
Douglas Goldring: Letras inglesas ... . .................. .... .
Alfredo Pimenta: Letras portuguesas . .... ....... .. ........ . .
Libros: Mario Puccini: Racco11ti' cupi.-Ramon Gomez de la Serna. El Oran Hotel.-Gerardo Diego: hnagen.-Alfonso Reyes: Simpatias y diferencias.-Alberto Insua: Maravilla y La
Hfrl.-Ram6n Segura de la Garmilla: Poe/as espaiioles del siglo XX.-Jules Sllpervielle: Débarcadéres.- Colette: Cltiri . .
Revistas . .. . ...... . .. .... ........ ... . .................... .
Academias: Jules Romains; J. Ortega y Gasset ............ ·... .
Necrologia ........... . . ...... .. ... . ... ....... .... ........ .

�LA PLUMA
Pâginas

NUMERO ~5 (JUNIO)
Manuel Azaiia: El jardin de los frailes. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. de Rivas Cherif: Cifra de Prirnavera.......... . . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: La Exposicion Nacional de Bellas Artes. . . . . . .
Fray Antonio de Guevara: Los principes y los sabios .. ....... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Félix Delgado: Canciones breves . ..... . .................. . ..
Fernando Gonzalez: Poesias...... . . . ................... . ....
Jules Bertaut: Letras francesas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Paul Colin: Letras alemanas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Ramon del Valle-lnclan: La Reina Casliza. - Carmen de
Burgos (Colombine): Los anticuarios.-Luis Fernandcz Ardavin: La derna inqut'etud.-G. K. Chesterton: Ellzombrequeful
jueves.-Adolfo Salazar: Andromeda.-Juan José Domenchina: Poesias escogidas.- -Nicolas Beauduin: L' Hom11te cosmogonique.- ]. Francos Rodriguez: los dias de la Regencia......
Revistas.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Academias: Gonzalo R. Lafora: Ensayo de interpretaci6n psicol6gica del cubismo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Gacetilla. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

321
332
336
341
344
360
361
362
367

371
378
381
382

�1

ANO Ill.

MADRID, ENERO 1922

NÛ.M. 20.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES (1)

BELLUM OMNIUM IN OMNES
vez, en la Engadina, una dama inglesa, delicada de salud, dijo a Nietzsche: '&lt;Tengo entendido, mister Nietzsche,
que es usted escritor. Me gustaria leer algunos de sus libros.» Y Nietzsche, que sabia que la dama era muy catolica,
respondi6 con dulzura: «No quiero que usted lea mis libros. Si loque
yo escribo es verdad, una mujer enfermiza como usted no tiene derecho
a vivir.»
Si algunas de las cosas que Nietzsche escribi6 fueran verdad, un hombre enfermizo corno él no tenia derecho a vivir. El seiior Icaza, en su encantador Iibrito «Nietzsche, Poeta», interroga y luego satisface la interrogaci6n: «~Qué habria sido de él, desde su mocedad enfermiza, hasta su
desesperada agon(a, si las virtudes que irnaginaba debilidades cristianas
no se hubieran ejercitado en su consuelo y auxilio? Segun sus teorias no
tuvo derecho a la vida; enferrno cr6nico, enajenado, furioso a veces, no
IERTA

ll m~~
~L

(r) Véase

LA PLUMA

de diciembre de

1921.

�LA PLUMA
debi6 perturbar con sus dolores la existencia tranquila y fuerte de los
sanos.»
Ciertamente; pero que Nietzsche, segun sus propios principios, no
tuvier;i derecho a la vida no quiere decir que estos principios sean falsos.
Este principio de que, en justicia, los incap~ces pa~a la vida no deb~n
~ .es tan viejo, cuando men_os, corn? el v1e10 ~faton'. que en su Republica ideal queria que por el 61en comun los rec1ennac1dos fuese~ c~1bactos y escogidos, no de otra suerte que el buen labrador separa la s1m1~nte
mas limpia para la sembradura venidera, y, que se matasen los defic1entes O deformes. Esto es lo acostumbrado entre agricultores y ganaderos.
Pero las mismas practicas sobre la especie humana nos parecerian crueles y monstruosas. Sin embargo, desde Platon hasta Nietzsche n~ ha ~a~tado quien replique que lo cruel y monstruoso es ~o_ndenar a la mfebc1dad y al dolor a un ser humano degencrado o debil ~ a su descendencia, consintiéndole que viva y se propague. Algunos leg1sladores contemporaneos, temerosos de estos dos_ e~t~~mos de cr~elda~, han o?tado_ por
una soluci6n ecléctica; la proh1b1c1on de las licencias matnmomales
entre individuos aquejados de ciertos morbos hereditarios. El problema,
rigurosamente expresado, se reduce a est?~ término~: has.ta qué ?~nto y
en qué medida deben aplicarse en la poltt1ca, la soc10l~~1a y la et_1ca l~s
postulados de la biologia. 0 loque es lo mismo: la ~olttica la so~10lo~1a
y la ética èno son otra cosa que trascripciones espec1ficas de la b1olog1a?
èCual fué la posiciôn de Nietzsche en este p~~blema? .
Con Lamarck, Nietzsche creia en la adaptac1on al med10 y ~n la, ~erencia de Ios caracteres adquiridos. Corno Spencer, fundamento su euca
en la biolooîa e insisti6 en la eliminaci6n de los inaptos y flojos. (Comentemos paso. Si la selecci6n natural, o sea que medi~~te la luch~
por la existencia el inapto y el flojo s~n ~li~in~dos automat1camente; s1
la selecci6n natural es un fen6meno b1olog1co inconcuso, entonce~ h_uelga introducir en la ética, como dictado prir:1or~ial, el deber de e~1m1~a~
a los inaptos y flojos, puesto que ellos por s1 m1smos desap~recera?. 'î s1
no desaparecen por si mismos, sino que es ~-e,nester estatmr un s1stema
politico especial para eliminarlos, esta cond1c1on demuestra que en la po-

:1

2

LA PLUMA
litica, la sociologla y la ética no rigen espontanea y necesariamenie ciertas leyes biolôgicas; o bien, ciertas interpretaciones que se reputan leyes
biol6gicas son falsas leyes). De los biôlogos Schmidt y Noegeli tomé la
idea del mimetismo para la moral: «asi como muchos animales, a fin de
disimularse de los enemigos, asumen el color del medio, as{ el hombre,
por miedo, adopta las opiniones morales de la muchedumbre». (Explicaciôn ingeniosa y sagaz, a modo de metafora. Pero, cuando se quiere
introducir en las ciencias morales el método de las ciencias naturales, el
empleo de la metafora, o es solo literatura y nada demuestra, o demuestra
que las ciencias morales y las naturales son irreductibles entre si).
Bajo la sugestiôn de Emerson y de los biôlogos Schneider y Rolph,
comenz6 a sustraer importancia a la influencia del medio y lleg6 a considerar como factor supremo en la evoluci6n «el deseo de poderio», o innato impulso al crecimiento, a expandirse, a ocupar mas espacio, a domeiiar y apropiar el contrario. Distingui6 entre amos y esclavos, segun la
diferente cantidad de energia en los diferentes hombres; y consecuentemente, entre la moral fuerte, creadora y ascendente de los primeros y la
moral defensiva, egoista, rebajadora de los segundos. El primer mandamiento de la moral de los fuertes: «vivid con riesgo», porque el riesgo
acrece la energia. Finalidad de la moral de los esclavos: «vivir seguros».
De aqui que la piedad es la virtud matriz de la moral de los esclavos; la
piedad, el acido de la energia.
En el terreno ético-biol6gico, tan brumoso y movedizo, la originalidad de Nietzsche (originalidad relativa, puesto que hallamos en Rolph
su génesis) estriba en seiialar la Jucha por la abundancia y la prosperidad
corno el principio evolutivo primario; los seres no luchan por el mero
existir sino por el poseer y dominar. En este punto concreto, Nietzsche
se enfrenta con Darwin y Malthus; pero coïncide con Darwin en reconocer la lucha y la guerra como permanentes necesidades biol6gicas y permanentes necesidades sociales. Las diferentes partes de nuestro cuerpo-segun Nietzsche-nuestros diversos pensamientos y sentimientos,
los miembros de la misma especie, y las diferentes especies, todos Iuchan
y guerrean entre si; todos luchan contra todo. i Voilai Hemos caido nue3

�LA PLUMA
vamente en la pura metafora, en la literatura. Si nos obstinamos en tratar la sociolog/a como una ciencia nat~ral, es m~nester que us~mos de
severidad y exactitud cientificas. Si yo 1uego al aiedrez co~ Tac1~, ~l~ro
que lucho con él, y aun libro una batalla, quizas po~ n~ces1dad b1olog1ca
y sociol6aica como quiere Nietzsche, Pero claro, as1m1smo, que esta lucha oues~ra ~o es, en estricto rigor cientifico, de la misma naturaleza
que la de dos bisontes en celo, o la de dos perros por un hueso, o la ~e franceses contra alemanes, 0 la del rojo con el azul, o la de un sostemdo con
un bemol, 0 la de la tierra y la luna, todos los cuales luch~n a su modo, se
oponen, se contrastan . Admitir, sin mas, la homogene1dad entre _estos
difereotes hechos, dado su parecido aparente, y sentar, con:pretens1on_es
cientificas, una ley comun, valdria tanto como declarar a:e al. murc1élago, por que vuela, y pez a la ballena por que nada. _L1teranamente,
metaf6ricamente, no es un disparate llamar ave al murc1~lago y pez a la
ballena· cientificamente es solemne disparate. ~Pretendé1s que la lucha
univers~l es una ley cientifica? Entonces retraigamos el honor de su ~es· ·ento al vulgo antiguo. El proverbio romano reza: Bellum omnium
cubnm1
b'
·
in omnes, guerra de todos contra todos. S6lo que este pro~er 10 en~1erra
un sentido moral, que no literai. iQue en efecto una partida de aiedrez
y la batalla de la Marne son hechos homogéneos y ~emuestran la necesidad biol6gica de la lucha? Entonces, si esta neces1dad se consuma lo
mismo con entrambos hechos, no hay para qué las luchas cruentas, y es
suficiente, cientificamente, que las guerras entre pueblos se resuelvan
con una partida de ajedrez.
Es simplemente absurdo identificar ~o _match de boxeo con la _dulce
incertidumbre del animo entre dos sent1m1entos. Que en el corazon del
hombre se pueden desatar luchas congojosas, ev_idente; pero est~ no
acusa la necesidad biol6aica de los conflictos sentimentales de caracter
traaico. y aun cuando e:ristiese esta necesidad, existe también en el hombr: una parte superbiol6gica, cuya ~isi6n se c_ïf~a en corre~ir y beneficiar las necesidades biol6gicas. El div1no y ommv1dente Platon no ~lcanz6 a ver la guerra como determinismo universal; antes al co~trano. E?
sus «Leyes», pronunciase contra la guerra entre estados, expomendo la s14

LA PLUMA
guiente ilaci6n dialéctica: «si admitiésemos la guerra entre estados la tendriamos que admitir entre ciudad y ciudad, y luego entre fami!ia y familia, entre individuo e individuo, y por ultimo, dentro del pecho del
individuo. Por ende, si la guerra y la conquista no forman el fin supremo
del estado, no debe otorgarsele a la bravura militar el puesto mas alto en
la jerarquia de las virtudes humanas.:o Nietzsche vuelto del revés.
El peligro de las metaforas es que cada cual las aprovecha a su guisa.
La biologia poética y metaf6rica de Nietzsche ha servido para que se le
presentase como ap6stol del imperialismo germanico y poco menos que
unico responsable de la ûltima guerra. Esto es caprichoso y ridiculo.
Oigamos a un autor francés de fuste: «Nletzsche pleurait sur la folie d'une
Europe qui versait a.flots le sang européen, comme les grecs versaient à
flots le sang grec, sacrifiant presque toujours les hommes de la culture la
plus haute. Il savait la responsabilité allemande dans le danger p ermanent
qui, par la mtlilaris:itio11 gemrafisée de l'Europe, pesait mr l'humanité;
et la provocante devise de L 'Allemagne au-dessus de tout, t'l l'avait aeclarée: le mot de rallùment le plus dmué de sens qu'ily ai't jamais eu au monde.» («Nietzsche, sa vie et sa pensée», por Ch. Andler. Cinco volumenes. En via de publicaci6n.)
Cerraremos estos someros comentarios con dos observaciones.
Cave biologiam .-jCuidado con la biologia! Lo menos malo que os
puede ocurrir por la aplicaci6n desmesurada de la biologia es caer en
ridiculo. En cuanto el hombre pertenece a la zoolog/a, como ejemplar,
miembro o dùiduum de una especie, ni mas ni menos que otrosanimales, en este aspecte el hombre es objeto de la biologia, como lo entendi6
Platon al exigir del estado el escrupulo biol6gico en la mejora y hermoseamiento de la raza. Pero, en cuanto el hombre es individuo (tizdividuum; noya una pequeiia division de un gran grupo, sino una unidad
indivisible),-en lo moral, en lo religioso, en lo politico, en lo estético,
el hombre es superbiol6gico y se rige par complejas leyes racionales y
sentimentales, desconocidas en el resto de la Naturaleza, donde imperan
leyes fisicas simples.
Dura. le:r, jicta. lex.-«S6lo los locos y los canallas se resignaran a vi-

s

�LA PLUMA
vir en un mundo darwiniano», exclama Bernard Shaw en su reciente
Iibro «Metabiological Pentateuch». Pero es que la dura ley de la guerra
universal no es ley biol6gica; es una ficci6n. Las ultimas observaciones
de la ciencia natural muestran que la Naturaleza no es competitiva, sino
cooperativa. (Recomiendo al lector un admirable libro q~e acaba de
aparecer: «Mountain and Moorland», del gran naturahsta Arthur
Thomson.)
Es curioso que la Naturaleza, a la cual imaginamos inagotable en la
creaci6n de formas innumeras y disparejas, apenas si dispone de unos
pocos esquemas sintéticos que se ajustan a tod~s. las series ~aralelas de
criaturas; esquemas susceptibles de representa~1_on e~ una ~or~ula matematica. No deja de ser pasmoso que las nov1S1mas mvest1gac1ones sobre la constituci6n de la materia, al descomponer el atomo en electrones hayan hallado que la particula minima de materia reproduce exacta~ente el esquema de un sistema planetario sideral, con un a manera
de sol céntrico, positivo, y varios al modo de planetas negativos que en
torno suyo giran. Y un sistema planetario no cabe que sirva de simbolo
de la disonancia y la lucha, sino de la armonia y el equilibrio.

LA A TMÔSFERA DE NIETZSCHE
El s{mbolo.-La hip6tesis.-La metdfora.-Nietzsche dilat6 los horizontes nebulosos del alma'humana erigiendo el simbolo formidable del
Superhombre mas lejos de la ultima linde de la inteligencia, alli donde
solo Jlega la fe voluntariosa, depués de haber quedado sin alientos en el
camino la blanda caridad y la d ulce esperanza.
Querer, sin suavidad ni esperanza egoistas, querer,-por amor a un simbolo, esto es, por amor a una realidad venidera que no sera nuestra realidad; be aqui el mensaje, be aqui la da.diva filantr6pica de Nietzsch;:. No
en agasajos de bienes de fortuna ni en buenas obras para con el proJlmO
se cifra la filantropia, sino en multiplicar el area del alma humana,
6

LA PLUMA
creando un mas alla, un hito remoto, un nuevo simbolo de la fe, qùe
exija formas inéditas de la voluntad, heroismos insospechados, fortaleza
inaudita ante las verdades terribles que orillan y jalonan la ruta hacia
aquel distante término.
Claro que de los simbolos se hace con frecuencia mal uso. No importa. Nietzsche ha infestado el mundo con una plaga de superhombres
diminutivos. No ha sido suya la culpa. Con proclamar como unico principio vital la ansiedad de dominio o împulso a ocupar mas espacio, con
fingirse inmoralista, duro, despiadado, agresivo, anticristiano, y, ultimamente, con trastocar los valores habituales, haciendo de lo bueno malo
y de lo malo bueno, al modo como se vuelve del revés un calcetin, catate
un individuo vulgar, cuando no inferior, creyendo, muy convencido, ser
un superhornbre.
Ya hemos indicado, en el ensayo anterior, que cientificamente la ansiedad de dominio no puede aceptarse como principio vital, ni la Jucha
universal y permanente como necesidad biol6gica. Estas dos expresiooes
no deben entenderse sioo en sentido metaf6rico, literario, moral. (Pascal
y la Rochefoucauld-que influyeron ootoriamente sobre Nietzsche-ha..bian ya dicho que el pecado original del hombre, su instioto profundo,
era la pasi6o de dominar, libido dominandi. Tratase en ellos de una simple observacion ética, sin ambiciones de universalidad cientifica). La
ciencia moderna nos muestra que la oaturaleza es una sociedad cooperativa, y no coso de riza y polémica. Ansiedad de dominio y guerra obligada, en cuanto expresiones metaf6ricas, extienden su penumbra sugestiva sobre un ancho hato de fen6menos diversos, y aun contradictorios,
que sumidos en esa niebla literaria o atm6sfera maternai parecen semejantes. La expresi6n metaf6rica, cuya esencia reside en la apütud para
confundir en una muchas cosas, no nos da un conocimiento pero si una
emocion de la realidad; no explica la realidad pero la anima y sensibiliza. Por muy coovencido que yo esté de que un arbol crece en virtuel
del principio vital que le cmpuja a querer ocupar mas espacio, continuo
sin penetrar el misterio biol6gico de su crecimiento, si bien al irnaginar ·
al arbol asi como poseido de una oscura ansiedad de grandeza y altane'1

�LA PLUMA

LA PLUMA
ria se transform3i para mi en un personaje patético. Po~ eso ha~ que
guardarse mucho de involucrar y envolver esas dos musas mcompat1bles:
la metafora y la ciencia.
.
,
Pero entre la ciencia y el simbolo existe mas que la mutua s1mpatla;
es el co~nubio cabal y consorcio inseparable. La ciencia no acierta a -:,ralerse por si, y en todo caso cede su representaci6n y l~ palabra al s1mbolo. Simbolos son el punto matematico, la linea, el pohgono_, la esfera,_ Y
todas las figuras de la geometrfa; simbolos son las c_onnotac1ones ?el_ al~
gebra; simbolos las formulas y diagrama~ de la fls1ca y ~e la qu1m1ca,
simbolos los tipos absolutos de las cienc1as naturales; s1mbolos los esquemas e ideas de las ciencias morales y poHticas; simbolos los conceptos y entelequias de las ciencias filos6ficas.
,
La metafora relaciona y confonde cosas heterogéneas, dandoles una
similitud sentimental. El simbolo, por el contrario, no es un modo de
ver y sentir realidades multiples sino que es en si ~ismo una_ rea~~dad de
orden ideal, hacia donde se afana, como a su beatttud o ~eahzac~o~ consumada la realidad contingente. Cada simbolo de por St es el vert1ce ~e
un gru~o de realidades fraternas. Por eso, el simbolo lejos de confundir
las cosas corno hace la metafora, las personaliza y depura. En este
aspecto ~n cuanto encarnaci6n individualizada de una realidad ideal, el
simbol~ es c6nyuge del arte, que le es amorosisima. Ya hemos hech?
bfgamo al simbolo; y es que lo rnismo en el Olimpo de los dioses helémcos que en el Helic6n de las normas ideales-y no otra. cosa era~ los
dioses sino incorporaci6n plastica de estas normas- no ngen los d1c~ados éticos y juddicos de nuestras sociedades rudimentarias. El ar~e, cnatura de temperamento sensual, esta siempre abrazad? ~on el s1mbolo.
Hasta el arte mas afecta a reproducir lo concreto y d1st1nto-el naturalismo, el impresionismo-esta impedida de manifestarse si no es a trav~s
del simbolo y en cada creaci6n individualizada asume trascendenc1a
universal. P~r muy fiel y escrupuloso que sea cl arte en la copia de la~
cosas materialcs, sensibles e hist6ricas, el producto de su esfuerzo, a~t
que esta concluso y nace a la vi_da, y~ no pertenece, al fuero de la r~al1dad contingente si no de la realtdad 1deal, es un s1mbolo. He aqu1, en
8

suma, el doble postulado del sim bolo; la no existencia real y la pura existencia como ideal.
Del connubio del simbolo y la ciencia no se engendran por fuerza simbolos. A veces el fruto es la hip6tesis. La hip6tesis esta entre la metafora
Y el simbolo. Tiene algo de metafora, puesto que confonde cosas heterogéneas; pero las confonde a sabiendas y con finalidad, por mejor explic~rlas que no ~or sentirlas mas intensamente. Esta la hip6tesis por enc1m~ de metafora, puesto que tiene algo de ciencia y algo de simbolo;
d_e c1enc1a, en cuanto se propone conocer la realidad contingente; de
s_,mbo!o, en cuanto persigue este conocimiento por referencia a una reahdad 1deal. Pero, ciencia y simbolo, en la hip6tesis, son conscièntemente
provisorios, instrumentales, pragmaticos, itinerantes, como la vela y e1
r~mo que cesan en su ministerio cuando, por ejemplo, la barca se cony1erte en lancha motora. La gravitaci6n universal, la conservaci6n de la
energfa, la evoluci6n; todas tres son hip6tesis. Pero, la ansiedad de poderfo c~mo unico p_rincipio vital y la fatalidad y permanencia de la guerra
c6sm1ca s~n ~etaforas_ nada mas. Ni explican la realidad, a no ser para
u_~ e~t:nd1m1ento d_el~1tante y poc_o exigente, ni han cumplido una miston 1ttnerante y practica en el penplo de la ciencia. Si Nietzsche no hub!era dejado de su genio especulativo otras prendas que aquellas dos me~fora~, no ~asarfa _a historia de la cultura sino como un escritor persp1caz, mgen10so, ongmal y sobremanera brillante. Pero Nietzsche ha sido
ademas uno de los pocos hombres del Sinai y del Tabor; ha formulado
una nueva ley y ha creado un nuevo sfmbolo. Y no un simbolo cientifico o un simbolo estético, sino un simbolo de la fe· un simbolo que
, de po~eer _la _eficacia de la ciencia y la belleza' del arte requiere'
ademas
c?n remoto e mes1st1ble llamamiento ideal todos los sentidos y potenc1as del ~om_bre; las fuerzas superabundantes y sombrias de su animalid;d, sus mstmtos sociales y éticos, sus inquietudes religiosas. Corno todo
simbolo pleno ha conquistado para Ios territorios del alma humana
vastas provincias de promisi6n, un reino venidero y maonifico cierto
.
I
b
'
aunque todav1a no ogrado, al cual se ha de lleoar mediante Ios mas s~veros sacrificios y actos de braveza.
b

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!a

9

�LA PLUMA
Ciertos nietzscheanos y superhombres se nos presentan, sin _darse
cuenta, como refutaci6n del simbolo del Superhombre, porque, s1endo
postulado de los simbolos la no existencia actual, si los superhombres
andan tan baratos, el Superhombre perderia su categoria de simbolo.
(Qué es, qué vale, definidamente, el simbolo del Superhombre?
El apelativo.-En la.evoluci6n ascendente de los seres organicos, el escal6n penultimo es el antropoide, o criatura semejante al hombre; el ultimo, hasta ahora, es el antropos, o sea el hombre. El ser intermedio Y
crepuscular, semimono y semihombre, que sefiala el transito entre lo
irracional v lo racional, no esta todavia fijado cientificamente, como no
esta deter~inada ninguna especie medianera o inmediatamente previ_a a
las especies existentes. Algunos descubrimientos palento16gicos de c1ertos huesecillos fragmentarios se ha querido que sirviesen para fanta~ear
varios tipos de postmono o prehombre. Pero, a la postre, estos t1pos
siempre han resultado o un mono de veras o un hombre del todo._La
fijaci6n de esa especie simiohumana es uno de los proble_mas de la c1encia. Con el paso de una especie a otra ocurre algo scme1ante como con
Jas puertas. Una puerta no puede estar sino cerrada o abierta; lo que se
Hama vulgarmente una puerta entreabierta es simplemente una puerta
abierta. Las especies Jas vemos diversificadas y finales cada u~a de ellas
en si mismà. La mutaci6n sucesiva entre una y otra se ha venficado en
el misterio, sin dejar testimonio ni vestigio. En esta difer~nciac~6n, acusada e inm6vil, de Jas especies (pues por mucho que nos mgememos no
cabe transformar la raza asnal en raza equina), caracterizaci6n constante que parece obedecer a un designio providencial, ~l m~do que un artesano de juguetes manufactura conforme patrones mvanables las figurillas bestiales de un arca de Noé; en este hecho curioso, que entra por
los sentidos, se fundan algunas personas poco imaginativas para ~ega.r
Ja evoluci6n. Pero, el principio de la evoluci6n es, hoy por hoy, c1ent1ficamente compulsorio. Pues, si la evoluci6n pros!gue ~u mar&lt;:8' ascendente, después del antropoide y el antropos se venficara el adv1e~to_ fatal del metrantopos, el mas alla y por encima del hombre. El sent1m1e~to mas apegado al coraz6n del hombre, el mas dificil de lustrar, el lat,10

LA PLUMA
do mas intimo y caricioso, consiste en considerarse centro del universo.
Todas las actividades humanas-arte, ciencia, moral, religi6n-estan sobradas de este sentimiento pegajoso, que el hombre rezuma, a pesar
suyo, del vaso -~oroso de su cor~_z6n. La ultima gran hip6tesis cient{fica,
la de la evoluc1on, estaba tamb1en empafiada de este sentimiento vanidoso Y mezquino. Todo se ha creado por evoluci6n· la vida ha venido
evolviéndose desde la papilla protoplasmica hasta 'el hombre; pero el
hombre es la pleamar de la vida. (Por qué?
(Por qué'., se pregunt6 Nietzsche. Todo «por qué» es un tragaluz
que se pract1ca sobre el infinito, la regi6n de los simbolos. Nietzsche se
asom~ y columbr6 s~ simbolo. A este simbolo tenia que imponerle un
apelativo. Y como Nietzsche era aleman le impuso un apelativo aleman,
«Uebermensch», que luego han traducido literalmente a todos los idiomas; superhombre, mrhomme, overman y superman, etc., etc. La palabra «uebermensch» aparece por primera vez en Alemania en una homiHa del afio 1688, claro que no en el sentido nietzscheano. Goethe emple~ también este vocablo, aunque tampoco en sentido nietzscheano, y
de el, probablemente, lo tom6 Nietzsche.
Esto en cuanto al apelativo. En cuanto a la idea del superhombre es
muy verosimil que Nietzsche la_ haya apropiado del fil6sofo Dübring,
que, en s~ obra El valor de la vida (1865), sugiere que la evoluci6n del
~om~r~ t1ende hacia un tipo mas eJevado y hcrmoso. Este precedente
1deolog1co no menoscaba la originalidad de Nietzsche. Lo que en el pred_e,cesor ~s una presunci6n, o una fria inferencia, en Nietzsche es convicc10n ard,_~nte, acto de fe, vision profética; en definitiva, apasionada
encarnac10n de un nuevo simbolo (1).
Et simbol~ literario.-Todo simbolo literario no puede por menos de
alz_a:se revesttdo con la apariencia plastica y corp6rea de una figura dramat1ca o novelesca. La perspicacia y pericia de Nietzsche en cuanto autor literario le hizo comprender que una figura dramatica, novelesca 0
(,)_ Posiblemente_ uno de los agentes que colaboraron en ,~ gestaci6n!::lrén en el apelahvo-del superhombre fué la idea emersoniana del Ove/.
Il

�LA PLUMA
LA PLUMA
épica, por ser de contornos y proporciones limitadas, aunque alcancen
la medida gigantesca, no puede servir de simbolo sino del presente y del
pasado perduradero. En cuanto una cosa toca su limite, se aquieta y estaciona, ya esta vaciada en el molde rigido del presente y del pasado. Lo
ûnico ilimitado e inagotable es lo porvenir. Y ~ietzsche queria que su
superhombre fuese cierto como el mafiana y como el mafiana incognito.
No podia, pues, cuajarlo en una corporeidad novelesca y dramatica.
Pero ya que no del superhombre, Nietzsche amaso la figura camai, convincente y patética de su nuncio o profeta; Zaratustra. Zaratustra evoca
el superhombre, persuade la certidumbre venidera del superhombre, lo
hace ver, palpar, sentir, no con los sentidos mortales, sino de manera
mas profunda, con el sentido de presencia propio de la fe religiosa.
El estilo literario de Nietzsche, siempre enjuto, nervioso e impaciente,
en Zaratustra se extiende con la magestad del volumen y la energia de un
gran viento. Contiene todos los timbres, todos los acentos, desde el alarido hâsta el sollozo. Todas las cosas se agitan bajo su pesadumbre ingravida. Arrastra consigo las aimas, como el torbellino dantesco.
Zaratustra es, desde luego, el libro de un escritor de raza y de un
poeta cierto, como Platon consideraba la poesia veraz; poesia urania,
poesia del entendimiento.
Un simbolo literario es susceptible de tantas interpretaciones subjetivas como sujetos lo arrostran. La Biblia, repertorio selvatico de simbolos
literarios-prescindo ahora de su valor religioso-no puede leerse sin comento ajeno o sin comentario propio. Es el simbolo literario, como el
mana del desierto, que cada cual le halla el gusto que apetece.
Otro tanto sucede con Zaratustra . Se ha utilizado como texto aristocratico; y no habria inconveniente en propagarle como texto democratico. Recordemos elipticamente la gesta de Zaratustra.
Zaratustra se retira a una cueva en la montafia. Ha huido el trato de
los hombres. No ha visto en ellos sino bajeza, cobardia, flojedâd. La humanidad padece una especie de colapso y agotamiento, tras de la tension
multimilenaria que ha sido menester para hacer las dos grandes jornadas
del verme al antropoide y del antropoide al hombre. Es la decadencia y
12

disoluci6n
.
. de. la. especie. ùe un lado , la mora I d ommante,
moral de esc1av?_s, iguahtana y rencorosa, impide y detiene la obra fecunda de la selecc1on
De otro lado ' la filosofia y la rel·1g1on
. . d escentran el espi· d natural.
h
ntu e1 ombre del de ber de su realizacion dolorosa en la tierra haci 1
e~peranza cgoista de la satisfacci6n ultraterrena y ultramortal La h a a
mdad se ha vuelto de espaldas al sentido de la tierra. y Za;atu t umaun largo rapto de meditaci6n ha columbrado el superhombre E~ ra, en
homb~e es el sentido de la tierra.» «El destino de la human·i;ad shup:cu~phrse en la misma tierra, no en el cielo.» «La vida es lo q
• a e
esta superandose.»
ue s1empre .
~n la cueva_ de Zaratustra se han acogido algunos ejemplares de hu;~mfad ~upenor. El pesimista desesperado, que suspira: todo es vania . osa os reyes _que han sabido abdicar. El sabio concienzudo, ue
h~ ~onsaorado ~u vida _a estudiar el cerebro de la sanguijuela. El hist~6n
v'.eJo, d: l~s mascaras mumerables, que a todos enga.iia, menos a si rop10_- El ultimo de los papas, que ha matado a Dios. El vagabundo voiuntano, asqu~do de sus semejantes. El escéptico, que es una sombra mas
~ue ~na reahdad. ~l esta~o de espiritu de estos hombres superiores es el
m~st10 y repugnanc1a de s1 propios, que les impele al ascetismo y al pesismo. Dcsgarrados los hombres superiores del resto de la h
"d d
·proseguira
· · esta
·
. retr6grado; renunciara a la vida.· seumam
t
su d ecl1ve
d" l a ,
e~ la nada? «Adelante-replica Zaratustra-paso a paso adelant:; :~a
a ent_r~ en la decadencia». La decadencia es como el otofio ue conduc:
sufrido invi~rno, umbral de la renaciente prim~;era. El vivo
b
e ombre supenor es el solo estimulo de superaci6n. Pero no es
as~nte q~e el hombre superior sufra en si mismo y sien ta repuanancia
O
en s1 prop10. Este sufrimiento es fuente de grandeza· pero
b
Hay q
f· d
,
, no asta
ue su nr_ e ser hombre, con vergüenza de poseer naturaleza hu:
ma~a. «Ihr le1det an euch; ihr littet noch nicht am Menschen » Este
ra o_ s1remo de pesimismo provoca en el hombre superior la exigencia
~ suic1_ arse _en loque tiene de hombre; el horizonte de su alma se ha
d1stend1do
.
"d mdagrosamente
. ..
' y mas alla de kl u, lt·ima 1·10d e, se pres1ente
con senti o de mv1S1ble presencia, el simbolo del superhombre. El hom~

~~t: ~c~J

13

�LA PLUMA

'1

bre superior se apercibe a ser una a modo de fibra prieta y tenaz, entrctejida con otras iguales, para formar la larga cuerda que salvando el
abismo, hondo y cenagoso, que hace la humanidad, sirva de punto de
sutura entre el antropoide, la ultima cumbre zool6gica, y el superhombre la inmediata cumbre de la vida.
Edades prolijas consumira la preparaci6n del superhombre. Entretanto, la sociedad habra de organizarse bajo la soberania de una cl_ase de
hombres superiores, cuya misi6n consistira, de una parte en esc1tar la
evoluci6n hacia el superhombrc, practicando de consuno la moral dura
de los fuertes y los dictados de la ciencia biol6gica, y de otra parte, m~ntener la disciplina y el orden en el resto de los hombres,.~ ue han nac1do
para trabajar, producir y obedecer, a los cuales ha de dep_rseles el regalo
de los ooces plebeyos y sensuales, asi como la perseveranc1a en la e~o{sta
fe reli;osa y en la cobarde moral consuetudi~aria de ~os cs~!avos, sin las
cuales les faltaria entereza para soportar la vida y res1gnac1on para obedecer.

.Art"stocracia y democracia.-El andamiajc social que Nietszche esbo-

za, como apoyatura para edificar el presunto superhombre, parece un
artificio de coostituci6o aristocratica.
Sin embargo ... Ya Arist6teles reconoci6 que por naturaleza un_o s
hombres nacen esclavos y otros seiiores (por naturaleza, que no por c1rcunstancias politicas), o lo que es lo mismo: hay hombres, la mayoria,
desposeidos intrlnsecamente de la aptitud para dirigirse, ni menos dirigir a los demas. Pero, del reconocimiento de esta ver~ad'. no se de~~ce
un corolario politico aristocratico. Precisamente el cnteno democrat1co
estriba en que dirijan Ios mejores, y para la consecuci6n de este fin el
procedimiento democratico propone una organizaci6n _de la soc~e_d~d en
donde sea posible que el hombre que nace con la aputud de dmgir, ya
sea de origen vil, ya de alcurnia preclara, llegue en efecto a dirigir; en
tanto por Jas constituciones aristocraticas dirige quien ha nacido en una
Jinea familiar de dirigentes, aunque esté desposeido de la aptitud para
dirigir. Claro que la constituci6n democratica supone que el gobierno es
por y para el demos (por el pueblo y para el pueblo); pero esto se inspira

LA

PLUMA

en el prop6sito de cultivar el pueblo como un vivero donde sin cesar se
renueve el caso favorable, el experimento raro de hombres nacidos para
gobernar con fruto.
En el esquema de Nietzsche cabe desglosar esas dos notas sustantivament~ dcmocraticas. Los ejemplares de humanidad superior que él ha
sclecc1onado no han nacido dirigentes por abolengo, sinoque provienen
del demos, a excepci6n de los dos reyes, que son hombres superiores por
haber dado fin a sendas aristocracias, puesto que habiendo nacido diri~eRtes, pe:o sin aptitud directiva, lo reconocen y abdican. Durante algun
t1empo, Nietzsche se incliné a exaltar como anticipaci6n del superhombre a Napole6n, cuya cuna fué popular. También Nietzsche veia en el
pueblo un como ~ivero vegetativo del hombre superior, y aJguna vez
e~pone su creenc1a de que el genio y el héroe surgen repentinamente en
v1rtud_ de una feliz casualidad, algo a la manera de las mutaciones' de
De Vries.
La de~ocracia es, h~s1:3'_ahora, la maxima garantia para el gobierno
de los meiores; es la pos1b1hdad de aristocracias auténticas, pero eflmera_s, puesto ~~e toda aristocracia permanente degenera . Es curioso que
~1etzsche ehg10 como rasgo del hombre para el mando la superioridad
t~telectual, Y a la vez deseaba una casta permanente de oobernantes
siendo asi que 1~ su~erioridad intelcctual no se trasmite po; herencia,
s?l~ment_e 1~ ~s10log1ca. He agui la confusion de Nietzsche. La superiondad fis1olog1ca no a~arrea la superioridad intelectual, ni viceversa.
El hombr~ ~ue_ ha nac1do para sefiorear es quiza hijo de siervos.:
. La reltg1ostdad del simbolo del superhombre.-La religiosidad de
Nietzs~h~ n_o e_s solo de sent!mie?to _Y de conducta, sino de gesto. Pese a
su an~1cnstianismo y su ant1clencal1smo, siempre hay en él algo de aplomo e m~emperancia sacerdotales. Llevaba en el redaiio enjundia de cuatro
generac10?es de clérigos. Hablando de los curas dice: ~i sangre es la
suya ~ q_u iero que la de ellos se honre en la mia.»
Mas importante que el gesto es la sustancia religiosa. El simbolo del
superhom~r~, como la~ mejores religiones y sistemas éticos, se afirma en
la fe metafis1ca. Pero s1 la religion es, en el espiritu, fe metaflsica, en la

si

�LA PLUMA

LA PLUMA
conducta de la vida es espiritu de sacrificio. Religiosidad activa y espiritu de sacrificio son inseparables. Todas las religiones han considerado
q1,1e seria estéril inducir a los hombres al sacrificio sin prometerles recompensa en la otra vida. La religiosidad activa es en la mayoria de los
hombres un esfuerzo interesado. Nietzsche intenta purificar cl sentimiento religioso. La fe en el superhombre es el sacrificio absoluto, sin esperanza de recompensa; el renunciamicnto completo a todos los deleites
que debilitan y rebajan la vida, de 1a cual no somos sino depositarios y
trasmisores; el ejercicio duro, cruel, despiadado de las virtudes difîciles
que robustecen y exaltan el impetu vital hacia el superhombre; una existencia de Jucha acerba y de riesgo expectante; y todo esto para que en
en el futuro futurisimo una criatura sobrehumana logre un estado de
&lt;licha colmada que nosotros no hemos de participar ni alcanzamos a
concebir.
Està mistica abnegaci6n es todavia mas acendrada que el arrebato de
amor divino expresado en el distico postremo del famoso soneto atribu,do, ya a Santa Teresa de Jesus, ya a San Francisco Xavier:
Aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.
La repetù:ion i't1deji11ida.-La convicci6n de la repetici6n indefinida,
expuesta en «Aurora», y la convicci6n del superhombre, tema de Zaratustra, son irreductibles, bien que Nietzsche se hiciese la ilusi6n de haberlas armonizado en el mismo libro de Zaratustra.
El proceso intelectual y sentimental de Nietzsche hasta figurarse que
habia hecho abrazarse aquellas dos convicciones adversarias es el

siguiente:
Nietzsche, como todo espiritu religioso, sentia terror ante la idea de
la muerte, del aniquilamiento completo. Timor est quod facit Deos, el
miedo es el que inventa los dioses.
Primera soluci6n: la estética. Bajo la influencia de Shopenhauer y
Wagner, Nietzsche, en «El origen de la tragedia», procura aliviar el horror de vivir-horror solamente, comentamos nosotros, cuando la vida

estâ embebecida en el horror de morir- a
.
.
.
raciocinante por mcdio de una fucrte ebri~da:es:st~do la '.nteligencia
propia: el arte. El mundo y la vid
. ' e _mo y olv1danza de si
estética.
a no tienen smo una justi-ficaci6n
Segundo estadio: la cicncia Siguicnd
E
.
Goethe, Nietzsche reconoce que. la natu l o a mped~cles, Hcraclito y
finalidad aigu na. Pero la pura fru1· . , rda eza no enc1erra en s{ misma
'd
c10n e conocer por co
d
senti o satisfactorio a la vida.
nocer a un
Tercer tramo: la exigencia de una final'd d
.
.
.
de que el tiempo es infinito y el
.
l'. ~ . La c1enc1a nos mforma
.
umverso 1m1tado Luea l
b.
c1ones posibles de los component d l
.
.
oo as corn madas. Luego todas las cosas ue s es e u01:1erso sera~ asimism~ limitatica e indefinidamente por [os si o~;d~aln s1~0 volveran a repe~~rse idéna Nietzsche de entusiasmo
dg
os s1glos. Esta revelac10n transe
pide una finalidad a la vida. y e espanto. Con desesperada esperanza,
b ~tapda fi?~l: la armonia por la creaci6n de una finalidad Si el h
re a e v1v1r su vida infinitas veces el hombre
.
.
om·
'
es mmortal Cada ve
q ue un h ombre rec1be
esta intuiciôn de inmo
z
repetici6n eterna es la hora del
d' d.
rta idad, traduc1da en la
'
me 10 1a para el gé
h
esta repetici6n eterna valdria tanto co
1
. nero umano. Pero
que esta vida es radicalmente un mal mo a etermdad del infierno, ya
No-replica Nietzsche
El h
b y la ~aturaleza carece de finalidad.
comprueba el superavit de las ~:bl:e s?er;or hace balance de su vida y
tes, y se extasia con la evidencia de ~ a egn~s -~b:e las p~nas deprimensuperior &lt;lice a la muerte: otra vez o~r:e~et1c1on mdefimda_. El hombre
de repetirse y volver a ser? Desde l~e o· ~z, otra -~ez. èSab1endo que ha
p_ara que se dé superavit en su vida ;s f:as tamb1e.n porque conoce que
s16n de superarse en este
rza que el haya hecho profetido a la vida, ha' Jumbrad:~;:~i:~ ~o:bre superior ha otorgado sendel h_ombre y la victoria suprema. o o e superhombre, que es el fin

r

Bien. Con todo, la repetici6n indefin.1d
l
sin armonizarse o el
•
.
a Ye superhombre continuan
.
umverso y 1a vida son un . I
ascendente, inâcabable en la
d dd
c1rcu o o son una curva
nove a
e su derrotcro. Si son un circulo
2

16

·.

17

�LA PLUMA
todo ha de re etirse, ,!por qué ha de situarse en el superho~bre y no
1 p leamar de la vida y la victoria suprema? y s1 no hay
en ~l homb~:: hombre sea el apice de la evoluci6n, èpor qué lo ha de
raz n para ombre no el supra superhombre, el post supra supe~homser el superh .
y ? y en tal caso adi6s la repetici6n indefimda.
bre y as1 suces1vamente
.,
N'.
h ha dilatado los horizonAce tamos-en conclus1on-que ietzsc e
,
p
ue ha creado un nuevo simbolo y con el una
tes del a1::!~:oa;afu~rza motriz del espiritu. Tan tu~u_ltuosa, ~u~ las
nu,eva y
"fica sin poder someterla a rend1m1ento practico.
mas de hlas veces ~e !:s1con no poca dificultad, exhibiendo ante los lecHasta a ora, vemm ,
.
fil, sofo y un hombre de cienNietzsche en estado gaseoso, un o
..
~~:~uu: caracterfstica es la propension acentuad_isima a volat1hzarse,
.y
diluirse en metaforas literarias. Era inexcusable, antes de
atom1zarse Y
.
t"ble-lo cual haremostrar el Nietzsche s6lido, cristalizado e mco~rup 1
6~
1
mos otro dia-que el lector se percata~e de l_a mebla o at: sera due ~
envuelve no de otra suerte que de viaJe la c1udad donde /mos e re
posar se ~os anuncia lo primero p_or un vaho denso y opa mo,

y

J

RAMÔN PÉREZ DE AYALA
(Continuarà).

EL /AR DIN DE LOS FRAILFS (i)
VII
de espaldas al jardin, en la baranda de la Galeria de
Convalecientes, el Padre V. decoraba con ruda prosodia
versos abundantes en aparecidos, cânticos penitenciales,
procesiones de esqueletos y otros arbitrios de ultratumba.
Lugarefio era, encendido de color, atlético; la voz cavernosa, el mirar
tranquilo, los modales poco adelantados en sus pretensiones de finura; el porte encogido, de mozo transplantado en sociedad mejor que
la suya, con cierta vergüenza honesta o quizâ despecho de verse
orondo en la flor de los afios, lejos del tipo de fraile macerado por
el ayuno. Su modestia soportaba con apuro el don de la salud rebosante y de las buenas carnes y hubiera preferido recatar esas gracias
excesivas que rompian el canon monâstico y eran piedra de escândalo-hip6crita escândalo-de los libertinos. Los colegiales le zaheiian con alusiones tocantes a la buc6lica; llamaradas de fuego le
abrasaban la faz, de por si ruborosa. Dolianle esas hurlas, no por
certeras sino por injustas, y se estorzaba en demostrar que no vivia
esclavo de su vientre. S6lo trataba de cosas graves. Parco en palabras, temeroso de comprometer su autoridad, las que decia decialas
ENTADO

(1) Véase L.a. PLoJU de septiembre, octubre y noviembre de 1921.

�LA PLUMA
puestos los ojos en el suelo, con el pudico embarazo de un nov1c10.
Sin la desenvoltura de algunos ni la llaneza de casi todos sus correligionarios, descollaba por timido, ya lo fuese de verdad, ya lo pareciese, no siéndolo, por el contraste entre su m6nita y lo que prometia su estampa: siempre creia uno estar viéndole arrojar los hâbitos
y acudir en mangas de camisa, con desaforados ademanes y voces,
a tirar a la barra en la plaza del pueblo, o, restituido a su aldea, en
la fuga de la trilla, arrear con blasfemias robustas a las mulas. Encen-âbase en tal corpacho un alma impresionable; en la saz6n que digo,
el Padre V., al recitar versos sepulcrales, traducia con medios de prestado sus emociones del momento. Sobrecogido de pavor vespertino,
elevaba los brazos, agitaba las manos, fruncia las cejas, violaba el
ritmo de los versos arrastrando las cadencias sonoras, pero no se
atrevia a levantar la voz. Aun nos asaltaban el sentido restos vagorosos del mundo •en trance de extinguirse. Del jardin q uedaba el aroma
de los bojes; del convento, el fulgor que exh14laban las celdas; del
estanque, un destello sin foco . .Sensaciones dislocadas, ténues, residuos del naufragio del dia en el mar del silencio. A tales horas, en
las cocinas del pueblo del Padre V., se habla de ajusticiados, de apariciones de muertos. De lo mismo trataba el fraile. Daba a su recitado
acento misterioso; al conjuro de su voz amortiguada, la fabrica de
San Lorenzo se poblaba de sudarios fosforecentes, de clamores del
purgatorio. Pero las animas que aducia el Padre eran de muchas
campanillas: animas de emperador, de reyes, de te61ogos... El padre
recitaba en la Galeria de Convalecientes el Miserere de Nûfiez de Arce.
El influjo de la noche, el del convento, la aprensi6n de la muerte,
desataban sus emociones y no pudiendo ya meterlas en los cauces de
aquellas consejas gustadas en la nifiez, se acogia a formas poéticas
mas altas, pertenecientes a su espiritu enriquecido por la clericatura.
El Padre V., con sentimientos tan simples, abundaba en la inter20

LA PLUMA
pretaci6n ~el Monasteri~ mas accesible, por venir urdida en ideas
que entend,amos muy bien: muerte expiaci6n etern,·dad N ·
d ·
'
,
... oc1ones
e estas tocaban tan _en lo intimo de nuestra vida y nos acompafiaban ya desde tanto hempo y tan de continuo, que no nos parecia haberlas adquirido siendo de alguna edad, sino con la existencia misma. Elias prestaban a nuestros pensamientos y acciones resonancias
profund~. Eil~s nos hacian entender la repercusi6n del acto persona! en lo mfimto. Sobre todo por la certeza del castigo la co · ·
d ·
.
,
nc1enc1a
,. a. vema _a ~~grudad mayor, temible, pues hallândonos, adolescentes
a~n, cas, mnos, con responsabilidad reducida ante el mundo, que en
md modos nos amparaba, en el fuero intimo era menester soportar
aquel_la voz_ tonante, que no sé de d6nde venia, y estar asi solo, sin
refugio pos1ble. La formaci6n de una conciencia culpable nos
cipab .
. . 1
emana, enveJecia e alma, adelantandonos en la vida mas de lo que
a~arentaba la_ edad; y nos consagraba internamente hombres. Cop,oso repertono de imagenes teniamos para representar la march ·te
del alma: reducianse todas al intento de figurar la ve·
t' z
Arrib
1 • •t
~ez prema ura.
_are espm u a sûbita madurez por la experiencia persona! de
la card~, ~aba espanto; fuera mejor desandar Io andado, detenerse en
J~ puer1c1a. jAhf jLa melancolia del mozo si se persuade que ha manc11lado el ampo de su vida! Imaginase haberla consumido en un instante; quédale por hijuela la pesadumbre de echar de menos Io que
pudo se~ y no fué; sufre la pena de sentirse, personalmente arrojado
del Para1so. Pero en la insinuaci6n de la culpa, signo de 'hombria,
cobrâbamos grandeza; mas de una vez, dejândome adoctrinar pensé·
ciC6mo puedo yo bacer tanto mal?&gt; Esta magnifica tentaci6o, me re~
ve~aba el red_ucto, inexpugnable por el castigo, donde aslsten el desqu1t~ y la fat'.gada glor!a del rebelde que se aferra en su dafio y nun: p1de perdon. Conoc,a yo muy bien el nûmero que tiene la sober1a en la tabla de los pecados capitales; conocia sus facciones. En
21

�LA PLUMA
LA PLUMA
viéndola asomar, me humillaba: cjSi eso puedes, no es por ti, es por
Éli&gt; Renunciaba a saber, y al exhortarme a acatar un poder infinito,
cerraba de grado los ojos, temiendo descubrir en el fondo del coraz6n fibras inquebrantables. A otros, la capacidad para el mal los enloquecia. Estaban como en carne viva; un soplo les hacia chillar. cDe
Judas a mi, iqué diferencia?-venia a decirme un triste, abrasado de
remordimientos-. jUn grano menos de desesperaci6n!&gt; Desesperado
y todo, vivia, sin osar fugarse por las puertas de la muerte, llevando
presente el suplicio irrescatable que le destinaban mas alla.
Hallé corazones cerrados a los terrores de la vida religiosa, no
s6lo entre los incrédulos, que eran pocos, y entre los creyentes tibios
(lo éramos casi todos), pero entre ciertos devotos que cumplian los
deberes mas impresionantes con fria puntualidad: aimas cuidadosas,
tranquilas porque estaban en regla y se creian inscritas en el pad~6n
de los elegidos. Los incrédulos no podian motivar seriamente su 1mpiedad; no conocian lo bastante el hebreo ni el griego, el siriaco ni el
arameano para criticar las fuentes de la tradici6n cristiana; su infidelidad, sin base filos6fica ni filol6gica, era espontanea, selvatica: «verdaderos paganos-decian los frailes-como si Cristo no hubiese v~nido aûn a padecer por ellos»; alguno, entre esos pocos, era sacnlego declarado, caso ejemplar, como la Providencia los escoge para
hacer en su cabeza escarmientos milagrosos. Las profanaciones de
que se jactaba producian mas extraiieza que escandalo; ta~ vez por
eso el milagro no se produjo, o por no desacreditar el Colegio; o porque otros, ardiendo en creencias vivas, rescataban sus desmanes. El
fervor religioso adquiria facilmente en nuestra edad y con nuestros
habitos, el giro de un padecimiento. Por de pronto, nadie lo apetecia.
A ninguno vi acogerse a las creencias en busca de reposo y de paz,
0 de consuelo. Fuese lento el contagio o fulminante, la actividad
religiosa procedia de una sorpresa de la sensibilidad, subyugada por
22

la evidencia aflictiva de las realidades de ultratumba. El poseido de
esta vision, echaba a su pesar por un sendero de ascuas, y se incorporaba a la caravana la!ftimosa que iba contando los pasos que la
acercaban a la boca del infierno. Sin escapatoria posible: rondaba el
pensamiento de la muerte, que a lanzazos metia en vereda a los fugitivos. El espanto tronaba en el umbral de nuestra vida religio,a:
miedo de la carne a las penas de sentido con que nos amenazaba el
azar imprevisible que iba a jugarse en nuestra ûltima bora. Lo que
es yo, para pensar en la muerte no tenia mâs signo que el perecimiento corporal, ya lo impregnase de dolor fisico, ya lo adornase voluptuosamente con candidas galas de victima resignada, que paladea
el sacrificio, y me gozase en merecer la conmiseraci6n ajena; dulce
anestesia contra un dolor imaginario. Mas nunca la muerte era acabamiento. Empezaba alli otro vivir, distinto del presente en dos modos: en carecer de libertad, en ser invariable. En este mundo sublular, mi albedrio iba a entrar a saco; con tener fijos en él los sentidos,
apenas presentia sus tesoros; descubrirlos era la promesa esencial de
esta vida. No asi en la otra. Y si nos representabamos la muerte a
fuerza de arrumbar imâgenes cadavéricas y apariencias lûgubres, de
la vida futura s6lo podiamos formar una perspectiva figurandonos
sus tormentos. El puro concepto de lo divino era inabordable. Dios,
en cuanto dejaba de ser el Sefior bondadoso, de barbas niveas, que
nos tuvo de su mano durante la infancia, se transmutaba en un tria.ngulo con un ojo en medio. Del Paraiso estaban desterradas las complacencias sensuales, aunque no lo estuviesen del infierno las privaciones y los desabrimientos del mismo orden. Lo mâs comprensible
de cuanto servia para fundar el deber religioso y que ponia en movimiento los mismos resortes que nos impulsaban en todos los momentos de la vida, era el miedo al dolor. Sobre él soplaba vigorosamente la palabra catequista.
23

�LA PLUMA
Quien se encendia en · esa pasi6n, hallaba en El Escorial cebo
para alimentarla. San Lorenzo: tabernaculo de la muerte, recordatorio de la agonia, yerta câmara de difuntos: oua~to en El Escorial es
mortuorio, pia recordaci6n, ofrenda y desagravio, entraba a pie llano
en el espiritu trabajado por iguales congojas. La pasi6n que lo levant6 era esa misma; entonces podia hablar de ella, describirla en
otra alma, como si me interrogaran acerca del sabor de mi sangre,
o acerca de la onda que corre densamente debajo de mi piel y mantiene el cuerpo transido de calor.
Con mas fantasia, hubiésemos demolido el monasterio para ordenar en otra forma sus piedras; hubiésemos hecho un obelisco, un tumulo. Variada la extructura, •~se perdia algo mientras subsistiese el
prop6sito? El valor de la obra se desleia en la intenci6n piadosa. Mas
pesaban el rey-fundador y el cuidado de su alma, que el arquitecto
y su genio. Destino regio, encararse con la muerte recomendado por
tan formidable mâquina, e instituir un colegio orante que siglo tras 1
siglo derrame sus preces sobre una fosa que nunca se cierra. Para
que su transito sea todos los dias actual y nos enternezca su dolor
patente. Creo haberle otorgado al triste rey, arrecido en la vastedad
de su gran iglesia, y a los muertos de su linaje que imploran con él
piedad de los fieles, la limosna de mi compasi6n. En la gloria del
grupo de Leone, oran sus bultos majestuosos, se prosternan con mesura; son de bronce, y los cirios arrancan a los mantos rayos de oro.
Pero en la haz de la basilica, en torno del tumulo negro, sus aimas
doloridas temblequean en la Hama de las hachas y exhalan suplicas
de paz. La liturgia funebre, que apenas se interrumpe, retrae las almas al momento en qui partieron del mundo, las evoca, diciéndoles
aquellos desolados improperios que oyeron por vez primera cuand_o
su cuerpo se acababa de enfriar. No reposan. Arrastran en las cav1dades del Escorial una vida endeble, interina, en espera del olvido
24 ,

LA PLUMA
eterno que tarda en Ilegar por el rango que tuvieron. Quitense los
cuerpos de esos anaqueles donde los tienen insepultos, y déseles
tierra, y en cuanto la tierra se los coma, se apaciguaran las aimas; y
que el cântico funeral en la basilica se apague.

VIII
El retorno puntual de la cigüefia nos valia la tarde de huelga que
con la Candelaria y San Blas inauguraba febrero. Corno sefial de
asueto, 1a llegada del ave s61o le cedia en importancia al dia de la
Purificaci6n, no al de San Blas, a quien de aiio en aiio se le respetaba
menos. Puedo decir que he visto desvanecerse una tradici6n escolar
pura. iSeria San Blas uno de esos santos, coetaneos del arte romanico, que, como San Millan, San Martin, San Facundo, tuvieron clientela hace ocho o diez siglos y hoy apenas si conservan alg una? c!Û
sera mas bien un santo de cabeza de partido, un prestigio local? Me
inclino a este parecer. San Blas fué un diosecillo rustico; un dios-limite entre heredades, erigido cabe un haza candeal, en tierra abierta
y reseca, y sin tacto con los humedos genios forestales; aspero, como
el cascabillo del trigo, y tozudo- de que es buen testimonio el proverbio. Los labriegos de teatro llamaronse Bras; y todo Blas se asfixia donde no llegue el relente del ajo cnido. En el Colegio, los nacidos en tien-as cereales, que es decir sin ensueiios, sabiarnos quién
fué San Blas, pero los cortesanos, los montafieses y los ribereiios del
mar ignoraban su virtud y hasta se reian de su nombre, de suerte
que los procuradores de su fiesta tradicional hablaban un lenguaje
que los demas no entendian. Yo era de los observantes , lo confieso.
Del pingüe patrimonio universitario de Alcala todavia formaba parte
principalisima en mi tiempo la festividad de San Blas, guardada en
todas las escuelas y co1egios, por herencia de las aulas. ildefonsinas;

�LA PLUMA
otros rastros menos profundos habran dejado tras de si. Los editores
de la Poliglota fueron a buscar ciencia lejos, pero en los usos se amoldaron el rito local. Instaurar la vacaci6n de San Blas en los claustros
alcalainos fué contagio dimanante de la gran villa de Meco, que a
simple vista levanta la mole de su iglesia al borde del alcor y se asoma al valle donde el Henares, decrépito, carraspea y dormita... En
Meco tuvo San Blas culto solemne y romeria, y de ella nos llegaba a
los mozalbetes alcalainos unas rosquillas corruscantes, de enrevesada
estructura, sacadas tal vez con mazo y escoplo de una tabla de pino
barnizada. Procediamos como si el santo fuese natural, quien sabe
si vecino, de aquella villa; yo tenia una representaci6n concreta del
personaje por una imagen suya venerada en casa de mi abuelo, imagen de talla en madera, embadurnada de almagre, rostro de simple,
cabellos lacios sobredorados, rozagante vestidura, y por pupilas dos
abalorios negros. La imagen me sirvi6 para persunificar las historias
sobrenaturales aprendidas en la niiiez y de blanco en mi rebeldia
cuando, sin ser gigantes, otros mocitos y yo hicimos la primera tentativa de escalar el cielo: fué que le horadamos al santo por el ombligo con una barrena, y le pegamos a los labios un cigarrillo de papel, y le vaciamos los ojos. Nos espant6 sobremanera ver el desacato
impune.
Febrero, pues comenzaba bajo auspicios tan pr6speros, era clemente: la cigüefia abria a picotazos un desgarr6n en el toldo parduzco
que nos velaba el cielo; prendidos en los riscos quedaban rebocillos
de bruma que marzo no tardaria en barrer. Gustosa paz la de esos
primeros dias de calma, dias que ya entretienen el paso y se demoran en el llano antes de morir, dejando al Escorial en la quietud sollozante de sus tardos crepusculos: los picachos sin su oro, las pizarras apagadas, la Herreria en sombra, mientras arde en la raya del
horizonte la pira bermeja del caserio de Madrid. Don Carnal Y dofia

LA PLUMA
Cuaresma disputabanse nuestras boras; mejor aun: libraban en nuestro coraz6n su batalla sin término. Cebo unico de nuestros ensuefios
era el remedo de los holgorios distantes; pero las fiestas del Colegio, tan pueriles, apenas podian servir de asidero. Cuantos se hallaban, a los quince afios, propensos a estar tristes sin motivo iban a
nau~raga: en el ~ficio de visperas, bora en que la basilica no~ recibia
con ms6lita suav1dad, Y, sin confortarnos, adulaba al animo atribulado por deseos sin nombre.

IX
De los solaces profanos que aportaba Carnaval, el mas relevante
el teatro, concesi6n al espiritu del siglo reiterada en otros dias de
marca; el santo del rector y la Conversi6n de San Agustin veian también alzarse el tinglado en la sala del billaro en el claustra bajo, que entances el :emp_lo de la musa aun no habia echado raices en el colegio.
S6lo un ano v1 conmemorar a Santa M6nica con toros embolados· dos
bec~rros de muerte lidiamos que, contra todas las previsiones, en ef~cto,
muneron; desastradamente, pero murieron. El suceso de la corrida
desaprob_ado por_ los frailes mas rigidos, no se repiti6. Por venir s~
sangre m estrépito, el teatro parecia in6cuo contra la disciplina; no
derogaba el ~rden. lTna laxitud gustosa sobrecogia por momentos a
los entromehdos en esas fiestas sin sabor, donde todo pasaba en
emblema Y por simil-decente, pero vana cautela contra los desmanes de la imaginaci6n. En este Saint-Cyr para donceles puesto
com_o el de la, Mainte?on devota, bajo un patronato egregi~, Carlo~
Armches suplia a Racme. No supimos de Esther ni de Athalie. fbamos
c?n el gusto callejero, que no se templa en lo sublime, porque en su
dia ~os fuese -~enos agrio el descenso al mundo donde nos destinaban
a bnllar. Rehicimos el repertorio de Apolo y otros teatros de su jaez.
era

�LA PLUMA
LA PLUMA
Sin retoques, apenas. Nos permitian simular en las tablas la difere~cia de sexos, franquicia nunca gozada por los impuberes del coleg10
de segunda ensefianza. Muchas veces vi a esos desventurados representar zarzuelas en boga; mudâbanse en hermanos los amantes y ~os
coloquios de amor en epistolas de dudoso sentido, repu_g?ante matez de que sacaba provecho burdamente nuestra mahcia. En la
sens
H b' .
l
«Universidad» no sufriamos tanto desdoro. a 1a Jovenzue ~s esbeltos y pizpiretos especialmente aptos para los _P~~eles de pnmera
tiple; y quien juntaba a la crasitud prec~z una d1cc1on re~osada, balla.base en potencia propincua de advenir a dama de caracter. Larecluta del coro haciase por leva de chillones. Metidos en el aula d:l
piano, tratâbase de concertar lo mejor posible el d~sacordado voceno
de tanta laringe virginal. El pianista era un estud1ante . ponteved~és,
zumbôn, sentimental, cacique de una pandilla de colegiales, a qmen
acertô a inocular la morrifia.galaica. Muchas tardes del curso, a:abadas las clases, daba pâbulo a su mansa tristeza arrancândole al pia~o,
hora tras hora, muîi.eiras y alboradas. Tres o cuatro de sus co~pmches le asistiamos en el rito. La mûsica lânguida y el acento queJumbroso de las canciones, que eran como unos lamentos y unos ayes,
nos metian el corazôn en un pufio. Mirâbamos por las rejas a la Lon·a ârida sola· venia del Monasterio el clamor de las campanas, su.1 ,
,
'
,
fragio por algûn rey podrido en los sôtanos; nos enternec1an anoranzas vagas. lAfioranzas de qué? De otros dias sin saciedad, de otras
prisiones, de otros deseos marchitos sin arribar a colmo ... 0 era ~~s
bien que el albedrio, agazapado en lo oscuro del alma, donde v1v1a
sumiso pero en rebeliôn latente, empollando la irrefrenable v~luntad
del desquite futuro, se quejaba, jNos prometiamos ser tan fehce_s en
saliendo de alli! y con abandonar a la coerciôn esterna del coleg10 lo
mâs de nuestra vida, sôlo viviamos, realmente, por los tesoros de ~-oberbia que acertâbamos a pone;;_e{l salvo en aquel figurado escondnJO.
28

-

No sé que dia entrô en el aula del piano el Padre Florencio. El
galleguito dejô de tocar y cantar. Todos se pusieron en pie. Yo leia
el Madrid Cchnico, junto a la ventana. El Padre Florencio me pidi6
el peri6dico y hojeândolo par6 la atenci6n en un articulo; apenas
leyô las primeras lineas, una sonrisa acerba le descubri6 los dientes
amarillos y grandes corno los de una mula y con safia rasg6 el papel
en cachitos, diciendo al despedazarlo: «1El sefior Sinesio ... ! jEl sen.or
Sinesio...!» Para un mozo que se creia superior al Padre Florencio, e
incluso (ya he mentado nuestra soberbia) al «sefior Sinesio», la humillaciôn fué terrible. Ademâs, me indujo a e1rnr; tardé algûn tiempo en descubrir que ese ingenio no era el vica1io de Satanas en la
tierra.
Maestro concertador era el Padre R., ahijado de Euterpe, de quien
recibi6 en la cuna un violin famoso. Muerto el Padre Arôstegui,
un vasco que por las hopalandas negras, la talla ingente, la sonrisa enigmâtica y el casco blanco de la pelambrera, se parecia a Merlin el encantador, rasurado, el Padre R. se alz6, por decirlo asi, con la
monarquia de la musica en el colegio. Era, en la ejecuci6n, poderoso
brazo. El violinista Monasterio nos visitô cierto dia. Reunidos en la
rectoral fraUes y alumnos, pedimosle que tocase alguna cos/l. Trajeron el violin del Padre R.; Monasterio nos regal6 con una pieza superferolitica: / Adids a la Alhambra!, que nos dej6 pasmados. (Algunos
frailes propalaban que Sarasate era mejor ejecutante por que tenia
los dedos muy largos, pero que Monasterio tocaba con mas sentimiento.J El maestro, al terminar, parecia sudoroso, y soltando el violin exclam6:
-jEs un violin de coracerol
El Padre R. sonreia, cortado. Era angelical, suave. Se le ha de ver
en el Empireo entre las Dominaciones y los Tronos, arrancar a brazo
partido de su violin... de hierro, los lâudes dei ·sefior.
29

�LA PLUMA

LA PLUMA
El Padre R. profesaba, principalmente, Derecho civil. Y el afio
que anduve gateando por esa robusta. rama del arbol de las ciencias
juridicas, el buen padre, en visperas de Carnaval, me administraba
dos veces al dia su magisterio; de manana, nos desojabamos sobre
los c6digos; por la tarde, nos ensefiaba de oido la musica de Los Africanistas. Mas numerosa caterva habia de amaestrar el Padre en los
ensayos de la zarzuela que en la lecci6n de Derecho; pero con harto
menos trabajo nos agenci6 en la escena laureles que se malograron
en el aula. A su curso asistiamos seis o siete veteranos supervivientes de aquella generaci6n que vi6 galopar a la yegua Peonza por el
ambito de la clase de metafisica. Ya. la vida del colegio no tenia para
nosotros secreto alguno. Afrontabamos los deberes y la agobiante
rutina de cada dia sin empacho ni alarma, sin premura, con el aplomo y el desembarazo pertenecientes a la madurez. Aunque tan mozos aun, en el orbe minusculo, escolar y frailuno, de nuestra vida,
hombres maduros éramos, en un todo al cabo de la calle. Desde
el primer dia, el Padre R. nos convoc6 en su celda. Sopesamos el
libro de texto. No tardé en advertir que a todos nos aguardaban
las mismas sorpresas. Naci6 entre el Padre y nosotros una suerte de
companerismo con que se templ6 el respeto, encendiéndose mas y
mas el primero y tierno afecto que por él sentiamos. Le quisimos
fraternalmente; era un hermano mayor, sesudo y bueno, enriscado
por las sendas escabrosas de la virtud y del estudio, mientras nosotros triscâbamos en los pradecillos de la holganza. Vivo en los modales, atropellado en el habla a causa de un conato de tartamudez,
era en la apariciencia brusco, mascara de su coraz6n mansisimo.
También nos queria entranablemente. Y aunque de tarde en tarde
arrojaba fogaradas de esa c6lera estéril, tan divertida, con que los
hombres mansuetos pretenden recuperar f uera de tiempo el predominio que se les escapa, harto se echaba de ver su desmaiia en el

enojo, movimiento desusado de su animo
solaba el enfadarse, como amarguisimo
qu~ le angustiaba y dede _su celda disipamos en charlas amis
. tosaslZ.la mayor
n tornopart
de lad mesa
mananas de un invierno . Yo em pIeaba el oc1O
. en d 1 t .e e las
cabeliera a la estatuilla de Schiller d I
are aJOS en la
cribanîa. Tesoros de pacienc1·a , e lp omo, encaramada en la esmonaca gastaron t
.
letreros y figuras el frente de 1a mesa. Quedaba mao ros en cubnr
de
.
el buen humor. En llegando a clase C r
rgen ampho para
alcayata descomunal y un
1' • so ia extraer del bolsillo una
mazo, y a clavaba donde 1
,
mano, fuese pared o estante ' cerco de 1a ventana . o m e vema
d 1 mas
. a
o.
uego
colgaba
gravemente
la
b
,
arco
e
b1omb L
mirabale mohino acabando
oma en la alcayata. El Padre R.
,
por encooerse de h b
.
'
llevé a clase una varita con la
d i:,l
om ros. Cierto dia
le. Me orden6 tirarla, y me ame!::6 eNa gubnad m~nera ~ebi de moles. l ,
· 0 0 e ec1. Volv16 a
me, vo v1 a no hacerle caso . Se puso en pie
. y ·é d
amenazarnecas me forz6 a soltar la vara arro·and I as1 n orne por las mucarretera. Al otro dia aparec1·m'
~ ~ a luego en pedazos a la
d
os con vanedad de
e polo, un machete
armas: un mazo
. cubano' un revolver• Nos sentamos
-éAd6nde vais con eso? ·
·
-Es para defensa de nuestros derechos padre s· .
1
,
. t vis pacem...
Esa vez-la (mica-nos arrOJ·o de case.
Por nuestra corta ventura, el tiempo corriend
nuestros estudios nos aboc6 1 fi al d ,
o mas veloz que
diente a la mayo/parte del texat nSeIl curso sin haberle hincado el
•
o. e a arm6 el pad L
nguar cuantos dias laborables restaban d. 'd"6 re. uego de avepaginas del libro no leidas au C, '1 iv1 t p~r su numero el de
cuatro paginas. A paso gimn«~t~.ud~o e a cada JOrnada treinta y
a.::, lCO
lffiOS con nu tr
esta, al parecer, meta inasequible· «Fin
es os caletres en
no sin vomitar a diario sobre la . d del tomo cuarto y ultimo»,
.
mesa e la celda ley
.
grrones, restos indigeribles de la bazofi a engulhda
. enes
Y
escohos
en
pocos minutos,

~Ji-

31

�LA PLUMA
y no sin que el fraile nos arrease también a diario con la misma
seiia: «Ya sabéis, j6venes: para maiiana, las treinta y cuatro paginas
siguientes.:t
En la lecci6n de musica, el Padre R. empuiiaba una batuta de pape!
y juntos echâbamos el bofe cantando al unisono la zarzuela de tanda.
Quienes habian visto la funci6n en Madrid, nos socorrian con advertimientos saludables. En un plazo w.mbién fatal era menester dejarlo
todo a punto. Una tarde cortamos el ensayo para asistir al entierr6
de un nifio que muri6 en el colegio de Alfonso XII. Llegamos ya
anochecido al Campo Santo; pusieron el ataud en el tumbillo y lo
destaparon. Vimos al colegial muerto, aterido en la caja. Bien cantado le dimos tierra, y a mas andar tomamos la vuelta de la Universidad, azuzados por el frio. Otra vez en torno del piano-no se podia
perder tiempo-nos pusimos a trabajar vorazmente; machacâbamos
con furia en un estribillo jacarandoso y nos sonaban en el oido desgarradores acentos. Nuestra musica se enzarzaba con la salmodia de
los curas. Repetiamos al borde de la fosa abierta de subito en el ëomedio de nuestras futiles diversiones, un cantar chocarrero, impregnado ya en desconsuelo para siempre, como ya para siempre el pobre muerto no iba a tener otra manera de representarse en nuestro
animo, sino los oficios de un ritmo bufo con sus memorias del Campo Santo y del viento que azotaba las tapias llevandose a tiras el
responso, y de una faz afilada, de una frente opaca bajo el remolino
de cabellos negros donde se habia helado el sudor, y del viso de
una pupila empaiiada, en la hendidura de los pârpados entreabiertos.
(Con linuard.)

32

MANUEL AZANA

IGUALMENTE
A PE DR O SA LI N AS

I
f/)e ~ronto senti un hastio infinito.
!Parec,a que de mi corazon ihan saliendo cal/es
calles
.
'
cS,
r rectas de una ciudad !enta y gns.
en ' un rumor trepidante en el /ondo del l
I las calles tirahan de mi corazon ...!
a ma...
'Y
esas
v
oces
de
pof.
l
•
.
d, l h
h
v o, esas pa p1faczones urhanas
e os om res de hongo y de baston
removian acremente, un pedazo de c~nciencia
que mantenia viva, el dolor...
&amp;t!i vida era una calle villana.
eÎobr~ un~ chimenea, se engarzaba un nubarron.
;}{ac,a
m1
corazon venian las cosas de la cal''te,
es
1,
as vu 'gares cosas sin explicacion
de un h~mbre que mete las manos en el bolsillo,
o que mira ref/exivo un reloj...
'Yo
,, .tenia dentro
. todos los relo'}·es a,Je la cal''te,
y ltego a ser mz corazon
como un bolsillo que tuviera manos
llenas de aburrimiento y de sudor...
33

�LA PL tJMA
.Ca calle sucia, como el plomo viejo,
hasta el fin de mi alma llego...
.Û,s hombres huian lentamente por ella,
llevandose un tiempo menguado d~ sol...
'Yvi que la muerte podia ser hastio;
acaso un hastio mayor...
.
I C(;odo se prolonga como cualqu~~r calle,
I
y esos hombres se mueren tambzen como yo...

EL NOVELIST A
(NOVELARIO)

Il
1tlué mal esta eso de la eternidadl
fNada nos queda para ella.
· 1,
CTJ
dolor
silencios
temblorosos,
y
suenos
sencrl
os,
e:t1,mor,
,
.
todo se pierde, al ser eterno, amrgo... .
P
.L,a
eternz'dad es una enorme mano abrerta,
f
.rsecad a Y 1·zsa· fNo hay un signo secreto para r.
d
/;ntras en ella y no se cierr~ nunca.
f}{asta calor de mano enemrga
. desconsoladamente, alli.
evocaras,
.Ca eternidad es un lienzo clavado
sobre la ultima mural/a del fin.
/;s un vulgar cartel con letras_ de s~mbra
. . «J:a eternidad esta aqui. ... ».
que d rcen.
'Y asi puedes saber, cual es el termrno
de Lo perecedero in/eliz,
y como es la llanura interminab~e
y como la eternidad has de se~trr:
solo los ojos en las letras infinztas
heladamente fijos ...
I .Ca eternidad es asi... l

ALONSO QUESADA
34

( CONTINUACION)

novelista siempre hab/a temido que se presentase alguno de
sus personajes, aquellos persooajes que no eran nadie en
particular-1pues no faltaba mas!-si no que eran tipos comunes, tipos que no habia accptado hasta que no se hab/a
dado cuenta de que cran tipos genéricos, tipos que se podia
encontrar uno en cualquier parte.
Ya hab/a llegado uno, el primero y no el mas esperado. Mas temia
que se presentase aquel feroz grandull6n de su novela «Fratricida».
'1Quién iba a decirle que aquel Alfredo, que ha.bfa colocado en plena
naturaleza para motivar fa descripci6n de las faenas y la vida de una Resinera llena del olor de sustancias del campo, iba a ser un tipo vivo y
hasta casado con la adwtera?
Iba a tencr que huir al extranjero para escapar a la venganza y a las
peticiones de dinero a que iban a someterle sus personajes.
AI llegarle la hora del éxito le habia llegado también la hora de la

Il

L

expiaci6n.

Por haber hecho lo que solo logra hacer un hombre entre millones
de millones, que es entretener a Ios otros por un pequeiio estipendio,
iba a ser vapuleado, insultado, discutido, malquerido.
Por depronto ten/a que pensar en colocar a Alfredo, utilizando sus
influencias. Habia regenerado a un hombre, le habla convencido, pero
tenla que ayudarle a vivir.
35

�LA PLUMA
LA PLUMA
V
A la caida de la tarde sali6 Andrés de su casa oficial y se fué a una de
las casas misterio~s y deshabita~~ _que teni8: en la ciuda~ y cuy~ direcci6n nadie conoc1a. Desde que s10t10 la vocac16n de novehsta hab1a comprendido que un verdadero novelista necesita encontrar las perspec_tivas
de la ciudad desde distintos sitios, llegando a ser de ese modo el m1smo
distinto novelista y distinto personaje del arte de_ novelar en distintos
cuartuchos con balc6n a otras luces y a otros bamos.
Ya tenia cuatro casas pobres-alguna aguardillada-en Madrid, casas
en cuyas mesas, siempre llenas de polvo, habia comcnzado novelas
~ti~as.
,
Habia conseguido el suefio de su juventud por fin y se escond1a en
aquellas casas con sonrisas de desaparecido. Cuando abria aguellas
puertas que daban al silencio y a la antesala sin perchero y se se~t•.a de_ntro de la casa abandonada que ha pasado la noche sola, se sent,a mexistente e inencontrable. Su mayor felicidad. Era como un muerto dentro
de cierta inmortalidad.
Huia asi de si mismo y de esa pesada muj~r que es la mo~otonia.
Ahora iba hacia la casa de la calle del Sot11lo, que le ponia enfrente
del horizonte del sol poniente, escorzandole un poco hacia el Guadarrama. Desde que era nifio habia sofiado asoma~e a aquellos_ balcones _de
la casita, pues realmente no cra una casa, smo una cas1ta aquel mmueble.
Era una casa que se elevaba sobre unos jardinillos en cuesta y sobresalia por lo alto de una tapia, como si se empinase en aquella altura para
ver. Tenia una cosa de chicuelo empinado en lo alto para ver la procesi6n.
Los dos balcones del novelista eran los mas bajos de la casa, de tal
manera, que si alguna vez hubiese perdido la Have, ~ubiera podi_do, sin
gran dificultad, entrar por el balc6n. En verano tenia algo su lampara
de las lamparas de los zap~teros ilumin~das en las eorterias o en esas
tiendas que, al no ser alqu1ladas por na~1e, S?~ alquiladas a los zapateros a precio de portal. E? el verano sub1an fac1lment_e a su mesa todas
las confidencias de la cal,e, se le colaban de rond6n, ,ban andando altas
como las sombras y caian en la trampa de sus cuartillas.
,
En el invierno era mas dificil la inspiraci6n, pero era mas pura, mas
cntranable, mas profunda. Todo estaba tamizado por los cristales de los
balcones.
Andrés Castilla iba despacio, dandose su i'.mico paseo del dia, cl paJ6

seo del almuerzo, cuando se encaraba de nuevo con la vida y caminaba
sofiando en su casita, en esa hora de las cuatro de la tarde en que el sol
esta ya purgado y el dia se ha posado y ha entrado en su diadurez.
S1empre al torcer la esquina de la calle del Sotillo miraba hada atras
como si temiese que le persiguiesen para adivinar donde iba. Temla ma~
que a un polida a un b16grafo.
La entrada en el portal de su casa modesta y destartalada le hacia dic~oso. «Ya est?Y fuera _del mundo», pensaba, y abria la mampara de
cnstales, separandose as1 de la calle, aislandose en la escalera pobretona
que adensaba la intimidad de los vecinos.
Saludaba a la portera con .~ucha corte~ia y subia la escalera, gozando su otra casa como con frmc16n de ser d1stinto.
Al meter la Bave por la cerradura sentia que los ladrones se dispersaban Y,saltaban las barreras de las ventanas, yéndose a todo escape.
Algo as1 ;Omo una espo_sa_ de clase !Ilodesta le salia a esperar.
~.ndr_es, d_ando un rap1do empu1on a la puerta, barria hacia dentro el
espmtu mqu1eto de la casa que, atraido por el ruido de la Bave se habia pegado 31 la mir!ll.a,, y cerraba con pnsa.
'
En segu1da se dmg1a al despacho, al que habia hecho unica pieza
habitada de la casa, y encendia la estufilla de oas.
Asomado a su maravilloso balcon se quedaia un rato extasiado en la
l~z del atardecer y en esas friolencias que se quedan atravesadas en el
c1elo, e~ remanso de congelaci6n.
Reah~dos todos esos gestos de siempre al entrar en aquella casa,
que pa_rec1a la del cura de la parroquia, el novelista se sent6 a su mesa.
All1 estaba la novela entre manos, la que le habia correspondido a
aquella sucursal, la que daba un ambiente especial a aquella habitaci6n
la que se titulaba
'
LA

CII. IADA

Ley6 las ultimas p~abras en q~e se habia quedado el otro dia, y desp~és se puso a pescar 1deas en las nberas del cielo. Pensaba en las pobres
cnadas, cuyas ,historia_s mi~erables y _conmovedoras llenaban aquella novela, que seguia las ~1sto~•~s ~e varias m_uchachas que habian pasado
por la casa del senor mqms1tonal, de la senora malvada y de los seiioritos
crueles. Ya estaba en el capitulo XVII. Se puso a escribir:
«Et novio tk_ MicaeLa paseaba por de/ante de la casa ltasta el dla que
no la tocaba saltr. Se ocullaba tklrds de ks &lt;i.rboles y miraba a los balco1tes
a los q'!e so~ se jJl4eden asomar Las sennras. Ella solo se podia asomar a
"n patio obscuro, en el que il no podia entrar. No tenfa esperanza de verla,
37

�LA PLUMA
JI, sin embargo, alli eJlaba. tDe qui seroiria que s~ pasease y q~ ~e stnll!st
mirado por todos los balconts, orultando la dirtccttin de sus o;os impacuntes con la visera de su gorra. muy ecliada sobrt ellosr
_
Estaba enloqutcido por la belleza de ,J1icaela, Y, con el tm~or a ws ~moritos crefa virrilarla y dejenderla asi. Solo algûn dta e'!Lre czento, Micaela
bajaba por e:a coJa qut se necesila m gentemmte, y càmbtando ûnas palabras
con Il, sub{a corriendo, porque ya sabia él como reganaban en aquella
Cà-Sa.

El novin de Micaela, despztis de aqueltos largos ratos en que tslaba de
planton, se iba. "Adonder A seguir un camino insipide, a espe:a_r el domingo que vùne, a mon·rse de trisleza, a sospeclzar, a quttit1rse tdiota sentada eu los bancos publicos.
Y mt"entras, era ima vergümza lo que suctdia ~n el fondo de la c~a. El
senorilo Fernande, el que tra mds ente/ con las crzadâs, esperaba a Mtca~la
en tl pasillo, obscuro y largo en la obscunâad, _como si se gozase as! de impunidad alacanda a la doncella en su promedto.
Micaela siempre r~petla aquellas /rases torpes que no la da ban /uerza:
«Quiero ir con la cabeza muy alta ...» «Siempre he llevado la cabeza levantada...» «No quiero que digan que soy una perdida». Pero todo aquell&lt;:•, sin gran esjiurzo m el ademdn, producia la burla de Fernando.~
adolescencia del seiïorito, el segundo que enLraba en el jervor se:1oual despues
de ll'!anuel, no perdonaba, no se conmovia, 110 aflojaba sus abrazos. Se ~enlia como si pasast el carro pesado de la carn_e _p_or encima d! los bornllos
de la calte, wt trepidar de toda la casa, un lttmteo de ws cnstoles,fen61ne_·
no qut producia solo La fiebre tkl sciionïo Fernando, emboscad&lt;, en el pasillo y oliendo el pelo grasicnto de Micaela con s~d sal7!aje.
.
Siempre pareria i·r a acabar la escena a satisfaccùJn, por fin; pno sumpre encontraba illicaela medio de escapar, o bien porque el sefiorito F~rnando se asurtaba porque habia oido que sonaba un ladn"llo desprenJtdo
que habla, en l.i revue/ta tkl pasillo, o bim porque eLla mcontraba manera
de desaszrse o resbalaba su cuerpo como el de uwz sirena.
Micaela, con los pelos alborolados, con la blusa salida, st repon{a antes
de mlrar en la cocina, pues temla a la vitja cocinera Amparo, que habla
pasado por aquellns mismos !rances, yendo a fetztr lzijos de varios sdioritus
y costdndala muclto dinero, muy bumos duros ganadas con el sudor de todo
su ser: el acudir a las casas misteriosas cuyos balcones cie, ran tiobles made~as y dobles cortinas, y cuyas paredes estdn engualadas pa,-a que no se
oigan los gnïos tk la que es «desembara7ada.,..
.
.
Micaela esta6a embelledda por sus o;eras, las o;eras que nadu tenta m
cumta que eran las oje1·as pavorosas del lrabajo.

LA PLUMA
Era penoso encontrar aquella hennosura en ima cn"ada zajia irredimt"ble, que creia en la honradez con firme dureza.
'
Mzcaela, despuls de aquellas escarmnuzas, se reponia con gran resig-nacion! J! como eso ocu~·rfa a la hcwa del anochecido, se ponia a aprender a
escnbzr con esa lmtrtud con qut aprend n los criados, echando toda la cabeza y todo el cuerpo sobre la me~a de la cocina.
Amparo era sorda y tenia esa jidelidad que da miedo en las criadas
sordas,pues cuando dan con sdioras solas,pueden ser tanfales que maten.
Las sordas son de una leallad cerrada.
~m/~10, como Iodas las t;iadas s~rdas, oettllabà su sordera y decia que
si, que si, a tod~ _Lo que no oza. Gracias a ese que si, que Ji, /ué admitida
ella y soif admtltdas Iodas las sordas e: pn·mer dia, cuando contes/an que
si, que st, a todo Lo que las pre1;1mtan si saben.
Amp11 ro /ué cr_iada de m,antilla los damiugos en una casa grande tk
gran portalon, «d1ez veces este», como ella decia a las doncellas para darlas una idea de atp,el hermoso perlai.
Amparo acariciabf! el ideal de vmder, cuando fuese mds vie_ja, tortas y
cacahu~ls en 1ma esqut1~a. lba a ganar polo y a comerpoco, pero La tentaba
aque! tdeal del puesteczto «de eso o de verduras»; por que iba a ser la
duena.
Amparo, durante su ;i,ve11tud, su/rio una estancia en la casa de maternidad-de ahi cse lziJo cochero que andaba por la vida-y fui ama. Amparo, cuanda J:cnsaba que algrmos amigos de la casa s~brian que habla sido
ama, que qutzds se acordaban de el/a por lzaberla vzsto en los jardines se
echaba a temblar. . .
'
Como era sord~ y apma~ podia conteslar_ a las doncellas, y Las dancelias estaban aburndas y teman que utar cosre,zd(, o leyendo un libro vivia
como sin compaiïia.
'
Aque!la ~oche m que Micaela fui mds prensad• y amasada que nunca
por el senonto Fernando, Amparo repasaba rns secretos viendo las araflas
negras_~l !mie, mientras Micaela creia aprenderpara stiiorzïa aprendùndo
a escrzbtr.
La codnera estaba emocionante, co11ctntrada, y ltabia en ella est escalo/rio de antes de cenar que tan intensammte de melancolia ataca a los nifios
de s 1ete a ocho aiïos que esperan en la cocina la llegada de sus papas que
llegardn a las nueve de la noche para unar.
'
. En ws b"!ncos vasares las tazas St estrechaban tmas con olras ~ daban
dtente con dtente.
En el bltcaro d_e una Lata se ergu{a el perejil, emperfJÏlando un poco /a
atmosfira, demas,ado blanca.
39

�LA PLUMA
LA PLUMA
Los muebles de pino, muy ~vados con estr~~~jo y arma , aummtaban

t~~f:%Z:li:: ~;:,~~z~:;}f

la d:tf::;0
0 b;;:::St:fe· callar de la! :/1nas,
ta11to, que se tscapan al mando de las sefioras sofas por demasta a ranquilidad. hora la cocina esta desanimada e incapaz. Ya esta lejôs la hora
~/ps:ede lleo-Jr el carbonero o el tendero, o en que suelen edstar un lar~
m q
. b l 'd d d l mundo en ese final del mun o, que es
rai~ en la coci:;;~~ ~;ilaala°:an~era o de 'ta antigua cn'ada y que ni siquiera
coczna, esas m l
- res ddndolas a veces dt'ez céntimos en la antesala.
dicen que pasen os s;noh b't J . cuando estuvo en casa del sefior Golard.
A nparo comenzu a a ar
1El sefior Golard siemprt me deda: «Amparo, cuando JO sfa v;e_;o,
tû ;;;tend1 ds que trab'ajar... Estaras al amor de la lumbre en e ga tntte .. :» El pobre murio...
.u- u·
l _. de la ultima
y;
do t mucho en unJ. casa-utJO mtcat a ,
- oh1ézopporuqeue ::i:;andaron llevar a la estacion, desconsideraaamenlt,
me m arc
d'
d'
una ran maleta, con la que no po ta na '!"'
!..,Qué dt cubiertos ~e pl'!'ta te11ia el senor Gol&lt;!-rd( h blando. El reloj

=

··

J:iet:~~

par':fi:t::lilsoqs;ames~t·sdm:~fp~;°:a~{p;:!Ez~s~!!/~;1;:;;e;i~1:s
que parecen e
. .
b ••
mento cocinil en el dia de znvierno.
,
-Vo afreir ya las patatas-dijo Amparo, y se levanto.
rmùJ
Mic/f1a echo ia cabeza sobre su brazo en Jonna de_ dngut JI seb~, a al:

iS~}:::~~:e~'fa'::v!:':ï:;:,,~~ !

0

f;e~sra::: :~ ;z::/::;1:da:'':t Casa de

f,:aje'J/. t d .fiamos M{caela-la decian los que quer{an levantarse ten;- n us e b . d' e ~e levantaba tan temprano, la llamaban y a
darla encargos estupidos, para dec:·rta cosas

{;:;:;,~::'~:!;::e ;J:a

que

lÊf:t!~lis~:~~~ :na pausa y se asom6 Îl~ah~~~hee~ L~:~~7~~1~f: i:
0

se

~~~~r:· ~i~1:

~esgr:~~edd;~~
~ir~ ~ri~{:~e la realidad; en qub la vida
e1~[:r/ gravita sobre e~os pobres encerrados, sobre esos po res cau-

:::1i;i:r~~:

avit~l:shi~: ;a;:fa

~~ :~~:~tdoÎ~: ~e~:~~ ~o:i f~:e~!:

sadQueria el novelista meter en su novela esta terrible impiedad que se

tiene con las mujeres que viven nuestra propia vida, que son como sus
hijas humilladas.
Queria pintar el drama sin retiro ni pension posible de esas vidas, su
porvenir menesteroso, y como un dia tienen v6mitos de sangre y nadie
las compadece. El cancer roe sus est6magos por causa de tantas digestiones agriadas por la diferencia de bora, por el recado enmedio de la comida, por el mandato subito. jCon qué ingratitud se Jas empuja al Hospital! ...
No recordaba haber visto una tragedia como la de Jas criadas, que
parecian llenar aquella casa del novelista, como si fuese la casa del pueblo de Jas criadas. Todas se acercaban a su mesa a hacerle alguna confidencia, a soplarle alguna habladuria al o{do.
El novelista con las manos en los bolsillos miraba las luces de la libertad, las luces de las calles por las que transitan libremente y se recrudecia en él el dolor de la mujer que sirve y veia con mas desengafio el
drama de la servidumbre.
EsJ de que e!Jas oigan su desahucio porque los comedores no estan
nunca Jo suficientemente cerrados cuando hablan de e!Jas, eso de que
siempre estén escuchando los insultos que les propinan en Jas salas y los
gabinetes porque los sefiores no tienen id~a de la medida de la voz, eso
clama al c1elo.
Quiza habda habido entre los antiguos progenitores del novelista
una criada sometida a todas esas rabiosas indirectas, perseguida ensafiadamente en el secreto privado de la vida, d onde no se armara nunca
una cuesti6n de compafierismo, porque es solo una sola la que sufre el
mal trato.
Le habia costado trabajo encauzar aquella novela improba, pero yâ
la tenia trazada. Bastaba con que su protagonista pasase por muchas
casas )'. viese la tragedia de las otras compafieras y sufriera su propia
tragedia.
La habia hecho entrar en la casa caritativa, don de todo el dia abre la
puerta a los paniaguados de la sefiora, la pobre criada vapuleada, la pobre desqraciada tratada con terrible injusticia.
Hab1a recogido esas opiniones duras con que los sefiores opinan que
son muy brutas y consideran que, si no quieren ese trato deberlan no ser
criadas. Asi resulta que los sefiores, loque hubieran querido, es que la
que sirviese y que se emporcase en la servilidad a un extrafio, fuese la
sedorita de talento esclarecido.
Lo que pintaba con mas asombro el novelista es como todas las mujeres y muchos hombres, tomaban parte en los complots contra los cria41

�LA PLUMA
dos, se ponian de acuerdo para zaherirlos, se aconsejaban ensaiiamiento
y si uno de ellos pedia protecciôn para la pobre sirv1enta, era como si se
disputasen una v1ctima, como si se la comiesen a pedazos y los mas voraces se disputaban sus muslos y contramuslos.
Merece ser maldecida la humanidad por ese ensaiiamiento con que
trata a la criada, la victima estrechada, acorralada, victimizada en contraste con todas las fiestas del hogar, todos sus carifios y sus aniversarios.
iy después esas pobres criadas sufren el contagio de todas las enfermedades del hogar de extrafios y tienen que trasegar toda la miseria de
la enfermedad y ayudar a salvar a la duefia chinchorrera y cruel!
El novelista se acordaba de esas noches en las casas sumidas en la
sombra, cuando los parientes ya no pueden siquiera quedarse a velar al
enfermo de humor maldito y la pobre criada mantiene la temperatura,
y desaho~a de sus agobios la vida que se corrompe en la enfermedad.
No so1amente después, sino en ese momento, la pobre criada es tratada con injusticia, con recelo, icomo si se la pagase demasiado lo que
la pobre hacel
Nadie comprendera sus derechos a la sisa, su derecbo a enO'afi.ar, su
necesidad de disculparse un poco en falso para no ser acribifiada por
los improperios. Nadie se da cuenta que los unicos margenes alegres de
su vida estan en loque sise, en lo que logre escamotear, en los ratos en
que se haga la perezosa. Si no, no tendr/à un minuto de dcscanso y su
retribuciôn seria tan escasa como siempre.
Esa virtud que piden a la pobre criada es algo inhumano y desnaturalizado.
Su Micaela buscaria la casa de la felicidad y de la cordura sin encontrarla. Solo los primeros dias recibirîa cierto buen trato en todas las casas; pero en seguida de nuevo las sospechas, las humillaciones, los abusas, los «no hace usted nada», «nada esta limpio~, y otros ~nada~ que
descomponian su esfuerzo por completo.
El novelista pensaba seiialar mucho las diferencias de las casas distintas porque pasaba: casas sôrdidas de la burguesia, la casa de la sefiora que esta pidiendo todo el dia agua caliente, la casa de la sefiora que
cree siempre que la han quitado todo lo que se la pierde y hace constantemente un recuento de las cosas de los baûles y los armarios, etcétera.
Andrés habia pintado ya muchas interiores de aquéllas con sus cocinas y sus comedores alegres o tristes, pues en eso estaba mas que en
nada la suerte de las criadas, en que la cocina y el comedor fùesen alegresjy luminosos. ïTerrible comedor aquel todo cubierto con bandejas
42

LA PLUMA

y·
platos
lamentables
.
con
las cifras
blancas!y aquel otro con cabezas de ctervo
Y relojes oscuros
El novelista habla procurado d 1
.
chillos en el comedor silencioso d3{ ~s sensaJ1ones del ruido de los eu1
ban cuando, Micaela los cogia p~ra c~Î:~rl~s ee:i_y aban y se entrecruzaSe quedo parado largo rato en lac
. d a m_esa.
luces de rata, del ba rrio pobre vi dngoJa e ~a cnada, mirando Jas
brazos. pens6: «Ten
ue de~i~ en a un_a cnada con una botella en
O
loque dan por el cas~o de una boifie se Iles p1de con, gran desconfianza
a Micaela ~era pores?»a Ye mayor escandalo que la armen
Por hmr del agob10 de la criad
.
.
ap~~6 el gas, tomô su abri o su a, como st se d1ese suelta y asueto,
saho a la calle y se fué a cfs/
sombrero, y antes de lo convenido,

°

VI
Lo que denuncia hasta la 'd . h
locura loque son las visitas d ev1 enc~a, asta la c~a~ividencia, hasta la
la tinica visita que habia Jlegad cuithdoÀes una v1s1~a a un usurero. Es
O
El novclista no ten/a mas r
a . acer !1~rés Casttlla.
en sus visitas, sintiendo comoe~:dth'quhv1s:r1los y era de verle sentado
ban por todos los sitios y cômo se is me ~s le
estrados le encontraun candi! e1;1 sus gabinetes.
curec1a a v1 a como iluminada por
No quena escogerles como
• L
didos con sus nubes escalfada/!rsonaie_s. e res,ultaban demasiado sôrde tertulia, durante el cual las J° ~os oJ°s. iema que hacerles un rato
se llenaba de suspiros la h~biuic~6/as rota an con dificultad y encima
~on tan usurarios-pensa ba A n d res-que
,
ros».
lanzan por m{ los suspi-

?J

El dinero se quedaba en la
Andrés no queria que viesen en
ellos.

r~rr .

d l
e ~suredro un ~a~go rato porque
os tnS t mtos e avanc1a que él veia en

El novelista se quedaba rendido
d
.
usureros; pero siempre, a través del y_negro espu~s de Jas visitas a los
porque sus nove]as no le daban l b t1empo, neces1taba recurrir a ellos
Ono de esos d ias de visita do asta~te para dese~tra_mparse.
una especie de colilla luminosa e c~~phdoi en la sahta iluminada con
pagar~ después d~ pagarle.
, no o que e usurero se quedaba con el

-&lt;y el pagare?-preguntô Andrés.

�LA PLUMA
LA PLUMA
-Ya no sirve para nada ... Usted comprendera que yo no voy a ir
contra usted ... Si me quedo con él, es por conservar su aut6grafo .. .
-Es que mi aut6grafo vale mas que lo que usted me ha prestado-respondi6 con orgullo Andrés.
-Es verdad-dijo con aplomo el usurero-tanto que yo le propondria un negoeio ... Yo le dada doscientas pesetas por cada carta en que
usted me pidiese dinero .. •
. .
• I d
El novelista con tristeza, pero con dec1s16n, acept6 el negoc10. n udablementc aq uello le habia dado ya buenas pesetas ~ su . u_surero, pero
mas valia no tener en cuenta eso, pues era un negoc10 ongmal que habia revelado al novelista el genio usurario de su usurero ...
-Ahora mismo le ruedo escribir d~s O tres Cartas.. · .
-No-respondi6 e usurero-neces1to que estén escntas en su pap~
usual, ese que tiene el membrete de bulto ... Hay que dadas autent1cidad ...
-Es que me hada falta algun dinero ahora-insisti6 ,Andrés,:
-Bueno ... Pues puedo darle doscientas por el pagare, y manana me
trae doce cartas pedigüeiias ... Pero que ~ean conmovedoras... leh .. .?
-Descuide-dijo el novelista-, haran llorar al que las compre.. .
Andrés sali6 alegre y confiad? ~e la visita sangrienta ?el_usurero. lba
a explotar él mismo, con gran c101smo, ese deseo del pubhco de coger
en renuncio a sus grandes hombre~_, de ten~r en _la mano la prueba de su
miseria y su necesidad «1Ah!-se d110 Andres-si esos reyes pobres que
no levantan cabeza comerciasen con sus cartas».
El novelista veia que loque iba a hacer era una burla a~arga que alguna vez se descubriria, porque, e~t~e otras cosas, no pod1an estar muy
esparcidas Jas cartas, y eso descubrm~ la trampa.
,
Se imaginaba el aire de confiden~1a con que el, u_surero J?ropo_n~r1a
sus cartas: ((una carta del gran novehsta don Andres .de Cast1lla p1d1endo dinera ... »
• d
d ·
Aquello le molestaba un poco. Idealmente sent1a eseos e mtervenir de gritar: ((Mentira ... Esa es una estratagema»; pero acallab'.'- aquel
grito de su dignidad, su excepticismo, y el que pensaba d~s~ubnr aiguna vez en sus memorias el secreto de aquellas cartas, conv1rt1éndolas en
sarcasticas cuando mas valor fuesen a tener... •
. .
_
((jMe he quedado con la posteridad!», s~ dec1a Andres nsu~no, encontrando en su paseo por la noche la alegna de !os fo~os eléctn~os y de
las ·oyerias, ante cuyos escapara!es pens?. que el hab!a descub1erto la
pieJra filosofal y el modo de fabncar el diamante, gracias a sus aut6grafos de miserable.

VII
El «Barrie de doiia Benita» estaba ya casi acabado. El novelista habi3: puntualizado hasta aquellas sombras en punta que alargaban las esqmnas, y era? como ~n adorno los dias de sol en que se desenvolvia la
novela y hab1a ennov1ado al sombrio Rafael con la divina hija del trapero.
Lo que mas le g~stab,a al nov:lista era c6mo sabia aquello a barrio de
las afuer'.'-5 de Madnd, como tenta el tono sequerizo de la tierra bajo el
sol formidable de agosto.
1:,a hija del trapero ~esultaba _al mismo tiempo una biznieta de doiia
Bem~, y eso la dab~ c1erto arra1go en la tierra, como si la perteneciese
una c1~dad, como s1 fuese la dueiia de la tierra basta la décima capa
geol6g1ca.
Cad~ dia resultaba ~as ~ella en el barrio prosaico, y movia sus caderas de gitana ~on un aire mas gentil.
El padr~, .s1empre lle~o de coiiac-deb{a tener en algun lado de su
cuerp?, qmza en el ombhgo, ese sello de relieve de la casa Domech-, se
dorm1a en las mecedoras de la antesala de la casa.
La madre, con unas batas de percal con el estampado de las colchas
se mo~traba con s~ cuerpo de payaso, pues se trasparentaba su bata y'
ademas se entreabna.
«Para esto tenemos este hotelito en el barrio de doiia Benita para
esto, para estar c6modos, porque si lo tuviese en la Castellana y~ seria
otra cosa.»
Qué de dispu~s ~on Raf3:el porque se queria llevar lo mejor de la
casa, aquella mu1erc1ta _con t1po de marmol desembalado de la tierra,
aquella morenaza ~on c1erto bozo gracioso sobre el labio.
Esta~a romantlzad~ por aquel ambiente. La habia pretendido el general ret1~ado del bam~ y hasta el ~ura de la_parroquia, que decia tener
muchas nquezas en su t1erra, la bab1a promet1do ahorcarloshabitos si ella
queria ~sarse con él. Habia sido la locura, el pensamiento del barrio
desgrac1~do, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Nadie habia
conse~mdo nada; s6lo Rafael habia podido convencerla, y por eso habia
un odio ,concenti:ado contra aquel extranjero.
El numero _c1ento ochenta y nueve escribi6 el novelista en un rinc6n de ~a cuart1lla que iba a escribir, y después fué dando forma a su
pensam1ento de este modo:
«Todo ~l barrio d_e Dona Beni/a esta lleno de pequeiias torres que /,e dan

una gtan tmportancia .•. Cada lorre intenta 11nundaY tm ltidalro pobre.
45

44

�LA PLUMA
LA PLUMA
Se destacaba a lo lefos como un pueblo caido alll, como ese carro tktenido en medt'o del camt'no p(/rque se han caido un par de sus mulas.
Rafael se conmovia caqa vez mas ante aquel ct:,serio al que se le h~b{a~z
saltiio las ruedaJ y se habza quedado nlU, aunque tba a otrajJar!e, mas alla,
a ese terreno lo bastanle lejos de Madn'd, para formnr u1~ P!teblo prô&lt;pero.
Alli t'ba a estar una eternid'ld como estaba, pues la pro:nmzdad de Madrid
evitaba que fiuse un pucblo autoctono, y sôlo scrfa rrande cuando el lento
ensanche de Madrid por ese lado alcanzase al b'l rrto . . .
f-ra el intmto de un p11eb!o como formado por /o.~ np~os 'V cascotes ~ue
hab/an sido echados en aquel desmonte en el que habia aun el rumornatwq
de los carros trasegantes cuando se suelta,~ sus varas y hay ese desprendtmiento de tierri!f,S que pauce el de 1ma catastrofe.
.
El i·r a casarse con Rosario era como él sabîa muy bien quedarse en
aquel barn·o, no levantar mds cabeza, quedarse en el caserlo del fracaso,
volverse medio tefero medi·o muerlo de los que son enter.rados en los cementerios extraviaiios.
Eso si, tenia una ventaja que equ{valfa .a la del bi'enestar de la perfeccion en un mundo en que no podia consegmrse ese estado perfecto, .Vera la
ventoja de que metido en el barrio de Dona Benita podda ponerse todo !~ ,
feô y lo desgalichndo que quisiera, y Rosario se podrla estrc•pear loque qtttsiese y ha&lt;ta ennegrecerse por una sûbita enfermedad dtl c~bre.
Aqiul emparentnmimto ron traperos le suponia contagzarse de todas sus
lacras, de todas aquellas sarnas con que devez en cuando tenta que resquebrajarse stt pie!.
Rafael ya entraba en la casa :v sonreia al vn aquel jardi·~ctÏo que_ ni
era como fo" de la Prospcridad. Era un jardindto mds corraltllo que Jardin, con dridas vistas alrededor.
-Una vez-decia el t,,apero-me encontré un dedal de 01 o, que conserva
guardado para cuando Rosan·o se despose ...
- Y yo-decia la trapera-encontré una pulsera, que solo cuando se case
la dari...
. .,
Rosan·o no tenia verroenza de sus padres y los escuchaba extaszaaa.
Qut'zds los habla ùiea!iz~do al sentirse ta_n com~da en aquel ko!el rue tenfo
horas de una intimidad como la que pudtera dts/rular el me;or rzncon del
mundo.
h
..,_ l'''
Ra:f.iel conoda ya a muchas personajes del karrio .Y l~s abia temav a it
de tertulia. Hablaban como seres de otra especze, como !tpos de un plane/a
mds basto y completamente distinto.
.
-Yo fui gobernador de una t'sla de Filipinas y _Podia /Jefar a los indlgenas, y hasta a veces los mandaha matar...- Y reta aquel ltombre desd,entado, que olia a aceiïe .ù hfg~ de bacalao.

46

. - Yo era como la reina -decia su mujer, una vie/a horn.'ble a la que secaoa el sot de l,1 canlcula.
. -Yo ~10 hubiera ido alli... Yo no he quert'do perder ni un amanecer de
nu Madrut-decla el trapero.
Entre ;sos didlogos de las eternas visitas, Rafael preguntaba a su novia:
- Y tu. me querras mucho ...
-Yo estari st'e~pre abrazada a tu cuello... Colgarl de ti como /as enredaderas de la ver1a ...
Y Rafael se quedaba un rato con los ojos entornados, disfrutando la
voluptuostdacf de aquella propu_esta ... lbci a vender m alma a la pereza, a
la _voluptuoszdad, t:, fa abyecczôn. lba a. entregarse a to pùztoresco como
quten se queda a vzvtr en una jactoria le;ana.
'
No acababa de ser de esos hombres que aman las costumbres exdticas
se unen .a. una negra y ~e '"-'l';eren de disenteria encontrando 1:ncantos de defcompo~zcûJn en Stf propta d~senterla. El después de todo no se z'ba le os de
~adnd, )' cogena el tranvza del centro algunas veces para pasearse p:lor la
ctudad y pensar la que podrla haber sido ...
Hsta/;a tesuelto Rajael a rasarse con la hija del barrio de Do B ·i
con la bell~za ideal de aquella tribu perdida, no tan salvaje que:: n!;:.e~;
en tlla uniformes y sombreros de copa.
.
Lo ûnic~ que le pasaba es qzu no ncababa de comprender el alma de
aquella mu7er. Su belleza la comprendta, y ya sabia él por donde tendrfa
que entrarla; pe, o su alma no la entendia.
Muchas veces se q_uedaba mz'rando Rafael aquel color cmdo y blanco de
su roJtro muy ~nharz_nado, y p_~nsaba que aquel color se lo daba su atma
poniendo ttn 11zso de imperfecczon sobre su perfeccùJn, un viso que solo pod{a
comparars; en lo desagradable al que pone la p,cadura de las viruetas.
-1Que me ocultas?-la preffuntaba, por desconcertarla.
-Nada-contestaba ella secamente.
- 1Nunca._ te b1uc6 el ladron...? 1Nadie te dto un beso...? Juramelo ...
-Yo no Jttro "!ada-contestaba ella-. Y se quedaba rota la unt'on ue
se /ormaba en elJardin en (ftte habia mds canas para sostener flores que
fl:ore~, rstando la ~egad~ra_ hrada como un chiquillo que se ha cafdo e! el
Jardin de la _apatta, ~htqutllo al que 11adiP levanta...»
N

E!

novehsta cammaba con cautela hacia el capitulo en que descubria
la ac1aga verdad, que _hacia a aquella muchacha tan verdadera y tan
arre~ata~ora y tan muJer.
S1gu16 el nuevo capitulo, y comenz6:
«Aquel·a tarde Rafael busco la sombra del Café de la Verdad, mientras
se despertaban de la stesta los padres de Rosario, que tenian prohz'bùio que se
47

�LA PLUMA
abriese la verja a nadie dnrante la siesta, pues hab!an oldo el cencerro que
movfa la puerta al entreabrirse.
El Café de la Verdad ten:ia algo de sombra de caJedral, de sombra de
primitiva casa de baiïos, de sombra de andw confesionario. lin medio drl
sol qu, cubrla los a/rededores arcillando la tierra )' ddndola la ittnicia de
la canicula, aquel rejugio anclw y obscuro al que consolaban las mesas de
mdrmol y las l,zzas de porcelana, era de una exaltaciôn rejugi.inle aamirable.
Rafael percibiô los grupos de tentes con las posarùras, muy metidas en
los asienlos y ws cluzlecos mtreaburtos, )' escucho el 1 uido de las fichas del
domino, refrescanles salpiqueos que levantaban chispas de frescor en los violenlos golpes como los del aldabon y el pedernal.
El l afé habla sido regado como un jardin, hacilndole et mozo las filigranas de la vaiuica que saben luzcer las regaderas sabiaj, el gran rubriqueo en qne se simien enredosos nota, ios.
Rafa.,l buscô un rlncôn por el que se alcanzaba a ver ws rendijas de
vida que se veian por las penianas de made1a de las ventanas.
Poco a poco se fui trasluciendo el Cafl y destacd11dose ta sala. Los espejos, tapados con ws vews rosas con que se cubren las /ru/as en el verano
-Jqul bien les sien/an a ws alboricoques!-e1 an ws ûnicos adornos amortaja{Û)s de Las paredes.
Ra/ael esperaba alli, ponilndose rejrescanle bigote blanco de espuma al
dar sorbos a su bock de cerveza, la rubia cerveza contra las insolaciones.
De pronto, de la mesa del fon{Û) se lev,mto un muchacho y se acercô a
Rafael. Bra el pn'mero ffUe conocid Rafael en el barrio de Dofia Benita y
con el unico con qui'tn simpatizo desde el principio.
Se disculpo por ira interrumpir sus pensamienlos,pero queria hablar
con ll, «.hacfa tiempo que queria hablar con usted».
-1lnsislt usted en quererse casar con Rosan'o la del traperor-le preg,mt:j a boca de jarro, ddndole la perdigonada tanio en la cara como en el
corazôn, porque fui tma gran perdigomida en abamco, en embudo.

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Continuarâ.)

LETRAS BELGAS
~lgunos meses hablé ;qui del h
.
Qu1siera boy llamar sobre otros d:moso_ hbro de André Baillon.
gentes de Espaiia que se a
.
cscntorc.9 Ja atenci6n de las
.
pas1oncn a(m
pas16n que:: en esta cdad ta t
por cl dolor y por la vida
n o escasca El
·
•,
.
cuya reputaci6n esta mas firm
.
pnmero es una mu'er
~él~1ca,_ donde Ja mogigateda hip6crita y ~~ente ast-ntada en Francia qu;
IIlStituc1ones de la Iglcsia y del Estado· 1 ~ crror de la vcrdad son todavla
do, pocos conocen en Francia s,·qu· . alu o a Madame Necl Doff. Del seg
gun
•
1cra e nombr
unoa arhstas se han percatado de la
.
c, y en su pais, solamcnte al
amargura: es J.F. Elslander.
PUJ&amp;ma y de la sinceridad de su ir6aic~
Acx

e;

* * *

. En el punto y bora en que cl rcalismo s
.
nedades de la cadulteritis•, Madame .Necl e i•solvla ~a aaécdotas y en las vacru~l y generosa sobre las fueatcs ve d d
off arroi6 bruscamentc una luz
rac16n. Nacida en Holanda su ,· r
_r a eras del sufrimicnto y de la deses
Il
.
,
0tanc1a transe •,
peezas trag1cas-la palabra no es
.
urno entre las brumas y Jas b
1
• .
exces1va-de A
eesccnc1a vmo a Bélgica, donde trab6
.
mstcrdam. Al salir de la ado
•ci 1 •
conoc1mient
rcu os intclcctuales•. Mucho ticmpo e t
. o con los que suele llamarse
o b ra-de uaa conccatraci6n y de una ho s uvo sm
esc
"b
·
.
. ri ir, Y no acometi6 su
edad en que casi todos los literatos co ~ogcne1dad impresionaates-basta la
c~recer de fuerzas nuevas. En cuatro v:i':niaa si no a decaer, por lo menos a
CJ6n. Dos fueroa publicados antes d I
meocs se cncierra boy su produc
c a guerra ·• JOUrs
-:r
_, ramine
"'
4
ue
el de /)e Iresse49

�•

,
LA PLU :\JA

LA PLUMA
1 mltier se agraDda para producir
y Contes Farotlches. Los otros dos, CD que e d Keet1e y redeDtemeDte Keetye
novelas, después de la guerra: el aiio pasa o
'

...

trottin.
.
de los 6ltimos libros de Nec! Doff y del
No cmpleo a la hgera, al hablar
1
1 palabra mllier. ED cfecto, la
e se desenvue veD, a
.
marco, mas vasto, CD qu
t estuvieroD por mucho hempo en
'b'
1 geDiO de este au or
técnica de escn ir y e
medio de expresi6D, el francés, lengua que
conflicto. No solo empleaba, como
d
aso con las dificultades de compo.6
d pero tropezaba a ca a P
. . C
aprend1 ya tar e,
t 5 de un largo aprend1zaie, on
6lo
pueden
vencerse
ra
sici6D y de estilo que s
N 1 Doff emprendi6 la carrera de es.
•
que Madame ce
todo, la inexpenencia con
.
da llamarse cde j uventud• .
. d h ella en un hbro que pue
1
critor no ha deJa o u
.
tos en Comoedia que forman e
. •6 d s s pnmeros cuen
'
Desde la pubhcac1 D e u
h'zo DOtar por la concisién y el
o
· e el de Detresse, se 1
volumen 'Jours d e ,-amm
. . tos y la angu5tia en que se
·1 L
t:reza de los sent1m1en
equilibrio del esb o. a .osp ·
d
sin fausto que unicameDlC
templan, hallaron desde luego las pyala_bras ura~t: que Nec! Doff, satisfecba,
. 1
plenitud
vmo a resu
.
podian traduc1r os en su
. . b tal
se entretuvo en hacer expenml/ier s6hdo y ru , no
·
y con raz6n, de ese
.
l
·1 ecetas y recursos de que usan, sm
. .,_ •t
conqu1star as m1 r
·
mentos JDutl es para
. . . d .
perta y como temerosa, sm
sadores S1gu16 sien o mex
•
,
1
modestia, todos os pro
.
.
rdiente aspera y extrada. Ningun
falsas apariencias, sin mundana elegaDc1a-a
'
artista se lo reprocbara nuDca.

1
s lorias genuinas, acaso no baya
La literatura femenina, que cuent~ a gudnal ~ lo XX Un Dumcro imponeDte
L
b ·11 t que al com1enzo e s1g
·
C
sido nuDca m..s n an e
d lias pienso en Madame ot' en talento y algunas e e
h
d
de escritoras e oy •en
'
s aenios y el porvenir lo prolo menos tres son uno .,
•
lette-mucho ta1ento. P crO
d'
Selma Lagerlof; una
sotros· uDa escan JDava,
clamara COD mas fuerza que no
~ 1 d a que escribe en francés, Nec!
alemana, Elsa Lask:er-ScbUler, y UDa o an es '

Doff.
•
..
ara estudiar con detalles la carrera liNo dispongo aqw del s1l10 basta~te p
tema es 6nico· la situaci6n lasteraria de Nec! Doff y analiz:ar sus h.~~~• cuy: trata de reha~ilitar la prostitutimosa de la mujer coDtemporanea. Id ., ~bo' s
caso mas o menos interesan
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ci6D a la manera d e 1os ru •
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· Phl' e La atenc1 n
te, al modo de ~harles-~ou1s, L tpp . ad la crisis fisica y moral que la acomen la adolesceDc1a; la ps1cologia de esa aled d' d
. auguran para durar toda la
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cent e a se10
paiia,:y ciertas servi um res qu d 1 t
Ni propaganda social ni relato desvida, predomiDan en la voluntad e au or.

so

tinado a divertir; nada de lo que caracteriz:a, como dejo dicho, la decadeDcia
del naturalismo. Neel Doff produjo testimoDios humanqs, UDa documeDtaci6D,
en el n:ejor sentido de la palabra. No evoca, en el marco septentrional en que
pone sus libros, arrabales de Amsterdam, tugurios de Amberes, la psicologia
romaDtica y artificial ya delineada por doscientas novelas en cincueDta aiios;
sabe bablar del amor siD salacidad, del celo sin bestialidad, del trato sin indifercncia, y se percibe su apasionado respeto por el dolor ajeno.
Kee:ye trottin, que acaba de publicar, es su obra maestra y uno de los libros
mas grandes de nuestro tiempo. En él evoca (que no describe) la tentaci6n que
precede y acompaiia a la pubertad en las muchacbas. Keetye aprende a vivir
en la miseria de Amsterdam, con todas las tentaciones que una gran ciudad
brinda a una niiia, con Ios misterios de que la rodea y las decepciones que
acompaiian a sus descubrimientos, y con el afan de absoluto que la empuja
hasta el borde de la locura. Este libro, sin asoDto, y casi sin acci6n, ensancha
el area de la piedad.

•• •
J. F. Elslander, por su parte, como ha luchado y padecido tanto por la emancipaci6n de los espfritus, como sus libros doctrinales denotan una pasi6n tan
sincera, y sus novelas una clarividencia tan ir6nica, es naturalmente objeto de
enemistades y sospechas de todas suertes. Por desdicba, la hostilidad de unos
y la indiferencia de otros han concluido, gravitando sobre él dia tras dia, durante mas de treinta aiios, por suscitar en J. F. Elslander una especie de apatîa
o de indiferencia, ya que no de desanimo.
J. F. Elslander pertenece a ese género de revolucionarios que desprecian Ios
ademaDes roméfoticos, las conjuraciones y los motiaes,-Io que constituye el vado alarde de un movimieato. Siendo joven aun, comprendi6 la necesidad de
conquistas mas !entas, mas duraderai1, mas pâcientes y también mas decisivas,
y que no podra realinrse nada si no se libera el alma de los niiios de todas las
convenciones y opresiones sociales que vieDen a saturarla desde la edad m.is
tierna. Persigui6 con tenacidad la conquista de la escuela, la reforma de la ense!ianza, sin las que nada puede Jograrse. Su trabajo discreto. su abnegaci6n en
aras de UDa causa demasiado bella para que fuese gloriosa, dnraron veinte aiios,
Profesor en un arrabal de Bruselas, pudo corroborar por experiencias abuadantes sus teorias pedag6gicas, basadas en ,.1 respeto de la individualidad y en el

s1

�•

LA PLU .\ ! A

LA PLUMAI

1,

desenvolvimiento libre de los espirilus. No contento con obtener cada aiio resultados practicos notables, escribi6 un tratado sobre la Escuela Nueva, en c!os
volumenes, muy discutido en el extranjero y traducido a varias lenguas, que le
vali6 la simpatîa y la ad.niracion de todos los pedagogos. Elslandcr fué, entre
otros, el inspirador y el consejero de los esfuerzo.i y tanteos d~ Francisco Ferrer en Espaiia. Se hizo sospechoso en Bélgica por su propaganda y tuvo que
abandonar la enseiianza, en tanto que sus antig&lt;1os jefes organizaban, en torno
de su obra, un riguroso bloqueo iotelectual.
J. F. Elslander luch6 de esa suerte por una especie de misticismo, y porque
le sublevaba la estafa formidable de que son vktimas constantes e inocentes
el cerebro y el coraz6n de los niiios. Luch6 con la pasi6n y el desinterés de un
artista. Ya babia escrito varias novelas, y una de ellas, Pb.ques. de vivo color flamenco, le vali6, después de Eckoud y Lemonnier, los honores de un proceso.
Libre de las preocupaciooes cotidianas de la enseiianza, refugiado, merced al
apoyo fraternal de un amign, en el fondo de una vida nueva mas tranquila, escribi6 dos libros que se leeran mucho dentro de vcinte aiios, y parecerân entonces obras maestras en la literatura del paîs y en el estudio moral de su tiempo.
Esas dos novclas, antcriores a la guerra, Le iW:usée de M. Dleulafait y Parrain,
reb3san con su inteligente dtira los Hmites de las provincias del norte donde
ocurre la acci6n. Costumbres provincianas, tipos de laoradores riens, entreverados por la civili.zaci6n de las ciudades, pequeiios burguescs de cabeza de partido 1qué ticne que ver todo eso con el marco flamenco o brabanzôn! El triunfo
que la crltica francesa ha dispensado rccientementc a la traducci6n de una no•
vela del grao novelista de lcngua nccrlandesa, Cyrille Buysse, Le Bourriq11el,
es sin duda mcrccido; pcro mas digno hubiera sido de las obras de J.F. Elslandcr. En Buysse, la anécdota siguc sicndo cl fin o por lo mcnos, el objeto principal del rclato. En Elslandcr es solo un mcdio, y lo mas ,a mcnudo una diversion sccundaria. La ironîa no es supcrficial, pcnetra, por el contrario, basta dei.cubrir en el alma de cada pcrsonajc lc,s elementos de ctcrnidad que le ligan a
su clase y las dcformidadcs profundas que simbolizan su siglo. Nadie ha mancjado la satira con tanta maestria como los inglesPs; pcro Elslander es uu discîpulo nc:ntajado, cuya ironia no pcca jamas de mezquina. No llega en sus investigacioncs psicol6gicas al patetismo que arrebata en las de Ncel Dolf; pero ningun escritor bclga y poquisimos cscritorcs franccscs, ban accrtado a poner de
relicve el carâctcr francés con tan ta sutilcza y tinta se):uridad en lo c6mico.
J. F. Elslandcr sabc cscojcr, cquilibrar y componer, sabc sacrificar lo no cscn-

52

cial y dar a los cstudios de costumbres co f
de !incas que los cngrandccc.
' n usos muy a menudo, una scncillci
Después de Parrain no ha publicado ad S b
sonrisa, y oculta bajo un filos6fic . . n a. e a pucsto la mascara de una
'
o cm1smo un alma ardiente
.
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de tcrnura y de c61era capaz sob t d '
, apas1ona a, capaz
'
•
re o o, de abnegaci6n H
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supcrio r, magnifico en que ya I
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• a asccn 1 o al piano
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a am 1c16 n no existe e
1 1 r
cgoista; en que el afecto no es s
b
.
• n que a a egr a no es
r1bros con curiosidad rcspctuosa·ospec. , oso. Qu1za sabe que e1 porvcmr• 1ce ra sus
de letras, posible.
'qu1za no 1o crce. Porque es lo menos «h ombre

J. F. Elslander se vcnga de la injusticia de
.
obras ajenas contra la inco
.
que fué ob1eto defendiendo las
mprcns1 6 n la malicia c
d
sobre todo, tienen en él un am 1·g0 1 a1'
1 . .
ovencna oras; los pin tores
e Y c anv1dente.

* * *
Baillon, Elslander, Ncel Dolf: talcs son los
honran a su gcneraci6n.
que, dcsprcciados por Bélgica,

PAUL COLL~

53

�LA PLUMA

LETRAS FRANCESAS

m

'

han confirmado en gencral los pron6sticos que formulé aqui
acerca del premio Goncourt. Un alud de libros, aparici6n brusca
de novclas, acoso de los jueces litc rarios por los au~o~es, intrigas de toda cspccic, cabalas sin no!'.llbrc; el mes de d1c:1embre no
ha sido mas que una larga y lastimosa comedia ofrecida por los hombres de
li

letras a la galeria, que con cllo se divierte.
Pero al meoos, los verdaderos escritorcs, ihan sacado algun provecho de
esa publicidad cscandalosa? No es muy seguro. Sin embargo, si alguoos libros
medianos han alcanzado cl Jauro, otros han surgido que son los verdaderos
triunfadores, sobre los que hcmos de llamar la atenci6n del publico. Veamos
unos y otros.
Por de pronto, Batoua/a, de M. René Maran, que ha logrado el honor del
prcmio Goncourt. Lo menos que puedc decirse es que la obra es medio~re, de
una hechura, un estilo y una composici6n gastadîsimos hacc mucho tiempo
iTambiéo la Academia de los Diez ha querido acatar la moda, dirigida al prcsente hacia lo negro? &lt;Ha qucrido contribuir al encaprichamieato por cl arte
negro? (Sabido es que M. René Maran es un hermoso tipo de ncgroide.) La verdad, no se sabe. Pero el hecho de que csa asarnolca de cscritorcs baya preferido e sa obra informe a una obra co.no L'Epithalame, que no es ciertamentc
perfecta, pero que cncierra trozos cxcclcotes, o a La Cavalière Elsa, que descubre tan fuertc preocupaci6n de originalidad verdadera, es enteramente dcsconce rtante.
,Quiere esto decir que Batoua/a carezca de interés? No, por cierto; pero es

54

una especie de ensayo, sin profundidad, sobre el alma de los negros del Africa
ecuatorial, una serie de escenas colegidas del natural, sin enlace a parente, y
que no tienen ni el mérito de la novedad ai el de la frescura. !\f. René Maran
no ha buceade profundamentc en los corazoncs que pretcndia explorar; nos
da la impresi6n de lo superficial, casi de lo artificial. Ninguna emocion espontanea, nioguo grito brota verdadcramcnte del scr. Una especic de trabajo mct6dico, ejc cutado friamcotc por un obrero bastantc babil que conocc bien el
tajo y sabe sacar un objeto curioso. El tal Batoua/a es una cosilla de poto mas
o menos, casi nada.
&lt;He dicho que Epithalame, de M. Jacques Chardonne, sea una obra sin de fectos? Es demasiado larga, mal cornpuesta, llena de obscuridades y de chuecos•; pero desbordante de savia, escrita en una lengua muy curiosa, con un
mét~do muy particular y que dcscubrc una originalidad innegable. Libro de
reahsta, pcro de un realismo sin sequcdad, nutrido de jugos, que mas de una
vez ~ace_ pensar en la manera de L'Education sentimentale y de Dominique. Es
la h1stona de una pareja, parecida a tan tas otras, que poco a poco se desunc,
cuyo amor se deshace dia tras dia, eœpujado por las circunstancias, envenen~do por mil cos_as, inofensivas en si, pero que, en conjunto, constituyen un
d1solv~nte enérg1co. Notaci6n minuciosa de cicn cosillas superficiales, de mil
sensac1ones menudas, en que triunfa cl arte d~ M. Jacques Chardonne. Es Jibro
que de be leersc y que hara época.
La Cavalière Elsa, de M, Pierre Mac Orlan, denota las mismas cualidades
q_u_e ya conodamos eo el autor de L'Etoile Matutine, imaginaci6n brillante, afic100 a las aventuras, aguda pcrcepci6n de lo humaoo. Eo el fondo, cuando
M. Pierre Mac Orlan escribc, c incluso cuando se trata de uoa historia tencbrosa, siemprc habla un humorista. Esta vcz se trata de uoa verdadera epopeya, la epopcya del cjército bolchevique, que el novelista se imagina atravcsando ~uropa en son de conquista, mandado por un marimacho, la cavalière Elsa,
caricatura de Juana de Arco. Ya se adivina lo que la fantasia de Mac Orlan
puede sacar de csa premisa. El libro es movido, pintoresco, divertido casi
siempre.
En Le chateau sous les roses, de M. Pierre Villetard, tropczamos con un taJento,m~y dife rcntc. M Pierre Villetard proccdc de René de Boylesve; su novela ultima es una nucva prueba de s u filiaci6o litcraria: Delicadeza en el analisis, profundidad de la cmoci6n. Los pcrsonaj es de csas obras sutiles son
seres raros, pero no dcmasiado cxccpcionales. Son, por lo general, mujcrcs

�LA PLU~A
j6venes, o muchachas, o nii'los, seres muy cercanos a la 'laturaleza, en los que
vibra el instinto sobre todo. M. Pierre Villetard es excelente en las impresiones de frcscura, de pureza, de gracia sensible y lilial. Corno en su Maison des
sourires, cl medio obra poderosamenle sobre csas individualidadcs un poco
blandas, las transforma, las conduce al objeto de su destine: en Le ckateau sous
les roses, los csplcndores de la naturaleza mediterranea favoreccn la rcvelaci6n mutua de dos corazones que se buscaban.
Pero la conclusi6n de ta! literatura no es optimista. Corno en la obra de
René Boylesve, la mayor parte de esas aimas generosas sucumbcn bajo el peso
de sus emociones. Sensibles en demasia, padeccn mil muertes, o bien una fatsa piedad o un remordimiento cxagcrado las roc. Los escrupulos, como una
cnfermedad, acaban con ellas. Son historias bonitas que concluycn muy mal. ..
Las que nos cuenta M. Eugène Moutfort son de un artc mucho mas rcalista
y directe. Tres novclas cortas reuoidas bajo el tîtulo de Brelan ,na,·in, todas
tres sabrosas en extremo. Sc ha dicho que por la concentraci6n, haceo pensar
en cl Mérimée de la Venus d' Ille, y el dicho es bastantc exacto. En cada una
de esas breves historias, M. Eugène Montfort nos pinta el natnral con rasgos
cscuetos, dejandonos adivinar, detras de esa fachada, todo un muodo misterioso v desconocido. Uoa de esas historias ocurre en Palcrmo, otra en Barcelona, Îa ultima en Guernesey. Son muy adccuadas, por decirlo asî, al medio
que las rodca, y conceotrao en si el sabor de esas tierras. Son tres altos piotorescos de un viajero infatigable que es, al propio tiempo, uno de los mejores
oovclistas de hoy.
Al termioar esta rapida revista de las novelas buenas publicadas el mes
pasado en Francia, me qu~da por sci'lalar dos libros que dcben a la actualidad
parte de su interés. El uno se titula La Comedie Française, escrito por madame
Dussane, una de las asociadas jovenes de la Caso. de Molière. Corno ahora se
cclebra el tri-centenario del nacimieoto dd autor del 1'.fisalltkro_pe, la Comedia
Francesa atrac la cnriosidad del dîa, y puede hujcarse utilmente la obra de
Mme. Dussane. Es una de las mas concienzudas e intcresantes coosagradas a
la compaüia del ilustre Teatro, a los intérpretes;, a los au~ores y al aparato
cscénico. Mme. Dussane rcpasa la historia cotera de la Comedia Francesa,
desde Molière hasta nuestros dfas, con erudic16n s6lida y ligera a la vez, que
le honra.
E l otro libro es una reedici6n de la Vie de Pasteur, de M. Re!Ié ValleryRadot. Sabide es que este afio se celebrara en Francia el centeoario del naci-

LA PLUMA
micnto de Pasteur. Cuantos sicoten admiracioo por el grau sabio leeran con
provccbo csa historia de su vida, cscrita con sen cillez y conciencia. Un hombre como Pasteur no pcrtenece a una naci6n por modo cxclusivo: su genio lc.elcva al rango de los scres humanos superiores.

Abandoncmos esas alturas y volvamos a cnfaogaroos en cl tcatro contemporaneo. Entre las muchas obras que han aparecido en estos tiempos ultimos,
ha_y dos que ofrecen igual intcrés; ocurren, sobre poco mas o menos, en la
m1sma csfera, pero cstan escritas de modo muy diferente. Una es La Possession, de M. Henry Bataille. Otra es Cke,-ïe, sacada por Madame Colette de su
novcla de igual titulo, en colaboraci6n con M. Léopold Marchand.
La nucva obr:1 del autor de La Vierge folle no ha tenido lo que se Hama
buena Prcnsa. Le han rcprochado a M. Henry Bataille su realismo, su audacia, el subido color de su piotura y el atrevimiento de sus ideas. Tales reproches-merecidos en su mayor parte-no nos hacen mella, y mas rigurosa
cucnta le pediriamos al autor por habcr trazado uoa silueta mudable y borrosa
&lt;le la heroina, que por haber pintado con tanta crudeza el medio en que vive.
Tratandose, como se trata, del muodo de la galanteria, preciso es confesar
que cra dificil trazar un cuadro vcridico que fuese al propio tiempo inocent6n. Asî es que, cuaado vemos a una mujer vender a su propia hija como un
comerciante podrfa veoder una mercanda de lujo, s6lo a medias .:ios asombramos tcniendo prescnte que csa mujer fué en sus tiempos demi-mondaine. Esto
no lo ha hccho notar la cdtica, y es indispensable decirlo si queremos comprender bien la atm6sfera en que el autor ha colocado a sus personajes.
Por cl contrario, es, mas que moleste, irritante ver c6mo cl caractcr de la
h croma
'
camb'1a bruscamente de un acto a otro, sin que nada venga a preparar
una evoluci6n de esa e!&gt;pecie. Presentada en el acto primera como una mujcr
codiciosa de dinero, aparcce en el segundo sentimental y sensual, sacrificando
a la pasi6n su parvenir enlero. Cambios bruscos de humor que muestran hasta
qué punto la psicologia de es.. mujer esta mal definida. No podemos entrar
aqui en mas dctalles; nos limilamos a haccr constar la insuficiencia de un analisis tan rudimentario. Evidentemente, La Possession no quedarâ como una de
las obras mcjores de Henry Bataille.

57

�LA PLUMA
Sin tantas pretensiones, los tres actos de Colette y de Lé,,pold Marchand
han tenid" mejor éxito. La aovela de Colette es una de las mas deliciosas que
ha escrito. Hay en ella la amoralidad, el don de la vida, la percepci6n de l?
pintoresco que hacen de esta mujer de ktras extraordinaria uno de los pnmeros escritores de su tiempo.
Trasladada a la escena, la obra novelesca no ha perdido originalidad como
pudo temerse. Ese mundo de superior galanteria sigue siendo asombroso Y los
colores con que lo pinta igualmente vivos, y los persooajes sigueo moviéndose por la misma inconscieocia de animales j6venes sueltos por el vasto_ muo(lo. Es un estudio de costumbres estravagaote y veraz, que gaoa en reheve a
la luz de las caodilejas, obra de un escritor verdadero por lo que me place
meocionarlo aqui.
La comedia fraocesa s61o ha acertado a medias con Aimer, obra nueva de
Paul Gerald y, estudio de psicologîa muy fi.no, pero demasiado largo y de aoticu.ada hechura. Es uoa de las ionumerables obras que han salido del teatro de
Georges de Porto-Riche, en que el drama interior adquier~ 110 desarrollo en
verdad exagerado. Consignemos, de todos modos, que la obra, literariameote,
es bueoa y que ta encootrado un marco propio en la Casa de Molière.

,, ,

JULES BERTAUT

•

1

.

'

58

LIBROS y REVIST AS
LuJs y Ag11stin Millares.-Companeri/o.-Ediciooes dl" L.t PLU11LA.
La coofusi6n de géneros a aue propende la literatura moderna es uno de
los mayores males de que adolece; y su ultimo resultado, la superproducci6n.
-valga el barbarismo cinematogrâtico-de ca6ticas elucubraciones con que
solicitao las dotes adivinatorias del lector ciertos escritores cuya vaga aspiraci6n a la expresi6o babélica universal se manifiesta en hîbridos ensayos, predomioaotemeote lîricos por lo geoeral, sin suje ci611 a ninguna de cuant.as normas preceptivas puedeo deducirse de los modelos clâsicos de todos los tiem•
pos. No es este el caso de los hermanos Millares. Pero bueno es hacer la salvedad y fijar de antemaoo los términos de nuestra apreciaci6n, ya que su labor
literaria, en que son excelentes las dos obras que componen este volumen,
tiende a fundir los elemeotos propios de la narraci6u y del teatro en el cuento
dramâtico, realizado de una manera cabal en Compaiierilo y La ley de Dios.
No se trata de uno de tantos intentos del llamado reatr o para leer, en que la
forma dramâtica se reduce a la adopci6n de la tipografia mas adecuada al dia.logo, con lo cual disimula el autor su monologo ante el rnundo exlnior, cuya
proyecci6n impersonal se Je resiste. El cuento dramâtico de los !11illares participa del cuento y del drama sin detrimento de su composici6n, es decir, sin que
se advierta la soldadura que suele menoscabar el interés de toda novela tras- plantada al teatro, ni meoos la hinchaz6o exegética con que se preteode, a veces, aiiadir virtud literaria a las obras ~eatrales al editarlas para su lectun;. El
mayor precio de estos cueotos dramâticos es la cvideocia con que la intenci6n
del autor se muestra consustancial cou la forma empleada. Evideocia pareja de
la que constituye la fuerza, la importancia trasceodente de un Maupassant.
He aqui un nombre que ha de recordar, sin d uda, en iotimo elogio de los
Millares, quieo lea Compaiierito y La ley de Dios. Comparaci611 que, por otra
parte, podemos hacer hoy, libres de las preocupaciones circunstanciales anejas
al naturalismo en ;;us tiempos de cuution palpitante. Maupassant, Gald6s, conciliados en un sentido personalisimo de la rcalidad artistica, puedeo se rvir
de punto de partida al critico que quiera situar 16gicamente la produc-

�LA PLUMA

LA PLUMA

,ci6n de estos escritorcs canarios. Para quienes la patria nativa no es simple
pretexto de escenarios y tipos pintorescos, s(no como en el caso de un_ Salvatore Di Giacomo en Napoles, elfo11do necesar10 a las figuras por ellos anu~adas
de sentimientos universales, si, pero con caracter propio, por el que adqu1eren
una personalidad dramatica :nconfundible.

• * *
Luis Araqulstai n.-Las columnas de Hércules.-Farsa novelesca.-Mundo Latino, Madrid.
La actividad literaria de A:-aquistain empieza ya, por superabundancia, a
exceder de los limites del periodismo. El yole~i.sta polîtico bus_ca_ba en los
apologos y breves alegorias que realz.:.~ la rntenc_1on de algunas cron1cas suyas,
el escape literario que p_ara su ex~an~16n neces1taba, fuera del cau~e de los
acontecim ientos que obhgan al penod1sta a moverse en el piano ~s~ncto de la
actualidad. Las columnas de Hércules no es, con todo, una obra d1st1nta por su
.género de los articulos con que su autor ha conquistado dia_ tra~ dia la adhesion de sus muchos Jectores; antes bien, nos parece la culmrnac16n_ natural de
su producci6n anterior, ~I p~nto de transici6n del ,P~riodismo a la hteratura.
No ha forzado Araqu1starn su rnanera caractenst1ca al com~oner esta farsa
novele-sca. El subtitulo de Las columnas de Hércules es lo sufic1enternente exprcsivo y justo para que nadie se llame a eogaiio. ~ierto que dentro de !a novela, como tal clasificaci6n, puede moverse el escntor con gran holgura, per?
el tipo genérico de novela, determinado por l~s 01;&gt;ras maestras del pasad? _s1glo, impone, sin duda, ciertas reglas, en obed1encia a las cuales el novel1~ta,
cre ador de la ficci6o en que sus héroes actu.an, elude aparentemente toda ! esponsabilidad en los movimientos de }os personajes d?tados por él de conc1encia huma na y, por lo tanto, libre. As1, pues, ~l anuoc1ar. su novela corn~ ~na
farsa , Araquistain no prescinde, no, del espeJo stendhal1ano en 9ue refle1a1 l,a
vida, pero se vale de un espejo curvo, que deforma las figuras, v10lentando comicamente sus rasgos esenciales.
,
Prueba de lo consciente dd procedimiento, es el cap1tul? cent_ral de l': farsa, en que se hace una revisi6o fundamental de los valores _hterano~ espaooles
contcmporaneos. Nos parezca acertada o no la consecueoc1a deduc1da en cada
caso particular-completamente de nuestr&lt;? ~u.sto en l~ que_ a Unamuno, a Baroja, a Azorin se refiere, y no tanto en los 1u1c1os relat1vos ~ Gald6s y a Pérez
de Ayala-, es evidente que la piedra de toque de ~n novehs~a e ta e~ ,su ca7
pacid ad de objetivaci6n, de ser~no desapa~ionar.mento, de iust1fica~1on por
igual de sus propios personajes, sin que pueda pre1uzga~los al darles vida. Araquisbin sabe Jo que quiere hacer, y Las columnas de He!·cules no es una novela , sino farsa aleg6rica- pintada al fres co, mas que ~scnta-;-, en que la fund~d6n d e un gran diario, trasunto par6dico en el amb1ente p1caresco de Madrid

.'

1

de la Prensa industrial extranjera, le sirvc de pretexto para una disertaci6n

humoristica coronada por uaa risa cstent6rea, sana, purgativa de tauta miseria
y bajeza.
No es uoa novcla, aunque el lector la lea de punta a cabo como tal, y ha_sta
lleguc en el capitulo mas propiamente novelf'SCO a intcresarse por el de~tmo
amatorio de Hip6lita y Escudero, gracios{sima encarnaci6n del amor, el mterés y sus derivaciones psicol6gicas ultramodernas, y menos, una novela de clave. Facilmeote puede sustituirse con otros conocidîsimos, algunos nombres de
politicos y periodistas. No obstante, la generalizaci6n coascguida sfo esfucrzo
por el autor, pucde dar pabulo a que, segu.n lai, preferencias de cada cual, se
atribuyao determioados retratos a uno u otro tipo, sin que pierda por ello rcalidad la ç intura. Lo que le aiiade mérito artîstico.

. . ..

Enrique Die z-Can edo .-Conversaciones litera,·ias
América.

(I9I5-I920). -

Editorial-

El principal interés de estas cr6aicas de Diez-Canedo esta en el sanisimo,
prop6sito, exceJentemente logrado, de suponer en quien Jas l~a un ix:_terlocutor am igo, al cual, dandole por enterado de muchas cosas que ignora, u~s~ruye
por modo cl11r o y sucinto de cuanto le conviene saber en orden a las oprn10nes
literarias que circulao como moneda corriente, no siempre de ley.
Esta literatura de literatura procura un solaz que no todo el mundo C()mp rende. Requiérese para ello una afici6n a las buenas letras, ajena_ al -~enor
utilitarismo. En ocasiones semejante afici&lt;in prueba mejor que e! eierc1c!o. rie
cualquier actividad literaria profesional, la verdadera vocac1?n arhst1ca.
Ste ndhal presumfa de dilettante . Diez-Canedo, literato de profes16n, pone e_n
sus reporta/es literarios su pasi6n de poeta. Cosaque no consiste, como todav1a
puede haber vulgo que lo crea, en vivir en las nubes, sino en hallar luego la
justi.ficaci6n espiritual de cuanto el mundo material ofrece.
Nada mas lejos, sin embargo, de la intenci6o de nuestro amigo que el expre11ar sus juicios de una manl!ra apasionada. La serenidad, la mesur~, la correcci6n presiden sus aprecidciooes y juicios sobre sus semejantes los_ hteratos..
Hasta ta! punto procura esa ecuaoimidad, que incluso cuando elog1a parece
atenuar su eotusiasmo con implicita disculpa de la propia predilecci6n.
.
Ameovs siempre y ascquibles al leclor de tipo rnedio, estos artîculos, ms~irados por la ocasi6n per iodîstica, adquieren, rcunidos en volum_en, una cuahdad superior al descubrîrsenos por eotero la uoidad de peusam1ento que los
encadeoa. Y nuestra complacencia se reparte entre la admiracion al mentor y
c! agradecimiento por el digno recato con qne evita el tono doctrinal, caro a !os
santones de la crîtica.
Educado en la buena escuela franccsa de escribir bien a vuela pluma de lo
que se sabe proiundamentc, felicîsimo expositor, ya que no descubrido1·, de·

60
"61

' 1
'

'

�LA 'PLUMA

LA PLUMA

naevos mundos-(qué bay nuevo bajo el sol?-, sugiere Diez-Canedo en sus
Conversaciones /iterarias problemas (undamentales, latentes a veces en cuestiones sin trascendencia a primera vista. Todo ello como de pasada, sin hacer demasiado binc~pié, sin insistir en sus sencillas razones. Su indulgencia excesiva,
su capacidad de comprensi6n pan las cosas mas dispares, acaso lleven al ani.mo ciel lector cierto excepticismo nibilista. Quizas nos dejan insatisfecbos en
alguna ocasi6n la circunspecci6n y el comedimiento con que gana nuestra voluntad; quisiéramos verle asestar una estocada donde sei'iala un simple boto.nazo. Mas iquién nos dice que la mayor intensidad de nuestra emoci6n no fuera a costa del arte mismo? El Arte, simulacro ejemplar, purifica e idealiza el
duelo a muerte en el asdlto de arma&amp; incruento.

• • •
Alberto In1ua.-Vn cora:;on bur/ado.-Novela.-Rcnacimicnto, Madrid
En la lista, copiosa ya, de las novelas de Alberto lasl'.ia, Un cora:;on /Jur/ado
cumple la cvoluci6n iniciada en su prop6sito de novelista desde la publicaci6n
de El Ptlig,·o a la fecha. La cvoluci6n del autor de La mujer fdcil se manifiesta patente incluso en el titulo de uno de sus ultimos libros, De un m,mdo a otro.
Insua, parisiénse de elecci6n, ha experimentado un cambio decisivo en su manera literaria, influido por el espectaculo de la guerra en Francia. El cambi'&gt; profundo que ha visto en la vida francesa se nos antoja pura refracci6n del propio
sentir mas que rel\ejo de la realidad. Es lo cierto que si no en el estilo-y aûn
ahora échase de ver u,1 prurito de sencillez que antes no se advertia tan palma rio-en la elecci6n de temas y en el empei'io de disimular la pasi6n er6tica
en que cifraba el principal atractiv, de sus heroinas, se propone la conquista
del mercado literario de mny otra mdnera que antai'io.
No es Insua un escrilor independiente. Busca decididamente cl lector-y a
lectora. Actitud, no ya disculpable, sino legitima, sobre todo en el novelista
cuya producci6n, a menos de adolecer de exceso de lirismo. necesita la colaboraci6n del publico- . Lo cual no implica tampoco un sometimiento incondicional ni una abdicaci6n de la personalidad.
La Carmenchu de Un co,·asdn buriado es de carne y hueso. iQue su historia
-puede parece-rnos trivial? En ella veran la propia tantas desengalladas, que su
adhesi6n ha de resarcir con creces al novelista de todos nuestros reparos.

• • •
M. Gutiérre&amp; Najera.-Sus ,wjores poes/as.-Editorial América.
Blanco Fombona, editor y prologui.;ta de esta selecci6n de la obra poética
de Gutiérrez Najera, define breve y substancialmente la categoria literaria del
lirico mejicano, en el rango que le corresponde de u/liww ro,114ntico y precur-

sor 1111ulernisla. Popularisimo en loda la Amé .
_
vorito de las mujeres sin duda or los
nca espaaola, donde es poeta fa.
sentimientos faciles al' oido, es c!i desco:er~~sO en iue °!.âs se deja µevar de
bre ba transcendido del grupo de
f, . oci
en spana. Apenass1 su nomto literario hispano-americano
eSiona~es mas enterados del movimieny seis ai'ios, su influencia en 1~ nuevaope~~ 95d, aun no cumplidos los treinta
Rubén Darîo, es decisiva.
ca e que fué portavoz eminente
Pero el valor de sus poesîas para el (ibJ"
_
~be, es ~dependiente de esa considera~i6n •c~ es~anol que tan tarde las re1nterés aJeno a toda critica retrospectiva los . ~1st1nca. Podrfo haber perdido
po constituyeron lo mas llamativo des~ o rn _e_n os y alardes que en su tiem&lt;lad, llevada a términos de perfecci6 n
bra, rnt~ntos Y alardes cuya novevertida mis tarde en lu ar com6n
por sus contrnuadores preclaros y con-

M!:~

•M:~

lectores de hace veinticfnco aiios.
~~~~i~t!orprendernos boy ~omo a los
p_oeta que templa serenamente su animo en 1 ' Y es.J0 que n?s importa, el
s1ca, en fin, de las cOdas breves• en la
a expres1 a armomosa, clara, cla-eleglas romanticas, la gracia pimpante de~ ~uale,s ~ fm~etu sentimental de las
melancoHa l,umanista resistente a las mod gunn _anv1 lesco, se funden en una
'
as pasaJeras:
«jDeja por fin la solitaria playa
Y coronado de fragantes flores '
desca!°158 en la ba rquilla de las diosasl
iQué 1!11POrta _lo fugaz de los amores?
1Tamhién expiran j6venes las rosas!•

.............

•(Q,uién a tu.~~; ·;e•s·i~;~ ~; ·e·;~a·d~~~s
co~ v1nculos de amor el albeddo?
1UJ1 ses para oir a las sirenas
atabase en el mastil del navîo!•

C. R. C.

* * *
Bapalla.-Como deseibamos
t
•
canso, reanuda su publicaci6n ;u es e semanano, tr~s unos meses de de-sde esperar que el pûblico soilen e1v&lt;';, c~n nuevos bnos, a se-r loque fu~. Es
nuestros compaiieros de E.r11 g hsrn esmayo el esfuerzo, tan noble, de
•rana, que arto lo merecen.

* * *
Libro1 r e cibldo1.-Luis de la Jara· E
'

62

,,1.
M .
SrM,g~s; adnd, 19:u.-José Mas: Naa ea.- · Teresa Borragan: Los dioses fu-

rraçiones •isteriosas; Madrid Ed Gal t .

·

�LA PLUMA
. R · r- EstJaiia colonizadonz; Madrid, 192 1.-Saturos; Madrid, 1921._-~an~1do ~1ma . itorial América.-Fugimoto: En eJ pars:
loi: Cocod1·ilos y ,·u:~enore~, M~drt ~~ica -M Gutiérrez Nâjera: Sus mejp,-es
de !as geichas; Mad~-id, Ed1tor~l. m Juan· Ma;qués: Don Bartolomé Gall~rdo,
poeslas; Madrid, Ed1torl_al Am n~a.
Arturo Torres: En el encanta,mento~
nolicia desu ,,id~y escr:tos; Madnd,C19;1.- .- José Olivares: Poesias; Garcia
Ediciones Sarmiento, San José de . ë::1':~ado· Pasteur y Metclmikoff.-Lms
Monge y C.a, San Jo~é de_&lt;;:•~-, 192~-~ Bib:iotec~ del Repertorio Americano,
L6pez de Mesa: Orzentac,on :deo{!g;{a,
-Miguel de Unamuno: Sensaciones
Garda Monie,_ Ed.; San José de_ . ., /;:'..:....Roberto Brenes Meseu: El mis~ide Bilbao; Brt&gt;hoteca Her~es, B~ lba?: ~ la 1Jerdad· Biblioteca del Repertono,
cismo como instrumento de t1lfJ~Sit!(ac:oJn / d C R \
-E Montfort: B,·elan
921
Americano, Garda Monge, ed.; Sapa '?s Mi~noa:Ï-Lo~is Leon Martin: Tu1JaJi,farin• Bibliothèque des Marges, ans,
·
&amp;Ize, ou' la tragedie pas!orale; Paris, Grasset, 1921.

,,
'

p

,

Le Progrés Ci1Jique, Paris. -

ANO 111.

'

MADRID, FERRERO 1922

I

NUM. 21.

La

Revistas. - ~ercure de firance, I' ~s; -;;e Paris.- Vida Nuest,·a, Due_nos

Connaissance, Pans.-La Re1Jue de t f ~ n~ri&amp;ano San José de Costa Rica.
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-fe~er or;o 'si Cultu;·a Venezo!ana, Caracas.1
Le 1..,1·apouillot, ~aris.-Be!le\ et
~è~a Contemporanea, La Habana.IJie .Aktion, Ber!m--Pias~, ~/~;~;1F:~~ara -Espaiia,, América, Cadiz.-HerBabel Buenos Aires.- rorsia e ·
•
·
A b-La Ronda, Roma.
mes. Bilbao.- L' Art Li~1·e.PBr?selj~dic~a~.t~~id ~c::~6polis, Madrid.- 'l'ile
La No•,velle Reoue françaue, ans..
,
LifJmg Age, Boston.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES (r )

·~d

UN CRIBADO DE NIETZSCHE

œ

la propia suerte que cuando uno esta recién vacunado todos,
en virtudCde cierta ley arcana de malignidad c6smica, vienen
a darle palmaditas en el brazo, precisamente a la altura donde remuerden las gafas ampollas, asî también basta que uno
tcnga entre ceja y ceja una preocupaci6n para que cuanto escucha o lee
coïncida con la preocupaci6n y la alimente o refuerce. En estas «Apostillas y divagaciones», en torno a Nietzsche, que me sirven de ocasi6n,
dcsde hace algun tiempo, para sustentar un coloquio ideal con mis lectores, («Apostillas y divagaciones,, modestamente; anotadlo en vuestro
cuadernito de notas criticas), vengo insistiendo sobre la incompatibilidad
de la literatura con lo que no es literatura. 1Cuan facil es tomar como
filosofia o ciencia lo que no es sino literatura, y no de la mejor, puesto
que es literatura epicena e hibridal Este concepto esencial es ya viejo en
ml, como no ignoran quiencs han tenido la abnegaci6n de leer mis enE

..

(,)

Véaac LA Pu:nu de diciembre 19:11 y •nero 1922.

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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•
LA PLUMA

la manera de expresarlos es lo que distingue al artista del am11teur. Comprobamos nuestra opinión en una estrofa del poema cLa barca•, el mejor de la
colección para nuestro gusto:
cFué en el dormido lago,
cuyas aguas el Sol tiñó de fuego.
Al caer el crepúsculo
se detuvo la barca sin barquero,
y en d lino silencio de la tarde,
que amparaba el latir de los ensueños,
ciilundiendo sus círculos de gloria
vagó la flor inmaterial del beso•,
donde no ya la sinceridad del sentimie nto, sino la sencilla gracia con que ~e
manifie,;ta, le prestan emoción poética. El señor Ugarte, como poeta, más que
contemporáneo de Dado, parece un precursor en que la sensibilidad de los.
últimos románticos esp;irioles, te mplada por el cultivo de la a,1títe~is campo•
amorioa de Uoloras y Huml)radas, acusara no pocos atis bos del grau sacudimiento que renovó la lírica española con los inspirados injertos aportados por
el gran americano.
c. R. c.

*

*

*

Guillermo Jlménez.-Constanza. - Rafael Caro Raggio, editor, Madrid.
Xo e s novela, cue nt0, memorias, ni biografía, sino limpia, clara. suave evocación de una figura q uerida, cuyos rasgos acusados por la muerte, perduran
nimbados del halo inmaterial del recuerdo puro. El escritor no narra, no nos
pone en antecedentes, contempla una sombra amada, y ni a cantar se atreve.
Diríase r¡ne por rehuír todo artificio, se complace en rememorar en voz queda
los divinos instantes de l simple paso de una madre por la conciencia de su
hijo. Ctmstanza. más que un retrato, es una tierna elegia en cernida prosa, un
breve poema, en estrofas sin elocuencia ni pompa, cuyo ritmo no se vierte en
música extt'rior alguna.
C. R. C.

* * *

Revistas. - Mercu,-e de Prance, París. - Le Progrés Civir¡ue, París. - La
Connaissa11ce, París.-La Ret•ue de J' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Ret,ertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cmpouillot, París.-Bell~s Lettru, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Akiion, Berlín.-Pegaso, Montevideoo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsía ed .irle, Ferrara.-España _~ América, Cádiz.-Het·mes. Bil bao.- L' Art L i,)n. Bruselas.-('a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La Nouvelle Revue franyaise, París.-Índice, Madrid.
320

AÑO II.

1

MADRID, IHCIBMBRB 1921

NÚM. 19.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES

LA MÁSCARA DE NIETZSCHE
Los tórculos matritenses acaban de dar cuerpo a
una obrilla, si discreta en el porte, terrible en el ánima. Son, en efecto, los libros no del todo desemejantes a los hombres, pues al cabo, metido un hombre en la alquitara y extraída su entelequia, epitome u lwmúnculus, este último producto, llámese
como se quiera, tomará la forma de un libro. De
aquí el parecido entre hombres y libros. Ved en
.
.
. s~ma, la distinción capital de hombre a homb~e y
de libro a li~ro, identidad a la vez de libros y hombres; de un lado,
hombres Y libros que no se valen por sí, sino que han menester de
~poyo Y c~o~dinación con los demás; hombres sociales y rebañegos,
libros de b1bhoteca, de colección o de serie; hombres de gran talante y
321

.

'

�LA PLUMA
l"bros de rica encuadernac10n.
. , y 1ueg0 ' hombres independienaparato, l
.
.
d.
de cabecera.
tes,D..
solitarios;
hbr~s
mdepen
i~ntesB,
C,
espiando de reo¡o a ru to·· «Desconfiad de los hombres
, n &gt;. Desconfi anza a dm1·rativa ante la energía latente
.
. i¡o esar,
pálidos y que no ne · ➔
•
d
· , a Robesp1erre
uiso insinuar M1rabeau cuan o vio
'
y fatal. Es lo que~
bl a de desconocidos: «Ese hombre
entre
una la~am
~rle.sconocido todav1a,
•· ·
· · muy
e¡os » Aes1, tamb1ºe'n , hay libros cenceños
aceitunado
y
ce¡i¡unto
ira
.
y cejijuntos, apenas notonos, pero. t ernºbles de energía y de influjo inminente.
fi
d béis adquirir es ante la falacia vaMas el linaje de descon anza q~e -~ ele al esté;il proselitismo, malnidosa, que a tantos deslumbra y es I p . o y fungible Esta es buena
,
•d
capital tan mezqum
·
.
. d
dº rio siente necesidad de actitugastando as1 la vi a, ese
sentencia de Nietzsche: «Quie¡
orh u;bres solemnes o pintorescos.~
des, no es franco. Guardaos . e_ os o .

t

Cuidado, tambi~n, 7°n las edicioen~::a~~:~des y humanidad, solía di~
Un maestro m?Je_s, maestro dando en los claustros universitarios. Si
vertirse con sus dis~1pulos ~oqu:ioún rofesor de los profundos y pomp
or ventura aparec1a a la vista¡ b
p , a su pollada con esta expreb · no y a egre recog1a
.
'
h.. m'os que viene un tonto.~
posos, el maestro, emg
sión: «Pongámonos s:rios un lilnst~-~t~s e~oqsue ~l hondo sentir de humaSólo los necios desdenan aque os i r
l , li · n gambetas alegres.
nidad busca acaso a gun a vi~de ble arco y terrible, que acaban de
Este libro, menudo y consi era_ ' p se llama· «Nietzsche, poeta.
lanzar
F
·.
A de Icaza exal mundo los tórculos matritenses,
,.
El • ,
te es D. ranc1sco .
•
(Interpretaciones lmcas).» i~ter~::to en el sobrio enunciar, fondo y
hondo sent1 y
1 olumen está arbitrado con seperimentado
l 1,en· el Tº
ográficamente e v
..
forma de a mea. ip
'
ºde la industria y dihvera elegancia, como todas las ob;s ;n q~-J~;s~ampea la máscara de
gencia del Sr. Ica_za. En e~ :ent~~ e ; ~:p~ción, de sugestión y de tenNietzsche; esa mascara trag1ca,d en~ e1 que nos sugiere imágenes y
tación, que no_ nos_ can~amos e ::r::t~ienta a flotar de aquí y acullá
correspondencias sm numero, Y q
. un mar que hace
con el pensámiento, como arrastrados por un mar,
322

LA PLUMA
bronco son de martillos. Esa nariz eslava, casi tártara . .. Así debió de ser
la de Atila, jefe de hordas violentas. Lo que guiaba a Atila, nómada y
raudo, en sus expediciones largas y certeras, no era el intelecto, sino el
instinto; una sutil cualidad orgánica, un olfato maravilloso, modo de
inteligencia inferior, pero más segura, que poseen algunos animales superiores; aquel peregrino olfato de Atila, que se gozaba en todas las
esencias de la tierra: las del amor y las de 1a muerte. Por exaltar la ebriedad del vino, como vigoroso acto vital, (el divino Platón, en «Las Leyes»,
encarece esta virtud del vino), bebía en un cráneo, y era como una resurrección pausada y deliciosa, heroica y brutal, en que los pulsos de la
vida se aceleraban por la sensación de la muerte; un misticismo salvaje
y robusto. Ese mismo misticismo, robusto y salvaje, impele la dinámica
interior de la obra entera de Nietzsche, y, en cuanto misticismo, el órgano
para percibirlo es más bien el olfato que el intelecto; un olfato desencarnado, de orden espiritual. La razón física de las substancias odoríferas es su extrema aptitud para disgregarse en partículas y la singular
perduración y voluntad de adherencia de estas partículas con cuanto
tocan. Dícese que un grano de almizcle perfuma durante siglos. La obra
de Nietzsche está atomizada en infinitas partículas minúsculas: aforismos. Más que discernirla, la aspiramos. Nos circunda y penetra como
una atmósfera. Quien se acerca a ella, permanece embalsamado de
Nietzsche; en las yemas de los dedos se le han fijado los aromosos átomos, y el pan que come le sabe a Nietzsche. He ahí un riesgo: marearse, obsesionarse, misticificarse y mixtificarse. Es tanta la paridad del fenómeno místico con la fruición olfativa cuanto se puede observar en el
empleo ritual de sahumerios e inciensos en todas las ~iturgias religiosas
y prácticas mágicas o supersticiosas con que provocar esa violenta y
honda sensación de vida que con tantas denominaciones se ha designado: éxtasis, trance, arrobo, deliquio, trasporte, frenesí. .. El contacto
con Nietzsche deja un sabor en nuestro pan y le otorga un nuevo valor
alimenticio. ¿Cuál es aquel sabor? ¿Cuál el valor? En Jo tocante al primero, anotado queda ya: un misticismo salvaje y robusto, una desatentada ebriedad de Ja vida, ebriedad estimulada por e] regusto de la muer323

1

11,

'!

�LA PLUMA

LA PLUMA

te; es como un vino generoso bebido en la oq~eda~ de ~n cráneo. ~er-

cenemos, suprimamos el último vestigio de la mt~hgencia especulativa,
a fin de enardecer las potencias elementales de la vida: la_ salud'.!ª f~e~a
y el coraje; porque la vida es, ~n_te todo, una mera ~amfest~c10n b10l~:
gica. y este es el valor alimenticio de la obra de N1etzsche, es un ah
mento intensivo del Yo zoológico. Siempre, aun para lanzarse, con ~quel
garbo suyo sublime y grotesco, a las cumbres de la visión profética, Y
cósmica, Nietzsche cuidó bien de afianzar los ~ies en la pur~ z~ologia.
Aunque tímido y enfermo, Nietzsche estaba amma~o co~o mngun _otro
hombre histórico de la más saludable y fecunda ammahdad, la animalidad en su modo inmanente de operar, o sea fuerza _propulsora y creadora de la vida en su perdurable evolución; tendencia a transcender Y
superar los tipos ya logrados. A esta fuerza ciega, ~i~tzsche la dotó de
conciencia humana y la cuaguló en un símbolo poetic_o: el Superhom~esti:1os t~rrenos del
bre. Nadie como Nietzsche mostró tanta fe en
hombre. Es el precursor de la Eugenésica, la ciencia pnmord1al del porvenir.
Atila se deleitaba no sólo con el husmillo de la muerte-tenue y ambigua emanación entre sulfúrea y alcohólica, un poco emborracha~te,
envuelta con el aroma del vino-, mas ta~bién_ con. l_os perfumes delicados y voluptuosos, de flor o de mujer. Su imag1_nac10n era sob:ema:1era
corpórea tiránica y activa; no hay brecha tan directa para henr ~a 1ma.
·· '
el olfato Atila el melancólico y turbulento Atila, era
. l E l
gmac1on com 0
·
'
.
esclavo de un sueño; mejor, un ensueño; meior, u~ idea . n ontananza y sin el ministerio sensual de la mirada, se hab1a ~n~morado de H_o' · lá hermana del emperador de Bizancio, Valentiniano III. El hirnona,
·
·c no de oro y
suto hombre de la estepa quería desposar un . precioso i º.
esmalte, arquetipo de hermosura decadentista. Y_como ~lla en el_ campamento un emisario llegase conduciendo la aquiescencia de la princesa
bizantina y algunas prendas de amor que retenían aún el p~rfume de su
nerv10so caballo,
duen-a ' el ba'rbaro ' dilatando las fosas nasales como
.
A .
fi uro
aspiró el aroma enervante, hasta que cayó en párox1smo. s1 me g
yo a Atila.

:ºs

Volved ahora los ojos a Nietzsche, a la obra de Nietzsche, y observar~is _el feliz ayuntamiento de la barbarie vigorosa, en el fondo, y el prec~osismo decadente, en la forma; la osadía del propósito y la afectación y
:itm? ~el ademán; es el guerrero infatigable, apasionado por la princesa
mmov1l; es-aprovechando palabras de Nietzsche, que el Sr. Icaza trascribe en el proemio de su librito-el amor feroz del hombre del Norte
a las dulces tierras del Mediodía. Nietzsche prefería vivir en el Sur de
Europa; la Costa azul, la Engadina, Italia. Juzgándose a sí propio y a
su pensamiento como un desinfectante contra el microbio de la decadencia, cultiva y perfecciona un estilo ultradecadente, colmado de toda
suerte de emociones y artificios estéticos («mi estilo, decía, es una danza
y un juego de simetrías, un saltar y burlar estas simetrías. Llega hasta
la elección de vocales». Citado por el Sr. Icaza); y el estilo lo aprendió
en los escritores de Francia, la Bizancio de nuestros días. También Atila
se detuvo e hizo reverente genuflexión frente a Santa Genoveva, a las
puertas de París.
Atila tenía al lado del lecho dos poetas que le recitasen y cantasen.
Para Nietzsche, poesía y música eran dos hechizos que le embargaban.
Y ese ceño de la máscara de Nietzsche ... El ceño doliente y pueril
del alma asiática, ante el misterio del Universo. En los frunces del ceño
se insinúan caracteres legibles: «cómo se ha de soportar el dolor del vivir; he aquí el problema».
La frente, ¡oh!, la frente de esta máscara belicosa, triste y sensitiva,
es del todo europea.
Pero los cabellos ... Ese agresivo, combado y copioso bigote de huno ..
Escondidos los labios bajo su bóveda, nace el verbo como la voz de los
oráculos: en la sombra. Y ese copete evasivo, indebidamente cercenado,
que circunda frente y sienes, le desearíamos ondula.ndo al aire en cabellera, a la usanza de los escitas, ágiles arqueros y jinetes, que peleaban huyendo y producían heridas envenenadas.
Atila, azote de Dios. Nietzsche, azote de Dios ¡Oh, candidez!

,.

'.
1

1

�LA PLUMA
LA PLUMA

NIETZSCHE EN UNA CÁSCARA DE NUEZ
I
ANTES DE LA RUPTURA CON WAGNER
Siempre he considerado la función del periodista, y de! ~scritor e_n
general, como la de un órgano social formad~ para el maxi_mo y mas
intenso rendimiento del tiempo y aprovechamiento del espac10. Lo que
ante todo se ha de exigir a este órgano, como obligación, o lo que él
mismo ha de exigirse, como deber, es probidád y claridad; que sea fidedigno y útil. Yo, de ordinario, me aplico a desentrañar y señore.ar asuntos que acaso en un principio no me interesab_an y aun ~e rep_eha~: porque sé que a la sociedad le preocupan o apas_ionan,_ y mi. obb?a~10n de
escritor público, a la cual nadie me ha empupdo, smo mi_arb1tno, consiste señaladamente en que sacrifique mi tiempo en estudiarlos ~ luego
sacarlos a luz de manera sucinta y auténtica, de suerte que los diversos
y multiformes órganos sociales, atareado ca~a ~ual en ~u función adecuada hallen economía de tiempo en el sacnfic10 del m,o, como yo economi;o el mío por el sacrificio del de ellos. Merced a est~ división _e intercambio de esfuerzos, cuando quiero viajar en ferrocarril-maravillosa
economía del tiempo y retracción del espacio-:-no se me po~e en el
trance de que yo invente la locomotora de nuevo, ni que fabnqu~ los
carruajes, ni siquiera que conduzca el tren. No de ~tro modo, pienso
que los lectores tienen ·derecho a pedirnos a los escritores que les proporcionemos ocasión de viajar el país de las ideas con la mayor economía de espacio y tiempo. Un lector tiene derecho a enterarse d~ todo
Nietzsche sin necesidad de leer todo Nietzsche y cuanto se ha escnto sobre Nietzsche, como tiene derecho a preocuparse e inf?rmarse d,e lo_ que
sucede en el Japón sin necesidad de dar la mano al M1ka~~- As1 ~o ~magino; por lo cual-aprovechando esfuerzos an_t,eriores y el 1ti~er~no ideal
del Ecce Hamo-, voy a ensayar la comprens1on (de compnm1r Y com-

prender) de la obra y vida de Nietzsche en el escaso ámbito de una cáscara.de nuez. Mi empeño, al menos, no será tan inútil y extravagante
como el de aquel benedictino que quiso copiar la Biblia en un grano de
arroz.
. Existen en Alemania muchas familias de oriundez eslava, con apellidos eslavos que, al aclimatarse, han padecido ligera deformación. Uno
de estos apellidos es «Nizky», adjetivo checo que significa «hombre hu~ilde». Este adjetivo se transforma en las siguientes variaciones de apeJhdos alemanes: Nitzky, Nitzschky, Nitzschke y Nietzsche.
Nietzsche decía descender de los condes polacos de Nietzki, y alguna
vez se le oyó: «Un conde Nietzk.i no puede mentir». Lo positivo es que
este apologista de la aristocracia se llamaba, paradójicamente, «el hombre humilde». Como, paradójicamente, este impugnador del ideal cristiano descendía de tres generaciones de pastores protestantes por ambas
ramas. Y es que la vida y el pensamiento de Nietzsche es una sucesión
de reacciones violentas contra el propio destino. Nace Federico Nietzsche
el r5 de octubre de 184-4 en la casa rectoral de Roecken. C~mplía los
cuatro años cuando su padre rueda por unas escaleras, se vuelve medio
loco y muere al año siguiente. Este suceso causa indeleble impresión en
Nietzsche. La viuda del reverendo se traslada al vecino Naumburg, ciudad ceñuda, formalista y medieval, fondo ajustado al temperamento
grave y triste del niño. Sueña con llegar a ser un cura. Sus compañeros
de escuela le apodan «el cura~. Cierto día que llueve a torrentes, la mad:e, que asomad~ a la ventana espera anhelosa, le ve venir sin abrigo
ni paraguas, caminando despacioso, con la dignidad de un arzobispo.
A los reproches maternales, responde lastimado: «Las ordenanzas prohi~cn que los niños, al salir de la escuela, vayan corriendo por las calles~.
~l, que luego había de sentir agresiva comezón frente a toda ley o autondad consagradas. Y él, andando el tiempo, misogino y antifeminista,
se educa entre faldas, pegado a su madre y a su hermana, de donde Adquiere para siempre tres modalidades enfermizas: sensibilidad extremada, prurito de introspección e irrefrenable emocionalidad con la música

326

327

�LA PLUMA

LA PLUMA

y la poesía. Es un niño precoz. A los diez años compone motetes; a los
doce, poemas y dramas.
A los catorce años entra en la Escuela Superior de Pforta, famosa
porque de ella salieron Novalis, Schlegel y Fichte. Allí ~o~duce vida ~elancólica y aislada. Traza un diario de sus ideas y sentim'.e_ntos; curioso
testimonio del prematuro y anormal desarrollo de su esp,lf_1tu. Habla en
estas notas de los tres períodos o estadios de su obra poet1ca (a los catorce años); del tiempo, que pasa como la rosa de otoño (es_to con ocasión de su cumpleaños), y, lo más extraordinario, que comienza a pe~der la fe de sus mayores. Permanece seis años en el internado. La~ calificaciones de sus estudios le declaran sobresaliente en sagrada escritura,
alemán y latín, notable en griego, regular en matemáticas.
En septiembre de 1864 ingresa en la Universidad d~ Bona. Reh~~e
los jolgorios y zambras de los estudiantes. Distrae sus º:10s con la mus1ca, lo cual le vale el remoquete de «Herr Gluck». Estudia con ardor filolooía
pero pierde la fe enteramente y se consagra a la filoloº y teolooía·
b
,
.
gía, que va a estudiar más a fondo, después de un ~ño de per~anenc_ia
en Bona a la Universidad de Lipsia, en donde se dilata dos anos, asistiendo a'ios cursos de Curtius, Tischendorf y Ritschl. Este último se
afecciona por Nietzsche e influye en la trayectoria ulterior de su carrera.
D~sde la Escuela Superior de Píorta, Nietzsche padecía, de los oj~s.
Ahora se ha quedado sobremanera miope. Le requieren as1
un ano
de servicio militar, en 1867, con gran repugnancia por su parte. Muy
pronto comienza a sentir la fruición soldadesc~ y_la apetencia bel_icosa.
Le enorgullece ser el mejor caballista de su reg1m1ento. En un acc1de~te
de equitación se le dislaceran los músculos pectorales y es declarad? '._nútil. Vuelve a Lipsia, con Ritschl, que le inculca el amor a la ~~tiguedad. Por este tiempo, Nietzsche cae bajo el hechizo de la mus1ca de
Wagner.
.
.
~or consejo de Ritschl, el claustro de la Universidad de Basilea &lt;lesiona a Nietzsche profesor de filología clásica, con 3.000 pesetas de sueld~; tiene veinticuatro años, y aún "'tlo se ha recibido de doctor. En mayo

Pª:ª

328

&lt;le 1869 pronuncia en Basilea su discurso inaugural, sobre Homero y la
filología clásica.
En agosto del mismo año, escribe a un amigo: «He conocido a un
hombre que personifica como nadie lo que Shopenhauer llama el genio.
Tan absoluto idealismo prevalece en él, tan profundo y estimulante humanismo, tan elevada seriedad de vida, que a su lado experimento la
proximidad de algo divino.» Se trata de Wagner, del cual, en 1888,
había de escribir: «habilidosa serpiente de cascabel, decadente típico».
Wagner vivía, cuando Nietzsche le conoció, en Tribschen, cerca de Lucerna.
En la guerra francoprusiana de 1870, Nietzsche sirve de voluntario
como enfermero. Contrae disentería y difteria. Mal curado, vuelve a Basilea y recae con neuralgias, insomnios, perturbaciones de la vista y de
1a digestión. Va a convalecer dos meses en Lugano, primera avanzada
haciá las dulces tierras del Mediodía. Por este tiempo aparece «El nacimiento de la tragedia», obra en loor de Waoner e inspirada en la filosofía shopenhaueriana. He aquí la tesis central: «La existencia y el mundo
no c~be justificarlos síno como un fenómeno estético. Sólo el arte proporc10na al hombre aquel imprescindible velo de ilusión que se exige
para obrar, pues el verdadero conocimiento del horror y el absurdo de
la existencia mata la acción». Nietzsche opone las dos culturas griegas
pre y postsocrática. La presocrática, ebria de sus mitos y sus cantos dionisiacos, fué fuerte, cruel y grande; la postsocrática, impía, racionalista,
anémica, floja. La cultura de nuestros días es semejante a la postsocrática-en dictamen de Nietzsche-, y no habrá salvación para el mundo
sino en la música de Wagner. En esta obra, Nietzsche emplea los dos
términos dionisiaco y apolíneo -lo dinámico y lo estático, pasión y juicio, materia y forma, fuerza y gracia-, de que luego tanto habían de
.abusar los escritores que escriben con vocabulario ajeno y los pensadores que piensan con cerebro prestado.
«El nacimiento de la tragedia» (1872) fué un libro acogido con indiferencia, salvo dos excepciones: una, Wagner, claro está; otra, un profesor de Bona, que lo definió como «pura insensatez». Nietzsche se sin-

�LA PLUMA
LA P L U ;1 :\

tió desalentado. De aquí en adelante, la vida de Nietzsche es la vida
de sus obras.
Pensamientos 1:rtmzporá11eos (o i'nlemj)tslivos).-Entre 1873 y 1876,
Nietzsche publica cuatro largos ensayos, rotulados «Pensamientos extemporáneos».
El primero, «David Strauss, el confesor y el escritor», es una diatriba
contra aquel popular librepensador y la vana petulancia de los profesores alemanes después de la guerra del 70, a los cuales les pone el mote
de «filisteos de la cultura».
El segundo, «Uso y abu~o de la historia», es otra diatriba contra los
profesores de historia y su fetichista manera de entender esta disciplina.
«Hemos de servirnos de la historia sólo en cuanto la historia sirve para
la vida, porque, valorizando su estudio más allá de cierto límite, se mutila y se degrada la vida. El sentido histórico, llevado a sus últimas consecuencias lógicas, mata la raíz del futuro, ya que destruye las ilusiones
y disipa de en torno a las cosas existentes la atmósfera de que han menester para vivir.»
El tercero, «Shopenhauer, educador», enaltece a este filósofo como
el más grande, el tipo y dechado del hombre futuro, y ataca a los filósofos universitarios a sueldo.
El cuarto, «Wagner en Bayreuth», es otro ditirambo. «Bayreuth significa, no el descubrimiento de un nuevo arte, sino del Arte mismo.
Nadie ha escrito el alemán como Wagner, salvo Goethe. Ningún artista
del pasado ha recibido tan extensa porción de genio.»

II
LA TRAYECTORIA DE LA LOCURA
En una ocasión, Wagner dijo a Nietzsche: «Cásese usted, y luego
viaje». Si Nietzsche hubiera seguido el consejo, ¿qué hubiera resultado;
un Nietzsche más grande o un Nietzsche disminuido? Satisfágase cada
cual especulando a su sabor.
Poco después de las navidades de 1875, convaleciente Nietzsche de
330

otra recaída en su salud física, cae en amor con una señorita holandesa.
a quien pide la mano; y padece un desdén.
A fines de 1876, Wagner agradece a Nietzsche el cuarto pensamiento
inactual, con estas palabras satisfechas: «Su libro es remendo». Y se
inicia la disatisfacción de Nietzsche consigo mismo y con los demás. Advierte que en la opinión ajena es un significado wagnerista; él aspira a
que la ajena opinión sea nietzscheana. Va a Bayreuth a presenciar y juzgar la plasmación sensual de la idea wagneriana, y sufre un desencanto.
Esta es la reacción más violenta contra si mismo. Mutila, sacrifica y consume su propio pasado intelectual, y piensa hallarse como un recienacido. Un Finis, un lncipit. Concluye el soñador dionisiaco; comienza el
pensador apolíneo. Abdica del arte y la metafísica; se entrega a la ciencia y a la investigación. En esta crisis, enferma de nuevo; camina hacia
Nápoles, en compañía de dos amigos, para un año de sosiego. ¡Cada vez
más hacia el Mediodía, en busca del claro y seguro pensar!
Humano, demasiado humano.-La claudicante salud le impide a
Nietzsche, desde ahora, escribir con continuidad. El aforismo será ya
su vehículo favorito de _expresión. «Los aforismos, dice, son como las
cimas de una cordillera. El camino más corto es saltar de pico a pico,
si bien para esto hace falta largas piernas y ser robusto y alto.» Nosotros.
diríamos que los aforismos son las botas de siete leguas.
En mayo de 1878 aparece el primer volumen de «Humano, demasiado
humano», colectánea de más de seiscientos aforismos. Wagner y los wagneristas condenan o ignoran el libro. Antes, Nietzsche menospreciaba a
Sócrates; en este libro, le encarece. «Señal de alta cultura-escribe-estimar en más las pequeñas verdades humildes, obtenidas mediante castigado método, que no los deslumbrantes y entusiastas errores que nacen de los pueblos y las edades metafísicos.» Flecha de escita, enderezada a Wagner.
Hay en este primer volumen una parte, sagacisima, dedicada a «El
alma de artistas y autores».
El segundo volumen del libro aparece en dos partes, 1879 y 1880; se
compone de más de setecientos aforismos. Continúa la apología de Só331

�LA PLUM A
-crates y cuanto el heleno representa: racionalismo, duda metódica, ironía, libertad de espíritu. «Llegará el momento en que los hombres leerán las Memorabilia de Sócrates más que la Biblia.» «No debemos dejarnos quemar por nuestras opiniones, porque, al cabo, no podemos estar
.absolutamente seguros de nada. Pero debemos dejarnos quemar por el
derecho de pensar libremente y cambiar de pensamiento.»
La cabeza y el estómago cada vez le atormentan más. En 1879 se ve
forzado a renunciar su profesorado. Se instala en Saint-Moritz. Al final
-de este año, sus dolores son insufribles. En la primavera siguiente, halla
algún alivio en Venecia. Divide después su tiempo entre Alemania , Suiza
e Italia. A la mañana, pasea largamente sobre los acantilados de la costa.
Bajo el sol ardoroso, se tiende, inmóvil, como lagarto, y sueña y piensa.
El cuaderno de notas es su compañero. En Génova, a causa de las jaquecas persistentes, suele yacer en un sofá, a obscuras. Los vecinos piensa;&gt;que la pobreza le obliga a la obscuridad, y le ofrecen algunas velas. El
.les explica la razón; pero no le creen, y le llaman «il Santo».
A urora (1881).-Es la aurora de su nuevo pensamiento. Se esboza su
enemiga al cristianismo y su confiatJ.za en la ciencia. «Las piedras anguJares de los nuevos ideales sólo las pueden proporcionar la biología y la
medicina.» Discípulo de Empédocles, Heráclito y Goethe, Nietzs&lt;:_he contempla la Naturaleza sin pedirle una finalidad o propósito. En las cumbres de Sils-Maria, a muchos miles de pies de nivel sobre los hombres y
las cosas, se le hace pa' ente, llenándole de temblor, la vieja intuición
,griega: la repetición indefinida. El universo se compone de átomos limitados; luego las combinaciones, aunque prolijas, son limitadas. Todo
vuelve a suceder del mismo modo: el día de hoy, este instante, estas
líneas; tú, lector, bien que sea a la vuelta de miles de millones de siglos.
El gay saber (1882).- La visión de la repetición indefinida es para
Nietzsche como un anonadamiento. Oye, por ventura, a la sazón la ópera
Carmen, de Bizet, y reacciona en un modo jovial y optimista, cuya ex-•
presión es este libro. Carmen es superior ¡a todo Wagner, exclama.
Late en los limbos penumbrosos de la imaginación de Nietzsche la carne
.embrionaria del Superhombre. Cita por primera vez a Z~rat~stra.
332

LA PLUMA
Así habló Zaratustra.-En 1882, en Roma y Sicilia, después de otrod~sengaño amoroso, Nietzsche compc:;ne esta obra, una de las más origmales del pensamiento moderno. Nietzsche la declaró «el libro más
profundo Yla dádiva más rica que jamás haya sido brindada a los hombres» .. El libro es la profecía y la persuasión del Superhombre. «Os
adoctrino-dice el profeta-en el Superhombre. El hombre es un ser
que tiene que acarrear la propia superación. Todos los seres hasta el
hombre,_han pr?d~cido otros seres más allá de ellos mismos'. ¿Es que·
os figura1s const1tmr la pleamar del gran océano de la vida y antes preferís _retraeros~ la bestia que superar el hombre? El Superhombre es el
sentido de la tle:r~.» La natur~leza ya tiene, para Nietzsche, un sentido,
un fin, un propos1to. La doctrina del Superhombre es la biología, trans-porta~a al t~rreno_ de la lógica. El libro cayó en el vacío, al pronto.
"':ªsalla dtf bzen y del mal (1886).-Lo publica Nietzsche por cuenta
propia, no habiendo hallado editor. Los aforismos de la sección titulada
«¿Qué es noble?» son, ciertamente, ennoblecedores. Persiste en su en~ono co?tra los filósofos pedantes y las vaciedades pomposas. En este
ltb~o, Nietzsche se muestra supernacionalista y aboga por unos Estados·
U~1dos de Europa, como antes Mazzini y Wells al presente. (Anótenloqmenes'. de mala ~e, han presentado a Nietzsche como evangelista del
germamsmo agresivo.) Contiénense varios análisis psicológicos, muy pe-netrantes, del carácter de los diversos pueblos europeos.
El deseo de potenda.-Es un ensayo de sistema en que Nietzsche se
esfu~rza en vano, por deficiencias de salud, entre 1883 y 1889. Lleva el
subtitulo: «Conato de transvaluación de todos los valores». Intenta demostrar que «el deseo de potencia» es el principio vital, que no «la Ju-cha por la existencia». La ofensiva Nietzsche la emprende ahora contra
el socialismo, «tiranía de los más ruines y menos inteligentes». La obra
permaneció cm boceto.
. Ge:z:alo~ia de la moral (1887).-Las nociones de Bien y Mal no son
prmc1p1os inmanentes de la conciencia moral-según Nietzsche-, sino.
falsos conceptos, elaborados penosamente, a manera de broqueles, por los
cobardes y los flacos, a fin de defenderse en la vida. El libro se escribió:'.333

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�LA PLUMA
LA PLUMA

-como réplica a un crítico suizo, que había c~asificad~ «~~s allá del ?ien
y del mal» de «texto de anarquía». En el pr~logo se i~smuan los primeros síntomas de la perturbación megalomamaca de Nietzsche, a la ~ual
sirve de pábulo la gran admiración que por este tiempo le declaran Hipólito Taine y Jorge Brandes.
.
Los últimos libros y li'belos (1888).-Nietzsche empeora; pierde el sue,ño. Los altos centros cerebrales comienzan a disociársele. Se le va extremando la mecralomanía. Escribe a Miss Meysenbug: «He dado ~ la humanidad el libro más profundo. Soy el espíritu más independie,nte de
Europa y el único escritor alemán». Junto con ~s~o alca~za_ la mas fiera
elocuencia en la diatriba y se disuelve en un delmo de hil~nd~d, formas
de la predemencia. Manifestaciones de este estado de conciencia so~: _«El
caso Wagner», donde pone de manifiesto que Wagner no es un mus~co,
sino un farsante; «El crepúsculo de los ídolos», en que N~et~sche reparte
tajos a diestro y siniestro, con jovial ala~r!~ad, y «El An~i~nsto&gt;;, contr~
el sentimiento cristiano, «la gran maldic10n, la pervers10n mas entra
ñada y enorme, el más bajo instinto de resentimiento contra todo lo
noble y alto».
, ·.
Ecce Homo (1888).-He aquí el hombre, pintado por _si mismo._ Es ~l
último libro de Nietzsche; una autobiografía, o lo que es 1g~al, la historia
de sus libros. Los capítulos llevan estos epígrafes: «Por que soy tan raz~nable», «Por qué soy tan inteligente», «Por qué escribo libros tan a_dmirables», etc'., etc. En el curso de la lectura tropezamos _con confesione~
como estas: «Heine y yo somos los dos más grandes artistas alemane~»,
-«he realizado obras innumerables de la más alta jerarquía, que nadie,
hoy en día, puede realizar»; «tomar uno de mis libros en su~ manos, ~s
el mayor honor que puede recibir un hombre»; «antes de m1, no habia
psicología».
En enero de 1889, Nietzsche pierde la razón del todo. Se e~ha a la
calle, derramando oro y gritando: «Soy el rey de Italia. Sed felices. Soy
Dios».
. .
Murió de pulmonía en Weimar, a 25 de agost? d~ 1900. S~ sacnfi~io
al pensamiento y a la verdad fué más que el sacnfic10 de la vida; fue el
334

s~c~ificio de_ la razón. No erraban los inocentes vecinos de Génova, ape11'.dandole «11 Santo». Por su vida pura, apasionada y dolorosa, bien pu-diera pasar al santoral, con doble corona: Nietzsche, virgen y mártir.
. Colofón.-¿Es Nietzsche un filósofo? En el sentido académico, no.
N1 e~ el sentido tradicional y clásico; esto es, que no ha resuelto ni pretendido resolver los tres grandes enigmas de la caverna platónica: el ¿de
dónde?, el ¿por qué? y el ¿adónde?
.T~mpoco la filosofía de Bergson es un sistema que intente aprisionar
la ult~ma naturaleza d~l universo. Como quiera que, a juicio de Bergson,
el umverso no es un sistema completo de realidad, sino que está en continua mudanza, se infiere que el valor y la convicción de una filosofía
~o ~epen?,en de su irrefutabilidad lógica, antes bien, de la realidad y
s1gmficac1on de unos pocos y simples hecho.s de conciencia hacia los cuales dirige nuestra atención.
Para Nietzsche, «los verdaderos filósofos son ordenadores y legisladores frente al tiempo en que viven». Son, por tanto, fraternos con los poetas. Nietzsche es un poeta-filósofo.
He aquí, sumariamente, los pocos y simples hechos de realidad y de
conciencia hacia los cuales dirige nuestra atención y voluntad:
1. El mundo es amoral, sin meta ni propósito. Es un fenómeno artístico que se repetirá eternamente.
2. La humanidad, hasta el presente, tampoco se ha fijado una meta.
Sin embargo, una meta definida es un valor artístico que acrecentará el
poderío del hombre. Esta meta es el Superhombre, una especie zoológica superior al hombre.
3. Toda reli?ió_n y sistema moral o político que es hostil a la vida y
retrasa el advemm1ento del Superhombre, debe ser abolida. Sólo lamoral de los fuertes, nacidos para mandar, es compatible con los fines inmanentes de la vida.
4. El cristianismo, con su moral de esclavos, es el más terrible enemigo de la vida. El cristianismo impide los beneficios de la selección
natural.
5. La meta próxima y provisional, puesto que el Superhombre será
335

�LA PLUMA
sólo la alegría del remoto futuro, consiste en procurar una casta de hombres superiores que serán la transición hacia el Superhombre.
6. Las medidas inmediatas en esta política de mejoramiento e incubación del hombre superior son las siguientes: revisión de las leyes actuales del matrimonio, ed~cación adecuada, constitución de los Estados.
Unidos de Europa y aniquilación del cristianismo.

RAMÓN PÉREZ DE AYALA
(ConHnuará)

PAISAJES VISTOS y PAISAJES
DE ENSUEÑO e,)
IMAGEN y COPIA

¡C:on qué sobrios colores
fNaturaleza pinta
sus paisajes mejores!
..Ca mancha verde, el prado;
una azulada tinta,
el cielo, el monte, el río;
unos puntos, las /lores.
¡C:on qué sobrios colores
fNaturaleza pinta!
. 'Yo en copiarla me empeño
sm técnica distinta;
sólo añado el ensueño,
mi personal ensueño.
:n

(1)

Del libro en prensa Cancionero de la vida honda

11

d. ,

.

e ,a emoct'ón .fugitiva.
337

�LA PLUMA
LA PLUMA

RINCÓN DE PARQUE

Un grupo del cisne Y .Ceda,
tras la marmórea explanada
del jardín. Una vereda
y un rincón envuelto en bruma
irisada,
donde el agua alegre rueda,
en artificio de espuma
y con crujidos de seda,
desatada ...
.Ca vista con/usa queda
y no sabe, deslumbrada,
en la penumbra argentada
donde todo se di/uma,
si el blanco cisne es de pluma,
si es de mármol la cascada,
0 va a pasar arrastrada,
deshecha en espuma,
.Ceda.
PARQUE ABANDO N ADO

'Y las hojas menudas, gráciles hasta ~ntonces
y esponjadas cual plumas al soplo matinal,
338

tomaron el matiz dorado de los bronces
debatiéndose rígidas contra el viento otoñal.
'Y el agua de la /uente,
hoy bruñido cristal,
ayer era el penacho, borbotante y parlero,
que lanzaba a los aires del caracol guerrero
como nota estridente,
inflando las mejillas, el /auno de metal.
Por los desportillados y musgosos pretiles
del /angoso canal
trepan hierbas manchadas como piel de reptiles,
entre las que se mecen los cálices abiertos
de unas /lores enormes del color de los muertos,
Rores de la tristeza del paisaje otoñal.

A

PLENO SOL
ALDEA A NDALUZA
Sensación del camino.

!De toda tu belleza en mi sólo perdura,
entre el deslumbramiento de la intensa blancura
de la cal luminosa que tus muros enjarra,
la queja de una copla que los aires desgarra;
y en el calcinamiento de la estéril llanura,
aquel rincón de paz, oasis de /rescura,
339

�LA PLUMA

LA PLUMA

erdido en la planicie donde el sol achicharra
• l .
y sus crótalos roncos repica a cigarra.

P

y

allí, visto de paso, bajo el verde cancel
de las tupidas hojas que forman el do~el
que lo entona y ajusta el marco del dintel,
aquel rostro moreno del mi~ador aq~el,
con los ojos de pena y los labios de "!iel,
y toda 91.ndalucía reconcentrada en el.
ALEGRÍA CASTELLANA

!Domingo, cielo azul. .las vetustas_ c~llejas
en la gloria del día parecen menos vie¡as.
cSobre el gris de los muros resaltan los colores
de cintas, gallardetes y guirnaldas de flores.
(;l júbilo estruendoso en los aires estalla
en repique y cohetes, y la ciudad que call~
largos meses, se alegra un instante y _se viste
el disfraz de alegría clamorosa del triste.
Un bullicio lejano . .la procesión que llega:
el pífano gangoso de la gaita gallega,
el tamboril cansado, la chillona charanga,
a cuyo son grotesco brinca la mojiganga.

'JI, al pasar el tumulto

de abigarradas notas,
con lento caminar devotos y devotas,
340

en la torre voltea de nuevo la campana
g va entrando el cortejo en la iglesia leiana.
9l, la plaza los mozos emprenden el camino
al hombro la alegría en la bota de vino.
JfJ.uién habla de pesares, quién habla de pobreza:
todo es luz en el alma y en la natu,alezal

fllog las ropas de gala salieron de la arquilla,
g las peinas más altas g la mejor mantilla.
'Un coche de toreros cruza la callejuela
g hay un sol diminuto en cada lentejuela...
'

.los que fueron gozosos, ya retornan borrachos;
las madres, fatigadas, cargan a los muchachos.
• 'Ya volvió la tristeza. ¡C:uán fugaz la alegria/
¡:Penitencias de un año por locura de un día/
FRANCISCO A. DE ICAZA

.

�LA PLUMA

EL NOVELISTA
(NOVELARIO)
I
novelista Andrés Castilla oía en su despacho su reloj de
pared y el reloj de bolsillo, que acostumbr~b~ a poner sobre la mesa, porque el otro quedaba demasiad? ~n la penum bra para ver la. hora _tan~s veces y tan rap1damente
como lo requería su 1mpac1enc1a. .
,
«¿Es que pueden ser los dos tiempos el ~msmo?», se paro a pensar el novelista.
•
d d
d
·
_ Se diría, realmente, que el tiempo del relo¡ gran e e p_are ,era mas
ausado, más pesado, mas lento, un tiempo qu~ no le ~nve¡ece,na nunca
~emasiado mientras el reloj rápido, con mord1sconena d_e rat?n para el
tiemp_o co~ goteo instante más que instantáneo, le enve¡ecena proJ°tº;
«Nd es la misma clase de tiempo el del uno y el del otro», conc U)'.O
el novelista, mirando un retrato par~ distraerse de aquella competencia
con que parecían luchar los dos relo¡es.
-a1
«Realmente escribo menos cuartillas en el t~empo que sen a este
reloj de bolsill~ que en el que señala el otro... Solo que del otro me o!vido y eso hac~ que me emperece; y con éste ~elante, corro, me ¡rec1pito,' veo que hace un rato eran d?s horas J?ªS temprano que a ora»,
acabó por dictaminar, dentro de s1, el novelista. .
.
.
Andrés miró de nuevo al retrato, buscando en el un cam:10 re pbnmiento· ero un reloj por un oído y otro por el otro, le da an a ta a;:a del ti~ipo, con aquella desigualdad que no acababa de ponerse en
razón
· ' d e a t au'd ,
El.reloj hondo, en el que sonaba un eco y una repercus10n
L

'
l

11

parecía rendido, irse a caer, completamente exhausto, llevado por el otro
a una carrera desi$ual, en que se jugaba todo su amor propio, emulado
por el reloj juvenil, chiquitm, de un níquel optimista y jovial.
-¡Espera! ¡Espera! ¡Que me canso! ¡Que ya no puedo más-parecía
decirle el otro reloj, cachazudo, de gran corazón humano.
«Vamos, que esta noche no puedo trabajar oyendo los dos relojes»,
se dijo el novelista. Y guardó el reloj de níquel en el chaleco, que estaba
embozado en la americana de salir, entrambos colgados de la percha de
la alcoba.
.
Parecía que ni aun así se iba a callar el reloj parlanchín, cosedor,
pespunteador del tiempo; pero se calló tanto, que pareció como si el novelista le hubiese retorcido el pescuezo.
«¿Quizás he sido demasiado cruel con él?», pensaba el novelista,
como si hubiese encerrado en un cuarto obscuro al niño parlanchín y
alborotador.
El otro reloj parecía decir ya: «¡Por fin! Ya puedo seguir mi paso pasito asnal». En efecto, se podría creer que había reducido su marcha y
que, al fin, andaba con su paso normal y con cierta cojera voluptuosa,
que era lo que causaba ese atraso de cinco minutos con que aparecía todos los días por la mañana.
El novelista, ya tranquilo, se puso a corregir la segunda edición de
La Apasúmada, que quería aumentar y mejorar.
Había escrito aquella novela hacía cinco años, en momentos de entusiasmo con una mujer, que después había descubierto que no era apasionada ni leal.
La novela era una novela de amor y «La Apasionada» le había mentido más que ninguna mujer; pero ¿cómo corregir en pruebas toda la novela, que tanto había gustado al público? ¿Cómo variar todo el sentido
de la obra y echar patas arriba toda la composición?
Andrés tenía repugnancia de hacer eso; pero, al mismo tiempo, tenía
un gran deseo de ser sincero, apabullante, vengativo.
«-El caso es-pensaba- que el público espera ya mi personaje, tal
como fué concebido, y que nadie me perdonaría la modificación del personaje ... Tal vez, entonces, perdiese todo lo que he ganado como novelista a través del tiempo ...»
El novelista sonre1a al leer sus pruebas y las iba poniendo unas sobre
otras, metiendo un gran ruido, como si le pusiese de muy mal humor
esa tarea.
Asunción, la heroína de la novela, era completamente falsa. Estaba
él engañado, y engañó a los lectores cuando la escribió. ¿Cómo permitir
que en una edición de más de cinco mil ejemplares apareciese de nuevo,

34:1

343

�LA PLUMA
haciendo más víctimas, preparándose para provocar nuevas pasiones,
pues ya habían entrado en la malicia de la vida nuevas generaciones que
no conocían su «Apasionada»?
~Bailaba el vals de la camisa, en que la mujer Hene bastante de jaca de
circo-decía el libro-, y"el pobre Ernesto bailaba con eLta ese vals abyecto
de las trasparencias, el vals en que el hombre pierde la cabeza.»
El novelista añadió:
«la mujer que baila este vals es la mujer canalla de los bailes de máscaras, la que, cuando a última hora el bastonero se duerme, baila con todos
en loca vorágine, convir!t"éndose todos los caballeros en ruleta de esa única
bailari·na en camlsá.
Ernesto, def{O, como ayudante de le gimnasta que le llevaría siempre
óor los circos, se dúpuso a gastar su vida por ella, ya que tenía ese margen
de posibüíaades:»
El novelista se 'contuvo. Iba a estropear la novela; no podía denigrar
a la «Apasionada». Su éxito había sido precisamente el del engaño; y
todos los lectores se casaron con ella, y todos se casarían de nuevo con
ella, y si no se casaban por las notas de desengaño que tuviese la novela, tirarían la segunda edición por los balcones de las casas y por las
ventanillas de los trenes.
Asunción se había ido con aquel absurdo personaje, que gastó en ella
el dinero de su mujer y de sus negocios de contrabandista; aquel pobre
desErraciado, de pantalones caídos, sórdido hasta lo imposible. Pero él
no podía dar ese desenlace a la novela; tenía que respetar aquel entusiasmo en que se desenvolvía, exaltando a aquella muier amiga de dar
besos en vez de decir palabras; porque, como ella dec1a: «Las palabras
son una mentira§ no dan nada... En cambio, los besos lo dan todo, ji cada
uno es una palabra verdadera que no admite duda,.
-¡Qué palabras más falsas!-se dijo el novelista- . Y dispuesto a no
discutir más con su personaje, abandonó la pretensión que tenía de corregir segundas ediciones, borró lo que había escrito al margen de las
pruebas, y escribió al impresor: «Corrija las pruebas con respecto a la
primera edición».
Después encerró las pruebas de «Apasionada» en el gran sobre color
barquillo, y se quedó pensando en Asunción.
«Ahora, ya no tien~ importancia_ lo que piens~, porque ~o voy a trasgredir la novela, metiendo en ella nmguno de mis pensamientos... Pero
Asunción, qué gran fracaso mío fué ... Está tan lejos de mí, como el recuerdo de ese libro... Pero ella está más joven que el libro ... »
Hacía pocos días que la había visto pasar, y Je pareció más alta, aun344

LA PLUMA
que siempre aquellas ro1·ec
1
guiñoso.
es en ª cara la daban un tipo ordinario y sanIba envuelta en un gran abá d .
serpiente interminable y le~-- n e/iel~s, como en las vueltas de la
merece que te haya ;ustituídi con, os OJOS: «Ya ves que el calorcillo
había para ella en el abán 1
a aparentando todo el mimo que
&lt;i_e que las melosidad~s de foes
verdadero an:iante ya, convencida
res son parecidas y muy momentaneas. Ya a aquella mu ·er h b.
ser amado por ella, habla qu! 1~ªc6ue arrancarla el gabá~ de pieles para
como con el nuevo dra ón Con I ar con el_ fuerte ego1smo del gabán
envolvente, iba dando
g~bán 1!cbra metida dentr? del gran cuello
esos que tanta importancia daba
cuando se los prodioó a él.
«¡_La Apasionada9», se decía And ,
. .
. :es &lt;;on encendida mdignación. Pero
.acallo en su pensamiento Ja
1 t
s recnmmac10nes como · t ·
~~ ores recogiesen teJepáticamente sud d. ,
. s1 em1ese que los
c10n, de ~a novela con frialdad.
es en y acogiesen la segunda edi. El mismo no debía recurrir al segu d
smo quedarse en aquellos días de su n momento de, aquella. mujer,
cuando le esperaba mirando por la Jª~j n, cuan~o fue Ja apas10nada,
al hermanito jacarandoso
u h m_. a entreabierta, cuando temían
esposa del tío rico- cuand6 1! ~
vive a costa del dinero de ]a vieja
-que ahora sale en el ~uiomóvil de
llorabj reclai:nando su honor, la
Volvió a sacar las ruebas del/ b 1Jª con ª ~;:trnga en ]a bigotera.
masiado, pero meter f¡ unas
o re, proi:net1end?se no corregir denovela. Iban a ser nuev~s reofi~abrfs qu~ d1dsen mas modernidad a ]a
él mismo por quien Jo haciaº s ª1 a m~Jer espreciable, pero era por
las palabras «desvanecedora&gt;; y«~; ;.s primeras pruebas que leyó añadió
«trasminaD&gt;, «radiosa», «aurina» ~&lt;c~~~da», «broflados~&gt;, «plenilunar»,
«Esto es más parecido a una ~ueva i os~;&gt;, «en orec1da», etc., etc.
Andrés; pero seguía leyendo:
pas10n, que a otra cosa», se dijo
«-¿ Y por qué has hecho eso en el t t ~ Y. h
.
-Lo haría mil veces... En la obsc:~-;l:i· i ª as visto q~é escándalo!
drama, necesité darte ese beso S b . t d, d de la sala, apasionada por el
mujer, y se ag:uantaban, y su; -~u;e;:r :C
abandono _de aquella
otro ... Yo quise quedarme contigo y que t 0 d lo n . e ellos y se iban con el
Andrés seguía Ja 1 t
, .
os supzesen .. .»
.
acordaba bien.
ec ura con rap1do caminar. De todo aqueUo, se
«-Quiero quedarme sin pasúJn par •
si tem,ese ír a morir.»
sumpre...-decía ella, y era como

d.

\i:nsbu

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tºJªr

:~!;:~~ª 1

ª

.. -~-..:..re·q~z~~~-q~;;e~-~d~.-..· j,¡; dzjt~~~

;~~-~-;ciz~~-;º~;s-.:_~~¡;ti~ ~¡¿;;
345

�LA PLUMA

J,A PLUMA,
y Ernesto temía que aquella mujer quúz"est hacer de él un mí~ticfsmo de
ella misma por sí misma. No podía corresponder a aquella pastón desusada, y tenía miedo; le data miedo del descontento de la mujer apasionada.&gt;&gt;

· ··;&lt;:..:._Q~;~-~ ·¡¡;~~-~~~·s·; p~~;j,;;·pe~~·;~ p~~i6~ ~~;d~: y°i!,;~;st~ ·;ei;

·¡~
falsa que es la pasión, y le parecía que aquella mu;er se burlaba de él. La
miraba con recelo; pero ella jugaba con su cabeza; la abrazaba como quien
da besos a un muñeco de cabeza desartz'culada.»
El novelista añadió este párrafo:
«Alguna vez le parect'ó que le habt'a arrancado la cabeza, que se la había
sacado de su wyuntura, que había pa_sado eso p01: ese des~o de pasar a lo
grotesro 11 a lo ruinoso, desde lo apasionado que tune lt; vida.»,
,
«¡Cuidado que tiene abrazos esta obra!», se dec,a Andres. Y segu\a
las peripecias de aquel amor absorbente, desesperado, en que ella beb1a
su sangre y que tan falso final tenía huyendo de ella por lo «apasionada» cuándo lo que acabó pasando es que como ella era «apasionada&gt;&gt; de
pur~ falsa, y todos sus deseos de agotar su pa~ión eran deseos de agotarle a él para correr a agotar el mundo, se fue al fin con otro,
Ni el primer día de su pasión debió gozar aquella mujer, que aparentaba el goce insaciable, el deseo de morir exangüe.
«¡La Apasionada!» Y el novelista tenía toda la repugnancia de su
obra pasada y hasta sintió el deseo de renegar de toda su obra del pasado, como e;os curas renegados que, al fin, se arrepienten de haber
ahorcado sus hábitos ...
Seguía leyendo la novela como un extraño, .Y seguía pensando:
«¡Cómo engañó a mi inoenuidad con su exuberancia! El secreto de ella
es que no encontró nmi'ca fondo a su pasión, y como no encontraba
fondo nunca, quería forzar el mundo y las fuerzas hu11;anas,. en su desesperación de no encontrar el fondo que el hombre, mas resignado gui;
la mujer, encuentra muchas veces, cree encontrar much_as veces ... ¿Que
creería que era la vida y qué era el ~la~er? ... ¿Es pos1~le que creyese
que en el fondo del matraz de la matnz iba a quedarcua¡ado el secr~to
filosofal...? Sí ... Algo de eso había ... Quería conseguir hecha, petnficada, tallada, la piedra preciosa del placer... Hoy y~ debe ~star convencida que si algo puede quedar del placer es un gaban de pieles, un bolsillo, una comilona ... ¡Y a qué poco la debe saber eso, por no haber
.
conseguido la resignación en la pasión!»
Aquellos márgenes para los insultos, p~ra los pellizcos, para_ todo,
que le ofrecían las pruebas co~o una tentac1ó,n mal\S?ª• cuando s1,n modificar toda la novela no pod1a hacer eso y solo pod1a ponerla mas pul·
seras y cintillos, eran una tentación vana.

Otr:i- vez volvió a meter I~ novela en el sobre color barquillo. cada
v~z mas tostado , y engomo la lengüeta del sobre cerrándolo
siempre.
,
para
. Quería reaccionar contra aquella tentación, que había disipado el
tiempo de su tarde en la labor más estéril del mundo. «He podido hacer
otra novela esta t!rde», se dijo, ensanchando el tiempo hasta donde lo
ensancha el engano.
relojes, en,tonces, e!Dprendieron de nuevo su batalla aquel def ,Los
sa1w
d_el que era el el padnno, y Andrés siguió escribiendo s~ nueva nove a, tltu 1ada «El bamo de Doña Benita».

I,I
An~rés escribía su «Barrio de Doña Benita» deprisa, como albañil
que qm~re poner la ban?era en el tejado. No parecía sino que se hacía
casita en aquel ba_mo, en el que estaban retirados los espiritistas y
luna
os traperos, y que se iba a retirar a vivir allí.
«Apartado tle Madr:z'd aquel ban"io por barrancos úzsubsanables tenía
un e'!canto de cmunteno en las afueras, dcementerio vivo y lleno de 'comadrerias.
. "T:7ivfan coroneles 1etirad.os, contratistas de Pompas Fúnebres, verdugoJ7ubzlados y, sobre todo, traperos, numerosos traperos enriqueet'dos.
En las casas de lf!s traperos,_aquellos perros que t'l,an detrás del carro,
de_ la basura, desgrenados, con virutas entre el pelo, se dan ahora una o-ran
0
vida, pero ladran a todos los transeuntes.
. r.1Quzi!n h~bía st'do Doña Benita para dar nombre al barrio? Doña Benita fué la vruda de u" gran lechero de Madrid, cuyas vacas blancas llenaban los valle! de los_ alrededores, como si se hnbíesen llenado de cachelos
den~os, como sz un'! nada de algo espeso y de color rancio se moi,iese con
lentztzui de masa vzva_. Doña !3enita, cuando murz'ó su esposo, le hizo una
sepultura de gr~n lu;o, cc1t duz grandes fm oles, y compró los terrenos de
su actual barrio, haciendo construir sus primeras casas con ese redondel
grande en lo alto-que hoy ha quedado vacío y como un monóculo del cieloporque pensab'! que to~as tuviesen reloj.
'
Dona Benita quena fundar su rez'nado frente a la lnfanta Doña Carlota_,Íc.ue en_tonres_gozaba de una gran simpatía entre el pueblo. Mu:fer sín
socu, ad, sin amistades, JI temiendo &lt;¡tte ta robasen una noche, fundó un
barno pa, a definderse con sus vednos.
¡Cuántas veces pronunciarían a su lado el nombre de Doña Benita! ¡Aún-

346
34'l

�LA PLUMA

LA PLUMA

.hay ecos de aquellos Doñas Benitas, esparddos por las ~mies agradecídas
que Las
la rodeaban!
.
las alquüaba
"'rimeras treinta
casas que construvó
~ '
t d t por treinta J'
r
a·
t'
·d y de buenor an ece en es.
.cuarenta reales a gentes is
as , casas al;·ededor de aquellas treinta,
Después se fueron constr11yen o mferederos subitron todos los hoteles e
después se murió poña Benita, y sus . de la caritativa Doña Bent'ta, que
hiáeron sentír mas a todos _la n_os:!lgz~ visz'ta de su diócesis al pasear por
era como el obispo del barrio, szemr:e e
l
levanta su Excelencia
.el pueblo. Hasta levantaba esepol1;J,;1 d:~:t/];ees~U: Doña Benita, como les
,con sus manteos largos Y arra!t,:a ' ólo titne el milt'tar que arrastra
daba a los obispos' el prestigio que s

ingud

el sable.
id I tú D - Benita el que no tenía ninEra tl p_eor bar~iolde_ J1jfr etrariaº::S tapias 'como corralillos de un
a-1ín porvenir, el que a /{"n a mos
-~iestruífo puebw de e"!'zgbant~s'.. tú Madrid z·ba aüruien como buscan10 las
Asz como a Los ~bos a_rrzo, ,
dído enco:trar nunca, empkandose
ideas y las perspectivas que no habza p_o iba nadie y por eso sus vecinos,
en un detectz:vismo id~al, a aq;;_e~ba:;rz~1/:aban con gran odio a los que lts
cuando haczan un vzaJe ª, ª rz ' na vz·uda de mirada enconada Y
.acompañaban en ~l ;¡-anvza.b Al ve;r:ona en ese tranvía número 56 se
•aviesa' aun parecien o muy uenad
del barrio de Doña Benita.
podía sospechcr que era un_a po~l~ orf otro lado del mundo y tenía la igltE l barrio de Doña Benita es a a a
. . e z·o extraño como conceaído
sia llena de lechuzas,!º qual ya era un /rtvzt !clavado en la trasvida.¿ Es
.a un siti"o de otros pazsa1es y de º'Jf~c_j/;::::s alrededores? No, aun siendo
.que hay siquiera una lechuza en a
.,,
un animal tan vulga:.
i d
meditativo muchacho vestido de
Sólo f!afidael, bu~z Jtovbe~ez;:x¡; :U~h~rla:Jcter que tenía aquel barrz·o, J hasta
V d d
luto habza escu zer o t
1
.habia tomado ~ajé eDn el_ C
~e u!~:b~n ya el extranjero, y tn el cafeEn el barrio de ona , enz ª
sas m voz alta, protestando de
Jucho «LJ\ VERDAD» ~an tod~:- ~~i~iese dar víabüidad a la protesta
-las autoridades de Ma, n 'zmo . debía saber lo que se pensaba en el
y hal:er que ll:gase ª. ozdos
quien
.
l barrio pues cuando al atardectr
./Jarrto de Dona Benita.
Rafael no volvía t:l bar.w st'o 1ºr e i ato Rafael volvía porque había
tornaba hacia Madrid, afronta : ehase:nds g~apa del mundo en el jardín
descubierto una tarde ª. la mue ac %abía vuelto a ver más.
.de uno de aquellos hotelztos, y no lah .. d l t a"ero cuya vida adornaba
Era indudablemente, la blanca 1Jª e r r '
..el interior del hotel como la más bont'ta caja de conchas.»

f

_34&amp;

1fé

z

El novelista se paró al llegar a la aparición de ella por entre los barrotes de la verja, junto al columpio en que había jugado indudablemente de pequeña y con el jardín lleno de geránios rojos, con los que
parecía haberse fabricado la blusa que llevaba, como se hace una blusa
de punto.
Andrés veía el barrio tan vivamente, que se sentó a descansar en una
piedra de la calle. Su despacho estaba muy obscuro, pues la luz del no-velista no debe esparcirse mucho por la habitación.
El novelista estaba en ese momento que, siendo el más claro y verdadero de la novela, ane 0 a en su propia realidad y hace pararse a ver,
aprovechando la intensi~d de las miradas, con ruín egoísmo de tran- seunte, olvidando la pluma.
Andrés veía las casas hechas con basura, con un armadijo de polvo
y agua, y desolaba sus miradas, el ver aquellos monóculos que remataban las casas, aquellos cercos en_los frontis en que iban a ir los relojes y ·
que gracias a la Providencia no fueron, pues de haber estado las calles
de todo el pueblo llenas de relojes, Dios le hubiera puesto al mundo la
multa expiatoria de la confósión del tiempo lo único que no está con-fundido en los distintos pueblos. Aquellos remates vacíos que el novelista
veía en lo alto de las casas, como los más vanos frontones, le daban
la sensación de cuencas de muerto que mirasen a los cielos .
Cada vez le parecía al novelista que estaba más asentado en su necesidad de escribir aquella novela del Barrio de Doña Benita, edificado, más·
que sobre la tierra, sobre un falso montículo, hecho de lo que tiró todo
el pasado a la que entonces fué la sima más lejana de las afueras. Sobre
el más ancho vertedero estaba construído aquel caserío, de una realidad
desesperáda, cruda, atroz, sobre la que lucía como una luna muy trans- .
parente y de óvalo muy pequeño, el rostro de la hija del trapero.
i,I

I II

¡Jj

' ,:i .

El novelista no recibía casi nunca a nadie; pero aquel crítico, que se ·
pasaba de sagaz, desconcertó ~ la criada, que le salió _a abrir, dicié~do!a
que había visto luz en el balcon del despacho, y gracias a eso consiguió•
entrar ...
-Querido amigo-le ~ijo Andrés-, me alegro de ".erlo; p~ro le
podré dedicar muy poco tiempo ... Tengo una tarde de mspirac1ón, y
quiero aprovecharla ...
-Me voy en seguida; pero no quería dejar de estar un rato con usted ... Por eso he recurrido a decir a su criada que había luz en el balcón,.
349

'•

,I'

�LA PLUMA
• me ha dejado pasar, porque no h~y nada qu~ más útil sea para vencer
'fa resistencia de las criadas que decirlas algo sm precedentes, algo ? lo
que no las hay? hecho cont~star nadie ... Seguramente usted le tiene
.
.
-dicho que no deie pasar a nadie...
-Sí-contestó Andrés-, le tengo dicho eso; pero, lo que usted dice,
para el que ale~a un nuevo pretexto no hay consigna _que _valga....
.
-¿Y ademas tendrá, fuera de eso, dos o tres P:edilec~10nes? La. f!11ª
recibe a todos los rubios que van a verme, y también r~c~be a los m1htares ... Lo de los rubios, no lo confiesa; pero lo de l,os militares, me lo ha
llegado a decir: «Ya lo sabe el señor, yo no podre negar~e nunca a un
oficial». Y es que su anterior amo, con el que estuvo qumce años, era
un militar ...
-La mía-dijo el novelista-recibe a todo el que venga con sombrero de copa y a los curas ... ¡Y qué_ t;abajo me ha cost::ido que no
reciba a los que quieren pasar para escnb1rme algo, para deJ_arme escritas dos letras ... Antes los pasaba a todos y se atracaban de libros... ,
Después el crítico hab}ó de la última novela de Andrés, que no hab1a
.,gustado mucho.
.
-Yo no me explico por qué no ha _gustado t:1nto como la antenor,
•Y hasta ha habido alguien, el calumniador de siempre, que ha hablado
.
'
,.d' e decad enc1a....
..
.
El crítico guardó silencio un rato; preparaba ~u frase c;1_t1ca; tema ya
un pensamiento para su crítica, de esos _pensamiento~ cnt!cos que p_or
recabar su originalidad sacrifican a su D10s. ¿Le habna sahdo la gemalidad a expensas de la obra o a exp~n~as de su ii:ge~io y de su ideal?
-¿Quiere usted que Je diga lo umco que perp~~1ca la :1 nov~~a?
-Venga-dijo el novel~sta. -- \ entonces, el cnt1co sut1_l le d!JO a An.drés la única cosa que explicaba como aquella novela tan mteresante no
había oustado:
.
.
.
-&amp; porque nos~ fuma en ~oda_la_ novela... Nadie enciende ~n c1oarrillo ni por casualidad ... Es 1rres1st1ble una novela de cuatrocientas
páginas en que no se fuma, en que no se d\ce es? que hace des_cansar la
tensión del público y que bast:3-_ q1:1e el. escritor diga de cualqmer personaje: «sacó su petaca y repart10 c1garnllos entre todos los que le escu,chaban».
,
• 1
El crítico se enteró de lo que prep~raba Andres, y _despues, a yer
que el novelista cerraba el libro del balcon corno para evitar que algu~en
más recurriese a la estratagema de la luz en el despacho, se levanto Y
:se fué.
.
..
.
El novelista ya solo llamó a 1~ criada y ~a d110: .
-Mire, nunca me pase a nadie ... , a nadie ... Y s1 alguna vez la dicen,
_350

LA PLUMA

\

como hoy, que ten$º luz encendida en el despacho, dígale que es que
usted la _!-la _ence~d1d? porque estaba limpiando... ·
-Senonto,. ¡hi:np1ando con los balcones cerrados!
-No ... En 1~v1erno, les puede decir que estaba encendiendo la estufy ... Ahora vayase, y nada de explicaciones; que me escriba el que
qmera, que yo le contestaré.
Al ,que~a_rse, solo Andrés dió una vuelta a 1a llave de la cerradura,
despues, dmg!en~ose a}a cortina de la puerta que daba a la habitacióK
de al lado, la abnó y d110 a alguien que esperaba allí:
-Ya puedes pasar... Estoy solo ...
La Inspiración pasó y le abrazó, sentándose en el brazo del sillón.
-Levantate el velo, porque mis besos tropiezan siempre con alouna
0
mota y me_par~~e que no t~ doy ninguno en plena cara.
La Insp1rac1on se leva~to el velo de motas y apareció su rostro un
poco amoratado por ,el fno, encontrando Andrés en sus mejillas el sabor
a sal que las da el fno.
-¿Me traes alguna nueva novela?
. La Insp_ir~ción desató un rollo de papeles, de esos que hacen las mu¡eres, convu:t1endo en cosa de música toda documentación, y le dijo:
-Te tra1°o unos caracteres de hombre.
E!, sin cefos, porque se trat?ba .~e la Inspiración, que tenía que hacer
esa vida para poder ser la Insp1rac1on, la dijo:
-¡Ah, va~os! ¿Con los qu~ ~e las has pegado estos días ... r'
E!la, reve~tida de su gran d!g~udad de Inspiración, guardó silencio y
acabo de abnr su paquete, ded1candose a desabarquillar bien los papeles
enrollad~s. D~pués los puso a su vista sobre la carp'!ta.
f\_ndres l~yo en_ ellos largo rato, aunque cualquier lego en cosas del
espmtu hubiera dicho que?º leía nada, porque los papeles estaban com~etam~nte en 1:&gt;lanco~ _esenios con la tinta simpática de la Inspiración.
espues, Andres volv10 a arreglar las cuartillas y se puso a escribir en
ellas por u~ so!? lad_o, aunque el otro estaba también en blanco.
La I~sp1rac~on, siempre sentada en el ancho brazo del sillón, miraba
con sus 1mfertmentes de or~ lo que el _novelista escribía fijos sus ojos en
la _pared de fond_o, con es~r~tura de vidente, con la precipitación dormida de los medmms escnb1entes.
Sólo cuando dieron las nueve en un reloj de comedor más sonoro
que n_unca. Cuando sus ~oras resuenan en el estómago ;acío Andrés
pareció despertar, y volviendo a besar a la Inspiración, dijo: '
-Ya es hora de cenar; vete.
-Muy bien ... , !11UY bien ... Siempre lo mismo ... Los escritores
nunca me han convidado a cenar, ¿y después no queréis que me vaya
351

�LA PLUMA

LA PLUMA

con el que me convida? ¿Sabéis siquiera cuántas cenas de mujer tiene la
vida?.. .
·d
b
h b
y
La Inspiración, sobria en palabras, buscav1 as y usca om res
buscamujeres, porque el yicio la consume, se puso su velo de motas, y
con un gran tipo de pianista y de tra~posa, pero bella como una lo~a
bella, se fué con dignidad sin aquel atributo de papeles con que hab1a
llegado.
. , ir
..
Andrés la dió un beso sobre las motas, y 1a d e¡o
sm 1evant~rse, s1·n
salir a despedirla ... Sólo la dijo, para ahorrarla el falso empu¡ón que
tanto irrita:
,
1
-Primero da una vuelta a la llave, porque esta cerrada a puerta.
El novelista, cuando hubo salido ella, volvió a correr en sus cuartillas.
•
lt
•Cómo se iba a titular aquella Novela Corta, que ya tema resue a,
rafias a la visita de la del velo m?teado? Homb:e, por la novedad q~e
~lla había dado al asunto, se podna llamar «Cesarea~, en ~ez de «Tristeza infinita», que era como se titulaba. ¿Dónde habna podido encontrar
tan extraña figura la del velo mot~ado? _ . .
.
El novelista, para justificar el titulo, anad10 unas cuartillas a las que
llevaba hechas:
C ESÁREA

La habían puesto Cesárea porque la había te1ndo su madre después de
muerta &lt;rraáas a la operación cesárea...
Habían aprovechado que hubiese una Santa l(Ue llev~se el nombre del~
operación a que ella debió su vida aunque más bzen debzo llamarse Angeltta como su madre.
• í.fi
l
' Resuttaba, después de todo, que ~l~a llevaba un nombre c1entz co, e nom{ 1 III d 1
bre oloróso a yodoformo de la medtczna.» .
Des ués, el novelista siguió en la cuartilla 28, en el ~ap tu,º . e a
novelítf. •Ya había encontrado el por qué de aquella tristeza infinita en
una muc6acha de diecinueve años!
.
d'
«Cesárea se había casado con aquel 1?1-uchach~ que desde el pnmer 1a
pensó en la boda, como si se fuese a ~onr repentinamente antes de absorber
_
todo el encanto hermético de su novza. ,
Fermín no se explicaba por qué tema aquella gran smsatez una mu
chacha de diecinueve años.
,
La vigilaba. Estudiaba sus silendos como si los OY_ese. Comenzo a aprbnder a descifrar el silencio, a mirar lu que se entreveia por entre sus ca el/u;, a perse~ir su sombra.
352

r·Qué la habla pasado a Cesárea alguna vez que había ddado en ella
esa hu_ella de tristura, que hasta el día de la boda estuvo triste bajo sus abrazos, sin sorprenderse de lo que la sucedía, sin concederle esa palabra ingenua que después se recuerda siempre?
No habló, y soportó lo que parecía haber hecho con otro antes. Pero no·
al mz"smo t/empo, Lo demás respondió a la intangibilidad de Cesárea Itas/~
aquel momento.
fa~rmín Llegó a pensar, como con reproclze, que er,w esas las quieb as
que tiene e: casarse COf! una muchacha que ha vivido toda la vid• en 1un
pueblo y que por capricho de su padre, aquel señ,,r siempre enlutado esquinado, esquivo, viene a Madrid.
'
«-¿ !'ero no la quier_o yo, y el quererla no quiere decz"r que no puedo
q~erer sino que haya venzdo, y, por Jo tanto, no puedo defender que se hubiese quedado en el pueblo, porque en Vi1larudialeJ no la hubiera podido
conocer nunca?»-se preguntaba Fermín, con larga pregunta de recriminación_y con un enredoso lío sentz"mental.
- Y tl! pueblo, r•cómo es?-la preguntaba Fermín por hacerla hablar,
por ver st se la escapaba algo.
-Mt" pueblo es un pueblo obscuro-decla ella-; me parece ahora que
ya hace tres años que falto, que es uno de esos pueblos que h~y cerca del
Polo en_que son más los meses stn luz del día que los que la gozan ... Me
acongO.Ja el alma pens.ir que yo sería en aquella obscuridad algo asi como
una lamparilla en un pasillo...
-¿ Y es un pueblo grande./J
-Sí... Es muy pande; por eso es una vílla con catego,ía de ciudad...
Pero eso le hc:,ce mas desdú:hado... Porque son muchas vidas las que comparten la mis'f!Za _obs_cit;idad,,JY efº. en vez de disminuir la desgracia, la
aumenta... ¿ Dzsmznutra lo mas mznzmo la desgracia de lus que van a la
fosa común el que sean muchos los que caigan en la misma sima?
Fermfn míraba a Cesárea con pena, y se arrepentta cada vez más de
haber deseado que continuase en aquel sórdido pobláchón; pero en seguida
yá estaba de nuevo preguntándose qué es lo que hacía que en el mismo Madna la sáltese tipo tan trágito. ¿Por qué tenía aquellas patillas de d:1lor
ver~deras p~tillas de .flan:enca toca:dora de guitarra? Eran como dos pen:
samzentos tristes que cubr,an los cristales de aumento de las sienes, verdaderas claraboyas de la cabeza.
Aquellas palíllar de Cesárea eran como las cla,z,es contagiadas de tristez_a _de una mú~ica t? iste, algo asf de grave t¡omo la clave que comenzó escnbzendo Chopm en su marcha funebre, ya imbuida de toda la tristeza que
se le escapó después. Eran como dos signos de dolor, en vez de ser la cosa,
dotada de retrechera alegría, que hay en las demás patillas.»
23
353

l

�LA PLUMA

e:~~~;

.
uello bien a su desenlace. y a es:;ít~fos la obs1;5ió~
~:ia
El novelista hiz~au~i
taba visto:, exagt/do la infancia bonitilla de ~rea, cofaesa: cualquier
grave ~ab1a ta\:chará de un maestro qud esa~~s sino de viajes, de
ticulanzarf ~º!u amigo y confidente, ~no e id: de' irse a _Madrid, un
tarde que u uando su padre cumpliese su ·ta1 de Provincia».
P''/;'"''º!~~Úo que sólo espernba i, al~ ';:~el pobre maest&lt;O, po, 1ÍI

po f,'0:::,1n llega¡~

d~~ ié:

;~i-

c,:'fnfu!d1~~~~ más.celos t!';";,'':',; t~:,:\'::d~:

que llorara un dl oobrecillo sigue all1, y, sm e¡ mfrido de su me1or
llora ¡o.rque
'&lt;e F e'l en este momento a que e
eno estara
st
'&lt;¡Qu aJ
, . ltando!»
ne~rece la blancura
amiga 1
i/~:~licación de aquellafi.de~~~~ Yq~el~ncolica el padr , que
7 ...
Por , 1 d en una hora con
. d 1 eración cesarea
de Cesárea, se a . días olvidado que es la h1Ja e \~~esi nas y la amas,
le diráas~yern,o. casarla... Serásiempreas1... Y,o la hit de la operaPor eso no.quena yo No olvides, pues, nunca que es de iu madre, poro me la devuelves.. : dudablemente encarna el alma l madre. y vive la
ción cesárea gue 10 ue en esos partos se muere ~ ver ue su hija
q~e yo creer !1d~~~eciso heroico_de qalue la ~;:rsi la esca%ó, deseosa
h11a, porque s
ue ya no tiene ma, d
alma ¿Compreniba ª nace\ ~~erprt:~it6 no se c~rro~pa, l~ :s;~rmenuda, más seria
un alma mas v1e1a, mas
de que aque c .
d
d '.&gt; Por eso tiene
es,... .
d ue su cuerpo».
f rza secreta, reserva 3:,
que su JUVr~ ~1ntento de poder dar aquella u;ulimientos delicad1s1El novde is a 'aquella muchac~a de plataÍ ~i°ony se fué a cenar. Ya esreenca~3:
a, cuartillas de '&lt;Cesarea» a un a
mos deJO las
taba' planeado el asunto.

6~

l

IV

que Andr~
. •
1 hombre a la puerta del novelista,
h a verle.
Tema
Tanto ins1st1a a9.ue
odía creer con tanto derec o l médico que
salió para saber qmd~i5~fñor de la vecindad qr ~d~~~ ~o quiere redel caso 1~ urgenc1~e acuda a un caso grave, y e ro
vive abaJO para q
.
birle.
éd
ba?- le preguntó el novelista.
-¿Qu esea
cho No era cosa
-Yo soy
• ... _ y le señaló la puerta de su despa ·
-Pase
... ,..pase

LA PLUMA
de que en la antesala se pusiese a declarar aquel hombre el secreto de su
pretensión. El novelista, como hombre que ace~ta la imaginación, sabía
que aquel hombre podía estar unido a él por vmculos profundos, aunque insospechables ... Por eso no se atrevió a preguntar, por no hacerle
una pregunta
dijo
por fin: impertinente. Se le quedó mirando, y el hombre aquel
-No me conoce, aunque me debería conocer... Yo soy Alfredo, el
personaje de su novela da resina» ...
-¿Alfredo?
-Sí,
Alfredo,
aunque
no...
me llame así; por más que también estoy
en la
A, pues
yo soy
Alberto
-¿Y qué quiere usted, Alberto?
-No ... , no me llame Alberto ... Usted me puede llamar Alfredo ...
Yo se lo consiento sólo a usted ... A los del pueblo no les dejaba ... ¡Pocas
riñas que me ha costado que me lo llamasen! Y me he venido, porque
no podía seguir viviendo allí después de sus descubrimientos ...
esa mujer también heredó la resinera del mismo modo que
mi -¿Pero
protagonista?
-Sí, señor...
-¡Qué coincidencia ... !
-No es coincidencia, señor, sino que es un caso completo que ha
llegado a sus oídos, y usted lo ha propalado ... Yo no lo siento del todo•..
Me ha dado arranque su novela ... Me he separado de mi mujer, y aquí
estoy, .. «Bien dice usted que era vergonzoso vivir de aquellas heridas del
bosgue, de aquella savia de la tierra en que estaba enterrado el muerto ...
Viv1a él en su herencia, porque sólo se vive, como en el cuerpo, en la
propiedad ... Por eso el asesino no ha acabado de matar a su víctima
mientras goce de su dinero ... » Ya ve que me sé su novela bien ...
-Sí... Oyéndole, me parece que lo que he escrito es un drama, uno
de esos dramas que abofetean al público desde el principio al fin.
-Y es un
drama,
no tenga
aprendido
como
un drama
... usted duda... Mi mujer y yo nos lo hemos
-¿Y a qué viene usted aquí...?
-¿A qué .. .? A que usted me coloque ... Yo he dejado la Resinera, he
dejado a mi esposa, he dejado todo lo que no era mío; usted me lo ha
enseñado, pero no tengo nada... Esa oora le ha dado a usted, según sé,
mucho dinero; justo es que se acuerde de mí, y, o me dé un poco de ese
dinero, o me coloque en algún lado .. .
-Lo pensaré... Déjeme sus_ señas ... Voy a hacer todo lo que pued3: ...
-Dicen que esa es su me¡or obra... Por lo tanto, yo soy su me1or
personaje... No me puede tratar como a un cualquiera ...

354

3,;5

�LA PLUMA
. .
l l e no podría convencer de su inseñas y después de un rato de
El personaje de ~u vieJll:bnovÍ
1
1
e~stencia _real ante~1or a i ro, e
'
,
conversación se fue.
,
.da el caso de conciencia y comenzo
En el novelista se _pla~~eo en segi:: alfombra había hecho una vereda
a pasearse por la hab1tadc1on, e~ cd~ tanto insistir en ella, de tanto trazar
.
campestre, una vereda . e c_one¡o,
el meridiano de la hab1tac¡ón. . o· todos los bosques de pinos, lo misTodos los pueblos son o ~1sm ~l conflicto que se albergase en una
mo· pero cómo podía ser el m1si;rio
d. del bosque por verdadero
Resi~era, cuyo e~ificiópleva ;~t~r r-:S:a ~~ plena salud, en plena vida.
capricho nada mas.•• or P

ªdfó fu

1 l~

OBJECIONES

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
VALLE INCLÁN EN MÉJICOf Y EL
PATRIOTISMO PASADO POR AGUA

(Continuará.)

de honor de la República mejicana ha sido en estos meses Valle lnclán. Por una vez al menos, un pueblo americano que conmemora el suceso de su independencia, recibe a un representante español que no nos causa risa-, ni sonrojo. Incorporar cierta representación extraordinaria de España en un gran escritor, que además no postula mercedes desde el séquito de algún archimandrita del patriotismo ortodoxo, es mucha novedad, y arguye un desenfado inteligente que no
podría esperarse de quien manda. En efecto: No es España la que ha enviado
a Valle Inclán; es Méjico quien le ha llamado.
Gran silencio en la prensa de Madrid acerca del caso. Si el convidado hubiese sido un ministro zafio, o algún español del orden ecuestre, las agencias
fatigarían el telégrafo trasladándonos hasta los menores ruidos oficiales que el
personaje fuese emitiendo de uno en otro banquete. Del viaje de Valle lnclán,
lo primero que nos cuentan es la protesta de la colonia española en Méjico,
lastimada en su patriotismo por algunos pareceres de don Ramón; y un papel
madrileño le reprende por su falta de respeto a «ciertas instituciones que son
la encarnación más alta de la patria,.
Ni con los protestantes de allá ni con el censor de aquí y su risible fraseología estamos de acuerdo. ¿Va a resultar que los españoles emigrantes son
todavía más españoles que los asentados en la Península? ¿Que los viajes, la
U¿¡¡PJID

3.57

�LA PLUMA
presencia de otras razas, el trabajo, la disputa por la fortuna, sirven para quitarles a ciertos vocablos su significado concreto, terrible, y convertirlos en
formas hueras, capaces de recibir las ensoñaciones sentimentales que el apartamiento y la distancia suscitan? El españolismo, como quiera que 3parezca,
no e&amp; de ley, no puede resistir la prueba de la verdad ¿Y va a sofocarla invocando representaciones falsas, valores usurpados? Si tenemos alguna noción
de patria es la de una comunidad donde el trabajo manual y la inteligencia
desinteresada sean el contraste y la medida únicos, el aro por donde haya de
pasar cuanto aspire a ser socialmente digno de respeto. En lo que hoy se impone como patria, en el código del patriotismo militante, lo más es usurpación
y rebajamiento forzoso de aquéllos, matute y baratería, en que los valores primordiales resultan, en substancia, desfalcados. ¿Qué pretenden, pues, enseñarnos cuando a un español de rango que expresa su recto sentir le v_uelcan
encima una carretada de ripios patrióticos? Nadie puede hablar por España
c:on más dere&lt;;l).o que los intelectuales puros. Valle Inclán y los demás españoles de su categoría, son los verdaderos príncipes de España. Y nadie tiene,
fuera de ellos mismos, la representación de la España que se esfuerzan por ir
engrandeciendo. Si los españoles del lado de allá del mar no lo perciben así,
les bastaría darse una vuelta por la Península y contrastar con la realidad sus
imaginaciones. Y los que, llamándose tal vez intelectuales, vociferan aquí los
tópicos más nocivos, no dejan de asumir un papel triste por mucho que se
unten de sociología. cLo peor es-dice Feijóo-que aun aquellos que no sienten como vnlgares, hablan como vulgares. Este es efecto de la que llamamo&amp;
pasión nacional, hija legítima de la vanidad y la emulación.•

LETRAS ALEMANAS
no he hablado del teatro en mis crónicas, o s'ólo he hablado de
él incidentalmente. El teatro representa, no obstante, el primer
p~pel en la literatur~ alemana contemporánea, y con razón se ha
dicho que el teatro tiene en el Reich un valor social de primera
línea.

ÚN

Porque ha sabido herir a las masas y llevar sus repercusiones a todas las
clases de la población. La competencia del cine no ha podido estorbarlo, y no
creo_que tengamos un ejemplo tan perfecto de cómo el público se interesa
apasionadamente por una revolución literaria. Si el expresionismo ha movilizado las energías todas, los pensamientos y el entusiasmo del pueblo, a la propaganda hecha desde la escena se debe. La descentralización intelectual de
Alemania ha propagado copiosamente el esfuerzo hacia los cuatro puntos ca _
dinales. Fácil es notar la consecuencia: no es raro que a un mismo autor se ;e
represente_ a la vez en diez ciudades y en quince o veinte escenarios; no es raro
que una misma obra se represente en diez lugares distintos y con su·e "ó
d"
.
.
.
J c1 n a
1ez cntenos diferentes; no es raro, en fin, qwe quinientos periódicos consagre
un folietón al mismo drama en el decurso de un mes. Y todo eso, en la mas:
blanda de una multitud, es una levadura enérgica y fecunda.
. Francia,_ y, creo yo, España, igno~an por completo el teatro alemán. Apenas
si e~ conocido el nombr:. de We~ekind, y el de Max Reinhardt constituye en
Pans, en una conversac1on, un diploma de erudición europea.
Pero Frank Wedekind es ya un precursor, si no un antepasad:::, y Max
Reiohardt parece, entre los directores dP. escena de su país, un innovador
harto tímido. Verdad que es justo colocarle, junto a Antoine y Gordon Craig~
3H'

�LA PLUM A.

LA PLUMA
t:ntre los apóstoles de la reforma de la escena. Pero es un error resumir en su
nombre las tentativas qur: se han hecho en Alemania en esa dir.-cción. Rcinhardt
ha hecho mucho. Ha roto los moldes convencionales y loa marcos rígidos de la
interpretación realista. Ha innovado en todos los órdenes, devolviendo por
una parte, a las tragedias antiguas, a los dramas de Shakaspeare y a las obras
cc,ntemporáneas que podían soportar tanto peso, su carácter popular, y rehaciendo gracias a eso su cohesión; y por otra parle, aseguró la interpretación
preciosa y coloreada de las comedias. Ha tenido el don de descubrir y de formar grandes actores; de ellos hay que poner en primera línea a Alel'&lt;!nder
Moissi, nombre que preponderará en la historia del teatro del siglo xx, como
los de Mounet-Sully y de lrving preponderaron en la del siglo nx. Pero si
Max Reinhardt hubiera estado solo, no hubiera podido revolucionar profundamente la escena alemana. Y Max Reinhardt, cemo Antoine en Francia, es el
hombre de una generación que declina.

* * *
Hablaré en otra ocuión del repertorio y de los dramaturgos. Quisiera consagrar la crónica de hoy a estudiar la disposición de la escena, el arte del director, que en el teatro alemán es capital. A ojos de un francés, sobre: todo,
acostumbrado a los tradicionales salones polvorientos y a los jardines apolillados, esto es una verdadera revolución.
Es imposible resumir en unas líneas ni en unos párrafos las leyes nuevas
de la disposición escénica. Sería menester elaborar un código detalladísimo y
complicado, contradictorio a veces, si nos empeñásemos en compendiar
cuanto los directores de escena alemanes han realizado en los últimos diez
años.
Apuntaré aquí las tentativas más curiosas, procedentes de aspiraciones
unánimes. Hay en la orientación general cierta unanimidad innegable: la rebelión contra el realismo. Se deriva de las mismas causas que el gran movimiento
expresionista entero: la reacción violenta-en varias etapas, ciertamente, pero
de andadura rápida y sostenida-contra la estética realista que había sepultado en los abismos a la Alemania artística. Se vuelve a los clásicos senderos
del arte, de los que el superior de todos fué siempre la interpretación. El análisis, la fotografía y la miniatura quedan relegados, y el que más y el que menos trata de equilibrar los imperativos del corazón con las exigencias del cerebro.

Arte de interpretación. Ya se com
s ider.i.ble que en el teatro le cabe 1 prende, da_do ese c?ncepto, la parte condisposición de la escena
a a colaboración del director de escena. La
.
pasa a ser una verdadera
·,
nzontc se abre ante los
t .
orqucstac1on; un nuevo ho·
tt"la y cartón de las dec que_ es uvb1eron basta allí encerrados en los trastos de
oraciones urguesas Como e t d 1 ,
Juntad nueva va en contra de la
.
·,
n o os as ordenes, lavoactores un marco imitado d 1
se babia buscado hasta ahora dar a los
prolongar el esfuerzo del de a vt1 a real. Abandonado ese principio, trátase de
rama urgo.
La decoración no debe ya ere resent • .
crear una atmósfera Ai 1 1
~6
ar nada. Se le confiere la misión de
.
s a a acc1 n y le permite prod . 1 .
na. De ella puede dep d
ucrr a llllpresión pleen er, por tanto, el buen éxito de
b
cuando menos, consolidarlo, el dircct
una o ra, o puede,
y
or de escena comparte con el autor las
responsabilidades lnsist
·
amos en esto que es capital·
t
cercena cuanto puede la libertad del i
.
. • un au or, en Francia,
.
. d rector, consiente en hacer algunos cortes, pero le v· ·¡
y, lo más a m1;~:d~º:::;:~:ón ~muci_osa, le impone su modo de ver la obra
los teatros que, en ¡odas las ~i::aonac1oncs ~e la vo1. En Alemania, en todos
mático, el autor consiente
bd_des, se aplican a crear el nuevo estilo draen a icar sus poderes en manos de un especialista.
No se sale de su ofici
tan te: para el lnsunie:;n re~nocc la supre~_acía del director para todo lo rcsjanza del gremio de d" ~- e tal separac1on de poderes ha venido la pu·t é 1
irec ores, que, a su modo, también crean.
c1dar a gunos
de ellos·' pero an t es h e de detenerme un momento a hablar
&lt;le la
.
veces ~ac:rac1~n. Su carácter principal es la simplificación. Es cierto que a

~:ª·

en el 'Vieu;p~::~::;r/;t;:;:~~;!ero e\ raso es ~aro Y no s~ practica, co~o
ríos. He vis
.
' por a ausencia pura y simple de accesopico de cor:::!g;nas ~bras srn decoraciones propiamente dichas; pero el eme) d . . d
e co ores, acomodados a la acción de los cómicos probaba
es1gmo e poner un acompañamiento constante al texto
'
Muy a menudo la simplificación viene a ser Jo que llama:nos co
o que es cuando menos •
.
. . .,
,
n un vocaimpropio, cst1hzac10n. A veces se extrema la tendbl .
.
~nc1a, y cad~ ObJeto como cada gesto, conserva sólo un valor es uemático·
p enso, por eJcmplo, en la mise en scene de Hol/e ifeg- E de d G q K . '
en el Nouveau 1hédtre de Fraocfort de Main y ~n la ~e; del ~org a1ser
debida a Paul L b d
.
'
as, e mismo autor,
l' p
~g an • realizada en las tablas de la Freie Vo/ksbühne de
8
0n:u_n s_i~ llegar ª reducirla a fórmulas y a simples indicaciones, la
-0:;;:ci;:
ms1s e ya en los detalles ni en los ir.atices. Se aproxima a la

�LA PLUMA
. . .
retrocede ante ninguna audacia a fin de ro~per la_s
pintura expres1on1sta y no
.
. t6 .
El director de escena hene h.
les d• la notac16n pie nea.
. 1
reglas convencLOna
..,
abultándolos o reduciéndolos a su anto¡o, os
bcrtad completa para deformar, r la atención o que pretende sustraer a las
elementos sobre que desea llam~
1 que la de su instinto y la de su ?ermiradas, y no está sometido, a m_ s r;;t:ncias relativas. El ejemplo mejor en
cepci6n de los valores y de ,a~ imp
Francfort por Gustav Hartung al
. duda la interpretac16n dada en
esto es sm

GescMec/,t de Fritz von Unrub.
.
hayan llevado a los direc~ores de
e tales prcocupac1oncs
.
d
Se compren e qu a ores a lo que pret endo llamar la cdecorac16n decorad
escena y sus esta os m y
.
L
pierde en «fioriture• la dece¡ narraciones. o que
.
é dO t
tiva•. No más an e
as n
t
n el plano del arte plástico Y
f
a
Recupera
su
pues
o
e
.
ºd
ración lo gana en uerz ·
.
Tbrio de los tonos, ng1 ez d e
t aci6n de !meas, equ1 i
11
C
acepta sus leyes. onceo r
. d
destacados fuertemente: todo e o
erosos espacia os,
.
los planos, poco num
, º6
alor propio e independiente, a cond
!ver a la decorac1 n su v
. t
. se la
concurre a evo
. d . 'til y sin elocuencia, es c1er o, s1
vertirla en una obra de arte aphca a, m~. d ella constituye la belleza del
de CUdnto en umon e
•
t t
separa del con ex o Y
'
. a los accesorios todavía en uso en
drama, pero in,omparablemente superior
Occidente.
rt llenará pues un papel; ya lo be dicho.
La decoración, como obra de a e, 6 . é' t . ~vial aquélla siniestra otra,
.
. logia· será e mica s a, J
,
•
á 1
Tendrá también una ps1co
.
.
·a como un persona¡e. Dar e
.,]acial la de más allá. Tendrá importanc1la propd1e, Esquilo acompañará al dra.,
1 t 1• Como e coro
•
tono cuando se levante e e on.
.
verdaderos maestros en el
. .
él Algunos directores son
h
ma sin participar en ·
.
L pold Jessner entre otros, a
•
· es sugestivas: eo
arte de inventar decorac1on
kº d . e dentro de su sencillez, son
ejecutado algunas para obras de Wede in , qu •
verdaderos modelos.
.
d
la novedad grande también de la
Por aquí llegamos a la fuerza_ gran e,la S cabaron los trajes grisáceos,
Alemania· el co or. e ª
decoración moderna en
·
ñeº de nuestros almacenes
. t d y los muebles de rosa a l 0
y los árboles repm a os
•usto habla con sus colores.
c'6o habla y como es J
,
L d
de accesorios. a ecora i
,
, 1 decoración será triste o alegre, llamaPor ellos, más que por la~ lineas, ad
t ada por modo irrebatible. Los
S
'potencia queda emos r
d D'
tiva o neutra. u om01 .
,·ds de Car! Sternheim, obra imitada e ¡.
que han visto Die Ma,-quise oon A H' t
o olvidarán nunca la calidad
por Gustav ar ung, n
. 1
derot, puesta en escena
l"d d
da casi enfermiza, de Sternhe1m, a
del color en el teatro. La cerebra I a agu •

LA PLUM A1
acción, tensa hasta el extremo y de una precisión mecánica, la ironía discreta, .
pero formidable y las conclusiones cínicas ... todo eso la decoración y los tra-jes Jo destacan, o, por decir mejor, lo acompañan. Sobre grandes cortinas de
colores vivos, aquí anaranjado, allá violeta, se destacaba la acción crudamente:
como marionetas grandes, Jos actores llevaban trajes vistosos, inmensas pelucas bermejas o verdes, el atuendo de un siglo xvm expresionista, donde las
modas tradicionales Sf' alzasen a tonos violentos. No había allí más que e olor;.
puesto que faltaba la decoración. Con todo, un espectador extranjero, au nque
no supiese el idioma, hubiera podido seguir y saborear, si no los matices, al
menos el sentido de todo el drama.
El color. Dijérase que se había olvidado el partido que puede sacarse del
blanco y del negro empleados con prudencia en el arte decorativo. Los ar quitectos vieneses lo demostraron, y los directores alemanes los emplean en toda
ocasión. He citado las creaciones de Jessner para Wedeking. Pienso también
en las de Ludwig Berger para Paul Kornfeld, y en la inolvidable danza macabra inventada por Karlhdnz Martín para Wandlung de Ernst Toller.
Precisamente porque no está reducida a un clic!,é, que si resumiese todos
los tonos en blanco y negro caería en la arbitrariedad, no insisto más en la
apariencia de la decoración alemana, Diré tan sólo que vive. Se afana, ev oluciona, a veces se contradice, pero es a menudo creadora. Apasiona al público y
subyuga su atención. Se impone. Y cuando digo decoración, no me refiero solamente al telón de fondo, sino a los trajes y hasta a la mímica, a toda la disposición escénica, a cuanto depende del director y no es cosa del autor. y ·
para dar en conclusión una prueba negativa de la importancia de la decoración
y de la independencia necesaria del director frente al autor citaré el caso de
Oskar Kokoschka, Éste, que es uno de los más grandes pintores de la joven
A lemania, ha escrito varias obras dramáticas, de lenguaje difícil y técnica improvisada. Él mismo las ha puesto en escena, lia pintado las decoraciones y
dibujado los trajes; ha reemplazado al director, en suma. El año ;,asado vi representar Hiob en el Albertheater de Dresde, y esa experiencia me conven ció •.
Kokoschka ha concebido el Insunie,-ung de su obra como pintor, y la decoración, que carece de sencillez, no sostiene la intriga, no concentra la atención,.
no es marco de la acción. Debilita la una y dispersa las otras. Ha hecho por
decoración un cuadro que subvierte las reglas severas del arte decorativo. Y
al devolverle su independencia ha roto la unidad que un director mantiene·
a todo trance como firme base de &amp;u esfuerzo.

�LA PLUMA
Véase cómo he venido a citar en el curso de estas notas los nombres más
notorios del gremio de dirt'ctores. Pero uo voy a hacer una lista cab~l por o~den de médtos. No exagero si digo que hay. en el Reick más de doscientos directores oue trabajan en escenas a su cargo, y para ser justo habría que enu,merar aq~í sus creaciones principales.
. ..
Nombraré tan sólo a los que pueden ser considerados como jefes o 1n1c1a•dores de un movimiento. Así Berthold Vierkel, a quien calificaría de sim~olista si esa palabra significase aún algo; Otto Liebscher, que reina en Mum_ch,
y ha sabido sacar muchísimo partido de la línea, relega~do a seg_undo tér~ino
la preocupación del color, e imponiendo a los actores ciertas actitudes derivadas del baile· Ludwig Berger, cuyas creaciones en el Deutsches Theater, de
Berlín, señal~ron el apogeo del gusto sentimental en la disposició~ escénic~;
Gustav Hartung, que ha constituido en Darmstadt un centro de vida dramatica y que ha triunfado en veinte Inszenierung sucesivas, ent~e ellas las de las
obras de Sternheim, Unruh, Strindberg, Hamsun y Edschm1d; Paul Legband,
algunos de cuyas decoraciones geométricas son célebres; Richard Weicl:!.ert,
que, con blanco y negro, ha producido efectos asombrosos; Leopold Jessner Y
Karlheinz Martín, ya nombrados.

• * *
Esta breve lista de nombres y esas pocas notas bastarán, creo yo, para
mostrar que desde Max Reinhardt se ha andado mucho camino, contra lo que
suele creerse en Occidente.

PAUL COLIN

LETRAS ITALIANAS
GIOVANNI VERGA:
uBo un tiempo en que el nombre de un poeta llenaba Italia, poeta
al que .las crónicas cotidianas reservaban sus columnas de tercera
página, los salones mundanos el sillón de honor, e incluso las
masas p lebeyas, tan tímidas y dispersas, su curiosidad desmemoriada. La atmósfera nacional difundía, como y donde quiera que
hablase, el eco de su voz; y la vida de ciertos círculos se plasmaba o ritmaba
precisamente bajo su índice. En el teatro, en las modas, en los bailes, prevalecieron una morbidez sinuosa, una cadencia lenta y casi musical, cuya artifi-ciosidad se dejaba luego sentir; pero que respondían a la literatura del momento, estetizante y amanerado.
Todo gesto o palabra aparecieron cargados de significados ocultos y complejos, incluso los gestos más simples o las palabras más llanas, y en vano se
enmascararon con nombres nuevos y aun exóticos. El origen era siempre el
mismo.
Si algún joven escritor no se decidía, y tal vez por modestia, a doblar la rodilla ante el ara de este numen, un buen día se le veía, contrito a su vez, saltar,
el foso y pronunciar, aunque tímido, uc. hosanna. Eran tiempos en que a quien
no se comprometía de algún modo se le consideraba sospechoso, y necesitaba
una voluntad de hierro y mucha astucia quien quisiera mantenerse a toda ,
costa armado y en guardia en la roca de la desconfianza propia. El aire estaba,
de tal manera impregnado de él que, por doquier uno se volvía, le segÜia
aquel olor, y en vano se buscaba un rinconcito modesto donde recogerse y-

�·LA PLUMA

LA PLUMA

·,pensar seriamente en la educación de la_ sensibi!i~a~ propia. En voz baja Y en:tre amigos atrevíase uno a aventurar quizás un ¡uic10: el de ~ue tan decant_ado
arte no era en fin de cuentas, tan grande y duradero; pero mcluso los amigos
le miraban °a uno de reojo, y a espaldas se burlaban. Quien, el _día en que tropezando con el Malavoglia, de Verga, encendi_d o por aquella literatura, buscó
un hermano para compartir la alegría del descubrimiento, oyó que.le respo:dían que habrá sí al110 bueno en aquel libro; pero que tanta modestia d: pal bras y de estilo estaba
. del arte verd a d ero, grande, con mayuscula.
" muy le¡os
Quien otro día leyó «La Linterna de Diógenes,, de Pauzini, aunque le pareciera una vez más respirar un aire embalsamado de olores verdade_ramente
sanos y fresquísimos, aquél cía no osó comunicar su gloria a los demas Y continuó, en el silencio de su cuarto juvenil, preguntándose con treme~da pe:;
por qué nadie se, fijaba en estos libros sencillos que él amaba, Y si el err .
sería el suyo al pr~ferir alimentos frugales al pan de los ángeles, de su sensibilidad, o más bien de aquellos otres-todos, todos-, que gritaban a voz en
cuello las alabanzas del genio imaginero.

* * *
Pero ¡cómo cambian-y han pasado pocos años-los tiempos Y los gustos!
'No sabrí~mos ahora nosotros cómo reconstruir psicológicamente este pas~
brusco de los tiempos heroicos del danunzianismo imperante a los actuales,
porque si nos acercamos hoy de nuevo a D'Annunzio artista, (~I ?ombre de acción le amamos todos sin discusión), nos sentimos incluso irritados preguntándonos cómo tanta fiebre de palabras fervientes ha podido nunca, no ya
conmover y convencer, mas llamar sobre sí tan ardiente infatuación. Y entonces, tras esta pregunta nuestra, asoman esos libros simples Y fuertes ~ue ayer
leíamos temblorosos en nuestras vigilias juveniles; y Verga, el escritor adamantino y altivo, acusado de escribir mal, frente al otro que escribía demasiado bien, se eleva gigantesco.
.
Su prosa parece abandonada y pobre, y no hay otra, por el contrario, después de la de Manzoni. amartillada con tan audaz agudeza.
,
Fué el primero que tuvo el valor de renunciar a l~s ~squeinas del periodo
..habitual en los cuales se hubiera congelado su materia viva buscando la forma
precisa ~ segura que requería su visión de la vida. Esc;itor ~e quien se h_a
"1iablado y escrito mucho ya; pero que no ha encontrado aun quien revele m1.nuciosamenle sus asperísimos trabajos y afanosa vigilia.

Es su hora, por lo demás. Aclarada ya la atmósfera, no queda, ni en el gran
público, la grosera convicción de antaño: la de que era gran prosador sólo
quien se impusiera con expedientes literarios a alta tensión: y no importa sobre qué humanidad ni la manera de representarla. Y se leen hoy los libros de
Verga,hasta los primeros (los reedita tod~s Bemporad en una edición corregida
de nuevo por el autor), con manifiesto amor; y lo que cuenta más, se lee y se
respeta a los escritores jóvenes y no jóvenes, que no buscaron ni buscan el
aplauso de la muchedumbre, sino que maduran trabajosamente en tanteos dolorosos.
Ayer el que no era danunziano, dificilmente hallaba gracia con el lector; y
el éxito de algunos autores recientes (Da Verona, por ejetoplo) ayuda a hacernos comprender y entender los varios grados por los cuales el gusto del
público transitó, pudiéramos decir, antes de apartarse por completo del arte de
D'Annuncio. Cierto que Da Verona puede haber hallado favor por otras razones; pern, a mi parecer, no fueron ajenos al buen éxito incluso aquellos tonos
difusos de musicalismo estctizante que, en las primeras obras de Da Verona
sob1·e todo, relucen, por modo fastidioso. En suma, Da Verona era un
D'Annuncio más fácil y más comprensible; y el publico, con ese su desgracia·d o paladar, era natural que laego le festejase grandemente.
Pero la guerra refrescó el aire, y otras causas que sería largo int~ntar esponer aquí; de suerte que los jóvenes fueron los primero!&gt; en buscar algo menos
mórbido y más sustancioso, volviendo los ojos hacia un arte menos brillante,
pero más intenso y profundo. Y al fin fué hallado de nuevo Verga y otros tras
él: De Roberto, Panzini, Pirandello. Albertazzi, todos aquellos, en fin, que
en la atmósfera caliginosa de la época danunziana trabajaban oscuramente sin
,que nadie los escuchara.

Fué hallado ese nombre. Pero como a los lectores primerizos sonába!es
-confusamente con poca claridad (compadre Alfio y compadre Turiddu, con
música de Pieto Mascagni) fuéronle menester las crónicas de los periódicos, el
ruido gacetillero, en fín. Y ya, incluso el público ineducado, empieza a acer-carse menos superficialmente a Verga, en quien advierte al cabo virtudes clásicas de estilo y un fuerte psicólogo. Si; todavía figuran en la Biblioteca Amena
-oe los Hermanos Treves, y aún se leen: «Tigre reale&gt;, cEros, la «Storia di
una capinera,; pero hay quien ha cogido ya también el Malavoglia,, «Mastro
Don Gesualdo,, «Da! tuo al mío&gt;, «Vagabondaggio-&gt;. Son novelas y cuentos

�LA PLUMA
que no divierten: las pasiones se muestran, pudiera casi decirse que irrumpen,
con resignada violencia; los hombres que aparecen en ellas son gente de pocos
amores y sin artifir.io, las intrigas primitivas y no capciosas. Y, con todo, aun
no divirtiendo, aunque no se puedan leer deprisa, tales novelas conmueven.
La fortuna no ha estado muy solícita con estos libros, y quien quisiera podría
escribir un volumen sobre la suerte de Verga en estos últimos cuarenta años.
Críticos y no críticos han intentado mucha!&gt; clasificaciones de este escritor. ¡Y
porque el arte de Zola se imponía treinta años hace a los demás, alguien lo
bautizó verista: y lo llamó incluso jefe del verismo italiano! Los años han hecho
poco a poco justicia a tal arte, y del mismo modo que nadie recordaría hoy a
Feuillet, a propósito de las n0velas de la primera manera de Verga, ya no hay
quien se atreva a hablar de verismo a propósito de el Malavoglia&gt;. Verga ha
tenido la fortuna de vivir tanto que ha gozado de su rehabilitación. Su fatigosa
ascensión desde los juveniles cCarbonari della mootagna,, a través de la «Capinera• «Eros•, etc., hasta «I Malavoglia•, es rigurosamente coherente. No;
nada tienen que ver modas ni escuelas. Si acaso entra, aunque inconsciente,
el ansioso afán del artista, que, nacido en una época oscura, intenta unirse a
través de los elementos psicológicos que la vida le ofrece, a la tradición clásica. En sustancia, no se trata de un precoz. Es un hombre nacido en una provincia, y aunque dotado de singularísimas dotes de observación y de intuición,
su visión de la vida, apenas se asoma al mundo, es nece; ariamente estrecha.
La •Storia di una capinera•-dice muy bien Borgese-fué una experiencia;
pero una experiencia provechosa para el escritor, que tal vez-añadimos
nosotros-le era necesaria, Cierto que si Verga hubiese hallado el tema de la
capinera en edad más madura hubiérala desenvuelto muy de otro modo; pero
entonces era timidísimo: un provinciano. No, no es menester decir también
que era joven. Si su arte permanece durante algún tiempo sometido y restringido, más que al verdor del escritor debemos culpar al mundo en que vive. Y
no debemos maravillarnos si, raás tarde, y ya lejos de la isla, escribe otras novelas, donde sólo !'ara vez se advierte la uña que después grabará la historia
de los Malavoglia. No se abandona el hábito provinciano como la camisa seca
de un reptil muerto; se queda adherido, y aun cuando parezca que se ha desprendido, permanece y se deja sentir. La precocidad no era, pues, como he
dicho, una dote de Verga. Es tan ágil observador como lento creador. El problema del arte además le interesa tarde, cuando es ya un hombre hecho y · el
cabello empieza a blanquearle, Antes de ese día obedece a su naturaleza, que

l: quiere n~rrador sin asomarse al pasado histó .·
.
s1n estudi3r a fondo sus med'
. . . 11co de la literatura y también
b
ios Y sus pos1b1hdades C
b
S
. orno lodos los precoces
usca su camino a fuerza de p
rue as. e ensaya y
d
,
t en t a reconocerse y halla ·s
son ea escribiendo· in.
1 e, an d ando entre los ho se
b
.
'
nes que le parece::: ricas de relieve S t
.
m res y pmtando las pasiopor otra parte, el mismo mundo . us ~ntahvas no disgustan al público y
en que vive no est' h b.
' '
l
a tas; aq~él mundo es incierto, débil, laxo. y él
a . a _1tuado a pruebas más
ha padecido la fuerza de co
, provmc1ano ea el fondo no
y como el apl
'
bl an d amente al trabaJ·o r: -nocerse,
.
•
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a p11mera manera si bi
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1
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.,
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El
.
'
.
cntor,. cuando no hay precocidad absoluta ha d
rez.
cammo de un esha tenido, aunque· menos visibles q
'
e te~er sus etapas; y Verga las
ue en otros escritores.

* * *
Alguien hará un día el examen crítico de la r
cuenta años, y cuando después d M'
.
iteratura de los últimos cin.
•
e anzon1 tenaa que b
.
ne t a virtud italiana un creado d h b '
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uscar un prosista de
.
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'
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prosista hterado) habrá de d t
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eiga. erga, verismo
uerzos e toda una ge
., .
.
.
que esta generación ha vivido ea
d' d
neracwn, Y s1 se piensa
da, pero moralmente mezq .
me 10. ~ una época políticamente afortunauma, es cosa de felicitarse
¡
podido, a la distancia tan sólo de al
d
.
con a raza, pues que ha
gunos
ecemos
encont
d
Verga otro gran novelista Cie t
,
rar e nuevo en
·
r O que no es el caso de
con el otro, primeramente r orque h
.d
parangonar hoy el uno
en fin, con su educación y su sensib:l~d:~c1 eºn::.ép~cas diferentes, y cada cual,
hasta hacerla per'fecta y divina· el t
,
. Jec1endo el uno sobre una obra
24
,
o ro, más d1sp~rso, por razones fáciles de
369

�LA PLUMA
mee.ester construir, no
de tiempos y de modas; pero, donde era
comprend er,
,
menos sabio arquitecto.
Federico Tozzi, muerto joven todav1a, no
La generación, fuera tal .vez :e ·d·da De Verga partieren, ciertamen~e, muarece poseer aún orientac1?n ec1 1 . los de los cincuenta años: P~rande~bos de los más nobles escritores ~e h;:Verga también el propio Tozz1 y esos
. . De Roberto, Albertazz1, y
ar hombres v caracteierta fuerza saben ere
llo, Panzm1,
otros rarísimos jóvenes que c~n e •
·ra al hombre; pero el hombre empes Hay en sustancia, quien todav1adm1 ·mpotencia y debilidad. Vencido, lo
re ·_ c·1d'o caricaturizado, visto en to ª. su I
u·1unfaba en l\lanzoni; pero
quene
,
.
·6
rist1ana que
• d
I hombre presume harto, no sien o
llamó Verga, y sin la res1gnac1 n e
ºdo-añaden los nuevos-porque ~
ºd d Así el vencido de ayer,
venc1
.
t en la 10 mens1 a •
•
. á
á que un átomo insign1fican e
ºdo hasta convertirse qu1z sen
ro s
ºd' lo es dos veces venc1 '
f o que
!,ajo la máscara del n icu '
ducirse puro y simple, a un ip
un concepto abstracto o un sofisma, o re . do p~r el viento de la vida que sotodos los hombres resume; ~I cual, e~~:~:ro como carabela en mar de borrasla burlón se bambolea a diestro y sin
. ore basta que los hombres no
~a y hast~ que el concepto de la vid; no ~:) en ~\aún ideal más alto que los
cr~an un poco más intensa y pro::v:mi~:ología) "el arte será por fuerza un
actuales (y creen tal vez una
sarcasmo y un guiño.
MARIO PUCCINI

LETRAS INGLESAS
E estima en Inglaterra que a fines de noviembre llega la tempora•
da de más actividad editorial en todo el año. Pero e! actual ha
s'.d~ una triste cx~epción. Las li~tas de obras nuevas ~on cortas y
s10 mterés; y los libreros se queJan, porque su negocio anda más
flojo que nunca . Una especie de sopor parece haber caído, no sólo sobre
el impulso creador de nuestros novelista!! y pottas, pero también sobre los editores, los críticos y el público que lee... Nos hallamos quizás ahora en lo más
recio de la ola. Pronto el amortiguamiento actual cederá tal vez a un resurgimiento de la vena poética y del fuego imaginativo, como sucedió hace un siglo,
después del esquilmo causado por la guerra napoleónica. En todo caso es una
eventualidad que debe desearse ardientemente.
Entre las noticias literarias de estos dos últimos meses, la que más esperanzas hace concebir es el anunciv de varios libros nuevos de Mr. D. H . Lawrence,
acerca de cuya obra en general escribí con cierta extensión en mi crónica anterior. Míster Lawrence se encuentra evidentemente en Italia muy a gusto, porque durante el pasado año ha sobrellevado una tarea prodigiosa. Su editor americano, Mr. Thomas Seltzer, de New York, anuncia ahora una novela nueva llamada Aaron's Rod, un volumen de poemas titulado Tortoises, y un volumen de
notas de viajes por Italia llamado Sea anti Sardinia, del que se han publicado
algunos capítulos en el Dial, de New York. Esos tres libros no se han publicado aún en Inglaterra, donde son esperados con ansia.
La actual generación de autores británicos y americanos parece mostrar aptitud especial para escribir libros de viajes literarios. En un tiempo en que el
arte de novelar anda algo achacoso, y no goza de mejor salud la poesía, quizá

371

�LA PLUMA

LA PLUMA
sea natural que los escritores de talento se vuelvan hacia una forma de expre-

sión donde sólo tienen que atenerse a las reglas que ellos inventen. Míster
P. B. Cunninghame G1aham, que ya ha publicado cosas admirables sobre la
América española, acaba de dar un libro excelente sobre Colombia, llamado
Ca,-tagena of the Indies; !\fr. H. M. Tomliuson, después de un libro sobre el Amazonas, titulado The Sea and tke Jungle, ha publicado un voh.men acerca del Támesis, con el título de Lonion' s Ri'IJer. Debemos a Mr. Joseph Hergesheimer. el
novelista americano, un libro lleno de color y de bellezas sobre San Cl"i1tó/Jat
tk la Habana: también ha tenido muy but'n éxito el admirable libro del llorado
Gcorge Calderón Tahili; y en la pasada quincena ha aparecido una nueva colección de ensayos de viaje por Italia, de Mr. Norman Douglas, que lleva el curioso título de Alone. Míster Douglas es, sin duda, una de las figuras más interesantes en la literatura inglesa contemporánea. Su carrera ha sido variada y
romántica: hombre de negocios, diplomático, músico, viajero, erudito y arqueólogo. Ha vivido en Rusia, en Austria, en Africa, en Italia-y acaso en otros
muchos países-, y su conocimiento de los idiomas es asombroso. Tendrá ahora
unos cincuenta y cinco años, pero s61o hace doce, próximamente, que empezó
a escribir, apareciendo trabajos suyos en los primeros números de 1,~e Englisk
Reriiew, dirigida en aquella sazón por Ford Msdox Hueffer. Míster Douglas vive
permanentemente en Italia, y es desconocido en los corrillos literarios de Londres: pero su obra posee una distinción poco común y el círculo de sus lectores, en Inglaterra y en América, se ensancha rápidamente.
No menos escasa en libros de mérito sobresaliente se ha mostrado la temporada que corre, si se mira a las obras de pura imaginación. Las dos obras
nuevas más interesantes en esta clase son un volumen de Mr. W. Somersct
Maugham, narraciones breves (fruto de un reciente viaje por los mares del Sur),
titulado 1 he Tremóling o/ a Leal, y un librito curioso llamado Crome yellow, de
Mr. Aldous Huxley, distinguidísimo poeta de la generación más joven. Crome
yellow no raya nunca en lo sublime; pero, siguiendo la manera de Thomas Love
Peacock, su autor satiriza con mucho ingenio tipos y ridiculeces modernos. El
más fino gusto y un depurado saber informan este libro, abundante en admirables descripciones.
De la moderna poesía inglesa, he de decir que aún se halla, en mucha parte, en manos de Jitterateurs de profesión, que no cultivan las musas por modo
enteramente desinteresado. Todavía en Londres las damas buscan con interés
para sus recepcione&amp; un joven poeta que esté de moda, y al poeta mismo le
372

gusta lucirse en bailes y tertulias De 1
.
os ~ocos cuya inspiración es de naturaleza elevada apenas se babi
d'
a, Y como sus libros n
e itorcs andan reacios las má d 1
o se venden con rapidez los
'
s e as veces p
f
•
a 1uz. Mr. Harold Monro, propietario de &lt;Th~ para a rontar el riesgo de sacarlos
Poetry Chaphook ha prestad
. .
oetry Bookshop• y t&gt;ditor de Tfb
'
o un scrv1c10 a Ja lit
.
.
uenas poesías de esos escritores i'nt
eratura imprimiendo muchas
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•
cresantes aunq
•
uenc1a provechosa es la publicac·6 d
,
ue poco leidos; y otra in1 n e una antol •
regentada por Miss Edith Sitwell Wi"L l .
og1a anual llamada Wheels
.
· ·•
· nee s tiene ca ·
'
ncion es grata, aunque no fuese más ue
. r~z revo1uc1onario, y su apade sus dos hermanos Osbert y S h q por Incluir la obra de Miss Sitwell .,
v •
.
ac everell Sitw 11
J
arias
revistas
y algunos cmarr
.
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.
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consagr
1
·
aparecido reaentemente y otros tá
a os a arte moderno han
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es u en camin E d
'
astaote para estimular a los escr1'tor
. o. s e esperar que vivan lo
d cscu b nr
· talentos nuevos E tr
esáY artistas
que
•
.
merecen estimulo y para
·
· n e 1os m s 10te
g1da por Austin Spare el arti la .
resantes se cuenta cJrorm• diricJra~fare•, cGargoyle• ; cBrooms•· E~~n::::t~ c~n. el poet~ W. H. Davies;
escntores americanos residentes
R
a dmge y edita un grupo de
publican. Es un experimento . t en oma, _Y en esta ciudad la escriben y la
'é
m ercsante de mter
•
.
.
nac1ona1ismo práctico Tam
b i n se anuncia para un futuro pr6x1mo
una
·t r
•
na/, en la que es de suponer que el 'd ¡·
rev1s a iteraria llamada Germi1 ea 1smo revol ·
.
·
Juventud europea encuentre su expresi6 . 1
uc1onano que inspira a la
la paz de Versallcs, nuestros escr1'tor
n mg esa. Durante la guerra, y desde
M H
es avanzados c
f1
r. • G. Wells, han sido parcos en d
•
• uyo Pº podemos ver en
.
cmas1a para enard
nes J6 vencs. No hemos producido t d •
.
ecer a 1as gencracio1 d T
o av1a un lienn Ba b
ªº
·
enemos,
no
obstante
G
r
ussc, un Romain Ro1
' en eorge Bernard Sh
compararse justamente a Anat0 I F
aw, una figura que puede
e rance Mr Sh
t'
3nos; pero su obra ha perdido poc d
. . .
~w tene sesenta y cinco
de su tiempo, más jóven que los ;áse_~u antiguo vigor. Aún está a la cabeza
dor, sin miedo, intelectualmente
. J. vcnes de nosotros, activo, provoca.6
, Y s1rv1endo de fue l ·
-c1 n a todos los que como Willia BI k d
n e magolable de inspira'
m a e, escan edifi
¡ N
en e ¡ suelo verde y jocundo de I I t
car e a ucvaJerusalen
ng a erra•. La represe t '6
.
med ia de Mr. Shaw cHeart/Jrealc ,cr0
h .
n aci n de la gran co.
use• a sido el ú ·
. .
tra l de importancia en esta tempo d ,
n1co acontcc1m1ento teara a.

=

=•

DOUGLAS GOLDRING

J7.3

�LA PLUMA

T E AT R OS

·
·
·
111

HECHIZO ESLAVO Y ESTILO ESPAÑOL

e · pnnc1p10 era el verbo· Pero a la postre hemos venido a descubrir la excelencia del mutismo, o, cuando más, de la ono:1atopeya.
Las ígneas lenguas del espíritu inspirador no son ya srno ~uegos
"'
de artificio de que se tocan, a modo de aureola, nuestros ~as e:.
óstoles de la buena nueva artística. Sépase, porque nadie se é
pmgo_rotados ap
ue aludo por modo especial a D. José Ortega Y_ Gasset,
l'd d de espectador y alosador de las últimas vaa cavilar en vano, q
t
say-i sta en su ca 1 a
"
.
.
.
emrnen e en .
'convertido a las teorías fu turistas del Sr. Marmettl.
riedades escénicas,
t .
es'onado
por el gustosísimo espectáculo del
1
•
J é o tega y Gasse 1mpr
Don os
r .
a~ rimeras representaciones en París reverdec1ecabaret del Murczllago, cuy p 1 b ·¡ s rusos ha publicado no ha mucho en
. 1
d ntaño por os a1 e
,
.
ron el éxito og:a .ª
. d 1 s . óvenes vocados al arte a no escnEl Sol un estudio lineo, conmman o a o _J tar más cuadros, modelar estatuas
•
-&lt;
1 s dramas o poemas, a no pm
.
,
.
editados a l¿,s nuevas normas escémcas,
b1r m..,s nove a ,
1
ni pautar armonizad:~:b~~~: ::~t~~:~?to que no sea mero pretexto para com-de las que debe pro
.
entremezcladas de danzas, canciones lindas, y
binar unas cuantas pantomimas,
l't
. tra~cendental con que suelen
r:n todo caso, tal fcual f?lletón, gd~nero - \ e~::1oel balcón del folletín, por don) ar los grandes rotativos, en ias sena a
'
.
co g
b
la literatura los lectores mgénuos.
de en tiempo~ se asoma an : O te a ha tenido Juego la debida cuanto irremeEl Uamam1ento de D. Jos
r ~
s·
. mpre dispuesta a aprovechardiable consecuencia: La firma Martmez ierra, s1e
N

?

cualquier coyuntura favorable al marchamo artístico de su industria, se ha apresurado a justificar su último atentado al buen gusto y a la moral profe3ional,
incluyendo en el programa de ese burdo plagio que titula «Linterna mágica,
algunos trozos escogidos del ensayo del Sr. Ortega. Terrible penitencia la de
este joven maestro de maestros, si se ha visto, sentado en una butaca de Eslava, enfrentado con su propia obra, tan presto desencadenada sobre el escenario del Pasadizo. Terrible, pero proporcionada a su culpa, de que hasta la fecha
no ha pretendido ~ximirse eludiendo toda responsabilidad en el engendro.
Hétenos, pues, salidos de Málaga para entrar en Malagón. Libres definitivamente del género chico de D. Miguel Echegaray. del género grande de D. José
Echegaray, del género ínfimo de la Bella Monterde, la firma Martínez Sierra,
al amparo de la frontera espiritual que nos separa del mundo artístico civilizado, pervierte, envilece, rebaja y achabacana-cursi hasta en sus crímenescuanto en la variedad del teatro contemporáneo ofrecen de sugestivo y aleccionador las escenas extranjeras.
La mala fe y la rapacidad de la firma Martínez Sierra, la buena voluntad
con que yerra D. José Ortega y Gasset, tienen algunos puntos de coincidencia
indudable: En uno y otro se adviertt insensibilidad s1nte las obras de arte, incapacidad de creación, frivolidad liviana o barroca-perniciosísirno prurito de
halagar al público más insensato, el de las damas que presumen de exquisitez,
buscándole tres piés al gato de la chica; es decir, dándoselo por liebre y, lo
que es peor, con azúcar, como se usa melificar en Alemania el asado, que
no la .filosofía.
Hubiera cómpetencia, siquiera fuese comercial, cuanto más en el orden artístico, y ni la firma Martínez Sierra se atrevería a enarbolar como bandera las
etiquetas de su farmacia teatral, ni D. José Ortega a erigir en principios estéticos universales su propia limitación.
La razón fundamental que D. José Ortega aduce en el susodicho estudio,
en contra de la representación de las grandes obras dramáticas y en pro de las
variedades como exclusivo género escénico, se ha visto desmentida a la luz
de la linterna para andar por casa de la firma Martínez Sierra. Es preferibledice D. José Ortega-un espectáculo que satisfaga a los sentidos, como el del
M11rciélago, al de una ohra de Shakespeare, por malos cómicos: ¡Jóvenes imberbes, que en vuestros aíios tiernos dirigís al templo de Apolo vuestros pasos, no más perder t&gt;I tiempo ni las otras unidades; viva la bagatela artística!
Ahora bien-se le ocurre a cualquiera, viendo las mojigangas perpetradas por

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
. Sh k
a e ha menester buenos cómicos, ¿cuála firma Martínez Sierra-, SI
a esp;.: delt'ai·te? Don José Orte ga es, pues,
les no necesitará la moderna comme '.
ieza a hacer en todos
, t'
del hechizo eslavo que tan senos estragos emp .
.
v1c ima
l za a del movimiento europeo, que
los órdenes. Empieza entre n~sotros, a a .us~oso eli ro mundial, le c/1arme
de antiguo son tópicos expres1vr°s
italiants
denuncian en los ojos
slave, it fascino slavo _con q~e rance
temblor e iléptico de un Dosabismáticos de las mu¡eres iusas, en el ~r~n
I r ~e el ya famoso Co:o
toyewski, en el fuego sagrado de esda mus1ca p:p:: ~u~ dos conciertos de la
Ukranio acaba de revelarnos en to a su purez •

de:::;

1!

Sociedad Filarmónica.
,
cuya dilucidación no es fácil
Conceptos son estos que envuelven eqluivocos uándo términos antagónicos,
.
.
t A t
uro y arte popu ar son, c
de pnmer rnten o. r e P
. .
.
a Los directores del
.
, el cnteno de quien 1os emµ 1e •
cuándo correlativos, segun
. '6 de canciones tradicio•
Coro Ukranio dicen haber.se limitado a la _armt o:~~a~~r: Ukranio produce, nada
, La emoción que un conc1er o
d
nales e su pa1s.
•
·t d
todo ánimo sensible por esas
·
b
con la susc1 a a en
tiene que ver, sm em argo,
.
.
natural en pleno campo o a la
1
t ·das1 oídas de improviso, a1
'
•
mismas cop as Y on~
't'
Los elementos natur¡¡les que conronda de amadores de un pueblo pnmd1 ivo.
t'tu'dos re~resentados de algún
t .
esi6n directa han e ser sus t i
'
-r
curren en es a impr
'
y
, del arte de los directores de¡
modo, una vez trasplantados a un tea~ro. aqui_ de su música popular en la
Coro Ukraoio, para conservar la prec1~sa etsenc1~e técnica de selección de vo. .6
t' t'
Es una labor emrnen emen
,
traspos1c1 n ar 1s ica.
. . .
d
•
do acento característico del
1 • to de d1sc1phna e 1 apaswna
ces, de acop am1en ,
. . , de baratiJ' a con que suele
t · de ·l a improv1sac1on
•
1
t;:~s~a::~ :iª~:~hizo de e:;t~s espectáculos arrancados de su am·

:::::~:::::s

:1

biente propio~ por :~edn;: ::r~::r::º!~1c~~:eficio de un arte español, con es?
¿Qué ensenanza P
é ·
d ¡ gran arte ruso
0
píritu propio, de estas excelentes ~=n:!:::.:~~ ::s ;:~i:~:~:s, e harto más fácilLa respuesta se hallará tal vez en
.
ntados Años hace que
mente que en las deslabazadas imitaciones y calcflos apu 1 Niña de los Peido orden y tablados ame ncos a
corre por escena-; d e segun
.
.,
· falsedad ;Hasta qué
r
,
t ' tico sin contammac1on u1
·,
nes verdadero 1enomeno ª 1 is
·
, . · os como Falla
'
1
t /¡ ndo cuvo secreto buscan mu~1c
'
punto es popular o no e can e·.º
ti. de ese tesoro que encierran unas
conscientes de la tr~s.cen~enc1a ª:/:n~: tocadores de guitarra, y se transmicuantas gargantas pnvilegiadas, Y ~,
. ? La Niña de los Peines
ten unos pocos elegidos, de generac10n en generac16 n

¡.

representa ciertamente un misterio lírico que apenas entrevén los críticos y
estéticos, pero que tiene cimentación propiamente artística en una técnica, harto estricta y hermética para el profano.
Ese punto de fusión entre el llamado arte popular y el Arte puro, es decir,
.a un tiempo elemental y trascendente, inspirado y sabio, castizo y universal,

!6gralo hoy con sus danzas clásicas una artista ejemplar, La Argentina, que luchando bravamente contra la indiferencia o el aplauso desmedido de públicos
y revisteros torpes, ha sabido ir depurand~ con un instinto maravilloso, servido por unas facultades naturales espléndidas, ese concepto del estilo español
en que tan obstinadamente se pierden el empresario y el metafísico.
Viéndola bailar acompañada a la guitarra, asáltanos la misma reflexión que
las coplas andaluzas de la Niña de los Peines sugieren, acerca de la posibilidad
-o no de discernir el elemento popular y la composición crítica en tales manifestaciones de un arte nacional. Sólo que, en los bailes de la Argentina, es patente la conciencia artística, limitada en la extraordinaria cantaora a una perfección técnica donde la inspiración personal apenas tiene valor.
Es decir, que cuanto nos seduce y emociona en las coplas de la Niña, es del
acervo común, espíritu todo lo puro que se qi;iera, pero interpretado de una
manera ritual tan académica como pueda serlo una canción napolitana a través
de lasftoritu,·e del bel canto. Quien estime aventurada esta suposición, no tiene
sino considerar el error de perspectiva en que se funda la aseveración contraria. Nuestro desconocimiento de la técnica abstrusa del cante hondo, no implica
la inexistencia de unas reglas tan rigurosas como las del canto llano.
La Niña de los Peines, perfecta intérprete de un género de arte popular,
ino inventa nada. La Agentina crea del baile flamenco una categoría artística,
&lt;iifícil de clasificar exactamente en la plástica o en la dramática. No obstante
lo cual, por virtud de su temperamento adiestrado en la experiencia, nunca
sus interpretaciones adolecen de la confusión a que deben en mucha parte su
fama algunas célebres bailarinas extranjeras, de que puede ser prototipo Isa-dora Duncan.

No nos cumple analizar ahora, sí tan solo señalar someramente, los recursos de que la Argentina se vale para conseguir el máximo efecto artístico. La
bata andaluza y el pañolillo de talle con que compone de una manera sobria
la ~ejor figura de sus creaciones, evoca con harta mayor 41ficacia qne la más
cabal reproducción arqueológica, la gracia de las tanagras clásicas; el peso, el
ritmo grave, la seguridad del cuerpo retemblando en contun~ente taconeo so-

�LA PLUMA
1 a crótalos marcan la diferencia capital entre el
. gravidez angélica de la academia
bre las tablas, al compás de_ 1)
al
'
1
concepto tradicional del baile and _udz y ~óm la cualidad sui ueneris que hace
b toda otra cons1 erac1 n,
0
francesa. Pero so re
, .
ostos de las variedades al uso, es el
exceder a la Argentina de _los hm1te~ang que sin subvertir los elementos
grado de expresión femenma, sensbu ' ¡con ó 'esencial no ya del baile esáfi o descu re a raz n
'
propios del arte coreogr c • .
• .
sino del baile pura y simplepaño! o flamenco en sus modalidades bp1cas,
mente.
1 entienden del todo, se sienten
De ahí el por qué los públi~os que nN~ a York sin que los críticos hayan
•d
s illa o en ueva
.,
arrebatados en Ma d n • en ev '
.
. de una artista cuyos méritos
.
r
1d ente Ja exce1enc1a
acertado a explicar cump am
d'ción con ¡05 fáciles trucos de
I
nada tienen que ver con el/asticl1e, ~on a :~~e~tes 'directores artísticos, imbaja eslofa, que el mercan~1hsmo de os se 1
pone a la admiración p6bhca.

UN CRÍTICO INCIPIENTE

LIBROS y REVISTAS
Francisco A. de lcaza.-Nietzsche, poeta (l11terj&gt;retacio1tes liricas).-Mad rid.
c ... estos versos míos-advierte el autor de Nietzsche, j&gt;oeta, en las Palabras
Preliminans del nuevo volumen de su Aniolog(a crílirn áe poetas exlra11.ferosno pueden llamarse estrictamente traducción, en el se ntido vulgar de la palabra: «Mi estilo-decía Nietzsche-es una danza, un juego de simetrías de todas
clases y un saltar y burlar estas mismas simetrías. !.lega hasta la elección de
vocales.• La obra de un poeta de ese género, lacónico, profundo, y artífice del
verbo, y que se expresa en lengua de índole tan distinta a nuestra lengua, es
intraducible; como no se haga labor personal, en la que coincidan el sentido,
el sentimiento y, si se puede, la forma de expresión rítmica, sin apegarse a la
verbal. Ese ha sido mi intento al trasladar al castellano los mejores \·ersos de
Nietzsche-o por lo meaos los que yo tengo por tales ... &gt;
No huelgan ciertamente estas salvedades con que el agudo sentido crítico del
señor lcaza ofrece a la consideración de sus lectores la primorosa versión de
los más escogidos frutos poéticos de Nietzsche. Écbase de ver ea las pocas traducciones que entre la balumba de ellas pueden solicitar la atención del aficionado a las buenas letras, un excesivo prurito de fidelidad, las más veces erróneo. Con lo cual, lejos de conseguirse la debida adecuación entre el espíritu
del autor traducido y su expresión española, se produce en torno de la obra
traducida una atmésfcra neblinosa, donde su interés esencial aparece sustituido por un exotismo pintoresco, en el caso más favorable.
La traducción de un poeta es sobremanera difícil. Cuando el poeta es perfecto, como Nietzsche, en su condición de filósofo lírico, la dificultad sube de
punto. El Sr. lcaza la vence con la rara maestría que este librito pregona, porque en todo momento le llevaron la mano esa serena crítica que tan armoniosamente compone su obra poética, ese cálido acento que presta singularísima
animación a sus estudios literarios.
Los pequeños poemas, de quintaesenciada poesía, reunidos en la interpretación española de lcaza, requerían, sin duda, para llegar directamente a nosotros, esa transfusión lírica, operada con un criterio opuesto al de los diseca-

379

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
• d fid r d d las más veces err6·
nado a las buenas letras, un ~x:c~siv? prun~o :e C~~ ª ;mor pretendió hacer
0
neas• de N~e/zs~he, poeta, la lt~1~:~1~:1c:liei{to trágic¿ resumido, entre cabriopoes1a
lapida na,
la qduaes e~ !st:ºseutencia Para todos los cread&lt;Jres, del poedesplantes
y phara
umo¡-a
las,

ta alemán:
«El mundo no se está quedo;
a la noche sig11e e! día:.
si el yo quiero suena bien, el yo puedo
suena mejor todavía.•

C. R.C.

• • •
C. Rivas Cherif--!m camarada má.r.-Ediciones de L• PLUMA.
·t dulce v bucólica en ciertos pasaHe aquí una novela pulcramente escn :~ vacilado ante ningún esfuerzo, y
jes, fuerte y áspera en otros. ~u autor no habilidades de hombre de letras nos
con delectación de am?ieurfm stqu~ con ·ngenio que sabe triunfar con soltura
va mostrando las múltiples_ a~e as e su i
en t"l diálogo y en la descnpc1ón. l f . ·sta con una solución antifeminista.
Un camarada más es una nove a em11~1 ··· 11ector or propia cuenta, y a
La moraleja que de ella s_e deduce la ob~en:o~a En la prendici6n de toda vobuen seguro que no d&gt;:!prá mal sabor e elem~nto dramático que se transluntad enérgica hay s1e~pre un d~ºfae~~~~ntad marcha del error a la verd~d.
forma en elemento cómico cuan . .
, ·t en añador parece que preside
Un oculto destino irónico, un -:ahgno esp~~~~per!das revelaciones, con su imla acción de esta n~v~la. La v1 a, c~n sus t ue se com lace en ir trazando ~l
previsidad, como dma Bergson,_ d1¡é~ase q c dcrles ei más pequeño espacio
camino que siguen los persona¡cs, s1n c~ns eU1a tras otra, van dcsaparecienneutro donde puedan des_arrol~ar sus t~o;~~y d¡'scípulos adquiriendo singular
do las ilusiones peda~ógicas e maes r
uedando a~í pura y diáfana, como
energía la atm6sfera vital donde m~c-t(~( gen~il camarada universitario), al
el aire después de _la !orme!1~ª-- sp1r:ri" re manifestada de modo contund_enreconocer la supe~1ondad fis1~adde¡' ~o obpa;a convertirse en una realid~d viva,
te,. deja de ser un ideal ~ema;~: ;ar;~~ansformarse en una mujer, n? igual a
de¡a de ser «un cam~ra ª m .·
or su cultura y por su arro¡o.
las demás mujeres, smo supe1 ior a e 11i3s
Rº as Chcrif son verdaderamente
Los primeros capítulos de l! nove a elo ~: determinado círculo, de nordeliciosos y causa~án no, ~~que~o ~c~na~:cen inspirados. Ciertos detalles c~mas tal vez demasiado ng1 as, on e .
ºón a la obra sobradamente mov1micos, tomados del natural, prestan ~01m:c1 sorprenden'tes, a los que no tiene
da ya _pdodr edxec:~~d~~ :~ea~~i;º;a~~~ea~!~ºun! novela interesante.
neces1 a
J. A. P.

l:

SE

J

• * •
3So

S. González Anaya. - El cas/illo ~ irás y no volverás. - Novela. Editorial
Pueyo. Madrid, 19::- 1.

Salvador González Auaya ha escrito otra novela andaluza. Después de Rebelión y de La Sangre de Abe/, la última obra de: González Anaya es un nuevo,
intento de aprehender esa rt"alidad de innumerables aspectos y matices, que
todavía no ha logrado una definición satisfactoria, llamada Andalucía . A primera vista pudiera creerse que la novela de González Ana ya no tiene de andaluza más que el fondo, la serie de paisajes y costumbres· que el autor nos describe con cierta prolijidad; pero a poco que se reflexione, será forzoso reconocer que la acción, por el modo de tratarla-sup&lt;·rficial, sensual, hiperbólicamente-es, asimismo, hasta sus raíces, andall1za, y especialmente malagueña.
Un inconfundib!e matiz local domina toda la obra, ann cuando lo pintoresco
queda en absoluto excluido de &lt;:"lla. Nada hay aquí que recuerde las Escenas
de El Solita,·io ni los personajes de Arturo Reyes; nada d.: bandidos, ni de ·
mozas juncales, ni de sangrientas riñas, ni de majos, ni de toreros: no es una
Andalucía pasada, Jitcrariamenle pasada también, la que González Anaya nos
describe: es la Andalucía actual y media, tal como la vive la mayoría de sus
habitantes. Se comprende así que las dificultadt"S con que ha tenido que luc.har el autor sean considerables, por lo cual su intento es digno de alabanza.
No corre por camino trillado, sino que pretende abrirlo.
El estilo adolece de evidentes descuídos, incomprensibles desde luego en
un escritor que no es novel. La crítica ha hecho ya presa en ellos, con sobrada
saña, a mi juicio, ya que el dominio de la técnica es resultado de la aplicación
o la constancia, sin que podamos atribuir, sólo por ello, a quien lo posca, cua-lidades estrictam~ntc literarias.

J.
*

A. P.

* *

Daniel Ruzo.-dsí /,a can/ado la Naturaleza.-Paisa.fes ~ estas tierras.Lima, 1920.

Daniel Ruzo, nos dice su prologuista el ilustre escritor peruano Dr. Prado
y Ugarteche, fué proclamado poeta de la juventud en los Juegos Florales de
Lima en 1918. ¿Hay todavía quien no sepa a qué atenerse respecto a la poesía
de juegos florales? La poesía de juegos florales constituye, sin duda, un género
inferior, o, en todo caso, un género inadecuado para la emoción sincera, que
no es, contra lo que se acostumbra decir, la que se expresa con metáforas y
tropos sancionados por las retóricas escolares, sino la más difícil de expresar,
por lo mismo que ba de reflejar la emoción personal, distinta, ante la vida inmutable. Pese al prejuicio con que desde luego emprendemos la lectura de un
poeta premiado, los versos de Daniel Ruzo nos gustan. Claros, abiertos, sin
novedad alguna en su estructura-todas las poesías de la colección están compuestas en el endecasílabo asonantado tradicional-rehuyendo intencionadamente la sutileza de expresión y de sentimiento ante el paisaje, ostentan
cierta inmaculada simplicidad, que nos los hace desde luego gratos. Su limpi3S1

�LA PLUMA

LA PLUMA
·
c·a cobra en la blanca extensión del libro, sin sombras
dez serena, su 1lnaoccueanl1"d1¡d que le hace valer y por la que, en definitiva nos
ni claroscuro,
«Las estrellas huyeron,
empieza a amanecer, y siento frío.•
«Amanece; tibiezas y dulzuras
han bajado a besar el fresno grande.&gt;
«La lluvia cenicienta y perezosa .
ha dejado en las tierJas su cansanc10.•
«Luz, divina y alada,
.
a ti saludan los primeros trmos.&gt;

gana:

~~;~-~b~s!~~~~n: !e;;~:

0

5

sui,;~%1fó ni~!:c~~:O~!~~Z1;e~ s~b~ii~:~~~s~ii~:\~~~
templación sin pensamiento:
«Vivir plácidamente
sin pensar en la vida;
leyendo claros versos que retr~ten
como las aguas pur:is y tranquilas,
los árboles del campo
en su tristeza, .. &gt; _

ha de afinar s.i n duda, la expresión de sensaciones y motivos, hart~l \ftfr~rso1
. nal~s~~~;
r~;:u~~afe!!i~~tt~~:a;::n~~d~~~:~~ees~~í~ e; gracia ~uy
0
~personales por el pintor José Sabogal.
C. R. C.

;fn1:J fa

iucionaria de la nueva Italia. Juntos trepamos a las cimas del Apenino próximo, y en alguna hostería montañesa. restaurados por el;vinillo consolador, recitamos tal vez los versos de Mallarmé que ahora presiden las últimas páginas
del libro:
«La plupart rala dans les defilés nocturnes
S'énivrant du bonheur de voir couler son sang,
O Mort le seul baiser au bouches taciturnes!,
Mas no se crea que Le scarpe al sote sólo tiene un sentido evocador para el
&lt;:ompañero de armas o el amigo lejano. Paolo Monelli es poeta y su libro no
podía ser un documento, o un alegato, sino un poema. La guerra se nos muestra en él en su verdad eterna, como un hecho humano, pero sin abstracciones
ni alegorías, en su realidad inmediata: L .. guerra, no ya europea, italiana, y
aún más, la guerra de mi amigo, el skiador, que concibe la vida como un es•
fuerzo sportivo y el sport como un ideal nutrido de clásica savia;lque contempla en el Alpe austriaco la barrera enemiga; que de tan humano no quiere sustraerse a un destino nacional; que se eleva sobre las contingencias, cantándo•
las en espiritualísima prosa y hondos versos de ritmo interior; que vive plenamente, en fin, la juventud que acaso no han tenido nunca los editores a quien
puede parecerles pasados de moda libros como Le scarpe al sote, tan significa•
tiv ,s y emocionantes para Faoro da Lamon, el contrabandista que pierde su
-0ficio si se ensancha la frontera»; para el borracho Turin; para la hetaira de
Padua a quien quizás no volverá a ver el poeta soldado. ( •¿Quién sabe?., se
pregunta en español); para mí, que experimento no sé qué extraña Eensaci6n
leyendo en esas dus palabras el recuerdo quizás involuntario de una camara&lt;lería estudiantil, que el tiempo pasado y los azares de la ausencia, decoran ya
con la nostalgia de la primavera, al granar sus primeros frutos.

c. R. c.

***
Paolo Monelli.-Le sca,-pe al sole.-Bologna, L. Capelli, editore, 192 1.
¡ ¡ · "fica morir en com.
«En la jerga de los alpinos pon&lt;:r los zapa~:r:a s~n' !~g~;ente italiano. ¿Un
:-bate.&gt; Le sca1-pe al sol~ etuna_crt1~a deenlta lecha de su publicación, que algu•
libro de guerra todav1a? n ano ac1a!
De todos modos, dice su autor
nos editores lo rechazaban ya por antifua_do. • dido en la grisura de la vida
en el breve prólogo, aún debe haber.ª gu•rl:• per ue vivió estos humildes años
burguesa o eremita en tal cual vallecillo ª pmo, q
ó h
hido de nostalgia
. b ·11
• glo1·ia v aún siente su coraz n ene
.
de guerra ,sm n C? Y sm
' ,
f damos entonces el viático del
l\ él ofrezco este llbro, buenamente_, como o re de nuestra mesa cordial.&gt;
vino y de las. caucione~ al huésped mes~e~~~ºde este libro con fingido desin•
Vano sena que ":/º mte1;1tase ac~sar iec\a Universidad de Bolonia, en años
. terés. Paolo Monelh fué mi compa~~7 dt os la vida goliárdica de la grassa
descuidados y plac~nteros_. Juntos is ru ª':1.
ar denso sutil, aromado
, ciudad «iosca, turnta•, animada de un esp1nt~, a~~r el dulce ~eneno del sette•
por la severidad de su docta y alust~rda
siglo por la conciencia reYo•
~centismo decadente, por el tumu to m us r
,

Ptf:iP~~'¡

38:1

Jean Galtier Boissiere.-Loin de la rifjlette.-París, Cres, MCMXXI.
La guerra no es sólo repulsiva, odiosa; tiene también su lado risible. En
cuanto el horror de las batallas desaparece de nuestra vista, la comicidad, en
que es tan abundante la vida militar, vuelve a fluir inagotablemente. Si el régimen de cuartel es fértil en situaciones disparatadas, por la aplicación ciega
a innumerables tipos, caracteres y casos divergentes, de unos reglamentós que
no están cortados a la medida de nadie, la vida en campaña ofrece por añadi•
dura a la observación del satírico y moralista ciertas formas de lo ridículo que
no prevalecen en tiempo de paz. M. Galtier Boissiere ha puesto a contribución
una parte de su experiencia de soldado para escribir Loin de la rifjlelte, y nos
da un «libro de guerra, del que lo más horrible de la guerra: bombardeos, ba•
tallas, padecimientos del soldado en las trincheras de primera línea, está au•
sente. Nos cuenta M. Galtier Boissiere las observaciones que hizo lejos del
fuego o del combate, en los campos de instrucción, en los depósitos: las simu•
laciones del valor, los recursos del miedo para P-squivar la ida al frente, ciertas
3133

�LA PLUMA
hechuras grotescas de la patriotería, el desbarajuste, los inverosímiles ti:opiezos de la jerarquía, son 1~. materia primera del relato, en el que van entremetidas algunas sabrosas aventuras de soldados de verdad, Pero el humor satírico de M. Galtier Boissicre, no se detiene en coleccionar anécdotas. Su libro es.
un libro contra la guerra; la intención última del autor es mostrar el~contraste
entre ciertos vocablos sonoros o ciértas recetas de bourrage des crdnes, y su
contenido. Es un documento más para añadirlo al proceso que los combatientes (únicos que pueden hablar dd caso con autoridad) han abierto contra la
guerra. Loi11 de la dfjlelte se lee de un tirón, y sabe a poco.
M. A.

* * *
Revistas. - Mercure de .Prance, París. - Le Progrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos.
Aires.-Atlzenae1mz, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Crapouiltot, París.-Belles Lettrts, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid,.o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsla ed Arte, F errara.-España y América, Cádiz.-flermes. Bilbao.- L' Ari Libre. Brusela,s.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La No•,velle Revue franfaise, París.-Jndice, Madrid.

F I N DEL VOLUMEN III

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA P L U .\1 A
La verdad y la mentira, la ficción teatral y el disimulo ladino componen
este melodrama artístico de un gran guiñol para niños, soldados sin graduación.
y... poetas.
La traducción, animadísima y fiel en todo momento, de Luis Araquistain y
su esposa, hace grata su lectura, que el púb!ico saboreará directamente a falta
de cómicos y empresarios con curiosidad e interés, no ya artístico, mercantil
incluso.
C. R. C.

***
Libros reclbldos.-Guillcrmo Jiménez: Constant:a, Caro Raggio, Madrid_
Manuel Ugarte: Poeslas completas, Mauci, Barcelona.-José María Delgado: 1 eatr, de ensueño. La Princesa Perla Clara, editorial Pegaso, Montevideo, 1921.Fernando Gil Mariscal: Rle, Madrid, 1918.-En Villabrav{a,¡novcla, Sáenz Calleja, Madrid.-Manuel Acosta: Soltera ... , novela Uruguaya, Editorial Pueyo, Madrid, 1921.-Félix Urabayco: La última cigüeña, Calpe, Madrid, 1921.-Han
Ryner: Les adisans de favenir, Ed. de 9a Ira, Eeckeren-Anvers, 1921.-0pere
Ct;mplete di Giovanni Verga: I Vinti. 1 MaJavoglia. Eva. JI mart'to di Elena. tres
volúmenes, Bemporad, Firenze, 1921.-R. Erdos: ll fio,·e della morte (Col. I mi~liori novellieri del mondo , Urbis, Roma.-Unamuno: Perché esser &amp;osi? (ídem
1dem), Urbis, Roma.-Tomás Hardy, La bien amada.-Scipion Sighele: Eva moden,a.-Emilio Clermont: Lau, a, Calpe, Colección Contemporánea, Madrid.

*

*

AÑO JL

i\...
I

MADRID, NOVIBMBRB 19Zl

1

NÚM. 18.

UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO

m

tiempo que el cancerbero del cementerio de S M
tm me había
ofrecido abrirme el cemente.·
i ar110 en 1aannoche
.
y esc~g1 una_ noche de luna para pasearme por entre su~
muchos de ::ygons1~cos ~l'.preses, por las galerías que también sé y a
mqui mos conozco.
h
.
Estar en un cementerio en I
sobre el coche fúnebre y hab ~d nodc e sena como haber entrado
er s1 o e alguna manera muerto.
AC.ÍA

*

Revistas. - Mercure de ftrance, París. - Le Progrés Civi&lt;Jue, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de I' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de.Costa Rica.
Le Crapouillot, París.-Belles Le/tres, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid~o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Por.sía ed .frie, F errara.-España y Amirica, Cádiz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Brusclas.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma_
La Nouvelle Revue f1·an;aise, París.

* * *

~=

Cuando se abrió la verja .;;entí que
b.
inte~:inable, del ~araje traicionero, de t:a~:al~/¡~e:~~:.el jardín
.
que se ve1a es que las veredas de luna estaban vacías r
~~ª~/ se ala.rga_ban como internándose en la eternidad. Aun 'si~::
tan conocido el cementerio me pareció laberíntico
mos y lagunas de luna.
Y con abis17

t

�LA PLUMA

LA PL U MA

,
1 o de grandes penitentes naza·11anas de Semana Santa
Los cipreses en la noche teman_ a g
1 procesiones sev1
renos de los que van en as
h, sobre la cara y sobre la cabeza.
con el puntiagudo y alto capuc on hacia abajo y se quedan sin tron. ·eses se alargan
En la noche los c1~1
una falda haldada.
o como si se cubriesen con
d los muertos retroceden, y
c Al internarme, tod os los fantasmas e ·etiran hacia sus l'im1·tes ,
muy en fi la , en grupo muy compacto, se i
.

Yo como un indiscreto he presenciado este juego de simpatía
entre las estrellas y el cementerio, pareciéndome que se comunicaban más, que se acercaban, llegando a posarse en los cipreses.
Los fuegos fatuos eran, más que fuegos de los muertos, ya
demasiado desustanciados para eso, estrellas familiarizadas con el
sitio por ser el que estaba más seguro de indiscreciones durante
la noche.

d' de nada, más aislado en el patio
dejan libre la plazoleta.,
.
Nunca he estado mas en me io

La sombra de los cipreses en la noche es más oscura, más betuminosa, más encapuchada.

de lo muerto.
t están así en los corrales del enc1ey veía también que sólo
Sólo los toros que van a ma ar
1 d que los maten. o
.
.
rro la noche antes a a ,e de todo entre esta noche y la de mi sacnhabía unas horas despues
.
ficación.
descansado, excepciona
·
1, tranqmTodo goza de un no ser
Iizador.
h
hay nada, smo
cosas en su sitio.
.
En el cementerio de noc e_ no
t ·a hora y sólo las yerbas se
dado como a mnguna o t
Todo está guar
temen los pasos.
desperezan, se sienten solas, ~o
n reflejos de cuadro en la pared
Los reflejos de las hornacinas so erosos en el pasillo de la casa
de la habitación oscm·a·, cuadros num
atestada de cuadros.
las galerías cubiertas y la sombra
Son más claustrales que nunca
encuentra en ellas su grato so:or~l~ementerio son estrellas muertas
Las estrellas que lucen so re e deshabitadas que es lo que más
con luz vívida, son mu~dos, c~sas e es el cementerio-esas _es~rellas
se parece a esta tierra sm nadie q~ de nadie- sobre este mmusculo
son cementerios a1egres , cementerios
fi . dad entre este mundo d e los muer-1
ementerio sin luz. Hay más a m
tre el mundo de los vivos y e
ctos y el mundo de las estrellas que en
.
de las estrellas.
J58

Aun bajo la luz de la luna no se ven los nombres de los nichos;
se ven confusamente los renglones que inscriben al mue1 to, y pueden ser todos los apellidos de todos los hombres.
No vemos la lectura y nos dedicamos a ver el conjunto, las
plazoletas, la línea de los tejados destacándose sobre el cielo, el
cielo otra vez como si fuese esta noche el firmamento superficie del
mar en que somos náufragos, alta superficie sobre la que van los
navíos.
Todas las tumbas son como camas tranquilas, más tranquilas que
por el día, pues tiene algo de oscura sala de hospital el cementerio.
Se comprende mejor la postura de los muertos. Son como tumbas acostadas sobre el césped. No son ni más ni menos que esas
tumbas, son como lápidas, como piedras acostadas.
La estatua yacente, en la noche de luna, era más la verdadera
muerta que siempre que la he visto de día. Esa insensibilidad de la
piedra es la de la muerte. Se ven los muñecos de barro seco que son
los muertos, que somos los muertos.
Con esta irresponsabilidad que voy adquiriendo ¿adónde voy a
llegar yo? A nada. No haré nada. Tengo idea de la responsabilidad
material que se adquiere en la vida y eso me hace quieto y tranquilo. Esa irresponsabilidad solo me hará más libre de pensamiento,
más sincero.
2 59

1

¡

�LA PLUMA

LA PLUMA

La noche en el cementerio se va quedando ha~ta sin mí y ha
y he dado voces de.
habido veces que me he pe1·d·do
I
¡Ramón! ¡Ramón!
d' d l noche y la soledad.
•
en me 10 e a .
el suelo de las galerías, parece como s1
Al pisar _un cristal rot~ e~ de su nicho para salir; pero en seguida
alguien hubiese roto -~l cnsta f ba· o la pisada los cristales rotos
se borra esa impres1on al sen rr J
.
'b
nos hubiese picado.
como s1 la v1 ora
. t
los nichos como prendas co1Las coronas están colga&lt;las JUn o a
gadas a los pies de la ~ama.
t de aeantilado junto al que se ha
Todo en la noche tiene aspee ob . la luna más espléndida, en
roto el alma el gran buque, y que ªJº d de la noche recuesta sus
•t d la gran ensena a
'
el recodo más bom o e
t es de peces recién pescacadáveres amontonados como los mon on
'
b 1 peñas de la costa.
.
dos y muertos so re as
t en el rincón más perdido
Están de cuerpo presente los muer os
de la costa.
t .
la noche están lejanísimos
Los últimos patios del cernen e~1od en y se pisa en la luna, sobre
al mundo, completamente al otr~ as ºae la misma luna. Se podría
las nieves lunares, sobre lo~ era_ ere 1 luna y que hemos cambiado
.
es la que ilumma a a
t.
decir que la ierra
,
l lt0 suspendida en los cielos,
·
1 tierra esta en
ª e, jamás pero con una uz
de residencia y a
,
t
1
como un cuerpo celeste mas muer o qu
,

°

. más prestada que nu~ca. 1
terio nocturnal se siente uno lejos
. En ese último patio de cerner,
1·ta .a en que merendar como
s en la pradera so 1 n
de todos 1os sereno
.. t de queso de Gruyer.
muertos el queso de la luna, una raJI :r todos lados.
Los conejos de la muerte huyen p
Los sudarios de luna están tendi~os a la luna.
Los cipreses están dormidos de pie.

Hay silencios caídos.
Hay trozos de sordera suma.
Lo que más vive so~ las entradas a otro patio, arcadas de sombra
que parecen que dan a una habitación más iluminada, a otro corralillo con mejor luna, con luna de muchas más bujías, con waltios con
la W más muyúscula de la noche, con un incendio de acetileno.
Como hace friíllo en la noche lunada y llena de las espumas del
mar eterno, sentimos ganas de descolgar nuestro gabán de los cipreses, esas grandes perchas de las enormes capa$ de la gran fábrica
de paños del cipresal, gran fábrica especialista en trajes de invierno
para los viejos de los asilos.
Los retratos duermen reclinados en el fondo de las vitrinas, más
recostados que nunca sobre las lápidas.
Todos los nichos, con su cristal y su marco, son como relojes
parados para siempre, relojes de comedor inútiles y empotrados en
la pared.
En la noche de luna, esos trechos en que se abre de vez en
cuando la pared seguida del cementerio, son trechos que dan a la
luz, son desgarraduras desgarradoras de la muralla, poternas de la
orilla lejana desde las que se ve la ciudad. ¡Qué lejos!
Los cardos secos nos arañan las piernas, a través de los pantalones, con sus uñas de diablos.
En las esquinas en sombra, en todos los esquinazos del cementerio, es donde se arrinconan los muertos más desgraciados, los más
arrinconados, aquellos a los que no les llega ni de día ni de noche
la atención de una mirada.
En el cuartel de los muertos el régimen de silencio es muy riguroso y en la noche no hay ni un vuelo ni el ruido de un muelle
de cama.
¡Ah! Pero lo milagroso, lo conmovedor, lo inverosímil, lo que
hace que nos demo~ con la cabeza en las paredes para co,mprenderlo,
Z6I

�LA PLUMA

LA PLUMA

es que los niños no lloren en la noche, no se despierten ya, duerman
de un tirón, hayan sido ahogados. ¡Niños embalados hacia el París
de donde vinieron.
¡Todos los niños están callados! La nodriza seca les ha cantado el:
Muere, ni1io, muere...

que da el sueño eterno. ¡Parece mentira que, no habiendo manera de
dormirlos nunca, alguien los haya dormido de ese modo absoluto!
Esparciendo miradas, cada vez más despavoridas de soledad por
los patios anfiteátricos, se ve lo que las paredes cargadas de muertos
tienen de gran biblioteca, de plúteos altos con libros en infolio y anchos como las grandes guías de las poblaciones de quince millones
de habitantes.
Con nuestra afición a lier y trabajar en la noche nos dan ganas
de dirigirnos a uno de los estantes, y sacando uno de esos grandes
librotes con la historia clínica de ese señor y con todos los detalles de
su existencia, colocarlo sobre cualquier atril, y tirando de la lámpara
de la luna, como de esas de corredera que penden de los techos y
que tienen un contrapeso con perdigones, leer hasta las veces en que
se echó una lavativa el biografiado, toda la historia de todos los instantes.
Esas imaginaciones extrañas acuden a nuestra mente en los patios
silenciosos. Aquello es mucho más amplio e intrincado de lo que
creíamos, de lo que hemos comprobado tantas veces por el día.
No sé por qué se me ocurre asociar la idea de un coto de caza a
estos boscajes cerrados y me parece como si estuviese lleno el paraje silvestre de los cartuchos vacíos, desperdicios de los tiros que
sirvieron para hacer cada víctima de las allí enterradas. Como fusilados contra aquellas tapias son todos los que reposan allí, a la sombra de toda ley impertinente, pues ni a través de los párpados tienen
262

e~e resol inaguantable que hasta el
siempre.
ciego

..

O

el que duerme ven

¡Paraje en el que quedarse como un lo
meditando siempre con el
.
co dando vueltas siempre,
,
pensamiento des vane .dO
I
avanzada del viejo cementerio(
ci en a soledad
Aquella estancia en la noche del ce
.
brarme a la noche de la muert
d d menteno me hizo acostume, Y es e entonces sé có
1a larga borrachera de sueño en I t·
mo va a ser
t
a ierra que no ve en 1 .
uraleza, en la noche igual que el día.
,
a ciega naRAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

�LA PLUMA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES

(1)

V

[I

rapto del espíritu en lo bello natural era un modo d:
arribar súbitamente a cierta felicidad donde c~saba 1
pugna entre la inclinación y la ley. Po~· vez pnmera el
antagonismo se resolvía en mi favor. Triunfaba de tod~
límite y al aprender a evadirme así de aquella vida estrecha, no cese
de al~bar el tesón con que había mantenido mis espe:anzas. ¿,Vendrían gentes al mundo con sobrada capacidad de sentir, no m~ ~e
ara uardarla incólume en alguna mazmorra y go~a:se sohtana~entegen ella, como el avaro recuenta sus riquezas estenles? La_ coerción externa, el comercio humano habían empezado a ~nsenar~e
.,
yo y a podar y mondar de sus brotes espontáneos mis
quien era
.
.
1
b' T s de com.
!sos Privación dolorosa, pero mterma; yo o sa ia. ra
impu la . enerosidad de mis sentimientos, tan bien medidos con las
L

!ª

~:;i::taci~nes bellas del mundo, y la cautela o ál_gidal ap_at~~ d~;o:
bárbaros lo que deduje no fué mi impotencia, smo a m tgm a
ajena A, otros les convendría asquivar el dolor a fuerza ~e es:ar
.et~s y proclamar unas máximas destiladas de la cobar~ia y os
~::eng~ños; mas yo no quería admitir que hablasen en m1 nombre
(1) Véase LA
26,4

PLUMA

de septiembre y octubre de 1921.

las conciencias escarmentadas. El auge de mi vida sentimental era
fenómeno nuevo. No pertenecía a ninguna experiencia anterior. Y esa
fuerza pura, aún inorientada, yo sabría emplearla con el fausto y la
dignidad pertenecientes a su grandeza y agotarla sin más norma que
mi arbitrio ... Pero antes sería menester sofocar las voces del miedo.
Decían tanto mal de mi demonio interior, que si me sorprendía a mí
mismo contemplándolo y deleitándome en sus promesas, el pavor me
congelaba la raíz del pelo, como si estuviese ya cautivo de un infortunio irrevocable. Eran de calidad vil los motivos que me determinaban, pues en último caso reducíanse a temer o no los resultados
que me trajese la conducta. La razón más persuasiva que el antagonista acertaba a insinuar en mi conciencia era la del «amargor de los
frutos de las pasiones», incitándome mansamente a precaver el chasco postrimero con no apartarme de la vida descansada en que consiste la ventura asequible. Mas no importa el sinsabor de los frutos,
sino alcanzarlos en sazón. Me repugnaba inmolar la vida al remordimiento. Y la renuncia, tan alabada, y el desvío cerca de las emociones proscritas, no me aportaban tampoco la sedación ni la paz que
me prometieran. Yo no tenía espíritu de sacrificio, ni humildad, ni
el don de lágrimas; no podía zambullirme en el deleite de mi abnegación, que es un modo de consuelo, ni admirar mi heroísmo y suputar el premio; la acritud del corazón me forzaba a ser sincero: mi
inhibición era el despego soberbioso de quien no se arriesga a sufrir
chafaduras en el amor propio. En estos coloquios recatados, que
abrieron, sin notarlo yo, el surco por donde ahora puedo remontar a
los albores de mi vida moral, solía prestar a mi contradictor interno
el asentimiento bastante para eximirme de su acoso; pero aunque no
la nombrase, llevaba yo bien guardada la certidumbre de que todas
estas cárceles se derrumbarían; y si aquel miedo infuso me dejaba,
la alarma venía a sobrecogerme ante el rápido discurso de las horas,
que pasaban sobre mí con levedad, sin dejar rastro.

�LA P L U ~1 A
LA PLUMA
•Qué sortile&lt;rio me echaban el aire y la luz para suspender mis
&lt;
~
º6
diálogos y elevar el alma a ese punto en que se borra~, la acepc1 n
de bien y de mal y los deseos? Virtud de la contemplac1on, que lleva
al aniquilamiento si la caricia en los sentidos nos hechiza_ Y el pábulo
del pensar, derretido, se evapora, dejándonos en una quietud transparente, sin contornos, deshecho el dualisn:io _vital d~ hombre Y mundo. En tal desleimiento de la persona cons1sba, a m1 entender, la sumidad de la vida; era, por el contrario, un modo de perderla, de
abolir la reflexión, de no parar los ojos en la histori~ de. ho~ bre_ ~ ue
empezaba a gravarse con dolor en la haz de la conc1enc1a. Narcottco
era, manantial de placeres puros, esto es, sin mezcla. Por goza1'.l?s
busqué cada vez más el tacto con la naturaleza. Pedíale la exa~ta~1on
sensual que me arrebatase al pasmo ya gustado. No la enc~ntre siempre sumisa a mis antojos. Se entre~aba_ cua~~o menos podia yo esperarlo. A vece..c:., las más, era inútil m1 solicitud. En vano ~aba yo
suelta al raudal emotivo que artificialmente acertaba a s~s~1tar: no
se producía aquella unión misteriosa. Er~ tanto c~mo a~anc,ar a una
estatua. Entonces mi capacidad amatona se atema pu1~mente a lo
concreto: ponderaba las formas, los colores, la prop~~·c1ón, los aromas, los sonidos, sin pasar a más. Y de esta contenc10?, d'.:! esa sobriedad, por las cuales fué asi cómo enumerando los ?bJetos_y sacándolos de la masa donde antes estaban empotrados, vmo el liberarme
de la pavorosa impresión de mi pequeñez con que el mun?º'. hasta
allí indiviso, me agobiaba. Me desembaracé de algunos senhm1ent?s,
incorporándolos en las cosas. Empecé a poblar el mund~ exterior
con engendros de la fantasía. Reiné sobre los seres, y d1:~use _de
ellos como de material para mis juegos, que no eran ya_de runo. Hice
solio de la ventana de mi celda, que daba a los Alam1llos, Y desde
allí fuí metiendo en las fuerzas naturales la intención de que ~ntes,
estúpidamente, carecían. Echaba sobre los cerros cogullas de m~bla'.
si estaba triste; apagaba los ruidos del mundo con mantas de meve,
266

1

dilataba los cóncavos cristales de la noche cuando era mayor mi
aliento; y si el mal humor me infundía propósitos malignos desataba
los vientos rabiosos, dejándolos noches y días enteros correr por las
pizarras y desgarrarse las fauces con los aullidos. Mi inspiración peor
deleitaba a las señoras, y más aún a las hijas de las señoras que a la
puesta del sol cruzaban por los Alamillos, de vuelta del Paseo de los
Pinos. Componía un cuadro con luz de ocaso, y brumas sutiles y
resplandor de lumbres de pastores, lejos, y humaredas densas enredadas en los árboles, y unas puntas de ovejas que volvían de la
Herrería al colgadizo de la huerta a dar de mamar a los recentales.
Olor de leñas quemadas, vaho de hojas en putrefacción, balidos lastimeros: todo estaba a punto.
·
-¿Os gusta?-decíales a las damiselas.
-¡Oh, sí! ¡Mucho! Y ponían lánguidamente los ojos en las ventanas del colegio. Pero a mí me cargaba su excesivo amaneramiento,
Y apenas las novias habían dado la última vuelta por el jardín, de
un empellón sumergía el cuadro en la tiniebla.
Por esos portillos empecé a salir de mí mismo, y tal es la deuda
más grave que tengo con El Escorial, o mejor, con su campo: en la
edad de ordenar por vez primera las emociones bellas, me sobrecogió
el paisaje. La obra humana, el Monasterio, quedaba aparte; ininteligible, no sé si diga hostil. O lo admirábamos a bulto, sin saber muy
bien por qué (acaso por su grandor), o veíamos una obra extravagante, cargada de intenciones anacrónicas, que no hacía presa en
nuestra sensibilidad ni acertábamos a explicar según los modos de
que nuestra razón iba aprendiendo el uso. Vislumbro el origen de
aquella tendencia a mirar el Monasterio como un error grandioso, no
sólo en que el intelecto, viniendo más tardío, era incapaz aún de
penetrar el secreto de esta obra, superior en dignidad-como del ingenio humano-a las obras naturales y de menos fácil acceso al espíritu que las sugestiones patéticas del pai~aje; pero además en el
267

•

�LA PL U\\ A

LA PLUMA

encargo de contemplar el monumento dentro de su representación
histórica, s¿breponiéndole un valor de orden moral, significante, que
postergaba su valor plástico. Pienso que así quedaba desconocido el
Monasterio, llevándonos a medirle por el mismo canon que la expedición de la Armada Invencible.
¿Pero qué hacer de esas experiencias mías, ni cómo emplear los
hallazgos, por mínimos que fuesen, fruto de mi actividad personal?
Yo no sabía si estaba enriqueciéndome o si, más bien, era el rico
ocioso que despilfarra sus tesoros. Lo mejor de mi vida no era sino
vagabundeo, holganza pura, indisciplina, visto que desde ese campo
donde solía merodear, al cercado de mis obligaciones no había tránsito prevenido. De cuantos deberes nos imponía el colegio, los únicos que prendían en realidades presentes en nuestro espíritu eran los
deberes religiosos, ya los acatásemos devotamente, penetrados de
temor cristiano, ya suscitasen en algún corazón rebelde angustias
mortales. Pero un hombre no tiene sólo el alma para jugársela a cara
o cruz con el demonio. Tan claro es esto, que aparentemente gastábamos lo más del día en trabajar por ornamentarla, salvo que, ese
trabajo carecía de conexión con la vida superior del espititu. Yo había
visto en el presidio de Alcalá a los penados tejiendo pleita. No puedo
representar mejor mi estado. Un ser sin cerebro, una máquina, hubieran dado cima a nuestras tareas con más puntualidad y no menos
brillantez que nosotros. De manera que para aligerar el trabajo maquinal, era útil enseñarse a hacer trampas.

VI
Declaro con rubor que fuí en El Escorial un alumno brillante.
Si me contase en el número de las personas que, a falta de mejores
títulos, o por perversión del estímulo de la simpatía, pretenden ele268

varse en el aprecio ajeno ponderando las dolencias que han padecido, no podría vanaglori:1rme de otra más grave que el envenenamiento característico del escolar aventajado. Me abstengo de hacerlo
por urbanidad y por no empeorar con una superchería el pecado
contra el buen gusto.
D~bí de p~re~er, siendo estudiante, un caso mortal: desparpajo,
prontitud, lucm~iento alegre. En las degollinas de fin de curso (clases entera~ sacrificadas por clerofobia del catedrático O por rigores
de un s~b10 de fama local, demasiado convencido de la importancia
de su asignatura), yo era de los dos o tres que se salvaban, y me salvaba con gloria. Mi ruta natural ya se columbraba desde aquellas tesis
que_ sostenía en nuestros certámenes, desde aquellas notas' excelentes.
~n Joven de provecho triunfa en la vida si, apenas salido de la Universidad, prom_ulga sendos folículos sobre el «Estado social de la mujer»
la «Necesidad de mejorar la aflictiva situación de las clases trabaJadoras»; ~-i asiste en un bufete conspicuo y granjea, sacando de penas a la h1Ja de algún mastuerzo, además de una entrada legítima en
el cercado de Venus, otros bienes-entre los que suele contarse una
manada de electores numerosa-, menos fugaces que los deleites severos del connubio. Por dónde iba, paso a paso, la ilación entre
nu_estra~ tareas de colegiales y esas cimas vertiginosas, yo no lo sabre decir, pues me senté en el comienzo del camino; pero quien
daba suelta a la ambición calculadora y se ponía a conjugar sus fines
~ sus ap~estos, tasaba al punto nuestros trabajos en su valor positihvo: la gimnasia del entendimiento, absorbiendo la ley de las Doce
Tablas, el_ ~ecreto de Graciano y diversas refutaciones del panteísmo, permiha escalar el solio de un cacigazgo rural; el matrimonio
de _ventaja, el mandato en Cortes, un ministerio, eran los grados siguientes ~ la licenciatura y al doctorado en una facultad que empezaba descifrando a Irnerio para terminar naturalmente al servicio de
Sagasta (entonces era Sagasta), con sólo sustituir valores iguales, a

!

269

�LA PLUMA
compás del progreso de nuestro espíritu. El cálculo se robustecía en
la contraprueba: fuera del adelanto en esa senda, nuestros conatos
no daban de sí maldita de Dios la cosa. Tal sería también mi destino; tal mi vocación presunta.
Si alguno de mis buenos maestros, en la esfera donde está, compara aquellas promesas y estos frutos, podrá decir que he malogrado sus desvelos, pues la inteligencia sirve, no para encontrar la verdad, sino para conducirse en la vida, y a mí me habían puesto desde
jovencillo en el carril de los triunfos. Cierto: les volví la espalda; desmentí los vaticinios más claros; abrasados fueron aquellos años, aventadas sus cenizas. Lo digo sin amargura, sin furor, no obstante el
peligro en que estuve, pues ahora sólo me place recordar que me
salvé. Salvarme fué, más que cordura, virtud de la indolencia. Porque escatimé el esfuerzo, la infección no pasó a mayores, a pesar de
los síntomas. No puedo alabarme siquiera de haber corrido una borrasca intelectual. Salí del colegio sin adquisición alguna; nada tenía
que abandonar ni que perder. Armas de cartón me habían dado para
un combate en que, por suerte mia, yo no estaba propenso a entrar;
las arrojé sin duelo, me encontré a mis anchas, no busqué para el
caso otras mejores. Dijeron que era descarrilar y que me perdía. Sea.
No he llegado a hombre de presa ni, cuando menos, a prohombre. Me
consuelo , pues mi fuerte ingenuidad me hubiese celado el espec...
táculo de mi encumbramiento. No habría sabido juzgarme, m vivir
desligado íntimamente de las cosas. No soy santo; ~i humorista, ni_,
creo yo, lo bastante canalla para no haberme entusiasmado con m1
propia obra. En el ápice del poderío, más aire me hubi~se ~ado a
Robespierre que a Marco Aurelio: hubiese tomado en seno mis gestas, sin prevenir resguardo para mirarlas del revés; ele;7a~o al rango
de portavoz cte vaciedades comunes, como me falta el c1mco despe~o
de los canallas (nada puedo regatearle al afán del momento}, habna
dado a luz un varón togado, con ínfulas de apóstol, y engañádome

LA PLUMA
a mí mismo por no engañar a sabiendas al prójimo. Cabalmente, ese
es el personaje que más detesto.
En mis triunfos fáciles no sé con certeza quién defraudaba a
quién: si yo al colegio, echando por el atajo de la memoria, que era
menor esfuerzo, o el colegio a mí, dejándome sobredorar metales inf~riores. Entonces creía yo ser el matutero. Por buen sabor que tuviese el descanso adquirido con engañifas, no dejaba de sentir e1
malestar de quien vive agobiado ineludiblemente por tareas ingratas, de las que se alivia un poquito desviando la atención. Conocí el suplicio de tener escindidos el trabajo y el cuidado; pocos
hay que más duelan. Fijar el ánimo por el trabajo mental y acompasarlo merced al esfuerzo sostenido no se alcanzaba nunca. En nuestro espíritu había un desequilibrio tormentoso. La atención se iba
de merodeo por los mundos imaginarios: también eso era cansado
insufic~ente, y venían la expectativa desasosegada, el deseo confus~
de sentar el pie, de hacer presa. Si el colegio nos parecía una suspensión temporal de la vida propia, debíase, más que nada, al sobreseimiento en la cultura de la inteligencia. Allí era el hacer que
hacía!Ilos, el dejarlo todo para mañana. Ko digo que anduviésemos
ansiosos
mendigando de los frailes el saber y nos afliaiera
quedar
.
o
msatisfechos. Cierto: un entendimiento activo, original, pujante, ha..
bría padecido con tal régimen privaciones análogas a las del lascivo
en abstinencia forzosa. Pero nosotros debíamos de ser perezosos en
demasía; nos resignábamos a estar a dieta. Esa conformidad casa muy
bien con el desasosiego que germinaba en el baldío del intelecto; no
lo destruye, lo corrobora. Nos faltaban, simplemente, estímulos serios. Pocos dejábamos de advertir la inanidad de nuestros conocimientos. La vida intelectual robusta no podría empezar justamente
hasta salir del colegio. Todo cuanto en él adquiríamos era para olvidarlo en el punto de llegar a hombres. Tantos programas y libros,
tantas clases, tantos exámenes no eran sino para ganar ciertas ha271

�LA PLUMA
LA PLUMA
bilidades de orangután domesticado, habilidades caedizas, de la&amp; que
nadie volvería a pedirnos cuenta en la vida. Esfuerzo que empleásemos
en adquirirlas, esfuerzo perdido. Nuestra inteligencia era menos pueril de lo que pensaban los frailes; afectábamos un candor, una docilidad de entendimiento que, en el fondo, no teníamos. Los frailes, sin
recatarse, estrechaban el campo que nuestra curiosidad, mejor estimulada, hubiera debido explorar... Había cosas que era malo, o peligrosamente inútil, o, cuando menos, prematuro saber. El toque estaba
en distinguir la ciencia falsa de la verdadera: una valla, erigida hace
veinte siglos, las dividía; del lado de acá, de nuestro lado, lucíu la
verdad, pronunciada de una vez para sien::pre; en el otro se amontonaban los errores tenebrosos. Lo más de la historia del pensamiento
humano quedaba a la parte de afuera. Y uno retrocedía, vagamente
conturbado, ante predestinación tan fuerte. Entreveíamos el fraude piadoso, y que al fin habíamos de hacer un descubrimiento
análogo al de que los niños no vienen de París; más: ya lo habíamos
descubierto; fingíamos no saberlo; y esa inocencia simulada, necesaria para llegar pacíficamente al cabo de nuestra ruta escolar, empezaba por corromper la fuente de la probidad intelectual, hacía sospechosa toda noción, minaba las bases del respeto al saber, era la causa
última de la desgana, del insondable descontento.
Aprendimos, como era debido, a refutar a Kant en cinco puntos, y
a Hegel, y a Comte, y a tantos más. Oponíamos a los asaltos del error
buenos reparos: « 1.0 , es contrario a las enseñanzas de la Iglesia...
2.0 , lleva derechamente a1 panteísmo ...~, y otras rodelas imperforables. El positivismo le disputaba al materialismo el calificativo de grosero. El panteísmo era repulsivo. ¡Lo que nos tenemos reído del
judío Spinozal Y el día en que el Padre profesor de Derecho Natural nos leyó, para escarmiento, unas líneas de Sanz del Río, quedamos bien impuestos del peligro que hay para la sana razón en apartarse del redil. A Hegel le reducíamos sañudamente a polvo. Tomá-

bamos ejemplo del catedrático de Madrid quien tras de e 1l ., t
'
,
xp icar una
ecc10n ocante al hegelianismo, decía el muy socarrón-. «y a que h emos aca b.a d o con Hegel...» Era el enemigo más temible• Lo prueba
H
que e1 mismo catedrático disparaba este argumento· «·Señ
fué
•
• ,
á
•
ores: egel
mon rquico ....1»; y si al Padre C. se le ocurria decir com
·
d'
¡ . H
.
.
,
o quien
ice a go. « eg~l, una de las mteltgencias más poderosas que se han
paseado por la tierra... », parecía una gran concesión
Más r_ebeldes que a la conservación de la doctri~a éramos a la
restauración
de los modos. En los certámenes había que di·scu mr
· por
-1 .
si ~gismos. Dos veces comparecí ante el colegio en pleno a sostener
tesis de encarg~. El Padre Blanco me confió la primera: «De la belleza co~o cuah~ad _su~asensible.» Sería entonces cuanct'o fundé mi
rep_utac10n. Al ~no siguiente nos pusimos a desenredar en público los
pleito~ de un ciudadano romano. Presenté mis conclusiones. El adversano _me asestó un silogismo violento. Sin rendirme, clamé:
-¡Niego la mayor!
-¿Cuál es la mayor?-replicó, desconcertado.
Aquella noche no discutimos más.
( Continuará.)

MANUEL AZARA

1

l

272

273

�ALCOR
6sta es eastilla. 61 horizonte,
cerrando la alta es/era,
define en derredor un pensamiento,
vasto descanso,
cumbre y remanso
del espíritu puro.
6sta es Castilla. 'Gi~rra y cielo.
6rrante la mirada
vaga en el denso mar. 'Y no descubre
/ronda ninguna verde
en que la luz se temple. ;]lasta que octubre
da con sus alas grises una sombra
gigante. &lt;Soledad.
6sta es Castilla. f}{ace los hombres
y los pierde.
.los pierde en la retórica
de que pletórica la ;Musa f}{ispana
se muestra aún arrogante.
Cante el mantenedor, cante el poeta
de los juegos de /eria provinciana
acordados la lira y el discurso
al /ácil tópico,
la vana pompa de los mitos oficiales.
'Yo cuando quiero /lores naturales
las cojo en el campo.
274

\

_)

LA PLUMA

fNo en éste al que la gracia
del prado ameno y variopinto,
del arroyuelo
sereno y claro la corriente limpia,
del valle perfumado
la regalada umbría,
;Madre fNaturaleza niega dura.
fNo en este yermo.
&lt;Sino en el campo
que labra mi deseo
día tras día,
regado por mis ojos
con las lágrimas vivas del recuerdo,
campo tan ancho como el mundo,
pero cerrado como un huerto,
campo todo florido
como un jardín edénico
desde que mi sentido
lo ha descubierto,
por la fragancia del corazón, dentro del pecho,
campo mio,
en tanto no haya muerto
la luz en mí, y con ella
la virtud de este verso:
flloy, en la eternidad del universo.
f}{oy, soy;
2

75

..

�LA PLUMA

en el presente
vivo en tanto que aliento;
ayer, mañana,
son sombras en el tiempo,
larvas,
espectros,
cosechas, siembras, hechas
con la solemnidad del mO'Uimiento
atávico,
con que ya usaba la hoz y el bieldo
el labrador de los campos góticos;
o con el ánimo moderno
del que en la máquina aprovecha
el esfuerzo
del cálculo,
para romper el suelo,
para vencer el aire,
para esquivar el trueno.
Vrlas en el fondo
todo es uno y lo mismo,
mañana y ayer son
abismo
a no ser la creación del pensamiento:
'Ver y entender
en el momento.
9l,bro los ojos, miro.

L A PLUMA

'Veo:
'Gierra de campos. eampos llanos.
&lt;Sobre los llanos un alcor.
6n el alcor hay un castillo,
ruina de un /eudo sin señor.
eastillo, no en el aire,
firme en el suelo,
baluarte que aún defiende,
enhiesto,
fantasmas, quimeras,
vagarosos ecos
de una voz sin tono.
'JI entiendo:
fNo la to"e
del homenaje sin acatamiento,
ni el suspiro
que entre sus muros finge el fliento,
me traen a este retiro,
a apoyar en la barba el pensamiento.
fNo el honor de una gloria pretérita,
ni de anticuario el goce enfermo,
mas el hacer mi morada interior
y contemplar desde el alcor
la nada.
C. RIVAS CHERIF

277

�LA PLUMA
Ano•10 C11Buios.-Su marido. Veintisiete año1. Teniente de Caballería. Se
casó porque la chica era rica y porque se le parecía a una cupl.-:tista
de quien fué el souteneur por mucho tiempo. Procura educarla en la
misma escuela.

LA LEY DE DI OS
DRAMATIS PERSONJE

La famllia López:
DoN Ju1J1 BAUTISTA LóPEz.-Sescnta y cinco años. Solterón. El público no le Ye
ni le oye, pero está siempre presente.
,
JUAN BAUTISTA GONZÁLEZ.-Un año. No habla, pero duerme Y se ne. . .
DoÑA lsABKL LóPKZ.-Sesenta aiios. Solterona. Es la santa de la fam1ha Y a la
que todos obedecen por su discreción y por su diocro.
.
DON FaucuNo LóP1z.-Cincucnta y cinco años. Un hombrote como un cast_~llo,
pero cobardón y fácil de lágrimas. Piensa constantemente en sus h11os,
sobre todo en Vcremundo, presuntos herederos de la fortuna d~ la familia. La adulación a su hermana Isabel determina todas sus accione~.
DoíiA FRANCISCA.-Cincucnta y dos años. Su esposa. Avara como su mando.
Muy fresca.
DoiíA Au11.o11.A L6Psz.-Cincucnta años. Casada. Sin hijos. Amargada por esta
circunstancia, pero tan codiciosa como sus hermanos.
.
Dox BBNioNo.-Cuarenta y cinco años. Médico que al llegar de titular a_l pueblo
hizo la cura de Aurorita y desde entonces sólo receta a los criados de
la familia. Su carácter tímido se acentuó más por miedo a su mujer Y
hermanos.
Tnasnu LóPKZ.-Veinticinco años. La &lt;iltima de los Lópcz, bonita, mimosa. ~u
marido concluyó de estropearle el juicio. La codicia de ella se desvia
hacia el afán de tener dinero para gastarlo.
278

1

¡
1

DOCTOR D. BBRNARDo Cuo.-Médico viejo. Practicón resignado. Un fondo de
honradez y bcccvolcncia. No puede beber una copa de vino sin dccla•
rarse anarquista.
DOCTOR ANORBTO.-Médico joven. Con talento y alguna petulancia. Aspira a la
clientela de su compañero. Pertenece a los adoradores d~ la piedra,
entendiendo por piedra el gesto que le haga medrar.
S&amp;io1t H111KST11.osA.-Notario cuco dispuesto a nadar en ríe, revuelto, pero guardando la ropa.
Do11 APARICio.-Párroco de Andux. Un gañán sin educ~ción. Ignorancia absoluta que le hace irresponsable de sus acciones. Cree que Dios está al
servicio de los ricos.
TfA CATAUNA.-Cincuenta aiios. Para ella el amo lo puede todo. Codiciosa,
amoral. Madre de
M.uiú o.u. Pnm.-Veinticinco afios. Madre de Juan Bautista el pequeiio. Una
sierva.
LuCAs.-Sacristán.
Sutaoo lit IUYOR.-Labrador.
ESCENARIO
Un salón rústico en casa de gente bien acomodada. Mesa, sillones, sillas. Dos
puertas en el fondo, a la gal~ría. Dos ventanas laterales con cristales. Todo
macizo, fuerte, hecho para la inmortalidad. Forman contraste algunos muebles modernistas de muy mal gusto. Imágenes de santos, cromos y un retrato al óleo del fundador de la dinastía, don Veremundo López, con leontina y bastón; la cabeza es muy p~quefía para los hombros y sobre todo
para las manos, que parecen dos racimos de plátanos. Hay un reloj que
no marca la hora para que no se estropee.

DR. CANo.-Resumen, amigo y colega: hemorragia cerebral, forma
apoplética, hemiplegía de origen central. Pronóstico: grave, gravísimo,
de toda gravedad (cambiando su voz doctoral pnr otra Jamt'lzar y francota). Amigo mío, hay que conformarse con la voluntad de Dios; su cu279

•

�LA PLUMA
ñado no llega a la madrugada. Creo no decirle nada nuevo con estas .Palabras; usted ha visto bien el caso y lo ha t~atad~ conforme~ ley. (::,igue
un largo silencio. Benigno, con la cabeza baJa , y lia11do maqumabnente un
dgarrillo.) ¿Se le ocurre algo nuevo, compañerito?
...
DR. AMORETO.-No; no, señor; estoy conforme con su opm1on de us-

ted. Pero ...
DR. CANO (con sonrisa malévola).-Diga, diga usted, joven. En medio

de todo, ustedes los recién llegados de los grandes centros científicos
pueden aportar otros datos, indicar otros agentes, para nosotros los practicones ofvidados o desconocidos.
DR. AMORETO.-Nada de eso, maestro. Era solamente añadir como un
dato más a la hermosa historia clínica por usted explicada. Sabe usted
las modernas orientaciones de los clínicos hacia la arterioesclerosis como
causa de las lesiones arteriales de origen central: nuestro enfermo tiene
todo el aspecto de un arterioesclerósico en período de hipertensía.
DR. CANo.-Cierto ... , cierto ...
DR. AMORETo.-Además, he oído decir, y si don Benigno me perdona
que lo repita ... , q~e sus co.stumbres ...
DR. CAN0.-C1erto ... , cierto ...
DR. AMORETo.-Parece que bebía ... ¡Oh, no! (respondfendo a un gulo
de don Benigno); no digo que fuese un borracho ... ; ademas, hombre mujeriego...
DR. CANo.-Cierto ... cierto ...
DR. AMORETo.-Añadamos, señores, la edad ...
BENIGNo.-Sesenta y cinco años.
DR. AMORno.-No es para morir de viejo ...
DR. CANO.-Cierto ... , cierto ...
DR: AMORETo.-Pero sumemos todas esas concausas, demos a cada
una la importancia etiológica gu_e tienen, y ente_nderemos con pa~mosa
claridad, con esa claridad mend1ana con que bnlla la verdad médica, el
origen del cuadro morboso actual.
DR. CANO (después de un silencio).- Ciertísimo, estimado colega.
(Otro silmclo.) Siga, siga usted.
.
.
.
DR. AMORETO (muy cortado).-Nada mas ... ; no tengo mas que decir...
DR. CANo.-Como usted ve, Benignito, la magnífica disertaci?n de
nuestro joven colega, el análisis tan hermosamente hecho de los ongenes
del mal, no ha de remediarlo.
BENIGNO (despuls de otro gran silenúo).- ¿Y qu~ creen ustedes ... ? Ustedes, príncipes de la medicina,. médicos de la capital...
.
DR. CANo.-Declino ... , declino ...
DR. ANORITo.-Y o también declino.
280

L A PL UMA
BENJGN? .-No; no, señores; yo, un pobre médico rural , les ha llamado
por ue as1 lo creo ...
R. CANo.-Bueno ... , bueno ... ; pase usted de laroo
... digo por mi
0
'
•
parte...
DR. AMORETO.-También por la mía .
BENIGNO.-¿Qué opinan ustedes de ... su inteligencia ... ?
·
DR. CANo.-¿De su inteligencia?
BENJGNo.- ¿Creen uste_des que ~e halla en disposición de testar?
_J?R. AMORETO (con rap1dez).-N1 pensarlo. Hay una completa obnubilac10n de todas las facultades ... El choque cerebral, la apopleoía... -1no
0
' ,:;
es esto, maestro?
. DR. CANo.-Diré a usted~s. Yo en mi larga práctica he visto casos
milagrosos. No creo que en este pueda darse tal contingencia.
DR. AMORETO.-¡Imposible!
DR. CANo.-Nada hay imposible, joven colega ... ; pero va he dicho a
usted que todas las probabilidades son de muerte...
•
'
BENIGNo.-De modo que en la actualidad ustedes no creen posible que
pueda testar...
DR. CANo.-Ni con intérprete, amigo mío.
. DR. AMORETo.- Piense usted que esta lesión radica en la circunvolución. frontal ascendente, en la parietal descendente, toda la zona Roland1ce.
DR. CANO.-Cierto. Toda la zona Rolandice ...

6

*

* *

AURORA (entrando precipitadamente). - ¡Ha hablado! ¡Ha llamado a
Isabel, y con los ojos ha pedido agua! Se ha bebido una copa ...
DR. CANO.-Ya les decía a ustedes, se dan casos ...
AuRORA.-Ven, Benigno ...
DR. CANo.-Vaya usted. Aquí aguardaremos.
D~. AMORETo.-Yo voy con usted; quisiera persuadirme del fenómeno.

FEUCIANO (mtrando).- lsabe1 , insiste en que suban pronto ...
Tooos (mmos Dr. Cano).-Vamos allá.

* * *
28

�LA PLUMA
LA PLt:MA

DR. CANo.-Aquí les aguardo. Don Feliciano me hará compañía.
FELICIANO. Sí; yo no puedo ver esas cosas. Desde hace tres días estoy
tan enfermo como mi pobre hermano.
DR. wNo.-Y usted, amigo mío, ¿oyó que el enfermo llamaba a
Jsabelita?
FELICIANO.-La verdad, yo no oí nada; pero las tres mujeres creyeron ... una dijo que sí, que había hablado, otra le preguntó si quería
agua, y entre las tres le pusieron el} los la~ios una co~a, y entre la que
tragó, y con la que se derramó, alla la vaciaron... No se ... , no sé... ; estoy
,
.
enfermo.
D1'. CANo.-Un caso de sugestión-. Y diga usted, amigo mio, ¿que
empeño tiene su cuñado en pre~ntar si el enfermo puede hacer testamento? ¿Es que pensaba en me¡orarle?
.
FELICIANo.-No, señor don Bernardo, es algo mas grave y que a todos
nos alcanza. Figúrese usted ...; pero hasta vergüenza me da de hablar de
estas cosas en este momento ... mi pobre hermano moribundo...
DR. CANO.-¡Ya, ya... 1Cosas de familia .. . , intereses mezclados ... ; no,
no insisto ...
FELICIANo.-No es ningún secreto. Aquí todo el mundo lo sabe ... ,
pues, un solterón ... , más de sesenta años, y además, ¿por qué ocultarlo??
por ser el más viejo de nosotros no alcanzó los buenos ~ie_mpos de mi
padre ... , su educación se resintió de eso ... , no pudo asis_tir a los col~gios ... y después ya no quiso; decía que para labrar la .tierra ya sabia
bastante y que lo demás era cosa de señoritos ... y se re1a de nosotros,
queriéndonos mucho; eso sí, nos quería m,ucho, sobre t?do a Isabel y a
mí... Isabel quiso amansarlo, pe~o él se ~e,a y no le hacia caso ... No salía del campo, siempre sobre la tierra, ~isputando por ~l ?g_ua o P?r los
abonos, vestido y calzado como un patan, fumando v1rgimo, bebiendo
ron y •gozando
con el trato de peones y gentuza. ¡Y un talento! ¡Y un
1
corazon.
•
1
DR. CANo.-Sí, sí, lo sé. Bastantes veces le he aten~ido en m1 consu ta. Siempre me recomendaba sus mayordomos, sus ¡o~naleros y ~salariados. Era uno de los fieles a mi vieja iglesia. No se de¡aba seducir por
los apóstoles nuevos.
.
FELICIANo.-Sí, señor don ~ernar10_, ste';llpre tuvo en ~~ted una fe
completa y ciega. Siempre dec1a: ~ed1co v1e¡o y zapato v1e¡o.» Para él
era un suplicio estrenar unas botas.
DR. CANo.-Tiene gracia.
FELICIANo.-¡Pobre hermano! ¡Era un talen~ol Y .v~a usted, aquí_ ~e
encerró en este caserón, lejos de poblado, y aqm ~a v1v~do en compama
de mi santa hermana Isabel, mientras nosotros disfrutábamos de todos

J

1

los goces de la sociedad. Él nos decía: 4&lt;0iviértanse; yo cultivo la hacienda que ha de ser de todos.» Siempre insistía en esto: en que su hacienda
era para sus hermanos. Y así trabajaba y así, roturando riscos y allanando laderas y comprando lotes de vecinos en apuro y construyendo represas y alumbrando aguas, llegó a formar esta posesión, lo mejor y más.
rico de la Isla. Usted la conoce como todos en esta tierra. Es una
bendición.
DR. CANo.-Valsendero. Da tantos plátanos como todo el resto de la
Vega. Don Juan Bautista era ... es... el agricultor de más ojo y más conocimiento que he conocido. ¡Qué lástima que esto se reparta, amigo
don Feliciano!
FELICt.lNo.-¡Qué vamos a hacerle! Si Juan Bautista pudiera expresar
su voluntad, de seguro que pensaría en mi santa hermana Isabel y en
mis hijos, pero...
DR. CANO.-¿No ha testado?
.
FELICIANo.-No señor, no ha testado. Hace tres días que hemos preguntado a todos los notarios, registrado los armarios todos, y nada ... ni
una nota.
DR. CANO.-Ahora me explico la pregunta de mi compañero y cuñado de usted, Benigno Santos. Temía que a última hora pudiese hacer
testamento.
FELICIANo.-¡Así fuera! En medio de todo mi hermana Aurora, su
mujer, no ha tenido hijos, ni probablemente los tendrá, y es probable
que andando el tiempo todo quedará en casa. Le estoy hablando con el
corazón en la mano; usted es como un confesor.
DR. CANo.-Cierto ... , cierto ... ¡Ah! ¡Ahora entiendo! Esta, su otra
hermana, la más joven ... , Teresina. . .
FELICIANo.-Es verdad, Teresina .. .
DR. CANo.-Pobre muchacha ... Una niña tan guapa, tan simpática,
una verdadera perla, y haber caído en manos de ese tenientillo que no
sale del salón de la ruleta. ¿Cómo usted y don Juan Bautista consintieron semejante adefesio?
.
.
.
FELICIANo.-Que quiere usted, amigo mio; era guapo, hablaba bien,
se metía por los ojos, luego el espadín, el uniforme ... , qué se yo ... Bastante me opuse y mi santa hermana Isabel también luchó, pero Juan
Bautista se reía de todo y decía: illéjalos hombre, que hagan su santísima voluntad ... », y la hicieron.
DR. wNo.-Esos sí que tienen hijos ...
FELJCIANO. - Uno cada año. Ese perro no la deja descansar ... y
eso que entra en su casa a las cuatro de la madrugada. Ya tienen tres.
hijos.

.

/

�LA PLUMA
DR. CANo.-Creo que le ha despotricado gran parte de su conveniencia ...
FELICIANo.-Sí; pero Juan Bautista la ha ido comprando o hipotecan-do y así vuelven las aguas perdidas a su cauce antiguo. Ahora mismo si
de ese pícaro se tratara solamente, quedaba la esperanza de recuperarla.
DR. CANo.-Cierto ... El sistema empleado por don Juan Bautista po.dría usted implantarlo .. .
FELICIANo.-Yo no ... , yo tengo muchos hijos ... , pero mi santa hermana Isabel lo haría, y al fin y al cabo, si no yo, mis hijos, Veremundo
sobre todo, que por llevar el nombre de mi padre tiene todas las simpatías de mi santa hermana, podrían reconstituir esta fortuna, volver a la
unidad primitiva, a realizar el sueño de mi padre, de aquel padre, hombre salido de la nada y que hizo todo esto ... ; esto, amigo mío, que empezó por esta casa humilde y unas tierras secas y que ha ido extendiéndose, aumentándose como una inundación de agua verde ... ¡Qué lástima y qué iniquidad! ¡Pensar que puedan partir la tierra, es como si me
partiesen el corazón, como si me arrancasen la carne ... !
DR. CANo.-Hay esperanza, amigo mío; su plan de usted ... , de su
santa hermana, me parece de éxito seguro ... ; ese tenientillo querrá dinero, dinero contante y sonante ... , un aeuro de ruleta y ya veo vendido
un cercado por poco más de nada ... ¡(¿ué sabe él del valor de la tierra!
FELlCIANo.-¡Verdad! ¡Verdad! Así, no es eso lo que nos amarga y
desespera; al fin y al cabo todo eso es posible, y si no lo fuera, Teresina
es sangre nuestra, y en ella y en los suyos quedaría. Eso es justo y es la
ley de l)ios y de los hombres... ; pero hay otra cosa ... , una verdadera injusticia, un sacrilegio inmundo ... Perdóneme, señor don Bernardo, que
hable así en esta hora, con mi hermano moribundo ... ¡Esto es asqueroso!
DR. CANO (levantdndose para atender a don Feliciano, que está muy conmovzdo).-Cálmese usted, amigo mío, está usted excitado, nervioso ... ,
las malas noches, el dolor ... , ¿no tiene usted un poco de éter, de tila ... ?
FELICIANo.-Tiene usted razón ... , me he estado conteniendo estos
días por mi santa hermana Isabel. .. y ahora estallo ... Ya· se va pasándo ... ¡Qué tonterías! ¡Un hombre como un castillo y llorar!
DR. CANo.-Llore usted, amigo mío, no hay desdoro en llorar ... , eso
es noble ...
FELICIANO (rompiendo de nuevo en llanto).-¿Pero puede darse mayor
desgracia? ¡Un hombre como Juan Bautista que nunca había querido
casarse, y cuidado si le habían salido proporciones ... ! Que nunc~ había
querido compromisos serios ... , que ... ¡Yo no digo que no tuy1ese sus
trapicheos como todo hombre ... , eso es muy natural. .. ! Pero siempre a
284

LA PL UM A
distancia, con decoro, respetando la casa y Ja presencia de mi santa herdaha, una he~mana que se ha quedado soltera sólo por cuidarle, .. desbe b ~ce tres anos ... , tres años ... , se h.a enamorado ... , pero, así, loco emo a o, como al q_ue le hacen un maleficio ... , y así será...
DR. CANo.-¡Ca1mese, amigo mío, cálmese, podrían oirle, venir!
. FEucrANo.-¡Le ha_n d_ado un filtro! ¡A sus años, después de una vida
eiemplar, con una ch1qml1a! ¡Ay, hermano hermano Dios te perdone
en esta hora!
'
'
. DR. CA~o.-Vaya, se acabó ... , no se hable más ... , viene su familia
m1 companero Am_oreto .. ,, no conviene que le vean así...
'
, FELICIAN_o.-¡T1ene _usted razón, amigo mío, pobre hermano ... ! (Lt-·
vantase secandose los o;os).
DR. CANo.-Así, tranquilo ...
FELICIANO (detem~ndose de pronto).-Tiene un hijo, señor don Bernardo, a los sesenta y cmco años.
·
DR. CANO (sin poderse contener).-¡Enhorabuenal

_DR. AMoRETo. -Desgraciadamente, ha sido una ilusión de las pobres
sen?ras. Un caso de sugestión colectiva; todas han creído o querido ver
y Olí...
DR. CANo.-Ya lo decía yo ...! era cosa imposible, ..
DR. AMORETo.--:-Hemo~ repetid~ la experiencia sin resultado alguno.
¿No ~s eso compa~ero? N1 un reflejo; abolición absoluta del ocular del
rotuliano, del Babmsky...
'
DR. CANO.-¿Tamb_ién el ~abinsky?
DR. AMORET0.-Ind1ferenc1a absoluta. Silencio completo
DR. CANo.-Señores, hay que conformarse con la volunt~d de Dios
FELICIANo-¿Dónde está Isabel?
···
BENIGNo.-Como siempre: en la alcoba junto al enfermo
FELICIANo.-¿Y tu mujer?
'
·
BE~I?No.-Aurora está en el comedor preparando el chocolate para
los med1cos.
(Fuera se siente rumor de caballos.)
FELICIANO (abrz~1;do una ventana).-No habían de faltar...
BENIGN0.-¿Qu1es es?
FELICIANo.-¿Quiénes habían de ser? Teresina y el marido JLes avisaste?
·~
BENIGNo.-Isab~l les avisó ... , dice que era necesario... , que sería una
falta muy grande, imperdonable.

�LA PLUMA

LA PLUMA

Isabel es una santa. Ahora va a ver ella ...
'-1
F ELICIANO.-Mi. h-mana
jY vDieneAn ªo~!~flo~S~í
R.

M

;:!:.L!;~~~~&lt;7~

DR. CANo.-Servidor ...
FELICIANo.-¿Quieres pasar, quieres verle?
CEBALLos.-Dicen que ha perdido el conocimiento ... (a un gesto de
los médicos.) Todo sea por Dios ... nosotros perdemos un padre .. era una
locura por Teresina y por los chicos ... Vamos a verle ... pero conste que
no te perdono, Feliciano ..
FELICIANo.-¿Otra vez?
CEBALLos.-Y cien ... Ya hablaremos. Benigno, ¿quieres encargarle a
un mozo que le dé un pienso a los caballos? Lo han ganado bien.

!~sji~~~~~n
... , son dos pájaros ... , viven can, b l

?:~~ri!::;~:~~J;ºad~;ar::.~

'~;:~~t;Jr:e1:::2~u-

tista ... ! (Abrazándodlaylllolra11)do.) Parece mentira que no me hayan aviTERESINA (con to a e ama · 1
_
,sado antes! y o no soy nadie ... ui:ia extrana ...
FELJCTANO.-¡Por Dios, Teresina .... l
BENIGNo.-Te hemos avisado...
,
C.
t '?
TERESINA.-Sí, hoy ... y la carta la llevo un peatón ... ¿ orno es a
·Cómo está... ? ¿~e ha muerto? .
..
.
-&lt; FELICIANO.-No lo permita Dios, h11a m1a ...

* * *

BENIGNo.-Pero está r;1uy_AalDi¿s mío, pobrecito Juan Bautista... , y
Bauveenra~· doJhes
don Bernardo; buenas noches, Amoparecia un ro blVoy!
e.••
, . '
reto . perdonen no les hab1a visto .. •
'
h
h mosa
-~ ···•
DR. CANo.-BueBnas noc es,h !r seño~~: ¿cómo están los pequeüos?
DR. AMoRETO.- uen~s noc e 'l siste~te No veía la hora de veTERESINA.-Los ~e. 1tado co~ e !nsamos .. ~e el auto no puede lle:nir... ¡ni un a,utomotl. de?A~:o~io se le o1urrió tomar dos caballos
_gar hasta aqui. Por ortuna, "do a paso de carga ... Perdóneme ... ¡Ah,
,del escuadron Y hemos vem
T~RESINA.

.Aurora!
,
·T sinal ·Nuestro pobre hermano!
AURORA (abrazandosele).h¡
un~ 'puñalada trapera. (Salen abraTERESINA.-Vamos,
esto
~t-Ay
zadas y llorosas.) ¡Me conocera ¡ , Virgen María! Yo, que era su niña

:d~

·preferida...
if,.
e y látigo) -Buenas noches, señores.
CEBALLOS (que en_tra con unfi":1:~ no tu ~s también, Benigno.
Tengo muchas qTue)as tuy~~•? ~l~~:a t;Joo :o la cabeza para ocuparme
FELJCIANO.-¿ u tambien.
t&gt;
·.d e etiquetas... . H b e ni ue se tratase de un perro! Nu~stro hermaCEBALLOS.-1 . ?m r '. q
aun ue ustedes no quieran.,.
no, ?Orque tamb1en e~ mi herma? O' A¿uérdate de lo que está paFELICIANO.-No digas tontenas ...
.sando...
CEBALLOs.-Bueno, ror es0 no sigo·' pero no lo olvido, ya hablaremos. ¡Hola, mediquillo.
.
.
. DR AMoRETo.-Salud, mi temente ...
CE~ALLOS (a Cano).-Beso a usted la mano.
286

1
1

( Después de un gran st"lenáo )
DR. AMORETo.-¿Qué hacemos, maestro? ¿Nos vamos?
DR. CANO. -Espere el joven colega. La jornada es larga, nocturna,
mitad a mulo y mitad en automóvil, y he oído hablar de chocolate. Yo
tengo un flaco por el chocolate, y aquí supongo que estará bien acompañado ...
DR. AMORETo.-¿Cuánto piensa usted cobrar, querido maestro?
DR. CANo.-Hay tiempo de hablar de eso. Siempre se cobra mejor a
la muerte del enfermo.
DR. AMoRETo.-Yo tenía mis escrúpulos, porque como el cuñado es
médico ...
DR. CANo.-Médico ... , médico ... Ese no es sino el marido de Aurorita; no ha hecho otra cura en su carrera: es un heredero.
DR. AMoRETo.-¡Mala lengua! El caso es que cobraremos.
Da. CANo.-¡Pues no faltaba más! ¿Cree usted que un hombre como
yo, con ocho hiJos, que ha trabajado treinta años y no ha conseguido
ahorrar para el descanso de la vejez, iba a desperdiciar estas pesetas por
consideraciones profesionales a un sujeto que tiene el diploma debajo de
la cama?
DR. AM&lt;&gt;RETo.-Vamos, maestro, no será tanto. Usted tiene fama de
guardar dinero. Es el médico más antiguo, el de más clientela, una institución.
DR. CANo.-Escuche usted, doctorcito, y sépalo y guárdelo: eri esta
tierra nadie se ha hecho rico con el trabajo profesional. Para ser rico es
necesario heredar como ése o robar como ... no me tire usted de la lengua ... (El otro ríe.)
BENIGNo.-El chocolate está preparado en el comedor.. , Vengan conmigo y yo les haré compañía, porque estas pobres mujeres no tienen cabeza para nada.

l

�1, A P L U ;\,I A
DR. CANO.-Es natural ... , no es necesario disculparlas.
DR. AMoRETo.-Además, con usted ...
BENIGNo.-Pasen ustedes.
( Después de un largo sz'lendo van entrando los mfrmbros de la famílía .)
FELICIANo.-Siéntense ... , siéntense ... , los médicos están en el comedor con Benigno. No vendrá. Es un asunto que hay que resolverl9 pronto ... ; si es que tiene solución .... yo no la veo ... ¿La ve usted, senor Henestrosa?
EL NoTARIO.-Muy difícil ... , muy difíql...
FELICIANo.-Usted, como notario, puede explicar la situación ...
EL NoTARIO.-Es muy fácil, facilísima. Don Juan Bauista es soltero ... ; no tiene ningún impedimento ... ; su fortuna está más sana que
una manzana ... ; no debe a nadie ... , a nadie... Hace tres años, por una
aberración inconcebible de su clara inteligencia y de su ... intachable
moralidad dió en tener relaciones con una muchacha, María del Pino
González ... De esto hace tres años, ¿no es eso?
FELICIANo.-Eso es.
EL NoTARIO. - Fruto de esos amores, en pugna con las leyes civiles y
religiosas, fué un hijo, un varón ...
AURORA.- Vaya usted a saber quién sería el padre.
FELICIANo.-¡Mujer!
DoÑA FRANCISCA.-¡CáJiate, Felicianol
FELICIANO.-Si yo no digo ...
.
.
.
AuRoRA,-Déjate de hipocresías y sigue._..
DoÑA FRANc1scA.-No, señor, eso no; mi mando no es un hipócrita.
CEBALLos.-Bueno ... , dejen eso ... Siga usted, señor.,. ¿cómo se llama? Henestrosa.
EL NoTARIO.-Han planteado ustedes, sin saberlo, el p~i!11er problema jurídico; ¿es realmente su hijo? Fundamento de la ~cc1on que ha de
entablar la madre por su propio impulso o por el conse10 de otros, que
en el caso que ya podemos Jlamar de autos ...
FELICIANO.-: j Un pleito!
AuRORA.-¡Un escándalo!
.
DoÑA FRANCISCA.- ¡Valsendero en poder de la cuna!
EL NoTARIO (mfrando a todos pór endma de las gafas).-Eso es ... ,
eso es...
CEBALLOs.-Pero ... ¿cómo se va a saber quién es el padre de la criatura? Me parece eso muy difícil. .. Si todos los chicos que andan_ o gatean por ahí sin padre c,onocido dan en la_ fl?r de _e~harnos_ encm~a la
pate_rnidad ¿quién podna estar seguro? Ni tu, Fehc1ano, m el mismo
Bemgno ...
288

LA PLUMA

1
1.

Au!oRA.-Deja tranguilo a don Benigno.
DoNA FRANCISCA.-Y a Feliciano ...
TERESINA.- ¡Cállate, pecado mortal...!
FELICIANo.-Al grano, al grano.
CEBALLoi..-Buen gra~o es éste que nos ha salido.
NoTARio.-Ustedes mismos entablan el pleito. ¿Es ese muchach ~
¿Cómo se llama?
Or ••.
FELICIANO (muy comptmgt"do).-Juan Bautista.
NoTARio.-¿Es Juan Bautista hijo de don Juan Bautista el nuestro?
TERESINA.-¡Pero en todo caso es un hijo natural!
Las MUJEREs.-¡Eso ... , eso! Un hijo del pecado.
NOTARIO:_(aplacando las voces).-Pues como ustedes reconocen eso
que es un hi¡o natural, ya no hay pleito ... ; se acabó...
···
TERESINA.-:-Eso ~e parecía ~ mí... Que Juan Bautista tuvo un hijo a
1os sesenta y cmco anos; pues s1 pudo, hizo muy bien. Hombre es no
afrenta as~ fama. ¿Que habla la gente? Que hable. Mas vie ·0 era
1
ham y patriarca me soy...
ra
FELICIANo.-No d~sparates, chiquilla; no es eso.
N~TARJO. -;-:- Perdoname, Teresina; demostrado que Juan Bautista
Gonzal~z es hi10, aunque natural, de don Juan Bautista López, su hermano, el es el heredero ... , toda su hacienda le corresponde toda
TERESINA.-jQué barbaridad! ·
···,
···
Au~ORA.-¡Pero eso n_o e~_la ley de Dios!
D_?NA FRANCISCA.-¡M1s h11os, los hijos de mi matrimonio, iguales a
un h110 natural, fruto del pecado!
AuRORA.-¿Y el Sacramento?
FELICIANo.-¡No vale la pena de ser honrado!
NoTARio.-Esa es la ley.
DoÑA FRANCISCA.-La ley de l?s impíos. Esa no es la ley de Dios.
NoTARio.-Es l~ ley de los Tribunales de justicia. De los jueces que
h an de dar la propiedad de Valsendero.
FE~ICIANo.-¡Vals~ndero, la tierra de nuestro padre, por él comprada
Y I;&gt;Or _el aum~ntada ... ¡Un~ cosa nuestra, nuestra, pasar de pronto a un
ch1qmllo nacido de casualidad, fuera de todo tiempo!
~O!ARI?._- Así es, a~nq~e les du~la a ustedes, aunque les parezca
una m¡ust1c1a y un sacrilegio. ( Un stlendo aterrador.)
CEBALLos.-Ese chiqui11o ha nacido con los tres entorchados.
_AuRoRA.-Eso no puede ser, aunque me lo diga el Presidente del
T nbunal Supremo.
FELI~IANo.-No nos volvamos locos ... Algo ha de hacerse para evitar
este escandalo y esta monstruosidad.

A1, .

�LA J&gt;LLJMA
LA PLUMA
NOTARIO -Ya usted lo sabe, amigo don Feliciano; se lo he dicho
desde mi ll;gada ... Yo veía un recurso ...
Tooos.-Hable, hable usted.
. .
NoTAR10.-No era cosa segura; el plei~o er~ siempre mmmente; P.:ro
nos daba una base, un cimiento_ par~ la d1scus1ón. Era obte1_1er del senor
don Juan Bautista una declaración ¡urada, un acta notanal solemne,
como todos los documentos otorgados en la hora de la muerte, en que
ex resase bajo juramento la circunstancia funda~ental de no ~~ber teniao hijos, y muy especial_mente ne_gase la p3:termdad de .. . su h1¡0 ... , de
ése ... , de Juan Bautista Lopez ... , digo, Fernandez.
AuRORA.-¿Y por qué no se ha hecho?
.
FELICIANo.-Hemos hecho cuanto hemos podido. Desde que ~enestrosa me indicó este recurso, díjome que, vista la gravedad y la importancia del documento, era conveniente...
NoTAR10.-Dije necesário...
.
,
FELICIANO.-Eso es.. , necesario que asist~es~l'I: ~orno testigos dos medicos de reputación que asegurasen que tema ¡uic10.
NoTAR!o.- Que el enfermo estaba en el uso completo de sus facultades intelectuales, eso es. (l'ausa desespera1a:J
DoÑA FRANCISCA.-¿Y qué dicen los med1cos?
FELICIANo.-Benigno, por mi encargo, les ha sondeado y contestan
que no ... , que no puede testar.
éd'
DoÑA FRANCISCA (con iro).-¿Y_ ~on Ber_~ardo Cano, nuestro m 1co
de toda la vida, el de toda la familia, tam_~1en?
,
.
FELICIANo.-También don Bernardo d1¡0 que no pod1a testar ni con
intérprete.
l ·
·
!
DoÑA FRANCISCA.-¡Ese no vuelve a poner e pie en m1 casa
FELICIANo.-¡Francisca, mujer!
CEBALLOs.- ¿Y mi médico Amoreto?
.
.
FELICIANO.-Lo mismo; ése habló de no se que vena tenemos en los
sesos y que se le ha roto a mi pobre hermano, y una cosa que llaman
la cásula .. .
NoTARio.-Esta es la situación.
FELICIANO (levantándose y mesándose los cabellos).-¡Ay, hermano 1
¡Ay, Juan Bautista!
•
l al d
DoÑA FRANCISCA. - ¡Cálmate, marido, cálmate! Pn~ero es a s u .
Te va a dar la sofocación, y si te da, ya puedes morirte, po~que don
Bernardo no te receta. ¡Ese, ni en la hora de la muerte! ¡N1 un purgante!
.
p
CEBALLOS (chasqueando inconscientemente el ldtrgo). - ero, vamos a
ver, vamos a ver; las cosas claras y el chocolate espeso.

BENIGNO (en la p,urfa).- Ya han concluido el chocolate. ¿Qué hago?
CEBALLOs. (c~n el lat1;0 levantadol.-¡Qué chiste, hombre!
Benigno, saca vino moscatel y bizcochos... Entreténun poco.
los AuRORA.-Mira,
CEBALLOs.-Emborráchalos si puedes.
BEN1gNo.-Bueno.
AuaoRA.-Háblales de medicina.
BEN1GN0.-Eso e,stamos haciendo. (Sale.)
TE,N1ENTE.-Dec1a que las cosas claras ... , claritas como el agua ... yo

~~-

,

NoTARio.-Eso eslo mejor. Claridad.
TENIENTE.-Usted, señor, .. , ¿cómo se llama? (A su mujer).
TERESINA.-Henestrosa.
,:'ENIENTE.-Usted, señor Henestrosa, ¿no podría prescindir de los
médicos?
NoTARIO.-¡Qué se ha figurado usted de mil
TENIEN~E.-¡A mí no me venga usted con arrogancias! Eso se hace
todos los d1as,
TERESINA.-1Por Dios, Antonio!
NoTARio.-Otr?s lo hará~, caballero; pero yo ...
F~LICIANo.-Cálmese, sepor Henestrosa. Nadie ha querido ofenderle.
El mismo Ceballor... , ¿no es verdad, Ceballos, que tú no has querido
ofenderle?
1:_ENIENTE.-De ninguna manera. Yo~~ he hecho sino preguntas, y
el s~nor se ha encrespado; y yo, como militar, no puedo permitir que
nadie ...
FELICIANo.-Pero si el señor Henestrosa no te ha ofendido.
AuRoRA.-No seas bruto ...
TERESINA.--Siéntate, hombre; tú no sirves para eso .. .
DOÑA FRANC1scA.-Nadie ha querido ofenderle ...
7'ENIENTE.-Bu_e~o... , bueno... , no seas melosa, estáte quieta (a su
1nu;er, que le acancza). Conste que no he dicho nada ...
. NoTAR10,--:Acepto esa explicación. Como si nada hubiese pasado ...
(tune un p_oqurt., de miedo '!L sable). ( Un silencio muy enojoso A/ fin Heneslrora ~tl{Ue). Yo,_ por m_1 parte, he hecho, en obseqmo a esta atribula?ª fa_m1ha, .ª quien qui~ro y respeto, cuanto estaca en mi poder...
(~zlenczo hosttl)... y algo mas ... ; casi me he comprometido, porque entiendo que _sobre las leyes humanas está. otra ley fundamental y eterna:
la ley de Dios...
FELICIANO (st'n poderse contmer).-Pero entonces, jinojo, si usted cree
que eso no es la verdad ... , la verdad ... !

�LA PLUMA

LA PLUMA '
DoÑA FRANCJSCA.-¡Y la justicia!
AuRORA.-¡Y lo decente!
TENIENTE.-¡Lo que yo decía!
TERESJNA.-¡Señor Henestrosa, apiádese de nosotros!
FELtCIANo.-¿Por qué no hace usted eso? (Todos hablan a la vis,

ltvanlándose.)
.
NoTARJO.~ilencio, señores, callen ... , escuchen ... , dé¡enme hablar..
FELICIANO.-¡Déjenle hablar ... ; callen, hermanos ... !¡
.
.
NoTARJo.-( Voz suav, d,spuls del tumulto.) Por eso, amigos m'.os y
clientes; por r~montarm~ del papel sellado a las tabla_s de.la otra ley, por
inter~retar mas que aplicar el texto du~&lt;;&gt; de la leg1slac1ón, por eso ~e
transigido y no he impuesto a la otorgoc1on. de esa acta que soy el ~nmero en considerar justa, pi.adosa, expresión de~ ~lma de ese po re
cue~o si pudiera hablar, mas que una sola cond1c1ón: la firma de dos
médicos al pie del documento ...
AuRORA.-Volvemos a lo mismo...
FELICIANo.-Eso es imposible; ya lo sabe usted ...
DoÑA FRANCISCA.-Nada adelantamos .._.
.
NoTARJO.-Pues yo no puedo hacer mas ... ; consigan uste~es 13: firma
de los dos médicos y asunto concluido ... (con voz de ª?'gustia, clttllona).
1Señores no pretenderán ustedes que me lleven a la carcell
DoÑ: FRANCISCA.-¡Por Dios!
FELICIANO.-¡Quién habla de la cárcel?
.
AuRoRA.-¡Somos todas personas honradas y ~emerosas de D10s1
TENIENTE.-¡Buena me la hizo don Juan Bautista!
TERESINA.-¡Calla, que es mi hermano!

• * *
BENIGNO .(en la puerta).-Los compañeros quieren despedirse. Es ya
muy tarde.
AuRORA.-¡Para lo que han hecho!
.
.
BENIGNo.-¡Cuidadol A don Bernardo se le ha subido el vino a la
cabeza.
h
· 'd
DoÑA FRANCISCA.-¡Es un borracho! Yo no sé cómo emos v1v1 o en
manos de ese hombre.
FELICIANo.-¡Más vale callar!
DoÑA FRANCISCA (a su marido).-Este notario no vuelve a otorgar una
escritura nuestra.
FELICIANO. -¡Cállate!

DR. CANO_ (muy tocuaz).-Señoras, señores: de nada servimos en este
~so; el cammo es largo y mañana hay que trabajar como todos los
d1as. Por eso nos v~mos ... ; el ~o.mpañero está enterado de cuanto hay
que h~cer y lo. hara con S}l penc1a acostumbrada ... Aurorita .. , mi señora don~ Franc1s~... , ¿que le pasa a usted ... ? Es verdad ... ; es un lance
muy tnste ... Ad1os, hermosa .. .
TERESINA.-Sí, hermosa ... Buena está la maja para tafetanes
BENIGNO (tímidamente).-¿Por qué no ve usted al enfermo a·~tes de
marcharse? Nada más que verle ...
DR. CAN?· -No hay inconveniente ... ; esa es mi obligación ... ¿Viene
usted conmigo, doctorcillo?
TERESINA.-Mire usted, Amoreto ... ; una pregunta ...
DR. CANo.-_Bueno, iré c&lt;;&gt;n Benigno...
.
(Entre et tenunlt JI su mu;er acaparan al 'f!Udico.)
AMORET?.-¿Han observado a mi compañero? El moscatel le ha hecho anarquista. Nada de bromas.
TERESINA.-Yo quiero que m1; haga usted un favor, un favor grande ... , grande ... , como desde aqm al cielo ...
AM:oRETo.-Vamos al cielo... , pero solos; éste se queda en el cuartel
con los caballos.
TERESINA.-Es&lt;;&gt; mismo ... ; v~rá uste~ ... ; es muy difícil de decir...
. TENIENTE.-Dé¡ate de tontenas ... ; mira, chico, necesitamos mi mu¡er y yo y mis chiquillos, los que tú has sacado al mundo ...
TERESINA. -Y los que sacará.
TENIENtE-Que nos sagues de un gran conflicto. Se trata de devolvernos... , ¿cuánto será, Teresina?
TERESINA. - Yo no s~... ; pero tal vez no baje de cincuenta mil duros.
. TENI;ENTE (con tos o;osfuera dtl casco).- Ya tú ves, están volando, y
tu s1 quieres, con un poco de buena voluntad, los atrapas y nos los pones en el bolsillo.
TERESINA.-Mi hermano se muere. Toda su fortuna, que es nuestra
nuC:itra, la he_rencia de n1:1_estra famil!a, ~a a parar a un chiquillo deseo:
noc1do, que dicen es ~.u h1¡0 ... un ch1qu~llo de una mujerzuela.
TENIENTE.-¡Un h1¡0 a los setenta y cmco años!
TER.ESINA.-¡Sabe Dios quién será C:l padre! Y todo esto se arregla si
usted firma una cosa· .. un papel..., di. ..
AMORETO.-·Despacio ... , despacio; pero ¿están ustedes en serio?
TENIENTE. -Y tan en serio. El notario está dispuesto a otorgar un
acta si ustedes declaran que ese bandido ...
TERESINA.¡Eso no se dice! ¡Es mi hermano!
TENIENTE. Que ese hermano está en sus cabales.

�LA PLUMA
LA PLUMA
TERESINA.-Nada más que una firma ... , una firmita ... , así.•.
AMORETo.-¡pero si eso no es posible!
TERESINA.-No diga usted que es imposible. Si mi hermano estuviera en su juicio lo haría. Puede usted creerme, lo haría.
AMORl!:TO.-¿Pero qué es lo que haría?
TERESINA. -Pues declarar que ese chiquillo no es suyo; que su herencia, la nuestra, la de la familia, es para nosotros... para quien debe ser...
No diga usted que no ... Así, así me gustan los amigos. ¡Viva mi médico!
DoÑA FRANCISCA (acudiendo con los otros).- ¡Gracias a Dios!
AuRoRA.-¿Será verdad?
L
AMORETO. -iPcro si yo no sé, si no he dicho nada!
TERESINA.-Lo ha dicho, lo ha dicho. ¡A callarse pronto!
TENlENTE.-jErcs un amigo!
TERESINA.Y Juego dirán ustedes que yo no sirvo para nada ... , que soy
una loca.
,
AMORETo.-Pero, espere usted, señora; déjeme pensar...
TERESINA. No se piensa. Señor Henestrosa, venga ese papel..., pronto ... ¿No lo tiene usted preparado?

* * *
(1 odo es movímt'enlo, alboroz".)
DR. CANO (seg·uído de Ben~g·no y aon Felidaffo).-¿Qué o~urre? ¿A usted también le han dado el atraco? Pero.. ¿estao locos? ¿Como se les ha
podido ocurrir que fuéramos capaces...?
TERESINA.-No venga usted a aguarnos la fiesta. Aquí no se ha~e sino
lo que yo digo. Amoreto está dispuesto. Henestrosa tiene eso escnto ya.
A firmar ... , a firmar ...
DR. CANO.-Tranquilícese usted, hermosa. Usted es una niña; usted
no sabe de esto; estas son cosas para tratarlas serenamente... Usted,
Amoreto, listed no firmará eso.. . ; no lo firmará, no, señor.
AMORETo.-¡Si yo no he dicho nada!
.
DR. CANO'.-Ya lo suponía yo. Y usted, Henestrosa, tampoco suscnbirá esa falsedad.
HENESTROSA.-Atiéndame usted, don Bernardo, Atiéndame usted . Yo
he dicho que si ustedes, los técnicos, me asegura~ que el señor don Juan
Bautista está en el uso perfecto de sus facultades mtelectuales ...
DR. CANo.-Eso es una cuquería ¡:,ara no perder la clientela. Usted
sabe, como yo, COJDO todos, que don Juan Bautista está como un tronco.

HENESTROSA.-No, no. Si ustedes afirman que no tiene capacidad legal, n? hay na~a de lo dicho ... Aquí está el acta, y la rompo. (Con tl
ademan, pe10 sm romperla.)
DR. CANo,-Rómpala, rómpala, y olvidemos todo eso. (El otro no la
rompe.)
TERESINA. P~r~ce !11entira; nunca_lo _creí en us_ted. ¡Mis hijos!
A~~oRA.-Ni siquiera por companensmo, sabiendo que mi marido
es medico.
BENIGNo.-¡Mujer!
DR. CANo.-¿Pero están locos?
DoÑA FRANCISCA.-Bien agradece la fidelidad que le hemos guardado ... , el dinero que le hemos dado.
FELICIAN0.-1Mujer!
DR; CAN~.-Eso no lo aguanto! ¡P~es no faltaba más! Yo soy el hombre ma~ pacifico ~e! mundo ... ; yo sere un pobre diablo ... ; yo sere un
desgrac.1a~o practico~ ... . ;_ lo que ustedes merecen. Quieren notabilidades, pnnc1pes de la c1enc1a por tres pesetas. Pero hacer una porquería ...
.TENIENTE.-¿Quién habla de _porquerías? Tenga usted en cuenta con
qmen habla y en la casa que esta.
FELICIANo.- Señores, señores ...
DR. CANo.-¡No le tengo miedo al sable! ¡A nada! ¡Pues no faltaba
más! Haber trabajado treinta años, rompiéndome el alma para sostener
o~ho m':1chachos, agua~tando las i~pertinencias de todo; y las porquer,as,. y siempre c9n la nsa en los labros, ¡de dientes a fuera, y los tengo
postizos!, con mas ganas de morder que de reir, para que ahora a última hora, vengan a proponerme una infamia...
'
TENIENTE, -Esas palabras se las traga usted.
T ERESINA.-¡Por Dios, Antonio!
FELICIANo.-¡Señores, señores!
LAs MUJEREs.-¡Qué escándalo!
. DR_. CANo.- ¡Que no m~ las trago, ea, ciue no me las trago! Es una
mfam1a eso que ustedes qmeren hacer ... Gente rica, que ni siquiera tienen la disculpa que podnamos tener nosotros ...
HENESTROSA.-No hable usted por mí.
A1110RETO.-Yo tampoco, maestro, me hago solidario ...
D1&lt;. CANo.-Peor para ustedes. Pues ... que podría yo tener!. .. la disculpa del dinero ... , de la vida dura ... , de los años... , de todas las miserias y de todo el dolor de la vida, la tentación de unos billetes· ganados
sin trabajar. ¡Vamos, hombre, vamos!
TERESJNA (/uriosa).-Usted es un envidioso ... Usted hace eso porque
no le he llamado como médido, sino a Amoreto .. .

29-4
2

95

'

'

�LA PLUMA

LA PLUMA

I

DR. C'I.NO.-(Queda en silencio como si fue1a a decir una cosa muy
gorda y después sigue.) No diga boberías, señora ...
TKRESINA.-¡Qué fino!
DoÑA FRANCISCA.-¡Groserote!
DR. CANo.-¡Es que me subleva pensar que ustedes imaginasen que
se me podía comprar!
FELJCIANO.-Pero si no es eso ... , no es eso ...
DP. CANo.-Yo no sé lo que pensaría si oyera estas cosas ~se pobre
hombre que está muriendo arriba solo, como un perro; pero sr pensara
como yo agarraba todo esto ... , todo esto que '.1 ustedes les p~rece su herencia legítima, una cosa sagrada ... , y casa, uerr~s, agua, dinero_, se ~o
daba a ese chiquillo, a esa pobre criatura que tra10 a esta perra vida ~m
pedirle permiso, antes q1;1e dejarlas caer en manos_ de gente q~e no tienen corazón ... , que no tienen corazón... , que no uenen corazon ...
FELICIANo.-¡Está loco! ¡Nunca hubiera creído esto en un hombre
como usted!
DoÑA FRANCISC'A.-¡En la casa de un moribundo!
AuRORA.-¡A una familia honrada!
.
A~10RET0.-¡No hagan ustedes caso, por Dios, es que se le ha subido
a la cabeza el vino moscatel...!
TKRl&gt;SINA.-¡Borracho! (Llora mny nerviosa.)
AMORETO (queriendo conciliar)..-1Sí, es eso! ¡Sí, es eso!,
DR. CANO (desde la puerta).-&lt;.¿_ue no tienen corazon. ¡Adiós... !
¡Adiós; .. !

* *

*

LA SRTA. IsABEL (apareciendo con el cura Aparicio. P,irecen d~s curas¡
ne1¡Yos, flacos).-¡Qué profa~a~ión es esta en la ~asa de un moribundo.
·No hay temor de Dios! ¡N1 piedad para sus cnaturas! (Habla en voz
~,ya, trz'ste, reservada; pero en el s~lenáo profundo que se hace a su prcsenda se oye como la voz dt un predicador.)
'Tooos.-·,Ay hermana Isabel...! ¡Si supieras lo que ha pasado ... , ese
'
•
,
1
don Bernardo ... , borracho ... , 1mp10 ....
FELICIANO.-¡Ay, mi santa hermana Isabel!
.
IsA»EL.-Vamos ... , cállense... , piensen en el ~obre Ju3:n Bautista,
que está luchando con las ansias de la muerte ... ¡S1 me ~ub1eran hecho
caso, nada de esto hubiera pasado! Pero ustedes, empenados_ en co~as
del mundo ... , médicos, escribanos ... ¡Estas son cosas de D10s y Dios
sólo las resuelve!
.
TENIENTE.-( Voz baja, entre dz'entes).-¡Fíate de Dios!
296

ISABEL (que pa_r~ce haber oído).-Hay que fiar en Dios sí señor. •No
es eso, don Apanc10?
'
~
Dor-. APARICIO.-(V~z tonante de gañá11).-¡Sí, señora hay que poner
toda la confianza en Dios!
'
IsABKL.-¡Feliciano!
FELJCIANO (acudiendo).-¿Qué quiere mi santa hermana Isabel?
. !sABEL.-~aga a ~s&lt;;&gt;s se~ores y que se vayan ... , estas son cosas de famrha, despues_ me d1ras el importe de la cuenta... , llévate a Benigno y ...
a ese... , al teniente ...
. FELICIANO.-Señores... ¿quieren ustedes seguirme? Tú también, Bemgno ... Tú también, Antonio ... vengan...
·
ISABEL.-¡Aurora!
AuRoRA.-¿Qué quieres?
. lsAB&amp;r..-;-Ve con nuestras hermanas a la alcoba del pobre Juan Bautista, a~rod1Iladas y rezando ... , no piensen en otra cosa .. ,
,
DONA FRANCIScA.-¡Eres una santa! (Todos salen, quedando la santa
J' el cura; p,irece que la casa es un cementerio, tan g, ande ts el süencio.)

* * *
lsABEL.-¿Cree usted que todo está arrcelado, _don Aparicio?
APAR!cro.-Todo ... , pues no faltaba mas ... ; dispuestos a cumplir la
ley de Dios ...
lsAB&amp;L.-Dígales que pasen. (E: cura sale,y elta por un viejo hábito de
or_'!_en arregla la habitación; cuando el cura mtra co~ las dos mú;eres y el
mno, Isa~el está sentada.) Entren, entren y siéntense.. .
TfA CATALINA.-Buenas noches tenga su merced .. .
MARfA DEL PINo.-Buenas noches, señora...
lsABEL.-Buenas noches ...
~YARICIO. · (Voz de mando.) A sentarse ... , no tengan miedo ... ; aquí
nadie se las va a comer...
CATALJNA.-Ya sabemos que el ama es muy buena ... ; siéntate, mi
hija.
lsABEL.-¿Ese es el niño?
PtNo.-Sí, señora; está dormido ...
CATALII\A.-No hace más que mamar y dormir...
lsABEL.-¿Qué edad tiene?
PINo.-Un año por la Naval...
CATALINA (descubriéndole).-Mírelo, señora; ¿no se le parece a su
padre?
APAR1c10.-¡Vamos al asunto!

'

.

�LA PLUMA

LA PLCMA

P1No.-El pobrecito se ha a~ustado .. •
1
CATALINA.-·,El señor cura tiene una voz....
ú
·¡ a·o)
. , d l)
D'os
lo haga un santo. ( n st en .
1
O
ISABEL (cubnen o , ,1
•
lpadre ?) •Y don Juan
Prno (muy bajo).-¿Y ... (Va a uecir: ¿y e
... e ...
Bautista?
,
.
· 1
lsABEL.-Muy mal está ... ¡Dios 1e prot~Jª:
D'
ue no tiene conocimiento.••
.
CATALINA.- icen q d , d . ? Parece que está dormido ...
lsABE1.-¿Quién lo ploh~!ª ec(Pino a"'n'eta al chico contra su seno,
CATALINA.-Como e 1¡0...
r

iºnstz'ntivamente.)
he dicho tía Catalina, que es necesario no habla~
APAR1c10.-Y~dle h'º
. ~o hay que estar jugando con el pecado ... ,
más de padres m e ~¡os ... ,
haga usted como ~u hiJª··;
_
ura . es cosa de la costumbre... ,
CATALINA.-Tiene razon, senor c
... ,
.
como don Juan Bautista siempre le llama~~~:~~~bres ... (Pausa lar1;a.
APARIC10.-Malas costum~res·:·• ma~a
estápendientesu oído de los
Fl padre e[ h'{jo duer~un. P.di_n,o
la puerta por donde se va
ruidos interiores; sus o;os se is raen
al dormitorio.) ,
,
?
lsABEL. - ¿Y tu estas conforme h dºcho lo que tiene que
CATALINA.-Sí, señora ... ; el senor cura nos a i

y

tzen~:rt'J·º/a

hacer.
.. la usted , t1'a Catalina ...., déjela que responda por sí
lsABEL.-Deie
misma.
.
s ue la señora te pregunta?
CATALINA.-Habla, mf uier ... ; ¿nto dJlo qque mande la señora. (l!.l cura
PINo.-YO estoy con orme con o

aprueba.)
y0
ando . yo soy tu ama, pero éstas
lsABEL.--- No, no es esdo.
no r:_n a lav~/la ropa ... Esto es otra cosa.
son cosas que se man an como ir
. ?
cosa de conciencia. ¿Qué te _dice a ti la conciencia.
. . ?·
CATALINA.-¡Responde, muier~
dí .1qué te dice 1a conciencia.
bl
V
lsABEL.- amos, , ,;
b b
tan bien que sabes ha ar, Y
CATALINA.-Parece que eres o a ... ,
ahora te callas...
.
h ºd muy mala .. que ha cometido
APAR1cro.-Pues le dice que a si ~
. '
pecado y que está siempre arrepentida.
lsABEL.-¿Es eso, Mari~ del P~no?_ a
.
·Pum (con la cakeza ba;1a).-S1i s~blrg~~ión de reparar la falta, de ev1lsABEL -Pues s1 es as1, tienes a
,
eso?
tar que pecado sea más grande y mas negro, ¿no es
.
PINo.-Sí, señora...
·

E~

ei"

lsABEL.-Tal vez se te habrá ocurrido, tal vez alguien te habrá dichogue ... ese niño tendría derechos a la fortuna de don Juan Bautista, mi
liermano .
CAT.~LINA.-Nunca faltan diablos tentadores ...
APAR1c10.-Lo que yo he dicho. Toda esa gentuza que viene brindando protección es por su interés de ellos ... , lo menos que ellos piensan es en favorecerla, sino meterla en líos de curié\s para hacer su agosto
y molestar a una familia honrada. ¿No te he dicho eso?
Prno.-Sí, señor.
faABEL.-¿Y qué has decidido? Porque tú eres la que tienes que decidir. (Pino, con /.os ojos dt'latados, mira hada la puerta donde agoniza
Yuan Bautista.) Vamos, mujer, responde ... ¿Qué te pasa?
PtNo.-¡Escuchenl ¿No oyen? (Efectivamente, se oye un murmullo lejano I tenue.)
IsABEL.-Son mis hermanos que rezan ... &lt;.,St"tencio... Ella también reza
en voz baja. El cura se levanta y rierra la puerta.) Amén ... Con que vamos a ver hija mía: ¿qué decides?
PINo.-Lo que usted mande, señora; lo que quiera ...
APAR1c10.-Es una buena muchacha ... , ya hemos hablado; yo he redactado la declaración ... (Sacando un plz'ego.)
IsABEL.-Es~ere, don Aparicio. No te aflijas ... ; vamos... , tú tienes
confianza en mi. ..
PINo (con toda el alma).-¡Oh, sí, señora!
CATALINA.-¡Sí, señora: su merced es una santa! ¡Don Juan Bautista
lo decía siempre!
IsABEL (un poco fuera de quício).-Hágame el favor, tía Catalina, de:
hablar lo menos posible, y sobre todo de no mentar a mi pobre hermano. Usted ha tenido más culpa que esa pobre muchacha ...
CATALINA.-¿Yo, señora?
lsABEL.-Usted, sí: si hubiera usted cuidado y aconsejado a su hija
no hubiera llegado a este caso...
,
.
CATALINA.-Señora, usted no conoc1a a don Juan Bautista. ¡Cualquiera le atajaba cuando se Je ponía en la cabeza un capricho!
APAR1c10.-Lo que fué, fué. Dios tenga misericordia de los pecadores.
IsABBL.-Tiene razón, señor cura. (Se recoge en silencio.) ¿Tú no
crees, verdad, María del Pino, que esta casa que fabricó mi padre y donde todos nosotros hemos nacido, y esos campos, y esos estanques, y
esas acequias, toda esta bendición de Valsendero pueda ser de tu hijo y
tuya?
Prno.-¡Oh, no, señora!

�LA PLUMA
lsABEL.-Aunque ese niño fuera de Juan Bautista ...
P1No.-¡Por la santísima Virgen del Pino, que lo es, señora!
CATALINA.-¡Su hijo .. . , de su propia sangre.. . ; mi hija es una mujer
formal!
ArAR1c10.-¡Silencio, silencio! ¿No he dicho que no se hable de ~so?
CATALINA.-Pues si dicen ...
APARIC10.-¡Silencio repito!
hABEL.-Pues... aunque lo fuese ... , es un hijo concebido en pecado
~orno las bestias ... , no es el hijo del matrimonio consagrado por la
Iglesia ...
ArARlcro.-Eso es.
lsABEL.-Nunca podrá aspirar al derecho divino que tienen los hijos
legítimos de heredar a sus padres.
APAR1c10.-Eso es.
lsABEL (con gran dureza).-Esta casa, esta hacienda, todo lo de mis
hermanos, que era antes de mis padres, pertenece a mi familia, a mí, a
mis hermanos, y a nuestra muerte pasará a sus hijos legítimos, y de ellos
a los nietos, de generación en generación. ( Un gran silencio.) ¿Estás conforme?
P,No (besando al chiqui'llo).-Sí, señora.
CATALINA.-Bueno ... ; pero me dijo el señor cura ...
lsABEL (con su voz natural).-Cállese usted, tía Catalina. Esta pobre
criatura no quedará abandonada; no, señor. Eso no sería cristiano ...
CATALINA.-¡Su merced es una santa!
lsABEL.-¿Cuánto me dijo usted, don Aparicio, que ... convenía entregar a esta muchacha?
·
APARrcro.-Yo creo ... , después de pensarlo bien ... , calculando en
conciencia ... , ¿qué le parece a usted de la casita que está a la vera del
camino Real, muy propia para posada, con el huertecito para cría de
-c erdos, y tres mil setecientas cincuenta pesetas?
CATALINA.- ¿Cuántos pesos son esas miles de pesetas?
APAa1c10.-Son mil pesos del país.
ISABEL (después de un 1;ran sílencio, midiendo las palabt-as).-¿N? les
convendría más, en vez de esa casa y ese huerto, tomar otras tres mil ~etecientas cincuenta pesetas ... , otros mil pesos? Siei:ito una repugnancia,
que no puedo remediar, al dedicar un pedazo de tierra a est~... asunto.
El dinero es de todo el mundo, pasa de mano en mano; la t1er~a es cosa
nuestra. (No habla para los presentes; habla para_ otros seres tqanos.) Es
nuestro cuerpo y nuestra alma; es como el apellido ... (y se calla). Bueno. ¿Qué te parece mi proposición? Dos mil pesos.
P1Ko.-Lo que madre quiera.
300

LA PLUMA
lsABEL.-¿Está conforme, Catalina?
CATALINA,-~¡ esa es _la voluntad de Dios y de la señora ...
, APAR1c,ro,-:-S1 es, mu1e~¡ es la voluntad de Dios. No hay que pensar
mas: ~qm esta ~a declarac10n. Voy a avisar a los dos testigos Lucas el
sacnstan y Santiago el mayor.
'
lsABEL.-Y yo, a traer el dinero.
CATALINA.-No se mo!cste su merced ... ; otro día ... ; hay confianza.. ►
Is~sEL.-No; ahora mismo. Esto debe terminarse esta noche.

* * *

1

j

, (Las do,_s mujeres, madre e hija _quedan solas. Por la puerta, que dejó
•~ter/a dona Isabel, se oye el rezo ÚJano de las mujeres que ayudan al moribundo. Las dos att'sban_ con o_jos,de espanto)
CATALINA (en voz baJ~).-¡Estan ;e;ando! ¿Se habrá muerto.. .? No me
parece ... Do_I? Juan Bautista se moma ~l salir la Jun~··· ~o te aflijas hija;
tooJ semos hi1os de l~ muer~e ... Dos mil _pesos... As1 están mejor las cosas: .. No llores, mu¡er... ; piensa en la criatura... ; le vas a dar de mamaralc1bar ... ¿Qué te pasa?
· P~No.-Tengo miedo, madre ... ; paece que voy a ver entrar a don Juan.
Bautista...
CAHLINA.~No seas tonta ... ; reza ... ; reza por su ánima ... (Las dos
rezan en voz baJa.)
ISABEL, (entrando ~omo una sombra,y cerrando la puerta, trae dos taleg~s con dznero).-As1 me gusta ... ; rezando ... ; es0 pacifica ... Aquí está el
dmero ... en duros .. . , en paquetes de quince ... ; vamos a contarlos.
_CATALINA.-¡Si no es preciso! Si su merced los contó bien contadoesta.
'
IsABEL.-No, las cosas como Dios manda. (Y sobre la mesa e.rtienae
los paquetes envueltos en papel _de estraza. /:!,tia y Catalina Los cuentan).
ArA~1cro (con los dos labnegos).-Aquí estamos, se habían dormid(}
en el pa1ar.
LucAs.-Buenas noches, mi señora doña Isabel. ..
IsAnEL (contando).- Buenas noches, Lucas.
SANTIAGo.-Buenas y santas, señora.
lsABEL.-¿Cómo está su mujer?
S.om.t.Go.-Siempre rabiando ...
IsABEL.-Todo sea por Dios. Siéntense. Ya saben que les agradezco
mucho la caridad que nos hacen ...
LucAs.-Es con voluntad ...
SANTIAGo.-Siempre estamos a lo que guste mandar su merced.
301

..

,

�LA PLUMA
lsABEL.-Lea usted, señor cura.
APA Rtcro.-Atiendan. Usted también, tía Catalina:
~En el lugar de Valsendero, a diez y seis de octubre de mil novecien»tos diez y seis, Y.ante mf, el cura P,árroco _d~ Andux, co~parece espo~»táneamente Mana del Pmo Gonzalez y Miron, soltera, h1¡a de Franc1s»co, ya difunto, y de Catalina, y después de juramento en forma,_ como
»católica apostólica, romana, de cuya gravedad le amonesto, y dice es»tar cnte~ada, declara: que cumpliendo deberes de conciencia, y en evi»tación de daños que puedan irroga~se a la sociedad y de pecado a -~u
»alma, que quiere para Dios que fue su ~reador,, confiesa que su ~1¡0
»Juan Bautista González, P?r ell3: recon?c1do, seg~n c?nsta e~ la partida
»bautismal de esta parroquia al hbro pnmero, foho ciento cinco, no ha
»sido habido de relaciones ilícitas con el señor don Juan Bautista López
»y Acebedo, con el cual declara, de hoy para. siempre y bajo la fe del
»juramento hecho, que n_unca tuvo otras rela~1~nes que las de una bue:
»na amistad y agradecimiento por favores rec1b1dos. Y entera~a por rn1
»de que esta declaración ha de_ ratific~~se_ ante el señor provisor de la
»Diócesis y por ante el notano ecles1ast1co, para que c9nste en todo
»tiempo, la afirma y aprueba en todas sus partes, no _hrmandola porque
»dice no saber. Hácelo a su nombre uno de los testigos rogados y lla»rnados al efecto, que lo son don ... y don._..» (.lf1tv, contento y muy fresco, esperando el aplauso de la concurrenci,i.) ¿Estan tod?s con~on:1es?
¡Corto y severo! Está todo y no sobra nada. ¿Le parece bien, rn1 senara
doña Isabel? ( f!.sta no responde sino con la.cabe~a, está contando el dinero
con Cataüna, que lo guarda.) ¿Y a usted, Catalina?
CATALINA (qtte no ha entendt"do) -Sí, señor; muy bien.
APAR1c10.-¿Y tú, niña?
Prno (con un arranque cívlco).-Mi hijo es don Juan Bautista. ¡Así
vea mi alma en el cielo!
lsABEL (se detz"ene, e úzstinli·vamente echa mano del di'tzero que está en
poder de la tía Catalzna).-¿Qué dices?
.
CATALINA.-¿Y quién te dice que no? ¿Quién lo sabrá t_Tie¡or que_ tu
madre? Pero eso no quita que hagas eso ... , eso que dice el senor
cura.
APARICio.-¿En qué quedarnos? ¿Están conformes o _no_ con lo _q_ue
.dice la declaración? ¡Aquí no estamos para aguantar capnch1tos de mna!
PINo.-Sí, señor cura, yo estoy conforme ... ; en eso es~a~?s ... , eso
es lo convenido ... ; pero yo quiero que ustedes sepan que m1 h1¡0 .. .
APAktc10.-¡Bah, bah, ba!1! Ya_lo sabemos. Nada, señores, a ~rmar.
Usted Lucas que escribe mas aprisa, ponga la antefirma: «por m1 y por
Ja decÍarante: no saber firmar». (Sig uiendo con la ústa, doña Isabel aflo302

LA PLUMA

1
1

1

1

\

1

_jala mano, y el dinero pasa a las de la tia CataHna.) Eso es· ahora su fir. ma, como usted acostumbra.
'
LucAs.-¿Está bien?
AP~1uc10.-Perfectamente. Ahora usted, Santiago ... , aquí.. ., vaya
.despacio ... , no se ponga nervioso. Eso es.
SANTIAGo.-Est?Y _sudando, _se~or cura; la fart.i. de costumbre.
. APAR1c10.-Esta bien ... , esta bien ... , la rúbrica ... , una raya... ; muy
b1en.
SANTIAGO.-¡Uf! (Soleando ll!pluma como un hierro candente.)
APAR_IC~o.-Ahora, yo. (Se sienta y firma como un juez, satisfecho de su
obra.) Frn1s coronat opus. (Levantándose.) La enhorabuena doña Isabel·
la enhorabuena, María del Pino.
'
'
IsABEL.-No me olvidaré de tu hijo. Críalo en el santo temor de Dios
y de los hombres.
CATALINA (Y!ºendo, con l~s dos bolsos m la mano).-Por fortuna, es
hom~re, y no tiene por que temerles. ¿No es verdad, mi hijo? (Los testz"gos rien serenamente.)
SANTIAGO (nºendo).-¡Mardita vieja!
FELICIANO (en la puerta, los brazos al cielo, voz de duelo).-¡Ay, mi
santa hermana _Isabel! ¡Nuestro pobre hermano Juan Bautista ha muerto!
IsABEL.-¡D1os lo ten~a en su gloria! (Se abrazan; después, lentamente,
d~~aparecen; los dos testztos se acercan a la puerta curiosamente. Madre e
ht7a se levantan con el niño en brazos; están Junto a la ventana, por donde
entra un rayo de tuna.)
CATALINA.-¿Lo ves? Se _ha mue_rto al salir la luna. (Aferrados sobre
.el pe~~o los dos ta_legos de dinero. Pino ha abrazado, llorando en süencio
al nino, que despierta.)
'
.t\P~R1c10.-Bu~no, váyanse. ¡Hola! Se ha despertado y se ríe. ¿De qué
se r~1ra este angelito_? Vaya, mujer, no llores ... ; ya ves como el chiquillo
sen~. Vaya, formahdad. Ahora a hacer una buena vida ... , a seguir el
&lt;:aromo que marca la ley de Dios.

LUIS Y AGUSTÍN MILLARES

303

�LA P L U ,\1 A

PÁGINAS INACTUALES

DE UN CURIOSO GUANTERO ...
le han caído a Vm. en gusto aquellas niñerías, yo le
quiero enviar con la primera ocasión dos docenas de pares de
guantes, la una para hombres, la otra para damas. Será cosa
rara enviar de Francia a España guantes; eso es lo que
busco: que se conozca que séyo enviar de donde vivo a otras partes en
lo mismo que piensan que allá poseen, ni lo quieren buscar ni conocer;
que ya se van haciendo las provincias casi todas a la imitación de la
China, que no estiman ni permiten admitir de Juera a nadie. No es donaire, señora, lo de los guantes, aunque haya sido invención mía; que tal
lindeza, tal blandura, tal color, tal olorcillo, tal nobleza de guantecillos
no se ha visto; que yo aseguro que desde el mayor hasta el menor los celebren, como niñería nunca se celebró. Pero advierta Vm. allá que no
son de mi pellejo, porque no les crezca la gana de desollarme más de lo
desollado. Suplico a Vm. dé dellos a aquellas personas que me aman,y
juren ellos si tiene Antonio Pérez buena elección en conocer pellejos de
otros, que del pellejo adentro no es mi sciencia. De las damas, yo aseguro que no falten gracias por la invención de los guantecillos, porque
UES

W

sin la novedad (m
del
d
del/ Ad: .
~y
gusto ellas) Las meresceri por la lindeza
os.h ¡¡ viertan. bien. los que se picasen del g ustO de
l os guantes que
·
no se za an en tas hendas, que no todos los saben hacer Ale ·andr;
aim para artijice de guantes busco yo Alejandros, los h~ce ~olo , que
e~ menester entrarle pidiendo guantes de Antonio Pérez s· . , y a::.n
ltp JI¡
¡
• t mi amo ree . os a ca~zara, yo creo que no usara de otros, porque son de a uel
olorczllo, y m~ores en la dulzura, salvo el Ouuante salvo di;uo el q
'
t
á
,
o ,
resPeco a guante e rey;!' que holgara con el guantero, porque era ran
persona• en buscar artífices
de lo que había menes~er
-ral h acen ¡os reyes
g
•
•·
• .1 ,
que quz~re~ ser reyes, y tal los que no lo quieren ser, según la obra a
que se inclinan; porque no hay artijice que obre sin instrumentos y lo
hor:z,bre: no so~ si~~ instrumentos, cada cual para cada cual efecto;;
asi decia no :e ~uzen, y yo lo refiero no sé dónde, que de la elección que
hacen los prmctpes de personas o instrumentos se ha de hacer el juicio
~l natural de. cada uno Y del fin que llenan; como también del parade10, por el cammo que cada uno sigue.
ANTONIO PÉREZ
Carta a doña Juana Coello, su mujer.

�LA PLUMA

T E A T R O S

EN TORNO A "DON JUAN DE ESPAÑA"
os mitos antiguos eran representaciones impersonales y colectivas. No se proyectaba en ellos, como el cuerpo en su sombra, el
alma del individuo, todavía indiferenciado y casi inconsciente de
·
su personalidad, sino la de los pueblos de quienes eran creación
y égida. Por eso al mundo contemporáneo le son extrañas las mitologías del Oriente y de la civilización grecorromana; las comprende en toda
su belleza simbólica el intelecto; pero no palpita a su contacto el corazón. Son
hermosas momias o fósiles de la mente, que la mente explica, pero que nada
dicen al sentimiento del hombre actual.
Los pueblos modernos han perdido la apetencia de divinidades colectivas.
El olimpo se ha quedado siu dioses. La última gran mitología ha sido el cristianismo, que es el mito de la divinidad absoluta sucumbiendo-como todos los
mitos de nuestra época, y ese es su punto de enlace con ellos-a una realidad
de valores relativos. El último pueblo que ha intentado revivir una mitología
racial del pasado es el pueblo germánico, el menos individualizado de los pueblos, levantándola de sa sarcófago al conjuro de la batuta de Wagner; pero
desvanecida la magia del primer momento, el público de nuestros días, en Alemania corno en el resto del mundo, comienza a ceder al tedio de esa resurrección de héroes y monstruos de una mitología sólo susceptible de movimientos
galvánicos.
El hombre moderno exige mitos individuales, representaciones, no de este
el
otro pueblo, sino del hombre en su eseucia, en sus últimos anhelos. Así
0
306

nace~ los mitos del Quijote, de Don Juan, del Doctor Fausto y toda la rica mitologia shakespereana. El número de creaciones mitológicas en la edad moderna es sorprendentemente reducido. Los héroes literarios son o demasiado loc~les o demasiado efímer?s, y pocos dejan rastro algo duradero de su paso,
bien sea porque la gestación de cada una de estas criaturas universales necesita de un laborioso proceso de siglos, para cuajar en una nueva síntesis artística
~el espíritu humano, bien sea porque la apetencia de ideales arquetípicos, de
tipos sobrehumanos o simbólicos, no tiene en el hombre y en la civilización de
nuestros días la agudeza que en otras épocas. Dijérase que el hombre contemporáneo no sueña ni crea nada grande porque le solicita y ocupa con exceso la
vida social mecanizada de que es prisionera y víctima la suya individual y org~ni~a. Es tan _tiránico el ritmo de la sociedad de nuestro tiempo, que no deja
s1qu1era espacio para detenerse a concebir la tragedia del hombre moderno.
Y, sin embargo, a falta de nuevos mitos, se trata de renovar los antiguos.
Este es el caso del Don Juan, que en el breve término de dos o tres años ha lo•
grado varias versiones escénicas y algunos nuevos ensayos de interpretación.
El fenómeno es tan curioso y expresivo, que bien merece un breve examen. ¿A
qué se debe este prolífico renacimiento de Don Juan, el cual, asi como el Cid
ganaba batallas después de muerto, renueva incesantemente sus conquistas
para el arte desde los infiernos, adonde lo condenó su creador originario? ¿Será
porque ninguna d~ las formas en que basta ahora ha encarnado posee ese contorno y hábito de universalidad que caracteriza a Don Quijote, a Hamlet y al
Fausto de Goethe, haciéndolos insuperables y aún inimitables? ¿O será porque
el Don Juan no es más que un mito histórico que necesita, por lo tanto, modificarse al compás de la historia y las mutaciones sociales? Dicho de otro modo:
¿Es una categoría humana eterna, sujeta a eterno conflicto, o está condicionada
por circut!stancias históricas que, si varían, la pueden también hacer variar y
acaso desaparecer un día como símbolo artístico? En esos interrogantes queda
formulado todo el pr&lt;!&gt;blerna del Don Juan.
La mayor parte de las creaciones del Don Juan tienen una raíz marcadamente histórica y están sometidas a condiciones de lugar y tiempo. Don Juan
es inicialmente un acto de rebeldía eontra las normas y costumbres de la Edad
Media, troqueladas en un sistema religioso que tiene por fundamento la concepción del pecado original y que siempre ha visto en el amor un sentimiento
pecaminoso. Don Juan es el hombre sensual del Renacimiento, el hombre que
quiere romper la densa red de obstáculos en que se debate lo espontáneo de
su naturaleza, sus instintos y sus emociones. Es el hermano meridional del
307

�LA PLUMA
Doctor Fausto, el otro gran insurgente contra la Edad Media. Sólo que Fausto
quiere ser libre en el pensamiento y en la vida; la suya es una rebeldía integral contra todos los límites espirituales y sociales del mundo que aspira a superar. Don Juan, en cambio, es un díscolo de poca o ninguna cabeza; el pensamiento no le estorba y no hay para él conflicto de la mente; es un hombre fisiológico y a lo sumo sentimental, y en este plano es dende Don Juan se entrega
a una anarquía sin freno. Su drama es el de un pagano quP. aspira al amor absoluto, infinito en sus variedades y accidentes, y cae en conflicto con un tipo
de sociedad en que el amor está regido severísimamente por una alianza im •
placable de la monogamia y el catolicismo; un deseo sin límites que busca la
materia donde realizarse en un mundo moral de muy limitadas posibilidades.
Se comprende que este amoralista hallara poca simpatía en su primer creador y e n los inmediatos imitadores, que toman partido contra Don Juan Y lo
arroj an a lo¿ infiernos en castigo a su perversidad, para alivio de tanto crimen
y tanto honor mancillado. Pero ya en Moliere, aunque siga la tradición de despedirle a los infiernos, bien se advierte en toda la obra una recóndita simp atía
por Don Juan frente a bs pretendidos fueros de una sociedad burlada, singularmente en las palabras finales que pone en boca de Sganarelle, rezumantes
de ironía. Dice así el acomodaticio sirviente: «¡Ah!, ¡mi soldada, mi soldada! He
aquí satisfecho a todo el mundo con su muerte. Cielo ofendido, leyes violadas,
muchachas seducidas, familias deshonradas, padres ultrajados, esposas dejadas
en mal lugar, maridos empujados al extremo: todo el mundo está conte nto;
sólo yo soy desgraciado. ¡Mi soldada, mi soldada, mi soldada!• Con esta conclusión humorística supera Moliere el concepto rnedioeval del Don Juan.
Conforme pasan los siglos, este conflicto del deseo con la sociedad se atenúa, y Don Juan desgas~a poco a poco su cot•1rno trágico. En ciertos países no
se concibe hoy el Don Juan de la tradición, y ha habido un dramaturgo, Bernard Shaw, que ha hecho en Hombre y superhombre, la caricatura del donjuanismo, presentando al nuevo Don Juan seducido y sojuzgado por una ~u~e~.
Acaso el mito futuro esté destinado a desenvolverse en Doña Juana. H1stoncarnente, el Don Juan tradicional no se comprende sino en la linde entr: la
Edad Media y la Moderna, Es inexplicable en Atenas o Roma, o en el Pans o
Berlín de nuestro tiempo, y mucho menos explicable en la Polinesia o cualquier otro país de costumbres sexuales poligámicas o promiscuas. En suma, el
mito de Don Juan, en tanto que conflicto del deseo ilimitado con socied_ades
que, por conveniencia o peculiaridad ética, lo limitan, no tiene valor umver308

LA PLUMA

\
1

sal ni eterno, y 00 pasarán muchos siglos sin que sea tan incompresible-salvo
bellezas particulares de forma-como los libros de caballería.
Pero hay otra interpretación del Don Juan que busca en este héroe no el
conflicto de su deseo con la sociedad circundante, sino de su deseo con Ja imposibilidad física o espiritual de darle plena i.atisfacción: es la comedia íntima
del donju3nismo. De esa limitación fisiológico-sentimental del deseo' ha hecho
Schnit.zler su Anatol, el «frívolo melancólico», corno él se denomina a sí mismo,
moderno Don Juan de medio ambiente fácil, demasiado fácil. Y de la limitación
espiritual del amor ha construido José Ortega y Gasset un tipo rle Don Juan
que acaso no corresponda a ninguna de las creaciones existentes: es algo así
como un Don Juan imaginario a quien mueve una especie de idea arquetípica
o platónica del amor, que deja un sedimento de desilusión y amargura al quedar corta de contenido, en su ilimitado molde, la realidad específica de cada
mujer. Como se ve, este Don Juan del exégeta español es un Don Juan algo
metafísico, y más bien se asemeja al Fausto germánico que al burlador de Sevilla. De todos modos, este Don Juan de desilusiones íntimas-deseo o ensueño sin límites fre1:te a limitadas posibilidades o a decepcionadoras realidades-es el único que puede servir de valor eterno de arte.
¿Cuá) es el Don Juan que busca esta renovada fermentación del mito? ¿Es
una reacción contra esa podre literaria que tiene por tema exclusivo el amor
medular sin conflicto externo ni interno? ¿Es un intento de idealización o dramatización de un tema que h¡, descendido a la mayor torpeza inartística? Dejemos por hoy a un lado las reencarnaciones de Don Juan en Francia y en Alemania, y atengámonos al Don J11an de fi.spaiia, del Sr. Martínez Sierra. ¿Qué no·
vedades de forma o concepción se incorporan en este resurgimiento de Don
Juan? La novedad más notoria es la de desenvolver la obra en una serie de escenas sin más nexo entre sí que la de te ner de común a Don Juan y su criado.
Esta novedad aparece tambien en d A11atot, de Scbnitzler, compuesto asimismo de siete escenas independientes y unidas por An atol, el prot~gonista, y algunas veces por su amigo Max, e ncarnación del sentido común. Análoga técnica usa el propio Scbnitzler en otra de sus obras, Reigen (Rueda), que ha sido
el escándalo literario de estos últimos años en los países de lengua alemana;
al escribir estas líneas se está viendo en Berlín un proceso por inmoralidad,
contra la obra, ¿Es involuntaria la coincidencia técnica del Sr. Martínez Sierra
con Schnitzlcr?
Fuera de eso, Don Juan de España pertenece a lo más viejo del teatro. Se
parece al Don Juan de Moliere en que ambos están escritos en prosa; pero ahí
309

�LA PLUMA
san las semejanzas. La segunda escena, que acontece en Flandes, cuando Don
Juan irrumpe por una ventana y se encuentra a poco con una muchacha de la
casa, recuerda el comienzo, que se inaugura de igual modo, de una comedia de
Beroard Shaw, Arms and tl,e man. Pero sería ocioso perder el tiempo rebuscando analogías e influencias. Lo importante del Don Juan del Sr. Martínez Sierra
es que no se parece a ningún otro Don Juan de ningún tiempo en algo crítica
mente muy considerable: en que no agrega nada personal, ni de forma ni de
concepto, al mito donjuanesco. El Don Juan del Sr. Martínez Sierra no es de
los que terminan yendo al infierno. Le acontece algo peor: se arrepiente y se
hace fraile, como cualquier pecador vulgar de los siglos medios. No tiene natla
de común con el Don Juan clásico ni con Fausto, que superan, sin derrota interior, el medievalismo. El Don Juan del Sr. Martínez Sierra cae al final en el
concepto teológico del amor, a pesar de las proclividades comunistas del firmante de la obra. No se aproxima a ningún Don Juan moderno, ni por la melancólica fatiga fisiológica ni por el desencanto espiritual; ni se emparenta con
ningún Don Juan clásico por el conflicto externo. Las escenas parecen o películas cinematográficas o vulgares melodramas. Sobre todo, la aparición intermitente de la Muerte es una gr0tesca artimaña a la cual no se le ve ningún sentido.
Pero lo que más sorprende es el arrepentimiento del inverosímil personaje. Se explica que se metiese fraile arrepentido de sus tiradas retóricas, que
son algo así como un saldo de todos los lugares comunes que vienen rodando
por la literatura española de estos últimos veinte años; no hay una frase origi na!, no hay una palabra sugestiva, no hay un pensamiento que merezca tal
nombre en toda la obra. Mas ¿cómo arrepentirse de que con tal pobreza mental y cordial y con tal misérrimo bagaje literario se le rindan mozas que, a juzgar por esa prueba, carecen de todo discernimiento y ambición amorosa? No es
suya la culpa, y si el Sr. Martínez ,Sierra no nos dijera, bajo su palabra, que su
Don Juan es un burlador terrible, no podríamos creerlo ateniéndonos sólo a su
discurso y compostura.
Una última observación: el tropiezo literario comienza en el propio título,
pues Don Juan de España es un cercenamiento, más que una dilatación, del
mito. Lo fascinante del Don Juan clásico es que, siendo de origen español, adquiere pronto carta de ciudadanía universal; como que es, según queda dicho ,
la representación amorosa del hombre del Renacimiento, hermano meridional
del Fausto. Pero al Sr. Martínez Sierra le enoja, por lo visto, que Don Juan se
haya universalizado y en su obra le archiespañoliza, haciéndole rezador, su310

LA PLUMA
persticioso y al final, fraile. Lastimosa manía esta de querer empequeñecer lo
que de por sí se ha hecho grande, para satisfacción nacionalista. Más le hubiera valido al Sr. Martínez Sierra crear un gran Don Juan, moderno y eterno, español y universal, en vez de esa alfeñicada, falsa y vacía criatura, que sólo puede mantene1 se en pie a fuerza de lindas bambalinas y sólidos, valiosos muebles. Pero a nosotros no nos interesan las representaciones escénicas en que
los protagonistas se llaman Decoración y Mobiliario. Para eso preferimos Yisitar una casa de comercio donde se puedan ver buellas exposiciones de ese
linaje de arte industrial.

LUIS ARAQUISTAIN

311

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LETRAS FRANCESAS
ha llegado octubre, no se ha producido todavia la floracicSn de
libros nuevos que en ,otros tiempos ~e observa~a ~n e~~a época del
año. Es que a buen numero de novelistas, la ad1ud1cac1on de los dos
premios anuales, el premio Goncourt y el premio de la Vie HeureuscFemina, que se verifica en diciembre, les hace retrasar la salida de
sus obras. No sólo temen que los Jurados los olviden, si los lanzan demasiado
pronto; organizan, además, mediante maquinaciones hábiles, ciertas maniobras
postrimeras; combinan las apariciones fulgurantes de las novelas, declaradas
obras maestras y arrojadas al mercado pocos días antes de la proclamación de
los prendados; en suma: es todo un sistema de maquinaciones que no tienen
que ver nada con la literatura y pertenecen sólo a la estrat&lt;"gia.
Dadas esas condiciones, es innecesario subrayar hasta qué punto los premios adjudicados con tal estruendo son nocivos para los autores y para la literatura en general. Falsean el gusto, desorientan las vocaciones, imponen al
público un determinado género, y , sobre todo, introducen en la zona de las
letras costumbres propias de la Bolsa o del •turf», en verdad deplorables.
Dicho esto, echemos una ojeada rápida a las primeras obras que aporta la
temporada.
Una de las más curiosas es una novela nueva de M. Maurice Renard, L'I-Jo111me truqué.
M. Maurice Renard es el único escritor francés que, en el género de la novela científica a lo Wells, ha conseguido imponer ciertas obras: Le Dr. Len:e,
sous-dieu, Le Voyage inmobile, y le Peril bleu son novelas aotab:es dentro de un
género cultivado, con harta frecuencia, por medianías.
·
uNQUE

312

Ya es sabido que la novela científica es una obra de imaginación pura, construída con elementt&gt;S tomados a las nociones científicas, pero falseando voluntariamente alg•1no de ellos. Ese error voluntario, ese toque del artista en la
realidad cie ntífica es lo que constituye la •novela• propiamente dicha y en lo
que consiste el atractivo y el misterio del relato.
Ejemplo: las nociones relativas al espacio, aplicadas al tiempo, permiten al
novelista imaginar una máquina que explore el tiempo corno se explora el espacio, marchando hacia atrás en lo pasado y hacia adelante en lo futuro, y tal
es La máquina exploradora del tiempo, de Wells.
Se comprende que con un poco de imaginación, de lógica, y con cierto ba-gage científico, los novelistas tienen reservado en ese género un campo de
explotación inmenso. Se comprende también que ese género haya i1acido ayer,
y por qué habiendo nacido tan tarde le aguarda una for,t una inmensd en este
siglo de vulgarización a todo trance.
M. Maurice Renard tenía las dotes necesarias para triunfar desde el primer
momento: mucha audacia en las facultades imaginativas, cierto sentido de lo
fantástico y una educación científica fuerte que le permitía no aventurarse a la
ligera. Sus obras están trabadas sólidamente, tienen cimientos resistentes y se
elevan con holgura en el cielo de la fantasía. Léase L'Homme truqué, y, junto
con un trabajo de preparación no disimulado por completo, se advertirá el
singular hechizo de esta asombrosa historia que hubiese hecho las delicias de
Edgard Poe. Imaginad que a un ser humano unos cirujanos le extirpan los
ojos, sustituyéndoselos con electroscopios, y ernpalmándole, por no sé qué
artilugio, el nervio óptico a los aparatos extrasensibles a ia electricidad.
¡Qué asombroso mundo, qué universo extraño se presenta de pronto ante
los cojos• del fenómeno! Ya no ve las formas de los seres ni de las r.osas, sino
las exhalaciones eléctricas que recorren el universo. Asiste a una insólita función de rayos multicolores, de cascada's de efluvios, de regueros violetas, rojos
o purpúreos, y surcos luminosos. Se abre ante él un universo encantado, una
inverosímil fantasía como no la inventaría el pintor más amante del color.
Ya se ve cuáeto partido puede sacar un poeta, un novelista, de semejante
premisa. El libro de M. Maurice Renard es uotable por la concepción y la ejecución.
En otro género de novela no debe omitirse la mención de La bouteil/e de
w/1isk1·, de M. René Bizet; el autor percibe muy bien lo f imoresco y la vida.
l\lás re stricciones habría que buscar a La dernie,-e aube1-ge, de M. Martial
i'iéchaud. g1 comienzo es notable. Se ha comparado sus páginas a los me-

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LA PLt:'MA

jores paisajes de le Curé de Village, de Balzac, y es verdad que hay en ellas escenas impresionantes por su grandeza y sobriedad. Pero después el novelista
se extravía, y nos extravía en un dédalo de aventuras más o menos novelescas,
que no pasa de ser una mala imitación del género Pierre Benoit.
Ese «último albergue, es el arrepentimiento de que habla Baudelaire:

orfebrería. En suma: quisiera vulgarizar la teoría de Ruskin, y no desperdicia.
ocasión de aplicar sus ideas. Se ve que está en acecho de cuanto ~e intenta eu
ese sentido. Su libro contiene, en resumen, cua!ltas innovaciones se han hecho
en ese orden, así como indicación de muchas más que podrían hacerse.

Et le repentir mtme (ok! la derniere a11berge!)...

Si los libros se emperezan estos dos últimos meses, no puede decirse lo
mismo de los teatros, si bien los espectáculos que hasta ahora nos han ofrecido•
son de calidad muy mediana.
La prensa se ha entusiasmado a propósito de La Gtoit"e, de M. Maurice
Rostand; el estreno fué un triunfo. No sabemos si el público ratificará ese juicio, pero por nuestra parte lo hallamos muy exagerado. La idea de un hijo.
abrumado por la gloria de su padre, y que no con&amp;_igue liberarse de la «sombra,
de lae estatua¡,, como dijo M. Georges Duhamel, ha sido tratada varias veces
por el propio M. Maurice Rostand. Diríase que le ronda. El desarrollo, en esta
obra, es mediocre. Son tres actos trasijados. reducidos a tres monólogos, corno
si dijéramos, una especie de Noche, de Musset, larguísima. No carecen de aliento poético y de vuelo; pero los versos recuerdan demasiado el género Edmond
Rostand, y suenan desagradablemente en el oído, co:no si fuesen de esos juegos.
ca la manera de ... • Esa imitación perpetua de la literatura palerna acaba por
lastimar.
El teatro del Vieux Colombier, que ordinariamente suele estar mejor inspirado, nos ha ofrecido un drama bastante vano y que recuerda la estética del
antiguo Teatro Libre. La Fraude pone en escena la vida de los contrabandistas
en los confines de Bélgica y Francia; hay e n ella tipos vigorosamente pintados,
pero la acción tira a melodrama trivial. La obra no contiene nada nuevo, nada
verdaderamente moderno.
La reprise de Amants, de M. Maurice Donnay, nos ha servido para comprobar que esta obra, muy bella, no ha envejecido. Oyéndola, se da uno cuenta
de la influencia que ha ejercido en los autores dramáticos franceses contemporáneos. Por tal motivo, es probable que Amants quede inscrit~ en los anales.
de la historia literaria. Ocupará un lugar análogo al de Amoureuse, de M. de
Porto-Riche, que condiciona todo el teatro de estos últimos veinticinco años.
Añadiré que la obra, en sí misma, es deliciosa, de ingenio parisino neto, puro
y certero.
En la Comedia Francesa se disponen a conmemorar el tricentenario del
natalicio de Moliere, representando todas sus obras, y han comenzado por les;

Se trata de un oficial que ha cometido un robo para seguir llevando una
vida muy poco edificante, y que va a su casa de familia, en provincias, solitaria, encantadora, a estafarles a su madre y a su tía cierta cantidad de dinero.
El contraste entre aquel gozador y lamorada silencios a donde se cobijandos
pobres corazones de mujer, es hábil y está bien tratado. M:· Martial Piéchud,
que ya estrenó una obra en el Odeón, no carece de facultades para la escena,
y conduce la novela con el saber de un hombre de teatro. Quizá va un poco lejos por ese camino, y haría bien en lo futuro restringiendo la acción en provecho de la psicología.
M. Ernest Seilliere, uno de nuestros críticos más enterados de cuanto atañe
al romanticismo y a sus orígenes, acaba de publicar un grueso volumen dedicado a Jean-Jacques Rousseau, estudiándolo en todos sus aspectos: filosófico,
clínico, romántico y novelesco. Cuanlos se interesan por la literatura francesa
del siglo xvm habran de leer este libro. En M. Emest Seilliere J:ay siempre
rastro del médico, del clínico, que discute un caso; pero el médico habla muy
bien, dice cosas muy justas y pronuncia un diagnóstico siempre muy inteligente.
En fin: he de hablar aún de Ull libro excelente de M. Léandre Vaillat, titulado Le décor de la vie.
M. Léandre Vaillat es, de nuestros jóvenes críticos de arte, uno de los más
modernos y más audaces. No se para en fórmulas rancias, aunque sabe, cuando
se presenta ocasión, juzgarlas y comprenderlas muy bien, como en el libro que
ha hecho sobre Perr11nea11 o el de La Societé du XVIII.ª siecle et Jes peintres. Se
especializa en lo tocante al arte decorativo moderno, y la serie de artículos
que publica en Le Temps sobre ese tema no es menos digna de nota que los
que escribe en l'lllustration.
Bajo el título evocador de Le dkor de la r,ie, ha estudiado sucesivamente
todo cuanto nuestro gusto y nuestras tendencias modernas podrían embellecer,
restaurar, renovar en la casa, en el libro, en el mueble, en la tapicería y en la
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315-

1 '

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rackeux. Digan lo que quieran algunos periódicos, la obra ha sido admirablemente puesta y muy bien representada; pero ni los directQres ni los artistas
tienen la culpa de que Ju Far.keux, que era simplemente una revista, resulte
para la posteridad una obra aburrida, puesto que alude a sucesos y personajes
ahora desconocidos. Es una curiosidad literaria, no una obra. Consignemos, no
obstante, que la Comedia Francesa ha hecho muy bien en ponerla, y que ese
teatro está fundado precisamente, en paite, p11ra espectáculos de ese género.
El Teatro de i'Ueuvre, cuyo inteligente esfuerzo no será nunca bastante alabado, tras de darnos nuevamente los Acnedores, de Strindberg, nos da a conocer la Danza de muerte, del mismo autor. nunca repn~sentada en París. Fué
una verdadera revelación, y, digámoslo, un éxito muy bueno. Una vez más ~l
teatrito de M. Lugne-Po~ ha conseguido un triunfo. Es la sola escena, con la
del Vieux-Coiombier, donde un pensamiento nuevo puede encontrar cobijo e
intérpretes el arte nuevo.

JULES BERTAUT

LIBROS y REVISTAS
Ramón Maria Tenreiro.-EJ loco amor.-Ediciones de LA PLUMA.
No quisimos los editores de esta primera serie de novelas cortas v cuentos
~stablecer d~ antemano ~n criterio riguroso, al que hubieran de ate~per;ir el
mtento propio los novelistas, para lograr la unidad de tono conveniente a la
colección. Confirmando el propósito iniciado con nuestra Revista, espe-ráb~mos ob~ener la norma precepti_va de estas publicaciones, no de un prejuicio
académico, pero de una obra ejemplar. EJ loco amor, de Ramón Tenreiro, nos
justificará de hoy más ante el lector, mejor que toda la retórica que pudiéramos esgrimir en abono de nuestra tendencia.
Un impulso inconfundible caracteriza desde luego al poeta-lírico, dramático o novelisb-, cuyo temperamento creador le señala en el número rle los
e1egidos para interpretar, para expresar, genera!izándolo~. los sentimientos
humanos: la propensión a abordar los temas eternos. El amor v la muerte son
los motivos generadores de esta novela: el loco amor, •pariente de la llama.
que todo lo aniquila, cual ya cantaba el Arcipreste Juan Ruiz; la muerte, por
la que Tristán e Iseo perdieron el mundo y el mundo a ellos. Ahora bien. las
doctrinas, las escuelas, las reglas, los estilos literarios, redúcense, en último
término, a dos maneras de tratar eso5 grandes temas; una manera clásica en
que la disposición exterior, la trama, la intriga, el argumento, el escenario,
obedecen a un canon inmutable-mito, leyenda, historia-los personajes de la
fábula están definidos por los atributos que la tradición les confiere, y la fantasía del poeta se ha de ejercitar imaginando en tales abstracciones sentimien
tos actuales, es decir, dotándolas de una sensibilidad acorde con la del lector;
otra manera, romántica, por la que el poeta logra con la pintura viva de un
suceso trivial, o frívolo, o, cuando más, desusado en el ambiente vulgar en que
se produce, ciena transcendencia universal que lo equipara en significación a
un símbolo de epopeya. En este sentido, y no porque evoque ninguna época,
pintoresca por pasada, i ·l loco amor es una novela romántica.
No es Tenreiro un improvisado en la literatura, y mucho menos un improvisador. Movido de un vago afán de arte muy fin de siglo XIX, le tentó en años
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LA PLUMA
LA PLUMA
juveniles el estudio de la música, y a Alemania fué a tal intento. Presto ball6,
sin embargo, el camino propicio a su activida,j, y reduciér.dola a límites más
adecuados a su ·vocación natural, dióse por entero a asidua labor de crítica
literaria, completada con traducciones cuya variedad denota su ateoci6o alerta a las voc1;:s de fuera más sigoificativas-Fogazzaro, Jorgeosen, Hebbel-,
refundiciones, ediciones de clásicos españoles, y novelas cortas, culminantes
en Et loco amor, recién editado por nosotros. No es un improvisado ni un improvisador, y por ello su originalidad no da reflejos de talco ni últimos gritos.
Su procedimiento de novelar no se cifra en receta cocinada más o menos hábilmente, sino que responde por modo lógko, sin yiolencia, a la severa ed~~aci6n en que ha ido depurando el gusto personal, cimentado en un neoclas1c1smo goethiano, oreado por los V("udavales de las modernas revoluciones liter~rias e inconmovible a las asechanzas de los ecos de las modas. Su prosa, denvad~ del naturalismo cent,·a/ de la novela contemporánea, adapta fácilm1;:nte la
cadencia v el ritmo familiares al iector español a la expresión de los movimientos CÍel ánimo de sus personajes, cuya pasión fatal se justifica siempre por
sí misma, sin que haya menester el autor intervenir a disecarlos, antes bien,
dejándolos vivir y morir, víctimas de un destino implacable, a merced, no del
rayo de Júpiter, mas de los azares de una existencia labrada por oscuros heroísmos.
Los sentimientos, los instintos personificados en los protagonistas de El
loco amor no adolecen de esa inflexibilidad que las más veces suele suplantar
a la evidencia a cuenta del necesario sostenimiento de los caracteres en sus
rasgos esenci~les; ni menos del caprichoso ?esvarío cor. que los profesionales
de la novela psicológica tuercen, de tan ~utiles, el curso natural d~ la~ emo,ciones. Ramón Tenreiro nunca coarta la ltbertad de sus héroes con nmgun propósito moralizador o estético que prejuzgue, imprimiéndola un r~mbo arbi~rario la acción de la novela. Los más encontrados afectos se explican prec1same0nte por la sinrazón violenta que los resuelve C.Q__ sus contrarios; y así, el
odio del hijastro se trueca en el amor incestuoso_, y el puro beso maternal_. en
el abandono de la mujer al amante. La ponderación de element?s dramáticos,
el clarooscuro del fondo, la distribución de las figuras secundarias en la perspectiva general, van graduando el iot7rés en un crescendo apa~ion~do _hasta el
final trágico. Verdadero poeta, ha sabido _el autor ~ncauzar la,1o~p1rac1óo propia a la captación del lector, con tal espe¡o de la vida en la na gallega donde
el pueblo de Somonte se mira.

*••

C. R. C.

J. Moreno Villa.-Patra,ias.-Madrid, Caro Ragg{o, 1921,
:\Iás le cuadraría el título de Rarezas o Rincones oscuros, Las patrañas son
meras fantasías inverosímiles, ejercicio imaginativo de pastores: fábulas pastonineas. No se tome a p.-dantería tal observación, sino como báculo para llegar
al sentido de este librillo encantador.
Son trece relatos, trece teclas, cada una de las cuales suena a una p~sión ~
.a un anhelo. Hay notas suaves como en «La cama de plata• o «La mama deh-

cada•; las hay vi?lentas y recbinantes: •La noche de los malatos• o «La neutra•. Por todo el hbro corre un misa:.o propósito de hacer minería o excavación
sentime~tal, de entrar donde no llega la vista o la sensibilidad corriente. En
esas regiones del subsuelo humano hay también aire mal respirable y no se
sale de ellas muy contento. Así es de grave y silencioso el tono de estas Patrañas, que a veces rozan lo trágico.
Por sí ~ola esa cualidad no constit~iría un :asgo fuertemente original, ya
que, por e¡emplo, la novela rusa nos tiene habituados a caminar por sendas
mal trilladas del espíritu. Pero nuestro autor es español y tiene un estilo. A
través de esos dos cedazos, la sustancia cosmopolita que hoy vaga por todas
las literaturas se convierte aquí en fina materia personal.
Estimo española l_a preocupación ética, ª. veces atormentada, que brota de
a~guoos cuentos: «E'o1gma y clave,, «La bestia•, etc. Aunque se inicien audacias acá y allá. el fondo es de estameña. Una de las frases que más me dan el
temple del libro es ésta: «Tu amigo no nos ha hecho reír esta noche; pero se
ve que tiene estilo y bizarría en lo serio como en lo divertido.•
Y era verdad, aquello no lo hace más que un andaluz o un inaJés.
El estilo de Patrañas es siempre un bello planear. El autor se ~cerra a todo,
y cuando temeríamos una rozadura trivial, una sobria selección Je mantiene en
su sitio.
Lo más grato para quien lea con atención Patrañas es su desdén por lo sin
importancia. Y al encontrar al mismo tiempo un fuerte sabor a playa malagueña, es natural que miremos esta obra de Moreno como una revelación más
de lo que puede dar, sublimado, el espíritu andaluz.
AMÉRICO CASTRO

*

•

•

Manuel Ugarte.-Poesias Completas.-Barcelona, Casa Editorial Maucci.
Aunque el señor Ugarte en el prólogo de su libro insiste en diferenciar las
dos épocas correspondientes en su actividad poética a las Vendimias :faveniles,
publicadas ya en 1907, y a Los jardines ilusorios de ll.oy, la misma inspiración
corre de la primera página a la última, aun escritos los versos que componen
el volumen «en épocas diferentes, bajo estados de alma contradictorios&gt;. Cree
el señor Ugarte que •poesía es transparencia de alma, ingenuidad emotiva,
pureza sentimental&gt;, y que «la belleza no está en el verso, sioo en el alma,.
Estas vendimias juveniles no marcan en su vida literaria «más que un a colé.
En los tiempos de lucha porque atravesamos, el hombre se debe casi más a la
justicia y a la verdad, que al ensueño y a la belleza. Su arma es la prosa flexible y ágil.&gt; En cierto modo, pues, el señor Ugarte parece situarse en el mismo
punto de vista de los hombres de acción que en las postrimerías del siglo pasad? se preguntaban si la poesía estaba llamada a desaparecer. No quiere esto
decir que los versos del señor Ugarte no sean en todo momento fáciles, graciosos, ligeros, musicales. Fáltalcs a sus poemai,, a nuestro entender, un impulso inicial, la convicción de que las artes en general y la poética en particular no son sino problemas de expresión. No la pureza de los sentimientos, sino

318
3 19

�•

•
LA PLUMA

la manera de expresarlos es lo que distingue al artista del am11teur. Comprobamos nuestra opinión en una estrofa del poema cLa barca•, el mejor de la
colección para nuestro gusto:
cFué en el dormido lago,
cuyas aguas el Sol tiñó de fuego.
Al caer el crepúsculo
se detuvo la barca sin barquero,
y en d lino silencio de la tarde,
que amparaba el latir de los ensueños,
ciilundiendo sus círculos de gloria
vagó la flor inmaterial del beso•,
donde no ya la sinceridad del sentimie nto, sino la sencilla gracia con que ~e
manifie,;ta, le prestan emoción poética. El señor Ugarte, como poeta, más que
contemporáneo de Dado, parece un precursor en que la sensibilidad de los.
últimos románticos esp;irioles, te mplada por el cultivo de la a,1títe~is campo•
amorioa de Uoloras y Huml)radas, acusara no pocos atis bos del grau sacudimiento que renovó la lírica española con los inspirados injertos aportados por
el gran americano.
c. R. c.

*

*

*

Guillermo Jlménez.-Constanza. - Rafael Caro Raggio, editor, Madrid.
Xo e s novela, cue nt0, memorias, ni biografía, sino limpia, clara. suave evocación de una figura q uerida, cuyos rasgos acusados por la muerte, perduran
nimbados del halo inmaterial del recuerdo puro. El escritor no narra, no nos
pone en antecedentes, contempla una sombra amada, y ni a cantar se atreve.
Diríase r¡ne por rehuír todo artificio, se complace en rememorar en voz queda
los divinos instantes de l simple paso de una madre por la conciencia de su
hijo. Ctmstanza. más que un retrato, es una tierna elegia en cernida prosa, un
breve poema, en estrofas sin elocuencia ni pompa, cuyo ritmo no se vierte en
música extt'rior alguna.
C. R. C.

* * *

Revistas. - Mercu,-e de Prance, París. - Le Progrés Civir¡ue, París. - La
Connaissa11ce, París.-La Ret•ue de J' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Ret,ertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cmpouillot, París.-Bell~s Lettru, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Akiion, Berlín.-Pegaso, Montevideoo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsía ed .irle, Ferrara.-España _~ América, Cádiz.-Het·mes. Bil bao.- L' Art L i,)n. Bruselas.-('a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La Nouvelle Revue franyaise, París.-Índice, Madrid.
320

AÑO II.

1

MADRID, IHCIBMBRB 1921

NÚM. 19.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES

LA MÁSCARA DE NIETZSCHE
Los tórculos matritenses acaban de dar cuerpo a
una obrilla, si discreta en el porte, terrible en el ánima. Son, en efecto, los libros no del todo desemejantes a los hombres, pues al cabo, metido un hombre en la alquitara y extraída su entelequia, epitome u lwmúnculus, este último producto, llámese
como se quiera, tomará la forma de un libro. De
aquí el parecido entre hombres y libros. Ved en
.
.
. s~ma, la distinción capital de hombre a homb~e y
de libro a li~ro, identidad a la vez de libros y hombres; de un lado,
hombres Y libros que no se valen por sí, sino que han menester de
~poyo Y c~o~dinación con los demás; hombres sociales y rebañegos,
libros de b1bhoteca, de colección o de serie; hombres de gran talante y
321

.

'

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Erguido, la cabeza un poco echada hacia atrás, entornados los _ojos para co~centrar la memoria, arrastrando la cadencia en el eco de la propia V()Z, con virtuosismo teatral, se complacía en su canto y en el entusiasmo amistoso con ~ue
le escuchábamos los demás. Los Poemas del Amor, de la Gloria y del Ma1• d1éronle rápido nombre, y en su patria chica la popularidad, consagrada poco ha
en un bronce conmemorativo de su efigie.
No nos volvimos a ver. Retirado él a su tierra canaria, el azar me alejó de
Madrid cuando dos años hace volvió Tomás Morales con otro libro, Las ~o~as
de Hércules, donde ya se definen, maduras, las excelentes facultades del lineo
que vimos ndcer cantando al Atlántico. La pompa'. la so~~ridad, el gigantism~
poético cuya expresión le seducía como una necesidad f1s1ca, cobraban en su:,
versos una emoción cálida, unida siempre en mi recuerdo al de la voz con que
le oí recitar los primeros.
..
.
Cuando 00 hace mucho algunos amigos comunes me dieron las malas noticias de su enfermedad, que ya presagiaban la muerte que hoy nos lo arreba~a,
mi ánimo se resistía a creerlas, no ya por esa defensa inconsciente que la s10razón suele oponer a la fatalidad, más porque en mi me~oria Tom~s Morales
rebosaba esa salud de su poesía, aquella salud de su amistad efu~1va ~ue le
dictó en la muerte de Fernando Fortún, mi compañero, una canción tnste Y
serena, hija del mismo sentimiento puro con que abor~ me consuelo, eaco~endándolos a los dos a cuantos amigos guard&lt;!n de los d1as e11 que vagamos Juntos la misma emoción tierna.

C. RIVAS CHERIF

~

AÑO U.

'

MADRID, OCTUBRE 1921

1

NÚM. 17.

LA HIJA DE CAROLÍ

[I

fábrica del señor Bañolas era tenida por.la más importante
de la comarca. A la hora del cierre salía por sus puertas un
verdadero río _humano que se r~partía_ en arroyuelos y ca'
nales por caminos, prados y ata¡os hacia el pueblo vecino y
los quinteros derramados en las cercanías.
Distaba la fábrica siete minutos escasos del pueblo, del que puede decirse que era el principal nutricio, ya que se había apoderado de todos
los brazos útiles, para ganarse en ella el pan más asegurada y regaladamente que roturando la tierra; porque la agricultura, practicada como
en tiempo de los romanos y por labradores pobres y atrasados, era, aparte de la fábrica, el único elemento de vida de la comarca.
La fábrica mantenía a sus expensas, y para servicio de los obreros,
médico, farmacia (regentáda por un practicante competente), casino y
cooperativa abundosamente provista de toda suerte de artículos. A causa
de su mucha proximidad al pueblo, no se había hecho la fábrica núcleo
central de la colonia, y por ello todos sus empleados, a excepción del subdirector o capataz de cuadras y el portero, residían en el pueblo, y por
no preocupar ni arruinar al señor rector se tenía generalmente cerrada la
capilla aneja al caserón de los señores, y por no matar igualmente de
hambre a los maestros públicos, los Bañolas habían construido y regajado al Municipio escuelas de nueva planta y habían adjuntado a los ti13

A

1 93

...

�LA PLUMA

LA PLUMA

b .
ero en realidad para diritulares con pretexto d; ali~er~~de~~~rio!l~~¿fesores que les habían pairles y habituarles mas a a
'
de los
~eciCedor~nd:l~efü~:¡"ca, pues,_ no secuvnedíaa~i:á~~t;~~~i~~~b~=~ía una
d endenc1as se
'
. b ¡ primeras cu1
heaijsif
e\~¡~di; Í~encdhai!~::-~á!di~fi~a/1~~ bu~;~
r
e l'1 un labra or qu
1
ta de maderas.
y la casita de aro '
d 1 sa·
a niña. La madre cuidaba .e a ca . '
Para dedicarse a la compraven
l'
. madre esposa y un
,
o a su oficio, segu1a
Caro i tenia h b. ~.do/
1 ab ricanta y tenia apeg 1 . - así que salió

~!~~!~!~fi~t!~

~ªend~º:t (áb~i~:, ~~n ~u~~~~p:~a~z!1ct~e~i~!~~~fa :nnb~!~ partido, fué
de la escuela, Y ~ pesar ,e · _
destinada tambien a 1~ fa~~l~d."a con un huertecillo ame~o, estab: ~~:da
La casita de Carolt, r{ºd de la gran huerta de los senore¡/ s ~l salir
da precisamentetal ºcri s!nderuelo divisorio .. Así,fi1:1ª1drceoc:no11:i, alud de
d ella por un es re
l
portalon o c1a '
.
d! la fabrica no lo_ hacían por e g:t1es mas a mano, atravesaban el patl~
los trabajadores, sino qu;, P~\~~ la puertecilla forana eltrat~anlaeduecentral, la huerta gran e, l''a acontecer que, al atravesar e pa io,
huertecillo y en, su lcasa.iodesde el balcón del comedor:
ña doña Menc1a, 1 ama a
'-¡Trinidad!
¡Señora!
ue darte un recado.
- Haz el favor de subir, que teh~-º \abían sido muy familiares en 1a
Porque los Carolí, de padres a IJOS
B - 1
d · · · en Barcelona Yentencastaa;~J;¡ de Carolí, que en _s':1 j_uvl~~tbald~~~ en la de los señor~s y
día en el arreg}o ~e u~a ~a~~~~~~~1:tar confituras y gol?sinas,aª1~:f~~~~
ayudaba a dona J;~~vierno, a colgar y descolgar cortl~;s irte, la nues·go la matanza del cerdo ... Pord
fábrica, era
y guardar la ropa
a oría de las obreras e a
asaba
sas tareas que trae con i 1

t

jtffJí~[~~~

1,

~hia;lt;p~i$i~~~j.dºÍifd:!d~fi~f
s1
d b,1 los d1spen ios e
maderas, lo e ª ª
ano en toda ocasión.
ños de difede la qu!!ltadyCdadl,IaNieves y el señorito, ~e llevaban ~gf/cn las horas
La h11a e aro i, - 'habían estado 1untos, no
renda, y ya desde pequenos
194

de los juegos y correrías, sino durante muchas comidas, y aun a veces
hasta en la cama. Porque, así como Nieves era una niña robusta, cabal,
de rostro encendido, sonriente y con apetito insaciable, Pascualillo era
flacucho , melindroso, añoradizo y desganado, y, como era hijo único y
la madre temblaba al sólo pensamiento de que se le pudiese morir, todo
se lo consentía.
-Trinidad-solía decir a la otra madre-: dí a la niña que suba;
veamos si viéndola comer a ella, nuestro posturillas traga alguna cosa ...
También algunas veces, al atardecer, enviaba alguna muchacha a
casa de Carolí con el mandado de que no esperasen a Nieves, porque el
niño tenía miedo del coc() y quería que se quedase a dormir con él.
Aquella estrecha intimidad de la primera infancia se fué prolongando,
con los cambios naturales. hasta que Pascualillo cumplió nue\'c años y
sus padres le enviaron a Barcelona, a casa de sus abuelos, para que empezase los estudios. Con todo, la separación fué breve, porque el niño
sintió una nostalgia tan grande que enfermó de palpitaciones y tuvieron
que volverle a la fábrica por una larga temporada.
Llegó cerca del mediodía, y después del alubión de las maternales caricias huyó locamente hacia la huerta a esperar a su amiguita. Cuando
la vió saltar la cerca, con el cestillo al brazo, de regreso de la escuela, se
escondió detrás del macizo de cipreses para darle un susto. Estaba pálido
de emoción y en el pecho le aleteaba el corazón como pajarillo recién
metido en la jaula. En cambio ella se acercaba del todo confiadita, colorada como uná manzana de San Juan, un viejo pañuelo de lana arrollado al cuello y un rizo de cabello sobre la ceja enhiesta. Al pasar lapalanca del reguero se detuvo a un lado; un desmoche había dejado escapar el agua, que allí formaba siempre un embalse encharcado, donde
crecían líquenes y se paseaban a empellones los tejedores de los riegos y
hasta en ciertas epocas cantaba una rana. Nieves se inclinó y después se
arrodilló sobre la palanca. Pascualillo le adivinó en seguida la intención:
con la manita hundida en el agua y los dedos encorvados tender un lazo
a los tejedores asustadizos, de Iar~as patas filamentosas ... Precisamente
aquello era lo que hacían cada d1a los dos juntos antes de que él mardiase a Barcelona...
El niño no pudo contenerse y salió de su escondrijo. Nieves oyó ruido y volvió la cabeza. Al ver a su compañerito, de pronto quedó inmóvil, como hechizada, pero reaccionó en seguida, y levantándose de rondón-con riesgo de que cayese al agua el pnmer lzoro, que se balanceó
al extremo de 1a palanca-corrió hacia él alocada. Se abrazaron estrechamente, y Pascualillo, que era de natural estremoso y efusivo, le llenó a
voleo, como un sembrador enloquecido, toda la cara de sonoros besos.
1 95

1.

�LA P L l7MA

LA PLUMA

,,

'I ,

J

-¿Cuándo has venido ... ? ¿Por qué has venido ...? ¿Qué aprendías: .. ?
Yo ya he pasado todos los carteles y el que es hablar... y ahora hago un
encaje para una almohada .. . ·
yo '?e añoraba ... J:igúrate ... Los ábuelos ~iven a_rriba, muy arr,iba, mas arnbá que el desvan de casa; hay que sub1r y ba1ar cada d1a mas
de treinta escalones. El médico dijo que me cansaba demasiado y que me
sacasen de Barceloná, y yo, cáda vez que él venía, suspiraba con más
fuerza para que me sacasen más pronto ...
Ella le miró, pasmada, con los ojos muy abiertos ...
-¿No te gustaba vivir en Barcelona?
-No ... ; Es una casa oscura . .. Para que al jilguero le dé el sol han de
sacarlo al balcón ... Y el abuelo siempre duerme y los lentes Je caen sobre el diario ... Y la abuela siempre grita con la muchacha ... Y la muchacha es sucia: cuando ha de probar el guiso sorbe de la cuchara, y
cuando me entra la leche lleva las manos untadas y se las friega ccn el
delantal.. . Ya ves ... Y las manos de la abuela son frías, y cuando se las
beso ella me da un golpe en los labios, así como quien no quiere... Pero
sí que quiere, ¿sábes? Y como es tan flaca me hace daño ... Ya ves .. .
Y, feliz con la libertad, la claridad y la compañía recobradas, el niño
olvidó pronto la pesadilla y el corazoncito atolondrado moderó por sí
mismo su ritmo ... hasta que, en la siguiente temporada, fué de nuevo
recluído en casa de los abuelos, y ya sin contemplaciones retenido hasta
final de curso para volver todavía más goloso de los besos de la amiga,
de deambular por la huerta, de revolcarse por los pajares de casa Carolí,
de partir en dos las lagartijas y de azuzar a la rana de la alberca ...
No hay que decir que Pascualillo y Nieves se quisieron pronto con
amor distinto del amor camaraderil de la niñez. A cada regrei,o, la interrumpida intimidad se anudaba con motivo distinto y gusto más
sabroso.
Ella iba ya a la fábrica y en sus formas de efebo se preludiaba la mujer futura. El cursaba en el Instituto, y los primeros presentimientos del
instinto y las primeras iniciaciones de los compañeros levantaron en su
precocidad de sensitivo ardoroso las malicias primeras y los primeros anhelos turbadores. Ya no gustaba de los juegos a pleno sol ni de la caza de
mariposas, ya no pellizcaba los racimos del parral ni vestía a los gatos ...
Prefería ocultarse a los ojos profanos, soñando despierto y citar a la amiga en la farmacia o detrás de la capilla, donde jamas se veía un alma. Ella
acudía a cualquier sitio que le indicaba el amigo con plena y tranquila
confianza. No era vanamente soñadora y no sabía aún lo que es la extrañeza de un calofrío en pleno día ni la delectación de contemplar las estrellas en la alta noche. En la fábrica trabajaba al lado de su madre; fue-

-Y

j

,·•

' 1

1

,1

'

196

ra de la fábrica, ayudaba a la abuel
y en l?s cortos instantes libres hacíaª parah3:hrender el manejo de la casa,
gadc I o, regaba las flores del huer
to, pemába el perro de lanas qu
~oga Mencía; en las veladas zur~~uÍ~s ~jra lequdña le había regalad;
a a 1ª. ropa. Pasaba las noches de
~e me~ e_ su padre y remensu camita de monja, blanca como u un_ s~en?, est1rad1lla y quietecita en
s!1 reposo ni un esguinze de visión n !1~10! sm que un sobresalto turbase
ndad compacta. Contra las pasividad~! ~rosa cruzas~ para ella la oscusana, contra su inocencia hermética
e su no:ma]1dad equilibrada y
sosl?echa, se estrellaron durante muclio ~f;~1a, limpia ?e angustia y de
de el para contaminarla con sus deliri
P&lt;? l:3-s maniobras equívocas
tor:'1os. Sin una comprensión
os,_para m¡ertarle sus íntimos trasestimulase al descenso el adokreparatona que allanase el camino que
por t?da suerte de timideces S~~eg!e se s_en~ía atado de pies y U:anos
~tenor, tenían en lá mejilla.aterciop~I!d:1/1ín cal~eados por el fuego
eces de los halagos fraternales.
e a mocita todas las candiCuando, al salir de la fabrica d .
'
la madre, que siempre le tenía trib _esp1stando la atención distraída de
farmacia solitaria y le encontraba a
prep~rad~, _corría Nieves hacia la
la cabeza con las dos manos
f; . musu_
o,_ pahdo y ojeroso, le cogía
como cuand? eran niños: ' y, estiva, acanctadora, le decía postinera,

ªJf

. -¿Qué tiene la hermosura de casa';) Q
tQu~ no ha merendado ... ?
· ¿ ue no se encuentra bien ... ?
El quería preocuparla contestand
·
románticas, reteniéndola or la cint~ con evas1_v;as, adoptando aptitudes
te~blores; pero era inútil'. Ella no est1~/ hac1en1ola temblar con sus
do impulso maternal le acariciaba y le
para subtil~zas,_ y con arrebatasu salud.
amonesta a mqu1eta tan sólo por
-¡Malo, más que malo r ·Mira
como te perjudicaf Tiene r-;;,óA t
que, no haber _merendado! ¡Tanto
cern,os sufrir. Vamos, qu; todaví~ :ii~:a.cuando dice que te gusta haEl porfiaba: «No quena moverse n
,
,
prefena estar allí con ella y decirle diuihquena comer, no tema apetito;
Per? ella se le escapaba de las manos /s cosas .. -~.
.
a l?~ cinco minutos con una rebanada d orno un pa¡aro esquivo y volvía
rac1on de longaniza. Ella misma lo
,e pandcor:i confitura o con una
en la boca.
partia pe acitos Y se los metía a él

ª

-Otro, rey ... Ya se acaba No
. , .
Quiero que te Jo comas tod;· E;tá'te°º; ~s mut1l que te opongas ...
contenta se va a poner doña .M , qu1edto y abre la boca . Qué
tan bueno.. .
enc1a cuan o le diga que has sido
1 97

�I.A PLUMA
Y le abrazaba, le acariciaba, le decía zalamerías ... las mismas que le
había dicho su madre a ella cuando era niña.
Pero cuando él cursó el cuarto año de bachillerato cambiaron lascosas. Nieves iba a cumplir los quince, y después de un estirón tremendo
(«se la ve crecer de día en día», se decían las gentes, maravilladas), quedó
convertida de niña que era en una real moza, bien plantada, de gallardísima prestancia, de continente al mismo tiempo reposado y desenvuelto, la fiel de una morenez transparente y clara, colorada en las mejillas
y en e lóbulo de las orejas, correctas y agraciadas las facciones, los ojos
grandes y llenos de serenidad, y el cabello castaño, rizoso y enmarañado
que, contra luz, la nimbaba de resplandores cobrizos ... En seguida tuvo
admiradores, y a poco, pretendientes ...
Finalizado el curso, al regresar de Barcelona, Pascual se quedó con la
boca abierta. En la primera entrevista, ella le dijo, esquivando con delicadeza un abrazo:
-¿No sabes? El Ximito, el hijo de la Birondona, me ha dicho que
me quiere y pretende que le prometa que, cuando seamos mayores, me
casaré con él. ..
Sintió Pascualillo que un resplandor flamíneo le envolvía. Después,
un desbordante río de lava le quemó el corazón ... En un minuto, el choque de la sorpresa de celos, de rabia, de deseo, convirtió al niño torturado y malicioso en un hombre hecho y derecho.
La miró, con una mirada nueva, hosca y amenazadora, una mirada
de macho en celo.
-¿Tú para el Ximito ... ? ¿Tú ...? ¡Dile que se acerque! ¡Ni para él ni
para ninguno... ! Tú has de ser mi mujer...
Y el abrazo viril, cabal, protector, con que selló sus palabras tuvo el
aire resuelto y solemne de una toma de posesión.
Aquel día se dieron cuenta exacta de que se querían y de que quedaban prometidos. En una de las charlas siguientes él señaló el límite del
noviazgo.
-El año que viene empiezo la carrera; cuando la termine, nos
casaremos.
Pero un día doña Menda vió, desde un balcón del comedor, que
Nieves y Pascual se despedían dándose la mano; frunció las cejas
y llamó a su hijo. Cuando le tuvo en su presencia, le amonestó severamente:
-He visto que haces carantoñas a Nieves de Carolí, tratándola co1:10
si fuese una señorita ... Haces mal; déjala en paz, que ya no es una cnatura, y esas mocitas en cuanto les dicen gue son bonitas se llenan de humo
la cabeza y Dios sabe lo que traman. Tu padre jamás se ha franqueado
198

LA PLUMA
con la,s obreras de la fábrica; para eso tiene el mayordomo; el sólo «buenos d1as» y «buenas tardes» y basta. Tú debes hacer lo mismo ...
Por ~u pa~te, Trinidad no tardó en decir a su hija:
_ -:-Mlfa, Nieves, •te~go ql:~ al7'Crlirte gue no v~yas si&lt;;mpre con el senorito, como cuando ¡ugabais al escondite. Ya se que tu eres un angelito de retablo que no pecas ni con el pensamiento. pero los grandullones
esos la _saben muy lar~a., y qui~n sabe lo_q_ue pensaría la gente de todo
esto m~s adelante; qmza_ lle&amp;anan ~ mah_c1ar que te lo consentimos y
aconseiamos por conveniencia propia. ¡Dios me perdone! ¡Que la chica
que se trata con los que ~o son de su brazo está en riesgo de ganar mala
fama y ¡ay de tu padre s1 se lo echaban en cara .. . !
El primer veneno había babeado su corazón, y la necesidad de disim~lar, al ocultarles el goz? profundo de la revelación, consiguió unirlos
mas estrechamente; y los JUramentos de mutua fidelidad remacharon la
cadena forjada por la Naturaleza.
En torno a Nieves crecía siempre el corro de cortejadores y cada vez
que su enamorado volvía di.! Barcelona hallaba uno nuevo. Ello le enfurecía extraordinariamente, tanto mas cuanto que no podía vengarse ni
desahogarse de otro modo que atormentándola a ella. Pero la hija del
Carolí era de una perfecta seriedad.
-¿No te he dicho que serías tú? Pues tú serás y nadie más. ¿Qué
quieres que me importen los demás hombres?
Y, consecuente con su formalidad, huía todo lo posible de acudir a
bailes y paseos, no coqueteaba con el mocerío y echaba de lado con buena traz~, pero resueltament~, toda p_roposición de matri!ll?nio .
. En estas, 1~ ab_uela q~edo paralitica, y como para Tnmdad ir a la fá.
bnca era media vida, Nieves quedó en la casa recoleta como una monjita. Los_ cortejadores, despechados, y los de~ás por solidaridad, empezaron a Juzgarla orgullosa y a apartarse de ella, afectando desdén. Después ~!guíen insinuó, que si no_ hacía caso de los obreros es porque pica~ª mas alto. Se refena al practicante de la farmacia, que siempre que ella
iba a buscar una medicina para la abuela le hacía las más extremadas
z~lema_s. Más tarde las comadres sospecharon, aunque sin ningún indic10 sólido que fundamentase la suposición, que quería pescar al maestro;
pues como no era de creer que una pieza como Nieves quisiese enclaustra~se o guedarse para vestir imágenes, no tenían otro remedio que atribmrle, vista su desgana de noviaz~o, algún oculto designio. Pero dos solas pers?~as no erraban la r~ntena: la madre y el médico.
. C)anvidente por natura listeza y observadora por amoroso interés,
Tnm~ad había seguido con temor la evolución sufrida por su hija, comprendiendo finalmente, con escondido dolor, que el instinto la había ad199

�LA PLUMA
vertido demasiado tarde los peligros que entrañaba la intimidad de su
Nteves con el señorito. Pero la pobre madre creía en una ilusión infundada de su hija y desconocía todas las secretas entrevistas, las mutuas
confesiones y promesas. Quien estaba mejor orientado era el médico, el
doctor Reguera.
Reguera era un hombre de unos treinta y cinco años, hijo de un
obrero tornero. La vanidad paternal, mal aconsejada, le había hecho ingresar en la Universidad y seguir con penas y fatigas una carrera empearada de suspensos y nutrida de humillaciones y fracasos más o menos
disimulados. Entre los compañeros se le tenía por estudiante de cortos
alcances y, además, desaplicado. Ello fué causa de que, ya licenciado, no
acertase a abrirse camino y tuviese que vivir a expensas de su padre.
Cuando éste murió, el joven Reguera se encontró en la calle y, como
suele decirse, con la boca abierta. Pasó entonces una época de grandes
dificultades, en la que, ni recurriendo a toda clase de expedientes, conseguía medrar decorosamente. Por fin, la casualidad de una influencia
le facilitó la entrada en la fábrica Bañolas. Consciente de sus facultades
y de sus defectos y cansado de sufrir privaciones, viendo el cielo abierto
con aquel cargo, se propuso conservarlo de por vida defendiéndolo, si
era preciso, ce1osamente, con dientes y uñas. Pero en este mundo de muñecos no siempre basta la voluntad, por fuerte que sea y por enérgicamente que se desarrolle. A los santos, aún con serlo, el diablo solía tenderles lazos para atraparles desprevenidos, y más de una vez, y a despecho de su santidad, los santos caían en elios. No hablemos, pues, de lo
que pasaría con los pobres pecadores. El lazo que había de tender Pedro
Botero al señor Reguera era la Nieves.
Ya se ha dicho que la vieja de casa Carolí había quedado paralítica y
que su nieta la cuidaba, mientras la nuera trabajaba en la fábrica. Una
vez por la mañana y otra por la tarde el señor Reguera iba a visitar a la
enferma; y como esto duró semanas y Nieves era una cabal mocita y el
señor Reguera, como todo mortal, tenía su alma en su almario, día llegó er. que el buen señor se sintió arrobado con dulcísimo arrobo.
Con todo y considerarse muy por encima de los obreros de la colonia, había claudicado, como los demás, ante el buen palmito y los gentiles andares de la hija de Carolí, y no sintiendo bastante aliento para
romper el hechizo, después de sostener una breve lucha consigo mismo,
se dió por vencido. No es que le ilusionase demasiadamente casarse con
una obrera, con una muchacha sencilla y sin pompa: en sus sueños de
hombre salido de la nada y de soltero definitivamente aplazado, había
revoloteado, en horas perdidas, la imagen imprecisa de alguna hija de
fabricante o de propietario conocido en la comarca, de alguna señorita
:ao o

L A P L U ,\1 A

&lt;le linaje y prosapia q e 1 •
,
de todo el mund
u 'a unirse a el, le aureolase y le remachase a o·os
Pero, súbitamen~~ e~et;bí~v~ esta1:1e~to tan fal tigosamente conquistado.
gen indeterminad;
d ncon r~ 0 con ~ sorpresa de que la imaIas celdas de su cer y vaga e los suenos se hab1a aclarado y definido en
cinita del caserón d~bÍis ~~~~~: trFzo,s fresc s Y atractivos de la !inda veconcertante para el señor Regu!~a ue aquj11!3- sorresa algo agria y desacuciador que se impuso a todo 1' pe~ol el imdpul so e~a tan violento y
Nieves bien valía
. s ~~ ca cu os e a vanidad.
decía, Carolí había c~~~hc!d~d1cac1on, tanto m~s cuanto que, según se
ya, con su negocio de maderas, algunos
picot\nes de pesetas.
Ciertamente no sería aquel
.
al fin y al cabo un tremendo diun casamiento de rango, pero tampoco,
rido que trepa;e hasta la mu· s_~arate. Ya que el Destino no había quedijo que no había más probl~: I eal dj ~s hueños, el señor Reguera se
él. No le desanimó el hecho d a que e e _acer trepar la obrera hasta
habían pretendido· sería co e aue ,ella hubiese rechazado a quienes la
mejor; pero tratándose de q:;I~n :::a'.ª~~pq~~ la muc~achla aspiraba a algo
esperar, otro ser/a el tono En co
'
. nor a !º o o que ella pocfía
pero como ella se fingies~ desen~~~~eanch,b/.senor Re~uera se ins~nuó,
seguro de he
' a o en seguida con clandad '
.. sería aceptado d e b uena oana
P ero la i¡a de Carolí entend, l i,
• d
no la tentaron las ofertas de su ·'ª as cosas e otro modo, y así como
de doctora.
s iguales, tampoco supo tentarla el rango
Su negativa fué delicada y prud t
d
.
tesía, pero también de firmeza d e~-~' 11 ena e agradecimientos y corEl 1'
y ec1s1on.
mucha~h!nh::taq~e~~a;~~;ji/if~~fs~~ó Y como estaba prendado de la
todo lo que ella quisiese poner~e un i ~na y otrabvez, ofreció esperar
d
os anos a prue a para ver si a ella
le nacía el amor u - '
todo fué inútil ptr~'u~º~-to a lealtad, declaraba no sentir por él. Pero
caso, el señor Re uera a;~~e~permaneció inconmovible. _Ante su frazón la gente del iuebl~· all '~ lf,1º y despechado, recapacitó. Tenía raducción en deducción · 1 ª 1ª fª~º ~nc~rrado. Fué saltando de dea los obreros? Era qu/;::t1:J¡~º~Ig~ mc~gmtaR¿~a doncellica rehusaba
d~e pica?Uba más ablto todavia ¿Quién h~1¡~/~~u1 ~ásu~~~i ql~emé1jº~i !re'~
0 ...
n nom re resp1andcc1ó
1
com o b d
'
en el cerebro del señor Re
o t&gt;r'.3- a o en caracteres de fuego
por la espalda. Estaban a gu1!3-·ln &lt;laque] instante un escalofrío le corrió
. me ta os e curso; hasta el verano no podría
salir d d1 d

ª la m~ra~rié~Jo::~~;~~ró~d~Ía~aec~~~l~e;f;st~J~~~~~ c;:;ie~~-Yta~:
201

�LA PLU\i\A

LA PLUMA

.
. l ido una inspiración de las suyas: «¿Por qué
aquí que un_ d1a le soplo ª1 1
e no se Je quería conceder por las
no conseguir por las ma as o qu

?

buenas?»
. .
'd.
en casa de Carolí no había otras
A la hora de la v1s1ta del me ic~ieves· la casita no tenía más que un
personas que la abuela encamada aurante ~¡ día era una casualidad que
vecino, y aún no muy cercano, y ·aJes or ue todo el mundo estaba en
pasase alguien po~'bq~cllosUn~ut~;de
enÍrar en casa de Carolí, el seel campo o en la ia nea... n llave' al ba'ar a recibirle Nieves, como
ñor Reguera cerró la puerla cohó enciJa trai~oramente, tratando de susolía, el señor Reguera se e ec_to aho ado se escapó de la garganta de la
jetarla entre sus brazos. U~. gn etirfo más vibrante por no alarmar a la
sorprendida, y no se atrev10 a re~
oco odia bajar a socorrerla. Lupobre vieja,. que_ al ~n al é~ª:r~nd~p resotiidos y sostenida ella por la
charon en s1lenc10, an
&gt;r
las fuerzas. Por hn pudo deshacer
ira v el pánico, que le centup ~ca~on con un supremo esfuerzo se desla ténaza de huefi~s qtr ~a
!on violencia. Rechazado, cayó en
embarazó del ru an a e1an n saco de arena mojada, mientras ella, co!1
tierra pesadamente, colo b en la puerta dando vuelta a la llave y hu1a
un salto de gamo, se_p an a a
se tarda en decirlo. Jadeante y desa la calle en menos t1emp~ del q1;1e vió en medio de la entrada al canamelenada, mientdras tf1"?:nt~!s~s)~itamente sobre un brazo y palpalrls.\11
lla como atonta o, e,
T
•endo que el azar llevase por a 1 m~slo y el codo ma~ratad&lt;?5°~~ a:~¡ estado volvió a entrar, y rí~ida {
gún cazador quepo
ver~ extendió el br;zo y señaló al vencido a
erguida como una i, emes1s
mo el azogue ... Con dolorosa conpuerta, duramente. El ~emblaba co t ándose arrastrándose llegó ~erca
tracción se P,uso de. rod11las, yb¡rrd! derrota humillación. Farfullo pede ella. Tema un aire lamenta e

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y

nosamente:
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Una mala hora ... ¡Perdóneme! ¡La
-No sé lo 1ue me a pasa ...
quiero t:i,nto, Nievesb... ! d , se oía el rechinar de sus dientes.
Tema la voz que ra ª Y .
im Jacable:
Ella repitió con mayor_dltivez y g~i~a a ~oner los pies en esta casa!
-¡Salga usted en segu1 a Y, 1:º v1;1 finito que acabó de desfigurarle
En un minuto, y con un pamco m bro 'todo lo que Je amenazaba:
las facci?1:es, vió él a~olpd;sl~ fáb~~;,er: miseria otra vez... Se humilló
•d · d
el descred1to, el despr O
¡ mencia
más y más... Juntó las manos p~
ºp~re el am~r de Dios ... ! ¡Estaba
- ·No me pierda, no me p1er ~: d
. '
'
! T ºª compas1on e m1 ....
loco ... se Jo 1uro... i enbd.ó lo que iba a suceder si echaba de su casa
También ella compren i

l~r

202

a ~que! hombre com,o a un perro y se propalaba lo que había pasado:
pn';I'lero un gran escandalo y un terrible trastorno para su madre; despues, la enferma sin asistencia; su padre, exasperado, pidiendo cuentas
a aquel mi_s~rable... Q':1ién sabe qué drama en acecho ...
Envolv10 en una mirada de profundo desprecio al hombre que tenia
ridículamente arrodillado a sus pies.
. -Me detengo por los demás, no por usted ... Repóngase, y cuando
m1 abuela no pueda reconocer nada, suba usted.
Fué hacia la escalera, pero él la cogió vivamente por las faldas.
-¡Nieves! ¡Nieves! Por la vida de los suyos, no me comprometa ...
No diga nada a nadie ... ¡Prométamelo! ¡Si usted habla cometeré un
desatino!
Estaba blanco como el marfil y lloraba como un niño; los sollozos le
ahogaban la voz.
La ofendida sintió una sombra de lástima.
-Levántese-murmuró secamente.
-¡Prométamelo Nieves ... ! ¡Soy un desgraciado ... ! ¡;-..;o me pierda!
-Callaré; pero de aquí en adelante no me dirija a solas la palabra.
En efecto; nadie tuvo noticia de lo que había sucedido y poco a poco
llegó el verano, y con él el unigénito Bañolas, que ya parecía todo un
hombre.
Reguera vigiló incansable y pront0 halló la certeza en miradas v sonrisas de que sus sospechas tenían fundamento.
·
Pascualillo y Nieves estaban en inteligencia, cuyo carácter y alcance
verdaderos no pudo determinar el rechazado celoso. ¡He ahí el obstáculo! Por aquel mocoso sin sustancia ni discernimiento que sólo pensaría
en divertirse, él, un hombre hecho y derecho, había sufrido el más terrible escarnio de su vida y, lo que era peor, había perdido la tranquilidad y la alegría presentes y futuras. Por el cerebro del señor Reguera no
cruzó la idea de que Pascual pudiese casarse con Nieves. Harto conocía
los gatuperios del mundo y que no siempre los Jugares donde se agabillan hombres y mujeres resultan escuelas de buenas costumbres. De más.
de un fabricante había oído decir que era señor feudal en sus dominios;
un señor feudal en pleno abuso de todos los malos usos medievales, y
pensó que el hijo de Bañolas empezaba a labrar el campo de sus futuras
hazañas. Don Pascual, según unanime opinión de las gentes, era y había
sido siempre de una moralidad perfecta, pero eso no quería decir que el
hijo no rompiese la tradición, volando por su cuenta; tal hacían prever,
por de pronto, los indicios. Y como aquel muchacho una hora u otra
tenía que reinar allí y llenarle a él Ja comedera, todo lo que hiciese bien
hecho estaría, para él , menos en aquel caso.
20¡

�LA PLUMA
LA PLUMA
Tratándose de su altiva adorada, el señor Reguera se sintió trastornado. El espectro del hambre en lejanía no fué bastante a contenerlo, ni le
sirvió de consuelo su aco~.odaticia filosofía. En el dilema de te~er q1;1e
resignarse o luchar, prefino la lucha con todas sus consecuencias. N)
podía atacar abiertamente, a la descarada, porque habría sido la derro, a
anticipada; pero obraría subterráneamente, como los topos. ¿Qué hacer?
¿Denunciar al padre severo el primerizo galanteo del retoño? ¿Estorbar
los planes de éste actuando como ángel custodio que vela por el buen
nombre de la casa? Esta fué su primera idea, perq en seguida renunció
a ella. Por mucha discreción que tuviese don Pascual, un día u otro tendría noticia su hijo de la denuncia; y como de la juventud es el porvenir
y las primeras ofensas no se perdonan, el señor Reguera podía tener por
seguro que en cuanto su rival mandase perdería él la plaza y a Nieves a
la vez. Después de meditarlo bien, decidió habérselas directamente con
el enemigo; así, por lo menos, podría saber de qué pie cojeaba y atacarle
con mayores esper~nzas de_ éxito_. .
.
.
Discurriendo como se rngemana, la casualidad vino a ofrecerle el
punto de apoyo que le faltaba. U,n día, volvfend~ de paseo, ~ogió una
caña y con el cortaplumas la pelo y espurgo pulidamente. Piensa que
pensarás en sus cosas, caminaba de instinto y sin darse cuenta de lo que
hacía. De repente dió un tropezón y la hojita de acero, resbalando sobre
la caña le hizo un corte en un dedo. Empezó a manar sangre de la herida y ~ada gota pesada y Jlena, al dar en tierra, se ~nvolvía ~n polvo del
camino y quedaba convertida en una a modo de bolita enhannada. Algunas de ellas eran tan perfectas que al herid? l~ hicieron pensar en píl~oras de farmacia. Estaba muy cerca de la fabnca, y al pensar «farmacia»
el señor Reguera atinó en que podría po_nerse ~n la hfrida, para restañar
la sangre, una pincelada de yodo. ~a tarmac1a tema ~res puertas: u_na
grande, que podríamos llamar, oficial, 9.u~ dab_a _al patio; otra pequena,
que se abría a una cuadra v~c1a de la fábnca v1e¡3:, y finalmente, la tercera comunicaba con una pieza de la casa, conocida con el nombre de
almacén de los cubos.
La puerta que comunicab~ c~rn l~ cuadra vacía, ª?ierta ~xclusivamente para ir de la casa a la fabrica sin atravesar el patio los d1as ~e lluvia, era una puertecilla vidriera q_ue_ se cerraba con (alleba y c,err?Jº· No
siendo en caso de accidente, nadie iba a la farmacia de la fabnca, por
servirse todo el mundo en la del pueblo , donde estaba el practicante; si
alguien iba, entraba siempre por la p~erta grande. A est~ circunsi_ancia
se debía que Pascualillo hubiese e~cog1do aquel lugar qmeto y olvidado
para sus entrevistas con Nieves. Esta, a ho:a ~e cerrar, pret~xtando la
necesidad de alguna compra, entraba en la fabrica para advertir a su ma204

d!e que volvies~ a su casa_ s~n. entretenerse, y P?r corredores y dependencias foco tr~ns1tados se dmg1a a la cuadra v~c1a, mientras él, atravesand? e almac_en de los cub?s, penetraba en la farmacia, y como nadie veía
m al _uno m al otro, hab1an podido guardar secretas hasta entonces sus
relaciones.
Pero aquel día, el señor Reguer~, po~ a~orrar camino, pasó también
por la _cuadra va~1a y, antes de abnr la v1dnera, mirando por casualidad
a trave~ de los cnstales verdosos y empañados, descubrió al fondo de la
f~rmac1a a la enamorada pareja, abstraída en íntima charla. Retrocedió
vivamente sin ser visto y fué a rociarse el dedo con alcohol.
. ~l día siguiente se hizo el encontradizo con Pascual, y cogiéndole familiarmente _por el bra~o! le propus? dar un paseo hasta la Fuente Nueva. El est~~1ante le m1~0 sorprendido, pero vió en la cara del médico
~na expres1on tai:i _pa~1cular de S?nri~nte y protectora confianza, que,
srn saber por que, mtngado, le s1guio mansamente. Hablaron durante
mucho rato.
El señor Reguera le contó, a modo de advertencia, su descubrimiento de la tarde anterior, y con su aparente lealtad provocó la confesión
deseada. Después, afectando una indul$encia discreta y cordial de hombre de mun~o, se c~rcioró ..~l detalJe del carácter que tenía aquel noviazgo; aconse¡o al nov10 que s1 quena mantenerlo oculto, mirase bien lo
que hacía; le hizo prometer formalmente que no diría a Nieves ni una
pala~ra de lo ,que habían hablado-por evitarle violencias, ya que teugo
que zr cada di:i a su casa, comprende-; y finalmente, se ofreció en todo
y para todo al futuro señor de aquel reino.
~~ prime'. paso estaba dado, y desde aquel día se vió a menudo a los
dos ¡ovenes 1r ¡untos de paseo por las afueras y, a pesar de la diferencia
de edades, establecerse entre ellos una estrecha intimidad. No es preciso
decir que el único y verdadero nudo de aquella intimidad era la amada
común. Pascual, gozoso de poderse entregar por entero a la confianza,
en plena efusión de su juventud vibrante y expansiva, hablaba al nuevo
amigo ex abundanfia cordis, no celando ni en lo más mínimo actos, propósitos, anhelos y fantasías. A su vez, el señor Reguera todo lo escuchaba con interés, lo aprobaba todo amablemente y, mientras tanto, manteniendo siempre a su amigo en una atmósfera de graduada adulación,
iba sembrando con tacto y destreza, hoy una, mañana otra, en aquel corazón que se le abría generoso y sin recelos, simientes de ideas y sentimientos que esperaba ver germinar y granar cuando fuese hora.
Nieves dijo un día con tristeza a su novio:
-Desengáñate; soy demasiado poco para ti y no querrán nunca que
nos casemos ...

1

.

.

'
'

�LA PLUMA

LA PLUMA

Pero Pascual protestó vivamente:
-Mi padre estima mucho al tuyo ... Y también él quiso casarse con
la mujer que le gustaba ...
Como ella sonriese con poca confianza, él solía añadir hoscamente,
con retenida energía:
-Además, si quisieran impedirlo, sería igual, porque prescindiría de
su consentimiento ...
-¡Oh, no! Reina Santísima-contestaba Nieves alarmada-. Quizá
te desheredarían, y no quiero que por mí pierdas lo que te pertenece...
-¿Qué me importan el dinero y la fábrica si para tenerlos he de renunciar a la felicidad? Tendré mi carrera y no necesitaré a nadie para
mantenerte.
Y una y otra vez le repetía que se quería casar en cuanto fuese ingeniero. Mientras tanto, sentía el atormentado deseo de los besos y abra- .
zos de la amada. Pero ésta, a medida que crecía, se mostraba más pudorosa y recatada.
Su honestidad no era hija del propósito, si no del temperamento.
Cada vez que el galán, despechado, se quejaba de la esquivez de ella al
señor Reguera, sentía éste desmayos de alegría y calofríos de voluptuosidad . Seguro ya por aquel lado, se atrevió a aconsejar, con sonrisita de
suficiencia:
-No haga usted caso ... Todas son iguales ... Cuando creen que las
quieren se hacen valer... Si no fuese usted tan joven, si demostrase más
frialdad, haciéndola comprender el favor que la otorga mirándola, sería
ella la que se humillaría... A las mujeres hay que saoer tratarlas ...
Y en tantas y tantas ocasiones se esbozó aquel criterio del señor Reguera, que finalmente empezó a desteñir sobre la rectitud ingénita del
enamorado. Los enfados y las trapacerías de los primeros años del bachillerato volvieron a ferturbar las entrevistas de la pareja, y los primeros nubarrones de ma presagio aparecieron en el cielo purísimo de su
amor.
-Si me quisieras, no me dirías que no ...
-Si me quisieras tú como debes quererme, serías el primero en desear que te lo dijese ...
Llegaron las elecciones legislativas y se resentó candidato un amigo
de don Pascual, frente al que presentaba e Gobierno de Madrid. La lucha andaba muy e9.,uilibrada entre los dos contrincantes y nadie habría
podido decir de que lado se inclinaría la balanza. En el peligro, el candidato pidió ayuda a don Pascual que, metiendo en la urna la fábrica
en peso, decidió en su favor la victoria. El nuevo diputado, agradecido,
después de jurar el cargo, quiso ir a dar las gracias públicamente a su

f

2 06

protector. En la fábric3: se levai:taron arcos de triunfo, se enguirnaldaron de flores las maqumas, salieron los obreros a recibir al ilustre visitante, cantando y vitoreándole ... Fué, en fin, una llegada triunfal.
N_o es que para el fabricante significase gran cosa el resultado de la
elec~1?n, pero era bondado~o con su~ o_breros y apro~ech'.'-ba siempre la
ocas10n para ofrecerles algun esparc1m1ento extraordmano que les hiciese m~nos pesa~o y monótono el trabajo cotidiano.
E~. d1puta~o vmo aco~pa~ado de su hija y de algunas personas más.
La h1¡a del diputado tema diez y ocho años, uno menos que Nieves, la
de Carolí. Era menuda, pequeña, rubia, bonita y delicada como una
miniatura del siglo xvm
En la mesa, como era natural, estuvo colocada al lado del hijo de la
casa. Era coqueta y pagada de sí misma, y durante toda la comida zalameó con su caballero, haciéndole prometer reiteradamente que, cuando
volviese a Barcelona, iría a visitarla.
P~scual, hasta entonces con el corazón enteramente preso en su amor
y casi ayuno de trato social, era extraordinariamente tímido con toda
mujer que no fuese la amada, y en aquel día solemne reprnsentó su papel
con tan poco lucimiento, que su madre se sintió casi avergonzada, y después, a solas, hasta se creyó en el caso de amonestarlo blandamente.
. -Te has de mostrar más suelto, hijo mío, y aprender a hacer cumplidos ... Más que estar en compañía de una señorita de la ciudad, parecía que ibas a confesar.
Por su parte, el señor Reguera también había observado, y las gazmoñerías de gatita de la barcelonesa le habían aclarado el entendimiento.
Ante su esperanza, resucitada, se abrió un inmenso campo de maniobras,
y comprendió todo el partido que podía sacar de aquel auxiliar. En
cuanto su amigo se puso al habla, le dijo así:
-¡Vamos, pollo, ha hecho usted una conquista!
Y alabó desmesuradamente la belleza de la forastera, sus aires distinguidos, su cultura y la gracia con que sabía decir hasta las cosas más
triviales.
Pascualillo, en el fondo, no dió ninsuna importancia a los elogios
del médico, y con todo, estuvo más displicente con su amiga, y observó
con sorpresa que los cabellos de Nieves eran más oscuros que los de la
hija del diputado, y que no reía tanto como ella.
El diputado olvidó en la fábrica su bastón, y el señor Regu'!ra dijo a
don Pascual que como él tenía que llegarse a Barcelona podría entregárs~lo. Se lo llevó, en efecto; y como en aquel momento no se hallase
el diputado en casa, el señor Reguera quiso saludar a la señorita. La
señorita vestía de blanco con cintas azul celeste; ya no parecía una mi207

�LA PI.UMA
niatura, sino una fina y airosa pastorcita de Watteau. El señor Reguera_
quedó prendado por cuenta ajena.
Hablaron de aquel día, y el señor Reguera hizo un brillante panegírico de Pascual, tal como lo había hecho para Pascual de la hija del di¡:&gt;Qtado. Aseguróle, además, que en la fábrica !a recordarían mucho.
Cuando el señor Reguera se retiraba, ella tomó de un vaso un ramo de
rosas magníficas y se lo entregó, diciéndole:
-Para la señora de Bañolas.
Y escogiendo una rosa pequeña y encendida como un corazón, añadió con leve rubor:
-Y ésta para mi vecino de mesa, como un recuerdo del día en que
nos conocimos,
De regreso en la fábrica buscó en seguida al hijo del patrono. Pascual quería ir a casa de Carolí (ahora ya no se veían en la farmacia,
tanto por el aviso del señor Reguera cuanto porque a ella no le era tan
fácil como antes dejar a la abuela, sino por las cercanías de la casa); pero
el señor Re~uera, quieras que no, se lo llevó a paseo, y poniéndole la
rosa en el o¡al le explicó, con todos los aditamentos pertinentes, todas
las maravillas de la pastorcita de Watteau.
-¡Oh, qué monada ... ! ¡Si usted la hubiese visto, .. ! En seguida me
ha preguntado por usted. Me parece que si usted quisiera, no tendría
más que alar~ar la mano. Ya lo vi claramente el primer día. ¡Qué lástima que este usted comprometido!-Y como hablando consigo mismo,.
añadió:-¡Esta sí que habría dado lustre a la casa Bañolas!
Hasta el día siguiente no vió Pascual a su novia, en el bosquecillo ,
cercano al río. Todavía llevaba la rosa en el ojal, y ella la advirtió en
seguida.
--;-¿Qué es esta rosa?
El, turbado, vaciló; habría dicho la verdad, pero le pareció que no
era del todo correcto decirla.
-Me la dió ayer el señor Reguera ...
Ella, sorprendida, le miró al fondo de los ojos; él bajó los párpados.
-LQué extraño! ¿El señor Reguera?
-Sí... De un ramo que trajo de Barcelona para mamá ...
Nieves era lista, y presintió vagamente algo de lo que pasaba. Su
frente, clara y pura, se tiñó con una veladura rosa, que era en ella señal
de que se había impresionado vivamente. Contestó tan solo:
-Ayer te estuve esperando toda la tarde ...
-Fui a paseo con el señor Reguera.
--;-¡Siempre el señor Reguera! Ya te dije que no fiases en él.
El miró, distraido, río allá.
208

L A PLUMA
-No sé por qué ...
,
. - ¡Porque tiene dos caras•-excla . N'
mo J '1eves con viveza; pero en seguida añadió, atenuando·-T·
gusta.
.
iene una manera de mirar que no me
-Antipatía que le tienes.
Hablaron de otras cosas Al de d.
por primera vez, le dijo en ~oz ba·!fe irse, ella, sonri ente, vergonz•sa
-Dame esta rosa
1 •1 1
Él se echó atrás ,-:Y a argo a mano hacia el ojal.
. -¿No ves que ~~~d~~:~:¡,'
fuera ~e tiro.
d
pnsa._
' I s1 asta manana-y se alejó deNieves quedó inmóvil corno u
na estatua, durante un minuto. Al
cruzar el margen sintió c;er
serenísima la noche, allá e~n~ ~~~a ~n su _mano. Miró a lo alto. Era
oro rebajado, la estreDa de'Ja tard JLnta, bnlla,ba, como una chispa de
era una lágrima.
e. a gota ca1da en la mano de Nieves

~Att 1r

* * *
Con el tiempo, las lloró abund
p
.
todo. :~o es que no la quisiera· h!~~s. ascuahl~o había cambiado del
pues.con sólo clavarle la mirad~ le hací~~mpí,fnd! ella_ que la quería,
quena como antes con aquella el 'd d em ar esvahdo; pero no la
lla ingenua dulzu;a de los pasado!rd. a 'Ahn aq?ella sencillez, con aqueellos algo forastero una influencia ias. . ora a muchacha sentía entre
que llenaba el amo~ de arrebatos de f~l~nd que lo en~en~bre~ía todo,
malas voluntades, inexplicables ~n b;t ª1 ,e~, de recnmmac10nes, de
ven~a», pensaba la pobre Nieves y
na og1ca ... «Es el otro que se
dec1Tselo todo al amado de ab : l 1 un~ y otra vez estuvo tentada de
detenía siempre el respeto a la ;~~~e~! OJOS hejfecbo al traidor; pero la
que podía ocurrir hasta el mismo s·1 que a ia echo, el temor a lo
dado hasta enton~es. En efecto·
enc10 sospechoso que había guarhabía convertido para ella en un ·c~p\mq~ elxc~sar adguel silencio, que se
y franca?
e impe 1 toda defensa airosa
l' d
Mientras tanto el veneno iba
corazón del amigo'.
cump ien su obra destructora en el
Pascual fluctuaba atormentado
b .
opu~stas. En realidad: al principio le yh sb!I' r~o, e_ntre dos corrientes
grac1~s y zalemas de la barcelonesa. Sen~·tn mq1!1ef1º muy poco las
prop10; pero su corazón enamorado c i ' eso s1, a agado su amor
del primer amor, seguía'fiel a la modeit~ tobdo el fpuego y !odo el empuje
J4
o rera. ero mas tarde... más

ó

ª

ª

°

209

.¡

�LA PLUMA
LA PLUMA
tarde, comprometido y casi arrastrado la~ p_rim.eras veces por el señor
Reguera tuvo que aceptar por fuerza las invitaciones del padre, acomañó a l~ familia a la mesa, al cine, en los paseos, y poco ! poco le plugo
~l frívolo hechizo de la nueva ami~uita. Acaso .no la quena con amor de
hombre a mujer; pero le ~ntreteni~ y_ le deleitaba de un modo absorbente su graciosa compañia. La senonta barcelonesa mandaba y ~e hacía obedecer siempre, como reina y s~ño~a entre vasallos, como si fuese
la clave central del universo, y con el hizo como con to~o el mundo?
ero tan oentilmente, entre risas y juegos, que él no pod1a, prote~ta~ ni
~ebelarse ~ontra la impuesta esclavitud; y lentamente se fue con:7irtiendo como todos los que la rodeaban, en dócil juguete de la capnchosa.
En' sus contados momentos de concentración, y sobre todo cada ve~ que
volvía de la fábrica, al mirar con sorpresa,_ como.ª una de~conoc1?a a
quien viese por primera vez a aquella criatura, insustancial y frivola
como un pa·arillo, que por gracia se quejaba siempre d~ dolor de c~beza
estómaoo de aburrimiento o de cáhsanc10, el estud1~nte
0 de dolor
sentía un gran vacío ~n' el alma y un vivísimo de~eo_ de huir. ?e alh, de
romper aquel extraño encantamiento, que parec1a irreal, h1¡~ de una
0 resóra fi uración de alguna pesadilla. Y, como un consuelo mesperad~ como !n filtro libertador de sus facultades secuestradas, como 1;1na
rá --~ga de aire fresco que le devolvía los sentidos, .surgían ante sus o¡os,
co~ súbito relieve, los rasgos bien amados de N1eyes, sus formas. opud
lentas ricas en salud y fortaleza; su austera, pero imponente, ma¡~sta
de Ju¿0 . y la sed de ella y el deseo de ella le abrasaban. En cam,bi~ al
ver de n~evo a la obrera en la realidad, algo de desencanto y _de intimo
marchitamiento se mezclaba a su alegria impulsiva y esrontanea.
Acostumbrado ya a los artificios y arruma~os de la cnatur~ que ~cab ba de dejar hallaba excesivamente desprovista de ellos a Ni~ves, ¡uzgándola exce~ivamente vulg~r en su ~encillez, falta de grac.ia e_n los
gestos, de conversación monotona! de ideas ~lementales y rutmana.s Y.:
al mismo tiempo, demasiado mu¡e:, de~asiado rey~renda,. roco msi
nuante y festiva demasiado dura e inflexible a la cahda caricia .de sus
dedos nerviosos: .. y el pajarillo ingrávido y minús~ulo, el cepo animado:
voluntarioso· y plañidero, revoloteaba en el ~spac10 y, p_asando) t~abpa
sando entre él y Ja amada, le enturbiaba la imagen de esta, la a e¡a a Y
a veces la repelía.
,
En el divorcio cada vez más acentuado, Mefist? terna la máyor parte
de culpa. Sutilmente, solapadamente, c?m.o un .".1ento ':dverso, empu:
jaba la débil nave a la deriva. Hoy una msmuac10n, mfnana un ~ons~
· 0 , asado mañana una broma, otro día una observac~on en apa~1e1_1cia
había ido transformando y suplantando gustos, ideas y sentimien-

Je

ttil,

tos del enamorado; había elevado en aquel espíritu fluctuante un solio
de magnificencia para la intrusa y había puesto despiadadamente de
manifiesto, mirándolas con cristal de aumento, cuando no creándolas
de raíz con cuatro pinceladas ridiculizantes, las deficiencias de la pobre
hija de Carolí, y finalmente había infiltrado en el corazón enamorado
desconfianzas, recelos, desdenes, vanidades, exigencias, altiveces ... , innumerables causas de discrepancia con la amada.
-¡Bah ... ! Si he de serle franco, siempre dudé un poco de estas locuras de las mujeres del pueblo por los señoritos. Sólo puede tenerse fe
en las pasiones cuando van de arriba abajo, o de tú a tu, es decir, cuand? no se va a ganar nada si no a igualar o a perder... Si se hubiese podido casar con la otra, entre el capital de us;ed y la influencia del suegro, ¿dónde habría llegado la casa Bañolas? El senador y usted diputado,
serían los amos del país. Se acabarían los obstáculos del Collet, que
siempre han sido el nubarrón de mal agüero para el porvenir de la fábrica, y con una carretera por mediodía y algo rectificado el trazado del
ferrocarril .en proyecto (que cuando se dispone de votos y dinero, en Madrid se consigue todo), Ia fábrica quedana en situación más ventajosa
que todas las demás y no tendría que temer nunca una competencia
formal. ..
-¡Por amor de Dios, Pascual, no sea tan inocente! ¿Cómo quiere
que no sea melindrosa si en la resistencia está su victoria? ¡Son de mucho cuidado estas santitas campesinas! Con su virtud inexpugnable,
mantienen ardiente el deseo del sihador y no se entregan si él no lo hace
primero, es decir, hasta que envía por delante a la fortaleza el acta matrimonial... ¡Ah! ¡Quisiera ver a nuestra Lucrecia, hoy tan altiva, el día
en que perdiese toda esperanza de ser la señora de Bañolas! Entonces,
como ya no le aprovediaría la virtud para nada, se daría prisa en venir
a ofrecerle ella misma lo que ahora le hace desear tanto. Y sí no, haga
usted la prueba: ¡cásese y ya me sabrá decir lo que ocurre ... !
Pascual ya había acabado la carrera, ya era ingeniero. Nieves conservaba todavía una última esperanza, aún quer(a hacerse la ilusión de creer
que se acercal?a el término de sus torturas. El siempre le había prometido que en cuanto acabase la carrera hablaría a sus padres de la boda.
Pasó un mes, pasaron dos y no les habló a sus padres ni a Nieves. En
cambio, voces volanderas, que no se sabía dónde habían pescado la
referencia, empezaron a propagar la noticia de que tenía relaciones formales en Barcelona. Pascual, estrechado por Nieves, lo negó, arisco y
malhumorado; pero doña Menda se mostró muy gozosa de la noticia,
Y el señor Reguera, sin poner nada en claro, parecía confirmarlo con
sonrisa de discreta inteligencia.

210
2 rI

�LA PLUMA
Un día que fué a Barcelona trajo al volver una gran noticia y ésta
absolutamente cierta. ¡Se estaba terminando la bandera! Este era asunto
ya lejano. Dijimos que los obreros habían ido a recibir al diputado, _antando; el diputado, por halagarles, les dijo que cantaban muy bien; ellos
le notificaron que estaban preparándose para formar un orfeón, y el diputado les prometió que si lo formaban les regalaría la bandera. Se organizó el orfeón y el diputado envió a decir que cumpliría su promesa, que
regalaría la bandera y que él mismo haría la entrega. A su vez, el señor
Bañolas declaró entonces ~ue cuando el diputado volviese a la fábrica
se celebraría una fiesta esplendida, más espléndida todavía que la pasada. El portador de todos aquellos mensajes era el médico, que reservaba,
hasta la hora oportuna, el gran secreto que todo aquello encerraba y que
era nada menos el de que ra bandera había sido bordada por las propias
manos de la hija del diputado. Tentada p)r la sólida posición de los
Bañolas y animada por el consentimiento tácito de su padre, la gatita
había trazado sus planes y tomado sus medidas; pero Pascual era de una
irresolución desesperante, y, a pesar de que todos los signos eran de que
la quería, nunca acababa de declararse. Era preciso, pues, estimularle
de cuando en cuando con golpes de efecto que le fuesen comprometiendo públicamente y le llevasen, como de la mano, al anhelado noviazgo. Lo de la bandera era uno de aquellos golpes. La gatita, haciendo
al señor Reguera confidente único de la sorpresa que preparaba, le suplicó que no dijese nada a nadie hasta el día de la fiesta. Pero una desgracia imprevista había de precipitar los acontecimientos. Un ataque de
embolia se llevó a doña Menda, en pocas horas, de este mundo.
El que había de ser día de alegría y de gozo lo fué de lágrimas y
duelos. El orfeón, que había de debutar con un canto alusivo para ir a
recibir al diputado y a su hija, ensayó a toda prisa composiciones adecuadas y debutó en los funerales de la patrona. También se estrenó la
bandera. La habían traído el donante y su hija, enlutados, y al hacer
entrega a los orfeonistas, atado al asta un gran lazo de gasa nepTa, la
doncella había estrechado efusivamente la mano de Pascual y hab1a silabeado con ternura:
-La he bordado pensando en usted y es la mejor corona que puedo
ofrecer, como testimonio de mis respetos, a la memoria de su pobre
mamá, que santa gloria haya.
Pascual, emocionado. turbios de lágrimas los ojos, no hallando palabras con qué contestar, se inclinó y le be;;ó la mano. La escena tenía
lugar en el gran patio de la fábrica, lleno de obreros y obreras. Entre
ellas, Trinidad y su hija. La primera sintió en su corazón un impulso
de alegría y dió gracias a Dios, porque Je pareció que empezaba la libe212

LA PLL"MA

ración de su hija· pero ésta ere ó ll d
tenebreció a sus' ojos· le fallalo lega .º el fin del mundo; todo se endiese el espectáculo. Mefisto ut as pierna~ en poco estuvo que no
la observaba a hurtadillas astuiam:~:de el ~uóc eo centr:1J de personajes
placencia.
e, sonn con sonnsa de cruel comEl diputado y su h ..·
la fam~ia! presidieron ~tct~~ri%~:~tio~n~~::dos coloalsi ya fuesen de
y con os tos empleados
de la fabnca. No se había cruzado un
y los _barceloneses y, con todo nadie ~gfabra ffrd~al entre l?s B~ñolas
la umón de las dos familias. '
o aque ia que era inminente
En el más oscuro rincón de la
·u
N·
blemente pálida con el as ect
cap1 a, . ieves, secos los ojos y terrifracaso de todas'sus ilusioies la
y ¿.ªClt~rno qule la procuraban. el
pensaba en doña Menda; pe~saba conª age 1ª que e part1a el corazon,
naza y venganza que no había de acab~~n.cor', con u~ impulso de amedespierto en aquel instante le dec 'a
1¡amas. Su i~stmto, del todo
en lo más íntimo, de todo Ío ue ha~re a mue~ta tenia la culpa~ allá,
que se aproximaban. Ella co:f la . a pasado y _d~ los aco~tec1m1entos
e1 interdicto; en ella sentí~ Pascu.f{{;:1era ":d~o~1c1ón, hab1a formuladó
bilidad de carácter no le había permitidcos1t1 n med~ctible que su decondescendencia de última hora hacia a rontar a tiempo, e1Ia, con su
y sancionado la traición Nieves no ed nuevo a~or, había justificado
aquelJ~. alma que se le h~bía mostrad~~n~~~~r-m un padrenuestro por
De¡o pasar un mes Con el pret t d l d g l.
de casa y esquivaba la~ entrevistas ex o e u~ o, Pascual no se movía
novia. Pero ella contaba todavía con su promesa. Decidida a acacin
cosas, Nieves le detuvo un día en el ;~tii uni3 ~ez con aqu~l ~stado de
le gran cosa que la vieran o que de¡·asen d a ª1 escarada, sm importar-Escucha , p ascual .. .
e ver a.
-NDispe1;1sa, Nieves ... En este momento ... mi padre
- 1 o; bien sabes que no te
d.
me espera ...
dart~ conmig? po~que me enga~is~~~ na te. Pero no te atreves a queEl proles.to,. ba¡a la cabeza, sin demasiado calor.
_¿A que v1_e,ne todo esto? ¡Te estás volviendo más rara'
N1eves sonno con amargura.
·
-¡No me lo niegues' ¿Imaoi
h
tus maniobras con la ot;a? o.nas que no me e dado cuenta de todas
- M_anías tuyas ... Tienes celos ... Eso es todo ...
-DNime que no tengo motivos para estar celosa
- ¡ aturalmente, mujer!
·
- ¡Júramelo!

r

,~~r::i

1

~t

�I . A PLUMA

L A PLUMA
Pascual vaciló; finalmente pronunció con esfuer.to:
-Te juro que ... , que no le he dicho nada.
.
-Entonces ... nada te impide cumplirme la palabra que me diste ...
Acabada la carrera, muerta ¡Dios la haya perdonado! tu mamá ...
-¡Nieves!
.
, .
-¡Infeliz! ¿Te figuras que no, compre~d1 que no me quena m_ me
hubiese querido nunca, y que. tu no ~en1~s valor l?~ra contrade_cirl~?
Pero ahora las cosas han cambiado. Tu mismo lo dipste: tu papa quiso dsarse a gusto y no impedirá que tú lo hagas también ...
Él bajó la cabeza:
-Naturalmente ... ; pero ahora ... , el lut~...
.
-Fijemos una fecha ... Dentro de un ano, ~entro de dos ... El d1a
que tú quieras; pero gue yo tenga alguna se_gundad ...
-Es imposible, Nieves. Las circunstancias ... , la ... la... . .
-Hasta aquí hemos lleiado, Pascual. Te ~e dado toda m1 Juventud,
todas mis esperanzas, y quiero saber para que te las he dad~...
.
Pascual se pasó la mano por la frente; sudaba de angustia. Despues
,
. .
tartamudeó:
-Tengo que completar mis estudios... Dentro de u_nos_d1as ... , qmza
mañana mismo ... , me iré a Alemania ... Después, a m1 regreso, podremos hablar... ·
Ella le miró atónita.
-¿A Alemania? ¡Nunca me habías hablado de semejante viaje ... !
¿Cuánto tiempo estarás allí?
Pascual vaciló nuevamente:
No sé... depende de ...
Nieves, resuelta, severa, irguiendo toda su estatura, le apoyó la mano
en el brazo y le interrumpió así:
-¡Basta, Pascual! No te molestes .. . Demasiado entiendo lo que te
sucede ... Te vas porque huyes de mí... No te atreves a faltar cara a cara
a la _palabra que me diste...
.
Sintió Pascual que se ' le agolpaba la sangre, tumultuosa, y Nieves,
violenta esperaba ávidamente con el alma asomada a sus pupilas.
.
«Si pierde las esperanzas, ella será la primera en irle a la zaga ... Y s1
no haga la prueba.. .»
'Al cruzarle por el cerebro el pensamient?, ruín, sel~ aplacó la sangre
repentinamente, se le vel0 la voz, se le enfno l~ expres_1ón.
- Ten cuidado. Piensa, Pascual, que me deias en libertad y que un
,
.
día puedes arrepentirte.
Nieves, aparentemente serena, hab1a pronunciado estas palabras lentamente, subrayándolas con firmeza.

r:speró tod~vía ... Vió que pascual agitaba los dedos espasmódicam~nte, como picado por la tarantula, pero no abrió los labios. Pasó un
f1?10uto,_ que en el orden_ espiritual,_ valió por unas semanas. El unigémto B_anol~s, en aquel mmuto, se v1ó en pleno Congreso, defendiendo
la rect1ficac1ón del trazado del ferrocarril. ..
Nieves le volvió la espalda, atravesó el patio y salió de la fábrica.
A lo~ cuatro días, Pascual marchaba a Alemania, dejando a su padre
desconsideradamente abandonado a todas las desolaciones de su viudedad.

* * *
Transcurrido cerca de un año, el padre escribió al hijo que debían
celebra~~e las mi~as del an~ve_rsario de doña Menda y que suponía que
el. su ~IJO, vendna para as1st1r a ellas. Le suplicaba que, al contestarle,
Je mamfestase lo que pensaba hacer después.
La imagen de Nieves, en actitud severa de Némesis, llenaba durante
toda la noche las sombras del desvelo a la vera del lecho del inoeniero.
Al día siguiente éste escribió a su padre: «Querido papá: De to8o corazón te echo de menos y espero con ansia ir a darte un abrazo y a
rezar contigo por el eterno reposo de la pobre mamá. Me preguntas qué
pienso hacer después. ¡Ay, papá! Me duele tener que dec1rtefo; pero es
forzoso que después vuelva aquí, porque estoy metido en unos experimentos interesantísimos que serán de gran provecho (al menos así Jo
esper~) para nuestra industria, pero que me ocuparán algunos meses
todav1a ... »

* * *
Llegó a la fábrica la noche antes de los funerales y, al salir de ellos,
habló de marcharse al día siguiente. Su padre entonces le dijo sin mirarle:
-Hijo mío, te ruego que esperes un par de días más ... Como me
sentía tan sólo y no quería perjudicarte en tus estudios, he resuelto volYer a casarme, y quisiera que fueses testigo en mi boda ...
Cuando el hijo, dolorosamente sorprendido, preguntó quién era la
elegida, el padre contestó evasivamente:
- Una antigua obrera de la fábrica ... Y salió de la habitación.
Al día si~uiente se celebró la boda, con sencillez y seriedad, en la capilla de la fabrica. Nadie había sospechado nada hasta aquel momento,
porque los trámites preliminares se cumplieron en la mayor reserva.
Asistieron tan solo las dos familias y actuaron de testigos, por parte de
don Pascual, su hijo y el señor Reguera. La novia, modesta y pudorosa,
no levantó los ojos del suelo durante toda la ceremonia. Ella fué la que

214
215

�LA PLUMA
rechazó par'.'- alcoba i:upcial 1~ suntuo~a que había p_ert~~ecido al matrimonio en vida de dona Menc1a, prefiriendo una habitacion clara y soleada del segundo piso. Esta alcoba estaba situada encima de la de Pascual,
y unas horas después, éste confesaba al médico que lo que más le había
hecho sufrir de todo había sido oir sobre su cabeza el ruido de los zapatos al caer en la alfombra.
* * *
Han pasado m_ás años. El_hijo de_Bañolas, terminados. sus ~studios en
Alemania se caso con la h1¡a del diputado, y ahora es el quien ostenta
la investidura del suegro y el que ha cons~guido la carretera ~e ~ediodía
y la rectificación del trazado del ferrocarril; pero el ferrocaml D10s sabe
cuando se construirá y los obstáculos del Collet siguen siendo la perpetua amenaza de la fábrica.
Cuando se casó, su padre quería ce~erle todo el primer piso de la
casa pero Pascual se opuso resueltamente, y con la excusa de que ahora
dirigiría él personalmente la fá~rica, alojó al subdirec~o~ e~ el pueblo y
se fué a vivir al chalet que aquel ocupaba. Gusta de v1v1r aislado, tanto
mas cuanto que su esposa, ,el pajarillo minúsculo, está ~uy delicada de
salud; tiene enfermo el estomago, y una cruenta operac10n en las entrañas la ha dejado estéril para toda la vida:.
._
En cambio, don Pascual tiene dos hi¡os como dos soles, u~ mno, y
una niña. Los domingos, cuando van a misa al pueblo, la mu¡er, _dandole filialmente el brazo a su marido, porque a don Pascual ya empiezan
a flaquearle las piernas, han de pa~ar ~ecesariamente por d~lante del
chalet del director, y desde el estudio, situado en la pla!1ta ba¡a, _do~de
pasa trabajando locamente todas las horas que no esta e1~ la fabnca,
Pascual no puede_ dejar de observar 9_ue el niño,_ su hermanito, se 1~ parece extraordinanamente y que la nrna es la misma estampa de Nieves
cuando iba a la escuela y corría y saltaba al margen de los regato~ de la
huerta. Entonces va al otro lado de la mesa y reanuda el tra~ªl? con
más furia que nunca. Y al verle tan atareado los obreros de la fabnca le
dicen afectuosamente:
,
-Ave María, señorito. Descanse un poco, que así como as1 1 tampoco se ha de llevar el dinero al otro mundo. ¿Y sabe lo que consigue con
trabajar tanto? Pues que a sus años parece usted más viejo que don Pascual.
h
En efecto, el hijo de Bañolas tiene todo el cabello blanco y e.1 rec o
se le hunde un poco más cada día. El padre, abotargado de su felicidad
es el único que no lo advierte.
VÍCTOR CATALÁ
Traducción de
216

RAFAEL MARQUINA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES*
II
colegio de donde venía pasaba por bueno. Caserón prócer, _muros desplom_~dos, sobre el dintel armas en berroquena, suelo de guiJas en el zaguán, oscuras salas cuadrilongas, húmedas, a los haces del patio, ensombrecido
por la pompa rumorosa de tos laureles y los cinamomos. En el
estrado, a la diestra del Director, sucinta diputación del reino mineral, en un armario. Y a la mano siniestra, en cierta alacena, retortas
con telarañas, probetas y tubos de ensayo en sus espetéras, desportillados, y cantidad de tarros con substancias desusadas y temibles,
que de primera intención parecían cosa de botica. Profesor de física,
un médico, por venir de facultad contigua a las ciencias esperimentales; profesor de aritmética y geometría, un capitán retirado, ducho,
como militar, en ciencias exactas. Pasantes famélicos, irrisión de la
g ente menuda cuando exorables, o azote funesto si las cóleras fermentadas en el lapso de su vida les tomaban con arrebato la cabeza.
Las lecciones, por tandas; los estudios en común, y a voces, para
L

* Véase

LA P LUMA

de septiembre,

19 21.

217

�LA PLU:\·1 A

.! .

meter pcr los oídos en los desvanes de la memoria, a favor de un
raudal de sones cadenciosos, las materías de no fácil recordación.
Borrascas de lapos y cachetinas imbuían en los torpes la sintaxis del
latín: más lágrimas he visto correr sobre el texto de los Ccmentarios
que sangre vertió el propio César en el suelo de las Galias. Colegio
bueno: confusión de yoces, de torpezas, de resabios. En los Escolapios pegaban con vara; en el nuestro, quien más, atrapaba media
docena de correazos. «Dios castiga, pero sin palo»; tal es el introito
de la sabiduría infantil. Era patente que los maestros seglares se
acercaban más que los eclesiásticos al poder de Dios...
Aridez, turbulenta grosería en el colegio; lóbrega orfandad en
casa. Un espíritu tierno, como de niño, ambicioso de amor, empieza
luego a tejer un capullo donde encerrarse con lo mejor de su vida,
con todas esas apetencias, generosas o no, pero fervientes, que el
mundo desconoce o pisotea. En esa edad, por el corazón se vive, tan
.solo. ¿Qué me importaban a mí los romanos, ni la noción de lo sublime, ni las luchas del Pontificado con el Imperio? Heroísmo, el mío;
emociones, no la naturaleza exterior ni el estudio de los modelos,
sino el divagar por la selva del alma me las brindaba; y en secreto,
siempre. Los maestros preguntan de historia, de física, de agronomía...; pero de ese faberinto en que el mozo se aventura a tientas,
con pavor y codicia del misterio, nunca. Larva de funcionario, que
será por vocación padre de familia en cuanto se libre de quintas: así
reza e! cartel que a uno le cuelgan del pescuezo. Y entonces empieza
el amarse a sí mismo con monstruoso amor, macerado en la soledad,
y el zambullirse, culpable la conciencia, en el deleite de los ensueños. Porque toda la maleza que en tal sazón vamos viendo crecer Y
tupirse es sin duda el desorden, es el mal, es lo prohibido, lo vergonzoso y recóndito de que no se_ debe hablar. O acaso los _demás
no están dañados, y uno es el caso insólito: un monstruo. ¡Que fardo
ha creído uno llevar, o más bien ha llevado realmente sobre sí, en
218

I.A PLUMA
la que llaman edad dichosa! Menester es aceptarse; no hay opción.
i Pero aceptarse así, a escondidas, creyendo cometer un crimen, y asomarse con remordimiento y pavor a los veneros que en el fondo de
nuestra humanidad bullen y nos fascinan ... ! Cuanto me ha reconciliado con la vida: el amor o el arte, el afán de saber o la amistad el
apego a la acción por la acción misma y el estímulo de añadí; aI
mundo moral alguna criatura de mis manos no son sino las formas
en que ha buscado empleo y saciedad aquella pujanza juvenil que
enton_ces :ne puso miedo creyéndola ponzoñosa, y que todos, todos
parec1an ignorar, no sólo en mí, pero en el ser humano. Con más
cordura, sumiso al orden, la hubiera destruido. La defendí; fuí un
rebeldillo, un enemigo, prestando al orden la aquiescencia mínima.
Vivía para mí solo. Amaba mucho las cosas; casi nada a los prójim_os. Amaba las cosas en torno mío; amaba los o~jetos triviales de
m1 pertenencia, porque eran dóciles y. sugerentes y andaba en ellos
algo de mi persona. Amaba mis libros, y el aposento en que leía, y
su luz, su olor. Amaba la casa, tan temerosa en los anochecidos
rondada por las sombras de los muertos, llena, a mi parecer, del ec;
de ciertas voces extinguidas por siempre jamás. Y el patio, v un
conato de jardín entre estombros, donde las tardes de la canícula ,
apenas puesto el sol, atendía a los furiosos giros de los vencejos en
torno al chapitel del convento contiguo, a las campanadas del rosario, a las voces de las mujeres que iban a coger agua a la fuente del
Hospit~l, Y a otros rumores del pueblo desgarrado por la congoja
vespertma. Amaba poco a las personas. Se me antojaba hostil su
proceder. La más entrañable estaba casi tres cuartos de siglo dis-tante de mí. Pero iban otros héroes y heroínas de mi talla a una plazuela sepulcral, pegada a los muros de San Bernardo-cedros y tilos
entre acacias, y un estanque a rás del suelo ceñido de laureles
rosa- , que oyó, en las noches del verano, las efusiones de nuestro.
delirio.

�LA PLUMA

En noches tales me acostaba feliz. De pronto, desde la alcoba
tocante con la mía, me gritaban:
-¿Te has dormido?
-¡Aún no!
-¿Qué haces? Reza el Señor mío Jesucristo. ¡Si te murieras
ahora caerías en el infierno! ¡Arder, arder siempre! ¡Por toda la
eternidad ...!
Era pavoroso, ¡y tan injusto! Devoraba la injusticia, del mismo
sabor que mis lágrimas. Digo que paladeaba su amargura. Llevaba
el corazón henchido de orgullo: teniendo razón contra todos, era su
víctima.
-Tú vas a ir con los frailucos, nieto-me dijeron al acabarse
aquel verano.
Fué más grande la sorpresa que el disgusto. Frailes, yo no los
había visto. Alcalá fué en otros tiempos copioso vivero de insignes religiones. En los míos, era un pueblo secularizado, abundante en canónigos pobres y sin demasiado celo proselitista, adscritos a la nómina,
•que iban a ganarse el sueldo cantando en el coro de la Magistral: Deus
in adJutorium meum intende... como otros emplead&lt;•s iban a la Administración subalterna o al Archivo. Había capellanes de escopeta
y perro, o que imitaban al pie de la letra la vocación de los apóstoles pescando barbos en el Henares; curas de rebotica, y algunos
g oliardos. De los frailes quedaban los conventos, reducidos al cascarón, el nombre de los pagos más fértiles, que suyos fueron, y las
memorias, frescas aún, de sus luchas por el rey neto en la era fernandina. Para la gente moza, el fraile era un tipo corpulento, con
barba.e; y sayal, rasurado el cráneo, que lo mismo asestaba un trabuco
contra franceses que azuzaba a los voluntarios realistas contra los
-«negros». ¿Y una caterva tan brava abría escuelas? ¡Dura cárcel me
prometían! Pero el llanto era al de~prenderme del orbe estrecho en
220

~ PLUMA
que solía imperar dond f
tab
'
e uese a dar con m1·s h
a menos.
uesos me impor- _

Los parientes me diieron ad 10
'. rac10n
· · d el Ama2onas O "t· b
s como si emprend1era
• la explod
.
·
ira an a consolar
d
er, ilustre infortunio: «Es or t
.
me e aquel, a su entenagradecerás!»
p
u bien. ¡Cuando seas hombre lo
-¡Si tu abuelo levantara la cab
,
dose de la ejecutoria doceañista de e~a .... -murmuró uno, acordán. Llevé por ,·iático ósculos de mo ~1s mayores.
n3a. Me besó la provecta Supenora, quien con tanto taparse
y arroparse d b
asomada al marco redondo
I
a a a su faz pachucha
de la toca, no sé qué calidad~e e poní~n los cañones almidonado¡
dez. Las buenas madres me e ca:ne mdecente, de obscena desnudido en el pecho un corazón dsonre1an tie~namente. Mostraban prensino el tamiz de las cortinas be tra~o vomitando llamas. No su fuego
bres de púrpura. y con despe~~;:e~~ 'ttía en el locutoriq vislum~ .
en faltando yo unos mese
e as cosas, por parecerme que
.
s nunca volvería
1
aprendido cómo nos ve
a ver as (aún no había
d
nce su permanencia)
,
onde no tuve otra impresión el rim
, , amanec1 en El Escorial.
país de insólitas maanitudes Me p . ~~ d1a que la de entrar en un
las gafas hasta la fr;nte mir~nd rec1b10 el Padre Valdés, y alzándose
preguntó:
,
orne con los ojillos entornados, me
-Tú , e·por qu é est udias? ¿Por convicción?
~espondí con risas y encogimientos de h
..
a m1 celda, y luego me inco. é
ombros. Me deJe llevar
1
.
J por a cuatro bigardos
e patio oyendo contar histo .· d
.
que estaban en
luz granujiento, que escupía uas : muJ~res. El narrador era un andapor e colm11Jo y apestaba a yodoformo.

1

1

�LA PLUMA

LA PLUMA

III

i!

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·:l.

Hay que ser un bárbaro para complacerse en la camaradería estudiantil. Por punto general, entre escolares, los instintos bestiales salen al exterior en oleadas y, so pretexto de compañerismo, allanan
las barreras que, para hacer posible la vida en sociedad, erige la
educación. Una masa de estudiantes degenera velozmente en turba,
ligada por la bajeza común. Y todo hombre que no esté atacado de
futilidad incurable y aspire a formarse en el curso de la vida una
conciencia noble, no hace sino emanciparse de aquella necedad primaria, que cuando más es, no rebasa el nivel de la licencia chabacana y sin sentido. Muchas gentes acarician las memorias de sus años
estudiantiles, ponderan su dulzor y vuelven hacia ellos los ojos tiernamente, pensando que fueron la edad de oro de su vida. Es aberración del entendimiento, a no ser que los tales hayan arribado a situación más aflictiva, por ejemplo: a presidiarios, o rememoren en efecto la juventud que ya perdieron, sin discernir entre su esencia y los
accidentes pintorescos.
No tengo por qué alabar la sociedad del colegio. El fastidio de
tantas horas vacías devorado en común, la pesadumbre del encierro,
la privación de afectos suaves y el ver frustrados los gustos individuales por el rasero de la disciplina uniforme, añadían no sé qué
punto ácido a la mezcolanza de los modales e inclinaciones divergentes. Mundo en miniatura, gota de agua, donde era harto más difícil
que en la charca en que me ha tocado vivir el uso de estos lenitivos
contra la aspereza del trato humano: elección y soledad. Aislarse parecía sospechoso, o siquiera raro. Más lo parecían, por algunos escarmientos que hubo, las amistades particulares. Formábanse, con todo,
asociaciones limitadas que, en lo más sabroso y cordial de ellas, eran
222

secretas. Qué destino presidía en su nacimiento, yo no ¡0 sé. Afinid~des profundas y sólidas _n o serían, porque no he visto subsistir
mnguna fuera ~e los muros del colegio, y las amistades que conser~o desde tan leJos, no son sino amistades rehechas, injertas en el antiguo tronco, pero maduradas en otra sazón y tocadas con otro cont:aste. El brote de aquellas preferencias apasionadas era pues azanen~o; no ven~an determinadas por elección verdadera, ~ lo q~e se
poma en comun era un sentimentalismo caedizo y fátuo irritado 0
falta de empleo., Unían~e en piña cerrada un cabecilla' y dos O fre:
secuaces. :r¿ostrabanse Juntos en el billar, en el gimnasio y demás recreos. Hacian rancho aparte en los holgorios campestres cuando nos
lle:aban al Batá~ o a la ~uente de las Arenitas a come/ la paella de
re0 lamento.. Teman reuniones clandestinas en alguna celda, por la
tarde, para Jugar al monte y al tresillo y leér novelas, 0 bien, de raro
~n raro, por la noche, hasta las altas horas, sobre todo en el buen
t~~mpo, estándose de. codos e~ la ventana, en inocente contempla~10n, callad~s, para oir el concierto del álamo sonoro y del sapo flauti_s!a Y embr~agarse en el oreo voluptuoso de la Herrería. y a la funcron ~e suphr por la intimidad de que el colegio hacía tabla rasa, estas al~anzas acumulaban otra, puramente defensiva contra los desmanes aJenos.
La sociedad del colegio enseñaba a ser cauto. No había que fiar
mucho en los arranques compasivos de los mozalbetes; por añadidura, se.recriaba allí un enjambre de zánganos, de haraganes de café
(recluidos en El Escoriaf para tentar fortuna en los exámenes al ampar~ de_la supuesta ~nfluencia de los frailes), gente careada al vicio y
no limpia d~ baratena,_ que se alzaba con la prerrogativa de escoger
el hazm~rreir de_l coleg10. Proveían el cargo con ineptos, con tímidos,
con al~un afemmado o algún triste que anduviesen vagando entre
fil•as sm haber hallado cobijo amistoso. La Universidad le reconocía
por víctima; mas, con reírse de él a toda hora y mentarle con despre223

�✓

LA PLUMA
.
na rotección singular le amparaba~
cio, no dejaba de advertir q~e u fe los estudiantillos de poco más
cubriéndole contra las agresione_s
I
a pandilla de igual ca. M mferro o a o-un
o menos: era que cualquier a
. º con la limosna de una
.
d 1 · f 1· v le socornan
laña se apropiaban e m e iz - ta n silencio burlas, denuestos y,
tutela aparente a cambio de sopor ~ e . en tal servidumbre con.
1
,olpes Los mas ca1an
.
por descuido, a gunos g
.
. concertar entre iguales
d
f Ita de arrestos pai a
tra su volunta , por a
t
mentecatos a quienes hu.
· · Pero o ros
'
aquellas hgas de protecc10n. d 1
édicos aceptaban de grado
'd
en manos e os m
,
hieran debi o poner
- podían llevar por el abet
te que a sus anos
'
esa vida, la más tor uran
d t s del vicio y parecer uno
rrado gusto de hombrearse con los oc ore
.
nderaban en la sociedad del
de eJlos.
Estímulos de esta m~olelp repdo hombres avezados, no había.
. p
a echarnos as e
. .
colegio. ropensos
.
1 entajarse en expenenc1a semás cabal signo de hombna qu~ ~ e::ierro atenazaba la imagina1 c~legio brincaba animalxual. El erotismo exacerbado poi eb
. d 1 de todo otro ce o, y e
b
ción • apartán o a
.
• , de la carne alumbra a
b
La msurreccion
mente, azuzado por la rama.
d se tri·unfaba de ella: la con. · · cluso cuan
siempre aquel vivir, m
1 cha· Jo que nos atosigaba
. .
"b formando en esa u
,
ciencia rehg10sa se i a
.
"
as de relio-iosidad exaltada y
o·
1 1 s· y ciertas 1orm
no eran dudas teo oga e ,
.
d
se tuvo noticia no estaban, .
.
.
o tificaciones e que
. f 1
duras penitencias y m r
d 1 . . Casos de contagio u . d f mentos e UJtma.
en lo hondo, limpias e er
.
table que el de un madrileh • inguno mas no
minantes hubo mue os. n
d I 1 terra donde se había educado,
ñito de sangre azul, que llegó e ng a t ll~no y cándido como una
. 1 d
palabras en cas e
.
sin saber articu ar os
pocos días aprendió a emp aloma. Tenía diez y ocho anos. Eln másuyterne y a jactarse de la su'
b¡ f mar como e m
bo1Tacharse y a as e
E a una diversión oírle ensayar
evas costumbres. r
ciedad de sus nu .
ocabulario que iba adquiriendo.
.
con lengua estropaJosa el v .
. d el más gustoso remedio
El retiro en la celda debiera haber si o

°

224

LA PLUMA
contra los sentimientos desapacibles que la perenne convivencia de
tantos jovenzuelos no podía por menos de fomentar. Encerrarse entre la:, cuatro paredes era salir a otro mundo, y al recuperar la posesión tranquila de sí mismo, se alejaba infinitamente aquel en que uno
solía estar, como si el alma, agigantada de súbito, lo perdiese de vista.
Mas no todos, por de pronto, podían soportar la soledad. Algunos
hablaban con terror de las horas que por obligación habían de pasar
en la celda: el aislamiento durante el estudio, ya de noche, era para
los tales un suplicio. Se paseaban arriba y abajo en el aposento, como
fieras enjauladas, o leían en alta voz o canturreaban, porque al oírse
se creían más acompañados. Conocíamos además una disposición del
ánimo, una manera de tedio, específica del colegio, que en el aislamiento se enconaba, lejos de curarse. Era un descontento sin causa
aparente, un aborrecimiento de sí, donde venían a condensarse el cotidiano desplacer de la personalidad en ciernes y los chascos por
que ya se juzgaba acreedora de la vida. No nos apretaba la tristeza,
sino el furor, o entrábamos cuando menos en una predísposición a
la cólera muy peligrosa y pasábamos del abatimiento a la iracundia
por la ocasión más fútil. Entonces el colegio parecía solitario, frígido
y repelente como nunca. Entonces las personas parecían más encastilladas, más incomunicables.
Estos eran los accesos violentos de un mal que, atenuado, padecían iodos: la pesadumbre del tiempo. El tiempo nos aplastaba, y
como estaba tan vacío, era menester que llevásemos encima montañas de tiempo, masas de tiempo incalculables, para sentirnos así agobiados; hubiéramos querido volarlas, despedazarlas; hubiéramos querido asesinar el tiempo. Era nuestro enemigo, pues se interponía entre el momento presente y el indeciso mañana, en que la vida iba a
empezar a ser valiosa. El espíritu adquiría el hábito de no contar con
el instante que pasa y de proyectarse violentamente sobre el futuro,
sobre un futuro sin fecha ni nombre, que no tenía otro valor que el

�LA PLUMA
.
1 ho Todo en nuestra regla nos indude ser escapatoria abierta en e . y.
desden-able· en primer lugar,
unto de espera
·
,
cía a creernos en un p
1 . . suJ· etos hasta que fuese¡ 1 razón de aque vivir
el at,arato forma Y a
. ·dad en que yacía nuestro
d
, la absoluta oc10s1
mos hombres; y espues,
, ·1
·en pretenda que a un mozo
, .
1
. erá inveros1m1 a qui
. .
espmtu. El o paree . l induce con fi rme suavidad al recog1m1enl
la disciplina del co eg10 e
. t ·ormente menos dirigido.
t do nunca m en
,
.
to. Yo no me he e~con ra
ar el Ebro, en una barca sin remos nt
Iba, como Don QuiJote al surc
d spedazase. Todas las noches,
. . l
. no es mucho que se e
.
h
Jarcia a guna,
t •ábamos en 1a cap1·11a·' un fraile nos ex orantes de acostarnos, en I
. d
n·os y démosle gracias por
,
n la presencia e 1
. .
ás
taba: «¡Pongamon_o~ e '
haber tenido entonces el juicio m
los beneficios rec1b1do~.» De hubiera hecho en aquellos minutos
afilado y sobre todo mas atento,
. as
de meditación comprobaciones angusttos .

IV

_
C• oyó golpes débiles en
d . ·erno mi. companero
Una noche e mv1
. , d la cama· a medio vestir pasó a
t Se an-OJO e
'
un tabique de su cuar o.
p d M Halló al fraile incorporado en
la celda contigua. Era la del a re . t Sobre la colcha yacía un
el lecho, envuelto el tronco en una manl ad... .
. e
mustia el Padre e lJO.
d
libro abierto. . on voz .
edado frío leyendo y no pue o
-Socórrame, por D10s. Me he qu
desdoblarme.
.
ron al enfermero. Fray Marcelino,
.
1 Padre cobró un poco
Le ayudó a estirarse. Llama
.
d. ó con unas fnegas, y e
lucio y sonriente, acu l
No fué corta nuestra algadel calor que le negaba su pobre 'standgare.el mismo fraile nos contó su
1 d' ·guiente en ca e r '
1
zara cuando a ta si
. '
, ·1 fl
eza macilento de co or y
Era
en
efecto
de
mveros1m1
aqu
'
'
apuro.
,
226

LA PLUMA

de ánimo, y más de una vez creímos que moriría así, destruido por
clima tan rudo. La sonrisa amarga que de tarde en cuando se desperezaba por entre sus barbas densas de cuatro días, y aquel mirar de
carnero triste con que ácompañaba la relación de su penuria, le
hacían, más que lastimoso, repulsivo. Tenía un pronto desapacible,
ágrio quizá; antojábase hombre de rigor y esquinado; en el fondo
sólo era exánime. A este fraile en cecina llamábasele en el colegio «la
Pescada». No sé si vive o está muerto. Es probable que el ventarrón
de El Escorial lo haya arrebatado y se halle, nuevo Elías, vivo en
otra esfera.
Dos años arreo me tuvo este fraile bajo su laxa férula. El achaque
de sus dolencias servíale para escurrir el bulto como un estudiantillo
disipado. Todavía, al profesar el derecho canónico, el peso de su
reputación propia le obligaba a contenerse. Teníanle sus correligionarios en opinión de canonista de muchísimos quilates: nunca le oí
sino parvas glosas de un texto raquítico; pero era asiduo, y grave, y
bien se veía que había leído unos libros mucho más gruesos que
nuestros pobres libros. Premioso en el discurso, no más suelto de
lengua, al empezar a salirle de la boca los períodos, despacio, reptantes, entablillados con muletillas y apoyaturas, parecía como si se
le volviesen hacia adentro, y los mascullaba, tornando a proferirlos
entre náuseas, mientras movía la mano flaca que le colgaba con desmayo de la muñeca, como un trapo pendiente de un asta. Usaba sin
tino de los adverbios de modo: «El concilio de Nicea, que generalmente se celebró el año de tantos ... », solía decir. Entre su saber, incomunicable, · y nuestra desgana, quedaba una zona muerta que ninguno intentó salvar. Andábase por ella el Padre musitando cánones
con respeto, con unción, poseído de religioso temor ante una materia de tan augustas concomitancias.
Sellamos pacto de alianza con el fraile al curso siguiente, cuando
vino sin pensarlb a regentar otra cátedra. El pobre, al pisar terreno
227

�LA PLUMA

LA PLUMA
o supo dónde dar con sus huesos: se pasó a nuestro bando.
nuevo, n
des nombres·
Los simoníacos Prisciliano, Trento, Letrán... son gran
. '
ero la ley de Minas, las Diputaciones provi~ci~les, lo Co~tenc1oso,
p
de ue sólo se trata en las oficinas pubhcas. Un mismo asco
~:~::cibl~ nos unió, y, puesto que habíamos de correr juntos aq~~l,la
mala fortuna, resolvimos adoptar la postura m~ ~ómo_da: la decision
tácita fué que nos ocuparíamos del derecho adm1ms!rabvo tanto como
de las lluvias de antaño. Suspendimos el uso de baJar a las a~las, que
eran muv frías: el Padre nos convocaba en su celda, y haci:ndonos
t e~ torno de la mesa abría el libro de texto por el c~pitulo de
:::d: Los alumnos proseguíamos a media voz el coloquio comenzado ~n los pasillos, o lo abríamos gravemente, dejand~ caer . ~n los
silencios bien medidos alguna palabra dicha por la i_ntenc1on .del
.
d .aba de acudir al señuelo, y la conversación, al punto,
d d
f nción
fraile que no eJ
. '. or más de una hora. Nuestros temas, gra ua os en u
rev1v1a P
,. 1 ·
ección de
. .
de su oder aliciente, eran el tiempo, la pohbca, a m~urr
FT . p La historia anecdótica de El Escorial, las glonas agustuuan:;:~~ún cuentecillo o chuscada, traídos de Madrid por los esco·smos componían el picante sainete. Cuando, por raro caso,
1ares m1
,
f ,
· Sao-asta
. la lluvia ni el viento, ni la nieve, ni el ca1or o e1 no, m
º- ,
n~ C,
, ni Don Carlos ni los republicanos, ni «el companero
m anovas,
'
· t d en tierra
d,
Iglesias» ni otros cebos apetecibles daban con su vir u
nos bas~ba pronunciar, a manera de ensalmo, ª:~una palabra ~
t s· Rizal Polavieja Ymus; o bien: masones, pns1on~ros, autono
es a .
,
1 Padr~ se despabilara y clavándonos la mirada morla
mía para que e
. ? A
tec~a inquiriese. «¿Qué? ¿Pasa algo nuevo? ¿Qué d1c_en » veces,
cam ana que nos llamaba a comer rompía el coloquio.
~¿Tienen alguna dificultad en la lección de hoy?-preguntaba el
Padre.
-No señor; ninguna.
-En~onces, para mañana la siguiente.
228

Este maestro gélido gustaba de sacar al sol su pereza. A veces,
en los días de primavera precoz que suele traer febrero, nos llevaba
a pasar la hora de clase en el jardín de los frailes. Salíamos tras él
de la Universidad, como a hurtadillas, y por las galerías que cierran
la Lonja, del lado de los Alamillos, ganábamos la de Convalecientes
y luego el jardín. Íbamos desde la oquedad fría de nuestros corredores, desde la desnudez agria de las paredes blancas, desde los
ruidos tristes del Colegio, a bañamos en el aire azul en un ámbito vaporoso, sin límite, protegidos por el silencio flúido de uno de
los lugares deleitables del mundo, donde reina el egoísmo certero de
las lagartijas. Estos animalillos se dejaban difícilmente sorprender
por nuestra saña. Despatarradas en la barbacana, sobre el voluptuoso
lecho de líquenes viejos que vegetan en el granito, en.sintiéndonos
llegar se arrojaban de golpe a las madrigueras. Allí las íbamos a buscar, hurgando en los intersticios de los sillares. Algunas nos dejaban
entre los dedos su apéndice caudal; nuestra cultura era ya demasiado
fuerte para creer que los quiebros y meneos de los rabillos cercenados fuesen-como nos enseñaron en la infancia-maldiciones. El
hechizo del jardín a tales horas era un sosiego gozoso, una paz-paz
sin melancolía ni barruntos, paz toda en sazón y fluente-que nos
devolvía el alma a la externa quietud dominical, donde se mece en
la holgura q4e dejan las normas cotidianas abolidas. El sol reverberaba en las pizarras, en los cristal~s, en la haz del estanque: el lienzo
de granito, entre las dos torres, hiriente e impasible y sin fondo, por
lo común, se arropaba en una atmósfera más densa, suave, donde
temblaba la luz. Y en el aire, cargado del efluvio de los bojes, había
ya un esplendor, promesa del regocijo de la Pascua. ¡Qué bueno el
sol, metiéndose por las ventanas en las celdas de los frailucos, llevándoles tanta alegría y ésta paz! Uno asoma su bulto negro, estáse mirándonos muy quieto y de pronto ha desaparecido. Otro se ensaña
en arrancarle a un violín vagidos discordes. Estarán todos en sus
229

�LA PLUMA

celdas, quien leyendo o meditando, quien paseándose arriba y abajo
con el breviario registrado en la mano, farfullando el rezo. Y el Padre
Víctor, en la sala priora! estará enseñándoles Madrid a unos visitantes forasteros, con aquel catalejo puesto en un trípode. De pronto
una campana voltea, voltea dentro del monasterio. Los frailes salen
de sus celdas, siguen los claustros lóbregos, cruzan por el lucernario donde está una fuente que surte agua por cuatro caños en un
pilón de granito, y entran en el refectorio, tan frío, con relente a condumios. Nuestras horas son otras. Nos quedamos en el jardín. Me
gusta echarme en la barbacana, cara al cielo, con las manos bajo la
nuca, inmóvil por no despeñarme a la huerta. El hortelano sorrapea
el suelo, suelo blando, vahante; se oye el tíntineo de la azada al chocar en las pedrezuelas. La galería y el árbol, la torre y la montaña
periclitan; uno está como suspenso en el aire, y le sale al encuentro
la cigüeña, que se alza ensanchando sus giros y lleva en el pico leña
para rehacer su casa en la chimenea y en la garra un palitroque,
MANUEL AZAÑ'A
(Continuará.)

1

¡'I

''

MANANT·IALES EN LA RUTA
( LIBRO lNÉDITO)

DiNERO
. 9Jinero que yo no tengo,
dznero que tú tendrás·
ensueños que yo pose~
Y que tú no poseerás.
Un día nos moriremos
nos llevarán a enterrar: '
serán las fosas iguales
Y la tierra será igual.
cSe harán ceniza tus manos
las mías también se harán. '
las tuyas de gastar oro '
las mías de no gastar. '
cSerá polvo tu cabeza
'
la mía polvo será;
la tuya de pensar poco
Y la mía de pensar...

. ·¡

�LA PLUMA
I, A PLUMA

LA CARRETERA BLANCA
¡C:arrefera blanca de mi pueblo! ..Cenfo
caminar del coche por sus curvaturas;
carretera hecha para el sol y el viento
y para el olvido de mis amarguras.
'i/o siempre que viajo voy en el pescante
enfermo de sueños y misantropía,
can los ojos fijos en lo más distante,
buscando el camino del pró:&gt;.imo día.

·' .

'JI las horas pasan y

el coche camina;
en el mar navegan los blancos veleros,
el sol en los montes lejanos declina,
y mi alma siempre por otros senderos...

6s la carretera para mí un camino
por donde viajo con el corazón,
al par que en lo ignoto soy un peregrino
que lleva en sus alas la imaginación.
..Clenan la campiña árboles frutales,
bajo sus ramajes se escucha una voz,
y las amapolas entre los trigales
parecen las huellas de un delito atroz.
..Cadran los mastines de viejos pastores,
' y el alma recoge sus dulces ladridos
que para su amable ternura son flores,
rumores de fuentes y cantos de nidos.
¡Casas de la orilla de la carretera,
de techos bermejos y puertas cerradas,
tenéis el cariño de mi alma viajera
oculto en el polvo de vuestras fachadas!
¿fNo hay una muchacha bella y ruborosa
que se asome al marco de vuestras ventanas,
cuando es oro el cielo y es la tarde rosa
y en los corazones hay son de campanas?
232

J ¿e1,ué hviajero extraño la suerte ha tenido
.
ae escuc ar. un can t t ras esas vidrieras
en cd,yos cristales el polvo ha vencid. ,
a to as las brisas de las primaveras/

1

°

.¡
. ¡

pe~~;j :~l~l'7o!d~ 'Jeª'es~:squcaésmes &lt;f.~l año,
• dº
as VleJas
q ue e~ Sl·¡.encw
leen historias de antaño'
que aun guardan sus largas techumbres bermejas?
_. ....Cos caballos frotan arrastrando el
h
mls ojos se pierden en la lej ,
coc e,
los montes azules anuncian ¡~"':z~che
.Y en el alma brota la melancolía.
..Cos árboles verdes se quejan al viento
:¡mar fo~na _oscuro su azul cristalino; '
corazon ilembla, y mi pensamiento
recoge el encanto que hay en el camino ...

C A N TO S

DISPER S OS

CANSANCI O

_Yo me canso del camino ...
cSl~ embargo, hay que pensar
que amargo será el destino
del que no tiene camino
que andar...
AMOR

¡fNo se salvará mi vida
de esta dolencia fatal,
porqlfe es la mano homicida
la mlsma mano elegida
para que me cure el mal!

., .
' , I

'¡

'1

FERNANDO GONZÁLEZ
2 33

�LA PLUMA.

PÁGINAS INACTUALES

DEL ES PÍRITU DE CONQUISTA
un pueblo es naturalmente belicoso, la autoridad que
le domina no necesita de engaños para arrastrar!~ a lag;¿~
Atila mostraba con el dedo a los hunos que pa~te
==~do iban a devastar, y allá corrían, porque Atila :ra
,
d, su impulsión. Pero en nuestros dias,
mero representante y organo e
. l na y es sólo map cura a los pueblos venta;a a gu
como la guerra no ro
de . . t
la a1&gt;ología del sistema de
nantial de privaciones y de pa czmien os, . r
.
'l puede descansar en sofismas e imposturas.
conquista so o .
b donándose a proyectos gigantescos, se
Ningún Gobierno, aun a an
.
l
do La
atrevería a decir a su nación: «Marchemos a conquistar e munuis:~ del
. , le respondería con voz unánime: «No apetecemos la conq. l de
Pero hablaría de independencia nacional, de honor ~aciona .' ta
do de~r las fro'nteras, de intereses comerciales, de precauciones dzc ~
re
n la prevzszon,
.. , é·de qué más~·. No lo sé. Porque el vocabulario
das por
.
,
de la in1·usticia es inagotable.
fa lzipocresia Y
:;
.
.
. l • dependencia de una
b., . deHablaría de independencia nacional, como si. a zn
nación se viera comprometida porque otras naciones sean tam un zn

[l
:::º;,.

234

UANDO

pendientes. Hablaría de honor nacional, como si el honor nacional se
lastimase porque otras naciones conserven el suyo. Alegaría la necesidad
de redondear las.fronteras, como si tal doctrina, una vez admitida, no
extrañase de la tierra el reposo y la equidad; porque siempre es en el
exterior donde los Gobiernos quieren redondear sus fronteras. Ninguno
ha sacrificado, que se sepa, alguna porción de su territorio para dar al
resto mayor regularidad geométrica. Así, el redondear las fronteras, es
un sistema cuya base se destruye por sí misma, cuyos elementos se combaten entre sí y cuyo empleo, como sólo descansa en la expoliación t1e-'
los débiles, contagia de ilegitimidad la posesión de los fuertes.
Cualquier autoridad que quisiera acometer hoJ' conquistas extensas
veríase condenada a esa serie de vanos pretextos y de nzenriras escandalosas. Culpable sería, ciertamente, y no trataremds de atenuar su crimen; pero el crimen no consistir/a en los 11·7edios empleados: consistiría
en elegir voluntariamente u1ta situación que acarrea el empleo de tales
medios.
Tendría, pues, que hacer la autoridad, sobre las facultades intelectuales de la masa de sus súbditos, la misma labor que sobre las cualidades morales de la p~rción militar. Tendría que esforzarse por des.terrar toda lógica de la mente de los unos, como antes habría tratado de
ahogar los sentimientos de humanidad en el corazón de los otros; las
palabras perderían su sentido: el nombre de moderación presagiaría
violencia; el de justicia anunciaría iniquidad... , y sería tanto más corruptora esa hipocresía cuanto que nadie creería en ella, porque las mentiras
de la autoridad no son funestas solamente cuando extravían y engañan
a los pueblos: lo son igual cuando no los engañan.
Los súbditos que entreven la doblez y la perfidia en los de arriba, se
amoldan a la perfidia y a la doblez. Quz·en oye calificar de gran político
al Jefe que le gobierna, porque cada línea que publica es una impostura,
desea a su vez ser gran político en una esfera subalterna; la verdad le
parece simpleza, habilidad el fraude. Si antes mentía sólo por interés
,.
235,

,,

·.¡
'1
' 1

1

�LA PLUMA
mentirá en lo sucesivo por interés y por amor propio. Se envanecerá de
ser granuja; y si ese contagio entra en un pueblo esencialmente imitador, en un pueblo donde lo que más se teme es pasar por tonto, la moml
privada no tardará en perecer al nazifragar la moral pública.
...Si suponemos, no obstante, que todavía flotan vestigios de razón,
ello será, por ciertos respectos, un nuevo mal añadido a tantos otros. La
opresión tendrá que suplir por la insuficiencia del sofisma. Buscando.
cada cual el modo de sustraerse a la obligación de verter stt sangre en
expediciones cttya utilidad nadie Iza podido demostrarle, menester será
que la autoridad pague a una_ turba ávida, destinándola a quebrantar
la oposición general. Se verá entonces recompensar y fomentar el espionaje y la delación, eternos valedores de la fuerza cuando crea deberes y
delitos ficticios; se verá a, los esbirros, sueltos como dogos fieros, por ciudadts y campos, perseguir y encadenar a los fugitivos, inocentes a los
ojos de la moral y de la naturaleza; a una clase preparándose para todo
género de crímenes, por el hábito de violar las leyes; a otra clase familiarizándose con la infamia, por vivir del infortunio de sus semejantes; a los padres castigados por las culpas de sus hy·os; el interés de los
hijos divorciado así del de los padres; a las familias obligadas a escoger
entre reunirse para la resistencia o dividirse por la traición; el amor
paternal transformado en delito; la ternura filial tenida por rebeldía. Y
todas esas vejaciones vendrán impuestas, no para una defensa legítima,
sino para adquirir unos países lejanos, cuya posesión nada aiiade a la
prosperidad nacional, a menos que no se llame prosperidad nacional a
la vana nombradía de alg unos hombres y Stt funesta celebridad.
.. .A lgunos se admiran de que ciertas empresas, por maravillosas que
sean, no produzcan e,, nuestros días sensació11. Es que el buen sentido ck
los pueblos les advierte que tales cosas no se hacen en su servicio. Como
los jejes son los únicos que en ellas se gozan, se les hace cargar solos
con la reco1npensa. El interés por la victoria se concentra en la autoridad y sus criaturas. Se alza entre el Poder, agitado, y la mucludum236

4

LA PLUMA
bre, i~móvil, una barrera moral. El triunfo es un meteoro estéril; apenas_ si, por contemplarlo un momento, alzamos la cabeza; hasta nos
af!ig_e a veces, como aliciente ofrecido a los desvaríos. Lloramos por las
victimas, pero el fracaso es apetecible.
. Las naciones comerciales de la Europa moderna, industriosas, civilizadas, dueíias de un territorio lo bastante extenso para cubrir sus ne~esidades, y que mantienen con los demás pueblos relaciones cuya mera
mt~rrupció,z equii1ale a un desastre, nada tienen que esperar de las conquzstas. Una g uerra. inútil es, pues,· el atentado más grave que puede
co,,~eter hoy un Go~zerno: conmueve, sin compensación, las garantías
sociales; pone en peligro todo género de libertad; lastima tottos los intereses; conturba la seguridad; pesa sobre las fortunas; combina y autoriza
~odo_s_ los modos ck tiranía interior y exterior; introduce en las formas
;udiczales una rapidez destructiva de su santidad y de su fin; tiende a
representar a todo hombre a quien los agentes de la autoridad miren con
m_alos ojos, como cómplice del enemiro extranjero; deprava a las generaci_ones nuevas; divide al pueblo en dos partes, que mutuamente se desprecian Y pasan de btten grado del desprecio a la injusticia; prepara, con
las destrucciones pasadas, las futuras; compra, con los males presentes,
los ckl porvenir.
Es necesario repetir a menudo estas verdades; porque la autoridad,
en su desdin soberbio, las trata de paradojas, llamándolas lugares
comunes.
BENJAMÍN CONSTANT

·1

�-

LA PLUMA

---

otras dos obras de vasta envergadura, Euroja, y Chronik d. Begim, XX 7ah,·hunde,'ls, han dado a la prosa expresionista una textura menos seductora que
la de la prosa de Kasimir Edschmid, pero más sólida.

LETRAS ALEMANAS
CARL STERNHEIM
.
de «Letras alemanas, hablé de Gustav
mi precedente crónica
. ta Un hombre así se sus.
ensay1s •
0
Landauer-fil6logo, soc16log Y_ .ti ·160 rebasa los límites de
.ti ·6 y su s1g01 cae
..trae a toda clas1 cac1 n,
.
H blé de él porque representaba
"
d
a estética. ª
una escuela o e un
t
del genio alemán contempouoo de los aspectos más atrayehn e~ h hecho del crítico de Shat · t muerte ero1ca a
,
ráneo, y también por~ue su nsled la revolución, como Liebknecht es el s1me
el
Símbolo mtelectua
kespeare
. .

[I

N

1

bolo po 1tico.
d. del expresio:Hsmo,
, •
•
d e l que , en m1 primer
Quiero
reanudar hoy el estu 10 l'
generales características. Me proé
· · t o de
artículo ya me esforc en t ra zar las1 mease han levantado ese mov1m1en
'
recen a os qu
·
·o
pongo estudiar como se me
o haciéndolo entrar en el patn mo01
renovación literaria hasta el plano curiope ' meraciooes y las listas por orden
epuanan as enu
de Occidente. y como me r
?
t d1·ar sucesivame nte a los tres expreé t
cr6n1cas a es u
o·
de méritos, consagrar res
. C 1 Sternheim, novelista y dramaturg '
más grandes. ar
1
sionistas de la P urna
.
't'co y Franz Werfel, poeta.
Kasimir Edschmid, cuentista y en i '

* * *
.
la época de tan t eos, Pero también de victorias ay de
un
Carl Sternhe1m, en
.
mana contemporánea, ocup
1e
firma
la
hteratura
ª
¡
e
realizaciones en que se a
t
de vista· en el teatr0, para e qu ha
puesto primordial, desde_ ~os pun os d
ge~eradón; y en la novela, donde
escrito las obras más dec1s1vas, acaso, e su

Car! Sternheim es el tipo del «cerebral,. Se proclama a sí mismo el hombre
más inteligente de Alemania, y, como en todas sus paradojas, tampoco cu esta
se engaña. No creo que a Sternheim le hayan refutado nunca o cogido ea falta.
La pujanza y la obstinación de este hombre en tener razón son de una crueldad
implacable, y puede decirse de él, más que de ningún otro escritor, que posee
una «inteligencia terrible•.
Car! Steruheim, antes de la guerra, llevaba una vida europea. Gozando de
la libertad q ne le daba su fortuna, pasaba la vida iostru yéndose con los viajes,
o más bien, con residir en todos los países occidentales, e investigando minuciosamente la vida de las sociedades en sus diversos órdenes. La guerra le
sublevó, pero como era demasiado cínico y demasiado pesimista para convertirse en apóstol, se cnntent6 con oponer a la guerra su denegación personal, y
refugiado en Suiza, escribió libros densos, notables, donde se afirmaba la persistencia europea.
He dicho «densos,, y estoy tentado de escribir misteriosos. La estética de
la novela en Sternheim, su estilo y su lengua, son como para repeler a un extranjero; mientras que sus dramas, siempre de ex:tremada tensión, no ofrecen
al espectador motivo alguno de inquietud, sus novelas engendran pavor y recelo. Una anécdota pretende que Stendhal leía, antes de ponerse a escribir,
unos capítulos del Código civil, a fin de empaparse en su concisión y sequedad. Diríase que Sternheim sigue su ejemplo, usando, en bgar del Código, la
geometría de Euclides. Su pluma va trazando en las frases triángulos y rectángulos de aristas hirientes; cuanto pudiera desviarla se suprime o se destruye,
o queda rele.gado al final de las proposiciones; no s6lo se sacrifican los adjetivos, sino los verbos y los substantivos; todo se amolda a su fantasía y a su antojo, a la necesidad de su concisión.
Hablo aquí de Eu,·opa y de la Ch,•Mik, densas novelas en dos volúmenes,
donde, en el marco geográfico de Europa occide ntal, se desenvuelven todas
las peripecias y aventuras de la historia contemporánea. Un repaso de acaecimientos auténticos se entreteje con la novela propiamente dicha, pero siempre
prevalecen aquellos acaecimientos, y en torno de ellos Sternheim acierta a
postrar de hinojos la atención de sus lectores. Por !o demás, de sus libros no
se saca conclusión alguna: son meros testimonios, simples relatos, de gran
elevaci6n de miras y de rara claridad, pero sin fines apologéticos.

238
2 39

:1

�LA PLUMA
Desde hace un año Car! Sternheim ha publicado, para servir de contraste aesas obras tan recias, dos novelitas satíricas, la primera acerca de Berlín, la
segunda titulada F~irfax, que a mis ojos tienen más preciosa significación e
importancia que las precedentes.
Sob:e todo, me parece valioso Pair/ax, ya que Ber/ln no está exento de
cierto periodismo, de índole superior, en que d ingenio peca de fácil y de no
mucho relieve.
Pero no ocurre lo mismo con Fairfax; hay en él, incluso, una evolución ar tística, y la lengua es mucho más clara. Sin embargo, no creo que de eso pueda
inferirse que las concepciones del escritor se han modificado. Fairfax es una
obra de carácter muy especial: es un breve bosquejo, henchido de alusiones,
pero sobrio en los detalles, y que narra en forma casi esquemática el encuentro de la América de los multimillonarios y del Occidente en la agonía.
Sternheim, como si ansiara descansar tras el dilatado esfuerzo que viene
haciendo desde seis años a esta parte, se distrae con esta nouvelle, en la que
reaparecen la ferocidad crítica y el humor de sus comedias.
La Alemania nueva, como la de ayer, entie11de poco de humorismo, y el
capítulo de la sátira, en su literatura, se reduce a pocos nombres y a pocas
obras, de una importancia relativa. (Sólo hablo aquí, por supuesto, del siglo
xix, y más particularmente de la Alemania imperial). Ha acogido, pues, con
estupor mezclado con recelo ese Fai1fax inesperado, y hace en torno suyo mucho ruido, tanto más, cuanto que por la facilidad del texto no queda esta vez
limitada su posesión a un corto número de escritores o de curioso!&gt;.
l'.airfax ha ganado una fortuna fabricando municiones. Cuando la paz viene
a poner fin a su industria, trata en vano de acomodar ésta a aquélla. Al punto
se embarca para Europa, con su hija Daisy y un séquito abigarrado; visita luego-iba a decir oficialmente-Inglaterra, Bélgica, Francia, Suiza y Alemania.
Es imposible seguir a Stcrnheim y a Fairfax en todos los giros y revueltas
de sus aventuras. Se trata de una historia muy viva de color, donde se va ins~rtando la sátira del mercachifle internacional, del servilismo europeo ante el
dólar, y de la mentalidad que ante los apuros y el suicidio de Occidente ddatao los que nuestra candidez idealiza. El interés y el valor extraordinario de
este librito residen en la inteligencia con que el autor ha condensado en pocas
páginas los rasgos capitales de todas nuestras p~icologías europeas, añadiendo
las anécdotas bastantes para que el héroe despliegue ampliamente su carácter.
Para darse cuenta de la magnitud de la empresa a que ha dado cima Car!
240

.

LA PLUMA

Stcrnhcim
en este l"b
. de och t á .
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analizarlo. Desde el un
. en a p gmas, y de su críe .
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cc16n, es menester
fuerte. La maestría ni-empleando una palabra maoose~~c el autor no ha hecreo q&lt;1c haya en Fr~~:i:upone (sin ostentarla insolcnteme=~e)pcr~ cla~a-más
dera grandeza la sob . d muchos hombres capaces de
es mli01ta, y no
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nove1a de aventuras sume
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~sor1entadas, un valor de eter11id d en la extravagan_
s· . .
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a a que pocos libros
. • ius1sto de este modo e
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c1onaJ valor y des
n Fairfax es lo primero a e
alemana. Pero no pu_és porque es una de las grandes n ausa de ese exccpp.'nn XX ')'ah·' ~lv1do, en provecho de Fair"ax E ovedades de la librería
11m11aerts que
.1 • ,
uropa ni Ja c.,'½
su psicología
'
, por 1a vastedad de su d
ronik d. Bemás . .
• son una especie de epo e a
esarrollo y h pujanza de
P• ec1osos de nuestro f
P Y ' Y quedarán entr.- lo d
dicho, hay e n esta b
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v &lt;¡ue ha querido com .
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t·s una síntesis y
pensar cou su estilo hermético)
.
rnhe1m no niega
.
. una conclusión.
' mientras que Fairfax
Sin el"lbargo, por mucha ue
des obras, la prosa no se q se~ la admiración que merezcan
Car! Sternheim y el
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porvemr se dete1 d á ás
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d ':- , pienso yo, ante su teatro
e
om ro! que representará esta é
e e md de su generación es d ..
iue más tarde se llamará el Ex:oca_ de_ concentración artística' cstaec1r'. ~l
1 chekh_ov y Andreieff, con Beroardr;~1:;•smo. Con Ibscn y Stri~dberg cr~::
os genios auténticos del teatro co t
y J. M. Synge, Sternheim es u' d
Sus dramas son
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n emporáneo.
· no e
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mue os. u estilo care d ¡
c1 uc1 ca su prosa-ya lo he dichoce e a complicación voluntaria q
en marcos geométricos. No contc
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como sus novelas, las costumbr
la filosofía de los h b
es y la filosofía del siglo s· 1
mplan,
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om res. Su teatro n
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' mo as costumbres
h:~bcontemporánea; el asunto de lasº ::~ase~ mo~o. alguno ligado a la atmósY_
re con sus cualid1des y &lt;.lefectos et
ram hcas de Sternheim es el
•nu~lvo Moliere,, nombre que él ha recoa~~nos. Por eso han podido llamarle el
teatro de Sternhc·m
.
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1 es, sm
Las ·
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r m_1smas preocupaciones Jo animan y e~ 1 a misma
casta qu&lt;- sus novelas
igcnc1a roe, como un ácido, cuanto t~ca 0:s u~o como en los otros, su inte~
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.
po¡a a sus persooajes de todos

i.;

241

·'

�LA PLUMA

LA PLUMA

í'

los oropeles, de todas las convenciones, e incluso de todas las tradiciones. Si
su estilo es como el esqueleto de la prosa alemana, la intriga de sus dramas
es como el esqueleto de la vida cotidiana, observada en todas sus caras. Domina de tal modo a sus personajes, penetra tan profundamente en sus pensamientos, en el remolino de sus sensaciones y de su conciencia, se apodera tan
completamente de sus secretos que juega sio riesgo con ellos y se interesa
sólo por el mecanismo de sus recíprocas reacciones. Sternheim destierra de
sus obras cuanto pudiera deleitar, conmover o interesar a lectores u oyentes
menos perspicaces que él. Pone lo esencial. Se limita a indicar los golpes más
que descargarlos. En las aventuras que muestra, los episodios se amontonan
como desnudos bloques de aristas vivas, y de una brutalidad soberana.
Sternheim, en la rebusca de los e cuerpos simples• de la psicología coincide
con Franz Werfel. Pero es el antípoda de Werfel en lo tocante al uso de sus
percepciones. Es un químico que lo ha reducido todo a fórmulas y que dosifica sus reactivos con precisión. Me atrevería a decir que la mayor desgracia
de Carl Sternheim es desconocer lo imprevisto.
Es imposible enunciar aquí los títulos de todas sus obras dramáticas. Es
im;&gt;osible establecer entre ellas 11na jerarquía repartil!ndolas por los peldaños
de una escala arbitraria. Los triunfos que hao conseguido no pueden servir de
criterio, porque una decena de ellas han dado la vuelta a los países de lengua
alemana, y a Escandinavia, Holanda, Suiza y Rusia-la mitad de Europa-, sin
valer tanto como otras mucho menos representadas.
Por eso sólo citaré tres: el Snob, Die Kassette, y 1913, como las más perfectas y las más indiscutibles de un catálogo ya importante. No contaré los asuntos ni las juzgaré. Una obra dramática de Sternheim ne es para contada, como
no lo es uoa operación matemática. Hay que leerla o seguirla en toda su amplitud, pero no se resume. Aborrezco demasiado las afirmaciones gratuitas
para criticar o analizar una obra de la que ninguno de mis lectores conoce
siquiera la trama. Me limito a señalar el Snob, Die Kassette y 1913 para cuando
el director de un teatro español se atreva a poner un drama de este autor
extraordinario, de quien el público de la Península no sabe nada, creo yo, o

ma_rco b:utal, de áugulos duros, el mecanismo
.
.
!andad implacable: allí está todo Diderot . Este m~camsmo gira con reguvana orquestación del francé
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u amente; como granverdes, el atuendo de un s· 1
n ra¡es vistosos, pelucas inmensas rojas o
ig O XVIII expresionista d d 1
'
na 1es se exaltasen a tonos violentos N h b'
: on e as modas tradiciodecoración faltaba· pero
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apuesto a que un espectador t
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-comprender una sola palabra del d" 'I
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.
ia ogo, ub1era podido se .
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gu1r y saborear, si
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,
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a a mas agregaré. Tan sólo diré que Car! Sternh..
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eim ha rebasado las froo
quec1 o ' en la novela Y en e 1 drama, el patrimonio-europeo.
0

P}.UL COLIN

muy poco.
Por mi parte, \a impresión más fuerte que he recibido con el teatro de
Sternheim se la debo a Die Marquise von A,·cis, obra adaptada de Diderot. Me
impresionó como demostración técnica y como disposición escénica. Todas las
cualidades de Sternheim y su terrible ingenio aparecen. La obra de Diderot
pierde su falso clasicismo y sus fioriture literarias: queda la méd_ula, el rígido
243
242

�LA PLUMA
Mercu,-y contra la obra de Mr. D. H. Lawrence de las de sus predecesores, a
principios del siglo xix, contra los adalides que, desconocidos por todos, laboraban por ilustrar aquella época. Unos y otros despliegan en sus escritos el
mismo odio instintivo que la mediocridad siente inevitablemente por el
genio.

LETRAS INGLESAS

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LA PLUMA no esperarán de mí que en
qu_e los lectores d~os triunfos o los fracasos de aquellos _auestos arbculos enumere
godo y cuya aspira.
su arte como un ne
tores ingleses que miran úbl" o lo que su público reclama. Para
ción principal es dar a su p
ic
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más que recurrir a los
d" • opulentas no ay
saber lo que hacen estas me_ iama~, T les gentes prosperan por la publici., .
d " · s de gran circulac100. a
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penod1cos iano
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la hora presente e 11as se
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dad, y en Inga erra, a
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en casi to os os pen
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el recomendar a 1os esp
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uchas de las m s emme
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.
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. . 1
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desdeñadas y en la oscuridad hasta año_s lde:p~/ K:ats en la Q~arterly Reeste propósito en _el trato que hace ~nUs11\:rs~ad de Oxford; y en el fracaso
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de sus contemporáneos para aprecia;.ª
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.
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1
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seme¡anza con o que
'
M • ·
n The Londondiatribas de nuestros acicalados poetastros en The at:on y e

~º\ -

244

Acaso pueda aplicarse a D. H. Lawrence el vocablo genio con más seguridad que a ningún otro autor inglés vivo. Es hombre de unos treinta y seis años,
hijo de un minero de carbón de Nottinghamshire, y comenzó su vida como
maestro en una escuela elemental, pero no tardó en descubrir que el empleo
no se avenía con su carácter y lo abandonó por la literatura. Desde el principio de su vida de escritor ha seguido una senda propia; su arte le absorbe, mas
no cu razón del cartc por el arte», sino porque el arte es expresión y su deseo
apasionado es expresar. Como a todos los místicos, incluso Blake, que hao empleado por vehículo la palabra, puede objetarse a Lawrence sus raptos de oscuridad. Es como un explorador, que va descubriendo un' continente desconocido, y a su vuelta halla difícil describir sus hallazgos por modo tal que todos
los entiendan. Su audacia para la investigación psicológica, y su implacable seguimiento de los instintos humanos hasta sus ocultos manantiales, le convierten, como es natural, en un escritor peligroso para los jóvenes y para cuantos
no han pensado nunca por cuenta propia. Y así como únicamente un nadador
robusto puede gustar la delicia de bañarse en mares alborotados, tan sólo
quien posea preparación mental adecuada puede embarcarse en el estudio de
las novelas y de la poesía de Lawrence. Es figura solitaria, original, animosa,
ligeramente siñiestra; el escritor inglés más significante de nuestra edad.
Les últimos doce meses serán memorables por la publicación de dos novelas importautes de Law, encc: The Lost Girl y Women in Love. La primera es
una producción relativamente ligera, que casi se ajusta al canon de la novela
popular; la última será acaso considerada, dentro de cincuenta años, como el
libro más importante que esta generación ha producido en inglés. El libro es,
como podía esperarse de su autor, peligrosor conturbador, curioso, brillante,
un tanto siniestro. Y como era también de prever, su aparición ha desatado
una tempestad de protestas en la «buena prensa• de Londres. Un 6rgano popular de nuestro cant nacional ha llegado a pedir que la policía decomise el
libro, igual que hace cinco años decombó otra novela de Lawrence, Tht KainÓcJW. ¡Así se ve perseguido todavía el pensamiento en un país que acaba de
salir de una guerra devastadora por la libertad humana!
Lawrence ha vivido en Italia estos últimos doce meses, en Taormina. Algu245

�LA PLUMA
nas de sus novelas, incluyendo Sóns 4nd Lovers, The R4inbow, y Women in
Love, creo qu.e están traduciéndose al alemán y pronto serán a.:cesibles a los
españoles que lean ese, idioma. Tales libros están de seguro entre los pocos
publicados recientemente en Inglaterra que tengan interés e importancia universales.
Otra noticia que también tiene interés para los lectores extranjeros es que
James Joyce-escritor irlandés de talento y originalidad considerables, cuya
prime ra novela: Portrait o/ the Artist 4S a young man, apareció hace un par de
años y fué aclamada por todos, excepto por la crítica académica-está a punto
de publicar su nuevo libro Ulysses. El libro, en edición limitada, aparecerá en
París, donde Joyce vive ahora. La mayor parte de Ulysses se ha publicado en
un periódico americano llamado 1 he Little Review y los editores de este papel
padecieron, con tal motivo, una persecución prolongada. No se ha encontrado
en Londres editor para el libro. Así ocurre que un libro esperado con ansia
por la fracción más inteligente del mundo literario inglés, tie ne que imprimirse y publicarse en el extranjero. La técnica de Joyce es en muchos modos tan
alarmante para un espíritu académico como la de Picasso o Archipenko, pero
e 1 vigor y la originalidad de sus percepciones están fuera de discusión.
Una aportación interesante al escasísimo caudal de la crític,a literaria inglesa independiente, sincera, libre de influencias sociales o comerciales, es el
reciente volumen de Ford Madox Hueffer: Thus to lievisit (Chapman and Hall).
Hueffer fu6 el fundador y primer editor de The English He'Diew. Poeta y novelista de acabada y brillante técnica, Hueffer ha consagrado su vida al servicio
de las letras inglesas sin propósito de medro personal o de triunfo económico.
En este su último libro escribe con generosidad y simpática comprensión
acerca de aquellos poetas ingleses modernos, en particular de los •imagists,,
que no han cortejado esa fácil popularidad que otros escritores, como
J. C. Squire, W. J. Turner, Edward Shanks, John Drinkwater y algunos más,
han obtenido con sus fáciles y mediocres ejercicios métricos.
Antes de terminar mencionaré los nombres de Wyndham Lewis, T. S. Eliot,
Osbert Sitwell, John Cournos, Walter de la Mare, Job.u Goned Fletcher, y Romer Wilson, quienes, con uno o dos más, producen obras que se distinguen
por su sinceridad y honradez de propósitos. En mi próximo artículo espero
poder dar una descripción detallada de la índole de sus actividades y de sus
designios.

DOUGLAS GOLDRlNG

LIBROS y REVISTAS
Pedro Prado,-A/sino.-Viñetas del autor. Casa edi· tori·a1
go de Chile,

MCMXX.

u•

«,nmerv

a&gt; Sa t·a
.
n1-

Te~~ constante de conferen~i~s y artículos hispanoamericanos es el desco noc1m1ento m?tuo e~ que v!v1~os americanos y españoles. Pero aún no
hemos conseguido la 1mprescmd1ble correspondencia entre los libre
d
aque~de y .ª~lende el ~tlántico, primer paso para lograr la tau deseada rc:snvi:
vencia espmtual. Y as1 sucede que el nombre de Pedro p d · ¡
·
nes nos es familiar por las revistas de Sud-1\mérica se nroas rºe'vmlc usoª qme. "6
.
·
•
e a como una
ap~nc1 n con este Alstno_, que le hace acreedor en nuestra literatura al Ju ar
senal,ado ya en la república d 7 las letras chilenas por los siete volúmenes gde
poesia,_ novela y ~nsa;yos publ~cados desde 1908.
es
t Alsmo
"d
b la· h1stona maravillosa de un niño andino • 01·eto de u na curand era
em_ a por ruia, q~e, arre~atado del deseo de volar, se queda curcuncho por
fea ¡oroba de la primera ~a1da. Mas, ¡oh prodigio!, la corcova vásele transforma_n~o en dos ª!~s de páiaro con 9-ue un día hiende al fin los aires. Obli ado
a v1v1r de la rapma en _competencia con zorros, gavilanes y ladronzuelos: lo:;
hombres le caza~, le alicortan, le :ºmeten a su bárbara incredulidad rimero
a bcruel
· 1au d o'
I
d después. •A/sino' que un día conoci"ó el placer, pVIO
· d explotación
e no ,e uz a una esnuda mofa sorprendida desde lo alto según s b - b
en ~¡- no, sabe después lo que es ~m~r, trágico sentimiento con ue ~et~:r:
el a11e al ver muerta a la dulce A~1ga~l, la hija del amo de la hacfenda d~nde
fué cazado. Huye, a los montes solltarH' S y enamorada de él la h"" d
· ·
·é t 1
1
•
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· '
,
IJa e un v1eJO
leo ne
r 0 , v1 r ~ e en os_ OJOS ternble ponzoñ,a que una curandera, celosa de
las artes !11éd1cas del meto de la bruja, le suministra cual amoroso ñltro Als ·
no, recogida s_u voluntad de as~ensión, COJI!prende las voces todas de¡~ N;~
t ur aleza, y ca1do en su vuelo ciego al fondo de un barranco las aves le canta
Y ayuda~ , el agua de los arr_oyos lava sus heridas, las ~limañas le rot:
gen.· Alszna,
la luz · y abrasado ea ella, cae conver t·pd
d" al cabo, vuela hacia
.
I o en
c~m~as . 1_spersas por las bnsas del amanecer, fundidas para si
1
aire 1nv1s1ble y vagabundo.
empre en e
2

47

�.,
LA PLUMA
l"b.
ue el cuento de hadas, la novela de aventuTal la trama de e~te 1 to, en q sobre un fondo realista que le presta veras'. el_ poema al~gór~~~• ~~:~~;i~~• sugestiva y modernísi:na, donde el mito
"bTdad cobra las proporciones humanas con
ros1m1htud y ev1den ,
dásico,
adecuado.ª
que la agudeza
ps1con1~e~traJei°!~t~~
og,ca ~ .
lete~pla su fantasía y capta la atención del
lector, i1;1teresándole Y em~c~n:n~~ ~adenciosa hasta desbordarse como P?r
Escrito en una pro~a exu er n e¡cesivos a veces pero oportunos en algun
modo natural en amplios _versos,- 1 del diálogo ~ incluso ciertas violencias
capítulo líric_o-,, lo~ modisn~¡°s oca e~, si choc~n al pronto, suscitan luego
1
sintáxicas o 1mpropied~des e expr:s:~ 'caracterizan más, añadiéndole valor
un interis may?r, preci_sarnente p~lq_
historia de un héroe que del terruño
de representación, un hbro C?mo . Smoj e
ue todo se funde y aniquila.
I
patrio
se eleva
al puro
_espacdt?bu?iv~!f
p' r~p! poeta, que realzan la cuidada
Ornan
el tomo
graciosos
I u¡os
edición del texto y animan su grata lectura.

***
Luia y Agustín l\iillare_s ~ub as. - Do11a
• Juana.-Cuentos viejos. Las Palmas. Tipografía del cDiano•, 19 2 1.

_

.
1 moderna literatura espanola un lugar
Los hermanos Millares ocupa? en .ª t en ue ustosos viven retirados en
singularísimo. De una parte, el ai~lamten
ru qo ;iempre alerta, de jóvenes
su tierra canaria, rodea~os, eso si, tded~n tKcido desenaaño, que les mantiene
5
entusiastas, y su mode tla, no ~xen
saloncillos de ios teatros cortesano_s,
alejados de los corros, redac~ionesdy un día prestan a su actividad literana
donde se fraguan las r~put~c1one~lad: de t~da escoria profesional. De otra
el atnctivo de una ajiczon, mrnac d t tos años ya dedican sus horas mejoparte, empero, el fervor con que, _e an hasta con;eauir ese tipo tan original
res a escribir novelas, cuentos Y dt arnas, .. de q"/ es preciosa muestra el
. d t t pa,·a leer o cuento escenzc0 ,
fi
¡
y sobno e ea f'o
1 7 t. de la Escuela N ueva, les con ere a
Compañerito,
representado
I e
maestría
nunca
lograda porpor¡
e edJ
' desinteresado pero frívolo por lo

°

ª

~:;:e

general.
antísima. Escrita en un estilo suelto, cla1 . t
fJoña Juana es una nove a m er~s d d las rimeras páginas de que está
ro, limpio, sencillo'. el }~~to~
au~~r ~a rel~ción de una histor_ia ~er~aleyendo, y le pa~ece ou e ª
t bien encuadrada en el escenario 1s!eno,
dera: Tan sugestiva, ta1;1 humana,
de la matrona poseída de un amor JUVecaro a los hermanos Millares, es éSt
.
. eludible Doña Juana se mata
nil, y castigada por 1~ fa_t3:1id;,d con
:::ás por s~lvarse, con magnífi~o
con voluntad de sacrificio, pero, en ie
' . librarle a él de su presencia
,
1
ión de su amante que P0 1
"l
ego1smo, de a compas
d· d
derrocó la inverosímil torre de marn en
triste después de la enferme a que .
. lacable
que s~ espídtu mozo se defendía del tt~:~~iv~:papunte~ de tipos y paisajes
Completa? _el vo_lumen otros cuen de los i'.imeros &lt;Cómicos en las Palcanarios, not1c1as prn~orescaDs, c~mo la entre ft1os, para nuestro gusto, El desmas•, sumamente cunoeas. es acan

s~:td~f

ª:

!\1:~i~

248

1!

LA PLUMA
riscado, rápida impresión de un inglés excursionista recogido por los indí-genas en un barranco, que muere pronunciando vagas palabras que ellos no
entienden, y Lo invisible, historia de un hombre muerto de miedo, donde se
advierte de
aúnA,·aus.
la influencia. ya lejana, de Maeterlilick sobre los autores de La
herencia

***

Francls Jammes.-Nosario al sol.-Traducción del francés por Magda Donato.-Colección Conte!llporánea. Calpe.

Como dice muy justamente Enrique Díez-Canedo en el breve prólogo a Ro.sario al sol, Francis Jammes tiene en Francia un puesto entre los maestros seguidos por la juventud, con los Péguy, los Claudel, los Maurras y los Gide. Mucho se ha hablado, sobre todo después de la guerra, y las más veces sin venir a
qué, del renacimiento del espíritu religioso en Francia. La obra poética de
Fr,~ nci~ Jarnmes, y esP,ecialrnente esta novela, editada ahora en español por la
Editonal Calpe, justifican el mismo comentario manido. Los nombres susodi-ches aparecen, eu efecto, unidos a nuestra consideración por la misma voluntad de restaurar un estado religioso, francamente antirrevolucionario. El 01·den
·clásico francés en la política, en las artes, en la vida social, requieren la vuelta
al catolicismo, ya corno mera disciplina lógica sin el menor arraigo en h propia
fe Maurras-bien como doctrina estética-Claudel-. El misticismo de Péguy
halla las raices de una conciencia católica, pegando el oído y el corazón al suelo
natal. Gide, protestante, devuelve a la conciencia francesa la contribución del
hugonote. Francis Jammes quiere ser simple. Se convierte por entero a la fe
cristiana y no la encuentra, no, aureolada de artístico prestigio en las catedrales góticas o en la Biblia, mas en la fe del carbonero que cree en la Virgen de
Lourdes y en las estampitas piadosas.
. En Rosario al sol, siguiendo el plan de los quince misterios de la oración en
honor de la Virgen, inventa la inocente historia de una señorita de Marsella
que, poseída de la gracia de Dios, socorre al desvalido, ayudada por un benedictino sabio, bueno y prudente y un almirante devoto, renuncia al amor de un
joven marino y acaba metiéndose monja de la Caridad una vez vencido el demonio tentador en figura de concejal y de maestro laico, de los que enseñan
«los derechos del hombre• en vez del catecismo. Melodrama ejemplar, en tin,
cuya ñoñez a Jo padre Coloma e n Et primer baile, Pilatillo o Por un piojo apenas si se disimula bajo las sencillas galas poéticas con que el autor de las Geórgzcas cristianas traduce y ennoblece el estilo de los libros de devoción: El episodio de la negra Zezé trasciende al mejor Chateaubriand y revela en Francis
Jammes la misma inspiración de sus primeras visiones coloniales. La historia
del niño Pedrito y la hija del zapatero, en cambio, más que a los mártires del
cristianismo nos recuerda la infantil Pabio!a o ta lámpara del santuario, y con
ella nuestros peores días de reclusión colegial con los benditos frailes.
Magda Donato ha traducido Rosan·o al sol con la misma graciosa sencillez
con que escribe stts cuentos para niños, lo que le presta en español la ingenuidad tosca y alambicada a la par, que pretende el poeta francés. Si de aigo
peca la tradncción en algún pasaje es de exceso de fidelidad.

**

*

·.¡

�LA PLUMA
Alfonso Maseras.-A la deriva.-MCMXXI. A Cau Verdaguer, Llibreter. Barcelona.
Alegoría de la juventud. Marc;al Montllor, mozo catalán! enamorado de_ una
doncella de trenzas de oro, sale a correr ti mundo. Olvidado cl~ ~u primer
amor, en brazos de la exótica Hatty. conoce el placer; después, a~1s~1do p~r el
Mentor va entreviendo poco a poco la verdad. Y al volver a la tJe1 ra nativa,
le pare~e hallarla en la Dilecta, la mujer cabal, la esposa.
Los sucesos no aparecen encadenados ei:i un rel_ato ir.enudo. El lector ~escubre Ja trama novelesca a través de las 1lustrac1ones fil_o~óficas ?el protagonista, todas ellas fáciles y asequi~les, _exa~tadas por un hnsmo an1mad~r.
Corre a través del libro cierta rnsp1rac1ón dantesca._ que le pre~ta sab~r
tradicional dentro de la literatura catalana, y aun catalanista. Las me¡ores paginas son, sin duda, las que, e!l la primera parte, desc~iben. algunos ..i?p~ctos
pintorescos del ruralismo catalán, en que el poeta simboliza el sentimiento
patrio.
***
Manuel R. Alvarez Puente.-El navie,·o Más_ o L_a novel°: de la _materia.
J. Los signos.- Portada y exlibris de ~regor_10 y1ce~te, 1lustrac1ones de
Amando Suárez Couto.-Madrid, librena y editonal R1vadeneyra, 1921.

.

'..

El Más es la Vida; el Menos, la Muerte; ambos se reducen al Igual: el Silencio. Tales son los signos a que aju:,tan su danza arrebatada J~s ~umanas sombras que pueblan de fantasmas trágico-bufos el mundo cabahstico de la materia y el espíritu.
.
·Cuántas veces no se ha dicho que la novela era el poema épico de es_tos
tie~pos! Ahora bien, estos tiempos empi~zau ya a ser_aquéll~s._y: al novel_1st~
,iat,wal, simple relator de sucesos exteriores, al novelista p~•~~10go, exphc~
dor por lo menudo de los casos descubiertos por su agudo_ anahs1s de la cor'.d1ción humana, sucede el novelista lírico, el iotérprete sen'.1mental, paradóg1,co,
humorista arbitrario, del espectáculo; las más veces caótico, de todos los d1as.
Los signos, primera parte del tríptico El navie1·0, M~s o La novela; de lu mate,·ia no es una alegoría. Le faltan para ello esos termmos, conve01dos de anten'iano t:ntre el poeta y el lector, que la hacen com1;&gt;rens1ble y cla:·a. Le S?bran complicación, dinamismo, sinceridad desentendida de morale¡a. El primer capítulo, las primeras páginas ~obre todo, ~euotan en el autor la moder~
nísima inteoción de ennoblecer un mterés folletmesco, adoroán_dol~ coi~ exce
lente humorismo; después parece como si, abandonándose.a la 11;sp1ra_c1ón del
momento, se dejara el poeta arrebatar en alas de la verbos1dad_s1mbohsta, que
oscurece en fantástico delirio el ambiente real de la novela, ban~ndolo _en vaga
niebla, por entre cuyos girones van reapare~ien?'? ~n gestos 1mprec1sos los
héroes apasionados, objeto de las propias d1squis1c1ones ª. que d~ben d ser.
Al final, en una escena alucinante y fuerte, se recobra el hilo sutil I?ºr ~onde
el novelista ha de sacar en los dos tomos sucesivos el hilo de esta 1i:1stona.
No denota Manuel Alvarez Puente la sencil_Ja m~est~ía del esc~1tor cabal~
ciertc,. Mas tampoco la fácil rutina del aprendiz aphcad11lo. Su estilo tortura
250

LA PLUMA
do, trabajado, no por el af~n de la línea bella y el sonoro acierto, sino por el
e~fuerzo d_e expresar ~re_c1samente recónditos matices e insospechadas rela~1~;~~i~~~~~s y seut1m1entos, revela la conciencia del artista, tenaz eo un

**

*

Brckmann-Chatrian.-Hí'sto1·ia de un quinto de 1813. Calpe, Colección Universa!: t( Cné Benjamín.-Gaspar. Los Humoristas. Calpe. Traducidas por
Manuel Azaña.
•··· cada cual debe contar lo que ha visto por sí mismo; de ese modo el
mundo conocerá la verdad.» Así dice José, el quinto de 1813, inventado por
Erckmann-Chatrian. Entre él y su compatriota Gaspar, cuya verídica his- .
toria salió a luz en 1915, en plena invasión alemana, hay indudable fraternidad
espiritual, que la publicación en español, casi simultánea, de una y otra novela, como queriendo poner de relieve esa semejanza a través del tiempo, brinda a nuestra coosideración.
,
El héroe de Erckmann-Chatrian no cueota lo que ha visto, sino lo que sus
creadores han querido que viera. «Si las personas prudentes me dicen qm.. he
hecho bien escribiendo mi campaña de 1813, y que eso puede ilustrar a la juventud sobre la vanidad de la gloria militar y mostrarle que la verdadera dicha
sólo se encuentra en la paz, la libertad y el trabajo, entonces reanudaré el hilo
de los sucesos y os contaré Waterlóo.• Tal e-s su moraleja. En pleno segundo
Imperio, las novelas sentimentales de Erckmann-Chatrian, harto inocentes sin
duda para nosotros, harto iliterarias y cortadas por un mismo patrón melodr~ ·
mático, reflejaban sin embargo una conciencia nacional más apegada a la buena vida burguesa que a las arrebatadas aventuras imperialistas. Más fuertes,
más animados de pasión humana, los Episodios de Galdós están inspirados en
la misma cándida emocióo.
Gaspa,· inauguró la después dilatada serie de las novelas vividas de la última guerra, esa serie que en Francia tuvo su apogeo con El fuego, de Barlusse, .
que literariamente culmina tal vez eo la Vida de los Má,·tires, de Duhamel, y
de que son preciosa muestra el Clavel, de Werth. o Les croix de bois, de Dorgelés.
Gaspar pertf'nece a la quinta del co1·azón ligero, y tampoco cuenta todo Jo
que ha visto, o lo disimula con su gracia de parigot. Tierno, sentimental, di charachero, su historia apenas si tiene traducción posible. Lo mejor de ella es
el desenfado popular con que el novelista nos la refiere.
MaRuel Azaña ha dado a las dos traducciones la conveoiente versión caste- •
llana: simple e ingenua la de Erckmann-Chatrian; auimadísima la de René Benjamín, cuyo estilo pintoresco, los diálogos sobre todo, exige nn tino y discreción raros para aunar la fidelidad de la traducción con la correspondencia de·
giros y matices de un argo/ peculiarísimo .

�.....

LA PLUMA

LA PLUMA
Magallanes Monre.-Flori/egi·o.-Selección del autor. Prólogo de Pedro
Prado. El Convivio. San José de Costa Rica, 1921.

«LA VERÓNICA

Magallanes Moure goza eu América, no ya sólo en Chile, su patria, fama bien
ganada de poeta sincero. Bien ganada, porque sus versos traslucen la calma, h
serenidad, el apartamiento de toda alharaca con que el prologuista de su Fto, ilegio le retrata, entregado a la contemplación de la naturaleza, sumido en ella
para copiarla en el lienzo-Magallanes Moure es pintor-y ofrecernos la poesía limpia de que es delicada muestra esta selección de su obra.
Adviértese clara en los versos de Magallanes Moure la tendencia a limitar
los modos de expresión poética dentro de los términos fijados antes de la revolución literaria triunfadora con Rubén Darío. La regularidad métrica yacen-tual obedece más a las normas de los últimos románticos que a las de los primeros modernistas. Los motivos de su inF-piración, sobre todo en los temas esencialmente líricos, le sitúan un tanto a la zaga de nuestra manera de sentir. Pero
al cantar la esplendidez del paisaje nativo en que le complace extender la mirada y recoger el ánimo, los versos de Magallanes Moure logran la emoción
•comunicativa que por encima de los modos retóricos constituye el género poético en que todos se resumen, la poesía por excelencia.

***
Armando Zegrí.-,lfinerva la de glaucos ojos.-Santiago de Chile,

MCMXXI.

Una pequeña colección de •Historias breves y románticas•, semblanzas,
«Emociones y panoramas•, escogida sin duda de su labor periodística, componen este tomito efusivo, hiperbólico, juvenil. Semejante literatura adolece tal
vez del exceso de tópicos fin de siglo. El Arte, la Bohemia, Gómez Carrillo, Ra•childe, un Valle-Inclán no más que pintoresco, confundido con Carrere, Hoyos
y Vinent y Zamacois ... Bastan, con todo, para acreditar el temperamento de escritor de Armando Zegrí páginas como las dedicadas a Amado Nervo en el
primer aniversario de su muerte, evoc~ndo el fúntcbre cortejo naval. 9,ue
-siguió al cadáver del poeta des~e.Montev1deo a Ve_~acruz y el apar~t? militar
con que fué escoltado hasta rec1b1r sepultura en Mépco; y algunas pagmas sencillas, corno ias e Vistas de un viaje al Sur de Chile• o la rápida e Visión del lago
Llanq uihue.

*

lec~ura de _fina poe~ía contenida en el pequeño volumen de Alberto Guillén,
sutil y dehcado, baJo la máscara cínica que le place ostentar:

**

Alberto Guillén.-El libro de las parábolas.-Editorial Nosotros.-Deucalión.
-Prólogo de Ventura García Calderón. Segunda edición, 1921.
Este joven escritor peruano, ~ quien un recie1:1te li!&gt;ro d~ los llama~os de
«escándalo• ha dado cierta notoriedad en los corrillos hteranos de Madnd, publica ahora una colecci6n de agudas parábolas o reflexiones satíricas, impregnadas del lirismo ático que los ingleses llaman kumor, característico de un género cultivado por los fabulistas y poetas-filósofos_de to~os los tie~pos. ~lgúo
-botón de muestra servirá mejor que nuestras constderac10nes para mduc1r a la

• Ella guardó el pañuelo con la imagen como otros tantos recuerdos
de amor.
»EL SEGUNDÓN.

•-¡Este es el prirnero!-decían las criadas mostrando al segundón con quien
se holgaban.
»LAS ÜVKJAS

•-¡Qué hac~is?-Jes pre¡;untó una voz alzada en el camino del matadero.
•-¡N0s sacrificamos por un ideal!-respondieron las ovejas.
»EL ÜLVlDO-

•-¿Pero por qué no la olvidas?
•-Es que aún no he aprendido a saltar más allá de mi sombra-dijo el
amante.
•Los NIÑos.
•-¡Por qué rezan ustedes?
•-Es que aún somos muy pequeños-dijeron los niños temblorosos.•
Esa condición lírica de sus parábolas cínicas, de sus c1 íticas humoristas se
afir_ma po~ modo exc~l~n~e en Deucalión, coleccióI! de breves poemas, 0 °porme1or de~1r, poema d1v1d1do en breves cantos de catorce versos, que sin ajus•
ta~se al canon ~el soneto son co~&lt;? la reducción de su sonoridad y pompa a límite~ ~ás ~str~ctos, e~ que la mus1ca apenas si hace otra cosa que anotar con
prec1s1ón silábica el ntmo del pensamiento, sin calderones ni crescendos. Poema de un ~ar&lt;;isismo juvenil en gue el poeta se defiende con ingenuos alardes
de la mediocridad que por doqmer nos acecha. Una «Apolocría, en alejandrinos abre el libro y explica su inspiración:
.,
«Moraleja: el poeta echa sus versos al viento
arroja las estrellas, abre su pensamiento
'
para la siega de oro de los siglos. Sus rastros
bajo de sus sandalias florecen oro y a!&gt;tros.•

***

Manuel Oiaz Rodriguez.-Peregrina o El pozo encantado.-Novela de rústicos del valle de Caracas. Biblioteca Nueva, Madrid.
~o hay_ tal encantamiento, ni la trágica historia de Peregrina está tejida con
el hi.o sutil de_ l&lt;_&gt;s cuentos de hada~; pero su trama descubre las pasiones bravas, la superstición, el amor, el od10, que con la misma fuerza natural de las
tormentas del Avila arrastrase a los personajes de la novela. Novela verista,
d~tallada co~ el documento pintoresco en el ambiente rudo de Venezuela, susc1.ta en
ámmo d~l lector esa emoción sostenida por la curiosidad de un me
dio exótico, pec~har de las mejores italianas en el género regional y dialectal..
Y aun se advierten y saborean más directamente en los tres cuentos so-

e!

253

l
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�LA PLUMA

LA PLUMA

·-'bríos, valientes, inspirados en la terrible realidad del campo venezolano, que
cierran el volumen. las cualidades de novelista de Díaz-Rodriguez, escrito1·
cuyo seguro dominio de la prosa castellana le permite adaptar con sentido
moderno el amplio y rotundo período tradicional a las exigencias de un relato
siempre vivo, coloreado, dramático.

***
Fernando Gil Mariacal-Girones.-Madrid, imprenta de Juan Pueyo,

1921.

Girones estilizados del espíritu nacional. Cuentos, apólogos, tipos y paisajes, escenas picarescas, reflexiones de un liberal contemplativo sobre la realidad española. Los mismos ejemplos vivos que inspiraron, salvan&lt;lo los tiempos, las agudas lecciones morales del infante D. Juan Manuel o de D. José Cadalso. El anatema de Costa, templado por la gracia de Fígaro. Buen humor,
impersonal como el estilo con que el fiel editor de los papeles del coime de la
señora Natalia da entonación y empaque tradicionales a esta amena literatura
de ver y oir.

***
Autón P. Chejov.-.6/ ja,·dín de los cerezos.-Traducido del ruso por Saturnino Ximénez.-Colección Contemporánea, Calpe, 1920.
Después de los más grand~s nombres rusos, después de Tolstoi ):' D?stoiewsky, al lado del de Andre1ff, las novelas cortas, los cuentos de Cheiov invadían ya la Europa occidental cuando el éxito de algunos de sus d~amas,
como Tres hermanas o El jardin de los cerezos, en Inglaterra y en Francia, empieza a conquistar para su gloria el favor del público de los teatros. La versión
castellana de E!.lja,·dín de los cerezos no es la que de ordinario suele representarse, reducida de la novela original, escrita en diálogo y que ahora se nos
ofrece a los lectores españoles traducida con una fidelidad que, lejos de evitarnos, aumenta la confusión sentimental, los inexplicables vacíos, la ironía
de sconcertante, que la hacen irrepresentable sin refundiciones )'. retoques,
pero que contribuyen en mucha parte a aumentar el efecto patético de sus
-·escenas.
Una colección de rápidos apur.tes e historias brevísimas completan el volumen, característico de la manera sarcástica, despiadada, cruda en que resuelve artísticamente su visión de la vida a través del alma rusa uno de los
escritores prerrevolucionarios más sugestivos, atrayen~es, e in~pira_dos en ~l
santo fuego de la pasión atormentada con que nos hechiza el m1stenoso esp1ritu eslavo.

***
José Pablo Garnier.-A la sombra del amo1·.-San José de Costa Rica,

1921.

Al localismo, al regionalismo, al nacionalismo literarios, degenerados en el
-costumbrismo de exportación en ~os P?Íses posee~ores ~odavía de prime,·a. materia pintoresca corresponde en d1recc1ón contraria la literatura cosmopolita o
254

-de importación, por lo qne se adapta y da carta de naturaleza a modalidades
antes exóticas para el público a quien se dedican.
José Fabio Garoier, en ese sentido, cumple en Costa Rica con su drama A
la sombra del amor la misma misión histórica que nuestro Ben avente, por ejemplo-salvadas todas las distancias-, al traducir ea sus primeras obras de teatro el espíritu europeo culminante en los nombres de Ibsea, Tolstoi, Hauptmana
-0 D'Annuozio reducidos al fácil denominador común del Bulevar.
Historia trágica de una pasión culpable, cuya más pura expresi.Sn dramática
s~ rea_ionta a Sófocles y Euríp_ides, el autor de A la sombra del amor ha prefend_o situarla en el ambiente fnvolo de un hogar burgués de cualquier parte,
,quizá por lograr más eficazmente la comunicación con su público, que el dramaturgo se ha de proponer siempre de una manera más inmediata que el novelista.

:,
1

* **
Arturo Schnitzler.-Anatol y A la cacatúa verde.-Traducci6n del ale mán
por Trudy Graa y Luis Araquistain.-Colecciór. Contemporánea. Cal pe.
La boga de Schnitzler ea los teatros de Austria y de Alem-,1nia data de más
&lt;le veinte años. Muchos hace ya también que Antoiae representó con grao éxito en París A la cacatúa ve,·de, ahora traducida p~r primera vez al español. Después de la guerra la fama del autor de Anatol ha reverdecido al amparo, en mu- ·
.cha parte, de la prohibición de una de sus últimas obras por el Gobierno di!
Viena.
Vienés de nacimiento y de condición, en lo mejor de su obra se manifiesta
el anarquismo intelectual de la literatura nórdica, teñida de la fácil ironía por-que se hace asequible a los lectores y espectadores latinos. La gracia francesa
le cautiva y le atrae.
Anatol es el retrato en siete diálogos o escenas breves de un don Juan frívolo y sentimental frente a siete mujeres, sus amantes de un dia, de un año, de
un momento. Max, amigo y confidente de Anatol, le hace el juego escénico, y a
manera del payaso que descubre con las trampas sucesivas el falso prestigio
&lt;lel ilusionista de circo, subraya ante el público la moraleja que el autor se propone.
Con intención más honda, no obstante sn ligereza, más construido, pese a
su aparente disgregación, el Anatol de Schnitzler tiene mucho parecido con los
mejores diálogos de Jacinto Benavente: Despedida cruel, Sin que,·er, están inspirados en la misma ironía.
A la cacatúa ve,·de es un episodio pintoresco del 14 de julio de 1789, de gran
efecto dramático. A la taberna de Próspero, antiguo patrón de una compañía
cómica, acuden los nobles de París, ávidos de sensaciones fuertes, que los actores de Prós¡,ero fingen diariamente 1·elatando fantásticos robos y crímenes
truculentos. Aquella noche el pueblo toma la Bastilla, la revolución triunfa, y
el primer actor de A la cacatúa verde, que así se llama la taberna, seg_ún está contando cómo ha matado a un duque con quien su mujer le engañaba, aprende
que su deshonra es cierta. Entra el duque y le mata. El pueblo y una marquesa.
histérica gritan: , ¡Viva la libertad!,

I' '

�LA P L U .\1 A
La verdad y la mentira, la ficción teatral y el disimulo ladino componen
este melodrama artístico de un gran guiñol para niños, soldados sin graduación.
y... poetas.
La traducción, animadísima y fiel en todo momento, de Luis Araquistain y
su esposa, hace grata su lectura, que el púb!ico saboreará directamente a falta
de cómicos y empresarios con curiosidad e interés, no ya artístico, mercantil
incluso.
C. R. C.

***
Libros reclbldos.-Guillcrmo Jiménez: Constant:a, Caro Raggio, Madrid_
Manuel Ugarte: Poeslas completas, Mauci, Barcelona.-José María Delgado: 1 eatr, de ensueño. La Princesa Perla Clara, editorial Pegaso, Montevideo, 1921.Fernando Gil Mariscal: Rle, Madrid, 1918.-En Villabrav{a,¡novcla, Sáenz Calleja, Madrid.-Manuel Acosta: Soltera ... , novela Uruguaya, Editorial Pueyo, Madrid, 1921.-Félix Urabayco: La última cigüeña, Calpe, Madrid, 1921.-Han
Ryner: Les adisans de favenir, Ed. de 9a Ira, Eeckeren-Anvers, 1921.-0pere
Ct;mplete di Giovanni Verga: I Vinti. 1 MaJavoglia. Eva. JI mart'to di Elena. tres
volúmenes, Bemporad, Firenze, 1921.-R. Erdos: ll fio,·e della morte (Col. I mi~liori novellieri del mondo , Urbis, Roma.-Unamuno: Perché esser &amp;osi? (ídem
1dem), Urbis, Roma.-Tomás Hardy, La bien amada.-Scipion Sighele: Eva moden,a.-Emilio Clermont: Lau, a, Calpe, Colección Contemporánea, Madrid.

*

*

AÑO JL

i\...
I

MADRID, NOVIBMBRB 19Zl

1

NÚM. 18.

UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO

m

tiempo que el cancerbero del cementerio de S M
tm me había
ofrecido abrirme el cemente.·
i ar110 en 1aannoche
.
y esc~g1 una_ noche de luna para pasearme por entre su~
muchos de ::ygons1~cos ~l'.preses, por las galerías que también sé y a
mqui mos conozco.
h
.
Estar en un cementerio en I
sobre el coche fúnebre y hab ~d nodc e sena como haber entrado
er s1 o e alguna manera muerto.
AC.ÍA

*

Revistas. - Mercure de ftrance, París. - Le Progrés Civi&lt;Jue, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de I' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de.Costa Rica.
Le Crapouillot, París.-Belles Le/tres, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid~o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Por.sía ed .frie, F errara.-España y Amirica, Cádiz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Brusclas.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma_
La Nouvelle Revue f1·an;aise, París.

* * *

~=

Cuando se abrió la verja .;;entí que
b.
inte~:inable, del ~araje traicionero, de t:a~:al~/¡~e:~~:.el jardín
.
que se ve1a es que las veredas de luna estaban vacías r
~~ª~/ se ala.rga_ban como internándose en la eternidad. Aun 'si~::
tan conocido el cementerio me pareció laberíntico
mos y lagunas de luna.
Y con abis17

t

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 3, No 17, Octubre</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Y no necesita más razones el nuevo poeta, ni ninguao, para justificar los motivos de su inspiración. La de Vafen'tín Andrés Alvar'ez es dara, precisa, gusta
de la brevedad, prefiere la serena armonía del tonó menor a la ronca voz y
la sonora pompa. La sencilla "filosofía de estos Reflejos no pretende en vano
suplantar los métodos propios de la disqubición cie~tífica;_ esencialIT?~nte poética, sus sentencias y aforismos no presup.o nen una mtenc1ón metaf1s1ca, pero
denuncian, eso sí, cierta disciplina lírica que templa el exceso sentimental con
la razón y presta cierta gracia musical a la lógica del universo.
Cuando se despreocupa, además, de toda consideración retórica, técnica, o
como quiera llamarse a ese prurito de explicar en cada composición el concepto que de la poesía se tiene, prurito de que adolecen por lo general los poetas
nuevos Valentín Andrés Alvarez escribe poemas como esta Canción de Primavera, c~yo mejor comentario es la simpática emoción que su lectura suscita:
«Un trocito de ·jardín
en la florida maceta,
y un poco de aire sonoro
en la jaula bullanguera .
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
arrancados sin piedad
de la florida floresta.
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
soñando en la libertad
de la fi.orida floresta.
Y nuestro amor (besos sólo),
trocito de primavera,
y nuestro ardor contenido
soñando con la floresta.
(pobre pájaro en la jaula,
pobre flor en la maceta)
sin gozar la libertad
de la dulce primav!ra.•

. 1
1
1

..

II

..

c. R. c.

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...

I 1 .....

MADRID, SBPTlB,_M_B_R_B_19_2_1_.I__Nú_M_._16_.-

EL ARTÍCULO QUE HIZO DORMIDO

'

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1

DISPARATES

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@Jlll"i&gt;

A:A'O II.

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-....:

'" .-·
¡¡'!

ti

escritor se había ~evantado tai:_de. La noche anterior _había
estado hasta las diez de la manana de su hoy. Es decir, un
lío de horas, de tiempo y de sintaxis.
El escritor veía ya una especie de atardecer precoz, corno
·
si en su mañana hubiese un eclipse de sol. Se l:iabía levantado más tarde que ningún día; pero es que después de haber ultimado
otros trabal'os, no había querido dejar de hacer su artículo diario, el artículo que levaba todas las mañanas el «botones» a la portería del periódico.
Después de almorzar con lentas maneras, aprendiendo poco a poco
los movimientos de siempre, reponiéndose como el que resucita, leyó
los periódicos del día, que se da el caso sorprendente de que son nuevos,
enteramente nuevos cada día.
. -¡Parece mentiral-se decía el escritor ya tan avezado a los periódicos, cuando cada día abría los diarios y los veía nuevos, recientes,
originales. Es que tenía alma de escritor, de periodista, de enamorado,
es decir, de hombre que encuentra nueva cada día la mujer de todos
los días.
9

L

�LA PLUMA

LA PLUMA
- Bueno, ¿y qué artículo envié yo ayer a mi periódico?-se preguntó
de repente, un p~co sobresaltado: Miraba a todos lados buscándole.
No daba con el en su m;mor!ª: to a aquel jarro azul ni junto a
No estaba ni en las estantenas, m ¡un
'
aquel cuadro, ,nijur~ nd~\u artículo de la noche anteri&lt;;Jr: ,¿Cómo
Estaba vac10 e a 1 ~a 1 . ·tando la imprenta, escnb10 en su
¿Qué mayuscu as, 1m1
f
P,rincipiaba?
? N d N podía dar con lo &lt;;iue uese.
.
.
titulo... a a. 0 . d
·ct
Mas rendido que nunca, sm a11ento
«Es que estaba _casi orm1
n cómo con los ojos apagados supo
ya» se dijo el escritor, pensan o e
gui~rse por las cuartill~s 11enas dhluz.Jmo el que quiere entender lo que
Recordaba haber m¡ra o mu~bo, ;scribiendo. Apurado, deseoso de
no entiende, lo gue otra mano i d tirando de su alma como de la
cabó el artículo sonambúlico
que saliese el articulo para a~ordarsde,
mano de un niño que no quiere an ar, a
er el periódico, y en cuanto lo oyó
que no ~abía sobre ~ué tra~aba.
{nqmeto, esperó. a nocl e paradv su oído más lejos que nunca-lo
vocear muy a lo le¡os-a canzan o
mandó comprar.
h a hecho estará en él-pensaba-, Y
«Ya es irreparable ... Lo que ªi b n su alma en la que había un
está ya en m~no~ ~e todos.·.» 0 ~ .ª
artículo ; 0 medio de la c~tamecanico rac1oc1mo cap_az dh b~nb~~i~ocado y dormido mucho, sahese
lepsia, y confiaba_ que bs1 bsl a i:;tiosa desparramada por todo el aruna pura errata maca a e, cu
'
tículo.
. , ct·
ano
abrió sus hojas con desgaPor fin, ya con el peno ico en 1a tmd Íos días No lo encontraba.
rrado gesto. Busca~a el epígrafe de o iiatro á i~as, como si pudiese
Quiso abrir sus ho¡_as ~n ts, o ?ª eSólo al ripfsar por terc_era. v~z el
esfoliar como una ~amma ~ calr ºº·se titulaba: «Hora de ¡ust1c1a ...»
periódico encontr~ su art_1cu o...
«¡Arrea!»-exclamo el escr~tor.
n zanoolotino de cerebro pesa«Ese escritor de la crapula, ese gra de ~e til ;&gt; leía el escritor
do como el de la, vaca, dedcadrne de Pt~!ªy apelliao d~l ;ludido. Así conasombrado, &lt;letras ~el '(er a ero nom
ante una inmensa imprudentinuaba todo el pe~1ód1c?· .
El escritor nervioso, md1gnado corno
se uedó con esa apacia, se dió un golp_e co?- la Jª~e:io~n;ili~~f:efus cu1ndo se les cuelfiª'
riencia de ml uedrt~ manc1u~fqiier sitio desemperchados del brazo que os
cuando se es e¡a en

d

r ·.

ª;

mor:·sacó de aquella postura que adoptó por no recriminarse y no pen-

sar más en el estropicio, la llamada del timbre. Abrieron y la muchacha
anunció: «Dos señores que habían dicho que tenían que ver irremisiblemente al señor.» El escritor.se dió cuenta de lo que aquéllo significaba, y cuando deda que «ahora mismo voy ... » se oyó de nuevo el
timbre.
-Vaya usted y diga a esos otros dos señores que indudablemente
han llamado, que pasen también y que me esperen en otro cuarto ...
Esta noche van a venir unas diez o doce parejas de caballeros... Vaya
usted pasándoles a todos a distinta habitación, y si coinciden demasiados, a los últimos que lleguen les pasa usted hasta a mi alcoba ...
En efecto, toda la noche estuvieron llegando caballeros en pareja y
el escritor a todos les contó el caso de su sueño. «Ahora bien, si ustedes o su representado insisten, yo estoy pronto a responder de mí, aun
habiendo cometido el atentado en ese estado de sueño». Nadie volvió y '
al día siguiente el escritor escribió un artículo de rectificación que titulaba: «El artículo que escribí dormido».

EL DISIMULADO BARBA AZUL
En el despacho del hombre de la barba de tenor, cuando el tenor se
maquilla para los papeles de mayor seducción varonil, esa barba puntiaguda, pretenciosa y falaz, que tan antipática es, todos eran libros hinchados, grandes tomos de lomo tirante, bruñido, duro, con morbidez
de talón de zapato nuevo.
En aquel despacho no entraba nadie. Sólo él se paseaba po~ entre
los libros de lomo grueso y burdo, en los que había pegadas etiquetas
en las que sólo había escrito un nombre de mujer:
Margarita Pares.
Carlota Bernálnez.
Carmen Román.
Julia Ucera.
Lolita Merode.
Patrocinio Ubierna.
Paulina Serós.
Etcétera, etcétera.
.
~ntre esas cuatro librerías que llegaban a la altura prudenc1a_l en que
pod1a coger un libro su mano, se pasaba sus horas ~e recordac~ón, sus
sobremesas peripatéticas que duraban desde la primera comida a la
última.
Su barba cana, insensiblemente cana, conservaba ya apenas las últi131

,

�..
LA . PLUMA
LA PLUMA

' 1

mas ~anchas del úlimo teñido. Se había dejado de teñir porque su barba te~uda e':1 contraste con su rostro pulido y envejecido, daba a su fisonom1a un tmte de esquela de defunción.
. Ya cansado, sin fu~~s para más, invertía su último interés en la
vida en c~nserv~r su d1s1mulo y en abrir de vez en cuando alguno de
aquellos hbr'!s simulados y repas~r historias que no había olvidado. Recordaba las vidas de aquellas muieres cuyo nombre aparecía en el lomo
del ~ibro c?mo nove!as que hubiese repasado con mucha frecuencia y
hubiese leido por primera vez con la luz de la mejor lámpara.
Porque este hombre de la barba de tenor deslucido había sido el maY?r barba azul d~l mundo e iba a morir impune, habiéndolo hecho muy
bien, con las cemzas de los cadáveres que fiabía quemado en la cocina
de su h?tel, guardados en aquellos librotes de lomo formidable con las
venas hmchadas.
Cada libro simulado de su biblioteca era un ataúd, limpio y breve,
de una de aquellas amadas que mató.
:-:-Ante ~odo 1~ clasificación ... No hay nada como una buena clasificac10n-soha decir en cualquier parte a propósito de cualquier cosa el
barba azul de los libros simulados.

YO SOY TU ESPOSA
Era la hora en que todos salían del teatro. Era la hora que es cuando
el esposo va más con su esposa. Pasaban en parejas aferradas.
~&lt;Y esta noche en que no va a quedar nada en la calle, yo solo», me
dec1a yo.
Iba hacia una amante que es algo más verdadero que una esposa,
algo _de ~o .que no queda e~ la es~osa; pero no tenía una esposa con la
que 1r s10t1endo la tragedia comun camino del piso adornado por el
Bazar de la Unión conyugal.
Cuando de pronto me vi cogido del brazo.
-Soy tu esposa-me dijo-. Vamos de prisita a casa.
Los letreros de las peluquerías que es lo que más se ve y se deletrea
cuando ,se va c~n ~~ esposa., se destacaban ante mí con claridad pasmosa. Tema veros1m1htud m1 esposa. Iba arropada en un cuellecito de
piel. ~e ~scondía en una mancha oscura c~mo una verdadera esposa.
Ademas pisaba so~re los ta}ones para dar mas verdad a su tipo.
-Bue~o: ¿y donde esta la casa?-pregunté yo, ya un poco cansado
de la cammata.
-Ya estamos ... Llama a Pepe ...-me dijo mi esposa.
132

Yo grité.
-¡Pepeeee!-reforzando con las tres cee de los serenos la e final de
Pepe.
El sereno vino y me dijo dándome la cerilla:
-Ya era hora de que viniese el señorito.
La larga cerilla del sereno daba una autenticidad innegable a la escena. Mi esposa era tan real, que proyectaba una gran sombra escalonada sobre la escalera.
Pero lo raro era gue yo encontraba cierta naturalidad en lo que estaba pasando. Suced1a tal como yo lo había previsto. Todo lo que sucede en el matrimonio; todo lo que hubiera sucedido en mi matrimonio.
Hasta tuve la coquetería matrimonial de cansarme en la escalera, de
ir despacio, dejando que ella subiese delante, sin ninguna impaciencia. ,
Sonó la campanilla de la casa, porque yo era un pobre marido de
casa con campanilla, y salió a abrir la criada parecida a la que me llevó
en brazos.
El recibimiento era el esperado, y un bastón que tuve alguna vez
estaba en el escopetero de los percheros.
Todo se realizó como se tenía que reálizar en un matrimonio al parecer antiguo.
-Bueno, hasta mañana-dije. yo, volviéndole la espalda, sin tocarla
apenas, después de darla un beso casi fuera de la mejilla.

EL ATROPELLO MÁXIMO
A eso de las nueve cogí el camino de mi casa como todos los días.

Iba a cenar. Llegué, la puerta se abrió con la facilidad de todos los días
y vi el comedor ya encendido.
Los siete cubiertos de mi familia brillaban con el frío de la vajilla
limpia y preparada. Sus brillos eran desoladores en la impaciencia de
vedes llegar a todos, pues ya a esta hora todos solían estar todos los días
congreg_ados en la mesa.
-¿(¿ué les habrá pasado?-me preguntaba mirando el ojo de buey
del comedor, blanco, lívido, con soñanza en sus horas.
-¿Han echado el periódico?-pregunté.
- Sí, tome-me dijo la doncella cogiéndolo de encima de una silla.
Yo lo extendí y cubrí con él los platos fríos como el hambre destartalada y vacía.
Me entretuve en unos versos, libé el poco jugo de una crónica, repasé
lo que había del extranjero, leí la sesión del Congreso, me manche en
133

�LA PLU~I A
un anuncio de grasas para camiones, hasta que di con la sección titulada ~Los automóviles» y en la que se relataoan los atropellos.
Siempre voy a esa sección como con el temor de ver que he resultado yo mismo el atropellado.
No di un grito porque eso no pasa sino en las comedias y en las novel!s, ~ero produj_e ~n gran ruido de apretujamiento del papel, de empunam1ento del diario.
. ¡La_s . cinco perso?as de mi familia habían sido atropelladas en distinto sitio aquella misma tarde por automóviles diferentes!
¡Todos de pronóstico grave!

EL CALVOROTA
El periódico a través de los días es monótono aunque sea imprescindible. Los corresponsales dan generalmente las buenas noches o los
buenos días en esos telegramas que se reciben en rachas de cuatro.
Estába~os aquella_ noc~e tranquil~s. Algun~s compañeros recortaban cuartillas con minuciosa aplicación y nac1an un encaje de líneas
admirable.
El reloj tenía el son escéptico que tiene en las redacciones.
El conserje entró a avisar que un señor quería hablar con todos urgentemente.
-¿Con todos?
_:_sí, con todos ...
-Pues que pase-dijo el director.
Todos espera_mos ver pasar al señor que quería hablar con todos. Los
qu~ estaban)1ac1endo sus calados con las largas tijeras se quedaron perple¡os, las t1¡eras aun en sus dedos abiertas y como las orejas aguzadas
y atentas del conejo de la atención.
Una reluciente _calva apareció por entre la cortina de la puerta. Aquella cosa blanca, bnllante, pulidis1ma nos dió cierto pánico en el primer
momento. Parecía que la muerte venía por todos.
¡Ah! _Pero no; la calva de la vida tiene siempre carne encima, ~asa,
opulencia. La flacura de la calva de la muerte no tiene comparacion.
-Señores-dijo el calvo dirigiéndose a nosotros- : en la edición de
hoy ~an publicado ustedes una caricatura sobre los calvos que ya es de
una insolencia inaguantable ... Vengo a que uno de ustedes, el de más
pelo, se desafíe conmigo ... Ese anuncio-caricatura ha hecho reirse a mi
esposa de mí, ya sin poderse aguantar como me ha dicho ella después
de h_aber ll_orado al verme enfadado ... Durante quince años de matrimonio ha visto muchos anuncios contra la calvicie, muchos dibujos de
134

contraste entre un hombre con pelo y otro sin él, hasta algunos chistes;
pero ninguno tan irresistible como éste ...
-Usted comprenderá- le dijo el director-que el responsable de esa
caricatura es el anunciante ... A nosotros se nos envía desde la administración el aviso de inserción y tenemos que insertarla.. .
-No han debido publicarla aunque se la enviasen ... Además, ustedes
comprenderán que un industrial que anuncia específicos para hacer crecer el pelo, es un estafador, .. Durante d iez años he estado yo usando
todos los que se han anunciado en los periódicos de Europa y he pescado con ellos un reúma cerebral terrible y yo creo que si me ha crecido
el pelo ha sido del revés hacia dentro en una horrorosa melena que me
llega hasta los talones, pero por dentro...
.
,
.
A todos nos daba risa aquel hombre, pero nadie se atrev1a a re1rse.
-Es inaguantable su caricatura de hoy ... En la oficina, en el círculo, en todos lados he notado la popularidad de su periódico Pºf co~o
me han mirado sonriéndose ... Yo necesito desafiarme con ... aquel-d1¡0
señalando al que más figura de poeta tenía, a Enrique, con el pelo crecido y rizoso ...
-Bueno: ¿y sus padri_nos?-preg~ntó Enrique... .
-Mis padrinos vendran ahora m1s1:10 ... Son dos amigos calvos ... I:Je
venido yo antes que ellos porque quena darles las razones que me :3-s1sten y discutir el principio ~e la ofensa contra la _que_yll: sabía yo que iban
ustedes a argüir ... Las cancaturas de los a_nuncios ulumos_ de ~e. específico ya me habían hecho temer que eso iba a llegar a lo madm1S1ble ...
Ya lo de: «¿De qué queso?», en que el mozo del res~urante, con un
queso en la mano, hace esa pregunta a dos «cocottes» ¡unto a la mesa
de un hombre perfectamente calvo, erad~ una burlonería que sólo estaría justificada en el caso de que no hubiese calvos en el mundo ...
El conserje interrumpió al gran calvo, anunciando dos señores.
-Son ellos-dijo el calvo-. Ahora somos ya esos tres calvos que
figuran en esa otra caricatura que también ha~ publicado muchas vec~
y que, inclinados sobre una mesa de billar, miran _a tentamente la posición dudosa de las bolas ... Nombre usted sus padnnos y despachemos
esta misma noche el asunto ...
Enrique me nombró a mí y a Lastras sus representantes, y pasamos
al despachito de recibir a hablar con los otros dos calvos. .
.
Estaba más iluminado que de costumbre el oscuro gabinete, gracias
a las dos calvas relucientes, calvas de hombres de mundo, grandes, estupendas, de un wattio por lo menos.
.
,
.
Se planteó el debate de la ofensa y no tuvimos mas remedio que
acceder. Sus calvas, llenas de dignidad, daban un gran empaque a sus
135

�LA PLUMA

LA PLUMA

palabras. No había derecho realmente a meterse con tan solemnes eminencias.
Se trató del arma a elegir.
-El sable usted comprenderá que no puede ser aceptado por un calvo-dijo uno de los padrinos-. Está en terribles condiciones de inferioridad, porque si le cae el sable sobre la calva puede muy bien abrirle la
cabeza de un modo insoldable, por no encontrar resistencia ninguna
en ella.
-Pues entonces la pistola tampoco-dije yo-, porque el blanco que
ofrece el calvo sería terrible ...
- Tampoco la pistola, y en vista de eso será la espada el arma de
combate ...
Todos los demás detalles se ultimaron y en la madrugada
salíamos en dos coches como un grupo de juerguistas camino de campo
del honor.
El espectáculo iba a ser interesante, pues se iba a dilucidar completamente en serio la más pesada de las bromas. ¡Lo que son los hombres!
En la carretera, a aquella hora, ni pájaros había. La luz del alba iba
a orientar las espadas hasta el corazón en una herida sutil, recta y segura.
Los dos adversarios frente a frente, hubo un incidente previo: el calvo, al quitarse el sombrero de copa, había aparecido como demasiado
desnudo para estar a la intemperie, como sin calzoncillos ni camiseta,
y nos había dicho sacando un gorrito negro de un bolsillo:
-Ustedes me permitirán que me cubra, ¿no?
Debatimos el caso y se lo consentimos.
Al verles dispuestos al asalto, tomó el pugilato el sentido de una lucha en que parecía que el calvo tratase de apoderarse del pelo de Enrique.
Se hicieron el saludo, un saludo sin etiqueta por parte del calvo por
estar cubierto mientras hacía ese saludo, que es el saludo más fino, más
puro, más digno, más limpio que se hacen los hombres.
Las tazas de las espadas comenzaron a sonar como timbres. Parecían
llamar a los guardas jurados o a la guardia civil.
Los padrinos del calvo, los dos calvos, seguían sin impasibilidad el
desafío y hacían gestos extraños y como imitativos con el bastón, pues
ellos también se sentían los ofendidos.
Por fin se oyó un grito y vimos caer a Enrique, atravesado de parte
a parte como si fuese mentira, como si hubiese llevado preparada esa
otra media espada que les sale a los «clowns» por la espalda cuando hacen que les clavan la espada que se enco~e.
.
Nuestro amigo había muerto instantáneamente y por eso el ¡adiós!

Iª

que habíamos creído oír llegó a nuestros oídos tarde, como retrasado,
como lanzado desde detrás áel horizonte.
Todos nos quitamos el sombrero como se µace en estos casos. Los
padrinos calvos y el mismo matador lucieron con gran compunción sus
calvas venerables, y como bajaban la cabeza, agobiados por la desgracia,
parecían sus calvas sus rostros informes, los rostros sin dibujar y sin
modelar...
Y en aquella gran seriedad de la hora y del suceso vimos lo milagroso, que las tres calvas se fueron cubriendo' de pelo, como si la muerte
del burlón melenudo hubiese compensado sobre el mismo terreno su
falta capilar. Al reconquistar el honor de sus cabezas por un acto así
habían conse0 uido restaurar el pelo perdido.
En vista ~el nuevo fin trágico en que se habían metido, la Naturaleza ejemplarizada les devolvió el pelo que les había tomado.

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

�LA PLUMA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES
pr~mera vez _que oí hablar de los ~chlegel_fué en El Esconal de Arnba, una tarde de otono, hace ya veintitan
tos años. No eran pasto de la murmuración del vecindario de San Lorenzo: se hablaba de ellos en una sala baja,
.fría, donde un par de docenas de adolescentes, de codos en los pupitres de pino todavía pegajosos de barniz, sufríamos la iniciación
literaria. Encaramado en la tribuna, un fraile joven, quebrado de color, escuálido, de boca rasgada y dientes desiguales, nariz aguileña y
ojos saltones entreverados de sangre, daba suelta a su elocución caudalosa. De voz insegura, tan pronto ronquilla y velada como chillona
y metálica, entre gallos y rociadas de saliva, con el tropel de palabras
que le salía de la boca, se trompicaba. Era el Padre Blanco, uno de
los brotes más lozanos que há dado en nuestra época el añoso tronco
agustino. En el aula hostil, la luz cenizosa de noviembre pesaba en
los párpados. A tales horas ya nos rendía el cansancio cotidiano. Esforzábamos la atención para no sucumbir al tedio o al sueño. La lección del Padre Blanco era, no obstante, soportable como ninguna
porque hablaba de cosas inteligibles y amenas cuya inserción con
nuestra sensibilidad personal veíamos patente. Teníanle los suyos
por crítico literario de primer orden, y ponderaban su arremetida conA

. 1

1

¡!

138

tra Clarín, para los frailes arquetipo del impío. Dentro y fuera dé
clase era el Padre Blanco parlanchín y burlón. Los estudiantes le
llamábamos fray Sátira. Andaba casi a brincos; cada ademán, una
sacudida. Empezaba a toser; ardía en sus pupilas la calentura. Murió algunos años después, creo que en Jauja. Su Historia, que nunca
nos dieron a leer, no vale tanto como ¡;iensaban.
Nuestra preparación de bachilleres, si juzgo por la mía, era modesta. El que más, recitaba de coro páginas del Campillo. Yo había
cursado ese librito en mi colegio de Alcalá y conservaba en la memoría algunas de sus nociones más sólidas: «¿Qué son tropos? Formas
figuradas de hablar.» O bien: «Criticar es aplicar los juicios de la sana
razón a las obras literarias y artísticas.» Campillo fué uno de esos
catedráticos zumbones, amigos de e11sañarse con los alumnos haciendo chistes a su costa. Era exigente, y,· como decían, clerófobo; al
verle eri la comisión de exámenes, los alumnos del Colegio de segunda
enseñanza se helaban de espanto. Pero los frailes le amansaban a fuerza de comidas pantagruélicas y vino sin tasa. Tomábase Don Narciso
licencias increíbles:Una tarde, sentado en el ·tribunal, como le doliese
un callo, se quitó una bota, la puso sobre la mesa, extrajo del bolsillo
una navaja, y recortado un pedazo de cuero en· la parte que le laceraba, se calzó tan campante. Andando el tiempo, alcancé a Campillo en el Ateneo, donde tuvo apestosa fama. Era un andaluz procaz,
de ingenio pronto, fecundo en chocarrerías. En la biblioteca de la casa
hubo un ejemplar de La Regenta, famoso por las notas que Don Narciso le puso al margen. El ejemplar desapareció, ni sé si por decreto
de un bibliotecario pudibundo o porque algún bib!iómano curioso
lo haya guardado para sí. Dos hijos que Don Narciso tenía no heredaron la vocación literaria de su padre: tal vez los Reverendos Escolapios de Alcalá, a cuyas aulas fueron a cursar la segunda enseñanza,
suscitaron en ellos otras inclinaciones y se dedicaron a barristas.
Mis condiscípulos, sin tener más afición que yo, no estaban me 139

�LA PLUMA
LA PLUMA

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jor preparados. Ignoro si llevaría alguno en el coleto el mi:mo fárrago
de lecturas desordenadas que perturbó los albores de m1 adoles~encia. Sólo sé que estudiar leyes me parecía el suicidio de mi vocación.
El tiempo sólo a medias me ha desmentido. Las novelas de Veme, de
Reid, de Cooper, devoradas en la melancólica soledad de una c~sona
de pueblo, ensombrecida por tantas muertes, despertaron en mi_una
sed de aventuras furiosa. Amaba apasionadamente el mar. Son.aba
una vida errante. La primera vez que me asomé al Cantábrico Y vt un
barco de verdad, casi desfallecí de gozo. Me sucedía lo que a los niños de ahora les ocurre con el cine: ellos quieren ser Fantomas como
yo quise ser el capitán Nemo. Esa enfermedad se P8:5ó ~ronto; me
libré de ser pirata; no ha habido disciplina ni conveniencia capaces
de doblegarme a ser jurista. Leía, pues, sin previa censura..cuantos
libros de imaginación hallé guardados en la librería de .m1 abuelo:
Scott, Dumas, Sue, Chateaubriand, algo de Hugo, traducido:, Y ~us
secuaces españoles, los devoré· con manifiesto estrago de ~~ paz mterior. Recuerdo haber vivido entonces en un mundo prodigios~: De
esa prueba, que me sirvió para entender la locura de Don QuiJote,
salió encandilada mi afición precoz a leer de todo. El Padre Blanco
la conocía. Quiso enmendar mis gustos y me dió a leer a Pereda. Er.a
lectura lícita y la alternábamos con los folletines de Rocambole re~~bidos a escondidas. Dióme más adelante Pepita Jiménez. Me aburno
-Es natural-dijo el Padre-. Hay que estar muy versado en los
místicos españoles.
Fuera de esos regalillos, en punto a lecturas, nos tenían en seco.
Reducíase la historia literaria a las páginas del libro de texto, grueso
tomo, con nociones preliminares d~ estética, traducidas o ada?~adas
de Leveque: «La gota de rocío suspendida de los pétalos del hno, :l
puro y casto andar de la doncella, la inmensa masa del ?ceano agitada por la tempestad ... », decía el libro para empezar 3: mculcar.nos
la noción de lo bello. El Padre Blanco, oyéndonos decorar entre nso-

tadas tales sandeces, se impacientaba. El mismo Padre rigió aquel
año la cátedra de Historia de España. Leíamos la obra de Ortega y Rubio, bondadoso señor, enemigo irreconciliable de Felipe II. No he olvidado algunos rasgos de su estilo: «Felipe II desembarcó en Inglate1Ta, bebió cerveza, fué galante con las damas, y se
captó las simpatías de los ingleses.» Hablaba también de su «mano
de hierro». El libro tenía entonces dos tomos; ahora, muchos más. O
la materia o el saber del autor engrosaron con los años.
Para acabar de formarnos el espíritu estudiábamos un libro de
filosofía, parto de un profesor de Barcelona, almacenista de bacalao,
que en los ratos de ocio producía metafísica. Ortodoxia pura.
-Vamos a ver, jóvenes-inte1Togaba el fraile-. ¿Qué es la Verdad
de conocimiento?
-Adequatio intellectus et nl:'i-respondíamos con aplomo.
Nunca he vuelto a pisar te1Teno tan firme.
Cúpole iniciarnos en el tomismo al Padre C., montañés, de poca
talla, locuaz en demasía, un tantico suspicaz y marrullero. Voz aguda,
ojos claros, y en los labios finos, remuzgos fugaces de desdén o de
ira. Listo como el hambre, el único fraile «señorito», a lo que creo,
de seguro el más sociable. Tenía gracia para hablar a las señoras.
El Padre C. era mejor jinete que metafísico. Poseía el Colegio una
cuadra de seis u ocho caballos, picadero y guadarnés bastante bien
puestos. Algunos estudiantes tenían montura propia. Cuadra, picadero y guadarnés entraban en la superintendencia del · Padre C. Allí
pasaba los grandes ratos cabalgando en la Peonza, yeg ua alazana,
de pura sangre, nerviosa y fina, que a pocos se les podía confiar. Las
tardes de paseo montaba en la yegua, y calada la teja, remangados
los hábitos sobre el sillín, al viento la muceta y la cogulla, salia por
las puertas falsas seguido de los alumnos de equitación, soberbio en
el animal que se encabritaba, y se iban a galopar por las carreteras
de Guadarrama o de Valdemorillo.

�LA PLUMA
Comentarios sobre los méritos y gracias de la Peonza entreveraban (no siempre ha de estar el arco tenso, recomienda Esopo) la clase
de metafísica. La Peonza servía de comodín en la hermenéutica.
-Eso-explicaba el Padre-es como si pensásemos una Peonza
con ocho patas... ¿entienden? Eso... ¿entienden.. .? Es como si yo les
dijese: la Peonza es verde y amarilla...
El Padre C..quedábase a lo mejor absorto, de codos en la mesa y
el rostro entre las manos. No bastaba nuestra algazara para despabilarlo. Nos tiroteábamos con libros y boinas. Algunos encendían a
hurtadillas un cigarro, batiendo el aire con furia para disipar el humo.
Los días muy fríos, un pelirrojo del diablo solía bajar un frasquillo
de alcohol, y derramándolo en la tarima entre dos filas de bancos,
prendíalo fuego. Sus vecinos se apretujaban disputándose el sitio
para acercar a la llama los dedos ateridos.
MANUEL AZARA
( Continuará.)

ALEGORIA DE LA JU.VENTUD
I

cSobre el polvo, bajo el sol,
. zapatetas!
Gllos-los hombres ecuánimes
del mañana-bailotean.
II

¡9/,larida desgarrada!
(sin doncellez las doncellas)
galopan virilidades
de centauro por la selva.
III

.las hojas, bajo el estupro,
crujidoras, voci/eran.
143

�LA PLUMA

LA PLUMA

IV

'JI un recio trote de centauro anula

.La adúltera hace de potro,
y el /auno niño se adiestra.

el gutural quejido de la ex-virgen ...

V

ESTAMPA REMOTA

;Jugo tibio de las uiñas:
contorsión y zapateta!

cSobre el polvo luminosomeditativo, taciturno, 9ldán.

VI
;Juventud: salto, berrido,
lumbre, coito, risa, be/a I

.Cas cosas están sin nombre.
61 no los puede articular.
.Ca Creación es mito tierno,
sin realidad ni eternidad.

OTOÑO

¡!Palabra, lumbre/
-file tu verbo
ha de fluir la vida, 9ldán .
¿'JI la CVarona?sobre el césped
sonríe, acaso-¡ acasol--ya.

fMaciza realidad: desnudos sólidosenjutas ubres y caderas sobrias.
.fas lavanderas en el río angosto,
sus carnes ávidas, de miel, remojan.

·6s el otoño. .Los vendimiadores
con pámpanos jugosos se coronan.
6n sus desnudos cálidos, de bronce,
brinca la violación ruda y -gustosa.
,.'

'JI se agudiza en sus pulposos
pechos, bajo un sol sin cuajar
irónicamente la astucia:
pezón de la /eminidad.

Un relincho-evohé-restalla-/usta
de sol-sobre unos senos, que se erigen.
144

JUAN JOSÉ DOMECHINA

'º

145

�LA PLUMA
encubiertamente et muy apriesa; et de que comienzan a correr, corren et
roban tanta tierra, et sábenlo tan bien facer, que es grant maravilla,
que más tierra correrán et mayor daño farán et mayor cabalgada
ayuntarán doscientos homes de caballo moros que seiscientos de cristianos.

PÁGINAS JNACTUALES

GUERRAS ENTRE CRISTIANOS
y MOROS
uerras que son· entre los
. ..
. de I
infante, dz_¡IJ Julio,
as g
•
or razón
cristianos et los moros non vos fablé ';n~:n:~;:;:dores nin
o
.
l moros non caen en comarca
que os
ellos· mas pues quererles que vos en ello dzga
han guerra con
, de rado Señor infante, la guerra de
lo que ende sé, fac~rlo he muy . ~
.. también en la (J'uerra gue0
la de los cristianos,
•
los moros non es como
b t o son cercados o combatidos,
do cercan o com a en
.
rreackr, como cuan
el ·andar por el camino o
b l das et correduras, como
en las lides, en todo es muy departida la una
como en las ca a ga
el pqsar de la hueste, como
dafiáanla ellos muy maestramen. t . ca laguerraguerrea
.
l
de
manera
a o ra,
· da et nunca 1ievan
h tpasan con muy poca vzan ,
te, ca ellos andan mue o e , .
.
da uno va con su caballo,
.
de p. nin acemilas, smon ca
.
u
l .
de las otras gentes, que non ltevan
consigo gente también los senores como cua quiera.¡;
pasas o alguna fructa, e non
•
·
poco pan et J.gos 0
otra V1anda sznon muy
.
de uerbo et las sus armas
·
non adaragas
e r '
traen armadura ninguna sz
ft en et porque se tienen
l
,1,adas con que er ,
son azagayas que anzan, t~r
h
Et a la entrada entran muy
tan ligeramente pueden andar mue o...
Eí-lOR

;
~~

..

... Cuando han de combatir algunt lugar, comiénzanlo muy fuerte et
muy espantosamente; et cuando son combatidos, comiénzanse a defender
muy bien a grant maravilla; cuando vienen a la lid, vienen tan recios
et tan espantosamente, que son pocos los que non han ende muy grant
recelo; et si por sus pecados los cristianos toman miedo et non saben
sofrir el su roído et las sus_ voces, et muestran algún miedo o espanto, o
se comienzan a revolver et andar en derredor et metiéndose los unos por
los otros, o faciendo cualquier muestra o continente de miedo o espanto,
entiéndengelo ellos muy bien et danles tan grant priesa de voces et de
roido et deferidas, que non se saben poner consejo los cristianos; et si
por los sus pecados comienzan a volver las espaldas et a foir, non creades que non ha home que vos pudiere decir cuál manera han et cómo
facen grant mortandad et frant daño; et non creades que los cristianos,
de que una vez vuelven las espaldas, que nunca tornan nin tienen mientes para se defender.
Si home ha de cercar algún lugar [de moros] conviene que... ponga
muy buen recabdo en guardar los que fuere11 por leña o por paja, o por
yerba, et las recuas que trozieren las viandas para la hueste; ca siempre los moros se trabajan de facer daño en las tales gentes....Et si entraren descubiertamente por talar o quebrantar la tierra, desque fueren
en la tierra del recelo, deben ir muy bien acabdellados,-poniendo muy
buenos cabdiellos et muy buen recabdo en la delantera et en la zaga et
en las costaneras....Et la hueste que en esta manerafincase, en ninguna
guisa non debe andar de noche, et débense guardar cuanto pudieren de
Puertos et de estrechuras, porque non puede ir la gente acabdellada,
...Et si entraren por buscar lid, deben ir por el camino muy bien acab147

�LA PLUMA
de/lados et a pequeñas jornadas, et débense guardar, et non vayan por
tierra seca; ca si lo ficieren et los fallasen los moros lueñe del agua, podrían ser todos muy ligeramente perdidos et desbaratados; ca desque
grant gente de moros llegase a la hueste de los cristianos, non podría la
hueste de los cristianos andar, et si fuese el agua lejos, o morrían todos
de sed, o habrían de descabdellarse para ir al agua; et si una vegada
fuesen descabdellados, non ha cosa que les pudiese guardar de ser desbaratados et muertos; ca bien creed por cierto, como desuso es dicho,
que si los cristianos una vez se des~abdiellan et se desbaratan, que non
ha cosa que los pueda guardar de ser mal andantes.
... Pero sobre todas las cosas del mundo debe guardar que non fagan
aguijadas de pocas gentes, sinon cuando fueren todos en uno; ca una de
las cosas del'mundo con que los cristianos son más engañados, et por
qué pueden•ser desbaratados más aína, es si quieren andar al juego de
los moros o faciendo espolonadas a torna fuyc; ca óien creed que en
aquel juego matarían et desbaratarían cien! caballeros de moros a trecientos de cristianos, et ya muchas veces mu,has gentes et huestes de
cristianos fueron desbarata{J,(JS con estos engaños et maestrías de los
moros ..,,

DON JUAN MANUEL
Libro de los Estados.

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148

1

FANTASÍAS

SI EL ALARBE TORNASE VENCEDOR

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los notables en el zoco el Jemis. de Mazuza para deliberar
.
paces o guerra con España. Divididos en sendos grupos los patriotas, los prudentes y los derrotistas, hallaron que las razo es 1
fuerza no estaban repartidas por igual.
n Y ª
El Santón de la Puntilla, patriota proceroso, fustigó a los tímidos
con pa1ab ras candentes
-Desde hace veinte años lo vengo diciendo en todos los t
.1 h
tido en l Cá
d Ab
onos, o e repe- a
mara e
omelique y en estas Ju utas: abandonar la em res
Espana
• p
ª de
·
d sería
l traición cobarde a los destinos del Islam , y ll"S 1:&gt;,11 ranadelcon
~1-~ rt~ e_ os ~ueblos cultos. No nos engañemos acerca del pe:!gro ni de los sa\:nfic1os mevitables. Correrá sangre. Yo creo que no será ta t
·
• Esos
· •
n a como se dice
perros cnshanos son ladradores y asustadizos ,No los h
•
·
mil b t JI ? N
d
·&lt;
emos vencido en
a a as ¿ o tar aron ocho siglos en recuperar lo que les
·t
unos meses&gt; N d h
qm amos en
.
. . ¿ o es acemos en unas horas lo que ellos levantan en varios lust~o~'. Pero a•mque fuese grande la costa: ¿ha perdido nuestro pueblo la anti ua
vmltdad, que le hizo f~moso, y se ha mudado en rebaño de viejas histéri;as?
¿Y qué valen las penaltdades ante el porvenir grandioso que la conquista
depara? No podemos sustraernos a los designios de Dios· por algo nos nos
al borde de la Pemnsu
,
1a,. su sue1o, c1v1hzado
. ..
y fec1,1ndado por· el esfuerzo y lapuso
sang~e de n_uestros mayores, ha de volver al patrimonio de que nunca debió salir .
( 1 el e_cl~pse de nuestra grandeza, socavada, más que por las faltas propias por
ª envidia
· ·
'
tros
cle hY el odio ajenos,
b nos obligó a desamparar el fundo h"s
1 pamco,
nuesrec os no prescri en. Frente a ocho siglos de posesión, ¿es algo el tiemUNTÁRONSE

14,
1

':

�LA PLUMA
LA PLUMA
po que los perros cristianos llevan ladrando en ese solar? Nada. Si nos fuimos
de él, ¿no ha seguido la gente española gravitando en torno del Islam? ¿No dejamos huellas imborrables eo la vida, en el habla, en los usos, eo las artes de
ese 'pueblo? Sus templos ¿no fueron nuestros templos? Sus palacios ¿no fueron
los nuestros? ¿Y que han hecho ellos sino estragar y corromper lo que abandonamos perfecto y entero• Ningún otro pueblo tiene, paes, tantos títulos como
nosotros para encarrilar a los desvalidos españoles por la senda del trabajo civilizador. Volveremos allá, y al recuperar lo perdido, restauraremos en la Península uo emporio. Enseñaremos a los españoles la filosofía y la medicina, blasones de nuestra raza, y las artes útiles de la paz, que al marcharnos se hundieron. Quedará asegurada la independencia de este país: España no es para
nosotros una colonia, ni territorio de expansión: España es un litoral. Desde
el Besós hasta el Miño no podemos permitir que asiente su planta el extranjero. Y es hora de estorbar que el Sicambro imperioso, en demasía fuerte , nos
asedie por el Norte, como nos cerca por el Sur. ¡Guerra a los infieles! ¡Confiemos en el Dios de los ejércitos! ¡A las armas, a las armas!
Dió un 1·esoplido, y blandiendo la corva cimitarra, se sentó.
El bajá de las Tres Colas, jefe de los prudentes, era un espíritu sutil, perseverante en la inacción, tras de mucho ponderar con palabras circunspectas
el pro y el contra de las cosas. F,ntre sorbos_ de te y bocanadas de humo de ta-

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baco, dijo su consejo.
-No rectifico mi oposición a la aventura de España. ¡España es un avispero! ¿Qué necesidad teníamos de hurgarlo si los mismos españoles, viniendo a
colonizar en nuestras costas, nos daban ocasión, de diez en diez años, para quitarles cuanto tenían y ganar honra y provecho sin esfuerzo? ¿Y no estarían mejor empleados en explotar las riquezas naturales de nuestra tierra el dinero y
los brazos que vamos a jugarnos en una expedición azarosa? La conquista de
España y el afianzamiento de nuestro dominio en el interior, no son tareas fáciles, pese al patriotismo huero. No están los españoles tan corrompidos ni
son tan débiles como se dice. Cierto, están atrasados: les faltan la agudeza
mental y la destreza técnica indispensables para m~nejar coñ bÓlgura y tino los
recursos de la industria moderna; pero no es~án aféminados; por su misma
rusticidad, y por la ingrata vida que llevan, son temibles si luchan a muerte.
Ni los más grandes capitanes lograron someter!C'S, ¿Quién n:: ha oído hablar de
los cántabros y astures? ¿O de Viriato? ¿O de Sagunto y Numanciá? Y nuestros
abuelos, ¿no se estrellaron también en Covadonga? Estas memorias heroicas,

fuertemente mezcladas con las tradiciones reli .
.
les desde la niñez. Los españoles se e
. g1osas, alimentan a los españoomumcaa con la D' · 'd d
mente que ningún otro .oueblo· Si' 1os hos t'1gamos mucho •vmi
á a más directaal Apóstol Santiaao
abatirse
sob
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para exterminarnos.
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opuesto s1em,re a la aventura de Es pana.
- ·Lá
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sttma
que no ue
s no h'igo,
• me he
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. ora es tarde para retroceder!• Somos h ombres prud t e dme 1c1era caso!
p1os, -y hemos compartido las respons ab'l'd
en es, e psanos princi1 1 ad es del Gob·
spaoa, aunque nunca debiéramos h b 'd
. .
ierno. uestos ya en
E
Es lógico. ¡Lo exicren nuestro h
a er t o, es md1spensable continuar allí.
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ooor y nuestros comp
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Retirándonos de España daría mos una prueba de impot
romisos
más solemnes•.
.
ante la Historia responsabilidades b.
d
.
encia, y contraeríamos
•,
ª turna oras nuestros d
d'
ped1nan cuenta del patrimonio malgastado Ad 1'
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escen tentes nos
presas bélicas. La acción militar debe est .
ed~n.te, pues. Pero nada de eme~. Que los españoles mismos se convenza:r ;:~a iciona~a por la acci6n polític1ón y sean los primeros interesados
d s ventaias de nuestra penetra•
en ayu arla Abra
·
mos
arboles,
alumbremos
fuentes
vuel
·
mos
,
•
van 1os abrasados
té cammos,
·
d plantemsula a sonreír a sus moradores·' llevemos allá un poco d rmmos
· t' • e la Penmosles la tolerancia• bagamos, en fi n, mas
, fác1l
. más pi c et JUS 1c1a,. recordéespañoles nos acogerán con los brazos ab'tert os.• T a1 es amienseerat' su vida
. 1... y los ·
ro. En el atasco presente• no h ay smo
. t ornar un desquite
n1tr pa1a o futuca nuestro mermado prestigio ant 1
_
crue , que restablezEl m
.
e os espanoles y ante el mundo.
so del b~J-~o YK::dpo:~tee~edode los ~e:rotistas, :scuchaba de mal talante el discur'
reprimir su enoio por más t'iempo, le apedreó con
improperios:
-¡Mientes, hipócrita! ¡Mieutes perro' Tú ta b'é
.
y quieres engañarnos a todos. Pu~s sábc.l .
m 11 n estás sediento de gloria,
d
o. me a egro de la hecat b
. hagan en nosotro 1
. om
- 1 e, y . esd e ahora ber,digo cuantas degoll'mas
ellas viene
.
s os espano es, s1 con
que aborrezco.
. el derrumbamiento. del r é gimen
El b-1Já de las Tres Colas repuso con acento melífluo:
trofes¿,~:!~e~::~:e~:i::s~:ds: ~:::::~:tbiendo con fruición todas las catás-

_ II..v¡ va.E spana!!
- ¡¡Vivan
·
los

. .
cristianos!!- replicaron Kandor
os
patriotas
y
los
prudentes
se
a
.
Y
sus
amigos.
L
patearles el cráneo, montaron a cabal~roia;o; sobre los ~errotistas, y tras de
o y u ronse a predicar la guerra santa.

•

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LA PLUMA
LA PLUMA
II
Cuenta el moro Rasis, el más fie l narrador de e stos suce sos, q ue a la sazón
era España uno de los países más felices del mundo. Europa. había perecido en
la última gran guerra por el derecho. Tronaba en Aquisgrán un emperador barbudo'. que apenas hacía caso de las pe nínsulas del Sur, limitándose a cobrarles
u~ tn_buto. La Sociedad de naciones, retirada en los archipiélagos de Micronesia, vivía en acecho del progreso de las madréporas, espe rando el M amiento
de un continente nuevo que pacificar. A favor del cataclismo, España rehizo,
por fin, su unidad moral: c¡No más Europa, no más europeizantes, todos alca•
rreños:• ~ste clamor, resumen de secretas aspiraciones, demasiado tiempo
comprimidas, acompañó al suplicio a los treinta y dos montenegrófilos que
~ropugna~an las novedades del extranjero. El patrimonio artístico de los espanoles subió de valor. Antes ya tenían varias •cosas primeras del mundo•. Ahora, devast~~a Europa, muchas más, sobre todo casullas y dedos de santos, que
era ~rand1s1mo consuelo. Se multiplicó de súbito el caudal de la nación. Llamados al t&gt;oder ciertos economistas respetuosos de las tradiciones seculares
implantaron de real orden el patrón calderilla, e instituyeron por unidad mo~
neta~ia la perra chica. La monarquía visigótica, fe udataria del e mperador de
Aquisgrán, acertó a poi:er a E spaña en las rod adas del carro de Recaredo. Instituciones ajadas por el tiempo recobraron su lozanía. Y la tarde que, en Getafe, sobre una colina, se reanudó la serie dé los concili0s de T oledo, el alma hispánica respiró, libre de las opresiones y de formidades que siglo tras siglo venía padeciendo.
. Sea~ cuales fueré n los ornamentos añadidos a ese cuadro por la imaginación oriental del moro Rasis, las líneas generales son ciertas, y veraces los retrat~s. : así dice el moro, que nadimdo en el piélago de su ve ntura, el primer
mov1m1ento de lo~ españole s al saber que los ejércitos africanos, copiosos
como_ las arenas del desierto, ·desembarcaban en Motril, Almuñecar, Bonanza
Y Tanfa, Y se abatían sobre Granada y Sevilla, fué de estupor.
-¡Traición! ¡Traición!-vociferaban por todas partes- . ¡Estamos vendidos!
-¿Quién manda las ho rdas african as?-profirió eon triple intención la Prensa bien orientada.
«El Gobierno-decía una nota oficiosa-cre e que no debe darse demasiada
importancia a las intenciones hostiles de los moros. Precisamente, en estos momentos, las autoridades fronterizas no cesan de recibir de los kaídes más importantes protestas de adhesión a España. El movimiento actual se atribuye a
15:i

elementos extraños, cuya pre sencia en las ho rdas africanas ha compr ob ado la
policía. Hay motivos para confiar e n 5u pronta capt ura.&gt;
La invasió n p rogresab a. Aeroplanos marroquíes llegaron sobre Daimiel, y
arrojaron proclamas. Se conmovió el p ueblo. El Gobierno acordó enviar r efuerzos. El Sr. Maura se atuvo a l a nota dada a la P rensa el 23 de abril de 1648, con
ocasió n del aniversario de Cervantes y de los sucesos de Cataluña. Los reformistas acordaron suspender los mítines anunciados. Reuniéronse las directivas de la Casa del Pueblo ... Eran síntomas h abituales de agitación violenta e n
el p a(s. Pasado el primer susto. imperó e l patriotismo. P or lo pronto, ocurrió
que las mujeres enronqu ecieron. Desde 1808, a cada congestión de patriotismo. las m ujeres se ponían roncas, y luego iban empujando cañones por las calles. Así levantaban el espíritu . El gran ministro declaró: «No estamos en mementos de hace r crítica negativa.• O bedientes, los hombres se dividieron en
dos bandos: unos se-liaron la ma nta a la cab eza; otros se quitaron la cabezada:
dos e mblemas del m ismo movim iento del espíritu. L a nación se alzó par a recibir al invasor: en un credo, los t úneles y p uentes de la península fueron volados co n dinamita. Cuanto podía caer en ma nos del enemigo: municiones,
abastos. armas, objetos d e arte o de lujo , fué arr ojado al mar, o a los ríos, o
dado a las llamas. ¡Con qué ardiente corazón lo rompían todo: las máquinas,
los útile s, las fábricas! ¡Qué descan so! ¡Cuántos q uebraderos de cabeza snprimidos! L a Academia de Bellas Artes recibió el encargo de r estaurar sin demora los castillos de tod a Españ a, y se arbitró dinero para construir muchos
más; el Clero, movilizado. b endecía la primera piedra de cada castillo nuevo.
Los p eriodistas hacía n pr odigios de estilo par a aludir , sin ofe nsa del pudor, a
la robusta masculinid ad de la r aza.
El mundo p ercibió q ue E spaña volvía a ser baluarte de l a Cristiandad, y
que al domeñar a la morisma, si la domeñab a, salvaría los r estos asaz maltre-•
chos de la cult ur a antigua. E l Papa predicó una cruzada. A quien muriese en
la guerra contra los moros se \e ofreció el magro aliciente de hal lar expedito
el camino del Paraíso. El E mp erante envió al Rey de España desde Aq uisgrán
la corona de Recesvinto y la espada de Suintil a, para ceñírselas el día d e l a
batalla. Una Comisión de !as Academias provenzales llegó a la corte; e n el b anquete de bienve nida, cant idad de emociones hasta entonces inefable s púd ieron
correr y e sparcirse p or los canales de la palabra. «No te ngo reparo en confe sar-dijo en el brindis un acadé mico conspicuo- qu e la artera propaganda de·
vuestros enemigos, enemigos hoy del género h umano, nos inculcó la ide a de
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53

�LA PLUMA

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que eráis el pueblo degradado y bárbaro, indolente, orgulloso, que a fuerza de
incuria perdi6 la hijuela espléndida recibida de sus mayores. Permitidme decido ahora que vuestra conducta pasmosa en el infortunio nos abre los ojos.
Sois un gran pueblo: país de místicos y de conquistadores, la patria de Teresa
de Avila y de Velázquez, de Cortés y de Cervantes ... Me siento orgulloso al
traeros el saludo fraternal de los pueblos latinos. En la dtfensa de esta causa,
no os faltará el apoyo de vuestros hermanos de raza, de esa raza latina, algo
menoscabada después de los cataclismos que afligen a Europa, pero en cuyo
genio seguimos confiando. ¿No declara nuestra conducta la sangre que nos corre por las venas? Somos imprevisores, a fuer de latinos. En eso, somos tan latinos como la propia Roma, que con su aturdimiento levant6 un imperio formidable. Las guerras nos cogen de sorpresa, y las invasiones; no tenemos armas,
ni soldados; nos arrojamos de cabeza sobre un enemigo más numeroso y fuerte; andamos, como suele decirse, de coronilla. Tales maneras, que un espíritu
superficial tomaría por síntomas indubitables de imbecilidad, a nosotros Y a
vosotros, nos enorgullecen: son los timbres de la raza. Somos imprevisóres porque somos improvisadores. Lo improvisamos todo: un soneto, una fortaleza,
un ferrocarril. Como Roma, nuestra madre. Ese acueducto de Segovia, ¿c6mo
se hizo? Pues así, de improviso, una tarde que el proc6rJsul necesitó agua de la
sierra. ¡Viva, pues, la raza latina, y confiemos en la victoria final!• Mostráronles, bajo juramento de guardar secreto, las fábricas de pertrechos militares.
En un convento, dos veces mayor que el Escorial, escuadras de frailes manipulaban trapos febrilmente. &lt;¿Qué fabrican aquíh-preguntaron los extranjeros. «Escapularios-respondi6 el guía. Hace dos semanas esto era un descampado. Ahora ya ve usted: veinticinco mil capuchinos producen mAs de doscientas toneladas de escapularios. El ministro tiene en e-studio ampliaciones
nuevas, y se llegará a producir trescientas toneladas. Todo improvisado ¿eh?
Salvo los capuchinos!• Pasáronles a otro inmueble, cedido por la mitra. «¿Y
1
aquí?&gt; cCajetillas. Sesenta mil por hora. Vean los gráficos de producción. Antes de diez días, esta sola fábrica podrá abastecer a los combatientes... Estornuden sin miedo; no hay peligro.&gt; Visitaron la cuenca fabril deLnoite. Las chimeneas humeantes, los chorros de llamas que se escapaban de las techumbres.
el estrépito de las forjas, el ir y venir de los trenes, el chirriar de las gruas
que viraban en el aire su b:azo metálico, cautivaron la admiraci6n de los ex·tranjeros. «¿Qué fabrican en esta zona?» «Medallas, exclusivamente. Es enorme el consumo, ya pueden suponerlo. Por fortuna, no estamos en situaci6n de
154

LA PLUMA
escatimarlas. La distribuci6n está asegurada, gracia~ a las señoras, que las llevan basta las mismas líneas de fuego.•
Mientras, se fué concentrando en Tierra de Campos la hueste cristiana.
Juntáronse basta ciento veinte mil jinetes y seiscientos mil peones, con dos mil
carros de guerra . El arzobispo de Tarragona mandaba el ala dt"recba con toda
la caballería. Alejandro Lerroux, preconizado Maestre de Santiago, gobernaba
el ala izquierda. En el centro iba el Cuartel Real con el Legado del Papa, que
vendía la bula de la Cruzada. Muchos dejaban de comprarla, confiando en que
a última hora la vendería a bajo precio. La hueste form6 un solo haz, que con
ser apretado, cubría la tierra desde Tordesillas a Valladolid. Est aban todos: los
tercios de Flandes, los soldados de Otumba y Lepanto, las Órdenes militares,
todos, todos; los almogávares, los catalanes y aragoneSe$ d e la expedici6n a
Oriente, en fin, todos; ios héroes del Brucb, los garrochistas, los lite rarios; ¡con
decir que estaban todos! ¡hasta los caballeros andantes! La hl¾este, sin ensanchar
filas, sali6 marchando: colmaba los valles, allanaba las cuestas, secaba los ríos,
dejaba los bosques y los sembrados mochos. La masa de gente, desarrollando
sobre el suelo sus oleadas, el vocerío de los guerreros, el ludir de las armas, ·
el fragor de los carros de asalto, los destellos del sol en las corazas y en la
joyante púrpura de los prelado!i, que caracoleaban en sus caba.llos enardeciendo a !a hueste con arengas belicosas, dejaban suspenso el ánimo-dice el
moro-, y el pecho mas templado arrecía de pavor. Al columbrar, coronada la
sierra, la planicie de los Carabancbeles, donde por agüeros ciertos se sabía que
iba a darse una batalla decisiva , los guerreros cayeron de hinojos, alabando a
Dios. El obispo de Si6n dijo la misa de campaña y pronunci6 una plática. Misa
y plática fueron repetidas por el cinema y el fon6grafo ante los Cuerpos. Renovados los cebos, afiladas y ajustadas las armas, ya se disponían a descender
al llano para extermirJar a la morisma, cuando los maestres, por tener de su
parte todas las probabilidades de ga1. ir mandaron alto hasta la llegada de don
Niceto el Antiguo, obispo de Coria, q oe venía al campo reventando caballos.
Dios verti6 sobre la cuna de Niceto los dones de la palabra, proveyéndole de
elocuci6n caudalosa, transparente y suave, como miel flúida, suerte de bálsamo
bien ligado con que hechizaba a los hombre-s y a los brutos, al feligrés piadoso,
a los pájaros del aire, a los peces de los ríos, Apostrofaba a los árboles, y las
hojas suspendían su temblor; invocaba a los arroyos, y las inquietas linfas aca.
liaban sus murmullos; las ovejuelas inocentes se olvidaban de pacer si la húmida
Eco les traía relieves de su palabra. Le nombraron predicador y precapelláu
1 55

�LA PLUMA

LA PLUMA
de Sus Altezas, y de la noche a la mañana salió proveído en la silla de Coria.
Sus émulos murmuraron, mas sin razón, porque era el último que sabía articular las palabras de un lenguaie armonioso, ya perdido, lenguaje que le enseñó
en la niñez un eremita de Córdoba. Por eso desde la juventud fué llamado el
Antiguo. Los españoles, sin penetrar el sentido cabal de sus arengas, bebían
los vientos por oírle; al son de las palabras, ciertos posos se les revolvían en el
alma y empezaban a gustar un desasosiego dulcísimo, premonitorio del deliquio, y en acabando, todo era aspavientos, vahídos y efusión de lágrimas.
Dicen, pues, que, llegado al campo, los maestres pusieron a Niceto el Antiguo
en unas andas, y en los ocho días con sus noches que duró la batalla no cesó de
esforzar a la hueste. Pociones confortativas y linimentos y unturas en los pulsos sosluvieron su cuerpo. Mas, al anochecer del octavo día, el Tirteo español
calló, la lira se le fué de las manos; la hueste, sin alientos, rompjó el combate,
y se durmió sobre las armas. Llegaron los moros al amparo de las tinieblas y
pasaron a cuchillo hasta el último. Niceto el Antiguo saltó sobre un caballo
desjaezado y galopó a campo traviesa, clamando:
-¡Cristianos! ¡Hemos perdido la batalla del Guaclalete!
Niceto el Antiguo creía que las batallas perdidas contra los moros se llama·
ban siempre del Guadalete. Por su lado, los caudillos dijeron en una nota:• Las
fuerzas si: b,o retirado a posiciones estra tégica s preparadas de antemano.• ¡Y
cómo si lo estaban de antemano! Eran las posiciones de Covadooga, ilustradas
por D. Pelayo.
I II

-Puntual relación nos has dado de todo, suave Cardeoio, y te lo agradecemos. Pero, dime aún: ¿tú no estuviste en la batalla? ¿Cómo vives entre moros?
¿Y por qué te empleas en oficio tan pob1 •.•?
El preguntante era D. Abraham So.Jm Toledano, que con otro sefardita
venia de Oriente a pedirle al Emir cerdobés la reapertura de las aljamas de
Andalucía.

•

1

,11

-No estuve en la batalla. No poseía ni poseo bien alguno sobre la tierra;
el auge y la caída de los imperio:; no me importan. Un día después de la rota
de los cristianos, leía yo tranquilo en mi aposento, cuando un buito enorme
apareció sobre el alféizar de la ventana: era un morazo casi negro. Yo sabía
que andaban saqueos y degollinas por la capital; pero, sin medios de eludir el
peli~ro, me estuve quieto. El morazo se entró en la habitación. Traí,1 las
156

ropas en desorden. en la diestra un alfanje ensangrentado, encendida de furor
la faz. Me trabó por un brazo y, revolviendo sobre su cabeza el truculento
alfanje, berreó:
-¡No hay m.ís Dios que Dios!
-¡Verdad palmarial-repuse-. No vale la pena de eac,Jlerizarse.
Se calmó un poco e hizo ademán como de marcharse. De súbito se enfureció de nuevo.
-¡Sólo Dios es vencedor!
-¡Todo lo más!-contesté sonriendo.
Le ganó mi maasedumbre y depuso el hierro.
-¿De modo que tú no eres tan bragado como tus compatriotas? ¿O no temes
dobla~ la cerviz bajo el yugo agareno?
Estas palabras despertaron mis sospechas: creí habérmelas con un mi stifidor. ¡Cómo! ¿Apenas llegado del Atlas y ya hablaba por tan rodeada manera y
elegantes tropos? ¡Qué morbo viruleato! El africano, porque lo era, comprendió sin trabajo mis deseos. Díjele que no tenía empeño alguno en ir a reconcomerme en Cangas, donde se instalaría la corte en espera de mejores tiempos,
y con tal de verme respetado ea el uso de mi religión viviría gustoso entre
los alarbes, para instruirme en su lengua y en sn saber. Trato hecho, harto
fácil de guardar, pues yo no tenía entonces otra religión que mi albedrío. El
morazo me llevJ ante un bajá y quedé recibido por muzárabe. Me consagré a
observar las costumbres de los invasores. Siguiendo de cerca al Emir, presencié la demolición del palacio de Carlos V y los preparativos para reconstruir la
Alhambra. Asistí a la reconsagración de la Mezquita d e Córdoba al culto de
Alá y a las muchas zambras con que b morería festejaba su retorno al maravilloso Andalus. En tanto, sobre el minúsculo reino de Asturias se cebaba el
infortunio. El rey reinante desapareció en la rota. No se libró batalla en Covadonga como se esperaba; pero al nuevo rey un oso lo despedazó. -Vinieron
algunos a sospechar si en tantas señales coincidentes no habría cierto misterio, cuando un anciano filólogo, que por la crudeza de los tiempos vivía en
la braña, alimentándose de las hierbas arrojadas por un filósofo que moraba
más arriba, tomó su báculo, bajó a la corte y muy etJ secreto murmuró algunas palabras al oído de los mayordomos.
-¡Filólogo!--le contestaron-. Si no dices verdad, date por muerto, que en
palacio no estamos de humor para escuchar desvaríos. Y si dices verdad, ¡ahl,
¡por qué no perecimos antes en la bataJla?
1 57

�LA PLUMA
-Verdad digo, y no quiero albricias por la nueva, que es triste, y a todos
nos envuelve la negrura del destino.
Llamaron a los sabios que se pudo encontrar y a muchos del extranjero.
Al legaron los pergaminos salvados de la catástrofe. Fregaron, rasparon palimpsestos. Tratáronlos por métodos modernos, y no dejaron pavesa sin escarme nar. La verdad se mostró sin rebozo. Desde que el anciano filólogo reveló su
idea venían a ordenarse en torno claramente los datos mal comprendidos
hasta allí. El colegio de sabios corroboró en secreto el descubrimiento. Secre to
terrible, que rompía los corazones! Ahora, ya se trasluce, para mayor desdicha.
Sabedlo, bue nos señores: el romancero no tiene fondo histórico alguno; el
romancero es una profecía. Los vates penetraron tan adentro en lo oscuro de
las inclinaciones de la raza, que eo lugar de las membraozas poéticas de sus gestas, fué uo pronóstico lo que nos legaron. Pasará como el romancero lo cuenta
si se propala que es vaticinio, pues no hay profecía que deje de cumplirse, y
vosotros los israelitas sois de ello insigne ejemplo, en cuanto el pueblo la
recibe por tal y la acata. Que se ha de propalar, es seguro. Los jayanes acertaron a robarles el secreto a los sabios, que pretendían guardarlo para sí,
entre iniciados, por no descarriar al pueblo con el cebo de la vanagloria. Eran
mansos de corazón, predicaban el recato, la mesura, el cultivo de la mente, el
amor al trabajo. Los jayanes los odiaban; descifrado el enigma los despreciaron, y iueron desacreditándolos con el pueblo hasta echarlos del país. En esto
reconoceréis a los jayanes: aventajada estatura, barbas frondosas, rostro pizmiento, modales fastuosos y verbo rotundo. Juran por lvs toros de Guisando;
de un mandoble tajan el Guadarrama; si sueltan un berrido, los torreones de
Ávila se bambolean. Con dificultad los cazan, porque van en manadas, nunca
sin armas. Si cobran alguno, suple muy bien las espensas: de la piel se hacen
tambores, de la mollera se saca corcho para cien tapones y de la tripa, obra de
tres o cuatro azumbres de un licor agrio, que se emplea como curtiente. Los
jayanes, fuera de sí de gozo, divulgan. las profecías. ¡Va a empezar la Reconquista! ¡Ocho siglos de gloria en la despe r¡sal ¿Y os admira, nobles señores,
que yo no esté allá con los míos? No queda lugar para los discretos. Aquí, a lo
menos estoy en mí tierra y me sustento en paz con el oficio en que me ha
s umido la desventura. Si otro día venís a honrar este tugurio os contaré mí
e ncumbramie nto y mí caída. Es increíble. Lo tomaréis a invención mía; pero,
¡ay!, nada más cierto. Basteos saber que por los días de la invasión, moraba
en Castilla un te rce ro o cuarto nieto de Muley Suleiman, emperador del Mo-

LA PLUMA
greb. Er~, por abolengo, Xerif, y podía usar almalafa verde, como genuino
de~cend1ente del Profeta. Llegaron los marroquíes, les abrió su castillo, díjoles
qutén era, y, tentado del demonio de la ambición, pidió sus derechos. No se
los negaron. Destronado su antecesor, asumió el título de Emir de las Españas; yo fuí nombrado Gran Visir, Adelantado del Mar y Condestable. Hice maravillas en el gobierno. Pero me acusaron de corromper la ley d el Profe ta; los
jayanes-también lo.s hay aquí-y los ulemas amenazaban al pueblo con las
iras ~e Alá por e~t'.'-1' el emírato en poder de un renegado. Nos derrocaron, y
la misma noche h1c1eron en los pacíficos cristianos que moraban en Córdoba
un estrago memorable. El Emir pudo escapar a los Estados Unidos donde
vive dando conferencias. A mí me dejaron libre, pero en la miseria. Engarzo
cuescos de aceituna para venderles rosarios a los cristianos y a los musulmaoes. A los cristianos que vienen a llorar sobre la tumba de sus mártires
les vendo rosarios mojados en agua del Jordán; a los mus\tlmaues que viene~
a lnarse los pies en el atrio de la mezquita, les vendo rosarios mojados en
agua del Zem-Zem. Esta e&amp; mi vida. Y no necesito más Boecio ni más Séneca
que repasar las memorias de mi corazón. Si otra cosa deseais, d ecidla.
-Sabemos ya cuanto queríamos, amigo. Al punto nos volve mos a Salónica
-respondió D. Abraham.
Y hechas unas zalemas, se fueron.

CARDENIO

�LA PLUMA
y cuando andan por la calle a solas
se les oye que van
tarareando Las corsarias
Y el fox-trot de todas las pianolas.

y ellos son el señorito monigote
con el sombrero hasta el cogote
que suele ir diciendo: «¡BrutalÍ
/ Qué estupendez!
¡Es una cosa así! ¡Bestial!»

ESTAMPAS DE MADRID

y tilas dicen a sus conquistas:
«Esta tarde te espero
al te de Molinero.
Pero iremos primero
a casa de las damas catequistas.
Luego vamos al cine
sé que irás. La pelkula
me han dicho que es ridícula,
pero que mucho dura
el rato en que está la sala oscura.
Y por la noche a Lara
que hay una cupletista'
que dicen que es artista
muy fina y muy moral.
No dejes de ir. ¡Es colosal!»
Con caras de besugo y de merluza
otra pareja de pollitos cruza.

LA CASTELLANA
Las estatuas de la Castellana
están allí de mala gana.
Y es justo que lo estén,
pues a cualquiera ha de aburrirle
ver tanta señorita chirle
y tanto pollo «bien».
Claro es que si esos señoritos,
en vez de ser unos chorlitos,
tuviesen algunas ideas
de buen gusto y de arte, .
en vez de sus ideas f átuas,
dirían que tambien a ellos
les molestaban esas estatuas
tan malas y tan Jeas
como en ninguna parte.
Pero son gentes que
leen el A B C
y las novelas pseudoliterarias,
y las divierten las comedias de astracán,

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', ,1

•'

-«¿No sigues con Lilír
-Yahe roto
con ella, y con Fifí.
-Me parece que haré
eso que has hecho tú,
con Bebé y con Nené;
pero ahora la Lelé

160

11

161

�LA PLUMA

LA PLUMA
uiere un perro Lulú.
lo que deseo es vender laGlm~tOY&gt;.
-Yo estoy tras de la orza,
una chica segu_nda .
en el Reina Victoria._
i Con una cara de pr!mal
Y, bueno, que se estima
iuual
que una animal.
Vamos, i brutal!
El caso es que me aburro.
¡Bueno!
Mañana hay un estreno,
habrá que ir a hacer el burro,
igual que la otra vez.»

y las estatuas están hartas
de tanta estupidez.
.
y de ver tanto ca:~ua;e de todo linaje.
de -ministros y ministras
ndes sofocos
y sufren l os gra
kan vuelto locos
al ver esos coches que se
y corren sin caballos.
y se quieren marchar,
y echar a andar'
dudan si dar el salto
{obre la pista del asfalto.
t ·¡·
Doña Isabel la Católica,
. conszguz
. ·ente también
o zca,
y por
k, apos
,
en
el
concurso
ípico,
tado
ha es
.
y con un gesto épico .
de reina siempre obedecida,
Gonzalo
l e manda a don
que siga tirando de lª brida

.11

.

''·

162

de la broncínea jaca,
que era sin duda una haca
nea.
Luego, el marqués del Duer~,
que se encuentra peor állí
que en la guerrera brecha,
le pregunta al que pasa primero
si tirando hacia la derecha
irá bien para Chamberí.
Después, el tribunicio don Emilio,
al verse entre unos bancos
adonde no se llega ni con zancos,
parece clamar pidiendo auxilio,
gritando a sus admiradores
con elocuente frenesí:
-«¡Ah, señores!
¡ Yo quiero que me saquen de aquít.
Y en lo alto de su candelero,
don Cristóbal, el gran Almirante
condenado al ludibrio
de un molesto equilibrio,
mirando siempre hacia adelante,
no se distrae,
porque sabe que si se mueve
se cae.
Y sólo extiende una mano
para ver si es que llueve
o nieva,
y debe abrir el paraguas
que en la otra, lleva.
PEDRO DE· RÉPIDE

�LA PLUMA

LETRAS ITALIANAS
MILÁN
. 1 s de las casas constru1'das en la ped istinguen las grandes 1au a
d 1 fábricas las calles rotas
B
b"meneas e as
'
,
1
riferia, las gallardas c i
del suburbio; Juego, be aqu1 que e
Ul, y allá por los huertos
"'ilán No se ven torres
aq
a estamos en 111
•
•
yy
.
1 alto de las aguias g6t ren Se detiene. bufando,«Madonmna&gt;
en o
ru. basílicas; e mcluso la
d
hablan todas las lenguas y
.
MºJán· don e se
.
al la italiana; donde residen _gran
.
Duomo ha desaparecido. 1 •
~:~:sd~~s dialectos del mundod per::~:~/u:stres editores de Italia. Se s1ent:
te de los escritores de mo a y d vida· la atmósfera misma parece meno
par anado al punto por este hervor e
;etra nos enciende, nos prf'para a
;nor! que en otras partes y, densa, néos p: se a~da; en Milán, no; en Milán se
ige
ll' Roma, en Florencia, en G nov ' bºé la literatura es aquí tan pocorrer. ~n
d por qué tarn 1 0
b ·ar secorre. y entonces se compér::n epocos los escritores que p~ensan eán
lefl. xi6n y por qu
.
manana m s
0
bre de re e
ra el momento pasajero, sino _para u ico desenvuelto, no sa·
riamente, no pa
. dad laboriosa, activo, enérg '
fueran fáci-

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de:abaj~~:~!º~~;~:~::~:ni:\:: obligue 1~
lf' res· ni del mismo mo o, un
, los randes cafés mundanos. e
~:~;;6ng y b'aga' trabajar al cerebr~. !:~~u;I púb~ico anhelante encont~;r!r:
Cova, el Savini, el Biffi,_ el Campanintores, sus actrices, a toda la gente_ct: e ue
. tas horas a sus escritores, sus p
omplace en señalar al amigo q
c1er
. d d y que se c
t gran
de que se envanece esta cm a - . ,- 1Duomo o la Galería. Porque es a
. ·as, como le ensenana e
llega de prov1nc1
164

ciudad, donde se mueve un mill6n de hombres, en el fondo es extraordinariamente provinciana y frívola, y se fija en las apariencias, el relumbr6n y las lentejuelas. El mundo milanés se reúne por entero a ciertas horas bajo el octógono
de la Galería; aquí, el buen milanés que ha estado haciendo números durante
todo el día, encuentra todas las noches al amigo o a los amigos: para beber. Hay
algo de alemán en esta costumbre del milanés; sobre todo porque, no obstante
su fortaleza y laboriosidad, carece en absoluto de la virtud de la renunciación.
En el trabajo, como en la diversi6n, el milanés es metódico; pero tan estrecha
y minuciosamente, que a veces incluso hace dudar de su inteligencia. Pero no:
el milanés es inteligente; a la manera un poco pesada de los alemanes, si se quiere, pero no se puede negar que e3 inteligente. En cuanto al arte, como quiera
que se le presente, no afina; de pintura y escultura compra lo que los periódicos le ensalzan; en el teatro, cuando tiene que escoger, prefiere siempre. la comedia o la ópera que ll Corriere della Sera (el Corriere, tout court) le ha alabado por la mañ:ina. Las grandes libreríae de la Galería con sus cartelones en
blanco y rojo le aconsejan mientras tanto el último libro que debe leer para
dormirse; y lo compra a cierra ojos, fiándose, más que del consejo del librero
(el librero, a su entender, siempre es interesado), del anuncio que más ruido
mete. El éxito de Guido Da Verona, novelista del cual se habla m11cho incluso
fuera de Italia, débese en gran parte a Milán, que halló inmediatamente en Da
Veroua el novelista adecuado. En efecto: incluso con sus defectos, Da Verona
representaba vivamente la ciudad en que mora hace tantos años, pobre de sensaciones y virtudes profundas, pero rica, ubérrima de esplendores aparentes,
entregada por entero a goces superficiales, materiales o estéticos, y poco reflexiva interiormente. Da Verona fué y es adorado por los milaneses; casi tanto
como una especialidad gastronómica de la ciudad rumorosa. Y lo que hay en él
de bueno-cierto vigor de representación, no siempre ayudado de Ja exp1·esión,
por desgracia, antes bien, licuada muchas veces en un estilo enfático e hinchado-, a Milán se lo debe ciertamente, que si no muy profunda, es, sin duda,
enérgica, animada, varia y, en sus dramas, complicada e incluso novelesca a veces. Pero Milán ha visto nacer en su recinto en estos últimos tiempos, y no sin
cierta curiosidad, incluso el futurismo de Marinetti. Al principio se rió; luego se
entregó a aquellos gritos y los discutió; al cabo, también el futurismo la ha dejado
indiferente. Mariuetti no soportaba el claro de luna; odiaba a las mujeres; pero
cantaba a Jas chimeneas humeantes y a los automóviles; en suma: había manera
de ir de acuerdo y entenderse. Al milanés le gustaban Jas mujeres guapas y le
165

�LA PLUMA

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siguen gustando; e incluso el claro de luna, visto desde el parque, a través de
las grandes ramas de los árboles, tenía un cierto encanto; de modo que el desprecio tan ruidosamente manifestado le cosquilleó y le hizo reir; y corrió a divertirse al teatro con las famosas lecturas marinettianas; porque, si bien confusamente, Marinetti ofrecía al buen milanés sensaciones de vida intensa: mujeres, luna, automóviles, humo de chimeneas, aeroplauos, trepidación de motores, guerra y tiros: un batiburrillo de sensacionea curiosas y variadas que no
eran la sólita comedia en zapatillas de tal cual autor italiano. Era un empujón,
un puntapié, una bofetada quizá; pero bien servido, con drogas picantes, y, por
lo tanto, gustoso. Añádase a esto que, después de la lectura, a la salida del teatro, se podía asistir a algún pugilato entre Marinetti y sus críticos; pugilatos que
rompían la monotonía de última hora en los grandes puntos de reunión de la
Galería. Hoy ya no hay quien se acuerde de Marinetti: si pasa altanero por la
Galería, nadie se fija en él, y si publica un libro como estos días, L'alcova
d' acdaio (que aunque maquin!stico y como todas las obras de Marinetti henchido de imágenes barrocas y falsas, no es un mal libro), o si pronuncia un discurso político, no hay una rata (ni las más jóvenes) que le haga caso. Y es que el
futurismo, como tal movimiento razonable, rebasó las intenciones de sus mismos fundadores hasta convertirse en un juego o pasatiempo pueril.
Milán tiene, además, su poeta, del cual está orgullosa; y ¡ay de quien se lo
toca! Un poeta que tuvo, a la verdad, y tiene aún ahora, momentos de feliz
inspiración, pero que muchas veces se ha visto obligado por su misma ciudad
a elevar la voz y hablar de cosas que no sentía. En efecto, el bueno y querido
Bertacchi había nacido para hacernos gustar el sabor a un tiempo dulce y rudo
de sus montañas de Chiavenna; para hacernos vivir con él la atmósfera pura y
el encanto profundo de los Alpes que les dieron vida; mientras que por desgracia, Milán, cuando empezó a amarle, exigió de él en toda ocasión vocalizaciones o romanzas, pidiéndole en alta voz que entonase siempre alto, con voz
de barítono, él, Bertacchi, que había nacido para expresar suave y tristemente
las emociones sutiles de su alma delicada y buena. De ello derivó un enturbamiento; y la vena, forzada en torrente, no tuvo ya su natural li~pidez, y fué
perdiendo aquel timbre dulce que ayer nos gustaba, hasta concluir en un canto
roto, de garganta puramente, y estriado incluso de angustiosas desentonaciones. El editor y librero Baldini y Castoldi, cuyo gran escaparate lleno de libros
domina en la Galería, tiene siempre expuestas todas las obras de Bertacchi; y
las vende; pero cuando, como en estos días, hay un libro n~evo del poeta, en-

LA PLUMA
tonces el escaparate muéstrase por entero ~fano
fondo blanco) llaman con grandes 1 t
de él, Y los carteles (rojo en
. .
e ras Ia atención del tr
V
Bertacch 1? d.1ce el transeunte m 1.1ané s. y 1os compra s·1 anseunte. ¿ ersos de
que el amigo o la amiga se los ve an manana
_
para
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d 1 leérlos,
.
este nuevo volumen·· Riiftessi d'ortzzonte
.
Bertaccbi s ·
esi· a e gab10ete· En
cado y claro, cuando canta lo que l
,
. igue siendo el mismo: delie gusta, premioso y
d'
garganta
no
resiste
los
terribles
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•
s e pecho de la p poco
,
•6 . cuando su
ucc1, por el contrario con tanta fac'l'd d
oes1a patn hca, que Carpués de Bertacchi, ost~ntan otra espe~;a;,·da~~presaba. _Baldini y Castoldi, deshablado de él, y sería inútil el h
1 h
: el novelista Gotta. Nunca os be
acer o oy s1 Gotta e · t
yuvase a la idea que intento daros d M'Iá e·
' n c1er o sentido, no coadsino de lvrea· con todo ha s b'd ~¡ i_ n. ierto que Gotta no es milanés
'
•
a t o mt amzarse
61
•
mas en la manera de escribir, y ho se
• ~os o en sus pábitos de vida,
completo. Sin embargo no ha
yd pue~e, s10 ofenderle, llamarle milanés
•
•
Y que esprec1ar a este ·
s·
preparación sólida si pensase m h
JOven. 1 poseyese una
.
'
uc o antes de empeza s
1
e 1 seguir demasiado las huellas d F
r us nove as, si evitase
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e ogazzaro este ese ·t
, •
o ros que ha tenido el valor después de Zol •
,
n º:-um~o entre nosclo novelesco (un ciclo por lo d á d
a y Perez Galdos, de tntentar el ci'
cm s, e corto aliento
se desarrolla todo
é} en torno a un tipo de hombre, Claud'10 Vela) se ,dque
, •
como él la facultad de tr
po na Jurar (pocos poseen
azar en pocos rasgos
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otro bordearía el arte grand p
un in 1v1duo) que un día u
. /.
e. ero, nos parece que
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t amb len él es esclavo ya de u n P úbl"ico 6 el· al cual es 1·no o "blordeará, porque
con f uerzas sanas y vitales· d d
. '
mpos1 e que se oponga
, a o, se e ntiende que s
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.
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us me- 10s sean susceptibles
d e perfeccionamiento• que ad quiera,
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.
con que únicamente se pued
evero rigor de la palabra
'
11
1
listas el paso es breve En M~lá eglar ha gra!l arte. De Gotta a los demás nove:
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ay de t d
1
Hay el Barbusse y el Mann reprod "d
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uc1 os en 16 o en la p
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nan1; ay el novelista y cuentist b 1
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•
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1 ico, a agua de rosas, d uIz6 n hasta dar náuseas
Mic e e Saponaro (el cual t'iene por 1o demás
bT .
,
debemos lamentar ver d
d" .
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ª inu I para conducir O s conmigo
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a la sede
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166

�LA PLUMA

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critor menos s6lito y monótono y oir al cabo algún acento que no parezca milanés, que huela, gracias a Dios,francamente a italiano-de la Italia de todos.
He aquí al editor Mondadori, ayer afincado en Roma y hoy, no sé por qué,
caído en Milán; el vivo e inquieto Mondadori, una de las fuerzas j6venes, verdaderamente j6venes de nuestras editoriales. En casa de Mondadori encontraremos a Umberto Fracchia, encontraremos a Ada Negri, encontraremos a
Panzini, tal vez. Umberto Fracchia, director de la casa editorial, está detrás de
una mesa, con el cigarrillo en los labios, y o;onríe. Este joven escritor que hace
diez años afiló sus primeras armas en la obra maestra de Cervantes, escribiendo algunas meditaciones deliciosas sobre Don Quijote, este lector y admirador
de españoles, de Salaverría a Pfrez de Ayala, es un artista exquisito y personalísimo. Su cPerduto amore• es una novela intrincada en que los efectos están buscados y obtenidos con una labor toda de atisbos estilísticos y un desprecio felicísimo de)a técnica y la trama sólitas. Pregnutado acerca de su opinión sobre la literatura italiana en general y la milanesa en particular (en obsequio a los editores, he de hacer lugar también a los autores de méritos puramente... comerciales) Fracchia ni parpadea ni mueve los labios. En sus ojos
permanece aquella sonrisa singular que vale más que un largo discurso. ¿Habrá, pues, que desesperar? Fracchia no desespera ni está exultante: lee, envía
a la imprenta, estipula contratos; y esa misma mecanicidad de trabajo, resta a
su fisonomía toda razón de regocijo o de queja. Pero él, pese a tantas lecturas
fastidiosas, trabaja, no ya en la crítica como en su juventud, sino en obras de
arte y narrativas, con una firmeza y una honestidad raras en Milán y rarísimas
en quien como él tiene a la mano cajistas e impre&lt;;ores. Sus pasiones literarias
son interiores, sus correrías a través de las diferentes literaturas (ha traducido en un hermoso italiano la obra maestra de Coster, La leyenda de Ulenspiegel) nadie puede decir adónde le llevan, es decir, a qué misteriosos parajes
del espíritu, en los cuales se mueve, danza, se expande, dejando en tanto cr~er
a quien le ve y le habla que está en Milán, muy próximo a la desoladora literatura de la ciudad que le alberga. Ha de proporcionarnos sorpresas nada
comunes, y han de dejar tanto más estupefacto al público en· cuanto
nunca ha dejado ni dejará vislumbrar nada de su vida interior, que debe de ser
deliciosa y dichosísima.
.
En casa de Mondadori encontraremos a Ada Negri, nue~tra poetisa más
célebre, que después de los versos er6ticos de «Il libro de Mara• (Treves,
Milán) se ha recogido por entero y gozosamente en un libro de escaso volu168

LA PLUMA
men, de amplia significación y denso de ideas: Stella Matutina (Mondadori
Milán). En esta prosa sin énfasis Ada Negri narra su vida lejana de muchacha.'
No se ha de creer que este libro de una poetisa es principalmente lírico. No·
Ada Negri ha sabido contener la onda de sus sensaciones lejanas y consumi;
dentro de sí toda su efervescencia. Las páginas de esta su humilde vida son
extraordinariamente sobrias, y por ello eficací;imas casi siempre. Un pequeño mundo aldeano; figuras insignificantes y modestas; una atmósfera estrecha
Y sofocante, y, con todo, un drama fuerte. También Panzini se ha acogido
ahora a la casa Mondadori; pero en vano buscaremos en la Signorina que ahora
nos ofrece el Panzini nobilísimo y grande de La lanterna di Diogene y de Santippe. La vena, o está cansada o turbia, y Panzini se nos presenta en sus detritus, ~asta parecernos casi frívolo. Puede darse que dependa de.nuestro gusto,
o meJor del hecho de habernos habituado Panziui a muestras harto más nobles; sin embargo, hubiera hecho bien en no abrumarnos en estos últimos
tiempos con tantas obras insiguificantes, que poc'.&gt; o nada nos recuerdan el
Panzini que amamos.
Y pasemos a la casa Treves. Encontraremos en la casa Treves otros grupos Y otros escritores, y antes que a nadie a G. A. Borgese, cuya Rubé continúa interesandó, combatida y alabada, a los círculos literarios de Italia. Ya
hemos ~xpresado nuestro pensamiento acerca de esta obra; pero si el Borgese
de Rube no nos 6 ust6, el Borgese de los Saggi criticz" sigue siendo para nosotros uno de los críticos más sólidos de la Península; y no quiere decir que,
aun no reconociéndole ingenio creador, no esperemos verlo algún día émulo
de Sainte-Beuve en la crítica literaria; también Sainte-Beuve escribió una
no~ela insignificante. Dícese q~e ahora Borgese está limando sus versos, y Dios
quiera que el poeta sea más feliz y más moderno que el novelista. Pero en la
casa Treves no está solo Borgese; otro crítico florece bajo las alas de la eminente editorial: Fernando Palazzi. Este joven comenzó traduciendo exquisitamente los Reisebt"lder de Reine, traducción que quedará entre las más bellas
de nuestra lengua; y también tradujo más tarde escritores griegos, franceses,
alemanes, hasta los Con/es drolatiqnes de Balzac (editor Formiggini), publicados en estos días, en los cuales respeta poco a Ba!zac, pero interpreta magistralmente el alma cinquecentesca de los personajes. Palazzi es un erudito de los
cinquecentistas, y en esta traducción el cinquecento del Masiní y del Doni res.
pira a pleno pulmón, en períodos tensos, henchidos, animadísimos. Escritor
elegante y rico corno pocos, es menester esperar que Palazzi encuentre pronto
169

,:

�LA PLUl\1A
. . ..
l cual dar vida; estamos seguros de que sabrá aniuo mundo que descnb11 y a
lá . o En calidad de crítico se le presta
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undo como un e sic •
mar y v1v1 car ese m
do se entusiasme con exceso o
mucha atenc1.6 n, si. bien de cuando en .cuan
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incluso con los jóvenes; de suerte que s Q
do nos parecía que hasta las
nosotros ayer, cuan
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con el nacimiento de las nuevas
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ella vienen escritores trasalpinos, s'. ien Job ado en su patria como el poeta
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Ahora sale un nuevo hbro suyo
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En la gran ciudad circulan m s ,en, a
,
170

LA PLUMA
las provincias, lejanas incluso, en busca del editor o de la colocación en el
periódico. Y pululan las revistas de vanguardia y de retaguardia, de literatura
pura y de literatura amena. Guido Podrecca, un ex diputado muy ioteligeot e,
creó años ha II Primato, y todavía dura; llamando en derredor suyo a jóvenes
de ingenio y de talento: Sornaré, Titta Rosa, Pal~zzi, Savinio, lanzó como editor algunas obras importantes, entre las cuales una antología en dos volúmenes de Novellieri s¡,agnoli, en que colaboró Unamuno, y otras, corno una historia de la música, que dicen muy interesante. En Milán todo es empezar, y el
que ensaya una revista y la levanta, al mes de vida sueña en el libro, la casa
editorial y un escaparate de las ediciones propias en la Galería. Ettore Cozzaoi, catedrático de Spezia, vino a su vez a Milán con una revista muy elegante
y digna, no obstante estar escrita, como se usaba en tiemp!&gt;s de D'Aonuozio,
con mucha música de palabras, y también Cozzani creó en torno a esta revista,
L'Eroica, un movimiento de hombres y de intereses que se trocó, no tardando,
en casa editorial. Exteriorment~, los volúmenes de Cozzaoi (que es asimismo
buen poeta y narrador, no obstante hable siempre con tono antiguo y solemne)
son de lo más exquisito que haya podido dar la librería lombarda; pero en el
contenido están todos ellos más o menos atacados de la musicalidad exterior
de los daonuozianos. Buenos poetas y pulidos prositas, pero pobres, ¡ay!, de
inspiración verdadera, y cuando no, harto lamidos, harto cantarines, demasiado embebidos de delicia_s rítmicas a la antigua. Pues bien, por eso he querido hablaros de ello, para mostraros cómo en Milán, incluso una Eroica, eníática y todo, ha podido hacer fortuna y encontrar compradores y admiradores
a centenares. ¡Extraño pueblo el milanés, que va de la novela a ras del suelo,
pobre de contenido y débil de espina dorsal, a esta otra literatura tonante,
retórica, barroca, y que al mismo tiempo guste de una y otra! La verdad es
ésta: el milanés no tiene dotes de buen gusto, y quien le ciega o le encanta
(para lo cual sirve en mucha parte, tanto la cubierta linda y procaz, como el
anuncio editorial a lo Cozzani, siempre ruidoso y altisonante) puede sorprender su buena fe y fascinarle. ¡Simpático pueblo, tan rico de virtudes case ras y
laboriosas, tao tenaz en sus propósitos; pero tan provinciano y superficial
cuando se encuentra ante lo que no entiende!
Mejor que a L'Eroica, donde seríamos recibidos con un estrépito de tambores y trompetas, harto fragoroso para nuestros oídos tímidos y tranquilos,
haremos, antes de abandonar esta ciudad terrible, una escapada a casa del
editor Quintieri, que ya no es tal, sino Leonardo Potenza. Aquí encontraremos,

�LA PLUMA

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Jr

gracias a Dios, un poco de modestia y de vida pacifica; no nos parecerá que
estamos en Milán, a dos pasos de la gran estad6n del ferrocarril. En casa del
editor Potenza está Giacomino di Belsito, autor de muchos volúmenes de noTelas cortas sin pretensiones, pero nítidas y sinceras como el buen hablar italiano; y encontraremos, en fin, un mundo de antiguos conocidos: Stevenson,
Kipling, Wedek:ind, Dostoiewski, de los cuales se ha convertido Leonardo Potenza, de algún tiempo a esta parte, en editor concienzudo, escogiendo los
traductores entre los más eminentes conocedores de literatura extranjera que
Italia tiene: Spaini, Cecchi, Alvaro, la Pisaneschi, etc. El Sr. Potenza, gracias
a Dios, trabaja por algo más que una fama pasajera, y si bien los milaneses no
hacen cola a su puerta cartera en mano, espera poder un día u otro, ya que no
enriquecerse con los libros, imponer aquellos sus huéspedes al gusto de sus
conciudadanos. &lt;Será fácil? ¿Será dificil? Giacomo di Belsito, pertinaz especialista de Balzac y de Baudelaire asegura que los tiempos son propicios.
Y cae la tarde también en Milán. Se encienden por doquier lámparas eléctricas, tintinean los tranvías en las grandes plazas, salen a millares las mariposuelas callejeras a revolotear por los pórticos y la Galería.
Milán no cambia. La dejé ahora hace un año alegre y despreocupada, y tal
la encuentro, no obstante las luchas fascisto-socialistas que ensangrientan a
Italia, y no obstante la pobreza creciente de nuestra literatura.
Va uno andando, andando, andando; pasan ante los ojos las luces del Savioi, del Biffi, del Cova. Está uno en Vía Manzoni. La gente corre y se prepara
para el teatro. Carteles multicolores, con los mismos títulos de hace un año:
La dame dn chez Maxim, Et revisor, etc. El teatro pochadesco. Se asoma uno a
los cristales del Cova: mujercitas que beben ch~mpagne y hombres con calzones anchos que discuten. Son los literatos y pintores célebres.
Sigue uno andando, andando, andando. Vía Manzoni, luego la esquina de
Vía Mo1one y la plaza Belgioioso. ¡Gran silencio en la plaza Belgioioso! El palacete rojo de A\essandro Manzoni, a la luz del crepúsculo murienle, tiene cierto
resplandor. ¡Manzoni! ¿Don Alessandro, el de los Promessí Sposa Los la~ios
murmuran rítmicamente aquellas sílabas que parecen eclesiásticas, solemnes:
¡Manzoni! ¿Es que i\lanzoni era milanés? Milanés. Entonces se descubre uno, y
tal vez se arrodilla balbuciendo: •iAquél sí que era arte!•

MARIO PUCCINI

LETRAS FRANCESAS
M. LOUIS BERTRAND
&amp;SDB_ h_ace

un par de meses en Francia, como en otras
acllv1dad literaria está casi paralizada: el teatro y el J'bpartes, la
·No se á t b
,
1 ro vacan
~ lt' r I es a uena ocasion para distinguir entre las produccione~
'
u im~s :s de algún autor que nos parezca digno de estudio más
.
. detenido. El autor de que hoy queremos hablar n
. .
piante ni lo que se ha convenido en llamar
.
.
o es un pnnc1en plena madurez del talento, y que empiezaº: 1;0:::h::v1:hsta:
~n escritor
veinte años de asidua labor literaria ha merecido Ese
ª1~m1rac16n que en
t d
•
·
nove! 1sta es Loui B
ran , el vigoroso autor de La Cina, de ¡ Jnvassion • del .R•.va'• ""
_,_ Don J uans y erde
t an tas ot ras o b ras notables ' quien acaba dA- pu bl'1car, con el titulo
,
de Le -¡¡,
tfor, una obra de primer orden sobre el África romana.
s rn es
No
vamos
a
hacerles
a
los
lectores
de
LA
PLUMA
Ja
o'
d
1
1
b
.
,ensa e querer revelares e nom re de Lou1s
Bertrand; la notoriedad del autor de l e ..,angr
_, racer es
.
ues
1
6
ya
o
astante
s
hda
para
haber
transpuesto
las
f
t
b
1 f
ron eras, sobre todo cuando
a rontera se llama los Pirineos. Entre los escritores f racceses contero porá
neos conozco
h pocos que pueda gustar me¡'or el alma espan-ol a, porque sé de•
pocos que ayan amado, comprendido y cantado a España como él s· d d
, • f
·
•
· ID U a
t Últ
es
pudiera aphc.arse también a Argelia y a o.·
. •
d' ad F1m&lt;1 rase
.
uen t e y al med101a e rancia,
lo
cual
es
como
decir
que
Louis
Bertrand
es
u
¡
t·
t
• ..
n a mo de
cuerpo en ero, cuya sens1b1hdad vibra sobremanera al ponerse
con las razas mediterráneas.
en contacto

:s

cSomos como los latinos, nuestros antepasados: sin saberlo, aspiramos a la
17¡

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
Africa ·Ese país nos salvará! ¿Oyes el jadear
fuerza y a la voluptuosidad de 1 ... 'de los fardos? ¡Cómo luchan, como se
de los faquines doblegados por e pesot
I eso aplastante de la materia, la
.d des' Luchan con ra e P
.
L
. . s primordiales que ya no
P renden en las rea l I a
¡ hombre! as m1sena
'
ferocidad del hombre para e
otos frente a to arbitrario o lo
b
1 sed los oscuros espa
conocemos--el ham re, ª
'
d f . nes ·Esos hombres serán
á •
·t s O sus ru as acc10
... 1
desconocido-, est n mscn a e
- lo que debiéramos avergonzarnuestros antepasados! Nos volverán a ensenar

~

..

11~

't--;
1,
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nos de haber olvidado... »
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de La Cina al contemplar,
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roes
"
•
0 de los
Así se expresa lau io, un
.
d A gel y en esas palabras encon1 norama grandioso e r ·
d
como en suenos, e pa
t d 1 talento de L&lt;&gt;Uis Bertran •
.
¡·
e
.
1'60 de todo un aspee o
trare1s ya la exp 1cac
•d más activa, más nea
1 d
d aventurarse en una v1 a
Empujado por e eseo e .
d' te puso los ojos es esa tierra de
. . t
ás temeraria y ar ien '
,
1
en acaec1m1en os, m
d
de multiplicar su energ1a, o a
t activa Por e1 eseo
Africa, tan áspera como a r
.
táculos de la lucha del hombre con,
menos de vivificarla con los grandes espec
f1erras vírgenes todav1a.
6
tra la naturaleza, salt ª esas
.'
b
ouis Bertrand no es natural
1 b .ien e s preciso sa er que 1,
Para comprend ere
d ·r de una de las col E riginario de Lorena, es ec1 '
de esos países de la uz. s ~
más tristes de Francia. Llanuras con rebomarcas más lluviosas, más fnas Y
f do· lavados por las lluvias
zo de bruma, sombríos horizontes o b~sque~ p~o _un ~
. ..
o y glacial en 10v1e100.
copiosas, pa1s ng1do en veran
.
á
s s riberas debe representar
é
el
Mediterr neo Y u
Para un natural 1oren s,
• d hadas y a veces no de,
· érico un pa1ac10 e
,
algo como un edén, un pa1s qu1m
'
t
dormirse para no despertar
•
t d se allí suavemen e Y
jará de sonar con en er
Louis Bertrand respira también fuerz:i, sauunca. Pero el natur~l ~orenés d~ lento tumultuoso, lo resonante le a.trae y
lud, apetencia de act1v1dad. Lo vio
y Marsella prodigiosos hormigueros
le fascina; ciudades como Barcelona, ;orno\ entusi~sman «En cualquier mo&lt;le hombres bajo el sol feroz, le ron han, d~ de Barcelo~a-, al punto encand d'a de noc e- ice
mento que se I1egue, e i O
. . t
'd d luminosa ,. Las incandes.
.
t aordinana 10 ens1 a
·
dila la imag10ac16n por su ex r
t
como los rayos del sol. El esencias de los globos eléctricos le transpor ao,
.
c
.
1 •dar la Lorena lluviosa.
o v1 ,
d' t s y a la vez a los lugares donde
P lendor le• es necesario para
a los pai,-¡es ra 1an e
De ah1 su fogos? ~mor
.d
h' las epopeyas literarias--en prosase concentra la actividad humana, e a i
que ha escrito maravillosamente.
1 Ruta africana, de la Ruta del Sur,
Le sang des rtues es la epopeya de a

que se mete por los desiertos, atrayente, engañosa, al par que devorador;i de
todas las energías del hombre.
La Cina es la epopeya de la muchedumbre meridional, turbulenta, la muchedumbre enteramente nueva de esos países jóvenes, la muchedumbre niño,
sin pensamiento ni discurso, dejándose llevar de grado por sus instintos.
Pépéte es la epopeya pintoresca del wanuja fatino, del mozo guapo, cuyo
vasto pecho y cuya saugre bullente se disputan las admiradoras.
Le Rival de Don :Juan es la epopeya del amor en el Sur de España, tórrido
y sensual, que abrasa a cuantos se acercan.
Le jardin de la mort es una manera de epopeya descriptiva de toda !\.rgeJia, dP.sde las costas hasta los arenales calcinados por un sol de fuego.
L'In'Oassion es la epopeya de los italianos, muriéndose de hambre y de miseria, que desembarcan por millares en las costas de Provenza.
En fin, Les 'Oilles d'or son también una epopeya descriptiva, !a de las ciudades de la Argelia romana, de las que sólo quedan ruinas grandiosas, pero qu~
el talento mágico del novelista acierta a evocar.

* * *
Tal es el primer aspecto de la fisonomía de Louis Bertrand. Ved ahora
otro: este novelista no es solamente un admirador del esfuerzo humano, visto
a la luz del sol mediterráneo, es un descriptivo de primer orden, que sabe
trasladar en vastos frescos los cuadros que sus ojos perciben. La sucesión de
sus obras no es más que una sucesión de grandes paisajes. Visiones del dedesierto, del mar azul, de la costa árida y abrupta de Africa, con la magia de
las montañas nevadas en la lejanía. Visiones de grandes ciudades: Argel, toda
blanca, destacándose sobre el implacable ultramar; Sevilla, rosada, con sus
agujas, sus calles angostas, sus palacios, su silencio; Marsella, trepidante de
trabajo y de energía, bajo un sol de plomo; Timegad, Djemila, Cartago, ruinas
majestuosas del pasado, tendidas en el oro tostado del desierto.
Todo ello visto de lejos, desde Jo alto, en panorama: Sevilla, vista desde
una torre, extendiendo su masa enorme por la llanura; Marsella, contemplada
desde Notre-Dame de la Garde, ciudad monstruosa, agazapada en la costa, que
mete en el mar sus malecones como brazos; Valencia, vista desde un balcón,
de noche, recostándose en la luz irreal, como luz de teatro, y sus jardines en
torno, •con el perfume de los jazmines y de las cabelleras femeninas, con los
1 75

..

�LA PLUMA
efluvios aromáticos de las palmeras y de los naranjos y el relente calenturiento
de los pantanos de las regiones húmedas• ...
Tal es el pintor. No persigue tanto el rasgo pintoresco cogido al vuelo, el
gesto traducido en el acto de pe1·cibirlo, no persigue tanto la manera del observador de costumbres como la del pintor de grandes frescos. Cuando escribe
una novela acerca de España, lo que pretende hacer es una síntesis del país y
del alma de los habitantes. Lo mismo cuando estudia el Orie-nte. Iguai procedimiento cuando describe ciudades muertas y civilizaciones desvanecidas.
Los personajes que pone en escena son representativos también, por el
mismo orden que los paisajes y los panoramas. En Le Sang des Races, Rafael,
que recorre el camino de Laghouat todo el año, simboliza la raza nueva nacida
en el crisol argelino de todas las fuerzas vivas del Mediterráneo. Pepcte, el bien
amado, no es un recuestador de mozas vulgar y sin escrúpulos: es el mancebo
guapo, fuerte y artero del Mediodía, tipo de toda una raza, expresión de un
país recalentado por el sol, de una vida desbordante y copiosa en demasía. En
L'lnvassion, Attilio, Cosmo, Emmanuel, son tipos italianos que sintetizan el esfuerzo de una raza. ·
La Galhego del Rival de Don Juan es una especie de tipo sobrehumano moviéndose en el escenario fascinador de Sevilla como la heroína de una función
de hadas. cBien plantada, co,no una estatua en su pedestal, se envolvió en los
pliegues amplio; del gran peinador de batista, y el torrente de encajes le caía
en un chorro hasta los pies, donde se abría en dos cálices diáfanos semejantes
a flores de loto invertidas.• Si danza, en ella danza toda la Mujer, si excita el
deseo, expresa todo el Deseo, suscita la pasión, y su persona ex:presa la Pasión
toda.
Ya se ve lo que es esa reconstitución de los países mediterráneos: una especie de fresco inmenso donde están pintados con pincelada larga y dramatiza-

LA PLUMA
va más
•
. . Je
. 1·os, y con iguales
dotes mil
las c1v1hzaciones muertas y las . d agrosas de reconstitución aciert
Tal es el esfuerzo últ'
c1u ades desvanecidas.
a a evocar
imo que ha b h
y se conocerá qué suerte de
.
ec o en la novela. Léase lu V,:Jl

~~~::,::;:::~'.~~;;.A;~!~::;.i~::,~:;,:~:,'::;;,;:,:,'~;~~•:••t;::,~:;

tanta precisión como por
i?n impresionante reconstitu'd· g ' mbése,
m'd'
un arquitecto ·Qué . .
t as por él con
i ia y la Mauritania antiguas' ·Qué . '. h v1a1e, en su compañía por la N
cuadro, reconstitufdo co n un f ragmento
.1
magia
,.
ud asta los confines del d es1~rtol
•Qué
resto de arco de triunf:
.
e muro, un pedazo de
1
en torno de esas ruin:t1:d:~:~;;::ao por,los si~losl ¡Y cómo ac~:r:::~~o~c~nr
poner los planos d'iversos de estos cuad-.¡uc
. ,as. bana ' y con qué arte sabe dis10s, pintados, una vez má~ 1 f
•• a rescol

***
. o·igámoslo en pocas palabras· L .

. . ou1s
Bcrtrand
es uno de 1os grandes novedlistas franceses de hoy. Ha resuelto
el
bl
pro c::ma difícil de ser al mi.
t'
e un realismo extremado y d
or~en, evoca las muchedumbreesus1'.1a annfon_ía casi clásica. Es anima~:ºsin1emd po
phcad a stn
· d ar impresión
.
· t a persona1· es de alma esde esf n con us16n y, pin
va · d
uerzo Ha t d •
comllenads e la_ belleza: belleza de la ener.gía h ra uc1do armoniosamente formas
za e la vida primitiva d .
umana y de los países d 1
•
la vida f' .
Y e ciertos instintos p
e a luz, belSlca como el de la vida m
. osee e1 ntmo del traba·o d
y grandeza admirables. Es un nov:~:~· y traspone_sus notaciones con se~urida~
a, es un artista.

JULES BERTAUT

dos, los gestos de los habitantes.
Una vida intensa se desprende de esos panoramas. La turbulenta algarabía
de una ciudad como Barcelona o Marsella, el fragor de civilización de esos
grandes puertos, el trabajo de los obreros, los traduce Louis Bertrand con una
amplitud, una magnificencia y una exactitud verdaderamente admirables. Se ve
la vida de esos hormigueros bajo el sol implacable, se escucha el estruecdo que
sube hasta los oídos del observador, percíbese el laborioso afán que no cesa
de ensordecernos.
Pero no se crea que el arte de Louis Bertrand se detiene en la materia viva:

177

�LA PL DMA

LETRAS BELGAS
A~DRÉ BAILLON
un nove l .is t a grande, muy
.
. . . Bélgica posee
. . los círculos ofioa,
ESD6 el armtst100,debie ra haber conmovido.ª a los círculos de
grande. El suce~o ratura- o por mejor decir, subrayado tanto
les de nuestra hte 6 'alDebieron haberlo
listas: nues.
ra o c1
.
de nove
nuestra hteratu hemos carecido siempre . oseemos algunos
más cuanto que .
o ensayistas, y s1 p , . más hemos
d s son poetas
en demas1a, lª
tros escritores m~s gran :uchos, que no nos honranmolder cultivó sola~ente
U
entistas folkloncos, no dad grande. Eugene De poeta mal encaminado.
r t de ver '
é ás que un
.
c
tenido un nov~ :nme Lemonnier n~ fu m del peligro del regionahsmobición
la novela corta,
h 3 acertado a hbrarse
los hombres cuya am
EckO a
ud oo
•
Georges
• sólo mira con ternura
. a
un bue n des t'100 en • un
y Pero la Bélgica ~ter~n~e una condecoración o de uido y las mayor~ ¡acás allá d el cmta¡o
e bagan el mayor r, .
1 ·ical que mfecta
no va m
"de solamente qu
ás el esp1ntu c e1 . . .
dos
Ministerio, y les p1
de su historia. Adem • ctividad y lo dlVIOC en
t andas posibles en torno
años paraliza nuestra ~

~

..

aís desde baCI~ : ua~enla el de la moral utilitaria._
ue irse expatriado a
al p
·n otro cnteno que
d é Baillon ha tenido q
Bélgica habría
campos s1 to explica por qué An. r ' y las amistades que en
Todo es
d fuera el tnun.o
b mParís y ha encontra
o l fin de sus días.
, o se mezclan; es uo o
0
basta
. . n burguebuscado en van A
d ée Baillon, el dolor y e ¡ hero1sm
tódica cri~tahzao
t d
6
Ea la vida de n r
eza en esk siglo de me
ectáculo de sujuven u .
bre que ha realizadou:n~:: se ;e acercan sólo con el esp
sa • de conmover a c
178

Aunque apenas hace dos años que se ctió a r.onocer en las letras, ya hs.n pasado die.z desde que rebasó cla mitad del camino de la vida.. Su aspecto de
poeta romántico, reseco por el hambre y las privaciones, le envejece más hasta
parecer de alguna generación más antigua que la nuestra. Ha vivido al día cuarenta años, con el hambre poi compañera habitual y por horizonte lo desconocido. Se ha casado con una mujer que hubiese sido del gusto de Dostoiei&gt;ski
-una prostituta que se conservó pura y digna de un artista. Se la llevó consigo, y asociando sus miserias las han soportado mejor. Vino la guerra, y el caso
empeoró. Recluídos en Bruselas cincuenta y dos meses. Mendicidad, o poco
menos. Después, llegado el armisticio, un empleíllo en un p eriódico: secretario
nocturno; tenía que entrar en la oficina a las ocho de la noche y salir a las cua.
tro de la mañana. En ese oficio, y en el estado en que Baillon se hallaba al acabarse la guerra, se deja la piel e n menos de un a ño. Compre ndiéndolo así, lo
abandonó. Acababa de publicar su primer libro, ilfoi, t¡t1el9ue j&gt;art, que a todos
nos dejó desconcertados. Unos amigos le llamaron a París. Fué allá, y hoy, ea
dos miserables aposentos de la isla de San Luis, busc.a qué comer dos veces al
día escribiendo cuentos para los diarios, y busca sobre todo el vagar necesario
para completar su obra personal de gran escritor. Acaba de publicar una
nueva novela, L'Hist oire d'une .lfarie, que rompe los cuadros literarios para
mostrar la tremenda confesión de un hombre, con ánimo y fortaleza bastantes
para mirarsus
su vicios.
alma cara a cara y enumerar en voz alta todas sus tachas, sus
flaquezas,
Si admiro a Aadré Baillon con fervor que no quiero disimular, si le tengo
por uno de los escritores más grandes de nuestra generación, es precisamente
por haber cortado los puentes con la lite ratura, porque ha roto todos los atadcros y ha acertado a situar sus obras en el ¡.,lano mismo del dolor. Me placen
los libros escritos a tientas, en que un hombre "ª desc ubriendo su alma y su
corazón, y en la turba que le rodea va rlcscubriendo la sinceridad y el amor.
Temo las psicologías mundanas y las tesis sociales, y la novela que, con tono
doctoral y de e-buena educación•, me trae luces demasiado claras y dogmas
rancios, me es antipática.
En Baillon no hay nada de eso. Y pues es necesario, para contentar el espírih1 crítico, comparar y aproximar, diré que en él e ncuentro la sangre y la
médula de un Cbarles-LouisPhilippe, de un Jules Re na~d. de un Charles V ildrac,
y también de un Antón Chejov-ea fin, de todos los que han acertado a encontrar en la simplicidad de la vida un manantial de noble.za y de belleza. No es
179

�LA PLUMA
cuestión de a11untos, créanme. Si no, evocaría los nombres de Maupassant y d('
Huysmans. Pero sería traición a mi pensamiento, porque esa aproximación
vana recluiría otra vez en el redil de la cliteratura&gt;-en ('l sentid-:&gt; peor de la
palabra-al hombre que, con su obra, quiero sacar de allí. Al contrario, André
Baillon, con un rostro (ya lo he dicho), de romántico, como el de Gerard de
Nerval, destruye las persistencias románticas que euvenenan todavía el arte de
escribir, y, entre otros, los libros de Maupassant y de Huysmans. En lo que
dice o quiere decir no hay esfuerzo ni preocupación de escuela. Baillon ha
recuperado, porque vive intensamente, las virtudes de eterniddd o_ue enriquecen sus libros.
André Baillon no tiene más asu.1:0 que su propia vida y sus sensaciones
propias. La memoria le sirve de imaginación, y es fiel como unos ojos que siguieran las evoluciones y las peripecias todas de un suceso. 111oi, quelqt1e part
es el relato de una estada r,n el campo, donde residió algunos meses, poco
antes de la. guerra, en una choza perdida en la Campine, la región más pobre y
hosca de Bélgica, en la raya de Holanda. L' Hisloire d'1111e Made es la existencia de la mujer que encontró en una casa de mal vivir y a quien hizo su mujer
del modo más sencillo y, diría, más noble del mundo. El propio Baillon aparece
hacia la mitad del libro. Y se trata sin miramientos, con igual minuciosidad, sin
clamores ni confesiones histéricas, que pone en defender ante la sociedad
humana, a María la prostituta, simplemente con el relato de sus sufrimientos.
He dicho que al publicarse en una colección local-donde fué difícil de encontrar casi desde el primer día-.Moi, que/que part suscitó admiración. El libro
seduda al punto, por(lue, con mostrar la fisiología de una comarca y de sus
habitantes, se liberaba del regionalismo. Obra sencilla, cabal, humana, arrebataba la amistad d~ los lectores y los obligaba a desechar todas sus prevenciones.
Se ha dicho que la prueba de maestría de un escritor consiste en hacer un libro
s in introducir el resorte del amor. André Baillon logró más: escribía una novela
si1\ emplear el resorte de un asunto. Notas, observac.iones, reflexiones, y de vez
en cuando una anécdota, contada muy sencillamente, que dura seis páginas:
ahora se trata de comprar un perro, ahora de la salida para vender huevos en
el mercado. Y eso es todo.
Es todo, y con ello hace una obra de una abundancia. de un jugo, de una elocuencia incomparables. Camille Lemonoier habría hecho veinte libros con las
ideas, los cuadros, las situaciones, los dramas, los actores que desfilan por esa
reducida colección. Y para muchos otros escritores hubiese sido igual, pues si
180

LA PLUMA
t~mo por ejemplo a Lemonuier no es or
s100 porque vivió la vida de las re . p bque Je profese admiración particular
c
. ó
g1ones elgas v les
ó
'
.
consagr muchos liaros y
onqu1st muy honrosa reputación.
Todo Lemonnier está en Mo.
¡,
váodolo hasta ser precioso es 1'• que fUe ;a,·t. y lo que duplica su valor ele
dad
b 1
'
e arte consumado de
d
'
ver a que no excluye el lirismo 1
.
con ensación, la sobriecoger y sintetizar en un rostro c al
a ~autivante atención que aderta a es
rrado de humor y de amargura u qhuiera os rasgos de humanidad. El chapu~
n
·
que ay en cada pág'
·
es pmtorescas e inesperadas c
. á
ma se amma con expresioatreven a ser rabelesianas "'o'. on im/ genes que, parn herir con más fuerza se
r
· m, '• que que partes Ja v1'da de un lugar campinois
'
aoa izada en sus manifestaciones má t· .
d_e todas las poblaciones rurales de t:d 1p1cas. J&gt;e~o al mismo tiempo es ¿a vida
s1stencias provincianas· y es tam,b'é
as las aldeas apartadas, de todas las per1 u, por uo larao c 't ¡
m ·
'
onJes, un estudio casi dolor
f
b
ap1 u o sobre una abadía de
dc.-1 renunciamiento.
oso, a uerza de ser implacable, de la psicología

!

Tal psicología del reounciamien
.
•1farie, donde se entrecruzan las ,to _se ~alla de ouevo eo L'Htstoire d'une
ª ucrnac1ones .como l os h'I1 os de una red.
Cuando h
ace un mes se publicó (en P•rís
hubo en torno de ella un remo!· d •. ' ed. R1eder} esa novela admirable
100 e entusiasm
d d
'
se abordaba el libro con el de
.
o y e ecepciones. En general
seo mconfesado pero fi
d
'
.
de nuestro ase t· .
'
rme, e encontrar dentro
de 1as. )rndes
.
n 1m1ento v de
t
. .
'
campmo,s y a María la ho ·t 1
.
nues ro conoc1m1eoto al Bailloo
¡
•
1 e ana que Mo ·
suerte que, la primer.i lect
,, que que part nos enseñó a amar. De
l'Hi· .
ura, era un chasco.
. zstozre d'une Marie es un libro doloros
.
.
me importa poco y cuando b.
.
o. No digo triste porque el tema
d 1
•
a io un libro no
b. .
,
o oroso. En el curso de ciertas á .
am 1c1ono reir ni llorar. Pero es
que Charles Louis Philippe desp: t~mas ~eaparec~n !as grandes impresiones
ha multiplicado después Dol
r antano por pnmera vez y que Dostoievski
•
·
oroso porque es hu
h
mentira y del artificio-es d . .
mano asta la negación de la
U
ecir, sm componendas
.
na novela: esta palabra me sub!
dJlor y desesperación verdade;os evl~bcuando pretende designar un libro de
b . d
' un • ro tan poco .
. d
nea o, y tan cruel como éste U
imagina o, tan poco cfat
· na novela desd p ul B
ura por la que pasan al menos dos
'
e a
ourget, es una avenbailari~a de la Ópera y un fraile int;~ndesas y cuatro automóviles, o bien una
narrac160 de Baillon.
gente. E!l vano se busca todo eso en la
Charles Vildrac ha prologado L'Histofre d'une 11farie en rorma
''
poco feliz
181

...

�LA PLUMA

LA PLUMA
acaso. Dice, entre otras cosas, que el libro es una obra de grandes alientos,
cconstruída y conducida con amor•. Yo no creo que el libro haya sido «construído•; estoy, incluso, muy convencido de lo contrario. «Construído• quiere
decir maquinado, arreglado como un aparato de relojería, donde una rueda
mue\•e la contigua y un peso, al caer, tira de un resorte. Nada de esto hay en
L'Histofre tlune !.farie. Baillon ha seguido la curva de una vida sin preocuparse
de equilibrar los capítulos, de sostener el interés o de encadenarlos episodios.
Y si por milagro ha resuelto todos esos problemas, más que resultado de su talento de escritor es conclusión de su amor. Tampoco, por igual razón, puedo
aceptar que el relato sea «conducido• por el autor, pues veo claramente que el
autor va conducido por el relato.
El genio de Baillon estriba en haber sabido alzarse sobre el plano mismo
del drama que cuenta y en no haberlo traicionado poniéndolo en frases y en
palabras. No es que revele un «conocimiento profundo de la naturaleza humana•, sino un respeto profundo y una perspicacia rara. Por eso Vildrac ha
podido escribir-y en esto comulgo completamente con él-que «Baillon no
nece5ita largos comentarios ni rodeos psicológicos para explicar la acción•, y
que todo su poder reside en la manera, tierna o maliciosa, que tiene de presentarla.
Evidentemente, una disciplina tal, si puede decirse así, lleva aparejada una
libertad absoluta, casi amenazadora, frente a las restricciones que la moral burguesa pretende oponer a la franqueza de algunos hombres. Y André Baillou,
que huye de la pornografía de las descripciones y de las anécdotas picantes,
no oculta nada de los sentimientos que animan a sus personajes y no mitiga
ninguna confesión. De esa manera refuta la moral corriente, como la vida la
refuta a cada momento.
Mi amigo Charl~s Vildrac parece preocuparse mucho por explicar esa iude•
pendencia y por excusar a Bail\00 ante los ojos de quienes pudieran escandalizarse, cubriendo todas las aventuras de María con el velo de la simplicidad y
de la verdad. Trae a cuento el dicho de San Pablo: «Todo es puro para los puros,, alegando así circunstancias atenuantes. Lo deploro. A la cabeza de un Ji.
bro tan exento de toda couvención, de un libro tan orgulloso, diría yo, y tau
humano, no habría debido rcs?onder siquiera al espanto de los beatos. ¿Por
ventura no tiene Baillon a la mano una respuesta, si algún día le reprochan
algo? Podrá decir: «Esa vida de María la habéis permitido y no permitís que se
cuente; es una consecuencia de vuestra hipocresía y de la organización de vues1i2

tra sociedad; la tenéis ante los ojos be1 me· a de s
padecimientos de ayer y la angusti~ del m~ñ
angre, con el t~multo de sus
saber nada de su apuro.•
ana, pero no queréis conocerla ni

..,

Por Jo demás, L'Histoire d'une Marie ni es
.. • .
no admite que alguno de los dos partidos socia':: :e{uis1tor~a ni un alegat~,
cho, empleando adrede el vocablo: es un relato sine a anex1o~e. Ya lo he dimedias palabras. María •recibe de la 'd I b
brumas, s10 choques, sin
vi ª o ueno y lo malo s·
t
má s que una planta bañada d
, 10 con raerse
.
e so1 o azotada por el granizo E f, li
ciada sin grandes gestos. Lo trá ic
· s e z o desgra1 .
robusta desarma un poco al dol!n~ no a disturba, y parece que su aceptación
Hallamos aquí la imparcialidad soberana
I dó O
grandes, que imprime su sello e t d
de todos los artistas
' ga ar
1
puesto a medias en el libro o º. o as as grandes obras. Baillon, que se ha
resentar
.
• m_e¡or, que está medio enterrado en él, sabe re~echos
su papel ¡uzgándose srn flaqueza y sin ilusiones y abdicando ante los
hombre~u:o:up:sedrae !la ~?1~ipotedncia del novelista para revisar el corazón de l
a og1ca y e la teoría.
Por eso, con J~' Histoire d'une 1 'arie lib
. 1 bl
acaba de colocarse entre los ,
d '
ro imp aca e y sombrío, Baillon
mas gran es Afirmo que no me e b d ·1 .
e o e i us1ones
y que no me intoxica el hecho de que e l .aut
mismo país p
or Y yo seamos electores en un
~~:: ::e;~:!~~: ;:n~:et::::~r::í:ª::1!!:::;~:~;:

::~::~:º; !:;;:~::aq~=

lect~::::• ade_más, que una edición española próxima permita a la masa de los
. . .
preciar la grandeza y el heroísmo de André Baill
1\1
¡u1c10 respecto del libro y de mi crítica.
on. e someto a su
Y, ~~r lo demás, ::.i tuviese yo algún miedo de engan·arme,
la host
Jd d d
la indiferencia y
i, i a
e la Bélgica literaria frente a esos libros y este autor ya serían
para m1 prenda segura de su genio.

PAUL COLIN

,.

�LA PLUMA
Catalá, implacable plasmador de La !ladre Ballena, no son ta l vez sino dispersos ecos de una misma voz, cuya versión circunstancial a la literatura se
traduce ea páginas universales inspiradas de un intenso sentimiento local.

• ••

C. R. C .

Luis Peruández Adarvín: El hij'o.-Ediciones de LA PLUMA.-Madrid,

LIBROS y REVISTAS

~

'J:;.

,· ~~,...
"'

L

M, dre Ballena -Traducc1'6 n del catalán por Rafael

Víctor
(?ataláE.dici!nes ~e LA PLoNA ..Madrid, 1921.
Marquma.-

se•
• ta y traductor verac1•s·imo de La Mad,·e
• .Bal1ena,
d e v•
El entusrnsta
pro1ogu1s
. . . las cualidades caractensttcas
icñala tan acertad~¡nente, a nue~tro JU~ct~hora publicamos en castella?o a ~oc_o
tor Catalá, culm1~a!"tes en el hbro q con referir al lector a esas páginas hm1de su primera ed1c16n catalana_, ~ue_ f mativa mejor que intentando a~untar
nares cumpliríamos n~estra m1s16n_ ~~ ~;te de Víctor Catalá ha salvado, mf~nninguna nueva exégesis. En ~fe cto. 1 f !taba en su amaneramiento anterior•
diéndole la dign~dad s~stanc1al qu~ ~mª leando el mismo vocablo de Rafael
el género rn1·al1st~, ,digámoslo as1, dor )a ingenuidad ñoña o la ~osquedad _qu~
Marquina. Ha sustituido el falso can . • en tantos escenarios prntorescos 1m1pretendía representarla fuerz~ cal?pesmilar que anima los verdaderos rl1 amas
tados del natural, con 1~ conc1enc1a popo son universales en su esencia? La enrurales. ¿Es que las pasiones hrm;né~ ~a astucia y el espectáculo de la muer~e.
vidia la tentación, el amor y e m er '
lo mismo en una que otra clase e
en fi~. que todo lo corona, s~_darán, pu~s,mbres se disputen la gloria del triunla socied--id, allí d?nde dos n1nos o do,s d ~ valor con que se revelan co_n u_na
fo •Lo mismo? Cierto que no. Y 3&lt;JUt ~
fatales irremediables, los mstmp;e~isi6n, una ~itide~, una cland~~i~~1~c~\empla ~n la vida ciudadana, pero
tos que la conv1venc1a encubre,
1 almas inequívocas de estos paycque estallan con realidad aterradora en as
ses de Víctor Catalá.
t mediterráneo) Aun a trueque de en·Cuánto no se ha hablado de u_n ar e d' ·os estos ·cuentos de la mejor notra; en e l número ~e sus. ~escubrid~;e;on'ª;~I dict?do ~ quien implícitamente
velista española-si es_hc1to J:t~d a toda veleidad feminista-, denotan , una
renuncia con tan varoml pseu m!11o . de su autor con los más preclar~s
vez más. el innegable parentesc? ht&lt;:rar1~11i Ver a, creador de una Caval~ena
cultivadores del gener_o ~n Italia. G:•ov~ de ta~tas Novel/e napolitane, V1ctor
rustjcana, Sah•atore D1 Gtacomo, anima or
184

1 2 .
9 1

Si tuviéramos que clasificar estrictamente la obra poética de Adarvín, de
que es excelente muestra la colección de cuentos reunidos ahor:i por nosotros,
antes que valernos de ninguna distinción crítica, en si. sentido, si no más profesional, histórico, de la palabra, prefe-riríamos rf'mitir nuestro juicio a fa vaga
acepción popular, seg6n la cual, romanticismo significa muchas e-osas discernidas en puridad por clásicas, que tienen un sentido difícil de esclarecer en la
brevl"dad de una nota marginal, pero que luego suscita en el lector de novelas
una disposición de ánimo adecuada a la que Adarvín prPcipita después con «El
Hijo», «Las Madres•, «El Místico hace vida nueva», cLa madamina y el caballero•, etc.
Así. pues, si el tondo, ya romántico de suyo, sobre que se destacan los protagonistas de sus cuentos, ciudades viejas, casonas 16.gubres, parques estilizados, evocaciones pictóricas del tiempo pasado. o contrastes morbosos de la feria ciudadana en su aspecto más de suburbio, favorece el interés legendario de
la narración, Adarvín se compl11ce en ahilar, e;ipiritualizar, consumir las figuras
por él creadas l"D la llama oropia de una pasión en que el poeta parece quem11rse con sus criaturas. De suerte &lt;JUe les presta una calidad íntima que su
ánimo comparte. mientras oue por engrandec1&gt;rlas más a nuestros ojos las diluye en una atmósfera C:e lejanía que las hace ca!'i impalpables y hasta descubre a veces, tan fuerte es el claro de luna teatral que las alumbra, el hilo de los
sueños en que divagan más &lt;Jue viven.
Poeta y dramaturgo, Adarvín cuentista no se sustrae, deliberadamente, a
esa confusión expresiva con que ganan nuestro interés las tribulaciones de
Don Fernando Alonso Montemayor, Marta y Sacramento, «don Jesó.s el romántico», Doña Teresina v su Abelardo, el mísero Tuan Martín, la avisadísima Marcela, cuya fábula tiñe ·de rosa las sombras del libro, la enamorada Gloria, Amparo e Ignacio. Y el exceso. el amaneramiento recalcado con gracia, la sintaxis
alambicada muestran una vez más la pref1&gt;rencia del autor por todos aquellos
recursos que desde t"I momento que a él le sirven para caracterizar los elementos de que se vale y conseguir la emoción con que el lector se entrega, los justifica y anlora. En esta serie primera de nuestras ediciones corresp6ndele a.
Adarvín digno lugar de romántico novecentista.

• • •

C. R. C.

A. Hernández Catá. - La voluntad de Dios. - Novelas. - Alejandro Pueyo,
Ed.-NCMXXI.

El uso de los prólogos en que el autor declara desde luego su inten ción al
escribir el libro a que anteceden, ahorra al crítico gran parte de su trabajo en185

�LA PLUMA

LA PLUMA

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1

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• 1

,

caminado no tanto a juzgar de la bondad o demérito de i~s obras considerad~s
con riguroso criterio preceptivo, cuanto a il~strar su 7entido y preparar el ánimo clel lector no siempre benévolo, antes bie n, pr~d1spucst? por lo general a
· · más q~e la novedad el mismo deleite obtentdo anteriormente con otra
exigir,
'
·
· y 1a d'fi
l t
de su gusto. Esto explica
las modas hteran~s
11culta d con que
s:\~r;onen tantas obras maestras a _la estim_a~ión. pública, ganada luego p~ra
otras muchas harto mediocres, no bien la ongin~hdad de aquéllas se con~1e1 te
en el Juaar común asequible, en fuerza de repetido, a los le~tores más 1~ta~datarios: Atentos los escritores al logro de esa compe~etrac1ón con el publico, que constituye el éxito, especialmente de los ?ovehsta~, dr~ma~urgos Y en
eneral de los cultivadores de la literatura propiamente 1rnaginat1va, ?ue_le_o
fas más veces andar tanteando las preferencias de los lectores h~sta co1nc1_d1r
con' ese gusto a que ajustar el patrón idéntico para su producción suc~~1va.
Pocos son los que, como el Sr. Hernández Catá, busca_n al ~ar que 1~ satisfacción del vulgo anónimo, y por encima de ella, la satisfacción propia de vencer nueva dificultad, o cuando menos. la de proponérselo, en cada nueva novela publicada, en cada nueva comedia dada al teatro. .
..
En el prólogo de La volunta1_de Dios-.ci~ga fatal1dad-ma01f1esta claramente los motivos de su inspirac1on al escribir las tres novelas que com~onen
el volumen, unidas por un nudo gordiano, insoluble en tvdas tres: e! ?,dio. El
espectáculo de la guerra no ha sugerido al Sr. Her.~ández Catá la v1s1on apocalitica de los campos de batalla, ni _la contemplact&lt;:&gt;n en abstract&lt;;&gt; de la lucha
considerada a distancia, sin dolor; smo que ha suscitado en su ámmo la emoción, humana por excelencia, de la guerra desatad~ en el corazón de los hombres. Urdida \a intriga novelesca de las ~res ~ar:rac1on~s sobre un fondo carácterístico del ambiente atormentado de estos últi~os anos, más que_ a la anotación pintoresca atiende el novelista a la conciencia de sus person~¡es, subvertida O más bien suscitada en toda su perversa desnudez por el ahento devastador de la guerra.
'd'l'
De propósito ha evitado el Sr. Hernándcz Catá todo amoroso 1 1 10 que pudiera aliviar la hostilidad mutua con que se producen los hombres Y las ;:iu•
·eres creados por él del propio barro de que están hechos los de carne Y ue~o . Ha querido en esta ocasión más que distraer simplemente al le~tor, re?u•
ci~ a una conclusión pesimista su concepto d~ 1~. guerra,, º?tenido quizás
forzando un tanto el natural, mas nunca la veros1m1htud artishca, Y ~n todo
caso si excesivamente recargado de circunstancias agravantes, no sino por
mej¿r lograr la intención capital, la razón filos?fica que ~l autor se propu~t
Ni se crea por eso que olvidando los térmmos propios de la _novela, a
voluntad de Dios es otra cosa: El Sr. Hernández Catá se ha manten~do, no obstante el prejuicio inicial de la obra,_dentro de los límites del novelista. Lo que
constituye, sin duda, el mayor precio de su obra.
C. R. C.

Marcel Proust,-Por el camino de Swann.-Trad. de Pedro Salinas.-Calpe.
Madrid-Barcelona, 1920. Dos vols.
La concesión del premio Goncourt a una novela de Marce] Proust suscitó
antaño en París un pequeño escándalo de los muchos que, sin trascender gran
cosa de los círculos literarios, justifican la vitalidad de unas costumbres tan
ajenas a las nuestras, desentendidas en absoluto del comercio de las letras en
ese aspecto tan característico del arnbieute parisién. No es de creer, por lo tanto, que la traducción al español de Po,· el camino de Swann, con que se inicia la
serie en publicación, culminante en la laureada-A fombre des _jeune"s filles en
fteur-pueda influir perniciosamente sobre nuestra literatura en ciernes, con
el señuelo de la moda, falaz casi siempre, a que debe su boga la de Marce!
Proust. Só!o la avidez con que los lectores demandan novedadeg, que no bastan
a colmar sm duda los productores nacionales y los mejores extranjeros, explica la diligencia con que la editorial Calpe se ha apresurado a ofrecernos, en
una versión fidelísima, Por el camino de Swann, novela que no merecer'ía tampoco especial mención denigratoria, a no constituir, a nuestro entender, el tipo
de una manera de escribir y de concebir, si ya degenerada en el modelo, fácil
de imitar en sus peores defectos y deplorabilísima en sus com,ecuencias.
El narrador autobiógrafo de estas latas historias de Marce! Proust emplea
cerca de 400 páginas refiriendo al lector con psicológica perspicacia, no exenta
de atractivo e interés en muchas de ellas, las menudas incidencias cuyas relaciones más lejanas, y aun arbitrarias o superfluas las más veces, componen la
vida, según él mirjl atentamente en una dirección al salir de su casa-camino
de la del señor Swann- o en la dirección opuesta-por el lado de los Guermantes, nombres familiares a los cuales van adscritos los recuerdos que determinan en la imaginación del novelista los fondos inseparables de las personas
que en ellos se mueven con una fatalidad minuciosa, que no siempre se le
hace tan evidente al lector.
Literatura, en fin, ésta de Marce! Proust muy asequible a ese público pseudo-intelectual, más aficionado a comprobar la exquisitez de sus sentimientos y
opiniones en el cúmulo de nonadas en torno a las cuales busca el novelista
tres pies al gato, que a gustar la patética verdad de la obra de arte por excelencia. Literatura pseudo-lírica, pseudo-filosófico-humorista, pseudo-artística,
en fin, para esteticistas hechos de pronto.
La labor llevada a cabo por Pedro Salinas revela una depuración tan afinada, un dominio tal de los recursos del idioma a que traduce, una percepción
tan aguda de las sutilezas en que va, difícil cuanto trabajosamente, ensartada
la trama novelesca, toda interior y de diminuto mosaico. que ya se nos tarda
ver empleadas tales facultades poéticas en obra original, sin tacha de proustismo, valga por clzinerla literaria.

• **

C. R. C.

César Palcón.-Plantel de im,á/idos.-Novelas.-Editorial Pueyo. Madrid.

*. *

lt ► l.

18i

No falta quien, a cuenta de 11n hispanoamericanismo sin eficacia fuera de
las conmemoraciones oficiales de la independencia de las repúblicas transat•
18'7

�LA PLIJMA

'

LA PLUMA
lánticas, pretende negar una personalidad característica y perfectamente definida a la literatura americana. Ni quien ve en tal distinci6n neces~ria, más que
el reconocimiento de esa personalidad, una espi&gt;cie de colonismo. Ante un libr-o
como Plantel de inválidos, editado en España por un joven escritor peruano,
no podemos menos de afirmar de nuevo con gustó, nuestra preferencia por tal
literatura, que si busca la emoci6n universal, con la expresi6n de sentimientos
accesibles a toda clase de lectores. por muy lejos que vivan. e ignorantes, del
paisaje natural en que se inspira, no se oierde en mer¡¡s abstracciones sin evidencia, sino que adscrita a una realidad exótica para nuestra visión limitada,
busca no la relación pintoresca de ambientes desconocidos qne por sernos
ajenos susciten nuestra atención, mas la trascendencia puramente humana por
la que han de sernos simpáticos los per,onajes de ficci6n sacados de esa realidad. No hay, a la verdad. en ninguna de las cinco novelas que el Sr. Falc6n nos
ofrece en este volumen, ninguna intriga extraordinaria que suspendiéndonos
el juicio nos arrebate en alas de su fantasía, ni sentimos un estremecimiento
nuevo con su lectura. Es más, alguna de ellas: Mi hermana J(lcoba, por ejemplo,
nos recuerda con más precisión que las anteriores una emoci6n en cierto modo
semejante a la experimentada con otras lecturas, en este caso, Ali hermana Antonia. de Valle-lnclán. Nada, sin embargo, denota el plagio, tras de cuyo rastro
suelen andar tantos críticos afanosos de promover un escándalo fácil. Lo que
trae a nue5tra memoria el modelo citado no es tanto una semejanza ni coincidencia de trama novelesca, ni menos de escenario, como las afinidades nacidas
de una misma m,inera exaltadora de contemplar la vida. Referidos -los temas
sentimentales de que se nutren las fábulas de esta~ novelas a mo&lt;lalidades y
aspectos del Perú contemporáneo, el fanatismo ancestral, la inadaptación y el
fracaso de una juventud turbulenta, la envidia fraternal, el contraste grotesco
de la gloria pereced~ra y la mentira de una progenie falsa. adquieren una viveza. un dramatismo que la sobriedad, la violencia de un estilo rápido y crudo
nos presentan con relieve propio. Especialmente. «Sergio Toral• suscita un interés apasionado, de la misma calidad emotiva que Jo¡¡¡ cuentos rusos, cuya influencia se señala en todas las literaturas occidentales con un reverdecimiento
del ánimo angustioso palpitante en el romar.ticismo de un siglo ha.

*

* *

c. R. c.

Enrique Barbusse.-El Resplandor en el Abismo.-Traducci6n y estudio preliminar de Quintiliano Saldaña.-Rafael Caro Raggio, Editor. Madrid.
Con la novela de Barbusse Le feu, indecorosamente vertida al español con
el título de El.fuego en las trincheras, se inicia en la literatura francesa de la
guerra última la reacci6n en pro de la paz, basta 1917 oculta todavía bajo el
sentimiento patriótico de unos combatientes y la ilusión justiciera porque habían empuñado las armas los internacionalistas. El éxito enorme .d e Le /eu,
agmp6 f'n torno de su autor la protesta revolucionaria de los desengañados de
la victoria. La tevoluci6n rusa y la resistencia contra ella de la~ naciones vencedoras, acabó d e suscitar la adhesión sentimental a lós pi:oletarios !llOScovitas

,ss

de ':1u~hos intelectuales_, ávidos de h,allar en la conciencia popular un eco de
sus mt1~os afanes d~ libertad. Y as1 se constituy6 en París el grupo «Claridad,, Liga de S~ltdarzdad Intelectual para et lt'iunfo de la Causa Internacional
~n cuyo Comité central figura Blasco lbáñez en nombre de España-, subdiv1s1ble e_n tantas org,anizaciones nacio1iales como haga menester la propaganda
en los diferentes pa1ses, cm1 el lema general de cla Revolución en los espíritus,, fu_er~ de los cuadros polít, cos de los partidos socialistas, si bien &lt;lentro
del soc1alismo como doctrina, y de la Tercera Internacional como disciplina
inmediata.
·
.El Resplandor en el Abismo es un llamamiento a todos los hombres de buena
voluntad para edificar sobre las minas del mundo, cuyo fin tocamos, y asentado en la raz6n humana, el reino de la justicia social.
El Sr. Sald~ña ha traducido las cálidas páginas de Barbusse en un estilo vibrante, precediéndolas de un estudio esquemático sobre «La viua social en España,, hija, a su entender, en el dualismo que actualmente divide tanto al
mundo obrero_como al mundo intelectual, de la primitiva oposición histórica
entre celtas e iberos néI?adas y sedentarios, proletarios y burgueses.
.. •A??gadas ?ura-?te ~1glos-añade-bajo el peso dominador de la doble civihzac10n propietana, romaaogc-rrnana, Ja~remotas instituciones colectivistas
resurgen corno escritura primitiva del gran palimpsesto de la raza.&gt;
No:otros, que desde el primer momento nos adherimos al grupo cClarté•
de Pans, cua_ndo aún no estaba constituida la sección española, nos congratulamos muy smceramente de la revoluci6n operada en algunos espíritus, como
el Sr. Saldaña, adscritos pocos años hace a la ideología de la germanofilia española y del maurismo de cát~dra.
C.R:C.

***
Antonio Battistella.-La Republica di Venezia ne'suoi undid secolt di stor!·a.-Con prefazione di Antonio Fradeletto.-Venezia. Tip. Carlos Terran. XDCCCCXXI,
. Para celebrar la ~nauguraci6n del campanile de San Marcos resurgido de su
ruma, ~I 25 de abnl de 1912, tres importantes Asociaciones industriales de
Ve~ec1a, y en_ su _nombre un veneciano ilustre, Guiseppe Volpi, ofrecieron a
1~ ciudad l~ historia de sus fastos, qne hoy, redactada con noble entonaci6n y
digna sencillez al alcance, no ya del versado en estudios eruditos, mas del prof~no atento a toda obl'.a bella, nos ofrece el Municipio de Venecia, en espléndido v_olumen.
,
~~1!1gú!1 otro p~eblo, después del ro·mano, ha dejado tan profunda huella de
la ~1vtlizaci6n propia, memoria tan viva de su sabiduría política, ni ha contribuid? más a di~un_dir en los países adriáticos y en las playas todas de Levante,
las virtudes as1miladoras y educadoras de la gente latina&gt;, dice el historiador
de la República insigne.
. El _cual no ha querido tan sólo narrar con acento elegiaco las pasadas glonas, smo deducir de SIL virtud •l germe:i espiritual aportado a la consecuci6n
189

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�LA PLUMA

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LA PLUMA

de la grao patria italiana. Muy acertadamente señala a este intento el prologuista la continuidad tradicional que significan en la participación de Italia en
la guerra los resultados obtenidos de acuerdo con las miras seculares de la
República &lt;le Venecia: dominación del Adriático, reducción de la política de
la Casa de Austria y afianzamiento en tierra firme de los confines orientales.
Política derivada de la fatalidad histórica, inspirada en el sentimiento verdaderamente artístico de los destinos propios, dictados a la conducta ejemplar
de un pueblo excelso por esa compenetración armónica del ideal y la realidad
de que clásicamente se sustenta a través de los tiempos la grandeza de Italia.
C. R. C.

L'Art Libre.-La revista bruselesa L'ArtJ~ibre, que dirige nuestro colaborador Paul Colin, viene publicando El 'Diaje a Pads, de René Schickelt&gt; (observaciones en el mundo intelectual y moral parisino después del armisticio).
El capítulo III, que aparece en el número de septiembre, está dedicado a León
Werth. Tras de describir, valiéndose de sus obras, el estado de espíritu con que
los radicales franceses vistieron el uniforme, y de -r ehacer la histori'i de la decepción de cuantos se acogieron al lema de la &lt;guerra co1üra la guerra, ' Schickele establece naturalmente un paralelo entre las conclusiones a que llega
Werth y las de H. Barbusse: «Leon Werth estaba ya harto adelantado en su
desarrollo intelectual y político; hubiera podido hallar el lado heroico del
heroísmo y de la sujección. Mientras que Barbusse, solamente en el
transcurso de la guerra descubrió el socialismo. Antes, no le había concedido
más importancia que la necesaria para hablar de él en un café del boulevard.
Werth, criado en el socialismo, llevaba, cuando fué a ser soldado, conocimientos políticos que Barbusse no empezó a asimilarse hasta después de la guerra.
Cuando Werth, desembarazado hacía tiempo del lastre de las teorías, abandonó
la camaradería con !a muchedumbre para lanzarse al terre no del anarquismo
individualista, Barbusse abordaba precisamente el pacifismo. Por la diferencia
de condiciones, lo que representaba para Werth el hundimiento de la democracia social, Barbusse lo consideraba como advenimiento del socialismo. Mientras Barbusse veía la quiebra de los burgueses de la Tercera República, Werth
afirmaba: «El hombre más simple y el más fuerte, proletario, el ser humano,
ha dado en quiebra, sin más ni más... &gt; Que la guerra nacional-añade Schickele-vaya seguida de la guerra de clases, que Trotzky reemplace a Joffre, la
guerra sigue siendo la misma, es decir, el suicidio de la masa. Lo mismo que no
hay guerra justa o injusta, guerra defensiva u ofensiva, tampoco hay guerra capitalista o socialista: no hay más que la guerra, una e indivisible... •
En el mismo número, una información sobre el Teatro en Rusia soviética, y
artículos y crónicas de Colin, Bazalgette, etc.

•

*

* *

Índice.-Hemos recibido el primer número de esta revista, muy bien presentada, que trae, entre otras firmas, las de Azorín, Juan Ramón Jiménez, Diez•
Canedo, Ortega, Reyes, Salazar... Nos felicitamos de la aparición del colega,
deseándole tantos aciertos y prosperidades como quisiéramos para nosotros.
190

* * *
Revistas.-,ldercure de fl
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L p
..
naissance, París.-La Revue ~ª;E~ ansp- , e 1~;;-es c,vique, París.-La ConAtlunaeum Zara
R.
. roque, . ans.- iaa Nuestra, Buenos Aires.Cra_fouillot, Parí~~ªBetler.r:::::; i::;;cª"é¿tt!ª~a
J,~sé d e CosCta Rica. -Le
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Aktion, Berlín -P,
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renezo1ana, aracas.-Die
bel Buenos A·.
egap,so, J ontev1deo.-Cuba Contemporánea, La Habana - ºa
•
1res.- oes,a ed A,·te F
E
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, .
· D, mes, Bilbao.-L' Art Libre B
,. e1¡:ar~.- spana Y Amer,ca, Cádiz.-Het"L N
• ruse1as.-ya ,ra Amberes --La R, d. R
..
a ouvelle Revue franfa{se, París.-Índice, M~drid.
.
on a, om ...-

TOMÁS MORALES
os conocimos hace doce o catorce años en aqu.ellas reuniones pintor~scas en casa del poeta yma~spesa, centro de tantos ocios juvenile~ de la que llaman vida literaria. Tomás Morales era fuerte, r~cio, Y aunque las proporciones de su figura y sus rasgos fiso. _
~óm1cos denotaban ese gigantismo larvado que suele caracterizar
al 1sleno canano, templábase su ·c ontinente de aquella expansión cordial q
con el sua;e ace_nto nativo le hacía tan simpático desde luego y tan amigo d~us~
P_ués. Hab1a venido a Madrid a estudiar Medicina. Una tarde nos sorprendió recitándonos unos versos:
« ••••••••••••••••••••• ' ••••••

Hombres de ojos azules y de fu~-r~~~ •tl¡á~i~~~
que arriban de países donde no luce el sol,
acaso de las nieblas de las islas británicas
o de las cenicientas radas de Nueva York.
• ••••••••••••.••••• ' • . •••••••••••••••••••• ,&gt;

�LA PLUMA
Erguido, la cabeza un poco echada hacia atrás, entornados los _ojos para co~centrar la memoria, arrastrando la cadencia en el eco de la propia V()Z, con virtuosismo teatral, se complacía en su canto y en el entusiasmo amistoso con ~ue
le escuchábamos los demás. Los Poemas del Amor, de la Gloria y del Ma1• d1éronle rápido nombre, y en su patria chica la popularidad, consagrada poco ha
en un bronce conmemorativo de su efigie.
No nos volvimos a ver. Retirado él a su tierra canaria, el azar me alejó de
Madrid cuando dos años hace volvió Tomás Morales con otro libro, Las ~o~as
de Hércules, donde ya se definen, maduras, las excelentes facultades del lineo
que vimos ndcer cantando al Atlántico. La pompa'. la so~~ridad, el gigantism~
poético cuya expresión le seducía como una necesidad f1s1ca, cobraban en su:,
versos una emoción cálida, unida siempre en mi recuerdo al de la voz con que
le oí recitar los primeros.
..
.
Cuando 00 hace mucho algunos amigos comunes me dieron las malas noticias de su enfermedad, que ya presagiaban la muerte que hoy nos lo arreba~a,
mi ánimo se resistía a creerlas, no ya por esa defensa inconsciente que la s10razón suele oponer a la fatalidad, más porque en mi me~oria Tom~s Morales
rebosaba esa salud de su poesía, aquella salud de su amistad efu~1va ~ue le
dictó en la muerte de Fernando Fortún, mi compañero, una canción tnste Y
serena, hija del mismo sentimiento puro con que abor~ me consuelo, eaco~endándolos a los dos a cuantos amigos guard&lt;!n de los d1as e11 que vagamos Juntos la misma emoción tierna.

C. RIVAS CHERIF

~

AÑO U.

'

MADRID, OCTUBRE 1921

1

NÚM. 17.

LA HIJA DE CAROLÍ

[I

fábrica del señor Bañolas era tenida por.la más importante
de la comarca. A la hora del cierre salía por sus puertas un
verdadero río _humano que se r~partía_ en arroyuelos y ca'
nales por caminos, prados y ata¡os hacia el pueblo vecino y
los quinteros derramados en las cercanías.
Distaba la fábrica siete minutos escasos del pueblo, del que puede decirse que era el principal nutricio, ya que se había apoderado de todos
los brazos útiles, para ganarse en ella el pan más asegurada y regaladamente que roturando la tierra; porque la agricultura, practicada como
en tiempo de los romanos y por labradores pobres y atrasados, era, aparte de la fábrica, el único elemento de vida de la comarca.
La fábrica mantenía a sus expensas, y para servicio de los obreros,
médico, farmacia (regentáda por un practicante competente), casino y
cooperativa abundosamente provista de toda suerte de artículos. A causa
de su mucha proximidad al pueblo, no se había hecho la fábrica núcleo
central de la colonia, y por ello todos sus empleados, a excepción del subdirector o capataz de cuadras y el portero, residían en el pueblo, y por
no preocupar ni arruinar al señor rector se tenía generalmente cerrada la
capilla aneja al caserón de los señores, y por no matar igualmente de
hambre a los maestros públicos, los Bañolas habían construido y regajado al Municipio escuelas de nueva planta y habían adjuntado a los ti13

A

1 93

...

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
bruileur s. Son instrumentos de música absolutamente nuevos, con timbre nue vo
y timbre modificable a voluntad. Para tocarlos se mueve con la mano izquierda uua palanca que resbala por un plano donde están ind icadas las notas, mientras se da vueltas a una manivela con la mano derecha. Algunos bruiteurs, en
Jugar de manivela, tienen un botón eléctrico. He per feccionado y realizado 29
bruiteurs; 3 ululadores (bajo-medio-agudo); 3 gruñidores (ídem); 3 crepi tadores
(ídem); 3 chirriadores (ídem); 3 zumbadores (ídem); 3 bor botadores (ídem); 2 estalladores (bajo y medio); 4 graznadores (bajo-medio-agudo-sobre-agudo); 4 susurradores (ídem); un sibilador. &gt;
Bien. Se necesita una palabra castellana equivaknte a bruiteur. ¿Quién tiene
alguna que proponer ?

AÑO JI.

MADRID, A GOSTO 1921

***
Libros recib idos.-José-Fabio Garnier: A la sombra det Amo,·. San José •
de Costa Rica, 1921,-Ernesto Reoau: Páginas escogí.das; traducción de Cornelio Hispano; El Convivio, San José de Costa Rica, 1921.-Antooio Gallego y
Burin: Ganivet. Granada, 192 1.-Cartasde Bolíva,· (1823- 1824-1825) 1 cou notas
de R. Blanco Fombona. Editorial A mérica, Madrid, 1921.-Ramóo Gómez de
la Serna: El Doctor inverosímil, Publicaciones Atenea, Madrid, 1921.-Teixeira
d e Pascoaes: Tierra Proltibida; Francis Jammes; Del toque de alba al toque de
o,·ación. Madrid, Cal pe, Los Poetas.-Courteline: Los súiores chupatintas; Julio
Camba: La ,·ana viajera; Arnold-Bennet: El matador de Cinco Villas; Enten·ado
en vida; René Benjamín: Gaspar; Madrid. Cal pe, Los Humoristas.-J uan Giraudoux: La escuela de tos indiferentes; Annie Vivanti: Los devo.-adores; Enrique
Mann: Diana; Tomás Mano: La muerte en Venecia; Antón P. Chejov: Et Jardín
de tos cerez(&gt;s; Marcelo Proust: Por el camino de Swann; Madrid, Cal pe, Colección
Contemporáuea.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la Naturaleza; Lima, 1920; Madrigales; Lima, 1921.- A. Hernández Catá: La voluntad de Dios. Novela (Alej andro Pueyo, editor XCMXXI). -Enrique Barbusse: El resplandor en el abismo.
Traducción y estudio preliminar de Quintiliano Sald aña (Rafael Caro Raggio.
editor, Madrid).-Rafael Lozano: La alondra encandilada, 1916-1921. Prólogo de
Luis G. Urbina (Biblioteca Ariel, Madrid).-Federico G. Lorca: L ibro de Poemas (1 92 1, imprenta de Maroto, Madrid).
Revistas. - Mercure de h·ance, París. - Le P,·ogrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuest1·a, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le C1·apouillot, París.- Belles Lettr.s, París.-Cuttu,·a Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevideo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. ~ Poesía ed .irte, Ferrara.-España y América, Cádiz.-He1·mes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-9a fra, Amberes.-Página, Sevilla.Studium, Lima.
·

1

NÚM. 15.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIO L ERA

ESPERPENTO ~ SV A VTOR

DON RAM'ÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA U N DÉCIMA
f!OCHE ESTRELLADA. Fragancia serena. Un huerto ae n,iran;os y cla·veles, con el claro de luna sobre la tapia. Cantan los grillos
: s: apag~n las luces de algunas ventanas. :Juanito Pacheco, encaramaun arbol, acecha una ré_ja vecina, que, en las jirondas de t
huerto' p ermanece z•¡umznada.
.
Doña Loreta, con peinador lleno de l o ro
sale a la ·
l
,
azos,
_ re¡a, Y e galan saca la figura sobre la copa del árbol, neuro
0
Y torcido como un espanta-pájaros.
DOÑA LOJI ETA

¡Pachequín!

s

�LA PLUMA

/-

-

r

L A PLUMA

PACHEQUÍN

¡Prenda adorada!

DOÑA LORE'rA

Lleva una faca.

1

DOÑA LORETA_

Pues el sujeto que me
aceitar un pistolón.

PACHEQUÍN

¿Te llegó mi mensaje?

-----

) 0

l

ill

¡

PACHEQUÍN

,_

¡Qué c~mpromisol

•

- ¡Estoy volada! A mí poco me importa morir, pero me sobrecogepensar que- peligra la vida de un sujeto de las circunstancias de usted, Paehequín,
PACHEQUÍN

Así-habla el amor! Por lo demás, un- hombre es como otro, y
1
servidgrcito no le teme al teniente . ._,, ...__,.,

,....

DOÑA LORETA

mu:~~:~

· ,, • · " ,.. ,

1

"·

1

,

, , , ., PACHEQUÍN

digo yo 10 que

1 J\.·

LORET~

'· Morir, .~o me in;iport~..
"' '· ·

~

1lJ1o11,

1

DORA

DOÑA LORETA

),¡""U U

~visó''cte' andar con ,.cª\ tY1.~ ,,Y1 ~~ vtsto

~~ .diJ·~;o~

•

~n .'.~ie;ta,,~oasiófü

1
•

L~ ·v,ida-es:

D'o'Ñ'f ' í:.oRÉTÁ ·
Cuando hay felicidad, Pachequín. -", , ... ... ,., ...... ,. _., ..,.

r

PÁcHtQbiN
Tu felicidad es ser mi compañera. ., ...,. ~, .. "" ,. , ......... .,

PACHEQUÍN

¡Yo soy alicantino!
.._... . .
,11· ..
'

l

,. •
- - \.. - ::.. :...

iioNh -eRE!f'A

¡Ay Pachequín,. qué negra estrella! Si tomó una resolución dematarfios· llf cúníp1itá, ~ muyiemoscr. '-.../ · · •-• / ·
· '-.../ '--

1:

li,·,,¡
''.!i·.

PACHEQUÍN

Yo, donde le vea venir frente a mí,

•

le.madrugo':' -

n'ójNÁ \.,LoMTA
1

, ,, No püedo 'abanaoñar mí ooligaéi6ñ' dé éspo~á. 'y madre: , ,
·&gt;-• 1 u•

...,.,

J

J

1

,i1 l 1 , u

PAGHEQUÍN·

voci!!f quiere decir que al cb'nsidera:trtté -'celtr~p@drd'o"tne 'equi1

' d l . t , l ,.J

I

I

l

¡

DOÑA LORETA

,, .
...,,J
,•
Use
t d necesita una mujer sin córrípió;;{ls~s': '";. .,,..
..Ji...1~ ... J..1 1 ·

DOÑA LORETA

· - · · -·

f. l .J I ,l.t l

Y se pierdé ústed, Pachequín.
PACHE9UÍN,

PACHEQUÍN
• _•

. . , ••

J .

PACHEQUÍN

¡O de un tiro traidor.. .!
66

a

. 1 ) 1 U,,. 1

,.,,. \HJ

DOÑA LORETA

¡Mi honra nos separa(
- ..... J~,J

¡Mi destino es morir degollada!

¡

¡Loretita, todo nos une!

Nada me.importa, si salvo la vida de.1,Jna e~posa !Uártir.
DOÑA LORETA

.J ~

~-

...

. .. ,_ ... , ... .

' , , , , , , ,.,

, .... i

&gt;

&lt;,Y la vida?
D.OÑA LORE'.!A

·'-~1Prefrero•la--honfa•a--todo!-, .,,...

VI I

, " "•·"' '

;

�(

LA PLUMA

LA PLUMA
PACHEQUÍN

PACHEQUÍN

¡Muéstralo!

¡Mujer extraordinaria!

DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

.

Como debo de ser.
'

•

¿Y tú sabes a lo que te obligas? ¿Por ventura, lo sabes? 1·Una mu-

Jer es una carga muy grande!

PACHEQUÍN
l

Pero mi corazón enamorado no puede consenti_r que una_esposa
modelo sufra pena que no merece. Si ese honi15\félld%ili.énte· sé' sÁtisface con beberse mí sangre, mé avistaré1 con él. ¡Se la ofreceré en holocausto, a cambio de salvarte!

¡Una mujer, si media amor, es un peso muy dulce!
\

DOÑA LORETA

Luego sentirías el empalago.

DOÑA LORETA

¡Yo soy quien debe morir!

PACHEQUÍN

., ') 1

u1•r u'.)

PACHEQUÍN

¡Me calumnias!

PACHEQUÍN

DOÑA LORETA

Morir o matar, a mí me sale por nada.

¡Tu desvío sería para mí una puñalada traidora!

DOÑA LORETA

¿Y no vernos más? ¡Ay, Pache~uín esas no son palabras de un
hombre q1,1e ama!

PACHEQUÍN

Juan Pacheco, no da esas puñaladas.

PACHEQUÍN

DOÑA LORETA

Lo son de un hombre desesperado.

¿No tendrás ese descarte conmigo?
,/

DOÑA LORETA

¡Tirano, no me sobresaltes! ¿Qué pretendes?

PACHEQUÍN

l

'T

¡Pídeme el juramento q?e te satisfaga!

PACHEQUÍN

Que mires de salvar tu vida.
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

_¡Tir~no! ¡Manifiesta claramente el sacrificio que preten~es de esta
muJer ciega!
_

¡Dame tú el remedio!

PACHEQUÍN
PACHEQWN

¿Acaso no está manifiesto? ¡Pídele alas al amor! ¡Deja ese calabozo, deja esas tinieblas!

¡Que me sigas!
DOÑA LORETA

¡Nos veremos perseguidos!

DOÑA LORETA

Calla. ¿Qué hombre eres tú? ¡Si me amas, calla! ,¡l,fo me ofusquesl
¡Soy una débil mujer enamorada 1
68

69

�LA ' PLUMA

LA PLU'M-'A

PlC~QÚ.íN

1

1

. PACHEQUÍN

,,

¡Te conduciré al fin del .mundo! Lejos de aquí pasaremos por
casados.
. , ,,, r ,•,
t

t 1'. \

:.

.

¡Tormento!
DOÑA ' WRETA

t11

¡Tirano!

DONA LORETA
0

¡Tentador, mira mis lágrimas, ya que mirar i{o''sab~s e~ rili corazónl ¡Juan Pacheco, soy madre, no pretendas que abandone al ser
de mis entrañ3;5t , ,.,, , ,,
.,,.
,,., , , ,

i&gt;Ácm:Qútrt' ' '

Doña Loreta, suspira llei/ándiüe !lis manos a las, sien~s y , ef,galán
la abraza por el talle, bizcanPJ, ?'n. ojo s,qbre los perijólló:r déi peinador,
...,• ,,, , · .. , , .
por guipar en la vasta amplitud de los senqs.

Concédeme_ ~iquiera v~niruna -hora a mi casa. Cumple la promesa que me h1c1ste. ¡Lorebta, has l}:OC.eo~:füiq il fuego .de ,1,m.,volcán
en mi existencia!
¡La cabeza se me vuela!

DOÑA "CORETA

'

¡Si te sigo me pierdo para siempre!
t

¡No te retendré!'

1

••

t

,' , ' , ,PA~J:l;E9m~

,. ,,

.. '

DOÑA ,J.ORETA

Ni me harás tuya.

'

, PACHEQUÍN'

, '

DOÑA LORETA
PACHEQUÍN .,

¡Arrebato de sangre, confusión de nervios, Loretital
DOÑA LORETA

\

¡Tendré que sangrarme!

..

DOÑA LORETA

'

¡Ay, Pachequín, tú conseguirás p~rderm'el

,, "1 "1

'

J 1 ..,_

.

1'

'

••

~ ••

,.

'

,

,

,

• , . ~ACJ:IEQl!Í,N . , , . , ,

¡Vida mía, me entra un escalofrío de P.ensar _q ue t~ pinchen la
vena! ·· ·
·

PACHEQUÍN

'' ' ¡Ccmcédéme- rn·gracia que te pido! ..

DOÑA LORETA
1

'

••

'

DOflA . ,LOR~TA

¡Me pedirías la vida y no sabría negártela!
La tarasca se retira de la reja y sale al IJ,uer,o. Se,,anuncia sobre la
arena del sendero, con rumor de enaguas almidonadas. El galán, negro
y zancudo, salta del árbol a la tapia tunera, y de la tapia al kuer~.
Cae, abriendo las aspas de los brazos.
70

1

¡Casi no te veo!

..

'

'

,,

Por la fuerza no apetezco yo eosa,ninguna. ¡Recuerda mis procederes cuando te tuve en mis b~azq?! . Baja , al hu~rto, po1,1cédeme, al
menos, hablarte con las manos enlazadas.
'•

'""

1

¡Zaragatero!
PACHEQUÍN

¡Negrona!
pOÑA )',ORETA

¡Me pierdes!
PACHEQUÍN

..

¡Fea!
DOÑA LORETA

¡Déjeme usted, Pachequín!
71

�...
LA lLUMA

LA P L UMA
DOÑA LORETA

PACHEQUÍN

¡No puedo!
DOÑA LORETA

¡La niña se ha despertado y llora de miedo! ¿No la oyes, tirano?
¿No te conmueve?
PACHEQUÍN

¡Pero usted está siempre dispuesto!
PACHEQUÍN

¡Naturalmentel
DOÑA LORETA

¡Qué hombre!
PACHEQUÍN

¡El propio para tus fuegos!

¡Vida mía, temí una tragedia! ¡Ya estaba con el revólver en la
mano!
DOÑA LORETA

¡Tú me perderás!
PACHEQUÍN

¡Si me amas, sígueme!
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

¡Se engaña usted, Pachequín! Yo soy una mujer apática. Déjeme
usted seguir mi suerte. Somos en el querer muy opuestos.
PACHEQUÍN

•I

¡Calla... ! ¡Pasos en la casa y abrir y cerrar de puertas! ¡Estamos
perdidos!
ESPANTO Y ASPAVIENTOS: Se desprende del abrazo amoroso y pone atención a los ventalles del huerto. Pachequín, de reojo,
mide la tapia y tiende la oreja con el mismo gesto palpitante que Doña
Loreta.

¡Es fruto de tus entrañas y no puedo menos de _conmoverme!
DOÑA LORETA

¿Y quieres que por seguirte desgarre mi corazón de madre?
PACHEQUÍN

Loretita, no es caso de conflicto entre opuestos deberes. Este
nudo gordiano lo corto yo con mi navaja barbera. Tú me sigues y
ese ángel nos acompaña, Loreta. Ve a por tu hija. ¡Tendrá en mí un
padre, como si fuese huérfana!
DOÑA LORETA

Hombre funesto, ¿sabes a lo que te comprometes?
PACHEQUÍN

PACHEQUÍN

Me parece que ha sido un sobresalto inmotivado.

¡No me hables más! ¡Madre atormentada, ve a por tu hija!
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

¡Seré tu sierva!

¡Calla!
PACHEQUÍN

¡No oigo nada!
72

1

PACHEQUÍN

¡Me enciendes en una llama!
DOÑA LORETA

1

¿No te conmueve el Uanto de ese ángel?

PACHEQUÍN

¡Corre!
73

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1

LA PLUMA
1

',,nr•rVuetoif,, ,., (\" ' ,' .,·,r,

DONA' L6Íú!TA

1 ~".'"fl l l ( l ' )

' &lt;&gt;·,,\" ., ,,'11• •·,"'"•:.•"'' ,. . ,,

n,&gt;

r---·,., ,. . ,.

jAMONA, REPOLLUDf1.,·•Y " 6ACHONA, con mucho bullerótti'le--de 'las'fa'tdas,vtoda ,meneos;·se,aieJa ,ptJr,e,l,muk-ro muris;a:J; ·blanco
de luna y fragante de albahaca y claveles. Pachequín,fi~chado soórier,Ja
pata coja, negro y torcido, abre"las dspa's de los b,;a_zos, ha.fo el nq~turno
d ¡
, ·,')'- ·t"'\r• rt," ,·,
e uceros.
,11,. ,,,._11t•,, ,,
1 •

'",n''''"'',·"

f!.Jf• rt • P

I\N,

p• 1

DON FRIOLERA

, ,,.,

,,.,

1

¡Vengué mi honra! ¡Pelones!•¡.Villa de cabrones! ¡Un militar no es
un paisano! ¡Pin, pan, pun! ¡No me ti~bla a mí el pulso! ¡},lecha
justicia me presento a mi coroneü
"'' · "' · ., ' ,,. " ,,., ,., ' .
Dispara el pistolón, y con un grito· l9sfantoches lunsro.s,de la, tapÚ
se ®blan sobre el otro hue:r}q..,/J.o_ña,,,foreta reaparece, los pelos de
punta, los brazos levantados.

· :• ·

PACHEQUÍN

¡San Antonio, si no we' h~~,d~d~ '~'~posa como es debido, me das
una digna compañera.. .! Te'1o ··agrlidézcó'.'igctal,"füvimY A'.ntof)io, y
solamente te pido en esta ho.r~..&amp;aJµcky que no me falte trabajo. En
ad~lante tendré que mantener dos bocas más. ¡Son obligaciones de
casaoo!'"¡Mí'rá'rñé 'cóm'ó' 'tlíl' casadl:1, 'Divino• Antonio!•¡Me hago el 'cargo
de una familia a bandonada~ i~T.~?,erya gü vida de malos sucesos, donde se ci.ientan. los acaloramientos de un hombre bárbaro ...!

¡Pantera!
NU,EVAMENTE
SE ~DERRUMBA.
Algunas estrellas se escon~
1
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l

\

~ asU¡Stadas. En su bufarda, como una lechuza, acecha Do'ña Tadea

ys,t alffa co,n ~na arenga 'embar~lidda'el Jantocn; ·d~' Otelo: .
'1, 1

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·•··

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DON FRIOLERA

CLARO MORISCO DE .LA ,LUNA, senderillo perfumado dt
~ verbena,J;en la .'!fl,O.'fi-(1; ~S??-'lf'*-1-. e1!. ,los br_azos., s?f~t:.~: ~1!,rg_e, ~C!,.,tc:,(asca.
·•Pa€hequm , abre . el compás. desigual ,de , l,q.s zanc(ZS. ;:, .4orr,e, f!- su.m·
'"cuentro.
PACHEQUÍN ' •

" ' . '') 11'1 • '" "' 1·,

,'' f

Yo te descargo del dulce peso.
.,,.,..,., "' DÓÑIÍ. " 10:RETA ,,''

¡Gracias!

·,a

Al CÁ'MBJO 'DE BRAZOS,
moña pon~ los gritos en·la luna.
El raptor, negro y torcido¡ esoala la tapia. Encaramado, alarga una
mano al urpentón de la tarasca. Don Friolera, dan® ·traspiés,irrumpt
en el huerto, los pantalones fotrosos, el ros sobre una oreja,, en la mano
.
)
un pistolón.

..

;

'

74

¡V~ngué mi honra! ¡Pelo~~s! ,¡.VÚl¡ de cabrones! LlJP JUiliqt.r no es
un paisano!
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ESCE'N·A ·ÚL TIMA
,,

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SALA ~AjA CON REjAS. Esfr,r[flt;-5 ~ /tf-n.co1 U,nr¡z_, ma1Jtpara
verde. Lega;os sobre la mesa, y sobre el sillón, con funda, el retrato del
Rey Niño. El Coronel, Don Pa'ndtó Léúnela, con las gafas de oro en la
punta de la nariz, llora enternecido leyendo elfo'lletín de ,La Época. La
Coronela, en corséy falda blfJerq,_,.,e,sclf-~1a la lectnra un poco -más consolada. Se abre la mampara. Aparece el Teniente. .Don. Fr.iole.ra, ,resuena un grito y se cubre el escote con las manos Doña Pepita la Coronela.
[

1 L, , ,., ,r ,.

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1

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75

�LA P'LUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA

EL COROnL

'

,ilnsolente!

.

No, mi coronel.
\J

EL CORONEL

DOÑA PEPITA

¿Qué permiso tiene usted?

¡Cierre usted los ojos, Don' Friolera!

1

,

DON FRIOLERA

EL CORONEL

No tengo permiso, mi coronel.

¡Cúbrete con el periódico, Pepita!

EL CORONEL

DON FRIOLERA

¡Pues a su puesto!

¡Hay sangre en mis manos!

DON FRIOLERA

Tengo, urgentemente, que hablar a vuecencia.

DOÑA PEPITA

¡Cierre usted los ojos, so pelma!

EL CORONEL

EL CORONEL APARTA el sillón, ;y sale al centro de la sala
luciendo las zapatillas de terciopelo, bordadas.por su señora. Abierto el
compás de las piernas, y un dedo alzado, se encara con Don Friolera.

¡Teniente Astete, vuelva usted a su puestó y solicite con arregló
a ordenanza! ¡Y espere usted un arresto]
DON FRIOLERA

¡Envíeme vuecencia a prisiones, mi coronel! ¡Vengo a entregarme! ¡La sangre del adulterio ha corrido a raudales! ¡Friolera! ¡Visto
el uniforme del Cuerpo de Carabineros!

EL CORONEL

¡Cuádrese usted!
DON FRIOLERA

2IJ

¡A la orden, mi coronel!

EL CORONEL

¡Que usted deshonra con el feo vicio de la borrachera!
EL CORONEL

)

DON FRIOLERA

¿Quién es usted?

¡Gotean sangre mis manos!

DON FRIOLERA

Te11iente Astete, mi &lt;;oronel.

El:. CORONEL

¡i\o la veo!
EL CORONEL

¿Con destino en la Ciudadela?
DON FRIOLERA

Así es, mi coronel.
EL CORONEL

¿Ha sido usted llamado?
76

DOÑ'A PEPITA

\

¡Es un hablar figurado, Pancho!
EJ CORONEL DIRIGE LOS 0'70S a la puerta de escb.pe,
CÚJnde se esconde la Coronela, que enseña un hombro desnudo, y encubre el resto del escote con La Época.
77

�LA PLUMA

LA .. PLUM A
~L CORONEL
• • , .. , .. . • , . 1 ... .

¡Retírate, Pepita!

¡Tu~~o!

DOí-tA PEPITA

¿A quién mató usted? ¡Dígalo usted de una vez, pelmazo!

•• ~-.

•

••••• ~ ' ••• '

DOÑA Pi;PlT.\ , ,. . . . . . , . , ,
•

DON.

· ·· ' · ' '

FRÍOLERA. .....,., .... . . .

•

\

J

l. . .. . . . . . . . .. '' "

¡Desde teniente a general, en todos los grados debe morir la esposa que falta a sus deberes!
·
·

DON FRIOLERA

.

¡Maté a mi señora, por adúltera!

l

,/

DOÑA PEPITA

¡Papanatas!

LA CORONELA

¡Qué horror! ¿No tenían ustedes hijos?

ARROYA EL PERIÓDICO AL ):ENTRO

DON' °FRÍOLÉRA
Una huérfana riós 'quéaá: Me 'la féprésénW ·a:ttora: abrazada· al cadáver, y el corazón me duele. ,EL padr.e, ya lo ve usted, camino de
pristoq!;l~. mil!~~s; la m_a~r_e, ~º:~l, con un~ ?ala en la sien.

:t;· ia ;al; ;

desaparece con un remangue, batiendo la púirta. El Coronet' tose, 'se cala
las gafas y abre el compás de sus e/ti.ne/as bordadas, •alzando·y · ria¡imdo
un ded&lt;i. El fantoche del teniente, rígido. y cuadrado, la mano en ·la visera del ros, parece atender con la nariz.
··~-

•

..

,,

~-.

•

••

•

••

•

• •

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., . ~

#

••••

1 -

.t.

DOÑA •PEPITA •u .... ,
-EI.: ' CORONEL

¿Tú crees esa historia, Pancho?,. . ,

¡Qué barbatidad ·ha hecho-usted?,

•EL COR-0NEL ,

~

'Empieio a creerla.""" ·· · .,. ·

DON FRIOLERA

'·

¡Lavé mi honor!

..

.

)

..

... ·. ..

.,

~

EL CORONEL

¿No ves la ,Papalina que se'ga!:;1:a? · ·
••• ,,.,,~_,, t,.,__, ,

\.1..-,

,.,..

¿No son absurdos del vino?,. , , ,
11'\IJ

EL CORONEL

,., , . ,l , 1

,. ., '••- ooN' "'FRTOL'ERA ' ' ' , ...
j

DOÑA PEPITA

¡Pepita, te retiras o te recatas mejor con el periódico!- ' "' · ' ,
L

. •

U

DOÑA, p_¡¡&gt;JU_ ,

Si se ve algo, que lo lleven a la plaza.
J ~..

.. . '1i1ei1rat'er ., •·
78

o\\"" ...... ,

...,1 ...

EL CORONEL
4 )

l'I. l

'l' l

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•

•

•

.,

'¡

¿Está usted sin haberlo catadof .,., , .. w

1:1,,•. G(l, tGNEL

l , 1 . l S .J, 1

;._

EL CORONEL

¡Espera!

\'V

--~·--- , ... , .... .

¡No, mi coronel!

¡Retírate, Pepita?

JI

,u,\IJd1

1.11

'

(",~1

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'
• .

,

i

~ ... w • ......... ..... •

,
.v.·-- ... ,..y
Beb1, d espues,
para olvidar
vengo a entregárme'. ... ,,, .. ,., ·.
V

1 \J,.,-#.,ll~

•• .,

¡.~, V • , / __.. ,
DON FRIOLERA

.... '

J

'·

V

'

'

.

EL CORONEL

Teniente Astete, si su declaración es ~e;dad·, h~ ·p;-~~édido usted
como un caballero. Excuso decirle 'qtte· está interesado en salvarle el
hon~•del-Guer-po,,1Wmese.-usted ,ese.habano!
79

�LA . PLUMA

LA PLUMA

DOÍVA PEPITA IRRUMPE en la sala, sofocada, co~ abanico y
J . l azos . .J,
ce derrumba en la mecedora, enseñando una liga.
b.ata ue
DOÑA PEPITA

DON FRIOLERA

¡Me estoy muriendo! ¿Podría pasar al Hospital?
¡Puede usted hacerlo!

.. 1
¡Qué drama! ¡No mató a la mujer! ¡Mató a la h 1,1a.
EL CORONEL

DON FRIOLERA

¡A la orden, mi coronel!

¿Ha oído usted, desgraciado?
DON

EL CORONEL

EL CORONEL
FRIOLERA

¡Sepúltate, alma, en los Infiernos!
EL CORONEL

Indudablemente ha perdido la cabeza. Explícate tú, Pepita: ¿Quién
te ha contado ese drama?

¡El asistente!

DOÑA PEPITA
J

Pepita, que le sirvan un va&amp;o de agua.
DON

FRIOLERA

• 1
,
.
ue yo! ·Maté a m1• muJer.
¡Asesinos! ¡Cabrones!_ ¡Mas c~~1~~~!1aq usted ~ue también se la
Mate usted a la suya, m1 corone .
,
pega! ¡Pin, pan, pun!
DOÑA PEPI1A

¡Idiota!
EL CORONEL

·Teniente Astete, ha perdido usted la cabeza!

1

DOÑA PEPI').'A

¡Pancho, imponle un correctivo!

J

EP Í LO G·o

!·

(
l

•-&gt;

LA PLAZA DEL MERCADO, en una ciudad blanca, dando
vista a la costa de África. El ciego pregona romances en la esquina de
un colmado, y las rapadas cabezas de los presos asoman en las rejas de
la cárcel. El perrillo del ciego alza la pata al arrimo de una valla de-

corada con desgarrados carteles, postrer recuerdo de las ferias, cuando
vino a llevarse los cuartos la María Guerrero.-«El Gran Galeoto».«La Pasionaría».-«Maria,,;a».-«El Nudo Gordiano».-«La Desequilibrada&gt;,

EL CORONEL

·Pepi·ta, la vida de un hijo es algo serio!

1

ROMANCE DEL CIEGO

DOÑO PEPITA

¡Qué crimen horrendo!
EL CORONEL

Teniente Astete, pase usted arrestado al cuarto de Banderas.
So

En San Fernando del Cabo,
perla marina de España,
residía un oficial
con dos cruces pensionadas,
81

�LA PLUMA

\

LA PLUMA
recompensa a sus servicio:
en guarnición y en c~mpana.
Sin escuchar el conseJO
de amigos que le apreciaban,
casó con una coqueta,
piedra imán de su desgracia.
Al cabo de poco tiempo
-el pecado mal se_ guardaun anónimo le advierte
que su esposa le engañaba.
Aquel oficial valiente,
mirando en lenguas su fama,
rasga el papel con_las uñas
como una fiera enJaulada,
y echando chispas los ojos,
vesubios de sangre humana,
en la cintura se esconde
un revólver de diez balas.
Esperando la ocasión
a su esposa festejaba,
disimulando con ella
porque no se recelara.
Al cabo de pocos días
supo que se entrevistaba
en casa de una alcahueta
de solteras y casadas.
Allí dirige los pasos,
- la puerta encuentra cerrada,
salta las tapias del huerto
la vuelta dando a la casa,
y oye pronunciar su nombre
entre risas y soflamas.
Sofocando un ronco grito,
propia pantera de Arabia,
en astillas, de los gonces,
hace saltar la ventana.
¡Sagrada Virgen Ma1ía,

la voz tiembla en la garganta
al narrar el espantoso
desenlace de este drama!
Aquel oficial valiente,
su revólver de diez balas
'
dispara ciego de ira
creyendo lavar la mancha
de su honor. ¡Ay, no sospecha
que la sangre derramaba
de su hija Manolita,
pues la madre se acompaña
de la niña, por hacer
salida disimulada.
¡Y el cortejo la tenía
al resguardo de la capa!
Cuando el valiente r,ficial
reconoce su desgracia,
con los ayes de su pecho
estremece la Alpujarra.
A la mujer y al querido
los degüella con su hacha;
las cabezas ruedan juntas,
de los pelos las agana,
y con ellos se presenta
al general de la plaza.
Tiene pena capital
el adulterio en España,
y el general Polavieja,
con arreglo a la Ordenanza
el pecho le condecora .. '
con una cruz pe.nsionada.
En los campos de Melilla
hoy prosigue sus hazañas;
él sólo mató cien moros
en una campal batalla.
Le proclaman nuevo Prim
las kabilas africanas,

�LA PLUMA

LA PLUMA

ridícula esa literatura jactanciosa, como si hubiese pasado bajo los
bigotes del Káiser?

y el que fué Don Friolera
en lenguas de la canalla,
oye su nombre sonar
en las lenguas de la Fama.
El Rey le elige ayudante,
la Reina le da una banda,
la Infanta doña Isabel
un alfiler de corbata,
y dan a luz su retrato
las revistas ilustradas.

DON MANOLITO

Indudablemente, en la literatura aparecemÓs como unos bárbaros
sanguinarios. Luego se nos trata, y se ve que somos unos borregos.
DON ESTRAFALARIO

¡Qué lejos de este vil romancero aquel paso ingénuo que hemos
visto en la raya de Portugal! ¡Qué lejos aquel sentido malicioso y
popular! ¿Recuerda usted lo que entonces le dije? ,
DON MANOLITO

•

T

TRAS UNA REJA DE LA CÁRCEL están asomados Don
Manolito y Don Estrafalario. Huelga decir que son huéspedes _de _la trt•
na, por sospechosos de poner bombas, y de haber lzecko mal de OJO a U1I

¡Me dijo usted tantas cosas!

burro en la Alpujarra.

¡Sólo pueden regenerarnos los muñecos del compadre Fidel!

DON ESTRAFALARIO

DON MANOLITO

DON ESTRAFALARIO

Este es el contagio, el vil contagio, que baja de la literatura al
pueblo.

¡Con decoraciones de Orbaneja! ¡Ya me acue(do!
DON ESTRAFALARIO

DON MANOLITO

Don Manolito, gástese usted una perra y compre el romance del
ciego.

Será de la mala literatura, Don Estrafalario.

DON MANOLITO

DON ESTRAFALARIO

¿Para qué?

Toda la literatura es mala.

DON ESTRAFALARIO

¡Para quemarlo!

DON MANOLITO

No me opongo.
DON ESTRAFALARIO

¡Aún no hemos salido de los libros de Caballerías!

FIN DE «LOS CVERNOS DE DON FRIOLERA:.

DON MANOLITO
.

¿Cree usted que no ha servido de nada Don

º'

t ?
UIJO e.
..

DON ESTRAFALARIO

,

Íe parece a usted
Ni Don Quijote, m. las -guerras coloniales. ;No
'
84

�L A PL t; MA

MOTIVOS DE LA NOCHE
MOTIVOS NUEVOS
ESPEJO DEL ALBA

f :·.ca mañana de nieve
.
·
de la sierra
no se hará mediodía.
-¡&lt;9hl plenitud negadani adornarán los cetros del crepúsculo
sus sienes blancas.

Gué honda melancolía
sobre la luna verde
del mar de tu distancia.
'Gus manos
albatros de mi tarde
volaban a mis playas.
9/,quella soledad de tu sonrisa
era una rosa huér/ana
bajo el rocío del silencio.

6stáfija
sobre aquel ondulado cielo verde
de la montaña.
eomo un sudario inmenso
de azucenas informes.

. 9Ytis besos
-golondrinas azules en tu airebebieron en la herida de tus sienes
la miel de rosa de tu sangre.

!Día de luna
bajo todos los días de sol.
$rilla en el luto de las noches
como un alba caída
y perenne.

- 'Gernura de penumbras
cerca de tus amargos manantiales- .
61 mar estaba inmóvil,
herido por la barca de la tarde.

�LA PLUMA

AMANECER DE CARNE
Slmanece en tu carne.
fNo es la mañana ahora

-es tu mañana-.

,
1:a luna se disipa
volada de tu /rente
como un beso.
'Un oro nuevo
en tus violetas deshojadas.
-¿tl.uién iluminó tu noche
con lámparas del alba?'Viene el día de ti
con su brisa prendida a tus cabellos
-cogollo blando de trigales nuevosy toda 'Gú
te amaneces de pronto
hecha cielo.
.Eas últimas estrellas de tu noche
se apagan en tus manos.
9lletean las sombras postreras
en tus párpados
y las alondras de tu risa
cantan al sol
que nace entre tus labios.
ERNESTO LÓPEZ-PARRA

DISPARATES
EL HUNDIMIENTO DE LA LOSA

n

o pasaba todas las noches por encima de una losa de esas que
guardan unos registros subterráneos de la luz eléctrica, ael
gas o del agua.
Algunos días me decía: «¡Si al15una vez eso estuviese inseguro y diese la vuelta!» Y esos d1as bordeaba la losa, como
algunos días bajo de la acera y salgo en medio de la calle por no pasar
bajo los andamios.
Noche tras noche pasaba sobre la losa floja, que sonaba a plataforma
de trenes y me ofrecía para alguna vez la caída en su fondo. Por hacerme el valiente bien sabía yo lo que me iba a suceder, y cuando ya tenía
un pie puesto dentro de la orla de la lápida me decía: «Ya tengo queponer el otro, porque si ahora se hundiese, ya de todos modos perdería el
equilibrio y caería en el fondo del agujero.»
Así llegó la noche fatal, en que puse el pie en la losa y caí dentro de
ella en una profunda oscuridad.
¿Dónde había caído?
Había caido en la red del agua.
Salí del agua, y viendo una puerta que giraba sobre sus goznes,
entré por allí en la habitación de los cuentos de niños, en la verdadera
habitación famosa, y me paseé por todos los salones, teniendo mucha
d_esconfianza por la espalda, por si me hacían algo los gnomos y los espíntus del misterio.
Estuve sentado en el Salón subterráneo de los Campadarios, en el
~ómodo diván de la habitación azul. ..
89

88

�LA PLUMA

LA PLUMA

Después se~tí voces, gritos de «¡agárrese, agárr~se!»; y viendo cómo
llegaba a mí la escala de fémures para est~s ocasiones,_ la escalera, de
cuerda y pautas para _l_os rapto~, me aiarre a, el~a, pudiendo en m I el
instinto de conservacion al instinto de lo fant:1~t1co.
Así era el subterráneo de los cuento,s de nmos aq~ella noche en que
se me fué la losa de la calle, que_parec1a dar a un registro de luz, de gas
y de agua.

EL PÉSAME

LA CARTA COMPROMETEDORA
U no de los placeres mayores del rey'· más grande q!-1e el de reinar, ~s
el de abrir los bargueños, y los «secretaires~&gt;, y lo_s baules, y los armantos y mandar subir de los sótanos los lega1os arrinconados.
'Este rey disfrutaba de ese placer con más encanto porque era un rey
muy inteligente. Cuando desligaba el lazo de los brama~tes ~~ oro gu&lt;;
cerraban los paquetes d~ ca~as da_ba ?n suspiro de. sat1sfacc101:1. ¡&lt;.¿ue
interesante novela! La h1stona, mas viva que en los hbros, se le iba apareciendo ingenua, como una novia que se ha carteado mucho con su
t
novio.
.
.
ó l
Este rey buscó en los más perdidos rincones y e~contr . os secre os
indecibles. Eso le enseñó, entre otras cosas, a repetir las mismas aventuras y a encontrar en el palacio las hu~llas d~ sus antepasados.
Las tardes del otoño eran las que mas dedicaba a aquella tarea ..
Una de esas tardes de otoño en que en el ocaso 1;arece que ~s!a la
regia majestad bajo palio de brocado de oro, encontro la carta mas 10esperada y más comprometedora.
.
Él no era hijo de su padre. Aquella era la carta en que quedaba evidente su ilegitimidad.
El rey la partió en pedacitos peq1;1eños dur.a nte do~ horas lar$as,
quebrándose algunas uñas en el traba10 , Despue~ que_mo los pedac1_t?s
e ueños y con las cenizas de la ca~ en el bol~1llo hizo una ~xcu~s10~
~s palacios, esparcidos por la nac10n, y _asomandose al balcon pnnc1pal de cada palacio arrojó un poco de cenizas. .
..
.
Cuando el último poquitín fué lanzado al viento volv10 al palacio de

f

la corte.
Tranquilo, y creyendo haber evapor~d o la I·dea d 7su I·1eg1·t·im1'dad ,. la_
rebelión ganó su reino, una voraz rebelión que broto en aquellas regio
nes en que él había aventado su carta. .
.
Como un rey ilegítimo tuvo que hmr y emigrar.
90

Erítram_os en la casa del viu~o mirán~?nos la corbata por si aun era
negra, temiendo que se nos hubiera destemdo o se nos hubiera olvidado
La antesala est:1ba más oscura ~on t;l luto, y el espejo resultaba un~
esq1:1ela de defunción. Ya no estar1a allt desde luego la que se había ido,
y, sin embargo, estaba en sus cuadros, en sus tapetitos en su loro en
todo.
'
'
-El señor está en el ~es_pacho-nos dijo la muchacha.
Entramos; estaba escnb1endo. Parecía estar componiendo la elegía a
la muerta.
-Si le interrumpo, me voy-le dije.
-;-No. Estaba contestando a un pésame. Habré escrito más de mil
y, sm embargo, eso me resulta muy difícil.
'
Sobre la mesita de en medio de la habitación tenia su sombrero de
copa,. !odo cubierto por el crespón. Parecía un tarjetero.
Dio la luz, y al verle no tuve más remedio que reírme.
-¡qon que tan desoladol-le dije sonriendo.
-S1, tan desolado.
, Nu~as visitas fueron entrando, y todas se sonreían al darle el
pesame.
Y es que estaba graciosisimo con el tipo que le había salido de viudo.
El cuello se l; quedaba muy alto, como ahooándole en medio de la
negrura. Tema guantes. Quería que le viése~os su disfraz de viudo.
Sacaba de v~~ en cuando un pañuelo negro para limpiarse los bigotes;
sacaba tamb1en muy a menudo un reloj para que viesemos que estaba
empavonado en negro.
Por todos co~rió una sonrisa con aquel pésame, el pésame de la broma y de la alegna.

LA ESTUCADA
En.una cama del hospital de las estucadas, que sólo existe en París,
se paso Genoveva la temporada obligada. Salió desconocida más hermosa .Y más hipócrita que nunca.
'
·
Mi_ró al mundo al salir como la que va a apoderarse de él de nuevo.
Parec1a amenazarle con el gesto que hizo con su mano .
. . Otra v~z se encontró su primer enamorado con la mujer que conoc10 en su ¡uventud, y rodó a sus pies como habiendo recibido un mazazo
~n la nuca .. Despertó en sus brazos mecido por un sueño mucho más
Joven _que el.
- Enrique-le decía ella-, soy la misma, que vuelve a quererte.
9'1

�LA PLUMA
LA PLUMA
Enrique, ya encanecido, aunque era mucho másJ·oven que ella cuando la conoció, ahora resultaba más viejo. Esa para ojale sorbía el seso.
Su fortuna la puso a nombre de ella para arrancársela a sus herederos
legítimos.
La estucada asistía con él a los palcos desde los que se mira a la sala
como si se mirase al fondo de un estanque en que se ahogan los de las
butacas. Los brillantes lucían con más fuerza sobre su descote palidísimo; pero su sonrisa era la que no luda ya. En la tirantez de su rostro
Enrique notaba esa extraña seriedad que no perturbaba ningún espectáculo por gracioso que fuese. Un poco comenzó a sospechar el antiguo
enamorado, chalado al presente de nuevo, qué pudiese ser aquel gesto
lleno de tirantez, y en la noche se acercó a él como si lo estudiase al
microscopio.
Notó que tenía la inflexibilidad de los rostros desmayados, en los
que atiranta la piel y la frente se estira como parche de tambor, pegada
a1 cráneo, redonda y hacia atrás como nunca 1o estuvo.
No podía sospechar lo que había hecho aquella mujer; pero un día
de gran crueldad, en que ella le recriminaba, la cogió, y llamándola mentirosa, la arrancó la careta del estuco.
La escena fué de un trágico sin precedente, de un trágico superior al
del mismo teatro griego.
La pobre mujer, orgullosa y cruel con careta, sin ella se encontró
horripilada, como si se desconociese y se supusiese, como si frente a ella
se abriese un espe;o clarividente.
.
Nunca se ha visto un gesto tan desesperado. El huyó y dejó caer al
suelo la careta de estuco, que se partió en pedazos.

AL SALIR DEL BANQUETE

►

1

,.

,

Los banquetes al medio día dejan una tarde inutilizada, destartalada, en la que no se sabe qué hacer.
No había tenido más remedio que ir a aquel homenaje; había estado
bien, pero qué tontísima era la tarde, a la que había i~o a parar más
vestido y retocado que de costumbre, con la sangre mas mezclada de
vino que las demás tardes ...
Siempre recordaba est?S días de ~anquete por la tarde como gra,n_des
jueves de colegial mayorcito, pero aun con algo de pavo en su espmtu.
Por lo menos me aparto de los amigos después de esos banquetes,
porque con amigos, encima, resulta mucho más desacertada y llena de
despropósitos.
92

Y~ solo _emprendo cualquier camino, y voy de nuevo acordándome
conmigo mismo. Otra vez a afinar el espíritu desafinado
me
. _E~ta tarde me sentí muy otro que otras tardes de b~nquete
dmg1 a _la calle de lo~ escapa~ates, cuando yo generalmente tirab~ hacia
los ¡ardu~es par~ sa~1arme mirando las hojas de los falsos plátanos y de
los castanos de md1as.
. Miré despectivamente un escaparate de antigüedades y me sorprendió pensar una cosa tan estúpida como que eran un asco las antigüedades.
Segu( la calle Y. me paré con obstinación ante un escaparate de objetos de E1bar. ¡Que raro que yo admire tanto los objetos de Eibarl ·Es
&lt;.
que estaré borracho?
No, ~orracho no estaba. Veía con ciaridad la luz y las gentes y la
perspectiva de la calle.
-Es usted monísima ... , pero que monísima-dije de pronto a una
muchacha ?e ~as _que son e.orno todas las muchachas, y por las que
nunca s~nt1 curiosidad. ¡Que raro ese piropo estúpido en mí!
_Sesm andando y me paré con arrobo ante un escaparate de flores
art1fi c1ales ...
. -¡C~m? i11;\tan la Naturaleza ~stos _artistas! ¡A lo que han llegado
) ª. en la 1~1tac10n de la rosal ¡Que bonitas hanan esas flores encima de
m1 mesa ....
Como si Y&lt;: mismo me hu~iese dado un tirón del brazo, llegándome
a hacerme dano con un pellizco, así me arranqué a ese escaparate
¿Pero es que me he vuelto idiota?
·
Seguí mi camino. Intentaba mi pensamiento al mirar las nubes,
hacer una poesía:
'
. ~as nubes, con su gran fantasía,
1m1tan el dragón y el cocodrilo.

Yo quería borrar en mi pensamiento ese anodino deseo de hacer
unos versos sobre las formas que toman las nubes.
-¡~ero a_ estas alturas con esol-me decía yo, queriéndome avergonzar y d1suad1r.
-¡Qué imaginación teng~ y_o esta tardel-volvía a pensar después de
u~~ pausa-, Tengo que escnb1r una novela en la que intervendrá una
mna provinciana y el diablo ...
. -¡Pero Ramónl-me volví a reprender a mi mismo sintiendo una
n~u5t:~-- ¿Será el nervio_gástrico que se me ha irritado rone en comumcac1on exalta~~ con m1 cabeza la mezquina inspiracion del vientre
abyecto?-me d1¡e

y

93

�LA PLUMA

LA PLUMA

,,

Otra vez hice una pausa en mis pensamientos chabacanos y tópicos,
entreteniéndome en mirar los tejados.
Mirando a lo alto vi a una joven asomada, y en seguida me puse a
pasear la calle.
Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo me di un empujón
para que continuase el camino.
¡Pero yo convertido en ese hombre tan obcecado, de cabeza de hierro, que es el que pasea cualquier calle a cualquier muchacha! ¡Yo a esta
hora en la calle más concurrida, paseando como un silbante a una muchacha desconocida!
Seguí mi camino y me paré ante una librería. Allí mi imaginación se
puso a descansar en los libros de los otros.
-¡Qué bien escribe ese novelista mundano y exquisito, siempre con
su bastón de nácar!
-¡Qué bellos versos los de ese poeta de la academia!
La bandera arrebolada.

'

'

esta. ese ....1
Ya no pude más, y no me dejé concluir el pensamiento. Empujé yo
mismo la cabeza contra el cristal del escaparate, queriendo romperme
la cabeza ...
jMiserable de mí! ¡Traidor de mí mismo! Me era odioso por haber
podido incurrir en esas admiraciones .. .
Pero ¿estaré malo? ¿Qué pasaba en mí? No sentía el dolor de cabeza
pertinaz de las indigestiones, pero entré en la farmacia a comprar un
«sello de aspirina» y me metí en un café a tomar un te y a echar la cabeza hacia atrás en el diván y adormecer mi pensamiento de un cerebro defraudador ...
Busqué una rinconada de los divanes y, quitándome el sombrero,
me eche como en un rincón del tren al que se ha llegado rendido creyendo que se llegaba tarde.
Inmediatamente me sentí aliviado, y no por el reposo,• sino porque
mi cabeza se había refrescado nada más quitarme el sombrero.
Y al pensar en el sombrero con cierta rabia Jo miré, y al mirarlo noté
que ... no era el mío.
Lo volví y me asomé a sus adentros buscando sus iniciales.
Ya estaba explicado todo ...
No había mas que ver de quien era.
Bastaría transcribir las iniciales para que todo el mundo lo comprendiese, pero soy generoso y me las callo; aun sería lo bastante valiente
para decirlas.
-1·Qu éb.1en

94

Ese había sido todo el trastrueque d
. .d
de la tarde, y por eso había sido grot e mis i eas durante todo mi paseo
~re tod?, ~abía admirado frente al:~~~• atrabuncad~, ch~bacano y,
d tª~ate_ de la hbrena a las glonas academ1cas convencionales lle
Aunque me consf
ald°' ~as e at1gu11los ...
ipase s na sm sombrero, como higienista recalcitrante.
otr!sta misma noche se lo devolveré. ¡Lo que puede el sombrero de

LA LEY DE HERENCIA
Todos estaban preocupados con la d .. ,
dientes ~os que tenia que echar!
ent1c1on del niño. ¡Eran tantos
Hab1an comprado el mejor libro sobre 1 d ..
dad? turulatos. «¡No es posible que un . _a en~1c1ón, y se ~abían quede_c1an unos a otros, como si ellos . mno ec e ~otos dientes!», se
m1Smo tra~ce.
mismos no hubiesen pasqdo por el
-A mt es a quien más me han
t d 1
.
son~endo y enseñando su dentadu~~s/ o osl dientes-decía el padre
vanidad y que enseñaba en los
e oro, a ~entadura que era su
hasta en los dramas para que se lteat_ros con terrible descaro, riéndose
M.
a viesen.
- 1re usted, señora-decía su
d
dola el libro recién traducido señalma /e j cada nueva visita, enseñánLa _dentición del niño se 'resent:~ o _e esquema ~e la dentición.
anunciara una tormenta treJenda en :Íf:ble, calent~~1enta, como si se
los dolores su madre le frota las
,
o~do del n100. Para aminorar
mezcla de miel y cloruro de sodi~nNas/ºsJara~e de azafrán y con una
mendamente al niño las encías . a a. e ye1a que le dolia tan treria la tierra si le doliese un anfi(euatresólo podna compararse al que sufríAl t
d' d
o romano
d
ercer ta e un llanto interminabl sa1·ó l
!cntes, y cual no sería la sorpresa de toJ i adprime~~ punta de los
os cuan o se vio que era ¡un
dtente de oro!
~ llamó al dentista, que se qu dó
-d110-' hay que esperar».
e asombrado, y «por de pronto,
,Al poco tiempo le había salido d
estan lo bastante aclimatados en lato_ a una dentadura de oro, pues ya
que la ley de herencia ha podido v1a, _lo bastai:ite inducidos en ella,
-Enseña tus dientes Juanito pro ~cirse también en eso.
sus dientes de oro, de u~ oro juvenfiec1a sd ~arre, y Juanito enseñaba
-¡Es prodioioso es p d" . 1 :Ju~ a a uz a su boca.
los otros niños~ mu~rtos
e1g~?Jfa-:- ec1an los papás y las mamás de

d~

RAMÓN GOMEZ DE LA SERNA
95

�LA PLUMA

GRILLOS

MUESTRARIO DECADENTE
LA CASA
- me entretenía muchas veces en construirme una
pequeno,
casa.
, ul
a con mesas adosa•
Ya, con sillas ordenad~s en~1rconfJ¿d~me en medio, ~on
das una a otra, en. c~a ro. idiraba el exterior. Si en el 1armis juguetes y u_na s~hta, co~s
hormi as entre las flandín, me complacía e~ seguir e\1~? ten;0~~;~obre ef rosal. El so tan
tas y las flores, en tierra, y e e ~s
re aro de plantas o de ramas
grande se me aparecía, quebcons~u1:3-uun: hlrmiga, saliéndose de la ~la
para gozar tan solo el rever ero.
~1
s al unto la buscaba rab~olaboriosa, se adentr:3-ba_POr enre d~\~!ctel'fa Jmbién la hoja ~epud1aso, y la cazaba. y s1_ cata 1;1n_a or l dad Hasta que jugando y ¡ugando
ba obstinado en m1 dominio Y. so e d d dentro· «¡A casal~
caía la tarde, y mi madre me gntaba es eas abiertas bocas de las adelCaían las últimas gotas de sol _sobreu~ alimentasen los tallos y por
fas que se encendían como lucecitas q ombras hacíanse la cama bajo
ell~s el tronco y las raíces ocul~s. y las ban la casita en estrecha osculas plantas,· resbalaban hasta mi_, edcer~:dida la casita y que las sombras
ridad. Entonces, yo !l?raba, ,\vien dintro de la casa grande, desde don.
me perseguían tambien a m1 asta onótona, huía.
de mi madre me llamaba con voz m zas ara volver sobre mis_ paso~
Pero a veces, recuerdo, tuve fuer b plas ajuclas y las ho¡as ch1mientras un grillo se arrastraba J?Or so :e se~arar una mesa de otra,
rriando, y haciéndome ~udaz de i:ft}~~~s en tensión , par~ que descon las manos, con los pies, todasd
l s sombras y a los grillos de la
pedazada la casita no quedase na a a a
noche.
E

"

.

96

Los grillos saltaban y chirriaban; al principio, con la incertidumbre
de las gar15antas poco_avezadas, o_ roncas por un día de sueño; luego con
la cadeneta leve y delicada de quien, estupefacto, vuelve a abrir los ojos
a la vida.
Caía ~a no~he_ como si no tocas~ la tierra; y con todo, algún árbol, ya
adormecido, sintiéndola llegar, repicaba un alarma, y las vides emitían
un murmullo ronco, abandonándose como perdidas sobre las estacas
que las sostenían; y las hierbas un susurro; y las pajas, por el agujerito
capilar del tallo córtado, un lamento. Descendía la noche de lo alto de
la colina, acariciando las plantas, rozando barbechos desnudos y terreno
cultivado; tranquila y lene al incidir, mas decidida al dominio. Dóciles,
sus esclavas las sombras, se apoderaban poco a poco de los espacios circunstantes, siguiéndola en zig-za&amp; por el camino largo y tortuoso a través de la tierra. La voz de los grillos subía a 1a sazón menos füscorde; y
cuanto más vencía la noche las luces, más se comprendía la necesidad
en las gargantas jocundas de robustecer aquel canto, de calentarlo.
Hasta que al resplandecer las estrellas en lo alto, aquel tembloroso y
anheloso canto, se hizo triunfal, se trocó en coro, y murió la luz.

CAÍDAS
El sol, esta tarde, se abisma en el mar con trabajo. Grandes heridas
purpúreas en el cielo, pingüe de nubes, mientras el mar se encrespa de
chispas azafranadas, como cristal al que le brote en la superficie una
llama. Las nubes parecen contentas al sentirse hendidas por aquella luz
viva, que guiña, se retrae y vuelve, cada vez más ebria y desesperada. El
campo, que se separa de Ancona y sube despacito las colinas, se oscurece, como si le cayese de lo alto una capa enorme de plomo o de cobre,
y destila un verde duro, sin trémolos o esfumaturas. Se siente, allí donde alcanza la vi""' ., el enganche de las cosas a la tierra; no ya presión de
un color sobre ,tro; no ya empastes mórbidos y tenues, no ya afinidades, sino un todo sólido y áspero, que no tiembla, no se estremece, casi
sereno.
Desaparecido el sol, las nubes se persiguen a guisa de ondas, a las
que empuja el viento tenaz que conduce el reflujo. Carrera tranquila al
principio, luego casi fuga.
Después, un último guiño, y el sol desaparece. Rojas e hinchadas todavía, las nubes que quedan a flor de cielo sudan color, y poco a poco,
desbandándose, se encenizan.
7

"

�LA PLUMA

LA PLUMA
Mañana el alba las encontrará en su umbral deshechas y empobrecidas; y habrá de tocarlas varias veces antes de que resurjan de la repentina vejez que las ha consumido.
EL EMBERIZO
Al comenzar la siega del trébol, el emberizo se ponía nervioso. Al
alba se posaba en los álamos que elevaban una barrera en torno a nuestra casa de campo, y se asomaba de pronto, sembrando el aire de gritos
y sorpresas. Estaba en lo alto del cielo pocos minutos hacía, ¡y todas las
mañanas aquel juego de temblar pávido entre las ramas y asomar de repente! Como si quisiera dar miedo.
¡Y el emberizo ríe que te reirás tras de los setos que cercaban la casa
de campo! Pero aquella risa ahilábasele en primavera. Se le sentía andar
por entre las hierbas y moverlas allá abajo, en las lindes, donde la guadaña no inquietaba el aire con su rumor ni el hombre lo absorbía en el
respiro. Haf&gt;ía desaparecido aquella su viveza de febrero y marzo, que le
hacía reírsele la garganta de delicia a los primeros lengüetazos del sol
que lamían las plantas en sopor, que le arrastraba a vue1os caprichosos
y fulminantes, sin meta. El campesino había mandado a extenuarse
en el verde intenso del trébol el rosa de una falda mujeril; ¡y hubiera
sido una bella vista la de aquellos colores que se besaban, si no hubiese
resplandecido al sol la guadaña y empezado a segar resuelta!
¡Qué gritos los del emberizo a tal rumor! De ave herida o envenenada que no sabe qué camino emprender para desanidar los huevos; y ya
entrevé en el prado, ayer no mas pingüe de color, el pálido y lánguido
abandono
del heno.
Descubríase
algún nido, que el emberizo defendía hasta lo último,
enhiesto en el borde, agitando las alas, y que abandonaba desesperado y
chillón no bien perdía la esperanza de que aquel verde resurgiese ópimo.
El campesino no tocaba aquellos nidos.
Allí quedaban, entre las hierbas que seguían en pie levemente inclinadas, como quien espera un nuevo golpe y está convencido de que no
se salvará; pero alejado que se había fa guadaña, el emberizo no volvía.
Continuaba con su griterío, que se hacía cada vez más ronco; y el piqui•
llo se le hinchaba, palpitábal.e la lengua, las plumas de las alas y del
cuerpo se le erizaban como dispuestas a herir. 1ncluso torcidos los ojos
por encima del encorvado pico, revelando una repentina capacidad de
odio casi humana.
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resistido en ocasiones· pero el suf . .
ción de este o aquel placer fué ~f!ll~nto en que me tuvo a veces la privaOt!'35 veces al gozarlos. Es :nen as intenso asaz de la que experimenté
m1entos d~l bien, y responder afte{¡! ve_ces no dar escucha;a los llamaotros. Decir a la conciencia· «Eito er imp~lso que se despierta en nosnuestra vida, ya de por sí h~rto fla¿ a tus pies, te obedcz.:o» y quitar a
za. Ofonerse, y abatir cuando al
y apag:i,da, _gran parte de su belleque e espíritu impro~isa en su i~na voz mtenor lo exija, las barreras
~onde está lo justo; y nosotros e ensa. ~ luz del contraste mostrará
siempre con las mismas normasno bo~ s{nt1r_emos o_bligados a proceder
res. Hay horas en la vida huma y ªlº a egida de innumerables debegación, a lo contrario. Parecen h~r2~e conducen sensiblemente a la nea punto de detener nuestra precip'ta -~e locura; con todo, llegan quizá
o de mediocridad; y traen consi ~ ~n en un a i~mo: de buen sentido
somn~lenc1a y emperezamiento
que preceden a una comprensió g
n mayor y meior de nosotros mismos. ,

b

MARIO PUCCINI

LOS EXCESOS

Yo me abandono, en ciertos momentos, a excesos que, sin CID·
bargo, siento que repugnan a alguna parte de mi ser. Recuerdo haber
99
'

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98

�LA PLUMA

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me asegura que se puede decir vieja tierra· a í
.
ra mido la insospechada hondura d
. • 1 m me sonaba a galicismo). Aho•&amp;uién iba a pensar-di¡'e-qu
le mis pa abras ante el cenotafio de Chapí·
. .
.
.
e a maestro no le se , d d
na ª o asistir a la inaugurac1ón de su tumba?, Me aterra d' .
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a 1vmar que est
de la mía. ¿No es doloroso ver có
.
oy as1s tendo a la excavación
mo mis detes se
h't
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roce tardío con las musas me ha
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marc an sm empleo? El
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reve1a o de cuánto so
y
qutlo, Y ahora me devoran un ansia
Y capaz. o estaba tran.
, una comezón raras· q · ·
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1oses.
¿Por
qué
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habéis
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u1s1era saciarme. ¡Oh
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e¡a o con la miel en lo5 1 b' &gt;M'
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bárbaro! es la de Mel'b
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a 10s. 1 querella ¡oh
destmo
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¿ por un placer ta b
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. n r~ve as querido que
pierda el nombre y corona de vir enh ·F
I uera meJor, digo yo, no catarlo!
Yo soy de...
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FANTASIAS

AUTO DE LAS CORTES DE BURGOS,
O TRIPLE LLAVE AL SEPULCRO DEL CID
Y DIVINO ZANCARRÓN

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(Argumento: Habiéndose juntado en Burgos las personas más princ;pales del
reino, deciden desenterrar tos huesos del Cid y liacerles acatamiento. Sob1·eviene la
demanda del hueso de Babieca, con la graciosa disputa de los dos albéitares. Apaciguada la discordia, slgziese un coloquio apacible y vánse todos cantando y danzando.
lnt1·odúcese un arfouispo, c1m otros señores de muy gran estado. Y es de muy gus-

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tosa lección.)

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COMIENZA EL AUTO
(Entra Apal'icio, el burgalés de pró, con un haz de ramas verdes al hombro.)
EL BURGALÉS DR PRÓ: Cargado de laureles, que esta vez no son laureles, sino
quinas de Portugal, vuelvo a este augusto antro, donde ya puedo afrontar sin
son rojo la mirada inquisitiva de mis antecesores. Glorioso destino el mío; brillante final de carrera. Anteayer, puse, mensajero de Melpóneme, un ósculo
de paz en la mano sarmentosa de ,Sarah, la vetusta. AyPr, en el Retiro, fuí
nuncio de Euterpe, y le dije a la cabeza de Cbapí lo que se merecía. Hoy, entre Carracido y Altamira, he afrontado en Oporto al arrogante luso. La unión
ib~rica es un hecho; por lo menos, se unen las inteligencias que me ha tocado
presidir. ¡Minerva, eres mía! Formidable carga de gloria. (Deja el haz en el
suelo) . Sí: estoy satisfecho, pero triste. Llego ya al cabo de mis destinos. ¿Me
estaré sobreviviendo? Ya pronto dejaré de ser ministro. ¿Y a quién le diré que
soy de Burgo~ que ya no lo sepa? Yo soy de la vieja tierra de Burios'. .. (.Aiorín
100

·(Entra un ujier).
EL UJIKR: La Comisión defe nsora de los muertos ilustres desea ver a vuecencia.

ELes?
BURGALM DB PRÓ: ¡Qué extravagancia.
. , ¿Q U1én
.
gente
ataca a los muertos? ¿Qué
EL- UJIER'• Dieen que vuecencia los tiene citados

e1 senor arzobispo de Trajanópolis...

.,

para

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oy... Viene con ellos

EL auRGALb DB PRÓ: Que pasen.
(Entra un Joven ele~ante
·a d,
eclenástico y cuatro señores e~1:f:':d:s. ~0=1·:obispo de 1 r~janópolis; detrás, otro
se prosterna, y besa el anillo pastoral.)
nsas, reverencias. EL BURGALÉS DE PRÓ
EL BURGALb DR PRÓ: ¿A qué debo...?
Et ARZOBISPO DR TRAJANÓPOUS' S' 1 . .
al joven), que es el vocal nato de. tolde slenor m101stro lo permite, aquí (señala
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as as Juntas de conm
•,
nanos gloriosos explicará el b' t
emorac1on de cente0 Je o que traemos...
Et BUR
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. á. GALÉS DR PRÓ: (Para sí, desconfiado). Traen un objeto... (atto). Us1r
ted d
EL VOCAL NATO DR TODAS LAS }UNTAS DE C
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sos: Nosotros somos excele tí .
, _ ONMEMORAOION DE CRNTIINAII.IOS GLOll.'iO·
de Hombres Ilustres'
n s1mo senor, el Comité Nacional de Exhumación
alguna importancia ~u: a:~::~:pon:i:os reivindi:ar todos los cadáveres de
dos por la Península L
. y
e me permite esta figura- desperdiga. a necesmad de tal org ·
.
prestado tan valiosos se . .
an1smo se deJaba sentir, J ha
Hasta hoy la conmem rv'.óc1os, que ya lo han declarado de utilidad pública
dáver se hacían
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orac1
· y 1a busca correlativa del ca-·
un poco
1 n deDnuestras glonas
a azar. ebemos dar ll\ sensación de un pueblo conslQt

�LA PLUMA

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J¡

'· 111

ciente y celoso de su pasado. Vuecencia sabe-ya lo sabían los romano.s-quc
el subsuelo español es riquís~mo; riquísimo, pero inexplorado; pues bien: . yo
me arriesgo a decir que la principal riqueza de nuestro s~bs~elo .son los miles
de muertos ilustres, perdidos hoy para nuestro culto patn6tico; nqueza moral,
claro está, que bien explotada ha de reportar ópim~s fr~t?s ~el mismo ~orden.
Yo no soy fetichista, pero creo que por cada reliquia ~e1v10d1cad.a se ana~e un
remache a la armazón de la nacionalidad. Nuestra acc16n es múltiple: lo mismo
preparamos los centenarios resonantes, que las memorias de un modesto pres•
ti11;io local; pero siempre bajo la base de proveerles de muertos. En los c~ntc•
narios sin muerto hay un vicio de origen. ¿Por qué fracasó el centenano de
eervantes~ Por n~ haber restos del manco de Lepanto. Rodríguez Marín creyó
que todo se arreglaría con unas ediciones y unas co.plas de Gonzalo Cantó.
Absurdo ¿verdad? Un huesecillo roído hubiera entus1,1smado al pueblo. Tene·
mos un ;eso muerto: la rutina, la falta de organizació~. Por eso hemos em~ezado por crear un Cuerpo de desenterradores honoran9"s, que con unas nociones de arqueología y de historia van, por decirlo así, alumbrando tantos teso•
ros ocultos. Además, como yo he viajado, y he visto a los puercos (con perdón
de ustedes) hozar en el suelo del Perigo1d en busca de la trufa, he ~e~sado
crear una manada de hienas do mesticadas para el más pronto descubnm1ento
de los muertos. Estos animales, injustamente desacreditados hoy, como tantos
otros, por su falta de cultura, prestarán buenos servicios. Y par.a que vuecen·
cia se forme idea de los nuei;tros le diré que\' sin contar otros difuntos de poco
valor, hemos reivindicado el cadáver del Ultimo Abenc;erraje, para borr~r _d~
su prosapia Ja tilde de barbarie que hoy parece ponerk el pueblo; será re1vrn
dicación de cuenta para nuestro influjo en Marruecos. El cadáver del Rey Do~
Sebastián, que pens1 mos ofrecerle a la nación vecina en prenda de f1:ater~1·
dad; el cadáver del Rey Rodrigo, que no siempre ha de i;er un persona¡e tris•
temente célebre como la batalla del Guadalete. ¿Usted creerá que al Rey Ro·
drigo Jo metier~n en una fosa y qu:_ una culeb.ra ~e lo comió por ~o más
pecado había? Pues bien: el señor (senala al eclesiásti~o), ~ue es benefic.iado de
Calahorra y correspondiente de la Academia de la Historia, h~ destruido esa
leyenda. No se sabe por dónde había pecado m~s e~ Rey Rodrigo... ¿E~tonces? ,
Todo eso está en crisis. Así se ilumina una prov1nc1a, hasta hoy sombna, de la
historia patria. En fin: hemos enviado una Comisión al campo. de batalla de
Gravelinas para que busque el cadáver del soldado de los tercios de Flandes
desconocido... Tales son, señor ministro, nuestros trabajos del momento...

LA PLUMA
EL BUIGilÚ na Paó: La labor de ustedes es altamente patriótica, y seguramente el Gobierno de Su Majestad...
EL VOc.&amp;.L lfATO DB TODU LAS JUNTAS DB CONMBlld'.OllACIÓ!f DB Cl!NTBIUBIOS GLORIO·

505: Perdone el señor ministro: Voy ahora concretamente al objeto de nuestra

visita. Se acerca, como el señor ministro sabe, el centenario de la catedral de
Burgos (eJ m;nistro se inmuta), suceso de cuenta, pero frío como una cripta, si
este Comité, cumpliendo la misión que se ha impuesto, no hubiese aportado
el cadáver o 1.2s cadáveres que son menester para que las fiestas constituyan
un acto de afirmación patriótica. He aquí nuestros primeros acuerdos: declararnos en sesión permanente; reivindicar los cadáveres de Rodrigo de Vivar y
de Ximena, egregio matrimonio, padres putativos de esta Castilla, madre de
naciones; reivindicar también las reliquias de Fernando III, fundador de esa
catedral, la primera del mundo, y trasladar solemnemente todos esos restos al
insigne templo, cobijados por la gloriosa enseña roja y gualda. El ilustre purpurado que nos preside (se di'luye una sonriso por la fa,i oronda dd arzobispo)
aportará al homenaje las bendiciones de la Iglesia, Han enviado ya coronas: el
elemento joven del Círculo de la Unión Mercantil, los ex ministros liberales,
los moros notables de Frajana y otras muchas entidades aún más importantes.
Ahora queremos recabar el apoyo oficial, y le rogamos, señor ministro, que
húnre el espectáculo con su presencia y lleve la voz del Gobierno, pues da la
feliJ coincidencia de que el señor ministro es de Burgos...
EL BOII.GAÚS na Piló: ¡Cómo! Señores, sí; soy de Burgos, de esa vieja tierra ...
~Qu~ bonor tan grande, codearme ahora con mi ilustre conterráneo el Cid y su
distinguida esposa, modelo de madres... y de esposa;;...! iré y hablaré lo que
me salga del corasón. He dicho.
EL l'Oc.&amp;.L lUTO D11: TODAS LAS ]UlfTAS DB COlfNl!MOlU.CIÓlf DB CDTBll'AUOS C.LOaIO-

Pues queda conYenido, y ¡hasta Burgos! Vamos a continuar nuestra sesión
permanent«o en otra parte.
(Se muda el teatro. Baja el termtfmelro. Burgos. Salón elegantemente omueblado. EL AUOBISPO 011 Tu1uórous está en •Su muy rico escanno•, y a su lado, en
!ie, EL BUllG.U.Ú ns PRÓ. Slquit,. Sobre una mesa cubierta con paños de velludq
rojo, uu arf#ela, Cabe la mesa, tres médicos y dos 11eterinari11s. 'Iumuit, ,n la
IOI:

talle.)
EL BUllGilÚ na nó: (;,rora) ... En fin, señores, la emoción me ahoga. ¿Qué
mú puedo decir...?
E1. illOBJaPO 011 Tu1uópeua: (ioj,). ¡Nihil...!

�LA PLUMA
EL BURG.uás DB PIÓ: Este momento es el día más grande de mi vida, tan
grande como el cadáver que ahora van a abrir delante de nosotros; un cadáver
·tan grande, que si no existiera sería menester inventarlo, y bendigo a la Providencia que me ha permitido venir a cantar sobre sus cenizas. Porque, señores, y con esto termino, no olvidemos que el Cid, mi ilustre paisano, al ensanchar con sus batallas este clásico solar, y dejarlo muy bien vallado, se adelantó
prodigiosamente a su tiempo. Hey nos preocupa el ensanche de las poblaciones, pero el Cid se elevó más, y le preocupó y realizó el ensanche de las regiones ¡Y con qué medios, señores! ¡Con un triste caballo, que no debía de tener
siquiera mucho genio, si algo significa eso de Babieca! Gloria, pues, a nuestro
padre el Cid, que bien merecido tiene el reposo en nuestra catedral, alma de
Castilla, en esa catedral de la que sólo diré, con un vate de Quintanapalla, que
acabo de conocer:
Milagro eterno cincelado en piedra,
exuberante hiedra
que trepa por los muros del espacio
coronado de esbeltos chapiteles
bordados de caireles
se yergue al cielo medieval Palacio.
¡He dicho!
(Agitación. Espasmos. Palmadas.)
EL ARZOBISPO DE TRAJ&gt;.NÓPous: Ahora, señores, vamos a abrir esa urna. Procedamus in pace.
(Custodiados por la Policía, acércanse a ta urna tres randas, con llaves falsas
y palanqueta. Dispónense a forzada.)
U110 DEL SlfQ~HTo: ¿Qué iremos a ver?
OtRo Dl!L slfQmto: Estarán en los huesos.
UNO DIIL SlfQuxto: Dicen que Ximena era como un junco.
OTRO DEL slfQUito: Pues él debía de ser un bárbaro. A lo menos, así lo pinta
Sinesio Delgade en una de sus ingeniosas zarzuelas.
(Queda la urna boquiabierta.¡
EL .1.RZOBISPO DE TRAJANÓPous: (dando una gran voz.) ¡Ah!
Tonos: ¿Qué pasa?
EL ARZOBISPO DE TRAJAKÓPous: ¡Ah! ¡Coincidencia providencial! ¡Y no haberlo
notado antes! Yo soy valenciano, señores; el Cid conquistó a Valencia ... ¿No
ven ustedes el dedo de Dios? ¡Flectamus genua!
104

LA PLUMA
(Se prostérn;zn tod•s. Un pavor sobrenatural 6ate sus alas por el ámbito.)
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Veamos ya lo que hay en la urna.
(Comienza la saca de los restos. Los médicos certifican que son restos humanos.
l,o primero que extraen es una ·carrera de dientes, menudos, iguales, sin caries,
ligeramente amarillos, adheridos a una encía ,·oja. Estupor.)
EL .lllZOBISPO DE TRAJANÓPous: ¿De quién puede ser esto? ¡Qué encía tan bien
conservada!
Mlfn1co 1 •0 : Debe de ser de Ximena.
Mlfnxco 2.0 : O los dientes de leche de su marido.
Mwxco 3.0 : Eso es una dentadura postiza. Los últimos que han revuelto
estos huesos la habrán dejado aquí como ex voto.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOus: ¡Siempre la explicación impía de la ciencia!
¡Y ésto?
(El ar,;obispo empuña un hueso disforme y lo eleva en alto. Pasmo.)
EL AltZOBISPO DE TRAJANÓPous: ¡El fémur del Cid!
Mifn1co 3.0 : Mejor fuera decir: un fémur del Cid; tendría dos.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOus: ¡Sagrada reliquia! ¡Mi corazón se derrite al
rontemplarte...! ¡Uy..., uy... , uy! (Estampa tres besos en el zancarrón.)
Mlfnxco 1.0 : Midiendo ese hueso, pudiéramos deducir la estatura de RodrigoEL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Mídanlo.
(Los médicos miden et hueso, y se retiran kaciendo números. Ansiedad. úu silendo.)
MlfDxco 1.0 : A mí me salen siete metros cuarenta.
Mlfnxco 2.0 : A :ní no tanto.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOUS: Entonces, ¿era un gi'gante?
V11tBRINARIO 1.0 : Si el señor arzo'&gt;ispo y los demás señores lo permiten, yo
diré una palabra que podría ser aquí de provecho.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Dígala.
VBTBRINARIO 1.0 : Pues digo, eminentísimo sefior, que . todo esto me parece
una burla, o cosa de locos, y que es menester estar ciego para no ver que ese
hueso no es dd Cid, ni de ningún nacido de mujer, sino del caballo Babieca ...
VAllIAS •ocss: ¡Blasfemo! ¡Impío! ¡Mal patriota!
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOUS (al veterinario z."): ¡Qué opina usted?
VIITIIINARIO 2.0 : Que es hueso de caballo.
EL BURGALlfs J&gt;E PRÓ: ¿Y por qué aseguran que es de Babieca?
Vn&amp;JUNAllIO 1.0 ; Como ustedes dicen que estos restos son del Cid, y no hay
105

�LA PLUMA

¡,1 ·1
1

..

duda en que este hueso es de caballq, suponemos que sea de Babieca, ,al que
enterrarían con su amo, por premio a su fidelidad.
EL BUllGAÚS Da PRÓ: Yo creo que no puede admitirse esa hipótesis atrc'ridísima.
EL ARZOBISPO Da TllAJ.UÓPOus: Non possumus.
VBTBllllfAlUO 2.0 : Pero, señores, (Ustedes creen que puede haber persona
ceo tal hueso?
EL ARZOBISPO DB TRAJAlll'ÓPous: Lo que resulta de todo esto es que el Cid era
un gigantazo. No es imposible. Aún hoy existen gigantes, y más los habría ca
aquellos tiempos caballerescos y de rudo batallar, en que las generaciones adquirían un desarrollo prematuro.
EL BURGAL:is DB PRÓ (a los médicos): ¿Qué dice la Facultad?
Los nss 1.do1cos: La Facultad dice que la ciencia no puede penetrar los
designios de Dios.
Et ARZOBISPO DB T11.AJA1'ÓPous: Pues acatémoslos, ya que están patentes. Y
váyanse 101 señores veterinarios a repasar sus tratados de albeitería, que por
esta vez han perdido el pleito.
V~t.alll.lllIO 1.0 : Nos vamos, pero no sin deciros: ¡A otro perro con ese
hueso!
Et ARZOBISPO na Tu1uóPOus: Y el sei)or beneficiado de Calahorra, &lt;qu~
opina?

11,

Et BBlll'BFicaDo DE CAuBoallA: Que este litigío no puede transigirs~. Dico
que es hueso del Cid, ya que no puede ser baci-yelmo.
Et ARZOBISPO Da TRAJANÓPOus: Señores, tenemos aquí los restos del CllJDpeador y debemos d ecir, parodiando la histórica frase; El Cid ha muerto. ¡Viva
el Cid!
Tonos: ¡¡¡Vivaaa!!l
'l
(7ocan cajas dentro.)
VARIAS vocas: &lt;Qué escucho?
Et ARZOBISPO: Es el Rey. El santo Rey Don Fernando, que llega desde Sevilla a honrar esta junta.
(Se muda el teatro y aparece Fernando Ill con cetro y corona ,,. ,unas alUltu
llevadas por los armados ile las cofrad{as ser,illanas. Músicas. A.cúimadones.)
EL RBY FEI.NAIIDO III: No sin fatigas he logrado evadirme del ataúd de cristal
d1,nde el mayor pedazo de mi cuerpo está, como Papús, y sometido a no menos riguroso ayuno, guardado. He recogido al paso cuantas reliquias de mi
Jo6

LA PLUMA
persona me fué dable encontrar, y aquí estoy casi en mi prístina entereza, con
ánimo de haceros merced. Y porque estas juntas acaben con bien para todos,
vengo en comprar el caballo Babieca, destinándolo a regenerar la sangre de
mis cuadras. He de restaurar el perdido esplendor de la raia caballuna española.
Et BURGALlfs DE PRÓ: Señor, para coror-amiento de esa obra te pedimos que
iosta11res la Fiesta d e la raza caballar pan-hispánica, en la que participen todos
los solípedos tle ambos continentes que hayan heredado el relincho de Babieca. Y que en el cerro más alto de Castilla se levante una estatua al caballo
simbólico que la ensanchó.
Et Rav FaRNANDO UI: Basta; yo lo otorgo. Y ahora puede el baile comen1ar.
( Vitares y cajas dentro.)
Piu111B11.A ENTRADA DEL BAILE. (Entran los diputados prwinciales con disfraces y
motes. En unos se lee: • Castellanismo•. En otros: •¡ Viva el les de acu~alivo!• En
otros: •¡ Ve/ay!• Hacen r,arias figuras y se colocan a los pies del rey.)
UNA voz (cantando):
Como el ser buen pátriota
vale dinero,
¡no sabes, patria mía,
lo que te quiero!

,
;

; .. ::

l .;

(Los diputados provinciales dam:an.)
SEGUNDA ENTRADA D&amp;L BAILE. (Entran los candnigos y los sacristanes, sin sotana, oestidos a la lurquesca, con guitarros y estandartes. En unos se lee: ,Espaiiolismo•. En otros: , Fiera hidalguía•. En ott-os: «¡ Viva la suegra de Don ]l.,drigo!•
Hacen sus #guras y se colocan a los pies del rey.)
Un voz (cantando).
Por un huesecillo tuyo
diera yo la salvación,
para roerlo a mis solas;
¡mira tú si es tentación!
Mas ¡ay! Ximena,
estás tan hecha polvo
que me da pena.
(Los carulnigos y los sacristanes danzan.)

La entrada del baile se repite';hasta que el arzobispo pide: ¡Tocino! ¡Tocino! Entran tpdos a dansar, y canta solo
107

'

~

�&lt;

LA PLUMA

en el Catálogo de Salvá con el número 19.091 (capicúa). El más lerdo (¿quién
es el más lerdo?) advierte que el final del auto, desde la aparición de Fernando III, está plagado de sinónimos voluntarios, y ha sido añadido por una mano
casi criminal, en fecha muy posterior a la de la composición general de esta
pieza, que se remoGta, por lo me11os, a la última década del siglo xvi. En
efecto, existe otra versión del Auto de las Cortes de Burgos, con muy diverso
final. Ya Tiraboschi lo apuntó así, después de reconocer un códice de la Ambrosiana. Debe de ser el mismo ejemplar estragadísimo que nosotros poseemos, y que, con riesgo de nuestra vida, acertamos a sustraer en un reciente
viaje de estudios por las Bibliotecas de Europa. En esta versión no se aparece
Don Fernando, sino la propia Doña Jimena, llevada de la mano por el abad de
Cardeña. Doña Jimena hace un planto en verso trocaico. Escrito con aquella
sana alegría y hermosa libertad, características de nuestros ingenios del siglo
de oro (a quienes la Inquisición, pese a sus supuestos rigores, no cohlbió en lo
más mínimo en la expresión de la belleza), no nos atrevemos a reproducirlo;
dadas nuestras costumbres farisáicas, parecería procaz y desvergonzadísimo.
Baste decir que al acabar el planto, todo2 los presentes van por turno a darle
a Doña Jimena un beso en el culito.-C.

EL Ru F'nftilDO III:

Tengo el tronco en Sevilla,
la diestra en Burgos,
la cabeza perdida,
y mis dos muslos
deshechos en reliquias
por esos mundos.
¡Suave Ximena!
¡Rodrigo duro,
que a Don Alfon pusiste
en tanto apuro!
Si a vosotros os dejan
entre algodones,
a salvo de curiosos
y de sobones,
el Lampérez, que todo lo restaura,
que me restaure a mí, 10 llamo a Maura!
Que me da empachos
dormir el sueño eterno
disperso en cachos,
y opino que el ser santo venerado
no es razón de yacer descabalado.
Y a la hispánica gente tan castiza
que a sus muertos ilustres descuartiza,
y entre arrobos y besos
nos adoba los huesos
a los difuntos de esplendente gloria,
¡decidle que me cisco yo en la historia!

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( Vánse u,dos dando a/a,-idos.)
FIN DEL AUTO

CARDENIO

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Nou.-Para esta edición hemos seguido el texto de un pliego del siglo XVII,
que perteneció al benemérito Sánchez, y que, encuadernado con otros, figura

ida

LA PLUMA

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�LA PLUMA
'8uprema
es la belleza

de la renunciación...
(/;tcétera.)

EL INSOMNIO DE UNA NOCHE DE VERA~O

,,

:Jnsomnio, asfixia, hormigueo.
¿Joy, noche estival, tu reo?

ENCARNACIONES
IGUALDAD

¡{)h ardor de febriles vahos,
como una ignición de caos,

/;splendor juvenil del ocaso:
aurora fatigada.

que me enroscan en anillos
largos soles amarillos I

CANTO A LA RENUNCIACIÓN

¿&lt;!ubre el mundo todavia
esa piel de mediodia,

( - 'Ya que tan bello acaso es
renunciar como poseer,
he de llamarla sólo amiga.)

tan llameante de luz
como el taurino testuz

¡t)h, amiga
dilectlsima I
(-¿fiasta medias de seda?me pregunta don ;Juan .
.Ea memoria, perpleja,
sus muertos desentierra.
-ffues no lo sé, don juan.)
¡f)h, amiga
dilec&amp;imal
110

-

que iza en sublime siniestro
los alamares del diestro?
' l

00 tacto siente amarillo
lo que ya sabe sin brillo,
la mirada escrutadora
de la tiniebla incolora.
11 l

�LA PLUMA
¿flor qué, almohada, tu albura
en gualdo se transfigura?
/ 'Gantos luceros me acota
de la azul huerta remota
1 ', ,

l'

LETRAS ALEMANAS

la oquedad de la ventana,
como pomposa hortelana I

GUSTAV LANDAUER

'jj me punzan las estrellas
con amarillas centellas..
'J/a que el ~ueño, sibarita,
no me socorre en mi cuita,

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1

clamaré al CJJiento: ¡socorro!
y a la .!:luvia: ¡ay, socorro/,
que todo en la noche brilla
con calentura amarilla.
¡ay, amarilla, amarilla/
¡ay, amarilla, amarilla!,
en delirante bloqueo.
¿flor qué oh noche soy tu reo
sin culpa?

JORGE GUILLÉN

~
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112

Spartacus qued6 vencido en toda Alemania por los soldados
de Noske, y cuando las tropas del Orden tomaron Munich, se hizo
el c6mputo de lo~ muertos, que fué terrorífico. Desvanecíase el
recuerdo sangriento de la Commune ante la evidencia de la nueva
degollina, como se derrumbaba la guerra de 1870 ante la de 1914.
El trabajo cumplido era verdaderamente hermoso. Cuantos .en Alemania
representaban el partido de la libertad y de la emancipaci6n social, habían
desaparecido. Quedaba fundada la república de Hugo Stinnes y del general
Ludendorff.
Los que habían empleado su vida en luchar contra el imperio, después
contra la guerra, y nos tendieron la mano a nosotros, los irreductibles de Occidente, y defendieron con nosotros el honor y el espíritu europeos, no presenciaron esa inauguración. Fueron asesinados con Liebknecht y Rosa Luxerobourg, con Hugo Haase y Kurt Eisner. Quisiera hablar hoy de uno de los mártires más grandes de la Revoluci6n alemana, que fué también uno de los en •
sayistas más grandes de la Alemania contemporánea: Gustav Landauer.
Desde hace/ unas semanas se habla mucho de él en las revistas y en los
círculos del Reick, donde subsiste aun el liberalismo. La publicaci6n reciente
de dos libros p6stumos, ha revelado en efecto a multitud de gente la figura
verdadera de Landauer, letrado, sabio, dotado de un genio crítico notable y de
penetrante inteligencia.
Su participaci6n en la República de Munich, su muerte violenta, y el título
de una de sus primeras obras, le graugearon en efecto una reputaci6n de dinamitero rabioso, de político de modesta envergadura, pero de arobici6u desmesurada, y que se aplic6 siempre a suscitar disturbios para aprovecharse de
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uANDO

�LA PLUMA
LA PLUMA
y Mística), y llega a esta conclusión, tajante como un dilema: el que duda de

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ellos. Sus asesinos tuvieron buen cuidado de dejar acreditarse e incluso
de propagar tales leyendas, valiéndose de ellas como de alegato defensivo
y casi como de excusa. Pero hoy empieza a cambiaL· la situación, y la ver•
dadera figura de Landauer comienza a imponerse a los ojos de los intelectuales.
Gustav Landauer, filósofo y filólogo, abordó antaño el socialismo con gene•
rosidad grande, y propagó sus principios como los de una religión nueva perfectamente saoa y equilibrada. En su mente lúcida, dominaba la evidencia de
la rota del capitalismo y de la quiebra de sus doctrinas. Con sencilla y animosa
probidad se aplicó a exponer las causas y las consecuencias de esta cr'.sis.
Tuvo discípulos, y muchos hombres pusieron en él su confianza. Y también
cuando después de la guerra, llegó el momento de pasar del orden abstracto
de las teorías al plano de la acción, muchos desconocidos se volvieron hacia
él. En la hora decisiva, Gustav Landauer, difiriendo en eso de la mayoría de
Jos «apóstoles de biblioteca•, no renegó de sus palabras y ocupó su puesto a
la calteza de los que había iluminado. Y en él estuvo hasta el día postrero, con
tranquilo e imperturbable heroísmo, y en él p,:rmaneció incluso entre los
obreros de las calles, cuando los jefes principales del movimiento huyeron ante
el ejército d e los vencedores. Permaneció en él porque no desertaba en el
momento de la derrota como no desertó en el momento del esfuerzo. Fué
preso, arrastrado hacia et norte de presidio en presidio, in~e~nado fi~almentc
en la fortaleza de Stadelheim, condenado a una pena de pns1ón relativamente
moderada, y muerto al siguiente día a culatazos, en el patio, por unos solda•
dos sin freno.
No quiero formular aquí mi juicio sobre la obra política de Landauer, ni
discutir Ja importancia y la grandeza de sus libros y de su ejemplo. He dicho
que la publicación reciente de dos obras suyas agita hoy los círculos intelec·
tuales de la Euro;&gt;a central. Quiero limitarme a esas dos obras, contentándome
con citar casi sin comentarios, los títulos de las que publicó en vida.
El co:Uienzo de su vida viril da testimonio de la inclinación mística de su
carácter. Azuzado por el afán de investigar lo absoluto, ávido ?e _P?der apo·
yarsc co una verdad más sólida que las verdades cuyos pnnc1p1os ~und~·
mentales exponen sin convincción cien maestros en ~ien cát:~~as de ~lllvcrs'.dad o en la~ páginas de cien libros, tropieza con la 1mprec1s1on, la mestabi•
lidad, los apuros del lenguaje, y se vuelve der Sprach.zweifler, el que duda d~I
lenguaje. Confiesa esa crisis en un escrito breve, Sprach und Mystik (LenguaJC
114

'

Jas palabras debe callarse definitivamente o salvarse en la acción.
Escogió el segundo camino. Y bien se ve así en qué disposición mental y
con qué deseos abordó los problemas sociales: como un sabio, o por mejor
decir, como un filósofo. Tras algunos ensayos, dió cabo rápidamente a una
obr.a considerable: Auf,·uf an So,ialismus (Llamamiento al socialismo). En ese
libro famoso, nada hay tocante a la política. Se halla en ella, por el contrario,
en un revoltijo asombroso de gravedad y de entusiasmo, una suerte de himno
a la gloria de la inteligencia. Landauer, en esa obra, da testimonio de su confianza absoluta en el poder del espíritu, de su maravillosa comprensión de todas
las necesidades y fuerzas sociales, y de una conmovedora ternura por la vida.
La idea central del libro es el deseo de equilibrar las masas y de expresar una
fórmula de armonía y de orden. Landauer se aproxima aquí a Tolstoi, y se
sostendrá, desde el punto de vista filosófico, muy cerca de él. Menos l\terato,
en la peor acepción de la palabra, pero animado de igual lirismo.
La segunda obra de grandes vuelos que publicó Laodauer, Reclunsc!taft
(Rendición de cuentas, o más bien «Balance•) tiene, si no el porte, a lo menos
el espíritu de una confesión. Es, por mejor decir, la historia de una duda y de
una evolución. Nota Landauer que la falta de solidaridad verdadera cnlle los
pueblos, incluso entre los partidos soci¡ilistas (¡trágica profecía!), amenaza la paz
del mundo. Y si ante esa certidumbre no abdica su magnífica y grande oposición al principio de la Defensa Nacional, proclama no obstante la necesidad,
«hasta para las naciones revolucionarias•, de ·permanecer armadas contra la
guerra. Como ha dicho bien Wilhelm Michel cera un compromiso heroico, no•
ción terrible para Landauer, ennoblecida por el dolor y por su generosa con•
ciencia, asolada por la contradicción fundamental del mundo».
No estaba resuelta la crisis de alma que revela Rech.ensckaft, cuando las
especulaciones intelectuales y el curso de las teorías viéronse cortados por el
cañón de Licja. Apenas lo oyó, Landauer se arrojó resueltamente en el parti•
do de la Revolución, que había de llevarlo al martirio. No se dejó cazar en el
lazo de la Uniún Sagrada, y en espera del derrumbamiento social que fatalmente tenía que seguir o acompañar al rebullicio de los militarismos, se atrinche•
ró en el estudio, con una independencia de ánimo y una elevación de miras a
las que hoy sus propios enemigos rinden tímidamente acatamiento; se apartó
del contagio político, y tomó a Shakespeare y a otros poetas, como Holderlín,
por objeto de sus ansiosas y lúcidas meditaciones.

�LA PLUMA
., Las dos obras póstumas que acaban oc publicarse y que arrojan-ya lo he
dicho al comienzo del a.-tículo~tan inesperada y espléndida luz sobre la bella
figura de Landauer, son precisamente el fruto de su.soledad,
En la bibliografía de Shakespeare, que comprende tantos títulos CO'I\,O las
de Goethe o de Dante, es dedr, los suficientes para poblar por sí sola una biblioteca inmensa, no creo que pueda hallarse una obra más importante, más
notable, más humana que la de Landauer.
Es de tenerse en cuenta que el libro se compúne de conferencias: acerca
de Shakespeare pronunciadas por el autor en Alemania durante la guerra. Tal
es el motivo de las re¡;¡eticiones y de tas amplificaciones accesorias que en ciertas páginas sorprenden al lector atento. Si Landauer en persoJ1a hubiese dirigido la publicación de -su Sllakespean, habría podado algunos pasajes, retocado
algunós capítulos, concentrado algunas ideas. Las manos piadosas que des¡,u6!
de la muerte de Landauer han registrado sus p a'peles, han respetado cuanto
escribió, y nadie pensará en hacerles cargo de ello.
Me place, además, la forma hablada del Shakespea,·e de Landauer. Se adapta a todos los ~iros del pensamiento del autor, y se mueve a compás de su afé
y de las fuerzas que le mueven. El estilo, animado, rápido, elegante, no se parece nada al estilo cíentifico, grato a los filólogos. Estilo de poeta, que no retrocede ante ninguna audacia y se lanza a toda suerte de interpretaciones, arrojándolas profusamente sobre el lector, atónito de ver tal abund~ncia, para lle•
vario en seguida, a través de la psicología de sus personajes a la psicología·
de Shakespeare, única que importa.
Landáuer hace de Shakespeare un hombre,' es decir, un conglomerado
--prodigioso-dé todas las cualidades, de todas las riquezas sentimentales, de
toda la pujanza cerebral y cordial imaginables. Imparcial, no ante la vida, sino
como la vida; no ante el espejo, sin0 como el espejo, que capta todo ló que por
0
delante de él pasa.
Gustav Lándaut:r, de quien pretenden hacer un sectarid y 'un tribuno de
baja estofa, acertó a seguir el ejemplo de Shakespeare, y a elevarse en pico•
guerra, cuando el dolor y la rebeldía le acuciában con mayor frenesí, por en•
cima de sus pasiones y sus doctrinas, para abarcar cuanto le pat'eció leal, grande
y admirable.
·
De Hamlet a Julio César, de Macbeth a Bruto, en todos los héroes descubre_
la raíz misma de su grandeza verdadera, y por qué lado honran y enn~blecen á
la Humanidad. La moral, que ·es convención y añaeaza; nb páralita' jam!s ·ni

16'

•

LA PLUMA
jaicio.. Ni se deja nunca desviar por cons1deraciones políticas de la tarea que
se ha
. impuesto. Por eso es Landauer el único coment?rista de Sh akespeare que
ha acertado a restituir al poeta su talla y su genio.
Esa obra gran~iosa que llena dos gruesos volúmenes, es !lin duda la obra
maestra del már~1r de Sta~elheim. Pero el libro recien~ísirtio ~que acaba de
aparecer-cole.cc16n ~e arti_culos de Landauer sobre múltiplés problemas filosóficos Y cuestiones literanás-con el título evocador Der ulerdende Mensclz,
(El _h~mbre en formación) merece no obsi:ate por más de un motivo llamar la
atención del lector, y puede decirse, sin temor de errar, que quedará como una
d~ las,_obr~s.~r:ticas más notables de la Alemania contemporán 11a.
· · .Í!!n _la primera parte aparecen reunidos unos ensayos ideoló~icos, que, como
nada tienen que ver uno.s_con otros, di~persan la simpatía del lector y le 'impiden c~ncentrar_ la atenc1on sobre un sistema unificado. No hay aquí rastro de
1~ solidez ~tlosofica de las obras de Landauer anteriores a la · guerra, pero
ci~os capitulos son como apéndices y complementos interesantes de sus obras
C8!)Itales, Y ponen el último trazo en la filosofía de Landauer. Los dos más importantes en este respecto son Setbstmo,·d der Yugend ( ,Suicidio de la juventud•) Y Zum Problem der Nation («Sobre el problema de la Nación.,)
La segunda parte me agrada más. Agrúpanse en ella bastantes artículos en
que Landa~e:. estudia un .hombre y su obra, y que, por comparaci6n. determinan la pos1c1on del escritor ante· e1 pensamiento europeo. Si el e5tudio sobre
T~lstoi cobra importancia particular por el parentesco moral que une, ya lo he
dicho, al autor de Auj'ruf an Socialismus con el de .Resurrección aprecio más
los es~udios sobre Holderlin, sobre Martín Buber, el gran autor judeo-aleman
de .quien me propongo hablar despacio en un artículo venidero, sobre Georg
Kaiser, dramaturgo expresionista, y sobre Strindberg. El fervor de Landauer
ante esos escritores, y la inteligencia con que analiza su aportación artística y
humana son un espectáculo raro.
El Shakespeare y Der werllende Mensclz han impresionado vivamente a muchos críticos Y artistas alemanes. Hoy se mide mejor lo que valía este hombre
Y 1~ pérdida que su muerte acarrea para el patrimonio cultural de su país.
Qwe~es no le conocieron personalmente-y no saben qué delicioso amigo y qué
magnifico pensadonera-se espantan ahora de haber dejado vegetar tanto tiempo ~n espíritu tan grande, y de haber despreciado sus llamamientos y sus profecias. Los que tal sienten relean el retrato de Bruto inserto en el estudio sobre
Julio César de Shakespeare, y descifrarán sin trabajo el misterio de Laudauer
117

�LA PLUMA
al leer estas palabras: «Era un hombre interior, pero que no hubiese consentido en guardar para la intimidad de una vida tranquila sus nobles aptitudes
mas que sabiendo que todos los hombres eran libres y felices. Era un político
que iba de la filosofía a la política,-de una filosofía íntimamente ligada a la
vida. No era lo bastante simple para pensar con el corazón, al contrario, descontento en la medida que la realidad de los hechos no confirmaba su pensamiento. Movíale una inclinación grave, mansa, pero irresistible. hacia la acción.,
El Gustav Landauer que la soldadesca asesinó en el patio de la prisión de
Stadelbeim, era el mismo filósofo, grave, manso, pero arrastrado irresistiblemente hacia la realización de su ideal.

PAUL COLIN

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' FIN DE TEMPORADA

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c?1110 esta tan ~a?ás,'no ·obsta~te el -~inríú·rn~ro de col:se?s cuy~
taquilla prospera mercea a la desmedida afición del publico ma. drileñó. Cerrados los teatros, ·apenas si queda memoria de los grandeJ éxitos registrados en ellos durante el ~ño." Ní una comedra
nueva de tantas como se h·a n estrenado. Ni un cómico cuyo trabajo, por lo excepcional, perdure en nuestro' recuerdo de unos cuantos meses:
Como más reciente, aún vibra tan solo el eco del reclamo que há acompañado
a ta· éntronización artística· de la señora Meller, patrocin.ada en su novena del
Español por las mismas Mafestades y Aitezas que antes honraban los espectáculos con -~ólo su asisténcía, sin otro linaje de recomend'a ciones· en él cartel.
Bien es verdad que de algún modo era menester corresponder a la fina diplomacia conº'q ue la señora M'"éller -a'nunciabá en· su triunfal t0urnée por'el extranjero éEI relicario,-delicado instrumento de penetración española en todos los
patios del mundo-como la canción' preferida de D. Alfonso XIII. La señora
Mellei: continúa siendo una excelente cancionista, con espeéialidad de ·ias canciones picarescas que en tiempos constituían para un público menos selecto,
pero sin duda más inteligente y sensible que el qúe ahora la aplaude,' el prin.
'cipal atractivo· de su arte frívolo, agradable y ligero, en modo alguno comparable, pese a la confusión que se empeñan en sembrar los sueltos' de contai:lur"ía y
los gacetiller06 de los periódicos, al de la Duse ~l al de Sa1'ah,
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:,,i fo"ra menos humá,
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LA PLUMA

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es decir, si no se viera sujeta a pasear el fantasma de c;u gloria por los cmusichalls• norteamericanos y los cines de Madrid.
Pero de confusiones vivimos. ¡Sabe nadie a qué atenerse respecto al teatro
de la Escuela Nueva. pongo por caso, en buena hora para sus intereses traído
y llevado de suspensión guhernativa en protesta periodística por obra y gracia
de un censor improvisado? Ni ¡c6mo ha de tener arrestos nadie para defender
en serio la libertad de la escena, cuando tan mal parada anda la de circular
por las calles y aun la de vivir y morirse c6mo y cuarrdo Dios manda? Ello es
que a cuenta de unos programas en que se anunciaban los prop6sitos del teatro de 1?. Rscuela Nuew-prop6sitos que constituyen su único haber artís·
tico-, el ffaníante director de Orden público que padecemos tuvo a bien
prohibir en d Español la representaci6n de La 'l!oz de la vida, comedia danesa
representada, al cabo, en el Ateneo sin escándalo de nadie y desencanto de
muchos. Poco Je ha sido dado, hasta' ,Ja, .,f~cha, cumplir al teatro de la Escuela
Nueva en pro del saneamiento del arte tlr-amátioo•español. RaRtante ha logrado
con poder comprobar la existencia, de un ·público capaz, de tan benévolo, de
no llamarse desde luego a engaño y -fiar al tiempo lo -que no puede improvisarse·
No podrán quejarse htñpoco los organizadores de estos primeros ensayos de
la actitud p;ira con ellos de los críticos. te,1trales1,·atentos tan s6Io alás buenas
intenciones de que el teatro de la Escuela Nueva está empedrado: Lástima
grande que las dilaciones a que ha ·obligado la· arbitrariedad de las autoridades
havan diferido la representaoi6n de La reina cas#za, de :Valle-lndán1 cuyo estreno significa ya algo más concreto de lc&gt;'l:ealizado hasta la fecha por la im provisada agrupaci6n.
El reclutamiento de c6micos ha de s·e r, sin duda, la mayor dificultad con
que ese naciente teatro tropiece. Los adores profesionales tienen, cuantlo menos, cierta soltura escénica, cie'rfas condiciones naturales qué la, ausencia de
dirección adecuada y la mala ' literdtura dramática a•cuyo servicio se les somete, juntamente con la carencia de v·e rdadero estímulo, acaban por malbaratar en fáciles éxitos. Si el Conservatorio•estuviese•regido pot ·las más ,elementales normas del sentido común, no sería tan ,ardu·o'Obtener cada-año-no grupo
de intérpretes discretos con que formar adecuados conjuntos. Pero el .C onservatorio es un centro, más que inútil, perjudic1a.J. No h.abíamos a.sistido nunca
a uno de los n~mados ejercicios con que se acostumbra cerrar los cursos académicos en aquella c:isa. El espectáculo que hemos tenido ocasi6n de presenciar h,ce ~lgunos días en su lindo teatro nos ha desengañado para siempre de

LA PLUMA
toda posibilidad de mejora de la enseñanza oficial del arte dramátice. De
cuatro señoritas que aspiraban a los honoríficos premios, una sola, Is~bel Barrón- no ha de tardar en serte familiar su nombre, espectador consci~nte:-,
demostró condiciones, si estimables siempre, verdaderamente ex~raordman.as
en aquel ambiente. La señorita Barr6n fué agraciada con un primer premio,
que en buena justicia no debi6 · tener segundo. Representó una escena de La
niña de Gómez Arias, de Calderón, y otra de Benavente. Momen~o_s ant:s. de
presentarse ante el tribunal examinador, la casualid~d nos pe rmitió asiSt~r. ª
una regocijada·escena entre bastid0res. Dos--catedráticos de·aqttel Centro, v~eJo
actor retirado uno de ellos y pizpireta matrona el otro, sin rival-seamos imparciales-en los papeles de criada ceceosa, comentaban con gr~n escándalo
de risas el atrevimiento de la señorita Barrón, que así, tan de pnme;as, º~~ba
afrontar un género.que ellos, en su Ja.rga vida esrénica, siempre habian ten~do
por caburrido y para literatos•, sin duda. Al cabo, el catedrático, compa~ecido
de la alumna, que no lo era suya, sino de la señorita Martos'. le aconsejó que
suprimiera la escena clásica, cuya elección ju1'gaba inconveniente, dado e~ descenocimiento que a, su entender, tendría el tribunal de semej ante comedia. Lo
presidía D. Jacinto He navente, en su calidad de delegado regio.
La señorita Barrón figura ya en el cuadro del teatro de la Escuela Nueva.
A poco que olvide lo que le han querido enseñar-sin gran em~eño,_ es verdad y ello facilitará su liberación-conseguirá ser una buena actnz. Tiene aptitudes naturales nada comunes, belleza física, voz deliciosamente timbrada,
sincera afición y raro buen gusto.
UN CRÍTICO INCIPIENTE

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curre a profundos prólogos pseudocientíficos, o ~e guarece, como el Sr. Mata en
sus Irresponsables, baio la autoridad de los técmr.os. .
.
. ·
La finalidad del autor de esta clase de producciones hteranas es meramente didáctica. Ciertos problemas de indudable transcendencia social necesitan salir del reducido ambiente del cu,·riculum técnico y ser ~xpuestos al público-a juicio del autor-no del modo descarnado y crudo habitual del hom~re
de ciencia, sino bajo el ropaje novelesco más o menos sazonad_o de truculencias.
El procedimiento nos parece equivocade,. Los problemas sociales ~ngendr~d~s
por las enfermedades mentales no rn avienen con esta clase de sistemas md1-

LIBROS y REVISTAS
Pedro Msta.-It-,-espoíisables.-Historias trágicas al margen d~ la locura y del
delito. Prólogo de A. Ossorio y Gallardo. Epílogo de E. Fernández Sanz. Madrid, Rivadeneyra, 1921.

·.1

El escritor español, generalmente, vive distanciado del movimiento psicológico y psiquiátrico y, fuera de alguna lectura casual, apenas se halla iniciado
en estas disciplinas. Esto, que quizá parezca sin importancia, es de indudable
valor cuando el escritor quiere hacer lite1·attffa psicojatológ.ica como el señor
Mata en ~us lr·responsables.
La literatura de este tipo exige una profundá y concienzuda labor preparatoria, y, aún en los raros casos en que alcanza gran perfección, difícilmente lo·
gra el resultado esperado por el autor. Ante todo requiere una cuidadosa elec•
ción de las fuentes: tarea de suma dificultad para el profano, que, forzosamente,
tiene que recurrir al auxilio de un consejero técnico, indispensable para su
orientación en la copiosa bibliografía de estas materias.
Fácilmente se comprende que la preocupación intelectual domiflante en el
autor sea la parte científica de su obra y a ella sacrifique la estructura íntegra
de la novela, aun a riesgo de la ulterior emoción estética del lector. De aquí
que, al ajustar el autor a determinada sistemática clínica la personalidad pisíqu•
ca de sus personajes. resulte ésta en extremo forzada. El dogma del realismo clí•
nico-defecto capital de esta clase de narraciones-.1kva consigo, i0'(1efectible·
mente, la creación de ciertos tipos que en el curso de la historia disertan am·
plia.mente sobre el tema psiquiátrico objeto de la novela para ilustración del
lector: demostrándole mediante citas eruditas los conceptos psiquiátricos en
litigio y atestiguando con textos autorizados la perfecta sintomatología del caso
descrito, temiendo, sin duda, tome el lector por producto de la imaginación
del autor el fruto de sus largas y meditadas lecturas. A esta clase de tipos per•
tenecen el arquitecto Panot de Les Demi-Fous, de Corday y el médico Garc~s
de La muchacha del Ideal .Rosales, del Sr. Mata. A veces, no satisfecho aún el
autor con las conferencias ténicas más o menos felices de estos personajes, re·
12:1!

rectos.

El problema de _la peligrosidad de cierto~ p~icó~atas, que en el año 1905
preocupara al novelista francés M. Corday, qmen _msp1rado por el profe~or Lasange escribió la novela Les Demi-Fous, es el mismo que el Sr. Mata mtenta
plant~ar en sus Irresponsables. Problema, dicho sea de paso, enfoca~o por el
Sr. Mata con criterio algo anticuado e influido por unos cuantos hbr4's que
apenas poséen hoy sino un valor histórico.
. . .
Los numerosos errores y equivocados conceptos ps1qu1átncos del autor son
absolutamente disculpables y en nada restan mérito a ~a par~e puramen!e artística de sus historias en consonancia con su manera hterana, ya conocida Y
juzgada por la crítica.
No creemos llegue el lector profano, a trav~s ~e 1~ tr~m~ ~oveleSCfi de las
historias del Sr. Mata, a sentir el problema ps1qu1átnco-Ju!1&lt;;11co manifestado
en ellas con la intensidad necesaria para formarse una opm1ón acerca de él.
El Sr. Mata acentúa demasiado el carácter delictivo de sus personajes y muy
posiblemente el lector extenderá esta rualidad. a c,uantos enfermos m«;:ntales
conozca y, sin pretenderlo, el autor habrá ~ontribmdo a fom;ntar el _,med? al
enfermo de la mente sobradamente extendido en nuestro pa1s y exttaordmariamente perjudicial para el progreso de la asistencia psiquiátrica. .
.
Altamente desconsoladora es la descripción de la fiesta en el Ma01com10 en
que transcurre la segund:i historia En legitima defensa. N3s ha recordado las
irónicas palabras que escribiera el profesor Weygaodt, anos_ hace, sobr~ otra
fiesta semejante, celebrada en honor de un grupo de ~ongres1stas e?'tranieros,
y cuyo remate apoteótico fué un castizo cuadro de ba!le flamenco, mterpretado por el elemento femenino de la parentela del director:
.
La lectura de En legítima defensa nos trae a la memona- 110 por se1:1e1anias artísticas cit&gt;rtamente-la exquisita novela de G. de Nerval, Aurelza, por
tratarse en eÚa de una autodescripción de la psicosis s_ufridd por el aut~r, comparable, mutatis mutandis, con el relato ~e.l enfermo M1_randa, que el senor Fernáodez Sanz, con benevolencia suma, cahf1ca de ma1·av1lloso fragmento de autoanálisis psicopatológico.
.
Tanto esta opinión que en modo alguno compartimos-com_o el co~seio_, que
más adelante da a los principiantes, de leer esta novela como tlus~racúJn literaria al capítulo de la Paranoia penecutoda ... para aclara; las andeces del texto
y como claro y ameno medio de comprender su evoluc16n, merecen algún comentario. En primer lugar debemos recordar, que en todo manual moderno de
l,!3

,. .. ·• .

�LA_ PLUMA

LK PLUMA
psiquiatría-citemos por_ ~jemplo un~ d~ los más reci~ntes, el del profesor
Bleuler, en ~u ~e~cera ed1c1ón-se comienza el estudio de la Paranoia. precisamente, transcnb1endo unas cuantas historias clínicas de ameno _y nada árido
texto.
. Con~iderar ':1n.a _producción puramente imaginativa modelo de autoanálisis
pszc~lógico es, a JU1c10 nuestro, bastante aventurado, por c11anto en ella todo es
fi~g1do Y en nada correspoode a la realidad objetiva y subjetiva vivida por el
. SUJeto creado por el autor. Wer ulbst erlebte-escribe el psicopatólogo Jaspersjindet am ehesten die treffende Schilderu:zg. El Sr. Mata, afortunadamente para él
no se hal!a. en las condicio?-~s exigida~ por la es~uela fenomenologista par~
autodescnb1r lo que no_ ha_v1v1do, a pesar de su gema! intuición. Podrán, claro
está! alc~nzar !as descnpc1ones de sus personajes patológicos la más alta perfección hterana; pero por muy de~a.rrollada que esté la capacidad endopatizante del Sr. Mata, Jamá~ podrá ser utt1_1za~le como documento cientifico para una
fJerstehende Psvchoiogze, la autodescnpc16n del personaje Miranda.
·
El Jemor de sobrepasar los límites de esta nota nos obliga a terminarla y
más aun, t;f de complicatla con técnicas consideraciones que nos colocarían
sobre el mvel de los personajéS"'de las historias del Sr. Mata cuya pedantería
hemos censurado.
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J.

M. S.

Ramón Gótnez de la Scrna.-EJ Doctor Inverosímil. ~Novela. Publicaciones
&lt;Atenea•.

·

¿_Una ?-ºvela? Es decir, lo que el lector entiende por tal, no tanto por las
clas1ficac1ones de los géneros literarios malamente aprendidas en el bachillerato, cuanto por la propia experiencia, ajena las más veces a los nombres de
los cenáculos, a las sutiles disquisicior:es de los litP-ratos, a las tertulias, críticas de los cafés. No! nC? es una novela. No urde @l autor en sus páginas una
trama en que la cunos1~ad del lector, suscitada por el interés de una historia
en qu_e choquen_ las pasiones humanas reducidas del ancho espacio y el tiempo
sucesivo de la vida real al volumen de un libro y a la duración de unas cuantas
lect~ras, que la emoción abrevia o suspende, se vea solicitada por el encadenamiento de los sucesos imaginados por el novelista con una lógica en cierto
D?odo fatal! el desen~a~e de los cuales provoca un alivio sentimental de la tensión padecida en el animo del lector. EJ Doctor Inverosímil, es uDa serie de
cuentos G más bien apólogos, cuya ejemplaridad resume y casi define la última
de_las &lt;~t.céteras finales&gt; que corroboran a manera de aforismos paradójicos
la 1ntenc1on de las historias anteriores: e Yo, por Jo menos, puedo decir lo que
aqu_e( doctor que decía: Entre mis manos pueden perder la .,,;da, ¡peru jamás 1/
esptritul•
L~s casos maravillosos de El Doctor lnf1erosímil son, en efecto, fantástica
gal_ena de sombras arrancadas de la v ida real, de Jo más real de la vida si se
quiere, sombras enfermas de cotidianismó de uso diario de costumbre ióvete·
rada, a las que el mago irónico que nos p;esenta Ramón Gómez de la Serná

cur¡¡, fovarial)le mente r.on una mis¡na receta de buen humor y de sentido coro-da, disimul¡¡do bajo la ~~travagancia más inofensiva, n! más ni meaos que los
especialistas famqsos y verosímiles que de la medicina viven.
Hay anécdotas como &lt;La luz amarilla&gt;, «El candado de letras&gt; o cLa sorpresa de la gráfica•, impresiones líricas como &lt;La burbuja• o «La pulmonía del
corazón•, caricaturas como «La desesperación del poeta• en que el humorismo
de Ramón Gómez de la Serna se afirma una vez más con ese carácter persona•
lísimo que le distingue entre los jóvenes &lt;"scritores españoles por su temperamento literario verdaderamente excepcional .
C.R.C.

Maria Bnrlqueta.-Sorpresas de la vida.-Novelas cortas. Biblioteca Nueva.
Madrid.
Una fiesta mundana; las gentes bailan, ríen, conversan; de pronto, alguien
da la noticia de que ha muerto una célebre bailarina; la noticia parece sobrecoger al marido de una hasta entonces mujer feliz; los celos amenazan acabar
en un momento con su dicha de tantos años; una VP.Z en su casa, de vuelta de la
fiesta, el marido confiesa a ,.u mujer el secreto que nunca le hubiera revelado;
aquella bailarina célebre y escandalosa era.... su hermana. Una gentil bordadora cuida afanosamente un tulipán todavía sin flor; dos vecinos se disputan sus
miradas; el del balcón de arriba es osado y dicharachero; el del bal~ón de abajo oculta calladamente su pasión; un buen día florece el tulipán; el vecino de
arriba lo obtiene al punto para el ojal de su americana; más he aquí que luego
la bordadora ve venir calle arriba al vecino tímido, ostentando en el ojal el tulipán de su tiesto; se lo ha encontrado en el arroyo y viene a devolvérselo a su
dueña creyendo que una racha de viento puede haberlo arrancado de su tallo;
la gentil bordadora se lo da en prenda de un amor insospechado.-Una enamorada se decide al cabo a envíar a su tierno cortejador las azucenas que tras una
espera de amorosa prueba han de ser señal cierta del logro de sus afanes; el
mensajero portador del florido presente sólo llega a tiempo de depositarlas al
pie de su féretro. Un rudo guardamonte piensa que no le falta para ser feliz
sino prender a la Muerte en el cepo que é l tiene siempre dispuesto para las
alimañas; así no podrá sorprenderle de improvisto; sus votos se cumplen, pero
la vigilancia que se ve obligado a montar noche y día porque no se escape su
presa agola sus fuerzas y al cabo la Muerte consigue soltarse de sus ligaduras
Y sumirle en la eterna noche.
Y así tantas otras sorpresas como la vida depara en ese mundo rosado en
que los hombres, si jóvenes, son mancebos apuestos; si viejos, ancianos venerables; si generosos, se ven luego recompensados, y si traidores, confundidos;
mundo en que las enamoradas son siempre puras doncellas; las mujeres livianas, románticas margaritas deshojadas y los rocines, corceles briosos. Ni vea
nadie en esta referencia el menor asomo de ironía. No deja de ser una de tantas vanidades la de ajustar los juicios literarios a un criterio atemperado a determinados preceptos críticos, según los cuales las no.velas clásicas, románticas,

us

12-4

...

�LA PLUMA
• 1

I

realistas, simbólicas, o meramente de folletín, son buenas en relación con el
tiempo en que fueron escritas, clasificación que da por supuesta cierta ortodoxia discernida en último término por el propio clasificador que las recomienda o vitupera. El informador literario, mucho más cuando su opinión versa sobre literatura propiamente recreativa, de puro entretenimiento, no ha de formular tanto una alabanza o una condenación, como exponer simplemente a la
consideración del lector que en él fía, el tono, la intención, el alcauce que el
autor se propuso para interesar al público a quien su obra va dirigida.
Con Jo que dicho se está el gusto que han de dar a tantas lectoras y lectores estas inocentes y placenteras Sorpresas de la vida, de María-Eoriqueta,
perfumadas a veces con el soplo poético de un Heine sin hiel, de un Andersen
sin lirismo, de un Feroán-Caballero, pongo por femenina sensibilid1d.

c. R. c.

.,
1

l

Federico G. Lorca.-Lió,·o de Poemas.-1921, Imprenta Maroto, Madrid .
No es desconocido el nombre de este joven poeta para los lectores de LA
PLUMA que ya han tenido ocasión de leer algunos de los poemas, que en este
primer libro de ese autor se incluyen. En las cPalabras de justificación, con
que se abre, ofréceoos Federico Lorca la imagen de sus días de adole~cencia y
juventud, páginas desordenadas, reflejo fiel de su corazón y de su espíritu impresionado por la vida palpitante, recién nacida para su mirada. «Sobre su incorrección. sobre su limitación segura, tendrá este libro la virtud entre otras
muchas que yo advierto, de recordarme en todo instante mi infancia apasionada correteando desnudo por las praderas de una vega sobre un fondo de
serranía,-dice muy acertadamente.
Más que un Libro de Poemas, se nos muestra la profusa selva de versos que
componen esta colección, como u11 solo Poema, o mejor aCrn extensísima Silva
de un solo aliento sentimental, entrecortado aquí y allá por tal cual respiro o
apoyatura irónicos, cuyo acento no rompe, sin embargo, la unidad de inspiración de este canto fluyente o inagotable. Apenas si se recuerda, una vez cerrado el grueso tomo, no ya 110 verso, mas la configuracióa definida de una sola
poesía. Pero el lecto1· se siente penetrado del intenso aroma romántico que
sus páginas exhalan, e incluso arrebatado por la liviana musa que de la primera a la última, trastrueca en lírico panteísmo el orden de las cosas en el
universo y el sentimiento que su contemplación pre.duce en el ánimo caótico
del joven poeta.
cTienen gotas de rocío
las alas del ruiseñor...
Un vago temblor de estrell¡ls

,'
126

. . . . . . . ... . . .. ... . ... .. .. ... . .

Hoy siento en el corazón

LA PLÚMA
Cazadores extrah1U11anos
Están cazando luceros
Ayer es lo marchito
Anteayer
es lo muerto

Mi beso era una ~ranada
profunda y abierta;
tu boca en rosa
de papel.
El fondo un campo de nieve
¡Oh qué dolor el tener
versos en la lejanía
' - de la pasión, y el cerebro
todo manchado de tinta!
El silencio redondo de la noche
sobre el pentágrama
del infinito.•
Poesía vaga en que los sentidos corporales prestan al espíritu las formas
espectrales de un mundo flotante en quimérica niebla cmtretejida con el hilo
de los sueños. No sería difícil hallar el árbol genealógico de este nuevo poeta,
tan e,tremecido y sensible, en la oscura selva de los románticos más delicuescentes, cuya savia injerta en nuestro suelo dió las líricas flores de un
Bécquer, y más tarde, por sutiles cultivos y destilaciones, las quintaesencias
de un Juan Ramón Jiménez.
C.R. C.

***
Valentin Andrés Alvarez,-Rejle;os.-Madrid. McltlXXI.-Editorial Galatea.
«Las cosas no son bellas en sí mismas, son bellas en reflejos. La belleza no
está nunca eo la ,·ealidad, sino en la virtualidad.-Puede ésta patentizarse de
dos modos: a). Viendo las cosas no como son, sino como efímeras cristalizaciones de todo lo que fueron y serán, lo cual existe en ellas de un mado virtt1al.
~). En expresar las cosas por imágenes (simetría perfecta entre la cosa y su
imagen virtual.)»
Añádase a este credo poético la afirmación de la pureza espiritual en razón
inversa de la distancia que separa la materia de nuestros sentidos.
la distancia purifica las cosas
y crea la belleza... ,

c ...

�LA PLUMA
Y no necesita más razones el nuevo poeta, ni ninguao, para justificar los motivos de su inspiración. La de Vafen'tín Andrés Alvar'ez es dara, precisa, gusta
de la brevedad, prefiere la serena armonía del tonó menor a la ronca voz y
la sonora pompa. La sencilla "filosofía de estos Reflejos no pretende en vano
suplantar los métodos propios de la disqubición cie~tífica;_ esencialIT?~nte poética, sus sentencias y aforismos no presup.o nen una mtenc1ón metaf1s1ca, pero
denuncian, eso sí, cierta disciplina lírica que templa el exceso sentimental con
la razón y presta cierta gracia musical a la lógica del universo.
Cuando se despreocupa, además, de toda consideración retórica, técnica, o
como quiera llamarse a ese prurito de explicar en cada composición el concepto que de la poesía se tiene, prurito de que adolecen por lo general los poetas
nuevos Valentín Andrés Alvarez escribe poemas como esta Canción de Primavera, c~yo mejor comentario es la simpática emoción que su lectura suscita:
«Un trocito de ·jardín
en la florida maceta,
y un poco de aire sonoro
en la jaula bullanguera .
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
arrancados sin piedad
de la florida floresta.
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
soñando en la libertad
de la fi.orida floresta.
Y nuestro amor (besos sólo),
trocito de primavera,
y nuestro ardor contenido
soñando con la floresta.
(pobre pájaro en la jaula,
pobre flor en la maceta)
sin gozar la libertad
de la dulce primav!ra.•

. 1
1
1

..

II

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c. R. c.

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...

I 1 .....

MADRID, SBPTlB,_M_B_R_B_19_2_1_.I__Nú_M_._16_.-

EL ARTÍCULO QUE HIZO DORMIDO

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1

DISPARATES

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A:A'O II.

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¡¡'!

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escritor se había ~evantado tai:_de. La noche anterior _había
estado hasta las diez de la manana de su hoy. Es decir, un
lío de horas, de tiempo y de sintaxis.
El escritor veía ya una especie de atardecer precoz, corno
·
si en su mañana hubiese un eclipse de sol. Se l:iabía levantado más tarde que ningún día; pero es que después de haber ultimado
otros trabal'os, no había querido dejar de hacer su artículo diario, el artículo que levaba todas las mañanas el «botones» a la portería del periódico.
Después de almorzar con lentas maneras, aprendiendo poco a poco
los movimientos de siempre, reponiéndose como el que resucita, leyó
los periódicos del día, que se da el caso sorprendente de que son nuevos,
enteramente nuevos cada día.
. -¡Parece mentiral-se decía el escritor ya tan avezado a los periódicos, cuando cada día abría los diarios y los veía nuevos, recientes,
originales. Es que tenía alma de escritor, de periodista, de enamorado,
es decir, de hombre que encuentra nueva cada día la mujer de todos
los días.
9

L

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>MADRID
:~c.-,_ ,Ún'J ~-1¡211a ,:Ji·
,l. 1:;0·;'I OY.O, .l r ,

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ÍNDICE DEL VOLUMEN III" ~

o
11

·. :r
1

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ro.
t&gt;I .1 '
u ,h I :;i,

]

92J

1 1A

I

JULIO A DICIEMBRE

.,_.fa pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.~

Páginas.

e~ NúM.ERo u c.1uL10)
Ramón del Valle-Inclán: Los cuernos de Don Friolera ........ .
Ramón Gómez de la Serna: Disparates..... . .. ~ ..... . .. . .... .
\
Pedro d·e· Répide: Estampas de Madrid ....... . ... . ....... . .. .
Jules Bertaut: Letras francesas... . . . . . . . . . . . . . . . ..... . ... . .
Mario Puccini: Letras italianas .. : . ........... . .. . . . ... . .. . . .
Libros y ·Revistas:· Miguel de Unamuno: Tres novelas' e_jemplaresr
J' un prólogo. El Cristo de Velázquez.-Juan José Domenchina: Del p oema eterno. Las i·nterrogaciones del sílencío.-Alberto Guilléri: La lt"nterna de Diógenes.- -Federico Schlegel:
Lucznda.-Francis de Miomandre: Le PavtÍlon du ·Manda j-ín.
•
,
e
Del sonido-ruido y su instrumental. . ... .. . ............ . .. .
\

u

IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁEZ !IERMANOS
NORTE, 21 . MADRID. TELÉFONO

17-65 J.

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u,

r.M- .1.

NúMBRO 15 (AGOSTO)

1

(

· . \ .no:;

Ramón del Valle-Inclán: Los cuernos de Don Friolera ........ .
Ernesto López Parra: Motivos nuevos.... .• ....• ;,, ... . ...... ~·.

65
86

�I •

LA PLUMA

LA PLUMA

Páginas.

89
96

Ramón Gómez. de la Serna:· Dis¡:,arates ....... .'. . ........... : .
Mario Puccini: Muestrario decadente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cardenio: Auto de las Cortes de.Burgos .. . .. . . . .. ·r . • . . . . . . .
Jorge Guillén: Encarnaciones...............................
Paul Colín: ·Letras alemanas.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un critico incipiente: Teatros ............... : . . . . . . . . . . . . . .
Libros y R~vistas: Pedro Mata: lrresponsables.-Ramón Gómez
de la Serna: El Doctor in'lJerosimi'l.-Maria Enriqúeta: Sorpresas de la vida.-Federico G. Lorca: Libro de Poemas.Vale.n tín Andrés Álvarez: Reflejos... . .....................

,

100

110
113
119

122

~

q

NÚMBRO 16 (SBP'.&amp;IBMBRB)
~

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•

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·

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r. ., ;

lis'/ , •

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Ramon Gomez de la Serna: Disparates.............. , . . . . . . . .
129
·
, ,
V 1
Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . .. .. . . .. :., -~-- . . . . . . . • .
138
Juan José Domenchina: Poesías . . ........... .. ........•.... :
143Don Juan Manuel: Guerras entre cristianÓs y moros. . . . . . . . . . .
146
Cardenio: Si el alarbe tornase vencedor ............ . ......... · 149
Pedro de Répidé: Estampas de Madrid ....... ~J• .'"! :•... ... ~....
160
Mario Puccini:
Létras
italian·
a
s
....
..
...
.
..
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..
.
.
.
..
·.
..
.
.....
164
.
\
Jules Bertaut: Letras francesas..... .. ................. ........
173
1
Paul Colín: Letras belgas ............ . . .' .· . ... . . ... ·. . .. . • • • •
178
Libros y Revistas: Víctor Catalá: ·z:;a M~dre Ballena.-Luis Fer- .
nández Ardavín: El Hi.fo.-A. Hernahdez Catá: La voluntad · •
de Dios.-Marcel Proust: Por el cami'no de Swan.-César Falcón: Plantel de inválidós.-Enrique Barbussé: El resplandor
en el abúmo.-Antonio Battistella: La Repúblíca di Venezia
ne' suoi undü:i secolt' dí storia.- Revistas. . . . . • . . . . . . . . . . . . .
184
Necrología: Tomás Morales ..... ....... ~- .. • ... :. . .........
191
IV

Páginu.

NÚ.MBRO 17 (OCTUBRB)
Víctor Catalá: La hija de Carolí...... . ........... . •.........
Manuel Azaña: El jardín de.los frailes . .. ...... .'..... . .... . .
f:ernando González: Poesías ... . ......... .. ... . . .... . .:.. , .. .
B. Constant: Del espíritu de conquista... . . .. ..... : .. : ...•. . .
Paul Colín: Letras alemanas... . . . . ... . . .. ........ . . . .... . .
Dou glas Goldring: Letras inglesas ........................ . . .
Libros y Revistas: Pedro Prado: A lsino.-Luis y Agustín J\1illares: Doña Juana.-Francis Jammes: Rosario al sol.-Alfonso
Maseras: A la derzva.-Manuel R. Álvarez Puente: El naviero
Más -o La novela de la materia. l. Los szgnos.-ErckmanaChatrian: Historia de un quinto en .18z3.- R . Benja mín: Gaspar.-Magallanes Moure: Flori'legio.-Armando Zegrí: Máze,:va la de glaucos o.fos.-Alberto Guillén: El libro de las parábolas.-Manuel Díaz Rodríguez: Peregn'na, " el p ozo encantado.-Fernando Gil Mariscal: Girones.-Ant6n P. ·chejov:
Eljardín de los cerezos. José Fabio Garnier: A la sombra del
amor.-Arturo Schnitzler: .iJ.natol y A la ca;atúa verde ..... .

193 .
217
231
2 34
,238

244

r
. .J

NÚMBRO 18 (NOVIBMBRB)
Ramón Gómez de la Serna: Una noche en el cementerio...... .
2 57
Manuel Azaña: El jardín de los frailes .. . .. . .. . .. . ......... . .
264
C. Rivas Cherif: Alcor . . ..... . ...... . . .. .. .. . . ........ . ... .
2 74
Luis y Agustín Millares: La ley de Dios . . .. . . ... , . . ........ . . 278
Antonio Pérez: De un curioso guantero . ............. ; . . .... .
3o4
Luis Araquistáin: En torno a «Don Juan de E~paña» ......... .
306
Jules Bertaut: Letras francesas .. . ............. . ..... . ... . .. .
312
Libros y Revistas: Ramón M.ª Tenreiro: El loco amor.-J. Moreno Villa: Patrañas.-Manuel Ugarte: Poesías completas.Guillermo Jiménez: Constanza . . . . . . ...... . ... . .... .. ... .
317
V

�LA ?LUMA
Páginas.

NÚMBRO 19 (DICIBMBRB)
Ramón Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Niet'zsch~ ....1
Francisco A. de Icaza: Paisajes vistos y paisajes de'ensue:ño ...~.. .
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . ..... , .:: ..... .'.. ~.
... . . . . . . . . . . . . . . .·e. . . . . . . . . . . . . . . . . .r . . .
, en Me¡1co.
Va11e-I ne1an
Paul Colin: Letras alemanas ........ . .. . ..... : .. .t_ • • • • • • • • • •
Mario Puccini: Letras italianas......... ... !1• ~ ••••• :-. . : . • • • • •
Douglas Goldring: Letras inglesas............ .. .........
Un crítico incipiente: Teatros: Hechi~o eslayo y estilo españ&lt;:&gt; •
Libros y Revistas: Francisco A. de kaza: Nz'etzsche, poeta.-C. R, .
vas Cherif: Un camarada más.-S. González Anaya: l:!,l castz'Llo de írds ,_v no volv'erás.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la
Naturaleza.-Paolo Monelli: Le s_rarpe al scle.-Jean GaltierBoissiere: Lot'n de la nfftette............ . ,.... .. ... ·,·......
..

J

.

J21

337
342

357
359
365
371
379

379

�AÑ O II.

1

~lADRID, JULIO 1921

1

NÚM. 14.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERP ENTO ~ SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA OCTAVA
UNA SALA CON MIRADORES QUE avistan la marina. Sobre la como/a, grandes caracoles S01lQros y conchas perleras. El espejo
bajo un tul. En las paredes, papel con kioscos de Mandarines, escali1tatas y esquifes, lagos azules entre adormideras La sierpe de mz acordeóll, al pie de la consola. En la cristalera del mirador, toman cafe y
discuten tres seiiores oficiales: Levitines azules, pantalones potrosos, calvas !u.cientes, un feliz aspecto de relojeros. Conduce la discusión Don L auro Rovirosa, que tiene un ojo d~ cristal,y cuando·lzabla, solamente mueve
un lado de la cara. r..s teniente veterano graduado de capitán. Los otros

�LA PLUMA

LA PLUMA
!.
.1

dos, muy diversos de aspecto entre sí, son, sin embargo, de un parecido
obsesionante, como acontece con esas parejas matrimoniales, de viejos un
poco ridículos. Don Gabino Campero, filarmónico y orondo, está en el
grupo de los gatos. Don Mateo Cardona, con sus ojos saltones, y su
boca de oreja a ore¡a, m el de las ranas.
EL TENIENTE ROVIROSA

Para formar juicio, hay que fiscalizar los hechos. Se trata de condenar a un compañero de armas, a un hermano que podríamos decir.
Acaso nos veamos en la obligación de formular una sentencia dura,
P,ero justa. Comienzo por advertir a mis queridos compañeros que
me pronuncio contra todos los sentimentalismos.
EL TENIENTE CAMPERO

¡En absoluto conforme! Advirtiendo que la justicia, no excluye la

me adornase la frente S h
militares ·
· e abla, sin record
han salido de la clase d/~r¿~=-l~
~ejo~es cabezas
poleón, pi:~~1!:,re
...
• 1 nm, p1stolo! ¡Na-

·S

I

EL TENIENTE CARDONA

' oo. Napoleón era procedente de la Acad em1a
. de Artillena.
,
.

EL TENIENTE CAMPERO

,Puede ser' Pero el
cedía
de la cl;se de tropa,
general
Morillo
que le dió en 1~ cresta, pro,
y había
sido mozo
en un mohno.

·C
EL TENIENTE ROVIROSA
orno el rey de Nápoles, el,famoso general Murat!

.1

T

EL TENIENTE CAMPERO

engo leído alguna cosa de
te. ¡Napoleón le tenía m1·edo.'
ese general. Un general muy valien-

1 .

clemencia.

EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE CARDONA

Hay que obligarle a pedir la absoluta. El Ejército no quiere ca-

¡Tanto como eso, teniente Campero!

brones.

•
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente!

ET, n:NIENTE CARDONA

DON LAURO RUBRICA con un gesto tan terrible, que se le salta el ojo de cristal. De un zarpazo, lo recoje rodante y trompicante en
el mármol del velador, y se lo incrusta en la órbita.
EL TENIENTE CARDONA

Se trata del honor de todos los oficiales, puesto en entredicho
por un teniente cuchara.
EL TENIENTE CAMPERO

¡Protesto! El cuartel es tan escuela de pundonor como las Academias. Yo, procedo de la clase de tropa, y no toleraría que mi señora
2

EL TENIENTE CAMPERO

Viene en la Historia.
No la he leído.
,

EL TENIENTE ROVIROSA

A m,, personalmente ' los f·1anceses me empalagan.
EL TENIENTE CARDONA

Demasiados cumplimientos.
EL TENIENTE ROVIROSA

Pero hay que. reconocerles valentía. ¡Por algo son
nosotrps.
latinos, como

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

ENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hemos pegado. siemwe
a los gabachos .
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la perfección el tagalo!

' EL TENIENTE ROVIROSA

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¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se compi:ende perfectam·enfe_! Nosotros somos moros y latinos. Los primeros soldados, según Lord
Wéllington. ¡Un inglés! '.. ; '\... ¡ f' • l .
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A mi parecer, lo que más tenemos es sangre mora. Seºvé en los
ataques a la bayoneta:, , :•
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ENTE CARDONA

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DON LAURÓ ROVJROSA alza y baja una ceja, 1d mano puesta sobre el ojo de cristal, por si ocurre que se le antoje dispararse.
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EL TENIENTE ROVIROSA

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o el ojo derecho, de la picadura de un

¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han miradó con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. ' Pero todos, al cab.o de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.

NTE CARDONA

ra mí un páraíso. Cinco años sin un
ervarme ~e. comer, beber, y lo que

EL TENIENTE CARDONA
ENTE CAMPERO

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar

on muy aceptables!

EL TENIENTE CAMPERO

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Y en Man-uecos. Allí no se oye hablar mas que árabe y español.

11

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EL TENIENTE CARDONA

¿Tagalo, no?

fSTREMECE íos cristales del mirasobre las barbas, la panza se infla con
; el velador las tazas del café, salta el
·u ojo de cristal el teniente Don Lauro

EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TENIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy 'a romperte los cuernos!
4

-- --¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!
ENTE CARDONA

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�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hemos pegado siem~re
a los gabachos.
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se compi:ende perfectamente_! Nosotros somos moros y latinos. Los pri_meros soldados, según Lord
1
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Wéllington. ¡Un inglés!
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A mi parecer, lo que más tenemos es sangre mora. Se· vé en los
ataques a la bayoneta: , :·
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DON LAURÓ ·ROVIROSA alza y baja una ceja, zd mano puesta sobre el ojo de crista_!, por si ocurre que se le antoje dispararse.
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¡Al parecer, posee usted a la perfección el tagalo!
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¡Lo más indispensable para la vida!

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EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! A mí se me ha olvidado lo poco que sabía, e hice toda
la campaña de Mindanao.
EL TENIENTE CARDONA

Yo he pasado cinco años en Joló. ¡Los mejores de mi vida!
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EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han mirado con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. · Pero todos, al cab.o de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.
EL TENIENTE CARDONA

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar
EL TENIENTE CAMPERO

Y en Marruecos. Allí no se oye hablar mas que árabe y español.
EL TENIENTE CARDONA

¿Tagalo, no?
EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TENIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy a romperte los cuernos!

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canario tn la jaula, y se sujeta su ojo de cristal el teniente Don Lauro
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EL TENU:NTE CARDONA

¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!
5.

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LA PLUMA
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EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hem~s pegado sieml!re
a los gabachos.

¡Al parecer, posee usted a la perfección el tagalo!

EL TENIENTE ROVIROSA
EL TENIENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se comp.i:ende perfectamenfel Nosotros somos moros y latinos. Los primeros soldados, según· Lord
Wéllington. ¡Un inglés!
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¡Lo más indispensable para la vida!
EL TENIENTE ROVJROSA

¡Evidente! A mí se me ha olvidado lo poco que sabía, e hice toda
la campaña de Mindanao.
EL TENIENTE CARDONA

DON LAURO RO V/ROSA a/::ay baja una ceja, la' mauo p uesta sobre el oj o de cristal, p or si ocurre que se le antoje disp ararse.
• ) . E L TENIENTE &gt;R OVIROSA

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¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han mirado con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. Pero todos, al cabo de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.
EL TENI ENTE CARDONA

Yo he pasado cinco años en Joló. ¡Los mejores de mi vida!
EL TENIENTE ROVIROSA

No todos podemos decir lo mismo. Mindanao, tiene para mí mal
recuerdo: Enviudé, y he perdido el ojo derecho, de la picadura de un
mosquito.
EL TENIENTE CARDONA

La isla de Joló, ha sido para mí un páráíso. Cinco años sin un
mal dolor de cabeza, y sin reservarme ~e comer, beber, y lo que
cuelga.
EL TENIENTE CAMPERO

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar

¡Las Batas de quince años, son muy aceptables!

EL TENIENTE CAMPERO

EL TENIENTE CARDONA

Y en Marruecos. Allí no se oye hablar mas que ára be y español.
¿Tagalo, no?

EL TENIENTE CARDONA
EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TE NIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy a romperte los cuernos!
4
1

¡De primera! Yo las daba un baño, les ponía una camisa de nipis,
y como si fuesen prin'cesas.
SU RISA TRIUNFAL ESTREMECE los crístales del mirador, la ceniza del cigarro vuela sobre las barbas, la panza se infla con
rm regoctfo saturnal. Bailan en el velador las tazas del café, salta el
canario en la j aula, y se sujeta su ojo de cristal el teniente Don Lauro
Rovirosa.
EL TENIENTE CARDONA
l

il

¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!

s.

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA
EL TENIENTE ROVIROSA

Permítanme ustedes que les recuerde el objetivo que aquí nos
reúne. Un primordial deber, nos impone velar por el decoro de la familia militar, como ha dicho en cierta ocasión el heroico general Martínez Campos·. Procedamos sin sentimentalismos, castiguemos el deshonor, exoneremos de la familia militar al compañero sin, sin, sin...
EL TENIENTE CARDONA

Posturitas de gallina.

¿Qué retiro le queda?
EL TENIENTE ROVIROSA

¡El máximo! No se muere de hambre. Todavía junta al retiro, dos
pensionadas.
EL TENIENTE CARDONA

¡No hay como esos pipis para tener suerte! Este cura no tiene ni
una pensionada. Y ha servido en Joló, en Cuba y en Africa.
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

La frase no es muy parlamentaria.
EL TENIENTE CARDONA

¿Queda o no queda admitida?

Pero usted ha estado siempre en oficinas.
EL TENIENTE CARDONA

Porque tengo buena letra. ¡No me haga usted de reír!
EL TENIENTE R0VIROSA

EL TENIENTE CAMPERO

Admitida. No nos ruborizamos.

Usted poco ha salido a campaña.
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Meditemos un instante y puesta la mano sobre la conciencia, dictemos un fallo justo. El apuntamiento reza así:

¿Es que solamente se ganan las cruces en campaña? ¡El Rey tiene
todas las condecoraciones, y no ha estado nunca en campaña!
EL TENIENTE CAMPERO

EL TENIENTE CARDONA

Prescindamos del cartapacio.

¡Ha estado en maniobras!
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE CAMPERO

¡Conforme!
EL TENIENTE ROVIROSA

La cuestión está situada entre estos dos conceptos que llamaremos de justicia y de gracia. Primero: ¿Al teniente Don Pascual Astete y Bargas, se le expulsa de las filas pronunciando sentencia un
Tribunal de Honor? Segundo: ¿Se le llama ,y amonesta y commina,
de un cierto modo confidencial, para que solicite la absoluta? Yo creo
haber declarado que me pronuncio contra todos los sentimentalismos
6

No es cuestión del Rey. El Rey es un símbolo, una representación de todas las glorias del Ejército. Pero nos hemos salido de la
cuestión, sin haber llegado a un acuerdo. Recapitulemos. ¿Se commina privadamente al supradicho oficial para que solicite el retiro? ¿Le
exoneramos públicamente, constituídos en Tribunal de Honor?
EL TENIENTE CARDONA

Propongo que se le llame, y cada uno de nosotros, le atice un capón. ¿Es que vamos a tomar en serio . los cuernos de Don Friolera?
7

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo creo que sí. Oigamos sin embargo lo que opina el teniente
Campero.
EL TENIENTE CAMPERO

¡Partamos a la guerra de los Treinta Años!

ESCENA NOVENA

Es muy duro sentenciar sin apelación.
EL TENIENTE ROVIROSA

Nuestro fallo iría en consulta a la Superioridad.
EL TENIENTE CAMPERO

La justicia no excluye la clemencia.
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! ¿Quieren ustedes delegar en mí, para que visite al teniente Don Pascual Astete?
EL TENIENTE CAR.DONA

EL HUERTO DE DON FRIOLERA, a la puesta del sol.-La
tapia rosada, los nara1~jos de esmaltes profundos, el fruto de oro. La
estrell~ de una alberca entre azulejos.-Bajo la luz verdosa del emparrado, medita la sombra de Don Friolera: Parches en las sienes, babuclzas moras, bragas azules de un uniforme viejo, y jubón amarillo de
Jranela. El teniente aparece sentado en un banquillo de campamento, tiene a la ni1ia cabalgada y la contmipla con ojos vidriados y lánguidos
de perro cansino. Mano/ita lleva el pelo sujeto por un arillo de coralina,
las medias caídas y las cintas de las alpargatas sueltas. Tiene el aire
triste, la tristeza absurda de esas muñecas emigradas en los desvanes.

Por mí, delegado.
MANOLITA
EL TENIENTE CAMPERO

Por mí, tal y tal.

¡Papitolín, procura distraerte!

L •t

DON FRIOLERA
EL TENIENTE ROVIROSA

Profundamente agradecido a la confianza ·depositada en mí, creo
que procede reunirnos esta noche. Yo traeré un borrador del acta, y
si ustedes están conformes, la firmaremos.

¡No pu._edo! Tu tierna edad te dicta esas palabras. 'Serás mujer y
comprenderás lo que entre tu .padre •y tu_ madre ahora se pasa. Tu
padre, el que te dió el ser, no tiene honra, monina. La prenda más
estimada, más que la hacienda, más que la vida!. .. ¡Friolera!

EL TENIENTE CAMPERO

MANOLITA

Hay que pagar el café.

¡Papitolín, no tengas malas ideas!

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo soy huésped en la casa, y los convido a ustedes.

L os tus estan en pie: Se abotonan los lev#ines, se ciñen las espadas, se ladean el ros mirándose de reojo en el espejo de la consola.
8

oo:,;

FRIOLERA

¡Me quemo en su infierno!
M.\NOLITA

jPapitolín, alégrate!

'

�L,A PLUM A

LA PLUMA
DON FRIOLERA

¡No puedo!
MANOLITA

MANOLITA, REPENTINAMENTE COMPUN GIDA, besa
la mejilla del viejo, que le acaricia la cabeza, y suspira, arrugado ef
pergamino del rostro con una mueca desconsolada.

¡Ríete! ;
DON
DON FRIOLERA

¡'
; i

¡No puedo!

FRIOLERA

¡Lástima que seas tan niña!
MANOLITA

1
MANOLITA

l!I

¡Porque no quieres!

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¡Ya seré grande!
DON FRIOLERA

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DON FRIOLERA

1

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I' 11

•,, 1

Yo no lo veré.

¡Porque no tengo honor!

MANOLITA

MANOLITA

¡Si tal!

¿Papitolín, te traigo la guitarra para distraerte?
DON FRIOLERA

DON FRIOLERA

¿Tú no sabes que me he muerto esta noche?
MANOqTA

¡Para llorar mis penas!

¡Te vas a volver loco, papitolin!
MANO LITA TRAE LA GUITARRA, Don Friolera la templa
con gesto lacrimatorio, que le estremece el bigote mal teñido. Los ojos.
de perro, vidriados y mortecinos, se alelan mirando a la niña.
DON

FRIOLERA

DON FRIOLERA

¡Ya lo estoy!
MANOLITA

Con la guitarra ~e distraes.
DON FRIOLERA

¡Eres la clavellina de mi existencia!

¡Se acabó el mundo para este viejo!
MANOLITA
MANOLITA

¡Papitolín, cuánto te quiero!

Toca «El Contrabandista&gt;.
DON FRIOLERA

¡Friolera!
10

DON

Veré si puedo.

FRIOLERA

�,

_ LA PLUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA RECORRE LA GUITARRA con una falseta, y rasguea el acompañamiento de una copla, que canta con voz que- ,
brada, y jiponcios de mucho estilo.
·
;, "f·
COPLA DE DON FRIOLERA

¡Ya se acabó mi ventura!
¡Ya se acabó mi consuelo!
¡Ya no tengo quien me diga
ojitos de terciopelo!

mente ocurren entre_familias de ciertos sujetos que vienen rodando
la vida... Me~gues y Dengues y Perendengues. , . · ,
FRESCA Y POMPOSA, CON peinador de muchos lazos, la escoba en lá 1nano, y un clavel en el rodete, la señora tenienta asoma ett
el huerto.
DOÑA LORETA

¿Qué picotea usted, Doña Tadea?
DOÑA TADEA

En una buharda, por encima de los tejados, aparece la cabeza pelona
de Doña T adea Calderón.

'
Primero, son las buenas tardes, señora tenienta.
DOÑA LORETA

DOÑA TADEA

Después del tiberio nocturno, ahora esta juelga. ¡Tien~ usted a
todo el vecindario escandalizado, señor teniente!
DON FRÍOl:.ERA

'·

Para usted serán buenas.
DOÑA TADEA

Y para usted, pu~s tiene el bien de la sa!ud.

¿Que pide el honrado y cabrón vecindario, Doña Tadea?

0EA

DOÑA L OR ETA

0

DOÑA TA

Para mí, son muy negras.

Para poner tachas, no es usted el más competente, Don Vihuela!
MANOLITA

I

¡Cotillona!

DOÑ A TADEA

¡La compadezco!

,..
DOÑA TADEA

¡Mocosa! Con los ejemplos que recibes no puedes tener otra
-crianza!
DON ~'RIOLERA

A usted, la cazo yo de un tiro, como a un gorrión ¡Friolera!
DOÑA TADEA

Yo, saco la cara por mi pueblo. Adulterios y licencias, acá sola-

MANOLITA

¡Cotillona!
DOÑA TADEA

¡Déle usted un revés a esa moña! ¡Edúquela usted, señora
tenienta!
DOÑA LORETA ·

Disimule usted, Doña Tadea.
13

, 2

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

~'RIOLERA

¡:--liños y locos pregonan verdades!
DOÑA TADEA

DOÑA T ADEA CALDERÓN, cierra de golpe el ventano, la te-t'tienta éntrase a la casa con un remangue, y el teniente rasguea la guitarra con repique de los dedos en la madera.

¡Chiflado! ¿Es conducta a la noche querer matar a la mujer, y
.ahora esta juelga?

COPLA DE DON FRIOLERA

Una bruja al acostarse
se dió sebo a los bigotes,
y apareció a la mañana
comida de los ratones

DOÑA LORETA

Déjele usted, que se distraiga de su tema.
DOÑA TADEA

¡Así le deje el mundo!
DON FRIOLERA

¿Halla usted la guitarra desafinada? Voy a templarla, para can-tarJa a usted una petenera.

DOÑA TADEA ABRE REPENTINAMENTE el venta1io, al
.final de la copla, y aparece con un guitarrillo, el petjil aguzado, los ojos
encendidosy redondos, de pajarraco. Rasguea y canta con voz de clueca.
COPLA DE DOÑA TADEA

DOÑA TADEA

¡Cuatro cuernos del toro!
¡Cuatro del ciervo!
¡Cuatro de mi vecino!
¡Son doce cuernos! .

¡Insolente!
DON ~'RIOLERA

Ya me saltó la prima.
DOÑA LORETA

Mira si puedes empalmarla, Pascual.
DON FRIOLERA

Voy a verlo. No tiene muy buen avío.

MANO LITA CORRE POR EL HUERTO llenando el delantal
de naranjas podres, y vuelve al lado de su padre. Don Friolera deia la
guitarra sobre el banquillo, y pone en el ventano el blanco de un ¡ Pin!
JPan! ¡Pun! Doña Tadea aparece y desaparece.

DOÑA LORETA
DOÑA TADEA

¡Son dos reales!
DON FRIOLERA

¡Grosero!

Ya lo sé, Loreta.

DON FRIOLERA
DOÑA TADEA

¡Pin!

¡Al cabo, son ustedes gente que viene ,rodando!

DOÑA TADEA.

{Papanatas!

�LA PLUMA

LA PLUM A
DON füHO f,ERA

DON FRIOLERA

¡Pan!
DOÑA TADEA

¡Buey!
DON FRIOLERA '

¡Pun!

···

ESCENA DÉCIMA

LA GARJTA DE LOS CARABINEROS en la punta del 11tuelle,
siempre batida por la bocana de aire. Noche de_ luceros en el recuadro
del ventanillo. Un fondo divino de oro azul para los aspavientos de un
fantoche. Don Friolera se pasea. Tras de su sombra, va y viene el perrillo. Don Friolera mece la cabeza con mucho compás. De pronto se
detiene y cruzando las manos a la espalda, hinca la mirada en el ángulo
de sus botas donde juega Merlín.

¡Era feliz! ¡Friolera! ¡Indudablemente era feliz sin haberme enterado! ¡Friolera! ¡Friolera! ¡Friolera! El mundo es engaño y apariencia:
Se enteran los mirones, y uno no se entera: ¡Ni de lo bueno ni de lo
malo!... ¡Uno nunca se entera! Yo me quejaba de mi suerte, y nada
me faltaba. Todo lo tenía dentro de mi jaula! ¿Cuándo me entero?
¡Cuando todo lo pierdo! ¡Cuando nada de aquello me resta! Estas
tras~adas no pueden ser obra de Dios. Al que las sufre, no puede
pedirle que colabore con el Papa. ¡Friolera! Este tinglado lo gobierna
el Infierno. Dios no podría consentir estos dolores: :Ni Dios ni
ninguna persona de conciencia. ¡Friolera! ¡Todo lo tení~ y no te~go
nada! ¿Qué iba ganando con dejarme 'corito el Padre Eterno? Le est~y dando vueltas, y e~te cisma n o es obra de ninguna cabeza supen or: Puede ser que Dios y Satanás se laven las manos. Toda esta
tragedia, la armó Doña Tadea Calderón. Con una palabra me echó
al cuello la serpiente de los celos. ¡Maldita sea!
ENTRA UNA RÁFAGA DB VIENTO marino,y se arrebatan
las hojas del calendario, colgado en un ángulo. La llama del quinqut
se abre en dos cuernos. En la puerta, con la mano ante el ojo de cristal
está el teniente Rovirosa.

DON FRIOLERA

EL TENil:NTE ROVIROSA

¡Vamos a ver! ¿No puedes estarte quieto un momento con la borlita del rabo?

¡Buenas noches, Pascual!
DON FRIOLERA

Merlín bosteza, y entre los colmillos alarga la lengua blanca, cámo
si se consultase de sus males. Don Friolera le aparta con un signo estrambótico de sabio maniático. El perrillo se levanta en dos patas, y
hace una escala de ladridos en la segunda octava. Una gracia que le
mseñó la tenienta. Don Friolera siente el alma cubierta de recuerdos: El
canario, la gata, la niña, la esco~a de Doña L'oreta. El guitarreo desafinado de Pachequín. El perfil de bruja de Doña Tadea.
16

¡Buenas!
EL TENlffNTE ROVIROSA

¿Muerde ese perrillo?
DON FRIOLERA

No tiene esa costumbre.
2

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

Sin embargo, podría usted llamarle.

.t--io puede usted contestar en esa forma a mi requerimiento.

DON FRIOLERA
DON FRIOLERA

No hay inconveniente. ¡Ven acá Merlín!

Pues así contesto.

DON FRIOLERA, DÁ PALMADAS en una silla. Merlín, se
encarama de ztll salto, y moviendo la borla del rabo, se acomoda.

·-

EL TENIENTE ROVIROSA

Pascual, sea usted razonable.

EL TEJ\IENTE ROVIROSA

DON FRIOLERA •

Me trae un enojoso asunto.
DON FRIOLERA

1
/

EL TENIENTE ROVIROSA

.!,,o adivino.
EL TENIENTE ROVIROSA

Mi visita tiene un carácter a la vez privado y oficial. Un hombre
de ciencia le llamaría anfibio. Yo no lo soy, y tampoco me creo autorizado para emplear esos términos.
DON FRIOLERA

¿Quiere usted sentarse? Deja esa silla Merlín.
EL TE::-IIENTE ROVIROSA

Estoy más tranquilo conque la ocupe el perrito.
DON FRIOLERA

¡Bueno!

Se expone usted a que los oficiales adoptemos una resolución
muy seria.
DON

FRIOLERA

Pueden ustedes cantarme el gori-gori.
EL TENIENTE ROVIROSA

No adelantemos los sucesos. En la reunión de oficiales, se ha
acordado que usted solicite el retiro.
DON FRIOLERA

¿Y por qué? ¿Porque no tengo honor?
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

Teniente Astete, un tribunal compuesto de oficiales, me comisio0
na para conocer los antecedentes del enojoso contratiempo ocurrido
entre usted, y su señora.
DON FRIOLERA

He resuelto no hablar de ese asunto.
18

No quiero.

Sobre nuestras decisiones no puedo admitir controversia.
DON FRIOLERA

Mi5 cuernos no son una excepción en la milicia.
EL TENIENTE ROVIROSA

Respete usted el honor privado de nuestra gloriosa oficialidad.
19

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL TENIENTE ROVIROSA

DON FRIOLERA

Ningún militar está libre de que su ~eñora le engañe: ¡Friolera! En
ese respecto, el fuero no hace diferencia de la gente paisana.
EL TENIENTE ROV1ROSA

Real y verdaderamente, se impone un acto de demencia.
DON FRIOLERA

¡Y lo tendré!

¡Evidente! ¡Pero se impone no tolerarlo!
DON FRIOLERA

¿Y sabe usted mi intención oculta? ¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Chóquela usted, Pascual! Deploro que ese granuja no sea un caballero, porque me da el corazón que le hubiera usted pasado de
parte a parte.

EL TENIENTE ROVIROSA

No sea usted guillado y solicite el retiro.

DON FRIOLERA

¡Friolera!

DON FRIOLERA

¿Usted qué haría en mis circunstancias?
EL TENIENTE ROVIROSA

Si contestase a esa pregunta, contraería una gran responsabilidad.

EL TENIENTE ROVIROSA

Para mi, los desafíos representan un adelanto en las costumbres
sociales. Otros opinan lo contrario, y los condenan como supervivencia del feudalismo. ¡Pero Alemania, pueblo de una superior cultura, sostiene en sus costumbres el duelo! ¡Para usted la desgracia ha
sido la mala elección por parte de su señora!

DON FRIOLERA
DON FRIOLERA

¿Usted lavaría su honor?

Le cegó ese pendejo.

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidentel

¡Evidente!
DON FRIOLERA

¿Con sangre?

DON FRIOLERA

Mañana recibirá usted las dos cabezas.
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente!
DON FRIOLERA ·

Mañana recibirá usted en su casa, d~s cabezas ensangrentadas.
20

EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Déme usted un abrazo Pascual! ¡Pulso firme! ¡Animo sereno! El
Tribunal de Honor, fiado en la palabra de usted, suspenderá toda
decisión.
21

�LA PLUMA
DON

FRIOLERA

Hágale usted presente mi gratitud.
EL TENIENTE ROVIROSA

Será usted complacido en tan honroso deseo.
DON FRIOLERA

Si hoy tengo perdida la estimación de mis queridos compañeros,
e_spero que pronto me la devolverán.

DISPARATES

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo también lo espero.

EL VAGÓN DESPERTADOR

DON FRIOLERA

¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!

MERLÍN ENDEREZA LAS ORE'_JAS,y de un salto se arroja a
la puerta de la garita, desatado en ladridos, terrible la borla del rabo.
Don Friolera gesticula ajeno a los ladridos del faldero, y está, con una
mano en el ojo de cristal, y otra en el puño de la espada, el teniente Don
Lauro Rovirosa.
(Coni:luirá.)

22

n

o siempre había pensado que sólo con una especie de asociación de ideas, con una aplz'cación, con un modo nuevo de
ordenar las cosas estaría resuelto el invento que se podría
llamar del VAGÓN DESPERTADOR.
El despertador en mi mesilla porque no había nadie que me
llamas~ en esa casa en que trabajo y en que no tengo ni servidumbre, he
pensado' mucho en ese aprovechamiento de los despertadores para realizar ciertos viajes.
En efecto, esa sensación de viajar que provoca el despertador, ese
golpeteo de un tren expreso, interminable, que no para en las estaciones, me hizo por fin encontrar la manera de viajar los viajes más extensos y circulares.
He conseguido que provoque el paisaje de tal modo el despertador,
que no hay medio de diferenciarlo del paisaje natural, de todos los paisajes que he visto a través de mis viajes. Enteramente lo mismo con todos los detalles de luz, de matices; hasta cuando viajo por Suiza, los
mismos timbres en las estaciones, aquellas campanas timbrológicas.
Puedo decirlo ya. He conseguido ordenar el despertador con los viajes. No podré decir cómo lo he conseguido, pero lo he conseguido. Me
aproveché para ello de la unión del espacio y del tiempo.
Todas las noches-es decir, todas fas mañanas porque yo me acuesto a las siete y media de la mañana-pido billetes para un nuevo viaje,
y me voy en el tren rápido de lujo del despertador. Le doy cuerda a las
dos llaves, le pongo a las dos y media de la tarde, le desembrago el tim23

�'I
'

.LA PLUMA

LA PLUMA

bre que el día anterior contuve con la manivela que tiene para el timbre y me acuesto y me duermo, es decir, entro en mi reservado del sueño, en ese vagón en cuya portezuela cuelga el RESERVADO que indigna a
.,
.
los demás viajeros.
Así ahora cuando oioo una conversacion sobre automóviles y me
marean con las nuevas afarcas, y el uno me dice como si lo que tuviese
fuese un niño:
-Yo tengo un «Bebé» ...
Y el otro me dice como si se tratase de otro rorro:
- Y o tengo un Rol-Roicce ...
Yo digo:
-Y yo tengo un despertador.

EL DEGÜELLEN DE LAS ALABARDAS
Los alabarderos son los soldados que cortan más el aire con sus
vueltas y medias vueltas.
Es algo de una gran elegancia como todos los sol?ados que llevan
alabardas, desde los que sirven al Papa hasta los que sirven a los Reres;
giran sobre sus talones y sus alabardas hacen una curva cortante y limpia como el sol.
.
Sin embargo, era de teme~ _lo que po,r fi_n ha sucedido.
Era un día de gran proces10n y de publico congre0 ado en las calles.
Los alabarderos pasaban por la calle concurrida y al dar la vuelta en la
esquina en que se congregaba un grupo numero~~ de gentes, ras, za~, .
zis las alabardas cortaron con el lado de afilad1sima hacha en media
lu~a, las cabezas de todo el grupo: «Cinco señor~s, seis ~ujeres del pueblo, quince. soldados, dos curas, diez caballeros bien vestidos, doce ob'.eros, y cinco niños de los que tenían en brazos sus madres para que viesen pasar la tropa».
Día de luto fué el día en que d\eron esa vuelta fatal, &lt;:ortante, cercenadora, elegante como la del cuchillo cuando corta el platano, los alabarderos de la reina.
Todas las cabezas cortadas con fantástica precisión cayeron a un lado
y los cuerpos por un momento se quedara~ en pi~ y en haz como esos
maniquíes que también sir,i cabeza presencian la tiesta de la calle en las
afueras de la gran sastrena.

EL TIMBRE
Sonó el timbre en mi oído insistente, inacabable, como si hubiese
puesto el dedo en el botón co; tal fuerza que se hubiesen quedado en
24

contacto interminable las dos rodajas; las dos mondaduras de cobre de
la almeja sonora.
Estuve por gritar, llamando a mi criada: «¡Pero, María; que están
llamando hace una hora! ¿No oyes?»
Toda la casa, todo el mundo debía de estar oyendo el timbrazo que
•era como un calambre de la casa.
.
- ¡Que pase! ¡Que le abran!-dijc cerrando los ojos con fuerza, como
s i fuese a ver así el fondo oscuro de la habitación y la puerta a que llamaban y por la que alguien debía aparecer.
En la penumbra de mi cabeza, como abriéndose y prolongándose
·una rendija, apareció un dintel iluminado y apareció la sombra blanca.
Entonces me despedí de la vida y me MORÍ.
¡Ah! Pero al fin se calló el timbre,inaguantable que amenazaba con
trn horror mayor que el de la muerte, si no se callaba en seguida.

LA SEÑAL PARA LOS AUTOS
Este atentador contra la vida de los demás fué uno de los mayores
malvados de la Humanidad. Se colocan en primer término de la criminalidad a los regicidas; pero eso no acaba de estar bien pensado. Claro
que si se tratase de hacer la formación para el día final con todos los
.que fueron ejecutados por la justicia, los jefes, los cabos gastadores, los
que abrirían filas en ese escuadrón de muertos serían los regicidas.
Este malvado se quiso divertir aunque no fuese más que un solo d ía
en la vuelta aquella de la carretera.
Siempre se había dicho: «¿Y si yo quitase esa señal que orienta a los
.automóviles al dar vuelta?» «¿Quitarla?-se había respondido a sí mismo-. No. Porque les chocaría a los conductores encontrar punto tan
estratégico sin señal ninguna. Quitarla, no; pero sustituirla ... »
Durante mucho tiempo estuvo tentado de darse tamaño espectáculo
-sustituiría'la S, que señala la revuelta, y pondría en su lugar la V de
los simples ángulos de la carretera-. Así, al no hacer la S ce~-rada que
hacía allí el camino, se lanzarían por el extremo de la V al abismo 9.ue,
terrible, insondable, con sus peñas despeñadas en el fondo, se abna a
.ambos lados de la S, pues sólo si el automóvil hacía su trazo muy ceñido
podía evitar la caída.
Lo patolóaico en él pedía saciarse en la desgracia, en algo rumbosamente catastrófic~. Aquella violencia cerebral, aquella excitació~ de los
nervios, aquellas contenciones de sangre coagulada en algunos rincones
&lt;le su ser, le hacían pensar en Jo mismo. Su arrebato era enteramente car25

�LA PLUMA
LA P L U l\l .\
nal, incrustación de la naturaleza en el fondo volitivo de su ser. ¿Qué
iba a hacer él?
Por fin, inducido por el deseo de algo c¡uecalmase su frenética soledad
en e! ~ue_blo, v:irió el c~rtel_ del «R .. A. C.» y puso en su lugar el que
hab1a 1m1tado el con m1stenoso cmdado. Lo hizo muy de mañana porque quería ver caer en el abismo desde el primer automóvil al último.
En efecto; la primera víctima fué el primero que pasó rápido, expreso; aprovechando esa hora en que los caminos están despejados, vió fa V
y tomó la curva, como si sólo fuese una, haciendo el rizo breve que
piensa desrizarse en cuanto se pase el ángulo, redoblando la velocidad
inmediatamente después de «arrelantida» al hacer la curva. Con eran
velocidad se hundió en el abismo como en las películas, como si fuese
falsa la caída.
Escondido entre las matas de la vuelta, observando el sitio por donde
habían de desembocar los que fuesen cayendo en la trampa, observó
con alegría cómo era de ingenioso su cambio de letra.
Cincuenta, ciento, ciento cincuenta, doscientos, doscientos cincuenta, trescientos ... en una rápida progresión fueron descalabrándose en el
abismo; ni un «¡ay!» ni nada salían del fondo perdido del barranco.
El cazador de automóviles estaba satisfecho. La caza resultaba espléndida. Pensaba que no tuviese fin, pero del fondo del abismo brotaba
un coro de brama de automóvil, de relinchos, de rumor extraño-pues
los motores seguían vivos-, y el primer hombre que pasó en un burro,
se asomó al abismo y fué a buscar a la Guardia civil. Entonces el malvado huyó atemorizado.

EL CONEJO DE LAS ANTÍPODAS
Aquel cazador era un observador del campo y de la Naturaleza más
que un cazador. Había recorrido toda la tierra y había disparado sus escopetas en distintos mundos, en el nuevo y en el viejo mundo.
preciaba de gran observador y aprendió la botánica, entre otras
c1eI?c1as, par~ poder llamar por sus ~ombres las hierbas del campo y
decir de_la pieza. cobrada: «Estaba ¡unto a una planta de genciana», o
«la perdiz asomo su cabeza por entre la adrenalia espfrosa.»
-Voy leyendo el campo-decía el ilustre cazador-. Para mí no hay
planta que no merezca ser observada ... Es innumerable el campo, y no
hay cosa más divertida y que deje la imaginación más descansada que
ir viendo el mazorral que cubre los campos.
Hombre rico, suntuoso, de gustos refinados, de originalidades que se
podía pagar, usaba cartuchos con perdigón de plata. Son mucho más

. S:

z6

ligeros y matan mejor-decía él, y siempre ~ñadía co~o coletilla de su
orgullo-: ¡Mire que no habérseles ocumdo esto m a los rey~! El
mundo es un gran tacaño, y por eso no puede inventar cosas.
Un día que le acompañaba por el magnífico coto de caza, en el que
sólo cazaba él, vió de pronto un conejo que le sorprendió con un género
de sorpresa que no era la del cazador.
-¿Qué le pasa?-le pre0 unté temiendo que viese otra cosa.
-¿Ve aquel conejo ...? Pues aquel conejo me _ha hecho burla, 1~
misma burla que me hace ahora, en la Patagoma ... No me guerra
creer usted, pero es cierto ... Con sus orejas, con su hocico de viejo, me
ha sonreído como hoy, otra vez... Así como está ahora de plantado se
me plantó entonces, y también entonces como ahora ... Y después de la
última palabra, el cazador se echó la •escopeta a la cara y descargó para
asegurar la pieza los dos cartuchos de su escopeta.
- ... Como ahora-siguió en seguida el párrafo interrumpido por
el cazador-, disparé mi escopeta so ore el animal, pero se me escapó ...
El perro esta vez había topado con el conejo burlón, de hocico de
viejo muy afeitado-sólo los pelos oscuros estaban crecidos-, y nos
lo traía.
El gran cazador tomó el conejo en sus manos y Jo examinó. Aún estaba caliente como el pan recién salido del horno.
-¡Ah! Es magnífico ... Este es aquel sin duda .. . Aquí tiene las cicatrices de aquel disparo ... Después, con una navaja le abrió las cicatrices
y comprobó que, en efecto, en el fondo de ellas había perdigones de
plata, y de los grandes, de los que gastaba en la época de sus cacerías en
Pataoonia. Me los enseñó en silencio.
?stábamos admirados; el paisaje, el bosque, se había complicado.
Parecía que en la Naturaleza hay más secretos designios y juegos más
importantes de lo que parece. La conejera que hizo aquel conejo atravesaba la tierra, y se abría desde el principio al final de la tierra. El hurón
se perdería en la larga catacumba y no Je volveríamos a ver si le introdu¡ésemos en esa gruta inmensa, inacabable, verdadera perforación del
terráqueo.

LA MANO DEL ROB.\JOYERÍAS
Los escaparates de las joyerías son como teatros de las joyas, con su
telón de terciopelo al fondo y sus candilejas y todo .
Esos terciopelos gris perla negra de las joyerías hacen resaltar las joyas y son como su traje corporativo.
.
Pasando frente a esos escaparates me he quedado mirando lo que
vale una cruz pectoral de obispo, y cómo son de claros y de rosas alguz7

�'LA PLGMA

L A PLU i\JA

nos brillantes. Estando parado frente a esos escaparates he visto de
pronto aparecer la mano que alcanza la joya que una señora ha visto
del otro lado del escaparate, y que ya ahora, del derecho, es posible que
no le guste.
Es misterioso, delicado, lleno de puntería el gesto del manipulador
de las joyas, que casi sin que se le vea mirar el par de pendientes que
busca, los alcanza en seguida y los coge como el finiquitudo que pinza
los lentes.
Una tarde, frente a una de esas joyerías con escaparate de terciopelo,
vi la misma escena de la mano sino que completamente diferente. Aquella no era la mano del dueño, sino la mano del ladrón. No se apresuraba
aquella mano, no es que hubiese vendido con gran glotonena la joya,
no, nada de eso; la mano era delicada, de dedos blancos y largos, de
gestos de araña, lento y distinguido; ¿por qué me pareció la mano
del ladrón?
Pues, sencillamente; porque en su palidez y en su afrodisismo al
pinzar las joyas, estaba claro que era la mano del ladrón.
No se veta al hombre que movía aquella mano; pero ella, muy aplicada, iba cazando las mejores joyas de la tienda.
Confieso que fué un gran espectáculo el haber visto al ladrón operar
con limpieza, con mangas y puños intachables, con las manos muy cuidadas por la manicura y las uñas discretas, limpias, pareciendo mentira
que fuesen las de un ladrón.
Tan seguro estuve desde el primer momento de que aquella era la
mano del ladrón, aunque hiciese los gestos del propietario, que avisé a
la pareja de guardias y entramos en la tienda. El ladrón huyó y vimos
que estaban en tierra, con algodones en las narices, los verdaderos propietarios.

ella en busca de esa araña que se ha visto en el techo. A veces se enredaba en las ropas d_e la cama y caía en ella como un niño que juega en
la cama de sus papas.
_Com? el explorador llevaba cecina de Burgos y jamón de Avilés, su
resistencia era ya e~ aq~ellas latitudes mucho mayor que la de los ex-ploradores que ha b1an ido antes.
Como estimulan:e del e~tómago y para aprovechar lo que a ningún
explorador _se le hab1a o~umdo aprovechar, llevaba una heladora con la
que se fabricaban los !11ªs estupendos y exquisitos helados.
El expl?rador ten_1a espe~,!-nzas ~e descubrir el Polo. ¡Ah, es que
como el fno de Madrid ui: d1a de fno, no hay ninguno en el mundo!~~vuelto_ en su capa e?panola avan~ba con sus compañeros de expedicion, obl_1gados a segmrle, porque como Hernán Cortés había cometido
la brutalidad de quemar las naves.
. Por fin un día, en la clara mañana nevada del Polo, gritó como Co-lon cua~do gritó_ «Tierra ... !» «... El _Polo! ¡El Polo!»
¿Que hab1a visto~ ¿Por q_u~ babia lanzado ese grito tan seguro?
~n lo alto ~el horizonte visible y como se destacan en los caminos de
13: Sierra }os cipos que señalan la_ c:;irretera cu~ndo se pierden entre la
meve, as1 se destacaba una especie de agudo e mterminable obelisco de
algo más ~uro que la piedra.
-¡El e1e del mundo! ¡El remate del eje del eje del mundo! ·Estamos
en el poloí
1
. Sacó fo_tografías, hizo ondear la bandera en el eje del mundo y volvieron _hacia las orillas por _ver si encontraban un barco danés que les.
devolviese a Europa, ans10sos de contar la maravilla en la Puerta
del Sol.

EL EXPLORADOR DEL POLO

LAS LÁMPARAS

El explorador del Polo había encontrado las señales de los puntos
que hab1an alcanzado los otros exploradores, y como quien arranca de
una bandeja de dulces la banderita que la remata, así fué variando su
banderita española, siempre avanzando, avanzando, más de lo que había avanzado nadie, porque había una ler secreta por la que hasta que
no fuese un español el que descubriese e Polo, el Polo no sería descubierto.
«Aquí estuvimos el día tantos de tantos de tantos», había escrito en
algunas de las grandes moles de hielo.
El exrlorador ponía la huella de sus zapatos en la inmensa sábana.
Le parec1a andar por encima de una gran cama hecha, corriendo por

. ~abí3: estado en un sitio lleno de lámparas, en la probatura de la
ilummación eléctrica en el Teatro mayor del mundo próximo a inaugurarse.
'
Los conmutadores habían encendido varias veces parte y todo el
alu~brado. Cada vez era como si nuevas lámparas cayesen sobre mí y
me mundasen.
Si_)'.º h~biese teni~o que decir cuántas lámparas había visto, siempre dma seis veces mas de las que había visto. Las lámparas tengo observado que ~eja~ su huevo de caviar, en el fondo del alma, tantas ve~es como se ilumman.
Si en aquel teatro había un millón de lámparas. yo diría siete millones.

28

�LA' P L U,\\ A
Era prodigioso el efecto de luces.
-Nunca estarán todas encendidas ... Porque cuando sea de día en
la escena estará oscuro el teatro-decía el director de luminarias-. Sólo
los días de gran gala se aproximará un poco el Teatro a esta iluminación que han visto ustedes esta noche.
Yo en los momentos más espléndidos de luz cerraba los ojos como
si me estuviesen retratando al magnesio, dándome una gran exposición.
Cuando me fui hacia casa, el recuerdo de la gran iluminación quemaba mi frente. La ciudad con sus tiendas y sus calles iluminadas me
resultaba muy oscura.
Al llegar a casa estaba enfermo y llamé al médico.
-«Está lleno de lámparas-dijo el Doctor-y no sé cómo se las voy
a poder sacar de la cabeza ... Tiene una indigestión de lámparas. Esto
se le irá quitando poco a poco».
Y en efecto, se me fué poco a poco; pero durante mucho tiempo yo
"Veía al cerrar los ojos un teatro de la Opera radiante, embombecido.

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA

ESTAMPAS DE MADRID
LA CASA HOSPITALARIA
La fachada
dqnde hay dos
balcones con la persiana echada,
parece un vivero de ostras.
Tal está llena de costras
como para que la mandén a San Yuan de Dios .
En los balcones
hay un tiesto de albahaca
que compró en la verbena la Paca,
y otros con claveles reventones,
y una enredadera,
y un rosal.
No hay luz en el portal,
y en la escalera,
donde ya triunfa el pellizco,
no hay mas que un farol bizco
que tiene muy turbio el cristal.
Entran parejas misteriosas
con actitudes sospechosas.

.JO

31

�LA PLUMA
LA P L UM A
Luego a ratos se ve
a una astrosa mandadera
que va con una astrosa cafetera
al tupi por café.

'

¡

Y sale a eso de la una,
mirando a todas partes con miedo
de una mirada inoporttma,
don Homobono, enriquecido
vendiendo género podrido
en su tienda de la calle de Toledo

Y ante el portal hospitalario
con dos guardias de Seguridad,
en nombre de la sociedad,
por el honrado vecindario
vela la grave autoridad.

EL QUIOSCO MÁS NECESARIO
En la plazuela hay un ttmplete
más bien extraño palacete
con las paredes de cristal
y su recinto extraordinario,
como en un culto legendario
guarda severa una vestal,

Y sale a eso de las tres
uno que parece un picador,
y es
un respetable coadjutor
de la parroquia de San Ginés.
Arriba riñe la Cacharra,
porque para un apuro
de honor, la pide un duro
su, novio, que es el chulo más macarra.

Que se ha llamado doña Paca,
y ahora es la señora Francirca,
o siempre fué la señá Prisca,
y en el palacio de la opaca
pared de vidrio ~speso
y apagado,
dentro de un cuchitril imposible
vela por el ful'go sagrado
de un culto i1Zl'xtinguible.

Y del pasillo entre las vueltas
se escuchan frases sueltas:
-¡Nos Iza «pringao» este tío canalla!
-Mira mi cuerpo, ¿es que está por.hor
-¿No tiene usted otra toalla?
-¡Ag-ua caliente para el ocho!

32

Y ante ella pasan los cortejos
de unas gentes sin fin.
¡ Oh, palacetes de Pontejos
y Antón Martín!
¡ Oh, cristalinos palacetes
que entre el tumulto de la ciudad
como en pacifico remanso
ofrecéis vuestros gabinetes
para la meditacíón y el descanso
rnando son de más necesidad!

Abajo en la calle, en la acera
de enfrente,
prepara el matutino aguardiente
7uana la tabernera,
mientras departe con su amigo
el sereno, que lleva
el farol en la barriga
como un lu.minoso ombligo
3

33

�LA PL UM A
LA PLUMA
Penetra toda apresurada
" con la faz congestionada
opulentísima matrona.
Y cuando cae en el sitial
hay un desbordamiento carnal
.,-obre la cerámica poltrona.

Breve tiempo los fieles están
en aquella santa mansión.
Lleg an. Hacen su oración
ferviente.
Y se van .

Pero la dama ya no tiene
su faz en congestión,
y se oye un ¡ah! de satisfacción,
como si ante la penitencia
se descargara su conciencia
de una terrible confesión.

Y se renuevan continuamente.
A veces
hay quien prolonga su devoción,
y quzen espera impaciente,
a que se vaya
el penitente impenitente.

Y en todas las celdas la oración
es igual,
como en el coro de una catedral
citando el cabildo canta
a las horas de la digestión,
y se dice una jaculatoria
del venerable Gargantúa
a la feliz memoria.
Y de un gran órgano invisible
en continuada sinfonía
se escucha alli
la más extraña armonía
que junta en una melodía
al grave «do» y agudo «sfa.
Y estando
siempre humeando
un pebetero inmenso,
existe una constante
y odorante
tufarada de incienso,

Entonces, la diaconisa
que guarda aquella catedral
le dice al fiel que tiene prisa'.
al fin y al cabo,
su frase ritual
mostrándole la capilla lustral:
-«¿Lo quiere usted con lavabo?»
i Oh triste oficio fementido
de la guard_iana! Esa mujer,
que es preciso que los demás hayan comido
para que ella pueda comer.

EN TORNO A MbYANO
Cuando saca la señá Noche
su mantón
de crespón
negro,
y el aderezo de azabache
empieza una sinfonía apdche

34

_;5

�LA PLUMA

LA PLUMA
con su andante y con su allegro,
en muchos parajes de la ciudad.
Entonces es aquel momento
que entre el Botánico_y F omento
en medio de la oscuridad
que cuida, el buen Ayuntamiento
empieza cierto movimiento
de una especial actividad.
Basta que en .;omóras se sumerja·
aquel lugar de soledades,
para que así como en su casa
se quedan otras damas, pasa .
que aquí se quedan en su ver;a
recibiendo p. sus amistades,
la Pelambrera, y la Cohete,
la Moñoaltrote, y la Pebete,
.
y otras malabaristas
de lo más hábil que la corte tiene,
que hacen la vida al aire libre
como mandan los higienistas
aunque digan los rigoristas
que andan a malas con la lzigiene.
Y al comenzar la recepción
con singular animación,
quedando en sitio secundario
sus chulos administradores,
por si es el caso necesario
.
de que a algún pelma estrafalarzct
le hagan ellos los honores
del salón.
Y sabe la clientela toda
de las señoras de esta sala,
que los sábados son días de moda,
y los domingos hay vermú de gala.

¡Oh, las noches sabáticas!
¡Sombrías lupercales
de las fiestas drolátictis
de las chupajornales!
Y los domingos por la tarde,
al volver de los merenderos
cuando en sus pértigas ya ~rde
la, mecha de los faroleros.
Van a rendir a este senado
un homenaje afectuoso, ·
que no por ser apresurado
es menos férvido y copiostJ.
Jlfozos de pueblos comarcanos
que han venido a pasar el día,.
y estando ya calamocanos
sin_ un exceso de equipaje'
quieren volver a su viaje
por la estación del Medio día.

'l.

Y ved qué tremenda ironía
la de las burlas del destino.
Pues quiso un extraño sino
que esas fiestas de misterio
presídalas un hombre serio.
Y allí está don Claudio Moyano,
renovador del Magisterio
haciendo un gesto con la :nano,
tal vez efecto del ambiente
,en que se ve constantemente.
Y hará muy mal si se resiente
de que en nocturna contradanza
nada se oculte ante su vista
. siempre
.
'
.quien
fué un especialista
.en las cuestiones de enseñanza.
37

�LA PLU ,\1 A
LA PLU MA

LóS BANCOS PROPICIOS
LOS BANCOS TRAIDORES
Delante del Museo,
en el Paseo
del Prado,
liay unos bancos excepcionales.
Bajos, de gran anchura,
y, salvo la blandura,
parecen camas matrimoniales.
Se ve que, indudablemente,
están kechos para la figura yacente.
Y en las confusas saturnales
del paraíso de las furcias,
sirven como lechos nupciales
para toda clase de nupcias.
Ba;o de la arboleda
conviénense las voluntades
y sillanse las amistades,
con breve frase y voz muy queda,
que dice sus abracadabras
en un lenguaje «crúo».
Y viene la romanza o más bien duo,
sin palabras.
Luego, por no marcliarse a secas
tras el coloquio pistonudo,
despídense con un saludo
que es muy puente de Vallecas.
Y presidiendo aquel diabólico
aquelarre, como un simbólico
dardo que apunta a la región del rayo~
cerca de allí, atrevido
el aire rasga erguido
el obelisco del Dos de Ma;,o.

Hay unos bancos en Rosales
que por la situación
de su excelente orientación,
parecen hechos especiales
para las pláticas más confidencia/es.
Delante, el panorama agreste
del Parque del Oeste,
y la Casa de Campo,y la llanura
de las tierras de pan llevar
co1ifin que en la noche figura
que es el horizonte del mar.
Y en esos bancos sobre el río,
que están como enfrente del vacío,
van a decirse sus quejas
fas más románticas parejas
borrando allí todo desvío.
El farol público no alumbra,
y en tan amables ocasiones
hacen sus reconciliaciones
en la más discreta penumbra.
Y tan a oscuras y callados
que a no escaparse mt cuchicheo,
no se dirá que están poblados,
todos los baucos ael paseo.
Pero a La humana confianza
zozobrar hace en la bonanza
lo inesperado más cruel.
Nadie ve allí que en el momento
mas convincente del amor,
tiene e,qrente a Carabanc/zel,

�LA PLUMA
Carabanchel un campa-mento,
y en el campamento un reflector.
Que se dirige ímpertinente
con luz muy rápida y potente
a descubrir unos secretos,
que se tenían por discretos
en la tiniebla más decente.
Y aunque el fulgor se aleje y vague,
acaba con las confidencias
que antes que la luz se apague
sus postrimeros resplandores,
ya apagó todas las mayare!
y más ardientes vehemencias.

J

PEDRO DE RÉPIDE

LETRAS FRANCESAS
temporada literaria francesa ha concluido como empezó, sin
que un nombre grande o una obra sobresaliente hayan venido
a insinuarse en la atención del público cultivado - al menos
en lo tocante al libro, pues en lo relativo al teatro la situación
es muy distinta, como al momento veremos.
En los últimos meses ha habido abundantes conmemoraciones de cin cuentenarios y centenarios, reimpresiones, y gran copia de volúmenes
nuevos lanzados al mercado, una actividad literaria más intensa de día en
día, pero pocas obras notables. Es evidente que el azar manda mucho en
estas materias, y hace que en la misma fecha aparezcan bruscamente
obras que a menudo difieren harto en el fondo y en la forma, pero dignas
de nota por algún motivo. Sin cercenar nada de esos caprichos del destino, pueden hacerse dos observaciones que a nuestro entender caracteri~an la producción literaria actual de Francia.
Es la primera, que la literatura de guerra parece haber dicho su última palabra y que, salvo alg1mas excepciones cada vez más raras, nos hemos desembarazado para siempre de la montaña de narraciones, diarios y
t"ecuerdos de combatientes llenos de buena voluntad, pero muy a menudo
más valientes en el campo de batalla que talentudos con la pluma en la
mano. Es la segunda, que el cataclismo mundial que acabamos de sufrir
no ha variado nada las direcciones de la literatura francesa: nos hallamos
ante los mismos autores, las mismas tendencias, las mismas teorías. Sólo
•que muchos de esos autores y de esas teorías nos parecen envejecidos
precozmente. Efecto propio de la guerra es el de intensificar cuanto toca,
en todos los órdenes: en éste ha causado también un desgaste prematuro.
Nos percatamos de ello cada vez mejor a medida que reaparecen las
A.

41

40

�LA PLUMA

LA PLUMA

obras de aquellos que más preciábamos antaño. Lo menos que podemosdecir es que no se han renovado mucho.

***
Dejamos dicho que la literatura de guerra está en la agonía. Sin em- J
bargo aún da suelta a tal cual estertor. La última manifestación de este
géner~ es por ahora Le bouchu de Verdu1: , de M. L~uis Dumu_r. Los p~riódicos han contado el proceso que ese hbro ha venido a suscitar. Lou1s
Dumur, al pintar el cuartel-general del Kronprinz, citó los nombres de al-gunas de las queridas del hijo de Guillermo II. ~na de ellas se enfadó, y
llevó a los tribunales a nuestro colega, que ha sido condenado a la pena
mínima es decir a un franco de indemnización de perjuicios. Es de e, perar que' el ridicuio proceso no haga más que ~celerar la ven~a d_e la obra:
de M. Louis Dumur, que es excelente. Conocida es la conc1enc1a del autor de JVach Parú!, el cuidado escrupuloso con que compulsa y escoge
los documentos, su deseo de no afirmar a la ligera, y _los testimonios de
toda especie de que se rodea. Desde ese punto de vista, Le b~ucher de
Verdun en nada cede a su libro precedente: es un documento vivo y característico del estado de ánimo del ejército alemán en cierta época de la
guerra. Hay una reunión del gran estado mayor, un retrato de Guil~ermo II, croquis de la vida del Kronprinz en Stenay, notas_s?bre su sé9-utto~
que son de primer orden. La trama del libro, bastante tnv1al, gustara menos, pero la pintura de caracteres salva lo demás. Le houcher de Verdun
es, en suma, uno de los buenos libros de -~stos últimos meses.
.
Otro tanto diríamos de la última novela de M. Gastan Chérau, ValentznePacquault si el autor hubiese tenido el valor de acortar su obra, de condensarla, ~mputándole la última parte. La prolijidad es el extravío habitual
de M. Gasten Chérau. Ya pudo apreciarse así en Champí-Tortu, esa obra
casi maestra, a la que le sobran cien páginas. Y ahora se agrav_a en Valentine Pacquault. Libro severo, rígido y taciturno, como la vida de la
provinda en que transcurre, libro triste y apasionado. ~- Ga~to~ Chérau
ha querido pintarnos la existencia monótona de un matnmomo J_ov~n en
una ciudad pequeña con guarnición, y los eternos figurones provmc1anos,
sus ínfimas distracciones, sus chismes, su pavorosa ociosidad, .Y e_l alma
no comprendida de una Bovary que acaba por caer en la prostitución, El
asunto sólo podía salvarse por la intensidad de lo pintoresco y por la variedad de los acaecimientos psicológicos: menester es confesar que la monotonía prepondera con demasiada frecuencia. _El medio ha abr1;1mado al
novelista, como a veces sucede. Pero no se olvidará en mucho tiempo el
arte probo y sincero con que M. Gastan Chérau ha burilado los personajes. J

Sabido es que nada de lo que escribe Mme. Colette es indiferente. El
nuevo libro que nos da, intitulado Dans la joule, se reduce a una compi-lación de impresiones, pero de calidad superior. U na sesión en la Cáma ra, una revista en Longchamps, una tarde de elecciones, la mutitud en un
cementerio, tales son algunos de los motivos a propósito de los que se
pone a vibrar. Son migajas literarias, si se quiere, pero no hay relieve de
esta mes&lt;} que sea desdeñable.
La aparición de un nuevo libro de M. Pierre Benoit, Le Lac Sall, h a
reanudado toda suerte de polémicas, antiguas y nuevas, sobre la novela
de aventuras. Ya se sabe que cada obra de este novelista hábil tiene el
don de apasionar al público. Por añadidura, un artículo de M. Marcel
P,evost inserto en la Rez,ue de France y escrito a propósito d · una narra-•
ción que publica esa revista: l'Assassinat de M. Fualdés, ha vuelto a po ner el asunto en tela de juicio. ¿La novela de aventuras, es o no un género literario? ¿Es razonable cultivarlo? ¿Ha llegado, o más bien ha vueltola hora de su desarrollo? Porque toda esa gente que con tal vigor discute
parece olvidar que ese género tan francés no ha dejado nunca de ser·
bienquisto entre nosotros desde los libros de caballería, y que hace cien,
años se hallaba en plena prosperidad...
Todas esas cuestiones, y diez más del mismo orden, correrán la suertecomún a todas las discusiones teóricas: serán vanas si no suscitan obras,.
que son lo único que puede tenerse. en cuenta, y lo único que puede aducirse en definitiva.
¿Quién negará que M. Pierre Benoit es un novelista habilísimo? Hasta
la lentitud misma de sus preparativos le favorece, y nadie ignora, porotra parte, que es excelente en el empleo de h, narración directa para,
captar la atención del lector y apoderarse de él enteramente. Una novela
suya está urdida eomo una obra de Scribe o de Sardou, y :sobre poco
más o menos, compuesta de la misma manera-con toda la distancia que ·
separa el teatro de la novela. Su imaginación parece ser también de igual
calidad que la de aquellos dos «virtuosos• de la escena. No es imaginación
densa, desbordante, infatigable. No maneja conjuntos vastos. Es ingeniosa, fértil en detalles, rebuscada, casi sabia. Es en esencia la imaginación,
de un hombre de biblioteca, de un investigador por papeletas, de un manipulador de documentos escritos, la imaginación que pudiera manifestar
un historiador de la literatura, por ejemplo, que se hubiese impuesto la
tarea de reconstituir una época dada.
Una imaginación de esa índole n~cesita estar sostenida, apuntalada
por los documentos de los archivos, no se lanza a galopar a través del'
tiempo, sigue con toda docilidad las sendas trilladas, e ignora lo que es..

42

,

43

�LA PLUMA
vagabundear a campo traviesa. En rigor, si M. Pierre Benoit quisiera, podrla llenar de notas y de referencias el piso bajo de sus novelas, y estoy
seguro de que ninguno de sus lectores se asombraría.
Su obra última no5 transporta al país de los mormones. Alli encontramos la oposición de la mentalidad católica y de la mentalidad protestan.te, una linda muchacha de quien se prenda secretamente un pobre jesuita, un carácter duro de mormón sectario qne reduce a la muchacha, la
reduce a esclavitud y la encadena para siempre a orillas del lago Salado,
-mientras que el jesuíta, desesperado, huye y se mata. Sobre todo esto,
una especie de fatalidad amorosa que crea una atmósfera como la de l'AtJantíde y Koenigsmark.
De propósito coloco al lado del nombre de Pierre Benoit el de Emite
Magne, y cuanto acabamos de escribir acerca de la imaginación del autor
del lac Salé podría aplicarse a la del autor de Scarron et son milt"eu, de
Madame de Vt'lledieu, de Voiture, y de tantas otras picantes narraciones
acerca del siglo XVII francés. Sólo que Emile Magne no es un novelista,
~ino historiador literario que adereza lo mejor que puede para nuestro esparcimiento las historias que le suministran los personajes ilustres u oscuros del gran siglo. Pero ya se comprende que entre ambas maneras,
.sólo hay una simple diferencia de grado, nn de naturaleza.
Leed la :Joyeusefeunesse de Tallemant des Réaux, que acaba de publicar, y veréis si no es un prodigioso ensayo de reconstitución de un siglo,
demasiado conocido por la fachada, por sus lnfulas y por sus virtudes, y
no lo bastante por sus interioridades y en sus bajos. Emile Magne es un
-evocador asombroso de una época, y !'.U veracidad es absoluta. Y ahí están las notas que recargan sus trabajos, para dar testimonio de su labor
'Y de su afán de veracidad. El autor de Scarron et son mílieu se ha convertido en uno de nuestros historiadores literarios más not.:&gt;rios, y de los
menos afiliados a la crítica literaria oficial y universitaria.

•• •

Al revés que el libro, el teatro, e n Francia, parece despertarse de su
letargo y orientarse hacia nuevos horizontes, hasta donde lo permiten,
.al menos, los obstáculos fo rmidables de todo género que los autores dramáticos viejos oponen al paso de los jóvenes.
Desde este punto de vista puede decirse que la temporada que acaba
-de concluir, ha sido fecunda en promesas para lo futuro. En tres teatros
por lo menos: l'Oezwre, le Vieux Colombíer, le Theátre Montaigne-Gémt'er,
-se han revelado obras y autores nuevos, se han manifestado nuevas maneras de sentir y de expresarse.
·
En pocos meses, l'Oeuvre, gracias a la a,;tividad incansable de M. Lu44

LA PLUMA
gné Poe se lra convertido en uno de los primeros teatros de Parfs por la
calidad de las obras que en él se representan. Le Cocu Magnifique, de
Crommelynkc, fué una verdadera revelación. !,a Couronne de carton y Le
Pedzeur d'ombres, de Jean Sarment, han añadido dos nuevas sorpresas a
la primera. En le Víeux Colombier han continuado la tarea ~el año anterior, y La Dauphine de Frani;;ois Porchér ha alcanzado éxito no menor·
que le Paquebot 7 enacity o Le Testament du Pere Leleu.
En fin 1 en la Comedie Montaigne, Gémier, con las obras de Lenormand, ha logrado el triunfo de un arte un poco mórbido, pero de brillante originalidad.
.
.
, .
A todas esas manifestaciones, ya muy tnteresantes por s1 m1sm_as,. se·
suman los espectáculos de los teatros ~a coté&gt;, como el de los Esctzolters
y el Nouveau Thédtre Libre, habiéndonos revelado este t.ltimo una obra
de Jean-Jacques Bernard sencillamente admirable.
Para ser completo, tendría que añadir a esa lista de obras todas lasque M. Jacques Hébertot ha puesto en el Grand Théatre des Cham~s
Elysées, algunas de las cuales señalan ya una época en el campo de la hteratura y de la música.
,
Ese teatro admirable uno de los más hermosos de Pans, está un poco
abandonado por el público en razón de su emplazamie~to, un tanto excéntrico. Hasta ahora h:,bían fracasado todas las tentativas hechas para
llevar gente a él. Tan sólo M. Jacques Hébertot ha llegado a realizar el
milagro de tener buenas entradas. e n el T~é_atre des Champs Elysées,
merced a su tenacidad, su constancia, su hab1hdad. Verdad es que no ha
escatimado el trabajo ni los recursos de la imaginación. Nos ha revelado
los bailes suecos ha dado asilo a los bailes rusos, ha ofrecido la escena a
todas las manife;taciones dadalstas y futuristas, ha llegado incluso a poner una tragedia. A fuerza de convocar a los críticos a estrenos frecuentes, de hacer hablar de él en la prensa, ha conseguido imponerlo ..
Puede esperarse mucho de las iniciativas de M. Jacques Hébertot, cuya
empresa teatral es una especie de laboratorio del que acaso salgan tentativas muy intertsantes y audac~s.
. .
.
Diversos síntomas nos permiten, pues, perc1b1r una renovación te~tral
en Francia. Cierto que hasta ahora no hemos visto una personalidad
fuerte, a la manera de Antoine, que acierte a ~grupa~ todas esas buenasvoluntades dispersas. Pero acaso sea menos necesaria que en la_ época
del naturalismo. La armazón vieja del antiguo teatro está carco~1da, se
derrumbará por si sola, y entrevemos ya la falange de autores Jóvenes.
que levante la escena nueva.
JULES BERTAUT

�LA PLUMA

LETRAS ITALIANAS
tiene una geografía literaria asaz curiosa. No sucede entre nosotros como en Francia, donde, con excepción de la
Provenza, que permanece aparte y en contados casos desem-,
boca en la capital, las provincias todas se vierten en París.
Entre nosotros, y creo haber hahlado ya de ello otra vez, aun•
que de pasada, la Italia literaria tiene muchas capitales y cada cual con
carácter y sello propios. Hablaremos hoy de estos varios climas espirituales, intentando poner de relieve los beneficios y desventajas de estos cli·mas. Y empezamos por la capital, por Roma.
Antaño, Roma era, literariamente hablando, asaz frívola. Se contentaba
-con una literatura entre de imitaci-• n y de reflejo, mundana, alegre y
&lt;i'annunziana. Sus novelas ostentaban títulos exóticos y encontraban en
·toda la península admiradores y lectores. Pero ahora no es así. Los editores de entonces han desaparecido, y los pocos que todavía imprimen
libros en Roma se dedican a las obras de cultura o traducen de otras lenguas, como Formiggini, Nardecchia, Ausonia, la Urbs, Bardi; etc.; este
último, propietario de la &lt;Librería di Scienze e Lettere•, es de ayer tan
sólo, por ejemplo; pero tiene tradición literaria y tipográfica en aquella
.antigua e Tipografía del Senato•, de la cual desciende, y que cuenta en su
historia, por no deoir más, la publicación de las Opere, de Correnti, y de
la Summa 1heologi"ca, de Santo Tomás de Aquino.
Sardi no es el más célebre de los editores romanos; pero él es quien
·publica ahora una obra de gran importancia literaria y filosófica: Voci del
·mío tempo, de Adriano Tilgher. ¿Quién es Adriano Tilgher? No se puede
definir esta personalidad italiana de hoy en pocas palabras. Por lo demás,
Tilgher representa, con pocos más en Roma, el renovado espíritu de la
--capital, tal como es ahora, y hablando de él nos parecerá esclarecer me-

U

46

TALIA

jor el. sentido espi_ritual y artistico de la vida romana, y demostrar además
que ~1 hoy se advierte en este centro de vida italiana y cosmopolita cierta
hmpt':z,a y frescura, déb~_se en parte a la presencia en primer término, a
la acc1on_\uego, de 101 Jovenes que, como Tilgher, tienen una superior
preparac10n moral y cultural? despr?vistos en absoluto de aquel arribismo
descarado, 9-u~ coodu10 a pnmera !mea a los novelistas y cuentistas naci•dos del penod,smo. Por lo demás, incluso el periodismo se ha aprovechado de estos elementos; y tal vez por ello se ha conseguido no sin esfoerzo, es cierto, la depuración del ambiente.
'
. Cuando se piensa que un Emilio Cecchi (de quien ya os he hablado)
tI~ne en nu~~tra !ribu:1-a (diario ~uy i~portante de la noche) la sección
iiJa_de la cnhc~ hterana, y un Adnano T1lgher en el Tempo (diario de la
~anan~) _la critica teatral, aunque haya en los demás periódicos de la capital cnticos teatrales y literarios de segundo orden, éstos deben sentirse
m~ómo~o~, y ~e todas suertes, no pesan excesivamente sobre la pública opinión. :rilgher ha entrado en el periodismo ya maduro, y después
~e haber pubhcado dos obras fundamentales de pensamiento y de estética, Arte, conoscenza e realtd (Bocca-Torino), Teoria del praumatismo
tras~ende'_'ltale (Bocca-Torino). Nacido en Nápoles, que de Vic~ a Croce
ha sido siempre un centro esencialmente filosófico, llega a Roma en plena
~uerra y al punto atrae sobre sí la atención del público culto con sus articulo!. densos, claros, llenos de ideas.
El público romano, e incluso el italiano, está poco habituado a este
l(énero de artículos y prefiere, por desgracia, la retórica bien cocinada a
las verd~des netas y ~o?c~sa~. Pero Til~her insiste, y, acabada la guerra,
su estudio sobre la cns1s itahana se extiende a una revisión de valores
menos local; y, en d~finitiva, toda la crisis del mundo es estudiada por él
e?,º un ~náhsts despiadado y rígido, tras del cual se entrevé una preparacion soc10lógica y filosófica profunda. De los hec hos morales a los estéticos, el paso f~é ~reve. _Recibió del 1 empo el encargo de hacer la crítica
teatral, que eJ;rc1ó y eJerce ~on una agudeza y una serenidad muy raras
e_n ~ues~ro pa1s, y que sólo tienen par e n lo~ análisis críticos de Cecchi,
51_b~en este parta de otros conceptos y tenga una estética esencialmente
,dislmta. ~r lo demás, la posición de Tilgher está contenida en límites
menos ng1dos que la del otro; porque Tilgher estudia todos los problemas ~umanos, como verdadero filósofo, y pasa con extraordinaria inteliiencia de un estudio sobre Marx a un perfil literario· sin salir se entiende
de sus p,ost uIa d os estét1cos,
·
· b lemente definidos
'
' Lineament{'
dí
admira
en sus
f!~tetica. Tres volúmenes suyos han salido en estos días, uno de íadole
P?httc~: La crisi mondíale e saggí crz"ticai sul ma1-xísmo e socíalz'smo (Zacichelh-Bologna), y dos literario-filosóficos: Fílosofi antichi (Athanor-

f

47

�LA PLUMA

LA PLUMA
Todi) e Voci del tempo (Librería di Scienze e Lettere, Roma), tres obras
diversas en apariencia, pero en realidad estrechamente consanguineas, y,
lo que es más, consecuentes, en las cuales Tilgher esclarece con finísimo
análisis los varios problemas del pensamiento y de la vida: desde los referentes a la decadencia de la burguesía, a aquellos otros en que con lúcidos perfiles examina a algunas personalidades literarias de hoy, o filosóficas de la antigüedad, con una lógica densa y un estilo singularmeate claro
y preciso. La obra de arte es un estado de ánimo-ha dicho en su!l LineammH di estetica-; gustar una obra de arte no es únicamente ver con
los ojos del artista un objeto existente fue1a de nosotros, y aprehenderlo
como individual; es la -individualización misma del espíritu, es decir, la
eclosión del yo como vida, no como vida universal, sino como esta o
aquella manifestación de vida; es una extensión de nuestra experiencia
vital, nuestra actualidad de vida; es el vivir inmediatamente formas dt;
vida nunca gozadas ni gustadas antes. En suma: su estética presupone en
el crítico una posibilidad emotiva, y, además, un estado de fervor, y dirla11 ,os de ascensión. Esta animación interior da precisamente al crítico Tilgher una fisonomía, que ahora lo caracteriza ya entre todos los demás,
incluso Croce. Pero también es gustado Tilgher de los no filósofos y de
los profanos, porque no muestra en sus ensayos los movimientos y sobresaltos de su espíritu cuando se acerca al artista, sino que da sin más los
últimos resultados de su emoción; últimos, y estoy por decir destilados.
Esta claridad para consigo mismo y para con los demás es su fuerza, y
constituye, en último análisis, su originalidad. La palabra de Tilgher no
ha caído en el vado, como no ha caído tampoco por lo demás la de Cec•
chi, la de Cardarelli y otros neoclásicos que trabajan en Roma. Pero mientras en Cardarelli y sus colegas de La Ronda, la necesidad aguda y sincera de claridad formal-negadas las salidas al exterior y toda simpatiase ha gastado en un proceso excesivo de análisis interno, harto estrecho
y amargo, en Cecchi, en Baldini, en LavarC6e, y en algún otro, asumía
aspectos más cordiales; y por ello les era más beneficioso, interiormente
se entiende. No aprovechaba en definitiva a los neoclásicos de La Ronda,
como no les aprovecha ahora el trabajo de rebusca, en cuanto les falta
precisamente ese punto de relación con la realidad concreta, que los verdaderos clásicos no descuidaron, antes bien, se abandonaron a ella dulce
y suavemente... Pero el caso es que incluso los neoclásicos han ayudado a
Roma, queriéndolo o no, a tener el carácter que hoy ostenta, de ciudad
literaria pensativa y laboriosa que reacciona por todos los medios contra
las malas corrientes que vienen del Septentrión ...
El Septentrión es Milán. Porque Turin, la antigua capital del Piamonte, está pobre de editores, y esos pocos, equilibrados, serios, casi
48

sok •unes
• ,111 Lattts la Sten ¡ U
.
· Hay un p asav1;,,
~1 pmnero se ha entregado por ent;
. , a tet, un Chiantore· pero
im¡,0rtantísima •Classici Launi&gt; a i _ru ~ósus oolecciones, entre eÍlas la
da
, m1tac1
r:
. ",..or Carlo p asca!, uno de nuestros
más n. de
. la Teub ner ,amosa,
dirigistendo editor de algunos escritores sort . ms1gnes filólogos. Lattes sigue
~oslnrico Thovez, una de las más b~1f:~ºJ y callados; y primero entre toac1do en Saboya, de madre de ori en
guras de nuestra vida literaria.
a_hora no más que un libro de verso! ll;:~añoJ, Thovez ha impreso hasta
tiempo fué muy discutido y alabad¿ E
un ado/eJi:enza, que en su
•cuando amor dicta•, que odia la ré~Ia! e verdadero esc~itor que habla
que de raro en raro se presenta con un v ~ y las congregaciones literarias,
neceen la sombra; pero en una sombra o _umen. Por eso su figura permato del bajo teatro no llega a él· y aunq~;e~1t~•b1~ las más nobles. E l tumulª. su C?Sta, todos sienten su pr~sencia y 1~ pu icono 1~ recuerde ni hable
s1lenc10 que ya duraba dos lustros Th &lt; r~spe~a~. Anos ha, luego de un
una obra de crítica, l l pastore ilgreg.ovez lmpnm16 en el editor Ricciardi
maba de nuevo a los problem~s literafi: a zampogna, en la que se asorando otra vez os valores de la 'lt· J de_ toda su gem.:ración consideltt,ro fué t
.
u ima poes1a de Card
. p'
C.
ex ra0rdmariamente leído y d' t' d ,
ucc1 a a::.coli El
d arducci, a D'Annunzio y a Paseo!'
iscu I o, porque Thovez negaba a
ose &lt;·n su demostración a aquello~ gran parte de sus méritos, adbiriéntas, _poetas unh·ersales; de los Gri que {ran, s~gún él, verdaderos poepágmas aguda&lt;; y profundas y beegcohs_ad edopard1. Libro nobilísimo con
rara
n 1 op e una pasió
.· vez se encuentran en oti'as críticas
, . n Y un ardor' que
cierto punto, en cuanto Thove . t . b ero ta1 cnhca sólo lo era hasta
de sus_ juicios, sus propios ro~i1;meant~ a escl~recer, ante todo a través
más bien autobiográfica y c:Si lírica ~ m;rnos, y, por lo tanto, era obra
rnen de crítica de arte ll v
lo . e, nos da ahora Lattes un voluen:imismado. Thovez 'es
t del~a pittura,.libro también egoístico y
tan? en ll pastore, el
e
c o, pintor adem~s de poeta, y como anvanos elementos de jfJ'cfogq~;~ zi?npog-na reunta con ávida pasión los
rna~ propios, así hoy en ll vang:lo1ª/J!ºepst_~J para res?lver los proble~o ~rnos y los no modernos intores a i u,:a. estudia, a través de los
!enl~1blCe de su personalidad, ~iminandi~olª\ ultimas escuelas, el centro
e a. on todo, no cbstante su
¡
s e em~n.tos que no respondan
toca a la sensibilidad de muchos e~o sn_10, esta actividad no es ta:i cerrada·
~has de un orden amplio. Esto depe:r:tta pbolémicas y resuelve proble~
ovez es un homb
.
n e, so re tod o, del hecho de
como él la revisión
!~Fo:~~\eCualq~ier otro que hubiese intent~~~
~11 parcialidad no obtendrí
b conocidos ya, es decir, con su pasión y
que Tho vez, 'acaso porquea,aªello
uen
seguro
adhesió
cont
.
~ ª.Jguna;de mientras
n'buya' 1a mgemos1dad
la expo-

t1ª

e'

e:1~f:

l!

4

49

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
.
'
.
lectores y secuaces; y no está' muy lej~no
sición y una cierta iroma, ue~: Italia sea conocido y admirado.' yrec1sael dia. creo yo, en que fuer: .
tigación es esencial y exqmsitamente
mente porque su anhelo e m~es apaz de transmitir vibraciones a los
moderno, y aunque reco~centra o, c
espíritus de cualquier pa1s.
1 ho obre de pensamiento más d:gno de
Turín reconoce en Tho:eza \ue~ seguro, ciudad ¡0 suficientem~nte
cuantos posee, pero no e '
.
nios menores, pero más relucienblufft'sta para lanzar ~on_tra T~o~e{si~!~ilidad, ya que Milán es más muntes. En Milán 3uc~dena tal co
b' &lt; de la fama que les ofrece, ~na
&lt;lana y pide a los intelect?al~s, a cam/ ~ta casi una participación activa
continua exhibición de s1 m•~mos,dy 1ª etrópoli Viven en Turin otros
m de quien
·
en los paseos y ext en·o r ambiente
. F e . aelli
ya he habla d o en
insignes escritores 'j peasado~~:· ªi~cc¡. Luigi Ambrosiní, uno de los
otra ocasión, que tiene por e l or ªv. e que ha pasado de la critica y el
jóvenes más geniales de ~a ~u~rta º\'1 brazo derecho del señor Giolítti;
cuento a la política, convirt1 o ?se _en f ma ue recientemente ha publiArnaldo Cipolla, periodista de limpia
s
aventuras muy curiosas y
cado, en casa de Bemporad, dos ~ovel~Airone· Arturo Foá, poeta recoanímadas, La cometa su;; mumz:;:r:eret) peri~dista brillante y caústico;
gido y solít~rio;·Ettore. arro:i7elminettí e' Carola Prosperi! robusta e inélla· y r.ri' ticos y escritores de buen
las dos escntoras Amaha G1;1,,
lá
'd
estetizante aqu
,
·
·
cisiva ésta, ngu1 a y G' li Mario Sobrero (autor asimismo de ammanombre, como Lorenzo ig ,
el momento no recuerdo. Pero a
dos cuentos y novelas) Y. ~tr~s
toda vez que estos elementos no
Turín, rep~to, le faltll: v1 a. rn e
cad~ uno de ellos produce se~ún el
están fundidos y reumdos, smo q d
. l'ibertad Los editores mismos
.
to con indepen enc1a y
.
.
d .
prop10.temperamen , .
asan del libro de poesía al hbro e c1~nde la cmdad son, ecléct1co,sl p L
ás personales son Bocea, esenc1alcia, del de filolog1a .al fi_loso co. ~!nm ue ermanece fiel al libro de domente filosófico y cientifico, y la S d, q anpdo en cuando acoge obras de
'6 h' tó ·ca y solamente e cu
n
.J' p,
cumentac1 n is n .'
á
d' •Ó'.l completa de las rrose ut asprosa o óe poesía (reciente est 1a e 1c1 .

f

d~

(~\ri:1
:e

carella, el glorioso_ p~e~a ro~t~:s~~i representa verdaderamen_te, ro~ lo
Pero hay una c1,u a en a
·t l aunque no de extraordmana imque hace a la poes:a, un ce~tro v1 ª1, y. 1·a ciudad ducal de los Estes.
vie de la Jnaugurazione
.
.J ll
. h omogé neo · Es .Ferrara
portancia,
. , . ' aoeta
u.e
a P.'rlDesde que Govoni, el seni51~i1~::~tfcio por la crítica y reconocido com?
mavera, que es ferrarés, u
ezó a formar en la ciudad em1•
el más cálido de _los p_oetas de hoy, s~o~:Jores y artistas, asaz insigne, el
liana un centro hterano de poetasb, p d Govoni y luego, poco a poco, la
cual comenzó por propugnar la o ra e
'

50

de otros menos personales que Govoni, pero sin duda bien dotados de
temperamento lírico. Tuvieron al punto, y tienen todavía su Casa Editorial, qu~ dirigida por Alberto ~eppi (uno ~e los mejores del grupo) creó
una '.e~ista, .Pvesza ed_A_rte, baJo la dirección de G1useppe Ravegnani, y
publico, delicada y ongrnalmente presentadas, las novelas y colecciones
versos más esc?gidas de cuantas se iban produciendo en Ferrara o por
Jóvenes de otras Cllldades, con tal de que estuvieran entonadas conforme
al tipo _de a~te en que Govoni habíase propuesto el primero; pero, bien
e?tend1do, cada cua_l con l_as p_rp pias personalidad y vena. Neppi, por
ejemplo, en su novela Aquzla bzanca, revela un principio de orientación
hacia las formas clásicas, manteníéndose,' sin embargo, en una atmósfera
de orden romántico. Porque Govoni es un romántico moderno rico de
fosp!ración, d~tadísímo de se n~imiento, pero falto de freno artís;ico y de
medida. Nepp1 está entre los primeros que saldrán de la técnica del joven
maestro, y me parece que su preparácíón y sus intenciones le llevarán
lejos. No poGiría decir tanto de otros, a unque me parezca, no obstante,
a~usada la fisonomía lírica de un Fiumi, que en il1ussole canta con exquisita dulzura y abandono los amores livianos de las modistas por las afueras de su Verona, y la de Ravegnani, que en Sinfoniale, sí bien con cierto
confuso panismo, canta a toda voz las llanuras de su región, y en las nov~las, ~n. fin, y e,n alg~nos cuentos de Mario Sandd, ioven p resentado po r
L1ppannt, todavia desigual e n cuanto al estilo, pero po r lo que hace a la
inspiración, cálido e imaginativo. L os demás, excepto Valera, que es óptimo poeta, pero de o tro to no e inspiración, a quien pubiíca, no comprendo por qué, la misma C«sa, los demás son jóvenes no maduros; no
obstante se advierta en ellos que la disciplina im puesta por los jefes del
grupo pueda un d ía mejorarlos y guiarlos tal vez al arte.
De todas suertes, este esfuerzo de una ciudad que, en un país como el
nu~stro, desi_g11al e indiferente, intenta reunir los trabajos de stis hijos
me1ores hacia un arte noble y digno, es sim pático y laudal,le; y aunque
los resultados no fueran mañana extraordinarios, no se puede por menos
d~ admirar las intenciones de los que disciplinaron y guiaron el movimiento.
Nápoles permanece aparte; parece como si allí, donde el cielo es tan
puro y los cantos del pueblo tan inmediatos, la vida literaria no tuviese
necesidad de discipli na. También se t rabaja en Nápoles, pero como en
Turío, en Génova, en Bolonia o en Venecia: poetas y prosistas aislados,
cada uno en su mundo, y celoso de ese mundo; y del mismo modo que
hay en G~nova un B~rato ?º• c uentista agudo y sutil;o un Lipparini y un
Alb~rtazz1 en Boloma, asi en Nápoles hay un Braceo, un di Giacomo, 1111
Bov10, que producen por cuenta propia y casi no se conocen uno a P li "·

?e

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�LA PLUMA
LA PLUMA
tEditores? Está Ricciardi, verdadero 3:migo de los literat~s y ~e la poesía,
que ha publicado toda la obra de D_, G_iacomo y ahora 1mpnme u1~ estudio critico sobre este poeta de Lu1gg1 Russo, en el cual se estudia con
singular a~udeza el desarrollo caracteristic? de esa Jlrica imaginativa y
melancólica; Ricciardi, que de nuestros ed1tor~s es de los pocos q~e han
res)tetado siempre la tradición tipográfica d~l hbro en nue:tro pa1s, con
una austeridad señoril que jamás se ha rendido en tantos anos, mcluso a
costa de perder público. Hombres nuevvs no se ven en Nápoles, a no ser
algun joven, preso aún en el ¡,eriodismo, como_ Emilio S~ag)ione, mente
lúcida y clara; o Russo mismo, autor del estudio so~re D1 Giacomo y de
otro sobre Verga. Pero pocos, d_e to~as maneras, y d1sper~os.
En Bolonia sucede lo propio; y Junto a una figura viva, _como la ~e
Mario Missiroli, que ha dirigido hasta ayer ll Resto del Carltno y ~u?h-.
cado en dos obras, La polemica líberale (Zanichelli-Bologna) e Opimont
(Voce-Firenze) sus articulos y sus consideracion~s pollticas, pocos_ °:1ás
veo: Pancrazi critico de temperamento, pero parcial, y en cuanto a v1s1ón
de problema;, hano co~centrado y dif~cil! Gallo, pr?sista s~lido que e~grime con mucha vivacidad en los dianos, y en quien conf10 el cumyhmiento de las promesas que nos ha hec_h ? en su Oasl d~l _do0re, _reumen do en una obra orgánica su feliz expreswidad y su ~xqmsit~ trama; Aldo
Valori, que se ha revelado durante la guer~a agudisimo analista de hechos
sociales .y morales, y Tonelli, en fin, de quien hablaré más &amp;delante.
Sicilia fermenta continuamente. Esa tierra nobilísima y fértil, que ha
dado un Verga, un De Roberto, un Pirandello, parece ~star siempre dormitando, pero de cuando en cuando manda al contmente su voz o un
escritor.
Ayer eran los supracitados; hoy, por doquier s_e vuel~~ ~ª- vista! se encuentra, en Roma o donde sea, un joven que, nacido en , ic1ha, se impone
a la atención del mundo literari0 italiano; y ora es Rosso di San Secando,
de quien os he h~blado, ya Nino Sa~ar_ese, poeta que trabajosamente
viene desembarazándose de toda escona hterana y cultural en una rebusca
pura del pensamiento y del estilo propios. Allá abajo, además, en Palermoy Catania, está el horno, y los jóvenes empiezan a prepararse desde muchachos con periódicos, revistas y revistillas. ¡Cuántas revistas na~en y
mueren en Sicilial Años lleva ya resistiendo un folleto m~nsual de literatura ll Giornale dell'lsola letterario, redactado, por un Joven poeta de
vivo' ingenio, Giuseppe Villaroel, y en é_l colaboran lo~ mejor~s escritores
de Sicilia: G. A. Cesáreo, Enrico Cardtle, G. E. Nucc10, critico poeta el
primero, cdtit.,o el segundo, novelista delic~dísimo el t~rcero. Ap_anadus
viven otros, entre los cuales el noble. Eugenio Donadom, septentrional de
nacimiento, pero siciliano de adopción, al cual se deben versos, prosas,
52

estudios criticas de primer orden. Eugenio Donadon,i está escondido en
Messina,_ en cuya Universida~ prof~sa y no tiene una fama nacional; pero
cuenta cierta~ente entre los ingemos más respetados de la generación
post-carducciana. Sus versos, de factura nítida y diamantina, están como
muy poc?s de otros, entreverados de u~ sentimentalismo cálido, aunque
melan,cóh~o; una novela suya, ll Sifdart~,. obtuvo años ha gran acogida y
todavia tiene lectores: y su estudio cntlco sobre Foscolo voluminoso
documentado, edi!ado hace tie_mpo por Sandron, es una d~ las más po:
tentes reconstrucciones de la vida y de la poesía foscoliana1,; y es, en fin,
de estos días otra potente obra suya en dos volúmenes acerca del Tasso
(editor Battistelli), donde las ondulaciones dramáticas de aquel ánimo
doloroso son sorprendidas e ilustradas no tanto bajo el aspecto literario,
c_uaiüo c?n la comprensión d~ las repercusiones en la vida cultural y polit1ca; un hbro, en suma, que sintetiza todo un periodo histórico literario de
nuestro país con una claridad y una fuerza que le dan la solidez de
una novela más que el aspecto y el movimiento de una obra critica. Y, a
1~ :':rdad, Dona?oni es de los pocos críticos nuestros que tiene en si posib1)1dades artfs~icas con las cuales poder iluminar y vivificar sus investiga~10nes de crítico. Recuerda en este sentido a Arturo Graf, ya muerto, a
quien, por lo demás, supera en sentimiento.
Y hétenos, antes de llegar a los muros de la terrible Milán en Florencia, la ciudad que antes de la guerra daba el tono a Italia, y' que ahora,
la guerra acabada, ha perdido toda su fuerza de acción, y aislada se agota
en tentativas tímidas y mediocres.
En Florencia está Papini, es verdad; pero el Papini batallador y maestro ha muerto con la guerra, de la cual, a más de no participar en cuerpo,
ha permanecido ausente también en espíritu. Conocida es su actitud reciente: su conv_ersi~n, c?mo dicen; pero respecto a los fines del arte y de
la mor~l, su Vita di Cristo no. nos interesa, como no nos interesaron ya
en su tiempo los artículos ant1católicos, anticristianos e intervencionistas
que escribia en Lacerba e incluso recogfa en volumen. Papini sigue siendo
para nosotro~ el ~ismo a quien hablamos juzgado ya en esta revista antes
de leer su Vtt~ dt Cristo, ortodoxa e inteligentísima: un gran talento, ca•
paz de encapricharse por las aventuras más curiosas, pero en cuanto a
conciencia y humanidad, estéril e infecundo.
Sus discípulos producen poco, y aunque permanezcan fieles al propio
pasado no nos parece que cumplan las promesas de un tiempo, aquellas
promesas que Serra, critico muerto, tan caro a nosotros, recogió y animó
con su ~uro aliento hasta hacernos, en efecto, esperar de Soffici, de Palazzesch1 y de algún otro la obra maestra. No nos han dado ellos la obra
maestra; y tened en cuenta que, en punto a los fines del arte, eran los
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-- - -- -

LA PLUMA
más preparados y dotados, Soffici sobre todo, que tien~ como poeta de
pequeños motivos una perso~al!dad acusada _Y reconosc1blc, y como_ hombre una conciencia recta e 1tahana. Pues bien; más que de Soffic1 o de
Papini esperamos obras verdaderamente representativas, de otros de
aquella ciudad-de Jahier, por ejemplo, o de Cicognani-, no obstante
nos parezca que este último malgaste harto sus innegables facultades de
observador en juegos más que psicológicos, folklorísticos. La •Casa Vallecchi&gt; acompaña fiel a estos sus autores, por el mundo, con una tenacidad y una nobleza que, editorialmente hablando, tienen algo de heroico.
Otro tanto hace cLa Voce• con sus autores, sobre todo por medio de esa
inolvidable colección de / Quaderni della Voce, en la cual Prezzolini, ese
estu pendo propulsor de artistas y de nombres, recoge siempre cuanto se
destaca en el restringido ambiente de nuestra vida literaria y espiritual.
Otras casas editoriales de esa ciudad producen también. Las antiguas
Leroonnier y Barbera han intentado rejuvenecerse en estos últimos tiempos; la primera creando una colección para las jóvenes italianas, Per piu
vedere, de noble presentación y elección, y otra de traducciones, Poeti e
prosato-n· moderni; la segunda, rejuveneciendo bajo la dirección de Sodini
su colección Diamante, en tie111pos dirigida y cuidada por Carducci. Battistelli, encerrado en su retiro del Gelsomino, mezcla traducciones del castellano y del inglés, obras originales, ensayos críticos y obras de exégesis
histórica y bibliográfica, mientras Bemporad sigue a su paso ecléctico alternando con las novelas la política y la historia. Más acusado, y en cierto
sentido más representativo en punto a la vida espiritual florentina, que no
tiene significación hoy, , s Sansoni, editor sobrio y contenido, que se fía
de pocos autores nuevos y prefiere siempre los clásicos a los modernos.
Admirable presentación con la que ofrece sus obras, las cuales son, ya de
critica, bien antológicas, como 1 pro.filie Caratteri, de Ermenegildo Pistelli, o la antología A raccolta, del viejo Ferdinando Martini, el prosista
'llás sano de la vieja generación, o Jl melíJgrano, de Alfredo Panzini, antología en que el fino humorista ha recogido las más bellas páginas italianas de todos los siglos. Continúa imprimiéndose en Florencia la ya célebre hoja literaria It Marzocco, dirigida por Orvieto, aunque no ha sabido
rejuvenecerse y suénales a los jóvenes como una campana fija. Sobreviven
en esa hoja que, de jóvenes todos amamos, los antiguos críticos Gargano,
Raina y otros; pero estuvo inspirado Orvieto cu1ndo, ai morir Rabizzani,
eligió como crítico de la prosa narrativa a Luigi Tonelli, joven oue era y
es dignlsimu artista. De Tonelli quisiera hablar largo, porque más que
por su crítica, llana, benévola, pero singularmente sagaz, cuenta por su
fisonomia moral, que le lleva a indagaciones, muchas veces insondables,
de los más angustiosos problemas modernos. Ha estudiado uno de estos

problemas en el volumen L'aníma e il tempo. Stazioní spiritualí di un
combatl~~ile, estudio, a f~erza de intu~ciones, del alma de un hombre en la
gu~rr~, ,1b_ro q_ue ~e adv1er~e producido por un critico, a quien socorre
fehc_is,ma 10sp1ra~16n a~tlst!ca. Tonelli narra reflexivamente, y su estilo,
habituado a la 10vestigac1ón, acom paña, o por mejor decir, se adhieie
perfectamente a los hechos y a los momen~os psicológicos a que se acerca, hasta conmo~er al lector, y no superficialmente por cierto.
Y de Florencia no tendria más que decir, si no es que difícilmente nos
co~v~nceremos ?e que no es ya la ciudad que ayer no más nos enseñaba
a v1v1r y a ~stud1ar. Queda a un lado con todos sus autores y editores
como ~na ciudad menor, y creo que en vano esperaremos del Amo un
?uevo impulso con afanes más sólidos y concretos de los que hoy trabaJan a los Jóven~s. ~n efecto, los jóvenes ya no correo como nosotros antaño a Florenc11, smo que desde su provincia, abarrotada de cuartillas la
n:ialeta, afluyen todos a Milán, la capital que atrae con sus tentáculos de
nqueza y despre_ocupación ... ¡Milán! Mas cuando llego a mi vez, y siento
el ol~r de las chimeneas h:iimeantes ~ prima alba y diviso de lejos la «Mad?nmna» de la catedral, pierdo también mi natural buen sentido y me olvido de _grado de que soy ~n literato. Porque Milán, literariamente es una
Babel, cierto; pero como ciudad, Milán es la única de toda Italia e~ la que
verdaderamente se ve vivir, y en que se vive. Y así, yo también me dejo
arrebat~r de la magia de la acción, que tal vez es preferible-~quién podrá dec1rlo?-:a tantas afanosas especulaciones e incluso a nuestros más
tenaces trabaJOS en pró de un arte nuevo y duradero ..
MARIO PUCCINI

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�LA PLUMA

LIBROS Y REVISTAS
Miguel de Unamuno.-Tres Novelas Ejemplares J Un Prólo~o (Colección
Contemporánea. Calpe).-Et Cri"sto d&amp; Velázquez. Poema. (Calpe. Los Poetas. )
Dos de las tres novelas que componen el primero de estos volúmenes habían sido publicadas ya por su autor con algún lapso de tiempo de por medio
en una colección popular. La tercera que ahora completa el tomo les da, con
el prólogo que define terrninant.!mente el propósito de su autor, una significación precisa que alivia sobremanera la tarea del informador literario. Son
ejemplares estas novelas no tanto porque de ellas se deduzca intención moral
alguna-viene a decirnos don_ Miguel d~ Unamuno-,_ c_t~anto por la lección estética que se proponen. Lección resumida en la conc1s10n, como norma general eliminatoria del detalle, característico del arte realista, al que Unamuno
opone su realismo, en el cual las personas creadas por el novelista lo son por
entero, es decir, proceden del mundo exterior sólo eu cuanto su manera de
comportarse en la vida suscita en el novelista una reacción creadora que les
presta un espíritu que ellas mismas ignoran poseer y de que tal vez no están
dotadas. De ese modo don Miguel de Unamuno, lejos de objetivarse en la lucha de las pasiones ajenas y presenciar el desarrollo fatal de su creación conforme a la misma lógica inexorable porque se rige la vida humana a los ojos
de Dios, imbuye el propio espíritu a los personajes de su m undo de ficción,
sometiéndolos a todos y cada uno a la experiencia de su conciencia, subjetivándolos, metiéndoselos dentro de sí, y no tanto purgando sus respectivas
pasiones como prestándoles él su ánimo personalísimo.
·
Esto en cuanto a la teoría. El lector, •que sin otra preocupación crítica que
la de solazarse con un libro de entretenimiento coja estas novela:;, hará bien,
para nuestro gusto, en empezar por la que figura la última ,e n esta edición y
fué escrita la primera. «Nada menos que todo un hombre• es un magnífico
cuento, donde la fuerza del relato apenas si deja lugar para que el lector suspicaz descubra la técnica que el autor emplea en conseguir la emoción del público. ,El Marqués de Lumbría» ya deja entrever, por cierta insistencia-no
por voluntaria menos forzada- en diseca~· la narración, el amaneramiento que
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,en «Dos madres• se manifiesta patente, dominando el relato y estorbando la
compenetración del público con los personajes de la novela. De «El Marqués
de Lumbrfa• subsi~t~ con más fuerza no ya l_a historia ejem plar que el autor
!)OS presenta con ng1dos trazos, pero el ambiente verdaderamente trágico, fatal, en que las figuras se mueven como sombras y quimeras de pesadilla. En
•Dos madres» nuestra atención se pierde sin asidero ni reparo aaradable en
el dédalo de sentimientos morbosos que el autor acumula en torn~ a una obsesión angustiosa: el anhele&gt; de maternidad de una mujer infecunda.
No est~mos mu}'. seguros, sin embargo, de que nuestro disgusto dependa
-de_ pura d1screpa?c1a de concepto, de una diferencia teórica. ¿Cómo si nó explicarnos el deleite con que nos olvidamos de toda consideración crítica leyendo &lt;Nada menos que t?do un hombre•_, !1acid~ de_la misma voluntad creadora que sus hermanas? B ien que, la cond1c1ón esencial del artista e s esa de
produci r _Ja emoción ,ajena, y el propio don Migu_el de Unamuno asegura ha-ber escnto este _prologo de sus novelas autob10gráficas después, es decir,
~orno consecuencia y no como precepto anterior que a sí propio hubiérase
1mp~esto. Tal nos pa_rece s~~- la buena d~ctrin,a. Ahora que, se nos antoja, con
prur~to tal v~z ~xces1vo e h!JO acaso del 111teres coa que hemos seguido la produc~1~n del m_s1gne maestro de Salamdnca, que don Miguel de Unamuno si no
.escnb1ó el prologo antes de «El marqués de Lumbría, y ,Dos madres•, se impuso cuando m enos a modo de disciplina la obligación de escribir esas dos
no~elas ~~ya ejemplar_idad trabajosa ~e fu_é dictada erróneamente por la justa
satisfacc1on con que viera pagado el 10sp1rado esfuerzo que guió su pluma al
-credr «Nada menos que todo un hombre».

* **
. Al mismo tiempo que las Tres novelas y 1,n Prólogo ha publicado la editonal Calpe f'l Cristo de Velázquez, poema cuyas primicias gustamos hace ya
algunos años en una lectura.incompleta que de él hizo don Miguel de Unamuno, eo el Ateneo, cuando aún no estaba terminado. No es ciertamente El C,-is.fo de Velázquez uno de tantos libros de versos como se public1tn al cabo del
año,_y no sólo por la calidad de la poesía, que muestra poquísimas conco.nil~~c1as con 1~ moderna escuela-de Rubén Darío a la fecha, valga la demarcac1on en ~érmm?s gen~rales-, sino por la cantidad, la densidad, el peso que la
caractenzan, d1ferenc1ándola desde luego de esa brevedad y ligereza, exteriores cuando menos, comunes a la varia inspiración de los poetas que cuentan
actualmente en lengua española.
No se puede decir que Et C1·isto de Vetázquez atraiga y subyugue desde
luego ta atención del lector que no se haya propuesto de antemano la tarea
de leer. e_l poema. No men_os de ~uatro mil endecasílabos lo componen, sin
otro ahv10 acentual en el n tm0 u111forme y grave, que la medida defectuosa
de 2lgun os versos, que el poeta no ha querido corregir, a conciencia sin duda
p~r no ceder de fa fut:rza, y a un dire mos mejor de la dureza expresiva, abandc:
nando~e al halago de la música. El sentido del poema, por Jo demás, es claro
Y preciso. En el Cristo pi11tado por don Diego de Silva Velázquez, ve e l poeta
d trasunto artístico de la divinidad hecha carne mortal y como la transfusión

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�LA PLUMA
LA PLUMA
.
1 . mo clásico al espíritu cristiano. Don Mide la serenidad apoltnea de\ beden1~ Cristo de Velázquez baila una relacié12 cague! de Uoamuno, c?nte~p an
e d d revelada en el Antiguo y Nuevo Testólica entre su propio án1_mo y a ':erbóª11·ca a su entender del espíritu espa, castiza que le
' sirve d e as1"der0 ,
tamento, a t ra vés .de e-;a imagen s1mt d" ión
ñol. y por mejor mse~ta_rse e°se!tab:~z:~ del Dios-Hombre, cuyo divino miscanta en conceptos m1st1c?s 1~ . t d artística del pintor español por exceterio hace patente a sus o¡os a v1r u
leocia.
. . . en tao acabada representación de ese
Porque ll~d_a falte, ª ?~e str~~~~~~~tismo del poeta muéstrasenos como ullespíritu trad1c10,na_l, el ngido ~ ,
a herencia espiritual parece habe~ rereflejo de los m1st1cos ~e~ero ::n~~ ~~~resentativo de nuestra España qu1mécibido ese hombre ver a era
l . rse y ensimismada se ahoga, que se llama
rica, zozobrante, que pugna por sa va
don Miguel de Unamuno.
C. R. C.

¡°

•••

bi

Juan José Domen;

¡°ª;¡

Del Poema Eterno.- Con palabras iniciales de
drid -Las Inten·ogaciones del Sile11cio. .

Ramón_Pérez ~e ya a, . ª
· u prologuista-es como alto y encnstalad0,
«Este hbro-d1ce del pr~mero s
rosadas primicias de una aurora.• y a
ventanal en donde se espe¡anó la~ slo~esvío que la atención pública roaoifiescontinuacióo se duele, ~º':1 ~az ~• \ias que tan felicísimas ei,peranzas encieta por toda clase de_pnm1c1as 1•sera ue ~ escribir nc,s mueve, luego de leíd?srrao en alguna ocasión, como, e ta q José Domeochina poeta nuevo, es decir.
los dos libritos que nos e_nvt Juaf estos.vo,úmenes de reciente publicación.
joven y original. N~ _son c1er amen e - ero dónde está la crítica? No todos
El silencio de 1~ critica acerca del~l~:rids de la1 o cual café-disculpa n?cstra
los lectores frecuentan las mesas.' e ha an visto en LA PLUMA las poes1as reignorancia y ~uestro retraso. Qu1eb':1es
ertirán desde luego cuan justificada
cientemente msertas de Domenc ma, a v
es nuestra queja.
,
vo oeta ensaya no es adecuada al gusto
Cierto que 1~ p~~s1a qu; estet ~u~ue ~costumbran improvisar los zagueros
de la fácil mus1qu1l a ~en unen a
. te anos Menos aún se compagina con
del mo~imi:~to moderni,st~óde hn~~~:•:i kaik,ii;mo y otras minucias poé~icas de
la pred1lecc1on de los.mas vene h" se propone expresar con armómca proúltima hora. La poes1a de. om:~c 11:~pectáculo del muntio y las reflexioneporción la correspond_enc1a ~n ie e . á enes no a areceo simplemente ex1
que en el ánimo p roJ?!º s~s.:~!:J;;3!1 :C,e1a ror la oc~sión lirica, sino entendipuestas en una re1ac100 msr.
.
ntimientos
das en un concepto jerár9uico del ideas s~oa dedicat"oria su admiración por
No en vano Domenchma proc ama
Pérez de Aya la.
.
dimienlo pueda degenerar en alam·
1
Hay, es ciar~, el peh_gro de que ~si:~~efavorabilísimo presagio el propósito
bicado conceptism_o. Pa, ª1 t1~_estro gtrón de la penúltima revista extranjera.
de Domenchrna, a¡eno a
imo pa
C. R. C.

J

b

in

Alberto Gulllén.-La linterna de Diógenes.-.Editorial América, Madrid.
El autor de este libro ha dado cima a una proeza de reporterismo escandaloso: tras de interrogar a treinta y tantos escritores, y de hacerles hablar de
sus obras y de las obras de sus émulos, que es, en conjunto, como abrir los
veneros inagotables de la maledicencia y de la vanidad, imprime en un volumen las confidencias recibidas-bajo promesa o con encargo de secreto, las
más de ellas-, mostrando al grao público algunas interioridades bastante sucias del mundillo literario madrileño. ¡Vaya una diablura! Con tal libro, el señor Guillén dará más que hablar en ciertos corros y grangeará no menor número de enemigos que si hubiese escrito una novela excelente. La mayoría de los
ingenios interrogados por el Sr. Guillén, en efecto. no ha podido resistir la pícara comezón de desollar al prójimo; muchos se han desatado en juicios que
no hubiesen proferido de haber entrevisto que'se iban a publicar. Y ahora que
el Sr. Guill~n descorre de pronto el telón y los vemos a torlos juntos, diciendounos de otros las mismas cosas y haciendo casi los mismos gestos, el cuadro,
es regocijante y triste a la vez. Por su parte, el Sr. Guillén, que no es lerdo y
sabe mover la pluma con agilidad, traza de sus interlocutores-de sus víctimas, iba a decir-retratos malignamente recargados, o los so1 prende en la.
postura que menos puede favorecer al modelo. El Sr. Guillén conocía qué provisión de ridículo puede hacerse explotando la malquerencia mutua de los.
profesionales-más enconada y más r isible cuanto más bajos-y la explota con
desenfado y despreocupación notables, excesivos en ocasiones, y con gracia.
Confieso que muchas páginas de este libro me han hecho reír a pesar mío, --r
no por negarme a coodescellder con el propósito satírico del autor, sino porque hubiese preferido que ciertas personas mirasen más por su opinión.
No se pretenderá que tomemos este libro por un «examen• del estado presente de la literatura española. Para tal txamen, aunque su res11ltado hubiese
de ser extenderle al ingenio español la partida de defunción, mejor que consultar a los autores es consultar las obras. Y es deseable que el Sr. Guillén.,
por poco que le importen la&amp; cosas de España, emplee algún día su sagacidad
en demostrar impersonalmente sus preferencias literarias. Lo que buscaba
esta vez era un hombre, un corazón •para exprimirlo en su boca•; y como no
lo encuentra, apaga, asqueadc, su linterna. En t&gt;l fondo, ¿puede admitirse que
ese desencanto es lo que determina el fallo adverso que el Sr. Guillén arroja.
sobre nuestra producción literaria actual? Permítasenos creer que no. El ridículo que el Sr. Guillén hace recaer sobre casi todos sus interpelados, mana
de la desproporción entre las pretensiones y la realidad, entre las promesas y
los frutos, entre la bambolla o el r.ngreimiento de muchos y la endeblez de suobra. Todo el artificio del libro consiste en mostrar esa desproporción, no con
un juicio formulado directamente por el autor, sino con el testimonio de los
poetas y escritores mismos, citándolos a declarar, y, por decirlo así, careánd?los: dejad que los cántaros se estrellen contra los cántaros, parece haberse
dicho el Sr. Guillén. Pero no ha llevado el sistema hasta el fin. Se lo han impedido sus gustos personales. Cuando se halla ante un escritor de importancia.
Y talento verdaderos, o que se le antoja tal (y sus preferencias, dicho sea de
paso, se parecen algo a las nuestras), el Sr. Guillén, sin perder su desenfado~

* • *

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LA PLUMA

se guarda los dardos mortíferos, y a pesar de cuanto le hayan podido contar,
es respetuoso y hasta acimirativo. Conserva los libros que esos escritores le
regalan, al paso que, amablemente, vf'nde los que le han dado los demás, procurándose con el precio, según confiesa, cuarenta y cuatro reales de placer. En
suma: nos parece que el Sr. Guillén buscaba en realidad un escritor, y como
encuentra dos. ac~so tres, podemos darnos por satisfechos, aun aceptada la
.salvedad de que nmguno tenga valor «eterno•.
Es innegable la oportunidad del escarmiento (virtud de la sátira) implicado
en el libro del Sr. Guillén, a condición de no sacar las cosas de quicio. (Jue
,poetas y literatos se desuellen vivos, no es nuevo, ni privativo de los escritores, ni característico de los de Madrid, ni señal cierta de decadencia, ni en
último término, es cosa que empañe el valor de la obra del maldiciente. «Ninguno es tan necio que alabe el Quijote», escribió Lope, movido del rencor. Por
añadidura, cuando el Sr. Guilléo llegue a conocer a fondo a sus colegas españoles, verá que, si muchos son fútiles J parlanchines, pocos tienen verdadera
mala intención. Si participan en el infantilismo que aqueja a nuestro pueblo,
y andan por ahí algunos engreidillos con sus descubrimientos, es, más que nada,
por falta de mundo; pero son buenos, y muy campechanos, demasiado campechanos, y quien pretende ser satánico pasa los mayores trabajos del mundo,
porque esta vida que llevamos en Madrid, tan sana y tranquila, tan sin quebraderos de cabeza, es el antídoto de la corrupción, de la perversidad. Lo ver, daderameate feo es el vicio de disimular la opinión íntima, alabando en público
lo que en privado se zahiere. Quisiera disculpar ese extravío como prevención
nec:s~ria para vivir en este pueblo tan chico (la cortedad del Jugar es dispensa
caoomca); pero no lo bago, para abundar en el propósito moralizador del
Sr Guillén. Grato sería ver a todos los hijos de Apolo, aun a los más desbere--Oados, amoldarse al tipo de «hombría cabal• descrito con tan elegantes palabras
por Pérez de Ayala en el prólogo de La lintu-na de Diógenes. Pero el hombre
-ea?al (l' honni!te. ~01:11ne, el cortesano cum_rlido), ha sido siempre un ejemplar
mas raro, más d1fic1l de ballar que un artista verdadero, y muchos, colmados
de tal_entos por_ k&gt;S ~ioses, si acertaron~ parir obras_ durables, no pasaron de
-ser, sm afectación, simples canallas. As1, pues, ese tipo de hombría cabal, más
que una norma de vida a?equible, viene a ser un norte por que deben gobernarse todos: y es tal su virtud, que del puro esfuerzo de buscarlo ya nace una
-contención, una disciplina.
M.A.
***
Federico Schlegel.-Lucinda, novela. Traducción de José Moreno Villa. Dos
tomos. (Ediciones de LA PLUMA, serie 1).
«En su significación de manifiesto o programa es como tiene valor este
libro,-d ice de Lucinda Jorge Brandés ea el suyo Principales corrientes en la
lite1·atzwa del siglo diecinueve-. cSu idea central es la de proclamar la unidad
y armonía de la vida, que en la pasión amorosa más clara y comprensiblem_e~te s_e procla_ma, dando una expresión sensual a la emoción espiritual y es_,p 1ntuahzando el placer.&gt; Su fundamente es, pues, la doctrina romántica de la
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•

iden}idad de la vida y l_a poesía. En L Ncinda se encierran en germen todas las
teonas _d~senvueltas_ e ilustradas más tarde con ejemplos en la historia del
romanbc1smo., El oc10, la anarquía moral, el goce de los sentidos, constituyen,
su credo filosofico.
Pero no nos ha movido a publicar ahora por primera vez en español la exl:aña novela d e Schle&amp;el consideración alguna de orden puramente histórico,.
srno su correspondenc1:1 coa el momento por que actualmente atraviesa el
mu_ado, correspondencia acertadamente señalada por el traductor en el breve
prologo con que justifica sus preferencias de un tiempo por esta novela desconcertante y descon.éertada.
!,ucinda no es tanto l! historia de un amor ea sus menudos detalles y anrcdóbcos_ porme~or'?~• cmd,a~osarnente_ anota.dos- conforme a un orden lógico,
C?mo la transcnpc1on ".er!d1ca, real, mmed1at~, confusa, de una pasión padecida por_ el_ autor, con~titu1do en centro del umverso, en cuanto su instinto,.
sus seottm1~nt~s, su v1?a personal es la única experiencia en que se fundan
sus determmac10ne~, a¡enas a toda ley que no sean las de su egoísmo.
. •L:na de las pésimas costumbres en que Julio (protagonista de la novela
b1?grafica d~ su _autor) destrozaba su bravía juventud era el h acer de Faraón
ba¡o la apanenc1a de la más violenta pasión, y, sin embargo, andar distraído y
ª?seot~; ~venturarlo todo en un momento de calor, y, una vez pasado, desv~arse 1~d1fe1:ente. Un amor sin objeto prendía en él y destrozaba su interior.
Srn oficio y ~10 finalidad se lanzaba sobre las cosas y los hombres como quien
busca con, miedo algo_ de d?nde pende toda su felicida¿. Todo lograba atraerle;
nada alcanzaba su sat1sfacc1ón. Su mayor encanto cifrabalo en el trato humano
d~J género 9-ue fuese, y siemp1e que se hastiaba volvía de nuevo a los aturdimientos soc1!les. En realidad, desconocía por completo a las mujeres, a pesar-de haber ten~do trato con ellas desde muy temprano. En cambio, los muchachos que teman puntos de contacto con él acogíalos :on férvido cariño y con
u? verda~e:o arranque de amistad. Prefería, a la manera que un cazador brav10, prec_1~1t~rse pronto y valie,1te en la rápida vertiente, a través de la vida,.
9ue mart!nzarse lentamente con la precaución.• En cuanto a Lucinda, era «una
¡oven artista que, corno él, reverenciaba la belleza con pasión y parecía amar
la sole~ad y 1~ oat11;ra~~za tanto como él. Teuía una decidida incliuación por lo
romántico y él ~e smtio tocado por esta semejanza, aunque luego descubrió
otra más. También era de los que no viven en el mundo vulgar, sino en otrofigurado y pensado por sí misma. Sólo lo que amaba y honraba en su corazón
era real;, lo demás, nada; y distinguía bien lo que tiene un valor positivo. Además ha~1a roto con audaz decisión todos los lazos y reparos, y vivía libre e in dependiente por completo.•
~a publ!cadón de Lucinda en 1797 suscitó en Alemania un gran escáudalo.
La mmo~ahdad _de q~e su aut~r alard~aba como principio general, le atrajo la,
per~ecuc_1ón social mas encarmzada, viéndose privado incluso del derecho de
res1denc1a en algunas ciudades, cuya hipócrita virtud sentíase alarmada con
solo su paso. En Lucinda retrató Schlegel a una mujer excepcional, Dorotea
Mendelssohn, cas:i~a por razon~s familiares con el i:&gt;anquero Veit, divorciada
del cual fuése a v1v1r con Federico Scblegel a Jena. Escritora a su vez, personi61

�LA PLUMA

LA PLCMA
iica en su novela Florentino al compañero de su vida, de quien era musa viva,
y aun más que inspiradora, colabondora amorosísima. Junto a ella, cruza por
las páginas de Lucinda la imagen de otra mujer, directamente trasladada del
panorama de la romántica sociedad alemana de entonces, Carolina Michaelis,
viuda de un cierto doctor Bohmer, casada despl!é3 con Augusto Guillermo
Scblegel y divorciada de él más tarde para casarse nuevamente con Schelling,
matrimonios estos dos últimos que la hicieron figura principalísima del movimiento literario-filosófico que en derredor suyo se desenvolvía con arrolladora
,-pujanza. Carolina, así conocida por su solo nombre de pila, después de la publicación con t al título de su epistolario, vivió en relación con Goethe, Herder,
Fichte, Hegel. Tieck, Schleimacher y Handenberg, por el tiempo de la gran
intimidad de Goethe con la joven escuela. Al protagonista de Lucinda, la aparición de aquella mujer, •naturalmente iínica, tocó su espíritu de un modo
total y en el centro. Era capaz en una misma hora de fingir la ingenuidad más
,&lt;:órnica con toda la soltura y la distinción de una actriz formada, y de leer una
poesía sublime con la dignidad ai-rebatadora de una canción vacía de arte. Y,
·si11 embargo, precisamente esta µiujer demostraba en toda solemne ocasión
valor y fuerza hasta el asombro; desde este elevado punto de vista, además,
-era desde donde ella jnzgaba la valía de los homb1·es.&gt;
La traducción de Lucinda entraña especialísimas dificultades, dado su estilo
.arbitrario, conceptuoso, ora arrebatado de lírico énfasis más propio de la
poesía, ya henchido de filosófica petulancia, o rebajado a expresar observaciones nacidas de un sentimental,smo caprichoso y las más de las veces sin otro
.atadero que el de la conciencia extravagantP del autor. Moreno Villa ha res•
petado, aun a trueque de la oscuridad de algunos pasajes, la forma alambicada,
rebelde, modernísima en su misma desintegración, del original, al que ha pres·
tado con la fidelidad del traductor probo la gracia de una versión verdadera•mente poética.
c. R. c.

*

*

*

:Francis de Miomandre.-Le Pavillon du Mandarin. (París, Emile-Paul freres. Editores. 1921.)
Con el título vago e insospechable de Le Pavillon du Mandarin ese escritor
.ágil y diverso que es Francis de Miomandre publica una colección de artículos
quP. han debido de resumir, acá y allá, horas de entusiastas lecturas. En la dorada_ atmósfera apacible de un pabellón chinesco, rico en colores y de perfil
grac10so, el refinado mandarín hace pasar ante su fantasía la varia perspectiva
de las páginas-paisajes.
Paisajes de todo tiempo y de todas las tierras, descritos con tan viva imaginación y tan fácil discurso, con tan convincente cordialidad, que son, cada
uno, invitación al viaje por las páginas impresas.
. La poesía mística en Persia, Víctor Segalén y lU espiritu de China, El pensa•
,mento de la América latina, son relatos de una curiosidad llena de atractivos.
·y al lado de la Réverie sur un réve111· con que Miomandre evoca al botánico gi62

nebri~o que en sus p~seos solitarios.hacía poemas cuando creía disecar plan~as, y ¡unto a las _gras10sas conlide_nc1as de Miomandre acerca de su gusto por

Stendhal y su anhpatla por el bey!ismo se encuentran los comentarios llenos de
·un fuego prose_litista so?re_ la poesía de O. W. _Milosz o sobre Edmond Jaloux:
y los comentar~os más hm1dos, pero más profundos, acaso, sobre Paul Valery
.)'. sob1e Jean G1raudoux que_ son, probablemente, los-mejores ensayos de este
hbro, tan~o com? el esplén~1do estudio sobre Rémy de Gourmont.
Franr1s de M1omandre tiene por España un fervoroso sentimiento. Sus generosos bocetos sobre Cervantes en Francia y la unive rsal influencia de Don
'Quijote sobre el espíritu francés; su ardiente cántico de alabanzas a don Luis
de Góngora_, cuxos paralelismos con Mallarmé están tanto mejor trazados
c~anto qu~ m_evttables; sus art~culos sobre Enrique Rodó y sobre las conmovidas_ «Reliquias•, de José G~rcia Calderón, s~c otras tantas razones que haría n
de ~1om~ndre _un ·,1ombre d1g~o de ser retenido por el lector español si sus
méritos l1te'.anos tan sobresalientes en sus ensayos críticos como en su ya
·ª?undante lista de novelas no le hiciese sobradamente acreedor a la admira-c1ón ?e _u~ público que se la tributa ya comenzando a leerle traducido a su
propio idioma.
Otres ensayos como el que trata de las pequeñas piezas teatrales de Duranty, ese ~M?liere en. miniatura» y las páginas dedicadas a la crítica de Edgar
Poe son, as1m1sJ?o, muy notables. No e,e ~omún una colección de artículos que
al enconti:-arlos ¡u~tos, ~espués de la rap1da lectura en las revistas, produzca
u_na Sf"me¡ante sahsfacc1ón, afirmando por su simple convivencia una personalidad notable .
Ad. S.

***
. Del sonido-ruido y su instrumental.-Años hace que los músicÓs futunstas metían ruido en Milán. Ahora aparecen con estruendo en París donde
ac~ban de dar, bajo la dirección del maestro Antonio Russolo, un c¿ncierto
·•e¡ecutado entre las vocifera.~i~mes de la parte tradicionalista del público•. En
~uestro excelente co.lega pansm? La. Revue del' Ept_Jque, Luigi Russolo, hermao del maestro, exphc~ las _mod1ficai:1ones q~e ha mtroducido en la orquesta
para adaptarla a las exigencias de la nueva musica. «La evolución de la música
-que s~ acerca al so_n~do-ruido, es paralela a la multiplicación creciente de la~
máqu!nas que part1c1pan en el trabajo humano. Junto al ruido variado de las
: áqui~as el s~nido puro, P?r su peq~eñ~z y monotonía, no suscita ya emoción.
..1 somdo mu~1cal es demasiado restnng1do en cuanto a la variedad y a la cantidad de los hm~res: No se?ª am~liado hasta ahora el número de timbres por-que no se conoc1a bien la diferencia que separa el sonido del ruido. Creíase que
~ra eno:me y profunda. Es mínima. ~n realidad, no es más que una diferencia
cantidad en el número de armómcas que acompañan al sonido fundamenta· E~as armónicas son más en el ruido que en el sonido. Había que crear,
pu_es, 1nstrumentos construidos de modo que cada uno diese el timbre de un
~ ido, con la posibilidad de modificar el tono, con todas las variaciones diatónicas Y cromáticas. Esto lo he realizado yo-dice Luigi Russolo-con mis

1

6J

�LA PLUMA
bruileur s. Son instrumentos de música absolutamente nuevos, con timbre nue vo
y timbre modificable a voluntad. Para tocarlos se mueve con la mano izquierda uua palanca que resbala por un plano donde están ind icadas las notas, mientras se da vueltas a una manivela con la mano derecha. Algunos bruiteurs, en
Jugar de manivela, tienen un botón eléctrico. He per feccionado y realizado 29
bruiteurs; 3 ululadores (bajo-medio-agudo); 3 gruñidores (ídem); 3 crepi tadores
(ídem); 3 chirriadores (ídem); 3 zumbadores (ídem); 3 bor botadores (ídem); 2 estalladores (bajo y medio); 4 graznadores (bajo-medio-agudo-sobre-agudo); 4 susurradores (ídem); un sibilador. &gt;
Bien. Se necesita una palabra castellana equivaknte a bruiteur. ¿Quién tiene
alguna que proponer ?

AÑO JI.

MADRID, A GOSTO 1921

***
Libros recib idos.-José-Fabio Garnier: A la sombra det Amo,·. San José •
de Costa Rica, 1921,-Ernesto Reoau: Páginas escogí.das; traducción de Cornelio Hispano; El Convivio, San José de Costa Rica, 1921.-Antooio Gallego y
Burin: Ganivet. Granada, 192 1.-Cartasde Bolíva,· (1823- 1824-1825) 1 cou notas
de R. Blanco Fombona. Editorial A mérica, Madrid, 1921.-Ramóo Gómez de
la Serna: El Doctor inverosímil, Publicaciones Atenea, Madrid, 1921.-Teixeira
d e Pascoaes: Tierra Proltibida; Francis Jammes; Del toque de alba al toque de
o,·ación. Madrid, Cal pe, Los Poetas.-Courteline: Los súiores chupatintas; Julio
Camba: La ,·ana viajera; Arnold-Bennet: El matador de Cinco Villas; Enten·ado
en vida; René Benjamín: Gaspar; Madrid. Cal pe, Los Humoristas.-J uan Giraudoux: La escuela de tos indiferentes; Annie Vivanti: Los devo.-adores; Enrique
Mann: Diana; Tomás Mano: La muerte en Venecia; Antón P. Chejov: Et Jardín
de tos cerez(&gt;s; Marcelo Proust: Por el camino de Swann; Madrid, Cal pe, Colección
Contemporáuea.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la Naturaleza; Lima, 1920; Madrigales; Lima, 1921.- A. Hernández Catá: La voluntad de Dios. Novela (Alej andro Pueyo, editor XCMXXI). -Enrique Barbusse: El resplandor en el abismo.
Traducción y estudio preliminar de Quintiliano Sald aña (Rafael Caro Raggio.
editor, Madrid).-Rafael Lozano: La alondra encandilada, 1916-1921. Prólogo de
Luis G. Urbina (Biblioteca Ariel, Madrid).-Federico G. Lorca: L ibro de Poemas (1 92 1, imprenta de Maroto, Madrid).
Revistas. - Mercure de h·ance, París. - Le P,·ogrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuest1·a, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le C1·apouillot, París.- Belles Lettr.s, París.-Cuttu,·a Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevideo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. ~ Poesía ed .irte, Ferrara.-España y América, Cádiz.-He1·mes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-9a fra, Amberes.-Página, Sevilla.Studium, Lima.
·

1

NÚM. 15.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIO L ERA

ESPERPENTO ~ SV A VTOR

DON RAM'ÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA U N DÉCIMA
f!OCHE ESTRELLADA. Fragancia serena. Un huerto ae n,iran;os y cla·veles, con el claro de luna sobre la tapia. Cantan los grillos
: s: apag~n las luces de algunas ventanas. :Juanito Pacheco, encaramaun arbol, acecha una ré_ja vecina, que, en las jirondas de t
huerto' p ermanece z•¡umznada.
.
Doña Loreta, con peinador lleno de l o ro
sale a la ·
l
,
azos,
_ re¡a, Y e galan saca la figura sobre la copa del árbol, neuro
0
Y torcido como un espanta-pájaros.
DOÑA LOJI ETA

¡Pachequín!

s

�</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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