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                    <text>LA PLUMA
Llbro1 reclbldos.-Juana de lbarbourou: EJ cântarofresco, Garda Monge, cd. San José de Costa Rica.-S. Freud: Psicopatolog{a &lt;k la fJida cotidiana,
Biblioteca Nueva, Madrid.-Prudencio Otcro Sanchez: Espaiia, patria de Colon,
Biblioteca Nucva, Madrid. - Las nuevas stndas dtl co,,,unismo; tesis, acuerdos y
resolueionu dtl Ill Congruo de la I. C. Traducci6n y pr6logo de E. Torralva
Beci. Bibliotcca Nucva, Madrid.-Alfrcdo Pimenta: Cartas sem destino, Lisboa1917.-0 livro das symphonias morbidas, Lisboa, 1920.-M. Garda Herreros: Le;os dû ma,·, Barranquilla, 1921.-Jules Supervielle: Débarcadèru, Paris, Editions de la Revue de l'Amérique latine, 1922.- Léon Defoux: Un Communard,
Paris, Bibliotèque des Margu, 1922.-Raymond Schwab: La conquite de la joie,
Les Cahiers Verts (9), Paris, 1922.-Floriscl: Por tl alma y por el habla de Costilla, México, 1922.-R. Blanco-Fombona: El conquistador espaiiol del siglo X VI,
Editorial Mundo Latino.-Cecilio Acosta: Cartas venezolanas, Editorial América.-P. Gsell: Conversaciones de Anatole F1·a11ce, Editorial América.
Revistas.-Mercure &lt;k flrance, Parîs. - Le Progrès Civique, Paris. - La
Connaissance, Pads.-La Revue de f Epoque, Paris.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
L e Crapouillot, Paris.-Belles Lettres, Paris.-Cultu,·a Venezolana, Caracas.Die Aklion, Berlin.-Pegaso, Montcvide.o.-Cuba Contemporânea, La Habana.Babe/, Buenos Aires.-Porsia ed .4.rle, Ferrara.-Espaiia y América, Cadiz.-Hermes. Bilbao.-L' Art Libre. Bruselas.-Ça Ira, Ambercs.-La Ronda, Roma.
La No'4velle Revue Française, Paris.-Indice, Madrid.-Cosmdjolis, Madrid.-The
Living Age, Boston.-Espaiia, Madrid.-Les Marges, Parîs.-Prisma, Paris.Signaux de France et de Belgique, Bruselas.-Los Nuevos, Montevideo. --Revue de
f Amérique latine, Paris.-Le Thyrse, Bruselas.-Intentions, Paris.-La Revue de
Geneoe, Ginebra-Feuilles Libres, Paris.-Le .Maglio, Bolonia.-La Vte lies let.
tres, Parîs.-Hispania, Parfs.-Ateneo de Honduras, Tegucigalpa.-Revista Pa,·lamentaria de Cuha, La Habaoa.-Gandirea, Cluj.-Le Disque Vert, Paris-Bruselas.

...

ANO III.

'

MADRID, JUNIO 1922

NUM.. 25.

EL JARDIN DE LOS FRAILES&lt; &gt;
1

(CONTINUA EL CAPiTULO XII)

historia, ?uis~da en pociones caseras por sus paternidades, nutn6 m1 conciencia espafiola. Adquiriamos un extra~to del saber, resurnido en conclusiones edificanteç· lo
.
fra1les las ?btenian manipulando en el archivo de las c~s~
que ignorabamos ~ s1empre habriamos de ignorar; no éramos Hamados a saberlas: Ahcortar la ambici6n intelectual parece el supuesto
de tale~ _estud1os. No por .c~acci6n de la fe religiosa o del régimen
que ~a1 ha las lecturas en hcitas y prohibidas. La actitud humilde del
estud1ante
en el colegio, como boy puedo verla, tocaba en 1a voca..
c1on y en las ca~acidades de nuestro entendimiento, no en la cualidad d~ las matenas por conocer. No la predicaban en parte al
.
los fralles se espantarian al descubrirles la entraiia d l . t
guna,
.
.
e sis ema; pero
dad . los mozos m1rabamos las nociones serias el sab
es
ver
do
.
,
er a ",on1
.' como se va inexplorable y tarea de gigantes, reservadas a los
brios de la casta _que alumbra fil6sofos, escritores, catedraticos; sobre todo, catedrahcos. No despreciabamos la sabiduria. un temor peA

(1) Véase L1. Prnx1. de mayo, 1922.
320

321

�LA PLUMA

A PLUMA
11a de su tenebrosa vastedad; nadie s~gadizo nos cl_avaba en la o~1 eto natural era éste, sin dejos de pnfiaba en arroJarse dentro. esp
'"ormar otorgan al ornato de la
obres de buen coni,
. .
vaci6n. Corno los p
.
'bl y exclaman con retmtm
. • · b ba de lo masequ1 e,
'
vida de admrrac1on o
t
es para nosotros!-asi los codonde el orgullo se regodea: 1Es.od no. de nuestra inferioridad natiab
en la ev1 enc1a
legiales descans amos .
tagiaban su modestia. 0 proLos frailes nos con
va para la..cultura.
. de aldeanos ante los
·11
con ingénua reverenc1a
'
· 0 la aplicaci6n doPendian a humi. arse,d que alcanzaban not·1c1a,
espiritus supenores e
l
.( cultivados - empleo subalb de ser - en os mc1s
cente no pasa a
d la pubertad dejaban las aldeas
·d En los albores e
terno de 1a v1 a.
. . s p1·ntado en el semblante ant - para ser nov1c10 ,
leonesas o la mon ~na . . s el candor rustico. Virtudes, todas; y
guloso y en los OJOS atomto . . or ue se enclaustraban. Cienanimo de _perseverar e; e~. sac~1:s~~~!10; a evangelizar tagalos, o a
cia, de m1sacantanos. - ~ ian errados en su Universidad. Mas arfilosofar con los espanohtos en~
las Indias No bastaban la
. .
el coleg10 que en
.
duo era salir airosos en
. . d a·rtrr·es· no los amparaba el pres.
·
·
la
vocac1on
e
m
,
. .
santa obedienc1a m
l 'b a descubrir el semmano y
·
Q · horizontes es 1 an
tigio del casbla. l ue
.
. . dad ni c6mo encenderla aldea? iQué pesaba_ en.:~
~:e~::~stro? lEn qué ambiente?
se en el ardor comumcah
,
1 s seria maravilloso si la ense~Por qué estimulos? No poseyendo o ' l s apuros de junio. Tanto
.
ado de salvarnos en o
.
fianza hubiese pas
. d 1 t dlID'1·ento como a subir a la
.
1 lf o supenor e en en
nos inc1taba a cu iv
b
voluntad asiduos en las
h
f ailes de uena
'
.
luna. jTremendo c asco, r
ando acertarla, abreviabrus
.
por nuestro amor, pens
lecc1ones, que
. o de dictar sumulas, para ahorrarnos
los libros, tom~ndoos el trabaJ de los textos! Muy escasos de jugo,
la digestion e mclus~ la l~ct~ra ardaban el aparato técnico, el votodavia los libros umvers1t~nos gu rd des evaporados en los exti·accabulario, las alusiones a v1vas rea i a '

::t

'tillos. Los frailes concienzudos trabajaban al revés de su cometido
recto: ponderar la dificultad del arte; no descorazonar ningun esfuerzo; provocarlo; ensanchar las cuestiones por la misma escala de las
capacidades, habria estado en su punto. Lo contrario haciamos: el
esfuerzo, suprimido; el arte, ingerido en pildoras o abreviaturas. Éramos inutiles para otros empefios. Tentar la curiosidad, debia de par ecer i.;n desprop6sito: nunca nos soltaron entre colecciones de
libros por observar siquiera nuestra conducta en ese paso: si los
destrozabamos, o los robabamos (bibliomania precoz), o nos poniamos a leer. En tres lugares del Escorial pudo hacerse la prueba: la
Biblioteca Real, o como se llama el almacén de c6dices preciosos, de
libros raros; la libreria de lo5 frailes, dotada de te6logos y canonistas, baluarte contra maniqueos, y la sala de lectura del colegio. Pri11cipal ornamento de la sala era una mesa guarnecida de hule, donde
solia haber numeros de L'Univers, La Croir y La Epoca; atrasados,
por aiï.adidura. En la gran Bibliotcca, qué podiamos hacer nosotros,
-si entraba unicamente en ella de siglo a siglo algun estudioso extranjero; harto era mostrarnos el C6dice Aureo, y calcular, por sospechas fabulosas, su precio venal. Ni en la libreria del convento,
atiborrada de ciencia eclesiastica, libros prohibidos y tratados espinosos sobre moral casuistica «non cumplideros de leer», como el
salaz jesuita de C6rdoba a quien mentaban los frailes diciendo: «Si
quieres saber mas que el demonio, lee a Sanchez, De Matrimonio».
Pero quedaban libros de humano interés-legibles, en sentir de los
mismos frailes, sin aventurar la salvaci6n-, que hubieran guarneci&lt;lo muy bien nuestra sala de lectura y servido de cebo, dejando uno
e n el hule de la mesa, a todo evento ... En las horas de tedio, aigunos estud1antes erraban solos, aborrecidos de las companias forzosas, del abandono perpetuo en la celda. Los domingos, el colegio se
antojaba desierto: huian todos a esconderse no sé d6nde; hasta el
323

322

"

�LA PLUMA
LA PLUMA
billar estruendoso y el gimnasio estaban vaci~s. Entonces era el btcobijo discreto, y no encontrarlo; el rr de una parte a o ra~
c: _un.
eces las mismas puertas-también la del cuarto de lectua rrr ctedn v da de novedades y hallar dondequiera la nada. lPudiera-en eman
l
habriase
os la sociedad de un libro? Teniéndo o a mano
1
ra
ca marn
· d uc1rnos
·
probado
la fuerza de la desesperaci6n para m
acol,nar dignamente el ocio.
- l
Demostrado por la historia en qué consist: el_ ser de_ un espano:
âbase en el mismo punto la ortodoxia espanohsta. Comodos ata
~~: al soslayo de las rutas del discurso, nos llevaban desde la ~pa~e~cia desdeiiada de las cosas a la esfera moral en que se refleJan.
suplantando la defensa de los sentimientos al logro ~e la v~rdad.
Las formas del espaiiolismo de colegio, placientes a la Jactan_c_,a natural al prurito alabancioso y a otros resabios que la educac1on ~xtir a' o sofoca, incitaban a profesar en esa milicia, don?e la constnccln era, en apariencia, nula. No tardaba~os en advertir la pe~a~umbre de la vocaci6n e:,paiiola, incierta, te,mble como la del cnsha~o.
La ortodoxia espaiiolista nos imponia solapadamente una rev~lac1_6n
da chapurrada con la revelaci6n religiosa. De los m1stenos
segun ,
11 ~b
Tca
cristianos sabiamos la ilicitud de juzgarlos; pero am~ amos cr_1 1 ,
frente a los sucesos hist6ricos, al devaneo de aprec'.arlos segu~ el
refuerzo que aportan a una explicaci6n previa: intenc1onada._ La 1d_e~
de mi cualidad nacional, pedia para su contemdo asenso obhgatono,
en mi conciencia de espaiiol, el deber eminente era aceptar:se como
tal abundar en las representaciones hist6ricas, bast: de los valores
m~rales que la constituyen. Esta es la semejanza del postulado esp~- olista y la insinuaci6n del dogma cristiano: iluminado el entend1n
s
miento, queda embebida la conducta. El dogrna no enmasca~a u
pretensi6n radical de abolir la critica; nuestro credo de esp~nol~s,
por el contrario, echâbaselas de demostrable e hijo de la expenenc1a,

.alzandose luego a un seguro casi religioso, en nombre de la cualidad
misma que acabab.t de revelarnos. Cualidad espiritual, ante todo. Lo
&lt;Jue inspira el ser fisico de Espaiia, cuanto en mi caracter viene de
la sangre y me ata en la estirpe con tantas generaciones, era nada
para el rango de espaiiol. El toque esta en participar de una tradi.ci6n y esforzars~ a restaurarla; en asumir el encargo a que estoy
prometido. Prueba su temple la cualidad espaiiola en la adhesi6n a
las formas que han incorporado hist6ricamente el ser de Espaiia. No
son formas emblemâticas ni trofeos memorables, que puedan, en rigor, mudarse por otros; poseen virtud agente, sacramental, y adornan a quien las recibe con particulares ·gracias de estado. Espaiia es
la monarquia cat61ica del siglo diez y seis. Obra decretada desde la
eternidad, hall6 entonces los robustos brazos capaces de levantarla;
empresa guardada para cl héroe espaiiol; su timbre unico. Ganar batallas, y con las batallas el cielo; echarle una argolla al mundo y traer
-contento a Dios; desahogar en pro de las miras celestiales las pasiones todas, 1qué forja de hombres cnterizosl Nos daba tan fuerte gozo
el remedo de esa unidad interna, que los frailes no disponian de argumento mas sutil para inculcarnos su espaiiolismo. Con siglos de
por medio, dilapidado el poder, tan diversos como parecen un enjambre de aventureros y una pollada de estudiantes reclusos, nos
bastaba entrar en las proezas de los espaiioles truculentos para ver
concordes nuestras creencias y lo que quisiéramos ser, nuestra obligaci6n superior y los impulsos del ânimo bravo. lguales en los pensamicntos, no en las acciones, las reemplazabamos con el sabor de
la gloria, y esta persuasion tacita: que el heroismo es en el espaiiol
virtud inmanentc, aunque a ratos dormida, y reaparece en saz6n,
cuando lo ha menester. Yo no sé si nacia de esa inmanente virtud
la perennidad del esfuerzo espaiiol, que nunca era pasado, sino acitual; y lo sentiamos inundar, por decirlo asi, nuestro pecho, viva-

�L A PLU.\1A
mente. Este es el mayor misterio del entusiasmo. Quitar de en medio
las edades y hacernos ver los mitos, no disecados en el ejemplario
nacional, sino fluente!!, reponiéndolos en su eficacia. Nuestro espiritu se inflamaba ante el vastisimo retablo donde los héroes todos asistian con presencia igual, respirando con el mismo latido. La gloria
espaiiola lograba un vigor demostrativo, una utilidad increibles; podiamos detener una invasion con los pechos numantinos, y enviar·
contra la America del Norte las naves de Lepanto. Digo que serian
increibles, si los porrazos de estos molinos de viento no nos hubieran dejado cicatrices. Restauro en la memoria disposicion tan sin gular mercej a Ios ensalmos que conservo, tales como éste: «La infanteria espaiiola es la mejor del mundo~; repitiéndolo en modo de· •
jaculatoria, sin pensar en cosa alguna, pronto se pone a mi alcancc
entre nieblas, aquella figura de espaiiolismo que he descrito. Perfecta es su unidad interior. Creencia y pasi6n nacional se traban tan
estrechamente, los apetitos de dominaci6n concurren tan a las claras a propagar ei plan divino, que es posible y grato abandonarse a
ellos, sin reparos de caridad ni de humanidad. La caus~. de la reli-gi6n catolica es la causa espafiola en este mundo; nadie la ha servi~
do mejor que nosotros; a nadie ha sublimado como a nosotros. La.
contraprueba es fa.cil: Espaiia, si no campea por la Iglesia, se destruye. Los Iuteranos, desde fuera, no la vencieron. Ha transigido
con el espiritu del mal y dejadose inficionar el coraz6n por las doctrinas de Ios barbaros: sus energias se amortiguan. Nada crea; sacrifica en balde su originalidad; solo consigue malograr sus dones excelsos.
El arquetipo espaiiol entronizado por los frailes, venia al proposito de zurcir el ideal puro cristiano de perfeccion interior y de santificaci6n por las obras, con la urgencia, mas baja, de pertrechar a
unos j6venes para la vida civil. Cediendo en el rigor monâstico, los..

LA PLUMA
frailes salian del aislamiento contemplativo a mezclarse en faenas
utiles, tocantes con el siglo. Este rodeo equivale al giro que tomaba
su educaci6n; declara la amalgama en que consiste; la hace posible;
la representa. Los frailes sepultaban en los fondos cenagosos de nuestra alma un sillar, la fe cat61ica, que se abria camino con su borde
mas afilado: el terror de la otra vida. Servia de fundamento a la pers~na moral, mas el colegio no era plante! de monjes, ni los maestros
ptadosos nos catequizaban para correligionarios; una reserva decente
amparaba su vocaci6n, y de paso la nuestra. Es lo mas serio que hacian (en saliendo de los estudios se acababa Io frivolo): no jugaban a
contagiarnos la abnegaci6n, y aunque vivian en comunidad, donde
-por ser todo lo mismo en todos-, parece que pudieran entrar infinitos mas, y echandoles encima la cogull~ dejarlos empadronados
para el cielo, se entendia que la uniforme vida en comun era acatamiento externo, asaz lejano del impetu inicial, cobijado misteriosamente en los limbos impenetrables por la curiosidad; se colegia asi
de algun silencio, de cierto mirar... Destinados a ser buenos clientes
~e la lglesia, pero en el mundo, nos era menester una moral que pahase la espada y la cruz, guardandonos de rebeli6n, de martirio, no
menos que del desvio, y brinda~e al César nuestro esfuerzo de cabnIleros cristianos. No hallabamos esa moral en la mta de la piedad. En
contra del mundo esta la fe, que aparta de los negocios terrenales al
creyente, si de veras arde en creencias vivas; nada hay que le importe, fuera de su eterno destino, y se mira en horrenda soledad. La fe
pura es insociable. No es util en la Republica; ni robustece su potestad, ni la defiende. El soldado cristiano, prometido a los honores del
triunfo, tan bizarro y glorioso como parece en sus armas, se descifie
alegremente la coraza y la espada para entregar el cuello al verdugo.
Su gozo es mayor cuanto es mâs grande el sacrificio, segun el
mundo; ninguna victoria iguala a la que alcanza sobre si mismo; mas

�LA PLUMA

LA PLUM .4-.
le importa vencer a los enemigos de su alma que a los del Imperio.
El simple cristiano, humilde y pobre, dechado de mansedumbre, no
es ciudadano. La caridad va contra el Estado, opresor, soberbio.
Entre Jas mallas pue!:&gt; tas por la raz6n politica, la caridad libérrima se
escabulle, las rompe. El coraz6n cristiano, por entrar en los designios
de Dios, anonada los m6viles civicos; ama al pr6jimo aunque milite
en otras banderas. El mendicante, el ermitai'io, Nué sociedad fundan?
&lt;Para qué empresa se cuenta con ellosr Es demoledor cualquier
apostolado; la contemplaciôn induce en esquivez, y ùesplace al soberano, como una injuria. De esa manera, los sentimientos primordiales
en nuestra educaciôn, exaltados por su propia virtud al tono sublime,
habrian disuelto la vida civil, de no templarlos y encauzarlos, sin renegar de los principios, la moral del patriotismo, que transportaba al
orden politico la fogosidad de las aimas impacientes, y secundaba la
gloria de Dios a través del gobierno humano. Los frailes, con la mejor voluntad, daban entrada al patriotismo necesario para fijarnos en
la tierra e introducir en la esfera de nuestros motivas el de la utilidad
comun, y solian irrîtarlo adrede, dirigiéndolo sobre objetos que a s u
parecer brindaban con pertinente empleo; pero el concepto de Espai'ia,
del que sale la norma patriôtica, sufria un expurgo previo, no fuesen
a prender en él gérmenes dafünos, o se acreditasen, encubiertas por
el nombre de la patria, ideas de mata reputaci6n. N'uestro mundo
interior descansaba, como globo de cristal en el cabo de una aguja
sostenida por algun malabarista, en el libre albedrio; si al juglar le
falla el pulso, la bola se hace afücos; extinguirse la centella del libre
arbitrio y hundirnos en cualquiera de los abismos bordeados por la
ruta ortodoxa, hubiese sido todo uno; abismos cÎrrespondientes con
el infierno de la religion, como si abrieran un averno en la metafisica.
Profesâbamos el orden, sacandolo del origen divino de la autoridad.
Nuestra figura de Es pana tenia apenas base fisica; en el s entimient,,
328

patri6tico, lo instintivo animal, la que;encia espontanea, cuanto p udiera introducir una sombra leve de necesidad, se relegaba en Jo os-euro; abstraer de la entidad de Espai'ia sus facciones histôricas para
mirarla convencionalmente como una asociaciôn de hombres libres
estaba prohibido. Nos propinaban una patria militante por la fe· Es~
.
'
pana es, en cuanto realiza el plan cat61ico. Las sugestiones todas de
la pasiôn nacional aprovechaban al propôsito divino. Usurpaci6n
temible.
Mirândolo bien, jqué vida regalona nos proponian! El espai'iol
bueno, no tiene que devanarse los sesos; ser castizo le basta. Todo
esta inventado; puestas las normas; gobernar, como Cisneros; escribir, como Cervantes; y hallandose frente al mundo en actitud de litigante desposeido por la fuerza del bien que le pertenece, meterse en
un rinc6n a devorar el reconcomio, no tratarse con nadie, pedir para
los émulas victoriosos el mayor mal posible. Su deber es imitar, conservar, en espera de tiempos mejores, o que realizado su apocalipsis,
~onfundidas las potestades diab6licas, la misi6n espai'iola se justifique. Holgorio del caletre, preparado para cortas fatigas, y de la rehacia voluntad, era esa pauta; pero el sentimiento de la injusticia universai nos penetraba de amargura. Creiamos inamisible nuestra virtud; no podiamos negar la ruina del poder; la oposici6n entre los
méritos que alcanzâbamos y su paga, nos volvia el mundo en un
valle de lagrimas; estabamos mas tri::,tes cuanto mas convencidos de
nuestra capacidad, de nuestro derecho. En poco tiempo, la critica,
soliviantada por esc~rmientos ruidosos, acredit6 otra opinion: la
ruina espafiola es aborto de una raza incapaz. Desabrido fallo, no
muy lejano, psicol6gicamente, de la ilusi6n a ntigua. Me pago dt!
11aber sabido por uno de los mâs Jistos intérpretes de los orâr:ulo;;,
~ste aforismo:
-En Espai'ia escasea lo ario, jeso es lo espantosol

�LA PLUMA
Preguntaban si la casta espanola se avendria con la civilizaci6n,
y la respuesta, diferida tantos siglos, era adversa: mala ralea, poco rejo;
las calaveras lo prueban, dejândose medir. iPesado infortunio! Pero el
encantamiento qued6 al descubierto. Fuése por excelencia en la virtud y consecuente inquina del mundo, o por tacha del linaje, la culpa
no es personalmente nuestra; inutil seria revolverse contra el destino.
En Ios anos de colegio, cuando la persuasion de pertenecer a un
pueblo corrupto, retono encleque de un tronco viejo, no habia podrido la raiz de mi espanolismo, nuestra protesta sentimental contra
el despojo era aferrarnos en lo que poseiamos, adorar lo que nadiepodria -quitarnos, caer pasmados ante los emblemas. Después de
la religion, en nada nos mirâbamos como en la literatura del siglo
de oro. Otra ortodoxia que guardar. Habiamos sacado el arte y el
idioma de la nada, o los habia puesto Dios en nuestra alma como
puso al primer hombre en el paraiso. Bien que no pudieran arrebatarnos ese emporio, tras de las Américas, no era floja tarea conservarlo puro. Los frailes nos excitaban a perseverar.
-iLos tengo aqui, todos, todos ...l-decia el Padre Miguélez tirândose del 16bulo de la oreja.
Se referia a los galicismos.
El aspecto de los soldados, si entraba en El Escorial una manga
de ellos, nos enardecia. Subiendo por la carretera dos filas de jinetes, tan altos, con plumeros blancos y recias hombreras de metal,
sable en mano, al paso cadencioso de los fuertes caballos, una tarde·
de entierro queriamos escaramuzar con dos colegiales norteamericanos. Los jinetes daban escolta al cuerpo de una infanta vieja, que
poco antes de morir nos visit6, quizâ por serle urgente recabar la
sepultura. El banquete que le dieron en un comedor donde presideel «Choricero&gt; de Goya, acab6 impensadamente con mal presagio.
Tres estudiantes desmandados, introduciéndose a hurtadillas, cuan-330

LA PLUMA
~:!~:ntaban los mante!es, en el comedor, devastaron cantidad de·
y de mosto. Saheron claustro adelante
.
.
saron al coro de la b T
,
por el palac10, pa. éd't
as1 ica, y con ho!nsonas blasfemias hasta all'
~:d lq~/:s~bmansi6n del Rey Prudente, ahuyentaron a la comuni~,
,
a en sus rezos; danzaron una danza b, .
del grandioso facistol; y dandole a la lâ
.
. . aqmca en torno .
a chortos el aceite y el ag . L
mpa1a, ver heron por el suelo
ua. os manes del lu&lt;Ya d b'
tarse... Ello es que la . " t
.,
o r
e 1eron de irrim1an a muno en seguida
tuvo culpa en el sacrilegio De 1
, aunque Ja pobre no
·
a pompa con que la
t
b
tan fascinante el séquito militar que d ,
en erra an era.
marinos, senalando a los corac~ros: eciamos a los camaradas ultra-jEhl l(Qué tal? jCon éstos entramos en Nueva York!

( Continu.ara.)

MANUEL AZANA

�LA PLUMA
me inunda la boc,. fMujer
es tu nombre, fMemoria, que el ser
hace perder a cuanto toca.
9Coy, desnudo, vuelvo a nacer.

CIFRA DE LA PRIMA VERA
CVuelves otra vez, ffrimavera,
y vuelvo a salir a tu encuentro.
fNo te ven en clasica f!lora
mis ojos, cenida la sien
de rosas, no; dentro del alma
penetras disuelta en olores
-de acacia, de azahares, de inciensof/,io se ve, se siente tu gracia
vertida en el ambiente denso.
9l tu contacta se despierta
mi juventud, y, como antano,
la esperanza que juzgué muerta
resucita. fNunca se pierde
la virtud inicial de las cosas:
azul de cielo y verde afan
pintan alas a la quimera
-mariposa entre mariposasde mi sueno de ffrimavera.
'Geje la memoria f alaz
la mentida historia de ayer.
cSi exprimo el recuerdo, su agraz

$eciennacido soy, mi peso
grava la conciencia del mundo
con un nuevo llanto. l,~eliquia
de mi vida anterior o sorpresa
de la luz que al abrirme los ojos
me hiere? ~enazco:
$roto otra vez del olvido,
cobra sentido de la existencia
'
soy todo un hombre. fHuérfano.
9Je ahi mi f uerza.
/;sta salud que me defiende
y las alas que me sustentan
livianas-no ha menester mas
mi espirifu-son obra mia,
que yo me he tejido la seda
de mi capullo. 'JI cuando vuele
sera porque pueda.
fNo me propongo el patron agui/a
-«record» de todas las rapinas-.
:Para castigar ese instinto
me muerdo las uiias.
fMas tampoco sigo ejemplo
de paloma ni milano;
la l&lt;impara de mi templo
es de aceite de aeroplano.

�LA PLUMA

LA PLUMA
'Griunfa en fin la razon con alas
-la razon de la sinrazonCJJuélase el corazon; las balas
hienden la estela del avion
-navegante en mar sin escalas,
zumbando (andaluz moscardon}
los presagios y sombras malas
que, en el tiempo sin sucesion,
columbra en sintéticas calas
desde el cénit de la aviacion.
{;n ta/ campeonato de azul
-olimpiada del sentimientodesafiando los obstaculos
.
que dispone en el match el vzento,
hasta llegar al aire puro
y al respiro mas ancho, el,animo
se templa al diapason de flcaro
por cumplir los antiguos sueiios.
~as cSancho maneja el timon
y el motor de cien clavileiios.
cSuspenso en el ambiente di&lt;ifano
sobre el haz de la tierra, su aliento
maternai no enternece los mfos;
libre soy en el libre elemento.
~e he escapado otra vez de las redes
que tendia la araiia del tiemp~
contra mi, porque viera empanada
por su tela sutil, la verdad, , .
la verdad que descubro en mz mzsmo
columpiandome sobre el abismo.

'i}(o, no pueden ganar las affuras
que he batido, los tristes olores
de muerte que, oh fllora, tus flores
crucifican en las sepulturas.
CJJuelo libre a otros aires mejores.

Cabo. - CJJuelve otra vez ffrimavera encendiendo
por el tlriente sus c&lt;ilidos rayos,
pinta en las aimas abri/es y mayos
y, al soplo an.il de la brisa, moviendo
mi voluntad, sus seizales entiendo.
C:éfiros suaves, sutiles lacayos,
irae que reparten con ella los gayos
colores mil de que luego vistiendo
va por el campo las mansas faderas,
el vallecillo, la ingente montaiia,
y !&lt;J. ciudad donde ondea en banderas,
puesta a secar, de los hombres la sana.
1.Cuz estrellada de noches de 0spaiza,
devuélveme iodas mis primaverasl

JfM_éceme al son de la flauta de canal

C. RIVAS CHERIF

�LA PLUMA
que muchas veces el mismo tono, es decir, la misma mezcla de colores
en la paleta, varia en el lienzo con la manera de estar esparcida por el
pince!.
Ademas, hay una raz6n econ6mica; la pintura de paisaje es mucho
mas barata que la de figura. El Arte, como todo, sufre la influencia
del dinero.

LA EXPOSICIÔN .NACIONAL

DE BELLAS ARTES
un poco ligeramente a los editores de LA PLUMA, mis.
. - esiones sobre el actual certamen artîstico, y voy a hacerer de mi maquina de escribir. Espero que el Redac11mplr
o a corr
,
·
e se me
. c de esta revista corregira los gatupenos qu
tor-1e1e
•
J cosa
, C 't'ca de Arte no voy a rntentar, a
escapen en mi dactilograf1~: _n_ i _ de un cuadro o de una estatua que
d 'f' ·1 Porque em1t1r 1mc10
es muy i ici .
, .da visita a la Exposici6n, es gran
apenas se ha vislumbrado ednrountr:;ac~adro y estatua tras estatua, es pe1.
y el enumerar cua
•,
1 d la
1gereza,
-· é a dar una impreswn genera e
sadez
inaguantable. Me constremr
-

ROMETi

Exposici6n.
. del Retiro destinada .a la. pintura,
la parte de1 Palac10
A
,
Se ?ota end
, . abandona la figura y cultiva el pa1sa1e. ~ que
que la 1uventu art1st~ct
uchachos dejan el estudio y van al campo?
se debe esto? (~or que os m 1 d'fi
ltad mayor que presenta la figura.
la pnmera raz6n es a 1 cu
.
b
C
reo que
. .
, te un escorzo, y, sm em argo, nos.
Un mediano d1bu1ante ~e ~strellara a;e arbol de nube ode colina. Creo
dara un contorno veros1mil de ca:a, t a re~roducir el acorde de tonos
también que un colorista ac:a:a ~~::arse impunemente un poco, que
del aire libre, en el cual pue
dq
1 ue todos los tonos estan intia modelar justamente el _de~nu o, end:li~adîsimas. Tan delicadas son,
mamente unidos y sus vanac1ones son

Los paisajistas de esta Exposici6n son, a mi modo de ver, muy superiores a la generalidad de Ios pintores que cultivaron el mismo género
en los ultimos aiios del siglo x,x y Ios primeros del siglo actual, exceptuando, claro esta, Ios grandes pintores Sorolla, Rusiiiol y Mir. Precisamente estos artistas fueron de Ios que, abandonando la escuela introducida en Espaiia por Carlos Haes, limpiaron su paleta de colores sordos y
adoptaron los luminosos.
~A imitaci6n de los impresionistas franceses? No lo creo. En ninguno
de Ios pintores antes mencionados puedo ver remembranzas de los
transpirenaicos. Son tres levantinos.
Las influencias franccsas se notan mas en dos admirables paisajistas,
que probablemente no dejaran escuela en Espaiia: Regoyos y Beruete.
La abundancia de paisajes da a la Exposici6n un aire de concurso
entre aficionados a la pintura que no se atreven a intentar el supremo
esfuerzo, el cuadro de composici6n.
Hace treinta y mas aiios las Exposiciones se llenaban con grandes
lienzos y sus au tores eran llamados pintores de historia. El concurso
art{stico produda una impresi6n terrod.fica a veces, a veces c6mica. Las
degollaciones, las batallas, Ios grandes episodios de la Historia eran los
temas elegidos.
Un chico recién salido de la Escuela de Bellas Artes desdeiiaba pintar
lienzos que tuvieran menos de quince metros cuadrados. Todos soiiaban
con emular las glorias de Rosales. Se pintaron cuadros hermosos, se
realizaron atrocidades sin cuento; pero los pintores eran romanticos.
Ahora, ya no lo son y no se encuentran entre los j6venes artistas contemporaneos muchos que sigan el consejo del· divino maestro: Haz
siempre aquello que te dé miedo-. Ahora, no; se pesan Jas facultades, y
337

�LA PLUMA
se calcula la obra de tal manera, que pueda realizarse con discreci6n.
Cosa un poco fea es la discreci6n en el Arte cuando no va unida a la
maestria.
Por eso, en esta Exposici6n se destaca, sobre todo, la obra de un muchacho que no tiene miedo. Lo que él piensa ha de realizarlo, a pesar
de todo, sin que le asusten las dificultades. Si tiene que saltar por encima de la 16gica, sait.Ira; si hay una combinaci6n de color irrealizable
para él, la pondra en el lienzo como pueda, negro, betun, galipote con
cl que impermeabilizan los fondos de los barcos, con loque sea, y conseguira o no el efecto apetecido. A Solana, que es de quien hablo, no le
asusta poner en sus cuadros detalles o figuras que reciban al mismo
tiempo la luz de cualquicra de los puntos cardinales o una luz subtcrranea o interior como la de un farol.
El maravilloso artista va derecho a la emoci6n. &lt;Consciente o inconscientcmente? No lo sé. Corno el pajaro emigrador va hacia el Sur en los
primeras dias del otofio, y como el pajaro llega al pais encantado.
Voy a decir quiza una barbaridad, una exageraci6n, mi aserto hara
fruncir el ceôo a muchos lectores de LA PLUMA, a otros les causara risa.
Siento un poco de miedo al teclear en el abecedario de mi maquina,
pero me decido. José Gutiérrez Solana es... el mejor pintor de Europa y
su.cuadro titulado «La vuelta de la pesca» redime a la Exposici6n Nacional, agobiada por la balumba de tonterfas que hay en ella.
Para hallar algo semejante al cuadro de Solana en la Historia de la
Pintura habriamos de remontaroos a Goya, y daodo otro salto, al Greco.
Solana perteoece a la raza de pintores incomprcnsibles que resisten a
la critica.
tHay nada tan imposible de explicarse como era el Greco? Al menos
para ra/, todavla no se ha dicho oada que satisfaga. Fué autor del mejor
cuadro del mundo: •El conde de Orgaz», y pint6 los mas horrendos mamarrachos: alguno de los ap6stoles de Toledo. Lo mismo que Goya, en
el mismo lienzo pintaba del modo mas insuperable, y al lado, como si
de repente se le olvidara todo loque sabia, se embarullaba en un roont6n
de pinceladas infames. No poseian ni Goya ni cl Greco la receta de
338

l.A PLUMA
-escuela que a 1os mas
, grandes arti
.
pro~lema irresoluble. (!No coooci:::/erv1a cuando se les presentaba un
olana procede de la misma
re~eta, o no querian usarla?
lucharé con ella hasta agotar
S1 ha! una dificultad que vencer
rrota apar_ezca clara. 1Es un pintor h s,; s1 no la venzo, que mi deAdemas, una cosa im
onra o el tal Solana!
de memoria ·
portante: Solana pinta su pensa m1ento,
.
.
pmta

mi:~~:~

1~~

Otra obra culminante en la Ex osi ..
cscultor Asorey, natural de ca!ba~10n,Ees 1a madera policromada
a en el suelo con un niôo en br
os_. s una aldeana gallega senSI yo fuera Jurado de la Exposici6nazos. S~yo fuera rico, la compraria·
oro, y si estuviera en mi mano reu~·conce cria al autor una meda11a d;
pueden votar la medalla de h
Ir todos los votos de Ios artistas
Lo mas encantador de est:n:, se 1a daria a_l tallista gallego.
que
produce la contemplac1·0· d o ra, es su anticlasicismo 1Que· I
J'd d
n e una obra d · d .
·
p acer
t a ' que_ no nos traiga esa an
.
enva a d1rectamente de 1a reap~~er dec1r: 1Ah!, ese torero pin~~~~a del :carreo artistico! Eso de no
ta gura del Greco; ese acorde Io h p_or e gran Fulano, me recuerda
parece
al d e R od'm, y este negro esta
e v1sto
. este busto se
.
. . den el y erones;
c1r eso, es un consuelo delicioso'
imita o de Degas. El no poder deLa Naiciiia de Francisco A .
va a1 mercado de Santia o
sorey es una buena aldeana aile a
pronuncia dulce y canta~in~~a~~mpo_stela; su boca, de labio: car!o:c
se le va bacia un lado, distraido :~ m1entras ~no de sus ojos candida~
1Ah! ;Francisco Asorey d C
un estrab1smo soiiador.
va s
e ambadosl ·C ·
d
devo~· ~a~, para que su gubia corte las fi'br~:ndto 1 ebe querer a su pais
10n.
e a madera con t
Do
. .
anta
s pa1sa1es de tierras castella
presenta Aurelio Garcia· «Cam
sde bFuensaldaiia» y la «Barranca dnas
e la T ·
·
pos
o re todo el primcro ticne la e
e1era». Los dos son admirables
que el Iabriego castell~no, conden:~~m~ :mo~i6n de las llanuras roja~
su y~nta flaca. Son esas tierras cale'
am rc, ara todos Ios aiios con
las t1erras de la escarcha matin~I
mad~s ~or el sol sin misericordia
' que en rnv1erno se hielan y adqu1eren
. '
339

�LA PLUMA
. , n llena de Iuz Aurelio Garcia ha
dureza berroquefia. En la d eso1ac10 .
'
..
d.d entre tanta tnsteza.
puesto un pnete ~~r 1 o Aurelio Garcia, una cosa importante: este
y ahora, refinendome a
e en los miles de pinceladas que
artista pinta del natural. De segur~~: sido comparada, estudiada, concubren la tela no hay una que no , ante los o1·os
lo que aparec1a
·
trastada fielm~nte con
. erior· Aurelio y Asorey, reflejando lo que
Solana, mirando a s~ mt
' do en las dos cumbres representaven. Los tres tienen razon. ~~:;:a~elazquez: &lt;A quién hay que seguir?tivas de las dos maneras, el
~ 1 que han de darnos la pauta ....è'
&lt;Son nuestros ojos o nuestros suenos os
RICARDO BAROJA

PAGINAS INACTUALES

LOS PRINCIPES Y LOS SABIOS
veces me para a pensar de do procede tanta discordia
entre subditos y senores,y entre p rincipes y vasallos;y echada mi cuenta, hallo que los unos y los otros tienen razôn;
ca los subditos quefjanse de la poca benignidad que hallan en
s us sâiores, y los senores quéjanse de la mucha desobediencia que hallan
m sus subditos; porque a la verdad la desobediencia va envuelta con
malicia, y el mandamiento va encaminado a codicia. Ha crecid0 tanto
la desvergüenza del obedecer, y hase desenfr enado tanto la ambiciôn en
el mandar, que a los subditos les parece que el yugo de pluma es de
plomo, y por contrario, a los principes y senores les parece que contra
qm mosqzûto que vue/a han menester desenvainar la espada. Toda este
dano publico no viene sino de no tener los principes cabe si hombres sabios que les aconsejen en secreto; porque jamds hubo principe bueno te11iendo el consejo malo, ni jamds hubo principe malo tmiendo el cons(!jo
hueno. Entre los principes y prelados que gobiernan hay dos casas: la
1,na _es la dignidad del eficio,y la otra es la naturaleza de la persona;
J' pitede ser que uno sea b11,eno en su persona y malo en su gobierno, y
p or rontrario, imo sea bueno en su gobierno y malo en su persona; y
por eso decia Tulio que j amds hubo ni habrd tal '.lulifJ César en su persona, ni tan mal g obernador coma él fué para la republica. Gran bien

I]

340

UCHAS

3 41

�LA PLUMA

LA PLUMA
es que sea uno buen hombre, pero sin comparaciôn es mu,y mayor bie1t
que sea huen principe,y por contrario, gran mal es que sea uno mal'
lzombre, pero muy peor es que sea mal principe; porque el mal hombrf
solamente es malo para si, pero el mal principe, no sôlo es malo para si,
pero es malo para los otros. Cuanto la ponzoiia esta par el cuerpo mds
derramada, tanto en mayor peligro pane la vida; quiero decir, quP
cuanto mds puede un hombre sobre la republica, tanto mds da1îo lzace
si tiëne la vida aviesa. Yo no sé par qué los principes y grandes seiiores son tan curiosos en buscar los mejores médicos para curar sus
cuerpos,y junto con esta, son tan remisos en buscar hombres sabiN
para gobernar sus reinos; porque a la verdad, sin comparaciôn es mayor dano la mala gobernaciôn en la republica que no la enfermedad r11
su persona.
De lo que estoy maravillado y aun escandalizado, es no tanto de la
mucha que pueden en casa de los seiiores los hombres locos, cuanto de
lo poco que pueden y en lo poco que tienen a los hombrts prudentes y
sabios; porque gran injusticia es que en casa de los principes entren los
locos hasta la cama, y no pueda entrar el sabio aun en la sala; de manera que para los unos no hay puerta cerrada, y para los otros no hay
puerta abitrta. Los que ahora somas, con razon loamos a los que ante·
nosotros fueron, no par mds, sino porque en los tiempos pasados, siendo
muy pocos los sabios y estando el mundo lleno de bdrbaros, de esos mismas bdrbaros en suprema reverencia los sabios eran tenidos;porque mucha tiempo durô esta costumbre en Grecia, que cuando pasaba un filôsofo cabe un greciano, se habla de levantar,y habiéndole de hablar, 1w
se podh asentar. En contrario de esta, todos los que vinieren después reprehenderdn a los que ahora somas, en que habiendo hoy, coma hay, tan
g ran hueste de sabios, y viviendo, no entre btirbaros, sino entre cristianos, es ldstima verlo y a/renta escribirlo, ver en cudn poco son tenidos,
porq ue hoy,por nuestros pecados, no los que saben mas ciencia, sino los
342

que
,1, 'bt·
. .tienen mds hacienda, aquéllos mandan mas' en la reru
tca. ~r
I o no
Je sz _los lzaya depravado la sabiduria o que ya el mzmdo totalmente tiene
p~rdzdo el gusto _del~a, que apenas hay lzoy sabio que limpiamente sirva
solo !~r ser sabzo, szno que le es necesario aun para ganar de camer ser
b~llz_czosos. I Olz mundo, oh mundo! Yo no sé cômo~escapade tus manas
m coma se de.fiende de tus pelifros el hombre simple y idiota, cuando los
hombre~ sabzos Y prudentes, atm con toda su sabiduria, apenas pueden
to-:'zar tzerra segura, porque todo la que saben todos los sabios desta
vida, todo la han menester para difmderse de tu malici,1.
!in comparacùfn los principes tienen mds 11ecesidad de tener cabe sz
sabzos para, apr:oveclzarse de sus consefos, que no ninguno de todos los
otros :us subdztos, jorq~e coma estdn en el miradero de todos para mira:, tzenen menas licencia que ninguno de su reino para errar· ca si
mtran
t'
r
.
'
de
t doa tOdo
. s, Y zenen zcencza de Juz.rar a todos, sin licencia el/os son
0
_
s mz:ado: Y atm juzgados. Muclzo deben parar mientes los prin czpes
~uzên fzan la gobernacidn de sus reinos, a qui!n encomiendan
sus
• ,J a tzerras
•
, e;ercttos, con quién env'zan las emba;auas
eztraiias de quién
~an el coge~ y guardar de sus tesoros; pero mucha mds tiene:i que mi1 ar y ezamznar a los que eligen por sus privados y consejeros porque
cual, fuere
la com"a
- ' qut etp rznczpe
' · tuvzere
· en s11, consejo y casa
'
_
-.r nza
ta!
sera
lafama
que
te
d
'
l
·
'
.
n ra en a tzerra eztraiia y en la republica propia.
Sz contra su vo_luntad oyen y saben cada dia los principes la vida de todos :os que reSlden en sit republica, .par qué de Szt voluntad no ezaminaran y co~reg!rdn a los de szt casa? Sepan los principes, si no lo saben
que
· dos, de la provtdencza
.
. de sus consejos de'
l de la lzmpteza de sus crza
a cordu~a de su persona y de la orden y concierto de su casa depe~de
todo
·
"b le, estando en el 'drbol las
, el bzen de la re"ublica
-.r
,- p orque es zmposz
raues secas, veamos en las ramas verdes las hofas.

r::

FRAY ANTONIO DE GUEVARA
343

�LA PLUM A

EL NOVELIST A
(NOVELARIO)
(CONTINUACIÔN)

XIII
novelista defendia, sobre todo, el atardecer de toda contaminaci6n. Veia, a través de los visillos, el verdadero sentido
..
de la novela de la vida, lo que..nunca habia alcanzado, loque
estando tan cerca resultaba indeciblemente lejos.
Era esa hora de la tarde como ese poco de postre que los golosos dejan para tomarlo con el café, y que no dejarian que nadie se lo comiese
porque es el verdadero bocado de cardenal.
.
Vefa venir a esa hora, por las calles surcadas por h1leras de faroles,
los personajes que no llegaban nunca, y esa mism~ real_idad ta~ t3.ngible y tan admirable, se le escapaba, resultaba impos1ble, maseqmble. Le
atravesaba como a uncedazo, pero no dejaba en él ni rastros de si mism~{(S6lo con esta hora se podria hacer una novela develadora», se dec,a
el novelista; pero era como imposible concentrar en una novela la sencillez de una hora tan definitiva.
En el atardecer de esta tarde habia encontrado una persuaci6n magnifica. Era el principio de la prirnavera, y estaba todo lleno del vaho de
la ciudad, y precisamente, cuando mas abierta estaba la calle sobre el

[I

344

L

-c~elo, pare~ia que se habian llenado las calles del humo de los cigarros,
.sm que le 1mportase salir pronto por la ventana .
. , Los tres he~manos o amigos que salen con sombrero de paja, defend1en_dose, gracias a la solidaridad, pasaban a Io lejos como los primeros
manneros de la primavera.
_ ~abia un aire, cargado de rebuznos, que quisieran dirigirse a Jas senoritas que Bevan trajes talares que les marcan todo.
El no~elista s.e asom~ al balcon buscando ese olor, ese caldo particuIar del primer dia de pnmavera. Era como si se asomara al tendido de
Ios toros, unos toros nocturnos. cÜ era como asomarse hacia Ja calle del
templete de la musica ... ?
. El novelista,, acodado sobre la balaustrada del balcon, seguia, como
iurado del balcon, el paso de las gentes en procesi6n, aunque sin velas
en las manos,_ esas velas con arandelas de pape! que llevan Jas beatas
con un gesto mdecente.
De pronto alguien le IIam6, de entre la multitud, con gesto, ante todos, de torero que va a brindar un toro.
-ïEh!, jtu!, 1Andrés... !
~ndrés reconoci6 a su condiscipulo Arturo, el hombre jovial para
,dec1r cosas desa~r~dables, el que daba en la espalda Ios golpes que causan una hemopt1s1s.
- cPuedo subir un rato?
-Si... Sube ...
Y A_nd~és meti6 la silla en la habitaci6n y sali6 a abrir al amigo, que
•ent~a t1mandose con el perchero y acaba timandose con todas las que
estan asomadas en la vecindad.
-cTe refrescabas la frente con el balaustre?
-No. Meditaba.
-:-iPero ?ombre! iA quién se le ocurre! Meditar poniendo la frente
e~ h1er~o fno ... ~o hay peor caustico para las ideas ... Yo, cuando quena enfnar cualqu1er obcecaci6n, hacia eso.
-Pues yo n~flexiono asi _mejor ... Ese entusiasmo tonto con que bro.tan las concepc,ones lo cornjo de ese modo tan sencillo ... Yo me acuer345

�LA PLUMA

LA PLUMA
do que, cuando de nifio tuve ideas mas sensatas, fué cuando apoyé la:
frente en las barandillas de hierro para ver pasar las gentes, para ver los.
perros, para quedarme después abstraido mirando el suelo y como diciéndome: «iTodo es tierra, tierra, tierra para nosotros!»
-Bien, pues no reflexiones tanto y deja ese refresco de verano para
Jas frentes fatigadas ... .:Sabes con qué mujer he estado cenando ayer?
-èCon quién?
-Con Margarita.
-.:Qué Margarita?
- Tu Margarita.
-jC6mo!
.
-Si, la protagonista de tu novela «La Encontrad1za&gt;&gt;. .
-iAh ... l Bueno ... Acabaramos ... Esa no es mi Margarita ... N~nca
fué mi Margarita, pues en la vida se llama Rosaura, y yo la eleve un
poco llamandola Margarita ...
-Pues todo el mundo la llama Margarita.
-Defectos de la popularidad ...
-Y ella me ha dicho que va a poner en sus tarjetas: «Margarita la
de la novela mejor de Andrés Castilla».
-iHombre! Que lo ponga y la meto en la carcel... 1No faltaba mas ... !
Hubo un silencio en que Arturo dej6 que envainase su indignac~6n
Andrés. Esa Margarita de su obra «La Encontradiza» era la protagorusta
de una novela de la época en que Andrés aun hacia libros de venganza
Fué la antigua novia del novelista, a la que, si bien habia desprestigiado
y descubierto, habia dejado en medio de la vida abandonada ~l albur
de muchos dias pr6ximos. La dej6 bautizada en grande y fué el el padrino. Ahora en todas las bodas casuales de Margarita, siempre resultaba
la bero{na del gran novelista Andrés Castilla.
Ya con todas las mujeres que eran protagonistas de sus novelas, tenia gran cuidado el novelista, y, sobre todo, desechaba ~as mujeres reales que le resultaban demasiado escandalosas. Lo que hizo con Margarita, no lo volvi6 a hacer nunca. Ahora el unico encanto de aquella mu-

jer, s~rda como una Upia para toda idea, era haber sido amante del
novehsta, y hasta habia habido un amigo que le habia dejado clavada
una frase de ella:
-Me dijo Margarita-le cont6 con ensafiamiento el amigo-: «me
gustas mas que él...»
èMostraria las comparaciones con esa precisi6n de que oustan los
hombres? èLograrian hacerla hablar llevandola a confidenci:s en que
ella por exaltar _al nuevo amante desprestigiaria al novelista?
Sus calzoncillos no eran muy ridiculos, pero siempre encontraria
un desdén para el tipo de loco vestido de blanco que es el hombre en su
mas intima intimidad ...
Hubiera _preguntado_ cosas a Arturo, como: «l'.Sigue diciendo aquello
de «Para_ m1, no hay mas que Adan ... Todos sois Adan?», y otras varias
c?sas mas, ~ero se ca!I&lt;&gt; porque le repugnaba que aquel amigo dnico y
cicat7ro ,hu~1era pod1do estar con su Margarita, porque de verdad se
llamo as1 Y s1e~~re recordaria las horas aquellas en que Margarita fué
buena y parec10 1r a serlo siempre.
èC6mo ~udo enso~_erbecerse tanto de pronto? l'.Quiz.i la menopausia ..?
Arturo mterrump10 sus meditaciones, diciéndole para dejar mayordesgarradura en su alma.
-Y me voy, chico ... Que me esta esperando ...

XIV
. El nove!ista cmprendi6 el viaje a Londres. Iba por personajes mistenosos. Sabia que en tal calle, a ta.\ hora, le esperaba uno de ellos, el nue_
110 protagonùta.
I~a. como a una cita, en el bosque o en cl centro de la poblacion,
~lle1eando corn~ para encontradc sin saber en qué esquina le encontrar_ia. Los ~rotagomstas que mas huella dejan son esos con los que el novelista trop1eza al volver una esquina, dandose entrambos en la nariz.
l_~o olvidaria nunca a aquel personaje de novela que le pis6 un pie
pomend?le la plancha de hierro de su pie sobre el dedo pequeiio, el
dedo mas planchado de todos los del pie, el que mas timidez tiene de:
347

�LA PLUMA
existir y en el que la uiia es como un recuerdo ancestral, pues lo primero que perdera en su evoluci6n el hombre es ese dedo!
Llevaba en su maleta el original de «El Faro! 185» dispuesto a acabarlo como fuere en aquella retirada a Londres.
Pero a loque él iba, principal mente, era a merodear la casa del gran
escritor inglés Ardith Colmer. Queria ver proyectarse la sombra del
escritor tan admirado por él, sobre los visillos del balc6n, poniéndose
y quitândose la pipa de los labios.
Iba con ese deseo de ver sombras chinescas, de o/r la inspiraci6n del
maestro y de recoger los efluvios que se escapasen a su despacho por el
cristal ventilador ...
El otoiio habia comenzado en Madrid y habia tenido que cerrar la
habitaci6n hacia dias, sin poder resistir ya el anochecido de las ultimas
noches. En Londres el otoiio estaba mas retrasado y se encontr6 con
unos dias veraniegos a los que atufaba algo como el tufillo de los antiguos quinqués de petr6leo. Agobiaba el calor inesperado, aquel olor a
minerai, a petr6leo malo, a tubo recalentado ...
Andrés se estableci6 en el antiguo hotel que habia ocupado siempre
.a través de la vida y en el que hasta las tazas de entonces se conservaban ... Nunca se Je habian caido a ninguna criada, ni las habian descascarillado dândolas un golpe con el diente del grifo.
Podria ver con los balcones abiertos el laborar de su admirado
maestro Ardith Colmer.
En efecto; aquella primera tarde, cuando ya podia pasear un tran.seunte por enmedio de la oscuridad sin ser visto, Andrés sali6 de su hotel y se dirigi6 a la calle que viviria en una gran inconsciencia de que
hospedaba al grande hombre hasta que pusiesen la lapida en su pared.
En la calle del gran novelista ejemplar los pasos se hacian impercep.tibles, silenciosos, mas apagados que en los contornos. Toda la calle
cooperaba al silencio y las casas de enfrente no tenian nadie en los
balcones para no distraer al escritor.
Estaba el escritor inglés en esa hora del atardecer en que la mesa
.es una plazoleta dulce en la que se acaba de encender el farol.
348

LA PLUMA
Andrés, cl gran novelista de las novelas con luz, ten{a envidia de
aquellas novelas ~scu~as y p_sicol6gicas que fabricaba el novclista inglés,
Y_en las que el m1steno hac1a personajes de la novela hasta de los armanos de la casa.
Por el b~lc6n se vcia la silueta del gran escritor inglés, Jimpiando sus
gafas Y med1~and_o ~ient~a~··· Se veia su sombra de bruccs sobre Ja baJaustrada, mas bien mqumente que escribiente.
-1Pero que todos han de hacer sus novelas sin escribir, menos yo
que tengo _que_ matarme de tanto trabajar!-se dijo el novelista.
,El es_cr:itor mglés se mordia la pluma y se rascaba la cabeza. éLe distraia quiza el que Andrés le mirase con aqueUa avidez desde el fond 0
de la calle?
Andrés espera_ba que por el balc6n abierto le echase el novelista ing_lés alguna cuart11Ja sobrante que él descnvolveria con la misma religiosidad ~on que un niiio desenvuelve el pape! que se encucntra hecho un
gurrun? y en cuyo fondo se sospecha una sortija.
_Ard1th Colmer reposado y paci~nte esperaba un personaje. Jban a
salir to?os los elc~entos de su novela detras del coche fünebre y solo
depend1a de ese am1go ausente: el que el coche y la comitiva se pusiese
en marcha.
. Veia Andrés asi el argumento de la ultima novela de Ard"th
1 , pues
s1e~p~e parece que el nov~lista escribe en loque escribe la repetici6n de
su ult1ma novel_a, como s1 se pudiese escribir de nuevo la misma obra.
An~rés sent1a una gran emulaci6n parado en la esquina de la calle
de 1\rd_1th. Pensaba escribir una novcJa entera a la noche, vertiginoso
fantast1co, solemne.
'
El farol de la esquina le dijo:
-1Atrévetel
Andrés, dcspués de lanzar una ultima mirada al escritor inglés y ver
que se andaba en la nariz, se di6 cuenta que era Jo bastante hum
· ·tar y se voIvi6 a su hotel ansioso de avanzar en la ano
noPara pod erle 1m1
vela: «El Faro! 185».
«éPor qué capitulo iba?»
349

�LA PLUMA
LA PLUfll'A
«Por cl xv111.~
Y continuô:
«El amigo de los faro/es les 1niraba tanto, les asistla tanto con sus

. das que parecia pasearse con ellos.
1mr~s
especie de hermandad esa de los amigos de los faro/es, como

u:uz

/a hermandad d! la paz y la caridad.
El amigo de los /aroles los va mirando fijammte cu.ando_ sale en la
l tdo pues nadie que como
noclze y recoge de cada uno una firase o un sa t ,
.
. l
· ·1ual ni el centme a
los Jaroles se wadre al paso dtl transtt{,Jlte esPm
'
R
n / · R al cuando entra el ey.
.
q zte hace guardia en la puerta del ra acw e·
izamnoso franco te.
los faro/es mttestra,i un rostro comprenszv0 1
:
d
I".
z..
veces tl amzuo e Ios J aSon granties predicadores en la 1zocru:, Y a
"+ones de /os J aro1es verroles se fla parado a oir sus palabras. L os serm
•.
.
comentan los contras,ts
sin sob, e la realidad de la vzda y mttestran Y

de que utti lima.
da cfr a y
«La rea/idùd-predicaba uno una nocke-es sordcmu . y / 'g, , ,
no piensa ademds... Nosotros percibùnos como nadie el si/e,ic10Ly e vladcz:
d
te la noche... a so e a
de pensamiento que hay en la natutal eza uran
..
.
la que vosotros pasazs.. •
que nosotros pasamos no tzene que ver con
t
1Cdmo va,nos nosotros, pues, a creer en nada, cuando !tay largos :la os
c
ad" . o·
r Podiis estar tranquz os...
e,e que no sentimos nada a n ,e ni a ,os...
Se
No hay responsabilidad moral... Nosotros /o sabemos como na lie/.:· ·,
da Solo tenemos e imz e
/
Pue .. . .
l
puePuede pensar y realizar todo o quet seb ·1-dad
Ba1o nuestra uz se
de nuestr.i posibilidad y nttestra es ~ i i :;· "J
de leer el periddico en blanco de /a lzbertac,on.&gt;
Todo a su alrededor o lanzan sennone! o cuent.m citentos.
.
&lt;y cdmo es un cumto de farolr Los cuenta el farol vara con sosugo,

a

tomtindose tit.,,,po, rodeado de su Luz.
·.
Un cuento de faro/ es, por ejemplo, el de «El nino perdui:i•d·-~ b
. un nzno
•- m 1a noche Y v agaba por /a au au. usSe habia perdido

cando la puerta de su casa. Bra el nino genial que esta llmo de orgullo y por eso no se humilia pidiendo auxilio, dejdndose llevar entre la
piedad de las gentes, que preguntan: «{Pero no te acuerdas, nùîor.. Y
exclaman a cada paso: «1Pobre nùiol&gt;
Aquel nùîo de las tres arrugas en la /rente se dispuso con una gra,z
dignidad a buscar el portal de su casa, cuyos alrededores conocia y de
rnya puerta se acordaba,pues sus cuarterones imitaban las onzas de la
lzbra de cltocolate.
El 1ziiio perdido se sento en un banco,junto a/ faro/ mimera 77, y
se puso a pensar lo que karia para encontrar su casa sill provocar la
piedad de wt extraii,. &lt;Esperar a la maiianar No, porque todos notarian que era el 11ùio perdido.
El niiio perdido miraba al faro/ numero r85 pidiéndole proteccùht
y conse;o como un mdrtir, y el faro/ ntimero 77 se compadecio del ni,ïo
como ltuérfano y perdido:
-Vamos, 11iiio-le dijo-; te voy a !leva,· a tu casa...
Y d faro! nûmero 77 llevd al nùîo a su casa, dejtindole en el portal
y quedd11dose /rente a él un momento para ver al niiio subir la escaler-i, colocado de esa manera con que por casualidad algunos f aroles lacayunos esttin siempre /rente a una puerta.
Después el faro/ ntimero 77 se fttl como habla llegado alli, dandù
saltitos en un juego de las esquinas en que aproveckaba parti, moverst
la distraccion de todo el publico.
Los /aroles, con la medalla de su n11.mero en la visera siempre, parecen asi o:rorcizados por ese atributo, como medalla de la Virgen en
pecko de vagabu11do.
Esa cosa blanca que los remata parece el babero blanc,; de là Congregacion.
Los /aroles cuadrados, siempre ante el que pasa, se ponm a las drdenes sobre todo del que espera que tl sermo le abra el portal. A ese le
351

�LA PLU .\1 A

LA PLUMA

prtsentan las armas de su luz y le atientUn de frente muniras espera1t
el sereno advenimiento. f Qui mudos didlogos se eslablecen entre esos fa' oies y los que esperanl
-Buenas noches.
-Buenas noclus.
-Mantienes con tu luz el orden alrededor de mi portal... Gracias a
ti no se atret•en los ladro11es a meter sus ga11zuas par el o;o de la cerradura ...
-Es verdad... Pero ademas doy estabilidad a tu casa ... Toda la
noche ma,ztengo tu postin r pongo cerca de tu sueiio tma plazoleta de lu=
blanca ...
-Estas anima.M, te alimentas bien, parece que te sientes feliz m la
noche fumando tu puro...
-Si, me simto feliz.
Nadie ni 11ada presencia la vida como un faro/. Si algun encargokay que dar a alguien para los dias que vendrdn despu!s de nuestra
muerte, es a un faro!. El solo guardard un poco de nuestro tiempo de
ayer para el tiempo de man.ana cuando ya no estemos.
El faro/ ts el unico ser que nos da dnimo para morir y que nos demuestra y nos revela lo senci/la que es la supervivencia.
CAPÎTOLO XIX

El faro/ r85 tenia esa noche un espiritu mas satisfecho que ningû11
dia. Si se pudiera decir eso de un farol, se podria tlecir que kabia cenado bien. Tenia la facka del que purea después de ltaber cenado opiparamente y ha tomado de postre una tortilla de ron cargada de alcohol ardiente y de mas alcohol que arde después, que sigue ardiendo dentro,
porque se apagd sin f undirse.
Comened a si/bar. No era el silbido tristt de algunos /aroles.
Acudieron los serenos a su silbido, y unos ladrones que robaban en

las prorimidades huyeron indignados al
denu;ciaba. 1Silbar co,no un serenol
ver que era un faro/ el que los
os ladrones, despuis de pasada l
l
.
le rompieron todos los cristales y l
a ~ arma, volvzeron Y, rabiosos,
de mariposa azulenca e inquieta. a ca,nzsa, quedando una luz con tipo
Tan tétrico se quedo, que toda la calle re .
.
sus paredes lo tétriw que se habfa quedadn 'Prodzyo en los espejos de
Parpadeaba coma mtuertado y tristdn .
gmte maleante buscô
.
,y en aquûla oscuridad toda la
A ,
su esqumaY toda la rinconùda se llend de
quz..., ·;:en-se oia con anhelo m l
.
pecados.
mechero entornado guiiiot"aba ,
, a oscurzdad-; y el faro! de
.,
aun mas nerv ·0
te
z samente, coma la !lama
l las maquinillas de espiritz, de .
1Ah! 1Pero lo que mas le mol v~~o
se acaba el alcohol.
·ver y alu.mbrar el camino lza . ,es o aquella noclte fui que no pudo
.
,
cza ,a casa «Non Sant
.
mu;er tema la voz 4•z, _, . .
a», a unapare1a cu11a
,, as ue1zczosa que h b, 'do
..,
';J'
1Qué bel/a d. b · .
a za oz m el ,nund~!
e za str aquella muchacha
.
Nunca habia Shllido "a t.
. .
' a 7uzgar por la voz!
'' n a cunosuiadpo
b
•
aquella 11oche, e,t que el mech, b ·,,
r sa er quzen era ella, cômo
.
o,z rz ,a,rte de su lu
.J,f
,
~omo tma falena triste con dock .
.
z, se queuu lugubre
Del r1.· 'l
o;os mzopes en las alas
za ogo Y dd timbre de voz no se obida ,
.
-Es l p
" na nu11ca ·
a
uerta
de
la
sacrzstia
del
,
,
E l
amor... -decza eï .
- s a puerta del ùifierno... Volvdmonos M-: .
que nos hemos esca"ado , k
. .. z Madre va a ,zotar
'l'
a ,a« ermessh de ' Il
que supo,u las manas em•" •"aria _,_
cza e a con la voz trémula
.
r 11r
s ue sudor.
-Mzra, e1teontr,1remos sin carrer lo
l'
rrer si esperdbamos la ale b _,_ l
s pe zg_ros que teniamos que coP.
o a ue a boda-decza él
- ero los colchones son de espinas M
. .
volver...-su"licaba ella- y lfi
... o me pzdas esto... Def;ame
-r
•
e . arol r85 q uerta
'
·
ver la carucha triste
avzvar su luz para
.
Y comp1mgzda· pero
p
'bl
tibia el luor de su al
'
no era osz e, era osrnro y
ma.

;uand~

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
.
ue tanto se dtfmdiô en la osc11debiô ser aqueila ~UJ", q . dtl te por la mano varo11il!
é ,1iu1ada ,,aeta
an
.
~-'-d pero que, al fin, fiu emr ..,_
, b sido lzeroico al avisar
r'"" ,
p , sm luz por ,,a er
dt
De aquella noclze que aso
'
ervo siempre el recuerdo
t
los ladrones, cons
. dt b
a los sere,cos y asus ara
t, a una bel/a mujer, la mu;er
eaquella voz dulcisima ru_e represe1:: no pudo ver y por eso le resultaba
lleza ideal, que fué la unica a la q
, . a·,,,
maszn
....,,..tey e,zlabiadora.
j Q"é bella

CAPfTOLO XX

l

, dt los f aroles restituyô
e repo11 e las averzas
. .

En siguida el fa, o ero qu
. t·. re•i"venecido y como de t,mpio
b al r85 y se sm w ..,

sus cristales y su tu o
de t. lia,.
Le habian cambiado el cuello
m
d'
, l ·dez que otros zas.
Pensaba con mas uc~
.
decîa con gran empa,que.
-«Ilumznamos la hzstorza&gt;-se

Qui dt modas he vistol&gt;
t de tzosotros mismos...r
dam-os cuen a
.
«tPor qué cree,me que no nos
ada casa los rodta la idea dt sz
h bres es que a c
.
Lo que no saben los om
. . l âea de todo lo dtmas.&gt;
',Ja
t . por comparacion, a t
y en esa iuea es a.
· dtl otro &gt;
«La noche no es de este mzmd~b•. sz~o to en la ~oche y borramos el mal
t ly recz ,mien
. ,fi •
«Ponemos luz de por a
l
che es nodie dt/ in nzto, esue
oscura
a
no
tfecto que lzace oscura, po, q
«/

tar enterrados y ,,,mertos.&gt;
l noche perderîa ese gran artifi.cio que
«Si no Juese por nosotros' a
tune.&gt;
,
ciente coma nunca en la noche dt verano,
.
Elfarol 185 se sent~ cons
-as· humanos. Volvia a aco1 que olia a albahacas recibt regadas.l
l s •aro es son,,.
b'
do
o J'
, biaperdido no usa za
En el verano es cuan
.
- asado, de la que se ,za
darse de la mu;er de! ano p -;a durante todo el 'L'era1to.
,
_,, dt pero que le kzzo compan
_
. , de madre, le rodeo, le
aan ,
.
aquel ano se sa1zo
La verbena dt/ barrzo, que
354

akogo, )' metié11do/e dtlltro de una barraca hizo con él a/go asi como
raptnrle.
Se sintùJ desconcertad., al verse convertido en algo asi coma en ldmpt1ro1 de comedor. llrmtùzaba a/li d,utro 1ma c&lt;1suca miserable sobre la
tierra y las esce11as dt! recuento del dinero. A lo md.s se atimentaba con
nutas de las mûsicas de macillos y del trombon marina del verano.
Se arordaba de los veranos de srt vida, los veranos evocadores en
que recordat,a la paz del pasado, la estabilidad de la tierra en la gran
sa:uracid11 de los dias calurosos.
Los veranos tiene el faro/ una vid.J simpdtica. E.std coma en vacacio1zes. Alumbra todas las noclzes de verbena. Es md.s blanca y de arroz con
leche su luz. Vive en un mundo md.s consciente y modesto en que un farol es un personaje, porque el verano asciendt las categodas y zen empleado de quinta clase llega a ser también un personaje.
En el verano son como polios parados t!1t las esquinas.
-iPero no volverd la del mio pasado?-se decîa el r85. y despuis
lloriqueaba-. ;Pero aunque vue/va 110 la veré, porque estOJ' encerrado
en esta alcoba de campana!

El r85, metido en la barraca privada, aprendio este verano los secretos de la vida, pues ilumi110 el camastro como enornu vela de fanal.
Andrés, abatido por la poca vida que después de todo sugcr{a a su
alrededor el farol, dej6 la novela en ese punto.
Al dia siguiente volveda a pasearse por la calle de Bolburg para consultar con la sombra pr6xima de Ardith Colmer el desenlace que deb{a
dar a su novela.

XV
El novelista llevaba ya un mes de Londres, y poco a poco habia encauzado su novela ~El Farol 185)). El gran nove!ista inglés, cuya firmeza en vivir le hab{a dado la sensaci6n de la posibilidad de todo, le ha355

�LA PLU :\l A
bia hecho encontrar gestos y

LA PLUMA
dia.logos y mon6logos de los faroles intere-

santisimos.
. .
un farol!~, habia aprendido a compren~iQué gran presenc1a, t1ene ·unto a un farol sin saludarle.
,
der Andrés. Ya no podria ~~~r~ Colmer fué el mas inspirado. Parepa
El farol de la calle de
it
, os del gran novelista inglés.
tener comunica~i6n con los sub~er:;:iente sordo, sin otra e_ntrada aseAndrés le ve1a moverse en u 1· . n una casa cualqmera de una
b 1 'n so 1tano e
•
quible mas que por e1 a co '
premo encontrando las me1ores
.
. embaroo tan su
'
. d 1
calle cualqmera, y, s1~
o &gt;~endiendo el mundo en med10 e a aucomparaciones de la ~1da, coml_ de hombres.
sencia ilimitada de d1oses y ;.~1. complacientes la que salia por la reEra como una luz de can i e1:~ mismo novelista, sentado en _la mesa
pisa de un balc6n'. por el suel~. balcon le devolvîa, como si hub1ese una
interior se prevalia de c6mo e
b
su despacho, luz refractada
baterîa ~n su base, la luz que se ~scapa a a
por la ciudad a que daba su ~ait n. lillas de las ideas de Ardith, y con
El novelista espaiiol recog1a asdc~
an animo ver de cerca al homellas daba lumbre a su tab,aco .. L~6
rseguir{a su pr6xima novela en .
bre que en seguida se hana mdl~? dg se ver «Es prodigioso el mundo-se
b' te hasta e1an
tan natural am ien '
uible y pr6ximo.»
decia Andrés- porque todo es aseq tel6n de cinemat6grafo, en el que
El balc6n de Ardith era ~omo un
d Ardith y los ensayos de las
se veian las figuras de las primeras obras e

:c:

°

·

ultimas.
,
, ner todos los dias una mujer en obserEl novelista ingles parec1a t\ . , d Andrés se marchaba éste con
vaci6n, y al final de la contemp ,ac10~ b~anco se babia quedado en aquel
'd d d ue sobre un marmo
la segun a e q
.
. del novelista inglés.
despacho la victima,ps1col6?1ca
tacaba Andrés su novela «El Farol
Cada vez con mas entusiasmo a , l
Hab1'a enredado el farol con
• lt' mos cap1tu os.
d
185». Estaba frente a 1os u i
.
d
b once las flores de la ofren a.
,
d
.
do
a
los
pies
e
su
r
,
.
Andrés aquellas paginas en
Pare1·as que ha bian eia de Ardit h escn' b'a
t
1
Corno con la p umad h
na novela sobre un farol.
. 'aba su deber e acer u
que tnun1,
356

Escribia apresuradamente Andrés ya en los ultimos &lt;lias que habia
ido a pasar en Londres:
Veia el gesto de los borrachos, que parece que hacen esfuerzos para
echar el mar atldntico por la boca.
Veia pasar las mujeres que son traidas en una sil/a porque estaban
para dar a luz inminentemente. Tenian una cosa esas mujeres de torero
.que es ensalzado por los suyos.
Y una noche vid al herido de muerte cuyos ojos miraban el mundo
con despedida y avidez-siempre con avidez-, y c1eyas palabras eran
«sed... sed... , mucha sed . .,,
-iSi estas borracho métete con los Jaroles!-habici oido una vez el
I85 que le decia un cochero a un borracho que la habia tomado con él.
Ninguna /rase le habia ofendido tanto como esa. La recordaba constantemente y se la repetia en sus silencios.
-iSi estas borracho métete con los /aroles!
«1Qué se habrian creido que eran los /aroles que merecian mas consideracidn, puesto que su pensamiento lucia con esplendidez en la noclze
a la vista de todo el mundo?»
Pero en la memoria de I85 se grabd aquellas noches una silueta de
miqer garbosa y llenita como no volveria a ver de est? modo ningzma otra
mtt;er. Fué la joven que se suicida con su amante en el lecho de los suicidas por amor. Nadie la pudo ver después, pues se la llevaron al deposito, porque prohibieron la entrada, pero él se acordaria siempre de lapanja indecisa, de ella jugando con los jlecos de su mantdn que caian en
cascada desde su pecho como si fuesen los chorros negros de las fuentes
de sus senos.
Tan necesitado de memoria como estd lo que sufre el arraigo fuerte
de la tierra, aquella mu:fer de senos inûtiles para no ser rica y feliz m
una vida sin conjlictos, seria la eterna novia de su éxtasis, la novia de
.su luz blanca.
357

�LA PLU r-.1 A

l;A PLUMA
CAPÎTULO XXI

El faro/ I85 habia llegado a los sesenta a1zos de servicio. Era u11:
veterano. De nuevo comenzaba el /rio invierno en que el ardor de sus
mejillas no seria tan chocante si pudiéramos forcer sus cristales en l,z
noclze /ria.
Cada vez era mas individualista. Estaba satisfecko de no ser de esos
con dos muheros que parecen unos hermanos gemelos.
Tenia ya un poco de en:fisema y se oia un poquito su resuello en lœ
noclze.
En la noche poblada cada vez mas de 1niseria de aquel barrio él erre

1Quéfracaso de toda su vida claral
, En la casa de las citas se lzabf.a est~blecid.
el resultaba el semdforo estratégico de la C o una Casa de Socorro, y
Ahora todo lo veria dramdtico or
asa de Socorro.
este caso-no lo hubier
dad,, p. que nunca mas recordable que en
a recor o sz no
u
do
del cristal con que se mira.
-q e to es segun el color
Siempre estaria sobresaltado esperan .
, .
rida en anda.s o arrastras.
ao la vzctzma, la Camilla, el he-

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Se continuard.)

la vitrina de la luz.
Después .se quedaba donnido y coma desaparecido en el amanecer,
momento én que se ju,raria que no hay /aroles en el mundo.
«1En qué acabard mi vida?»
«1Qué nueva generacidn de luz nos harci ser arrzunbados?»
P reguntas asi se hacia muchas veces el I85.
Pero los dias pasaban y hacia su pape/ de Guardia civil estrategicoy nocturno. Cada vez era el faro/ campechano y claro hacia el que levantan la vista lzasta los que no estcin enterados de nada.
«1Si toda la eternidad me la pasase asil•-se decia.
Pero un dia le sucedid la tragedia. Llegd el farolero con un gran
envottorio de cristales, y coma quien se aupa en la escalera para arreKlar los altos del armario, asi se subio hasta llegar bien a él.
El sintid en su cabeza la voluptuosidad que sienten los niiios a los
qitt se peina. !ban a asearle.
«1Pero qué cristales eran ,zquellos que traia el farolero? 1Qué cristalera el que ya le habia sustituido? 1Rojo ...?»
Si, rojo. 1Habia quedado convertido en elfarol desdich~do que anuncia con su rojez la Casa de Socorro! 1Qué tragediàl
358

359

�LA PLUMA

LA PLUMA

CANTOS BREVES

VI
.Ea mzsma mano que un dia
sirvi6 para acariciar,
fué la mano que servia
mas tarde para matar.
VII
0res un verso sutil,
hecho de brisa o de aroma,
que jamcis podré decir.

I
C:uando vine a la vida,
ya el dolor me aguardaba
oculto, en el camino...•
9lrin sigue junto a mz,
como fa propia sombra...

II
{fBrisa de la manana:
como una vida nueva
que nace con el dia ...!
/~ilencio de la tarde:
angustia del crepuspulo
en su !enta agonial

III
C:ada estrella es un sueno,
que un poetG dejara prendfdo
en la boveda azul de los czelos.

IV
/0res diversa, infini/a
1/ unica, como fl)ios .. .!
j/;res todo... y, sin embargo,
cabes en mi coraz6n!
V

;Ni la onda del viento,
ni la ola del mar,
jugaron contigo, / alma!
como su voluntad.
360

FÉLIX DELGADO

LOS CAMPESINOS
1

Gstos son, alma mia,
los hombres que asistierpn al entierro
de aquella pobre enferma que tenia
mi coraz6n vagando por sus suenos!
~obre sus recios hombros
le hicieron el camino verdadero.
/ fEien saben que manana
otros le harcin igual camino a ellosf

INQUIETUD
'j/ has de partir imi navel que el horizonte es bruma
y un desierfo la isla con sus doradas playas.
'G'e hicieron un juguete para mimar la espuma
y has de ser un juguete donde quiera que vayas...
/9llma mia, mi navel, t!,qué viento hincha tus lonas?
t!,tl.uién te inici6 en el ansia de una tierra lejana?
t!,~abes si te es esquiva la playa que abandonas,
g si serein mejores las que vercis manana...?
FER~ANDO GONZALEZ

�LA PLUMA

LETRA S FRANCESAS
ursrERA hablar hoy a los lectores de LA PLUMA de ~no de los libros

mâs notables publicados desde hace algunos ~no~, un? de esos
.
cargados con todo un porvenir ltteranoMy cuya
libros que v1enen
d
aparici6n constituye una fecba. Es la obra de l\I. Pau 1 oran '

Ouvert la nuit.
1 ·6
s
Se sabfa ya entre la gente de letras que M. Paul Morand era, de os J vene ~
as originales y mejor dotados; ciertas plaquettes, como Lampes
0 de los m
un
b' h b"t ado a una manera
arc, Fetûlles de température y Tendres.stocks nos_had1anl af • ue a una combinaspec1e de rotu1 a e a ras •
de estilo nueva dei to d 0 , a una e
d de observaci6n
. .
t O de humor mezc-lado con un on
ci6n de los adJetlvos, a un on
e para expresarse
. t ·•s ·1néd1·
ex•··aordinario Advertiase un talento nuevo, tan nuevo, qu
u
·
.
.
•
1 guaje y 11.na sm ax
tenfa que atropellar la tradic16n, •~prov1sar ~n er:nobra de importancia, lejos.
tos Su nueva obra, que es, en reahdad, su pnm
fi.
1
.
.
h
d. do por men os de con • mar os.
de desmentir bles pron6st1cos, no a p~ i
IJ
t nsas Jas noches catalaOuvert la nuit es una colecci6n de se1s ~ou~e es ex e
r'tuyen sendos cua,
6rdica de se1s d1as, que cons 1
na, turca, romJna, h ungara, n
'
t
M Paul Morand, diploma.
t · torescos de la Europa ac ua 1• r ·
dritos sub1damen e pin
G b.
ha estado en muchas paises,
tico de profesi6n-como s:n~a~a~ :art:s i:;::s~Pero la visi6n que conserva de
visto mucha gente, y conte p
ha se arado de ellos, al recordarlos ante su
tales espectâculos, un_a vez que se_ 1
~ da ue ver con las imâgenes de la
mesa de trabajo, no t1ene, por dec1r o as1.' na q
·taban en su fuero
misma kdole que los viajeros a la ant1gua usanza resuc1
interna.
.
•
film una sucesi6n
Es una especie de kaleidoscopio, o por meJOr dec1r, es un
'

de films, presentados con velocidad variable, en los que van desfilando ante
nosotros imâgenes bellas o fea~. agradables o siniestra~, vivas de color o de
tiotds pâlidas, pero siempre curiosas, por lo inesperadas.
La sorpresa: ta! me parece que es la clave de este arte nuevo. Epitetos inesperados, puestos a las palabras que mas se les oponen por el sentido, un
verbo raro que estalla en medio de una frase, comparaciones de ta! modo excesivas que provocan casi la risa en el primer momento, y necesitan cierto tiempo para que Pl lector se habitue a tllas, una sin taxis embarullada por gusto.
contorsionada, desfigurada, y que provoca un •ïahl, de asombro.
Cierto: M. Paul Morand no es tradicionalista, y no tarda uno en advertirln.
jPero qué observador tan ingeniosol Didase que un ser humano mira el rnundo
con ojoi enteramente nuevos y descubre entre las cosas relaciones que no habian visto todas las geoeraciones pasadas. Cada cuadrito de su galeria nocturna
es un apunte de Espaiia, de Italia, de Hungda, de Constantinopla ode Paris,
pero es una vista enteramente nueva, un rinc6n tan curioso, tan raro, que
nadie, antes del autor, babia sospechado que existiese.
La vision de M. Paul Morand es completamente original, y la psicologia de
su libro no es menos asombrosa que la forma. Su pensamiento es tan ductil,
tan destrabado como su frase, el giro de su ingenio tan punzante, y sus inclinaciones sentimentales no menos inesperadas.
Digâmoslo: es un novelista completamente nuevo que despierta a la vida
literaria, y mucho nos sorprenderîa que se èetuviese en el camino. No olvidéis
el nombre de Paul Morand: serâ célebre.

* * *
Sabido es que M. Jacques-Emile Blanche, dejan&lt;lo los pinceles, escribe, para
descaosar de la pintura. Su nuevo libro, A_vmeris, es mny interesante, y apasiona a cuantos amaban en M. Blanche al retratista notorio.
También ahora. en efecto, nos da un retrato, retrato psicol6gico muy apurado, de mil matices de la misma in~piraciôn que Adolphe, Volupté, o Dominique.
Mâs que una novela es una biografia contada por quien ha visto con sus
ojos la vida del personaje y se esfuerza en reconstituirlo para nosotros. La
,econstituci6n acarrea gran copia de dettlles, que mâs de una vez nos han
recordado la manera de Marcel Proust. En el fondo, donde visiblemente se inspira M. Jacques-Emile Blanche es en la novela inglesa.
Nos muestra a su héroe en la infancia, desarrollandose en un medio de es-

�/

LA PLUl\'IA
LA PLUMA
.
e uarctara seii.al, a pesar de la independen.pesa burguesia, de la que_ s1~mp~ g I t I de que e.sta dotado. Precisamentc,
, 't
d la cunos1dad mtc cc ua
d
;ci• de cspm u Y c
.
d
idcas familiares en cscaparse e
s·stirâ
en hbrarse e sus
'
1
su gran esfuerzo con
.
una voluntad obstinada: es un
le rodeaba. Ay111ens no posec
, .
la atm6s fera que d
S
d
•a
· d ·ciso us au ac1 s son atrevimientos de tim1do.
déhil, un atormenta o, un i~ ~
. d t
lo le hace retroceder. Su coraz6u
fue viene a c ener ,
A cada momento 1o q~e .
.
su inteli encia balanceada perpetuamente
esta ansioso, su espfr1tu mdec1so, . d
g t emo que para su descripci6n
·
N turaleza comphca a en ex: r
'
cotre cootran_os. a l . ode dctallcs que concucrda muy bien con la manera
perfccta reqmere un UJ
.
1 Blanche como cscntor.
.
de M. Jacques E m1 e
d
otac1·ones minusculas, lleva cons1go
· d
eôos trazos e n
•
La abundanc1a e pequ
. •
de Aymeris debera poner cuidado
t 'a y alguna pesadez, e1 autor
cierta mono om
,
él hasta un ex:tremo cnojoso.
en ese defecto, que podna agravarse en

* * *

ue M Marcel Boulenger ha consagrado a
Todo el mundo_ çonoce el _cult_~ q le h~ llevado a escribir un libro sobre su
Gabriel D'Annunzio. Su adm1rac1on
'd , tima y en plena batalla. Es uua
•
t • donoslo en su v1 a m
.
,héroe favonto, mos rao
'd
la ci· ccuci6n el verbo maht ente acabados· pres1 e en
serie de cuadro~ prcs am
M ~i'arcel Boulengcr Gn trozos sabrosisimos
cioso que convierte las obras de ·
de prosa francesa.
.
. f tuosa &lt;lei artista: en el Lido, en los
El bi6grafo nos presenta la ~x1stelnc1a as del Camaro; se le puede amar o
olivarcs de Cargnacco, en med10 de a pompa
exccrar, p ero a nadie le de1·a indiferente.

* * *
d 6 t do 'o que es capaz de hacer, y
M. Gémier no ha hecho aun en el O e n o .
era Es innega11'1 h
h'bido
no
pasan de ser una csp .
1
los espectâculos que a
a ex
•
e e· triunfo de la buena lible, sin embargo, la buena volun_tad c_on que pers1gu •
· de st1 d1recc16ü
teratura en e1 cscenano
·~
que aguardamos ha continuado
.
.1
1 maonili.cos espect..cu 1os
'
.
M1entras 1 egan os
"
.
viene dedicado, pon1endo
.
d 1 ciclo shakespenano, a que
las reprcsentac1ones e
.
, b.
adaptado por el humorisEt suàio de u11a noc/1e de estio, traduc1do, o mas ien,
ta Georges d e La Fouchard ière.
.
.
hombre como La
-gô de 10 gen10 eucargar a un
Es cvidentcmente un ra~
lo
de
esa magia deli.,
t
le to en lo burlesco, c1 arreg
Fouchard1ere, un poco rucu n
h
s y encantadores.El adaptador
.ciosa, donde andan gnomos, hadas, seres umano '

no ha dcspcrdiciado la ocasi6n y ha llegado hasta colaborar con Shakespeare.
Cuando una réplica o una idea le parecen chuscas, las desenvuelve y a veces
resulta muy divertido; nunca trivial. As,, en la escena famosa de los c6micos
aficionados, se ha despachado a su gusto, tratando esa parte de la obra como
uoa serie de cuadros de revista ode music-hall. Realzado por un actor cxcelente, como Harry Baur, en el pape! de Bottom, ese trozo ha sido un acierto
total y ha gustado mucho al publico. ·
'
Nos parece que el traductor ha estado menos feliz en la adaptaci6n de la
parte poética de la obra. El bosque misterioso, susurrante, donde los geniecillos y las silfides, conducidos por Puck, retozan en la niebla a la luz de la Jana;:
las enramadas prefundas, aparecen tratadJs con alguna torpcza por cl traductor y pucstos en escena en un modo demasiado simplista. Unos grandes c.ortinajes grises uo pueden sustituir a la decoraci6n, por mediana que sea. y en el
momento preciso en que se hace bablar a las hadas y a los genios es necesario
poseer también alas, y abrirlas.
Reconozcamos. con todo, que el esfuerzo de 1\1. Gémier ha sido como siempre, intcligente, y que marcha por el buen carnino.
En la Comédie des Champs E:lysées, la campaîia de M. Pitoeff, de que hablaba en mi cr6nica anterior, continua atrayendo a la mucbedumbre. Después
del drama de Lenormand, Le silangeu,· de rêves, acaba de estrenar con cl mismo buen éxito La Moue/le, cuatro actos de Chejow.
De este autor aplaudirnJS ya el aii.o pasado Oncle Vania, drarna sombdo,
fuerte, envuelto en una atm6sfera aplastante; la nueva obra no nos ha chasqueado. El marco es: una posesion en el campo, cerca de un lago, a pocos ki16rnetros de la ciudad; un verano sofocante de calor. Los personajes: Tigorine, escritor, pt esa de la enfermedad caracteristica del hombre de letras, por
exceso de tensi6n en su espfritu observad0r, y en el fondo, coraz6n seco, sin
voluntad; Arkadina, actriz notoria, amante de Tigorine mujer dominante, celosa, cruel; un hermano de Arkadina, general viejo, medio chiflado; Constantino, hijo de Arkadina, ardienle, ebrio de ideal, mistico al par que sombrio.
Escribe drarnas, sueôa con renovar los rnodos del teatro, pasa alternativamente
de los delirios del orgullo a la dcpresi6a dit la duda. En fin, Nina, deliciosa mucbacha, pura, abstra,da en sus candidos ensueîios.
Una angustia sorda, una atm6sfera densa, se cierncn sobre esos seres; atmosfera de aburrimiento, de dejadez, de pavor, muy particular del teatro ru so.
y que hemos vuelto a encontrar aqui sin sorpresa.

�LA PLUMA
El drama se enreda lentamente. Constantino y Nina se quieren bien, pero
·sobrevicne Tigorine: el prestigio dei artista fascina a la humilde prodnciana
y la inflama de amor. Abandona a su prornetido, y en un violento arranque se
precipita hacia el que simboliza para ella la gloria y la hermosura. Tigoriue,
que al pronto no la aabia hecho caso, un dîa repara en ella y se deja querer.
Se marcha, ella le sigue, se conviene en su amante; después, abandonada, naufraga en el teatro y, prontamente, en la miseria. Constantino, desesperado, se
mata.
Sombrîo clrama, arrebatos sombrios, de un realismo cruel, angustioso, que
ha causado fuerte impresi6n en e.l publico.
Para distraernos de una funcion tan fuerte, hemos tenido en el teatro del
Vieux Colombier Les Plaisirs du Hasa1·d, de M. René Benjamin. Sabido es que
M. René Benjamin hai)fa llamado la atenci6n, estos afios ultimos, con sa.tiras
violentas dirigidas contra l.1 Sorbona y contra la justicia. Es un talento de caricaturista, un poco basto, bien dotado, al parecer, para emplearse en la farsa.
S u iniciaci6n en el teatro se esperaba con mas impaciencia, porque el aiio pa-sado nos recre6 en el Ode6n con un breve acto titulado La Pie borgne, que era
lma carcajada violenta. Desgraciadamente, es preciso confesar que la realidad
no nos ha traido todo lo que esperâbamos de este autor.
El punto de partida de M. René Benjamfo era pintoresco, ta! como para
permitir cualquier fantasia, por extravagante que fuese; venia a presentarnos
un hombre que, aburrido de la moa6tona existencia contemporânea, resuelve
-eotregarse a mil locuras, ejecutadas con imperturbable gravedad. Siguense
multiples aventuras chuscas, que acaban muy mal para el héroe. Pues bien;
1:odo ello nos ha parecido lânguido, desprovisto de verdadera vida, demasiado
largo. Es evidente que M. Benjamin no posee todavia el oficio de autor dramâtico, y que necesita adquirirlo, si quiere acertar en la sa.tira teatral, como ha
acertado en la sa.tira periodistica.
En cuanto cite Dardamelle, de M. Emile Mazaud, farsa un poco basta que
acaban de estrenar en !'Oeuvre, habré mentado las (micas manifestaciones tea trales interesantes de estos ultimos tiempos. L'Oeuvre, le Vieux Colombier,
con la Comédie des Champs Elysées de Pitoefi, y algunos grupos, como La
Chimère, son, a la bora prese11te, las unicas fuerzas francesas capaces de lu.char contra el vaudeville, la opereta y la baja comedia del boulevard.

JULES BERTAUT

LET RAS ALEMAN AS
THEODOR DAÜBLER
notas que conaagre aquf al estudio de la poes' 1
pora
d ~
ia a emana contem
nea no po r.1n ser tan sistematicas tan met6d"
dedicadas a la ~rosa. No hay en aquélla ~eôales de e~~~:•c~Inm:i 1:s
n~, no es pos1ble indicar durante los veintc aiio , If
g v1m1ento paralelo al que desd H . .·
su '.mos un monid y a Karl Sternheim gobierna la novela~ emuch Mann a Kasimir EdschiAS

r

Individualidades poderosas que nin , 1
•
entre si, llaman auestra atenci6u nuestrgun_ azo ~1 cohesi6n de «escuela• atan
en este ordt.n, a obras grandes, ;ero no\:~:~alt~a. El expre:i~nismo da vida'
estrategia literaria nueva.
que yo quis1era llamar una
0 bien, para decir todo lo que pienso, o ondré
,
. .
harto copiosa, tiranica, y empaquetada en f6~ ul _a la poes1a expres1on1sta,
t
. .
m as rnnumerables algunos p
as ·expres1on1stas, de independencia fecunda , que no henen
.
' e l · oeculpa
·
n as 1m1t ac1ones que sus obras suscitan.
Hablaré, pues, de algunos hombres y no ha bl aré de los circulos que reducen sus esfuerzos a sistema.

* * *
Theodor Dailbler, a quien consaaro mi articul d h
ta: Corno poeta, las obras que ha p:blicado wn om;s oy~ no es expresioni~m1ento que en _ellas se ex;:,resa y por las imagenes que :p~::a:u~o;:/ =~n~:mo ~ 1~ prosodia. Corno critico, defiende el exprcsionismo pict6 • E
·n ·
trad1cc16n acaso sea ,
nco. sta con~a poesia de DaUbler:::uap~rent~ que_ real. Seria injusto, en efecto, considerar
. o i eacc1onana, y seria falso ver en él, en cuanto eu-

�LA PLUMA
sayista, un ap6stol verdadero de la estética oueva. Daübler es un espiritu ardieote y cnrioso, pero que a meoudo no deja de ser confuso, y la onda de filosofia en que se sumerge todo lo que escribe, domina por igual su reserva en
poesia y su extremisn,o en prosa.
Theodor Daübler es un gran poeta que pretende hacer teorias. Ha intentado
enfreoar sus sentimientos y sus ernociones y someterlos a rfgido analisis. No
es deshonra para él declarar que no ha acertado en ese empeiio, esencialmente antipoético, y donde otros, tao grandes corno él, habiao ya fracasado lastimosameote.
Sé que expoogo aqui un parecer opuesto al de la mayoria de los cdtico,;
alemanes, que alaban de bJen grado las obras en prosa de Daübler, y se reser van un poco frente a sus obras en verso. Pero mi preferencia por su Hymne an
Italien (Hirnoo a Italia) es tan viva, y eocuentro tantas contradicciones y oscuridades eu sus eosayos, que no tengo por qué disfrazar mi opinion en ese respecto.
Sin embargo, entre sus obras en prosa poogo aparte dos libros, por los cua-.
les sieoto admiraci6n rnuy sincera: Lucidarium in arte musicae, y uoa autobiografia, donde hay paginas verdaderameote notables: Wir wollen nickt verweilen
(«No queremos detenernos•).
Daübler es un hombre complicado, y a la vez muy comprensible; complicado, en Jo que escribe, y cornprensible en cuaoto a su naturaleza intima. Es un
lîrico. Tiene de tal, la lucidez y la inconsciencia. Posee el geoio de la adivinaC'i6n, y las cosas mas profundas que ha dicho sobre los musicos y los pintores,
las ha dicho sin el concurso de su reflexi6n ni dP. su voluntad. Cuando tiene
que razonar y coostreiiirse, es que le falta inspiraci6n. Sus obras, en ta! caso,
se resienteo. Pero cuaodo habla espontaoeameote, es seguro que dice grandes
cosas. Creo que al genio le van bien esa desigualdad y esa indisciplina.
Esa condici6n de Daübler se comprueba lo mismo en sus poemas que en
sus estudios de arte. La mayor parte de su enorme Nordlicht (Aurora boreal)
es fruto de un trabajo paciente, voluntario. Y se echa de ver doode q u iera.
Hymu an Italien es el canto de una nostalgia exasperada, y Daübler no ha escrito obra mas grande.
Daübler no es aleman. Nacido en Trieste (el famoso tratado de paz le ha
convertido en ciudadano de Italia), ha vivido en Napoles, en Roma, en Florencia, en Paris y en Viena durante la mayor parte de su existencia. La guerra
f11é loque le condujo a Berlin. Bien se ve que en sus obras, que nada especi-

LA PLUMA
0

1:a1::;:: ~e:1:;an~n~::::;! :;t~~:~s Y sensaciooes ~e toda la Europa latina.
ardimiento que Jucha con la f .
Jera~ su armoma, tan caracteristica, su
libros un e~plendor raro.
na pureza e verso clasico aleman, prestan a sus

Î

Ese ardimiento, esa armooia no impiden que su lirisrno
Daübler es, por su mundo interior, terriblcrnente intelectua~e; muy cerebr;l.
to lo_ es, que acaba por aoimar con inesperadas fantasias 1. an por COffip etracc16n. Juega con las abstracciones, como otros poetas . a esfera de la abso s' b J
Juegao con imagenes
im o os, y como el realista se esparce en una descripc,·60 D
encant
• e tal modo le
a, que ya no se da cuenta de las dificultades con q
1
.
~ueo por un terreoo tan fragoso.
ue sus ectores le s1poe~i:m~:!~!~: e~!a ne~e~~dad die insisti1_· asi sobre el caracter artificial de esta
•
· men a e es a neces1dad de clasifica
t
•
.
ep1grafe. Pero es imposible estudiar a Daübler s· d . r es a poes1a baJo tal
h a
m ec1r cosas corno esa q
ar n creer al lector que todas las obras del poeta son dificiles s·
d' ' ue

:~:::: ~!:::::

~=:r~::~:r:~~;~re=J~~lls:sg::~:o: :: ~u:l~ui~ra \;/ s::r::i:::
dlic/1t), o una oda de su Italia, se advertiria que a Daüble e1ce1a pdarte de Norsele en f6r 1 1
.
r no pue e encerrarofrece.
mu a a guna, gracias a las excepciones copiosas y magnificas que
El examen de su intelccto y de la disci lioa d
~~:t:e la beJleza verdadera de uno y otr!, porq:es~s;:t:~!:::~~rue:1i::aq::
si m~sm:n~:sb~ant opudestos y tao varios, rompe a cada instante la valla que por
ia raza o en torno de su obra.
Con todos sus errores, y hasta en todos sus errores Daübler es a
de que la mayor parte de los poetas alemanes contem~oraneos p e~ \ granyores flaquezas a la crfüca. Pero tao rico es de cualidades
t . r -en a m ace ca · • • .
sun uosas que pare
s1
Hnsono
pretender
cootrapesarlas
A
cada
t
s
. b
J
•
momen o, por el 'empuje deu genio ruta ' consigue de golpe loque los talentos meoos ductiles edifi
con esfuerzo poco a p?co. En Jo moral como en lo fisico, es un poco desma~:~
d o, acaso, pero colosa1.

* * *
Theodor Dailble.r ha producido mucho. En poesfa, apemas de los tres volumenes de s~ N.Jrdltcht y su Hymne an Italien, ha publicado una oda Jar a titulada Hesperzen, donde hay pagiAas admirables sobre el movimiento de u:a ciu-

�LA PLUMA
1 i6n· Das Siernenkind (El niôo de las estrellas), y un libro
dad; uua br~v: co ecc. . h li We,,. (El camiuo alhmbrado por las estrellas),
bastante caot1co: De, Siern e e
0
al uuas composiciones de poco vuelo, perfectas.
.
donde
._, .zum,
.
de cuyas cinco partes bay que adm1rar
E hay
rosa gal lado de su L uciaa1
nP
'
• ·ento del drama musical, y al lado de la au·
sin reservas la que trata del nac1mt 1 ·taré Der Neue Standptmkt (El punto de
b'
f' que be nombrado an es, c1
..
t~ iogra ia ) donde defiende con simpatîa tesis que ya no son muy ong1?al~s,
v,sta nuevo '
a inas sobre Picasso y sobre Barlach, y un hbnto
pero en el que hay bu~na~ tp ·gI: Kam"'"e um di, moderne Kunst (En liza por el
de propaganda expres1on1s a. m
:r.1•
• .
d
fi
al unos recuerdos delic1osos.
art~ m~d~rno); d:i:i;/;m;:rdognable no citar la perfecta antologia de poetas

franc:se:·,

:;:~:cidos

por Daübler, que public6 con el tîtulo: Der Hahn (El Ga-

ll 0 ) sin nombre de autor.
.
· t
'
•
h bl de los muy abundantes articulos pubhcados en revis as Y
No qu1ero a ar
.
• •
d
e en. •
.
1 s escorias ue el tiempo ira ehmman o, para qu
p en6d1lco,, ~u~:1dos_dl_ecaaotorgue a T1eodor Daübler la justicia que boy le re•
tonces a oprn1on en 1
gatea un poco.

PAUL COLIN

37°

LIBROS Y RE VI ST AS
Don Ramon del Valle-lnclan.-Farsa ;v licencia de la Reina Castiza.
No han menester los lectores de LA PLUMA referencia alguua de La freina
Castiza, cuyo recuerdo para los que la conocieron en su prime ra salida, cuya
leye nda, para los que todavfa no saben de ella siuo cl escandalo movido por
·s us majezas, hadau desear su publicaci6u en libreria, que ahora se cumple, ed itada por su autor e ilustrada muy graciosamente por Vivanco.
La Reina Castiza marca la iniciaci6u, con una obra maestra, de un nuevo
propôsito liternrio en el autor de las Memorias del Marqués de B1·adom{n, de las
Comedias Barbaras y La guerra carlt'sta, de Voces de gesta y La iltfa1·quesa Rosalinda. Nuevo prop6sito que no significa rectificaci6n de los anleriorf!s, que
110 implica traici6u a los principios sustentados hasta ahora, ni, por lo tanto, a
sus adeptos, a su publit::o; pero si mayor conciencia, artistica y social, mas pasi6u, mas lmma11idad.
La protesta de los modernistas del 98, de que fué uoo de los mas deuodados paladines D. Ram6u del Valle-Inclan, tuvo eu gene ral, y muy especialmente en él, un caracter estético, esteticista. Adelaot~ndose, cou la prodigiosa intuici6n que le distingue entre todos sus contemporaneos, a la moda reacciona:ria que otros ahora traducen de las nuevas re vistas francesas, Valle-Inclau impone a su Marqués de Bradomiu uua mascara de finisimo humor vaciada eu el
rostro propio. Por mejor situarse con su héroe fu e ra del tiempo omiuoso eu
q ue le ha sido di:do uacer, pretende salvarse haciéndose campe6n de una cau~a mfrica, el carlismo, espiritualizada, susceptible de defensa poélica, precisamente en el puuto y bora eu que pierde, cou la dispersi6a de las filtimas part idas, toda sombra de realidad. Bradom,o, ademas, como Casanova, es un grau
"' mbustero. Lo que no quita para que el relato de sus hazaiias sea sincerisimo,
·con esa siaceridad que tergiversa a coucieucia los acontecimientos mas sim,ples, dotandolos de una verdad artificiosa cuya iuteuci6u revela el aoimo del
protagonista harto mejor q.i.e no la realidad a que se ve constrenido. Bradomiu, como Casanova, da por cierto lo que él hubiera querido que fuera. Romauticismo puro.
371

�LA PLUMA
LA PLUMA
Bradomio es un decadente. Es un Nai:ciso feo-f~o, cat6lico y sentimentalque se complace en contemplar sus soiiadas aventuras. Aventuras de arror. Su,
donjuanismo, con todo, es muy de su tiempo. Bradomîn cree que su tiempo no
es en el que vive. Sin embargo de lo cual, su afan retrospectivo es muy fin de
siglo. Por eso perduradn sus Memorias.
Las Comedias bdrbaras, Voces de gesta, La guerra carlista, son el intènto,
plenamente logrado en Romance de labos, d~ resolver, a la manera de Shakespeare en el juego exterior de luces y sombras, una armonia de contrarios-leyenda, poesîa, irrealidad-, transcendentes del natural solo con rehuir del na•
turalismo, es decir, estilizanao, componiendo artisticamente los elementos del
modelo real, enlon:idos en una valoraci6n trâgica, deformando obslinadamente
sus contorPIOS para obtener una teni i6n del ânimo, que pucda suplir a la fuerza cuando faite. El arte por el arte con que engaiia Bradomin sus mas nobles.
descos, vâse sustituyendo en la S('gunda ép&lt;&gt;Cd, perfectamente definida ya, de
la obra de Valle-Inclân, por una depuraci6n moral, absolut;.mente desinteresada de toda contingencia bist6rica en la conversion a la caridad del gran pecador Don Juan Manuel Montenegro; vanamentc empleada en ennoblecer con épico aliento de gesta la mezquina idea politica del rey Carlino; encamioada en la
cr6nica anecd6lica de Los cruzados de la Causa, El 1·esplandor de la hoguera y
GerifaJtes de antaito a exaltar en unos cuantos cuad,·os vivos de esplfndida traza Jas guerrillas por don Carlos, no ya solo en su aspecto pintoresco, sino en
la significaci6n religiosa y popular d-:1 movimiento.
En el trânsito de una a otra época, a modo de diversion estratégica, ensaya Vall('-[nclân la forma lirica en verso. Aromas de leyenda precede a Las Come·
dias btfrbaras, como La Pipa de Kif y Et Pasajero a La Reina Castiza.
Hétenos en un momer.to de crisis tan grave, o mas, como el que la literatura espaiiola salv6 bace veinte aiios. La guerra nos ha contagiado de su hervor,
pesc a nuestra neutralidad. iSe anuncia un mundo nuevo? Las formas literarias
se disuelveo, se atomizan sin contacto aparente con loque se llama el espiritu
pu.blico. cBizantinismo? Los nuevos ingenios, au.n DO maduros, apuntaD en eclosiones liricas prometedoras de un retorno a la poesîa pura, cabalistica, hermética, suficiente en si misma. Los ya acreditados en el comercio repiten, en el
caso mâs favorable, los mejores productos de su firma. La generaci6n del 98ticne ciucuenta aiios. Es tal vez la mejor bora de preguntar a sus hombres invitândoles a un examen de conciencia tosltoiano: •iQué es el arte? iQué debemos hacer?&gt;
Vallc-lnclan no reniega de su esteticismo. El arte es un juego. Pero hay momentos en la vida de los pueblos eu que es una inmoralidad jugar por jugar.
Este es uno. iCuâl puede ser la ob,a s0cial del artistû
No baya miedo que ouestro don Ram6o vacile. Es, ante todo, un hombre
inspirado. Lo ha sido siempre. Dispuesto a emprender un nuevo camino, are·
mozarse, a seiialar un derrotero abriéndose paso de DUevo COD eotusiasmo
juvenil y experiencia de veinticinco aiios de escritor, Val\e-Inclâo irrumpe desenfadado con uo3. sa.tira histurica.
La Farsa y licencia de la Reina Castiza, caricatura del reiDado de Isabel Il, es.

uoa representaci6n guiùolesca de • t 1
·ganado por la booachooeria de ~[~rd: fYe~d_a que do~ Benito Pérez Gald6s,
desterrada en Paris, no quiso utilizar ~s r1s~cs_destm~s&gt;, a quien conoci6
Modelo de gracia s6lo corn arable a 1 P ~a a ulttma senc de sus episc.dios.
no, escrita con desgaire y :alanura suase~eJores arsas_del Renacimiento italia~a Cru:, en versos regulares, ceiiidos !str·otes a os sametes_ d_e don ~am6n de
·nola, evocaci6n sutil de los od
ictamente a 1~ trad1c16D clâs1ca espaépoca de Gi/ Blas La G dm ls ~pulares d~l hbelo caracteristico de Ja
misma inteoci6o lit~raria d:r1:
t aca, culmina en sus breves paginas la
térmioos purameote estéticos dp ~s a del
red_ucida ~~tisticamcnte de los
y es ahora libre de toda e en on~:s a a pas16n pohhca de ahora.
pretensi6n ap~caliptica cua!:;~~~~acwn pseudo-biogrâ.fica, purgado de toda
hasta la fccha limitado' a no ma r mpera~ento combativo de Valle-lnclân,
·9-~i~re_pleoa eficacia artistica, ruJ~j,.:~eob160 que la de la m:sa del café, ad101c1ac16n de la nueva modalidad satiricaal cabo e~ una l?equena obra maestra,
de bohemia y Los cuernos de don F1·iolera i;roseg~i~a tnunfalm~~te _en Luces
voc6 sus primeros eosayos-cum J"d , ' e 1estetic1smo, la est1hzac16n a que
de Otoiio-, y la vaga iotenci6D m~r~i°!,; :xce entemente :n la magnifica Sonata
esta farsa transceDdcntal.
d después, que v1ene a concretarse en
Vuelve don kam6o del Valle-lnclân J
•
.
represeDta COD esa facilisima maestria os OJOS a 1a :eahdad y la apreheDde y
e~capando a toda consideraci6n teo··c que, por enc1ma de todo prop6sito, y
villa, divierte v excita el animo cle/\ a,/orp~ende Y capta, deslumbra y maraLA PLUMA que· el haber ublicad
ec or. . o tuviera nuoca ya otros méritos
revi;;ta tendrfa s6lo porpeso
o i:ior_livez l:&gt;6nmera La Heina Castiza y nuestra
.iterano
. contemporânèû.
•
, una sigm 1cac1 n de va n.,uar01a
a
·
• .
en e 1 mov1m1ento
1

f

Yro/

18,

373

372

�LA PLU 1\1 A

LA PLU.MA

Ûltimamente, ademas, se nota en cuanto escribe, si no mayor reflexi6nque sus obras parecen un fruto espontaneo, un relato sin composici6n ni art,ficio, y es su mejor cualidad-, cie,·ta propensi6n gustosa a interpretar psico•
16gicamente el naturaJ. Carmen de Burgos. nacida a la literatura en pleno naturalismo, ensaya ahora, acaso sin proponérselo, una especie de acompaôamiento poétic-o a la realidad que transcribe, lo cual hace que. sin esfuerzo
a parente, sin soluci6n de continuidad entre el verismo a lo Matilèe Serao y el
dctallismo humoristico a lo G6mez de la Serna, balle una manera de transici6n ,
adecuada, tanto a su temperamcnto como a la mayor facilidad y recreo dl 1
leclor.
El ambiente, la idea inicial de Los Anticuan·os, familia de espaôoles tra~plantados a Parfs vendicndo antigiled1des, es un acierto indudable. La protn
gonista, una mujer becha y derecha; algunos cap(tulos, como el de las monja~
de Toledo, sumamente sugestivos; los tipos secundarios, forzados sin empacho
a la caricatura, muy pintoresco•; la segunda parte del libro, en que se inicia y
gradua con gran habilidad el paso de las necesidades del comercio al puro en•
tusiasmo heroico, revela una intenci6n espiritua!ista, no exenta de buen hu~
mor, que realza, prestandole cierta luminosidad interior, la intriga de la nove•
la, por demas amena y divertida.

* *

*

de guiarle; si se advi_erte esa lozania y facilidad que denota al poeta verdadero, al que _sabe cons1_derar los sentimientos fundamentales del hombre O Jas
menudas c1rcunstanc1as del azar, con una emoci6n aunca interrumpida 's·e .
p re fluyente.
, 1m
Acep!a de grado Ardavfo las leyes musicales a que tenemos hecbo el oido
!os esi:_,anolos, y no_ suele pe_rmitirse licencias que pugnen por completo cou Ja
1nmed1ata percepc16n del ntmo. Mas tampoco se ciiie a reglas inflexibles v
aun adopta muchas veces un tono recitativo, fluctuante entre cl verso rigid~ y
la prosa aconsonantada y medida, que da al discurso poético cierto humorismo denso. Tampoco se arredra ante la expresi6n equivoca O vulgar ni escoge el vocablo exacto,_ o bla~do, o ei;f6nico con preferencia al que e~ un moment? dado lraduce 1mpuls1vamente su pensamiento y su St&gt;ntir. Su poesia.
rep~t.1mos, pa_re~c reco~er, en cuatro v~rsos, o en una tirada de genuino aliento lmco, senhm1er,to_s, 1_deas y basta op1niones fugaces dispersas en cl ambien~e. Y sobre todo la d1g01fica y ennoblecc la eterna inquittud, que presta al li/o, compuest0 al correr de la pluma y de los dias, grave acento elegiaco El
1bro est.i prologado por don .Miguel de Unamuno.
·

• • •
G. K. Cheaterton.-El ltombre que fué jueves.-Novela, traducida del ioglés
por Alfonso Reyes.-Calleja.

Luis Fernândez Ardavin.-La etema inquietud.-Hispania, Madrid, 1922
El primer libro de versos de Ardavin, suscit6 no hace muchos ailos justa
ldmiraci6n e intcrés en torno del joven poeta. S11 advenimiento seiialaba, si
no una modalidad nueva en las formas e ideas poéticas remozadas por los renovadores espaôoles y amcricanos de fines del s iglo pasado, la concreci6n, en
un temperamente vigoroso, de ta! revoluci6u literaria, adaptando sus conquis.
tas a la capac1dad comprensiva del publico. Ardavin pareda descle luego llamado a realizar la uni6n de la nueva poesfa con los lectores, reacios en un
principio a encender la lirica, para muchos imcomprensible, de los que ya la
juventud intelectual consideraba sus maestros y guias. Estaba, sin duda, desti·
nado a ser un poeta popular.
Sus ,1fedilaciones reprodudaa en cada pagina, casi en cada verso, la imuge11
esjontosa de la ,nuerte, caracteristica del pensamiento poético espaiiol degenerado del misticismo clârico. La auatcridad del paisaje castellano, la vida ,nutrta de las viejas ciudades, donde retumban con lugubres ecos los pasos del
tiempo, la trasposici6n al lenguaje de los sentimicntos que boy despiertan en
nosotros 111s pinturas de Valdés Leal y del Greco y un ju\·enil deseo amatorio,
contagiado de los lamentos romanticos de hace un siglo, pero cernido en el
color de las miserias presentes, constituian los temas de la poesia de Ardavin.
La eterna inquietud recoge la obra lirica del poeta en los ultirr.os aôos; no
muestra ningun cambio esencial en la contemplaci6n del mundo a travts de
un temperamento como el del autor de La dama del ormino, que ya al nacer a.
la vida literaria tenia los ojos y la concicncia hechos a la luz interior que bab1a
374

C&lt;Jntinua la casa Cal!eja la publicaciôn en espailol de las obras de Chertestoo, cuyos folletos de propaganda en pro de la cau~a de los aliados durante la
gu_erra. despertaron la curiosi~ad, acrecida luego por Ortodoxia y Ja Pequena
lltstor,a de lnglaterra, aparec1das en la misma colecci6n que abora f,_J hombre
que fué jueves.
Es ésta_una novela _tipicame~te inglesa, y, por lo tanto, adecuadîsima al
gusto espanol, par!l qu1eri_ so°:, sm dud~, harto m.is comprensibles los mayores
al,irdes del humonsmo bnt.in1co que c1ertas cualidades inherentes a la Jiteratura francesa no obstante su universalidad.
EJ hombre que f11é Yueves, tituJo sugestivo y que de primeras puede infundir
al lecto~, por su aparente extra, agancia, la sospecha de una traducci6n mala
de _tan litera(, es una nove:a policiaca; _la caricatura de _una novela policiaca, 0
me1or, la_ s.ihra_, so pretexto de tal caricatura, de bs pnncipios fondamentales
la s?ciedad rnglesa. Obra maestra de ironia, constante paradoja, espirituarnmo Juego dt:! autor, que se complace en inventar la trama novelesca para
sacar al_ punto la cabez~ :&gt;: d~scubrir ~a intriga sobre qne ergotiza, discute, brinca, se ne, se confiesa, d1v1rtiendo sutilmente al ltctor, El ltombre quefue juer,es
acaso no tenga ~tr_o defecto que el de suspender, acelerandola la marcha de
la novela Y prec1p1tarse al final en una justilicaci6n innecesaria' de las premis,, , que aœptabamos gustosi5imos.
Chesterton es cat6lico y, como Bernard Shaw, eminentemente polemista en
sus obras de entretenimiento. Traducido al franc~s hace aigu nos aiios, no ha

f ~.

375

�LA PLUMA

LA PLUMA

dejado de sentirse su influencia, s_iquiera sea indir:ctame~t;, en la re~~ci6n
literaria contra el liberalismo del s1glo xrx. En Espana mamliestase tamb1en su
influjo, mal entendido, en la conversi6n al _catolici~mo de algûn a!ltiguo anarquizante como el Sr. Maeztu. Mal entend1do dec1mos, porque s1 Chesterton
fuera espai'iot, emplearia su agillsima dialéctica en pro de la Reforma.
Sobre que Chesterton es un artista, cuyo estil~ dificilfsimo de tan anima?_o,
contundente, gracioso en grado sumo, podemos d1sfrutar merced a la version
de Alfonso Reyes.

* * *
Adolfo Salazar.-A11drtfmeda.-Bocetos de critica y estética musical.-Fr61ogo
de Pedro Henriquez de Urei'ia.-Cultura, 1921.
Reuni6n de cr6nicas, pero «no importa que sea cada pag!na ~n f:agmento'
si forman un todo en su union&gt; como traduce Salazar de Heme, 1usbficando la
divagaci6n ~parente, la inconexi6n exterior de los ensayos colecc!onados baj?
la advocaci6n de Andr6meda-«la belleza nueva, el nuevo arte, 1ove11, palpitante, llero de vida y luminoso (que) gime entre las cadenas del drag6n tricéfalo: académico, ministerial y conservador. Andr6meda espera a Perseo&gt;.
Adolfo Salazar ri.fie en peri6dicos y revistas ruda batalla en pro de la musica nueva, de la posterior a Wagner. Su teoria fondamental es el retorno a l_a
mûsica pura, elp1·ebeetkovenianismo, y, como consecuencia, las mas audaces pos1bilidades de la mûsica moderna.
Y aquî del equivoco. Porque no sé si habra quien guste de la mûsica como
ta! arte, que pueda disentir de una t_endencia mo!artian_a, o d~ la reg:esi6r. a
Monteverde o a Bach; mas no sera fa.cil que de primera mtenc16n, y s10 recurrir a la 16gica, sin ma,s que atener~e al oid~, ~cierte a compa_ginar su aquiescencia a tan grata teona, con la reahdad aud1hva que los music~~ ultramodernos nos ofrecen. Podemos estar conformes en la raz6n que as1ste a cuanto~,
como Salazar, defienden contra la costumbre rutinaria la viabilidad de toda forma nueva, por extrai'ia que nos parezca; pero hay siemp~e en toda den:iost_r~ci6n artistica un factor esencial: la genialidad o no del innovador, la reahzac1on
de su teoria.
Abora que, en el caso de Salazar, e independientemente de nuestros gustos
personales, no habra tampoco_ quien d;i~ de reco_nocer la ~xisteacia ?c ~n
nuevo aénero, el ensayo estét1co, ame01s1mo, sugendor, poét1co, es dec1r, sin
sujecié; a vcrdad alguna, ilimitado como toda fantasia sobre motivos person~les e intransferibles: ta! Andnfmecta.

* * *
Juan José Domenchlna.-Poeslas escogidas.-Edicîones Mateu. Madrid.
Dos lib.:os no mas Jleva publicados Juan José Domenchina, en edicionts
restringidas, que meredan mas atenci6n de la que los_ crîticos se han digna~o
concederles, cuando ya se lanza a dar 110 tercero, esp1gado en los dos anteno-

J"CS, con alguna~ poes~as mas, entre las cuales los poemitas que vieron la luz
en L&amp; PLUMA baJo el htulo general de La corporeidad de lo abslt·acto.
~o nos pare~e mal esa labor clc selecci6n, que revela un prurito de acab~_m1ento, de _me1ora, de depuracié~ consciente, rara vez intentado por los esc11tor:s ~span~les, mucbo 1!3Cnos s1 son poetas, y no se diga si son jévenes.
As1 d1scer01das las poes1as de Dome:ichina resalta su caracter cerebral intclectualista, concept~oso, ctifkil-r_ebuscado en ocasiones-, que constituye
para nosotros su ménto; pero que sin duda es lo que, unido a la modestia del
poeta: y as~ aleja_miento de cenaculos y drculos, baceque no sean asequibles
de I;&gt;nmera 10tenc16n a la masa de lectores, y, csto ya es peor, a los criticos de
ofic10.
Al frente del tomo, se repite el p• 6logo de Ramon Pérez de Ayala padrino
de uno de los dos libros primeros.
'

* *

*

Nicolas Beaudnin,-L'homme cosmogonzque.-Povolowzky, ed. Paris.
~icolas Beauduin dirige una revista ultramoderna, La vie des lettres, de las
vanas que demuestran hasta qué punto es intcasa la vida literaria parisiense
para sostencr multiples manifcstaciones de una misma tende11cia. L'homme cos1nogonique es una colecci6n de poemas inspirados en la agitaci6n tumultuosa
del mundo contemporaneo, expresada eu formulas abstrusas concentradas arbitrarias e incomprcnsi':&gt;les e~ defi'litiva para los que, simpl~s aficion&lt;1;dos ~ las
letras, no pue~an s~gu1r ~l ntmo de las &lt;:lucubraciones de los nuevos poetas
hasta la_ expres1611 a.gebra1ca y de calculo 111tcgral en que se comp lace el sei'ior
Bea1:1du10; dotado, por lo demas, de aguda sensibilidad y humorismo, cualidadcs 10_herentes _a ~as form?s. poéticas que _triunfan por doquier, impregnadas
del ~1smo senhm1ento arhst1co de que nac1cron en la plastica, el cubismo y el
Jutunsmo.

* * *
J. Francos Rodrignez.-Los Dias de ta Regenc,a.-Hisloria de tu que fué.Calleja.

No deja de ser curioso el efecto que produce la lcctura de este libro de un
maestro de periodistas, como acostumbran llamar sus colcgas al autor de ,._os
1
lias de la Rege11cia. No deja de ser curioso el que incluso aquellas cosas que
por haberlas oîdo referir tantas veces, casi nos atrcveriamos a escribir como
vistas, no~ parezcan, ~atalogadas y ~omentadas por &lt;;l sei'ior Fraacos Rodrîguez,
remotas, 1ncomprens1bles, mal cop1adas de rclatos mcompletos.
Los _su_cesos triviales eaumerados. con la -~isma ligereza que los grandes
:icoatecmuentos, componen una cr601ca tan hv1ana 1 un memorandum tan somero, deslabazado y sin gracia, que dcsafiamos a quien no conserve de cuar.to
a llî se recuerda una imagea pt ecisa, a que pueda reconstituir la de los primea·os ai'ios de Ja Rcgencia de dofia i\larîa Cristina.

377

�LA PLUMA

LA PLU ~1 A

Ahora, que si como documento hist6rico es malo el libro, co11;10 estilo lit~rario es un monumento de orosa torpe, cbabacana y con pretens1oot';s de clas 1cismo académico. «La obra ·de un ministro», que dida el senor Azonn.

* *

C. R. C.
'!&lt;

-Prisma, revista interoacional de poe~ia, editada muy bellam_ente en P~ris,
b~jo )a direcci6n de Rafael Lozano-cuyo hbro La_ atondra_ encandz~ada le se~aloe11tre Jos poetas j6venes de mas valer de la Aménca espa_nnla-reune ecléchcamente, con amplio senl!do liberal, den_tro de las teoden~1as modernas, los n~mhres mas prestigiosos de la lirica universal, con los pioneers de la generac16n
'! ue ahora se abre paso.
* * *
-En el Mercu,·e de France de 1.0 de juoio, r.;. Jean C_assou habla de AntoMachado: « •.• es un poeta muy profundo: qu1ero dec1r_ que todos. los elementos en que consiste la belleza de su arte estan escond1dos, como 1mper:etrables secretos. La musica de sus poemas es apag~da, y se substrae a todo
analisis: la libertad de su verso se adapta al pensam1ento, eso es todo; su armonia es menester sentirla. En Antonio Machado no bay hala~os, nada que subyugue. Se le ama, o no; sencillamcnte. No presenta superficies !?Janas; es un
poeta bacia lo bondo. Puede disecarse una Crase de Cervantes, sm que sellegne a descubrir el por qué de su hechizo;_una fras': ~e Cervantes puede estar
mejor O peor constrmda; poco importa; c1ertos esp1ntus encuentran en esa sobriedad cordial, caliente, en esa manera robusta )'. noble de_ expresarse una delectaci6n rara, Lo mismo hay que gustar loque d1ce Antonio Machado, de alma
010

a alma.
·o ·d l ·
Sus poemas, poemas cortos, no evocan_ ninguna decorac, n 1 ea , s!no aquella en que vive el poeta, y s6lo en lo prec1so para ex:traer una nos_talg1a de_ otrolugar, de otros tiempos: las calles de uno de esos pueblo~ espanol_es, tristes,
.iplastados par cl sol, un patio abandonado, una noche ar?1ente, eb~·ia, rara, un
suspiro, un llamamicnto, el rocc de una mano, al punto mterrump1dcs brutalmente.
.
.
t D
... Nada mas escueto, mas austero qt1e l~ ex1stenc1a _de estt; poe a.. e s~s..
versos se alza a veces un clamvr par hero1smos y senhmentahda~es. 1mpos1bles. Su juveotud no ha vivido, y la «triste loba• aulla. Al poeta sohtano, rayano con la vejez, tqué le resta, fuera d: S? ensueno?
No mas aventuras, ni mas descubnm1eatos que los que el P?eta ~ace en la
noche de su muado interior. AUi se encuentra con l~s hadas stlenc10sas que,
en su iafaocia, le Jlevaron en brazo!I- a una fiesta bo~:uta en la plaza de su _pueblo. Alli traducc la canci6n de las fuentes eu los patios abandonados. al pie de
los limooeros polvorientos.
.
,
1
Los poemas de Antonio Machado mezcla1;1 asi a_ sus nostalg1as la melanco.1a
de una pasi6n insatisfecba, recuerdos de la mlanc1a tra_nsformad~s acaso por
Ja apetencia que todos seotimos de crear ouestra. prop1a leyenda, l?s què «se
han criado en los cuentos de Andersen•, como d1ce Barrès, saben mventar cl-

mundo magico y singular que les form6, y de él eocuentran hucllas en todo su
dc:stino de hombres. Asi en su soledad y en sus ensuenos Machado halla las
voces, las _aspiraciones perdidas, una historia I ancia, que' babfa olvidado. Es
muy traba1oso expresar la desaz6n y el sortilegio que sirven de atm6sfern a estos poemas.
Soledad y ensueiio: es el tema eterno de la literatura esp ..nola, de G6ngora
y de Cervantes, de Santa Tere~a y de Calderon.
... Ant~nio Machado./ poeta indefinible e intraducible, ocupa en la Jiterat ura espanola un puesto umco. ':'erdad es que ~n respeto gr:inde rodea o;u ciigntdad y su soledad, pero no sé s1 ya esta arraga1da la persuasi6n de que es uno
de los poetas mas profundos y singulares que ha producido la pr0fu11da y singular Espana•.

* * *
-Les. Ma1·ges, la revista de M. r.~ontfort, publica en su numero de mayo las
cont:stac1ones _a su ~ocuesta: •1El s,glo xx, es un gran siglo?» Se trata, es claro,
del s1glo xr_x chterano• y francés. Comentando las repuestas obtenidas, M. Le
Blond escnbe entre otras cosas: •Nos hallamos ante una campana colectiva,.
que no data de boy_ (sus origenes esta.a en los escritos de M. Maurras y de
l\f. Lasserre, porno c1tar mas que esos dos nombres), y tiende a desnaturalizar
y escarnecer en bloque la época mas fecunda y brillante de nuestra historia
literaria. Se adivina el prop6sito refle:x:ivo, premeditado, de demolici6n sistematica ... Los despreci:idor~s. del siglo xrx: se reclutan entre gentes que para
pensar y ;uzgar se colocan umcamente en el punto de vista nacional. Lo que
Jes preocupa sobre todo es la supremacia francesa, del genio francés. Casi no
tienen en los labios mas palabra que esta: jfrancésl Y hasta ahora 1 con su campana loca,_s61o aciertan a proveer de armas a los agentes peores de la propaganda antifrancesa, por lo que M. Pierre Mille ha podido decir: «Durantc la
guerra los hubiesen tachado de traidores a la patria ...
... Examioemos la repercursi6n que para el parvenir de la lite,atura puede
tf&gt;ne'. esa Campana en nuestra propia casa. El fJroblema se presenta grave s; se
cons1dera hasta qué punto la guerra ha afectado a las generaciooes mas recieotcs. No s61o es mas bajo el nivel de los conocimientos, pero la curiosidad iotelectual. Los gustos son diferentes. El afao por los deportes, el excesivo ardor
que emplean en la cultura fisica, desvfa a los jôvenes del trato con las ideas.
li:l apetito de leer ha disminuido singularmente en la juveotud actual, en quien
e1 séptimo a_rt~, llamado también cinema, ha desarrollado la pereza. Pregun tadles su op11116n sobre este tema a los profesores de segunda enseiianz~ '"
quedareis edilicados. En una clase de ret6rica habra tres alumnos que conoican el uombre de Anatole France, y uoo solo acaso sabe que este insigne·
maestro es nuestro contemporaneo. En cambio, niuguno icrnora lns nombres
de Carpentier o Criqui. jNo se dira que los ouevos bachille~es esta.a enfermas
de literatural Devoran los peri6dicos deportivos; y pueden contar sin omitir
detalle la biografia de los campeones de boxeo o de foot-ball, la nomeoclatura,
y las peripecias de los nzalches mas recientes.
379

�LA PLU M1A

LA PLUMA
Las injurias contra el siglo xix llegao a punto para que esos j6venes beo•cios se las traguen. 1Qué invitaci6n a la indiferencial iPara qué conocer a los
espléodidos romaoticos, o a los grandes realistas, que pueden excitar su ioteligencia o su sensibilidad, si fueron unos cretiuos, unos locos, o pavorosos divagadores? Los escritos de esos «malos maestros•, ioo ban engeodrado aquel
deletéreo estado de espiritu que nos condujo a Charleroi, al borde del abisrno, y que nos bubiera llevado al desastre final si Le6n Daudet, al escrib1r
l'.A.vant-gue1·re, no bubiere sido el verdadero veocedor de la batalla del Marne ...? Y ,se coosagraran ma;; al culto exclusivo del atleta, expresioo superior
&lt;iel bruto moderno.•

* *

*

-La Connaissance (abri!), comieoza u:1a en cuesta con este litulo: El genio
literario y la Universidad. «El Estado pretende eoseiiacLetras, Cieocias y Artes. iC6mo es que ni un solo escritor de genio, ni uo grao escritor ha salido de
la Universidad?• De las respuestas publicadas, ootamos la de M. Abel Fau1·e,
autor de «libros crueles e interesantes• sobre cuestiones universitarias: cLa
eoseiianza de la Universidad, que, para el caso, es el Estado, fabrica loros, de
tres grados: primarios, secuodarios y superiores. A los del primer grado les
entrega certificados de estudios; a los del seguodo, titulos de bachiller; a los
-del tercero, licenciaturas y agregaciones. La Educaci6o francesa, desde lo mas
alto de la escala a Jo mas bajo, s-:Slo tira a un fin, no busca mas que una cosa: el
titulo. El titulo es el comienzo y el fin, el principio, la esencia, la raz6n misma
de la educaci6n fraucesa. Suprimase el titulo y bruscameote todo el edificio se
buode como castillo de oaipes. Desde bace aiios, oo ceso de proclamarlo: el
titulo es la podredumbre que emponzoiia la economia entera del sistema escolar. tPor qué? Porque corrompe todos los métodos oaturales de una disciplina
que podria ser 16gica y racional, swstituyeodo constantemeote y por esfuerzos
reiterados el signo a la cosa significada, Jas apariencias a las rea\idades. Por
su causa, toda la juveolud fraocesa se Jaoza a la cooquista de no pergamioo,
que ocupa el lugar de las ideas, de la originalidad persona!, del espontaneo y
libre desenvolvimiento de la iodividualidad. De ahf, el recargar los programas
de ensenaoza, el atiborrar los cerebros, el rellenar las inteligeocias, con el ejercicio iobumaoo de la memoria, y la adqui:;;ici6n de lo literai y de Jas f6rmulas.
Corno consecueocia, debilitamiento progresivo de las cttalidades invtntivas,
pérdlda del juicio, nivelaci6n de las ioteligencias. La caza del titulo contrihuye a crear ese tipo de hombre mediano, que eo cada orden de ideas pieosa
-como todo el muodo, bace loque todo el mundo, se determina por :motivos
extraiios a su personalidad propia, magnifico ignorante, muy pagado de su ig•
norancia porque le adornan las apariencias del saber y le permite bablar de
todo con imperturbable aplomo y total seguridad.&gt;
Por su parte, Maurice Barrès contesta. «Pedimos a la enseôaoza que form'!
.3eres capaces de recibir la lecci6n del geoio.•

* * *
380

ACADEMIAS
Gonza~o R. Lafora: Ensayo de interpretacùfn psicoldgica del cubismo.-Conferencia en el Ateoeo de Madrid.
Ap~~te el_ inter~s cieotifico que puedao teoer los eosayos, com-o el de ioterpretacioo ps1col6g'.ca del _arte moderoo, con que de vez en c.iaodo nos regala
el doctor Lafo:a,. lteoen s1empre cierto in te rés arlistic:o, cierta emoci6n creadora ~ue l~s distrnguen de los de otros estudiosos investigadores, e indudable
ameoida~ mc_luso ~ara el publico profano. Su ultima cooferencia en el Ateneo
de Madrid ev1dencta las cualidades que seiialamos.
Con docu~entos a la vidta-uoas cuantas obras selectas entre Jas de los
maestr?s cub1stas, f~tur!stas y expresionistas, y uoa breve antologia de textos
exegéticos que las 1ust1ficao-promovi6 e l doctor Lafora la explicaci6n del
;;te m?derno en sus manifestacione s mas absurdas e incongruentes al parece r.
ay,_ si_n duda, un punto de semejanza entre los artistas mas sigoificados del
movim,ento poet-impresionista, que, sin tener en cueota circunstancias de
orden secund~rio-la imitaci6n, la moda, el afao extravagante de sorpreoder
al buen ~urgues_-~evelan uoa inspiraci6n comun. El doctor Lafora atribuye Ja
producc16n artistica moderna al peosamiento disociado-esquizoide-del artista, _que se propone conscientemeote expresar sin aux1·1,·o de Ja composici6o
16
gicd, las seosaciooes, seotimientos, ideas, que le asaltan.
Po_r mejor d~mostrar su aserto, el doctor Lafora presenta juoto a las obras
escogidas de artistas célebres, otras, sin calidad artistica, de iiiiios y de Joc
que respondeu en la inteoci6o a la misma de los cubistas y expresionistas moas~
en boga. En ést~s se ve ab 11ltado, monstruoso, el mismo impulso inicial generador en el artlsta moderno de tan desconcertantes elucubraciones plasticas
como sueleo ofr~cer a la coosideraci6n espantada del vulgo.
. La conferenc1a del doctor Lafora ha ocasiooado alguoos comentarios apaswnados en contra, suponiendo que, como cualquier Max-Nordau preteodia
extender uoa cer~ificaci6o de locura al arte modernisimo en geoer~l.
Nada meoos c1erto. El doctor Lafora, pintor de afici6n por otra parte 505•
l~y6 de ~rop6sito toda inteuci6n de cdtica artistica. Quiso, y Jo consigui6: suscitar el_ 1nterés_ ~el publico, casi todo de pi:ofanos, que le escucbaba. sobre la
geoerac16n espmtual del fen6meoo, para muchos iocomprensible auo, de loque se ha dado en llamar por antooomasia arte moderno.

�LA PLUMA

LA PLU ~1A

Deseamos vivamente que continue sus ensayos de interpretaci6n, cxtendiéndolos a Jas manifestaciooes cubistas, futuristas, expresionistas, creacionistas dadaistas ultraistas, en la Jiteratura europea cootemp6ranea. Lo que en
es~ sentido a~unt6 ya en su conferencia del Ateneo, despert6 auo mas nuestra c&lt;1riosidad, tal vez insana.

* * *
'GACETILLA
1Cretlnos, a defenderse!-No sabiendo ya a quieo favorecer con nue~,1ras prendas protecloras, se intenta ensayar un protectorado maso _menos civil en Las Hurdes. Esta en ciernes uoa comisaria, que sera solo rned1aoa; a un
pueblo tan bajo de estatura, siempre le parecera sobradamente ~lta. ~e e~p~r_a
que los naturales sean lo bastante sensatos para no oponer res1stencra; mutil
resullarfa que los hurdanos pretendieran ampararse con el «derecho de los pequefios pueblos a disponer de si mismos• (véase: D1ccroNA_Rio DE IDKAS TRIVJ~U!S: Guerra eut·opea; Sociedad de naciones; Wilsonismo); reumda una conferenc1a
de técnicos-conferencia de las Batuecas, col!tinuaci6n de la de Pizarra-ba
declarado que ta! pequeficz se entiende del numero, no de la talla; asi es que
a los burdanos no les vale ni la Paz y Caridad. 1Pobrecillos! lA tanto llegan las
ventajas de nuestra alzada? No poseemos otros titulos para ir a inquietarlos en
sus madrigueras. jNi siquiera estiin incluidos en el testamento de Isab~l la Cat61ica! Si tienen hambre, si no saben leer ni escribir, a otros tan faméhcos, tan
barbaros pudiéramos proteger, que no se protegen; lo decisivo, lo grav~ es q~e
son cretinos. Algun escritor se alarma, pensan40 que al propalar la ex1stenc1a
del cretinismo en Espaiia nos perjudicamos en la opinion extranjera. Pero que
·hay cretinos en Espaiia es un secreto a voces; eso en pri:ner lugar. En s~gundo si en el extranje:-o también los hay, sera.a unos cretinos mucho meiorcs,
mâs acabados cretinos que los de aqui, y no se mezclaran en asuntos de go"bierno, de letras y de armas, como se mezclan los espaêioles cretos, haciéndose
pasar por Jo que no son. Y tercero: lo intolerable es que haya •~antos cretinos
bajo una !inde•; esta es la opini6n de los técnicos. Que anden d1spersos por la
uaci6n importa poco; pero que se concentren a millares, aunque sea en los
aparta~os y altos valles donde viven los hurdanos, es peligrosisimo. Todo JO

-que se concentra, es mas vigoroso que si se enrarece-excepto el liberalismo,
que al concentrarse se evapora-; un gran conclave de cretinos, como el de Las
Hurdes, debe de ser para el cuerpo social una infecci6n mucho mas violent a
qae si los mismos cretinos viviesen separados. Asi, pues, hay que protegerlos
hasta que se acaben.
Varios métodos puedeo emplearse:
0
1. Matarlos a todos. Un par de operaciones de policia no dejarfa ni los rabos. Este es un método costosisimo.
0
2.
Enviarlos pensionados, hasta que adqu ieran la técoica del cretinismo
en el extraojero. (Esta idea acaba de ocurrfrsenos como si tal cosa; no podemos
desarrollarla porque esta en prensa el numero). Tropezaria con la oposici6n de
los reaccionarios. ,Qué necesidad tenemos del extranjero, o de imitar malamente loque hay bueno en casa? La experiencia prueba-afiadfrian-que con
los métodos espaiioles puede formarse tan buenos cretinos .:omo en cualquier
pais del mundo.
3.° Formarles un expediente para &lt;depurar responsabilidades&gt;, y enter~rse de quien fué el primero que naci6 creto; y
0
4.
Que el Sr. Cierva, u otra personalidad relevante, les pronuncie un discurso, incitandoles a crecer, aunque sea solo por patriotismo, y a no multiplicarse mas, hasta que hayan crecido.
Entre esos métodos hay que decidirse. &lt;Quién ha de aplicarlos? La elecci6n
de Mediano Comisario, representante del Protectorado, es ardua. Aqui los pre,cedeotes no sirven de nada. Cuando en Soria pidieron que su provincia se re bautizase con el nombre de Numancia, dijimos: «Nombraran gobernador a Escipion Emiliano, que aceptara pJr patriotismo un puesto inferior a su catego.
ria!• Pero en Las Hurdes hace falta un comisario civil, o dvico-eclesiastico no
un general. Dicese que nombraran a D. Abilio Ca!Jer6n, uno que fué mini~tro
y dej6 fama de austero porque adopt6 como emblema las iniciales del servicio
de Obras Publicas: O. P., que significa: Onradez Palentina.

*

* *

Libros recibidos.-J ulio End ara: José lngenieros y etjorvenir èe ta filosofla
Buenos Aires, Agenda general de libr&lt;!ria.-Molière: Et Amo,· Médico (trad. de
Narciso Alonso Cortés), Valladolid, 1922.-Céline Arnauld: Point de mire, Pari~,
f'ovolozky, 1921.-Luis H. Delgado: El joema tt-iunfat, Paris, 1921.-1\Iariano

�LA PLUMA
Aramburo: Discunos, Garcia Monge, San José de Costa Rica, 1922.-R. Buendfa.
Abreu: Luz, Barcelona, 1922.-Manuel Velasquez: Mad,·e, El Convivio, Garda,
Monge, ed. San José de Costa Rica.

Revistas.-Mercu1·e de .F,·ance, Paris. - Le Progrès Civique, Paris. - La
Connaissance, Paris.-La Revue de l' Epoque, Paris.- Vida Nuestt·a, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Amet"icano, San José de Costa Rica,
Le C,·apouillot, Paris.-Belles Lettr.:s, Paris.-Cultu,·a VeneZ1Jlana, Caracas.Die Aktion, BerHn.-Pegaso, l\fontevideo.-Cuba Contemporanea, La Habaoa.Babel, Buenos Aires.-Po,.s{a ed .frte, Ferrara.-Espaiia ;v América, Cadiz.-Hel'mes. Bilbao.-L' Art Libre. Bruselas.-Ça b·a, Amberes.-La Romia, Roma.
La No•,velle Revue F,-ançaise, Paris.-Indice, Maddd.-Cosmopolis, Madrid.-The
Living Age, Boston.-Espana, Madrid.-Les Marges, Paris.-P1'isma, Paris.Signaux de France et de Belgique, Bruselas.-Los Nuevos, Montevideo. --Revue de
l'Amérique latine, Parl'.s.-.Le Thyrse, Bruselas.-Intentions, Paris.-La Revue de
Genève, Ginebra-Feuilles Libres, Pads.-Le Maglt'o, Bolonia. - La Vie des lettres, Paris.-Hispania, Paris.-Ateneo de Honduras, Tegucigalpa.-Revista Parlamenta,·ia de C11ha, La Hab&amp;oa.-Gandù·ea, Cluj.-Le Disque Vert, Paris-Bru~elas.-Nuestra América, Buenos Aires.-CJaridad, Santiago de Chile.-Af"id,.
l\fontevideo.-America Brasilûra, Rio de Janeiro. -Zun-otnica, Cracovia.-Aperusen, Perusa.-Caminos, Barraoqui!la.-La Revzte d' aujou:-d'kui, Bruse!as.

FIN

DEL

votU?d.EN IV

�</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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MADRID, MAYO 1922

NÛ.M. 24.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

•1œJ•cf•
'

XII

con frase acerada el Padre Miguelez: •No es necesario
que el Septentri6n los lance; jlos barbaros estan en Espafia!»

Debo al Escorial-a sus escuelas-eJ apresto necesario para entender esa maxima, impregnada de espafiolismo, y recibirJa en espiritu y verdad; y a la percepci6n cabal de su sentido
-decadencia del estado glorioso preexistente-, una timidez egoista, un recelo, que me impedian avanzar por la ruta abierta a mis sentimientos espafiolisimos. Me atollaba sin saberlo en un desbarajuste
raro; la pasi6n nacional, encandilada por muchos cebos, queria encabritarse y a!zaba la cerviz soberbia: puro goce de dar suelta al orgullo y henchir con su viento el énfasis, la hipérbole y otras capacidades donde asiste el desenfreno. El animo se Ianzaba en taI orgia por
engreirse a sus anchas una vez siquiera: éraie permitida toda licencia, en raz6n del objeto sublime. Pero buscaba saciedad apacible, que
no martirios nuevos. Al desmandarse, la pasi6n nacional embestia
2 57

�LA PLUMA

LA PLUMA
con el cimiento hist6rico de nuestra noci6n de Espafia, y replegaba,

)

,I

fJ

maltrecha, las alas.
Tarde comencé a ser espafiol. De mozo me criaba en un espafiolismo edénico, sin acepci6n de bienes y males. Veia en el mapa las
lindes de una Espafia, pero éste era nombre sin faz; moralmente, no
advertia sus limites, ni sospechaba que los hubiese. Las anécdotas
colegidas bajo el r6tulo de Historia general no vivian mas que un
libro de estampas. Acaso me deslumbr6 el gran fuego de nuestro
hogar alcalaino. Restos de la tradici6n literaria complutense aleteaban en mi pueblo al declinar el siglo diez y nueve. Juristas viejos, imbuidos de humanidades; algun hidalgo desvencijado, sin dos adarmes de meollo, recitador de Horacio; labradores ricos que empezaran
en su mocedad a cursar «estudios mayores»; escribas de la curia toledana, que a poco mâs hubieran alcanzado a F16rez embanastado en
su celda de San Agustin; y un can6nigo, el ultimo catedrâtico de la
Universidad, que rouri6 de un atrac6n de sandia..., mantuvieron en
Alcalâ el culto fervoroso de los antepasados. No vivian en su tiempo; el mundo no rodaba desde el dia roismo que la Universidad de
Cisneros se cerr6; las prensas dejaron de parir en cuanto los t6rculos alcalainos se enmohecieron. En sus rancios libros, en sus buenos
libros-hechos trizas luego, cuando sus bibliotecas dilapidadas fueron a parar en las droguerias-, se empapaban de erudici6n anodina. Sabian los aniversarios, las idas y venidas de los héroes, sus posadas, sus sepulturas. Eran tercos, grandilocuentes. Daban guardia
a la cuna de Cervantes, defendiéndola de los manchegos rapaces venidos por hurtarla. Cisneros llamâbase siempre «el conquistador de
Oran&gt;; Cervantes, «el principe de los ingenios:l' , «el manco de Lepanto&gt;, «el cautivo de Argel&gt;, «el manco sano», con otras perifrasis
no usadas. Juntabanse y se rejuntaban para proferir discursos, loas
poéticas, vejâmenes, ditirambos; glosas al «libro inmortal»; loores del
258

conde de Lemos; denuestos venenosos co
.
go. Nadie mas odiado que el
ntra Avellaneda, el sacrilesupuesto Avellaned d
,
das. H e necesitado llegar al "-&lt;p·ice d e 1a cordura p a, espues de Juta de que nada malo me ha he h O l
ara caer en la cuen.
c e misterioso
·
.
ofend1do con él ni he de v
personaJe; m estoy
.
'
engar en su memoria
·
patnotas alcalainos alborotaba I
agrav10 alguno. Los
f .,
n e manso cotarro de
l
pro us10n de memorias, veladas, la idas .
. . su ugar con
pero su patriotismo era local N
p
' ~lummac10nes, catafalcos;
AJcala, no la de Espafia Es . os, pil~rsuadian la grandeza ûnica de
.
veros1m que el s l 1 .
de la ciudad poseen una virtud
d'
ue o, e aire o el agua
.,
pre isponente para la 1 .
sabe qu1en otorga mâs a q ., . 1
.
g ona, y no se
. .
Ulen. e gemo a la ciudad s · 1 h d
p1c10 le encamina a ver en ella 1a 1uz, o la cmdad
.
,
1
e· a o proal
amasandoIo con ingredientes nada comunes. Esta opinion esgemo,
1 ,
..tble. E. 1 buen alcalaino créese no menos que copartici e a mas proba1 Q ..
e, e mcluso generador alicuota d 1
p en e lllJOen Alcalâ fué el acierto de ese i e _a_ p~rsona de Cervantes. Nacer
le habrian mentado como
n~emo, s1 aparece en otro pueblo no
,
no m1entan a otros v
salvo q_ue un rayito del sol alcalaino los alumbre a;_nes e~celentes,
obra mtlagros dondequiera, ha hecho en A!cala prodio-·
. !OS m1smo,
que
d
esaforadpos. .En suma: es pueblo elegi.do, colaborador en los d,.,10s
· .
rov1dencia. La historia era inteligible si
,
es1gmos de la
y acento complutenses· cuando
, pod1amos prestarle rostro
Participabamos en ella 'como e ~~-' c~1a en 1~ tinieblas exteriores.
yecinos. La actitud
. n yue a repartida entre el comûn de
, de pasmo, el tono ponderativo· el tem l
so; y como ejercicio-que suple a los .
1
b,
p e, gozobito d l b
impu sos a ortados
el ha
e a a arse por méritos del r6ïmo
.
-,
~ ropias lo , ·
.
p ~
' Y el mirar como prendas
mas mcomumcable y azariento d l
b
P:;ci6~ per~onal o las mercedes gratuita/
1:sr~~s~:::::~ela
p - mo o directo, ya sus representantes en el reino de Toi d l
senores arzobispos.
e o, os

y:

6~;;

259

�LA PLUMA

i
tl

Advine al rango de espaii.ol por dos caminos: ensanchando hasta
el confin de la Peninsula el area plantada de laureles y robândole a mi propensi6n admirativa su inoperante candor. Temblé con
emociones menos suaves; descubri un antagonismo; milité contra
las fuerzas agresivas, dotadas de significancia moral opuesta a la que
ministraban los frailes. Mis sentimientos espaii.olistas ganaron en
violencia lo que perdian de libertad, y retrayéndose a su origen, oprimidos, zumbaron amenazas sordas, como nube de pedrisco a punto
de desgajarse. No me bast6, llanamente, engrosar el caudal de las
cosas que sabia, ni seguir la inclinaci6n del instinto, para verme de
pronto roido por el despecho, abrasado de malquerencias, o presa
de abatimiento rencoroso, como quien viene lisiado al mundo, o enfermo incurable, o desposeido sin justicia de alguna cualidad com(m
al mayor numero de gente. En el pasto de que iba nutriéndose mi
opinion de espaii.ol, debieron de echar cierta levadura que se agri6.
Padeciamos en cuanto espaii.oles la suerte de Abel. Nuestra virtud,
la superior comprensi6n del plan eterno, suscitaron la liga de los
barbaros con el espiritu del mal. Es el espafiol semidios derrocado; su generosidad pertenece a otro siglo. De tal manera, descubrlr
nuestra posici6n en el mundo-el crimen contra Espafia, escândalo
de la Historia-y quedar emponzoii.ados, viendo frustrarse en la raiz
las esperanzas naturales, era todo uno. A quien aborreciamos mas:
si al extranjero envidioso o a los espaii.oles ap6statas-los bârbaros
del Padre Miguelez-, no lo recuerdo.
Los frailes bubieran podido son1eternos a dos férulas: juridica
e hist6rica, y elevar el tono de nuestro caracter, no ya formarnos la
inteligencia. El estudio del derecho-sin la infecci6n de bajo y estéril profesionalismo que desde el origen lo dafiaba-habria servido
no solo para lograr la destreza formai del juicio y aguzarlo, mas para
insertar la noci6n de la ley en las apetencias profundas de nuestra
260
r

LA PLUMA

1

vida moral, si le hubiese precedido una
1
.,
•
de justicia. La materia de la historia no h e~p, an~c1on sena de la idea
capacidad de discurso pon1'e' d
a na solo mejorado nuestra
,
n onos como critic
._
valor de los testimonios pero nos h b'
.
os a escudnnar el
.
'
u iese ab1erto ese h ·
blado y puesto en esa altura p
b
onzonte venara 1a o servaci6n dond 1 f . 1
perece. Los frailes que admitia 1 d
e a nvo idad
'
n e erecho natural O
h
una historia natural de los m6vî h
f
, n sospec ahan
cos legistas a las abstracciones ~ ets ~manos. bamos de los recovem enc1onadas Aprend d
h
andar al estricote con f6rmulas h
.
.. .
er erec o, era
ficil es que un mozo se a Id uerdas, la h1stona, proselitismo. Dimo e a ecorar los
't 1
Real; si el celo del maestro cho
1
cap1 u os del Fuero
.
ca con a desgana del al
é
qu1en acierta. Viéndonos rebeldes a su d ' . .
umno, ste es
grit6 un dia: «Mariana os tomaré I l '61sc1plma, el Padre R. nos
a ecc1 n con puntos
LI egado ese mafiana empez6 al .
d .
y comas.»
gu1en a ec1r gravem t . L . ,
novena, punto Rota en .1 d
en e. « ecc1on
•
m1 oe azos la unidad
. 1
rompe también la unidad le ·1
.
nac10na coma se
ga p unto.» La mdign ., d 1 .
nuestra alo-azara probaban d
,
ac10n e fralle y
ahora el g:sto con que Jas ~ qtul~ par~e estaba el ridiculo. Repaso
m e 1genc1as deformadas
t
postura, se habrian avezado a
I
por an mala

:;:';~::,;::~~;:,:;':'.~:::::;,:i:::.~::::::~:6~::,:~:

su color, palpar los contornos a ' p:sa~ una piedra, notar su forma
mundo de aquella su re rese , ~re en er _con los sentidos; sacar el
d6nde lo veiamos gira!do ;~::t~i~tém1ca, del torbeilino oratorio
rqué alivio! Tal como respirar el aire h~;:d su reposo, en su bulto,
cerrona en atm6sfera v· . d
o campestra tras una enmovia, acaso, en la div~c:;6: ~ese:abl~n apetito d~I mismo orden me
figuras sacadas de Ios libros de : t . eNIescenano del Escorial con
is ona. o me jacto de heb
to a prueba en esa porci6n de .
. er puescritica. El primer afio m 1 ~1 cultura de entonces, mi sagacidad
e p an earon esta dificultad: «&lt;Fueron los
261

�LA PLUMA

LA PLUMA

..
l

concilios de Toledo verdaderas Cortes?&gt; Hecho alarde de las opiniones contradictorias, como eran de peso igual, la cuesti6n qued6
indecisa. Al ano siguiente, de nuevo tropecé con ella; el tiempo no la
habia esclarecido. Desde entonces, no vi texto ni me encaré con profesor que no me la propusiesen. Y el dia venturoso en que, dentro de la zar.urda maloliente de la Universidad de Madrid me preparaba a cortar del ârbol académico la valiosa borla doctoral, un
sacerdote valetudinario, parapetado detras de una mesa, me espet6,
después de interrogarme sobre Sim6n Mago, el insoluble enigma:
«&lt;Fueron los concilios de Toledo verdaderas Cortes?~ Todavia es esta
la bora en que no lo sé.
Mas que por insuficiencia critica, advertida apenas, la historia me
fatigaba por su aridez inhumana. Con estar incorporada sucintamente en unas docenas de personajes grandiosos, la catadura de estos
héroes no era de hombre. Habian llegado al mundo con el encargo
de recitar un papel aprendido de memoria, y colmar los decretos providenciales. No aprendiamos nosotros lo que ellos hicieron; mas parecia que ellos se adelantaron a cumplir lo escrito. Quien debia salir
sobresaliente en los exâmenes no eramos los estudiantes, aprendiéndonos la lecci6n de los Reyes Cat61icos, sino los Reyes Cat6licos
mismos, que sin olvidar punto ni coma (ni la conquista de Granada,
ni el descubrimiento de América, ni la expulsi6n de los judios, en
fin, nada), respondieron muy bien a todas las preguntas que les concernian en el Gran Programa. La historia se ahilaba en la longura del
tiempo; perdia corporeidad, densidad; diferencias insondables separaban las edades; lo inmanente era la venganza de Dios. Por ventura
presentia yo el rumor lejano de un caudal de emociones retrospectivas,
y en modos pueriles tanteaba su invenci6n, poblando la tierra que
alcanzaban a ver mis ojos con gentes de los siglos esquilmados. Habriame dicho: «Aqui estamos los de siempre&gt;; si hubiese sido capaz

de pensarlo. Me sorprende la magnitud del esfuerzo que necesitaba
para mantener presente esta idea: que Ios peones de Ja historia no son
seres
. fantasmales, ni. conceptos de la escuela·• otros h om bres, amortaJa~os hoy en los hbros, gravitaron sobre esta tierra misma, se esparc1eron en es~ naturaleza; aunque hallandome muy apoderado de
ella, se .me antoJaba proyecci6n enteramente mi'a • Abrazan
-" d ome con
lo
sensible,
me
representaba
la
perennidad
de
sus
formas
t
, d
. .
, y a I puno_ surg1~n el pa_1saJe, también con trazos perennes, los seres vivos,
t~butanos del m1smo sol. Sobre el material humano resucitado
•
dia
echar
el
color
hist6rico
que
me
conv
·
n
·
ese
El
Il
'
po
11 .
_
ano y 1a montana, la luz, prestaban un fondo invariable; el recruerillo que cor ,
J I d h"
.
o
na por
e au .a e 1stona se mudaba P.n catarata , nacida en mi·s sensac10nes,
·
en mis d seos.. Atroné los términos del Escorial con batallas, desfil~s, ~acenas. l\1is representaciones de la historia eran de movimiento
fulg_1das, sonor~s; mas no pasé de ahi, de la câscara. Pasiones, no 1~
h~b1a, no acerte yo a prestarselas a los héroes; su resorte era la vamdad ostent~sa, el saber que alguien estaba mirandolos: mis reyes
caba~gaban ~1empre_con manto rozagante y estoque en el puiio. Me
humilia esa _1~capac1~ad para la invenci6n verdadera: ya Jas tocase
con el mornon del Cid o con la boina carlista, tantas fi guras veman
,
a se~ una sola, como una voz sola repetia las arengas, las palabras
sublimes que les achacaban Ios textos.

7

MANUEL AZA~A
(Conti11uard.)

�LA PLUMA

EL NOVELIST A
(NOVELARIO)
(CONTINUACIÔN}

CAPÎTULO XXVI

·f
♦ j

1

..
..,
.. l
.

encotdraba un itnpuro sabo~ e:z aquell~ mujer, que s;
la pegaba con su padre, y que quzzas se habza burlado de e'L
antes de que se enterase.
.
Andrés se jijaba mucho en ella. lzacimdn como que ;ugaba
en la cocina observandfJ la bombiila desnuda que como tm
péndulo pende del teck; de la cocina, co,i su flexible lleno de moscas
muertas.
.
J. . , .
jQué gran realidad tumefacta, innoble, esclavzz~da, zzp,ocnta,, sensual, tomaba la vida, apoydndose en el fogdn y vzendo como Mzcaela
cositi alrededor del lzuevo de la costura!
Ese huevo de madera le abstraia. Se le veia por entre el_ roto del calcetin, y Andrés, con cierta friolencit: en todo su cuerpo, mieiztr':s espe:
raba que la cena le cordializase, dzvagaba sobre e~e huevo t~ste, mo
ndtono lobanillo bozio grt?-n almendra mtre la encza Y la meplla._ ada
Micaela teMi~ una gran facultad de abstraccidn y se la veia olvzd
de la sensualidad que buscaba los p,isillos Y movia la _Puert~ d~ co,;vento del c1tarto de las rriadas con su enonne !lave, mas ordmana qz e
Iodas las de la casa, siempre puesta.
.
Micaela tenia miradas oculta~, miradas oscuras que mzraban no u
sabia ddnde. 1Se acordaba de alguna de las pe~s~11as de las otras casas
en que habia estado? Parecia que entraba una vzszta de las muclzas a las
que habia abierto la puerta.
. ad
l +. d
Esas mi.radas perdidas de las criadas JOn co!1io ~ttr as a .1 ?11 0
oscuro del cuarto de los bau/es en el que hay mzsterzos, reconvenczones
NDRÉS

•)

."
tl

..'

y anhtlos.
il de
· 1 Eso
·Con qué reposo estaba Micaela sentada en las sz as
cocwa.
Je q~itaba a él toda actividad, le llenaba de calambres de perezas. Ella'

al coser, ocultaba sus senos con la cabeza y le quitaba a Andrés pensar
cdmo eran de imposibles en aquel momento, cdmo la mz·rada sostJechC'Sa de
la cocinera evitaba que los buscase éi; y la misma Micaela se sentia tranquila y satisfec!ta, defendida con la compaii.ia de su compaiiera. / CudnJas veces !tabia temido las asecha11zas y las coincidencias de los pasillos
repltgdndose al lado de su compaitera con algo de fiero perro pachtfn.
And1·és aplicaba a Micaela cosas de la cocinera y se daba cuenta de
!tasta ddnde son conmovedoras las criadas. Su cocinera era una cocinera
muy antigua en la casa, que g-uardaba, como solo stt padre los guardaba, retratos de los niiios allddndose en la mindita.
Andrés pensaba en Iodas las criadas que habia tenido, y ya "l'eia a
algu11as mzey borrosamente. Entre todas habia una que se le habia olvidado absolutamente. tCdmo era aquélla?
Algunas se ca.saron en la casa, y esas le fueron in.fie/es al senorito
con sus propios maridos. No debieron ptgdrsela al seiiorito con sus maridos, porque entre el senori:o y su marido hay una gran diferencia. Es
menos arbitrario y cruel con ellas el seiiorito que el que las haya desbosado.
Andrés, observando a aquella mujer hipdcrita, miraba su zurcido
largos ratos y recordaba aquella criada que sin saber cdmo, porque nadie habia notado nada, did a luz zm niiio en la alcoba oscura y desmantelada de su casa.
-1No seria otro hermanito, otro !tijo de su padre?
Valid la pena de ver cdmo se cumplia un acto asi en tma habitacidn
oscura. Nadie habia entrado a ver a aquella mujer que convertia su
cama en cama dt hospital, dando al fondo de la casa un aire de sitù,
sostmido por la caridad publica.
Una voz débit daba la voz de alarma de lo que habia sucedido. Eu
toda la vecindad habia espectacidn y burla, y le habian achacado cl ckico
a Andrés.
Andrés, vestida con los trajes viejos y potrosos de hace varias inviernos y con las zapatillas ,de orillo, seguia con las manas en los bolsil!os,
apoyado en el fogdn y recibiendo de vez en cuando los empu:fones de la
cocinera que 11ecesitaba sitio.
Toda la melancolia de las criadas le llenaba. Se sentia el criado
entre las criadas.

264

,

�LA PLUMA

.

)

. t·
4

j

..•

Pensaba que lo mds triste en la vida de ~as criadas son las despedidas y que toda su vida estâ llena de despedzd:1,s,
Unas veces porque el/as eran las que se _iban: ~ otras po~que eran
sus compaiieras las que se 11za~·ckaban. Habian vwzdo e'! la mzsma casa,
bajo el mismo tecko; m la 11ttsma alcoba, llena d~ ruzdos de mue/les,
ltabian salido juntas y ltabian .corrida ~nucho cr:,~zno para acab~r cansadas y aburridas. En la Navzdad kabzan partzctpado de la_Navuia~ de
la casa, atiborrdudose de sobras, de empanados de mazapu.~, de vznos.
y con todo eso, a lo mejor llegaba la mata_ lwra y se rfespedzan.
.
Andrés, que esperaba air las nueve, miraba a Mzcllela, cuya ~tpocresia natural y cuyo cinism0 recondito le asombraban; La ;ocznera
Jreia patatas y las iba dejando en el plato, del que Andres cogza algunas, sopldndolas como a ckurros reczentes.
.
,
Las nueve dieron y se oyeron los paso! kacza el comedor, lev~ntandose _!i,ficaela para ir a servir la mesa, de_jaudo clavado en el zurczdo, en
la cocorota, el huevo tstéril.
CAPfTULO

1
.1

•.

tl .

"

·.

LA PLUMA

xxxn

Micaela, aquella tarde, porque ya era tarde y si tardaba mds se la
reconoceria, se jué a casa de la mu._jer que sabia detener lo que toda la
naturaleza se empeiia encarnizadamente que sea_fat~l.
.
Salio de ella la decisidn de ir a la casa mzsterzosa cuyos crzstales
ltacian opacos esas calcomanias losangeadas que cu_bren: gen_eralmente
[as ventanas de los retretes y las de algunas galerzas zntenores para
que el patio no vea el pasar por ellas de los_ veci~os.
_ ,
Tuvo que aprovecltar un domingo para tr _allt, pues qu.zzas_ no la ltubieran dada penniso entre semana, pues la senora era '"!uy e::ngente. No
quiso oir encima el sarcasmo de no concederla el penmso _Para no emparentar con el/a, para sacriftcar la rama a la que ya tenza derecko.
1Qué gran resignacionl
_
La matrona, que la esperaba ya en la casa de los cristales turbios,
estaba pronta a cumplir su mision.
.r:•
-iPero no me mnrirû-pregunto lr11_caela con mte~O,
-No, mufcr-dijo aquella mujer v_alzen_te, que ~amb?é~ ~abza a/rontar la vida como nu la saben afrontar nz los ;ueces nt los medzcos mzsmos.
266

Ella n,o dtbia ni p~d!a recapacitar lo que la que, ian hacer recapaci-

tar, y tenta el gesto ràptdo, violenta, seguro, absolutivo que era neêesario, en sus manas j,u~tes de lzuesos muy bien desa, rollados y mu.y separados unos de otros, s1e11do su mar.o, mdJ que una mano, la maquinaria
de una m11no.
-Tu mir~ aquel ~uadro-la dijo la mujer, vestida con el tra_je de
luto con enca;es aman/los, que la componia zma eûraiza toi/ete de verduga siltnciosa.
-Lo que usted mande-dijo ilficaela con su docilidad de escla-m
ecltd.11d.1se kacia ah ds en el sillon operatorio.
'
La matro11a, como un gato de p, esa, p, epa, aba et golpe de hoz que
hay que dar con buen golpe de segadora. Realzzaba la operacion sin practicante, la opera~z'dn que se realiza por debajo de la mesa, la operacion
cuyo ll:rod!llamunto de la opera dora te11ia la obscmidad reparad&lt;Jra y
sanguinana de los lzumanos sacrifiâos a Moloclt .
Toda la sensacùfll dominical se ezplayaba fuera, y en el gabinete
ltabia el tono de las meriendas y los tes caserillos de los domingos por
la tarde. Todas las sombras de los muebles J' la g, an coloracion en situacion de descanso de las casas, seiialaban el domi11go en «su lugar
descansen» .
Era Micaela pd!ida, bonitilla, con cara de szifrimiento por el trabajo
mds que por el placer, como la cliente/a del dentista al que éste va a sacar los dieu tes y las encias.
El sillon de operaciones de lz comadrona era un sillon de sentarse y
nact,i mds, un sillon de ![tdapercha.
.J.!icaela sentia en media de tudo el escalofrio de a.quel/a a la que van
a qztztar el alma, a la que van a desholfinar del espiritu.
Saco la pulsera de ùifanticida. lba a pasar por el albur de estar en
una carcel coma ùifanticida varias aiïos. Y si nadze se daba cttenta, si
las comadres q_ue guluzanean conzo perros no encontraban la huella por
alguna parfe, tba a estar tranquila, esbelta, sin que los ri.nones la pesasen como piedras, coma riiïones fiisiles y obturados.
Entre el decorado habia ttJt cuadro de tm mdrtir vtrdadera indiscrecidn en la que ,u1die caia en el gabinete.
'
, Unas tijéras que habi 1 sobre la cornisa de la 111dqui11a de caser pareczan tener que ver a~g-o con lo que sucedia en la habitacion.

�LA PLUMA
LA PLUMA

.)

. !'
q

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'

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1
..l

'.

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"

1Qué lejos dt los organillos y las marchas incesa11tes y forzadas
ltacia el campo estaba aquella tarde Micaelal
-Mds vale esto que hacer u1i desgraciado-dijo ella por justifiecir
la pausa, mientras miraba el cuadro qUI' la habia aconsejado la matrona, con tl tono indi,ferente con que se habla con el fotdgrafo que ha aconse_jado el mismo torticolismo de la cabeza.
La segadora que operaba sin cloroformizar, y asi, a simple vista,
sin vestirse el ma11dildn de las ope1 aciones,practicaba su acto con sigilo
pero con presteza y fuerza de dedos, con ese engancke con que los pescaderos abren el besugo y le sacan todo el tripa_jo.
Como las heridas y los desgarramientos eran recientes, el dolor no
se /zacia sentir, y la matrona, para evitar que Je quedase alti sin poderse mover, la e:rigid los catorce duros y la aconsejd que sin p1trarse,
•sin dejar de andar, se f11ese a su casa y que no se asustase si echaba
.sangre.
-Llevas una pidserita que acabard de estrangular y cortar, al cabo
d e dos dias, lo que me kas pedido que te arranque... Caerd con ello ...
Ya lo sabes.
Micaela bajd aque/las escaüras con cuidado, con miedo de que la
vfctima que llevaba colgada como un ahorcado se la escapase, se saliese
de su cuerda, se cayese de su suspension.
1Qué camino mds dificil hizo hasta su casa, a contrapelo de la corriente del d omingo, que ibu hacia las afuerasl Se paraba como la mujer débit cuyas piernas se doblan, pero con un dnimo inmenso volvia a
ponerse en marcha. No podia sucederla que la tuviesen que hacer la sillita de la reina pr;zra llevarla a la casa de socorro, donde descubrida11
la !rampa horrenda que acaba de hacerle a la vida.
Llegd a su casa y se comenzd a sentir enferma, a no poder mds, a
1recesitar unas pasarelas en las paredes lisas y resbaladizas de los pasillos.
•
Pretestd un catarro, una indisposicidn subita.
Los dos Andreses, padre e hy·o, dentro de la mayor hipocresia, disuadieron a la madre, a la gran Basilisco, de la sospecha que tenia que
.aquello era gandulitis o quizds borrachera de domingo.
La proporcidn imnensa del sacrificio solitario de aquella mujer que
dor1nia con su compaiiera y que no podia dejar traslucir ni siquiera a

ta11 frattrnal esclava el secreto de sus su"rimient
. . .
mtnso.
~'
os, era un sacrificw zn-

Ellos no querian darse por enterados por
. . .
,
los catorce duros.
'
que nz szquzera querzan dar
Se apa.garon las luces de la casa sobre I ,fi . .
Mic~ela, a la que la subita caida en la brec%a -:;:
de~~ pobre
halbzadopluesto gafas azules, las gafas azules de las ojeras des{,,bitada~l°Je.
os
ores un poco sobrehumanos.
Toda la casa entrd en el silencio l
l
al sermon La sombrap
, .
vu gar, Y as cucarachas salieron
colocadas
el nasill parecza zr a tropezar en el silencio con las sil/as
.
r
o, ero no tropezaba. Se temia
h
puszese a rebullir en el silencio de la noche pe t, :aue unb pue ero se
en guardar silencio hasta la maiiana.
' ro o esta a conforme
. Pero en ese silencio se oyd de pronto
. de
Mzcaela, que llamaba:
un grzto
la compaiiera de-1Se1iorita! 1Seiiorita/
Se levantaron todos. Por el montante de l. l b de l
.
veîa la luz de ,11 bl da , ,.,. ,.,
.
·
a a co a
as cnadas se
. d.e l
. da sro a ' soruiu11, szn adornos, sin ·ventilacidn del cuarto
as crza s.
,
Ya la cocinera salia al pasillo envuelta en la «sali.da de t t
que el dia que la to b
l'
b .
ea ro&gt; con
tarde.
ca a sa ta a a rzr al seiiorito Andrés cuando volvia

F:i,~Z:.,.~'Ja

:.n

-Seiiorita... Seiioritos-dy'o al ver/es a todos- 1u·
l.
,.,_
gra corre l
deb .
, Y1 tcae a se cu:sana sangre P~r
a;o de la cama y sale ya al pasillo S. 'l
se
quf)ado un poquzto Y después se ha quedado desmayada ... o o
. a tocaron; e:!aba yerta. Llamaron al médico, que ce;tijico
1
; : ; ;~:to,y
parte por si encontraba la joiida a aquella
, a za ruest~ al futuro la lazada de acero que debia lo rar en
::o;:z:e~:. lzgamento con la vida y que habia cortado ;[ vida

h

1

.

dzo

m~;;

de~;

FIN

Andrés, en la casa solitaria y ya os
'd
• ..
que estaba envuelto por la ola de la r~f~ecd1 a, smtio que l~ envolvia,
1
dolor que
'
•
a , que era un naufrago del
sombrero ;~iwtasÏa ~~f;~ novela, y sin numerar las cuartillas tom6 el

(St' continua-rd.)

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
269,

268

�LA PLUMA

-dondt un fadtar dt adversario
profetice el retorno al lodogozando dt ser mt"llonsn·o,
porque Antes es un cabal Todo.

.

CEROS DEL BOSQUE NOCTURNO

ENCARNACIONES
..)

· I'

•i

'...
')

El basque es una vasta auuncia de drbolts.
Los suma.ndos frondosos de la tarde
son en la suma tenebrosa ceros:
anùlos para manas de poetas,
que plantardn en sus versos un libre
basque, tambiin revelacion de un dios.
1 odo taller divino es un paùafe
raso.

FALSO y CANDIDO INCESTO
)

Su tierno amor me transjt"gura
en et lzifo de su fermera.
Asi tan solo logro cura
al dolor de no ser mas que tmo.

'

.,it

jOh, mi falso y cdndido incestol
Bttscando ampar,.; con un gesto
dt niiio, jqzté bien contrarrestro
la Jatuidad de ser ef fiurtel

ï.

EL NOCTURNO DE CHARTRES

PARA c~ONSOLARME EN LA ESPERA
Porque Antes es un cabal 1 odo,
de mi futuro tributar1:o,
trinzense los ritmos en modo
mehor, y nuestro i'tinerari·o
no se q•iebre tn turbio recodo

)

Ensayo o simulacro de unidad,
pare/a estilizada en lineas minimas,
de la memoria no soli'citamos
u,sa perduracz·on de los contrastes.
~us ofos ahora irradian un oscuro
fulgor, que los oculta y esclarece
Iras secretos postigos sz·n //avines.

�LA PLUMA

Inuit'/ la congofa tnquisiti'va.
No farfulla balbuceos_ la nocke,
de plmi"tud unica pan'dora.
Du/ce amiga, sospecha jlorecùnte
en el recato del fardin nocturno: .
·No eres ya de tu sino la fragancta,
raganda de tus rosas kzpotéticas?

f

)

J

1Amargura de expresar tn anécdotas
esa historia ignorada por los otros,
que afetea, tsenâal, en_ ~uesto orgullo!
Mas ya tu vida no vtvi'da late
tan pura en mi como en tus espera,uas.
, real.' mas verdadera
y eres, si. no mas

i

adivinada en el;a1din nocturn~
que mentida por la fuz verosim,,_t
en escorzos de azar y compromuo.

TJ

JORGE GUILLÉN:

,1.

PARALELOS ANGLOESPANOLES

&lt;1&gt;

I
aiios-no diré cuantos-, una joven de Glasgow anunci6
a la vieja cocinera de su casa que se iba a casar con un espaiiol. «Are ye no feared?» (t!,No tiene usted miedo?), pregunt6 la fiel cocinera. La pregunta no tenia nada de extraiio. Yo mismo recuerdo que, hallandome una vez en cierta villa del
extremo Sur de Escocia, vino a pasar por alli una compania de c6micos de la legua, como diria Polonius los mejores actores del mundo
para 6pera ligera o pesada, género dramatico-c6mico, c6mico-sentimenta1, sentimenta1-dramatico-c6mico, music-hall inmusico o varietés
invariables. Representaron una obra, cuyo nombre no recuerdo, modelo de ese arte dif{ci1 que 11eva por nombre melodrama. La acci6n tenia
lugar a bordo, en alta mar, y sus mas emocionantes escenas, en el camarote del capitan. Era este camarote una pieza notable por su amueblado, tan sencillo como imponente, que consist{a en dos cuadros colgados a uno y otro lado de la puerta abierta en el fondo, representando
Ios dos rufianes mas terrorŒcos que sonar pudiera un Goya de menor
cuantia; dos tipos fascinantes de verdad, por la superlatividad con que
estaban concebidos: los ojos mas feroces, el cabello mas exuberante y
rebelde, los bigotes mas negros y poblados, y el mas formidable apresto
ACE

(1) Confercocia dada en la Asociaci6o Espafiola de Escritores de Escocia.
2 73

�LA PLUMA

LA PL ü ~l A

)

de armas y municiones que la realidad, multiplicada por la fantasia,
pudieran contener. El nudo de la acci6n era una reYuelta a bordo, que
el esfoqado capitan sofocaba en una escena admirable: llamaba a la tripulaci6n rebelde a su camarote. sacaba del bolsillo una pistola mohosa,
pero de imponentes dimensiones. y tronaba con aguardentosa voz:
«jRendios o hago volar el barco!» Luego, seiialando a los dos feroces
bandidos pintarrajeados en la pared y con voz que ponia la carne de gallina, aiiadia: «Por mis venas corre sangre espaiiola. jVed mis antepasados!» La tripulaci6n desfilaba como un rebaiio de corderas, y una ola
de emoci6n sacudia al auditorio.
Naci6n de tanto abolengo como Espaiia no podia dejar de corresponder a tan ta civilidad. En un libro pu blicado en Sevilla, era 1529 ( 1),
puede Jeerse el largo y detallado relata de un proceso visto ante el Rey
de Escocia entre
«una dama llamada Brasayda, de Jas mas prudentes del mundo en saber y en desenvoltura y en Jas otras cosas a graciosidad conformes, la
cual por su gran merecer se habia visto en muchas batallas de amor y
en casos dignos de memoria, y un caballero de los reynos de Espaiia, al
cual llamaban Torrellas, un especial hombre en el conocimiento de las
mujeres, e muy osado en los tratos de amor, e mucho gracioso, como
por sus obras bien se prueba ...»
Brasayda y Torrellas actuaron, respectivamente, ante el Rey de Escocia, de defensora y de acusador de las mujeres. Fué uno de los numerosos episodios de la secular discusi6n sobre los méritas y deméritos de
la mujer, en la que Chaucer, aunque sin gran convicci6n, «consumi6
un turno» en defensa del llamado sexo débil (2). Segun el texto espaiiol,
que no es precisamentc irrecusable, gan6 el proceso Torrellas, el acusador de las mujercs; pero las escocesas, con su Reina a la cabeza, toma(1) 1ractado de Griset y Afirabella, compuesto par Juan de Flores a su amiga. Sevilla. Gamberger, 1529, Citado par Menéndez y Pelayo. Historia de la
Poesfa Castell,wa en la Edad Media. Il. 268.
(2) Con su poema 1!te Legend of Good Uiomen, escrito a instancia de la Reina de Ioglaterra (Ana de Bohemia).
274

ron
pronta y terrible vcnganza, cuya d escnpc16n
. . dejaré al cronista espaiiol:
«E fue luego despojado de sus vestid
qucxar no se pudiessc, e desnudo fue ai~• e_ tapa:onl~ la boca porque
una traia nucva invcncion par I d
p1lar bien atado, e alli cada
.
a e ar tormento· ta!
nazas ard1cntes, c otras con unas ct·
. , es ovo que con tezaron.»
e ientes rav1ossamente le despcdaDejemos aqui cl relata pucsto uc 1
.
lo citado basta para prob;r que E q - o qu~ s1gue es todavia peor. Con
imagcncs de Escocia tan pinto
spana sab1a, llegado el caso, construir
da de Esparïa. y no es que 1 ~esca~ co~.o las que Escocia se hacc toda.
a 1magmac1on espaii 1
1· •
scptentnonal. En 1482 Mosén D" o d V
o a se im1tase al reino
politico c historiador a' su maner:eo; /
alcra, caballcro, diplomatico,
nica de Espaifa, que la siempre sab· c ~c~ todo u~ capitulo de su Cor6la descripci6n del Re,•110 d.e l l t '.a erna Cat61ica mandé abreviar, a
'J
na- a terra que M , D"
muy·gràde situada en el mar O~ca f '
i osen
iego llama •Isla
do» (1). En este capitula
no uera de toda la rcdôdeza del munReina Isabel Mosén Dico~ que, como todo el libro, esta dirigido a la
«Ala par;e del leuâte oen!: ~:~~:~:el modo siguiente:
ay arbolcs â la foja dellos â ca
l I mar se affirma por muchas que
la que cae enla tierra en aucs ~cen raan:: se con~icrte en pescado: y
verdad yo prcgunte al Sciior Ca d gal d . de _gau1otas. E por saber la
,
r en
e mglatJerr f
no d la serenissima reyna do - ,
J"
a 10 vucstro: hermatifico scr assi.»
na cata ma aguela vuestra: el qui me cerTodavia parecc flotar entre los ren l
,
del cardenal. y sin embarg
d"d g ones de este parrafo la sonrisa
0
'
, me 1 as con las no
d
,
en la que la credulidad humana no se hallaba r~as_ eaquclla epoca,
por conocimientos concretos las ide d :\1 t_an l~m1tada como ahora
rra» no parecen mucho ma' d"
as de i osen Diego sobre «Inglaties isparat~ as que algunas nociones sobre
(r) Cf.

Et pcnitus toto divisos orbe Britanos
Virg. Eg. I.
2

75

�LA PLUMA

)

.,r
1

t

Espaiia, que todavla boy se imprimen en libros y peri6dicos ingleses.
Hay, pues, amplio campo en la Gran Bretaiia para la labor de entidades como la Sociedad Anglo-Espaiiola y la Sociedad Espaiiola de Escocia. Mucho se ha hablado y escrito sobre la insularidad britanica, y,
sin embargo, no cabe dudar de que el pueblo britanico, precisamente
por la complejidad de su composici6n nacional, se hal1a admirablemente preparado para el conocimiento y comprensi6n de los pueblos europeos. Pocas naciones cuentan en su ascendencia elementos escandinavos e ibéricos, franceses y teut6nicos. La Gran Bretaiia es una de ellas.
El fondo hispano, en particular, esta bien representado en la zona occidental de la isla por aquellos elementos, a veces llamados célticos y probablemente de origen ibérico o mediterraneo. No seria prudente conceder excesiva importancia a estas relaciones raciales entre pueblos que
viven y crecen en tan distantes y diferentes medios; pero el observador
imparcial no puede dejar de admirarse ante la semejanza de tipos, movimientos, ritmo y aun costumbres entre ciertos pueblos de la Gran Bretaiia occidental y los que habitan las regiones norteiias de Espaiia.
La observaci6n tiene su interés porque, sigamos o no el indicio de
las semejanzas raciales, no podemos menos de hallar entre Inglaterra y
Espaiia cierto paralelismo-geografico, hist6rico, literario-, no precisamente coincidencia, pero si un paralelismo que sugiere tendencias comunes en el caracter de uno y otro pueblo. Se habla de insularidad inglesa; pero también existe una insularidad espanola. Nuestra tierra lleva
cl nombre de La Peninsula porque toca al Continente a lo largo de la
frontera francesa. Pero nadie duda de que los Pirineos son una barrera
por lo menos tan eficaz como el Canal de la Mancha para las influen•
cias europeas. Espaiia es la Isla del Suroeste. Ni la Reforma ni el Renacimiento consiguieron desembarcar en nuestras inaccesibles costas. El
capftulo mas glorioso de nuestra historia-y quiza de la Historia-no
esta escrito sobre las tierras de Europa, sino mas alla del Oceano. Corno
Inglaterra, Espana, colocada al extremo Oeste de Europa, vuelve la espalda al Continente y mira hacia su propia imagen en el Nuevo Mundo.
Corno Inglaterra, Espaiia consigui6 conservar un caracter propio a tra276

LA PLUMA
vés de siglos de historia europea C
. omo 1nglaterra, Espaiia esta en Euro-

pa, pero no es Europa.

No sorprcndera, por lo tanto II
colocados por la naturaleza al S, que dos pueblos tan simétricamentc
.
,
uroeste y al N
oroeste del extrarradio de
Europa, mamfiesten cierta se .
.
meianza en su d
Il .
esta semeianza existe es palm .
esarro o literario. y que
. .
.
ano para todo
él
s1qu1era
hgeramente , las 11·tera t uras mglesa
.
aqu que
.
_ haya estudiado,
m1enzos, aparece en los rasgos do .
y espanola. Desde sus coAunque Beowulf es mucho ma·s m1~antes de sus respectivas epopeyas
· .
. .
ant1guo que M c·d
·
se JUStl 6 ca s1qu1era por ser ambo
yo i , la comparaci6n
tid_a de la cronologia actual de in~oemas los_ respectivos puntos de parmas elocuente que la co1·nc·d
.
y otra hteratura. Pues bien nada
I enc1a entre l
· •
so bre Beowulf y la de la critica
- a op101 6 n de la critica inglesa
profe~or Mac Neile Dixon sobre
sobre .Myo Cid. Oigamos al
«:-,;uestra literatura prenormand
.
cul~, esta firmemente arrai ada en~• como_ Be~wulf, si bien ruda e inla vida como es y con qué !aient' 1a e?enenc1a. 1Con qué claridad ve
una filosofia no aprendida en los
r?n~I Va hacia el mundo con
adaptada al mundo. Comparese Beowui/, sm embargo, perfectamentc
luego afirmar la superioridad de H
con Homero y se podra desde
mas no tan seguramente en vigo
ome_~o en belleza y calidad poética
y ahora escuchemos a M é rdvarom y en verdad.i. (1)
'
.
en n ez y Pela
b
.
«La t1erra que nucstros he'ro h Il yo so re Myo Cid:
n·ta
· c: •
es ue an no es mnguna
·
J m iantastica sembrada de p d" .
regi6n inc6gmos paramos y las mismas sierr:~ ig1os y de monstruos; son los misf:sta poesia no deslumbra la ima inqu~ nosotros pisamos y habitamos.
c1erta majestad barbara que nacegd/c16n, pe~o se a~odera de ella con
su total carcncia de artc . p
h
su prop1a senc1llez y evidencia de
·
,
···, ero ay otro art
·
·
'
ignora a s1 mismo y, confundiéndose c
e ~~s s~blime, aquel que se
fuerzas naturales nos da la . . . 1 on la d1vma mconsciencia de las
,
v1s1on p ena de la realidad.,. (2)

B::;:~/3
•~ib;o:

(1) Poelry and Nalidnal Ch
(2) Historia de la Poesfa C a;afjer by Prof. W. Mac Ncilc Dixoo p

as e ana en la &amp;lad Media.

· · 30.
2 77

�LA PLU ~l ..\
Realidad. La palabra es tan familiar en Inglatcrra como en Espafia.
En el inglés corriente, estas dos palabras, rcalidad y Espaiia, no parecen
casar muy bien. La palabra Spain evoca romanticismo, caballeria, fastuoso aparato, grandes acciones, pcndones y estandartes, lanzas y espadas que se agitan en el polvo de oro de una atm6sfcra de lcycnda-gloria y belleza luminosas e irreales como csas ilusioncs que llaman los cspaiioles castillos en el aire, y los ingleses, significativamcntc, castillos en
Espana-. Pero excusa decir que esta luz dorada que flota en torno al
nombre inglés de Espaiia no irradia de Espaiia. Cae sobre ella de los ojos
sonadores de los ingleses-arrebol del recuerdo que mas que idealizar

..
r

••1

1

•

irrealiza el pasado .
Ello no quita que Espaiia sea muy real y muy realista. De escoger
entre la epopeya inglcsa y la espanola a este respecto, es seguro que :\lyo
Cid le ganarfa la mano a Beowulf. Beowulf, que ,·a por el mundo degollando menstrues imaginarios. es un héroe algo borroso que cl poeta
fué a buscar siglos arriba en los arcanos de la mcmoria tribal danesa,
mientras que en J\1yo Cid no figura ni un solo monstruo y las influcncias sobrenaturales se limitan a una intcrvencion· poco importante del
arcangel San Gabriel, aparici6n muy natural, puesto que toma la forma
de un sucno. Ademas, del héroe al pocta media cl minimo posiblc de
tiempo y de espacio, de modo que en Myo Cid la litcratura espanola da
la primera prueba de su capacidad para poctizar la realidad inmediata.
La topografia del poema ha sido identificada por D. Ramon Menéndez
Pidal, que ha probado que los cpisodios mas detalladamente descritos
ocurren en la regi6n de Medinaceli, de donde cl poeta era probablemente oriundo. El poema esta escrito unos cuarenta anos después de la
muerte de Ruy Dic1z. Los incidentes relatados son todos posiblcs, plausibles, hasta hist6ricos. Y, sin embargo, hay en '.\lyo Cid poesia épica
digna de compararse con lo mejor creado en Europa desde Homero.
Esta capacidad para transformar la realidad inmediata en poesia es
debida en primer lugar al desintcrés ético del poeta; en scgundo lugar,
a su genio dramatico. El Cid no seria un héroe universal si el pocta hubiese limitado el tamafio de su crcacion a las.dimensiones de su propia-

LA PLU 111 A
...
.mente.
. Humilde )' limpio de p re1u1c1os
guiado t
61
mstmto estético, el poeta copié su mod~lo co
an s .◊ por su seguro
cedor de monstruos, ni modelo d
b ll mo en real1dad era: ni vcncion; sino hombre soldado ·ec e ca a eros perfecto hasta la abstrac•
, J 1e aventurer
b·
y toda la sangre de su tierra y de' sus bataIl as
o. eu
ierto
cauto
. con
• , todo
. el polvo
puesto a comprar la paz con c 1 .
. '
• capitan s1empre dis, em1(Tos peh(Troso h 'b'l
con todo, padre, marido v am." o d.
o
s, a t negociador, y
. d .
,
'oo cor ial y sab~m
. d
Y cuan o v1erte Jacrrimas • y c uan
. d ose sant:oua· y c:t osb ..cuan o son rie y
1
O
o '
am ,en sabemos d6nde acampa y d6nde v c6mo al'
fué generoso para co~ el rey q~:~:~ st ~aballos y cuin~o y por qué
obtuvo un empréstito de dos . d. da ,a esterrado, y cuando v c6mo
JU ,os e Bur •os d . d
.
pesad os cofres llenos de arena; en suma D ô ' ~Jan o en prenda dos
sola persona, menos la intermite t l ' on Qu11ote y Sancho en una
simpleza del criado.
ne ocura del amo y la intermitcnte
Poeta de verdad era q uien asi su o
poeta quien con tanta energ'a .
p ~espetar su modelo. Pero 0"ran
1 m terprcto car
t
venerable monumento de Jas l t
ac eres y escenas. En este
matico de Espana. Con exces,·~araf_s espan~las se advierte ya cl genio drarccuenc1a ,. sob t d
pana se trata,. la palabra dr;a1•za't.
.
' ,
re o o· cuando
' 1co se 111terpreta
. . de Esd I
como s1 s1gmficase ltatra/ . El prop10 Corneille no p
no obstante, de Jo dram.i.tico.tarelcet e toldo libre de esta confusion. Ello
··
.
o eatra va basta t ct·c
.
mat1co t1ende a la interpretac· .
,.
n e 11erenc1a. Lo dra.
.
ion estetlca de Ja
•
tmpres1onar al auditorio Lo d
. .
s acc1ones. Lo teatral a
..
.
ramattco busca I
l'd d
e1ecto. La tendencia teatral c
.
, a rea J a ' lo teatral el
iorma sin duda pa t d 1
.
turgo, como en todo escultor ha
.
r e e gemo del dramala forma plastica Ta b' .
y un p1capedrero al servicio del poeta de
·
m 1en es Yerdad que
.
.
es pos1ble fiiar netamente
la frontera entre Jo elevado y Jo servi·1 en JanoJabo
d
.
que 1o uno y Jo otro surgen d
.
. r e un art1sta, puesto
tenci6n que diricre los
. e_ una m1sma ra1z y solo difieren en la ino
mov1m1entos y col
1
todo buen teatro la habilidad
al
ora os resuitados. Pero en
subordinada a la inspirac,·o· dteatr. _aparece en su verdadera condici6n
.
n ramatlca En el
d
'
El
.
cantar e .\lyo Cid puede d ecirse que ni siquiera fiou
el asunto, que se limita a rela;:; los ~ue~{osse halla tan impres_ïon~do por
por su orden, sin d1gnarse
2;9

278

�LA PLUMA

LA PLUMA

)

..

• 1·
l

..
)
.,if

·•..
11
~

..

..

turbar la tranquilidad de la narraciôn con trucos, preparaciones o esfuerzos para sorprender o aterrar a sus lectores. Parece estar seguro de
que su relato, dicho con sencillez, impresionara a sus lectores tanto como
los hechos le impresionaron a él.
Y, sin embargo, pc!&gt;e a su tranquilo fluir, el cantar de Myo Cid esta
cscrito con tanta fuerza dramatica, que en sus versos parece vibrar ya
la voz de Lope, de Tirso y de Calderon. No cabP duda de que la lengua
espafiola posee una cualidad dramatica inherente, como el aleman la
posee filos6fica y matematica el francés. La palabra francesa de.fine la
idea; la alemana la desarrolla; la espafiola la presenta. Mientras la palabra alemana es gruesa y voluminosa como un libro y la francesa es fina
y clara como una linea geométrica, la palabra espafiola es cuadrada y
crguida, como un objeto material. No se trata de meras distinciones
filol6gicas, sino de diferencias que nos recuerdan que las palabras no
son sino medallas de sonido estampadas por el espiritu. Las palabras
cspafiolas, francesas, alemanas, ostentan el cuiio del esp{ritu cspafiol,
francés, aleman. Las &lt;!spaiiolas son enérgicas y dramaticas porque la
lcngua rindc en fuerza de exprcsiôn toda la vehemencia, con la que el
espiritu espafiol cae sobre las cosas como un aguila sobre su presa.
El autor de Myo Cid sabia hacer uso de esta virtud de nuestra lengua. Las palabras, los versos, los parrafos llenos de fuerza dramatica son
demasiado frecuentes para la cita. Su imaginaciôn dramatica es tan viva
que con frecuencia se coloca entre los espectadores, recibe la impresi6n
de la escena y prorrumpe en exclamaciones de sorpresa, terror o admiraciôn:
1Dios, que alegre fo el abbat don Sancho!
(243)
Y los detalles que instintivamente escoge para cada escena son precisamente los que primero y mas hondamente se imprimirian en la mente
de un testigo presencial. As{, la llegada del héroe al Monasterio de San
Pero, donde Dofia Ximena, su mujer, se ha refugiado:
«Apriessa cantan los gallos c quieren crebar albores,
(235)
Cuando Bego a San Pero el buen Canpeador;
El abbat Don Sancho, cristiano del Criador
180

Rezaba los matines a vuelta de los alb
ores.
R
d
na ,mena con cinco dueiias de pro
ogan o a San Pero e al Criador.
«Tu que a todos guias val a myo Çid el Ca
Llamaron a la puerta e so .
npeador,..
D'
p1eron e1 mandado·
ws, que alegre fo el abbat don Sancho.
'
t n lumbres e con candelas al corral dieroo salto
n tan grant gozo reçiben al que en buen or
.
Ad ·
a nasco ,.
.
m1rable contraste entre la paz el sil .
.
c16n y la algazara y animaci6n prody 'd enc10 del monasterio en ora1Qué familiar cl detalle de las &lt;&lt;lumbuc1 as por la Ilegada de Ruy Diaz.
nida esa humilde palabra «corral res» y las «candelas» y qué bienvetodos los dias, no en la irreal at ; ~que dcoloca la escena en la tierra de
hondamente épica esa alusi, ml sder~ e libros y maravillas! 1y qué
El
on a estmo que impr
I ,l .
« que en buen ora nasco p
ica e u t1mo verso·
Myo Cid las influcncias sup:~na~rq~e, au~que falten casi totalmente e~
do sincero para rehusar al D t· ura es, e poeta es un realista demasiad
es mo aquella parte que I h b
ce en en sus pensamientos y pre ·ui . ' Al
. . os om res le conqueiia tropa de desterrados ya J c1~s.
descnb1r la marcha de lapefavorables:
empieza a notar los signos adversos 0

y estaba do - x·

«A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
E
entrando en Burgos ovieronla s101estra
. .
,
La •
»
re1teraci6n del tema de la b
·
beradamente con notable varied:;n~;r;,7' manejado persistente y delihéroe con una especie de auret:&gt;l .
ormas, acaba por coronar al
el mundo de la realidad tangibl: sm por eso abandonar ni un instante

y«Myo
C Çid Roy Diaz el que en b uena ora çinxo espada

(58)
~• anpeador, en buen ora fostes na ido
·
Vmo para la tienda del que en bu
ç ·
(7x)
E
en ora nasco »
(
)
sta mezcla de realidad y de De f
, .
.
202
q~iza el rasgo definitivo que acab/ ~:oh;:;r babil en su ingenuidad, es
d1gna de la raza y una de las mas b 11 d l dde Myo Cyd la epopeya
e as e as e Europa.

�LA PLU[\1A

I, A. PLU ~f A
III

. . . e••;cos
y oaenio dramâtico, las tres
.
carencia de pre1uic10s
u
Rea11smo,
.
aiiola reaparecen en la persocualidades dommantes de la edpopeyatesp dad :Uedia· Juan Ruiz, quizâ
.
.
·satractiva enuesrae
·
nalidad 1iterana ma
.
d. H'ta el i'.mico sin embargo, que
, . d..
de Jos Arc1prestes c 1 ,
'
el mas m igno
.
rd d Ticknor Menéndez y Pelayo y e1
haya conquistado la mmorta i a .
do' a Chaucer No dejarâ de
F.
. e Kelly lo han compara
.
Profes~r it~mau~1c
ralelo detallado entre ellos, no solo a causa_ de
tener c1~rto mtcres_ un pa .
uizâ mas todavia por Jas sugestivas d1fesus cunosas seme1anzas, smo q

11

•

rencias que los scparan.
bablemente de que Juan Ruiz y
La idea inicial del paralelo nace P:o.
horn6loaas en sus respectidecirlo asi pos1c10nes
o
Chaucer ocupan, por
'.
eta del siglo xrv de su pais, Juan
vas literaturas-uno y otro el pnml er po da mitad uno y otro vivientes
·
a Chaucer en a segun
'
d
Ruiz en la pnmer ,' .
tiva heraldos precursores de la época e
epîlogos de la era ep1ca y narra
Iy l t a como en Espaiia se inicia a
.
. que tanto en og a err
.
l
esplendor iterano
. "dencia hist6rica Juan Rmz y
mediados del xv:. Pero aparte esta co1nc1 Ambos incita~ a la sonrisa,
erosos rasaos comunes.
,
Chaucer poseen num
bo
d buen natural de gran corazon y
velan
ser
hom
res
e
'
f
.
pues am b os re
., . . .
ue roccde de la verdadera ratermricos en esa comprens1on mstmtiva ~reiron mundos que les perteneccn,
dad. Ambos, como grandes poetas,d . que sus almas esta ban libres de
se excusadecir
, amargado- De aqui el
Y' Pues fueron creadores,
., ·d l na e corazon
·
hiel-que nunca saho_ v1 ~ a g~
uaitiva silenciosa que no causa la
delicioso saborde!~ ironia-~1sa f d~l o?ma; sea ejemplo al caso e~te
mas ligera ondu!ac1on en el n:m~
.: Don Jimio alcalde de Bug1a,
ex uisito verso en que Juan Ruiz escn e a
.
'
-u~ conoci6 del pleito entre el Lobo y la Raposa.
2
q
sabio , nunca scia de balde.»
« E ra sot'l
1 e
• (3d 3)l
Chaucer. y no lo es menos el elog10 e as
Este verso era digno de
duei'ias chicas, basado en que
.
D 1 mal tomar lo menas, dicelo el sab1dor,
;o; ende de las mujeres la rnejor es la menor.»

puesto que Chaucer pone en boca de su locuaz Yecina de Bath la sabia
sentencia siguiente:
«Pues por seguro habed que es imposible
Que el clérigo hable bien de las mujcres.»
Esto no es misoginia, sino exageraci6n ir6nica sin mala intencic\n.
Hay un trozo en el Libro de Buen Amor-pues el ûnico libro que Juan
Ruiz, regocijado satirico, nos ha legado, se Hama Libro de Buen .\mor,
y con menos sorna de loque pudiera creerse -en el cual su ironia raya
en el cinismo. Es cl famoso trozo en prosa que figura inmediatamente
después de la oraci6n inicial a Jesûs Nazareno:
«Escogiendo e amando con buena voluntad salvaci6n e gloria del
paraiso para mi anima, fiz esta chica escritura en memoria de bien; e
compuse este nuevo librb en que son escritas algunas maneras e maestrias e sotilczas engaiiosas del loco amor del mundo, que usan algunos
para pecar. Las cuales, J'eyéndolas o oyéndolas, home o mujer de buen
entendimiento que se quiera salvar. descogerâ, e obrar lo ha; e podra decir con cl salmista: Viam veritatis etc. Otrosi, ios de poco entendimiento
non se rerderan; ca leycndo e coidando el mal que facen o tienen en la
voluntad de facer, e Ios porfiosos de sus malas maestrias, e descobrimiento publicado de sus muchas engaiiosas maneras que usan para pecar
e engaiiar las mujeres acordarân la memoria e non desprcciaran su
fama; ca mucho es cruel quien su fama menosprecia: el derecho lo dice.
E quemin mas arnar a si mcsmo que al pecado; que la ordenada caridad, de si mesmo comienza: el Decrcto lo dice. E desecharan e aborreceran las maneras e maestrias malas del loco amor, que face perder las
almas e caer en sana de Dios, apocando la vida e dando mala fama e
deshonra, e muchos danos a los cuerpos. Empero, porque es humanal
cosa el pecar, sï'algunos (loque non les consejo) quisieran usar del loco
amor, aqui fallaran algunas maneras para ello. E ansi este mi libro, a
todo home o mujer, al cuerdo e al non cucrdo, al que entendiere el bien
e escogiere salvaci6n e obrare bien amando a Dios, otrosi al que quisiere
el amor loco, en la carrera que andudiere, puede cada uno bien decir:
lntellectu m tibi dabo, etc...»

�LA PLUMA

LA PLUMA
. el final del pr6logo al cuentoRdel
.
esta escnto
fi
En este m1smo tono
d Canterbury de Chaucer. e •
molinero en los admirables Cuentos_ ~
,
riéndose al cuento que va a reiatar, d1ce.
. ..

J

.r
•l
)

l

•

«Mas de este molincro yo no sé ~ue.dma
. que sus dccires por nadie. rcpnm1a, •
Srno
y asi cont6 el bcllaco la historia q~c qu~na.
ue yo también contarla aqu1 deb1a,
C
q
.
a cada cual
y reo
por lo tanto, am1gos, yo rueg0
1
Por el amor de Dios que no lo tome a ~a.,
Que yo he de rcpetir sus cue?tos y no al,
0 sino falsear algo mi matenal.
.
. cl cuento del moiinero a alguno eno1a .
y
.
escucharlo ' puede vol ver la
y s1
no qu1ere
fl ho1a,
·
y al momento hallara en cantidad no o1a.
Historias mas gentiles en que su ?usto esco1a.
No me culpeis a mi si ois âl molmero. El es un gran bellaco, y otro su c~mpancro.
Su hablar solo a burdcles era atancdero.
die ha de juzoar la chanza a lo severo.»
.
y
na
o
eco
de
la
advcrtencia
de
Juan
Ruiz:
'l .
erso es como un
Este u t1mo v
.
. hestoria de la fija del Endrino,
«Entiende bien mi
or ue a mi vino.»
Dijela porte dar ensiempro, non p ~encia moral y a la suprepagan a su conc1
Tributo que ambos poeta~ . E
h cho tanto Chaucer como Juan
macia de la virtud sobre el v1c10.. st~ c bre~ y mujcres en las sinuosas
Ruiz se sicnten libres para seguir a loml'neas abstractas del vicio y de
d n por entre as 1
. 1,
vueltas y revueltas q_ue a ntre meridianos y paralclos. y aqu1 vo v~la virtud como los nos por ~
·a1idad de observaci6n que es cond1mos a dar con esa inocente imparc_1, sa! y permanente. Chaucer lo ex.
bl d todo arte unn er
.
ci6n ind1spensa e ~
.d d admirables en el trozo c1tado:
rcsa con lucidez y sinccn a
'l
p
y no a ,
« Q ue yo he de repetir sus cuentos
.
0 sino falsear algo mi matena1.»

Aqui habla la conciencia del artista que se alza frente a la conciencia
del moralista. El verbo falsen, falsear, y ese posesivo, my maitre, mi ma/mal, son en verdad instructivos en cuanto a la profundidad de la vocaci6n artistica de Chaucer. La vocaci6n de Juan Ruiz no Je iba en zaga:
«Yo, Joan Ruiz, el sobredicho Arcipreste de Hita,
Pero que mi coraz6n de trovar non se quita ... »
Quiza sea esta misma imparcialidad estética el secreto del poder dramatico de nuestros dos poctas. De toda la gloriosa cadena de poetas que
loglaterra ha dado al mundo, Chaucer, después de Shakespeare, es a mi
ver el mas rico en genio dramatico. Existe estrecha afinidad entre Chaucer y Shakespeare, en parte manifiesta por la esfera de sus rcspectivas.
creaciones, su elecci6n de asuntos y una comun habilidad para aliar
soltura con precisi6n en el trazado de sus caracteres. Analogo parentesco
cabe observar entre Juan Juiz y los grandes dramaturgos del siglo de
oro, en particular aquellos que como Lope y Tirso de Molina, se distinguen por su interpretaci6n de la vida inmediata. Juan Ruiz es comoellos, un genio dramatico natural. A pesar de su tendencia a ser difuso.
posee el secreto de ese zambullido directo en la acci6n que es t{pico
rasgo de los romances como de las comedias espaiiolas, y, en nuestros
dlas, de Jas copias populares. Con frecuencia sucede que, dejandose
llevar de su tendencia dramatica, abandona todo el relleno narrativo y
deja que los personajes vivan la acci6n ante el lector (r). As{mismo,
gusta de presentar a sus personajes como si se estuviesen moviendo ante
sus ojos:
c1Ay Dios, e cuan fermosa viene Doria Endrina por la plazal
!Qué talle, qué dooaire, qué alto cuello de garzal
1Qué cabellos, qué boquilla, qué color, qué buena andanzal
JCon saetas de amor hiere cuando los sus ojos alzal»

Obsérvese el ritmo de estos versos, no menos descriptivo que Jas·
palabras, no menos sugestivo de los graciosos andares, la «buena andan(1) Slempre fué este procedimiento favorito de lqr; autores espadoles. Se

oblc"a desde La Celestina hasta la obra de Pérez Ga(d6s.

�LA PLU .\1 A

L A PLU :\1 A
za» de la jovcn que se acerca. Porque esta es otra virtud poética que une
.a Chaucer con Juan Ruiz y en general a la poesia espanola con la
inglesa: a saber, la habilidad para ex.presar los movimicntos de la naturaleza no tanto por el rudimentario método de la descripci6n externa
como por medio de csa sutil facultad, cminentemente poética, que pudiéramos llamar ù,tuiciôn rftmica (1). Es una facultad en la que confluyen Jas tendencias Jirica y dramatica y el hallarla en Chaucer y en Juan
Ruiz nos recuerda que tanto el inglés como el espanol, aunque ante todo
dramaticos, son también poctas liricos. También es curiosa aquf la deYoci6n a la Virgen que se observa en uno y otro poeta. La mayor parte
de los trozos liricos del Libro de Buen Amor son poemas en loor de la
Yirgen Maria. Pero aunque no faltos de cierta gracia y de una ingenuidad que, por lo menos para nosotros, tiene el sabor de la sinceridad
misma, estos intcntos Jiricos de Juan Ruiz merecen comentario ana.logo
al que el Profesor Legouis dedica a la poesia Jirica de Chaucer:

...
)

1

•

(1) Remito el autor a quien el asunto interesare a las paginas 145 y siguieotes de mi libro de ensayos «Shelley and Calderon and Otber Essays on Spanish
and Englisb Literature• (Londres 1920), en donde esta idea e~ta desarrollada a
base de ejemplos tomados de la poesia inglesa. Corno no conozco traducciooes
satisfactorias de otros cjcmplos, me limita ré aqui a uno cxtraido de la Oda al
\'iento Oestc, de Shelley, ya que en mi traduccion no se ha perdido del todo
.su efecto ritmico. Me refiero a la fr11se:
«Pâlidas, amarillas, neiras, rojas,
Putridas multitudes ... •
en cuya sucesi6n de epîtetos, seguida de una frase amoolonada, por decirlo
asi, sobre su primera silaba, se me antoja ver la hutda de las bojas, uoa a uoa,
luego recogidas por el remolino en un turbulcnto trope!. En castellano rccuer&lt;lo dos casos admirables de intuici6n ritmica; uno viejo y otro moderno.
c Helo, bclo por do vie ne,
El infante vengador... •
no s6lo dice lo que dice sino que lo !lace. Estos c!os versos son un trote de caballo. Y en el exquisito retrato del Rey Don Felipe, que Dios guarde, que
debem0s a Manuel Machado, la repetici6n de la sîlaba ante en «un guaote d~
ante• es maravillosa expresi6n dtmica de la dejadez de la cobarde manoque lo

csostiene apenas•.

286

«No pasa en verdad de
vastos campos de su produc:to: un arr~yuelo de lirismo que rodea 1
te m,
,
n narrat1va y n
.
os
as caractenstica de su b
.
'
o es ni con mucho 1
persona!.»
o ra, ni, por extrano que parezca, 1aa mas
pa:H
,(1)
e aqu1, pues, coincidencias mas h
lcn d~rse entre grandes poctas de disti:tndas !_ numerosas de las que sueparat1v~ de Chaucer y de Juan Rui
. os p~1ses. Pero cl cstudio comcomo literarias, que son no men z re\ela d1ferencias, tanto ersonal
la obsc~vaci6n de Ticknor sobre ~: nota~lcs }' sugestivas. Al !acer su
fesor F1tzmaurice Kelly a - d
parcc1do entre am bos poetas 1 y
Ch
na c que le falta J
, c proaucer. Esto es desde lucgo cxacto
a uan Ruiz la dignidad de
~~e la dignidad es una cualidad que fn ttt~ mas digno de nota cuanto
i a en tratandosc de espanoles p
. . n_g a terra sucle darse por consapero que no es sicmpre guia mu~ sc:e1u1c10 halag~eiio y de agradcccr,
dad, en efecto, es una de esas cu'a1il~ro en matena literaria. La d1rrnila comp~sici6n del genio. lmpliC: es que no entra nccesariam:nte
as lcycs soc10-morales, dominio de • ~esura, moderaci6n, sumisi6n a
pe a través estas barreras sociales e i~d7~,1.smo. y ~1 gcnio a veces irrumtcs y elementalcs impulsos As, h
iduales, tmpelido por mas fucr

e:

t

::titud): :::~::•:-po,
ejem~lo, 'i.i:i.1;•;t7i1:t';'i lit:mrias po, b,j;
a -por e1emplo, Pascal y Dostoiev . as ~y por cncima
.
que ambos revelan para perm
sky. Gracias a cicrta apv1da, Shakespeare y Cervantes co . aneccr al margen del juerro de la
por eso salir del plano de la d' _ns1gucn dar libre curso a su "~nio s·
con_ frecuencia de este piano igmdad,- .Pero la litcratura espan~la se'sa~:
~::}e~on Santa Teresa, ya ~x~~o~::n~:ni!~s; : gran altura por cncima
0
' con la novela picaresca y Q
d
dos que por debajo se exse0undo
grupo. A unque no es rob bueve o . Juan R uiz
· pertenece a este
i,
tu~as que nos relata en su libr: 1 a le que le ocurriesen todas las avcnm1smo corn o amma
. vzïis para sus
• ec'mero
hecho de que se prestase a si
.
micas anécdotas bastaria para fallar
(1) Emile Legouis: Geof.frey Chaucer.

�LA PLUMA

.

orrecto burgués (1) de Londres, sin
su caso. Lejos estamos con él del
etable funcionario, trab~jador orduda amigo del buen ~u~or, p~~o sarr!'ente en su silencioso reuro, c~~o
denado que lefa y escnb1a estu i~aber echado sus cuentas. Chau~er ice
él mismo nos relata, después d~
. es poca (thyn abstinence 1s l~ter
en el mismo lugar que su a~stln:nc::vela su moderaci6n. Juan Ruiz a
Pero la misma palabra abst1nenc1a
.

;es

habia perdido de vista. . . .
cial de costumbres entre Juan Ruiz y
La diferencia de posi~10_0 so . y Chaucer es un cortesano, maeshaucer no puede ser mas 10struct1va. deroso· si no noble, es por lo me~o en el arte dificil de c~mplacer !~res de ios nobles, por ell?s res~:hombre hecho a la vida y cos u
rnato de la vida anstocratin~o
rotegido y en cierto modo ~arte ~~nte que su época toleraba.
:: 1Ja~ Ruiz es un preste de ese t1p~nm articular aquella parte d~l p~e., favorita es el pueblo,
y imag10ar
.p .
h oy, en la que 1ud1os,
Su. compan1a
d•ficil
1 •
blo de la Peninsula que es tabn i fraternidad de placeres y a egna.
. •
mezcla an en
moros y cnsttanos se
oeta se considera:
Este es el pûblico cuyo P
(1.513)
.
tigas
de
daoza
e
troteras,
ués
fice
muchas
can
D
« esp
ara entendederas;
Para judias e moras ed
p omunales maneras:
· strumentos e c
Para en 10
b s oilo a cantaderas.
El cantar que non sade los que dicen ciegos,
s fiz algunos e
.
Ca
ntare
dan nochermegos,
E para escolares que an uertas andariegos,
E para muchos otros por p b . en diez priegos.»
Cazurros e d e bulras' non ca nan

t1

e ""'rmite asuntoa que
(1) Bucn~ scr
iodolc tal como no se prcscntan c~
resi6n de un p6·
Juan Ruir. cv1ta'. y de
hasta fccha muy rccicn~c y baJO laJ/iau de don Pital
ni auo en los p1carescos,
de gusto equ1voco. El fi
d ...... otro
. No p uede c .... blico cada ver. mayor de lcctùres
b
pero es limp1O.
.11 ente ,csca roso&gt;
Payas es scnci amd l M linero» de Chaucer.
tanto del cCucnto c o
'

â explicar, no obstantc, que Chaucer s lar-litcratura cspa6ola,

LA PLU .\lA
Juan Ruiz es, pues, un bohemio. Tiene toda la imprevisi6n tipica de

esa pintoresca raza, y en ello estriba quiz.i la causa mas grave de su inferioridad para con Chaucer. Porque con el genio pasa loque con toda
clase de riqueza, que requierc bucna administracicin para dar lucido rendimiento. Chaucer administrci su genio con tanto orden como sus tediosos dcberes oficialcs de interventor de los Derechos sobre la Lana, y quiza con mas. Juan Ruiz lo dilapid6 con indiferencia muy bohemia a todo
lo que no fuese el fruto de la hora. Y, sin embargo, seria poco exacto y
menos justo dejar esta impresi6n puramente negatîva del aspecto bohemio de su caracter. En la impresicin de Juan Ruiz hay también algo de
ese desinterés tan humano que distingue al tipo mas noble del espaffol.
Quien lo dude relea aquellos versos en que prohibe vender o alquilar
ejemplares de su libro:
«Pues es de buen amor, emprestadlo de grado.
Non desmintades su nombre nin dedes refertado.
Non le dedes por dineros nin alquilado.
Ca non ha grado nin gracias ni buen amor complado.»
Chaucer era un burgués demasiado juicioso y sentado para pensar en
términos de tan generosa imprevisicin. Pero en cambio era mucho mas
refinado. El profesor Legouis ha observado que el refinamiento de Chaucer se remonta a lo que habia de francés en su naturaleza, incluso en lo
que concierne a aquella parte de su labor que puede considerarse como
cxclusivamente inglesa.
Juan Ruiz sabia francés y Jeia a los poetas de Francia. Esto nadie lo
duda. Pero mientras Chaucer halla bastantes elementos normandos en
su composici6n inglesa para asimilarse el espiritu de la poesia francesa
con toda espontaneidad, Juan Ruiz revela ya esa peculiar resistencia de
nuestra raza a aceptar nada de Francia que no sea meros moldes, formas y escenas o frases comunes. Francia da a Chaucer no solo un gran
asunto (EJ Roman dt la Rose) y muchos cucotos menores, sino un estilo, una manera, una actitud, clegancia mental y claridad de forma.
De Chaucer en adelante, el genio de Francia no vuelve a estar ausen-

288
289

�LA PLUMA

L A p L U 1\1 A

.
debe a Francia
p
Juan Ruiz no
ue
te del todo de_la poe~:::rr~e~: &lt;:l~un:r~e sus estbr::sJ:~e:;:s~; el
mas que la primera u as personales. De m~ o e\omo tal el Cantar
transforr:ia
e~ ob~~::le~a no ser qu~ se co~~i::ra resistir a la influenp rimer e1emp
on
.dad del gemo espan
.
s
C.d de la tenac1
cje Mio I •
rofunda en epoca
cia de Francia.. d Francia sobre Espaiia solo ese~paiiol, menor es la
La influenc1a e C
to mas grande es un
rto deriva del
.,
ional. uan
te. Este ase
1d
de depres1on nac
·a e1·erce sobre su men
. de Francia y e e
l
. que Franc1d la diferenc1a
. entre el gemo de luz a traves
. de
•ofiuenc1a
· iento e
n rayo
mero reconoc1m
través del otro como u . .
esta tenacidad esEspaiia. El u~o dpa~a ~raza. En su asp~cto p~s1t1~o~as primitivo y deslla
. del gemo nac1ona '· frances.
. En su asuna ma-sin ciar bsistenc1a
aiiola garantiza la su . e de su poder que el gem_0
ues cabe decir
~uidado, m;nos
universal al geni~ •~~:•~~lt~ra es en cierto
la universahdad e
.
Pecto negat1vo, r
a al menos,
e cont1ene.
f' il
que, en Europ_
l a la esencia francesa qu - l se adapta mas ac modo proporc10~a as complejo que el espa?o '
uede sometersc a
El genio ingles, m
F ncia Mas consciente, p
lnglaterra un
• fi
·a de ra
·
· que en
mente a la in u_enc1
a la absorci6n. De aqui
iamente el agostaesta influen~i~ sinn~~:ui:ncesa no signifiJue
no resulta nunca
periodo de in ul: ra nacional. Una pala ra r enos todavia en tiempo
miento de la eu u , ina de inglés, y lo era m

.,

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1

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ex.tranjera en una pag
.
uidadoso y persever~nte
de Chaucer.
finado por Francia, c
en la cant1dad
Asi, pues, Cha~cer, r~uan Ruiz, el bohemio,. tan~~ de Juan Ruiz en
b rgués es supenor a
b ·o Su obra aventaJa a
u
como
en' lacalidad de su tra aJ .
't' as adversa S, se entiende, en
f
. -~e han es' d objeto d e re cuentes en 1c •benevolenc1a,
(1) Esta frase ha _si o ue con gran generosi~ad y uedo resignar~e a creer
las numerosas resenas q . libro y sin embacgo, no p la poesîa, s1no en la
bre mi
· '
N 610 en
crito en lnglat~rra soue encierra es un error. _o :diera decirse inmanente.
e el pensam1ento q .
nipreseute, cas1 p
qu
vida inglesa, to d a Francia es om

aquella inestimable cualidad que Alfred de Vigny describi6 en un verso
inmorta1: Es una obra
Empreinte du parfum des douces solitudes ...
Faita en 1a obra de Juan Ruiz el aroma de las dulces soledades.
Cuando se sienta a escribir, zumba todavia en su cabeza el ruido de mil
voces, «instrumentos e todas juglerias». De aqui la diferencia entre su
genio dramatico y el del poeta inglés. Chaucer esta en un grado mas distante del tumulto de la vida que Juan Ruiz. Chaucer es casi un pintor,
Juan Ruiz casi un actor. El ejemplo quiza mas notable de esta diferencia lo ofrecen sus respectivas obras aleg6ricas. Las alegorias de Chaucer
son cuadros. Las de Juan Ruiz manifiestan ya aquel genio para dramatizar abstracciones que culminara tres siglos después en los Autos de
Calder6n.

*

*

*

De Chaucer y Juan Ruiz a Shakespeare y Lope la transici6n seria fa.cil si fuese posible resistir la tentaci6n de acoplar los nombres de Sir
Philip Sidney y Garcilaso de la Vega. Ambos caballeros de noble estirpe,
soldados, poetas de exquisito refinamiento, cantores de amor desgraciado, ambos muertos en la flor de su edad, Sir Philip a los treinta y dos
arios, Garcilaso a los treinta y tres, de heridas recibidas cara al enemigo,
Sir Philip en I 586, Garcilaso exactamenre cincuenta afios antes. Garcilaso es uno de los poetas mas grandes de Espaiia y, como poeta, superior
a Sir Philip Sidney. Distinguese por un don relativamente raro en las
Jetras espaiiolas, cierta ternura casi temenina que da emoci6n a su poesia y no deja de contribuir también-junto con su habilidad técnica-a
dar a su forma admirable fluidez. Aunque reformador, y adaptador del
endecasilabo italiano, escribe un verso suave y liquido que armoniza de-liciosamcnte con su pacifico ambiente pastoral, su delicada atm6sfera y
6U tono melaoc6lico sin exceso-precisamente el tooo en que Sir Philip
Sidney se queja, sin desesperaci6n, de la ingratitud de Stella. Su poesia es fresca, murmurante y animada con los reflejos y rumores de arroyos, rios y lagos, como ninguna otra poesia espafiola-hecho quiza debido a su estancia en la Grosse Schüt Insel, en aguas del Danubio. Su

�LA PLU.MA

LA PLUMA

. .;) ·I
·f
•1
1

musica es de una belleza y afinaci6n no inferiores a poesia alguna escrita
en Espana antes o después, musica en verdad cuya sutil delicadeza es
excepcional en nuestro lenguaje. Garcilaso es ante todo un poeta aristocratico, por su espiritu como por sus asuntos; un poeta que hallarfa su
puesto natural en el Parnaso inglés, en el cenaculo literario mas selecto
que el mundo ha conocido. En nombre de un nacionalismo mas robusto
que penetrante se le ha acusado de falta de espafiolismo a causa de su
àfici6n a la~ formas italianas que, con su brillante ejemplo, consigui6
aclimatar en Espafia. La acusaciôn es desde luego injustificada. Ello no
obstante, aunque en forma burda, corresponde a un instinto certero. No
por su forma, sino por su fondo y naturaleza, Garcilaso representa un
tipo de poesia poco en armonia con el genio de la raza; poeta refinado,
seguro artista, musico exquisito. En las letras espafiolas es un nombre
excelso, pero un nombre aparte.

* * •

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1j
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•

Volvamos a la corriente principal de las literaturas inglesa y espafiola contemplando este fen6meno, el mas notable de los paralelos literarios: el nacimiento, esplendor y fin simultâneos de los teatros elisabético
en Inglaterra y del Siglo de Oro en Espaiia. Inglaterra y Espaiia son las
dos unicas naciones modernas que han creado un Teatro verdaderamente original; es decir, un Teatro nacido del maridaje de la realidad
con el gcnio nacional, sin intervenci6n del modelo clasico, prejuicio o
tradici6n. Este hecho bastaria para justificar el estudio comparativo de
las literaturas inglesa y espaiiola como indispensable complemento de
cada una de ellas, y mas todavîa si se observa que las dos unicas creaciones dramaticas originales de la Europa moderna presentan curiosas
analogias a pesar de haberse desarrollado en casi completa ignorancia
una de otra. Esta semejanza debiera haber impuesto hace tiemp.) el estudio del espaiiol en Inglaterra y el del inglés en Espaii.a como elementos indispensables de cultura nacional, puesto que alguna bonda y todavia inexplorada relaci6n tiene que existir entre dos pueblos que desdc
los extremos Noroeste y Suroeste del Continente aportan a la cultura
europea ofrendas tan originales y de tan espontâneo parecido.

No se limita este parecido a
de ~dmbos teatros, cuyas rudas foe:a:o~usta y casi barbara ingenuidad
reg1 a por Jas tres unidades
.
trrumpen en la pulida
.
tiéndese tam b. ,
. , no sm gran escand 1 d
soc1edad
como 1a . 1 ien a ese apetito de acciôn que
. a o e los doctos. Exmg esa, con el movimiento d
amma la escena es anola
;es, y no meros ejercicios lôgicos o _e ~~e:pos vivos, hombres /mu·
atando la tempestad la b tall
ps1co og1cos. Nada de me .
Jepes~_ades en e1 mismo 'escen:rio a, el due1o, ~ino duelos, bat:i~:!eros re~!eJJdades naturales, héroes
, e~ el que,_ s1guiendo fielmente 1 y tems1empre entreme l
y grac10sos te1en ante el
as comlibertad d . zc ada, de la existencia. La fi
espectador la tela,
e ntmo que los hech d
, . orma, a su vez, reclam 1
0

~:i/''~do •lejand,ino franc~:, ;;:::"

'

imponen. Contmta:d:

espaiio:: se paso ~egular de sus dos bueyes a~::s;ando la tragedia seuromance es iaer;Iten gran variedad de me:ro. E ra~aturgos ingleses y
analoaa a la del ase db~ la versificaciôn. Cumpl/ue tfeatr~ espanol, el
t:&gt;
zum 1do de l
.
na unc16n
·ca1
cesa cuando se . .
a ga1ta escocesa o " I
mus1
rece prolon~arst~o1zmaon otros tipos métricos distinfoas lesgua, pu!es ~-unque
,
•
u
en acomp ~ .
,
pu sac1on p
mas vanedad lirica (1) p
l
anam1ento a través de l
atales como carta
. a:a os menesteres mas hum.
os trozos de
hace uso de la pr~s;;sa1es, av!sos, el teatro espan~Id~~ de la r~lab~a,
cambiantes asî c . stc atrcv1do alternar de rosa , mo e mgles,
~tm6sfera de viv:c%:;1 :as~ fdredcuente de canci~nes / ;~::~a e: metros
nol y al inaJ .
, ne a y movimiento
,
, rea una
dia frances:.es y en fuerte contraste con el deco;oc::~°e ~! dteatro espaA
t:&gt;
mo e la trageunq ue fundador del t
Vega hubo de aaua d
eatro espanol, y su mas gran fi
concediese la fa~a ; ar hasta época reciente para que l gura, L_ope de
e que merecidamente g ,
.
a postendad le
- ozo en vida. Calderon, me(1) Existe, en mi O • .6
nuestro Teatro v la def1111
n, gr~n s~mejaoza entre
.
comlo el otro, dân el rit~iompanam1ento de &lt;&gt;uitan-!a func16n del romance ell
cop a o de las form
.· genera! y sirven
en nuestra jota. El uno
la Jota siguen, adem~~ vfgIJasl. ~l romance v el ac:!pea~ase_ al vuelo lirico de la
, ua ntmo.
'
nam1ento de guitarra de

c;m

2 93

�LA PLUMA

•

•
•

jor conocido, le precedio en renombre europeo. Esto cxplica que Calderon, en quien se creia ver la 4&lt;figura central» del teatro espaiiol (1) se considerase en Inglaterra como el prototipo con quien comparar a Shakespeare. Pero, en realidad, el verdadero paralelo de Shakespeare en Espa.
iia es Lope. No solo pueden ser ambos, por su superioridad sobre sus
respectivos precursores, considerados como los fundadores de sus teatros nacionales, sinoque ambos pertenecen a ese tipo de genios espontaneos que mas nos da la impresion de la sencillez, fatalidad y podcr de
las fuerzas naturales. Ambos recuerdan a la naturalcza por su fecundidad, su derroche de fuerza creadora y su tranquila indifcrcncia hacia la
patina, el pulimiento y la pcrfeccion. Y no es que no scpan lograr la
expresi6n pcrfecta. Antes por el contrario, es en ellos frecucnte el feliz
acoplamiento de idea, palabra e imagen. Pero cuando esto succdc no se
debe a laboriosos esfuerzos de artista concienzudo, sino a esa intuici6n
que el genio alcanza en su mera absorci6n de las cosas. Por ultimo,
. como todos los fértiles manantialcs de creaci6n, Shakespeare y Lope nos
inspiran anâlogos misteriosos sentimientos de afecto y de gratitud, como
los que sentimos por el mar, la tierra o el sol, padre de la luz.
Pero el paralelo entre Lope y Shakespeare no pucde prolongarse mucho sin tener que anotar diferencias que recuerdan las que ya observamos entre Chaucer y Juan Ruiz. La maravillosa fecundidad de Lope
implica una facilidad de imaginacion y ejecuci6n tan favorable a la cantidad como nociva a la calidad de la obra. Dadas las circunstancias en
que escribia, su nivel medio es increiblemente alto. Su vida aventurera
no le dejaba tiempo para ahondar y madurar su filosofia de la vida.
Tanto o mas que de Juan Ruiz puede decirse de él que, comparado con
su contemporâneo inglés, le es inferior en cuanto le falta cultivo del espiritu en soledad. Poco se sabe de la vida de Shakespeare; pero la mayoria de sus complejas flores de poesia implican una vida no exenta de
ocio y soledad. Asi Shakespeare ahonda en pensamiento y erige un teatro de emociones en las mismas câmaras del alma humana, mientras
(1) An Essay on tl,e Life 11nd Ge11ius of Calcuro~, µor cl Arzobispo de Du•
blio, Richard C. Trcnch, 1886.

LA PLUMA
Lope se extiende en la acci6n y monta su t
.
.
pacio abicrto de la realidad tano'bl
eatro de s1tuac1ones en el esA
_,1 e.
unque .\1ilton y Calderon son exactamen
.
hecho no bastada para justificar un aralelo. ~e. cont~mporaneos, este
base de comparaci6n en la ana!ooia dp 1
. x~ste, sin embargo, una
.
o
e as s1tuac1ones q
b
pan en las l1teraturas de su~ respect'
.
uc am os ocuépoca de resplandor, ambos
ivos pa1ses, ambos en la estela de una
arrivés trop tard dans un monde tro .
·
p VlCUX.
a circunstancia los acerca como hered
nio literario que les da por decirlo , . eros que son de un patrimo'
as1, c1crto abolenrro
1
1os hace seconscientes (i). En ,·cz de la es ont . o Y, por o tanto,
kespeare. de su imprevisi6n de su ins . p .. a~e1dad de Lope y de ShaMilton revelan atenci6n in{enc·o
~1radc1on libre y fluida, Calderon y
d
,
i n, meto o Son con .
zu os. Conocen a fondo el arte d t
I.
sc1entes y concicnpiracion, rara vez dejan a su mu/ ~azar i-banes y, aunque ricos en insCierto que .\1ilton no es en u:i~:;~/ ertad de m~vimientos.
lo es de manera predominante PEii
bamaturgo, m1entras Calder6n
, l
.
·
o no o stante es im
'bl l .S
slJn • gomstes sin Jleoar a la co cl . .
. •
pos1 e eer ,mval de Shakespeare de habc ~ ·ctus10~ que .\I1lton habria sido digno ri.
,
r v1v1 o cmcuenta aiio
t D d
d
.
s an es. a o el amb1ente moral en que vivio M'lt
como le fué posible De m'od. J on _esarrollo su vena dramâtica tanto
'
0 q UC SI se
J'
·
contiene, aunque desde lue o en ro an~ JZa su _g~mo se hallara que
csencias literarias que el de c!Ide . ~ 1,P_orc1oncs ?1.stmtas, las mismas
Porque Calderon es quizâ cl r~n·1·1'.1ca, dramat1ca y didâctica.
.
mas mco de nuestros d
su 1ira, como la de .\1ilton p
ramaturgos, y
1
plata. Llcvado de su tende'n _?sel~ _a cuerda de bronce al lado de la de
,
çJa mca no deja a
d
e1ecto dramatico al efecto m . al ,
.
veces c sacrificar el
---us1c , suspend1endo la accion para que el

Est

(1) ~ie pcrmito este neolo ismo ue
.
~ncerrdd 1 en la palabra inglcs g
If, q ~reo neccsano para exprc~ar la idea
a •se consc1ous, estado d
, •
P1&lt;:JO que. el que cxprcsa el voca bl o cconsc1ente,
.
' yq
c esp1ntu. m:is cornestrccha intervenci6n d 1 . t
•.
uc se caractcnza por una
' 1n e 1ecto cntico en los
• .
del sentimiento ra sccoas .
.
movimicntos de la voluntad y
· •
c1enc1a scrfa ' pues' lo con trano
. de la cspootancidad·
2 9S

�LA PLU l\f A

•

·.

dialogo pueda adquirir una simetria como de terceto de opera italiana.
La repeticion de temas verbales que Tirso de Molina habia utilizado tan
discretamente (por ejemplo, en El _burlador de Sevilla), se desarrolla en
Calderon hasta llegar a complicado ejercicio de composicion, casi intolerablemente mecanico, y desde luego antidramatico. Pues, aunque Calderon poseia la conciencia artistica de Milton, le faltaba para su aplicacion el gusto infalible del gran maestro inglés, y en su prurito de perfeccion formai deja con frecuencia que su pensamiento se extravie en
inextricables laberintos de estilo.
Defecto es este natural en un poeta que tenia que escribir mucho y
para complacer a un pûblico echado a perder por varias décadas de produccion dramatica exuberante. A pesar de él, los vuelos liricos de Calderon recuerdan a Milton, parecido reforzado por la comun preferencia
que revelan hacia los asuntôs religiosos y biblicos, tratados por uno y
otro con una austeridad que contrasta con la sonriente mundanidad de
Lope y Shakespeare. Pero aqui, la diferencia especifica entre el poeta espafiol y el inglés reside en la sustancia mas que en la forma de su labor.
Milton es el poeta protestante, Calderon el poeta catolico por excelencia. Milton concentra su atencion en el caracter y la conducta, Calderon
en la fe y la gracia divina. Este aspecto de Calderon hace de él el tipo de
transicion entre los poetas realistas y populares como Lope y Juan Ruiz
y los poetas espirituales y rpisticos como Santa Teresa.
Realismo y misticismo son los dos polos del ser hispano: un realismo que tiene algo de mistico en la intensidad de su contemplacion y un
misticismo enamorado-de la realidad, como solo lo estan quienes ven a
Dios en todas las cosas. Velazquez y el Greco representan estas dos tendencias en el arte de Espaiia. Calderon ocupa un lugar intermedio. Se
aproxima a Velazquez en el claro realismo de Et alcalde de Z alamea y
pinta .La vtda es suetio con los colores violentos y las lineas torturadas
del Greco .
Esta revista de algunos de los mas grandes creadores da la literatura
espafiola, vistos en contraste con sus equivalentes ingleses mas cercanos,
.296

LA PLUMA
ilustra la consistencia con que el ge mo
. nac1onal
.
esp - 1
d
ano se esarrolla.
la cuahdad y del defecto mas im ta
d
mo, causa a la vez de
Porque bajo la accion de esta este:~ ~tes e la literatura de Espafia.
puede hacer dar flores de poes1'a al '~ e apetito de realidad, el poeta
.
m1smo suelo que h Il
.
aire que respira; mientras que el h b
.
ue a Y a 1 m1smo
mi~mo apet~to, tiende a desparram:;s:e a~~tvi~:~ en él, animado por el
accwnes, pnvando asi a su obra d
por el mundo de las
e esa crema del
•
acumula en la quietud y en la soledad
pensa~1ento que se
mento vivificador del genio dra , t' . Est: elemento reahsta es el elepafi~ posee en grado tan solo t;a;~~oespanol, facultad litera~ia que Esgemo ûnico de Shakespeare
mb' , ' n~ por Inglaterra, s100 por el
nio espàr'iol que en el c- d.
ieo_ exp ica el desinterés ético del ge'
ion o no es mas que
' f,
.,
sivo amor a la reaJidad Est
. mam estac1on de su exclu.
e amor no perm1te q 1
·
• ..
mano coarte los movimientos d l 'd
ue ey m pre1u1c10 hubelleza es gracia de inspiracion t:rr:;: :1 consagrada p~~ la belleza. La
se aparece la realid d 1
•. ' esplendor espmtual con el que
a a a mente estet1ca Pe h
.
de la realidad todavi'a ma' , .d
·
ro ay un t1po de amante
s av, o que el art· t
· 1
.
aparece envuelta en un respl d d
'.s a ~ ~uien a reahdad se le
mistico.
an or e gracia d1v10a: este realista es el

La tendencia
maestra de la raza es
. 'd
.
un av1 o realis

Tf

Asi, los realistas y Ios m · r
estan impulsados por u
,~ ,cos espanoles, aunque en forma distinta,

na m1sma tendenc· L
·
•
al uno caer sobre la realid d t
,
,a. a m1sma av1dez que hace
tual y la union co n· Na aog1ble, eleva al otro hacia la vida espirin 10s. uestra gran 1' ti
estilo suyo que brota d
,
i:n s ca anta Teresa cscribe un
1
fadosas redes de Ja ara e_ ~orazon romp1endo impacientemeote las enmatico? Este estilo ;s ::tlca, del or~e_n y aun_d~l sentido logico. èDramisma vida El an, .
que dramatico. Està vivo y palpitante. Es la
·
ommo autor de M C'd J
R .
a pesar de "U man
d'
yo l ' uan u1z, Lope de Vee-a
era
1recta
y
sobri
'fi
.
u
'
al lado de est
.
a, parecen art1 c1osos
e insinceros
e rea11smo transcende tal c S
la cumbre del &lt;&gt;eni
n . on anta Teresa ~stamos en
sia, en esa realida/ de Espana, en ~lturas por cima del arte y de la poeq ue, como la misma luz, es invisible.

s

SALVADOR DE MADARIAGA

�LA PLUMA

LETRAS BELGAS
)

EL REGIONALISMO

r

. . d lo que vov a decir me expongo a que
BNASaoo sé que dicien
c6l • d un eJ·ército de crîtico•,
,1
vos y la
cra e
caigan sobre m1 os ra.
.
H
·ornas consagrados por cl
. •
d académ1cos. ay axi
•
de penod1stas Y e
.
s· arduo es el empt-no de
.
t' d Jas gcncrac1one ,
respeto y la s1mpa ia . e
t d encargado de dar cucnta
ncias Pero es an
Proclamar sus ncfastas consccu~
.
d los altibajos de la hteiatura
I escntores belgas Y e
d ·
aqui d~ la actividad d e os
d .
. pensamiento entcro: para eor
d
ho para ec1r m1
de su pais. me creo con erec
1 regionalismo tiene la culpa.
q ue Jas Jetr:is belgas estân enfermas y quede .d desde la infancia. Pero, ce,
dad la ban pa ec1 o
•
Cierto es que ta! en,erme
. . f t'J que pasarâ con los anos.•
, d · . Es dolenc1a m an 1 •
.
rraudo los ojos, soha ec1rse. •
.
heroicos de la joven Bélg1ca, 1os
ado En los hem J&gt;OS
·
s
Lejos de pasar, se h a agrav
·
aciones y disciplina reg1ona 1 ·
•
dieron de las preocup
· b
la
mejores escntores se eva
t t ·mportancia que deJa a en
·e de arupo de an a t
â
tas v formaban uoa cspec1
.,
1
de sus colegas restantes, m s nu' •
f d d 1 sombra-a i;:rupo
V h
sombra-en el on o e a
I
. :\faeterlinck, Emile er aeren,
m~roso. Bastarâ citar los nombres de :\ aunce •

°

•1
)

,.

°

)

l

•

.

r

..

Charles Van Lerberghe, etc.
europeo v-mejor aun1
traba en un P 1an 0
'
Con esto, la literatura be ga en
d L
eocupaciôn de lo pintoresco
.d d amplia profun a. a pr
1
h
en un piano de umam a
•
t·t yen todo el 11tractivo de as no•
.
..,
booitos que cons 1 u
tiJ
v los dctallcs d1vtrtiuos o
I
su sigcificaci6n y su es o,
•
disminuyen su a cance,
éll
.
vc]as reoionalistas-y que
b
no aparecîan en aqu os, 01
"
b de un talento ro usto-,
de
incluso cuando son o ra
.
li . t de las kermesses de aldca y
se rcspiraba en sus cscritos el aire a!&lt; 1x1an c
las disputas de politica local.

298

Porque en el fondo de todo esto late el conflicto eterno entre dos concepciones difert·ntes: la que concede preponderancia al ,asunto, y la que, desdei'iando el aspecto exterior, desdenando la fabula, .Ja anécdota que reviste con
ropas acaso brillantes monigotes sin alma, busca dondequiera y siempre los
principioi; fundamenlal ~s y (si puede decirse asi) el ritmo esquemâtico del corazon v del cerebro humano. El regionaiismo es por excelencia el régi men de
los coil)res llamatirn~. de las iotri:{aS sin importaPtch y de las anécd,&gt;tas pintorescas. lnch1so cuando prctende elevarse al dramd psicol6gico se dispersa en
mil ddalles sin interé~ rcal, y prnduce esos «cu~dros de género• que deleilaban a nuestros abuelos. Es de notar ademâs que en los espect.iculos de gusto
cregionalista, interviene a menudo, abundantemente, la revisiôn y la interpret11cion personales del autor, de suerte que el 1-.bricgo de la Campine llevado a
la escena por las obras belgas no puede estar m.is distante de su moddo.
Mezquindad, mentira: toda Ja literatura de este pais se revuelve entre esos
dos defectos, y apenas logra evadirse del uno sin caer de bruces sobre el otro.
Pero han sabido urdir esta comedia: como eran :os m.is. y también los mâs ruidosos, los autores re:;:ionalistas proclamaron que su concepci6n era la unica
digna de atenci6n y de simpatia, y lanzaron una especit de excomuni6n mayor
contra los hombres que mostrabau audacia e indisciplina bastantes para inclinar sus preocupaciones creadoras en otra direcci6n. Su alzamiento fué tan ,mânime y brutal, que realmente empujaron al clestierro a :\!a:terlinck y a otros,
y est.1blecieron un1s reglas de estética litcraria en que los relieves del naturi:lismo se asociaban al deseo de constituir una «escuela, en el ,·asto n111ndo de
la literatura francesa. Xo es exagerado afirmar que llegaron a proscril.Jir completnmente la novela psicol6gica, el drama de ideas, y hasta la poesia lirka, y
que encerraron toda su producciôn en el circulo angosto de sus particularidades loc:iles.
Espectaculo poco alentador y cbocante. Igooro si Espaiia ofrece, junto a su
literatura de expresicin uni1·ersal, centros muy ardientes de regionalismo arti,tico. Sé que cuenta con algunas escueias provinciales, pero dudo que sus micmbros pongan t11n hurada intransigencia como los de aqui en no dejarse contaminar por sus 1·ecinos-cuanào no en imponerles sus propias miras-. Lo cierto
es que en Bélgir.a nada podia autorizar ta! explosi6n: en un pais tan pcque1io.
tan cuncenlrado, en cuya capital se junta la décima parte de la poblaciôn tc,tal.
y en donde la centralizacion es intensa, la vida, la autonomia provinciales no
existrn. Cuanto se hace por resucitnrla, lo mismo en Flandes que en \Vallonia,

�LA PLUMA

r ·

lamentable. Por otr.\ parte' el ei· cmplo de la literatura acerlandesa
es c 1c10 y.
, funcsta a los escritorcs belgas.
hubiera dcb1do apartar de csa v1~ .d d Todos los que no podian ambiciooar
r6
·ctoria de la med1ocn a .
.
Rebc i n y v1
. cias de las intriguillas locales, en med10 de las
cosa mejor que notar las p~npe
sc·1tar un movimiento de opini6n cool · d se col1garon para su
..
que pasaban a VI a,
d
fuertes cran incapaccs de inmovihzar
tra _los h~mbrcs que por :~:,~nuo ~:~sc;mpanario de su aldea.
su mgcn10 y su coraz6n e
.
1 orte combativo que ostentaba hace
El mal ha ganado terreno. Ya no t1_cne ~ p
una rutina A fa,·or de la
• 1 ble y s1lcnc1oso como
·
unos afios. Ahora es imp ac~
.
do que la ha scguido, reviste el
guerra. y de la crisis de nac1onal!smo exaspcra
fi

aspecto de un dog~a .de estad?.
1
·onalismo no ha producido niaguna
Seda injusto y nd1culo dec1r que e reg1
entre las que se inscriben
.
• p ro bvsco en vano obra de 1mportanc1a. e
.
opea sea en el presente
•
b de repercus16 n eur
,
bajo ese ep1grafe-una
o
ra
.
1
7 ' I Eulens""ievel de Charles De Cos. T emos es c1erto, e 1iy
-r o
o en .el porvemr. en e se' dele1tan
.
a 1guno s m1·11ones de lectores, y que no ha
ter, hbro famoso •con qu inco se1s
. 1.d.1omas. Pero es de advertir que respecto
O
dcjado de traducirse a c
d .
s'mbolo hist6rico de Flan!
- 1 tea de otro mo o, es e 1 i
de 7 h_vl el prob ema se P an
.
me a los oios de los extranjeserva un re 11eve enor
,
1
des, y como tal, ogra Y con
•
. . de gesta de Flandes, como sus
. 1 s lgo asi como 1a canc1on
ros: Tliyl E11 ens/mge e a
. d
m letado poco a poco por mil na•
'
Niebelungen, y nacido entre Jaa~u~:~::~nci: hfst6rico de un pucblo.
rradores an6nimos, pertenece P
h
blicado media docena de libros
La prueba es fa.cil. Charles De Coster a ~éu los conoce quién los ha leido,
•
d f,O lklore flamenco: ·qui n
'
mas. vc:st1dos todos e
"é '
ha ocurrido nunca tomar en
q uién se pondria a tr:iducirlos? ;_Y a qui n se 1e C
l
•
. •t d ~ de Charles de oster.
cuenta a los discipulvs e 1011 a ore:s
d"
co no escritor de la repulaci6n
.
• 1
De Coster no es 1gno, 1
'
D1gamos me uso que
- E kh d v Camille Lemonnier, en lende su libro. La verdad es que Ge~r~~sl :uy~s: ;n lcngua fiamenca, son mas
gna francesa, Styn Strcuvels Y y 11e.
'

•
•

gr~ndes y ~as respetables qu~ él.unicos noveladorcs regionalistas que ban goLemonmer y Eekhoud son os .
t "6 en Parfs Adeptos ambos
d
·d de cierta repu ac1 n
·
zado, en una época ~ su v1 a,
d M dan (con Zola} Huysmans a la cade! mas riguroso rcahsmo, los autores c e 1· t la entre la de sus amigos.
.
b
clutaron su c 1en c
.
beza), los acog1cron, y am os re
.
ue e11 algunos capitulos ac1crta
..
l'd d 1• ·cas de Lcmonn1er, q
Las pos1t1vas cua 1 a es .m
d
. •6n del Paradou del Abbé
a vcncer dificultadcs comparables a la famosa escnpc1

LA PLUMA
Mouret, le granjearon la admiracicin de una época cuyo ideal mas sano consistia en la cnotaci6n de la vida,. Y las seiioras del barrio de Saint-Germain se
entusiasmaban con el misticismo que empapa sus cuadros flamencos, asi ccmo
Janzan gritos de admiraci6n en cuanto vi-n aparecer una toca breton a o vendeana. Pero hoy que las modas han variado y que ban muerto los hombres, boy
que s61o quedan Jas obras y cienen que defenderse por si mis'llas, es impo1ible forjarse ilusicnes acerca del ,·alor y de la significaci6u verdaderos
de Camille Lemonnier: sus libros son sancil!amente ilegibles. Sabido es que
firm6 mas de setenta, pero no hablo ac;ui de las novelas concluidas atropelladamente por causa de la alimentaci6n; no bago excepciones, ni siquiera en favor de Un mdle, ni de Le Afo,·t.

En cuanto a Georges Eekhoud, ultimo sobreviviente de su gcneraci6n, acometi6 la conquista de la fama sembrando en sus novelas pro\'inciales un erotismo mas o menos acentuado, segûn las necesidades de la venta. La Nour,t//e
Carthage, donde intenta pintar la vida social y moral de Ambercs, el Cycle PalWlliaire, su libro mcjor, que pone en escena a los labricgos de la Campine, las
Kenusses, y sobre todo Esca/. Vigor, Je valieron al autor la consideraci6n de
eaa clase de lectores que estân sic:"mpre en acecho de cmocioncs fuertes. Al
propio tiempo acert6 a que la justicia le persiguiese por ultraje a las bucnas
rostumbres. Pero todo eso olvidado esta, y yo no sf si aûn se Jee a Eekhoud
en 1922, fuera del restringido corro de discipulos que le rodcan con sus obras
agraccs y calientan sus manos impacientes en el rescoldo de su gloria.
Porque Eekhoud tiene discipulos c imitadores. El El;tado los subvenciona
para que publiquen sus libros, que nadie compra, y asi se forman catalogos
enormes de literatura belga, donde los libros estan ordenados por series, segûn
la porci6n de pais llano o la ciudad que celebran. Cada uno tiene su especialidad, se han repartido el pais por secciones y cada cual explota su parte a
foodo.
No quiero citar nombres. S61o be querido explicar c6mo y por qué una escuela que produce tanto como la escucla belga es tan pobre en realidad, y a qué
lie debe su )t,nta estrangulaci6n. El regionalismo asesina poco a poco el csfuer10, demasiado mon6tono, de los t&gt;scritores de este pa{s, y toda su mana consiste
en poner en los cadaveres mascaras rutilantes. Mas, por desgracia, ponen en
eso tanta convicci6n, que son los primeros-y los unicos-engaiiados. Lo cual
no q uicre dccir que sean Jas unicas vfctimas.

PAUL COLIN
300

3ot

�LA PLU 711 A

LETRAS INGLESAS
publicaciJa,. taato tiempo esperada, del Ulises, de James Joyce, es
un acontecimiento literario que eclipsa a buen seguro en importancia todo lo que desde mi ultima cr6nica de LA PLUMA ha sucedido
en la literatura de los pueblos que hablan inglés. Es, en verdad, un
l!acoatecimiento que no puede por menos de tene1· significaci6n hist6rica en tanto se continue leyendo inglés. Porque este libro, vasto, extraordinariamente difkil e intensamente couturbador, no es tan s6lo uua indudable
obra de genio, tiene ciertas cualidades que le hacen unico entre todas las obras
de genio. En él, ese denuedo intelectual y esa bonr.adez cruel que·caraclerizan a
Bernard Shaw, paisano del autor, llegan a profundidades nnnca sotiadas hasta
ahora. La violencia, la pasi6n que esconde la reprcsentaci6n, cruelmente cândida, de los personajes de Mr. Joyc-e en todos sus pensamientos y acciones tienen sin duda origen en la., constrkciones antinaturales y absurdas muchas veces
que forman parte del sistema irlandés de educaci6o, y constituyen integramen•
te la vida religiosa del pais, cat6lico y protestante. i\Ir. Joyce ha encontrado la
incitaci6n y el împetu para su colosal prop6sito, mâs en una reacci6n contra
tales constricciones que contra la religion de que suelen ser resultado, merced
a la ceguera humana.
El Jibro equivale en extensi6n a cuatro o cinco novelas i,1glesas corrie1Jtes.
Describe veinticuatro boras de Ja vida de un judio de Dublin, llamado Leopold
Bloom, de su mujer y de su amigo Stephen Dedalus, principal personaje del
Retrato del Artista en su juventud, del mismo escritor. La época, se supone en
un dia de 1904. No bay «acci6n• en el sentido corriente. El Jibro es la presen•
taci6n de esas ~entes (y de otras muchas), de sus pensamientos-ora flotantes e
informes, ya definidos y precisos-de sus conversaciones, bazatias, funciones
fisicas. No se aminora, disimula, oculta ni suprime nada. El lector mete la nariz en todos los guisos de la vida, tal como la mayoria de los falibles humanos
Ja viven, y la implacable forma que le subyuga a las paginas impresas, parecc
estarie diciendo de continuo: cSi quieres ser idealista, basa tu idealismo en los
bechos. No te escurras, '10 te salgas de ellos.• La técnica, no menos que el contenido, del Ulises muestra toda la originalidad del genio, y es de esperar que
los escritores de la generaci6n venidera sientan profundamente su influen•
da. Aunque sea discutible la bondad de esa influencia-la licencia suele ser

[I

..

·.

302

A

harto
frecuentemente
el resultado de toda liberaci6n - no cabe d ud a d e que 1a
.
.
hteratura rng_lesa entra en una nueva 4poca con la publicaci6n de Ulises.
_Por espec1ales que parezcau las circunstancias en que ha sido publicado el
{IJ,ses, no son tan sorprendentes cuando consideramos Ja h'lSt ona
· d e Ja 1·1teratura
Uua y otra vez, obras que h a r. 11egad o a ser c lâ. en Inglaterra -v América.
.
s1cas para . las generac1ones futuras , ban salido a luz e n con d1c1ones
' ·
anormales y c1rculado s6lo entre los menos. (Los nombres de William Blake,
Shelley. .v Samuel Butler,
acuden luego a Ja memoria)
· · 1mente
.
•
, Débese pnnc1pa
al. apas1onado
entus1asmo
del poeta angloamericano
Ezra p oun d , y a Ia d eC1·
.
.
,
s~6~ de M1ss_Sylvia Beachs, dama americana, propielaria de Ja excclente libre0
na mglesa
rTI·
.
. Shakespeare and C. (12 rue de l'Odeon , Paris, VI. •) eJ que v,rses
~aya s,do. 1mpreso por entero. sin cexpurgaciones• o mutilaci6n del texto. El
libro ha ~1sto la lu_z en Frnncia, en Dijon, en edici6n limitada a 1.ooo ejemplares, v~nd1dos ya srn duda a los admiradores del autor de lnglaterra, Irlanda v
Aménc:t.
·
~iGcil es comp~eoder c6mo Ulises p11ede ser asequible a los europeos del
contmente. Es un hbrn extraordinariamente dificil de eot-:nder por entero, influso _para los Ject_ores ingleses ignorantes del idioma angloirlandés: v eJ sabor
JX:c'.111ar de su estilo, se ha de perder casi seguramente en una trad~cci6n. El
cntico francés l\I. Valery Larbaud ha observado que con este Jibro clrlanda
vuelve a entrar en la gran literatura europea•. Su dicho es un tanto oscuro
porque Uli~es es cualquier cosa menos ceuropeo• en sentimiento, desde el mo~
me~to que ignora tod~s las convenciones que la Europa cristiana ha aceptado
~1tamente durante s1glos. Por otra parte, dado que es una obra de aenio es
umversal.
b
'
La recepci6n que ha tenido Ulises por parte de distinguidos criticos inale
ses-!IIr. Arnold Bennett y Mr. J. M. Murry entre otros-ha sido satisfacto:ia~
Mr. Murry se atreve a decir en The Nation and Atlzenaeum que c.Mr. Joyce posee un poder magico comparable al de Goethe en la segunda parte de Jiausto
o al de Dostoyewski en El sueiio de Ivan. En tal parte de l•lises-digé!.moslo cte
u_na ve:, ya que e!lo nos ha de valer cierto descrédito o cierta gloria de aqui 11.
cien aoos-es ev1dente una genialidad de orden elevadisimo, estrictamente
co,nparable a la de Goethe o a la de Dostoyewski.
Aparte la publicaci6n del Ulises ha habido en el mundo Jiterario inglés pocos sucesos que merezcan comentario especial, o que puedan interesar a los
lectores de otros paises. Hemos de decir algunas palabras acerca de The Jyro,
303

�LA PLUMA

•
)

'.'.1

•

..

rcvista dirigida por .Mr. Wyndham Le\vis, que rcflcja Jas teodencias modcrnas
en artc y literatura. Ha aparccido rccientcmente cl seg,undo oûmcro de esta
publicaci6n, y seiiala marcado progrcso respecto al primcro. Rcproduce obras
del propio !\fr. Lewis, de los pintorcs Etchells y Wadsworth y muestras del
artc del escultor Dobson. En punto a colaboracioncs litcrarias, la mas impor•
tante es la de Mr. Lewis, que demucstra igual distinci6n en las dos artes que
practica. Corno escritor tienc grandes dotes de pcuctraci6n e ironfa y su estilo
es admirable.
De poesia muy poco ha aparecido ûltimamentc que merezca algo mas que
una atenci6n transitoria. Teuemos excelentes talentos poéticos que produccn
muchos versos agradables. Pero aqui no hay seiial de genio alguno. !\Ir Edmund Blunden, poeta pastoril muy influfdo por John Clare, acaba de publicar
un gustoso volumcn titulado Tite shepnerd (El pastor). Es un trabajo docto y
cuidadoso, pero calculado con poca fuerza para clevar el aoimo del Jector.
En tanto esperamos que la musa se recobre, tenemos tiempo de dedicar
mas atenci6n critica a la obra de algunos poetas recienteme.nte desaparecidos.
Entre ellos, debe mencionarse a James Elroy Flecker, autor de un bello volumen litulado Tne golden journey 10 Sama1·ka11d (El viaje de oro a Samarcanda),
muerto de tuberculosis en 1915. Flecker no cra modernista en ningûn sentido
-inclinabase ciertamente a la teoria parnasiana-, pero si un admirable artifice. y su libro ha resistido la acci6o del tiempo mejor que los de su contemporaneo ~upert Brooke. Hassan, comedia oriental de Flecker, no se ha publicado ni reprcsentado a(m. Los que la han lefdo, la coosideran una de sus obras
mas importantes, y cuaodo apartzca, decidira probablemente el lugar de su
autor eu ouestra literatura.
La novela ing!esa esta actualmente en un estado de transici6o. Nadie sabe
Jo que en realidad constituye una oovela, corno ta! forma artistica, y la palabra
«novela• va gradualmente encubriendo toda clase de obras de imaginaci6n co
prosa. La novela corta, sin embargo, empieza a ocupar la ateoci6n de nuestros
mas brillantes escritores, y aqui la disciplina es mas estrecha. El dramaturgo
W. S. Maugham, !\fr. Aldous Huxley y Miss Katharioe Mansfield, han publicado durante los ultimos meses, sendos volûmeoes de cuentos, que alcaozan co
punto a la técnica brillante, un alto nive!, y es de esperar que el progreso con•
seguido en tan dificil rama del arte literario se mantenga en Ioglaterra, donde.
la novela corta no tcnia basta ahora la considerad6n debida.

DOUGLAS GOLDRING

LETRAS PORTUGUESAS

fi

cr6nicas tiencn por fi
n provcl"r a la c lt
rnentos contemporaneos sobre l 1·
u ura espaiioJa de elca 1terat
que lleguernos a liacer un co111,,., . . ura portuguesa. Antes de
d
r e-, en,1u de J
ose, menester es exbibir pa
,, .
o que vaya publican,
.
nordm,came l
.
nue~tra literatura. No podemos
.
n e e 1 estado actual de
n~cias, a pianos secundarios que no ~e corn' ev1dentementc, descender a mimica de nuestro estudio No c t
padccea con Ja naturalez·1 p
.,
·
a raremos pue
• anordgéne, os, que nos Jlevaria muy Je·
'
s, en una clasilicaci6a precisa de
declarado. !encmos ademas que cx:~;i;o;r:s apartaria de nucstro prop6sito
nos ofrecena Ja conternplaci6n d 1
. aspecto de] problema aqucl
.
.
e os cscntores · .
•
que
eu un s11enc10 ya casi de/initivo E
vnos, pero que se mant1·e
•
•
n
otras
palab
.
nen
con 1a literatura de boy esto es
l ..
ras. nos encararcmos tan s ·1
p
•
, con a hteratur
h
oo
ortugal es un pais de poctas. S6Jo de tar a que oy esta en actividad.
muy pocos son, entre nosotros los e , .
de en tarde aparecc un fil6sofo y
g~I J~s hombres de ciencia, ni ~iquie;~1~tus filos61icos. No abund:in en Por:u.
c1ent1ficos. Tencrnos un corto numero d ay gran caatidad de vulgarizadorcs
nemos dos historiadores. Tenemos
e.:onografistas de la Historia· no te
,. .
una p,.-yad
b
'
.
critica hteraria, y muy pocos criticos litera . e ;ota le de monografistas de la
en poetas-en poetas que escriben ve nos. ero somos un pais riquisimo
versos. Co:nenccmos, entonces por Io rsos, en poetas que no sabcn hacer
L
•
s poetas
os poetas portugucses contem ora
.
el grupo nacionalista, que se form6p neos pueden dividirse en tres grupos·
Jar· , t ·
en torno de d os nom b res de talent •
·
. y Alfonso
t · -~n 0010 Correia de oi·1ve1ra
L
. .
o s1n~uJor~ado en torno de Tcixeira de Pascoaes ~pes V1e1ra; el grupo saudosista
os independientes, formado por tod
y . ugusto Casimiro; y el grupo de
obedecen en su obra a mas prece t os aqucllos que no tienen cscuela o no
~on individualistas, dentro del Ar~eo nque el ~c extcriorizar su tempera~ento
t~cos ni de c6digos doctrinarios. Ioc;ut qucnendo depender de dogmas esté~
tivadores de la poesia en Portu al en mos e~tre ellos a Ja mayoria de los culque Espaiia acaba de consagra/u~t estos hem~os, desde Eugenio de Castro
Ja traducci6n castcllana de sus pJoema;~te,_ pubhcando el primer volumen d~
cl mas nuevo de los poetas portugues:s dar,st;s e Horas, hasta Américo Durao,
e va or. .in ese grupo entramos nosSTAS

305

�LA PLUMA
otros. que en nuestros libres, Alma Ajoelhaaa, Payzagem de O,·çftideas, 0 Lioro aas Sympltonias mor/Jidas, y O Livro das Cltimeras, hemos mostrado diversos
aspectos de nuestra sensibilidad lîrica, en la que nada influyen las corrientes
sistematizadas de la poesia portuguesa.
Entra en ese grupo Julio Dantas, que revel6 un modo baudeleri.ino y
rollinatesco con su primer libro Nada, y ha ido liberandose poco a poco de las
inftuencias directas, basta ser boy aut6uomo. También pertenece a ese grupo
Augusto Gil, que es entre nosotros una especie de Uenri Heine, par la dulce
ironia de sus trovas. Jndependiente era Juan Lucio, poeta de fecundos recursos, que la muerte nos 11ev6 prematuramente, dejandonos un libro, Descendo,
la muestra mas curiosa de su manera poética. E independiente es Camilo Pessanha, l{rico notable, de forma irregularisima, que en su poema Clepsidra, harpa de cuerdas desafinadas, encanta, no obstante, las sensibilidades modernas.
Los representantes principales del primer grupo, o grupo nacion~lista, son
Antonio Correia de Oliveira y Alfonso Lopes Viera. Antonio Corrtia de Oliveira es boy el maestro indiscutido de la redondilla portuguesa. En su alma
cstan confundidas las aimas de Rodriguez Loba y de Bernardino Ribeiro-o
sea el bucolismo portugués, la sencillez lusitana. En Alfonso Lapes Vieira,
ese mismo bucolismo, esta tocado de leves tintas modernistas, como si su alma,
viviendo en la contemplaci6n del alma antigua, no olvidase por completo el

•

•

ambieote contemporâneo.
Entrao en ese grupo: Antonio Sardinba, poeta a quien las preocupaciones
exageradas del proselitismo politico deforman y empequei'iecen, pero que aun
asi, en su libro A Epopeya da Planicie, encuentra notas que es justo poner de
relieve; Alberto de Mousalaz, poeta brillante; José Bruges de Oliveira, joven
poeta que va marcando su puesto con afirmaciones que no pasan inadvertidas;
Thomas Ribeiro C olaço, en cuya sensibilidad andan ecos de las liras de Tho•
ffi'\S Ribeiro y de Blanca de Gonta; Juan Cabral do Nacimiento y Augusto San·
ta Ritta.
Al grupo segundo, grupo saudosista, pertenecen, ademâs de Texeira de
Pascoa~s y Augusto Casimiro, otros poetas, pocos en numero, mas o menos

•

afiliados al renacimiento portugués.
Teixeira de Pascoaes es un poeta nebuloso, sin primores de estilo, pero de
fnmca vibratilidad Hrica. Augusto Casimiro es, sin duda, el mejor poeta de
ese grupo. De vez en cuando se deja caer también en nebulosidades que le
perjudican, pero son muchas sus paginas fulgidas y de trascendencia transpa-

1

rente. Los acompada . M .
L A p L U .M A
C
n. ario Be' â .
ortezâo, lirico saudos· t
.1r o, rnteresante tem
riosos colores.
is a, a qu1en cierto tono de
per_amento lîrico, y Jaime
E
pagan1smo
stos dos grupos, nacio l'
suave presta euel• cu!to de ciertos te mas tradi
na ista
y
saudosista,
t1·e
· al
nen un
c1a de los sentimientos
c1on es portugueses
punto de contacto·
guesa. Lo que distingue: e constituyen el fonda
11.eva a la reviviscen:
pensi6n mâs contemplaf saudosismo del nacionalis
g1co de la raza portuen el segundo·
iva en el primera y u11a cap1c1dad
~o es,da mi ver,
una pro •
.
El campo de los
e acc16n mâs viva

p~i~~~

entran en la prosa q~:o::ores es mas vasto, porque son
. Para indicar a los lectore~u; constituyen la poesia.
mâs los géneros que
ev1dentemente que aba
e LA Pw1u los prosado
la novela y de la cr6 . rcar la vasta esfera del pe . d'res portugueses, tenemos
.
mca del
no 1smo
d
garizaci6n, del comenta :
cuento y de la historia d I y e la cr{tica, de
El catâlogo de nuest:: y de 1.a investigaci6n Jite/ari:. a filosofla y de la vulcomo el de los poetas
s pros1stas es grande; no tan
.
6Jtimos, m~s sufi .
' porque les falta la indiv1'd a1·
brillante, por cierto
c1entement
u
1dad
qu
tuguesas.
e notable para dar n om bre y gl e caracteriza
a cstos•
•
De nosotros
ona a las letras por' personalmente
nos .que no nos citemos al h
' ya hablamos al citar a los
cultivar cl periodismo 1
~~Jar de los prosistas, dond poetas. Perd6nesequeremos exclu;~
' a cntica, la filosofla la h" t . e tenemos cabida por
d
~nos ec est
.
•
1s ona y el
e lcgitimo orgullo•
a ocas16n por motivos• no d e falsa
comentario,
d . pero
omencemos
por
el
.
mo
esha, sino
C
'6
penod'
c1 n periodistica: Annit&gt;al
ismo portugués. Son nomb.
de singular lucid
. Soares, director del /'
. tes notables en la ac.
ez, de tndis t"bl
r..,orrezo da Al. hâ .
equ1librio, una iron.
eu I e penetraci6n qu r
an ' rnteligencia
dircctor del Dîa d ia penetrante, glacial· José A' e a ia al buco sentido v al
" , otado d
'
ugusto .M
·
repentinamente de l
e una maleabilidad extrao d' ~re1ra de Almeida
os asuntos
r mana q
'
con una agudeza y u .
por el lado de la opo t .
' ue se apodera
I.Jlico a que se diri ~a mtcligencia que los hace comr un1d.ad poHtica y los trata
~uida su prosa co!:• uAugu~to de Castro, dircctor d:ire_;;~ibles para el gran purntcligencia clara
n arhsta; Joaquin Mauro dir t zano d~ Notit:ias, que
Trindadc Co
y ponderada, scrvida por una'
ec or del D1ario de Lisboa
blico y llam6~:t:~~~rioddista mas nucvo, que s:a:::~~;:~ moderna; Enriqu~
n I" todos por la elcgancia de s
rn~ntemente un pûu dec1r y el equilibrio
307

�LA PLUMA

.

.

) director de ..,a É Poca' mgemero
d ctrinas· Fernando de Souza (Nemo '
cat61ica la facilidad de exprcde sus o
,
al servicio de la causa
. C acho una de
distinguid{simo que pone
s positivos de su saber; Bnto. am
, cuita,
fritu y los recurso
.
.
. muy v1va y muy
si6n de su es? 'pales del republicanismo, mtehg6ed~c1a n la exposici6n de sus
las fili:uras prmo .
'6 y notoriameote met ico e
t{ • o en la discus1 n
correc sim
. .
· nes ni pro•
ntos de vista.
1 cdtica leve, sm intenc10
.
pu
la critica periodistica, csto es, en a emos boy dos nombres: Antomo de
En
la lectura presurosa, ten
d' las maneras moderp6sitos, becba x:r;eras), que ha adaptado a nuest~o ~aeci;~a mucho su amplia
Meoeze~ (R~~ca periodistica france&amp;a, ta~ea qucbl: bonestidad de sus juicios,
nas de ~ en . baciéndose notar por la impcca
be dar en media doceoa
cultura hterana,I aestro del impresionismo, que sa {t'do ' de los e,,critorcs y
Y Joao do Amea ' m
d . ~"enes el valor n 1
n media doccna e imai;
'
de palabras, e
.
b conquisb' ctos de la crfüca.
.
hay nombres que an
de los o l 't' a c1en
. tilica
d~ revista ode hbro,d - Caro1·10 a "'1'cbaelis
de Vas1 ,
m
y

tad:~al:::i~:ci6o d~dlaase:~~ipg::t~so~~i~t~:a ~~~oga, etrlprdimee;o::i::~o~:~~~
li
muy coooc1
d' '6 macs a
conce os,
d' iosa en la cru 1c1 0,
libro sobre
co de ouestro tieml po, ploros ~!nos culto~; Ricardo Jorge, qlue crouod:6n literaria
1
as eu tos a
.
as lto de a e
.
desde os m
ha colocado en el n1vel m a
uteloso en las aprec1aRodriguez Lobo :e dos Remedios, profesor y e~ud1~0, ~a 1 mas nuevo de los
portugue~a; M:~n ~:r meticuloso; Fidelioo de F1gue;re ~r:an-Camp Freire, ha
clones e mvest1ga
e vamos refiriéndonos; Anse mo
valioso juigador,
criticos del géoero ~ qute coordinador de t:lementos, y su bos le atribuyen
,.
't'
que mue
Poco fa11ec1'do' pac1en .
e el esp1ruu en ic0
. es y de
si no pose
f d d de noc100
Theopbilo Braga, que 1 bomcnaje de todos por la can_ 1 a tal manera, que si
merece, no obstante, te 6 del olvido y de la ignoranc1a, de , es valiosisima
ue desen err
. .
le s6lo por si,
problemas ~
h'lmenes que escnb16 no va .
.
utilizarlos, libres
la gran cantld~~ ~eq:: suministrara algun
a ~uien ~:1~:: faltas de que no
Por los matena e
.
d las prec1p1tac1ooes,
de los errores, d e los
. deshces, e
,

~i~

esta exento Tbeoph1lo Drag\ o· por eso lo dcjamos boy aqu1.
...Pero este articulo es ya arg '
ALFREDO PIMENTA

~

LIBROS y· REVIST AS
Mario Paccinl.-Raconti cuj,i.-F. Camp1telli, editore.-Foligoo.
cEI hnmbre del sombrero gris•, traducido para LA PLU~.&amp;, por gracioso designio 'de su autor, es buena mucstra de la colecci6n de Cut.'llos rombrfos en que
ahora 11parcce incluido. ;:\fario Puccini, cuya actividad s6lo ti~oe par en la q11e
prodigiosamente dcsplicga para bien de las letras espaiiolas nuestro G6mez de
la Serna, a G6mez de la Serna y Pérez de Aya la ci due piu origioali Ram6n (sic)
della giovine Spagna le tteraria• dedica sus Haconti cupi. Por extraiic, y aun
caµrichoso q11è pueda parecer a primera \"bta tal maridaje de prefercocias, no
obedece, sin duda, a simples razoncs del afecto pcn,onal. Sirve, por el contrario, para cxplicaroos el prop6sito que, patente a través de toda su obra, se
acusa cada vez mas definido tn el autor dei Viva l'anarc11ia! Poseido de una
curiosidad y una scosibilidad modcrnisimas, en cuanto moderno implica retorno
a la realidad viva-reacci6n que en ltalia se caracteriza en una lucha de diez o
docc anos contra el dannuozianismo, gloriosameote muerto en la gucrra-,
Mario Puccini no se deja arraslrar por la corrieote saltarina, lurbulenta a veces,
del futurismo, valga la palabra, representativa de una modalidad muy italiana
del estado de animo literario de Europa a la bora actual, siquiera tomada a la
letra envuelva un concepto anticuado en muy pocos aiios. Es decir, que nada
explicara mejor a un lector espa.iiol el cquilibrio intelectual que Mario Puccini
quiere conseguir, como la aparente antîtesis de su dedicatoria a los dos Ramones que estima m.is originales de la joven Espa.iia literaria.
Es curîoso observar, leyendo los ultimos novelistas, la influencia de Maupassant, rediviva de entre los escombros del naturalismo y redimida de cuanto
por inmediato y puramente de cscuela habfa de pasar con la moda de un tiempo. Estos Haconli cupi, de Puccini, traeo a la memoria del lector cl nombre de
Maupassant, si no dcsde luego, tamizado, cernido por el de Poe, los rusos
-gcneralizaci6n ésta no tan arbitraria como a primera vista parece-, .Manzoni
YVerga. No hemos de justificar loque s6lo quercmos ~ugerir en estos apuotes.
La misma disparidad de térmioos de referencia, demostrara que no entra para
nada en nuestra ioteoci6n el clasilicar a Puccini en un escalaf6n cerrado. Sî
309

�LA PLUMA

LA PLUMA
s61o seiialar, con ocasi6n de su ultimo Jibro, su tendencia cada vez mas persona!
y precisa a destacarse en la Jiteratura italiana como un intérprete sincero, y
valios{simo, por lo tanto, de cierto caracter nacional que, cootinuando la me•
jor tradici6n de la vena patria, la que por Verga se enlaza con Manzoni, contri•
buya a la cxprcsi6n del espiritu de nucstro tiempo, con la fuerza que 1011 grandes novelistas rusos han dcrivado de la verdad literaria palpitante en Maupassant.
Tema es este sobre el que no han de faltarnos ocasiones de volvcr.

* *

*

Ramon Gomez de la Serna.-El Gran Hotel.-Novcla grande.-Editotial
América, Madrid.
No menos de quince titulos corresponden en la lista de obras de Ram6n
G6mc1 de la Serna, al haber de los ultimos doce mescs. En tan copiosa producci6n, la tcndencia a escribir novelas propiamente tales, es mas aparentc
que real. Si uno de los volumenes publicados con ese marcbamo comercial nos
permite entrever la posibilidad de un esfucrzo en su autor por eocauzar la
inspiraci6n en un scotido mas genérico e impersonal del que hasta ..hora se ha
propucsto, pronto cl volumcn siguiente, al otro mes, cuando nG al otro dia,
nos deseogaiia: Ram6n es Ram6n y no quicre scr otra cosa. Su mancra de
entender la litcratura, o por mejor dccir, su maocra de practicarla ticnc mucho
de clown; su afici6o al circo no es, sin duda, mcramcote plat6oica. Del mismo
modo, pues, que sabemos a qué atcnernos cuando cl cxcéntrico nos anuncia
que va a dar un concicrto o una corrida de toros, no dcbemos tomar al pic de
la lctra los subtitulos de las obras de Ram6n; novcla grande quicre decir taota
como grcguerîa de grcguedas, o variacioncs en el mismo tooo sobre el tema
del Gran Hotel.
Por de contado, nunca falta a la vuclta de cien paginas, el golpe de gracia
en el clavo: Asi en El Gran Hotel, el descubrimiento en la realidad de la vida
de lo que antes era tl dunudo en el a.-te. Con la difusi6n y la boga de los banOI
de sol, los pinteres no teodran, en efecto, que inventar para su, estudio1 de
desnudo niogûn pretexto de acadcmia.

,
'.'.l

•..

• * •
Gerardo Diego.-/magen.-Poemas.-Madrid, 1922.
Suelen los lectores rctardatarios-los que acomodados por entcro y para
siemprc a los usos y costumbres literarios de cuaodo cran estudiantes, se rcsisten a entrar por los de veinte aiios después--, suelen los lcctorcs rctardata·
rios aducir en abono de su incomprensi.Sn la impersooalidad de los poctas nue•
vos, con rclaci6n a los ya consagrados por la fama. Achaque es ese de que no
se libran los mas recicntes poctas espaiiolcs, como sus congéueres franccscs,
alcmanes o italianos.
310

••

Ciento quince poctds de d
rita, por riguroso ordcn ~lfabé/n Joaq~io Akaide de Zafra a d
1',f •
todos los que son. Bien es . ico, se rncluyen en f:'sta col ~n i a;1ano Zudesde lucgo, los hispaooame ~erdad que no son todos los q ecc16n. \ no cstau
cada por nacidos en Es _ncauos. Sobran mucbos eu
~e est'!mos. F;,Jtan,
Segura de la Garmilla inf~?a, no merecen por poctas yaHmserc1~0. si justifia una imparcialidad mal e1 ts~_de manifcstar su gusto
a qrendo el sciior
. Es lo cierto, que su ant:l~n î~da?
rsona en holocausto
s1 se a:lvierte rastro de 1 1 g produce una imprcsi6n d
espaiiola por los que "ôv a a~or de sancamiento llevad,1 eplorable. Apenas
justn consideraci6o: l~Js :i~:~s ~mpetuo~os a fines del pasado a .c~bo en la liricn
Unamuno. AJ)arte cl caudal a o, los Jiménez, los Pérez de ;•go. gozan boy de
contemµoraneos por la iodud~~IRu_!&gt;én Da~î?, distinguense 10/;~\los '.\fcsa, los
rrcspondcncias con el flotam .e ~f"n11r.•rc1,.,,..ct,,.t aui;:t&lt;&gt; ~cnrr"" -~}~ esp~nolcs
los musicos post-wai:ne . icn:o ~ •n?ccisi6n que obticno~n, j'"~'~.,,.i., 1.v•
y producir uoa atm6sfe:~a?os a d1fu~1nar los contornos den vo untanamcnte
para la memoria del oycn:aga o un ntmo marcado, sin asid la fra_se canta/Jile
Pero esto no significa c.
.
ero n1 apoyatura
necesanamcnt
1
nas scan menos favorables a 1
. • c que as escuelas o tend
.
!~:~/d pe~sonaHsimo. Del m~!~~•:;0 de u~n verdadero talenti~~:~i:~~~~=
de la ult~ aJustarse a los patrones-tan aca~ém_no confiere csc talcnto cl mero
1ma rnoda.
icos como los canoncs cl, •
la plé d
s1cosD c aii
timos
3:a e post-modernista dcstacasc en
, .
na! Gcraord;hn_o con pcrsonalidad inconfuodibl!a d~nc~ ~spaiiola de cstos ul-

p:

d_iJtindguido poe~:g~~~r:t~~:~:~~ee~~ t\cratura, c~ cl n I~~ti~ii~~cgS~~:: ecrso8 pocs1a nucva Im
ci n c poemas brcv 5
.
- muy
ta de contribuci6n esep~iic:1:°1hbro _su_mamente suaesti~o pa~~~~pequeiia colecdad aguda
. .
a mov1m1ento poéti "
•
que rcprcscnh filiaciôn ~ec?am~:•cahva qu~ re~e!a en su autor.c~oe~;~î~c:-o, y por 1~ scnsibilibanvillescas del Val1a fucl]e inspira, ejcrcitada sin duda
trabaJ0_10 hallar
nairc e
.
e- ne an de La Pipa de Kif, c I
en as vocah.zaciones
da ha•b~rl~ ~-~mmo d~ renovar cicrta tradici6n ~s o ii a~ experiencias de Apollicn el Greco • o en pmtura cl descubrimiento de pa o a, ta? fecuoda como puede G6ngora [ en Goya: la tradici6n cuita de G6 una o v!nas teorias modernas
boratorio del a J?~Sado recientemcnte en Franciangora. N~ en. vano el nombre
de Mallarmé cntico y hay quien preteode hallar ~elé~rch1vo oel crudito al laHuva
.
n
un antecesor espiritual
justili - :nos, con ~odo, de la arbitraricdad
mcoo~:; ~~~ ~rec1si6n, deduciéndolo de ex~;~: p~cde arr~strar?os el afan de
prcstan an li~ris, un fcn6mcno literario. A mu~~~ass :;!enore~ ioclu~o en sus
proniesas. ëSalud~!mo Imagm y un poeta como Gcrar: co?s1derac1o~es se
ya no hay oli
?S en él desde lucgo a un elegid d ol D1e_go, tan nco en
mpos m paroasos, saludemos en él
o e os d1oses? Pues que
a un vol11ntario del artc.

mur

* * *
311

�LA PLUM"A

LA PLUMA
. cada vez mas .persona!
.
i·b su teo d enc1a
·on de su ultimo 1 r O,
intérprete srncero, 'J
s6lo seilalar, COD ocas1 en la literatura italiaoa_ coro un cootiouando la mey precisa a dcstacarse o de cierto caracter nac1ona que~ con Manzoni, contri•
valios{si_m_o, por Jo tan~' atria, La que por Ve~ga se enlazla fuerza que 101 granjor trad1c16n de 1.~ v~nel ~spfritu de nuestro tiedmpdoli~~:aria palpitante en M111buya a la expres1 n h
derivado de la ver a
des novelistas rusos an
. nes de volver.
passant.
Tema es este sob re el que no han de faltarnos ocas10

* * *

El Gran Hotel.-Novela grande.-Editotial
.
n-- .. •
.
La hie/ -Renacimiento, Madrid, 1912.
Alhe-to Insua.-Marav1l~,i y
, ·.
1 cuento" la novela. La c~oNo siempre estan bien èefi~1dos lost~:n~ti~~edr:imi1..nto de géneros ana s1mfusi6n estriba en que ~6uel;.ail~:7~1~do desde luego, cuando el cuento es larple medida de exteos1 n. is e
'
'd bis
y la novela corta.
. eiemplar, contada por su m~n ~• L.
go Ma,·avilla es la novela_ de una muier nde fil6sofo de su propia h1sto_r1a:
to riador v fil6sofo profes1ona_l yh, pdo1rs epero' no sin bado ad verso de principes
•
d badas sm a ·
hie/ es un cu_ento e
'
,
. il/a v La hiel, figura
con pseud601mo.
ol6gico de las obras de Insua . •Il/a, av las ultimas noveEn el ordeo cron
/ d E indudab e que en
t . 'dada Un corazon bur a o. :s d
cillez de expresi6n que no

"'

J

f
11

r.ot11ez de la ~erna.-

~

1

:~~~!dl~~

t;~~;:;::e~

1,,=~sacavui::•prE~~:rli:{7;ieJ~i°~i~~i; ~e
[~sn:ïi~~:;~:::
la ficci6n ,1ove e
•
del
relat~. quel a la-itud
e imprecisi6o
del
p otagonistas,
~
.
e lenguaie.
un poco a 1a manera de Pierre Ber La kiel es un cuento fa~tasu~oB~;n ei i\lal en lucha candorosa.ln ~~,;~;;~
noit en Koeni_rsmark, se a~1tan :1 sentimentalismo plac«:ntero de a ue ardo de principes educad~:, en
d
te de la revoluc1611, y béroes q
p
•
os rusos
e an
,
Heidtlberg, revo 1uc10nan
d un
ldeal" con mayuscu,a.
.
teo en raudos corceles en pos e

f

* * *

* *

.
X~
illa -Poetas espaiioles del s1glo
, .- (Ant oJoaia
"

Ramon Seg~a _de la G~r~~lad;id, Libreria Fernando Fe,

..

Notas bio-b1bhogrâlicas.)

f!

.

1922.

,

"!&lt;

JaJea
Supervielle.- .Dlbarcadéres.- .Éditions de la Revue de l'.\mérique
Latine.

oéticas para uoa aotolog,a.

No es empr~sa facil
1:ci:~~ec~i~;t: g~~~t:ada por el sre~fI2!g~:'d~~l:.
Mucho menos s1, como
. uto de Caceres, preteode se
'oadidura,
Garoilla, catedrâtico del _Instt_t de la Literatura espailola•, y, p~r a
cuti! a los alumnos de ~1stor'.: ar el mis puro deleite intelectua •·
•para todos los que asp1ren a .,oz
312

l

Ciento quince poetas. de don Joaquia Akaide de Zafra a don ~fRriaoo Zurira, por riguroso ordeo a'fabético, se iocluyen ea esta colecci6a. Y no esta!!
todos los que son. Bien es verdad que no son todos los que esta,,uu. F;,Jtan,
desde luego, los hispaooamerica11os. Sobran muchos cuya inserci6o, si justificada por nacidos en Espai'ia, no merecen por poetas. cH• querido el senor
Segura de la Garmilla iohibirse de manifestar su gusto persona! eu holocausto
a uoa imparcialidad mal entendida?
Es Jo cierto, que su aotologia produce una impresi6n deplorable. Apenas
si se a:lvierte rastro de la labor de saoeamiento llevada a cabo en la lirica
espanola por los que, j6venes impetuosos a fines del pasado siglo. gozan boy de
justa coosiderad6o: los Machado, los Jiménez, los Pérez de Ayala, los Mesa, los
Unamuno. Aparte el caudal de Rubén Darîo, distfoguense los poetas espanoks
rootemporaneos por la iodudable depuraciôn del gusto, corrompidîsimo por los
6ltimos romanticos y los campoamorinos, por el alioamiento de sensibi!idad
que su obra supooe. &lt;Hay aigu na tendencia definida, aigu.a rasgo propiaml"nte
oacional, al par que en el espiritu del siglo, que desde luego imprima carâcter
a la antologfa del seiior Segura de la Garmilla? Cierto que si. Se advierte pa tente la preponderaocia del oaciooalismo de mogollon, estilo siglo de oro dou/Jll, que so pretexto de reanudar no sé qué tradici6n de guardarropia, nos
iovade con estruendo de d •scomunales tizonas, relumbr6n de soles de Flandes,
y otros cacareos por cl estilo. De otra parte, el sedor Segura de la Garmilla
cede un punto en su eclectic1smo de colector sin prejuicio~, para pr;,,clamar
,El ama,, de Gabriel y Galân, •la elegia mâs bella y sentida de la literatura
universah. Es inexplicable la fama, iomaculada por protesta alguna, de que
disfruta el rampl6o poeta salmaotioo, cuya inspiraci6o no ya de prQfesor, de
pobre maestro de escuela, remedo aoalfubeto de la cl.1.sica de Fray Luis de
Le6n. es cifra y comp,:ndio de la barbarie literaria que boy triunfa agudizada
con el seilor Cbamizo, poogo por poda castuo.
La inmerecida atenci6n que con nosotros ha tenido el sefior Segura de la
Garmilld al iocluiroos en ,;u antologfa, doode tan mal represeotados estan los
que representan a/go en la lirica espafiola contemporanea, y donde faltao aigunos cuya'significaci6o es, por modernîsima, mas interesante, no puede ser 6bice
a que la verdad sea dicha, por miedo a que de desagradecidos se nos tache.
El libro de don Ram6n Segura ei&lt;ta., por lo demas, empedrado de bonisimas
iotenciooes.

De Chateaubriand a Supervielle, pasando por Francis Jammes, es facil tirar
una lînea de inspiraddn colo11ial, que pudiéramos decir, en la poesfa francesa
moderna. Pero loque constituye (aparte la u!tima moda a que aju~ta la expresi6o de sus emociones liricas) la novedad esencial de los poemas de Super\'ielle, dentro de e~e espiritu viajero, es la compenetraci6o oatural del poeta de
313

�LA PLU ~1 A

LA PLU ~1 A

•

Déba,·cadères con el airbiente en que su inspiraci6n navega. Lo que en Chateaubriand, en Francis Jammis, o en Loti es gusto de lo cx6tico, simple afan de
cscap1r a la vulgaridad de la vida sedcotaria, en Supervielle es cxpansi6n del
.inimo criollo, contcmplaci6n en el panorama natal, o en el honzontc marino
que anuncia cl dcsc'llbarcadcro patrio, del yo interior. Solo que en vez de
cxpansionarsc dando suclta al scntimicnto en vrrsos de cadencia f.icil al oido,
rcduce la cmoci6n a términos propiamcnte intclcctuales.
J ulcs Supervielle, uruguayo de nacimicnto y francés de clccci6n, vc la pampa y cl rancho, y las cscalas del camino de Francia a América, no como prctcxto de apuntes y cuadros imprcsiooistas, sino cstilizaodo la nota de color
para sutilizar la imagea poética. Emplca diversos metros libre!:', usa cl vcrsiculo
a la manera de Paul Claudel, muestra a vcces cl dominio con que sabc scrvirsc
de combinacioncs cl.isicas, en punto a la técnica, diestramcntc obtcnida de las
&lt;iltimas expcricncias en los laboratorios artistkos de Paris con las mas recicntes degustacioncs de los procedimientos actualistas, del simbolismo litcrario al
cubismo pict6rico. Y se rcvcla pocta original muy ,noderno, muy cosmopolita y
muv anti~o-pocta en suma-en esto'3 Desembarc.Jderos, réplica siglo veinte,
insospechada acaso para cl mismo Supervielle, al Embarque para Cite,-ea, tan
siglo diez y ocho, de Watteau.
R.C.R.

"' "' "'

l
::1

Colette.-Chéri.-Novcla. Paris, Fayard.
Madame Colette-Colette \Villy-ha publicado esta novcla que, convenicntcmcnte adaptada a la cscena, se rcpresenta en cl tcatro Michel, de Paris.
La obra, en sus dos aspectas, ha obtcnido favorable éxito de libreria y mu.
chas rcprescntacioncs. Madame Colette ha quc-rido rcndir al publico parisién cl homenajc de su agradecimiento y, al llcgar la comcdia a la ccntésiroa
rcprescntaci6n la propia Maàamc Colette descmpen6 cl pape! de Léa, principal pcrsonajc de la obra.
Dos razoncs puedcn cxplicar este suceso, que, por lo dcm.is, nada ticnc de
extraordinario. Chéri es una novcla de cortc antiguo, pcrfectamentc construida, dcsdc lucgo, y de gran finura psicol6gica. Dicha clase de novelas alcaoz6
hacc ticmpo en Francia la perfccci6n y cualquier obra nueva, si fundida en los
mismos moldcs, ticnc en realidad bastante poco de nueva. Léa pucdc frisar eo
los cincucnta y Cltiri s6lo en vcinticinco ai'los-quc es cl caso de Madame Colcttc-o bien Léa s61o cucnta vcinticinco primaveras y Chéri cincucnta inviernos bien pasados en blandas butacas y coo calefacci6n central; los factorcs vadan, el produdo no; la novela resulta igual de un modo que de otro, supucslo
que se baga s61o psicologia fi.na, que, por lo visto, es algo muy difcrcntc de
psicologia vcrdadcra o simplcmcnte de psicologia al modo como la cntendi6
Stendhal.
Esto en cuanto a la forma de la oovcla. Por lo qur. se rcfierc a su asunto
314

-y aqui pod~ia hallarse la segunda
Çoletle ha sido ca!ificada, adn e F ra~6n de su ~xito-la obra de :\f d
bene, como se sabe su ~sie
n ~anc1a donde toda libertad d
• a ame
ai nos atenemos a 1~ mo~al :~og de rnmoral, calilicaci611 cier'tam/1tcostumb~es
l&gt;!e n prictos los vioculos que h:~~:sap,o~~?i° 0 bjct~, casi_ cxclusivo,•c;
1a ex1stcoc1a dcciad1 quease .Hama la fami·1·ia. D csdc lucgo cCM.
.
csa agrupaci6n sooa a m s c1erto. Pero, iCS que los tic
'
n no e~ un modelo de mari
.
la C_a~cza, pongo por csposos, no ban mp~s de San Isidro y de Santa Mari dos,
fam1ha, con J., signilicaci6n que hov d pasado para no volvcr jamas? ·Es a de
al margen del curso de la h. t . , . amos a este concepto ha d
( que la
maci6n-léasc si se . is ona, srn somctersc a la lcy· '.
cl pcrm~ncccr
D .
,
qu1cre, dcstruccion)
uoivcrsa de transforCJemos a un lado la moralidad . .
.
~~;o~:c~ci}~~~~{:~•o~o;~~d~ui~t seo ::r!~~a~r:~s~e ~~~u~t~~!itCTz"fri:s y di-

:::~c~~:

:~~c;e~:~~uc en ciertas desnudas ;~;:::;ouso=~~r:f m ,nc~af. S6!~ intcr~s~~r~
.
iva satis acc100 a incumpli-

]. A. P.

* .. "'

�LA PLUMA

•

..

LA PLUMA

transformctdo en libros: Force Ennemie, Le Preleur &lt;f Amom·, Cristo/Jal le Poêle,
Thir,!se Donali, y hs misteriosos cuentos de razas (no reeditados) que public6
la Rev11e B/afl(:/ze. No componfa. en su mesa, novelas de aventuras: sus aventuras-de marino, de periodista haitiano, de buscador-, sus aventuras han venido a formar novelas, novelas-poem.1s... Vivi6 su poerna de vida, vida libre,
versos libres. Nau, err6. Esa suerte de evasi6o, de emancipaci6n por el espacio, fué lo que dilat6, por modo extraiio, luminoso, su pcrsonalidad. Le di6 lo
que les Calta mas a los escritores de Sll generaci6n: :1zorizonte. Pienso, al escribirlo, que su periplo fué, por la fécha y por el sentido, paralelo del de Gauguin. Pero diferenciemos a esos dos amantes de ctierras prometidas•, o por
mejor decir, de «tierras perdidas,. Nau tenîa el don de ver directamente la vida,
de hallar en ella espontaneamente color, sabor, olor, con una facundia, una jovialidad, una algazara rcvoltosa, que le tuvo apartado siempre de toda cestili•
zaci6n,. Nada de sintesis, de caractcres preconcebidos, ni de cuadros de costumbres premeditados: al co!orido prefiere el color, al dibujo el gesto, al héroe
cl tipo,. (Marius-Ary Leblond: C,·a_1·on). Otros articulos de L. Descaves, Fagus,
Royère, G. Geffroy, Maudin, etc.
-Intentions (Abri!): O. Mannoni: f Unanimisme: Aunque Jules Romains baya
empleado a veces el vocablo religi6n, cl unanimismo es uoa actitud mas que
un sistcma; una tendencia, mis que una realidad. Para el unaoimista hay en el
grupo algo mis que la suma aritmética de sus individuos; no es s61o que lo social rebasc lo individual: la sociedad. para el unaoimista, no es una entidad
escolastica; existen unicamente los grupos que oacen, crecen, envejecen, mueren, y tienen historia. Esos grupos son raros y no aciertan a conocerse. Uno de
Jo::; fines del unaoimismo es infundirles consciencia. Las teodas unaoimistas no
son enteramente nucvas; la idea mi"&gt;ma del unaoimismo fl.otaba en el aire; la
originalidad de Jules Romains no consiste tanto en baber invcntado una doctrina como en habcrla utilizado como poeta. En la obra de Jules Romains se
cncucntran casi todas las tendcncias de la poesia contemporanea, pero orga•
nizad:i.s en torno del unanimismo. Dcjemos aparte el misticismo; todos los
poetas han buscado, fuera de si mismos, una fuente de emocioncs misticas. El
unanimismo es la for!lla que ha tomado cl misticismo de Jules Romains. Deje·
mos también su caricter cosmopolita, bien visible, pero que no es distintivo.
Oponiéndose al analisis de lo subconsciente y a la cxpresi6n de lo inexpresado,
donde se eocerr6 el simbolismo, es de notar en cl unanimismo la tendencia a
lo coocreto. La verdad es que el sentimieoto no puedc cxpresarse; es preciso
provocarlo, y para provocarlo, de nada sirve oombrarlo. El intermcdiario mas
imperfecto es la palabra abstracta. Los términos tomados del vocabulario de la
psicologia afectiva, no expresan nada en poesia. Parece mas natural el inteoto
de provocar el scntimiento rep resentaodo el objeto, haciéndolo presentc. Si
el simbolismo, tomando por objeto lo que no podia serlo, conduce al iodivi•
dualismo sentimental, el unanimi~mo co11grega a los hombres en torno de ido•
los macizos.

* * *

ACADEMIAS
Jaldeee/oRomalns: La literatura franctsa conlè .~01_.,

m.r unea, desde elpunto de vista

s autores.

Jo■é Ortega Y Gasset·· El arte de ,..,a,·,:e
.,,
1 P.roust.

Harto oficiales, por lo gcncral las mani~

.

re~ac,~n_es franco-espaiiolas, hemo~ de scnal~~tacioocs ~cloque suclc jJamarse
pnnc1p1os q~e suponc el habcr venido a .Mad -~o~tJlac1dos la ~ectificaci6~ de
parte en el c1clo de couferencias con que cl /1 f~
. ules Romams, para tomar
rrar sus curso&lt;i anuales.
ns I uto Francés acostumbra ceSobremancra sugcstivo el tema elc 'd
«:I atra_ctivo de la personalidad del conÎ~r~!r M. Jules Ro'!lains, tenia ademas
htcranas refrendan en el teatro la no I ci3nl~e! cuyas d1vusas activid:tdes
torde fa vie unanime. En torno 'al una:;,:,/,,, a mca, la_ teoria gcneral del a,1 •
0
por él mventada, giraron las tres confereocias'dte~feJncl1a, mas 9ue disciplina,
estado actual de las Jetras fraocesas
c ~ · u es Romains acerca del
Uno de !.us fcn6mcnos mas sor ~c d
cién artîstica contra el teatro bulcfa do en~s es el triunfo palmario de la rt'ac
carta de naturaleza los Jlamados 1e:t1~ro. es pués de la guerra han tom ad~
·
os a1 ,nargen
·
• al
g ran p6bl'1co, a J gran éx1to,
al gran actor·
. , de extepc1'6 o, aJenos
cl!sico cl llamado del Vieux-Colombier
espcc~a.1~ente triunfa y se hace
•~ ~a propucsto y conseguido cse teat'ro-escu~~J d1r1g1do por l\f. Copeau. iQué
d1c16n
teatral,
Rcstaurar
la verdadera
tra
,J
_.,,.
d l con un agudo scnti'd o en't'ico que· impo
. .
aramu 1co e a represcntaci6n d' . )' d
ne 1a sum1s16n
al to:tucada_ ob~a la recitaci6n y juego 'es~~c~rc~n~ 1s con arrcglo al utilo peculiar de
a lo md1spensablc para la tvocacitfn del ami.os actor1;i1, el decorado, rcducido
muy buen éxito Shakespeare y Dostoycwsk!cni{)~s1
repr~scntado con
1• 0 iere seY han
mams.
cl proµ10 Jules Ro-

fu~da

èQué se ha propucsto el inventor del un . .
fana en que se csccnifica de nuevo I
t an~m;smo con su Crommede,·re-le vieil
concepto de la vida undnime en
raf ~ e as sabinas? Llevar a1 teatro s~
voluntades individualcs sino ia co q~e e .Pujo, la masa no es la mera suma de
. •
nc1enc1a popular soc·181 L
.
.
otra parte, 1a adopci6n de un dialo O
•• é
. ,
• o_ cua 11mphc;1, por
rcglas acentualcs del verso clasico gt sui g oens, cuya tonahdad, libre de Jas
bras usuales y cGrrientes, cicrta di :~gd
no obslantc_ la sencillez de las palacurso.
g I a por la medida Y elocuencia del disLa poesia franccsa de veinte aiios a la f, b .
.
.
adas actualmente en cl grupo unani ·st cc a s•~~ dos d1recc1oncs, sinteti_cuyo umco_ repre_scntante puro es
Luc-Durtain, Cbeoneviêre etc
I inc u1r a sus am1gos Vildrac, Duhamel
Unos y otros quiercn inter ;;;~; ~irgrupo de los:segui~ore5'de Apollinaire'.
~n susceptible de una trasp!ici6n oé~~:mente la reahd_a~ contemporaoea,
arcunstancial, como las épocas clasic~s
t' c~o su maqu_in_ismo f su aspecto
ras. Salvo que los unanimistas no desdfi:n•z1: !6s ~or r&lt;:mw1s~enc1as de lcctugica 01 se ahenen cxclusiva·
M. Jules Romains, pero en el que cab:'. a

1

�LA PLUMA

LA PLUMA

•

son ultima ~consecuencia todos los dadas, quieren expresar sus sentimientos
mente al culto exterior del d,nvmismo. y los seguidores de Apollinaire, de qut.
-disociados, en la subconscienoia absoluta, con d mismo criterio de los pintores
cubistas al reconstruir el mundo exterior en sus elementos. Jules Romains,
autor de Dans les quais de la Villette, de Puissam:es de Paris, Eu,·ope, Amour. couteu,· de Paris, poeta en prosa y en versos libres, seguidor en cierto modo de
Walt \\'hitman y Verhaeren, fiel a la mas pura tradici6n francesa, lejos de renegar de la inteligencia y la raz6n , ha fundado una escuela-verdadera academia
técnica, donde los poetas puedan aprender su oficio en bien del arte-, que
tiene su sede en la propia casa del Vieux-Colombier.
De la novela, en franca prosperidad, aparte el éxito puramente comercial
&lt;le las de Benoit, piensa el autor de Les copains, A-fort de Quelqu'un, Le DonoroTonka-tses obras maestras, las mejores sin duda de Jules Romains, la primeTa sobre todo, modelo de gracia profunda, francesa y universal-que ha de
producirse la gran obra de nuestra éooca, pouderando con un sentido democratico, de conciencia popular, unanimisla en fin, las direcciones que, muerto
el naturalismo fin de siglo, preponderan en la novcla franccsa, con André Gide
-continuador de la tradici6n psicol6gica-, Charles Louis Philippe-adaptador y refundidor en el cspiritu francés del sentimcntalismo transcendentc de la
novela rusa-•y cl gusto e,·identc en la actualidad por las noveh1s de aventuras. Es decir, que ~1. Jules Romains no s6lo cree en la virtualidad de la novela
como ta! género moderno, sino que su concepto de ella se rcduce a adaptar a
las neccsidades espirituales del siglo, los preceptos clasicos en punto a la in1enci6n, animacitfn de los personajes creados por el novelista de la realidad, y
justa meèiC:a y claridad en cuanto al estilo. Todo lo coutrario de loque constituye el artificio \ato, difuso, minuciosisimo, sin interés, de la obra, en curso
inextinguible de publicad6n, de '.\larcel Proust.
A la defensa del arte de M. Proust, ha salido después, desde la misma tri•
buna del Instituto francés, D. José 01 tega y Gasset.
El Sr. Ortega y Gasset no cree en !a posibilidad de una n011ela moderna, como
no cree que haya uadie capaz de pensar en serio en una arquitectura después
de la g6tica. Las artes susceptibles todavia de una vida propia son para él la
poesia. la piutura y la musica. Asi, p.ies, la ubra de M. Proust no le p:irece buena como ta! novela y si al~o moostruoso en su hiperisteri5mo del recuerdo
persona!, considerado no como un mcdio de recobrar imagioativamente las cosas que un dia poseimos con los sentidos, sino como fin: e: recuerdo por el recuerdo; pero qui- nos gusta-que le gusta a él-por su misma monstruosidad.
Las memorias de M. Proust son un ensayo psicoanalitico, una verdadera inversi6n del gusto, la complacencia hasta el paroxisme en la enfermedad del
animo propio. El Sr. Ortega y Gasset considera que no hay obra de arte sino
fuera de la realidad, todo lo mas rozândola, al decir de Nietzsche, con la punta
del pie como los bailarines; y situa la de M. Proust no en nuestro ticmpo, ni me·
nos continuaodo en modo alguno la tsadici6o de Stendhal-verdadero novelis_ta,
invenfor de realidades-, sino en cl tiempo que M. Proust rememora con 10.trospeccion ckina, es decir, el mundo parisién fin de siglo, decadentc, de la pin•

3!8

tura puotillista-cuva misma cinte

.6

M

co~toroos, descubré el Sr. Ortega nec~
'frncral atmosft!rica,, sin relieve ni
mu1eres con so,nbrero canotier y en bici~let oust-, cl rnundo de las primeras

quC: los que 7scuchamos al Sr. Ortega trad a_ por una playa vcraniega mundo
mtigua cano6n:
ucimos al de nuestro recuerdo de la
•Las bicicletas
son muy booitas
Y las montan al pelo
las senoritas.,
Senoritas
rnadres• sin duda , d e 1as •16venes
.
,
L: •
gran oumero a oir al Sr Orte
.
r1yas en fion que acudi
ti6 en su metaf6rica dis~rtacJ:•J :x~u1enes el tie~po riguroso a que s:rs:nm:~
ya. nos prometia su prop6sito, diferidoeleote ensay1sta: priv6 de las micles que
m1nar la confereocia sobre el arte de Mpa;a una pr6x1ma publicaci6n, de teracerca del rnobismo y la elrgancia.
. roust con alguoas coosidcraciones

NECROLOGIA
JOSÉ LÔPEZ PINILLOS
Cuando empezaba a disfrutar de cierto so .
t'd
s1ego, que hasta hace pocos aiios
'6 1·
par t o por el pan de d ,
mac1 n ,t..-raria, ha muerto José L6
. .
ca a dia y por la estilndudable t
pez Pioillos (Parmeno).
emporamento de escritor o b
suele tener justo premio en u é .
' o uscaba la dif,cil fac,lidaa que
n XJt0 de publi
t .
.
'
Por el contrario, advertiaosc en s
t'I
co an inmed1ato como efimero
tr
u es t o con exceso l d'fi
.
opezaba al qnercr rendir siem
., .
·
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Descanse en paz oucstro pobre amigo.

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
"ta que se lleva el
.
triste coraz6!! pesa menos que una pap
lidad enemiga, su
.
·-edos
viento.
.
foDdO un paisaje lummoso, con "'.m
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La tragedia de Tuvach.e tieneyllordel do y en el paisaje un pueblec1dto, eu
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d l héroe Esta co:1ta a sopu1an~!i~ientos colectivos ?etermina? lai
:ondens~do en notaciones
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atetismo, sm cromos, e e
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bnam~nl
M. A.
esenc1a etes,• Ls:~r~ fuerte, veridico, claro.

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Calvo: Literatu,·a cz,bana. Ensayos
Libros recibidos.-:José Mana Char:d~i uez: Dias de la Regen-cia: Re:1w-criticos. Biblioteca Cal(eJa,-JC.F[ia~c~E de torbea Lemmi: /,os mil _ano~ de
d de lo ue fué. Bibhoteca _a eia.
H Car enter: La vida de los 11:sec os.
0

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:i:~u;t:s caJit· \t:!nY~~a~;

1

F;'j:·h:tr::tion~:~
::.::~~tT!'iftlai~
le~-Libreria y Editorial Rivadenefr~, ~ .f;eigado: El Poema tri1mfal; Par~s,
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• .
San J osé de Costa 1ca.
Connaissance, Pans.Aires -Athenaeum, Zaragoza.-L ep . Paris -Cidtura Venezolana, Caracas.ü c',-apouillot, Paris.-Be/JeM e:" ~~eo -Cuba Contempordnea, La B:aba~--:Die Aktion, BeAr!in.-RRego:::~ edo:r~:,1F~r~ara.-Espana y AménL·caa, ~o~~·Ro:a~
Bab l Buenos ues.,.
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Madrid.-The
mes.eB,1'lbao .- L' Art Libre.
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La Nouvelle Revue Françtus!, ..~nd.-:-d - L;s Marges, Paris. - P_,·isma, oar1s. de
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M tevideo -.n.evue
Living Age, "'os on.·;de BeJtrique Bruselas.-Los Nuevo~, opn 's -La Revue de
Signaux de .,-r~nce e ,
Th' rse Bruselas.-lntenttons,. an .
J' Amérique latine, Par~s.-tb 'Y P;ris -Le Maglia, Bolorua,
Genève, Ginebra-Feu:Jles i res,
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A~O III.

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MADRID, ABRIL 1922

LOS A UT ORES

[I

NUM. 25.

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(r)

mundo de la 11ecesidad y el mundo de la libertad.-Permitidme, senoras y sefiores, a guisa de exordio, unas palabras,
que me ayuden a adaptarme al medio. Si no lo consiguiese
-y temo mucho que no-, que mi sinceridad me granjee
Yuestra tolerancia.
Dice el refran que «cada uno habla de la feria, segûn le va en ella».
Yo, por muy mal que me vaya, os juro que hablaré con admiraci6n de
este certamen industrial. La feria de muestras es ella misma la muestra
mejor, la muestra mas evidente, no tanto de loque ya es y de loque ya
ha conseguido esta ciudad magnifica, dina mica y discordante, sino de lo
que se propane ser y conseguir en lo venidero; la muestra, no tanto de
los hechos y victorias pasados, cuanto del deseo de avance y perfecci6n;
mas que la muestra de las obras, es la muestra del espiritu que anima a
esta ciudad. Pues bien, este espiritu, que lo es todo, puesto que sin idea,
sin espiritu, no hay nada quellegue a ser materialmente; este espiritu es
lo unico que no puede mostrarse en una instalaci6n, en un stand espeL

(1) En la Feria de .Muestras de Barcelona se ha dado una serie de conferencias acerca de la industria del libro. El Sr. Pérez de Ayala habl6 de clos
autores&gt;, que también soa parte eu el pleito. El tema, y los puntos de vista del
Sr. Ayala poseen interés dur&lt;1dero; no obstante, los roismos peri6dicos que
dieron cabales noticias telegraficas de las otras conferencias, nada han dicho
de ésta.
1 93

�LA PLUMA

"

cial, dondc cl cspcctador lo toque con las manos y lo vea con los ojos,
como los dcmas objetos de la industria, porque el espiritu es intangible
c invisible, es inmatcrial, no consiente ser dividido en particulas, es inconcrcto, esta cxcnto de la tirania de los sentidos.
La industria pertenece al mundo de la necesidad y de la posibilidad.
El espiritu constituye el mundo de la arbitrariedad y de la imposibilidad; pues, en cuanto una cosa es posible, ya cae bajo la industria y el
cspiritu enuncia un nuevo imposible, un nuevo estimulo de la acci6n.
Por lo tanto, todo lo tocante a la industria es claro, es sencillo, es limitado, es comprensible; lo tocante al espiritu, es vago, genérico, caprichoso, sin limites. En este ambiente industrial, donde otros conferenciantes han disertado sobre hechos definidos y claros, me han invitado
a que represente la funci6n del espiritu, en el caso singular de la industria del libro; al autor.
Perdonad mis obligadas arbitrariedades; esto es, mi inadaptaci6n al
medio. No aspiro a que de mis palabras se extraiga una enseiianza; s6lo
que por su virtud flote una emoci6n, un ansia hacia el espiritu. Y basta
de exordio.
Los autores y las licencias poéticas.-Quisiera tratar con sobriedad y
prccisi6n absolutas este tema: «Nué papel juega, qué direcci6n imprime,
qué necesidad satisface el autor dentro de la varia y compleja industria
del libro~ Desde luego se advierte que el papelero juega importante papel, y el impresor imprime nuevas direcciones a la industria, puesto que
imprime nuevos libros, aunque éstos, muchas veces, sean nuevas tonterias, para las cuales la inteligencia humana acredita una espontaneidad
milenaria e inexaustible; y, fioalmente, el editor satisface seiialadisimas y respetabilisimas necesidades, asi ajeoas como propias, tanto publicas cuanto privadas. Papelero, impresor, editor-sio jerarquias y en
orden parejo-, constituyen, dicho sea sin animo irreverente, la santisima trinidad de la industria del libro. tQué representa el autor ante esta
santisima trinidad?
Sucede con el autor lo propio que con las licencias poéticas. Y ahora
os diré lo que sucede con las licencias poéticas. Teodoro de Banville, en

LA PLUMA
su «Pequeno tratado de la poesia francesa~, hinche todo un capitulo
con la tcoria de las licencias poéticas. 1Un capitulo admirable! Diffcilmente se ha escrito nada tan sobrio y tan preciso como este capitulo
acerca de las lice~cias poéticas ... Se reduce el capitulo a dos (micas palabras. Hé~as aqm: «No existen.~ Las licencias poéticas no existen. Pues,
de la prop1a suerte, en la industria del libro, el autor... no existe.
. Con é~to, yo podria dar por concluida mi disertaci6n, en ]a tranquihdad de Haber tratado el tema con predsi6n y sobriedad absolutas. Sabedlo: _en cuant~ autor, no existo, sino de una manera imaginaria y
pote~c1~. _En m1 personalidad de autor incluyo a todos los demas autor~s h_1s~amco~; ~esde la fementida invenci6n de la imprenta . Los autores
h1spamcos ex1st1remos, Uegaremos a existir, pero todavia no existimos.
La ec~nom~a y l~ a~torùiad.-Hablo del autor, no en su aspecto de
c~ea~or hterano o c1,ent1fico, que es como existir, por si mismo y para
s~ m1sm~, en el pais de ~a cuarta dimension, fuera del espacio y del
tie~po, smo del autor coniugado con su medio, en sus funciones de rclac1on, en sus dimensiones mensurables, en sus aspectas cotizables· en
suma, en lo social, lo industrial y lo econ6mico. Un instante de aten~i6n
reflexi va b:5ta pa:a co~prob~r 0uestro aserto. En lo ccon6mico: ningun
aut_or espa~ol-fiiaos bien, mnguno-, ha podido vivir de sus Jibros. En
lo mdustnal: el autor es todavia un articulo de comercio mas no un
comercia~t~ (digo «comerciante» en el mas noble sentido: compatible
con la acti_v1~ad creadora, y _también coadyuvante y necesario para ella).
En lo social. lo caractenst1co del autor debiera ser la autoridad. como
que _esta p~labra _no significa otra cosa; autoridad, cualidad d; autor.
tQue autondad d1sfruta un autor en Esparia? Aqui, se Hama autoridad
a un polizonte, pero jamas a un autor: como jamas se Hama autor sino
al autor de un delito. Cuando en sociedad se alude a un autor in crene
re, susdt_ase una anfibologia sobremanera enfadosa para lo~ qu~ no
somas mas que autores de libros; ya que la mayoria de las gentes supo
nen que se trata del autor de un atentado. Corno, por economia de
vocablos, h~ de proseguir hablando de autores a secas, os suplico que no
sobrentenda1s autores de atentados, a no ser en una acepci6n muy trasla-

�LA PLUMA
ticia, esto es, autores de atentados artisticos y cientificos; y en este caso,
abominad del crimen y compadeced al criminal. Y cuando, de aqui en
adelante, diga «autoridad», entended cualidad de autor.
Repito: en la industria esparïola del libro el autor no existe sino
potencialmente, como realidad futura . Esta inexistencia temporal del
autor es una etapa transitoria en el desarrollo de la industria del libro.
En otros paises ya se ha recorrido esa etapa. En Espaiia se recorrera también. Entretanto, paciencia y esperanza.
Jmprmta ·versus autor.-Hist6ricamente, la aparici6n del libro como
objeto industrial determin6 la desaparici6n del autor. Estudiemos este
curioso fen6meno.
La matriz donde se engendr6 esa pavorosa y maravillosa criatura del
mundo moderno, que se llama el libro, fué la imprenta. Todavia menudea, en el léxico del arte de imprimir, la expresi6n «matrices del
libro». La imprenta y su primogénito el libro usurparon al punto toda
autoridad intelectual, con exclusion del autor. A la autoridad intelectual del autor se sobrepuso la autoridad fetichista, la superstici6n diriamos, de la letra de molde. El autor hubo de convertirse en cortesano y
servidor del libro. Fué quebrantada la natural subordinaci6n del libro y
el autor; en vez de someterse el libro al autor, el autor cay6 bajo el despotismo del libro. El libro surgi6, desde luego, como un scr sustantivo,
como una finalidad en si mismo. El libro era lo primordial, lo esencial;
cl autor, un elemento secundario, cuando no supérfluo. El autor necesitaba del Jibro, mas no el libro del autor; luego el autor debia ser el que
se rindiese y humillase. Todo esto parece il6gico y disparatado (1).
Sin embargo, asi fué (y asi es aun, en Esparïa). Fué y es, por raz6n
de la 16gica mas incontrovertible y realista; la fatalidad de las circunstancias. Y si no, examinemos el razonamiento fatalista que la realidad
impone. Se dira: «No es 16gico otorgar al libro categoria primordial
sobre el autor, ya que muchos siglos antes de haber libros hubo, conti(1) Autor, am:tor, eti!Dol6gicame_nte, es el que h~ce una_cosa. El autor ha
sido y serâ siemqre el que hace el hbro, que no el ed1tor, cl 1mpresor y el pa_pelero.

LA PLU ~I A
nuamente, sin interrupci6n, autores; lucgo lo primordial es el autor
que pudo valerse sin imprenta y sin libros, en tanto el libro no se pued~
vaJer sin autor.» jAyl Esta circunstancia del gran acopio de autores (y la
mayor parte de ellos, insuperables) anteriores al advenimiento del libro
junto con la pasmosa facilidad para reproducir sus obras artificiosamen~
te y sin t~sa, mediante la imprenta, fueron la causa causante de que los
autores v1vos, los de carne y hueso, pardieran de pronto la autoridad .
Claro que el_ li?ro, entonces como ahora, necesitaba de au tores; pero,
dc~de su nac1m1coto como industria, el libro, 16gica y econ6micamente,
fue a coger s~s aut~rcs ~ntre los muertos, consagrados y gratuitos, que
no entre los v1vos, d1scutibles y costosos. Veis que es natural que el libro
busque la autoridad cierta con predilecci6n sobre la autoridad du dosa.
La gran mayoria de libros publicados en los primeros tiempos de la im~renta fueron de obras antiguas o sobre materias tratadas ya por los ant1guos.
~cputo per~ectamente i_ustificado y loable que un editor se nicgue a
pubhcar mis hbros, fundandosc en que todavia no ha publicado los
libros clasicos; de griegos y latinos, de nacionales y extranjeros, si bien
~o suele ser ésta la justificaci6n de su negativa. Y reputo asirnismo justtficado, aunque no tan loablc, que los editores, habiendo a mano •iiejos
autorcs gratuitos y autores extranjeros, asequibles por una bicoca de derechos de traducci6n, cuando no gratuitos también, repugnen paoar a
los autor~s vivos nacionales, a no ser una mezquina pitanza, y ést/a titulo grac10so, como sacrificio y como dadiva. Con la aparici6n del libro
desapareci6, desde luego, el autor vivo como origen legîtimo de autori~
dad, y brotaron tres factores esenciales, concurrentes en la manufactura
del libro: el papelero, el impresor y el corredor-editor o librero-. No
e_s de extraiiar que algunos autores vivos, ignorantes de que este evangeho de la santisima trinidad del Jibro -papelero, impresor, editor-, es
transitorio, o impacientes, porque la transitoriedad se prolorga demasiado, maldigan la invenci6n de la imprenta, la consideren como una ca{da, y descsperen de ser redimidos jamas. La imrrenta fué el pecado original. Antes de él se exticnde la era del paraiso terrenal para los autores.

196
1 97

�LA PLUMA

I'

1,

pmo no mirar bacia la tttrospectiva edad paradisiaca con ojos melanc6licos y coruon amargo?
LI, 011"1ritltu fal,•wsa.-Tracemos un sucinto pergenio hist6rico de
la autoridad, es decir, de las sucesivas vicisitudes que han experimentado los autores.
En un principio, el autor no cscribia sobre papel deleznable, sino
sobre la eterna turquesa del cielo. Su instrumento era la palabra oral.
Lu palabras del autor volaban entre el aire fluido, como aves dulces Y
ligeras. Por eso Homero aiiadio a las palabras el epiteto de aladas: .r.aa
TTapoavta. No alumbrandose la palabra sobr~ el papcl, tampoco ~taba
destinada a imprimirsc en el papel. Alumbrabase en un corazon e 1ba a
imprimirsc en la plasticidad de otros corazoncs.
,
(Los antiguos suponfan-muy sagazmente-que cl ~orazon e~ la ~de
de la inteligencia y de la memoria, por cnde del lenguaJe. Salomon d1ce:
Cor sapimlts eruditt os ejus, el coraz6n del sabio amaes~rara su lengua.
En Jas lenguas hebrea y arabe hay, al parecer, el mod1smo de «pensar
con el corazon». Quinto Ennio sostenia que «tenia tres corazones», porque hablaba tres lenguas. En varios idiomas modernos subsiste la locuci6n de «aprendcr de coraz6n»; ltudier par coeur, to learn by keart, como
sin6nimo de encerrar en la memoria.)
Alumbrada en un corazon e impresa en otros corazones, la palabra
no se reproducia a golpes de manivela o a vueltas de volante, como siglos después con Ja imprenta, ni se manif~staba, !~erte ya, en el sarc6fago de un libro. Alentaba con el soplo vivo e?1_1t1do de l~s p~Jmones
~ntonces, a la respiraci6n se Je llamaba «espmtu»-, art1culabase en
una lengua, humeda y vivicnte, y en unos Jabios, rojos por el fucgo de
la vida. y asi, las aladas palabras que el autor habia creado en su coraz6n iban muchas veces a anidar en una boca de mujer; un libro, cuyas
hojas son hojas de rosa.
Fué Ja época semidivina del autor. El autor era el aeda, el bardo, el
vate; mas que sacerdote, profeta. Hasta el legislador se Je supeditaba,
solicitandole que tradujese en verso Jas Jeyes, que de otra suerte permanecerian ignoradas e incumplidas. Esta época , casi fabulosa, de
1 C)8

LA PLUMA
la supremacia del autor, concluye con la invenci6n de la escritura.
El aulor grdfico y û a11tor ora/.-La cscritura acarrea una divisi6n de
podercs y de jurisdiccioncs en la autoridad, quiero decir, en la actividad
de los autores. De un lado el autor que sabe escribir y escribe para los
que saben leer; de otro lado, el autor que no sabe cscribir y se produce
oralmente para los que no saben lcer. (La clasc de los autorcs que no
saben cscribir subsiste, y con gran cxuberancia, en nucstros d{as.) La
divisi6n de autoridad, en esta segunda época, implic6 una divisi6n de
la masa sobre la cual se ejerciesc la autoridad, esto es, una scparaci6n
de publicos, y en consecuencia una disminuci6n de autoridad. El publico de los autores que sabian escribir, por fuerza era tan selecto y exigcnte como poco numeroso. Y el publico de los autores que no sabian escribir era por fuerza tan numeroso como poco educado y mal parado de
fortuna. El autor que no sabia escribir, desdenado de los selectos y exigentes, perdi6 la autoridad para con su propio publico también; la plebe
no podia pedirle que la adoctrinase, puesto que era hombre sin doctrina, sino que la divirticse y Jisonjease, por donde no le cra licito crear
nuevas palabras sutiles, antes bien, servirse unicamente de las palabras
comunisimas y cotidianas que la plebe corrompia y sin cesar dcformaba. Asi, el autor que no sabia escribir se vi6 compelido a emplear un
instrumento de escasa resistencia y extrcmadamente cambiante, mudadizo; el sermo vulgaris o idioma vulgar con que mas tarde se formaron
nuestras lenguas romances.
Horacio y Mecenas.- Por su parte, el autor que sabia escribir no podia sustentar autoridad sobre la plebe, puesto que no era entendido por
ella. Faltandole este sustento de la autoridad debi6 de faltarle asimismo
el propio sustento. pues &lt;de qué iba a vivir? Y en este punto fué cuando,
en la historia de la autoridad, se produjo la asistencia mas fecunda, la
asistencia inexcusable, para toda cultura delicada en inmarcesible; aludo
al mecenismo. Puesto que la palabra proviene del calor generoso con
que Mecenas incub6 a Horacio, que el propio poeta hable por nosotros.
Horacio dedic6 varias odas a Mecenas. La primera de su primer libro de
Odas esta dedicada a Mecenas. Comienza:

�•

LA PLU \I A

LA PLL'MA
Maectnas, atnvis tdilt regibus,
0 et pr,u:sidium, et du/ce lkcus mmm.
«;\\ecenas, descendiente de abuelos de realeza, tu eres mi itpoyo y mi
dulce gloria.» Corno quicn dicc: «Sin ti, l\\eccnas, yo no setia Horacio.»
En la oda XVII del libro segundo, Horacio, adidninJo~c inmortal,
exclama:

NM ego paurtrttm

Sangm"s paren/11111, 110n rgo, quem t'tJttzs,
Dilecte .ilaemlttt, obiho,
«Aunque vastago de padres humildes, no dcsapurcccré, dilecto i\\cccnas, puesto que me has acogido en tu casa» (1). 0 seâ, que manumitiJo
Horacio de las neccsidades de la vida matcrial, gracias a . 1cccnas, goz6
la libcrtad de advocarse plenariamente a pr0&lt;.lucir obras inmortales.
Este estado de libcrt:·d de espiritu )' de libcraci6n ccon6mi..:a - cl ocio
meditativo-, es cl clima psico16gïco en que gcrmina la cultura durade-

ra y el arte incorruptible (2).
No otra cosa significa cl meccnismo si no es asistcncia a là llbcraci6n
ccon6mica del autor con que pro.::urarle la libertad de espiritu. El autOr
cscrupuloso no se aviene a brin Jar pa~·,o innumerabh: a la voracidad del
vulgo, ni menos se rcbaja a propiciar cl mal gusto de la plcbe; en definitiva, no vive del pucblo, vi,·e de , \eccnas. Sin Mecenas no hay lloracio; son dos términos corrclativos.
(1) En e~ta rni~ma oth, Horacio v.1ticinl\ lo~ uernpo~ f.ituri,;imos e:1 que
hasta Rsp~na (lo mism l que o~ros p·H:b o, birba ·o3) lie~'\ a rnstrnirse, ll,ber
peritlls. Estamo;; lejos tnd,wia del cu·uplirnientn del vaticmio,
(2) Odo no es vagancia, ni rn•no c:ctra,agancia Ocio e~ coocentraci6::i.
Co 1ce11traciun e~ lo o;,·1e~to a evap r.1ciô, E\·apo aciôn es 1:i e,,cl 1vitud a lo;;
rèq 1::ri!ll1ento, e.'derno;, rnnmen l 1eos, de amuientc. YI Clt.11·/11 ·et1i116 que
el ·ul~ 1 ,costumbra lh1mar rli traid, al llflil1°lre rn i, atento, estn e , al (!Jt' e ta
c~nc::utra1\ &gt; ett si mism,. Y bace mu:h'l, ii H, c:·1 11na d• m primera;; obras,
con un I pe,11eiia variante d'! 1~ o~;ervaci6n de Ct.Jrln, escdb(, viviendo en
In 11l 1terra, que lo, in •leses pHan pnr e,c:tr,tvagantc~. precbamcntc porque
nu":1ca cictr:wa~an, ante:1 bie.1, se c rn1foœ11 at•nt&lt;n a u norm1 intim o inclinaci,Sn, si11 c11id ,rse del cfecto qu • pro,\u,;en. D. lltigud de Unam,mo, con iterncion, caracleristica suya. ha de;;arrollnJo cl retruéca:10 - de palabras y cte

Tanto monta dec1·r Jo mecé mcocomo
.
lo
h Dos
· c,mrdos
T ,i /or ,wt1m!'s..
orac1ano.
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Horac10
se
resume
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a os autores: uno
«suar a tu o ra urante d1cz anos )" al cabo de ellos .
, . d b •
b'". J • l
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1uzg:1ras s1 e es
pu ,11:ar :t», e otro, «od1a al vulgo profano y aléjate de él» Calma v
noblcza.
•
• z " • ~La e~cuelâ de la. perfccci6n
. es cl ocio · Record a d que ·escuela es
~o. i,ne::ia _Y que en ~r1ego quiere dccir «ocio». Sin ocio econ6mico
&lt;como
de
. d as en
l 1 · segu,r
d . los conseios
•,
, .Horacio? Si vives de tus obras. cot1za
a
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l;0ntr.1tac1on
pubhca,
o
dilatas
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.. ras a a estampa
,c mo pcrsua ,ras al cst6ma,To
" que en csc plazo
· • nad a b rcv' suspenda
sus d cmandas '! aprcmios&gt; y si el vulgo te da de co
. ~•
,
elevarte sobre cl vulgo?
mer ,como podras

~!

pensamiento puro, o füosofia, la ciencia ura. cl ar
prol1Jas gcst.1ciones del ocio. Scntimos que somo; dioscs ca'tdc puro, s~n
ba p
1
l
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1 os-rum1aa~ca -en os c aro5 c mmovilcs pcriodos de oc·
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io crca or. c10
or, s1, no )a creador de hteratura, cienda v filosofia sino t b',
c~cad~r d~ pueblos. puesto que para que cxis~ un puebio en ::t;~~
h1stont:o1y transccndcnte,
. conc1en. .
c·
. . es mcncster' sin duda , que h ava una
ia popu ar, pero, pnncapalmentc,.quc esta conciencia populars~ ramiconcept,,s- que resultn de intravaaar
.
ch&lt;&gt;,, c.,;pontaneamente ha van percib'd
ytxtr,,~agar: Lo proh.tble es que 0111•
1
a quicn narlie ni nada ·1. &lt;listrae d
&lt;• a,antin_,rnias del cdistraido,, que cs
que es el que no \'h"a e:rtrn de,~ · e 51~5 pensam,cr.tos, Y ciel •r-.xtra\•agaute•,
.
b
•
• 1 prop10.
0 ciofecuodo=·onccntrncio
Duque
d,. i\!Uan lÎnto 1 • n,• act'i,·1'dad absorbcnte y tensa. Por encnr!!o del
taha sioo la cabJa de
la Ccna en el refcctorio de la Cartujn. No faldittc; al convento; encHarnlibis~s:ron ~rcs .m_e 5 i::s. Llf"_gaha Leonarclo todoq los
trc horn . cruz ,do de braz s· '
a~ am10, _contemplnha d fre co por dos o
que. Replic6 Leonardo· • ~ ;,'.~:n e ,n ~ar pmcclada. Qucj6se cl Prior al Du5
da-1. Tres meses llevo t~Rbaja;do
l ~r•or_&lt;]UC no trabajo en la cabeza de Ju•
f I ra artista hol~az.,n liaero me t!n ~ a, SUI llcertar con lo q~e 11uiero. Si vo
Prior, que ln tiene dd~na-:. redorn~t11
~nfo matlo C?n _coptar l_:i cabeza del
Pcnsemos r-n . 'cwton, t11mbado o ga_op1:.1 que en m1 V)da be v1sto,•
Cac un:i manzan:i pero nri c
al pie cle un ;hbol. oc10,;o, reconccntrado
I ,~elo; cae a plom_o C? el c~ntro insondable
del espiritu de X~wtoo.
JJt la le,• de la ra\'Ïtaci,
. r.1 • a~por una erav1tac16n evidcnte; ,, Newton
yt ncta és un si~bolo. un umver,,nl. F.sto podra sc r una leyenda; pero esta le-

f1~~:t:!o

err

corn'~\~

201
200

�LA PLUMA
fique y reciba su savia de una concienciauniversal; que tal es la cultura
o autoridad suprema del pensamiento, la c_ien~ia y e~ arte ~~ros.
.
La escritura-todos los pueblos han atnbu1do su 10venc1on a un d1os
nacional-, provoc6 esta separaci6n y aparente divergcncia entre la autoridad cuita-sobre los escogidos y gobernantes-y la autoridad vulgar
sobre el pueblo-; literatura erudita y literatura popular. Digo aparentc
divergencia, como entre la ramazon de un arbol y su tronco.
El drbol de la cienâa.-Si resqucbrajamos la cascarilla de las palabras y les arrancamos su meollo secreto, se nos mostrara con limpidez
esta verdad. De tres maneras denominaban los latinos a las coleccioncs
de obras eruditas: caudex, o codex, (de aqui, c6dice), lt'ber, (libro), y volumen. Pues bien; codex significa tronco del arbol; liber, la pelicula que separa la corteza de la albura, en el tronco; y también significa libre, alusi6n al postulado de libertad de espiritu para la cultura, y volumen, lo
que gira y se envuelve sobre si mismo, como la corteza; una reconcentraci6n material. Lo popular deriva de populus, que significa tanto pueblo como alamo, ya que en esta especie de arbol el tronco se prolonga
hasta la cima y las hojuelas, mellizas, caedizas y garrulas, simbolo de la
plebe, rodean el tronco casi desde la base, nutriéndosc de él.
El orto de los pueblos.-Esta separaci6n de la autoridad cuita y la au_
toridad popular se extiende todo a lo largo de la Edad Media, sin excluir la reciproca transfusion de jugos y energias, como en la iH1agen
del arbol. El arbol se mantiene tanto del sentido de la tierra, o sea, lo
universal, a través del tronco, como de la atm6sfera local, del aire pa_
trio, a través de las hojas; guarda una vida profunda, constante, sin mudanzas y se exterioriza por sus hojas en un ciclo vital de juventud, madurez, ancianidad y muerte simuladas, segun las estaciones y cambios
del cielo nativo.
No de otra suerte, la autoridad cuita (el tronco) infunde, temporal
mente, conciencia universal en la autoridad popular (ramas y hojas), y
temporalmente de ella recibe conciencia nacional e hist6rica.
En Espaiia, estas dos autoridades se decian, «saber de clerecia» la
culta, «saber de juglaria» la popular.
202

LA PLUMA
En la autoridad crudita, el alma del pucblo hablaba con voz univcrsal; en la popular, el alma universal hablaba con voz del pueblo. El
mecenismo continuaba siendo el angel guardian de la autoridad erudita;
la plebe, el proveedor de la autoridad popular. Si no la cra fabulosa, de
autoridad exclusiva y superna, al menos la era paridisiaca, ya que la
esencia del paraiso se cifraba en cl ocio.
Los primeros libros impresos.-Hasta que un teut6n o un holandés
-cual, no se conoce de cierto-, invent6 la imprenta; y los autores, a
causa de aquella 16gica fatalista de las circunstancias, que anteriormente
hemos puntualizado, fueron expelidos del paraiso.
A raiz del nuevo descubrimiento, los bibli6filos, o amadores de libros,
rcchazaban con disgusto los libros impresos, por su fealdad, en cotejo
con los preciosos manuscritos iluminados, fatigadas obras de arte, como
un cuadro o una escultura. Los emisarios del cardenal Besari6n, viendo
en casa de Constantino Lascaris el primer libro impreso, lo comentaron
as{, con risas: «Entre barbaros tenia que nacer la ocurrencia. Federico
de Urbino se hubiera avergonzado si poseyera un libro tan villano.i.
Aquellos libros villanos, los incunables, los estimamos hoy como joyas.
Ello es que, en lugâr del autor vivo, paso la letra de molde a ser
depositaria de la sapiencia clasica. A esto se debi6 que el reducido publico de cultos se congraciase con el libro impreso. Fijar6nse asi, hallandose todavia embrionaria, las dos normas cardinales de la industria del
libro: hacer libros buenos y hacer libros bellos. El editor de entonces
era artista y autor. Los mejores libros eran los libros clasicos; por donde,
los autores vivos que aspiraban a crear obras puras, obras perduraderas,
engendradas en el ocio y la libertad de espiritu, observaron estar mas
menesterosos que nunca del mecenismo. (De aqui en adelante, no podemos por menos de indicar el paralelo y contraste entre Espafia y los
demas paises occidentales.)
Mece11ismo aqui y aculld.-En otros paises, el mecenismo se prorrog6
Yhasta se condujo con mayor liberalidad. En Espafia degener6 en caridad desderiosa, que debia obtenerse por mendiguez servil. Horacio se
dirigia a Mecenas de par a par. Las dedicatorias y suplicatorios pordio
203

�LA PLU .\I A

LA PI..; U ~\ A
seros de Cervantes y Lope a diversos mecenas nos mueven a iracundia
todavfa; y no contra Ios autores, ciertamente. Lope fué utilizado c~mo
rufian, por el duque de Sessa., jHe aqui el predicamento que la a~stocracia de Ios Austrias otorgaba a la autoridad cuita; la sola autondad
valedera, en ûltimo c:ttremo!
El mecenismo escala el vértice del sumo esplendor desde el siglo xvu
hasta fines del wm. Cartesio, .Molière, Voltaire, D'Alemb&amp;t, Goethe, Y
otros ociosos e ilustres meèlitabundos, ora son enaltecidos y revercnciados por el Estado, ora son favorecidos con largueza a fin de que ~ogrcn
la plcnitud de su obra. El Estado, a la saz6n, era uu rey. A~ontec1a c~to
fucra de Espaiia. En Espaifa hubo un conato de mecemsm_o co~ l~s
ministros de Carlos III, educados en los principios cultos y enc1cloped1stas de Francia. Fué la ocasi6n ûnica en que la J\fajestad hispanica se
rode6 de nombres en Ios cuales la conciencia popular se inscribfa en _el
esquema de la conciencia universal. Fué también, cuando en Espana
liubo mcjorcs imprcsorcs y editorcs.
.
L.z rewluciJ11 polit/ca.-Cabalgando los siglos x,111 ~- .x•~• se ve~1fica11
casi sincr6nicamente la rernluci6n politica y la re,·oluc1on industnal.
La revoluci6n politica agrava al pronto la crisi~ ~c aut?:id~d, pro1~0vida por la invcnci6n de la imprenta. La re,·0Iuc1on po!tt1ca instauro el
docrma de la soberan/a popular. Este dogma establece que la voluntad
de Jos mas debe pre~alecer; lo cual es incontrovertible. La voluntad de
mavor Yolumen prevalece siemprc a la larga; es un hecho de naturale~
qu~ fué trasplantado al texto de la ley. Pero, cl dogn!a de la sobera~.,a
popular 110 cabe predicarlo sino de la conducta colectiva, de la relac1on
mcramentc politica de unos ciudadanos con otros. No o_bs1'.3nte lo cual,
el pueblo, en la embriaguez del triunfo, se arrog6 todo hnaie de so~eraria, incluso la autoridad, que atai'ie, como ya hemos e:,cpuesto, al~' al~raci6n permanente y uni,·er:;al sobre el pcnsamicn:~ puro: _la c1enc'.~
pura y cl arte puro. Por eso he dicho que la rc,·oluc1on poltt1ca agra, o
la crisis de autoridad.
Ante este menoscabo de la autoridad legitima, algunos autores reaccionaron con agresi6n. Schiller cscribi6, en su Wal/rstd11: «Stimmen soi/
:?04

wan w,ïgen und nidzt :..ïhlm», Ios votos deben pesarse y no con tarse. Y
Carlyle: « Y do not bdz'ez·e that st,1/c ca11 las/ in whir!t Jcsus and Judm
haz·e equat weig!tt in p11b'i'° {if/tJZrJ», no creo que pueda perseverar un
estado en que el voto de Jcsus y el de Judas tcngan cl mismo peso en Ja
cosa pûblica (1). Aquellas palabras de Schiller v de Carlvle no desvirtûan en lo mas minimo el dogma de la soberania popular. Los votos son
expresion de la rnluntad y no del entendimiento. Un voto no es un
;iucio, sino un drseo, un acto presunto. En cuanto deseo expreso, el ,·oto
de Judas, politicamente, pesa tanto como el de Jesus, y, si la mayoria
vota con Judas, saldra Judas con su ,·oluntad, como acaeci6 en Judea,
en los ticmpos de Tibcrio, y acaecera en todas partes y tiempos, de lo
cual no tienc Ja culpa la sociedad humana, que es como la han hecho.
Claro que no se puede decrctar por vota.:i6n la distancia que hay de la
tierra a la luna, ni el mérito de la Jliada, ni la certidumbre de la filosofia de Kant; pcro. para averiguar Io que el pueblo quiere no hay mas
camino que pedirlc el voto.
He aqui la formula exacta de la division de poderes: el pucblo posee
soberania, cuyo instrumento es la voluntad y cuya realizaci6n es el acto
momentaneo, pero no posee autoridad, cuyo instrumento es el entendi-

(•?

Un espaiiol muy simp.itico, muy m.irchoso y muy sesudo. en nada
semeiante. aunque cordobéQ, a los muiiidores y politicastros cordobeses de
ho~aiio; Séneca, en su • Vita Beata•• escribe: Itafjue id eve11it, fJUOd in com1tiis, in
fJUtbus_ eos f_aclos jJraetores iidem fjtll fecere mirantt,r, fJtlUm se mo/Jilis favor circumegü. Eadem p,·o/Jamus, tadem rtjJrehendimus; /,ic txilus tsl omnis judicii, ifl
9uo secumdum jJ/ures dalur; •ocurre en los comicios que los mismes ciudadanos
que han nombrado con su voto a los pretores se maravillan de habcrlos elegi?o cuando, mas adelante, el favor les es contrario. Reprobamos entonces las
m1smas cosas que habîamos aprobado. Tal es la consecuencia de todo juicio
por mayoria.• Lo que dice Séneca es certisimo, cuando en un maçistrado se
busca un favorc-cc::dor, en vez de designarle como mandadero o «mmistro• de
la voluntad general. En el mismo tratado de «Vita Beata., Stncca emplea la
palabra «ministro• en el sentido del que sirve a la n.esa. Eso deben ser los
gobernantcs respecto del pueblo; pero son lo contrario. De los tratados de Séncca hay una traducci6n castellana del siglo xvu, por el licenciado Navarrete,
por cierto deplorable, de exactitud y de lcnguaje.
205

�LA PLUMA
miento y cuya realizaci6n es la obra impercccdera. Esto, en lo tocante a
la revoluci6n politica.
La revolucion industrial.-Pasemos a la revoluci6n industrial. Esta
revoluci6n, como la otra, la politica, se ofrece en la realidad eomo un
grado de plenitud; la producci6n copiosa. En rigor, no hay industria
hasta el siglo x1x. De ordinario, no entendemos por industria sino la industria mecanica, la producci6n copiosa. La producci6n copiosa implica dos 6rdenes de necesidades contrapuestas; a un cabo, los factores de
producci6n; al otro cabo, los factores de consumo, el mercado. La ley
fondamental de la industria es la ley del mercado.
Los factores de producci6n de la industria del libro son el pape!, la
imprenta y el agente que los reune y liga, o sea, el editor. El autor, digo
el autor vivo, el de carne y hueso, estani incluido o no en la producci6n
del libro segun lo condicione la ley del mercado. cCual es esta ley? Buscar consumidores que absorban la producci6n copiosa, satisfaciéndoles
la necesidad o el gusto.
Comparemos, a este respecto, lo de Espaiia con lo de fuera.
Espaiia y el Cong-o .-En otros paises, la revoluci6n politica indujo a
una usurpaci6n de autoridad por parte del pueblo, el cual quiso arrogarse la facultad de fallar en materias de cultura superior. Mas, como alli
el pueblo anhelaba instruirse y, con ahinco correspondiente, el Estado
se esforzaba en instruirlo, fué agrandandose el perimetro del publico
culto o apetente de cultura. No son pocos los paises occidentales de donde se ha desterrado el analfabetismo. La industria del libro, en esas naciones, dispuso a seguida del mercado mas seguro y pr6spero, el que
responde a la satisfacci6n de una necesidad. Ademas, el Estado allf practic6 el mecenismo, ya por medio de la retribuci6n u homenaje a un autor distinguido, ya por medio de sus corporaciones de cultura (Escuelas
superiores, Bibliotecas publicas, Publicaciones oficiales, Academias), inculcando en el publico de juicio liviano o vacilante criterios de selecci6n
y sentimientos de respeto con que diferenciar y acatar la autoridad auténtica. La industria del libro, en esas naciones, junto con el otro mer-

LA PLUMA
cado de la necesidad, fué condicionada por el mercado del bucn gusto,
y entrambos se confuodieron.
Ahora ccual es la ley del mercado en Espaiia? Un agudo amigo mio
decia: a primera lvista parece que un bazar de ropas hechas en el Congo
seria un negocio incalculable, ya que todos los congoleses van desnudos,
solo que los congoleses van desnudos porque el calor les obliga al sucinto taparrabos, y las unicas prendas europeas que han adoptado son los
puiios postizos y el sombrero de copa.
Nuestro mercado de libros guarda, en lo intelectual, notoria semejanza con el mercado del Congo, en lo indumentario. A primera vista
parece que en Espaiia habra tantos que ambicionen poder leer como
analfabetos hay, y son en proporci6n abrumadora; y tantos que ambicionen cultivarse cuantos se cchan de ver incultos, y son casi todo cl
resto de los habitantes. 1Qué buen negocio la industria de libros .. .1
Pero iay! los desnudos de espiritu no se ruborizan de su dcsnudez, porque nadie les ha sugerido el pudor; y Ios que alardean de ir vestidos no
adquieren del vcstuario intclectual otras prendas que el somero taparrabos, los puiios postizos y el sombrero de copa. (1)
Saber ker y sabcr escribir: su proces,1 so.dal.-Hoy ya no se concibe el
hombre que no sabe leer; por cso se ha extinguido el specimen del autor
oral, que no sabia escribir. Las frases de «no sabcr leer» y «no saber escribir» han perdido en las lenguas cuita~ modernas su sentido literai y
arcaico; no significan ignorancia de un automatismo infantil con que
trazar vocablos y descifrar vocablos, sino la falta de discernimiento para
desentraiiar el valor de lo que se lee, y de pericia para comunicar con
precisi6n o emotividad loque se piensa y sicnte.
El publico que no sabia lecr atraves6 varios tramos, en el decurso de
los siglos. 1\lientras la escritura manuscrita y enrevesada, no se molest6
en aprender a leer. Después de la imprenta, con sus nitidas letras, apren(1) Se ha vuelto, al fin y al cabo, al sentido que comenzaron a dar al vocablo los antiguos autores eruditos. Leer viene de Lego, legere, verbo que significa cscoger, selcccionar, interpretar.
207

206

�LA PL lJ ~I A
dio lentamente a deletrear; y fué el tramo del fetichismo de la letra de
molde. La rcvoluci6n politica trajo la democracia de la rroducci6n libresca; la ciencia vulgar o seudociencia, la literatura de plazuela. Y fué
el imperio transitorio del editor mercachifle y ·del pûblico ensoberbecido e irreverente, que aunque sabia Jeer por lo automatico en puridad no
sabia leer todavia. Por ultimo, la propaganda de la instrucci6n y el mecenismo del Estado dieron fin, en esas naciones, del pûblico que no sabia leer. En esas naciones el mercado es, si no culto, apetente de cultura gcnuina. Los autores de mas mérito suclen ser los de mas pûblico.
Puedc aplicarseles indistintamente un criterio econ6mico o un criteriointelectual; los primeros, scgûn un criterio, se afirman con autenticidad
casi siempre como los primeros, segûn cl otro critcrio. Estos primeros
autores son en vcrdad cl tronco, soporte y apoyatura del pueblo, y a través de ellos la conciencia nacional habla con acento univcrsal.
La lcy dd mercado en Espaiia.-Pero cstamos en Espaiia. La ley del
mercado editorial la promulga cl pûblico de lcctores. El pûblico hispanico atravicsa cl pcnûltimo tramo de los antes descritos; es el pûblico
democratico-dem6crata de la cicncia y de la literatura-que en puridad
no sabe leer, aunque automaticamente pucdc deletrear. Las mercaderias
que satisfagan la neccsidad y el gusto de este mercado debcran ser la
scudociencia y la scudoliteratura; pornografia literaria y pornografia
cientifica. Los au tores para este pûblico, aun cuando se exterioricen mcdiantc la escritura automatica, son ni mas ni menos que los autores de
antaiio que no sabian escribir, puesto que no crcan nada propio, sino
que dcvuelven lo que les ha llcgado de oidas, si bien aquellos viejos autores iletrados solian cstar atentos a la voz de la autoridad crudita, en
tanto los de ahora se vanaglorian en mcnospreciarla. Por eso - como
declaré en los preliminares-los autores genuinos, aquellos que se afanan en dotar de concicncia uni versai el alma nacional de estos dias, los
creadores de pura ciencia y de arte puro, no cxisten en Espaiia sino potencialmente; como los obispos 1iz pa,tibus, obispos sin di6cesis, son autores sin pûblico. La autoridad espaiiola esta destroncada. Pero-se me
objetara-, eexisten siquiera esos autores in partibus, autores genuinos?
208

LA PLUMA
Respondo que si; tantos y tan cxcelentes como en los ticmpos mas fecundos de la cultura espaiiola, solo que en cierta medida son autores
frustad~s ~or la adversidad del medio y la ausencia de mecenismo, dir~o e md1rccto. De dos maneras se frustran los grandes autores en Espana, y una sola es la causa del daiio.
Sobre/)roduccùhz v penodùmo.-Causa del daiio , la ausenc·a
d e mecc.
1
msmo; en otras palabras, la esclavitud econ6mica que impidc el ocio
crea~or. Las ~os maneras de frustraci6n; una, la sobreproducci6n, producc16n ~x~es1va y atropellada; otra, el periodismo. A un autor que no
sabe esc~1bir, o loque es Jo mic;mo, un autor de mucho pûblico, Je bastan ~ed1a docena de obras, y tal vez una sola, para manumitirse ccon6n6'.111camcnte. El autor de conciencia-de doble conciencia; nacional y
umversal-ha de_ compensar la exigüidad del rendimiento de cada obra
con 1~ abundanc1a de obras, y el desvio de la fama con la insistencia en
corteJarla. Pero la soluci6n mas pr6xima, cuando no la mas forzosa del
problema,econ6mico, se la proporciona al autor el periodismo. Èn la
uymda aurea .s~ cucnta de dragones y tarascas acogidos en la vecindad
bosco~ de las c1udades apacibles; alimenta.hanse habitualmente de criaturas sil:estrcs; mas, a fin de evitar su colera y estragos, la ciudad deb{a
en oca~1ones entregarlcs como tributo, a que los devorase una hermosa v1rgcn o un principe heredcro. La prensa peri6dica, a ,:eces devora excel~ntes ingenios, frustandolos para obras de mayor y mas d'urader~ autonda~. Y mcnos mal. Es de esta suerte la Prensa, noya inofensiva,
smo ben~fic10~a. (\\Tells preficre que le llamen periodista en vez de artista, n~vehsta, intelcctual.) La gran tarasca de nuestra sociedad es la otra
especie d~ prcn~,. que s: alimenta de rateras sabandijas; esa prensa para
la cual Bismarck 1nvcnto «cl fondo de reptiles».
!al es la situaci6n de la industria del libro en Espaiia, por lo que
atane a los au tores. La dura lcy del mercado no tolera conculcaciones·
es una ley de broncc.
'
Los e?itores espaiioles, no pocos de cllos-justo es proclamarlo-procu~an SUJetarse a las d~s n~rmas cardinales que, ya desde su puericia,
gu,aron los pasos del hbro 1mpreso; hacer libros bellos y hacer libros

�LA PLUMA
buenos. En cuanto a la pulcritud y decoro formai del libro, muchos
libros espanoles emparejan, si no aventajan, a los de cualquiera otra
parte. En cuanto al contenido, el editor no goza sino de un margen angosto de libre arbitrio; lo que rige es la ley del mercado. (Para Musset, tres cosas habia sobre todo absurdas: un combate sin una charanga,
un viaje sin un libro, una vida sin un amor. En los trenes espanoles, por
milagro se ve un viajero con un libro, como no sea un clérigo, signandose al salir de cada estaci6n y mascullando el breviario.)
Terapéutlca.-~Quién derogara la ley presente del mercado? ~Quién
promulgara una ley mas justa y mas conveniente? Insistimos que la crisis de autoridad es efecto de una sola causa: la ausencia de mecenismo.
Y el mecenismo, modernamente, es funci6n casi privativa del Estado.
Hay desde luego el mecenismo mas indirecto y de consuoo el mas
provechoso y eficaz. Consiste en desterrar el analfabetismo y, a este prop6sito, en formar maestros modernos, no de esos que ensenen a leer y
escribir automaticamente, sino hombres cabales, con amor y retioa para
lo uoiversal. En este mecenismo.no es verosimil acci6n sucedanea privada; si el Estado no lo ejerce nadie ni nada pueden sustituirlo.
Hay, después, otro mecenismo oficial menos indirecto: el que se
practica a través de las corporaciones de cultura, las academias, por
ejemplo. Practicar este mecenismo no puede ser otra cosa que seleccio.
nar con justeza y honradez. En Espaiia no se practica.
La Real Academia Espanola.-Hablaré de la Academia de la lengua.
· Los mas respetados escritores contemporaneos, las autoridades ciertas,
no tienen asiento en aquel recinto. La Academia de la lengua otorga peri6dicamente algunos premios literarios. (No tengo para qué disimular
que algunas de mis obras han jugado con desdicha en los concursos
académicos.) El dictamen académico en estos certamenes se ajusta - seguo confesi6n de los mismos pupilos y parasitos de la Academia-a la
finalidad mas incongruente con el concepto que presidi6 en la creaci6n
de este instituto. La idea fué, defender la autoridad erudita frente al
despego u hostilidad del vulgo que no sabe leer. Pues bien; la Academia confiesa que no premia sino aquellas obras que todo el mundo pue210

LA PLUMA
de lee~; las obras de quienes no saben escribir
.
,
' para quienes no saben
1
arte es como la ciencia y la reiigi~~~r~tn~s { ~: coleg!ala~ (1~. P~ro ~l
teologfa que la que todo el mu d
d
u iera mas c1enc1a 01 mas
cia ni habrfa teologia· las Aca/ ~ pu~ e ~fiomprender, no habria cien,
em1as c1ent1 cas se compond , d
camue1as y prestidioitadores y el C l .
nan e salug~r de Cardenale:. Nuestr~ Acade:~!1~:~am~:o, de monaguillo~, en
sacnstia El
.
gua es una espec1e de
dentro de aq:re~:nz;:;/;: h1~pa~otarlanrs rendimos culto, no se halla
de los muros, en las lapid~ssdmo _e otlrod ado de la pared, por defuera
.
e marmo onde-muertos
1
' b d
Ysepu tos por
1os sacnstanes de la Academia- t,
Valdés, Garcilaso Cervantes es anJra a os los nombres de Hita, Ios
serian (por cultos'
' Queve o, Ios cuales, de vivir ahora no
d
dependientes) ni ~ie:b:~:aa~:;::nf~i h~tern o~os, por_li~res, po/ intranjeros que juzguen por la e
. , s 01 prem1os academ1cos. Los exconcepto de la autoridad y del xpres10~ oficial, formaran el mas triste
(En la Academia en lu
pensam1e~to espaifoles de nuestros dias.
camilla, debieran est~r tod:;~ de los ~m1gac~os de_ u?a tertulia cursi de
catalanes, portugueses- y lo osdgrlabn es es&lt;;=r~tor~s ibericos-castellanos,
.
,
s e eroamenca iunto co l h"
.
tas extran1eros notables E
.
'
n os 1spa01shizo.)
. n otros tiempos, algo de esto se intent6 y se

leer; hteratura de analfabetos d

Colofôn.-En conclus·· l
•,
·
del libro quizas sea sufic~~~~e a ~~~tecc10n econ6n_iica_a Ios industriales
pec.to editorial Para compef p l poscer un artilug10 precario de as1
·
1r, en e coso de los mercad
·
es, con la industria extran ·era del Iib
. os mternaciona_
arancel· hace fa1ta el J
.
roE, no es sufic1ente la protecci6n
rni1zaelvestido
'de pulcritud pero
mecemsmo. l libro extra ·
.
t b' ,
niero se arro1a a la
libros, por muy pulcra~ente qu:m ien armado de au_toridad. Nuestros
vayan arreados, daran en tierra, si no
(r) Caso pasmoso ver que la A d . . .
de Mesa: un autor que' no pueden le~: ;m1a d1st10gue una obra de D. Enrique
mayor parte de los académicos M h odos. Que no pueden leer todos ni la
· uc o menos, cntenderlo.
'
211

�LA PLUMA
blanden las t'micas armas adecuadas a estos torncos: la lanza de Minerva y las flechas de Apolo.

Esto es todo loque tiene que decir un autor, en un ambiente industrial.
AJ retirarme, despliego n:i bandera; paciencia y esperanza.

RAMÔN PÉREZ DE AYALA.

POEMA DE LA SENSUALIDAD PUERIL
I
(;sa palabra
como un ciprés
alla en la sombra de mutuo secreto.

.la piedad de mis manos
tendida hacia tu pena delirante.
- 'Ganta blancura marchitada
en el éxtasis rojo-.
/tl.ué sumiso el espfritu
a la /atalidad de aquel momento/
('lin naufragio de aimas.)
.Ca inmaculada desventura
de tus diez y ocho estrellas deshojadas
mancha mis manos todavia.
'Gu blanca primavera
se hizo luto en un beso.
ltl.ué escarcha de purezas
se deshelo en mis dedos?
/ eomo temblo el ciprés de esa palabra
alla-en la sombra de nuestro secretol
213

�LA PLUMA

LA PLUMA
II
(;[ reflorecimiento de los éxtasis.
-/llesucitar de amor-.
{fM.iedo de crimen
circulo por tus ojos).

•

'J/a el azahar de tus sueiios
se ha secado en mi boca.
efe ha doblado tu amor en la ternura
de una sonrisa
hacia lo irremediable.

1

'JI después
has mirado tu infancia
-ya floridacomo el primer vestido largo.
l ll

"G'e posel rezandote
como al 9foe fM.arfa.
euerpo de tus jardines.
-/t1.ué blancura de ritos
en la profanacion santificada
por la piedad de mis palabrasl;/(ondura temerosa
de manantial de lagrimas.
1Como /foré fundido a la inefable
tortura de tu infancial
'G'us gasas de pureza se perdieron
214

por el camino aquel de la caricias
rasgadas en las cruces de mis besos.
!Pontifo,ué tu pena
con los armiiios del silencio.

IV
$esucitada en mi
de aquella muerle breve
de caricias.

tt1.ué beso te mato
como a una rosa?
C:Vuelta del loco éxtasis
a la cordial cordura
;eomo nacias en mis brazos
tatuacla de sollozosl
-!Posesion inefable de aquel dia-.
fln/ancia ya quemo.da
de realidades mias.
!fuse una cruz de besos de ternura
sobre las cicatrices
del rosai deshojado
de tu inocencia antigua.
V

{;/ sueiio
dulce trine!
para viajar contigo.
'JI la sombra de aquella realidad
a pleno cielo el alma.
215

�LA PLUMA

.J:os luceros temblando
-huevecillos de plata de la fNoche-.
C(;us ojos- ya marchitos de pecadocomo violetas prof,nadas.
.J:as carreteras blancas de tus brazos
tendidas a mis besos caminantes.

.

{;l alma carcomida
de una extrana tristeza
hecha de amor y de piedad inmensos.

.

(/eomo viajé en aquella noche blanca
por el paisaje de tu carne
en el tren de tu infancia!)
ER~ESTO LÔPEZ PARRA

216

EL JARDIN DE LOS FRAILES
XI
haber maltratado mis sentimientos al descubrir, en las
soledades de la celda, la tibieza del coraz6n delante del
estimulo piadoso. Tan recio solia ser el tiro de esos afec,
tos, que bastaron para llevarse tras de si los apetitos divergentes de mi vida y absorber en uno todo erotismo y las quimeras nobles. Despacio, perdieron su virtud. Firme como nunca en las
creencias, no entendi al pronto por qué me emocionaban menos, y
anduve buscândole remedio a la frialdad de la pasi6n. Culpa nueva
se me antojaba la algidez; en su engaiio, la conciencia se acusaba de
descreimiento. Apegado a la unidad interior, aun ganândola por rutas
tormentosas, me apetecia recaer en el deleite casi mortal del acto de
abnegaci6n, que es llevar de grado al suplicio, en el ara del misterio
impasible, la voluntad de poseer profundamente la vida. Ese acabamiento repetido, esa postraci6n, frutos de un ejercicio donde se
amaestra la actividad total del espiritu, suplian por otras efusiones y
me dejaban el contento de no ignorar nada de mi. Cuando la unidad
vino a romperse, y la llama, por barruntar otros cebos, vag6 desprendida del tema religioso que hasta alli estuvo entreteniéndo!a, crei
perderlo todo: la caridad y la fe. Quise perdurar en el amor furibun-

(1

REO

217

�LA PLUMA

.

.

do, y me acribillé a espolazos. Hurgué en el_ ?rigen de la pasi6n m~rtecina: ido el espantc, ninguna contemplac1on me sac6 de la apaba.
Remonté el surco de los afios, agité mis memorias: los amantes refrescan con las suyas los apetitos estragados. Repasé por el trance de
la conversi6n, por las ansias posteriores, y me entemecia mi corta
ventura, que tan temprano me sac6 de la impiedad inocente. Me engan6 esa emoci6n viciosa: pensando restaurar en su empleo ~a p~janza original, devoradora de experiencias, me fui con el baJO aliciente de La conmiseraci6n de mi mismo, a echarme en el regazo de
la degradaci6n sentimental.
_ .
Me propuse ser algo en religi6n cabalmente al.apag~rse m1 ac_ttvidad espontanea, punto en que, cohibida la intehgenc1a, la conv1cci6n era mas honda y el entusiasmo cedia. No me propuse ser martir ni santo ni siquiera fraile o devoto, pero acompasar los sentimientos co~ las creencias. Si mi sobresalto de ne6fito se calm6 al
aprisionarlo la doctrina, que organiza lo sobrenatural y lo resume en
nociones al alcance de la mente, tampoco iba a soportar una verdad
rigurosa, aspera, donde no hallase esparcimiento la vena sensible.
Pugnaba por regir mi inspiraci6n e in~oducir cierto orden voluntario, poco patente, que deja a las emoc10nes levantarse y revolotea:,
pero atandoles un hilo en la patita; y cuando, al parecer,_~an_ mas
sueltas, la sagacidad las ha cazado y las expresa. A ese eqmlibno n_o
supe llegar. Veia la disociaci6n presente, y si no acerté co~ el mohvo, menos con el remedio; en el fondo, apuros del aprendiz en sus
tanteos. Aspiraba a concluir una obra que no por relegarse. en . los
limbos de la vida secreta dejaba de aparecer de bulto ante mis OJOS.
Consistia en impregnar de amor las creencias, y si me avasallaban
sin yo quererlo, trajéranme al menos la paz y, placiéndose en ellas,
arribasen a colmo las inclinaciones generosas del animo. Trenzar las
ideas con el sentimiento motor no me fué posible, como si escribien2 18

LA PLUMA
do este libro no acudieran a rellenar su trama los vocablos expresivos pertenecientes. La marea levantada de improviso por la revelaci6n del mas alla, en lugar de echarse, como antes, sobre mi y anegarme, refluia. Quise correr tras ella. Aceché su retorno. Solicité
ocasiones-fuera de las que incluia adrede el hora1io conventualen el roce de alguna sensaci6n propicia, que en granjear la complicidad del mundo exterior para sonsacar al animo su querencia recondita, cualquiera, desde nifio, es babil. La celda curaba de suscitar mis
soliloquios. Los cuatro muros que en las horas de sol me aislaban
del colegio, después de anochecido cobraban levedad y cierto género
de imaginada transparencia, como si la materia se atenuase, e iban
reculando hasta el confin del silencio, dejandome en el centro de un
ambito frio, solo. Entonces nada habia fuera de mi. La celda, abolidos sus limites, era tan vasta como el mundo, y el mundo estaba
muerto. Es indecible la acerbidad de este gusto: sentirse unico-principio Y fin-y afrontar la verdad pura, la verdad absoluta, confundida con uno mismo; uno mismo es toda la verdad. La idea de aniquilamiento entraba en mi al punto: queria zozobrar en el silencio.
Suspensa la atenci6n, me zambullia en ese agua insondable, que me
arrojaba como el mar devuelve los cuerpos... El tronco de luz amarilla
reanudaba la cadena de mis sensaciones. Por incapacidad de deslimitarme y perecer, volvia en demanda de voces amigables que rompiesen esta soledad interior. En vano. La invenci6n y los deseos, la
fronda viciosa en que solia perderme, se frustraban. En abstrayendo
las representaciones carnales, la reflexi6n s6lo encontraba el vacio
del. alma: seca, agostada toda, rasa. Vergüenza me daba la esterilidad ,
tra1da por las luces nuevas de la mente, ensenada ya a tasar en su
precio justo los fines de la vida. ~C6mo podia ser que nada me conmoviese? Pues asi era. El alma como un secarral, y vigilante sobre
ella, una atenci6n agudisima, en acecho del mas leve temblor. Ingrato
:z19

�LA PLUMA

LA PLUMA
es guardar una vina vandimiada. El hastio de esa quietud me inducia a buscar el parasismo en las plegarias, y no sabiendo inventarlas, en las plegarias de encargo, ofrecidas por el repertorio de rezos.
De haber tenido medios propios de expresi6n, a borbotones hubiesen manado de mis labios, no suplicas, improperios. Proferia, atenido
a la pauta de un librito, jaculatorias blanduchas, estomagantes, de
tantos ayes y suspirillos como traian: querellas no inflamadas por la
emoci6n de nadie. Pero en el libro, un pasaje desgarrador-el unico:
una oraci6n en la mue1'le, tan inverosimil como cruel-impetraba misericordia acoplando sus antifonas a los pasos de la agonia, escandidos lentamente. El cuerpo iba muriéndose poquito a poco en el
curso de las preces, y asistia uno al apagamiento de los sentidos
como a la extinci6n de un arbol de p6l\·ora. Al apagarse cada bengala de esas, reaparecia mas urgente la suplica, acercandose la obscuridad postrera. La plegaria horrible no dejaba de estremecerme con
repeluznos de miedo, entreverado de amor hacia el tercer enemigo
del alma, pues el rezo mismo obligaba a considerarlo aherrojado por
la mue1'le, y fuerza era despedirse de él y de sus promesas. Me arredraba en el umbral de la contemplaci6n prohibida.
Advierto en esc prop6sito descaminado de rescatar el amor aviva
fuerza, el yerro de un espiritu toda,·ia informe, pidiendo a la religi6n
complacencias sensuales incomunicables. Del hechizo inmediato de
la iglesia me habia evadido pronto. Los juegos de la luz y de la musica, el incienso y otras suavidades del altar, no me trajeron sacicdad alguna; donde muchos caen en arrobamiento y, por el deleite de
la vista o del olfato, suben al empireo, yo me mantuve 1ehacio, escatimando la atenci6n al lenguaje de la liturgia, que ya me habia inoculado por sorpresa emociones sospechosas, turbulentas, poco placenteras. En la afici6n de los sentidos, mejor p:ibulo era el campo. Un
dia de sol, las formas de los montes, la sonoridad de la Herreda, no
220

me forzaban
a concluir en nada·, no me amenazaba lo nat ura1con 10.
.
tenc1ones ~egu.ndas, y acab6 por derrotar a las sensaciones macera~:~ en la igles1~. Mas tarde, topé con esa insuficiencia del fervor reho1oso-anduv1ese
refrenado •" ùoméstico, o s,·qu·era
brav1O-para
.
Il
1
. ev~rme al punto donde el ânimo, fuera de si, aspira a disolverse,
se d1suelve
a veces, en otro aliento de mas ampt·io giro;
.
y
t d
pasmo ya
gus a. o en la invenci6n de lo bello natural, por el corte momentâneo
e~_ la msoportab~~ continuidad de mi presencia. Al contrario, la religion _me constrema; me apretujaba contra el centro moral de mi per~ona, todos los dardos centrifugos los metia en un cingulo d
.
ib· . 1 • • i
e acero,
a e:.cu p1elll orne, jCOn qué cincel inclemente!, y me dotaba de limites cada _vez mas disti nto.., y sensibles. La religion me oponia no s6lo
d~mas ~ersonas, pero al Universo. Ya no estaba esbozado en
, _Y s,endo. 1_nsop~r~able la cârcel, queria romperla, divagar fuera.
C_asos de union estatica con lo divino pululaban en las lecturas relig,osas Y en los ejemplo:. puestos por los fraile!:i. Ese vuelo en alas
del -~mo~·• pre,~iado co~ el oh·ido, con la suspension del pensamiento, tlba a ne;..:.,trseme, s1 cstaba advertido del rebullicio del corazôn en
columbnu~do la enseiia religiosa? Entonces probé una y mil Yeces a
dar ese bn?co, como tengo dicho. Fui el explorador mas atolondrado
de los carrunos misticos. No adelanté un paso, ni me alcé del suelo
una pulgada. Tamana ambici6n de sublimarse no se ha visto pagada
nunca
• ·t servidumbre a lo presente
I
. con mas ~mante
y contiguo. De
esos_ fracasos saha la percepci6n aguzada, mas capaz y alerta1 y los
senhdos, mas voraces. Si era en la celda nae quedaba el resto de las
horas mmovi
· · ·1 , d elante de los libros, filtrando
' , gota a gota la represa
enorme del tiempo. El tafüdo del reloj del Monasterio al caer las
ocho• levantaba _a 1 co1eg1O
· de su sepulcro. Portazos, voces,
'
paso de
gentes. La atenc16n se distendia. jA cuantas esperas ~ngustiosas no
habran puesto fin aquellas campanadas!

:/as

221

�LA PLUMA

.

.

Los frailes, haciéndome buen cristiano, no pudieron contagiarme
la tercera virtud, la mas entrafiable. Una sola poseia cabal. Nombré
caridad a ciertos sentimientos de rara bajeza. La ternura, la efusi6n
de convertido fueron, no mas, espanto de bestezuela acoquinada por
la evidencia de su infortunio. Me posey6 la emoci6n del riesgo; el
eaoismo
asustadizo di6 suelta a su temblor. Domado el alboroto .prio
mero, qued6me una verdad fria grabada en la mente, y troqué la mspiraci6n interna por la disciplina recibida de fuera. No mas alzamiento explosivo de los afectos, pero una pauta angosta para encajonar la vida, sin aquiescencia libre. La verdad religiosa me subyugaba-por raz6n de autoridad y del consenso ajeno-con el vigor de
las verdades practicas sacadas de la observaci6n persona!. También
era verdad que arrojandome por la ventana me estrellaria, o que me
ahogaria si me tiraba al estanque; fuera insensatez no atemperar a
tales verdades la conducta. Me someti, renca la voluntad, a contrapelo del gusto. La inteligencia, esclava; las pasiones, segadas en verde; observante, por prudencia humana: tal fué mi arte. Aceptar el
credo por molicie, me sabia a corrupci6n. De ahi mi aborrecimiento
de las amplificaciones sentimentales y de las digresiones poéticas de
algunos libros edificantes. En el refectorio, viniendo del silencio de
la celda, acaso me tocaba leer desde el pulpito unas paginas de El
Genio del Cristianismo (sin René), cuando no eran de Fabiola, o, caso
peor, de Las ruinas de mi convento. Tolerables los romanos de Wiseman, por caer de nuevas en esas evocaciones pintorescas, Paxot, el
lacrimoso, me daba nauseas, y mucha fatiga, como rodeo sin término, la amenidad de Chateaubriand. Las campanas... ; el peregrino que
retorna a su aldea y halla rejuvenecido a su padre ... ; la elegancia de
las ruinas...
jSi se hubiera tratado de esol... Placentero arbitrio: iPedirles
inspiraci6n cat6Jica a los roblesl Chateaubriand se quedaba lejos

LA PLU l\[ A
del foco de la creencia, y de su ha.lito, candente como el solano que
asura las mieses.
La escisi6n se consum6; vivi a lo hip6crita, administrandome la
seguridad falsa de haber extirpado lo inconfesable. En ese punto tan
b~jo, de la depresi6n, no es posible estimarse menos. Faita valor ~ara
m1rar cara a cara los designios solapados que se van superponiendo
y mezclando, y acaba uno por no saber d6nde esta la mentira ni la
verdad. E~ vivir en una suspension cuaresmal harto triste, y prepararse no se a qué: acaso a perdurar en la timidez, en la reserva. Pero
la insinuaci6n primaveral, el simple descuido de ser joven 1Jeo-an
irres~stibles. ~n el refugio vespertino de la basilica-el altar ~in p~m~
pa, sm devoc16n el alma-, el llamamiento atronador del coro rebota
en las b6vedas; nos doblega. El puro azul asoma en Jas vidrieras
altas de la cupula. &lt;Qué sugiere? &lt;No es mejor renunciar, que hagan
de nuestras vidas a su antojo, estar en paz siempre ...?
Al salir de la basilica, por deprisa que fuésemos, el azul, sorbido
por la noche, ya no estaba.

l\lANUEL AZANA
( Contirmard.)

222

223

�LA PLUMA

EL NOVELIST A
tNOVELARIO)
( CONTINUACIÔN)

"

il

L

..

X

1 puertas con miedo, porque
no~elista
s1emptar_e
detras
de lasabna
puertas
es n alis personai·es de novela esperandEo. toda oscuridad en las escaleras sobre todo, hday
n
,
En los cuartos e
ar umentosde
novela en' gran numero.

los baûles tam~ién.
. d una de mis novelas-deda a la som--Yo puedo hacerte personaJe { l' 1 aso
braque pasaba o al engendro que n\s:C;~ir ~ue ·busca a sus criat_uras,
Miraba a su alrededor como u
Yo las encuentro y com1enzo
aunque, como/1 deda, «~~s ~~;J!dc;:i;y auténticos ... Desde el principio
a contar con el as como se
• ·
verdaderas».
hasta el fin , mis novelas fan~ast1c~td~d que le habia hecho producir inSin embargo
e suhgbr~n
numerables
novedlas,
a ia v:~~s°q~e se' quedaba parado. Eso es loque
mas le hacia sufrir..
.
. , del mundo esta parada-se decia, y no
-Esta tarde la imagmac10n d 1 ar le dejabà solo en las arenas de
odia continuar, una resaca atroz e m
. .
fas playas desecadas.
. d
·ado la pluma y eso hace art1fic10Otro dia era porque ~~ ve1a emas1
'
sa y endeble la imagmac1on. .
la mesa el cepillo de la ropa, v al
Otras veces es que_le f??man sob~! cepillo se quedaba defraudado e
ira escribir con toda ilus10n y ver
224

irresoluto. No hay nada como un cepillo para secar y acabar con la ilusi6n de escribir.
-jYa me ha matado la tarde!-se decia con desolaci6n, y llamaba. a
la criada para rogarla que no le colocase mas el cepillo encima de la
mesa; pero 1a criada se rnlvia a olvidar del mandato y de nuevo trepaba
por la mesa el cepillo, que borraba toda la inspiraci6n y hacia infecunda
una larga tarde.
Cuando el no\'elista Yeia el dia con clarividencia, ya no era novelista.
«1Hoy no soy novelista! ïHoy no puedo ser novelistal», se decia Andrés, y se paseaba por enmedio de las gentes sin novela, que pasaban por
el dia generalmente limpio y sin novefas, estornudando de monotonia y
de mediocridad.
Hasta le parecia extrarîo al novelista en esos dias imposiblcs de novelar, que existiesen las novelas ya escritas y que se pudiesen leer en esos
dfas incapaces. Por lo menos le parecia que carecerian de interés, que
habria que tirarlas al suelo para que se quedasen derrengadas sobre el pavimento como escobas de pape!.
«En estos dias-pensaba Andrés-comienzan sus novelas los que no
son novelistas ... En estos dias se perpetran las novelas para los concursos.»
«Hay que saber no coger la pluma los dias gue no son novelables.»
Eran para él &lt;lias de mericnda y de cervecena, en los que vefa seres
tan apartados de Ja novela como los que tienen un cancer en la nariz y
Jlevan
el pafiuelo de seda ncgra que les tapa el agujero de la chatunguerfa fatal.
Él, que nunca merendaba, porque a esa hora es un cargo de concicncia cargar el espfritu, que debe estar agil y en ayunas en los novelistas,
entraba en los sitios en que meriendan los que ganan mucho dinero o
constantes dinerillos sueltos o se comen el dinero de sus padres.
Al principio, cuando no era el novclista consumado que era ahora,
habia incurrido en el defecto de escribir muchas pasinas los dfas no novelables, y asi, aun después de muchos afios, quedaban deslucidas, tristes, con una luz sin sol, aquellas paginas escritas los dias imposibles.
Eran como los roeles blancos de las vacunas y de las cicatrices que quedan en las carnes.
Los dias no novelables veia las cosas que hay colgadas en las perchas,
le resultaban muy visibles los cubiertos, Je daban dentera los platos, oia
Jas colleras de los caballos con insoportable insistencia, le abrumaban los
anuncios de los balcones y de las vallas; veia las mofiigas rubias de los caballos, que se le pasaban desapercibidas otros dfas, y en los balcones
22

s

�LA PLUMA
LA PLUMA

vcia solo criadas, criadas asomadas o criadas haciendo la limpieza y
asustando a toda la callc con sus arricsgados ejercicios, como si tuviesen
red debajo.
Los dias no novelables es cuando descubria en la ciudad lapidas que
nunca habia visto, y cso que habia pasado por aquellas calles y mirad()
aquellas fachadas numerosas veces. Eran por lo visto los dias para ver
todo lo superficial, los dias en que las miradas no pasan de las verjas al
pasar junto a los jardines.
El mundo quedaba convertido los dias no novelables en un mundo
en que se vive y se muere, nada mas. escuetamente solo en eso.
Necesitaba Andrés esos dias balanes de oxigeno para poder pasar el
dia, y cerraba todas las puertas con violencia sin querer y sentia frio en
todas las habitaciones.
Los dias no novelables eran dias sin correo, dias en que se acordaban
de él acreedores que tenian las cuentas dormidas hacia mucha tiempo,
dias en que encontraba el olor a humedad que tenia el lavabo y en que
pensaba que debia tener comprado un nicha para cuando se muriese.

Xl
Es el retorno de ediciones lo que seiiala para el novelista el camino ya
bccho y la construcci6n de la casita en el rinc6n sosegado, en el retira.
Sin embargo, Andrés veia novelas tan nuevas, entraba en dramas tan
interesantes, veia ambientes tan inexplorados, que seguia ardorosamente
hacia nuevos desenlaces, estudiando ·cada dia nuevas vecindades de personajes, nuevos ensafiamientos, nuevas incomprensiones, nuevos enfermas.
Las noches cran interminables y fecundas.
Andrés no conoda ya la mafiana, siempre rechazaba las fiestas, las
citas o las comilonas en la mafiana.
-La mafiana es bobalicona y su sol es el que da los costipados, es el
que se agarra a ia garganta como un tabaco salvaje-decia el novelista.
La maiiana se pasaba sin él siempre.
-Pero cso va a dar una gran monotonia a sus obras futuras, llenas
s6lo de personajes de la tarcfe y de la noche. También hay personajes intercsantes en la maiiana.
-Permitame usted que le diga que los personajes de la mafiana solo
son intcrcsantes a la noche.
A Andrés le iba muy bien sin ver la mafiana, a la que tenia tanto
micdo como a una vara verde. La mafiana luda con los ojos en blanco

Jejos de éJ, que solo daba sus co .
mos, pues el propagar ese odio an:J~a~ontra Ja ";taiiana a los mas intimayor de los descalabros a Ja ma t 'blndpodr1~ JJevar al mundo al
-En la maiiana el m~nd0
ern e e sus tnrporalidades.
bJanco ripolin.
es eSlartalado Y esta pintado como de
-No sea usted exager d
E
_
mejor.
.
a o... n 1a manana todo se ve mas daro y

d

-Mentira ... En la maiiana todo
tada de una falsa y absurda da 'd dse ve con una oscura simplicidad doEn 1
n a ···
-Anodadoarnaana adquiere el apetito de la vida.
manana con su esp ta
d
volve~ de misa ... Los cristales me at ec cuIo e _gentes gue parecen
do sntos de destel!o ... Yo amo hast!can en la manana, _dehrantes, dancua,ada, end_urecida, guisada...
el alba ... La man ana es un alba
-La manana refrcsca la mente.
-Con la frescura inutil a la inteli e .
.
quedamos frescos como las lechugas d ncha y a la imaginaci6n nos
-La manana esta llena de la
e a_s ~e~tas, nada mas.
'
-Si es verdad: esta llena de c~er~~~ mas _d1stmguida de la ciudad.
~ue ~alen a mejorar su tisis. 1Con decirac~s msoportables l de elegantcs
ommgos p~r la maiiana!
q e todas las mananas parecen
-CLallmanana esta Bena de ilusiones
- a e usted por Dios ·La
.d . .
vagas ilusiones a lo ma's . l'-- ma_nana e, ilus1ones! Enganosas falaces
l h
... La mana na esta He
d
'
'
gués,
ombre se sien te mas orega .
na e un desengaiio bur- .a man-ana conv1•da a tod i,
no que nunca ....
S1
·
p
o...
-- PUJas... ero de un modo b 1 •
d~ la manana produce el sentido co~n,a ' macabado, estupido ... La luz
d1as verdes y a las calabazas....
un como ayuda a crecer a las ju-Nada, que no nos pod
mafiaNa.
emos poner de acuerdo en eso de apreciar la
- unca... Figurese que todo lo , .
tbols en la ~aiiana, y mis obras ha~ sfdtg~~ccor~tde
losl de mas estan escri1 as en
emos mas.
a noche... ;-{0 ha-

s:

1

le

~I defensor de la mafiana un
lenc10, en5urrufi6 e hizo coU:o u/obo quemado con Andrés, guard6 siamante de la mafiana des ué a arra con sus guantes amariJJos de
El novelista se qu~c!6 urf os/e levant~, se despi~i6 y se march6.
novelas ~doleciesen de tener p~ca~ perpleJO. «~Podna suceder que sus
«Manana mismo
d"
1 mananas?»
-se IJO-sa dré por la maiiana ... Quiero volver a

�LA PLU,\tA

LA PLUMA
ver la manana.
•• No creo que sea diferente a la que me supongo, pero
bueno es repasarla.». .
la maiiana. Le escocian los ojos
y a la maiiana s1om~nte .sa1·,
1~ .P0r
de la luz y tenia seca1a ima,g111ac1on. bajo el frio. Ellas, como con la toHacia frio y todos parec1an rus~f cuello subido y bufanda. Todo ,e~quilla Iiada al cuello, y ellosf,
on pocas rayitas sobre el fondo llVltaba como grabado al ajua u:r e, c
do del papel de hilo ~e a mand~~·lbaniles,-se decia.
«Las maiianas estan llenas . d q~e Bevan un paraguas al brazo
Pasaban las mucha~~as atontma as,
como la cana del martmo Il ~ccld~oo~~~mo nunca, como muiiecos re«Se ven los sargentos y os so
los chicos.»
cortables de lo~ papeles de s:&gt;l~:~:/~~~ no sabe d6nde esta la Plazuela
«Por la manana pasa ese or la Inclusa también.»
.
de los Carros o q_ue preg~nltal p d alfombras que sacuden unas forag1·Oh I la manana esta ena e
«i
.,
1 r d
la cabeza.»
das con un panue o ia o a d 1 aiiana es mas antigua.»
«En la callc_ ~ayor es don e ~ m
ue le oscureciala vista corn? no
Andrés siguio repasando l_a 0:1anana,atuantos dias quedaba abumdo!
podia oscurecérsela 1a luz drt1ftal.ta~aiiana a la maiiana. Todo res~lNo le qucdaron gan?s e s,a i_r o ra en todo hab/a aires de Sanatono,
taba de una adolescenc1a es~up1fa1 y1 d ·glesia con muchos funerales.
de patio de Instituto, de atr~o c enca e ~ana
El sentido comun era impenos~ en la ~ea~ueh:en de misa con ganas de
Sc vc a Jas ins? portables s~~or~s \n poco. Todo cl mundo, duranmetcrse con los cnados y de _c me i;~r
..
te la maiiana, fisgon~a en vcz de m r r~ asado la maiiana, se promet10
El novelista, ind1gnado de ha~e t irse los burouescs plct6ricos que
no volvcr a salir a ella para no encon r
t&gt;
brillan v esplendcn.
d'd y lanzado en la manana colgado
No volveria a encontrarse pcr: i o
de la luz como un mu~eco de h1l:t - didura a la maiiana en que acaA lo mas se asomana un rato e;na que suele decir a Jas cosas que
baba su trabajo de la noche, esa noc e
aba·o·
se han queèado dorm_idas en el cu~rto ~~ osl v~y a ver dcntro de poco
-Dormid ... dorm1d un rato mas, q dar el desayuno de un poco de
despertar y lc_vantaros; que yo os voy a
luz de la manana...
- a bobalicona agria, es completamente
y abrir las maderas a la manan
'
inutil para el novelista.

cot

..

u:r

228

XII
Andrés seguia escondiéndose hasta de si mismo en su otra casa de la
calle del Sotillo, donde compon(a la otra novela, la segunda de las dos
que siempre ten{a entre manos.
«LA CRJADA» estaba pr6xima al polo de su fin. Micaela seguia su peregrinaci6n de casa en casa, buscando la de la felicidad, y pasaba por
las tristezas de salir tarde, de ver morir al seiior el mismo dia que habfa
entrado en esa casa y de estar con la compaiiera triste, tristisima, que
no sabe d6nde ir cuando llega el domingo que la toca.
Andrés acercaba a la criada al peligro del estallido del dep6sito del
baiio, accrcando su heroicidad a la de los héroes del Macht'chaco, todos
escaldados ror la explosion de la caldera. Andrés pint6 el caso de la que
se quema a preparar el ~~uamis y la cera para limpiar los suelos.
La peregrinaci6n de 1Vlicaela por las casas de Madrid era incesante, y
entraba en casa del cura hip6crita con lentes ahumados que la echaba
mano a los posteriores carrillos y en casa de la virtuosa que tenia el gusto
de matar de hambre a las criadas.
Sin parar tiraba de las asas de su baul-Ias fieras asas que la cortaban las manos-, guiandolo hacia cl descansillo de la escalera, depositandolo sobre su madera enarenada, mientras el mozo ven/a por él.
1Cuantas vcces la ayudaba la compaiiera a llevarlo a la otra casa, quedando en las manos sufrientes y quemadas por la lejia la huella de las
asas afiJadas, como huellas de martirio por caridad, como Jas Jlagas del
Salvador!
En la novela habia parrafos que la daban mayor realidad:

«i llabrd nota mds viva de la realidad que el lavatorio de los piafos J'
los ~•asos?
Reg11rgilan las tazas y los vasos. Los plalos y todo suena como dentaduras, .!frandes dentaduras que chocasen los dzenles.
Toda la realùiad de la casa se concentraba a esa hora en la casa para
oir, para no dormùse tan pr,mto, para vel.:zr un ralo mds.
Solo en la cocz'na se oian las ûllimas t'ntermitenctas del dia, sus ûltimos
sobresaltos, su ûltùna musica.
Corren las fuentes,y no se oye nada. Se olvidan de todo. El •gua de lJ.
fuente les ayuda a olvidar.
Cua11do cierran la fuenle todo se apaga, todo se stfencia, y /)or temt'r a
ese silendo en que se chapucean las ma11os como ranas en Los barre,ios, vuelven a harer correr la fuenle.

�LA PLUMA
Gran ruida el del agua cornente, iran virtud, tes Irae -ruido de sus sllios dt divtrsiôn, de Fuente de la Te;a, de la Fuente del Bern&gt;.»

Andrés scntia en la calle pobre, con el pensamiento puesto en las
pobres criadas, toda su tragedia, aunque las vcia entrar en pleno ataque
âe coqueteria en la tienda âe ultramarinos de enfrente.
Apuntaba siempre con referencia a las companeras de Micaela o de
la misma Micaela, sus rasgos conmovedores: c6mo tienen la facultad de
despertarse a la hora temprana que se las manda que se despierten, para
llamar al que se va de viaje, su abnegaci6n para querer a Paquito, el
niiio del que fueron nineras y que les tiraba del pelo con crueldad de
chino; la sobreposici6n de las borrachas, cumpliendo su deber en plena
borrachera, deiplegando una fuerza servil asustante, especiando los
guisos y manejando el afilado y gran cuchillo, conteniéndose, reduciendo
esa propension al crimen que tienen los cuchillos con la borrachera; su
enternecedora manera de convertir en tiestos las latas de conservas y
regarlos y cuidar las florecillas que nacen en ellos como quien cuida
unas flores de jardin.
El novelista desenlazaba la novela hedionda de los seiiores, las seiioras y las senoritas de cada casa en que estaba Micaela, anadiendo detalles de realidad a su novela realista hasta el deliquio: «Sonaban sus
suelas nuevas como si todo el entarimado crujiese y se cimbrease ... »
«traia la falda a medio desabrochar, que es como se queda después de
los bailes en las praderas ...» «eran aficionadas sobre todo a los falsos
rubies rodeados de falsos brillantes... » «guardaba todas las cosas viejas,
sobre todo cajitas, cajita5 de boda, estampas, una cosa rota a la que eubren la herida con una cinta rosa. 1Qué 0 ran dicha la de los d,as que
arre~laba su baull « ... » 1C0mo asustan a1os criados los sucesos de los
periodicos! Cua ndo llegan a las pescaderias o a las carnicerias donde el
carnicero, mientras comenta el crimen, parece quelo rcconstituye dando
hachazos en la cabeza de cordero para sacarle los sesos, es que el crimen
es de los que les hacen clientela del establecimiento, porque se quedan
encantados de lo bien que se comenta alli el crimen .»
Aparecian en la novela casas de portales distintos, portales con portero de larga levita, portales con portera miedosa de mono hecho con
una trcnza sutilîsima y que se ocultaba para corner avergonzada de que
la viesen comerse aquel pedacito de pan que era su pobre cena, portales
en cuya portcria, siempre sola, se quedaban dos gatos negros sobre la
mesa cubierta de hule, dos gatos negros que parecian ju~ar a la brisca
sobre la mesa con el hule color madera y con el dibujo Cie las vetas de

LA PLUMA
m~dera, que es el tipo de las mesas de los verdaderos jugadores de
b nsca.
La casa del ~erïor Golard consigui6, gracias a la ins iraci6n de la
pluma del no~ehsta en aquel cuarto misterioso de la calle del Sotillo'
u~a granbsord1dez que daba escalofrios a toda la novela, con su recibim1ento o scuro, de farol que apagaba las falabras y los estos de
banco con fondo de arc6n y que era corn~ e asiento del trfnvfa, 'ïnmfiln
y teatro de tod? lo que sucede en los pas11los, de Ja vida ue va murien~
do en las galenas, _en Jas rotondas, en la propia antesala.q
. «De casa del_ senor Golard se mcJ.n·hô aquella f.2rde e,z que la mandaron
ba1ar a ta cstacûJn una maleta tan pesada que la hubiera derr,"n .J.
plttamente.»
~ :gauu com1 Por fin l1eg6. el novelista a los capitulos del desenlace asentandola en
a fc~sa que hab1a supu~sto ella de la felicidad, pero en J~ que habia de
su nr 1a mayor desgrac1a.
;su ~·arne de_poros etrrados, produ.fo en Andrés, hi.fo, la calentura sensu~ , y supo arrwconarla en el cuarto de los bau/es y preparar sobre el
rzuL e;,or':le y_negro como las grandes camas de ébano, la boda perentoria
na e stlencz~ y perfumada por Los pebeleros de la naftalùta.
Aquetlo, mas_que nada, por et momento quedo convertùio en un acto
jl por aquella primera vez, Andrés, hijo, sintio et derecho a amedref:tarkl
~!'bmerosas veces, ddndola et pdnico de la sei'iora de cabellos anses e i·ra de
w a contra la vida.
"'
la Se rep:tia sin dar_Le impo?"lanâa el acto sordido con pdnù:o lambién de
;ompant:a, que, st se hubtese enterado, habda proclamada la Fa/ta a t,
toua la veczndad.
I'
nt
Et seiionfo Andrés creia conqulsta suya la de Mù:aeta, la pobre Micaela, que
dta_, p_or descansar de la persecucion, se habia entregado por fin.
p ero t~n za smttô ~l an_~elo ùtconfundzote que el provocaba
ue tan bie~
cçzo_cQta f°n su resp!raczon:, ahogada por la obscuridad del cu~r~o de los baâs. ~yu a_marga tnjidelidad, pero como ta merecia y no podia castitTar/at
c' quzên era? Bra su padre.
"''
·
. Aque(Lo le hizo dar u~a v~lte,:eta muy rara a su C()razon. Era un conjlzcto P~ltagud.o, .azmque srn d_zgn_zdad. Era el verdadero co11jllcto sordzâo en
que la tncestuoszdad mds ba;a tune tu&lt;rar.
Su padre falta~a al hi.fa con su in~âada, y al mt'smo tt'empo la consagraiba ylla f~;develz1(ta en su madre, en su ·m adrastra, daranda con sucia purpur na a tn1 ., dad.
Aquetta es~~na e~z el pasz'llo s_ilencioso, en el que sôlo ét se daba cuenta
de todo, le dl!.JO rela;ado, vulganzado, mediocrizado, desgualdrafado. La

u;/,

230
231

�LA PLUMA
historia de la rata hzmzana en su es:eua mas tipica de a_l~anlartlla_do, en
los claustros obscuros de los pastllos y los cuarlos de servtao de la casa, le
rebajtJ la vida.
•,
,•
.J l
·
·Con qué innoble afdn la busco! Después que se ron~tzo satteron ue s1len~'o, y ella volvùJ a la hipocresia de la faenl!' y la kzzo con:fesar la ve1·güenza del enga1io, que elll! justi.fico con un ~r_zste «110 /te temdo mds 1emedio» que acababa de hundtr .,n el pcor serv,ltsmo a la dadnra del placer
fiertivo y al mismo placer.
.
.
jAh, pero no acabo ahi la historia y las frecz~entaczones, aho:a con m~yores peli![ros, pues otra mano, la ma120 que podia buscar lo mis;no, podta
empujar la puer/a, que, entornada, solo parecia 110 ocultar nada.»

OBJECIONES
EL LE6N, DON QUIJOTE Y EL LEONERO

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Se continuard.)

232

~scâ~dalo m~vido por la visita ~e Unamuno al Palacio Real es
lisoniero en c1erlo modo para el m1smo Unamuno, eu cuanto prueba la autoridad de su campafia. El publico, receloso o frivolo, por
lo comun, le- habî11 tomado profnndamente en serio. Este es buen
siotoma. Prirnero, porque dcscubri- una capacidad de coufianza, una Ja,·gueza en
el crédito, que apenas podîamos sospechar: tan amargada por los desengaiios
suele mostrarse la que llaman opiniôn publica. Segundo, porque Unamuno habia captado el aseutimicnto de la masa en méritos de su prestigio intelectual.
La reputaciôn sôlida de Unamuno se funda en una gra1J obra literaria que
la mayoda de sus hoy chasqueados partidarios desconoce. En esa reputaci6n,
consagrada y, pudiéramos decir, respaldada por un corto numcro de genles, ha
consistido la fuerza de Unamuno en su empefio de debelar la dinastia. Nadie
pFctendera que Unamuno engrosaba sus hues tes de asalto contra Palacio por la
fuerza de los argumentos ni la novedad de sus tesis politicas. Tampoco le ha
valido su pregonada independencia. La honestidad persona! no decide del
triunfo de un caudillo. Demagogos que son granujas notorios andan por ah{
haciéndose temer y, por ende, corromper. Otros hombres, de tan honesta vida
como la de Unamuno, y con mas fuerte posid6n doctrinal, han perecido arrinconados, sin que nadie escuchase sus mon6logos. Unamuno, al descender a la
agresion virulenta, al ataque persona! que todo lo eropequefiece, se ha impuesto a la atenciôn espafiola porque metia en ese jueg0 la autoridad de su imponente tigura, labrada por cierto eR una vocaci6n que esta a mil leguas del oficio
de libf'lista. Que Ull poeta, un filôsofo, un gran literato pueda, dando en prenda
111 admiraciôn un poco supersticiosa, distante, que en Espafia se granjea con
esas profesiones, acaudillar a los descontentos y devolvcr ocasionalmente cierL

233

�LA PLUMA

..

.

.

ta eficacia aparente a las armas desacreditadas por otras manos, es cosa notable, que nadie ha de llevar a mal. Pero es también confusionismo, donde se
arriesga lo que no debe ponerse en litigio. De tal confusiôn. del uso inhabil
que Unamuno ha hecho de aquel poder, viene, a juicio mio, lo lastimoso de
este paso. Unamuno se niega a scr politico sectario; es su derecho (aunque no
entiendo c6mo podrâ ser un corifeo no tocado de sectarismo); pero venia siéndolo, porque sectario ha de ser el vocero de resentimientos exaspcrados. El
publico, que no le pedia lecciones de filosofia de la historia, le Hama resellado
Unamuno invoca su libertad de pensador independiente. Es admirable que·
Unamuno no advierta la incongruencia entre sus respuestas y las preguntas de
sus amigos.
En la campaiia de Unamuno era esencial el tono. Con el accnto expresaba
Unamuno lo,que ya no cabia en bt virtud cxpresiva directa de los vocablos.
Sacaba su idea de los modos normales de difusi6n de una propaganda politica,
y planteaba el caso en términos de urgencia, de inminente de~eolace, en cse
punto en que todos los razonamientos estan ya hechos, todos los discursos son
inutiles, y el animo debe esforzarse a la acci6n. Desde los tiempos de Costa
no habfamos oido igual rebato. Pero las adjuraciones de Costa se dirigian al
pueblo espaiiol para traerlo al bueu camino. Costa soltaba cataratas de impro.
perios, rugia, pero sus lagrimas ardientes caian sobre el pueblo mismo; luchaba con el monstruo a brazo partido; era uo titan generoso, pero bien se veia
que iba a perecer; invoc.1ba la violencia, las operaciones quirurgicas, pero
q uerîa operar en el cuerpo social; si las campafias de Costa bubiesen podido
ser mas eficaces, el res~ltado hubiera sido un levantamicnto de la ciudadania.
Las adjuraciones de Unamuno van a una persona sola, y aunque le sigue el
clamor publico, la multitud no es protagonista, pasa al rango de coro; Unamuno impropera a un hombre, personalmente, y en su casta, en su sangre; Unamuno no diluye su enojo en raudales de palabras; cada una va suelta, certeramente, como guijarro bien lanzado, a dar en el blaoco; a Unamuno el auditorio le sirve para producir el eco, pe ro lo que le importa sobre todo es «el
otro•; son dos en pugna: «hablo aqui para que me oiga Él&gt;, decia en el Ateoeo; se parece a Luzbel, que no resignâodose con el destronamieuto, ameoaza
al Hacedor para que le restituya en su antiguo aprecio. Unamuno habla de
castigos, de violencias ioeludibles; mas no para aplicarlos sobre el cuerpo corrompido de la naci6o: augura el rayo (truculenta rnetafora) sobre el cuerpo
real. En esa campaiia, la personificaci6n de la culpa y la de la viodicta me han
234

LA PLUMA
parecido excesivas. Dejandose me ter en daozas electoralcs Una u
d ...
v t
,
,
m no JJO.
• o ar po~ m1 es votar directamente contra el rey,. Es un error. Se vota contra un rég1men, contra un sistema, contra una instituci6o; 00 se vota personalmeute contra un rey; persooalmeote, contra un rey cuJpabJe, se arroja una
bomba, ~o las papeletas del sufragio. Eso de vota.r es una liza conveociooal,
u.na csgnma con espadas romas, doode no puede desfogarse el ardor vindicat_1vo. Cuaodo un r~~ graba su efigie en la conciencia popuJar con rasgos de
hraoo, surgen reg1c1das, que no elcctores.
Menester es advertir loque se crea con las palabras. Unamuno con el tooo
Y la personi6caci6o de agravios y culpa, habla creado un movimie,nto. Iba po;
una ruta que.' estando como esta muy trillada, todos saben a donde lleva; 00 le
f~Jtaba séqu~to. Pero las acciooes tienen su dialéctica, tao rigurosa como el
d1scurso rac1onal. En un debate de priocipios no se le tolerana
• a nao1e
· · r!:'sponder ~ una observaci6n 16gica con una pirueta. A Unamuno Je reprochan boy
sus segu1d~res el haberse salido, sin raz6n plausible cooocida, de Jas lioeas en
que se hab1a puesto a justar. Verdad es que su acci6n, por reducirse a machacar en el mismo clavo, brindaba con pocas esperaozas de progreso· pero en
fin, alguna salida airosa po~ia tener. Un ma! chusco (nunca faltao), al ~aber ~ue
Unamuno entraba en Palac10, exclam6: cVa a coronar su obra civica: boy asu~e el pape! _de Jacobo Clemente.» Terrible 16gica. Pero nosotros no le discern1mos a nad1e ese encargo'. y a ~namuno menos, porque 00 Je iocumbe, y porque _desea_mos que nos v1va mtl aiios. En su puesto, 00 le quedaba mas que
scguir, a nesgo de ~ansarse, machacando hasta que el obstaculo desapareciera
de ~lgun modo; o s1 otra c_onvicci6n germin;;ba en su espîritu, proclamarla, y
dec1r_ en qué puoto ~ab1a errado; presentarse ante el publico, después del
emoc1onante careo reg10, o relapso o convertido. Solo declar6 esto: ,Para decir
la verdad no es precise poner motes a nadie.&gt; ïSi, si! Pero también eso era
ver~ad antes, Y •l~s ~~tes, (en rigor, el tono) eran esenciales. iD6Dde, pues,
esta el yerr~? ëEn mfitg1r desde lejos una aflicci6n, como quien cump!e un deber, ~ en enJugarl~, ~uando. se tieoe dclante, quejândose, a la persona iastimada. Unamuno, c1ru1ano, v1endo llorar aJ paciente, arroja la laoceta y le :iplica
uoa cataplasma.
He oido Y leido las e~plicaciones del resbal6o de Unamuno propul!stas por
algu~as personas de m1 respeto. CuaJquiera seria aceptable si se tratara de
expltcar un fen6meno oatural; pero a Unamuno, coofrootado con su acto 00
se le ha pedido que lo explique, sino que lo justifique. Por ser necesario j~sti335

�LA PLUMA

LA PLU ~1 A

ficarlo como acto de hombre, es posible la critica. El rigor en la conducta no
es palabra vana.Lo que el vulgo llama cconsecuencia• no consiste, entediéndolo d~rechame11te, en decir o hacer las mismas cosas siempre, sino en Jlevar
de acuerdo los actos c-011 loque esta implicado en las premis;;s de nuestro modo
de hacer. ~i el acuerdo se rompe, justificadamente, serâ que motivos nuevos
alteran las premisas de la conducta. A Unamuno se le pcdia que los mostrnra;
no habiéndolos, o no siendo conocidos, se dice que cl acto de Unamuno es
arbitrario, sin justificaci6n. Explicarlo por el caracter singular del protagonista, es peligroso, si se omitc que los arrebatos del tempcramento no bastan por
disculpa. Guardémonos de acreditar la sospccha de que el intclectual es ur,
hombre con quicn no pucdc contarsc para nada. Si Unamuno ha incurrido en
el enojo publico porque un acto suyo, cngastado en la vida social, parcce en
desacuerdo con sus ideas, guardémonos de introducir-con la mira de probar
que el hombre ha obrado, como siempre, de acucrdo consigo mismo-una
licencia de peasamicnto intolerable. Uaa cosa es la libcrtad formai de la inte·
ligencia y otra el fin que la csclaviza. No piensa uao lo que quicrc. La intcligencia no es una cabra Joca, ni una facultad deportiva. No vamos a convertir la
inteligencia en abogado picapleitos, defcnsor dt" todos los arrechuchos del
carâcter, ni a emplearla en demoler la hombrîa. Concitar las pasiones d~ la
muchedumbre, azuzarla, manejarla, puede scr obra digna, donde se sac1c el
prurito de creaci6n y resida un goce estético. El iatclectual que abandona la
especulaci6n pura y, cediendo al tentador, echa por camioos tan fragosos, debe
advertir, no que se disminuye (esa es su gcnerosidad, su sacrificio), pero que
tu comcrcio cc.n el publico es ya distinto, otra la disciplina. Su principal deber
con los sccuaces es la fidelidad al convenio que los junt6. Es un estrago lamentable romperlo injustificadamente. No vale encararse después con el publico,
alegando la libertad del pensador, y decir en substancia: •lQuci se figuraban
ustcdes?, Porque los oyentcs, con un sombrerazo de respeto, podrian contesar: •jDispense usted, seiior: le habiamos creîdo por su palabra!•
El carâcter de Unamuno esta impregnado de quijotismo. La csencia del
quijotismo acaso no se.1 el amor de la justicia sino el afân de conquistar etcrno
nombre y fama. La aventura regia de Unamuno pudo mirarse, en todo caso,
como el principio de una gran quijotada: iba a encontrarse con el le6n. El prestigio del valor puro es tan violento, que estaban suspensos de admiraci6n los
mismos que desaprobaban la cmbestida: cl discrcto caballero de la Mancha, Y
cl cscudcro, que ticrnbla por su persona. Si éstos le molcjan, es que no ha sos·

tcnido su pape! cl héroe. :N'i el lc6n tampoco. El leon de Don Quijote era un
fiero_ le6~, un le6n soberbio, traido del dcsierto. Y al ver a Don Quijote-dice
la h1stona- &lt;el gencroso le6n, ruas comedido que arrogante, no hacieudo
caao de niiicr_ias ni de ~'.avatas, después de habcr mirado a una y otra parte,
~omo se ha d1cho, volv10 las cspaldas y enseii6 sus traseras partes a Don QuiJOte, Y con gran flcma y remaoso se volvi6 a echar en la jaula•. Desdicha de
Unamuno ha sido no tropezar con un le6n de igual temple. Su Ie6n no tienc
orgullo; en lugar de cnscnarle sus trascras partes, ha hecho como hombre Jastiruado: ensenarle los verdugones. Héroe y fiera se han pucs:o a departir gravemente. Ahora, Unamuno no podda aplicar a su aventura lt-onesca, con Je6n
humanizado, la glosa que escribi6 para la aventura de Don Quijote: c:'-io, el
le6n no podia ni debia burlarse de Don Quijote, pues no era hombre sino le6n,
y las fieras naturales, como no tienen estragada la voluntad por pecado origi•
nal alguno, jamas se burlan. Los animales son enteramente serios v enteramente sim:eros, sin que en ellos quepa socarroneria ni malicia. Los· animales
no son bachilleres, ni por SalaHianca ni por ninguna otra parte, porque les
basta lo que la Naturaleza les da,. Si t:I le6n, humanizado, puede burlarse,
jqué no reira el leonèro! Los leoneros se rien cuando un héroc hace la triste
figura.
No escondo mi despecho; diré, si no e;; exceso, mi rabia. Unamuno querra
creer en la sinceridad de mi despecho, como crev6 fundadamente en mi simpatia. Si ahora se revuell'e contrn los disidente;, fustigandolos, saqucme del
.ala1de. No le pido que sea republicano, o monarquico, no pretendo conferirle
un pend6n. Ni soy politicastro, sentimental, histérico, jugador, revolucionario
sin conteoido, ni cstoy adscrito a mentidero alguno. En la charca de Madrid,
Y fuera àe ella, pululan las gentes capaces de medir el alcance de las palabras
de Unamuno y su dcsinterés (&lt;para qujén, si no, escribîa?), asi como cl cstrago
que causa, si desentona. lQué testimonio d,~ considcraci6n superior po&lt;lemos
ofrccer a un hombre, que no sca el de publicar, si llcga el caso, nuestro diseotimiento? jCuantos quisicran suscitar una oposici6n de esc géncro, e impresiooarnos con actitudes que nos dejan indifcrcntes! Aplace Unamuno su pesadum•
brc para cl d{a que sus amigos le mircn con displicencia. &lt;O los espaiiol es
eminentcs son tan sobcrbios, que no pueden oîr la contradicci6n mas !cal sin
achacarle al contradictor scntimicntos ruines? No, don Miguel. Sc puedc decir
la vcrdad sin poner motcs. Tambiéo oirla.
CARDENIO

237

236

.,

�LA PLU ~1 A

LA DOCTRINA DE FREUD EN LOS PUEBLOS

actividad psicoanalista, apaciguada durante la guerra, ha adquirido nuevos brios, y al fin ha logr~do_ uno d~ sus mâs intensos
dcseos: Ja conquista de Francia. La 10d1fcrcnc1a que durante un
..,
periodo de ccrca de trcinta afios mostr6 este pueblo por la doctrina del psiquiatra vienés Sigmund Freud ha sido molivo _de gran a'.°argura
utor que en diverses ocasioncs ha intcntado cxphcarla med1ante su
para su •
,
b. d
Id ·
ingeniosa mctodologia psicoanalitica. Hoy todo parccc ha ber ca~ 1a
Ya c~intt'rés primcro ha sucedido cl cntusiasmo dcsbord;.nte. «Cet h1v~r-c1 sera, 1c
le uain~, la saison Freud• cscril.&gt;ia a principios del aiio en La 1'_our,t/k Her,ue
Pra'l,;aise Jules Romains: • Rn los salenes-prosigue cl citado cscnlor francéscomicnzan a haci·r ruido Jas tendencias re/irimidas, y las !&lt;ciioras rcficren su ultimo :1uciio con la cspcranza de encontrar un intérprctc audaz que las dcs~ubr.1 toda clasc de abominaciones.• Los hombres de lctras utilizan la técn1ca
ps;rnanalista para sus investigacioncs criticas o se inspiran en Freud, llcvando
inc:uso al tcalro productos gcnuinamcntc Creudianos, con_io Lenorma'.1d en_ su
rcc1cn...- tU rioes, rcprc·~,.ntado con éxito por P1tocff en Pans
.
.
d rama lJe m. ~.-,r
tcmcntc. )1arccl Proust, el concienzudo narrador de la tJila sexua/is ~c c1crta
clnsc de la sociedad francesa, ha sido objcto de un cstudio pscudofreud1sta poco
afortunado. Paul Bourget compu~o no ha mucho un cucnto a bast. del concepto
frt&gt;udiano de c/a lzu{da a /a mfermedad». En fin, raro es cl dia que el nom~re ~c
Freud no aparccc en alguna rc\·ista litcraria unido-no sabcmos por que mtslcrio del inconsciente-al del fisico Eim;tcin.
J.a doctrina de Freud o cjsicoandlitis• data del aii'J 1893, y ~us fundament~s
se hallan en la publicaci6n de Breuer y Freud: Ue/Jer ün ;syclmchen .1/echamsmus lzvslerisclzer Plziinomem. Durantc este tiempo la fccunda labor ~e Freud Y
de su· nutridisima escucla ha formado una copiosa biblio~rafia pubh~da en va·0. idioma!!l-alemân e inglés principalmeute-en rev1stas espec1ales Y en
nûmero de peri6dicos de carâcter gcneral. Los discip_ulos de ~reud no se
ban mantcnido dcntro de una severa ortodoxia psicoanahuca, y vanos de cllos
han crcado nucvas cscuelas, de las cualcs ban brotado a !lu vcz o~ras mâs recientes, discutiendo entre si acrcmentc dctcrminados puntos co~s1dcrados_ por
algunos como dogmas freudiaoos intangibles, engeodrândose el c1sma en la 1gle-

Il

.

.

,._

LATINOS

o:

(1,,

;~a:

1ia freudiana casi dcsde su fundaci6n, como apuntaba un sagu critico italiano.
Todo este intenso movimiento iotelectual creado en torno de Freud apcnas ha
repcrcutido en los pucblos latioos, doode fucra de un reducido grupo de proCcsiooales-médicos y psic61ogos-, que adoptaron 11nte la doctrina psicoanalista una posici6o critica advcrsa, a veccs dcspiadada e injusta, el resto dd pûblico cultivado no se ha intercsado por la doctrina de Freud hasta ahora, que
casi repenlinameote sicntc ilimitada admiraci6o por ella.
Aigu nos autorcs franceses culpan de la antcrior indifercnci:t a los prC&gt;fe!'ÏO·
nales de la psicologCa, y scmeramcnte apuntan, como Albert Thibaudct, que
csôlo los médicos han dado brcvcs noticias dt"l p icoanâlisis, pcro la litcratura
dogmâtica y breve de los médicos es una cosa. y la psicologia es otra ,. Ta: afirmaci6n es injusta por lo que a la doctrina de Freud se refiere, porque pr&lt;:cisamente de Francia ha salido uno de los rcsûmcncs mas completos dd i-,ii-011nalisis publicado har:i unos ocho aiios por Regi~ J Besnard, y que ha servi do para
ioiciar a gran nûmcro de médicos y no méd1cos de Francia y de Espana. l.ibro
ignorado por cuantos se ocupan ahora del psicoanâlisis en Francia, que como
Jules Romains escribcn: «Nuestros especiabstas. nuestros i11formad1,re~ de calidad, nuestros sabios, hoy como ayn, ,.e enteran dcmasiadn lentamentt• de lo
que pasa fuera de nosotros.• Xo debe ohidar~e que Francfa atra,·it'Sa actualmentc una dur?. crisis psiquiatrica, y hombres como Pierre ~Iaric, nenr61ogo
cminentc, no se recatan para dccir que cl pnis no cuer.ta. dcsi;radadamcr.te,
ma,; que con 1mos cuantos psiquiâtras de tcrtcra lila iocapaœ:. de rcprt-se11tar
a la psiquiatri.i francesa, de tan prcclaro abolcl'lgo, y como cl médico profesional no cra el mâs apropiado para abordar el psico1malisis, ,iendo lo~ médicos
los adecuados propagadorcs en pro o en contra de la doctrina, nada de extrano
tiene no llcgara al pûblico laico a sn dcbido tiempo. como ha ocurrido en otros
paises, América del Norte o Italia, por ejemplo. Y este hecho que, a juicio nuestro, es la causa principal del rctraso de la Jlcgada de Freud, retraso que a tantos indigna, es fâcil de comprobar en las revistas francesas profesionales, ricas
co contcnido ncurol6gico, pero de escaso vaîor psiquiâtrico y psicoapatol6gico.
Es peligroso, en nucstro sentir, que los iotroductorcs del psicoanalisis no scan
profcsionalcs, porque es presumible que aun el publico mâs cultivado vaya al
psicoanâlisis impulsado por un desco malsano, purament~ sexual, scmejante al
de las sciioras de los saloncs franccscs a que aludc Jules Romains, y su entusiasmo no signifiquc la aceptaci6n seria y meditlda de la doctrina, sino mero
csnobismo, y cl éxito de Freud en Francia sea tao cfimero como taotas otras
239

�LA PLUMA

..
,.
.,1

•

manifestaciones atrevidas del espiritu bumano. Claro es que este fen6meno se
ha dado anteriormente en otros paises y su peligro ha sido cquiparado-quitâs
de un modo algo hiperb6lico-al que implicitamente llcvan consigo todas las
doctrinas misticas o p~eudomisticas: el espiritismo, la cChristian Science•, etc.
(Ch. K. Mills.)
El desarrollo del psicoanalisis ha sido, ciertamente, leuto. Los libros de
Freud aparecidos desde el aiio 1893 hasta el 1905, Studien über IIysterie (1895),
IJie 1'raumdeutung ( 1900), Die Psychopato!ogie des A!ltagslebens ( 1904), Der Witz
und seine Bezielnmg zum Unwebmsten (1905) no lograron despertar la atenci6n
general en el grado que dada la calidad de la doctrina era de esperar. Segun
Isserlin (vie psyckoanal_vtische 1.Vetllode Freuds. Zeitschr. f. d. ges. Neurol. u·
Psycb. Bd. 1, p. 52-80) fueron los intentos de la escuela de Zurich para afirmar
la doctrina de Freud con el auxilio de la prueba de las asociacioncs los que
provocaron una intensa resonancia, a partir de la cual se inici6 una gran corriente literaria en pro y en contra de Fre ud. Oentro del campo de la l\Iedicina
no ha habido, en estos ultirnos tiempos, docti·ina que baya creado tantas discusiones y encendido t&gt;l apasionamiento de partidarios y censores con ta! fuerza
como d psicoanalisis. Junto a los que parangonan a Freud con Newton y hasta
con Jesus, se alzan otros negandole todo valor y calificandole de mercader de la
Medicina y curandero. Fadl es para unos y otros recoger en la doctrina argumentos favorables, ya que al lado de concepciones geniales de gran sutileza
existen numerosos bechos, grotescos y arbitrarios. Freud mismo reconoce (véase cl pr61ogo de la cuarta edici6n de Drei Abluwdlugen zur Sexualtheorie, 1920)
que la parte sexual de su doctrina encucntra mas oposici6n que aqucllos otros
conceptos de la misma, puramente psicol6gicos: represi6n, conflictos, inconsciente, etc. Y recuerda a los que le censuran cuao pr6ximo se halla el amplio
concepto de la sexualidad psicoanaHtica del Eros del divino Plat0n. El valor
extraordi11ario que concede Freud a la vida sexual considerâ.ndola como un
compor.ente esencial de la vidd psiquica normal es innegable, pcro a la su conocida frase c En la vida sexual normal la neurosis es imposible• puede responderse con Isserlin: cEn la oeurosis es imposil:,le una vida sexual normal&gt; ,
La cdtica moderoa del psicoanalisis repite los mismos argumentos que a su comienzo y son idénticos los anaternas lanzados contra ella. En una discusi6n reciente a prop6sito de la ponencia de Charles K. llfills, Some theoretical nnd some
praclicaJ aspects ofps;•chanalysis en la cAmcrican Neurological Associatioll• se
ban evidenciado las tendcncias mas opuestas; asi McCurdy cxplica la _)Opula-

LA PLU \1 A
ridad del psicoanâlisis por el interés porn o r ·r d
llins afirma que el psicoanal' . . .
g a ico e la doctrina, mientras Co•
•
ISJ!; es una forma d el
I
•
prmc1pal es el exterminio d e 1
_
. .
neop atonismo y su obJ'eto
• a moi a 1 cnstrnna
. ·!)Or l'i
.,. Alh entusiasmo despertado •aho ra en F◄ ranc1a
•
, ..
auos ace, en ltalia una fuert . .·
.
· psicoanalt:;1s pr 'cedi6
,
.
e &lt;i&gt;n tente ant1freudi,.,t · · .· .
'
!l"as linos y sut1Ies psinuiatras it· 1'
'
,
. a, m1c1ad,t por uno d,. los
.
-,
a ianos, c, pro,e•·or I
s1do, hasta ahon,, superada en 11 • u'
. ,
.ugaro, cuya c,itica 110 h.t
I' 1 d
.
m.,un pais. Con gr,1n in«c 010
.
. .,
iza a octnna freudiana en su l'b
L
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.
"
Y preci,1011 ana1 ro
'
,.
.
a j,s1elltalria ledes
,,
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/ artua,,ta, Firenze
cPa Il
.
ca 11ewz slorta e net
·
' 1917·
ra egar a ser ps1coanalist
·
mca espedfica del método freud;a
u .
.. a-escnbe -basta la téc.
•
• n O, 1 ac11 de adqumr
ps1co16g1ca, y una excursion por los •a d
. n poco de rntuici611
,
,, grn os textos del
·t h
cos d tas de un hombre des--nv ltO
mae~ ro acen en po · · ne
un perfecto ex J d
.
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.
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y um ·e, d,. provechosa s
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·' . _es meci,ante sus cnticas.
informati vo se ocupar0n de l· d t .
p coanill1s1s. Desde na pnnto de vista
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., oc na~ de Freud e
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yarT!' (La 1re11tsis sexual del 4ist .·
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h t.rmo 1• ce la 1u11rosis e11
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ps1coanalista excepto T afor ,
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ong1na es a la ca~u,stica
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0

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�LA PLUMA

L .-\ . P L ü \ 1 A
ses y hagan furor entre nuestros hombres de letras y profesionales de la p5i•
quiatria los comp'ejos reprimidos y la libido freudiana.
Durante estos pasados dîas se ha puesto a la venta el primer volum~n de la
serie de obras completas de Freud, que la editorial cBiblioteca Nueva• ~e propone publicar. Ha elegido para él la Psicojalologia de la vida cotidiana. 0/vidos.
Eq:Jivocaeiones. Torpezas. Supersticitmes y Errores. ver5i6n castellana de Luis L6pez Ballesteros y de Torres con un pr61ogo de Ortega y Gasset. En este libro
aparece el ingenio de Freud y de alguno de sus secuaces en todo su esplendor,
Todo él se balla dedicado al analisis de los errores y olvidos de la vida diaria·
cuyo idéntico mecanismo se explica mediante el concepto de la represi6n
(Verdrangung).
•
Algunos ejemplos bastaran para conocer el mecanismn de la producci6n de
esas pequeiias alteraciones que constituyea la llamada por Freud psicopatologia d•' l.i vida diari.i: cUn sefior de edad madura se cas6 con una mucbacba muy
joven y decidiô no salir de viaje el mismo dia, sino pasar la noche de boclas en
un hotel de la ciudad. Apenas lleg6 a 6ste, advirti6 asustado que no llevab:i la
cartera, en la que habîa metido el diuero destinado al viaje de bodas ,. que,
po1· lo tanto, la debia haber perdido o dejaJo olvidada en algun lado. Por fortuna, pudo a611 telefonear .i su criado, el cual hal16 l.l cartera en un bolsillo del
traje que habia llevado cl novio en la ceremonia y cambiado luego por uno de
viaje, y fué en seguida al hotei, entregandosela al recién casado que tan desprovisto de 111edios entraba en la vida matrimooiill. En la noche de bodas permaneci6 tambiéo, como él ya lo temia, dtspro11islo de 111edios• ( pagina 273,
acto:i fallidos). «Un caba!lero hablaba con una seiiora joven, cuyo marido habia
fallecido poco tiempo antes. Después de darla el pésame, aiiadi6: «Encontrara
usted un consuelo dedicandese (widmen) abora por completo a sus hijos.• Pero,
abrigando un pensamiento reprimido referente a otro di:.tinto consuelo existente para su interlocutor~, esto es, que siendo una joveo y bella viudJ (Witwe),
no tardaria en gozar de nuevas alegrias sex11ales, confundi6 los sonidos de las
palabras widmen (dedicar) y lhtwe (viuda) y dijo widwen en su Crase de consuelo.• (Pag. 94, Equivocaciones orales.) h;terminable seria la lista de ejemplos
relacivos a olvido de nombre propios, de palabras extra!ljeras, de nombres y
frases, al anâiisis de recuerdos infantiles encubridores, equivocaciones orales,
en la lectura y escritura, que forman los sucesivos capitulos del libro . La traducciôn, fiel y cuidadosa, merece toda clase de elogios en algunos pasajes extraordinariamente difkiles por los jucgos de palabras complicados que forman
242

parte de los casos relatado
----d
.
' s, Y sobre todo
. 1
.
1
:~aJ~s;os sin equivalente en castella~:1 ~n1;;:11cismo fn·udiano, plagado
U
I e estas palabras de dificil traduc. ·o l ,erto del traductor t·s colon so o reparo hcmos de hacer al d'
c1 n a palabra orioinal
~s'uerzo, digno de éxito, y es el habere '.tor,_ que en nada merm; .-1 \;alor des
nol la doctrina f, eudiana la ps·
escog1do para µresenta r al µ,Dl.
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en '.':r los numerosos e·e
del psicoanâlisis. Hubiese s id e ~a P?r conocid;i la totafidâd de
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o p1efenble empezar por e·e I
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g, s1gu1endo el orden cronol6 .
al ps1rnanalisis v de la
~u~a es. Un criterio opuesto sustenta Ort g,c~ de la aparici6n de la~ obr~s o1 iyubado por la amenidad del l'b
D
ega) Gasset en el pn.il,,ao , . ,
1 ro.
Freud no
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.
e todos mod
., 'qu,zas sub•
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con Jf'tenc16n proselitista sino
. os era neccsario tradudr a
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para
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T anto se ha dic:h ° en contra de Freud
·
pu 1os, que seria sumarse a 1 • • • •
' me 1uso por alguoos de
, . .. ,
formador de J
. a lnJustic,a general no rero
sus ex d1~c1a moderna µsiq • t . .
- nocer e11 Fn: d
te psicol6 ·
uia na, miciador de 11
•
u un lra11smatismo g;caH~n esta clase de estudios, ahogados ~a :;u~•a d1recci611 puram~ngica de 1- a_ i~orri_ythologie que llama Jaspers- ~sa reuù en un estéril so.., . a ps1quiatna, a Freud se debe ,. la
. a nueva n:acci6n psiwlô.. ' .
mayor parte de la. .
.
q u1atncas modernas en l ,,
en apariencb, a 61 d b e p~.coana!ts1s han sido concebidas '. s tscuelas ps,.
sic
.
e en gran JJ&lt;1rte de sus co
, } .,unque .ilejadas
P. oanahsmo ortodoxo a J.is nov1'e1·m
.
nceptos fund;&lt;mt·ntalt:s l'erc d .1
1rnb
~ as conc:e ·
··
• e
B
obra ;:; y adlgunos otros 1a distancia es enor::ones de Ja~µ'. rs, Kr&lt;'ts~hmer,
reu .
• aun,1ue tcn c1c-rt1&gt; 111 1
Eoc o Sean
-speremos que en Es hada los Pr b kmas
.
: p~n~ l;1s obras de Freud de .
ps1coloa
cos
,.
sp,erten e,' ,. nt1· rés méd •
O
moderoo
.
.
"1
Y psicopatolôgicos d ,
·
1co
, pe10 ev1temos que motiven e .
esde un punto de ,·ist
la fiebre fn:udista y sus frutos a
nt1e nuestos profesi ,uales ,, afic•o ., a
halla J
•
umenten el ca d I d ,
.
J
'
nauas
p agada la ltteratura ps1·coa na 1·1sta.
u a c arb1trarie&lt;ladcs de que se

c:r

1.!

JOSÉ M. SACRISTAN

�LA f&gt; 1. U 1\1 A

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LETRAS ALEMAN AS

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RENÉ SCHICKELÉ

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eneraci6n que se propuso aproYechar
Schickelé persomfica la g
·1
s cuva rebeli6n comenz6 a
.
h h por los escn ore
,
las conqmstas ec as
. '6 entre el radicalismo de
.
ca la trans1c1 n
. .
P rincipios del !'&lt;1glo. Mar
·1 todo de los expres10111sl • t to de trastorna1 o
Heinrich Mann y e 10 eu
.. , 1 tradicional se acerca al
.
mucb-0 de la compos1c10
'
tas. Por cu1darse
·ento a los st'gnndos.
. . \'d d de su peusam1
.
primero; por la ongma i a
.
.
en una fue rz:i, inconsciente acaso,
-\1 hahlar de !&gt;li trndicionahsmo, p1enso
··t
reposado y grave. Schicke. . .is audaces un 11 mo
.
d,
q ue. impone a sus tentattvas
m . .
- del exprèSionismo hac1a lo anec o. t 1· . &lt;l•·s1·1 •c1ones
l in
Il! pa rece haber prev1s o .,s . .
' bati6. Sin ser austero, se opo·1e a ot
tien V caprichoso. De ante_-nano J.,s ~ '.11 ~ 1te es decir, SU1)erficirtl - comu se
·
·
d1vcrt1dn• soiam, 1 •
· · · 'd d v
loque sea «uo111to• o •
T
as que nada, la rnsmc,·11 a , •
. f Il de o"1st•&gt;-. eme, m
' ca
opondria a c:.ialqu1er ., a . ,,,
. ·va por arbitraria y audaz que par~~,' .
si :,dmite fkilmente cualqu1er ti-ntat1d· ,dero del artista. condena sin rem1s10,1
• es
cuaado responde a l tempr ram&lt;"nto ver a l'd &lt;l o un defèct i; en to d o caso,
,
p recerâ e~to Lrna cua t a
los juegos fnvolos. d
desdei\arse.
un rasgo del caracter que no pued~
t ·a alemaua cierta maoera de humor.
.
d 'd en la litera ut,
as
Schickelé ha mtro uc1 o
. 'bTd ù en las Hneas, que sus co1egas m
una levedad de imageoes y una flex1 ' , a Pero seda error grave negar a las
j6vent~ h1n empleado desr~és ~on ~:r~::o.cualidades robustîsimas de pensabras que se p resentan baJO e,e d
,
. . propia de un autor fecundo.
orrnen
. to v_ de esti lo' y la amplitud de comprens:on

œ

&amp;:d

24-1

Heinrich Mann se fué a Italia a uuscar en la tierr. clasica de la civilizaci6n
latina, ejemplos valiosos y sustancia europea. René Schickelé, alsaciano, hijo
de francesa, resume, por herencia y por cultura, dos razas. Asi pudo ver mas
facilmente que Mann los defectos del realismo aleman; y su nefasto reflc·jo, su
tragica invasion en todos los érde11es. Y si ha introducido un poco de libcrla.d
en el rigor de los razonamientos, si ha preconizado y realizado un arte desprovi-to de tendencias didacticas f moralizantes-del que abusaban incluso aigunos escritores apreciables, fué por reacci6n espontanea de todo su ser contra
Jos m~rcos rfgidos que le brindab1u. En realidad, aunque no haya conseguido
eliminar todas las flaquezas cspedficamente germanicas, ha obligado al pensamiento aleman a cohabitar con los conceptos ex:tranjeros. De esa suerte, Schickelé ha dado un paso mas en f"l camino que Mann habfa empezado a trazar
para los expresionistas; apoyados en los couceptos, traidos de fuera, que
Schickelé propone, podran juzgar con mas tino la tradici6n de su p,1is y derrocarla con brio.
La actividad literaria de Schickelé es muy vasta. Evocaré primero su producci6n dramatica. Su obra mejor es también la mas conocida: Hans im ,\clmalztnloch, en la que ha puesto en escena, bajo las especies de un personaje de
gran fuerza vital, la psicologia del alsaciano, descontento siempre, batallador
por gusto, pero leal y de buen coraz6n. Esa comedia, acogida por diez teatros
alemanes, tuvo en Berlîo mas de cien represi-ntaciones. Scbickelé la escribi6
con plena alegria y sin proponerse la objetivaci6n del tema; constitu_ve una autobiogrdfia intelectual y sentimental, realzada por una clarividencia generosa,
rara.
Am Glockentt,rm es uoa obra de infinitos mati~s; me atreve:-ia a decir que
ese es su mayor defecto. Tan delicada es, y tanto abundan las medias tintas,
que le falta vital idad dramatica. Las positivas cualidades escénicas de Hans
;,,. Schnackenloch, de saparecen en la otra obra, concebida como un poema, y
que por carecer del relieve indispensable ao puede impresionar a las multitudes.
En fin, en Die Neue Kerle, los mercachiflt:s son objeto de una satira mordaz;
la obra divierte mucho leida, pero en las tablas no tendria acaso el equilibrio
suficiente y la trama resultarfa endeble.
Scbickelé dramaturgo es una creaci6o relativami-nte recieote. Cuando escribi6 Hans im Sclmackenloch, hacia ya quince ai\os que babia pubEcado sus primeros poemas, y diez desde la aparici6n de su pri~nera novela. Estoy conveo-

�LA PLUMA

LA PLUMA

• a sus p oemas y a sus libros
cido de que el porvenir otorgara mas importanc,a

de prosa que a sus obras de t~tro.

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las primeras paginas del primr.r
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volumen, c 1c ·e a
t d s curera se ha cncarnizado e n es a
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raliza Durante o a u '
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me nta hsmo qui" a pa
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d 1 "d'culo las ma nas y las hab1hda es
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los se ntim ientos senc1 os,
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t 5 y restablecer e n s u rang 0
I
11,;uales de os r,oe a •
. •d ad de retener la a te nc16 n e
, · d" os po r su vu 1gan
,
tranq ui los, q ue parcc,a n in ,gu ·1•·d
Aleman ia una mbion ia ua\ a la que
S h' kelé ha cump ' o en
"
b
los hom res. c ,c
. .
b . hav cic::rtos pa isajes poéticos y noVildrac ha euro ,lida en Fra·1c1a, t"n am os
.
.
t 1 .
se parl"cen como hermanos.
taciont•s sent111wn a e:; que
. l"b . d~ madurez e n Wnss und
\10
" •0 l) c todo e·1 su:; 1 ro:;
·
'
·
Esa misi61 ' cu·u•&gt;
~ r
de hs mci· ores de su tiempo,
.
•·
1 ·cciSn de poemas, v una
R· • q c s ~u meior co c
.
1 ay~ mnstrado, desdc sus primeros p a&lt;'n D•r /,tihw.1d1e. Pero bueno e:, que i,
, •
Y
•
·f rzo ,, -;, 1 certidnmbre estct1c.1.
c;o~. 1'1 . , ,d i,1 tic :;u e-, ,1~
. h
•·t· do de ·d.- la g•1er ra aca, v q ue forma•
L , . rso q 1e :1 &gt;Uv 1c.1
:; ·
·
G.-an µoeta. o:., . . ,
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rrJ'"'
son nuevo tcstimonio de su ternu•
ran µronto un n •1evo librn, Die 1)/(
•
'
•
·
0 tes n&lt;J.1i1) tic su gcmo.
r;1, de su fo e rza. un nuev
. ,
·tituven su obra de pmsador
thdn
los
cinco
volurnenes
que
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A pesar d
•
•
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•
~h ma~ importanc1a to av1a.
.
tient&gt;n, a m1 parccer, mu . a , d
• 1 " i;ortas, brind rn, con \.15 etapas p nnTrc~ novtl.i5, y dos tomo~ c no\ e 11.
•
•
••
1 rCliu!llCII d-- su ps1colog1a.
cipnlt:S de su cv' 1ucion, e
~.
. cuahdades de una tentativ.1 apa•
.
•• Dr,· F,·emde, po,ee 1a»
. •
La prinw1·,1 nov ,a,
.
•
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de un lihro de princ1p1antc.
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sion 1d1, ,, lo::.
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•.. \e·ptiés Fnnz Pfemfert 1:i pubhl 1 .-d l&gt;t" r,&gt; a 1g11 n lS au •~ &lt; "
·
•
Ca,·o a µlomo, Je o ,1 o,
.
o · Ak 1·011• El- ex11re::-ionismo daba en·
'
1 f 1 t • 1 e s,1 rcv1sta ze
c6, otr-1 vez, e,1 . o, con i
I d'
1 br1ro11 1, fortuna de aquella nove.
,
. tn 1s sJ,; pa a tn ·s 1
,
t on&lt;:&lt;!5 sus prt.n •ro:. s '
.
.
padones subjt:ti,as, vema
. se ita-w prunera-co•1 p cOCll
la , 'l te por e,t~.• e
.
decir 6 tunumentc) coma ln primera voz dt? su
a r~vel11r~e t~rd11m ente t1L.1 a
p
1 é.
Paul Mcrkd, no es co·
P d d ·r-e q••• de de enton e:, su l ioe, '
conc1erlo. ,1e • ec1 ~
1
.. l h1st6rico de esc libro, sin atcnuar
nocido solo t"n los ècniculo,, tlo11d,· e pip~ .
.
. en Ids &gt;mbra su, defectos.
su!'&gt; cu111id.1drs, deJ~ u11 poi:o
. Fr; 1111Jin Lo, escrita c11 Francia, y que pone
No s,1ccd,· o mas no co,
eaventurn sentim;,nl11I, muy estudi,,da y
en csce ia, b 'J &gt; b ap1 i ·nci t ' e ,

j)/;'":n&lt;l

muy div('rtida, ambientcs muy variados de l Todo- Pari&lt;1. F:ste libro, publicado
algunos anos dcspués de Der F,·unde, tu vo not:ib le r•·sonn ncia, y :,igue siendo,
a juicio de muchos e scritorcs alemanes, la obra mae~tra de Schickclé. Rn ella ,
la pcnetraci6n de la mentalidad occiden t~! llcga a s,1 maxima violenda, y cl
autor acaba de defi nir su papel. Jovial, rebosanll" de ingenio, conci~o. escrito en
un le nguajc cuya armo nia no puede por mem,~ de imprc,,ionar, c:;1• libro, fo er a ya del cinon expresionisb. ha te nido u1w influencia profunda en el de.,arrollo intelect ual de su gcneracion.
E n tin, citaré tan solo Bm~al, 1er Fr,111mtrôrler. la oo,·ela mas solida de
todas las de Schickelé, la m~s h1,mori,tic;1, y los delicio,o~ cuentos, donde se
revela toda la amplitud c:e su talento: Trl111p:,pp 111id .!fanasse y ,lfii.ickm. La
independencia moral y 111 libertad cle ac-nto que i,i1scen esos libros, prueban
que cl autor ha reconq11 istadr1 la armonia y la tranquilidad.
Las exageracioncs de la novcla expresionista no habran sido inûti!cs, po rqu e la reforma de :\l;rnn y de Schickelé no hab ia dado quiia todos sus frutos,
no habria ac~so ~ido duradcra, ~i la rehelio,1 no huhiesc destruido hasta la rai;i;
de l mal que amenazab.1 de mucrtc a l.1 literat11r.. .ilcmann. El equilibno es estable cuando en él concluyen excesos ~uce,,ivos y contradictorios. Paro la obra
d e Schrckelé c.-s mas perfec:ta y mas ~imp-iti.:;,, dentro de la reacci6n mitigada
que rcpresenta, q ue la mayor pute de los cscritos P.Xpresionistas. Y los mismos q ue re prochan al autor el caractcr anedotico de su Fre:mdin f,o, esta.a
conformes e n considerar Bmkal i:omo una de las novelas mas robustas de nuestro tic mpo.
Hay q ue cita r todavia h&gt;s t res libros de ensnyos, para la historia de est&lt;!
comienzo de siglo, q ue Schickclé public6 sucesivan1entc: antes de la guerra,
&amp; kreie au/ dem Boulevard; durante la guerra: Die Genfer Reise, y después de
ella: Wir wollen 11ichl sterbm, donde eeta'l reunidos su célebre Neunte Normnber, s u Pariser Htise y su meditacion A11.f d. Har/m11nnswtilerkop/.
En Schreie au/ &lt;km Bouir1Jard cstan reunidas Jas cr6nicas principales de las
que e nvi6, durante un,t estancia de die.t y ocho mcses en Paris, a un p eri6dico
de Strasburgo. Son, en conjunto, un balance de la Francia de antes de la guerra, mas que en s,1s detalles, en la atmosfora gencral. Algunas de ellas parecen
casi profética:., y prueban la extraordinaria inteligencia de su autor; citaré, por
ejcmplo, .-1 E11sav:, sobre un potliicl}: Bri,m /, y cl Diario de Jas Eleccionu de 1910,
donde hay un retrato cruel de Miltcrand.
Der Gmfer Heise es el relato del viaje de Schickelé a Ginebra d;.irantc la

�LA PLUMA
, sa1·6
a'lligc,s, antest de retig uerra· un d1:i
I d e Bc·rna' donde vivirt cou algunos
.
su
'U
·11 f é a vbitar los circulos iuteruac1ona1es, corn pues os en
rarse a ttwi • Y u
- ,
·11 dèl [ago Leman Li mayor parle por refugiado~ fr,111ceses, que v1V1an a_ori as
. "d
. ;.b
. .
•s pero 'a menudo de srngular clanv1 d'
enc,a, ' ro
bro am •go miusto
a vec-;.,
1
.
• , de f ..~ -v llamamienlo.
Lo enten
d e comh:ite 'y de ùoctnna,
pro f es,on
,
. 1eron ma
b 6,
. .
los mismos que deb1a11 estar u01dos, se
n
0 110 u1;1ero:1
en t em,'erlo· Fntrc
~
bl a "d
.
Y··so1ircvino
.
el
un abismo.
. a rmisticio• sin que la cohesi6n se haya resta ec1 o
e ntre los ultimos europeo_s.
•
. , Schickelé se apresur6 a volDcsde los primero,, ch1spnos de 1a revo1uc1O11, ,
. y corno
. , a Berlin • donde estuvo muy mezclado, aunque
er a Alema111a
- solo
v
' ;il mov1m1en
• · t o, O ma's bien ' a la tentativa de renovac1 6 n poectador
f c~~o esp .
' u Nmnte November ha contado sus esperanzas y sus su nhtica y social. R~ s .
.,
. 0 d. a Schickelé se alboroz6 en los primeros
:~:~::·~~:~;:~:c:~:;:~~;~ g~: 1: ::v~luci6n. Pero s_e opuso a

,
.. 1

lo_s_;:ce:~: :x~

las in cohe encias que fatal mente _siguieron-y_qlue s1embp::ss:~ul1; extrema izï
l· . y disanstado po1 os arre a
plosi6n ~e la _co era p~pn a~~mo ;r las resistencias tragicas de la derecha, se
q nierda rnsat1sfecha, tanto
P
, t de est 1vo e n Fran1
. . E fi algunos meses mas ar
v~lvi6
desespte
ra~o-;
Sp:~z:.do:ua~~ntarse
y reanudar el contacto, de don de sacia, en un cor o v1a1 ,
Ji6 su Pariser Reise.
.
,
que.
. • de René Schickelé sobre la historia contemporanea,
Los test,mom~~
.
.
aicos mas valiosos de n11esdaran entre los dvcumentos rntelectuales ~ ps1co16". .
. . la calidad de su
.
é ··t
ropio nos perru1te aprec1a1 meJOI
tra época. St su m t • o p
. 1
. ersalidad de su cultura y 1~ iucidez
alma, tci:upoco nec.-sitan otro espeJO a umv
ardiente de su espiritu.

PAUL COLIN

LIBRO S y· REV IST AS
Francisc o A. de Icaza.- Cancionero de la vida ltonda y de la emocidn /u::itiva.-1\Iadrid.

Alcaoz6 Icaza de joven los ultimos tiempos del impcrio poético de Campoam:Jr, y de Campoamor y de Bécquer hay no poco en sus versos: cierlo humorismo claro, manifiesto en sucintas antitesis, dt&gt;I pri mero; cierto lirismo germanico que en Becquer se natura liz6 andaluz. Pero Icaza, que p:&gt;r americano
estaba mas capacitado que los poetas espaiiole~ sus coetaneos para pcnetrarse
del espiritu europeo que habia de renovar nuestra lirica con el transito de un
siglo a otro, y como diplomatico corri6 de cortc:: en corte, y como sagaz erudito y lino critico habia de fogra r la consideracion de que goza entre las gentes
de letras, no es un rezagado, ni su poesia, reunida ahora en un c.1 ncionero donde caben de sus primeros versos a los mas recientes, puede clasificarse dentro
de 11na escuela, ni menos de una moda. Que por no ser de ningun moœento,
es de todos los t iempos.
La preocupaci6n estética, la contempiaci6n artistica de la naturaleza que
conslituyeron la principal aportaci6n, en puoto a los temas poéticos, de los
que siguiendo mas o menos a Rubén Dario iniciaron la revoluci6o modernisla,
o moderoa, no es nunca en los versos de Icaza mas que pretexto o fondo sobre
que destacar la imagea de su melancolfa. Delicado y circunspecto, cuida siempre de ,,elar el dolor propio, con gracia ir6nica, sin alardes ui excesos. Seguro
de ~r. gusta ae cantar sus emociones en ese que se ha dado en llamar, adaptandolo de la técnica musical, tono 11uno,·, tao pr11pio de la poesia lirica:
cTarnbiéo el alma tiene lejanias;
hay en la gradaci6n de lo pasado
una linea en que penas y alegrfas
tocan en el confia de lo soiiado:
también el alma tiene lejanias.»
No pretende hacer sentir al lector ningun eJtremecimiento nuevo, sino recorda ri.- cuanto baya sentido s inceramente. El dolor, el olvido, el amor, la muer-

�LA PLUMA
te, no son en los versos de Icaza abstracciones o cajas de resonancia, sin contenido propio. Son imagenes quintaeser,ciadas, purificadas, lîricas en suir.a, de
su peregrinaci6n µor el mundo. Sus dolores, sus olvidos, sus amores, la sombra misma de la muerte estan adscritos en su me moria a panoramas reales.
Sus sueiios estan tejidos con el hilo de s u propia vida:
«Nuestra vida no es vida, s ino cl instante intenso
que sacude la carne como rayo o ccntella,
que ilumina el espfritu como lumbre de estrella
o lo quema y lo esparce como grano de incienso•
Y cen ando el libro:

•Simbolo de mi vida
sera mi coraz6n una zarza florida•
Jean no es poeta divino al modo clasico, sino humano, y tampoco demasiado-realista, ve rista ni feo-, mas simple me nte humano, al alcance de los
sentidos y a la altura de nuestro coraz6n.

A. He-rnandcz Cata.-Una mata mujer.-Novelas.-Editorial Mundo La lino
Madrid.
«La preferencia de las novelas exteosas al cuento, constituye uoo de los
muchos contraseotidos de esta época de las pildoras de Berthelot y de los peri6dicos de cuarenta paginas•, dice el autor de Una ma/a muje•· en la oreve
nota de introducci6n a los pr6logos de Los frutos acidos, Lns siete pecados !' La
votuntad de Dios, reproducidos al frente de esta nueva colecci6n de cuentos.
iQuiere decir con ello Hernandez Cata que la coucisi6n en el arte de noYelar sea imp rescindible en toda obra modcrna? Si n duda que no. La t~ndencia a
la concepci6n dclica patente en Romain Rolland o en Prou;;t, en Valle-Ioc:lan o
en Baroja, no es menos caracterîstica del siglo, ni menos meritoria que la producci6n posterior a Maupassant en el género fijado por él con normas irreductibles, de que puede ~er excelenûsima muestra e n la literatura espaiiola contemporanea !a Luz de domim;o, de Pérez de Ayala. He rnândez Cata s6lo renieg?,
pu,-s, del prnrito editorial de hacer novelas y mâs novelas de un n(tmero de pa~inas determinado, sin que ninguo a necesidad de expansion del novelista justifique su lato sidad.
Y no porque Cala propenda naturalmente a la sobriedad de estilo. Harto se
ecba de vc:r, por el contrario, la limitaci6n que se impone constriiiéndose al
caso novelesco, en un solo contraste esencial. No obstante la brevedad del relato, se advierte luego la afici6n a razonar los sentimientos divagando !'obre
ellos, el affo psicol61(ÏCo, mas propio del novelista que del cuentista, la insistencia locuaz sobre el detalle caracterîstico, y. sobre todo, la e11.presi6n mctaf6rica constante, hasta la arbitrariedad a vt&gt;u:s.

LA PLUMA
Aunque de varia iospiraci6n todos 1
compo~en acertadamente un libro en q~: ~uentos ~~unidos en Una malamujer
me, est graduada en diferentes matkes de ~ em~c100, en cierto modo uniforco, ~le tan c_ru_e~ repeleote a los sentidos cas· n_ m1smo tono doloroso, sarcastique m1c:1a y titula el vol
J s1empre.
~Ascension» , cuyas primicias ha~~~~a~~aJ~tral casa,, «El fantasma,, son con
1 es para nue3tro gusto•
s ectores de LA PLUMA, los IDeJO·
' .

* * *
Vicente Pereda.- La Rida! a .h a

.Mucha fuerza ha de hacer l
g.
.-Novela en cuatro jornadas.
corn~ .:1 de Pereda, p ongo ao~angre en los heredero_s de un nombre literari
l~~~t-eton, que es en los mas d~ eu~~:~~
ellos a?qu1e ~e :ealidad elpeso de t~
ya1 a falta de concienci~ propia. En la i~o sentir]?, t0p1co facil e n que apou_n esfuerzo cada vez mas patente por Jibe /a de Vicente Pereda se ,id vierte
sm _pe~ar p~r elJo de inscnsato desamo/ :i:;-~er~e-la ::lorio~a tiranîa pat&lt;:rna,
eJ cam1no, s1empre a la vera del
. e u;o Poema a La ffidtz!ga Fea
briendo nuevos horiz'lntes por ent~ei5u padrc_; abri~ Pûit1s arriba, rn descu~
En La Hida/1ra Fea 1
.
r a montana nallva.
b•i
o·
a acc16 n noveJesca e t
ye il mantener la curiosidad del lect l ", ra por muy poco, s1 bien contri~rca en que_se condensa el pretexto ;:raa
melodramâtic.:a o folletiq•ie _const1tu_ve i:l eje espiritual de la
e I Jtogo tntre el amor y el inte' &lt;J.unt~namente los contornos human
nove a. ?vel,_1 en que su autor diJ.i e
10
ne,'., "' incluso empaiia de artificiales 11~~:ie ~ P~~"o.na1es que: en ella intervfepa1a poder con entera libertad ar, . a~ e.! p~1sa1e rcal que los cncuadra
p ersonific;1das &lt;·n Ja bid 1 , J
tistica d1scurnr acerca de la,. abstra .
,
~lat
a ga uana en cl apue5 t 0 R 3 f
·
cc1ones
.Y en Io,sdos servidores al m~rae•i
aeJ, en el prudente don
1as1ca en ;su conccpcioo La H.'d / .
~on.il y académi1.:o, que acent6a la in,t/ g_a_ F~a esta escrita en tin estilo imper
c ~ ficc!6n i_&gt;or él crcados, a eniele _nc10~ e su autor 'de reducir los liere;
d1ap,Ho11, ~11~ cla~oscuro ni vtrism qu1La_s, ~Justa~~s en su lenguaje a un mismo
lee de un tiron .
o. a 1ntenc1on no es mala , y la novela se

!t

r:-~rsa

'r

· ~t

*

C. R. C.

* *

Joseph
Conrad.-E n, l'
,·
,arge des maries-T· d
c1oues de la •Nouvt'lle Revue Françai;e•.

Id

.

uc1 6 n de G. Jean -Aubry. Edi-

A~nquc Joseph Conrad pa:;e enlre
h
, .
todav1a Reioo Uoido de la Gran Bretaîi~'Ilu~ ,os cnbcos y gentes de letras del
tuai e~ leniua inglesa-su ori en olaco ~ rand~ como ~l prime,r escritor acmar.e rnglt:s-, y aunquc el gé7iero"no;, ,, H? autonza sufic1entemente para Jlapara d le~tor continental, Joseph Con1~~stico ~ue cultiva ~cade grnn trlract1~·0
buen apet1to de nuestros traductores y d'nt o p~drece haber_ desp(!rtado aun el
e J ore:; e traducc10nes.

�LA PLUMA

..•
l

En Francia, en carnbio, comienza a faire trott, y una pléyade de escritores,
dirigida por André Gide, emprenden en la Nottvdle Revue Française !a traduc ci6n de las obras completas de Conrad.
Tres volumenes de Conrad aparecieron en la edici6r. rnencionada antes del
que ahora presenta traducido par nuestro colaborador y amigo .\l. G. Jean-Aubry: Le Typhon, traducido par Gide; la Folie-A/maye , pJr Mme. SéligmannLui, y .Sntts les yeux d'Occident por Philippe Nec!. El acfual volumen, cuarto de
la colecci6a, se campe ne de cuatro narraciones cortas, que escritas en distintas épocas (la 6.ltima en enero de 1914), estan unidas entre sf por el paisaje
de las costas marinas, ambiente que Conrad husca con frecuencia como fonda
sobre el cual se mueven sus figuras. La obra original apareci6 en la casa
J. M. Dent de Londres, en 1915, co11 el titulo de Within tke Ttdes, y ahora aoarece prologada por una sustanciosa «nota del autor• (destinada a la colecci6n
de sus obras completas, emprendida por el editor Heinemann el aiio pasado),
que par mostrar el modo de reacci6n de un escritor ante la crftica profesional,
tiene un interés grande, con la particularidad de que las tranquilas respuestas
con que el autor se defiende de las observaciones cdticas, pareciendo perfectamente justas, apenas desvirtuan la justicia de aquellas otras observaciones.
Pueden servir de ejemplo las referentes al primer cuento, el mas importante
del vol11men: Le planteur de A-falata, donde se aceptan coll la misma facilidad
el punto de vista del critico o el del propio a.itor, que considera a su narraci6n
como cla casi realizaci6n de su intenta de hacer una oosa muy dificil•, a saber:
,un ensayo de descripci6n y de narraci6n en torno de una situaci6n psico16gica dada,; prop6sito de un género sin duda diHci.l, pero al que no me parecen
muy ajenos los ;iutores y lectores contin.entales. El carâcter de los otros tres
cuentos es mas facilmente narrati 10, de una fuerza de color y de una justeza
en la pincelada notorias. En L'Associi, la estampa brumosa y sôrdida de los
barrios bajos mari nos, tenebrosidad que parece penetrar en las aimas de los
personajes que se mueven en este ambieate siniestro. En A Cauu des dollars,
el paisaje cambia radicalmente, trasladandonos desde los suburbios lolldinenses a los arrecifes luminosos y pesti!elltes de una Polinesia infestada de ladrones y asesinos, de una espontaneidad tan natural en sus crimelles, como el bacilo con que inocentemente nos inocula el mosquito habitante de sus putridas
charcas calielltes.
Otro cuento: L'Auberge des deux sorcières, tiene, para el lector espaô.ol, el
atractivo de desarrollarse en lluestro territorio. El paisaje es una Asturias humecta y sombria, poblada de facinerosos y de guerrilleros, en la inseguridad
temerosa de los primeras aiios del siglo pasado. Si la psicologîa puede parecer
110 poco forzada y no muy en consonancia con las gentes asturicas-Conrad parece mover mas bien unos personajes de un italianismo a lo Sparafucile-,
y aun cuando algun otro personaje pueda haber sido sugerido mas bien por al
~uno de los cuaC:ros cc'lstellanos• de Zuloaga, Conrad, en cambio, esta mucha mejor informado de nuestros gestus y modismos que el resta de los espafioli5tas al uso. No se le ha de exigir uoa documentaci6n impertillente Cil un
simple ,cuento de miedo,, narrado, por lo demas, con una facilidad y limpieza

L A P L t.; i\l A
de pluma muy notables· pcro no de·a d
.
fiol el hecho de que el ~rgunlento dJe 5 e ser tcurhioso para Ull observador espa.
u cuen o ava sida ·
·. d
ces~ ~ue tuvo lugarcerca de Napoles alreded d. 1 é mspua o por un_sulo situa.
'
or e a poca en que el escntor
Digamos, pai-.i. final, que el estilo perfecl d J
pluma, llana y f.icilmente cursiva ued
o c a prosa de Jean-Aubry v su
tanto como para los escritores de' cfsca i~1dpoalsadr por_ m~delo para traductores,
e e na1rac1one-s.
Ad, S.

* * *
Alfredo Pimenta.-0 livro das chymeras.-Portugalia-Ed1·to
I. b
Alf d O p·
ra.-J1s oa 19•2
re
imenta, cuyas cr6nicas de Letr p .
' • ·

gustar nuestros lt'ctorcs, tie11e en su pais t as . o, 1;gue~as han e-mpezado ya a
~oeta Hrico ante todo, como bue n ortu u~:a signi. cact~n n~ta•1_1ente definida.
t1do estético, o mejor, esteticista ~lustr~da ,dtrab~Ja 5!-1 msp1rac16r. en un senA,·te, Cartas a um Estlzeta u tiv,·o• .,
·t octrmarrameote en Palavros de
t t d
·
uas mvi as e variadas
ex o e comeotar la actualidad
literaria
.
'"•ozas, eo que, 50 pn!saje, nos muestra la ,•ocaci6n firme de s'II ~ a_rt1Sli~a, 0 e? uoa impresi6n de paie] cuita de la Belleza pura Pese a s
antmo, 3 Jeno Siempre a cuanto no sea
pade~ca por ello su pei so~alidad lite~-:/~;o~~s;;\d~ 1i~~ependencia, y sin que
denc1a europea que, coma reaccion co t ' 1 c1 c a~1 carie dentro de la tenm_iento lir!co que determina el ~uge
1:~ !i nbattralismo. provoc6 el_ renaciD Annunzio, la boga de Oscar \Vilde , n I m O IS tas fr~llcese5, :1 tnunfo de
Eugenio de Castro, de Rubén Da rio •d~ ta1i3s Iletr:s espa~olas, _la infiuencia de
de los poetas catalanes.
'
e- ne 11 Y el a1slam1ento voluotado
0 Jivro das ch,;mtras, recenti5imo Cil 1
. d
.,
, .
mellta, afirma su-desasimiento de tod
a ~10 ucc1on poettca de Alfredo Pitario o de relaci6n inmediata con la a~t~o!~q~e/iueda tener un aspecto utilinar sus sentimieolos de cuantas sulile a t a;
poeta se complace en adorq11e sencillaroente los expresan Porq 11\armo01:1~ pue:&lt;:n sugerirle las palabras
51
combinaciohes métricas que d~co
• eso_ , ate aJo el artificio de rimas v
pautas clasicas, la poesfa de O iiv,:a;aco~ cie~to bar;o9uismo! sin alterar la-s
0
saudoso, esellcialmente portugués q s
as, Ull mhmo deJo melanc6lico,
del poeta:
• ue ava ora Y caracteriza la sigoificaci6n

d:

Y't'

•E se O meo coraçao vive isolado
";baodonado coraçao magoado,
'
Neste tumulto de um viver sem fe
Que importa aos outras o que s~nha o seote?
E 5 &lt;: e!Je sonha mysteriozamente
Dec1frar- lhe o misterio, para q~ê?•
Pocas veces como en ,Pa13
.
~? d
.
egoista. Casi siem re r fl
que_• esnud a Simplementc su desengaiio
torturada gracia l~ no~t:lo~areqeunec_ubn: con elegante elocuencia, no exenta de
,
"'
1nsp1ra su canto:

�LA PLUMA

LA PLU .\1 A
de selecci6o •cdtica-que toda gra n ernpresa debe at 'b ·
d

• Doidamente mordi os teus labios vermelhos...
De repentl' me vi nos tcus olhos turvados,
Corno na agoa mysterioza de uns espelhos
Onde cstivessem meus desejos retratados!•

·ci h _

El prop6sito de O tivro das chyme, as, qite, para consola{ao das proprias saudades, e para perpetu,:içao de in riantes transcendenlafs Alfredo Pimenta escreveo.
q11a11do, tendo descido da torre do seu orgulho, entrava na cathedra! magnijlca da
sua humildade, es mâs ret6rico que sincero. Por mâs qut&gt; el poeta quiera descender de la Torre da lituzao, tîtulo harto expresivo de su primer libro (1912),
por mucho que quiera desnudar su Alma ajoe/hada (1914), propende siempre a
la molicie de O lir.&gt;ro das sympltonias morbidas (1921). Y as,, en •A ultima pagina• de estas Chymeras su resignada humildad continua mostrando, en el deseo
incumplido, el orgullo del Hrico habitante de la turris eburoea:
• E a vida que ja live e aquella q11e hei de ter,
A vida que se occulta "" aquella que se escreve,
Estâ toda na areia a descer, a descer,
Na ampulheta da vida, ii:sensivel e leve.
A areia fina desce.. E a descer corn e!la,
e corn ella a descer, pra nao subir jamais,
A rr.inha vida vai. sern eu poder prendei-a
Na muzica e na côr de versos immortais!•

..
)

*

\1

* *

Don Rafael Calleja nos envfa el numero del Mercurio, de Barcelona. que
inserta su conferencia sobre «El editor&gt;, segunda del ciclo organizado en la capital catalana por la Câmara Oficial del Libro. La coofcrencia del Sr. Calleja
hab/a suscitado, a rafz de la publicaci6n de un extract&lt;J de ella en un pcri6dico
de Madrid, algunos comentarios desfavorables FI Sr. Calleja quierr defender
al editor d~ 10s cargos que acostumbra dirigirlc el escritor, su rendido enemigo Aduce el Sr. Calleja, en justa vindicaci6n de su clase, fa.cil copia de ejemplos hist6ricos, de Aldo 1\lanucio a Çalmann-Levy. •Los prirncros impn:soreseditores eran, antes que industriales-dice- , verdaderos sabios; y no escatimaban el g.:sto ni el e:,fuerzo parn que los productos del nuevo arte por ellos
cultivado lueran bellos y excelentes. Tenîao el culto de sn profesi6u, de la que
se consideraban ministros; y tanto cuidaban del arte, olvidados del provecho
propio, que muchos acabaron en la ruina.,
Muy cierto. Ahora bien: los ultimos editores, entre los cuales esta la Sociedad (15 millones de pesetas) de que es gerente D. Rafael Calleja, son antes
industriales que sabios, y nada tendrîamos que opooer a uoa vocaci6n que
tanto podîa servir a la nuestra, si no escatimaran el gasto y el esfuerzo para
que sui productos fuesen bellos y excelentes. En la division del trabajo neresaria para la vida literaria de un pueblo, cumple al editor, no tanto una labor
2 54

1?·

* * *
-Cow,ôpolis, bajo la direcci6n de H
,
men~f' y acrece la importancia de las ::1:tndez _C,1ta, se transforma rnatc-rial0 3
5
&lt;;?otrnua la J,ublicaci6n de un ensavo de G ~
- En el num, ro dt· abri!
0a11d a .l,faJJurca; el mismo numero -c 11 • a 11 e
lomar: El vrajt dt Geor e
~o, po~mas de Ruiz de la Serna, nota~ d~e;eR:1den1as,,uria novela dt Korolet
.endano del mt&gt;s, etc.
· eye:s, D1ez Canedo, y otros, C.i-En la Rn•ut tte Ge11eve (febrero) S· 1 . d . d .
.
yo sobrt- Pin Haroja: «Curiosa triloaÎa· ~/a, 01 ~ Mad~r1aga publica un ensa1
creador d,; Silvestre Pdradox· se t·"
· Pa:· dops e~ este autor clt• triiogfas
•
.
'
· n 1menta 1 s111 amo.1
h'1
,
t ura, rac10
,iahsta anirnado de un odio vcrdad ..
• •arc_ :t-u~open.• sin cuiras. Se ha propuesto como meta ideal l d e1:!me11te relig1n,;o cuntra ïo,- cutandole el refinamiento de la cul tu ra I a ev?c''?" entera a la verdad. Pero lalpoético. qu, ,on las tres condic·
'_a co~t111u1dacl filos61l,:a )' el ~,'11timiento
sint~tica dt: la vida, este inflexib;;1~~1a~l~~1al, m~nt!I, estética. de tod,1 dsiéin
plac1611 plen11 de su Dama V tiene ue
o de _l,t \; erdacl no logr,, i., contemen las encrucijadas de la vida.•
q
contentai se con e1itreverla, acr1i y allâ,
-Hermes
(marzo)·· «D • Rani6n -11arn
, del V li r 1 ·
·
M~délnaga:
•D. Ram6o :\fada del v·all 'r Jâ a_ c ne an•, por Salrndor de
qu1z~ el mas rico en sentido musical e e~c f n es entre los poetas e:spaiioles
poesia se debe en buena parte al .
yd
orma. El encanto especial de su
d
·
Jueao e acuerdo
.· ·,
enc1as ya observadas en la poesîa gall _
. Y opo:sic1011 entre dos tenv~oa popula r, rica en em.Jcion ,,. ritmo /~~/nh~ua Y que_ se d,1n en él-nna
m1entos forrnales del aenio &lt;:xouisito
afi_c16n consciente por los refinapoesîa d(' Valle Jnclan~ el Hric,o pu ular e r~~l!Cla... Los tres elementos de la
co. constituyen también sus novelfs N~ e ;~1crrefinado y el épico drarnâtibos géneros. trataodose de un artist~ ~a e_s a~i ~arcar la fronter.t entre arnco en la n,trraci6n. Valle Inclân
f n imagrnatJvo en lo poético, ta11 poétioaria que todos vivimos-o al
e~to, rehusa _to_da ate1!ciô11 a la vida rutilas _calles aburguesadas de nuestras poitc~mos v1nr. De ignal modo que por
anttcuada figura, la manga vac' d
p b ac1ooes rnodernas, pasea su alti va y
ta e su razo manco, las !argas barbas frailunas

?f~

C. R. C.

.t

n_ent~ y eshgado de toda preocupaciôn a·en1 a
. n u1r a un Jurado perma~1en~1as-que obedezca a sus austos I' ca Jri
la 1:teratura, a las artes, a las
hzac16n de los valore!' literariis dis ,
c os p_e1sonales, CO'llo la comerciaoas competentes.
cerni os con cierto eclecticismo por perso;Cree nuestro amigo Calleja merecer d,
,
.
zas que cita de Anatole France a C l
e ralgun escntor espaüol las alaban.
.
a
mann,evy&gt;
D
Ar
d p
po ng,1 por nove11sta venerable tiene 1
man o alacio Valdés. ,
p J d ,
.
,
a pa1a b ra · ·
or o em"s, bien podemos los .
.
.
t&gt;mplaz~r a Rey y a Roque a cuentf~~1~ces, ahora qut: cs rnoda en polllica
algun. dia
Rafael Calleja se haaa acreed ut~as ~ransacc1ones conliar en que
no~ p1dc sm n,otivo.
"
or a ap auso Y a la gratitud qu&lt;: hoy

d-

di:~10:

.

�ANO 111.

MADRID, MAYO 1922

NÛ.M. 24.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

•1œJ•cf•
'

XII

con frase acerada el Padre Miguelez: •No es necesario
que el Septentri6n los lance; jlos barbaros estan en Espafia!»

Debo al Escorial-a sus escuelas-eJ apresto necesario para entender esa maxima, impregnada de espafiolismo, y recibirJa en espiritu y verdad; y a la percepci6n cabal de su sentido
-decadencia del estado glorioso preexistente-, una timidez egoista, un recelo, que me impedian avanzar por la ruta abierta a mis sentimientos espafiolisimos. Me atollaba sin saberlo en un desbarajuste
raro; la pasi6n nacional, encandilada por muchos cebos, queria encabritarse y a!zaba la cerviz soberbia: puro goce de dar suelta al orgullo y henchir con su viento el énfasis, la hipérbole y otras capacidades donde asiste el desenfreno. El animo se Ianzaba en taI orgia por
engreirse a sus anchas una vez siquiera: éraie permitida toda licencia, en raz6n del objeto sublime. Pero buscaba saciedad apacible, que
no martirios nuevos. Al desmandarse, la pasi6n nacional embestia
2 57

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLU ?Il A
dor y propulsor de instituciones musicales• como la Sociedad Nacional de Mu sica y la Orquesta Filarm6nica de Madrid, se ufana en la hoja de méritos alegados por sus presentadores al hacer su propuesta, de haber pertenecido a la
Rondalla Logroiiesa, con plaza de primer bandurria.
No ha becho, ciertamente, Miguel Salvador en su discurso un trabajo de
erudici6n, dado que portal suele enteoderse el mero acopio de datos y compulsas ajenos al interés del profano. Ha becho algo mis, y nada menos que la
historia general, suciota y amenisima, de la orquesta sinf6nica, a cuenta de la
que por derecho le compeUa bacer de la orquesta en Madrid y de sus vicisitu des en estos tiempos.
C. R. C.

* * *

R evue del' Amerique latine.-Hemos recibido los dos primeros numeros de esta rev1sta dirigida p..&gt;r el Sr. )farti,enche y en la que son redactoresjefes los Sres Lesca y Garda Calder6n (V). S,i programa e~ vasto y el cuadro
de colaboradores francese:; y americanos proporcionado, por el numero y ia
calidad, al programa. Seiialemos en el numero primero una cr6nica literaria
de Gonzalo Z2ldumbide. En el numero scgundo retenemos, por tocar directamente a Espaiia, el pr6logo de Charles Maurras (l es forces latines) al libro nuevo de Marius André, la fin de femfJire es;agnol en Amérique.
Aunque no tomamo!' demasiado en serio la filosofia politica de M. Maurras,
menester es preguntarse si el gran escritor ,se paga nuestra cabeza• (nuestra
pobre cabeza de celtîberos romanizados), cuando dice refiriéndose a Itali3, Espana y F rancia: cSu decadeucia se inici6 o se precip1t6 en el punto en q ue las
ideas revolucionarias se apoderaroo de su espiritu publico o de su gobierno•.
A no ser que M. Maurras demuestre (capaz es) que la época del Pad re Nitbard
fué el gran siglo de Espaiia.

*

,

* *

Llbros recibldos. -Carlos Reyles: Et embrujo de Sevi/la; Madrid, Calpe.Ram6n G6mez de la Serna: Disparates; Madrid, Calpe. - La viuda blanca y necra; Biblioteca )lueva. - Adolfo Sabzar: -tudrtfmeda; Cult ura, México, 1921. J. Moreno Villa: PatraittM; Madrid, Caro Raggio. - J uan José Domencbina: Del
poema eterno. Las interrogaâonlS dei silenâo (nueva edici6n); .\iadrid, 1922.
Revistas. - Mercure de France, Paris. - Le Progrés Civique, Paris. - La
Connaissance, Paris.-La Revue de I' Epoque, Pads.-Vida Nuestra, Buenos
Aires.- Atlzenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cra;oui//ol, Paris.-Be//es Lettres, Paris.-Cultura Venezola11a, Caracas.Die Aktion, BerHn.-Peg·aso, Montevidt"o.-Cuba Contem;oranea, La Habana.Babei, Buenos Aires. -Porst"a ed Arte, Ferrara.-Espana ·" América, Ca.diz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-Ça Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
L a No•,velle Revue Franyaise, Paris.- /ndice. Madrid.-Cosmdjolis, Madr id.-71te
Living Age, Boston.--Espana, Madrid. - Les /,-larges, Paris. - Prisma, Paris.Signaux de France el de Belgique, Bruselas.-Los Nuevos, Montevideo.-Revue def .4.mén·que latine, Paris.-.Le Tliyrse, Bruselas.-lntentioris, Paris.

us

ANO III.

1

~lADRID, MARZO 1922

1

NOM. 22.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

&lt;i&gt;

X
AS alla del espanto ' abordé en una trist
tada la primera turbulencia d 1
• eza gn~ve, desgas-

tidianos , dispuestos p
d e a pas16n en ejercicios co. .
ara esbra varia F é t
..
cermm1ento no sé s1· d"
l .
. u am b1en dis.
'
1ga as uc1a· d fï
m1 aprendizaje, pues vine a enfre
1
' e JO, un adelanto en
tocar en lo absoluto· ver e f . nar e abandono. Restafié el afan de
•
n narse la ge
•d
Aprendi q ue mi desbaraJ· uste
neros1 ad, me di6 lastima
_ .
se correspond'
·
muy aeeJas, disecadas ya articulad
. ta con otras experiencias,
de la vida me careasen co'
.
as en tdeas; como si en el hervor
t .
.
n mt esqueleto E fi
ra1an vtSos de desengafio· bd" b . n n, estos albores de paz
.
' a tca a u na pe d b
como s1 toda magnificen cta
,. me estuv1ese
.
d dsa um re grandiosa ,
esperanza, por mi flaqueza.
ve a a, en el temor y en la

(1) Véase LA PtuK.t. de ene ro de

1 9 2:1.

�LA PLUMA
No me precio de haber devotado en lo rdigioso una vida excepcional, pero si violenta en su cortedad, y prematura; toJavia no desdefiaba los juegos infanhles, curndo el susto de ver que me convertia me aterrô. Mi originalidad en lo religioso es poca, o nula. He ido
por donde el vulgo, y a remolque de las circunstancias, o digase de
otras pasiones, que acaso hayan vivido a expensas de mi capacidad
religiosa. Ni estoy muy instruido en esa esfera; si comparo el numero, la calidad de mis experiencias con los âmbitos sin fin que otros
exploran, conozco lo incompletas que son. La indolencia expectante
con que suelo mirar las cosas del rnundo, y que en todo me retiene,
quiza me ha privado en lo religioso de una estofa rica y tupida, dejân·
dome en desgarradora soledad para el combate con un dios persona!,
sin la presencia difusa de lo divino y su perenne auxilio, que otros
descnben. Por indolente, me arrebatô de sorp esa en su remolino
un delirio rehgioso, una manera de persecuciôn apasionada del mas
alla, y de preverlo en formas sensibles, sin poder evadirme de su
contemplaciôn ni de la angustia sofocante que el contemplarlo me
daba; esa pasi6n me golpe6, me machacô, tomândome sin defensa,
antes de saber yo siquiera que tal pasiôn existia ni cuales eran sus
sintomas ni su cebo.
Tenia yo en Alcalâ un confesor elegante, que me saludaba en el
confesionacio con palabras corteses, me daba tironcitos de orejas y
tras de gastar algunas cuchufletas, concluia por recomendarme qu~
al vol ver a casa besase las manos a mis mayores. iNo le habian quemado los labios con un ascua a este Jevital Ni se pudria por los yerros de los hombres. Lo que atase y desatase en la tierra seria, cuando mas, lazos de seda. Gracias a él no me ponian miedo las cosas de
iglesia. Adquiridas no sé cômo ni d6nde-entre faldas, acaso-las
nociones fundamentales, era capaz de repetirlas y de fijo las repetia
en siendo menester, pero no tenian sobre mi mas imperio que la
130

.

LA PLUMA

geograf1a
. 1 C~l.l:, VJ:,I •
f
•asiatica o la ü :,l U ,Jt:
a me~ona. Llegaron misiont!.s ai uebl gvJus; no hat,ian pa~ado de
alcalam1), vi111os entrar •·n
la sa I1 pde to.d.Estando en el gran c0',eg10
.
v
con sendos crucifijos en el pecho ~s ~1 io dos curas, dos jesuitas
con el director, a exhortarnos u~ . c_ ~se se puso en pie. Venia~
tarde; el director prometi6 por qtod:1st1e::.em~s. a, la misién aquella
ma~~r no la he cometido. Los mismos que as1shnamos. Tcmeridad
y v1g1laban nuestras lectura . o n t que nos prohibian salir solos
dond
I b
)
ue:, ros colo ·
e sop a a el vendaval de las mis·
~uios, nos dieron suelta
charnos. Estaba la Magistral tenebros:~nes, sm mirar que podia trondel _gran cardenal, guarnec1do de an , en las esquinas del sarc6fago
véncas llameaban en lo ait d p os de luto, cuatro luces c d
o e unas , r
a apa.~os ~legados, negros. No mas al
per igas, vestidas también de
las cap11las. La turba anhelosa s umbr~do, fuera de las lamparas en
~au~al caliente de las palabras ,e aplretupba al pie del pulpito. En el
Je mta
· ' en os acentos
t· ·
A
que nos habia exhonado en el c l .
pa et1cos, reconoci al
montonaba imagenes que al
t
o eg10. Predicaba del infierno
·
pun o se enc d'
·
. eo ian y fulguraban, como
qmen saca de una lenera h11ces de
lumbre. De las gradas de la cap1lla rn:arn~1entos para metcrlos en la
ceando: «jEso es menti· r R
yo1 se de!:-peô6 un pr6ii
l. .
ra.1&gt; epuesto de 1 .:
J mo voa incredulo; descargaba tajos de t. .
.. ,orpresa, el jesuita atac6
y al mont6n, ya que no era posible
. re honca tremebunda
•
' a todo e vento
sus denuestos, acallô los ··t .
acer punterio en lo oscuro Co
. .
gri os y sol'oz
d
. n
mont?. v1cto_rioso, cerniéndose sobre , oc; . e I_as _mujeres. y se reemoc1on m1sma D
.
el aud1tono impregnad d
mod
. e ptonto senli que tod
.
o e su
o persona(, y exclusivamente· e .
. o e:,o tba conmigo, por
secreta. Una mano saldria de 1 . t'· _1 Jesu1la vociforaba mi historia
bellos me Ievantaria en alto as
• j orne por los caara1n1eblas' y a.~·ien,
habl~ha. El horror venia sobr~ mi ~~ to_dos supieran de quién se
queria que fuese. Me resistia 10hl
go 1ba a descubrir que yo no
.
. 1 1 cerrar los ojos hubiese bastadol

s·

I3 l

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
. e durar mas en la vida de entonces-lno era
Busqué _as1dero;_ qut ;&gt; No pude· rodé al precipicio; lo que no podria
aq~el\o irse mu~1en o. « Que Dios os toque en el coraz6nli., clamaba
deJar de haber s1do'. f~_é. 1
C
un vuelco de las entranas me
1 . 't No lo p1d10 en vano. on
e Jesu1 a.
If. . s que al volver a casa me escondi porque
deshice en tantas &lt;1gnma '
no advirti~sen las lhEuella~ ~e~~::~odevociones capt6 esa vena, y fué
El rég1men de scoua
d · ï d agres
,
1.
d6 la pasi6n, dejândola presentable y oc1 , e
sangrando a, car
.
d.
beato no me comia los santos,
te que era. Al converhrme, no ~ _en ue es'a llama y la resoluci6n del
.
·Qué mas orac10n q
m rezaba apenas. 1
mento actual sin esperar al
tregarse en e1 mo
,
alma implorante para en
.fi .
preces' Queria forzar el des.
.
averse con sacn c10s y
.
que s1gue ni prec
en la conciencia lo corrompido; y no putiuo, enmendarlo; esc~rd~~
sér nuevo caia en aborrecer
. d d de la aspirac10n a crear un
'
t
d1en o, es
.
raz6n por sus pasos con a.
L s frailes me vo1v1eron a 1a
'
al anuguo. o
.
miré en otros ejemplos; supe
licaron mis creenc1as; me
.
La
M
dos. e exp
. 1
congojas se desvanec1eron.
lo que podia esperar y temer, a g~na!&gt;confesiones los ayunos, las vi.
.
tantas misas rosarios,
,
as1stenc1a en
' . .
T da con la vida, como pargilias, me habituaron a la rehg1ôn rec~nc1 ia u medida y su término.
te de las costumbres que tiene su ;a, suella nifieria de la pureEfecto notable del hâbito fué_ curarme e adia mi 16gica destructora.
za absoluta, del rigor intrans1gent_e que pedia menos de querer moUna criatura visitada por la gracia, nobpo.
su busca como los
.
l
si la muerte no llega a, ir en
'
nrse al pun o, y
,
e los descabezasen. De ese pennifi.os martires de Alcala fue~on a qu d. , y el susto de un fraile
.
.
ugnancta por la me 1ama,
samiento vmo m1 rep
,
rado que preferia condenaroyéndome decir, con her01smo desespe r; lamento a confesar los
me desde ahora a ir todos los meses, ~or g 1
' .6n del mârmismos pecados. Entre el destina del reprobo y a vocac1 uede ca·
tir admiti la realidad humana de vivir a trancos, como se p
'
132

, •

1

yendo aqui para levantarse allâ; en fin, en un alma de nifio desp6tico, inexorable, se insinuaba la compasi6n. Mis creencias echaron
raiz; la sensibilidad se irrit6 menos. La mente adquiri6 la noci6n del
deber; perdi la intuici6n dolorosa de haber marrado mi destino. Tuve
mas ideas, menos amor. De dos estitos de apacentar almas que
conocîan los frailes-el uno terrorifico, opresor; calmante el otro-,
acabé por abrazarme con el segundo. «Todavia ayer-contaba en una
prédica el Padre Uncilla-, un moribundo me preguntaba entre estertores: 1Padrel 1Padrel iMe salvaré?» Asi corria el primer modo. El Padre Uncilla, que lo usaba, era baritono, buen mozo, de nobles facciones y ojos grandes, tranquilos. Con ser muy beni~no y apacible, en
poniéndose a catequizar se templaba en el rigorismo desesperante.
Algunos acentuaban con tal energia la dificultad de llegar salvos a la
otra banda, que nos persuadian, sin proponérselo, la desconfianza, y
gran desmayo. Modo sedante, el del Padre Valdés. Severo en demasia era el porte de este fraile, el mas afrailado y temido de cuantos
entendian en nuestro gobierno. Jamas fué familiar, ni comunicativo
siquiera; recuerdo su sonrisa como suceso notable por su rareza; sonreia de tarde en tarde, a su pesar, violentando su gravedad, y no tardaban sus facciones, poco graciosas, en absorber y secar el rocio de
la sonrisa. Era por ventura mas inteligente o tenîa mas experiencia
del coraz6n que sus cofrades. Riguroso en el aula y en los claustros,
dulcificabase en la capilla. No escaldaba las aimas con el terror, ni
las forzaba a optar entre el heroismo y la perdici6n; pedia buena voluntad, no mas; inculcaba le certidumbre de que el esfuerzo mas humilde no quedaria estéril y sin pago. Pese a su frialdad, rendiase a
la ternura delante de ciertas obras cumplidas por la religion. Un domingo de abril estabamos tres en el patio viendo los chorros gruesos
de la fuente subir y deshacerse en monos de plata, cuando el Padre
ValJés, que se paseaba leyendo en su breviario, se nos acerc6; ver33

�LA PLUMA

LA PLUMA

niamos de la capilla; el espiritu pudiera competir en fresca tersura y
novedad con el dia; el cuerpo estaba en la feliz desaz6n que engendra un apetito violento, a pique de saciarse: era inmineote la Hamada
para el desayuno.
-lHabéis confesado y comulgado?-nos pregunt6.
Contestamos que si, y estuvo un rato mirandonos. Clavandome
los ojos, me di6 un golpecito en la mejilla, y exclam6:
-&lt;Entonces, estas en gracia ... ?
Se le saltaron las lagrimas, y se alej6 sin aiiadir palabra, volviendespacio a sus rezos. Tras de esa efusi6n no me adheri mas que
antes a la persona del fraile, pero me aficioné a su templanza, que
me aliviaba del peso de lo irremediable, y del espanto. Si hasta alli
habia buscado en vaoo la reparaci6n descomunal que me restituyese
la paz, empecé a gustarla en cuanto me persuadi que nada se restituye ni se restaura. Hice buenas migas con esta miseria: soslayar la
tormenta en vez de arrostrarla, irme por caminos de travesia, acomo•
darme con deformidades morales, apartadas de la rectitud absoluta en
que consiste el deber. La etapa en que iba eotrando me parecia un
fraude, puesto que mis fuerzas debieran bastar para mas; y una fuga,
pues desoia las voces del destioo. Arrollé esos repro::hes. Estaba
rendido. Quise descansar en una paz de esclavo. Paz sin gloria, de
esperanzas humildes, profundamente afligida. Aun zumbaba la resaca de mi conversion precoz.
Entraba en la declinaci6n de una borrasca sentimental, puntn gustoso en que el ânimo, al recobrar la serenidad, se mira en la zozobra
que va huyendo y en la paz que apenas llega. y tasa con mas juicio
el propio valor, los vaivenes pasados. El hombre que exprime ese
zumo de la madurez se alegra en su sosiego apacible; se alegra con
rooderaci6n, porque ha aumentado su sabiduria. Con calma podia yo
mirar el espantable 11lhoroto de mi conversi6n; pero mi madu1ez era

sin humorismo. El lastre de las creencias pesaba demasiado M.1 _
· fuego fatuo, viento, nada. Mas no quedé
· libre
pa
s1·on pod'ia h aber s1do
al volver _al suelo. Esta aventura no se gan6 como la del Clavileiio,
con s6lo mtentarla. Proseguiria hasta el fin- pero el fi d6 d
taba?
'
n ~ n e es-

..
(Contùmard).

MA}-TUEL AZANA

�LA PLUMA

CANCIONERO DE LA VIDA HONDA
1

Y DE LA EMOCIÔN FUGITIVA &lt; )
LA EMOCIÔN FUGITIVA
/;n la red de mis canciones
tengo un ave: la emocion.
flue vue/va a los corazones
lo que fué del corazon;
que siempre en mis versos viva
en el ritmo prisionera;
que la emocion fugitiva
se tome imperecedera.

BLASÔN. A LA USANZA ANTIGUA
bs egida
g estandarte
de mi arte: vida;
de mi vida: arte.
/!De qué modo,
al hallarte,
ha/lé todo:
vida y artel

Ml PENA
'j/o digo «la pena mla»
y la canto de mil modos;
pero sé que mi alegrla
g mi pena es la de todos.
(1) En este libro recoge el Sr. Icaza sus composiciones inéditas, y otras no
coleccionadas hasta ahora.

CAMINO ARRIBA

'J;'a camino arriba el mozo
cantando esta caminera:
C:uando las penas son muchas,
al juntarse se consuelan.
.Clora el pobre sus fatigas,
aunque tiene quien lo quiera;
se duele el rico de amores,
pues no le quieren de veras.
cSin dinera y sin amor
todo es igual en la tierra.
C:uando las penas son muchas
al juntarse se consuelan.
ARTE POR EL ARTE
9lrte por el arte alumbra la estrella,
ignora que brilla, g luce y es bel/a.
9lrte por el arte &lt;ibrese la rosa,
y alegra y perfuma la rama espinosa.
'Y de su divino frescor inconsciente,
en el prado, oculta, barbota la fuente.
'Gu, de tu belleza siempre desdenosa
-a modo de estrella, de fuente y de rosacuando ésta perfuma y barbota aquélla,
y lejos, muy lejos, la otra destella,
tienes el encanto de sentirte hermosa
sin buscar la gloria de llamarte bel/a.

FRANCISCO A. DE ICAZA
137

�LA PLUMA

UN CUENTO EN LA OFICINA
(PAISAJE DE LA JUVENTUD)

yo era joven, casi un muchacho, trabajaba en el escritorio de una fabrica de mi pueblo.
La poblacion era muy pintoresca, en una alta planicie,
rodeada de grandes montafias y de caminos que iban al otro
lado de la divisoria. Las alamedas a la orilla del rio tenian una belleza
exquisita de soledad. Yo paseaba en los anocheceres, precisamente cuando los pocos paseantes del campo regresaban a los soportales de la villa.
Era el momento indeciso de llegar la noche loque tenia para mi corazon
una misteriosa belleza en las alamedas solitarias de aquel rio, y por alli
sofiaba yo los cuentos que escribia para el periodiquito de la localidad.
En la oflcina yo era el ultimo de los empleados, y tenia la obligacion
de acudir el primero y de salir el ultimo. Yo cerraba a la una y media y
subia la Have a la casa del propietario del negocio, que la tenia, maravillosa para mi entonces, en los dos pisos del inmueble que estaba en la
plaza de la villa romantica. Esto de ser el ultimo de los empleados, y ser,
a la vez, un joven aficionado a leer y escribir, me tenia el corazon un
poco entristecido: lo bastante precisamente para sostener la necesaria
tension poética de un joven que aspiraba a ser escritor. El ultimo puesto
en la oficina me obligaba a varios mcnesteres; voluntarios, unos, y de
mi cargo y responsabilidad, otros. Por ejemplo: yo salvaba en muchas

(1

138

UANDO

ocasiones a uno de los viejos ernpleados, que el pobre se emborrachaba
habitualmente y no podia cumplir muchos dias con su obligacion. Yo
era cl encargado de llevar notas y advcrtencias a la administracion de la
fabrica, adonde se iba cruzando el rio por un puente de madera, cerca
de un rnolino rodeado de sauces, de campo y de arroyuelos que bajaban
de la presa. En la fabrica veia la tragedia del trabajo infantil, pues ayudaban los chicos de trece y catorce afios en la tarea de producir objetos
de cristal. Esta vision de los nifios en el trabajo, en los dias de mucho
calor o en los dias de Jucha con la nieve en las calles, me enternecia
como si fuera el hermano mayor de aquellos obreritos...
En razon también de ser el ultimo empleado de la oficina, yo me
quedaba casi solo en ella desde las doce y media hasta cerca de las dos.
Los emplcados de mas categoria iban marchando poco a poco, y yo
aprovechaba aquella hora para escribir mis cuentos: realmente, yo acababa mi trabajo. y a veces el del pobre cmp!eado viejo v borracho, para
las once y media o las docc, v desde aquel momento me aplicaba disimuladamente a mi literatura. 0 leia, teniendo mucho cuidado de que
no me vicran, o cscribia en Jas vueltas de los sobres usados, como fingiendo operaciones matematicas. Todos mis cuentos de aquella época
fueron escritos asi.
Un dia publico el periodiquito un cuento que yo habia titulado Rl
prmsa papel""· Era cl prensa papeles una mano auténtica de mujer. Se
trata_ba de un médico, que de estudiante habia querido a una mujcrcita
~rec1osa, y que un d{a volvio a hallarla muerta en una mesa de autopsias. Corno las maoos de aquella novia le habian impresionado tan amorosamente, él corto una de aquellas manos bellisimas, la embalsamo
como un artista y la engarzo en oro, para tenerla en su mesa y verla y
acariciarla siempre.
El médico era viudo y vivia solo con un hijito. Un dia. cl niiio, recién
puesta la mano en prensa papeles sobre unas cartas que aquella misma mano habia escrito, corrio asustado llamando a su papa, porque la
mano habia hccho una acaricia al chiquitin ...
Sea porque yo hab/a puesto todo mi pobre arte en hacer el cuento,
1 39

�LA PLUMA
sea porque la descripci6n de aquella mano habia conmovido a todos de
un hondo sentimiento de belleza, el caso es que, en fin, dijeron algunos
seiiores que mi cuento era muy bonito; llegué a saber también que ciertas muchachas de la villa habian dicho que era un cuento encantador.
Era en los dias de julio, y habia Ilegado ya a casa de mi jefe uno de
sus hermanos con las dos hijas que tenia. Yo iba hacia la fabrica a llevar una nota de administraci6n, y en el puente de madera tuve que cruzar con aquella familia. Pensé pasar timidamente, casi inadvertido; pero
el hermano del jefe me detuvo, y me vi en medio de aquella familia distinguida, todo acobardado. Me dijeron:
-Es muy bonito el cuento de esta semana.
Me dieron la mano todos, saludândome, y bajo la sombra en que estabamos sobre el rio, la mano de la hija mayor vino hacia mi en un claro
de sol... Tenia yo diez y nueve aiios, ganaba muy pequeiio sueldo, vivia
como jefe de familia, entre mi madre y mis hermanos. Aquellos seiiores
habian conocido a mi padre, que se habia muerto en el trabajo de la oficina. Aquel puente, aquella fiibrica y aquel paisaje cran mi propia vida.
Se comprendera, pues, la gran emoci6n de aquel momento para un
pobre muchacho como yo. Salvo la muerte en casa, nunca he pasado
por una intensidad de vida interior como la de aquel dia entero.
Uno de los siguientes yo estaba en mi pupitre, a la una de la tarde,
leyendo ya en la soledad de la oficina. Me pareci6 haber o{do un ligero
rumor de pasitos en la escalera. Otro dia, en el mismo silencio, también
o{ un rumor que no parce/a de ser viviente, es decir, que daba mas bien
una impresi6n de sombra o de perfume, una sensaci6n de que habia
algo en torno, muy alado y sutil. La puerta de entrada a la oficina estaba a la izquierda de la escalera de la casa. Después, ya dentro del escritorio habia una mampara de madera, pintada de blanco, y una ventanilla para despachar el cajero. Al lado de la ventanilla habia una carpeta
negra, de piel, para firmar sobre ella. Yo trabajaba aquel dia con una
emoci6n de lâgrimas, en un cuento que se titulaba l!l cartcro, cuyo
asunto era la conmovedora emoci6n de un hermano mayor. Oi dar en
el reloj dr la plaza la una y media y me levanté para cerrar y subir la

LA PLUMA
llave. Al vol ver la cara vi que sobre la carpeta de la ventanilla del cajero
h_abia u~a mano maravillosa, como la del prensa papeles. Blanquisima,
sm ~haias, ~ue era c_omo yo elogiaba la di\'ina hcrmosura de aquella
mamta de m1 cuentec1Jlo. Engarzada en oro también, porque en la mufieca resplandec/a una pulsera ...
Fué un minuto de maravilloso ensuefio. Y yo vi claramente serenamente ,desapa~~cer en seguida la mano de sobre la carpeta negr~ de pie!;
y yo, 01, tamb1en ~laramente, el rumor alado y sutil, la impresi6n de que
hab1a cerca de m1 una sombra o un perfume que vivian.
Guardé mis cuartillas, o mejor dicho, mis sobres usados, con el nucvo cuento para el periodiquito; cerré, subi la Bave y }lamé, con no sé
qué csperanza, en la puerta.
-Va usted muy tarde a corner. cPor qué no cierra otro cmpleado la
oficina?
Y una manita resplandeciente, con muficca de oro, recogi6 la Bave,
como a la puerta de un palacio cncantado ...

R. SANCHEZ DÎAZ

�LA PLUMA
los médicos, las salas de operacioncs; en el que los hombres, a menos
que se les rompa algo de su mecanismo orgulloso, evitan entrar y hasta
enterarsc de que existe. Corno yo, que entraba en él por vez primera, y
en una cdad en la cual puedc causar asombro, en ultimo término, la
imagen alegrc de la vida, que noya la desconsolada.

* * *
EL HOMBRE DEL SOMBRERO GRIS

...
1

,,,,1

.
W

como si alguien hubiese dispucsto de prop6sito aquc:
llas luces con atenci6n y cuidado: sofoc~da la u~a por n~ se
qué velario que de color de sangre parec1a; la mas dcspab1lada, enmedio de la sala, precisamente al lado de la puerta, Y
otra en fin temblorosa y azulada, alla lejos, dondc blanqueaban las
ulti~as ca~as El techo de la sala parecia altisimo; pero mirandolo de
lejos, y con ayuda de aqûellas Juccs, haciase casi convexo, y diriase q~e
se apoyaba por entero en los tubos de las tres grandes cstufas, q~e nad1c
se hab/a acordado de encender. El aire era denso, pero no deletereo, Y a
no haberlo irrioado de cuando en cuando el olor del acido fénic? que
salia de alguna ~ama, o entraba por alguna puerta invisible, hub1érasc
dicho que era incluso puro aquel -~ire. Aun a~~es de entrar e? la sala
inmensa habia yo tenido la impres1on de un paiaro que se p:erde en
una nube espesa y negra en una hora de temporal, y no sabe donde p~dra ira parar, ni si aquella nube ticne margenes y limites. Incluso la mirada de los porteros se me antoj6 hip6crita y burlona, sobre todo ~uando
me abrieron la salida del patio donde se ven las puertas de las camaras
,·
· · pero que hasta una mano de
mortuorias: cerrad1s1mas
en apanenc1a,
nino podria hacer girar sobre sus gozncs. Un hospital: con las hermanas,
ARECÎA

Una vez bajas toda5 las luces, como si aquella penumbra les quitase
hasta el respiro, los tres enfermeros de guardia enccndieron una lamparilla, y, bajo sus rayos, se reunieron. Callaban, mirandose: uno, alto,
grueso y afeitado, con cabeza de toro; otro, tan rubio, que la cabellcra,
abundante y lisa, se Je convertia en blancuzca bajo aquellos rayos; el tcrcero, con enormes orejas, que le aplastaban y alargaban el rostro, mas
bien fuerte y duro. Los dos primeros sentaronse al cabo; pero el tcrcero
permaneci6 en pie ante la mesita, como si tuviese él solo, con aquellas
orejas, la obligaci6n de recibir las llamadas de los enfermos. Pero los
enfermos no llamaban. Sobre los alineados lechos buscaban los cuerpos,
fatigosamentc, una postura firme para dormir. y s6lo se oia la respiraci6n
afanosa de las gargantas mas pr6ximas y mas atormentadas. Pocos habian encontrado en seguida el sucrïo, y golosamente, celosamente, complacianse en él con pequerïos resopJidos que parecian gritos de gozo reprimidos. Alguno tosia y espectoraba, pero se comprendia que era mas por
distracrsc o hacer tiempo que por necesidad; mientras un enferrno de
epilepsia, llegado aquella misma noche, y ya sin conciencia, salia de
cuando en cuando con un grito ronco, como si con ello quisiera ayudar
a la sangre a hervir mas de prisa. Pero los tres enfermeros no escuchaban, y cuando uno de los tres, el afeitado y alto, abri6 un peri6dico, los
otros dos le rogaron que leyese tarnbién para ellos. Aquella voz baja,
pero igual, no podfa llegar rnuy lejos: con todo, se vi6 en seguida que
dorninaba todos los demas ruidos de la sala, y a nadie le gustaba. Chirriô de pronto la puerta; detras del biombo, los enfermos despiertos buscaron al punto la sombra del que entraba. Era una monja. Los enferme143

�LA PLUMA

lit•
1

LA PLUMA

·a como si tuviese alas, estaba ya a la mitad
ros de1·aron de leer; 1a monJ '
a Entonces el en. b
a de cama en cam •
de la sala, y se ~eshza a' presur~ss6lo el de las orejas !argas fué hacia la
fermero empezo a leer de nuevo, 1 p
aquel blanco y negro mal funmonja, con intenci6n de alcanzar a. ero
casi correr Se detuvieron
dido se le escapaba; tuvo que alargar ~! padso y s·n hablar. La moni·a, con
d 1 l · ti
miran ose 1
·
ambos ante la cama e ep1 ep co~ del habito, abria y cerraba los ojos;
las dos manos sepultas en las manoa~
d., una lampara sobre cl
c
se aparto y encen 10
pero cuando eI eniermero
.
ioui6 como si quisiese pegarle.
lecho, solt6 las manos a toda pnsa,_ y le s o 1'en•ermero se inclin6 so11
· parar m1entes en e
'
Pero no; se d etuvo, y, sm
b
Corno si el coloquio aquel
bre el enfermo, susurrandole algunas pala ras. la mano sobre la Have
.
~
.
0 ·ugaba en tanto con
le d1era celos, e1 en ermer 1 .
le daria la vuelta sin el consentide la luz; pero se comprend,a que no ,
1 ·o indic6 al hombre
0
miento de la monja. Al cabo, éSt a s; alz~, s~ : ; \ ; miraba embobado.
que apagase. Pero el otro no par~c,a en en e ' mientras la monja, hoUn grito del enfermo los estreme~6a:~~:
volvieron a encontrar,
rrorizada, echaba a correr, el otro p od
, no tendido sino enros,
t
ama don e yac1a,
'
poco despues, ante o ra c
' ..
movia la cabeza sobre la
cado, un hombre gordo y largu1s1ml o, qtueem1'dades golpeaba a veces
lanosa y con as ex r
.
almohada, una cabeza
'
.
aloo· como si tuv1e6
.
La
monia
1
e
susurr
o
,
sobre los pies de 1a cama.
. . nto tan convulso, que del
.
. 1 go con un mov1m1e
se m1edo, se ret1r6 ue '
. 1·no' a recogerla· pero
,
fl El enfermero se me 1
'
pie se le escapo una pant? a.
al d d uevo. En medio de la sala,
ella, mas agi! que él, hab,~se ya c ~ oEl~tno se ri6 pero remang6 las
se miraron, m~dos. El e~ ermer~~:1:do con los ojo~, quisiera reir_ de
aletas de la nanz, como s1, no p
. .
mas tranquilos y desp1eraquella suerte. Luego, siguieron la VlS~a, rer~ama de los enfermos, sin
tos, tanto que se asomaban apenas so re aïijo la monja se inclin6; el
arreglarlos ni interroga~los. A~te un c;uc1 éndose derecho hacia otras
enfermero, que la seguia, fing16 no ver o, y

una manta de lana amarilla, doblaba en cuatro; no se sabia si para buscar algo en ella o para echarsela encima. Por fin, se decidio, y abriéndola
cuan ancha era, se tapo los hombros y el pecho. Oianse, Iejanos a la saz6n, Ios pasos de la monja sobre el pavimento, y los del enfermero, mas
sonoros, menos cuidadosos; pero los enfermos no se preocupaban de
aquel ruido, ni del enfcrmero que se habia tapado, y buscaban, con trabajo y suspirando, una postura para dormir. Uno, de orejas tan rojas
que, sobre la almohada blanca, parecian completamente -negras, encendia un cigarrillo tras otro, con un ansia nerviosa que le hacia temblar de
pies a cabeza. Pero no suspiraba ni se fatigaba como su vecino, un viejo,
estrecho de hombros y todo derrengado, que subfa y bajaba del lecho,
sin decidirse a beber o a orinar: no se comprendia a qué. Y cuando se
echaba de nuevo, se enroscaba sobre la almohada, tropezando las mas
de las veces con las columnitas de la mesilla, que tintineaban con cierto
ritmo. Otro, pero a éste habia que mirarle de lejos, tan encerrado en la
sombra estaba, se quejaba con Ios brazos en alto, como si su aliento le
pareciese harto proximo y quisiera con aquellos gestos y sonidos alejarlo.
Y no era el ûnico que se Iamentaba. Cuanto mas avanzaba la noche, mas
avanzaba la inquietud y el desasosiego, con ronquidos y lamentos que
en la sala, vastisima, pero cerrada, se propagaban, graves y macabros.
La monja habia desaparecido (no se sabia por donde), y el enfermero
que la habla seguido en aquella visita, se habia quedado al fondo de la
sala, al pie de un altar. El enfermero afeitado, apoyada la barba en los
codos, dormitaba, mientras el rubio, con los ojos fijos en el techo, encendia y apagaba una pipa corta, la cual solo a largos intervalos echaba
humo. Sobre todos, sanos y enfermos, pesaba algo, pero no se sabia qué,
pues que el techo era abovedado, altisimos los ventanales, y las estufas,
aunque voluminosas, fuertemente plantadas en tierra.

camas de la sala.
h b' n acabado de leer, pero no apagaban
Los otros dos enfermeros a ';. d daba vueltas y mas vueltas a
las luces todavia. Uno, el alto y a e1ta o,

abria Ios ojos y pedia de beber. Le servia al punto, y aquella distraccion
me arrancaba de la helada somnolencia de la espera. Porque tambiéo yo

f::: le

1

1

• * *
El amigo a quien yo velaba dormia, y solo a veces movia la cabeza,

10

144

�LA PLUMA
aunque sano, esperaba con ansia la man.ana, que me parecia que .habia
de tardar todavia no sé cuantas horas, y naccr, no alla tras los cnstales
de las ventanas, sino del pavimento frio donde descansaban mis pies, o
de la silla de hierro en que me sentaba, empezando a calentarme levemente, primero las puntas de los pies, gélidas, y luego, poco ~- poco,
todo el cuerpo. El viejo derrengado continuaba subiendo y ba1andose
de la cama, con grandes suspiros; pero el de las orejas rojas, que antes
fumaba, dormia con los brazos enarcados y respirando fuerte.
Debia de haber pasado, mucho tiempo antes, la media noche, porque
el aire se habia hecho elastico y ligero, no ya pesado y enrarecido; Y
alla arriba, por la ventana que frente a ml tenia, veia alargarse. una estrella enorme, como si quisiera consumirse del todo en aquel iuego Y,
acabando en punta, meterse dentro. Ya fuese que el alba se apro~imara lcntamente, ya cl frio que me daba la impresi6n de tener los pies en
un lodazal o entre la nieve cuando empieza a deshacerse, lleg6 un momento en que no pude seguir sentado. Mi amigo respiraba tranquilo en
su suefio: los enfermeros no se preocupaban de mi; asi, pues, me levanté poco a poco y cautamente di unos pasos por la sala. Me pareci~ que
de pronto se callaban todos los ruidos, como si los enf:rmos tuv1eran
miedo de que oyera sus suspiros y quejas una persona v1va y sana, que
podia andar y moverse a su antojo. Incluso los enfermos que roncaban,
debilitaron temerosos, o tal me pareci6, el flujo y reflujo de su garganta. No me alejé mucho de la cHma de mi amigo; contando los pasos entre la orilla de su lccho y la estufa mas pr6xima, procurando no hacer
ruido e incluso contener la respiraci6n. Me encontré en un momento
dado ante el crucifijo que la monja habla saludado con una inclinaci6n, Y
mirandole, me maravillaron sus ojos, tan abiertos, que parecian risuenos. No tenia labios, de suerte que la boca monstruosa, bajo aquellos
ojos dilatados, parecia contraida en una mueca. Aparté de alli la vista,
pero me encontré ante un enfermo con las pupilas dilatadas y vitreas,
que me miraba fijamente, enemigo. Sus bigotes, de un rubio sucio, eran
tan hirsutos, que todo el rostro, flaco, descarnado, parecia, a su vez, punzante. «&lt;Qué quieres tû aqui?» parecia decirme, aunque su boca cerrada

LA PLUMA
ni aun aJ respiro se diria que daba paso. Volvi la cabeza confuso
.
d d 1
'pero
otros d os OJOS,
es e a cama frontera , se fii'aban en m,', em ergen t es d e
.
una cabeza ~1zaday de frente estrecha, que reluda por el mucho sudor.
. Me voJv, a acer~ar a Ja cama de mi amigo; pero también él tenia los
OJOS puestos en m1, y me observaba como si no me conociese &lt;•,Est,
"&gt;l
,
. " as
meior.», e pregunte con dulzura. Pero no me contestaba mante · d
s b
,
11
. d f ,
.
'
men o
a mira a na y reluc1ente. «1Quieres
beber&gt;., a-nad't. E'J 1n·
d'o 6re m1
. aque
,
...._
1c : _si, s1; pero cuando le alargué la cuchara escupi6 contrariado y me
parec16
que
·
d murmuraba: «&lt;Qué haces aquii'» y tras esta frase , una sonnsa entre
l · e hastio
. y de pena. Le acaricié la frente , Je sub'1 la col ch a;
pero é , sin camb1~~ de fisonomia, volvi6 a cerrar los ojos para dormir.
Un enferma
· len. romp10, en aquel rnomento en un golpe de tos, t an v10
to, que se mcorporo con el esfuerzo hasta mostrar incluso las piernas
~eludas y arqueadas. Asi, cubierto en el lecho, estuvo unos segundos,
mtentando deshacer el nudo que Je ahogaba, ayudandose con brazos,
hombros y cabeza. Pero como no Jo conseguia tuvo que acudir el enfermera, qu_e, dormitab~ al pie del altar, con un gran recipiente gris que
me parec10 que deb1a pesarle en las manos enormemente. El homb
,
, , 'd
re
que t 0s1a
se agarro av1 o a Ja vasija y bebi6 celosamente como un n· I
b'b '
p
mo
e ~ eron. ero,_ al beber, la garganta le borbollaba, mientras sus ojos
lacnmosos me mlfaban, me pareci6 que con ira.
El epilépti~o calla~a en su cama lejana; pero yo senti que también él,
a su vez, hab1a de ~ i r presto con un grito o un estremecimiento. En
e~ecto; como un pa1aro grande que da con Jas alas en un cristal, afanandose con el pico y ayudândose de las patas, el epiléptico empezaba
a moverse en la cama, resbalando los pies, las manos O no sé qué· de
pronto di6 tal alarido, que toda la sala se estremeci6. Pero el ala;ido
aque~ no conmovi6 en modo alguno a los enfermeros ni a los enfermas
desp1ertos, los cuales pareci6 como que se complacian en aquella nota
audaz Yd_:sentonada que habria arrancado a Ios sanos y convalecientes
de su sueno reparador.
El _ho_mbre, ayudado poco antes con el oxigeno, dormitaba, a la saz6o, Sl bien afanosan;iente; mas de improviso se arrodill6 de nucvo en
147

�LA PLUMA

LA PLUMA

..

la cama y como por llamar mejor al aliento que le faltaba, agitaba los
brazos en cruz. El enfermero de las orejas de soplillo corri6 otra vez con
el recipiente, pero el enfcrmo no lo querla, lo rechazaba. Su agitaci6n
era tan desesperada, que también los otros dos enfermeros se sobresaltaron, y, levantandose, acudieron. Uno de ellos, el rubio, dijo: «1Una inyecci6n, una inyecci6nl» Y luego, armado de gruesa jeringa salt6 sobre
él y echandole a la fuerza sobre la almohada, le punz6. El hombre pareci6 tranquilizarse, murmurando en voz baja palabras inconexas.
Luego tosi6 y rascândose miraba adonde yo estaba, como si yo fuera la
causa de su sufrimiento y quisiese reprocharmelo. Yo respondia timidamente a aquella mirada pero, de pronto, rnovido de no sé qué impulso,
me acerqué y murmuré a su oido: «Ahora estas mejor, ,!OO es verdad?»
Con dilatados ojos me miraba sin responder, pero una vez que los enfermeros se alejaron, me hizo sen.as de que me inclinase, a lo cual obedeciendo yo, se golpe6 el pecho y exclam6:
-1He aqui el hombre!

* * *
Ya no veia la estrella, que poco antes ardla tan viva a través de la ventana, empobrecida y enturbiada como por una neblina entre amarilla y
cenizosa, cuando en esto, el epiléptico empez6 a moverse y gritar de
nuevo, y esta vez con tal terquedad e insistencia, que los tres enfermeros tuvieron que alumbrarle con la lampara que estaba sobre su cama y
ayudarle todos tres con no sé qué manipulaciones e instrumentos. La sala
parecia participar en el sufrimiento del desgraciado, clareando en una
luz amarilla que parecia filtrarse por los muros, por el suelo o por las
blancas camas, y en vez de acallar, robustecer aquellos gritos. Aun sin
la lampara, y no se sabla c6mo sucedia aquello, veiase al enfermo r algunas caras y ciertos rincones que por la noche estaban en sombra; y
mas puertas; y hasta una alacena cerrada con cristales, especie de guardarropa alla en el fondo. Mirando a través de las ventanas, aquella ne-

blina
que. enturbiaba
la estrella no se mostraba ya d e un amanllo
• cem.
.
d
c1ento, smo e un verde timido como algo fugif
•
Hquido que Jentamente se deshaci~ hundiéndose en1:~ ~é :~mp~:~ente
Los enfermeros maniobraban aûn en torno a la ca
li qu aratro.
1 d .
.
ma aque a de 1a cual
por
o
emas,
no
sal,an
ya
loi
aullidos
de
antes
L
h
d"
• 1
· «J e an' matadol» '
IJe
entre
m1;
y
os
enfermos
que
se
asomaban
desd
. '
t st
·1
e sus camas con ros
ro ranqu1
os
y
compuestos
los
enfermos
tamb'.
d
b'
b
'
ien e 1an pensar lo que•
yo pensa a, porque, meditabundos y serios se mirab
~n enfermero, el rubio, fué de una carrera :i.i extremoa; ~nos a otros.
v1endo con unas angarilJas, se detuvo de nuevo ante la ~ ; sala_ y vollos otros dos enrollaban mantas levantaban
b . b
a, m1entras
·
J •
'
Y aia an una sabana
a bnan y vo v1an a ccrrar los brazos· Alzaron l as angan·11as de nuevo '
pero esta vez no fué uno s6lo. El de Jas orejas !argas y el afe't d
'
v~ro, habfanse re.,;ervado silenciosamente ta] cometid' .
, a o y se-

::~z ~:0:.~:;:ti::~~~o~·:0;01~::,i~~~}~~I:.:i~

:;~~;:~1
vac10: Un cuerpo humano envuelto en una sabana, hundia;e en l ~n e
. Miro, no comprendo; pero los ojos de los enfi
a on_a.
1
:ng~. ~on claridad, los ojos de los enfcrmos me ex;):~~• !u:u:~~~~0d ~
m ,en una voz que surge de un lecho lejano donde un h
. .
y gordo, con un rostro sin pelo de barba se to~ l
.
ombre 1oven
dos en?rmes ~uiiones vendados de blan~o, que d;cs/:':~~ a~pu~das,
que as1». y ne con risa gutural.
J r sin p1ernas

* ·•

*

~:C~:~~~!;

ioo
!en~;oan;; ;;~: ::c%~ra; ~o~ia. Tal v~z. aJguien _habla
curiosidad de seguir aquclla ca ·u
am1go, ~ero ~mza obedec1a a la
parecia osible
m1 a, por ver adonde iba y a qué. No me
da.ver, :que
;om~~e, antes vi_vo y estent6reo, fuese ya cabien y la sala no dab
. dquel ugar, prec1samente cuando se veia tan
a mie o a guno.

ab;_~~i~~:~

149

�....
LA PLUMA

LA PLUMA

•

1

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Los enfermeros bajaban cautos las escaleras y yo los seguia, pero
como un somimbulo, cual si a través de aquellos corredores y escaleras
no hubiese otro guia: el muerto en la sabana blanca. Y me maravillaba
que las puertas de los corredores no fucran también como, las blusas de
los enfermeros y la sabana, candidas, y la luz menos difusa y clara que
en la sala.
En un recodo de la escalera, topo con un hombre. Yo quiero seguir
al muerto, ver adônde va y para qué; pero el hombre me toca en lacspalda y me apostrofa. Los enfermeros han desaparecido ya con su carga, y el hombre me su jeta y me interroga febril: «,:Qué hay en esa sabana?» ,:Sé yo lo que hay en la sabana?
Si; lo sé muy bien; en la sabana hay un hombre, un muerto,
-,:Quiere usted dedrmelo? ,!Si o no?-insiste el hombre, casi llorando: -Mi hermano estaba gravisimo ayer noche.
A estas palabras me estremezco y le miro. El hombre es gordo y
orondo, y lleva puesto un sombrero gris que por milagro se le sostiene
en la cabeza; casi se le escapa.
-&lt;Quién es?-repite afanoso.
Le miro estupefacto; luego le digo (y no sé por qué se lo digo):
-,!Usted esta sano o enfermo?
El hombre mueve la cabeza, tiembla, balbucea, repite:
-,!Quién es? Digame, se lo ruego, si es él.
Pero yo me tiro a su cuello y vuelvo a preguntarle (no sé por qué se
lo pregunto):
-,:Esta usted sano o enfermo?
Se echa a un lado por escapar de mi y los ojos empiezan a Jlorarle,
la garganta le solloza:
-jPOr amor de Diosl iDigame si el muerto ése era un epiléptico!
Pero yo no le suelto, y cuando al fin se me escapa, baja las escaleras y vuelve la esquina atemorizado, yole sigo gritando:
-,:Esta usted sano o enfermo?
En la porteria le detienen a él y me detienen a mi. Tras una puerta
abierta en el patio, se entrevé una cosa blanca que se mueve: las anga-

rillas ~tan ap?yadas ~n la pared, vac!as. Aq?ellos porteros escépticos le
cncarmnan a el a la camara mortuona; a m1, pcrsuasivos y condcscendicntes a la puerta exterior.
Estoy en la calle y en una franJ·a de so1
.
bjanco; pero c~mo s1ento entre mis dedos algo que no es mio, que me
tortura, me miro ~as manos en _aquella Juz cegadora, y me sorprendo
con el sombrero gns de aquel senor, estrujado en el puiio.

MARIO PUCCINI

....,,m
..._,___

....~...... ■ftllfflfflll~11t1Ullll~1,_ _ _

1

CANTA MI CORAZÔN COMO UNA FUENTE ...
f.Mi çprazon (como mi verso) es claro:
ha/lé en mi sangre férvida el venero
en que ha de constelarse el desamparo
de la rubia mujer que ya no espero.
(fHada inefable que dora mis sueiios
con la dulzura de su cabellera
y que guard6 en sus pé1.1pados sedeiios
la vision ruda de mi primavera.)
Caen las lunas sobre mi tortura
con una igual indiferencia, /ria,
en el silencio de la noche oscura.
'Ya la he perdido (irremediablemente}
y ante el abismo de la lejania
canta mi coraz6n como una fuente ...

R. MEZA FUENTES

�LA PLU MA

~!

EL NO VELi ST A
(NO V ELA RIO )
( CONTINUACI6N)

II

,. œ ERO

entre todos los /aroles de la dudad, uno de ellos, el 185, es
Pi;i;\
el que ha de figurar en esta nove/a, plantado en el rincon de la
W
Calle del Murallon, esqztt'na a la del Trinquete, a la que las
gintes !!aman desde no hace mucho La del misterio.
El faro! 185 ocupa la esquina precisa de la calle, d~jando
apenas que pase una persona entre él y la pared. Enjabelga con su luz la
pared, desconclzada y sucia, frente a la que luce y traza un cuadro de luz a
sus pies, como proyeccion suya, en La que trazan sus radios los emplomes
de sus ladrillos.
Lo unù:o que le asusta al farol son los vientos que soplan por su esqu{na y que alli hacen un tiro atroz, habiendo dias en que han estado para
tt'r arle, aunque en esta ciudad de los madriles no hay viento que pueda tirar
a un )zombre ni· /1paf{.ir un faro! por mds que se revista de los mds terribles
aspectos de ciclon y hasta arranque un drbol, pues es mds fdcil desarraigar
un drbol,porque todo él ayuda a ser desarraigado, que tirar a un hombre
o apagar un f arol.
«Se creerdn que n,1 pasa ,zada en la noclze», pensaba el 185.
Aquel erà el paso para una casa misteriosa -v empers{anada, la casa de
hulspedes j!otante, la casa dispuesta para qur los huéspedes se mz·rasen a los
espejos.
Por alli daban la vuelta JI se paraban un momento bajo el 185. Elfaro~
dicharaclu10, ducho en esas /ides, les anim aba, injlu{a en ellos, sin que ni
152

un~ otro st acaba.ren de e1tlerar de qufln habia sido el soplo divino de la
dectsion.
El nûmero 1~5_generalmenle estaba_ de mds, mirdndose en uno de los
cristales de su vttnna como e11 un espe;o, y soplando el fuego ùzterior que
le abrasa~a por los redondelt'tos que habla en su tubo, verdade, os agujeros
de la nartz del faro!.
A hora,estaba un poco descuidado. El farolero cada vez venia menos por
Il _'V se le tba ~a'.tando a la forera, a la garrrclza mtfo1 dicho, atmque resultaba tar: vtstble por el punto estratégico que ocupaba, que en seguida
habla un mspector que lo denuncinba.
Yi; hacia Hempo que no tenfa aquel tubo de 1·epuesto que an/es siempre
dormza al lado de stt lu~ enhiesta, como sustilutz'vo en caso de desgracia.
co"!o elemento de salvacùJn para no jJasar u11a noche entera a oscuras. jQué
dntmo § qui to1tjianza le daba el tubo de repues/of Y se daba el caso de que
estando tan a la mano el t~bo nad{e lo habia robado mmca. La peor a-ente
respl'la losfaro:es de las czudades clvilzzadas, y los Ladrones lfJ robanbtodo
menos alfarol.
Era rico con el tubo que tenia de mds, pero ahora se le pasaban tem/)or'!das mu_y !argas con el tu~o quebrado o alnzenado por la ruptura. 1Gractas que tenfa gran prtsencza de dnz'mo!
. E_l 185 no 11eia desde stt sùio mds que obo farol, el nûme,·o 63, de otro
drstnt~, porque la acera_ de~far~l 185 errz del distrito mimero 5,y en la que
e,nergza ~/ 63 era del t1;zslnto numero 4, acabando en el/a la jurùdiccù}n de
la aulondad del barno.
-Pertenecemos a disfnla re/lûblzca-se habian didto en broma muchas
veces los /aroles a través de la noche.
- S i hay escdndalo en tu acera z'rdn a una comisarla, y si es en la mia
{rdn a otra.. .
·
- El que esté dispuesto a cometer una fechorîa debe pensar qui autoridad le correspon:-fe... El «M~'ri» mmca p_ega las bofetadas a la Anlonz"a en
la ace,:a tu_ya, s:7;0 en la. 1ma; porque st va a mz· comisaria, elJitez es mds
asequtble a una 1njluencza.
-:,Qui rabia le d~ al_sere':o Borza cuando tiene que Si!r él el que lleve a
las ben_tes a la comzs_aria nmnero 4,po1-que es la rnds le.fana dt! ba,·rio ...
Para él, todos los ~rimenes Si! comelerian en la acera dt! d,:rtrito 5 .,1· 110
fr?les~asm los vectnos, y tod, porque es de la que le coue 11tds cerca la comtsana.
b
As{ charlaban en ùttenninable dtarla los dos farolu:
-(' Y esos.rl-le prepw1taba elfaro/ m,11w·o 63 al 185
-Esos... P ues hàlia el reposo...
·
1

53

�I
LA PLUMA

,.
•

-jCom~ la empu.fa él!
.
.
. .
-La capa se ha lzccho para mipu.1ar a las 11t1t_Jeres y para diszmular el
empuje...
..
Hn los silmcios cantaban los dos pobres /aroles ffUOJ1ras y otras compo_siciones menores y recatadas que se laizzaban mutuamente para darse ammo, para quebrar los hùlos de la noche.
.
,
De n11evo una pare_ja se paro en su esqutrta, alli donde todos ~e sentian
entre bastidores de la escena y no se atrevian a pasar al proscemo.
-Mt'ra, Jfanuel; no puedo...
,
-Pero, mu.fer, después de habtr llegad() hasta aqui...
El faro! nûnzero 18, conoda ya mucho aq_u~l argumenta de &lt;~haber ll~gado hasta alti», que para todos era algo decwvo cuando no podia ser mas
trivial.
,,
.L
El jarol nûmero 185 dio 11~s luz a su mechero, que era como e, sonre,a
1 daba optimismo a los indectsos.
-Después de todo, un dia tenia que suceder; (por qué no ha de ur antes que después?
-Si... Pero esta noche parece que puede haber alguna desgracia ... Es
hoy sdbado, el dia de las borraclzeras y de la polt'cia ...
- No seas tonta ... A esta hora, no...
.
-si· apagases el farol... Pero puede haber asomado alguzen a los balcones de esas casas.
.
El faro! insistia con su luz por lo ba_jo, demostrdndole que_nc_i~ze querria
reron(Jet1la porque la noclze era jria y estaba llena de impaszbtltdad.
«Como son estas mu.feres-pensaba el faro! - ; se creen que su caso es
un caso ûnico, es el caso del mundo y de todas_ las estrellas.»
.
.Ella temblaba a los pies del farol como ba;o la cruz del calvano. Nun~a
se la olvidaria aquella escena y el farol quedaria_ graba~o en su memorza
como un atributo de su destina en la hora culmmanfe. sin aprecfar que lo
que la decùii'o aquella noche fueron las mdximas del farol... . .
«( Pero no véis que en l,! s~ledad de la ca{le se puede deczdzr: lo qu~ se
quùra? Considerad que sois libres, y gozad ltbremente vuestra lzbertad.»
«Todo lo que esta iltemi'nado por un farol comn yo en ta noche, goza de
su independencia, y para fortalecerse se da esa ducha de luz de gas que
brota de mi.»
El 1 85 les vid por fin comenzar ese paso de p1•oc~s1:1n, que reanud~ _su
marcha en silencio, dejando de lzablar de todos, dmgzendose en de.fimtwa
al sitio seiialadv, jcompletamente desenfada&lt;fos!
,
,
Le emocionaba al r85 ese 1nome~1to v veia lo alemorz_zada qu~ ibn rlla.
empi~jada por el Jwmbro de su novto. Ya aquello no tema rnnedzo, y el 185

LA PLUMA
se sonrefa d.e ver cdmo lo irremediable no era casi una cosa importante ni
grave, sino aquella ansiosa excursion camino de la posada en que no se
pide dinero nada mds que par el desperdicio de una hora, )1 no se necesitan
papeles m· equipa.fes, y no i·mpera la dura ley de «por lo menos quznce dias
obhgados».
El 185 ecluf su bendi'cton a Los qzu se ale.fa/Jan hasta la puer/a de cristales opacos, en la que ha siâo suprimùia la portera para que sea la casa
de la felicidad.»
El novelista se detuvo en su novela. El farol ya estaba situado. Ahora, a _bus~arle personajes que logren hacer variada la acci6n sin romper
su m1steno.
Las noches sucesivas se dedic6 a seguir a los faroles, a perseguir sus
luces.
«Se podia decir que les ptetendo, que les busco las vueltas, que compruebo con los numeros colgados de su visera el numero importantisimo
de algo ... Parecen vendedores de décimos con el décimo en la gorra, y
a,los que yo voy buscando como si uno me hubiese dado una participaci6n que me hubiese tocado.»
. Andrés buscaba_ en l_os faroles que veia, el secreto cordial que se pres1ente en ellos, la h1stona que ocultan, loque vieron, aquel momento en
que vieron escapar al ladr6n con el reloj de un transeunte, llevandosele
por la cadena como el que se lleva un perrito que se niega a andar, o
a aquel en que vieron robar una cartera a un seiior y se qued6 desconccrtado, mas que nada porque se le habian llevado la cédula, las tarjetas, los papelitos de tafetan, todo eso 9ue si alguna vez se tuvo tiempo
de comprar ya no podra ser reconstru,do en la nueva cartera .
~ndrés se di6 durante varios &lt;lias, largos paseos por los arrabales de
la crndad buscando faroles pintorescos, intercsado por que resultase
bien aquella novela que era cl secreto tema de concurso que tenia clavado e~ su memoria desde hacia mucho tiempo.
. 1Que gran novela se puede hacer contando bien con el gran personaJe sobrehumano de la nochel
El novelista sentia pensamientos subitos bajo la luz de ciertos faroles y sacaba su cuaderno de apuntes y apuntaba clarividencias que pareda haberle inspirado el Espiritu Santo.
«Desdc luego, el farol es algo muy serio e independiente que no da
su luz para nadie, qu~ ~e irritaria con el que se creyesc dueiio de su exuberanc1a de luz--escnb,a en su cuaderno de Jas argollas jpobres hojas de
papel tan frias y retenidas por esos llaveros de los papelillos del verdadero cuaderno norteamericano!»
1 55

�LA PLUMA
Andrés encontr6 faroles que le estudiaron a él mas que él a ellos y l_e
Jlenaron de curiosidad, pues no hay nada que haga a~olecer de e~e v_1cio, que cree con mas viveza las luces de la expectac16n, qu~ d~ mas
aires de videncia al enfarolado y que le haga buscar una apanenc1a en
la kermesse de cada faro! aloo asi como la presencia de nuevas Virgenes
de Lourdes, tanto que el '«erffarolado» es como un lu_natico.
El novelista estaba empefiado en aquel comprom1s0 de honor y sentia dentro de si encandilado con tanta luz como un farol. el faro! de la
inspiraci6n. En su alma cbmo si fuese una calle, le habia salido un
faro!, un verdadero farol.' en que se apretab~ y se cefiia la verdad del
faro!. En esas noches, perdido por las c~lles mas an,~ostas. q_ue a veces era
la primera vez que encontraba y recorna. encontro farole~ mtensos como
no lo eran los de las principales plazas, faroles desconoc1dos, de alta cabeza faroles como Job faroles con intenci6n de dar un revuelo y faroles ~emorialistas para ~l pensamiento, pues ayudaban a aclarar una idea
y a escribir un preambulo.
.
El novelista obsesionado por la novela del farol 185, tuvo que deiar
cornenzado el r:ianuscrito para mejor ocasi6n, porque si no le iba a corner la neurastenia.
El novclista, cortada en esc punto la novcla del faro] 185, ~e dcdic6
a terminar «El barrio de doiia Benita». Ya estaba al final. Hab1a casado
a Rafael, habia pintado la esccna divertida ~c la boda v habia dcscrito
con emoci6n la inquictante cscena de la pn~~ra Soledad en la _alcoba
vestida de volantes, como la alcoba para la h11a del rey de Ios gitanos.
La pasi6n en aquel capitulo lleg6 a su desespe_r~ci6n plac~ntera y cr1:e~.
pues Rafael, que estuvo por preguntar, po_r ex1g1r, observo con d_ramattca pasi6n c6mo aquella mujer tenia un m1edo abnegado al enganarle, al
no poderse confesar. Disfrut6 de esa congoja. 1Cuantas veces estuvo ella
para confesarle la verdad y él para exigirsela aquella noche! Pe~o lo~ dos
entraron silenciosos en el engafio, sobre todo Rafael, que s~nt1a el msano deseo de beberlo todos los dias en la boca de su esposa.
El novelista habia pintado las es~enas de la veci_ndad en, el ~arrio de
Jas covachuelas y de la inclemenc1a, en cuya vida hab1a c1erto encanto inimitable. Se veia a los recién casados pasear por el pueblo, y Rafael observaba con los dientcs apretados, pero sintiendo el brazo turgido
de su esposa enlazado a su brazo, c6mo les miraban al rasar los q~e _sabian Jo del hermano. Y siempre estaba Rafael en el momento de ex1g1rle
la verdad y nunca se atrevia. Asi, en esa incertid~~bre y a}t~rnando con
otras peripecias, habia llegado la novela a sus ult1mas paginas, al momento en que va a llegar de nuevo el hermano.

LA PLUMA
«:,)C:ttia Rc:,fael-escribùJ el no7:el~sta-que la lzabia encontrado m pleno
crec1mwzto, szempre en pLeno crect1mento, porque Rosario cada vez era mas
(}j)ulenta. mas 11wjer, y er,1 mris oscuro su pela.
la muj.:r se habi,i ezallado tanto en elLa, que se iba volviendu la duena
de aquel ,wdurrit;I, la p_rov~cadora de aquel pueblo, JI todos pasaban por
delanle de la verya del yardm por ver/a sentada y coszendu en media de él
con frescura de jiœnte.
·
'
Rafael, Jiempre con ojos de lzaber donnidu nzuclzo, la vigilaba con temor
de algo, pu~s su esposa era et!da i 1ez 111ds mufer y tenia unos szlenàos y
unas rejleztones que le alemon:::,aba1t.
~;1Qmza soy yo po:o hombre pa;a, ellal», se preguntaba Rafael. Y le
ltac~a jlaquear l~ pregunta; era lo umco que Le hacia jlaquear, porque Rosario era demasiada muyer y en las tardes sosegadas de v,:rano ltenaba el
jardin con su perjitme.
Szempre en traje de casa, Rafael ya tenia el alma vestida de traje de
casa, es decir, apocada, temerosa, casera.
_Veia Rafael, con jntensa_s mù-adas_de ho?nbre de_ la otra orilla, que
en/Je el barrzo de Dona Bemta )' .1-Iadrid habia un abtsmo alg-o asi como
un rio de luna y de / ferra, jmo profundo comtJ un gran bà~ranco.
jPero habia tan gran encanto en que le tratase con dufzura aquella gran
bestia bLanca con voz un poco machuna!
Sus am{gos fueron a verte algun domingo, aquellos ami(f"os que habian
conjiado en Il y le habfan querzdo lzacer el politico de todos, ;l representante
del grupo, el hombre de los cargos y de los ézitos. Cuand" t"ban a verle mataba en honor de ellos un :onejo y Lo mandaba paner con arroz, y se emborraclzaba un poco al sentzrse encanlado de vzvir.
Después de aquelLas cenas Le de/aban media adonnilado v se zôan riendo
de -~1tS Sllfg'l'IJS, y se ibm; todos alg-o enamorados d~ aquella mujer que par~cza la estatua del v~s!tbul" sobre la que daba La tuna y /zacia La que volvzan la cabeza al retzrarse por en media de los campos.
. «,Pobre !, a/ael! i Esta atado a unos cvlla,·es de criral! •, se decian, no
St?z _ner/,z env,dza, al pensar en Rosario, que se al/zajaba, en cuanto z·ban
vwlas, con sus dnco vue/tas dt co, al rustù:o, leiioso, que en conjunto /enia
algo de car/mzca.
P,isaban silendosamente los di:ls durmiendo todos la siesta en el hotel
del colmnpio_ ocioso, buscando Rafael por la casa en sombra el rastro de
ca11ela y amzzcle a que _olia ella, su duefia, la mzqer coma loca que callaba
su locura, que n_o la de_Jaba trasparentar ni trasludr, pero en la que ezistia
coma una especze de locura latente, revelada sobre todo por su actitud desde
ltacia un aiio a esta parte.
'
'

�LA PLUMA

LA PLUMA

•
.l
la preO'tl.11/abà
altr1mas
veces
Rafatl.
-JMe quunsr1,t,·
d
r ;,
-~Qui preguntasl 1,No ves que estoy casa a con tgo ....

_!&lt;!en qui ca;/las lta;tor miro lasflons ... Siento el dia ... Me jtimto
-En nada ... nago a or 1
11ivir.
' h blaba Rafael tra con los padres. Estaba Pr:smado
Con quienes mas_ a
,
. , le pudiesen llenar toda una vzda.
de que las conversaczones mas tnvta s_ s de s•1. sueoro era la de dirigir
• l
de las preocupaaone
'
1&gt;
Por e;enzp o, huna_ l b icones altos, y siempre convtnaban a prop6sz1o
las enredaderas acta os a
de eso:
,
eountaba todaslas mafianas cuando le veia '!._
-1Que, no subenr-le pr ,,, d l
l bramante de cuyo lazo no sesabza
rar del ronzal a las flores' atan o as a
'
c6mo u desprendian.
do las oblt'go mucho se me rompen ... &lt;Qtté
-No ... Se me escapan, y cuan
strdr
.
d de s
-Que son timtdas efas enre ad, ra . ·ronia y seguia guia11do a las mEl suegro callaba, sin co;zJ;~z
s:s~ma1 s; ·a su aicoba alla arriba,
redaderas, que la fll:e no qu d
uellos viejos esposos atmrdos, monstruoquizd porno v_er e ;un~arsz
~dbula vestidos con esos trajes blancos O a
sos con su tzpo de anima es. e J'
fi'b las
list~s con que st vis/en los anmzales de as a u .
,J
•
Rct•-f.aell h a de las con.fiuenczas a 'J'
,
-Mira-le re1;etta ~iempre ex , a o:e cuando entraba por la calle de
no pasaré rato mas /eliz en tnz a:f:a q cami110 de la Puerta del Sol.. : l!..raFuencarral, a la~ cinco de la; de La cù1dad, sus primeros conqmstadomos, como los
7':J;~e!;!da e,~ una tata de petr6leo, y alguna vez
res... Tu mam p.
ponia preczosa con la basura.
llevamos a Rosario, que st . l b l
;, pre!Flmlaba con sorna Rafael.

e:;

d

l

~rz;f;1/a,

- / Y l~ rec1~ia la gente ;nbi~: f~~:::~do au~ ... Todos menos nosotros
-Cast nadte... No se a
_
Daban ,,.anas de cantar la Marperdian esas horas santlas de ll~!lem~~aq1:i·~~itraban ~ ltevarse alegremente el
sellesa... Eramos como os nzu t r
.
toro muerto...
' R ,f l- me acuerdo de sus alegres borriqu_illos,
-Me aet1erdo-decuz_ a1ae -'
hi uillos que van al colegio.
que se daban u11a gran tmlportancz,a, clo1.tn1~a,~er~ cuando Ra/ael enconlraba.
-deda a e=emen e e
r
.
- E so ... eso
t,·
d.. l n muchas ocasiones como un gran
una imagen fehz, llegando ahpe tr efie e· ,1.JMe la regalasr 1,Me dejas que
fiwor eztando le !{Ustaba mue o una ras . ·,
10 la dig&lt;;t fambtënr» bi p
motej a Iodes los del pueblo: «La poco
El VteJO tr~pero_d,sa aE/,~!rbaranda-» «La espul~d-». De algunos 11UJpelo», «La mono cat O'», «
'

tes no sabia dar explicaà6n y ten{an Ioda la estulticia de las palabras crerzdas como la maleza.
. La trapeni se embon·aclzaba en la os,U;ridad de la alcoba y estaba casi
s1cmprc dormzda. El gran respeto que tema al yerno, de dase supen·or no
la dljaba salir de su lzabùaci6n.
.
'
Sù:mpre est,1ba11 lzablando mal de las vecinas, y sobre todo la habfa tomado con dos mucltachrzs a las que llamaban •las decenles» y cuyos novios
s.ilt,1ban las tapias de nodze y se acostaban con el/as.
Rafael escuc/zaba; buscaba la tragedùz, que crecia en el fonda de su muier, y esperaba no sabia que.
CAPITULO XXIl

El sol de agosto soplaba como un so/.dador de vidriero sobre el Bardo
de Doiia Benüa.
Todos huian hacia el f 011do de las casas y se quedaban las alcobas sin
componer, perezosas, con las aljombnll.1s sobre la ba!austrada.
A la ta,:de,. las que ~e as{'m~ban tentan aûn los rizos cogidos con pape/es, como si asi mantuvtesen mas despe1ado el rostro en medio del sojoco
del dia.
No se jJodia ir a Madrid, y si se iba se llegaba lleno de polvo, un polvo
que no se tba de_las botas awzque fuesen de charol y azmque se llevase w el
bolsillo elpaiiolito del aseo con el que sacudirlas como criado de sus p1-opias
botas.
A_ veces los moradores del bar1:o de Dofia Benita se paseaban por otros
barnos tan pobres como éL, escogtendo mucho la Prosperidad; pero veian
que hasta aquellas andurnàleros eran mds distinguidos, pues po1 las venta11as se vei,zn Las arias de retratos de los que han estudiado una carrera.
Rafael se paseaba muclzo solo al atardecer mirando a los balcones de
Iodas las casas que vela en medto del campo. Parecia buscar las huellas de
un _crimen, el rostro de un criminal, la situe/a de una mujer que se le escap6.
Veza en el marco de una ventana ùz gran lupa del vil!JO que s6ld asi puede
leer el peri6dico, y a través de un baLc6n, ba;o una cama y echada sobre e!La
coma sz'fuese medzo hombre, una americana oscura.
Veia esas gallinas listas que se suben a los drboles que mt'ran al fo11do
de las habitacùmes y desde los que es jdczl lanzarse a los balausb•es de /,os
balcones,y los que acuden a la Üamada de uua campanilla.
Los niiios estaban juera de si y salian de todos Lados, de debajo de los
muebl~s, de l~s car.ros y como de los agujeros que se abrian en la tierra.
f..t:,s nzfias mismas eran bruscas y desgarradas, sùmdo niiias que tiraban
pudras con la mana zurda.
Alg-unos chicos cogian cisco de laj carbonerias y ponian cosas graves
1 59

�..
LA PLUMA

LA PLUMA

d , a las p'f!rsonas mayor'f!s que eran inen las parede!, co~as que hac{an
esto le mataba.&gt; Con aquel cisco q~e
sultad.i,s: «St cogzese al que
las c/ucas y Lo tiraban para que las 11t11je•
robaban, manchaban los tra1ed,s el
l de la catie y los portales y Las balres Lo pisasen J manchasen to o e sue o

u!~:

'!a~

dosas de s_us cas~s...
, d
escarlatina subita, pues eslaba'H conParecia que tban a morirse i! uzt
caderias para robar un poco de
(Testionados, calurosos' y bud,scaban s
sto a sal que tenlan los peduzos
lzelo para chuparlo, pasan o por aque ou
de hielo que conservaban el pesca10 fresco.durante las que él pensaba e,z ia
En una de aquellas t~rdes ca u1 osas lu anar lleno de Luna, se entero
noche de 'f!-osario, como si su caç;.{~i!S:u:c:rl;al camino, de que /zabia Ile
por la cnada de su rasa, que sa I
i .
tTado
el
hermano
que
la
sefioritla
teniC!
en
un rodeo para lleg w lo
0
Ra/ael no se apresur6 a vo ver, smo q

/;s

~~:/s~:-

1 •

mds tarde posible a casa., l
L hacla pensar en aque/la cosa lejana _y
La traffedia de l?.os~no, o qu~ a l . •dfn es ue sabia que ib., a volseria en que pensaba mzentras cyosia e11be,1a1,m,o'~Aci~irio y qui::;a por entre
sa ia co
,.
,
b
Peraba · no
ver rendijas
su hermano
Y lo esesos
. tos pensaba que era mds Jzom re que
las
de todds
pensamten
Rafael...
flema espesa imposible de tragar, que
Encontrô Rafael en su boca una
6· «Tod;s creen que yo no estoy en
n o habla sentido nunca en su boca J pens · • ·
v
virn.ïaré con cone
lo
su"'one
szqmera... L,0 o
ll
el secreto... Ella sobre t od o no s
r e tendré ue matarle. .. Porque e a
di!scendencia hasta la hora fadtaf,
to suce~ido ... Tendré que matarle
i!Sta muy hermosa y él no fJo ra o vt a_~
a él... y si ella me insulta, a ella tmnbwÎi/~ con miedo y repug11a11cia a l..z
Por fin se decidi6 a entra~ en ca~a. ,1
l iban a pr,sentar al hermane-ra sonriente y llena de inorencta con que e

7 ffI

mano.
. a leg,e,
, llena de una impudica franqueza, le presenEn ejecto; Rosario,
tô al
her'J!lano.
.
A qm, est,
-Mira
... nura...
a ... Este es mi niarido ... y tri, Rafael, aqu{
tzenes a m i hermano Fernan~o.
i:l l
ludo Habia desprecio tamEl herma1:o, con derto odhato tntenzdo;+:ch:tez porque sabla que Rafatl
bién en su mzrada y todo Lo c a con e'J.
'
no se podria imagina; lad.verdad. ll ha1·as pasiones y todas aquellas com·Alll y Ra•fael veza to as aque as 'J • •
1:F.az
1
':f'
.
•
·
'
nzmo an~• •
plicidades, claras, sin tapit.JO, sin_ el mas mi la hora fatal, la hora en qUI!
i Ah, pero él tenta que ser el '1/:i,?"tp'f!
ima(1'inar que volviese mmca
no /zabia pensaJo,porque no se
ia
o

::J:

160

el hennano! Aquel cinismo le harfa fuerle, sigiloso, certero. Lajlema mds
espesa de su vida le hacfa flematico.
Hubo una gran cena, y aun a trueque de que el con~jo saliese duro, y
sin /mer en CtJe?z!a que el arroz no estaba bien de noche, se comzo un gran
arroz con co~o.
Los padres, con su innobleza dislmulada de slempre, se iban metiendo
en la borrachera a propôsito de «la vuelta del hl.fo prodi.gio», como decia la
madre, en vez de decir prodigo.
Rosan'o tmfa la maldad humana encendùla, y como estaba permitida
una gran alegria, apmas se envolvia en la hlpocresia. Su adulteno por eso
en vez de tener esa blancura mate de los adulterios brlltaba con destellos
irresistibles ...
Rafael que antes de cenar habia subido un momento a su cuarto, sentfa en ttn bolsillo el peso del revolver, ddndole ese peso cierta tranquilidad
en la Ci!na desvergonzada.
Fenzando delataba a la famllia, revelando la .familia dt gitanos que
era. Era un verdadero gdano de ojos osados y drt boca de zorro. Conlaba
sus aventuras en Am&amp;ica como un domador y de vez en cuando se daba
golpes en los bolszllos del clzaleco para declr:
-1Aqui ha)' plata! jAqu{ hay plata!
Para terctar en la conversaci6n Rafael se propuso azuzar su ensaiïamiento provocando con preguntas en aparienda simples conli!stacz'ones
irritantes:
-( Y c6mo encuentras a Rosan'o?
-/Hermosa, mds hermosa que mmca.. !
Ra/ael sonno con una extraiïa. sonrisa fn'olenta al oir aquello y mi·ro
a Rosario esperando que el/a le dedicase el rubor que la mzyer propia dedica al marido cuando alaban su belleza, pero Rosario sin mz'ramientos
ante la supuesta ignoranda de Rafael, se qued6 mirando a Fernando...
&amp;Jlo le congratulaba a Rafael el peso del revolver y aquel rejrescante
contac/o del acero con la pierna.
-.rAsi es que vienes a quedarte aqui?
-Si me dqais, aqui me nzoriré...
-.r Y donde le habéis puesto la alcoba?
-La. alcoba de un sollero debe estar lo mas leJos de los casados-repuso él-. Dormiré en el sobrado... Cuando me fui me cansé de oi·r las ratas
de los grandes barcos, y nze he acostumbrado a ellas...
~ acabô la cena. Los padres beodos y dormidos se fueron a la cama
cas, sin despedt'rse. Rafael anst'oso de contener la tragedia aunque fuesl!
solo una noche mds, se quiso llevar a Rosario, pi!ro ésta le d(jo:

�LA PLUMA
-Yo me quetÙJ a air mas aventuras de mi hermanüo ... Seis anos que
no le 'lleia ... Tû. puedes acostarte...
Rafael reprimio el desquiciamiento de su expresion, :y conteniéndose
dio la mana a FemantÙJ :y toco con un carifloso bofeton la m,;'üla de su
esposa diciéndola:
-Tu,
hasta
Después
saHoluego
a la...antesala oscur_a a la que daba la cortina de facos,
aque!la cortina de peluqueria qut deJaba ver Lo que sucedia en la habitacion
ilmninada aunque ocultaba por completo a la oscura, y como si temiese vet
avanztir mas los ac~ntecimientos apunto bien sobre Il :y disparo sin temblut
de pulsa, con la desviacion de alto a bajo irreprz·mi'ble, hirllndole en el
vientre cuando hubiera queri'do herirle en el corazon.
La escena resultaba clariviâente desde detrds de la cor#na de flecos 1
vio c6mo él se llevaba la mana al vientre y ella aterron:zada miraba el teton Rafael,
de ftecos.como no querlendo air md.s palabms, d{sparo de nuevo sobre Il
y lel!,'lla
quitoentonces
el sufrimiento.
salio al reciblmünto, pasando por entre los fiecos de la
cortina coma las balas que habian penetrado en el comedor, y al encontrar-

se con Rafael le grito:
-;Cobardel Era mâs hombre que tû ...
EntonceJ Rafael busco bien el pecho de Rosario J disparo, dùparo kas/a
que viendo agotatÙJ el revolver la dio con la culata en La cabeza.
Pllf

Como siempre que escribia FIN en las cuartillas, el novelista se sentla
dispuesto a convidarse a lo que fuese preciso. Puso al FIN un cierre de
adorno, una contera de filigrana y se dispuso a salir a la calle. Huia asi
de Rosario y Fernando, que se desangraban sobre la alfombra del despa•
cho, y en cuyos vientres la autopsia encontraria el arroz con conejo de la

...
h

cena de bienvenida.

(Continuard).

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA

OBJECIONES
I. - PREMIOS y CASTIGOS

ID

.
eu d evoc1'6n seatimos por los prem1os
·
•
. ando menos. No suscitan nin ,
literanos. Son inutiles
c16n, y si la estimulan ento gun talento; no estimulan la p-od '
1 fi
•
nces son
1
· uc: n del lucro, es detestabl&lt;" Una d 7a os del todo. Escribir con
da pobreza f'aas que hay e_n Espaâa es es~e aband:n:s pocas cosas bien ordenagrandioso de ll~ue el esc~1tor, si es de ley, vive. S610' aest~ soled~d, esta recluitras y
gar a la lrnde de la vejez teniend
~u1 es pos1ble el oraullo
preguntarse 6
o escntas al
b
1
puras no son c
c. mo se proveera a la necesidad d gu~as obras maes.
arrera, chasqu
e manana L 1
amb1ciones futiles del arribi
~au - pr_eciso es reconocerlo con . as etras
optar entre
.
smo, hay un rnstante e
gozo - las
algo mas
su conc1encia profesiona1 y la hO1 ~ :-ue _el escritor tiene qUfi
que un pasar inci -t
gui a, qu1en debe a
El escritor deb
e1 o, suele haber transi .d
su plu!Ila
estar flaco co e,I pues, ser pobre; s6lo el pobre p g~ o con su conciencia
gran poet; am7;, ::;;~~s, y cazar agilmente sus ca:es. ~t::c!~nrado.
Deb;
1
la virtud del a
. - que, por cierto no esta
or, afirma un
.
yuao. V1rtud
.
'
muy gordo-d b
gr1llos de toda
.
que manhene inc61ume 1
.
e e pos&lt;"er
aa6nima el vul serv1dumbre, empezando por la que . a vocac16n y sierra los
S I
go comprador.
impone con su limosna
OCA

. ue e alabarse (ic6mo no .
tiempo!) la independencia qu~ s1 en ello se reconoce el espfritu de
argu.eza de su
.
goza modernamente 1
.
nuestro
p 6bltco. Exentos del
e escntor viviendo de 1
l
c a ora
.
mecenazgo
.
.
a
t h se:op:;a~
1 ltb~rlad del autor, sino la calid:~ ~~~:1:n~1a, loQqu_e se resienquicre
o a o menos en alabanzas
o ras. uien protege
• o en halagos a su vanidad o a s~

�LA PLUMA
ioclinaci6o. La posibilidad de reproducir sin término, con infimo gasto, el mismo producto, aplicada a las obras de la literatura (o sea, el menester de edici6n
traosformado en gran industria) erige en Mecenas al consumidor. Mecenas mas
imperioso, mas corruptor que los antiguos. Mas imperio~o, porque su paladar
es menos fioo; mas corruptor, porque brinda coo mayor paga. Cervantes no
quiso ir de lector de espaôol al colegio que fundaba cel grande emperador de la
China• por no perder el sustento del Conde de Lemos; y no se le da un ardite
de que Avellaneda le arrebate cou su libro la ganancia, mientras dos pdncipes
le mantengan. cViva el gi:an Conde de Lemos... , vivame la suma caridad del
ilustrisimo de Tolecio ... • exclama el grande ho:nore pobre (no sé si desdei'lado
o desdeôoso de la que llaman fortuna). Esos vivas me afligen. Mas, al fin, aque!los principes 110 acosabao a Cervaotes, no le obligaban a escribir una novela
cada mes, ni le incitaban a escribirla poniéodole ante los ojos mootecillos de
oro. Su iiberalidad vaHa mas, justamente por ser m6dica. No as! este Mecenaa
moderoo, uoico, numeroso, iosaciable. No es capaz de deleitarse frecuentaodo
una misma obra acabada; es tan grosero, que s6lo la impresi6n de novedad le
emociona; piensa que bajo cada titulo reciente, el autor se rehace; pide - y si
no, no paga - obras nuevas o que se lo parezcan, y casi siempre las obtiene,
recibiendo por tales las repeticiones de una misma obra con diferente aliôo. A
Cervantes le hubiese pedido un Quijote con cincuenta partes, y doscientas novelas cortas. Asl trat6 a Lope, quien, como bntos autores modernos, se dej6
au pare idolatrar por el vulgo a fuerza de a1 rojarle cientos y cientos de obras
abortadas. Lo mejor sera redimirse del mecenazgo del pr6cer y del mecenazgo
del vulgo. El parang6n es Juan Jacobo. «Je n'ai jamais craint que le pain vînt à
me manquer, et au pis aller je sais comment on s'en passe.• (Aquel llor6n tenla
la virtud del ayuno). •Je n' engagerai jamais aucune portion de ma liberté, ni
pour ma subsistance, ni pour celle de personne. Je veux travailll"r, mais à ma
fantaisie, et même ne rien faire quand il me plaira, sans que personne le
trouve mauvais, hors mon estomac.» Pensaba ganarse la vida copiando papeles
de musica, por mantener su huraôa libertad.
Si se ha de proteger la obra del esplritu como mercaderia vendible, parece
s6lida, al pronto, la teoria del certamen y de los premios. Tratase de buscar
valedores para el mérito, valedores cerca del publico, que recomienden a su
atenci6n un libro empujandolo a la celebridad. Se exalta la voz de la critica, y
de murmurante que suele ser, adquiere repentinamente el timbre de un dari•
nazo. Arduo sera juzgar en los certâmenes donde no se tira a elegir, entre va•

LA PLUMA
rias; una obra dcsprcndida enteramente del .
.
ponderar eu alidades morales o fac lt d .
ingemo que la concibi6, sino a
u a es mmancntes en J ·
en 1os certamenes para premiar cl t 1
.
como sucede
a ento o 1a v1rtud
·Qe suieto,
'é
gmerd èQué es un talento sin obras info
T .
· &lt; ui n es talentudo in
afroote el ridiculo de presentarse ' t rm~, 1 1m1tado, sin faz humana? A quien
an e un iurado d' ·
taleoto, mas talento que nadie•
t d
ic1endo: «Yo tengo mucho
h b-'
.
· Y pre en a devenaar 'l d
.
a nan de aphcarle el famoso invent0 de d on Arturo
., S m1· o E os mil pesetas '
que no es una maquina • como pud·1era creerse· es u
tona, 'J .Tairnttfmetrq
.
•
tootos de los que no lo son· un mét d
. . . n ar e para d1shnguir a los
•
'
O o,0s1sequ1ere un
d'
receta igual para graduar la virtud C6
' expe iente. No existe
Espaiiola o de la de Ciencias l\Io 1·
mo se_ l~s arreghn los académicos de la
ra es - adm1mstrad
d •
para sopesar la honesti&lt;lad y la pr b'd d
.
ores e c1crtos premios _
•.
o 1 a relat1vas de Jo5
.
yo qu11,1era saber; a qué pruebas 1
aspirantes, es Jo que
•
.
.
os someten en q é t
.
mcurnr; y s1 es Pic6n el abogado del d' bl
'
u entac1ooes los hacen
defendida entereza de alguna dam
. ia o cuando se va a fallar sobre la bien
a, o s1 acaso es Cota 1 ~.
tades que proponpo se allanan ~i se ad'
.
re o, o .,faura... Las dificul.
•
·
1scer01r no eot
.
c1as, s100 rntre obras, v no cual d 11
'
re capac1dades O poten.
·
e e as serâ buena ete
.
meior de las que concurreo D' ,
rnamente, smo eu.il cs la
.
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~a nove a, y j untense a1 pronon as curs1s y t · t
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y e9 aeguro que las tres asambleas vend â
nns, la juota de acaclémicus no dejara d r ." a op1~ar como una sola. Por lo me~
ca a las senoritas cursis y la q
d c ir prclilJaado la novela que enloquez.
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vcz mas la popularidad guiada por es ~ulel pod1an prcm1:ir. y abi tenemos una
La I
un ,a o estulto
s etras se han engrandecido tanto en 1
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fre mccenazgo de antiguo estilo nie tâ ha soc1edad, que el escritor no suilu~a.r su nombre protegiendo' in e:io: ; ora los princi~s rouy solicitos en
public1clad, pues no va a mantene g d 1 .. or2oso es que el escritor corteje la
tar la vcna Iiteraria como una
rsed c aire que sopla. Negro destino explo
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vena e mine 1
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desastrada situaci6n en q
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LA PLUMA

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-bajo el oropel de la nombradia-el trabajo que llaman intelectual; acaso participe como otro ninguno, pues debiendo competir en la plaza publica por mejorar de paga, el vulgo encuentra que el ingeoio produce por juego y que le
basta con el aplauso. Apeoas es de esperar que la fortuna tenga seso alguo dia,
y derrame sus dooes sobre quieo los apetece mas, que no es el avariento o el
luchador ambicioso, sino el hombre cultivado y de imaginaci6o fertil que sabe
medir el poderio del dioero con la fastuosidad de sus proyectos; ni sobre quien
los merece mas, que no es el operario, ni el inveotor, ni el capitan de industria, sino cl poeta, unico en eograndecer la vida. Corno la fortuoa es ciega, el
irgeoio no sera jamas bastante independieote en esta sociedad para no ccuoerciar con sus obras. Fiemos en la prepoteocia del trabajo manual, m6dulo de la
sociedad futura, para restaurar el espiritu en su perdida libertad, con solo
substraerlo a la ley de la oferta y de la demanda. cL' independance que j' entends-vuelve a decir Juan Jacobo-n' est pas celle du-travail; je veux bien gagner mon pain, j' y trouve du plaisir: mais je ne veux être assujetti à aucun
autre devoir, si je puis., Eso es. Una sociedad reor~anizada, donde no se despilfarren las energias como ahora, podria colmar la apetencia Hpica de Rousseau, que es liberarse prontameote de la deuda social y ganar, con el sustento,
tanta provisi6n de soledad y de asueto como el espiritu sea capaz de ir consu•
mieodo. Dos, tres boras de trabajo maoual cada dia, colaborar en la producci6n; pagada esa deuda, salir del taller y zambullirse en las realidades de la
vida persona! inédita: c6mo podra compararse esa situaci6o, digna, apacible,
con la que depara la sociedad de nuestro tiempo a los zarandeados iogeoios,
tratandolos como caballos de carreras, o premiaodo, no su taleoto probado,
sioo las maôas de comisionista, de bistri6o o de zurupeto que puedan teoer.
Sin abordar en las costas de Utopia, es creible que la desamortizaci6n de la
imprenta, tra(da por el progreso de la mecanica, disipara la tentaci6n mas fuerte que boy encalabrioa a los escritores: la de eooegrecer papi.'! por cueota ajena. Quieo primero se percat6 de los dinerales que pueden ganarse comprando
masas de pape! blaoco para revenderlo a los particulares, cortado, plegado î
cosido en porciones pequeiias, tras de estampar en todas las caras de cada
porci6n unas lineas, fué un geoio. Entre Copérnico y Col6n debieran pooerlo,
como un ep6nimo del mundo moderno. Aquel genio, sus secuaces. y sus contiouadores inventaron el oficio de escritor, incluido hasta .;bora entre los nece •
sarios para la gran industria de manipulaci6n del pape!, ode refinaci6o del pa•
pel, que asi podemos llamarla, pues la empresa editorial es semejante a la re•
166

finerla de azucar o de petr6leo en que desbasta una primera materia bruta y le
aôade cierta cualidad que antes no tenia. El empresario paga la mauo de obra
del escritor con poco dioero a cambio de no tasarle la vanidad. Permitele enredarse en una metafora y que vaya diciendo: «Esta ôbra es mîa.&gt; El escritor,
de!ira. Tan suya es como del cajista o del emplanador. El dîa que, tras la encuadernaci6n mecanica, y del marcador automatico, y otros perfeccionamientos, venga un artilugio que baga el trabajo del escritor con mas baratura, verân
qué parte les cabe en la industria de producci6n de libros. Parte minima, como
es justo. No es para escandalizarse como me escandalicé yo cuando un editor,
mostrandome un libro, me decia: •&lt;Qué ha puesto aquf Baroja, después de
todo? El original. Yo lo restante, que es mucho mas.&gt; Hoy no me escandalizo;
el editor tenia ra26n. En la industria que transforma el pape! en libros, se habla de letras, de ciencias, de cultura, como en la de producci6n de especificos
se habla de la salud; aiiagazas del fabricante. Persiguen al pûblico para darle
Lo que no le tienta, ni le sienta. Mucbos no se creerian enfermos de este y del
otro mal. si no anunciaran los especificos que los curan; ni comprarfan libros,
usurpando la condici6n de lectores, si la oferta editorial no los aturdiese. La
industria del libro, que ha creado el oficio de escritor, tiene que inventar el
gran publico, para dar salida a sus productos. Pero entre el escritor, que prod uce, Y el publico que consume, no hay, mirado eR su vastedad comuoicaci6n posible; el gran publico es una categoria comercial. De cien l~ctores, no:enta y nueve son poco interesantes; gente cuya opini6n y cuya emoci6o nada
tmportan, aunque seau cabalruente esos que se imaginau recibir por modo directo Y persona! las confidencias del artista, como si bubiese creado para ellos,
por cuidar de sus almas de cantaro. El autor desprecia a la masa de sus lectores presuntos, y no se cuidaria de ver llegar un libro a su. mar&gt;os si no fuese
por veoderlo; pero mas le importa vender que ser Jeido. Esta posici6n falsa,
corrnptora, desaparece ;;.nulando la industria del libro con la desantortizaci6n
de la imprenta. Ya hay maquioas que reproducen escritas la palabra bablada.
cuanto ~e dé con el modo d~ multiplicar, con igual sencillez las pruebas, pora uno t&gt;d1tar~e en casa, y el hbro perdera el valor comercial que boy se le
da po~ los capitales y los brazos que se juntan para fabricarlo. Hace falta una
mâq~ma que sea para la edici6n lo que la motocicleta para los transportes en
~~~un. Ya no hab'.a que retribuir a la empresa. Sera este el primer esca16n. El
ttmo es el trabaJO ma nuai forzoso. Desaparecerâ t&gt;l oficio de escritor· solo
cuaodo viva de la labor de i;us manos, el ingenio habrâ dejado de,ser prole,tario.

!"

�LA PLUMA

',1

LA PLUMA

No todos los oficios coovieoen por igual a las aimas sensibles. No debera
escoge~se oficio mal olieote, ni que obligue a esfuerzos penosos ni a sufrir las
intemperies. El de albaiiil no sera nunca oficio bueoo para intelectuales, ni el
de forjador o el de pocero. Pero hay oficios muy honrados y muy limpios que
no rompeo el equilibrio de los humores ni cortan con violeocia el curso del
peosar: carpiotero de taller, tornero, tejedor... Anulado el valor comercial del
Jibro, los certameoes ni los premios que abora se usa'!'! no son posibles. Y cuando los baya, serein cootiendas desinteresadas, sin otro botio que una corona de
laure!. Pero en la sociedad futura, barto mas exigente que la nuestra en pu'.lto
a moral social, si no babra bueco para el escritor jornalero, tampoco hallarân
merced el poetastro, el literato mixtificador, el prosista rumboso; un tribunal
terrible pesarâ el alma de los ioge.nios y dara a cada uno su merecido, sea premio O castigo, porque si esta mal premiar a quieo no se debe, mas escandalo
es dejar impune a quien se ha gaoado la pena con su esfuerzo. 1Qué alivio sentirâ la conciencia! Corno si boy se publicara eu la Gaceta: cle ha sido otorgado
el gran premio de literatura a Don Ramon del Valle-Iocl~n. Reconciliado _in
a,·tfculo mortis con la Academia Espaôola, ha sufrido la ultima pena el novehsta republicano Don Vicente Blasco Ibaiiez.• Pura justicia distributiva.
II. -QUINTANA, EN LA INFAUSTA
REMOCIÔN DE SUS HUESOS :: :: ::
No bay duda: desenterrar a los mucrtos es pasi6n nacional. &lt;Qué incentivos
secretes ticnen para el cspaôol los borrores de ultratumba que no se satisfacc
con ponderarlos a solas y ha de ir a escarbar en los cementerios a c2da momento? &lt;Vocaci6n de scpultureros, rcalismo abyecto, necrofagia? De todo bay
en esa mania. Aqui la hemos denunciado mâs de una vez. Avisamos a toda persona notoria que procure morirse a hurtadillas y enterrarse con nombre supuesto si quiere reposar en paz; de otro modo, iran a cribarle las cenizas cuando menos lo espere. Nadie estâ libre. Quien hasta ahora no se ha dejado deseoterrar, como Cervantc.s, incurre en Calta. 1Ah, si el esqueleto del Manco pa•
reciese! 1Qué embriaguez! 1Cuantas prucesiones y carrozas, qué pro:usi6n _de
reliquias, c6mo nos revolcariamos en la fosa abierta, poseidos de funa patn6tica sepulcral! Mientras la Providencia no nos favorezca con la invenci6n del
«inmortal cadaver• que ecbo de menos, fuerza es consolarse removiendo otros
no tan importantes. Hoy les ha tocade el turno a Quintana, al general San
Miguel, a Ortega y Frlas y a uoa caotante. Los fautores de traslados cargan a
168

granel. Debemos a la preosa diaria preciosas noticias del suceso; ésta, entre
otras: «Los cad.iveres se encontraban en estado de momificaci6n, pudiendo distinguirse e~ el del geoeral Evaristo San Miguel la banda de Carlos III y el fajin.,
1Estas alhaJas vegetan en las momias? cAnuncian el «estado de momificaci6n,?
1Acaso lo previenen? No sabe uno qué pensar... Y esta otra noticia: cEn tres
arquetas que apenas componîan un afaud para cuerpo mayor iban los huesos
de los tres hombres... • T riste mezquindac!: no darles uoa arqueta donde puedan
al meoos estirar las piernas. Habra aprendido Quintana, pues sac6 de sus tumbas
a los reyes ~el Escorial, que es malo inquietar a los difuntos, y c6mo aplican
la ley del Tali6.i. También, por no ser menos que los reyes de su poem 11 , ha
proferido, al reaparecer momentaoeamente sobre la tierra, un discurso que no
es nuevo: •La lihertad--les ba repetido a sus deseoterrarlores, como si resumi~ra ~us calladas meditaciones de difunto-, es para mi un objeto de acci6n y
de mstmto, y no de argumente y de doctriaa: y cuando la veo poner en el alambique de la metafisica me temo al instante que va a convertirse en bumo. p0 .
dran en buen bora otras teorias politicas ser mas utiles en tiempos ordinarios,
estar mas bien digeridas, mâs sabiamente concertadas: yo aqui no se lo disputa. Pero dispooer mejor el ânimo para adquirir la libertad cuando se aspira a
ella, para defenderla cuando se posee y para recobrarla cuar:do se ha perdido.
eso es muy dudoso que lo hayan hecho ni que puedan barerlo jamas. y no se
engaôen los espaiioles: la cuesti6n primera, la principal, la de si han de ser Ji.
bri&gt;s o no, estâ p0r resolver todavia. V.erdad es que han adquirido algunos derechos poHticos, pero estos derechos son muy nuevos y no han echado raices.
Por consig11iente, han de ser atacados Rin cesar, y si no se atiende a su dcfc nsa
con _decisi6n Y constancia, seran al fin miserablemente atropellados. El esta do
de hbertad es un estado continuo de vigilaricia y frecuentemente di&gt; combate.
Asi, su~ adversarios, c~nsidernndo aisladamente la agitaci6n de las µasiones y
el confiicto de los part1dos que acompai'ian a la lil:&gt;ertad. dicen que no es otra
cosaque una arena sangrienta de gladiadores eocarnizados. Este espectkulo,
a la verdad. no es agradable; pero bay otro mucbo mâs repugnante todJvia y
es el de Polifemo en sn cueva devoraodo uno tras otro a los compai'ieros •de
~lises.• Dijo'. Y tras de rogar que le reservasen la palabn: para deotro de un
siglo, se volv16 a su arqueta, d ejaadose llevar al cementerio nuevo entre un capitan eeneral Y los directores de Carabineros y de la Guardia Civil. Polifemo
no asisti6.

CARDENIO

�•' '•·

•r

.!

LA PLUMA

CASTILLO FAM O SO
rnejor, desde boy, cavern a famosa. Madrid es una ciudad prebist6rica, cavernaria. Un sabio nos lo dice, y yo lo creo. Mas: me lo
estaba dan do el coraz6n. Siempre que escribo algo de lo mucho bue. no que pienso de Madrid, trabajo me cuesta celar esta convicci6n
profunda: Madrid es un pueblo del pedodo protoneolitico; el oso
del escudo rememora al primer ocu pante de los cubiles madrilenos, a un convecino de nuestros remotos abuelos. La dencia, al suscribir tardiamente mis
vaticinios, me autoriza para salir a la calle con un hacha de pedernal al hombro, ernblema de madrileiiismo. Estoy muy contento. «En aquella época decia a:6os ha «l ·se:6or Salillas en una lecci6n profesada en el Ateneo-a la
rnano del hombre le naci6 un dien te: el b&amp;cha de piedra, el diente manual.»
(Cafo debi6 de presentir esa imagea desquijarrante y la realiz6,armando su
rnano fraticida con una mandfbula multidentada). Ese hombre, no sabiamos
quién era, niqué se propooia con llevar un diente en el puiio; ni, menos aun,
qué extravfo del impulso emigratorio le trajo a encastar en estas barranqueras,
entre Alcorc6n y Vallecas, donde ta ntos han estado y estan que preferirîan no
baberlas visto. Pero ya lo sabemos: ese hombre fué madrileiio como nadie; mas
que San Isidro, y que los majos de Goya; mas que los personajes de La Verbena; vino a cosa becha, a fundar Madrid, y nos leg6 el parangon eterno del
madrilenismo. Ese hallazgo prolonga el surco del casticismo en el tiempo: el
hombre paleolitico que, aspit-ando a estar en pie, se puso en cuclillas en el soto
del l\lanzanares, esboz6 la actitud en que se reconoœ todavia la condici6n ma,
drilefia, é:omo· se viene reconociendo a través de los sigles.
170

Débese el descubrimiento a don Elias Tormo, catedratico si los bay, erudito
de marca. Un peri6dico lo anunci6 en estas términos: «Historia de Madrid. Madrid en la época paleolitica.• •jQué disparate! -me dije - , ,No es Madrid una
persona de la Historia? ,C6mo hacer la historia de nadie antes de haber existido? En tal caso, si a mi se me ocurriera escribir la biografia del sefior Torrno,
podria hablar del oxigeno, del azoe y del carbono, porque and an combinados en
la materia de su cuerpo fisico. • Mas, prosiguiendo en la Jectura del peri6dico,
pronto reconoci la frivolidad de ese discurso mio. No s6lo existia Madrid en el
periodo protoneolitico: existian tarnbién Vallecas y Getafe; sus caracteres, y su
ocupaci6n continua, eran, al parecer, los mismos que boy. «Los hombres paleoHticos- dice el seiior Tormo-encontraron el pedernal en cerros inmediatos a
Madrid, en Almodovar y en Vallecas.&gt; Iban, pues, a buscar pedernales a Vallecas, como vamos a buscar alli el yeso para hacer este Madrid, de quien tornara
nombre nuestra época, llamandose del yeso vaciado. «Las caracteristicas del
hombre que primera mente habit6 Madrid - sigue diciendo el seiior Torrno debieron ser frente aplastada, las cejas arqueadas. y no tenia barba ni menton.&gt;
No era guapo el primer habitante de Madrid; ni escribia muy bien. que digamos; la verdad es que mucbos en nuestros &lt;lias no le sacan ventaja. Y tu, l!'ctor, a.:-quea, como nuestros antepasados, las cejas, que es admiraci6n o Sllsto, y
rascate la barba o el menton (pues, al fin, ya los tenemos), que el rascarse esa
parte es signa de recela dubitativo, y atiende: •Por esqueletos encontrados se
ha podido observar que su posici6n en pie era imperfecta ... • (Es el habito de
permanecer en cudillas. ,Y no esta hoy media Madrid en la misma postura, en
plena calle, a cualquier bora del dia?) «Era, sin embargo, fuerte y grueso, aunque no de uoa estatura crecida.• (Corno hoy: la vida sedentaria, las féculas. la
mucha agua que bebemos, engordan). •Era, desde luego, hombre poco inteligente, pero conocia el fuego.• (El seiior Tormo coloca unos adverbios que
espantan. (Poco inteligente, desde luego? ,Sin poder ser de otro modo? Esa ley
subsiste. Apuesto que los mas de los madrileiios son hoy en dia poco inteligentes y cooocen el fuego). Tales seiias bastan para afirmar la identidad étnica y
politica de Madrid desde la aparici6n del hombre sobre la tierra, en la edad
cuaternaria, precisamente •a la bora del paleolitico inferion. (Por c.:ierto, no sé
a gué correspondera en ouestra ed~d esa «honu. No se concibe que el criado
no~ diga: •1Sefior: es la bora del paleoHtico!•)
Las semejanzas prosiguen. c F.:s dificil reconstruir J;, historia de los primera~
habitantés de .Madrid, porque ha_y verdaderas laguoas.• (Si, si: mas que lagunas,

�LA PLUMA •

..

m11rcs). •Hay épocas en las que indiscutiblcmcnte Madrid careda de habitimtes., Esto es muy raro. Madrid estaba ya hecho, pues de no cxistir no hubiera
pQdido carccer de algo, ni, por t anto, carcccr de habitantes. Tenia la armaz6n
fisica: cavernas tiradas a corckl, derrnmbaderos libres, y monumentos arquitect6nicos de algun valor. Pc:ro estaba dcsierto. Los habitantes se hab/an ido.
Ahora también se van muchos en verano, pero lo raro es que se hubiesen ido
lodos, -dejèindolo deshabitado. La soluci6n del enigma es gratisima para nuestro
orgullo: los madrileîios se fueron todos a ~•er una exposici6n internacional de
pintura. El sei'ior Tormo Jo da a en tender: • Una de esas épocas en que Madrid
estaba deshabitado fué seguramente aquella en que en el Sur de Francia y en
el Norte de Esparia aparecia la industria pict6rica, que tienc su manifestaci6n
m.i.s intercsantc en la cue,·a de "..ltamira.• (Va en aqu • lla época el nombre de
Altamira scrvia para allanar los Pi,ineos. Por la magia del artc, los lazos se
estrecharon entre dos pucblos que presentian su latinisme, y, por ende, su
hermandad).
AIJ(unos reparos pnndrcmos a las conclusioncs del sei'ior Tormo: cEntramos
en esta edad (la del bronce) sin haber encontrado en Madrid ninguna manifestacion que &lt;lé scfiales de estar habitado Madrid., En primer lugar, no; el profcsor Salillas, ya mentado, de quien aprendimos a discurrir por esta ,;cnda:
•Planta es la de un edificio, planta es 111 que se adhiere al suelo, planta es la de
los pics; plantilla la de los empleados de un ministerio..., etc.,, tiene capacidad
sobrada para demnstrar que en la edad dt'! broncc se fund6 la callc de Latoneros, y que la llamada •gente del broncc, es la reliquia de un clan de forjadores establec-ido en Madrid desde aouc-lla edad. En segundo lugar, el seiior
Tormo se cnntradice: cS61o encontramos un monolito a la altura de Getafe.,
Tampoco ahora enc-ontr1mos mèis; el monolito se ,,e desde el Retiro, y no hace
rnucho que los jefrs de las tribus carpetanas lo inauguraron. Sin embargo, Madrid e~t:i pobladisimo. 1Por qué, pues, no habia de estarlo cuando cl otro monolito de Getafc, el primero, se lcvant6 para mcmoria de la dedicaci6n del pais
a las divinidades ibéricas? cS6lo cnconlramos un monolito a la altura de Getafe-obscrva el serior Tormo-, pero sin ningun val or fo ndamental., Es cierto:
no vale nada.
El sciior Tormo habla después de la cerèimica de la estaci6n de Ciempoiuelos. Pero en esa estaci6n no quiero cntrar- aunque conozco al jefc. He roto Y"'
demasiados cacharros.

EL PASEANTE EN CORTE

L_E TRAS FRANCES A S
es g rato seilalar este mes a los lectorcs de LA Punu una de las
novelas francesas mas hermosa publicadas en estos ultimos arios
L' Ajjel de la Roule, de M. Edouard Estaunié
'
L~s que siguen c~n atenci6n cl esfuerzo tenaz y d iscreto que ese
. , escntor excelentc rmde, laboriosamente, sin prisa fcbril, sin estr ~endo r~d1culo, no se asombran al verle conquistar poco a poco un pucsto e n
pnm_era hnea. ~esdc Un simple, y sobre todo desde L' Empreinte, primera de
sus hbros que h1zo aigu.a ruido, Edouard Estaunié, sin ensancbar su manera,
la ba ahondado, la ha complicado a su placer. Se ha dcsarrollado en profund idad, no en anchur~, ~e ha curado de cicrta sequedad, de cierta tiesura que
menoscabab,rn la v1tahùaJ de SJs obras. Ha adquirido ductilidad, conservando
el orden, el gusto por la peripecia violenta, el don de urdir bien el drama.
:\Us de una vez se ha comparado a Edouard Estaunié con Balzac; bay, en
efecto, en el autor de Les clwses voient una pujanza innegable, oculta en el
alma de los person;ijes princip,iles, que se desencad~na v,olcntamente al llegar la ace-ion a cierto punto. Hay, ademas, la enormc importancia concedida a
los mil detalles, a los mil matices de la palabra o del acto qut" el novelista
agranda de una manera formidable, mostnindonos el rechazo de esas menudencias inli~it~s en el alma de los persouajes. Y hay, en lin, una especie de conver~;nc1a de les efcctoi en un fin unico, que es la escena mas palpitante de la
acc10n.
B

Por todos esos rasgos, las obras de Edonard Estaunié resultan Jaboriosameutc urdid_as, de aspeclo un tanto severo, pero emocionantes a mèis no poder
Y cuyas cuahdades excelentcs son la pujanza y la profundidad psico16gica.

�LA PLUMA

LA PLUMA
· t erés, L' Ap,•el
En esa serie de producciones de tan e1evad o rn
. r de la Route
.
·o'n Es una historia contada por tres persona1es que han sido
no es una excepc1 •
.
t de
testigos del mismo drama, pero del que cada uno ha v1sto solo ~na ::;ae~onsuerte ue el escenario no aparece por co.npleto a nuestros o!os ~
cluir es! triple relato. La acci6n ocurre en provincia~, e~ una anb~uad~1~da~a~:
·a pone en movimiento unas almas de provmc1anos, gen e 1s1mu .
F ranci , Y
. d
I
bra Un ch1sue esconde en su coraz6n pasiones que van crec1en o en a som .
.
q
ada y las fuerzas ciegas del destino se desencadenan, produc1endo
pazo, un n
,
la catastrofe.
. .
.
Melle Loumer provmc1aoa
1oven,
se encuent ra coa un tal René de la Gi'
ue va a casarse con
1 ·dière que vive en Semur desde hace pocos meses, y q
.
a1
'hacha de la aristocracia local. Una vhü6n rapida en aquel encuent_1
una mue
.
d
una pas1011
basta para encender en el coraz6n virgen, ans10so dP. con enarse,
d
•
t' · a y es causa del drama que va a desarrollarse. Antes que per cr
v10 1en 1s1m ,
· se de unos
ara siempre al que ama, Ja joven proviociana no vac11a en servir
~o6nimos para deshacer la boda de René y para comprometerlo en un asun_to
de tan mal cariz que Je obliga a huir de Semur. Pero con esta ~eogaoza nr,~ \~l coraz6n del amado; al contrario, lo pierde para s1empre, Y_ .P e
cupera e
t . emord1m1euLoumer, perdidas las esperanzas, sepulta en un conven o su r

?•

to y su desesperaci6n.
.
1J"bro
Este aoalisis seco no basta para dar idca de la rica substanc1a en que e 1 .
~ amasado Edouard Estaunié escudriiia hasta lo mas hondo cada personaJe
es14
•
tes mas remodel drama, y analiza y diseca sus acciooes hasta en su:, compooen
.
.
Es como si nos mostrase particularmente &lt;:ada rueda de una maquma bien
l 0 S•
y hermoso·
nos biciese contemplarla en marcha. El 1·b
1 ro es mu
regu1a da Y
·
rse con un
La colecci6n francesa de estud ios extranjeros acaba de enriquece
É
volumen de M. Léandre Vaillat acerc:. del poeta indo Rabindran~th Tagor~. :
libro es de actualidad. En Francia poseemos muy pocos estudios acerca de
Oriente y del Extremo-Oriente, y escasos documentos sob:e los ~utores contemporaneos de aquellas literaturas. En particular, no te01amos 111ngu~a obra
sobre el admirable Tagore, uno de los mal&gt; grandes poetas de todos los tiemp~s.
M. Léandre Vaillat nos cuenta la historia de la juventud del _poeta, que ~1ene a ser un poema d I·1 a t ad o, vivido en un paîs .de hadas; analtza sus poes1as,
D _
hablandonos del hombre y del artista, dos seres wseparables en Tagore. e:
ués nos da algunos detalles sobre la Escuela de Calcuta y so~re _el mov1~iento joveo-oriental que va adquiriendo proporciones extraordmanas por la

atracci6n que ejcrce en nosotros, occidentales. «Muchos escritores de mi generaci6n-dice M. Léandre Vaillat-se han cansado de ciertos ha.bitos perezosos
en que se adormeda nuestro sentido de observaci6n. La guerra, que hemos
visto de cerca, nos deja asqueados para siempre de la elocuencia, del lirismo
verbal, de toda SPnsaci6n que no es sentida, de toda idea no vivida; nos ha
abierto los ojos en cuanto al materialism!&gt; repugnante y mecanico donde esta
en peligro de naufragar la civilizaci9n oc.cidental; nos ha enseiiado a temer las
amenazas que pesan sobre la inteligencia y la sensibilidad humanas. Estamos
como gentes despistadas, perdidas, mirando si en el mundo sumido en la obscuridad, no surge por alguna parte una luz que nos guie. Creo q11.e esa luz
brilla por la-parte de oriente... Al vol ver los ojos a la lndia, no haremos mas
que seguir una costumbre milenaria, el ritmo eterno de Jas antiguas emigraciones humanas y religiosas. Al estudiar el poeta indo Rabindranath Tagore,
no hago mas que escuchar las voces que el Oriente, en ciertas épocas, de siglo
en siglo, nos deja oir, mediante sus iniciados y profetas.&gt;
Esa pagina del prefacio es harto caracteristica de un estado de animo muy
extendido en Francia en el momento aclual para dejar de citarla y de incitar
al publico a que la medite. Todo el libro vale la pena de meditarlo, por la novedad que aporta en el momento presente.
M. Henri Duvernois acaba de publicar una nueva colecci6n de cuentos, La
tune de fiel, donde persisten Jas cualidades de observaci6n, de sensibilidad dolorida y de ingenio que ese escritor delicioso prodiga en todo cuanto firma.
Puede afirmarse que M. Henri Duvernois ha llegado a ponerse en primera linea
entre los cuentistas franceses, sacando mucha ventaja a sus competidores principales. Desde Guy de Maupassant no se habfa revelado ningun cuentista de
vena tan francesa y tan parisina. M. Henri Duvernois es mas parisino que galo,
sin duda; pero es inas sensible que el autor de Mademoiselle Fiji. Muy a menudo hace pensar en Alfonso Daudet; leed, para convenceros, sus libros de
cuentos.
En el géoero hist6rico, el libro bueoo del mes pasado es una simple reedici6n de la Vie de Monsieur Dug·uay 1,·ouin, écnïe de sa main, publicada por Henri Malo en la Cotlei:tion des chefs d'œuvre mécconus. La obrita es impresionante por
la sobriedad, la robustez del estilo, la darldàd; Ahora que nos inundan las ;:iseudo novelas de aventuras, es deleitoso hallar en Jn libro de antaiio paginas de
tao elevado tono y de forma tan discreta. No hay èngaiiifa ni trampa, iY gué maravilloso es su taiiido grave, entreverado de emoci6n...l

* * *

�LA PLUMA

LA PLUMA
La ridfcula propagaoda en favor de los premios literarios teoîa que llegar a
su conclusiéo natural: la negativa de los escritores a mezclarse en esos maoejos electorales. Con pocos cüas de intervalo, la Societé des gens ae let11·es Y f Association de la Critique litteroire hao protestado contra la manera de traosform a.r
una recompensa en uoa verdadera empresa comercial. L'Association de ~a ~ntique Jitterairt no se ha limitado a una simple protes~a: llevando sus ~en,ttm1entos al ultimo extremo, ha decidido suprimir el prem10 anual que atnbwa a una
obra de crîtica.
Es de !:imeotar esa decisi6n , ya que los criticos no disfrutao tantas ven ta jas como los aovelistas, eo puoto a rendimieotos de los libros, premios Y otros
beneficios. Pero la decisi6n se imponîa a titulo de ejemplo, y ya ha empezarlo
I'

a producir frutos.
.
Lo mejor, 0 , mas bieo, lo menos malo que puede esperarse de los pre0110s
litPrarios, es que, a fuerza de multiplicarse, crezcan en numero, ?e ta! ~uertc,
que ellos solos se anulea. En estos momentos, constituyeo el pehgro mas grave que amenaza a la literatura francesa y a la cducaci6n del publico.

* * *
El teatro ha atendido principalmente, desde hace dos meses, a las fiestas d el
tricentenario de Molière, cuya resonancia rnundial es conocida. Esta vez, la Comedia Fraacesa s6lo alabanzas merece, por el modo de presentar las obras
principales del teatro molieresco. Preciso es destacar la representaci6n_ de
/'Ecoles des f emmes y la de la Cr itique de l' Ecole des f emmes, por la interpretac16n;
seiialar el es fuerzo, iotd igentc en extre mo , que ha presidido en la prese11laci6n nueva de Les Fourberies de S capin, con decoracio11es de un italianis mo
asombroso, y ponderar el cuidado coo que han puesto el ;1isanthrop,, Tartuf-

..

La gran curiosidad del momento, después de las representaciones de Molière, son las que Pitoëff y su compafiîa vieoen dando en la Comédie des
Champs Elysées. Conocida es la osadia de su repertorio y la influencia profunda que ha ejercido en el extranjero, sobre todo en Suiza, eo Ginebra. Esta vez
nos ha traîdo a Paris una obra nueva de Lcnormand, Le Mangeur de ,·èves cosa
m~y notable, inspirada en las leorfas de Freud; pone en escena una espe~ie de
ps1c6logo que va alumbrando en los sujetes cuanto de inconsciente llevan en
e! fondo de si; Y a sn lado una mujer, tipo curioso-desempeiiado a la perfecc16n por madame Pitoëff-, que si en otros tiempos practicaba la virtud1 ha
descubierto, bajo la inftuencia del psic61ogo, su vocaci6n verdadera, que es robar, Y que va estigmatizando la acci6n del Mangeur de rêves a medida que se
desenvuelve, haciendo un pape] un poco parecido al del buf6n româotico. La
obra, muy bien presentada, e interpretada superiormente, ha causado una impresi6n profuoda.
Por el ceotrario, Ubu-Roi, que ha vuelto a representarse en el teatro de
!'Oeuvre, ha parecido anacr6nico y sio gran interés. Seguramente es Ja u.ltima
que se poodr~ esa farsa. René Faucbois, que ha encontrado, para caractenzar a Ubu, una stlueta asombrosa, interpreta maravillosamente esta obra, ya
pasada por completo.

v:z

JULES BERTAUT

fe y t'Avare.
Le Misanthrope ha teoido otras dos ioterpretaciones muy curiosas. En el
teatro del Vieux Colombier, M. Copeau nos ha mostrado llll Alceste doloroso,
pero que se deja llevar de un noble arrebato ante las cobardîas, pequefias Y
grandes, de la vida. Eo el teatro Edouard VII, M. Lucien Guitry oos. ha dado
un Alceste doloroso también, pero tan metido en sr, tan lento en sus 1mpulsos,
que ciertos parlamentos resultaban ioverosimiles. Evidentemente, hay una verdad que no consiste en oioguna de esas dos interpretaciones. Serîa menester
para el caso un actor de genio que nos hiciera refr y Jlorar sin sa\irse del tono
de la comedia molieresca.
Il

177

�LA PLUMA

LETRAS PORTUGUESAS
. er estudio de una serie que destino a las paginas de L.&amp;
est e pnm
•
, •
1 a b cîa
PLUMA, permitaseme hacer, como el ?oeta-mus1co a em n a
ara sus obras, una especie de prelud10.
.
p La literatura portuguesa es deficientemente conoc1_da en el
tranjero no s6lo por la poca importancia que el ex~a~iero conce ~
.
'
. ais• ero, ademas, por el desconoc1m1ento genera
a Jas co~as valiosas de m1 p '1 p
do padece Tenemos escritores, en prosa y
tuguesa que e mun
·
.
de la lengua por
f
é
• lés en aleman sedan umversa1•
en verso, que si escribiesen en ranc s, en rng O
'
·dos y admirados.
mente conoc1 .
.
y nuestra Jengua posee recurt
ortuguesa es muy nca,
Porque 1~ ht~ra ura pta d se a efectos mueicales y pict6ricos, notables por
sos extraordrnanos, pres n
deza y el relieve.
.
L
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1
a grau
basta ho 'siempre ha seguido, m"s o menos, un
1·a10
Aunque desde
el
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.
y
penin
·
sular
galaico-castellana,
• t ·, extranJera (provenza1,
,
determinada onen ac1_on .
1 . 1
. espaiiola en el siglo xvn; france• 1
v- Jtahana en e s1g o XVI,
•
en los s1g .os x.u a x. f• anco germana
'
en e1 xix), la verdad es que la Jiteratura
1
sa, en el s1g xvm, ; d emotivo.' tematico, absolutamente portugués, que la
portuguesa bene un on o
. os (principalmente en los siglos XVII y icVI11),
caracteriza. Si algunas veces copia;
la adaptaci6n nuevas formas, nu~m uchas otras veces adaptamos, y amos con
d stinos a nuestra belleza.
.
vos colores, nuevos e
1
D o· iz y nuestros poetas de los canc10Nuestro:.t~:::::;;addeo:u:s;;:lit:r:tu~:. ~ien nuestros, por el sentimiento
neros, son, .
lidades ue atribuian a los temas de sus troque manifestaban y por Jas moda .
q
d terminadas por la infl.uencia
vas. Las poesias liricas de Camoëns, aunque e

II

N

E:-

°

?

178

formai italiana, tradujeron una sentimentalidad enteramente portuguesa. Y a
nuestro Garret, si el romanticismo se le impuso, llev6le también a buscar de
preferencia en la tradici6n nacional la enjundia de sus concepciones. iY boy?
La literatura portuguesa de boy ref!eja el estado de anarquia en que se encuentra Europa. Las corrientes mas contrarias la atraviesau, las aspiraciones
mas opuestas, los destiuos mas diversos. Romantica en el fondo, como rornântico es el pensamiento europeo contemporâneo, aparece, dentro de ese estado
de espfritu general, con multiples facetas. Pero no acompafian los poetas a los
prosadorcs. En éstos hay una tendencia genérica a un nco-nacionalismo. En los
poetas puede decirse que el modernisrno equilibra el neo-nacionalismo. .E:ça
de Queir6s, disdpulo de Balzac, de Flaubert y Zola, no ha becbo escuela duradera, y su influencia naturaJista es hoy casi uula. Guerra Juuqueiro, disdpulo
de Victor Hugo, tuvo un prestigio efimero, mâs polîtico que artîstico.
La literatura portuguesa de boy vacila ante Jas f6rmulas que puedc adoptar,
o porque niuguua de ellas le agrada eutcramente, o porque los escritores no se
sieuten con fuerzas para hombrearse con los consagrados.
En los eôcritores uuevos hay iufl.ujo del modernismo. Sin dejarse Jlevar por
las cxageraciones de las corrientes que cabeu dentro de la designaci6n lata de
futurismo, tratau, no obstante, de aprovechar la secousse que cl futurismo da a
las manifestacioues literarias del tiempo presentc. Sou, ademas, continuadores
de los escritores de antaiio, que aprovechaban, sin copiarlos, los procesos que
nos llegaban de Europa, ya partiesen de Petrarca o de G6ngora, ya de Goethe
o de Hugo. La poesfa, esencialmente lirica, s6lo excepcionalmeute épica en el
siglo XVI, adquiere con Eugenio de Castro modalidades bellas que eu nada le
cedeu a la poesîa franccsa de los Viellé-Griffiu, de los Montesquiou-Fezensac,
de los Regnier. La prosa, que con Eça de Queir6s alcanz6 uua fase de esplendor, posee hoy ejcmplares que se codeau con los Huysmans y los Lorrain.
El simbolismo es una f!or cultivada hoy naturalmeute en la literatura portuguesa. Y el decadentismo es una atm6sfera forzosamente respirada hoy por los
litcratos portugueses. Hay un géncro en que nuestra deficiencia es manifiesta:
el teatro. Los dramaturgos portugJeses de hoy son pocos y malos. Pero en la
poesîa, en la novela, en la cr6nica, en la critica, en el ensayo hist6rico o filos6fico, la literatura portuguesa de boy es rica y notable.

ALFREDO PIMENTA
1 79

�LA PLUMA
personalidad, elevada no mas que a la altura de los proscenios del entresuelo,
un interés directe en la empresa de Madame Pièrat. Pongamos la verdad en su
punto:

TEATROS
I.-DE LA COMEDIA FRANCESA
veces una compaîiia extranjera ha conseguid? en Madrid
el éxito econ6mico de Madame Pièrat en sus rec1ente: representaciones de la Princesa. Del rey abajo, cuantos antano daban
decoro aristocratico a los abonos de moda, se han a_presurado
a llenar espléndidamente la sala d onde a diario se p1erden los
ecos angustiosos de doiia Maria Guerrero llorando los infortunios que s~ele_n
caberle en los melodramas que representa. No pretendam?s, con todo, atnbmr
el pingüe resultado de la excursi6n artistica de Madam~ P1èrat a sus solos méritos de actriz, que son muchos, al interés que baya pod1do des~ertar s~ repertorio, escogido con cierte buen sentido de la armonia en la vanedad'. ~~ en manera alguna al prestigio de Monsieur Lugné-Poe, je~e de la expedicwn, c~ya
maestrîa en los negocios extranjeros del arte dramahco francés n~ ha podido
brillar en esta ocasi6n con el esplendor caracteristico de su pequeno gran teatro de fOeuvre. Lugné-Poe, introductor en Francia de Ibsen Y Crom~el!nck,
en una labor incesantemente renovada durante cinco lustras, se ha h_mit~~o
ahora a servir los intereses diplomaticos de su pais, poniendo a contnbucwn
su conocimiento de los gustos teatrales del publico que podia acceder a u_n espectaculo planteado en los términos que lo ha sido el de las representac1ones
de Madame Pièrat socia de la Comedia Francesa.
Cherchez /a fet~me, pues, 0 mas claro: lQuién es ella? Si bien en este c~so
fuera mas exacto rehacer la frase y decir Ckerchez fkomme. El rumor pubhco
durante los entreactos, y aun durante los actos harto zumb6n, ha hecho un
secreto a voces de la que secreta corda de boca en boca, atribuyendo a una

[I

·..

180

OCAS

Madame Pièrat, actriz distinguidîsima, si no genial, habia menester refren·
dar sus éxitos de la Comedia Francesa con el aplauso de un p6.blico extranjero, capaz de pagar en buena rnoneda, y cuyo beneplacito pudiera servir en estos momentos de aliciente para la conquista ulterior del Dorado sudamericano.
Madame Pièrat esta muy bien relacionada con un ex presidente del Consejo
francés, amigo a su vez del embajador de l rey de Esp a:iia en Paris. Una indicaci6n del rey a su corte palatina podîa decidir favorablemenle el resultado de
una empresa acometida, por lo demas, con la mayor economia de elernentos
escénicos. He abi la raziSn principal del triunfo de Madame Pièrat en sus ocho
r epresentaciones.
Librémonos muy bien, por otra parte, de negar todo valor artistico a tan
sugestiva re presentante de la Comedia Francesa. Acertadisima intérprete del
tealro de amor, cuyo mejor ejemplo es, sin duda, la Amoureuse de Porto-Riche.
ha querido Madame Pièrat, es piga ndo en los papeles de su repertorio que mas
se prestan a destacar del conjunto la figura de la primera actriz, seiiaJar cierto
car.acter inconfundible que patentiza la continuidad del espfritu francés-cuyo
musaico pante6n es el teatro oficial de la Comedia-, pese al tono difereote
que a través de los tiempos imprimen las diversas escuelas a obras tan dispares cuanto representativas de su época como Fedra, La Pf'incesa Jorge, Monna
Vanna y La marcha nupcial.
No obstante las excelencias de la actriz y el gusto de su publico en Madrid
hayan coincidido j ustamente en la re presentaci6n de Les Marionettes de Wolf,
Madame Pièrat ha demostrado su respeto a la tradici6n ·que en uni6n de sus
consocios le esta encomendado guardar, coronando su visita a nuestra corte
con el espectkulo de la Fedra de Racine.
Aceptando como buena la raz6n fondamental aducida por Stendhal en su
Racine tt Shakespeare, en defensa del teatro romantico contra el neocla;ico
francés-«Rien ne ressemble moins que nous au marquis couverts d'habits
brodés et de grandes perruques noires, coO.tant mille écus, qui jugèrent,
vers 1760, les pièces de Racine et de Molière•- babria motivo sobrado para
considerar l6gicamente como publico mas apto para entender uoa tragedia adecuada a los gustos de los marqueses empelucados de la Corte del rey Sol, el
de los cortesanos del 6.nico descendiente de Luis XIV que aun conserva su

�LA PLUMA
reino temporal. Y asi, el cuadro edificante de la real familia espaôo!~ pr'e sidiendo la selecta reuni6n de la Princesa la noehe de Fed1·a, podria borrar el recuerdo no muy remoto de las fotografias qu,. rlenotaban cierta grave complacencia regia en las astracanadas de Muiioz Seca.
Apresurémonos a disuadir al lector benévolo de toda deducci6n favorable
en ta! sentido. A los abonados de Madame Pièrat no se les alcanz6 de la Fed1·a
otra cosaque el patetismo con que la actriz subray6 dramâticamente los pasajes mas apasionados de la obra, pero en modo alguno eoteodi6 sus cantables,
ni mucho meoos su significaci6n estética.
Racine y Shakespeare evidencian, en efecto, la antitesis entre la pura elocuencia y el movimiento escéoico en la expresi6n dramatica. Con Shakespeare
estao los grandes poetas dramaticos espaîioles. Hablar ahora, sin embargo, de
teatro fraocés y teatro espaîiol como términos opuestos, es un tanto arbitrario.
Mejor seria generalizar con referencia a los diferentes publicos, seguo la escala de las desigualdades sociales, y hacer la comparaci6n cou un criterio inter·
nacional. Dentro de la clasificaci6n de !eatt-o neoc!asico cabrâo entonces con el
nombre de Racine, el de Ibsen, el de Bernard Shaw, el de Benavente, es decir,
el teatro de camara, regia o simplemeote burguesa, el teatro Hrico, en que la
declamaci6n, en verso o en prosa, en grandes tù·adas o en dia.logo rapido, prepondera sobre la acci6n dramatic11. Corresponde ra, por lo tauto, el dictado de
1·omantico al Uatro popular, el de Shakespeare, el de Lope, el de Tolstoï, el de
Decourcclles, el del autor del Don Àtvaro y el del autor del Cyrano, aquél, en
suma-aparte su mérito literario-, en que el movimiento determioa la representaci6n dramâtica.
E..1 gusto del pueblo se satisface m.is con Shakespeare, con el Don Juan 'Ienorio, con una pelicul de episodios, que con la Fed1·a de Racine, propia para intelectuales. Repasemos no mas los bueoos éxitos del aîio teatral en Madrid, tan
malo para la generalidad de las empresas. Un teatro popular, el de Fuencarra 1,
se ha mantenido exclusivamente con oora&lt;; del repertorio romaotico: Del Alcalde de Zalamea y Los Amantes de Teruel, o Un drama nuevo, a 1ierra Baja,
La carcajada y La dama de las camelias. La temporada de Eslava se ha salvado
bajo la advocaci6n romântica de Santa Isabel de Ce,·es. Rata de hotel, pelicula
dialogada, ha defendido el cartel del Rey Alfonso. El Espa.fiol, apenai:' sin obra
oueva, ha llegado a puerto, con Zorrilla, Calderon, Tirso, VP.lez de Guevara y
Hartzenbusch.
Madame Piéral interpreta a Racine con buen i.entido ecléctico, en que la

LA PLUMA
primitiva tradici6o rigida con que se hacia la tragedia en Francia, antes de Floridor, que inici6 la recitaci6n moderoa, muéstrase corregida, sin perder la linea
clasica ni el tono digno, con el fuego realista, que exige cualquier publico
hoy dia.
El conjunto fué deficientîsimo; los demas iotérpretes de Fedra, incluso remendaban de improviso los alejandrinos que su mala memoria dejaba cojos, o
se saltaban versos liodamente sin que el concurso lo advirtiera. La decoraci6o,
puro estüo hall del Palace, muy del gusto del abooo, es decir, pésima.
Il.-LOLA MEMBRIVES
Desde el primer adi6s de Rosario Pino al arte dramatico, adi6s tacito y auo
quizâs tan inconsciente como sus reiteradas despedidas posteriores, desde la
deserci6n de Rosario Pino del escenario de la Comedia, no habia vuelto a hallar Jacinto Benavente la actriz adecuada a su teatro. Nada sigoificao en contra
de esta verdad palmaria los aciertos excepcionales de la Guerrero en La Malquerida; de la Bân:ena, en La !osa de los szteiios; de la Xirgu, en Una Seiiora, y
hasta de la Coben.a, en Seiiora Ama. Mientras los Quinteros lograban, no ya intérpretes felices para sus obras, sino la formaci6o, en los teatros de género
chico, y en el Lara de antaôo, de c6micos a la medida de sus saioetes, de sus
comedias, de sus entremeses; mientras la firma Martinez Sierra se alzaba con
un teatro defendido por una ingenua agraciadîsima, e incluso Linares Rivas, o
un Sassone, podian darse por satisfechos en punto a la colaboracion necesaria
entre autores y actores para dar vida escénica a uua obra propiamente teatral,
Benavente repartia en va.no las suyas, sin en&lt;:ontrar una actriz capaz de prestar
evidencia completa a sus concepciones dramaticas. Rasta la reaparici6n triunfal de Lola Membrives.
Hace ya algunos aiios, siendo muy joven la Membrives, consigui6 destacar
en el escenario de Apolo, consagrado al sainete chulo y al melodrama compri1nido, su personalidad artistica, acusada en aquella breve actuaci6n con un fino
sentido de lo ex6tico, con una fantasia del mejor gusto, en La contrata, de los
Qui'ntero, que ella estren6; en El pe1·ro chico, en Et parat'so de los nit"ios, uoo de
cuyos principales personajes estiliz6, con una gracia a manera de parlante Co
pelia. Después de larga temporada en la Argentioa, volvi6 a Madrid por poco
tiempo, revelandose como tonadillera en suma fiesta del Ateneo. De regreso otra vez en Buenos Aires, iniciô su conversi6n de la zarzuela a la comedia,

�LA PLUMA

..

•

con un intento de teatro criollo, en que vi6 luego la estrecha limitaci6n que}
.
su afao artîstico impoofa esténlmeote,
Y abord an do, por fin , el género dram...b eve temporada que ha constltico moderne, se 06s presenta en Lara en una r . .
twdo el mejor éxito de los teatros de Madrid este mvierno.
d
L
La iott:rpretaci6n de El mat que nos ,.a,cen
Y R osas de oto1io oos ha «-scu_ •
bierto en Lola Membrives un tipo de actriz desusado en la escena espanola,
dende no faltan temperameotos precoces, intuiciones felicîsiRlas, gracias naturales O aprendidas inspiraci6n a veces, donosura, iogeoio travieso, facultades
emioentemente d:amaticas de raro en raro, pero doode siempre se ec~a de
menos en los c6micos la cualidad que es en Lola Membrives excelente: la mteligencia.
De ahi que nos parezca provechosîsimo el consorcio Membrives-Beoavente,
colaboraci6n circuostancial con vistas a una excursi6n por la América Espaiiola, que esperamos se consolide y arraigue despu~ e~ un lea_tro madril:ôo.
Si a las primeras comedias de Benavente en que la 1ro01a esen~1al to_m~ s1e~re una apariencia ligera, situado el autor desde un punto de v1sta com1co, fn:olo incluso eo los efectos dramaticos, coovenÎ&lt;\ el arte intuitive de Rosario
Pino, las producciones benaventinas de la ultima época necesitan una ~ctr'.z de
talento, una atriz comprensiva que sepa dar al natural el tooo de reflexi6n mterior que el autor se propone, y animar eo realidad ~os cooceptos so~re que
discurre, planteando paulatioamente eo los personaies de sus comed1as ~roblemas las mas de las veces resueltos de antemano liricameote, en la conc1encia del dramaturge.
La seiiora Membrives, arrogante de figura, expresiva, elegante en el vestir,
sobria en la dicci6o, sirve en todo momento el personaje que representa, sin
sacrificar el conjunto de la representaci6o a la facilidad del lucimiento persona! en otras esceoas que aquellas en que culmine la gradaci6n dramatica concebida por el autor. Hoy por boy oo teoemos en los esceoarios espaiioles ninguoa
aclriz de los merecimientGs de Lola Membrives, ni cuya modalidad artistica se
acomode mejor que la suya a la interpretaci6n del teatro con que Jacinto Benavente adapta a las conveoiencias del publico espaiiol - comprendido naturalmente el bispanoamericano - el espfritu de la comedia moderna, que ilustran
en Europa los dramaturgos posteriores a Dumas hijo, de Ibsen a D'Annunzio,
de Hauptman a Daunnay, de Chejov a Schnitzler, de Oscar Wilde a Bernard
Shaw.
y aun demuestra la seiiora Membrives la exuberancia de su temperamento

LA PLUMA
de actriz en otro aspecto muy interesante y atractivo: como cancionista. Con
mas voz desde Iuego que todas las artistas en boga del género de variedades,
con buena escuela, mas r.antante de lieder que cupletista, si bien se dedique
con preferencia en sus fines de fiesta a la canci6n ligera, oyéndola y viéndola
dramatizar las tonadas argentinas que constituyen lo mejor de su reperlorio
lfrico, acude a nuestra memoria el recuerdo de Ivette Guilbert, maestra que
fué en ese arte no bien clasificado, nacido en el cabaret, triunfante en el musichall y que en nada desmerece, con intérpretes como Lola Membrives, del concierto de camara.

III.-UN ESCENÔGRAFO
Mucha lastima ha sido que por aprernios de la organizaci6n azarosa de tales
espectaculos, la fiesta celebrada en el teatro del Centro a beneficio de los rusos
hambrientos no tuviera cierto seotido arllstico, que lejos de restar interés a la
fuoci6n la bubiese dado cil caracter de que estuvo Calta. No ha de achacarse, pues,
a incomprensi6n del publico la iodiferencia con que recibi6, entre otros numeros de un p rograma anodino y larguîsimo, la representaci6n· malamente
improvisada de Una 1,merte alegre, arlequ inada de Nicolas Evreinov, uno de
Ios propulsores del teatro artistico de Moscu.
Hubo, sin embargo, en dicha representaci6n una oovedad: el decorado y
los trajes del pintor polaco Wladyslaw Jahl, en que los ten.as tradicionales de
la'farsa italiana, Colombina, Pierrot y Arlequfo, estilizados con elementos populares rusos, sobre un fondo de arlequinesca composici6n moderna, interpretaban con aguda visi6n el prop6sito del autor, situando la obra en el ambiente
de humorismo e irrealidad de que no supieron penetrarse igualmente los actores que tomaron sobre si el empeiio de hacer t nll muerte alegre casi sin
ensayos.
Wladyslaw Jahl une, por loque se ve, a un sentido del arte &lt;lecorativo verdaderamente teatral, la comprensi6n justa de lo que debe ser la decoraci6n,
elemento expresivo en que se fuodan arm6nicamente todos los demas de la
_representaciôn escénica. Wladyslaw Jahl no tiene todavia teatro en que trabaJar. Qué mas prueba de la incapacidad de los empresarios que reclaman para sI
en los sueltos de contaduria la exclusiva del arte en el teatro.

UN CRiTICO INCIPIENTE
185

�LA PLUMA
a si propio vestido de gris en una do las paginas mas sugestivas de esta novela, que bien pudiera haberse llamado de otro curioso impertinente.
Una mujer y un hombre luchaa en •vano, solicitados por humanisimas pasiones, que ni aun ayudados del Destine saben vencer, porqu&lt;' sobre ese Destine altruista hay una fuerza incontrnstable que todo lo avasalla y encauza. no
con las da.ras linfas en que beben los poetas, mas por donde corre turbulenta
la vida.
Los cuentos hreves, Salvadortfn, extraiia y alucinaote evocaci6n de una Andalucia malsana. y La paz de Ve11ecia, moraleja casi sin fabula del mundo viejo,
el mundo nuevo y el amor triunfante, cierran el volumen.

LIBROS Y REVIST AS

* * *
Ram6n Gomez de la Serna.-Disparates.-Calpe.-La viuda blanca y negra,
novela.-Biblioteca Nueva.

Eduardo Marquina,-El destino cruel.-Ediciones de LA PLUMA.
.
.
. d Ed
do Marquina poeta lirico, drama
La triple personahdad hterana e d :c~6n un interés 'particuladsimo. Hay
t~rgo y novelista, pr~sta a toda s~r~:~euteatro, en sus narraciones novelescas,
s1empre en sus p~esias, e~ sus o
as netamente definida a veces, a sucomo una aspirac16n, no Sie~pr~ vag1ti: en el espectador, una emoci6n lirigerir en d lector una ernoci n _ram
' .
ro ios de cada aénero, antes
1
ca; no porque confond~ lo~.té~t"1 nos ~~rhe:i~~!r)dopcono·etar la idea al &lt;iarle
bien, sin_ f'X~C;derse de os im1 ~sen
·ando un esca e al espiritu libre, un
expansion !inca~ forma teatral, pero de{ que deter!inan Ja clasificaci6n de
mas alla, i:redu~tible a ills norfrras_des~ue ~~ a las leyes de la Hrica, la novela o
una obra hterana, por su con orm1 a o

•,.

el drama.
en nuestras ediciones
Esta cualidad apuntada ya por noso tros al aparecer
.
'
"fié
t te en El destzno crue1.
Agua en cisterna, rnam stase pa eln 1 . er capîtu.lo sobre todo, demuestra
Ya la primera parte de la nove a, e pnm
J 1· terés del lector,
la maestrîa del hombre de tea~ 1·o en Susot~~ ~~:d;rl~~fp°a1:s ;ersonajes de la
pic.indole con la presentaci6 n azarosa
I
de captar al lecficci6n. Si hubiéramos d_e buscar _un a_ntece~ent: eno/ ;;a:i~!lista sobre el cator para forzarle ~ segmr las l?enpec1as esnons:~~lai cierta coincidencia de proiiamazo de la reahdad, n~ vacilar~mos .
el comienzo de FI destine c1·uel
cedimiento entre el scg~ido pAolr ~rqum~l e:Scandalo por ejemplo. Salvadas,
el de D. Pedro Antonio de arcon en .
'
·
a ue Marynaturalmente todas Jas distancias en el tiempo "/ en eAI esp acio, Y q
·
t t omo en d1latar 1arc6 n.
quina se esfuerza en condens_a~- a~. 0 âe a templar de suave ironîa la cruda
Por otra parte, el poeta hnco . ien
be ederas de Celestina, pero mas
realidad que en forma de dos m~Jerona~- . r Gald6s-acaba por vencer al
pr6ximas parientas de algunos tipos ~e rneJor
rador de la fabula, se pinta
mismîsimo Destina, que, tomando cue1po en e nar
186

No ha mucho le oimos a un admirador de G6mez de la Serna, en una tertulia de café: cCierto que Ram6n tiene un defecto que le hace desmerecer no
poco: el de escribir cuauto se le ocurre, publicar cuanto escribe y regalar cuanto publica .• 1Es ello verdad?
En primer término, caso de que lo sea como por las muestras parece verosimil, nunca la!es exuberancia y liberalidad constituidan defecto, sino exceso, pecado que lejos de ~gravarse cou la reincidencia y el escandalo, pueden
abrir al pecador Jas puertas de la misma gloria de que gozan otros «moustruos
de la naturaleza». Y en segundo lugar, 110 nos parece justo medir con rasero
al guno a quien se esfuerza de continuo en pasa,- de la raya en que, so capa de
acatamiento a las reglas de la buena educaci6n literaria, se detieneo, faltos de
aliento en realidad, m11chos espiritus mediocres.
Sin descanso ni fatiga produce Ram6n G6mez de la Serna diariameo te cuartilJas y mas cuartillas, que luego de solicitar la atenci6n del publico, letrado,
curioso, o indiferente y remibo, en revistas y peri6dicos, nos ofrece coleccionadas en sendos volumenes, cuya aparici6n aventaja en regularidad a algunas
publicaciones con caracter de gacetas literarias-en punto al cronometrismo
de la hora ojicial de Europa que pretenden fijar-. Rara vez viene solo un libro
de G6rnez de la Serna. Pudiéramos decir, parodiando sus greguerîas, que «el
critico encargado de participar a los lectores tan fausta nueva, cumple en cierto modo la misi6n del redactor encargado en los peri6dicos de comentar esa
noticia extraord inaria de la mujer fccunda que cada nueve meses nos sorprende con un nuevo parto triple o cuadruple•.
Bromas aparte, puede tal vez reprocharsele a G6mez de la Serna la insistencia, no obstante su multiple labor literaria, en no pulsar sino una misma
cuerda de su sensibilidad, culminante en la manera, tan persona!, de sus greguerias de siempre, de sus Disparates de ahora, preciosa muestra de la fioura
de humorismo, semejaute al del gran humorista Charles Chaplin, incluso en el

�LA PLUMA

LA PLUMA

sentimiento lfrico que carre por debajo de su inspiraci6n desbordada en gracias truculentas. Mas Nuién nos dice que esa in sistencia 110 encubre un afan
de perfecci6n que se nos escapa en la improvisaci6n a que se obliga o a que
se abandona?
Sobre que repasando sus obras anteriores écbase de ver la evoluci6n, que
no se advierte de un libro a otro, cada uno de los cuales es reedici6n espiritual
del anterior, pero si en el conjuoto de su l~bor de quince aiios a la fecha. Nosotros que en alguna ocasi6n le bernas requerido a que c0111pusiera mas, deteniéndose en el camino del ingenio a c/r.orro suelto, que intentara aprovechar
esa poderosa imagioaci6n derrochada en tan deliciosas y admirables quisicosas con que nos sorprende, divierte y emociona, que orientara su esfuerzo en
suma a la invenci6n de nuevas relaciones entre los suce, os que constituyen
una novela, vemos ya patente ese esfuerzo en sus ultimas producciooes, de
que son precioso ejemplo, la que enriquece, actualmente en curso de publicaci6o, las pâgioas de LA PLoMA, y La viuàa blanca y ttegra.
Apenas hay, sio embargo, trama novelesca en esta disecci6o minuciosa de
un amor vulgar que Ram6n descrihe con la pausa, el humer, el estilo p eculiar
que le distingue. Pero ya la atenci6o coocentrada sobre dos protagonistas de
un solo tema, etl'rno en sus incidencia!, en sus contrastes d&lt;; luz f de sombra,
muestra el prop6sito en el aovelista de serlo verdaderamentè, con todos los
incoovenientes que puedao salir al paso de su imaginaci6o, torturada par un
concepto de reducci6n de la vida al absurdo, en que reside su modernidad, y
en definitiva la fuerza con que cooquista a sus lcctores.

* * *

Cela e5da1ola conte mporânea estâ ta! vez en Las Âuuilas de L6
on to o o cual, denota El embrujo de &amp;villa
d o C
pez Pinillos.
tor persooalfsimo y un novelista maduro·
en
arl~s Reyles un escricasi siemprc, hecho y derecbo.
' coma sue e dec1rse, abusivamente
El sefior Reyles escribe muy bien el
t 11
•
valor de las palabras, no fuerla la atenci~as i3J°o, ttene co?cieocia clara del
taxis capricbosa, y si alguna vez nos arec: e ector some,tiéndole a uoa sinnarfa aligeraodo el autor la pauta dei a.rra que la e&lt;:onom~a de la novela gagracia de buena lev literaria de un esiîlo fo, !los bene s1empre gauados la
elementos plasticos aparecen con ri
prOJ?lamente narrativo, en que los
verbal, abuodante, câlida, col~reada.gurosa l6g1ca, supeditados a la expresi6n
Corno novelista posee el seîior R~yles
1
·
~uar el mterés dramâtico y sorprender co~o:1 :~c= en_te con~1ci6n: la de gr~!1br~ por lo prooto el encadeoamiento oatural decl so 1mpr~v1sto, que desequ1Jushfica luego por la misma fatalidad a ue ob
os antenores! pe:o q~e se
por el novelista. La puiialada trapera di la ba~~:i~: t~d: la acc160 m~ag10ad~
enamorada, par salvar al que odia, vale or toda la a ombre de_ qu1en esta
mente recargada al final con demasiadai
. . novela, acaso 1ooecesariapurgativa a la confesi6o pûblica de la pec:~prnc1ones que no aiiaden emoci6n
Pero no vale solo 1:1 embrujo de Sevi/la ora. 1
.
diestrameote traoscrita Lo que me· 0
porta capitula novelesco o esce11a
seiior Reyles ha sabido paner de rili~v~os parece es la maestria con que el
1:1e~tal, ese delirio hiperestésico del tabta!s~ ?1oos:uosa exacerbaci~o senti.Sevilla, esa complacencia dolorosa en el a~o e rue o, de la Semana Santa de
dad y la ficci6n aparecen iovolucradas· y confruyd&lt;:od la rnue:te en que la reali0 1 as apas1ooadamente.

°~

J

Carlos Reyles.-El embrujo de Sevi/la, oovela.-Calpe.
Hay en la visi6o de Sevilla del seiior Reyles pasi6n de turista sensible a las
emociones de lo ex6tico, ese ;,unto de vista del extranjero descubridor, a través de un mon6culo de lente curva. del bechiz0 esp~iiol encarnado defioitivameote en la Ctirmen de Merimée y Bizet. El mismo afan prolijo que el autor de
El embru;o de Sevi/la ha puesto en verificar de una manera tlcnica sus primeras apuotes impresionistas, el alarde que hace ante el lector de sus conocimientos flamencos, la minuciosidad en que se corn place al describir los sagrados ritos del cante joodo o de la tauromaquia, demuestran su iohibici6n espiritual del espectaculo que fa protagonista de la novela contempla desde lo alto
de la Giralda.
Hay en la bi&lt;.toria de los amores del seiiorito torero y la bailarina de 1'l
embrujo de Sevilla, la sangre, la voluptuosidad y la muerte de los cuadros vivos
que acert6 a escribir sobre motivas espaiioles Maurice Barrès; hay un nuevo
trasunto, mas directo, de la Andalucia pintoresca de La femm• et le pantin de
Pierre Louys; hay la docume ntaci6n, mas cieotifica, valga la palabrn, menas
farragosa y periodistica, de que se sirvi6 malamenle Blasco lbâiiez para su
Sangre y Arena; hay toques de crudo realismo cuyo solo aotecedente en la 00188

* * *
José Maria Ch1tc6ny
Calvo. -L as cten
.
.
•
me;ores J&gt;oesfas cubanas.-Madrid.

Editorial Reus, ,

922

No se ha limitado el afortunaclisimo colectO r d
tresacar con exquisito gusto adoroa dol
e es~e c~nt6n modela a eomejores composiciooes de l~s poetas°esp~s-~fn ~o~as b~ograficas y cr.iticas, las
en Cuba. Ha hecho mucbo mas: ha descubi:rtesl e per,1odo romantico nacidos
Era empeiio oada fa.cil y que ha llevado a o a poesia cubana.
lento y discreci6n singular :le que ha sab'do ~abohel Sr.! Chac6n con el lino tamuestra en sus eosayos literarios de vari~ én::o asta a fecha tan cumplida
Poroue era menester senalar e l
g,
·
.
Manuei'de Zequeira a Juliân del Cn ~s poes1as selecc,onadas en este toma, de
redia, de la Avellaneda de 7.:enea as~ yrt~ené L6pez, a través del tonaote Henacional, que aparte la pasi6n poilïcaa et' Y p!~&lt;:1do el Mul~to, un sentimiento
fondo oatural del paisaje de la isla re;elas:ar ~1~ po~. l~ hbertad patria o cl
to cubanos. Y es loque halo rado'sob .
un numo inca con color y acen«Zorrillismo y tropicalismog son-dic~.:_~~~uf.admdeote
el ~r. Chac6n y C~lvo.
a I a es, mahces de una m1sma

�LA PLUMA

LA PLUMA

actitud espiritual. Por eso aquella tradici6n literaria arraig6 tan firmemente
entre nosotros, y puede decirse que apareci6 cou Francisco Orgaz, aiios antes
de que el poeta de la Alhambra la divulgast' con sus viajes memorables por
gran parte de la América e:spaiiola. El zorrillismo es lo verbal que simula lo
Hrico, lo mel6dico, que predomina sobre toda idea y toda emoci6n ... Los poetas simplemente versistas no llegan sino al tropicalismo zorrillista; los poetas
que han tenido algo que decirnos, que han visto luces distantes o sentido ocuttas e insinuantes voces, que han cantado, aunque fuese una sola vez, porque
todo el espfritu aspiraba y exigia las aladas palabras, llegan a la visi6n plena
del alma tropical...•
Ad vertir ese dejo cubano en la bélica trompa de los coetaneos y continuadores de D. Juao Nicasio Gallégo, o en la ada ptaci6n de los suspirillos germdnicos de Becquer a la lira tropical, es cosa que ya puede lograr cualquier ofdo,
una vez hecha la selecci6n de este muestrario poético, con el seguro tacto, la
voluntad inspiradora de un espfritu tan sabio como el del escoliasta de Las
cien mejo,·es poeslas cubanas.

* * *
Artemio de Valle Arlzpe: Ejemplo. - Madrid. Aào MCMXIX; Vidas
milagrosas.-i\fadrid, MCXXI.
Dos maneras hay de considerar e l pasado: como una ruina, cuyos ecos solo
repetiran ya nuestra voz, si enmedio de ella damos al aire elegiaco lamento
( cEstos, Fabio, jay dolor!, que ves ahora-campos de soledad, mustio colladofueron un tiempo Italica famosa• ), y ta! es la disposici6n de las gentes que no
creen en espiritus ni trasgos; o abandonandose por entero a la emoci6n que
las reliquias antiguas despiertan en el animo sensible, hasta que la propia voz
se impresiont-, y hable por boca del evocador el espfritu evocado.
Cierto que no tendra para oosotros interés alguoo esta segunda evocaci6n
o remedo simplemente verbal dt&gt; una época cuya memoria vive en la nuestra
por los monumentos literarios o artfaticos que de ella nos quedan, si el escritor de ahora se limita no mas a imitar formas arcaicas, vacfas de sentido propio. Pero hay un grado de contemphci6n est~tica, es decir, moderna, y este es
el caso de D. Artemio de VaIJe Arizpe en los dos preciosos libros que nos regala-deliciosamente ornado el uno con dibujos de Roberto Montenegro-, en
que la voz y el acento aotiguo se tifien de una ernoci6u directa y personril, cuyo
mismo artificio y engolamiento descubren cierto humorismo purificador.
Valle Arizpe, escritor mejicano, se siente atraido por las somhras del pasado colonial de su patria nativa, y con graciosa deiaci6n de la libertad de pensamiento conquistada por sus antece.sores iomediatos, se complace en fingir
historias y milagros de una lPyenda espaàola de supersticiones, estilizadas a la
mayor gloria dt1 D. Ramiro el de Larreta.

• * *

P,uù Neuhuys.-Poètes d'aujour d'hui. L'on"entation actuelle de la cons,·ience
lyri9ue,-cÇa lra,, Anvers, 1922.
1Hay, ~na or,ientaci6n defioida en las diversas manifestaciones de la oesfa
moder111s1ma? Jau] Neuhuys, afirma que si en su librito P.oetas -'e ho 1 p ·
tac .,
t / d, l
· · , •
'
"' '.Y ,a o,·un_i~n ac ua e a ~onczenc1a lirtca, publicado eo las atractivas y cuidadisimas
e_d1c1ones ~t' la rev1sta Ça ira de Amberes propulsora de Ja re O
••
é
bca postenor al simbolismo.
'
n vacion po Obse_rva e~ seàor Neuhuys en la aparente incoherencia, en la anar ufa del
muodo hterano, un esfuerzo comun por concentrar la expresi6n Hrica qma d
a_cuerdo con la reali~ad d~ loque se han propuesto los poetas de t~dos s1o!
tJe~pos. Esa ex1;&gt;res16n d1recta de la realidad se obtiene en la Jirica actual reduc1end? a tér!moos meramente enumerativos Jas relaciones , or seme· a'nza
fonsegu1das has~a _ahora en~e las cosas clasificadas en categorî.is. Lo cual dab~
uga~ a la repart1c16n del umverso en temas poéticos y temas prosaicos a r
nom!a resuelt~ en la concieocia del poeta moderno, para quien 00 ha ' dfr::
r~~cias de cahda? en la materia objeto de su poesfa, y sî s6lo valores d~ relah_v1dad con relac16n al absurdo absoluto, nuevo caos de que ha de s
·
virtud del Verbo, el nuevo mundo libre
urgir, en
_De Guillaume ~pollinaire a Paul VaJ~ry, a través del grupo de Jules Ro~uarns, Duham~l, Vildrac, y ~I de los dada{stas mas significados, traza Paul Neuys una resena de la poes1a francesa moderna, en que la brevedad y la a udeza no i_uenoscaba? l_a claridad_ de su opinion, afirmativa de una concien~ia
por d1fusa en multiples ma01festaciones, sin norma de escuela propiament~
tn~
a , menos patente en su unanimidad.

C. R. C.

* *

*

Louis Léon-Martin.-Tuvache ou la t,·a[fédie pastorale._ Paris, Grasset.
1:'u_vache era un camptsino de cortos alcances, que -1ceptaba el destino con
segun las reglas, y vivfa feliz, ernparedado entre cuatro ideas· •Yo
bs~m,Si6~,.
_,en qu1s1era .• •No se puede.• cTrabajemos., ,Tengo hamb
T
h.
smcero; leal a sus instintos, no comprendia al abandonarse ;\~losuvlac e era
cusion adve I•sa d
t
h ,
'
, a repera
e_ sus ac os, _a 11. "ndose_ corno sie;r.pre se hallaba propicio a
~ nars~ con trabaJo el pan cotid1a110, csm rencor y sin hip6tesis•. Todo Jo que
o poJ1 a gobe!narse por esa norma ni resolverse en esa actitud sumisa era
pa~a
uvache 10excrutable. Asi, ~u~ndo el mundo-una aldehuela riberefi~ del
0
!ra-,
que un momento le acanc16 y exalt6, Je volvi6 después Ja ('Spalda y
111
.;
stt6 luego, le persigui6, empujaudole a la desesperaci6n y a la muer'ce
uvac e no se da cuenta cabal del por qué de la borrasca eu que erece nid~
~a fterza-fue se dese~cadena ~ontra él, y que lo ]leva fatalmente reali~ar su
es ~n~. uvache hub1era pod1do salvarse si llega a tener, a tiem O un oco
~,s,mulo; ~ero en su moUera, no cabia ningu.n artificio. Verle a~i indefrnso
r g1camente 1ndefenso, suscita una emoci6n pura, bien lograda: contra la fata:

t

11

f

�LA PLUMA
"ta que se lleva el
.
triste coraz6!! pesa menos que una pap
lidad enemiga, su
.
·-edos
viento.
.
foDdO un paisaje lummoso, con "'.m
_
La tragedia de Tuvach.e tieneyllordel do y en el paisaje un pueblec1dto, eu
.
arboledas tup1das, on a
'
d l héroe Esta co:1ta a sopu1an~!i~ientos colectivos ?etermina? lai
:ondens~do en notaciones
yo~ m
.
atetismo, sm cromos, e e
'
bnam~nl
M. A.
esenc1a etes,• Ls:~r~ fuerte, veridico, claro.

su:~~~

,
Calvo: Literatu,·a cz,bana. Ensayos
Libros recibidos.-:José Mana Char:d~i uez: Dias de la Regen-cia: Re:1w-criticos. Biblioteca Cal(eJa,-JC.F[ia~c~E de torbea Lemmi: /,os mil _ano~ de
d de lo ue fué. Bibhoteca _a eia.
H Car enter: La vida de los 11:sec os.
0

{!en~

:i:~u;t:s caJit· \t:!nY~~a~;

1

F;'j:·h:tr::tion~:~
::.::~~tT!'iftlai~
le~-Libreria y Editorial Rivadenefr~, ~ .f;eigado: El Poema tri1mfal; Par~s,
5
a· fea Madrid, Suarez, 1 9 22
. • de Lemuel La Connaissance, Pans,
f~2 i, 0.-W. de L. Milosz: f.aver:;tfs:?e di Levante.' Padova, Zannoni, ,921.1922 -Raymondo Raymdond.
·sta"o,- Ça Ira• Amberes, 1921.
·
. 1.,' Appel u conqzti u,
Leén Chenoy.
, - Le Pro rés Civiq1,e, Paris. - La
Revistas. - Mercure de h·an~e, l~aEnps~qtte Paris~ Vida Nuest,·a, BuRe_nos
,
La RevueRueerton·o Amencano,
• .
San J osé de Costa 1ca.
Connaissance, Pans.Aires -Athenaeum, Zaragoza.-L ep . Paris -Cidtura Venezolana, Caracas.ü c',-apouillot, Paris.-Be/JeM e:" ~~eo -Cuba Contempordnea, La B:aba~--:Die Aktion, BeAr!in.-RRego:::~ edo:r~:,1F~r~ara.-Espana y AménL·caa, ~o~~·Ro:a~
Bab l Buenos ues.,.
r l a Amberes..n.,
'
Madrid.-The
mes.eB,1'lbao .- L' Art Libre.
. pBruselaf~yaMrd,
's indice a n'd.-Cosmd"olis
'f
' .
p ,
La Nouvelle Revue Françtus!, ..~nd.-:-d - L;s Marges, Paris. - P_,·isma, oar1s. de
B t
Espana, iua n •
M tevideo -.n.evue
Living Age, "'os on.·;de BeJtrique Bruselas.-Los Nuevo~, opn 's -La Revue de
Signaux de .,-r~nce e ,
Th' rse Bruselas.-lntenttons,. an .
J' Amérique latine, Par~s.-tb 'Y P;ris -Le Maglia, Bolorua,
Genève, Ginebra-Feu:Jles i res,
.

•-ë ~;_

1:,·

'

i,

A~O III.

1

MADRID, ABRIL 1922

LOS A UT ORES

[I

NUM. 25.

'

(r)

mundo de la 11ecesidad y el mundo de la libertad.-Permitidme, senoras y sefiores, a guisa de exordio, unas palabras,
que me ayuden a adaptarme al medio. Si no lo consiguiese
-y temo mucho que no-, que mi sinceridad me granjee
Yuestra tolerancia.
Dice el refran que «cada uno habla de la feria, segûn le va en ella».
Yo, por muy mal que me vaya, os juro que hablaré con admiraci6n de
este certamen industrial. La feria de muestras es ella misma la muestra
mejor, la muestra mas evidente, no tanto de loque ya es y de loque ya
ha conseguido esta ciudad magnifica, dina mica y discordante, sino de lo
que se propane ser y conseguir en lo venidero; la muestra, no tanto de
los hechos y victorias pasados, cuanto del deseo de avance y perfecci6n;
mas que la muestra de las obras, es la muestra del espiritu que anima a
esta ciudad. Pues bien, este espiritu, que lo es todo, puesto que sin idea,
sin espiritu, no hay nada quellegue a ser materialmente; este espiritu es
lo unico que no puede mostrarse en una instalaci6n, en un stand espeL

(1) En la Feria de .Muestras de Barcelona se ha dado una serie de conferencias acerca de la industria del libro. El Sr. Pérez de Ayala habl6 de clos
autores&gt;, que también soa parte eu el pleito. El tema, y los puntos de vista del
Sr. Ayala poseen interés dur&lt;1dero; no obstante, los roismos peri6dicos que
dieron cabales noticias telegraficas de las otras conferencias, nada han dicho
de ésta.
1 93

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>La Pluma, 1922, Vol 4, Año 3, No 22, Marzo</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
. R · r- EstJaiia colonizadonz; Madrid, 192 1.-Saturos; Madrid, 1921._-~an~1do ~1ma . itorial América.-Fugimoto: En eJ pars:
loi: Cocod1·ilos y ,·u:~enore~, M~drt ~~ica -M Gutiérrez Nâjera: Sus mejp,-es
de !as geichas; Mad~-id, Ed1tor~l. m Juan· Ma;qués: Don Bartolomé Gall~rdo,
poeslas; Madrid, Ed1torl_al Am n~a.
Arturo Torres: En el encanta,mento~
nolicia desu ,,id~y escr:tos; Madnd,C19;1.- .- José Olivares: Poesias; Garcia
Ediciones Sarmiento, San José de . ë::1':~ado· Pasteur y Metclmikoff.-Lms
Monge y C.a, San Jo~é de_&lt;;:•~-, 192~-~ Bib:iotec~ del Repertorio Americano,
L6pez de Mesa: Orzentac,on :deo{!g;{a,
-Miguel de Unamuno: Sensaciones
Garda Monie,_ Ed.; San José de_ . ., /;:'..:....Roberto Brenes Meseu: El mis~ide Bilbao; Brt&gt;hoteca Her~es, B~ lba?: ~ la 1Jerdad· Biblioteca del Repertono,
cismo como instrumento de t1lfJ~Sit!(ac:oJn / d C R \
-E Montfort: B,·elan
921
Americano, Garda Monge, ed.; Sapa '?s Mi~noa:Ï-Lo~is Leon Martin: Tu1JaJi,farin• Bibliothèque des Marges, ans,
·
&amp;Ize, ou' la tragedie pas!orale; Paris, Grasset, 1921.

,,
'

p

,

Le Progrés Ci1Jique, Paris. -

ANO 111.

'

MADRID, FERRERO 1922

I

NUM. 21.

La

Revistas. - ~ercure de firance, I' ~s; -;;e Paris.- Vida Nuest,·a, Due_nos

Connaissance, Pans.-La Re1Jue de t f ~ n~ri&amp;ano San José de Costa Rica.
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-fe~er or;o 'si Cultu;·a Venezo!ana, Caracas.1
Le 1..,1·apouillot, ~aris.-Be!le\ et
~è~a Contemporanea, La Habana.IJie .Aktion, Ber!m--Pias~, ~/~;~;1F:~~ara -Espaiia,, América, Cadiz.-HerBabel Buenos Aires.- rorsia e ·
•
·
A b-La Ronda, Roma.
mes. Bilbao.- L' Art Li~1·e.PBr?selj~dic~a~.t~~id ~c::~6polis, Madrid.- 'l'ile
La No•,velle Reoue françaue, ans..
,
LifJmg Age, Boston.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES (r )

·~d

UN CRIBADO DE NIETZSCHE

œ

la propia suerte que cuando uno esta recién vacunado todos,
en virtudCde cierta ley arcana de malignidad c6smica, vienen
a darle palmaditas en el brazo, precisamente a la altura donde remuerden las gafas ampollas, asî también basta que uno
tcnga entre ceja y ceja una preocupaci6n para que cuanto escucha o lee
coïncida con la preocupaci6n y la alimente o refuerce. En estas «Apostillas y divagaciones», en torno a Nietzsche, que me sirven de ocasi6n,
dcsde hace algun tiempo, para sustentar un coloquio ideal con mis lectores, («Apostillas y divagaciones,, modestamente; anotadlo en vuestro
cuadernito de notas criticas), vengo insistiendo sobre la incompatibilidad
de la literatura con lo que no es literatura. 1Cuan facil es tomar como
filosofia o ciencia lo que no es sino literatura, y no de la mejor, puesto
que es literatura epicena e hibridal Este concepto esencial es ya viejo en
ml, como no ignoran quiencs han tenido la abnegaci6n de leer mis enE

..

(,)

Véaac LA Pu:nu de diciembre 19:11 y •nero 1922.

�LA PLUMA
LA p L lJ \-l A

'd sen los dos vohimenes de «Las Masca
sayos de estética teatral, colef \ desglosado de un critico inglés, Misras». Pues cabalmente esto;in;:s : este prop6sito, que con firman aqu~l
ter Edward Shanks, unas
h
. 'd modernamente una espec1e
t Hélas aqui· « a ex1st1 o
maduro concep o.
·
edio y la literatura como un
de dicotomia entre 1~ literatura co;;c~:s~scritores daban por scntado,
Sin. Ha ~abido ~~a epoca :n1i!:ada literatura seria debia emplearse~n
sin prev1a reflex1on, que l
lb
B.
Tolstoï Hauptmann, han
. . t practico sen neux,
'
d
fines de ren 1m1en
has veces Wells confesaba a
.
d
erte la hteratura mue
·
d
pract1cado e esta su ,
e calificasen de periodista antes que e arHenri James que prefena due/ d no interesarle Shakespeare porque
tista. Bernard Shaw ha ec adr~ o
1 obi'eto de deshacer un abuso so,
·10 una corne ia con e
. d
nunca h ab1a escn
.
. de Keats se ha d1gna o
.
n motivo de1 centenano
,
.
cial; y rec1entemente, co
Isabella ataca el sistema cap1n
gran
poeta
porque
en
aceptarl e como u
lla esta opinion no es ya soss adalides perseveren en e ,
talista. Aunque s.u
.
Ni ho ni nunca. El 6rgano de aperce~tenible hoy en dia». Sm duda.
r~ tura es distinto y dispareio
ci6n del arte,-y entre_ las art;s, ~a i i:r\or se; disparejos y distintos el
del 6rgano de apercep~16_n de a c1en~ de la verdad cientifica. La verdad
orden de la verdad art1st1ca ~ _el orde
t La verdad cientifica es
.
d' ta intu1t1va permanen e.
artistica es mme ia ,
'
.
T
'd'culo y contraprodud. ta d'scursiva
l6g1ca
an n t
1
transitoria, me ia ,
'
d
icntîfica O una estructura 16cente es pretender demost~~r u~~ ::a a a csea de una melodia, de un cogica por medio de la emoc1on a
I de'rycontaoiar el sentimiento estético
lor o de una meta~ora~ como pre e:eoria En iuanto a lo primero, siempor medio de un s1log1smo _o u~a 1 h b. , n tenido cuantos han pasado
é
esta expenenc1a a a ra
.
pre recordar -y
.
. , entre c6mica y repuls1va, que
or
Jas
aulas
académicas-,
la
impres1_on,
.
.
acertaban
a desP
,
ofesores red1chos que iamas
1
me produc1an a g~~os pr . al ceiiida escueta, sinoque adornaban
arrollar una expos1c16n doctnn '
yrofusi6n de hojarasca ret6rica.
y escondian la flojedad de~d~1sc~rso ceolnlopquerfa pasar por ciencia o por
·naba a dec1 1r s1 aqu
. . . ,
No me determ1
, de lorable bambolla; como c1enc1a, rn1anarte. Corno arte, me parec1a p d
sea creer que una obra de arte
til vaniloquio. En c,uanto a lo segun o, o
'

°

.·

'

d

t

'

'

66

se enriquece y afianza con el aditamento de una verdad fisica, comprobable, cientifica, me parece tan incongruente como si a la estatua de la
Afrodita de Melos le colocasen una peluca de pelo auténtico con que
concederle mayor impresi6n de realidad y de autenticidad.
Pero claro que el vulgo-asi el vulgo social como el vulgo intelectual-, propende, por pereza e ineptitud, a preferir todo género confuso
y epiceno; la ciencia ret6rica (que no es ciencia ni ret6rica) como la ciencia mas elevada, y el arte catedratico (que no es arte ni encierra magisterio) como el arte mas profundo.
El error del mal entendido arte de tesis es evidente: el Arte es eterno
por esencia, y la caracteristica del arte de tesis es su caducidad. Porque,
proponiéndose ese arte de tesis un fin practico y pr6ximo, o lo consigue
o no lo consigue. Si no lo consigue, ese arte es inutil, estérîl, superfluo.
Si lo consigue, deja de existir ese arte en el punto de haber logrado su
prop6sito. Si todo el arte contemporaneo se enderezase exclusivamente
a concluir con el sistema capitalista, acabado ya el sistema capitalista el
artc contemporaneo dejaria de existir como ta! arte, y en el dia de manana seria solo interesante como curiosidad, como apatico documento
hist6rico, perteueciente a una edad sobreseida. Una obra de acte no se
aviene a otra jurisdicci6n que la del arte. El canon porque se la ha de
juzgar es un canon estético y su viabilidad depende de la sustaucia inmarcesible de arte que contiene. Si algunas novelas cientfficas de Wells
son superiores a las novelas cientificas de Verne, no es porque realmente scan mas cient(ficas (jalla se va la ciencia de uno y otro!), sino porque
son mas artisticas. Si las obras de Zola y las pinturas del impresionismo
permanecen en el tiempo sin perder su virtud estética, es obvio que esta
perduraci6n es de orden estético, y no de ordcn biol6gico y sociol6gico,
como quiso Zola, ni de orden fisico y cientifico, como se figuraban algunos impresionistas, puesto que de entonces ac:i (y van corridos m uy pocos afios) la biolog{a, la sociologia y la 6ptica han doblado una tornavîa
y est.in a mucha distancia y en distinta orientaci6n que otrora. No niego que el intrépido Bernard Shaw contribuya a que se derrueque el régimen capitalista; pero, si en el futuro socialista se conservan aun sus
67

�•
LA PLUMA

H
1

'I

dramas, no sera deseguro como reliquia sentimental y curiosa, al mo~o
como se guarda la tabaquera del bisabuelo, ni en memoria de su sagac1dad econ6mica, innecesaria ya en esa fecha venidera, antes bien por lo
que tengan de dramas bellos y conmovedores. Beaumarchais coadyuv6
con sus comedias a enardecer la turbulencia discola y sentimental precursora de la gran Revoluci6n Francesa. Y, sin embargo, las comedias
de Beaumarchais siguen siendo actuales, bien que los principios revolucionarios estén admitidos en todo el mundo. èPor qué? Porque toda
obra de arte, si por ser arte se halla fuera del tiempo y advocada a la
eternidad, como quiera que el arte es una actividad humana y el hombre vive en el tiempo y es una medida del ticmpo, la obra del artista ha
estado en su gestaci6n adherida a la matriz de la actualidad. Y aqui
-como en la gestaci6n natural, el instante misterioso en que se decreta
cl sexo de la criatura-se oculta el punto incognito y decisivo que determinara el resultado de la actividad actual; si ha de ser obra estética, o
ha de ser obra practica; si ha de ser fin en si misma, o ha de ser medio
para un fin econ6mico, sociol6gico, politico; si ha de comunicar una
verdad intuitiva y alentar en un sentido filos6fico o ha de manifestar
una verdad cientifica y exponer una filosofia 16gica y sistematica. El toque diferencial reside en ésto; la obra de arte, como actividad humana,
se alimenta con elementos tomados necesariamente de la actuâlidad,
pcro no los elementos transitorios, sino ciertos otros elementos que, sin
dejar de ser actuales, son constantes, permanentes. El problema doble,
!nsito a la obra de arte, lo habla denunciado ya Plat6n; desentraiiar lo
uno en lo multiple y la continuidad en el cambio. èQue éste es un problema filos6fico? La filosofia sistematica jamas resolvera este problema.
La unificaci6n de lo diverso y la inmutaci6n de lo mudable son antinomias que s6lo se concilian en el acto estético. Por eso la obra de arte genuino esta embebecida en un conocimiento de la realidad mas filos6fico
que todas las filosofias profesionales.
La mal entendida obra de tesis, la que esta elaborada con elementos
de la actualidad transitoria, se figura ser ella la que hace que esos clementos sean transitorios y que pasen de una vez para siemprc. Escribir
68

LA PLUMA
una obra de tesis contra un régimen polftico o un abuso social, natural~ente transitorios, lo juzgo tan estupido como escribirla contra el
ano 1921, para que se acelere el primero de enero de 1922. Ahora, una
verdadera obra de tesis buscara en cada régimen politico y abuso social
aquellos elementos de unidad y continuidad comunes a todos los regimenes Y abusos, aquellas rémoras constantes, desde el origen del hombre, qu.e_estorb~n la infatigable navegaci6n hacia la libertad y plenitud
del espmtu. As1 ha hecho Tolstoy; y en ésto disiento del dicta.men del
escri~or i_nglés Shanks. E~ n_ingu~a de sus obras persigui6 Tolstoy la
transi~one~~d de lo. trans1tono, 01 reformas politicas practicas, sino la
aprox1mac1on a un 1deal extatico y distante.
Conforme~ las ideas insinuadas anteriormente, mi deseo, boy, es
ce~ner la atom1zada obra de Nietzsche, y no diré separar el grano de la
P~Ja, porque en este autor apenas hay paja, pero si clasificar en montonc1tos lo q~e es literatura, loque es ciencia, loque es arte . ..
Un cnbado de Nietzsche.

LA MORAL OLFA TIV A
El_moral~sla inmo~alùta,--Nietzsche quiso ser, y fué, ante todo, un
morah~ta. C1crto que el hac1a el coco, llamandose un inmoralista, y nada
le plac1a tanto como que los timoratos le tomasen por un diablo coronado (~oronad_o de cuernos; la cornamenta es la corona del diablo).
Qu1ere_~ccirse ~ue un verdadero inmoralista es un individuo cuya
pre~cupac1on contmua, cuya pasi6n, polariza hacia la moral. De lo contrano no seria inmoralista. Porque todo lo que es-al modo de la vian
da e~ ~I a~do_r-:-:-, se sostiene sobre un eje, con dos puntos extremos de
e~~es10n e_1~c1s1on qu~ no cabe sino Jlamarlos polo negativo y polo poSltivo. Pos1t1vo o negat1vo, ambos polos constituyen oravitaciones fatales p~ra loque cae bajo su orbita imantada. En cuant~ un hombre, para
defi~1rse, coloca delante del apelativo un anlt o un in, confiesa, sin advertirlo, que esta en servidumbre de una cosa previa; traiciona su rec6n-

�1. A PLU \I A

LA PLUMA

·••

dita pasi6n dominante. Por lo tanto, ya no puede juzgar con serenidad
esa cosa previa de que esta en servidumbre. (Nietzsche nunca juzg6 con
serenidad de la moral. Mas aun; escribi6: «formular un juicio moral es
comcter una injusticia~. Sin embargo, no se recat6 en afirmar extremosisimos juicios morales). Toda nueva moral, o si queréis, todo intento
de moral superior y mas delicada, o si queréis, todo estadio fla mante en
la evoluci6n de la moral, choca, como inmoral, contra la moral acostumbrada y usadera. (NietzSche, con abusiva elasticidad 1fué tan impresionable, m6vil y elasticol di6 a entender que la virtud de hoy fué crimen ayer, y el crimen de hoy sera virtud mafiana. A veces, pero no
siempre. De la justeza en interpretar cuando si y cuando no, y el por
qué, depende el conocimiento preciso de la moral). En el moderno
mundo occidental vivimos todavia, no de la moral cristiana, como presuponia Nietzsche, sino de la moral judaica, y de la moral budica, y de
la moral chinesca; en suma, de la moral eterna, de la Moral, que es algo
consustantivo al espiritu del hombre. Cuando aparece una moral nueva
no es en rigor sino una exigencia mas severa de la moral olvidada; supone, en consecuencia, una incomodidad, un esfuerzo, una acci6n dificil, por ins6lita; y los hombres se sienten tentados a calificar estas novedades de crimen, cuando menos crimen contra la tradicion. Moisés
bajo del Sinal con cuernos en la frente, como un diablo. Cuernos de
luz, eso si, pero los pcrezosos y malignos no pasaban de sostener que

eran cuernos.

Nietzsche, aunque con cuernos, quiso ser un moralista.
Valuaciones.-Aparte de su preocupacion o pasi6n moral, de su exigencia de severidad en los usos morales (en los usos morales que él precooiz6), la novedad ética (?) de Nietzsche, su originalidad (?), sostuvo
él que residia en el sistema de valuaci6n. Los actos deben valuarse en
morales o inmorales segun aumentan o disminuyen, rcspectivamente,
la vida: y la vida no es sino sensaci6n y ànsiedad de poderio. Este sistema de valuaci6n tes original? Yo no entiendo por original aquello que
nace en un hombre, sin precedente ninguno, sino aquello que brota en
la espontaneidad de su espiritu y llega a adquirir forma comunicativa.
70

"

Si yo me enamoro de una mu·er m·
..
tagio o imitacion- aunque ant!
,~amor es ongmal, y no plagio, conEl sistema de val~aci6n de ,.,. tzs seh ayan enamorado otros cincuenta.
•
. "llC sc e no es una no d d
,
ginal, puesto que él ha llegado d 1 .
.
ve a , pero s1 es oripatible con las ideas originales. ;.a:r ~010tens1dad elocuente, solo commos como una de Jas formas d I
es novedad que ya lo advertije. Fué una forma adjetiva y : a n_1or~ del hombre primitivo y salvapuesta al fondo eterno de
/ans1tona d~ moral, co!ateral y superque ha ido depurandose
co_nsustan~vo ~l espiritu del hombre,
cLo moral es lo
- i enanas expenenc1as sociales.
dad de poderio? Un;~;pmere1·eannc~d~ sde_n~adciôln de vida y satisface mi ansie.
ia m iv1 ua tan br
.
nana experiencia social basta
b
'
eve, y no ya una m1lecionan aquella sensaciô~ y sat· ~ara-~ ~r que algunos actos que propor.
is1acc1on mmediatas
I I
noc1 vos para Ja vida y Ios m , s
. d. .
, son a a arga Ios mas
baja moral de la muched ab periu i~1ales_al poderio. Por culpa de la
um re, enem1ga s1empr d
d . . .
dad relevante' comenta N"et
1 zsc he Unas vece ' e e to a 10d1V1dualitificamos nosotros Pero co d .
s, s1, y otras veces, no, rec.
, nce amos que sie
hombre singularmente dotad l
. d
mpre que se le frustra a un
moral de la muchedumbre o ~ an~1e ad ,de poderio es por la bajeza
n ba,io (son palabras de N" tz'pohr )a pBs1colog1a de resmtimiento propio del
ie sc e . ueno Jy qu '? E
.
a la moral eternai) Nada d
El h
c
e é s esto una ob1eci6n
.
eeso.
ombred
d d
de la ansiedad de dominio co
d" N" esapo era amente aquejado
. .
, mo 1ce 1etzsche O c
d"
enac1m1ento
italiano
deseos
d
R .
,
o e real"1zar la pl, ,·t omo
d d se lJO en el
perc1be, si es inteligente, que sus med·
~m u
e su persona,
los demas hombres lueoo s·
.
d10s son im1tados, que necesita de
1
.
'
o , 1 se sirve e los de ·
s1rve a los demas o que lo d
.
mas tanto va e como que
'
s emas se sirven de él E
.,
es la moral- , es ax.iomatica e irred .
·. sta ecuac10n - que
bre individual, no puede valerse e/;~~~~~a~n~ ~mdad moral, un homde donde, la hostilidad ajena le
.
u?1camente por si propio;
pandir hasta el maximo ve , _slena mortal; s1guese, que si aspira a exros1m1 su personal"d d
.
de scr con ayuda de los demas
h . i a , como qu1era que ha
dos, que obrar en beneficio d; io:~to ~cersel~s hostiles tiene, una de
cuando menos, extraer su be fi . d ros a prop10 tiempo que suyo, o,
ne c10 e aquello que no acarrca perjuicio

e::~~ '

r

Ï 1

�LA PLU'.\1A
l d de la escuela inglesa, o utilitarista
al pr6jimo. Tales son los post~ a ~s
su bien como quiera que sea,
de moral, (Bentham): el homdr:, usca ·rroga se vuelve al cabo contra él
·
e todo ano que 1
·
comprueba d espues qu
aplacerse como bien pecuhar
lt
uistamente
por
no
.
mismo, y concl uye, a r
. ,
, Esta quiere ser una exphca.
1
barca el bien comun.
al
suyo smo en o que a
I
l no es un asunto 16gico. La mor
ci6n 16gica de la moral; per~ a lmora 1 harto dificil para el cerebro de la
.. .
n proceso mte ectua
.
utihtana supone u
ral utilitaria proporc10na norI
mayoria de los ~omb~es. Tamp?co aC;;o v~ a discernir nadie, especumas sencillas y eiecuuva~ ~e ~:c~~n~i~a loque redundara en bien comun
lativamente, en cada acc10n
. d 1 . terés? Asi como la luz supone
y lo que se reduce a falaz ~pet'.to e in e una inteligencia que lo ar"b
un silog1smo supon
.
ojos que la perc1 en, y
. d l
ducta supone un 6rgano pnvae
es
neooc1o
e
a
con
,
.
.
.
ticula, la mora1, qu
o
. .
oluntad La teoria ut1htana
'd
mov1m1ento 1a v
·
tivo que dec1 e y pone en
. d 1 ~ 6meno moral ni se basta para
de la moral ni penetra la esenc1a ~ e~ de ver traduce con bastante
hacer hombres morales; pero, a m1 m~ lod la e'tica El proareso social
0
.
.
· d l desarrollo soc1a e
·
exactitud la h1stona e
,
d hombres convencidos de que no
se computa en la me~ida del n~mero :1 interés general.
cabe interés privado mcompat1bl~ con existia el interés general. La HuPara Nietzsche, por el c?ntrano, no t para que se produzcan media
.
, 'l O es smo un pretex o
f
mamdad, segun e ' n
. N
h zaria yo este criterio si no uera
docena de hombres de gemo. o rdec a a conclusion como si el hom.
. haber llega o a un
,
q ue Nietzsche imagina
.
fi l'dad y no fuese a su vez pre.
si mismo su na 1
bre de gemo encerrase en l h
b es de oenio hubieran abrigado en
· s· todos os om r
o
texto de a1go mas. i
d
finalidad y no instrumcnto, no
. . 1
rt'dumbre
e ser una
.
.
1
su conc1enc1a a ce
. tes· habrian permanec1do anose hubiesen dado a conocer a s~~;~;:~e ;enio, como el que no es ~enimos. Lo que ocurre es 1u\ e d mas par: influirse de ellos y para mnio, necesita doblemente e .;sd :s ;etcxto para el hombre de genio,
fluir sob_re ellos. La Humam a ue 1/Humanidad se enriquezca y eleve
y el gemo es un pretexto_para·dad es indestructible. La moral del homespiritualmente. Esta rec1proc1
1 f damental la misma del hombre de genio, obligadamente, es en o un
72

LA 1-' L U'.\IA
bre normal. Lo cual no impide que, a cambio de un bien rarisimo que
solo él puede proporcionar, al hombre de excepci6n se le perdonen ciertas trasgresiones de la moral, a sabiendas, él el primero, de que son trasgresiones. Pero Nietzsche disputa que el hombre superior se conduce por
una moral distinta, que no se orienta al bien del mayor m'.imero: y anade que asi debe ser. Es la suya moral noble; la otra, moral de rebafio,
engendrada por la envidia y el egoismo. Si bien se medita sobre los escritos morales de Nietzsche se alcanzara la ultima consecuencia de que
con todas sus novacioncs no logr6 establecer una diferencia radical
entre la moral noble y la plebeya: continuan siendo la misma cosa. Muchas de las maximas, realmente ennoblecedoras, de loque él lia ma moral noble, que se figuré ha ber inventado, son (ya lo veremos) viejas maximas de la moral cristiana, que tanta enemiga le provocaba. En cambio, pone a la moral plebeya el reparo de ser una moral egoista, en la
cual por bajo del aspecto desinteresado se esconde el provecho de cada
cual; y, sin embargo, este ego{smo o afirmaci6n persona! es la caracter{stica que atribuye a la moral superior. La moral noble se echa de ver
en que suscita sensaci6n de vida y ansia de podedo; y, sin embargo, rebate la moral plebeya porque es un procedimiento de conservar la vida,
o sea el ansia de poderio, que segun él es el unico principio vital. Pero-y
aqu{ brota la originalidad de Nietzsche-la moral plebeya conserva la
vida de los débiles, una vida en evoluci6n regresiva que no engendra sino
decadencia y rebajamiento de los mas altos valores del espiritu. La moral plebeya-prosigue Nietzsche- aspira a ser justificaci6n y consagraci6n de la falta de vitalidad; es el indice que marca c6mo la vida ha tomado una curva descendente; asi como la moral noble es superavit de
vitalidad y curvatura ascendente. Pero ~c6mo comprobaremos cuando
hay déficit o superavit de vitalidad, cuando, en efecto, una moral comienza a curvarse hacia abajo? La soluci6n de Nietzsche es sorprendente: «Yo-dijo en ocasiones repetidas-lo conozco por el olfato. He nacido con un olfato especial para rastrear todo lo que es pro o contra la
vida.»
Ya habiamos indicado en un ensayo anterior («La mascara de
73

�L A P LU

;1J

A

1. A P L lI ~! A

Nietzsche») que era la suya una filosofia olfativa. También su moral.
Asi, pues, no habrfa sino unos pocos hombres éticos; aquellos cuyo 6rgano moral residiese en las narices.

MORAL RELATIV A Y MORAL
PERMANENTE

1 ,,'

Napok6n y sus viclo1'ias.-Si establecemos la moral del hon:1b:e supe~
rior y la moral del hombre dela masa como dos finalidades _d1stmtas, s1
relajamos la reciprocidad _anteriorme~te asentada: la h~mamdad para el
hombre de genio y el hombre de gemo para la humamdad; ~os hallar_emos en la situaci6n mas enfadosa e insoluble. Es como s1 Napoleon
(hombre de genio, dilectisimo al ânimo de Nietzsche) hubie:~ ~e pl~near y ejecutar sus batallas de tal suerte que las perdiera su eiercno sin

•

por eso dejar de ganarlas él._
,
,
,
,
La envidia. Nietzsche se iactaba de filosofo zahon. Zahon ten1a que
ser, puesto que, desgajado toda su vida del trato ~umano, creia adivinar
los mas rec6nditos resortes de la conducta. Llego a declarar que antes
de él no hubo psicologfa. Segun él, la pasi6n basica de la ~sicologia plebeya es la envidia, el sentimiento contra el ho~bre supenor. Esta ~fir~
maci6n esta como piedra angular en la moral metzscheana. Aho:a b1~n,
eso es una inepcia psicol6gica. La envidia no se da ~el_homb:e mf~nor
al hombre superior, sino entre iguales. Por algo la Bibha el primer eiemplo que nos proporciona de envidia es de un hermano a otro. Un mendigo envidiara a otro mendigo mas afortunado, pero ~o al alc'.'-1de de barrio, ni a un diputado a Cortes, ni a un soberano. Y s1 se o~rec1ese cl caso
de un mendigo a quien se le ocurriese cotejarse con un d1pu~ado, ~s~ableciendo diferencias, y deseando suprimirlas, esto ya no sen~ env1d1a,
sino ambici6n. La envidia supone en el envidioso la concienc1a de una
paridad cierta acompaiiada de una desigualdad i?justa:
Nietzsche, que cuando pensaba una cosa sab1a olv1darse de todo lo

1

.

que habia pensado antes, escribiendo accrca de la relatividad de la moral

y de ~6mo el cri men de ayer es hoy virtud, o viceversa, nos recuerda que
los gnegos veneraban la envidia, bajo los atributos de la bcnévola diosa
Eris._ 1Sus amado griegos, cânones de humanidad superior.. ! Y en otro
p~s~ie estampa lo siguiente: «el griego era envidioso, y no miraba la env1dia como una tacha sino como un don de una deidad benigna. Todas
las dotes naturales se desarrollan por contraste, por emulaci6n. Y en esto
se a_sen~aba, l_a ensefia~za nacional helénica». (También el sistema pedag6g1co 1esu1t1co, que v1ene desde Aguaviva, se prevale del sentimiento de
la envidia y de la emulaci6n.) Sobre la propedeutica de la envidia ha bda
mucho que comentar; no es ahora coyuntura adecuada. Basta, de momento, nuestra opinion adversa.
No, el hombre bajo y rebaôego no siente envidia ni resentimiento
contra el gran hombre; por el contrario, siente amor, entusiasmo ado:aci6~. La muchedumbre esta deseando siempre el gran hombre, ~n obJeto d1gno de sumisi6n y de idolatria; y como éstos no abundan, la muchedumbre los inventa. El riesgo de que un grande hombre verdadero
pase inadvertido no es a causa de los sentimientos rencorosos de la masa ·
antes bien, porque la masa no es bastante inteligeote y toma el oropeÎ
por oro.
La aditud jisiologzca.-Nietzsche calificaba las virtudes como condiciones fisiol6gicas. Comenz6 por colocarse ante la moral en actitud bio16gica. Escribi6: «Los moralistas, incluso Kant y Darwin, que no han
osado trasladar la biologia a la ética son unos cobardes.» (Ya hemos olosado que Nietzsche pretendi6 aplicar la 16gica a la biologia; que es co~o
querer corner el caldo con tenedor.) Después estiliz6 mas su actitud· una
actitud concrctamentc fisiol6gica. En muchos de sus libros, seiialadam~nte en Bcce Homo, concede menuda atenci6n al modo de preparar los
ahmentos y de masticarlos.
Pcrfectamente. Pero desde el punto que nos tropecemos con un dis~~tico v~rtuoso, la actitud fisiol6gica ante la moral nos parecera, si no
nd1cula, impertinente.
Los antiguos habian dicho: Mens sana incorpore sano. Mens, intelec-•

1

74

1

"

75

�LA PLUMA

LA I' Lü 111.l.
to. Esto esta bien. Nuestro Clarin escribiô: «Enfermo, no opines.» Se
opina con el entendimiento. Esto esta bien. La en~erm~dad menoscaba
a veces la inteligencia. La coordinaciôn entre lo fis1ol6g1co y lo cercbral
es como la de una rueda con el resto del mecanismo. Y como quiera que
la civilizaciôn material es corolario del progreso intelectual, un pueblo
sano y robusto sera también un pueblo adelantado. En sociologia ca?e
la actitud fisiologica. Un sociologo nortcamericano exclama: «La sarten
es el mayor enemigo de la civilizacion», aludiendo a que los alimentos
muy fritos en aceite pierden su capacidad nutritiva.
De la concieneia intelectual sabemos que posee su ôrgano, el ccrebro.
A la conciencia moral no se le ha hallado todavia la sede fisiologica.
,\'on est. No se ha hallado la sede fisiologica de la moral, rcplica
Nietzsche, porque la moral no existe. El mundo es amoral. (Conformes,
hasta cierto punto, respondemos. En las espccies zoologicas superior~
se observan rudimentos de conciencia ética. El amor materno, el sent1micnto de solidaridad, cl agradecimiento. la fidelidad, hasta la voluntaè
&lt;le sacrificio, resplandccen en la sociedad animal. La escuela evolucionista de moral considera la ética humana como herencia biolôgica,
dcsarrollada y perfeccionada, de la ética zoolôgica.) No hay fenômenos
morales-prosigue Nietzsche-, sino interpretaciôn moral de los .fen~menos. Claro que de que sôlo en el hombre se alumbre la conc1enc1a
moral no se deduce que no exista la moral, antes al contrario, que existe, y que existe s61o en el hombre; esto es: l'a moral es un_f~n6me_no n:ietabiol6gico. Corno la estética. No existen fen6menos estet1cos, s1no m terpretaciôn estética de los fen6menos. La estética y la moral no son fenomenos en la 'naturaleza, sino en el hombre. Ahora bien: cdônde reside cl 6rgano fisiolôgico de la estética? èQué tiene que ver la dieta
alimenticia con la obra de artc? Pues lo mismo la moral.
Un ejlrcilo de ir.vestlgadores.-Nietzsche, aun negando la moral, queria una espccie de quimica de la moral, y pedia un ejército de m~les de
investiaadores que coligiesen enorme material de hcchos denominados
morale~, a fin de luego preparar una tcoria de los tipos de moralidad.
Es cl procedimicnto empirico, que se sigue en las ciencias naturalcs.
76

Pero las cicncias naturales estudian los fcnomcnos en la Naturaleza
no es de es~ _especic el fen6meno moral. El procedimiento seria esté~/
Croce ha_ cntJcado sagazmente ese mismo procedimiento en la estética.
Relatwfsmo.-:-_ Entre_t_anto, Nietzsche se conforma con ser relativista
en _moral. «La et1~-d1Jo-depcnde de circunstancias geograficas e histônca~»- Esta noc1on la aprendiô de los moralistas franceses sobre todo
Volta!fe y Pascal. Este ultimo escribi6: «lo que es 1·usto del Iado d
'
d
·
· ·
d
e aca
e un no, es m1usto e11ado de alla». En efecto, enfrentados dos hombres, cada uno en una margen del rio, si hablan refiriéndose a un lado
u otr~ como la_der~cha y la izquierda, no se entienden, porque lo que
par_a este es la 1zqm_erda, para cl otro es la derecha. Pero, si dicen, aguas
arnba o _aguas abaJo, se cntenderan perfectamente. Pascal escribi6 la
palabra;us/o (o sea, conforme a la ley promulgada, que puede ser circunstancial o arbitraria), y no moral (o sea, conforme a Ja ley et
)
In~oducir cerillas en Francia es un delito de contrabando; e~rn~~
pana, no.
".'o~taire y Pascal fueron realmente relativistas, en cuanto el mismo
relat1V1smo lo expusieron relativamente, admitiendo y afirmando
b . I 1 . .
' por
aJO e re at1v1s~?• un~ moral universal, permanente y necesaria. Nietzsch~, en su relat1v1smo 1racundo y dogmatico, se conduce como un abs
lut,sta.
o.
Moral_cristiana.-«Has de saber amar tu alma de suerte que te bastes a ti m,smo en la soledad. Has de aborrecer por igual todo exceso de

la pl~be o del potentado. Has de escribir en tus tablas la palabra noble_
cQue cosa ~s ser noble? Ser dispuesto, tanto para ordenar como para
obedece~. S,gn~s ~e. nobleza: no pensar nunca que nuestro deber sea
compart1do, 01 e~1?1r a los demas iguales deberes; no rehusar ni dividir
nuestra r~po~sab,hdad; computar nuestras prerrogativas y su ejercicio
como obhgac,ones Y deberes». cEs, por ventura, esta una moral universal Y ~t~rna? S_egun Nietzsche, esta es una moral relativa y anticristiana
qu~ el mvento para los hombres superiores. jGrande es nuestra confus16nl
RAMON PEREZ DE AYALA

�L A l' LU .1\1 A

ASCENSION
nadie Jo adYertia.
milarrro se realizaba en aque li a casa, y
.,
Los i;ilagros son frecuentes, pero el _imp_erativo de atenc10~
que las cosas naturales nos exigen, imp1de observar_ lo p~o 1
. .
cuando carece de caracter ùtil o no se rev1ste e
d1g1oso,
. - era en , ,erdad extra, .
1
ltitudes. El mno
,
exterior escemco grato a as mu
.
.
_
.
t s 'as raras c1catnces que en e1 cos
ordinario: sus m1embros en eco , i
.
•
1
• 1 'dea de heridas anteriores a su nac1m1ento, e semtado sugenan a 1
. d
·os persuasivos
blante grave y dulce de facciones termina as, 1os OJ .
..
'd
la boca que con las primeras noc1ones dtJO ya
cargados de 1 eas, y
,
, l "fi
y
. . . s de tal simplicidad y justicia que todo parec1a c an ~rsed
JUl1c~ofi
en dos zonas inconfundibles de bien y mal, hub1ese e
c as1 carse
·ca don de la
sftuido tema de estupefacci6n en una casa n
seguro con 1
. t
J · el aspero pro. f
r: ·1 Mas en la casuca del carpm ero ose,
vida uese aci ·
· b I caracter El
'blema de cada dia iatigaba la imaginaci6n y agr1a a e . .
doctor de la Casa de Socorro, que se habia afici~nado al mno y gustaba de sostener con él !argas plâticas, s~lia dec1rles:
-Tienen ustedes en casa una maravilla.
.
·Con dientesl-respondia, prosaico, el carpmtero.
. f d' 1
-1
.
dl t
de despego m un iae
y la «seôâ» Maria, sin apartarse e ono
,
'Vaga ternura maternai:

m
N

78

-Los pobres no debiéramos tener hijos, doctor. Y si salen listos
y enfermizos, como éste, peor a(m.
El médico, mas para si mismo que para ellos, explicaba de este
modo lo excepcional de aquel muchacho, que a los seis aôos era ya,
sin que se dieran cuenta, la primera autoridad moral de la casa:
-Lo que me choca no es su inteligencia: conozco otros mas listos.
Lo que me admira es su tendencia precoz hacia el bien, su falta de
instinto egoista. Parece que sus ojillos ven lo bueno y lo malo a través de todos los equivocos, y que desnuda las segundas intenciones.
No es el niôo sabio: es el niôo santo, mucho menos frecuente. Hay
que cuidarle.
Aquel hijo inesperado, trajo d desconcierto a la casa. José era un
artifice torpe y escrupuloso. Su falta de habilidad impediale tallar
finas maderas, y su aplicaciôn vedabale entregar sin ciertas finuras la
obra basta. Ganaba, pues, muy poco. La existencia era casi misera,
y Maria, en las épocas mas estrechas, cosia para fuera y lavaba a
veces en el rio. Matri!r.onio sin pasi6n, mas pr6ximos a la calma ùe
la vejez que al hervor juvenil, tuvieron aquel hijo por sorpresa. Fué
una noche de un invierno helado, entre sueôos, sin que el placer, ni
aun la conciencia interviniesen, cuando la primera célula del fruto
pendi6 entre los dos arboles unidos por el frio y el hambre. Y cuando, dos meses después, la mujer clamaba: «Ha sido mismamente como
cosa del otro mundo», decia verdad.
Durante la prenez sucedieron a la «sefüb Maria dos hechos futiles que ni relacion6 siquiera: una tarde, mientras hilaba, detuvose en
el dintel de la puerta el hijo de una vecina. Era un muchacho hermoso, casi idiota, pero de belleza angélica. Nada dijo, sonri6 con sonrisa beatifica, e iba a hablar cuando un trope! de arrapiezos le tirô de
los harapos y lo arrastrô lejos. Fué inutil que la «seôa» Maria se
asomase a preguntarle si su madre lo mandaba con algun recado. El
79

�LA PLUMA

LA PLUM.',
angelote le sonri6 ... le sonri6 cual si hubiese tenido algo muy grato
que decirle, y desapareci6 entre la algazara cruel. El otro hecho fué
que una paloma blanquisima entr6 por una ventana y se pos6 sobre
la cabeza de la embarazada. Un pariente suyo, que estaba de visita,
la cogi6 sin trabajo alguno, la torci6 el cuello, y al otro dia se la

•

comieron con arroz.
Los primeros anos de la vida del nino estuvieron llenos de sobresaltos. La menor enfermedad adquiria en él caracteres graves, como
si el alma albergada en aquella arcilla equivocadamente, quisiera
aprovechar toda circunstancia para deshacer el error. Vicisitudes del
infortunio obligâronles a cambiar de ciudad y a ir a lomos de mula
hasta un pueblo costero, donde se asentaron. En cuanto el niiio
aprendi6 a hablar, sus palabras produjeron en quienes Jas oyeron no
ese contento c6mico que, a modo de chispas alegres, surge de los
primeros contactos del hombre con el Universo, sino una especie de
estupor. No andaba a(m, y ya hablaba de corrido y razonaba mejor
que sus padres y que los amigos de sus padres. Le pusieron de nombre Jesus, y alguien hizo notar que ninguno le cuadraba tan bien,
no s6lo por el fortuito entronque en sus progenitores de los patronimicos sagrados, sino por aquella vaguedad del rostro, por aquel
efluvio autoritario y suave, por aquella sabiduria innata acerca de las
verdades primarias, que hacianle viva piedra de toque del mal y del
bien.
Esta rectitud manifesta.base en detalles menudos. Por ejemplo: el
padre solia a media man.ana, cuando su mujer estaba fuera, llegarse
a la cocina y sacar del puchero la primera taza de caldo, la mas sustanciosa. La «senâ• Maria, en cambio, si iba de jornada a cualquier
casa rica y dabanle algo, traialo con misterio para dârselo al hijo.
Éste, en ambos casos, protestaba; y no eran menester sus palabras,
sino su gesto, para que la taza subrepticia sacarase en un descuido

s~~o y para que el paquete de vituall
.
d1v1diera en tres porciones d 1 as se abnese sin escondite y se
nienor.
' e as cuales una habia de ser algo
-Yo nec~sito corner menos, decia.
-rPero s1 se te cuentan los huesecitosl
-Con ese carâcter no é
,
-argumentaba la madre.
J .
T
s a que te vamos d d'
ose-. e engafiarân todos y ade âs
a e icar - preveia
los seres demasiado justos ' '
~ '-~o tendras amigos, porque
El
' no son s1mpahcos
.
padre, al decir esto, mostraba
. .
utu humano que las de Ios ârb I conocer_meJor las vetas del espi•
p~r su garlopa y su serrucho. : es c_onver~1do_s en materia muerta
cmos estaban intranquilos s1· e to tberna Jesus s1ete afios y ya los vedeseo d e verle partir a su ' . n ra
.
" a .en su casa. Unos atnbuîan
el
•
·,
aire
enierm1zo·
otr
oe nmo «que ya pareci h b
.
'
os a aquella curiosidad
.a a er s1do persona
I.An nmo tan poco travieso hab' i
mayor», y otros a que
misma casa su prese .
~a orzosamente de ser hip6crita. En su
,
ncia continua enervaba·
gur6 que el nifio estaba a , .
,
. 'y cuando el doctor aselas maiianas a la playa ne~1co y que s1 no lo obligaban a ir todas
a coi retear con los d a
.
catarro podria lesionar los b
.
. em s ch1cos, el menor
. .
ronquios débiles el
· t
posa smberon un secreto alivio.
'
carprn ero y su esmaiiana iras ' porque hace falta para tu salud , le d"!JO, severo-Desde
, José.
-En cuanto vayas unos cuanto di
pali6 la voz materna·
s as lo pasarâs mejor que aqui,

y Jesus no pens6 en desobedecer Q
,
Pero a las claras v1·6s
.
. 1 ué hab1a él de desobedecerl
e que no iba a gusto S b
arena, bajo el sol la ch1· ·11 ,
. o re el oro tierno de la
,
qui ena correteaba co 1
ameaban
las
velas
sobre
el
azul
intenso
n a gazara. A Io Iejos
11
espuma, Ios esqueletos de b
' y cerca de las grecas de
.
arcas a medio c t ·
Jas carcomidas de mol
ons rurr y las barcas vieuscos, parecian crias y restos de una fauna
6

8o

Sr

�LA PLUMA

LA PLUMA
marina. Desde el primer dia, Jesus aficion6se a los niii.os menores
que él. Los Uamaba junto a si, y les contaba historias que siempre
encerraban, a modo de ap6logo, consejos o advertencias. S6lo diez o
doce no se fatigaron de estar pendientes de sus labios. Los demâs,
âvidos de vivir en todas las cosas, desperdigâronse por la playa, Y
alguno debi6 de ir con el soplo a los mâs turbulentos, porque en pocas man.anas el auditorio se renov6 y surgieron las primeras burlas.
El don del humorismo habiale sido negado a Jesus, y a pesar de superar su ingenio al de los demâs zafios hijos de pescadores, respondi6 a las chanzas con una seriedad y un candor tan poco combativo,
que, sin duda, evitâronle violencias. Desde entonces, fué admitido a
titulo de buf6n melanc6lico entre los rapaces; y cada vez que uno de
ellos iba a matar un cangrejo, a tirar una piedra, a hurtar un trozo de
red, algunos pececillos o un remo, volvianse hacia él y, con fingida

•

gravedad, le consultaban:
-Oye, Jesus, &lt;es malo hacer esto?
-Si, si; es malo, respondia él.
Y el delito cometiase entre risas; mas si alguien lo descubria
luego, Jesus miraba al delincuente de un modo que aquel mirar le
penetraba aun mas que los golpes y las rio.as. Y después el castigado
guardaba contra Jesus un rencor subconsciente. Y asi como todos
los chicos cometian maldades, Jesus lleg6 a ser la conciencia de la
playa; y una vez que estuvo enfermo y que los chicos fueron uno a
uno a preguntar por él sin dejar de hacerlo un solo dia, soii.6 que no
iban a interesarse por su salud, sino por su muerte.
Cuando convaleci6 y pudo volver a la playa, dijérase que su
ausencia habia multiplicado la contumacia de los pescadores. Jesus
crey6 preciso multiplicar también su celo, y amonest6, contruri6,
hasta tuvo insospechadas c6leras que hicieron temblar sus labios
pâlidos.
82

- 1Ya podias no haber vuelto nunca'
. -Abusas de que has estado enfe. .-exclam6 uno.
d16 otro.
imo y no podemos pegaite-afia-Le andas buscando tres pies al at
.
encontrar, amenaz6 un pel' .
_g o, y conm1go se los vas a
.
irroJo, en qmen la
t·
m1embros despedazados y d l
con mua visi6n de los
b' d
e a sangre en la c . .
,a esarrollado algo feroz.
armcena paterna, ha-

y desde entonces' al gusto
· d e1 ma1 an- d' ·
nueva: la de hacerlo delant d J , '
a wse una voluptuosidad
.
e e esus cont a J •
cuan do llego , la confab u1ac1'6 n estaba ya
, t r d esus. Una mafiana,
unos pescadores dormidos d t
rama a para vengarse de
en ro de su fal h .
mar y amarrado a una estaca h d
uc o mquieto sobre el
pescadores habian castigad d'on amente clavada en la arena. Los
0
1as antes con
p_oc_o mas blandas, una rateria de la horda·
voces duras y manos
s1sttr en cortar el cabo
' y la venganza iba a conpara que se fuesen a I d .
con t ra los aiTecifes El
a enva o chocasen
·
mar estaba turbio · d
puma parecian querer salir vol d d
, pica o, y mil alas de esan
e él Por el · 1
··
pasa ban rapidas. El oro d 1
.
c1e o, negras nubes
o
. .
e a arena se habia t
Ji
cre ando. Uno de los h'
rans ormado en un
~ .
c icos preparaba ya
t
a e1tar para corlar la eue d J .
un rozo de navaja de
-·~o lo
.
r a. esus les suplic6:
'
?aga1s ... no Io hagais!
Su
fantasia
veia ya la barca vagando e I
1
a desesperaci6n y la muerte d I
n a noche, y el hambre y
c·.
e os que eran tamb'é
wn, esperados en tierra y I
'
i n con desesperad
· a ver que el gr
.
er sus ruegos, amenaz6:
upo se aleJaba sin aten-

°

-jSi Io hacéis grito y si no se
jEh, Ios de la barca'. .. !
...
despiertan, corro a avisar...
Su vocecita, arrebatada por el vien
...
grupo de muchachos se detuvo v . to, a~qumo volumen viril. El
Ios mayores dijo:
, olv16 hac1a él, lo envolviô. Uno de

�LA PLUMA

LA PLUMA
-Hay que taparle la boca... 1Tu, pelin·ojo!
Jesus huy6 y fué a guarecerse tras una canoa vieja, perseguido
por el hijo del carnicero. Con la lucha, la canoa oscil6 y el perseguidor tuvo una idea puesta en seguida en prâctica: volcar la nave
quilla arriba y aprisionar a Jesus debajo. Durante unos segundos
oyéronse gritos, y después, el grupo, ya lejos, vi6 al pelirrojo que,
cabalgaba sobre la barca, inclinarse a mirar por las grietas.
-~Chilla aun?-pregunt6 uno.
-Calla para asustarnos. Es un hip6crita.
-No se le ve. Hace oscuro dentro ... Pero id ... iDe aqui no sale!
Sin embargo, el grupo no se decidia a terminar la hazaiia. Poco a
poco desistieron, y, acercândose, miraron también por las hendiduras, sin lograr ver. Ya el pelirrojo estaba en tierra y con la boca puesta
en uno de los hoyos, vociferaba:
-jGrita, tu ... ! jMira que nos asu!rtas ...! jGrita o te doy una paliza
que ...!
Ningun eco tenian las voces. Y ya algunos empujaban con cautela la barca, cual si en cuanto entre el borde y la arena quedase
espacio, fuese a salir contra ellos algo terrible. Un chico, que se habia
tendido en tierra para ver antes, dijo:
-Esta, si... Y se mueve.
De un empuje la embarcaci6n volte6se y fué a caer a pocos pasos,
crujiente, dejando al descubierto el drama. La cabeza de Jesus habia ·
sido cogida entre una de las bancadas de la canoa y un enorme guijarro, y la sangre empapaba la arena en torno a la faz, donde s6lo
los ojos recordaban al niiio de antes. El corro se ensanch6, mas un
misterioso lazo oblig6lo, sin embargo, a quedar unido. Algunos se
aproximaron al cuerpecillo que encogia el dolor, y quisieron cargarlo. Ya era inutil. Las pupilas se vidriaron, un pafio inexistente y ama•
rillo tendi6se por el rostro. La mano derecha quiso alzarse y no pudo.
84

La ultima mirada fij6se en el cielo des
.
aterrorizado circulo de aprendices d~
cend16 despué~ a recorrer el
la despedida:
hombre Y los lab10s suspiraron

-jPadre...! jPerdono... os perdono... perd6n '
Todas las miradas estuvieron uno
.
....
cardenos labios como si t
I
s mmutos pendientes de los
escaparse de ell~s algo inco;a~re~ postreras ~alabras fueran a ver
hacia el azul que tapaban
6 que ascend1es_e en el nublado dia
inerte y hasta el menor rest ndu es.~ _s6lo cuanê:lo la materia qued6
0
,
e espmtu de"6 d
·
nusculos actores de aquel
. 1 e anunarla, los mi.
nuevo calvano sin lin
.
d1eron entregarse al miedo fi .
d
co a Y sm cruz, pu1s1co y esbandars
il
de voces de angustia.
e Y enar la manana

1:

A. HERNANDEZ CATA.

�LA PLUMA

EL DINAMISMO
61 ;/)inamismo-acrobata jantiticodice en un brinco: «/61 brinco es oracionl»
(C/Jibra la enfrana del aptitico,
bajo la espuela de esta afirmacion)

LA CORPOREIDAD DE LO ABSTRACTO
IMAGENES Y REPRESENTACIONES

cSi la cuchilla de la maravilla
perfora el lienzo de tu percepcion,
date a la danza, gesticula y chi/la,
que asi quiere el 6ferno la oracionl»

EL SUSTO

•

«(;/ éxtasis no llega al brinco.
61 éxtasis es abandono.
(;/ brinco es propension a todo ahinco,
hierro de voluntad, feson y encono.

.Eos cuernos gualdos, curvos, de alcrebite;
el rostro, ptilido; llena de espuma
la boca-estti, avizor, en su escondite,
palptindose los broies de la estruma.

LA IRACUNDIA
«.Eas cosas se hacen y se han hecho
para que yo las rompa»
-suele decir, hinchtindose
de vanidad, oronda.

eoncu"e asiduamente a los garitos
ctitedras
del erimen y el 9l.traco.
0
.Eleva a la espalda un goldre, y en él gritos
de horror. /;s la puntilla del cardiaco.

cSu cuello es corfo-nucleo
congestible-, amapolas
son sus carrillos, y su vienfre
-/timpanitis fatall-una rotonda.

Penetra por el ojo de una aguja,
y, como una molécula, se acopla.
'Gticito, en las cortinas se arrebuja,
y, cuando pasa el fMiedo, chilla o sopla.

.Eas blasfemias se cuecen
en la saliva amarga de su boca.
Propende al exabrupfo,
al improperio, a la repu/sa fosca.

/;strenuo, y ducho en el oficio, brinca
a espaldas de la victima, relapso.
y al pusiùinime, por hurla, le hinca
el estilete agudo del colapso ...
86

�LA PLUMA
;Regüeldos su.bitos y borborigmos,
mug a su sabor, maceran las penosas
digestiones, que sufre de continuo
en su acidia en agraz esta matrona.
cSe le cierne una muerfe subit&lt;inea,
si no domena su impulsion indomita.
'llna gota de sangre transvasada
y un golpe a plomo son bien poca cosa.

EL N OVELIST A
(NOVELARIO)

EL AD UL TERIO
fbapatillas de suela silenciosa,
mostachos con alardes indecisos,
ojos astutos, muecas de rapos~'llbicuidad. cy puntos suspenswos.
!De abu.lico le tildan, mas su abulia
-o concatenacion de ocios externos-,
si bien le !leva a hispirse en la tertulia,
le hace forzar su produccion de cuernos .

•

cSiempre-/el cauto, el medroso/- va desnudo
y pusil&lt;inime a su menester.
.Ca homocromia sirvele de escudo
contra el peligro-cito a 9lpollinaire.
cSubrepticio en la sombra que le curie,
trabaja con macizas realidades.
'Jj, en fin, de un modo solapado, surie
a los maridos de superfluidades...

JUAN JOSÉ DOMENCHINA
88

( CONTINUACION)

i, 1p01· qué?
-No si si deb{era decirleto, ;pero se sabe tanto en el Barn'o
de Doiia Benita.. .!
-c1 Y qllé es ello?
-Que estd deshonrada-dzjo aquel amt'g'o, de.fando tumlato
a Rafael, que se ech6 hacia atrds en el divan y se qued6 mirando con odt'o
infi11ito al amzgo ofic,'o;o-. Sin embargo, st relzizo, y sigui'ô prel{Untando
al ùisinuador:
-c1 Y quién fut?
-Su hermano...
-c1Qué Jzermano, si· ella no tiene ning-,mo... ?
-Tz'ene un lzennano que después del suceso se fué a América o fué envlado a A nzén·ca ...
Rafael se cal/6; porque si tenia un hermano, ya no lzabia duda de ello,
pues resultaba sospt!clwso que se g-,,ardase silenet'o sobre él en la casa.
- 1 Y cômo se supo?
-Era un cinz'co y le gustaba dar pa,te a las estrellas en stt diclza ... Le
pillaron en las afueras, en las barrancales secos... Yo 110 sé si habré hecho
bim, pero nze !te' creido en el deber ...
-Sî... No lza estado mal... Eso debe ser popular, y no era cosa de que
yo no Lo supiesc ...
Ra/ad se despidio y salio del Café de la Verdad, mds de veriiad que
nunca, lleno de ese ambiente espaiiol que siempre estd deseoso de decir las
verdades.

�LA PLC'MA

LA PLUMA
Hoy iba a volverse a Madrid sùz verla. Habia sùio dema.&lt;iado fuerte
aquella confidencia de los muchadzos del pueblo, porque aquel con.fidmle
o.ficioso les npresenlaba indudablenzente a todos y habia sido elegido como
comisi'onado por ellos. probablt!mente en esa lzora nocturna en que se preparan /,as rupluras de crisfaies y las nzalanzas de gatos.
«rLuego Rosan·o es la deshonradal&gt;&gt;-Pensaba Rafael, i·nsistiendu en
esa idea, con la imagùzacion recalcitranle, para ver a la deshonrada como
!al des/zonrada, fulminantemente u11sual, arrebat 1da, con calores entranables y fervientes como con un homo encendido hacc mucha tt'empo en los
rùzcones de su cuerpo.
-jEstd de!,/ionrada!-se dcda, con menos dcsolacùJn que admiracion,
pues 110 podia de.Jar de ver que deslwnrada se volvia mds deliciosa y debia
tener la ùiquietud de ocu!tar!o, la desesperaet'on de temer la noclze sincera
en que se Jzare la mas d1fici'l comprobacion de la vida, la conzprobarion que
debe encontrar a la mujer st'ti ima hoja arrancada, sin emnienda m· ras-

•

padura.
La sensàcion aquella de que Rosario estaba deshonrada le calmaba, le
seducfa, le parecia que la embellecla mds, que daba a su carne el aliiio de
las casas en moraga.
A nu'tad de camiito de huida vol-vùi sobre sus pas0s y se diri'gio al hotelito con lento cami11ar, viendo la escena, comprotandu como Rosario estaba
mds bel/a después del secrelo. Segun como contes/ara a sus preguntas. asi
se portaria el. Si las conte.~taba sin cinismo, la perdonarfa; si las ronfesaba
'.:on avezada rùa, lzuiria de su lado .
Rafael, ya a salas con ella, no supo hablarla y la bes6, con besos después de f {)S que no e1a posi'ble una recriminacion seria.
Triu11fo asi la belleza de Rosario de /,a insidia de la vida, y se api opi6
como empaste embeL/ecedor con la verdad de aquel pecado, pues C11ando él
lti pregunt6 si· /zabia tenido im he,mano, conlesfo que si, pero que era muy
c:ilavera y lo fenian en América.»

El novelista, con ese capitulo medio resuelto, pens6 en lo intensa y
afrodisiaca que resultaria la deshonra en aquel barrio fûlgido, bajo el calor ·horripilante del verano, resultando algo tan formidable como un aliciente mas para encerrarse en el fracaso. Si su prota 0 onista deseaba el
fracaso en aquel andurrial, oyendo expresarse a aquelfa humanidad pintoresca que le era inferior, no habria fracaso tan capitoso y tan grande
como el suyo uniéndose a aquella mujer tan bella, frente a la que no sentiria la ambici6n de lucir por el mundo ni de elevarla hasta felicidades y
dignidades superiores. Cuanto mas hacia abajo, mejor.

VIII
El novelista buscaba sus per O •
:,aba en plena vida para que no ~u~f~!!cqon der~aldero ~hinco. Los bus- necos de trapo.
ue ecir e nad1e que eran mu-

Pr

. Corno su producci6n era escandalosa
,
mr a sistemas extraordinarios Qu· .
s~ caudal, t~n,a que recurecurrido a los anuncios a lo; p _1~d_era eUpnn;ier novehsta que habia
sitaba un modelo de mu'-er abn ~no icos .. ~ d,a desesperado que nececesita mujer abnegada. Se gratifi~!1t' ejcnb1? en los peri6dicos: «Se ne-.
y toda la tarde estuvo recibiendo a_ a meior de las que se presenten*
ellas materiales superiores a los q mu 1er~~ a~nbegadas, encontrando en
naci6n.
ue po ia a erle prestado la imagiDesde entonces muchas vec
, 1
.
~Desearia cenar d~rante un me:s ~ecuma_ a os ;.nunc1os mas lac6nicos:
saciôn de espaii~l -Un america~o on mu1er_ru ia para cambiar converhaya estado en el .presidio de Ceut/ ;&lt;N;ces1t_o ha~lar con hombre que·
Gracias a ese procedim'
' ~.sa ex~rnguir su condena.»
habria podi~o inventar nui~~:~• recog10 de v1va voz impresiones que no
El novehsta acudia también con m,
.
resp?ndian a sus anuncios a los
as gust~ lue a la ~1ta de los que
Y, as!, conoci6 a la que esta~ia leye~d~ B~unc1a ~ con mdepe_n~encia
qafe de Puerto Rico. Frente a esas
. anco y . ep,ro en un divan del
c1dos asi, sinti6 el novelista la orim:diefes,_due citab~n a los desconoque no se conquista lo ue se gf
c a v1 a y lo m1serable que es lo·
Cuaresmas terribles' qJe llevabrece. No se podi~ con ellas. Eran doiias
dormir, la camisa d~ su carrera :~ en un p~lquet1to la larga camisa de
A esos mismo . .
poco sem .
estudiaba sus cas~t&gt;;1~e!e;d!d~~!e~n
pro~b~fidôndtarnbién
los llarnaba y
1f!1POSI
11
pronto en la vida Pareda
a de llegar que hay de
todas l~s combin~ciones. que el destmo los perseguia y les desbarataba

~1

! ~d

Subta Y bajaba escaleras en po d
.
s?l_o a los que el destino acercaba si
personaJe. No_ q ueria atenerse
v1s1ta, o eran sus parientes o eran lo
_a y ~e encontr? una vez en una
vasto y variado proorama
s am1&amp;os e sus am1gos. Queria mas
mas estratégicos. 0
Y por eso buscaba sus personajes en los sitios
los dolores
mas t ern.
'bles d e sus novelas, lo encontr6 en la ca-lie. Uno
Vi6 ada~na
obre mu·er
cara compunaldisima / 1;vp~!tJgd\~on grafn 1ignidad, que Jlevaba una
0
tristeza.
un Y se ue con ella a la casa de la

°

Iba a todos los restaurantes para ver de encontrar a alguien' y m uchos
90

�LA f&gt;LUMA
LA PLU~! A

•

dias tomaba rumbos disparatados, porque algo Je habia anunciado, por
medio de extraôas elepatias, que en tal sitio estaba comicndo un matrimonio, o un tipo fantastico que le sedan utiles.
El novelista se sentaba en las mesas redondas de los hoteles de su sociedad, siéndole eso lo mas dificil de hacer, pues necesitaba mucha hipocresia para trasladar de su casa a la fonda la falsa maleta. Realizaba
como un crimen su ida al hotel v pensaba muchas veces que el cochcro
se dcbia de haber ido sospcchando que se trataba de una estafa aquel
caso, de un seôor que se trasladaba desde su casa a la fonda sin pasar
por las estaciones.
«Un novelista es un verdadcro detective», se decia Andrés.
Muchas veces subia al quinto piso en que se ofrecia una alcoba, con
o sin, para caballcro solo.
-,!Es usted, la de un caballero?
Ella le miraba ... y buscaba a la scôora, que parecia que iba a alojar
gratuitamente al caballero.
Todo se preparaba para que encontrase asunto el novelista; muchas
veces se los presenta la misma suerte. Asi un dia, se equivoc6 de numero
y fué a dar a un hotelito desviado.
-iVive aqui el seiior Cord6n?-pregunt6-y la prcciosa doncella que
sali6 a abrirle le dijo:
-Espere, que llame a la sciiora ...
La sciiora, cra una mujer opulcnta a la que la brillaba un pendentif
sobre el descote.
Se veia que se habia puesto sobre la camisa un delantalito.
Era, sin duda, una protagonista de novcla, en cl trajc de la verdad.
Andrés habl6 con ella, pero cuanJo la dijo que era novelista clla se
-ech6 a llorar, ropandole que no dijera nada y, sobre todo, que no la
matase al final ac la novcla.
Todo lo aprovechaba Andrés, y los domingos iba al Hospital Genecal para prcsenciar la hora de dar la comida a los enfermos, puesto
que es el momcnto de fisgar bien la vida y de sorprendcr sus descos, y
ese vago anhclo de cosas que hay en el fondo del alma del hombre.
Era un gran visitador de la carcel, de los colegios de sordo-mudos y
de los de huérfanos.
Usaba todos los procedimientos posibles para cazar los personajes de
sus novclas.
Aqucl dia en que se enrcd6 en los flecos de un mant6n entabl6 conversaci6n con la chulona y se fueron a cenar juntos.
Su historia era de esas historias que son como esos dibujos de las

cajas de cerillas en la época en q
.
,
van en el bolsi110 de las cerillas uuneamh~stm?notonas fueron. Todos lley cm'da d o que el caso de enoancha1s ona como esa ·
de .Manila es una manera de tot:iar rse en_ ~os ~~cos de un mant6n
vida.
una participac10n espontanea en la
Pero su corredora de asuntos era la los . .
ur:ia de esas mujeres que comcrcian con la p1rac1?nd, que parccia como
P1edad.
reventa e cosas del Monte de
. No tenia que ser bella la Inspiraci6n .
. .
ttda y co~ un gran tipo de intriganta y ii~,;~ una correve1dile, entromeAndres la c1taba en los sitios mas rec, d'
.
la escena de la impaciencia de And , on d1tos, y es d1gna de rehacerse
su cita.
res cuan
la Inspiraci6n faltaba a
Andrés, ya muy tarde, se daba cuent d
,
Estaba en ese rinc6n del restaurante ma ' e que no ven~a la lnspiraci6n.
en que tomaba un poco de queso y de vf~O:oco conoc1do del publico,
Las mesas con mante! de ajedr d h
cos, un blanco brillante y otro ma~~ e~' etho ccJ° dos. clases de blanLa Inspiraci6n no llegaba No se' b ~ela a a os pos1bles imitados.
taba solo.
·
a na a puerta a su paso. Todo esEn un rinc6n del establecimient
.
.
bre los platos. Alguien queria come~s!eelbl el cuchl illo y el ter:iedor soplato hecho de queso.
anco P ato, como s1 fuese un
Andrés miraba por la rendi ·a d 1
.
I~spiraci6n no venta. Debian j ar:c/ cort!na que tapaba la puerta. La
hda mano por la rendi1·a de la cport· rdconlJUntamente su rostro y su pu•
ina e a puerta
Na d a. Las 1amparas de gas a a d •
·
ponian su sombra en )a pared . p ga as JUnto a las lamparas cléctricas,
Los pasos del camarero meditativ
.
d~straian de pensar. cEn q~é ruin C fi.Y Sl(:tre .c?n botas nuevas, le
za pensaba que Andrés iba a darle Pon icto ~ a?m1ha meditaria? èQui.
d
oca propina
E) cocmero
e gorro blanco ran
.
1. ,
le mandasen echar algo al aceit~ !iem;;:rm :{!n :J!-1guo, esperaba que
Pero And~és era cl unico que mere d be io
iente de la sartén.
1Y la lnsp1raci6n sin ir!
n a a.
cNo oy6 la cita~ cNo se ac0 d • d 1 .
Es seôorita facÙ-siempre ; 0 se cita? cNo se dio cuenta?
man-, que es enamorada y libre
rero-que a~ude donde la llaEntraba siemprc como yend · &lt; mo, pues, no 1ba?
cdon~~(a muy bien su gesto. Pri~:ri~s~~oltrarbal que busca. Andrés
cc1d1da.
a a ca eza y después penctra.

°

i î,
·C6

93
92

�LA PLUMA
LA PL U r-.1 A
Aquellos d îas e.n que faltaba la Inspiraci6n a la cita Je dejaban enfer-mo, desabrido, suicida, jugando con el cuchillo de la cena como con un
·terri ble punal.

IX

«jSi yo pudiera hacer una novela con un farol seria un gran novelis-ta!», se habia dicho muchas veces Andrés a través de su victa.
Aquella novela cuyo apremio le apretaba todas las noches cuando
pasaba transversalrnente la ciudad y vefa los faroles erguidos en la noche,
como los hombres de capa que Bevan muy salida la cabeza y la capa
muy caida y resbalante sobre los hombros, le obsesionaba.
«jHasta que yo no escriba esa novela no seré un verdadero novelista!», se repetia.
A veces se abismaba largos ratos pensando en los faroles y siguiendo
su posible novela, la novela que tenian indudablemente. Porque él no
sabria c6mo hallarla, pero los faroles tenian su novela, sobre todo uno
entre todos. iPero c6mo encontrar la telepatîa de cse faro!. ..?
Los faroles de gas donde tienen mayor preminencia es en Londres;
pero a Andrés le molestaba que pasase la acci6n de su novela en ambiente extranjcro.
En Paris habia sentido también la necesidad de escribir esa novela
sobre los faroles, arrebatado por aquellos faroles y por aquel gas que

•

·Paris ha refinado y ha convertido en algo suprasensible que llega a iluminar hasta la inteligencia de sensible que es.
El gas devuelve a Paris su abolengo romantico, y sus calles toman el
tipo de calles que conducen al baile de mascaras, calles por las que se
pasa en la noche fria camino del teatro sin butacas, del teatro que es por
,entero escenario de la mascarada.
El gas palpita a lo lejos; es decir, parece palpitar, porque el fen6me,no es que el gas que se escapa a los faroles de delante hace titilear a los
,de atras. Cintileo de sorti jas rriovidas en la mano viva son estos cintileos
del Ksi
oas.como con nuestros faroles se dia!oga, los de Paris estan tan altos,
·tienen tal orgullo, son tan grandes hombres, que solo se les puede ad mirar. Son sobrehumanos y no tienen que mezclarse para nada al amor o al
-crimen que sucede al pie de ellos; tienen el pensamiento mas alto.
Los altos faroles de Paris son los que iluminan la Historia, son los
faroles que hacen a la noche tan inteligente, tan clarividente como el
dia; los faroles que esperan los grandes acontecimientos, que velan en el
..centro del mundo. Estan solos en las altas nubes, pero estan consigo
.rnismos.
94

Aquellos faroles de Paris le fascinaban co
tas, como si el uno fuese Villiers de l'Isl Ado monuméntos cspiritisotro Baudelaire· pero no le acababan d e t ~m, Y el otro Banville, y el
cesitaba faroles 'mâs bumanos, y esos s~l~nloussh:w:r para la i:iovela. NeYa una noche, no pudicndo resistir
, l
e~ ,Madnd.
grandes cifras, que dibuj6 con mucho
tentac10n, escribi6 con

es:::!:ot

EL FAROL NÛMBRO

185

id~

El recuerdo de los faroles de la n h d b
al despacho, como si se hu bicsen un
:n a a gran ~splendidez de luz
aqudla conflagraci6n de la luz al rededor d~~ri ~~~~lamparas. Era feroz
T oda su vol untad estaba en construir
li
.
Je aquclla primera pagina con el titulo su~1~t~vi â~vela, pero no pasaba
EL FAROL NÛMERO 1 85

«Es la novela que ticne mi s
, .
drés-, la q ue esta pidiendo ser coa~~:r:r~! en SI m1sma-pensaba Anva a ser la mâs prcciada de mi vida D 'pase loque pase, pero la que
el farolero de ese faro] que es el ... - urdante ~n~ temporada voy a ser
A d · C •
,'
empeno e m1 vida»
~ res ast1lla ve1a cl numero del f l
. . .
.,
.estuv1cse sobrecargado de interés
ar~\ en su/m?grnac10n como si.
soldado mâs valiente de su regirr:i~~~o 1uese e n~.mer,o heroico del
«Hay que comenzar por el preâmb~lo», :ecâijt,a;~ao~~~:r r85.

d~

PREAMBULO

«El mzmdo de los /ai oles es un nzundo .
nadie, que nadie ve y qzte sùt embard'O t . vivo f~etgo~a !taras que 110 vive
naliJad.
'
" ' zenen e, tn eres entero de su perso-

17h:~: ;l!~~ L~~rar°lt:J'og~n_soLamente. :lan :~-::~;~~/!,~~~ ~~ ~'!:z~
Asi como las demds haras se comparten ha ho
0

t1

~:;t:::t-t;~

com~ guard1a:.
ldc&amp;lle si:i
mundo en su:. esquinas, plantados
!-Jon una clase de tes/i&lt;ToS pre
·l
d: •
~s lo que solo sahrd el
do cu~!:1;ae:~
ld,0 Y lolaque ellos saben
stva de su experiencia.
a ta , en noclze ya exce-

min

:;;;,,i~a_f

nid;_;; ~~:~~~:§:t:;~~ s/°:z" metros cu_amzta_-que_ lo 1:en todo con sere-

un pie y despuéien otro ~ ~n_te. 1:fo tzenen tmpaczencta y no se apoyan
n·gidez de hierro.
. s an szempre apoyados en el mùmo pte, con
tn

Hacen /rente a todo y estdn esper,mdo eternamente el ultimo dia.
9S

�LA PLUMA

LA PLUMA
Es lo unico que anima a los que se han de morir, el vertes tan peripuestos y tan, al fin y al cabo, tan a la postre de Iodas las vecindades.
l~l especldrnto de wt farol u r, dia de inviemo en una esquina es algo
confor/able que anima como nada al que pasa, que le da fiereza y qu, le
hace que se eclze la cùenla de que, dPspuis de todo, aquel farol le tiene que
superviz,ir de todas maneras.
L os faro ·es se Jzabùui unos a otros en fila, comunicdndose las cosas como
los prcsos de las prisùmes ùzg!esas en que estd ni,indado el silencio. Tambiéll rccuerda su clzarla la de los tellgrafos de wîales.
Fardait en llegar las cosas a Los faro/es de las afueras, pero, al fin,
lleg a11.

«En la callc del Tribulete-dice una de esas noticias que dan la vuelta a todo Madrid - se acab_a de romper la cabeza un borracho contra uno
de nosotros, contra el numero 8 de la caJle... No le ha visto aun nadie ...
No le han descubierto.»

..

De los per o,ticos que leen los serenos a sus pies /ambù!n sacan noticias
de bulto que solo comnueven su curiosidad, porque el/os miran por encz'tna
de lodo eso y solo por curiosz'dad lo hacen circular.
Los farolts Lienen categorfar entre ellos: y asi, son los cardenales los de
cuab-o o .reis brazos y g;r,ut lumbrera en med'o; obisp11s, los de tres; canônzgos dt las cal'es, los de d os, y sùnpl~s o.ficiales, los de wzo.
Los grandes /aroles de cuatro y sers brazos dan zma alegria a las plazas o plazoletas en que estdn erigidos, que hay deslteredados de la fortzma
que buscan sus caudalosas fucntes de luz, su.i drboles de un Noel espléndido
j' cotidiano, su cosa de altar de la noc/ze.
.Es como zma bendicion que esparcen por la noche la que dz'ngen desde
sus solios de pied1 a, lo!!rando triunfar co1t su luz de las bravatas de la noche de z·nvierno, de su terrible emboscamiento.
Se podria decir que tocan las guitarras o mandolinas de su luz, despejando de tristonerias la noche.
Una gran liturgia, zguat que la que ùtdica que se dau los Sacramentos
a cualquier hora de la noclze y la que hace que las casas de socorro estén encendidrts, es la que cumpleu esas congre!{acùmes de luz que lzacen /rente a
la tragedi'a de la noclze. iLztz, espz'n'tu de cordial tertulia, tienen esos /aroles de ci11co brazos! jllarfamos nieestro nido en ellos!
Los de dos mecheros dentro de la misma cabeza de farol, parece que se
confortan mds entre si y son como una especie de gemetos o qui'zâ-aunque
los se:ros estdn tan poco estud1ados eu la faroleria-un st'lencioso y pulcro
matrimonzo, umdo dentro de la casilla de cristal, nzuy pegada una luz a la
otra, cbmo dos cabezas que leyesen juntas o como una pareJa hunzana queal hallar las maderas de su habüaciôn abierlas se les hubiese ocurndo aso96

marse
a lN cristales
para ver la noc,zc
, y enronl!ar tod l d;r,
,
.
·
rtay entre wt mterwr coitror abLey la
., fi···-' .
a a ':;Crenaa que
Pero l fi
'.I'
J/Octze ,:ns1.ma
esldn solo~:· aroles usuales, hs que tze11cn wza vida ibseniana, son los que
Lis lzay que sufren como Cris/os son
lo
bajo las obras de alba,1,leria O los d;~ ib esos ~ !, que les ha Locado estar
d,llo de madera que les J'Ollen como a l os, ;~o s1rvze11doleJ apenas ese tejaen /,as cal/es toledanas. Durante la la os Lb zstos ~ue estdn a la ùitemperie
de la M sericord1'a, que bien mereceri;!au~z e;,:an acosados, como ( 'n'stos
Los lzay que estdn en esas cal/es d
at renuestro rpte les /Jalag-ase.
nzed;~o por tl1 bam'zar, bordeando esos s~faas_ afue~·as 111cdzo urbanizadas y
laeto7: costard tanto como la rasa.
,es vaaados en los que la czmen.Esos /aroles al borde del abismo sost. ë. d,
q~œ Ilay en su cabeza, pues esld1t eri ~'dtJs
Il ose _por ~l gran equilibno
tttmen grandeza de jaros en la no }.'g ,, , e :~ preczsa cm/a del precipicio
, .
Cie ue 1as a.111eras.
'
0 ltos que eslan;unto a la profimda via d lo
.
valaczôn, que ù1yec1an la inqmetud de los trn:es s [!.rtca, 1:tL~s de circundad a la que de.Jan ver de eerca los trenes
y e_ ,,! vza;es f1l la ciude ojo congestz'onado, estdn asombrados de a de movzmu11to y . ~ seiiales
trc11es y se asoman vigilantes jzmto a las V rdc:: a ~ alta 1lllS1Ô!l de los
dosa que bord-ean la liHea.
a as e mauera renegnda y 1111_
Otros e~tdn mas bajos, estdn en los camù
que lzuyen y a los pobres de pedir Nmosna
zos y ven pasar a los perr_os
das, y a los borrac/zos que se han p d 1·t1, que /uscan sus casas exb·tivtaescaparse.
er 0 Y a ,os nzuertos que han logrado

P.

:zz

Es tma cosa jiterte y fragtt un f arol
d.
que es figera y que se rompe con el alt'ent en me_ zo de la. calte. Su camisa,
nocturna. Parece menft'ra que tma especi o;/esfsl~ e~embzte de la canaLlerla
la de la camt'sa pueda mante.nerse t'tzcôl e e vzrrmt hd t~l volandera como
grandes violenàas.
ume en a noc e uesgraciada de las
En el fondo del/:lrol la camisa es c
la . ~
,
es loque mas se parece a un alma Es zmo __ n~na en camtsolin largo, que
saltar a su cama.
·
a ntna vtS!a en su alcoba antes de
No Pttede con los /aroles ni ta grip 1· l
Ese 1evulsivo, que es para ellos s
l e -~ ,a /ulmon{a. Son inviolables.
necesitan mldù:o ni boiz'ca
u ca orct o zntzmo, les resarce de todo. No
De~de Los altos puentel se les ve en nutrida
·~ d
.,
mas, vivos en espiriuat purcraton·o o en .
b {/pzna a prcceszon de alde su casco y de sus barbuq~tgos des :P tnaca a / retreta. La materzalùiad
cuestas que nos crennoJ qne no hemoas sa1r.be~~y Stt e,n cuestas que dan mùdo,
i tuo noso ros nunca.

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Co11tJnuard.)
7

97

�LA PLUMA

LETRAS ALEMAN AS
KASIMIR EDSCHMID
.. , 11·tcr•ria de Kasimir Edschmid en
, 16 · 0 que 1a pos1c10n
mas g1c
.
t mp6ranea s·1 merece ser estudiado m10uc1osala Aleman1a con e
. .
.d tales mediante traducciones,
.
e los artistas occ1 e n
,
.
te, s1 merece qu
tratarse del prosador cxpres101e conozcan, no es solamente po_r boliza las reacciones intelectua.
•
de sino porque s1m
nista ma" ~rand 'hombres que han padecido la guerra y que por
les de toda la generac16n e
f se nunca de sus remolinos.
•
t s
esperan za. ar
1sc-r bastante 10te.1gen .e • 11 O
·
•
. y no se puede formular un
. d K · ·r Edschmtd es comp1eia
.
La psicologia e as1m1
,
1 s Juchas morales que trabaia.
a fondo su pais Y a
balance de ella sm conocer
cde desistir de hacer esa cucnbaua la élite desde hace vemte aiios. Pberolno ss~1cpouog1'a mucho mas amplia, de la
• •a Juz so re a P
'
·
ta; pues derrama tan prec10:,
l, t mira da como la clave de este procrisis expresionista entera, que es ict o
p

•

•

ADA

..

blema.
.
1 . , como el propio Expresionismo. No se
Kasimir Edschmtd es una conc us1on,d
·enzos del siglo se libraba una
l
I id.id Des e com1
•
.
ha visto csto con bastan e c ar . . d . • s béroes- de la antigua cstéttca
•t t dorcs-iba a ec1r .o
d
batalla entre los ~ en a
. b ban sin plan de conjunto, concrosos que se 1e eIa
•
. ,
realista y los homb res gen
.
.
1
' a de senlimientos mmusculos
. . . t d l arma hterana y a org1
tra cl env1lec1m1en
e
.
De los rebeldes de hace
b I escntores de entonces.
.
en que se espcc1a iza an os
H . . h -uann· pero otros artistas iban susc1~
ocido es ernnc i.n
,
•
1
veinte anos, e ffidS con
.
.
d fe y aunque no todos rcpud1atando en Alemania centros de _res1st~~c1a: :1 deseo de ennoblecer su forma.
ban los mcdios de la novela ant1gua, a ima an

. r°

98

El Exprcsionismo ha salido de csos no.clcos aislados, no sin haber pasado
por cstados intermedios y proseguido una evoluci6n fecunda. Mann y sus contemporaneos atacaron la flojed&amp;d del estilo y no bicieron mas que amagar contra la dictadura del sentimcntalismo que la literatura alemana debia a todos
Jos Sudermann de fines del siglo. Diez aiios mJ.s j6venes que ellos, Schickelé
y sus amigos se esforzaron por combatir especialmente esta enfcrmedad, y
para acertar se apoyaron en la cultura europea que los estudios, la herencia y
los viajes habfan ido imbuyéndoles poco a poco. La influencia de los grandes
escandinavôs, sobre todo la de Strindberg y Hamsun, se dej6 sentir- en unos,
al paso que en otros es visible la de cicrtos fr..nceses.
Todo esto soa los preliminares del Expresionismo. Denotan la orientaci6n
constante y tenaz de toda una escuela, sus miras de analisis y de critica. La
ampliaci6n del horizonte intelectual, de una parte, y el afan de librarse de la
tirania del sentimiento, implicaban evidentemente la coocentraci6n de toda la
actividad artistica en torno de la inteligencia. Esa actividad, adt:mas, por ir
paralela a la disciplina impuesta al pueblo entcrn por su expansi6n universal,
tenfa que ser rapida y definitiva. Mientras el musculo y el cerebro alemanes
llevaban hasta Jos antipodas el afan de construir e11 que se resumc el esfuerzo
del «germanismo,, los artistas no podiaa permanecer indiferentes, sumi~os a
los caprichos de un romanticismo adulterado. El Expresiunismo no es liternrio solamente. La pintura y la escultura-arrastradas por la reforma arquitectural, es cierto-siguen el mismo camino y declaran las mismas preocupacioaes.
La guerra lleg6 en el momento en que el sc-gundo de los grupos r e formadores se dolfa de nn esfuerzo tao prolongado e intentaba dar a todo cl movimiento un impulso nuevo. La guerra corto las relaciones entre la Europa central y occidente; elev6 el nacionalismo al paroxismo; sumi6 a la masa del pueblo en una nueva sima se:itimental. Y con todo csto, solt6 los ultimos ataderos
que sujetaban al Expresio;'lisme.
Ocurri6 esto, sobre poco mas o menos: los artlstas j6venes que llegaban a
la conciencia de la vida penetrados de influenclas y pasiones europeas, no
quisieron renegarlas; de becho, desdo el punto de vista polftico, fueron desde
cl comienzo internacionalistas. Pero participaron, desde el punto de v1sta intelcctual- unos sin darse cucnta; otros con gozo-, en esa explosi6n del 'laciunalismo de que acabo dt' hablar. Ayudados por el aislamiento a que les obligaba la guerra, supieron ser alemanes en sus obras y en su artc y constituyc-

99

�LA PLUMA
LA PLUMA
,
.
"6n de artistas especificamente nacional. Por otro
ron as1 la primera gene~ac1
. ·t b
los desbordamientos sentimentales
d
educac16n les 1rn a an
lado, merce a su
1 ' 1ft d por irreflexi6n y el gobieroo por calcu 1o ;
a que soHan abandonarse a ml ut:dude ser cerebrales, analistas, razooadores, a
su vo un
. .
.
d e e se modo aguzaroo
. .
fin cuando la literatura oficial 1ba v1eoto en popa,
salvo de todas las cns1s. En ' b
de ~stilo y opu•ieron naturalmente,
.
t ar sus re uscas
~
,
'
se complac1a~, ~n mos r . d
scura a los arroyos cantarines de la prosa po0
una lengua d1fic1l y, de gr,t o,
polar.
.
or reacci6n pero muy nacionales en su
Internacionalistas por fidehdald y p
edispo~ici6o y reacci6o; esotéricos;
meotalidad y en su arte; cerebra ~s ~otr pdre esa generaci6n oueva, :ilumbrada
·t es expres1001s as
.
asi fueroo 1os escn or
. .
·a a los que les l\evabao d1ez
• y vm1eroo a empuJ r
1
oruscamente por a guerra,
f . es poco precisas y su voluntdd
afios de delantera, antojandoseles sus acc1on
indecisa en demasia:
racteristicos de la psicologia literaria de
y tales son tamb1én los rasgos cha
. alemana' la influencia del medio y
.
h "d H en él una erenc1a
·
Kasimir Edsc roi · ay
d 1 . erio• las cualidades y los defr.ctos
• d
·
\ que arranca e imp
•
10
la mentahda nac na '
. , de ser libre y no dejarse enganar,
del caracter alemao, y la doble preocupac~on
nacida, ya se comprenc!e, del odio a su tlempo.

* * •
"d
e limpio de defectos. Es ho.nbre fuerte, que gusta
Kasimir Edschm1 no e~î: el area del cvirtuosismo•, con detrimento de la
de ostentar su fuerza. Amp
·1
.
d decirse asi· defecto que no es alet1o de su est1 o s1 pue e
'
sencillez Y d e l es 1
'b ·t
los hombres seouros de si mismos
•
t
Las
mu·1eres
001
as
Y
"
man exclus1vamen e.
.
l"dades
Siempre que
.fi lt d cuando no ioooran sus cua 1
.
d
se libran d,. él con i eu a
"·d· lo que le deseo es verle cocu; be
.
alguno de esa cue1 a,
..
trop1ezo con a1guoa 0
d'
s
El dia que de la hab1hdad
. t I t almente ese reme 10 es a 00 ·
.
notado que, m e ec u
'
curara de ella sin falta. Escn.d
veche
un
colega
suyo,
se
'
.
de Edscb m1 se a pro
llo No oscurecera tanto sus hbros,
b
icntos y menos orgu ·
bira con menos re uscam
.
ces bay en ellos y que pue. e divertira en los escarceos bnllantes que a ve ,
01
s
t •
los concetti famosos.
den dar puntos de ven a1a a
b rie esos luoares como bacen los que
Pero es harto facil, en verdad, reprc,c a
, brosas de la Alema·t
s obras mas robustas y asom
se olvidan de que b a cscn Ia
t
de nuestro siglo occidental.
,
digamoslo francameo e nia contemporanea, Yél b
lo debe a sus dcfectos. La
Si! con menos de treinta anos es ya c e re, o O

°

100

relaci6o de causa a efecto existe, pero invertida; s6lo por mala fe, o por obtusidad de la ioteligencia, se puede condenar una obra admirable y a un hombre
de tan robuste equilibrio, fundaodose en los acrobatismos en que a veces se
divierte por gastar su fuerza sobrante.
Cuaoto mas que, la afici6n a excederse, la exageraci6n, es un error de toda
Alemania. En él incurren Ludendorff y Liebknecht, Heinrich Mann y Mahler,
Paul Klee y Hans Marc, y de la generaci6n de Edschmid, Sternheim, Landauer,
Georg Kaiser, W. Ha&amp;enclever y todos sus compafieros.
Al aleman le gusta representar. Un agente de policîa juega a dctentar la
autoridad, como Hindenburg y Ebert. El aleman es iocapaz de sencillez cabal.
Desempeiia siempre un pape!; si se sonrîe, es que su sonrisa sera notada en las
tablas. No hay, pues, que sorpreuderse si un gran escritor quiere lucirse en cl
pape! de poseedor de los secretos del arte, y si, para admiraci6n de la galerîa,
acumula dificultades por el gusto de vencerlas.
Si la exageraci6n es un defecto de raza, la sequedad que le reprochan es
defecto de su geoeraci6n. Sternheim esta mas contaminado por él. Es el desquite de su cerebralidad; Gourmont no estuvo limpio de ello; pero, &lt;4uién es
capaz de lamentarlo seriamente? En un ret6rico como Suarés, la sequedad resulta iosoportable, lo confieso, porque es mascara de su indigencia. No asî en
Edschmid, como tampoco en Gourmont. Mas le reprocharîa, por mi parte, el
intento de disimularla; su manifestaci6n franca y completa estarîa mejor. Al
pretender emanciparse de ella es cuando incurre en las fantasias y se pierde en
googorismos. Ha concluido por atemorizarse de las criticas, y en eso se equivoca. No es temiblc la sequedad cuando descubre unas lineas puras, firmes y
plenas.
Ademas, hago notar de buen grado que suele ponerse mucha constancia en
recorrer, rapida:neute, sus defectos, y, cambiandolos de lugar, auele enumerarse con mucha coovicci6o dos o tres reproches, que son siempre los mismos.
Pero, &lt;por qué no se intenta, una vez siquiera, echar la cuenta de sus cualidades? Nadie lo ha hecto, y no voy a empezar yo, que uo es ese mi pape!. Puesto
que defieodo a Kasimir Edschmid, y le teogo por uuo de los primeros prosistas
de su pais y de su tiempo, debo, por lealtad, enumerar y discutir sus flaquezas.
Pero espero que los académicos irritados baran lo mismo con sus cualidades.
A ellos les toca afrontarlas y decirnos por qué no se paran a considerarlas.
Me limito a hacer coostar que, hasta ahora, nadii: se ha aventurado a ecbar
esas cuentas, y saco de ta! silencio una lecci6n, a mi entender, rigurosa. En
TOI

�!LA PL lJ MA

LA PLUMA
cuanto a las enumeraciones sumarias que devanan un rosario de elogios, desde
a cpujanza al ingenio y a la originalidad&gt;, no me incumben. Mejor se defiende
a un artista dcclarando sus defectos y dando a conocer sus obras.

* • *
La obra de Kasimir Edscbmid ya es considerable, aunque su primer libro
date apenas de seis aiios. Se incluye en dos rubricas paralelas, pero independientes: en una, la prosa creadora. novelas y novelas cortas, y en otra la prosa
critica.
La primera obra que public6 fué, en 1915, su colecci6n de novelas cortas
Die seclis mündiengen (Las seis bocas). Escritas dos aiios antes: indicaban ya de
interesante aianera las cualidades de Edscbmid. Libro de juventud ciertamen·
te. Bastante ridîculo es decirlo cuando una sustracci6n elementalisima muestra
que el autor tenia, en la época en que las escribi6, veintiun aiios. Pero en ellas
nada es desdeiiable. El afan perenoe de novedad aviva la atenci6n del lector y
los procedimientos de la frase anuncian ya la estética que ira ftjaodose en lo!j
libros posterioro::s. Menos 6seo que el de Scbickelé, mas alemao también, su estilo es ciertamente el aporte de uoa geoeraci6n nueva. Su 6.ltima novela corta,
Puj S r,ottens es en ta! respecto la mejor.
Nada hay que aiiadir a lo dicho si consideramos su segundo libro, Das ra
sende Leben (La vida frenética); la primera de las dos novelas cortas que corn·
prende Das beschiimende Zimmer (El cuarto de la vergüenza), marca muy claramente una etapa en la carrera de Edschmid, pero no ofrece aun la perfecta ar•
monia y la gran fuerza que florecen por modo cabal en su tercer libro, publicado en 1916 con el Htulo de Timur.
Ti,,,ur es, a mi entender, la obra maestra de Kasimir Edschmid; y aunque las
afirmaciones y comparaciones de ese género sean, para mi, en general, insoportables, no vacilo en colocarlo entre los libros mas grandes de nuestros ultimos veinte aiios occidentales. En esa breve serie de obras maestras, no admitida como reprcsentaci611 de la prosa alemana mas que los cuentos de Elsa
Lasker Schüler, el Benkal, de Schickclé, y, desde puntos de vista mas especia.
les, uoa sclecci6n de Meyrink, Opfergzug, de Unruh y el Shakespeare, de Landauer; pero 1imur sobresaldria entre todos, creo yo, por la fuerza representativ11 combinada con el atrevimiento en la forma.
El analisis de tal libro es imposible, porque disminuiria inevitablemente su

significaci6n. ~s ir_reductible a nuestros valores corri,.ntes y a los canones de
nueSlra exp~nencia. Ahora bien; todo analisis se reduce a confrontar la obra
que se est~d1a con las bases clasicas de comparaci6n. Timur es Ja cima mas
alta de la literatura expresionista. La te rcera novela corta, Der Bezwinger (El
d~mador), mar:a _la consecuci6n de esa gran reforma, el triunfo cabal del escrat~r sobre _el 1d1oma, del artista sobre las rutinas y del innovador sobre las
a_ntiguas ex1gencias del realismo sentimental. Aqui ni rastros de exageraci6n ode la arbitra:ied_ad buscada que en las obras de Edschmid exaspera, a
vece~, nuestr~ adm1rac16n. En toda su producci6n, una vez sola ha aunado la
se n_c1llez clas1ca (empleo de prop6sito esa palabra) con la independencia de su
estilo Y de ~u pensamienlo. ~ si la decadencia del expresionismo se precipita
-deca&lt;lenc1a de que Edschm1d no dejara de aprovecharse soltando los lazos de
e~cuela que acepta, a veces, para imponérselos mejor a los dernas-, podra decirse que c_on Timur ha seoalado el punto culminante de esa curva y demostrad~ a los m1smos expresionistas la importancia de su conquista. Der Gott (El
DJOs) Y Die Herzogin (La duquesa). Que preceden a El domador, aunque suspendan menos, no son de inferior calidad
E~scha:id_ ha publicado otro libro de n~velas cortas, Die f.ür;lin (La princesa), hbro rec1e?te, d~ 1920, pero escrito cuatro afios antes, donde la victoria de
su_ penetrante mgemo y de su talcnto de escritor no es tan patente como en
Tt~ur. Das Frauenscliloss (~l castillo de las damas) y Traum (Ensueiio), son
~vi_dente~ente obras de primer orden, y Siiro, que acaba de publicarse en los
ulhmos numeros de las Weissen Bliitter, atrae por mucbos motivos la atenci6n·
per~ por 1~ existencia de Timur y su perfecci6n es muy dificil prestar caba{
aqu1es~eoc1a a es_as novelas construidas visiblemente con el mismo método. Si
n~ temie~e repe tifme,. diria que Die Fürslin y .Siiro son buena!I obras expresiomsta~, m1entras que limur es la obra maestra de una generaci6n que acaso a
los OJOS del porvenir seiiale uoa época.
Edschmid co~prendi_o la necesidad de renovarse. Por eso emprendi6 una
~ove_la: ,o p~r meJor declf, dot6 al expresionismo de la novela que Je faltaba,
Escnb10 Dte Acha~nen Kugeln (Las bolas de âgata, o mas bien l!,J collar de âgataJ
ob_ra vasta Y ca6ttca. Hay pagrnas admirables; otras brillantes; otras demasiado
bnll~ntes, suµerficiales , de facetas, algunas obscuras, Considerablc esfuerzo de
escntor, esfuerzo que, seguramente, ha de ser fecundo. La novela en conjunto
a~aso no esté lograda, pero harto se percibe en el curso de sus trescientas pa"mas al hombre que se busca a si mismo y que amplia sus mcdios. La desgra103

102

�LA PLUMA

•

cia de Die Ackainen K11ge/n es la idea, estrecha en demasia, que al emprenderla
se forjaba su autor de Jas necesidades y exigenci,1s de la novcla. En muchas
lugares la obra no pasa de ser una novela corta amplilicôda, pero con t ,11 minuciosidad en los detalles, que las Hneas t61nanse imprecisas y el equ1librio
se resiente. El espfritu se dispersa donde debiera concentr arse. F.I idioma
también padece. En ousiones le falta pureza. Estos defectos fücilment,~ corn·
prensibles y que de buen grado se µerdonan, prrrritt:n que a su lado brillen
las cualidades de Edschmid; por eso los buenos capitulas aikrnan con los ma-;
flojos, y el lector al salir de una aventura sin pasi6n se encuentrl\ st'.tbitamente
!rente a paginas grandiosas. Al escribir e5a novela, que debi6 ser corta, Edschmid ha aprendido el oficio de novelista. Contra lo que se ha d ·cho, yo no veo
que la estética expresionista sea incompatible con la novela. El autor de Adiat11en Kugetn no tarda ra en dar una palmaria demostraci6n de ello. TRmbién se
ha criticado el tema de la novela, el exotismo de sus personajes y la mabana
ingenuidad que traen, los unos de Asia y otros de los antiguos paises d· Amé·
rica. Pero creo también que una concentraci6n de ideas inevitable le llevara
a mayor sencillez. El apego al color y la propensi6n ., recargarlo todo, no podian cristalizar en su estilo solamt-nte. En sus obras hay cierta afectaci6n. de
que se ira librando poco a poco. No es falta de humanidad, es «dandy~mo• intelectual, exceso de elegancia, como en su vida întima; asî como su igero exotismo, sin pretensiones y sin vanidad, no es mas que exceso de juvent 1d y de
fuerza. En cuanto a Jo demas, recuérdcnse los princioios de la reacci6n expresionista dirigida por completo contra el oaturalismo. El exotismo actual, que
también se encuentra en Doblio y eO:muchos otros, no es acaso mas q ue una
consecuencsa.
Die ,tchatnen Kugeln, publicado en 1920, es la t'.tltima obra de imaginaci6n escrita por Edschmid. Su actividad crîtica es de importancia capitai v ha producido una obra maestra. Die do/&gt;/&gt;elkopfsge l\,ympl1e (La ninfa de dos cabeza■).
Desde muchos meses antes, sus follet.1nes en la Külnisdte Zûtun,r: habîan p.iesto a Edschmid en primera fila entre los crîticos de Alemania. Intent6 cor roborPr esa opinién con un estudio de conjunto accrca de la situaci6n actual del
peo~amieoto y de la literatur,, en su pais. Antes no habîa producido mâs obra
doctrinal que (.;/Jer den E:xpp, esionimus :&amp;11 dtr Literatur 1md die 11eue Richtu11g
(Sobre el Expresionismo en lite ratura y la nueva orientaci6n). Viene a ser la trama de 110a serie de conferencias pronunciadas duraote la primavera de 1918
en Escandinavia, acerca de la nueva generac16n. En esc librito, restringido ne104

LA i&gt; LU~! A
ctsariarnente a una enumerac,.6 n comentada el aut
Edschrnid renunci6 cuerdame t
. '
or Y e 1 asunto se abo'7aban.
n e a me1orarlo y
fi "6
"
e l balance literario de la Al
.
pre n trazar con otro plan
,
,
.
emania contemporaoea :-Jadi h
.
,g.in pais, un J1bro tan generoso t 1,. "d
· •
e a escnto, en nin' an uc1 o tan fran
/Je%as; lidto es afirm11r que e
b
'
co como la 11in/a de dos ca·
, .
sa o ra renueva lo 5 med"ios Y las reglas de la
cnt1ca.
fü,tâ. constituîda por una ser,·e de ensayos corn
t
coocebsdos como Jas ho,·as d
. .
'
pues os en un.is semanas
.
·
'
e un po11pt1co I
t h
'
ltbro tiene el aspecto de uoa c 1 "6
. mpor a acerlo notar, porque si el
0 ecc1 n de arti 1
•
mente lejos de tener el carâcter Y' d r
cu os rnconexos, esta infinitae,ecto:i de tal Cad
.
mento de la producci6o alem
·
a eosayo estud1a un fragana, uo p •oblema I t d O
rcsultados-buenos mal , • ..,
Pan ea
por un escritor y Jos
O
h
oi;-uc su esfuerzo De d s h •
'
asta los expresionistas, el inventario o . ·, . s e c nitzler y Keyserling,
psicologia de los hombres y d I
b c nhnua, smparcial, elocuente, fijo eo la
.d.
e as o ras desdeiioso d 1
de est d . '.
e as enumeraciones fast t sosas y, de las bioarafîas
.,
a o c1v1I· alud iendo
d
.
ses pr6x1mos mediante corn
.
'
eo ca a pâgma a los paî'
parac1ones, aproximac·
..
notando. para mernoria detall
.
iones y opos1c1ones râpidas,
•
es cop1osos pero co 1 •
todos, el rasgo capital la ob
, . '
o e ac1erto de escoger, entre
•
servac,on im porta ,t .
• e, agrupando en escuelas a los
f a1sos iridepeodientes· d" 1 •
, 1so v1endo grupos ·b"t. .
caos la luz. Un repaso de cà . t d
a1 • ianos, eo fin, haciendo en el
t
•
.,n1un o e la prosa alern
ermman, por via de concl -~ l
.
ana, y un balance magistral
USl•rn, a sene de notas d
,
y condenan en unas pâginas la l
"6 .
y e cap1tulos fragmentarios
en otras, de la post-guerra alem:::. o mtelectual de la post-guerra europea, ;
El dt fecto del virtuosismo desa
.
autor, en su pape! de .
parece en este hbro, incluso d~l estilo. El
1uez, es tan modesto
, b
la simpat(a es mavor .
, Y sa e esconderse de tal 'llodo, que
· ' srn que, por eso su cultura
retratos-por eJ·emplo el d L
h
'
se muestre menos. Alg,mos
•
e eoo ard Frank-esta I
d
ses. En otros se detiene con el r• •
n ogra os con pocas fra. "
a,an rncesante de s
b ·
d.:be priocipalmente a J~s s' t .
er so no Y exacto. El libro
·• 1n es1s exactas v s b
d
carâcter de documento superior S . t
.' , o re lo o al •balance• final, su
gqsto pûblico. Para cua1•tos
l u rn er~:, no depende de las variaciones del
'
'
eo e porvemr s
·
generaci6n ttagica y su fis
,
e apaSionen por la psicologia de la
'
onom1&lt;1 y su voluntad d
é5 d 1
Cl•pio,o inventario sera un inst
t d
. · ' espu
e a guerra, este
Jo3 latidos de nuestro cora•6 ;m~n o e primer ordeo, donde iran a buscar
nacionalista, de que ya he-h;bla:u1 es donde la cultura y la educaci6n interde dos cabe;as, no es ya el campe. o,;r~d;~eo su _fruto. Edschmid, en la Ninfa
on e a emao1a expresiooista: es el sîmbolo
105

�LA p LU ~l A
.
1 derrola corn un, el sentido,
del hombre de Occ idente que no ha perd1do, en a
de la eternidad.

* *

*

· t rbros que h a escn·to ' que son todos grandes libros,
d 1
Entre los seis o s1e e i
.
S
dos obras maestras, en to a a
. b
d t an con v1gor. on
Timur y la Nin/a se es ac
valido a Edschmid la gloria a que aspt~a a.
extensi6o de la palabra, y _le han t bados en sus rutinas, y los novelistas
d hombre Alborolo que a todos.
Ùoica ineote los criticos ofic1ales, per ur
'
.
s un falso gran e
·
populares van gntando que e
.
os llena -de coutento.
1
. de Kasimir Edschm1d. Lo que
fi emente en e gemo
.
Lo que es yo, creo rm .
ende de la formaci6n de su talento, imno me gusta de él-ya lo he d1cho dlelp
, a colmo. Corno a todos los macs, "damente egar..
' ·t
perfecta au.a, pero que rap1
h ido al mismo paso que el esp1n u
tros le ha sucedido que el artesano no ad , en cumplir su evoluci6n, y que
•
de que no tar ar..
.
• de
creador. Pero estoy seguro .
a re~tituir a la materia verbal la nqueua
adquirira los medios necesanos par
do en los cenaculos desmenuzados
t s momentos, cuan
.
por
sus concepciones. E n es O
_
debemos consentir que,
1 00
d
penar un pape,
basta la habilidad para esei_n . . . r do pujante y caprichoso pase coniodiferencia, un ge nio autént1co, t~d1sc1: rna '
fundido en el torrente de los med1ocre .
PAUL COLIN

n

LET RAS IT A LIAN AS
GABRIELE D'ANNUNZIO
0 HISTORIA DE UNA ANTIPAT1A

D

yo he recibido el Notturno de Gabriele D'Annunzio. Después.
de tantvs aiios de silencio, aunque solo literario, D'Annunzio vuelve
.i la esceoa de la literatura: y la platea, los palcos, e incluso las ga le
rias y el galline10, saludan con estruendosos aplausos y vivas al veterano que reloroa. Saludemos, pues, a nuestra vez al veterano.
AMBIÉN

* * *
Quien quiera, y alguien podra intentarlo un bueo dia, recoostruir, dra'llatizaodola o ironizandola. la vida de este hombre siogular, tendra, tal vez antes
que cualquie r ot,o particular, que estudiar el escenano que durante cuarenta
aiios sirvi6 de fondo a sus hazaiias: hasta la guerra que;, harto ·larga y tragica
eu grado sumo, movi6 a ouevos actos teatrales al héroe que ya empezaba a
declioar.
Nos asom:imos a ese escenario un poco tarde: cuando, si no a purificarse.
empezaba al rnenos a hacerse en él la luz. D'Annunzio supo dominarJo desde el primer momento; y del mismo modo que antes habia favorecido e l
aire sus primeros cantos, frivolos y mundanos, asi acogi6 mas tarde su poesfa
heroica; no obstante fuese esta segunda resonaocia completamente exterior y
ret6riccl. Nacidos en esta 5egunda fase de su poesia, cometimos el error de no
aceptarla; mas adelante diremos el por qué. Pero después, un&lt;1 vez empezada.
106

107.

�LA p LU :-.1 A_

LA PLUMA

.
nuestra vez tras uoa alamb rad a y uoa barrela guerra, y e xp~estos al pehgro a noticias de sus gestas, atrevidas, ~ranca~!
ra d e sacos de t1erra, nos llegabao
·mos tao luego discero1r nac10
f · toque no supt
.
descaradas: y no sé qué sen _1m1eo
t
hubiera que mirarle con OJOS no
en nosotros; algo asi como s1 él fuese o ro y
ya literarios sino humanos.

* * *
compaiieros de estudios !dan to~os
Yo he sido un muchacho tenaz. Mis .
- ·os gritaban su admira'
. y yo tarnbién lo leîa: pero mis compane1
a D Aonunz10,
f •
llaba
ci6n, mieatras yo, obstinado yd no,dca rcbu~ca alanosa! Creiamos que el mundo
·Ticmpo de prueba, de son eo, ~
d
ambio ya estabamos descon. t'ia, y a las primeras e c
,
solo1 para nosotros ex:1s

•

tentos y fastidiados.
'dolo Encendia a los que gustaban de las leD'Annunzio era eotonc~s un 1
.
a las letras preferian una guapa 'lloza.
o de1"aba insensibles a los que
tras; pero O
l
ustos
Tenia mercanda para todos os g
·•
mo quiera que yo la mirase, una
Pero hab(a siempre en su mberlcl~nc1~~ cJ.:egos verbales, y esto era ua obs.
. .
"dad un tor e ino
1
'a
sombra de insmcen
'
h
ue me obstinase, no o venc1 .
.
taculo tal, que mi volunta_d, p~r mue oo~lla del mar, ya en lo alto de las c?hMis coetaneos se reuman bien a la
I
la oueva obra de D'Annunzio.•
.mvJta
. b an.
.. • ven ' vamos
a . eer
'b··os
leerlo
y
me
.
nas, d
'
or d1vert1rme, pu es que' entre tantos e 11 ,
lba yo, mas para castigar~e que_ p .
h bre en fin, que r.o serîa nuoca ca' ser yo solo el msens1ble.
un om
'
me parec1a
.
paz de escribir una bella pagina.
• • *
· bella era t an So'lo la que brillaba y resonaba.)
(Porque, entonces, Pa gma

* * *
.
rniedoso. Porque al
. orgullo· antes b 1en,
, cabo quelba yo humildemeote, sm,
.' a celebrarla como los dem..s.
.
ria acercarme a aquella poesia, ~ent1r~'a ~an bien inteocionada, con tan ~ahda
jMe mirabao todos con u~a ~1mpa i a mis caros coetâneos, y los adm1raba.
compasi6n! Yo se lo agradec1a in m_ente aban el enfermo, el incapaz, el pobre
'
P ues qu e to dos comprendîan, sentiao, goz
de seosibilidad era yo.
* • *

Pero pqr otra parte maravillabame, a solas en mi despa&lt;:ho, de que cual-quier otro escritor-Manzoni, Leopardi, Ddate-me entusiasmaran: a veccs
hasta las lagrimas. Y eotoaces, volvfa de nuevo a D'ARnunzio, s6lo, esperaodo
que sin testigos ni esceoario me conmoviera. Pero bastabame abrir uoo de sus
libros y leer uoa de- aquellas dedicatorias sonoras, para que mi fastidio fuese
noya interior sioo fisico, y tirase para siemprP. el volumen sobre una mesa·
Porque ta! fué mi mas grave desacuerdo: pocas palabras y frases bastaban para
alejarme del poeta; y duraote mucho tiempo permanecia asqueado, lejos de éL
Vinieron dias mas tranquilos en que empecé a mi vez a buscar algun fantasma deotro, muy dentro, y a expresarlo poco a poco, pero con fervor, en los
tîmidos silencios de mi casa. jCuan festivos aquellos dîas en su brcvedad! Yo
sabîa, pues, aunque sin gritos, decir alguna frase humilde, caminar con paso
franco en el discurso, silabear una emocî6n.

* * *
Mas en Italia no se celebraba otro arte. La novela, cuando ne era lîrica,
exasperadamente lirica, parecîa harto pobre; la poesia, o graoducal y robusta,
como la que nos habia dado Carducci, o de tono llameante y épico como la de
D'Annunzio (a Pascoli leiasele poco todavîa); en el teatro, los personajes de
Giacosa y'de Bracco parecian los expooentes, aunque aceptables, de un arte de
tercero o cuar:o orden, comparados con los de D'Annunzio, que hablaban un ,
lenguaje alado e hiperb61ico. Preguntaba,ne yo-con angustia-qué se proponia representar ea la historia de su paîs, después de Manzoni, que habia resuelto por si solo el problema espiritual de toda su época, y después de Carducci,
que habia sabido, si no resolver, que no era su bora, Iormular con nuevo vigor
y simetrfa aquel mismo problema: hasta dejar a los que tras él viniesen (e ltalia no era ya un sueiio a la saz6o) una hereucia de claridad; partiendo de la cual
no hubiera debîdo ser dificil reconstruîr el muado nuevo, porque, en suma, el
muado de D'Annunzio era, a mi ver ompletamente falso; y por mas que yo inteutase cul par de ello a mi proviacianismo, no me acostumbraba a creer, desde
mi silencioso rioc6n, que la gran ciudad, el mundo mundano, fuesen tan viles
y mezquinos. Carduc-ci: pero Carducci, si no pudo ser épico, que, como be di_
cho, era todavia muy pronto, habfa enseiiado al menos a sus contt&gt;mporaneosa ao ser frivolos. Y D'Annunzio-aquî del drama- , D'Annunzio, para m{, era
frivolo.

* • *
109

�LA I' LU \ I A
LA PLU \1 A
. or qué solo yo habia deIl tencr. .
Mi provinc1a01smo
era, si,• un de fecto;
. pero. &lt;P
• . los hombres de la ca e pr6T
a e mtacta aun,
lo en cuenta? Yo veia la fam, ,a _san .
. ero aquel odio se manifestaba roxima ode las mas lejanas podnan od1arse, p tendierdn todos los problemas y
.
d. t
aunque no. se en ba 1 claramente, y S1c1
. ·1·
bstu
. ndo' brutal e rnme
. ia. o,1y d 1 cr6nica
sona ,
. ia, no o
vicisiludes de la historia, O:, e a
a parHcula de Itaha.
. e ra t am b.é
tante la distancia,
• n, en nosotros, un

* * *
.
defecto, si lo habia, consistia en a!?o
Pero el ddecto no estaha c-n e'lto, d
. to a toda mi construcc1on
b
as del pensam1en ,
.
mâs profun&lt;lo; e interesa a, a ~
. ·tarme dabame fastid,o; no 1ogra.
•
s
sia
leJOS
de
conquis
'
moral y t·s, ,mtu ,1. u poe '
. d
. s incluso aquellos en que b r illaba
ba le(• ha~ta cl lin ~us novelas; sus 'dra:a ~ono que siempre temfa que f~eran
1 • &lt;'aracter me parecian tan subi os e
b'.d harto fuera de la vida, y
a gun
•
. . 1 t no era harto su i o,
1
d un
a termi ,1 • en m1hi ca. ::,1, e o
el fondo indicio harto c aro e
• y m1· descontento. f'ran.. en
'
tod,1 m1 an~ust1.1
•natu r,11 antirrt&gt;t6rico e incluso anupoético.

* * *
.
.
r ue mi tiempo no era como D'~nnunzio
ti1&gt;nético y ant1rret6nco, po ~
.
L . i antidannunz1ano a su
ero an
é con Grnn Pietro ucm ,
dia
lo vefa; y el dia que me encontr fisiol6gica. sino voluntariamente,_ a_que1
·v ez no por construcci6n mental y. riores de mi insuficiencia. Lucrn1 fué una
compren&lt;l i por entera las razones m~e .d
Encuentran pocos lectores en su
de es1s figuras literarias que no ~e o ~~u~n;idor de valorcs ocultos los vuel~e ~
época· p,·ro llega dia en que algun d:~ po sinti6 el drama de su generac16:,
sacar ~ lu1.. Verd,tdero hombre- ~e s~o ie;de 'analisis era vasto y su vida esta a
ero como su campo de invest1gac1 n
uvo tiempo ni medios para exprc~inad.1 por una enft:rmedad espantog:•r::r:e que su naturaleza de creador, y
sarlo. Su curiosid.i.d, e n suma, fué ma a re resentaci6n de los hombr~s y ~as
en vcz de insistir decidida_me~te ;n ~ent:mC'nte en polémicas, co~o St tuvicide,ts de ,-u tic mµo , se 1,erd16 asazh:::r sitio a su alrededor, de senti~,;~ s6;;r~
s e ne..:esid.1d, antes de habla~, de
. mbra su odio vivo, su martirio. .
· :.in comp.:tidores. D'A11nunz1ober~ Ise~ saoquelh1' Jucha, entablada con fuerz~s uno, ni de ruido gaceh. 11ero, le rob6 un uemp
anks d.:: suµerarle qu iso corn aur
.
ill d
petuo1.1s, µe ro sin ayu~a de ~dto:e~a polémica, arrojar la primera sem a e
. . . y el di.i que rntento, ra
p rccmso,
P

110

l;i obra propia, aqucl dia, no sô.Jo llegâbale demasiado tarde, sinoque le encontraba cansado ya y en decadencia. El lil6n de su poesia habiase enturbiado,
hasta ta) punto, que en la misma rotaci6n de su periodo y de su eslrofa, asî
como en la construcci6n del pensamiento, inli ltrabase la propia enfermedad
que en D'Annunzio habia combatido: el énfasis.
Acaeci6, pues, que un dia llegué a tratar a Lucini: personalmcnte, de t(i por
tCi, en varias conversaciones y durantc m11chos dias. Tal familidad con un hombre verdaderamente capaz de odio y de rencor me hizo mucho bien. No en
punto a mi amistad o mi .tdmiraci6,1 por él, entend.imonos, y tampoco por lo
que a mi antipatfa por D'Annunzio se refiere. No. Me hizo bien pot mi; aviv6
mi fiebre. Comprend{ cntonces, escuchando a Lucini, que no me parecia, por
el momento al menos, a nadie, Podia ser poquedad, absoluta insignificanci:1 de
talento: lo sé. Juro que no me ofendia ta! cosa.

* * •
(Aun hoy me siento tan pequeno y lejos de mi sueôo de artC", que espero
que nadie ha de imputarme estos resentimientos y rebcliones m.is de loque
convenga. RC'lato la historia de una an~ipatia literaria, y como quiera que intento explicarmela a mi mismo antes que explic.irsela a los dcm.is, voy a 1:ts
raices de todas mis sensaciones, pasadas y presentes: como sintiendo q ue expreso, no tanto la historia de mi antipatia, cuanto l I de todas las naturalezas
recogidas y provincianas como la mia, cuyo desarrollo no ha tenido lugar aCin,
110 obstante D'Annunzio esté ya en decadencia; esta introspect.i6n afanosa, pero
franca, crco yo, no sé parqué, que algun dia ha de hallar conscntimiento en alguien toda11fa en la sombra, pero que ma nana, viva o muera D'Annunzio en la
mcmoria de los hombres, contar.i en la historia de estos tiempos bastante m.is
que él.)

* * •
Mas vinieron para m{ también dias de menos seguridad y orgullo. Mis pruebas y tentativas litera rias resultaban, y cran, harto modestas, ciegas mis fatigas

&lt;le escritor. El artc no era improvisaci6n o juego; y, por otra parte, quien queria, con elementos que no estaban de moda, expresar algun anhelo o pensamiento, tropezaba a cada paso con Jas m.is .isperas dificultades. Ya era la Jcngua, ilarto sorda; ya la anatomia del periodo, harto agrio; ya la scnsaci6n mis.ma, barto superficial y convenciooal. Iotereses internas, cero; educaci6n litera111

�LA PLUMA
L A P I, U I\l .1\

la Gioconda y Emma Variai,
matar,e.
para enzarzarse coom·igo que le odial&gt;a y qucria

ria, cero; y, eo cuanto a los modelos, uoa vez evitado cl que parccia mâs pr6ximo y tcntador, no habia donde cscogcr. Los modclos cran modcstos y pobrcs. Habia un Verga; pero a Verga no estâbamos acostumbrados a leerlo. Habia un Panzini; pero Panzini tuvo que caer en mis manos casi por equivocaci6n,
entre los libros de mi padre. Aquél si que fué, en verdad, un dia de fie'lta; pero
siempre me quedaba la duda atroz de los primeros momentos. Sî; descartado
d'Annunzio, habia otro carnino, y no vulgar, dondc intentai· dar un paso que
no fuera estéril: Panzini; jpero qué silencio de hielo en torno a aquella Lanterna di Diogene, que yo habia apostillaèo rcligiosamente en mis dulces hor,1s
de trabajo!

* *

* .. *
h Mi odio por Ja guerra creo que tuvo sus ,
_ada D'Annunzio recién llegado de Fr
. r;1ccs_ en la exaltaci6n q11e de ella
c1ones romanas alcjaron por completo 3;ec1:·, ~ d1scurso de Quarto y sus oram..1er~e, con todo, no queria; y de ltalia i e pensamiento de Francia, eu a
ofens1va y cobarde del lado de acâ de la r' quet no me placîa permaneciesi- i~
rra
· no volvi~ a habl · • rouera
·
. .y D'An nunz10
.. · Pero cuando estall6 la
10v1taba ber
ar ni a escnb1r, me par •,
guemosa, y a la guerra fu{ yo también.
ec10 que la guerra me

* ..

*

Y cntonces cac uno en los compromisos, en los términos medios, intenta
uno llegar, como sea, a tcner algun lector y alg(m juez. La aspereza de carâcter
se va corrigiendo poco a poco; y si se encuentra uno en un grupo de gente que
en el casino ciudadano celebra las grandes cualidades, etc., etc., del célcbre
poeta, no rcacciona como antaiio: se deja q11e digan, se agacha la cabcza, consintien1o, y el resentimiento interior vase debilitando poco a poco, hasta que
se leen las cr6nicas, en que se habla de el como de un dios, e incl.iso se guardan. Aun no nos es simpâtico, no se le !ce todavia; pero tememos que suba
cada vez mâs, en tanto uao va cayeado, y quisiéramos quizâs ser, co,1 los que
cotonan bimnos a su grandeza y se mueven en su 6rbita, uaa estrella menor de
su cielo. 1Terribles horas, terribles dias, terribles aiiosl iHa habido que ,nasti.carlos, sufrirlos, consumirlos minuto por minuto!

• • •
Cierta vez, de muy mozo, fu( al teatro Argcntina de Roma a ver la (Jjoco11da. Desde mi localidad pensaba yo que él pudiera estar alli entre nosotros

con su orgullo de vencedor a toda costa y siempre, y darse cuenta de que yo
con toda mi enemistad, iba a oirle. No estaba, no podia estar. Pero yo senti su
presencia en los entreactos, mirândome por la mirilla del tel60 y riéndose de
mL Aquella vez lloré de rabia. Un amigo mio, que conmigo estaba, crcy6 que
Jloraba por el drama y me dijo que también él, de tener tau ricos los vasos la&amp;rimales cuanto los mios, hubiera llorado. 1Qué ironia! Pero yo no escuchaba sus
palabras; tcmblaba por primera vez de verdadero odio, y hubiera querido que
el propio D'Annunzio se adelanta&amp;c, entre Vittorina Lepanto q ue intcrpretaba

u7

*

hizo el milagro, como be dicho D
ra La trinchera
.d
h d
. esapareci6 con su nomb
g vc, ru1 oso e imperativo en la
cmpobrec1'6 ' cas1. se fué trocando
'
pomue e ..tmbu··' y m1. od'io perdi6 fuerza rc
loque la guerra cra: el cumulo de . cto a poco en simpatia. Sabiamos muv b•. se
pc· d
10 ereses y
.
·
. 1cn
na os, y hasta qué punto el que la h , h recursos interiorcs en ella cm
su
nombre
,
acia
abia
de
ol
'd
t,
~ su escnc1a presente: n6mero b
v1 ar, no ya s•.1 pasado•
ua automâticamente•
' razo, una cosaque se muevc y ac-'
Rctrocedia uno con la me
.·
patias litcrarias·• pero era vanomo11a
a los dias lejanos de las simpat'1as y anti.
trabajo·
por otra luz: un compaiiero u h
, porque él pareda ilustrado a 1·a
6n
d
•
, n crmano y c
su
I
e gntos, un n6mero a su vez.
•
n e marcmagnum de esfucr.zos y

* * •
Corno nosotros, también el pocta céle
sed de ~ida y de gloria, tcnfa el valer d bre, con todo su orgullo y su inmensa
puedc
e una moncda falsa ' de u na cosa que se
y ttrar.
pues que debfa scr dificil si no .
.
tos teatrales y exteriores
'
impos1b1e, rcpetir en la gucrra 1
. .
, en que tanto se
os gcs1 ,
s1n i~ual contento en lo mucho que tal e c~mp ac'.a antaiio, pcnsaba yo con
Y quizâs de rabia ·
mpcno deb1a costarle·· de s u fnm1
• .ento

•

.. *

Pero un bucn dia Ueg6 a la tr·
D'Annunzio volaba. Y, 1ay! al punto rnchera, c~n los peri6dicos, una noticia·
comprcnd1mos que no volaria con aqucl.
8

113

�ailencio religioso, que era también el nuestro, de bumildes oficialillos de iofauteria. Si habi~ preferido el vuelo a la trincbera, sus buenas razones tendrfa
p;ira ello, porque era el arma mas teatral y romantica que el combatiente pod'.a de{:Îr. El arma romantica: con la muchedumbre (y entrabamos también
110s0:ro~) que sigue con ansia el combate aéreo; y a la vuelta, el campamento
todo rumoroso y el relato después de cumplida la bazai'ia.

*

*

*

También estaba él en 1~ g11erra. Pero los peri6dicos empezaron a h:\blar de
sus vuelos, mientras él escrib(a y publicaba sus mensajes. Sc esf ,rzaba, :;e comprometia, se jugaba la vida al cabo, pero no como nuestro infante bumilde y
fangoso. tComo nos dabamos cueota tan tarde? No podia despreci ar y jugarse
su vida como nosotros. Nunca habla puesto su vida en riesgo serio. Cuando
mas, nos babia dado su arte: para que lo representasen como era, o mas bello,
y ei sintiera, en derredor suyo, cl rumor de la mucbedumbre, que clama ad-

m.irada.

LA PLUM

~~~~t

LA PLU~\ A

*

* *

Vinieron dias mas tranquilos. Y uno de ellos, estando yo en la retaguardia,
fui enviado por mi general a D'Annunzio con unos diputados milaneses. lba
a verle. lba a hablarle. Él iba a fijar sus ojos en los m(os.

Fué aquel un dia memorable. :\le pareda ser barto peqaeiio. Mi guerrera de
teniente no era en modo alguno elegante, mas raîda asaz. (En las fotografias,
él apareda siempre elegantisimo y distinguido.) Por aiiadidura, yo era un ignorado, o poco menos, y él era D'Annunzio. Mi antipatia se buroill6 roucho mas
de cuanto yo pueda decir; y, en mi interior, temblaba. Iba a ver de cerca al
poeta a quien nunca habîa querido, antes bien odiado siempre, al co'Dbatiente
que ostentaba en el pecho las mas altas condecoraciones al valor. Toda mi altivez decay6. Y me pareci6 de iroproviso como si durante tantos aiios bubiese
cstado faltando a un deber elemental: el de celebrarle, el de gritar con todos
los dcrob, y antes que los demas, que él, y s6lo él, era grande. Me dcsprcnd(
en pocos minutos de toda mi soberbia de quince aiios. Sentia, con una especie
de pena sorda, cuan pequciia cra mi ohra de hombre y de escritor; e incluso
mi actividad de combatiente, que .habia sido pura y limpia de intercscs vanos
y de soberbia (cTû te bas obligado a u~a divisa de humildad, asi en la literatura como en la milicia•, acert6 a decirme una vez Ugo Ojetti), incluso mi activi-

A
en e me parecîa
y superficial. ÉI, él lo era t
' en comparaci6a con la d
'
.6ase: yo temfa barto hab odo; y e~ vano una voz interior e D A~nanzio, pobrc
y él dcbi6 verrue sin d ;rme equ,vocado. En estas co d_m_e dcc,a que descon.
sonriéndome am~ble u a, mas pcqueilo y trémulo do lmones llcgué ante él,
bablar, inflamado
mente, murmur6: ,Mario Pue . . e o que estaba, porque
, con voz
•
cin1 ·abJ
1
nado que le encendla la _musical y femenina, y el ro~:ro .,, ~ uego comenz6 a
sonido de aquclla vo
p1el, no de color ni en sangre . eshrado y apergamim{ me gustaban los 1~ ;~e en ~l aposento vencciano •u:\nao de scco orgullo. Al
cada vez mâs. Hablab;d es ab1e_rt~s y rudos), no hall~ba do y dannunziano (a
fendiéodose contra I
c su activ1dad de soldado de . deco, yo me cctontecîa
.
as acu~ac·
•
c1u adano d
rncohert.ncia y de dilett
. 10nes, que en tiempos s I b , ' e pocta, demi solo que odiaba
anh~~- Me parec,6, en fin
e he ab1an dlrigido, de
,
su estet1c1sm
• que ablaba p
ah de aquella
o, su ccrebrali•mo
.
ara ml, para
casa como b ·
'
, su patnotis
, .
S,
sentia que él de d
e no. No me gustaba
mo retonco.
, s e su mu d
, no me gu t •
nos podia do mmar.
.
n o, nos podia dom·inar.. Y no compre
sanad'nunca·' pero
n 1a por qué

* * •
vez fuera de V
. que m
sus Pero
oros,una
• también
a Igo suyo de él encc,a,
.
e parecia
tamiento que me h' b{
nac1da, quise librarmc a tod
' con sus agujas
y
1
a a sorprend"d .
a costa de
yendo sus famosos L .,.
J o, y lo conseguî si b'
aque encanaua, y sus clr
•
1en paso a
ron y alejuon Go âb
amas, que una vez m~4
paso, rele.
z amc en re f
S me lo cm
• .
p~estos, pero maravillos
pe ': aquellos versos mara ïl
pequenec1ed1osa musica L
amente vaetos de sabor h
v1 osamente com. uego cogi
D
umano y d
licioso e intimo gust
a a ante («Veài là Farinata ch ' 'è ~strozar su fastio comparaba t
c s utto ,
tas con aqucllas
es as representac·
•,, Y con de, iones potentisimas y e:slric
Iargas salmodias de palabras vacias.
•

• • •
Pero u n d'ia-v no hab·
pensativo, di de .pront ,a pasado mucho tiempo- un dia
o estaba para volar
o en una mania que me parc~i6 de que estaba solo y
61tima actitud q . ' no rec~erd.:&gt; bien, sobre Vicna· y
!oc~. Habfa volado,
encuentro con• élu~érecap1dtular.' mâs para mi que p'a;ac:vmo ts, alquélla fuese su
·
una e mis
en ua es lecto
•
uve que luchar-lu b
pcnas mâs injustas y d I
res, m1
t
llcvaba de la mano. ~:~:;;:;::::::t-=ontra alguien q:,:,::~: s!:be::cto,
co, por lo general lia no y 11mplc,
•
'me
hinchi-

�LA PLUMA
base me no/ente, y escrib!a una prosa emperifollada y sonora, que no era la mla
en modo alguno. Empt"zaba tomandolo de lejos: narrando el viaje en autom6vil
basta Fusina; y describiendo hasta los platanos ( cblancos candelabros•) del camino que va de Padua a Malcontento. Pareda clarisimo que, hablaodo o escribiendo de él, no era posible hablar o escribir sino de aqur.lla manera; pero si
releo ahora aquellas paginas, casi no las reconozco como mias: tao imposible
me parece baber, yo, sobrio y recatado de mio, alzado basta ta! punto mi aco&amp;tumbrado tono de voz.
Y héteme ahora ante estt: Notturno, después de tantas resistencias, orgullos
y caidas. Desde hace tiempo no leia yo sus mensajes de estos ultimos aiios, no
obstante me fuese cara la suerte de Fiume, que él defeodia, valiente, pero ne
modesto. Pero este Notturno no es un mensaje: es un libro que quisiera ser sufrido, sangre de su sangre. Lo siento por quienes lo celebran, sin des-canso, con
grandes alabaozas; pero yo no caigo en el lazo. Tonto seria no reconocer una
vez mas sus finisimas virtudes de estilo, su rica paleta cromatica, el sentido,
desarrollado en grado sumo, que tiene de ciertos paisajes y sensaciones. Pero
no bay ese drama con que querîa (y debfa) hacernos sufrir.
La preocupaci6o t:s una vez mas completamente exterior y el patl,os esta
marcado, barto cnérgicamente marcado de su violento cgoismo. Podra, si, haber sufrido con su herida y su ceguera; pero para comunicarnos su dra"Da•
D'Annunzio ten!a que haber bajado el tono de voz, y, sobre todo, no agobiarnos con todos esos particulares exteriort"S, a los que, se ve, no s6lo que no sabe
renunciar ya, sino que constituyen para él el cuadro necesario y principal. De
suerte que, en un momento dado, nos damos cuenta de que se aferra a esc,s
particul ares por mas sensibles y faciles de describir; micntras la ceguera real
y cspiritual que quer!a comunicarnos queda relegada a mero puoto de partida,
a motivo sobre el cual tejer la s6lita sinfonîa de imagenes y de recuerdos. Y hay
bcllas paginas, fioamente claboradas, como no bastaban ya en las novelas y en
los dramas para. convcnccrnos de su sensibilidad de hombre, en fin, hombre
de carne y bueso, que, ante hombres de carne y hueso, quiere desentraiiar su

LA PLUMA
con todos los colores de la palcta t
•
cidez interior que tuvieron los ver:::::~ pero le ha faltado la maravillosa Jude Dostoiewski a Cervantes
s grandes, de Dante a Shakespe
d h
, porque aunque hub·
t
are,
gran es omb1es, ni por un segundo
tesc enido cl genio de estos
mo, ni renunciar a la gloria efimera d supo nunca anu_1ar en s{ su terrible ego{se un poco de ru1do gacetillero y cotidiano.

* * *

Lo miramos y m1raremos
·
.
s1empre
como a
quc_a pocos poetas como a él concedi6 1
un agradadabilCsimo miniaturista;
fasc1nadora y luminosa. Pero estas . : naturaleza el don de la imaginaci6n
abono ret6rico, bajo cl cual
im gcnes estan ahogadas por cxcesivo
se f ·
' por mucho que se
n tmtento, ni aun cgoista, escuetame t
. raspe, se busca eu vano un
Eu cuanto a la huma .d d
. ne padec1do.
v f
"6 •
n1 a que s1empre ha de h be
es 1gac1 n lirica, especulativa y
a r eu el fondo de toda in
cala ha visto ui olido; y si los ve:~~;;;;nta~iva, la verdadera humanidad nun:
boy con sus ansias feroces y su .
. qu1cren mailaua hallar al hombre de
bie_n seguro de ello!-, los venid::~~1etu: desesperada-ïoh, se puedc cstar
atnbulado.
no uscarao en D'Annuuzio al hombre

MARIO PUCCINI

drama.
No bay drama en este hombre; por mas que su vida aventurera tenga aparicncias y marco de ta!. No bay drama, porque su vida no ha sido nunca interior y simple, sinoque ha cstaùo sicmpre cmpeilada en acciones e intereses
malditamente tcatrales, de suerte que nunca ha sido inconsciente. Ha creado
116
117

�,LA PLU ~l .A

TEATROS
DE PASCUAS A RAMOS
.
ara mas la f\aqueza de mi boisa, ya
s cuando voy al teatro, no da p
ta· ni merecen mas asidua
. l"b
ini6n mi butaca me eues '
que m1 1 re op
dias ue se estilan. Por otra parte, la
atenci6n t11mpoco las corn~ s e;i6dicos algun escogido trozo d~
costumbre de adelantar en o p
t
•t·cas y reseiias prelim1paiiado de au ocn 1
las obras nuevaa, acom
.
malgastaria en ver, pongo
nares, me suele ahorrar el tiempo y el d10ero que

fi

· r caso Santa Isabel de Ceres.
de los nacimientos de
po iQueda algo todavia en otros e5cenarios del verdor
Pascua?
.
resentaciones, para regocijo del p~blico
Vive y perdurara c1entos de rep
.
E
. hombre de Armches,
• d de mala hteratura, s ms
•
.
sano y alivio del contamma o .
1 f !te cierta raz6n a su autor para t1 1d
risa
si
bien
no
c
a
h
·cos
sainete para llorar... e
•
.
d 1 hambre determina los ero1
darlo de tragedia, ya que la negra fatahdad c
simulacros del prot~goo!sta.
ente con Es mi hombre, hermaoa, mcoor_
Pero luego de d1vertiroos grandem
. 6 . a que se llamanjQue vfene ms
• es de la gracia c mie
. d
. duda de esas eocarnac1011
1c·os si las cuahda es
s10
•
T,
preguotamos pcrp J
1
ma,·idol y La seiiorita de reve ez, nos.
·nctcro y currinclze, perjudican
·ches de un t1empo, sa1
h b.
c 1 A ra,
.
si con la extensi6n u ieran
P rcdominantes en du
ciones ultimas. Parece como
o avaloran sus pro c
• udes sus vicios.
aumeatado proporciooal'.11ente sus v1:e la C~media, revela en ésta cxcelenteLa Srta. Redondo, primera dama
u! otras vcccs. Si ha logrado cl aumente su talento de actriz, ya sciialado aq
J ,s

tor suscitar una emoci6n patética con una situaci6o tremendamente c6mica,
cu:mdo en el primer acto llora la hija de vergllenza y de miedo ante su padrt-,
mîseramente dislrazado de cabezudo anunciador, débelo, en primer término, a
la gracia natural, a la comprensi6n, a la sobriedad, al cabal descmpeoo de su
pape! por parte de- la Srta. Redondo. No por exagerado, ya que el de protagonista cuadraba a maravilla a sus aptitudes, hemos de negar el triunfo de Yaleriano Le6n, procedente, como el Sr. Aroiches, del género chico - escuela de
acton.s, si oo insustituible, siempre mejor que el Conservatorio. El gal.in c6mico Tordesillas ha oîdo. renovados en su honor, los aplausos ya obtenidos par
él en la interpretaci6n de tipos populares.
Por desmentir a los Quinteros, no me be dada ninguna en ver La prisa, comedia de la misma estofa resistentc- a las mudanzas del tiempo-no da frio ni
calor - que otras tantas, tan bién hechas y duraderas, de su copioso repertorio.
No1 apresuramos. en cambio, a comprobar la cxactitnd de los anuncio~ que
prometîan en Anton Caballero algo asî como una obra p6stuma de Gald6,.
Sobre que no hay tal postrimeria ni ta! obra, y si s61o algunos apuott'S de
tipos y conftictos dramaticos, clasificados por los mismos refundidores como
de una data anterior a los grandes dramas galdosianos, en que tuvieron, por las
muestras, reafüaci6n plena, los hermanos Quintero no han acertado a tallar, en
la cantera ya explorada, las figuras a que quisicron dar nue,·a vida escénira. Y
para mayor desgracia del intento, rehuyeroa al imitar piadosos, pero torpes,
el noble y levaatado estilo del maestro, ese di.S.logo pintoresco y vivo que cobstituye el mayor precio de su teatro andaluz. La colaboraciôa de los Quiateros
coa Gald6s es, literariamente, algo monstruoso. Una simplf' edici6n del primitivo borrador del Anton la/Jallero, corroboraria mi aserto, que el éxito de publico de 1/arianela antes comprueba que dcsmiente,
La sola elecci6n de Gloria, entre las novelas g~ldosiana'I susceptibles c!e reducci611 f'Scénica, revela el agudo instinto dramatico de sus adapladores. D:jemos, para tratado con m.S.s espacio, el comentario que merece la temporada de
Miguel l\Iuiioz con su compafiia :n el tcatro de Fuencarral, la m.S.s interesante,
por m,1chos conceptos, de este invierno en M..drid.
Y a las Kalendas de Marzo remitimos también el dar m;is e:rtensa cneota de
la breve cuanto feliz campaoa con que Lola Membri\'es-aplaudidisima COIDO
actriz en una comcdia de Benavente, y como tooadillera-anima en estas &lt;lias
la decaida escena de Lara.
119

�LA PLUMA

LA DAMA DEL

LA PLU .h1 A

ARMIRO

No sé si el critico que al referir eotusiasrnado el clamoroso triunfo de Lui,
Fernaodez Ardavio invitaba a los j6veoes poetas a sentirse coparticipes de los
aplausos que en su hooor sor,aban estruendosos al final de los actos de La
dtu,,tJ del armiiio e interrumpieodo repetidamente la representaci6n la noche de
su estreno, habrâ experimeotado como yo el sincero impulso de llamarse a la
parte en tan buena bora. Pr6diga la empresa de la Princesa en anuncios y reclamos, no siempre oportuoos, pero que en esta ocasi6n en oada han menoscabado la calurosa acogida del publico al nuevo dramaturgo, habia transcrito
en profusos sueltos de contaduria la opini6n que La dama del ar,ni1w mereci6,
al representarse en :\.mérica, a cdticos tenidos alli por muy severos. Aigu no
no se recat6 de parangonar la significaci6n del drama de Ardavin con la que
tuvo en su época Et Trovador de Garda Gutiérrez. Cuando, requerido por los
insistentes aplausos de los espectadores, se present6 el autor de La dama det
ar111Hio, mediado no mas el acto segundo, pateroalmente sostenido en su turbaci6n de novicio por el Sr. Diaz de Mendoza, senti uo gozoso estremecimiento,
parejo sin duda del que coomovi6 a los j6venes românticos al ver aparecer en
las tablas al soldado poeta del Tr#lvador a recibir el homenaje, inusitado hasta
entonces-de ello se hacen eco las Historias literarias de texto eo el bachillerato-, origen de la costumbre, hoy abusiva, de computar el éxito de una obra
dramâtica por las salidas de su autor a escena de la mano de los intérpretes. El que no sepa sentir como propia la alegria del amigo, mal podrâ darse
cuenta del inefable sentimiento que produjo en mi ânimo el triunfo apote6tico
de Ardavin.
Confieso, pues, mi incapacidad para discurrir serena y desapasionadamente
acerca de los reparos que otras plumas mas preclaras, y eo este caso-menos
solicitadas por afectos entorpecedorc-s del juicio imparcia\-mas justas que la
mîa. han podido hacer al a11tor de La da,na dei ar111iiio. S6lo si creo que lejos
de ameoguar tales reparos la buena fama literaria de Ardavin, demuestran el
alto aprecio en que le tienen quienes con su consejo, mejor que con futiles halagos, preteoden estimularle.

Pero hay algo en la invitaci6n susodicha a los j6venes contcmporâneos dcArdavin, con lo que yo, y muchos coomigo de los que con él nos felicitamos,
no podemos estar conformes. Es a saber, la estimaci6n del triuofo, por lo que
pudiera tencr de conquis ta del csceoario de la Princcsa.
La sigoilicaci6o del matrimooio Guerrero-Mendoza en el arte dramitico es-

paiiol esta bien defioida en muchos aiios de activid
.
tl'ntemos a su cuenta uoa revisio d
I
ad profes1onal para que ioabo d I
n e va ores Sus ant·
1
no e os miércoles O de los s~b d
·
•guos unes clâsicos su
·11
a a os sus cam
'
c1 o, su prosapia, coostituyen en bloq '
panas de América. su sal&lt;10ter rliscutir porque no hay d"
ue un valor enteodido, que no es menesna ie ya que en el fond
no; pero que nada tieoe que ver
1
. o, pueda llamarse a engar d
E
con a renovac160 de lo 6 .
ue a en spana el c&amp;rro de la f
s t p1cos sobre que
p
.
arsa.
. rec1samente porque la empresa Guerr
qma artistica, defendid., por . t
er~:\{e ndoza represcnta una oligar·
tienen a las oligarquia, port· in ereses semeJ;,ntes en su esfera a los que sos1 icas, no es de creer
~
"
d
que esaparezcan sin mâs los
bSt&lt;1culos tradicionales q ue eo ilrte como en politic
.
d
a se oponen a la conquist..
d e I pod er por la juventud 5 111
6 mmo e renovaci60 · t 1·
co. El estreno de un poeta en I p .
Ill e igeote de lo ya cadu-6
a nocesa podra se
d
ci n, un compromiso ventaJ·oso . ,
r, cuan o mâs, una traosac,
quiz... por el momento
ounca una victoda del poeta en la I h
.
para una y otra parte,
Y es u
uc a por el 1deal
I
q c os Sres. Diaz de Mendoza ticnen u
.
.
para que su concepto del t t
r
na personahdad harto acusada
· ea ro, per,ectamente ad
dO
'
a sus necesidades familia
ecua a su tcmperameoto
·
res, a Ias del publico co
h
'
med1da de su gusto bucno
I
n que an sabido haceise a
1a noche de Ecbega~ay a la :uma o, :ero que ao es el nuestro, pueda variar de
matrimonio Guerrero M d rora e Ardavio. Culmioaron los prop6sitos del
- en oza en el falso realis
d 1 .,_
garay, y, desde eotonces toda
.
mo e a ultima épo.::a de Ecbeinconfundible.
'
represeotac16n de su compaiifa lleva ese sello
0

• una reconstrucd6n h"13t6 ·
/. No ha intentado A r d avm
.
matica s&lt;&gt;bre motivos del II
d
.
nca, sino una fantasia dra.
. .
ama o esulo espaiiol Los
.
&lt;:1asal 1d1oma, las tergiversacio
1
• •
anacronismos, las violeoncs vo uotanas del carâ t d 1
evot.ados sin sujeci6n a mâs le
•
c er e os persooajcs
que la de! drama mismo re y ~ue 1a del capncbo poético, ni mas evidencia
• quenan para no dar lu
1
,
pretaci6n alejada de todo rcali
gar a equ1voco, una interledo, seguo el Greco estrech:mdo. ilo âmas_ decorado que el panorama de To.
'
n
c mb1to del esce
·
seot1do vertical Ja perspectiva d I d
.
nano para alargar eo
porte inicial del ânimo de los
e t rdama, ~e hub1era cooseguido cierto transespec a ores 1mposible d 1
sencia en Jas tablas de do-a l\i3113
.• G
'
e .ograr con la sola pre0
uerrero cuyos
•
bastaban para impedir . . .
. '
excesos de 1oterpretaci6n
1a J1us16 n escén1ca que el
t d"d
.
pre en I o verismo del
C ardenal Nino de Guevara • c6 micamente
eocarnado e I t
no podfa despertar tampoco.
n e ve crano sedor Juste,

s·

°

llli CR1TICO INCIPIENTE
l:?O

121

�LA PLU ~1 A

LIBROS y REV IST AS
. B
Eugène Montfort.- La N;'ia

r:

·ta o el amor a los cuare11ta aiios.- Novel a
ila -Ediciooes de LÀ PLUMA.
traducida del francés por ~ anuc za . d N
os mueve pues, a publicar
O O
.
d e 6ltirua
mo a .ideraci6n
'
·
No es Montfort un nove1,sta
.
de ac ·ualidad.
AJeno
a
en espanol la mejor de sus obras oin~uensa c:r~;ienses de cada tcmporada, Montlas cabalas en que se fra~uan los figurm t ~el ;parato exterior que suele acomfort es un escritor cuva hteratura,
Je unos aiios resume sin alarde las cuapaiiar' las glorias fugaces de un \:r~ lradici6n fra~cesa.
.
lidades car:icteristicas de l~s mas p e esta afirmaci6n puede da r lugar. _La agiNo se nos oculta el eqmvoco a
ïaci6n son tales, que no registra la
lidad del espiritu francés, su poder c_as1;1 ercusi6n en Francia, y, lo que es
historia litera ria experie~cia _algu~a s:~r:/valor y eficacia universal_es mcrced
mas, sin que esas e_xpem·nc1as a qu
eses suelen hacerlas asequ1bles al coa la depuraci6n clas1ca con que lo~ franc lo tanto tradiciô11 francesa, se prcsta
m6n de las g••ntes civilizadas. Dec1r, po~ de e~presi6o literaria a que se rca coofusione~, toda vez que los d?s mo ;:scucÎas de todos los tiempos. el claducen en ultimo término, las corne~te::1 po propio -Campo de bataLa a ve,
t·ienen.en Francia
cam
·
. Hay, s111 ern bargo '
sico y ' el romanuco,
.d
ib'e la de Hernani.'cel&gt;: ;en &lt;JUé otr~ parte h~lnelr_a s1 ~ po~p~cialmente cultivada por los france. ,. ·10·n del buen senhdo iterano, e
t'
·1a de Stendhal, SIU/luspeare y
una r Lg
· ·6 en la an mom
.
d
d
ses y dt finida por contrapos1c1 a
la intenci6n combat1v1, a ecu.i a
Hac,ne que oosotros utilizamos ~hora,l6no ~~on resol\'iendo arm6nicameote en el
'
autor la ,ormu 'si
.
al momento en que su .
. mode sus lérminos capitales..
n al
espiritu moderno cl _ant_agon1s C t ha dicho uno de sus cdhcos, perteuece d 1
cf.;is novelas de l&lt;. ugene Montord, la Edad )ledia, ha reioado hasta lin.es e
género que nacido de los cuen1~~ de la Histoi,·e de Jea11 de Paris a Les lra1so11s
si lo xvm, e incluso un poco m ~. e La Pri11cesa de Cleves y l,ano~ Lescout.•
a!,ge,·euur, al Adolfo, p'.lsda:1?6o prr ncesa la de los escritores a qu1enes _M. Le
Es decir. la mas pura tra ici n r~
ci· del hombre y de su~ pas1oocs•
Cardonnel atribuye ,sobre todo el estu io

::ce.a

~t .

t22

(Georges Le Cardoooel. Pierre Lievre: Êtudes sur E11~ne 11:fontforl. Paris, Bibliothèque des Marges).
El solo titulo del &lt;:studio de Le Cardoonel: .De un cierlo romanticismo a un cl'4sicismo moderno, basta para defini r, mejor de loque pudiéramos hacerlo en esta
nota, la pcrsonalidad del autor de La Nina Bo11ita. Eugène Montfort naci6 a la
literatura con una novela amorosa, Si/vie ou les Emois passionnés, conct&gt;bida a
la maoera romantica. Los que en 1896 cran j6venes con Montfort reaccionaban
violenta mente contra el oaturalismo de Zola y sus discipulos. Pero romanticismo ta ' no podia in~pirarse en la misma fuente de tristna que el de las Con/esiones de ,m hjo dd sigle. F:ra una cxpansi6o del .inimo eotusiasta, curado de la
dcrrotrl nacional del 70, no como en Chat•aubriand o en Musset un rcfugio de
la melancolia.
En su segundo Jibro, Essai sur f Amour (1899), Montfort afirma su romanticismo, pero nunca cludien&lt;lo la realidad, sino exaltandola. En 1902 hace su primer vi~je a Marsel'a, fecha decisi\·a en su vida de cscritor inseparable dt· su
experiencia persona! de paseante y de viajero curioso po1· ltalia, por Escocia y
Bretaiia, por Ids cost.is espanolas de Levante, Andalucia y Marruecos, refic1ada
en las notas de: 1ndar y ver reunidas en Jibros como En jl4nant de .Messi11e d
Cadix (1911) o ,1/0111,,,arlre el Jes B, 11/evurds (1908)
Guiado por el e,piritu de Ste,1dhal y el de :\ferimée, va afinaodo y ahondaodo en Ln cumrs malades (1904), Le cira/et dans la montagne (1905), La maitresse americaine (1906) las novelescas iovcstigaciooes eobre el amor de sus primcros libros. De 1903 a 1908, redacta y publica por si solo la revista Les .1/arges (acrccida boy con la colaboraei6n de un seJecto grupo de hteratos libres de
p rejnicios de escuela), en que la evoluci6n del rnmanticismo inicial de Si/vie, a
la inhibici6u clasica del autor de la La Nina Bonita, se va opcrando en nna ser ie de e~tudios magistrales de Gérard de Nerval a Barrés y Claudel, seguo
un orden interior que respondc a la maduraci6n de su espiritu critico y que
cxplica su con\'ersi6n graduai a !a sercnidad con que ahora Je es dado contemplar y pintar la vida.
La Turca ( 1906), no vela recientemente traducida al espaiiol, s~àala la primera etapa del esfuerzo asccnsio11:1l de .\fontfort bacia •cl n~tural, la simplicidad, la human idad,, logrado plenamente, tras La chanson de Naples ( 1909), noveia oapolitaoa al modo de las de Salvatore Di Giacomo, y Lu noces folies ( 1913\ en La i\'1na Bonihl o el amo1· a los cuarenla aiios.
,La Niiia Bonita. es el nombre jovial del yate en que Didier Cassenoir y su
61t ima querida regresan a .\[arsell.1, preSQS eo estrecba c.ircel de amrir de que
no saben escarar. Otros dos hombres, Garein y Ecartclance, consciente el ur. o ,
de la indefensi6n de sus cuarenta aéios ante la pasion amorosa que le asalta,
resuelto el otro a obtencr, por la fuerza que le rebosa, la mujer que se le re sistt&gt; terca, persiguen int'.itilm.. nt~ a aquella Diana enamorada con instinto tic
hembra del apoliaeo Guy Joli, sercno guardador dd animo libre contra las tentaciones de la carne cnemiga. Asesinada Diana, muerto también Ecartelaoce,
rcfugiado Garcia en la lilantropia, 1:arpar.i de nuevo «La Nina Bonita• «para
un viaje mas bello, sin pasi6n ni dolor, acogido su dueiio a la amistad triun-123

�L .\ PLUMA

LA PLUMA
fante del poeta, conducido por d experto nauta Barougas, servido siempre p~r
el sagaz Lombriz.
-~
.
tl amor a los cuarenta anos cuenta !&amp;. bisEl novelista de La NinJ !3onita :tro hombres sencillamente, rehuye~do en
toria apasionada d_e una muiir yd~unarrador, economizando paginas y t1empo,
todo momento su mtervenc1 n
te iendo la atenci6n del lector en
sin que la evidencia _del relat~ padezca,
el~.nento~ imprescindil&gt;les, y, p_or
una tension consegu1da_ no m s qufu~~;., de que s6lo hay ejemµlo en los meJO·
lo tanlo, con una segundad y una
res modelos del géner? oovele~co.
la razon que los corrige, no apareceo
El lirismo, la emoc16n senllmeral
8011ila de la acci6n de la novela,
nunca destacados por el autor ~e :nd;":u sustancia propia. y asimis~&lt;;&gt; los
sino entreverados en ella, c~&gt;n~t•~u) fondo estan dispuestos, no como alic1ente
detalles ointorescos o el _pa1saie te do . la tragedia la luz, la atmosfera, el a~ .
o pretexto descriptivo, s100 pr_es an .1 • ·te cia real vida bu mana. Marse a
biente en que los héroes adqu1eren C?~1s1~s ~l centro' natural de la pasufn ,neno es en La Nina Bonita u!1a decorac1 ~~ferencia a la Carmen de Bizet; su f~diterrânea, de que habl_a N1e_tz~che :;~fontfort a través de toda su obra, culm1talidad se impone al animo :tr~o·a l; ha traducida con un rigor .v una compenante en esta novela. Manu
zan
.· esfuerzo ni fatiga, perc1be en toda _su
oetraci6o con el original que el leitol~ s;~tax1s castellana, al servicio del est1lo
pureza; la fidelidad no meoosca
aparente de Eugène Montfort.
preciso, vivo, fi.nisimo en su senc1 ez
, '
C. R. C.

fi:

k--

·ti

* * *

.
. lickte seiner Selbstbiograj&gt;liie.-E_i,u
A lfred Storch.-August __St,:md~erg '"', -J F Bergmann MUochen u. \Vies• jsyckopat/wlogisclie Personl1ckke1tsana :yse. . .
.
badeo, t 921.
ellos aises de gran actividad pstEn estos ûltimos aîi~s, sob~e
:tras s~ han mostrado abie~tameot~
quiatrica como Al~rn~n:31 lo~b ~ocurnento mas elocueoce en estefi.se~t~d~
en contra de la psiquia na.
. .
d I h Zunte inserto al na e
man ifi.esto de la Bunde der ~rst,f~,. ,e~ :: :;,ige,n Geist. El hecho, interpre:ublicado por Hilier, Das z,e .- . u.1: U.1. s ermaoos ha dado lugar a anima a
~o opuestameote por algunos ps1qu1~tra d! la novela de H. Mann Di• A1·men.
-eontroversia, espe~ialme_nte con mot1vo - ue la maxima culpabilid~d de este
Es indudable-seria n_ec•&lt;;&gt; no reconoccrlo r~ ios especialislas, prioc1palm~ote
movimiento aotipsiqu1âtnco re~~e en ~o~iafic:~s que sobrepasando su obJeto,
en los autorcs de &lt;:icrtos ~stu ,o\~~ ~bsoluta~ent~ censurable. Al lado ~e
han llegado a un d llettantis~o en •.
a la Medicioa, que, a la sombra, _c
éstos se hallao, ademas, e;;cntores aJenosto Max Nordau es un ejemplo llpt·
teodas médicas o biol6gi~as ,del mome~es-;-~nvidias profesio:iales en groles-, han volcado sus an_tipatias pe_rso~a
•
.
~s eosayos de aparienc1a pseuf_doc1entt~~aJaspers en su admirable Allge~me
La finalidad de la patogra ia-escn

:i.~~~:'f

124

fï~~

Psyckopat/wlogie, 2.• ed., p. 382-s explicar la génesis de las crc,1ciones artisticas mediantc el aoalisis de las alteraciones y proce~os patol6gicos psiquicoa
sufridos por su autor, utilizando los datos que el estudio de su vida mental depara. Si el patografo-continûa Jaspers-intenta juzgar, fundado en sus descubrimientos, el valor estético de la producci6n del patografiado, comete una imperdonablt: falta, ya que en modo aigu no quiere decir que una obra de arte sea
mala o iocomprensible porque en ella descubramos ioequivocos signos pato16gicos; este juicio meramente subjetivo no ioteresara a nadie y si indignara a
muchos. Contados son los pat6grafos que se han librndo de caer en este error.
Es suficiente repasar la bibliograHa recogida y cuidadosamente glosada por
Birnbaum en su recieote libro PsJ-d1o;a1/io/ogisclte Dokumentt, Berlin, 1920, para
comprobarlo. Igualmenle carecen de interés. a juicio nuestro, los estudios patogrâfic ,s encaminados exdusivamente a obtener un diagn6stico y discutir el
lugar apropiado que corresponde eu la sistem,hica clinica al patografi;.do. Este
criterio, sustentado, desgraciadameote,por muchos, mantiene la creencia de que
el psiquiatra solo siente particular delectaci6n clasificaodo psiquiatricamente
a sus semejantes, y de un modo implicito !leva coosigo el elogio de la mediocridad. Ridiculo es, del mismo modo, como acertadamente seiiala Jaspers, el
estudio patogrâfico de ciertas figuras de la Historia: Jesucristo, Mahoma, etcétera. Por otra parte, son responsables de la animosidad contra la psiquialria
aquellos psiqu iatras que, como indica W. Mayer, consideran anormal} morboso todo cambio de técoica o direcci6n nueva de las escuelas modernas artisticas o liter arias y conceptûao la mas ligera desviaci6o del tipo medio normal
como un pathos de la psique.
Las escuelas psiquiâtricas modernas, especialmente la escuela fenorneoo16gica de Jaspers. han inspirado uoa serie de trabajos patograficos n,uy interesantcs, entre los que 10erece un lugar preferente el estudio de Storch sobre
Strindberg, objeto de esta recensi61t.
Para el estudio de los signos subjetivos de la vida psiquica pato16gica, con cedc la fenomenologia de Jaspers un valor metodol6gico extraordinario a las
autodescripciones orales o escritas. •Pue!:ito que no nos es dado percibir lo,
psiquico ajcno directamente como Jo fisico Ua!:,pers, loc. cit.p.31), nos limitamos siempre a una representad6n, intuici6n o empatfa, d la que nos conduce,
segûn el caso, uoa serie de caracteres externos del estado psiquico y de las
coodiciones en que se presenta y que juzgamos por comparacioo&gt;. De aqui que
sea un auxilio c-ficaz id aulodescripci6o oral o escrita, aunque esta ûltima sea a
veces feoomeno16gicamente obscura y su autor. por motivas estéticos o de
otra fodole, desuaturalice. De tal defecto adolecen, induddblemente, I,,s Pa, adis artificiels, de Baudelaire; la Aurelia, de Nerval, y las Confesiones ae un c,,,,,e.
dor de oj,io, de Quincey.
Strindberg ha dejado en los cinco tomos de su autobiografia un material
excelente, que, desde un puoto de vista estrictameote fenomeool6gico, ha aprovechaào Storch de modo admirable. La fidelidad de las autodescripciones de
Strindberg es indiscutible, y el misrno Strindberg se apresur6 a demostrar que
en su autobiografia s6lo se propooia aoalizar objetivameote la evoluci6n de su ,
125

�LA PLUMA

LA PLUMA
alma, y al final de cloficrno• dcclara: cQuit-n tcnga este libro por un producto
puramcntc literano, comparclo con mi diario, que desdc el aoo 1895, dia por
dia, cuidadosamcnte llcvo, y del cual e ste libro es s61o ordenada transcripci6n•. La autobiografia permite scguir la vida del gran dramaturgo cscaodinavo paso a paso. Consta de sictc partes, tituladas: cEI hijo de una criada•, ,La
cvoluc16n de un alma•, •La conksi6n de un loco•, cDesuni6n•, clnfierno•,
cLeyt&gt;odas•, «Solit11rio•.
La monografia ue Storch cstudia la pcrsonalidad de Strindberg solamentc
dcsdc un punto de vista psicopatol6gico, y co modo alguuo incurrc en los errorcs q.ie hcmos indicado al principio. Storch, siguieodo croool6gicamente la
autobiografia de Strindberg, divide su trab,1jo en las siguientes µartes: ,La
pcrsonalidad primitiva•, ,La cvoluci6o interior ha::sta la psicosis: primcros accesos e&amp;quizolrénicos; la c1 bis de los vuinticuatro aôos•, «La vivencia arnorosa•, ,La psicosis esquizofré ica: dèsciipci6u del curso; a'la!isis formai; analisis dt"! contcnido•, ,El cstado fioalt, • Rt:sumeo•, ,Ojcada psiquiatrica retrospcctiva•.
.
. ., .
.
El interéi de este cstud10 es puramentc ps1qu1atnco y aporta gran clandad
al conocimic oto de la enfcrmedad meotal que sufri6 Strindberg. S1 la alteraci6n morbosa ha inftuîdo o no sobre su produccioo artistica, fdvoreciéndola, 0 1
par cl contrario, l101itando sus facultade,;, es un asuoto escabroso, dificil de detcrminar, y que. inhcrclltC a toda investigaci6n p,1tografica, ha rchuido Storch
con grao acicrto. La enferm.::dad sufrida µor Strindberg plantca, adcmâs, aigunos problemas de psiquiatda clîuica muy interes:rntes, impropios, sin embargo, de ser comentado, en una rcvh,ta del cMacter de LA PwlllA.
Al llamar la atenci6n general sobre el estudio de Storch, nuestro objeto no
es otro que seiialar al publico profano la exbtcocia de una patografia moderna que expresa claramente el criterio actual de una escucla psiquiatrica alemana, dirio-ula por cl profesor Gaupp, de Tubi~ga, y, al mismo tiempo, indicar
a los hombres de lctras cuan lejos se hallan las iovestigaciones psico patol6gi1:as moderoas de aqucllas que solamente ban logrado encmistar al psiquiatra y
al litcratu, cuando tanto se obtendrîa µara el progreso de la ciencia psiquiatrica si tal estado afectivo se di-svaoeciera y entre ambos grupos intelecwales se
estableciese, en cicrto modo, una colaboracioo. Colaboraci6o intcntada en todas partes por algunos escritores con meoguado éxito, ya que éstos, equivocadamcnte, creycron servir a la psiquiatria llt:vando a la oovela o al teatro personaj~s patol6gicos, que nada enseiiaroo al profesional y aun me nos al profaoo, y que tan s61o sirven-como escribe Gaupp-para mostrarnos el criterio
del arti,ta y cl modo de concebir éstc las psicosis.
Las consideraciooes psiquiatricas de Storch. de gran valor doctrinal. el criterio c1entîfico sustentado en toda la obra, cl re:;peto y cariii.o a Strindberg,
priocipalmente y la claridad e n la exposic16n, son cualidades no f~cc~entes en
esta clasc de trabajos, y que en la mooografia de Storch marcbao mumamcntc
uoidas.

JOSÉ M. SACRISTAN

* * *
,u6

~obcrto Levilller.-La .'ien.ia de los es;~os.-~[C\1XXI.-Editorial
.
•
Sa-

tu:-01no Calleja.

Acababa de recibirlo aquella tard
sin abrir aun. Al pasar por la de m ~ Y ~e 10 llevaba de la redacci6n a casa
1 am,ga, recordé que era sab.vJo y subi;
saludar!a.
-:-Usted perdooe la curiosidad-me d..
.
.
pon,a d abngo, a punto de marcharme ~~h~OJean do cl hbro, mientras yo me
-No se lo presto a usted por ue n. 11 , ,
adcmas, constituye una obliaacio q
o o be Je,do todavfa, gusto que en mi
Gra ·
J
"
n, y .. ,
'
c1as, o conozco, v hasta me are
puede que no lo crea. Mi ami ,t sabf . cc que basta?l~ _bien, aun')UC usted
y para demostrarselo a ustedgh
m, µocd fe en cl 1u1c10 de las mujcre~ lecr tantos otros no le dé tiempo aga ~~ lrueba, ya que quiza la ol&gt;li •aci6o ·de
ted Yo. y dobl6 el pico de la ho· a sa ,s acer ~u gusto de leerlo enter~,: lea usPese a mi dcsc fi
13 correspond1eate.
h..
on anza en el espiritu ci 't" f
·
es •Jade mi ~antasia, sino de la pro ia T
,' ico ememno, mi amiga-que no
oc y hueso, s10 duda, reputad:i cou!'o la eq~s,core, y de scr cil~ musa. ln de car. No porque Yo sea el unico es &gt;e· o me1or_por el gran Dano-, tiene raz6n
vida de un persooajc o un personla·~ d;7 13; hcnda de Levi_liier, que relkje l~
~c proponc; mas porque en él conJera a v1d.1, ~on la cu_rva ,ronrn que el autor
rntenc1ones diseminadas con gr . _.,en { se aunan e~1dentc~ las parabr,licas
y en las que siguco dcspués to~~a s1ngu ~r en las pagm~s autcriore~ ,lei Jil&gt;ro
verdad_, ~i da facihdades a lo~ lectir::p;~~ores ~ la moraleja inicial, qu.-, a la
d_e l~s im.igenes repctidas en las
.
rer.n1sos para entender el sentido
~•os1dad a los aficibnados al ilusion~ut11cs comb1oac10?•·~ del laberito, r!"'ila cu1nocente, por boca del clown.
smo, con dcscubnr de antemano la trampa

*

*
t
E
~t'
*

.Miguel Salvador y Carreras L
so leido en cl acto de su recepc·o . ~-sruuta m Jiadrùl. (1921).-DiscurS.:? F_:rnando, y cootestaciun d~J en a
Academia d 8ellas :\rks de
dngaoez.
xcmo. e tmo. Sr. D. Am6s Salvador v RoUn,a reccpci6n académica, ma-. uc m .
..
laocoha. Ant6jansenos las Acadt::m9
ottvo de regoc110, suele serlo de meperdida. «De las Academias libr~n~:s ia_?teooes de la juventud por siernprc
la llntrada de nuestro amigo Miguel s-,tn~n, clama c l poeta. iQué mucho que
turbara el aoimo, viéndolc preso de u· va or en_ la d~ San Fern~ndo nos conque separan a unos hombres de otrosi° convenc1onahsmo mas de los mucbos
Mas no todo se pierde en la batalla
.
Digalo si no D Am6s Salvad
d por ser ~cadém1co. .Ni aun el humor
contestaci6o, imprcgoado de la ~r,/a re d~l rec,pieodiario, cuyo discurso d~
griego la excelcncia de la exprcs~ cch«sonnsa entre la.grimas• en que cifra el
resis~ente _a la grave cxperieocia
lo~~~~:• es ejemplo de juvenil donosura,
Ni ha s1do menester que para ·
·
nucstro amigo de ninguo caro rec~:~~e;1c en taod d~_cta corp?raci6n reniegue
moce a , antes bie n, el corganiza-

d:

127

�LA PLU ?Il A
dor y propulsor de instituciones musicales• como la Sociedad Nacional de Mu sica y la Orquesta Filarm6nica de Madrid, se ufana en la hoja de méritos alegados por sus presentadores al hacer su propuesta, de haber pertenecido a la
Rondalla Logroiiesa, con plaza de primer bandurria.
No ha becho, ciertamente, Miguel Salvador en su discurso un trabajo de
erudici6n, dado que portal suele enteoderse el mero acopio de datos y compulsas ajenos al interés del profano. Ha becho algo mis, y nada menos que la
historia general, suciota y amenisima, de la orquesta sinf6nica, a cuenta de la
que por derecho le compeUa bacer de la orquesta en Madrid y de sus vicisitu des en estos tiempos.
C. R. C.

* * *

R evue del' Amerique latine.-Hemos recibido los dos primeros numeros de esta rev1sta dirigida p..&gt;r el Sr. )farti,enche y en la que son redactoresjefes los Sres Lesca y Garda Calder6n (V). S,i programa e~ vasto y el cuadro
de colaboradores francese:; y americanos proporcionado, por el numero y ia
calidad, al programa. Seiialemos en el numero primero una cr6nica literaria
de Gonzalo Z2ldumbide. En el numero scgundo retenemos, por tocar directamente a Espaiia, el pr6logo de Charles Maurras (l es forces latines) al libro nuevo de Marius André, la fin de femfJire es;agnol en Amérique.
Aunque no tomamo!' demasiado en serio la filosofia politica de M. Maurras,
menester es preguntarse si el gran escritor ,se paga nuestra cabeza• (nuestra
pobre cabeza de celtîberos romanizados), cuando dice refiriéndose a Itali3, Espana y F rancia: cSu decadeucia se inici6 o se precip1t6 en el punto en q ue las
ideas revolucionarias se apoderaroo de su espiritu publico o de su gobierno•.
A no ser que M. Maurras demuestre (capaz es) que la época del Pad re Nitbard
fué el gran siglo de Espaiia.

*

,

* *

Llbros recibldos. -Carlos Reyles: Et embrujo de Sevi/la; Madrid, Calpe.Ram6n G6mez de la Serna: Disparates; Madrid, Calpe. - La viuda blanca y necra; Biblioteca )lueva. - Adolfo Sabzar: -tudrtfmeda; Cult ura, México, 1921. J. Moreno Villa: PatraittM; Madrid, Caro Raggio. - J uan José Domencbina: Del
poema eterno. Las interrogaâonlS dei silenâo (nueva edici6n); .\iadrid, 1922.
Revistas. - Mercure de France, Paris. - Le Progrés Civique, Paris. - La
Connaissance, Paris.-La Revue de I' Epoque, Pads.-Vida Nuestra, Buenos
Aires.- Atlzenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cra;oui//ol, Paris.-Be//es Lettres, Paris.-Cultura Venezola11a, Caracas.Die Aktion, BerHn.-Peg·aso, Montevidt"o.-Cuba Contem;oranea, La Habana.Babei, Buenos Aires. -Porst"a ed Arte, Ferrara.-Espana ·" América, Ca.diz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-Ça Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
L a No•,velle Revue Franyaise, Paris.- /ndice. Madrid.-Cosmdjolis, Madr id.-71te
Living Age, Boston.--Espana, Madrid. - Les /,-larges, Paris. - Prisma, Paris.Signaux de France el de Belgique, Bruselas.-Los Nuevos, Montevideo.-Revue def .4.mén·que latine, Paris.-.Le Tliyrse, Bruselas.-lntentioris, Paris.

us

ANO III.

1

~lADRID, MARZO 1922

1

NOM. 22.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

&lt;i&gt;

X
AS alla del espanto ' abordé en una trist
tada la primera turbulencia d 1
• eza gn~ve, desgas-

tidianos , dispuestos p
d e a pas16n en ejercicios co. .
ara esbra varia F é t
..
cermm1ento no sé s1· d"
l .
. u am b1en dis.
'
1ga as uc1a· d fï
m1 aprendizaje, pues vine a enfre
1
' e JO, un adelanto en
tocar en lo absoluto· ver e f . nar e abandono. Restafié el afan de
•
n narse la ge
•d
Aprendi q ue mi desbaraJ· uste
neros1 ad, me di6 lastima
_ .
se correspond'
·
muy aeeJas, disecadas ya articulad
. ta con otras experiencias,
de la vida me careasen co'
.
as en tdeas; como si en el hervor
t .
.
n mt esqueleto E fi
ra1an vtSos de desengafio· bd" b . n n, estos albores de paz
.
' a tca a u na pe d b
como s1 toda magnificen cta
,. me estuv1ese
.
d dsa um re grandiosa ,
esperanza, por mi flaqueza.
ve a a, en el temor y en la

(1) Véase LA PtuK.t. de ene ro de

1 9 2:1.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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      <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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8 J8 L 10 T E C A

C E N T RA
-L-·

U. A . N . L

i\_,
VOLUMEN CUARTO

MADRID

r 9

2

2

_

.l

..

�INDICE DEL VOLUMEN IV

1922
«.Ea pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
EN ERO A JUNIO

lJ la que sustenta leyes."

Paginas.

NUMERO 20 (BNERO)
Ram6n Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Nietzsche .. . .
Manuel Azafia: El jardin de Ios frailes. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
19
Alonso Quesada: Igualmente.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
33
Ram6n G6mez de la Serna: El novelista . ......... . ...... . ...
35
Paul Colin: Letras belgas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
49
Jules Bertaut: Letras francesas................... . ...... . ...
54
Libros: Luis y Agustin Millares: Companerilo.-Luis Araquis-~_..,,,_ ~
tain: Las columnas de Hércules.-Enrique Diez Canedo:Conversaciones Hterarias.-Alberto Insua: Un corazôn bttrlado.M. Gutiérrez Najera: Sus mejores poemas.-Revistas.. . . . .. .
59

NUMERO 21 (FBBRERO)
JMPRE NTA ARTiSTICA DE SÂEZ HEIIMANOS
NO.RTE.

21.

MADRJD. TELÉFONO

Ramôn Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Nietzsche . .. .
A. Hernandez Cata: Ascension.. . . . . . . . . . . . . .............. .

17-65 J .
Ill

�LA PLUMA

LA PLUMA

Paginas

P~ginas

Il

Juan José Domenchina: La corporeidad de lo abstracto ....... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista .................. .
Paul Colin: Letras alemanas ............. .. ................ .
Mario Puccini: Letras italianas........ ·................... • ..
Un critico incipiente: Teatros .. •. ... . .......................
Libros: Eugène Montfort: La Nt'iia Brmtta o el amor a los cuarenta a,iùs.-Alfred Storch: Aug-.1st Stri11dberg.-Roberto Levillier: La tt'enda de los espdos.-Migue1 Salvador y Carreras:
la Orquesia en Madrid. - Revistas. . ............ . ..... . . .

86

89
98
107
118

122

NUMBRO 22 (MARZO)

Manuel Azafia: El jardin de los frailes . ..... .. .......... . .. .
Francisco A. de fcaza: Poesias ...... ...... ....... . ..... • .. •
R. Sanchez Diaz: Un cuento en la oficina ......... . . . ....... .
Mario Puccini: El hombre del sombrero gris ................. .
R. Meza Fuentes: Poesia ... .. ... . .. .. ....... ... ......... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista. . . . . . . . . .......... .
Cardenio: Objeciones......... .. ............... . . ......... El paseante en Corte ... Castillo famoso .............. .. ..... .
Jules Bertaut: Letras francesas ........ . .................... .
Alfredo Pimenta: Letras portuguesas................. . .. . ... .
Un critico incipiente: Teatros................... ..... ... ... .
Libros: Eduardo Marquina: El deslino crud.-Ramoo Gomez de
Serna: la viuda btanca y negra. !Jt'sparates.-Carlos Reyles:
El embrujo de Sevilla.-José M." Chacon y Calvo: Las cien
mejores poesiascubanas.-Artemio de Valle Arizpe: Vt'das mt'lagrosas.-Ejemplo.-Paul Neuhugs: Poètes d'aujourd'lzui·.Louis Léon-Martin: Tuvache ou la 1rafédt'e pastorale .. .. .. .
IV

129

138
142

151
152
163
170
173
178 ,
180

186

NUMBRO 23 (ABRIL)
Ramon Pérez de Ayala: Los autores ...... · .. . ..... . ........ .
Ernesto Lopez Parra: Poema de la sensualidad pueril. . . .... .. .
Manuel Azafia: El jardin de los frailes ... . . . ......... .. ...... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista ............. . ..... . .
Cardenio: Objeciones ......... . . . ..... . .. .. . ... . ... . ..... . .
José M. Sacristan: La doctrina de Freud en los pueblos latinos ..
Paul Colin: Letras alemanas.. . . ..... .. ... .. ......... ... .. .
Libros: Francisco A. de Icaza: Canâones de la vzda lzonda y de
la emoci6n fugz'tz'va.-A. Hernandez Cata: U11a mala mujer.Vicente Pereda: La h{dalga fea.-Joseph Conrad: E11 margedes marées.-Alfredo Pimenta: 0 lt'vro das chymeras.-Revistas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ..... .... .. ... ...... .

NUMERO 24 (MA YO)
Manuel Azafia: El jardin de los frailes .... . .................. .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista .. ..... . .......... .. .
Jorge Guillén : Encarnaciones ....... ......... . ............. .
Salvador de Madariaga: Paralelos angloespafioles............. .
Paul Colin: Letras belgas .............. . ................... .
Douglas Goldring: Letras inglesas ... . .................. .... .
Alfredo Pimenta: Letras portuguesas . .... ....... .. ........ . .
Libros: Mario Puccini: Racco11ti' cupi.-Ramon Gomez de la Serna. El Oran Hotel.-Gerardo Diego: hnagen.-Alfonso Reyes: Simpatias y diferencias.-Alberto Insua: Maravilla y La
Hfrl.-Ram6n Segura de la Garmilla: Poe/as espaiioles del siglo XX.-Jules Sllpervielle: Débarcadéres.- Colette: Cltiri . .
Revistas . .. . ...... . .. .... ........ ... . .................... .
Academias: Jules Romains; J. Ortega y Gasset ............ ·... .
Necrologia ........... . . ...... .. ... . ... ....... .... ........ .

�LA PLUMA
Pâginas

NUMERO ~5 (JUNIO)
Manuel Azaiia: El jardin de los frailes. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. de Rivas Cherif: Cifra de Prirnavera.......... . . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: La Exposicion Nacional de Bellas Artes. . . . . . .
Fray Antonio de Guevara: Los principes y los sabios .. ....... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Félix Delgado: Canciones breves . ..... . .................. . ..
Fernando Gonzalez: Poesias...... . . . ................... . ....
Jules Bertaut: Letras francesas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Paul Colin: Letras alemanas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Ramon del Valle-lnclan: La Reina Casliza. - Carmen de
Burgos (Colombine): Los anticuarios.-Luis Fernandcz Ardavin: La derna inqut'etud.-G. K. Chesterton: Ellzombrequeful
jueves.-Adolfo Salazar: Andromeda.-Juan José Domenchina: Poesias escogidas.- -Nicolas Beauduin: L' Hom11te cosmogonique.- ]. Francos Rodriguez: los dias de la Regencia......
Revistas.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Academias: Gonzalo R. Lafora: Ensayo de interpretaci6n psicol6gica del cubismo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Gacetilla. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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�1

ANO Ill.

MADRID, ENERO 1922

NÛ.M. 20.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES (1)

BELLUM OMNIUM IN OMNES
vez, en la Engadina, una dama inglesa, delicada de salud, dijo a Nietzsche: '&lt;Tengo entendido, mister Nietzsche,
que es usted escritor. Me gustaria leer algunos de sus libros.» Y Nietzsche, que sabia que la dama era muy catolica,
respondi6 con dulzura: «No quiero que usted lea mis libros. Si loque
yo escribo es verdad, una mujer enfermiza como usted no tiene derecho
a vivir.»
Si algunas de las cosas que Nietzsche escribi6 fueran verdad, un hombre enfermizo corno él no tenia derecho a vivir. El seiior Icaza, en su encantador Iibrito «Nietzsche, Poeta», interroga y luego satisface la interrogaci6n: «~Qué habria sido de él, desde su mocedad enfermiza, hasta su
desesperada agon(a, si las virtudes que irnaginaba debilidades cristianas
no se hubieran ejercitado en su consuelo y auxilio? Segun sus teorias no
tuvo derecho a la vida; enferrno cr6nico, enajenado, furioso a veces, no
IERTA

ll m~~
~L

(r) Véase

LA PLUMA

de diciembre de

1921.

�LA PLUMA
debi6 perturbar con sus dolores la existencia tranquila y fuerte de los
sanos.»
Ciertamente; pero que Nietzsche, segun sus propios principios, no
tuvier;i derecho a la vida no quiere decir que estos principios sean falsos.
Este principio de que, en justicia, los incap~ces pa~a la vida no deb~n
~ .es tan viejo, cuando men_os, corn? el v1e10 ~faton'. que en su Republica ideal queria que por el 61en comun los rec1ennac1dos fuese~ c~1bactos y escogidos, no de otra suerte que el buen labrador separa la s1m1~nte
mas limpia para la sembradura venidera, y, que se matasen los defic1entes O deformes. Esto es lo acostumbrado entre agricultores y ganaderos.
Pero las mismas practicas sobre la especie humana nos parecerian crueles y monstruosas. Sin embargo, desde Platon hasta Nietzsche n~ ha ~a~tado quien replique que lo cruel y monstruoso es ~o_ndenar a la mfebc1dad y al dolor a un ser humano degencrado o debil ~ a su descendencia, consintiéndole que viva y se propague. Algunos leg1sladores contemporaneos, temerosos de estos dos_ e~t~~mos de cr~elda~, han o?tado_ por
una soluci6n ecléctica; la proh1b1c1on de las licencias matnmomales
entre individuos aquejados de ciertos morbos hereditarios. El problema,
rigurosamente expresado, se reduce a est?~ término~: has.ta qué ?~nto y
en qué medida deben aplicarse en la poltt1ca, la soc10l~~1a y la et_1ca l~s
postulados de la biologia. 0 loque es lo mismo: la ~olttica la so~10lo~1a
y la ética èno son otra cosa que trascripciones espec1ficas de la b1olog1a?
èCual fué la posiciôn de Nietzsche en este p~~blema? .
Con Lamarck, Nietzsche creia en la adaptac1on al med10 y ~n la, ~erencia de Ios caracteres adquiridos. Corno Spencer, fundamento su euca
en la biolooîa e insisti6 en la eliminaci6n de los inaptos y flojos. (Comentemos paso. Si la selecci6n natural, o sea que medi~~te la luch~
por la existencia el inapto y el flojo s~n ~li~in~dos automat1camente; s1
la selecci6n natural es un fen6meno b1olog1co inconcuso, entonce~ h_uelga introducir en la ética, como dictado prir:1or~ial, el deber de e~1m1~a~
a los inaptos y flojos, puesto que ellos por s1 m1smos desap~recera?. 'î s1
no desaparecen por si mismos, sino que es ~-e,nester estatmr un s1stema
politico especial para eliminarlos, esta cond1c1on demuestra que en la po-

:1

2

LA PLUMA
litica, la sociologla y la ética no rigen espontanea y necesariamenie ciertas leyes biolôgicas; o bien, ciertas interpretaciones que se reputan leyes
biol6gicas son falsas leyes). De los biôlogos Schmidt y Noegeli tomé la
idea del mimetismo para la moral: «asi como muchos animales, a fin de
disimularse de los enemigos, asumen el color del medio, as{ el hombre,
por miedo, adopta las opiniones morales de la muchedumbre». (Explicaciôn ingeniosa y sagaz, a modo de metafora. Pero, cuando se quiere
introducir en las ciencias morales el método de las ciencias naturales, el
empleo de la metafora, o es solo literatura y nada demuestra, o demuestra
que las ciencias morales y las naturales son irreductibles entre si).
Bajo la sugestiôn de Emerson y de los biôlogos Schneider y Rolph,
comenz6 a sustraer importancia a la influencia del medio y lleg6 a considerar como factor supremo en la evoluci6n «el deseo de poderio», o innato impulso al crecimiento, a expandirse, a ocupar mas espacio, a domeiiar y apropiar el contrario. Distingui6 entre amos y esclavos, segun la
diferente cantidad de energia en los diferentes hombres; y consecuentemente, entre la moral fuerte, creadora y ascendente de los primeros y la
moral defensiva, egoista, rebajadora de los segundos. El primer mandamiento de la moral de los fuertes: «vivid con riesgo», porque el riesgo
acrece la energia. Finalidad de la moral de los esclavos: «vivir seguros».
De aqui que la piedad es la virtud matriz de la moral de los esclavos; la
piedad, el acido de la energia.
En el terreno ético-biol6gico, tan brumoso y movedizo, la originalidad de Nietzsche (originalidad relativa, puesto que hallamos en Rolph
su génesis) estriba en seiialar la Jucha por la abundancia y la prosperidad
corno el principio evolutivo primario; los seres no luchan por el mero
existir sino por el poseer y dominar. En este punto concreto, Nietzsche
se enfrenta con Darwin y Malthus; pero coïncide con Darwin en reconocer la lucha y la guerra como permanentes necesidades biol6gicas y permanentes necesidades sociales. Las diferentes partes de nuestro cuerpo-segun Nietzsche-nuestros diversos pensamientos y sentimientos,
los miembros de la misma especie, y las diferentes especies, todos Iuchan
y guerrean entre si; todos luchan contra todo. i Voilai Hemos caido nue3

�LA PLUMA
vamente en la pura metafora, en la literatura. Si nos obstinamos en tratar la sociolog/a como una ciencia nat~ral, es m~nester que us~mos de
severidad y exactitud cientificas. Si yo 1uego al aiedrez co~ Tac1~, ~l~ro
que lucho con él, y aun libro una batalla, quizas po~ n~ces1dad b1olog1ca
y sociol6aica como quiere Nietzsche, Pero claro, as1m1smo, que esta lucha oues~ra ~o es, en estricto rigor cientifico, de la misma naturaleza
que la de dos bisontes en celo, o la de dos perros por un hueso, o la ~e franceses contra alemanes, 0 la del rojo con el azul, o la de un sostemdo con
un bemol, 0 la de la tierra y la luna, todos los cuales luch~n a su modo, se
oponen, se contrastan . Admitir, sin mas, la homogene1dad entre _estos
difereotes hechos, dado su parecido aparente, y sentar, con:pretens1on_es
cientificas, una ley comun, valdria tanto como declarar a:e al. murc1élago, por que vuela, y pez a la ballena por que nada. _L1teranamente,
metaf6ricamente, no es un disparate llamar ave al murc1~lago y pez a la
ballena· cientificamente es solemne disparate. ~Pretendé1s que la lucha
univers~l es una ley cientifica? Entonces retraigamos el honor de su ~es· ·ento al vulgo antiguo. El proverbio romano reza: Bellum omnium
cubnm1
b'
·
in omnes, guerra de todos contra todos. S6lo que este pro~er 10 en~1erra
un sentido moral, que no literai. iQue en efecto una partida de aiedrez
y la batalla de la Marne son hechos homogéneos y ~emuestran la necesidad biol6gica de la lucha? Entonces, si esta neces1dad se consuma lo
mismo con entrambos hechos, no hay para qué las luchas cruentas, y es
suficiente, cientificamente, que las guerras entre pueblos se resuelvan
con una partida de ajedrez.
Es simplemente absurdo identificar ~o _match de boxeo con la _dulce
incertidumbre del animo entre dos sent1m1entos. Que en el corazon del
hombre se pueden desatar luchas congojosas, ev_idente; pero est~ no
acusa la necesidad biol6aica de los conflictos sentimentales de caracter
traaico. y aun cuando e:ristiese esta necesidad, existe también en el hombr: una parte superbiol6gica, cuya ~isi6n se c_ïf~a en corre~ir y beneficiar las necesidades biol6gicas. El div1no y ommv1dente Platon no ~lcanz6 a ver la guerra como determinismo universal; antes al co~trano. E?
sus «Leyes», pronunciase contra la guerra entre estados, expomendo la s14

LA PLUMA
guiente ilaci6n dialéctica: «si admitiésemos la guerra entre estados la tendriamos que admitir entre ciudad y ciudad, y luego entre fami!ia y familia, entre individuo e individuo, y por ultimo, dentro del pecho del
individuo. Por ende, si la guerra y la conquista no forman el fin supremo
del estado, no debe otorgarsele a la bravura militar el puesto mas alto en
la jerarquia de las virtudes humanas.:o Nietzsche vuelto del revés.
El peligro de las metaforas es que cada cual las aprovecha a su guisa.
La biologia poética y metaf6rica de Nietzsche ha servido para que se le
presentase como ap6stol del imperialismo germanico y poco menos que
unico responsable de la ûltima guerra. Esto es caprichoso y ridiculo.
Oigamos a un autor francés de fuste: «Nletzsche pleurait sur la folie d'une
Europe qui versait a.flots le sang européen, comme les grecs versaient à
flots le sang grec, sacrifiant presque toujours les hommes de la culture la
plus haute. Il savait la responsabilité allemande dans le danger p ermanent
qui, par la mtlilaris:itio11 gemrafisée de l'Europe, pesait mr l'humanité;
et la provocante devise de L 'Allemagne au-dessus de tout, t'l l'avait aeclarée: le mot de rallùment le plus dmué de sens qu'ily ai't jamais eu au monde.» («Nietzsche, sa vie et sa pensée», por Ch. Andler. Cinco volumenes. En via de publicaci6n.)
Cerraremos estos someros comentarios con dos observaciones.
Cave biologiam .-jCuidado con la biologia! Lo menos malo que os
puede ocurrir por la aplicaci6n desmesurada de la biologia es caer en
ridiculo. En cuanto el hombre pertenece a la zoolog/a, como ejemplar,
miembro o dùiduum de una especie, ni mas ni menos que otrosanimales, en este aspecte el hombre es objeto de la biologia, como lo entendi6
Platon al exigir del estado el escrupulo biol6gico en la mejora y hermoseamiento de la raza. Pero, en cuanto el hombre es individuo (tizdividuum; noya una pequeiia division de un gran grupo, sino una unidad
indivisible),-en lo moral, en lo religioso, en lo politico, en lo estético,
el hombre es superbiol6gico y se rige par complejas leyes racionales y
sentimentales, desconocidas en el resto de la Naturaleza, donde imperan
leyes fisicas simples.
Dura. le:r, jicta. lex.-«S6lo los locos y los canallas se resignaran a vi-

s

�LA PLUMA
vir en un mundo darwiniano», exclama Bernard Shaw en su reciente
Iibro «Metabiological Pentateuch». Pero es que la dura ley de la guerra
universal no es ley biol6gica; es una ficci6n. Las ultimas observaciones
de la ciencia natural muestran que la Naturaleza no es competitiva, sino
cooperativa. (Recomiendo al lector un admirable libro q~e acaba de
aparecer: «Mountain and Moorland», del gran naturahsta Arthur
Thomson.)
Es curioso que la Naturaleza, a la cual imaginamos inagotable en la
creaci6n de formas innumeras y disparejas, apenas si dispone de unos
pocos esquemas sintéticos que se ajustan a tod~s. las series ~aralelas de
criaturas; esquemas susceptibles de representa~1_on e~ una ~or~ula matematica. No deja de ser pasmoso que las nov1S1mas mvest1gac1ones sobre la constituci6n de la materia, al descomponer el atomo en electrones hayan hallado que la particula minima de materia reproduce exacta~ente el esquema de un sistema planetario sideral, con un a manera
de sol céntrico, positivo, y varios al modo de planetas negativos que en
torno suyo giran. Y un sistema planetario no cabe que sirva de simbolo
de la disonancia y la lucha, sino de la armonia y el equilibrio.

LA A TMÔSFERA DE NIETZSCHE
El s{mbolo.-La hip6tesis.-La metdfora.-Nietzsche dilat6 los horizontes nebulosos del alma'humana erigiendo el simbolo formidable del
Superhombre mas lejos de la ultima linde de la inteligencia, alli donde
solo Jlega la fe voluntariosa, depués de haber quedado sin alientos en el
camino la blanda caridad y la d ulce esperanza.
Querer, sin suavidad ni esperanza egoistas, querer,-por amor a un simbolo, esto es, por amor a una realidad venidera que no sera nuestra realidad; be aqui el mensaje, be aqui la da.diva filantr6pica de Nietzsch;:. No
en agasajos de bienes de fortuna ni en buenas obras para con el proJlmO
se cifra la filantropia, sino en multiplicar el area del alma humana,
6

LA PLUMA
creando un mas alla, un hito remoto, un nuevo simbolo de la fe, qùe
exija formas inéditas de la voluntad, heroismos insospechados, fortaleza
inaudita ante las verdades terribles que orillan y jalonan la ruta hacia
aquel distante término.
Claro que de los simbolos se hace con frecuencia mal uso. No importa. Nietzsche ha infestado el mundo con una plaga de superhombres
diminutivos. No ha sido suya la culpa. Con proclamar como unico principio vital la ansiedad de dominio o împulso a ocupar mas espacio, con
fingirse inmoralista, duro, despiadado, agresivo, anticristiano, y, ultimamente, con trastocar los valores habituales, haciendo de lo bueno malo
y de lo malo bueno, al modo como se vuelve del revés un calcetin, catate
un individuo vulgar, cuando no inferior, creyendo, muy convencido, ser
un superhornbre.
Ya hemos indicado, en el ensayo anterior, que cientificamente la ansiedad de dominio no puede aceptarse como principio vital, ni la Jucha
universal y permanente como necesidad biol6gica. Estas dos expresiooes
no deben entenderse sioo en sentido metaf6rico, literario, moral. (Pascal
y la Rochefoucauld-que influyeron ootoriamente sobre Nietzsche-ha..bian ya dicho que el pecado original del hombre, su instioto profundo,
era la pasi6o de dominar, libido dominandi. Tratase en ellos de una simple observacion ética, sin ambiciones de universalidad cientifica). La
ciencia moderna nos muestra que la oaturaleza es una sociedad cooperativa, y no coso de riza y polémica. Ansiedad de dominio y guerra obligada, en cuanto expresiones metaf6ricas, extienden su penumbra sugestiva sobre un ancho hato de fen6menos diversos, y aun contradictorios,
que sumidos en esa niebla literaria o atm6sfera maternai parecen semejantes. La expresi6n metaf6rica, cuya esencia reside en la apütud para
confundir en una muchas cosas, no nos da un conocimiento pero si una
emocion de la realidad; no explica la realidad pero la anima y sensibiliza. Por muy coovencido que yo esté de que un arbol crece en virtuel
del principio vital que le cmpuja a querer ocupar mas espacio, continuo
sin penetrar el misterio biol6gico de su crecimiento, si bien al irnaginar ·
al arbol asi como poseido de una oscura ansiedad de grandeza y altane'1

�LA PLUMA

LA PLUMA
ria se transform3i para mi en un personaje patético. Po~ eso ha~ que
guardarse mucho de involucrar y envolver esas dos musas mcompat1bles:
la metafora y la ciencia.
.
,
Pero entre la ciencia y el simbolo existe mas que la mutua s1mpatla;
es el co~nubio cabal y consorcio inseparable. La ciencia no acierta a -:,ralerse por si, y en todo caso cede su representaci6n y l~ palabra al s1mbolo. Simbolos son el punto matematico, la linea, el pohgono_, la esfera,_ Y
todas las figuras de la geometrfa; simbolos son las c_onnotac1ones ?el_ al~
gebra; simbolos las formulas y diagrama~ de la fls1ca y ~e la qu1m1ca,
simbolos los tipos absolutos de las cienc1as naturales; s1mbolos los esquemas e ideas de las ciencias morales y poHticas; simbolos los conceptos y entelequias de las ciencias filos6ficas.
,
La metafora relaciona y confonde cosas heterogéneas, dandoles una
similitud sentimental. El simbolo, por el contrario, no es un modo de
ver y sentir realidades multiples sino que es en si ~ismo una_ rea~~dad de
orden ideal, hacia donde se afana, como a su beatttud o ~eahzac~o~ consumada la realidad contingente. Cada simbolo de por St es el vert1ce ~e
un gru~o de realidades fraternas. Por eso, el simbolo lejos de confundir
las cosas corno hace la metafora, las personaliza y depura. En este
aspecto ~n cuanto encarnaci6n individualizada de una realidad ideal, el
simbol~ es c6nyuge del arte, que le es amorosisima. Ya hemos hech?
bfgamo al simbolo; y es que lo rnismo en el Olimpo de los dioses helémcos que en el Helic6n de las normas ideales-y no otra. cosa era~ los
dioses sino incorporaci6n plastica de estas normas- no ngen los d1c~ados éticos y juddicos de nuestras sociedades rudimentarias. El ar~e, cnatura de temperamento sensual, esta siempre abrazad? ~on el s1mbolo.
Hasta el arte mas afecta a reproducir lo concreto y d1st1nto-el naturalismo, el impresionismo-esta impedida de manifestarse si no es a trav~s
del simbolo y en cada creaci6n individualizada asume trascendenc1a
universal. P~r muy fiel y escrupuloso que sea cl arte en la copia de la~
cosas materialcs, sensibles e hist6ricas, el producto de su esfuerzo, a~t
que esta concluso y nace a la vi_da, y~ no pertenece, al fuero de la r~al1dad contingente si no de la realtdad 1deal, es un s1mbolo. He aqu1, en
8

suma, el doble postulado del sim bolo; la no existencia real y la pura existencia como ideal.
Del connubio del simbolo y la ciencia no se engendran por fuerza simbolos. A veces el fruto es la hip6tesis. La hip6tesis esta entre la metafora
Y el simbolo. Tiene algo de metafora, puesto que confonde cosas heterogéneas; pero las confonde a sabiendas y con finalidad, por mejor explic~rlas que no ~or sentirlas mas intensamente. Esta la hip6tesis por enc1m~ de metafora, puesto que tiene algo de ciencia y algo de simbolo;
d_e c1enc1a, en cuanto se propone conocer la realidad contingente; de
s_,mbo!o, en cuanto persigue este conocimiento por referencia a una reahdad 1deal. Pero, ciencia y simbolo, en la hip6tesis, son conscièntemente
provisorios, instrumentales, pragmaticos, itinerantes, como la vela y e1
r~mo que cesan en su ministerio cuando, por ejemplo, la barca se cony1erte en lancha motora. La gravitaci6n universal, la conservaci6n de la
energfa, la evoluci6n; todas tres son hip6tesis. Pero, la ansiedad de poderfo c~mo unico p_rincipio vital y la fatalidad y permanencia de la guerra
c6sm1ca s~n ~etaforas_ nada mas. Ni explican la realidad, a no ser para
u_~ e~t:nd1m1ento d_el~1tante y poc_o exigente, ni han cumplido una miston 1ttnerante y practica en el penplo de la ciencia. Si Nietzsche no hub!era dejado de su genio especulativo otras prendas que aquellas dos me~fora~, no ~asarfa _a historia de la cultura sino como un escritor persp1caz, mgen10so, ongmal y sobremanera brillante. Pero Nietzsche ha sido
ademas uno de los pocos hombres del Sinai y del Tabor; ha formulado
una nueva ley y ha creado un nuevo sfmbolo. Y no un simbolo cientifico o un simbolo estético, sino un simbolo de la fe· un simbolo que
, de po~eer _la _eficacia de la ciencia y la belleza' del arte requiere'
ademas
c?n remoto e mes1st1ble llamamiento ideal todos los sentidos y potenc1as del ~om_bre; las fuerzas superabundantes y sombrias de su animalid;d, sus mstmtos sociales y éticos, sus inquietudes religiosas. Corno todo
simbolo pleno ha conquistado para Ios territorios del alma humana
vastas provincias de promisi6n, un reino venidero y maonifico cierto
.
I
b
'
aunque todav1a no ogrado, al cual se ha de lleoar mediante Ios mas s~veros sacrificios y actos de braveza.
b

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9

�LA PLUMA
Ciertos nietzscheanos y superhombres se nos presentan, sin _darse
cuenta, como refutaci6n del simbolo del Superhombre, porque, s1endo
postulado de los simbolos la no existencia actual, si los superhombres
andan tan baratos, el Superhombre perderia su categoria de simbolo.
(Qué es, qué vale, definidamente, el simbolo del Superhombre?
El apelativo.-En la.evoluci6n ascendente de los seres organicos, el escal6n penultimo es el antropoide, o criatura semejante al hombre; el ultimo, hasta ahora, es el antropos, o sea el hombre. El ser intermedio Y
crepuscular, semimono y semihombre, que sefiala el transito entre lo
irracional v lo racional, no esta todavia fijado cientificamente, como no
esta deter~inada ninguna especie medianera o inmediatamente previ_a a
las especies existentes. Algunos descubrimientos palento16gicos de c1ertos huesecillos fragmentarios se ha querido que sirviesen para fanta~ear
varios tipos de postmono o prehombre. Pero, a la postre, estos t1pos
siempre han resultado o un mono de veras o un hombre del todo._La
fijaci6n de esa especie simiohumana es uno de los proble_mas de la c1encia. Con el paso de una especie a otra ocurre algo scme1ante como con
Jas puertas. Una puerta no puede estar sino cerrada o abierta; lo que se
Hama vulgarmente una puerta entreabierta es simplemente una puerta
abierta. Las especies Jas vemos diversificadas y finales cada u~a de ellas
en si mismà. La mutaci6n sucesiva entre una y otra se ha venficado en
el misterio, sin dejar testimonio ni vestigio. En esta difer~nciac~6n, acusada e inm6vil, de Jas especies (pues por mucho que nos mgememos no
cabe transformar la raza asnal en raza equina), caracterizaci6n constante que parece obedecer a un designio providencial, ~l m~do que un artesano de juguetes manufactura conforme patrones mvanables las figurillas bestiales de un arca de Noé; en este hecho curioso, que entra por
los sentidos, se fundan algunas personas poco imaginativas para ~ega.r
Ja evoluci6n. Pero, el principio de la evoluci6n es, hoy por hoy, c1ent1ficamente compulsorio. Pues, si la evoluci6n pros!gue ~u mar&lt;:8' ascendente, después del antropoide y el antropos se venficara el adv1e~to_ fatal del metrantopos, el mas alla y por encima del hombre. El sent1m1e~to mas apegado al coraz6n del hombre, el mas dificil de lustrar, el lat,10

LA PLUMA
do mas intimo y caricioso, consiste en considerarse centro del universo.
Todas las actividades humanas-arte, ciencia, moral, religi6n-estan sobradas de este sentimiento pegajoso, que el hombre rezuma, a pesar
suyo, del vaso -~oroso de su cor~_z6n. La ultima gran hip6tesis cient{fica,
la de la evoluc1on, estaba tamb1en empafiada de este sentimiento vanidoso Y mezquino. Todo se ha creado por evoluci6n· la vida ha venido
evolviéndose desde la papilla protoplasmica hasta 'el hombre; pero el
hombre es la pleamar de la vida. (Por qué?
(Por qué'., se pregunt6 Nietzsche. Todo «por qué» es un tragaluz
que se pract1ca sobre el infinito, la regi6n de los simbolos. Nietzsche se
asom~ y columbr6 s~ simbolo. A este simbolo tenia que imponerle un
apelativo. Y como Nietzsche era aleman le impuso un apelativo aleman,
«Uebermensch», que luego han traducido literalmente a todos los idiomas; superhombre, mrhomme, overman y superman, etc., etc. La palabra «uebermensch» aparece por primera vez en Alemania en una homiHa del afio 1688, claro que no en el sentido nietzscheano. Goethe emple~ también este vocablo, aunque tampoco en sentido nietzscheano, y
de el, probablemente, lo tom6 Nietzsche.
Esto en cuanto al apelativo. En cuanto a la idea del superhombre es
muy verosimil que Nietzsche la_ haya apropiado del fil6sofo Dübring,
que, en s~ obra El valor de la vida (1865), sugiere que la evoluci6n del
~om~r~ t1ende hacia un tipo mas eJevado y hcrmoso. Este precedente
1deolog1co no menoscaba la originalidad de Nietzsche. Lo que en el pred_e,cesor ~s una presunci6n, o una fria inferencia, en Nietzsche es convicc10n ard,_~nte, acto de fe, vision profética; en definitiva, apasionada
encarnac10n de un nuevo simbolo (1).
Et simbol~ literario.-Todo simbolo literario no puede por menos de
alz_a:se revesttdo con la apariencia plastica y corp6rea de una figura dramat1ca o novelesca. La perspicacia y pericia de Nietzsche en cuanto autor literario le hizo comprender que una figura dramatica, novelesca 0
(,)_ Posiblemente_ uno de los agentes que colaboraron en ,~ gestaci6n!::lrén en el apelahvo-del superhombre fué la idea emersoniana del Ove/.
Il

�LA PLUMA
LA PLUMA
épica, por ser de contornos y proporciones limitadas, aunque alcancen
la medida gigantesca, no puede servir de simbolo sino del presente y del
pasado perduradero. En cuanto una cosa toca su limite, se aquieta y estaciona, ya esta vaciada en el molde rigido del presente y del pasado. Lo
ûnico ilimitado e inagotable es lo porvenir. Y ~ietzsche queria que su
superhombre fuese cierto como el mafiana y como el mafiana incognito.
No podia, pues, cuajarlo en una corporeidad novelesca y dramatica.
Pero ya que no del superhombre, Nietzsche amaso la figura camai, convincente y patética de su nuncio o profeta; Zaratustra. Zaratustra evoca
el superhombre, persuade la certidumbre venidera del superhombre, lo
hace ver, palpar, sentir, no con los sentidos mortales, sino de manera
mas profunda, con el sentido de presencia propio de la fe religiosa.
El estilo literario de Nietzsche, siempre enjuto, nervioso e impaciente,
en Zaratustra se extiende con la magestad del volumen y la energia de un
gran viento. Contiene todos los timbres, todos los acentos, desde el alarido hâsta el sollozo. Todas las cosas se agitan bajo su pesadumbre ingravida. Arrastra consigo las aimas, como el torbellino dantesco.
Zaratustra es, desde luego, el libro de un escritor de raza y de un
poeta cierto, como Platon consideraba la poesia veraz; poesia urania,
poesia del entendimiento.
Un simbolo literario es susceptible de tantas interpretaciones subjetivas como sujetos lo arrostran. La Biblia, repertorio selvatico de simbolos
literarios-prescindo ahora de su valor religioso-no puede leerse sin comento ajeno o sin comentario propio. Es el simbolo literario, como el
mana del desierto, que cada cual le halla el gusto que apetece.
Otro tanto sucede con Zaratustra . Se ha utilizado como texto aristocratico; y no habria inconveniente en propagarle como texto democratico. Recordemos elipticamente la gesta de Zaratustra.
Zaratustra se retira a una cueva en la montafia. Ha huido el trato de
los hombres. No ha visto en ellos sino bajeza, cobardia, flojedâd. La humanidad padece una especie de colapso y agotamiento, tras de la tension
multimilenaria que ha sido menester para hacer las dos grandes jornadas
del verme al antropoide y del antropoide al hombre. Es la decadencia y
12

disoluci6n
.
. de. la. especie. ùe un lado , la mora I d ommante,
moral de esc1av?_s, iguahtana y rencorosa, impide y detiene la obra fecunda de la selecc1on
De otro lado ' la filosofia y la rel·1g1on
. . d escentran el espi· d natural.
h
ntu e1 ombre del de ber de su realizacion dolorosa en la tierra haci 1
e~peranza cgoista de la satisfacci6n ultraterrena y ultramortal La h a a
mdad se ha vuelto de espaldas al sentido de la tierra. y Za;atu t umaun largo rapto de meditaci6n ha columbrado el superhombre E~ ra, en
homb~e es el sentido de la tierra.» «El destino de la human·i;ad shup:cu~phrse en la misma tierra, no en el cielo.» «La vida es lo q
• a e
esta superandose.»
ue s1empre .
~n la cueva_ de Zaratustra se han acogido algunos ejemplares de hu;~mfad ~upenor. El pesimista desesperado, que suspira: todo es vania . osa os reyes _que han sabido abdicar. El sabio concienzudo, ue
h~ ~onsaorado ~u vida _a estudiar el cerebro de la sanguijuela. El hist~6n
v'.eJo, d: l~s mascaras mumerables, que a todos enga.iia, menos a si rop10_- El ultimo de los papas, que ha matado a Dios. El vagabundo voiuntano, asqu~do de sus semejantes. El escéptico, que es una sombra mas
~ue ~na reahdad. ~l esta~o de espiritu de estos hombres superiores es el
m~st10 y repugnanc1a de s1 propios, que les impele al ascetismo y al pesismo. Dcsgarrados los hombres superiores del resto de la h
"d d
·proseguira
· · esta
·
. retr6grado; renunciara a la vida.· seumam
t
su d ecl1ve
d" l a ,
e~ la nada? «Adelante-replica Zaratustra-paso a paso adelant:; :~a
a ent_r~ en la decadencia». La decadencia es como el otofio ue conduc:
sufrido invi~rno, umbral de la renaciente prim~;era. El vivo
b
e ombre supenor es el solo estimulo de superaci6n. Pero no es
as~nte q~e el hombre superior sufra en si mismo y sien ta repuanancia
O
en s1 prop10. Este sufrimiento es fuente de grandeza· pero
b
Hay q
f· d
,
, no asta
ue su nr_ e ser hombre, con vergüenza de poseer naturaleza hu:
ma~a. «Ihr le1det an euch; ihr littet noch nicht am Menschen » Este
ra o_ s1remo de pesimismo provoca en el hombre superior la exigencia
~ suic1_ arse _en loque tiene de hombre; el horizonte de su alma se ha
d1stend1do
.
"d mdagrosamente
. ..
' y mas alla de kl u, lt·ima 1·10d e, se pres1ente
con senti o de mv1S1ble presencia, el simbolo del superhombre. El hom~

~~t: ~c~J

13

�LA PLUMA

'1

bre superior se apercibe a ser una a modo de fibra prieta y tenaz, entrctejida con otras iguales, para formar la larga cuerda que salvando el
abismo, hondo y cenagoso, que hace la humanidad, sirva de punto de
sutura entre el antropoide, la ultima cumbre zool6gica, y el superhombre la inmediata cumbre de la vida.
Edades prolijas consumira la preparaci6n del superhombre. Entretanto, la sociedad habra de organizarse bajo la soberania de una cl_ase de
hombres superiores, cuya misi6n consistira, de una parte en esc1tar la
evoluci6n hacia el superhombrc, practicando de consuno la moral dura
de los fuertes y los dictados de la ciencia biol6gica, y de otra parte, m~ntener la disciplina y el orden en el resto de los hombres,.~ ue han nac1do
para trabajar, producir y obedecer, a los cuales ha de dep_rseles el regalo
de los ooces plebeyos y sensuales, asi como la perseveranc1a en la e~o{sta
fe reli;osa y en la cobarde moral consuetudi~aria de ~os cs~!avos, sin las
cuales les faltaria entereza para soportar la vida y res1gnac1on para obedecer.

.Art"stocracia y democracia.-El andamiajc social que Nietszche esbo-

za, como apoyatura para edificar el presunto superhombre, parece un
artificio de coostituci6o aristocratica.
Sin embargo ... Ya Arist6teles reconoci6 que por naturaleza un_o s
hombres nacen esclavos y otros seiiores (por naturaleza, que no por c1rcunstancias politicas), o lo que es lo mismo: hay hombres, la mayoria,
desposeidos intrlnsecamente de la aptitud para dirigirse, ni menos dirigir a los demas. Pero, del reconocimiento de esta ver~ad'. no se de~~ce
un corolario politico aristocratico. Precisamente el cnteno democrat1co
estriba en que dirijan Ios mejores, y para la consecuci6n de este fin el
procedimiento democratico propone una organizaci6n _de la soc~e_d~d en
donde sea posible que el hombre que nace con la aputud de dmgir, ya
sea de origen vil, ya de alcurnia preclara, llegue en efecto a dirigir; en
tanto por Jas constituciones aristocraticas dirige quien ha nacido en una
Jinea familiar de dirigentes, aunque esté desposeido de la aptitud para
dirigir. Claro que la constituci6n democratica supone que el gobierno es
por y para el demos (por el pueblo y para el pueblo); pero esto se inspira

LA

PLUMA

en el prop6sito de cultivar el pueblo como un vivero donde sin cesar se
renueve el caso favorable, el experimento raro de hombres nacidos para
gobernar con fruto.
En el esquema de Nietzsche cabe desglosar esas dos notas sustantivament~ dcmocraticas. Los ejemplares de humanidad superior que él ha
sclecc1onado no han nacido dirigentes por abolengo, sinoque provienen
del demos, a excepci6n de los dos reyes, que son hombres superiores por
haber dado fin a sendas aristocracias, puesto que habiendo nacido diri~eRtes, pe:o sin aptitud directiva, lo reconocen y abdican. Durante algun
t1empo, Nietzsche se incliné a exaltar como anticipaci6n del superhombre a Napole6n, cuya cuna fué popular. También Nietzsche veia en el
pueblo un como ~ivero vegetativo del hombre superior, y aJguna vez
e~pone su creenc1a de que el genio y el héroe surgen repentinamente en
v1rtud_ de una feliz casualidad, algo a la manera de las mutaciones' de
De Vries.
La de~ocracia es, h~s1:3'_ahora, la maxima garantia para el gobierno
de los meiores; es la pos1b1hdad de aristocracias auténticas, pero eflmera_s, puesto ~~e toda aristocracia permanente degenera . Es curioso que
~1etzsche ehg10 como rasgo del hombre para el mando la superioridad
t~telectual, Y a la vez deseaba una casta permanente de oobernantes
siendo asi que 1~ su~erioridad intelcctual no se trasmite po; herencia,
s?l~ment_e 1~ ~s10log1ca. He agui la confusion de Nietzsche. La superiondad fis1olog1ca no a~arrea la superioridad intelectual, ni viceversa.
El hombr~ ~ue_ ha nac1do para sefiorear es quiza hijo de siervos.:
. La reltg1ostdad del simbolo del superhombre.-La religiosidad de
Nietzs~h~ n_o e_s solo de sent!mie?to _Y de conducta, sino de gesto. Pese a
su an~1cnstianismo y su ant1clencal1smo, siempre hay en él algo de aplomo e m~emperancia sacerdotales. Llevaba en el redaiio enjundia de cuatro
generac10?es de clérigos. Hablando de los curas dice: ~i sangre es la
suya ~ q_u iero que la de ellos se honre en la mia.»
Mas importante que el gesto es la sustancia religiosa. El simbolo del
superhom~r~, como la~ mejores religiones y sistemas éticos, se afirma en
la fe metafis1ca. Pero s1 la religion es, en el espiritu, fe metaflsica, en la

si

�LA PLUMA

LA PLUMA
conducta de la vida es espiritu de sacrificio. Religiosidad activa y espiritu de sacrificio son inseparables. Todas las religiones han considerado
q1,1e seria estéril inducir a los hombres al sacrificio sin prometerles recompensa en la otra vida. La religiosidad activa es en la mayoria de los
hombres un esfuerzo interesado. Nietzsche intenta purificar cl sentimiento religioso. La fe en el superhombre es el sacrificio absoluto, sin esperanza de recompensa; el renunciamicnto completo a todos los deleites
que debilitan y rebajan la vida, de 1a cual no somos sino depositarios y
trasmisores; el ejercicio duro, cruel, despiadado de las virtudes difîciles
que robustecen y exaltan el impetu vital hacia el superhombre; una existencia de Jucha acerba y de riesgo expectante; y todo esto para que en
en el futuro futurisimo una criatura sobrehumana logre un estado de
&lt;licha colmada que nosotros no hemos de participar ni alcanzamos a
concebir.
Està mistica abnegaci6n es todavia mas acendrada que el arrebato de
amor divino expresado en el distico postremo del famoso soneto atribu,do, ya a Santa Teresa de Jesus, ya a San Francisco Xavier:
Aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.
La repetù:ion i't1deji11ida.-La convicci6n de la repetici6n indefinida,
expuesta en «Aurora», y la convicci6n del superhombre, tema de Zaratustra, son irreductibles, bien que Nietzsche se hiciese la ilusi6n de haberlas armonizado en el mismo libro de Zaratustra.
El proceso intelectual y sentimental de Nietzsche hasta figurarse que
habia hecho abrazarse aquellas dos convicciones adversarias es el

siguiente:
Nietzsche, como todo espiritu religioso, sentia terror ante la idea de
la muerte, del aniquilamiento completo. Timor est quod facit Deos, el
miedo es el que inventa los dioses.
Primera soluci6n: la estética. Bajo la influencia de Shopenhauer y
Wagner, Nietzsche, en «El origen de la tragedia», procura aliviar el horror de vivir-horror solamente, comentamos nosotros, cuando la vida

estâ embebecida en el horror de morir- a
.
.
.
raciocinante por mcdio de una fucrte ebri~da:es:st~do la '.nteligencia
propia: el arte. El mundo y la vid
. ' e _mo y olv1danza de si
estética.
a no tienen smo una justi-ficaci6n
Segundo estadio: la cicncia Siguicnd
E
.
Goethe, Nietzsche reconoce que. la natu l o a mped~cles, Hcraclito y
finalidad aigu na. Pero la pura fru1· . , rda eza no enc1erra en s{ misma
'd
c10n e conocer por co
d
senti o satisfactorio a la vida.
nocer a un
Tercer tramo: la exigencia de una final'd d
.
.
.
de que el tiempo es infinito y el
.
l'. ~ . La c1enc1a nos mforma
.
umverso 1m1tado Luea l
b.
c1ones posibles de los component d l
.
.
oo as corn madas. Luego todas las cosas ue s es e u01:1erso sera~ asimism~ limitatica e indefinidamente por [os si o~;d~aln s1~0 volveran a repe~~rse idéna Nietzsche de entusiasmo
dg
os s1glos. Esta revelac10n transe
pide una finalidad a la vida. y e espanto. Con desesperada esperanza,
b ~tapda fi?~l: la armonia por la creaci6n de una finalidad Si el h
re a e v1v1r su vida infinitas veces el hombre
.
.
om·
'
es mmortal Cada ve
q ue un h ombre rec1be
esta intuiciôn de inmo
z
repetici6n eterna es la hora del
d' d.
rta idad, traduc1da en la
'
me 10 1a para el gé
h
esta repetici6n eterna valdria tanto co
1
. nero umano. Pero
que esta vida es radicalmente un mal mo a etermdad del infierno, ya
No-replica Nietzsche
El h
b y la ~aturaleza carece de finalidad.
comprueba el superavit de las ~:bl:e s?er;or hace balance de su vida y
tes, y se extasia con la evidencia de ~ a egn~s -~b:e las p~nas deprimensuperior &lt;lice a la muerte: otra vez o~r:e~et1c1on mdefimda_. El hombre
de repetirse y volver a ser? Desde l~e o· ~z, otra -~ez. èSab1endo que ha
p_ara que se dé superavit en su vida ;s f:as tamb1e.n porque conoce que
s16n de superarse en este
rza que el haya hecho profetido a la vida, ha' Jumbrad:~;:~i:~ ~o:bre superior ha otorgado sendel h_ombre y la victoria suprema. o o e superhombre, que es el fin

r

Bien. Con todo, la repetici6n indefin.1d
l
sin armonizarse o el
•
.
a Ye superhombre continuan
.
umverso y 1a vida son un . I
ascendente, inâcabable en la
d dd
c1rcu o o son una curva
nove a
e su derrotcro. Si son un circulo
2

16

·.

17

�LA PLUMA
todo ha de re etirse, ,!por qué ha de situarse en el superho~bre y no
1 p leamar de la vida y la victoria suprema? y s1 no hay
en ~l homb~:: hombre sea el apice de la evoluci6n, èpor qué lo ha de
raz n para ombre no el supra superhombre, el post supra supe~homser el superh .
y ? y en tal caso adi6s la repetici6n indefimda.
bre y as1 suces1vamente
.,
N'.
h ha dilatado los horizonAce tamos-en conclus1on-que ietzsc e
,
p
ue ha creado un nuevo simbolo y con el una
tes del a1::!~:oa;afu~rza motriz del espiritu. Tan tu~u_ltuosa, ~u~ las
nu,eva y
"fica sin poder someterla a rend1m1ento practico.
mas de hlas veces ~e !:s1con no poca dificultad, exhibiendo ante los lecHasta a ora, vemm ,
.
fil, sofo y un hombre de cienNietzsche en estado gaseoso, un o
..
~~:~uu: caracterfstica es la propension acentuad_isima a volat1hzarse,
.y
diluirse en metaforas literarias. Era inexcusable, antes de
atom1zarse Y
.
t"ble-lo cual haremostrar el Nietzsche s6lido, cristalizado e mco~rup 1
6~
1
mos otro dia-que el lector se percata~e de l_a mebla o at: sera due ~
envuelve no de otra suerte que de viaJe la c1udad donde /mos e re
posar se ~os anuncia lo primero p_or un vaho denso y opa mo,

y

J

RAMÔN PÉREZ DE AYALA
(Continuarà).

EL /AR DIN DE LOS FRAILFS (i)
VII
de espaldas al jardin, en la baranda de la Galeria de
Convalecientes, el Padre V. decoraba con ruda prosodia
versos abundantes en aparecidos, cânticos penitenciales,
procesiones de esqueletos y otros arbitrios de ultratumba.
Lugarefio era, encendido de color, atlético; la voz cavernosa, el mirar
tranquilo, los modales poco adelantados en sus pretensiones de finura; el porte encogido, de mozo transplantado en sociedad mejor que
la suya, con cierta vergüenza honesta o quizâ despecho de verse
orondo en la flor de los afios, lejos del tipo de fraile macerado por
el ayuno. Su modestia soportaba con apuro el don de la salud rebosante y de las buenas carnes y hubiera preferido recatar esas gracias
excesivas que rompian el canon monâstico y eran piedra de escândalo-hip6crita escândalo-de los libertinos. Los colegiales le zaheiian con alusiones tocantes a la buc6lica; llamaradas de fuego le
abrasaban la faz, de por si ruborosa. Dolianle esas hurlas, no por
certeras sino por injustas, y se estorzaba en demostrar que no vivia
esclavo de su vientre. S6lo trataba de cosas graves. Parco en palabras, temeroso de comprometer su autoridad, las que decia decialas
ENTADO

(1) Véase L.a. PLoJU de septiembre, octubre y noviembre de 1921.

�LA PLUMA
puestos los ojos en el suelo, con el pudico embarazo de un nov1c10.
Sin la desenvoltura de algunos ni la llaneza de casi todos sus correligionarios, descollaba por timido, ya lo fuese de verdad, ya lo pareciese, no siéndolo, por el contraste entre su m6nita y lo que prometia su estampa: siempre creia uno estar viéndole arrojar los hâbitos
y acudir en mangas de camisa, con desaforados ademanes y voces,
a tirar a la barra en la plaza del pueblo, o, restituido a su aldea, en
la fuga de la trilla, arrear con blasfemias robustas a las mulas. Encen-âbase en tal corpacho un alma impresionable; en la saz6n que digo,
el Padre V., al recitar versos sepulcrales, traducia con medios de prestado sus emociones del momento. Sobrecogido de pavor vespertino,
elevaba los brazos, agitaba las manos, fruncia las cejas, violaba el
ritmo de los versos arrastrando las cadencias sonoras, pero no se
atrevia a levantar la voz. Aun nos asaltaban el sentido restos vagorosos del mundo •en trance de extinguirse. Del jardin q uedaba el aroma
de los bojes; del convento, el fulgor que exh14laban las celdas; del
estanque, un destello sin foco . .Sensaciones dislocadas, ténues, residuos del naufragio del dia en el mar del silencio. A tales horas, en
las cocinas del pueblo del Padre V., se habla de ajusticiados, de apariciones de muertos. De lo mismo trataba el fraile. Daba a su recitado
acento misterioso; al conjuro de su voz amortiguada, la fabrica de
San Lorenzo se poblaba de sudarios fosforecentes, de clamores del
purgatorio. Pero las animas que aducia el Padre eran de muchas
campanillas: animas de emperador, de reyes, de te61ogos... El padre
recitaba en la Galeria de Convalecientes el Miserere de Nûfiez de Arce.
El influjo de la noche, el del convento, la aprensi6n de la muerte,
desataban sus emociones y no pudiendo ya meterlas en los cauces de
aquellas consejas gustadas en la nifiez, se acogia a formas poéticas
mas altas, pertenecientes a su espiritu enriquecido por la clericatura.
El Padre V., con sentimientos tan simples, abundaba en la inter20

LA PLUMA
pretaci6n ~el Monasteri~ mas accesible, por venir urdida en ideas
que entend,amos muy bien: muerte expiaci6n etern,·dad N ·
d ·
'
,
... oc1ones
e estas tocaban tan _en lo intimo de nuestra vida y nos acompafiaban ya desde tanto hempo y tan de continuo, que no nos parecia haberlas adquirido siendo de alguna edad, sino con la existencia misma. Elias prestaban a nuestros pensamientos y acciones resonancias
profund~. Eil~s nos hacian entender la repercusi6n del acto persona! en lo mfimto. Sobre todo por la certeza del castigo la co · ·
d ·
.
,
nc1enc1a
,. a. vema _a ~~grudad mayor, temible, pues hallândonos, adolescentes
a~n, cas, mnos, con responsabilidad reducida ante el mundo, que en
md modos nos amparaba, en el fuero intimo era menester soportar
aquel_la voz_ tonante, que no sé de d6nde venia, y estar asi solo, sin
refugio pos1ble. La formaci6n de una conciencia culpable nos
cipab .
. . 1
emana, enveJecia e alma, adelantandonos en la vida mas de lo que
a~arentaba la_ edad; y nos consagraba internamente hombres. Cop,oso repertono de imagenes teniamos para representar la march ·te
del alma: reducianse todas al intento de figurar la ve·
t' z
Arrib
1 • •t
~ez prema ura.
_are espm u a sûbita madurez por la experiencia persona! de
la card~, ~aba espanto; fuera mejor desandar Io andado, detenerse en
J~ puer1c1a. jAhf jLa melancolia del mozo si se persuade que ha manc11lado el ampo de su vida! Imaginase haberla consumido en un instante; quédale por hijuela la pesadumbre de echar de menos Io que
pudo se~ y no fué; sufre la pena de sentirse, personalmente arrojado
del Para1so. Pero en la insinuaci6n de la culpa, signo de 'hombria,
cobrâbamos grandeza; mas de una vez, dejândome adoctrinar pensé·
ciC6mo puedo yo bacer tanto mal?&gt; Esta magnifica tentaci6o, me re~
ve~aba el red_ucto, inexpugnable por el castigo, donde aslsten el desqu1t~ y la fat'.gada glor!a del rebelde que se aferra en su dafio y nun: p1de perdon. Conoc,a yo muy bien el nûmero que tiene la sober1a en la tabla de los pecados capitales; conocia sus facciones. En
21

�LA PLUMA
LA PLUMA
viéndola asomar, me humillaba: cjSi eso puedes, no es por ti, es por
Éli&gt; Renunciaba a saber, y al exhortarme a acatar un poder infinito,
cerraba de grado los ojos, temiendo descubrir en el fondo del coraz6n fibras inquebrantables. A otros, la capacidad para el mal los enloquecia. Estaban como en carne viva; un soplo les hacia chillar. cDe
Judas a mi, iqué diferencia?-venia a decirme un triste, abrasado de
remordimientos-. jUn grano menos de desesperaci6n!&gt; Desesperado
y todo, vivia, sin osar fugarse por las puertas de la muerte, llevando
presente el suplicio irrescatable que le destinaban mas alla.
Hallé corazones cerrados a los terrores de la vida religiosa, no
s6lo entre los incrédulos, que eran pocos, y entre los creyentes tibios
(lo éramos casi todos), pero entre ciertos devotos que cumplian los
deberes mas impresionantes con fria puntualidad: aimas cuidadosas,
tranquilas porque estaban en regla y se creian inscritas en el pad~6n
de los elegidos. Los incrédulos no podian motivar seriamente su 1mpiedad; no conocian lo bastante el hebreo ni el griego, el siriaco ni el
arameano para criticar las fuentes de la tradici6n cristiana; su infidelidad, sin base filos6fica ni filol6gica, era espontanea, selvatica: «verdaderos paganos-decian los frailes-como si Cristo no hubiese v~nido aûn a padecer por ellos»; alguno, entre esos pocos, era sacnlego declarado, caso ejemplar, como la Providencia los escoge para
hacer en su cabeza escarmientos milagrosos. Las profanaciones de
que se jactaba producian mas extraiieza que escandalo; ta~ vez por
eso el milagro no se produjo, o por no desacreditar el Colegio; o porque otros, ardiendo en creencias vivas, rescataban sus desmanes. El
fervor religioso adquiria facilmente en nuestra edad y con nuestros
habitos, el giro de un padecimiento. Por de pronto, nadie lo apetecia.
A ninguno vi acogerse a las creencias en busca de reposo y de paz,
0 de consuelo. Fuese lento el contagio o fulminante, la actividad
religiosa procedia de una sorpresa de la sensibilidad, subyugada por
22

la evidencia aflictiva de las realidades de ultratumba. El poseido de
esta vision, echaba a su pesar por un sendero de ascuas, y se incorporaba a la caravana la!ftimosa que iba contando los pasos que la
acercaban a la boca del infierno. Sin escapatoria posible: rondaba el
pensamiento de la muerte, que a lanzazos metia en vereda a los fugitivos. El espanto tronaba en el umbral de nuestra vida religio,a:
miedo de la carne a las penas de sentido con que nos amenazaba el
azar imprevisible que iba a jugarse en nuestra ûltima bora. Lo que
es yo, para pensar en la muerte no tenia mâs signo que el perecimiento corporal, ya lo impregnase de dolor fisico, ya lo adornase voluptuosamente con candidas galas de victima resignada, que paladea
el sacrificio, y me gozase en merecer la conmiseraci6n ajena; dulce
anestesia contra un dolor imaginario. Mas nunca la muerte era acabamiento. Empezaba alli otro vivir, distinto del presente en dos modos: en carecer de libertad, en ser invariable. En este mundo sublular, mi albedrio iba a entrar a saco; con tener fijos en él los sentidos,
apenas presentia sus tesoros; descubrirlos era la promesa esencial de
esta vida. No asi en la otra. Y si nos representabamos la muerte a
fuerza de arrumbar imâgenes cadavéricas y apariencias lûgubres, de
la vida futura s6lo podiamos formar una perspectiva figurandonos
sus tormentos. El puro concepto de lo divino era inabordable. Dios,
en cuanto dejaba de ser el Sefior bondadoso, de barbas niveas, que
nos tuvo de su mano durante la infancia, se transmutaba en un tria.ngulo con un ojo en medio. Del Paraiso estaban desterradas las complacencias sensuales, aunque no lo estuviesen del infierno las privaciones y los desabrimientos del mismo orden. Lo mâs comprensible
de cuanto servia para fundar el deber religioso y que ponia en movimiento los mismos resortes que nos impulsaban en todos los momentos de la vida, era el miedo al dolor. Sobre él soplaba vigorosamente la palabra catequista.
23

�LA PLUMA
Quien se encendia en · esa pasi6n, hallaba en El Escorial cebo
para alimentarla. San Lorenzo: tabernaculo de la muerte, recordatorio de la agonia, yerta câmara de difuntos: oua~to en El Escorial es
mortuorio, pia recordaci6n, ofrenda y desagravio, entraba a pie llano
en el espiritu trabajado por iguales congojas. La pasi6n que lo levant6 era esa misma; entonces podia hablar de ella, describirla en
otra alma, como si me interrogaran acerca del sabor de mi sangre,
o acerca de la onda que corre densamente debajo de mi piel y mantiene el cuerpo transido de calor.
Con mas fantasia, hubiésemos demolido el monasterio para ordenar en otra forma sus piedras; hubiésemos hecho un obelisco, un tumulo. Variada la extructura, •~se perdia algo mientras subsistiese el
prop6sito? El valor de la obra se desleia en la intenci6n piadosa. Mas
pesaban el rey-fundador y el cuidado de su alma, que el arquitecto
y su genio. Destino regio, encararse con la muerte recomendado por
tan formidable mâquina, e instituir un colegio orante que siglo tras 1
siglo derrame sus preces sobre una fosa que nunca se cierra. Para
que su transito sea todos los dias actual y nos enternezca su dolor
patente. Creo haberle otorgado al triste rey, arrecido en la vastedad
de su gran iglesia, y a los muertos de su linaje que imploran con él
piedad de los fieles, la limosna de mi compasi6n. En la gloria del
grupo de Leone, oran sus bultos majestuosos, se prosternan con mesura; son de bronce, y los cirios arrancan a los mantos rayos de oro.
Pero en la haz de la basilica, en torno del tumulo negro, sus aimas
doloridas temblequean en la Hama de las hachas y exhalan suplicas
de paz. La liturgia funebre, que apenas se interrumpe, retrae las almas al momento en qui partieron del mundo, las evoca, diciéndoles
aquellos desolados improperios que oyeron por vez primera cuand_o
su cuerpo se acababa de enfriar. No reposan. Arrastran en las cav1dades del Escorial una vida endeble, interina, en espera del olvido
24 ,

LA PLUMA
eterno que tarda en Ilegar por el rango que tuvieron. Quitense los
cuerpos de esos anaqueles donde los tienen insepultos, y déseles
tierra, y en cuanto la tierra se los coma, se apaciguaran las aimas; y
que el cântico funeral en la basilica se apague.

VIII
El retorno puntual de la cigüefia nos valia la tarde de huelga que
con la Candelaria y San Blas inauguraba febrero. Corno sefial de
asueto, 1a llegada del ave s61o le cedia en importancia al dia de la
Purificaci6n, no al de San Blas, a quien de aiio en aiio se le respetaba
menos. Puedo decir que he visto desvanecerse una tradici6n escolar
pura. iSeria San Blas uno de esos santos, coetaneos del arte romanico, que, como San Millan, San Martin, San Facundo, tuvieron clientela hace ocho o diez siglos y hoy apenas si conservan alg una? c!Û
sera mas bien un santo de cabeza de partido, un prestigio local? Me
inclino a este parecer. San Blas fué un diosecillo rustico; un dios-limite entre heredades, erigido cabe un haza candeal, en tierra abierta
y reseca, y sin tacto con los humedos genios forestales; aspero, como
el cascabillo del trigo, y tozudo- de que es buen testimonio el proverbio. Los labriegos de teatro llamaronse Bras; y todo Blas se asfixia donde no llegue el relente del ajo cnido. En el Colegio, los nacidos en tien-as cereales, que es decir sin ensueiios, sabiarnos quién
fué San Blas, pero los cortesanos, los montafieses y los ribereiios del
mar ignoraban su virtud y hasta se reian de su nombre, de suerte
que los procuradores de su fiesta tradicional hablaban un lenguaje
que los demas no entendian. Yo era de los observantes , lo confieso.
Del pingüe patrimonio universitario de Alcala todavia formaba parte
principalisima en mi tiempo la festividad de San Blas, guardada en
todas las escuelas y co1egios, por herencia de las aulas. ildefonsinas;

�LA PLUMA
otros rastros menos profundos habran dejado tras de si. Los editores
de la Poliglota fueron a buscar ciencia lejos, pero en los usos se amoldaron el rito local. Instaurar la vacaci6n de San Blas en los claustros
alcalainos fué contagio dimanante de la gran villa de Meco, que a
simple vista levanta la mole de su iglesia al borde del alcor y se asoma al valle donde el Henares, decrépito, carraspea y dormita... En
Meco tuvo San Blas culto solemne y romeria, y de ella nos llegaba a
los mozalbetes alcalainos unas rosquillas corruscantes, de enrevesada
estructura, sacadas tal vez con mazo y escoplo de una tabla de pino
barnizada. Procediamos como si el santo fuese natural, quien sabe
si vecino, de aquella villa; yo tenia una representaci6n concreta del
personaje por una imagen suya venerada en casa de mi abuelo, imagen de talla en madera, embadurnada de almagre, rostro de simple,
cabellos lacios sobredorados, rozagante vestidura, y por pupilas dos
abalorios negros. La imagen me sirvi6 para persunificar las historias
sobrenaturales aprendidas en la niiiez y de blanco en mi rebeldia
cuando, sin ser gigantes, otros mocitos y yo hicimos la primera tentativa de escalar el cielo: fué que le horadamos al santo por el ombligo con una barrena, y le pegamos a los labios un cigarrillo de papel, y le vaciamos los ojos. Nos espant6 sobremanera ver el desacato
impune.
Febrero, pues comenzaba bajo auspicios tan pr6speros, era clemente: la cigüefia abria a picotazos un desgarr6n en el toldo parduzco
que nos velaba el cielo; prendidos en los riscos quedaban rebocillos
de bruma que marzo no tardaria en barrer. Gustosa paz la de esos
primeros dias de calma, dias que ya entretienen el paso y se demoran en el llano antes de morir, dejando al Escorial en la quietud sollozante de sus tardos crepusculos: los picachos sin su oro, las pizarras apagadas, la Herreria en sombra, mientras arde en la raya del
horizonte la pira bermeja del caserio de Madrid. Don Carnal Y dofia

LA PLUMA
Cuaresma disputabanse nuestras boras; mejor aun: libraban en nuestro coraz6n su batalla sin término. Cebo unico de nuestros ensuefios
era el remedo de los holgorios distantes; pero las fiestas del Colegio, tan pueriles, apenas podian servir de asidero. Cuantos se hallaban, a los quince afios, propensos a estar tristes sin motivo iban a
nau~raga: en el ~ficio de visperas, bora en que la basilica no~ recibia
con ms6lita suav1dad, Y, sin confortarnos, adulaba al animo atribulado por deseos sin nombre.

IX
De los solaces profanos que aportaba Carnaval, el mas relevante
el teatro, concesi6n al espiritu del siglo reiterada en otros dias de
marca; el santo del rector y la Conversi6n de San Agustin veian también alzarse el tinglado en la sala del billaro en el claustra bajo, que entances el :emp_lo de la musa aun no habia echado raices en el colegio.
S6lo un ano v1 conmemorar a Santa M6nica con toros embolados· dos
bec~rros de muerte lidiamos que, contra todas las previsiones, en ef~cto,
muneron; desastradamente, pero murieron. El suceso de la corrida
desaprob_ado por_ los frailes mas rigidos, no se repiti6. Por venir s~
sangre m estrépito, el teatro parecia in6cuo contra la disciplina; no
derogaba el ~rden. lTna laxitud gustosa sobrecogia por momentos a
los entromehdos en esas fiestas sin sabor, donde todo pasaba en
emblema Y por simil-decente, pero vana cautela contra los desmanes de la imaginaci6n. En este Saint-Cyr para donceles puesto
com_o el de la, Mainte?on devota, bajo un patronato egregi~, Carlo~
Armches suplia a Racme. No supimos de Esther ni de Athalie. fbamos
c?n el gusto callejero, que no se templa en lo sublime, porque en su
dia ~os fuese -~enos agrio el descenso al mundo donde nos destinaban
a bnllar. Rehicimos el repertorio de Apolo y otros teatros de su jaez.
era

�LA PLUMA
LA PLUMA
Sin retoques, apenas. Nos permitian simular en las tablas la difere~cia de sexos, franquicia nunca gozada por los impuberes del coleg10
de segunda ensefianza. Muchas veces vi a esos desventurados representar zarzuelas en boga; mudâbanse en hermanos los amantes y ~os
coloquios de amor en epistolas de dudoso sentido, repu_g?ante matez de que sacaba provecho burdamente nuestra mahcia. En la
sens
H b' .
l
«Universidad» no sufriamos tanto desdoro. a 1a Jovenzue ~s esbeltos y pizpiretos especialmente aptos para los _P~~eles de pnmera
tiple; y quien juntaba a la crasitud prec~z una d1cc1on re~osada, balla.base en potencia propincua de advenir a dama de caracter. Larecluta del coro haciase por leva de chillones. Metidos en el aula d:l
piano, tratâbase de concertar lo mejor posible el d~sacordado voceno
de tanta laringe virginal. El pianista era un estud1ante . ponteved~és,
zumbôn, sentimental, cacique de una pandilla de colegiales, a qmen
acertô a inocular la morrifia.galaica. Muchas tardes del curso, a:abadas las clases, daba pâbulo a su mansa tristeza arrancândole al pia~o,
hora tras hora, muîi.eiras y alboradas. Tres o cuatro de sus co~pmches le asistiamos en el rito. La mûsica lânguida y el acento queJumbroso de las canciones, que eran como unos lamentos y unos ayes,
nos metian el corazôn en un pufio. Mirâbamos por las rejas a la Lon·a ârida sola· venia del Monasterio el clamor de las campanas, su.1 ,
,
'
,
fragio por algûn rey podrido en los sôtanos; nos enternec1an anoranzas vagas. lAfioranzas de qué? De otros dias sin saciedad, de otras
prisiones, de otros deseos marchitos sin arribar a colmo ... 0 era ~~s
bien que el albedrio, agazapado en lo oscuro del alma, donde v1v1a
sumiso pero en rebeliôn latente, empollando la irrefrenable v~luntad
del desquite futuro, se quejaba, jNos prometiamos ser tan fehce_s en
saliendo de alli! y con abandonar a la coerciôn esterna del coleg10 lo
mâs de nuestra vida, sôlo viviamos, realmente, por los tesoros de ~-oberbia que acertâbamos a pone;;_e{l salvo en aquel figurado escondnJO.
28

-

No sé que dia entrô en el aula del piano el Padre Florencio. El
galleguito dejô de tocar y cantar. Todos se pusieron en pie. Yo leia
el Madrid Cchnico, junto a la ventana. El Padre Florencio me pidi6
el peri6dico y hojeândolo par6 la atenci6n en un articulo; apenas
leyô las primeras lineas, una sonrisa acerba le descubri6 los dientes
amarillos y grandes corno los de una mula y con safia rasg6 el papel
en cachitos, diciendo al despedazarlo: «1El sefior Sinesio ... ! jEl sen.or
Sinesio...!» Para un mozo que se creia superior al Padre Florencio, e
incluso (ya he mentado nuestra soberbia) al «sefior Sinesio», la humillaciôn fué terrible. Ademâs, me indujo a e1rnr; tardé algûn tiempo en descubrir que ese ingenio no era el vica1io de Satanas en la
tierra.
Maestro concertador era el Padre R., ahijado de Euterpe, de quien
recibi6 en la cuna un violin famoso. Muerto el Padre Arôstegui,
un vasco que por las hopalandas negras, la talla ingente, la sonrisa enigmâtica y el casco blanco de la pelambrera, se parecia a Merlin el encantador, rasurado, el Padre R. se alz6, por decirlo asi, con la
monarquia de la musica en el colegio. Era, en la ejecuci6n, poderoso
brazo. El violinista Monasterio nos visitô cierto dia. Reunidos en la
rectoral fraUes y alumnos, pedimosle que tocase alguna cos/l. Trajeron el violin del Padre R.; Monasterio nos regal6 con una pieza superferolitica: / Adids a la Alhambra!, que nos dej6 pasmados. (Algunos
frailes propalaban que Sarasate era mejor ejecutante por que tenia
los dedos muy largos, pero que Monasterio tocaba con mas sentimiento.J El maestro, al terminar, parecia sudoroso, y soltando el violin exclam6:
-jEs un violin de coracerol
El Padre R. sonreia, cortado. Era angelical, suave. Se le ha de ver
en el Empireo entre las Dominaciones y los Tronos, arrancar a brazo
partido de su violin... de hierro, los lâudes dei ·sefior.
29

�LA PLUMA

LA PLUMA
El Padre R. profesaba, principalmente, Derecho civil. Y el afio
que anduve gateando por esa robusta. rama del arbol de las ciencias
juridicas, el buen padre, en visperas de Carnaval, me administraba
dos veces al dia su magisterio; de manana, nos desojabamos sobre
los c6digos; por la tarde, nos ensefiaba de oido la musica de Los Africanistas. Mas numerosa caterva habia de amaestrar el Padre en los
ensayos de la zarzuela que en la lecci6n de Derecho; pero con harto
menos trabajo nos agenci6 en la escena laureles que se malograron
en el aula. A su curso asistiamos seis o siete veteranos supervivientes de aquella generaci6n que vi6 galopar a la yegua Peonza por el
ambito de la clase de metafisica. Ya. la vida del colegio no tenia para
nosotros secreto alguno. Afrontabamos los deberes y la agobiante
rutina de cada dia sin empacho ni alarma, sin premura, con el aplomo y el desembarazo pertenecientes a la madurez. Aunque tan mozos aun, en el orbe minusculo, escolar y frailuno, de nuestra vida,
hombres maduros éramos, en un todo al cabo de la calle. Desde
el primer dia, el Padre R. nos convoc6 en su celda. Sopesamos el
libro de texto. No tardé en advertir que a todos nos aguardaban
las mismas sorpresas. Naci6 entre el Padre y nosotros una suerte de
companerismo con que se templ6 el respeto, encendiéndose mas y
mas el primero y tierno afecto que por él sentiamos. Le quisimos
fraternalmente; era un hermano mayor, sesudo y bueno, enriscado
por las sendas escabrosas de la virtud y del estudio, mientras nosotros triscâbamos en los pradecillos de la holganza. Vivo en los modales, atropellado en el habla a causa de un conato de tartamudez,
era en la apariciencia brusco, mascara de su coraz6n mansisimo.
También nos queria entranablemente. Y aunque de tarde en tarde
arrojaba fogaradas de esa c6lera estéril, tan divertida, con que los
hombres mansuetos pretenden recuperar f uera de tiempo el predominio que se les escapa, harto se echaba de ver su desmaiia en el

enojo, movimiento desusado de su animo
solaba el enfadarse, como amarguisimo
qu~ le angustiaba y dede _su celda disipamos en charlas amis
. tosaslZ.la mayor
n tornopart
de lad mesa
mananas de un invierno . Yo em pIeaba el oc1O
. en d 1 t .e e las
cabeliera a la estatuilla de Schiller d I
are aJOS en la
cribanîa. Tesoros de pacienc1·a , e lp omo, encaramada en la esmonaca gastaron t
.
letreros y figuras el frente de 1a mesa. Quedaba mao ros en cubnr
de
.
el buen humor. En llegando a clase C r
rgen ampho para
alcayata descomunal y un
1' • so ia extraer del bolsillo una
mazo, y a clavaba donde 1
,
mano, fuese pared o estante ' cerco de 1a ventana . o m e vema
d 1 mas
. a
o.
uego
colgaba
gravemente
la
b
,
arco
e
b1omb L
mirabale mohino acabando
oma en la alcayata. El Padre R.
,
por encooerse de h b
.
'
llevé a clase una varita con la
d i:,l
om ros. Cierto dia
le. Me orden6 tirarla, y me ame!::6 eNa gubnad m~nera ~ebi de moles. l ,
· 0 0 e ec1. Volv16 a
me, vo v1 a no hacerle caso . Se puso en pie
. y ·é d
amenazarnecas me forz6 a soltar la vara arro·and I as1 n orne por las mucarretera. Al otro dia aparec1·m'
~ ~ a luego en pedazos a la
d
os con vanedad de
e polo, un machete
armas: un mazo
. cubano' un revolver• Nos sentamos
-éAd6nde vais con eso? ·
·
-Es para defensa de nuestros derechos padre s· .
1
,
. t vis pacem...
Esa vez-la (mica-nos arrOJ·o de case.
Por nuestra corta ventura, el tiempo corriend
nuestros estudios nos aboc6 1 fi al d ,
o mas veloz que
diente a la mayo/parte del texat nSeIl curso sin haberle hincado el
•
o. e a arm6 el pad L
nguar cuantos dias laborables restaban d. 'd"6 re. uego de avepaginas del libro no leidas au C, '1 iv1 t p~r su numero el de
cuatro paginas. A paso gimn«~t~.ud~o e a cada JOrnada treinta y
a.::, lCO
lffiOS con nu tr
esta, al parecer, meta inasequible· «Fin
es os caletres en
no sin vomitar a diario sobre la . d del tomo cuarto y ultimo»,
.
mesa e la celda ley
.
grrones, restos indigeribles de la bazofi a engulhda
. enes
Y
escohos
en
pocos minutos,

~Ji-

31

�LA PLUMA
y no sin que el fraile nos arrease también a diario con la misma
seiia: «Ya sabéis, j6venes: para maiiana, las treinta y cuatro paginas
siguientes.:t
En la lecci6n de musica, el Padre R. empuiiaba una batuta de pape!
y juntos echâbamos el bofe cantando al unisono la zarzuela de tanda.
Quienes habian visto la funci6n en Madrid, nos socorrian con advertimientos saludables. En un plazo w.mbién fatal era menester dejarlo
todo a punto. Una tarde cortamos el ensayo para asistir al entierr6
de un nifio que muri6 en el colegio de Alfonso XII. Llegamos ya
anochecido al Campo Santo; pusieron el ataud en el tumbillo y lo
destaparon. Vimos al colegial muerto, aterido en la caja. Bien cantado le dimos tierra, y a mas andar tomamos la vuelta de la Universidad, azuzados por el frio. Otra vez en torno del piano-no se podia
perder tiempo-nos pusimos a trabajar vorazmente; machacâbamos
con furia en un estribillo jacarandoso y nos sonaban en el oido desgarradores acentos. Nuestra musica se enzarzaba con la salmodia de
los curas. Repetiamos al borde de la fosa abierta de subito en el ëomedio de nuestras futiles diversiones, un cantar chocarrero, impregnado ya en desconsuelo para siempre, como ya para siempre el pobre muerto no iba a tener otra manera de representarse en nuestro
animo, sino los oficios de un ritmo bufo con sus memorias del Campo Santo y del viento que azotaba las tapias llevandose a tiras el
responso, y de una faz afilada, de una frente opaca bajo el remolino
de cabellos negros donde se habia helado el sudor, y del viso de
una pupila empaiiada, en la hendidura de los pârpados entreabiertos.
(Con linuard.)

32

MANUEL AZANA

IGUALMENTE
A PE DR O SA LI N AS

I
f/)e ~ronto senti un hastio infinito.
!Parec,a que de mi corazon ihan saliendo cal/es
calles
.
'
cS,
r rectas de una ciudad !enta y gns.
en ' un rumor trepidante en el /ondo del l
I las calles tirahan de mi corazon ...!
a ma...
'Y
esas
v
oces
de
pof.
l
•
.
d, l h
h
v o, esas pa p1faczones urhanas
e os om res de hongo y de baston
removian acremente, un pedazo de c~nciencia
que mantenia viva, el dolor...
&amp;t!i vida era una calle villana.
eÎobr~ un~ chimenea, se engarzaba un nubarron.
;}{ac,a
m1
corazon venian las cosas de la cal''te,
es
1,
as vu 'gares cosas sin explicacion
de un h~mbre que mete las manos en el bolsillo,
o que mira ref/exivo un reloj...
'Yo
,, .tenia dentro
. todos los relo'}·es a,Je la cal''te,
y ltego a ser mz corazon
como un bolsillo que tuviera manos
llenas de aburrimiento y de sudor...
33

�LA PL tJMA
.Ca calle sucia, como el plomo viejo,
hasta el fin de mi alma llego...
.Û,s hombres huian lentamente por ella,
llevandose un tiempo menguado d~ sol...
'Yvi que la muerte podia ser hastio;
acaso un hastio mayor...
.
I C(;odo se prolonga como cualqu~~r calle,
I
y esos hombres se mueren tambzen como yo...

EL NOVELIST A
(NOVELARIO)

Il
1tlué mal esta eso de la eternidadl
fNada nos queda para ella.
· 1,
CTJ
dolor
silencios
temblorosos,
y
suenos
sencrl
os,
e:t1,mor,
,
.
todo se pierde, al ser eterno, amrgo... .
P
.L,a
eternz'dad es una enorme mano abrerta,
f
.rsecad a Y 1·zsa· fNo hay un signo secreto para r.
d
/;ntras en ella y no se cierr~ nunca.
f}{asta calor de mano enemrga
. desconsoladamente, alli.
evocaras,
.Ca eternidad es un lienzo clavado
sobre la ultima mural/a del fin.
/;s un vulgar cartel con letras_ de s~mbra
. . «J:a eternidad esta aqui. ... ».
que d rcen.
'Y asi puedes saber, cual es el termrno
de Lo perecedero in/eliz,
y como es la llanura interminab~e
y como la eternidad has de se~trr:
solo los ojos en las letras infinztas
heladamente fijos ...
I .Ca eternidad es asi... l

ALONSO QUESADA
34

( CONTINUACION)

novelista siempre hab/a temido que se presentase alguno de
sus personajes, aquellos persooajes que no eran nadie en
particular-1pues no faltaba mas!-si no que eran tipos comunes, tipos que no habia accptado hasta que no se hab/a
dado cuenta de que cran tipos genéricos, tipos que se podia
encontrar uno en cualquier parte.
Ya hab/a llegado uno, el primero y no el mas esperado. Mas temia
que se presentase aquel feroz grandull6n de su novela «Fratricida».
'1Quién iba a decirle que aquel Alfredo, que ha.bfa colocado en plena
naturaleza para motivar fa descripci6n de las faenas y la vida de una Resinera llena del olor de sustancias del campo, iba a ser un tipo vivo y
hasta casado con la adwtera?
Iba a tencr que huir al extranjero para escapar a la venganza y a las
peticiones de dinero a que iban a someterle sus personajes.
AI llegarle la hora del éxito le habia llegado también la hora de la

Il

L

expiaci6n.

Por haber hecho lo que solo logra hacer un hombre entre millones
de millones, que es entretener a Ios otros por un pequeiio estipendio,
iba a ser vapuleado, insultado, discutido, malquerido.
Por depronto ten/a que pensar en colocar a Alfredo, utilizando sus
influencias. Habia regenerado a un hombre, le habla convencido, pero
tenla que ayudarle a vivir.
35

�LA PLUMA
LA PLUMA
V
A la caida de la tarde sali6 Andrés de su casa oficial y se fué a una de
las casas misterio~s y deshabita~~ _que teni8: en la ciuda~ y cuy~ direcci6n nadie conoc1a. Desde que s10t10 la vocac16n de novehsta hab1a comprendido que un verdadero novelista necesita encontrar las perspec_tivas
de la ciudad desde distintos sitios, llegando a ser de ese modo el m1smo
distinto novelista y distinto personaje del arte de_ novelar en distintos
cuartuchos con balc6n a otras luces y a otros bamos.
Ya tenia cuatro casas pobres-alguna aguardillada-en Madrid, casas
en cuyas mesas, siempre llenas de polvo, habia comcnzado novelas
~ti~as.
,
Habia conseguido el suefio de su juventud por fin y se escond1a en
aquellas casas con sonrisas de desaparecido. Cuando abria aguellas
puertas que daban al silencio y a la antesala sin perchero y se se~t•.a de_ntro de la casa abandonada que ha pasado la noche sola, se sent,a mexistente e inencontrable. Su mayor felicidad. Era como un muerto dentro
de cierta inmortalidad.
Huia asi de si mismo y de esa pesada muj~r que es la mo~otonia.
Ahora iba hacia la casa de la calle del Sot11lo, que le ponia enfrente
del horizonte del sol poniente, escorzandole un poco hacia el Guadarrama. Desde que era nifio habia sofiado asoma~e a aquellos_ balcones _de
la casita, pues realmente no cra una casa, smo una cas1ta aquel mmueble.
Era una casa que se elevaba sobre unos jardinillos en cuesta y sobresalia por lo alto de una tapia, como si se empinase en aquella altura para
ver. Tenia una cosa de chicuelo empinado en lo alto para ver la procesi6n.
Los dos balcones del novelista eran los mas bajos de la casa, de tal
manera, que si alguna vez hubiese perdido la Have, ~ubiera podi_do, sin
gran dificultad, entrar por el balc6n. En verano tenia algo su lampara
de las lamparas de los zap~teros ilumin~das en las eorterias o en esas
tiendas que, al no ser alqu1ladas por na~1e, S?~ alquiladas a los zapateros a precio de portal. E? el verano sub1an fac1lment_e a su mesa todas
las confidencias de la cal,e, se le colaban de rond6n, ,ban andando altas
como las sombras y caian en la trampa de sus cuartillas.
,
En el invierno era mas dificil la inspiraci6n, pero era mas pura, mas
cntranable, mas profunda. Todo estaba tamizado por los cristales de los
balcones.
Andrés Castilla iba despacio, dandose su i'.mico paseo del dia, cl paJ6

seo del almuerzo, cuando se encaraba de nuevo con la vida y caminaba
sofiando en su casita, en esa hora de las cuatro de la tarde en que el sol
esta ya purgado y el dia se ha posado y ha entrado en su diadurez.
S1empre al torcer la esquina de la calle del Sotillo miraba hada atras
como si temiese que le persiguiesen para adivinar donde iba. Temla ma~
que a un polida a un b16grafo.
La entrada en el portal de su casa modesta y destartalada le hacia dic~oso. «Ya est?Y fuera _del mundo», pensaba, y abria la mampara de
cnstales, separandose as1 de la calle, aislandose en la escalera pobretona
que adensaba la intimidad de los vecinos.
Saludaba a la portera con .~ucha corte~ia y subia la escalera, gozando su otra casa como con frmc16n de ser d1stinto.
Al meter la Bave por la cerradura sentia que los ladrones se dispersaban Y,saltaban las barreras de las ventanas, yéndose a todo escape.
Algo as1 ;Omo una espo_sa_ de clase !Ilodesta le salia a esperar.
~.ndr_es, d_ando un rap1do empu1on a la puerta, barria hacia dentro el
espmtu mqu1eto de la casa que, atraido por el ruido de la Bave se habia pegado 31 la mir!ll.a,, y cerraba con pnsa.
'
En segu1da se dmg1a al despacho, al que habia hecho unica pieza
habitada de la casa, y encendia la estufilla de oas.
Asomado a su maravilloso balcon se quedaia un rato extasiado en la
l~z del atardecer y en esas friolencias que se quedan atravesadas en el
c1elo, e~ remanso de congelaci6n.
Reah~dos todos esos gestos de siempre al entrar en aquella casa,
que pa_rec1a la del cura de la parroquia, el novelista se sent6 a su mesa.
All1 estaba la novela entre manos, la que le habia correspondido a
aquella sucursal, la que daba un ambiente especial a aquella habitaci6n
la que se titulaba
'
LA

CII. IADA

Ley6 las ultimas p~abras en q~e se habia quedado el otro dia, y desp~és se puso a pescar 1deas en las nberas del cielo. Pensaba en las pobres
cnadas, cuyas ,historia_s mi~erables y _conmovedoras llenaban aquella novela, que seguia las ~1sto~•~s ~e varias m_uchachas que habian pasado
por la casa del senor mqms1tonal, de la senora malvada y de los seiioritos
crueles. Ya estaba en el capitulo XVII. Se puso a escribir:
«Et novio tk_ MicaeLa paseaba por de/ante de la casa ltasta el dla que
no la tocaba saltr. Se ocullaba tklrds de ks &lt;i.rboles y miraba a los balco1tes
a los q'!e so~ se jJl4eden asomar Las sennras. Ella solo se podia asomar a
"n patio obscuro, en el que il no podia entrar. No tenfa esperanza de verla,
37

�LA PLUMA
JI, sin embargo, alli eJlaba. tDe qui seroiria que s~ pasease y q~ ~e stnll!st
mirado por todos los balconts, orultando la dirtccttin de sus o;os impacuntes con la visera de su gorra. muy ecliada sobrt ellosr
_
Estaba enloqutcido por la belleza de ,J1icaela, Y, con el tm~or a ws ~moritos crefa virrilarla y dejenderla asi. Solo algûn dta e'!Lre czento, Micaela
bajaba por e:a coJa qut se necesila m gentemmte, y càmbtando ûnas palabras
con Il, sub{a corriendo, porque ya sabia él como reganaban en aquella
Cà-Sa.

El novin de Micaela, despztis de aqueltos largos ratos en que tslaba de
planton, se iba. "Adonder A seguir un camino insipide, a espe:a_r el domingo que vùne, a mon·rse de trisleza, a sospeclzar, a quttit1rse tdiota sentada eu los bancos publicos.
Y mt"entras, era ima vergümza lo que suctdia ~n el fondo de la c~a. El
senorilo Fernande, el que tra mds ente/ con las crzadâs, esperaba a Mtca~la
en tl pasillo, obscuro y largo en la obscunâad, _como si se gozase as! de impunidad alacanda a la doncella en su promedto.
Micaela siempre r~petla aquellas /rases torpes que no la da ban /uerza:
«Quiero ir con la cabeza muy alta ...» «Siempre he llevado la cabeza levantada...» «No quiero que digan que soy una perdida». Pero todo aquell&lt;:•, sin gran esjiurzo m el ademdn, producia la burla de Fernando.~
adolescencia del seiïorito, el segundo que enLraba en el jervor se:1oual despues
de ll'!anuel, no perdonaba, no se conmovia, 110 aflojaba sus abrazos. Se ~enlia como si pasast el carro pesado de la carn_e _p_or encima d! los bornllos
de la calte, wt trepidar de toda la casa, un lttmteo de ws cnstoles,fen61ne_·
no qut producia solo La fiebre tkl sciionïo Fernando, emboscad&lt;, en el pasillo y oliendo el pelo grasicnto de Micaela con s~d sal7!aje.
.
Siempre pareria i·r a acabar la escena a satisfaccùJn, por fin; pno sumpre encontraba illicaela medio de escapar, o bien porque el sefiorito F~rnando se asurtaba porque habia oido que sonaba un ladn"llo desprenJtdo
que habla, en l.i revue/ta tkl pasillo, o bim porque eLla mcontraba manera
de desaszrse o resbalaba su cuerpo como el de uwz sirena.
Micaela, con los pelos alborolados, con la blusa salida, st repon{a antes
de mlrar en la cocina, pues temla a la vitja cocinera Amparo, que habla
pasado por aquellns mismos !rances, yendo a fetztr lzijos de varios sdioritus
y costdndala muclto dinero, muy bumos duros ganadas con el sudor de todo
su ser: el acudir a las casas misteriosas cuyos balcones cie, ran tiobles made~as y dobles cortinas, y cuyas paredes estdn engualadas pa,-a que no se
oigan los gnïos tk la que es «desembara7ada.,..
.
.
Micaela esta6a embelledda por sus o;eras, las o;eras que nadu tenta m
cumta que eran las oje1·as pavorosas del lrabajo.

LA PLUMA
Era penoso encontrar aquella hennosura en ima cn"ada zajia irredimt"ble, que creia en la honradez con firme dureza.
'
Mzcaela, despuls de aquellas escarmnuzas, se reponia con gran resig-nacion! J! como eso ocu~·rfa a la hcwa del anochecido, se ponia a aprender a
escnbzr con esa lmtrtud con qut aprend n los criados, echando toda la cabeza y todo el cuerpo sobre la me~a de la cocina.
Amparo era sorda y tenia esa jidelidad que da miedo en las criadas
sordas,pues cuando dan con sdioras solas,pueden ser tanfales que maten.
Las sordas son de una leallad cerrada.
~m/~10, como Iodas las t;iadas s~rdas, oettllabà su sordera y decia que
si, que si, a tod~ _Lo que no oza. Gracias a ese que si, que Ji, /ué admitida
ella y soif admtltdas Iodas las sordas e: pn·mer dia, cuando contes/an que
si, que st, a todo Lo que las pre1;1mtan si saben.
Amp11 ro /ué cr_iada de m,antilla los damiugos en una casa grande tk
gran portalon, «d1ez veces este», como ella decia a las doncellas para darlas una idea de atp,el hermoso perlai.
Amparo acariciabf! el ideal de vmder, cuando fuese mds vie_ja, tortas y
cacahu~ls en 1ma esqut1~a. lba a ganar polo y a comerpoco, pero La tentaba
aque! tdeal del puesteczto «de eso o de verduras»; por que iba a ser la
duena.
Amparo, durante su ;i,ve11tud, su/rio una estancia en la casa de maternidad-de ahi cse lziJo cochero que andaba por la vida-y fui ama. Amparo, cuanda J:cnsaba que algrmos amigos de la casa s~brian que habla sido
ama, que qutzds se acordaban de el/a por lzaberla vzsto en los jardines se
echaba a temblar. . .
'
Como era sord~ y apma~ podia conteslar_ a las doncellas, y Las dancelias estaban aburndas y teman que utar cosre,zd(, o leyendo un libro vivia
como sin compaiïia.
'
Aque!la ~oche m que Micaela fui mds prensad• y amasada que nunca
por el senonto Fernando, Amparo repasaba rns secretos viendo las araflas
negras_~l !mie, mientras Micaela creia aprenderpara stiiorzïa aprendùndo
a escrzbtr.
La codnera estaba emocionante, co11ctntrada, y ltabia en ella est escalo/rio de antes de cenar que tan intensammte de melancolia ataca a los nifios
de s 1ete a ocho aiïos que esperan en la cocina la llegada de sus papas que
llegardn a las nueve de la noche para unar.
'
. En ws b"!ncos vasares las tazas St estrechaban tmas con olras ~ daban
dtente con dtente.
En el bltcaro d_e una Lata se ergu{a el perejil, emperfJÏlando un poco /a
atmosfira, demas,ado blanca.
39

�LA PLUMA
LA PLUMA
Los muebles de pino, muy ~vados con estr~~~jo y arma , aummtaban

t~~f:%Z:li:: ~;:,~~z~:;}f

la d:tf::;0
0 b;;:::St:fe· callar de la! :/1nas,
ta11to, que se tscapan al mando de las sefioras sofas por demasta a ranquilidad. hora la cocina esta desanimada e incapaz. Ya esta lejôs la hora
~/ps:ede lleo-Jr el carbonero o el tendero, o en que suelen edstar un lar~
m q
. b l 'd d d l mundo en ese final del mun o, que es
rai~ en la coci:;;~~ ~;ilaala°:an~era o de 'ta antigua cn'ada y que ni siquiera
coczna, esas m l
- res ddndolas a veces dt'ez céntimos en la antesala.
dicen que pasen os s;noh b't J . cuando estuvo en casa del sefior Golard.
A nparo comenzu a a ar
1El sefior Golard siemprt me deda: «Amparo, cuando JO sfa v;e_;o,
tû ;;;tend1 ds que trab'ajar... Estaras al amor de la lumbre en e ga tntte .. :» El pobre murio...
.u- u·
l _. de la ultima
y;
do t mucho en unJ. casa-utJO mtcat a ,
- oh1ézopporuqeue ::i:;andaron llevar a la estacion, desconsideraaamenlt,
me m arc
d'
d'
una ran maleta, con la que no po ta na '!"'
!..,Qué dt cubiertos ~e pl'!'ta te11ia el senor Gol&lt;!-rd( h blando. El reloj

=

··

J:iet:~~

par':fi:t::lilsoqs;ames~t·sdm:~fp~;°:a~{p;:!Ez~s~!!/~;1;:;;e;i~1:s
que parecen e
. .
b ••
mento cocinil en el dia de znvierno.
,
-Vo afreir ya las patatas-dijo Amparo, y se levanto.
rmùJ
Mic/f1a echo ia cabeza sobre su brazo en Jonna de_ dngut JI seb~, a al:

iS~}:::~~:e~'fa'::v!:':ï:;:,,~~ !

0

f;e~sra::: :~ ;z::/::;1:da:'':t Casa de

f,:aje'J/. t d .fiamos M{caela-la decian los que quer{an levantarse ten;- n us e b . d' e ~e levantaba tan temprano, la llamaban y a
darla encargos estupidos, para dec:·rta cosas

{;:;:;,~::'~:!;::e ;J:a

que

lÊf:t!~lis~:~~~ :na pausa y se asom6 Îl~ah~~~hee~ L~:~~7~~1~f: i:
0

se

~~~~r:· ~i~1:

~esgr:~~edd;~~
~ir~ ~ri~{:~e la realidad; en qub la vida
e1~[:r/ gravita sobre e~os pobres encerrados, sobre esos po res cau-

:::1i;i:r~~:

avit~l:shi~: ;a;:fa

~~ :~~:~tdoÎ~: ~e~:~~ ~o:i f~:e~!:

sadQueria el novelista meter en su novela esta terrible impiedad que se

tiene con las mujeres que viven nuestra propia vida, que son como sus
hijas humilladas.
Queria pintar el drama sin retiro ni pension posible de esas vidas, su
porvenir menesteroso, y como un dia tienen v6mitos de sangre y nadie
las compadece. El cancer roe sus est6magos por causa de tantas digestiones agriadas por la diferencia de bora, por el recado enmedio de la comida, por el mandato subito. jCon qué ingratitud se Jas empuja al Hospital! ...
No recordaba haber visto una tragedia como la de Jas criadas, que
parecian llenar aquella casa del novelista, como si fuese la casa del pueblo de Jas criadas. Todas se acercaban a su mesa a hacerle alguna confidencia, a soplarle alguna habladuria al o{do.
El novelista con las manos en los bolsillos miraba las luces de la libertad, las luces de las calles por las que transitan libremente y se recrudecia en él el dolor de la mujer que sirve y veia con mas desengafio el
drama de la servidumbre.
EsJ de que e!Jas oigan su desahucio porque los comedores no estan
nunca Jo suficientemente cerrados cuando hablan de e!Jas, eso de que
siempre estén escuchando los insultos que les propinan en Jas salas y los
gabinetes porque los sefiores no tienen id~a de la medida de la voz, eso
clama al c1elo.
Quiza habda habido entre los antiguos progenitores del novelista
una criada sometida a todas esas rabiosas indirectas, perseguida ensafiadamente en el secreto privado de la vida, d onde no se armara nunca
una cuesti6n de compafierismo, porque es solo una sola la que sufre el
mal trato.
Le habia costado trabajo encauzar aquella novela improba, pero yâ
la tenia trazada. Bastaba con que su protagonista pasase por muchas
casas )'. viese la tragedia de las otras compafieras y sufriera su propia
tragedia.
La habia hecho entrar en la casa caritativa, don de todo el dia abre la
puerta a los paniaguados de la sefiora, la pobre criada vapuleada, la pobre desqraciada tratada con terrible injusticia.
Hab1a recogido esas opiniones duras con que los sefiores opinan que
son muy brutas y consideran que, si no quieren ese trato deberlan no ser
criadas. Asi resulta que los sefiores, loque hubieran querido, es que la
que sirviese y que se emporcase en la servilidad a un extrafio, fuese la
sedorita de talento esclarecido.
Lo que pintaba con mas asombro el novelista es como todas las mujeres y muchos hombres, tomaban parte en los complots contra los cria41

�LA PLUMA
dos, se ponian de acuerdo para zaherirlos, se aconsejaban ensaiiamiento
y si uno de ellos pedia protecciôn para la pobre sirv1enta, era como si se
disputasen una v1ctima, como si se la comiesen a pedazos y los mas voraces se disputaban sus muslos y contramuslos.
Merece ser maldecida la humanidad por ese ensaiiamiento con que
trata a la criada, la victima estrechada, acorralada, victimizada en contraste con todas las fiestas del hogar, todos sus carifios y sus aniversarios.
iy después esas pobres criadas sufren el contagio de todas las enfermedades del hogar de extrafios y tienen que trasegar toda la miseria de
la enfermedad y ayudar a salvar a la duefia chinchorrera y cruel!
El novelista se acordaba de esas noches en las casas sumidas en la
sombra, cuando los parientes ya no pueden siquiera quedarse a velar al
enfermo de humor maldito y la pobre criada mantiene la temperatura,
y desaho~a de sus agobios la vida que se corrompe en la enfermedad.
No so1amente después, sino en ese momento, la pobre criada es tratada con injusticia, con recelo, icomo si se la pagase demasiado lo que
la pobre hacel
Nadie comprendera sus derechos a la sisa, su derecbo a enO'afi.ar, su
necesidad de disculparse un poco en falso para no ser acribifiada por
los improperios. Nadie se da cuenta que los unicos margenes alegres de
su vida estan en loque sise, en lo que logre escamotear, en los ratos en
que se haga la perezosa. Si no, no tendr/à un minuto de dcscanso y su
retribuciôn seria tan escasa como siempre.
Esa virtud que piden a la pobre criada es algo inhumano y desnaturalizado.
Su Micaela buscaria la casa de la felicidad y de la cordura sin encontrarla. Solo los primeros dias recibirîa cierto buen trato en todas las casas; pero en seguida de nuevo las sospechas, las humillaciones, los abusas, los «no hace usted nada», «nada esta limpio~, y otros ~nada~ que
descomponian su esfuerzo por completo.
El novelista pensaba seiialar mucho las diferencias de las casas distintas porque pasaba: casas sôrdidas de la burguesia, la casa de la sefiora que esta pidiendo todo el dia agua caliente, la casa de la sefiora que
cree siempre que la han quitado todo lo que se la pierde y hace constantemente un recuento de las cosas de los baûles y los armarios, etcétera.
Andrés habia pintado ya muchas interiores de aquéllas con sus cocinas y sus comedores alegres o tristes, pues en eso estaba mas que en
nada la suerte de las criadas, en que la cocina y el comedor fùesen alegresjy luminosos. ïTerrible comedor aquel todo cubierto con bandejas
42

LA PLUMA

y·
platos
lamentables
.
con
las cifras
blancas!y aquel otro con cabezas de ctervo
Y relojes oscuros
El novelista habla procurado d 1
.
chillos en el comedor silencioso d3{ ~s sensaJ1ones del ruido de los eu1
ban cuando, Micaela los cogia p~ra c~Î:~rl~s ee:i_y aban y se entrecruzaSe quedo parado largo rato en lac
. d a m_esa.
luces de rata, del ba rrio pobre vi dngoJa e ~a cnada, mirando Jas
brazos. pens6: «Ten
ue de~i~ en a un_a cnada con una botella en
O
loque dan por el cas~o de una boifie se Iles p1de con, gran desconfianza
a Micaela ~era pores?»a Ye mayor escandalo que la armen
Por hmr del agob10 de la criad
.
.
ap~~6 el gas, tomô su abri o su a, como st se d1ese suelta y asueto,
saho a la calle y se fué a cfs/
sombrero, y antes de lo convenido,

°

VI
Lo que denuncia hasta la 'd . h
locura loque son las visitas d ev1 enc~a, asta la c~a~ividencia, hasta la
la tinica visita que habia Jlegad cuithdoÀes una v1s1~a a un usurero. Es
O
El novclista no ten/a mas r
a . acer !1~rés Casttlla.
en sus visitas, sintiendo comoe~:dth'quhv1s:r1los y era de verle sentado
ban por todos los sitios y cômo se is me ~s le
estrados le encontraun candi! e1;1 sus gabinetes.
curec1a a v1 a como iluminada por
No quena escogerles como
• L
didos con sus nubes escalfada/!rsonaie_s. e res,ultaban demasiado sôrde tertulia, durante el cual las J° ~os oJ°s. iema que hacerles un rato
se llenaba de suspiros la h~biuic~6/as rota an con dificultad y encima
~on tan usurarios-pensa ba A n d res-que
,
ros».
lanzan por m{ los suspi-

?J

El dinero se quedaba en la
Andrés no queria que viesen en
ellos.

r~rr .

d l
e ~suredro un ~a~go rato porque
os tnS t mtos e avanc1a que él veia en

El novelista se quedaba rendido
d
.
usureros; pero siempre, a través del y_negro espu~s de Jas visitas a los
porque sus nove]as no le daban l b t1empo, neces1taba recurrir a ellos
Ono de esos d ias de visita do asta~te para dese~tra_mparse.
una especie de colilla luminosa e c~~phdoi en la sahta iluminada con
pagar~ después d~ pagarle.
, no o que e usurero se quedaba con el

-&lt;y el pagare?-preguntô Andrés.

�LA PLUMA
LA PLUMA
-Ya no sirve para nada ... Usted comprendera que yo no voy a ir
contra usted ... Si me quedo con él, es por conservar su aut6grafo .. .
-Es que mi aut6grafo vale mas que lo que usted me ha prestado-respondi6 con orgullo Andrés.
-Es verdad-dijo con aplomo el usurero-tanto que yo le propondria un negoeio ... Yo le dada doscientas pesetas por cada carta en que
usted me pidiese dinero .. •
. .
• I d
El novelista con tristeza, pero con dec1s16n, acept6 el negoc10. n udablementc aq uello le habia dado ya buenas pesetas ~ su . u_surero, pero
mas valia no tener en cuenta eso, pues era un negoc10 ongmal que habia revelado al novelista el genio usurario de su usurero ...
-Ahora mismo le ruedo escribir d~s O tres Cartas.. · .
-No-respondi6 e usurero-neces1to que estén escntas en su pap~
usual, ese que tiene el membrete de bulto ... Hay que dadas autent1cidad ...
-Es que me hada falta algun dinero ahora-insisti6 ,Andrés,:
-Bueno ... Pues puedo darle doscientas por el pagare, y manana me
trae doce cartas pedigüeiias ... Pero que ~ean conmovedoras... leh .. .?
-Descuide-dijo el novelista-, haran llorar al que las compre.. .
Andrés sali6 alegre y confiad? ~e la visita sangrienta ?el_usurero. lba
a explotar él mismo, con gran c101smo, ese deseo del pubhco de coger
en renuncio a sus grandes hombre~_, de ten~r en _la mano la prueba de su
miseria y su necesidad «1Ah!-se d110 Andres-si esos reyes pobres que
no levantan cabeza comerciasen con sus cartas».
El novelista veia que loque iba a hacer era una burla a~arga que alguna vez se descubriria, porque, e~t~e otras cosas, no pod1an estar muy
esparcidas Jas cartas, y eso descubrm~ la trampa.
,
Se imaginaba el aire de confiden~1a con que el, u_surero J?ropo_n~r1a
sus cartas: ((una carta del gran novehsta don Andres .de Cast1lla p1d1endo dinera ... »
• d
d ·
Aquello le molestaba un poco. Idealmente sent1a eseos e mtervenir de gritar: ((Mentira ... Esa es una estratagema»; pero acallab'.'- aquel
grito de su dignidad, su excepticismo, y el que pensaba d~s~ubnr aiguna vez en sus memorias el secreto de aquellas cartas, conv1rt1éndolas en
sarcasticas cuando mas valor fuesen a tener... •
. .
_
((jMe he quedado con la posteridad!», s~ dec1a Andres nsu~no, encontrando en su paseo por la noche la alegna de !os fo~os eléctn~os y de
las ·oyerias, ante cuyos escapara!es pens?. que el hab!a descub1erto la
pieJra filosofal y el modo de fabncar el diamante, gracias a sus aut6grafos de miserable.

VII
El «Barrie de doiia Benita» estaba ya casi acabado. El novelista habi3: puntualizado hasta aquellas sombras en punta que alargaban las esqmnas, y era? como ~n adorno los dias de sol en que se desenvolvia la
novela y hab1a ennov1ado al sombrio Rafael con la divina hija del trapero.
Lo que mas le g~stab,a al nov:lista era c6mo sabia aquello a barrio de
las afuer'.'-5 de Madnd, como tenta el tono sequerizo de la tierra bajo el
sol formidable de agosto.
1:,a hija del trapero ~esultaba _al mismo tiempo una biznieta de doiia
Bem~, y eso la dab~ c1erto arra1go en la tierra, como si la perteneciese
una c1~dad, como s1 fuese la dueiia de la tierra basta la décima capa
geol6g1ca.
Cad~ dia resultaba ~as ~ella en el barrio prosaico, y movia sus caderas de gitana ~on un aire mas gentil.
El padr~, .s1empre lle~o de coiiac-deb{a tener en algun lado de su
cuerp?, qmza en el ombhgo, ese sello de relieve de la casa Domech-, se
dorm1a en las mecedoras de la antesala de la casa.
La madre, con unas batas de percal con el estampado de las colchas
se mo~traba con s~ cuerpo de payaso, pues se trasparentaba su bata y'
ademas se entreabna.
«Para esto tenemos este hotelito en el barrio de doiia Benita para
esto, para estar c6modos, porque si lo tuviese en la Castellana y~ seria
otra cosa.»
Qué de dispu~s ~on Raf3:el porque se queria llevar lo mejor de la
casa, aquella mu1erc1ta _con t1po de marmol desembalado de la tierra,
aquella morenaza ~on c1erto bozo gracioso sobre el labio.
Esta~a romantlzad~ por aquel ambiente. La habia pretendido el general ret1~ado del bam~ y hasta el ~ura de la_parroquia, que decia tener
muchas nquezas en su t1erra, la bab1a promet1do ahorcarloshabitos si ella
queria ~sarse con él. Habia sido la locura, el pensamiento del barrio
desgrac1~do, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Nadie habia
conse~mdo nada; s6lo Rafael habia podido convencerla, y por eso habia
un odio ,concenti:ado contra aquel extranjero.
El numero _c1ento ochenta y nueve escribi6 el novelista en un rinc6n de ~a cuart1lla que iba a escribir, y después fué dando forma a su
pensam1ento de este modo:
«Todo ~l barrio d_e Dona Beni/a esta lleno de pequeiias torres que /,e dan

una gtan tmportancia .•. Cada lorre intenta 11nundaY tm ltidalro pobre.
45

44

�LA PLUMA
LA PLUMA
Se destacaba a lo lefos como un pueblo caido alll, como ese carro tktenido en medt'o del camt'no p(/rque se han caido un par de sus mulas.
Rafael se conmovia caqa vez mas ante aquel ct:,serio al que se le h~b{a~z
saltiio las ruedaJ y se habza quedado nlU, aunque tba a otrajJar!e, mas alla,
a ese terreno lo bastanle lejos de Madn'd, para formnr u1~ P!teblo prô&lt;pero.
Alli t'ba a estar una eternid'ld como estaba, pues la pro:nmzdad de Madrid
evitaba que fiuse un pucblo autoctono, y sôlo scrfa rrande cuando el lento
ensanche de Madrid por ese lado alcanzase al b'l rrto . . .
f-ra el intmto de un p11eb!o como formado por /o.~ np~os 'V cascotes ~ue
hab/an sido echados en aquel desmonte en el que habia aun el rumornatwq
de los carros trasegantes cuando se suelta,~ sus varas y hay ese desprendtmiento de tierri!f,S que pauce el de 1ma catastrofe.
.
El i·r a casarse con Rosario era como él sabîa muy bien quedarse en
aquel barn·o, no levantar mds cabeza, quedarse en el caserlo del fracaso,
volverse medio tefero medi·o muerlo de los que son enter.rados en los cementerios extraviaiios.
Eso si, tenia una ventaja que equ{valfa .a la del bi'enestar de la perfeccion en un mundo en que no podia consegmrse ese estado perfecto, .Vera la
ventoja de que metido en el barrio de Dona Benita podda ponerse todo !~ ,
feô y lo desgalichndo que quisiera, y Rosario se podrla estrc•pear loque qtttsiese y ha&lt;ta ennegrecerse por una sûbita enfermedad dtl c~bre.
Aqiul emparentnmimto ron traperos le suponia contagzarse de todas sus
lacras, de todas aquellas sarnas con que devez en cuando tenta que resquebrajarse stt pie!.
Rafael ya entraba en la casa :v sonreia al vn aquel jardi·~ctÏo que_ ni
era como fo" de la Prospcridad. Era un jardindto mds corraltllo que Jardin, con dridas vistas alrededor.
-Una vez-decia el t,,apero-me encontré un dedal de 01 o, que conserva
guardado para cuando Rosan·o se despose ...
- Y yo-decia la trapera-encontré una pulsera, que solo cuando se case
la dari...
. .,
Rosan·o no tenia verroenza de sus padres y los escuchaba extaszaaa.
Qut'zds los habla ùiea!iz~do al sentirse ta_n com~da en aquel ko!el rue tenfo
horas de una intimidad como la que pudtera dts/rular el me;or rzncon del
mundo.
h
..,_ l'''
Ra:f.iel conoda ya a muchas personajes del karrio .Y l~s abia temav a it
de tertulia. Hablaban como seres de otra especze, como !tpos de un plane/a
mds basto y completamente distinto.
.
-Yo fui gobernador de una t'sla de Filipinas y _Podia /Jefar a los indlgenas, y hasta a veces los mandaha matar...- Y reta aquel ltombre desd,entado, que olia a aceiïe .ù hfg~ de bacalao.

46

. - Yo era como la reina -decia su mujer, una vie/a horn.'ble a la que secaoa el sot de l,1 canlcula.
. -Yo ~10 hubiera ido alli... Yo no he quert'do perder ni un amanecer de
nu Madrut-decla el trapero.
Entre ;sos didlogos de las eternas visitas, Rafael preguntaba a su novia:
- Y tu. me querras mucho ...
-Yo estari st'e~pre abrazada a tu cuello... Colgarl de ti como /as enredaderas de la ver1a ...
Y Rafael se quedaba un rato con los ojos entornados, disfrutando la
voluptuostdacf de aquella propu_esta ... lbci a vender m alma a la pereza, a
la _voluptuoszdad, t:, fa abyecczôn. lba a. entregarse a to pùztoresco como
quten se queda a vzvtr en una jactoria le;ana.
'
No acababa de ser de esos hombres que aman las costumbres exdticas
se unen .a. una negra y ~e '"-'l';eren de disenteria encontrando 1:ncantos de defcompo~zcûJn en Stf propta d~senterla. El después de todo no se z'ba le os de
~adnd, )' cogena el tranvza del centro algunas veces para pasearse p:lor la
ctudad y pensar la que podrla haber sido ...
Hsta/;a tesuelto Rajael a rasarse con la hija del barrio de Do B ·i
con la bell~za ideal de aquella tribu perdida, no tan salvaje que:: n!;:.e~;
en tlla uniformes y sombreros de copa.
.
Lo ûnic~ que le pasaba es qzu no ncababa de comprender el alma de
aquella mu7er. Su belleza la comprendta, y ya sabia él por donde tendrfa
que entrarla; pe, o su alma no la entendia.
Muchas veces se q_uedaba mz'rando Rafael aquel color cmdo y blanco de
su roJtro muy ~nharz_nado, y p_~nsaba que aquel color se lo daba su atma
poniendo ttn 11zso de imperfecczon sobre su perfeccùJn, un viso que solo pod{a
comparars; en lo desagradable al que pone la p,cadura de las viruetas.
-1Que me ocultas?-la preffuntaba, por desconcertarla.
-Nada-contestaba ella secamente.
- 1Nunca._ te b1uc6 el ladron...? 1Nadie te dto un beso...? Juramelo ...
-Yo no Jttro "!ada-contestaba ella-. Y se quedaba rota la unt'on ue
se /ormaba en elJardin en (ftte habia mds canas para sostener flores que
fl:ore~, rstando la ~egad~ra_ hrada como un chiquillo que se ha cafdo e! el
Jardin de la _apatta, ~htqutllo al que 11adiP levanta...»
N

E!

novehsta cammaba con cautela hacia el capitulo en que descubria
la ac1aga verdad, que _hacia a aquella muchacha tan verdadera y tan
arre~ata~ora y tan muJer.
S1gu16 el nuevo capitulo, y comenz6:
«Aquel·a tarde Rafael busco la sombra del Café de la Verdad, mientras
se despertaban de la stesta los padres de Rosario, que tenian prohz'bùio que se
47

�LA PLUMA
abriese la verja a nadie dnrante la siesta, pues hab!an oldo el cencerro que
movfa la puerta al entreabrirse.
El Café de la Verdad ten:ia algo de sombra de caJedral, de sombra de
primitiva casa de baiïos, de sombra de andw confesionario. lin medio drl
sol qu, cubrla los a/rededores arcillando la tierra )' ddndola la ittnicia de
la canicula, aquel rejugio anclw y obscuro al que consolaban las mesas de
mdrmol y las l,zzas de porcelana, era de una exaltaciôn rejugi.inle aamirable.
Rafael percibiô los grupos de tentes con las posarùras, muy metidas en
los asienlos y ws cluzlecos mtreaburtos, )' escucho el 1 uido de las fichas del
domino, refrescanles salpiqueos que levantaban chispas de frescor en los violenlos golpes como los del aldabon y el pedernal.
El l afé habla sido regado como un jardin, hacilndole et mozo las filigranas de la vaiuica que saben luzcer las regaderas sabiaj, el gran rubriqueo en qne se simien enredosos nota, ios.
Rafa.,l buscô un rlncôn por el que se alcanzaba a ver ws rendijas de
vida que se veian por las penianas de made1a de las ventanas.
Poco a poco se fui trasluciendo el Cafl y destacd11dose ta sala. Los espejos, tapados con ws vews rosas con que se cubren las /ru/as en el verano
-Jqul bien les sien/an a ws alboricoques!-e1 an ws ûnicos adornos amortaja{Û)s de Las paredes.
Ra/ael esperaba alli, ponilndose rejrescanle bigote blanco de espuma al
dar sorbos a su bock de cerveza, la rubia cerveza contra las insolaciones.
De pronto, de la mesa del fon{Û) se lev,mto un muchacho y se acercô a
Rafael. Bra el pn'mero ffUe conocid Rafael en el barrio de Dofia Benita y
con el unico con qui'tn simpatizo desde el principio.
Se disculpo por ira interrumpir sus pensamienlos,pero queria hablar
con ll, «.hacfa tiempo que queria hablar con usted».
-1lnsislt usted en quererse casar con Rosan'o la del traperor-le preg,mt:j a boca de jarro, ddndole la perdigonada tanio en la cara como en el
corazôn, porque fui tma gran perdigomida en abamco, en embudo.

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Continuarâ.)

LETRAS BELGAS
~lgunos meses hablé ;qui del h
.
Qu1siera boy llamar sobre otros d:moso_ hbro de André Baillon.
gentes de Espaiia que se a
.
cscntorc.9 Ja atenci6n de las
.
pas1oncn a(m
pas16n que:: en esta cdad ta t
por cl dolor y por la vida
n o escasca El
·
•,
.
cuya reputaci6n esta mas firm
.
pnmero es una mu'er
~él~1ca,_ donde Ja mogigateda hip6crita y ~~ente ast-ntada en Francia qu;
IIlStituc1ones de la Iglcsia y del Estado· 1 ~ crror de la vcrdad son todavla
do, pocos conocen en Francia s,·qu· . alu o a Madame Necl Doff. Del seg
gun
•
1cra e nombr
unoa arhstas se han percatado de la
.
c, y en su pais, solamcnte al
amargura: es J.F. Elslander.
PUJ&amp;ma y de la sinceridad de su ir6aic~
Acx

e;

* * *

. En el punto y bora en que cl rcalismo s
.
nedades de la cadulteritis•, Madame .Necl e i•solvla ~a aaécdotas y en las vacru~l y generosa sobre las fueatcs ve d d
off arroi6 bruscamentc una luz
rac16n. Nacida en Holanda su ,· r
_r a eras del sufrimicnto y de la deses
Il
.
,
0tanc1a transe •,
peezas trag1cas-la palabra no es
.
urno entre las brumas y Jas b
1
• .
exces1va-de A
eesccnc1a vmo a Bélgica, donde trab6
.
mstcrdam. Al salir de la ado
•ci 1 •
conoc1mient
rcu os intclcctuales•. Mucho ticmpo e t
. o con los que suele llamarse
o b ra-de uaa conccatraci6n y de una ho s uvo sm
esc
"b
·
.
. ri ir, Y no acometi6 su
edad en que casi todos los literatos co ~ogcne1dad impresionaates-basta la
c~recer de fuerzas nuevas. En cuatro v:i':niaa si no a decaer, por lo menos a
CJ6n. Dos fueroa publicados antes d I
meocs se cncierra boy su produc
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LA PLU :\JA

LA PLUMA
1 mltier se agraDda para producir
y Contes Farotlches. Los otros dos, CD que e d Keet1e y redeDtemeDte Keetye
novelas, después de la guerra: el aiio pasa o
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...

trottin.
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No cmpleo a la hgera, al hablar
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1 palabra mllier. ED cfecto, la
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marco, mas vasto, CD qu
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1 geDiO de este au or
técnica de escn ir y e
medio de expresi6D, el francés, lengua que
conflicto. No solo empleaba, como
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aso con las dificultades de compo.6
d pero tropezaba a ca a P
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aprend1 ya tar e,
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vencerse
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sici6D y de estilo que s
N 1 Doff emprendi6 la carrera de es.
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todo, la inexpenencia con
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Desde la pubhcac1 D e u
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volumen 'Jours d e ,-amm
. . tos y la angu5tia en que se
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t:reza de los sent1m1en
equilibrio del esb o. a .osp ·
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sin fausto que unicameDlC
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vmo a resu
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podian traduc1r os en su
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se entretuvo en hacer expenml/ier s6hdo y ru , no
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y con raz6n, de ese
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falsas apariencias, sin mundana elegaDc1a-a
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artista se lo reprocbara nuDca.

1
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La literatura femenina, que cuent~ a gudnal ~ lo XX Un Dumcro imponeDte
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s aenios y el porvenir lo prolo menos tres son uno .,
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clamara COD mas fuerza que no
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Doff.
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ara estudiar con detalles la carrera liNo dispongo aqw del s1l10 basta~te p
tema es 6nico· la situaci6n lasteraria de Nec! Doff y analiz:ar sus h.~~~• cuy: trata de reha~ilitar la prostitutimosa de la mujer coDtemporanea. Id ., ~bo' s
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. auguran para durar toda la
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cent e a se10
paiia,:y ciertas servi um res qu d 1 t
Ni propaganda social ni relato desvida, predomiDan en la voluntad e au or.

so

tinado a divertir; nada de lo que caracteriz:a, como dejo dicho, la decadeDcia
del naturalismo. Neel Doff produjo testimoDios humanqs, UDa documeDtaci6D,
en el n:ejor sentido de la palabra. No evoca, en el marco septentrional en que
pone sus libros, arrabales de Amsterdam, tugurios de Amberes, la psicologia
romaDtica y artificial ya delineada por doscientas novelas en cincueDta aiios;
sabe bablar del amor siD salacidad, del celo sin bestialidad, del trato sin indifercncia, y se percibe su apasionado respeto por el dolor ajeno.
Kee:ye trottin, que acaba de publicar, es su obra maestra y uno de los libros
mas grandes de nuestro tiempo. En él evoca (que no describe) la tentaci6n que
precede y acompaiia a la pubertad en las muchacbas. Keetye aprende a vivir
en la miseria de Amsterdam, con todas las tentaciones que una gran ciudad
brinda a una niiia, con Ios misterios de que la rodea y las decepciones que
acompaiian a sus descubrimientos, y con el afan de absoluto que la empuja
hasta el borde de la locura. Este libro, sin asoDto, y casi sin acci6n, ensancha
el area de la piedad.

•• •
J. F. Elslander, por su parte, como ha luchado y padecido tanto por la emancipaci6n de los espfritus, como sus libros doctrinales denotan una pasi6n tan
sincera, y sus novelas una clarividencia tan ir6nica, es naturalmente objeto de
enemistades y sospechas de todas suertes. Por desdicba, la hostilidad de unos
y la indiferencia de otros han concluido, gravitando sobre él dia tras dia, durante mas de treinta aiios, por suscitar en J. F. Elslander una especie de apatîa
o de indiferencia, ya que no de desanimo.
J. F. Elslander pertenece a ese género de revolucionarios que desprecian Ios
ademaDes roméfoticos, las conjuraciones y los motiaes,-Io que constituye el vado alarde de un movimieato. Siendo joven aun, comprendi6 la necesidad de
conquistas mas !entas, mas duraderai1, mas pâcientes y también mas decisivas,
y que no podra realinrse nada si no se libera el alma de los niiios de todas las
convenciones y opresiones sociales que vieDen a saturarla desde la edad m.is
tierna. Persigui6 con tenacidad la conquista de la escuela, la reforma de la ense!ianza, sin las que nada puede Jograrse. Su trabajo discreto. su abnegaci6n en
aras de UDa causa demasiado bella para que fuese gloriosa, dnraron veinte aiios,
Profesor en un arrabal de Bruselas, pudo corroborar por experiencias abuadantes sus teorias pedag6gicas, basadas en ,.1 respeto de la individualidad y en el

s1

�•

LA PLU .\ ! A

LA PLUMAI

1,

desenvolvimiento libre de los espirilus. No contento con obtener cada aiio resultados practicos notables, escribi6 un tratado sobre la Escuela Nueva, en c!os
volumenes, muy discutido en el extranjero y traducido a varias lenguas, que le
vali6 la simpatîa y la ad.niracion de todos los pedagogos. Elslandcr fué, entre
otros, el inspirador y el consejero de los esfuerzo.i y tanteos d~ Francisco Ferrer en Espaiia. Se hizo sospechoso en Bélgica por su propaganda y tuvo que
abandonar la enseiianza, en tanto que sus antig&lt;1os jefes organizaban, en torno
de su obra, un riguroso bloqueo iotelectual.
J. F. Elslander luch6 de esa suerte por una especie de misticismo, y porque
le sublevaba la estafa formidable de que son vktimas constantes e inocentes
el cerebro y el coraz6n de los niiios. Luch6 con la pasi6n y el desinterés de un
artista. Ya babia escrito varias novelas, y una de ellas, Pb.ques. de vivo color flamenco, le vali6, después de Eckoud y Lemonnier, los honores de un proceso.
Libre de las preocupaciooes cotidianas de la enseiianza, refugiado, merced al
apoyo fraternal de un amign, en el fondo de una vida nueva mas tranquila, escribi6 dos libros que se leeran mucho dentro de vcinte aiios, y parecerân entonces obras maestras en la literatura del paîs y en el estudio moral de su tiempo.
Esas dos novclas, antcriores a la guerra, Le iW:usée de M. Dleulafait y Parrain,
reb3san con su inteligente dtira los Hmites de las provincias del norte donde
ocurre la acci6n. Costumbres provincianas, tipos de laoradores riens, entreverados por la civili.zaci6n de las ciudades, pequeiios burguescs de cabeza de partido 1qué ticne que ver todo eso con el marco flamenco o brabanzôn! El triunfo
que la crltica francesa ha dispensado rccientementc a la traducci6n de una no•
vela del grao novelista de lcngua nccrlandesa, Cyrille Buysse, Le Bourriq11el,
es sin duda mcrccido; pcro mas digno hubiera sido de las obras de J.F. Elslandcr. En Buysse, la anécdota siguc sicndo cl fin o por lo mcnos, el objeto principal del rclato. En Elslandcr es solo un mcdio, y lo mas ,a mcnudo una diversion sccundaria. La ironîa no es supcrficial, pcnetra, por el contrario, basta dei.cubrir en el alma de cada pcrsonajc lc,s elementos de ctcrnidad que le ligan a
su clase y las dcformidadcs profundas que simbolizan su siglo. Nadie ha mancjado la satira con tanta maestria como los inglesPs; pcro Elslander es uu discîpulo nc:ntajado, cuya ironia no pcca jamas de mezquina. No llega en sus investigacioncs psicol6gicas al patetismo que arrebata en las de Ncel Dolf; pero ningun escritor bclga y poquisimos cscritorcs franccscs, ban accrtado a poner de
relicve el carâctcr francés con tan ta sutilcza y tinta se):uridad en lo c6mico.
J. F. Elslandcr sabc cscojcr, cquilibrar y componer, sabc sacrificar lo no cscn-

52

cial y dar a los cstudios de costumbres co f
de !incas que los cngrandccc.
' n usos muy a menudo, una scncillci
Después de Parrain no ha publicado ad S b
sonrisa, y oculta bajo un filos6fic . . n a. e a pucsto la mascara de una
'
o cm1smo un alma ardiente
.
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de tcrnura y de c61era capaz sob t d '
, apas1ona a, capaz
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supcrio r, magnifico en que ya I
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a am 1c16 n no existe e
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cgoista; en que el afecto no es s
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.
• n que a a egr a no es
r1bros con curiosidad rcspctuosa·ospec. , oso. Qu1za sabe que e1 porvcmr• 1ce ra sus
de letras, posible.
'qu1za no 1o crce. Porque es lo menos «h ombre

J. F. Elslander se vcnga de la injusticia de
.
obras ajenas contra la inco
.
que fué ob1eto defendiendo las
mprcns1 6 n la malicia c
d
sobre todo, tienen en él un am 1·g0 1 a1'
1 . .
ovencna oras; los pin tores
e Y c anv1dente.

* * *
Baillon, Elslander, Ncel Dolf: talcs son los
honran a su gcneraci6n.
que, dcsprcciados por Bélgica,

PAUL COLL~

53

�LA PLUMA

LETRAS FRANCESAS

m

'

han confirmado en gencral los pron6sticos que formulé aqui
acerca del premio Goncourt. Un alud de libros, aparici6n brusca
de novclas, acoso de los jueces litc rarios por los au~o~es, intrigas de toda cspccic, cabalas sin no!'.llbrc; el mes de d1c:1embre no
ha sido mas que una larga y lastimosa comedia ofrecida por los hombres de
li

letras a la galeria, que con cllo se divierte.
Pero al meoos, los verdaderos escritorcs, ihan sacado algun provecho de
esa publicidad cscandalosa? No es muy seguro. Sin embargo, si alguoos libros
medianos han alcanzado cl Jauro, otros han surgido que son los verdaderos
triunfadores, sobre los que hcmos de llamar la atenci6n del publico. Veamos
unos y otros.
Por de pronto, Batoua/a, de M. René Maran, que ha logrado el honor del
prcmio Goncourt. Lo menos que puedc decirse es que la obra es medio~re, de
una hechura, un estilo y una composici6n gastadîsimos hacc mucho tiempo
iTambiéo la Academia de los Diez ha querido acatar la moda, dirigida al prcsente hacia lo negro? &lt;Ha qucrido contribuir al encaprichamieato por cl arte
negro? (Sabido es que M. René Maran es un hermoso tipo de ncgroide.) La verdad, no se sabe. Pero el hecho de que csa asarnolca de cscritorcs baya preferido e sa obra informe a una obra co.no L'Epithalame, que no es ciertamentc
perfecta, pero que cncierra trozos cxcclcotes, o a La Cavalière Elsa, que descubre tan fuertc preocupaci6n de originalidad verdadera, es enteramente dcsconce rtante.
,Quiere esto decir que Batoua/a carezca de interés? No, por cierto; pero es

54

una especie de ensayo, sin profundidad, sobre el alma de los negros del Africa
ecuatorial, una serie de escenas colegidas del natural, sin enlace a parente, y
que no tienen ni el mérito de la novedad ai el de la frescura. !\f. René Maran
no ha buceade profundamentc en los corazoncs que pretcndia explorar; nos
da la impresi6n de lo superficial, casi de lo artificial. Ninguna emocion espontanea, nioguo grito brota verdadcramcnte del scr. Una especic de trabajo mct6dico, ejc cutado friamcotc por un obrero bastantc babil que conocc bien el
tajo y sabe sacar un objeto curioso. El tal Batoua/a es una cosilla de poto mas
o menos, casi nada.
&lt;He dicho que Epithalame, de M. Jacques Chardonne, sea una obra sin de fectos? Es demasiado larga, mal cornpuesta, llena de obscuridades y de chuecos•; pero desbordante de savia, escrita en una lengua muy curiosa, con un
mét~do muy particular y que dcscubrc una originalidad innegable. Libro de
reahsta, pcro de un realismo sin sequcdad, nutrido de jugos, que mas de una
vez ~ace_ pensar en la manera de L'Education sentimentale y de Dominique. Es
la h1stona de una pareja, parecida a tan tas otras, que poco a poco se desunc,
cuyo amor se deshace dia tras dia, eœpujado por las circunstancias, envenen~do por mil cos_as, inofensivas en si, pero que, en conjunto, constituyen un
d1solv~nte enérg1co. Notaci6n minuciosa de cicn cosillas superficiales, de mil
sensac1ones menudas, en que triunfa cl arte d~ M. Jacques Chardonne. Es Jibro
que de be leersc y que hara época.
La Cavalière Elsa, de M, Pierre Mac Orlan, denota las mismas cualidades
q_u_e ya conodamos eo el autor de L'Etoile Matutine, imaginaci6n brillante, afic100 a las aventuras, aguda pcrcepci6n de lo humaoo. Eo el fondo, cuando
M. Pierre Mac Orlan escribc, c incluso cuando se trata de uoa historia tencbrosa, siemprc habla un humorista. Esta vcz se trata de uoa verdadera epopeya, la epopcya del cjército bolchevique, que el novelista se imagina atravcsando ~uropa en son de conquista, mandado por un marimacho, la cavalière Elsa,
caricatura de Juana de Arco. Ya se adivina lo que la fantasia de Mac Orlan
puede sacar de csa premisa. El libro es movido, pintoresco, divertido casi
siempre.
En Le chateau sous les roses, de M. Pierre Villetard, tropczamos con un taJento,m~y dife rcntc. M Pierre Villetard proccdc de René de Boylesve; su novela ultima es una nucva prueba de s u filiaci6o litcraria: Delicadeza en el analisis, profundidad de la cmoci6n. Los pcrsonaj es de csas obras sutiles son
seres raros, pero no dcmasiado cxccpcionales. Son, por lo general, mujcrcs

�LA PLU~A
j6venes, o muchachas, o nii'los, seres muy cercanos a la 'laturaleza, en los que
vibra el instinto sobre todo. M. Pierre Villetard es excelente en las impresiones de frcscura, de pureza, de gracia sensible y lilial. Corno en su Maison des
sourires, cl medio obra poderosamenle sobre csas individualidadcs un poco
blandas, las transforma, las conduce al objeto de su destine: en Le ckateau sous
les roses, los csplcndores de la naturaleza mediterranea favoreccn la rcvelaci6n mutua de dos corazones que se buscaban.
Pero la conclusi6n de ta! literatura no es optimista. Corno en la obra de
René Boylesve, la mayor parte de esas aimas generosas sucumbcn bajo el peso
de sus emociones. Sensibles en demasia, padeccn mil muertes, o bien una fatsa piedad o un remordimiento cxagcrado las roc. Los escrupulos, como una
cnfermedad, acaban con ellas. Son historias bonitas que concluycn muy mal. ..
Las que nos cuenta M. Eugène Moutfort son de un artc mucho mas rcalista
y directe. Tres novclas cortas reuoidas bajo el tîtulo de Brelan ,na,·in, todas
tres sabrosas en extremo. Sc ha dicho que por la concentraci6n, haceo pensar
en cl Mérimée de la Venus d' Ille, y el dicho es bastantc exacto. En cada una
de esas breves historias, M. Eugène Montfort nos pinta el natnral con rasgos
cscuetos, dejandonos adivinar, detras de esa fachada, todo un muodo misterioso v desconocido. Uoa de esas historias ocurre en Palcrmo, otra en Barcelona, Îa ultima en Guernesey. Son muy adccuadas, por decirlo asî, al medio
que las rodca, y conceotrao en si el sabor de esas tierras. Son tres altos piotorescos de un viajero infatigable que es, al propio tiempo, uno de los mejores
oovclistas de hoy.
Al termioar esta rapida revista de las novelas buenas publicadas el mes
pasado en Francia, me qu~da por sci'lalar dos libros que dcben a la actualidad
parte de su interés. El uno se titula La Comedie Française, escrito por madame
Dussane, una de las asociadas jovenes de la Caso. de Molière. Corno ahora se
cclebra el tri-centenario del nacimieoto dd autor del 1'.fisalltkro_pe, la Comedia
Francesa atrac la cnriosidad del dîa, y puede hujcarse utilmente la obra de
Mme. Dussane. Es una de las mas concienzudas e intcresantes coosagradas a
la compaüia del ilustre Teatro, a los intérpretes;, a los au~ores y al aparato
cscénico. Mme. Dussane rcpasa la historia cotera de la Comedia Francesa,
desde Molière hasta nuestros dfas, con erudic16n s6lida y ligera a la vez, que
le honra.
E l otro libro es una reedici6n de la Vie de Pasteur, de M. Re!Ié ValleryRadot. Sabide es que este afio se celebrara en Francia el centeoario del naci-

LA PLUMA
micnto de Pasteur. Cuantos sicoten admiracioo por el grau sabio leeran con
provccbo csa historia de su vida, cscrita con sen cillez y conciencia. Un hombre como Pasteur no pcrtenece a una naci6n por modo cxclusivo: su genio lc.elcva al rango de los scres humanos superiores.

Abandoncmos esas alturas y volvamos a cnfaogaroos en cl tcatro contemporaneo. Entre las muchas obras que han aparecido en estos tiempos ultimos,
ha_y dos que ofrecen igual intcrés; ocurren, sobre poco mas o menos, en la
m1sma csfera, pero cstan escritas de modo muy diferente. Una es La Possession, de M. Henry Bataille. Otra es Cke,-ïe, sacada por Madame Colette de su
novcla de igual titulo, en colaboraci6n con M. Léopold Marchand.
La nucva obr:1 del autor de La Vierge folle no ha tenido lo que se Hama
buena Prcnsa. Le han rcprochado a M. Henry Bataille su realismo, su audacia, el subido color de su piotura y el atrevimiento de sus ideas. Tales reproches-merecidos en su mayor parte-no nos hacen mella, y mas rigurosa
cucnta le pediriamos al autor por habcr trazado uoa silueta mudable y borrosa
&lt;le la heroina, que por haber pintado con tanta crudeza el medio en que vive.
Tratandose, como se trata, del muodo de la galanteria, preciso es confesar
que cra dificil trazar un cuadro vcridico que fuese al propio tiempo inocent6n. Asî es que, cuaado vemos a una mujer vender a su propia hija como un
comerciante podrfa veoder una mercanda de lujo, s6lo a medias .:ios asombramos tcniendo prescnte que csa mujer fué en sus tiempos demi-mondaine. Esto
no lo ha hccho notar la cdtica, y es indispensable decirlo si queremos comprender bien la atm6sfera en que el autor ha colocado a sus personajes.
Por cl contrario, es, mas que moleste, irritante ver c6mo cl caractcr de la
h croma
'
camb'1a bruscamente de un acto a otro, sin que nada venga a preparar
una evoluci6n de esa e!&gt;pecie. Presentada en el acto primera como una mujcr
codiciosa de dinero, aparcce en el segundo sentimental y sensual, sacrificando
a la pasi6n su parvenir enlero. Cambios bruscos de humor que muestran hasta
qué punto la psicologia de es.. mujer esta mal definida. No podemos entrar
aqui en mas dctalles; nos limilamos a haccr constar la insuficiencia de un analisis tan rudimentario. Evidentemente, La Possession no quedarâ como una de
las obras mcjores de Henry Bataille.

57

�LA PLUMA
Sin tantas pretensiones, los tres actos de Colette y de Lé,,pold Marchand
han tenid" mejor éxito. La aovela de Colette es una de las mas deliciosas que
ha escrito. Hay en ella la amoralidad, el don de la vida, la percepci6n de l?
pintoresco que hacen de esta mujer de ktras extraordinaria uno de los pnmeros escritores de su tiempo.
Trasladada a la escena, la obra novelesca no ha perdido originalidad como
pudo temerse. Ese mundo de superior galanteria sigue siendo asombroso Y los
colores con que lo pinta igualmente vivos, y los persooajes sigueo moviéndose por la misma inconscieocia de animales j6venes sueltos por el vasto_ muo(lo. Es un estudio de costumbres estravagaote y veraz, que gaoa en reheve a
la luz de las caodilejas, obra de un escritor verdadero por lo que me place
meocionarlo aqui.
La comedia fraocesa s61o ha acertado a medias con Aimer, obra nueva de
Paul Gerald y, estudio de psicologîa muy fi.no, pero demasiado largo y de aoticu.ada hechura. Es uoa de las ionumerables obras que han salido del teatro de
Georges de Porto-Riche, en que el drama interior adquier~ 110 desarrollo en
verdad exagerado. Consignemos, de todos modos, que la obra, literariameote,
es bueoa y que ta encootrado un marco propio en la Casa de Molière.

,, ,

JULES BERTAUT

•

1

.

'

58

LIBROS y REVIST AS
LuJs y Ag11stin Millares.-Companeri/o.-Ediciooes dl" L.t PLU11LA.
La coofusi6n de géneros a aue propende la literatura moderna es uno de
los mayores males de que adolece; y su ultimo resultado, la superproducci6n.
-valga el barbarismo cinematogrâtico-de ca6ticas elucubraciones con que
solicitao las dotes adivinatorias del lector ciertos escritores cuya vaga aspiraci6n a la expresi6o babélica universal se manifiesta en hîbridos ensayos, predomioaotemeote lîricos por lo geoeral, sin suje ci611 a ninguna de cuant.as normas preceptivas puedeo deducirse de los modelos clâsicos de todos los tiem•
pos. No es este el caso de los hermanos Millares. Pero bueno es hacer la salvedad y fijar de antemaoo los términos de nuestra apreciaci6n, ya que su labor
literaria, en que son excelentes las dos obras que componen este volumen,
tiende a fundir los elemeotos propios de la narraci6u y del teatro en el cuento
dramâtico, realizado de una manera cabal en Compaiierilo y La ley de Dios.
No se trata de uno de tantos intentos del llamado reatr o para leer, en que la
forma dramâtica se reduce a la adopci6n de la tipografia mas adecuada al dia.logo, con lo cual disimula el autor su monologo ante el rnundo exlnior, cuya
proyecci6n impersonal se Je resiste. El cuento dramâtico de los !11illares participa del cuento y del drama sin detrimento de su composici6n, es decir, sin que
se advierta la soldadura que suele menoscabar el interés de toda novela tras- plantada al teatro, ni meoos la hinchaz6o exegética con que se preteode, a veces, aiiadir virtud literaria a las obras ~eatrales al editarlas para su lectun;. El
mayor precio de estos cueotos dramâticos es la cvideocia con que la intenci6n
del autor se muestra consustancial cou la forma empleada. Evideocia pareja de
la que constituye la fuerza, la importancia trasceodente de un Maupassant.
He aqui un nombre que ha de recordar, sin d uda, en iotimo elogio de los
Millares, quieo lea Compaiierito y La ley de Dios. Comparaci611 que, por otra
parte, podemos hacer hoy, libres de las preocupaciones circunstanciales anejas
al naturalismo en ;;us tiempos de cuution palpitante. Maupassant, Gald6s, conciliados en un sentido personalisimo de la rcalidad artistica, puedeo se rvir
de punto de partida al critico que quiera situar 16gicamente la produc-

�LA PLUMA

LA PLUMA

,ci6n de estos escritorcs canarios. Para quienes la patria nativa no es simple
pretexto de escenarios y tipos pintorescos, s(no como en el caso de un_ Salvatore Di Giacomo en Napoles, elfo11do necesar10 a las figuras por ellos anu~adas
de sentimientos universales, si, pero con caracter propio, por el que adqu1eren
una personalidad dramatica :nconfundible.

• * *
Luis Araqulstai n.-Las columnas de Hércules.-Farsa novelesca.-Mundo Latino, Madrid.
La actividad literaria de A:-aquistain empieza ya, por superabundancia, a
exceder de los limites del periodismo. El yole~i.sta polîtico bus_ca_ba en los
apologos y breves alegorias que realz.:.~ la rntenc_1on de algunas cron1cas suyas,
el escape literario que p_ara su ex~an~16n neces1taba, fuera del cau~e de los
acontecim ientos que obhgan al penod1sta a moverse en el piano ~s~ncto de la
actualidad. Las columnas de Hércules no es, con todo, una obra d1st1nta por su
.género de los articulos con que su autor ha conquistado dia_ tra~ dia la adhesion de sus muchos Jectores; antes bien, nos parece la culmrnac16n_ natural de
su producci6n anterior, ~I p~nto de transici6n del ,P~riodismo a la hteratura.
No ha forzado Araqu1starn su rnanera caractenst1ca al com~oner esta farsa
novele-sca. El subtitulo de Las columnas de Hércules es lo sufic1enternente exprcsivo y justo para que nadie se llame a eogaiio. ~ierto que dentro de !a novela, como tal clasificaci6n, puede moverse el escntor con gran holgura, per?
el tipo genérico de novela, determinado por l~s 01;&gt;ras maestras del pasad? _s1glo, impone, sin duda, ciertas reglas, en obed1encia a las cuales el novel1~ta,
cre ador de la ficci6o en que sus héroes actu.an, elude aparentemente toda ! esponsabilidad en los movimientos de }os personajes d?tados por él de conc1encia huma na y, por lo tanto, libre. As1, pues, ~l anuoc1ar. su novela corn~ ~na
farsa , Araquistain no prescinde, no, del espeJo stendhal1ano en 9ue refle1a1 l,a
vida, pero se vale de un espejo curvo, que deforma las figuras, v10lentando comicamente sus rasgos esenciales.
,
Prueba de lo consciente dd procedimiento, es el cap1tul? cent_ral de l': farsa, en que se hace una revisi6o fundamental de los valores _hterano~ espaooles
contcmporaneos. Nos parezca acertada o no la consecueoc1a deduc1da en cada
caso particular-completamente de nuestr&lt;? ~u.sto en l~ que_ a Unamuno, a Baroja, a Azorin se refiere, y no tanto en los 1u1c1os relat1vos ~ Gald6s y a Pérez
de Ayala-, es evidente que la piedra de toque de ~n novehs~a e ta e~ ,su ca7
pacid ad de objetivaci6n, de ser~no desapa~ionar.mento, de iust1fica~1on por
igual de sus propios personajes, sin que pueda pre1uzga~los al darles vida. Araquisbin sabe Jo que quiere hacer, y Las columnas de He!·cules no es una novela , sino farsa aleg6rica- pintada al fres co, mas que ~scnta-;-, en que la fund~d6n d e un gran diario, trasunto par6dico en el amb1ente p1caresco de Madrid

.'

1

de la Prensa industrial extranjera, le sirvc de pretexto para una disertaci6n

humoristica coronada por uaa risa cstent6rea, sana, purgativa de tauta miseria
y bajeza.
No es uoa novcla, aunque el lector la lea de punta a cabo como tal, y ha_sta
lleguc en el capitulo mas propiamente novelf'SCO a intcresarse por el de~tmo
amatorio de Hip6lita y Escudero, gracios{sima encarnaci6n del amor, el mterés y sus derivaciones psicol6gicas ultramodernas, y menos, una novela de clave. Facilmeote puede sustituirse con otros conocidîsimos, algunos nombres de
politicos y periodistas. No obstante, la generalizaci6n coascguida sfo esfucrzo
por el autor, pucde dar pabulo a que, segu.n lai, preferencias de cada cual, se
atribuyao determioados retratos a uno u otro tipo, sin que pierda por ello rcalidad la ç intura. Lo que le aiiade mérito artîstico.

. . ..

Enrique Die z-Can edo .-Conversaciones litera,·ias
América.

(I9I5-I920). -

Editorial-

El principal interés de estas cr6aicas de Diez-Canedo esta en el sanisimo,
prop6sito, exceJentemente logrado, de suponer en quien Jas l~a un ix:_terlocutor am igo, al cual, dandole por enterado de muchas cosas que ignora, u~s~ruye
por modo cl11r o y sucinto de cuanto le conviene saber en orden a las oprn10nes
literarias que circulao como moneda corriente, no siempre de ley.
Esta literatura de literatura procura un solaz que no todo el mundo C()mp rende. Requiérese para ello una afici6n a las buenas letras, ajena_ al -~enor
utilitarismo. En ocasiones semejante afici&lt;in prueba mejor que e! eierc1c!o. rie
cualquier actividad literaria profesional, la verdadera vocac1?n arhst1ca.
Ste ndhal presumfa de dilettante . Diez-Canedo, literato de profes16n, pone e_n
sus reporta/es literarios su pasi6n de poeta. Cosaque no consiste, como todav1a
puede haber vulgo que lo crea, en vivir en las nubes, sino en hallar luego la
justi.ficaci6n espiritual de cuanto el mundo material ofrece.
Nada mas lejos, sin embargo, de la intenci6o de nuestro amigo que el expre11ar sus juicios de una manl!ra apasionada. La serenidad, la mesur~, la correcci6n presiden sus aprecidciooes y juicios sobre sus semejantes los_ hteratos..
Hasta ta! punto procura esa ecuaoimidad, que incluso cuando elog1a parece
atenuar su eotusiasmo con implicita disculpa de la propia predilecci6n.
.
Ameovs siempre y ascquibles al leclor de tipo rnedio, estos artîculos, ms~irados por la ocasi6n per iodîstica, adquieren, rcunidos en volum_en, una cuahdad superior al descubrîrsenos por eotero la uoidad de peusam1ento que los
encadeoa. Y nuestra complacencia se reparte entre la admiracion al mentor y
c! agradecimiento por el digno recato con qne evita el tono doctrinal, caro a !os
santones de la crîtica.
Educado en la buena escuela franccsa de escribir bien a vuela pluma de lo
que se sabe proiundamentc, felicîsimo expositor, ya que no descubrido1·, de·

60
"61

' 1
'

'

�LA 'PLUMA

LA PLUMA

naevos mundos-(qué bay nuevo bajo el sol?-, sugiere Diez-Canedo en sus
Conversaciones /iterarias problemas (undamentales, latentes a veces en cuestiones sin trascendencia a primera vista. Todo ello como de pasada, sin hacer demasiado binc~pié, sin insistir en sus sencillas razones. Su indulgencia excesiva,
su capacidad de comprensi6n pan las cosas mas dispares, acaso lleven al ani.mo ciel lector cierto excepticismo nibilista. Quizas nos dejan insatisfecbos en
alguna ocasi6n la circunspecci6n y el comedimiento con que gana nuestra voluntad; quisiéramos verle asestar una estocada donde sei'iala un simple boto.nazo. Mas iquién nos dice que la mayor intensidad de nuestra emoci6n no fuera a costa del arte mismo? El Arte, simulacro ejemplar, purifica e idealiza el
duelo a muerte en el asdlto de arma&amp; incruento.

• • •
Alberto In1ua.-Vn cora:;on bur/ado.-Novela.-Rcnacimicnto, Madrid
En la lista, copiosa ya, de las novelas de Alberto lasl'.ia, Un cora:;on /Jur/ado
cumple la cvoluci6n iniciada en su prop6sito de novelista desde la publicaci6n
de El Ptlig,·o a la fecha. La cvoluci6n del autor de La mujer fdcil se manifiesta patente incluso en el titulo de uno de sus ultimos libros, De un m,mdo a otro.
Insua, parisiénse de elecci6n, ha experimentado un cambio decisivo en su manera literaria, influido por el espectaculo de la guerra en Francia. El cambi'&gt; profundo que ha visto en la vida francesa se nos antoja pura refracci6n del propio
sentir mas que rel\ejo de la realidad. Es lo cierto que si no en el estilo-y aûn
ahora échase de ver u,1 prurito de sencillez que antes no se advertia tan palma rio-en la elecci6n de temas y en el empei'io de disimular la pasi6n er6tica
en que cifraba el principal atractiv, de sus heroinas, se propone la conquista
del mercado literario de mny otra mdnera que antai'io.
No es Insua un escrilor independiente. Busca decididamente cl lector-y a
lectora. Actitud, no ya disculpable, sino legitima, sobre todo en el novelista
cuya producci6n, a menos de adolecer de exceso de lirismo. necesita la colaboraci6n del publico- . Lo cual no implica tampoco un sometimiento incondicional ni una abdicaci6n de la personalidad.
La Carmenchu de Un co,·asdn buriado es de carne y hueso. iQue su historia
-puede parece-rnos trivial? En ella veran la propia tantas desengalladas, que su
adhesi6n ha de resarcir con creces al novelista de todos nuestros reparos.

• • •
M. Gutiérre&amp; Najera.-Sus ,wjores poes/as.-Editorial América.
Blanco Fombona, editor y prologui.;ta de esta selecci6n de la obra poética
de Gutiérrez Najera, define breve y substancialmente la categoria literaria del
lirico mejicano, en el rango que le corresponde de u/liww ro,114ntico y precur-

sor 1111ulernisla. Popularisimo en loda la Amé .
_
vorito de las mujeres sin duda or los
nca espaaola, donde es poeta fa.
sentimientos faciles al' oido, es c!i desco:er~~sO en iue °!.âs se deja µevar de
bre ba transcendido del grupo de
f, . oci
en spana. Apenass1 su nomto literario hispano-americano
eSiona~es mas enterados del movimieny seis ai'ios, su influencia en 1~ nuevaope~~ 95d, aun no cumplidos los treinta
Rubén Darîo, es decisiva.
ca e que fué portavoz eminente
Pero el valor de sus poesîas para el (ibJ"
_
~be, es ~dependiente de esa considera~i6n •c~ es~anol que tan tarde las re1nterés aJeno a toda critica retrospectiva los . ~1st1nca. Podrfo haber perdido
po constituyeron lo mas llamativo des~ o rn _e_n os y alardes que en su tiem&lt;lad, llevada a términos de perfecci6 n
bra, rnt~ntos Y alardes cuya novevertida mis tarde en lu ar com6n
por sus contrnuadores preclaros y con-

M!:~

•M:~

lectores de hace veinticfnco aiios.
~~~~i~t!orprendernos boy ~omo a los
p_oeta que templa serenamente su animo en 1 ' Y es.J0 que n?s importa, el
s1ca, en fin, de las cOdas breves• en la
a expres1 a armomosa, clara, cla-eleglas romanticas, la gracia pimpante de~ ~uale,s ~ fm~etu sentimental de las
melancoHa l,umanista resistente a las mod gunn _anv1 lesco, se funden en una
'
as pasaJeras:
«jDeja por fin la solitaria playa
Y coronado de fragantes flores '
desca!°158 en la ba rquilla de las diosasl
iQué 1!11POrta _lo fugaz de los amores?
1Tamhién expiran j6venes las rosas!•

.............

•(Q,uién a tu.~~; ·;e•s·i~;~ ~; ·e·;~a·d~~~s
co~ v1nculos de amor el albeddo?
1UJ1 ses para oir a las sirenas
atabase en el mastil del navîo!•

C. R. C.

* * *
Bapalla.-Como deseibamos
t
•
canso, reanuda su publicaci6n ;u es e semanano, tr~s unos meses de de-sde esperar que el pûblico soilen e1v&lt;';, c~n nuevos bnos, a se-r loque fu~. Es
nuestros compaiieros de E.r11 g hsrn esmayo el esfuerzo, tan noble, de
•rana, que arto lo merecen.

* * *
Libro1 r e cibldo1.-Luis de la Jara· E
'

62

,,1.
M .
SrM,g~s; adnd, 19:u.-José Mas: Naa ea.- · Teresa Borragan: Los dioses fu-

rraçiones •isteriosas; Madrid Ed Gal t .

·

�LA PLUMA
. R · r- EstJaiia colonizadonz; Madrid, 192 1.-Saturos; Madrid, 1921._-~an~1do ~1ma . itorial América.-Fugimoto: En eJ pars:
loi: Cocod1·ilos y ,·u:~enore~, M~drt ~~ica -M Gutiérrez Nâjera: Sus mejp,-es
de !as geichas; Mad~-id, Ed1tor~l. m Juan· Ma;qués: Don Bartolomé Gall~rdo,
poeslas; Madrid, Ed1torl_al Am n~a.
Arturo Torres: En el encanta,mento~
nolicia desu ,,id~y escr:tos; Madnd,C19;1.- .- José Olivares: Poesias; Garcia
Ediciones Sarmiento, San José de . ë::1':~ado· Pasteur y Metclmikoff.-Lms
Monge y C.a, San Jo~é de_&lt;;:•~-, 192~-~ Bib:iotec~ del Repertorio Americano,
L6pez de Mesa: Orzentac,on :deo{!g;{a,
-Miguel de Unamuno: Sensaciones
Garda Monie,_ Ed.; San José de_ . ., /;:'..:....Roberto Brenes Meseu: El mis~ide Bilbao; Brt&gt;hoteca Her~es, B~ lba?: ~ la 1Jerdad· Biblioteca del Repertono,
cismo como instrumento de t1lfJ~Sit!(ac:oJn / d C R \
-E Montfort: B,·elan
921
Americano, Garda Monge, ed.; Sapa '?s Mi~noa:Ï-Lo~is Leon Martin: Tu1JaJi,farin• Bibliothèque des Marges, ans,
·
&amp;Ize, ou' la tragedie pas!orale; Paris, Grasset, 1921.

,,
'

p

,

Le Progrés Ci1Jique, Paris. -

ANO 111.

'

MADRID, FERRERO 1922

I

NUM. 21.

La

Revistas. - ~ercure de firance, I' ~s; -;;e Paris.- Vida Nuest,·a, Due_nos

Connaissance, Pans.-La Re1Jue de t f ~ n~ri&amp;ano San José de Costa Rica.
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-fe~er or;o 'si Cultu;·a Venezo!ana, Caracas.1
Le 1..,1·apouillot, ~aris.-Be!le\ et
~è~a Contemporanea, La Habana.IJie .Aktion, Ber!m--Pias~, ~/~;~;1F:~~ara -Espaiia,, América, Cadiz.-HerBabel Buenos Aires.- rorsia e ·
•
·
A b-La Ronda, Roma.
mes. Bilbao.- L' Art Li~1·e.PBr?selj~dic~a~.t~~id ~c::~6polis, Madrid.- 'l'ile
La No•,velle Reoue françaue, ans..
,
LifJmg Age, Boston.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES (r )

·~d

UN CRIBADO DE NIETZSCHE

œ

la propia suerte que cuando uno esta recién vacunado todos,
en virtudCde cierta ley arcana de malignidad c6smica, vienen
a darle palmaditas en el brazo, precisamente a la altura donde remuerden las gafas ampollas, asî también basta que uno
tcnga entre ceja y ceja una preocupaci6n para que cuanto escucha o lee
coïncida con la preocupaci6n y la alimente o refuerce. En estas «Apostillas y divagaciones», en torno a Nietzsche, que me sirven de ocasi6n,
dcsde hace algun tiempo, para sustentar un coloquio ideal con mis lectores, («Apostillas y divagaciones,, modestamente; anotadlo en vuestro
cuadernito de notas criticas), vengo insistiendo sobre la incompatibilidad
de la literatura con lo que no es literatura. 1Cuan facil es tomar como
filosofia o ciencia lo que no es sino literatura, y no de la mejor, puesto
que es literatura epicena e hibridal Este concepto esencial es ya viejo en
ml, como no ignoran quiencs han tenido la abnegaci6n de leer mis enE

..

(,)

Véaac LA Pu:nu de diciembre 19:11 y •nero 1922.

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Enrique Diez Canedo</name>
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•
LA PLUMA

la manera de expresarlos es lo que distingue al artista del am11teur. Comprobamos nuestra opinión en una estrofa del poema cLa barca•, el mejor de la
colección para nuestro gusto:
cFué en el dormido lago,
cuyas aguas el Sol tiñó de fuego.
Al caer el crepúsculo
se detuvo la barca sin barquero,
y en d lino silencio de la tarde,
que amparaba el latir de los ensueños,
ciilundiendo sus círculos de gloria
vagó la flor inmaterial del beso•,
donde no ya la sinceridad del sentimie nto, sino la sencilla gracia con que ~e
manifie,;ta, le prestan emoción poética. El señor Ugarte, como poeta, más que
contemporáneo de Dado, parece un precursor en que la sensibilidad de los.
últimos románticos esp;irioles, te mplada por el cultivo de la a,1títe~is campo•
amorioa de Uoloras y Huml)radas, acusara no pocos atis bos del grau sacudimiento que renovó la lírica española con los inspirados injertos aportados por
el gran americano.
c. R. c.

*

*

*

Guillermo Jlménez.-Constanza. - Rafael Caro Raggio, editor, Madrid.
Xo e s novela, cue nt0, memorias, ni biografía, sino limpia, clara. suave evocación de una figura q uerida, cuyos rasgos acusados por la muerte, perduran
nimbados del halo inmaterial del recuerdo puro. El escritor no narra, no nos
pone en antecedentes, contempla una sombra amada, y ni a cantar se atreve.
Diríase r¡ne por rehuír todo artificio, se complace en rememorar en voz queda
los divinos instantes de l simple paso de una madre por la conciencia de su
hijo. Ctmstanza. más que un retrato, es una tierna elegia en cernida prosa, un
breve poema, en estrofas sin elocuencia ni pompa, cuyo ritmo no se vierte en
música extt'rior alguna.
C. R. C.

* * *

Revistas. - Mercu,-e de Prance, París. - Le Progrés Civir¡ue, París. - La
Connaissa11ce, París.-La Ret•ue de J' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Ret,ertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cmpouillot, París.-Bell~s Lettru, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Akiion, Berlín.-Pegaso, Montevideoo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsía ed .irle, Ferrara.-España _~ América, Cádiz.-Het·mes. Bil bao.- L' Art L i,)n. Bruselas.-('a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La Nouvelle Revue franyaise, París.-Índice, Madrid.
320

AÑO II.

1

MADRID, IHCIBMBRB 1921

NÚM. 19.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES

LA MÁSCARA DE NIETZSCHE
Los tórculos matritenses acaban de dar cuerpo a
una obrilla, si discreta en el porte, terrible en el ánima. Son, en efecto, los libros no del todo desemejantes a los hombres, pues al cabo, metido un hombre en la alquitara y extraída su entelequia, epitome u lwmúnculus, este último producto, llámese
como se quiera, tomará la forma de un libro. De
aquí el parecido entre hombres y libros. Ved en
.
.
. s~ma, la distinción capital de hombre a homb~e y
de libro a li~ro, identidad a la vez de libros y hombres; de un lado,
hombres Y libros que no se valen por sí, sino que han menester de
~poyo Y c~o~dinación con los demás; hombres sociales y rebañegos,
libros de b1bhoteca, de colección o de serie; hombres de gran talante y
321

.

'

�LA PLUMA
l"bros de rica encuadernac10n.
. , y 1ueg0 ' hombres independienaparato, l
.
.
d.
de cabecera.
tes,D..
solitarios;
hbr~s
mdepen
i~ntesB,
C,
espiando de reo¡o a ru to·· «Desconfiad de los hombres
, n &gt;. Desconfi anza a dm1·rativa ante la energía latente
.
. i¡o esar,
pálidos y que no ne · ➔
•
d
· , a Robesp1erre
uiso insinuar M1rabeau cuan o vio
'
y fatal. Es lo que~
bl a de desconocidos: «Ese hombre
entre
una la~am
~rle.sconocido todav1a,
•· ·
· · muy
e¡os » Aes1, tamb1ºe'n , hay libros cenceños
aceitunado
y
ce¡i¡unto
ira
.
y cejijuntos, apenas notonos, pero. t ernºbles de energía y de influjo inminente.
fi
d béis adquirir es ante la falacia vaMas el linaje de descon anza q~e -~ ele al esté;il proselitismo, malnidosa, que a tantos deslumbra y es I p . o y fungible Esta es buena
,
•d
capital tan mezqum
·
.
. d
dº rio siente necesidad de actitugastando as1 la vi a, ese
sentencia de Nietzsche: «Quie¡
orh u;bres solemnes o pintorescos.~
des, no es franco. Guardaos . e_ os o .

t

Cuidado, tambi~n, 7°n las edicioen~::a~~:~des y humanidad, solía di~
Un maestro m?Je_s, maestro dando en los claustros universitarios. Si
vertirse con sus dis~1pulos ~oqu:ioún rofesor de los profundos y pomp
or ventura aparec1a a la vista¡ b
p , a su pollada con esta expreb · no y a egre recog1a
.
'
h.. m'os que viene un tonto.~
posos, el maestro, emg
sión: «Pongámonos s:rios un lilnst~-~t~s e~oqsue ~l hondo sentir de humaSólo los necios desdenan aque os i r
l , li · n gambetas alegres.
nidad busca acaso a gun a vi~de ble arco y terrible, que acaban de
Este libro, menudo y consi era_ ' p se llama· «Nietzsche, poeta.
lanzar
F
·.
A de Icaza exal mundo los tórculos matritenses,
,.
El • ,
te es D. ranc1sco .
•
(Interpretaciones lmcas).» i~ter~::to en el sobrio enunciar, fondo y
hondo sent1 y
1 olumen está arbitrado con seperimentado
l 1,en· el Tº
ográficamente e v
..
forma de a mea. ip
'
ºde la industria y dihvera elegancia, como todas las ob;s ;n q~-J~;s~ampea la máscara de
gencia del Sr. Ica_za. En e~ :ent~~ e ; ~:p~ción, de sugestión y de tenNietzsche; esa mascara trag1ca,d en~ e1 que nos sugiere imágenes y
tación, que no_ nos_ can~amos e ::r::t~ienta a flotar de aquí y acullá
correspondencias sm numero, Y q
. un mar que hace
con el pensámiento, como arrastrados por un mar,
322

LA PLUMA
bronco son de martillos. Esa nariz eslava, casi tártara . .. Así debió de ser
la de Atila, jefe de hordas violentas. Lo que guiaba a Atila, nómada y
raudo, en sus expediciones largas y certeras, no era el intelecto, sino el
instinto; una sutil cualidad orgánica, un olfato maravilloso, modo de
inteligencia inferior, pero más segura, que poseen algunos animales superiores; aquel peregrino olfato de Atila, que se gozaba en todas las
esencias de la tierra: las del amor y las de 1a muerte. Por exaltar la ebriedad del vino, como vigoroso acto vital, (el divino Platón, en «Las Leyes»,
encarece esta virtud del vino), bebía en un cráneo, y era como una resurrección pausada y deliciosa, heroica y brutal, en que los pulsos de la
vida se aceleraban por la sensación de la muerte; un misticismo salvaje
y robusto. Ese mismo misticismo, robusto y salvaje, impele la dinámica
interior de la obra entera de Nietzsche, y, en cuanto misticismo, el órgano
para percibirlo es más bien el olfato que el intelecto; un olfato desencarnado, de orden espiritual. La razón física de las substancias odoríferas es su extrema aptitud para disgregarse en partículas y la singular
perduración y voluntad de adherencia de estas partículas con cuanto
tocan. Dícese que un grano de almizcle perfuma durante siglos. La obra
de Nietzsche está atomizada en infinitas partículas minúsculas: aforismos. Más que discernirla, la aspiramos. Nos circunda y penetra como
una atmósfera. Quien se acerca a ella, permanece embalsamado de
Nietzsche; en las yemas de los dedos se le han fijado los aromosos átomos, y el pan que come le sabe a Nietzsche. He ahí un riesgo: marearse, obsesionarse, misticificarse y mixtificarse. Es tanta la paridad del fenómeno místico con la fruición olfativa cuanto se puede observar en el
empleo ritual de sahumerios e inciensos en todas las ~iturgias religiosas
y prácticas mágicas o supersticiosas con que provocar esa violenta y
honda sensación de vida que con tantas denominaciones se ha designado: éxtasis, trance, arrobo, deliquio, trasporte, frenesí. .. El contacto
con Nietzsche deja un sabor en nuestro pan y le otorga un nuevo valor
alimenticio. ¿Cuál es aquel sabor? ¿Cuál el valor? En Jo tocante al primero, anotado queda ya: un misticismo salvaje y robusto, una desatentada ebriedad de Ja vida, ebriedad estimulada por e] regusto de la muer323

1

11,

'!

�LA PLUMA

LA PLUMA

te; es como un vino generoso bebido en la oq~eda~ de ~n cráneo. ~er-

cenemos, suprimamos el último vestigio de la mt~hgencia especulativa,
a fin de enardecer las potencias elementales de la vida: la_ salud'.!ª f~e~a
y el coraje; porque la vida es, ~n_te todo, una mera ~amfest~c10n b10l~:
gica. y este es el valor alimenticio de la obra de N1etzsche, es un ah
mento intensivo del Yo zoológico. Siempre, aun para lanzarse, con ~quel
garbo suyo sublime y grotesco, a las cumbres de la visión profética, Y
cósmica, Nietzsche cuidó bien de afianzar los ~ies en la pur~ z~ologia.
Aunque tímido y enfermo, Nietzsche estaba amma~o co~o mngun _otro
hombre histórico de la más saludable y fecunda ammahdad, la animalidad en su modo inmanente de operar, o sea fuerza _propulsora y creadora de la vida en su perdurable evolución; tendencia a transcender Y
superar los tipos ya logrados. A esta fuerza ciega, ~i~tzsche la dotó de
conciencia humana y la cuaguló en un símbolo poetic_o: el Superhom~esti:1os t~rrenos del
bre. Nadie como Nietzsche mostró tanta fe en
hombre. Es el precursor de la Eugenésica, la ciencia pnmord1al del porvenir.
Atila se deleitaba no sólo con el husmillo de la muerte-tenue y ambigua emanación entre sulfúrea y alcohólica, un poco emborracha~te,
envuelta con el aroma del vino-, mas ta~bién_ con. l_os perfumes delicados y voluptuosos, de flor o de mujer. Su imag1_nac10n era sob:ema:1era
corpórea tiránica y activa; no hay brecha tan directa para henr ~a 1ma.
·· '
el olfato Atila el melancólico y turbulento Atila, era
. l E l
gmac1on com 0
·
'
.
esclavo de un sueño; mejor, un ensueño; meior, u~ idea . n ontananza y sin el ministerio sensual de la mirada, se hab1a ~n~morado de H_o' · lá hermana del emperador de Bizancio, Valentiniano III. El hirnona,
·
·c no de oro y
suto hombre de la estepa quería desposar un . precioso i º.
esmalte, arquetipo de hermosura decadentista. Y_como ~lla en el_ campamento un emisario llegase conduciendo la aquiescencia de la princesa
bizantina y algunas prendas de amor que retenían aún el p~rfume de su
nerv10so caballo,
duen-a ' el ba'rbaro ' dilatando las fosas nasales como
.
A .
fi uro
aspiró el aroma enervante, hasta que cayó en párox1smo. s1 me g
yo a Atila.

:ºs

Volved ahora los ojos a Nietzsche, a la obra de Nietzsche, y observar~is _el feliz ayuntamiento de la barbarie vigorosa, en el fondo, y el prec~osismo decadente, en la forma; la osadía del propósito y la afectación y
:itm? ~el ademán; es el guerrero infatigable, apasionado por la princesa
mmov1l; es-aprovechando palabras de Nietzsche, que el Sr. Icaza trascribe en el proemio de su librito-el amor feroz del hombre del Norte
a las dulces tierras del Mediodía. Nietzsche prefería vivir en el Sur de
Europa; la Costa azul, la Engadina, Italia. Juzgándose a sí propio y a
su pensamiento como un desinfectante contra el microbio de la decadencia, cultiva y perfecciona un estilo ultradecadente, colmado de toda
suerte de emociones y artificios estéticos («mi estilo, decía, es una danza
y un juego de simetrías, un saltar y burlar estas simetrías. Llega hasta
la elección de vocales». Citado por el Sr. Icaza); y el estilo lo aprendió
en los escritores de Francia, la Bizancio de nuestros días. También Atila
se detuvo e hizo reverente genuflexión frente a Santa Genoveva, a las
puertas de París.
Atila tenía al lado del lecho dos poetas que le recitasen y cantasen.
Para Nietzsche, poesía y música eran dos hechizos que le embargaban.
Y ese ceño de la máscara de Nietzsche ... El ceño doliente y pueril
del alma asiática, ante el misterio del Universo. En los frunces del ceño
se insinúan caracteres legibles: «cómo se ha de soportar el dolor del vivir; he aquí el problema».
La frente, ¡oh!, la frente de esta máscara belicosa, triste y sensitiva,
es del todo europea.
Pero los cabellos ... Ese agresivo, combado y copioso bigote de huno ..
Escondidos los labios bajo su bóveda, nace el verbo como la voz de los
oráculos: en la sombra. Y ese copete evasivo, indebidamente cercenado,
que circunda frente y sienes, le desearíamos ondula.ndo al aire en cabellera, a la usanza de los escitas, ágiles arqueros y jinetes, que peleaban huyendo y producían heridas envenenadas.
Atila, azote de Dios. Nietzsche, azote de Dios ¡Oh, candidez!

,.

'.
1

1

�LA PLUMA
LA PLUMA

NIETZSCHE EN UNA CÁSCARA DE NUEZ
I
ANTES DE LA RUPTURA CON WAGNER
Siempre he considerado la función del periodista, y de! ~scritor e_n
general, como la de un órgano social formad~ para el maxi_mo y mas
intenso rendimiento del tiempo y aprovechamiento del espac10. Lo que
ante todo se ha de exigir a este órgano, como obligación, o lo que él
mismo ha de exigirse, como deber, es probidád y claridad; que sea fidedigno y útil. Yo, de ordinario, me aplico a desentrañar y señore.ar asuntos que acaso en un principio no me interesab_an y aun ~e rep_eha~: porque sé que a la sociedad le preocupan o apas_ionan,_ y mi. obb?a~10n de
escritor público, a la cual nadie me ha empupdo, smo mi_arb1tno, consiste señaladamente en que sacrifique mi tiempo en estudiarlos ~ luego
sacarlos a luz de manera sucinta y auténtica, de suerte que los diversos
y multiformes órganos sociales, atareado ca~a ~ual en ~u función adecuada hallen economía de tiempo en el sacnfic10 del m,o, como yo economi;o el mío por el sacrificio del de ellos. Merced a est~ división _e intercambio de esfuerzos, cuando quiero viajar en ferrocarril-maravillosa
economía del tiempo y retracción del espacio-:-no se me po~e en el
trance de que yo invente la locomotora de nuevo, ni que fabnqu~ los
carruajes, ni siquiera que conduzca el tren. No de ~tro modo, pienso
que los lectores tienen ·derecho a pedirnos a los escritores que les proporcionemos ocasión de viajar el país de las ideas con la mayor economía de espacio y tiempo. Un lector tiene derecho a enterarse d~ todo
Nietzsche sin necesidad de leer todo Nietzsche y cuanto se ha escnto sobre Nietzsche, como tiene derecho a preocuparse e inf?rmarse d,e lo_ que
sucede en el Japón sin necesidad de dar la mano al M1ka~~- As1 ~o ~magino; por lo cual-aprovechando esfuerzos an_t,eriores y el 1ti~er~no ideal
del Ecce Hamo-, voy a ensayar la comprens1on (de compnm1r Y com-

prender) de la obra y vida de Nietzsche en el escaso ámbito de una cáscara.de nuez. Mi empeño, al menos, no será tan inútil y extravagante
como el de aquel benedictino que quiso copiar la Biblia en un grano de
arroz.
. Existen en Alemania muchas familias de oriundez eslava, con apellidos eslavos que, al aclimatarse, han padecido ligera deformación. Uno
de estos apellidos es «Nizky», adjetivo checo que significa «hombre hu~ilde». Este adjetivo se transforma en las siguientes variaciones de apeJhdos alemanes: Nitzky, Nitzschky, Nitzschke y Nietzsche.
Nietzsche decía descender de los condes polacos de Nietzki, y alguna
vez se le oyó: «Un conde Nietzk.i no puede mentir». Lo positivo es que
este apologista de la aristocracia se llamaba, paradójicamente, «el hombre humilde». Como, paradójicamente, este impugnador del ideal cristiano descendía de tres generaciones de pastores protestantes por ambas
ramas. Y es que la vida y el pensamiento de Nietzsche es una sucesión
de reacciones violentas contra el propio destino. Nace Federico Nietzsche
el r5 de octubre de 184-4 en la casa rectoral de Roecken. C~mplía los
cuatro años cuando su padre rueda por unas escaleras, se vuelve medio
loco y muere al año siguiente. Este suceso causa indeleble impresión en
Nietzsche. La viuda del reverendo se traslada al vecino Naumburg, ciudad ceñuda, formalista y medieval, fondo ajustado al temperamento
grave y triste del niño. Sueña con llegar a ser un cura. Sus compañeros
de escuela le apodan «el cura~. Cierto día que llueve a torrentes, la mad:e, que asomad~ a la ventana espera anhelosa, le ve venir sin abrigo
ni paraguas, caminando despacioso, con la dignidad de un arzobispo.
A los reproches maternales, responde lastimado: «Las ordenanzas prohi~cn que los niños, al salir de la escuela, vayan corriendo por las calles~.
~l, que luego había de sentir agresiva comezón frente a toda ley o autondad consagradas. Y él, andando el tiempo, misogino y antifeminista,
se educa entre faldas, pegado a su madre y a su hermana, de donde Adquiere para siempre tres modalidades enfermizas: sensibilidad extremada, prurito de introspección e irrefrenable emocionalidad con la música

326

327

�LA PLUMA

LA PLUMA

y la poesía. Es un niño precoz. A los diez años compone motetes; a los
doce, poemas y dramas.
A los catorce años entra en la Escuela Superior de Pforta, famosa
porque de ella salieron Novalis, Schlegel y Fichte. Allí ~o~duce vida ~elancólica y aislada. Traza un diario de sus ideas y sentim'.e_ntos; curioso
testimonio del prematuro y anormal desarrollo de su esp,lf_1tu. Habla en
estas notas de los tres períodos o estadios de su obra poet1ca (a los catorce años); del tiempo, que pasa como la rosa de otoño (es_to con ocasión de su cumpleaños), y, lo más extraordinario, que comienza a pe~der la fe de sus mayores. Permanece seis años en el internado. La~ calificaciones de sus estudios le declaran sobresaliente en sagrada escritura,
alemán y latín, notable en griego, regular en matemáticas.
En septiembre de 1864 ingresa en la Universidad d~ Bona. Reh~~e
los jolgorios y zambras de los estudiantes. Distrae sus º:10s con la mus1ca, lo cual le vale el remoquete de «Herr Gluck». Estudia con ardor filolooía
pero pierde la fe enteramente y se consagra a la filoloº y teolooía·
b
,
.
gía, que va a estudiar más a fondo, después de un ~ño de per~anenc_ia
en Bona a la Universidad de Lipsia, en donde se dilata dos anos, asistiendo a'ios cursos de Curtius, Tischendorf y Ritschl. Este último se
afecciona por Nietzsche e influye en la trayectoria ulterior de su carrera.
D~sde la Escuela Superior de Píorta, Nietzsche padecía, de los oj~s.
Ahora se ha quedado sobremanera miope. Le requieren as1
un ano
de servicio militar, en 1867, con gran repugnancia por su parte. Muy
pronto comienza a sentir la fruición soldadesc~ y_la apetencia bel_icosa.
Le enorgullece ser el mejor caballista de su reg1m1ento. En un acc1de~te
de equitación se le dislaceran los músculos pectorales y es declarad? '._nútil. Vuelve a Lipsia, con Ritschl, que le inculca el amor a la ~~tiguedad. Por este tiempo, Nietzsche cae bajo el hechizo de la mus1ca de
Wagner.
.
.
~or consejo de Ritschl, el claustro de la Universidad de Basilea &lt;lesiona a Nietzsche profesor de filología clásica, con 3.000 pesetas de sueld~; tiene veinticuatro años, y aún "'tlo se ha recibido de doctor. En mayo

Pª:ª

328

&lt;le 1869 pronuncia en Basilea su discurso inaugural, sobre Homero y la
filología clásica.
En agosto del mismo año, escribe a un amigo: «He conocido a un
hombre que personifica como nadie lo que Shopenhauer llama el genio.
Tan absoluto idealismo prevalece en él, tan profundo y estimulante humanismo, tan elevada seriedad de vida, que a su lado experimento la
proximidad de algo divino.» Se trata de Wagner, del cual, en 1888,
había de escribir: «habilidosa serpiente de cascabel, decadente típico».
Wagner vivía, cuando Nietzsche le conoció, en Tribschen, cerca de Lucerna.
En la guerra francoprusiana de 1870, Nietzsche sirve de voluntario
como enfermero. Contrae disentería y difteria. Mal curado, vuelve a Basilea y recae con neuralgias, insomnios, perturbaciones de la vista y de
1a digestión. Va a convalecer dos meses en Lugano, primera avanzada
haciá las dulces tierras del Mediodía. Por este tiempo aparece «El nacimiento de la tragedia», obra en loor de Waoner e inspirada en la filosofía shopenhaueriana. He aquí la tesis central: «La existencia y el mundo
no c~be justificarlos síno como un fenómeno estético. Sólo el arte proporc10na al hombre aquel imprescindible velo de ilusión que se exige
para obrar, pues el verdadero conocimiento del horror y el absurdo de
la existencia mata la acción». Nietzsche opone las dos culturas griegas
pre y postsocrática. La presocrática, ebria de sus mitos y sus cantos dionisiacos, fué fuerte, cruel y grande; la postsocrática, impía, racionalista,
anémica, floja. La cultura de nuestros días es semejante a la postsocrática-en dictamen de Nietzsche-, y no habrá salvación para el mundo
sino en la música de Wagner. En esta obra, Nietzsche emplea los dos
términos dionisiaco y apolíneo -lo dinámico y lo estático, pasión y juicio, materia y forma, fuerza y gracia-, de que luego tanto habían de
.abusar los escritores que escriben con vocabulario ajeno y los pensadores que piensan con cerebro prestado.
«El nacimiento de la tragedia» (1872) fué un libro acogido con indiferencia, salvo dos excepciones: una, Wagner, claro está; otra, un profesor de Bona, que lo definió como «pura insensatez». Nietzsche se sin-

�LA PLUMA
LA P L U ;1 :\

tió desalentado. De aquí en adelante, la vida de Nietzsche es la vida
de sus obras.
Pensamientos 1:rtmzporá11eos (o i'nlemj)tslivos).-Entre 1873 y 1876,
Nietzsche publica cuatro largos ensayos, rotulados «Pensamientos extemporáneos».
El primero, «David Strauss, el confesor y el escritor», es una diatriba
contra aquel popular librepensador y la vana petulancia de los profesores alemanes después de la guerra del 70, a los cuales les pone el mote
de «filisteos de la cultura».
El segundo, «Uso y abu~o de la historia», es otra diatriba contra los
profesores de historia y su fetichista manera de entender esta disciplina.
«Hemos de servirnos de la historia sólo en cuanto la historia sirve para
la vida, porque, valorizando su estudio más allá de cierto límite, se mutila y se degrada la vida. El sentido histórico, llevado a sus últimas consecuencias lógicas, mata la raíz del futuro, ya que destruye las ilusiones
y disipa de en torno a las cosas existentes la atmósfera de que han menester para vivir.»
El tercero, «Shopenhauer, educador», enaltece a este filósofo como
el más grande, el tipo y dechado del hombre futuro, y ataca a los filósofos universitarios a sueldo.
El cuarto, «Wagner en Bayreuth», es otro ditirambo. «Bayreuth significa, no el descubrimiento de un nuevo arte, sino del Arte mismo.
Nadie ha escrito el alemán como Wagner, salvo Goethe. Ningún artista
del pasado ha recibido tan extensa porción de genio.»

II
LA TRAYECTORIA DE LA LOCURA
En una ocasión, Wagner dijo a Nietzsche: «Cásese usted, y luego
viaje». Si Nietzsche hubiera seguido el consejo, ¿qué hubiera resultado;
un Nietzsche más grande o un Nietzsche disminuido? Satisfágase cada
cual especulando a su sabor.
Poco después de las navidades de 1875, convaleciente Nietzsche de
330

otra recaída en su salud física, cae en amor con una señorita holandesa.
a quien pide la mano; y padece un desdén.
A fines de 1876, Wagner agradece a Nietzsche el cuarto pensamiento
inactual, con estas palabras satisfechas: «Su libro es remendo». Y se
inicia la disatisfacción de Nietzsche consigo mismo y con los demás. Advierte que en la opinión ajena es un significado wagnerista; él aspira a
que la ajena opinión sea nietzscheana. Va a Bayreuth a presenciar y juzgar la plasmación sensual de la idea wagneriana, y sufre un desencanto.
Esta es la reacción más violenta contra si mismo. Mutila, sacrifica y consume su propio pasado intelectual, y piensa hallarse como un recienacido. Un Finis, un lncipit. Concluye el soñador dionisiaco; comienza el
pensador apolíneo. Abdica del arte y la metafísica; se entrega a la ciencia y a la investigación. En esta crisis, enferma de nuevo; camina hacia
Nápoles, en compañía de dos amigos, para un año de sosiego. ¡Cada vez
más hacia el Mediodía, en busca del claro y seguro pensar!
Humano, demasiado humano.-La claudicante salud le impide a
Nietzsche, desde ahora, escribir con continuidad. El aforismo será ya
su vehículo favorito de _expresión. «Los aforismos, dice, son como las
cimas de una cordillera. El camino más corto es saltar de pico a pico,
si bien para esto hace falta largas piernas y ser robusto y alto.» Nosotros.
diríamos que los aforismos son las botas de siete leguas.
En mayo de 1878 aparece el primer volumen de «Humano, demasiado
humano», colectánea de más de seiscientos aforismos. Wagner y los wagneristas condenan o ignoran el libro. Antes, Nietzsche menospreciaba a
Sócrates; en este libro, le encarece. «Señal de alta cultura-escribe-estimar en más las pequeñas verdades humildes, obtenidas mediante castigado método, que no los deslumbrantes y entusiastas errores que nacen de los pueblos y las edades metafísicos.» Flecha de escita, enderezada a Wagner.
Hay en este primer volumen una parte, sagacisima, dedicada a «El
alma de artistas y autores».
El segundo volumen del libro aparece en dos partes, 1879 y 1880; se
compone de más de setecientos aforismos. Continúa la apología de Só331

�LA PLUM A
-crates y cuanto el heleno representa: racionalismo, duda metódica, ironía, libertad de espíritu. «Llegará el momento en que los hombres leerán las Memorabilia de Sócrates más que la Biblia.» «No debemos dejarnos quemar por nuestras opiniones, porque, al cabo, no podemos estar
.absolutamente seguros de nada. Pero debemos dejarnos quemar por el
derecho de pensar libremente y cambiar de pensamiento.»
La cabeza y el estómago cada vez le atormentan más. En 1879 se ve
forzado a renunciar su profesorado. Se instala en Saint-Moritz. Al final
-de este año, sus dolores son insufribles. En la primavera siguiente, halla
algún alivio en Venecia. Divide después su tiempo entre Alemania , Suiza
e Italia. A la mañana, pasea largamente sobre los acantilados de la costa.
Bajo el sol ardoroso, se tiende, inmóvil, como lagarto, y sueña y piensa.
El cuaderno de notas es su compañero. En Génova, a causa de las jaquecas persistentes, suele yacer en un sofá, a obscuras. Los vecinos piensa;&gt;que la pobreza le obliga a la obscuridad, y le ofrecen algunas velas. El
.les explica la razón; pero no le creen, y le llaman «il Santo».
A urora (1881).-Es la aurora de su nuevo pensamiento. Se esboza su
enemiga al cristianismo y su confiatJ.za en la ciencia. «Las piedras anguJares de los nuevos ideales sólo las pueden proporcionar la biología y la
medicina.» Discípulo de Empédocles, Heráclito y Goethe, Nietzs&lt;:_he contempla la Naturaleza sin pedirle una finalidad o propósito. En las cumbres de Sils-Maria, a muchos miles de pies de nivel sobre los hombres y
las cosas, se le hace pa' ente, llenándole de temblor, la vieja intuición
,griega: la repetición indefinida. El universo se compone de átomos limitados; luego las combinaciones, aunque prolijas, son limitadas. Todo
vuelve a suceder del mismo modo: el día de hoy, este instante, estas
líneas; tú, lector, bien que sea a la vuelta de miles de millones de siglos.
El gay saber (1882).- La visión de la repetición indefinida es para
Nietzsche como un anonadamiento. Oye, por ventura, a la sazón la ópera
Carmen, de Bizet, y reacciona en un modo jovial y optimista, cuya ex-•
presión es este libro. Carmen es superior ¡a todo Wagner, exclama.
Late en los limbos penumbrosos de la imaginación de Nietzsche la carne
.embrionaria del Superhombre. Cita por primera vez a Z~rat~stra.
332

LA PLUMA
Así habló Zaratustra.-En 1882, en Roma y Sicilia, después de otrod~sengaño amoroso, Nietzsche compc:;ne esta obra, una de las más origmales del pensamiento moderno. Nietzsche la declaró «el libro más
profundo Yla dádiva más rica que jamás haya sido brindada a los hombres» .. El libro es la profecía y la persuasión del Superhombre. «Os
adoctrino-dice el profeta-en el Superhombre. El hombre es un ser
que tiene que acarrear la propia superación. Todos los seres hasta el
hombre,_han pr?d~cido otros seres más allá de ellos mismos'. ¿Es que·
os figura1s const1tmr la pleamar del gran océano de la vida y antes preferís _retraeros~ la bestia que superar el hombre? El Superhombre es el
sentido de la tle:r~.» La natur~leza ya tiene, para Nietzsche, un sentido,
un fin, un propos1to. La doctrina del Superhombre es la biología, trans-porta~a al t~rreno_ de la lógica. El libro cayó en el vacío, al pronto.
"':ªsalla dtf bzen y del mal (1886).-Lo publica Nietzsche por cuenta
propia, no habiendo hallado editor. Los aforismos de la sección titulada
«¿Qué es noble?» son, ciertamente, ennoblecedores. Persiste en su en~ono co?tra los filósofos pedantes y las vaciedades pomposas. En este
ltb~o, Nietzsche se muestra supernacionalista y aboga por unos Estados·
U~1dos de Europa, como antes Mazzini y Wells al presente. (Anótenloqmenes'. de mala ~e, han presentado a Nietzsche como evangelista del
germamsmo agresivo.) Contiénense varios análisis psicológicos, muy pe-netrantes, del carácter de los diversos pueblos europeos.
El deseo de potenda.-Es un ensayo de sistema en que Nietzsche se
esfu~rza en vano, por deficiencias de salud, entre 1883 y 1889. Lleva el
subtitulo: «Conato de transvaluación de todos los valores». Intenta demostrar que «el deseo de potencia» es el principio vital, que no «la Ju-cha por la existencia». La ofensiva Nietzsche la emprende ahora contra
el socialismo, «tiranía de los más ruines y menos inteligentes». La obra
permaneció cm boceto.
. Ge:z:alo~ia de la moral (1887).-Las nociones de Bien y Mal no son
prmc1p1os inmanentes de la conciencia moral-según Nietzsche-, sino.
falsos conceptos, elaborados penosamente, a manera de broqueles, por los
cobardes y los flacos, a fin de defenderse en la vida. El libro se escribió:'.333

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�LA PLUMA
LA PLUMA

-como réplica a un crítico suizo, que había c~asificad~ «~~s allá del ?ien
y del mal» de «texto de anarquía». En el pr~logo se i~smuan los primeros síntomas de la perturbación megalomamaca de Nietzsche, a la ~ual
sirve de pábulo la gran admiración que por este tiempo le declaran Hipólito Taine y Jorge Brandes.
.
Los últimos libros y li'belos (1888).-Nietzsche empeora; pierde el sue,ño. Los altos centros cerebrales comienzan a disociársele. Se le va extremando la mecralomanía. Escribe a Miss Meysenbug: «He dado ~ la humanidad el libro más profundo. Soy el espíritu más independie,nte de
Europa y el único escritor alemán». Junto con ~s~o alca~za_ la mas fiera
elocuencia en la diatriba y se disuelve en un delmo de hil~nd~d, formas
de la predemencia. Manifestaciones de este estado de conciencia so~: _«El
caso Wagner», donde pone de manifiesto que Wagner no es un mus~co,
sino un farsante; «El crepúsculo de los ídolos», en que N~et~sche reparte
tajos a diestro y siniestro, con jovial ala~r!~ad, y «El An~i~nsto&gt;;, contr~
el sentimiento cristiano, «la gran maldic10n, la pervers10n mas entra
ñada y enorme, el más bajo instinto de resentimiento contra todo lo
noble y alto».
, ·.
Ecce Homo (1888).-He aquí el hombre, pintado por _si mismo._ Es ~l
último libro de Nietzsche; una autobiografía, o lo que es 1g~al, la historia
de sus libros. Los capítulos llevan estos epígrafes: «Por que soy tan raz~nable», «Por qué soy tan inteligente», «Por qué escribo libros tan a_dmirables», etc'., etc. En el curso de la lectura tropezamos _con confesione~
como estas: «Heine y yo somos los dos más grandes artistas alemane~»,
-«he realizado obras innumerables de la más alta jerarquía, que nadie,
hoy en día, puede realizar»; «tomar uno de mis libros en su~ manos, ~s
el mayor honor que puede recibir un hombre»; «antes de m1, no habia
psicología».
En enero de 1889, Nietzsche pierde la razón del todo. Se e~ha a la
calle, derramando oro y gritando: «Soy el rey de Italia. Sed felices. Soy
Dios».
. .
Murió de pulmonía en Weimar, a 25 de agost? d~ 1900. S~ sacnfi~io
al pensamiento y a la verdad fué más que el sacnfic10 de la vida; fue el
334

s~c~ificio de_ la razón. No erraban los inocentes vecinos de Génova, ape11'.dandole «11 Santo». Por su vida pura, apasionada y dolorosa, bien pu-diera pasar al santoral, con doble corona: Nietzsche, virgen y mártir.
. Colofón.-¿Es Nietzsche un filósofo? En el sentido académico, no.
N1 e~ el sentido tradicional y clásico; esto es, que no ha resuelto ni pretendido resolver los tres grandes enigmas de la caverna platónica: el ¿de
dónde?, el ¿por qué? y el ¿adónde?
.T~mpoco la filosofía de Bergson es un sistema que intente aprisionar
la ult~ma naturaleza d~l universo. Como quiera que, a juicio de Bergson,
el umverso no es un sistema completo de realidad, sino que está en continua mudanza, se infiere que el valor y la convicción de una filosofía
~o ~epen?,en de su irrefutabilidad lógica, antes bien, de la realidad y
s1gmficac1on de unos pocos y simples hecho.s de conciencia hacia los cuales dirige nuestra atención.
Para Nietzsche, «los verdaderos filósofos son ordenadores y legisladores frente al tiempo en que viven». Son, por tanto, fraternos con los poetas. Nietzsche es un poeta-filósofo.
He aquí, sumariamente, los pocos y simples hechos de realidad y de
conciencia hacia los cuales dirige nuestra atención y voluntad:
1. El mundo es amoral, sin meta ni propósito. Es un fenómeno artístico que se repetirá eternamente.
2. La humanidad, hasta el presente, tampoco se ha fijado una meta.
Sin embargo, una meta definida es un valor artístico que acrecentará el
poderío del hombre. Esta meta es el Superhombre, una especie zoológica superior al hombre.
3. Toda reli?ió_n y sistema moral o político que es hostil a la vida y
retrasa el advemm1ento del Superhombre, debe ser abolida. Sólo lamoral de los fuertes, nacidos para mandar, es compatible con los fines inmanentes de la vida.
4. El cristianismo, con su moral de esclavos, es el más terrible enemigo de la vida. El cristianismo impide los beneficios de la selección
natural.
5. La meta próxima y provisional, puesto que el Superhombre será
335

�LA PLUMA
sólo la alegría del remoto futuro, consiste en procurar una casta de hombres superiores que serán la transición hacia el Superhombre.
6. Las medidas inmediatas en esta política de mejoramiento e incubación del hombre superior son las siguientes: revisión de las leyes actuales del matrimonio, ed~cación adecuada, constitución de los Estados.
Unidos de Europa y aniquilación del cristianismo.

RAMÓN PÉREZ DE AYALA
(ConHnuará)

PAISAJES VISTOS y PAISAJES
DE ENSUEÑO e,)
IMAGEN y COPIA

¡C:on qué sobrios colores
fNaturaleza pinta
sus paisajes mejores!
..Ca mancha verde, el prado;
una azulada tinta,
el cielo, el monte, el río;
unos puntos, las /lores.
¡C:on qué sobrios colores
fNaturaleza pinta!
. 'Yo en copiarla me empeño
sm técnica distinta;
sólo añado el ensueño,
mi personal ensueño.
:n

(1)

Del libro en prensa Cancionero de la vida honda

11

d. ,

.

e ,a emoct'ón .fugitiva.
337

�LA PLUMA
LA PLUMA

RINCÓN DE PARQUE

Un grupo del cisne Y .Ceda,
tras la marmórea explanada
del jardín. Una vereda
y un rincón envuelto en bruma
irisada,
donde el agua alegre rueda,
en artificio de espuma
y con crujidos de seda,
desatada ...
.Ca vista con/usa queda
y no sabe, deslumbrada,
en la penumbra argentada
donde todo se di/uma,
si el blanco cisne es de pluma,
si es de mármol la cascada,
0 va a pasar arrastrada,
deshecha en espuma,
.Ceda.
PARQUE ABANDO N ADO

'Y las hojas menudas, gráciles hasta ~ntonces
y esponjadas cual plumas al soplo matinal,
338

tomaron el matiz dorado de los bronces
debatiéndose rígidas contra el viento otoñal.
'Y el agua de la /uente,
hoy bruñido cristal,
ayer era el penacho, borbotante y parlero,
que lanzaba a los aires del caracol guerrero
como nota estridente,
inflando las mejillas, el /auno de metal.
Por los desportillados y musgosos pretiles
del /angoso canal
trepan hierbas manchadas como piel de reptiles,
entre las que se mecen los cálices abiertos
de unas /lores enormes del color de los muertos,
Rores de la tristeza del paisaje otoñal.

A

PLENO SOL
ALDEA A NDALUZA
Sensación del camino.

!De toda tu belleza en mi sólo perdura,
entre el deslumbramiento de la intensa blancura
de la cal luminosa que tus muros enjarra,
la queja de una copla que los aires desgarra;
y en el calcinamiento de la estéril llanura,
aquel rincón de paz, oasis de /rescura,
339

�LA PLUMA

LA PLUMA

erdido en la planicie donde el sol achicharra
• l .
y sus crótalos roncos repica a cigarra.

P

y

allí, visto de paso, bajo el verde cancel
de las tupidas hojas que forman el do~el
que lo entona y ajusta el marco del dintel,
aquel rostro moreno del mi~ador aq~el,
con los ojos de pena y los labios de "!iel,
y toda 91.ndalucía reconcentrada en el.
ALEGRÍA CASTELLANA

!Domingo, cielo azul. .las vetustas_ c~llejas
en la gloria del día parecen menos vie¡as.
cSobre el gris de los muros resaltan los colores
de cintas, gallardetes y guirnaldas de flores.
(;l júbilo estruendoso en los aires estalla
en repique y cohetes, y la ciudad que call~
largos meses, se alegra un instante y _se viste
el disfraz de alegría clamorosa del triste.
Un bullicio lejano . .la procesión que llega:
el pífano gangoso de la gaita gallega,
el tamboril cansado, la chillona charanga,
a cuyo son grotesco brinca la mojiganga.

'JI, al pasar el tumulto

de abigarradas notas,
con lento caminar devotos y devotas,
340

en la torre voltea de nuevo la campana
g va entrando el cortejo en la iglesia leiana.
9l, la plaza los mozos emprenden el camino
al hombro la alegría en la bota de vino.
JfJ.uién habla de pesares, quién habla de pobreza:
todo es luz en el alma y en la natu,alezal

fllog las ropas de gala salieron de la arquilla,
g las peinas más altas g la mejor mantilla.
'Un coche de toreros cruza la callejuela
g hay un sol diminuto en cada lentejuela...
'

.los que fueron gozosos, ya retornan borrachos;
las madres, fatigadas, cargan a los muchachos.
• 'Ya volvió la tristeza. ¡C:uán fugaz la alegria/
¡:Penitencias de un año por locura de un día/
FRANCISCO A. DE ICAZA

.

�LA PLUMA

EL NOVELISTA
(NOVELARIO)
I
novelista Andrés Castilla oía en su despacho su reloj de
pared y el reloj de bolsillo, que acostumbr~b~ a poner sobre la mesa, porque el otro quedaba demasiad? ~n la penum bra para ver la. hora _tan~s veces y tan rap1damente
como lo requería su 1mpac1enc1a. .
,
«¿Es que pueden ser los dos tiempos el ~msmo?», se paro a pensar el novelista.
•
d d
d
·
_ Se diría, realmente, que el tiempo del relo¡ gran e e p_are ,era mas
ausado, más pesado, mas lento, un tiempo qu~ no le ~nve¡ece,na nunca
~emasiado mientras el reloj rápido, con mord1sconena d_e rat?n para el
tiemp_o co~ goteo instante más que instantáneo, le enve¡ecena proJ°tº;
«Nd es la misma clase de tiempo el del uno y el del otro», conc U)'.O
el novelista, mirando un retrato par~ distraerse de aquella competencia
con que parecían luchar los dos relo¡es.
-a1
«Realmente escribo menos cuartillas en el t~empo que sen a este
reloj de bolsill~ que en el que señala el otro... Solo que del otro me o!vido y eso hac~ que me emperece; y con éste ~elante, corro, me ¡rec1pito,' veo que hace un rato eran d?s horas J?ªS temprano que a ora»,
acabó por dictaminar, dentro de s1, el novelista. .
.
.
Andrés miró de nuevo al retrato, buscando en el un cam:10 re pbnmiento· ero un reloj por un oído y otro por el otro, le da an a ta a;:a del ti~ipo, con aquella desigualdad que no acababa de ponerse en
razón
· ' d e a t au'd ,
El.reloj hondo, en el que sonaba un eco y una repercus10n
L

'
l

11

parecía rendido, irse a caer, completamente exhausto, llevado por el otro
a una carrera desi$ual, en que se jugaba todo su amor propio, emulado
por el reloj juvenil, chiquitm, de un níquel optimista y jovial.
-¡Espera! ¡Espera! ¡Que me canso! ¡Que ya no puedo más-parecía
decirle el otro reloj, cachazudo, de gran corazón humano.
«Vamos, que esta noche no puedo trabajar oyendo los dos relojes»,
se dijo el novelista. Y guardó el reloj de níquel en el chaleco, que estaba
embozado en la americana de salir, entrambos colgados de la percha de
la alcoba.
.
Parecía que ni aun así se iba a callar el reloj parlanchín, cosedor,
pespunteador del tiempo; pero se calló tanto, que pareció como si el novelista le hubiese retorcido el pescuezo.
«¿Quizás he sido demasiado cruel con él?», pensaba el novelista,
como si hubiese encerrado en un cuarto obscuro al niño parlanchín y
alborotador.
El otro reloj parecía decir ya: «¡Por fin! Ya puedo seguir mi paso pasito asnal». En efecto, se podría creer que había reducido su marcha y
que, al fin, andaba con su paso normal y con cierta cojera voluptuosa,
que era lo que causaba ese atraso de cinco minutos con que aparecía todos los días por la mañana.
El novelista, ya tranquilo, se puso a corregir la segunda edición de
La Apasúmada, que quería aumentar y mejorar.
Había escrito aquella novela hacía cinco años, en momentos de entusiasmo con una mujer, que después había descubierto que no era apasionada ni leal.
La novela era una novela de amor y «La Apasionada» le había mentido más que ninguna mujer; pero ¿cómo corregir en pruebas toda la novela, que tanto había gustado al público? ¿Cómo variar todo el sentido
de la obra y echar patas arriba toda la composición?
Andrés tenía repugnancia de hacer eso; pero, al mismo tiempo, tenía
un gran deseo de ser sincero, apabullante, vengativo.
«-El caso es-pensaba- que el público espera ya mi personaje, tal
como fué concebido, y que nadie me perdonaría la modificación del personaje ... Tal vez, entonces, perdiese todo lo que he ganado como novelista a través del tiempo ...»
El novelista sonre1a al leer sus pruebas y las iba poniendo unas sobre
otras, metiendo un gran ruido, como si le pusiese de muy mal humor
esa tarea.
Asunción, la heroína de la novela, era completamente falsa. Estaba
él engañado, y engañó a los lectores cuando la escribió. ¿Cómo permitir
que en una edición de más de cinco mil ejemplares apareciese de nuevo,

34:1

343

�LA PLUMA
haciendo más víctimas, preparándose para provocar nuevas pasiones,
pues ya habían entrado en la malicia de la vida nuevas generaciones que
no conocían su «Apasionada»?
~Bailaba el vals de la camisa, en que la mujer Hene bastante de jaca de
circo-decía el libro-, y"el pobre Ernesto bailaba con eLta ese vals abyecto
de las trasparencias, el vals en que el hombre pierde la cabeza.»
El novelista añadió:
«la mujer que baila este vals es la mujer canalla de los bailes de máscaras, la que, cuando a última hora el bastonero se duerme, baila con todos
en loca vorágine, convir!t"éndose todos los caballeros en ruleta de esa única
bailari·na en camlsá.
Ernesto, def{O, como ayudante de le gimnasta que le llevaría siempre
óor los circos, se dúpuso a gastar su vida por ella, ya que tenía ese margen
de posibüíaades:»
El novelista se 'contuvo. Iba a estropear la novela; no podía denigrar
a la «Apasionada». Su éxito había sido precisamente el del engaño; y
todos los lectores se casaron con ella, y todos se casarían de nuevo con
ella, y si no se casaban por las notas de desengaño que tuviese la novela, tirarían la segunda edición por los balcones de las casas y por las
ventanillas de los trenes.
Asunción se había ido con aquel absurdo personaje, que gastó en ella
el dinero de su mujer y de sus negocios de contrabandista; aquel pobre
desErraciado, de pantalones caídos, sórdido hasta lo imposible. Pero él
no podía dar ese desenlace a la novela; tenía que respetar aquel entusiasmo en que se desenvolvía, exaltando a aquella muier amiga de dar
besos en vez de decir palabras; porque, como ella dec1a: «Las palabras
son una mentira§ no dan nada... En cambio, los besos lo dan todo, ji cada
uno es una palabra verdadera que no admite duda,.
-¡Qué palabras más falsas!-se dijo el novelista- . Y dispuesto a no
discutir más con su personaje, abandonó la pretensión que tenía de corregir segundas ediciones, borró lo que había escrito al margen de las
pruebas, y escribió al impresor: «Corrija las pruebas con respecto a la
primera edición».
Después encerró las pruebas de «Apasionada» en el gran sobre color
barquillo, y se quedó pensando en Asunción.
«Ahora, ya no tien~ importancia_ lo que piens~, porque ~o voy a trasgredir la novela, metiendo en ella nmguno de mis pensamientos... Pero
Asunción, qué gran fracaso mío fué ... Está tan lejos de mí, como el recuerdo de ese libro... Pero ella está más joven que el libro ... »
Hacía pocos días que la había visto pasar, y Je pareció más alta, aun344

LA PLUMA
que siempre aquellas ro1·ec
1
guiñoso.
es en ª cara la daban un tipo ordinario y sanIba envuelta en un gran abá d .
serpiente interminable y le~-- n e/iel~s, como en las vueltas de la
merece que te haya ;ustituídi con, os OJOS: «Ya ves que el calorcillo
había para ella en el abán 1
a aparentando todo el mimo que
&lt;i_e que las melosidad~s de foes
verdadero an:iante ya, convencida
res son parecidas y muy momentaneas. Ya a aquella mu ·er h b.
ser amado por ella, habla qu! 1~ªc6ue arrancarla el gabá~ de pieles para
como con el nuevo dra ón Con I ar con el_ fuerte ego1smo del gabán
envolvente, iba dando
g~bán 1!cbra metida dentr? del gran cuello
esos que tanta importancia daba
cuando se los prodioó a él.
«¡_La Apasionada9», se decía And ,
. .
. :es &lt;;on encendida mdignación. Pero
.acallo en su pensamiento Ja
1 t
s recnmmac10nes como · t ·
~~ ores recogiesen teJepáticamente sud d. ,
. s1 em1ese que los
c10n, de ~a novela con frialdad.
es en y acogiesen la segunda edi. El mismo no debía recurrir al segu d
smo quedarse en aquellos días de su n momento de, aquella. mujer,
cuando le esperaba mirando por la Jª~j n, cuan~o fue Ja apas10nada,
al hermanito jacarandoso
u h m_. a entreabierta, cuando temían
esposa del tío rico- cuand6 1! ~
vive a costa del dinero de ]a vieja
-que ahora sale en el ~uiomóvil de
llorabj reclai:nando su honor, la
Volvió a sacar las ruebas del/ b 1Jª con ª ~;:trnga en ]a bigotera.
masiado, pero meter f¡ unas
o re, proi:net1end?se no corregir denovela. Iban a ser nuev~s reofi~abrfs qu~ d1dsen mas modernidad a ]a
él mismo por quien Jo haciaº s ª1 a m~Jer espreciable, pero era por
las palabras «desvanecedora&gt;; y«~; ;.s primeras pruebas que leyó añadió
«trasminaD&gt;, «radiosa», «aurina» ~&lt;c~~~da», «broflados~&gt;, «plenilunar»,
«Esto es más parecido a una ~ueva i os~;&gt;, «en orec1da», etc., etc.
Andrés; pero seguía leyendo:
pas10n, que a otra cosa», se dijo
«-¿ Y por qué has hecho eso en el t t ~ Y. h
.
-Lo haría mil veces... En la obsc:~-;l:i· i ª as visto q~é escándalo!
drama, necesité darte ese beso S b . t d, d de la sala, apasionada por el
mujer, y se ag:uantaban, y su; -~u;e;:r :C
abandono _de aquella
otro ... Yo quise quedarme contigo y que t 0 d lo n . e ellos y se iban con el
Andrés seguía Ja 1 t
, .
os supzesen .. .»
.
acordaba bien.
ec ura con rap1do caminar. De todo aqueUo, se
«-Quiero quedarme sin pasúJn par •
si tem,ese ír a morir.»
sumpre...-decía ella, y era como

d.

\i:nsbu

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.g

tºJªr

:~!;:~~ª 1

ª

.. -~-..:..re·q~z~~~-q~;;e~-~d~.-..· j,¡; dzjt~~~

;~~-~-;ciz~~-;º~;s-.:_~~¡;ti~ ~¡¿;;
345

�LA PLUMA

J,A PLUMA,
y Ernesto temía que aquella mujer quúz"est hacer de él un mí~ticfsmo de
ella misma por sí misma. No podía corresponder a aquella pastón desusada, y tenía miedo; le data miedo del descontento de la mujer apasionada.&gt;&gt;

· ··;&lt;:..:._Q~;~-~ ·¡¡;~~-~~~·s·; p~~;j,;;·pe~~·;~ p~~i6~ ~~;d~: y°i!,;~;st~ ·;ei;

·¡~
falsa que es la pasión, y le parecía que aquella mu;er se burlaba de él. La
miraba con recelo; pero ella jugaba con su cabeza; la abrazaba como quien
da besos a un muñeco de cabeza desartz'culada.»
El novelista añadió este párrafo:
«Alguna vez le parect'ó que le habt'a arrancado la cabeza, que se la había
sacado de su wyuntura, que había pa_sado eso p01: ese des~o de pasar a lo
grotesro 11 a lo ruinoso, desde lo apasionado que tune lt; vida.»,
,
«¡Cuidado que tiene abrazos esta obra!», se dec,a Andres. Y segu\a
las peripecias de aquel amor absorbente, desesperado, en que ella beb1a
su sangre y que tan falso final tenía huyendo de ella por lo «apasionada» cuándo lo que acabó pasando es que como ella era «apasionada&gt;&gt; de
pur~ falsa, y todos sus deseos de agotar su pa~ión eran deseos de agotarle a él para correr a agotar el mundo, se fue al fin con otro,
Ni el primer día de su pasión debió gozar aquella mujer, que aparentaba el goce insaciable, el deseo de morir exangüe.
«¡La Apasionada!» Y el novelista tenía toda la repugnancia de su
obra pasada y hasta sintió el deseo de renegar de toda su obra del pasado, como e;os curas renegados que, al fin, se arrepienten de haber
ahorcado sus hábitos ...
Seguía leyendo la novela como un extraño, .Y seguía pensando:
«¡Cómo engañó a mi inoenuidad con su exuberancia! El secreto de ella
es que no encontró nmi'ca fondo a su pasión, y como no encontraba
fondo nunca, quería forzar el mundo y las fuerzas hu11;anas,. en su desesperación de no encontrar el fondo que el hombre, mas resignado gui;
la mujer, encuentra muchas veces, cree encontrar much_as veces ... ¿Que
creería que era la vida y qué era el ~la~er? ... ¿Es pos1~le que creyese
que en el fondo del matraz de la matnz iba a quedarcua¡ado el secr~to
filosofal...? Sí ... Algo de eso había ... Quería conseguir hecha, petnficada, tallada, la piedra preciosa del placer... Hoy y~ debe ~star convencida que si algo puede quedar del placer es un gaban de pieles, un bolsillo, una comilona ... ¡Y a qué poco la debe saber eso, por no haber
.
conseguido la resignación en la pasión!»
Aquellos márgenes para los insultos, p~ra los pellizcos, para_ todo,
que le ofrecían las pruebas co~o una tentac1ó,n mal\S?ª• cuando s1,n modificar toda la novela no pod1a hacer eso y solo pod1a ponerla mas pul·
seras y cintillos, eran una tentación vana.

Otr:i- vez volvió a meter I~ novela en el sobre color barquillo. cada
v~z mas tostado , y engomo la lengüeta del sobre cerrándolo
siempre.
,
para
. Quería reaccionar contra aquella tentación, que había disipado el
tiempo de su tarde en la labor más estéril del mundo. «He podido hacer
otra novela esta t!rde», se dijo, ensanchando el tiempo hasta donde lo
ensancha el engano.
relojes, en,tonces, e!Dprendieron de nuevo su batalla aquel def ,Los
sa1w
d_el que era el el padnno, y Andrés siguió escribiendo s~ nueva nove a, tltu 1ada «El bamo de Doña Benita».

I,I
An~rés escribía su «Barrio de Doña Benita» deprisa, como albañil
que qm~re poner la ban?era en el tejado. No parecía sino que se hacía
casita en aquel ba_mo, en el que estaban retirados los espiritistas y
luna
os traperos, y que se iba a retirar a vivir allí.
«Apartado tle Madr:z'd aquel ban"io por barrancos úzsubsanables tenía
un e'!canto de cmunteno en las afueras, dcementerio vivo y lleno de 'comadrerias.
. "T:7ivfan coroneles 1etirad.os, contratistas de Pompas Fúnebres, verdugoJ7ubzlados y, sobre todo, traperos, numerosos traperos enriqueet'dos.
En las casas de lf!s traperos,_aquellos perros que t'l,an detrás del carro,
de_ la basura, desgrenados, con virutas entre el pelo, se dan ahora una o-ran
0
vida, pero ladran a todos los transeuntes.
. r.1Quzi!n h~bía st'do Doña Benita para dar nombre al barrio? Doña Benita fué la vruda de u" gran lechero de Madrid, cuyas vacas blancas llenaban los valle! de los_ alrededores, como si se hnbíesen llenado de cachelos
den~os, como sz un'! nada de algo espeso y de color rancio se moi,iese con
lentztzui de masa vzva_. Doña !3enita, cuando murz'ó su esposo, le hizo una
sepultura de gr~n lu;o, cc1t duz grandes fm oles, y compró los terrenos de
su actual barrio, haciendo construir sus primeras casas con ese redondel
grande en lo alto-que hoy ha quedado vacío y como un monóculo del cieloporque pensab'! que to~as tuviesen reloj.
'
Dona Benita quena fundar su rez'nado frente a la lnfanta Doña Carlota_,Íc.ue en_tonres_gozaba de una gran simpatía entre el pueblo. Mu:fer sín
socu, ad, sin amistades, JI temiendo &lt;¡tte ta robasen una noche, fundó un
barno pa, a definderse con sus vednos.
¡Cuántas veces pronunciarían a su lado el nombre de Doña Benita! ¡Aún-

346
34'l

�LA PLUMA

LA PLUMA

.hay ecos de aquellos Doñas Benitas, esparddos por las ~mies agradecídas
que Las
la rodeaban!
.
las alquüaba
"'rimeras treinta
casas que construvó
~ '
t d t por treinta J'
r
a·
t'
·d y de buenor an ece en es.
.cuarenta reales a gentes is
as , casas al;·ededor de aquellas treinta,
Después se fueron constr11yen o mferederos subitron todos los hoteles e
después se murió poña Benita, y sus . de la caritativa Doña Bent'ta, que
hiáeron sentír mas a todos _la n_os:!lgz~ visz'ta de su diócesis al pasear por
era como el obispo del barrio, szemr:e e
l
levanta su Excelencia
.el pueblo. Hasta levantaba esepol1;J,;1 d:~:t/];ees~U: Doña Benita, como les
,con sus manteos largos Y arra!t,:a ' ólo titne el milt'tar que arrastra
daba a los obispos' el prestigio que s

ingud

el sable.
id I tú D - Benita el que no tenía ninEra tl p_eor bar~iolde_ J1jfr etrariaº::S tapias 'como corralillos de un
a-1ín porvenir, el que a /{"n a mos
-~iestruífo puebw de e"!'zgbant~s'.. tú Madrid z·ba aüruien como buscan10 las
Asz como a Los ~bos a_rrzo, ,
dído enco:trar nunca, empkandose
ideas y las perspectivas que no habza p_o iba nadie y por eso sus vecinos,
en un detectz:vismo id~al, a aq;;_e~ba:;rz~1/:aban con gran odio a los que lts
cuando haczan un vzaJe ª, ª rz ' na vz·uda de mirada enconada Y
.acompañaban en ~l ;¡-anvza.b Al ve;r:ona en ese tranvía número 56 se
•aviesa' aun parecien o muy uenad
del barrio de Doña Benita.
podía sospechcr que era un_a po~l~ orf otro lado del mundo y tenía la igltE l barrio de Doña Benita es a a a
. . e z·o extraño como conceaído
sia llena de lechuzas,!º qual ya era un /rtvzt !clavado en la trasvida.¿ Es
.a un siti"o de otros pazsa1es y de º'Jf~c_j/;::::s alrededores? No, aun siendo
.que hay siquiera una lechuza en a
.,,
un animal tan vulga:.
i d
meditativo muchacho vestido de
Sólo f!afidael, bu~z Jtovbe~ez;:x¡; :U~h~rla:Jcter que tenía aquel barrz·o, J hasta
V d d
luto habza escu zer o t
1
.habia tomado ~ajé eDn el_ C
~e u!~:b~n ya el extranjero, y tn el cafeEn el barrio de ona , enz ª
sas m voz alta, protestando de
Jucho «LJ\ VERDAD» ~an tod~:- ~~i~iese dar víabüidad a la protesta
-las autoridades de Ma, n 'zmo . debía saber lo que se pensaba en el
y hal:er que ll:gase ª. ozdos
quien
.
l barrio pues cuando al atardectr
./Jarrto de Dona Benita.
Rafael no volvía t:l bar.w st'o 1ºr e i ato Rafael volvía porque había
tornaba hacia Madrid, afronta : ehase:nds g~apa del mundo en el jardín
descubierto una tarde ª. la mue ac %abía vuelto a ver más.
.de uno de aquellos hotelztos, y no lah .. d l t a"ero cuya vida adornaba
Era indudablemente, la blanca 1Jª e r r '
..el interior del hotel como la más bont'ta caja de conchas.»

f

_34&amp;

1fé

z

El novelista se paró al llegar a la aparición de ella por entre los barrotes de la verja, junto al columpio en que había jugado indudablemente de pequeña y con el jardín lleno de geránios rojos, con los que
parecía haberse fabricado la blusa que llevaba, como se hace una blusa
de punto.
Andrés veía el barrio tan vivamente, que se sentó a descansar en una
piedra de la calle. Su despacho estaba muy obscuro, pues la luz del no-velista no debe esparcirse mucho por la habitación.
El novelista estaba en ese momento que, siendo el más claro y verdadero de la novela, ane 0 a en su propia realidad y hace pararse a ver,
aprovechando la intensi~d de las miradas, con ruín egoísmo de tran- seunte, olvidando la pluma.
Andrés veía las casas hechas con basura, con un armadijo de polvo
y agua, y desolaba sus miradas, el ver aquellos monóculos que remataban las casas, aquellos cercos en_los frontis en que iban a ir los relojes y ·
que gracias a la Providencia no fueron, pues de haber estado las calles
de todo el pueblo llenas de relojes, Dios le hubiera puesto al mundo la
multa expiatoria de la confósión del tiempo lo único que no está con-fundido en los distintos pueblos. Aquellos remates vacíos que el novelista
veía en lo alto de las casas, como los más vanos frontones, le daban
la sensación de cuencas de muerto que mirasen a los cielos .
Cada vez le parecía al novelista que estaba más asentado en su necesidad de escribir aquella novela del Barrio de Doña Benita, edificado, más·
que sobre la tierra, sobre un falso montículo, hecho de lo que tiró todo
el pasado a la que entonces fué la sima más lejana de las afueras. Sobre
el más ancho vertedero estaba construído aquel caserío, de una realidad
desesperáda, cruda, atroz, sobre la que lucía como una luna muy trans- .
parente y de óvalo muy pequeño, el rostro de la hija del trapero.
i,I

I II

¡Jj

' ,:i .

El novelista no recibía casi nunca a nadie; pero aquel crítico, que se ·
pasaba de sagaz, desconcertó ~ la criada, que le salió _a abrir, dicié~do!a
que había visto luz en el balcon del despacho, y gracias a eso consiguió•
entrar ...
-Querido amigo-le ~ijo Andrés-, me alegro de ".erlo; p~ro le
podré dedicar muy poco tiempo ... Tengo una tarde de mspirac1ón, y
quiero aprovecharla ...
-Me voy en seguida; pero no quería dejar de estar un rato con usted ... Por eso he recurrido a decir a su criada que había luz en el balcón,.
349

'•

,I'

�LA PLUMA
• me ha dejado pasar, porque no h~y nada qu~ más útil sea para vencer
'fa resistencia de las criadas que decirlas algo sm precedentes, algo ? lo
que no las hay? hecho cont~star nadie ... Seguramente usted le tiene
.
.
-dicho que no deie pasar a nadie...
-Sí-contestó Andrés-, le tengo dicho eso; pero, lo que usted dice,
para el que ale~a un nuevo pretexto no hay consigna _que _valga....
.
-¿Y ademas tendrá, fuera de eso, dos o tres P:edilec~10nes? La. f!11ª
recibe a todos los rubios que van a verme, y también r~c~be a los m1htares ... Lo de los rubios, no lo confiesa; pero lo de l,os militares, me lo ha
llegado a decir: «Ya lo sabe el señor, yo no podre negar~e nunca a un
oficial». Y es que su anterior amo, con el que estuvo qumce años, era
un militar ...
-La mía-dijo el novelista-recibe a todo el que venga con sombrero de copa y a los curas ... ¡Y qué_ t;abajo me ha cost::ido que no
reciba a los que quieren pasar para escnb1rme algo, para deJ_arme escritas dos letras ... Antes los pasaba a todos y se atracaban de libros... ,
Después el crítico hab}ó de la última novela de Andrés, que no hab1a
.,gustado mucho.
.
-Yo no me explico por qué no ha _gustado t:1nto como la antenor,
•Y hasta ha habido alguien, el calumniador de siempre, que ha hablado
.
'
,.d' e decad enc1a....
..
.
El crítico guardó silencio un rato; preparaba ~u frase c;1_t1ca; tema ya
un pensamiento para su crítica, de esos _pensamiento~ cnt!cos que p_or
recabar su originalidad sacrifican a su D10s. ¿Le habna sahdo la gemalidad a expensas de la obra o a exp~n~as de su ii:ge~io y de su ideal?
-¿Quiere usted que Je diga lo umco que perp~~1ca la :1 nov~~a?
-Venga-dijo el novel~sta. -- \ entonces, el cnt1co sut1_l le d!JO a An.drés la única cosa que explicaba como aquella novela tan mteresante no
había oustado:
.
.
.
-&amp; porque nos~ fuma en ~oda_la_ novela... Nadie enciende ~n c1oarrillo ni por casualidad ... Es 1rres1st1ble una novela de cuatrocientas
páginas en que no se fuma, en que no se d\ce es? que hace des_cansar la
tensión del público y que bast:3-_ q1:1e el. escritor diga de cualqmer personaje: «sacó su petaca y repart10 c1garnllos entre todos los que le escu,chaban».
,
• 1
El crítico se enteró de lo que prep~raba Andres, y _despues, a yer
que el novelista cerraba el libro del balcon corno para evitar que algu~en
más recurriese a la estratagema de la luz en el despacho, se levanto Y
:se fué.
.
..
.
El novelista ya solo llamó a 1~ criada y ~a d110: .
-Mire, nunca me pase a nadie ... , a nadie ... Y s1 alguna vez la dicen,
_350

LA PLUMA

\

como hoy, que ten$º luz encendida en el despacho, dígale que es que
usted la _!-la _ence~d1d? porque estaba limpiando... ·
-Senonto,. ¡hi:np1ando con los balcones cerrados!
-No ... En 1~v1erno, les puede decir que estaba encendiendo la estufy ... Ahora vayase, y nada de explicaciones; que me escriba el que
qmera, que yo le contestaré.
Al ,que~a_rse, solo Andrés dió una vuelta a 1a llave de la cerradura,
despues, dmg!en~ose a}a cortina de la puerta que daba a la habitacióK
de al lado, la abnó y d110 a alguien que esperaba allí:
-Ya puedes pasar... Estoy solo ...
La Inspiración pasó y le abrazó, sentándose en el brazo del sillón.
-Levantate el velo, porque mis besos tropiezan siempre con alouna
0
mota y me_par~~e que no t~ doy ninguno en plena cara.
La Insp1rac1on se leva~to el velo de motas y apareció su rostro un
poco amoratado por ,el fno, encontrando Andrés en sus mejillas el sabor
a sal que las da el fno.
-¿Me traes alguna nueva novela?
. La Insp_ir~ción desató un rollo de papeles, de esos que hacen las mu¡eres, convu:t1endo en cosa de música toda documentación, y le dijo:
-Te tra1°o unos caracteres de hombre.
E!, sin cefos, porque se trat?ba .~e la Inspiración, que tenía que hacer
esa vida para poder ser la Insp1rac1on, la dijo:
-¡Ah, va~os! ¿Con los qu~ ~e las has pegado estos días ... r'
E!la, reve~tida de su gran d!g~udad de Inspiración, guardó silencio y
acabo de abnr su paquete, ded1candose a desabarquillar bien los papeles
enrollad~s. D~pués los puso a su vista sobre la carp'!ta.
f\_ndres l~yo en_ ellos largo rato, aunque cualquier lego en cosas del
espmtu hubiera dicho que?º leía nada, porque los papeles estaban com~etam~nte en 1:&gt;lanco~ _esenios con la tinta simpática de la Inspiración.
espues, Andres volv10 a arreglar las cuartillas y se puso a escribir en
ellas por u~ so!? lad_o, aunque el otro estaba también en blanco.
La I~sp1rac~on, siempre sentada en el ancho brazo del sillón, miraba
con sus 1mfertmentes de or~ lo que el _novelista escribía fijos sus ojos en
la _pared de fond_o, con es~r~tura de vidente, con la precipitación dormida de los medmms escnb1entes.
Sólo cuando dieron las nueve en un reloj de comedor más sonoro
que n_unca. Cuando sus ~oras resuenan en el estómago ;acío Andrés
pareció despertar, y volviendo a besar a la Inspiración, dijo: '
-Ya es hora de cenar; vete.
-Muy bien ... , !11UY bien ... Siempre lo mismo ... Los escritores
nunca me han convidado a cenar, ¿y después no queréis que me vaya
351

�LA PLUMA

LA PLUMA

con el que me convida? ¿Sabéis siquiera cuántas cenas de mujer tiene la
vida?.. .
·d
b
h b
y
La Inspiración, sobria en palabras, buscav1 as y usca om res
buscamujeres, porque el yicio la consume, se puso su velo de motas, y
con un gran tipo de pianista y de tra~posa, pero bella como una lo~a
bella, se fué con dignidad sin aquel atributo de papeles con que hab1a
llegado.
. , ir
..
Andrés la dió un beso sobre las motas, y 1a d e¡o
sm 1evant~rse, s1·n
salir a despedirla ... Sólo la dijo, para ahorrarla el falso empu¡ón que
tanto irrita:
,
1
-Primero da una vuelta a la llave, porque esta cerrada a puerta.
El novelista, cuando hubo salido ella, volvió a correr en sus cuartillas.
•
lt
•Cómo se iba a titular aquella Novela Corta, que ya tema resue a,
rafias a la visita de la del velo m?teado? Homb:e, por la novedad q~e
~lla había dado al asunto, se podna llamar «Cesarea~, en ~ez de «Tristeza infinita», que era como se titulaba. ¿Dónde habna podido encontrar
tan extraña figura la del velo mot~ado? _ . .
.
El novelista, para justificar el titulo, anad10 unas cuartillas a las que
llevaba hechas:
C ESÁREA

La habían puesto Cesárea porque la había te1ndo su madre después de
muerta &lt;rraáas a la operación cesárea...
Habían aprovechado que hubiese una Santa l(Ue llev~se el nombre del~
operación a que ella debió su vida aunque más bzen debzo llamarse Angeltta como su madre.
• í.fi
l
' Resuttaba, después de todo, que ~l~a llevaba un nombre c1entz co, e nom{ 1 III d 1
bre oloróso a yodoformo de la medtczna.» .
Des ués, el novelista siguió en la cuartilla 28, en el ~ap tu,º . e a
novelítf. •Ya había encontrado el por qué de aquella tristeza infinita en
una muc6acha de diecinueve años!
.
d'
«Cesárea se había casado con aquel 1?1-uchach~ que desde el pnmer 1a
pensó en la boda, como si se fuese a ~onr repentinamente antes de absorber
_
todo el encanto hermético de su novza. ,
Fermín no se explicaba por qué tema aquella gran smsatez una mu
chacha de diecinueve años.
,
La vigilaba. Estudiaba sus silendos como si los OY_ese. Comenzo a aprbnder a descifrar el silencio, a mirar lu que se entreveia por entre sus ca el/u;, a perse~ir su sombra.
352

r·Qué la habla pasado a Cesárea alguna vez que había ddado en ella
esa hu_ella de tristura, que hasta el día de la boda estuvo triste bajo sus abrazos, sin sorprenderse de lo que la sucedía, sin concederle esa palabra ingenua que después se recuerda siempre?
No habló, y soportó lo que parecía haber hecho con otro antes. Pero no·
al mz"smo t/empo, Lo demás respondió a la intangibilidad de Cesárea Itas/~
aquel momento.
fa~rmín Llegó a pensar, como con reproclze, que er,w esas las quieb as
que tiene e: casarse COf! una muchacha que ha vivido toda la vid• en 1un
pueblo y que por capricho de su padre, aquel señ,,r siempre enlutado esquinado, esquivo, viene a Madrid.
'
«-¿ !'ero no la quier_o yo, y el quererla no quiere decz"r que no puedo
q~erer sino que haya venzdo, y, por Jo tanto, no puedo defender que se hubiese quedado en el pueblo, porque en Vi1larudialeJ no la hubiera podido
conocer nunca?»-se preguntaba Fermín, con larga pregunta de recriminación_y con un enredoso lío sentz"mental.
- Y tl! pueblo, r•cómo es?-la preguntaba Fermín por hacerla hablar,
por ver st se la escapaba algo.
-Mt" pueblo es un pueblo obscuro-decla ella-; me parece ahora que
ya hace tres años que falto, que es uno de esos pueblos que h~y cerca del
Polo en_que son más los meses stn luz del día que los que la gozan ... Me
acongO.Ja el alma pens.ir que yo sería en aquella obscuridad algo asi como
una lamparilla en un pasillo...
-¿ Y es un pueblo grande./J
-Sí... Es muy pande; por eso es una vílla con catego,ía de ciudad...
Pero eso le hc:,ce mas desdú:hado... Porque son muchas vidas las que comparten la mis'f!Za _obs_cit;idad,,JY efº. en vez de disminuir la desgracia, la
aumenta... ¿ Dzsmznutra lo mas mznzmo la desgracia de lus que van a la
fosa común el que sean muchos los que caigan en la misma sima?
Fermfn míraba a Cesárea con pena, y se arrepentta cada vez más de
haber deseado que continuase en aquel sórdido pobláchón; pero en seguida
yá estaba de nuevo preguntándose qué es lo que hacía que en el mismo Madna la sáltese tipo tan trágito. ¿Por qué tenía aquellas patillas de d:1lor
ver~deras p~tillas de .flan:enca toca:dora de guitarra? Eran como dos pen:
samzentos tristes que cubr,an los cristales de aumento de las sienes, verdaderas claraboyas de la cabeza.
Aquellas palíllar de Cesárea eran como las cla,z,es contagiadas de tristez_a _de una mú~ica t? iste, algo asf de grave t¡omo la clave que comenzó escnbzendo Chopm en su marcha funebre, ya imbuida de toda la tristeza que
se le escapó después. Eran como dos signos de dolor, en vez de ser la cosa,
dotada de retrechera alegría, que hay en las demás patillas.»
23
353

l

�LA PLUMA

e:~~~;

.
uello bien a su desenlace. y a es:;ít~fos la obs1;5ió~
~:ia
El novelista hiz~au~i
taba visto:, exagt/do la infancia bonitilla de ~rea, cofaesa: cualquier
grave ~ab1a ta\:chará de un maestro qud esa~~s sino de viajes, de
ticulanzarf ~º!u amigo y confidente, ~no e id: de' irse a _Madrid, un
tarde que u uando su padre cumpliese su ·ta1 de Provincia».
P''/;'"''º!~~Úo que sólo espernba i, al~ ';:~el pobre maest&lt;O, po, 1ÍI

po f,'0:::,1n llega¡~

d~~ ié:

;~i-

c,:'fnfu!d1~~~~ más.celos t!';";,'':',; t~:,:\'::d~:

que llorara un dl oobrecillo sigue all1, y, sm e¡ mfrido de su me1or
llora ¡o.rque
'&lt;e F e'l en este momento a que e
eno estara
st
'&lt;¡Qu aJ
, . ltando!»
ne~rece la blancura
amiga 1
i/~:~licación de aquellafi.de~~~~ Yq~el~ncolica el padr , que
7 ...
Por , 1 d en una hora con
. d 1 eración cesarea
de Cesárea, se a . días olvidado que es la h1Ja e \~~esi nas y la amas,
le diráas~yern,o. casarla... Serásiempreas1... Y,o la hit de la operaPor eso no.quena yo No olvides, pues, nunca que es de iu madre, poro me la devuelves.. : dudablemente encarna el alma l madre. y vive la
ción cesárea gue 10 ue en esos partos se muere ~ ver ue su hija
q~e yo creer !1d~~~eciso heroico_de qalue la ~;:rsi la esca%ó, deseosa
h11a, porque s
ue ya no tiene ma, d
alma ¿Compreniba ª nace\ ~~erprt:~it6 no se c~rro~pa, l~ :s;~rmenuda, más seria
un alma mas v1e1a, mas
de que aque c .
d
d '.&gt; Por eso tiene
es,... .
d ue su cuerpo».
f rza secreta, reserva 3:,
que su JUVr~ ~1ntento de poder dar aquella u;ulimientos delicad1s1El novde is a 'aquella muchac~a de plataÍ ~i°ony se fué a cenar. Ya esreenca~3:
a, cuartillas de '&lt;Cesarea» a un a
mos deJO las
taba' planeado el asunto.

6~

l

IV

que Andr~
. •
1 hombre a la puerta del novelista,
h a verle.
Tema
Tanto ins1st1a a9.ue
odía creer con tanto derec o l médico que
salió para saber qmd~i5~fñor de la vecindad qr ~d~~~ ~o quiere redel caso 1~ urgenc1~e acuda a un caso grave, y e ro
vive abaJO para q
.
birle.
éd
ba?- le preguntó el novelista.
-¿Qu esea
cho No era cosa
-Yo soy
• ... _ y le señaló la puerta de su despa ·
-Pase
... ,..pase

LA PLUMA
de que en la antesala se pusiese a declarar aquel hombre el secreto de su
pretensión. El novelista, como hombre que ace~ta la imaginación, sabía
que aquel hombre podía estar unido a él por vmculos profundos, aunque insospechables ... Por eso no se atrevió a preguntar, por no hacerle
una pregunta
dijo
por fin: impertinente. Se le quedó mirando, y el hombre aquel
-No me conoce, aunque me debería conocer... Yo soy Alfredo, el
personaje de su novela da resina» ...
-¿Alfredo?
-Sí,
Alfredo,
aunque
no...
me llame así; por más que también estoy
en la
A, pues
yo soy
Alberto
-¿Y qué quiere usted, Alberto?
-No ... , no me llame Alberto ... Usted me puede llamar Alfredo ...
Yo se lo consiento sólo a usted ... A los del pueblo no les dejaba ... ¡Pocas
riñas que me ha costado que me lo llamasen! Y me he venido, porque
no podía seguir viviendo allí después de sus descubrimientos ...
esa mujer también heredó la resinera del mismo modo que
mi -¿Pero
protagonista?
-Sí, señor...
-¡Qué coincidencia ... !
-No es coincidencia, señor, sino que es un caso completo que ha
llegado a sus oídos, y usted lo ha propalado ... Yo no lo siento del todo•..
Me ha dado arranque su novela ... Me he separado de mi mujer, y aquí
estoy, .. «Bien dice usted que era vergonzoso vivir de aquellas heridas del
bosgue, de aquella savia de la tierra en que estaba enterrado el muerto ...
Viv1a él en su herencia, porque sólo se vive, como en el cuerpo, en la
propiedad ... Por eso el asesino no ha acabado de matar a su víctima
mientras goce de su dinero ... » Ya ve que me sé su novela bien ...
-Sí... Oyéndole, me parece que lo que he escrito es un drama, uno
de esos dramas que abofetean al público desde el principio al fin.
-Y es un
drama,
no tenga
aprendido
como
un drama
... usted duda... Mi mujer y yo nos lo hemos
-¿Y a qué viene usted aquí...?
-¿A qué .. .? A que usted me coloque ... Yo he dejado la Resinera, he
dejado a mi esposa, he dejado todo lo que no era mío; usted me lo ha
enseñado, pero no tengo nada... Esa oora le ha dado a usted, según sé,
mucho dinero; justo es que se acuerde de mí, y, o me dé un poco de ese
dinero, o me coloque en algún lado .. .
-Lo pensaré... Déjeme sus_ señas ... Voy a hacer todo lo que pued3: ...
-Dicen que esa es su me¡or obra... Por lo tanto, yo soy su me1or
personaje... No me puede tratar como a un cualquiera ...

354

3,;5

�LA PLUMA
. .
l l e no podría convencer de su inseñas y después de un rato de
El personaje de ~u vieJll:bnovÍ
1
1
e~stencia _real ante~1or a i ro, e
'
,
conversación se fue.
,
.da el caso de conciencia y comenzo
En el novelista se _pla~~eo en segi:: alfombra había hecho una vereda
a pasearse por la hab1tadc1on, e~ cd~ tanto insistir en ella, de tanto trazar
.
campestre, una vereda . e c_one¡o,
el meridiano de la hab1tac¡ón. . o· todos los bosques de pinos, lo misTodos los pueblos son o ~1sm ~l conflicto que se albergase en una
mo· pero cómo podía ser el m1si;rio
d. del bosque por verdadero
Resi~era, cuyo e~ificiópleva ;~t~r r-:S:a ~~ plena salud, en plena vida.
capricho nada mas.•• or P

ªdfó fu

1 l~

OBJECIONES

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
VALLE INCLÁN EN MÉJICOf Y EL
PATRIOTISMO PASADO POR AGUA

(Continuará.)

de honor de la República mejicana ha sido en estos meses Valle lnclán. Por una vez al menos, un pueblo americano que conmemora el suceso de su independencia, recibe a un representante español que no nos causa risa-, ni sonrojo. Incorporar cierta representación extraordinaria de España en un gran escritor, que además no postula mercedes desde el séquito de algún archimandrita del patriotismo ortodoxo, es mucha novedad, y arguye un desenfado inteligente que no
podría esperarse de quien manda. En efecto: No es España la que ha enviado
a Valle Inclán; es Méjico quien le ha llamado.
Gran silencio en la prensa de Madrid acerca del caso. Si el convidado hubiese sido un ministro zafio, o algún español del orden ecuestre, las agencias
fatigarían el telégrafo trasladándonos hasta los menores ruidos oficiales que el
personaje fuese emitiendo de uno en otro banquete. Del viaje de Valle lnclán,
lo primero que nos cuentan es la protesta de la colonia española en Méjico,
lastimada en su patriotismo por algunos pareceres de don Ramón; y un papel
madrileño le reprende por su falta de respeto a «ciertas instituciones que son
la encarnación más alta de la patria,.
Ni con los protestantes de allá ni con el censor de aquí y su risible fraseología estamos de acuerdo. ¿Va a resultar que los españoles emigrantes son
todavía más españoles que los asentados en la Península? ¿Que los viajes, la
U¿¡¡PJID

3.57

�LA PLUMA
presencia de otras razas, el trabajo, la disputa por la fortuna, sirven para quitarles a ciertos vocablos su significado concreto, terrible, y convertirlos en
formas hueras, capaces de recibir las ensoñaciones sentimentales que el apartamiento y la distancia suscitan? El españolismo, como quiera que 3parezca,
no e&amp; de ley, no puede resistir la prueba de la verdad ¿Y va a sofocarla invocando representaciones falsas, valores usurpados? Si tenemos alguna noción
de patria es la de una comunidad donde el trabajo manual y la inteligencia
desinteresada sean el contraste y la medida únicos, el aro por donde haya de
pasar cuanto aspire a ser socialmente digno de respeto. En lo que hoy se impone como patria, en el código del patriotismo militante, lo más es usurpación
y rebajamiento forzoso de aquéllos, matute y baratería, en que los valores primordiales resultan, en substancia, desfalcados. ¿Qué pretenden, pues, enseñarnos cuando a un español de rango que expresa su recto sentir le v_uelcan
encima una carretada de ripios patrióticos? Nadie puede hablar por España
c:on más dere&lt;;l).o que los intelectuales puros. Valle Inclán y los demás españoles de su categoría, son los verdaderos príncipes de España. Y nadie tiene,
fuera de ellos mismos, la representación de la España que se esfuerzan por ir
engrandeciendo. Si los españoles del lado de allá del mar no lo perciben así,
les bastaría darse una vuelta por la Península y contrastar con la realidad sus
imaginaciones. Y los que, llamándose tal vez intelectuales, vociferan aquí los
tópicos más nocivos, no dejan de asumir un papel triste por mucho que se
unten de sociología. cLo peor es-dice Feijóo-que aun aquellos que no sienten como vnlgares, hablan como vulgares. Este es efecto de la que llamamo&amp;
pasión nacional, hija legítima de la vanidad y la emulación.•

LETRAS ALEMANAS
no he hablado del teatro en mis crónicas, o s'ólo he hablado de
él incidentalmente. El teatro representa, no obstante, el primer
p~pel en la literatur~ alemana contemporánea, y con razón se ha
dicho que el teatro tiene en el Reich un valor social de primera
línea.

ÚN

Porque ha sabido herir a las masas y llevar sus repercusiones a todas las
clases de la población. La competencia del cine no ha podido estorbarlo, y no
creo_que tengamos un ejemplo tan perfecto de cómo el público se interesa
apasionadamente por una revolución literaria. Si el expresionismo ha movilizado las energías todas, los pensamientos y el entusiasmo del pueblo, a la propaganda hecha desde la escena se debe. La descentralización intelectual de
Alemania ha propagado copiosamente el esfuerzo hacia los cuatro puntos ca _
dinales. Fácil es notar la consecuencia: no es raro que a un mismo autor se ;e
represente_ a la vez en diez ciudades y en quince o veinte escenarios; no es raro
que una misma obra se represente en diez lugares distintos y con su·e "ó
d"
.
.
.
J c1 n a
1ez cntenos diferentes; no es raro, en fin, qwe quinientos periódicos consagre
un folietón al mismo drama en el decurso de un mes. Y todo eso, en la mas:
blanda de una multitud, es una levadura enérgica y fecunda.
. Francia,_ y, creo yo, España, igno~an por completo el teatro alemán. Apenas
si e~ conocido el nombr:. de We~ekind, y el de Max Reinhardt constituye en
Pans, en una conversac1on, un diploma de erudición europea.
Pero Frank Wedekind es ya un precursor, si no un antepasad:::, y Max
Reiohardt parece, entre los directores dP. escena de su país, un innovador
harto tímido. Verdad que es justo colocarle, junto a Antoine y Gordon Craig~
3H'

�LA PLUM A.

LA PLUMA
t:ntre los apóstoles de la reforma de la escena. Pero es un error resumir en su
nombre las tentativas qur: se han hecho en Alemania en esa dir.-cción. Rcinhardt
ha hecho mucho. Ha roto los moldes convencionales y loa marcos rígidos de la
interpretación realista. Ha innovado en todos los órdenes, devolviendo por
una parte, a las tragedias antiguas, a los dramas de Shakaspeare y a las obras
cc,ntemporáneas que podían soportar tanto peso, su carácter popular, y rehaciendo gracias a eso su cohesión; y por otra parle, aseguró la interpretación
preciosa y coloreada de las comedias. Ha tenido el don de descubrir y de formar grandes actores; de ellos hay que poner en primera línea a Alel'&lt;!nder
Moissi, nombre que preponderará en la historia del teatro del siglo xx, como
los de Mounet-Sully y de lrving preponderaron en la del siglo nx. Pero si
Max Reinhardt hubiera estado solo, no hubiera podido revolucionar profundamente la escena alemana. Y Max Reinhardt, cemo Antoine en Francia, es el
hombre de una generación que declina.

* * *
Hablaré en otra ocuión del repertorio y de los dramaturgos. Quisiera consagrar la crónica de hoy a estudiar la disposición de la escena, el arte del director, que en el teatro alemán es capital. A ojos de un francés, sobre: todo,
acostumbrado a los tradicionales salones polvorientos y a los jardines apolillados, esto es una verdadera revolución.
Es imposible resumir en unas líneas ni en unos párrafos las leyes nuevas
de la disposición escénica. Sería menester elaborar un código detalladísimo y
complicado, contradictorio a veces, si nos empeñásemos en compendiar
cuanto los directores de escena alemanes han realizado en los últimos diez
años.
Apuntaré aquí las tentativas más curiosas, procedentes de aspiraciones
unánimes. Hay en la orientación general cierta unanimidad innegable: la rebelión contra el realismo. Se deriva de las mismas causas que el gran movimiento
expresionista entero: la reacción violenta-en varias etapas, ciertamente, pero
de andadura rápida y sostenida-contra la estética realista que había sepultado en los abismos a la Alemania artística. Se vuelve a los clásicos senderos
del arte, de los que el superior de todos fué siempre la interpretación. El análisis, la fotografía y la miniatura quedan relegados, y el que más y el que menos trata de equilibrar los imperativos del corazón con las exigencias del cerebro.

Arte de interpretación. Ya se com
s ider.i.ble que en el teatro le cabe 1 prende, da_do ese c?ncepto, la parte condisposición de la escena
a a colaboración del director de escena. La
.
pasa a ser una verdadera
·,
nzontc se abre ante los
t .
orqucstac1on; un nuevo ho·
tt"la y cartón de las dec que_ es uvb1eron basta allí encerrados en los trastos de
oraciones urguesas Como e t d 1 ,
Juntad nueva va en contra de la
.
·,
n o os as ordenes, lavoactores un marco imitado d 1
se babia buscado hasta ahora dar a los
prolongar el esfuerzo del de a vt1 a real. Abandonado ese principio, trátase de
rama urgo.
La decoración no debe ya ere resent • .
crear una atmósfera Ai 1 1
~6
ar nada. Se le confiere la misión de
.
s a a acc1 n y le permite prod . 1 .
na. De ella puede dep d
ucrr a llllpresión pleen er, por tanto, el buen éxito de
b
cuando menos, consolidarlo, el dircct
una o ra, o puede,
y
or de escena comparte con el autor las
responsabilidades lnsist
·
amos en esto que es capital·
t
cercena cuanto puede la libertad del i
.
. • un au or, en Francia,
.
. d rector, consiente en hacer algunos cortes, pero le v· ·¡
y, lo más a m1;~:d~º:::;:~:ón ~muci_osa, le impone su modo de ver la obra
los teatros que, en ¡odas las ~i::aonac1oncs ~e la vo1. En Alemania, en todos
mático, el autor consiente
bd_des, se aplican a crear el nuevo estilo draen a icar sus poderes en manos de un especialista.
No se sale de su ofici
tan te: para el lnsunie:;n re~nocc la supre~_acía del director para todo lo rcsjanza del gremio de d" ~- e tal separac1on de poderes ha venido la pu·t é 1
irec ores, que, a su modo, también crean.
c1dar a gunos
de ellos·' pero an t es h e de detenerme un momento a hablar
&lt;le la
.
veces ~ac:rac1~n. Su carácter principal es la simplificación. Es cierto que a

~:ª·

en el 'Vieu;p~::~::;r/;t;:;:~~;!ero e\ raso es ~aro Y no s~ practica, co~o
ríos. He vis
.
' por a ausencia pura y simple de accesopico de cor:::!g;nas ~bras srn decoraciones propiamente dichas; pero el eme) d . . d
e co ores, acomodados a la acción de los cómicos probaba
es1gmo e poner un acompañamiento constante al texto
'
Muy a menudo la simplificación viene a ser Jo que llama:nos co
o que es cuando menos •
.
. . .,
,
n un vocaimpropio, cst1hzac10n. A veces se extrema la tendbl .
.
~nc1a, y cad~ ObJeto como cada gesto, conserva sólo un valor es uemático·
p enso, por eJcmplo, en la mise en scene de Hol/e ifeg- E de d G q K . '
en el Nouveau 1hédtre de Fraocfort de Main y ~n la ~e; del ~org a1ser
debida a Paul L b d
.
'
as, e mismo autor,
l' p
~g an • realizada en las tablas de la Freie Vo/ksbühne de
8
0n:u_n s_i~ llegar ª reducirla a fórmulas y a simples indicaciones, la
-0:;;:ci;:
ms1s e ya en los detalles ni en los ir.atices. Se aproxima a la

�LA PLUMA
. . .
retrocede ante ninguna audacia a fin de ro~per la_s
pintura expres1on1sta y no
.
. t6 .
El director de escena hene h.
les d• la notac16n pie nea.
. 1
reglas convencLOna
..,
abultándolos o reduciéndolos a su anto¡o, os
bcrtad completa para deformar, r la atención o que pretende sustraer a las
elementos sobre que desea llam~
1 que la de su instinto y la de su ?ermiradas, y no está sometido, a m_ s r;;t:ncias relativas. El ejemplo mejor en
cepci6n de los valores y de ,a~ imp
Francfort por Gustav Hartung al
. duda la interpretac16n dada en
esto es sm

GescMec/,t de Fritz von Unrub.
.
hayan llevado a los direc~ores de
e tales prcocupac1oncs
.
d
Se compren e qu a ores a lo que pret endo llamar la cdecorac16n decorad
escena y sus esta os m y
.
L
pierde en «fioriture• la dece¡ narraciones. o que
.
é dO t
tiva•. No más an e
as n
t
n el plano del arte plástico Y
f
a
Recupera
su
pues
o
e
.
ºd
ración lo gana en uerz ·
.
Tbrio de los tonos, ng1 ez d e
t aci6n de !meas, equ1 i
11
C
acepta sus leyes. onceo r
. d
destacados fuertemente: todo e o
erosos espacia os,
.
los planos, poco num
, º6
alor propio e independiente, a cond
!ver a la decorac1 n su v
. t
. se la
concurre a evo
. d . 'til y sin elocuencia, es c1er o, s1
vertirla en una obra de arte aphca a, m~. d ella constituye la belleza del
de CUdnto en umon e
•
t t
separa del con ex o Y
'
. a los accesorios todavía en uso en
drama, pero in,omparablemente superior
Occidente.
rt llenará pues un papel; ya lo be dicho.
La decoración, como obra de a e, 6 . é' t . ~vial aquélla siniestra otra,
.
. logia· será e mica s a, J
,
•
á 1
Tendrá también una ps1co
.
.
·a como un persona¡e. Dar e
.,]acial la de más allá. Tendrá importanc1la propd1e, Esquilo acompañará al dra.,
1 t 1• Como e coro
•
tono cuando se levante e e on.
.
verdaderos maestros en el
. .
él Algunos directores son
h
ma sin participar en ·
.
L pold Jessner entre otros, a
•
· es sugestivas: eo
arte de inventar decorac1on
kº d . e dentro de su sencillez, son
ejecutado algunas para obras de Wede in , qu •
verdaderos modelos.
.
d
la novedad grande también de la
Por aquí llegamos a la fuerza_ gran e,la S cabaron los trajes grisáceos,
Alemania· el co or. e ª
decoración moderna en
·
ñeº de nuestros almacenes
. t d y los muebles de rosa a l 0
y los árboles repm a os
•usto habla con sus colores.
c'6o habla y como es J
,
L d
de accesorios. a ecora i
,
, 1 decoración será triste o alegre, llamaPor ellos, más que por la~ lineas, ad
t ada por modo irrebatible. Los
S
'potencia queda emos r
d D'
tiva o neutra. u om01 .
,·ds de Car! Sternheim, obra imitada e ¡.
que han visto Die Ma,-quise oon A H' t
o olvidarán nunca la calidad
por Gustav ar ung, n
. 1
derot, puesta en escena
l"d d
da casi enfermiza, de Sternhe1m, a
del color en el teatro. La cerebra I a agu •

LA PLUM A1
acción, tensa hasta el extremo y de una precisión mecánica, la ironía discreta, .
pero formidable y las conclusiones cínicas ... todo eso la decoración y los tra-jes Jo destacan, o, por decir mejor, lo acompañan. Sobre grandes cortinas de
colores vivos, aquí anaranjado, allá violeta, se destacaba la acción crudamente:
como marionetas grandes, Jos actores llevaban trajes vistosos, inmensas pelucas bermejas o verdes, el atuendo de un siglo xvm expresionista, donde las
modas tradicionales Sf' alzasen a tonos violentos. No había allí más que e olor;.
puesto que faltaba la decoración. Con todo, un espectador extranjero, au nque
no supiese el idioma, hubiera podido seguir y saborear, si no los matices, al
menos el sentido de todo el drama.
El color. Dijérase que se había olvidado el partido que puede sacarse del
blanco y del negro empleados con prudencia en el arte decorativo. Los ar quitectos vieneses lo demostraron, y los directores alemanes los emplean en toda
ocasión. He citado las creaciones de Jessner para Wedeking. Pienso también
en las de Ludwig Berger para Paul Kornfeld, y en la inolvidable danza macabra inventada por Karlhdnz Martín para Wandlung de Ernst Toller.
Precisamente porque no está reducida a un clic!,é, que si resumiese todos
los tonos en blanco y negro caería en la arbitrariedad, no insisto más en la
apariencia de la decoración alemana, Diré tan sólo que vive. Se afana, ev oluciona, a veces se contradice, pero es a menudo creadora. Apasiona al público y
subyuga su atención. Se impone. Y cuando digo decoración, no me refiero solamente al telón de fondo, sino a los trajes y hasta a la mímica, a toda la disposición escénica, a cuanto depende del director y no es cosa del autor. y ·
para dar en conclusión una prueba negativa de la importancia de la decoración
y de la independencia necesaria del director frente al autor citaré el caso de
Oskar Kokoschka, Éste, que es uno de los más grandes pintores de la joven
A lemania, ha escrito varias obras dramáticas, de lenguaje difícil y técnica improvisada. Él mismo las ha puesto en escena, lia pintado las decoraciones y
dibujado los trajes; ha reemplazado al director, en suma. El año ;,asado vi representar Hiob en el Albertheater de Dresde, y esa experiencia me conven ció •.
Kokoschka ha concebido el Insunie,-ung de su obra como pintor, y la decoración, que carece de sencillez, no sostiene la intriga, no concentra la atención,.
no es marco de la acción. Debilita la una y dispersa las otras. Ha hecho por
decoración un cuadro que subvierte las reglas severas del arte decorativo. Y
al devolverle su independencia ha roto la unidad que un director mantiene·
a todo trance como firme base de &amp;u esfuerzo.

�LA PLUMA
Véase cómo he venido a citar en el curso de estas notas los nombres más
notorios del gremio de dirt'ctores. Pero uo voy a hacer una lista cab~l por o~den de médtos. No exagero si digo que hay. en el Reick más de doscientos directores oue trabajan en escenas a su cargo, y para ser justo habría que enu,merar aq~í sus creaciones principales.
. ..
Nombraré tan sólo a los que pueden ser considerados como jefes o 1n1c1a•dores de un movimiento. Así Berthold Vierkel, a quien calificaría de sim~olista si esa palabra significase aún algo; Otto Liebscher, que reina en Mum_ch,
y ha sabido sacar muchísimo partido de la línea, relega~do a seg_undo tér~ino
la preocupación del color, e imponiendo a los actores ciertas actitudes derivadas del baile· Ludwig Berger, cuyas creaciones en el Deutsches Theater, de
Berlín, señal~ron el apogeo del gusto sentimental en la disposició~ escénic~;
Gustav Hartung, que ha constituido en Darmstadt un centro de vida dramatica y que ha triunfado en veinte Inszenierung sucesivas, ent~e ellas las de las
obras de Sternheim, Unruh, Strindberg, Hamsun y Edschm1d; Paul Legband,
algunos de cuyas decoraciones geométricas son célebres; Richard Weicl:!.ert,
que, con blanco y negro, ha producido efectos asombrosos; Leopold Jessner Y
Karlheinz Martín, ya nombrados.

• * *
Esta breve lista de nombres y esas pocas notas bastarán, creo yo, para
mostrar que desde Max Reinhardt se ha andado mucho camino, contra lo que
suele creerse en Occidente.

PAUL COLIN

LETRAS ITALIANAS
GIOVANNI VERGA:
uBo un tiempo en que el nombre de un poeta llenaba Italia, poeta
al que .las crónicas cotidianas reservaban sus columnas de tercera
página, los salones mundanos el sillón de honor, e incluso las
masas p lebeyas, tan tímidas y dispersas, su curiosidad desmemoriada. La atmósfera nacional difundía, como y donde quiera que
hablase, el eco de su voz; y la vida de ciertos círculos se plasmaba o ritmaba
precisamente bajo su índice. En el teatro, en las modas, en los bailes, prevalecieron una morbidez sinuosa, una cadencia lenta y casi musical, cuya artifi-ciosidad se dejaba luego sentir; pero que respondían a la literatura del momento, estetizante y amanerado.
Todo gesto o palabra aparecieron cargados de significados ocultos y complejos, incluso los gestos más simples o las palabras más llanas, y en vano se
enmascararon con nombres nuevos y aun exóticos. El origen era siempre el
mismo.
Si algún joven escritor no se decidía, y tal vez por modestia, a doblar la rodilla ante el ara de este numen, un buen día se le veía, contrito a su vez, saltar,
el foso y pronunciar, aunque tímido, uc. hosanna. Eran tiempos en que a quien
no se comprometía de algún modo se le consideraba sospechoso, y necesitaba
una voluntad de hierro y mucha astucia quien quisiera mantenerse a toda ,
costa armado y en guardia en la roca de la desconfianza propia. El aire estaba,
de tal manera impregnado de él que, por doquier uno se volvía, le segÜia
aquel olor, y en vano se buscaba un rinconcito modesto donde recogerse y-

�·LA PLUMA

LA PLUMA

·,pensar seriamente en la educación de la_ sensibi!i~a~ propia. En voz baja Y en:tre amigos atrevíase uno a aventurar quizás un ¡uic10: el de ~ue tan decant_ado
arte no era en fin de cuentas, tan grande y duradero; pero mcluso los amigos
le miraban °a uno de reojo, y a espaldas se burlaban. Quien, el _día en que tropezando con el Malavoglia, de Verga, encendi_d o por aquella literatura, buscó
un hermano para compartir la alegría del descubrimiento, oyó que.le respo:dían que habrá sí al110 bueno en aquel libro; pero que tanta modestia d: pal bras y de estilo estaba
. del arte verd a d ero, grande, con mayuscula.
" muy le¡os
Quien otro día leyó «La Linterna de Diógenes,, de Pauzini, aunque le pareciera una vez más respirar un aire embalsamado de olores verdade_ramente
sanos y fresquísimos, aquél cía no osó comunicar su gloria a los demas Y continuó, en el silencio de su cuarto juvenil, preguntándose con treme~da pe:;
por qué nadie se, fijaba en estos libros sencillos que él amaba, Y si el err .
sería el suyo al pr~ferir alimentos frugales al pan de los ángeles, de su sensibilidad, o más bien de aquellos otres-todos, todos-, que gritaban a voz en
cuello las alabanzas del genio imaginero.

* * *
Pero ¡cómo cambian-y han pasado pocos años-los tiempos Y los gustos!
'No sabrí~mos ahora nosotros cómo reconstruir psicológicamente este pas~
brusco de los tiempos heroicos del danunzianismo imperante a los actuales,
porque si nos acercamos hoy de nuevo a D'Annunzio artista, (~I ?ombre de acción le amamos todos sin discusión), nos sentimos incluso irritados preguntándonos cómo tanta fiebre de palabras fervientes ha podido nunca, no ya
conmover y convencer, mas llamar sobre sí tan ardiente infatuación. Y entonces, tras esta pregunta nuestra, asoman esos libros simples Y fuertes ~ue ayer
leíamos temblorosos en nuestras vigilias juveniles; y Verga, el escritor adamantino y altivo, acusado de escribir mal, frente al otro que escribía demasiado bien, se eleva gigantesco.
.
Su prosa parece abandonada y pobre, y no hay otra, por el contrario, después de la de Manzoni. amartillada con tan audaz agudeza.
,
Fué el primero que tuvo el valor de renunciar a l~s ~squeinas del periodo
..habitual en los cuales se hubiera congelado su materia viva buscando la forma
precisa ~ segura que requería su visión de la vida. Esc;itor ~e quien se h_a
"1iablado y escrito mucho ya; pero que no ha encontrado aun quien revele m1.nuciosamenle sus asperísimos trabajos y afanosa vigilia.

Es su hora, por lo demás. Aclarada ya la atmósfera, no queda, ni en el gran
público, la grosera convicción de antaño: la de que era gran prosador sólo
quien se impusiera con expedientes literarios a alta tensión: y no importa sobre qué humanidad ni la manera de representarla. Y se leen hoy los libros de
Verga,hasta los primeros (los reedita tod~s Bemporad en una edición corregida
de nuevo por el autor), con manifiesto amor; y lo que cuenta más, se lee y se
respeta a los escritores jóvenes y no jóvenes, que no buscaron ni buscan el
aplauso de la muchedumbre, sino que maduran trabajosamente en tanteos dolorosos.
Ayer el que no era danunziano, dificilmente hallaba gracia con el lector; y
el éxito de algunos autores recientes (Da Verona, por ejetoplo) ayuda a hacernos comprender y entender los varios grados por los cuales el gusto del
público transitó, pudiéramos decir, antes de apartarse por completo del arte de
D'Annuncio. Cierto que Da Verona puede haber hallado favor por otras razones; pern, a mi parecer, no fueron ajenos al buen éxito incluso aquellos tonos
difusos de musicalismo estctizante que, en las primeras obras de Da Verona
sob1·e todo, relucen, por modo fastidioso. En suma, Da Verona era un
D'Annuncio más fácil y más comprensible; y el publico, con ese su desgracia·d o paladar, era natural que laego le festejase grandemente.
Pero la guerra refrescó el aire, y otras causas que sería largo int~ntar esponer aquí; de suerte que los jóvenes fueron los primero!&gt; en buscar algo menos
mórbido y más sustancioso, volviendo los ojos hacia un arte menos brillante,
pero más intenso y profundo. Y al fin fué hallado de nuevo Verga y otros tras
él: De Roberto, Panzini, Pirandello. Albertazzi, todos aquellos, en fin, que
en la atmósfera caliginosa de la época danunziana trabajaban oscuramente sin
,que nadie los escuchara.

Fué hallado ese nombre. Pero como a los lectores primerizos sonába!es
-confusamente con poca claridad (compadre Alfio y compadre Turiddu, con
música de Pieto Mascagni) fuéronle menester las crónicas de los periódicos, el
ruido gacetillero, en fín. Y ya, incluso el público ineducado, empieza a acer-carse menos superficialmente a Verga, en quien advierte al cabo virtudes clásicas de estilo y un fuerte psicólogo. Si; todavía figuran en la Biblioteca Amena
-oe los Hermanos Treves, y aún se leen: «Tigre reale&gt;, cEros, la «Storia di
una capinera,; pero hay quien ha cogido ya también el Malavoglia,, «Mastro
Don Gesualdo,, «Da! tuo al mío&gt;, «Vagabondaggio-&gt;. Son novelas y cuentos

�LA PLUMA
que no divierten: las pasiones se muestran, pudiera casi decirse que irrumpen,
con resignada violencia; los hombres que aparecen en ellas son gente de pocos
amores y sin artifir.io, las intrigas primitivas y no capciosas. Y, con todo, aun
no divirtiendo, aunque no se puedan leer deprisa, tales novelas conmueven.
La fortuna no ha estado muy solícita con estos libros, y quien quisiera podría
escribir un volumen sobre la suerte de Verga en estos últimos cuarenta años.
Críticos y no críticos han intentado mucha!&gt; clasificaciones de este escritor. ¡Y
porque el arte de Zola se imponía treinta años hace a los demás, alguien lo
bautizó verista: y lo llamó incluso jefe del verismo italiano! Los años han hecho
poco a poco justicia a tal arte, y del mismo modo que nadie recordaría hoy a
Feuillet, a propósito de las n0velas de la primera manera de Verga, ya no hay
quien se atreva a hablar de verismo a propósito de el Malavoglia&gt;. Verga ha
tenido la fortuna de vivir tanto que ha gozado de su rehabilitación. Su fatigosa
ascensión desde los juveniles cCarbonari della mootagna,, a través de la «Capinera• «Eros•, etc., hasta «I Malavoglia•, es rigurosamente coherente. No;
nada tienen que ver modas ni escuelas. Si acaso entra, aunque inconsciente,
el ansioso afán del artista, que, nacido en una época oscura, intenta unirse a
través de los elementos psicológicos que la vida le ofrece, a la tradición clásica. En sustancia, no se trata de un precoz. Es un hombre nacido en una provincia, y aunque dotado de singularísimas dotes de observación y de intuición,
su visión de la vida, apenas se asoma al mundo, es nece; ariamente estrecha.
La •Storia di una capinera•-dice muy bien Borgese-fué una experiencia;
pero una experiencia provechosa para el escritor, que tal vez-añadimos
nosotros-le era necesaria, Cierto que si Verga hubiese hallado el tema de la
capinera en edad más madura hubiérala desenvuelto muy de otro modo; pero
entonces era timidísimo: un provinciano. No, no es menester decir también
que era joven. Si su arte permanece durante algún tiempo sometido y restringido, más que al verdor del escritor debemos culpar al mundo en que vive. Y
no debemos maravillarnos si, raás tarde, y ya lejos de la isla, escribe otras novelas, donde sólo !'ara vez se advierte la uña que después grabará la historia
de los Malavoglia. No se abandona el hábito provinciano como la camisa seca
de un reptil muerto; se queda adherido, y aun cuando parezca que se ha desprendido, permanece y se deja sentir. La precocidad no era, pues, como he
dicho, una dote de Verga. Es tan ágil observador como lento creador. El problema del arte además le interesa tarde, cuando es ya un hombre hecho y · el
cabello empieza a blanquearle, Antes de ese día obedece a su naturaleza, que

l: quiere n~rrador sin asomarse al pasado histó .·
.
s1n estudi3r a fondo sus med'
. . . 11co de la literatura y también
b
ios Y sus pos1b1hdades C
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. orno lodos los precoces
usca su camino a fuerza de p
rue as. e ensaya y
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en que vive no est' h b.
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* * *
Alguien hará un día el examen crítico de la r
cuenta años, y cuando después d M'
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iteratura de los últimos cin.
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e anzon1 tenaa que b
.
ne t a virtud italiana un creado d h b '
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eiga. erga, verismo
uerzos e toda una ge
., .
.
.
que esta generación ha vivido ea
d' d
neracwn, Y s1 se piensa
da, pero moralmente mezq .
me 10. ~ una época políticamente afortunauma, es cosa de felicitarse
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podido, a la distancia tan sólo de al
d
.
con a raza, pues que ha
gunos
ecemos
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d
Verga otro gran novelista Cie t
,
rar e nuevo en
·
r O que no es el caso de
con el otro, primeramente r orque h
.d
parangonar hoy el uno
en fin, con su educación y su sensib:l~d:~c1 eºn::.ép~cas diferentes, y cada cual,
hasta hacerla per'fecta y divina· el t
,
. Jec1endo el uno sobre una obra
24
,
o ro, más d1sp~rso, por razones fáciles de
369

�LA PLUMA
mee.ester construir, no
de tiempos y de modas; pero, donde era
comprend er,
,
menos sabio arquitecto.
Federico Tozzi, muerto joven todav1a, no
La generación, fuera tal .vez :e ·d·da De Verga partieren, ciertamen~e, muarece poseer aún orientac1?n ec1 1 . los de los cincuenta años: P~rande~bos de los más nobles escritores ~e h;:Verga también el propio Tozz1 y esos
. . De Roberto, Albertazz1, y
ar hombres v caracteierta fuerza saben ere
llo, Panzm1,
otros rarísimos jóvenes que c~n e •
·ra al hombre; pero el hombre empes Hay en sustancia, quien todav1adm1 ·mpotencia y debilidad. Vencido, lo
re ·_ c·1d'o caricaturizado, visto en to ª. su I
u·1unfaba en l\lanzoni; pero
quene
,
.
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rist1ana que
• d
I hombre presume harto, no sien o
llamó Verga, y sin la res1gnac1 n e
ºdo-añaden los nuevos-porque ~
ºd d Así el vencido de ayer,
venc1
.
t en la 10 mens1 a •
•
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á que un átomo insign1fican e
ºdo hasta convertirse qu1z sen
ro s
ºd' lo es dos veces venc1 '
f o que
!,ajo la máscara del n icu '
ducirse puro y simple, a un ip
un concepto abstracto o un sofisma, o re . do p~r el viento de la vida que sotodos los hombres resume; ~I cual, e~~:~:ro como carabela en mar de borrasla burlón se bambolea a diestro y sin
. ore basta que los hombres no
~a y hast~ que el concepto de la vid; no ~:) en ~\aún ideal más alto que los
cr~an un poco más intensa y pro::v:mi~:ología) "el arte será por fuerza un
actuales (y creen tal vez una
sarcasmo y un guiño.
MARIO PUCCINI

LETRAS INGLESAS
E estima en Inglaterra que a fines de noviembre llega la tempora•
da de más actividad editorial en todo el año. Pero e! actual ha
s'.d~ una triste cx~epción. Las li~tas de obras nuevas ~on cortas y
s10 mterés; y los libreros se queJan, porque su negocio anda más
flojo que nunca . Una especie de sopor parece haber caído, no sólo sobre
el impulso creador de nuestros novelista!! y pottas, pero también sobre los editores, los críticos y el público que lee... Nos hallamos quizás ahora en lo más
recio de la ola. Pronto el amortiguamiento actual cederá tal vez a un resurgimiento de la vena poética y del fuego imaginativo, como sucedió hace un siglo,
después del esquilmo causado por la guerra napoleónica. En todo caso es una
eventualidad que debe desearse ardientemente.
Entre las noticias literarias de estos dos últimos meses, la que más esperanzas hace concebir es el anunciv de varios libros nuevos de Mr. D. H . Lawrence,
acerca de cuya obra en general escribí con cierta extensión en mi crónica anterior. Míster Lawrence se encuentra evidentemente en Italia muy a gusto, porque durante el pasado año ha sobrellevado una tarea prodigiosa. Su editor americano, Mr. Thomas Seltzer, de New York, anuncia ahora una novela nueva llamada Aaron's Rod, un volumen de poemas titulado Tortoises, y un volumen de
notas de viajes por Italia llamado Sea anti Sardinia, del que se han publicado
algunos capítulos en el Dial, de New York. Esos tres libros no se han publicado aún en Inglaterra, donde son esperados con ansia.
La actual generación de autores británicos y americanos parece mostrar aptitud especial para escribir libros de viajes literarios. En un tiempo en que el
arte de novelar anda algo achacoso, y no goza de mejor salud la poesía, quizá

371

�LA PLUMA

LA PLUMA
sea natural que los escritores de talento se vuelvan hacia una forma de expre-

sión donde sólo tienen que atenerse a las reglas que ellos inventen. Míster
P. B. Cunninghame G1aham, que ya ha publicado cosas admirables sobre la
América española, acaba de dar un libro excelente sobre Colombia, llamado
Ca,-tagena of the Indies; !\fr. H. M. Tomliuson, después de un libro sobre el Amazonas, titulado The Sea and tke Jungle, ha publicado un voh.men acerca del Támesis, con el título de Lonion' s Ri'IJer. Debemos a Mr. Joseph Hergesheimer. el
novelista americano, un libro lleno de color y de bellezas sobre San Cl"i1tó/Jat
tk la Habana: también ha tenido muy but'n éxito el admirable libro del llorado
Gcorge Calderón Tahili; y en la pasada quincena ha aparecido una nueva colección de ensayos de viaje por Italia, de Mr. Norman Douglas, que lleva el curioso título de Alone. Míster Douglas es, sin duda, una de las figuras más interesantes en la literatura inglesa contemporánea. Su carrera ha sido variada y
romántica: hombre de negocios, diplomático, músico, viajero, erudito y arqueólogo. Ha vivido en Rusia, en Austria, en Africa, en Italia-y acaso en otros
muchos países-, y su conocimiento de los idiomas es asombroso. Tendrá ahora
unos cincuenta y cinco años, pero s61o hace doce, próximamente, que empezó
a escribir, apareciendo trabajos suyos en los primeros números de 1,~e Englisk
Reriiew, dirigida en aquella sazón por Ford Msdox Hueffer. Míster Douglas vive
permanentemente en Italia, y es desconocido en los corrillos literarios de Londres: pero su obra posee una distinción poco común y el círculo de sus lectores, en Inglaterra y en América, se ensancha rápidamente.
No menos escasa en libros de mérito sobresaliente se ha mostrado la temporada que corre, si se mira a las obras de pura imaginación. Las dos obras
nuevas más interesantes en esta clase son un volumen de Mr. W. Somersct
Maugham, narraciones breves (fruto de un reciente viaje por los mares del Sur),
titulado 1 he Tremóling o/ a Leal, y un librito curioso llamado Crome yellow, de
Mr. Aldous Huxley, distinguidísimo poeta de la generación más joven. Crome
yellow no raya nunca en lo sublime; pero, siguiendo la manera de Thomas Love
Peacock, su autor satiriza con mucho ingenio tipos y ridiculeces modernos. El
más fino gusto y un depurado saber informan este libro, abundante en admirables descripciones.
De la moderna poesía inglesa, he de decir que aún se halla, en mucha parte, en manos de Jitterateurs de profesión, que no cultivan las musas por modo
enteramente desinteresado. Todavía en Londres las damas buscan con interés
para sus recepcione&amp; un joven poeta que esté de moda, y al poeta mismo le
372

gusta lucirse en bailes y tertulias De 1
.
os ~ocos cuya inspiración es de naturaleza elevada apenas se babi
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a, Y como sus libros n
e itorcs andan reacios las má d 1
o se venden con rapidez los
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s e as veces p
f
•
a 1uz. Mr. Harold Monro, propietario de &lt;Th~ para a rontar el riesgo de sacarlos
Poetry Chaphook ha prestad
. .
oetry Bookshop• y t&gt;ditor de Tfb
'
o un scrv1c10 a Ja lit
.
.
uenas poesías de esos escritores i'nt
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cresantes aunq
•
uenc1a provechosa es la publicac·6 d
,
ue poco leidos; y otra in1 n e una antol •
regentada por Miss Edith Sitwell Wi"L l .
og1a anual llamada Wheels
.
· ·•
· nee s tiene ca ·
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ncion es grata, aunque no fuese más ue
. r~z revo1uc1onario, y su apade sus dos hermanos Osbert y S h q por Incluir la obra de Miss Sitwell .,
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J
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revistas
y algunos cmarr
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·
aparecido reaentemente y otros tá
a os a arte moderno han
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astaote para estimular a los escr1'tor
. o. s e esperar que vivan lo
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· talentos nuevos E tr
esáY artistas
que
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.
merecen estimulo y para
·
· n e 1os m s 10te
g1da por Austin Spare el arti la .
resantes se cuenta cJrorm• diricJra~fare•, cGargoyle• ; cBrooms•· E~~n::::t~ c~n. el poet~ W. H. Davies;
escntores americanos residentes
R
a dmge y edita un grupo de
publican. Es un experimento . t en oma, _Y en esta ciudad la escriben y la
'é
m ercsante de mter
•
.
.
nac1ona1ismo práctico Tam
b i n se anuncia para un futuro pr6x1mo
una
·t r
•
na/, en la que es de suponer que el 'd ¡·
rev1s a iteraria llamada Germi1 ea 1smo revol ·
.
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Juventud europea encuentre su expresi6 . 1
uc1onano que inspira a la
la paz de Versallcs, nuestros escr1'tor
n mg esa. Durante la guerra, y desde
M H
es avanzados c
f1
r. • G. Wells, han sido parcos en d
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• uyo Pº podemos ver en
.
cmas1a para enard
nes J6 vencs. No hemos producido t d •
.
ecer a 1as gencracio1 d T
o av1a un lienn Ba b
ªº
·
enemos,
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obstante
G
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ussc, un Romain Ro1
' en eorge Bernard Sh
compararse justamente a Anat0 I F
aw, una figura que puede
e rance Mr Sh
t'
3nos; pero su obra ha perdido poc d
. . .
~w tene sesenta y cinco
de su tiempo, más jóven que los ;áse_~u antiguo vigor. Aún está a la cabeza
dor, sin miedo, intelectualmente
. J. vcnes de nosotros, activo, provoca.6
, Y s1rv1endo de fue l ·
-c1 n a todos los que como Willia BI k d
n e magolable de inspira'
m a e, escan edifi
¡ N
en e ¡ suelo verde y jocundo de I I t
car e a ucvaJerusalen
ng a erra•. La represe t '6
.
med ia de Mr. Shaw cHeart/Jrealc ,cr0
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n aci n de la gran co.
use• a sido el ú ·
. .
tra l de importancia en esta tempo d ,
n1co acontcc1m1ento teara a.

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=•

DOUGLAS GOLDRING

J7.3

�LA PLUMA

T E AT R OS

·
·
·
111

HECHIZO ESLAVO Y ESTILO ESPAÑOL

e · pnnc1p10 era el verbo· Pero a la postre hemos venido a descubrir la excelencia del mutismo, o, cuando más, de la ono:1atopeya.
Las ígneas lenguas del espíritu inspirador no son ya srno ~uegos
"'
de artificio de que se tocan, a modo de aureola, nuestros ~as e:.
óstoles de la buena nueva artística. Sépase, porque nadie se é
pmgo_rotados ap
ue aludo por modo especial a D. José Ortega Y_ Gasset,
l'd d de espectador y alosador de las últimas vaa cavilar en vano, q
t
say-i sta en su ca 1 a
"
.
.
.
emrnen e en .
'convertido a las teorías fu turistas del Sr. Marmettl.
riedades escénicas,
t .
es'onado
por el gustosísimo espectáculo del
1
•
J é o tega y Gasse 1mpr
Don os
r .
a~ rimeras representaciones en París reverdec1ecabaret del Murczllago, cuy p 1 b ·¡ s rusos ha publicado no ha mucho en
. 1
d ntaño por os a1 e
,
.
ron el éxito og:a .ª
. d 1 s . óvenes vocados al arte a no escnEl Sol un estudio lineo, conmman o a o _J tar más cuadros, modelar estatuas
•
-&lt;
1 s dramas o poemas, a no pm
.
,
.
editados a l¿,s nuevas normas escémcas,
b1r m..,s nove a ,
1
ni pautar armonizad:~:b~~~: ::~t~~:~?to que no sea mero pretexto para com-de las que debe pro
.
entremezcladas de danzas, canciones lindas, y
binar unas cuantas pantomimas,
l't
. tra~cendental con que suelen
r:n todo caso, tal fcual f?lletón, gd~nero - \ e~::1oel balcón del folletín, por don) ar los grandes rotativos, en ias sena a
'
.
co g
b
la literatura los lectores mgénuos.
de en tiempo~ se asoma an : O te a ha tenido Juego la debida cuanto irremeEl Uamam1ento de D. Jos
r ~
s·
. mpre dispuesta a aprovechardiable consecuencia: La firma Martmez ierra, s1e
N

?

cualquier coyuntura favorable al marchamo artístico de su industria, se ha apresurado a justificar su último atentado al buen gusto y a la moral profe3ional,
incluyendo en el programa de ese burdo plagio que titula «Linterna mágica,
algunos trozos escogidos del ensayo del Sr. Ortega. Terrible penitencia la de
este joven maestro de maestros, si se ha visto, sentado en una butaca de Eslava, enfrentado con su propia obra, tan presto desencadenada sobre el escenario del Pasadizo. Terrible, pero proporcionada a su culpa, de que hasta la fecha
no ha pretendido ~ximirse eludiendo toda responsabilidad en el engendro.
Hétenos, pues, salidos de Málaga para entrar en Malagón. Libres definitivamente del género chico de D. Miguel Echegaray. del género grande de D. José
Echegaray, del género ínfimo de la Bella Monterde, la firma Martínez Sierra,
al amparo de la frontera espiritual que nos separa del mundo artístico civilizado, pervierte, envilece, rebaja y achabacana-cursi hasta en sus crímenescuanto en la variedad del teatro contemporáneo ofrecen de sugestivo y aleccionador las escenas extranjeras.
La mala fe y la rapacidad de la firma Martínez Sierra, la buena voluntad
con que yerra D. José Ortega y Gasset, tienen algunos puntos de coincidencia
indudable: En uno y otro se adviertt insensibilidad s1nte las obras de arte, incapacidad de creación, frivolidad liviana o barroca-perniciosísirno prurito de
halagar al público más insensato, el de las damas que presumen de exquisitez,
buscándole tres piés al gato de la chica; es decir, dándoselo por liebre y, lo
que es peor, con azúcar, como se usa melificar en Alemania el asado, que
no la .filosofía.
Hubiera cómpetencia, siquiera fuese comercial, cuanto más en el orden artístico, y ni la firma Martínez Sierra se atrevería a enarbolar como bandera las
etiquetas de su farmacia teatral, ni D. José Ortega a erigir en principios estéticos universales su propia limitación.
La razón fundamental que D. José Ortega aduce en el susodicho estudio,
en contra de la representación de las grandes obras dramáticas y en pro de las
variedades como exclusivo género escénico, se ha visto desmentida a la luz
de la linterna para andar por casa de la firma Martínez Sierra. Es preferibledice D. José Ortega-un espectáculo que satisfaga a los sentidos, como el del
M11rciélago, al de una ohra de Shakespeare, por malos cómicos: ¡Jóvenes imberbes, que en vuestros aíios tiernos dirigís al templo de Apolo vuestros pasos, no más perder t&gt;I tiempo ni las otras unidades; viva la bagatela artística!
Ahora bien-se le ocurre a cualquiera, viendo las mojigangas perpetradas por

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
. Sh k
a e ha menester buenos cómicos, ¿cuála firma Martínez Sierra-, SI
a esp;.: delt'ai·te? Don José Orte ga es, pues,
les no necesitará la moderna comme '.
ieza a hacer en todos
, t'
del hechizo eslavo que tan senos estragos emp .
.
v1c ima
l za a del movimiento europeo, que
los órdenes. Empieza entre n~sotros, a a .us~oso eli ro mundial, le c/1arme
de antiguo son tópicos expres1vr°s
italiants
denuncian en los ojos
slave, it fascino slavo _con q~e rance
temblor e iléptico de un Dosabismáticos de las mu¡eres iusas, en el ~r~n
I r ~e el ya famoso Co:o
toyewski, en el fuego sagrado de esda mus1ca p:p:: ~u~ dos conciertos de la
Ukranio acaba de revelarnos en to a su purez •

de:::;

1!

Sociedad Filarmónica.
,
cuya dilucidación no es fácil
Conceptos son estos que envuelven eqluivocos uándo términos antagónicos,
.
.
t A t
uro y arte popu ar son, c
de pnmer rnten o. r e P
. .
.
a Los directores del
.
, el cnteno de quien 1os emµ 1e •
cuándo correlativos, segun
. '6 de canciones tradicio•
Coro Ukranio dicen haber.se limitado a la _armt o:~~a~~r: Ukranio produce, nada
, La emoción que un conc1er o
d
nales e su pa1s.
•
·t d
todo ánimo sensible por esas
·
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con la susc1 a a en
tiene que ver, sm em argo,
.
.
natural en pleno campo o a la
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t ·das1 oídas de improviso, a1
'
•
mismas cop as Y on~
't'
Los elementos natur¡¡les que conronda de amadores de un pueblo pnmd1 ivo.
t'tu'dos re~resentados de algún
t .
esi6n directa han e ser sus t i
'
-r
curren en es a impr
'
y
, del arte de los directores de¡
modo, una vez trasplantados a un tea~ro. aqui_ de su música popular en la
Coro Ukraoio, para conservar la prec1~sa etsenc1~e técnica de selección de vo. .6
t' t'
Es una labor emrnen emen
,
traspos1c1 n ar 1s ica.
. . .
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•
do acento característico del
1 • to de d1sc1phna e 1 apaswna
ces, de acop am1en ,
. . , de baratiJ' a con que suele
t · de ·l a improv1sac1on
•
1
t;:~s~a::~ :iª~:~hizo de e:;t~s espectáculos arrancados de su am·

:::::~:::::s

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biente propio~ por :~edn;: ::r~::r::º!~1c~~:eficio de un arte español, con es?
¿Qué ensenanza P
é ·
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0
píritu propio, de estas excelentes ~=n:!:::.:~~ ::s ;:~i:~:~:s, e harto más fácilLa respuesta se hallará tal vez en
.
ntados Años hace que
mente que en las deslabazadas imitaciones y calcflos apu 1 Niña de los Peido orden y tablados ame ncos a
corre por escena-; d e segun
.
.,
· falsedad ;Hasta qué
r
,
t ' tico sin contammac1on u1
·,
nes verdadero 1enomeno ª 1 is
·
, . · os como Falla
'
1
t /¡ ndo cuvo secreto buscan mu~1c
'
punto es popular o no e can e·.º
ti. de ese tesoro que encierran unas
conscientes de la tr~s.cen~enc1a ª:/:n~: tocadores de guitarra, y se transmicuantas gargantas pnvilegiadas, Y ~,
. ? La Niña de los Peines
ten unos pocos elegidos, de generac10n en generac16 n

¡.

representa ciertamente un misterio lírico que apenas entrevén los críticos y
estéticos, pero que tiene cimentación propiamente artística en una técnica, harto estricta y hermética para el profano.
Ese punto de fusión entre el llamado arte popular y el Arte puro, es decir,
.a un tiempo elemental y trascendente, inspirado y sabio, castizo y universal,

!6gralo hoy con sus danzas clásicas una artista ejemplar, La Argentina, que luchando bravamente contra la indiferencia o el aplauso desmedido de públicos
y revisteros torpes, ha sabido ir depurand~ con un instinto maravilloso, servido por unas facultades naturales espléndidas, ese concepto del estilo español
en que tan obstinadamente se pierden el empresario y el metafísico.
Viéndola bailar acompañada a la guitarra, asáltanos la misma reflexión que
las coplas andaluzas de la Niña de los Peines sugieren, acerca de la posibilidad
-o no de discernir el elemento popular y la composición crítica en tales manifestaciones de un arte nacional. Sólo que, en los bailes de la Argentina, es patente la conciencia artística, limitada en la extraordinaria cantaora a una perfección técnica donde la inspiración personal apenas tiene valor.
Es decir, que cuanto nos seduce y emociona en las coplas de la Niña, es del
acervo común, espíritu todo lo puro que se qi;iera, pero interpretado de una
manera ritual tan académica como pueda serlo una canción napolitana a través
de lasftoritu,·e del bel canto. Quien estime aventurada esta suposición, no tiene
sino considerar el error de perspectiva en que se funda la aseveración contraria. Nuestro desconocimiento de la técnica abstrusa del cante hondo, no implica
la inexistencia de unas reglas tan rigurosas como las del canto llano.
La Niña de los Peines, perfecta intérprete de un género de arte popular,
ino inventa nada. La Agentina crea del baile flamenco una categoría artística,
&lt;iifícil de clasificar exactamente en la plástica o en la dramática. No obstante
lo cual, por virtud de su temperamento adiestrado en la experiencia, nunca
sus interpretaciones adolecen de la confusión a que deben en mucha parte su
fama algunas célebres bailarinas extranjeras, de que puede ser prototipo Isa-dora Duncan.

No nos cumple analizar ahora, sí tan solo señalar someramente, los recursos de que la Argentina se vale para conseguir el máximo efecto artístico. La
bata andaluza y el pañolillo de talle con que compone de una manera sobria
la ~ejor figura de sus creaciones, evoca con harta mayor 41ficacia qne la más
cabal reproducción arqueológica, la gracia de las tanagras clásicas; el peso, el
ritmo grave, la seguridad del cuerpo retemblando en contun~ente taconeo so-

�LA PLUMA
1 a crótalos marcan la diferencia capital entre el
. gravidez angélica de la academia
bre las tablas, al compás de_ 1)
al
'
1
concepto tradicional del baile and _udz y ~óm la cualidad sui ueneris que hace
b toda otra cons1 erac1 n,
0
francesa. Pero so re
, .
ostos de las variedades al uso, es el
exceder a la Argentina de _los hm1te~ang que sin subvertir los elementos
grado de expresión femenma, sensbu ' ¡con ó 'esencial no ya del baile esáfi o descu re a raz n
'
propios del arte coreogr c • .
• .
sino del baile pura y simplepaño! o flamenco en sus modalidades bp1cas,
mente.
1 entienden del todo, se sienten
De ahí el por qué los públi~os que nN~ a York sin que los críticos hayan
•d
s illa o en ueva
.,
arrebatados en Ma d n • en ev '
.
. de una artista cuyos méritos
.
r
1d ente Ja exce1enc1a
acertado a explicar cump am
d'ción con ¡05 fáciles trucos de
I
nada tienen que ver con el/asticl1e, ~on a :~~e~tes 'directores artísticos, imbaja eslofa, que el mercan~1hsmo de os se 1
pone a la admiración p6bhca.

UN CRÍTICO INCIPIENTE

LIBROS y REVISTAS
Francisco A. de lcaza.-Nietzsche, poeta (l11terj&gt;retacio1tes liricas).-Mad rid.
c ... estos versos míos-advierte el autor de Nietzsche, j&gt;oeta, en las Palabras
Preliminans del nuevo volumen de su Aniolog(a crílirn áe poetas exlra11.ferosno pueden llamarse estrictamente traducción, en el se ntido vulgar de la palabra: «Mi estilo-decía Nietzsche-es una danza, un juego de simetrías de todas
clases y un saltar y burlar estas mismas simetrías. !.lega hasta la elección de
vocales.• La obra de un poeta de ese género, lacónico, profundo, y artífice del
verbo, y que se expresa en lengua de índole tan distinta a nuestra lengua, es
intraducible; como no se haga labor personal, en la que coincidan el sentido,
el sentimiento y, si se puede, la forma de expresión rítmica, sin apegarse a la
verbal. Ese ha sido mi intento al trasladar al castellano los mejores \·ersos de
Nietzsche-o por lo meaos los que yo tengo por tales ... &gt;
No huelgan ciertamente estas salvedades con que el agudo sentido crítico del
señor lcaza ofrece a la consideración de sus lectores la primorosa versión de
los más escogidos frutos poéticos de Nietzsche. Écbase de ver ea las pocas traducciones que entre la balumba de ellas pueden solicitar la atención del aficionado a las buenas letras, un excesivo prurito de fidelidad, las más veces erróneo. Con lo cual, lejos de conseguirse la debida adecuación entre el espíritu
del autor traducido y su expresión española, se produce en torno de la obra
traducida una atmésfcra neblinosa, donde su interés esencial aparece sustituido por un exotismo pintoresco, en el caso más favorable.
La traducción de un poeta es sobremanera difícil. Cuando el poeta es perfecto, como Nietzsche, en su condición de filósofo lírico, la dificultad sube de
punto. El Sr. lcaza la vence con la rara maestría que este librito pregona, porque en todo momento le llevaron la mano esa serena crítica que tan armoniosamente compone su obra poética, ese cálido acento que presta singularísima
animación a sus estudios literarios.
Los pequeños poemas, de quintaesenciada poesía, reunidos en la interpretación española de lcaza, requerían, sin duda, para llegar directamente a nosotros, esa transfusión lírica, operada con un criterio opuesto al de los diseca-

379

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
• d fid r d d las más veces err6·
nado a las buenas letras, un ~x:c~siv? prun~o :e C~~ ª ;mor pretendió hacer
0
neas• de N~e/zs~he, poeta, la lt~1~:~1~:1c:liei{to trágic¿ resumido, entre cabriopoes1a
lapida na,
la qduaes e~ !st:ºseutencia Para todos los cread&lt;Jres, del poedesplantes
y phara
umo¡-a
las,

ta alemán:
«El mundo no se está quedo;
a la noche sig11e e! día:.
si el yo quiero suena bien, el yo puedo
suena mejor todavía.•

C. R.C.

• • •
C. Rivas Cherif--!m camarada má.r.-Ediciones de L• PLUMA.
·t dulce v bucólica en ciertos pasaHe aquí una novela pulcramente escn :~ vacilado ante ningún esfuerzo, y
jes, fuerte y áspera en otros. ~u autor no habilidades de hombre de letras nos
con delectación de am?ieurfm stqu~ con ·ngenio que sabe triunfar con soltura
va mostrando las múltiples_ a~e as e su i
en t"l diálogo y en la descnpc1ón. l f . ·sta con una solución antifeminista.
Un camarada más es una nove a em11~1 ··· 11ector or propia cuenta, y a
La moraleja que de ella s_e deduce la ob~en:o~a En la prendici6n de toda vobuen seguro que no d&gt;:!prá mal sabor e elem~nto dramático que se transluntad enérgica hay s1e~pre un d~ºfae~~~~ntad marcha del error a la verd~d.
forma en elemento cómico cuan . .
, ·t en añador parece que preside
Un oculto destino irónico, un -:ahgno esp~~~~per!das revelaciones, con su imla acción de esta n~v~la. La v1 a, c~n sus t ue se com lace en ir trazando ~l
previsidad, como dma Bergson,_ d1¡é~ase q c dcrles ei más pequeño espacio
camino que siguen los persona¡cs, s1n c~ns eU1a tras otra, van dcsaparecienneutro donde puedan des_arrol~ar sus t~o;~~y d¡'scípulos adquiriendo singular
do las ilusiones peda~ógicas e maes r
uedando a~í pura y diáfana, como
energía la atm6sfera vital donde m~c-t(~( gen~il camarada universitario), al
el aire después de _la !orme!1~ª-- sp1r:ri" re manifestada de modo contund_enreconocer la supe~1ondad fis1~adde¡' ~o obpa;a convertirse en una realid~d viva,
te,. deja de ser un ideal ~ema;~: ;ar;~~ansformarse en una mujer, n? igual a
de¡a de ser «un cam~ra ª m .·
or su cultura y por su arro¡o.
las demás mujeres, smo supe1 ior a e 11i3s
Rº as Chcrif son verdaderamente
Los primeros capítulos de l! nove a elo ~: determinado círculo, de nordeliciosos y causa~án no, ~~que~o ~c~na~:cen inspirados. Ciertos detalles c~mas tal vez demasiado ng1 as, on e .
ºón a la obra sobradamente mov1micos, tomados del natural, prestan ~01m:c1 sorprenden'tes, a los que no tiene
da ya _pdodr edxec:~~d~~ :~ea~~i;º;a~~~ea~!~ºun! novela interesante.
neces1 a
J. A. P.

l:

SE

J

• * •
3So

S. González Anaya. - El cas/illo ~ irás y no volverás. - Novela. Editorial
Pueyo. Madrid, 19::- 1.

Salvador González Auaya ha escrito otra novela andaluza. Después de Rebelión y de La Sangre de Abe/, la última obra de: González Anaya es un nuevo,
intento de aprehender esa rt"alidad de innumerables aspectos y matices, que
todavía no ha logrado una definición satisfactoria, llamada Andalucía . A primera vista pudiera creerse que la novela de González Ana ya no tiene de andaluza más que el fondo, la serie de paisajes y costumbres· que el autor nos describe con cierta prolijidad; pero a poco que se reflexione, será forzoso reconocer que la acción, por el modo de tratarla-sup&lt;·rficial, sensual, hiperbólicamente-es, asimismo, hasta sus raíces, andall1za, y especialmente malagueña.
Un inconfundib!e matiz local domina toda la obra, ann cuando lo pintoresco
queda en absoluto excluido de &lt;:"lla. Nada hay aquí que recuerde las Escenas
de El Solita,·io ni los personajes de Arturo Reyes; nada d.: bandidos, ni de ·
mozas juncales, ni de sangrientas riñas, ni de majos, ni de toreros: no es una
Andalucía pasada, Jitcrariamenle pasada también, la que González Anaya nos
describe: es la Andalucía actual y media, tal como la vive la mayoría de sus
habitantes. Se comprende así que las dificultadt"S con que ha tenido que luc.har el autor sean considerables, por lo cual su intento es digno de alabanza.
No corre por camino trillado, sino que pretende abrirlo.
El estilo adolece de evidentes descuídos, incomprensibles desde luego en
un escritor que no es novel. La crítica ha hecho ya presa en ellos, con sobrada
saña, a mi juicio, ya que el dominio de la técnica es resultado de la aplicación
o la constancia, sin que podamos atribuir, sólo por ello, a quien lo posca, cua-lidades estrictam~ntc literarias.

J.
*

A. P.

* *

Daniel Ruzo.-dsí /,a can/ado la Naturaleza.-Paisa.fes ~ estas tierras.Lima, 1920.

Daniel Ruzo, nos dice su prologuista el ilustre escritor peruano Dr. Prado
y Ugarteche, fué proclamado poeta de la juventud en los Juegos Florales de
Lima en 1918. ¿Hay todavía quien no sepa a qué atenerse respecto a la poesía
de juegos florales? La poesía de juegos florales constituye, sin duda, un género
inferior, o, en todo caso, un género inadecuado para la emoción sincera, que
no es, contra lo que se acostumbra decir, la que se expresa con metáforas y
tropos sancionados por las retóricas escolares, sino la más difícil de expresar,
por lo mismo que ba de reflejar la emoción personal, distinta, ante la vida inmutable. Pese al prejuicio con que desde luego emprendemos la lectura de un
poeta premiado, los versos de Daniel Ruzo nos gustan. Claros, abiertos, sin
novedad alguna en su estructura-todas las poesías de la colección están compuestas en el endecasílabo asonantado tradicional-rehuyendo intencionadamente la sutileza de expresión y de sentimiento ante el paisaje, ostentan
cierta inmaculada simplicidad, que nos los hace desde luego gratos. Su limpi3S1

�LA PLUMA

LA PLUMA
·
c·a cobra en la blanca extensión del libro, sin sombras
dez serena, su 1lnaoccueanl1"d1¡d que le hace valer y por la que, en definitiva nos
ni claroscuro,
«Las estrellas huyeron,
empieza a amanecer, y siento frío.•
«Amanece; tibiezas y dulzuras
han bajado a besar el fresno grande.&gt;
«La lluvia cenicienta y perezosa .
ha dejado en las tierJas su cansanc10.•
«Luz, divina y alada,
.
a ti saludan los primeros trmos.&gt;

gana:

~~;~-~b~s!~~~~n: !e;;~:

0

5

sui,;~%1fó ni~!:c~~:O~!~~Z1;e~ s~b~ii~:~~~s~ii~:\~~~
templación sin pensamiento:
«Vivir plácidamente
sin pensar en la vida;
leyendo claros versos que retr~ten
como las aguas pur:is y tranquilas,
los árboles del campo
en su tristeza, .. &gt; _

ha de afinar s.i n duda, la expresión de sensaciones y motivos, hart~l \ftfr~rso1
. nal~s~~~;
r~;:u~~afe!!i~~tt~~:a;::n~~d~~~:~~ees~~í~ e; gracia ~uy
0
~personales por el pintor José Sabogal.
C. R. C.

;fn1:J fa

iucionaria de la nueva Italia. Juntos trepamos a las cimas del Apenino próximo, y en alguna hostería montañesa. restaurados por el;vinillo consolador, recitamos tal vez los versos de Mallarmé que ahora presiden las últimas páginas
del libro:
«La plupart rala dans les defilés nocturnes
S'énivrant du bonheur de voir couler son sang,
O Mort le seul baiser au bouches taciturnes!,
Mas no se crea que Le scarpe al sote sólo tiene un sentido evocador para el
&lt;:ompañero de armas o el amigo lejano. Paolo Monelli es poeta y su libro no
podía ser un documento, o un alegato, sino un poema. La guerra se nos muestra en él en su verdad eterna, como un hecho humano, pero sin abstracciones
ni alegorías, en su realidad inmediata: L .. guerra, no ya europea, italiana, y
aún más, la guerra de mi amigo, el skiador, que concibe la vida como un es•
fuerzo sportivo y el sport como un ideal nutrido de clásica savia;lque contempla en el Alpe austriaco la barrera enemiga; que de tan humano no quiere sustraerse a un destino nacional; que se eleva sobre las contingencias, cantándo•
las en espiritualísima prosa y hondos versos de ritmo interior; que vive plenamente, en fin, la juventud que acaso no han tenido nunca los editores a quien
puede parecerles pasados de moda libros como Le scarpe al sote, tan significa•
tiv ,s y emocionantes para Faoro da Lamon, el contrabandista que pierde su
-0ficio si se ensancha la frontera»; para el borracho Turin; para la hetaira de
Padua a quien quizás no volverá a ver el poeta soldado. ( •¿Quién sabe?., se
pregunta en español); para mí, que experimento no sé qué extraña Eensaci6n
leyendo en esas dus palabras el recuerdo quizás involuntario de una camara&lt;lería estudiantil, que el tiempo pasado y los azares de la ausencia, decoran ya
con la nostalgia de la primavera, al granar sus primeros frutos.

c. R. c.

***
Paolo Monelli.-Le sca,-pe al sole.-Bologna, L. Capelli, editore, 192 1.
¡ ¡ · "fica morir en com.
«En la jerga de los alpinos pon&lt;:r los zapa~:r:a s~n' !~g~;ente italiano. ¿Un
:-bate.&gt; Le sca1-pe al sol~ etuna_crt1~a deenlta lecha de su publicación, que algu•
libro de guerra todav1a? n ano ac1a!
De todos modos, dice su autor
nos editores lo rechazaban ya por antifua_do. • dido en la grisura de la vida
en el breve prólogo, aún debe haber.ª gu•rl:• per ue vivió estos humildes años
burguesa o eremita en tal cual vallecillo ª pmo, q
ó h
hido de nostalgia
. b ·11
• glo1·ia v aún siente su coraz n ene
.
de guerra ,sm n C? Y sm
' ,
f damos entonces el viático del
l\ él ofrezco este llbro, buenamente_, como o re de nuestra mesa cordial.&gt;
vino y de las. caucione~ al huésped mes~e~~~ºde este libro con fingido desin•
Vano sena que ":/º mte1;1tase ac~sar iec\a Universidad de Bolonia, en años
. terés. Paolo Monelh fué mi compa~~7 dt os la vida goliárdica de la grassa
descuidados y plac~nteros_. Juntos is ru ª':1.
ar denso sutil, aromado
, ciudad «iosca, turnta•, animada de un esp1nt~, a~~r el dulce ~eneno del sette•
por la severidad de su docta y alust~rda
siglo por la conciencia reYo•
~centismo decadente, por el tumu to m us r
,

Ptf:iP~~'¡

38:1

Jean Galtier Boissiere.-Loin de la rifjlette.-París, Cres, MCMXXI.
La guerra no es sólo repulsiva, odiosa; tiene también su lado risible. En
cuanto el horror de las batallas desaparece de nuestra vista, la comicidad, en
que es tan abundante la vida militar, vuelve a fluir inagotablemente. Si el régimen de cuartel es fértil en situaciones disparatadas, por la aplicación ciega
a innumerables tipos, caracteres y casos divergentes, de unos reglamentós que
no están cortados a la medida de nadie, la vida en campaña ofrece por añadi•
dura a la observación del satírico y moralista ciertas formas de lo ridículo que
no prevalecen en tiempo de paz. M. Galtier Boissiere ha puesto a contribución
una parte de su experiencia de soldado para escribir Loin de la rifjlelte, y nos
da un «libro de guerra, del que lo más horrible de la guerra: bombardeos, ba•
tallas, padecimientos del soldado en las trincheras de primera línea, está au•
sente. Nos cuenta M. Galtier Boissiere las observaciones que hizo lejos del
fuego o del combate, en los campos de instrucción, en los depósitos: las simu•
laciones del valor, los recursos del miedo para P-squivar la ida al frente, ciertas
3133

�LA PLUMA
hechuras grotescas de la patriotería, el desbarajuste, los inverosímiles ti:opiezos de la jerarquía, son 1~. materia primera del relato, en el que van entremetidas algunas sabrosas aventuras de soldados de verdad, Pero el humor satírico de M. Galtier Boissicre, no se detiene en coleccionar anécdotas. Su libro es.
un libro contra la guerra; la intención última del autor es mostrar el~contraste
entre ciertos vocablos sonoros o ciértas recetas de bourrage des crdnes, y su
contenido. Es un documento más para añadirlo al proceso que los combatientes (únicos que pueden hablar dd caso con autoridad) han abierto contra la
guerra. Loi11 de la dfjlelte se lee de un tirón, y sabe a poco.
M. A.

* * *
Revistas. - Mercure de .Prance, París. - Le Progrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos.
Aires.-Atlzenae1mz, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Crapouiltot, París.-Belles Lettrts, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid,.o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsla ed Arte, F errara.-España y América, Cádiz.-flermes. Bilbao.- L' Ari Libre. Brusela,s.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La No•,velle Revue franfaise, París.-Jndice, Madrid.

F I N DEL VOLUMEN III

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>01/12/1921</text>
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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA P L U .\1 A
La verdad y la mentira, la ficción teatral y el disimulo ladino componen
este melodrama artístico de un gran guiñol para niños, soldados sin graduación.
y... poetas.
La traducción, animadísima y fiel en todo momento, de Luis Araquistain y
su esposa, hace grata su lectura, que el púb!ico saboreará directamente a falta
de cómicos y empresarios con curiosidad e interés, no ya artístico, mercantil
incluso.
C. R. C.

***
Libros reclbldos.-Guillcrmo Jiménez: Constant:a, Caro Raggio, Madrid_
Manuel Ugarte: Poeslas completas, Mauci, Barcelona.-José María Delgado: 1 eatr, de ensueño. La Princesa Perla Clara, editorial Pegaso, Montevideo, 1921.Fernando Gil Mariscal: Rle, Madrid, 1918.-En Villabrav{a,¡novcla, Sáenz Calleja, Madrid.-Manuel Acosta: Soltera ... , novela Uruguaya, Editorial Pueyo, Madrid, 1921.-Félix Urabayco: La última cigüeña, Calpe, Madrid, 1921.-Han
Ryner: Les adisans de favenir, Ed. de 9a Ira, Eeckeren-Anvers, 1921.-0pere
Ct;mplete di Giovanni Verga: I Vinti. 1 MaJavoglia. Eva. JI mart'to di Elena. tres
volúmenes, Bemporad, Firenze, 1921.-R. Erdos: ll fio,·e della morte (Col. I mi~liori novellieri del mondo , Urbis, Roma.-Unamuno: Perché esser &amp;osi? (ídem
1dem), Urbis, Roma.-Tomás Hardy, La bien amada.-Scipion Sighele: Eva moden,a.-Emilio Clermont: Lau, a, Calpe, Colección Contemporánea, Madrid.

*

*

AÑO JL

i\...
I

MADRID, NOVIBMBRB 19Zl

1

NÚM. 18.

UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO

m

tiempo que el cancerbero del cementerio de S M
tm me había
ofrecido abrirme el cemente.·
i ar110 en 1aannoche
.
y esc~g1 una_ noche de luna para pasearme por entre su~
muchos de ::ygons1~cos ~l'.preses, por las galerías que también sé y a
mqui mos conozco.
h
.
Estar en un cementerio en I
sobre el coche fúnebre y hab ~d nodc e sena como haber entrado
er s1 o e alguna manera muerto.
AC.ÍA

*

Revistas. - Mercure de ftrance, París. - Le Progrés Civi&lt;Jue, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de I' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de.Costa Rica.
Le Crapouillot, París.-Belles Le/tres, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid~o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Por.sía ed .frie, F errara.-España y Amirica, Cádiz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Brusclas.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma_
La Nouvelle Revue f1·an;aise, París.

* * *

~=

Cuando se abrió la verja .;;entí que
b.
inte~:inable, del ~araje traicionero, de t:a~:al~/¡~e:~~:.el jardín
.
que se ve1a es que las veredas de luna estaban vacías r
~~ª~/ se ala.rga_ban como internándose en la eternidad. Aun 'si~::
tan conocido el cementerio me pareció laberíntico
mos y lagunas de luna.
Y con abis17

t

�LA PLUMA

LA PL U MA

,
1 o de grandes penitentes naza·11anas de Semana Santa
Los cipreses en la noche teman_ a g
1 procesiones sev1
renos de los que van en as
h, sobre la cara y sobre la cabeza.
con el puntiagudo y alto capuc on hacia abajo y se quedan sin tron. ·eses se alargan
En la noche los c1~1
una falda haldada.
o como si se cubriesen con
d los muertos retroceden, y
c Al internarme, tod os los fantasmas e ·etiran hacia sus l'im1·tes ,
muy en fi la , en grupo muy compacto, se i
.

Yo como un indiscreto he presenciado este juego de simpatía
entre las estrellas y el cementerio, pareciéndome que se comunicaban más, que se acercaban, llegando a posarse en los cipreses.
Los fuegos fatuos eran, más que fuegos de los muertos, ya
demasiado desustanciados para eso, estrellas familiarizadas con el
sitio por ser el que estaba más seguro de indiscreciones durante
la noche.

d' de nada, más aislado en el patio
dejan libre la plazoleta.,
.
Nunca he estado mas en me io

La sombra de los cipreses en la noche es más oscura, más betuminosa, más encapuchada.

de lo muerto.
t están así en los corrales del enc1ey veía también que sólo
Sólo los toros que van a ma ar
1 d que los maten. o
.
.
rro la noche antes a a ,e de todo entre esta noche y la de mi sacnhabía unas horas despues
.
ficación.
descansado, excepciona
·
1, tranqmTodo goza de un no ser
Iizador.
h
hay nada, smo
cosas en su sitio.
.
En el cementerio de noc e_ no
t ·a hora y sólo las yerbas se
dado como a mnguna o t
Todo está guar
temen los pasos.
desperezan, se sienten solas, ~o
n reflejos de cuadro en la pared
Los reflejos de las hornacinas so erosos en el pasillo de la casa
de la habitación oscm·a·, cuadros num
atestada de cuadros.
las galerías cubiertas y la sombra
Son más claustrales que nunca
encuentra en ellas su grato so:or~l~ementerio son estrellas muertas
Las estrellas que lucen so re e deshabitadas que es lo que más
con luz vívida, son mu~dos, c~sas e es el cementerio-esas _es~rellas
se parece a esta tierra sm nadie q~ de nadie- sobre este mmusculo
son cementerios a1egres , cementerios
fi . dad entre este mundo d e los muer-1
ementerio sin luz. Hay más a m
tre el mundo de los vivos y e
ctos y el mundo de las estrellas que en
.
de las estrellas.
J58

Aun bajo la luz de la luna no se ven los nombres de los nichos;
se ven confusamente los renglones que inscriben al mue1 to, y pueden ser todos los apellidos de todos los hombres.
No vemos la lectura y nos dedicamos a ver el conjunto, las
plazoletas, la línea de los tejados destacándose sobre el cielo, el
cielo otra vez como si fuese esta noche el firmamento superficie del
mar en que somos náufragos, alta superficie sobre la que van los
navíos.
Todas las tumbas son como camas tranquilas, más tranquilas que
por el día, pues tiene algo de oscura sala de hospital el cementerio.
Se comprende mejor la postura de los muertos. Son como tumbas acostadas sobre el césped. No son ni más ni menos que esas
tumbas, son como lápidas, como piedras acostadas.
La estatua yacente, en la noche de luna, era más la verdadera
muerta que siempre que la he visto de día. Esa insensibilidad de la
piedra es la de la muerte. Se ven los muñecos de barro seco que son
los muertos, que somos los muertos.
Con esta irresponsabilidad que voy adquiriendo ¿adónde voy a
llegar yo? A nada. No haré nada. Tengo idea de la responsabilidad
material que se adquiere en la vida y eso me hace quieto y tranquilo. Esa irresponsabilidad solo me hará más libre de pensamiento,
más sincero.
2 59

1

¡

�LA PLUMA

LA PLUMA

La noche en el cementerio se va quedando ha~ta sin mí y ha
y he dado voces de.
habido veces que me he pe1·d·do
I
¡Ramón! ¡Ramón!
d' d l noche y la soledad.
•
en me 10 e a .
el suelo de las galerías, parece como s1
Al pisar _un cristal rot~ e~ de su nicho para salir; pero en seguida
alguien hubiese roto -~l cnsta f ba· o la pisada los cristales rotos
se borra esa impres1on al sen rr J
.
'b
nos hubiese picado.
como s1 la v1 ora
. t
los nichos como prendas co1Las coronas están colga&lt;las JUn o a
gadas a los pies de la ~ama.
t de aeantilado junto al que se ha
Todo en la noche tiene aspee ob . la luna más espléndida, en
roto el alma el gran buque, y que ªJº d de la noche recuesta sus
•t d la gran ensena a
'
el recodo más bom o e
t es de peces recién pescacadáveres amontonados como los mon on
'
b 1 peñas de la costa.
.
dos y muertos so re as
t en el rincón más perdido
Están de cuerpo presente los muer os
de la costa.
t .
la noche están lejanísimos
Los últimos patios del cernen e~1od en y se pisa en la luna, sobre
al mundo, completamente al otr~ as ºae la misma luna. Se podría
las nieves lunares, sobre lo~ era_ ere 1 luna y que hemos cambiado
.
es la que ilumma a a
t.
decir que la ierra
,
l lt0 suspendida en los cielos,
·
1 tierra esta en
ª e, jamás pero con una uz
de residencia y a
,
t
1
como un cuerpo celeste mas muer o qu
,

°

. más prestada que nu~ca. 1
terio nocturnal se siente uno lejos
. En ese último patio de cerner,
1·ta .a en que merendar como
s en la pradera so 1 n
de todos 1os sereno
.. t de queso de Gruyer.
muertos el queso de la luna, una raJI :r todos lados.
Los conejos de la muerte huyen p
Los sudarios de luna están tendi~os a la luna.
Los cipreses están dormidos de pie.

Hay silencios caídos.
Hay trozos de sordera suma.
Lo que más vive so~ las entradas a otro patio, arcadas de sombra
que parecen que dan a una habitación más iluminada, a otro corralillo con mejor luna, con luna de muchas más bujías, con waltios con
la W más muyúscula de la noche, con un incendio de acetileno.
Como hace friíllo en la noche lunada y llena de las espumas del
mar eterno, sentimos ganas de descolgar nuestro gabán de los cipreses, esas grandes perchas de las enormes capa$ de la gran fábrica
de paños del cipresal, gran fábrica especialista en trajes de invierno
para los viejos de los asilos.
Los retratos duermen reclinados en el fondo de las vitrinas, más
recostados que nunca sobre las lápidas.
Todos los nichos, con su cristal y su marco, son como relojes
parados para siempre, relojes de comedor inútiles y empotrados en
la pared.
En la noche de luna, esos trechos en que se abre de vez en
cuando la pared seguida del cementerio, son trechos que dan a la
luz, son desgarraduras desgarradoras de la muralla, poternas de la
orilla lejana desde las que se ve la ciudad. ¡Qué lejos!
Los cardos secos nos arañan las piernas, a través de los pantalones, con sus uñas de diablos.
En las esquinas en sombra, en todos los esquinazos del cementerio, es donde se arrinconan los muertos más desgraciados, los más
arrinconados, aquellos a los que no les llega ni de día ni de noche
la atención de una mirada.
En el cuartel de los muertos el régimen de silencio es muy riguroso y en la noche no hay ni un vuelo ni el ruido de un muelle
de cama.
¡Ah! Pero lo milagroso, lo conmovedor, lo inverosímil, lo que
hace que nos demo~ con la cabeza en las paredes para co,mprenderlo,
Z6I

�LA PLUMA

LA PLUMA

es que los niños no lloren en la noche, no se despierten ya, duerman
de un tirón, hayan sido ahogados. ¡Niños embalados hacia el París
de donde vinieron.
¡Todos los niños están callados! La nodriza seca les ha cantado el:
Muere, ni1io, muere...

que da el sueño eterno. ¡Parece mentira que, no habiendo manera de
dormirlos nunca, alguien los haya dormido de ese modo absoluto!
Esparciendo miradas, cada vez más despavoridas de soledad por
los patios anfiteátricos, se ve lo que las paredes cargadas de muertos
tienen de gran biblioteca, de plúteos altos con libros en infolio y anchos como las grandes guías de las poblaciones de quince millones
de habitantes.
Con nuestra afición a lier y trabajar en la noche nos dan ganas
de dirigirnos a uno de los estantes, y sacando uno de esos grandes
librotes con la historia clínica de ese señor y con todos los detalles de
su existencia, colocarlo sobre cualquier atril, y tirando de la lámpara
de la luna, como de esas de corredera que penden de los techos y
que tienen un contrapeso con perdigones, leer hasta las veces en que
se echó una lavativa el biografiado, toda la historia de todos los instantes.
Esas imaginaciones extrañas acuden a nuestra mente en los patios
silenciosos. Aquello es mucho más amplio e intrincado de lo que
creíamos, de lo que hemos comprobado tantas veces por el día.
No sé por qué se me ocurre asociar la idea de un coto de caza a
estos boscajes cerrados y me parece como si estuviese lleno el paraje silvestre de los cartuchos vacíos, desperdicios de los tiros que
sirvieron para hacer cada víctima de las allí enterradas. Como fusilados contra aquellas tapias son todos los que reposan allí, a la sombra de toda ley impertinente, pues ni a través de los párpados tienen
262

e~e resol inaguantable que hasta el
siempre.
ciego

..

O

el que duerme ven

¡Paraje en el que quedarse como un lo
meditando siempre con el
.
co dando vueltas siempre,
,
pensamiento des vane .dO
I
avanzada del viejo cementerio(
ci en a soledad
Aquella estancia en la noche del ce
.
brarme a la noche de la muert
d d menteno me hizo acostume, Y es e entonces sé có
1a larga borrachera de sueño en I t·
mo va a ser
t
a ierra que no ve en 1 .
uraleza, en la noche igual que el día.
,
a ciega naRAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

�LA PLUMA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES

(1)

V

[I

rapto del espíritu en lo bello natural era un modo d:
arribar súbitamente a cierta felicidad donde c~saba 1
pugna entre la inclinación y la ley. Po~· vez pnmera el
antagonismo se resolvía en mi favor. Triunfaba de tod~
límite y al aprender a evadirme así de aquella vida estrecha, no cese
de al~bar el tesón con que había mantenido mis espe:anzas. ¿,Vendrían gentes al mundo con sobrada capacidad de sentir, no m~ ~e
ara uardarla incólume en alguna mazmorra y go~a:se sohtana~entegen ella, como el avaro recuenta sus riquezas estenles? La_ coerción externa, el comercio humano habían empezado a ~nsenar~e
.,
yo y a podar y mondar de sus brotes espontáneos mis
quien era
.
.
1
b' T s de com.
!sos Privación dolorosa, pero mterma; yo o sa ia. ra
impu la . enerosidad de mis sentimientos, tan bien medidos con las
L

!ª

~:;i::taci~nes bellas del mundo, y la cautela o ál_gidal ap_at~~ d~;o:
bárbaros lo que deduje no fué mi impotencia, smo a m tgm a
ajena A, otros les convendría asquivar el dolor a fuerza ~e es:ar
.et~s y proclamar unas máximas destiladas de la cobar~ia y os
~::eng~ños; mas yo no quería admitir que hablasen en m1 nombre
(1) Véase LA
26,4

PLUMA

de septiembre y octubre de 1921.

las conciencias escarmentadas. El auge de mi vida sentimental era
fenómeno nuevo. No pertenecía a ninguna experiencia anterior. Y esa
fuerza pura, aún inorientada, yo sabría emplearla con el fausto y la
dignidad pertenecientes a su grandeza y agotarla sin más norma que
mi arbitrio ... Pero antes sería menester sofocar las voces del miedo.
Decían tanto mal de mi demonio interior, que si me sorprendía a mí
mismo contemplándolo y deleitándome en sus promesas, el pavor me
congelaba la raíz del pelo, como si estuviese ya cautivo de un infortunio irrevocable. Eran de calidad vil los motivos que me determinaban, pues en último caso reducíanse a temer o no los resultados
que me trajese la conducta. La razón más persuasiva que el antagonista acertaba a insinuar en mi conciencia era la del «amargor de los
frutos de las pasiones», incitándome mansamente a precaver el chasco postrimero con no apartarme de la vida descansada en que consiste la ventura asequible. Mas no importa el sinsabor de los frutos,
sino alcanzarlos en sazón. Me repugnaba inmolar la vida al remordimiento. Y la renuncia, tan alabada, y el desvío cerca de las emociones proscritas, no me aportaban tampoco la sedación ni la paz que
me prometieran. Yo no tenía espíritu de sacrificio, ni humildad, ni
el don de lágrimas; no podía zambullirme en el deleite de mi abnegación, que es un modo de consuelo, ni admirar mi heroísmo y suputar el premio; la acritud del corazón me forzaba a ser sincero: mi
inhibición era el despego soberbioso de quien no se arriesga a sufrir
chafaduras en el amor propio. En estos coloquios recatados, que
abrieron, sin notarlo yo, el surco por donde ahora puedo remontar a
los albores de mi vida moral, solía prestar a mi contradictor interno
el asentimiento bastante para eximirme de su acoso; pero aunque no
la nombrase, llevaba yo bien guardada la certidumbre de que todas
estas cárceles se derrumbarían; y si aquel miedo infuso me dejaba,
la alarma venía a sobrecogerme ante el rápido discurso de las horas,
que pasaban sobre mí con levedad, sin dejar rastro.

�LA P L U ~1 A
LA PLUMA
•Qué sortile&lt;rio me echaban el aire y la luz para suspender mis
&lt;
~
º6
diálogos y elevar el alma a ese punto en que se borra~, la acepc1 n
de bien y de mal y los deseos? Virtud de la contemplac1on, que lleva
al aniquilamiento si la caricia en los sentidos nos hechiza_ Y el pábulo
del pensar, derretido, se evapora, dejándonos en una quietud transparente, sin contornos, deshecho el dualisn:io _vital d~ hombre Y mundo. En tal desleimiento de la persona cons1sba, a m1 entender, la sumidad de la vida; era, por el contrario, un modo de perderla, de
abolir la reflexión, de no parar los ojos en la histori~ de. ho~ bre_ ~ ue
empezaba a gravarse con dolor en la haz de la conc1enc1a. Narcottco
era, manantial de placeres puros, esto es, sin mezcla. Por goza1'.l?s
busqué cada vez más el tacto con la naturaleza. Pedíale la exa~ta~1on
sensual que me arrebatase al pasmo ya gustado. No la enc~ntre siempre sumisa a mis antojos. Se entre~aba_ cua~~o menos podia yo esperarlo. A vece..c:., las más, era inútil m1 solicitud. En vano ~aba yo
suelta al raudal emotivo que artificialmente acertaba a s~s~1tar: no
se producía aquella unión misteriosa. Er~ tanto c~mo a~anc,ar a una
estatua. Entonces mi capacidad amatona se atema pu1~mente a lo
concreto: ponderaba las formas, los colores, la prop~~·c1ón, los aromas, los sonidos, sin pasar a más. Y de esta contenc10?, d'.:! esa sobriedad, por las cuales fué asi cómo enumerando los ?bJetos_y sacándolos de la masa donde antes estaban empotrados, vmo el liberarme
de la pavorosa impresión de mi pequeñez con que el mun?º'. hasta
allí indiviso, me agobiaba. Me desembaracé de algunos senhm1ent?s,
incorporándolos en las cosas. Empecé a poblar el mund~ exterior
con engendros de la fantasía. Reiné sobre los seres, y d1:~use _de
ellos como de material para mis juegos, que no eran ya_de runo. Hice
solio de la ventana de mi celda, que daba a los Alam1llos, Y desde
allí fuí metiendo en las fuerzas naturales la intención de que ~ntes,
estúpidamente, carecían. Echaba sobre los cerros cogullas de m~bla'.
si estaba triste; apagaba los ruidos del mundo con mantas de meve,
266

1

dilataba los cóncavos cristales de la noche cuando era mayor mi
aliento; y si el mal humor me infundía propósitos malignos desataba
los vientos rabiosos, dejándolos noches y días enteros correr por las
pizarras y desgarrarse las fauces con los aullidos. Mi inspiración peor
deleitaba a las señoras, y más aún a las hijas de las señoras que a la
puesta del sol cruzaban por los Alamillos, de vuelta del Paseo de los
Pinos. Componía un cuadro con luz de ocaso, y brumas sutiles y
resplandor de lumbres de pastores, lejos, y humaredas densas enredadas en los árboles, y unas puntas de ovejas que volvían de la
Herrería al colgadizo de la huerta a dar de mamar a los recentales.
Olor de leñas quemadas, vaho de hojas en putrefacción, balidos lastimeros: todo estaba a punto.
·
-¿Os gusta?-decíales a las damiselas.
-¡Oh, sí! ¡Mucho! Y ponían lánguidamente los ojos en las ventanas del colegio. Pero a mí me cargaba su excesivo amaneramiento,
Y apenas las novias habían dado la última vuelta por el jardín, de
un empellón sumergía el cuadro en la tiniebla.
Por esos portillos empecé a salir de mí mismo, y tal es la deuda
más grave que tengo con El Escorial, o mejor, con su campo: en la
edad de ordenar por vez primera las emociones bellas, me sobrecogió
el paisaje. La obra humana, el Monasterio, quedaba aparte; ininteligible, no sé si diga hostil. O lo admirábamos a bulto, sin saber muy
bien por qué (acaso por su grandor), o veíamos una obra extravagante, cargada de intenciones anacrónicas, que no hacía presa en
nuestra sensibilidad ni acertábamos a explicar según los modos de
que nuestra razón iba aprendiendo el uso. Vislumbro el origen de
aquella tendencia a mirar el Monasterio como un error grandioso, no
sólo en que el intelecto, viniendo más tardío, era incapaz aún de
penetrar el secreto de esta obra, superior en dignidad-como del ingenio humano-a las obras naturales y de menos fácil acceso al espíritu que las sugestiones patéticas del pai~aje; pero además en el
267

•

�LA PL U\\ A

LA PLUMA

encargo de contemplar el monumento dentro de su representación
histórica, s¿breponiéndole un valor de orden moral, significante, que
postergaba su valor plástico. Pienso que así quedaba desconocido el
Monasterio, llevándonos a medirle por el mismo canon que la expedición de la Armada Invencible.
¿Pero qué hacer de esas experiencias mías, ni cómo emplear los
hallazgos, por mínimos que fuesen, fruto de mi actividad personal?
Yo no sabía si estaba enriqueciéndome o si, más bien, era el rico
ocioso que despilfarra sus tesoros. Lo mejor de mi vida no era sino
vagabundeo, holganza pura, indisciplina, visto que desde ese campo
donde solía merodear, al cercado de mis obligaciones no había tránsito prevenido. De cuantos deberes nos imponía el colegio, los únicos que prendían en realidades presentes en nuestro espíritu eran los
deberes religiosos, ya los acatásemos devotamente, penetrados de
temor cristiano, ya suscitasen en algún corazón rebelde angustias
mortales. Pero un hombre no tiene sólo el alma para jugársela a cara
o cruz con el demonio. Tan claro es esto, que aparentemente gastábamos lo más del día en trabajar por ornamentarla, salvo que, ese
trabajo carecía de conexión con la vida superior del espititu. Yo había
visto en el presidio de Alcalá a los penados tejiendo pleita. No puedo
representar mejor mi estado. Un ser sin cerebro, una máquina, hubieran dado cima a nuestras tareas con más puntualidad y no menos
brillantez que nosotros. De manera que para aligerar el trabajo maquinal, era útil enseñarse a hacer trampas.

VI
Declaro con rubor que fuí en El Escorial un alumno brillante.
Si me contase en el número de las personas que, a falta de mejores
títulos, o por perversión del estímulo de la simpatía, pretenden ele268

varse en el aprecio ajeno ponderando las dolencias que han padecido, no podría vanaglori:1rme de otra más grave que el envenenamiento característico del escolar aventajado. Me abstengo de hacerlo
por urbanidad y por no empeorar con una superchería el pecado
contra el buen gusto.
D~bí de p~re~er, siendo estudiante, un caso mortal: desparpajo,
prontitud, lucm~iento alegre. En las degollinas de fin de curso (clases entera~ sacrificadas por clerofobia del catedrático O por rigores
de un s~b10 de fama local, demasiado convencido de la importancia
de su asignatura), yo era de los dos o tres que se salvaban, y me salvaba con gloria. Mi ruta natural ya se columbraba desde aquellas tesis
que_ sostenía en nuestros certámenes, desde aquellas notas' excelentes.
~n Joven de provecho triunfa en la vida si, apenas salido de la Universidad, prom_ulga sendos folículos sobre el «Estado social de la mujer»
la «Necesidad de mejorar la aflictiva situación de las clases trabaJadoras»; ~-i asiste en un bufete conspicuo y granjea, sacando de penas a la h1Ja de algún mastuerzo, además de una entrada legítima en
el cercado de Venus, otros bienes-entre los que suele contarse una
manada de electores numerosa-, menos fugaces que los deleites severos del connubio. Por dónde iba, paso a paso, la ilación entre
nu_estra~ tareas de colegiales y esas cimas vertiginosas, yo no lo sabre decir, pues me senté en el comienzo del camino; pero quien
daba suelta a la ambición calculadora y se ponía a conjugar sus fines
~ sus ap~estos, tasaba al punto nuestros trabajos en su valor positihvo: la gimnasia del entendimiento, absorbiendo la ley de las Doce
Tablas, el_ ~ecreto de Graciano y diversas refutaciones del panteísmo, permiha escalar el solio de un cacigazgo rural; el matrimonio
de _ventaja, el mandato en Cortes, un ministerio, eran los grados siguientes ~ la licenciatura y al doctorado en una facultad que empezaba descifrando a Irnerio para terminar naturalmente al servicio de
Sagasta (entonces era Sagasta), con sólo sustituir valores iguales, a

!

269

�LA PLUMA
compás del progreso de nuestro espíritu. El cálculo se robustecía en
la contraprueba: fuera del adelanto en esa senda, nuestros conatos
no daban de sí maldita de Dios la cosa. Tal sería también mi destino; tal mi vocación presunta.
Si alguno de mis buenos maestros, en la esfera donde está, compara aquellas promesas y estos frutos, podrá decir que he malogrado sus desvelos, pues la inteligencia sirve, no para encontrar la verdad, sino para conducirse en la vida, y a mí me habían puesto desde
jovencillo en el carril de los triunfos. Cierto: les volví la espalda; desmentí los vaticinios más claros; abrasados fueron aquellos años, aventadas sus cenizas. Lo digo sin amargura, sin furor, no obstante el
peligro en que estuve, pues ahora sólo me place recordar que me
salvé. Salvarme fué, más que cordura, virtud de la indolencia. Porque escatimé el esfuerzo, la infección no pasó a mayores, a pesar de
los síntomas. No puedo alabarme siquiera de haber corrido una borrasca intelectual. Salí del colegio sin adquisición alguna; nada tenía
que abandonar ni que perder. Armas de cartón me habían dado para
un combate en que, por suerte mia, yo no estaba propenso a entrar;
las arrojé sin duelo, me encontré a mis anchas, no busqué para el
caso otras mejores. Dijeron que era descarrilar y que me perdía. Sea.
No he llegado a hombre de presa ni, cuando menos, a prohombre. Me
consuelo , pues mi fuerte ingenuidad me hubiese celado el espec...
táculo de mi encumbramiento. No habría sabido juzgarme, m vivir
desligado íntimamente de las cosas. No soy santo; ~i humorista, ni_,
creo yo, lo bastante canalla para no haberme entusiasmado con m1
propia obra. En el ápice del poderío, más aire me hubi~se ~ado a
Robespierre que a Marco Aurelio: hubiese tomado en seno mis gestas, sin prevenir resguardo para mirarlas del revés; ele;7a~o al rango
de portavoz cte vaciedades comunes, como me falta el c1mco despe~o
de los canallas (nada puedo regatearle al afán del momento}, habna
dado a luz un varón togado, con ínfulas de apóstol, y engañádome

LA PLUMA
a mí mismo por no engañar a sabiendas al prójimo. Cabalmente, ese
es el personaje que más detesto.
En mis triunfos fáciles no sé con certeza quién defraudaba a
quién: si yo al colegio, echando por el atajo de la memoria, que era
menor esfuerzo, o el colegio a mí, dejándome sobredorar metales inf~riores. Entonces creía yo ser el matutero. Por buen sabor que tuviese el descanso adquirido con engañifas, no dejaba de sentir e1
malestar de quien vive agobiado ineludiblemente por tareas ingratas, de las que se alivia un poquito desviando la atención. Conocí el suplicio de tener escindidos el trabajo y el cuidado; pocos
hay que más duelan. Fijar el ánimo por el trabajo mental y acompasarlo merced al esfuerzo sostenido no se alcanzaba nunca. En nuestro espíritu había un desequilibrio tormentoso. La atención se iba
de merodeo por los mundos imaginarios: también eso era cansado
insufic~ente, y venían la expectativa desasosegada, el deseo confus~
de sentar el pie, de hacer presa. Si el colegio nos parecía una suspensión temporal de la vida propia, debíase, más que nada, al sobreseimiento en la cultura de la inteligencia. Allí era el hacer que
hacía!Ilos, el dejarlo todo para mañana. Ko digo que anduviésemos
ansiosos
mendigando de los frailes el saber y nos afliaiera
quedar
.
o
msatisfechos. Cierto: un entendimiento activo, original, pujante, ha..
bría padecido con tal régimen privaciones análogas a las del lascivo
en abstinencia forzosa. Pero nosotros debíamos de ser perezosos en
demasía; nos resignábamos a estar a dieta. Esa conformidad casa muy
bien con el desasosiego que germinaba en el baldío del intelecto; no
lo destruye, lo corrobora. Nos faltaban, simplemente, estímulos serios. Pocos dejábamos de advertir la inanidad de nuestros conocimientos. La vida intelectual robusta no podría empezar justamente
hasta salir del colegio. Todo cuanto en él adquiríamos era para olvidarlo en el punto de llegar a hombres. Tantos programas y libros,
tantas clases, tantos exámenes no eran sino para ganar ciertas ha271

�LA PLUMA
LA PLUMA
bilidades de orangután domesticado, habilidades caedizas, de la&amp; que
nadie volvería a pedirnos cuenta en la vida. Esfuerzo que empleásemos
en adquirirlas, esfuerzo perdido. Nuestra inteligencia era menos pueril de lo que pensaban los frailes; afectábamos un candor, una docilidad de entendimiento que, en el fondo, no teníamos. Los frailes, sin
recatarse, estrechaban el campo que nuestra curiosidad, mejor estimulada, hubiera debido explorar... Había cosas que era malo, o peligrosamente inútil, o, cuando menos, prematuro saber. El toque estaba
en distinguir la ciencia falsa de la verdadera: una valla, erigida hace
veinte siglos, las dividía; del lado de acá, de nuestro lado, lucíu la
verdad, pronunciada de una vez para sien::pre; en el otro se amontonaban los errores tenebrosos. Lo más de la historia del pensamiento
humano quedaba a la parte de afuera. Y uno retrocedía, vagamente
conturbado, ante predestinación tan fuerte. Entreveíamos el fraude piadoso, y que al fin habíamos de hacer un descubrimiento
análogo al de que los niños no vienen de París; más: ya lo habíamos
descubierto; fingíamos no saberlo; y esa inocencia simulada, necesaria para llegar pacíficamente al cabo de nuestra ruta escolar, empezaba por corromper la fuente de la probidad intelectual, hacía sospechosa toda noción, minaba las bases del respeto al saber, era la causa
última de la desgana, del insondable descontento.
Aprendimos, como era debido, a refutar a Kant en cinco puntos, y
a Hegel, y a Comte, y a tantos más. Oponíamos a los asaltos del error
buenos reparos: « 1.0 , es contrario a las enseñanzas de la Iglesia...
2.0 , lleva derechamente a1 panteísmo ...~, y otras rodelas imperforables. El positivismo le disputaba al materialismo el calificativo de grosero. El panteísmo era repulsivo. ¡Lo que nos tenemos reído del
judío Spinozal Y el día en que el Padre profesor de Derecho Natural nos leyó, para escarmiento, unas líneas de Sanz del Río, quedamos bien impuestos del peligro que hay para la sana razón en apartarse del redil. A Hegel le reducíamos sañudamente a polvo. Tomá-

bamos ejemplo del catedrático de Madrid quien tras de e 1l ., t
'
,
xp icar una
ecc10n ocante al hegelianismo, decía el muy socarrón-. «y a que h emos aca b.a d o con Hegel...» Era el enemigo más temible• Lo prueba
H
que e1 mismo catedrático disparaba este argumento· «·Señ
fué
•
• ,
á
•
ores: egel
mon rquico ....1»; y si al Padre C. se le ocurria decir com
·
d'
¡ . H
.
.
,
o quien
ice a go. « eg~l, una de las mteltgencias más poderosas que se han
paseado por la tierra... », parecía una gran concesión
Más r_ebeldes que a la conservación de la doctri~a éramos a la
restauración
de los modos. En los certámenes había que di·scu mr
· por
-1 .
si ~gismos. Dos veces comparecí ante el colegio en pleno a sostener
tesis de encarg~. El Padre Blanco me confió la primera: «De la belleza co~o cuah~ad _su~asensible.» Sería entonces cuanct'o fundé mi
rep_utac10n. Al ~no siguiente nos pusimos a desenredar en público los
pleito~ de un ciudadano romano. Presenté mis conclusiones. El adversano _me asestó un silogismo violento. Sin rendirme, clamé:
-¡Niego la mayor!
-¿Cuál es la mayor?-replicó, desconcertado.
Aquella noche no discutimos más.
( Continuará.)

MANUEL AZARA

1

l

272

273

�ALCOR
6sta es eastilla. 61 horizonte,
cerrando la alta es/era,
define en derredor un pensamiento,
vasto descanso,
cumbre y remanso
del espíritu puro.
6sta es Castilla. 'Gi~rra y cielo.
6rrante la mirada
vaga en el denso mar. 'Y no descubre
/ronda ninguna verde
en que la luz se temple. ;]lasta que octubre
da con sus alas grises una sombra
gigante. &lt;Soledad.
6sta es Castilla. f}{ace los hombres
y los pierde.
.los pierde en la retórica
de que pletórica la ;Musa f}{ispana
se muestra aún arrogante.
Cante el mantenedor, cante el poeta
de los juegos de /eria provinciana
acordados la lira y el discurso
al /ácil tópico,
la vana pompa de los mitos oficiales.
'Yo cuando quiero /lores naturales
las cojo en el campo.
274

\

_)

LA PLUMA

fNo en éste al que la gracia
del prado ameno y variopinto,
del arroyuelo
sereno y claro la corriente limpia,
del valle perfumado
la regalada umbría,
;Madre fNaturaleza niega dura.
fNo en este yermo.
&lt;Sino en el campo
que labra mi deseo
día tras día,
regado por mis ojos
con las lágrimas vivas del recuerdo,
campo tan ancho como el mundo,
pero cerrado como un huerto,
campo todo florido
como un jardín edénico
desde que mi sentido
lo ha descubierto,
por la fragancia del corazón, dentro del pecho,
campo mio,
en tanto no haya muerto
la luz en mí, y con ella
la virtud de este verso:
flloy, en la eternidad del universo.
f}{oy, soy;
2

75

..

�LA PLUMA

en el presente
vivo en tanto que aliento;
ayer, mañana,
son sombras en el tiempo,
larvas,
espectros,
cosechas, siembras, hechas
con la solemnidad del mO'Uimiento
atávico,
con que ya usaba la hoz y el bieldo
el labrador de los campos góticos;
o con el ánimo moderno
del que en la máquina aprovecha
el esfuerzo
del cálculo,
para romper el suelo,
para vencer el aire,
para esquivar el trueno.
Vrlas en el fondo
todo es uno y lo mismo,
mañana y ayer son
abismo
a no ser la creación del pensamiento:
'Ver y entender
en el momento.
9l,bro los ojos, miro.

L A PLUMA

'Veo:
'Gierra de campos. eampos llanos.
&lt;Sobre los llanos un alcor.
6n el alcor hay un castillo,
ruina de un /eudo sin señor.
eastillo, no en el aire,
firme en el suelo,
baluarte que aún defiende,
enhiesto,
fantasmas, quimeras,
vagarosos ecos
de una voz sin tono.
'JI entiendo:
fNo la to"e
del homenaje sin acatamiento,
ni el suspiro
que entre sus muros finge el fliento,
me traen a este retiro,
a apoyar en la barba el pensamiento.
fNo el honor de una gloria pretérita,
ni de anticuario el goce enfermo,
mas el hacer mi morada interior
y contemplar desde el alcor
la nada.
C. RIVAS CHERIF

277

�LA PLUMA
Ano•10 C11Buios.-Su marido. Veintisiete año1. Teniente de Caballería. Se
casó porque la chica era rica y porque se le parecía a una cupl.-:tista
de quien fué el souteneur por mucho tiempo. Procura educarla en la
misma escuela.

LA LEY DE DI OS
DRAMATIS PERSONJE

La famllia López:
DoN Ju1J1 BAUTISTA LóPEz.-Sescnta y cinco años. Solterón. El público no le Ye
ni le oye, pero está siempre presente.
,
JUAN BAUTISTA GONZÁLEZ.-Un año. No habla, pero duerme Y se ne. . .
DoÑA lsABKL LóPKZ.-Sesenta aiios. Solterona. Es la santa de la fam1ha Y a la
que todos obedecen por su discreción y por su diocro.
.
DON FaucuNo LóP1z.-Cincucnta y cinco años. Un hombrote como un cast_~llo,
pero cobardón y fácil de lágrimas. Piensa constantemente en sus h11os,
sobre todo en Vcremundo, presuntos herederos de la fortuna d~ la familia. La adulación a su hermana Isabel determina todas sus accione~.
DoíiA FRANCISCA.-Cincucnta y dos años. Su esposa. Avara como su mando.
Muy fresca.
DoiíA Au11.o11.A L6Psz.-Cincucnta años. Casada. Sin hijos. Amargada por esta
circunstancia, pero tan codiciosa como sus hermanos.
.
Dox BBNioNo.-Cuarenta y cinco años. Médico que al llegar de titular a_l pueblo
hizo la cura de Aurorita y desde entonces sólo receta a los criados de
la familia. Su carácter tímido se acentuó más por miedo a su mujer Y
hermanos.
Tnasnu LóPKZ.-Veinticinco años. La &lt;iltima de los Lópcz, bonita, mimosa. ~u
marido concluyó de estropearle el juicio. La codicia de ella se desvia
hacia el afán de tener dinero para gastarlo.
278

1

¡
1

DOCTOR D. BBRNARDo Cuo.-Médico viejo. Practicón resignado. Un fondo de
honradez y bcccvolcncia. No puede beber una copa de vino sin dccla•
rarse anarquista.
DOCTOR ANORBTO.-Médico joven. Con talento y alguna petulancia. Aspira a la
clientela de su compañero. Pertenece a los adoradores d~ la piedra,
entendiendo por piedra el gesto que le haga medrar.
S&amp;io1t H111KST11.osA.-Notario cuco dispuesto a nadar en ríe, revuelto, pero guardando la ropa.
Do11 APARICio.-Párroco de Andux. Un gañán sin educ~ción. Ignorancia absoluta que le hace irresponsable de sus acciones. Cree que Dios está al
servicio de los ricos.
TfA CATAUNA.-Cincuenta aiios. Para ella el amo lo puede todo. Codiciosa,
amoral. Madre de
M.uiú o.u. Pnm.-Veinticinco afios. Madre de Juan Bautista el pequeiio. Una
sierva.
LuCAs.-Sacristán.
Sutaoo lit IUYOR.-Labrador.
ESCENARIO
Un salón rústico en casa de gente bien acomodada. Mesa, sillones, sillas. Dos
puertas en el fondo, a la gal~ría. Dos ventanas laterales con cristales. Todo
macizo, fuerte, hecho para la inmortalidad. Forman contraste algunos muebles modernistas de muy mal gusto. Imágenes de santos, cromos y un retrato al óleo del fundador de la dinastía, don Veremundo López, con leontina y bastón; la cabeza es muy p~quefía para los hombros y sobre todo
para las manos, que parecen dos racimos de plátanos. Hay un reloj que
no marca la hora para que no se estropee.

DR. CANo.-Resumen, amigo y colega: hemorragia cerebral, forma
apoplética, hemiplegía de origen central. Pronóstico: grave, gravísimo,
de toda gravedad (cambiando su voz doctoral pnr otra Jamt'lzar y francota). Amigo mío, hay que conformarse con la voluntad de Dios; su cu279

•

�LA PLUMA
ñado no llega a la madrugada. Creo no decirle nada nuevo con estas .Palabras; usted ha visto bien el caso y lo ha t~atad~ conforme~ ley. (::,igue
un largo silencio. Benigno, con la cabeza baJa , y lia11do maqumabnente un
dgarrillo.) ¿Se le ocurre algo nuevo, compañerito?
...
DR. AMORETO.-No; no, señor; estoy conforme con su opm1on de us-

ted. Pero ...
DR. CANO (con sonrisa malévola).-Diga, diga usted, joven. En medio

de todo, ustedes los recién llegados de los grandes centros científicos
pueden aportar otros datos, indicar otros agentes, para nosotros los practicones ofvidados o desconocidos.
DR. AMORETO.-Nada de eso, maestro. Era solamente añadir como un
dato más a la hermosa historia clínica por usted explicada. Sabe usted
las modernas orientaciones de los clínicos hacia la arterioesclerosis como
causa de las lesiones arteriales de origen central: nuestro enfermo tiene
todo el aspecto de un arterioesclerósico en período de hipertensía.
DR. CANo.-Cierto ... , cierto ...
DR. AMORETo.-Además, he oído decir, y si don Benigno me perdona
que lo repita ... , q~e sus co.stumbres ...
DR. CAN0.-C1erto ... , cierto ...
DR. AMORETo.-Parece que bebía ... ¡Oh, no! (respondfendo a un gulo
de don Benigno); no digo que fuese un borracho ... ; ademas, hombre mujeriego...
DR. CANo.-Cierto ... cierto ...
DR. AMORETo.-Añadamos, señores, la edad ...
BENIGNo.-Sesenta y cinco años.
DR. AMORno.-No es para morir de viejo ...
DR. CANO.-Cierto ... , cierto ...
DR: AMORETo.-Pero sumemos todas esas concausas, demos a cada
una la importancia etiológica gu_e tienen, y ente_nderemos con pa~mosa
claridad, con esa claridad mend1ana con que bnlla la verdad médica, el
origen del cuadro morboso actual.
DR. CANO (después de un silencio).- Ciertísimo, estimado colega.
(Otro silmclo.) Siga, siga usted.
.
.
.
DR. AMORETO (muy cortado).-Nada mas ... ; no tengo mas que decir...
DR. CANo.-Como usted ve, Benignito, la magnífica disertaci?n de
nuestro joven colega, el análisis tan hermosamente hecho de los ongenes
del mal, no ha de remediarlo.
BENIGNO (despuls de otro gran silenúo).- ¿Y qu~ creen ustedes ... ? Ustedes, príncipes de la medicina,. médicos de la capital...
.
DR. CANo.-Declino ... , declino ...
DR. ANORITo.-Y o también declino.
280

L A PL UMA
BENJGN? .-No; no, señores; yo, un pobre médico rural , les ha llamado
por ue as1 lo creo ...
R. CANo.-Bueno ... , bueno ... ; pase usted de laroo
... digo por mi
0
'
•
parte...
DR. AMORETO.-También por la mía .
BENIGNO.-¿Qué opinan ustedes de ... su inteligencia ... ?
·
DR. CANo.-¿De su inteligencia?
BENJGNo.- ¿Creen uste_des que ~e halla en disposición de testar?
_J?R. AMORETO (con rap1dez).-N1 pensarlo. Hay una completa obnubilac10n de todas las facultades ... El choque cerebral, la apopleoía... -1no
0
' ,:;
es esto, maestro?
. DR. CANo.-Diré a usted~s. Yo en mi larga práctica he visto casos
milagrosos. No creo que en este pueda darse tal contingencia.
DR. AMORETO.-¡Imposible!
DR. CANo.-Nada hay imposible, joven colega ... ; pero va he dicho a
usted que todas las probabilidades son de muerte...
•
'
BENIGNo.-De modo que en la actualidad ustedes no creen posible que
pueda testar...
DR. CANo.-Ni con intérprete, amigo mío.
. DR. AMORETo.- Piense usted que esta lesión radica en la circunvolución. frontal ascendente, en la parietal descendente, toda la zona Roland1ce.
DR. CANO.-Cierto. Toda la zona Rolandice ...

6

*

* *

AURORA (entrando precipitadamente). - ¡Ha hablado! ¡Ha llamado a
Isabel, y con los ojos ha pedido agua! Se ha bebido una copa ...
DR. CANO.-Ya les decía a ustedes, se dan casos ...
AuRORA.-Ven, Benigno ...
DR. CANo.-Vaya usted. Aquí aguardaremos.
D~. AMORETo.-Yo voy con usted; quisiera persuadirme del fenómeno.

FEUCIANO (mtrando).- lsabe1 , insiste en que suban pronto ...
Tooos (mmos Dr. Cano).-Vamos allá.

* * *
28

�LA PLUMA
LA PLt:MA

DR. CANo.-Aquí les aguardo. Don Feliciano me hará compañía.
FELICIANO. Sí; yo no puedo ver esas cosas. Desde hace tres días estoy
tan enfermo como mi pobre hermano.
DR. wNo.-Y usted, amigo mío, ¿oyó que el enfermo llamaba a
Jsabelita?
FELICIANO.-La verdad, yo no oí nada; pero las tres mujeres creyeron ... una dijo que sí, que había hablado, otra le preguntó si quería
agua, y entre las tres le pusieron el} los la~ios una co~a, y entre la que
tragó, y con la que se derramó, alla la vaciaron... No se ... , no sé... ; estoy
,
.
enfermo.
D1'. CANo.-Un caso de sugestión-. Y diga usted, amigo mio, ¿que
empeño tiene su cuñado en pre~ntar si el enfermo puede hacer testamento? ¿Es que pensaba en me¡orarle?
.
FELICIANo.-No, señor don Bernardo, es algo mas grave y que a todos
nos alcanza. Figúrese usted ...; pero hasta vergüenza me da de hablar de
estas cosas en este momento ... mi pobre hermano moribundo...
DR. CANO.-¡Ya, ya... 1Cosas de familia .. . , intereses mezclados ... ; no,
no insisto ...
FELICIANo.-No es ningún secreto. Aquí todo el mundo lo sabe ... ,
pues, un solterón ... , más de sesenta años, y además, ¿por qué ocultarlo??
por ser el más viejo de nosotros no alcanzó los buenos ~ie_mpos de mi
padre ... , su educación se resintió de eso ... , no pudo asis_tir a los col~gios ... y después ya no quiso; decía que para labrar la .tierra ya sabia
bastante y que lo demás era cosa de señoritos ... y se re1a de nosotros,
queriéndonos mucho; eso sí, nos quería m,ucho, sobre t?do a Isabel y a
mí... Isabel quiso amansarlo, pe~o él se ~e,a y no le hacia caso ... No salía del campo, siempre sobre la tierra, ~isputando por ~l ?g_ua o P?r los
abonos, vestido y calzado como un patan, fumando v1rgimo, bebiendo
ron y •gozando
con el trato de peones y gentuza. ¡Y un talento! ¡Y un
1
corazon.
•
1
DR. CANo.-Sí, sí, lo sé. Bastantes veces le he aten~ido en m1 consu ta. Siempre me recomendaba sus mayordomos, sus ¡o~naleros y ~salariados. Era uno de los fieles a mi vieja iglesia. No se de¡aba seducir por
los apóstoles nuevos.
.
FELICIANo.-Sí, señor don ~ernar10_, ste';llpre tuvo en ~~ted una fe
completa y ciega. Siempre dec1a: ~ed1co v1e¡o y zapato v1e¡o.» Para él
era un suplicio estrenar unas botas.
DR. CANo.-Tiene gracia.
FELICIANo.-¡Pobre hermano! ¡Era un talen~ol Y .v~a usted, aquí_ ~e
encerró en este caserón, lejos de poblado, y aqm ~a v1v~do en compama
de mi santa hermana Isabel, mientras nosotros disfrutábamos de todos

J

1

los goces de la sociedad. Él nos decía: 4&lt;0iviértanse; yo cultivo la hacienda que ha de ser de todos.» Siempre insistía en esto: en que su hacienda
era para sus hermanos. Y así trabajaba y así, roturando riscos y allanando laderas y comprando lotes de vecinos en apuro y construyendo represas y alumbrando aguas, llegó a formar esta posesión, lo mejor y más.
rico de la Isla. Usted la conoce como todos en esta tierra. Es una
bendición.
DR. CANo.-Valsendero. Da tantos plátanos como todo el resto de la
Vega. Don Juan Bautista era ... es... el agricultor de más ojo y más conocimiento que he conocido. ¡Qué lástima que esto se reparta, amigo
don Feliciano!
FELICt.lNo.-¡Qué vamos a hacerle! Si Juan Bautista pudiera expresar
su voluntad, de seguro que pensaría en mi santa hermana Isabel y en
mis hijos, pero...
DR. CANO.-¿No ha testado?
.
FELICIANo.-No señor, no ha testado. Hace tres días que hemos preguntado a todos los notarios, registrado los armarios todos, y nada ... ni
una nota.
DR. CANO.-Ahora me explico la pregunta de mi compañero y cuñado de usted, Benigno Santos. Temía que a última hora pudiese hacer
testamento.
FELICIANo.-¡Así fuera! En medio de todo mi hermana Aurora, su
mujer, no ha tenido hijos, ni probablemente los tendrá, y es probable
que andando el tiempo todo quedará en casa. Le estoy hablando con el
corazón en la mano; usted es como un confesor.
DR. CANo.-Cierto ... , cierto ... ¡Ah! ¡Ahora entiendo! Esta, su otra
hermana, la más joven ... , Teresina. . .
FELICIANo.-Es verdad, Teresina .. .
DR. CANo.-Pobre muchacha ... Una niña tan guapa, tan simpática,
una verdadera perla, y haber caído en manos de ese tenientillo que no
sale del salón de la ruleta. ¿Cómo usted y don Juan Bautista consintieron semejante adefesio?
.
.
.
FELICIANo.-Que quiere usted, amigo mio; era guapo, hablaba bien,
se metía por los ojos, luego el espadín, el uniforme ... , qué se yo ... Bastante me opuse y mi santa hermana Isabel también luchó, pero Juan
Bautista se reía de todo y decía: illéjalos hombre, que hagan su santísima voluntad ... », y la hicieron.
DR. wNo.-Esos sí que tienen hijos ...
FELJCIANO. - Uno cada año. Ese perro no la deja descansar ... y
eso que entra en su casa a las cuatro de la madrugada. Ya tienen tres.
hijos.

.

/

�LA PLUMA
DR. CANo.-Creo que le ha despotricado gran parte de su conveniencia ...
FELICIANo.-Sí; pero Juan Bautista la ha ido comprando o hipotecan-do y así vuelven las aguas perdidas a su cauce antiguo. Ahora mismo si
de ese pícaro se tratara solamente, quedaba la esperanza de recuperarla.
DR. CANo.-Cierto ... El sistema empleado por don Juan Bautista po.dría usted implantarlo .. .
FELICIANo.-Yo no ... , yo tengo muchos hijos ... , pero mi santa hermana Isabel lo haría, y al fin y al cabo, si no yo, mis hijos, Veremundo
sobre todo, que por llevar el nombre de mi padre tiene todas las simpatías de mi santa hermana, podrían reconstituir esta fortuna, volver a la
unidad primitiva, a realizar el sueño de mi padre, de aquel padre, hombre salido de la nada y que hizo todo esto ... ; esto, amigo mío, que empezó por esta casa humilde y unas tierras secas y que ha ido extendiéndose, aumentándose como una inundación de agua verde ... ¡Qué lástima y qué iniquidad! ¡Pensar que puedan partir la tierra, es como si me
partiesen el corazón, como si me arrancasen la carne ... !
DR. CANo.-Hay esperanza, amigo mío; su plan de usted ... , de su
santa hermana, me parece de éxito seguro ... ; ese tenientillo querrá dinero, dinero contante y sonante ... , un aeuro de ruleta y ya veo vendido
un cercado por poco más de nada ... ¡(¿ué sabe él del valor de la tierra!
FELlCIANo.-¡Verdad! ¡Verdad! Así, no es eso lo que nos amarga y
desespera; al fin y al cabo todo eso es posible, y si no lo fuera, Teresina
es sangre nuestra, y en ella y en los suyos quedaría. Eso es justo y es la
ley de l)ios y de los hombres... ; pero hay otra cosa ... , una verdadera injusticia, un sacrilegio inmundo ... Perdóneme, señor don Bernardo, que
hable así en esta hora, con mi hermano moribundo ... ¡Esto es asqueroso!
DR. CANO (levantdndose para atender a don Feliciano, que está muy conmovzdo).-Cálmese usted, amigo mío, está usted excitado, nervioso ... ,
las malas noches, el dolor ... , ¿no tiene usted un poco de éter, de tila ... ?
FELICIANo.-Tiene usted razón ... , me he estado conteniendo estos
días por mi santa hermana Isabel. .. y ahora estallo ... Ya· se va pasándo ... ¡Qué tonterías! ¡Un hombre como un castillo y llorar!
DR. CANo.-Llore usted, amigo mío, no hay desdoro en llorar ... , eso
es noble ...
FELICIANO (rompiendo de nuevo en llanto).-¿Pero puede darse mayor
desgracia? ¡Un hombre como Juan Bautista que nunca había querido
casarse, y cuidado si le habían salido proporciones ... ! Que nunc~ había
querido compromisos serios ... , que ... ¡Yo no digo que no tuy1ese sus
trapicheos como todo hombre ... , eso es muy natural. .. ! Pero siempre a
284

LA PL UM A
distancia, con decoro, respetando la casa y Ja presencia de mi santa herdaha, una he~mana que se ha quedado soltera sólo por cuidarle, .. desbe b ~ce tres anos ... , tres años ... , se h.a enamorado ... , pero, así, loco emo a o, como al q_ue le hacen un maleficio ... , y así será...
DR. CANo.-¡Ca1mese, amigo mío, cálmese, podrían oirle, venir!
. FEucrANo.-¡Le ha_n d_ado un filtro! ¡A sus años, después de una vida
eiemplar, con una ch1qml1a! ¡Ay, hermano hermano Dios te perdone
en esta hora!
'
'
. DR. CA~o.-Vaya, se acabó ... , no se hable más ... , viene su familia
m1 companero Am_oreto .. ,, no conviene que le vean así...
'
, FELICIAN_o.-¡T1ene _usted razón, amigo mío, pobre hermano ... ! (Lt-·
vantase secandose los o;os).
DR. CANo.-Así, tranquilo ...
FELICIANO (detem~ndose de pronto).-Tiene un hijo, señor don Bernardo, a los sesenta y cmco años.
·
DR. CANO (sin poderse contener).-¡Enhorabuenal

_DR. AMoRETo. -Desgraciadamente, ha sido una ilusión de las pobres
sen?ras. Un caso de sugestión colectiva; todas han creído o querido ver
y Olí...
DR. CANo.-Ya lo decía yo ...! era cosa imposible, ..
DR. AMORETo.--:-Hemo~ repetid~ la experiencia sin resultado alguno.
¿No ~s eso compa~ero? N1 un reflejo; abolición absoluta del ocular del
rotuliano, del Babmsky...
'
DR. CANO.-¿Tamb_ién el ~abinsky?
DR. AMORET0.-Ind1ferenc1a absoluta. Silencio completo
DR. CANo.-Señores, hay que conformarse con la volunt~d de Dios
FELICIANo-¿Dónde está Isabel?
···
BENIGNo.-Como siempre: en la alcoba junto al enfermo
FELICIANo.-¿Y tu mujer?
'
·
BE~I?No.-Aurora está en el comedor preparando el chocolate para
los med1cos.
(Fuera se siente rumor de caballos.)
FELICIANO (abrz~1;do una ventana).-No habían de faltar...
BENIGN0.-¿Qu1es es?
FELICIANo.-¿Quiénes habían de ser? Teresina y el marido JLes avisaste?
·~
BENIGNo.-Isab~l les avisó ... , dice que era necesario... , que sería una
falta muy grande, imperdonable.

�LA PLUMA

LA PLUMA

Isabel es una santa. Ahora va a ver ella ...
'-1
F ELICIANO.-Mi. h-mana
jY vDieneAn ªo~!~flo~S~í
R.

M

;:!:.L!;~~~~&lt;7~

DR. CANo.-Servidor ...
FELICIANo.-¿Quieres pasar, quieres verle?
CEBALLos.-Dicen que ha perdido el conocimiento ... (a un gesto de
los médicos.) Todo sea por Dios ... nosotros perdemos un padre .. era una
locura por Teresina y por los chicos ... Vamos a verle ... pero conste que
no te perdono, Feliciano ..
FELICIANo.-¿Otra vez?
CEBALLos.-Y cien ... Ya hablaremos. Benigno, ¿quieres encargarle a
un mozo que le dé un pienso a los caballos? Lo han ganado bien.

!~sji~~~~~n
... , son dos pájaros ... , viven can, b l

?:~~ri!::;~:~~J;ºad~;ar::.~

'~;:~~t;Jr:e1:::2~u-

tista ... ! (Abrazándodlaylllolra11)do.) Parece mentira que no me hayan aviTERESINA (con to a e ama · 1
_
,sado antes! y o no soy nadie ... ui:ia extrana ...
FELJCTANO.-¡Por Dios, Teresina .... l
BENIGNo.-Te hemos avisado...
,
C.
t '?
TERESINA.-Sí, hoy ... y la carta la llevo un peatón ... ¿ orno es a
·Cómo está... ? ¿~e ha muerto? .
..
.
-&lt; FELICIANO.-No lo permita Dios, h11a m1a ...

* * *

BENIGNo.-Pero está r;1uy_AalDi¿s mío, pobrecito Juan Bautista... , y
Bauveenra~· doJhes
don Bernardo; buenas noches, Amoparecia un ro blVoy!
e.••
, . '
reto . perdonen no les hab1a visto .. •
'
h
h mosa
-~ ···•
DR. CANo.-BueBnas noc es,h !r seño~~: ¿cómo están los pequeüos?
DR. AMoRETO.- uen~s noc e 'l siste~te No veía la hora de veTERESINA.-Los ~e. 1tado co~ e !nsamos .. ~e el auto no puede lle:nir... ¡ni un a,utomotl. de?A~:o~io se le o1urrió tomar dos caballos
_gar hasta aqui. Por ortuna, "do a paso de carga ... Perdóneme ... ¡Ah,
,del escuadron Y hemos vem
T~RESINA.

.Aurora!
,
·T sinal ·Nuestro pobre hermano!
AURORA (abrazandosele).h¡
un~ 'puñalada trapera. (Salen abraTERESINA.-Vamos,
esto
~t-Ay
zadas y llorosas.) ¡Me conocera ¡ , Virgen María! Yo, que era su niña

:d~

·preferida...
if,.
e y látigo) -Buenas noches, señores.
CEBALLOS (que en_tra con unfi":1:~ no tu ~s también, Benigno.
Tengo muchas qTue)as tuy~~•? ~l~~:a t;Joo :o la cabeza para ocuparme
FELJCIANO.-¿ u tambien.
t&gt;
·.d e etiquetas... . H b e ni ue se tratase de un perro! Nu~stro hermaCEBALLOS.-1 . ?m r '. q
aun ue ustedes no quieran.,.
no, ?Orque tamb1en e~ mi herma? O' A¿uérdate de lo que está paFELICIANO.-No digas tontenas ...
.sando...
CEBALLOs.-Bueno, ror es0 no sigo·' pero no lo olvido, ya hablaremos. ¡Hola, mediquillo.
.
.
. DR AMoRETo.-Salud, mi temente ...
CE~ALLOS (a Cano).-Beso a usted la mano.
286

1
1

( Después de un gran st"lenáo )
DR. AMORETo.-¿Qué hacemos, maestro? ¿Nos vamos?
DR. CANO. -Espere el joven colega. La jornada es larga, nocturna,
mitad a mulo y mitad en automóvil, y he oído hablar de chocolate. Yo
tengo un flaco por el chocolate, y aquí supongo que estará bien acompañado ...
DR. AMORETo.-¿Cuánto piensa usted cobrar, querido maestro?
DR. CANo.-Hay tiempo de hablar de eso. Siempre se cobra mejor a
la muerte del enfermo.
DR. AMoRETo.-Yo tenía mis escrúpulos, porque como el cuñado es
médico ...
DR. CANo.-Médico ... , médico ... Ese no es sino el marido de Aurorita; no ha hecho otra cura en su carrera: es un heredero.
DR. AMoRETo.-¡Mala lengua! El caso es que cobraremos.
Da. CANo.-¡Pues no faltaba más! ¿Cree usted que un hombre como
yo, con ocho hiJos, que ha trabajado treinta años y no ha conseguido
ahorrar para el descanso de la vejez, iba a desperdiciar estas pesetas por
consideraciones profesionales a un sujeto que tiene el diploma debajo de
la cama?
DR. AM&lt;&gt;RETo.-Vamos, maestro, no será tanto. Usted tiene fama de
guardar dinero. Es el médico más antiguo, el de más clientela, una institución.
DR. CANo.-Escuche usted, doctorcito, y sépalo y guárdelo: eri esta
tierra nadie se ha hecho rico con el trabajo profesional. Para ser rico es
necesario heredar como ése o robar como ... no me tire usted de la lengua ... (El otro ríe.)
BENIGNo.-El chocolate está preparado en el comedor.. , Vengan conmigo y yo les haré compañía, porque estas pobres mujeres no tienen cabeza para nada.

l

�1, A P L U ;\,I A
DR. CANO.-Es natural ... , no es necesario disculparlas.
DR. AMoRETo.-Además, con usted ...
BENIGNo.-Pasen ustedes.
( Después de un largo sz'lendo van entrando los mfrmbros de la famílía .)
FELICIANo.-Siéntense ... , siéntense ... , los médicos están en el comedor con Benigno. No vendrá. Es un asunto que hay que resolverl9 pronto ... ; si es que tiene solución .... yo no la veo ... ¿La ve usted, senor Henestrosa?
EL NoTARIO.-Muy difícil ... , muy difíql...
FELICIANo.-Usted, como notario, puede explicar la situación ...
EL NoTARIO.-Es muy fácil, facilísima. Don Juan Bauista es soltero ... ; no tiene ningún impedimento ... ; su fortuna está más sana que
una manzana ... ; no debe a nadie ... , a nadie... Hace tres años, por una
aberración inconcebible de su clara inteligencia y de su ... intachable
moralidad dió en tener relaciones con una muchacha, María del Pino
González ... De esto hace tres años, ¿no es eso?
FELICIANo.-Eso es.
EL NoTARIO. - Fruto de esos amores, en pugna con las leyes civiles y
religiosas, fué un hijo, un varón ...
AURORA.- Vaya usted a saber quién sería el padre.
FELICIANo.-¡Mujer!
DoÑA FRANCISCA.-¡CáJiate, Felicianol
FELICIANO.-Si yo no digo ...
.
.
.
AuRoRA,-Déjate de hipocresías y sigue._..
DoÑA FRANc1scA.-No, señor, eso no; mi mando no es un hipócrita.
CEBALLos.-Bueno ... , dejen eso ... Siga usted, señor.,. ¿cómo se llama? Henestrosa.
EL NoTARIO.-Han planteado ustedes, sin saberlo, el p~i!11er problema jurídico; ¿es realmente su hijo? Fundamento de la ~cc1on que ha de
entablar la madre por su propio impulso o por el conse10 de otros, que
en el caso que ya podemos Jlamar de autos ...
FELICIANO.-: j Un pleito!
AuRORA.-¡Un escándalo!
.
DoÑA FRANCISCA.- ¡Valsendero en poder de la cuna!
EL NoTARIO (mfrando a todos pór endma de las gafas).-Eso es ... ,
eso es...
CEBALLOs.-Pero ... ¿cómo se va a saber quién es el padre de la criatura? Me parece eso muy difícil. .. Si todos los chicos que andan_ o gatean por ahí sin padre c,onocido dan en la_ fl?r de _e~harnos_ encm~a la
pate_rnidad ¿quién podna estar seguro? Ni tu, Fehc1ano, m el mismo
Bemgno ...
288

LA PLUMA

1
1.

Au!oRA.-Deja tranguilo a don Benigno.
DoNA FRANCISCA.-Y a Feliciano ...
TERESINA.- ¡Cállate, pecado mortal...!
FELICIANo.-Al grano, al grano.
CEBALLoi..-Buen gra~o es éste que nos ha salido.
NoTARio.-Ustedes mismos entablan el pleito. ¿Es ese muchach ~
¿Cómo se llama?
Or ••.
FELICIANO (muy comptmgt"do).-Juan Bautista.
NoTARio.-¿Es Juan Bautista hijo de don Juan Bautista el nuestro?
TERESINA.-¡Pero en todo caso es un hijo natural!
Las MUJEREs.-¡Eso ... , eso! Un hijo del pecado.
NOTARIO:_(aplacando las voces).-Pues como ustedes reconocen eso
que es un hi¡o natural, ya no hay pleito ... ; se acabó...
···
TERESINA.-:-Eso ~e parecía ~ mí... Que Juan Bautista tuvo un hijo a
1os sesenta y cmco anos; pues s1 pudo, hizo muy bien. Hombre es no
afrenta as~ fama. ¿Que habla la gente? Que hable. Mas vie ·0 era
1
ham y patriarca me soy...
ra
FELICIANo.-No d~sparates, chiquilla; no es eso.
N~TARJO. -;-:- Perdoname, Teresina; demostrado que Juan Bautista
Gonzal~z es hi10, aunque natural, de don Juan Bautista López, su hermano, el es el heredero ... , toda su hacienda le corresponde toda
TERESINA.-jQué barbaridad! ·
···,
···
Au~ORA.-¡Pero eso n_o e~_la ley de Dios!
D_?NA FRANCISCA.-¡M1s h11os, los hijos de mi matrimonio, iguales a
un h110 natural, fruto del pecado!
AuRORA.-¿Y el Sacramento?
FELICIANo.-¡No vale la pena de ser honrado!
NoTARio.-Esa es la ley.
DoÑA FRANCISCA.-La ley de l?s impíos. Esa no es la ley de Dios.
NoTARio.-Es l~ ley de los Tribunales de justicia. De los jueces que
h an de dar la propiedad de Valsendero.
FE~ICIANo.-¡Vals~ndero, la tierra de nuestro padre, por él comprada
Y I;&gt;Or _el aum~ntada ... ¡Un~ cosa nuestra, nuestra, pasar de pronto a un
ch1qmllo nacido de casualidad, fuera de todo tiempo!
~O!ARI?._- Así es, a~nq~e les du~la a ustedes, aunque les parezca
una m¡ust1c1a y un sacrilegio. ( Un stlendo aterrador.)
CEBALLos.-Ese chiqui11o ha nacido con los tres entorchados.
_AuRoRA.-Eso no puede ser, aunque me lo diga el Presidente del
T nbunal Supremo.
FELI~IANo.-No nos volvamos locos ... Algo ha de hacerse para evitar
este escandalo y esta monstruosidad.

A1, .

�LA J&gt;LLJMA
LA PLUMA
NOTARIO -Ya usted lo sabe, amigo don Feliciano; se lo he dicho
desde mi ll;gada ... Yo veía un recurso ...
Tooos.-Hable, hable usted.
. .
NoTAR10.-No era cosa segura; el plei~o er~ siempre mmmente; P.:ro
nos daba una base, un cimiento_ par~ la d1scus1ón. Era obte1_1er del senor
don Juan Bautista una declaración ¡urada, un acta notanal solemne,
como todos los documentos otorgados en la hora de la muerte, en que
ex resase bajo juramento la circunstancia funda~ental de no ~~ber teniao hijos, y muy especial_mente ne_gase la p3:termdad de .. . su h1¡0 ... , de
ése ... , de Juan Bautista Lopez ... , digo, Fernandez.
AuRORA.-¿Y por qué no se ha hecho?
.
FELICIANo.-Hemos hecho cuanto hemos podido. Desde que ~enestrosa me indicó este recurso, díjome que, vista la gravedad y la importancia del documento, era conveniente...
NoTAR10.-Dije necesário...
.
,
FELICIANO.-Eso es.. , necesario que asist~es~l'I: ~orno testigos dos medicos de reputación que asegurasen que tema ¡uic10.
NoTAR!o.- Que el enfermo estaba en el uso completo de sus facultades intelectuales, eso es. (l'ausa desespera1a:J
DoÑA FRANCISCA.-¿Y qué dicen los med1cos?
FELICIANo.-Benigno, por mi encargo, les ha sondeado y contestan
que no ... , que no puede testar.
éd'
DoÑA FRANCISCA (con iro).-¿Y_ ~on Ber_~ardo Cano, nuestro m 1co
de toda la vida, el de toda la familia, tam_~1en?
,
.
FELICIANo.-También don Bernardo d1¡0 que no pod1a testar ni con
intérprete.
l ·
·
!
DoÑA FRANCISCA.-¡Ese no vuelve a poner e pie en m1 casa
FELICIANo.-¡Francisca, mujer!
CEBALLOs.- ¿Y mi médico Amoreto?
.
.
FELICIANO.-Lo mismo; ése habló de no se que vena tenemos en los
sesos y que se le ha roto a mi pobre hermano, y una cosa que llaman
la cásula .. .
NoTARio.-Esta es la situación.
FELICIANO (levantándose y mesándose los cabellos).-¡Ay, hermano 1
¡Ay, Juan Bautista!
•
l al d
DoÑA FRANCISCA. - ¡Cálmate, marido, cálmate! Pn~ero es a s u .
Te va a dar la sofocación, y si te da, ya puedes morirte, po~que don
Bernardo no te receta. ¡Ese, ni en la hora de la muerte! ¡N1 un purgante!
.
p
CEBALLOS (chasqueando inconscientemente el ldtrgo). - ero, vamos a
ver, vamos a ver; las cosas claras y el chocolate espeso.

BENIGNO (en la p,urfa).- Ya han concluido el chocolate. ¿Qué hago?
CEBALLOs. (c~n el lat1;0 levantadol.-¡Qué chiste, hombre!
Benigno, saca vino moscatel y bizcochos... Entreténun poco.
los AuRORA.-Mira,
CEBALLOs.-Emborráchalos si puedes.
BEN1gNo.-Bueno.
AuaoRA.-Háblales de medicina.
BEN1GN0.-Eso e,stamos haciendo. (Sale.)
TE,N1ENTE.-Dec1a que las cosas claras ... , claritas como el agua ... yo

~~-

,

NoTARio.-Eso eslo mejor. Claridad.
TENIENTE.-Usted, señor, .. , ¿cómo se llama? (A su mujer).
TERESINA.-Henestrosa.
,:'ENIENTE.-Usted, señor Henestrosa, ¿no podría prescindir de los
médicos?
NoTARIO.-¡Qué se ha figurado usted de mil
TENIEN~E.-¡A mí no me venga usted con arrogancias! Eso se hace
todos los d1as,
TERESINA.-1Por Dios, Antonio!
NoTARio.-Otr?s lo hará~, caballero; pero yo ...
F~LICIANo.-Cálmese, sepor Henestrosa. Nadie ha querido ofenderle.
El mismo Ceballor... , ¿no es verdad, Ceballos, que tú no has querido
ofenderle?
1:_ENIENTE.-De ninguna manera. Yo~~ he hecho sino preguntas, y
el s~nor se ha encrespado; y yo, como militar, no puedo permitir que
nadie ...
FELICIANo.-Pero si el señor Henestrosa no te ha ofendido.
AuRoRA.-No seas bruto ...
TERESINA.--Siéntate, hombre; tú no sirves para eso .. .
DOÑA FRANC1scA.-Nadie ha querido ofenderle ...
7'ENIENTE.-Bu_e~o... , bueno... , no seas melosa, estáte quieta (a su
1nu;er, que le acancza). Conste que no he dicho nada ...
. NoTAR10,--:Acepto esa explicación. Como si nada hubiese pasado ...
(tune un p_oqurt., de miedo '!L sable). ( Un silencio muy enojoso A/ fin Heneslrora ~tl{Ue). Yo,_ por m_1 parte, he hecho, en obseqmo a esta atribula?ª fa_m1ha, .ª quien qui~ro y respeto, cuanto estaca en mi poder...
(~zlenczo hosttl)... y algo mas ... ; casi me he comprometido, porque entiendo que _sobre las leyes humanas está. otra ley fundamental y eterna:
la ley de Dios...
FELICIANO (st'n poderse contmer).-Pero entonces, jinojo, si usted cree
que eso no es la verdad ... , la verdad ... !

�LA PLUMA

LA PLUMA '
DoÑA FRANCJSCA.-¡Y la justicia!
AuRORA.-¡Y lo decente!
TENIENTE.-¡Lo que yo decía!
TERESJNA.-¡Señor Henestrosa, apiádese de nosotros!
FELtCIANo.-¿Por qué no hace usted eso? (Todos hablan a la vis,

ltvanlándose.)
.
NoTARJO.~ilencio, señores, callen ... , escuchen ... , dé¡enme hablar..
FELICIANO.-¡Déjenle hablar ... ; callen, hermanos ... !¡
.
.
NoTARJo.-( Voz suav, d,spuls del tumulto.) Por eso, amigos m'.os y
clientes; por r~montarm~ del papel sellado a las tabla_s de.la otra ley, por
inter~retar mas que aplicar el texto du~&lt;;&gt; de la leg1slac1ón, por eso ~e
transigido y no he impuesto a la otorgoc1on. de esa acta que soy el ~nmero en considerar justa, pi.adosa, expresión de~ ~lma de ese po re
cue~o si pudiera hablar, mas que una sola cond1c1ón: la firma de dos
médicos al pie del documento ...
AuRORA.-Volvemos a lo mismo...
FELICIANo.-Eso es imposible; ya lo sabe usted ...
DoÑA FRANCISCA.-Nada adelantamos .._.
.
NoTARJO.-Pues yo no puedo hacer mas ... ; consigan uste~es 13: firma
de los dos médicos y asunto concluido ... (con voz de ª?'gustia, clttllona).
1Señores no pretenderán ustedes que me lleven a la carcell
DoÑ: FRANCISCA.-¡Por Dios!
FELICIANO.-¡Quién habla de la cárcel?
.
AuRoRA.-¡Somos todas personas honradas y ~emerosas de D10s1
TENIENTE.-¡Buena me la hizo don Juan Bautista!
TERESINA.-¡Calla, que es mi hermano!

• * *
BENIGNO .(en la puerta).-Los compañeros quieren despedirse. Es ya
muy tarde.
AuRORA.-¡Para lo que han hecho!
.
.
BENIGNo.-¡Cuidadol A don Bernardo se le ha subido el vino a la
cabeza.
h
· 'd
DoÑA FRANCISCA.-¡Es un borracho! Yo no sé cómo emos v1v1 o en
manos de ese hombre.
FELICIANo.-¡Más vale callar!
DoÑA FRANCISCA (a su marido).-Este notario no vuelve a otorgar una
escritura nuestra.
FELICIANO. -¡Cállate!

DR. CANO_ (muy tocuaz).-Señoras, señores: de nada servimos en este
~so; el cammo es largo y mañana hay que trabajar como todos los
d1as. Por eso nos v~mos ... ; el ~o.mpañero está enterado de cuanto hay
que h~cer y lo. hara con S}l penc1a acostumbrada ... Aurorita .. , mi señora don~ Franc1s~... , ¿que le pasa a usted ... ? Es verdad ... ; es un lance
muy tnste ... Ad1os, hermosa .. .
TERESINA.-Sí, hermosa ... Buena está la maja para tafetanes
BENIGNO (tímidamente).-¿Por qué no ve usted al enfermo a·~tes de
marcharse? Nada más que verle ...
DR. CAN?· -No hay inconveniente ... ; esa es mi obligación ... ¿Viene
usted conmigo, doctorcillo?
TERESINA.-Mire usted, Amoreto ... ; una pregunta ...
DR. CANo.-_Bueno, iré c&lt;;&gt;n Benigno...
.
(Entre et tenunlt JI su mu;er acaparan al 'f!Udico.)
AMORET?.-¿Han observado a mi compañero? El moscatel le ha hecho anarquista. Nada de bromas.
TERESINA.-Yo quiero que m1; haga usted un favor, un favor grande ... , grande ... , como desde aqm al cielo ...
AM:oRETo.-Vamos al cielo... , pero solos; éste se queda en el cuartel
con los caballos.
TERESINA.-Es&lt;;&gt; mismo ... ; v~rá uste~ ... ; es muy difícil de decir...
. TENIENTE.-Dé¡ate de tontenas ... ; mira, chico, necesitamos mi mu¡er y yo y mis chiquillos, los que tú has sacado al mundo ...
TERESINA. -Y los que sacará.
TENIENtE-Que nos sagues de un gran conflicto. Se trata de devolvernos... , ¿cuánto será, Teresina?
TERESINA. - Yo no s~... ; pero tal vez no baje de cincuenta mil duros.
. TENI;ENTE (con tos o;osfuera dtl casco).- Ya tú ves, están volando, y
tu s1 quieres, con un poco de buena voluntad, los atrapas y nos los pones en el bolsillo.
TERESINA.-Mi hermano se muere. Toda su fortuna, que es nuestra
nuC:itra, la he_rencia de n1:1_estra famil!a, ~a a parar a un chiquillo deseo:
noc1do, que dicen es ~.u h1¡0 ... un ch1qu~llo de una mujerzuela.
TENIENTE.-¡Un h1¡0 a los setenta y cmco años!
TER.ESINA.-¡Sabe Dios quién será C:l padre! Y todo esto se arregla si
usted firma una cosa· .. un papel..., di. ..
AMORETO.-·Despacio ... , despacio; pero ¿están ustedes en serio?
TENIENTE. -Y tan en serio. El notario está dispuesto a otorgar un
acta si ustedes declaran que ese bandido ...
TERESINA.¡Eso no se dice! ¡Es mi hermano!
TENIENTE. Que ese hermano está en sus cabales.

�LA PLUMA
LA PLUMA
TERESINA.-Nada más que una firma ... , una firmita ... , así.•.
AMORETo.-¡pero si eso no es posible!
TERESINA.-No diga usted que es imposible. Si mi hermano estuviera en su juicio lo haría. Puede usted creerme, lo haría.
AMORl!:TO.-¿Pero qué es lo que haría?
TERESINA. -Pues declarar que ese chiquillo no es suyo; que su herencia, la nuestra, la de la familia, es para nosotros... para quien debe ser...
No diga usted que no ... Así, así me gustan los amigos. ¡Viva mi médico!
DoÑA FRANCISCA (acudiendo con los otros).- ¡Gracias a Dios!
AuRoRA.-¿Será verdad?
L
AMORETO. -iPcro si yo no sé, si no he dicho nada!
TERESINA.-Lo ha dicho, lo ha dicho. ¡A callarse pronto!
TENlENTE.-jErcs un amigo!
TERESINA.Y Juego dirán ustedes que yo no sirvo para nada ... , que soy
una loca.
,
AMORETo.-Pero, espere usted, señora; déjeme pensar...
TERESINA. No se piensa. Señor Henestrosa, venga ese papel..., pronto ... ¿No lo tiene usted preparado?

* * *
(1 odo es movímt'enlo, alboroz".)
DR. CANO (seg·uído de Ben~g·no y aon Felidaffo).-¿Qué o~urre? ¿A usted también le han dado el atraco? Pero.. ¿estao locos? ¿Como se les ha
podido ocurrir que fuéramos capaces...?
TERESINA.-No venga usted a aguarnos la fiesta. Aquí no se ha~e sino
lo que yo digo. Amoreto está dispuesto. Henestrosa tiene eso escnto ya.
A firmar ... , a firmar ...
DR. CANO.-Tranquilícese usted, hermosa. Usted es una niña; usted
no sabe de esto; estas son cosas para tratarlas serenamente... Usted,
Amoreto, listed no firmará eso.. . ; no lo firmará, no, señor.
AMORETo.-¡Si yo no he dicho nada!
.
DR. CANO'.-Ya lo suponía yo. Y usted, Henestrosa, tampoco suscnbirá esa falsedad.
HENESTROSA.-Atiéndame usted, don Bernardo, Atiéndame usted . Yo
he dicho que si ustedes, los técnicos, me asegura~ que el señor don Juan
Bautista está en el uso perfecto de sus facultades mtelectuales ...
DR. CANo.-Eso es una cuquería ¡:,ara no perder la clientela. Usted
sabe, como yo, COJDO todos, que don Juan Bautista está como un tronco.

HENESTROSA.-No, no. Si ustedes afirman que no tiene capacidad legal, n? hay na~a de lo dicho ... Aquí está el acta, y la rompo. (Con tl
ademan, pe10 sm romperla.)
DR. CANo,-Rómpala, rómpala, y olvidemos todo eso. (El otro no la
rompe.)
TERESINA. P~r~ce !11entira; nunca_lo _creí en us_ted. ¡Mis hijos!
A~~oRA.-Ni siquiera por companensmo, sabiendo que mi marido
es medico.
BENIGNo.-¡Mujer!
DR. CANo.-¿Pero están locos?
DoÑA FRANCISCA.-Bien agradece la fidelidad que le hemos guardado ... , el dinero que le hemos dado.
FELICIAN0.-1Mujer!
DR; CAN~.-Eso no lo aguanto! ¡P~es no faltaba más! Yo soy el hombre ma~ pacifico ~e! mundo ... ; yo sere un pobre diablo ... ; yo sere un
desgrac.1a~o practico~ ... . ;_ lo que ustedes merecen. Quieren notabilidades, pnnc1pes de la c1enc1a por tres pesetas. Pero hacer una porquería ...
.TENIENTE.-¿Quién habla de _porquerías? Tenga usted en cuenta con
qmen habla y en la casa que esta.
FELICIANo.- Señores, señores ...
DR. CANo.-¡No le tengo miedo al sable! ¡A nada! ¡Pues no faltaba
más! Haber trabajado treinta años, rompiéndome el alma para sostener
o~ho m':1chachos, agua~tando las i~pertinencias de todo; y las porquer,as,. y siempre c9n la nsa en los labros, ¡de dientes a fuera, y los tengo
postizos!, con mas ganas de morder que de reir, para que ahora a última hora, vengan a proponerme una infamia...
'
TENIENTE, -Esas palabras se las traga usted.
T ERESINA.-¡Por Dios, Antonio!
FELICIANo.-¡Señores, señores!
LAs MUJEREs.-¡Qué escándalo!
. DR_. CANo.- ¡Que no m~ las trago, ea, ciue no me las trago! Es una
mfam1a eso que ustedes qmeren hacer ... Gente rica, que ni siquiera tienen la disculpa que podnamos tener nosotros ...
HENESTROSA.-No hable usted por mí.
A1110RETO.-Yo tampoco, maestro, me hago solidario ...
D1&lt;. CANo.-Peor para ustedes. Pues ... que podría yo tener!. .. la disculpa del dinero ... , de la vida dura ... , de los años... , de todas las miserias y de todo el dolor de la vida, la tentación de unos billetes· ganados
sin trabajar. ¡Vamos, hombre, vamos!
TERESJNA (/uriosa).-Usted es un envidioso ... Usted hace eso porque
no le he llamado como médido, sino a Amoreto .. .

29-4
2

95

'

'

�LA PLUMA

LA PLUMA

I

DR. C'I.NO.-(Queda en silencio como si fue1a a decir una cosa muy
gorda y después sigue.) No diga boberías, señora ...
TKRESINA.-¡Qué fino!
DoÑA FRANCISCA.-¡Groserote!
DR. CANo.-¡Es que me subleva pensar que ustedes imaginasen que
se me podía comprar!
FELJCIANO.-Pero si no es eso ... , no es eso ...
DP. CANo.-Yo no sé lo que pensaría si oyera estas cosas ~se pobre
hombre que está muriendo arriba solo, como un perro; pero sr pensara
como yo agarraba todo esto ... , todo esto que '.1 ustedes les p~rece su herencia legítima, una cosa sagrada ... , y casa, uerr~s, agua, dinero_, se ~o
daba a ese chiquillo, a esa pobre criatura que tra10 a esta perra vida ~m
pedirle permiso, antes q1;1e dejarlas caer en manos_ de gente q~e no tienen corazón ... , que no tienen corazón... , que no uenen corazon ...
FELICIANo.-¡Está loco! ¡Nunca hubiera creído esto en un hombre
como usted!
DoÑA FRANCISC'A.-¡En la casa de un moribundo!
AuRORA.-¡A una familia honrada!
.
A~10RET0.-¡No hagan ustedes caso, por Dios, es que se le ha subido
a la cabeza el vino moscatel...!
TKRl&gt;SINA.-¡Borracho! (Llora mny nerviosa.)
AMORETO (queriendo conciliar)..-1Sí, es eso! ¡Sí, es eso!,
DR. CANO (desde la puerta).-&lt;.¿_ue no tienen corazon. ¡Adiós... !
¡Adiós; .. !

* *

*

LA SRTA. IsABEL (apareciendo con el cura Aparicio. P,irecen d~s curas¡
ne1¡Yos, flacos).-¡Qué profa~a~ión es esta en la ~asa de un moribundo.
·No hay temor de Dios! ¡N1 piedad para sus cnaturas! (Habla en voz
~,ya, trz'ste, reservada; pero en el s~lenáo profundo que se hace a su prcsenda se oye como la voz dt un predicador.)
'Tooos.-·,Ay hermana Isabel...! ¡Si supieras lo que ha pasado ... , ese
'
•
,
1
don Bernardo ... , borracho ... , 1mp10 ....
FELICIANO.-¡Ay, mi santa hermana Isabel!
.
IsA»EL.-Vamos ... , cállense... , piensen en el ~obre Ju3:n Bautista,
que está luchando con las ansias de la muerte ... ¡S1 me ~ub1eran hecho
caso, nada de esto hubiera pasado! Pero ustedes, empenados_ en co~as
del mundo ... , médicos, escribanos ... ¡Estas son cosas de D10s y Dios
sólo las resuelve!
.
TENIENTE.-( Voz baja, entre dz'entes).-¡Fíate de Dios!
296

ISABEL (que pa_r~ce haber oído).-Hay que fiar en Dios sí señor. •No
es eso, don Apanc10?
'
~
Dor-. APARICIO.-(V~z tonante de gañá11).-¡Sí, señora hay que poner
toda la confianza en Dios!
'
IsABKL.-¡Feliciano!
FELJCIANO (acudiendo).-¿Qué quiere mi santa hermana Isabel?
. !sABEL.-~aga a ~s&lt;;&gt;s se~ores y que se vayan ... , estas son cosas de famrha, despues_ me d1ras el importe de la cuenta... , llévate a Benigno y ...
a ese... , al teniente ...
. FELICIANO.-Señores... ¿quieren ustedes seguirme? Tú también, Bemgno ... Tú también, Antonio ... vengan...
·
ISABEL.-¡Aurora!
AuRoRA.-¿Qué quieres?
. lsAB&amp;r..-;-Ve con nuestras hermanas a la alcoba del pobre Juan Bautista, a~rod1Iladas y rezando ... , no piensen en otra cosa .. ,
,
DONA FRANCIScA.-¡Eres una santa! (Todos salen, quedando la santa
J' el cura; p,irece que la casa es un cementerio, tan g, ande ts el süencio.)

* * *
lsABEL.-¿Cree usted que todo está arrcelado, _don Aparicio?
APAR!cro.-Todo ... , pues no faltaba mas ... ; dispuestos a cumplir la
ley de Dios ...
lsAB&amp;L.-Dígales que pasen. (E: cura sale,y elta por un viejo hábito de
or_'!_en arregla la habitación; cuando el cura mtra co~ las dos mú;eres y el
mno, Isa~el está sentada.) Entren, entren y siéntense.. .
TfA CATALINA.-Buenas noches tenga su merced .. .
MARfA DEL PINo.-Buenas noches, señora...
lsABEL.-Buenas noches ...
~YARICIO. · (Voz de mando.) A sentarse ... , no tengan miedo ... ; aquí
nadie se las va a comer...
CATALJNA.-Ya sabemos que el ama es muy buena ... ; siéntate, mi
hija.
lsABEL.-¿Ese es el niño?
PtNo.-Sí, señora; está dormido ...
CATALII\A.-No hace más que mamar y dormir...
lsABEL.-¿Qué edad tiene?
PINo.-Un año por la Naval...
CATALINA (descubriéndole).-Mírelo, señora; ¿no se le parece a su
padre?
APAR1c10.-¡Vamos al asunto!

'

.

�LA PLUMA

LA PLCMA

P1No.-El pobrecito se ha a~ustado .. •
1
CATALINA.-·,El señor cura tiene una voz....
ú
·¡ a·o)
. , d l)
D'os
lo haga un santo. ( n st en .
1
O
ISABEL (cubnen o , ,1
•
lpadre ?) •Y don Juan
Prno (muy bajo).-¿Y ... (Va a uecir: ¿y e
... e ...
Bautista?
,
.
· 1
lsABEL.-Muy mal está ... ¡Dios 1e prot~Jª:
D'
ue no tiene conocimiento.••
.
CATALINA.- icen q d , d . ? Parece que está dormido ...
lsABE1.-¿Quién lo ploh~!ª ec(Pino a"'n'eta al chico contra su seno,
CATALINA.-Como e 1¡0...
r

iºnstz'ntivamente.)
he dicho tía Catalina, que es necesario no habla~
APAR1c10.-Y~dle h'º
. ~o hay que estar jugando con el pecado ... ,
más de padres m e ~¡os ... ,
haga usted como ~u hiJª··;
_
ura . es cosa de la costumbre... ,
CATALINA.-Tiene razon, senor c
... ,
.
como don Juan Bautista siempre le llama~~~:~~~bres ... (Pausa lar1;a.
APARIC10.-Malas costum~res·:·• ma~a
estápendientesu oído de los
Fl padre e[ h'{jo duer~un. P.di_n,o
la puerta por donde se va
ruidos interiores; sus o;os se is raen
al dormitorio.) ,
,
?
lsABEL. - ¿Y tu estas conforme h dºcho lo que tiene que
CATALINA.-Sí, señora ... ; el senor cura nos a i

y

tzen~:rt'J·º/a

hacer.
.. la usted , t1'a Catalina ...., déjela que responda por sí
lsABEL.-Deie
misma.
.
s ue la señora te pregunta?
CATALINA.-Habla, mf uier ... ; ¿nto dJlo qque mande la señora. (l!.l cura
PINo.-YO estoy con orme con o

aprueba.)
y0
ando . yo soy tu ama, pero éstas
lsABEL.--- No, no es esdo.
no r:_n a lav~/la ropa ... Esto es otra cosa.
son cosas que se man an como ir
. ?
cosa de conciencia. ¿Qué te _dice a ti la conciencia.
. . ?·
CATALINA.-¡Responde, muier~
dí .1qué te dice 1a conciencia.
bl
V
lsABEL.- amos, , ,;
b b
tan bien que sabes ha ar, Y
CATALINA.-Parece que eres o a ... ,
ahora te callas...
.
h ºd muy mala .. que ha cometido
APAR1cro.-Pues le dice que a si ~
. '
pecado y que está siempre arrepentida.
lsABEL.-¿Es eso, Mari~ del P~no?_ a
.
·Pum (con la cakeza ba;1a).-S1i s~blrg~~ión de reparar la falta, de ev1lsABEL -Pues s1 es as1, tienes a
,
eso?
tar que pecado sea más grande y mas negro, ¿no es
.
PINo.-Sí, señora...
·

E~

ei"

lsABEL.-Tal vez se te habrá ocurrido, tal vez alguien te habrá dichogue ... ese niño tendría derechos a la fortuna de don Juan Bautista, mi
liermano .
CAT.~LINA.-Nunca faltan diablos tentadores ...
APAR1c10.-Lo que yo he dicho. Toda esa gentuza que viene brindando protección es por su interés de ellos ... , lo menos que ellos piensan es en favorecerla, sino meterla en líos de curié\s para hacer su agosto
y molestar a una familia honrada. ¿No te he dicho eso?
Prno.-Sí, señor.
faABEL.-¿Y qué has decidido? Porque tú eres la que tienes que decidir. (Pino, con /.os ojos dt'latados, mira hada la puerta donde agoniza
Yuan Bautista.) Vamos, mujer, responde ... ¿Qué te pasa?
PtNo.-¡Escuchenl ¿No oyen? (Efectivamente, se oye un murmullo lejano I tenue.)
IsABEL.-Son mis hermanos que rezan ... &lt;.,St"tencio... Ella también reza
en voz baja. El cura se levanta y rierra la puerta.) Amén ... Con que vamos a ver hija mía: ¿qué decides?
PINo.-Lo que usted mande, señora; lo que quiera ...
APAR1c10.-Es una buena muchacha ... , ya hemos hablado; yo he redactado la declaración ... (Sacando un plz'ego.)
IsABEL.-Es~ere, don Aparicio. No te aflijas ... ; vamos... , tú tienes
confianza en mi. ..
PINo (con toda el alma).-¡Oh, sí, señora!
CATALINA.-¡Sí, señora: su merced es una santa! ¡Don Juan Bautista
lo decía siempre!
IsABEL (un poco fuera de quício).-Hágame el favor, tía Catalina, de:
hablar lo menos posible, y sobre todo de no mentar a mi pobre hermano. Usted ha tenido más culpa que esa pobre muchacha ...
CATALINA.-¿Yo, señora?
lsABEL.-Usted, sí: si hubiera usted cuidado y aconsejado a su hija
no hubiera llegado a este caso...
,
.
CATALINA.-Señora, usted no conoc1a a don Juan Bautista. ¡Cualquiera le atajaba cuando se Je ponía en la cabeza un capricho!
APAR1c10.-Lo que fué, fué. Dios tenga misericordia de los pecadores.
IsABBL.-Tiene razón, señor cura. (Se recoge en silencio.) ¿Tú no
crees, verdad, María del Pino, que esta casa que fabricó mi padre y donde todos nosotros hemos nacido, y esos campos, y esos estanques, y
esas acequias, toda esta bendición de Valsendero pueda ser de tu hijo y
tuya?
Prno.-¡Oh, no, señora!

�LA PLUMA
lsABEL.-Aunque ese niño fuera de Juan Bautista ...
P1No.-¡Por la santísima Virgen del Pino, que lo es, señora!
CATALINA.-¡Su hijo .. . , de su propia sangre.. . ; mi hija es una mujer
formal!
ArAR1c10.-¡Silencio, silencio! ¿No he dicho que no se hable de ~so?
CATALINA.-Pues si dicen ...
APARIC10.-¡Silencio repito!
hABEL.-Pues... aunque lo fuese ... , es un hijo concebido en pecado
~orno las bestias ... , no es el hijo del matrimonio consagrado por la
Iglesia ...
ArARlcro.-Eso es.
lsABEL.-Nunca podrá aspirar al derecho divino que tienen los hijos
legítimos de heredar a sus padres.
APAR1c10.-Eso es.
lsABEL (con gran dureza).-Esta casa, esta hacienda, todo lo de mis
hermanos, que era antes de mis padres, pertenece a mi familia, a mí, a
mis hermanos, y a nuestra muerte pasará a sus hijos legítimos, y de ellos
a los nietos, de generación en generación. ( Un gran silencio.) ¿Estás conforme?
P,No (besando al chiqui'llo).-Sí, señora.
CATALINA.-Bueno ... ; pero me dijo el señor cura ...
lsABEL (con su voz natural).-Cállese usted, tía Catalina. Esta pobre
criatura no quedará abandonada; no, señor. Eso no sería cristiano ...
CATALINA.-¡Su merced es una santa!
lsABEL.-¿Cuánto me dijo usted, don Aparicio, que ... convenía entregar a esta muchacha?
·
APARrcro.-Yo creo ... , después de pensarlo bien ... , calculando en
conciencia ... , ¿qué le parece a usted de la casita que está a la vera del
camino Real, muy propia para posada, con el huertecito para cría de
-c erdos, y tres mil setecientas cincuenta pesetas?
CATALINA.- ¿Cuántos pesos son esas miles de pesetas?
APAa1c10.-Son mil pesos del país.
ISABEL (después de un 1;ran sílencio, midiendo las palabt-as).-¿N? les
convendría más, en vez de esa casa y ese huerto, tomar otras tres mil ~etecientas cincuenta pesetas ... , otros mil pesos? Siei:ito una repugnancia,
que no puedo remediar, al dedicar un pedazo de tierra a est~... asunto.
El dinero es de todo el mundo, pasa de mano en mano; la t1er~a es cosa
nuestra. (No habla para los presentes; habla para_ otros seres tqanos.) Es
nuestro cuerpo y nuestra alma; es como el apellido ... (y se calla). Bueno. ¿Qué te parece mi proposición? Dos mil pesos.
P1Ko.-Lo que madre quiera.
300

LA PLUMA
lsABEL.-¿Está conforme, Catalina?
CATALINA,-~¡ esa es _la voluntad de Dios y de la señora ...
, APAR1c,ro,-:-S1 es, mu1e~¡ es la voluntad de Dios. No hay que pensar
mas: ~qm esta ~a declarac10n. Voy a avisar a los dos testigos Lucas el
sacnstan y Santiago el mayor.
'
lsABEL.-Y yo, a traer el dinero.
CATALINA.-No se mo!cste su merced ... ; otro día ... ; hay confianza.. ►
Is~sEL.-No; ahora mismo. Esto debe terminarse esta noche.

* * *

1

j

, (Las do,_s mujeres, madre e hija _quedan solas. Por la puerta, que dejó
•~ter/a dona Isabel, se oye el rezo ÚJano de las mujeres que ayudan al moribundo. Las dos att'sban_ con o_jos,de espanto)
CATALINA (en voz baJ~).-¡Estan ;e;ando! ¿Se habrá muerto.. .? No me
parece ... Do_I? Juan Bautista se moma ~l salir la Jun~··· ~o te aflijas hija;
tooJ semos hi1os de l~ muer~e ... Dos mil _pesos... As1 están mejor las cosas: .. No llores, mu¡er... ; piensa en la criatura... ; le vas a dar de mamaralc1bar ... ¿Qué te pasa?
· P~No.-Tengo miedo, madre ... ; paece que voy a ver entrar a don Juan.
Bautista...
CAHLINA.~No seas tonta ... ; reza ... ; reza por su ánima ... (Las dos
rezan en voz baJa.)
ISABEL, (entrando ~omo una sombra,y cerrando la puerta, trae dos taleg~s con dznero).-As1 me gusta ... ; rezando ... ; es0 pacifica ... Aquí está el
dmero ... en duros .. . , en paquetes de quince ... ; vamos a contarlos.
_CATALINA.-¡Si no es preciso! Si su merced los contó bien contadoesta.
'
IsABEL.-No, las cosas como Dios manda. (Y sobre la mesa e.rtienae
los paquetes envueltos en papel _de estraza. /:!,tia y Catalina Los cuentan).
ArA~1cro (con los dos labnegos).-Aquí estamos, se habían dormid(}
en el pa1ar.
LucAs.-Buenas noches, mi señora doña Isabel. ..
IsAnEL (contando).- Buenas noches, Lucas.
SANTIAGo.-Buenas y santas, señora.
lsABEL.-¿Cómo está su mujer?
S.om.t.Go.-Siempre rabiando ...
IsABEL.-Todo sea por Dios. Siéntense. Ya saben que les agradezco
mucho la caridad que nos hacen ...
LucAs.-Es con voluntad ...
SANTIAGo.-Siempre estamos a lo que guste mandar su merced.
301

..

,

�LA PLUMA
lsABEL.-Lea usted, señor cura.
APA Rtcro.-Atiendan. Usted también, tía Catalina:
~En el lugar de Valsendero, a diez y seis de octubre de mil novecien»tos diez y seis, Y.ante mf, el cura P,árroco _d~ Andux, co~parece espo~»táneamente Mana del Pmo Gonzalez y Miron, soltera, h1¡a de Franc1s»co, ya difunto, y de Catalina, y después de juramento en forma,_ como
»católica apostólica, romana, de cuya gravedad le amonesto, y dice es»tar cnte~ada, declara: que cumpliendo deberes de conciencia, y en evi»tación de daños que puedan irroga~se a la sociedad y de pecado a -~u
»alma, que quiere para Dios que fue su ~reador,, confiesa que su ~1¡0
»Juan Bautista González, P?r ell3: recon?c1do, seg~n c?nsta e~ la partida
»bautismal de esta parroquia al hbro pnmero, foho ciento cinco, no ha
»sido habido de relaciones ilícitas con el señor don Juan Bautista López
»y Acebedo, con el cual declara, de hoy para. siempre y bajo la fe del
»juramento hecho, que n_unca tuvo otras rela~1~nes que las de una bue:
»na amistad y agradecimiento por favores rec1b1dos. Y entera~a por rn1
»de que esta declaración ha de_ ratific~~se_ ante el señor provisor de la
»Diócesis y por ante el notano ecles1ast1co, para que c9nste en todo
»tiempo, la afirma y aprueba en todas sus partes, no _hrmandola porque
»dice no saber. Hácelo a su nombre uno de los testigos rogados y lla»rnados al efecto, que lo son don ... y don._..» (.lf1tv, contento y muy fresco, esperando el aplauso de la concurrenci,i.) ¿Estan tod?s con~on:1es?
¡Corto y severo! Está todo y no sobra nada. ¿Le parece bien, rn1 senara
doña Isabel? ( f!.sta no responde sino con la.cabe~a, está contando el dinero
con Cataüna, que lo guarda.) ¿Y a usted, Catalina?
CATALINA (qtte no ha entendt"do) -Sí, señor; muy bien.
APAR1c10.-¿Y tú, niña?
Prno (con un arranque cívlco).-Mi hijo es don Juan Bautista. ¡Así
vea mi alma en el cielo!
lsABEL (se detz"ene, e úzstinli·vamente echa mano del di'tzero que está en
poder de la tía Catalzna).-¿Qué dices?
.
CATALINA.-¿Y quién te dice que no? ¿Quién lo sabrá t_Tie¡or que_ tu
madre? Pero eso no quita que hagas eso ... , eso que dice el senor
cura.
APARICio.-¿En qué quedarnos? ¿Están conformes o _no_ con lo _q_ue
.dice la declaración? ¡Aquí no estamos para aguantar capnch1tos de mna!
PINo.-Sí, señor cura, yo estoy conforme ... ; en eso es~a~?s ... , eso
es lo convenido ... ; pero yo quiero que ustedes sepan que m1 h1¡0 .. .
APAktc10.-¡Bah, bah, ba!1! Ya_lo sabemos. Nada, señores, a ~rmar.
Usted Lucas que escribe mas aprisa, ponga la antefirma: «por m1 y por
Ja decÍarante: no saber firmar». (Sig uiendo con la ústa, doña Isabel aflo302

LA PLUMA

1
1

1

1

\

1

_jala mano, y el dinero pasa a las de la tia CataHna.) Eso es· ahora su fir. ma, como usted acostumbra.
'
LucAs.-¿Está bien?
AP~1uc10.-Perfectamente. Ahora usted, Santiago ... , aquí.. ., vaya
.despacio ... , no se ponga nervioso. Eso es.
SANTIAGo.-Est?Y _sudando, _se~or cura; la fart.i. de costumbre.
. APAR1c10.-Esta bien ... , esta bien ... , la rúbrica ... , una raya... ; muy
b1en.
SANTIAGO.-¡Uf! (Soleando ll!pluma como un hierro candente.)
APAR_IC~o.-Ahora, yo. (Se sienta y firma como un juez, satisfecho de su
obra.) Frn1s coronat opus. (Levantándose.) La enhorabuena doña Isabel·
la enhorabuena, María del Pino.
'
'
IsABEL.-No me olvidaré de tu hijo. Críalo en el santo temor de Dios
y de los hombres.
CATALINA (Y!ºendo, con l~s dos bolsos m la mano).-Por fortuna, es
hom~re, y no tiene por que temerles. ¿No es verdad, mi hijo? (Los testz"gos rien serenamente.)
SANTIAGO (nºendo).-¡Mardita vieja!
FELICIANO (en la puerta, los brazos al cielo, voz de duelo).-¡Ay, mi
santa hermana _Isabel! ¡Nuestro pobre hermano Juan Bautista ha muerto!
IsABEL.-¡D1os lo ten~a en su gloria! (Se abrazan; después, lentamente,
d~~aparecen; los dos testztos se acercan a la puerta curiosamente. Madre e
ht7a se levantan con el niño en brazos; están Junto a la ventana, por donde
entra un rayo de tuna.)
CATALINA.-¿Lo ves? Se _ha mue_rto al salir la luna. (Aferrados sobre
.el pe~~o los dos ta_legos de dinero. Pino ha abrazado, llorando en süencio
al nino, que despierta.)
'
.t\P~R1c10.-Bu~no, váyanse. ¡Hola! Se ha despertado y se ríe. ¿De qué
se r~1ra este angelito_? Vaya, mujer, no llores ... ; ya ves como el chiquillo
sen~. Vaya, formahdad. Ahora a hacer una buena vida ... , a seguir el
&lt;:aromo que marca la ley de Dios.

LUIS Y AGUSTÍN MILLARES

303

�LA P L U ,\1 A

PÁGINAS INACTUALES

DE UN CURIOSO GUANTERO ...
le han caído a Vm. en gusto aquellas niñerías, yo le
quiero enviar con la primera ocasión dos docenas de pares de
guantes, la una para hombres, la otra para damas. Será cosa
rara enviar de Francia a España guantes; eso es lo que
busco: que se conozca que séyo enviar de donde vivo a otras partes en
lo mismo que piensan que allá poseen, ni lo quieren buscar ni conocer;
que ya se van haciendo las provincias casi todas a la imitación de la
China, que no estiman ni permiten admitir de Juera a nadie. No es donaire, señora, lo de los guantes, aunque haya sido invención mía; que tal
lindeza, tal blandura, tal color, tal olorcillo, tal nobleza de guantecillos
no se ha visto; que yo aseguro que desde el mayor hasta el menor los celebren, como niñería nunca se celebró. Pero advierta Vm. allá que no
son de mi pellejo, porque no les crezca la gana de desollarme más de lo
desollado. Suplico a Vm. dé dellos a aquellas personas que me aman,y
juren ellos si tiene Antonio Pérez buena elección en conocer pellejos de
otros, que del pellejo adentro no es mi sciencia. De las damas, yo aseguro que no falten gracias por la invención de los guantecillos, porque
UES

W

sin la novedad (m
del
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del/ Ad: .
~y
gusto ellas) Las meresceri por la lindeza
os.h ¡¡ viertan. bien. los que se picasen del g ustO de
l os guantes que
·
no se za an en tas hendas, que no todos los saben hacer Ale ·andr;
aim para artijice de guantes busco yo Alejandros, los h~ce ~olo , que
e~ menester entrarle pidiendo guantes de Antonio Pérez s· . , y a::.n
ltp JI¡
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• t mi amo ree . os a ca~zara, yo creo que no usara de otros, porque son de a uel
olorczllo, y m~ores en la dulzura, salvo el Ouuante salvo di;uo el q
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t
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o ,
resPeco a guante e rey;!' que holgara con el guantero, porque era ran
persona• en buscar artífices
de lo que había menes~er
-ral h acen ¡os reyes
g
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• .1 ,
que quz~re~ ser reyes, y tal los que no lo quieren ser, según la obra a
que se inclinan; porque no hay artijice que obre sin instrumentos y lo
hor:z,bre: no so~ si~~ instrumentos, cada cual para cada cual efecto;;
asi decia no :e ~uzen, y yo lo refiero no sé dónde, que de la elección que
hacen los prmctpes de personas o instrumentos se ha de hacer el juicio
~l natural de. cada uno Y del fin que llenan; como también del parade10, por el cammo que cada uno sigue.
ANTONIO PÉREZ
Carta a doña Juana Coello, su mujer.

�LA PLUMA

T E A T R O S

EN TORNO A "DON JUAN DE ESPAÑA"
os mitos antiguos eran representaciones impersonales y colectivas. No se proyectaba en ellos, como el cuerpo en su sombra, el
alma del individuo, todavía indiferenciado y casi inconsciente de
·
su personalidad, sino la de los pueblos de quienes eran creación
y égida. Por eso al mundo contemporáneo le son extrañas las mitologías del Oriente y de la civilización grecorromana; las comprende en toda
su belleza simbólica el intelecto; pero no palpita a su contacto el corazón. Son
hermosas momias o fósiles de la mente, que la mente explica, pero que nada
dicen al sentimiento del hombre actual.
Los pueblos modernos han perdido la apetencia de divinidades colectivas.
El olimpo se ha quedado siu dioses. La última gran mitología ha sido el cristianismo, que es el mito de la divinidad absoluta sucumbiendo-como todos los
mitos de nuestra época, y ese es su punto de enlace con ellos-a una realidad
de valores relativos. El último pueblo que ha intentado revivir una mitología
racial del pasado es el pueblo germánico, el menos individualizado de los pueblos, levantándola de sa sarcófago al conjuro de la batuta de Wagner; pero
desvanecida la magia del primer momento, el público de nuestros días, en Alemania corno en el resto del mundo, comienza a ceder al tedio de esa resurrección de héroes y monstruos de una mitología sólo susceptible de movimientos
galvánicos.
El hombre moderno exige mitos individuales, representaciones, no de este
el
otro pueblo, sino del hombre en su eseucia, en sus últimos anhelos. Así
0
306

nace~ los mitos del Quijote, de Don Juan, del Doctor Fausto y toda la rica mitologia shakespereana. El número de creaciones mitológicas en la edad moderna es sorprendentemente reducido. Los héroes literarios son o demasiado loc~les o demasiado efímer?s, y pocos dejan rastro algo duradero de su paso,
bien sea porque la gestación de cada una de estas criaturas universales necesita de un laborioso proceso de siglos, para cuajar en una nueva síntesis artística
~el espíritu humano, bien sea porque la apetencia de ideales arquetípicos, de
tipos sobrehumanos o simbólicos, no tiene en el hombre y en la civilización de
nuestros días la agudeza que en otras épocas. Dijérase que el hombre contemporáneo no sueña ni crea nada grande porque le solicita y ocupa con exceso la
vida social mecanizada de que es prisionera y víctima la suya individual y org~ni~a. Es tan _tiránico el ritmo de la sociedad de nuestro tiempo, que no deja
s1qu1era espacio para detenerse a concebir la tragedia del hombre moderno.
Y, sin embargo, a falta de nuevos mitos, se trata de renovar los antiguos.
Este es el caso del Don Juan, que en el breve término de dos o tres años ha lo•
grado varias versiones escénicas y algunos nuevos ensayos de interpretación.
El fenómeno es tan curioso y expresivo, que bien merece un breve examen. ¿A
qué se debe este prolífico renacimiento de Don Juan, el cual, asi como el Cid
ganaba batallas después de muerto, renueva incesantemente sus conquistas
para el arte desde los infiernos, adonde lo condenó su creador originario? ¿Será
porque ninguna d~ las formas en que basta ahora ha encarnado posee ese contorno y hábito de universalidad que caracteriza a Don Quijote, a Hamlet y al
Fausto de Goethe, haciéndolos insuperables y aún inimitables? ¿O será porque
el Don Juan no es más que un mito histórico que necesita, por lo tanto, modificarse al compás de la historia y las mutaciones sociales? Dicho de otro modo:
¿Es una categoría humana eterna, sujeta a eterno conflicto, o está condicionada
por circut!stancias históricas que, si varían, la pueden también hacer variar y
acaso desaparecer un día como símbolo artístico? En esos interrogantes queda
formulado todo el pr&lt;!&gt;blerna del Don Juan.
La mayor parte de las creaciones del Don Juan tienen una raíz marcadamente histórica y están sometidas a condiciones de lugar y tiempo. Don Juan
es inicialmente un acto de rebeldía eontra las normas y costumbres de la Edad
Media, troqueladas en un sistema religioso que tiene por fundamento la concepción del pecado original y que siempre ha visto en el amor un sentimiento
pecaminoso. Don Juan es el hombre sensual del Renacimiento, el hombre que
quiere romper la densa red de obstáculos en que se debate lo espontáneo de
su naturaleza, sus instintos y sus emociones. Es el hermano meridional del
307

�LA PLUMA
Doctor Fausto, el otro gran insurgente contra la Edad Media. Sólo que Fausto
quiere ser libre en el pensamiento y en la vida; la suya es una rebeldía integral contra todos los límites espirituales y sociales del mundo que aspira a superar. Don Juan, en cambio, es un díscolo de poca o ninguna cabeza; el pensamiento no le estorba y no hay para él conflicto de la mente; es un hombre fisiológico y a lo sumo sentimental, y en este plano es dende Don Juan se entrega
a una anarquía sin freno. Su drama es el de un pagano quP. aspira al amor absoluto, infinito en sus variedades y accidentes, y cae en conflicto con un tipo
de sociedad en que el amor está regido severísimamente por una alianza im •
placable de la monogamia y el catolicismo; un deseo sin límites que busca la
materia donde realizarse en un mundo moral de muy limitadas posibilidades.
Se comprende que este amoralista hallara poca simpatía en su primer creador y e n los inmediatos imitadores, que toman partido contra Don Juan Y lo
arroj an a lo¿ infiernos en castigo a su perversidad, para alivio de tanto crimen
y tanto honor mancillado. Pero ya en Moliere, aunque siga la tradición de despedirle a los infiernos, bien se advierte en toda la obra una recóndita simp atía
por Don Juan frente a bs pretendidos fueros de una sociedad burlada, singularmente en las palabras finales que pone en boca de Sganarelle, rezumantes
de ironía. Dice así el acomodaticio sirviente: «¡Ah!, ¡mi soldada, mi soldada! He
aquí satisfecho a todo el mundo con su muerte. Cielo ofendido, leyes violadas,
muchachas seducidas, familias deshonradas, padres ultrajados, esposas dejadas
en mal lugar, maridos empujados al extremo: todo el mundo está conte nto;
sólo yo soy desgraciado. ¡Mi soldada, mi soldada, mi soldada!• Con esta conclusión humorística supera Moliere el concepto rnedioeval del Don Juan.
Conforme pasan los siglos, este conflicto del deseo con la sociedad se atenúa, y Don Juan desgas~a poco a poco su cot•1rno trágico. En ciertos países no
se concibe hoy el Don Juan de la tradición, y ha habido un dramaturgo, Bernard Shaw, que ha hecho en Hombre y superhombre, la caricatura del donjuanismo, presentando al nuevo Don Juan seducido y sojuzgado por una ~u~e~.
Acaso el mito futuro esté destinado a desenvolverse en Doña Juana. H1stoncarnente, el Don Juan tradicional no se comprende sino en la linde entr: la
Edad Media y la Moderna, Es inexplicable en Atenas o Roma, o en el Pans o
Berlín de nuestro tiempo, y mucho menos explicable en la Polinesia o cualquier otro país de costumbres sexuales poligámicas o promiscuas. En suma, el
mito de Don Juan, en tanto que conflicto del deseo ilimitado con socied_ades
que, por conveniencia o peculiaridad ética, lo limitan, no tiene valor umver308

LA PLUMA

\
1

sal ni eterno, y 00 pasarán muchos siglos sin que sea tan incompresible-salvo
bellezas particulares de forma-como los libros de caballería.
Pero hay otra interpretación del Don Juan que busca en este héroe no el
conflicto de su deseo con la sociedad circundante, sino de su deseo con Ja imposibilidad física o espiritual de darle plena i.atisfacción: es la comedia íntima
del donju3nismo. De esa limitación fisiológico-sentimental del deseo' ha hecho
Schnit.zler su Anatol, el «frívolo melancólico», corno él se denomina a sí mismo,
moderno Don Juan de medio ambiente fácil, demasiado fácil. Y de la limitación
espiritual del amor ha construido José Ortega y Gasset un tipo rle Don Juan
que acaso no corresponda a ninguna de las creaciones existentes: es algo así
como un Don Juan imaginario a quien mueve una especie de idea arquetípica
o platónica del amor, que deja un sedimento de desilusión y amargura al quedar corta de contenido, en su ilimitado molde, la realidad específica de cada
mujer. Como se ve, este Don Juan del exégeta español es un Don Juan algo
metafísico, y más bien se asemeja al Fausto germánico que al burlador de Sevilla. De todos modos, este Don Juan de desilusiones íntimas-deseo o ensueño sin límites fre1:te a limitadas posibilidades o a decepcionadoras realidades-es el único que puede servir de valor eterno de arte.
¿Cuá) es el Don Juan que busca esta renovada fermentación del mito? ¿Es
una reacción contra esa podre literaria que tiene por tema exclusivo el amor
medular sin conflicto externo ni interno? ¿Es un intento de idealización o dramatización de un tema que h¡, descendido a la mayor torpeza inartística? Dejemos por hoy a un lado las reencarnaciones de Don Juan en Francia y en Alemania, y atengámonos al Don J11an de fi.spaiia, del Sr. Martínez Sierra. ¿Qué no·
vedades de forma o concepción se incorporan en este resurgimiento de Don
Juan? La novedad más notoria es la de desenvolver la obra en una serie de escenas sin más nexo entre sí que la de te ner de común a Don Juan y su criado.
Esta novedad aparece tambien en d A11atot, de Scbnitzler, compuesto asimismo de siete escenas independientes y unidas por An atol, el prot~gonista, y algunas veces por su amigo Max, e ncarnación del sentido común. Análoga técnica usa el propio Scbnitzler en otra de sus obras, Reigen (Rueda), que ha sido
el escándalo literario de estos últimos años en los países de lengua alemana;
al escribir estas líneas se está viendo en Berlín un proceso por inmoralidad,
contra la obra, ¿Es involuntaria la coincidencia técnica del Sr. Martínez Sierra
con Schnitzlcr?
Fuera de eso, Don Juan de España pertenece a lo más viejo del teatro. Se
parece al Don Juan de Moliere en que ambos están escritos en prosa; pero ahí
309

�LA PLUMA
san las semejanzas. La segunda escena, que acontece en Flandes, cuando Don
Juan irrumpe por una ventana y se encuentra a poco con una muchacha de la
casa, recuerda el comienzo, que se inaugura de igual modo, de una comedia de
Beroard Shaw, Arms and tl,e man. Pero sería ocioso perder el tiempo rebuscando analogías e influencias. Lo importante del Don Juan del Sr. Martínez Sierra
es que no se parece a ningún otro Don Juan de ningún tiempo en algo crítica
mente muy considerable: en que no agrega nada personal, ni de forma ni de
concepto, al mito donjuanesco. El Don Juan del Sr. Martínez Sierra no es de
los que terminan yendo al infierno. Le acontece algo peor: se arrepiente y se
hace fraile, como cualquier pecador vulgar de los siglos medios. No tiene natla
de común con el Don Juan clásico ni con Fausto, que superan, sin derrota interior, el medievalismo. El Don Juan del Sr. Martínez Sierra cae al final en el
concepto teológico del amor, a pesar de las proclividades comunistas del firmante de la obra. No se aproxima a ningún Don Juan moderno, ni por la melancólica fatiga fisiológica ni por el desencanto espiritual; ni se emparenta con
ningún Don Juan clásico por el conflicto externo. Las escenas parecen o películas cinematográficas o vulgares melodramas. Sobre todo, la aparición intermitente de la Muerte es una gr0tesca artimaña a la cual no se le ve ningún sentido.
Pero lo que más sorprende es el arrepentimiento del inverosímil personaje. Se explica que se metiese fraile arrepentido de sus tiradas retóricas, que
son algo así como un saldo de todos los lugares comunes que vienen rodando
por la literatura española de estos últimos veinte años; no hay una frase origi na!, no hay una palabra sugestiva, no hay un pensamiento que merezca tal
nombre en toda la obra. Mas ¿cómo arrepentirse de que con tal pobreza mental y cordial y con tal misérrimo bagaje literario se le rindan mozas que, a juzgar por esa prueba, carecen de todo discernimiento y ambición amorosa? No es
suya la culpa, y si el Sr. Martínez ,Sierra no nos dijera, bajo su palabra, que su
Don Juan es un burlador terrible, no podríamos creerlo ateniéndonos sólo a su
discurso y compostura.
Una última observación: el tropiezo literario comienza en el propio título,
pues Don Juan de España es un cercenamiento, más que una dilatación, del
mito. Lo fascinante del Don Juan clásico es que, siendo de origen español, adquiere pronto carta de ciudadanía universal; como que es, según queda dicho ,
la representación amorosa del hombre del Renacimiento, hermano meridional
del Fausto. Pero al Sr. Martínez Sierra le enoja, por lo visto, que Don Juan se
haya universalizado y en su obra le archiespañoliza, haciéndole rezador, su310

LA PLUMA
persticioso y al final, fraile. Lastimosa manía esta de querer empequeñecer lo
que de por sí se ha hecho grande, para satisfacción nacionalista. Más le hubiera valido al Sr. Martínez Sierra crear un gran Don Juan, moderno y eterno, español y universal, en vez de esa alfeñicada, falsa y vacía criatura, que sólo puede mantene1 se en pie a fuerza de lindas bambalinas y sólidos, valiosos muebles. Pero a nosotros no nos interesan las representaciones escénicas en que
los protagonistas se llaman Decoración y Mobiliario. Para eso preferimos Yisitar una casa de comercio donde se puedan ver buellas exposiciones de ese
linaje de arte industrial.

LUIS ARAQUISTAIN

311

�LA PLUMA

LETRAS FRANCESAS
ha llegado octubre, no se ha producido todavia la floracicSn de
libros nuevos que en ,otros tiempos ~e observa~a ~n e~~a época del
año. Es que a buen numero de novelistas, la ad1ud1cac1on de los dos
premios anuales, el premio Goncourt y el premio de la Vie HeureuscFemina, que se verifica en diciembre, les hace retrasar la salida de
sus obras. No sólo temen que los Jurados los olviden, si los lanzan demasiado
pronto; organizan, además, mediante maquinaciones hábiles, ciertas maniobras
postrimeras; combinan las apariciones fulgurantes de las novelas, declaradas
obras maestras y arrojadas al mercado pocos días antes de la proclamación de
los prendados; en suma: es todo un sistema de maquinaciones que no tienen
que ver nada con la literatura y pertenecen sólo a la estrat&lt;"gia.
Dadas esas condiciones, es innecesario subrayar hasta qué punto los premios adjudicados con tal estruendo son nocivos para los autores y para la literatura en general. Falsean el gusto, desorientan las vocaciones, imponen al
público un determinado género, y , sobre todo, introducen en la zona de las
letras costumbres propias de la Bolsa o del •turf», en verdad deplorables.
Dicho esto, echemos una ojeada rápida a las primeras obras que aporta la
temporada.
Una de las más curiosas es una novela nueva de M. Maurice Renard, L'I-Jo111me truqué.
M. Maurice Renard es el único escritor francés que, en el género de la novela científica a lo Wells, ha conseguido imponer ciertas obras: Le Dr. Len:e,
sous-dieu, Le Voyage inmobile, y le Peril bleu son novelas aotab:es dentro de un
género cultivado, con harta frecuencia, por medianías.
·
uNQUE

312

Ya es sabido que la novela científica es una obra de imaginación pura, construída con elementt&gt;S tomados a las nociones científicas, pero falseando voluntariamente alg•1no de ellos. Ese error voluntario, ese toque del artista en la
realidad cie ntífica es lo que constituye la •novela• propiamente dicha y en lo
que consiste el atractivo y el misterio del relato.
Ejemplo: las nociones relativas al espacio, aplicadas al tiempo, permiten al
novelista imaginar una máquina que explore el tiempo corno se explora el espacio, marchando hacia atrás en lo pasado y hacia adelante en lo futuro, y tal
es La máquina exploradora del tiempo, de Wells.
Se comprende que con un poco de imaginación, de lógica, y con cierto ba-gage científico, los novelistas tienen reservado en ese género un campo de
explotación inmenso. Se comprende también que ese género haya i1acido ayer,
y por qué habiendo nacido tan tarde le aguarda una for,t una inmensd en este
siglo de vulgarización a todo trance.
M. Maurice Renard tenía las dotes necesarias para triunfar desde el primer
momento: mucha audacia en las facultades imaginativas, cierto sentido de lo
fantástico y una educación científica fuerte que le permitía no aventurarse a la
ligera. Sus obras están trabadas sólidamente, tienen cimientos resistentes y se
elevan con holgura en el cielo de la fantasía. Léase L'Homme truqué, y, junto
con un trabajo de preparación no disimulado por completo, se advertirá el
singular hechizo de esta asombrosa historia que hubiese hecho las delicias de
Edgard Poe. Imaginad que a un ser humano unos cirujanos le extirpan los
ojos, sustituyéndoselos con electroscopios, y ernpalmándole, por no sé qué
artilugio, el nervio óptico a los aparatos extrasensibles a ia electricidad.
¡Qué asombroso mundo, qué universo extraño se presenta de pronto ante
los cojos• del fenómeno! Ya no ve las formas de los seres ni de las r.osas, sino
las exhalaciones eléctricas que recorren el universo. Asiste a una insólita función de rayos multicolores, de cascada's de efluvios, de regueros violetas, rojos
o purpúreos, y surcos luminosos. Se abre ante él un universo encantado, una
inverosímil fantasía como no la inventaría el pintor más amante del color.
Ya se ve cuáeto partido puede sacar un poeta, un novelista, de semejante
premisa. El libro de M. Maurice Renard es uotable por la concepción y la ejecución.
En otro género de novela no debe omitirse la mención de La bouteil/e de
w/1isk1·, de M. René Bizet; el autor percibe muy bien lo f imoresco y la vida.
l\lás re stricciones habría que buscar a La dernie,-e aube1-ge, de M. Martial
i'iéchaud. g1 comienzo es notable. Se ha comparado sus páginas a los me-

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3 :3

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�LA PLUMA

LA PLt:'MA

jores paisajes de le Curé de Village, de Balzac, y es verdad que hay en ellas escenas impresionantes por su grandeza y sobriedad. Pero después el novelista
se extravía, y nos extravía en un dédalo de aventuras más o menos novelescas,
que no pasa de ser una mala imitación del género Pierre Benoit.
Ese «último albergue, es el arrepentimiento de que habla Baudelaire:

orfebrería. En suma: quisiera vulgarizar la teoría de Ruskin, y no desperdicia.
ocasión de aplicar sus ideas. Se ve que está en acecho de cuanto ~e intenta eu
ese sentido. Su libro contiene, en resumen, cua!ltas innovaciones se han hecho
en ese orden, así como indicación de muchas más que podrían hacerse.

Et le repentir mtme (ok! la derniere a11berge!)...

Si los libros se emperezan estos dos últimos meses, no puede decirse lo
mismo de los teatros, si bien los espectáculos que hasta ahora nos han ofrecido•
son de calidad muy mediana.
La prensa se ha entusiasmado a propósito de La Gtoit"e, de M. Maurice
Rostand; el estreno fué un triunfo. No sabemos si el público ratificará ese juicio, pero por nuestra parte lo hallamos muy exagerado. La idea de un hijo.
abrumado por la gloria de su padre, y que no con&amp;_igue liberarse de la «sombra,
de lae estatua¡,, como dijo M. Georges Duhamel, ha sido tratada varias veces
por el propio M. Maurice Rostand. Diríase que le ronda. El desarrollo, en esta
obra, es mediocre. Son tres actos trasijados. reducidos a tres monólogos, corno
si dijéramos, una especie de Noche, de Musset, larguísima. No carecen de aliento poético y de vuelo; pero los versos recuerdan demasiado el género Edmond
Rostand, y suenan desagradablemente en el oído, co:no si fuesen de esos juegos.
ca la manera de ... • Esa imitación perpetua de la literatura palerna acaba por
lastimar.
El teatro del Vieux Colombier, que ordinariamente suele estar mejor inspirado, nos ha ofrecido un drama bastante vano y que recuerda la estética del
antiguo Teatro Libre. La Fraude pone en escena la vida de los contrabandistas
en los confines de Bélgica y Francia; hay e n ella tipos vigorosamente pintados,
pero la acción tira a melodrama trivial. La obra no contiene nada nuevo, nada
verdaderamente moderno.
La reprise de Amants, de M. Maurice Donnay, nos ha servido para comprobar que esta obra, muy bella, no ha envejecido. Oyéndola, se da uno cuenta
de la influencia que ha ejercido en los autores dramáticos franceses contemporáneos. Por tal motivo, es probable que Amants quede inscrit~ en los anales.
de la historia literaria. Ocupará un lugar análogo al de Amoureuse, de M. de
Porto-Riche, que condiciona todo el teatro de estos últimos veinticinco años.
Añadiré que la obra, en sí misma, es deliciosa, de ingenio parisino neto, puro
y certero.
En la Comedia Francesa se disponen a conmemorar el tricentenario del
natalicio de Moliere, representando todas sus obras, y han comenzado por les;

Se trata de un oficial que ha cometido un robo para seguir llevando una
vida muy poco edificante, y que va a su casa de familia, en provincias, solitaria, encantadora, a estafarles a su madre y a su tía cierta cantidad de dinero.
El contraste entre aquel gozador y lamorada silencios a donde se cobijandos
pobres corazones de mujer, es hábil y está bien tratado. M:· Martial Piéchud,
que ya estrenó una obra en el Odeón, no carece de facultades para la escena,
y conduce la novela con el saber de un hombre de teatro. Quizá va un poco lejos por ese camino, y haría bien en lo futuro restringiendo la acción en provecho de la psicología.
M. Ernest Seilliere, uno de nuestros críticos más enterados de cuanto atañe
al romanticismo y a sus orígenes, acaba de publicar un grueso volumen dedicado a Jean-Jacques Rousseau, estudiándolo en todos sus aspectos: filosófico,
clínico, romántico y novelesco. Cuanlos se interesan por la literatura francesa
del siglo xvm habran de leer este libro. En M. Emest Seilliere J:ay siempre
rastro del médico, del clínico, que discute un caso; pero el médico habla muy
bien, dice cosas muy justas y pronuncia un diagnóstico siempre muy inteligente.
En fin: he de hablar aún de Ull libro excelente de M. Léandre Vaillat, titulado Le décor de la vie.
M. Léandre Vaillat es, de nuestros jóvenes críticos de arte, uno de los más
modernos y más audaces. No se para en fórmulas rancias, aunque sabe, cuando
se presenta ocasión, juzgarlas y comprenderlas muy bien, como en el libro que
ha hecho sobre Perr11nea11 o el de La Societé du XVIII.ª siecle et Jes peintres. Se
especializa en lo tocante al arte decorativo moderno, y la serie de artículos
que publica en Le Temps sobre ese tema no es menos digna de nota que los
que escribe en l'lllustration.
Bajo el título evocador de Le dkor de la r,ie, ha estudiado sucesivamente
todo cuanto nuestro gusto y nuestras tendencias modernas podrían embellecer,
restaurar, renovar en la casa, en el libro, en el mueble, en la tapicería y en la
314

* * *

315-

1 '

�LA PLUMA
rackeux. Digan lo que quieran algunos periódicos, la obra ha sido admirablemente puesta y muy bien representada; pero ni los directQres ni los artistas
tienen la culpa de que Ju Far.keux, que era simplemente una revista, resulte
para la posteridad una obra aburrida, puesto que alude a sucesos y personajes
ahora desconocidos. Es una curiosidad literaria, no una obra. Consignemos, no
obstante, que la Comedia Francesa ha hecho muy bien en ponerla, y que ese
teatro está fundado precisamente, en paite, p11ra espectáculos de ese género.
El Teatro de i'Ueuvre, cuyo inteligente esfuerzo no será nunca bastante alabado, tras de darnos nuevamente los Acnedores, de Strindberg, nos da a conocer la Danza de muerte, del mismo autor. nunca repn~sentada en París. Fué
una verdadera revelación, y, digámoslo, un éxito muy bueno. Una vez más ~l
teatrito de M. Lugne-Po~ ha conseguido un triunfo. Es la sola escena, con la
del Vieux-Coiombier, donde un pensamiento nuevo puede encontrar cobijo e
intérpretes el arte nuevo.

JULES BERTAUT

LIBROS y REVISTAS
Ramón Maria Tenreiro.-EJ loco amor.-Ediciones de LA PLUMA.
No quisimos los editores de esta primera serie de novelas cortas v cuentos
~stablecer d~ antemano ~n criterio riguroso, al que hubieran de ate~per;ir el
mtento propio los novelistas, para lograr la unidad de tono conveniente a la
colección. Confirmando el propósito iniciado con nuestra Revista, espe-ráb~mos ob~ener la norma precepti_va de estas publicaciones, no de un prejuicio
académico, pero de una obra ejemplar. EJ loco amor, de Ramón Tenreiro, nos
justificará de hoy más ante el lector, mejor que toda la retórica que pudiéramos esgrimir en abono de nuestra tendencia.
Un impulso inconfundible caracteriza desde luego al poeta-lírico, dramático o novelisb-, cuyo temperamento creador le señala en el número rle los
e1egidos para interpretar, para expresar, genera!izándolo~. los sentimientos
humanos: la propensión a abordar los temas eternos. El amor v la muerte son
los motivos generadores de esta novela: el loco amor, •pariente de la llama.
que todo lo aniquila, cual ya cantaba el Arcipreste Juan Ruiz; la muerte, por
la que Tristán e Iseo perdieron el mundo y el mundo a ellos. Ahora bien. las
doctrinas, las escuelas, las reglas, los estilos literarios, redúcense, en último
término, a dos maneras de tratar eso5 grandes temas; una manera clásica en
que la disposición exterior, la trama, la intriga, el argumento, el escenario,
obedecen a un canon inmutable-mito, leyenda, historia-los personajes de la
fábula están definidos por los atributos que la tradición les confiere, y la fantasía del poeta se ha de ejercitar imaginando en tales abstracciones sentimien
tos actuales, es decir, dotándolas de una sensibilidad acorde con la del lector;
otra manera, romántica, por la que el poeta logra con la pintura viva de un
suceso trivial, o frívolo, o, cuando más, desusado en el ambiente vulgar en que
se produce, ciena transcendencia universal que lo equipara en significación a
un símbolo de epopeya. En este sentido, y no porque evoque ninguna época,
pintoresca por pasada, i ·l loco amor es una novela romántica.
No es Tenreiro un improvisado en la literatura, y mucho menos un improvisador. Movido de un vago afán de arte muy fin de siglo XIX, le tentó en años
317

�•
LA PLUMA
LA PLUMA
juveniles el estudio de la música, y a Alemania fué a tal intento. Presto ball6,
sin embargo, el camino propicio a su activida,j, y reduciér.dola a límites más
adecuados a su ·vocación natural, dióse por entero a asidua labor de crítica
literaria, completada con traducciones cuya variedad denota su ateoci6o alerta a las voc1;:s de fuera más sigoificativas-Fogazzaro, Jorgeosen, Hebbel-,
refundiciones, ediciones de clásicos españoles, y novelas cortas, culminantes
en Et loco amor, recién editado por nosotros. No es un improvisado ni un improvisador, y por ello su originalidad no da reflejos de talco ni últimos gritos.
Su procedimiento de novelar no se cifra en receta cocinada más o menos hábilmente, sino que responde por modo lógko, sin yiolencia, a la severa ed~~aci6n en que ha ido depurando el gusto personal, cimentado en un neoclas1c1smo goethiano, oreado por los V("udavales de las modernas revoluciones liter~rias e inconmovible a las asechanzas de los ecos de las modas. Su prosa, denvad~ del naturalismo cent,·a/ de la novela contemporánea, adapta fácilm1;:nte la
cadencia v el ritmo familiares al iector español a la expresión de los movimientos CÍel ánimo de sus personajes, cuya pasión fatal se justifica siempre por
sí misma, sin que haya menester el autor intervenir a disecarlos, antes bien,
dejándolos vivir y morir, víctimas de un destino implacable, a merced, no del
rayo de Júpiter, mas de los azares de una existencia labrada por oscuros heroísmos.
Los sentimientos, los instintos personificados en los protagonistas de El
loco amor no adolecen de esa inflexibilidad que las más veces suele suplantar
a la evidencia a cuenta del necesario sostenimiento de los caracteres en sus
rasgos esenci~les; ni menos del caprichoso ?esvarío cor. que los profesionales
de la novela psicológica tuercen, de tan ~utiles, el curso natural d~ la~ emo,ciones. Ramón Tenreiro nunca coarta la ltbertad de sus héroes con nmgun propósito moralizador o estético que prejuzgue, imprimiéndola un r~mbo arbi~rario la acción de la novela. Los más encontrados afectos se explican prec1same0nte por la sinrazón violenta que los resuelve C.Q__ sus contrarios; y así, el
odio del hijastro se trueca en el amor incestuoso_, y el puro beso maternal_. en
el abandono de la mujer al amante. La ponderación de element?s dramáticos,
el clarooscuro del fondo, la distribución de las figuras secundarias en la perspectiva general, van graduando el iot7rés en un crescendo apa~ion~do _hasta el
final trágico. Verdadero poeta, ha sabido _el autor ~ncauzar la,1o~p1rac1óo propia a la captación del lector, con tal espe¡o de la vida en la na gallega donde
el pueblo de Somonte se mira.

*••

C. R. C.

J. Moreno Villa.-Patra,ias.-Madrid, Caro Ragg{o, 1921,
:\Iás le cuadraría el título de Rarezas o Rincones oscuros, Las patrañas son
meras fantasías inverosímiles, ejercicio imaginativo de pastores: fábulas pastonineas. No se tome a p.-dantería tal observación, sino como báculo para llegar
al sentido de este librillo encantador.
Son trece relatos, trece teclas, cada una de las cuales suena a una p~sión ~
.a un anhelo. Hay notas suaves como en «La cama de plata• o «La mama deh-

cada•; las hay vi?lentas y recbinantes: •La noche de los malatos• o «La neutra•. Por todo el hbro corre un misa:.o propósito de hacer minería o excavación
sentime~tal, de entrar donde no llega la vista o la sensibilidad corriente. En
esas regiones del subsuelo humano hay también aire mal respirable y no se
sale de ellas muy contento. Así es de grave y silencioso el tono de estas Patrañas, que a veces rozan lo trágico.
Por sí ~ola esa cualidad no constit~iría un :asgo fuertemente original, ya
que, por e¡emplo, la novela rusa nos tiene habituados a caminar por sendas
mal trilladas del espíritu. Pero nuestro autor es español y tiene un estilo. A
través de esos dos cedazos, la sustancia cosmopolita que hoy vaga por todas
las literaturas se convierte aquí en fina materia personal.
Estimo española l_a preocupación ética, ª. veces atormentada, que brota de
a~guoos cuentos: «E'o1gma y clave,, «La bestia•, etc. Aunque se inicien audacias acá y allá. el fondo es de estameña. Una de las frases que más me dan el
temple del libro es ésta: «Tu amigo no nos ha hecho reír esta noche; pero se
ve que tiene estilo y bizarría en lo serio como en lo divertido.•
Y era verdad, aquello no lo hace más que un andaluz o un inaJés.
El estilo de Patrañas es siempre un bello planear. El autor se ~cerra a todo,
y cuando temeríamos una rozadura trivial, una sobria selección Je mantiene en
su sitio.
Lo más grato para quien lea con atención Patrañas es su desdén por lo sin
importancia. Y al encontrar al mismo tiempo un fuerte sabor a playa malagueña, es natural que miremos esta obra de Moreno como una revelación más
de lo que puede dar, sublimado, el espíritu andaluz.
AMÉRICO CASTRO

*

•

•

Manuel Ugarte.-Poesias Completas.-Barcelona, Casa Editorial Maucci.
Aunque el señor Ugarte en el prólogo de su libro insiste en diferenciar las
dos épocas correspondientes en su actividad poética a las Vendimias :faveniles,
publicadas ya en 1907, y a Los jardines ilusorios de ll.oy, la misma inspiración
corre de la primera página a la última, aun escritos los versos que componen
el volumen «en épocas diferentes, bajo estados de alma contradictorios&gt;. Cree
el señor Ugarte que •poesía es transparencia de alma, ingenuidad emotiva,
pureza sentimental&gt;, y que «la belleza no está en el verso, sioo en el alma,.
Estas vendimias juveniles no marcan en su vida literaria «más que un a colé.
En los tiempos de lucha porque atravesamos, el hombre se debe casi más a la
justicia y a la verdad, que al ensueño y a la belleza. Su arma es la prosa flexible y ágil.&gt; En cierto modo, pues, el señor Ugarte parece situarse en el mismo
punto de vista de los hombres de acción que en las postrimerías del siglo pasad? se preguntaban si la poesía estaba llamada a desaparecer. No quiere esto
decir que los versos del señor Ugarte no sean en todo momento fáciles, graciosos, ligeros, musicales. Fáltalcs a sus poemai,, a nuestro entender, un impulso inicial, la convicción de que las artes en general y la poética en particular no son sino problemas de expresión. No la pureza de los sentimientos, sino

318
3 19

�•

•
LA PLUMA

la manera de expresarlos es lo que distingue al artista del am11teur. Comprobamos nuestra opinión en una estrofa del poema cLa barca•, el mejor de la
colección para nuestro gusto:
cFué en el dormido lago,
cuyas aguas el Sol tiñó de fuego.
Al caer el crepúsculo
se detuvo la barca sin barquero,
y en d lino silencio de la tarde,
que amparaba el latir de los ensueños,
ciilundiendo sus círculos de gloria
vagó la flor inmaterial del beso•,
donde no ya la sinceridad del sentimie nto, sino la sencilla gracia con que ~e
manifie,;ta, le prestan emoción poética. El señor Ugarte, como poeta, más que
contemporáneo de Dado, parece un precursor en que la sensibilidad de los.
últimos románticos esp;irioles, te mplada por el cultivo de la a,1títe~is campo•
amorioa de Uoloras y Huml)radas, acusara no pocos atis bos del grau sacudimiento que renovó la lírica española con los inspirados injertos aportados por
el gran americano.
c. R. c.

*

*

*

Guillermo Jlménez.-Constanza. - Rafael Caro Raggio, editor, Madrid.
Xo e s novela, cue nt0, memorias, ni biografía, sino limpia, clara. suave evocación de una figura q uerida, cuyos rasgos acusados por la muerte, perduran
nimbados del halo inmaterial del recuerdo puro. El escritor no narra, no nos
pone en antecedentes, contempla una sombra amada, y ni a cantar se atreve.
Diríase r¡ne por rehuír todo artificio, se complace en rememorar en voz queda
los divinos instantes de l simple paso de una madre por la conciencia de su
hijo. Ctmstanza. más que un retrato, es una tierna elegia en cernida prosa, un
breve poema, en estrofas sin elocuencia ni pompa, cuyo ritmo no se vierte en
música extt'rior alguna.
C. R. C.

* * *

Revistas. - Mercu,-e de Prance, París. - Le Progrés Civir¡ue, París. - La
Connaissa11ce, París.-La Ret•ue de J' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Ret,ertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cmpouillot, París.-Bell~s Lettru, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Akiion, Berlín.-Pegaso, Montevideoo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsía ed .irle, Ferrara.-España _~ América, Cádiz.-Het·mes. Bil bao.- L' Art L i,)n. Bruselas.-('a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La Nouvelle Revue franyaise, París.-Índice, Madrid.
320

AÑO II.

1

MADRID, IHCIBMBRB 1921

NÚM. 19.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES

LA MÁSCARA DE NIETZSCHE
Los tórculos matritenses acaban de dar cuerpo a
una obrilla, si discreta en el porte, terrible en el ánima. Son, en efecto, los libros no del todo desemejantes a los hombres, pues al cabo, metido un hombre en la alquitara y extraída su entelequia, epitome u lwmúnculus, este último producto, llámese
como se quiera, tomará la forma de un libro. De
aquí el parecido entre hombres y libros. Ved en
.
.
. s~ma, la distinción capital de hombre a homb~e y
de libro a li~ro, identidad a la vez de libros y hombres; de un lado,
hombres Y libros que no se valen por sí, sino que han menester de
~poyo Y c~o~dinación con los demás; hombres sociales y rebañegos,
libros de b1bhoteca, de colección o de serie; hombres de gran talante y
321

.

'

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Guillermo Jiménez</name>
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                    <text>LA PLUMA
Erguido, la cabeza un poco echada hacia atrás, entornados los _ojos para co~centrar la memoria, arrastrando la cadencia en el eco de la propia V()Z, con virtuosismo teatral, se complacía en su canto y en el entusiasmo amistoso con ~ue
le escuchábamos los demás. Los Poemas del Amor, de la Gloria y del Ma1• d1éronle rápido nombre, y en su patria chica la popularidad, consagrada poco ha
en un bronce conmemorativo de su efigie.
No nos volvimos a ver. Retirado él a su tierra canaria, el azar me alejó de
Madrid cuando dos años hace volvió Tomás Morales con otro libro, Las ~o~as
de Hércules, donde ya se definen, maduras, las excelentes facultades del lineo
que vimos ndcer cantando al Atlántico. La pompa'. la so~~ridad, el gigantism~
poético cuya expresión le seducía como una necesidad f1s1ca, cobraban en su:,
versos una emoción cálida, unida siempre en mi recuerdo al de la voz con que
le oí recitar los primeros.
..
.
Cuando 00 hace mucho algunos amigos comunes me dieron las malas noticias de su enfermedad, que ya presagiaban la muerte que hoy nos lo arreba~a,
mi ánimo se resistía a creerlas, no ya por esa defensa inconsciente que la s10razón suele oponer a la fatalidad, más porque en mi me~oria Tom~s Morales
rebosaba esa salud de su poesía, aquella salud de su amistad efu~1va ~ue le
dictó en la muerte de Fernando Fortún, mi compañero, una canción tnste Y
serena, hija del mismo sentimiento puro con que abor~ me consuelo, eaco~endándolos a los dos a cuantos amigos guard&lt;!n de los d1as e11 que vagamos Juntos la misma emoción tierna.

C. RIVAS CHERIF

~

AÑO U.

'

MADRID, OCTUBRE 1921

1

NÚM. 17.

LA HIJA DE CAROLÍ

[I

fábrica del señor Bañolas era tenida por.la más importante
de la comarca. A la hora del cierre salía por sus puertas un
verdadero río _humano que se r~partía_ en arroyuelos y ca'
nales por caminos, prados y ata¡os hacia el pueblo vecino y
los quinteros derramados en las cercanías.
Distaba la fábrica siete minutos escasos del pueblo, del que puede decirse que era el principal nutricio, ya que se había apoderado de todos
los brazos útiles, para ganarse en ella el pan más asegurada y regaladamente que roturando la tierra; porque la agricultura, practicada como
en tiempo de los romanos y por labradores pobres y atrasados, era, aparte de la fábrica, el único elemento de vida de la comarca.
La fábrica mantenía a sus expensas, y para servicio de los obreros,
médico, farmacia (regentáda por un practicante competente), casino y
cooperativa abundosamente provista de toda suerte de artículos. A causa
de su mucha proximidad al pueblo, no se había hecho la fábrica núcleo
central de la colonia, y por ello todos sus empleados, a excepción del subdirector o capataz de cuadras y el portero, residían en el pueblo, y por
no preocupar ni arruinar al señor rector se tenía generalmente cerrada la
capilla aneja al caserón de los señores, y por no matar igualmente de
hambre a los maestros públicos, los Bañolas habían construido y regajado al Municipio escuelas de nueva planta y habían adjuntado a los ti13

A

1 93

...

�LA PLUMA

LA PLUMA

b .
ero en realidad para diritulares con pretexto d; ali~er~~de~~~rio!l~~¿fesores que les habían pairles y habituarles mas a a
'
de los
~eciCedor~nd:l~efü~:¡"ca, pues,_ no secuvnedíaa~i:á~~t;~~~i~~~b~=~ía una
d endenc1as se
'
. b ¡ primeras cu1
heaijsif
e\~¡~di; Í~encdhai!~::-~á!di~fi~a/1~~ bu~;~
r
e l'1 un labra or qu
1
ta de maderas.
y la casita de aro '
d 1 sa·
a niña. La madre cuidaba .e a ca . '
Para dedicarse a la compraven
l'
. madre esposa y un
,
o a su oficio, segu1a
Caro i tenia h b. ~.do/
1 ab ricanta y tenia apeg 1 . - así que salió

~!~~!~!~fi~t!~

~ªend~º:t (áb~i~:, ~~n ~u~~~~p:~a~z!1ct~e~i~!~~~fa :nnb~!~ partido, fué
de la escuela, Y ~ pesar ,e · _
destinada tambien a 1~ fa~~l~d."a con un huertecillo ame~o, estab: ~~:da
La casita de Carolt, r{ºd de la gran huerta de los senore¡/ s ~l salir
da precisamentetal ºcri s!nderuelo divisorio .. Así,fi1:1ª1drceoc:no11:i, alud de
d ella por un es re
l
portalon o c1a '
.
d! la fabrica no lo_ hacían por e g:t1es mas a mano, atravesaban el patl~
los trabajadores, sino qu;, P~\~~ la puertecilla forana eltrat~anlaeduecentral, la huerta gran e, l''a acontecer que, al atravesar e pa io,
huertecillo y en, su lcasa.iodesde el balcón del comedor:
ña doña Menc1a, 1 ama a
'-¡Trinidad!
¡Señora!
ue darte un recado.
- Haz el favor de subir, que teh~-º \abían sido muy familiares en 1a
Porque los Carolí, de padres a IJOS
B - 1
d · · · en Barcelona Yentencastaa;~J;¡ de Carolí, que en _s':1 j_uvl~~tbald~~~ en la de los señor~s y
día en el arreg}o ~e u~a ~a~~~~~~~1:tar confituras y gol?sinas,aª1~:f~~~~
ayudaba a dona J;~~vierno, a colgar y descolgar cortl~;s irte, la nues·go la matanza del cerdo ... Pord
fábrica, era
y guardar la ropa
a oría de las obreras e a
asaba
sas tareas que trae con i 1

t

jtffJí~[~~~

1,

~hia;lt;p~i$i~~~j.dºÍifd:!d~fi~f
s1
d b,1 los d1spen ios e
maderas, lo e ª ª
ano en toda ocasión.
ños de difede la qu!!ltadyCdadl,IaNieves y el señorito, ~e llevaban ~gf/cn las horas
La h11a e aro i, - 'habían estado 1untos, no
renda, y ya desde pequenos
194

de los juegos y correrías, sino durante muchas comidas, y aun a veces
hasta en la cama. Porque, así como Nieves era una niña robusta, cabal,
de rostro encendido, sonriente y con apetito insaciable, Pascualillo era
flacucho , melindroso, añoradizo y desganado, y, como era hijo único y
la madre temblaba al sólo pensamiento de que se le pudiese morir, todo
se lo consentía.
-Trinidad-solía decir a la otra madre-: dí a la niña que suba;
veamos si viéndola comer a ella, nuestro posturillas traga alguna cosa ...
También algunas veces, al atardecer, enviaba alguna muchacha a
casa de Carolí con el mandado de que no esperasen a Nieves, porque el
niño tenía miedo del coc() y quería que se quedase a dormir con él.
Aquella estrecha intimidad de la primera infancia se fué prolongando,
con los cambios naturales. hasta que Pascualillo cumplió nue\'c años y
sus padres le enviaron a Barcelona, a casa de sus abuelos, para que empezase los estudios. Con todo, la separación fué breve, porque el niño
sintió una nostalgia tan grande que enfermó de palpitaciones y tuvieron
que volverle a la fábrica por una larga temporada.
Llegó cerca del mediodía, y después del alubión de las maternales caricias huyó locamente hacia la huerta a esperar a su amiguita. Cuando
la vió saltar la cerca, con el cestillo al brazo, de regreso de la escuela, se
escondió detrás del macizo de cipreses para darle un susto. Estaba pálido
de emoción y en el pecho le aleteaba el corazón como pajarillo recién
metido en la jaula. En cambio ella se acercaba del todo confiadita, colorada como uná manzana de San Juan, un viejo pañuelo de lana arrollado al cuello y un rizo de cabello sobre la ceja enhiesta. Al pasar lapalanca del reguero se detuvo a un lado; un desmoche había dejado escapar el agua, que allí formaba siempre un embalse encharcado, donde
crecían líquenes y se paseaban a empellones los tejedores de los riegos y
hasta en ciertas epocas cantaba una rana. Nieves se inclinó y después se
arrodilló sobre la palanca. Pascualillo le adivinó en seguida la intención:
con la manita hundida en el agua y los dedos encorvados tender un lazo
a los tejedores asustadizos, de Iar~as patas filamentosas ... Precisamente
aquello era lo que hacían cada d1a los dos juntos antes de que él mardiase a Barcelona...
El niño no pudo contenerse y salió de su escondrijo. Nieves oyó ruido y volvió la cabeza. Al ver a su compañerito, de pronto quedó inmóvil, como hechizada, pero reaccionó en seguida, y levantándose de rondón-con riesgo de que cayese al agua el pnmer lzoro, que se balanceó
al extremo de 1a palanca-corrió hacia él alocada. Se abrazaron estrechamente, y Pascualillo, que era de natural estremoso y efusivo, le llenó a
voleo, como un sembrador enloquecido, toda la cara de sonoros besos.
1 95

1.

�LA P L l7MA

LA PLUMA

,,

'I ,

J

-¿Cuándo has venido ... ? ¿Por qué has venido ...? ¿Qué aprendías: .. ?
Yo ya he pasado todos los carteles y el que es hablar... y ahora hago un
encaje para una almohada .. . ·
yo '?e añoraba ... J:igúrate ... Los ábuelos ~iven a_rriba, muy arr,iba, mas arnbá que el desvan de casa; hay que sub1r y ba1ar cada d1a mas
de treinta escalones. El médico dijo que me cansaba demasiado y que me
sacasen de Barceloná, y yo, cáda vez que él venía, suspiraba con más
fuerza para que me sacasen más pronto ...
Ella le miró, pasmada, con los ojos muy abiertos ...
-¿No te gustaba vivir en Barcelona?
-No ... ; Es una casa oscura . .. Para que al jilguero le dé el sol han de
sacarlo al balcón ... Y el abuelo siempre duerme y los lentes Je caen sobre el diario ... Y la abuela siempre grita con la muchacha ... Y la muchacha es sucia: cuando ha de probar el guiso sorbe de la cuchara, y
cuando me entra la leche lleva las manos untadas y se las friega ccn el
delantal.. . Ya ves ... Y las manos de la abuela son frías, y cuando se las
beso ella me da un golpe en los labios, así como quien no quiere... Pero
sí que quiere, ¿sábes? Y como es tan flaca me hace daño ... Ya ves .. .
Y, feliz con la libertad, la claridad y la compañía recobradas, el niño
olvidó pronto la pesadilla y el corazoncito atolondrado moderó por sí
mismo su ritmo ... hasta que, en la siguiente temporada, fué de nuevo
recluído en casa de los abuelos, y ya sin contemplaciones retenido hasta
final de curso para volver todavía más goloso de los besos de la amiga,
de deambular por la huerta, de revolcarse por los pajares de casa Carolí,
de partir en dos las lagartijas y de azuzar a la rana de la alberca ...
No hay que decir que Pascualillo y Nieves se quisieron pronto con
amor distinto del amor camaraderil de la niñez. A cada regrei,o, la interrumpida intimidad se anudaba con motivo distinto y gusto más
sabroso.
Ella iba ya a la fábrica y en sus formas de efebo se preludiaba la mujer futura. El cursaba en el Instituto, y los primeros presentimientos del
instinto y las primeras iniciaciones de los compañeros levantaron en su
precocidad de sensitivo ardoroso las malicias primeras y los primeros anhelos turbadores. Ya no gustaba de los juegos a pleno sol ni de la caza de
mariposas, ya no pellizcaba los racimos del parral ni vestía a los gatos ...
Prefería ocultarse a los ojos profanos, soñando despierto y citar a la amiga en la farmacia o detrás de la capilla, donde jamas se veía un alma. Ella
acudía a cualquier sitio que le indicaba el amigo con plena y tranquila
confianza. No era vanamente soñadora y no sabía aún lo que es la extrañeza de un calofrío en pleno día ni la delectación de contemplar las estrellas en la alta noche. En la fábrica trabajaba al lado de su madre; fue-

-Y

j

,·•

' 1

1

,1

'

196

ra de la fábrica, ayudaba a la abuel
y en l?s cortos instantes libres hacíaª parah3:hrender el manejo de la casa,
gadc I o, regaba las flores del huer
to, pemába el perro de lanas qu
~oga Mencía; en las veladas zur~~uÍ~s ~jra lequdña le había regalad;
a a 1ª. ropa. Pasaba las noches de
~e me~ e_ su padre y remensu camita de monja, blanca como u un_ s~en?, est1rad1lla y quietecita en
s!1 reposo ni un esguinze de visión n !1~10! sm que un sobresalto turbase
ndad compacta. Contra las pasividad~! ~rosa cruzas~ para ella la oscusana, contra su inocencia hermética
e su no:ma]1dad equilibrada y
sosl?echa, se estrellaron durante muclio ~f;~1a, limpia ?e angustia y de
de el para contaminarla con sus deliri
P&lt;? l:3-s maniobras equívocas
tor:'1os. Sin una comprensión
os,_para m¡ertarle sus íntimos trasestimulase al descenso el adokreparatona que allanase el camino que
por t?da suerte de timideces S~~eg!e se s_en~ía atado de pies y U:anos
~tenor, tenían en lá mejilla.aterciop~I!d:1/1ín cal~eados por el fuego
eces de los halagos fraternales.
e a mocita todas las candiCuando, al salir de la fabrica d .
'
la madre, que siempre le tenía trib _esp1stando la atención distraída de
farmacia solitaria y le encontraba a
prep~rad~, _corría Nieves hacia la
la cabeza con las dos manos
f; . musu_
o,_ pahdo y ojeroso, le cogía
como cuand? eran niños: ' y, estiva, acanctadora, le decía postinera,

ªJf

. -¿Qué tiene la hermosura de casa';) Q
tQu~ no ha merendado ... ?
· ¿ ue no se encuentra bien ... ?
El quería preocuparla contestand
·
románticas, reteniéndola or la cint~ con evas1_v;as, adoptando aptitudes
te~blores; pero era inútil'. Ella no est1~/ hac1en1ola temblar con sus
do impulso maternal le acariciaba y le
para subtil~zas,_ y con arrebatasu salud.
amonesta a mqu1eta tan sólo por
-¡Malo, más que malo r ·Mira
como te perjudicaf Tiene r-;;,óA t
que, no haber _merendado! ¡Tanto
cern,os sufrir. Vamos, qu; todaví~ :ii~:a.cuando dice que te gusta haEl porfiaba: «No quena moverse n
,
,
prefena estar allí con ella y decirle diuihquena comer, no tema apetito;
Per? ella se le escapaba de las manos /s cosas .. -~.
.
a l?~ cinco minutos con una rebanada d orno un pa¡aro esquivo y volvía
rac1on de longaniza. Ella misma lo
,e pandcor:i confitura o con una
en la boca.
partia pe acitos Y se los metía a él

ª

-Otro, rey ... Ya se acaba No
. , .
Quiero que te Jo comas tod;· E;tá'te°º; ~s mut1l que te opongas ...
contenta se va a poner doña .M , qu1edto y abre la boca . Qué
tan bueno.. .
enc1a cuan o le diga que has sido
1 97

�I.A PLUMA
Y le abrazaba, le acariciaba, le decía zalamerías ... las mismas que le
había dicho su madre a ella cuando era niña.
Pero cuando él cursó el cuarto año de bachillerato cambiaron lascosas. Nieves iba a cumplir los quince, y después de un estirón tremendo
(«se la ve crecer de día en día», se decían las gentes, maravilladas), quedó
convertida de niña que era en una real moza, bien plantada, de gallardísima prestancia, de continente al mismo tiempo reposado y desenvuelto, la fiel de una morenez transparente y clara, colorada en las mejillas
y en e lóbulo de las orejas, correctas y agraciadas las facciones, los ojos
grandes y llenos de serenidad, y el cabello castaño, rizoso y enmarañado
que, contra luz, la nimbaba de resplandores cobrizos ... En seguida tuvo
admiradores, y a poco, pretendientes ...
Finalizado el curso, al regresar de Barcelona, Pascual se quedó con la
boca abierta. En la primera entrevista, ella le dijo, esquivando con delicadeza un abrazo:
-¿No sabes? El Ximito, el hijo de la Birondona, me ha dicho que
me quiere y pretende que le prometa que, cuando seamos mayores, me
casaré con él. ..
Sintió Pascualillo que un resplandor flamíneo le envolvía. Después,
un desbordante río de lava le quemó el corazón ... En un minuto, el choque de la sorpresa de celos, de rabia, de deseo, convirtió al niño torturado y malicioso en un hombre hecho y derecho.
La miró, con una mirada nueva, hosca y amenazadora, una mirada
de macho en celo.
-¿Tú para el Ximito ... ? ¿Tú ...? ¡Dile que se acerque! ¡Ni para él ni
para ninguno... ! Tú has de ser mi mujer...
Y el abrazo viril, cabal, protector, con que selló sus palabras tuvo el
aire resuelto y solemne de una toma de posesión.
Aquel día se dieron cuenta exacta de que se querían y de que quedaban prometidos. En una de las charlas siguientes él señaló el límite del
noviazgo.
-El año que viene empiezo la carrera; cuando la termine, nos
casaremos.
Pero un día doña Menda vió, desde un balcón del comedor, que
Nieves y Pascual se despedían dándose la mano; frunció las cejas
y llamó a su hijo. Cuando le tuvo en su presencia, le amonestó severamente:
-He visto que haces carantoñas a Nieves de Carolí, tratándola co1:10
si fuese una señorita ... Haces mal; déjala en paz, que ya no es una cnatura, y esas mocitas en cuanto les dicen gue son bonitas se llenan de humo
la cabeza y Dios sabe lo que traman. Tu padre jamás se ha franqueado
198

LA PLUMA
con la,s obreras de la fábrica; para eso tiene el mayordomo; el sólo «buenos d1as» y «buenas tardes» y basta. Tú debes hacer lo mismo ...
Por ~u pa~te, Trinidad no tardó en decir a su hija:
_ -:-Mlfa, Nieves, •te~go ql:~ al7'Crlirte gue no v~yas si&lt;;mpre con el senorito, como cuando ¡ugabais al escondite. Ya se que tu eres un angelito de retablo que no pecas ni con el pensamiento. pero los grandullones
esos la _saben muy lar~a., y qui~n sabe lo_q_ue pensaría la gente de todo
esto m~s adelante; qmza_ lle&amp;anan ~ mah_c1ar que te lo consentimos y
aconseiamos por conveniencia propia. ¡Dios me perdone! ¡Que la chica
que se trata con los que ~o son de su brazo está en riesgo de ganar mala
fama y ¡ay de tu padre s1 se lo echaban en cara .. . !
El primer veneno había babeado su corazón, y la necesidad de disim~lar, al ocultarles el goz? profundo de la revelación, consiguió unirlos
mas estrechamente; y los JUramentos de mutua fidelidad remacharon la
cadena forjada por la Naturaleza.
En torno a Nieves crecía siempre el corro de cortejadores y cada vez
que su enamorado volvía di.! Barcelona hallaba uno nuevo. Ello le enfurecía extraordinariamente, tanto mas cuanto que no podía vengarse ni
desahogarse de otro modo que atormentándola a ella. Pero la hija del
Carolí era de una perfecta seriedad.
-¿No te he dicho que serías tú? Pues tú serás y nadie más. ¿Qué
quieres que me importen los demás hombres?
Y, consecuente con su formalidad, huía todo lo posible de acudir a
bailes y paseos, no coqueteaba con el mocerío y echaba de lado con buena traz~, pero resueltament~, toda p_roposición de matri!ll?nio .
. En estas, 1~ ab_uela q~edo paralitica, y como para Tnmdad ir a la fá.
bnca era media vida, Nieves quedó en la casa recoleta como una monjita. Los_ cortejadores, despechados, y los de~ás por solidaridad, empezaron a Juzgarla orgullosa y a apartarse de ella, afectando desdén. Después ~!guíen insinuó, que si no_ hacía caso de los obreros es porque pica~ª mas alto. Se refena al practicante de la farmacia, que siempre que ella
iba a buscar una medicina para la abuela le hacía las más extremadas
z~lema_s. Más tarde las comadres sospecharon, aunque sin ningún indic10 sólido que fundamentase la suposición, que quería pescar al maestro;
pues como no era de creer que una pieza como Nieves quisiese enclaustra~se o guedarse para vestir imágenes, no tenían otro remedio que atribmrle, vista su desgana de noviaz~o, algún oculto designio. Pero dos solas pers?~as no erraban la r~ntena: la madre y el médico.
. C)anvidente por natura listeza y observadora por amoroso interés,
Tnm~ad había seguido con temor la evolución sufrida por su hija, comprendiendo finalmente, con escondido dolor, que el instinto la había ad199

�LA PLUMA
vertido demasiado tarde los peligros que entrañaba la intimidad de su
Nteves con el señorito. Pero la pobre madre creía en una ilusión infundada de su hija y desconocía todas las secretas entrevistas, las mutuas
confesiones y promesas. Quien estaba mejor orientado era el médico, el
doctor Reguera.
Reguera era un hombre de unos treinta y cinco años, hijo de un
obrero tornero. La vanidad paternal, mal aconsejada, le había hecho ingresar en la Universidad y seguir con penas y fatigas una carrera empearada de suspensos y nutrida de humillaciones y fracasos más o menos
disimulados. Entre los compañeros se le tenía por estudiante de cortos
alcances y, además, desaplicado. Ello fué causa de que, ya licenciado, no
acertase a abrirse camino y tuviese que vivir a expensas de su padre.
Cuando éste murió, el joven Reguera se encontró en la calle y, como
suele decirse, con la boca abierta. Pasó entonces una época de grandes
dificultades, en la que, ni recurriendo a toda clase de expedientes, conseguía medrar decorosamente. Por fin, la casualidad de una influencia
le facilitó la entrada en la fábrica Bañolas. Consciente de sus facultades
y de sus defectos y cansado de sufrir privaciones, viendo el cielo abierto
con aquel cargo, se propuso conservarlo de por vida defendiéndolo, si
era preciso, ce1osamente, con dientes y uñas. Pero en este mundo de muñecos no siempre basta la voluntad, por fuerte que sea y por enérgicamente que se desarrolle. A los santos, aún con serlo, el diablo solía tenderles lazos para atraparles desprevenidos, y más de una vez, y a despecho de su santidad, los santos caían en elios. No hablemos, pues, de lo
que pasaría con los pobres pecadores. El lazo que había de tender Pedro
Botero al señor Reguera era la Nieves.
Ya se ha dicho que la vieja de casa Carolí había quedado paralítica y
que su nieta la cuidaba, mientras la nuera trabajaba en la fábrica. Una
vez por la mañana y otra por la tarde el señor Reguera iba a visitar a la
enferma; y como esto duró semanas y Nieves era una cabal mocita y el
señor Reguera, como todo mortal, tenía su alma en su almario, día llegó er. que el buen señor se sintió arrobado con dulcísimo arrobo.
Con todo y considerarse muy por encima de los obreros de la colonia, había claudicado, como los demás, ante el buen palmito y los gentiles andares de la hija de Carolí, y no sintiendo bastante aliento para
romper el hechizo, después de sostener una breve lucha consigo mismo,
se dió por vencido. No es que le ilusionase demasiadamente casarse con
una obrera, con una muchacha sencilla y sin pompa: en sus sueños de
hombre salido de la nada y de soltero definitivamente aplazado, había
revoloteado, en horas perdidas, la imagen imprecisa de alguna hija de
fabricante o de propietario conocido en la comarca, de alguna señorita
:ao o

L A P L U ,\1 A

&lt;le linaje y prosapia q e 1 •
,
de todo el mund
u 'a unirse a el, le aureolase y le remachase a o·os
Pero, súbitamen~~ e~et;bí~v~ esta1:1e~to tan fal tigosamente conquistado.
gen indeterminad;
d ncon r~ 0 con ~ sorpresa de que la imaIas celdas de su cer y vaga e los suenos se hab1a aclarado y definido en
cinita del caserón d~bÍis ~~~~~: trFzo,s fresc s Y atractivos de la !inda veconcertante para el señor Regu!~a ue aquj11!3- sorresa algo agria y desacuciador que se impuso a todo 1' pe~ol el imdpul so e~a tan violento y
Nieves bien valía
. s ~~ ca cu os e a vanidad.
decía, Carolí había c~~~hc!d~d1cac1on, tanto m~s cuanto que, según se
ya, con su negocio de maderas, algunos
picot\nes de pesetas.
Ciertamente no sería aquel
.
al fin y al cabo un tremendo diun casamiento de rango, pero tampoco,
rido que trepa;e hasta la mu· s_~arate. Ya que el Destino no había quedijo que no había más probl~: I eal dj ~s hueños, el señor Reguera se
él. No le desanimó el hecho d a que e e _acer trepar la obrera hasta
habían pretendido· sería co e aue ,ella hubiese rechazado a quienes la
mejor; pero tratándose de q:;I~n :::a'.ª~~pq~~ la muc~achla aspiraba a algo
esperar, otro ser/a el tono En co
'
. nor a !º o o que ella pocfía
pero como ella se fingies~ desen~~~~eanch,b/.senor Re~uera se ins~nuó,
seguro de he
' a o en seguida con clandad '
.. sería aceptado d e b uena oana
P ero la i¡a de Carolí entend, l i,
• d
no la tentaron las ofertas de su ·'ª as cosas e otro modo, y así como
de doctora.
s iguales, tampoco supo tentarla el rango
Su negativa fué delicada y prud t
d
.
tesía, pero también de firmeza d e~-~' 11 ena e agradecimientos y corEl 1'
y ec1s1on.
mucha~h!nh::taq~e~~a;~~;ji/if~~fs~~ó Y como estaba prendado de la
todo lo que ella quisiese poner~e un i ~na y otrabvez, ofreció esperar
d
os anos a prue a para ver si a ella
le nacía el amor u - '
todo fué inútil ptr~'u~º~-to a lealtad, declaraba no sentir por él. Pero
caso, el señor Re uera a;~~e~permaneció inconmovible. _Ante su frazón la gente del iuebl~· all '~ lf,1º y despechado, recapacitó. Tenía raducción en deducción · 1 ª 1ª fª~º ~nc~rrado. Fué saltando de dea los obreros? Era qu/;::t1:J¡~º~Ig~ mc~gmtaR¿~a doncellica rehusaba
d~e pica?Uba más ablto todavia ¿Quién h~1¡~/~~u1 ~ásu~~~i ql~emé1jº~i !re'~
0 ...
n nom re resp1andcc1ó
1
com o b d
'
en el cerebro del señor Re
o t&gt;r'.3- a o en caracteres de fuego
por la espalda. Estaban a gu1!3-·ln &lt;laque] instante un escalofrío le corrió
. me ta os e curso; hasta el verano no podría
salir d d1 d

ª la m~ra~rié~Jo::~~;~~ró~d~Ía~aec~~~l~e;f;st~J~~~~~ c;:;ie~~-Yta~:
201

�LA PLU\i\A

LA PLUMA

.
. l ido una inspiración de las suyas: «¿Por qué
aquí que un_ d1a le soplo ª1 1
e no se Je quería conceder por las
no conseguir por las ma as o qu

?

buenas?»
. .
'd.
en casa de Carolí no había otras
A la hora de la v1s1ta del me ic~ieves· la casita no tenía más que un
personas que la abuela encamada aurante ~¡ día era una casualidad que
vecino, y aún no muy cercano, y ·aJes or ue todo el mundo estaba en
pasase alguien po~'bq~cllosUn~ut~;de
enÍrar en casa de Carolí, el seel campo o en la ia nea... n llave' al ba'ar a recibirle Nieves, como
ñor Reguera cerró la puerla cohó enciJa trai~oramente, tratando de susolía, el señor Reguera se e ec_to aho ado se escapó de la garganta de la
jetarla entre sus brazos. U~. gn etirfo más vibrante por no alarmar a la
sorprendida, y no se atrev10 a re~
oco odia bajar a socorrerla. Lupobre vieja,. que_ al ~n al é~ª:r~nd~p resotiidos y sostenida ella por la
charon en s1lenc10, an
&gt;r
las fuerzas. Por hn pudo deshacer
ira v el pánico, que le centup ~ca~on con un supremo esfuerzo se desla ténaza de huefi~s qtr ~a
!on violencia. Rechazado, cayó en
embarazó del ru an a e1an n saco de arena mojada, mientras ella, co!1
tierra pesadamente, colo b en la puerta dando vuelta a la llave y hu1a
un salto de gamo, se_p an a a
se tarda en decirlo. Jadeante y desa la calle en menos t1emp~ del q1;1e vió en medio de la entrada al canamelenada, mientdras tf1"?:nt~!s~s)~itamente sobre un brazo y palpalrls.\11
lla como atonta o, e,
T
•endo que el azar llevase por a 1 m~slo y el codo ma~ratad&lt;?5°~~ a:~¡ estado volvió a entrar, y rí~ida {
gún cazador quepo
ver~ extendió el br;zo y señaló al vencido a
erguida como una i, emes1s
mo el azogue ... Con dolorosa conpuerta, duramente. El ~emblaba co t ándose arrastrándose llegó ~erca
tracción se P,uso de. rod11las, yb¡rrd! derrota humillación. Farfullo pede ella. Tema un aire lamenta e

~f

)d

°

dbk&gt;d:~¡

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y

nosamente:
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do
Una mala hora ... ¡Perdóneme! ¡La
-No sé lo 1ue me a pasa ...
quiero t:i,nto, Nievesb... ! d , se oía el rechinar de sus dientes.
Tema la voz que ra ª Y .
im Jacable:
Ella repitió con mayor_dltivez y g~i~a a ~oner los pies en esta casa!
-¡Salga usted en segu1 a Y, 1:º v1;1 finito que acabó de desfigurarle
En un minuto, y con un pamco m bro 'todo lo que Je amenazaba:
las facci?1:es, vió él a~olpd;sl~ fáb~~;,er: miseria otra vez... Se humilló
•d · d
el descred1to, el despr O
¡ mencia
más y más... Juntó las manos p~
ºp~re el am~r de Dios ... ! ¡Estaba
- ·No me pierda, no me p1er ~: d
. '
'
! T ºª compas1on e m1 ....
loco ... se Jo 1uro... i enbd.ó lo que iba a suceder si echaba de su casa
También ella compren i

l~r

202

a ~que! hombre com,o a un perro y se propalaba lo que había pasado:
pn';I'lero un gran escandalo y un terrible trastorno para su madre; despues, la enferma sin asistencia; su padre, exasperado, pidiendo cuentas
a aquel mi_s~rable... Q':1ién sabe qué drama en acecho ...
Envolv10 en una mirada de profundo desprecio al hombre que tenia
ridículamente arrodillado a sus pies.
. -Me detengo por los demás, no por usted ... Repóngase, y cuando
m1 abuela no pueda reconocer nada, suba usted.
Fué hacia la escalera, pero él la cogió vivamente por las faldas.
-¡Nieves! ¡Nieves! Por la vida de los suyos, no me comprometa ...
No diga nada a nadie ... ¡Prométamelo! ¡Si usted habla cometeré un
desatino!
Estaba blanco como el marfil y lloraba como un niño; los sollozos le
ahogaban la voz.
La ofendida sintió una sombra de lástima.
-Levántese-murmuró secamente.
-¡Prométamelo Nieves ... ! ¡Soy un desgraciado ... ! ¡;-..;o me pierda!
-Callaré; pero de aquí en adelante no me dirija a solas la palabra.
En efecto; nadie tuvo noticia de lo que había sucedido y poco a poco
llegó el verano, y con él el unigénito Bañolas, que ya parecía todo un
hombre.
Reguera vigiló incansable y pront0 halló la certeza en miradas v sonrisas de que sus sospechas tenían fundamento.
·
Pascualillo y Nieves estaban en inteligencia, cuyo carácter y alcance
verdaderos no pudo determinar el rechazado celoso. ¡He ahí el obstáculo! Por aquel mocoso sin sustancia ni discernimiento que sólo pensaría
en divertirse, él, un hombre hecho y derecho, había sufrido el más terrible escarnio de su vida y, lo que era peor, había perdido la tranquilidad y la alegría presentes y futuras. Por el cerebro del señor Reguera no
cruzó la idea de que Pascual pudiese casarse con Nieves. Harto conocía
los gatuperios del mundo y que no siempre los Jugares donde se agabillan hombres y mujeres resultan escuelas de buenas costumbres. De más.
de un fabricante había oído decir que era señor feudal en sus dominios;
un señor feudal en pleno abuso de todos los malos usos medievales, y
pensó que el hijo de Bañolas empezaba a labrar el campo de sus futuras
hazañas. Don Pascual, según unanime opinión de las gentes, era y había
sido siempre de una moralidad perfecta, pero eso no quería decir que el
hijo no rompiese la tradición, volando por su cuenta; tal hacían prever,
por de pronto, los indicios. Y como aquel muchacho una hora u otra
tenía que reinar allí y llenarle a él Ja comedera, todo lo que hiciese bien
hecho estaría, para él , menos en aquel caso.
20¡

�LA PLUMA
LA PLUMA
Tratándose de su altiva adorada, el señor Reguera se sintió trastornado. El espectro del hambre en lejanía no fué bastante a contenerlo, ni le
sirvió de consuelo su aco~.odaticia filosofía. En el dilema de te~er q1;1e
resignarse o luchar, prefino la lucha con todas sus consecuencias. N)
podía atacar abiertamente, a la descarada, porque habría sido la derro, a
anticipada; pero obraría subterráneamente, como los topos. ¿Qué hacer?
¿Denunciar al padre severo el primerizo galanteo del retoño? ¿Estorbar
los planes de éste actuando como ángel custodio que vela por el buen
nombre de la casa? Esta fué su primera idea, perq en seguida renunció
a ella. Por mucha discreción que tuviese don Pascual, un día u otro tendría noticia su hijo de la denuncia; y como de la juventud es el porvenir
y las primeras ofensas no se perdonan, el señor Reguera podía tener por
seguro que en cuanto su rival mandase perdería él la plaza y a Nieves a
la vez. Después de meditarlo bien, decidió habérselas directamente con
el enemigo; así, por lo menos, podría saber de qué pie cojeaba y atacarle
con mayores esper~nzas de_ éxito_. .
.
.
Discurriendo como se rngemana, la casualidad vino a ofrecerle el
punto de apoyo que le faltaba. U,n día, volvfend~ de paseo, ~ogió una
caña y con el cortaplumas la pelo y espurgo pulidamente. Piensa que
pensarás en sus cosas, caminaba de instinto y sin darse cuenta de lo que
hacía. De repente dió un tropezón y la hojita de acero, resbalando sobre
la caña le hizo un corte en un dedo. Empezó a manar sangre de la herida y ~ada gota pesada y Jlena, al dar en tierra, se ~nvolvía ~n polvo del
camino y quedaba convertida en una a modo de bolita enhannada. Algunas de ellas eran tan perfectas que al herid? l~ hicieron pensar en píl~oras de farmacia. Estaba muy cerca de la fabnca, y al pensar «farmacia»
el señor Reguera atinó en que podría po_nerse ~n la hfrida, para restañar
la sangre, una pincelada de yodo. ~a tarmac1a tema ~res puertas: u_na
grande, que podríamos llamar, oficial, 9.u~ dab_a _al patio; otra pequena,
que se abría a una cuadra v~c1a de la fábnca v1e¡3:, y finalmente, la tercera comunicaba con una pieza de la casa, conocida con el nombre de
almacén de los cubos.
La puerta que comunicab~ c~rn l~ cuadra vacía, ª?ierta ~xclusivamente para ir de la casa a la fabrica sin atravesar el patio los d1as ~e lluvia, era una puertecilla vidriera q_ue_ se cerraba con (alleba y c,err?Jº· No
siendo en caso de accidente, nadie iba a la farmacia de la fabnca, por
servirse todo el mundo en la del pueblo , donde estaba el practicante; si
alguien iba, entraba siempre por la p~erta grande. A est~ circunsi_ancia
se debía que Pascualillo hubiese e~cog1do aquel lugar qmeto y olvidado
para sus entrevistas con Nieves. Esta, a ho:a ~e cerrar, pret~xtando la
necesidad de alguna compra, entraba en la fabrica para advertir a su ma204

d!e que volvies~ a su casa_ s~n. entretenerse, y P?r corredores y dependencias foco tr~ns1tados se dmg1a a la cuadra v~c1a, mientras él, atravesand? e almac_en de los cub?s, penetraba en la farmacia, y como nadie veía
m al _uno m al otro, hab1an podido guardar secretas hasta entonces sus
relaciones.
Pero aquel día, el señor Reguer~, po~ a~orrar camino, pasó también
por la _cuadra va~1a y, antes de abnr la v1dnera, mirando por casualidad
a trave~ de los cnstales verdosos y empañados, descubrió al fondo de la
f~rmac1a a la enamorada pareja, abstraída en íntima charla. Retrocedió
vivamente sin ser visto y fué a rociarse el dedo con alcohol.
. ~l día siguiente se hizo el encontradizo con Pascual, y cogiéndole familiarmente _por el bra~o! le propus? dar un paseo hasta la Fuente Nueva. El est~~1ante le m1~0 sorprendido, pero vió en la cara del médico
~na expres1on tai:i _pa~1cular de S?nri~nte y protectora confianza, que,
srn saber por que, mtngado, le s1guio mansamente. Hablaron durante
mucho rato.
El señor Reguera le contó, a modo de advertencia, su descubrimiento de la tarde anterior, y con su aparente lealtad provocó la confesión
deseada. Después, afectando una indul$encia discreta y cordial de hombre de mun~o, se c~rcioró ..~l detalJe del carácter que tenía aquel noviazgo; aconse¡o al nov10 que s1 quena mantenerlo oculto, mirase bien lo
que hacía; le hizo prometer formalmente que no diría a Nieves ni una
pala~ra de lo ,que habían hablado-por evitarle violencias, ya que teugo
que zr cada di:i a su casa, comprende-; y finalmente, se ofreció en todo
y para todo al futuro señor de aquel reino.
~~ prime'. paso estaba dado, y desde aquel día se vió a menudo a los
dos ¡ovenes 1r ¡untos de paseo por las afueras y, a pesar de la diferencia
de edades, establecerse entre ellos una estrecha intimidad. No es preciso
decir que el único y verdadero nudo de aquella intimidad era la amada
común. Pascual, gozoso de poderse entregar por entero a la confianza,
en plena efusión de su juventud vibrante y expansiva, hablaba al nuevo
amigo ex abundanfia cordis, no celando ni en lo más mínimo actos, propósitos, anhelos y fantasías. A su vez, el señor Reguera todo lo escuchaba con interés, lo aprobaba todo amablemente y, mientras tanto, manteniendo siempre a su amigo en una atmósfera de graduada adulación,
iba sembrando con tacto y destreza, hoy una, mañana otra, en aquel corazón que se le abría generoso y sin recelos, simientes de ideas y sentimientos que esperaba ver germinar y granar cuando fuese hora.
Nieves dijo un día con tristeza a su novio:
-Desengáñate; soy demasiado poco para ti y no querrán nunca que
nos casemos ...

1

.

.

'
'

�LA PLUMA

LA PLUMA

Pero Pascual protestó vivamente:
-Mi padre estima mucho al tuyo ... Y también él quiso casarse con
la mujer que le gustaba ...
Como ella sonriese con poca confianza, él solía añadir hoscamente,
con retenida energía:
-Además, si quisieran impedirlo, sería igual, porque prescindiría de
su consentimiento ...
-¡Oh, no! Reina Santísima-contestaba Nieves alarmada-. Quizá
te desheredarían, y no quiero que por mí pierdas lo que te pertenece...
-¿Qué me importan el dinero y la fábrica si para tenerlos he de renunciar a la felicidad? Tendré mi carrera y no necesitaré a nadie para
mantenerte.
Y una y otra vez le repetía que se quería casar en cuanto fuese ingeniero. Mientras tanto, sentía el atormentado deseo de los besos y abra- .
zos de la amada. Pero ésta, a medida que crecía, se mostraba más pudorosa y recatada.
Su honestidad no era hija del propósito, si no del temperamento.
Cada vez que el galán, despechado, se quejaba de la esquivez de ella al
señor Reguera, sentía éste desmayos de alegría y calofríos de voluptuosidad . Seguro ya por aquel lado, se atrevió a aconsejar, con sonrisita de
suficiencia:
-No haga usted caso ... Todas son iguales ... Cuando creen que las
quieren se hacen valer... Si no fuese usted tan joven, si demostrase más
frialdad, haciéndola comprender el favor que la otorga mirándola, sería
ella la que se humillaría... A las mujeres hay que saoer tratarlas ...
Y en tantas y tantas ocasiones se esbozó aquel criterio del señor Reguera, que finalmente empezó a desteñir sobre la rectitud ingénita del
enamorado. Los enfados y las trapacerías de los primeros años del bachillerato volvieron a ferturbar las entrevistas de la pareja, y los primeros nubarrones de ma presagio aparecieron en el cielo purísimo de su
amor.
-Si me quisieras, no me dirías que no ...
-Si me quisieras tú como debes quererme, serías el primero en desear que te lo dijese ...
Llegaron las elecciones legislativas y se resentó candidato un amigo
de don Pascual, frente al que presentaba e Gobierno de Madrid. La lucha andaba muy e9.,uilibrada entre los dos contrincantes y nadie habría
podido decir de que lado se inclinaría la balanza. En el peligro, el candidato pidió ayuda a don Pascual que, metiendo en la urna la fábrica
en peso, decidió en su favor la victoria. El nuevo diputado, agradecido,
después de jurar el cargo, quiso ir a dar las gracias públicamente a su

f

2 06

protector. En la fábric3: se levai:taron arcos de triunfo, se enguirnaldaron de flores las maqumas, salieron los obreros a recibir al ilustre visitante, cantando y vitoreándole ... Fué, en fin, una llegada triunfal.
N_o es que para el fabricante significase gran cosa el resultado de la
elec~1?n, pero era bondado~o con su~ o_breros y apro~ech'.'-ba siempre la
ocas10n para ofrecerles algun esparc1m1ento extraordmano que les hiciese m~nos pesa~o y monótono el trabajo cotidiano.
E~. d1puta~o vmo aco~pa~ado de su hija y de algunas personas más.
La h1¡a del diputado tema diez y ocho años, uno menos que Nieves, la
de Carolí. Era menuda, pequeña, rubia, bonita y delicada como una
miniatura del siglo xvm
En la mesa, como era natural, estuvo colocada al lado del hijo de la
casa. Era coqueta y pagada de sí misma, y durante toda la comida zalameó con su caballero, haciéndole prometer reiteradamente que, cuando
volviese a Barcelona, iría a visitarla.
P~scual, hasta entonces con el corazón enteramente preso en su amor
y casi ayuno de trato social, era extraordinariamente tímido con toda
mujer que no fuese la amada, y en aquel día solemne reprnsentó su papel
con tan poco lucimiento, que su madre se sintió casi avergonzada, y después, a solas, hasta se creyó en el caso de amonestarlo blandamente.
. -Te has de mostrar más suelto, hijo mío, y aprender a hacer cumplidos ... Más que estar en compañía de una señorita de la ciudad, parecía que ibas a confesar.
Por su parte, el señor Reguera también había observado, y las gazmoñerías de gatita de la barcelonesa le habían aclarado el entendimiento.
Ante su esperanza, resucitada, se abrió un inmenso campo de maniobras,
y comprendió todo el partido que podía sacar de aquel auxiliar. En
cuanto su amigo se puso al habla, le dijo así:
-¡Vamos, pollo, ha hecho usted una conquista!
Y alabó desmesuradamente la belleza de la forastera, sus aires distinguidos, su cultura y la gracia con que sabía decir hasta las cosas más
triviales.
Pascualillo, en el fondo, no dió ninsuna importancia a los elogios
del médico, y con todo, estuvo más displicente con su amiga, y observó
con sorpresa que los cabellos de Nieves eran más oscuros que los de la
hija del diputado, y que no reía tanto como ella.
El diputado olvidó en la fábrica su bastón, y el señor Regu'!ra dijo a
don Pascual que como él tenía que llegarse a Barcelona podría entregárs~lo. Se lo llevó, en efecto; y como en aquel momento no se hallase
el diputado en casa, el señor Reguera quiso saludar a la señorita. La
señorita vestía de blanco con cintas azul celeste; ya no parecía una mi207

�LA PI.UMA
niatura, sino una fina y airosa pastorcita de Watteau. El señor Reguera_
quedó prendado por cuenta ajena.
Hablaron de aquel día, y el señor Reguera hizo un brillante panegírico de Pascual, tal como lo había hecho para Pascual de la hija del di¡:&gt;Qtado. Aseguróle, además, que en la fábrica !a recordarían mucho.
Cuando el señor Reguera se retiraba, ella tomó de un vaso un ramo de
rosas magníficas y se lo entregó, diciéndole:
-Para la señora de Bañolas.
Y escogiendo una rosa pequeña y encendida como un corazón, añadió con leve rubor:
-Y ésta para mi vecino de mesa, como un recuerdo del día en que
nos conocimos,
De regreso en la fábrica buscó en seguida al hijo del patrono. Pascual quería ir a casa de Carolí (ahora ya no se veían en la farmacia,
tanto por el aviso del señor Reguera cuanto porque a ella no le era tan
fácil como antes dejar a la abuela, sino por las cercanías de la casa); pero
el señor Re~uera, quieras que no, se lo llevó a paseo, y poniéndole la
rosa en el o¡al le explicó, con todos los aditamentos pertinentes, todas
las maravillas de la pastorcita de Watteau.
-¡Oh, qué monada ... ! ¡Si usted la hubiese visto, .. ! En seguida me
ha preguntado por usted. Me parece que si usted quisiera, no tendría
más que alar~ar la mano. Ya lo vi claramente el primer día. ¡Qué lástima que este usted comprometido!-Y como hablando consigo mismo,.
añadió:-¡Esta sí que habría dado lustre a la casa Bañolas!
Hasta el día siguiente no vió Pascual a su novia, en el bosquecillo ,
cercano al río. Todavía llevaba la rosa en el ojal, y ella la advirtió en
seguida.
--;-¿Qué es esta rosa?
El, turbado, vaciló; habría dicho la verdad, pero le pareció que no
era del todo correcto decirla.
-Me la dió ayer el señor Reguera ...
Ella, sorprendida, le miró al fondo de los ojos; él bajó los párpados.
-LQué extraño! ¿El señor Reguera?
-Sí... De un ramo que trajo de Barcelona para mamá ...
Nieves era lista, y presintió vagamente algo de lo que pasaba. Su
frente, clara y pura, se tiñó con una veladura rosa, que era en ella señal
de que se había impresionado vivamente. Contestó tan solo:
-Ayer te estuve esperando toda la tarde ...
-Fui a paseo con el señor Reguera.
--;-¡Siempre el señor Reguera! Ya te dije que no fiases en él.
El miró, distraido, río allá.
208

L A PLUMA
-No sé por qué ...
,
. - ¡Porque tiene dos caras•-excla . N'
mo J '1eves con viveza; pero en seguida añadió, atenuando·-T·
gusta.
.
iene una manera de mirar que no me
-Antipatía que le tienes.
Hablaron de otras cosas Al de d.
por primera vez, le dijo en ~oz ba·!fe irse, ella, sonri ente, vergonz•sa
-Dame esta rosa
1 •1 1
Él se echó atrás ,-:Y a argo a mano hacia el ojal.
. -¿No ves que ~~~d~~:~:¡,'
fuera ~e tiro.
d
pnsa._
' I s1 asta manana-y se alejó deNieves quedó inmóvil corno u
na estatua, durante un minuto. Al
cruzar el margen sintió c;er
serenísima la noche, allá e~n~ ~~~a ~n su _mano. Miró a lo alto. Era
oro rebajado, la estreDa de'Ja tard JLnta, bnlla,ba, como una chispa de
era una lágrima.
e. a gota ca1da en la mano de Nieves

~Att 1r

* * *
Con el tiempo, las lloró abund
p
.
todo. :~o es que no la quisiera· h!~~s. ascuahl~o había cambiado del
pues.con sólo clavarle la mirad~ le hací~~mpí,fnd! ella_ que la quería,
quena como antes con aquella el 'd d em ar esvahdo; pero no la
lla ingenua dulzu;a de los pasado!rd. a 'Ahn aq?ella sencillez, con aqueellos algo forastero una influencia ias. . ora a muchacha sentía entre
que llenaba el amo~ de arrebatos de f~l~nd que lo en~en~bre~ía todo,
malas voluntades, inexplicables ~n b;t ª1 ,e~, de recnmmac10nes, de
ven~a», pensaba la pobre Nieves y
na og1ca ... «Es el otro que se
dec1Tselo todo al amado de ab : l 1 un~ y otra vez estuvo tentada de
detenía siempre el respeto a la ;~~~e~! OJOS hejfecbo al traidor; pero la
que podía ocurrir hasta el mismo s·1 que a ia echo, el temor a lo
dado hasta enton~es. En efecto·
enc10 sospechoso que había guarhabía convertido para ella en un ·c~p\mq~ elxc~sar adguel silencio, que se
y franca?
e impe 1 toda defensa airosa
l' d
Mientras tanto el veneno iba
corazón del amigo'.
cump ien su obra destructora en el
Pascual fluctuaba atormentado
b .
opu~stas. En realidad: al principio le yh sb!I' r~o, e_ntre dos corrientes
grac1~s y zalemas de la barcelonesa. Sen~·tn mq1!1ef1º muy poco las
prop10; pero su corazón enamorado c i ' eso s1, a agado su amor
del primer amor, seguía'fiel a la modeit~ tobdo el fpuego y !odo el empuje
J4
o rera. ero mas tarde... más

ó

ª

ª

°

209

.¡

�LA PLUMA
LA PLUMA
tarde, comprometido y casi arrastrado la~ p_rim.eras veces por el señor
Reguera tuvo que aceptar por fuerza las invitaciones del padre, acomañó a l~ familia a la mesa, al cine, en los paseos, y poco ! poco le plugo
~l frívolo hechizo de la nueva ami~uita. Acaso .no la quena con amor de
hombre a mujer; pero le ~ntreteni~ y_ le deleitaba de un modo absorbente su graciosa compañia. La senonta barcelonesa mandaba y ~e hacía obedecer siempre, como reina y s~ño~a entre vasallos, como si fuese
la clave central del universo, y con el hizo como con to~o el mundo?
ero tan oentilmente, entre risas y juegos, que él no pod1a, prote~ta~ ni
~ebelarse ~ontra la impuesta esclavitud; y lentamente se fue con:7irtiendo como todos los que la rodeaban, en dócil juguete de la capnchosa.
En' sus contados momentos de concentración, y sobre todo cada ve~ que
volvía de la fábrica, al mirar con sorpresa,_ como.ª una de~conoc1?a a
quien viese por primera vez a aquella criatura, insustancial y frivola
como un pa·arillo, que por gracia se quejaba siempre d~ dolor de c~beza
estómaoo de aburrimiento o de cáhsanc10, el estud1~nte
0 de dolor
sentía un gran vacío ~n' el alma y un vivísimo de~eo_ de huir. ?e alh, de
romper aquel extraño encantamiento, que parec1a irreal, h1¡~ de una
0 resóra fi uración de alguna pesadilla. Y, como un consuelo mesperad~ como !n filtro libertador de sus facultades secuestradas, como 1;1na
rá --~ga de aire fresco que le devolvía los sentidos, .surgían ante sus o¡os,
co~ súbito relieve, los rasgos bien amados de N1eyes, sus formas. opud
lentas ricas en salud y fortaleza; su austera, pero imponente, ma¡~sta
de Ju¿0 . y la sed de ella y el deseo de ella le abrasaban. En cam,bi~ al
ver de n~evo a la obrera en la realidad, algo de desencanto y _de intimo
marchitamiento se mezclaba a su alegria impulsiva y esrontanea.
Acostumbrado ya a los artificios y arruma~os de la cnatur~ que ~cab ba de dejar hallaba excesivamente desprovista de ellos a Ni~ves, ¡uzgándola exce~ivamente vulg~r en su ~encillez, falta de grac.ia e_n los
gestos, de conversación monotona! de ideas ~lementales y rutmana.s Y.:
al mismo tiempo, demasiado mu¡e:, de~asiado rey~renda,. roco msi
nuante y festiva demasiado dura e inflexible a la cahda caricia .de sus
dedos nerviosos: .. y el pajarillo ingrávido y minús~ulo, el cepo animado:
voluntarioso· y plañidero, revoloteaba en el ~spac10 y, p_asando) t~abpa
sando entre él y Ja amada, le enturbiaba la imagen de esta, la a e¡a a Y
a veces la repelía.
,
En el divorcio cada vez más acentuado, Mefist? terna la máyor parte
de culpa. Sutilmente, solapadamente, c?m.o un .".1ento ':dverso, empu:
jaba la débil nave a la deriva. Hoy una msmuac10n, mfnana un ~ons~
· 0 , asado mañana una broma, otro día una observac~on en apa~1e1_1cia
había ido transformando y suplantando gustos, ideas y sentimien-

Je

ttil,

tos del enamorado; había elevado en aquel espíritu fluctuante un solio
de magnificencia para la intrusa y había puesto despiadadamente de
manifiesto, mirándolas con cristal de aumento, cuando no creándolas
de raíz con cuatro pinceladas ridiculizantes, las deficiencias de la pobre
hija de Carolí, y finalmente había infiltrado en el corazón enamorado
desconfianzas, recelos, desdenes, vanidades, exigencias, altiveces ... , innumerables causas de discrepancia con la amada.
-¡Bah ... ! Si he de serle franco, siempre dudé un poco de estas locuras de las mujeres del pueblo por los señoritos. Sólo puede tenerse fe
en las pasiones cuando van de arriba abajo, o de tú a tu, es decir, cuand? no se va a ganar nada si no a igualar o a perder... Si se hubiese podido casar con la otra, entre el capital de us;ed y la influencia del suegro, ¿dónde habría llegado la casa Bañolas? El senador y usted diputado,
serían los amos del país. Se acabarían los obstáculos del Collet, que
siempre han sido el nubarrón de mal agüero para el porvenir de la fábrica, y con una carretera por mediodía y algo rectificado el trazado del
ferrocarril .en proyecto (que cuando se dispone de votos y dinero, en Madrid se consigue todo), Ia fábrica quedana en situación más ventajosa
que todas las demás y no tendría que temer nunca una competencia
formal. ..
-¡Por amor de Dios, Pascual, no sea tan inocente! ¿Cómo quiere
que no sea melindrosa si en la resistencia está su victoria? ¡Son de mucho cuidado estas santitas campesinas! Con su virtud inexpugnable,
mantienen ardiente el deseo del sihador y no se entregan si él no lo hace
primero, es decir, hasta que envía por delante a la fortaleza el acta matrimonial... ¡Ah! ¡Quisiera ver a nuestra Lucrecia, hoy tan altiva, el día
en que perdiese toda esperanza de ser la señora de Bañolas! Entonces,
como ya no le aprovediaría la virtud para nada, se daría prisa en venir
a ofrecerle ella misma lo que ahora le hace desear tanto. Y sí no, haga
usted la prueba: ¡cásese y ya me sabrá decir lo que ocurre ... !
Pascual ya había acabado la carrera, ya era ingeniero. Nieves conservaba todavía una última esperanza, aún quer(a hacerse la ilusión de creer
que se acercal?a el término de sus torturas. El siempre le había prometido que en cuanto acabase la carrera hablaría a sus padres de la boda.
Pasó un mes, pasaron dos y no les habló a sus padres ni a Nieves. En
cambio, voces volanderas, que no se sabía dónde habían pescado la
referencia, empezaron a propagar la noticia de que tenía relaciones formales en Barcelona. Pascual, estrechado por Nieves, lo negó, arisco y
malhumorado; pero doña Menda se mostró muy gozosa de la noticia,
Y el señor Reguera, sin poner nada en claro, parecía confirmarlo con
sonrisa de discreta inteligencia.

210
2 rI

�LA PLUMA
Un día que fué a Barcelona trajo al volver una gran noticia y ésta
absolutamente cierta. ¡Se estaba terminando la bandera! Este era asunto
ya lejano. Dijimos que los obreros habían ido a recibir al diputado, _antando; el diputado, por halagarles, les dijo que cantaban muy bien; ellos
le notificaron que estaban preparándose para formar un orfeón, y el diputado les prometió que si lo formaban les regalaría la bandera. Se organizó el orfeón y el diputado envió a decir que cumpliría su promesa, que
regalaría la bandera y que él mismo haría la entrega. A su vez, el señor
Bañolas declaró entonces ~ue cuando el diputado volviese a la fábrica
se celebraría una fiesta esplendida, más espléndida todavía que la pasada. El portador de todos aquellos mensajes era el médico, que reservaba,
hasta la hora oportuna, el gran secreto que todo aquello encerraba y que
era nada menos el de que ra bandera había sido bordada por las propias
manos de la hija del diputado. Tentada p)r la sólida posición de los
Bañolas y animada por el consentimiento tácito de su padre, la gatita
había trazado sus planes y tomado sus medidas; pero Pascual era de una
irresolución desesperante, y, a pesar de que todos los signos eran de que
la quería, nunca acababa de declararse. Era preciso, pues, estimularle
de cuando en cuando con golpes de efecto que le fuesen comprometiendo públicamente y le llevasen, como de la mano, al anhelado noviazgo. Lo de la bandera era uno de aquellos golpes. La gatita, haciendo
al señor Reguera confidente único de la sorpresa que preparaba, le suplicó que no dijese nada a nadie hasta el día de la fiesta. Pero una desgracia imprevista había de precipitar los acontecimientos. Un ataque de
embolia se llevó a doña Menda, en pocas horas, de este mundo.
El que había de ser día de alegría y de gozo lo fué de lágrimas y
duelos. El orfeón, que había de debutar con un canto alusivo para ir a
recibir al diputado y a su hija, ensayó a toda prisa composiciones adecuadas y debutó en los funerales de la patrona. También se estrenó la
bandera. La habían traído el donante y su hija, enlutados, y al hacer
entrega a los orfeonistas, atado al asta un gran lazo de gasa nepTa, la
doncella había estrechado efusivamente la mano de Pascual y hab1a silabeado con ternura:
-La he bordado pensando en usted y es la mejor corona que puedo
ofrecer, como testimonio de mis respetos, a la memoria de su pobre
mamá, que santa gloria haya.
Pascual, emocionado. turbios de lágrimas los ojos, no hallando palabras con qué contestar, se inclinó y le be;;ó la mano. La escena tenía
lugar en el gran patio de la fábrica, lleno de obreros y obreras. Entre
ellas, Trinidad y su hija. La primera sintió en su corazón un impulso
de alegría y dió gracias a Dios, porque Je pareció que empezaba la libe212

LA PLL"MA

ración de su hija· pero ésta ere ó ll d
tenebreció a sus' ojos· le fallalo lega .º el fin del mundo; todo se endiese el espectáculo. Mefisto ut as pierna~ en poco estuvo que no
la observaba a hurtadillas astuiam:~:de el ~uóc eo centr:1J de personajes
placencia.
e, sonn con sonnsa de cruel comEl diputado y su h ..·
la fam~ia! presidieron ~tct~~ri%~:~tio~n~~::dos coloalsi ya fuesen de
y con os tos empleados
de la fabnca. No se había cruzado un
y los _barceloneses y, con todo nadie ~gfabra ffrd~al entre l?s B~ñolas
la umón de las dos familias. '
o aque ia que era inminente
En el más oscuro rincón de la
·u
N·
blemente pálida con el as ect
cap1 a, . ieves, secos los ojos y terrifracaso de todas'sus ilusioies la
y ¿.ªClt~rno qule la procuraban. el
pensaba en doña Menda; pe~saba conª age 1ª que e part1a el corazon,
naza y venganza que no había de acab~~n.cor', con u~ impulso de amedespierto en aquel instante le dec 'a
1¡amas. Su i~stmto, del todo
en lo más íntimo, de todo Ío ue ha~re a mue~ta tenia la culpa~ allá,
que se aproximaban. Ella co:f la . a pasado y _d~ los aco~tec1m1entos
e1 interdicto; en ella sentí~ Pascu.f{{;:1era ":d~o~1c1ón, hab1a formuladó
bilidad de carácter no le había permitidcos1t1 n med~ctible que su decondescendencia de última hora hacia a rontar a tiempo, e1Ia, con su
y sancionado la traición Nieves no ed nuevo a~or, había justificado
aquelJ~. alma que se le h~bía mostrad~~n~~~~r-m un padrenuestro por
De¡o pasar un mes Con el pret t d l d g l.
de casa y esquivaba la~ entrevistas ex o e u~ o, Pascual no se movía
novia. Pero ella contaba todavía con su promesa. Decidida a acacin
cosas, Nieves le detuvo un día en el ;~tii uni3 ~ez con aqu~l ~stado de
le gran cosa que la vieran o que de¡·asen d a ª1 escarada, sm importar-Escucha , p ascual .. .
e ver a.
-NDispe1;1sa, Nieves ... En este momento ... mi padre
- 1 o; bien sabes que no te
d.
me espera ...
dart~ conmig? po~que me enga~is~~~ na te. Pero no te atreves a queEl proles.to,. ba¡a la cabeza, sin demasiado calor.
_¿A que v1_e,ne todo esto? ¡Te estás volviendo más rara'
N1eves sonno con amargura.
·
-¡No me lo niegues' ¿Imaoi
h
tus maniobras con la ot;a? o.nas que no me e dado cuenta de todas
- M_anías tuyas ... Tienes celos ... Eso es todo ...
-DNime que no tengo motivos para estar celosa
- ¡ aturalmente, mujer!
·
- ¡Júramelo!

r

,~~r::i

1

~t

�I . A PLUMA

L A PLUMA
Pascual vaciló; finalmente pronunció con esfuer.to:
-Te juro que ... , que no le he dicho nada.
.
-Entonces ... nada te impide cumplirme la palabra que me diste ...
Acabada la carrera, muerta ¡Dios la haya perdonado! tu mamá ...
-¡Nieves!
.
, .
-¡Infeliz! ¿Te figuras que no, compre~d1 que no me quena m_ me
hubiese querido nunca, y que. tu no ~en1~s valor l?~ra contrade_cirl~?
Pero ahora las cosas han cambiado. Tu mismo lo dipste: tu papa quiso dsarse a gusto y no impedirá que tú lo hagas también ...
Él bajó la cabeza:
-Naturalmente ... ; pero ahora ... , el lut~...
.
-Fijemos una fecha ... Dentro de un ano, ~entro de dos ... El d1a
que tú quieras; pero gue yo tenga alguna se_gundad ...
-Es imposible, Nieves. Las circunstancias ... , la ... la... . .
-Hasta aquí hemos lleiado, Pascual. Te ~e dado toda m1 Juventud,
todas mis esperanzas, y quiero saber para que te las he dad~...
.
Pascual se pasó la mano por la frente; sudaba de angustia. Despues
,
. .
tartamudeó:
-Tengo que completar mis estudios... Dentro de u_nos_d1as ... , qmza
mañana mismo ... , me iré a Alemania ... Después, a m1 regreso, podremos hablar... ·
Ella le miró atónita.
-¿A Alemania? ¡Nunca me habías hablado de semejante viaje ... !
¿Cuánto tiempo estarás allí?
Pascual vaciló nuevamente:
No sé... depende de ...
Nieves, resuelta, severa, irguiendo toda su estatura, le apoyó la mano
en el brazo y le interrumpió así:
-¡Basta, Pascual! No te molestes .. . Demasiado entiendo lo que te
sucede ... Te vas porque huyes de mí... No te atreves a faltar cara a cara
a la _palabra que me diste...
.
Sintió Pascual que se ' le agolpaba la sangre, tumultuosa, y Nieves,
violenta esperaba ávidamente con el alma asomada a sus pupilas.
.
«Si pierde las esperanzas, ella será la primera en irle a la zaga ... Y s1
no haga la prueba.. .»
'Al cruzarle por el cerebro el pensamient?, ruín, sel~ aplacó la sangre
repentinamente, se le vel0 la voz, se le enfno l~ expres_1ón.
- Ten cuidado. Piensa, Pascual, que me deias en libertad y que un
,
.
día puedes arrepentirte.
Nieves, aparentemente serena, hab1a pronunciado estas palabras lentamente, subrayándolas con firmeza.

r:speró tod~vía ... Vió que pascual agitaba los dedos espasmódicam~nte, como picado por la tarantula, pero no abrió los labios. Pasó un
f1?10uto,_ que en el orden_ espiritual,_ valió por unas semanas. El unigémto B_anol~s, en aquel mmuto, se v1ó en pleno Congreso, defendiendo
la rect1ficac1ón del trazado del ferrocarril. ..
Nieves le volvió la espalda, atravesó el patio y salió de la fábrica.
A lo~ cuatro días, Pascual marchaba a Alemania, dejando a su padre
desconsideradamente abandonado a todas las desolaciones de su viudedad.

* * *
Transcurrido cerca de un año, el padre escribió al hijo que debían
celebra~~e las mi~as del an~ve_rsario de doña Menda y que suponía que
el. su ~IJO, vendna para as1st1r a ellas. Le suplicaba que, al contestarle,
Je mamfestase lo que pensaba hacer después.
La imagen de Nieves, en actitud severa de Némesis, llenaba durante
toda la noche las sombras del desvelo a la vera del lecho del inoeniero.
Al día siguiente éste escribió a su padre: «Querido papá: De to8o corazón te echo de menos y espero con ansia ir a darte un abrazo y a
rezar contigo por el eterno reposo de la pobre mamá. Me preguntas qué
pienso hacer después. ¡Ay, papá! Me duele tener que dec1rtefo; pero es
forzoso que después vuelva aquí, porque estoy metido en unos experimentos interesantísimos que serán de gran provecho (al menos así Jo
esper~) para nuestra industria, pero que me ocuparán algunos meses
todav1a ... »

* * *
Llegó a la fábrica la noche antes de los funerales y, al salir de ellos,
habló de marcharse al día siguiente. Su padre entonces le dijo sin mirarle:
-Hijo mío, te ruego que esperes un par de días más ... Como me
sentía tan sólo y no quería perjudicarte en tus estudios, he resuelto volYer a casarme, y quisiera que fueses testigo en mi boda ...
Cuando el hijo, dolorosamente sorprendido, preguntó quién era la
elegida, el padre contestó evasivamente:
- Una antigua obrera de la fábrica ... Y salió de la habitación.
Al día si~uiente se celebró la boda, con sencillez y seriedad, en la capilla de la fabrica. Nadie había sospechado nada hasta aquel momento,
porque los trámites preliminares se cumplieron en la mayor reserva.
Asistieron tan solo las dos familias y actuaron de testigos, por parte de
don Pascual, su hijo y el señor Reguera. La novia, modesta y pudorosa,
no levantó los ojos del suelo durante toda la ceremonia. Ella fué la que

214
215

�LA PLUMA
rechazó par'.'- alcoba i:upcial 1~ suntuo~a que había p_ert~~ecido al matrimonio en vida de dona Menc1a, prefiriendo una habitacion clara y soleada del segundo piso. Esta alcoba estaba situada encima de la de Pascual,
y unas horas después, éste confesaba al médico que lo que más le había
hecho sufrir de todo había sido oir sobre su cabeza el ruido de los zapatos al caer en la alfombra.
* * *
Han pasado m_ás años. El_hijo de_Bañolas, terminados. sus ~studios en
Alemania se caso con la h1¡a del diputado, y ahora es el quien ostenta
la investidura del suegro y el que ha cons~guido la carretera ~e ~ediodía
y la rectificación del trazado del ferrocarril; pero el ferrocaml D10s sabe
cuando se construirá y los obstáculos del Collet siguen siendo la perpetua amenaza de la fábrica.
Cuando se casó, su padre quería ce~erle todo el primer piso de la
casa pero Pascual se opuso resueltamente, y con la excusa de que ahora
dirigiría él personalmente la fá~rica, alojó al subdirec~o~ e~ el pueblo y
se fué a vivir al chalet que aquel ocupaba. Gusta de v1v1r aislado, tanto
mas cuanto que su esposa, ,el pajarillo minúsculo, está ~uy delicada de
salud; tiene enfermo el estomago, y una cruenta operac10n en las entrañas la ha dejado estéril para toda la vida:.
._
En cambio, don Pascual tiene dos hi¡os como dos soles, u~ mno, y
una niña. Los domingos, cuando van a misa al pueblo, la mu¡er, _dandole filialmente el brazo a su marido, porque a don Pascual ya empiezan
a flaquearle las piernas, han de pa~ar ~ecesariamente por d~lante del
chalet del director, y desde el estudio, situado en la pla!1ta ba¡a, _do~de
pasa trabajando locamente todas las horas que no esta e1~ la fabnca,
Pascual no puede_ dejar de observar 9_ue el niño,_ su hermanito, se 1~ parece extraordinanamente y que la nrna es la misma estampa de Nieves
cuando iba a la escuela y corría y saltaba al margen de los regato~ de la
huerta. Entonces va al otro lado de la mesa y reanuda el tra~ªl? con
más furia que nunca. Y al verle tan atareado los obreros de la fabnca le
dicen afectuosamente:
,
-Ave María, señorito. Descanse un poco, que así como as1 1 tampoco se ha de llevar el dinero al otro mundo. ¿Y sabe lo que consigue con
trabajar tanto? Pues que a sus años parece usted más viejo que don Pascual.
h
En efecto, el hijo de Bañolas tiene todo el cabello blanco y e.1 rec o
se le hunde un poco más cada día. El padre, abotargado de su felicidad
es el único que no lo advierte.
VÍCTOR CATALÁ
Traducción de
216

RAFAEL MARQUINA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES*
II
colegio de donde venía pasaba por bueno. Caserón prócer, _muros desplom_~dos, sobre el dintel armas en berroquena, suelo de guiJas en el zaguán, oscuras salas cuadrilongas, húmedas, a los haces del patio, ensombrecido
por la pompa rumorosa de tos laureles y los cinamomos. En el
estrado, a la diestra del Director, sucinta diputación del reino mineral, en un armario. Y a la mano siniestra, en cierta alacena, retortas
con telarañas, probetas y tubos de ensayo en sus espetéras, desportillados, y cantidad de tarros con substancias desusadas y temibles,
que de primera intención parecían cosa de botica. Profesor de física,
un médico, por venir de facultad contigua a las ciencias esperimentales; profesor de aritmética y geometría, un capitán retirado, ducho,
como militar, en ciencias exactas. Pasantes famélicos, irrisión de la
g ente menuda cuando exorables, o azote funesto si las cóleras fermentadas en el lapso de su vida les tomaban con arrebato la cabeza.
Las lecciones, por tandas; los estudios en común, y a voces, para
L

* Véase

LA P LUMA

de septiembre,

19 21.

217

�LA PLU:\·1 A

.! .

meter pcr los oídos en los desvanes de la memoria, a favor de un
raudal de sones cadenciosos, las materías de no fácil recordación.
Borrascas de lapos y cachetinas imbuían en los torpes la sintaxis del
latín: más lágrimas he visto correr sobre el texto de los Ccmentarios
que sangre vertió el propio César en el suelo de las Galias. Colegio
bueno: confusión de yoces, de torpezas, de resabios. En los Escolapios pegaban con vara; en el nuestro, quien más, atrapaba media
docena de correazos. «Dios castiga, pero sin palo»; tal es el introito
de la sabiduría infantil. Era patente que los maestros seglares se
acercaban más que los eclesiásticos al poder de Dios...
Aridez, turbulenta grosería en el colegio; lóbrega orfandad en
casa. Un espíritu tierno, como de niño, ambicioso de amor, empieza
luego a tejer un capullo donde encerrarse con lo mejor de su vida,
con todas esas apetencias, generosas o no, pero fervientes, que el
mundo desconoce o pisotea. En esa edad, por el corazón se vive, tan
.solo. ¿Qué me importaban a mí los romanos, ni la noción de lo sublime, ni las luchas del Pontificado con el Imperio? Heroísmo, el mío;
emociones, no la naturaleza exterior ni el estudio de los modelos,
sino el divagar por la selva del alma me las brindaba; y en secreto,
siempre. Los maestros preguntan de historia, de física, de agronomía...; pero de ese faberinto en que el mozo se aventura a tientas,
con pavor y codicia del misterio, nunca. Larva de funcionario, que
será por vocación padre de familia en cuanto se libre de quintas: así
reza e! cartel que a uno le cuelgan del pescuezo. Y entonces empieza
el amarse a sí mismo con monstruoso amor, macerado en la soledad,
y el zambullirse, culpable la conciencia, en el deleite de los ensueños. Porque toda la maleza que en tal sazón vamos viendo crecer Y
tupirse es sin duda el desorden, es el mal, es lo prohibido, lo vergonzoso y recóndito de que no se_ debe hablar. O acaso los _demás
no están dañados, y uno es el caso insólito: un monstruo. ¡Que fardo
ha creído uno llevar, o más bien ha llevado realmente sobre sí, en
218

I.A PLUMA
la que llaman edad dichosa! Menester es aceptarse; no hay opción.
i Pero aceptarse así, a escondidas, creyendo cometer un crimen, y asomarse con remordimiento y pavor a los veneros que en el fondo de
nuestra humanidad bullen y nos fascinan ... ! Cuanto me ha reconciliado con la vida: el amor o el arte, el afán de saber o la amistad el
apego a la acción por la acción misma y el estímulo de añadí; aI
mundo moral alguna criatura de mis manos no son sino las formas
en que ha buscado empleo y saciedad aquella pujanza juvenil que
enton_ces :ne puso miedo creyéndola ponzoñosa, y que todos, todos
parec1an ignorar, no sólo en mí, pero en el ser humano. Con más
cordura, sumiso al orden, la hubiera destruido. La defendí; fuí un
rebeldillo, un enemigo, prestando al orden la aquiescencia mínima.
Vivía para mí solo. Amaba mucho las cosas; casi nada a los prójim_os. Amaba las cosas en torno mío; amaba los o~jetos triviales de
m1 pertenencia, porque eran dóciles y. sugerentes y andaba en ellos
algo de mi persona. Amaba mis libros, y el aposento en que leía, y
su luz, su olor. Amaba la casa, tan temerosa en los anochecidos
rondada por las sombras de los muertos, llena, a mi parecer, del ec;
de ciertas voces extinguidas por siempre jamás. Y el patio, v un
conato de jardín entre estombros, donde las tardes de la canícula ,
apenas puesto el sol, atendía a los furiosos giros de los vencejos en
torno al chapitel del convento contiguo, a las campanadas del rosario, a las voces de las mujeres que iban a coger agua a la fuente del
Hospit~l, Y a otros rumores del pueblo desgarrado por la congoja
vespertma. Amaba poco a las personas. Se me antojaba hostil su
proceder. La más entrañable estaba casi tres cuartos de siglo dis-tante de mí. Pero iban otros héroes y heroínas de mi talla a una plazuela sepulcral, pegada a los muros de San Bernardo-cedros y tilos
entre acacias, y un estanque a rás del suelo ceñido de laureles
rosa- , que oyó, en las noches del verano, las efusiones de nuestro.
delirio.

�LA PLUMA

En noches tales me acostaba feliz. De pronto, desde la alcoba
tocante con la mía, me gritaban:
-¿Te has dormido?
-¡Aún no!
-¿Qué haces? Reza el Señor mío Jesucristo. ¡Si te murieras
ahora caerías en el infierno! ¡Arder, arder siempre! ¡Por toda la
eternidad ...!
Era pavoroso, ¡y tan injusto! Devoraba la injusticia, del mismo
sabor que mis lágrimas. Digo que paladeaba su amargura. Llevaba
el corazón henchido de orgullo: teniendo razón contra todos, era su
víctima.
-Tú vas a ir con los frailucos, nieto-me dijeron al acabarse
aquel verano.
Fué más grande la sorpresa que el disgusto. Frailes, yo no los
había visto. Alcalá fué en otros tiempos copioso vivero de insignes religiones. En los míos, era un pueblo secularizado, abundante en canónigos pobres y sin demasiado celo proselitista, adscritos a la nómina,
•que iban a ganarse el sueldo cantando en el coro de la Magistral: Deus
in adJutorium meum intende... como otros emplead&lt;•s iban a la Administración subalterna o al Archivo. Había capellanes de escopeta
y perro, o que imitaban al pie de la letra la vocación de los apóstoles pescando barbos en el Henares; curas de rebotica, y algunos
g oliardos. De los frailes quedaban los conventos, reducidos al cascarón, el nombre de los pagos más fértiles, que suyos fueron, y las
memorias, frescas aún, de sus luchas por el rey neto en la era fernandina. Para la gente moza, el fraile era un tipo corpulento, con
barba.e; y sayal, rasurado el cráneo, que lo mismo asestaba un trabuco
contra franceses que azuzaba a los voluntarios realistas contra los
-«negros». ¿Y una caterva tan brava abría escuelas? ¡Dura cárcel me
prometían! Pero el llanto era al de~prenderme del orbe estrecho en
220

~ PLUMA
que solía imperar dond f
tab
'
e uese a dar con m1·s h
a menos.
uesos me impor- _

Los parientes me diieron ad 10
'. rac10n
· · d el Ama2onas O "t· b
s como si emprend1era
• la explod
.
·
ira an a consolar
d
er, ilustre infortunio: «Es or t
.
me e aquel, a su entenagradecerás!»
p
u bien. ¡Cuando seas hombre lo
-¡Si tu abuelo levantara la cab
,
dose de la ejecutoria doceañista de e~a .... -murmuró uno, acordán. Llevé por ,·iático ósculos de mo ~1s mayores.
n3a. Me besó la provecta Supenora, quien con tanto taparse
y arroparse d b
asomada al marco redondo
I
a a a su faz pachucha
de la toca, no sé qué calidad~e e poní~n los cañones almidonado¡
dez. Las buenas madres me e ca:ne mdecente, de obscena desnudido en el pecho un corazón dsonre1an tie~namente. Mostraban prensino el tamiz de las cortinas be tra~o vomitando llamas. No su fuego
bres de púrpura. y con despe~~;:e~~ 'ttía en el locutoriq vislum~ .
en faltando yo unos mese
e as cosas, por parecerme que
.
s nunca volvería
1
aprendido cómo nos ve
a ver as (aún no había
d
nce su permanencia)
,
onde no tuve otra impresión el rim
, , amanec1 en El Escorial.
país de insólitas maanitudes Me p . ~~ d1a que la de entrar en un
las gafas hasta la fr;nte mir~nd rec1b10 el Padre Valdés, y alzándose
preguntó:
,
orne con los ojillos entornados, me
-Tú , e·por qu é est udias? ¿Por convicción?
~espondí con risas y encogimientos de h
..
a m1 celda, y luego me inco. é
ombros. Me deJe llevar
1
.
J por a cuatro bigardos
e patio oyendo contar histo .· d
.
que estaban en
luz granujiento, que escupía uas : muJ~res. El narrador era un andapor e colm11Jo y apestaba a yodoformo.

1

1

�LA PLUMA

LA PLUMA

III

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Hay que ser un bárbaro para complacerse en la camaradería estudiantil. Por punto general, entre escolares, los instintos bestiales salen al exterior en oleadas y, so pretexto de compañerismo, allanan
las barreras que, para hacer posible la vida en sociedad, erige la
educación. Una masa de estudiantes degenera velozmente en turba,
ligada por la bajeza común. Y todo hombre que no esté atacado de
futilidad incurable y aspire a formarse en el curso de la vida una
conciencia noble, no hace sino emanciparse de aquella necedad primaria, que cuando más es, no rebasa el nivel de la licencia chabacana y sin sentido. Muchas gentes acarician las memorias de sus años
estudiantiles, ponderan su dulzor y vuelven hacia ellos los ojos tiernamente, pensando que fueron la edad de oro de su vida. Es aberración del entendimiento, a no ser que los tales hayan arribado a situación más aflictiva, por ejemplo: a presidiarios, o rememoren en efecto la juventud que ya perdieron, sin discernir entre su esencia y los
accidentes pintorescos.
No tengo por qué alabar la sociedad del colegio. El fastidio de
tantas horas vacías devorado en común, la pesadumbre del encierro,
la privación de afectos suaves y el ver frustrados los gustos individuales por el rasero de la disciplina uniforme, añadían no sé qué
punto ácido a la mezcolanza de los modales e inclinaciones divergentes. Mundo en miniatura, gota de agua, donde era harto más difícil
que en la charca en que me ha tocado vivir el uso de estos lenitivos
contra la aspereza del trato humano: elección y soledad. Aislarse parecía sospechoso, o siquiera raro. Más lo parecían, por algunos escarmientos que hubo, las amistades particulares. Formábanse, con todo,
asociaciones limitadas que, en lo más sabroso y cordial de ellas, eran
222

secretas. Qué destino presidía en su nacimiento, yo no ¡0 sé. Afinid~des profundas y sólidas _n o serían, porque no he visto subsistir
mnguna fuera ~e los muros del colegio, y las amistades que conser~o desde tan leJos, no son sino amistades rehechas, injertas en el antiguo tronco, pero maduradas en otra sazón y tocadas con otro cont:aste. El brote de aquellas preferencias apasionadas era pues azanen~o; no ven~an determinadas por elección verdadera, ~ lo q~e se
poma en comun era un sentimentalismo caedizo y fátuo irritado 0
falta de empleo., Unían~e en piña cerrada un cabecilla' y dos O fre:
secuaces. :r¿ostrabanse Juntos en el billar, en el gimnasio y demás recreos. Hacian rancho aparte en los holgorios campestres cuando nos
lle:aban al Batá~ o a la ~uente de las Arenitas a come/ la paella de
re0 lamento.. Teman reuniones clandestinas en alguna celda, por la
tarde, para Jugar al monte y al tresillo y leér novelas, 0 bien, de raro
~n raro, por la noche, hasta las altas horas, sobre todo en el buen
t~~mpo, estándose de. codos e~ la ventana, en inocente contempla~10n, callad~s, para oir el concierto del álamo sonoro y del sapo flauti_s!a Y embr~agarse en el oreo voluptuoso de la Herrería. y a la funcron ~e suphr por la intimidad de que el colegio hacía tabla rasa, estas al~anzas acumulaban otra, puramente defensiva contra los desmanes aJenos.
La sociedad del colegio enseñaba a ser cauto. No había que fiar
mucho en los arranques compasivos de los mozalbetes; por añadidura, se.recriaba allí un enjambre de zánganos, de haraganes de café
(recluidos en El Escoriaf para tentar fortuna en los exámenes al ampar~ de_la supuesta ~nfluencia de los frailes), gente careada al vicio y
no limpia d~ baratena,_ que se alzaba con la prerrogativa de escoger
el hazm~rreir de_l coleg10. Proveían el cargo con ineptos, con tímidos,
con al~un afemmado o algún triste que anduviesen vagando entre
fil•as sm haber hallado cobijo amistoso. La Universidad le reconocía
por víctima; mas, con reírse de él a toda hora y mentarle con despre223

�✓

LA PLUMA
.
na rotección singular le amparaba~
cio, no dejaba de advertir q~e u fe los estudiantillos de poco más
cubriéndole contra las agresione_s
I
a pandilla de igual ca. M mferro o a o-un
o menos: era que cualquier a
. º con la limosna de una
.
d 1 · f 1· v le socornan
laña se apropiaban e m e iz - ta n silencio burlas, denuestos y,
tutela aparente a cambio de sopor ~ e . en tal servidumbre con.
1
,olpes Los mas ca1an
.
por descuido, a gunos g
.
. concertar entre iguales
d
f Ita de arrestos pai a
tra su volunta , por a
t
mentecatos a quienes hu.
· · Pero o ros
'
aquellas hgas de protecc10n. d 1
édicos aceptaban de grado
'd
en manos e os m
,
hieran debi o poner
- podían llevar por el abet
te que a sus anos
'
esa vida, la más tor uran
d t s del vicio y parecer uno
rrado gusto de hombrearse con los oc ore
.
nderaban en la sociedad del
de eJlos.
Estímulos de esta m~olelp repdo hombres avezados, no había.
. p
a echarnos as e
. .
colegio. ropensos
.
1 entajarse en expenenc1a semás cabal signo de hombna qu~ ~ e::ierro atenazaba la imagina1 c~legio brincaba animalxual. El erotismo exacerbado poi eb
. d 1 de todo otro ce o, y e
b
ción • apartán o a
.
• , de la carne alumbra a
b
La msurreccion
mente, azuzado por la rama.
d se tri·unfaba de ella: la con. · · cluso cuan
siempre aquel vivir, m
1 cha· Jo que nos atosigaba
. .
"b formando en esa u
,
ciencia rehg10sa se i a
.
"
as de relio-iosidad exaltada y
o·
1 1 s· y ciertas 1orm
no eran dudas teo oga e ,
.
d
se tuvo noticia no estaban, .
.
.
o tificaciones e que
. f 1
duras penitencias y m r
d 1 . . Casos de contagio u . d f mentos e UJtma.
en lo hondo, limpias e er
.
table que el de un madrileh • inguno mas no
minantes hubo mue os. n
d I 1 terra donde se había educado,
ñito de sangre azul, que llegó e ng a t ll~no y cándido como una
. 1 d
palabras en cas e
.
sin saber articu ar os
pocos días aprendió a emp aloma. Tenía diez y ocho anos. Eln másuyterne y a jactarse de la su'
b¡ f mar como e m
bo1Tacharse y a as e
E a una diversión oírle ensayar
evas costumbres. r
ciedad de sus nu .
ocabulario que iba adquiriendo.
.
con lengua estropaJosa el v .
. d el más gustoso remedio
El retiro en la celda debiera haber si o

°

224

LA PLUMA
contra los sentimientos desapacibles que la perenne convivencia de
tantos jovenzuelos no podía por menos de fomentar. Encerrarse entre la:, cuatro paredes era salir a otro mundo, y al recuperar la posesión tranquila de sí mismo, se alejaba infinitamente aquel en que uno
solía estar, como si el alma, agigantada de súbito, lo perdiese de vista.
Mas no todos, por de pronto, podían soportar la soledad. Algunos
hablaban con terror de las horas que por obligación habían de pasar
en la celda: el aislamiento durante el estudio, ya de noche, era para
los tales un suplicio. Se paseaban arriba y abajo en el aposento, como
fieras enjauladas, o leían en alta voz o canturreaban, porque al oírse
se creían más acompañados. Conocíamos además una disposición del
ánimo, una manera de tedio, específica del colegio, que en el aislamiento se enconaba, lejos de curarse. Era un descontento sin causa
aparente, un aborrecimiento de sí, donde venían a condensarse el cotidiano desplacer de la personalidad en ciernes y los chascos por
que ya se juzgaba acreedora de la vida. No nos apretaba la tristeza,
sino el furor, o entrábamos cuando menos en una predísposición a
la cólera muy peligrosa y pasábamos del abatimiento a la iracundia
por la ocasión más fútil. Entonces el colegio parecía solitario, frígido
y repelente como nunca. Entonces las personas parecían más encastilladas, más incomunicables.
Estos eran los accesos violentos de un mal que, atenuado, padecían iodos: la pesadumbre del tiempo. El tiempo nos aplastaba, y
como estaba tan vacío, era menester que llevásemos encima montañas de tiempo, masas de tiempo incalculables, para sentirnos así agobiados; hubiéramos querido volarlas, despedazarlas; hubiéramos querido asesinar el tiempo. Era nuestro enemigo, pues se interponía entre el momento presente y el indeciso mañana, en que la vida iba a
empezar a ser valiosa. El espíritu adquiría el hábito de no contar con
el instante que pasa y de proyectarse violentamente sobre el futuro,
sobre un futuro sin fecha ni nombre, que no tenía otro valor que el

�LA PLUMA
.
1 ho Todo en nuestra regla nos indude ser escapatoria abierta en e . y.
desden-able· en primer lugar,
unto de espera
·
,
cía a creernos en un p
1 . . suJ· etos hasta que fuese¡ 1 razón de aque vivir
el at,arato forma Y a
. ·dad en que yacía nuestro
d
, la absoluta oc10s1
mos hombres; y espues,
, ·1
·en pretenda que a un mozo
, .
1
. erá inveros1m1 a qui
. .
espmtu. El o paree . l induce con fi rme suavidad al recog1m1enl
la disciplina del co eg10 e
. t ·ormente menos dirigido.
t do nunca m en
,
.
to. Yo no me he e~con ra
ar el Ebro, en una barca sin remos nt
Iba, como Don QuiJote al surc
d spedazase. Todas las noches,
. . l
. no es mucho que se e
.
h
Jarcia a guna,
t •ábamos en 1a cap1·11a·' un fraile nos ex orantes de acostarnos, en I
. d
n·os y démosle gracias por
,
n la presencia e 1
. .
ás
taba: «¡Pongamon_o~ e '
haber tenido entonces el juicio m
los beneficios rec1b1do~.» De hubiera hecho en aquellos minutos
afilado y sobre todo mas atento,
. as
de meditación comprobaciones angusttos .

IV

_
C• oyó golpes débiles en
d . ·erno mi. companero
Una noche e mv1
. , d la cama· a medio vestir pasó a
t Se an-OJO e
'
un tabique de su cuar o.
p d M Halló al fraile incorporado en
la celda contigua. Era la del a re . t Sobre la colcha yacía un
el lecho, envuelto el tronco en una manl ad... .
. e
mustia el Padre e lJO.
d
libro abierto. . on voz .
edado frío leyendo y no pue o
-Socórrame, por D10s. Me he qu
desdoblarme.
.
ron al enfermero. Fray Marcelino,
.
1 Padre cobró un poco
Le ayudó a estirarse. Llama
.
d. ó con unas fnegas, y e
lucio y sonriente, acu l
No fué corta nuestra algadel calor que le negaba su pobre 'standgare.el mismo fraile nos contó su
1 d' ·guiente en ca e r '
1
zara cuando a ta si
. '
, ·1 fl
eza macilento de co or y
Era
en
efecto
de
mveros1m1
aqu
'
'
apuro.
,
226

LA PLUMA

de ánimo, y más de una vez creímos que moriría así, destruido por
clima tan rudo. La sonrisa amarga que de tarde en cuando se desperezaba por entre sus barbas densas de cuatro días, y aquel mirar de
carnero triste con que ácompañaba la relación de su penuria, le
hacían, más que lastimoso, repulsivo. Tenía un pronto desapacible,
ágrio quizá; antojábase hombre de rigor y esquinado; en el fondo
sólo era exánime. A este fraile en cecina llamábasele en el colegio «la
Pescada». No sé si vive o está muerto. Es probable que el ventarrón
de El Escorial lo haya arrebatado y se halle, nuevo Elías, vivo en
otra esfera.
Dos años arreo me tuvo este fraile bajo su laxa férula. El achaque
de sus dolencias servíale para escurrir el bulto como un estudiantillo
disipado. Todavía, al profesar el derecho canónico, el peso de su
reputación propia le obligaba a contenerse. Teníanle sus correligionarios en opinión de canonista de muchísimos quilates: nunca le oí
sino parvas glosas de un texto raquítico; pero era asiduo, y grave, y
bien se veía que había leído unos libros mucho más gruesos que
nuestros pobres libros. Premioso en el discurso, no más suelto de
lengua, al empezar a salirle de la boca los períodos, despacio, reptantes, entablillados con muletillas y apoyaturas, parecía como si se
le volviesen hacia adentro, y los mascullaba, tornando a proferirlos
entre náuseas, mientras movía la mano flaca que le colgaba con desmayo de la muñeca, como un trapo pendiente de un asta. Usaba sin
tino de los adverbios de modo: «El concilio de Nicea, que generalmente se celebró el año de tantos ... », solía decir. Entre su saber, incomunicable, · y nuestra desgana, quedaba una zona muerta que ninguno intentó salvar. Andábase por ella el Padre musitando cánones
con respeto, con unción, poseído de religioso temor ante una materia de tan augustas concomitancias.
Sellamos pacto de alianza con el fraile al curso siguiente, cuando
vino sin pensarlb a regentar otra cátedra. El pobre, al pisar terreno
227

�LA PLUMA

LA PLUMA
o supo dónde dar con sus huesos: se pasó a nuestro bando.
nuevo, n
des nombres·
Los simoníacos Prisciliano, Trento, Letrán... son gran
. '
ero la ley de Minas, las Diputaciones provi~ci~les, lo Co~tenc1oso,
p
de ue sólo se trata en las oficinas pubhcas. Un mismo asco
~:~::cibl~ nos unió, y, puesto que habíamos de correr juntos aq~~l,la
mala fortuna, resolvimos adoptar la postura m~ ~ómo_da: la decision
tácita fué que nos ocuparíamos del derecho adm1ms!rabvo tanto como
de las lluvias de antaño. Suspendimos el uso de baJar a las a~las, que
eran muv frías: el Padre nos convocaba en su celda, y haci:ndonos
t e~ torno de la mesa abría el libro de texto por el c~pitulo de
:::d: Los alumnos proseguíamos a media voz el coloquio comenzado ~n los pasillos, o lo abríamos gravemente, dejand~ caer . ~n los
silencios bien medidos alguna palabra dicha por la i_ntenc1on .del
.
d .aba de acudir al señuelo, y la conversación, al punto,
d d
f nción
fraile que no eJ
. '. or más de una hora. Nuestros temas, gra ua os en u
rev1v1a P
,. 1 ·
ección de
. .
de su oder aliciente, eran el tiempo, la pohbca, a m~urr
FT . p La historia anecdótica de El Escorial, las glonas agustuuan:;:~~ún cuentecillo o chuscada, traídos de Madrid por los esco·smos componían el picante sainete. Cuando, por raro caso,
1ares m1
,
f ,
· Sao-asta
. la lluvia ni el viento, ni la nieve, ni el ca1or o e1 no, m
º- ,
n~ C,
, ni Don Carlos ni los republicanos, ni «el companero
m anovas,
'
· t d en tierra
d,
Iglesias» ni otros cebos apetecibles daban con su vir u
nos bas~ba pronunciar, a manera de ensalmo, ª:~una palabra ~
t s· Rizal Polavieja Ymus; o bien: masones, pns1on~ros, autono
es a .
,
1 Padr~ se despabilara y clavándonos la mirada morla
mía para que e
. ? A
tec~a inquiriese. «¿Qué? ¿Pasa algo nuevo? ¿Qué d1c_en » veces,
cam ana que nos llamaba a comer rompía el coloquio.
~¿Tienen alguna dificultad en la lección de hoy?-preguntaba el
Padre.
-No señor; ninguna.
-En~onces, para mañana la siguiente.
228

Este maestro gélido gustaba de sacar al sol su pereza. A veces,
en los días de primavera precoz que suele traer febrero, nos llevaba
a pasar la hora de clase en el jardín de los frailes. Salíamos tras él
de la Universidad, como a hurtadillas, y por las galerías que cierran
la Lonja, del lado de los Alamillos, ganábamos la de Convalecientes
y luego el jardín. Íbamos desde la oquedad fría de nuestros corredores, desde la desnudez agria de las paredes blancas, desde los
ruidos tristes del Colegio, a bañamos en el aire azul en un ámbito vaporoso, sin límite, protegidos por el silencio flúido de uno de
los lugares deleitables del mundo, donde reina el egoísmo certero de
las lagartijas. Estos animalillos se dejaban difícilmente sorprender
por nuestra saña. Despatarradas en la barbacana, sobre el voluptuoso
lecho de líquenes viejos que vegetan en el granito, en.sintiéndonos
llegar se arrojaban de golpe a las madrigueras. Allí las íbamos a buscar, hurgando en los intersticios de los sillares. Algunas nos dejaban
entre los dedos su apéndice caudal; nuestra cultura era ya demasiado
fuerte para creer que los quiebros y meneos de los rabillos cercenados fuesen-como nos enseñaron en la infancia-maldiciones. El
hechizo del jardín a tales horas era un sosiego gozoso, una paz-paz
sin melancolía ni barruntos, paz toda en sazón y fluente-que nos
devolvía el alma a la externa quietud dominical, donde se mece en
la holgura q4e dejan las normas cotidianas abolidas. El sol reverberaba en las pizarras, en los cristal~s, en la haz del estanque: el lienzo
de granito, entre las dos torres, hiriente e impasible y sin fondo, por
lo común, se arropaba en una atmósfera más densa, suave, donde
temblaba la luz. Y en el aire, cargado del efluvio de los bojes, había
ya un esplendor, promesa del regocijo de la Pascua. ¡Qué bueno el
sol, metiéndose por las ventanas en las celdas de los frailucos, llevándoles tanta alegría y ésta paz! Uno asoma su bulto negro, estáse mirándonos muy quieto y de pronto ha desaparecido. Otro se ensaña
en arrancarle a un violín vagidos discordes. Estarán todos en sus
229

�LA PLUMA

celdas, quien leyendo o meditando, quien paseándose arriba y abajo
con el breviario registrado en la mano, farfullando el rezo. Y el Padre
Víctor, en la sala priora! estará enseñándoles Madrid a unos visitantes forasteros, con aquel catalejo puesto en un trípode. De pronto
una campana voltea, voltea dentro del monasterio. Los frailes salen
de sus celdas, siguen los claustros lóbregos, cruzan por el lucernario donde está una fuente que surte agua por cuatro caños en un
pilón de granito, y entran en el refectorio, tan frío, con relente a condumios. Nuestras horas son otras. Nos quedamos en el jardín. Me
gusta echarme en la barbacana, cara al cielo, con las manos bajo la
nuca, inmóvil por no despeñarme a la huerta. El hortelano sorrapea
el suelo, suelo blando, vahante; se oye el tíntineo de la azada al chocar en las pedrezuelas. La galería y el árbol, la torre y la montaña
periclitan; uno está como suspenso en el aire, y le sale al encuentro
la cigüeña, que se alza ensanchando sus giros y lleva en el pico leña
para rehacer su casa en la chimenea y en la garra un palitroque,
MANUEL AZAÑ'A
(Continuará.)

1

¡'I

''

MANANT·IALES EN LA RUTA
( LIBRO lNÉDITO)

DiNERO
. 9Jinero que yo no tengo,
dznero que tú tendrás·
ensueños que yo pose~
Y que tú no poseerás.
Un día nos moriremos
nos llevarán a enterrar: '
serán las fosas iguales
Y la tierra será igual.
cSe harán ceniza tus manos
las mías también se harán. '
las tuyas de gastar oro '
las mías de no gastar. '
cSerá polvo tu cabeza
'
la mía polvo será;
la tuya de pensar poco
Y la mía de pensar...

. ·¡

�LA PLUMA
I, A PLUMA

LA CARRETERA BLANCA
¡C:arrefera blanca de mi pueblo! ..Cenfo
caminar del coche por sus curvaturas;
carretera hecha para el sol y el viento
y para el olvido de mis amarguras.
'i/o siempre que viajo voy en el pescante
enfermo de sueños y misantropía,
can los ojos fijos en lo más distante,
buscando el camino del pró:&gt;.imo día.

·' .

'JI las horas pasan y

el coche camina;
en el mar navegan los blancos veleros,
el sol en los montes lejanos declina,
y mi alma siempre por otros senderos...

6s la carretera para mí un camino
por donde viajo con el corazón,
al par que en lo ignoto soy un peregrino
que lleva en sus alas la imaginación.
..Clenan la campiña árboles frutales,
bajo sus ramajes se escucha una voz,
y las amapolas entre los trigales
parecen las huellas de un delito atroz.
..Cadran los mastines de viejos pastores,
' y el alma recoge sus dulces ladridos
que para su amable ternura son flores,
rumores de fuentes y cantos de nidos.
¡Casas de la orilla de la carretera,
de techos bermejos y puertas cerradas,
tenéis el cariño de mi alma viajera
oculto en el polvo de vuestras fachadas!
¿fNo hay una muchacha bella y ruborosa
que se asome al marco de vuestras ventanas,
cuando es oro el cielo y es la tarde rosa
y en los corazones hay son de campanas?
232

J ¿e1,ué hviajero extraño la suerte ha tenido
.
ae escuc ar. un can t t ras esas vidrieras
en cd,yos cristales el polvo ha vencid. ,
a to as las brisas de las primaveras/

1

°

.¡
. ¡

pe~~;j :~l~l'7o!d~ 'Jeª'es~:squcaésmes &lt;f.~l año,
• dº
as VleJas
q ue e~ Sl·¡.encw
leen historias de antaño'
que aun guardan sus largas techumbres bermejas?
_. ....Cos caballos frotan arrastrando el
h
mls ojos se pierden en la lej ,
coc e,
los montes azules anuncian ¡~"':z~che
.Y en el alma brota la melancolía.
..Cos árboles verdes se quejan al viento
:¡mar fo~na _oscuro su azul cristalino; '
corazon ilembla, y mi pensamiento
recoge el encanto que hay en el camino ...

C A N TO S

DISPER S OS

CANSANCI O

_Yo me canso del camino ...
cSl~ embargo, hay que pensar
que amargo será el destino
del que no tiene camino
que andar...
AMOR

¡fNo se salvará mi vida
de esta dolencia fatal,
porqlfe es la mano homicida
la mlsma mano elegida
para que me cure el mal!

., .
' , I

'¡

'1

FERNANDO GONZÁLEZ
2 33

�LA PLUMA.

PÁGINAS INACTUALES

DEL ES PÍRITU DE CONQUISTA
un pueblo es naturalmente belicoso, la autoridad que
le domina no necesita de engaños para arrastrar!~ a lag;¿~
Atila mostraba con el dedo a los hunos que pa~te
==~do iban a devastar, y allá corrían, porque Atila :ra
,
d, su impulsión. Pero en nuestros dias,
mero representante y organo e
. l na y es sólo map cura a los pueblos venta;a a gu
como la guerra no ro
de . . t
la a1&gt;ología del sistema de
nantial de privaciones y de pa czmien os, . r
.
'l puede descansar en sofismas e imposturas.
conquista so o .
b donándose a proyectos gigantescos, se
Ningún Gobierno, aun a an
.
l
do La
atrevería a decir a su nación: «Marchemos a conquistar e munuis:~ del
. , le respondería con voz unánime: «No apetecemos la conq. l de
Pero hablaría de independencia nacional, de honor ~aciona .' ta
do de~r las fro'nteras, de intereses comerciales, de precauciones dzc ~
re
n la prevzszon,
.. , é·de qué más~·. No lo sé. Porque el vocabulario
das por
.
,
de la in1·usticia es inagotable.
fa lzipocresia Y
:;
.
.
. l • dependencia de una
b., . deHablaría de independencia nacional, como si. a zn
nación se viera comprometida porque otras naciones sean tam un zn

[l
:::º;,.

234

UANDO

pendientes. Hablaría de honor nacional, como si el honor nacional se
lastimase porque otras naciones conserven el suyo. Alegaría la necesidad
de redondear las.fronteras, como si tal doctrina, una vez admitida, no
extrañase de la tierra el reposo y la equidad; porque siempre es en el
exterior donde los Gobiernos quieren redondear sus fronteras. Ninguno
ha sacrificado, que se sepa, alguna porción de su territorio para dar al
resto mayor regularidad geométrica. Así, el redondear las fronteras, es
un sistema cuya base se destruye por sí misma, cuyos elementos se combaten entre sí y cuyo empleo, como sólo descansa en la expoliación t1e-'
los débiles, contagia de ilegitimidad la posesión de los fuertes.
Cualquier autoridad que quisiera acometer hoJ' conquistas extensas
veríase condenada a esa serie de vanos pretextos y de nzenriras escandalosas. Culpable sería, ciertamente, y no trataremds de atenuar su crimen; pero el crimen no consistir/a en los 11·7edios empleados: consistiría
en elegir voluntariamente u1ta situación que acarrea el empleo de tales
medios.
Tendría, pues, que hacer la autoridad, sobre las facultades intelectuales de la masa de sus súbditos, la misma labor que sobre las cualidades morales de la p~rción militar. Tendría que esforzarse por des.terrar toda lógica de la mente de los unos, como antes habría tratado de
ahogar los sentimientos de humanidad en el corazón de los otros; las
palabras perderían su sentido: el nombre de moderación presagiaría
violencia; el de justicia anunciaría iniquidad... , y sería tanto más corruptora esa hipocresía cuanto que nadie creería en ella, porque las mentiras
de la autoridad no son funestas solamente cuando extravían y engañan
a los pueblos: lo son igual cuando no los engañan.
Los súbditos que entreven la doblez y la perfidia en los de arriba, se
amoldan a la perfidia y a la doblez. Quz·en oye calificar de gran político
al Jefe que le gobierna, porque cada línea que publica es una impostura,
desea a su vez ser gran político en una esfera subalterna; la verdad le
parece simpleza, habilidad el fraude. Si antes mentía sólo por interés
,.
235,

,,

·.¡
'1
' 1

1

�LA PLUMA
mentirá en lo sucesivo por interés y por amor propio. Se envanecerá de
ser granuja; y si ese contagio entra en un pueblo esencialmente imitador, en un pueblo donde lo que más se teme es pasar por tonto, la moml
privada no tardará en perecer al nazifragar la moral pública.
...Si suponemos, no obstante, que todavía flotan vestigios de razón,
ello será, por ciertos respectos, un nuevo mal añadido a tantos otros. La
opresión tendrá que suplir por la insuficiencia del sofisma. Buscando.
cada cual el modo de sustraerse a la obligación de verter stt sangre en
expediciones cttya utilidad nadie Iza podido demostrarle, menester será
que la autoridad pague a una_ turba ávida, destinándola a quebrantar
la oposición general. Se verá entonces recompensar y fomentar el espionaje y la delación, eternos valedores de la fuerza cuando crea deberes y
delitos ficticios; se verá a, los esbirros, sueltos como dogos fieros, por ciudadts y campos, perseguir y encadenar a los fugitivos, inocentes a los
ojos de la moral y de la naturaleza; a una clase preparándose para todo
género de crímenes, por el hábito de violar las leyes; a otra clase familiarizándose con la infamia, por vivir del infortunio de sus semejantes; a los padres castigados por las culpas de sus hy·os; el interés de los
hijos divorciado así del de los padres; a las familias obligadas a escoger
entre reunirse para la resistencia o dividirse por la traición; el amor
paternal transformado en delito; la ternura filial tenida por rebeldía. Y
todas esas vejaciones vendrán impuestas, no para una defensa legítima,
sino para adquirir unos países lejanos, cuya posesión nada aiiade a la
prosperidad nacional, a menos que no se llame prosperidad nacional a
la vana nombradía de alg unos hombres y Stt funesta celebridad.
.. .A lgunos se admiran de que ciertas empresas, por maravillosas que
sean, no produzcan e,, nuestros días sensació11. Es que el buen sentido ck
los pueblos les advierte que tales cosas no se hacen en su servicio. Como
los jejes son los únicos que en ellas se gozan, se les hace cargar solos
con la reco1npensa. El interés por la victoria se concentra en la autoridad y sus criaturas. Se alza entre el Poder, agitado, y la mucludum236

4

LA PLUMA
bre, i~móvil, una barrera moral. El triunfo es un meteoro estéril; apenas_ si, por contemplarlo un momento, alzamos la cabeza; hasta nos
af!ig_e a veces, como aliciente ofrecido a los desvaríos. Lloramos por las
victimas, pero el fracaso es apetecible.
. Las naciones comerciales de la Europa moderna, industriosas, civilizadas, dueíias de un territorio lo bastante extenso para cubrir sus ne~esidades, y que mantienen con los demás pueblos relaciones cuya mera
mt~rrupció,z equii1ale a un desastre, nada tienen que esperar de las conquzstas. Una g uerra. inútil es, pues,· el atentado más grave que puede
co,,~eter hoy un Go~zerno: conmueve, sin compensación, las garantías
sociales; pone en peligro todo género de libertad; lastima tottos los intereses; conturba la seguridad; pesa sobre las fortunas; combina y autoriza
~odo_s_ los modos ck tiranía interior y exterior; introduce en las formas
;udiczales una rapidez destructiva de su santidad y de su fin; tiende a
representar a todo hombre a quien los agentes de la autoridad miren con
m_alos ojos, como cómplice del enemiro extranjero; deprava a las generaci_ones nuevas; divide al pueblo en dos partes, que mutuamente se desprecian Y pasan de btten grado del desprecio a la injusticia; prepara, con
las destrucciones pasadas, las futuras; compra, con los males presentes,
los ckl porvenir.
Es necesario repetir a menudo estas verdades; porque la autoridad,
en su desdin soberbio, las trata de paradojas, llamándolas lugares
comunes.
BENJAMÍN CONSTANT

·1

�-

LA PLUMA

---

otras dos obras de vasta envergadura, Euroja, y Chronik d. Begim, XX 7ah,·hunde,'ls, han dado a la prosa expresionista una textura menos seductora que
la de la prosa de Kasimir Edschmid, pero más sólida.

LETRAS ALEMANAS
CARL STERNHEIM
.
de «Letras alemanas, hablé de Gustav
mi precedente crónica
. ta Un hombre así se sus.
ensay1s •
0
Landauer-fil6logo, soc16log Y_ .ti ·160 rebasa los límites de
.ti ·6 y su s1g01 cae
..trae a toda clas1 cac1 n,
.
H blé de él porque representaba
"
d
a estética. ª
una escuela o e un
t
del genio alemán contempouoo de los aspectos más atrayehn e~ h hecho del crítico de Shat · t muerte ero1ca a
,
ráneo, y también por~ue su nsled la revolución, como Liebknecht es el s1me
el
Símbolo mtelectua
kespeare
. .

[I

N

1

bolo po 1tico.
d. del expresio:Hsmo,
, •
•
d e l que , en m1 primer
Quiero
reanudar hoy el estu 10 l'
generales características. Me proé
· · t o de
artículo ya me esforc en t ra zar las1 mease han levantado ese mov1m1en
'
recen a os qu
·
·o
pongo estudiar como se me
o haciéndolo entrar en el patn mo01
renovación literaria hasta el plano curiope ' meraciooes y las listas por orden
epuanan as enu
de Occidente. y como me r
?
t d1·ar sucesivame nte a los tres expreé t
cr6n1cas a es u
o·
de méritos, consagrar res
. C 1 Sternheim, novelista y dramaturg '
más grandes. ar
1
sionistas de la P urna
.
't'co y Franz Werfel, poeta.
Kasimir Edschmid, cuentista y en i '

* * *
.
la época de tan t eos, Pero también de victorias ay de
un
Carl Sternhe1m, en
.
mana contemporánea, ocup
1e
firma
la
hteratura
ª
¡
e
realizaciones en que se a
t
de vista· en el teatr0, para e qu ha
puesto primordial, desde_ ~os pun os d
ge~eradón; y en la novela, donde
escrito las obras más dec1s1vas, acaso, e su

Car! Sternheim es el tipo del «cerebral,. Se proclama a sí mismo el hombre
más inteligente de Alemania, y, como en todas sus paradojas, tampoco cu esta
se engaña. No creo que a Sternheim le hayan refutado nunca o cogido ea falta.
La pujanza y la obstinación de este hombre en tener razón son de una crueldad
implacable, y puede decirse de él, más que de ningún otro escritor, que posee
una «inteligencia terrible•.
Car! Steruheim, antes de la guerra, llevaba una vida europea. Gozando de
la libertad q ne le daba su fortuna, pasaba la vida iostru yéndose con los viajes,
o más bien, con residir en todos los países occidentales, e investigando minuciosamente la vida de las sociedades en sus diversos órdenes. La guerra le
sublevó, pero como era demasiado cínico y demasiado pesimista para convertirse en apóstol, se cnntent6 con oponer a la guerra su denegación personal, y
refugiado en Suiza, escribió libros densos, notables, donde se afirmaba la persistencia europea.
He dicho «densos,, y estoy tentado de escribir misteriosos. La estética de
la novela en Sternheim, su estilo y su lengua, son como para repeler a un extranjero; mientras que sus dramas, siempre de ex:tremada tensión, no ofrecen
al espectador motivo alguno de inquietud, sus novelas engendran pavor y recelo. Una anécdota pretende que Stendhal leía, antes de ponerse a escribir,
unos capítulos del Código civil, a fin de empaparse en su concisión y sequedad. Diríase que Sternheim sigue su ejemplo, usando, en bgar del Código, la
geometría de Euclides. Su pluma va trazando en las frases triángulos y rectángulos de aristas hirientes; cuanto pudiera desviarla se suprime o se destruye,
o queda rele.gado al final de las proposiciones; no s6lo se sacrifican los adjetivos, sino los verbos y los substantivos; todo se amolda a su fantasía y a su antojo, a la necesidad de su concisión.
Hablo aquí de Eu,·opa y de la Ch,•Mik, densas novelas en dos volúmenes,
donde, en el marco geográfico de Europa occide ntal, se desenvuelven todas
las peripecias y aventuras de la historia contemporánea. Un repaso de acaecimientos auténticos se entreteje con la novela propiamente dicha, pero siempre
prevalecen aquellos acaecimientos, y en torno de ellos Sternheim acierta a
postrar de hinojos la atención de sus lectores. Por !o demás, de sus libros no
se saca conclusión alguna: son meros testimonios, simples relatos, de gran
elevaci6n de miras y de rara claridad, pero sin fines apologéticos.

238
2 39

:1

�LA PLUMA
Desde hace un año Car! Sternheim ha publicado, para servir de contraste aesas obras tan recias, dos novelitas satíricas, la primera acerca de Berlín, la
segunda titulada F~irfax, que a mis ojos tienen más preciosa significación e
importancia que las precedentes.
Sob:e todo, me parece valioso Pair/ax, ya que Ber/ln no está exento de
cierto periodismo, de índole superior, en que d ingenio peca de fácil y de no
mucho relieve.
Pero no ocurre lo mismo con Fairfax; hay en él, incluso, una evolución ar tística, y la lengua es mucho más clara. Sin embargo, no creo que de eso pueda
inferirse que las concepciones del escritor se han modificado. Fairfax es una
obra de carácter muy especial: es un breve bosquejo, henchido de alusiones,
pero sobrio en los detalles, y que narra en forma casi esquemática el encuentro de la América de los multimillonarios y del Occidente en la agonía.
Sternheim, como si ansiara descansar tras el dilatado esfuerzo que viene
haciendo desde seis años a esta parte, se distrae con esta nouvelle, en la que
reaparecen la ferocidad crítica y el humor de sus comedias.
La Alemania nueva, como la de ayer, entie11de poco de humorismo, y el
capítulo de la sátira, en su literatura, se reduce a pocos nombres y a pocas
obras, de una importancia relativa. (Sólo hablo aquí, por supuesto, del siglo
xix, y más particularmente de la Alemania imperial). Ha acogido, pues, con
estupor mezclado con recelo ese Fai1fax inesperado, y hace en torno suyo mucho ruido, tanto más, cuanto que por la facilidad del texto no queda esta vez
limitada su posesión a un corto número de escritores o de curioso!&gt;.
l'.airfax ha ganado una fortuna fabricando municiones. Cuando la paz viene
a poner fin a su industria, trata en vano de acomodar ésta a aquélla. Al punto
se embarca para Europa, con su hija Daisy y un séquito abigarrado; visita luego-iba a decir oficialmente-Inglaterra, Bélgica, Francia, Suiza y Alemania.
Es imposible seguir a Stcrnheim y a Fairfax en todos los giros y revueltas
de sus aventuras. Se trata de una historia muy viva de color, donde se va ins~rtando la sátira del mercachifle internacional, del servilismo europeo ante el
dólar, y de la mentalidad que ante los apuros y el suicidio de Occidente ddatao los que nuestra candidez idealiza. El interés y el valor extraordinario de
este librito residen en la inteligencia con que el autor ha condensado en pocas
páginas los rasgos capitales de todas nuestras p~icologías europeas, añadiendo
las anécdotas bastantes para que el héroe despliegue ampliamente su carácter.
Para darse cuenta de la magnitud de la empresa a que ha dado cima Car!
240

.

LA PLUMA

Stcrnhcim
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analizarlo. Desde el un
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cc16n, es menester
fuerte. La maestría ni-empleando una palabra maoose~~c el autor no ha hecreo q&lt;1c haya en Fr~~:i:upone (sin ostentarla insolcnteme=~e)pcr~ cla~a-más
dera grandeza la sob . d muchos hombres capaces de
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~sor1entadas, un valor de eter11id d en la extravagan_
s· . .
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a a que pocos libros
. • ius1sto de este modo e
.
c1onaJ valor y des
n Fairfax es lo primero a e
alemana. Pero no pu_és porque es una de las grandes n ausa de ese exccpp.'nn XX ')'ah·' ~lv1do, en provecho de Fair"ax E ovedades de la librería
11m11aerts que
.1 • ,
uropa ni Ja c.,'½
su psicología
'
, por 1a vastedad de su d
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• son una especie de epo e a
esarrollo y h pujanza de
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dicho, hay e n esta b
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t·s una síntesis y
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.
rnhe1m no niega
.
. una conclusión.
' mientras que Fairfax
Sin el"lbargo, por mucha ue
des obras, la prosa no se q se~ la admiración que merezcan
Car! Sternheim y el
r~, en m1 sentir, r.J título de glor·1
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'
porvemr se dete1 d á ás
ª m s decisivo d
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d ':- , pienso yo, ante su teatro
e
om ro! que representará esta é
e e md de su generación es d ..
iue más tarde se llamará el Ex:oca_ de_ concentración artística' cstaec1r'. ~l
1 chekh_ov y Andreieff, con Beroardr;~1:;•smo. Con Ibscn y Stri~dberg cr~::
os genios auténticos del teatro co t
y J. M. Synge, Sternheim es u' d
Sus dramas son
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n emporáneo.
· no e
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mue os. u estilo care d ¡
c1 uc1 ca su prosa-ya lo he dichoce e a complicación voluntaria q
en marcos geométricos. No contc
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como sus novelas, las costumbr
la filosofía de los h b
es y la filosofía del siglo s· 1
mplan,
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om res. Su teatro n
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' mo as costumbres
h:~bcontemporánea; el asunto de lasº ::~ase~ mo~o. alguno ligado a la atmósY_
re con sus cualid1des y &lt;.lefectos et
ram hcas de Sternheim es el
•nu~lvo Moliere,, nombre que él ha recoa~~nos. Por eso han podido llamarle el
teatro de Sternhc·m
.
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casta qu&lt;- sus novelas
igcnc1a roe, como un ácido, cuanto t~ca 0:s u~o como en los otros, su inte~
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.
po¡a a sus persooajes de todos

i.;

241

·'

�LA PLUMA

LA PLUMA

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los oropeles, de todas las convenciones, e incluso de todas las tradiciones. Si
su estilo es como el esqueleto de la prosa alemana, la intriga de sus dramas
es como el esqueleto de la vida cotidiana, observada en todas sus caras. Domina de tal modo a sus personajes, penetra tan profundamente en sus pensamientos, en el remolino de sus sensaciones y de su conciencia, se apodera tan
completamente de sus secretos que juega sio riesgo con ellos y se interesa
sólo por el mecanismo de sus recíprocas reacciones. Sternheim destierra de
sus obras cuanto pudiera deleitar, conmover o interesar a lectores u oyentes
menos perspicaces que él. Pone lo esencial. Se limita a indicar los golpes más
que descargarlos. En las aventuras que muestra, los episodios se amontonan
como desnudos bloques de aristas vivas, y de una brutalidad soberana.
Sternheim, en la rebusca de los e cuerpos simples• de la psicología coincide
con Franz Werfel. Pero es el antípoda de Werfel en lo tocante al uso de sus
percepciones. Es un químico que lo ha reducido todo a fórmulas y que dosifica sus reactivos con precisión. Me atrevería a decir que la mayor desgracia
de Carl Sternheim es desconocer lo imprevisto.
Es imposible enunciar aquí los títulos de todas sus obras dramáticas. Es
im;&gt;osible establecer entre ellas 11na jerarquía repartil!ndolas por los peldaños
de una escala arbitraria. Los triunfos que hao conseguido no pueden servir de
criterio, porque una decena de ellas han dado la vuelta a los países de lengua
alemana, y a Escandinavia, Holanda, Suiza y Rusia-la mitad de Europa-, sin
valer tanto como otras mucho menos representadas.
Por eso sólo citaré tres: el Snob, Die Kassette, y 1913, como las más perfectas y las más indiscutibles de un catálogo ya importante. No contaré los asuntos ni las juzgaré. Una obra dramática de Sternheim ne es para contada, como
no lo es uoa operación matemática. Hay que leerla o seguirla en toda su amplitud, pero no se resume. Aborrezco demasiado las afirmaciones gratuitas
para criticar o analizar una obra de la que ninguno de mis lectores conoce
siquiera la trama. Me limito a señalar el Snob, Die Kassette y 1913 para cuando
el director de un teatro español se atreva a poner un drama de este autor
extraordinario, de quien el público de la Península no sabe nada, creo yo, o

ma_rco b:utal, de áugulos duros, el mecanismo
.
.
!andad implacable: allí está todo Diderot . Este m~camsmo gira con reguvana orquestación del francé
1
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n ra¡es vistosos, pelucas inmensas rojas o
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na 1es se exaltasen a tonos violentos N h b'
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apuesto a que un espectador t
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-comprender una sola palabra del d" 'I
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ia ogo, ub1era podido se .
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gu1r y saborear, si
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,
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a a mas agregaré. Tan sólo diré que Car! Sternh..
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eim ha rebasado las froo
quec1 o ' en la novela Y en e 1 drama, el patrimonio-europeo.
0

P}.UL COLIN

muy poco.
Por mi parte, \a impresión más fuerte que he recibido con el teatro de
Sternheim se la debo a Die Marquise von A,·cis, obra adaptada de Diderot. Me
impresionó como demostración técnica y como disposición escénica. Todas las
cualidades de Sternheim y su terrible ingenio aparecen. La obra de Diderot
pierde su falso clasicismo y sus fioriture literarias: queda la méd_ula, el rígido
243
242

�LA PLUMA
Mercu,-y contra la obra de Mr. D. H. Lawrence de las de sus predecesores, a
principios del siglo xix, contra los adalides que, desconocidos por todos, laboraban por ilustrar aquella época. Unos y otros despliegan en sus escritos el
mismo odio instintivo que la mediocridad siente inevitablemente por el
genio.

LETRAS INGLESAS

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LA PLUMA no esperarán de mí que en
qu_e los lectores d~os triunfos o los fracasos de aquellos _auestos arbculos enumere
godo y cuya aspira.
su arte como un ne
tores ingleses que miran úbl" o lo que su público reclama. Para
ción principal es dar a su p
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más que recurrir a los
d" • opulentas no ay
saber lo que hacen estas me_ iama~, T les gentes prosperan por la publici., .
d " · s de gran circulac100. a
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penod1cos iano
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la hora presente e 11as se
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dad, y en Inga erra, a
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el recomendar a 1os esp
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desdeñadas y en la oscuridad hasta año_s lde:p~/ K:ats en la Q~arterly Reeste propósito en _el trato que hace ~nUs11\:rs~ad de Oxford; y en el fracaso
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seme¡anza con o que
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M • ·
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~º\ -

244

Acaso pueda aplicarse a D. H. Lawrence el vocablo genio con más seguridad que a ningún otro autor inglés vivo. Es hombre de unos treinta y seis años,
hijo de un minero de carbón de Nottinghamshire, y comenzó su vida como
maestro en una escuela elemental, pero no tardó en descubrir que el empleo
no se avenía con su carácter y lo abandonó por la literatura. Desde el principio de su vida de escritor ha seguido una senda propia; su arte le absorbe, mas
no cu razón del cartc por el arte», sino porque el arte es expresión y su deseo
apasionado es expresar. Como a todos los místicos, incluso Blake, que hao empleado por vehículo la palabra, puede objetarse a Lawrence sus raptos de oscuridad. Es como un explorador, que va descubriendo un' continente desconocido, y a su vuelta halla difícil describir sus hallazgos por modo tal que todos
los entiendan. Su audacia para la investigación psicológica, y su implacable seguimiento de los instintos humanos hasta sus ocultos manantiales, le convierten, como es natural, en un escritor peligroso para los jóvenes y para cuantos
no han pensado nunca por cuenta propia. Y así como únicamente un nadador
robusto puede gustar la delicia de bañarse en mares alborotados, tan sólo
quien posea preparación mental adecuada puede embarcarse en el estudio de
las novelas y de la poesía de Lawrence. Es figura solitaria, original, animosa,
ligeramente siñiestra; el escritor inglés más significante de nuestra edad.
Les últimos doce meses serán memorables por la publicación de dos novelas importautes de Law, encc: The Lost Girl y Women in Love. La primera es
una producción relativamente ligera, que casi se ajusta al canon de la novela
popular; la última será acaso considerada, dentro de cincuenta años, como el
libro más importante que esta generación ha producido en inglés. El libro es,
como podía esperarse de su autor, peligrosor conturbador, curioso, brillante,
un tanto siniestro. Y como era también de prever, su aparición ha desatado
una tempestad de protestas en la «buena prensa• de Londres. Un 6rgano popular de nuestro cant nacional ha llegado a pedir que la policía decomise el
libro, igual que hace cinco años decombó otra novela de Lawrence, Tht KainÓcJW. ¡Así se ve perseguido todavía el pensamiento en un país que acaba de
salir de una guerra devastadora por la libertad humana!
Lawrence ha vivido en Italia estos últimos doce meses, en Taormina. Algu245

�LA PLUMA
nas de sus novelas, incluyendo Sóns 4nd Lovers, The R4inbow, y Women in
Love, creo qu.e están traduciéndose al alemán y pronto serán a.:cesibles a los
españoles que lean ese, idioma. Tales libros están de seguro entre los pocos
publicados recientemente en Inglaterra que tengan interés e importancia universales.
Otra noticia que también tiene interés para los lectores extranjeros es que
James Joyce-escritor irlandés de talento y originalidad considerables, cuya
prime ra novela: Portrait o/ the Artist 4S a young man, apareció hace un par de
años y fué aclamada por todos, excepto por la crítica académica-está a punto
de publicar su nuevo libro Ulysses. El libro, en edición limitada, aparecerá en
París, donde Joyce vive ahora. La mayor parte de Ulysses se ha publicado en
un periódico americano llamado 1 he Little Review y los editores de este papel
padecieron, con tal motivo, una persecución prolongada. No se ha encontrado
en Londres editor para el libro. Así ocurre que un libro esperado con ansia
por la fracción más inteligente del mundo literario inglés, tie ne que imprimirse y publicarse en el extranjero. La técnica de Joyce es en muchos modos tan
alarmante para un espíritu académico como la de Picasso o Archipenko, pero
e 1 vigor y la originalidad de sus percepciones están fuera de discusión.
Una aportación interesante al escasísimo caudal de la crític,a literaria inglesa independiente, sincera, libre de influencias sociales o comerciales, es el
reciente volumen de Ford Madox Hueffer: Thus to lievisit (Chapman and Hall).
Hueffer fu6 el fundador y primer editor de The English He'Diew. Poeta y novelista de acabada y brillante técnica, Hueffer ha consagrado su vida al servicio
de las letras inglesas sin propósito de medro personal o de triunfo económico.
En este su último libro escribe con generosidad y simpática comprensión
acerca de aquellos poetas ingleses modernos, en particular de los •imagists,,
que no han cortejado esa fácil popularidad que otros escritores, como
J. C. Squire, W. J. Turner, Edward Shanks, John Drinkwater y algunos más,
han obtenido con sus fáciles y mediocres ejercicios métricos.
Antes de terminar mencionaré los nombres de Wyndham Lewis, T. S. Eliot,
Osbert Sitwell, John Cournos, Walter de la Mare, Job.u Goned Fletcher, y Romer Wilson, quienes, con uno o dos más, producen obras que se distinguen
por su sinceridad y honradez de propósitos. En mi próximo artículo espero
poder dar una descripción detallada de la índole de sus actividades y de sus
designios.

DOUGLAS GOLDRlNG

LIBROS y REVISTAS
Pedro Prado,-A/sino.-Viñetas del autor. Casa edi· tori·a1
go de Chile,

MCMXX.

u•

«,nmerv

a&gt; Sa t·a
.
n1-

Te~~ constante de conferen~i~s y artículos hispanoamericanos es el desco noc1m1ento m?tuo e~ que v!v1~os americanos y españoles. Pero aún no
hemos conseguido la 1mprescmd1ble correspondencia entre los libre
d
aque~de y .ª~lende el ~tlántico, primer paso para lograr la tau deseada rc:snvi:
vencia espmtual. Y as1 sucede que el nombre de Pedro p d · ¡
·
nes nos es familiar por las revistas de Sud-1\mérica se nroas rºe'vmlc usoª qme. "6
.
·
•
e a como una
ap~nc1 n con este Alstno_, que le hace acreedor en nuestra literatura al Ju ar
senal,ado ya en la república d 7 las letras chilenas por los siete volúmenes gde
poesia,_ novela y ~nsa;yos publ~cados desde 1908.
es
t Alsmo
"d
b la· h1stona maravillosa de un niño andino • 01·eto de u na curand era
em_ a por ruia, q~e, arre~atado del deseo de volar, se queda curcuncho por
fea ¡oroba de la primera ~a1da. Mas, ¡oh prodigio!, la corcova vásele transforma_n~o en dos ª!~s de páiaro con 9-ue un día hiende al fin los aires. Obli ado
a v1v1r de la rapma en _competencia con zorros, gavilanes y ladronzuelos: lo:;
hombres le caza~, le alicortan, le :ºmeten a su bárbara incredulidad rimero
a bcruel
· 1au d o'
I
d después. •A/sino' que un día conoci"ó el placer, pVIO
· d explotación
e no ,e uz a una esnuda mofa sorprendida desde lo alto según s b - b
en ~¡- no, sabe después lo que es ~m~r, trágico sentimiento con ue ~et~:r:
el a11e al ver muerta a la dulce A~1ga~l, la hija del amo de la hacfenda d~nde
fué cazado. Huye, a los montes solltarH' S y enamorada de él la h"" d
· ·
·é t 1
1
•
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· '
,
IJa e un v1eJO
leo ne
r 0 , v1 r ~ e en os_ OJOS ternble ponzoñ,a que una curandera, celosa de
las artes !11éd1cas del meto de la bruja, le suministra cual amoroso ñltro Als ·
no, recogida s_u voluntad de as~ensión, COJI!prende las voces todas de¡~ N;~
t ur aleza, y ca1do en su vuelo ciego al fondo de un barranco las aves le canta
Y ayuda~ , el agua de los arr_oyos lava sus heridas, las ~limañas le rot:
gen.· Alszna,
la luz · y abrasado ea ella, cae conver t·pd
d" al cabo, vuela hacia
.
I o en
c~m~as . 1_spersas por las bnsas del amanecer, fundidas para si
1
aire 1nv1s1ble y vagabundo.
empre en e
2

47

�.,
LA PLUMA
l"b.
ue el cuento de hadas, la novela de aventuTal la trama de e~te 1 to, en q sobre un fondo realista que le presta veras'. el_ poema al~gór~~~• ~~:~~;i~~• sugestiva y modernísi:na, donde el mito
"bTdad cobra las proporciones humanas con
ros1m1htud y ev1den ,
dásico,
adecuado.ª
que la agudeza
ps1con1~e~traJei°!~t~~
og,ca ~ .
lete~pla su fantasía y capta la atención del
lector, i1;1teresándole Y em~c~n:n~~ ~adenciosa hasta desbordarse como P?r
Escrito en una pro~a exu er n e¡cesivos a veces pero oportunos en algun
modo natural en amplios _versos,- 1 del diálogo ~ incluso ciertas violencias
capítulo líric_o-,, lo~ modisn~¡°s oca e~, si choc~n al pronto, suscitan luego
1
sintáxicas o 1mpropied~des e expr:s:~ 'caracterizan más, añadiéndole valor
un interis may?r, preci_sarnente p~lq_
historia de un héroe que del terruño
de representación, un hbro C?mo . Smoj e
ue todo se funde y aniquila.
I
patrio
se eleva
al puro
_espacdt?bu?iv~!f
p' r~p! poeta, que realzan la cuidada
Ornan
el tomo
graciosos
I u¡os
edición del texto y animan su grata lectura.

***
Luia y Agustín l\iillare_s ~ub as. - Do11a
• Juana.-Cuentos viejos. Las Palmas. Tipografía del cDiano•, 19 2 1.

_

.
1 moderna literatura espanola un lugar
Los hermanos Millares ocupa? en .ª t en ue ustosos viven retirados en
singularísimo. De una parte, el ai~lamten
ru qo ;iempre alerta, de jóvenes
su tierra canaria, rodea~os, eso si, tded~n tKcido desenaaño, que les mantiene
5
entusiastas, y su mode tla, no ~xen
saloncillos de ios teatros cortesano_s,
alejados de los corros, redac~ionesdy un día prestan a su actividad literana
donde se fraguan las r~put~c1one~lad: de t~da escoria profesional. De otra
el atnctivo de una ajiczon, mrnac d t tos años ya dedican sus horas mejoparte, empero, el fervor con que, _e an hasta con;eauir ese tipo tan original
res a escribir novelas, cuentos Y dt arnas, .. de q"/ es preciosa muestra el
. d t t pa,·a leer o cuento escenzc0 ,
fi
¡
y sobno e ea f'o
1 7 t. de la Escuela N ueva, les con ere a
Compañerito,
representado
I e
maestría
nunca
lograda porpor¡
e edJ
' desinteresado pero frívolo por lo

°

ª

~:;:e

general.
antísima. Escrita en un estilo suelto, cla1 . t
fJoña Juana es una nove a m er~s d d las rimeras páginas de que está
ro, limpio, sencillo'. el }~~to~
au~~r ~a rel~ción de una histor_ia ~er~aleyendo, y le pa~ece ou e ª
t bien encuadrada en el escenario 1s!eno,
dera: Tan sugestiva, ta1;1 humana,
de la matrona poseída de un amor JUVecaro a los hermanos Millares, es éSt
.
. eludible Doña Juana se mata
nil, y castigada por 1~ fa_t3:1id;,d con
:::ás por s~lvarse, con magnífi~o
con voluntad de sacrificio, pero, en ie
' . librarle a él de su presencia
,
1
ión de su amante que P0 1
"l
ego1smo, de a compas
d· d
derrocó la inverosímil torre de marn en
triste después de la enferme a que .
. lacable
que s~ espídtu mozo se defendía del tt~:~~iv~:papunte~ de tipos y paisajes
Completa? _el vo_lumen otros cuen de los i'.imeros &lt;Cómicos en las Palcanarios, not1c1as prn~orescaDs, c~mo la entre ft1os, para nuestro gusto, El desmas•, sumamente cunoeas. es acan

s~:td~f

ª:

!\1:~i~

248

1!

LA PLUMA
riscado, rápida impresión de un inglés excursionista recogido por los indí-genas en un barranco, que muere pronunciando vagas palabras que ellos no
entienden, y Lo invisible, historia de un hombre muerto de miedo, donde se
advierte de
aúnA,·aus.
la influencia. ya lejana, de Maeterlilick sobre los autores de La
herencia

***

Francls Jammes.-Nosario al sol.-Traducción del francés por Magda Donato.-Colección Conte!llporánea. Calpe.

Como dice muy justamente Enrique Díez-Canedo en el breve prólogo a Ro.sario al sol, Francis Jammes tiene en Francia un puesto entre los maestros seguidos por la juventud, con los Péguy, los Claudel, los Maurras y los Gide. Mucho se ha hablado, sobre todo después de la guerra, y las más veces sin venir a
qué, del renacimiento del espíritu religioso en Francia. La obra poética de
Fr,~ nci~ Jarnmes, y esP,ecialrnente esta novela, editada ahora en español por la
Editonal Calpe, justifican el mismo comentario manido. Los nombres susodi-ches aparecen, eu efecto, unidos a nuestra consideración por la misma voluntad de restaurar un estado religioso, francamente antirrevolucionario. El 01·den
·clásico francés en la política, en las artes, en la vida social, requieren la vuelta
al catolicismo, ya corno mera disciplina lógica sin el menor arraigo en h propia
fe Maurras-bien como doctrina estética-Claudel-. El misticismo de Péguy
halla las raices de una conciencia católica, pegando el oído y el corazón al suelo
natal. Gide, protestante, devuelve a la conciencia francesa la contribución del
hugonote. Francis Jammes quiere ser simple. Se convierte por entero a la fe
cristiana y no la encuentra, no, aureolada de artístico prestigio en las catedrales góticas o en la Biblia, mas en la fe del carbonero que cree en la Virgen de
Lourdes y en las estampitas piadosas.
. En Rosario al sol, siguiendo el plan de los quince misterios de la oración en
honor de la Virgen, inventa la inocente historia de una señorita de Marsella
que, poseída de la gracia de Dios, socorre al desvalido, ayudada por un benedictino sabio, bueno y prudente y un almirante devoto, renuncia al amor de un
joven marino y acaba metiéndose monja de la Caridad una vez vencido el demonio tentador en figura de concejal y de maestro laico, de los que enseñan
«los derechos del hombre• en vez del catecismo. Melodrama ejemplar, en tin,
cuya ñoñez a Jo padre Coloma e n Et primer baile, Pilatillo o Por un piojo apenas si se disimula bajo las sencillas galas poéticas con que el autor de las Geórgzcas cristianas traduce y ennoblece el estilo de los libros de devoción: El episodio de la negra Zezé trasciende al mejor Chateaubriand y revela en Francis
Jammes la misma inspiración de sus primeras visiones coloniales. La historia
del niño Pedrito y la hija del zapatero, en cambio, más que a los mártires del
cristianismo nos recuerda la infantil Pabio!a o ta lámpara del santuario, y con
ella nuestros peores días de reclusión colegial con los benditos frailes.
Magda Donato ha traducido Rosan·o al sol con la misma graciosa sencillez
con que escribe stts cuentos para niños, lo que le presta en español la ingenuidad tosca y alambicada a la par, que pretende el poeta francés. Si de aigo
peca la tradncción en algún pasaje es de exceso de fidelidad.

**

*

·.¡

�LA PLUMA
Alfonso Maseras.-A la deriva.-MCMXXI. A Cau Verdaguer, Llibreter. Barcelona.
Alegoría de la juventud. Marc;al Montllor, mozo catalán! enamorado de_ una
doncella de trenzas de oro, sale a correr ti mundo. Olvidado cl~ ~u primer
amor, en brazos de la exótica Hatty. conoce el placer; después, a~1s~1do p~r el
Mentor va entreviendo poco a poco la verdad. Y al volver a la tJe1 ra nativa,
le pare~e hallarla en la Dilecta, la mujer cabal, la esposa.
Los sucesos no aparecen encadenados ei:i un rel_ato ir.enudo. El lector ~escubre Ja trama novelesca a través de las 1lustrac1ones fil_o~óficas ?el protagonista, todas ellas fáciles y asequi~les, _exa~tadas por un hnsmo an1mad~r.
Corre a través del libro cierta rnsp1rac1ón dantesca._ que le pre~ta sab~r
tradicional dentro de la literatura catalana, y aun catalanista. Las me¡ores paginas son, sin duda, las que, e!l la primera parte, desc~iben. algunos ..i?p~ctos
pintorescos del ruralismo catalán, en que el poeta simboliza el sentimiento
patrio.
***
Manuel R. Alvarez Puente.-El navie,·o Más_ o L_a novel°: de la _materia.
J. Los signos.- Portada y exlibris de ~regor_10 y1ce~te, 1lustrac1ones de
Amando Suárez Couto.-Madrid, librena y editonal R1vadeneyra, 1921.

.

'..

El Más es la Vida; el Menos, la Muerte; ambos se reducen al Igual: el Silencio. Tales son los signos a que aju:,tan su danza arrebatada J~s ~umanas sombras que pueblan de fantasmas trágico-bufos el mundo cabahstico de la materia y el espíritu.
.
·Cuántas veces no se ha dicho que la novela era el poema épico de es_tos
tie~pos! Ahora bien, estos tiempos empi~zau ya a ser_aquéll~s._y: al novel_1st~
,iat,wal, simple relator de sucesos exteriores, al novelista p~•~~10go, exphc~
dor por lo menudo de los casos descubiertos por su agudo_ anahs1s de la cor'.d1ción humana, sucede el novelista lírico, el iotérprete sen'.1mental, paradóg1,co,
humorista arbitrario, del espectáculo; las más veces caótico, de todos los d1as.
Los signos, primera parte del tríptico El navie1·0, M~s o La novela; de lu mate,·ia no es una alegoría. Le faltan para ello esos termmos, conve01dos de anten'iano t:ntre el poeta y el lector, que la hacen com1;&gt;rens1ble y cla:·a. Le S?bran complicación, dinamismo, sinceridad desentendida de morale¡a. El primer capítulo, las primeras páginas ~obre todo, ~euotan en el autor la moder~
nísima inteoción de ennoblecer un mterés folletmesco, adoroán_dol~ coi~ exce
lente humorismo; después parece como si, abandonándose.a la 11;sp1ra_c1ón del
momento, se dejara el poeta arrebatar en alas de la verbos1dad_s1mbohsta, que
oscurece en fantástico delirio el ambiente real de la novela, ban~ndolo _en vaga
niebla, por entre cuyos girones van reapare~ien?'? ~n gestos 1mprec1sos los
héroes apasionados, objeto de las propias d1squis1c1ones ª. que d~ben d ser.
Al final, en una escena alucinante y fuerte, se recobra el hilo sutil I?ºr ~onde
el novelista ha de sacar en los dos tomos sucesivos el hilo de esta 1i:1stona.
No denota Manuel Alvarez Puente la sencil_Ja m~est~ía del esc~1tor cabal~
ciertc,. Mas tampoco la fácil rutina del aprendiz aphcad11lo. Su estilo tortura
250

LA PLUMA
do, trabajado, no por el af~n de la línea bella y el sonoro acierto, sino por el
e~fuerzo d_e expresar ~re_c1samente recónditos matices e insospechadas rela~1~;~~i~~~~~s y seut1m1entos, revela la conciencia del artista, tenaz eo un

**

*

Brckmann-Chatrian.-Hí'sto1·ia de un quinto de 1813. Calpe, Colección Universa!: t( Cné Benjamín.-Gaspar. Los Humoristas. Calpe. Traducidas por
Manuel Azaña.
•··· cada cual debe contar lo que ha visto por sí mismo; de ese modo el
mundo conocerá la verdad.» Así dice José, el quinto de 1813, inventado por
Erckmann-Chatrian. Entre él y su compatriota Gaspar, cuya verídica his- .
toria salió a luz en 1915, en plena invasión alemana, hay indudable fraternidad
espiritual, que la publicación en español, casi simultánea, de una y otra novela, como queriendo poner de relieve esa semejanza a través del tiempo, brinda a nuestra coosideración.
,
El héroe de Erckmann-Chatrian no cueota lo que ha visto, sino lo que sus
creadores han querido que viera. «Si las personas prudentes me dicen qm.. he
hecho bien escribiendo mi campaña de 1813, y que eso puede ilustrar a la juventud sobre la vanidad de la gloria militar y mostrarle que la verdadera dicha
sólo se encuentra en la paz, la libertad y el trabajo, entonces reanudaré el hilo
de los sucesos y os contaré Waterlóo.• Tal e-s su moraleja. En pleno segundo
Imperio, las novelas sentimentales de Erckmann-Chatrian, harto inocentes sin
duda para nosotros, harto iliterarias y cortadas por un mismo patrón melodr~ ·
mático, reflejaban sin embargo una conciencia nacional más apegada a la buena vida burguesa que a las arrebatadas aventuras imperialistas. Más fuertes,
más animados de pasión humana, los Episodios de Galdós están inspirados en
la misma cándida emocióo.
Gaspa,· inauguró la después dilatada serie de las novelas vividas de la última guerra, esa serie que en Francia tuvo su apogeo con El fuego, de Barlusse, .
que literariamente culmina tal vez eo la Vida de los Má,·tires, de Duhamel, y
de que son preciosa muestra el Clavel, de Werth. o Les croix de bois, de Dorgelés.
Gaspar pertf'nece a la quinta del co1·azón ligero, y tampoco cuenta todo Jo
que ha visto, o lo disimula con su gracia de parigot. Tierno, sentimental, di charachero, su historia apenas si tiene traducción posible. Lo mejor de ella es
el desenfado popular con que el novelista nos la refiere.
MaRuel Azaña ha dado a las dos traducciones la conveoiente versión caste- •
llana: simple e ingenua la de Erckmann-Chatrian; auimadísima la de René Benjamín, cuyo estilo pintoresco, los diálogos sobre todo, exige nn tino y discreción raros para aunar la fidelidad de la traducción con la correspondencia de·
giros y matices de un argo/ peculiarísimo .

�.....

LA PLUMA

LA PLUMA
Magallanes Monre.-Flori/egi·o.-Selección del autor. Prólogo de Pedro
Prado. El Convivio. San José de Costa Rica, 1921.

«LA VERÓNICA

Magallanes Moure goza eu América, no ya sólo en Chile, su patria, fama bien
ganada de poeta sincero. Bien ganada, porque sus versos traslucen la calma, h
serenidad, el apartamiento de toda alharaca con que el prologuista de su Fto, ilegio le retrata, entregado a la contemplación de la naturaleza, sumido en ella
para copiarla en el lienzo-Magallanes Moure es pintor-y ofrecernos la poesía limpia de que es delicada muestra esta selección de su obra.
Adviértese clara en los versos de Magallanes Moure la tendencia a limitar
los modos de expresión poética dentro de los términos fijados antes de la revolución literaria triunfadora con Rubén Darío. La regularidad métrica yacen-tual obedece más a las normas de los últimos románticos que a las de los primeros modernistas. Los motivos de su inF-piración, sobre todo en los temas esencialmente líricos, le sitúan un tanto a la zaga de nuestra manera de sentir. Pero
al cantar la esplendidez del paisaje nativo en que le complace extender la mirada y recoger el ánimo, los versos de Magallanes Moure logran la emoción
•comunicativa que por encima de los modos retóricos constituye el género poético en que todos se resumen, la poesía por excelencia.

***
Armando Zegrí.-,lfinerva la de glaucos ojos.-Santiago de Chile,

MCMXXI.

Una pequeña colección de •Historias breves y románticas•, semblanzas,
«Emociones y panoramas•, escogida sin duda de su labor periodística, componen este tomito efusivo, hiperbólico, juvenil. Semejante literatura adolece tal
vez del exceso de tópicos fin de siglo. El Arte, la Bohemia, Gómez Carrillo, Ra•childe, un Valle-Inclán no más que pintoresco, confundido con Carrere, Hoyos
y Vinent y Zamacois ... Bastan, con todo, para acreditar el temperamento de escritor de Armando Zegrí páginas como las dedicadas a Amado Nervo en el
primer aniversario de su muerte, evoc~ndo el fúntcbre cortejo naval. 9,ue
-siguió al cadáver del poeta des~e.Montev1deo a Ve_~acruz y el apar~t? militar
con que fué escoltado hasta rec1b1r sepultura en Mépco; y algunas pagmas sencillas, corno ias e Vistas de un viaje al Sur de Chile• o la rápida e Visión del lago
Llanq uihue.

*

lec~ura de _fina poe~ía contenida en el pequeño volumen de Alberto Guillén,
sutil y dehcado, baJo la máscara cínica que le place ostentar:

**

Alberto Guillén.-El libro de las parábolas.-Editorial Nosotros.-Deucalión.
-Prólogo de Ventura García Calderón. Segunda edición, 1921.
Este joven escritor peruano, ~ quien un recie1:1te li!&gt;ro d~ los llama~os de
«escándalo• ha dado cierta notoriedad en los corrillos hteranos de Madnd, publica ahora una colecci6n de agudas parábolas o reflexiones satíricas, impregnadas del lirismo ático que los ingleses llaman kumor, característico de un género cultivado por los fabulistas y poetas-filósofos_de to~os los tie~pos. ~lgúo
-botón de muestra servirá mejor que nuestras constderac10nes para mduc1r a la

• Ella guardó el pañuelo con la imagen como otros tantos recuerdos
de amor.
»EL SEGUNDÓN.

•-¡Este es el prirnero!-decían las criadas mostrando al segundón con quien
se holgaban.
»LAS ÜVKJAS

•-¡Qué hac~is?-Jes pre¡;untó una voz alzada en el camino del matadero.
•-¡N0s sacrificamos por un ideal!-respondieron las ovejas.
»EL ÜLVlDO-

•-¿Pero por qué no la olvidas?
•-Es que aún no he aprendido a saltar más allá de mi sombra-dijo el
amante.
•Los NIÑos.
•-¡Por qué rezan ustedes?
•-Es que aún somos muy pequeños-dijeron los niños temblorosos.•
Esa condición lírica de sus parábolas cínicas, de sus c1 íticas humoristas se
afir_ma po~ modo exc~l~n~e en Deucalión, coleccióI! de breves poemas, 0 °porme1or de~1r, poema d1v1d1do en breves cantos de catorce versos, que sin ajus•
ta~se al canon ~el soneto son co~&lt;? la reducción de su sonoridad y pompa a límite~ ~ás ~str~ctos, e~ que la mus1ca apenas si hace otra cosa que anotar con
prec1s1ón silábica el ntmo del pensamiento, sin calderones ni crescendos. Poema de un ~ar&lt;;isismo juvenil en gue el poeta se defiende con ingenuos alardes
de la mediocridad que por doqmer nos acecha. Una «Apolocría, en alejandrinos abre el libro y explica su inspiración:
.,
«Moraleja: el poeta echa sus versos al viento
arroja las estrellas, abre su pensamiento
'
para la siega de oro de los siglos. Sus rastros
bajo de sus sandalias florecen oro y a!&gt;tros.•

***

Manuel Oiaz Rodriguez.-Peregrina o El pozo encantado.-Novela de rústicos del valle de Caracas. Biblioteca Nueva, Madrid.
~o hay_ tal encantamiento, ni la trágica historia de Peregrina está tejida con
el hi.o sutil de_ l&lt;_&gt;s cuentos de hada~; pero su trama descubre las pasiones bravas, la superstición, el amor, el od10, que con la misma fuerza natural de las
tormentas del Avila arrastrase a los personajes de la novela. Novela verista,
d~tallada co~ el documento pintoresco en el ambiente rudo de Venezuela, susc1.ta en
ámmo d~l lector esa emoción sostenida por la curiosidad de un me
dio exótico, pec~har de las mejores italianas en el género regional y dialectal..
Y aun se advierten y saborean más directamente en los tres cuentos so-

e!

253

l
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�LA PLUMA

LA PLUMA

·-'bríos, valientes, inspirados en la terrible realidad del campo venezolano, que
cierran el volumen. las cualidades de novelista de Díaz-Rodriguez, escrito1·
cuyo seguro dominio de la prosa castellana le permite adaptar con sentido
moderno el amplio y rotundo período tradicional a las exigencias de un relato
siempre vivo, coloreado, dramático.

***
Fernando Gil Mariacal-Girones.-Madrid, imprenta de Juan Pueyo,

1921.

Girones estilizados del espíritu nacional. Cuentos, apólogos, tipos y paisajes, escenas picarescas, reflexiones de un liberal contemplativo sobre la realidad española. Los mismos ejemplos vivos que inspiraron, salvan&lt;lo los tiempos, las agudas lecciones morales del infante D. Juan Manuel o de D. José Cadalso. El anatema de Costa, templado por la gracia de Fígaro. Buen humor,
impersonal como el estilo con que el fiel editor de los papeles del coime de la
señora Natalia da entonación y empaque tradicionales a esta amena literatura
de ver y oir.

***
Autón P. Chejov.-.6/ ja,·dín de los cerezos.-Traducido del ruso por Saturnino Ximénez.-Colección Contemporánea, Calpe, 1920.
Después de los más grand~s nombres rusos, después de Tolstoi ):' D?stoiewsky, al lado del de Andre1ff, las novelas cortas, los cuentos de Cheiov invadían ya la Europa occidental cuando el éxito de algunos de sus d~amas,
como Tres hermanas o El jardin de los cerezos, en Inglaterra y en Francia, empieza a conquistar para su gloria el favor del público de los teatros. La versión
castellana de E!.lja,·dín de los cerezos no es la que de ordinario suele representarse, reducida de la novela original, escrita en diálogo y que ahora se nos
ofrece a los lectores españoles traducida con una fidelidad que, lejos de evitarnos, aumenta la confusión sentimental, los inexplicables vacíos, la ironía
de sconcertante, que la hacen irrepresentable sin refundiciones )'. retoques,
pero que contribuyen en mucha parte a aumentar el efecto patético de sus
-·escenas.
Una colección de rápidos apur.tes e historias brevísimas completan el volumen, característico de la manera sarcástica, despiadada, cruda en que resuelve artísticamente su visión de la vida a través del alma rusa uno de los
escritores prerrevolucionarios más sugestivos, atrayen~es, e in~pira_dos en ~l
santo fuego de la pasión atormentada con que nos hechiza el m1stenoso esp1ritu eslavo.

***
José Pablo Garnier.-A la sombra del amo1·.-San José de Costa Rica,

1921.

Al localismo, al regionalismo, al nacionalismo literarios, degenerados en el
-costumbrismo de exportación en ~os P?Íses posee~ores ~odavía de prime,·a. materia pintoresca corresponde en d1recc1ón contraria la literatura cosmopolita o
254

-de importación, por lo qne se adapta y da carta de naturaleza a modalidades
antes exóticas para el público a quien se dedican.
José Fabio Garoier, en ese sentido, cumple en Costa Rica con su drama A
la sombra del amor la misma misión histórica que nuestro Ben avente, por ejemplo-salvadas todas las distancias-, al traducir ea sus primeras obras de teatro el espíritu europeo culminante en los nombres de Ibsea, Tolstoi, Hauptmana
-0 D'Annuozio reducidos al fácil denominador común del Bulevar.
Historia trágica de una pasión culpable, cuya más pura expresi.Sn dramática
s~ rea_ionta a Sófocles y Euríp_ides, el autor de A la sombra del amor ha prefend_o situarla en el ambiente fnvolo de un hogar burgués de cualquier parte,
,quizá por lograr más eficazmente la comunicación con su público, que el dramaturgo se ha de proponer siempre de una manera más inmediata que el novelista.

:,
1

* **
Arturo Schnitzler.-Anatol y A la cacatúa verde.-Traducci6n del ale mán
por Trudy Graa y Luis Araquistain.-Colecciór. Contemporánea. Cal pe.
La boga de Schnitzler ea los teatros de Austria y de Alem-,1nia data de más
&lt;le veinte años. Muchos hace ya también que Antoiae representó con grao éxito en París A la cacatúa ve,·de, ahora traducida p~r primera vez al español. Después de la guerra la fama del autor de Anatol ha reverdecido al amparo, en mu- ·
.cha parte, de la prohibición de una de sus últimas obras por el Gobierno di!
Viena.
Vienés de nacimiento y de condición, en lo mejor de su obra se manifiesta
el anarquismo intelectual de la literatura nórdica, teñida de la fácil ironía por-que se hace asequible a los lectores y espectadores latinos. La gracia francesa
le cautiva y le atrae.
Anatol es el retrato en siete diálogos o escenas breves de un don Juan frívolo y sentimental frente a siete mujeres, sus amantes de un dia, de un año, de
un momento. Max, amigo y confidente de Anatol, le hace el juego escénico, y a
manera del payaso que descubre con las trampas sucesivas el falso prestigio
&lt;lel ilusionista de circo, subraya ante el público la moraleja que el autor se propone.
Con intención más honda, no obstante sn ligereza, más construido, pese a
su aparente disgregación, el Anatol de Schnitzler tiene mucho parecido con los
mejores diálogos de Jacinto Benavente: Despedida cruel, Sin que,·er, están inspirados en la misma ironía.
A la cacatúa ve,·de es un episodio pintoresco del 14 de julio de 1789, de gran
efecto dramático. A la taberna de Próspero, antiguo patrón de una compañía
cómica, acuden los nobles de París, ávidos de sensaciones fuertes, que los actores de Prós¡,ero fingen diariamente 1·elatando fantásticos robos y crímenes
truculentos. Aquella noche el pueblo toma la Bastilla, la revolución triunfa, y
el primer actor de A la cacatúa verde, que así se llama la taberna, seg_ún está contando cómo ha matado a un duque con quien su mujer le engañaba, aprende
que su deshonra es cierta. Entra el duque y le mata. El pueblo y una marquesa.
histérica gritan: , ¡Viva la libertad!,

I' '

�LA P L U .\1 A
La verdad y la mentira, la ficción teatral y el disimulo ladino componen
este melodrama artístico de un gran guiñol para niños, soldados sin graduación.
y... poetas.
La traducción, animadísima y fiel en todo momento, de Luis Araquistain y
su esposa, hace grata su lectura, que el púb!ico saboreará directamente a falta
de cómicos y empresarios con curiosidad e interés, no ya artístico, mercantil
incluso.
C. R. C.

***
Libros reclbldos.-Guillcrmo Jiménez: Constant:a, Caro Raggio, Madrid_
Manuel Ugarte: Poeslas completas, Mauci, Barcelona.-José María Delgado: 1 eatr, de ensueño. La Princesa Perla Clara, editorial Pegaso, Montevideo, 1921.Fernando Gil Mariscal: Rle, Madrid, 1918.-En Villabrav{a,¡novcla, Sáenz Calleja, Madrid.-Manuel Acosta: Soltera ... , novela Uruguaya, Editorial Pueyo, Madrid, 1921.-Félix Urabayco: La última cigüeña, Calpe, Madrid, 1921.-Han
Ryner: Les adisans de favenir, Ed. de 9a Ira, Eeckeren-Anvers, 1921.-0pere
Ct;mplete di Giovanni Verga: I Vinti. 1 MaJavoglia. Eva. JI mart'to di Elena. tres
volúmenes, Bemporad, Firenze, 1921.-R. Erdos: ll fio,·e della morte (Col. I mi~liori novellieri del mondo , Urbis, Roma.-Unamuno: Perché esser &amp;osi? (ídem
1dem), Urbis, Roma.-Tomás Hardy, La bien amada.-Scipion Sighele: Eva moden,a.-Emilio Clermont: Lau, a, Calpe, Colección Contemporánea, Madrid.

*

*

AÑO JL

i\...
I

MADRID, NOVIBMBRB 19Zl

1

NÚM. 18.

UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO

m

tiempo que el cancerbero del cementerio de S M
tm me había
ofrecido abrirme el cemente.·
i ar110 en 1aannoche
.
y esc~g1 una_ noche de luna para pasearme por entre su~
muchos de ::ygons1~cos ~l'.preses, por las galerías que también sé y a
mqui mos conozco.
h
.
Estar en un cementerio en I
sobre el coche fúnebre y hab ~d nodc e sena como haber entrado
er s1 o e alguna manera muerto.
AC.ÍA

*

Revistas. - Mercure de ftrance, París. - Le Progrés Civi&lt;Jue, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de I' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de.Costa Rica.
Le Crapouillot, París.-Belles Le/tres, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid~o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Por.sía ed .frie, F errara.-España y Amirica, Cádiz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Brusclas.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma_
La Nouvelle Revue f1·an;aise, París.

* * *

~=

Cuando se abrió la verja .;;entí que
b.
inte~:inable, del ~araje traicionero, de t:a~:al~/¡~e:~~:.el jardín
.
que se ve1a es que las veredas de luna estaban vacías r
~~ª~/ se ala.rga_ban como internándose en la eternidad. Aun 'si~::
tan conocido el cementerio me pareció laberíntico
mos y lagunas de luna.
Y con abis17

t

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Y no necesita más razones el nuevo poeta, ni ninguao, para justificar los motivos de su inspiración. La de Vafen'tín Andrés Alvar'ez es dara, precisa, gusta
de la brevedad, prefiere la serena armonía del tonó menor a la ronca voz y
la sonora pompa. La sencilla "filosofía de estos Reflejos no pretende en vano
suplantar los métodos propios de la disqubición cie~tífica;_ esencialIT?~nte poética, sus sentencias y aforismos no presup.o nen una mtenc1ón metaf1s1ca, pero
denuncian, eso sí, cierta disciplina lírica que templa el exceso sentimental con
la razón y presta cierta gracia musical a la lógica del universo.
Cuando se despreocupa, además, de toda consideración retórica, técnica, o
como quiera llamarse a ese prurito de explicar en cada composición el concepto que de la poesía se tiene, prurito de que adolecen por lo general los poetas
nuevos Valentín Andrés Alvarez escribe poemas como esta Canción de Primavera, c~yo mejor comentario es la simpática emoción que su lectura suscita:
«Un trocito de ·jardín
en la florida maceta,
y un poco de aire sonoro
en la jaula bullanguera .
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
arrancados sin piedad
de la florida floresta.
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
soñando en la libertad
de la fi.orida floresta.
Y nuestro amor (besos sólo),
trocito de primavera,
y nuestro ardor contenido
soñando con la floresta.
(pobre pájaro en la jaula,
pobre flor en la maceta)
sin gozar la libertad
de la dulce primav!ra.•

. 1
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II

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c. R. c.

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MADRID, SBPTlB,_M_B_R_B_19_2_1_.I__Nú_M_._16_.-

EL ARTÍCULO QUE HIZO DORMIDO

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1

DISPARATES

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A:A'O II.

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¡¡'!

ti

escritor se había ~evantado tai:_de. La noche anterior _había
estado hasta las diez de la manana de su hoy. Es decir, un
lío de horas, de tiempo y de sintaxis.
El escritor veía ya una especie de atardecer precoz, corno
·
si en su mañana hubiese un eclipse de sol. Se l:iabía levantado más tarde que ningún día; pero es que después de haber ultimado
otros trabal'os, no había querido dejar de hacer su artículo diario, el artículo que levaba todas las mañanas el «botones» a la portería del periódico.
Después de almorzar con lentas maneras, aprendiendo poco a poco
los movimientos de siempre, reponiéndose como el que resucita, leyó
los periódicos del día, que se da el caso sorprendente de que son nuevos,
enteramente nuevos cada día.
. -¡Parece mentiral-se decía el escritor ya tan avezado a los periódicos, cuando cada día abría los diarios y los veía nuevos, recientes,
originales. Es que tenía alma de escritor, de periodista, de enamorado,
es decir, de hombre que encuentra nueva cada día la mujer de todos
los días.
9

L

�LA PLUMA

LA PLUMA
- Bueno, ¿y qué artículo envié yo ayer a mi periódico?-se preguntó
de repente, un p~co sobresaltado: Miraba a todos lados buscándole.
No daba con el en su m;mor!ª: to a aquel jarro azul ni junto a
No estaba ni en las estantenas, m ¡un
'
aquel cuadro, ,nijur~ nd~\u artículo de la noche anteri&lt;;Jr: ,¿Cómo
Estaba vac10 e a 1 ~a 1 . ·tando la imprenta, escnb10 en su
¿Qué mayuscu as, 1m1
f
P,rincipiaba?
? N d N podía dar con lo &lt;;iue uese.
.
.
titulo... a a. 0 . d
·ct
Mas rendido que nunca, sm a11ento
«Es que estaba _casi orm1
n cómo con los ojos apagados supo
ya» se dijo el escritor, pensan o e
gui~rse por las cuartill~s 11enas dhluz.Jmo el que quiere entender lo que
Recordaba haber m¡ra o mu~bo, ;scribiendo. Apurado, deseoso de
no entiende, lo gue otra mano i d tirando de su alma como de la
cabó el artículo sonambúlico
que saliese el articulo para a~ordarsde,
mano de un niño que no quiere an ar, a
er el periódico, y en cuanto lo oyó
que no ~abía sobre ~ué tra~aba.
{nqmeto, esperó. a nocl e paradv su oído más lejos que nunca-lo
vocear muy a lo le¡os-a canzan o
mandó comprar.
h a hecho estará en él-pensaba-, Y
«Ya es irreparable ... Lo que ªi b n su alma en la que había un
está ya en m~no~ ~e todos.·.» 0 ~ .ª
artículo ; 0 medio de la c~tamecanico rac1oc1mo cap_az dh b~nb~~i~ocado y dormido mucho, sahese
lepsia, y confiaba_ que bs1 bsl a i:;tiosa desparramada por todo el aruna pura errata maca a e, cu
'
tículo.
. , ct·
ano
abrió sus hojas con desgaPor fin, ya con el peno ico en 1a tmd Íos días No lo encontraba.
rrado gesto. Busca~a el epígrafe de o iiatro á i~as, como si pudiese
Quiso abrir sus ho¡_as ~n ts, o ?ª eSólo al ripfsar por terc_era. v~z el
esfoliar como una ~amma ~ calr ºº·se titulaba: «Hora de ¡ust1c1a ...»
periódico encontr~ su art_1cu o...
«¡Arrea!»-exclamo el escr~tor.
n zanoolotino de cerebro pesa«Ese escritor de la crapula, ese gra de ~e til ;&gt; leía el escritor
do como el de la, vaca, dedcadrne de Pt~!ªy apelliao d~l ;ludido. Así conasombrado, &lt;letras ~el '(er a ero nom
ante una inmensa imprudentinuaba todo el pe~1ód1c?· .
El escritor nervioso, md1gnado corno
se uedó con esa apacia, se dió un golp_e co?- la Jª~e:io~n;ili~~f:efus cu1ndo se les cuelfiª'
riencia de ml uedrt~ manc1u~fqiier sitio desemperchados del brazo que os
cuando se es e¡a en

d

r ·.

ª;

mor:·sacó de aquella postura que adoptó por no recriminarse y no pen-

sar más en el estropicio, la llamada del timbre. Abrieron y la muchacha
anunció: «Dos señores que habían dicho que tenían que ver irremisiblemente al señor.» El escritor.se dió cuenta de lo que aquéllo significaba, y cuando deda que «ahora mismo voy ... » se oyó de nuevo el
timbre.
-Vaya usted y diga a esos otros dos señores que indudablemente
han llamado, que pasen también y que me esperen en otro cuarto ...
Esta noche van a venir unas diez o doce parejas de caballeros... Vaya
usted pasándoles a todos a distinta habitación, y si coinciden demasiados, a los últimos que lleguen les pasa usted hasta a mi alcoba ...
En efecto, toda la noche estuvieron llegando caballeros en pareja y
el escritor a todos les contó el caso de su sueño. «Ahora bien, si ustedes o su representado insisten, yo estoy pronto a responder de mí, aun
habiendo cometido el atentado en ese estado de sueño». Nadie volvió y '
al día siguiente el escritor escribió un artículo de rectificación que titulaba: «El artículo que escribí dormido».

EL DISIMULADO BARBA AZUL
En el despacho del hombre de la barba de tenor, cuando el tenor se
maquilla para los papeles de mayor seducción varonil, esa barba puntiaguda, pretenciosa y falaz, que tan antipática es, todos eran libros hinchados, grandes tomos de lomo tirante, bruñido, duro, con morbidez
de talón de zapato nuevo.
En aquel despacho no entraba nadie. Sólo él se paseaba po~ entre
los libros de lomo grueso y burdo, en los que había pegadas etiquetas
en las que sólo había escrito un nombre de mujer:
Margarita Pares.
Carlota Bernálnez.
Carmen Román.
Julia Ucera.
Lolita Merode.
Patrocinio Ubierna.
Paulina Serós.
Etcétera, etcétera.
.
~ntre esas cuatro librerías que llegaban a la altura prudenc1a_l en que
pod1a coger un libro su mano, se pasaba sus horas ~e recordac~ón, sus
sobremesas peripatéticas que duraban desde la primera comida a la
última.
Su barba cana, insensiblemente cana, conservaba ya apenas las últi131

,

�..
LA . PLUMA
LA PLUMA

' 1

mas ~anchas del úlimo teñido. Se había dejado de teñir porque su barba te~uda e':1 contraste con su rostro pulido y envejecido, daba a su fisonom1a un tmte de esquela de defunción.
. Ya cansado, sin fu~~s para más, invertía su último interés en la
vida en c~nserv~r su d1s1mulo y en abrir de vez en cuando alguno de
aquellos hbr'!s simulados y repas~r historias que no había olvidado. Recordaba las vidas de aquellas muieres cuyo nombre aparecía en el lomo
del ~ibro c?mo nove!as que hubiese repasado con mucha frecuencia y
hubiese leido por primera vez con la luz de la mejor lámpara.
Porque este hombre de la barba de tenor deslucido había sido el maY?r barba azul d~l mundo e iba a morir impune, habiéndolo hecho muy
bien, con las cemzas de los cadáveres que fiabía quemado en la cocina
de su h?tel, guardados en aquellos librotes de lomo formidable con las
venas hmchadas.
Cada libro simulado de su biblioteca era un ataúd, limpio y breve,
de una de aquellas amadas que mató.
:-:-Ante ~odo 1~ clasificación ... No hay nada como una buena clasificac10n-soha decir en cualquier parte a propósito de cualquier cosa el
barba azul de los libros simulados.

YO SOY TU ESPOSA
Era la hora en que todos salían del teatro. Era la hora que es cuando
el esposo va más con su esposa. Pasaban en parejas aferradas.
~&lt;Y esta noche en que no va a quedar nada en la calle, yo solo», me
dec1a yo.
Iba hacia una amante que es algo más verdadero que una esposa,
algo _de ~o .que no queda e~ la es~osa; pero no tenía una esposa con la
que 1r s10t1endo la tragedia comun camino del piso adornado por el
Bazar de la Unión conyugal.
Cuando de pronto me vi cogido del brazo.
-Soy tu esposa-me dijo-. Vamos de prisita a casa.
Los letreros de las peluquerías que es lo que más se ve y se deletrea
cuando ,se va c~n ~~ esposa., se destacaban ante mí con claridad pasmosa. Tema veros1m1htud m1 esposa. Iba arropada en un cuellecito de
piel. ~e ~scondía en una mancha oscura c~mo una verdadera esposa.
Ademas pisaba so~re los ta}ones para dar mas verdad a su tipo.
-Bue~o: ¿y donde esta la casa?-pregunté yo, ya un poco cansado
de la cammata.
-Ya estamos ... Llama a Pepe ...-me dijo mi esposa.
132

Yo grité.
-¡Pepeeee!-reforzando con las tres cee de los serenos la e final de
Pepe.
El sereno vino y me dijo dándome la cerilla:
-Ya era hora de que viniese el señorito.
La larga cerilla del sereno daba una autenticidad innegable a la escena. Mi esposa era tan real, que proyectaba una gran sombra escalonada sobre la escalera.
Pero lo raro era gue yo encontraba cierta naturalidad en lo que estaba pasando. Suced1a tal como yo lo había previsto. Todo lo que sucede en el matrimonio; todo lo que hubiera sucedido en mi matrimonio.
Hasta tuve la coquetería matrimonial de cansarme en la escalera, de
ir despacio, dejando que ella subiese delante, sin ninguna impaciencia. ,
Sonó la campanilla de la casa, porque yo era un pobre marido de
casa con campanilla, y salió a abrir la criada parecida a la que me llevó
en brazos.
El recibimiento era el esperado, y un bastón que tuve alguna vez
estaba en el escopetero de los percheros.
Todo se realizó como se tenía que reálizar en un matrimonio al parecer antiguo.
-Bueno, hasta mañana-dije. yo, volviéndole la espalda, sin tocarla
apenas, después de darla un beso casi fuera de la mejilla.

EL ATROPELLO MÁXIMO
A eso de las nueve cogí el camino de mi casa como todos los días.

Iba a cenar. Llegué, la puerta se abrió con la facilidad de todos los días
y vi el comedor ya encendido.
Los siete cubiertos de mi familia brillaban con el frío de la vajilla
limpia y preparada. Sus brillos eran desoladores en la impaciencia de
vedes llegar a todos, pues ya a esta hora todos solían estar todos los días
congreg_ados en la mesa.
-¿(¿ué les habrá pasado?-me preguntaba mirando el ojo de buey
del comedor, blanco, lívido, con soñanza en sus horas.
-¿Han echado el periódico?-pregunté.
- Sí, tome-me dijo la doncella cogiéndolo de encima de una silla.
Yo lo extendí y cubrí con él los platos fríos como el hambre destartalada y vacía.
Me entretuve en unos versos, libé el poco jugo de una crónica, repasé
lo que había del extranjero, leí la sesión del Congreso, me manche en
133

�LA PLU~I A
un anuncio de grasas para camiones, hasta que di con la sección titulada ~Los automóviles» y en la que se relataoan los atropellos.
Siempre voy a esa sección como con el temor de ver que he resultado yo mismo el atropellado.
No di un grito porque eso no pasa sino en las comedias y en las novel!s, ~ero produj_e ~n gran ruido de apretujamiento del papel, de empunam1ento del diario.
. ¡La_s . cinco perso?as de mi familia habían sido atropelladas en distinto sitio aquella misma tarde por automóviles diferentes!
¡Todos de pronóstico grave!

EL CALVOROTA
El periódico a través de los días es monótono aunque sea imprescindible. Los corresponsales dan generalmente las buenas noches o los
buenos días en esos telegramas que se reciben en rachas de cuatro.
Estába~os aquella_ noc~e tranquil~s. Algun~s compañeros recortaban cuartillas con minuciosa aplicación y nac1an un encaje de líneas
admirable.
El reloj tenía el son escéptico que tiene en las redacciones.
El conserje entró a avisar que un señor quería hablar con todos urgentemente.
-¿Con todos?
_:_sí, con todos ...
-Pues que pase-dijo el director.
Todos espera_mos ver pasar al señor que quería hablar con todos. Los
qu~ estaban)1ac1endo sus calados con las largas tijeras se quedaron perple¡os, las t1¡eras aun en sus dedos abiertas y como las orejas aguzadas
y atentas del conejo de la atención.
Una reluciente _calva apareció por entre la cortina de la puerta. Aquella cosa blanca, bnllante, pulidis1ma nos dió cierto pánico en el primer
momento. Parecía que la muerte venía por todos.
¡Ah! _Pero no; la calva de la vida tiene siempre carne encima, ~asa,
opulencia. La flacura de la calva de la muerte no tiene comparacion.
-Señores-dijo el calvo dirigiéndose a nosotros- : en la edición de
hoy ~an publicado ustedes una caricatura sobre los calvos que ya es de
una insolencia inaguantable ... Vengo a que uno de ustedes, el de más
pelo, se desafíe conmigo ... Ese anuncio-caricatura ha hecho reirse a mi
esposa de mí, ya sin poderse aguantar como me ha dicho ella después
de h_aber ll_orado al verme enfadado ... Durante quince años de matrimonio ha visto muchos anuncios contra la calvicie, muchos dibujos de
134

contraste entre un hombre con pelo y otro sin él, hasta algunos chistes;
pero ninguno tan irresistible como éste ...
-Usted comprenderá- le dijo el director-que el responsable de esa
caricatura es el anunciante ... A nosotros se nos envía desde la administración el aviso de inserción y tenemos que insertarla.. .
-No han debido publicarla aunque se la enviasen ... Además, ustedes
comprenderán que un industrial que anuncia específicos para hacer crecer el pelo, es un estafador, .. Durante d iez años he estado yo usando
todos los que se han anunciado en los periódicos de Europa y he pescado con ellos un reúma cerebral terrible y yo creo que si me ha crecido
el pelo ha sido del revés hacia dentro en una horrorosa melena que me
llega hasta los talones, pero por dentro...
.
,
.
A todos nos daba risa aquel hombre, pero nadie se atrev1a a re1rse.
-Es inaguantable su caricatura de hoy ... En la oficina, en el círculo, en todos lados he notado la popularidad de su periódico Pºf co~o
me han mirado sonriéndose ... Yo necesito desafiarme con ... aquel-d1¡0
señalando al que más figura de poeta tenía, a Enrique, con el pelo crecido y rizoso ...
-Bueno: ¿y sus padri_nos?-preg~ntó Enrique... .
-Mis padrinos vendran ahora m1s1:10 ... Son dos amigos calvos ... I:Je
venido yo antes que ellos porque quena darles las razones que me :3-s1sten y discutir el principio ~e la ofensa contra la _que_yll: sabía yo que iban
ustedes a argüir ... Las cancaturas de los a_nuncios ulumos_ de ~e. específico ya me habían hecho temer que eso iba a llegar a lo madm1S1ble ...
Ya lo de: «¿De qué queso?», en que el mozo del res~urante, con un
queso en la mano, hace esa pregunta a dos «cocottes» ¡unto a la mesa
de un hombre perfectamente calvo, erad~ una burlonería que sólo estaría justificada en el caso de que no hubiese calvos en el mundo ...
El conserje interrumpió al gran calvo, anunciando dos señores.
-Son ellos-dijo el calvo-. Ahora somos ya esos tres calvos que
figuran en esa otra caricatura que también ha~ publicado muchas vec~
y que, inclinados sobre una mesa de billar, miran _a tentamente la posición dudosa de las bolas ... Nombre usted sus padnnos y despachemos
esta misma noche el asunto ...
Enrique me nombró a mí y a Lastras sus representantes, y pasamos
al despachito de recibir a hablar con los otros dos calvos. .
.
Estaba más iluminado que de costumbre el oscuro gabinete, gracias
a las dos calvas relucientes, calvas de hombres de mundo, grandes, estupendas, de un wattio por lo menos.
.
,
.
Se planteó el debate de la ofensa y no tuvimos mas remedio que
acceder. Sus calvas, llenas de dignidad, daban un gran empaque a sus
135

�LA PLUMA

LA PLUMA

palabras. No había derecho realmente a meterse con tan solemnes eminencias.
Se trató del arma a elegir.
-El sable usted comprenderá que no puede ser aceptado por un calvo-dijo uno de los padrinos-. Está en terribles condiciones de inferioridad, porque si le cae el sable sobre la calva puede muy bien abrirle la
cabeza de un modo insoldable, por no encontrar resistencia ninguna
en ella.
-Pues entonces la pistola tampoco-dije yo-, porque el blanco que
ofrece el calvo sería terrible ...
- Tampoco la pistola, y en vista de eso será la espada el arma de
combate ...
Todos los demás detalles se ultimaron y en la madrugada
salíamos en dos coches como un grupo de juerguistas camino de campo
del honor.
El espectáculo iba a ser interesante, pues se iba a dilucidar completamente en serio la más pesada de las bromas. ¡Lo que son los hombres!
En la carretera, a aquella hora, ni pájaros había. La luz del alba iba
a orientar las espadas hasta el corazón en una herida sutil, recta y segura.
Los dos adversarios frente a frente, hubo un incidente previo: el calvo, al quitarse el sombrero de copa, había aparecido como demasiado
desnudo para estar a la intemperie, como sin calzoncillos ni camiseta,
y nos había dicho sacando un gorrito negro de un bolsillo:
-Ustedes me permitirán que me cubra, ¿no?
Debatimos el caso y se lo consentimos.
Al verles dispuestos al asalto, tomó el pugilato el sentido de una lucha en que parecía que el calvo tratase de apoderarse del pelo de Enrique.
Se hicieron el saludo, un saludo sin etiqueta por parte del calvo por
estar cubierto mientras hacía ese saludo, que es el saludo más fino, más
puro, más digno, más limpio que se hacen los hombres.
Las tazas de las espadas comenzaron a sonar como timbres. Parecían
llamar a los guardas jurados o a la guardia civil.
Los padrinos del calvo, los dos calvos, seguían sin impasibilidad el
desafío y hacían gestos extraños y como imitativos con el bastón, pues
ellos también se sentían los ofendidos.
Por fin se oyó un grito y vimos caer a Enrique, atravesado de parte
a parte como si fuese mentira, como si hubiese llevado preparada esa
otra media espada que les sale a los «clowns» por la espalda cuando hacen que les clavan la espada que se enco~e.
.
Nuestro amigo había muerto instantáneamente y por eso el ¡adiós!

Iª

que habíamos creído oír llegó a nuestros oídos tarde, como retrasado,
como lanzado desde detrás áel horizonte.
Todos nos quitamos el sombrero como se µace en estos casos. Los
padrinos calvos y el mismo matador lucieron con gran compunción sus
calvas venerables, y como bajaban la cabeza, agobiados por la desgracia,
parecían sus calvas sus rostros informes, los rostros sin dibujar y sin
modelar...
Y en aquella gran seriedad de la hora y del suceso vimos lo milagroso, que las tres calvas se fueron cubriendo' de pelo, como si la muerte
del burlón melenudo hubiese compensado sobre el mismo terreno su
falta capilar. Al reconquistar el honor de sus cabezas por un acto así
habían conse0 uido restaurar el pelo perdido.
En vista ~el nuevo fin trágico en que se habían metido, la Naturaleza ejemplarizada les devolvió el pelo que les había tomado.

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

�LA PLUMA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES
pr~mera vez _que oí hablar de los ~chlegel_fué en El Esconal de Arnba, una tarde de otono, hace ya veintitan
tos años. No eran pasto de la murmuración del vecindario de San Lorenzo: se hablaba de ellos en una sala baja,
.fría, donde un par de docenas de adolescentes, de codos en los pupitres de pino todavía pegajosos de barniz, sufríamos la iniciación
literaria. Encaramado en la tribuna, un fraile joven, quebrado de color, escuálido, de boca rasgada y dientes desiguales, nariz aguileña y
ojos saltones entreverados de sangre, daba suelta a su elocución caudalosa. De voz insegura, tan pronto ronquilla y velada como chillona
y metálica, entre gallos y rociadas de saliva, con el tropel de palabras
que le salía de la boca, se trompicaba. Era el Padre Blanco, uno de
los brotes más lozanos que há dado en nuestra época el añoso tronco
agustino. En el aula hostil, la luz cenizosa de noviembre pesaba en
los párpados. A tales horas ya nos rendía el cansancio cotidiano. Esforzábamos la atención para no sucumbir al tedio o al sueño. La lección del Padre Blanco era, no obstante, soportable como ninguna
porque hablaba de cosas inteligibles y amenas cuya inserción con
nuestra sensibilidad personal veíamos patente. Teníanle los suyos
por crítico literario de primer orden, y ponderaban su arremetida conA

. 1

1

¡!

138

tra Clarín, para los frailes arquetipo del impío. Dentro y fuera dé
clase era el Padre Blanco parlanchín y burlón. Los estudiantes le
llamábamos fray Sátira. Andaba casi a brincos; cada ademán, una
sacudida. Empezaba a toser; ardía en sus pupilas la calentura. Murió algunos años después, creo que en Jauja. Su Historia, que nunca
nos dieron a leer, no vale tanto como ¡;iensaban.
Nuestra preparación de bachilleres, si juzgo por la mía, era modesta. El que más, recitaba de coro páginas del Campillo. Yo había
cursado ese librito en mi colegio de Alcalá y conservaba en la memoría algunas de sus nociones más sólidas: «¿Qué son tropos? Formas
figuradas de hablar.» O bien: «Criticar es aplicar los juicios de la sana
razón a las obras literarias y artísticas.» Campillo fué uno de esos
catedráticos zumbones, amigos de e11sañarse con los alumnos haciendo chistes a su costa. Era exigente, y,· como decían, clerófobo; al
verle eri la comisión de exámenes, los alumnos del Colegio de segunda
enseñanza se helaban de espanto. Pero los frailes le amansaban a fuerza de comidas pantagruélicas y vino sin tasa. Tomábase Don Narciso
licencias increíbles:Una tarde, sentado en el ·tribunal, como le doliese
un callo, se quitó una bota, la puso sobre la mesa, extrajo del bolsillo
una navaja, y recortado un pedazo de cuero en· la parte que le laceraba, se calzó tan campante. Andando el tiempo, alcancé a Campillo en el Ateneo, donde tuvo apestosa fama. Era un andaluz procaz,
de ingenio pronto, fecundo en chocarrerías. En la biblioteca de la casa
hubo un ejemplar de La Regenta, famoso por las notas que Don Narciso le puso al margen. El ejemplar desapareció, ni sé si por decreto
de un bibliotecario pudibundo o porque algún bib!iómano curioso
lo haya guardado para sí. Dos hijos que Don Narciso tenía no heredaron la vocación literaria de su padre: tal vez los Reverendos Escolapios de Alcalá, a cuyas aulas fueron a cursar la segunda enseñanza,
suscitaron en ellos otras inclinaciones y se dedicaron a barristas.
Mis condiscípulos, sin tener más afición que yo, no estaban me 139

�LA PLUMA
LA PLUMA

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jor preparados. Ignoro si llevaría alguno en el coleto el mi:mo fárrago
de lecturas desordenadas que perturbó los albores de m1 adoles~encia. Sólo sé que estudiar leyes me parecía el suicidio de mi vocación.
El tiempo sólo a medias me ha desmentido. Las novelas de Veme, de
Reid, de Cooper, devoradas en la melancólica soledad de una c~sona
de pueblo, ensombrecida por tantas muertes, despertaron en mi_una
sed de aventuras furiosa. Amaba apasionadamente el mar. Son.aba
una vida errante. La primera vez que me asomé al Cantábrico Y vt un
barco de verdad, casi desfallecí de gozo. Me sucedía lo que a los niños de ahora les ocurre con el cine: ellos quieren ser Fantomas como
yo quise ser el capitán Nemo. Esa enfermedad se P8:5ó ~ronto; me
libré de ser pirata; no ha habido disciplina ni conveniencia capaces
de doblegarme a ser jurista. Leía, pues, sin previa censura..cuantos
libros de imaginación hallé guardados en la librería de .m1 abuelo:
Scott, Dumas, Sue, Chateaubriand, algo de Hugo, traducido:, Y ~us
secuaces españoles, los devoré· con manifiesto estrago de ~~ paz mterior. Recuerdo haber vivido entonces en un mundo prodigios~: De
esa prueba, que me sirvió para entender la locura de Don QuiJote,
salió encandilada mi afición precoz a leer de todo. El Padre Blanco
la conocía. Quiso enmendar mis gustos y me dió a leer a Pereda. Er.a
lectura lícita y la alternábamos con los folletines de Rocambole re~~bidos a escondidas. Dióme más adelante Pepita Jiménez. Me aburno
-Es natural-dijo el Padre-. Hay que estar muy versado en los
místicos españoles.
Fuera de esos regalillos, en punto a lecturas, nos tenían en seco.
Reducíase la historia literaria a las páginas del libro de texto, grueso
tomo, con nociones preliminares d~ estética, traducidas o ada?~adas
de Leveque: «La gota de rocío suspendida de los pétalos del hno, :l
puro y casto andar de la doncella, la inmensa masa del ?ceano agitada por la tempestad ... », decía el libro para empezar 3: mculcar.nos
la noción de lo bello. El Padre Blanco, oyéndonos decorar entre nso-

tadas tales sandeces, se impacientaba. El mismo Padre rigió aquel
año la cátedra de Historia de España. Leíamos la obra de Ortega y Rubio, bondadoso señor, enemigo irreconciliable de Felipe II. No he olvidado algunos rasgos de su estilo: «Felipe II desembarcó en Inglate1Ta, bebió cerveza, fué galante con las damas, y se
captó las simpatías de los ingleses.» Hablaba también de su «mano
de hierro». El libro tenía entonces dos tomos; ahora, muchos más. O
la materia o el saber del autor engrosaron con los años.
Para acabar de formarnos el espíritu estudiábamos un libro de
filosofía, parto de un profesor de Barcelona, almacenista de bacalao,
que en los ratos de ocio producía metafísica. Ortodoxia pura.
-Vamos a ver, jóvenes-inte1Togaba el fraile-. ¿Qué es la Verdad
de conocimiento?
-Adequatio intellectus et nl:'i-respondíamos con aplomo.
Nunca he vuelto a pisar te1Teno tan firme.
Cúpole iniciarnos en el tomismo al Padre C., montañés, de poca
talla, locuaz en demasía, un tantico suspicaz y marrullero. Voz aguda,
ojos claros, y en los labios finos, remuzgos fugaces de desdén o de
ira. Listo como el hambre, el único fraile «señorito», a lo que creo,
de seguro el más sociable. Tenía gracia para hablar a las señoras.
El Padre C. era mejor jinete que metafísico. Poseía el Colegio una
cuadra de seis u ocho caballos, picadero y guadarnés bastante bien
puestos. Algunos estudiantes tenían montura propia. Cuadra, picadero y guadarnés entraban en la superintendencia del · Padre C. Allí
pasaba los grandes ratos cabalgando en la Peonza, yeg ua alazana,
de pura sangre, nerviosa y fina, que a pocos se les podía confiar. Las
tardes de paseo montaba en la yegua, y calada la teja, remangados
los hábitos sobre el sillín, al viento la muceta y la cogulla, salia por
las puertas falsas seguido de los alumnos de equitación, soberbio en
el animal que se encabritaba, y se iban a galopar por las carreteras
de Guadarrama o de Valdemorillo.

�LA PLUMA
Comentarios sobre los méritos y gracias de la Peonza entreveraban (no siempre ha de estar el arco tenso, recomienda Esopo) la clase
de metafísica. La Peonza servía de comodín en la hermenéutica.
-Eso-explicaba el Padre-es como si pensásemos una Peonza
con ocho patas... ¿entienden? Eso... ¿entienden.. .? Es como si yo les
dijese: la Peonza es verde y amarilla...
El Padre C..quedábase a lo mejor absorto, de codos en la mesa y
el rostro entre las manos. No bastaba nuestra algazara para despabilarlo. Nos tiroteábamos con libros y boinas. Algunos encendían a
hurtadillas un cigarro, batiendo el aire con furia para disipar el humo.
Los días muy fríos, un pelirrojo del diablo solía bajar un frasquillo
de alcohol, y derramándolo en la tarima entre dos filas de bancos,
prendíalo fuego. Sus vecinos se apretujaban disputándose el sitio
para acercar a la llama los dedos ateridos.
MANUEL AZARA
( Continuará.)

ALEGORIA DE LA JU.VENTUD
I

cSobre el polvo, bajo el sol,
. zapatetas!
Gllos-los hombres ecuánimes
del mañana-bailotean.
II

¡9/,larida desgarrada!
(sin doncellez las doncellas)
galopan virilidades
de centauro por la selva.
III

.las hojas, bajo el estupro,
crujidoras, voci/eran.
143

�LA PLUMA

LA PLUMA

IV

'JI un recio trote de centauro anula

.La adúltera hace de potro,
y el /auno niño se adiestra.

el gutural quejido de la ex-virgen ...

V

ESTAMPA REMOTA

;Jugo tibio de las uiñas:
contorsión y zapateta!

cSobre el polvo luminosomeditativo, taciturno, 9ldán.

VI
;Juventud: salto, berrido,
lumbre, coito, risa, be/a I

.Cas cosas están sin nombre.
61 no los puede articular.
.Ca Creación es mito tierno,
sin realidad ni eternidad.

OTOÑO

¡!Palabra, lumbre/
-file tu verbo
ha de fluir la vida, 9ldán .
¿'JI la CVarona?sobre el césped
sonríe, acaso-¡ acasol--ya.

fMaciza realidad: desnudos sólidosenjutas ubres y caderas sobrias.
.fas lavanderas en el río angosto,
sus carnes ávidas, de miel, remojan.

·6s el otoño. .Los vendimiadores
con pámpanos jugosos se coronan.
6n sus desnudos cálidos, de bronce,
brinca la violación ruda y -gustosa.
,.'

'JI se agudiza en sus pulposos
pechos, bajo un sol sin cuajar
irónicamente la astucia:
pezón de la /eminidad.

Un relincho-evohé-restalla-/usta
de sol-sobre unos senos, que se erigen.
144

JUAN JOSÉ DOMECHINA

'º

145

�LA PLUMA
encubiertamente et muy apriesa; et de que comienzan a correr, corren et
roban tanta tierra, et sábenlo tan bien facer, que es grant maravilla,
que más tierra correrán et mayor daño farán et mayor cabalgada
ayuntarán doscientos homes de caballo moros que seiscientos de cristianos.

PÁGINAS JNACTUALES

GUERRAS ENTRE CRISTIANOS
y MOROS
uerras que son· entre los
. ..
. de I
infante, dz_¡IJ Julio,
as g
•
or razón
cristianos et los moros non vos fablé ';n~:n:~;:;:dores nin
o
.
l moros non caen en comarca
que os
ellos· mas pues quererles que vos en ello dzga
han guerra con
, de rado Señor infante, la guerra de
lo que ende sé, fac~rlo he muy . ~
.. también en la (J'uerra gue0
la de los cristianos,
•
los moros non es como
b t o son cercados o combatidos,
do cercan o com a en
.
rreackr, como cuan
el ·andar por el camino o
b l das et correduras, como
en las lides, en todo es muy departida la una
como en las ca a ga
el pqsar de la hueste, como
dafiáanla ellos muy maestramen. t . ca laguerraguerrea
.
l
de
manera
a o ra,
· da et nunca 1ievan
h tpasan con muy poca vzan ,
te, ca ellos andan mue o e , .
.
da uno va con su caballo,
.
de p. nin acemilas, smon ca
.
u
l .
de las otras gentes, que non ltevan
consigo gente también los senores como cua quiera.¡;
pasas o alguna fructa, e non
•
·
poco pan et J.gos 0
otra V1anda sznon muy
.
de uerbo et las sus armas
·
non adaragas
e r '
traen armadura ninguna sz
ft en et porque se tienen
l
,1,adas con que er ,
son azagayas que anzan, t~r
h
Et a la entrada entran muy
tan ligeramente pueden andar mue o...
Eí-lOR

;
~~

..

... Cuando han de combatir algunt lugar, comiénzanlo muy fuerte et
muy espantosamente; et cuando son combatidos, comiénzanse a defender
muy bien a grant maravilla; cuando vienen a la lid, vienen tan recios
et tan espantosamente, que son pocos los que non han ende muy grant
recelo; et si por sus pecados los cristianos toman miedo et non saben
sofrir el su roído et las sus_ voces, et muestran algún miedo o espanto, o
se comienzan a revolver et andar en derredor et metiéndose los unos por
los otros, o faciendo cualquier muestra o continente de miedo o espanto,
entiéndengelo ellos muy bien et danles tan grant priesa de voces et de
roido et deferidas, que non se saben poner consejo los cristianos; et si
por los sus pecados comienzan a volver las espaldas et a foir, non creades que non ha home que vos pudiere decir cuál manera han et cómo
facen grant mortandad et frant daño; et non creades que los cristianos,
de que una vez vuelven las espaldas, que nunca tornan nin tienen mientes para se defender.
Si home ha de cercar algún lugar [de moros] conviene que... ponga
muy buen recabdo en guardar los que fuere11 por leña o por paja, o por
yerba, et las recuas que trozieren las viandas para la hueste; ca siempre los moros se trabajan de facer daño en las tales gentes....Et si entraren descubiertamente por talar o quebrantar la tierra, desque fueren
en la tierra del recelo, deben ir muy bien acabdellados,-poniendo muy
buenos cabdiellos et muy buen recabdo en la delantera et en la zaga et
en las costaneras....Et la hueste que en esta manerafincase, en ninguna
guisa non debe andar de noche, et débense guardar cuanto pudieren de
Puertos et de estrechuras, porque non puede ir la gente acabdellada,
...Et si entraren por buscar lid, deben ir por el camino muy bien acab147

�LA PLUMA
de/lados et a pequeñas jornadas, et débense guardar, et non vayan por
tierra seca; ca si lo ficieren et los fallasen los moros lueñe del agua, podrían ser todos muy ligeramente perdidos et desbaratados; ca desque
grant gente de moros llegase a la hueste de los cristianos, non podría la
hueste de los cristianos andar, et si fuese el agua lejos, o morrían todos
de sed, o habrían de descabdellarse para ir al agua; et si una vegada
fuesen descabdellados, non ha cosa que les pudiese guardar de ser desbaratados et muertos; ca bien creed por cierto, como desuso es dicho,
que si los cristianos una vez se des~abdiellan et se desbaratan, que non
ha cosa que los pueda guardar de ser mal andantes.
... Pero sobre todas las cosas del mundo debe guardar que non fagan
aguijadas de pocas gentes, sinon cuando fueren todos en uno; ca una de
las cosas del'mundo con que los cristianos son más engañados, et por
qué pueden•ser desbaratados más aína, es si quieren andar al juego de
los moros o faciendo espolonadas a torna fuyc; ca óien creed que en
aquel juego matarían et desbaratarían cien! caballeros de moros a trecientos de cristianos, et ya muchas veces mu,has gentes et huestes de
cristianos fueron desbarata{J,(JS con estos engaños et maestrías de los
moros ..,,

DON JUAN MANUEL
Libro de los Estados.

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148

1

FANTASÍAS

SI EL ALARBE TORNASE VENCEDOR

m

los notables en el zoco el Jemis. de Mazuza para deliberar
.
paces o guerra con España. Divididos en sendos grupos los patriotas, los prudentes y los derrotistas, hallaron que las razo es 1
fuerza no estaban repartidas por igual.
n Y ª
El Santón de la Puntilla, patriota proceroso, fustigó a los tímidos
con pa1ab ras candentes
-Desde hace veinte años lo vengo diciendo en todos los t
.1 h
tido en l Cá
d Ab
onos, o e repe- a
mara e
omelique y en estas Ju utas: abandonar la em res
Espana
• p
ª de
·
d sería
l traición cobarde a los destinos del Islam , y ll"S 1:&gt;,11 ranadelcon
~1-~ rt~ e_ os ~ueblos cultos. No nos engañemos acerca del pe:!gro ni de los sa\:nfic1os mevitables. Correrá sangre. Yo creo que no será ta t
·
• Esos
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n a como se dice
perros cnshanos son ladradores y asustadizos ,No los h
•
·
mil b t JI ? N
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emos vencido en
a a as ¿ o tar aron ocho siglos en recuperar lo que les
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unos meses&gt; N d h
qm amos en
.
. . ¿ o es acemos en unas horas lo que ellos levantan en varios lust~o~'. Pero a•mque fuese grande la costa: ¿ha perdido nuestro pueblo la anti ua
vmltdad, que le hizo f~moso, y se ha mudado en rebaño de viejas histéri;as?
¿Y qué valen las penaltdades ante el porvenir grandioso que la conquista
depara? No podemos sustraernos a los designios de Dios· por algo nos nos
al borde de la Pemnsu
,
1a,. su sue1o, c1v1hzado
. ..
y fec1,1ndado por· el esfuerzo y lapuso
sang~e de n_uestros mayores, ha de volver al patrimonio de que nunca debió salir .
( 1 el e_cl~pse de nuestra grandeza, socavada, más que por las faltas propias por
ª envidia
· ·
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tros
cle hY el odio ajenos,
b nos obligó a desamparar el fundo h"s
1 pamco,
nuesrec os no prescri en. Frente a ocho siglos de posesión, ¿es algo el tiemUNTÁRONSE

14,
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�LA PLUMA
LA PLUMA
po que los perros cristianos llevan ladrando en ese solar? Nada. Si nos fuimos
de él, ¿no ha seguido la gente española gravitando en torno del Islam? ¿No dejamos huellas imborrables eo la vida, en el habla, en los usos, eo las artes de
ese 'pueblo? Sus templos ¿no fueron nuestros templos? Sus palacios ¿no fueron
los nuestros? ¿Y que han hecho ellos sino estragar y corromper lo que abandonamos perfecto y entero• Ningún otro pueblo tiene, paes, tantos títulos como
nosotros para encarrilar a los desvalidos españoles por la senda del trabajo civilizador. Volveremos allá, y al recuperar lo perdido, restauraremos en la Península uo emporio. Enseñaremos a los españoles la filosofía y la medicina, blasones de nuestra raza, y las artes útiles de la paz, que al marcharnos se hundieron. Quedará asegurada la independencia de este país: España no es para
nosotros una colonia, ni territorio de expansión: España es un litoral. Desde
el Besós hasta el Miño no podemos permitir que asiente su planta el extranjero. Y es hora de estorbar que el Sicambro imperioso, en demasía fuerte , nos
asedie por el Norte, como nos cerca por el Sur. ¡Guerra a los infieles! ¡Confiemos en el Dios de los ejércitos! ¡A las armas, a las armas!
Dió un 1·esoplido, y blandiendo la corva cimitarra, se sentó.
El bajá de las Tres Colas, jefe de los prudentes, era un espíritu sutil, perseverante en la inacción, tras de mucho ponderar con palabras circunspectas
el pro y el contra de las cosas. F,ntre sorbos_ de te y bocanadas de humo de ta-

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baco, dijo su consejo.
-No rectifico mi oposición a la aventura de España. ¡España es un avispero! ¿Qué necesidad teníamos de hurgarlo si los mismos españoles, viniendo a
colonizar en nuestras costas, nos daban ocasión, de diez en diez años, para quitarles cuanto tenían y ganar honra y provecho sin esfuerzo? ¿Y no estarían mejor empleados en explotar las riquezas naturales de nuestra tierra el dinero y
los brazos que vamos a jugarnos en una expedición azarosa? La conquista de
España y el afianzamiento de nuestro dominio en el interior, no son tareas fáciles, pese al patriotismo huero. No están los españoles tan corrompidos ni
son tan débiles como se dice. Cierto, están atrasados: les faltan la agudeza
mental y la destreza técnica indispensables para m~nejar coñ bÓlgura y tino los
recursos de la industria moderna; pero no es~án aféminados; por su misma
rusticidad, y por la ingrata vida que llevan, son temibles si luchan a muerte.
Ni los más grandes capitanes lograron someter!C'S, ¿Quién n:: ha oído hablar de
los cántabros y astures? ¿O de Viriato? ¿O de Sagunto y Numanciá? Y nuestros
abuelos, ¿no se estrellaron también en Covadonga? Estas memorias heroicas,

fuertemente mezcladas con las tradiciones reli .
.
les desde la niñez. Los españoles se e
. g1osas, alimentan a los españoomumcaa con la D' · 'd d
mente que ningún otro .oueblo· Si' 1os hos t'1gamos mucho •vmi
á a más directaal Apóstol Santiaao
abatirse
sob
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ser
n capaces
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1 1a monsrna blandiendo l
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, ver
para exterminarnos.
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flam1gera,
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opuesto s1em,re a la aventura de Es pana.
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que no ue
s no h'igo,
• me he
iAh
. ora es tarde para retroceder!• Somos h ombres prud t e dme 1c1era caso!
p1os, -y hemos compartido las respons ab'l'd
en es, e psanos princi1 1 ad es del Gob·
spaoa, aunque nunca debiéramos h b 'd
. .
ierno. uestos ya en
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Es lógico. ¡Lo exicren nuestro h
a er t o, es md1spensable continuar allí.
.,
ooor y nuestros comp
•
Retirándonos de España daría mos una prueba de impot
romisos
más solemnes•.
.
ante la Historia responsabilidades b.
d
.
encia, y contraeríamos
•,
ª turna oras nuestros d
d'
ped1nan cuenta del patrimonio malgastado Ad 1'
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escen tentes nos
presas bélicas. La acción militar debe est .
ed~n.te, pues. Pero nada de eme~. Que los españoles mismos se convenza:r ;:~a iciona~a por la acci6n polític1ón y sean los primeros interesados
d s ventaias de nuestra penetra•
en ayu arla Abra
·
mos
arboles,
alumbremos
fuentes
vuel
·
mos
,
•
van 1os abrasados
té cammos,
·
d plantemsula a sonreír a sus moradores·' llevemos allá un poco d rmmos
· t' • e la Penmosles la tolerancia• bagamos, en fi n, mas
, fác1l
. más pi c et JUS 1c1a,. recordéespañoles nos acogerán con los brazos ab'tert os.• T a1 es amienseerat' su vida
. 1... y los ·
ro. En el atasco presente• no h ay smo
. t ornar un desquite
n1tr pa1a o futuca nuestro mermado prestigio ant 1
_
crue , que restablezEl m
.
e os espanoles y ante el mundo.
so del b~J-~o YK::dpo:~tee~edode los ~e:rotistas, :scuchaba de mal talante el discur'
reprimir su enoio por más t'iempo, le apedreó con
improperios:
-¡Mientes, hipócrita! ¡Mieutes perro' Tú ta b'é
.
y quieres engañarnos a todos. Pu~s sábc.l .
m 11 n estás sediento de gloria,
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o. me a egro de la hecat b
. hagan en nosotro 1
. om
- 1 e, y . esd e ahora ber,digo cuantas degoll'mas
ellas viene
.
s os espano es, s1 con
que aborrezco.
. el derrumbamiento. del r é gimen
El b-1Já de las Tres Colas repuso con acento melífluo:
trofes¿,~:!~e~::~:e~:i::s~:ds: ~:::::~:tbiendo con fruición todas las catás-

_ II..v¡ va.E spana!!
- ¡¡Vivan
·
los

. .
cristianos!!- replicaron Kandor
os
patriotas
y
los
prudentes
se
a
.
Y
sus
amigos.
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patearles el cráneo, montaron a cabal~roia;o; sobre los ~errotistas, y tras de
o y u ronse a predicar la guerra santa.

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LA PLUMA
LA PLUMA
II
Cuenta el moro Rasis, el más fie l narrador de e stos suce sos, q ue a la sazón
era España uno de los países más felices del mundo. Europa. había perecido en
la última gran guerra por el derecho. Tronaba en Aquisgrán un emperador barbudo'. que apenas hacía caso de las pe nínsulas del Sur, limitándose a cobrarles
u~ tn_buto. La Sociedad de naciones, retirada en los archipiélagos de Micronesia, vivía en acecho del progreso de las madréporas, espe rando el M amiento
de un continente nuevo que pacificar. A favor del cataclismo, España rehizo,
por fin, su unidad moral: c¡No más Europa, no más europeizantes, todos alca•
rreños:• ~ste clamor, resumen de secretas aspiraciones, demasiado tiempo
comprimidas, acompañó al suplicio a los treinta y dos montenegrófilos que
~ropugna~an las novedades del extranjero. El patrimonio artístico de los espanoles subió de valor. Antes ya tenían varias •cosas primeras del mundo•. Ahora, devast~~a Europa, muchas más, sobre todo casullas y dedos de santos, que
era ~rand1s1mo consuelo. Se multiplicó de súbito el caudal de la nación. Llamados al t&gt;oder ciertos economistas respetuosos de las tradiciones seculares
implantaron de real orden el patrón calderilla, e instituyeron por unidad mo~
neta~ia la perra chica. La monarquía visigótica, fe udataria del e mperador de
Aquisgrán, acertó a poi:er a E spaña en las rod adas del carro de Recaredo. Instituciones ajadas por el tiempo recobraron su lozanía. Y la tarde que, en Getafe, sobre una colina, se reanudó la serie dé los concili0s de T oledo, el alma hispánica respiró, libre de las opresiones y de formidades que siglo tras siglo venía padeciendo.
. Sea~ cuales fueré n los ornamentos añadidos a ese cuadro por la imaginación oriental del moro Rasis, las líneas generales son ciertas, y veraces los retrat~s. : así dice el moro, que nadimdo en el piélago de su ve ntura, el primer
mov1m1ento de lo~ españole s al saber que los ejércitos africanos, copiosos
como_ las arenas del desierto, ·desembarcaban en Motril, Almuñecar, Bonanza
Y Tanfa, Y se abatían sobre Granada y Sevilla, fué de estupor.
-¡Traición! ¡Traición!-vociferaban por todas partes- . ¡Estamos vendidos!
-¿Quién manda las ho rdas african as?-profirió eon triple intención la Prensa bien orientada.
«El Gobierno-decía una nota oficiosa-cre e que no debe darse demasiada
importancia a las intenciones hostiles de los moros. Precisamente, en estos momentos, las autoridades fronterizas no cesan de recibir de los kaídes más importantes protestas de adhesión a España. El movimiento actual se atribuye a
15:i

elementos extraños, cuya pre sencia en las ho rdas africanas ha compr ob ado la
policía. Hay motivos para confiar e n 5u pronta capt ura.&gt;
La invasió n p rogresab a. Aeroplanos marroquíes llegaron sobre Daimiel, y
arrojaron proclamas. Se conmovió el p ueblo. El Gobierno acordó enviar r efuerzos. El Sr. Maura se atuvo a l a nota dada a la P rensa el 23 de abril de 1648, con
ocasió n del aniversario de Cervantes y de los sucesos de Cataluña. Los reformistas acordaron suspender los mítines anunciados. Reuniéronse las directivas de la Casa del Pueblo ... Eran síntomas h abituales de agitación violenta e n
el p a(s. Pasado el primer susto. imperó e l patriotismo. P or lo pronto, ocurrió
que las mujeres enronqu ecieron. Desde 1808, a cada congestión de patriotismo. las m ujeres se ponían roncas, y luego iban empujando cañones por las calles. Así levantaban el espíritu . El gran ministro declaró: «No estamos en mementos de hace r crítica negativa.• O bedientes, los hombres se dividieron en
dos bandos: unos se-liaron la ma nta a la cab eza; otros se quitaron la cabezada:
dos e mblemas del m ismo movim iento del espíritu. L a nación se alzó par a recibir al invasor: en un credo, los t úneles y p uentes de la península fueron volados co n dinamita. Cuanto podía caer en ma nos del enemigo: municiones,
abastos. armas, objetos d e arte o de lujo , fué arr ojado al mar, o a los ríos, o
dado a las llamas. ¡Con qué ardiente corazón lo rompían todo: las máquinas,
los útile s, las fábricas! ¡Qué descan so! ¡Cuántos q uebraderos de cabeza snprimidos! L a Academia de Bellas Artes recibió el encargo de r estaurar sin demora los castillos de tod a Españ a, y se arbitró dinero para construir muchos
más; el Clero, movilizado. b endecía la primera piedra de cada castillo nuevo.
Los p eriodistas hacía n pr odigios de estilo par a aludir , sin ofe nsa del pudor, a
la robusta masculinid ad de la r aza.
El mundo p ercibió q ue E spaña volvía a ser baluarte de l a Cristiandad, y
que al domeñar a la morisma, si la domeñab a, salvaría los r estos asaz maltre-•
chos de la cult ur a antigua. E l Papa predicó una cruzada. A quien muriese en
la guerra contra los moros se \e ofreció el magro aliciente de hal lar expedito
el camino del Paraíso. El E mp erante envió al Rey de España desde Aq uisgrán
la corona de Recesvinto y la espada de Suintil a, para ceñírselas el día d e l a
batalla. Una Comisión de !as Academias provenzales llegó a la corte; e n el b anquete de bienve nida, cant idad de emociones hasta entonces inefable s púd ieron
correr y e sparcirse p or los canales de la palabra. «No te ngo reparo en confe sar-dijo en el brindis un acadé mico conspicuo- qu e la artera propaganda de·
vuestros enemigos, enemigos hoy del género h umano, nos inculcó la ide a de
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53

�LA PLUMA

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que eráis el pueblo degradado y bárbaro, indolente, orgulloso, que a fuerza de
incuria perdi6 la hijuela espléndida recibida de sus mayores. Permitidme decido ahora que vuestra conducta pasmosa en el infortunio nos abre los ojos.
Sois un gran pueblo: país de místicos y de conquistadores, la patria de Teresa
de Avila y de Velázquez, de Cortés y de Cervantes ... Me siento orgulloso al
traeros el saludo fraternal de los pueblos latinos. En la dtfensa de esta causa,
no os faltará el apoyo de vuestros hermanos de raza, de esa raza latina, algo
menoscabada después de los cataclismos que afligen a Europa, pero en cuyo
genio seguimos confiando. ¿No declara nuestra conducta la sangre que nos corre por las venas? Somos imprevisores, a fuer de latinos. En eso, somos tan latinos como la propia Roma, que con su aturdimiento levant6 un imperio formidable. Las guerras nos cogen de sorpresa, y las invasiones; no tenemos armas,
ni soldados; nos arrojamos de cabeza sobre un enemigo más numeroso y fuerte; andamos, como suele decirse, de coronilla. Tales maneras, que un espíritu
superficial tomaría por síntomas indubitables de imbecilidad, a nosotros Y a
vosotros, nos enorgullecen: son los timbres de la raza. Somos imprevisóres porque somos improvisadores. Lo improvisamos todo: un soneto, una fortaleza,
un ferrocarril. Como Roma, nuestra madre. Ese acueducto de Segovia, ¿c6mo
se hizo? Pues así, de improviso, una tarde que el proc6rJsul necesitó agua de la
sierra. ¡Viva, pues, la raza latina, y confiemos en la victoria final!• Mostráronles, bajo juramento de guardar secreto, las fábricas de pertrechos militares.
En un convento, dos veces mayor que el Escorial, escuadras de frailes manipulaban trapos febrilmente. &lt;¿Qué fabrican aquíh-preguntaron los extranjeros. «Escapularios-respondi6 el guía. Hace dos semanas esto era un descampado. Ahora ya ve usted: veinticinco mil capuchinos producen mAs de doscientas toneladas de escapularios. El ministro tiene en e-studio ampliaciones
nuevas, y se llegará a producir trescientas toneladas. Todo improvisado ¿eh?
Salvo los capuchinos!• Pasáronles a otro inmueble, cedido por la mitra. «¿Y
1
aquí?&gt; cCajetillas. Sesenta mil por hora. Vean los gráficos de producción. Antes de diez días, esta sola fábrica podrá abastecer a los combatientes... Estornuden sin miedo; no hay peligro.&gt; Visitaron la cuenca fabril deLnoite. Las chimeneas humeantes, los chorros de llamas que se escapaban de las techumbres.
el estrépito de las forjas, el ir y venir de los trenes, el chirriar de las gruas
que viraban en el aire su b:azo metálico, cautivaron la admiraci6n de los ex·tranjeros. «¿Qué fabrican en esta zona?» «Medallas, exclusivamente. Es enorme el consumo, ya pueden suponerlo. Por fortuna, no estamos en situaci6n de
154

LA PLUMA
escatimarlas. La distribuci6n está asegurada, gracia~ a las señoras, que las llevan basta las mismas líneas de fuego.•
Mientras, se fué concentrando en Tierra de Campos la hueste cristiana.
Juntáronse basta ciento veinte mil jinetes y seiscientos mil peones, con dos mil
carros de guerra . El arzobispo de Tarragona mandaba el ala dt"recba con toda
la caballería. Alejandro Lerroux, preconizado Maestre de Santiago, gobernaba
el ala izquierda. En el centro iba el Cuartel Real con el Legado del Papa, que
vendía la bula de la Cruzada. Muchos dejaban de comprarla, confiando en que
a última hora la vendería a bajo precio. La hueste form6 un solo haz, que con
ser apretado, cubría la tierra desde Tordesillas a Valladolid. Est aban todos: los
tercios de Flandes, los soldados de Otumba y Lepanto, las Órdenes militares,
todos, todos; los almogávares, los catalanes y aragoneSe$ d e la expedici6n a
Oriente, en fin, todos; ios héroes del Brucb, los garrochistas, los lite rarios; ¡con
decir que estaban todos! ¡hasta los caballeros andantes! La hl¾este, sin ensanchar
filas, sali6 marchando: colmaba los valles, allanaba las cuestas, secaba los ríos,
dejaba los bosques y los sembrados mochos. La masa de gente, desarrollando
sobre el suelo sus oleadas, el vocerío de los guerreros, el ludir de las armas, ·
el fragor de los carros de asalto, los destellos del sol en las corazas y en la
joyante púrpura de los prelado!i, que caracoleaban en sus caba.llos enardeciendo a !a hueste con arengas belicosas, dejaban suspenso el ánimo-dice el
moro-, y el pecho mas templado arrecía de pavor. Al columbrar, coronada la
sierra, la planicie de los Carabancbeles, donde por agüeros ciertos se sabía que
iba a darse una batalla decisiva , los guerreros cayeron de hinojos, alabando a
Dios. El obispo de Si6n dijo la misa de campaña y pronunci6 una plática. Misa
y plática fueron repetidas por el cinema y el fon6grafo ante los Cuerpos. Renovados los cebos, afiladas y ajustadas las armas, ya se disponían a descender
al llano para extermirJar a la morisma, cuando los maestres, por tener de su
parte todas las probabilidades de ga1. ir mandaron alto hasta la llegada de don
Niceto el Antiguo, obispo de Coria, q oe venía al campo reventando caballos.
Dios verti6 sobre la cuna de Niceto los dones de la palabra, proveyéndole de
elocuci6n caudalosa, transparente y suave, como miel flúida, suerte de bálsamo
bien ligado con que hechizaba a los hombre-s y a los brutos, al feligrés piadoso,
a los pájaros del aire, a los peces de los ríos, Apostrofaba a los árboles, y las
hojas suspendían su temblor; invocaba a los arroyos, y las inquietas linfas aca.
liaban sus murmullos; las ovejuelas inocentes se olvidaban de pacer si la húmida
Eco les traía relieves de su palabra. Le nombraron predicador y precapelláu
1 55

�LA PLUMA

LA PLUMA
de Sus Altezas, y de la noche a la mañana salió proveído en la silla de Coria.
Sus émulos murmuraron, mas sin razón, porque era el último que sabía articular las palabras de un lenguaie armonioso, ya perdido, lenguaje que le enseñó
en la niñez un eremita de Córdoba. Por eso desde la juventud fué llamado el
Antiguo. Los españoles, sin penetrar el sentido cabal de sus arengas, bebían
los vientos por oírle; al son de las palabras, ciertos posos se les revolvían en el
alma y empezaban a gustar un desasosiego dulcísimo, premonitorio del deliquio, y en acabando, todo era aspavientos, vahídos y efusión de lágrimas.
Dicen, pues, que, llegado al campo, los maestres pusieron a Niceto el Antiguo
en unas andas, y en los ocho días con sus noches que duró la batalla no cesó de
esforzar a la hueste. Pociones confortativas y linimentos y unturas en los pulsos sosluvieron su cuerpo. Mas, al anochecer del octavo día, el Tirteo español
calló, la lira se le fué de las manos; la hueste, sin alientos, rompjó el combate,
y se durmió sobre las armas. Llegaron los moros al amparo de las tinieblas y
pasaron a cuchillo hasta el último. Niceto el Antiguo saltó sobre un caballo
desjaezado y galopó a campo traviesa, clamando:
-¡Cristianos! ¡Hemos perdido la batalla del Guaclalete!
Niceto el Antiguo creía que las batallas perdidas contra los moros se llama·
ban siempre del Guadalete. Por su lado, los caudillos dijeron en una nota:• Las
fuerzas si: b,o retirado a posiciones estra tégica s preparadas de antemano.• ¡Y
cómo si lo estaban de antemano! Eran las posiciones de Covadooga, ilustradas
por D. Pelayo.
I II

-Puntual relación nos has dado de todo, suave Cardeoio, y te lo agradecemos. Pero, dime aún: ¿tú no estuviste en la batalla? ¿Cómo vives entre moros?
¿Y por qué te empleas en oficio tan pob1 •.•?
El preguntante era D. Abraham So.Jm Toledano, que con otro sefardita
venia de Oriente a pedirle al Emir cerdobés la reapertura de las aljamas de
Andalucía.

•

1

,11

-No estuve en la batalla. No poseía ni poseo bien alguno sobre la tierra;
el auge y la caída de los imperio:; no me importan. Un día después de la rota
de los cristianos, leía yo tranquilo en mi aposento, cuando un buito enorme
apareció sobre el alféizar de la ventana: era un morazo casi negro. Yo sabía
que andaban saqueos y degollinas por la capital; pero, sin medios de eludir el
peli~ro, me estuve quieto. El morazo se entró en la habitación. Traí,1 las
156

ropas en desorden. en la diestra un alfanje ensangrentado, encendida de furor
la faz. Me trabó por un brazo y, revolviendo sobre su cabeza el truculento
alfanje, berreó:
-¡No hay m.ís Dios que Dios!
-¡Verdad palmarial-repuse-. No vale la pena de eac,Jlerizarse.
Se calmó un poco e hizo ademán como de marcharse. De súbito se enfureció de nuevo.
-¡Sólo Dios es vencedor!
-¡Todo lo más!-contesté sonriendo.
Le ganó mi maasedumbre y depuso el hierro.
-¿De modo que tú no eres tan bragado como tus compatriotas? ¿O no temes
dobla~ la cerviz bajo el yugo agareno?
Estas palabras despertaron mis sospechas: creí habérmelas con un mi stifidor. ¡Cómo! ¿Apenas llegado del Atlas y ya hablaba por tan rodeada manera y
elegantes tropos? ¡Qué morbo viruleato! El africano, porque lo era, comprendió sin trabajo mis deseos. Díjele que no tenía empeño alguno en ir a reconcomerme en Cangas, donde se instalaría la corte en espera de mejores tiempos,
y con tal de verme respetado ea el uso de mi religión viviría gustoso entre
los alarbes, para instruirme en su lengua y en sn saber. Trato hecho, harto
fácil de guardar, pues yo no tenía entonces otra religión que mi albedrío. El
morazo me llevJ ante un bajá y quedé recibido por muzárabe. Me consagré a
observar las costumbres de los invasores. Siguiendo de cerca al Emir, presencié la demolición del palacio de Carlos V y los preparativos para reconstruir la
Alhambra. Asistí a la reconsagración de la Mezquita d e Córdoba al culto de
Alá y a las muchas zambras con que b morería festejaba su retorno al maravilloso Andalus. En tanto, sobre el minúsculo reino de Asturias se cebaba el
infortunio. El rey reinante desapareció en la rota. No se libró batalla en Covadonga como se esperaba; pero al nuevo rey un oso lo despedazó. -Vinieron
algunos a sospechar si en tantas señales coincidentes no habría cierto misterio, cuando un anciano filólogo, que por la crudeza de los tiempos vivía en
la braña, alimentándose de las hierbas arrojadas por un filósofo que moraba
más arriba, tomó su báculo, bajó a la corte y muy etJ secreto murmuró algunas palabras al oído de los mayordomos.
-¡Filólogo!--le contestaron-. Si no dices verdad, date por muerto, que en
palacio no estamos de humor para escuchar desvaríos. Y si dices verdad, ¡ahl,
¡por qué no perecimos antes en la bataJla?
1 57

�LA PLUMA
-Verdad digo, y no quiero albricias por la nueva, que es triste, y a todos
nos envuelve la negrura del destino.
Llamaron a los sabios que se pudo encontrar y a muchos del extranjero.
Al legaron los pergaminos salvados de la catástrofe. Fregaron, rasparon palimpsestos. Tratáronlos por métodos modernos, y no dejaron pavesa sin escarme nar. La verdad se mostró sin rebozo. Desde que el anciano filólogo reveló su
idea venían a ordenarse en torno claramente los datos mal comprendidos
hasta allí. El colegio de sabios corroboró en secreto el descubrimiento. Secre to
terrible, que rompía los corazones! Ahora, ya se trasluce, para mayor desdicha.
Sabedlo, bue nos señores: el romancero no tiene fondo histórico alguno; el
romancero es una profecía. Los vates penetraron tan adentro en lo oscuro de
las inclinaciones de la raza, que eo lugar de las membraozas poéticas de sus gestas, fué uo pronóstico lo que nos legaron. Pasará como el romancero lo cuenta
si se propala que es vaticinio, pues no hay profecía que deje de cumplirse, y
vosotros los israelitas sois de ello insigne ejemplo, en cuanto el pueblo la
recibe por tal y la acata. Que se ha de propalar, es seguro. Los jayanes acertaron a robarles el secreto a los sabios, que pretendían guardarlo para sí,
entre iniciados, por no descarriar al pueblo con el cebo de la vanagloria. Eran
mansos de corazón, predicaban el recato, la mesura, el cultivo de la mente, el
amor al trabajo. Los jayanes los odiaban; descifrado el enigma los despreciaron, y iueron desacreditándolos con el pueblo hasta echarlos del país. En esto
reconoceréis a los jayanes: aventajada estatura, barbas frondosas, rostro pizmiento, modales fastuosos y verbo rotundo. Juran por lvs toros de Guisando;
de un mandoble tajan el Guadarrama; si sueltan un berrido, los torreones de
Ávila se bambolean. Con dificultad los cazan, porque van en manadas, nunca
sin armas. Si cobran alguno, suple muy bien las espensas: de la piel se hacen
tambores, de la mollera se saca corcho para cien tapones y de la tripa, obra de
tres o cuatro azumbres de un licor agrio, que se emplea como curtiente. Los
jayanes, fuera de sí de gozo, divulgan. las profecías. ¡Va a empezar la Reconquista! ¡Ocho siglos de gloria en la despe r¡sal ¿Y os admira, nobles señores,
que yo no esté allá con los míos? No queda lugar para los discretos. Aquí, a lo
menos estoy en mí tierra y me sustento en paz con el oficio en que me ha
s umido la desventura. Si otro día venís a honrar este tugurio os contaré mí
e ncumbramie nto y mí caída. Es increíble. Lo tomaréis a invención mía; pero,
¡ay!, nada más cierto. Basteos saber que por los días de la invasión, moraba
en Castilla un te rce ro o cuarto nieto de Muley Suleiman, emperador del Mo-

LA PLUMA
greb. Er~, por abolengo, Xerif, y podía usar almalafa verde, como genuino
de~cend1ente del Profeta. Llegaron los marroquíes, les abrió su castillo, díjoles
qutén era, y, tentado del demonio de la ambición, pidió sus derechos. No se
los negaron. Destronado su antecesor, asumió el título de Emir de las Españas; yo fuí nombrado Gran Visir, Adelantado del Mar y Condestable. Hice maravillas en el gobierno. Pero me acusaron de corromper la ley d el Profe ta; los
jayanes-también lo.s hay aquí-y los ulemas amenazaban al pueblo con las
iras ~e Alá por e~t'.'-1' el emírato en poder de un renegado. Nos derrocaron, y
la misma noche h1c1eron en los pacíficos cristianos que moraban en Córdoba
un estrago memorable. El Emir pudo escapar a los Estados Unidos donde
vive dando conferencias. A mí me dejaron libre, pero en la miseria. Engarzo
cuescos de aceituna para venderles rosarios a los cristianos y a los musulmaoes. A los cristianos que vienen a llorar sobre la tumba de sus mártires
les vendo rosarios mojados en agua del Jordán; a los mus\tlmaues que viene~
a lnarse los pies en el atrio de la mezquita, les vendo rosarios mojados en
agua del Zem-Zem. Esta e&amp; mi vida. Y no necesito más Boecio ni más Séneca
que repasar las memorias de mi corazón. Si otra cosa deseais, d ecidla.
-Sabemos ya cuanto queríamos, amigo. Al punto nos volve mos a Salónica
-respondió D. Abraham.
Y hechas unas zalemas, se fueron.

CARDENIO

�LA PLUMA
y cuando andan por la calle a solas
se les oye que van
tarareando Las corsarias
Y el fox-trot de todas las pianolas.

y ellos son el señorito monigote
con el sombrero hasta el cogote
que suele ir diciendo: «¡BrutalÍ
/ Qué estupendez!
¡Es una cosa así! ¡Bestial!»

ESTAMPAS DE MADRID

y tilas dicen a sus conquistas:
«Esta tarde te espero
al te de Molinero.
Pero iremos primero
a casa de las damas catequistas.
Luego vamos al cine
sé que irás. La pelkula
me han dicho que es ridícula,
pero que mucho dura
el rato en que está la sala oscura.
Y por la noche a Lara
que hay una cupletista'
que dicen que es artista
muy fina y muy moral.
No dejes de ir. ¡Es colosal!»
Con caras de besugo y de merluza
otra pareja de pollitos cruza.

LA CASTELLANA
Las estatuas de la Castellana
están allí de mala gana.
Y es justo que lo estén,
pues a cualquiera ha de aburrirle
ver tanta señorita chirle
y tanto pollo «bien».
Claro es que si esos señoritos,
en vez de ser unos chorlitos,
tuviesen algunas ideas
de buen gusto y de arte, .
en vez de sus ideas f átuas,
dirían que tambien a ellos
les molestaban esas estatuas
tan malas y tan Jeas
como en ninguna parte.
Pero son gentes que
leen el A B C
y las novelas pseudoliterarias,
y las divierten las comedias de astracán,

'I

', ,1

•'

-«¿No sigues con Lilír
-Yahe roto
con ella, y con Fifí.
-Me parece que haré
eso que has hecho tú,
con Bebé y con Nené;
pero ahora la Lelé

160

11

161

�LA PLUMA

LA PLUMA
uiere un perro Lulú.
lo que deseo es vender laGlm~tOY&gt;.
-Yo estoy tras de la orza,
una chica segu_nda .
en el Reina Victoria._
i Con una cara de pr!mal
Y, bueno, que se estima
iuual
que una animal.
Vamos, i brutal!
El caso es que me aburro.
¡Bueno!
Mañana hay un estreno,
habrá que ir a hacer el burro,
igual que la otra vez.»

y las estatuas están hartas
de tanta estupidez.
.
y de ver tanto ca:~ua;e de todo linaje.
de -ministros y ministras
ndes sofocos
y sufren l os gra
kan vuelto locos
al ver esos coches que se
y corren sin caballos.
y se quieren marchar,
y echar a andar'
dudan si dar el salto
{obre la pista del asfalto.
t ·¡·
Doña Isabel la Católica,
. conszguz
. ·ente también
o zca,
y por
k, apos
,
en
el
concurso
ípico,
tado
ha es
.
y con un gesto épico .
de reina siempre obedecida,
Gonzalo
l e manda a don
que siga tirando de lª brida

.11

.

''·

162

de la broncínea jaca,
que era sin duda una haca
nea.
Luego, el marqués del Duer~,
que se encuentra peor állí
que en la guerrera brecha,
le pregunta al que pasa primero
si tirando hacia la derecha
irá bien para Chamberí.
Después, el tribunicio don Emilio,
al verse entre unos bancos
adonde no se llega ni con zancos,
parece clamar pidiendo auxilio,
gritando a sus admiradores
con elocuente frenesí:
-«¡Ah, señores!
¡ Yo quiero que me saquen de aquít.
Y en lo alto de su candelero,
don Cristóbal, el gran Almirante
condenado al ludibrio
de un molesto equilibrio,
mirando siempre hacia adelante,
no se distrae,
porque sabe que si se mueve
se cae.
Y sólo extiende una mano
para ver si es que llueve
o nieva,
y debe abrir el paraguas
que en la otra, lleva.
PEDRO DE· RÉPIDE

�LA PLUMA

LETRAS ITALIANAS
MILÁN
. 1 s de las casas constru1'das en la ped istinguen las grandes 1au a
d 1 fábricas las calles rotas
B
b"meneas e as
'
,
1
riferia, las gallardas c i
del suburbio; Juego, be aqu1 que e
Ul, y allá por los huertos
"'ilán No se ven torres
aq
a estamos en 111
•
•
yy
.
1 alto de las aguias g6t ren Se detiene. bufando,«Madonmna&gt;
en o
ru. basílicas; e mcluso la
d
hablan todas las lenguas y
.
MºJán· don e se
.
al la italiana; donde residen _gran
.
Duomo ha desaparecido. 1 •
~:~:sd~~s dialectos del mundod per::~:~/u:stres editores de Italia. Se s1ent:
te de los escritores de mo a y d vida· la atmósfera misma parece meno
par anado al punto por este hervor e
;etra nos enciende, nos prf'para a
;nor! que en otras partes y, densa, néos p: se a~da; en Milán, no; en Milán se
ige
ll' Roma, en Florencia, en G nov ' bºé la literatura es aquí tan pocorrer. ~n
d por qué tarn 1 0
b ·ar secorre. y entonces se compér::n epocos los escritores que p~ensan eán
lefl. xi6n y por qu
.
manana m s
0
bre de re e
ra el momento pasajero, sino _para u ico desenvuelto, no sa·
riamente, no pa
. dad laboriosa, activo, enérg '
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de:abaj~~:~!º~~;~:~::~:ni:\:: obligue 1~
lf' res· ni del mismo mo o, un
, los randes cafés mundanos. e
~:~;;6ng y b'aga' trabajar al cerebr~. !:~~u;I púb~ico anhelante encont~;r!r:
Cova, el Savini, el Biffi,_ el Campanintores, sus actrices, a toda la gente_ct: e ue
. tas horas a sus escritores, sus p
omplace en señalar al amigo q
c1er
. d d y que se c
t gran
de que se envanece esta cm a - . ,- 1Duomo o la Galería. Porque es a
. ·as, como le ensenana e
llega de prov1nc1
164

ciudad, donde se mueve un mill6n de hombres, en el fondo es extraordinariamente provinciana y frívola, y se fija en las apariencias, el relumbr6n y las lentejuelas. El mundo milanés se reúne por entero a ciertas horas bajo el octógono
de la Galería; aquí, el buen milanés que ha estado haciendo números durante
todo el día, encuentra todas las noches al amigo o a los amigos: para beber. Hay
algo de alemán en esta costumbre del milanés; sobre todo porque, no obstante
su fortaleza y laboriosidad, carece en absoluto de la virtud de la renunciación.
En el trabajo, como en la diversi6n, el milanés es metódico; pero tan estrecha
y minuciosamente, que a veces incluso hace dudar de su inteligencia. Pero no:
el milanés es inteligente; a la manera un poco pesada de los alemanes, si se quiere, pero no se puede negar que e3 inteligente. En cuanto al arte, como quiera
que se le presente, no afina; de pintura y escultura compra lo que los periódicos le ensalzan; en el teatro, cuando tiene que escoger, prefiere siempre. la comedia o la ópera que ll Corriere della Sera (el Corriere, tout court) le ha alabado por la mañ:ina. Las grandes libreríae de la Galería con sus cartelones en
blanco y rojo le aconsejan mientras tanto el último libro que debe leer para
dormirse; y lo compra a cierra ojos, fiándose, más que del consejo del librero
(el librero, a su entender, siempre es interesado), del anuncio que más ruido
mete. El éxito de Guido Da Verona, novelista del cual se habla m11cho incluso
fuera de Italia, débese en gran parte a Milán, que halló inmediatamente en Da
Veroua el novelista adecuado. En efecto: incluso con sus defectos, Da Verona
representaba vivamente la ciudad en que mora hace tantos años, pobre de sensaciones y virtudes profundas, pero rica, ubérrima de esplendores aparentes,
entregada por entero a goces superficiales, materiales o estéticos, y poco reflexiva interiormente. Da Verona fué y es adorado por los milaneses; casi tanto
como una especialidad gastronómica de la ciudad rumorosa. Y lo que hay en él
de bueno-cierto vigor de representación, no siempre ayudado de Ja exp1·esión,
por desgracia, antes bien, licuada muchas veces en un estilo enfático e hinchado-, a Milán se lo debe ciertamente, que si no muy profunda, es, sin duda,
enérgica, animada, varia y, en sus dramas, complicada e incluso novelesca a veces. Pero Milán ha visto nacer en su recinto en estos últimos tiempos, y no sin
cierta curiosidad, incluso el futurismo de Marinetti. Al principio se rió; luego se
entregó a aquellos gritos y los discutió; al cabo, también el futurismo la ha dejado
indiferente. Mariuetti no soportaba el claro de luna; odiaba a las mujeres; pero
cantaba a Jas chimeneas humeantes y a los automóviles; en suma: había manera
de ir de acuerdo y entenderse. Al milanés le gustaban Jas mujeres guapas y le
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�LA PLUMA

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siguen gustando; e incluso el claro de luna, visto desde el parque, a través de
las grandes ramas de los árboles, tenía un cierto encanto; de modo que el desprecio tan ruidosamente manifestado le cosquilleó y le hizo reir; y corrió a divertirse al teatro con las famosas lecturas marinettianas; porque, si bien confusamente, Marinetti ofrecía al buen milanés sensaciones de vida intensa: mujeres, luna, automóviles, humo de chimeneas, aeroplauos, trepidación de motores, guerra y tiros: un batiburrillo de sensacionea curiosas y variadas que no
eran la sólita comedia en zapatillas de tal cual autor italiano. Era un empujón,
un puntapié, una bofetada quizá; pero bien servido, con drogas picantes, y, por
lo tanto, gustoso. Añádase a esto que, después de la lectura, a la salida del teatro, se podía asistir a algún pugilato entre Marinetti y sus críticos; pugilatos que
rompían la monotonía de última hora en los grandes puntos de reunión de la
Galería. Hoy ya no hay quien se acuerde de Marinetti: si pasa altanero por la
Galería, nadie se fija en él, y si publica un libro como estos días, L'alcova
d' acdaio (que aunque maquin!stico y como todas las obras de Marinetti henchido de imágenes barrocas y falsas, no es un mal libro), o si pronuncia un discurso político, no hay una rata (ni las más jóvenes) que le haga caso. Y es que el
futurismo, como tal movimiento razonable, rebasó las intenciones de sus mismos fundadores hasta convertirse en un juego o pasatiempo pueril.
Milán tiene, además, su poeta, del cual está orgullosa; y ¡ay de quien se lo
toca! Un poeta que tuvo, a la verdad, y tiene aún ahora, momentos de feliz
inspiración, pero que muchas veces se ha visto obligado por su misma ciudad
a elevar la voz y hablar de cosas que no sentía. En efecto, el bueno y querido
Bertacchi había nacido para hacernos gustar el sabor a un tiempo dulce y rudo
de sus montañas de Chiavenna; para hacernos vivir con él la atmósfera pura y
el encanto profundo de los Alpes que les dieron vida; mientras que por desgracia, Milán, cuando empezó a amarle, exigió de él en toda ocasión vocalizaciones o romanzas, pidiéndole en alta voz que entonase siempre alto, con voz
de barítono, él, Bertacchi, que había nacido para expresar suave y tristemente
las emociones sutiles de su alma delicada y buena. De ello derivó un enturbamiento; y la vena, forzada en torrente, no tuvo ya su natural li~pidez, y fué
perdiendo aquel timbre dulce que ayer nos gustaba, hasta concluir en un canto
roto, de garganta puramente, y estriado incluso de angustiosas desentonaciones. El editor y librero Baldini y Castoldi, cuyo gran escaparate lleno de libros
domina en la Galería, tiene siempre expuestas todas las obras de Bertacchi; y
las vende; pero cuando, como en estos días, hay un libro n~evo del poeta, en-

LA PLUMA
tonces el escaparate muéstrase por entero ~fano
fondo blanco) llaman con grandes 1 t
de él, Y los carteles (rojo en
. .
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Bertacch 1? d.1ce el transeunte m 1.1ané s. y 1os compra s·1 anseunte. ¿ ersos de
que el amigo o la amiga se los ve an manana
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este nuevo volumen·· Riiftessi d'ortzzonte
.
Bertaccbi s ·
esi· a e gab10ete· En
cado y claro, cuando canta lo que l
,
. igue siendo el mismo: delie gusta, premioso y
d'
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terribles
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s e pecho de la p poco
,
•6 . cuando su
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oes1a patn hca, que Carpués de Bertacchi, ost~ntan otra espe~;a;,·da~~presaba. _Baldini y Castoldi, deshablado de él, y sería inútil el h
1 h
: el novelista Gotta. Nunca os be
acer o oy s1 Gotta e · t
yuvase a la idea que intento daros d M'Iá e·
' n c1er o sentido, no coadsino de lvrea· con todo ha s b'd ~¡ i_ n. ierto que Gotta no es milanés
'
•
a t o mt amzarse
61
•
mas en la manera de escribir, y ho se
• ~os o en sus pábitos de vida,
completo. Sin embargo no ha
yd pue~e, s10 ofenderle, llamarle milanés
•
•
Y que esprec1ar a este ·
s·
preparación sólida si pensase m h
JOven. 1 poseyese una
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uc o antes de empeza s
1
e 1 seguir demasiado las huellas d F
r us nove as, si evitase
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e ogazzaro este ese ·t
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o ros que ha tenido el valor después de Zol •
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n º:-um~o entre nosclo novelesco (un ciclo por lo d á d
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cm s, e corto aliento
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é} en torno a un tipo de hombre, Claud'10 Vela) se ,dque
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como él la facultad de tr
po na Jurar (pocos poseen
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otro bordearía el arte grand p
un in 1v1duo) que un día u
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t amb len él es esclavo ya de u n P úbl"ico 6 el· al cual es 1·no o "blordeará, porque
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mpos1 e que se oponga
, a o, se e ntiende que s
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us me- 10s sean susceptibles
d e perfeccionamiento• que ad quiera,
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con que únicamente se pued
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'
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Hay el Barbusse y el Mann reprod "d
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1 ico, a agua de rosas, d uIz6 n hasta dar náuseas
Mic e e Saponaro (el cual t'iene por 1o demás
bT .
,
debemos lamentar ver d
d" .
no 1 is1mas condiciones de estilo, que
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cua _ro novelas, a cual más sensibleras d
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I b . , onde se repite monótono un sólo tema .
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campestres a saciedad) y tantos t . p '
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res y antes prefiero de,·ar esta list . 't·1
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ª inu I para conducir O s conmigo
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166

�LA PLUMA

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critor menos s6lito y monótono y oir al cabo algún acento que no parezca milanés, que huela, gracias a Dios,francamente a italiano-de la Italia de todos.
He aquí al editor Mondadori, ayer afincado en Roma y hoy, no sé por qué,
caído en Milán; el vivo e inquieto Mondadori, una de las fuerzas j6venes, verdaderamente j6venes de nuestras editoriales. En casa de Mondadori encontraremos a Umberto Fracchia, encontraremos a Ada Negri, encontraremos a
Panzini, tal vez. Umberto Fracchia, director de la casa editorial, está detrás de
una mesa, con el cigarrillo en los labios, y o;onríe. Este joven escritor que hace
diez años afiló sus primeras armas en la obra maestra de Cervantes, escribiendo algunas meditaciones deliciosas sobre Don Quijote, este lector y admirador
de españoles, de Salaverría a Pfrez de Ayala, es un artista exquisito y personalísimo. Su cPerduto amore• es una novela intrincada en que los efectos están buscados y obtenidos con una labor toda de atisbos estilísticos y un desprecio felicísimo de)a técnica y la trama sólitas. Pregnutado acerca de su opinión sobre la literatura italiana en general y la milanesa en particular (en obsequio a los editores, he de hacer lugar también a los autores de méritos puramente... comerciales) Fracchia ni parpadea ni mueve los labios. En sus ojos
permanece aquella sonrisa singular que vale más que un largo discurso. ¿Habrá, pues, que desesperar? Fracchia no desespera ni está exultante: lee, envía
a la imprenta, estipula contratos; y esa misma mecanicidad de trabajo, resta a
su fisonomía toda razón de regocijo o de queja. Pero él, pese a tantas lecturas
fastidiosas, trabaja, no ya en la crítica como en su juventud, sino en obras de
arte y narrativas, con una firmeza y una honestidad raras en Milán y rarísimas
en quien como él tiene a la mano cajistas e impre&lt;;ores. Sus pasiones literarias
son interiores, sus correrías a través de las diferentes literaturas (ha traducido en un hermoso italiano la obra maestra de Coster, La leyenda de Ulenspiegel) nadie puede decir adónde le llevan, es decir, a qué misteriosos parajes
del espíritu, en los cuales se mueve, danza, se expande, dejando en tanto cr~er
a quien le ve y le habla que está en Milán, muy próximo a la desoladora literatura de la ciudad que le alberga. Ha de proporcionarnos sorpresas nada
comunes, y han de dejar tanto más estupefacto al público en· cuanto
nunca ha dejado ni dejará vislumbrar nada de su vida interior, que debe de ser
deliciosa y dichosísima.
.
En casa de Mondadori encontraremos a Ada Negri, nue~tra poetisa más
célebre, que después de los versos er6ticos de «Il libro de Mara• (Treves,
Milán) se ha recogido por entero y gozosamente en un libro de escaso volu168

LA PLUMA
men, de amplia significación y denso de ideas: Stella Matutina (Mondadori
Milán). En esta prosa sin énfasis Ada Negri narra su vida lejana de muchacha.'
No se ha de creer que este libro de una poetisa es principalmente lírico. No·
Ada Negri ha sabido contener la onda de sus sensaciones lejanas y consumi;
dentro de sí toda su efervescencia. Las páginas de esta su humilde vida son
extraordinariamente sobrias, y por ello eficací;imas casi siempre. Un pequeño mundo aldeano; figuras insignificantes y modestas; una atmósfera estrecha
Y sofocante, y, con todo, un drama fuerte. También Panzini se ha acogido
ahora a la casa Mondadori; pero en vano buscaremos en la Signorina que ahora
nos ofrece el Panzini nobilísimo y grande de La lanterna di Diogene y de Santippe. La vena, o está cansada o turbia, y Panzini se nos presenta en sus detritus, ~asta parecernos casi frívolo. Puede darse que dependa de.nuestro gusto,
o meJor del hecho de habernos habituado Panziui a muestras harto más nobles; sin embargo, hubiera hecho bien en no abrumarnos en estos últimos
tiempos con tantas obras insiguificantes, que poc'.&gt; o nada nos recuerdan el
Panzini que amamos.
Y pasemos a la casa Treves. Encontraremos en la casa Treves otros grupos Y otros escritores, y antes que a nadie a G. A. Borgese, cuya Rubé continúa interesandó, combatida y alabada, a los círculos literarios de Italia. Ya
hemos ~xpresado nuestro pensamiento acerca de esta obra; pero si el Borgese
de Rube no nos 6 ust6, el Borgese de los Saggi criticz" sigue siendo para nosotros uno de los críticos más sólidos de la Península; y no quiere decir que,
aun no reconociéndole ingenio creador, no esperemos verlo algún día émulo
de Sainte-Beuve en la crítica literaria; también Sainte-Beuve escribió una
no~ela insignificante. Dícese q~e ahora Borgese está limando sus versos, y Dios
quiera que el poeta sea más feliz y más moderno que el novelista. Pero en la
casa Treves no está solo Borgese; otro crítico florece bajo las alas de la eminente editorial: Fernando Palazzi. Este joven comenzó traduciendo exquisitamente los Reisebt"lder de Reine, traducción que quedará entre las más bellas
de nuestra lengua; y también tradujo más tarde escritores griegos, franceses,
alemanes, hasta los Con/es drolatiqnes de Balzac (editor Formiggini), publicados en estos días, en los cuales respeta poco a Ba!zac, pero interpreta magistralmente el alma cinquecentesca de los personajes. Palazzi es un erudito de los
cinquecentistas, y en esta traducción el cinquecento del Masiní y del Doni res.
pira a pleno pulmón, en períodos tensos, henchidos, animadísimos. Escritor
elegante y rico corno pocos, es menester esperar que Palazzi encuentre pronto
169

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�LA PLUl\1A
. . ..
l cual dar vida; estamos seguros de que sabrá aniuo mundo que descnb11 y a
lá . o En calidad de crítico se le presta
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undo como un e sic •
mar y v1v1 car ese m
do se entusiasme con exceso o
mucha atenc1.6 n, si. bien de cuando en .cuan
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las brusquedades del dueno m1con ellas la casa reves,
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lio Treves. Beltrami.' ilustre a_rt~:n:e ~~;;;a~io, es cortés, afectuoso, bueno
a dirigir un negocio exclusiva
é t s ya no sufren hoy al entrar en la
incluso con los jóvenes; de suerte que s Q
do nos parecía que hasta las
nosotros ayer, cuan
casa Treves los temores que
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con el nacimiento de las nuevas
fles La casa reves,
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utores célebres; pero le son o aParedes nos eran h os i .
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. tti y alaún otro, a más de que
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editoriales milanesas ª P
• zuccoli Albertazz1, 0 1e
.,
y
vía fieles D'Annunz10,
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b'é
ra sondearlos y estimar1os.
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, los 1'6venes tam 1 n pa
F
s o
intenta llamar a s1 a
. b. e lengua· italiana, como rance c
ella vienen escritores trasalpinos, s'. ien Job ado en su patria como el poeta
d ¡ T · 0 suizo ce e r
Chiesa, insigne poeta e icm
. ' de uien se puede leer un perfil tramás fuerte después de Spitteler. C~1esa,
q esivo) es también poeta en la
, . • G'
ppe Zopp1 (muy expr
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zado por el cntico 1use
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con todo trémula de emo•
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luma medida, escan 1 a y,
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Prosa que fluye e su p
sabe distribuirla tan adecua a'
d 1 · spiración es grave,
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ción· que hasta don e a m
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Ahora sale un nuevo hbro suyo
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stáo siempre loara os.
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mente que los e ectos e
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de versos, Conso aztom, qu
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~ ha sabido hacer seotLr en
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esquemas trad1c1ona1e~,
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lírico que, ein salir e 1os
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los
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sus obras la profun a angus i 'óo sabiamente reparll·aos.
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más que del ritmo, e pen
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De Chiesa se vanaglorian os su1 •
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uien no descubra luego en
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circulan por la Galena y o
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. ada fría y tranquila los signos
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aquel hombrecillo de os
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t mbrado a vagar por las aceras
inconfoodibles del individuo que no est acos u
de las grandes ciudade~.
á b'
millares los jóvenes, que surgen de
En la gran ciudad circulan m s ,en, a
,
170

LA PLUMA
las provincias, lejanas incluso, en busca del editor o de la colocación en el
periódico. Y pululan las revistas de vanguardia y de retaguardia, de literatura
pura y de literatura amena. Guido Podrecca, un ex diputado muy ioteligeot e,
creó años ha II Primato, y todavía dura; llamando en derredor suyo a jóvenes
de ingenio y de talento: Sornaré, Titta Rosa, Pal~zzi, Savinio, lanzó como editor algunas obras importantes, entre las cuales una antología en dos volúmenes de Novellieri s¡,agnoli, en que colaboró Unamuno, y otras, corno una historia de la música, que dicen muy interesante. En Milán todo es empezar, y el
que ensaya una revista y la levanta, al mes de vida sueña en el libro, la casa
editorial y un escaparate de las ediciones propias en la Galería. Ettore Cozzaoi, catedrático de Spezia, vino a su vez a Milán con una revista muy elegante
y digna, no obstante estar escrita, como se usaba en tiemp!&gt;s de D'Aonuozio,
con mucha música de palabras, y también Cozzani creó en torno a esta revista,
L'Eroica, un movimiento de hombres y de intereses que se trocó, no tardando,
en casa editorial. Exteriorment~, los volúmenes de Cozzaoi (que es asimismo
buen poeta y narrador, no obstante hable siempre con tono antiguo y solemne)
son de lo más exquisito que haya podido dar la librería lombarda; pero en el
contenido están todos ellos más o menos atacados de la musicalidad exterior
de los daonuozianos. Buenos poetas y pulidos prositas, pero pobres, ¡ay!, de
inspiración verdadera, y cuando no, harto lamidos, harto cantarines, demasiado embebidos de delicia_s rítmicas a la antigua. Pues bien, por eso he querido hablaros de ello, para mostraros cómo en Milán, incluso una Eroica, eníática y todo, ha podido hacer fortuna y encontrar compradores y admiradores
a centenares. ¡Extraño pueblo el milanés, que va de la novela a ras del suelo,
pobre de contenido y débil de espina dorsal, a esta otra literatura tonante,
retórica, barroca, y que al mismo tiempo guste de una y otra! La verdad es
ésta: el milanés no tiene dotes de buen gusto, y quien le ciega o le encanta
(para lo cual sirve en mucha parte, tanto la cubierta linda y procaz, como el
anuncio editorial a lo Cozzani, siempre ruidoso y altisonante) puede sorprender su buena fe y fascinarle. ¡Simpático pueblo, tan rico de virtudes case ras y
laboriosas, tao tenaz en sus propósitos; pero tan provinciano y superficial
cuando se encuentra ante lo que no entiende!
Mejor que a L'Eroica, donde seríamos recibidos con un estrépito de tambores y trompetas, harto fragoroso para nuestros oídos tímidos y tranquilos,
haremos, antes de abandonar esta ciudad terrible, una escapada a casa del
editor Quintieri, que ya no es tal, sino Leonardo Potenza. Aquí encontraremos,

�LA PLUMA

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I;~.,...

..

.,,,,

Jr

gracias a Dios, un poco de modestia y de vida pacifica; no nos parecerá que
estamos en Milán, a dos pasos de la gran estad6n del ferrocarril. En casa del
editor Potenza está Giacomino di Belsito, autor de muchos volúmenes de noTelas cortas sin pretensiones, pero nítidas y sinceras como el buen hablar italiano; y encontraremos, en fin, un mundo de antiguos conocidos: Stevenson,
Kipling, Wedek:ind, Dostoiewski, de los cuales se ha convertido Leonardo Potenza, de algún tiempo a esta parte, en editor concienzudo, escogiendo los
traductores entre los más eminentes conocedores de literatura extranjera que
Italia tiene: Spaini, Cecchi, Alvaro, la Pisaneschi, etc. El Sr. Potenza, gracias
a Dios, trabaja por algo más que una fama pasajera, y si bien los milaneses no
hacen cola a su puerta cartera en mano, espera poder un día u otro, ya que no
enriquecerse con los libros, imponer aquellos sus huéspedes al gusto de sus
conciudadanos. &lt;Será fácil? ¿Será dificil? Giacomo di Belsito, pertinaz especialista de Balzac y de Baudelaire asegura que los tiempos son propicios.
Y cae la tarde también en Milán. Se encienden por doquier lámparas eléctricas, tintinean los tranvías en las grandes plazas, salen a millares las mariposuelas callejeras a revolotear por los pórticos y la Galería.
Milán no cambia. La dejé ahora hace un año alegre y despreocupada, y tal
la encuentro, no obstante las luchas fascisto-socialistas que ensangrientan a
Italia, y no obstante la pobreza creciente de nuestra literatura.
Va uno andando, andando, andando; pasan ante los ojos las luces del Savioi, del Biffi, del Cova. Está uno en Vía Manzoni. La gente corre y se prepara
para el teatro. Carteles multicolores, con los mismos títulos de hace un año:
La dame dn chez Maxim, Et revisor, etc. El teatro pochadesco. Se asoma uno a
los cristales del Cova: mujercitas que beben ch~mpagne y hombres con calzones anchos que discuten. Son los literatos y pintores célebres.
Sigue uno andando, andando, andando. Vía Manzoni, luego la esquina de
Vía Mo1one y la plaza Belgioioso. ¡Gran silencio en la plaza Belgioioso! El palacete rojo de A\essandro Manzoni, a la luz del crepúsculo murienle, tiene cierto
resplandor. ¡Manzoni! ¿Don Alessandro, el de los Promessí Sposa Los la~ios
murmuran rítmicamente aquellas sílabas que parecen eclesiásticas, solemnes:
¡Manzoni! ¿Es que i\lanzoni era milanés? Milanés. Entonces se descubre uno, y
tal vez se arrodilla balbuciendo: •iAquél sí que era arte!•

MARIO PUCCINI

LETRAS FRANCESAS
M. LOUIS BERTRAND
&amp;SDB_ h_ace

un par de meses en Francia, como en otras
acllv1dad literaria está casi paralizada: el teatro y el J'bpartes, la
·No se á t b
,
1 ro vacan
~ lt' r I es a uena ocasion para distinguir entre las produccione~
'
u im~s :s de algún autor que nos parezca digno de estudio más
.
. detenido. El autor de que hoy queremos hablar n
. .
piante ni lo que se ha convenido en llamar
.
.
o es un pnnc1en plena madurez del talento, y que empiezaº: 1;0:::h::v1:hsta:
~n escritor
veinte años de asidua labor literaria ha merecido Ese
ª1~m1rac16n que en
t d
•
·
nove! 1sta es Loui B
ran , el vigoroso autor de La Cina, de ¡ Jnvassion • del .R•.va'• ""
_,_ Don J uans y erde
t an tas ot ras o b ras notables ' quien acaba dA- pu bl'1car, con el titulo
,
de Le -¡¡,
tfor, una obra de primer orden sobre el África romana.
s rn es
No
vamos
a
hacerles
a
los
lectores
de
LA
PLUMA
Ja
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d
1
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.
,ensa e querer revelares e nom re de Lou1s
Bertrand; la notoriedad del autor de l e ..,angr
_, racer es
.
ues
1
6
ya
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astante
s
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para
haber
transpuesto
las
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t
b
1 f
ron eras, sobre todo cuando
a rontera se llama los Pirineos. Entre los escritores f racceses contero porá
neos conozco
h pocos que pueda gustar me¡'or el alma espan-ol a, porque sé de•
pocos que ayan amado, comprendido y cantado a España como él s· d d
, • f
·
•
· ID U a
t Últ
es
pudiera aphc.arse también a Argelia y a o.·
. •
d' ad F1m&lt;1 rase
.
uen t e y al med101a e rancia,
lo
cual
es
como
decir
que
Louis
Bertrand
es
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¡
t·
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• ..
n a mo de
cuerpo en ero, cuya sens1b1hdad vibra sobremanera al ponerse
con las razas mediterráneas.
en contacto

:s

cSomos como los latinos, nuestros antepasados: sin saberlo, aspiramos a la
17¡

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
Africa ·Ese país nos salvará! ¿Oyes el jadear
fuerza y a la voluptuosidad de 1 ... 'de los fardos? ¡Cómo luchan, como se
de los faquines doblegados por e pesot
I eso aplastante de la materia, la
.d des' Luchan con ra e P
.
L
. . s primordiales que ya no
P renden en las rea l I a
¡ hombre! as m1sena
'
ferocidad del hombre para e
otos frente a to arbitrario o lo
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1 sed los oscuros espa
conocemos--el ham re, ª
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d f . nes ·Esos hombres serán
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·t s O sus ru as acc10
... 1
desconocido-, est n mscn a e
- lo que debiéramos avergonzarnuestros antepasados! Nos volverán a ensenar

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nos de haber olvidado... »
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de La Cina al contemplar,
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Así se expresa lau io, un
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trare1s ya la exp 1cac
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Empujado por e eseo e .
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en acaec1m1en os, m
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de multiplicar su energ1a, o a
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Africa, tan áspera como a r
.
táculos de la lucha del hombre con,
menos de vivificarla con los grandes espec
f1erras vírgenes todav1a.
6
tra la naturaleza, salt ª esas
.'
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ouis Bertrand no es natural
1 b .ien e s preciso sa er que 1,
Para comprend ere
d ·r de una de las col E riginario de Lorena, es ec1 '
de esos países de la uz. s ~
más tristes de Francia. Llanuras con rebomarcas más lluviosas, más fnas Y
f do· lavados por las lluvias
zo de bruma, sombríos horizontes o b~sque~ p~o _un ~
. ..
o y glacial en 10v1e100.
copiosas, pa1s ng1do en veran
.
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s s riberas debe representar
é
el
Mediterr neo Y u
Para un natural 1oren s,
• d hadas y a veces no de,
· érico un pa1ac10 e
,
algo como un edén, un pa1s qu1m
'
t
dormirse para no despertar
•
t d se allí suavemen e Y
jará de sonar con en er
Louis Bertrand respira también fuerz:i, sauunca. Pero el natur~l ~orenés d~ lento tumultuoso, lo resonante le a.trae y
lud, apetencia de act1v1dad. Lo vio
y Marsella prodigiosos hormigueros
le fascina; ciudades como Barcelona, ;orno\ entusi~sman «En cualquier mo&lt;le hombres bajo el sol feroz, le ron han, d~ de Barcelo~a-, al punto encand d'a de noc e- ice
mento que se I1egue, e i O
. . t
'd d luminosa ,. Las incandes.
.
t aordinana 10 ens1 a
·
dila la imag10ac16n por su ex r
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como los rayos del sol. El esencias de los globos eléctricos le transpor ao,
.
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.
1 •dar la Lorena lluviosa.
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d' t s y a la vez a los lugares donde
P lendor le• es necesario para
a los pai,-¡es ra 1an e
De ah1 su fogos? ~mor
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h' las epopeyas literarias--en prosase concentra la actividad humana, e a i
que ha escrito maravillosamente.
1 Ruta africana, de la Ruta del Sur,
Le sang des rtues es la epopeya de a

que se mete por los desiertos, atrayente, engañosa, al par que devorador;i de
todas las energías del hombre.
La Cina es la epopeya de la muchedumbre meridional, turbulenta, la muchedumbre enteramente nueva de esos países jóvenes, la muchedumbre niño,
sin pensamiento ni discurso, dejándose llevar de grado por sus instintos.
Pépéte es la epopeya pintoresca del wanuja fatino, del mozo guapo, cuyo
vasto pecho y cuya saugre bullente se disputan las admiradoras.
Le Rival de Don :Juan es la epopeya del amor en el Sur de España, tórrido
y sensual, que abrasa a cuantos se acercan.
Le jardin de la mort es una manera de epopeya descriptiva de toda !\.rgeJia, dP.sde las costas hasta los arenales calcinados por un sol de fuego.
L'In'Oassion es la epopeya de los italianos, muriéndose de hambre y de miseria, que desembarcan por millares en las costas de Provenza.
En fin, Les 'Oilles d'or son también una epopeya descriptiva, !a de las ciudades de la Argelia romana, de las que sólo quedan ruinas grandiosas, pero qu~
el talento mágico del novelista acierta a evocar.

* * *
Tal es el primer aspecto de la fisonomía de Louis Bertrand. Ved ahora
otro: este novelista no es solamente un admirador del esfuerzo humano, visto
a la luz del sol mediterráneo, es un descriptivo de primer orden, que sabe
trasladar en vastos frescos los cuadros que sus ojos perciben. La sucesión de
sus obras no es más que una sucesión de grandes paisajes. Visiones del dedesierto, del mar azul, de la costa árida y abrupta de Africa, con la magia de
las montañas nevadas en la lejanía. Visiones de grandes ciudades: Argel, toda
blanca, destacándose sobre el implacable ultramar; Sevilla, rosada, con sus
agujas, sus calles angostas, sus palacios, su silencio; Marsella, trepidante de
trabajo y de energía, bajo un sol de plomo; Timegad, Djemila, Cartago, ruinas
majestuosas del pasado, tendidas en el oro tostado del desierto.
Todo ello visto de lejos, desde Jo alto, en panorama: Sevilla, vista desde
una torre, extendiendo su masa enorme por la llanura; Marsella, contemplada
desde Notre-Dame de la Garde, ciudad monstruosa, agazapada en la costa, que
mete en el mar sus malecones como brazos; Valencia, vista desde un balcón,
de noche, recostándose en la luz irreal, como luz de teatro, y sus jardines en
torno, •con el perfume de los jazmines y de las cabelleras femeninas, con los
1 75

..

�LA PLUMA
efluvios aromáticos de las palmeras y de los naranjos y el relente calenturiento
de los pantanos de las regiones húmedas• ...
Tal es el pintor. No persigue tanto el rasgo pintoresco cogido al vuelo, el
gesto traducido en el acto de pe1·cibirlo, no persigue tanto la manera del observador de costumbres como la del pintor de grandes frescos. Cuando escribe
una novela acerca de España, lo que pretende hacer es una síntesis del país y
del alma de los habitantes. Lo mismo cuando estudia el Orie-nte. Iguai procedimiento cuando describe ciudades muertas y civilizaciones desvanecidas.
Los personajes que pone en escena son representativos también, por el
mismo orden que los paisajes y los panoramas. En Le Sang des Races, Rafael,
que recorre el camino de Laghouat todo el año, simboliza la raza nueva nacida
en el crisol argelino de todas las fuerzas vivas del Mediterráneo. Pepcte, el bien
amado, no es un recuestador de mozas vulgar y sin escrúpulos: es el mancebo
guapo, fuerte y artero del Mediodía, tipo de toda una raza, expresión de un
país recalentado por el sol, de una vida desbordante y copiosa en demasía. En
L'lnvassion, Attilio, Cosmo, Emmanuel, son tipos italianos que sintetizan el esfuerzo de una raza. ·
La Galhego del Rival de Don Juan es una especie de tipo sobrehumano moviéndose en el escenario fascinador de Sevilla como la heroína de una función
de hadas. cBien plantada, co,no una estatua en su pedestal, se envolvió en los
pliegues amplio; del gran peinador de batista, y el torrente de encajes le caía
en un chorro hasta los pies, donde se abría en dos cálices diáfanos semejantes
a flores de loto invertidas.• Si danza, en ella danza toda la Mujer, si excita el
deseo, expresa todo el Deseo, suscita la pasión, y su persona ex:presa la Pasión
toda.
Ya se ve lo que es esa reconstitución de los países mediterráneos: una especie de fresco inmenso donde están pintados con pincelada larga y dramatiza-

LA PLUMA
va más
•
. . Je
. 1·os, y con iguales
dotes mil
las c1v1hzaciones muertas y las . d agrosas de reconstitución aciert
Tal es el esfuerzo últ'
c1u ades desvanecidas.
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imo que ha b h
y se conocerá qué suerte de
.
ec o en la novela. Léase lu V,:Jl

~~~::,::;:::~'.~~;;.A;~!~::;.i~::,~:;,:~:,'::;;,;:,:,'~;~~•:••t;::,~:;

tanta precisión como por
i?n impresionante reconstitu'd· g ' mbése,
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un arquitecto ·Qué . .
t as por él con
i ia y la Mauritania antiguas' ·Qué . '. h v1a1e, en su compañía por la N
cuadro, reconstitufdo co n un f ragmento
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magia
,.
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•Qué
resto de arco de triunf:
.
e muro, un pedazo de
1
en torno de esas ruin:t1:d:~:~;;::ao por,los si~losl ¡Y cómo ac~:r:::~~o~c~nr
poner los planos d'iversos de estos cuad-.¡uc
. ,as. bana ' y con qué arte sabe dis10s, pintados, una vez má~ 1 f
•• a rescol

***
. o·igámoslo en pocas palabras· L .

. . ou1s
Bcrtrand
es uno de 1os grandes novedlistas franceses de hoy. Ha resuelto
el
bl
pro c::ma difícil de ser al mi.
t'
e un realismo extremado y d
or~en, evoca las muchedumbreesus1'.1a annfon_ía casi clásica. Es anima~:ºsin1emd po
phcad a stn
· d ar impresión
.
· t a persona1· es de alma esde esf n con us16n y, pin
va · d
uerzo Ha t d •
comllenads e la_ belleza: belleza de la ener.gía h ra uc1do armoniosamente formas
za e la vida primitiva d .
umana y de los países d 1
•
la vida f' .
Y e ciertos instintos p
e a luz, belSlca como el de la vida m
. osee e1 ntmo del traba·o d
y grandeza admirables. Es un nov:~:~· y traspone_sus notaciones con se~urida~
a, es un artista.

JULES BERTAUT

dos, los gestos de los habitantes.
Una vida intensa se desprende de esos panoramas. La turbulenta algarabía
de una ciudad como Barcelona o Marsella, el fragor de civilización de esos
grandes puertos, el trabajo de los obreros, los traduce Louis Bertrand con una
amplitud, una magnificencia y una exactitud verdaderamente admirables. Se ve
la vida de esos hormigueros bajo el sol implacable, se escucha el estruecdo que
sube hasta los oídos del observador, percíbese el laborioso afán que no cesa
de ensordecernos.
Pero no se crea que el arte de Louis Bertrand se detiene en la materia viva:

177

�LA PL DMA

LETRAS BELGAS
A~DRÉ BAILLON
un nove l .is t a grande, muy
.
. . . Bélgica posee
. . los círculos ofioa,
ESD6 el armtst100,debie ra haber conmovido.ª a los círculos de
grande. El suce~o ratura- o por mejor decir, subrayado tanto
les de nuestra hte 6 'alDebieron haberlo
listas: nues.
ra o c1
.
de nove
nuestra hteratu hemos carecido siempre . oseemos algunos
más cuanto que .
o ensayistas, y s1 p , . más hemos
d s son poetas
en demas1a, lª
tros escritores m~s gran :uchos, que no nos honranmolder cultivó sola~ente
U
entistas folkloncos, no dad grande. Eugene De poeta mal encaminado.
r t de ver '
é ás que un
.
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tenido un nov~ :nme Lemonnier n~ fu m del peligro del regionahsmobición
la novela corta,
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EckO a
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• sólo mira con ternura
. a
un bue n des t'100 en • un
y Pero la Bélgica ~ter~n~e una condecoración o de uido y las mayor~ ¡acás allá d el cmta¡o
e bagan el mayor r, .
1 ·ical que mfecta
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Ministerio, y les p1
de su historia. Adem • ctividad y lo dlVIOC en
t andas posibles en torno
años paraliza nuestra ~

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aís desde baCI~ : ua~enla el de la moral utilitaria._
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Ea la vida de n r
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sa • de conmover a c
178

Aunque apenas hace dos años que se ctió a r.onocer en las letras, ya hs.n pasado die.z desde que rebasó cla mitad del camino de la vida.. Su aspecto de
poeta romántico, reseco por el hambre y las privaciones, le envejece más hasta
parecer de alguna generación más antigua que la nuestra. Ha vivido al día cuarenta años, con el hambre poi compañera habitual y por horizonte lo desconocido. Se ha casado con una mujer que hubiese sido del gusto de Dostoiei&gt;ski
-una prostituta que se conservó pura y digna de un artista. Se la llevó consigo, y asociando sus miserias las han soportado mejor. Vino la guerra, y el caso
empeoró. Recluídos en Bruselas cincuenta y dos meses. Mendicidad, o poco
menos. Después, llegado el armisticio, un empleíllo en un p eriódico: secretario
nocturno; tenía que entrar en la oficina a las ocho de la noche y salir a las cua.
tro de la mañana. En ese oficio, y en el estado en que Baillon se hallaba al acabarse la guerra, se deja la piel e n menos de un a ño. Compre ndiéndolo así, lo
abandonó. Acababa de publicar su primer libro, ilfoi, t¡t1el9ue j&gt;art, que a todos
nos dejó desconcertados. Unos amigos le llamaron a París. Fué allá, y hoy, ea
dos miserables aposentos de la isla de San Luis, busc.a qué comer dos veces al
día escribiendo cuentos para los diarios, y busca sobre todo el vagar necesario
para completar su obra personal de gran escritor. Acaba de publicar una
nueva novela, L'Hist oire d'une .lfarie, que rompe los cuadros literarios para
mostrar la tremenda confesión de un hombre, con ánimo y fortaleza bastantes
para mirarsus
su vicios.
alma cara a cara y enumerar en voz alta todas sus tachas, sus
flaquezas,
Si admiro a Aadré Baillon con fervor que no quiero disimular, si le tengo
por uno de los escritores más grandes de nuestra generación, es precisamente
por haber cortado los puentes con la lite ratura, porque ha roto todos los atadcros y ha acertado a situar sus obras en el ¡.,lano mismo del dolor. Me placen
los libros escritos a tientas, en que un hombre "ª desc ubriendo su alma y su
corazón, y en la turba que le rodea va rlcscubriendo la sinceridad y el amor.
Temo las psicologías mundanas y las tesis sociales, y la novela que, con tono
doctoral y de e-buena educación•, me trae luces demasiado claras y dogmas
rancios, me es antipática.
En Baillon no hay nada de eso. Y pues es necesario, para contentar el espírih1 crítico, comparar y aproximar, diré que en él e ncuentro la sangre y la
médula de un Cbarles-LouisPhilippe, de un Jules Re na~d. de un Charles V ildrac,
y también de un Antón Chejov-ea fin, de todos los que han acertado a encontrar en la simplicidad de la vida un manantial de noble.za y de belleza. No es
179

�LA PLUMA
cuestión de a11untos, créanme. Si no, evocaría los nombres de Maupassant y d('
Huysmans. Pero sería traición a mi pensamiento, porque esa aproximación
vana recluiría otra vez en el redil de la cliteratura&gt;-en ('l sentid-:&gt; peor de la
palabra-al hombre que, con su obra, quiero sacar de allí. Al contrario, André
Baillon, con un rostro (ya lo he dicho), de romántico, como el de Gerard de
Nerval, destruye las persistencias románticas que euvenenan todavía el arte de
escribir, y, entre otros, los libros de Maupassant y de Huysmans. En lo que
dice o quiere decir no hay esfuerzo ni preocupación de escuela. Baillon ha
recuperado, porque vive intensamente, las virtudes de eterniddd o_ue enriquecen sus libros.
André Baillon no tiene más asu.1:0 que su propia vida y sus sensaciones
propias. La memoria le sirve de imaginación, y es fiel como unos ojos que siguieran las evoluciones y las peripecias todas de un suceso. 111oi, quelqt1e part
es el relato de una estada r,n el campo, donde residió algunos meses, poco
antes de la. guerra, en una choza perdida en la Campine, la región más pobre y
hosca de Bélgica, en la raya de Holanda. L' Hisloire d'1111e Made es la existencia de la mujer que encontró en una casa de mal vivir y a quien hizo su mujer
del modo más sencillo y, diría, más noble del mundo. El propio Baillon aparece
hacia la mitad del libro. Y se trata sin miramientos, con igual minuciosidad, sin
clamores ni confesiones histéricas, que pone en defender ante la sociedad
humana, a María la prostituta, simplemente con el relato de sus sufrimientos.
He dicho que al publicarse en una colección local-donde fué difícil de encontrar casi desde el primer día-.Moi, que/que part suscitó admiración. El libro
seduda al punto, por(lue, con mostrar la fisiología de una comarca y de sus
habitantes, se liberaba del regionalismo. Obra sencilla, cabal, humana, arrebataba la amistad d~ los lectores y los obligaba a desechar todas sus prevenciones.
Se ha dicho que la prueba de maestría de un escritor consiste en hacer un libro
s in introducir el resorte del amor. André Baillon logró más: escribía una novela
si1\ emplear el resorte de un asunto. Notas, observac.iones, reflexiones, y de vez
en cuando una anécdota, contada muy sencillamente, que dura seis páginas:
ahora se trata de comprar un perro, ahora de la salida para vender huevos en
el mercado. Y eso es todo.
Es todo, y con ello hace una obra de una abundancia. de un jugo, de una elocuencia incomparables. Camille Lemonoier habría hecho veinte libros con las
ideas, los cuadros, las situaciones, los dramas, los actores que desfilan por esa
reducida colección. Y para muchos otros escritores hubiese sido igual, pues si
180

LA PLUMA
t~mo por ejemplo a Lemonuier no es or
s100 porque vivió la vida de las re . p bque Je profese admiración particular
c
. ó
g1ones elgas v les
ó
'
.
consagr muchos liaros y
onqu1st muy honrosa reputación.
Todo Lemonnier está en Mo.
¡,
váodolo hasta ser precioso es 1'• que fUe ;a,·t. y lo que duplica su valor ele
dad
b 1
'
e arte consumado de
d
'
ver a que no excluye el lirismo 1
.
con ensación, la sobriecoger y sintetizar en un rostro c al
a ~autivante atención que aderta a es
rrado de humor y de amargura u qhuiera os rasgos de humanidad. El chapu~
n
·
que ay en cada pág'
·
es pmtorescas e inesperadas c
. á
ma se amma con expresioatreven a ser rabelesianas "'o'. on im/ genes que, parn herir con más fuerza se
r
· m, '• que que partes Ja v1'da de un lugar campinois
'
aoa izada en sus manifestaciones má t· .
d_e todas las poblaciones rurales de t:d 1p1cas. J&gt;e~o al mismo tiempo es ¿a vida
s1stencias provincianas· y es tam,b'é
as las aldeas apartadas, de todas las per1 u, por uo larao c 't ¡
m ·
'
onJes, un estudio casi dolor
f
b
ap1 u o sobre una abadía de
dc.-1 renunciamiento.
oso, a uerza de ser implacable, de la psicología

!

Tal psicología del reounciamien
.
•1farie, donde se entrecruzan las ,to _se ~alla de ouevo eo L'Htstoire d'une
ª ucrnac1ones .como l os h'I1 os de una red.
Cuando h
ace un mes se publicó (en P•rís
hubo en torno de ella un remo!· d •. ' ed. R1eder} esa novela admirable
100 e entusiasm
d d
'
se abordaba el libro con el de
.
o y e ecepciones. En general
seo mconfesado pero fi
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'
.
de nuestro ase t· .
'
rme, e encontrar dentro
de 1as. )rndes
.
n 1m1ento v de
t
. .
'
campmo,s y a María la ho ·t 1
.
nues ro conoc1m1eoto al Bailloo
¡
•
1 e ana que Mo ·
suerte que, la primer.i lect
,, que que part nos enseñó a amar. De
l'Hi· .
ura, era un chasco.
. zstozre d'une Marie es un libro doloros
.
.
me importa poco y cuando b.
.
o. No digo triste porque el tema
d 1
•
a io un libro no
b. .
,
o oroso. En el curso de ciertas á .
am 1c1ono reir ni llorar. Pero es
que Charles Louis Philippe desp: t~mas ~eaparec~n !as grandes impresiones
ha multiplicado después Dol
r antano por pnmera vez y que Dostoievski
•
·
oroso porque es hu
h
mentira y del artificio-es d . .
mano asta la negación de la
U
ecir, sm componendas
.
na novela: esta palabra me sub!
dJlor y desesperación verdade;os evl~bcuando pretende designar un libro de
b . d
' un • ro tan poco .
. d
nea o, y tan cruel como éste U
imagina o, tan poco cfat
· na novela desd p ul B
ura por la que pasan al menos dos
'
e a
ourget, es una avenbailari~a de la Ópera y un fraile int;~ndesas y cuatro automóviles, o bien una
narrac160 de Baillon.
gente. E!l vano se busca todo eso en la
Charles Vildrac ha prologado L'Histofre d'une 11farie en rorma
''
poco feliz
181

...

�LA PLUMA

LA PLUMA
acaso. Dice, entre otras cosas, que el libro es una obra de grandes alientos,
cconstruída y conducida con amor•. Yo no creo que el libro haya sido «construído•; estoy, incluso, muy convencido de lo contrario. «Construído• quiere
decir maquinado, arreglado como un aparato de relojería, donde una rueda
mue\•e la contigua y un peso, al caer, tira de un resorte. Nada de esto hay en
L'Histofre tlune !.farie. Baillon ha seguido la curva de una vida sin preocuparse
de equilibrar los capítulos, de sostener el interés o de encadenarlos episodios.
Y si por milagro ha resuelto todos esos problemas, más que resultado de su talento de escritor es conclusión de su amor. Tampoco, por igual razón, puedo
aceptar que el relato sea «conducido• por el autor, pues veo claramente que el
autor va conducido por el relato.
El genio de Baillon estriba en haber sabido alzarse sobre el plano mismo
del drama que cuenta y en no haberlo traicionado poniéndolo en frases y en
palabras. No es que revele un «conocimiento profundo de la naturaleza humana•, sino un respeto profundo y una perspicacia rara. Por eso Vildrac ha
podido escribir-y en esto comulgo completamente con él-que «Baillon no
nece5ita largos comentarios ni rodeos psicológicos para explicar la acción•, y
que todo su poder reside en la manera, tierna o maliciosa, que tiene de presentarla.
Evidentemente, una disciplina tal, si puede decirse así, lleva aparejada una
libertad absoluta, casi amenazadora, frente a las restricciones que la moral burguesa pretende oponer a la franqueza de algunos hombres. Y André Baillou,
que huye de la pornografía de las descripciones y de las anécdotas picantes,
no oculta nada de los sentimientos que animan a sus personajes y no mitiga
ninguna confesión. De esa manera refuta la moral corriente, como la vida la
refuta a cada momento.
Mi amigo Charl~s Vildrac parece preocuparse mucho por explicar esa iude•
pendencia y por excusar a Bail\00 ante los ojos de quienes pudieran escandalizarse, cubriendo todas las aventuras de María con el velo de la simplicidad y
de la verdad. Trae a cuento el dicho de San Pablo: «Todo es puro para los puros,, alegando así circunstancias atenuantes. Lo deploro. A la cabeza de un Ji.
bro tan exento de toda couvención, de un libro tan orgulloso, diría yo, y tau
humano, no habría debido rcs?onder siquiera al espanto de los beatos. ¿Por
ventura no tiene Baillon a la mano una respuesta, si algún día le reprochan
algo? Podrá decir: «Esa vida de María la habéis permitido y no permitís que se
cuente; es una consecuencia de vuestra hipocresía y de la organización de vues1i2

tra sociedad; la tenéis ante los ojos be1 me· a de s
padecimientos de ayer y la angusti~ del m~ñ
angre, con el t~multo de sus
saber nada de su apuro.•
ana, pero no queréis conocerla ni

..,

Por Jo demás, L'Histoire d'une Marie ni es
.. • .
no admite que alguno de los dos partidos socia':: :e{uis1tor~a ni un alegat~,
cho, empleando adrede el vocablo: es un relato sine a anex1o~e. Ya lo he dimedias palabras. María •recibe de la 'd I b
brumas, s10 choques, sin
vi ª o ueno y lo malo s·
t
má s que una planta bañada d
, 10 con raerse
.
e so1 o azotada por el granizo E f, li
ciada sin grandes gestos. Lo trá ic
· s e z o desgra1 .
robusta desarma un poco al dol!n~ no a disturba, y parece que su aceptación
Hallamos aquí la imparcialidad soberana
I dó O
grandes, que imprime su sello e t d
de todos los artistas
' ga ar
1
puesto a medias en el libro o º. o as as grandes obras. Baillon, que se ha
resentar
.
• m_e¡or, que está medio enterrado en él, sabe re~echos
su papel ¡uzgándose srn flaqueza y sin ilusiones y abdicando ante los
hombre~u:o:up:sedrae !la ~?1~ipotedncia del novelista para revisar el corazón de l
a og1ca y e la teoría.
Por eso, con J~' Histoire d'une 1 'arie lib
. 1 bl
acaba de colocarse entre los ,
d '
ro imp aca e y sombrío, Baillon
mas gran es Afirmo que no me e b d ·1 .
e o e i us1ones
y que no me intoxica el hecho de que e l .aut
mismo país p
or Y yo seamos electores en un
~~:: ::e;~:!~~: ;:n~:et::::~r::í:ª::1!!:::;~:~;:

::~::~:º; !:;;:~::aq~=

lect~::::• ade_más, que una edición española próxima permita a la masa de los
. . .
preciar la grandeza y el heroísmo de André Baill
1\1
¡u1c10 respecto del libro y de mi crítica.
on. e someto a su
Y, ~~r lo demás, ::.i tuviese yo algún miedo de engan·arme,
la host
Jd d d
la indiferencia y
i, i a
e la Bélgica literaria frente a esos libros y este autor ya serían
para m1 prenda segura de su genio.

PAUL COLIN

,.

�LA PLUMA
Catalá, implacable plasmador de La !ladre Ballena, no son ta l vez sino dispersos ecos de una misma voz, cuya versión circunstancial a la literatura se
traduce ea páginas universales inspiradas de un intenso sentimiento local.

• ••

C. R. C .

Luis Peruández Adarvín: El hij'o.-Ediciones de LA PLUMA.-Madrid,

LIBROS y REVISTAS

~

'J:;.

,· ~~,...
"'

L

M, dre Ballena -Traducc1'6 n del catalán por Rafael

Víctor
(?ataláE.dici!nes ~e LA PLoNA ..Madrid, 1921.
Marquma.-

se•
• ta y traductor verac1•s·imo de La Mad,·e
• .Bal1ena,
d e v•
El entusrnsta
pro1ogu1s
. . . las cualidades caractensttcas
icñala tan acertad~¡nente, a nue~tro JU~ct~hora publicamos en castella?o a ~oc_o
tor Catalá, culm1~a!"tes en el hbro q con referir al lector a esas páginas hm1de su primera ed1c16n catalana_, ~ue_ f mativa mejor que intentando a~untar
nares cumpliríamos n~estra m1s16n_ ~~ ~;te de Víctor Catalá ha salvado, mf~nninguna nueva exégesis. En ~fe cto. 1 f !taba en su amaneramiento anterior•
diéndole la dign~dad s~stanc1al qu~ ~mª leando el mismo vocablo de Rafael
el género rn1·al1st~, ,digámoslo as1, dor )a ingenuidad ñoña o la ~osquedad _qu~
Marquina. Ha sustituido el falso can . • en tantos escenarios prntorescos 1m1pretendía representarla fuerz~ cal?pesmilar que anima los verdaderos rl1 amas
tados del natural, con 1~ conc1enc1a popo son universales en su esencia? La enrurales. ¿Es que las pasiones hrm;né~ ~a astucia y el espectáculo de la muer~e.
vidia la tentación, el amor y e m er '
lo mismo en una que otra clase e
en fi~. que todo lo corona, s~_darán, pu~s,mbres se disputen la gloria del triunla socied--id, allí d?nde dos n1nos o do,s d ~ valor con que se revelan co_n u_na
fo •Lo mismo? Cierto que no. Y 3&lt;JUt ~
fatales irremediables, los mstmp;e~isi6n, una ~itide~, una cland~~i~~1~c~\empla ~n la vida ciudadana, pero
tos que la conv1venc1a encubre,
1 almas inequívocas de estos paycque estallan con realidad aterradora en as
ses de Víctor Catalá.
t mediterráneo) Aun a trueque de en·Cuánto no se ha hablado de u_n ar e d' ·os estos ·cuentos de la mejor notra; en e l número ~e sus. ~escubrid~;e;on'ª;~I dict?do ~ quien implícitamente
velista española-si es_hc1to J:t~d a toda veleidad feminista-, denotan , una
renuncia con tan varoml pseu m!11o . de su autor con los más preclar~s
vez más. el innegable parentesc? ht&lt;:rar1~11i Ver a, creador de una Caval~ena
cultivadores del gener_o ~n Italia. G:•ov~ de ta~tas Novel/e napolitane, V1ctor
rustjcana, Sah•atore D1 Gtacomo, anima or
184

1 2 .
9 1

Si tuviéramos que clasificar estrictamente la obra poética de Adarvín, de
que es excelente muestra la colección de cuentos reunidos ahor:i por nosotros,
antes que valernos de ninguna distinción crítica, en si. sentido, si no más profesional, histórico, de la palabra, prefe-riríamos rf'mitir nuestro juicio a fa vaga
acepción popular, seg6n la cual, romanticismo significa muchas e-osas discernidas en puridad por clásicas, que tienen un sentido difícil de esclarecer en la
brevl"dad de una nota marginal, pero que luego suscita en el lector de novelas
una disposición de ánimo adecuada a la que Adarvín prPcipita después con «El
Hijo», «Las Madres•, «El Místico hace vida nueva», cLa madamina y el caballero•, etc.
Así. pues, si el tondo, ya romántico de suyo, sobre que se destacan los protagonistas de sus cuentos, ciudades viejas, casonas 16.gubres, parques estilizados, evocaciones pictóricas del tiempo pasado. o contrastes morbosos de la feria ciudadana en su aspecto más de suburbio, favorece el interés legendario de
la narración, Adarvín se compl11ce en ahilar, e;ipiritualizar, consumir las figuras
por él creadas l"D la llama oropia de una pasión en que el poeta parece quem11rse con sus criaturas. De suerte &lt;JUe les presta una calidad íntima que su
ánimo comparte. mientras oue por engrandec1&gt;rlas más a nuestros ojos las diluye en una atmósfera C:e lejanía que las hace ca!'i impalpables y hasta descubre a veces, tan fuerte es el claro de luna teatral que las alumbra, el hilo de los
sueños en que divagan más &lt;Jue viven.
Poeta y dramaturgo, Adarvín cuentista no se sustrae, deliberadamente, a
esa confusión expresiva con que ganan nuestro interés las tribulaciones de
Don Fernando Alonso Montemayor, Marta y Sacramento, «don Jesó.s el romántico», Doña Teresina v su Abelardo, el mísero Tuan Martín, la avisadísima Marcela, cuya fábula tiñe ·de rosa las sombras del libro, la enamorada Gloria, Amparo e Ignacio. Y el exceso. el amaneramiento recalcado con gracia, la sintaxis
alambicada muestran una vez más la pref1&gt;rencia del autor por todos aquellos
recursos que desde t"I momento que a él le sirven para caracterizar los elementos de que se vale y conseguir la emoción con que el lector se entrega, los justifica y anlora. En esta serie primera de nuestras ediciones corresp6ndele a.
Adarvín digno lugar de romántico novecentista.

• • •

C. R. C.

A. Hernández Catá. - La voluntad de Dios. - Novelas. - Alejandro Pueyo,
Ed.-NCMXXI.

El uso de los prólogos en que el autor declara desde luego su inten ción al
escribir el libro a que anteceden, ahorra al crítico gran parte de su trabajo en185

�LA PLUMA

LA PLUMA

~..: l
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1

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,• ;u:~

.
• 1

,

caminado no tanto a juzgar de la bondad o demérito de i~s obras considerad~s
con riguroso criterio preceptivo, cuanto a il~strar su 7entido y preparar el ánimo clel lector no siempre benévolo, antes bie n, pr~d1spucst? por lo general a
· · más q~e la novedad el mismo deleite obtentdo anteriormente con otra
exigir,
'
·
· y 1a d'fi
l t
de su gusto. Esto explica
las modas hteran~s
11culta d con que
s:\~r;onen tantas obras maestras a _la estim_a~ión. pública, ganada luego p~ra
otras muchas harto mediocres, no bien la ongin~hdad de aquéllas se con~1e1 te
en el Juaar común asequible, en fuerza de repetido, a los le~tores más 1~ta~datarios: Atentos los escritores al logro de esa compe~etrac1ón con el publico, que constituye el éxito, especialmente de los ?ovehsta~, dr~ma~urgos Y en
eneral de los cultivadores de la literatura propiamente 1rnaginat1va, ?ue_le_o
fas más veces andar tanteando las preferencias de los lectores h~sta co1nc1_d1r
con' ese gusto a que ajustar el patrón idéntico para su producción suc~~1va.
Pocos son los que, como el Sr. Hernández Catá, busca_n al ~ar que 1~ satisfacción del vulgo anónimo, y por encima de ella, la satisfacción propia de vencer nueva dificultad, o cuando menos. la de proponérselo, en cada nueva novela publicada, en cada nueva comedia dada al teatro. .
..
En el prólogo de La volunta1_de Dios-.ci~ga fatal1dad-ma01f1esta claramente los motivos de su inspirac1on al escribir las tres novelas que com~onen
el volumen, unidas por un nudo gordiano, insoluble en tvdas tres: e! ?,dio. El
espectáculo de la guerra no ha sugerido al Sr. Her.~ández Catá la v1s1on apocalitica de los campos de batalla, ni _la contemplact&lt;:&gt;n en abstract&lt;;&gt; de la lucha
considerada a distancia, sin dolor; smo que ha suscitado en su ámmo la emoción, humana por excelencia, de la guerra desatad~ en el corazón de los hombres. Urdida \a intriga novelesca de las ~res ~ar:rac1on~s sobre un fondo carácterístico del ambiente atormentado de estos últi~os anos, más que_ a la anotación pintoresca atiende el novelista a la conciencia de sus person~¡es, subvertida O más bien suscitada en toda su perversa desnudez por el ahento devastador de la guerra.
'd'l'
De propósito ha evitado el Sr. Hernándcz Catá todo amoroso 1 1 10 que pudiera aliviar la hostilidad mutua con que se producen los hombres Y las ;:iu•
·eres creados por él del propio barro de que están hechos los de carne Y ue~o . Ha querido en esta ocasión más que distraer simplemente al le~tor, re?u•
ci~ a una conclusión pesimista su concepto d~ 1~. guerra,, º?tenido quizás
forzando un tanto el natural, mas nunca la veros1m1htud artishca, Y ~n todo
caso si excesivamente recargado de circunstancias agravantes, no sino por
mej¿r lograr la intención capital, la razón filos?fica que ~l autor se propu~t
Ni se crea por eso que olvidando los térmmos propios de la _novela, a
voluntad de Dios es otra cosa: El Sr. Hernández Catá se ha manten~do, no obstante el prejuicio inicial de la obra,_dentro de los límites del novelista. Lo que
constituye, sin duda, el mayor precio de su obra.
C. R. C.

Marcel Proust,-Por el camino de Swann.-Trad. de Pedro Salinas.-Calpe.
Madrid-Barcelona, 1920. Dos vols.
La concesión del premio Goncourt a una novela de Marce] Proust suscitó
antaño en París un pequeño escándalo de los muchos que, sin trascender gran
cosa de los círculos literarios, justifican la vitalidad de unas costumbres tan
ajenas a las nuestras, desentendidas en absoluto del comercio de las letras en
ese aspecto tan característico del arnbieute parisién. No es de creer, por lo tanto, que la traducción al español de Po,· el camino de Swann, con que se inicia la
serie en publicación, culminante en la laureada-A fombre des _jeune"s filles en
fteur-pueda influir perniciosamente sobre nuestra literatura en ciernes, con
el señuelo de la moda, falaz casi siempre, a que debe su boga la de Marce!
Proust. Só!o la avidez con que los lectores demandan novedadeg, que no bastan
a colmar sm duda los productores nacionales y los mejores extranjeros, explica la diligencia con que la editorial Calpe se ha apresurado a ofrecernos, en
una versión fidelísima, Por el camino de Swann, novela que no merecer'ía tampoco especial mención denigratoria, a no constituir, a nuestro entender, el tipo
de una manera de escribir y de concebir, si ya degenerada en el modelo, fácil
de imitar en sus peores defectos y deplorabilísima en sus com,ecuencias.
El narrador autobiógrafo de estas latas historias de Marce! Proust emplea
cerca de 400 páginas refiriendo al lector con psicológica perspicacia, no exenta
de atractivo e interés en muchas de ellas, las menudas incidencias cuyas relaciones más lejanas, y aun arbitrarias o superfluas las más veces, componen la
vida, según él mirjl atentamente en una dirección al salir de su casa-camino
de la del señor Swann- o en la dirección opuesta-por el lado de los Guermantes, nombres familiares a los cuales van adscritos los recuerdos que determinan en la imaginación del novelista los fondos inseparables de las personas
que en ellos se mueven con una fatalidad minuciosa, que no siempre se le
hace tan evidente al lector.
Literatura, en fin, ésta de Marce! Proust muy asequible a ese público pseudo-intelectual, más aficionado a comprobar la exquisitez de sus sentimientos y
opiniones en el cúmulo de nonadas en torno a las cuales busca el novelista
tres pies al gato, que a gustar la patética verdad de la obra de arte por excelencia. Literatura pseudo-lírica, pseudo-filosófico-humorista, pseudo-artística,
en fin, para esteticistas hechos de pronto.
La labor llevada a cabo por Pedro Salinas revela una depuración tan afinada, un dominio tal de los recursos del idioma a que traduce, una percepción
tan aguda de las sutilezas en que va, difícil cuanto trabajosamente, ensartada
la trama novelesca, toda interior y de diminuto mosaico. que ya se nos tarda
ver empleadas tales facultades poéticas en obra original, sin tacha de proustismo, valga por clzinerla literaria.

• **

C. R. C.

César Palcón.-Plantel de im,á/idos.-Novelas.-Editorial Pueyo. Madrid.

*. *

lt ► l.

18i

No falta quien, a cuenta de 11n hispanoamericanismo sin eficacia fuera de
las conmemoraciones oficiales de la independencia de las repúblicas transat•
18'7

�LA PLIJMA

'

LA PLUMA
lánticas, pretende negar una personalidad característica y perfectamente definida a la literatura americana. Ni quien ve en tal distinci6n neces~ria, más que
el reconocimiento de esa personalidad, una espi&gt;cie de colonismo. Ante un libr-o
como Plantel de inválidos, editado en España por un joven escritor peruano,
no podemos menos de afirmar de nuevo con gustó, nuestra preferencia por tal
literatura, que si busca la emoci6n universal, con la expresi6n de sentimientos
accesibles a toda clase de lectores. por muy lejos que vivan. e ignorantes, del
paisaje natural en que se inspira, no se oierde en mer¡¡s abstracciones sin evidencia, sino que adscrita a una realidad exótica para nuestra visión limitada,
busca no la relación pintoresca de ambientes desconocidos qne por sernos
ajenos susciten nuestra atención, mas la trascendencia puramente humana por
la que han de sernos simpáticos los per,onajes de ficci6n sacados de esa realidad. No hay, a la verdad. en ninguna de las cinco novelas que el Sr. Falc6n nos
ofrece en este volumen, ninguna intriga extraordinaria que suspendiéndonos
el juicio nos arrebate en alas de su fantasía, ni sentimos un estremecimiento
nuevo con su lectura. Es más, alguna de ellas: Mi hermana J(lcoba, por ejemplo,
nos recuerda con más precisión que las anteriores una emoci6n en cierto modo
semejante a la experimentada con otras lecturas, en este caso, Ali hermana Antonia. de Valle-lnclán. Nada, sin embargo, denota el plagio, tras de cuyo rastro
suelen andar tantos críticos afanosos de promover un escándalo fácil. Lo que
trae a nue5tra memoria el modelo citado no es tanto una semejanza ni coincidencia de trama novelesca, ni menos de escenario, como las afinidades nacidas
de una misma m,inera exaltadora de contemplar la vida. Referidos -los temas
sentimentales de que se nutren las fábulas de esta~ novelas a mo&lt;lalidades y
aspectos del Perú contemporáneo, el fanatismo ancestral, la inadaptación y el
fracaso de una juventud turbulenta, la envidia fraternal, el contraste grotesco
de la gloria pereced~ra y la mentira de una progenie falsa. adquieren una viveza. un dramatismo que la sobriedad, la violencia de un estilo rápido y crudo
nos presentan con relieve propio. Especialmente. «Sergio Toral• suscita un interés apasionado, de la misma calidad emotiva que Jo¡¡¡ cuentos rusos, cuya influencia se señala en todas las literaturas occidentales con un reverdecimiento
del ánimo angustioso palpitante en el romar.ticismo de un siglo ha.

*

* *

c. R. c.

Enrique Barbusse.-El Resplandor en el Abismo.-Traducci6n y estudio preliminar de Quintiliano Saldaña.-Rafael Caro Raggio, Editor. Madrid.
Con la novela de Barbusse Le feu, indecorosamente vertida al español con
el título de El.fuego en las trincheras, se inicia en la literatura francesa de la
guerra última la reacci6n en pro de la paz, basta 1917 oculta todavía bajo el
sentimiento patriótico de unos combatientes y la ilusión justiciera porque habían empuñado las armas los internacionalistas. El éxito enorme .d e Le /eu,
agmp6 f'n torno de su autor la protesta revolucionaria de los desengañados de
la victoria. La tevoluci6n rusa y la resistencia contra ella de la~ naciones vencedoras, acabó d e suscitar la adhesión sentimental a lós pi:oletarios !llOScovitas

,ss

de ':1u~hos intelectuales_, ávidos de h,allar en la conciencia popular un eco de
sus mt1~os afanes d~ libertad. Y as1 se constituy6 en París el grupo «Claridad,, Liga de S~ltdarzdad Intelectual para et lt'iunfo de la Causa Internacional
~n cuyo Comité central figura Blasco lbáñez en nombre de España-, subdiv1s1ble e_n tantas org,anizaciones nacio1iales como haga menester la propaganda
en los diferentes pa1ses, cm1 el lema general de cla Revolución en los espíritus,, fu_er~ de los cuadros polít, cos de los partidos socialistas, si bien &lt;lentro
del soc1alismo como doctrina, y de la Tercera Internacional como disciplina
inmediata.
·
.El Resplandor en el Abismo es un llamamiento a todos los hombres de buena
voluntad para edificar sobre las minas del mundo, cuyo fin tocamos, y asentado en la raz6n humana, el reino de la justicia social.
El Sr. Sald~ña ha traducido las cálidas páginas de Barbusse en un estilo vibrante, precediéndolas de un estudio esquemático sobre «La viua social en España,, hija, a su entender, en el dualismo que actualmente divide tanto al
mundo obrero_como al mundo intelectual, de la primitiva oposición histórica
entre celtas e iberos néI?adas y sedentarios, proletarios y burgueses.
.. •A??gadas ?ura-?te ~1glos-añade-bajo el peso dominador de la doble civihzac10n propietana, romaaogc-rrnana, Ja~remotas instituciones colectivistas
resurgen corno escritura primitiva del gran palimpsesto de la raza.&gt;
No:otros, que desde el primer momento nos adherimos al grupo cClarté•
de Pans, cua_ndo aún no estaba constituida la sección española, nos congratulamos muy smceramente de la revoluci6n operada en algunos espíritus, como
el Sr. Saldaña, adscritos pocos años hace a la ideología de la germanofilia española y del maurismo de cát~dra.
C.R:C.

***
Antonio Battistella.-La Republica di Venezia ne'suoi undid secolt di stor!·a.-Con prefazione di Antonio Fradeletto.-Venezia. Tip. Carlos Terran. XDCCCCXXI,
. Para celebrar la ~nauguraci6n del campanile de San Marcos resurgido de su
ruma, ~I 25 de abnl de 1912, tres importantes Asociaciones industriales de
Ve~ec1a, y en_ su _nombre un veneciano ilustre, Guiseppe Volpi, ofrecieron a
1~ ciudad l~ historia de sus fastos, qne hoy, redactada con noble entonaci6n y
digna sencillez al alcance, no ya del versado en estudios eruditos, mas del prof~no atento a toda obl'.a bella, nos ofrece el Municipio de Venecia, en espléndido v_olumen.
,
~~1!1gú!1 otro p~eblo, después del ro·mano, ha dejado tan profunda huella de
la ~1vtlizaci6n propia, memoria tan viva de su sabiduría política, ni ha contribuid? más a di~un_dir en los países adriáticos y en las playas todas de Levante,
las virtudes as1miladoras y educadoras de la gente latina&gt;, dice el historiador
de la República insigne.
. El _cual no ha querido tan sólo narrar con acento elegiaco las pasadas glonas, smo deducir de SIL virtud •l germe:i espiritual aportado a la consecuci6n
189

' ..

�LA PLUMA

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LA PLUMA

de la grao patria italiana. Muy acertadamente señala a este intento el prologuista la continuidad tradicional que significan en la participación de Italia en
la guerra los resultados obtenidos de acuerdo con las miras seculares de la
República &lt;le Venecia: dominación del Adriático, reducción de la política de
la Casa de Austria y afianzamiento en tierra firme de los confines orientales.
Política derivada de la fatalidad histórica, inspirada en el sentimiento verdaderamente artístico de los destinos propios, dictados a la conducta ejemplar
de un pueblo excelso por esa compenetración armónica del ideal y la realidad
de que clásicamente se sustenta a través de los tiempos la grandeza de Italia.
C. R. C.

L'Art Libre.-La revista bruselesa L'ArtJ~ibre, que dirige nuestro colaborador Paul Colin, viene publicando El 'Diaje a Pads, de René Schickelt&gt; (observaciones en el mundo intelectual y moral parisino después del armisticio).
El capítulo III, que aparece en el número de septiembre, está dedicado a León
Werth. Tras de describir, valiéndose de sus obras, el estado de espíritu con que
los radicales franceses vistieron el uniforme, y de -r ehacer la histori'i de la decepción de cuantos se acogieron al lema de la &lt;guerra co1üra la guerra, ' Schickele establece naturalmente un paralelo entre las conclusiones a que llega
Werth y las de H. Barbusse: «Leon Werth estaba ya harto adelantado en su
desarrollo intelectual y político; hubiera podido hallar el lado heroico del
heroísmo y de la sujección. Mientras que Barbusse, solamente en el
transcurso de la guerra descubrió el socialismo. Antes, no le había concedido
más importancia que la necesaria para hablar de él en un café del boulevard.
Werth, criado en el socialismo, llevaba, cuando fué a ser soldado, conocimientos políticos que Barbusse no empezó a asimilarse hasta después de la guerra.
Cuando Werth, desembarazado hacía tiempo del lastre de las teorías, abandonó
la camaradería con !a muchedumbre para lanzarse al terre no del anarquismo
individualista, Barbusse abordaba precisamente el pacifismo. Por la diferencia
de condiciones, lo que representaba para Werth el hundimiento de la democracia social, Barbusse lo consideraba como advenimiento del socialismo. Mientras Barbusse veía la quiebra de los burgueses de la Tercera República, Werth
afirmaba: «El hombre más simple y el más fuerte, proletario, el ser humano,
ha dado en quiebra, sin más ni más... &gt; Que la guerra nacional-añade Schickele-vaya seguida de la guerra de clases, que Trotzky reemplace a Joffre, la
guerra sigue siendo la misma, es decir, el suicidio de la masa. Lo mismo que no
hay guerra justa o injusta, guerra defensiva u ofensiva, tampoco hay guerra capitalista o socialista: no hay más que la guerra, una e indivisible... •
En el mismo número, una información sobre el Teatro en Rusia soviética, y
artículos y crónicas de Colin, Bazalgette, etc.

•

*

* *

Índice.-Hemos recibido el primer número de esta revista, muy bien presentada, que trae, entre otras firmas, las de Azorín, Juan Ramón Jiménez, Diez•
Canedo, Ortega, Reyes, Salazar... Nos felicitamos de la aparición del colega,
deseándole tantos aciertos y prosperidades como quisiéramos para nosotros.
190

* * *
Revistas.-,ldercure de fl
p ,
L p
..
naissance, París.-La Revue ~ª;E~ ansp- , e 1~;;-es c,vique, París.-La ConAtlunaeum Zara
R.
. roque, . ans.- iaa Nuestra, Buenos Aires.Cra_fouillot, Parí~~ªBetler.r:::::; i::;;cª"é¿tt!ª~a
J,~sé d e CosCta Rica. -Le
1
Aktion, Berlín -P,
M
. •
·
renezo1ana, aracas.-Die
bel Buenos A·.
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a ouvelle Revue franfa{se, París.-Índice, M~drid.
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TOMÁS MORALES
os conocimos hace doce o catorce años en aqu.ellas reuniones pintor~scas en casa del poeta yma~spesa, centro de tantos ocios juvenile~ de la que llaman vida literaria. Tomás Morales era fuerte, r~cio, Y aunque las proporciones de su figura y sus rasgos fiso. _
~óm1cos denotaban ese gigantismo larvado que suele caracterizar
al 1sleno canano, templábase su ·c ontinente de aquella expansión cordial q
con el sua;e ace_nto nativo le hacía tan simpático desde luego y tan amigo d~us~
P_ués. Hab1a venido a Madrid a estudiar Medicina. Una tarde nos sorprendió recitándonos unos versos:
« ••••••••••••••••••••• ' ••••••

Hombres de ojos azules y de fu~-r~~~ •tl¡á~i~~~
que arriban de países donde no luce el sol,
acaso de las nieblas de las islas británicas
o de las cenicientas radas de Nueva York.
• ••••••••••••.••••• ' • . •••••••••••••••••••• ,&gt;

�LA PLUMA
Erguido, la cabeza un poco echada hacia atrás, entornados los _ojos para co~centrar la memoria, arrastrando la cadencia en el eco de la propia V()Z, con virtuosismo teatral, se complacía en su canto y en el entusiasmo amistoso con ~ue
le escuchábamos los demás. Los Poemas del Amor, de la Gloria y del Ma1• d1éronle rápido nombre, y en su patria chica la popularidad, consagrada poco ha
en un bronce conmemorativo de su efigie.
No nos volvimos a ver. Retirado él a su tierra canaria, el azar me alejó de
Madrid cuando dos años hace volvió Tomás Morales con otro libro, Las ~o~as
de Hércules, donde ya se definen, maduras, las excelentes facultades del lineo
que vimos ndcer cantando al Atlántico. La pompa'. la so~~ridad, el gigantism~
poético cuya expresión le seducía como una necesidad f1s1ca, cobraban en su:,
versos una emoción cálida, unida siempre en mi recuerdo al de la voz con que
le oí recitar los primeros.
..
.
Cuando 00 hace mucho algunos amigos comunes me dieron las malas noticias de su enfermedad, que ya presagiaban la muerte que hoy nos lo arreba~a,
mi ánimo se resistía a creerlas, no ya por esa defensa inconsciente que la s10razón suele oponer a la fatalidad, más porque en mi me~oria Tom~s Morales
rebosaba esa salud de su poesía, aquella salud de su amistad efu~1va ~ue le
dictó en la muerte de Fernando Fortún, mi compañero, una canción tnste Y
serena, hija del mismo sentimiento puro con que abor~ me consuelo, eaco~endándolos a los dos a cuantos amigos guard&lt;!n de los d1as e11 que vagamos Juntos la misma emoción tierna.

C. RIVAS CHERIF

~

AÑO U.

'

MADRID, OCTUBRE 1921

1

NÚM. 17.

LA HIJA DE CAROLÍ

[I

fábrica del señor Bañolas era tenida por.la más importante
de la comarca. A la hora del cierre salía por sus puertas un
verdadero río _humano que se r~partía_ en arroyuelos y ca'
nales por caminos, prados y ata¡os hacia el pueblo vecino y
los quinteros derramados en las cercanías.
Distaba la fábrica siete minutos escasos del pueblo, del que puede decirse que era el principal nutricio, ya que se había apoderado de todos
los brazos útiles, para ganarse en ella el pan más asegurada y regaladamente que roturando la tierra; porque la agricultura, practicada como
en tiempo de los romanos y por labradores pobres y atrasados, era, aparte de la fábrica, el único elemento de vida de la comarca.
La fábrica mantenía a sus expensas, y para servicio de los obreros,
médico, farmacia (regentáda por un practicante competente), casino y
cooperativa abundosamente provista de toda suerte de artículos. A causa
de su mucha proximidad al pueblo, no se había hecho la fábrica núcleo
central de la colonia, y por ello todos sus empleados, a excepción del subdirector o capataz de cuadras y el portero, residían en el pueblo, y por
no preocupar ni arruinar al señor rector se tenía generalmente cerrada la
capilla aneja al caserón de los señores, y por no matar igualmente de
hambre a los maestros públicos, los Bañolas habían construido y regajado al Municipio escuelas de nueva planta y habían adjuntado a los ti13

A

1 93

...

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA
bruileur s. Son instrumentos de música absolutamente nuevos, con timbre nue vo
y timbre modificable a voluntad. Para tocarlos se mueve con la mano izquierda uua palanca que resbala por un plano donde están ind icadas las notas, mientras se da vueltas a una manivela con la mano derecha. Algunos bruiteurs, en
Jugar de manivela, tienen un botón eléctrico. He per feccionado y realizado 29
bruiteurs; 3 ululadores (bajo-medio-agudo); 3 gruñidores (ídem); 3 crepi tadores
(ídem); 3 chirriadores (ídem); 3 zumbadores (ídem); 3 bor botadores (ídem); 2 estalladores (bajo y medio); 4 graznadores (bajo-medio-agudo-sobre-agudo); 4 susurradores (ídem); un sibilador. &gt;
Bien. Se necesita una palabra castellana equivaknte a bruiteur. ¿Quién tiene
alguna que proponer ?

AÑO JI.

MADRID, A GOSTO 1921

***
Libros recib idos.-José-Fabio Garnier: A la sombra det Amo,·. San José •
de Costa Rica, 1921,-Ernesto Reoau: Páginas escogí.das; traducción de Cornelio Hispano; El Convivio, San José de Costa Rica, 1921.-Antooio Gallego y
Burin: Ganivet. Granada, 192 1.-Cartasde Bolíva,· (1823- 1824-1825) 1 cou notas
de R. Blanco Fombona. Editorial A mérica, Madrid, 1921.-Ramóo Gómez de
la Serna: El Doctor inverosímil, Publicaciones Atenea, Madrid, 1921.-Teixeira
d e Pascoaes: Tierra Proltibida; Francis Jammes; Del toque de alba al toque de
o,·ación. Madrid, Cal pe, Los Poetas.-Courteline: Los súiores chupatintas; Julio
Camba: La ,·ana viajera; Arnold-Bennet: El matador de Cinco Villas; Enten·ado
en vida; René Benjamín: Gaspar; Madrid. Cal pe, Los Humoristas.-J uan Giraudoux: La escuela de tos indiferentes; Annie Vivanti: Los devo.-adores; Enrique
Mann: Diana; Tomás Mano: La muerte en Venecia; Antón P. Chejov: Et Jardín
de tos cerez(&gt;s; Marcelo Proust: Por el camino de Swann; Madrid, Cal pe, Colección
Contemporáuea.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la Naturaleza; Lima, 1920; Madrigales; Lima, 1921.- A. Hernández Catá: La voluntad de Dios. Novela (Alej andro Pueyo, editor XCMXXI). -Enrique Barbusse: El resplandor en el abismo.
Traducción y estudio preliminar de Quintiliano Sald aña (Rafael Caro Raggio.
editor, Madrid).-Rafael Lozano: La alondra encandilada, 1916-1921. Prólogo de
Luis G. Urbina (Biblioteca Ariel, Madrid).-Federico G. Lorca: L ibro de Poemas (1 92 1, imprenta de Maroto, Madrid).
Revistas. - Mercure de h·ance, París. - Le P,·ogrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuest1·a, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le C1·apouillot, París.- Belles Lettr.s, París.-Cuttu,·a Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevideo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. ~ Poesía ed .irte, Ferrara.-España y América, Cádiz.-He1·mes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-9a fra, Amberes.-Página, Sevilla.Studium, Lima.
·

1

NÚM. 15.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIO L ERA

ESPERPENTO ~ SV A VTOR

DON RAM'ÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA U N DÉCIMA
f!OCHE ESTRELLADA. Fragancia serena. Un huerto ae n,iran;os y cla·veles, con el claro de luna sobre la tapia. Cantan los grillos
: s: apag~n las luces de algunas ventanas. :Juanito Pacheco, encaramaun arbol, acecha una ré_ja vecina, que, en las jirondas de t
huerto' p ermanece z•¡umznada.
.
Doña Loreta, con peinador lleno de l o ro
sale a la ·
l
,
azos,
_ re¡a, Y e galan saca la figura sobre la copa del árbol, neuro
0
Y torcido como un espanta-pájaros.
DOÑA LOJI ETA

¡Pachequín!

s

�LA PLUMA

/-

-

r

L A PLUMA

PACHEQUÍN

¡Prenda adorada!

DOÑA LORE'rA

Lleva una faca.

1

DOÑA LORETA_

Pues el sujeto que me
aceitar un pistolón.

PACHEQUÍN

¿Te llegó mi mensaje?

-----

) 0

l

ill

¡

PACHEQUÍN

,_

¡Qué c~mpromisol

•

- ¡Estoy volada! A mí poco me importa morir, pero me sobrecogepensar que- peligra la vida de un sujeto de las circunstancias de usted, Paehequín,
PACHEQUÍN

Así-habla el amor! Por lo demás, un- hombre es como otro, y
1
servidgrcito no le teme al teniente . ._,, ...__,.,

,....

DOÑA LORETA

mu:~~:~

· ,, • · " ,.. ,

1

"·

1

,

, , , ., PACHEQUÍN

digo yo 10 que

1 J\.·

LORET~

'· Morir, .~o me in;iport~..
"' '· ·

~

1lJ1o11,

1

DORA

DOÑA LORETA

),¡""U U

~visó''cte' andar con ,.cª\ tY1.~ ,,Y1 ~~ vtsto

~~ .diJ·~;o~

•

~n .'.~ie;ta,,~oasiófü

1
•

L~ ·v,ida-es:

D'o'Ñ'f ' í:.oRÉTÁ ·
Cuando hay felicidad, Pachequín. -", , ... ... ,., ...... ,. _., ..,.

r

PÁcHtQbiN
Tu felicidad es ser mi compañera. ., ...,. ~, .. "" ,. , ......... .,

PACHEQUÍN

¡Yo soy alicantino!
.._... . .
,11· ..
'

l

,. •
- - \.. - ::.. :...

iioNh -eRE!f'A

¡Ay Pachequín,. qué negra estrella! Si tomó una resolución dematarfios· llf cúníp1itá, ~ muyiemoscr. '-.../ · · •-• / ·
· '-.../ '--

1:

li,·,,¡
''.!i·.

PACHEQUÍN

Yo, donde le vea venir frente a mí,

•

le.madrugo':' -

n'ójNÁ \.,LoMTA
1

, ,, No püedo 'abanaoñar mí ooligaéi6ñ' dé éspo~á. 'y madre: , ,
·&gt;-• 1 u•

...,.,

J

J

1

,i1 l 1 , u

PAGHEQUÍN·

voci!!f quiere decir que al cb'nsidera:trtté -'celtr~p@drd'o"tne 'equi1

' d l . t , l ,.J

I

I

l

¡

DOÑA LORETA

,, .
...,,J
,•
Use
t d necesita una mujer sin córrípió;;{ls~s': '";. .,,..
..Ji...1~ ... J..1 1 ·

DOÑA LORETA

· - · · -·

f. l .J I ,l.t l

Y se pierdé ústed, Pachequín.
PACHE9UÍN,

PACHEQUÍN
• _•

. . , ••

J .

PACHEQUÍN

¡O de un tiro traidor.. .!
66

a

. 1 ) 1 U,,. 1

,.,,. \HJ

DOÑA LORETA

¡Mi honra nos separa(
- ..... J~,J

¡Mi destino es morir degollada!

¡

¡Loretita, todo nos une!

Nada me.importa, si salvo la vida de.1,Jna e~posa !Uártir.
DOÑA LORETA

.J ~

~-

...

. .. ,_ ... , ... .

' , , , , , , ,.,

, .... i

&gt;

&lt;,Y la vida?
D.OÑA LORE'.!A

·'-~1Prefrero•la--honfa•a--todo!-, .,,...

VI I

, " "•·"' '

;

�(

LA PLUMA

LA PLUMA
PACHEQUÍN

PACHEQUÍN

¡Muéstralo!

¡Mujer extraordinaria!

DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

.

Como debo de ser.
'

•

¿Y tú sabes a lo que te obligas? ¿Por ventura, lo sabes? 1·Una mu-

Jer es una carga muy grande!

PACHEQUÍN
l

Pero mi corazón enamorado no puede consenti_r que una_esposa
modelo sufra pena que no merece. Si ese honi15\félld%ili.énte· sé' sÁtisface con beberse mí sangre, mé avistaré1 con él. ¡Se la ofreceré en holocausto, a cambio de salvarte!

¡Una mujer, si media amor, es un peso muy dulce!
\

DOÑA LORETA

Luego sentirías el empalago.

DOÑA LORETA

¡Yo soy quien debe morir!

PACHEQUÍN

., ') 1

u1•r u'.)

PACHEQUÍN

¡Me calumnias!

PACHEQUÍN

DOÑA LORETA

Morir o matar, a mí me sale por nada.

¡Tu desvío sería para mí una puñalada traidora!

DOÑA LORETA

¿Y no vernos más? ¡Ay, Pache~uín esas no son palabras de un
hombre q1,1e ama!

PACHEQUÍN

Juan Pacheco, no da esas puñaladas.

PACHEQUÍN

DOÑA LORETA

Lo son de un hombre desesperado.

¿No tendrás ese descarte conmigo?
,/

DOÑA LORETA

¡Tirano, no me sobresaltes! ¿Qué pretendes?

PACHEQUÍN

l

'T

¡Pídeme el juramento q?e te satisfaga!

PACHEQUÍN

Que mires de salvar tu vida.
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

_¡Tir~no! ¡Manifiesta claramente el sacrificio que preten~es de esta
muJer ciega!
_

¡Dame tú el remedio!

PACHEQUÍN
PACHEQWN

¿Acaso no está manifiesto? ¡Pídele alas al amor! ¡Deja ese calabozo, deja esas tinieblas!

¡Que me sigas!
DOÑA LORETA

¡Nos veremos perseguidos!

DOÑA LORETA

Calla. ¿Qué hombre eres tú? ¡Si me amas, calla! ,¡l,fo me ofusquesl
¡Soy una débil mujer enamorada 1
68

69

�LA ' PLUMA

LA PLU'M-'A

PlC~QÚ.íN

1

1

. PACHEQUÍN

,,

¡Te conduciré al fin del .mundo! Lejos de aquí pasaremos por
casados.
. , ,,, r ,•,
t

t 1'. \

:.

.

¡Tormento!
DOÑA ' WRETA

t11

¡Tirano!

DONA LORETA
0

¡Tentador, mira mis lágrimas, ya que mirar i{o''sab~s e~ rili corazónl ¡Juan Pacheco, soy madre, no pretendas que abandone al ser
de mis entrañ3;5t , ,.,, , ,,
.,,.
,,., , , ,

i&gt;Ácm:Qútrt' ' '

Doña Loreta, suspira llei/ándiüe !lis manos a las, sien~s y , ef,galán
la abraza por el talle, bizcanPJ, ?'n. ojo s,qbre los perijólló:r déi peinador,
...,• ,,, , · .. , , .
por guipar en la vasta amplitud de los senqs.

Concédeme_ ~iquiera v~niruna -hora a mi casa. Cumple la promesa que me h1c1ste. ¡Lorebta, has l}:OC.eo~:füiq il fuego .de ,1,m.,volcán
en mi existencia!
¡La cabeza se me vuela!

DOÑA "CORETA

'

¡Si te sigo me pierdo para siempre!
t

¡No te retendré!'

1

••

t

,' , ' , ,PA~J:l;E9m~

,. ,,

.. '

DOÑA ,J.ORETA

Ni me harás tuya.

'

, PACHEQUÍN'

, '

DOÑA LORETA
PACHEQUÍN .,

¡Arrebato de sangre, confusión de nervios, Loretital
DOÑA LORETA

\

¡Tendré que sangrarme!

..

DOÑA LORETA

'

¡Ay, Pachequín, tú conseguirás p~rderm'el

,, "1 "1

'

J 1 ..,_

.

1'

'

••

~ ••

,.

'

,

,

,

• , . ~ACJ:IEQl!Í,N . , , . , ,

¡Vida mía, me entra un escalofrío de P.ensar _q ue t~ pinchen la
vena! ·· ·
·

PACHEQUÍN

'' ' ¡Ccmcédéme- rn·gracia que te pido! ..

DOÑA LORETA
1

'

••

'

DOflA . ,LOR~TA

¡Me pedirías la vida y no sabría negártela!
La tarasca se retira de la reja y sale al IJ,uer,o. Se,,anuncia sobre la
arena del sendero, con rumor de enaguas almidonadas. El galán, negro
y zancudo, salta del árbol a la tapia tunera, y de la tapia al kuer~.
Cae, abriendo las aspas de los brazos.
70

1

¡Casi no te veo!

..

'

'

,,

Por la fuerza no apetezco yo eosa,ninguna. ¡Recuerda mis procederes cuando te tuve en mis b~azq?! . Baja , al hu~rto, po1,1cédeme, al
menos, hablarte con las manos enlazadas.
'•

'""

1

¡Zaragatero!
PACHEQUÍN

¡Negrona!
pOÑA )',ORETA

¡Me pierdes!
PACHEQUÍN

..

¡Fea!
DOÑA LORETA

¡Déjeme usted, Pachequín!
71

�...
LA lLUMA

LA P L UMA
DOÑA LORETA

PACHEQUÍN

¡No puedo!
DOÑA LORETA

¡La niña se ha despertado y llora de miedo! ¿No la oyes, tirano?
¿No te conmueve?
PACHEQUÍN

¡Pero usted está siempre dispuesto!
PACHEQUÍN

¡Naturalmentel
DOÑA LORETA

¡Qué hombre!
PACHEQUÍN

¡El propio para tus fuegos!

¡Vida mía, temí una tragedia! ¡Ya estaba con el revólver en la
mano!
DOÑA LORETA

¡Tú me perderás!
PACHEQUÍN

¡Si me amas, sígueme!
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

¡Se engaña usted, Pachequín! Yo soy una mujer apática. Déjeme
usted seguir mi suerte. Somos en el querer muy opuestos.
PACHEQUÍN

•I

¡Calla... ! ¡Pasos en la casa y abrir y cerrar de puertas! ¡Estamos
perdidos!
ESPANTO Y ASPAVIENTOS: Se desprende del abrazo amoroso y pone atención a los ventalles del huerto. Pachequín, de reojo,
mide la tapia y tiende la oreja con el mismo gesto palpitante que Doña
Loreta.

¡Es fruto de tus entrañas y no puedo menos de _conmoverme!
DOÑA LORETA

¿Y quieres que por seguirte desgarre mi corazón de madre?
PACHEQUÍN

Loretita, no es caso de conflicto entre opuestos deberes. Este
nudo gordiano lo corto yo con mi navaja barbera. Tú me sigues y
ese ángel nos acompaña, Loreta. Ve a por tu hija. ¡Tendrá en mí un
padre, como si fuese huérfana!
DOÑA LORETA

Hombre funesto, ¿sabes a lo que te comprometes?
PACHEQUÍN

PACHEQUÍN

Me parece que ha sido un sobresalto inmotivado.

¡No me hables más! ¡Madre atormentada, ve a por tu hija!
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

¡Seré tu sierva!

¡Calla!
PACHEQUÍN

¡No oigo nada!
72

1

PACHEQUÍN

¡Me enciendes en una llama!
DOÑA LORETA

1

¿No te conmueve el Uanto de ese ángel?

PACHEQUÍN

¡Corre!
73

�l f

O

I

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'1

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1

LA PLUMA
1

',,nr•rVuetoif,, ,., (\" ' ,' .,·,r,

DONA' L6Íú!TA

1 ~".'"fl l l ( l ' )

' &lt;&gt;·,,\" ., ,,'11• •·,"'"•:.•"'' ,. . ,,

n,&gt;

r---·,., ,. . ,.

jAMONA, REPOLLUDf1.,·•Y " 6ACHONA, con mucho bullerótti'le--de 'las'fa'tdas,vtoda ,meneos;·se,aieJa ,ptJr,e,l,muk-ro muris;a:J; ·blanco
de luna y fragante de albahaca y claveles. Pachequín,fi~chado soórier,Ja
pata coja, negro y torcido, abre"las dspa's de los b,;a_zos, ha.fo el nq~turno
d ¡
, ·,')'- ·t"'\r• rt," ,·,
e uceros.
,11,. ,,,._11t•,, ,,
1 •

'",n''''"'',·"

f!.Jf• rt • P

I\N,

p• 1

DON FRIOLERA

, ,,.,

,,.,

1

¡Vengué mi honra! ¡Pelones!•¡.Villa de cabrones! ¡Un militar no es
un paisano! ¡Pin, pan, pun! ¡No me ti~bla a mí el pulso! ¡},lecha
justicia me presento a mi coroneü
"'' · "' · ., ' ,,. " ,,., ,., ' .
Dispara el pistolón, y con un grito· l9sfantoches lunsro.s,de la, tapÚ
se ®blan sobre el otro hue:r}q..,/J.o_ña,,,foreta reaparece, los pelos de
punta, los brazos levantados.

· :• ·

PACHEQUÍN

¡San Antonio, si no we' h~~,d~d~ '~'~posa como es debido, me das
una digna compañera.. .! Te'1o ··agrlidézcó'.'igctal,"füvimY A'.ntof)io, y
solamente te pido en esta ho.r~..&amp;aJµcky que no me falte trabajo. En
ad~lante tendré que mantener dos bocas más. ¡Son obligaciones de
casaoo!'"¡Mí'rá'rñé 'cóm'ó' 'tlíl' casadl:1, 'Divino• Antonio!•¡Me hago el 'cargo
de una familia a bandonada~ i~T.~?,erya gü vida de malos sucesos, donde se ci.ientan. los acaloramientos de un hombre bárbaro ...!

¡Pantera!
NU,EVAMENTE
SE ~DERRUMBA.
Algunas estrellas se escon~
1
, •" • ( \
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11'

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1

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I

,

I

l

\

~ asU¡Stadas. En su bufarda, como una lechuza, acecha Do'ña Tadea

ys,t alffa co,n ~na arenga 'embar~lidda'el Jantocn; ·d~' Otelo: .
'1, 1

.,,

,

·•··

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t' •••t,,

• '

DON FRIOLERA

CLARO MORISCO DE .LA ,LUNA, senderillo perfumado dt
~ verbena,J;en la .'!fl,O.'fi-(1; ~S??-'lf'*-1-. e1!. ,los br_azos., s?f~t:.~: ~1!,rg_e, ~C!,.,tc:,(asca.
·•Pa€hequm , abre . el compás. desigual ,de , l,q.s zanc(ZS. ;:, .4orr,e, f!- su.m·
'"cuentro.
PACHEQUÍN ' •

" ' . '') 11'1 • '" "' 1·,

,'' f

Yo te descargo del dulce peso.
.,,.,..,., "' DÓÑIÍ. " 10:RETA ,,''

¡Gracias!

·,a

Al CÁ'MBJO 'DE BRAZOS,
moña pon~ los gritos en·la luna.
El raptor, negro y torcido¡ esoala la tapia. Encaramado, alarga una
mano al urpentón de la tarasca. Don Friolera, dan® ·traspiés,irrumpt
en el huerto, los pantalones fotrosos, el ros sobre una oreja,, en la mano
.
)
un pistolón.

..

;

'

74

¡V~ngué mi honra! ¡Pelo~~s! ,¡.VÚl¡ de cabrones! LlJP JUiliqt.r no es
un paisano!
, , . ,. . , ...
f I

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o

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f

ESCE'N·A ·ÚL TIMA
,,

..

r,

, •

SALA ~AjA CON REjAS. Esfr,r[flt;-5 ~ /tf-n.co1 U,nr¡z_, ma1Jtpara
verde. Lega;os sobre la mesa, y sobre el sillón, con funda, el retrato del
Rey Niño. El Coronel, Don Pa'ndtó Léúnela, con las gafas de oro en la
punta de la nariz, llora enternecido leyendo elfo'lletín de ,La Época. La
Coronela, en corséy falda blfJerq,_,.,e,sclf-~1a la lectnra un poco -más consolada. Se abre la mampara. Aparece el Teniente. .Don. Fr.iole.ra, ,resuena un grito y se cubre el escote con las manos Doña Pepita la Coronela.
[

1 L, , ,., ,r ,.

t

..,

1

\,

• ,

75

�LA P'LUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA

EL COROnL

'

,ilnsolente!

.

No, mi coronel.
\J

EL CORONEL

DOÑA PEPITA

¿Qué permiso tiene usted?

¡Cierre usted los ojos, Don' Friolera!

1

,

DON FRIOLERA

EL CORONEL

No tengo permiso, mi coronel.

¡Cúbrete con el periódico, Pepita!

EL CORONEL

DON FRIOLERA

¡Pues a su puesto!

¡Hay sangre en mis manos!

DON FRIOLERA

Tengo, urgentemente, que hablar a vuecencia.

DOÑA PEPITA

¡Cierre usted los ojos, so pelma!

EL CORONEL

EL CORONEL APARTA el sillón, ;y sale al centro de la sala
luciendo las zapatillas de terciopelo, bordadas.por su señora. Abierto el
compás de las piernas, y un dedo alzado, se encara con Don Friolera.

¡Teniente Astete, vuelva usted a su puestó y solicite con arregló
a ordenanza! ¡Y espere usted un arresto]
DON FRIOLERA

¡Envíeme vuecencia a prisiones, mi coronel! ¡Vengo a entregarme! ¡La sangre del adulterio ha corrido a raudales! ¡Friolera! ¡Visto
el uniforme del Cuerpo de Carabineros!

EL CORONEL

¡Cuádrese usted!
DON FRIOLERA

2IJ

¡A la orden, mi coronel!

EL CORONEL

¡Que usted deshonra con el feo vicio de la borrachera!
EL CORONEL

)

DON FRIOLERA

¿Quién es usted?

¡Gotean sangre mis manos!

DON FRIOLERA

Te11iente Astete, mi &lt;;oronel.

El:. CORONEL

¡i\o la veo!
EL CORONEL

¿Con destino en la Ciudadela?
DON FRIOLERA

Así es, mi coronel.
EL CORONEL

¿Ha sido usted llamado?
76

DOÑ'A PEPITA

\

¡Es un hablar figurado, Pancho!
EJ CORONEL DIRIGE LOS 0'70S a la puerta de escb.pe,
CÚJnde se esconde la Coronela, que enseña un hombro desnudo, y encubre el resto del escote con La Época.
77

�LA PLUMA

LA .. PLUM A
~L CORONEL
• • , .. , .. . • , . 1 ... .

¡Retírate, Pepita!

¡Tu~~o!

DOí-tA PEPITA

¿A quién mató usted? ¡Dígalo usted de una vez, pelmazo!

•• ~-.

•

••••• ~ ' ••• '

DOÑA Pi;PlT.\ , ,. . . . . . , . , ,
•

DON.

· ·· ' · ' '

FRÍOLERA. .....,., .... . . .

•

\

J

l. . .. . . . . . . . .. '' "

¡Desde teniente a general, en todos los grados debe morir la esposa que falta a sus deberes!
·
·

DON FRIOLERA

.

¡Maté a mi señora, por adúltera!

l

,/

DOÑA PEPITA

¡Papanatas!

LA CORONELA

¡Qué horror! ¿No tenían ustedes hijos?

ARROYA EL PERIÓDICO AL ):ENTRO

DON' °FRÍOLÉRA
Una huérfana riós 'quéaá: Me 'la féprésénW ·a:ttora: abrazada· al cadáver, y el corazón me duele. ,EL padr.e, ya lo ve usted, camino de
pristoq!;l~. mil!~~s; la m_a~r_e, ~º:~l, con un~ ?ala en la sien.

:t;· ia ;al; ;

desaparece con un remangue, batiendo la púirta. El Coronet' tose, 'se cala
las gafas y abre el compás de sus e/ti.ne/as bordadas, •alzando·y · ria¡imdo
un ded&lt;i. El fantoche del teniente, rígido. y cuadrado, la mano en ·la visera del ros, parece atender con la nariz.
··~-

•

..

,,

~-.

•

••

•

••

•

• •

.,,

., . ~

#

••••

1 -

.t.

DOÑA •PEPITA •u .... ,
-EI.: ' CORONEL

¿Tú crees esa historia, Pancho?,. . ,

¡Qué barbatidad ·ha hecho-usted?,

•EL COR-0NEL ,

~

'Empieio a creerla.""" ·· · .,. ·

DON FRIOLERA

'·

¡Lavé mi honor!

..

.

)

..

... ·. ..

.,

~

EL CORONEL

¿No ves la ,Papalina que se'ga!:;1:a? · ·
••• ,,.,,~_,, t,.,__, ,

\.1..-,

,.,..

¿No son absurdos del vino?,. , , ,
11'\IJ

EL CORONEL

,., , . ,l , 1

,. ., '••- ooN' "'FRTOL'ERA ' ' ' , ...
j

DOÑA PEPITA

¡Pepita, te retiras o te recatas mejor con el periódico!- ' "' · ' ,
L

. •

U

DOÑA, p_¡¡&gt;JU_ ,

Si se ve algo, que lo lleven a la plaza.
J ~..

.. . '1i1ei1rat'er ., •·
78

o\\"" ...... ,

...,1 ...

EL CORONEL
4 )

l'I. l

'l' l

--~ •

•

•

•

.,

'¡

¿Está usted sin haberlo catadof .,., , .. w

1:1,,•. G(l, tGNEL

l , 1 . l S .J, 1

;._

EL CORONEL

¡Espera!

\'V

--~·--- , ... , .... .

¡No, mi coronel!

¡Retírate, Pepita?

JI

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1.11

'

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~ ... w • ......... ..... •

,
.v.·-- ... ,..y
Beb1, d espues,
para olvidar
vengo a entregárme'. ... ,,, .. ,., ·.
V

1 \J,.,-#.,ll~

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¡.~, V • , / __.. ,
DON FRIOLERA

.... '

J

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V

'

'

.

EL CORONEL

Teniente Astete, si su declaración es ~e;dad·, h~ ·p;-~~édido usted
como un caballero. Excuso decirle 'qtte· está interesado en salvarle el
hon~•del-Guer-po,,1Wmese.-usted ,ese.habano!
79

�LA . PLUMA

LA PLUMA

DOÍVA PEPITA IRRUMPE en la sala, sofocada, co~ abanico y
J . l azos . .J,
ce derrumba en la mecedora, enseñando una liga.
b.ata ue
DOÑA PEPITA

DON FRIOLERA

¡Me estoy muriendo! ¿Podría pasar al Hospital?
¡Puede usted hacerlo!

.. 1
¡Qué drama! ¡No mató a la mujer! ¡Mató a la h 1,1a.
EL CORONEL

DON FRIOLERA

¡A la orden, mi coronel!

¿Ha oído usted, desgraciado?
DON

EL CORONEL

EL CORONEL
FRIOLERA

¡Sepúltate, alma, en los Infiernos!
EL CORONEL

Indudablemente ha perdido la cabeza. Explícate tú, Pepita: ¿Quién
te ha contado ese drama?

¡El asistente!

DOÑA PEPITA
J

Pepita, que le sirvan un va&amp;o de agua.
DON

FRIOLERA

• 1
,
.
ue yo! ·Maté a m1• muJer.
¡Asesinos! ¡Cabrones!_ ¡Mas c~~1~~~!1aq usted ~ue también se la
Mate usted a la suya, m1 corone .
,
pega! ¡Pin, pan, pun!
DOÑA PEPI1A

¡Idiota!
EL CORONEL

·Teniente Astete, ha perdido usted la cabeza!

1

DOÑA PEPI').'A

¡Pancho, imponle un correctivo!

J

EP Í LO G·o

!·

(
l

•-&gt;

LA PLAZA DEL MERCADO, en una ciudad blanca, dando
vista a la costa de África. El ciego pregona romances en la esquina de
un colmado, y las rapadas cabezas de los presos asoman en las rejas de
la cárcel. El perrillo del ciego alza la pata al arrimo de una valla de-

corada con desgarrados carteles, postrer recuerdo de las ferias, cuando
vino a llevarse los cuartos la María Guerrero.-«El Gran Galeoto».«La Pasionaría».-«Maria,,;a».-«El Nudo Gordiano».-«La Desequilibrada&gt;,

EL CORONEL

·Pepi·ta, la vida de un hijo es algo serio!

1

ROMANCE DEL CIEGO

DOÑO PEPITA

¡Qué crimen horrendo!
EL CORONEL

Teniente Astete, pase usted arrestado al cuarto de Banderas.
So

En San Fernando del Cabo,
perla marina de España,
residía un oficial
con dos cruces pensionadas,
81

�LA PLUMA

\

LA PLUMA
recompensa a sus servicio:
en guarnición y en c~mpana.
Sin escuchar el conseJO
de amigos que le apreciaban,
casó con una coqueta,
piedra imán de su desgracia.
Al cabo de poco tiempo
-el pecado mal se_ guardaun anónimo le advierte
que su esposa le engañaba.
Aquel oficial valiente,
mirando en lenguas su fama,
rasga el papel con_las uñas
como una fiera enJaulada,
y echando chispas los ojos,
vesubios de sangre humana,
en la cintura se esconde
un revólver de diez balas.
Esperando la ocasión
a su esposa festejaba,
disimulando con ella
porque no se recelara.
Al cabo de pocos días
supo que se entrevistaba
en casa de una alcahueta
de solteras y casadas.
Allí dirige los pasos,
- la puerta encuentra cerrada,
salta las tapias del huerto
la vuelta dando a la casa,
y oye pronunciar su nombre
entre risas y soflamas.
Sofocando un ronco grito,
propia pantera de Arabia,
en astillas, de los gonces,
hace saltar la ventana.
¡Sagrada Virgen Ma1ía,

la voz tiembla en la garganta
al narrar el espantoso
desenlace de este drama!
Aquel oficial valiente,
su revólver de diez balas
'
dispara ciego de ira
creyendo lavar la mancha
de su honor. ¡Ay, no sospecha
que la sangre derramaba
de su hija Manolita,
pues la madre se acompaña
de la niña, por hacer
salida disimulada.
¡Y el cortejo la tenía
al resguardo de la capa!
Cuando el valiente r,ficial
reconoce su desgracia,
con los ayes de su pecho
estremece la Alpujarra.
A la mujer y al querido
los degüella con su hacha;
las cabezas ruedan juntas,
de los pelos las agana,
y con ellos se presenta
al general de la plaza.
Tiene pena capital
el adulterio en España,
y el general Polavieja,
con arreglo a la Ordenanza
el pecho le condecora .. '
con una cruz pe.nsionada.
En los campos de Melilla
hoy prosigue sus hazañas;
él sólo mató cien moros
en una campal batalla.
Le proclaman nuevo Prim
las kabilas africanas,

�LA PLUMA

LA PLUMA

ridícula esa literatura jactanciosa, como si hubiese pasado bajo los
bigotes del Káiser?

y el que fué Don Friolera
en lenguas de la canalla,
oye su nombre sonar
en las lenguas de la Fama.
El Rey le elige ayudante,
la Reina le da una banda,
la Infanta doña Isabel
un alfiler de corbata,
y dan a luz su retrato
las revistas ilustradas.

DON MANOLITO

Indudablemente, en la literatura aparecemÓs como unos bárbaros
sanguinarios. Luego se nos trata, y se ve que somos unos borregos.
DON ESTRAFALARIO

¡Qué lejos de este vil romancero aquel paso ingénuo que hemos
visto en la raya de Portugal! ¡Qué lejos aquel sentido malicioso y
popular! ¿Recuerda usted lo que entonces le dije? ,
DON MANOLITO

•

T

TRAS UNA REJA DE LA CÁRCEL están asomados Don
Manolito y Don Estrafalario. Huelga decir que son huéspedes _de _la trt•
na, por sospechosos de poner bombas, y de haber lzecko mal de OJO a U1I

¡Me dijo usted tantas cosas!

burro en la Alpujarra.

¡Sólo pueden regenerarnos los muñecos del compadre Fidel!

DON ESTRAFALARIO

DON MANOLITO

DON ESTRAFALARIO

Este es el contagio, el vil contagio, que baja de la literatura al
pueblo.

¡Con decoraciones de Orbaneja! ¡Ya me acue(do!
DON ESTRAFALARIO

DON MANOLITO

Don Manolito, gástese usted una perra y compre el romance del
ciego.

Será de la mala literatura, Don Estrafalario.

DON MANOLITO

DON ESTRAFALARIO

¿Para qué?

Toda la literatura es mala.

DON ESTRAFALARIO

¡Para quemarlo!

DON MANOLITO

No me opongo.
DON ESTRAFALARIO

¡Aún no hemos salido de los libros de Caballerías!

FIN DE «LOS CVERNOS DE DON FRIOLERA:.

DON MANOLITO
.

¿Cree usted que no ha servido de nada Don

º'

t ?
UIJO e.
..

DON ESTRAFALARIO

,

Íe parece a usted
Ni Don Quijote, m. las -guerras coloniales. ;No
'
84

�L A PL t; MA

MOTIVOS DE LA NOCHE
MOTIVOS NUEVOS
ESPEJO DEL ALBA

f :·.ca mañana de nieve
.
·
de la sierra
no se hará mediodía.
-¡&lt;9hl plenitud negadani adornarán los cetros del crepúsculo
sus sienes blancas.

Gué honda melancolía
sobre la luna verde
del mar de tu distancia.
'Gus manos
albatros de mi tarde
volaban a mis playas.
9/,quella soledad de tu sonrisa
era una rosa huér/ana
bajo el rocío del silencio.

6stáfija
sobre aquel ondulado cielo verde
de la montaña.
eomo un sudario inmenso
de azucenas informes.

. 9Ytis besos
-golondrinas azules en tu airebebieron en la herida de tus sienes
la miel de rosa de tu sangre.

!Día de luna
bajo todos los días de sol.
$rilla en el luto de las noches
como un alba caída
y perenne.

- 'Gernura de penumbras
cerca de tus amargos manantiales- .
61 mar estaba inmóvil,
herido por la barca de la tarde.

�LA PLUMA

AMANECER DE CARNE
Slmanece en tu carne.
fNo es la mañana ahora

-es tu mañana-.

,
1:a luna se disipa
volada de tu /rente
como un beso.
'Un oro nuevo
en tus violetas deshojadas.
-¿tl.uién iluminó tu noche
con lámparas del alba?'Viene el día de ti
con su brisa prendida a tus cabellos
-cogollo blando de trigales nuevosy toda 'Gú
te amaneces de pronto
hecha cielo.
.Eas últimas estrellas de tu noche
se apagan en tus manos.
9lletean las sombras postreras
en tus párpados
y las alondras de tu risa
cantan al sol
que nace entre tus labios.
ERNESTO LÓPEZ-PARRA

DISPARATES
EL HUNDIMIENTO DE LA LOSA

n

o pasaba todas las noches por encima de una losa de esas que
guardan unos registros subterráneos de la luz eléctrica, ael
gas o del agua.
Algunos días me decía: «¡Si al15una vez eso estuviese inseguro y diese la vuelta!» Y esos d1as bordeaba la losa, como
algunos días bajo de la acera y salgo en medio de la calle por no pasar
bajo los andamios.
Noche tras noche pasaba sobre la losa floja, que sonaba a plataforma
de trenes y me ofrecía para alguna vez la caída en su fondo. Por hacerme el valiente bien sabía yo lo que me iba a suceder, y cuando ya tenía
un pie puesto dentro de la orla de la lápida me decía: «Ya tengo queponer el otro, porque si ahora se hundiese, ya de todos modos perdería el
equilibrio y caería en el fondo del agujero.»
Así llegó la noche fatal, en que puse el pie en la losa y caí dentro de
ella en una profunda oscuridad.
¿Dónde había caído?
Había caido en la red del agua.
Salí del agua, y viendo una puerta que giraba sobre sus goznes,
entré por allí en la habitación de los cuentos de niños, en la verdadera
habitación famosa, y me paseé por todos los salones, teniendo mucha
d_esconfianza por la espalda, por si me hacían algo los gnomos y los espíntus del misterio.
Estuve sentado en el Salón subterráneo de los Campadarios, en el
~ómodo diván de la habitación azul. ..
89

88

�LA PLUMA

LA PLUMA

Después se~tí voces, gritos de «¡agárrese, agárr~se!»; y viendo cómo
llegaba a mí la escala de fémures para est~s ocasiones,_ la escalera, de
cuerda y pautas para _l_os rapto~, me aiarre a, el~a, pudiendo en m I el
instinto de conservacion al instinto de lo fant:1~t1co.
Así era el subterráneo de los cuento,s de nmos aq~ella noche en que
se me fué la losa de la calle, que_parec1a dar a un registro de luz, de gas
y de agua.

EL PÉSAME

LA CARTA COMPROMETEDORA
U no de los placeres mayores del rey'· más grande q!-1e el de reinar, ~s
el de abrir los bargueños, y los «secretaires~&gt;, y lo_s baules, y los armantos y mandar subir de los sótanos los lega1os arrinconados.
'Este rey disfrutaba de ese placer con más encanto porque era un rey
muy inteligente. Cuando desligaba el lazo de los brama~tes ~~ oro gu&lt;;
cerraban los paquetes d~ ca~as da_ba ?n suspiro de. sat1sfacc101:1. ¡&lt;.¿ue
interesante novela! La h1stona, mas viva que en los hbros, se le iba apareciendo ingenua, como una novia que se ha carteado mucho con su
t
novio.
.
.
ó l
Este rey buscó en los más perdidos rincones y e~contr . os secre os
indecibles. Eso le enseñó, entre otras cosas, a repetir las mismas aventuras y a encontrar en el palacio las hu~llas d~ sus antepasados.
Las tardes del otoño eran las que mas dedicaba a aquella tarea ..
Una de esas tardes de otoño en que en el ocaso 1;arece que ~s!a la
regia majestad bajo palio de brocado de oro, encontro la carta mas 10esperada y más comprometedora.
.
Él no era hijo de su padre. Aquella era la carta en que quedaba evidente su ilegitimidad.
El rey la partió en pedacitos peq1;1eños dur.a nte do~ horas lar$as,
quebrándose algunas uñas en el traba10 , Despue~ que_mo los pedac1_t?s
e ueños y con las cenizas de la ca~ en el bol~1llo hizo una ~xcu~s10~
~s palacios, esparcidos por la nac10n, y _asomandose al balcon pnnc1pal de cada palacio arrojó un poco de cenizas. .
..
.
Cuando el último poquitín fué lanzado al viento volv10 al palacio de

f

la corte.
Tranquilo, y creyendo haber evapor~d o la I·dea d 7su I·1eg1·t·im1'dad ,. la_
rebelión ganó su reino, una voraz rebelión que broto en aquellas regio
nes en que él había aventado su carta. .
.
Como un rey ilegítimo tuvo que hmr y emigrar.
90

Erítram_os en la casa del viu~o mirán~?nos la corbata por si aun era
negra, temiendo que se nos hubiera destemdo o se nos hubiera olvidado
La antesala est:1ba más oscura ~on t;l luto, y el espejo resultaba un~
esq1:1ela de defunción. Ya no estar1a allt desde luego la que se había ido,
y, sin embargo, estaba en sus cuadros, en sus tapetitos en su loro en
todo.
'
'
-El señor está en el ~es_pacho-nos dijo la muchacha.
Entramos; estaba escnb1endo. Parecía estar componiendo la elegía a
la muerta.
-Si le interrumpo, me voy-le dije.
-;-No. Estaba contestando a un pésame. Habré escrito más de mil
y, sm embargo, eso me resulta muy difícil.
'
Sobre la mesita de en medio de la habitación tenia su sombrero de
copa,. !odo cubierto por el crespón. Parecía un tarjetero.
Dio la luz, y al verle no tuve más remedio que reírme.
-¡qon que tan desoladol-le dije sonriendo.
-S1, tan desolado.
, Nu~as visitas fueron entrando, y todas se sonreían al darle el
pesame.
Y es que estaba graciosisimo con el tipo que le había salido de viudo.
El cuello se l; quedaba muy alto, como ahooándole en medio de la
negrura. Tema guantes. Quería que le viése~os su disfraz de viudo.
Sacaba de v~~ en cuando un pañuelo negro para limpiarse los bigotes;
sacaba tamb1en muy a menudo un reloj para que viesemos que estaba
empavonado en negro.
Por todos co~rió una sonrisa con aquel pésame, el pésame de la broma y de la alegna.

LA ESTUCADA
En.una cama del hospital de las estucadas, que sólo existe en París,
se paso Genoveva la temporada obligada. Salió desconocida más hermosa .Y más hipócrita que nunca.
'
·
Mi_ró al mundo al salir como la que va a apoderarse de él de nuevo.
Parec1a amenazarle con el gesto que hizo con su mano .
. . Otra v~z se encontró su primer enamorado con la mujer que conoc10 en su ¡uventud, y rodó a sus pies como habiendo recibido un mazazo
~n la nuca .. Despertó en sus brazos mecido por un sueño mucho más
Joven _que el.
- Enrique-le decía ella-, soy la misma, que vuelve a quererte.
9'1

�LA PLUMA
LA PLUMA
Enrique, ya encanecido, aunque era mucho másJ·oven que ella cuando la conoció, ahora resultaba más viejo. Esa para ojale sorbía el seso.
Su fortuna la puso a nombre de ella para arrancársela a sus herederos
legítimos.
La estucada asistía con él a los palcos desde los que se mira a la sala
como si se mirase al fondo de un estanque en que se ahogan los de las
butacas. Los brillantes lucían con más fuerza sobre su descote palidísimo; pero su sonrisa era la que no luda ya. En la tirantez de su rostro
Enrique notaba esa extraña seriedad que no perturbaba ningún espectáculo por gracioso que fuese. Un poco comenzó a sospechar el antiguo
enamorado, chalado al presente de nuevo, qué pudiese ser aquel gesto
lleno de tirantez, y en la noche se acercó a él como si lo estudiase al
microscopio.
Notó que tenía la inflexibilidad de los rostros desmayados, en los
que atiranta la piel y la frente se estira como parche de tambor, pegada
a1 cráneo, redonda y hacia atrás como nunca 1o estuvo.
No podía sospechar lo que había hecho aquella mujer; pero un día
de gran crueldad, en que ella le recriminaba, la cogió, y llamándola mentirosa, la arrancó la careta del estuco.
La escena fué de un trágico sin precedente, de un trágico superior al
del mismo teatro griego.
La pobre mujer, orgullosa y cruel con careta, sin ella se encontró
horripilada, como si se desconociese y se supusiese, como si frente a ella
se abriese un espe;o clarividente.
.
Nunca se ha visto un gesto tan desesperado. El huyó y dejó caer al
suelo la careta de estuco, que se partió en pedazos.

AL SALIR DEL BANQUETE

►

1

,.

,

Los banquetes al medio día dejan una tarde inutilizada, destartalada, en la que no se sabe qué hacer.
No había tenido más remedio que ir a aquel homenaje; había estado
bien, pero qué tontísima era la tarde, a la que había i~o a parar más
vestido y retocado que de costumbre, con la sangre mas mezclada de
vino que las demás tardes ...
Siempre recordaba est?S días de ~anquete por la tarde como gra,n_des
jueves de colegial mayorcito, pero aun con algo de pavo en su espmtu.
Por lo menos me aparto de los amigos después de esos banquetes,
porque con amigos, encima, resulta mucho más desacertada y llena de
despropósitos.
92

Y~ solo _emprendo cualquier camino, y voy de nuevo acordándome
conmigo mismo. Otra vez a afinar el espíritu desafinado
me
. _E~ta tarde me sentí muy otro que otras tardes de b~nquete
dmg1 a _la calle de lo~ escapa~ates, cuando yo generalmente tirab~ hacia
los ¡ardu~es par~ sa~1arme mirando las hojas de los falsos plátanos y de
los castanos de md1as.
. Miré despectivamente un escaparate de antigüedades y me sorprendió pensar una cosa tan estúpida como que eran un asco las antigüedades.
Segu( la calle Y. me paré con obstinación ante un escaparate de objetos de E1bar. ¡Que raro que yo admire tanto los objetos de Eibarl ·Es
&lt;.
que estaré borracho?
No, ~orracho no estaba. Veía con ciaridad la luz y las gentes y la
perspectiva de la calle.
-Es usted monísima ... , pero que monísima-dije de pronto a una
muchacha ?e ~as _que son e.orno todas las muchachas, y por las que
nunca s~nt1 curiosidad. ¡Que raro ese piropo estúpido en mí!
_Sesm andando y me paré con arrobo ante un escaparate de flores
art1fi c1ales ...
. -¡C~m? i11;\tan la Naturaleza ~stos _artistas! ¡A lo que han llegado
) ª. en la 1~1tac10n de la rosal ¡Que bonitas hanan esas flores encima de
m1 mesa ....
Como si Y&lt;: mismo me hu~iese dado un tirón del brazo, llegándome
a hacerme dano con un pellizco, así me arranqué a ese escaparate
¿Pero es que me he vuelto idiota?
·
Seguí mi camino. Intentaba mi pensamiento al mirar las nubes,
hacer una poesía:
'
. ~as nubes, con su gran fantasía,
1m1tan el dragón y el cocodrilo.

Yo quería borrar en mi pensamiento ese anodino deseo de hacer
unos versos sobre las formas que toman las nubes.
-¡~ero a_ estas alturas con esol-me decía yo, queriéndome avergonzar y d1suad1r.
-¡Qué imaginación teng~ y_o esta tardel-volvía a pensar después de
u~~ pausa-, Tengo que escnb1r una novela en la que intervendrá una
mna provinciana y el diablo ...
. -¡Pero Ramónl-me volví a reprender a mi mismo sintiendo una
n~u5t:~-- ¿Será el nervio_gástrico que se me ha irritado rone en comumcac1on exalta~~ con m1 cabeza la mezquina inspiracion del vientre
abyecto?-me d1¡e

y

93

�LA PLUMA

LA PLUMA

,,

Otra vez hice una pausa en mis pensamientos chabacanos y tópicos,
entreteniéndome en mirar los tejados.
Mirando a lo alto vi a una joven asomada, y en seguida me puse a
pasear la calle.
Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo me di un empujón
para que continuase el camino.
¡Pero yo convertido en ese hombre tan obcecado, de cabeza de hierro, que es el que pasea cualquier calle a cualquier muchacha! ¡Yo a esta
hora en la calle más concurrida, paseando como un silbante a una muchacha desconocida!
Seguí mi camino y me paré ante una librería. Allí mi imaginación se
puso a descansar en los libros de los otros.
-¡Qué bien escribe ese novelista mundano y exquisito, siempre con
su bastón de nácar!
-¡Qué bellos versos los de ese poeta de la academia!
La bandera arrebolada.

'

'

esta. ese ....1
Ya no pude más, y no me dejé concluir el pensamiento. Empujé yo
mismo la cabeza contra el cristal del escaparate, queriendo romperme
la cabeza ...
jMiserable de mí! ¡Traidor de mí mismo! Me era odioso por haber
podido incurrir en esas admiraciones .. .
Pero ¿estaré malo? ¿Qué pasaba en mí? No sentía el dolor de cabeza
pertinaz de las indigestiones, pero entré en la farmacia a comprar un
«sello de aspirina» y me metí en un café a tomar un te y a echar la cabeza hacia atrás en el diván y adormecer mi pensamiento de un cerebro defraudador ...
Busqué una rinconada de los divanes y, quitándome el sombrero,
me eche como en un rincón del tren al que se ha llegado rendido creyendo que se llegaba tarde.
Inmediatamente me sentí aliviado, y no por el reposo,• sino porque
mi cabeza se había refrescado nada más quitarme el sombrero.
Y al pensar en el sombrero con cierta rabia Jo miré, y al mirarlo noté
que ... no era el mío.
Lo volví y me asomé a sus adentros buscando sus iniciales.
Ya estaba explicado todo ...
No había mas que ver de quien era.
Bastaría transcribir las iniciales para que todo el mundo lo comprendiese, pero soy generoso y me las callo; aun sería lo bastante valiente
para decirlas.
-1·Qu éb.1en

94

Ese había sido todo el trastrueque d
. .d
de la tarde, y por eso había sido grot e mis i eas durante todo mi paseo
~re tod?, ~abía admirado frente al:~~~• atrabuncad~, ch~bacano y,
d tª~ate_ de la hbrena a las glonas academ1cas convencionales lle
Aunque me consf
ald°' ~as e at1gu11los ...
ipase s na sm sombrero, como higienista recalcitrante.
otr!sta misma noche se lo devolveré. ¡Lo que puede el sombrero de

LA LEY DE HERENCIA
Todos estaban preocupados con la d .. ,
dientes ~os que tenia que echar!
ent1c1on del niño. ¡Eran tantos
Hab1an comprado el mejor libro sobre 1 d ..
dad? turulatos. «¡No es posible que un . _a en~1c1ón, y se ~abían quede_c1an unos a otros, como si ellos . mno ec e ~otos dientes!», se
m1Smo tra~ce.
mismos no hubiesen pasqdo por el
-A mt es a quien más me han
t d 1
.
son~endo y enseñando su dentadu~~s/ o osl dientes-decía el padre
vanidad y que enseñaba en los
e oro, a ~entadura que era su
hasta en los dramas para que se lteat_ros con terrible descaro, riéndose
M.
a viesen.
- 1re usted, señora-decía su
d
dola el libro recién traducido señalma /e j cada nueva visita, enseñánLa _dentición del niño se 'resent:~ o _e esquema ~e la dentición.
anunciara una tormenta treJenda en :Íf:ble, calent~~1enta, como si se
los dolores su madre le frota las
,
o~do del n100. Para aminorar
mezcla de miel y cloruro de sodi~nNas/ºsJara~e de azafrán y con una
mendamente al niño las encías . a a. e ye1a que le dolia tan treria la tierra si le doliese un anfi(euatresólo podna compararse al que sufríAl t
d' d
o romano
d
ercer ta e un llanto interminabl sa1·ó l
!cntes, y cual no sería la sorpresa de toJ i adprime~~ punta de los
os cuan o se vio que era ¡un
dtente de oro!
~ llamó al dentista, que se qu dó
-d110-' hay que esperar».
e asombrado, y «por de pronto,
,Al poco tiempo le había salido d
estan lo bastante aclimatados en lato_ a una dentadura de oro, pues ya
que la ley de herencia ha podido v1a, _lo bastai:ite inducidos en ella,
-Enseña tus dientes Juanito pro ~cirse también en eso.
sus dientes de oro, de u~ oro juvenfiec1a sd ~arre, y Juanito enseñaba
-¡Es prodioioso es p d" . 1 :Ju~ a a uz a su boca.
los otros niños~ mu~rtos
e1g~?Jfa-:- ec1an los papás y las mamás de

d~

RAMÓN GOMEZ DE LA SERNA
95

�LA PLUMA

GRILLOS

MUESTRARIO DECADENTE
LA CASA
- me entretenía muchas veces en construirme una
pequeno,
casa.
, ul
a con mesas adosa•
Ya, con sillas ordenad~s en~1rconfJ¿d~me en medio, ~on
das una a otra, en. c~a ro. idiraba el exterior. Si en el 1armis juguetes y u_na s~hta, co~s
hormi as entre las flandín, me complacía e~ seguir e\1~? ten;0~~;~obre ef rosal. El so tan
tas y las flores, en tierra, y e e ~s
re aro de plantas o de ramas
grande se me aparecía, quebcons~u1:3-uun: hlrmiga, saliéndose de la ~la
para gozar tan solo el rever ero.
~1
s al unto la buscaba rab~olaboriosa, se adentr:3-ba_POr enre d~\~!ctel'fa Jmbién la hoja ~epud1aso, y la cazaba. y s1_ cata 1;1n_a or l dad Hasta que jugando y ¡ugando
ba obstinado en m1 dominio Y. so e d d dentro· «¡A casal~
caía la tarde, y mi madre me gntaba es eas abiertas bocas de las adelCaían las últimas gotas de sol _sobreu~ alimentasen los tallos y por
fas que se encendían como lucecitas q ombras hacíanse la cama bajo
ell~s el tronco y las raíces ocul~s. y las ban la casita en estrecha osculas plantas,· resbalaban hasta mi_, edcer~:dida la casita y que las sombras
ridad. Entonces, yo !l?raba, ,\vien dintro de la casa grande, desde don.
me perseguían tambien a m1 asta onótona, huía.
de mi madre me llamaba con voz m zas ara volver sobre mis_ paso~
Pero a veces, recuerdo, tuve fuer b plas ajuclas y las ho¡as ch1mientras un grillo se arrastraba J?Or so :e se~arar una mesa de otra,
rriando, y haciéndome ~udaz de i:ft}~~~s en tensión , par~ que descon las manos, con los pies, todasd
l s sombras y a los grillos de la
pedazada la casita no quedase na a a a
noche.
E

"

.

96

Los grillos saltaban y chirriaban; al principio, con la incertidumbre
de las gar15antas poco_avezadas, o_ roncas por un día de sueño; luego con
la cadeneta leve y delicada de quien, estupefacto, vuelve a abrir los ojos
a la vida.
Caía ~a no~he_ como si no tocas~ la tierra; y con todo, algún árbol, ya
adormecido, sintiéndola llegar, repicaba un alarma, y las vides emitían
un murmullo ronco, abandonándose como perdidas sobre las estacas
que las sostenían; y las hierbas un susurro; y las pajas, por el agujerito
capilar del tallo córtado, un lamento. Descendía la noche de lo alto de
la colina, acariciando las plantas, rozando barbechos desnudos y terreno
cultivado; tranquila y lene al incidir, mas decidida al dominio. Dóciles,
sus esclavas las sombras, se apoderaban poco a poco de los espacios circunstantes, siguiéndola en zig-za&amp; por el camino largo y tortuoso a través de la tierra. La voz de los grillos subía a 1a sazón menos füscorde; y
cuanto más vencía la noche las luces, más se comprendía la necesidad
en las gargantas jocundas de robustecer aquel canto, de calentarlo.
Hasta que al resplandecer las estrellas en lo alto, aquel tembloroso y
anheloso canto, se hizo triunfal, se trocó en coro, y murió la luz.

CAÍDAS
El sol, esta tarde, se abisma en el mar con trabajo. Grandes heridas
purpúreas en el cielo, pingüe de nubes, mientras el mar se encrespa de
chispas azafranadas, como cristal al que le brote en la superficie una
llama. Las nubes parecen contentas al sentirse hendidas por aquella luz
viva, que guiña, se retrae y vuelve, cada vez más ebria y desesperada. El
campo, que se separa de Ancona y sube despacito las colinas, se oscurece, como si le cayese de lo alto una capa enorme de plomo o de cobre,
y destila un verde duro, sin trémolos o esfumaturas. Se siente, allí donde alcanza la vi""' ., el enganche de las cosas a la tierra; no ya presión de
un color sobre ,tro; no ya empastes mórbidos y tenues, no ya afinidades, sino un todo sólido y áspero, que no tiembla, no se estremece, casi
sereno.
Desaparecido el sol, las nubes se persiguen a guisa de ondas, a las
que empuja el viento tenaz que conduce el reflujo. Carrera tranquila al
principio, luego casi fuga.
Después, un último guiño, y el sol desaparece. Rojas e hinchadas todavía, las nubes que quedan a flor de cielo sudan color, y poco a poco,
desbandándose, se encenizan.
7

"

�LA PLUMA

LA PLUMA
Mañana el alba las encontrará en su umbral deshechas y empobrecidas; y habrá de tocarlas varias veces antes de que resurjan de la repentina vejez que las ha consumido.
EL EMBERIZO
Al comenzar la siega del trébol, el emberizo se ponía nervioso. Al
alba se posaba en los álamos que elevaban una barrera en torno a nuestra casa de campo, y se asomaba de pronto, sembrando el aire de gritos
y sorpresas. Estaba en lo alto del cielo pocos minutos hacía, ¡y todas las
mañanas aquel juego de temblar pávido entre las ramas y asomar de repente! Como si quisiera dar miedo.
¡Y el emberizo ríe que te reirás tras de los setos que cercaban la casa
de campo! Pero aquella risa ahilábasele en primavera. Se le sentía andar
por entre las hierbas y moverlas allá abajo, en las lindes, donde la guadaña no inquietaba el aire con su rumor ni el hombre lo absorbía en el
respiro. Haf&gt;ía desaparecido aquella su viveza de febrero y marzo, que le
hacía reírsele la garganta de delicia a los primeros lengüetazos del sol
que lamían las plantas en sopor, que le arrastraba a vue1os caprichosos
y fulminantes, sin meta. El campesino había mandado a extenuarse
en el verde intenso del trébol el rosa de una falda mujeril; ¡y hubiera
sido una bella vista la de aquellos colores que se besaban, si no hubiese
resplandecido al sol la guadaña y empezado a segar resuelta!
¡Qué gritos los del emberizo a tal rumor! De ave herida o envenenada que no sabe qué camino emprender para desanidar los huevos; y ya
entrevé en el prado, ayer no mas pingüe de color, el pálido y lánguido
abandono
del heno.
Descubríase
algún nido, que el emberizo defendía hasta lo último,
enhiesto en el borde, agitando las alas, y que abandonaba desesperado y
chillón no bien perdía la esperanza de que aquel verde resurgiese ópimo.
El campesino no tocaba aquellos nidos.
Allí quedaban, entre las hierbas que seguían en pie levemente inclinadas, como quien espera un nuevo golpe y está convencido de que no
se salvará; pero alejado que se había fa guadaña, el emberizo no volvía.
Continuaba con su griterío, que se hacía cada vez más ronco; y el piqui•
llo se le hinchaba, palpitábal.e la lengua, las plumas de las alas y del
cuerpo se le erizaban como dispuestas a herir. 1ncluso torcidos los ojos
por encima del encorvado pico, revelando una repentina capacidad de
odio casi humana.
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resistido en ocasiones· pero el suf . .
ción de este o aquel placer fué ~f!ll~nto en que me tuvo a veces la privaOt!'35 veces al gozarlos. Es :nen as intenso asaz de la que experimenté
m1entos d~l bien, y responder afte{¡! ve_ces no dar escucha;a los llamaotros. Decir a la conciencia· «Eito er imp~lso que se despierta en nosnuestra vida, ya de por sí h~rto fla¿ a tus pies, te obedcz.:o» y quitar a
za. Ofonerse, y abatir cuando al
y apag:i,da, _gran parte de su belleque e espíritu impro~isa en su i~na voz mtenor lo exija, las barreras
~onde está lo justo; y nosotros e ensa. ~ luz del contraste mostrará
siempre con las mismas normasno bo~ s{nt1r_emos o_bligados a proceder
res. Hay horas en la vida huma y ªlº a egida de innumerables debegación, a lo contrario. Parecen h~r2~e conducen sensiblemente a la nea punto de detener nuestra precip'ta -~e locura; con todo, llegan quizá
o de mediocridad; y traen consi ~ ~n en un a i~mo: de buen sentido
somn~lenc1a y emperezamiento
que preceden a una comprensió g
n mayor y meior de nosotros mismos. ,

b

MARIO PUCCINI

LOS EXCESOS

Yo me abandono, en ciertos momentos, a excesos que, sin CID·
bargo, siento que repugnan a alguna parte de mi ser. Recuerdo haber
99
'

'

98

�LA PLUMA

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me asegura que se puede decir vieja tierra· a í
.
ra mido la insospechada hondura d
. • 1 m me sonaba a galicismo). Aho•&amp;uién iba a pensar-di¡'e-qu
le mis pa abras ante el cenotafio de Chapí·
. .
.
.
e a maestro no le se , d d
na ª o asistir a la inaugurac1ón de su tumba?, Me aterra d' .
· f
a 1vmar que est
de la mía. ¿No es doloroso ver có
.
oy as1s tendo a la excavación
mo mis detes se
h't
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roce tardío con las musas me ha
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marc an sm empleo? El
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reve1a o de cuánto so
y
qutlo, Y ahora me devoran un ansia
Y capaz. o estaba tran.
, una comezón raras· q · ·
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1oses.
¿Por
qué
me
habéis
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u1s1era saciarme. ¡Oh
1
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e¡a o con la miel en lo5 1 b' &gt;M'
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bárbaro! es la de Mel'b
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a 10s. 1 querella ¡oh
destmo
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¿ por un placer ta b
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•
. n r~ve as querido que
pierda el nombre y corona de vir enh ·F
I uera meJor, digo yo, no catarlo!
Yo soy de...
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FANTASIAS

AUTO DE LAS CORTES DE BURGOS,
O TRIPLE LLAVE AL SEPULCRO DEL CID
Y DIVINO ZANCARRÓN

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(Argumento: Habiéndose juntado en Burgos las personas más princ;pales del
reino, deciden desenterrar tos huesos del Cid y liacerles acatamiento. Sob1·eviene la
demanda del hueso de Babieca, con la graciosa disputa de los dos albéitares. Apaciguada la discordia, slgziese un coloquio apacible y vánse todos cantando y danzando.
lnt1·odúcese un arfouispo, c1m otros señores de muy gran estado. Y es de muy gus-

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tosa lección.)

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COMIENZA EL AUTO
(Entra Apal'icio, el burgalés de pró, con un haz de ramas verdes al hombro.)
EL BURGALÉS DR PRÓ: Cargado de laureles, que esta vez no son laureles, sino
quinas de Portugal, vuelvo a este augusto antro, donde ya puedo afrontar sin
son rojo la mirada inquisitiva de mis antecesores. Glorioso destino el mío; brillante final de carrera. Anteayer, puse, mensajero de Melpóneme, un ósculo
de paz en la mano sarmentosa de ,Sarah, la vetusta. AyPr, en el Retiro, fuí
nuncio de Euterpe, y le dije a la cabeza de Cbapí lo que se merecía. Hoy, entre Carracido y Altamira, he afrontado en Oporto al arrogante luso. La unión
ib~rica es un hecho; por lo menos, se unen las inteligencias que me ha tocado
presidir. ¡Minerva, eres mía! Formidable carga de gloria. (Deja el haz en el
suelo) . Sí: estoy satisfecho, pero triste. Llego ya al cabo de mis destinos. ¿Me
estaré sobreviviendo? Ya pronto dejaré de ser ministro. ¿Y a quién le diré que
soy de Burgo~ que ya no lo sepa? Yo soy de la vieja tierra de Burios'. .. (.Aiorín
100

·(Entra un ujier).
EL UJIKR: La Comisión defe nsora de los muertos ilustres desea ver a vuecencia.

ELes?
BURGALM DB PRÓ: ¡Qué extravagancia.
. , ¿Q U1én
.
gente
ataca a los muertos? ¿Qué
EL- UJIER'• Dieen que vuecencia los tiene citados

e1 senor arzobispo de Trajanópolis...

.,

para

h

oy... Viene con ellos

EL auRGALb DB PRÓ: Que pasen.
(Entra un Joven ele~ante
·a d,
eclenástico y cuatro señores e~1:f:':d:s. ~0=1·:obispo de 1 r~janópolis; detrás, otro
se prosterna, y besa el anillo pastoral.)
nsas, reverencias. EL BURGALÉS DE PRÓ
EL BURGALb DR PRÓ: ¿A qué debo...?
Et ARZOBISPO DR TRAJANÓPOUS' S' 1 . .
al joven), que es el vocal nato de. tolde slenor m101stro lo permite, aquí (señala
•
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as as Juntas de conm
•,
nanos gloriosos explicará el b' t
emorac1on de cente0 Je o que traemos...
Et BUR
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. á. GALÉS DR PRÓ: (Para sí, desconfiado). Traen un objeto... (atto). Us1r
ted d
EL VOCAL NATO DR TODAS LAS }UNTAS DE C
•
sos: Nosotros somos excele tí .
, _ ONMEMORAOION DE CRNTIINAII.IOS GLOll.'iO·
de Hombres Ilustres'
n s1mo senor, el Comité Nacional de Exhumación
alguna importancia ~u: a:~::~:pon:i:os reivindi:ar todos los cadáveres de
dos por la Península L
. y
e me permite esta figura- desperdiga. a necesmad de tal org ·
.
prestado tan valiosos se . .
an1smo se deJaba sentir, J ha
Hasta hoy la conmem rv'.óc1os, que ya lo han declarado de utilidad pública
dáver se hacían
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orac1
· y 1a busca correlativa del ca-·
un poco
1 n deDnuestras glonas
a azar. ebemos dar ll\ sensación de un pueblo conslQt

�LA PLUMA

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J¡

'· 111

ciente y celoso de su pasado. Vuecencia sabe-ya lo sabían los romano.s-quc
el subsuelo español es riquís~mo; riquísimo, pero inexplorado; pues bien: . yo
me arriesgo a decir que la principal riqueza de nuestro s~bs~elo .son los miles
de muertos ilustres, perdidos hoy para nuestro culto patn6tico; nqueza moral,
claro está, que bien explotada ha de reportar ópim~s fr~t?s ~el mismo ~orden.
Yo no soy fetichista, pero creo que por cada reliquia ~e1v10d1cad.a se ana~e un
remache a la armazón de la nacionalidad. Nuestra acc16n es múltiple: lo mismo
preparamos los centenarios resonantes, que las memorias de un modesto pres•
ti11;io local; pero siempre bajo la base de proveerles de muertos. En los c~ntc•
narios sin muerto hay un vicio de origen. ¿Por qué fracasó el centenano de
eervantes~ Por n~ haber restos del manco de Lepanto. Rodríguez Marín creyó
que todo se arreglaría con unas ediciones y unas co.plas de Gonzalo Cantó.
Absurdo ¿verdad? Un huesecillo roído hubiera entus1,1smado al pueblo. Tene·
mos un ;eso muerto: la rutina, la falta de organizació~. Por eso hemos em~ezado por crear un Cuerpo de desenterradores honoran9"s, que con unas nociones de arqueología y de historia van, por decirlo así, alumbrando tantos teso•
ros ocultos. Además, como yo he viajado, y he visto a los puercos (con perdón
de ustedes) hozar en el suelo del Perigo1d en busca de la trufa, he ~e~sado
crear una manada de hienas do mesticadas para el más pronto descubnm1ento
de los muertos. Estos animales, injustamente desacreditados hoy, como tantos
otros, por su falta de cultura, prestarán buenos servicios. Y par.a que vuecen·
cia se forme idea de los nuei;tros le diré que\' sin contar otros difuntos de poco
valor, hemos reivindicado el cadáver del Ultimo Abenc;erraje, para borr~r _d~
su prosapia Ja tilde de barbarie que hoy parece ponerk el pueblo; será re1vrn
dicación de cuenta para nuestro influjo en Marruecos. El cadáver del Rey Do~
Sebastián, que pens1 mos ofrecerle a la nación vecina en prenda de f1:ater~1·
dad; el cadáver del Rey Rodrigo, que no siempre ha de i;er un persona¡e tris•
temente célebre como la batalla del Guadalete. ¿Usted creerá que al Rey Ro·
drigo Jo metier~n en una fosa y qu:_ una culeb.ra ~e lo comió por ~o más
pecado había? Pues bien: el señor (senala al eclesiásti~o), ~ue es benefic.iado de
Calahorra y correspondiente de la Academia de la Historia, h~ destruido esa
leyenda. No se sabe por dónde había pecado m~s e~ Rey Rodrigo... ¿E~tonces? ,
Todo eso está en crisis. Así se ilumina una prov1nc1a, hasta hoy sombna, de la
historia patria. En fin: hemos enviado una Comisión al campo. de batalla de
Gravelinas para que busque el cadáver del soldado de los tercios de Flandes
desconocido... Tales son, señor ministro, nuestros trabajos del momento...

LA PLUMA
EL BUIGilÚ na Paó: La labor de ustedes es altamente patriótica, y seguramente el Gobierno de Su Majestad...
EL VOc.&amp;.L lfATO DB TODU LAS JUNTAS DB CONMBlld'.OllACIÓ!f DB Cl!NTBIUBIOS GLORIO·

505: Perdone el señor ministro: Voy ahora concretamente al objeto de nuestra

visita. Se acerca, como el señor ministro sabe, el centenario de la catedral de
Burgos (eJ m;nistro se inmuta), suceso de cuenta, pero frío como una cripta, si
este Comité, cumpliendo la misión que se ha impuesto, no hubiese aportado
el cadáver o 1.2s cadáveres que son menester para que las fiestas constituyan
un acto de afirmación patriótica. He aquí nuestros primeros acuerdos: declararnos en sesión permanente; reivindicar los cadáveres de Rodrigo de Vivar y
de Ximena, egregio matrimonio, padres putativos de esta Castilla, madre de
naciones; reivindicar también las reliquias de Fernando III, fundador de esa
catedral, la primera del mundo, y trasladar solemnemente todos esos restos al
insigne templo, cobijados por la gloriosa enseña roja y gualda. El ilustre purpurado que nos preside (se di'luye una sonriso por la fa,i oronda dd arzobispo)
aportará al homenaje las bendiciones de la Iglesia, Han enviado ya coronas: el
elemento joven del Círculo de la Unión Mercantil, los ex ministros liberales,
los moros notables de Frajana y otras muchas entidades aún más importantes.
Ahora queremos recabar el apoyo oficial, y le rogamos, señor ministro, que
húnre el espectáculo con su presencia y lleve la voz del Gobierno, pues da la
feliJ coincidencia de que el señor ministro es de Burgos...
EL BOII.GAÚS na Piló: ¡Cómo! Señores, sí; soy de Burgos, de esa vieja tierra ...
~Qu~ bonor tan grande, codearme ahora con mi ilustre conterráneo el Cid y su
distinguida esposa, modelo de madres... y de esposa;;...! iré y hablaré lo que
me salga del corasón. He dicho.
EL l'Oc.&amp;.L lUTO D11: TODAS LAS ]UlfTAS DB COlfNl!MOlU.CIÓlf DB CDTBll'AUOS C.LOaIO-

Pues queda conYenido, y ¡hasta Burgos! Vamos a continuar nuestra sesión
permanent«o en otra parte.
(Se muda el teatro. Baja el termtfmelro. Burgos. Salón elegantemente omueblado. EL AUOBISPO 011 Tu1uórous está en •Su muy rico escanno•, y a su lado, en
!ie, EL BUllG.U.Ú ns PRÓ. Slquit,. Sobre una mesa cubierta con paños de velludq
rojo, uu arf#ela, Cabe la mesa, tres médicos y dos 11eterinari11s. 'Iumuit, ,n la
IOI:

talle.)
EL BUllGilÚ na nó: (;,rora) ... En fin, señores, la emoción me ahoga. ¿Qué
mú puedo decir...?
E1. illOBJaPO 011 Tu1uópeua: (ioj,). ¡Nihil...!

�LA PLUMA
EL BURG.uás DB PIÓ: Este momento es el día más grande de mi vida, tan
grande como el cadáver que ahora van a abrir delante de nosotros; un cadáver
·tan grande, que si no existiera sería menester inventarlo, y bendigo a la Providencia que me ha permitido venir a cantar sobre sus cenizas. Porque, señores, y con esto termino, no olvidemos que el Cid, mi ilustre paisano, al ensanchar con sus batallas este clásico solar, y dejarlo muy bien vallado, se adelantó
prodigiosamente a su tiempo. Hey nos preocupa el ensanche de las poblaciones, pero el Cid se elevó más, y le preocupó y realizó el ensanche de las regiones ¡Y con qué medios, señores! ¡Con un triste caballo, que no debía de tener
siquiera mucho genio, si algo significa eso de Babieca! Gloria, pues, a nuestro
padre el Cid, que bien merecido tiene el reposo en nuestra catedral, alma de
Castilla, en esa catedral de la que sólo diré, con un vate de Quintanapalla, que
acabo de conocer:
Milagro eterno cincelado en piedra,
exuberante hiedra
que trepa por los muros del espacio
coronado de esbeltos chapiteles
bordados de caireles
se yergue al cielo medieval Palacio.
¡He dicho!
(Agitación. Espasmos. Palmadas.)
EL ARZOBISPO DE TRAJ&gt;.NÓPous: Ahora, señores, vamos a abrir esa urna. Procedamus in pace.
(Custodiados por la Policía, acércanse a ta urna tres randas, con llaves falsas
y palanqueta. Dispónense a forzada.)
U110 DEL SlfQ~HTo: ¿Qué iremos a ver?
OtRo Dl!L slfQmto: Estarán en los huesos.
UNO DIIL SlfQuxto: Dicen que Ximena era como un junco.
OTRO DEL slfQUito: Pues él debía de ser un bárbaro. A lo menos, así lo pinta
Sinesio Delgade en una de sus ingeniosas zarzuelas.
(Queda la urna boquiabierta.¡
EL .1.RZOBISPO DE TRAJANÓPous: (dando una gran voz.) ¡Ah!
Tonos: ¿Qué pasa?
EL ARZOBISPO DE TRAJAKÓPous: ¡Ah! ¡Coincidencia providencial! ¡Y no haberlo
notado antes! Yo soy valenciano, señores; el Cid conquistó a Valencia ... ¿No
ven ustedes el dedo de Dios? ¡Flectamus genua!
104

LA PLUMA
(Se prostérn;zn tod•s. Un pavor sobrenatural 6ate sus alas por el ámbito.)
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Veamos ya lo que hay en la urna.
(Comienza la saca de los restos. Los médicos certifican que son restos humanos.
l,o primero que extraen es una ·carrera de dientes, menudos, iguales, sin caries,
ligeramente amarillos, adheridos a una encía ,·oja. Estupor.)
EL .lllZOBISPO DE TRAJANÓPous: ¿De quién puede ser esto? ¡Qué encía tan bien
conservada!
Mlfn1co 1 •0 : Debe de ser de Ximena.
Mlfnxco 2.0 : O los dientes de leche de su marido.
Mwxco 3.0 : Eso es una dentadura postiza. Los últimos que han revuelto
estos huesos la habrán dejado aquí como ex voto.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOus: ¡Siempre la explicación impía de la ciencia!
¡Y ésto?
(El ar,;obispo empuña un hueso disforme y lo eleva en alto. Pasmo.)
EL AltZOBISPO DE TRAJANÓPous: ¡El fémur del Cid!
Mifn1co 3.0 : Mejor fuera decir: un fémur del Cid; tendría dos.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOus: ¡Sagrada reliquia! ¡Mi corazón se derrite al
rontemplarte...! ¡Uy..., uy... , uy! (Estampa tres besos en el zancarrón.)
Mlfnxco 1.0 : Midiendo ese hueso, pudiéramos deducir la estatura de RodrigoEL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Mídanlo.
(Los médicos miden et hueso, y se retiran kaciendo números. Ansiedad. úu silendo.)
MlfDxco 1.0 : A mí me salen siete metros cuarenta.
Mlfnxco 2.0 : A :ní no tanto.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOUS: Entonces, ¿era un gi'gante?
V11tBRINARIO 1.0 : Si el señor arzo'&gt;ispo y los demás señores lo permiten, yo
diré una palabra que podría ser aquí de provecho.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Dígala.
VBTBRINARIO 1.0 : Pues digo, eminentísimo sefior, que . todo esto me parece
una burla, o cosa de locos, y que es menester estar ciego para no ver que ese
hueso no es dd Cid, ni de ningún nacido de mujer, sino del caballo Babieca ...
VAllIAS •ocss: ¡Blasfemo! ¡Impío! ¡Mal patriota!
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOUS (al veterinario z."): ¡Qué opina usted?
VIITIIINARIO 2.0 : Que es hueso de caballo.
EL BURGALlfs J&gt;E PRÓ: ¿Y por qué aseguran que es de Babieca?
Vn&amp;JUNAllIO 1.0 ; Como ustedes dicen que estos restos son del Cid, y no hay
105

�LA PLUMA

¡,1 ·1
1

..

duda en que este hueso es de caballq, suponemos que sea de Babieca, ,al que
enterrarían con su amo, por premio a su fidelidad.
EL BUllGAÚS Da PRÓ: Yo creo que no puede admitirse esa hipótesis atrc'ridísima.
EL ARZOBISPO Da TllAJ.UÓPOus: Non possumus.
VBTBllllfAlUO 2.0 : Pero, señores, (Ustedes creen que puede haber persona
ceo tal hueso?
EL ARZOBISPO DB TRAJAlll'ÓPous: Lo que resulta de todo esto es que el Cid era
un gigantazo. No es imposible. Aún hoy existen gigantes, y más los habría ca
aquellos tiempos caballerescos y de rudo batallar, en que las generaciones adquirían un desarrollo prematuro.
EL BURGAL:is DB PRÓ (a los médicos): ¿Qué dice la Facultad?
Los nss 1.do1cos: La Facultad dice que la ciencia no puede penetrar los
designios de Dios.
Et ARZOBISPO DB T11.AJA1'ÓPous: Pues acatémoslos, ya que están patentes. Y
váyanse 101 señores veterinarios a repasar sus tratados de albeitería, que por
esta vez han perdido el pleito.
V~t.alll.lllIO 1.0 : Nos vamos, pero no sin deciros: ¡A otro perro con ese
hueso!
Et ARZOBISPO na Tu1uóPOus: Y el sei)or beneficiado de Calahorra, &lt;qu~
opina?

11,

Et BBlll'BFicaDo DE CAuBoallA: Que este litigío no puede transigirs~. Dico
que es hueso del Cid, ya que no puede ser baci-yelmo.
Et ARZOBISPO Da TRAJANÓPOus: Señores, tenemos aquí los restos del CllJDpeador y debemos d ecir, parodiando la histórica frase; El Cid ha muerto. ¡Viva
el Cid!
Tonos: ¡¡¡Vivaaa!!l
'l
(7ocan cajas dentro.)
VARIAS vocas: &lt;Qué escucho?
Et ARZOBISPO: Es el Rey. El santo Rey Don Fernando, que llega desde Sevilla a honrar esta junta.
(Se muda el teatro y aparece Fernando Ill con cetro y corona ,,. ,unas alUltu
llevadas por los armados ile las cofrad{as ser,illanas. Músicas. A.cúimadones.)
EL RBY FEI.NAIIDO III: No sin fatigas he logrado evadirme del ataúd de cristal
d1,nde el mayor pedazo de mi cuerpo está, como Papús, y sometido a no menos riguroso ayuno, guardado. He recogido al paso cuantas reliquias de mi
Jo6

LA PLUMA
persona me fué dable encontrar, y aquí estoy casi en mi prístina entereza, con
ánimo de haceros merced. Y porque estas juntas acaben con bien para todos,
vengo en comprar el caballo Babieca, destinándolo a regenerar la sangre de
mis cuadras. He de restaurar el perdido esplendor de la raia caballuna española.
Et BURGALlfs DE PRÓ: Señor, para coror-amiento de esa obra te pedimos que
iosta11res la Fiesta d e la raza caballar pan-hispánica, en la que participen todos
los solípedos tle ambos continentes que hayan heredado el relincho de Babieca. Y que en el cerro más alto de Castilla se levante una estatua al caballo
simbólico que la ensanchó.
Et Rav FaRNANDO UI: Basta; yo lo otorgo. Y ahora puede el baile comen1ar.
( Vitares y cajas dentro.)
Piu111B11.A ENTRADA DEL BAILE. (Entran los diputados prwinciales con disfraces y
motes. En unos se lee: • Castellanismo•. En otros: •¡ Viva el les de acu~alivo!• En
otros: •¡ Ve/ay!• Hacen r,arias figuras y se colocan a los pies del rey.)
UNA voz (cantando):
Como el ser buen pátriota
vale dinero,
¡no sabes, patria mía,
lo que te quiero!

,
;

; .. ::

l .;

(Los diputados provinciales dam:an.)
SEGUNDA ENTRADA D&amp;L BAILE. (Entran los candnigos y los sacristanes, sin sotana, oestidos a la lurquesca, con guitarros y estandartes. En unos se lee: ,Espaiiolismo•. En otros: , Fiera hidalguía•. En ott-os: «¡ Viva la suegra de Don ]l.,drigo!•
Hacen sus #guras y se colocan a los pies del rey.)
Un voz (cantando).
Por un huesecillo tuyo
diera yo la salvación,
para roerlo a mis solas;
¡mira tú si es tentación!
Mas ¡ay! Ximena,
estás tan hecha polvo
que me da pena.
(Los carulnigos y los sacristanes danzan.)

La entrada del baile se repite';hasta que el arzobispo pide: ¡Tocino! ¡Tocino! Entran tpdos a dansar, y canta solo
107

'

~

�&lt;

LA PLUMA

en el Catálogo de Salvá con el número 19.091 (capicúa). El más lerdo (¿quién
es el más lerdo?) advierte que el final del auto, desde la aparición de Fernando III, está plagado de sinónimos voluntarios, y ha sido añadido por una mano
casi criminal, en fecha muy posterior a la de la composición general de esta
pieza, que se remoGta, por lo me11os, a la última década del siglo xvi. En
efecto, existe otra versión del Auto de las Cortes de Burgos, con muy diverso
final. Ya Tiraboschi lo apuntó así, después de reconocer un códice de la Ambrosiana. Debe de ser el mismo ejemplar estragadísimo que nosotros poseemos, y que, con riesgo de nuestra vida, acertamos a sustraer en un reciente
viaje de estudios por las Bibliotecas de Europa. En esta versión no se aparece
Don Fernando, sino la propia Doña Jimena, llevada de la mano por el abad de
Cardeña. Doña Jimena hace un planto en verso trocaico. Escrito con aquella
sana alegría y hermosa libertad, características de nuestros ingenios del siglo
de oro (a quienes la Inquisición, pese a sus supuestos rigores, no cohlbió en lo
más mínimo en la expresión de la belleza), no nos atrevemos a reproducirlo;
dadas nuestras costumbres farisáicas, parecería procaz y desvergonzadísimo.
Baste decir que al acabar el planto, todo2 los presentes van por turno a darle
a Doña Jimena un beso en el culito.-C.

EL Ru F'nftilDO III:

Tengo el tronco en Sevilla,
la diestra en Burgos,
la cabeza perdida,
y mis dos muslos
deshechos en reliquias
por esos mundos.
¡Suave Ximena!
¡Rodrigo duro,
que a Don Alfon pusiste
en tanto apuro!
Si a vosotros os dejan
entre algodones,
a salvo de curiosos
y de sobones,
el Lampérez, que todo lo restaura,
que me restaure a mí, 10 llamo a Maura!
Que me da empachos
dormir el sueño eterno
disperso en cachos,
y opino que el ser santo venerado
no es razón de yacer descabalado.
Y a la hispánica gente tan castiza
que a sus muertos ilustres descuartiza,
y entre arrobos y besos
nos adoba los huesos
a los difuntos de esplendente gloria,
¡decidle que me cisco yo en la historia!

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( Vánse u,dos dando a/a,-idos.)
FIN DEL AUTO

CARDENIO

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Nou.-Para esta edición hemos seguido el texto de un pliego del siglo XVII,
que perteneció al benemérito Sánchez, y que, encuadernado con otros, figura

ida

LA PLUMA

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�LA PLUMA
'8uprema
es la belleza

de la renunciación...
(/;tcétera.)

EL INSOMNIO DE UNA NOCHE DE VERA~O

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:Jnsomnio, asfixia, hormigueo.
¿Joy, noche estival, tu reo?

ENCARNACIONES
IGUALDAD

¡{)h ardor de febriles vahos,
como una ignición de caos,

/;splendor juvenil del ocaso:
aurora fatigada.

que me enroscan en anillos
largos soles amarillos I

CANTO A LA RENUNCIACIÓN

¿&lt;!ubre el mundo todavia
esa piel de mediodia,

( - 'Ya que tan bello acaso es
renunciar como poseer,
he de llamarla sólo amiga.)

tan llameante de luz
como el taurino testuz

¡t)h, amiga
dilectlsima I
(-¿fiasta medias de seda?me pregunta don ;Juan .
.Ea memoria, perpleja,
sus muertos desentierra.
-ffues no lo sé, don juan.)
¡f)h, amiga
dilec&amp;imal
110

-

que iza en sublime siniestro
los alamares del diestro?
' l

00 tacto siente amarillo
lo que ya sabe sin brillo,
la mirada escrutadora
de la tiniebla incolora.
11 l

�LA PLUMA
¿flor qué, almohada, tu albura
en gualdo se transfigura?
/ 'Gantos luceros me acota
de la azul huerta remota
1 ', ,

l'

LETRAS ALEMANAS

la oquedad de la ventana,
como pomposa hortelana I

GUSTAV LANDAUER

'jj me punzan las estrellas
con amarillas centellas..
'J/a que el ~ueño, sibarita,
no me socorre en mi cuita,

,., ..
-~

1

clamaré al CJJiento: ¡socorro!
y a la .!:luvia: ¡ay, socorro/,
que todo en la noche brilla
con calentura amarilla.
¡ay, amarilla, amarilla/
¡ay, amarilla, amarilla!,
en delirante bloqueo.
¿flor qué oh noche soy tu reo
sin culpa?

JORGE GUILLÉN

~
• l
112

Spartacus qued6 vencido en toda Alemania por los soldados
de Noske, y cuando las tropas del Orden tomaron Munich, se hizo
el c6mputo de lo~ muertos, que fué terrorífico. Desvanecíase el
recuerdo sangriento de la Commune ante la evidencia de la nueva
degollina, como se derrumbaba la guerra de 1870 ante la de 1914.
El trabajo cumplido era verdaderamente hermoso. Cuantos .en Alemania
representaban el partido de la libertad y de la emancipaci6n social, habían
desaparecido. Quedaba fundada la república de Hugo Stinnes y del general
Ludendorff.
Los que habían empleado su vida en luchar contra el imperio, después
contra la guerra, y nos tendieron la mano a nosotros, los irreductibles de Occidente, y defendieron con nosotros el honor y el espíritu europeos, no presenciaron esa inauguración. Fueron asesinados con Liebknecht y Rosa Luxerobourg, con Hugo Haase y Kurt Eisner. Quisiera hablar hoy de uno de los mártires más grandes de la Revoluci6n alemana, que fué también uno de los en •
sayistas más grandes de la Alemania contemporánea: Gustav Landauer.
Desde hace/ unas semanas se habla mucho de él en las revistas y en los
círculos del Reick, donde subsiste aun el liberalismo. La publicaci6n reciente
de dos libros p6stumos, ha revelado en efecto a multitud de gente la figura
verdadera de Landauer, letrado, sabio, dotado de un genio crítico notable y de
penetrante inteligencia.
Su participaci6n en la República de Munich, su muerte violenta, y el título
de una de sus primeras obras, le graugearon en efecto una reputaci6n de dinamitero rabioso, de político de modesta envergadura, pero de arobici6u desmesurada, y que se aplic6 siempre a suscitar disturbios para aprovecharse de
8
IIJ

(1

uANDO

�LA PLUMA
LA PLUMA
y Mística), y llega a esta conclusión, tajante como un dilema: el que duda de

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ellos. Sus asesinos tuvieron buen cuidado de dejar acreditarse e incluso
de propagar tales leyendas, valiéndose de ellas como de alegato defensivo
y casi como de excusa. Pero hoy empieza a cambiaL· la situación, y la ver•
dadera figura de Landauer comienza a imponerse a los ojos de los intelectuales.
Gustav Landauer, filósofo y filólogo, abordó antaño el socialismo con gene•
rosidad grande, y propagó sus principios como los de una religión nueva perfectamente saoa y equilibrada. En su mente lúcida, dominaba la evidencia de
la rota del capitalismo y de la quiebra de sus doctrinas. Con sencilla y animosa
probidad se aplicó a exponer las causas y las consecuencias de esta cr'.sis.
Tuvo discípulos, y muchos hombres pusieron en él su confianza. Y también
cuando después de la guerra, llegó el momento de pasar del orden abstracto
de las teorías al plano de la acción, muchos desconocidos se volvieron hacia
él. En la hora decisiva, Gustav Landauer, difiriendo en eso de la mayoría de
Jos «apóstoles de biblioteca•, no renegó de sus palabras y ocupó su puesto a
la calteza de los que había iluminado. Y en él estuvo hasta el día postrero, con
tranquilo e imperturbable heroísmo, y en él p,:rmaneció incluso entre los
obreros de las calles, cuando los jefes principales del movimiento huyeron ante
el ejército d e los vencedores. Permaneció en él porque no desertaba en el
momento de la derrota como no desertó en el momento del esfuerzo. Fué
preso, arrastrado hacia et norte de presidio en presidio, in~e~nado fi~almentc
en la fortaleza de Stadelheim, condenado a una pena de pns1ón relativamente
moderada, y muerto al siguiente día a culatazos, en el patio, por unos solda•
dos sin freno.
No quiero formular aquí mi juicio sobre la obra política de Landauer, ni
discutir Ja importancia y la grandeza de sus libros y de su ejemplo. He dicho
que la publicación reciente de dos obras suyas agita hoy los círculos intelec·
tuales de la Euro;&gt;a central. Quiero limitarme a esas dos obras, contentándome
con citar casi sin comentarios, los títulos de las que publicó en vida.
El co:Uienzo de su vida viril da testimonio de la inclinación mística de su
carácter. Azuzado por el afán de investigar lo absoluto, ávido ?e _P?der apo·
yarsc co una verdad más sólida que las verdades cuyos pnnc1p1os ~und~·
mentales exponen sin convincción cien maestros en ~ien cát:~~as de ~lllvcrs'.dad o en la~ páginas de cien libros, tropieza con la 1mprec1s1on, la mestabi•
lidad, los apuros del lenguaje, y se vuelve der Sprach.zweifler, el que duda d~I
lenguaje. Confiesa esa crisis en un escrito breve, Sprach und Mystik (LenguaJC
114

'

Jas palabras debe callarse definitivamente o salvarse en la acción.
Escogió el segundo camino. Y bien se ve así en qué disposición mental y
con qué deseos abordó los problemas sociales: como un sabio, o por mejor
decir, como un filósofo. Tras algunos ensayos, dió cabo rápidamente a una
obr.a considerable: Auf,·uf an So,ialismus (Llamamiento al socialismo). En ese
libro famoso, nada hay tocante a la política. Se halla en ella, por el contrario,
en un revoltijo asombroso de gravedad y de entusiasmo, una suerte de himno
a la gloria de la inteligencia. Landauer, en esa obra, da testimonio de su confianza absoluta en el poder del espíritu, de su maravillosa comprensión de todas
las necesidades y fuerzas sociales, y de una conmovedora ternura por la vida.
La idea central del libro es el deseo de equilibrar las masas y de expresar una
fórmula de armonía y de orden. Landauer se aproxima aquí a Tolstoi, y se
sostendrá, desde el punto de vista filosófico, muy cerca de él. Menos l\terato,
en la peor acepción de la palabra, pero animado de igual lirismo.
La segunda obra de grandes vuelos que publicó Laodauer, Reclunsc!taft
(Rendición de cuentas, o más bien «Balance•) tiene, si no el porte, a lo menos
el espíritu de una confesión. Es, por mejor decir, la historia de una duda y de
una evolución. Nota Landauer que la falta de solidaridad verdadera cnlle los
pueblos, incluso entre los partidos soci¡ilistas (¡trágica profecía!), amenaza la paz
del mundo. Y si ante esa certidumbre no abdica su magnífica y grande oposición al principio de la Defensa Nacional, proclama no obstante la necesidad,
«hasta para las naciones revolucionarias•, de ·permanecer armadas contra la
guerra. Como ha dicho bien Wilhelm Michel cera un compromiso heroico, no•
ción terrible para Landauer, ennoblecida por el dolor y por su generosa con•
ciencia, asolada por la contradicción fundamental del mundo».
No estaba resuelta la crisis de alma que revela Rech.ensckaft, cuando las
especulaciones intelectuales y el curso de las teorías viéronse cortados por el
cañón de Licja. Apenas lo oyó, Landauer se arrojó resueltamente en el parti•
do de la Revolución, que había de llevarlo al martirio. No se dejó cazar en el
lazo de la Uniún Sagrada, y en espera del derrumbamiento social que fatalmente tenía que seguir o acompañar al rebullicio de los militarismos, se atrinche•
ró en el estudio, con una independencia de ánimo y una elevación de miras a
las que hoy sus propios enemigos rinden tímidamente acatamiento; se apartó
del contagio político, y tomó a Shakespeare y a otros poetas, como Holderlín,
por objeto de sus ansiosas y lúcidas meditaciones.

�LA PLUMA
., Las dos obras póstumas que acaban oc publicarse y que arrojan-ya lo he
dicho al comienzo del a.-tículo~tan inesperada y espléndida luz sobre la bella
figura de Landauer, son precisamente el fruto de su.soledad,
En la bibliografía de Shakespeare, que comprende tantos títulos CO'I\,O las
de Goethe o de Dante, es dedr, los suficientes para poblar por sí sola una biblioteca inmensa, no creo que pueda hallarse una obra más importante, más
notable, más humana que la de Landauer.
Es de tenerse en cuenta que el libro se compúne de conferencias: acerca
de Shakespeare pronunciadas por el autor en Alemania durante la guerra. Tal
es el motivo de las re¡;¡eticiones y de tas amplificaciones accesorias que en ciertas páginas sorprenden al lector atento. Si Landauer en persoJ1a hubiese dirigido la publicación de -su Sllakespean, habría podado algunos pasajes, retocado
algunós capítulos, concentrado algunas ideas. Las manos piadosas que des¡,u6!
de la muerte de Landauer han registrado sus p a'peles, han respetado cuanto
escribió, y nadie pensará en hacerles cargo de ello.
Me place, además, la forma hablada del Shakespea,·e de Landauer. Se adapta a todos los ~iros del pensamiento del autor, y se mueve a compás de su afé
y de las fuerzas que le mueven. El estilo, animado, rápido, elegante, no se parece nada al estilo cíentifico, grato a los filólogos. Estilo de poeta, que no retrocede ante ninguna audacia y se lanza a toda suerte de interpretaciones, arrojándolas profusamente sobre el lector, atónito de ver tal abund~ncia, para lle•
vario en seguida, a través de la psicología de sus personajes a la psicología·
de Shakespeare, única que importa.
Landáuer hace de Shakespeare un hombre,' es decir, un conglomerado
--prodigioso-dé todas las cualidades, de todas las riquezas sentimentales, de
toda la pujanza cerebral y cordial imaginables. Imparcial, no ante la vida, sino
como la vida; no ante el espejo, sin0 como el espejo, que capta todo ló que por
0
delante de él pasa.
Gustav Lándaut:r, de quien pretenden hacer un sectarid y 'un tribuno de
baja estofa, acertó a seguir el ejemplo de Shakespeare, y a elevarse en pico•
guerra, cuando el dolor y la rebeldía le acuciában con mayor frenesí, por en•
cima de sus pasiones y sus doctrinas, para abarcar cuanto le pat'eció leal, grande
y admirable.
·
De Hamlet a Julio César, de Macbeth a Bruto, en todos los héroes descubre_
la raíz misma de su grandeza verdadera, y por qué lado honran y enn~blecen á
la Humanidad. La moral, que ·es convención y añaeaza; nb páralita' jam!s ·ni

16'

•

LA PLUMA
jaicio.. Ni se deja nunca desviar por cons1deraciones políticas de la tarea que
se ha
. impuesto. Por eso es Landauer el único coment?rista de Sh akespeare que
ha acertado a restituir al poeta su talla y su genio.
Esa obra gran~iosa que llena dos gruesos volúmenes, es !lin duda la obra
maestra del már~1r de Sta~elheim. Pero el libro recien~ísirtio ~que acaba de
aparecer-cole.cc16n ~e arti_culos de Landauer sobre múltiplés problemas filosóficos Y cuestiones literanás-con el título evocador Der ulerdende Mensclz,
(El _h~mbre en formación) merece no obsi:ate por más de un motivo llamar la
atención del lector, y puede decirse, sin temor de errar, que quedará como una
d~ las,_obr~s.~r:ticas más notables de la Alemania contemporán 11a.
· · .Í!!n _la primera parte aparecen reunidos unos ensayos ideoló~icos, que, como
nada tienen que ver uno.s_con otros, di~persan la simpatía del lector y le 'impiden c~ncentrar_ la atenc1on sobre un sistema unificado. No hay aquí rastro de
1~ solidez ~tlosofica de las obras de Landauer anteriores a la · guerra, pero
ci~os capitulos son como apéndices y complementos interesantes de sus obras
C8!)Itales, Y ponen el último trazo en la filosofía de Landauer. Los dos más importantes en este respecto son Setbstmo,·d der Yugend ( ,Suicidio de la juventud•) Y Zum Problem der Nation («Sobre el problema de la Nación.,)
La segunda parte me agrada más. Agrúpanse en ella bastantes artículos en
que Landa~e:. estudia un .hombre y su obra, y que, por comparaci6n. determinan la pos1c1on del escritor ante· e1 pensamiento europeo. Si el e5tudio sobre
T~lstoi cobra importancia particular por el parentesco moral que une, ya lo he
dicho, al autor de Auj'ruf an Socialismus con el de .Resurrección aprecio más
los es~udios sobre Holderlin, sobre Martín Buber, el gran autor judeo-aleman
de .quien me propongo hablar despacio en un artículo venidero, sobre Georg
Kaiser, dramaturgo expresionista, y sobre Strindberg. El fervor de Landauer
ante esos escritores, y la inteligencia con que analiza su aportación artística y
humana son un espectáculo raro.
El Shakespeare y Der werllende Mensclz han impresionado vivamente a muchos críticos Y artistas alemanes. Hoy se mide mejor lo que valía este hombre
Y 1~ pérdida que su muerte acarrea para el patrimonio cultural de su país.
Qwe~es no le conocieron personalmente-y no saben qué delicioso amigo y qué
magnifico pensadonera-se espantan ahora de haber dejado vegetar tanto tiempo ~n espíritu tan grande, y de haber despreciado sus llamamientos y sus profecias. Los que tal sienten relean el retrato de Bruto inserto en el estudio sobre
Julio César de Shakespeare, y descifrarán sin trabajo el misterio de Laudauer
117

�LA PLUMA
al leer estas palabras: «Era un hombre interior, pero que no hubiese consentido en guardar para la intimidad de una vida tranquila sus nobles aptitudes
mas que sabiendo que todos los hombres eran libres y felices. Era un político
que iba de la filosofía a la política,-de una filosofía íntimamente ligada a la
vida. No era lo bastante simple para pensar con el corazón, al contrario, descontento en la medida que la realidad de los hechos no confirmaba su pensamiento. Movíale una inclinación grave, mansa, pero irresistible. hacia la acción.,
El Gustav Landauer que la soldadesca asesinó en el patio de la prisión de
Stadelbeim, era el mismo filósofo, grave, manso, pero arrastrado irresistiblemente hacia la realización de su ideal.

PAUL COLIN

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' FIN DE TEMPORADA

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c?1110 esta tan ~a?ás,'no ·obsta~te el -~inríú·rn~ro de col:se?s cuy~
taquilla prospera mercea a la desmedida afición del publico ma. drileñó. Cerrados los teatros, ·apenas si queda memoria de los grandeJ éxitos registrados en ellos durante el ~ño." Ní una comedra
nueva de tantas como se h·a n estrenado. Ni un cómico cuyo trabajo, por lo excepcional, perdure en nuestro' recuerdo de unos cuantos meses:
Como más reciente, aún vibra tan solo el eco del reclamo que há acompañado
a ta· éntronización artística· de la señora Meller, patrocin.ada en su novena del
Español por las mismas Mafestades y Aitezas que antes honraban los espectáculos con -~ólo su asisténcía, sin otro linaje de recomend'a ciones· en él cartel.
Bien es verdad que de algún modo era menester corresponder a la fina diplomacia conº'q ue la señora M'"éller -a'nunciabá en· su triunfal t0urnée por'el extranjero éEI relicario,-delicado instrumento de penetración española en todos los
patios del mundo-como la canción' preferida de D. Alfonso XIII. La señora
Mellei: continúa siendo una excelente cancionista, con espeéialidad de ·ias canciones picarescas que en tiempos constituían para un público menos selecto,
pero sin duda más inteligente y sensible que el qúe ahora la aplaude,' el prin.
'cipal atractivo· de su arte frívolo, agradable y ligero, en modo alguno comparable, pese a la confusión que se empeñan en sembrar los sueltos' de contai:lur"ía y
los gacetiller06 de los periódicos, al de la Duse ~l al de Sa1'ah,
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..._la diví
:,,i fo"ra menos humá,
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LA PLUMA

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es decir, si no se viera sujeta a pasear el fantasma de c;u gloria por los cmusichalls• norteamericanos y los cines de Madrid.
Pero de confusiones vivimos. ¡Sabe nadie a qué atenerse respecto al teatro
de la Escuela Nueva. pongo por caso, en buena hora para sus intereses traído
y llevado de suspensión guhernativa en protesta periodística por obra y gracia
de un censor improvisado? Ni ¡c6mo ha de tener arrestos nadie para defender
en serio la libertad de la escena, cuando tan mal parada anda la de circular
por las calles y aun la de vivir y morirse c6mo y cuarrdo Dios manda? Ello es
que a cuenta de unos programas en que se anunciaban los prop6sitos del teatro de 1?. Rscuela Nuew-prop6sitos que constituyen su único haber artís·
tico-, el ffaníante director de Orden público que padecemos tuvo a bien
prohibir en d Español la representaci6n de La 'l!oz de la vida, comedia danesa
representada, al cabo, en el Ateneo sin escándalo de nadie y desencanto de
muchos. Poco Je ha sido dado, hasta' ,Ja, .,f~cha, cumplir al teatro de la Escuela
Nueva en pro del saneamiento del arte tlr-amátioo•español. RaRtante ha logrado
con poder comprobar la existencia, de un ·público capaz, de tan benévolo, de
no llamarse desde luego a engaño y -fiar al tiempo lo -que no puede improvisarse·
No podrán quejarse htñpoco los organizadores de estos primeros ensayos de
la actitud p;ira con ellos de los críticos. te,1trales1,·atentos tan s6Io alás buenas
intenciones de que el teatro de la Escuela Nueva está empedrado: Lástima
grande que las dilaciones a que ha ·obligado la· arbitrariedad de las autoridades
havan diferido la representaoi6n de La reina cas#za, de :Valle-lndán1 cuyo estreno significa ya algo más concreto de lc&gt;'l:ealizado hasta la fecha por la im provisada agrupaci6n.
El reclutamiento de c6micos ha de s·e r, sin duda, la mayor dificultad con
que ese naciente teatro tropiece. Los adores profesionales tienen, cuantlo menos, cierta soltura escénica, cie'rfas condiciones naturales qué la, ausencia de
dirección adecuada y la mala ' literdtura dramática a•cuyo servicio se les somete, juntamente con la carencia de v·e rdadero estímulo, acaban por malbaratar en fáciles éxitos. Si el Conservatorio•estuviese•regido pot ·las más ,elementales normas del sentido común, no sería tan ,ardu·o'Obtener cada-año-no grupo
de intérpretes discretos con que formar adecuados conjuntos. Pero el .C onservatorio es un centro, más que inútil, perjudic1a.J. No h.abíamos a.sistido nunca
a uno de los n~mados ejercicios con que se acostumbra cerrar los cursos académicos en aquella c:isa. El espectáculo que hemos tenido ocasi6n de presenciar h,ce ~lgunos días en su lindo teatro nos ha desengañado para siempre de

LA PLUMA
toda posibilidad de mejora de la enseñanza oficial del arte dramátice. De
cuatro señoritas que aspiraban a los honoríficos premios, una sola, Is~bel Barrón- no ha de tardar en serte familiar su nombre, espectador consci~nte:-,
demostró condiciones, si estimables siempre, verdaderamente ex~raordman.as
en aquel ambiente. La señorita Barr6n fué agraciada con un primer premio,
que en buena justicia no debi6 · tener segundo. Representó una escena de La
niña de Gómez Arias, de Calderón, y otra de Benavente. Momen~o_s ant:s. de
presentarse ante el tribunal examinador, la casualid~d nos pe rmitió asiSt~r. ª
una regocijada·escena entre bastid0res. Dos--catedráticos de·aqttel Centro, v~eJo
actor retirado uno de ellos y pizpireta matrona el otro, sin rival-seamos imparciales-en los papeles de criada ceceosa, comentaban con gr~n escándalo
de risas el atrevimiento de la señorita Barrón, que así, tan de pnme;as, º~~ba
afrontar un género.que ellos, en su Ja.rga vida esrénica, siempre habian ten~do
por caburrido y para literatos•, sin duda. Al cabo, el catedrático, compa~ecido
de la alumna, que no lo era suya, sino de la señorita Martos'. le aconsejó que
suprimiera la escena clásica, cuya elección ju1'gaba inconveniente, dado e~ descenocimiento que a, su entender, tendría el tribunal de semej ante comedia. Lo
presidía D. Jacinto He navente, en su calidad de delegado regio.
La señorita Barrón figura ya en el cuadro del teatro de la Escuela Nueva.
A poco que olvide lo que le han querido enseñar-sin gran em~eño,_ es verdad y ello facilitará su liberación-conseguirá ser una buena actnz. Tiene aptitudes naturales nada comunes, belleza física, voz deliciosamente timbrada,
sincera afición y raro buen gusto.
UN CRÍTICO INCIPIENTE

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curre a profundos prólogos pseudocientíficos, o ~e guarece, como el Sr. Mata en
sus Irresponsables, baio la autoridad de los técmr.os. .
.
. ·
La finalidad del autor de esta clase de producciones hteranas es meramente didáctica. Ciertos problemas de indudable transcendencia social necesitan salir del reducido ambiente del cu,·riculum técnico y ser ~xpuestos al público-a juicio del autor-no del modo descarnado y crudo habitual del hom~re
de ciencia, sino bajo el ropaje novelesco más o menos sazonad_o de truculencias.
El procedimiento nos parece equivocade,. Los problemas sociales ~ngendr~d~s
por las enfermedades mentales no rn avienen con esta clase de sistemas md1-

LIBROS y REVISTAS
Pedro Msta.-It-,-espoíisables.-Historias trágicas al margen d~ la locura y del
delito. Prólogo de A. Ossorio y Gallardo. Epílogo de E. Fernández Sanz. Madrid, Rivadeneyra, 1921.

·.1

El escritor español, generalmente, vive distanciado del movimiento psicológico y psiquiátrico y, fuera de alguna lectura casual, apenas se halla iniciado
en estas disciplinas. Esto, que quizá parezca sin importancia, es de indudable
valor cuando el escritor quiere hacer lite1·attffa psicojatológ.ica como el señor
Mata en ~us lr·responsables.
La literatura de este tipo exige una profundá y concienzuda labor preparatoria, y, aún en los raros casos en que alcanza gran perfección, difícilmente lo·
gra el resultado esperado por el autor. Ante todo requiere una cuidadosa elec•
ción de las fuentes: tarea de suma dificultad para el profano, que, forzosamente,
tiene que recurrir al auxilio de un consejero técnico, indispensable para su
orientación en la copiosa bibliografía de estas materias.
Fácilmente se comprende que la preocupación intelectual domiflante en el
autor sea la parte científica de su obra y a ella sacrifique la estructura íntegra
de la novela, aun a riesgo de la ulterior emoción estética del lector. De aquí
que, al ajustar el autor a determinada sistemática clínica la personalidad pisíqu•
ca de sus personajes. resulte ésta en extremo forzada. El dogma del realismo clí•
nico-defecto capital de esta clase de narraciones-.1kva consigo, i0'(1efectible·
mente, la creación de ciertos tipos que en el curso de la historia disertan am·
plia.mente sobre el tema psiquiátrico objeto de la novela para ilustración del
lector: demostrándole mediante citas eruditas los conceptos psiquiátricos en
litigio y atestiguando con textos autorizados la perfecta sintomatología del caso
descrito, temiendo, sin duda, tome el lector por producto de la imaginación
del autor el fruto de sus largas y meditadas lecturas. A esta clase de tipos per•
tenecen el arquitecto Panot de Les Demi-Fous, de Corday y el médico Garc~s
de La muchacha del Ideal .Rosales, del Sr. Mata. A veces, no satisfecho aún el
autor con las conferencias ténicas más o menos felices de estos personajes, re·
12:1!

rectos.

El problema de _la peligrosidad de cierto~ p~icó~atas, que en el año 1905
preocupara al novelista francés M. Corday, qmen _msp1rado por el profe~or Lasange escribió la novela Les Demi-Fous, es el mismo que el Sr. Mata mtenta
plant~ar en sus Irresponsables. Problema, dicho sea de paso, enfoca~o por el
Sr. Mata con criterio algo anticuado e influido por unos cuantos hbr4's que
apenas poséen hoy sino un valor histórico.
. . .
Los numerosos errores y equivocados conceptos ps1qu1átncos del autor son
absolutamente disculpables y en nada restan mérito a ~a par~e puramen!e artística de sus historias en consonancia con su manera hterana, ya conocida Y
juzgada por la crítica.
No creemos llegue el lector profano, a trav~s ~e 1~ tr~m~ ~oveleSCfi de las
historias del Sr. Mata, a sentir el problema ps1qu1átnco-Ju!1&lt;;11co manifestado
en ellas con la intensidad necesaria para formarse una opm1ón acerca de él.
El Sr. Mata acentúa demasiado el carácter delictivo de sus personajes y muy
posiblemente el lector extenderá esta rualidad. a c,uantos enfermos m«;:ntales
conozca y, sin pretenderlo, el autor habrá ~ontribmdo a fom;ntar el _,med? al
enfermo de la mente sobradamente extendido en nuestro pa1s y exttaordmariamente perjudicial para el progreso de la asistencia psiquiátrica. .
.
Altamente desconsoladora es la descripción de la fiesta en el Ma01com10 en
que transcurre la segund:i historia En legitima defensa. N3s ha recordado las
irónicas palabras que escribiera el profesor Weygaodt, anos_ hace, sobr~ otra
fiesta semejante, celebrada en honor de un grupo de ~ongres1stas e?'tranieros,
y cuyo remate apoteótico fué un castizo cuadro de ba!le flamenco, mterpretado por el elemento femenino de la parentela del director:
.
La lectura de En legítima defensa nos trae a la memona- 110 por se1:1e1anias artísticas cit&gt;rtamente-la exquisita novela de G. de Nerval, Aurelza, por
tratarse en eÚa de una autodescripción de la psicosis s_ufridd por el aut~r, comparable, mutatis mutandis, con el relato ~e.l enfermo M1_randa, que el senor Fernáodez Sanz, con benevolencia suma, cahf1ca de ma1·av1lloso fragmento de autoanálisis psicopatológico.
.
Tanto esta opinión que en modo alguno compartimos-com_o el co~seio_, que
más adelante da a los principiantes, de leer esta novela como tlus~racúJn literaria al capítulo de la Paranoia penecutoda ... para aclara; las andeces del texto
y como claro y ameno medio de comprender su evoluc16n, merecen algún comentario. En primer lugar debemos recordar, que en todo manual moderno de
l,!3

,. .. ·• .

�LA_ PLUMA

LK PLUMA
psiquiatría-citemos por_ ~jemplo un~ d~ los más reci~ntes, el del profesor
Bleuler, en ~u ~e~cera ed1c1ón-se comienza el estudio de la Paranoia. precisamente, transcnb1endo unas cuantas historias clínicas de ameno _y nada árido
texto.
. Con~iderar ':1n.a _producción puramente imaginativa modelo de autoanálisis
pszc~lógico es, a JU1c10 nuestro, bastante aventurado, por c11anto en ella todo es
fi~g1do Y en nada correspoode a la realidad objetiva y subjetiva vivida por el
. SUJeto creado por el autor. Wer ulbst erlebte-escribe el psicopatólogo Jaspersjindet am ehesten die treffende Schilderu:zg. El Sr. Mata, afortunadamente para él
no se hal!a. en las condicio?-~s exigida~ por la es~uela fenomenologista par~
autodescnb1r lo que no_ ha_v1v1do, a pesar de su gema! intuición. Podrán, claro
está! alc~nzar !as descnpc1ones de sus personajes patológicos la más alta perfección hterana; pero por muy de~a.rrollada que esté la capacidad endopatizante del Sr. Mata, Jamá~ podrá ser utt1_1za~le como documento cientifico para una
fJerstehende Psvchoiogze, la autodescnpc16n del personaje Miranda.
·
El Jemor de sobrepasar los límites de esta nota nos obliga a terminarla y
más aun, t;f de complicatla con técnicas consideraciones que nos colocarían
sobre el mvel de los personajéS"'de las historias del Sr. Mata cuya pedantería
hemos censurado.
"
,

**•

J.

M. S.

Ramón Gótnez de la Scrna.-EJ Doctor Inverosímil. ~Novela. Publicaciones
&lt;Atenea•.

·

¿_Una ?-ºvela? Es decir, lo que el lector entiende por tal, no tanto por las
clas1ficac1ones de los géneros literarios malamente aprendidas en el bachillerato, cuanto por la propia experiencia, ajena las más veces a los nombres de
los cenáculos, a las sutiles disquisicior:es de los litP-ratos, a las tertulias, críticas de los cafés. No! nC? es una novela. No urde @l autor en sus páginas una
trama en que la cunos1~ad del lector, suscitada por el interés de una historia
en qu_e choquen_ las pasiones humanas reducidas del ancho espacio y el tiempo
sucesivo de la vida real al volumen de un libro y a la duración de unas cuantas
lect~ras, que la emoción abrevia o suspende, se vea solicitada por el encadenamiento de los sucesos imaginados por el novelista con una lógica en cierto
D?odo fatal! el desen~a~e de los cuales provoca un alivio sentimental de la tensión padecida en el animo del lector. EJ Doctor Inverosímil, es uDa serie de
cuentos G más bien apólogos, cuya ejemplaridad resume y casi define la última
de_las &lt;~t.céteras finales&gt; que corroboran a manera de aforismos paradójicos
la 1ntenc1on de las historias anteriores: e Yo, por Jo menos, puedo decir lo que
aqu_e( doctor que decía: Entre mis manos pueden perder la .,,;da, ¡peru jamás 1/
esptritul•
L~s casos maravillosos de El Doctor lnf1erosímil son, en efecto, fantástica
gal_ena de sombras arrancadas de la v ida real, de Jo más real de la vida si se
quiere, sombras enfermas de cotidianismó de uso diario de costumbre ióvete·
rada, a las que el mago irónico que nos p;esenta Ramón Gómez de la Serná

cur¡¡, fovarial)le mente r.on una mis¡na receta de buen humor y de sentido coro-da, disimul¡¡do bajo la ~~travagancia más inofensiva, n! más ni meaos que los
especialistas famqsos y verosímiles que de la medicina viven.
Hay anécdotas como &lt;La luz amarilla&gt;, «El candado de letras&gt; o cLa sorpresa de la gráfica•, impresiones líricas como &lt;La burbuja• o «La pulmonía del
corazón•, caricaturas como «La desesperación del poeta• en que el humorismo
de Ramón Gómez de la Serna se afirma una vez más con ese carácter persona•
lísimo que le distingue entre los jóvenes &lt;"scritores españoles por su temperamento literario verdaderamente excepcional .
C.R.C.

Maria Bnrlqueta.-Sorpresas de la vida.-Novelas cortas. Biblioteca Nueva.
Madrid.
Una fiesta mundana; las gentes bailan, ríen, conversan; de pronto, alguien
da la noticia de que ha muerto una célebre bailarina; la noticia parece sobrecoger al marido de una hasta entonces mujer feliz; los celos amenazan acabar
en un momento con su dicha de tantos años; una VP.Z en su casa, de vuelta de la
fiesta, el marido confiesa a ,.u mujer el secreto que nunca le hubiera revelado;
aquella bailarina célebre y escandalosa era.... su hermana. Una gentil bordadora cuida afanosamente un tulipán todavía sin flor; dos vecinos se disputan sus
miradas; el del balcón de arriba es osado y dicharachero; el del bal~ón de abajo oculta calladamente su pasión; un buen día florece el tulipán; el vecino de
arriba lo obtiene al punto para el ojal de su americana; más he aquí que luego
la bordadora ve venir calle arriba al vecino tímido, ostentando en el ojal el tulipán de su tiesto; se lo ha encontrado en el arroyo y viene a devolvérselo a su
dueña creyendo que una racha de viento puede haberlo arrancado de su tallo;
la gentil bordadora se lo da en prenda de un amor insospechado.-Una enamorada se decide al cabo a envíar a su tierno cortejador las azucenas que tras una
espera de amorosa prueba han de ser señal cierta del logro de sus afanes; el
mensajero portador del florido presente sólo llega a tiempo de depositarlas al
pie de su féretro. Un rudo guardamonte piensa que no le falta para ser feliz
sino prender a la Muerte en el cepo que é l tiene siempre dispuesto para las
alimañas; así no podrá sorprenderle de improvisto; sus votos se cumplen, pero
la vigilancia que se ve obligado a montar noche y día porque no se escape su
presa agola sus fuerzas y al cabo la Muerte consigue soltarse de sus ligaduras
Y sumirle en la eterna noche.
Y así tantas otras sorpresas como la vida depara en ese mundo rosado en
que los hombres, si jóvenes, son mancebos apuestos; si viejos, ancianos venerables; si generosos, se ven luego recompensados, y si traidores, confundidos;
mundo en que las enamoradas son siempre puras doncellas; las mujeres livianas, románticas margaritas deshojadas y los rocines, corceles briosos. Ni vea
nadie en esta referencia el menor asomo de ironía. No deja de ser una de tantas vanidades la de ajustar los juicios literarios a un criterio atemperado a determinados preceptos críticos, según los cuales las no.velas clásicas, románticas,

us

12-4

...

�LA PLUMA
• 1

I

realistas, simbólicas, o meramente de folletín, son buenas en relación con el
tiempo en que fueron escritas, clasificación que da por supuesta cierta ortodoxia discernida en último término por el propio clasificador que las recomienda o vitupera. El informador literario, mucho más cuando su opinión versa sobre literatura propiamente recreativa, de puro entretenimiento, no ha de formular tanto una alabanza o una condenación, como exponer simplemente a la
consideración del lector que en él fía, el tono, la intención, el alcauce que el
autor se propuso para interesar al público a quien su obra va dirigida.
Con Jo que dicho se está el gusto que han de dar a tantas lectoras y lectores estas inocentes y placenteras Sorpresas de la vida, de María-Eoriqueta,
perfumadas a veces con el soplo poético de un Heine sin hiel, de un Andersen
sin lirismo, de un Feroán-Caballero, pongo por femenina sensibilid1d.

c. R. c.

.,
1

l

Federico G. Lorca.-Lió,·o de Poemas.-1921, Imprenta Maroto, Madrid .
No es desconocido el nombre de este joven poeta para los lectores de LA
PLUMA que ya han tenido ocasión de leer algunos de los poemas, que en este
primer libro de ese autor se incluyen. En las cPalabras de justificación, con
que se abre, ofréceoos Federico Lorca la imagen de sus días de adole~cencia y
juventud, páginas desordenadas, reflejo fiel de su corazón y de su espíritu impresionado por la vida palpitante, recién nacida para su mirada. «Sobre su incorrección. sobre su limitación segura, tendrá este libro la virtud entre otras
muchas que yo advierto, de recordarme en todo instante mi infancia apasionada correteando desnudo por las praderas de una vega sobre un fondo de
serranía,-dice muy acertadamente.
Más que un Libro de Poemas, se nos muestra la profusa selva de versos que
componen esta colección, como u11 solo Poema, o mejor aCrn extensísima Silva
de un solo aliento sentimental, entrecortado aquí y allá por tal cual respiro o
apoyatura irónicos, cuyo acento no rompe, sin embargo, la unidad de inspiración de este canto fluyente o inagotable. Apenas si se recuerda, una vez cerrado el grueso tomo, no ya 110 verso, mas la configuracióa definida de una sola
poesía. Pero el lecto1· se siente penetrado del intenso aroma romántico que
sus páginas exhalan, e incluso arrebatado por la liviana musa que de la primera a la última, trastrueca en lírico panteísmo el orden de las cosas en el
universo y el sentimiento que su contemplación pre.duce en el ánimo caótico
del joven poeta.
cTienen gotas de rocío
las alas del ruiseñor...
Un vago temblor de estrell¡ls

,'
126

. . . . . . . ... . . .. ... . ... .. .. ... . .

Hoy siento en el corazón

LA PLÚMA
Cazadores extrah1U11anos
Están cazando luceros
Ayer es lo marchito
Anteayer
es lo muerto

Mi beso era una ~ranada
profunda y abierta;
tu boca en rosa
de papel.
El fondo un campo de nieve
¡Oh qué dolor el tener
versos en la lejanía
' - de la pasión, y el cerebro
todo manchado de tinta!
El silencio redondo de la noche
sobre el pentágrama
del infinito.•
Poesía vaga en que los sentidos corporales prestan al espíritu las formas
espectrales de un mundo flotante en quimérica niebla cmtretejida con el hilo
de los sueños. No sería difícil hallar el árbol genealógico de este nuevo poeta,
tan e,tremecido y sensible, en la oscura selva de los románticos más delicuescentes, cuya savia injerta en nuestro suelo dió las líricas flores de un
Bécquer, y más tarde, por sutiles cultivos y destilaciones, las quintaesencias
de un Juan Ramón Jiménez.
C.R. C.

***
Valentin Andrés Alvarez,-Rejle;os.-Madrid. McltlXXI.-Editorial Galatea.
«Las cosas no son bellas en sí mismas, son bellas en reflejos. La belleza no
está nunca eo la ,·ealidad, sino en la virtualidad.-Puede ésta patentizarse de
dos modos: a). Viendo las cosas no como son, sino como efímeras cristalizaciones de todo lo que fueron y serán, lo cual existe en ellas de un mado virtt1al.
~). En expresar las cosas por imágenes (simetría perfecta entre la cosa y su
imagen virtual.)»
Añádase a este credo poético la afirmación de la pureza espiritual en razón
inversa de la distancia que separa la materia de nuestros sentidos.
la distancia purifica las cosas
y crea la belleza... ,

c ...

�LA PLUMA
Y no necesita más razones el nuevo poeta, ni ninguao, para justificar los motivos de su inspiración. La de Vafen'tín Andrés Alvar'ez es dara, precisa, gusta
de la brevedad, prefiere la serena armonía del tonó menor a la ronca voz y
la sonora pompa. La sencilla "filosofía de estos Reflejos no pretende en vano
suplantar los métodos propios de la disqubición cie~tífica;_ esencialIT?~nte poética, sus sentencias y aforismos no presup.o nen una mtenc1ón metaf1s1ca, pero
denuncian, eso sí, cierta disciplina lírica que templa el exceso sentimental con
la razón y presta cierta gracia musical a la lógica del universo.
Cuando se despreocupa, además, de toda consideración retórica, técnica, o
como quiera llamarse a ese prurito de explicar en cada composición el concepto que de la poesía se tiene, prurito de que adolecen por lo general los poetas
nuevos Valentín Andrés Alvarez escribe poemas como esta Canción de Primavera, c~yo mejor comentario es la simpática emoción que su lectura suscita:
«Un trocito de ·jardín
en la florida maceta,
y un poco de aire sonoro
en la jaula bullanguera .
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
arrancados sin piedad
de la florida floresta.
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
soñando en la libertad
de la fi.orida floresta.
Y nuestro amor (besos sólo),
trocito de primavera,
y nuestro ardor contenido
soñando con la floresta.
(pobre pájaro en la jaula,
pobre flor en la maceta)
sin gozar la libertad
de la dulce primav!ra.•

. 1
1
1

..

II

..

c. R. c.

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...

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MADRID, SBPTlB,_M_B_R_B_19_2_1_.I__Nú_M_._16_.-

EL ARTÍCULO QUE HIZO DORMIDO

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1

DISPARATES

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A:A'O II.

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escritor se había ~evantado tai:_de. La noche anterior _había
estado hasta las diez de la manana de su hoy. Es decir, un
lío de horas, de tiempo y de sintaxis.
El escritor veía ya una especie de atardecer precoz, corno
·
si en su mañana hubiese un eclipse de sol. Se l:iabía levantado más tarde que ningún día; pero es que después de haber ultimado
otros trabal'os, no había querido dejar de hacer su artículo diario, el artículo que levaba todas las mañanas el «botones» a la portería del periódico.
Después de almorzar con lentas maneras, aprendiendo poco a poco
los movimientos de siempre, reponiéndose como el que resucita, leyó
los periódicos del día, que se da el caso sorprendente de que son nuevos,
enteramente nuevos cada día.
. -¡Parece mentiral-se decía el escritor ya tan avezado a los periódicos, cuando cada día abría los diarios y los veía nuevos, recientes,
originales. Es que tenía alma de escritor, de periodista, de enamorado,
es decir, de hombre que encuentra nueva cada día la mujer de todos
los días.
9

L

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>MADRID
:~c.-,_ ,Ún'J ~-1¡211a ,:Ji·
,l. 1:;0·;'I OY.O, .l r ,

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�o

ÍNDICE DEL VOLUMEN III" ~

o
11

·. :r
1

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ro.
t&gt;I .1 '
u ,h I :;i,

]

92J

1 1A

I

JULIO A DICIEMBRE

.,_.fa pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.~

Páginas.

e~ NúM.ERo u c.1uL10)
Ramón del Valle-Inclán: Los cuernos de Don Friolera ........ .
Ramón Gómez de la Serna: Disparates..... . .. ~ ..... . .. . .... .
\
Pedro d·e· Répide: Estampas de Madrid ....... . ... . ....... . .. .
Jules Bertaut: Letras francesas... . . . . . . . . . . . . . . . ..... . ... . .
Mario Puccini: Letras italianas .. : . ........... . .. . . . ... . .. . . .
Libros y ·Revistas:· Miguel de Unamuno: Tres novelas' e_jemplaresr
J' un prólogo. El Cristo de Velázquez.-Juan José Domenchina: Del p oema eterno. Las i·nterrogaciones del sílencío.-Alberto Guilléri: La lt"nterna de Diógenes.- -Federico Schlegel:
Lucznda.-Francis de Miomandre: Le PavtÍlon du ·Manda j-ín.
•
,
e
Del sonido-ruido y su instrumental. . ... .. . ............ . .. .
\

u

IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁEZ !IERMANOS
NORTE, 21 . MADRID. TELÉFONO

17-65 J.

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.ul

u,

r.M- .1.

NúMBRO 15 (AGOSTO)

1

(

· . \ .no:;

Ramón del Valle-Inclán: Los cuernos de Don Friolera ........ .
Ernesto López Parra: Motivos nuevos.... .• ....• ;,, ... . ...... ~·.

65
86

�I •

LA PLUMA

LA PLUMA

Páginas.

89
96

Ramón Gómez. de la Serna:· Dis¡:,arates ....... .'. . ........... : .
Mario Puccini: Muestrario decadente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cardenio: Auto de las Cortes de.Burgos .. . .. . . . .. ·r . • . . . . . . .
Jorge Guillén: Encarnaciones...............................
Paul Colín: ·Letras alemanas.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un critico incipiente: Teatros ............... : . . . . . . . . . . . . . .
Libros y R~vistas: Pedro Mata: lrresponsables.-Ramón Gómez
de la Serna: El Doctor in'lJerosimi'l.-Maria Enriqúeta: Sorpresas de la vida.-Federico G. Lorca: Libro de Poemas.Vale.n tín Andrés Álvarez: Reflejos... . .....................

,

100

110
113
119

122

~

q

NÚMBRO 16 (SBP'.&amp;IBMBRB)
~

\.

•

,

·

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r. ., ;

lis'/ , •

r

Ramon Gomez de la Serna: Disparates.............. , . . . . . . . .
129
·
, ,
V 1
Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . .. .. . . .. :., -~-- . . . . . . . • .
138
Juan José Domenchina: Poesías . . ........... .. ........•.... :
143Don Juan Manuel: Guerras entre cristianÓs y moros. . . . . . . . . . .
146
Cardenio: Si el alarbe tornase vencedor ............ . ......... · 149
Pedro de Répidé: Estampas de Madrid ....... ~J• .'"! :•... ... ~....
160
Mario Puccini:
Létras
italian·
a
s
....
..
...
.
..
.'
..
.
.
.
..
·.
..
.
.....
164
.
\
Jules Bertaut: Letras francesas..... .. ................. ........
173
1
Paul Colín: Letras belgas ............ . . .' .· . ... . . ... ·. . .. . • • • •
178
Libros y Revistas: Víctor Catalá: ·z:;a M~dre Ballena.-Luis Fer- .
nández Ardavín: El Hi.fo.-A. Hernahdez Catá: La voluntad · •
de Dios.-Marcel Proust: Por el cami'no de Swan.-César Falcón: Plantel de inválidós.-Enrique Barbussé: El resplandor
en el abúmo.-Antonio Battistella: La Repúblíca di Venezia
ne' suoi undü:i secolt' dí storia.- Revistas. . . . . • . . . . . . . . . . . . .
184
Necrología: Tomás Morales ..... ....... ~- .. • ... :. . .........
191
IV

Páginu.

NÚ.MBRO 17 (OCTUBRB)
Víctor Catalá: La hija de Carolí...... . ........... . •.........
Manuel Azaña: El jardín de.los frailes . .. ...... .'..... . .... . .
f:ernando González: Poesías ... . ......... .. ... . . .... . .:.. , .. .
B. Constant: Del espíritu de conquista... . . .. ..... : .. : ...•. . .
Paul Colín: Letras alemanas... . . . . ... . . .. ........ . . . .... . .
Dou glas Goldring: Letras inglesas ........................ . . .
Libros y Revistas: Pedro Prado: A lsino.-Luis y Agustín J\1illares: Doña Juana.-Francis Jammes: Rosario al sol.-Alfonso
Maseras: A la derzva.-Manuel R. Álvarez Puente: El naviero
Más -o La novela de la materia. l. Los szgnos.-ErckmanaChatrian: Historia de un quinto en .18z3.- R . Benja mín: Gaspar.-Magallanes Moure: Flori'legio.-Armando Zegrí: Máze,:va la de glaucos o.fos.-Alberto Guillén: El libro de las parábolas.-Manuel Díaz Rodríguez: Peregn'na, " el p ozo encantado.-Fernando Gil Mariscal: Girones.-Ant6n P. ·chejov:
Eljardín de los cerezos. José Fabio Garnier: A la sombra del
amor.-Arturo Schnitzler: .iJ.natol y A la ca;atúa verde ..... .

193 .
217
231
2 34
,238

244

r
. .J

NÚMBRO 18 (NOVIBMBRB)
Ramón Gómez de la Serna: Una noche en el cementerio...... .
2 57
Manuel Azaña: El jardín de los frailes .. . .. . .. . .. . ......... . .
264
C. Rivas Cherif: Alcor . . ..... . ...... . . .. .. .. . . ........ . ... .
2 74
Luis y Agustín Millares: La ley de Dios . . .. . . ... , . . ........ . . 278
Antonio Pérez: De un curioso guantero . ............. ; . . .... .
3o4
Luis Araquistáin: En torno a «Don Juan de E~paña» ......... .
306
Jules Bertaut: Letras francesas .. . ............. . ..... . ... . .. .
312
Libros y Revistas: Ramón M.ª Tenreiro: El loco amor.-J. Moreno Villa: Patrañas.-Manuel Ugarte: Poesías completas.Guillermo Jiménez: Constanza . . . . . . ...... . ... . .... .. ... .
317
V

�LA ?LUMA
Páginas.

NÚMBRO 19 (DICIBMBRB)
Ramón Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Niet'zsch~ ....1
Francisco A. de Icaza: Paisajes vistos y paisajes de'ensue:ño ...~.. .
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . ..... , .:: ..... .'.. ~.
... . . . . . . . . . . . . . . .·e. . . . . . . . . . . . . . . . . .r . . .
, en Me¡1co.
Va11e-I ne1an
Paul Colin: Letras alemanas ........ . .. . ..... : .. .t_ • • • • • • • • • •
Mario Puccini: Letras italianas......... ... !1• ~ ••••• :-. . : . • • • • •
Douglas Goldring: Letras inglesas............ .. .........
Un crítico incipiente: Teatros: Hechi~o eslayo y estilo españ&lt;:&gt; •
Libros y Revistas: Francisco A. de kaza: Nz'etzsche, poeta.-C. R, .
vas Cherif: Un camarada más.-S. González Anaya: l:!,l castz'Llo de írds ,_v no volv'erás.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la
Naturaleza.-Paolo Monelli: Le s_rarpe al scle.-Jean GaltierBoissiere: Lot'n de la nfftette............ . ,.... .. ... ·,·......
..

J

.

J21

337
342

357
359
365
371
379

379

�AÑ O II.

1

~lADRID, JULIO 1921

1

NÚM. 14.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERP ENTO ~ SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA OCTAVA
UNA SALA CON MIRADORES QUE avistan la marina. Sobre la como/a, grandes caracoles S01lQros y conchas perleras. El espejo
bajo un tul. En las paredes, papel con kioscos de Mandarines, escali1tatas y esquifes, lagos azules entre adormideras La sierpe de mz acordeóll, al pie de la consola. En la cristalera del mirador, toman cafe y
discuten tres seiiores oficiales: Levitines azules, pantalones potrosos, calvas !u.cientes, un feliz aspecto de relojeros. Conduce la discusión Don L auro Rovirosa, que tiene un ojo d~ cristal,y cuando·lzabla, solamente mueve
un lado de la cara. r..s teniente veterano graduado de capitán. Los otros

�LA PLUMA

LA PLUMA
!.
.1

dos, muy diversos de aspecto entre sí, son, sin embargo, de un parecido
obsesionante, como acontece con esas parejas matrimoniales, de viejos un
poco ridículos. Don Gabino Campero, filarmónico y orondo, está en el
grupo de los gatos. Don Mateo Cardona, con sus ojos saltones, y su
boca de oreja a ore¡a, m el de las ranas.
EL TENIENTE ROVIROSA

Para formar juicio, hay que fiscalizar los hechos. Se trata de condenar a un compañero de armas, a un hermano que podríamos decir.
Acaso nos veamos en la obligación de formular una sentencia dura,
P,ero justa. Comienzo por advertir a mis queridos compañeros que
me pronuncio contra todos los sentimentalismos.
EL TENIENTE CAMPERO

¡En absoluto conforme! Advirtiendo que la justicia, no excluye la

me adornase la frente S h
militares ·
· e abla, sin record
han salido de la clase d/~r¿~=-l~
~ejo~es cabezas
poleón, pi:~~1!:,re
...
• 1 nm, p1stolo! ¡Na-

·S

I

EL TENIENTE CARDONA

' oo. Napoleón era procedente de la Acad em1a
. de Artillena.
,
.

EL TENIENTE CAMPERO

,Puede ser' Pero el
cedía
de la cl;se de tropa,
general
Morillo
que le dió en 1~ cresta, pro,
y había
sido mozo
en un mohno.

·C
EL TENIENTE ROVIROSA
orno el rey de Nápoles, el,famoso general Murat!

.1

T

EL TENIENTE CAMPERO

engo leído alguna cosa de
te. ¡Napoleón le tenía m1·edo.'
ese general. Un general muy valien-

1 .

clemencia.

EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE CARDONA

Hay que obligarle a pedir la absoluta. El Ejército no quiere ca-

¡Tanto como eso, teniente Campero!

brones.

•
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente!

ET, n:NIENTE CARDONA

DON LAURO RUBRICA con un gesto tan terrible, que se le salta el ojo de cristal. De un zarpazo, lo recoje rodante y trompicante en
el mármol del velador, y se lo incrusta en la órbita.
EL TENIENTE CARDONA

Se trata del honor de todos los oficiales, puesto en entredicho
por un teniente cuchara.
EL TENIENTE CAMPERO

¡Protesto! El cuartel es tan escuela de pundonor como las Academias. Yo, procedo de la clase de tropa, y no toleraría que mi señora
2

EL TENIENTE CAMPERO

Viene en la Historia.
No la he leído.
,

EL TENIENTE ROVIROSA

A m,, personalmente ' los f·1anceses me empalagan.
EL TENIENTE CARDONA

Demasiados cumplimientos.
EL TENIENTE ROVIROSA

Pero hay que. reconocerles valentía. ¡Por algo son
nosotrps.
latinos, como

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

ENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hemos pegado. siemwe
a los gabachos .
•r

la perfección el tagalo!

' EL TENIENTE ROVIROSA

IENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se compi:ende perfectam·enfe_! Nosotros somos moros y latinos. Los primeros soldados, según Lord
Wéllington. ¡Un inglés! '.. ; '\... ¡ f' • l .
• ,

EL TENIENTE CAMPERO ~ •
•

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'

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¡lvidado

1

A mi parecer, lo que más tenemos es sangre mora. Seºvé en los
ataques a la bayoneta:, , :•
• "!

!? poco que sabía, e hice toda

ENTE CARDONA

' .....

Joló. ¡Los mejores de mi vida!

DON LAURÓ ROVJROSA alza y baja una ceja, 1d mano puesta sobre el ojo de cristal, por si ocurre que se le antoje dispararse.
i',.t; .

·-·.

1':NTE ROVIROSA

;, • . ..
"

la vida!

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NTE ROVIROSA

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EL TENIENTE ROVIROSA

mismo. Mindanao, tiene para mí mal
o el ojo derecho, de la picadura de un

¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han miradó con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. ' Pero todos, al cab.o de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.

NTE CARDONA

ra mí un páraíso. Cinco años sin un
ervarme ~e. comer, beber, y lo que

EL TENIENTE CARDONA
ENTE CAMPERO

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar

on muy aceptables!

EL TENIENTE CAMPERO

ll:NTE CARDONA

Y en Man-uecos. Allí no se oye hablar mas que árabe y español.

11

baño, les ponía una camisa de nipis,

EL TENIENTE CARDONA

¿Tagalo, no?

fSTREMECE íos cristales del mirasobre las barbas, la panza se infla con
; el velador las tazas del café, salta el
·u ojo de cristal el teniente Don Lauro

EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TENIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy 'a romperte los cuernos!
4

-- --¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!
ENTE CARDONA

-~.

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�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hemos pegado siem~re
a los gabachos.
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se compi:ende perfectamente_! Nosotros somos moros y latinos. Los pri_meros soldados, según Lord
1
1
•
Wéllington. ¡Un inglés!
· '
EL TENIENTE CAMPERO~ ,.
1

1

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•

1

A mi parecer, lo que más tenemos es sangre mora. Se· vé en los
ataques a la bayoneta: , :·
,
. . .,..
DON LAURÓ ·ROVIROSA alza y baja una ceja, zd mano puesta sobre el ojo de crista_!, por si ocurre que se le antoje dispararse.
¡-.. J .

¡Al parecer, posee usted a la perfección el tagalo!
,

¡Lo más indispensable para la vida!

• 1

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! A mí se me ha olvidado lo poco que sabía, e hice toda
la campaña de Mindanao.
EL TENIENTE CARDONA

Yo he pasado cinco años en Joló. ¡Los mejores de mi vida!
L".T

'1'1"NTRNTF.

ROVIROSA

...

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han mirado con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. · Pero todos, al cab.o de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.
EL TENIENTE CARDONA

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar
EL TENIENTE CAMPERO

Y en Marruecos. Allí no se oye hablar mas que árabe y español.
EL TENIENTE CARDONA

¿Tagalo, no?
EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TENIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy a romperte los cuernos!

un regocyo sacu.rnu,. LJu••~-- •.••. __
canario tn la jaula, y se sujeta su ojo de cristal el teniente Don Lauro
Rovirosa.
EL TENU:NTE CARDONA

¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!
5.

◄

•,

�LA PLUMA
LA PLUMA
I'

EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hem~s pegado sieml!re
a los gabachos.

¡Al parecer, posee usted a la perfección el tagalo!

EL TENIENTE ROVIROSA
EL TENIENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se comp.i:ende perfectamenfel Nosotros somos moros y latinos. Los primeros soldados, según· Lord
Wéllington. ¡Un inglés!
· ' 1 ' •'
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EL TENIENTE CAMPERO~ .

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A mi parec~r, lo que más tenemos es sangre mora'. Se: vé en Jos
ataques a la bayoneta. , ; , .
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..

¡Lo más indispensable para la vida!
EL TENIENTE ROVJROSA

¡Evidente! A mí se me ha olvidado lo poco que sabía, e hice toda
la campaña de Mindanao.
EL TENIENTE CARDONA

DON LAURO RO V/ROSA a/::ay baja una ceja, la' mauo p uesta sobre el oj o de cristal, p or si ocurre que se le antoje disp ararse.
• ) . E L TENIENTE &gt;R OVIROSA

/'

¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han mirado con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. Pero todos, al cabo de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.
EL TENI ENTE CARDONA

Yo he pasado cinco años en Joló. ¡Los mejores de mi vida!
EL TENIENTE ROVIROSA

No todos podemos decir lo mismo. Mindanao, tiene para mí mal
recuerdo: Enviudé, y he perdido el ojo derecho, de la picadura de un
mosquito.
EL TENIENTE CARDONA

La isla de Joló, ha sido para mí un páráíso. Cinco años sin un
mal dolor de cabeza, y sin reservarme ~e comer, beber, y lo que
cuelga.
EL TENIENTE CAMPERO

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar

¡Las Batas de quince años, son muy aceptables!

EL TENIENTE CAMPERO

EL TENIENTE CARDONA

Y en Marruecos. Allí no se oye hablar mas que ára be y español.
¿Tagalo, no?

EL TENIENTE CARDONA
EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TE NIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy a romperte los cuernos!
4
1

¡De primera! Yo las daba un baño, les ponía una camisa de nipis,
y como si fuesen prin'cesas.
SU RISA TRIUNFAL ESTREMECE los crístales del mirador, la ceniza del cigarro vuela sobre las barbas, la panza se infla con
rm regoctfo saturnal. Bailan en el velador las tazas del café, salta el
canario en la j aula, y se sujeta su ojo de cristal el teniente Don Lauro
Rovirosa.
EL TENIENTE CARDONA
l

il

¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!

s.

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA
EL TENIENTE ROVIROSA

Permítanme ustedes que les recuerde el objetivo que aquí nos
reúne. Un primordial deber, nos impone velar por el decoro de la familia militar, como ha dicho en cierta ocasión el heroico general Martínez Campos·. Procedamos sin sentimentalismos, castiguemos el deshonor, exoneremos de la familia militar al compañero sin, sin, sin...
EL TENIENTE CARDONA

Posturitas de gallina.

¿Qué retiro le queda?
EL TENIENTE ROVIROSA

¡El máximo! No se muere de hambre. Todavía junta al retiro, dos
pensionadas.
EL TENIENTE CARDONA

¡No hay como esos pipis para tener suerte! Este cura no tiene ni
una pensionada. Y ha servido en Joló, en Cuba y en Africa.
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

La frase no es muy parlamentaria.
EL TENIENTE CARDONA

¿Queda o no queda admitida?

Pero usted ha estado siempre en oficinas.
EL TENIENTE CARDONA

Porque tengo buena letra. ¡No me haga usted de reír!
EL TENIENTE R0VIROSA

EL TENIENTE CAMPERO

Admitida. No nos ruborizamos.

Usted poco ha salido a campaña.
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Meditemos un instante y puesta la mano sobre la conciencia, dictemos un fallo justo. El apuntamiento reza así:

¿Es que solamente se ganan las cruces en campaña? ¡El Rey tiene
todas las condecoraciones, y no ha estado nunca en campaña!
EL TENIENTE CAMPERO

EL TENIENTE CARDONA

Prescindamos del cartapacio.

¡Ha estado en maniobras!
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE CAMPERO

¡Conforme!
EL TENIENTE ROVIROSA

La cuestión está situada entre estos dos conceptos que llamaremos de justicia y de gracia. Primero: ¿Al teniente Don Pascual Astete y Bargas, se le expulsa de las filas pronunciando sentencia un
Tribunal de Honor? Segundo: ¿Se le llama ,y amonesta y commina,
de un cierto modo confidencial, para que solicite la absoluta? Yo creo
haber declarado que me pronuncio contra todos los sentimentalismos
6

No es cuestión del Rey. El Rey es un símbolo, una representación de todas las glorias del Ejército. Pero nos hemos salido de la
cuestión, sin haber llegado a un acuerdo. Recapitulemos. ¿Se commina privadamente al supradicho oficial para que solicite el retiro? ¿Le
exoneramos públicamente, constituídos en Tribunal de Honor?
EL TENIENTE CARDONA

Propongo que se le llame, y cada uno de nosotros, le atice un capón. ¿Es que vamos a tomar en serio . los cuernos de Don Friolera?
7

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo creo que sí. Oigamos sin embargo lo que opina el teniente
Campero.
EL TENIENTE CAMPERO

¡Partamos a la guerra de los Treinta Años!

ESCENA NOVENA

Es muy duro sentenciar sin apelación.
EL TENIENTE ROVIROSA

Nuestro fallo iría en consulta a la Superioridad.
EL TENIENTE CAMPERO

La justicia no excluye la clemencia.
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! ¿Quieren ustedes delegar en mí, para que visite al teniente Don Pascual Astete?
EL TENIENTE CAR.DONA

EL HUERTO DE DON FRIOLERA, a la puesta del sol.-La
tapia rosada, los nara1~jos de esmaltes profundos, el fruto de oro. La
estrell~ de una alberca entre azulejos.-Bajo la luz verdosa del emparrado, medita la sombra de Don Friolera: Parches en las sienes, babuclzas moras, bragas azules de un uniforme viejo, y jubón amarillo de
Jranela. El teniente aparece sentado en un banquillo de campamento, tiene a la ni1ia cabalgada y la contmipla con ojos vidriados y lánguidos
de perro cansino. Mano/ita lleva el pelo sujeto por un arillo de coralina,
las medias caídas y las cintas de las alpargatas sueltas. Tiene el aire
triste, la tristeza absurda de esas muñecas emigradas en los desvanes.

Por mí, delegado.
MANOLITA
EL TENIENTE CAMPERO

Por mí, tal y tal.

¡Papitolín, procura distraerte!

L •t

DON FRIOLERA
EL TENIENTE ROVIROSA

Profundamente agradecido a la confianza ·depositada en mí, creo
que procede reunirnos esta noche. Yo traeré un borrador del acta, y
si ustedes están conformes, la firmaremos.

¡No pu._edo! Tu tierna edad te dicta esas palabras. 'Serás mujer y
comprenderás lo que entre tu .padre •y tu_ madre ahora se pasa. Tu
padre, el que te dió el ser, no tiene honra, monina. La prenda más
estimada, más que la hacienda, más que la vida!. .. ¡Friolera!

EL TENIENTE CAMPERO

MANOLITA

Hay que pagar el café.

¡Papitolín, no tengas malas ideas!

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo soy huésped en la casa, y los convido a ustedes.

L os tus estan en pie: Se abotonan los lev#ines, se ciñen las espadas, se ladean el ros mirándose de reojo en el espejo de la consola.
8

oo:,;

FRIOLERA

¡Me quemo en su infierno!
M.\NOLITA

jPapitolín, alégrate!

'

�L,A PLUM A

LA PLUMA
DON FRIOLERA

¡No puedo!
MANOLITA

MANOLITA, REPENTINAMENTE COMPUN GIDA, besa
la mejilla del viejo, que le acaricia la cabeza, y suspira, arrugado ef
pergamino del rostro con una mueca desconsolada.

¡Ríete! ;
DON
DON FRIOLERA

¡'
; i

¡No puedo!

FRIOLERA

¡Lástima que seas tan niña!
MANOLITA

1
MANOLITA

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¡Porque no quieres!

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¡Ya seré grande!
DON FRIOLERA

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DON FRIOLERA

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•,, 1

Yo no lo veré.

¡Porque no tengo honor!

MANOLITA

MANOLITA

¡Si tal!

¿Papitolín, te traigo la guitarra para distraerte?
DON FRIOLERA

DON FRIOLERA

¿Tú no sabes que me he muerto esta noche?
MANOqTA

¡Para llorar mis penas!

¡Te vas a volver loco, papitolin!
MANO LITA TRAE LA GUITARRA, Don Friolera la templa
con gesto lacrimatorio, que le estremece el bigote mal teñido. Los ojos.
de perro, vidriados y mortecinos, se alelan mirando a la niña.
DON

FRIOLERA

DON FRIOLERA

¡Ya lo estoy!
MANOLITA

Con la guitarra ~e distraes.
DON FRIOLERA

¡Eres la clavellina de mi existencia!

¡Se acabó el mundo para este viejo!
MANOLITA
MANOLITA

¡Papitolín, cuánto te quiero!

Toca «El Contrabandista&gt;.
DON FRIOLERA

¡Friolera!
10

DON

Veré si puedo.

FRIOLERA

�,

_ LA PLUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA RECORRE LA GUITARRA con una falseta, y rasguea el acompañamiento de una copla, que canta con voz que- ,
brada, y jiponcios de mucho estilo.
·
;, "f·
COPLA DE DON FRIOLERA

¡Ya se acabó mi ventura!
¡Ya se acabó mi consuelo!
¡Ya no tengo quien me diga
ojitos de terciopelo!

mente ocurren entre_familias de ciertos sujetos que vienen rodando
la vida... Me~gues y Dengues y Perendengues. , . · ,
FRESCA Y POMPOSA, CON peinador de muchos lazos, la escoba en lá 1nano, y un clavel en el rodete, la señora tenienta asoma ett
el huerto.
DOÑA LORETA

¿Qué picotea usted, Doña Tadea?
DOÑA TADEA

En una buharda, por encima de los tejados, aparece la cabeza pelona
de Doña T adea Calderón.

'
Primero, son las buenas tardes, señora tenienta.
DOÑA LORETA

DOÑA TADEA

Después del tiberio nocturno, ahora esta juelga. ¡Tien~ usted a
todo el vecindario escandalizado, señor teniente!
DON FRÍOl:.ERA

'·

Para usted serán buenas.
DOÑA TADEA

Y para usted, pu~s tiene el bien de la sa!ud.

¿Que pide el honrado y cabrón vecindario, Doña Tadea?

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DOÑA L OR ETA

0

DOÑA TA

Para mí, son muy negras.

Para poner tachas, no es usted el más competente, Don Vihuela!
MANOLITA

I

¡Cotillona!

DOÑ A TADEA

¡La compadezco!

,..
DOÑA TADEA

¡Mocosa! Con los ejemplos que recibes no puedes tener otra
-crianza!
DON ~'RIOLERA

A usted, la cazo yo de un tiro, como a un gorrión ¡Friolera!
DOÑA TADEA

Yo, saco la cara por mi pueblo. Adulterios y licencias, acá sola-

MANOLITA

¡Cotillona!
DOÑA TADEA

¡Déle usted un revés a esa moña! ¡Edúquela usted, señora
tenienta!
DOÑA LORETA ·

Disimule usted, Doña Tadea.
13

, 2

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

~'RIOLERA

¡:--liños y locos pregonan verdades!
DOÑA TADEA

DOÑA T ADEA CALDERÓN, cierra de golpe el ventano, la te-t'tienta éntrase a la casa con un remangue, y el teniente rasguea la guitarra con repique de los dedos en la madera.

¡Chiflado! ¿Es conducta a la noche querer matar a la mujer, y
.ahora esta juelga?

COPLA DE DON FRIOLERA

Una bruja al acostarse
se dió sebo a los bigotes,
y apareció a la mañana
comida de los ratones

DOÑA LORETA

Déjele usted, que se distraiga de su tema.
DOÑA TADEA

¡Así le deje el mundo!
DON FRIOLERA

¿Halla usted la guitarra desafinada? Voy a templarla, para can-tarJa a usted una petenera.

DOÑA TADEA ABRE REPENTINAMENTE el venta1io, al
.final de la copla, y aparece con un guitarrillo, el petjil aguzado, los ojos
encendidosy redondos, de pajarraco. Rasguea y canta con voz de clueca.
COPLA DE DOÑA TADEA

DOÑA TADEA

¡Cuatro cuernos del toro!
¡Cuatro del ciervo!
¡Cuatro de mi vecino!
¡Son doce cuernos! .

¡Insolente!
DON ~'RIOLERA

Ya me saltó la prima.
DOÑA LORETA

Mira si puedes empalmarla, Pascual.
DON FRIOLERA

Voy a verlo. No tiene muy buen avío.

MANO LITA CORRE POR EL HUERTO llenando el delantal
de naranjas podres, y vuelve al lado de su padre. Don Friolera deia la
guitarra sobre el banquillo, y pone en el ventano el blanco de un ¡ Pin!
JPan! ¡Pun! Doña Tadea aparece y desaparece.

DOÑA LORETA
DOÑA TADEA

¡Son dos reales!
DON FRIOLERA

¡Grosero!

Ya lo sé, Loreta.

DON FRIOLERA
DOÑA TADEA

¡Pin!

¡Al cabo, son ustedes gente que viene ,rodando!

DOÑA TADEA.

{Papanatas!

�LA PLUMA

LA PLUM A
DON füHO f,ERA

DON FRIOLERA

¡Pan!
DOÑA TADEA

¡Buey!
DON FRIOLERA '

¡Pun!

···

ESCENA DÉCIMA

LA GARJTA DE LOS CARABINEROS en la punta del 11tuelle,
siempre batida por la bocana de aire. Noche de_ luceros en el recuadro
del ventanillo. Un fondo divino de oro azul para los aspavientos de un
fantoche. Don Friolera se pasea. Tras de su sombra, va y viene el perrillo. Don Friolera mece la cabeza con mucho compás. De pronto se
detiene y cruzando las manos a la espalda, hinca la mirada en el ángulo
de sus botas donde juega Merlín.

¡Era feliz! ¡Friolera! ¡Indudablemente era feliz sin haberme enterado! ¡Friolera! ¡Friolera! ¡Friolera! El mundo es engaño y apariencia:
Se enteran los mirones, y uno no se entera: ¡Ni de lo bueno ni de lo
malo!... ¡Uno nunca se entera! Yo me quejaba de mi suerte, y nada
me faltaba. Todo lo tenía dentro de mi jaula! ¿Cuándo me entero?
¡Cuando todo lo pierdo! ¡Cuando nada de aquello me resta! Estas
tras~adas no pueden ser obra de Dios. Al que las sufre, no puede
pedirle que colabore con el Papa. ¡Friolera! Este tinglado lo gobierna
el Infierno. Dios no podría consentir estos dolores: :Ni Dios ni
ninguna persona de conciencia. ¡Friolera! ¡Todo lo tení~ y no te~go
nada! ¿Qué iba ganando con dejarme 'corito el Padre Eterno? Le est~y dando vueltas, y e~te cisma n o es obra de ninguna cabeza supen or: Puede ser que Dios y Satanás se laven las manos. Toda esta
tragedia, la armó Doña Tadea Calderón. Con una palabra me echó
al cuello la serpiente de los celos. ¡Maldita sea!
ENTRA UNA RÁFAGA DB VIENTO marino,y se arrebatan
las hojas del calendario, colgado en un ángulo. La llama del quinqut
se abre en dos cuernos. En la puerta, con la mano ante el ojo de cristal
está el teniente Rovirosa.

DON FRIOLERA

EL TENil:NTE ROVIROSA

¡Vamos a ver! ¿No puedes estarte quieto un momento con la borlita del rabo?

¡Buenas noches, Pascual!
DON FRIOLERA

Merlín bosteza, y entre los colmillos alarga la lengua blanca, cámo
si se consultase de sus males. Don Friolera le aparta con un signo estrambótico de sabio maniático. El perrillo se levanta en dos patas, y
hace una escala de ladridos en la segunda octava. Una gracia que le
mseñó la tenienta. Don Friolera siente el alma cubierta de recuerdos: El
canario, la gata, la niña, la esco~a de Doña L'oreta. El guitarreo desafinado de Pachequín. El perfil de bruja de Doña Tadea.
16

¡Buenas!
EL TENlffNTE ROVIROSA

¿Muerde ese perrillo?
DON FRIOLERA

No tiene esa costumbre.
2

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

Sin embargo, podría usted llamarle.

.t--io puede usted contestar en esa forma a mi requerimiento.

DON FRIOLERA
DON FRIOLERA

No hay inconveniente. ¡Ven acá Merlín!

Pues así contesto.

DON FRIOLERA, DÁ PALMADAS en una silla. Merlín, se
encarama de ztll salto, y moviendo la borla del rabo, se acomoda.

·-

EL TENIENTE ROVIROSA

Pascual, sea usted razonable.

EL TEJ\IENTE ROVIROSA

DON FRIOLERA •

Me trae un enojoso asunto.
DON FRIOLERA

1
/

EL TENIENTE ROVIROSA

.!,,o adivino.
EL TENIENTE ROVIROSA

Mi visita tiene un carácter a la vez privado y oficial. Un hombre
de ciencia le llamaría anfibio. Yo no lo soy, y tampoco me creo autorizado para emplear esos términos.
DON FRIOLERA

¿Quiere usted sentarse? Deja esa silla Merlín.
EL TE::-IIENTE ROVIROSA

Estoy más tranquilo conque la ocupe el perrito.
DON FRIOLERA

¡Bueno!

Se expone usted a que los oficiales adoptemos una resolución
muy seria.
DON

FRIOLERA

Pueden ustedes cantarme el gori-gori.
EL TENIENTE ROVIROSA

No adelantemos los sucesos. En la reunión de oficiales, se ha
acordado que usted solicite el retiro.
DON FRIOLERA

¿Y por qué? ¿Porque no tengo honor?
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

Teniente Astete, un tribunal compuesto de oficiales, me comisio0
na para conocer los antecedentes del enojoso contratiempo ocurrido
entre usted, y su señora.
DON FRIOLERA

He resuelto no hablar de ese asunto.
18

No quiero.

Sobre nuestras decisiones no puedo admitir controversia.
DON FRIOLERA

Mi5 cuernos no son una excepción en la milicia.
EL TENIENTE ROVIROSA

Respete usted el honor privado de nuestra gloriosa oficialidad.
19

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL TENIENTE ROVIROSA

DON FRIOLERA

Ningún militar está libre de que su ~eñora le engañe: ¡Friolera! En
ese respecto, el fuero no hace diferencia de la gente paisana.
EL TENIENTE ROV1ROSA

Real y verdaderamente, se impone un acto de demencia.
DON FRIOLERA

¡Y lo tendré!

¡Evidente! ¡Pero se impone no tolerarlo!
DON FRIOLERA

¿Y sabe usted mi intención oculta? ¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Chóquela usted, Pascual! Deploro que ese granuja no sea un caballero, porque me da el corazón que le hubiera usted pasado de
parte a parte.

EL TENIENTE ROVIROSA

No sea usted guillado y solicite el retiro.

DON FRIOLERA

¡Friolera!

DON FRIOLERA

¿Usted qué haría en mis circunstancias?
EL TENIENTE ROVIROSA

Si contestase a esa pregunta, contraería una gran responsabilidad.

EL TENIENTE ROVIROSA

Para mi, los desafíos representan un adelanto en las costumbres
sociales. Otros opinan lo contrario, y los condenan como supervivencia del feudalismo. ¡Pero Alemania, pueblo de una superior cultura, sostiene en sus costumbres el duelo! ¡Para usted la desgracia ha
sido la mala elección por parte de su señora!

DON FRIOLERA
DON FRIOLERA

¿Usted lavaría su honor?

Le cegó ese pendejo.

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidentel

¡Evidente!
DON FRIOLERA

¿Con sangre?

DON FRIOLERA

Mañana recibirá usted las dos cabezas.
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente!
DON FRIOLERA ·

Mañana recibirá usted en su casa, d~s cabezas ensangrentadas.
20

EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Déme usted un abrazo Pascual! ¡Pulso firme! ¡Animo sereno! El
Tribunal de Honor, fiado en la palabra de usted, suspenderá toda
decisión.
21

�LA PLUMA
DON

FRIOLERA

Hágale usted presente mi gratitud.
EL TENIENTE ROVIROSA

Será usted complacido en tan honroso deseo.
DON FRIOLERA

Si hoy tengo perdida la estimación de mis queridos compañeros,
e_spero que pronto me la devolverán.

DISPARATES

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo también lo espero.

EL VAGÓN DESPERTADOR

DON FRIOLERA

¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!

MERLÍN ENDEREZA LAS ORE'_JAS,y de un salto se arroja a
la puerta de la garita, desatado en ladridos, terrible la borla del rabo.
Don Friolera gesticula ajeno a los ladridos del faldero, y está, con una
mano en el ojo de cristal, y otra en el puño de la espada, el teniente Don
Lauro Rovirosa.
(Coni:luirá.)

22

n

o siempre había pensado que sólo con una especie de asociación de ideas, con una aplz'cación, con un modo nuevo de
ordenar las cosas estaría resuelto el invento que se podría
llamar del VAGÓN DESPERTADOR.
El despertador en mi mesilla porque no había nadie que me
llamas~ en esa casa en que trabajo y en que no tengo ni servidumbre, he
pensado' mucho en ese aprovechamiento de los despertadores para realizar ciertos viajes.
En efecto, esa sensación de viajar que provoca el despertador, ese
golpeteo de un tren expreso, interminable, que no para en las estaciones, me hizo por fin encontrar la manera de viajar los viajes más extensos y circulares.
He conseguido que provoque el paisaje de tal modo el despertador,
que no hay medio de diferenciarlo del paisaje natural, de todos los paisajes que he visto a través de mis viajes. Enteramente lo mismo con todos los detalles de luz, de matices; hasta cuando viajo por Suiza, los
mismos timbres en las estaciones, aquellas campanas timbrológicas.
Puedo decirlo ya. He conseguido ordenar el despertador con los viajes. No podré decir cómo lo he conseguido, pero lo he conseguido. Me
aproveché para ello de la unión del espacio y del tiempo.
Todas las noches-es decir, todas fas mañanas porque yo me acuesto a las siete y media de la mañana-pido billetes para un nuevo viaje,
y me voy en el tren rápido de lujo del despertador. Le doy cuerda a las
dos llaves, le pongo a las dos y media de la tarde, le desembrago el tim23

�'I
'

.LA PLUMA

LA PLUMA

bre que el día anterior contuve con la manivela que tiene para el timbre y me acuesto y me duermo, es decir, entro en mi reservado del sueño, en ese vagón en cuya portezuela cuelga el RESERVADO que indigna a
.,
.
los demás viajeros.
Así ahora cuando oioo una conversacion sobre automóviles y me
marean con las nuevas afarcas, y el uno me dice como si lo que tuviese
fuese un niño:
-Yo tengo un «Bebé» ...
Y el otro me dice como si se tratase de otro rorro:
- Y o tengo un Rol-Roicce ...
Yo digo:
-Y yo tengo un despertador.

EL DEGÜELLEN DE LAS ALABARDAS
Los alabarderos son los soldados que cortan más el aire con sus
vueltas y medias vueltas.
Es algo de una gran elegancia como todos los sol?ados que llevan
alabardas, desde los que sirven al Papa hasta los que sirven a los Reres;
giran sobre sus talones y sus alabardas hacen una curva cortante y limpia como el sol.
.
Sin embargo, era de teme~ _lo que po,r fi_n ha sucedido.
Era un día de gran proces10n y de publico congre0 ado en las calles.
Los alabarderos pasaban por la calle concurrida y al dar la vuelta en la
esquina en que se congregaba un grupo numero~~ de gentes, ras, za~, .
zis las alabardas cortaron con el lado de afilad1sima hacha en media
lu~a, las cabezas de todo el grupo: «Cinco señor~s, seis ~ujeres del pueblo, quince. soldados, dos curas, diez caballeros bien vestidos, doce ob'.eros, y cinco niños de los que tenían en brazos sus madres para que viesen pasar la tropa».
Día de luto fué el día en que d\eron esa vuelta fatal, &lt;:ortante, cercenadora, elegante como la del cuchillo cuando corta el platano, los alabarderos de la reina.
Todas las cabezas cortadas con fantástica precisión cayeron a un lado
y los cuerpos por un momento se quedara~ en pi~ y en haz como esos
maniquíes que también sir,i cabeza presencian la tiesta de la calle en las
afueras de la gran sastrena.

EL TIMBRE
Sonó el timbre en mi oído insistente, inacabable, como si hubiese
puesto el dedo en el botón co; tal fuerza que se hubiesen quedado en
24

contacto interminable las dos rodajas; las dos mondaduras de cobre de
la almeja sonora.
Estuve por gritar, llamando a mi criada: «¡Pero, María; que están
llamando hace una hora! ¿No oyes?»
Toda la casa, todo el mundo debía de estar oyendo el timbrazo que
•era como un calambre de la casa.
.
- ¡Que pase! ¡Que le abran!-dijc cerrando los ojos con fuerza, como
s i fuese a ver así el fondo oscuro de la habitación y la puerta a que llamaban y por la que alguien debía aparecer.
En la penumbra de mi cabeza, como abriéndose y prolongándose
·una rendija, apareció un dintel iluminado y apareció la sombra blanca.
Entonces me despedí de la vida y me MORÍ.
¡Ah! Pero al fin se calló el timbre,inaguantable que amenazaba con
trn horror mayor que el de la muerte, si no se callaba en seguida.

LA SEÑAL PARA LOS AUTOS
Este atentador contra la vida de los demás fué uno de los mayores
malvados de la Humanidad. Se colocan en primer término de la criminalidad a los regicidas; pero eso no acaba de estar bien pensado. Claro
que si se tratase de hacer la formación para el día final con todos los
.que fueron ejecutados por la justicia, los jefes, los cabos gastadores, los
que abrirían filas en ese escuadrón de muertos serían los regicidas.
Este malvado se quiso divertir aunque no fuese más que un solo d ía
en la vuelta aquella de la carretera.
Siempre se había dicho: «¿Y si yo quitase esa señal que orienta a los
.automóviles al dar vuelta?» «¿Quitarla?-se había respondido a sí mismo-. No. Porque les chocaría a los conductores encontrar punto tan
estratégico sin señal ninguna. Quitarla, no; pero sustituirla ... »
Durante mucho tiempo estuvo tentado de darse tamaño espectáculo
-sustituiría'la S, que señala la revuelta, y pondría en su lugar la V de
los simples ángulos de la carretera-. Así, al no hacer la S ce~-rada que
hacía allí el camino, se lanzarían por el extremo de la V al abismo 9.ue,
terrible, insondable, con sus peñas despeñadas en el fondo, se abna a
.ambos lados de la S, pues sólo si el automóvil hacía su trazo muy ceñido
podía evitar la caída.
Lo patolóaico en él pedía saciarse en la desgracia, en algo rumbosamente catastrófic~. Aquella violencia cerebral, aquella excitació~ de los
nervios, aquellas contenciones de sangre coagulada en algunos rincones
&lt;le su ser, le hacían pensar en Jo mismo. Su arrebato era enteramente car25

�LA PLUMA
LA P L U l\l .\
nal, incrustación de la naturaleza en el fondo volitivo de su ser. ¿Qué
iba a hacer él?
Por fin, inducido por el deseo de algo c¡uecalmase su frenética soledad
en e! ~ue_blo, v:irió el c~rtel_ del «R .. A. C.» y puso en su lugar el que
hab1a 1m1tado el con m1stenoso cmdado. Lo hizo muy de mañana porque quería ver caer en el abismo desde el primer automóvil al último.
En efecto; la primera víctima fué el primero que pasó rápido, expreso; aprovechando esa hora en que los caminos están despejados, vió fa V
y tomó la curva, como si sólo fuese una, haciendo el rizo breve que
piensa desrizarse en cuanto se pase el ángulo, redoblando la velocidad
inmediatamente después de «arrelantida» al hacer la curva. Con eran
velocidad se hundió en el abismo como en las películas, como si fuese
falsa la caída.
Escondido entre las matas de la vuelta, observando el sitio por donde
habían de desembocar los que fuesen cayendo en la trampa, observó
con alegría cómo era de ingenioso su cambio de letra.
Cincuenta, ciento, ciento cincuenta, doscientos, doscientos cincuenta, trescientos ... en una rápida progresión fueron descalabrándose en el
abismo; ni un «¡ay!» ni nada salían del fondo perdido del barranco.
El cazador de automóviles estaba satisfecho. La caza resultaba espléndida. Pensaba que no tuviese fin, pero del fondo del abismo brotaba
un coro de brama de automóvil, de relinchos, de rumor extraño-pues
los motores seguían vivos-, y el primer hombre que pasó en un burro,
se asomó al abismo y fué a buscar a la Guardia civil. Entonces el malvado huyó atemorizado.

EL CONEJO DE LAS ANTÍPODAS
Aquel cazador era un observador del campo y de la Naturaleza más
que un cazador. Había recorrido toda la tierra y había disparado sus escopetas en distintos mundos, en el nuevo y en el viejo mundo.
preciaba de gran observador y aprendió la botánica, entre otras
c1eI?c1as, par~ poder llamar por sus ~ombres las hierbas del campo y
decir de_la pieza. cobrada: «Estaba ¡unto a una planta de genciana», o
«la perdiz asomo su cabeza por entre la adrenalia espfrosa.»
-Voy leyendo el campo-decía el ilustre cazador-. Para mí no hay
planta que no merezca ser observada ... Es innumerable el campo, y no
hay cosa más divertida y que deje la imaginación más descansada que
ir viendo el mazorral que cubre los campos.
Hombre rico, suntuoso, de gustos refinados, de originalidades que se
podía pagar, usaba cartuchos con perdigón de plata. Son mucho más

. S:

z6

ligeros y matan mejor-decía él, y siempre ~ñadía co~o coletilla de su
orgullo-: ¡Mire que no habérseles ocumdo esto m a los rey~! El
mundo es un gran tacaño, y por eso no puede inventar cosas.
Un día que le acompañaba por el magnífico coto de caza, en el que
sólo cazaba él, vió de pronto un conejo que le sorprendió con un género
de sorpresa que no era la del cazador.
-¿Qué le pasa?-le pre0 unté temiendo que viese otra cosa.
-¿Ve aquel conejo ...? Pues aquel conejo me _ha hecho burla, 1~
misma burla que me hace ahora, en la Patagoma ... No me guerra
creer usted, pero es cierto ... Con sus orejas, con su hocico de viejo, me
ha sonreído como hoy, otra vez... Así como está ahora de plantado se
me plantó entonces, y también entonces como ahora ... Y después de la
última palabra, el cazador se echó la •escopeta a la cara y descargó para
asegurar la pieza los dos cartuchos de su escopeta.
- ... Como ahora-siguió en seguida el párrafo interrumpido por
el cazador-, disparé mi escopeta so ore el animal, pero se me escapó ...
El perro esta vez había topado con el conejo burlón, de hocico de
viejo muy afeitado-sólo los pelos oscuros estaban crecidos-, y nos
lo traía.
El gran cazador tomó el conejo en sus manos y Jo examinó. Aún estaba caliente como el pan recién salido del horno.
-¡Ah! Es magnífico ... Este es aquel sin duda .. . Aquí tiene las cicatrices de aquel disparo ... Después, con una navaja le abrió las cicatrices
y comprobó que, en efecto, en el fondo de ellas había perdigones de
plata, y de los grandes, de los que gastaba en la época de sus cacerías en
Pataoonia. Me los enseñó en silencio.
?stábamos admirados; el paisaje, el bosque, se había complicado.
Parecía que en la Naturaleza hay más secretos designios y juegos más
importantes de lo que parece. La conejera que hizo aquel conejo atravesaba la tierra, y se abría desde el principio al final de la tierra. El hurón
se perdería en la larga catacumba y no Je volveríamos a ver si le introdu¡ésemos en esa gruta inmensa, inacabable, verdadera perforación del
terráqueo.

LA MANO DEL ROB.\JOYERÍAS
Los escaparates de las joyerías son como teatros de las joyas, con su
telón de terciopelo al fondo y sus candilejas y todo .
Esos terciopelos gris perla negra de las joyerías hacen resaltar las joyas y son como su traje corporativo.
.
Pasando frente a esos escaparates me he quedado mirando lo que
vale una cruz pectoral de obispo, y cómo son de claros y de rosas alguz7

�'LA PLGMA

L A PLU i\JA

nos brillantes. Estando parado frente a esos escaparates he visto de
pronto aparecer la mano que alcanza la joya que una señora ha visto
del otro lado del escaparate, y que ya ahora, del derecho, es posible que
no le guste.
Es misterioso, delicado, lleno de puntería el gesto del manipulador
de las joyas, que casi sin que se le vea mirar el par de pendientes que
busca, los alcanza en seguida y los coge como el finiquitudo que pinza
los lentes.
Una tarde, frente a una de esas joyerías con escaparate de terciopelo,
vi la misma escena de la mano sino que completamente diferente. Aquella no era la mano del dueño, sino la mano del ladrón. No se apresuraba
aquella mano, no es que hubiese vendido con gran glotonena la joya,
no, nada de eso; la mano era delicada, de dedos blancos y largos, de
gestos de araña, lento y distinguido; ¿por qué me pareció la mano
del ladrón?
Pues, sencillamente; porque en su palidez y en su afrodisismo al
pinzar las joyas, estaba claro que era la mano del ladrón.
No se veta al hombre que movía aquella mano; pero ella, muy aplicada, iba cazando las mejores joyas de la tienda.
Confieso que fué un gran espectáculo el haber visto al ladrón operar
con limpieza, con mangas y puños intachables, con las manos muy cuidadas por la manicura y las uñas discretas, limpias, pareciendo mentira
que fuesen las de un ladrón.
Tan seguro estuve desde el primer momento de que aquella era la
mano del ladrón, aunque hiciese los gestos del propietario, que avisé a
la pareja de guardias y entramos en la tienda. El ladrón huyó y vimos
que estaban en tierra, con algodones en las narices, los verdaderos propietarios.

ella en busca de esa araña que se ha visto en el techo. A veces se enredaba en las ropas d_e la cama y caía en ella como un niño que juega en
la cama de sus papas.
_Com? el explorador llevaba cecina de Burgos y jamón de Avilés, su
resistencia era ya e~ aq~ellas latitudes mucho mayor que la de los ex-ploradores que ha b1an ido antes.
Como estimulan:e del e~tómago y para aprovechar lo que a ningún
explorador _se le hab1a o~umdo aprovechar, llevaba una heladora con la
que se fabricaban los !11ªs estupendos y exquisitos helados.
El expl?rador ten_1a espe~,!-nzas ~e descubrir el Polo. ¡Ah, es que
como el fno de Madrid ui: d1a de fno, no hay ninguno en el mundo!~~vuelto_ en su capa e?panola avan~ba con sus compañeros de expedicion, obl_1gados a segmrle, porque como Hernán Cortés había cometido
la brutalidad de quemar las naves.
. Por fin un día, en la clara mañana nevada del Polo, gritó como Co-lon cua~do gritó_ «Tierra ... !» «... El _Polo! ¡El Polo!»
¿Que hab1a visto~ ¿Por q_u~ babia lanzado ese grito tan seguro?
~n lo alto ~el horizonte visible y como se destacan en los caminos de
13: Sierra }os cipos que señalan la_ c:;irretera cu~ndo se pierden entre la
meve, as1 se destacaba una especie de agudo e mterminable obelisco de
algo más ~uro que la piedra.
-¡El e1e del mundo! ¡El remate del eje del eje del mundo! ·Estamos
en el poloí
1
. Sacó fo_tografías, hizo ondear la bandera en el eje del mundo y volvieron _hacia las orillas por _ver si encontraban un barco danés que les.
devolviese a Europa, ans10sos de contar la maravilla en la Puerta
del Sol.

EL EXPLORADOR DEL POLO

LAS LÁMPARAS

El explorador del Polo había encontrado las señales de los puntos
que hab1an alcanzado los otros exploradores, y como quien arranca de
una bandeja de dulces la banderita que la remata, así fué variando su
banderita española, siempre avanzando, avanzando, más de lo que había avanzado nadie, porque había una ler secreta por la que hasta que
no fuese un español el que descubriese e Polo, el Polo no sería descubierto.
«Aquí estuvimos el día tantos de tantos de tantos», había escrito en
algunas de las grandes moles de hielo.
El exrlorador ponía la huella de sus zapatos en la inmensa sábana.
Le parec1a andar por encima de una gran cama hecha, corriendo por

. ~abí3: estado en un sitio lleno de lámparas, en la probatura de la
ilummación eléctrica en el Teatro mayor del mundo próximo a inaugurarse.
'
Los conmutadores habían encendido varias veces parte y todo el
alu~brado. Cada vez era como si nuevas lámparas cayesen sobre mí y
me mundasen.
Si_)'.º h~biese teni~o que decir cuántas lámparas había visto, siempre dma seis veces mas de las que había visto. Las lámparas tengo observado que ~eja~ su huevo de caviar, en el fondo del alma, tantas ve~es como se ilumman.
Si en aquel teatro había un millón de lámparas. yo diría siete millones.

28

�LA' P L U,\\ A
Era prodigioso el efecto de luces.
-Nunca estarán todas encendidas ... Porque cuando sea de día en
la escena estará oscuro el teatro-decía el director de luminarias-. Sólo
los días de gran gala se aproximará un poco el Teatro a esta iluminación que han visto ustedes esta noche.
Yo en los momentos más espléndidos de luz cerraba los ojos como
si me estuviesen retratando al magnesio, dándome una gran exposición.
Cuando me fui hacia casa, el recuerdo de la gran iluminación quemaba mi frente. La ciudad con sus tiendas y sus calles iluminadas me
resultaba muy oscura.
Al llegar a casa estaba enfermo y llamé al médico.
-«Está lleno de lámparas-dijo el Doctor-y no sé cómo se las voy
a poder sacar de la cabeza ... Tiene una indigestión de lámparas. Esto
se le irá quitando poco a poco».
Y en efecto, se me fué poco a poco; pero durante mucho tiempo yo
"Veía al cerrar los ojos un teatro de la Opera radiante, embombecido.

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA

ESTAMPAS DE MADRID
LA CASA HOSPITALARIA
La fachada
dqnde hay dos
balcones con la persiana echada,
parece un vivero de ostras.
Tal está llena de costras
como para que la mandén a San Yuan de Dios .
En los balcones
hay un tiesto de albahaca
que compró en la verbena la Paca,
y otros con claveles reventones,
y una enredadera,
y un rosal.
No hay luz en el portal,
y en la escalera,
donde ya triunfa el pellizco,
no hay mas que un farol bizco
que tiene muy turbio el cristal.
Entran parejas misteriosas
con actitudes sospechosas.

.JO

31

�LA PLUMA
LA P L UM A
Luego a ratos se ve
a una astrosa mandadera
que va con una astrosa cafetera
al tupi por café.

'

¡

Y sale a eso de la una,
mirando a todas partes con miedo
de una mirada inoporttma,
don Homobono, enriquecido
vendiendo género podrido
en su tienda de la calle de Toledo

Y ante el portal hospitalario
con dos guardias de Seguridad,
en nombre de la sociedad,
por el honrado vecindario
vela la grave autoridad.

EL QUIOSCO MÁS NECESARIO
En la plazuela hay un ttmplete
más bien extraño palacete
con las paredes de cristal
y su recinto extraordinario,
como en un culto legendario
guarda severa una vestal,

Y sale a eso de las tres
uno que parece un picador,
y es
un respetable coadjutor
de la parroquia de San Ginés.
Arriba riñe la Cacharra,
porque para un apuro
de honor, la pide un duro
su, novio, que es el chulo más macarra.

Que se ha llamado doña Paca,
y ahora es la señora Francirca,
o siempre fué la señá Prisca,
y en el palacio de la opaca
pared de vidrio ~speso
y apagado,
dentro de un cuchitril imposible
vela por el ful'go sagrado
de un culto i1Zl'xtinguible.

Y del pasillo entre las vueltas
se escuchan frases sueltas:
-¡Nos Iza «pringao» este tío canalla!
-Mira mi cuerpo, ¿es que está por.hor
-¿No tiene usted otra toalla?
-¡Ag-ua caliente para el ocho!

32

Y ante ella pasan los cortejos
de unas gentes sin fin.
¡ Oh, palacetes de Pontejos
y Antón Martín!
¡ Oh, cristalinos palacetes
que entre el tumulto de la ciudad
como en pacifico remanso
ofrecéis vuestros gabinetes
para la meditacíón y el descanso
rnando son de más necesidad!

Abajo en la calle, en la acera
de enfrente,
prepara el matutino aguardiente
7uana la tabernera,
mientras departe con su amigo
el sereno, que lleva
el farol en la barriga
como un lu.minoso ombligo
3

33

�LA PL UM A
LA PLUMA
Penetra toda apresurada
" con la faz congestionada
opulentísima matrona.
Y cuando cae en el sitial
hay un desbordamiento carnal
.,-obre la cerámica poltrona.

Breve tiempo los fieles están
en aquella santa mansión.
Lleg an. Hacen su oración
ferviente.
Y se van .

Pero la dama ya no tiene
su faz en congestión,
y se oye un ¡ah! de satisfacción,
como si ante la penitencia
se descargara su conciencia
de una terrible confesión.

Y se renuevan continuamente.
A veces
hay quien prolonga su devoción,
y quzen espera impaciente,
a que se vaya
el penitente impenitente.

Y en todas las celdas la oración
es igual,
como en el coro de una catedral
citando el cabildo canta
a las horas de la digestión,
y se dice una jaculatoria
del venerable Gargantúa
a la feliz memoria.
Y de un gran órgano invisible
en continuada sinfonía
se escucha alli
la más extraña armonía
que junta en una melodía
al grave «do» y agudo «sfa.
Y estando
siempre humeando
un pebetero inmenso,
existe una constante
y odorante
tufarada de incienso,

Entonces, la diaconisa
que guarda aquella catedral
le dice al fiel que tiene prisa'.
al fin y al cabo,
su frase ritual
mostrándole la capilla lustral:
-«¿Lo quiere usted con lavabo?»
i Oh triste oficio fementido
de la guard_iana! Esa mujer,
que es preciso que los demás hayan comido
para que ella pueda comer.

EN TORNO A MbYANO
Cuando saca la señá Noche
su mantón
de crespón
negro,
y el aderezo de azabache
empieza una sinfonía apdche

34

_;5

�LA PLUMA

LA PLUMA
con su andante y con su allegro,
en muchos parajes de la ciudad.
Entonces es aquel momento
que entre el Botánico_y F omento
en medio de la oscuridad
que cuida, el buen Ayuntamiento
empieza cierto movimiento
de una especial actividad.
Basta que en .;omóras se sumerja·
aquel lugar de soledades,
para que así como en su casa
se quedan otras damas, pasa .
que aquí se quedan en su ver;a
recibiendo p. sus amistades,
la Pelambrera, y la Cohete,
la Moñoaltrote, y la Pebete,
.
y otras malabaristas
de lo más hábil que la corte tiene,
que hacen la vida al aire libre
como mandan los higienistas
aunque digan los rigoristas
que andan a malas con la lzigiene.
Y al comenzar la recepción
con singular animación,
quedando en sitio secundario
sus chulos administradores,
por si es el caso necesario
.
de que a algún pelma estrafalarzct
le hagan ellos los honores
del salón.
Y sabe la clientela toda
de las señoras de esta sala,
que los sábados son días de moda,
y los domingos hay vermú de gala.

¡Oh, las noches sabáticas!
¡Sombrías lupercales
de las fiestas drolátictis
de las chupajornales!
Y los domingos por la tarde,
al volver de los merenderos
cuando en sus pértigas ya ~rde
la, mecha de los faroleros.
Van a rendir a este senado
un homenaje afectuoso, ·
que no por ser apresurado
es menos férvido y copiostJ.
Jlfozos de pueblos comarcanos
que han venido a pasar el día,.
y estando ya calamocanos
sin_ un exceso de equipaje'
quieren volver a su viaje
por la estación del Medio día.

'l.

Y ved qué tremenda ironía
la de las burlas del destino.
Pues quiso un extraño sino
que esas fiestas de misterio
presídalas un hombre serio.
Y allí está don Claudio Moyano,
renovador del Magisterio
haciendo un gesto con la :nano,
tal vez efecto del ambiente
,en que se ve constantemente.
Y hará muy mal si se resiente
de que en nocturna contradanza
nada se oculte ante su vista
. siempre
.
'
.quien
fué un especialista
.en las cuestiones de enseñanza.
37

�LA PLU ,\1 A
LA PLU MA

LóS BANCOS PROPICIOS
LOS BANCOS TRAIDORES
Delante del Museo,
en el Paseo
del Prado,
liay unos bancos excepcionales.
Bajos, de gran anchura,
y, salvo la blandura,
parecen camas matrimoniales.
Se ve que, indudablemente,
están kechos para la figura yacente.
Y en las confusas saturnales
del paraíso de las furcias,
sirven como lechos nupciales
para toda clase de nupcias.
Ba;o de la arboleda
conviénense las voluntades
y sillanse las amistades,
con breve frase y voz muy queda,
que dice sus abracadabras
en un lenguaje «crúo».
Y viene la romanza o más bien duo,
sin palabras.
Luego, por no marcliarse a secas
tras el coloquio pistonudo,
despídense con un saludo
que es muy puente de Vallecas.
Y presidiendo aquel diabólico
aquelarre, como un simbólico
dardo que apunta a la región del rayo~
cerca de allí, atrevido
el aire rasga erguido
el obelisco del Dos de Ma;,o.

Hay unos bancos en Rosales
que por la situación
de su excelente orientación,
parecen hechos especiales
para las pláticas más confidencia/es.
Delante, el panorama agreste
del Parque del Oeste,
y la Casa de Campo,y la llanura
de las tierras de pan llevar
co1ifin que en la noche figura
que es el horizonte del mar.
Y en esos bancos sobre el río,
que están como enfrente del vacío,
van a decirse sus quejas
fas más románticas parejas
borrando allí todo desvío.
El farol público no alumbra,
y en tan amables ocasiones
hacen sus reconciliaciones
en la más discreta penumbra.
Y tan a oscuras y callados
que a no escaparse mt cuchicheo,
no se dirá que están poblados,
todos los baucos ael paseo.
Pero a La humana confianza
zozobrar hace en la bonanza
lo inesperado más cruel.
Nadie ve allí que en el momento
mas convincente del amor,
tiene e,qrente a Carabanc/zel,

�LA PLUMA
Carabanchel un campa-mento,
y en el campamento un reflector.
Que se dirige ímpertinente
con luz muy rápida y potente
a descubrir unos secretos,
que se tenían por discretos
en la tiniebla más decente.
Y aunque el fulgor se aleje y vague,
acaba con las confidencias
que antes que la luz se apague
sus postrimeros resplandores,
ya apagó todas las mayare!
y más ardientes vehemencias.

J

PEDRO DE RÉPIDE

LETRAS FRANCESAS
temporada literaria francesa ha concluido como empezó, sin
que un nombre grande o una obra sobresaliente hayan venido
a insinuarse en la atención del público cultivado - al menos
en lo tocante al libro, pues en lo relativo al teatro la situación
es muy distinta, como al momento veremos.
En los últimos meses ha habido abundantes conmemoraciones de cin cuentenarios y centenarios, reimpresiones, y gran copia de volúmenes
nuevos lanzados al mercado, una actividad literaria más intensa de día en
día, pero pocas obras notables. Es evidente que el azar manda mucho en
estas materias, y hace que en la misma fecha aparezcan bruscamente
obras que a menudo difieren harto en el fondo y en la forma, pero dignas
de nota por algún motivo. Sin cercenar nada de esos caprichos del destino, pueden hacerse dos observaciones que a nuestro entender caracteri~an la producción literaria actual de Francia.
Es la primera, que la literatura de guerra parece haber dicho su última palabra y que, salvo alg1mas excepciones cada vez más raras, nos hemos desembarazado para siempre de la montaña de narraciones, diarios y
t"ecuerdos de combatientes llenos de buena voluntad, pero muy a menudo
más valientes en el campo de batalla que talentudos con la pluma en la
mano. Es la segunda, que el cataclismo mundial que acabamos de sufrir
no ha variado nada las direcciones de la literatura francesa: nos hallamos
ante los mismos autores, las mismas tendencias, las mismas teorías. Sólo
•que muchos de esos autores y de esas teorías nos parecen envejecidos
precozmente. Efecto propio de la guerra es el de intensificar cuanto toca,
en todos los órdenes: en éste ha causado también un desgaste prematuro.
Nos percatamos de ello cada vez mejor a medida que reaparecen las
A.

41

40

�LA PLUMA

LA PLUMA

obras de aquellos que más preciábamos antaño. Lo menos que podemosdecir es que no se han renovado mucho.

***
Dejamos dicho que la literatura de guerra está en la agonía. Sin em- J
bargo aún da suelta a tal cual estertor. La última manifestación de este
géner~ es por ahora Le bouchu de Verdu1: , de M. L~uis Dumu_r. Los p~riódicos han contado el proceso que ese hbro ha venido a suscitar. Lou1s
Dumur, al pintar el cuartel-general del Kronprinz, citó los nombres de al-gunas de las queridas del hijo de Guillermo II. ~na de ellas se enfadó, y
llevó a los tribunales a nuestro colega, que ha sido condenado a la pena
mínima es decir a un franco de indemnización de perjuicios. Es de e, perar que' el ridicuio proceso no haga más que ~celerar la ven~a d_e la obra:
de M. Louis Dumur, que es excelente. Conocida es la conc1enc1a del autor de JVach Parú!, el cuidado escrupuloso con que compulsa y escoge
los documentos, su deseo de no afirmar a la ligera, y _los testimonios de
toda especie de que se rodea. Desde ese punto de vista, Le b~ucher de
Verdun en nada cede a su libro precedente: es un documento vivo y característico del estado de ánimo del ejército alemán en cierta época de la
guerra. Hay una reunión del gran estado mayor, un retrato de Guil~ermo II, croquis de la vida del Kronprinz en Stenay, notas_s?bre su sé9-utto~
que son de primer orden. La trama del libro, bastante tnv1al, gustara menos, pero la pintura de caracteres salva lo demás. Le houcher de Verdun
es, en suma, uno de los buenos libros de -~stos últimos meses.
.
Otro tanto diríamos de la última novela de M. Gastan Chérau, ValentznePacquault si el autor hubiese tenido el valor de acortar su obra, de condensarla, ~mputándole la última parte. La prolijidad es el extravío habitual
de M. Gasten Chérau. Ya pudo apreciarse así en Champí-Tortu, esa obra
casi maestra, a la que le sobran cien páginas. Y ahora se agrav_a en Valentine Pacquault. Libro severo, rígido y taciturno, como la vida de la
provinda en que transcurre, libro triste y apasionado. ~- Ga~to~ Chérau
ha querido pintarnos la existencia monótona de un matnmomo J_ov~n en
una ciudad pequeña con guarnición, y los eternos figurones provmc1anos,
sus ínfimas distracciones, sus chismes, su pavorosa ociosidad, .Y e_l alma
no comprendida de una Bovary que acaba por caer en la prostitución, El
asunto sólo podía salvarse por la intensidad de lo pintoresco y por la variedad de los acaecimientos psicológicos: menester es confesar que la monotonía prepondera con demasiada frecuencia. _El medio ha abr1;1mado al
novelista, como a veces sucede. Pero no se olvidará en mucho tiempo el
arte probo y sincero con que M. Gastan Chérau ha burilado los personajes. J

Sabido es que nada de lo que escribe Mme. Colette es indiferente. El
nuevo libro que nos da, intitulado Dans la joule, se reduce a una compi-lación de impresiones, pero de calidad superior. U na sesión en la Cáma ra, una revista en Longchamps, una tarde de elecciones, la mutitud en un
cementerio, tales son algunos de los motivos a propósito de los que se
pone a vibrar. Son migajas literarias, si se quiere, pero no hay relieve de
esta mes&lt;} que sea desdeñable.
La aparición de un nuevo libro de M. Pierre Benoit, Le Lac Sall, h a
reanudado toda suerte de polémicas, antiguas y nuevas, sobre la novela
de aventuras. Ya se sabe que cada obra de este novelista hábil tiene el
don de apasionar al público. Por añadidura, un artículo de M. Marcel
P,evost inserto en la Rez,ue de France y escrito a propósito d · una narra-•
ción que publica esa revista: l'Assassinat de M. Fualdés, ha vuelto a po ner el asunto en tela de juicio. ¿La novela de aventuras, es o no un género literario? ¿Es razonable cultivarlo? ¿Ha llegado, o más bien ha vueltola hora de su desarrollo? Porque toda esa gente que con tal vigor discute
parece olvidar que ese género tan francés no ha dejado nunca de ser·
bienquisto entre nosotros desde los libros de caballería, y que hace cien,
años se hallaba en plena prosperidad...
Todas esas cuestiones, y diez más del mismo orden, correrán la suertecomún a todas las discusiones teóricas: serán vanas si no suscitan obras,.
que son lo único que puede tenerse. en cuenta, y lo único que puede aducirse en definitiva.
¿Quién negará que M. Pierre Benoit es un novelista habilísimo? Hasta
la lentitud misma de sus preparativos le favorece, y nadie ignora, porotra parte, que es excelente en el empleo de h, narración directa para,
captar la atención del lector y apoderarse de él enteramente. Una novela
suya está urdida eomo una obra de Scribe o de Sardou, y :sobre poco
más o menos, compuesta de la misma manera-con toda la distancia que ·
separa el teatro de la novela. Su imaginación parece ser también de igual
calidad que la de aquellos dos «virtuosos• de la escena. No es imaginación
densa, desbordante, infatigable. No maneja conjuntos vastos. Es ingeniosa, fértil en detalles, rebuscada, casi sabia. Es en esencia la imaginación,
de un hombre de biblioteca, de un investigador por papeletas, de un manipulador de documentos escritos, la imaginación que pudiera manifestar
un historiador de la literatura, por ejemplo, que se hubiese impuesto la
tarea de reconstituir una época dada.
Una imaginación de esa índole n~cesita estar sostenida, apuntalada
por los documentos de los archivos, no se lanza a galopar a través del'
tiempo, sigue con toda docilidad las sendas trilladas, e ignora lo que es..

42

,

43

�LA PLUMA
vagabundear a campo traviesa. En rigor, si M. Pierre Benoit quisiera, podrla llenar de notas y de referencias el piso bajo de sus novelas, y estoy
seguro de que ninguno de sus lectores se asombraría.
Su obra última no5 transporta al país de los mormones. Alli encontramos la oposición de la mentalidad católica y de la mentalidad protestan.te, una linda muchacha de quien se prenda secretamente un pobre jesuita, un carácter duro de mormón sectario qne reduce a la muchacha, la
reduce a esclavitud y la encadena para siempre a orillas del lago Salado,
-mientras que el jesuíta, desesperado, huye y se mata. Sobre todo esto,
una especie de fatalidad amorosa que crea una atmósfera como la de l'AtJantíde y Koenigsmark.
De propósito coloco al lado del nombre de Pierre Benoit el de Emite
Magne, y cuanto acabamos de escribir acerca de la imaginación del autor
del lac Salé podría aplicarse a la del autor de Scarron et son milt"eu, de
Madame de Vt'lledieu, de Voiture, y de tantas otras picantes narraciones
acerca del siglo XVII francés. Sólo que Emile Magne no es un novelista,
~ino historiador literario que adereza lo mejor que puede para nuestro esparcimiento las historias que le suministran los personajes ilustres u oscuros del gran siglo. Pero ya se comprende que entre ambas maneras,
.sólo hay una simple diferencia de grado, nn de naturaleza.
Leed la :Joyeusefeunesse de Tallemant des Réaux, que acaba de publicar, y veréis si no es un prodigioso ensayo de reconstitución de un siglo,
demasiado conocido por la fachada, por sus lnfulas y por sus virtudes, y
no lo bastante por sus interioridades y en sus bajos. Emile Magne es un
-evocador asombroso de una época, y !'.U veracidad es absoluta. Y ahí están las notas que recargan sus trabajos, para dar testimonio de su labor
'Y de su afán de veracidad. El autor de Scarron et son mílieu se ha convertido en uno de nuestros historiadores literarios más not.:&gt;rios, y de los
menos afiliados a la crítica literaria oficial y universitaria.

•• •

Al revés que el libro, el teatro, e n Francia, parece despertarse de su
letargo y orientarse hacia nuevos horizontes, hasta donde lo permiten,
.al menos, los obstáculos fo rmidables de todo género que los autores dramáticos viejos oponen al paso de los jóvenes.
Desde este punto de vista puede decirse que la temporada que acaba
-de concluir, ha sido fecunda en promesas para lo futuro. En tres teatros
por lo menos: l'Oezwre, le Vieux Colombíer, le Theátre Montaigne-Gémt'er,
-se han revelado obras y autores nuevos, se han manifestado nuevas maneras de sentir y de expresarse.
·
En pocos meses, l'Oeuvre, gracias a la a,;tividad incansable de M. Lu44

LA PLUMA
gné Poe se lra convertido en uno de los primeros teatros de Parfs por la
calidad de las obras que en él se representan. Le Cocu Magnifique, de
Crommelynkc, fué una verdadera revelación. !,a Couronne de carton y Le
Pedzeur d'ombres, de Jean Sarment, han añadido dos nuevas sorpresas a
la primera. En le Víeux Colombier han continuado la tarea ~el año anterior, y La Dauphine de Frani;;ois Porchér ha alcanzado éxito no menor·
que le Paquebot 7 enacity o Le Testament du Pere Leleu.
En fin 1 en la Comedie Montaigne, Gémier, con las obras de Lenormand, ha logrado el triunfo de un arte un poco mórbido, pero de brillante originalidad.
.
.
, .
A todas esas manifestaciones, ya muy tnteresantes por s1 m1sm_as,. se·
suman los espectáculos de los teatros ~a coté&gt;, como el de los Esctzolters
y el Nouveau Thédtre Libre, habiéndonos revelado este t.ltimo una obra
de Jean-Jacques Bernard sencillamente admirable.
Para ser completo, tendría que añadir a esa lista de obras todas lasque M. Jacques Hébertot ha puesto en el Grand Théatre des Cham~s
Elysées, algunas de las cuales señalan ya una época en el campo de la hteratura y de la música.
,
Ese teatro admirable uno de los más hermosos de Pans, está un poco
abandonado por el público en razón de su emplazamie~to, un tanto excéntrico. Hasta ahora h:,bían fracasado todas las tentativas hechas para
llevar gente a él. Tan sólo M. Jacques Hébertot ha llegado a realizar el
milagro de tener buenas entradas. e n el T~é_atre des Champs Elysées,
merced a su tenacidad, su constancia, su hab1hdad. Verdad es que no ha
escatimado el trabajo ni los recursos de la imaginación. Nos ha revelado
los bailes suecos ha dado asilo a los bailes rusos, ha ofrecido la escena a
todas las manife;taciones dadalstas y futuristas, ha llegado incluso a poner una tragedia. A fuerza de convocar a los críticos a estrenos frecuentes, de hacer hablar de él en la prensa, ha conseguido imponerlo ..
Puede esperarse mucho de las iniciativas de M. Jacques Hébertot, cuya
empresa teatral es una especie de laboratorio del que acaso salgan tentativas muy intertsantes y audac~s.
. .
.
Diversos síntomas nos permiten, pues, perc1b1r una renovación te~tral
en Francia. Cierto que hasta ahora no hemos visto una personalidad
fuerte, a la manera de Antoine, que acierte a ~grupa~ todas esas buenasvoluntades dispersas. Pero acaso sea menos necesaria que en la_ época
del naturalismo. La armazón vieja del antiguo teatro está carco~1da, se
derrumbará por si sola, y entrevemos ya la falange de autores Jóvenes.
que levante la escena nueva.
JULES BERTAUT

�LA PLUMA

LETRAS ITALIANAS
tiene una geografía literaria asaz curiosa. No sucede entre nosotros como en Francia, donde, con excepción de la
Provenza, que permanece aparte y en contados casos desem-,
boca en la capital, las provincias todas se vierten en París.
Entre nosotros, y creo haber hahlado ya de ello otra vez, aun•
que de pasada, la Italia literaria tiene muchas capitales y cada cual con
carácter y sello propios. Hablaremos hoy de estos varios climas espirituales, intentando poner de relieve los beneficios y desventajas de estos cli·mas. Y empezamos por la capital, por Roma.
Antaño, Roma era, literariamente hablando, asaz frívola. Se contentaba
-con una literatura entre de imitaci-• n y de reflejo, mundana, alegre y
&lt;i'annunziana. Sus novelas ostentaban títulos exóticos y encontraban en
·toda la península admiradores y lectores. Pero ahora no es así. Los editores de entonces han desaparecido, y los pocos que todavía imprimen
libros en Roma se dedican a las obras de cultura o traducen de otras lenguas, como Formiggini, Nardecchia, Ausonia, la Urbs, Bardi; etc.; este
último, propietario de la &lt;Librería di Scienze e Lettere•, es de ayer tan
sólo, por ejemplo; pero tiene tradición literaria y tipográfica en aquella
.antigua e Tipografía del Senato•, de la cual desciende, y que cuenta en su
historia, por no deoir más, la publicación de las Opere, de Correnti, y de
la Summa 1heologi"ca, de Santo Tomás de Aquino.
Sardi no es el más célebre de los editores romanos; pero él es quien
·publica ahora una obra de gran importancia literaria y filosófica: Voci del
·mío tempo, de Adriano Tilgher. ¿Quién es Adriano Tilgher? No se puede
definir esta personalidad italiana de hoy en pocas palabras. Por lo demás,
Tilgher representa, con pocos más en Roma, el renovado espíritu de la
--capital, tal como es ahora, y hablando de él nos parecerá esclarecer me-

U

46

TALIA

jor el. sentido espi_ritual y artistico de la vida romana, y demostrar además
que ~1 hoy se advierte en este centro de vida italiana y cosmopolita cierta
hmpt':z,a y frescura, déb~_se en parte a la presencia en primer término, a
la acc1on_\uego, de 101 Jovenes que, como Tilgher, tienen una superior
preparac10n moral y cultural? despr?vistos en absoluto de aquel arribismo
descarado, 9-u~ coodu10 a pnmera !mea a los novelistas y cuentistas naci•dos del penod,smo. Por lo demás, incluso el periodismo se ha aprovechado de estos elementos; y tal vez por ello se ha conseguido no sin esfoerzo, es cierto, la depuración del ambiente.
'
. Cuando se piensa que un Emilio Cecchi (de quien ya os he hablado)
tI~ne en nu~~tra !ribu:1-a (diario ~uy i~portante de la noche) la sección
iiJa_de la cnhc~ hterana, y un Adnano T1lgher en el Tempo (diario de la
~anan~) _la critica teatral, aunque haya en los demás periódicos de la capital cnticos teatrales y literarios de segundo orden, éstos deben sentirse
m~ómo~o~, y ~e todas suertes, no pesan excesivamente sobre la pública opinión. :rilgher ha entrado en el periodismo ya maduro, y después
~e haber pubhcado dos obras fundamentales de pensamiento y de estética, Arte, conoscenza e realtd (Bocca-Torino), Teoria del praumatismo
tras~ende'_'ltale (Bocca-Torino). Nacido en Nápoles, que de Vic~ a Croce
ha sido siempre un centro esencialmente filosófico, llega a Roma en plena
~uerra y al punto atrae sobre sí la atención del público culto con sus articulo!. densos, claros, llenos de ideas.
El público romano, e incluso el italiano, está poco habituado a este
l(énero de artículos y prefiere, por desgracia, la retórica bien cocinada a
las verd~des netas y ~o?c~sa~. Pero Til~her insiste, y, acabada la guerra,
su estudio sobre la cns1s itahana se extiende a una revisión de valores
menos local; y, en d~finitiva, toda la crisis del mundo es estudiada por él
e?,º un ~náhsts despiadado y rígido, tras del cual se entrevé una preparacion soc10lógica y filosófica profunda. De los hec hos morales a los estéticos, el paso f~é ~reve. _Recibió del 1 empo el encargo de hacer la crítica
teatral, que eJ;rc1ó y eJerce ~on una agudeza y una serenidad muy raras
e_n ~ues~ro pa1s, y que sólo tienen par e n lo~ análisis críticos de Cecchi,
51_b~en este parta de otros conceptos y tenga una estética esencialmente
,dislmta. ~r lo demás, la posición de Tilgher está contenida en límites
menos ng1dos que la del otro; porque Tilgher estudia todos los problemas ~umanos, como verdadero filósofo, y pasa con extraordinaria inteliiencia de un estudio sobre Marx a un perfil literario· sin salir se entiende
de sus p,ost uIa d os estét1cos,
·
· b lemente definidos
'
' Lineament{'
dí
admira
en sus
f!~tetica. Tres volúmenes suyos han salido en estos días, uno de íadole
P?httc~: La crisi mondíale e saggí crz"ticai sul ma1-xísmo e socíalz'smo (Zacichelh-Bologna), y dos literario-filosóficos: Fílosofi antichi (Athanor-

f

47

�LA PLUMA

LA PLUMA
Todi) e Voci del tempo (Librería di Scienze e Lettere, Roma), tres obras
diversas en apariencia, pero en realidad estrechamente consanguineas, y,
lo que es más, consecuentes, en las cuales Tilgher esclarece con finísimo
análisis los varios problemas del pensamiento y de la vida: desde los referentes a la decadencia de la burguesía, a aquellos otros en que con lúcidos perfiles examina a algunas personalidades literarias de hoy, o filosóficas de la antigüedad, con una lógica densa y un estilo singularmeate claro
y preciso. La obra de arte es un estado de ánimo-ha dicho en su!l LineammH di estetica-; gustar una obra de arte no es únicamente ver con
los ojos del artista un objeto existente fue1a de nosotros, y aprehenderlo
como individual; es la -individualización misma del espíritu, es decir, la
eclosión del yo como vida, no como vida universal, sino como esta o
aquella manifestación de vida; es una extensión de nuestra experiencia
vital, nuestra actualidad de vida; es el vivir inmediatamente formas dt;
vida nunca gozadas ni gustadas antes. En suma: su estética presupone en
el crítico una posibilidad emotiva, y, además, un estado de fervor, y dirla11 ,os de ascensión. Esta animación interior da precisamente al crítico Tilgher una fisonomía, que ahora lo caracteriza ya entre todos los demás,
incluso Croce. Pero también es gustado Tilgher de los no filósofos y de
los profanos, porque no muestra en sus ensayos los movimientos y sobresaltos de su espíritu cuando se acerca al artista, sino que da sin más los
últimos resultados de su emoción; últimos, y estoy por decir destilados.
Esta claridad para consigo mismo y para con los demás es su fuerza, y
constituye, en último análisis, su originalidad. La palabra de Tilgher no
ha caído en el vado, como no ha caído tampoco por lo demás la de Cec•
chi, la de Cardarelli y otros neoclásicos que trabajan en Roma. Pero mientras en Cardarelli y sus colegas de La Ronda, la necesidad aguda y sincera de claridad formal-negadas las salidas al exterior y toda simpatiase ha gastado en un proceso excesivo de análisis interno, harto estrecho
y amargo, en Cecchi, en Baldini, en LavarC6e, y en algún otro, asumía
aspectos más cordiales; y por ello les era más beneficioso, interiormente
se entiende. No aprovechaba en definitiva a los neoclásicos de La Ronda,
como no les aprovecha ahora el trabajo de rebusca, en cuanto les falta
precisamente ese punto de relación con la realidad concreta, que los verdaderos clásicos no descuidaron, antes bien, se abandonaron a ella dulce
y suavemente... Pero el caso es que incluso los neoclásicos han ayudado a
Roma, queriéndolo o no, a tener el carácter que hoy ostenta, de ciudad
literaria pensativa y laboriosa que reacciona por todos los medios contra
las malas corrientes que vienen del Septentrión ...
El Septentrión es Milán. Porque Turin, la antigua capital del Piamonte, está pobre de editores, y esos pocos, equilibrados, serios, casi
48

sok •unes
• ,111 Lattts la Sten ¡ U
.
· Hay un p asav1;,,
~1 pmnero se ha entregado por ent;
. , a tet, un Chiantore· pero
im¡,0rtantísima •Classici Launi&gt; a i _ru ~ósus oolecciones, entre eÍlas la
da
, m1tac1
r:
. ",..or Carlo p asca!, uno de nuestros
más n. de
. la Teub ner ,amosa,
dirigistendo editor de algunos escritores sort . ms1gnes filólogos. Lattes sigue
~oslnrico Thovez, una de las más b~1f:~ºJ y callados; y primero entre toac1do en Saboya, de madre de ori en
guras de nuestra vida literaria.
a_hora no más que un libro de verso! ll;:~añoJ, Thovez ha impreso hasta
tiempo fué muy discutido y alabad¿ E
un ado/eJi:enza, que en su
•cuando amor dicta•, que odia la ré~Ia! e verdadero esc~itor que habla
que de raro en raro se presenta con un v ~ y las congregaciones literarias,
neceen la sombra; pero en una sombra o _umen. Por eso su figura permato del bajo teatro no llega a él· y aunq~;e~1t~•b1~ las más nobles. E l tumulª. su C?Sta, todos sienten su pr~sencia y 1~ pu icono 1~ recuerde ni hable
s1lenc10 que ya duraba dos lustros Th &lt; r~spe~a~. Anos ha, luego de un
una obra de crítica, l l pastore ilgreg.ovez lmpnm16 en el editor Ricciardi
maba de nuevo a los problem~s literafi: a zampogna, en la que se asorando otra vez os valores de la 'lt· J de_ toda su gem.:ración consideltt,ro fué t
.
u ima poes1a de Card
. p'
C.
ex ra0rdmariamente leído y d' t' d ,
ucc1 a a::.coli El
d arducci, a D'Annunzio y a Paseo!'
iscu I o, porque Thovez negaba a
ose &lt;·n su demostración a aquello~ gran parte de sus méritos, adbiriéntas, _poetas unh·ersales; de los Gri que {ran, s~gún él, verdaderos poepágmas aguda&lt;; y profundas y beegcohs_ad edopard1. Libro nobilísimo con
rara
n 1 op e una pasió
.· vez se encuentran en oti'as críticas
, . n Y un ardor' que
cierto punto, en cuanto Thove . t . b ero ta1 cnhca sólo lo era hasta
de sus_ juicios, sus propios ro~i1;meant~ a escl~recer, ante todo a través
más bien autobiográfica y c:Si lírica ~ m;rnos, y, por lo tanto, era obra
rnen de crítica de arte ll v
lo . e, nos da ahora Lattes un voluen:imismado. Thovez 'es
t del~a pittura,.libro también egoístico y
tan? en ll pastore, el
e
c o, pintor adem~s de poeta, y como anvanos elementos de jfJ'cfogq~;~ zi?npog-na reunta con ávida pasión los
rna~ propios, así hoy en ll vang:lo1ª/J!ºepst_~J para res?lver los proble~o ~rnos y los no modernos intores a i u,:a. estudia, a través de los
!enl~1blCe de su personalidad, ~iminandi~olª\ ultimas escuelas, el centro
e a. on todo, no cbstante su
¡
s e em~n.tos que no respondan
toca a la sensibilidad de muchos e~o sn_10, esta actividad no es ta:i cerrada·
~has de un orden amplio. Esto depe:r:tta pbolémicas y resuelve proble~
ovez es un homb
.
n e, so re tod o, del hecho de
como él la revisión
!~Fo:~~\eCualq~ier otro que hubiese intent~~~
~11 parcialidad no obtendrí
b conocidos ya, es decir, con su pasión y
que Tho vez, 'acaso porquea,aªello
uen
seguro
adhesió
cont
.
~ ª.Jguna;de mientras
n'buya' 1a mgemos1dad
la expo-

t1ª

e'

e:1~f:

l!

4

49

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
.
'
.
lectores y secuaces; y no está' muy lej~no
sición y una cierta iroma, ue~: Italia sea conocido y admirado.' yrec1sael dia. creo yo, en que fuer: .
tigación es esencial y exqmsitamente
mente porque su anhelo e m~es apaz de transmitir vibraciones a los
moderno, y aunque reco~centra o, c
espíritus de cualquier pa1s.
1 ho obre de pensamiento más d:gno de
Turín reconoce en Tho:eza \ue~ seguro, ciudad ¡0 suficientem~nte
cuantos posee, pero no e '
.
nios menores, pero más relucienblufft'sta para lanzar ~on_tra T~o~e{si~!~ilidad, ya que Milán es más muntes. En Milán 3uc~dena tal co
b' &lt; de la fama que les ofrece, ~na
&lt;lana y pide a los intelect?al~s, a cam/ ~ta casi una participación activa
continua exhibición de s1 m•~mos,dy 1ª etrópoli Viven en Turin otros
m de quien
·
en los paseos y ext en·o r ambiente
. F e . aelli
ya he habla d o en
insignes escritores 'j peasado~~:· ªi~cc¡. Luigi Ambrosiní, uno de los
otra ocasión, que tiene por e l or ªv. e que ha pasado de la critica y el
jóvenes más geniales de ~a ~u~rta º\'1 brazo derecho del señor Giolítti;
cuento a la política, convirt1 o ?se _en f ma ue recientemente ha publiArnaldo Cipolla, periodista de limpia
s
aventuras muy curiosas y
cado, en casa de Bemporad, dos ~ovel~Airone· Arturo Foá, poeta recoanímadas, La cometa su;; mumz:;:r:eret) peri~dista brillante y caústico;
gido y solít~rio;·Ettore. arro:i7elminettí e' Carola Prosperi! robusta e inélla· y r.ri' ticos y escritores de buen
las dos escntoras Amaha G1;1,,
lá
'd
estetizante aqu
,
·
·
cisiva ésta, ngu1 a y G' li Mario Sobrero (autor asimismo de ammanombre, como Lorenzo ig ,
el momento no recuerdo. Pero a
dos cuentos y novelas) Y. ~tr~s
toda vez que estos elementos no
Turín, rep~to, le faltll: v1 a. rn e
cad~ uno de ellos produce se~ún el
están fundidos y reumdos, smo q d
. l'ibertad Los editores mismos
.
to con indepen enc1a y
.
.
d .
prop10.temperamen , .
asan del libro de poesía al hbro e c1~nde la cmdad son, ecléct1co,sl p L
ás personales son Bocea, esenc1alcia, del de filolog1a .al fi_loso co. ~!nm ue ermanece fiel al libro de domente filosófico y cientifico, y la S d, q anpdo en cuando acoge obras de
'6 h' tó ·ca y solamente e cu
n
.J' p,
cumentac1 n is n .'
á
d' •Ó'.l completa de las rrose ut asprosa o óe poesía (reciente est 1a e 1c1 .

f

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(~\ri:1
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carella, el glorioso_ p~e~a ro~t~:s~~i representa verdaderamen_te, ro~ lo
Pero hay una c1,u a en a
·t l aunque no de extraordmana imque hace a la poes:a, un ce~tro v1 ª1, y. 1·a ciudad ducal de los Estes.
vie de la Jnaugurazione
.
.J ll
. h omogé neo · Es .Ferrara
portancia,
. , . ' aoeta
u.e
a P.'rlDesde que Govoni, el seni51~i1~::~tfcio por la crítica y reconocido com?
mavera, que es ferrarés, u
ezó a formar en la ciudad em1•
el más cálido de _los p_oetas de hoy, s~o~:Jores y artistas, asaz insigne, el
liana un centro hterano de poetasb, p d Govoni y luego, poco a poco, la
cual comenzó por propugnar la o ra e
'

50

de otros menos personales que Govoni, pero sin duda bien dotados de
temperamento lírico. Tuvieron al punto, y tienen todavía su Casa Editorial, qu~ dirigida por Alberto ~eppi (uno ~e los mejores del grupo) creó
una '.e~ista, .Pvesza ed_A_rte, baJo la dirección de G1useppe Ravegnani, y
publico, delicada y ongrnalmente presentadas, las novelas y colecciones
versos más esc?gidas de cuantas se iban produciendo en Ferrara o por
Jóvenes de otras Cllldades, con tal de que estuvieran entonadas conforme
al tipo _de a~te en que Govoni habíase propuesto el primero; pero, bien
e?tend1do, cada cua_l con l_as p_rp pias personalidad y vena. Neppi, por
ejemplo, en su novela Aquzla bzanca, revela un principio de orientación
hacia las formas clásicas, manteníéndose,' sin embargo, en una atmósfera
de orden romántico. Porque Govoni es un romántico moderno rico de
fosp!ración, d~tadísímo de se n~imiento, pero falto de freno artís;ico y de
medida. Nepp1 está entre los primeros que saldrán de la técnica del joven
maestro, y me parece que su preparácíón y sus intenciones le llevarán
lejos. No poGiría decir tanto de otros, a unque me parezca, no obstante,
a~usada la fisonomía lírica de un Fiumi, que en il1ussole canta con exquisita dulzura y abandono los amores livianos de las modistas por las afueras de su Verona, y la de Ravegnani, que en Sinfoniale, sí bien con cierto
confuso panismo, canta a toda voz las llanuras de su región, y en las nov~las, ~n. fin, y e,n alg~nos cuentos de Mario Sandd, ioven p resentado po r
L1ppannt, todavia desigual e n cuanto al estilo, pero po r lo que hace a la
inspiración, cálido e imaginativo. L os demás, excepto Valera, que es óptimo poeta, pero de o tro to no e inspiración, a quien pubiíca, no comprendo por qué, la misma C«sa, los demás son jóvenes no maduros; no
obstante se advierta en ellos que la disciplina im puesta por los jefes del
grupo pueda un d ía mejorarlos y guiarlos tal vez al arte.
De todas suertes, este esfuerzo de una ciudad que, en un país como el
nu~stro, desi_g11al e indiferente, intenta reunir los trabajos de stis hijos
me1ores hacia un arte noble y digno, es sim pático y laudal,le; y aunque
los resultados no fueran mañana extraordinarios, no se puede por menos
d~ admirar las intenciones de los que disciplinaron y guiaron el movimiento.
Nápoles permanece aparte; parece como si allí, donde el cielo es tan
puro y los cantos del pueblo tan inmediatos, la vida literaria no tuviese
necesidad de discipli na. También se t rabaja en Nápoles, pero como en
Turío, en Génova, en Bolonia o en Venecia: poetas y prosistas aislados,
cada uno en su mundo, y celoso de ese mundo; y del mismo modo que
hay en G~nova un B~rato ?º• c uentista agudo y sutil;o un Lipparini y un
Alb~rtazz1 en Boloma, asi en Nápoles hay un Braceo, un di Giacomo, 1111
Bov10, que producen por cuenta propia y casi no se conocen uno a P li "·

?e

51

�LA PLUMA
LA PLUMA
tEditores? Está Ricciardi, verdadero 3:migo de los literat~s y ~e la poesía,
que ha publicado toda la obra de D_, G_iacomo y ahora 1mpnme u1~ estudio critico sobre este poeta de Lu1gg1 Russo, en el cual se estudia con
singular a~udeza el desarrollo caracteristic? de esa Jlrica imaginativa y
melancólica; Ricciardi, que de nuestros ed1tor~s es de los pocos q~e han
res)tetado siempre la tradición tipográfica d~l hbro en nue:tro pa1s, con
una austeridad señoril que jamás se ha rendido en tantos anos, mcluso a
costa de perder público. Hombres nuevvs no se ven en Nápoles, a no ser
algun joven, preso aún en el ¡,eriodismo, como_ Emilio S~ag)ione, mente
lúcida y clara; o Russo mismo, autor del estudio so~re D1 Giacomo y de
otro sobre Verga. Pero pocos, d_e to~as maneras, y d1sper~os.
En Bolonia sucede lo propio; y Junto a una figura viva, _como la ~e
Mario Missiroli, que ha dirigido hasta ayer ll Resto del Carltno y ~u?h-.
cado en dos obras, La polemica líberale (Zanichelli-Bologna) e Opimont
(Voce-Firenze) sus articulos y sus consideracion~s pollticas, pocos_ °:1ás
veo: Pancrazi critico de temperamento, pero parcial, y en cuanto a v1s1ón
de problema;, hano co~centrado y dif~cil! Gallo, pr?sista s~lido que e~grime con mucha vivacidad en los dianos, y en quien conf10 el cumyhmiento de las promesas que nos ha hec_h ? en su Oasl d~l _do0re, _reumen do en una obra orgánica su feliz expreswidad y su ~xqmsit~ trama; Aldo
Valori, que se ha revelado durante la guer~a agudisimo analista de hechos
sociales .y morales, y Tonelli, en fin, de quien hablaré más &amp;delante.
Sicilia fermenta continuamente. Esa tierra nobilísima y fértil, que ha
dado un Verga, un De Roberto, un Pirandello, parece ~star siempre dormitando, pero de cuando en cuando manda al contmente su voz o un
escritor.
Ayer eran los supracitados; hoy, por doquier s_e vuel~~ ~ª- vista! se encuentra, en Roma o donde sea, un joven que, nacido en , ic1ha, se impone
a la atención del mundo literari0 italiano; y ora es Rosso di San Secando,
de quien os he h~blado, ya Nino Sa~ar_ese, poeta que trabajosamente
viene desembarazándose de toda escona hterana y cultural en una rebusca
pura del pensamiento y del estilo propios. Allá abajo, además, en Palermoy Catania, está el horno, y los jóvenes empiezan a prepararse desde muchachos con periódicos, revistas y revistillas. ¡Cuántas revistas na~en y
mueren en Sicilial Años lleva ya resistiendo un folleto m~nsual de literatura ll Giornale dell'lsola letterario, redactado, por un Joven poeta de
vivo' ingenio, Giuseppe Villaroel, y en é_l colaboran lo~ mejor~s escritores
de Sicilia: G. A. Cesáreo, Enrico Cardtle, G. E. Nucc10, critico poeta el
primero, cdtit.,o el segundo, novelista delic~dísimo el t~rcero. Ap_anadus
viven otros, entre los cuales el noble. Eugenio Donadom, septentrional de
nacimiento, pero siciliano de adopción, al cual se deben versos, prosas,
52

estudios criticas de primer orden. Eugenio Donadon,i está escondido en
Messina,_ en cuya Universida~ prof~sa y no tiene una fama nacional; pero
cuenta cierta~ente entre los ingemos más respetados de la generación
post-carducciana. Sus versos, de factura nítida y diamantina, están como
muy poc?s de otros, entreverados de u~ sentimentalismo cálido, aunque
melan,cóh~o; una novela suya, ll Sifdart~,. obtuvo años ha gran acogida y
todavia tiene lectores: y su estudio cntlco sobre Foscolo voluminoso
documentado, edi!ado hace tie_mpo por Sandron, es una d~ las más po:
tentes reconstrucciones de la vida y de la poesía foscoliana1,; y es, en fin,
de estos días otra potente obra suya en dos volúmenes acerca del Tasso
(editor Battistelli), donde las ondulaciones dramáticas de aquel ánimo
doloroso son sorprendidas e ilustradas no tanto bajo el aspecto literario,
c_uaiüo c?n la comprensión d~ las repercusiones en la vida cultural y polit1ca; un hbro, en suma, que sintetiza todo un periodo histórico literario de
nuestro país con una claridad y una fuerza que le dan la solidez de
una novela más que el aspecto y el movimiento de una obra critica. Y, a
1~ :':rdad, Dona?oni es de los pocos críticos nuestros que tiene en si posib1)1dades artfs~icas con las cuales poder iluminar y vivificar sus investiga~10nes de crítico. Recuerda en este sentido a Arturo Graf, ya muerto, a
quien, por lo demás, supera en sentimiento.
Y hétenos, antes de llegar a los muros de la terrible Milán en Florencia, la ciudad que antes de la guerra daba el tono a Italia, y' que ahora,
la guerra acabada, ha perdido toda su fuerza de acción, y aislada se agota
en tentativas tímidas y mediocres.
En Florencia está Papini, es verdad; pero el Papini batallador y maestro ha muerto con la guerra, de la cual, a más de no participar en cuerpo,
ha permanecido ausente también en espíritu. Conocida es su actitud reciente: su conv_ersi~n, c?mo dicen; pero respecto a los fines del arte y de
la mor~l, su Vita di Cristo no. nos interesa, como no nos interesaron ya
en su tiempo los artículos ant1católicos, anticristianos e intervencionistas
que escribia en Lacerba e incluso recogfa en volumen. Papini sigue siendo
para nosotro~ el ~ismo a quien hablamos juzgado ya en esta revista antes
de leer su Vtt~ dt Cristo, ortodoxa e inteligentísima: un gran talento, ca•
paz de encapricharse por las aventuras más curiosas, pero en cuanto a
conciencia y humanidad, estéril e infecundo.
Sus discípulos producen poco, y aunque permanezcan fieles al propio
pasado no nos parece que cumplan las promesas de un tiempo, aquellas
promesas que Serra, critico muerto, tan caro a nosotros, recogió y animó
con su ~uro aliento hasta hacernos, en efecto, esperar de Soffici, de Palazzesch1 y de algún otro la obra maestra. No nos han dado ellos la obra
maestra; y tened en cuenta que, en punto a los fines del arte, eran los
53

�LA PLUMA
-- - -- -

LA PLUMA
más preparados y dotados, Soffici sobre todo, que tien~ como poeta de
pequeños motivos una perso~al!dad acusada _Y reconosc1blc, y como_ hombre una conciencia recta e 1tahana. Pues bien; más que de Soffic1 o de
Papini esperamos obras verdaderamente representativas, de otros de
aquella ciudad-de Jahier, por ejemplo, o de Cicognani-, no obstante
nos parezca que este último malgaste harto sus innegables facultades de
observador en juegos más que psicológicos, folklorísticos. La •Casa Vallecchi&gt; acompaña fiel a estos sus autores, por el mundo, con una tenacidad y una nobleza que, editorialmente hablando, tienen algo de heroico.
Otro tanto hace cLa Voce• con sus autores, sobre todo por medio de esa
inolvidable colección de / Quaderni della Voce, en la cual Prezzolini, ese
estu pendo propulsor de artistas y de nombres, recoge siempre cuanto se
destaca en el restringido ambiente de nuestra vida literaria y espiritual.
Otras casas editoriales de esa ciudad producen también. Las antiguas
Leroonnier y Barbera han intentado rejuvenecerse en estos últimos tiempos; la primera creando una colección para las jóvenes italianas, Per piu
vedere, de noble presentación y elección, y otra de traducciones, Poeti e
prosato-n· moderni; la segunda, rejuveneciendo bajo la dirección de Sodini
su colección Diamante, en tie111pos dirigida y cuidada por Carducci. Battistelli, encerrado en su retiro del Gelsomino, mezcla traducciones del castellano y del inglés, obras originales, ensayos críticos y obras de exégesis
histórica y bibliográfica, mientras Bemporad sigue a su paso ecléctico alternando con las novelas la política y la historia. Más acusado, y en cierto
sentido más representativo en punto a la vida espiritual florentina, que no
tiene significación hoy, , s Sansoni, editor sobrio y contenido, que se fía
de pocos autores nuevos y prefiere siempre los clásicos a los modernos.
Admirable presentación con la que ofrece sus obras, las cuales son, ya de
critica, bien antológicas, como 1 pro.filie Caratteri, de Ermenegildo Pistelli, o la antología A raccolta, del viejo Ferdinando Martini, el prosista
'llás sano de la vieja generación, o Jl melíJgrano, de Alfredo Panzini, antología en que el fino humorista ha recogido las más bellas páginas italianas de todos los siglos. Continúa imprimiéndose en Florencia la ya célebre hoja literaria It Marzocco, dirigida por Orvieto, aunque no ha sabido
rejuvenecerse y suénales a los jóvenes como una campana fija. Sobreviven
en esa hoja que, de jóvenes todos amamos, los antiguos críticos Gargano,
Raina y otros; pero estuvo inspirado Orvieto cu1ndo, ai morir Rabizzani,
eligió como crítico de la prosa narrativa a Luigi Tonelli, joven oue era y
es dignlsimu artista. De Tonelli quisiera hablar largo, porque más que
por su crítica, llana, benévola, pero singularmente sagaz, cuenta por su
fisonomia moral, que le lleva a indagaciones, muchas veces insondables,
de los más angustiosos problemas modernos. Ha estudiado uno de estos

problemas en el volumen L'aníma e il tempo. Stazioní spiritualí di un
combatl~~ile, estudio, a f~erza de intu~ciones, del alma de un hombre en la
gu~rr~, ,1b_ro q_ue ~e adv1er~e producido por un critico, a quien socorre
fehc_is,ma 10sp1ra~16n a~tlst!ca. Tonelli narra reflexivamente, y su estilo,
habituado a la 10vestigac1ón, acom paña, o por mejor decir, se adhieie
perfectamente a los hechos y a los momen~os psicológicos a que se acerca, hasta conmo~er al lector, y no superficialmente por cierto.
Y de Florencia no tendria más que decir, si no es que difícilmente nos
co~v~nceremos ?e que no es ya la ciudad que ayer no más nos enseñaba
a v1v1r y a ~stud1ar. Queda a un lado con todos sus autores y editores
como ~na ciudad menor, y creo que en vano esperaremos del Amo un
?uevo impulso con afanes más sólidos y concretos de los que hoy trabaJan a los Jóven~s. ~n efecto, los jóvenes ya no correo como nosotros antaño a Florenc11, smo que desde su provincia, abarrotada de cuartillas la
n:ialeta, afluyen todos a Milán, la capital que atrae con sus tentáculos de
nqueza y despre_ocupación ... ¡Milán! Mas cuando llego a mi vez, y siento
el ol~r de las chimeneas h:iimeantes ~ prima alba y diviso de lejos la «Mad?nmna» de la catedral, pierdo también mi natural buen sentido y me olvido de _grado de que soy ~n literato. Porque Milán, literariamente es una
Babel, cierto; pero como ciudad, Milán es la única de toda Italia e~ la que
verdaderamente se ve vivir, y en que se vive. Y así, yo también me dejo
arrebat~r de la magia de la acción, que tal vez es preferible-~quién podrá dec1rlo?-:a tantas afanosas especulaciones e incluso a nuestros más
tenaces trabaJOS en pró de un arte nuevo y duradero ..
MARIO PUCCINI

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54

,

�LA PLUMA

LIBROS Y REVISTAS
Miguel de Unamuno.-Tres Novelas Ejemplares J Un Prólo~o (Colección
Contemporánea. Calpe).-Et Cri"sto d&amp; Velázquez. Poema. (Calpe. Los Poetas. )
Dos de las tres novelas que componen el primero de estos volúmenes habían sido publicadas ya por su autor con algún lapso de tiempo de por medio
en una colección popular. La tercera que ahora completa el tomo les da, con
el prólogo que define terrninant.!mente el propósito de su autor, una significación precisa que alivia sobremanera la tarea del informador literario. Son
ejemplares estas novelas no tanto porque de ellas se deduzca intención moral
alguna-viene a decirnos don_ Miguel d~ Unamuno-,_ c_t~anto por la lección estética que se proponen. Lección resumida en la conc1s10n, como norma general eliminatoria del detalle, característico del arte realista, al que Unamuno
opone su realismo, en el cual las personas creadas por el novelista lo son por
entero, es decir, proceden del mundo exterior sólo eu cuanto su manera de
comportarse en la vida suscita en el novelista una reacción creadora que les
presta un espíritu que ellas mismas ignoran poseer y de que tal vez no están
dotadas. De ese modo don Miguel de Unamuno, lejos de objetivarse en la lucha de las pasiones ajenas y presenciar el desarrollo fatal de su creación conforme a la misma lógica inexorable porque se rige la vida humana a los ojos
de Dios, imbuye el propio espíritu a los personajes de su m undo de ficción,
sometiéndolos a todos y cada uno a la experiencia de su conciencia, subjetivándolos, metiéndoselos dentro de sí, y no tanto purgando sus respectivas
pasiones como prestándoles él su ánimo personalísimo.
·
Esto en cuanto a la teoría. El lector, •que sin otra preocupación crítica que
la de solazarse con un libro de entretenimiento coja estas novela:;, hará bien,
para nuestro gusto, en empezar por la que figura la última ,e n esta edición y
fué escrita la primera. «Nada menos que todo un hombre• es un magnífico
cuento, donde la fuerza del relato apenas si deja lugar para que el lector suspicaz descubra la técnica que el autor emplea en conseguir la emoción del público. ,El Marqués de Lumbría» ya deja entrever, por cierta insistencia-no
por voluntaria menos forzada- en diseca~· la narración, el amaneramiento que
56

,en «Dos madres• se manifiesta patente, dominando el relato y estorbando la
compenetración del público con los personajes de la novela. De «El Marqués
de Lumbrfa• subsi~t~ con más fuerza no ya l_a historia ejem plar que el autor
!)OS presenta con ng1dos trazos, pero el ambiente verdaderamente trágico, fatal, en que las figuras se mueven como sombras y quimeras de pesadilla. En
•Dos madres» nuestra atención se pierde sin asidero ni reparo aaradable en
el dédalo de sentimientos morbosos que el autor acumula en torn~ a una obsesión angustiosa: el anhele&gt; de maternidad de una mujer infecunda.
No est~mos mu}'. seguros, sin embargo, de que nuestro disgusto dependa
-de_ pura d1screpa?c1a de concepto, de una diferencia teórica. ¿Cómo si nó explicarnos el deleite con que nos olvidamos de toda consideración crítica leyendo &lt;Nada menos que t?do un hombre•_, !1acid~ de_la misma voluntad creadora que sus hermanas? B ien que, la cond1c1ón esencial del artista e s esa de
produci r _Ja emoción ,ajena, y el propio don Migu_el de Unamuno asegura ha-ber escnto este _prologo de sus novelas autob10gráficas después, es decir,
~orno consecuencia y no como precepto anterior que a sí propio hubiérase
1mp~esto. Tal nos pa_rece s~~- la buena d~ctrin,a. Ahora que, se nos antoja, con
prur~to tal v~z ~xces1vo e h!JO acaso del 111teres coa que hemos seguido la produc~1~n del m_s1gne maestro de Salamdnca, que don Miguel de Unamuno si no
.escnb1ó el prologo antes de «El marqués de Lumbría, y ,Dos madres•, se impuso cuando m enos a modo de disciplina la obligación de escribir esas dos
no~elas ~~ya ejemplar_idad trabajosa ~e fu_é dictada erróneamente por la justa
satisfacc1on con que viera pagado el 10sp1rado esfuerzo que guió su pluma al
-credr «Nada menos que todo un hombre».

* **
. Al mismo tiempo que las Tres novelas y 1,n Prólogo ha publicado la editonal Calpe f'l Cristo de Velázquez, poema cuyas primicias gustamos hace ya
algunos años en una lectura.incompleta que de él hizo don Miguel de Unamuno, eo el Ateneo, cuando aún no estaba terminado. No es ciertamente El C,-is.fo de Velázquez uno de tantos libros de versos como se public1tn al cabo del
año,_y no sólo por la calidad de la poesía, que muestra poquísimas conco.nil~~c1as con 1~ moderna escuela-de Rubén Darío a la fecha, valga la demarcac1on en ~érmm?s gen~rales-, sino por la cantidad, la densidad, el peso que la
caractenzan, d1ferenc1ándola desde luego de esa brevedad y ligereza, exteriores cuando menos, comunes a la varia inspiración de los poetas que cuentan
actualmente en lengua española.
No se puede decir que Et C1·isto de Vetázquez atraiga y subyugue desde
luego ta atención del lector que no se haya propuesto de antemano la tarea
de leer. e_l poema. No men_os de ~uatro mil endecasílabos lo componen, sin
otro ahv10 acentual en el n tm0 u111forme y grave, que la medida defectuosa
de 2lgun os versos, que el poeta no ha querido corregir, a conciencia sin duda
p~r no ceder de fa fut:rza, y a un dire mos mejor de la dureza expresiva, abandc:
nando~e al halago de la música. El sentido del poema, por Jo demás, es claro
Y preciso. En el Cristo pi11tado por don Diego de Silva Velázquez, ve e l poeta
d trasunto artístico de la divinidad hecha carne mortal y como la transfusión

57

�LA PLUMA
LA PLUMA
.
1 . mo clásico al espíritu cristiano. Don Mide la serenidad apoltnea de\ beden1~ Cristo de Velázquez baila una relacié12 cague! de Uoamuno, c?nte~p an
e d d revelada en el Antiguo y Nuevo Testólica entre su propio án1_mo y a ':erbóª11·ca a su entender del espíritu espa, castiza que le
' sirve d e as1"der0 ,
tamento, a t ra vés .de e-;a imagen s1mt d" ión
ñol. y por mejor mse~ta_rse e°se!tab:~z:~ del Dios-Hombre, cuyo divino miscanta en conceptos m1st1c?s 1~ . t d artística del pintor español por exceterio hace patente a sus o¡os a v1r u
leocia.
. . . en tao acabada representación de ese
Porque ll~d_a falte, ª ?~e str~~~~~~~tismo del poeta muéstrasenos como ullespíritu trad1c10,na_l, el ngido ~ ,
a herencia espiritual parece habe~ rereflejo de los m1st1cos ~e~ero ::n~~ ~~~resentativo de nuestra España qu1mécibido ese hombre ver a era
l . rse y ensimismada se ahoga, que se llama
rica, zozobrante, que pugna por sa va
don Miguel de Unamuno.
C. R. C.

¡°

•••

bi

Juan José Domen;

¡°ª;¡

Del Poema Eterno.- Con palabras iniciales de
drid -Las Inten·ogaciones del Sile11cio. .

Ramón_Pérez ~e ya a, . ª
· u prologuista-es como alto y encnstalad0,
«Este hbro-d1ce del pr~mero s
rosadas primicias de una aurora.• y a
ventanal en donde se espe¡anó la~ slo~esvío que la atención pública roaoifiescontinuacióo se duele, ~º':1 ~az ~• \ias que tan felicísimas ei,peranzas encieta por toda clase de_pnm1c1as 1•sera ue ~ escribir nc,s mueve, luego de leíd?srrao en alguna ocasión, como, e ta q José Domeochina poeta nuevo, es decir.
los dos libritos que nos e_nvt Juaf estos.vo,úmenes de reciente publicación.
joven y original. N~ _son c1er amen e - ero dónde está la crítica? No todos
El silencio de 1~ critica acerca del~l~:rids de la1 o cual café-disculpa n?cstra
los lectores frecuentan las mesas.' e ha an visto en LA PLUMA las poes1as reignorancia y ~uestro retraso. Qu1eb':1es
ertirán desde luego cuan justificada
cientemente msertas de Domenc ma, a v
es nuestra queja.
,
vo oeta ensaya no es adecuada al gusto
Cierto que 1~ p~~s1a qu; estet ~u~ue ~costumbran improvisar los zagueros
de la fácil mus1qu1l a ~en unen a
. te anos Menos aún se compagina con
del mo~imi:~to moderni,st~óde hn~~~:•:i kaik,ii;mo y otras minucias poé~icas de
la pred1lecc1on de los.mas vene h" se propone expresar con armómca proúltima hora. La poes1a de. om:~c 11:~pectáculo del muntio y las reflexioneporción la correspond_enc1a ~n ie e . á enes no a areceo simplemente ex1
que en el ánimo p roJ?!º s~s.:~!:J;;3!1 :C,e1a ror la oc~sión lirica, sino entendipuestas en una re1ac100 msr.
.
ntimientos
das en un concepto jerár9uico del ideas s~oa dedicat"oria su admiración por
No en vano Domenchma proc ama
Pérez de Aya la.
.
dimienlo pueda degenerar en alam·
1
Hay, es ciar~, el peh_gro de que ~si:~~efavorabilísimo presagio el propósito
bicado conceptism_o. Pa, ª1 t1~_estro gtrón de la penúltima revista extranjera.
de Domenchrna, a¡eno a
imo pa
C. R. C.

J

b

in

Alberto Gulllén.-La linterna de Diógenes.-.Editorial América, Madrid.
El autor de este libro ha dado cima a una proeza de reporterismo escandaloso: tras de interrogar a treinta y tantos escritores, y de hacerles hablar de
sus obras y de las obras de sus émulos, que es, en conjunto, como abrir los
veneros inagotables de la maledicencia y de la vanidad, imprime en un volumen las confidencias recibidas-bajo promesa o con encargo de secreto, las
más de ellas-, mostrando al grao público algunas interioridades bastante sucias del mundillo literario madrileño. ¡Vaya una diablura! Con tal libro, el señor Guillén dará más que hablar en ciertos corros y grangeará no menor número de enemigos que si hubiese escrito una novela excelente. La mayoría de los
ingenios interrogados por el Sr. Guillén, en efecto. no ha podido resistir la pícara comezón de desollar al prójimo; muchos se han desatado en juicios que
no hubiesen proferido de haber entrevisto que'se iban a publicar. Y ahora que
el Sr. Guill~n descorre de pronto el telón y los vemos a torlos juntos, diciendounos de otros las mismas cosas y haciendo casi los mismos gestos, el cuadro,
es regocijante y triste a la vez. Por su parte, el Sr. Guillén, que no es lerdo y
sabe mover la pluma con agilidad, traza de sus interlocutores-de sus víctimas, iba a decir-retratos malignamente recargados, o los so1 prende en la.
postura que menos puede favorecer al modelo. El Sr. Guillén conocía qué provisión de ridículo puede hacerse explotando la malquerencia mutua de los.
profesionales-más enconada y más r isible cuanto más bajos-y la explota con
desenfado y despreocupación notables, excesivos en ocasiones, y con gracia.
Confieso que muchas páginas de este libro me han hecho reír a pesar mío, --r
no por negarme a coodescellder con el propósito satírico del autor, sino porque hubiese preferido que ciertas personas mirasen más por su opinión.
No se pretenderá que tomemos este libro por un «examen• del estado presente de la literatura española. Para tal txamen, aunque su res11ltado hubiese
de ser extenderle al ingenio español la partida de defunción, mejor que consultar a los autores es consultar las obras. Y es deseable que el Sr. Guillén.,
por poco que le importen la&amp; cosas de España, emplee algún día su sagacidad
en demostrar impersonalmente sus preferencias literarias. Lo que buscaba
esta vez era un hombre, un corazón •para exprimirlo en su boca•; y como no
lo encuentra, apaga, asqueadc, su linterna. En t&gt;l fondo, ¿puede admitirse que
ese desencanto es lo que determina el fallo adverso que el Sr. Guillén arroja.
sobre nuestra producción literaria actual? Permítasenos creer que no. El ridículo que el Sr. Guillén hace recaer sobre casi todos sus interpelados, mana
de la desproporción entre las pretensiones y la realidad, entre las promesas y
los frutos, entre la bambolla o el r.ngreimiento de muchos y la endeblez de suobra. Todo el artificio del libro consiste en mostrar esa desproporción, no con
un juicio formulado directamente por el autor, sino con el testimonio de los
poetas y escritores mismos, citándolos a declarar, y, por decirlo así, careánd?los: dejad que los cántaros se estrellen contra los cántaros, parece haberse
dicho el Sr. Guillén. Pero no ha llevado el sistema hasta el fin. Se lo han impedido sus gustos personales. Cuando se halla ante un escritor de importancia.
Y talento verdaderos, o que se le antoja tal (y sus preferencias, dicho sea de
paso, se parecen algo a las nuestras), el Sr. Guillén, sin perder su desenfado~

* • *

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•

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�LA PLUMA

LA PLUMA

se guarda los dardos mortíferos, y a pesar de cuanto le hayan podido contar,
es respetuoso y hasta acimirativo. Conserva los libros que esos escritores le
regalan, al paso que, amablemente, vf'nde los que le han dado los demás, procurándose con el precio, según confiesa, cuarenta y cuatro reales de placer. En
suma: nos parece que el Sr. Guillén buscaba en realidad un escritor, y como
encuentra dos. ac~so tres, podemos darnos por satisfechos, aun aceptada la
.salvedad de que nmguno tenga valor «eterno•.
Es innegable la oportunidad del escarmiento (virtud de la sátira) implicado
en el libro del Sr. Guillén, a condición de no sacar las cosas de quicio. (Jue
,poetas y literatos se desuellen vivos, no es nuevo, ni privativo de los escritores, ni característico de los de Madrid, ni señal cierta de decadencia, ni en
último término, es cosa que empañe el valor de la obra del maldiciente. «Ninguno es tan necio que alabe el Quijote», escribió Lope, movido del rencor. Por
añadidura, cuando el Sr. Guilléo llegue a conocer a fondo a sus colegas españoles, verá que, si muchos son fútiles J parlanchines, pocos tienen verdadera
mala intención. Si participan en el infantilismo que aqueja a nuestro pueblo,
y andan por ahí algunos engreidillos con sus descubrimientos, es, más que nada,
por falta de mundo; pero son buenos, y muy campechanos, demasiado campechanos, y quien pretende ser satánico pasa los mayores trabajos del mundo,
porque esta vida que llevamos en Madrid, tan sana y tranquila, tan sin quebraderos de cabeza, es el antídoto de la corrupción, de la perversidad. Lo ver, daderameate feo es el vicio de disimular la opinión íntima, alabando en público
lo que en privado se zahiere. Quisiera disculpar ese extravío como prevención
nec:s~ria para vivir en este pueblo tan chico (la cortedad del Jugar es dispensa
caoomca); pero no lo bago, para abundar en el propósito moralizador del
Sr Guillén. Grato sería ver a todos los hijos de Apolo, aun a los más desbere--Oados, amoldarse al tipo de «hombría cabal• descrito con tan elegantes palabras
por Pérez de Ayala en el prólogo de La lintu-na de Diógenes. Pero el hombre
-ea?al (l' honni!te. ~01:11ne, el cortesano cum_rlido), ha sido siempre un ejemplar
mas raro, más d1fic1l de ballar que un artista verdadero, y muchos, colmados
de tal_entos por_ k&gt;S ~ioses, si acertaron~ parir obras_ durables, no pasaron de
-ser, sm afectación, simples canallas. As1, pues, ese tipo de hombría cabal, más
que una norma de vida a?equible, viene a ser un norte por que deben gobernarse todos: y es tal su virtud, que del puro esfuerzo de buscarlo ya nace una
-contención, una disciplina.
M.A.
***
Federico Schlegel.-Lucinda, novela. Traducción de José Moreno Villa. Dos
tomos. (Ediciones de LA PLUMA, serie 1).
«En su significación de manifiesto o programa es como tiene valor este
libro,-d ice de Lucinda Jorge Brandés ea el suyo Principales corrientes en la
lite1·atzwa del siglo diecinueve-. cSu idea central es la de proclamar la unidad
y armonía de la vida, que en la pasión amorosa más clara y comprensiblem_e~te s_e procla_ma, dando una expresión sensual a la emoción espiritual y es_,p 1ntuahzando el placer.&gt; Su fundamente es, pues, la doctrina romántica de la
60

•

iden}idad de la vida y l_a poesía. En L Ncinda se encierran en germen todas las
teonas _d~senvueltas_ e ilustradas más tarde con ejemplos en la historia del
romanbc1smo., El oc10, la anarquía moral, el goce de los sentidos, constituyen,
su credo filosofico.
Pero no nos ha movido a publicar ahora por primera vez en español la exl:aña novela d e Schle&amp;el consideración alguna de orden puramente histórico,.
srno su correspondenc1:1 coa el momento por que actualmente atraviesa el
mu_ado, correspondencia acertadamente señalada por el traductor en el breve
prologo con que justifica sus preferencias de un tiempo por esta novela desconcertante y descon.éertada.
!,ucinda no es tanto l! historia de un amor ea sus menudos detalles y anrcdóbcos_ porme~or'?~• cmd,a~osarnente_ anota.dos- conforme a un orden lógico,
C?mo la transcnpc1on ".er!d1ca, real, mmed1at~, confusa, de una pasión padecida por_ el_ autor, con~titu1do en centro del umverso, en cuanto su instinto,.
sus seottm1~nt~s, su v1?a personal es la única experiencia en que se fundan
sus determmac10ne~, a¡enas a toda ley que no sean las de su egoísmo.
. •L:na de las pésimas costumbres en que Julio (protagonista de la novela
b1?grafica d~ su _autor) destrozaba su bravía juventud era el h acer de Faraón
ba¡o la apanenc1a de la más violenta pasión, y, sin embargo, andar distraído y
ª?seot~; ~venturarlo todo en un momento de calor, y, una vez pasado, desv~arse 1~d1fe1:ente. Un amor sin objeto prendía en él y destrozaba su interior.
Srn oficio y ~10 finalidad se lanzaba sobre las cosas y los hombres como quien
busca con, miedo algo_ de d?nde pende toda su felicida¿. Todo lograba atraerle;
nada alcanzaba su sat1sfacc1ón. Su mayor encanto cifrabalo en el trato humano
d~J género 9-ue fuese, y siemp1e que se hastiaba volvía de nuevo a los aturdimientos soc1!les. En realidad, desconocía por completo a las mujeres, a pesar-de haber ten~do trato con ellas desde muy temprano. En cambio, los muchachos que teman puntos de contacto con él acogíalos :on férvido cariño y con
u? verda~e:o arranque de amistad. Prefería, a la manera que un cazador brav10, prec_1~1t~rse pronto y valie,1te en la rápida vertiente, a través de la vida,.
9ue mart!nzarse lentamente con la precaución.• En cuanto a Lucinda, era «una
¡oven artista que, corno él, reverenciaba la belleza con pasión y parecía amar
la sole~ad y 1~ oat11;ra~~za tanto como él. Teuía una decidida incliuación por lo
romántico y él ~e smtio tocado por esta semejanza, aunque luego descubrió
otra más. También era de los que no viven en el mundo vulgar, sino en otrofigurado y pensado por sí misma. Sólo lo que amaba y honraba en su corazón
era real;, lo demás, nada; y distinguía bien lo que tiene un valor positivo. Además ha~1a roto con audaz decisión todos los lazos y reparos, y vivía libre e in dependiente por completo.•
~a publ!cadón de Lucinda en 1797 suscitó en Alemania un gran escáudalo.
La mmo~ahdad _de q~e su aut~r alard~aba como principio general, le atrajo la,
per~ecuc_1ón social mas encarmzada, viéndose privado incluso del derecho de
res1denc1a en algunas ciudades, cuya hipócrita virtud sentíase alarmada con
solo su paso. En Lucinda retrató Schlegel a una mujer excepcional, Dorotea
Mendelssohn, cas:i~a por razon~s familiares con el i:&gt;anquero Veit, divorciada
del cual fuése a v1v1r con Federico Scblegel a Jena. Escritora a su vez, personi61

�LA PLUMA

LA PLCMA
iica en su novela Florentino al compañero de su vida, de quien era musa viva,
y aun más que inspiradora, colabondora amorosísima. Junto a ella, cruza por
las páginas de Lucinda la imagen de otra mujer, directamente trasladada del
panorama de la romántica sociedad alemana de entonces, Carolina Michaelis,
viuda de un cierto doctor Bohmer, casada despl!é3 con Augusto Guillermo
Scblegel y divorciada de él más tarde para casarse nuevamente con Schelling,
matrimonios estos dos últimos que la hicieron figura principalísima del movimiento literario-filosófico que en derredor suyo se desenvolvía con arrolladora
,-pujanza. Carolina, así conocida por su solo nombre de pila, después de la publicación con t al título de su epistolario, vivió en relación con Goethe, Herder,
Fichte, Hegel. Tieck, Schleimacher y Handenberg, por el tiempo de la gran
intimidad de Goethe con la joven escuela. Al protagonista de Lucinda, la aparición de aquella mujer, •naturalmente iínica, tocó su espíritu de un modo
total y en el centro. Era capaz en una misma hora de fingir la ingenuidad más
,&lt;:órnica con toda la soltura y la distinción de una actriz formada, y de leer una
poesía sublime con la dignidad ai-rebatadora de una canción vacía de arte. Y,
·si11 embargo, precisamente esta µiujer demostraba en toda solemne ocasión
valor y fuerza hasta el asombro; desde este elevado punto de vista, además,
-era desde donde ella jnzgaba la valía de los homb1·es.&gt;
La traducción de Lucinda entraña especialísimas dificultades, dado su estilo
.arbitrario, conceptuoso, ora arrebatado de lírico énfasis más propio de la
poesía, ya henchido de filosófica petulancia, o rebajado a expresar observaciones nacidas de un sentimental,smo caprichoso y las más de las veces sin otro
.atadero que el de la conciencia extravagantP del autor. Moreno Villa ha res•
petado, aun a trueque de la oscuridad de algunos pasajes, la forma alambicada,
rebelde, modernísima en su misma desintegración, del original, al que ha pres·
tado con la fidelidad del traductor probo la gracia de una versión verdadera•mente poética.
c. R. c.

*

*

*

:Francis de Miomandre.-Le Pavillon du Mandarin. (París, Emile-Paul freres. Editores. 1921.)
Con el título vago e insospechable de Le Pavillon du Mandarin ese escritor
.ágil y diverso que es Francis de Miomandre publica una colección de artículos
quP. han debido de resumir, acá y allá, horas de entusiastas lecturas. En la dorada_ atmósfera apacible de un pabellón chinesco, rico en colores y de perfil
grac10so, el refinado mandarín hace pasar ante su fantasía la varia perspectiva
de las páginas-paisajes.
Paisajes de todo tiempo y de todas las tierras, descritos con tan viva imaginación y tan fácil discurso, con tan convincente cordialidad, que son, cada
uno, invitación al viaje por las páginas impresas.
. La poesía mística en Persia, Víctor Segalén y lU espiritu de China, El pensa•
,mento de la América latina, son relatos de una curiosidad llena de atractivos.
·y al lado de la Réverie sur un réve111· con que Miomandre evoca al botánico gi62

nebri~o que en sus p~seos solitarios.hacía poemas cuando creía disecar plan~as, y ¡unto a las _gras10sas conlide_nc1as de Miomandre acerca de su gusto por

Stendhal y su anhpatla por el bey!ismo se encuentran los comentarios llenos de
·un fuego prose_litista so?re_ la poesía de O. W. _Milosz o sobre Edmond Jaloux:
y los comentar~os más hm1dos, pero más profundos, acaso, sobre Paul Valery
.)'. sob1e Jean G1raudoux que_ son, probablemente, los-mejores ensayos de este
hbro, tan~o com? el esplén~1do estudio sobre Rémy de Gourmont.
Franr1s de M1omandre tiene por España un fervoroso sentimiento. Sus generosos bocetos sobre Cervantes en Francia y la unive rsal influencia de Don
'Quijote sobre el espíritu francés; su ardiente cántico de alabanzas a don Luis
de Góngora_, cuxos paralelismos con Mallarmé están tanto mejor trazados
c~anto qu~ m_evttables; sus art~culos sobre Enrique Rodó y sobre las conmovidas_ «Reliquias•, de José G~rcia Calderón, s~c otras tantas razones que haría n
de ~1om~ndre _un ·,1ombre d1g~o de ser retenido por el lector español si sus
méritos l1te'.anos tan sobresalientes en sus ensayos críticos como en su ya
·ª?undante lista de novelas no le hiciese sobradamente acreedor a la admira-c1ón ?e _u~ público que se la tributa ya comenzando a leerle traducido a su
propio idioma.
Otres ensayos como el que trata de las pequeñas piezas teatrales de Duranty, ese ~M?liere en. miniatura» y las páginas dedicadas a la crítica de Edgar
Poe son, as1m1sJ?o, muy notables. No e,e ~omún una colección de artículos que
al enconti:-arlos ¡u~tos, ~espués de la rap1da lectura en las revistas, produzca
u_na Sf"me¡ante sahsfacc1ón, afirmando por su simple convivencia una personalidad notable .
Ad. S.

***
. Del sonido-ruido y su instrumental.-Años hace que los músicÓs futunstas metían ruido en Milán. Ahora aparecen con estruendo en París donde
ac~ban de dar, bajo la dirección del maestro Antonio Russolo, un c¿ncierto
·•e¡ecutado entre las vocifera.~i~mes de la parte tradicionalista del público•. En
~uestro excelente co.lega pansm? La. Revue del' Ept_Jque, Luigi Russolo, hermao del maestro, exphc~ las _mod1ficai:1ones q~e ha mtroducido en la orquesta
para adaptarla a las exigencias de la nueva musica. «La evolución de la música
-que s~ acerca al so_n~do-ruido, es paralela a la multiplicación creciente de la~
máqu!nas que part1c1pan en el trabajo humano. Junto al ruido variado de las
: áqui~as el s~nido puro, P?r su peq~eñ~z y monotonía, no suscita ya emoción.
..1 somdo mu~1cal es demasiado restnng1do en cuanto a la variedad y a la cantidad de los hm~res: No se?ª am~liado hasta ahora el número de timbres por-que no se conoc1a bien la diferencia que separa el sonido del ruido. Creíase que
~ra eno:me y profunda. Es mínima. ~n realidad, no es más que una diferencia
cantidad en el número de armómcas que acompañan al sonido fundamenta· E~as armónicas son más en el ruido que en el sonido. Había que crear,
pu_es, 1nstrumentos construidos de modo que cada uno diese el timbre de un
~ ido, con la posibilidad de modificar el tono, con todas las variaciones diatónicas Y cromáticas. Esto lo he realizado yo-dice Luigi Russolo-con mis

1

6J

�LA PLUMA
bruileur s. Son instrumentos de música absolutamente nuevos, con timbre nue vo
y timbre modificable a voluntad. Para tocarlos se mueve con la mano izquierda uua palanca que resbala por un plano donde están ind icadas las notas, mientras se da vueltas a una manivela con la mano derecha. Algunos bruiteurs, en
Jugar de manivela, tienen un botón eléctrico. He per feccionado y realizado 29
bruiteurs; 3 ululadores (bajo-medio-agudo); 3 gruñidores (ídem); 3 crepi tadores
(ídem); 3 chirriadores (ídem); 3 zumbadores (ídem); 3 bor botadores (ídem); 2 estalladores (bajo y medio); 4 graznadores (bajo-medio-agudo-sobre-agudo); 4 susurradores (ídem); un sibilador. &gt;
Bien. Se necesita una palabra castellana equivaknte a bruiteur. ¿Quién tiene
alguna que proponer ?

AÑO JI.

MADRID, A GOSTO 1921

***
Libros recib idos.-José-Fabio Garnier: A la sombra det Amo,·. San José •
de Costa Rica, 1921,-Ernesto Reoau: Páginas escogí.das; traducción de Cornelio Hispano; El Convivio, San José de Costa Rica, 1921.-Antooio Gallego y
Burin: Ganivet. Granada, 192 1.-Cartasde Bolíva,· (1823- 1824-1825) 1 cou notas
de R. Blanco Fombona. Editorial A mérica, Madrid, 1921.-Ramóo Gómez de
la Serna: El Doctor inverosímil, Publicaciones Atenea, Madrid, 1921.-Teixeira
d e Pascoaes: Tierra Proltibida; Francis Jammes; Del toque de alba al toque de
o,·ación. Madrid, Cal pe, Los Poetas.-Courteline: Los súiores chupatintas; Julio
Camba: La ,·ana viajera; Arnold-Bennet: El matador de Cinco Villas; Enten·ado
en vida; René Benjamín: Gaspar; Madrid. Cal pe, Los Humoristas.-J uan Giraudoux: La escuela de tos indiferentes; Annie Vivanti: Los devo.-adores; Enrique
Mann: Diana; Tomás Mano: La muerte en Venecia; Antón P. Chejov: Et Jardín
de tos cerez(&gt;s; Marcelo Proust: Por el camino de Swann; Madrid, Cal pe, Colección
Contemporáuea.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la Naturaleza; Lima, 1920; Madrigales; Lima, 1921.- A. Hernández Catá: La voluntad de Dios. Novela (Alej andro Pueyo, editor XCMXXI). -Enrique Barbusse: El resplandor en el abismo.
Traducción y estudio preliminar de Quintiliano Sald aña (Rafael Caro Raggio.
editor, Madrid).-Rafael Lozano: La alondra encandilada, 1916-1921. Prólogo de
Luis G. Urbina (Biblioteca Ariel, Madrid).-Federico G. Lorca: L ibro de Poemas (1 92 1, imprenta de Maroto, Madrid).
Revistas. - Mercure de h·ance, París. - Le P,·ogrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuest1·a, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le C1·apouillot, París.- Belles Lettr.s, París.-Cuttu,·a Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevideo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. ~ Poesía ed .irte, Ferrara.-España y América, Cádiz.-He1·mes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-9a fra, Amberes.-Página, Sevilla.Studium, Lima.
·

1

NÚM. 15.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIO L ERA

ESPERPENTO ~ SV A VTOR

DON RAM'ÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA U N DÉCIMA
f!OCHE ESTRELLADA. Fragancia serena. Un huerto ae n,iran;os y cla·veles, con el claro de luna sobre la tapia. Cantan los grillos
: s: apag~n las luces de algunas ventanas. :Juanito Pacheco, encaramaun arbol, acecha una ré_ja vecina, que, en las jirondas de t
huerto' p ermanece z•¡umznada.
.
Doña Loreta, con peinador lleno de l o ro
sale a la ·
l
,
azos,
_ re¡a, Y e galan saca la figura sobre la copa del árbol, neuro
0
Y torcido como un espanta-pájaros.
DOÑA LOJI ETA

¡Pachequín!

s

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
• todos los
.
es a los pianistas, a los mecanógrafos • Y a
res, a los po~~.,5 ~~;~~os: r efinados y l?odelros~5¡_~manía enfermiza. Debe protemperamen ·
·i·smo debe entar a e10
b. n el tacu I
t
.
•
¡ tactiles simplcmen e.
M . etti-es arbitraria, Y
Ab ora ie •
ponerse !~ ar_móo~=~os cinco sentidos-~oncluyel ":;1itros muchos sentidos.
e La d1stmc1 n
uro descubrir y cata o.,
•
podrá a b-1en seg
. . t
algún dia se
á este descubrim1en o.•
C R C.
El tactilismo favorecer
. .

•••
otros poemas. r.arcía
D •t ri Ivanovitch: La fJen!an~ Y . Pdr ·ate! SugeslioLibros recibidos.- -:1a 1921.-Juan Ramón Unarte.
Díaz-RodríMonge, Sa~José de c:!~es.1t;omant y C.ª, _B~uselas, ~~~:-""iiadrid.-Carlos
nes nortnaltv°:s a lo~ Jo,:;o encantado. l\ovela. Bib!1oteca ~lío Gómez de la Serna.
guez: Peregrma o e p "da Selección y traducciónJe J Madrid.-Alfonso ReBaudelaire: Pros6 e~~~ez-de la Serna. Diblioteca Nueva, Madrid -Simpatías J
Epílogo de RamE n ~s y divagaciones. Bi~\ioteca uzv_;:; uevo·, por Ramón
u!lda serie, Madnd, 19 2 1 . - ' 1 r Ramón Gómcz de
yes: Elcazador! nsay
diferencias, psmcra l 1:~;id 1920.-HI Paseo det
Páginas escogidas
Gómez de 1i3 0 c-r11·gicos Griegos. Esguílo, Sóf6ocles: -t~;la~a de Agustín l\li\lare5
la Serna.- - ~ r notas de P. Girard, vers1 n cas / fJido Nove la picaresca.
con introdu~c16n y . - - F Iscar Peyra: La bolsa .v a . ·11 trad. de Alfonso
Carlo. Calle¡a,. l\ladGndK Cbeste rton: Et candor del P; B, ":"La ruta de ta fJida.
Calleja, :\ladrrid.- ·. ·
rancisco Carmona Nenc,ares.
Reyes. Calleja, Madnd.PítBaroja: Bosguejo critico. 1921.
•
ProProsas. Madrul, 1920.•
L'Europe Nort';Jtl/e, Pans.-Le ¡.
-Mercure de Fr ance, Pans--;- La Revue de f Epogue, Pa~ ,;.Revistas. .
~ Connaissanct, Pans.R ,pertorio Amencano.
J!.rés Ciflique, Pans.- a Aires - A thenaeum, Zaragoza.- e . s ºarís -Cultura
Vida Nuestra. BuRe?os Le l·ra"ouiltot, París.-Be/Mles-Ltet~1de o'. A,.-nuittctura,
r
,
n aso
on ev1 t: . - 1
•
d
é d Costa 1ca.San J os ' e
-Die Aklion, Berhn.-regBab' J B enos A ires.-P oesia e
Venezolana, Caracas.
/lea La Habaua.e, . u
Mad rid.-Cuba Co~te!!'por1mé,'.ica Cádiz.-H ermes, Bilbao.
arte, Ferrara.-Espana Y
'

AÑ O Il.

1

MADRID, JUNIO 1921

NÚM.. 13.

:J

Prt;fº'.¡¡.~es

~

LOS CVERNOS
DE DON FRI OLERA
ESPERP l: NTO ~ SV A VTOR
DON RAMÓN DEL V ALLE-INCLÁN
ESCENA Q UINTA
LA ALCOBA DEL BARBERO. Pegada a la pared, la cama
angosta y hopada, con una colcha vistosa de pájaros y ramajes, un paraíso portugués. Tras de la puerta, la capa y la gorra colgadas con la
guitarra,fingen un bulto viviente. Por el ventano abierto penetra con el
claro de luna, el vmtalle silencioso J' nocturno de un huerto de luceros.
Y la brisa y la luna parecen conducir u 11 diálogo entre el vestir;!o de la
puerta, y el pelele que abre los brazos sobre la copa negra de una /zi.
guera, en la redoma azul del huerto. Entra el galán con la raptada, encendida, pomposa y con suspiros de soponcio.
21

320

32 1

�~LA PLUMA

LA p L ¡; ,\l A
DORA LORETA

¡Demonio tentador!, ¿a donde me conduces?

PACHEQUJS

¿Olvidas que
rejada?
nuestra sangre estuvo a p1que
.
de correr empa-

PACHEQUlN

¡No me ciegues!

¡A tu casa, prenda!
DORA LORETA

¡Buscas la perdición de los dos! ¡Tú eres un falso! ¡Déjame volver
honrada al lado de mi esposo! ¡Demonio tentador, no te interpongas!

ÜJ

.~

·Y para nada más?

~

·y
1

PACKEQUlN

¡Estabas ofuscada!
DO~A LORETA

¿Y ahora no es ofuscación dejar mi casa, dejar un ser nacido de
mis entrañas? ¡Considera que soy esposa y madre!
PACHEQUÍN

¡Todo lo considero...! Y también que tu vida peligra al lado de
ese hombre celoso!
DORA LORETA

¡No me ciegues y ábreme la puerta!
PACHEQUÍ~

¡Olvidas que una misma bala pudo matarnos!
DO!'IA LORETA

¡:-;o roe ciegues! ¡Ten un buen proceder, y ábreme la puerta!

PACHEQUfN
DOÑA LORETA

para quererte, demonio tentad or.,

;Por ué
PACHEQUfN
•
q entonces huyes de m1. lador.
·Porq
1

ue me das miedo!

DOÑA LORETA

·No
PACHEQUfN
'
paso a creerlo'• l•Tú b uscas verme desesperado!
¡Calla, traidor!

s·
i

333

DOÑA LORETA

,., o pretendo romperlo' ·P .
,.
que estoy en el mundo pa~a'm~16.
deJame
1.ra1 por ella! \'olver al lado d e m1. hUa,

DORA LORETA

Yo le elegí libremente.

PACHEQUÍN

¿ v1 as que ese ho b
dos con su pistola? ¿Qu~ ~=y~árlbaro,
a losenlaza
dos nos tuvo encanonar azo para
r corazones?

PACHEQUlN

¿Ya no soy nada para ti, mujer fatal? ¿Ya no dicto ninguna palabra a tu corazón? ¡Juntos hemos arrostrado la sentencia de ese hom. bre bárbaro, que no te merece!

·ct

DO~A LORETA

DOÑA LORETA

PACHEQUfN

me amases, esta nas
, recogida en m. b
is razos, como una paloma

·P
DO!'i.\ LORFT.\
e or qué as·1 me 11ablas c
' uand o sabe·s que soy tuya?

¡Aun no lo has sido!

PACHEQUfN

.

�LA PLUMA

LA PLUMA
.d cosa
ahora no me p1 as
pero
. . te cansarás de tenerme,
Lo sere)
ninguna.
PACHEQUÍli

DORA LORETA

l&gt;O~A LOP.ETA

Me pondré de rodillas.
una romántica!

PACHEQUÍ!&lt;

¿A dónde vas?
•o

Cuando te contemplo, amor m1 ,

En ese achaque, no
. me superas.
DO~A LORETA
me entra como éxtasu,.
¡Qué noche de luceros!

¡Tú la rompes!
¡No me ciegues!

DO~A LORETA

¡Pachequín, respétame! ¡Yo soy

¡Es de rosas y espinas nuestra cadena!

¡Soy esposa y madre!

PACHEQUÍN
DORA LORETA
PACHEQUfl'I·
DORA LORETA
PACHEQUfN

Temo que te asesine ese hombre.

PACHEQUIN

DO~A LORETA

Siempre la inocencia resplandece.
·La propia para un idilio!
1

PACHEQUÍN

DORA LORETA

. Dame una prueb a d e amor puro!
1

Pudiera no querer darte acogida: En tal caso, prométeme ser mía.
DO~A LORETA

l'ACHEQUIN

•La
1

¡Tuya, hasta la muerte!

·das1

que me p1

·

DORA LORETA

Ten un noble proceder, y ábreme la puerta.

PACHEQUÍN

Te acompañaré para prevenir un arrebato de ese hombre demente.

PACHEQUÍN

¡Franca la tienes!
¡Adiós, Juanito!
¡Adiós, Loreta!

oO?lA LORETA
PACHEQU{:-ó
DO~A LORE'lA

¿No quiere usted mirarme?
PACHEQUh

¡No puedo!
J24

DORA LORETA

¡Xo esponr,as la vida por mí!. ..
Es deber que tengo.

PACHEQUÍN

PA(HEQUJN, MUY :JAQUE, se pone la gorra en la oreja y empuña el estoque. La tarasca sale delante con el pañuelo en los ojos. Sobre la ccpa negra de la higuera, se espatarra el pelele en un círculo tk
lt1aros.

�LA PLUMA

LA PLUMA
p

ESCENA SEXTA
LA SOMBRA 1JE DON FR!OLERA, pasa gesticulante tobrt
los muros de la sala daminguera. El quinqué de porcelana azul tiene un
temblor e,,rlenque.
DON FRIOLEJlA

¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!... ¡No me tiembla a mí la mano! Hecha justicia
me presento a mi Coronel: -¿Mi Coronel, cómo se lava la honra?y sé su respuesta. ¡Pin! ¡Panl ¡Pun! ¡Listos' En el honor no puede
haber nubes. Me presento voluntario a cumplir condena. 1Mi Coronel, soy otro Teniente Caprilesl Eran culpables, no soy un asesino.
¡Mi Coronel, no soy un asesino! Si me corresponde pena de ser fusilado, pido gracia para mandar el fuego: ¡Muchachos, firmes y a la
cabezal ¡Adiós, mis queridos compañeros! Tenéis esposas honradas,
y debéis estimarlas: ¡No consintáis nunca el adulterio en d Cuerpo
de Carabineros! ¡Friolera! ¡Eran culpables! ¡Pagaron con su sangre!
¡No soy un asesino!
RECHINA LA PUERTA, y en el umbral aparece Doña Loreta.
Tras ella, en la somhra del pasillo, st apu,zta la figura del barbero con
el kepis sobre una aja, y la capa acandilada por el estoque. D01ia Lore-

DO~A LORETA

ascua!, nunca tu esposa de·.
~o d e guardarte la debida fidelidad.
DO~ FRIOLERA

¡Pruebas! ¡Pruebas!

·T
.
DOjlA LORETA
' amb1én yo las pido, Pascual!
.

DOS

Co

DO~A LORETA

¡Pascual!

DO~A LORETA

mo el propio sol
1
resp andece. 1Quién me acusa? .
bárbaro! ¡Un celoso
no me calumnies'. demente! ¡Un turco sanguinario'. '·M'áUtan~.~ro
hombre
DOS FRIOLERA

•

~De dónde vienes? ¿Y ese h ombre por qué te acompaiia?
PACHEQUÍN

Para testificar que tiene usted una perla por esposa. ¡Una heroína!
DON FRIOLERA

¡Pruebas! ¡Pruebas!

tá cae de rodillas ju1ttanda las manos.
,f

.

PACHEQUfN

¿No le satisface a usted 1
ya en su domicilio, para ha~er~:chot de que un servidor se constituen rega de su señora?

DON FRIOLERA

ooi;;A LORETA

¿Qué respondes?

¿Conoces tu sentencia?
oo:--A LORETA

Pascualín, si me repudias de esposa, que sea de una manera decente, y sin escándalo.
DON

FRIOLERA

En España, la mujer que falla, tiene pena de la vida.
3a6

•·RIOLERA

,Loreta, es preciso que resplandezca tu mocenc1a!
.
.

.

PACHEQUfN

DéJele usted que Jo medite , Dona
- Loreta.
DORA LORETA

Ten un impulso generoso, Pascualin.

�LA PLUMA
LA PLGMA
DORA LORETA

PACHEQUÍN

¡Rencoroso!

. Teniente la razón de las cosas.
•
Comprenda usted, m1

DON FRIOLERA

¡Es inaudito!

T

DON HI.IOLEIU

,
No puedo soportar tu presencia.
.
al de esta casa.
Pachequml, s de cinco minutos.
concedo un p azo

e

DORA LORETA

¡Palabrotas, no, Pascual! ¡Eres un soldadote y no me respetas!
DON FRIOLERA

PACHEQUÍN

¡Mi Teniente, es usted u

n dramático sempiterno!
DON FRIOT.ERA

, ·co ' O el primer
, d udo si eres un c1m
Pachequm,
PACHEQUÍN
paña.

Caballero

Me avistaré con ese hombre y Je propondré un arreglo a tiros. Es
la solución más honrosa.
de Es-

DORA LORETA

¡Y si te mata!
DON FRIOLERA

Te quedas viuda y libre.

Soy un rom ántico , mi Teniente.
DON FRIOLERA

o un duelo a dos pasos en el cernenYo también, y te propong
terio.
DO~A LORETA
¿Vuelves a tus d ud as' Pascual?
DON

FRIOLERA

DORA LORETA

Pascual, esas palabras son puñales que me traspasan. Pascual,
yo jamás consentiré que expongas tu vida por una demencia.
DON FRIOLERA

No sé cómo podrás impecfirlo.
DORA LORETA

¡Me tomaré una pastilla de sublimado!

Llámales garfios infernales.
PACHEQUÍlS

DON FRIOLERA

El sublimado de las boticas, no mata.

y O me retiro.
DON

FRIOLERA

.El demonio te lleve!

'

DORA LORETA

·
Pascual!
¡Qué proceder el de ese amigo,
DON FRIOLERA.

¡No me subleves!
3ll6

DORA LORETA

¡Una caja de cerillas!
DON FRIOLERA

Serán inútiles todos tus histerismos.
DORA LORETA

¿S~es de mala data para mí,

Pascual?

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

¡Déjame!

FRIOLERA

DORA LORETA

DOÑA LORETA, desgarrado el e
anca,jlojo el corsé sueltas l
.
g sto, temb/011a y rebotada el
'
as ;arelas de las e u
reaparece con una botella de .
naguas, sale corretona y
amsete esca, citado.
'

¡Pascual, tendremos que divorciarnos si persistes en tus dudas!
Estás haciendo de mí, la Esposa Martir.
DON FRIOLERA

DORA LORnA

¡Vaya, esto se acabó' Pascual
el rega~o de Curro Cad~nas.
, vamos a beber una copa juntos: Es

¡Quieres la libertad para volar al lado de ese hombre! Nos divorciaremos, pero entrarás en un convento de arrepentidas.
DORA LORETA

¡Tirano!

DON FRIOLERA

Yo no bebo.
DO~A LORETA

DON FRIOLERA

Bebes, y vas a emborracharte conmigo.

¡Has destruido mi vida!

DON FRIOLERA
DORA LORE'IA

¿Pascual, por qué me haces desgraciada? Recógete, Pascual. Procura conciliar el sueño.
DON FRIOLERA

¡Contigo, jamás! ¡Te aborrezco!
DOÑA LORETA

Pues te emborrachas solo.

El sueño huyó de mis párpados.
DOÑA LORETA

DON FRIOLERA

¿Para olvidar?
DOÑA LORETA

¡Pascual, ten juicio!
DON FRIOLERA

Naturaca. ¡Bebe!

¡Mi vida está acabada!

DON FRIOLERA
DORA LORETA

¡No bebo!

Pascual, tienes una hija, me tienes a roí...
DON FRIOLERA

DORA LORETA

¡Te lo vierto por la cabeza!

¡Loreta, me has hecho dudar de todo!
DORA LORETA

Pascual, no seas injusto.
· DON FRIOLERA

¡Quisiera serlo!
J,O

DON FRIOLERA

¡Espera!

EL TENIENTE RECIBE l
rar/a, derrama un kil, dea copa con mano temblona,y al a1tuo
la mosca a la n,uz.
-r

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOS rnJOLERA
DOflA LORETA

¡Otra!

DON FRIOLERA

DOÑA LORETA

¿Intentas embriagarme?
DOÑA LORETA

¡Otra, digo'.

¡Es Pachequínl ¡Loreta, pon una sartén a la lumbre! ¡Vas a freirme los hígados de ese pendejo!
¡No me asustes, Pascual!
DO~ fºRIOLERA

DON FRIOLERA

¡Y no tendrás más remedio que probar una tajada!

·Si con esto olvidase!
1

DOÍ'lA LORETA
DOflA LORETA

¡Ya la cogiste'.

A Jo menos te dormirás y descansaremos.
DON FRIOLERA

DON FRIOLERA

¡Ese Pachequín es un busca pendencias! ¿A qué fué ponerse tan
gallo? ¿Duermes. LoreW

No me dormiré. ¡No puedol
DORA LORETA

¡Bebel
¿Cuántas van,)

Duermo.

DO~A LORETA
DOS FRIOLERA

DON FRIOLERA

Tú, con tu actitud, le diste alas. Responde Loreta.
DO~A LORETA
DOÑA LORETA

¡No lo sé, bebe!

DON FRIOLERA

¿Quién está oculto en aquella puerta?
DO~A LORETA

¡El gato!
¿Cuántas van?
¡Bebe!

DON FRIOLERA
DO~A LORETA
DON

FRIOLERA

Quién está oculto en aquella puert • ¿
Enciende una ceril~a, Loreta
ta? ¡No te escondas, miserable.
DOflA LORETA

,,.

¡Bebel

Me he quedado sorda de un aire.
¡Impúdica!
¡Mierda!

DON

FRIOLERA

DOÍ'lA LORETA

DQ/;,A LORETA TOMA el quinqui, y d~fando la sala a oscuras, se mete por la puerta de escape pintada de azul, recogidas sobre
una cadera las sueltas enaguas.
DON .FRIOLERA

Si tú ocupas la cama matrimonial, yo dormiré en la esterilla.
JlJ

�LA PLUMA

LA PLUMA
DORA LORETA

¡Duerme debajo de la escalera, como San Alejo!
DON FRIOLERA

¡Loretita! Donde hay amor hay celos. No te enojes pichona con
tu pichón. ¿Duermes Loretita?

ESCENA SÉPTIMA
EL BILLAR DE DORA CALIXTA. Sala baja con pinturas
absurdas, de un sentimiento popular y dramático:-Contrabandistas de
trabuco y manta jerezana; manolas de bolero y calañés, con ojos asesinos; picadores y toros, alaridos del rojo y el amarillo.-Curro Cadenas,
toma café en la mesa más cercana al mostrador, y conversa con la dueña, que sobre un fondo de botillería, destaca su busto propincuo, de
cuarentona.

Con dos barajas.

DOÑA CALIXTA
CURRO

De ahí saldrá la bomba.

DOÑA CALIXTA

Sentiré la desgracia de Don Friolera. ¡Era un sujeto muy decente!
CURRO

Había dado un cambiazo.
DOÑA CALIXTA

Otro vendrá que le haga bueno.
CURRO

En ge_neral, 1~ clase de oficiales es decente. El mal está en los altos espac10s. ¡Allí no entienden si no es por miles de pesetas' -La
parranda de los guarismos es aquello!
· 1
DONA CALIXTA

DOÑA CALIXTA

¿Currillo, ha oído usted esa voz de que expulsan de la milicia a
Don Friolera?
CURRO

Usted estará mejor enterada, Doña Calixta.

¡Si usted no pisa por esos suelos alfombrados!
CURRO

. ¡Qué sabe usted los palacios donde yo entro! Un servidor ha deJado por las alturas más pápiros que tiene el Banco de España.
DOÑA CALIXTA

DORA CALIXTA

Pues no lo estoy.
CURRO

Como tiene usted de huésped al teniente Rovirosa.
DOÑA

CURRO

Tómelo a guasa.

CALIXTA

Ese señor, para guardar un secreto, es la rúbrica de un escribano.
CURRO

¿No están reunidos los tres tenientes, en el piso de arriba?
334

Currillo, es usted un telescopio contando.

DORA CALIXTA

&lt;\illese

un m0mento. ¡Arriba hablan recio!
CURRO

Me parece que disputan por una jugada.

�LA PLLJMÁ

LA PLUMA
EL TENIENTE DON FRIOLERA, escoltado de un perrillo
con bor!cl en la punta del rabo, entra i!&gt;Z la sala de los billares. Zancudo, amarillento y flaco, se llega al mostrador, bordeando las grandes
mesas verdes, y saluda, alzada la mano a la visera del ros.

¡Ni una palabra más!

CURRO
DON FRIOLERA

¿Tú me comprendes?
CURRO

¡Totalmente!
DON FRIOLERA

.

DON FRIOLERA

,Tengo el corazón lacerado! '•M't muJer
. me ha salido rana!

Doña Calixta, una copa de aguardiente, que no voy a pagar.
DOj¡A CALIXTA

¡Siento la ocurrencia!

Tiene usted crédito.

DON 1''RIOLER'I.

DON FRIOLERA

¿Ya lo sabías, verdad?

Salí de casa sin tabaco y sin numerario. Tuvimos una nube en
el matrimonio, y no he querido pedirle a mi señora la llave de la
gabeta.

CURRO

Andaba ese run-ru n. F umese
.
usted ese hbaco
.
'
, mi. temente.

CURRO

Doña Calixta, si aquí me autoriza, esa copa la paga un servidor.
DOS t'RIOLER"-

CURRO

DON FRIOLERA

Estoy en ayunas
por la depositana
. d'e ym1puede
honor!marearme. ¡En2añado
~por el amigo y

Currillo, esta prefiero debérsela a Doña Calixta.

CURllO

La vida está llena de esos casos.

CURRO

Lo cual quiere decir, que tomará usted otra.
¿Para que nacemos?

DON FRIOLERA

¡Bueno!

DON HUOLERA
CURRO

Con gesto confidencial, se a/Jarta al fondo de una ventana, y hace
señas al otro para que le siga. Curro Cadenas. toma z,na expresión de

Para rabiar. Somos las
dos entre nuestros padres. ~~~s:~utnc'.ª" ~e los buenos ratos habiurna u&lt;;tcd el veguero?
0

sorna.

DON FR10LERA

ame una cerilla. ¡Gracias'. Mira como me tiembla 1
a mano.
DON FRIOLERA

¡Mira, hijo, bebo para sacarme un clavo del pensamiento!

Eso son nervios.

CUkRO

2,
JJó

33'

�LA P-L U ~l A

LA PLUMA
DON FRIOLERA

CURRO

¡Es el fruto del puñal que 11evo en el corazón!

De tener que solicitar el retiro, ¿cambiaría usted de residencia?

CURRO

·1
ue los señores oficiales esMi teniente, and~ usted con pupi a, q
tán reunidos en el piso alto.
DON FRIOLERA

.

.
in-

..
. ·Ya sabes que nuuca he sido
Desprecio el vil metal, hiJO mio.·' en sin acordarse de este ve·
a ellos que prevanqu ,
teresado •l Déialos
J
terano.

No lo he pensado.

DON FRIOLERA
CURRO

Le debo a usted una explicación, Don Pascual. La casa que usted
habita, a mi señora le hace tilín. ¡Es una jaula muy alegre!
¡Maldita sea!

DON FRIOLERA

CURRO

. te, no va por a h.i el motivo de esa reunión.
A lo que se mien
DON FRIOLERA

¡A mí, plin! Tengo el corazón lacerado.

DON FRIOLERA APURA LA COPA servida en el mostrador,
se encasqueta el ros y con las manos metidas en los bolsillos del capote,
sale a la calle, silbando al perrillo que le sigue, moviendo la borla
del rabo.

CURRO

.
. , . alir ara usted una novedad, nada bueDe esa reumón, pudi1:1a \e fo~man a usted Tribunal.
na. Mi teniente, se corre que
DON FRIOLERA
•

1 ·Q

¡Fnolera. t u

e me forman Tribunal? ¿Y por qué?

Parece mochales.
Completamente.

DON FRIOLERA

En ellos, solamente yo soy juez.
CURRO

Asi debía ser. Una pregunta, m1· tem·ente.
DON FF1OLERA

Venga.
338

CURRO
DORA CALIXTA

Siento su desgracia. Era un apreciable sujeto.

CURRO

Parece que Por sus pleitos familiares.

DOnA CALIXTA

Un viva la Virgen.

CURRO
DOnA CALIXTA

Doña Loreta merecía ser emplumada.
lURRO CADENA~ SE ACERCA al mostrador y pomposo tk;a
,aer un machacante hacilndolo saltar. Espera la vuelta dando lumbre
a un habano, y bajo el reflejo tk la cerilla, su cara es luna llena. Rtcióido ti dinero, se lo guarda con un guiño.
J39

�LA PLUMA

LA PLUMA
CURRO

Doña Calixta, tengo en cierto lugar una pacotilla de género inglés, y cornea sobre esa querencia un toro marrajo. Doña Calixta,
usted podría rouletearlo.
DOÑA CALIXTA

DOÑA CALIXf A

Esas no son novedades.
CURRO

¿Doña Calixta, quiere usted que hablemos sm
. macaneos?

No me penetro.

DOÑA CALIXTA
CURRO

Yo bailo al son que me tocan.

En cuanto le apunte el nombre, está usted más que penetrada.
DO~A CALIXTA

Acaso.

Pues oído al repique· Ha
1 .
al teniente Rovirosa.
. y a a vista un negocio, si usted camela

CURRO

Yo sabría corresponder ...
Puede.

CURRO

DO ~A CALIXTA

DOÑA CAL.IXTA

Apenas llevamos trato. Buen
,
en sus guardias. Yo aquí. La c eºstadiasfi. Buenas noches. Él, arriba o
u n a n de mes.

CURRO

CURRO

No se ponga usted enigmática, Doña Calixta.
DOÑA CALIXTA

¡Cw·rillo, usted anda en muy malos pasos!

Otra cosa me habían contado.
DOÑA CALIXTA

Hay lenguas muy embusteras.

CURRO

Hay que ganarse la vida, y todos nos debemos ayuda mutua,
Doña Calixta. Nosotros, los que con sudores y trabajos hemos sabido juntar unas pesetas, habíamos de sindicarnos como hace el proleta.riado.

CURRO

No ha sido en desdoro, Doña Calixta.
DOÑA CALIXTA

¿Qué le habían contado?
DOÑA CALIXTA

¿Currillo, el buey suelto, bien se lame!
CURRO

Doña Calixta, hoy todo está cambiado, y hasta son mentira los
refranes. Vea usted cómo el obrero se conchaba para subir los jornales. ¡Qué vá! Hasta el propio Gobierno se conchaba para sacarnos
los cuartos en contribuciones y aduanas.

CURRO

Que el teniente es hombre de gusto.
DOÑA CALIXTA

¡Y que me deshace la cama!
CURRO

No señora. Que usted le da achares.
341

�LA PLUMA

LA p L U :0-1 A
DOÑA CALIXTA

Menos mal.
CURRO

y lo he creído, porque usted es muy inhumana.
DOÑA CALIXTA

¿Me querría usted otra Doña Loreta?

CURRO

Conforme. Mis ideas, también son antirrevolucionarias. El que
tiene un negocio, y cuatro patacones, no puede ser un ácrata. Pero
se guipa alguna cosa, y comprendo que el orden social, se tambalea.
Doña Calixta, los negocios están muy malos. Ahora hablan de suprimir las aduanas, y a nosotros es matarnos: Si todos los artículos entran libremente, se acabó el contrabando. ¿Qué hace usted? Poner
una bomba.

CURRO

. el ..mismo
caso · Usted es libre, Doña Calíxta.
~
Nunca sena
DOÑA CALIXTA

¡Yo no!

DOÑA CALIXTA
CURRO

Porque usted ya se apaña retirada del matuteo.

Nunca se es libre para pecar.

DOÑA CALIXTA

CURRO

¡A Dios gracias!

Hacer hijos no es pecado.

CURRO

DOÑA CALIXTA

¿Y quién los mantiene?

Acuérdese usted de cuando andaba en estos trotes, y saque un
ánima del Purgatorio.
DOÑA CALIXTA

CURRO

Le rezaré un rosario.
CURRO

El Erario Público.
DOÑA CALIXTA

¿Quiere usted cegar a su alojado con dos Veraguas?

Eso será en las Repúblicas.

DOÑA CALIXTA
CURRO

¿Dos Veraguas son cuarenta machacantes?

y por las señales, no tardará en España.
DOÑA CALIXTA

Aquí no estamos por esas modas de extranjis.
CURRO

Por de pronto, ya le han dado mulé a Dato.

CURRO

Esa es la veri.
DOÑA CALIXTA

¡Me los tira a la cara! ¡Ni que fuera un pelanas! Llegue usted a la
corrida completa.
CURRO

No da el negocio para tanto.

D0ÑA CALIXTA

Unos asesinos.

DOjA CALIXTA

¡Miau!

�L.~ PLUMA
REAPARECE DON FRIOLERA, el aire distraído, los ojos tristes, gesto }' i·i.ra!(l'S tú manidtico: Entra furtfro, y se sienta en tm rincón. El perrillo salta sobre el mugriento terciopelo di/ diván y se acomoda a su lado. Acude Bara/locas, el mozo tú/ cafttín.
BARALLOCAS

lDesea usted algo?
DON FRIOLERA

¡Un veneno!

PERROS DE LOS CAMINOS

BARALLOCAS, CON GESTO CONCILIADOR pone sobre la
mesa un servicio di café, y con la pu,zta de la servilleta, ahuyenta al
perrillo, del regalo del diván. Se pega en el labio la colilla que lleva en
la oreja, enciende, humea, y ocupa el puesto del perrillo, al lado de Don

Perros tu los caminos
hoy viene al campo v:estro amigo a veros.

Friolera.

El alma mía tiembla como un niño
pero tiembla di amor y no tu miedo.

BARALLOCAS

¡Hay que ser filósofo!
DON FRIOLERA

¡Pues yo no lo soy!
BARALLOCAS

¡Mal hecho! En España vivimos muy atrasados. No se inculca
la filosofia en los matrimonios, como se hace en otros países.
DON FRIOLERA

¿Te refieres a la ley del divorcio?
BARALLOCAS

¡Amigos míos, puros,
amigos verdaderos!
Si yo tuviera el corazón más sano
l.:; pusiera a cantar en el sendero,
perros de los caminos tk los campos
que saludáis, ladrando, a los viajeros.
/ Viajeros tk la tarde y tk la noche,
peregrinos del sol y di! misterio!

¡Ya nos hemos entendido!
BARALLOCAS GUIÑA UN OJO, y se ln:anta para acudir a
la mesa dotzde acaban de sentarse, El Ai,io del Melo1tar, Curro Catknas, y Ne/o el Peneque. El perrillo recobra de im salto su puesto en el
diván, y sacude el terciopelo con la borla tkl rabo.
(Se continiuzrá)
344

Perros di los caminos,
hoy vino al campo vuestro amigo a veros.
Vuestros ladridos esta tarde tienen
un ritmo di canción para mi ens~--·
345

�LA PL~_A.

MENDIGO
1lfendigo que me sales al camino
y me alargas la mano
para que yo confirme tu pobrez~,,
¡Dios te dé mejor suerte cada dza~
Yo tengo juventud; yo teng_o suenos
de oro. E ¡ mar es mi camino. Amo
las rosas frescas y las noclzes e1aras.
• esfiuente de ternuras,
El ama
1ma
l
mi corazón maestro de bondade~···
.Es algo de esto lo qu,e tú me pides?
~Por que no tengo cobre, no lo tuve
ni lo tendré jamás!
.
¡Mendigo anciano,
·
'
una
tu mano prolongada hacia lmi,, es
ironía formal! ¡Somos igua es.:
Tú times plata en la cabeza,fuera;
oro en la cabeza, dentro. , ~
yo teno-o
o
¡S olo nos fialta el cobre! ¿Te sonries.

FERNANDO GONZALBZ
Isla de Gran Canaria.

CARTAS DE JORGE ISAACS
A JUSTO SIERRA
Madrid,
Sr. D. Cipriano Rivas Cherif.

22

de mayo de

LA

1921.

PLUMA,

Mi querido amigo:-Pocas figuras más representativas en la literatura
americana que el autM de Maria. Jorge Isaacs toma la pluma ... y al punto se le saltan las lágrimas. Y cunde por América y España el dulce contagio sensitivo, el gran consuelo de llorar.
El romántico caballero judío, hijo de un judío inglés establecido en
Cauca, está hecho-afortunadamente-para despistar cierta tendencia a
sustituir la critica literaria con artimañas sociológicas. Tendencia según
la cual este creador de la novela criolla, puesto que hay lágrimas &lt;'n él,
debiera ser indio por los cuatro costados.
Caudillo liberal, escritor doliente, hombre de aventura y de ensueño,
vive peligrosamente y muere en la pobreza-como muere la gente honrada-buscando unas utópicas minas en unas tierras inexploradas y salvajes, con la ambición de dejar cierto bienestar a los suyos. Los editores
lo han robado; sus enemigos políticos lo persiguen. Pero él tiene fe en la
bondad humana, porque le rebosa el corazón.
En nuestras combatidas tierras de generales y poetas ¡gozan y sufren
tanto los b.ombresl A veces me pregunto si los europeos entenderán
nunca el trabajo que nos cuesta a los americanos llegar hasta la muerte
con la antorcha encendida. ¡Qué espectáculo el de América, amigo míol
Aquéllos caen de muerte violenta, y éstos se matan a sí mismos, en un
esfuerzo sobrehumano de superación, para adquirir el derecb.o de asomarse al mundo. cPoetas y generales•, decla Rubén Darlo. Y algun0s,
que sól..&gt; quisiéramos ser poetas, acaso nos pasamos la vida tratando de
traducir en impulso lírico lo que fué, por ejemplo, para nuestros padres,
34'7

�LA PLlJMA
LA PLUMA
la emoción de una hermosa carga de caballeria, a pecho descubierto y
ata.cando sobre la metralla.
Jorge lsaacs se dirige un día a Justo Siprra, el gran mejicano de los
tiempos de Porfirio Diaz. Le pide auxilio, siente que puede abrirse con
él. Justo Sierra fué tuda su vida un consejero y un maestro. Protegió a
los poetas y educó a tres generaciones. Gran prosista, historiador elocuente, hombre de ademán apostólico, pero contenido en la mesura académica, escribió sobre nuestra historia páginas tan sinceras y valientes,
que todavia nos asombran. Como nos asombra que se hayan podido escribir-sin escándalo ni falsas actitudes heroicas, sino llenas d~ serenidad
e intt:ligencia-en aquella época de pax augusta, cuyo secreto parece
haber sido no poner nunca el dedo en h llaga. Justo Sierra ponía el dedo
en la llaga y, como en el consejo de Kipling, siendo muy bueno "'j muy
,abio, ni hacia aspavientos de muy bueno, ni hablaba a lo muy sabio.
Junto a la naturaleza ardiente y solit&amp;ria de Jnrge lsaacs, contrasta la vida
del gran mejicano, recortada en el perfil impecable, al gusto de una sociedad etevnte y exigente. Justo Sierra es ese hombre prudente de Vauvenargues que no necesita abandonar el bullicio de la Corte para ser bueno
y superior, y tal vez por sólo eso lo es má'&gt; que quien se aisla en la Te•
baida egotsta, donde no hay tentaciones ni conflictos de la conducta.
He aqui tres cartas de Jorge Isaacs a Jm,to Sierra. LA PLUMA las publicará por primera vez. Los críticos colombianos sacarán de ellas algunas noticias curiosas. Yo no puedo leerlas sin conmoverme. Veo a\ trasluz-todos los dolores de mi América; y algo muy mlo, que no acierto a
formular yo mismo, despierta en mi: algo entre recue1do y amenaza ...
Tal vez sea el contagio de las lágrimas.

Justo Sierra no pudo hacer Cónsul de Méjico a Jorge lsaacs. ,L"gra•

ria auxiliarlo en algún modo? &lt;Cuár do ap,enderrmcs a dar a los ht mb1 es
lo que es suyo? Pero 'Yª lo eutiendo: lo p1 opio de Jorge lsaacs eran las
lágrimas.-Mis amigos de Mé1ico podrán imaginar conmign-¡ellos que
lo conocieron! - cómo habrán resonado en el alma de Justo Sierra las la~
mentaciones del autor de María.
Y usted, amigo Cipria no, perdone estos desahogos sentimentales, qu~
tan pocas veces me consiento, y dé cabida en LA P1.UMA a las cartas de

Jorge lsaars .
.Muy suyo,

ALFONSO REYES

• ••

•Bogotá, '5 de marzo de ,888.
Sr. D. Justo Sierra, etc., etc.
Mº ¡·
México.
' es ,mado amigo· Lo saludo f t
placer al repetirle que ~o he olvida~ ec _uoi5a;e~te, y tengo mucho
en honra y estímulos debo a su b ~ ~1 o v1 are nunca todo lo que
Pronto he de escribirle Ia·go on a . .
.
por objeto recomendarle a rr:i c' y •ras lineas tienen únicamente
U. q~e quizá vaya pronto a ese
nota el Sr. D. Juan de Dios
E Sr. U. afamado escritor en e I b"
miembro de una familia lle d
º. º':° ,a, talento admirable, es
sus ilustres varones han pr::ta~on:e~=~mt~nt?s por los servicios que
de buenos, de a tivos tii bu nos d
b_epubl1ca, desde 1810: sangre
venas: ama lo que ellos ama y e sa ,os demócratas corre en sus
estaba obligado a ser.
ron; muy joven todavía, sabe ser lo que

;::;:.ª

. Se le proscribe y, según me ha d. h
.
el tendrá necesidad de ganarse la vi~c o su noble y virtuosa madre,
c16n de la América española . d a co_n su pluma en alguna na.\!évico.
' sien o casi seguro que prefiera ir a
Ruégole a usted, lo mismo que al Sr D F
mexicanos que a Colombia aman
. . ..~osa y demás ilustres
más de lo que merezco h
y cofn su carmo me honran, quiza
' agan en avvr del Sr U 1
,
or un h ermano mio Co
.
· • o que hanan
P
para ellos.
.
mumqueles esta carla, que es también
Soy su leal amigo y s. s.,
JoRGE ISAACS.•

***
clbagué (Colombia), 4 de mayo de 1888.
Sr · D. Justo Sierra, etc., etc.
.
México.
Rec1ba un abrazo m10.
· iQu,"é n sabe cuándo le pueda dar uno de
veras!
Acabé los estudios de la costa fer
Las hulleras que descubrí en el G0 lf0 Jm~te, con ~ucha fortuna.
e rabá (Danén del Norte)
349

�LA

LA PLUMA
PLUMA

son una riqueza fabulosa. Estoy ya asociado para coronar la empresa, contratar en el extranjero, etc., etc., con la fuerte y bien acreditada casa de los Sres. José Camacho Roldán &amp; Compañía. El !&gt;ocio
administrador de la casa irá en junio y julio u los Estados Unidos y
a Europa, ocupado en esa labor, y en agosto o septiembre me reuniré en la Costa con el in~eniero docto que el Sindicato constituido al
efecto envíe a estudiar las hulleras. Hallarán que son más de lo quesobrio en mis informes-he dicho.
Es vía recta ya. Sólo se requiere un último esfuerzo, y ya está,
como dicen los chilenos. Le prometo que tan luego como deje organizado aquí, después, el bienestar de mi familia y el trabajo de mis
dos hijos mayores, Lisímaco y Jorge, me dirigiré a los Estados Unidos, para de ahí, ya estudiados por algunos meses, pasar a México.
Lo demás dará tiempo.
Quizá vuelva medio muerto de mi último viaje a Urabá, etc. Pero
~cómo no he de tener merecida la felicidad de ver a mi familia completamente dichosa algunos años?
Le recomendé a usted hace dos meses al Sr. D. Juan de Dios
U., d1stinguidísimo escritor de Colombia, que salió desterrado. Sé
que usted, el Sr. Sosa (a quien saludo cariñosamente) y sus muchos
amigos liberales; harán por U. obra buena. Mil y mil gracias a
todos desde ahora.
U., acá para los dos, tiene la desgracia de ser aficionado a
beber. Mucho lo aconsejé, y lo aconsejó su virtuosa e inteligente
madre, para remediar aquel mal. Por temporadas, deja el maldito
vicio, y entonces su cerebro es un foco inagotable de luz, y las tinieblas, los buhos y los vampiros están de pésame. Puede ser que allá,
solo, teniendo que hacerse a las consideraciones, cariño y admiración de hombres como usted, U. se domine y se cure para siempre. ¡Cuánto ganaría con ello Colombia!. No sé cómo le insinuará o
le hará in!&gt;inuar usted algo en e¡e sentido. Le ruego lo haga. Pero,
¡verá usted qué manera de escribir, qué fuerza intelectual de mucha•
cho, qué alma tan grande!
Los Sres. Aguilar e Hijos, tipógrafos de esa ciudad, me han escrito la carta que hoy contesto, y me tomo la libertaJ de incluirle
esa cor.testación, porque conviene la vea usted. Me dijeron (15 de
octubre del 87) que le habían entregado a usted una caja con 100
350

ejemplare~ de la última edición de María que han hecho. Si el núme~o d~ eJ?mp!ares del obsequio hubiera sido siquiera de 250 ó 3oo
(y. abna sido Justo), podría presentarse en la prensa mejicana como
eJemplo aprov~chable en toda la Amé, ica latina, el procedimiento
~aballcroso y Justo de los Sres. Aguilar. Ruégole remita los libros a
d:~::ena al Sr. Amaranto Jaspe, muy bien aforrados y recomenSu leal amigo,
ISAACS.»

***
«Ibagué \Colombia), 19 de marzo de r889 .
Sr. D. Justo Sierra, etc., etc.
Méxicv.
Mi bondadoso a_migo: Reciba usted un cariñoso abrazo. Meses
ace que no le escub~. Desde mayo del 88 he tenido que traba ·ar
~uramt ente ebn unas minas que están como a seis leguas al Suroe;te
e es e pue lo, en hoscas montañas.
. En mi ~l~ima c~r~a le hablé del envío de 100 ejemplares de Mala_ultima t:d~ctón he_~ha en México. Son obsequio bondadoso
del 8 s senores Agu1lar e !ftJOS. Ellos me escribieron el 15 de octubre
7d Y en su carta dec1an que los 100 ejemplares serían puestos
en po er de uste?. En Bogotá, amigos a quienes hablé de eso desean
que lleguen los h~~os, y si la edición es tan bonita como m~ lo aseguró el ~~c.tor M~Jta, serán esos ejemplares muy estimados.
t Es ~1~1c_1l enviar con acierto a Colombia la caja. A Panamá puede
~rs ed ~mgu ~eta a alguna casa respetable, para que la remita a Baandq~illa._ S1 puede venir directamente a este puerto de Barranquilla
ve.n ra . h_ien ~~comendada a los señores Ferbuson No uera y~
les escnb1r_é d1~1éndoles a quién deben remitir la caja
Ho~da
puerto_ del mtenor, en el río Magdalena. Mucho agradeceré a usted
sus cuidados, etc., en el envío de esos libros. Los señores Camacho
~o;dán Y Tamayo deben recibir en Bogotá los libros. Si el docto;
ª vador Camacho Roldán estuvo en la ciudad de México en 1 888
como se me asegura, tendría el placer de tratar a usted; si así ha su~
h

~1:,1:e

!

351

�LA

PLUMA

cedido, ya tiene usted el medio de enviar los libros a Colombia cort
seg . ridad; él se lo habrá dejado en sus indicaciones.
Y a otra cosa.
En todo el mes de abril pr6ximo volveré a la costa atlántica con
el fin de visitar, con un ingeniero que ha de venir de Europa, las
hulleras que, en el golfo de Urabá o Darién del Norte, descubrí en
1887. Si mi apoderado en Europa y Estados Unidos para agenciar
ese negocio, el doctor José Camacho Roldán, hermano de D. Salvador, acierta en sus procedimientos y labor, como lo espero, la Compañía que tome a su cargo la explotación de esas riquísimas hulleras hará cuantiosas, incalculables ganancias. TemQ únicamente que
se retarde por algún motivo la negociación del doctor Camacho Roldán. Esto contraría en absoluto mis proyectos para lo futuro. En el
resultado de mi penosa labor en las costas del Atlántico-que estudié mucho desde 1882, desde Cabo Falso a Punta Espada, en la
Guayra, hasta Pisisí, en el Golfo de Darién-tengo fincada la esperanza de aliviado vivir en lo venidero, y la posesión de algún patrimonio para mi familia. A veces me figuro que son inútiles mis esfuerzos para adquirir esa fortuna modesta; que debo resignarme a
que no tenga mi familia, mientras exista yo, más de lo puramente
indispensable para no caer en horrible miseria. Asi luchamos desde
1862. No se espante usted de esa fecha: somos valientes, y habiendo
yo tenido ocasión de enriquecerme en altos puestos públicos que
ocupé desde 1876, si no hubiese preferido a todo mi honra, mi po•
breza es hoy mi orgullo.
Temo también que, gobernando hoy a este país los hombres que
usted sabe - conservadores ultramontanos- ~e estorbe de algún
modo, al fin, que yo obtenga resultado definitivo de las arriesgadas
lnbores de que antes hablé. Mucho valen para el país, realmente,
aquellos yacimientos de hulla, tan inmediatos a Colón; mucho le valen por su grande riqueza, que el co1nercio del mundo aprovechará;
pero ¿qué quiere usted? No he trabajado en un país que sepa y pueda recompensar tales esfuerzos afortunados:hecha en México, la Argentina o Chile tal obra, hoy seria yo rico. Aqui es diferente; aún
no poseo ni una casa humilde para hogar de mi familia, y todavía
batallo para vivir en pobreza. Si mi espíritu fuera capaz de míseras
fatuidadss , ya me habría imaginado que tantos dolores y a¡¡onias de
3S'

LA PL lJ l\.lA
años
ya·nos son la gloriosa tortura d
.
h~rarse en vida otros infelices conqui:t ¿¡°e en vano han querido
;~~)~~ue hhoy disfrutan sus c~mpatriota: º;:s de la honra y bienyo acer nada que me ha
.
ro no: todavía no he
aquellas almas excelsas.
ga merecedor de los tormentos de

y bien, amigo mío seamos
.
~ás tarde no me acus~ la e
_pre~1sores: necesito serlo ara
sido fran~o al hablarle a us~en;11~cia de. ceguedad y de ~o hai~~
s~ escnb1ó en los periódicos de Mécosas mtunas. Eso que en 1886
~~6~-• er~ la verdad. Así había suce::~~ ~obr~8 mi angustiosa situa_e 1 2 a 1884, así desde
p iem re de 1885, concluída la
fomprometieron los mentores del ¡°~mpa_na desastrosa en que nos
o que publicaban nobles escrito , eral1_smo en ese año. Yo ne ué
de mi país. Usted vería q~~!ámex1canos, negué la verdad ~or
abn r~motor, de Barran quilla.' ¿Y sab:~:t eJcn_to mío, publicado en
de Iegac1ón mis compatriotas/ Un la! Jo - e ; orno agradecieron m
os redactores de aquel eriod· . ,ge bello, un quidan, uno
;~oqg;¡• porque dizque los fedact~(~t~~
_b¡°'la soez,. digna del
C
me ocupaba yo en la co t
. .
OJ1 a no hab1an sabido
~lornb1a. ¡Verdaderamente hai• a, m s_1 me hallaba en México o en
co ... ¿Para qué decirle a usted
cre1do que yo estaba en Méxi-

~~~r

~zi

m1:;1

yo muc ho entonces en el in d. t
lrabConfiaba
.
•Jo_s, y en ellos arriesgaba la ºd d ~e IR o buen éxito de mis
cornSpaneros en las playas de los ;1 -ª•_ eJando las tumbas de mis
1 los resultados d
es1e1tos.
fuerzo, tendré que pad:~!u~~: labor se re t:irdan o se frustra mi estos que está ocasionando el
quedare endeudado con los gasEuropa y Estados Unidos· será i Je ./~, D. José Carnacho Roldán a
~uemos habitando este lugar do7,~:1 a e que mi familia y yo ~ontiella vive como desterrada desde
. 880; -~endré que ausentarme' de
~º• deJandola en tristeza y casi abcua~quier modo, en busca de traba-

:¡~'.

emas1~do para mis fuerzas ami an ~n.ada, como otras veces. Ya es

~orno siempre, la indiferencia «r!: ~to, y en tal situación tendré
d:~ en este lugarejo-ricos para viv~t~sa~ de los. payos ricos qu~
~s hombres que hoy gobie1na
C iu1-y la Indiferencia cruel
n el Cauca podría est bl
na o omb1a.
23
a ecerme menos difícilmente; pero se ne3S3

�LA PLUMA
cesitaría, para eso, poseer siquiera un pequeño capital. Y en esa co•
marca, donde nací, tal vez no me dejarían vivir, por temores y celo
del partido conservador; allí soy amado de los mozos liberales que
han combatido a mis órdenes victoriosamente.
¡En qué manera podría usted, ayudado del Sr. Sosa y sus otros
amigos, tenderme manos que me ayudaran a salvar este abismal
Después, todo sería hacedero y soportable; todavía estoy vigoroso,
aún puedo mucho .
Usted sabe que en México se han hecho ya catorce ediciones de
Maria, y las hechas en los demás países de Hispano-América, sin
contar éste, pasan de veinticinco. ¿Qué resultado supone usted que
daría en ~léxico algo que se hiciera con el fin de excitar a los editores del libro a formar un fondo que recompensara, siquiera en parte,
mis derechos como autor de este libro? ¡Qué efecto dari•, hecha des·
de allá, una excitativa semejante, a los demás editores de América
que, perjudicándome tanto, han hecho ediciones sin consentimiento
mio? Hagan en ello, usted, el Sr. Sosa, el Dr. D. Mejía y mis otros
bondadosos amigos, lo que juzguen mejor y más delicado. Si nada
creen bueno hacer a ese respecto, apruebo de antemano lo que resuelvan.
Otro medio es posible. Si el señor general Díaz sabe quién soy y
de lo que puedo hacer juzga, ¿tendría inconveniente pa1 a honrari,,e
con el nombramiento de Cónsul general de México en Colembia? ¡Lo
permiten las leyes mexicanas? Yo me esforzaría, a fin de servir ese
empleo de modo que mi labor no fuese inútil para México; y si algo
puede valer mi profunda gratitud, el ciudadano eminente que hoy
preside aquella nación tendría, no sólo mi gratitud, sino la de mis
hijos y la de los colombianos que me aman.
Aunque escritos con el alma, trazar esos últimos renglones ha
sido más dificil para mi que escribir muchos capítulos de aquel libro
-poema de mi corazón-que usted admira. Prosa de la existencia .. .
¡Cuánto cuesta el vulgar vivir! ¡Lo que uno es capaz de hacer por
amor a estos niños adorables que han sido mi único consuelo y ale·
grial ¡Cuán espantoso y cruel es pensar que los dejaré en el mundo
d~svalidos!
No relea usted esos rengiones. Proceda como mi hermano.No ol·

•

354

.

LA PLUMA

vide, al proceder en un sen!' d
bre;que no pido limo
t o u otro, que está de
.
con mi trabajo·
s~aa los editores que en A é ~or medio mi nomPresidente de
es digno de admiración; ;~~a han esp~culado
no de toda la Améric;
yo soy, por casta de nato ªtata miento el
laboran bendeci&lt;j
a ina, hermano de todas I ura eza, c1udadanuestros libertad:r~y luchan gloriosas, complemas talmdas que en elia
s.
en an ° la obra de
Adiós ho
bre del S
y. Sus cartas me vendrán b'
Le enr~aDrgro. He11rbique de la Espriella. ,en a Cartagena, bajo el so-

Mi:~:'

r~: .

un a razo

·-

o mi respuesta lar a
cannoso para el Sr. Sosa
ad recibir otra de él g a su carta de 27 de abril d 1 81~e habrá llegaSu leal am·
.
e 7 No he vuelto
,go y seguro servidor

•

JORGE ls.UCS

Posdata -Le •
·
cial de Col~mbia incluyo, _t~mado del número 262
.
26
tudiad_as por mí
de d1c1embre del 8 7) lo 0 ~~
. del Diario Ofi·
~ncog,da algo l~ d ~ta entonces se publicó L • soore hulleras esy obtenido. ¡Sería ~rfs conservadores-apla~di~ prensa del país1 reproducir en Méx·
Y admiró lo hecho
tco esos documentos?•

h

�L A PL UM A

LA CA NCIÓ N GRI S
¡L luvia de ciudad!
Sonsonete triste
sobre los cristales...
·Luz de enfermedad!
I
.
1/oy todo se vzste
de tonos iguales.
Luz apa1ttallada,
disfraz de las cosas
gozosas ... ¡De nada
sirve que !zaya ros~s!
Se han tornado grises
flores de tristeza;_
se han tornado lises
rancias de nobleza.
Huyó la algarada .
que un bum d~a tra;o
sobre mi agobiada
mesa de trabajo.
Oh la luz go::osa ...!
1
Ho; ¿porqué 110 brilla
su color de rosa
sobre la cuartilla?
¡Días soleados/

La 1•ista viajaba,
corría y brincaba
sobre los tejados.
Hoy, tan solo mira
la borrosa tira
del turbio paisaje,
los lzilos da encaje
que teje la lluvia,
flecos para el traje
de la tierra rubia,
y la calle muerta,
tediosa, desierta,
y la r~sa abierta
lieclza flor de lis...
¡ Todo, al alma mía
trae la letanía
de melancolía,
de monotonía
de la canción gris!

UN MATRIMONIO OCTOGENARIO
¡Qué vi9'os son los dos! Por u,za inercia extraña
no han muerto. Cada día su vejez envejece.
La hija qHe les dió 11ietns, ahora los acompaña,
y casi al mismo tiempo se arruga y encanece.
357

�LA PLUMA
. Qué viejos son los dos! En ella, como en él,
parece que la Muerte modela su
. boceto
todavía de carne, todavía de pul,
el esqueleto.
b ar de.¡:;nitivamente
para l ar
'P
1

Tienen el dorso en curva; la diest-:a ªf!arrotada
al cachavón de palo, caído el brazo izquierdo.
r:. 'o tristeza ¡nada!
,
do
Bucean en los anos
... J."rl
Todo es hielo en la trama borrosa del recuer .

- Te acuerdasr Aquí, un día, reco~damos aquello ...
¿
t·
memorzaHi "uca, cuéntanos, tú que ienes.
lo; dos viejos escuchan, mu,y estirado el cueh_llo .
un renglón de su zstona.
y agranda dos los oios
J
'

y cruza un Juego fatuo por la mente dormida,

=

_,,. la existencia recobra,
su fittgaz Parp 0
•d.
y se entibian sus venas con ttn soplo de vi a,
siuue
lentamente su obra
.
la J',,-uerte
mientras
'l!l
.,

ANGBL ESPINOSA
• libro en prensa eT orrentes y remansos••
Del

HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC
hace ya una veintena de años que murió ToulouseLautrec, el valor y la magnitud total de su obra no han aparecido claramente hasta muy poco tiempo antes de la guerraSu obra dispersa, manifestábase tan pronto en un procedimiento, tan pronto en otro, sin excluir los más diversos: óleo, pastel, grabado, litografía, y se expresaba lo mismo en un cartel que en la cubierta
de un libro, o incluso en un simple programa, y amoldándose siempre a
la actualidad; obra que se nos presentaba en fragmentos, y aunque tuviésemos la noción de su valía no podíamos medir con exactitud su alcance.
Además, la extraña personalidad, fantástica, robusta al par que enfermiza de Lautrec, atrayente y sarcástica, seductora y desconcertante, rebasaba, o parecía rebasar el marco de su obra, hecha como jugando, y a la
que parecía no conceder importancia. Dijérase que brotaba sin esfuerzo
de sus dedos; no incitaba a penetrar en su intención profunda.
Fué menester la exposición organizada en París, en junio de 1914,
por la revista «Les Arts• para descubrirnos verdaderamente la obra de
Toulouse-Lautrec en todo su esplendor, viviente, conmovedora al par que
implacable.
Sabiase muy bien que sus dotes hablan sido prodigiosas, tales que ni
Daumier, ni Forain, ni Degas, a quien puede aproximársele, le han sacado ventaja. Parecía no proceder de nadie, no venir de parte alguna: apenas si su lápiz incisivo recordaba a veces ciertas «abreviaturas• del arte
japonés. En la exposición de 1914 nos encontramos ante las fuentes propias de est~ singular artista: eran puramente clásicas, riquísimas, selectas.
UNQUE

35'?

�LA PLUMA
Vimos alli lienzos como la Blanch{sseuse, pintados tan sólida y clásicam&lt;!nte como las primeras obras de Degas; dibujos que eran prolongacióu de los pintores franceses del siglo xvm; allí vimos aparecer de súbito sus cimientos profundos,,su conocimiento sagaz de la tradición francesa pura, a la que agregaba una percepción de la vida febril, jovial o
melancólica, que le pertenece por modo exclusivo. ·
Si la vida que llevó Henri de Toulouse-Lautrec no es de las que las
Academias recompensan con premios a la virtud, fué al menos singularmente adecuada para suministrarle los espectáculos que con más fidelidad convenian a sus medios de expresión.
Toulouse-Lautrec era exiguo, deforme, de ingrato rostro: especie de
gnomo que mezclaba una cachaza desconcertante con una petulancia imprevista; aunque entristecido por su desgracia corporal, ocultaba su melancolía honda bajo apariencías joviales o alborotadas; se vengaba de la
vida escrutándola hasta el fondo; la recorría desde lo alto de la escala social a lo más bajo, complaciéndose más en lo bajo, porque alli se le aparecia más franca en sus vicios, en sus amarguras y en sus goces, en sus
apetitos y en sus engaños
.
Descendiente auténtico de los condes de Toulouse, una de las familias más rancias de la aristocracia francesa, le plugo sobremanera considerar el circo, el bar, el pueblo que se divierte, la liviandad de los ociosos en los sitios de esparcimiento, la melancolía de la cvida alegre•, el
similor del music-hall, la iluminación chillona de los teatros, el oropel de
las ferias.
En ese respecto ha sido el historiador sin igual del Par[s que se di•
vierte baila canta o sale a escena, entre los años 1884 y 1900. Todas las
celeb;idade~ efímeras de los cafés-conciertos y de los teatrillos, han sido
así eternizados por el lápiz de Toulouse-Lautrec. Aunque sólo fuese como
documento su obra merec[a sobrevivir, pues no será posible escribir
la historia de la vida parisina entre una y otra guerra, sin referirse a sus
dibujos, a sus carteles,a sus litografías. Ese atractivo de_l documento f~é lQ
primero que, a los testigos o a los sucesores de tal periodo, nos seduJo, al
encontrar con satisfacción en su obra los recuerdos vivos aún de esa época.
360

LA PLUMA
~ero en la obra de ~oulouse-Lautrec hay mucho más que una simple
notación: p~see la_ autoridad de un historiador y la agudeza de ingenio
de un moralista. Ciertas obras de Lautrec igualan en psicología a las de
un Watteau: están en los dos polos de la melancolía, pues Watteau se inclina a la ternura mientras Lautrec propende a la amargura. Ha sido en
su arte Y en su tiempo lo que Chamfort o Rivarol fueron en sus escritos
un siglo antes.
Al examinar la obra de Lautrec, al recorrer sus diversas páginas, penetradas todas de luces, de cánticos, de danzas, de frenesí, nos hallamos
en presencia de un testigo, de un testigo que no quiere dejarse corrom~er, t_estigo implacable. Jamás se permite aderezar la verdad según un
ideal impuesto, ni siquiera según una idealización personal: su gozo es
com_prender, gozo particular, más próximo a la tristeza que a la alegria.
Sed1ento de verdades, casi puede decirse que de ellas se alimenta: si la
belleza existe y sus encantos, sólo quiere buscarlos en los acentos más
Tivos de la vida. No se puede amar la verdad en arte más que ToulouseLautrec la amó; en su obra no hay concesión algusa a los hábitos espirituales del aficionado o del gran público.
En un rincón de Folies-Bergeres o de un bar, en un lugar sospechoso,
rodeado de golfas y de sus amigos, p:uecía que iba paseando con indiferencia una laxitud extrema, el desánimo peculiar de los •Sitios de diversión•. cuando a ellos no solamente se lleva el cuerpo y los nervios, sino
también el alma Y el juicio; otras veces parecía haber ido allí tan sólo por
su placer personal, por participar en tal agitación, en tales realidades o
en t~les apariencias de gozo: pero miraba y observaba siempre, dueño de
su vista, y notaba en su mirada lo esencial.
La_ verdad es que para sorprender as!, de una ojeada, los elementos
más diversos de una escena compleja, y combinarlos en un conjunto igualmente verdadero, sin que ninguno de esos elementos perdiese su carácter de visión aguda, ni su detalle expresivo, menester era que ToulouseLautrec tuviese, en cierto modo, un ojo de facetas, como los insectos.
Coa una puntualidad cruel, terrible, se apoderaba de la deform ación característica, del visaje que ponen en un rostro la luz cruda, la fatigc1, la ale361

�LA PLUMA

LA P J. U: M A

- - - - --

gría, o simplemente los afeites. Sal&gt;ía arrancar lo que toda realidad con.
tiene de caricaturesco natural; pero en lugar de servirse de ello, como
hubiese hecho otro, para hacer reír o sonreír, Toulouse-Lautrec sólo se
cuidaba de ser amargamente veraz, de ir h:i.sta el fondo de las almas, de
las apariencias, de las alegrías, alborotadas hermanas de la suya propia.
Y todo esto, dijérase que expresado con nada. Con el arte más sucio·
to y breve acertó a traducir la compleja vida del gozo parisino, ese mundo cuya industria es el placer, esa trepidación en que la necedad y la
grosería se mezclan con las flores del espíritu más exquisitas, con la gra•
cia conmovedora y la feminidad delicada. Toulouse-Lautrec, no sólo sabía
verlo todo en un abrir y cerrar de ojos: sabía expresarlo todo con sencillez. A menudo, le basta una línea ondulante, rápida, nerviosa, para situar
un personaje o describir con exactitud pasmosa, el sombrero o el vestido de una mujer, el gesto y el carácter de un hombre. No falta ningún
detalle, o al menos así paree~, porque sólo pone lo necesario. En ese camino, nadie acaso haya ido tan lejos como él: hizo con los grupos, con
los personajes humanos, lo que un pintor como Jongkind había hecho con
el paisaje y los navíos; con unos cuantos trazos sabe dar no sólo la estructura exterior, sino el espíritu íntimo, el sentido interno.
Más sorprendente aún es la variedad de su tecnica, la multiplicidad
de sus medios, lo que podría llamarse su «obediencia del te na&gt;; escoge
sin vacilar no sólo el trazo sino la materia misma que mejor ha de convenir a su asunto. Apenas si alguien más que Deias ha sabido mezclar tan
bien la nerviosidad de la visión, la penetración del trazo, con tanta suavidad de materia: Degas es a menudo más grande, pero no más penetrante ni más refinado.
Al pronto, el arte de Toulouse - Lautrec parece sólo duro, mordente, satírico, preciso, pero mirándolo bien se advierte la finura igual
del espíritu y de la materia. Un arte como el de Lautrec sólo puede ser
producto de una selección larga, de una civilización culminante, de una
aristocracia de pensamiento y de visión por mucho tiempo sostenida. Por
eso hay pocos que sean más característicos de su raza; a pesar de algun.t,- s'.! n ...j1.nzas, del todo exteriores y pasajeras, con el arte japonés, es
362

u~ arte francés_ por esencia, y que manifiesta las asombrosas contradicc10nes ádel gemo
l · de esta nación. En Lautrec , como en la na t ura1eza firanc_esa m s cu tlvada y refinada, la mente parece dominarlo todo: la necesidad d:_ ver las cosas tales como son, la voluntad constante de no dejarse enganar por hombres y cosas, se descubren al punto: pudiera casi
creerse
. que han sustituído a todo lo demás·, pero m'1rand o d e cerca se
perc1~e la afluencia ~e una ternura, una delicadeza, una sensibilidad, ~na
especie de voluptuosidad deliciosa y discreta que, pese a todo, no aciertan a esco~derse. En algunos retratos de mujeres, el de Madarne Korsikoff, por e¡e~plo, T?ulouse Lautrec rivaliza con las pinturas más delicadas de Reno1r. La pmcelad_a obedece a la sugestión de la materia que
pr~tend: re~resentar, se enza en las pieles, se ablanrla suavemente en la
ep1derm1~, hiende vigorosamente la madera de un sillón O el marco de un
cuadr~, sm_ caer n:unca en la mezquindad de los pintores que sólo saben
el oficw. Sm embargo, más aún que en esas delicadezas, y aunque en
~na~ se muestre con tanta holgura corno en todo, donde se le ve más
dueno de su arte, más inolvidablemente personal es en los retratos de
hombres, Y sobre todo en las grandes escenas del Moulín de la Galette
en las escenas d~ teatro, Y en cuanto revela la vida nerviosa de su tiem~
En esos con_¡~ntos ha sorprendido, como nadie lo había hecho antes,
: ~~;ema movilida~ de la vida; la obra de Lautrec es una especie de
a e1 oscopo_ de la vida de París, en el que cada momento está animado
de una es~ec1e de frenesí interior, que los personajes parecen retener con
gran traba¡o.
Toulouse-Lautrec ha sido el historiador puntual y necesáriamente
cru~l: de _una _época de neurasténicos y sobreexcitado's, pero también de
;;ra.1r~tu~ ~n~u1etos c~yos escrúpulos y vacilaciones volvieron a poner en
e ~utc10 tant~s tde~s y sentimientos, y contribuyeron con ello a traer
ese penodo_ s1?gular de trepidación sin progreso una generaada de conv1cc10nes más firmes y de energías irresistibles.

iº·

:::::¡:

G. JBAN-AUBRY

�EN Lt\ MUERTE DE UN AMIGO
FEDERICO JAIMER

¡cSeñor, abre tus brazos a esta ~lma p~r/ecta:
que un camino de gloria y un jardzn sonriente
sean sendero y reposo!
d
·G.ue le ruta del grave reino de lo ;Ignora o
car/ibie en rosales blancos ~~s ásperos zarzales
y en impolutos lises los guz1arros al solo
contacto de su planta
.
bendita por la sana ;fuvent~d _varoml!
¡tlue sus ojos conserven el ultz1;1~ destello,
cSeñor, y que en sus labios la ultima palabra
tiemble perennemente!
.
.
.q¡ que el último beso maternal, de znfimta
/8
,.
·t ti
pasión deje su huella sacratzszma zn ac a.
¡tl~e tu piedad le acoja, ;f)ios _mío¡ y en tu seno
él sea el preeminente entre los elegzdos.

'Y cuando halle el descanso en el tibio regazo
de la atlántica tierra natal, y ella le estreche en un pro/undo abraz_o secular; cuando al sueno
de la muerte acompane
el armonioso canto del mar; cuando el reposo
sea, en fin, el absoluto, el grande, el verdacfe~o
¡9lleja los gusanos, cSeñor de su magnanzmo
corazón!¡ Permanezca
su corazón que era todo bondad y amor,
todo paz y dulzura!
LUIS B. INGLOTT

LETRAS BELGAS
Maeterlinck han esparcido lejos la gloria de la literatura belga. Incluso puede decirse que han creado esa gloria
y revelado a toda la Europa intelectual la existencia de nuestros escritores. Antes, Rodenbach, en d escenario de París,
había acertado a conquistar una clientela vasta, pero desapareció muy
joven, y su obra no le ha sobrevivido. Cuando se intenta releer hoy
Bruges-la-morte, considerada comúnmente como su obra maestra, no sorprende ese disfavor: la novela, de atmósfera falsa y de psicología pueril,
está lo más lejos posible de las exigencias y de la grandeza del arte humano; es obra de &lt;literato•, en el peor sentido de la palabra. Charles van
Lerberghe, por su parte, no disfrutó jamás de popularidad real, pero su
muerte, que data de quince años, no le ha privado del afecto ni de la admiración de todos los artistas, y La Ckanson d' Eve sigue siendo mirada
por la mayoría de los poetas como la obra maestra del simbolismo
francés.
Nada diré aquí de Verhaeren y de Maeterlinck. Ya no me perténecen:
se salen demasiado del marco de las letras belgas. Verhaeren merecía
aun más que Maeterlinck esa gloria universal, pues pocos hombres han
simbolizado con tanto vigor y profundidad la mente y el alma de su tiempo. Rogaré tan sólo a los lectores españoles de Verhaeren que no sean
rigurosos con él por las últimas obras que ha firmado: la guerra le convirtió en cantor oficial de su Gobierno, e incluso el genio es incapaz de
ERHAEREN y

365

�(

LA PLUMA

LA PLUMA
artas ue durante el año 1916 cambi? con
soportar tamaño fardo. Las c
r ~ el año último en L'Art LibreRomain Rolland-yo las he pu~ ic~ od l hombre de vasto corazón y de
d segma sien o e
d
l
. entud Seria en verda 'crue
muestran que en e1 fon . o t de nuestra JUV
·
'
1
d
. da llena de amor, i ec o
fl
de sus últimos anos
mira
ran oeta la aqueza
e injusto reprocharle a un g_ . d~do con la tragedia de Occidente.
-sobre todo cuando han coinc1 t
'6 con varias obras de teatro
•
tó su reputac1 n
_
h
Maeterlinck, que c1me:i
1
. te y los treinta anos, no a
.
D d
0 entre os vem
compuestas sm levanta_r man
lle merezca ser mencionado.
es e
escrito desde hace diez nad~
se creyó filósofo, se apoderó de él
el día ya lejano en que Maeterli~c B ·1F,nestre de 'Stílmonde no es susu reciente our1:,
n ,It P.
.
·d
una decadencia ráp1 a, y
.
1 folletín más mediocre del reu, a.
como quiera que se le 1D1re, a
penor,

i

risien.

**•

.
las letras belgas la constituirá toda_ la
La materia de esta crómca de
.
e ha acompañado o seguido
roducción
desconocida
en
el
extEranJero
sqeuha
apoderado. Aquí hay una
P
•t
de que 11ropa
a los dos o tres escn 0res
. f . r en su mayor parte, pero
d'
claramente 10 eno
escuela numerosa, me iocre 0
- do de artistas de grandes vuelos,
en medio de la cual distíngues_e un. punAa , h una producción anual co, . •
lver en s1lenc10. qui ay
q ue sena imcuo envo
d sus detalles pero de 1a que es
.
t diada en to os
'
piosa, indigna de ser es u
.
treintena de volúmenes-que no es
menester entresacar una cumplida
poco.
.
.
u e de la literatura belga empezó hacia
Es costumbre decir que el a g
Bél .
Es de notar que los inven.
d la «Joven
g1ca».
1880 y grac1as-·al grupo e
·1samente los miembros de
'
.
d
a fórmula son prec
tores y propagandistas e es
I
de una Academia (fundada
.
pados hoy en e seno
.
la •Joven Bélgica», agru
. de sindicato de func1onaás parece una especie
hace dos meses), que m
.
El
enacimiento• de 1880 es una
· d d de escritores.
•r
ríos que una soc1e a
·ca había producido hombres notab1es,
fábula. Antes de esa fecha, BélgtD C ter autor del inmortal Uylenspiep . ez y Charles e os ,
.
h
como Eugene irm
.
G
Eckoud v Edouard P1card aCa ille Lemomer, eorges
J
ó
88
gel, y en I o, m
De toda esa generación de •J vebian publicado los tres obras maestras.
366

nes belgas,, sólo V erhaeren es gra nde, y sus compañe1·us más alborotados son, por el contrario, infinitamente pequeños. Es probable, por lo
demás, que colmada su ambición de prebendas, sinecuras y condecoraciones, nos harán gracia de sus obras.
Esa Academia ha producido el resultado excelente de separar la cizaña y el buen grano: en efecto, bajo sus pórticos, y en las gradas que a
ellos conducen, se atropella la turba de periodistas, de bardos patrióticos
y de novelistas moralizadores que ahogaba a los verdaderos artistas. Y
cuantos honran nuestra escuela, Gregoire Le Roy, Neel D uff, André
Baillon, J. F. Elslander, Fernand Crommelynck, Pierre -Broodcoorens-no
falta ninguno a la Iista-estan todos lejos del templo de yeso sobredorado,
en un aislamiento que los engrandece.
Por eso hay que ser indulgente con la «Academia de Letras Francesas de Bélgica». A nuestro sufragio positivo, la Academia ha sumado el
suy0, que no por ser negativo pierde su elocuencia singular ni su significación. Me atrevería incluso a decir que es una consagración.
Algunos de los escritores que acabo de nombrar, y a los que·serla menester añadir una docena de nombres muy cabal, no son desconocidos;
Páris ha dispensado a las obras de Baillon, de Neel D off y de Crommelynck, un suceso caluroso. Espero tener ocasión de subrayar pronto la
importancia de cada uno, y de poner así de relieve los esfuerzos, caóticos
todavía pero ya fecundos, de la generación que nos sigue, muchos de cuyos miembros han firmado, a pesar de sus veinticinco años, obras que
quedarán. Por hoy, y tras estas consideraciones generales, quisiera hablar de Fernand Crommelynck a propósito de su obra nueva ú Cocu

magnifique.

·

..

"'

Crommelynck había escrito y dado a la escena en Bélgica, desde hacía
diez años, algunos dramas desiguales, en que la expresión trágica se atascaba en mil y una convenciones. Verdad que su Scuplteurde Masques era
ya una gran cosa, pero los Amants puents, que le siguieron, estaban por
bajo de su talento. Ya se temfa que Crommelynck no acertase jamás a
367

�LA PLUMA
LA PL U 11 A
p
hace seis meses, nos revel6
liberarse por completo, cuando Lugoe oe,
Le Cocu magni.fiqu,e. .
M drid la emoción que en toda la Prensa
Sin duda son cooocldos efn • ª.
dita en tres actos•, como el autor la
. . h
ovido esa&lt; arsa mau
d L'O
pansina a prom
h
ecipitado hacia el teatro e
euintitula, y el ímpetu con que se a~
de Francia. Hacia ya diez años
vre todos los aficionados y lo~ art: a si por an drama, y nadie ha con.
que la gran ciudad no se apas'.ona :n :an oco tiempo.
ue ef triunfo rápido y completo del
quistado en Parls tanta celebridad
Hay que afirmar, por otra parte, q
Crommelynck se ha puesto
Cocu magnifique se justifica p!ename:: ~:~aturgos de su tiempo, e inen fila, sin disputa, con los m s gran
tachen de exagerado. Aun soy
di .
tiempos Que no me
.
d los críticos franceses al a s1cluso de to d os los
.
ue la mayor parte e
. .,. d
.
, n los nombres de Moh,:;;re, e
menos afirmatlvo q
yas crómcas aparecia
guiente del estreno, en cu
e ha o ilusiones acerca de lo que pueden
Shakespeare y d~ Ibsen No m . ~b ervo tan sólo que Crommelynck
valer tales cote-Jos-al contrario. . s comparto enteramente la opinión
puede afrontarlos sin que le a~ldsten, ~ d"
que ú Cocu magnifique
d Leon W erth y de otros vanos cuan o . Lcen
e
l teatro occidental.
señalará una época ~ueva en e
t humana y dolorosa. Abarca un
Esa cfarsa inaudita• es pavorosamen e
frenes!. y una clarividen1 ·d
lo desenmascara con un
d
lado entero de a vi a y
b d d punta a cabo por el hálito e
cia casi horribles. La obra va arre ata a e el que en ciertos momen . t
s tan enorme tan cru ,
las tragedias m ái; in ensa ,
'
abrumado por la acción que
tos hasta el autor parece arrastrado, parece

f:

ueña de Flandes, Bruno, esha concebido.
.
Trataré de resumirla: en una ciu~ad peq al ante los amigos la belle, .
h
do con Lwsa, y ens za
critor publico, se a casa
h
Bruno exaspera asl sus de.
L hombres la acec an, Y
•
za de su muJer. os
.
de Luisa, su compañero de 1a inseos. Un día llega a su casa ~n prl1mo
ntos de su mujer' y llega hasta
e a decirle os enea
di .
d de súbito la mirada co ciofancia; Bruno se pon
ue juzgue cuan o
'
La
desnudarle el seno para q
'
a puñalada los celos.
sa del primo le hunde en el corazó~ co~o ;:r someter ~ su mujer a la
tragedia se urde en torno de Bruno. mpleza
368

vigilancia dé Estrugo, especie de idiota que le sirve de escribiente; luego,
para asegurarse más, la enmascara, la cubre con un manto impenetrable,
la guarda para si solo, cerradas puertas y ventanas. Pero los celos le torturan, y en el curso de una de su,; tremendas conversaciones monologa•
das con Estrugo se le ocurre la idea de que sólo la certidumbre de su infortunio podrá calmar sus celos. Luisa, por amor de Bruno, y para cuidarle, para curarle, consiente en prostituirse con su primo. Bruno aguarda, bajo la escalera que conduce a la habitación conyugal, que se consume
todo. Cuando Luisa vuelve, sumisa y heroica, la maltrata; la acusa de haber simulado una escena de amor con su primo a fin de extraviar sus sospechas. Y poco a poco, le trae todo el pueblo; Bruno, para saciar su pasión, quiere que su mujer le engañe con todos los hombres. Luisa consiente. Pero Bruno con nada se calma. Llega a esta declaración formidable: si Luisa acepta a todos, es que el verdadero, el S'&gt;lo, el único amante
no está entre ellos; él solo r.o vendrá, él solo no puede venir, y toda su
invención no sirve de nada. El acto segundo termina con una escena de
demencia, en la que, armado de un fusil, Bruno, en acecho, exclama:
&lt;¡Aguardo al que no vendrál•
Después, el pueblo anda revuelto. Las mujeres se encarnizan con Luisa, que aparta de ellas a sus maridos. Y mientras la rabia de Bruno se
exaspera cada vez más, y una tarde de Carnaval hace la enormidad de
entrar enmascarado en su casa para coronarse a sl propio, se urde un
complot contra Luisa. La turba, con teas e instrumentos burlescos, invade la casa, se apodera de Luisa, la arrastra hasta el rlo, y las mujeres le
darían muerte si uno de sus primitivos adoradores no la arrancase de sus
manos. Entonces, una última escena pone frente a frente, ante la turba
levantisca, a Bruno y al pastor que ha salvado a la infeliz, y ésta consiente en seguir a su protector, haciéndole jurar primero: c¡Dime que al
menos podré serte fiel!• El telón cae en el momento que Bruno, rodeado
de una zarabancia burlesca, percibe su decaimiento y su locura.
Perdóneseme si he resumido mal un drama gigantesco y de tan furiosa
realidad. Es imposible dar, ni siquiera débilmente, una imagen de esas
escenas tumultuosas, en que cada personaje crece hasta llegar casi a la
~4

369

�LA PLUMA
~ d de Ull abDbolo, J do~ iió 'Obstante,, tedoe pidécea co. ,
hombres. Teatro de laéroes, en el sentido griego de la palabra: deade
Otelo no se habfa sacado jamás a luz los celos tan ·brutalme nte, ni jamás,
desde Moliére, se habla impuesto la risa al espectador en algunos m~
mentos tan brutalmente. Pero, dada la incoherencia y la inconveniencia
de las comparaciones, prefiero evocar a Shakespeare, pues la escena fran- ,
cesa ao ha conocido jamás tal aproximación ni tal lllezcla de sentimiento■ y de pasiones contradictorias. Los celos, con cuanto ~cierran de risible, de ridlculo, de est6pldo-y de santo, de noble, de doloroso, animan
ú Coa1 tlUlpi/il¡w, donde se percibe de súbito que ese sentimiento,
esa inquietud, es una forma paroxlstica del amor, o por mejor decir, una
slntesis del amor, del Dliedo y de la avaricia.
Ignoro lo que hará mañana Femand Crommelynck, y si el á ito triunfal de su obra le será funesto. Pero ~ que ya cuenta en su pasado-dirla
en nuestro puado-con una obra maestra del teatro europeo, el drama
que-por repetir la frase de Leon Wertb-con el Paf1Uóol Tmadly de
Vildrac séiiala el comienzo de una nueva era. Eso me basta. u locu
magnifir¡iu, representado por primera vez en Parla hace cuatro meses, ha.
sido ya traducido y representado en cinco idiomas. Deseo que Espaiia no
tarde en conocer esa trapdia del Norte, donde el corazón humano se
mira con temor.

370

PAUL COUN

APUNTES PARA UNA GEOGRAFIA
MUSICAL DE EUROPA. 1920
Y VI. ESPAÑA

(1

para acabar no habrá
.
paila. y está de moda est dm~ r~~ed10 que hablar de Eahabemos iiastado algu o cd a mus1ca espailola. A fuerza de
nos to a la buena fe de
cencia en hablar en cien m.
.
nuestra adolesde la renovación musical de 1 Es ñ d revistas de la cescuela espailola•
tesis ha llegado a cuajar y p:r a~7 fa contemporánea y otras cosas as(, l~
buena fie-ya no adolesce t d ft uera continúa babi and ose con una
sica espailola.
o e- e amante e escuela• moderna de múUES•••

~Por ahl fuera tan sólo? Los P .
de cuarta plana y los reclamos d nmerdos en creer de veras los anuncios
,....... d
e conta uría son los p . .
- - e UD caso hay de algún h
bl
.
rop1os interesados.
onora e profesional q
·
.
ue nos viene a contar 1o que en la e Prensa extr .
. .
anJera...• ha dicho de él
nuestra amable oficma mformati va. Porque está l
c aro que a veces se si t
or
ante
el
extranjero
y
ese
'
b
d
.
en e UD poco el rub.
.
•
n e uno e alh como los d ás .
siente ae paso el sonrtJjo de lo q I d
.
em , mientras se
L é
d
ue os emás escnben aquí
a poca e las «escuelas&gt; no es a I·
.
.
las personalidades, la multici licidad y a t~ues_tra: La neta división de
psicología de 103 artistas y I p
h ~e cntenos, la C•Jmplejidad de la
e vasto onzonte de los "d i d'
que 1os lazos comunes e ntre e'I s
h
• ea.es •versos hace
. . u 'lean oy m~nos que sus diferencias.
371

�LA PLUMA
Apenas podrla encontrarse un factor común menos vago que el siglo, el
compatrietismo, la vida dentro de la misma estrechez de límites. La filiación que permite engranar una bola en su rosario es cada vez más dudosa,
pero, entre nosotros, entre los españoles, ¿es por riqueza este embarazo?
¡Ayl Aqul donde en todo llevamos un buen retraso de medio siglo-¡medio?-, en esta falta de disciplina vamos a la vanguardia: pero serla ridiculo
querernos engañar~ no es por los incatalogables¡ es porque en nuestra baraja, los López, Garcias y Fernández se llevan los tres cuartos de los palos. Con el que nos queda tendremos suficiente para toda la originalidad
restante.
Pero, ¿qué es \o que pasa, y por qué estos pocos más originales son
los que ganan todos los triunfos? (Los ideales, a lo menos). Muy sencillo:
son los únicos que valen. Al principio la baraja entera se pone de patas
en cuanto estos amanecen. Luego, tienen que transigir; poco a poco terminan por tragárselos del todo, y, a la poslre, cuando sienten que el campo no es ya suyo y que ya no está su acera de moda, lían precipitada•
mente sus bártulos y sin atender a los coches que pasan por medio y sln
reparar en el barro del arroyo, se precipitan desatentados hacia la acera
concurrida sin pensar, ¡pobres!, que desembarcan en ella llenos de cazcarrias.
Todavia hay entre nosotros cnacionalistas• al buen estilo del año 6o.
Esta fué una fase más reluciente que adoptaron algunos clasicistas apolillados del viejo régimen, y algunos románticos, mixtura de cLucia:. y de
cTristán•. sintieron también la veleidad nacionalista y en ella hicieron
sus pinitos.Ahora,después de que la guerra tes ha hecho ver que el romanticismo no es negocio, y que, sobre todo, no es reclamo que atraiga ya a
los jóvenes incautos a sus academias, se ve por toda Europa el espectáculo de los que se han decidido a cambiar de rón:.lo, comenzando a hacer girar el espejuelo modernista. Machacan a los rusos y a los franceses
en su espeso mortero y brindan a sus neófitos una informe papilla sazonada de jota, muñeira o sevillanas, según cual sea la zona española, y
hacen mirar a loi; tiernos bobitos por un Kaleidoscopio de culos de vaso.
Sin un momento de duda, entre este espiritu de mixtificación y la
372

LA PL'. UMA
pobre
·
éconstancia moral del mocito b ar b ero tanendo
su
d I'
nmos sta; pero ¡quién nos diera el l
.
man o ma, prefealdea soplase en su pipiritaña!
a ma mgénua que en el fondo de su
Desde hace años vemos caer en la Corte h
musiquitos provincianos que
' oy uno, mañana otro, los
• é' y
nos preguntan con ap r . C
tr r siempre la misma rcspuesta.. 1Con n Ingunol Las
u o. po
&lt; on , qué
• maestro
nas
que
entre
nosotros
podrl
•
•
•
qms1mas
.
d
aO maneJar srn a1arla es
•b·t· persavirgen e la. mentira escolástica , no t·1enen tiempo
.
a
sens1
para d d i tdad
. aun
e 11 o. D emastado poco tienen para sus propias atenc·o po er ed1carse a
gor, por las que deben velar más·
. t nes que son, en riquiera de los más conocidos· de 1 ' yá a~aban enviando al neófito a cualel pupilo ha cambiado el . .
os m. s mfluyentes. Unos meses después
atre campesmo por l h
,
sal, y su ingenuidad por la pedantuela
. . e. umazo del café Univeren que haya caldo Se defi d b.
pohtiqu1Ua doctrinaria del grupo
· h en Ien 1en estos g rupos, masonerfas de camia que un día u otro
11
acen o r una obrita del
"é 1
gración fulminante Bueno· p
t
ex rec1 n legado. Cansa.
. ase o ro
y de este modo nuestro jardín m~sical 'ar
.
que esos escaparates de horticultor cu
' _J di~ botánico, parece mejor
el e encanto de una hora:..
yos t1estec1tos en flor apenas tienen
Frente al perfil tan fuertemente acusado
, .
la, la cescuela:., la «música de t
. de la mus1ca popular cspañoot
ar e,. que Jamás lo h t .
ros, menos podrá tenerlo en l t ,
a emdo entre nos1
••
ª et apa
1920 Si lo ' ·
.
or pos1t1vo en nuestra música
1
•
umco que tiene un vacierto aire de parentesco que
ua , prese~ta algún rasgo común un
0 que consigue p
c
·d
•
. . •
ons1 eractón de e escuela espa - 1
ara ese mov1m1ento la
no a•, se debe más
f
res qu_e a la semejanza espiritual que los Albé . a sus uentes populamz, Falla, Granados, Esplá
o Turma pueden tener entre sf N d .
ya
no
h
·
ª
ª
importa
esto·, he mos referido que
.
ay escuelas; el último refle'o d
cierto modo, este existe en los no~br:s e:as f~e el cnovecentismo:. y, en
como el individualismo de otras
.
enc:1onados, pero este, tanto
punto de partida común un o . naciones, ItaHa, por ejemplo, tienen un
c .
,
nente que los atr
arnmos; pero, entre nosotros los q 11
ae aunque por diversos
los cuatro puntos cardinales. i.os d ue á evan_ al~ún rumbo, marchan hacia
cm s se hm1tan a dar vueltas alrede•

e:~

373

�LA PLUMA
dor de un huertecito sub-urhano y a cuidar sus gallinitas, aves de su
inspiración. Poco vuelo-dirán-pero buen caldo. Si a l&lt;J menos es así,
~ea ~nhonbuena ..
Es en esto en donde nosotros encontramos la causa Je nuestra inferiorid:id. Mal de mediocridad. Miseria de corazón y miseria de talento.
Vulg::iridad y pretensión. En síntesis una falta total de cultivo. Nuestras
músicos en su casi totalidad (dos o tres sólo se escaparon) están en barbecho y faltos de riego. De vez en vez una ola abrasadora de chabacaneria remueve su arenisca. Un escalafLn es lo que ven brillar en aquel lejano templo de la fama al que, según Byr,m, es tan difícil trepar. Al templo
de Minerya, dirigid vuestros pasos: años de servicio, quinquenios, jubilación, glorias nacionales, patriotismo bicolor, chin-chin, Academia y va-

1921- CONFETTI -192l
Al pasquín luminoso del día
El clarín colo,in del harapo
Es airón cascabel de alegría
De la turba exaltara del tr«-po.

mos muriendo.
Que ni nuestra materia musical es inferior, ni nuestro temperamento
actual es más débil que el de otros paises lo prueba tanto nuestro reper•
torio popular admirable-tanto más cuanto menos conocido y más salvaje-como el valor personal que las e dos o tres&gt; personalidades que poseemos tienen, lo mismo «en sí•, que en comparación con las figuras más
notables extranjeras. El temor está en que esas son personalidades aisladas, sin que se entrevea una sucesión futura. Su semilla cae en la esterilidad d_el medio, tanto como los sermones de otros, clamantes en el desierto.
Pero insistamos. Puede que por nuestros clamores lleguen a conmoverse
las mismas peñas. Gritemos a esos otros «dos o tres&gt; que no se marchen
demasiado lejos y que no perdamos el contacto. Y todos, de acuerdo, dediquémonos a conve.:cer al musiquito que en el fondo de su aldea sopla
en su pipiritaña que no venga a la corte, que ignore el escalafón, que
huya de la mediocre turbamulta de los programas de concierto, que cante
al aire de su tierra, que toque su guitarra a la luna de su aldea.
Alegre, fresco y puro
va mi cantar
a la vera, verita
u•
del naranjal.

ADOLFO SALAZAR

374

Sollozante su facies de harina
Don Humor rubriquea la farsa
Con la sierpe de la serpentina
y el flautín de la bufa comparsa.
¡Policrómico reir jacaresco
Alariza en el móvil tropel
Bajo un púrpura palio chinesco
Y una lluvia-color, de papel!

DÍA

.

Dominical
HervfJr

·Grito bermejo! Agudo

¡

La trayectoria
de la
naranja

Al
Sol.
375

�--

LA PLU~A

~OCHE
bt el picacho brilla

La lumbre.
Todo dolor es una
Cumbre!

r

( \ ) HÉLICE

y
Exaltar la pasión. Redoblar los ajanes •· ·
1Si no estuviese el mundo
Lleno de sacristanes!
Pero sí.:

CIPRÉS TEA TINO
Ciprés teatino Jemenil Y pardo
Dt una página extranjera
Otra vez regreso a España
Okl
España. Empresa de loco.
¡Ntgro fluir
de
agua clara!

ANTONIO BSPINA

1

...

LIBROS Y REVISTAS
Ramón Gómez de la Serna.-Libro Nuevo. Madrid, Imprenta, Mesón de
Paños, 8, 1920, El paseo del Prado.
Cuando, hace casi tres lustros, conocimos a Ramón Gómez de la Serna en
las aulas universitarias, había publicado ya su primer libro. Apenas si se vislumbraban en aquellas páginas las señales ciertas de su condición actual; pero
en el segundo volumen de su producción-Morbideces, 1907-manifiéstase acentuadísima la propensión a subvertir el orden exterior de las formas literarias
al uso, que le ha dado carácter propio en la literatura española de diez años a
la fecha. El lector, ajeno al movimiento literario que en peñas y cafés se fragua, cuya curiosidad dispersa se siente un día y otro solicitada por la incansable labor diaria de Gómez de la Serna en periódicos y revistas, si quiere de
un,, vez y p ua mucho ti@m po, darse enti-ra cuenta de lo que es y significa esa
literatura, extravagante en cierto modo en las columnas harto utili,arias de los
periódicos, lea el Libro Nuevo, cifra y compendio de la mane,·a en que ha cristalizado la juventud literaria de su autor, uno de los pocos temperamentos que
dt-spués de los modernistas han aparecido en España y sus colonias espirituales.
No se recomienda ciertamente por su amenidad la lectura del Libro Nuevo,
entendida la amenidad en la acepción vulgar por que se guía el lector que
compra los libros para distraerse. Le falta, premeditada y resueltamente, la infusión de su espiritualidad en una mdquina, trasunto de la historia '1umana.
Ramón Gómez de la Serna ha querido desligar la expansión lírica del propio
ánimo de toda reducción a la más fácil comprensión del público; no ha querido hacer una novela, un poema, una crónica, una serie de reflexiúnes; se ha
propuesto tan sc'.ílo escril&gt;ir, tal y corno se lo inspiraba unas vc1:;es la contemplación del mundo, rebuscando otras con empeñado ahinco, las relaciones más
óispares en apariencia entre cosas que la dbtancia, la calidad o nuestra percepci6n distribuyen en el tiempo y en el espacio con diferente peso y medida,
difíciles de reducir a común deno1Uinador. Suprimido además casi siempre
uno de los término~ de la comparación, las imágenes así obtenidas cobran l!na
ell:traña rareza en que el lector se pierde de primera intención, pero a fuerza
377

,.

�LA PLUMA

LA PLUMA
r sernos tan fáciles como las frade repetirse el procedi~iento, acaba: f:antas centurias. Adolec~ el Libro
ses hechas de uso corriente en una . a nio. En ese punto es quizás mu_cho
Nuevo, para nuestro gusto, de exceso de i~s"!o quiere, de los modos ex_Pres1v&lt;?s
más representativo de lo que s~ autor m F rzando un tanto la equ1valenc1a
peculiares de la sociedad espanola actual. , o entre la manía chistosa, dt• forpudiera muy bien establecerse tn Jª~~n;iniritualidad s11ciuta de que hace gala
más netamente burguesas, y el a ~- e de la Serna. Salvada, naturalmente, la
sin respiro ni descanso Ramón omez
dignidad literaria.
á .
como El Tritón-verdadero poemda e¡°
Hay en el Libro Nuevo P gmas
.
revela en Ramón Gómez e a
prosa-o Los maniquíes, ~uyo_l_írico h~r~1~:~cleristico del escritor nato. Las
Serna ese poder de imag~nac1?n crea. o. ~o en esta antología-no otra cosa
traducciones al francés, 10clu1das as11r~o gana el estilo lento y forzado a la
parece el Libro Nuevo-, 1:1u~stran_ cu ~-d·ana con cierta depuración gramaimitación expresiva d_e 1~ ms1stenc_1a_ c~l¡d~d d~ la imagen poética.
tical que en nada per3u_d1ca a l_a on_g1~ Gómez de la Serna entre sus gregu~Con muy buen sent,1~0. ha ms:rta o estrar,jeros, que comentando y exa rías varios artículos cnticos espanoles Y
definen
,
tando su pc::rsonalidad literaria la e~lic;.n y ación h~rto difusa, sembrada aqu1
Menos nos gusta El pase~ 1el Pra ºi iy~g s a untes humorísticos, cu~10·
y allá de preciosos_ ati~bos h_n~os, gr;rcl~s~~1:ira ,iaga de Fígaro. ¿Qué hub1er~
sas notas informativas,_preSididas P d O d grabadc,s interesantes, con que s
perdido el libro, ingemosamente orna
e
alli dispersas?
autor se tomara el trabajo de ordenJr la~_nota: l{amón Gómez de la Serna nos
La admiración que profesamos e an ig;o staciones exageradas del culto a
mueven a hacer estos reparos a esas manl1 netes disposiciones naturales y los
. . .
la ongmahdad
en qu~ perv_1·erte tan exce e
C. R. C.
mejores frutos de su mgemo.

***
Alberto Masferrer. - Pensamientos .Y Ffwmas.

Notas de Viaje.-J. García

Monge, editor. San José de Cost~ Ri~a, i~:\alvadoreño, nos dice el proloDe D. Alberto Masferre~, col!ec1do ht~~a ue cfué en los comienzos de su
guista de este librito en sucmta mtroduc~~ nd q ompa Diríase un árbol exucarrera literaria escri!or d_e muiha soná~~of sf carg~do de frutos. No sacriberante de florescencia. Despu s, :s~ f
la esencia de la idea en sazón. Y
fica ahora al matiz desl~mbrante e a ;fse como para hablar a los niños, se
así, si alguna vez su estilo s7 hace se:c1 e~~amiento.»
acendra de savia y resulta vigoroso d p
t
otas a la atención del lector
.
n Rica publica
. e1 S r. G arc1'a
No es la primera
vez que señalamos
J en
é des as
Costa
las excelentes e~icion~~ que e~ Sa~ ~!lud:ble reacción que en !ª literat~ra
Monae, cuya onentac1on pres1de ª
t
las normas corrientes anos
ame;icana más reciente se observa, respec o a

if'a

..l
'

atrás. Efectivamente adviértese cierta afición a contener la exubt:"rancia y entusiasmo exteriores en límites más asequibles al temple europeo. Son 101
Pensamientos y Formas del Sr. Masferrer a modo de impresiones, poemas cortos en prosa, reflexiones al vuelo, limpiamente escritos, serenamente inspindos en la realid:1d circunstancial de todos los días. Y nos atraen singularmente en el simpático volumen las Notas de Via_je, evocaciones de paisajes,
tipos y costumbres centroamericanos, con que rara vez le es dado solazarse al
lector que bu~que en la literatura trasatlántica una emoción, si no exenta de
las preocupaciones europeas universales, cuando menos referidas a su influencia en el ambiente americano o a su contraste con los elementos atávicos
característicos del Nuevo Mundo.
Aparte el interés puramente in(ormativo o pintoresco de los artículos: En
lzaleo, En Alegría, Lamateper, Procesión del Santísimo, hay páginas como las de
En Guatemala, inspiradas por «Una caravana de indiecitos trotando por la
Octava Avenida», verdaderamente poéticas y sugestivas.
Sería de desear que librito~ como este de D. Alberto Masferrer adquirieran
cierta difusión entre los lectores españoles, que por la falta de atención de los
libreros a la literatura americana, viven tan ajenos a la realidad, desfigurada
en fiestas de raza y otras mentiras fáciles.
C. R. C.

*

*•

Dmitri Ivanovitch.~La Ventana y otros poemas.-Publicado por J. García
Monge. San José de Costa Rica. C. A.,

1921.

Dícenos de Dmitri Ivanovitch D. Manuel F. Cestero en las breves páginas
con que lo presenta a los lectores de La Ventana y otrns poemas que «es un
corazón de niño dentro de un cuerpo de líneas fuertes que recuerdan los dorsos y los biceps de los discóbolos helénicos. Amigo del pueblo, aprovecha
todas las ocasiones para defenderlo de la tiranía capitalista•, pero «cuando de
versos trascendentales le hablan, de versos sociales, de literatura de tal o cual
clase, protesta enérgicamente y dice en voz alta, que la poesía no tiene otro
papel que llenar en el mundo que el de deshojarse, como una margarita, a los
pies de las mujeres.&gt; «Le" gusta el cenáculo, detesta la asamblea, los congresos
de todas clases y la manera como se devana actualmeMe la madeja de la vida.
Despreocupado del mundo que le rodea, hace vida triste, alejado de todos;
Dmitri no es sociable. La casaca, el cuello tieso, los chalecos rebajados, el
corbatín blanco, los escarpinei; no se han hecho para él.• Con todo, «no es un
radical de los que se dan la mano con los nihilistas que aspiran a destruirlo
todo; es un socialista de la escuela de Lenín en muchos de sus aspectos. Y no
irá a Colombia, su patria, sino cuando allí impere un Gobierno comunista.&gt; En
cuanto a se fi!iación poética, no se han de buscar en los versos de Dmitri Ivanovitch preciosismo, satanismo o modernismo, que toda esta poesía (la de
La Ventana y otros poemas) parece ajena por completo a ese gran movimiento
de renovación poética que inició Rubén Darío en América y España.•
Para nuestro gusto, las poesías amatorias de que se compone este volumen,
379

�LA PLUMA
LA PL U ~I A
d a los preceptos literarios de los
quizá por su misma corrección át~!11¿:raad~lecen de impersonalidad, { s~b~e
imitadores de los grandes r&lt;;&gt;m n l~e~te universal, no tanto por vo un an:
todo, de inadaptación al med101aª~~mpañía de espectros retódcos en que s
soledad del poeta, c..omo por
C. R. C.
complace.

•••
.
hl -Figuras. Evocac1oocs,
escenas.-Prólogo de Gon·
·t Aricl Madrid.
zalo Zaldumbide.-Bib iotec.
, d
nfcreocias leíd.ts en el Ateneo
Reúne en este volu~cn d._ Sr. A;;~ii~le~sp~ilicadas·en periódicos d~A~~:
de Madrid algunas crónicas c1rcuns
. s dedicadas al Romancero en m n
.
dos 'bocetos dramáticos. L_as pcigin~
D José Joaquín de Olmedo, al
~~c\f Poeta de la lndepcndenc1a Al:~:1::ª'motivo del descubri1n;iento de ~u
ce~vantish Monta_lvo, ª. Rod? y ~ ~~vcli;ta insigne, soli_ci~an espetal~e~!een~
estatua en el Retiro, vivo aun e.
de la ·uvenil cordialidad, el erv1en
atención del lectorl luego CO?¿ag1adrritual hispanoamerica?ª· E~altado. cant~;
tusiasmo del autor por la uni -~t~~puoe lo que tiempos y d1sta~c1as sep/t:8'ctºdel
de la lengua c;1 stellana cuya v1 t d en ejercitar con rara eficacia esa vi
I nSr Arrovo se complace sobr~ do ºa'mp1·1os alti!iOnantes, rotundos, las exce e
1
·
en peno :&gt;S
l
·
idioma para expresar
, a americanos y espano es.
C R C
cias de la patria ideal, comun
• . .

Céaare Arroyo.-Ret~

t"

•••
... ..
cción directa del inglés ~or MaJorge Borrow.-La Biblia en Espan_~- TG1aunada. Jiménez Fraud, editor. uuel Azaña. Tres tomos. Colecc1 n
Madrid.
.
s ha en LA PLUMA no te
•
d
estra publtradas mese
,. t
hacerlo
Lector, si las págmas e mu
r La Biblia en España, apresura. e a
te
indujeron ya desde lu;go a c::p;:s de agradecer el consejo. El ~1~rolaq~: en
ahora. Seguro estoy e que
ól 1 mejor de cuantos ban VIS O
t
recomiendo es, sin hipérbo~e, ;ods t~~bién el más veraz y atinado de cuan os
un año pero en muchos, Y srn u ª los españoles.
se han.escrito nunca acerca ~e Espana y
dar sin distingos un libro nuev;,
Suele ser tan rara la oc!s1ón
rec~:i~~mbico t}Ue quizás al pronto ~~e. a

t:

~~~e:~~~,
.~:::~i;.ñ:i~·u;:rlij~!1~:1~n~:~~:1,n
,~:;:g::. ~~:tº~:::;~:lt;it
aventuras prmonts
mi descargo, que

.Y
,Y
O
•
Sagradas Éscrituras. Vaya por_ de Ia_nttn~~stdal con el dilecto editor q;e an
modo al&amp;uno la menor c_oncomitancta mercanóa literaria que ofrecer;e.. e~go
acertadamente ha escogido tan bufºªúblico que cuenta corrobora m1 ~~¡n1?6n,
entendido, por lo demás, q~~
en España, no obstan~e la poca ~a~:~ l~
apresurándose a comprar (
't"ca en la Prensa, circunsc1,.laesta vez
que Je presta la escasez de a en l

Y.B,;u~

38o

..1

fecha a un estudio en t:xli.c.:mo suge:ith•,:, y justo de D. Gabiiel Alomar eu •Los
Lunes de El lmpa,•cia/., 1 y a una glosa muy interesante de Eugenio D'Ors en
La Libertad. Quéjanse los editores de la desorientación que en el público se
advierte, pese al incremento de la venta de libros en estos 6.ltimos años. Suya
es la culpa en mucha parte, pues que son pocos los que se cuidan de enviar
sus nuevas producciones a los periódicos y revistas, donde la publicidad mercantil ba sustiluído por lo general a las recensiones en que el lector pudiera
encontrar una guía fácil donde escoger. De ahí también la dificultad con que
el informador literario tropieza para mostrarse imvarcial en la relatividad de
sus juicios .
La Biblia tn España es ante todo, y esta virtud es la más recomendable en
un libro, de los más entreter.idos de cuantos le es dado leer al simple aficionado. Interesa y atrae como una novela, como una buena novela se entiende,
en que la fuerza creadora del autor. lejos de falsear la verdad con deformaciones monstruosas por forzar la emoción, a eJla se atiene estrictamente, extrayendo de los hechos toda su sustancia, con poner de relieve lo que esencialmente los caracteriza y define.
Se leen los tres repletos volúmenes de La Biblia e,z España, de un tirón,
sin respiro ni fatiga , Jlevado de uno en otro curioso paso por la amenidad del
relato1 siempre vario y esp léndidamente natural. Cerrado el libro, los sucesos
que en él se cuentan, adquieren en el recuerdo tal consistencia, que luego no
nos parece ya haberlos leído, sino visto, o cuando menos oídolos contar. De lo
que se infiere que de sus páginas emana esa simpatía que constituye la primera condición de la obra de arte en que se unen la invención del autor y la
pasión del p6.blico.
Ahora bien, no depende ese interés inmediato que la lectura del libro de
Borrow suscita, del relato desaforado de escenas en que se multipliquen las
aventuras extraordinarias. En t:se respecto, puede decirse que la primera
impresión es precisamente contraria a la de una novela de Baroja, por ejemplo, en la cual el protagonista sufre y busca peripecias cuyo interés, en fuerza
de acumular el autor acontecimientos desordenados, se pierde, apenas 'Vuelta
la página, en turbia confusión. Es decir, en términos vulgares, que los personajes de Baroja parecen siempre unos embusteros, mientras que .Don Jorgilo el
Inglés nos da idea de un hombre veraz por excelencia.
Por más que en la ligereza de esta gacetilla no se expliquen cumplidamente
tales sugestiones, el lector advertirá en la lectura de La Bi/Jlia en Es)aña hasta
qué punto es pertinente, y aun obligada, la comparación con los libros de aventuras novelescas que pretende hacer Baroja, no ya porque en ellos haya asomo
de plagio o imitación de un libro como el de Borrow que quizá.3 desco11oce,
sino precisamente por la modernidad de este, por la agudísima sensibilidad que
lo caracteriza, pareja de la que remozó nuestro ambiente literario algunos años
hace, cou la uueita a la 1·ealidad de los mejores españoles. Por eso, aun más
que el parecido con la literatura de Baroja, sorprende agradabilísimamente en
el libro de Borrow la semejanza con el mundo novelesco de Galdós. Hay escenas, como la de Quesada en la Puerta del Sol, cuando el motín de La Granja, o
381

�LA PI, VM A

LA PLUMA
las visitas de Borrow a Mendizábal, Istúriz y Alcalá Galiana, dignas de las más
acabadas páginas de los Episodios Nacionales 1 tipos como la honrada María
Díaz, o su marido el labrador de la Sagra, Baltasaríto, la familia del recaudador de contribuciones, el gitano Antonio, el posadero de Córdoba, estatuas
vivas de ia misma cantera en que fueron tallados los seres que aÜiman la
serie magnífica de las Novelas lontemporámas. Y hay alguno, como el alcaide
de la cárcel de Corte en Madrid, sin par en la moderna literatura española.
Se observa, es cierto, que a Borrow le interesan muy poco los monumentos;
no es un turista. Su condición de misionero le pone a cubierto del vicio artístico con que suelen ver ~spaña los extranjeros, y no pocos españoles a su
zaga. Pero si las piedras rara vez le producen otra impresión que la simplemente admirativa, ¡qué penetración de mirada en cambio para contemplar las
personas!, ¡qué humc1nísiroa comprensión la suya para ver a través de la fisonomía de un labriego, de la picardía de un gitano, de la doblez de un posadero, el carácter que lo personifica! Y sobre todo, ¡qué simpática perspicacia
para descubrir en los acontecimientos que se suceden en su peregrinación la
fuerza inconfundible de una raza augustal
Claro que fü,rrow no es un misionero, sino un artista. Un artista que no se
limita a escribir libros, ni que para escribirlos viaja, sino que quüre vi11ir al
aire, al sol, andando por el mundo, sin más pasi9n que la de comprender. Se le
ve vagar, vagabundear, por las páginas de su libro, no ya como simple espectador, ajeno a las personas y a los sucesos que le rodean, sino metido entre
aquéllas y gozando éstos. Su humorismo, verdadera,nente sano, sin recovecos
ni reparos. es lo que le diferencia y le eleva de cuanto hay en derredor suyo.
No es, pues, La Biblia en España un libro pinto,·esco. Es, repetimos, el mejor acerca de los españoles y el pais en que vivimos. La emoción que los panoramas castellanos, andaluces y ~allegos le producen, la sincerísima visión de
los paisajes por donde cruza caballero, el franco afecto cou que se decide por
la gente dal pueblo , el desprecio con que mira a las clases superiores(?) de la
sociedad española, le han servido no ya para escribir un buen libro de viajes,
sino para cifrar en una pintura acabada el juicio sereno, verdaderamente filos6fico de la Península y sus extraordinarios habitantes, cuyo carácter preside
la gravedad.
Apenas atraviesa el viajero la raya de España viniendo de Portugal, parece
como que le capta la naturaleza con su fuerza encantadora, inspirándole el
relato de Badajoz a Madrid, por Mérida y Tala vera, sin duda uno de los pasajes
más hermosos del libro. Y en su compañía va tras él desde entonces el lector,
sensible al estupendo trasunto de la realidad que con la relación de sus andanzas le ofre ce Don Jo,·gito et Inglés. Tan verdade,·o es el libro que hoy, con
los ochenta años transcurridos desde su publicación en Inglaterra, tiene, aparte
la novedad de su primera traducción en español, un interés de actualidad, porque los sucesos que en él se cuentan atañen, no a lo circunstancial, sino a lo
caracte1"istico 1 a lo fundameotal de España.
Por añadidura, la versión castellana de La Biblia en España es modelo de
traducciones. Fuera hipocresía que, a cuenta de mi compañerismo con el tra-

ductor, disimula&amp;e la excelencia de su obra 1No
,
obligue al mentido recato con que suel d·.1 1cr~o que la razou de amistad
del ~migo. Estimo, por el contrario, que\ 35 ~~:!aª~s~ ~~ed el público la obra
a qu!en nos une amisrnd son precisamente las
C: a i_ ~ es de las personas
rencias en el trato humano, y la proclamación d~~e~~-tifican nuestras prefey º? condescendencia benévola, La traducción de L
sus obras deber'
p_etimos, modelo de ellas, , pare· a en un
.
.
t ia ~n éspaña. es, rec1ón española de la sintaxis expte'siva dpe to a hmp1~za de léxico, a naturalizalá ·
d u
,
un pensamiento ext. ·
d
e s1cas e ..norabn y superior a ellas en fiderd d l
. .
ranJero, e las ya
pos donde_ toda confusión literaria tiene su asi~nªto ~ ongmal. En, estos tiem•
es la versión castellana de La Biºblia m E-p _
º. tantas teonas barrocas
buen gusto en que el lector no advierte p~~/~\'::e e}~mdpdlo !de ~laridad y d~
provechosa.
'
m a
e e stilo, la lección

ª

~~ble

c.

R.

c.

•••
Libros recibidos.-Anfflnio Battistella· L R
.
.
undici secoli di storia. Venecia MOccccx -R· . a .;¡ublt~a di Venezia ne'suoi
Barcelona, 19 .
XI.
egrno · Boti: A,·abescos mentales.
13

Revistas.-Mercure de France París -L'E
gris Civique, París.-La Conn.iissdnce p. ,
1f::"ºP;, Nouvel!e, París.-Le ProVida Nuestra, Buenos Aires.- Athe~ae:,:1sz a evue de l'Ep~que, París.San José de Costa Rir:a.-Le Crapouitlot Pa~· arj~~ª--¡ Repertorto Americano,
e es- et~res, París.-Cuitura
Venezolana,Caracas.-Die Aktion Berl' 1
Madrid. - Cuba Contemporánea, ia Ha1;~na. egjf;!Je"J'1-~ºtev1deo.:-Arquitectura,
H •
, . uenos Atres.-Poesia ed
arte, Fcrrara.-España y Amlrica Cád'
selas.-Vida, La Coruña.
•
iz.- e,mes, Bilbao.-L' Art Libre, Bru-

;,.s.-

GACETILLA
Sarah en Yuste y el bnrgalés de pro.-Bnllante
.
.
tarde del ensayo general d,.. la f t
estuvo el Ateneo la
del natalicio de Sarah B~r~ardh1:s c~n q•e se lceleb_rará el primer centenario
de instrucción, a oir de labios autori::d e ;1ue e 1?1ªr_1scal Joffre vino, en viaje
del Marne, no habíamos hallado re al ?S ª1 exp 1cac1ón auténtiq de la batalla
esta vez faltaba el 5 . Alt .
g O igua en la sala del Ateneo. Cierto que
.
1•
am1ra porque no s 1"b
vocación &lt;du plus grand historie~ de l'Espa e, e a a es~rechar lazos, última
tes fraternales allende el Pirineo· ero asi ~ , co°:1º. le dicen en los banquetant~, aunque fuese un minist;/ de u:~1 un mm1stro, que es cosa imporsum1dades cortesanas, y un enjambre d~ 6 ~ Y atarug~d~, con más algunas
han e!!. torno de Sarah exhalando .
~ micas y de com1cos que revolotea-

t

•~Yo soy la Crehuet! ¡Yo soy Mean~~1t·~od1s~ordes revelador~s de su emoción:
s1ll6n, sobre el estrado Sarah rec d'b bfu1 Medrano ... !&gt; Vista de lejos en su
'
or a a astante a la Doña Inés de Castro con-

�LA PLUMA
servada, ign6rase con qué pretexto, en el Museo Moderno. Cuando la mutilada
venerable vió adelantarse con paso vacilante al Conde de Romanones, la gratitud inundó su pecho: creyó que el homenaje consintia ton un remedo 1 que bubi~e sido una adulación: 01,! quelk delicalesse!-dicen que murmuró-. Uht L'
Espagne! Quel pays cktrJaleresque et cotirlois! Se atribuye al efecto adormecedor
de esta primera impresión agradable, la serenidad 1 isueña con que aguantó las
admoniciones, exorcismos e improperios de aquella tarde: casi todos la regañaron mucho; parecía que estaban reconviniéndola por ~us pecados, y exhortándola al arrepentimiento¡ parecía que estaban recomendándole el alma. Y ella,
dulcemente empedernida, escuchaba sonriente y sin hacerles caso. Azorín, a
pesar del acento áspero, entrecortado y conminatorio que gasta para !cer, no
hizo mella en su ánimo. Por lo que fué menester apelar a los grandes medios:
avanzó un hombre cejijunto, y blandiendo un papel ante las propias narices de
Sarah, profería con voz estentórea:
-¡Señora! ¡Yo soy de Burgos .. .!
Y se callaba para observar el efecto de sus palabras.
-¡Señora! ¡Yo soy de Burgos ..!
(Nada. No pasaba nada. El ser de Burgos, ¿tiene algo de particular?)
-¡Señora!, ¡soy de Burgos, de la vieja tierra de Burgos!-repetía en vano.
(¿Sería Martín Antolínez, el burgalés natural? No. ¡Era un hombre enviado
por el Gobierno. que se llamaba Aparicio!) La resistencia de Sarah pudo más:
y lo que iba toruaodo un giro amenazador .acabó en general algazara; el público
fué el último que se rió.
Rodeada de personajes, Sarah recorría en parihuelas el pasillo en busca de
la calle.. y al mirar distraídamente las filas de retratos, se pasó la mano por la
frente y como quien recobra el sentido preguntó:
-¿Dónde estoy?
-En el Ateneo.
-¿Y de
esolos
que es~
Uno
personajes presentes se palpó la nariz con suavidad, en demanda de una idea, y exclamó:
...J.
-Es la Holanda del pensamiento en España.
-¡¡
Y
elliens!!I
burgalés de pró, ansioso de instrulrSe, preguntaba: ¿Q11é ha dicho? ¿Qu~
ha dicho?
-Ha dicho: ¡¡Ten... 1!

PIN DBL VOLUMEN II

I•

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
cEn el año de 1898 (At¡uf comienza el v,jamen de la gtneracidn del 98), afortunado y fecundo creador de superhombres, favorecidos con el prodigio de la
literatura infusa, y fundadores de una España nueva para su uso particular, se
exarcebó la crisis a la vez artística y social por la repentina irrupción en el
genio (¿será en et gremior) de compositores dramáticos, de mil o dos mil jóvenes, hasta entonces dedicadc,s a otras labores de su sexo, y que fijas las miradas de águila sobre las contadurías, reclamaron vacantes de ingenio dramático
bien retribuído y exigieron en tumulto el total programa de solidaridad y reivindicación obrera: igualdad de jornal, prohibición del destajo, obturación de
bocas inútiles, vía libre basta las cumbres del Parnaso y rebaja de edades para
el pase a la reserva de dramaturgos a fin de •refrescar las escalas,; y esto lo
han conseguido porque todos están frescos.,
Ya se conoce que esos dos mil jóvenes eran unos perdis; y, claro, &lt;qué iban
a hacer? Pues una barbaridad como esta: •Creyeron suficiente alzarse de puntillas (nunca l,a sido suficiente alzarse de puntillas) y estirar los brazos (¿para
clavar banderillast) para llegar con la punta de la pluma a dC'nde la de Tamayo trazó el surco luminoso, que no ven los ciegos de entendimiento ni los que
cierran los ojos por no admirar, y ante cuyos resplandores no tiene sombras
ni máculas la pureza artística, ni la Ciencia enigmas ni secretos, y cansados de
aquel martirio (el de estar de puntillas), inverso del de Don Quijote (que estarla de manos, por lo visto), reputaron más cómodo que el excelso poema dr&amp;·
mático descendiera a la altura de cualquier transeunto.,
(¡Hum! ¿Qué pretenderá hacer aquí ahora ese transeunte? Nada bueno, probablemente) ¿Y cómo se pone a su altura el poema dramático? Véase: cAI
efecto, prohibieron la forma poética, •ya llamada a desaparecer»; la tésis fundamental, el argumento ingenioso, la acción, la pasión, la emoción, el efecto
escénico, el estilo noble, el concepto profundo y la frase primorosa calificada
de latiguillos y embelecos cursis para engañar al inocente espectador; y con lo
poco que quedaba de lo que fué literatura, fabricaron el llamado arte •sincero,, que si lo fuese habría de declarar vencida su parva elocuencia por la pantomimo muda del cinematógrafo.• (¡Ah! Ya sabemos a dónde iba el transeunte:
al cine.) cEn esta que el pobre grande hombre !!amó e desdichada patria nuestra,
tan pródiga en coronas de laurel hasta para los que fueron del comercio de esta
corte, y en la que dentro de poco no podremos dar un paso sin tropezar con estatuas pre:naturas, al mismo tiempo que aguantamos a los eriginales, no ha habido un azulejo barato para inscribir el nombre del que es gloria nacional y orgullo de la R. A. E... ,
La Academia aprueba el •preinserto dictamen,, y D. Emilio Cotarelo, secretario de la cdependencia de la superioridad•, se lo comunica al director de
Bellas Artes. El cual se habrá quedado sin respiración. También nosotros. Pasado el primer susto, solicitamos de la Academia que eleve una estatua, aunque sea de las prematuras, al autor del informe, e inscriba su nombre en un
baldosín, que siemprl" costará menos que un azulejo, por barat~ que sea, y lo
ponga a la altura de cualquier transeunte... , 1para q.ie no tenga que alzarse de
puntillas cuando lo h&amp;ya menester!
256

r

1

I

MA DRID, MAYO 1921

1

NúM. 12. :

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA
ESPERPENTO
SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA SEGUNDA
COSTANILLA DE SANTIAGO EL

.

Puerto.-Casas encaladas
t
.
VERDE, subiendo del
Pacheco, Pachequín el B~/bea zos florido~, morunos canceles.-:Juanito
ro, cuarenton coio y
· udo
torera y kepis azul raso-uea l
.•
:;
narzg , con capa
'
o
a guz.arra sentado ba · l • l
cotorra, chillón y cromático D ~ L
i_¡o e Jau ote de la
ae una c
.
. ona oreta, la señora tenienta, en la re a
asa fronteriza, se prende zm clavel en el rodete.
':l
PACHEQUfN.

17

Una jaca terciopelo,
Un trab_uco y un puñal...
A tus pies, gachona mía
Pongo todo mi caudal. '

�LA PLUMA

LA PLUMA
U

COTORRA.

PACHEQUÍN.

Le debo una esplicación, Doña Loreta.

¡Ole! ¡Viva tu madre!
DOÑA LORETA.

, '
·Hasta la cotorra le jalea a usted, Pach equm.

1

DOÑA LORETA.

¡Qué miramiento! ¡A mí no me debe usted nada!

PACHEQUÍN.

¡Tiene un gusto muy refinado!

PACHEQUÍN.

Han reclamado mis servicios para rapar las barbas de un muerto.

DOÑA J,ORETA.

DOÑA LORETA.

¡Mala sombra!

Le adula.

PACHEQUÍN.

PACHEQu1N.

No sea usted satírica, Doña Loreta.

Un seryidor no cree en agüeros. Falleció a boi:do el Capitá d 1
Joven Pepita.
n e a

DO°ilA LORETA.

Qué toma usted para tener esa voz perlada?

DOÑA LORETA.

¡Por eso hacía señal la campana de Santiago el Verde!

PACHEQUÍN.

. a muy flamenca.
Rejalgares que me d a una vecm
DO°ilA LORETA.

Serán rejalgares, pero a usted se le convierten enjarabe de pico.

PACHEQUÍN.

A las siete es el sepelio.
DOÑA LORETA.

¿Falleció de 5u muerte?
PACHEQUÍN.

PACHEQUÍN .

·Usted
no me ha oído suspirar!
1

Falleció de unas calenturas, y lo propio del marrn·0
ahogado.
es morir
DOÑA LORETA.

DORA LORETA.

Me he quedado sorda. de un aire.

Y lo propio de un barbero, morir de pelmazo.
PACHEQUÍN.

PACHEQUÍN.

Son rejalgares, Doña Loreta.
DORA LORETA.

Pero no los recibirá usted de mano de vecina, ples toda la tarde
se la pasó el amigo de bureo.
258

¡Doña Loreta, es usted más rica que una ciruela!
Y usted un vivales.

DOÑA LORETA.
PACHEQUÍN.

Yo, un pipi sin papeles, que está por usted ventolera.
2

59

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOÑA LORETA.

¡Que se busca usted un compromiso con mi esposo!

PACHEQUÍN.

No paso a creerlo.

PACHEQUÍN.

Ya andaríamos con pupila, Doña Loreta.
DOÑA LORETA.

No hay pecado sellado.
PACHEQUÍN.

DO¡;:A LORETA.

Como sus murgas esta servidora.
,

LoreNtoa?es caso par.ejo. ¿Qué prueba de amor me p1"de usted, Doña
DOÑA LORETA.

¿Y de saberse, qué haría el Teniente?
DOÑA LORETA.

¡Matarnos!

Ninguna. Tenga usted juicio y no me sofoque.
PACHEQUÍN.

PACHEQUÍN.

¿Va usted a quererme?

No llame usted a esa puerta tan negra.
DOÑA LORETA.

¡Ay, Pachequín, la esposa del militar, si cae, ya sabe lo que la
espera!

PACHEQUÍN.

¿No le agradaría a usted morir como una celebridad, y que su
retrato saliese en la Prensa?
DOÑA LORETA.

DO:ÑA LORETA.

Ha hecho usted muchas picardías
der que las pagase todas juntas.
en el mundo, y pudiera suce..

PACHEQUÍN.

¿Es posible que no la camele a usted salir retratada en A B O
DOÑA LORETA.

DOÑA LORETA.

Usted se olvida de mi esposo.
PACHEQUÍN.

Quiérame usted ' 4 u e pata
. . ese
. toro tengo yo la muleta de Juan
Belrnonte.
DOÑA LORETA

Ko puedo quererle, Pachequín.

PACHEQUÍN.

¿Quiere decirse que le es a usted inverosímil?

PACHEQUlX.

S1 había de aplicarme usted el castigo, lo celebraría.

¡La vida es muy rica, Pachequínl

¡Tío guasa!

PACHEQUÍN.

.

PACHEQUÍN.

¿Y tampoco puede usted darme el clavel que l uce en el monor
- ,

DOÑA LORETA.

¡Completamente!
26 0

DO¡;:A LORETA.

¿Me va mal?

�LA PLUMA

LA PLUMA
PACHEQUÍN.

Le irá a usted mejor este reventón de mi solapa. ¿Cambiamos?
DOÑA LORETA.

Doii,a Tadea pasa atisbandn. Et garabato de su silueta, se recorta
so~re el destello cegador;, moruno de las casas encaladas. Se desvanece
ba;o un po~che,y a poco su cabeza c(e lechuza, asoma en el ventano de
1tna guardzlla.

Como una fineza, Pachequín. Sin otra significación.
PACHEQUÍN.

DOÑA TADEA.

¡Profanos!

Un día la rapto, Doña Loreta.
DOÑA. LORETA.

Peso mucho, Pachequín.
PACHEQUÍN .

¡Levanto yo más quintales que San Cristóbal!
DOÑA LORETA.

Con el pico.

ESCENA TERCERA
EL CE11v!ENTERIO DE SANTIAGO EL VERDE: Una tapia
blanca con apreses, y cancel negro con una cruz.-Sobre la tierra removida, e~ capellán ~eza atropellado un responso, y el cortejo de mu:ferucas
Y marineros se d1spersa. Al socaire de la tapia, como una sombra, va el
~eniente Do~ Friolera, que se cruza con algunos acompaiiantes del entierro. 7uanzto Pacheco, cojeando, pingona la rapa, se le empareja.
PACHEQUÍN.

DOfvA LORETA ríe, haciendo escalas bU,chonas, y se desprende
el clavel del rodete. Las mangas del peinador escurren por los brazos
desnudos de la tenienta. En el silencio expresivo del cambio de miradas,
una beata con manto de merinillo, asoma por el atrio de Santiago. Doña
Tadea Calde1ón, adusta y espantadiza, viendo el trueque de claveles, se
santigua con la cruz del rosario: La tara&amp;ea, retirándose al fondo de la

¡Salud, mi Teniente!
DO:'.'/ ~-RIOLERA.

Apártate, Pachequín.
.1-ACHEQUÍ~.

. ¡Tiene usted la color mudada! ¡A usted le ocu1:re algún contrahe!Ilpo!
DON FRIOLERA.

reja, toca hierro.

No me interrogues.
DOÑA LORETA.

¡Lagarto! ¡Lagarto!

PACHEQUÍN.

Manifiéstese usted con un amigo, mi Teniente.
PACHEQUÍN.

Ya nos cuelgan el pecado.
DOÑA LORETA.

¡La mujer más honrada, no está libre de una calumnia!

DON FIUOLERA.

~achequín, ya llegará ocasión de que hablemos. Ahora sigue tu

eammo.

PACHEQUÍ::-1 .

Conforme, no quiero serle molesto, mi Teniente.

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA.

¡Oye! ¿Por qué sales del cementerio?
: PACHEQUÍN.

He venido dando convoy al cadáver de un parroquiano.
DON FRIOLERA.
1Poca

PACHEQUÍN.

¡Salud, caballeros!
EL PENEQUE.

¡Salud, y pesetas!
PACHEQUÍN.

De eso hay poco.

cosa!. ..

EL PENEQUE.
PACHEQUÍN.

¡Y tan pocai

Pues son las mejores razones en este mundo.

DON FRIOLERA.

No hablemos más. ¡Adiós!
PA.CHEQUÍN.

CURRO.

Esas ladronas nunca dejan de andar de por medio: Ellas y las
mujeres son nuestra condenación.

Todavía una palabra.
DON FRIOLERA.

¡Suéltala!

EL NIÑO .

¿Tú que dices, Pachequín?

PACHEQUÍN.

¿Qué le ocurre a usted, mi Teniente? ¡Abra usted su pecho a un
amigo.
DON FRIOLERA.

Verías el Infierno.

PACHEQUÍN.

Aprendo la doctrina.
EL NIÑO.

Cultivando a la tenienta.
CURRO.

PACHEQUÍN.

¡Le hallo a usted como estrafalario!
DON FRIOLERA.

Estás en tu derecho.
Don Friolera, haciendo gestos, se aleja pegado al blanco tapial de
cipreses, y el barbero, contoneándose en el ritmo desigual de la co_jer~,
aborda un grupo de tres sujetos marchosos, que conversan en el can~pillo, frente a la negra cancela. Aquél de la bufanda. calzones de odalisca
y pedales amarillos, muy pinturero, es el Niño del Melonar. Aq~el
pomposo pato azul con cresta roja, Curro Cadenas. Y el que dogmatiza
con elfagot bajo el carrik y el kepis sobre la onja, Nelo el Peneque.-

¡No es mala mujer!
EL PENEQUE.

. Cartagenera y esposa de militar, pues dicho se está que, buen
pico, buen garbo, y buena pierna.
PACHEQUÍN.

En ese respecto, un servidor se declara incompetente.
EL NIÑO.

¿Todavía no le has regalado unas ligas a la tenienta?
PACHEQUÍN.

_Caballeros, con tanta risa van ustedes a sentir disnea.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL NIÑO.

EL PENE&lt;¿UE.

~s la obra de los galones. Se ha desvanecido. En una pacotilla
de cien duros, a la hora presente, te pide un quiñón de veinticinco.

~o te ofendas, ninche.
PACHEQUÍN.

Doña Loreta es una esposa fiel a sus deberes. La amistad que me
une con su esposo, es la filarmonía. Don Pascual es un tenómeno
de los buenos haciendo sonar la guitarra.

PACHEQUÍN.

Hoy los duros son pesetas. No están las cosas como hace algunos años.
EL PENEQUE.

EL PENEQUE.

¡La mejor guitarra está hoy en el presidio de Cartagena!

¡Y todo e5te desavío nos lo trajo el Kaiser!
CURRO.

EL NIÑO.

¡Y aún ha de tardar el arreglo! La España de cabo a cabo hemo5
de verla como está Barcelona. Y el que honradamente juntó cuatro
cuartos, tendrá que suicidarse.

¿A quién señalas?
EL PENEQUE.

Al Pollo de Triana.
PACHEQUÍN.

Don Pascual tiene un estilo parejo.
EL PENEQUE.

No Je conocía yo esa gracia.
PACHEQUÍ:S.

¡Un coloso!
CURRO.

No miente el amigo. A Don Friolera vengo yo tratándole hace
muchos años. En la Plaza de Algeciras le he conocido sirviendo en
clase de sargento, y tuve ocasión de oirle algunos conciertos. ¡Es
una guitarra de las buenas! Entonces Don Friolera estaba tenido por
sujeto mirado y servicial, de lo más razonable y decente del Cuerpo
de Carabineros.
EL NIÑO.

Se alejan haciendo estaciones. Sobre las cuatro figuras en hilera ondula _una ráfaga de viento. Anochece. El Teniente, con gestos de maniac~, ~zene bordeando la tapia, pasa bajo la sombra de los cipreses, y contm~ la ronda del cementerio. Bultos negros de mujerucas con rebozos
salpz~an el campillo. El Teniente se cruza con una vieja que le clava
los OJOS de pajarraco. Pequei'ia, cetrina, ratonil va cubierta con un manto de merinillo. Don Friolera siente el peso de 'aquella mirada y una
súbita iluminación. Se vuelve y atrapa a. la beata por el moño. '
DON FRIOLERA.

¡Doña Tadea, merece usted morir quemada!
DOÑA TADEA.

¡Está usted loco!

O

¡Menudo cambiazo el que ha dado! Hoy pone la cucaña en el
Pico de Teide.

DON i'RIOLERA.

¡Quemada por bruja!
DONA TADEA.

EL PENEQUE.

Pu0s la mucha familia no le obliga a ese rigor.
266

¡No me falte usted!

�LA PLUMA
LA PLUMA

DOÑA TADEA.
DOl\ FRIOLERA.

¡Usted ha escrito el anónimo!
DOÑA TADEA.

¡Respete usted que soy una anciana!
DON FRIOLERA.

¡Usted lo ha escrito!

¡Se atreve us_ted con una pobre vieja, y con q uicn debe atreverse
mucha ceremonial
'
¡Mujer infernal!
¡Grosero!

DON FRIOLERA.

¡Chiflado!
DON FRIOLERA.

¿Sabe usted a lo que me refiero?

Pero usted sabe que soy un cabrón!
DOÑA TADEA.

Lo sabe el pueblo entero. ¡Suélteme usted!

DON FRIOLERA.

Va usted a escupir esa lengua de serpiente. ¡Usted me ha robado
el sosiego!

DON FRIOLERA.

Ya la suelto. Perdone usted este arrebato, Doña Tadea.
DOÑA TADEA.

DOÑA TADEA.

Piense usted si otros no le robaron algo más.
DON FRIOLERA.

Debe usted sangrarse.
DON FRIOLERA .

¡Aborto infernal!

¡Perra!

DOÑA TADEA.
D0¡:;A TADEA.

¡Suélteme usted! ¡Ay! ¡Ay!
DON FRIOLER.\,

¡Bruja! ¡Me ha mordido la mano!
DOÑA TAOEA.

¡Asesino! Devuélvame usted el postizo del moño.
DON FRIOU:RA.

;Arpía! ¿Por qué has escrito esa infamia?
268

DOÑA TADEA.
DON FRIOLERA.

DOÑA TADEA.

No sé nada, ni me importa.

DOÑA TADEA.

¡Usted ha escrito el papel!

DOflA TADEA.

¡Mentira!

DON FRIOLERA.

¡Me dá usted lástima!
DON l&lt;'RIOLERA.

¿Con quién me la pega mi mujer?
DOÑA TADEA.

Eso le incumbe a usted averiguarlo. Vigile usted.
DON FRIOLERA.

¿Y para qué, si no puedo volver a ser feliz?

�LA P L U i\l A

LA PLUMA
DOÑA TADEA.

Tiene usted una hija, edúquela usted cristianamente, sin malos
ejemplos. Viva usted para ella.
DON FRIOLERA,

¿El ladrón de mi honra, es Pachequín?
DOÑA TADEA.

reaparece
sobre la banda, de luz que vierte
.
la reia de
·
mznguera, alumbrada.por ..
,
:1
una sala baja y do
D e .
quznque de porcelanaª"" ¡ S d. •
on 1 ·rzolera, sentaáo ante el vel do
~u . e etzene a espiar.
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.
un a um de retratos: Se pe b l
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ma a, sostiene abierto
.
rcz e e puenly cr· t ¡·
ca;a de música Don v . l
zs a zno Jttllteado de St'
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•
,
:J•o/º aman/lo d.el quinqué es un
fantocha tráa-ico La beat
b
·
a se acerca y p
l
.
'
ega a a re¡a su perfil de lechuza. El Teniente le·vanta la b '
ca eza, y los dos se miran un instante.

¿A qué pregunta, señor Teniente? Usted puede sorprender el
adulterio, si disimula y anda alertado.

DOÑA TADEA.

¡Esta tarde me ha dado usted un susto!
DO:-i FRIOLERA.

DON FRIOLERA.

¡Antes había recibido una puñalada en e1 corazon!
,

¿Y para qué?
DOÑA TADJ:A.

Para dar a los culpables su merecido.

DOÑA TADEA.

¡Es usted maniático, 5eñor Teniente!

DON r'RIOLERA.

¡La muerte!

DON FRIOLERA.

Doña Tadea, usted está siem .
de su guardilla usted sabe q . pte como una lí.ichuza en la ventana
Tadea maldita,, usted ha escri'::t~,
i cada casa... ¡Doña

:~~~frn~~le e,

¡Virgen Santa!
La vieja huye enseñando las canillas. Don Friolera se sienta al pie
del negro canctl, y da.ndo un suspiro, a media voz, inicia su monólogo

DOÑA TAD!i':A.

¡Jesús Maríal
DON FRIOLERA.

de cornudo.

¡Aún conserva la tinta en las uñas!

ESCENA CUARTA
LA COSTANILLA DE SANTIAGO EL VERDE, cuando las
estrellas !tacen guifios sobre los tejados. Un borracho sale bailando a la
puerta del Billar de D~ña Calixta. La última beata vuelve de la novena:
Arrebujada. en si, manto de merinillo, pasa fisgona metiendo el hocico
por rejas y puertas: En el claro de luna, el garabato de su sombra tiene
r·eminiscencias tú vulpeja: Escurridiza, desaparece bajo los porches y

DORA TADEA.

¡Falsario!
DON FRIOLERA.

¿Por qué ha encend'd
1 o usted esta hoguera
DOÑA TADEA.

¡Calumniador!

t!ll

m:

alma?

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA.
DON FRIOLERA.

¡Sólo usted conocía mi deshonra!

¿Quién ha escrito el anónimo, doña Tadea?

DORA TADEA.

¡Papanatas!
DON FRIOLERA.

¡Doña Tadea, merecía usted ser quemada!
DOÑA TADEA.

¡Y usted llevar la corona que lleva!
DON FRIOLERA.

Yo soy militar y haré un disparate.
DOÑA TADEA.

¡Ave María! ¡Por culpa de dos repróbos, una tragedia en nuestra
calle!

DOÑA TADEA.

¡Yo sólo sé mis pecados!
La vieja se arrebuja en el manto, desaparece en la sombra de la callejuela, reaparece en el ventano de su guardilla, y bajo la luna, espía
con ojos de lechuza. Santinguándose oye el cisma de los mal casados.
Don Friolera y Doña Loreta, riñen a gritos, baten las puertas, entran
y salen con los brazos abiertos. Sobre el velador con tapete de malla, el
quinque de porcelana azul alumbra la sala dominguera. El movimiento
de las fiffuras, aquel entrar y salir con los brazos abiertos, tienen la sugestión de una tragedia de fantoches.

DON FRIO LERA.

DON FRIOLERA.

¡Es inaudito!

¡Considere usted el caso!

DOÑA LORETA.

DOÑA TADEA.

;Porque lo considero, señor Teniente!

¡Palabrotas, no!
DON FRIOLERA.

DON FRIOLERA.

¡Dejarse cortejar!

¡El honor se lava con sangre!
DOÑA TADEA .

DOÑA LORETA.

¡Una fineza no es un cortejo.

¡Eso decían antaño! ...

DON FRIOLERA.

r,,¡ :,; l'RIOLERA.

¡Has abierto un abismo entre nosotros!

¡Cuando quemaban a las brujas'.
DOÑA TADEA.

.
·Señor Temente,
no t enga usted para mí tan negra entraña!... Pudie/a ser que no hubiese fornicio. Usted, guarde a su esposa.

DOÑA LORETA.

¡Farolón!
DON FRIOLERA.

¡Estás buscando que te mate, Loretal

�LA PLUMA

LA P L U \.l A
PACHEQUÍN.

DOÑA LORETA.

¡Hazlo! ¡Solamente por verte subir al patíbulo lo estoy deseando!

¡Verdugo de su señora, que no se la merece!

DON FRIOLERA,

DON FRIOLERA.

¡Ladrón de mi honor!

¡Disipada!

PACHEQUÍN.

DORA LORETA,

¡A las mujeres se las respeta!

¡Verdugo!
Don Friolera blande un pistolón. D01ia Loreta con los brazos tn
aspa y el moño colgando, sale de la casa dando gritos. Don Friolera la
persigue, y en el umbral de la puerta, al pisar la calle, la sujeta por los

DON' FRIOLERA.

¡No admito lecciones!
DOÑA LORETA.

1Pascualínl
DON FRIOLERA.

pelos.

DON FRIOLERA.

1Pascual! ¡Para la esposa adúltera, Pascual!

¡Vas a morir~

DOÑA LORETA.

DOÑA LORETA,

¡No te ofusques!

DON FRIOLERA.

¡Os mataré a los dos!

¡Asesino!

DON FRIOLERA.

¡Encomiéndate a Dios!
DORA LORETA,

¡Criminal! ¡Que con las armas de fuego no hay bromas!

DOÑA LORETA.

1No dés una campanada, Pascual!
DON FRIOLERA.

Abrese repentinamente la ventana del barbero, y este asoma en _jubón de franela verde, narigudo y magro, el pescuezo todo nue;J.
PACHEQUÍN,

¡Va el pueblo a consentir este mal trato! Si otro no se interpone,
yo me interpongo, porque la mata.
Empu,iando un estoque de bastón, salta a la calle, y con su ;.•aneo
desigual, se dirige a la casa de la tragedia.
DON FRIOLERA.

¡Traidor! Te alojaré una bala en la cabeza.
274

¡Pido cuentas de rrú honor!
¡Pascualínl

DOÑA LORETA.
DON FRIOLERA

¡Exijo que me llames Pascuall

.

PACHEQUÍN.

¡No lleva usted razón, mi Teniente!
DON FRIOLERA,

¡Falso amigo, esa muJer debiera ser sagrada para tí!
2 75

�LA PL tJ ~\ A

I; A PL ÚMA
PACH!:QUÍN.

¡Así la he considerad o s1emp1•el.
.

PACH EQUÍN.
"f

¿Doña Lorela, qué hacemos?

DOi'I FRIOLERA.

DOÑA LORlff..\.

¡Rezar, Pachequínl

. , te dió esa flor que llevas en el rodete?
¿Loreta, qmen

PACHJl:QUÍN .

DOÑA LORETA.

Una fineza.

¿Vamos a dejar que nos mate como perros? ¡Doña Loreta, no puede ser!

PACHEQUÍN.

DORA LOR ETA.

~o vea usted en ello mala intención, mi Teniente.

¡Pachequín, tenga usted esta flor, culpa de los celos de mi esposo!

DOÑA LORETA.

,

1

¡Pascualm.

DON FRIOLERA.

r ,
¡Pascual! ¡Para tí ya no soy Pascua m.

' ,· nI

DOÑA LORETA.

.
ya no me quieres!
¡Rechazas un mimo,

Doña Loreta, con ademán trágico, se desprende el clavel que baila
al ex tremo del mo,io colgante. Pacluquín alarga la mano. Don .Friolera, se interpone, arrebata la flor y la pisotea. La tarasca cae de rodillas, abre los brazos y ofrece el pee/to a las furias del pistolón.
DOÑA LORETA.

DON FRIOLERA.

¡.Mátame! ¡Moriré inocente!

¡No puedo quererte!
PACHEQUÍN.

que tiene,
Perdone que se lo diga, pero no merece usted la perla
mi Teniente.
DON FRIOLERA.

. honra Vais a morir los dos.
Con vuestra sangre, lavaré m1
.

DOX FRIOLERA .

¡Morirás cuando yo lo ordene!
Una núia, como moJia de feria, descalza, en camisa, con el pelo suelto, aparece dando gritos en la reja.

PACHEQUÍN.

Mi Teniente, oiga razones.
DOÑA LORETA.

-e· ol
1 1eg .

·No ves resplandecer nuestra inocencia?

~

DON FRIOLERA.

¡Encomiéndense ustedes a D"tos1
z76

o

¡Papito! ¡Papín'.

LA NIÑA .
DOÑA LORETA.

¡Hija mía, acabas de perder a tu madre!
Don Friolera arroja el pistolón, se oprime las sienes, y arrebatado
entra en la casa, cerrando la puerta. Se le ve aparecer en la reja, tomar
en brazos a la 1iiña y besarla llorando, ridículo y viejo.
27 7

�LA PLUMA
DON FRIOLERA.

¡Manolita, pon un bálsamo en el corazón de tu papá!
Doña Loreta, caída sobre las rodillas, golpea la puerta, grita sofocada, st araña y se mesa.

LA VOZ DE LA SANGRE

DO~A LORETA.

¡Pascual, mira lo que haces! ¡Limpia estoy de toda culpa! ¡En
adelante, quizá no pueda decirlo, pues me abandonas, y la mujer
abandonada, santa ha de ser para no escuchar al diablo! ¡Abreme la
puerta, mal hombre!. .. ¡Dame tu ayuda, Reina y Madre!
La tarasca bate con la frente en la puerta y se desmaya. Pachequín
mirtJ de reojo al fondo de la sala silenciosa, y acude a tenerla. La tarasca suspira transportada.
DOÑA LORETA.

¡Peso mucho!

Los e/zopos junto al río,

PACHEQUÍN.

¡No importa! Mientras no pasa este nublado, acepte usted el
abrigo de mis tejas.
Se abren algunas ventanas,y asoman en retablo,figuras en camisa,
con un gesto escandalizado. Pachequín se vuelve y hace un corte de
mangas.

Los chopos junto al río,
y _iuz molino aldeano en la chopera...
y o soy un molinero pueblerino
que hace de serlo escudo de nobleza.
El teje-t1;je del cedazo, arriella
mis tiempos de inocencia.
el fragor de la limpia, '
puso sentido de heroismo en ella.

PACHEQUÍK.

¡El mundo me la dá, pues yo la tomo, como dice el eminente
Echegaray!
DOÑA TADEA.

¡Piedra de escándalo!
:FI.1."'- DE LA ESCENA CUARTA

(Continuará.)

y un molino aldeano en la clzopera,

y el rum-rum que acompase
los ensueños al ritmo de la muela...

.
Yo
. .estoy tan pronto al duelo de z·tuszones
civiles... En la aldea,
oh el pan que yo me haría, molinero
de mi propia cosecha.
No
un pan bien en m'safi
. serviré
l
•
na,.
szno a otana recia,
aromosa y dorada
hermana pura de la linfa fresca.
Oh el agua del venero del ribazo
des11-uda, y casta, y buena.
'

�LA PLUMA
Agua del manantial de la arenisca,
ba;o la exultación de la noguera:
dentro la odre pauzuda de la herrada
que cuenta del abuelo ~n las hij.uelas,
fueras como en un caliz;
. .
-el cobre antiguo, en la penumbra incierta,
luce en sus otoñales tonos cálidos:
tal si sería una ánfora de aquellas...!
Oh el pan y el agua honrados,
sin esta ingeniería cominera!
-El pan a cachos (oh el cuchillo frío)
y el agua, en hacineta.
Los chopos junto al río,
un molino aldeano en la cliopera...!
y
l
~
En catarata se me van os anos,
y en dura y vivaz vida de tormenta;
pero vendrá el reposo ... ¿Con la muerte?
·Quién sabe! Aguarda, aldea,
que aun gustaré la gracia del minuto.
Recostado en la hierba,
Y absorto en el lucero de la inja1tcia
•
•
,3_ de amor cual nunca honesta,
mt• mirauu;
,
devanaré del !zuso del recuerdo
la pesada madeja,
humilde Cincinato,
de estirpe hidalga y sangre molinera.

'~ .

LUIS G. BILBAO

APUNTES PARA UNA GEOGRAFIA
MUSICAL DE EUROPA. 1920
V. ALEMANIA

m

la pelota de Viena a Munich o de Berlín a Praga no sale
de un círculo perfectamente definido que sería prolijo e inarmónico querer fragmentar. El arte musical de los países centrales de Europa no es sino un sólo tronco del que salen ramas de diversa robustez y gala, pero, en síntesis, cuno•. Han pasado por
él las épocas floridas, las de follaje umbroso, los otoños abundantes, los
esplendores crepusculares: al fin, el cierzo y el deshoje.
-Espernmos-dice el tenaz-, vendrán otras primaveras. 1Ayl, ya
vuelven cada año, para mostrarnos que el tronco caduco sólo se alegra ya
ciin tímidos rec~rdos. Se marcharon las frondas y con ellas voló el pájaro que anidaba en su verde laberinto. Pero, además, cualquiera que fuese
su suerte, lo positivo es que el tilo seguirá siendo tilo y nosotros no queremos tilo ya, sino ciruelo. Toda la Europa musical es hoy un jardín joven: rosal florido o verde limón, la pájara pinta de la música actual no
quiere cipreses, ni robles, ni olmos copudos.
Y la lucha está en la música de los países centrales-que de vez en
cuando llamaremos pluralmente Germanía-, en que UAOS quieren renacer en clavellina y otros se empeñan en continuar el rebotín, tímido o presumido, pero de mu) buena familia.
ALTE

�LA PLUMA
LA PLU:\1A
La sustancia de la c,&gt;sa está, a buen seguro, en que en los dos siglos
casi cumplidos en los que la música germánica volaba en su vertigino~1
ascensión, el torbellino que levantó, arrastró consigo a todas las débiles
semillas de las músicas no centralistas-eslavas, magyares, bohemias... quienes apenas se atrevieron a levantar la voz, contentándose con exhalar aquí O allf algún gritito de golondrina, algún pio, algún cú-cú que era,
precisamente, lo que dió al tono general su momento especial de ambiente, de poesía natural. Hoy todo se vuelve pensar que Haydn fué Haydn
porque llevaba sangre croata, que la Moldavia anda?ª por dentro ~e
Schubert como la Polonia por Chopln, Hungrla por L1szt y la Bohemia
por Smet~na, por Dvorak y por Mahler. Ta\ ve_z esto se~ ciertísimo. A lo
menos es por aquí por donde la Germanía musical empieza a mostrar su
carne viva entreabriéndose un poco el figurín romántico o la peluca más
añeja. Son' los específicamente alemanes los que continúan hoy siendo la
reata y si el verlos da tristeza, ¡qué pensar de algunos españoles que se
, ,
l
'
durmieron en la rama seca de un árbol que no en1. e suyo.
Wagner, y cierra Alemania. Cada cual cogió el cepillo, se limpió las
botas, se atusó el cabello, dió una vuelta en la plazoleta y se preguntó:
¿Por dónde tiro? Unos, los que en el fondo habían sido ajenos al fenómeno Wagner, se agarraron por los fald0nes e hicieron la cola tras de la familia Kammermusicalista. A la zaga de Schubert, Raff, Mendelssohn,
Schumann y Brahms. Esta es la numerosa reata específicame•, te «alemana&gt; de los p~st-románticos. Otros, como el buen Bruckner, que era de
Linz, y Hug•• Wolf, que era de Styria, exclamaron llenos de flama: ¡~unque no hagamos teatro, ¡viva Wagnerl Estos son los ultra r?mántlcos.
Otros, como el bohemio Mahler o el muniqués Strauss, menos 10flamables
y más optimistas, creyeron que el hilo del ro~anticismo ~uro esta~a rotoi
que había que volver a la sinfonía bcethoveniana o al hunga~o Ltszt, e
inventor de la música de Wagner. Este romanticismo era, en cierto modo,
de nueva planta: !lamérnoslo el neo-romanticismo. En fin, otros como el
bavarés Max Reger creyó de necesidad el volver más atrás, a Juan Seb~stián B:1.ch, acaso para retrotraerle a la sentimentalidad actual en una 011x.
tura romántico-contrapuntista.
282

Entre tanto, Rusia y Francia derrochaban a manos llenas su talento
musical, descubriendo cada día nue vas cosas extraordinarias. El impresionismo llamaba a las puertas de la Europa central, quien ocupada en
cerrarle el paso dejó que 110 sentimiento subversivo que había germinado
en Bohemia casi simultáneamente con Rusia se hiciese camino. El e nacionalismo&gt; en Bohemia y en Hungria dejó pronto de ser un simple c,..,ndimento en la universal cocina germana para tomar carta de naturaleza.
Cuando los primeros avances del impresionismo se pusieron en contacto
con él, nació un día nuevo para la música europea. Fueron las colecciones de canciones populares, tratadas de un modo nuevo despertado por
el impresionismo francés en los húngaros Bela Bartok y Zoltan Kodaly•
Dos nombres que no se podrán olvidar en la historia, y que, si deben mucho a Debussy y a Ravel, no es menos lo que a ellos les debe Strawinsky
y algún otro de más mezidionales latitudes.
Ambos son el refugio-espléndido refugio-de lo que babia quedado
en los países germánicos de sensibilidad viva y de emoción desnuda. Si
se piensa que junto a ellos algún bohemio como Novak es quien únicamente les hace compañia, no es posible dejar de sospechar que entraba
en ello algo de la conciencia popular que dictaba su politica de independencia nacional.
Parece ser de lo más claro en estética que la razón que motiva los
cambios y reformas dentro de la textura de un arte no es sino la consecuencia de la interna evolución psicológica-y aún fisiológica-del artista, la cual le mueve a expresar cosas distintas y de distinta manera. El
código de artificios no es más que un producto «a posteriori&gt;, colección
de los puntos en que todos los artistas coinciden. Su generalidad los convierte en fórmula, esto es, en ley. No hay nada de extraño, pues, en que a
la psicofisiología de la Germanía musical le fuese normalmente extraña la
filología del impresionismo. Ahora bien, las filtraciones se hacen gota a
gota, Y poco a poco algún modismo, algún giro impresionista se fué co~a~~o ~n la redoma germana hasta despertar un interés profundo, a mi
Ju1c10, 1~terés mayor por lo extraordinario del fenómeno que por la importancia del hecho mismo. Casi sin darse cuenta, la fina esencia debus ,83

�LA P L U .\1 A
LA P L U &gt;1 :\
.
las firmes costumbres alemanas un desasosi~go
sista l~egó a producir en de·ó de impedir algunas miradas de reojo a las
J
l , ya una incipiente desconfianza.
especial,. que no por leve
h
las que se e1a
«glorias del Wal a11a•, en
l
o se recataron y con gesto aleHubo gentes como Bartok y K_o da yOque n ás cautos como Schoenberg,
.
l
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•
Un francés decia: «nece
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.
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d
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· ¡ · . oto hay un fundamento
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. • ·
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. .
T Parece verse que su prmc1pio
sión semejante al atacado de smngom1 ia.
fatal que le ha roído
. .
tá atacado por un verme
de construcción interna es
.
d no ya por falta de
los ligamentos. Algo de música ::t:;:: i:~::::~:s :n ella.
depuración, sino por exceso de
1 . presionismo francés «imSi por seguir el parangón, llam~semosáa' im e confundiría los térmi.
.
(
decir crom t1co, qu
presionismo colonsta• por 00
.
.
de Schoenberg de.
1 unto de sus mtenc1ones, e 1
l
l
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E
h los limites de la tonah,
.
. · roo tonal• nsanc ar
.
.
11
el cauce de la tonahberia llamarse ,1mpres10111s
&lt;n no se conoce enar
dad hasta un extremo que a'G .
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' d lado y de inflexión. Este
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l'
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.
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.
1
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.
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.
. t s que el vienés, tanto como
,
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.
.
te• Lo que ocurre es que en
'h'l'..,
d
de
relaciones
bá&lt;:1cas
d1sonan
.
p0&lt;:1 1 111a
·
284

Schoenberg se verifica con menor rigor que en el ruso y con un sistema
rítmico mucho más vago, lo cual le vale el dictado de «atonalidad• qui&gt;
nosotros no compartimos. En principio, ese sistema nos parece algo más
trabado y organizado que el anarquismo tonal de Prokopieff-una espe cie de modulación constante (pero no continua), en pequeños trocitos tonales, algo como un mosaico-que ha sido titulado •heterofonía•.
Imag:ném0nos que un ])intor para dar mayor vivacidad de color a su
paleta intenta suprimir los contrastes entre tono y tono, estableciendo
entre cada dos colorl!s vecinos una progresión impalpable: el resultado
será no una mayor vivacidad de color, sino, al contrario, un amortiguamiento. Lo conseguido por Schoenberg es una monotonía gris y sin transparencia, sin relieves y sin calidades, donde consonancia y disonancia no
tienen un valor de contraste y donde a falta de cadencias hay falta de simetría y, en total, falta de forma.
Se nos hab:a mucho ahora del •expresionismo• que parece ser un derivado de esos procedimientos. Dicen que pregonan la «Formlosigkeih:
si predican la atonalidad, la falta de forma no será más que una consecuencia. El barro, sin agua, es polvo. No habrá modelador posible. Pero,
por las muestras, esos «expresionistas• son mucho más moderados de lo
que se dice. Confesamos que todas las noticias que de ellos nos llegan
son bastante escasas y bastante confusas, pero los «datos», cuando llega
alguno, nos muestran que los Pfitzner y los Schrecker, que brillan entre
lo más avanzado del momento alemán, no son sino unos románticos moderados; otrQs, «nacionalistas•, no pasan de ser de un tradicionalismo modesto y los vestidos más a la moda acaban de ponerse el uniforme debussysta. De todos ellos, nosotros nos quedamos con la tuerte musa de
Bartok y de Kodaly, p&lt;;!ro reconozcamos, desde luego, que las veleidades
de reforma o de renovación de la joven música centro-europea no son sino
un movimiento reflejo de la sacudida debussysta.
Segismundo Pisling, el más fino comentador de la música alemana actual, escribía en 1920: «Exixtierte Debussy nicht, müsste er erfunden
werden.•

ADOLFO SALAZAR

,,

�POEMAS EXTRAVAGANTES
EL PALO DEL TELÉGRAFO
El telégrafo ha tomado chocolate,
y ha dejado
las jícaras boca abajo,
atadas por los alambres chismosos,
en el aparador de los palos enhiestos.
Los mástiles que zumban
como si tuvieran dentro una colmena
de abejas más locas que mujeres.
Porque cuando
el telégrafo se descuidaba tomando
sit merienda frailuna,
las buenas y malas noticias
se golpeaban gritando,
en el corazón vacío
de aquel cadáver de árbol.
Un cadáver puesto de pie,
11 con música dentro.

EL CONCILIO

En la frutería
hay un concilio de los más ecumeuicos.

EL cesto de las berengmas
,stá lleno de obispos.
Sobre ellos se ostenta
la púrpura cardenalicia
de unos tminentísinios t,miates.

y presidiendo a todos
un melón de Valenci;
blanco y gordito,
'
es como un papa
al que se le vi sobre la coronilla
hasta el rabito
'
del solideo.

LA SEÑORA NOCHE
Estaba la ciudad a oscuras.
Como si se hubiese inundado
con salsa de calamares
o hi,biese desteñido la Lluvia
los manteos y las sotanas
de todos los curas.
Como el amor es invisible
no imp01-taba la oscuridad
para no ver la cara al amor.

y el amor que es un dios muy dios .
'
estaba en todas partes.
Pero no se veía mas que la noche
con su negra toca de duen~a.
Porque la noche en aquella hora
tan indiscreta y tan discreta
era la excelentísima uñora '
doña Alcahueta.

�LA PLUM A
EL PEÓN
¡Ah!

.

El primero que jugo a
fue el se,ior )'e~alt.

!p ,

eon1

el hombre que ltabfa crealÍQ
,1 su imagen J' sem~jmzza
le parecioº ridículo
, 1 ultranza,
(.,01110

LETRAS ITALIANAS

del paraíso,.
. . . la serh1ente
( ,ogw
r
estirti,uÍJJla por i'a cola, quiso
:ue tuviese 111illones de le;:uas de larga.

V dió al munda muchas vueltas con ella.

y de pronto, tirando,
salió el esferóide gira11da
entre una estrella J' otra estrella.
}' este es el momento
que todavía está bailando.

en

Y

COJl

ello, Ye01:alz se quedo muy ~ontento.
.
Porque era el primero que ;ugaba al peon.

PEDRO DB RBPIDB
Palma de ,1/allorca. Ah, il

288

IQ2l

critico G. A. Borgese nos da motivo hoy para una reflexión
no muy sucinta acerca del esp{ritu y los resultados de gran
parte de la literatura de hoy; si nuestras conclusiones no son
muy halagüeñas, no es nuestra la culpa, sino de los tiempos
que corren
Pues señor, hab{a una vez un crítico: crítico agudo, aunque veleidoso,
rico de recursos y dialéctica, aunque inconstante; de todas suertes, critico
famoso, crítico ilustre.
Se llamaba G. A. Borgese; y sus ensayos, reunidos en varios volúmenes, obtenlan lectores y beneplácito. Pero de pronto, el critico aquél de
quien se esperaba la obra definitiva, un tratado de estética o un gran ensayo sobre algún poeta del pasado, anuncia de improviso una novela.
¡Nada menos que una novela! Golpe de bombo en torno; estrépito en los
clrculos literarios; estupor en el público; rumores en el gallinero y e:i la
platea; y en fin, expectación solemne en todos.
Un hombre que llega casi a los cuarenta años con veste de critico,
que tiene una estética propia y es, sin discusión, agudo, severo, sutil, el
día en que siente la necesidad de salir de sus costumbres, y de irrumpir
en una zona adonde apenas si se ha asomado como espectador, ese día,
digo, debe ser de fiesta; para él y para los que tal ven.
En caso contrario, es decir, si no existe una exigencia interior, si no
siente el impulso de una fuerza sobrehumana, que quiere romper a toda
costé, la epidermis, se puede intentar también este ejercicio: pero sin abrir
las ventanas a todos los vientos (paucis amiás).
No ha sido así, por desgracia. G. A. BorgE&gt;se ha abierto no sólo las
ventanas, sino también las puertas: y Rubé, su novela, su primera obra de
arte, su primer parto original, ha visto, pues, la luz; y todos, amigos y no

[I

L

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
f ·¡ rse con él tranqu1.1amen t e, de co&lt;los en el Vt:•
ami os, han podido re oc1 a
.
.
1 d;r
e ha dicho algún critico severo.
a N~ he de repetir, sin embargo, l~~uc&lt;&gt;sa, un verdadero parto desgraque la novela de Borgcse e~ muy po
. d
ciado, un aborto.
-di ámosl i al punto-ante un ingenio e
No, señores, no. Estaaos &gt; nfe un artista, no se puede negar.
t
primer orden, y, ¿por qué n~c~itón ni un jugador de ventaja, n; ~~~~;
G. A. Borgese no es un
d
's exóticas a gusto de mo is i
1 é ito de dinero; no elabora roga
.
~oc~tuelas de diez !ir~.
si se ha decidido una vez escnta a
¡Nol Si ha hecho la novela,/ 1 mundo el recién nacido, sus razoabrir las ventanas y ~ ostrar a ~fa ~u~n consciente y honesto era su tranes tenia· quiero decir, que sa
d
•
'
.
á
t El fenómeno que ebaJ~ero el punto duro ~e la cuestt~n :eºn:t E:q:r~cto, hemos abierto_ la
bemos y queremo~ co1~s1derar, es di~: una ran esperanza;. con_ esa s1mnovela con simpatta, s1 no ll~va~os reconoci~o ingenio inspira siempre.
atla ea suma, que un ho~ re e hemos dado cuenta de nuestro error.
p Desde las primeras. páginas _nos
cuidado, los personajes están preLa novela est~ ~scnta con d1sC:~traordinaria valei;tía; los capítulos;
sentados con dec1s1ón, es más, co la obra son precisos, y estam?s po
la técnica, el corte~ la nervadura d\ tas de oficio poseen una técmca tan
decir que matemáticos. Pocos nove is
bia y segura.
. 1 d ma del protagonista, con sus
sa El interés no decae un momento!de e~\a narración habillsimamente.
O
sosteni
e]as de es•
• d d En suma pocas nov
.
. alternativa; y sus ca1' da·i;, está
.
·
to
emoción
vane
ª · treinta' anos,
- están conduc1Hay equihbr~o, gus '
ún de los últimos
tos últimos tiempos, más \ ' . de medios y de recursos.

das JJ~~a~:J0~º;0 ~ª~;:;\e:s~tros ;:tt~:;~fU:::i~~~c:n~\, si no bastas~
1
Borgese, lo repetimos, e5iun t\arla por convencernos de ello defif'su obra de crítico~ esta no~ete~:ªun defecto, defecto tal, que tlodos
tivamente. Pero esta nove a i
. no borran. Esta nove a no_
méritos susodichos, no obstante su pr:~:~~o que quisiéramos haber visto
escrita hoy no es u
. .
obra que parezca
. d .' mil novecientos vemt1uno.
f cio
nacer en el año de gracia e . e resentado con un pequeño pre a '
S 1. G . A• Borgese nos lo hub1es
h
uip que escn'b'1 esta novela • cuando
• tteen que dij~ra,
ej_emplo: e e ª1n mil' novecientos ? _mil ftovec1en o~
nla veinticinco anos, qué sé
divertiros, me he dec1d1do a sac¡¡rlo de
dos, y ahora, por capncho o po
cajón ... &gt;

~!

Pº:

290

Yº;

Si G. A. Borgese hubiera hablado as{, nosotros probablemente aplaudirlamos sin reservas y le dirla111os al amigo: «Muy bien, tú que en pleno
danunzianismo construiste una novela de verdadera vida, con personajes
no diremos que sanos, pero vivos, y con un estilo, no digamos que perfecto, pero compacto ciertamente y en modQ alguno danunziano... •
Tal le diríamos a G. A. Borgese; y su novela nos parecerla hermos.1
casi toda, como obra nada vulgar que es.
¡Pero hoyl Hoy, que nos vemos todos reducidos a buscar con una linternita débil una salida cualquiera; hoy que todos nos hemos hecho pobres, humildes, y descarnados, por esta necesidad de lo esencial que nos
muerde, por este miedo de lo superfluo y lo inútil, que nos hace temblar...
hoy que los mejores de nosotros intentan retrotraer la propia imaginación a puntos de partida contenidos y humildes, porque hemos comprendido y comprendemos cuán inútil es repetirnos y repetir lo que alguien,
más grande que nosotros, ha dicho ya en forma definitiva... ¡Hoyl

***
Y con todo, semejante fenómeno ¡cuán obstinado aqul, y cuán lejana
parece su desaparición! Nunca como hoy se leyeron en Italia tantas novelas donde lo que más cuenta es la trama, más o menos complicada,
pero siempre capciosa; donde los acontecimientos sucédense pedestres,
minuciosos, enlazados estrechamente uno a otro por todas las casualidades, incluso las más vacuas; donde falta incluso esa honesta limpieza del
estilo, ese gusto de la palabra que los g1andes de todos los tiempos nos
han enseñado siempre también. Por un Pérez de Ayala ¡cuántos Hoyos
y Vinent tenemos asimismo nosotros! ¡Gente que hace novelas porque ve
en el género una probabilidad de estrépito y de fama, sin preparación,
ain moralidad, sin una necesidad profunda de decir, de decir, de decir!
Pero entendámonos: Borgese no se confunde con esa multitud, y yo
deseo que no haya equlvocos a tal respecto. Aunque Borgese viva en
Milán, es decir, en ese centro de literatura comercial y frívola, '1e que os
he hablado en otra ocasión, Borgese no se confunde con nadie; e incluso
cuando escribe una novela históricamente extemporánea, artlsticamente
está a muy diferente altura, respira un aire muy distinto. Condeno su novela, repito, porque ha nacido harto tarde, pero con todo el respeto con
que, si viviese por ejemplo Fogazzaro, condenada mañana una novela
suya. Los tiempos han traicionado a Borgese: aunque creo también que
pueden haberle perjudicado no poco en estos últimos años ciertos hábitos
de saloncillo y de redacción con esos escritores que arriba decfa: milane-

�L:A PLUMA

LA PLUMA

. ,.
o cmilaneses• sin distinción~ por lo que
ses de distinguida prosapia, s1, per
escriben y publican. esta conclusión puede ser la justa; por cótn!°a1~i;;
Es más, creo que
.
.
y no una vez tan s o,
ese se ha dado en esto~ último~ tiem~~~• día• de Treves) precisame~te_
~n sus «Crónicas literaria~• h( «I:1bro¡e escritor; como si quisi~a a priori
algunas novelas del susod1c u t1pod ba aunque con propósitos y pro. ti"ficar la obra que dentro le ma ura ,
JUS
l
d s
.
cedimientos más e eva o .
1 o es un hombre cualquiera.
Filippo Rubé, prot~gonista de :i°:1enª~vnelista, un hombre ~e ~uesAntes bien es, o tal quiere hacer e deza con todo, bajo de mstmtos
tro tiempo, enfermo de deseos de ~:S;oy at?~ndan, inteligentes, p~o no
de medios: una de esas figuras q
ara vencer con ánimo digno y
~onstructivas; inadecu~~as, en s~ma~Ja sino dispuestas a trampear
puro las sorpresas tnvial~: !fas ~on a;tucia para vencerlas. (¡Oh,
sin comprometersf", a m:~~J ,[~s la guerra (ri:presentada en páginas ~ lián Sorel del Rouge et ivozr.1
. el ansia del amor verdadero y as
caces y bellísimas), es 1~ tr~sgu~rra~o~selas y dramas en una obra y en una
dudas del a 'llor no sentido, _vanas
mpuesto, tan firme, tan eficaz, que
sola ersona; y el todo, repito, tan co tan exi entes, y sobre todo con
si no~otros los lectores
moral df Bor:gese, la obra no nos
un hombre del talent9 y
o or entero enemigos.
é
hallaría severos en modo alguni, d Rouge et Noir de Stendhal, &lt;por qu
y además, además... Despu s e N lo reguntamos con sorp~esa
vie'le al mundo una novela como ést:~tic~" detía comprender la vam?ad
y con dolor. P9r4ue Bo~gese, co~jo c con ~na técnica tan gasta~a; y s~ no
de volver sobre.un mo!1vo !te:i~~e que le faita algo. Mas ved, sm em arlo ha comprendido, quiere , . anacronismo de esta época.
.
otro de los pocos escritores ?tgo G. A. Borgese, no es el ~o~coB
g , Mirad, por ejemplo, a S~¿v10 e~:~º~nte la inmediata, la más próxima
nos y fuertes de la generac1 n pr
,
.
a la nuestra. ..
d
uro es no se puede negar, un
Silvio Benco, trie~tino, es h~~ra é~~~s d~ e¿ estos dlas una _novela,
ran artista; y he aqut que tamb1 n cuán antigua en la construcción y en
g_n duda alguna bella y noble, per? 1
ha más excusa que Borgese.
~'1 estilo! Ciertamente que Benco t1e~fs ~~ces de hoy, de última hora. Sus
l'rimeramente porque su/om:u:~s años atrás, y cuando ne, te~ia:~s
mejDres obras se remontan a
l rosa dannunziaoa, Benco in
en nuestros oí_dos_más que ~lec~ ~o:op'i contenido fantástico, dese&lt;;&gt;so
taba, con origmahdad, nuhve ~., l e te amanerado, de encontrar un cannno
de salir del circulo estrec o e ar

Jª

Jt

n~!~~l~~~~i!~Y

f

resplandeciente y claro, su camino. Mente compleja y de rica imaginación, no se contentaba con un puesto de segundo orden, y aunque su esfuerzo no tuviera recompensa y quedara e , téril, veíase ya apuntar en
él el drama que más tard~ habla de encontrar en nosotros los jóvenes su
momento más turbulento y doloroso. Yo recuerdo además ciertas prosas
de vida triestina que por entonces escribía él en un periódico de Trieste:
rápidas y, no obstante, densas, en una manera deliciosa, entre fantástica y
melancólicas. Entendámonos: la novela que ahora n0s da, Ntll', at1nosjera
cúl so/e (Caddeo, Editor, Milano) no indica en modo alguno que aquella
su sensibilidad de antaño se hava atrofiado, o el escritor pervertido. Esta
novela tiene páginas nobilfsimas, y es pródiga en esfumaturas, paisajes,
detalles excelentes. Pero no es todavía, como hablamos esperado y querido, la obra maestra de Silvio Benco. L o sé; a los cincuenta años no es
posible cambiar de manera y de estilo; por lo menos, es difícil. Pero hubiéramos querido de Benco su obra maestra, la obra en fin en que todas
las experiencias y las ansias de treinta años de trabajo, se acumulan y declaran. Por el cootn•rio, no está aqul, o Pstá muy rara vez, el Benco de
aquellas prosas melancólicas y fantásticas que dedamos. No le falta poesfa; jamás es duro ni contrahecho; no es de ningún modo pobre de expresión ni oscuro, pero ha olvidado, por ser fiel a una trama, que contaba
poco, lo que con&amp;titula su meta de los últimos años: su estilo. Hay novelista, pero no siempre estilo, en el sentido de que basta 110a distracdón
común o una ne cesidad pedestre del relato para estropearle la cadencia,
perturbarle la imaginación y, por lo tanto, debilitarlo. Entiéndase bien
que todo esto acaece en el curso de una novela de más de trescientas páginas; y con todo, a grandes intervalos, y no sirmpre infelizmente; tanto
que, acabada la lectura, aún entre descontentos y malos sabores, el lector
dice: &lt;¡Qué lástima; hubiera podido ser una obra de primer orden y no
es más que una oove:a bien hecha, bien construida, exquisitamente contada; pero nada más, ay, que una novela!• Come la de Borgese.

***
Continuando la relación, podemos también ocuparnos de Francesco
Pastoochi; poeta dannunziano antaño, que librándose a tiempo de la imitación, surgió en algún momento con cantos frescos, y suyos.
Pues bien, también Pastonchi abre hoy su cajón cerrado de muchos
años atrás; y saca ue poema de no sé c11ántos miles de versos, todo en
sonetos: It randagio (Moodadori, editor, Roma). Haré gracia al lector de
una larga digrr·sióo, pero lo que se ha dicho de Borgese puede valer tam-

�l, • f

LA PLUMA
LA PLUMA
bjén para Francesco Pastonchi, si bien Pastonchi no tenga las responsabilidade! que, por el contrario, debemos atribuir a Borgese a toda costa;
de una juventud ardiente y viva, de una sensibilidad lo más aguda y perspicaz; y en fin de un gusto nada firme, sino variable. Pastonchi, no. Pastonchi, aun cuando escribia de critica, siempre ha permanecido alejado y
severo; y, entendámonos, en una \ejania y severidad, nobles, clásicas,
aunque no humanísticas; Pastonchi, es la más hermosa figura de conservador en nuestra literatura. Cuantas veces lo he leido y escuchado,-y
véase ahora la segunda edición de su novela Il víolínísta (Latteo.-Torino) a la cual antepone una nota, en que no obstante las promesas y esperanzas de renacimiento, reconoce en su obra de ayer honradez de intenciones y de estilo,-cuantas veces lo he leido y escuchado, he tenido
siempre la convicción de que este estupendo talento no se abrirá nunca
a las corrientes nuevas, de tan firme, rlgido y en modo alguno elástico, y
asi me gustaba y me gusta. Es un fenómeno anacrónico, de otros tiempos, pero hay en tales firmeza y rigidez, una concienc-ia artistica nada voluble, y como la tragedia de un momento histórico, ahora ya pasado. Ciertamente, Pastonchi hubiera podido salvarse sélo con que hubiese sentido
y expresado el conflicto entre esta su rigidez irreductible y las mutaciones del gusto y de la estética, que luego se han sui::edido; pero no ha sentido el conflicto y no lo siente. Pone oido, ag1ua la mirada, atiende de
grado y presto, con todo su ser; pero su sensibilidad intima, su yo profundo no responden a la curiosidad an~iosa de los sentidos: permanecen
opacos y frios, en su glacial lejanía. En Pastonchi no hay drama, crisii,;
ni lucha; y la obra maestra que esperábamos no se ha logrado.

***
Otros de la misma generación, Novaro, por ejemplo, han acercado
también el corazón a este tumulto de los más jóvenes; y de ello se ha derivado, pues que son mas sensibles y ágiles, un arte más suelto, aunque
aproximativo, y más vivo. ll cuore nascosto (Treves, editori, Milano) de
Angelo Silvio Novaro no es todavía la obra maestra de este e;,critor insigne; pero tiene ya elementos e impulsos que no recuerdan en modo alguno, o recuerdan poco, al poeta pascoliano de la Casa del Signare.
Novaro es comedido, mas no cerrado como Pastonchi; y por eso, incluso cuando la sensación es pequeña y minuciosa, saue darla con una
precisión sobria y moderna. Quizás alguna vez le perjudica esta moder ·
nidad, no sé por qué mal fundida o insuficientemente conseguida; pero
29..

c~ando_ no fatiga la propia emoción
.
.
sigue cierto lirismo de sabor nuevo' y e~ s;gmda le hall'l. un ntmo, conNo diremos otro tanto de otro e' v~r ~ eram~nte bello.
la Aleramo, que se hizo años atrás sc_nt~r, es decir, de una escritora, Sibibilisimo, ya muerto, Giovanni Cen~-s\gmendo las huellas de un poeta nouna donna, logrado y fuerte b , ~ cual, después de Jt romanzo di
mundo de hoy y no los halla 's usca esesperadamente ataderos con el
,
.
• us versos Momen!t'
r
saggto, especie de novela lfrica (editad
, su prosa en Ll paesrevelan aún la dolorosa tentati d
_os por Bemporad, de Florencia)
de apoyo en una técnica que n:ªes~aq~~en se esfu:rza e~ buscar un punto
frec~entemente de rodillas sin fu
natural, y co1ea, tropieza, cae
esc~1tora, un libro de prns¡s varia~z:s: tos convence n:1ás de esta misma
cunoso, exquisitamente cálido· A
enso y tornadizo, femenilmente
r~ncia). Esta rebusca interesan.te ~e ~:s / stando (Be~porad, editor, Flod1versos, es propia de la mujer· y como s~:-~s Ál motivos más lejanos y
con gusto, nácenle páginas ~oment
I J a
eramo se entrega a ella
d?nde se ve que esta mujer; cuando hos de verdad_era fortuna expresiva:
p1ándola de las escorias l'b
aya esclarecido la propia vena limotro libro (no sé si poema tor~~c::1 podrá en verdad, un día, dar ;lgún
donna, sino que ofrezca verdad
a) que no sólo conmueia como Una
ord·mana
· potencia
• y verdad. eramente un document o h umano de extra-

Jª

d ' :Zi

***

Mirad por el contrario a U o o· .
, .
porciona hoy materia de obser~aci¿:tt1, el ul!tm? escritor que nos promás o menos, de Gabriel d'A
.. Ugo ÜJettt es coetáneo, sobre poco
al
nnunz10 pero sus novel
gunos anos no recordaban a d' A ' .
as cortas de hace
babia en ellas algún recuerdo s· nnl unz10 u otros modelos recientes. Si
me nes t er pensar en Maupassant·
, 1 un
se Ma
es encontraba alg un
· pred ecesor, era
u~a ironía y un escepticismo qu~ sólo r~;assant menos fuerte, pero con
bien, el público y la crítica olvida
a vez tuvo el gran francés. Pues
tal vez porque no eran much
ron presto aquellas novelas de Ojetti
profundas; pero si hoy que t;~~ :~ª:u~~~que no :ran bastante cálidas
n~vel_a corta, y es la composición de mo , p~quenos_ y grandes, hace su
ÜJettt, i,;e tiene la sensación de que en ~ª• s1 hoy, d1g?, ~e cogen las de
cabo una novedad y como el gé ,
pheno dannunz1amsmo, serían al
do
é
·
nero se a empobrecid
h d
, pero aqu lla, al menos en Italia fué
f
o y a egeneratorc1endo la boca, sino con simpat' ,
su uente, se las considera, no
Los qmmentos
· ·
ia.
cuentistas de hoy
de ali' h
.
cuenta que el modelo está m y l .
,
i an saltdo; pero tengamos en
u e10s aun de ser cabalmente imitado.

y

�LA PLUMA

LA PLUMA
No es nuestro propósito, sin embargn, hablar del Ojetti de entonces,
que no nos interesa, o nos interesa apenas como hecho lejanQ, que sólo
ha de tener en cuenta quien dirija una ojeada retrospectiva, con intención
reconstructiva e histórica; sino del Ojetti de hoy, del Ojetti de última
hora. Mas ~qué dirlais, ¡oh, lectores!, si el Ojetti de hoy no fuese ya el de
ayer, es más, si en modo alguno recordase al cuentista gracioso e irónico
de aquellos tiempos?
Irónico, a decir verdad, sigue siéndolo; pero sus Confidenze di pazzi
e di savi (Treves, Milán) no cuentan ya un menudo suceso cualquiera en
sus partkulares externos, con la técnica minuciosa, triturada, dispersadora, aproximativa, de la época. Aqu[ hay el escorzo de un drama o de
una comedia humana, dado con diálogos y soliloquios, sin minucias, sin
particulares, sh alarde de fondos. Pequeños comentarios de vida cotidia·
na; pero tan descarnados, tan esenciales, tan expresivos y eficaces que
de ellos surge un Ojetti nuevo, no comedido corno antes, sino fuerte; no
más divertido tal vez, pero sintético, escueto, moderno.
No sabemos ni indagamos dónde puede haber encontrado Ugo Ojetti
( que, desgraciadamente para él pierde tanto tiempo con su critica de
arte) tal fuerza de simplificación, ni cómo habrá enfriado los instintos d~
su estética de antaño. Diremos tan sólo que ante un Borgese, que aún
no ha cumplido los cuarenta, que nos da una novela minuciosa y detallada y, lo que es peor, vieja, y un Ojetti, de más de cincuenta, qne asl
se empobrece y descarna, este último aparece como un hombre todavla
riqulsimo de posibilidades, y lo que cuenta más, joven de medios y de
ánimo, y capaz todavla de sorpresas.
Si estas nuevas experiencias encuentran en el artista renovado un
motivo central de reunión y un punto firme de partida para una obra orgánica, cualesquiera que sea (memorias de esta época, novela, qué sé yo)
quizás se pueda esperar mañana, de Ugo Ojetti, un potente escritor moderno.

MARIO PUCCINI

Memento. -Cesare Pascarella Prose (Sten-Torino).- Virgilio Bondois. 1 tre
delitti di Barbabl(i (Giusti-Livorno).-f ttore Cozzani. 1 r:icconti delle cinque
terre.-J.farcella Caecilia. 1 salmi dell'anima (L'Eroica Milano).-Umberto F,·acchio.. 11 perduto amore (Vitagliano-~lilano).-.Adoifo Albertani. Facce allegre
(Treves-Milano).-G. Boine. La ferita non chiusa (La voce-Fitenze).-G. Daine/Ji. Passeggiate geogratiche (La voce-Firenze).-G. Pa¡ini. La vita di Cristo

296

(Vallecchi-Firenze).-P.M. Marlini 11 ¡ r
,ulli. Teatro (Bemporad-Firenze).-·C/a~,;,.'º ;,ero (Bempor~d-Firenze). -A. No0
cbelli-Bologna) -P. 1urat" T
.
reves. Polémica socialista (Zani.
·
'· renta anm di critic
· ¡ (
•
na).-R. Petauonie La religio d.
ª socia e Zamchelli-Bolog2
re. Notte di befan;. Come vi ;i:c~ (;;:~u~tira (Zanic~e!li-Bologna).-S/zake.rpeaAnna Errera. Ellen Keller (G B p · . C. ~banni. Lemonnier-Firenze).Tasso (Battistelli-Firen'°)
c. l.. . .,, arav1a-Tor100).-E. Donadqni. Torquato
. .
- .-L·e ,ce mt1mi~liano v·t
1 d 11O · .
spmto
(Battistelli-Firenze)
L.
·
ª e /11.{
spmto ed • eroi dello
. ~
.
. - 7 ircsa
1o. a píceo! d
Gmo Arias. La questione me .d. al
a ama \" ondadon-Roma).nome d'Italia. (Lattes-Torino).~~&lt;;~nicb_elh-Bo~ogo ),-D'Aze¡,lio. Kel
Scienze e Lettere-Roma) G B ¡¡·º .'º·. iccoh solchi (S. Bardi. Librería di
• e lllClOnt lo e iJ
¡
·
.
no).-N. 1 om#UJSio. Prose (R C ,., M·1 .
pa coscemco (Qumtieri Mila,
• a,,eo• 1 aoo).-,1 Om d
L'
.
· . " eo.
espenenza etica
d eJ 1 Evangelio (Laterza-Bari).-L Hu
tuJCOrda. Studi foscoliani (Laterza-Bari)sso. c'{et~s~as10 lLaterza-Bari).-S. Macia.no), etc.
.- lass1c1 del fanciullo (Carabba-Lan-

i;\/

HORAS
P{. fhancisco, !Mario, !Pablo.

f

61 niñito lloraba ...
/6ran las cinco
de la alborada!
01 niñito se en/erma...
¡eálido vaho
lanza la tierra!
01 niñito se ha muerto ...
i fEajo las nubes
el sol se ha puesto/
GUSTAVO S. GALARRAGA

•

�LETRAS ALPMANAS

CANCIONES PARA NADIE
SI LA LUNA SE FUESE.··

$i la luna se fuese,
llena de los suspiros de los tristes,
inflada de suspiros, hacia ª"iba,
hacia arriba, nosotros no podríamos
suspirar por la noche en la terraza
de nuestros sueños raros, como ahor~
que sabemos que un corazón de .espejo
nos escucha y nos habla, y tiene un ritmo
de compasión /raterna.
$i la luna se inflara de suspiros
y se escapara del azul, ¿qué haríamos
los que de ella tenemos este blanco
de muerte dentro del cansado cuerpo?
ROGBLIO BUBNDIA

INTRODUCCIÓN

m

Francia-en Occidente-se acepta con harta frecuencia el
catecismo nacionalista, según el que la inteligencia creadora
y la sensibilidad han abandonado la Europa central y el arte
y la literatura son patrimonio de los países latinos. La ola de
cnorctismo• que siguió hace treinta años al descubrimiento de Ibsen, y la
ola de «rusismo• de que fué iniciador Tolstoi, no modificaron ese estado
de espíritu. Se dotó a los escandinavos y eslavos, también con detrimento de los germanos, y varias generaciones creyeron benévolamente en la
inexistencia intelectual de los Imperios del Centro.
Sin embargo, hubo que citar algunos nombres y mostrar algunas obras.
Como ciertos espíritus indisciplinados y curiosos se resistían a aceptar
las tesis de la crítica oficial, la prudencia mandaba adoptar frente a ellos
la buena táctica de la ofensiva defensiva. Fueron, pues, a buscar algunas
novelas y algunos dramas de Ompteda, Sudermann y G. Hauptmann, los
tradujeron, los publicaro n, creando en torno suyo un movimiento de curiosidad tan grande como ficticio. Y como tales libros eran muy 1nalos, y
esos escritores de una mediocridad soberana, no tardó en ofrecerse la
ocasión de ponerlos en ridículo, y, tras de presentarlos co mo dignos re~
presentantes de la Alemania intelectual, de enterrarla con ellos. La treta,
ba~tante hábil, había salido bien en pintura, con la exportación de Bi:icN

�LA PLUMA
~A PLUMA
klin, Hans Thoma, Franz von Stuck y Liebermann. Pero es fuerza convenir en que éstos no nos ocultaban nada notable, mientras que la mampara
de los Sudermann servía para tapar obras, hombres, tendencias y aspiraciones de primer orden.
Sudermann, Ompteda, Hauptmann. Alin en los tiempos en que su
reputación era grande en su pals, no fué indiscutida. Todos los verdaderos artistas de Alemania se sublevaban contra esos grandes «petits bourieois•, contra las simplezas más o menos lacrimosas de sus comedias y de
sus libros, contra el carácter melodramático de sus concepciones y de sus
doctrinas sociales, contra su falso romanticismo disfrazado, so capa de
realismo, contra todo lo que les inutilizaba para una acción fecunda y
atrevida. De influencia y reputación liarto semejantes gozaron en Paris
Georges Ohnet y Catu\le Mendes. ¿Quién hubien podido, sin lllªla fe,
decirle a Alemania que simbolizaban la producción literaria, la escuela
literaria francesa?
Hoy ya no se lee a Sudermann ni a Ompteda; Hauptmann, calla. Sin
embargo, en las revistas occidentales continúan citándose sus nombres.
Aun se pretende enmascarar con ellos el inmenso movimiento renovador
que sacude, en todas las artes, a la Alemania contemporánea. Con todos
sus defectos, el Expresionismo es una fuerza opulenta y ardiente en demasía para que Europa pueda seguir ignorándola. Los que se obstina~en
en despreciar esa revolución tan vasta podrían llevarse una gran sorpresa.

*

*.

El «expresionismo• es una palabra. En si mismo no es más significativo que el impresionismo de Claude Monet o de Ravel. Pero esto sólo
tiene importancia relativa. Lo que importa es el movimiento y no su titulo, y jamás he sabido por qué en torno de éste se encendían tan ardientes disputas entre personas que, por otra parte, estaban perfectamente
de acuerdo sobre la esencia y el papel del expresionismo.
Es menester penetrarse bien de esto: el expresionismo no es una escuela ni casi una estética; es una concepción nueva y casi una mentalidad.
300

. El expresionismo es una reacción contra I
.
simbolismo de Bocklin y la ( 1
•
e realismo, contra el falso
.
a sa serenidad de Hodl
sismo» excesivo del post.
er, contra el •virtuo1d
wagnensmo, contra todo l
a o que fuese, se alejaba de la vida ara
. o que, por cualquier
el momento en que la expa '6 I p
hundirse en las fórmulas. En
ns1 n a emana se e t di
~ del mundo, en que el músc lb 1
x en 1 por todos los pafvigor y elasticidad, una generaciuón da emán. demostraba dondequiera su
· ·d
e escntores y d
tt·
0 pnm1 a por la red de las trad· .
e ar stas se sintió
.
1c1oues en que habla
.d E
msmo se desenvolvió en tres etapas La
.
nac1 o. 1 Expresioagrupó hombres muy diferentes
.b
pnmera, de preparación lenta
u
d fl
' Y ª arca más de diez añ La
'
q e es e orecimiento, se dilata or los
os.
segunda,
cera, cuyo desenvolvimiento segui
di cuatro años de guerra. La terN" quiero hacer a uf enu
~os a. tras dfa, es la de procreación.
tan sólo que el prime; period~erac1~nes m tra~ar listas de méritos. Diré
Heinrich Mano y se pr 1 , comienza, en literatura, con el siglo y con
Unruh, hasta to~os los qu: onga h~s~ René ~chickelé, hasta Ivitz von
y la salud de antaño y le l"bpor un a o devolvieron al idioma la nobleza
S d
l ertaron del menospreci
u ~rmann, y de otro elevaron la sensibil' d d
o en que l? tenian los
mama a un plano más a
r
' a prudente e Intima de Alesu espfritu, hasta el pun':;~;~ete. humano. Enriquecieron su técnica y
tar todas las aspiraciones En ~ onzar todas las conquistas y de Jomeny Lelunbruch en escultur~. Pe~~n:ura, Franz _Mar~ representó ese papel,
artes plásticas.
o puedo m quiero hablar aquí de las
El segundo periodo se inauguró brus
.
momento en que Ale
.
camente y con violencia en el
.
mama estaba profundam t
b .
SIS de nacionalismo que en tod
1
en e tra ªJada por la criguerra. Puede incluso de .
os os paises acompañó a la declaración de
pasión colectiva de la m cl~~:e dque _entre esa insurrección intelectual y la
Por primera vez Al
~ l ~ existe una correlación estrecha y directa
, emama, aislada por compl t bl
.
ronteras
se
vió
obli
d
. .
e o, oqueada en todas sus
1
'
ga a a v1v1r de si misma N
.
cambio de ideas de obras d . fl
.
. o era posible el ínterde la idea naciv~al excit ,b t\1n uenc1as; al mismo tiempo, la exaltación
examen de concie~ . h~ a os cerebros y los corazones. A modo de
cia, zose el balance de las riquezas morales, y se
301

�LA PLUMA

LA PLUMA
descubrió el auge de la curva creatriz, hacia una libertad orgullosa, pero
vigilada rigurosamente por una disciplina interna. Diéronse cuenta de las
posibilidades que constituían el -µatrimoniu de la generación trágica y los
pusieron a prueba. El Expresionismo se propagó durante la guerra con
una rapidez y un vigor inauditos, y puede decirse que fué un momento
del pensamiento alemán. En literatura, Kaslmir Edschmid, Car\ Sternheim,
Georg Kasser, W. Hasenclever, y otros más-en pintura veinte grupos
\ocales ligados entre si p•lr el mismo propósito de expresión directa, percibida y producida a costa de deformaciones violentas, pero también en
provecho de \a furrza-, \levaron hasta el fin las primeras 'Tentajas con·
seguidas por sus hermanos mayores. Se atrevieron a desembarazarse de
todas \as tradiciones y a crear, sin cuidarse del pasado ni de las reglas de
la retórica, un arte nervioso y apasi&lt;&gt;nado. Acabo de decirlo: en provech,&gt;
de \a fuerza. Hay incluso demasiada fuerza en esa rebelión, y ello les costará caro a algunos expresionistas. El abuso de la fuerza conducirá a los
más grandes, por ejemplo, a K1simir Edschmid, a una especie de gongorismo, que es el alarde y la ostentación de su seguridad.
Demasiada fuerza. De ahi vendrá la decadencia, o más bien la desagregación del Expresionismo-tercer período al cual estamos asistiendo-. Ya no hay ritmo expresionic:ta, sino ritmos expresionistas. Y el
fracciona l'ieoto vuelve a empezar, con todos sus peligros y todos sus beneficios. Creo, en resumen, que éstos son más numerosos que aquéllos.
Tras la gran concentración de 1914, que creó lazos duraderos entre todos
\os miembros de \a generación, y estableció relaciones entre su manera
de ver y su manera de juzgar, conviene que una desmovilización de \os
espíritus devuelva a cada cual la independencia, y que la corriente expresionista se divida en arroyos múltiples. No debe confundirse \a rigidez
con \a cohesión, ni la uniformidad con la armonla. El Expresionismo no
habrla podido evitar las dos primeras, si se hubiese prolongado má~,
pues solamente la fe y el entusiasmo de una gran rebelión hao podido
infundir vida en una empresa casi unánime. Hoy, una gran distancia separa, por ejemplo, a Else Lasker-Schuler de Ernst von Barlach- o a
los pintores del Str,rm de la escuela de Darmstadt. Pero serla difícil 'com3oa

prender
a unos sin conocer a otros, y sin red . l
,
comun de que proceden.
ucir os a todos al tronco

***
En resumen·
,Q ué es e1 Expresionismo? E
•
• •&lt;
. .
J~nto, de uAa importancia y una fecundida
s ~n mov1m1eoto de conhbertar, incluso dislocándolos I "d·
d considerables, que tendió a
1 10ma y el p
' e ue
·
d.º ble yugo realista y cieot:fista
I
ensam1ento
alemanes del
tiempo atrás por precursores ten~
~s ahogaba. Preparado de mucho
y en proporciones diferentes flo ce~ó• mteresantes desde puntos de vista
· 16 mtelectualmente
·
,
rec1
con rap1·d ez en cuanto la guerra
a1s
a Alemania
del res
trastornó todas las artes, y ho se d.
to del mundo, alcanzó, tocó y
de es~uelas y de grupos, emp;renta::lve en un número harto crecido
reaccione~ ya no les son comunes.
entre sf, pero cuyas actitudes y
Conoc1endo ese punto de art'
.
bien, sobre el que descansa t:ia l~d:i~apital, ese punto de apoyo, más
será m~s fácil seguir dfa tras dfa en el a de la Alemania intelectual, nos
de los hbros y de los hombres. E t . curso d~ estos artlculos, el jue o
todo caso histórica quizá se
s a mtroducc1ón, teórica, diría yo y eg
•
a poco ame
p
,
n
prender la crónica de las letras I
na._ ero no me atrevería a cms10
fi' d
e nera1es de su evolución conteª emanas
á
Jar e esta suerte las !focas
g
mpor nea.

PAUL COLIN

•

303

�LA P L UMA

LA CORPOREIDAD DE LO ABSTRACTO

EL EN T USIASM O

IMAGEN ES Y REPRESENT ACIONES

Es h01n:bre de arranques frenéticos

que odza la asnina seriedad

de lo_s letrado_s gravedosos, héticos,

EL CRIMEN

reacios al bnnco y a la hilaridad.
Cuando eljúb~lo inflama sus mejillas,
zurra a su coima-la Locuacidadtrep_a a los árboles, anda en cuclillc/s
'
se descoyunta de fraternidad.

El Alcoholismo y la Epilepsia
hubiéronle en rápido coito.
Enfermo nato, la 1ispep_sia
es de sus males el zntrozto.

«¡Briáreo, tus brazos necesito
porque me los ezige la amistad!»
-clama. Y, en un salto inaitdito
se ase a los pechos de la Eternitkd.

Agrias la boca y la pupila,
cerrado el ceño, y el perfil, adusto._ .
Torvo corvo y enclenque, le hornpila
la san~re. Es blanco y débil, como el Susto.

LA PERSEVERANCIA

Sin embargo, es enófilo, y ~l _vi1:o
arma de odio su brazo pusilanzme, . .
que, al dar la muerte, ens~ñase J!, _sin tmo
si.embra metal en la materia examme.

«¡ Oli! mi testa granítica es tan dura
'
tan ~ecia como el pedernal;
so~rza, pausada, mi andadura.
mi obstinación, pura, fatal. '

Más ¿quién le juzga, si hace de su tesis
-el atavismo-plúmbeo parap~to,
y rezuma atrición-la diaforesiseste hombre alcólwlico y analfabeto?

No_e~iste, en rigor, el obstáculo.
(Dzque: d:esmayo de impulso).
La tenacidad es mi báculo.
el vigor del cosmos, mí p;lso.

El masca eternidad, porque es un brote
de la naturaleza; agrio motivo,
ubicua esencia, perennal azote...

«Erre que er re» la divisa
el lema de mi escudo recio'.
(Ca_balgan otros más de prisa;
de ir a buen paso no me precio.)

Se le quiebra la tráquea en el garrote,
y se descuelga al punto, redivivo.

Que tengo las orejas largas,
Y el trote corto, de pollino,

escupen las bocas amargas,
cuando llego con bien a mi destino.
20

�LA PLUMA

LA PLUMA

Pero la vida es buena y corta,
la senda llana, y yo me tuerzo.
A mi, e:z verdad, ¿qué se me importa
nada, si arde de estímulo mi esfuerzo?&gt;

EL HASTÍO
Ya nadie le recuerda.
El valentudinario financiero
se hundió en el trueno de la quiebra,
al romperse/e el báculo del credito.
Ahora, yact empotrado
en un sillón de cuero,
bajo una manta,junto a los cristales,
soplándose los dedos.
Y sin embargo, este hombre
puede rehabilitarse un momento:
Con acudir a Lucifer, su amigo
, .
y colega, en demanda de un emprestito ...
Mas la ruta de Fausto
en perspectiva, aburr~ al ex-ban~uero,
que tiene agua y aceite en el estomago
y grises telarañas en los sesos.
No se le antoja divertido
tornarse a lo preterito.
Le basta con ro,,nperse las mandíbulas
en astillas, a fuerza de bostezos.

EL DESEO
Ojo avizor -¡el apto!- va a la lucha
seguro,firme en su virilidad.
Tiene lo!j músculos de bronce. Ducha
su cuerpo a diario. (¡Qué modernidad!)
Viril y serio, desconoce a Trigo,
el de la pornográfica obsesión.
Mas le_esclavizt;, _el baño, con su amigo
-capcioso y f acil- el termosifón.
Es disculpable que de fauno ejerza,
porque no sabe madrigalizar.
(Suplica _el débil; el robusto, fuerza.
·Algo evuiente, que es de lamentar!)
S~rio, !que serio! (Seriedad de angustia,
o;os .fi;os q~. escrutan la ocasión.)
Su masculinidad nunca se mustia.
El es un vástago de Salomón.
¡Aglutinante de las sombras! ¡Nexo
de las antítesis! Suma verdad.
Este hombre llega, en gracia de su sexo,
a las entrañas de la Realidad.

EL ERROR
Perseverante, contumaz,
conservador, fanático-se obstina.
Buen católico, insulta a quien no opina
como el opina. Su ánima falaz
de clérigo cazurro o de mujer
necia, forja un altar para su yerro.

�LA PLUMA
De su brazo se dice que es de lzierro.
El asegura que lo da a torcer.

LA SUSPICACIA
Esta medusa lleva_ en s~ tentáculos
la tksazón y la discordia.
Em1ullvese en viscosidatks .
cu marisma, cobartk y astuciosa.
En el concúbito tk las hipótesis
p,·otervas, ella, en éxtasis, se goza.
Y, al cuslizarse sobr~ la ,pitk_r~nis
de la Credulidad-virgen atomta- ,
con su urticante cuidoblasto encima.e
en ella la erupción cu la zozobm.

JUAN JOSB DOMBNCHINA

NOTAS DE UN CICERONE
EXPOSICIONES DE ,PRIMAVERA
o siempre coinciden los nombres con la verdadera significación
de las cosas. En Arte menos que en nada, y en Madrid menos
que en cualquier otra parte. Este año, no obstante, por primera vez desde hace muchos, la primavera del calendario ha florecido en nuevos brotes espirituales. No ha habido la cExposición• oficial, cuyo olor a barniz y cuya parada de inauguración regia
trascienden al paraje acotado eu el Parque, en torno al lago; ha faltadogracias al obligado barbecho alterno-la gran batuda de cuadros condecorados y la rutinaria curiosidad del vulgo aburrido ante tantos malos discípulos de peores maestros. Pero hemos tenido Arte de Primavera.
En pleno invierno aún, se adelantó con el tiempo falaz a la estación,
Victorio Macho. lHemos de saludar en él a un buen escultor? lDecir adiós
a una esperanz, ? Seamos amigos de la verdad. Macho es un magnífico temperamento que cierta perversa inclinación a la «literatura,-a la mala literatur.i se entiende-está a punto de echar a perder para siempre. Algunos
bronces-cabezas de estudio en toda la extensión de la palabra , alguna
talla en madera, en que el autor no disimula la pelea noble con la materia
modelable, nos revelan en él al artista en plena posesión de medios expresivos y, lo que vale más, en el buen "amino. rero la obsesión de los mismos temas e incluso de la misma disp,)sición espectacular de la exposición
309

�1
LA PLUMA
LA PLUMA
con que triunfó Julio Antonio de la indiferencia pública, y, sobre todo, la
horrible propensión al colosalúmo, que se anuncia amenazador en sus
más recientes proyectos nos hacen temer por su salvación.

•••
En el mismo Palacio de Bibliotecas y Museos ha estado instalada hasta
hace poco la Exposición Vdequez-Dlaz - Daniel Vázqu ez-Dlaz y Eva
Aggerholrn-. ¿Hasta qué punto pudiera sernos permitida una incursión
aventurada por el campo de las explicaciones psicológicas, que nos sirviera para catalogar a este matrimonio artísti"co? Porque lo más importante
de la Exposición Vázquez-Dtaz no son los lienzos y las estatui\las que a
nuestra consideración se ofrecen, con ser muy grande el atractivo que
para los ojos tienen, sino la personificación en este pintor y esta escultora
de la pasión en que vive y ~e agita el arte contemporáneo. Una y otro se
nos muestran en su obra tan cogidos por los problemas actuales de su
arte, que más que la obra en si nos seduce el ansia intelectual que manifiesta, la elucubración laboriosa que precede a cada nuevo empeño que se
proponen.
J&gt;erseguidores ambos de una expresión peculiar, r-ás recogida ella, más
osado él, bao dado en el ambiente de nuestro mundillo artístico un grito,
merced al cual Madrid no es ya una península que el alto Pirineo convierte en un islote sin ecos. Las pinturas y estatuas del matrimonio VázquezDíaz sitúan y definen de una manera muy personal las últimas tendencias
de las artes plásticas en el resto del mundo. La gran cuestión de la reconstrucción arquitectónica, la nueva ley de pesos y medidas después de
penetrado el natural y descompuesto en su propia luz, el sentido Hrico de
la naturaleza, el barroquismo humorista, e incluso el debate entre el público y el artista acerca de la sinceridad mútua, cosas todas en el orden
dtl día artlstico del mundo civilizado, adquieren en la obra conjunta de
Daniel Vázquez-Díaz y su esposa una significación dramática, que trasciende de la esfera del arte a la de la moral social.

\

No temas , Icet or, que este aprendiz de ·
.
no sociológico a cuenta de . ú
cicerone incurra en desliz: algunmg O problema art( ti
¿ha de proponer una vez más la
.
s co. Nuestro catecismo
capc10sa pregunt 1.
-¿ Q ué es el Arte?
ª·
- « Una obra sin nombre.&gt;
A tan augusta voz y h ac1endo
.
coro a I fi
.
da en su pedestal, sus hermanas d l . a gunlla de terracolta acurrucaba n a Iza d o en la punta de
.
. e mismo barro y d e l mismo
espfritu se
1os pies, y señalando a su padre el escultor, le
han dicho:
-«Tú serás rey.&gt;
Sebasti_á~ Miranda, ríe gozoso de su obra
B .
(Expos1c16n-Sebastián Mi d
d~ B!bliotecas y Museos.-Pase:ª:e ; ~ ronces y Terra-cottas.-Palacio
pubhca.-Horas de visita· de o
coletos, 20.-Mayo 1921.-Entrada
.
nce a una y de cuatro a siete.)

• • •
Pero la consagración de esta p .
la moraleja sin la muestra retros e:7av:ra no ~endrfa la ejempld.ridad de
estos dlas atrae al buen afic,·onapd t vla .e la pmtura de Regoyos, que en
· d e Recoletos, sede
- de nuestro pequeño reo o. a. mismo pa 1ac10
e st e ano
Hf' aqui un h b
ac1m1ento artístico.
d
.
om re, pensamos ante
d
e pintor tan humana ansia d .
~JS cua ros, que puso en el oG~(J
t f
•
e tnmortahdad t
h •¡
an ranc1scano or!TU/lo que fué
.
' an umi de perseverancia
· l
o.- ,
un artista Se
,
c1a es. Apenas sí tuvo tiempo de b . 1.
propuso los problemas esenaparéceseoos nimbado d 1 . a nr os ojos a la luz. Hoy su nombre
·
e os siete colores del · · T.
n.a en una nube por la que el sol asoma
. ins. iene su pequeña glov1a, a un mundo reverdecido.
, sonriendo entre lágrimas de llu~M

• • •
311

310

�LA PLUMA
cia del público y la ioclinaci6n de los novel"
de t&lt;:ndencias que durante mucho tiem
~~tas a n~evos modos conciliadores
duct1bks. . .
po an podido parecer opuestas, irreRoma.nt1c1smo
so n P" I3 b ras que d ·
·
•v clasicismo
·
que previameute no se e3tablezca el alcance de ic~n poco.º nada, a mcuos
Pero,
de
todas
suertes
no
se
ave
s1gmficac16u
en cada caso •
d
•
o t tu.a gran cosa su
con
d •
erna, a1 par que procura interpretar líricam
. ec1r que la novela moa la manera romántica se lirn1'ta
t'
ente la vida real, exacerbándola
·
· • d ose normas ' en cierto Ymod
con 1ene en
. del relato
impomen
. punto a l ª extens16n
lector, a fuerza de depurar el novel'
lclás1ca~, purga?do la sensibilidad dei
La Silvia de Nerval es una d
is a a pr~p1a capacidad de expresio'n
.
e esas raras Joyas
·
corre,r el tiempo mayor poder d
t .,
, cuyo encanto cobra con el
d
tejida la tnima inconsútil de la fá~~¡3P i3c1on. _El ~parente descuido con que va
cen de la breve historia un modelo a, ~ grac1.1 sm par de su lírico humor haEl ~gua en cisterna de Eduardo )f:r ul~i~ble de eterna juventud literari~.
c?nstante preocupación por oner su o~ , a revela de nuevo en su autor esa
no sentimental de su tiemp! El am ic tazon d_e poeta al unísono con el horaun ta?to barroco de tan expr~sivo e~ ente _ex?tico, el relat? cálido, vehemente
patetismo de los incidentes novele~cosmov~?11entdo dramático de la acción el
san ai crítico.
cau ivan esde luego al lector e int~re-

t°

Bdictones 'de La Pluma.-Serie 1. Bduardo l\1arquina: Agua en &amp;is·
terna.-Gerard de Nerval: .Silvia.-Madrid, 1921.
Empezamos, al cumplirse el año de la primera salida de LA PLUMA, a exten·
der su esfera de acción. Vuestro favor, lectores, cuya constancia nos compensa
de su limitación al escogido grupo de aficionados a las buenas letras con que
le es apenas dabl~ sostenerse a una revista española. muév&lt;'nos a intentar en
campo más vasto la prosecución de la obra emprendida. De dos males graves
adolece la producción literaria en España: es el uno la desorientaci6n y el des·
barajuste en que las casas editoriales más poderosas comercialmente, acostum•
bran servir al público la abigarrada muestra de su industrir; el otro, el des·
amparo en que suele hallarse el escritor, a merced del plato de lentejas que el
editor le ofrece. Aspiramos con las Ediciones de LA PLUMA a abrir el primer
surco en el camino de toda posible redención en ese respecto.
La serie de novelas cortas y cuentos con que inauguramos nuestro proyecto
no responde a un criterio cerrado, desde un punto de vista literario, n i mucho
menos nos proponemos esos ridículos s;-ñuelos para señoritas, para militares
con o sz"n graduadón, para colegialas más o menos desenvueltas, que c-on títulos de
un sentimentalismo pseudo-artístico y portadas de pretenciosa baratura se
anuncian en las terceras planas de los di11.rios jesuíticos como elas obras más a
propósito para tenidas en el cestillo de la costura&gt;. Pero sí queremos que una
cierta armonía, una orientación general, una norma, imprima a nuestras colecciones ese carácter de continuidad, cuya falta tanto se echa de ver en la libre•
ría Las
española.
dos primeras novelitas de nuestra colección tienen un parentesco, en
modo alguno derivado del menor propósito arcaizante en la de Eduardo Marquina, y que no todo el mnndo echará de ver a primera vista; pero que a una y
otra determina dentro de la modernidad de nuestro intento. ¿Qué es la novela
moderna? iQué elementos la distinguen como tal género de las obras de ficción
cuyo interé,; es para el lector más de curiosidad hist6rica que el puramente
recreativo de la simple lectura) Agotadas hoy dia ya todas las posibilidades de
fórmulas y recetas naturalistas, analíticas, realistas, es manifiesta la preferen-

H:!ruos procurado en estos tomitos 1
mundo no más que un sencillo decor ' a alcance, por su precio, de todo el
rantí_1 la firma de Angel Vivanco cuyosen_~atpresentaci6n, de que es buena o agracia.
'
ª vme as adornan LA PLUMA con tao fina

***

C. R. C.

Ramón
~érez
de Ay
ala: Et sendero
doctnnal
de vida
y naturaleza
-P andante. Momentos, modos, ditirambos
•~l río es un camino que- anda • ;emas.-~cMXXI. c_a:leja, Madrid.
•
la pr~mera composición del nuevo .libr sta poética reflex1on de Pascal preside
vemtitantas poesías, fechadas en los a~ en que Pérez de Ayala ha coleccionado
paz dd sendero a la reciente de Et e dn~s 9-ue corren de la publicación de La
s n et o innumerable.
o ~He ahí la vida: ese río y esos versos·
n as, remansos espumas
d
·
Ese río, agua de 'antan-o • mo os, momentos ...
.
, ya pasada·
Y en e 1 mismo cauce otra agua.• '
Desde las sienes canas d e 1as montañas eminentes, los nos
son como las
ideas.
'
•··· corre el sendero andante
~~~~e la paz del sendero hasta el sendero innumerable

..............

siempre monótono, ~¡~ 1~;~;~ ~-~~;~ • • • • • • • · • • • •
como prosa abundoso, encauzado c~mo el verso.•
3 13

�LA PLUMA

LA PLUMA
En este primer poema se cond::nsa y define la intención del volumen,
intención que no se manifiesta sujeta a un pe nsamiento ge nerador 1 cuyo ritmo
interior y cuya apariencia respondan desde luego a la idea arquitectónica de
El sendero innumerable, sino que se declara a través de tantas inspiraciones
ocasionales como constituyen este tomo, con el cual se explica la ascensión
del poeta desde el lirismo sentimental de La _pas dll sende,·o a la filosofía lírica
de sus últimos versos.
Es decir, que estas poesías de oc.:tsión vienen a corroborar, una vez hacinadas, la voluntad artrstica de su autor, teosa siempre a un.:\ interpretación
intelectual del universo, ora el esfuerzo creador halle expresión cabal en la
novela, bien en el poema, o Yd en la crítica. En el transcurso de un año 1 Ramón
Pércz de Ayala, cuya labor se dispersa en periódicos de España y América ,
disimulando su constancia, cuando no distrayéndola de la producción imaginativa en que quisiéramos verle perseverar, en el transcurso de un año ha dado
a la estampa vario ejemplo de esa interior armonía intelectual, que constituye
a nuestros ojos su mayor precio como escritor, y que le hace tan raro en
nuestro desquiciado ambiente literario. Los poemas recogidos en El sendero
andante, aparte el interés que puedan suscitar en el simple lector, tienen para
el crítico el atractivo mucho mayor de completar, exponiéndola paladinamente, la evolución personal de su autor, dentro si.empre de un criterio y de
unos principios, que desde los primeros versos de Pérez de Ayala a su mejo1
y más reciente prosa. determinan su carácter, tan destacado y principal en la
literatura española contemporánea.
Educado felizmente en e l gusto de los clásicos, su lirismo conserva siempre
esa virtud latina de la cantidad, cuyo secreto no está tanto en pretender ajustar una medida fija y un -ritm o preciso a la expansión del propio sentimiento,
cuanto en modular éste con inflexiones graves, cuya tonalidad y extensión no
pueden corresponde r exactamen te a un precepto retórico de pura forma exte•
rior, sino a una emoción pura, que, por serlo, se expresa, no con el balbuceo
ala lo-como pretenden los pergeñadores de fácil es cantilenas sin sentido-,
mas con vigor y precisión de. palabra, sintaxis musical y prosodia noble, en vez
de la onomatopeya histérica a que lo:-, mal os poetas ultramoderoos preteriden
reducir la razón del sentimiento que debe ser la buena poesía.
Muy poco han influido en Ramón Pérez de Ay ala los modernos poetas franceses. Apenas si en sus primeros poemas de La paz del sendu·o se advierten
ciertas concomitancias con Francis Jammes, y para eso más en lo que hace a
relaciones exteriores de temas, que pudiéramos decir nostálgicos, que a semejanza de ideas, propósitos y resultados ulteriores. Tan dispar nos parece la
inspiración de Pérez de Aya la y la de los simbolistas y parnasianos franceses,
cuya contextura espiritual adaptó genialmente a nuestro Mxico y a nuestra
conformación Rubén Darío 1 que con ser manifiesta e inconfundible la huella
de éste en la obra lírica de Aya la, nunca le imprime ese pare,;ido inferior de
la im itación superficial por el cual han trascendido a la moderna poesía española los más livianos ecos de la ultrapirenaica. Antes bien , la influencia de

Daría en Ayala es la fecunda
r • d
conscie-nteruente y sin servilisio.p opia e uno en otro espíritu correlativos,
No sería dificil asimismo, pe ro no son t;i
empe ño, estudiar la influe ncia de los e~ s notas lugar adr.cuado para tal
Aya~a. Con ello se comprobaría una vez r-:;,C.{&gt;res poetas inglesc~ en Pérez de
5
e_n cierto modo, que se observa entre es _esa corr: spondenc1a, tradicional
tiempos, y sobre irre ductibles diferencias dªº~les e.ómgleses a través de los
Mas las coincidencias inHui·os y re! . e e ucac1 o y temper~meoto.
. ·r,
,
ac1ones que aq ·
·
no s1gn11can que puedan s~r desde lue d.
.
ui se apuntan a la ligera,
Pé_rez de Ayala, cuyo ma or recio a n go_ 1scer_n1das, en _una obra como la de
phc_ada armonía _de su pirso!atidad lit~:::r:5i OJOS, r~pet1mos, está en la comdec1r que la. única fecunda de o
- ' ª. más mteres~nte, y es1.oy por
generaeión del 98.
'
uestro.:, escntores poslenores a la llamada

c. R. c.

•••
Lui•.Araqu.lstaln
.
,
.-Elj e¡-tf'f'O yanqtn.-Publicaciones
España.--Madrid,

1921.

Dmase que el mundo vie'o e
de sí la guerra, se preparab1 a' e:~:r:entado por las ruin_as que ha dejado tras
nos estúpido que el de la paz armala r un régim~n d_e ':•da internacional me•
Y con dudosa eficacia los choque d
a prevemr, Siquiera fuese con timidez
cuando una ma.no imPrudeote . ~. e os csagrados intereses• inconciliables
país sin experiencia ha derrib ;s I umento de la voluutad irrefrenada de u~
de uai?eS difícilmen'te levanta~o
tocob~en?s-en un santiamén el castillo
por tanto, desengañadas: el castill/ d~ si~ Is u~1ad de otras ra_zas ya maduras, y
paz, ya que uo de justicia, entre los ueblos ocie ad de ".~:1_0;1~s, garantía de
u?~ sola park· (en este caso, la Re iiblica d.\ aunque se1ta ~hc1to echar sobre
b1hdad de la ineficacia probable dJ p t e lo~ Es_tados Un1dos) la responsamanca de nacimiento, y que, por aña;i~~r~onshtutivo de una soci!:dad coja .Y
dente que el apartamiento de los Est d
' ~asas enormes re pudian, es ev1fuerza más poderosa en la tierra aca~a
~01dos, que son bol'." e~ conjunto la
tema de paces en que el mundo 'tr b . e ar su verdadero s1g01ficado al sisdi~pub solapada de los ambicioso a ªJª por entrar: ~uspens!ón de hostilidades,
ápice de la pujanza alguno se vea ~o1:-º;dla beg~moma mundial, hasta que en el
por su existencia En este orve . _z o,? diga que se vé fórzado, a guerrear
dos se disponen ~ represe!tar etr· inmediato, nada risueño, los Estados UniJa ba~carrota y el hundimiento de~~s~idpape~9ue Alemania representó hasta
cesa:1as para convertirse en azote de '1 1r10. 1e~en las fuerzas impulsivas OC·
1
apetitos, técnica industrial pote t's' ª trtad a1en_a: sobra de caudales y de
de una misión superior conduce~t~ i~;:i, y. a per~uas160 de hallarse investidos
macía norteamericana. Estos .
la me1oram1ento del mundo bajo la suprcabsorbente de aquella Repúb!:pudso~, con~rontados con la política exterior
llama, cen razón el cpeligro y~n~'ui:.c aran astante bien lo que Araquistain
Medrados estamos sí1 d espu és d e eSta guerra, dcspu~s de haber entre visto

r

º;°

ºJ

�LA PLUMA

LA PLUMA
la verosimilitud de lo que ha~ta 1914 parecía imposible: la ruina de la civilización europea, no ya provocada por los bárbaros venidos de fuera para aniqui·
larla, sino por !os mismos que han creado esa civilización y la disfrutan-me•
drados estamos si después del cataclismo todas las mudanzas que pueden es•
perarse se reducen a una traslación del poder, a un traspaso del cetro y de la
espada-. ¿La conciencia humana es, pues, insensible a este género de experiencias, y siempre se ha de sacrificar a los mismos. ídolos? Parece inexplicable-viene a decir Araquistaín-que conociéndose el funesto destino de todas
las grandes ambiciones de imperio que se han abierto camino en el mundo
moderno, todavía se renueven sin cesar y compitan por sucederse. En el caso
de los Estados Unidos, añade, hay algo de fatal; es un fenómer.o biológico; es
el resultado del crecimiento prodigioso de un pueblo excesivamente joven, en
quien preponderan los instintos. Si los Estados Unidos le 11cvan a Europa cincuenta años de ventaja en el progreso material, están, en cambi.&gt;, más de medio siglo atrasados en punto a finura de sentimientos y a la capacidad para
situar los problemas en un plano puramente jurídico y moral. Todo es cuestión de cantidad y de magnitud; curstión de hacer más, no de hacer mejor. En
su engreimiento juvenil, ya ponen los hitos del imperio e.más grande del mundo•, y no es improbable que allí retoñen, multiplicados, tos mismos yerros que
han puesto a Europa a dos dedos de perderse. Según esto, revivirá en América el histrionismo bélico-religioso que se ha desacreditado en Europa, y asistiremo:: a la promulgación de otra alianza entre un ouf'VO pueblo elegido y la
Divinidad, para el má.s pronto exterminio de sus competidores. Muchas 'lllciones han pasado por esa locura; también los españoles; pero ¿queda aún en el
mundo un pueblo lo bastante joven e inexperto para recibir de butl'na fe una
propaganua que sólo pueden hacer los bribones o los embrutecidos? Quizá. Y
el norteamericano, lector de la Biblia (uno de cuyos destinos ha sido el de proveer de textos a los sanguinarios v perHguidores), ocaso descubra-si cuenta
para este siglo con la protección segura del Señor-algún versillo en que se
ordene la destrucción del amnkcita, e~to es: del mejicano o del nicaragüés1
detentadores de las tierras que manan petróleo.
Es caracteríi.tiC&lt;&gt; del pensamiento de Araquhtain la robusta afirmación del
poder creador del individuo ea el onl--n moral. Así. cuando contempla el porvenir, harto sombrío según é-1 mismo lo pinta, no se desanima, t•i se deja imponer por ninguna ley económic.a pretendidamente inexorable. Las probabilidades son inciertas y confusas; de esa suerte, la acción del individuo puede ser
decisiva. El auge de los Estados Unidos, por ejemplo, ¿llevará a una guerra
universal? La mejor propaganda de la guerra-viene a decir Araquistain por
vía de respuesta-es tenerla por inevitable. Araquistain no cree que el resultado de la guerra europea vaya a ser no más que una nueva distribución del
poderío en el globo. Apunta una era distinta esencialmente dt- la anterior, porque la revolución que se ha operado en el mundo del trabajo basta para cualificar la civilización venidera. Los Estados Unidos representan hoy la extrema
intransigencia frente a los valores que germinan.
M, A .

• ••

la_n~cesidad de transformar el a
ó
m1s5ones continuas del pc.nsamifnrt~t ~ de manos, el beso y el abrazo entraosentada la teoría general Marin~tti
.
::~~~• escala al propio tiemp°o de valore~r~:c~il:fnmeral esca_!~ educativa del
.
para e ta:;ttltsmo o arte del
A saber:

Primera escala• plana, con cuatro categorla.J d. 1
Primera categoría· ta t
e actos diferentes.
. pe olmduy s_eguro, abstracto, frío
ape e cristal.
·
Papel de estaño.

..... .

Tercera categoría : excit_ante, ·tÍbÍo·, ~~s~fil~i~o:
Terciopelo.
e
Lana de los Pirineos.
Lana.
Crespón de sed a-lana
etcétera, etc.

�LA PLUMA
• todos los
.
es a los pianistas, a los mecanógrafos • Y a
res, a los po~~.,5 ~~;~~os: r efinados y l?odelros~5¡_~manía enfermiza. Debe protemperamen ·
·i·smo debe entar a e10
b. n el tacu I
t
.
•
¡ tactiles simplcmen e.
M . etti-es arbitraria, Y
Ab ora ie •
ponerse !~ ar_móo~=~os cinco sentidos-~oncluyel ":;1itros muchos sentidos.
e La d1stmc1 n
uro descubrir y cata o.,
•
podrá a b-1en seg
. . t
algún dia se
á este descubrim1en o.•
C R C.
El tactilismo favorecer
. .

•••
otros poemas. r.arcía
D •t ri Ivanovitch: La fJen!an~ Y . Pdr ·ate! SugeslioLibros recibidos.- -:1a 1921.-Juan Ramón Unarte.
Díaz-RodríMonge, Sa~José de c:!~es.1t;omant y C.ª, _B~uselas, ~~~:-""iiadrid.-Carlos
nes nortnaltv°:s a lo~ Jo,:;o encantado. l\ovela. Bib!1oteca ~lío Gómez de la Serna.
guez: Peregrma o e p "da Selección y traducciónJe J Madrid.-Alfonso ReBaudelaire: Pros6 e~~~ez-de la Serna. Diblioteca Nueva, Madrid -Simpatías J
Epílogo de RamE n ~s y divagaciones. Bi~\ioteca uzv_;:; uevo·, por Ramón
u!lda serie, Madnd, 19 2 1 . - ' 1 r Ramón Gómcz de
yes: Elcazador! nsay
diferencias, psmcra l 1:~;id 1920.-HI Paseo det
Páginas escogidas
Gómez de 1i3 0 c-r11·gicos Griegos. Esguílo, Sóf6ocles: -t~;la~a de Agustín l\li\lare5
la Serna.- - ~ r notas de P. Girard, vers1 n cas / fJido Nove la picaresca.
con introdu~c16n y . - - F Iscar Peyra: La bolsa .v a . ·11 trad. de Alfonso
Carlo. Calle¡a,. l\ladGndK Cbeste rton: Et candor del P; B, ":"La ruta de ta fJida.
Calleja, :\ladrrid.- ·. ·
rancisco Carmona Nenc,ares.
Reyes. Calleja, Madnd.PítBaroja: Bosguejo critico. 1921.
•
ProProsas. Madrul, 1920.•
L'Europe Nort';Jtl/e, Pans.-Le ¡.
-Mercure de Fr ance, Pans--;- La Revue de f Epogue, Pa~ ,;.Revistas. .
~ Connaissanct, Pans.R ,pertorio Amencano.
J!.rés Ciflique, Pans.- a Aires - A thenaeum, Zaragoza.- e . s ºarís -Cultura
Vida Nuestra. BuRe?os Le l·ra"ouiltot, París.-Be/Mles-Ltet~1de o'. A,.-nuittctura,
r
,
n aso
on ev1 t: . - 1
•
d
é d Costa 1ca.San J os ' e
-Die Aklion, Berhn.-regBab' J B enos A ires.-P oesia e
Venezolana, Caracas.
/lea La Habaua.e, . u
Mad rid.-Cuba Co~te!!'por1mé,'.ica Cádiz.-H ermes, Bilbao.
arte, Ferrara.-Espana Y
'

AÑ O Il.

1

MADRID, JUNIO 1921

NÚM.. 13.

:J

Prt;fº'.¡¡.~es

~

LOS CVERNOS
DE DON FRI OLERA
ESPERP l: NTO ~ SV A VTOR
DON RAMÓN DEL V ALLE-INCLÁN
ESCENA Q UINTA
LA ALCOBA DEL BARBERO. Pegada a la pared, la cama
angosta y hopada, con una colcha vistosa de pájaros y ramajes, un paraíso portugués. Tras de la puerta, la capa y la gorra colgadas con la
guitarra,fingen un bulto viviente. Por el ventano abierto penetra con el
claro de luna, el vmtalle silencioso J' nocturno de un huerto de luceros.
Y la brisa y la luna parecen conducir u 11 diálogo entre el vestir;!o de la
puerta, y el pelele que abre los brazos sobre la copa negra de una /zi.
guera, en la redoma azul del huerto. Entra el galán con la raptada, encendida, pomposa y con suspiros de soponcio.
21

320

32 1

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
a ,las
atencl.ón SO"tenida
.
írancesas que /lconsagran
~.
• cosu
·
Entre las revistas
Ad ás de las crónicas
po1ibcas,
inespañolas se cuenta L'Europe_ No~v\tros ~:n buenas recensiones de cuanto
serta periódicamente 1!nª. revista e l
aquí se publica de algun interés.

**•
. .
arís) re resenta, en lo político y social.
El semanario Le P1·ogrés Civu¡ue (P uí Esp'tiia. Se halla, no obst3:nte su gran
un papel análogo al que representaba aq 11 mamiento a la generosidad de sus
difusión, en un apuro grave, y _hac~e~en ~il francos. La suscripción se cu~re
lectores, pidiéndoles un donatlvpo
, Civique cuantos atienden a las senas
b
leer Le rogres
.
pront_amente. .D e eén úblico planteadas hoy en Francia.
cuestiones de mter s p
. . 1R
.
dí . Lusitania Madrid, Ed1tona e11:s,
Libros recibidos: Rogeho Bl~e: i \o.-Mario 'puccini: Viva l'anarckta,
1920.-Canci~nero de amor..:.._~ª~~iam'e/ Vida de los mártires, trad. de Rafael
Bemporad-F1renze, 192 1.
•
Calle·a Madrid, Calleja, 1921.
J •
• •
, -La Connaissance, París.-N?s, Oren~e.es, Pans.
B
Ai.r·es -Re,.u·tono Amencano,
Revistas•• Belles-Lett1
.
v,·d
Nuest1·a
uenos
·
-r
E,,,, Ar uitectura, Madnd.- 1
Vía LibYe San José de C. R.- 5rana
sa! José de C. _R.-Die Aktion, Ber~~-París.-Le' Carnet-Critique, París.-Le
y América, Cádiz.-~eYcur~ de Fra~o~velle París.-La Revue de l' Epoque, PaProgrés Civique,. Pans,-;L EPdo_fe Sevilla ...'.....Atkenaeum, Zaragoza.-L;i Ronda,
rís.-Le Crapouillot, Pans.- gina,
Roma.

ª

,'

GACETILLA
&lt;Si Churruca hubiese derrotado a Nellion en Tra-

PeqtJ.eñas causa■...
d
fectos: ...yo ganaría ah ora tanto dinero como BerProducen ¡ran es e
nard Shaw•.
R. de Maeztu (El Sol, 5 de marzo).

falgar ... •

*

**

E n Madrid, y en ...-arlas expesiciones:
-Aaah....
-¿Eh?

.

.

-¡Hil ¡Hi! ¡H1!
-Oooohl
-¡Uh!

192

Algunos críticos de arte.

A.&amp;O II.

1

MAD RID , A B RIL 1921

NÚM. 11.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERPENTO

SV AVTOR

DON RAMÓN DEL VA LLE-INCLÁN
PRÓL O G O
AS FERIAS DE SANTIAGO EL VERDE, en la raya
de Portugal. El corral de una posada, con entrar y salir de
gentes, tratos, ofertas y picardeo. En el arambol del corredor, dos figuras asomadas: Boinas azules, vasto entrecejo,
gozo contemplativo casí infantil y casi austero, todo acude a decir que
aquellas cabezas son vascongadas. Y así es lo cierto. El viejo rasurado,
expresión mínima y dulce de lego franciscano, es Don Manolito el Pintor: Su compañero, un espectro de •ntiparras y barbas, es el clérigo he193

�LA PLUMA

LA PLUMA
reje que ahorcó los hábitos en Oñate:-La malicia ha dejat:° en olvido
su nombre, para decirle Don Estrafalario-. Corren l!sp~na por conocerla, y divagan alguna vez proyectando un libro de dibtqos y comentos.

DON MANOLITO.

El tuno que lo lleva, no lo vende.
DON ESTRAFALARIO.

¿Se lo ha puesto usted en precio?

DON ESTRAFALARIO.

Qué ha hecho usted esta mañana Don Manolito_?_¡Tiene usted_ la
exp;esión del hombre que ha tenido una conversac1on con los angeles!
DON MANOLITO.

•Qué gran descubrimiento Don Estrafalario! ¡Un cuadro muy
mal~, con la emoción de Goya y del Greco!
¿Ese pintor no habrá pasado por la Escuela de Bellas Artes?
DON MANOLITO.

·Hace manos de seis dedos, y toda clase de diabluras con azul,
alb~yalde y amarillo!
DON ESTRAFALARIO.

¡Debe ser un genio!
DON MANOLITO,

¡Naturalmente! ¡Y se lo pagaba bien! ¡Le llegaba a tres duros!
DON ESTRAFALARIO.

En cinco puede ser que nos lo deje.
DON MANOLITO.

DON ESTRAFALARIO.

1,

DON MANOLITO.

._

¡Un bárbaro! ... ¡Da espanto(
DON ESTRAFALARIO.

¿Y dónde está ese cuadro, Don Manolito?

Vale ese dinero. ¡Hay un pecador que se ahorca, y un diablo que
ríe, como no los ha soñado Goya! ... Es la obra maestra de una pintura absurda. Un Orbaneja de genio. El diablo que saca la lengua y
guiña el ojo, es un prodigio. Se siente la carcajada. Resuena.
DON ESTRAFALARIO.

También a mí me ha preocupado la carantoña del diablo frente
al pecador. La verdad es que tenía otra idea de las risas infernales,
había pensado siempre que fuesen de desprecio, de un supremo desprecio, y no: Ese pintor absurdo me ha revelado que los pobres humanos le hacemos mucha gracia al Cornudo Monarca. ¡Ese Orbaneja
me ha llenado de dudas, Don Manolitol
DON MANOLITO.

DON MANOLITO.

Esta mañana apuró usted del frasco, Don Estrafalario. Está usted
algo calamucano.

DON ESTRAFALARIO.

DON ESTRAFALARIO.

Lo lleva un ciego.
Ya lo he visto.
J;&gt;ON MANOLITO.

¿Y qué?
DON ESTRAFALARIO.

Que si usted quiere lo compramos a medias.

¡Alma de Dios, para usted lo estoy siempre! ¿No comprende usted que si al diablo le hacemos gracia los pecadores, la consecuencia
es que se regocija con la Obra Divina?
DON MANOLITO.

En sus defectos, Don Estrafalario.
1 95

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON ESTRAFALARIO.

¡Que cae usted en el error de Manes! La Obra D\vina está exenta
de defectos. No crea usted en la realidad de ese diablo q\le se interesa por el sainete humano, y se divierte como un tendero. Las lágrimas y la risa nacen de la contemplación de cosas parejas a nosotros
mismos, y el diablo es de naturaleza angélica. ¿Está usted conforme,
Don Manolito?
DON MANOLITO.

DON MANOLITO.

mu:7to~or qué sospecha usted que sea asi el recordar de los
DON ESTRAFALARIO.

Porque ya son inmortales Todo n t
.
un día pasaremos: Ese saber .iguala a~~~ ri ª11,e nace de saber que
la Revolución francesa.
om res mucho más que

Póogamelo usted más_claro, Don Estrafalario.
DON ESTRAFALARIO,

Los sentimentales que en los toros se duelen de la agonía de los
caballos, son incapaces para la emoción estética de la lidia: Su sensibilidad se revela pareja de la sensibilidad equina, y por caso de cerebración inconsciente, llegan a suponer para ellos una suerte igual
a la de aquellos rocines destripados. Si no supieran que guardan
treinta varas de morcillas en el arca del cenar, crea usted que no se
conmovían. ¿Por ventura los ha visto usted llorar cuando un barreno destripa una cantera?
DON J,lANOLITO.

¿Y usted supone que no se conmueven por estar más lejos sensitivamente de las rocas que de los caballos?

DON MANOLITO.

¡Usted, Don Estrafalario, quiere ser como Dios!
DON ESTRAFALARIO.

quisiera
.
SoyYo
como
aquelver
mieste
p ·mundo
t
' co0 1ª perpe~bva
de la otra ribera.
aneo e que usted conoció y
preguntarle el cacique• qué deseaba ser, contestó:
' Yo,
que
una vez, al
difunto.

EN EL CORRAL DE LA POSADA

..

s~ ha juntado un corro de feriantes -B . l , y al cob1JO del cor_r~dor,
dino revelan sus bultos los m - .
a;o a capa parda de un vze_;o !alar. El Bululú teclea un aire
un teatro rudime"!-.tario y popuy el acólito, rapaz lleno de malicias se
SZ:71J'tula zampoña,
ver los muñecos. Comienza la re1,re~ent,,,..;
,
a;o
a capa, para mo-r
.,..,.on.

;;:/;::itn

r:~/:O::ie f

l&gt;ON ESTRAFALARIO.

Así es. Y paralelamente ocurre lo mismo con las cosas que nos
regocijan: Reservamos nuestras burlas para aquello que nos es semejante.

EL BULULÚ.

¡Mi teniente Don Friolera, saque usted la cabeza de fuera!
VOZ DE FANTOCHE,

DON MANOLITO.

Hay que amar, Don Estrafalario: La risa y las lágrimas son los
caminos de Dios. Esa es mi estética, y la de usted.
DON ESTRAFALARIO.

La mía no. Mi estética es una superación del dolor y tle la risa,
como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos.
1g6

Estoy de guardia en el cuartel.
EL BULULÚ.

. ¡Pícara guardia! La bolichera, mi Teniente
c1ende a usted a coronel.
Don Friolera, le asvoz DE FANTOCHE.
¡Mentira!
1 97

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL BULULÚ.

EL FANTOCHE.

¿En qué oficio trata?

No miente el Ciego Fidel.

EL BULULÚ.

El Fantoche, con los brazos aspados y el ros en la oreja, hace su
aparición sobre un hombro del compadre, que guiña el ojo cantando al
son cu la zampoña.

Bur'.os aceiteros conduce en reata, ganando dineros. Mi Teniente
Don Friolera, llame usted a la bolichera.

EL BULULÚ.

EL FANTOCHE,

¡A la jota jota, y más a la jota, que Santa Lilaila parió una marmota! ¡Y la marmota parió un escribano con pluma y tintero de
cuerno, en la mano! ¡Y el escribano parió un escribiente con pluma,
y tintero de cuerno en la frente!

·,Comparece, mujer deshonesta!
UN GRITO CHILLÓN.

¿Amor mío, por qué así me injurias?

EL FANTOCHE.

¡Calla renegado perro de Moisés! Tú buscas morir degollado por
mi cuchillo portugués.
EL BULULÚ.

¡So! No camine tan agudo, mi Teniente Don Friolera, y mate usted a la bolichera, si no se aviene con ser cornudo.

EL FANTOCHE.

• 1

.(

¡A este puñal pide respuesta!
EL GRITO CHILLÓN.

¡Amor mio, calma tus furias!

EL FANTOCHE.

d. Por el oro ~ombro del co1npadre, hace su aparición una moña, cara
e 1una Y pe o ae estopa: En el rodete una rosa de papel.

¡Repara Fidel que no soy su marido, y al no serlo no puedo ser
juez!

EL BULULÚ.

EL BULULÚ.

Pues será usted un cabrón consentido.
EL FANTOCHE.

Si la camisa de la bolichera huele a aceite, mátela usted.
LA MOfk

¡Ciego piojoso, no encismes a un hombre celoso!

Antes que eso le pico la nuez. ¿Quién mi honra escarnece?
EL BULULÚ.
EL BULULÚ.

EL FANTOCHE.

,. Si pringa de acei~e, dele usted mulé. Levántele usted el refajo
sa_quele_ usted el fal~on para fuera, y olisquee a qué huele el is a·o'
1ru Temente Don Friolera. ¿Mi teniente, qué dice el faldón?
p pJ '

EL BULUL(J.

EL FANTOCHE.

Pedro Mal-Casado.
¿Qué pena merece?
Morir degollado.
198

¡Válgame Dios, que soy un cabrón!
1 99

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL BULULÚ.

Dele usted, mi Teniente, baqueta. Zúrrela usted, mi tei:iente, el
pandero. Abrala usted con la bayoneta, en la pelleja un aguJero. ¡Mátela usted si huele a aceitero!

a la puerta. Del Burgo, Cabrejas, Medina y Valduero las cuatro parejas, con el aceitero!
'
EL FANTOCHE.

¡San Cristo que apuro!

LA MOÑA.

EL BULULÚ.

Vertióseme anoche el candil al meterme en los cob~rtores: ¡D_e
eso me huele el fogaril, no de an?ar en otros_ amores! ¡C1eg? maihroso, mira tú de no ser más cabron, y no encismes el corazon de un
enamorado celoso!

Al pié de la muerta, suene usted, mi Teniente un duro por ver
si despierta. ¿Mi Teniente, cómo responde?
'

EL BULULÚ.

¿Cómo responde? Con una higa, y el duro esconde bajo la liga.

¡Ande usted, mi Teniente, con ella! _¡Cósala usted con un puñal!
Tiene usted, por su buena estrella, vecma la raya de Portu~al.

EL FANTOCHE.

EL BULULÚ.

¿Mi Teniente, es alta la media?

EL FANTOCHE.

¡Me comeré en albondiguillas el tasajo de esa briboru., Y haré de
su sangre morcillas!

EL FANTOCHE

¡Si es alta la media! Media conejera.

EL BULULÚ.

Convide usted a la comilona.
LA MOÑA.

¡Derramas mi sangre inocente, crue~ enamorado! ¡No dict~ sentencia el hombre prudente, por murmurac10nes de un malvado.

EL BULULÚ.

¡Ole, la Trigedia de los Cuernos de Don Friolera!
Termina la_ repr~sentación_. Aire de fandango en la zampoña del Compadre. El acolito de;a el socaire de la capa, y da vuelta al corro, haciendo saltar cuatro personas en un platillo de peltre. En lo alto del mirador, las cabezas vascongadas sonríen ingenuamente.

EL FANTOCHE.

¡Muere, ingrata! ¡Guiña el ojo y estira la pata!
LA MOÑA.

¡Muerta soy! ¡El Teniente me mata!
El fantoche reparte tajos y cuchilladas con la cim~tarra de Otelo:
La corva hoja reluce terrible sobre la cabeza del compadre. La Moiia
cae soltando las horquillas, y enseñando las calcetas.
EL BULULÚ.

¡Mi Teniente, alerta, que con los fusiles están los civiles llamando
200

DON MANOLITO.

Parece teatro napolitano.
DON ESTRAFALARIO.

Pudiera acaso ser latino. Indudablemente la comprensión de este
hum_or y esta moral, no es de tradición castellana. Es portuguesa, y
~s cantabra, y tal vez de la montaña de Cataluña. Las otras regiones,
literariamente, no ~aben nada de estas burlas de cornudos, y este
don~so buen sentido, tan contratio al honor teatral y africano de
Castilla. Ese tabanque de muñecos sobre la espalda de un viejo pro201

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON MANOLITO.

sero, para mí, es más sugestivo que todo el retórico teatro español.
Y no digo esto por amor a las formas populares de la literatura...
¡Ahí están las abominables coplas de Joselitol
DON MANOLITO.

Porque usted es anarquista.
DON ESTRAFALARIO.

¡Tal .vez!

A usted le gustan las del Espartero.
DON ESTRAFALARIO.

DON MANOLITO.

¿y de dónde nos vendrá la redención, Don Estrafalario?

Ciertamente.

DON ESTRAFALARIO.
DON MANOLITO.

Cada cual tiene el poeta que se merece.

Del Compadre Fidel ¡Don M
r
más que su Orbanejal .
ano ito, el retablo de ese. tuno, vale

DON ESTRA}'ALARIO.

1.

Esas coplas de toreros, asesinos y ladrone!", son periodismo
ramplón.
DON MANOLITO.

Usted, con ser tan sabio, las juzga por lectura, y de ahí no pasa.
¡Pero cuando se cantan con acompañamiento de guitarra, adquieren
una gran emoción! No rne negará usted, que el romance de ciego,
hiperbólico, truculento y sanguinario, es una forma popular.

DON MANOLITO.

¿Por qué?
DON ESTRAFALARIO.

Está más lleno de posibilidades.
DON MANOLITO.

No admito esa respuesta Don E t t
.
y no tiene derecho a responderme c~~a :lano. {!sted no es filósofo,
que hereje como Don· Mi
1d U
p dantenas. Usted no es más
'
gue e namuno.

DON ESTRAFALARIO.

Una forma popular judaica, como el honor calderoniano. La
crueldad y el dogmatismo del drama español, solamente se encuentra en la Biblia. La crueldad sespiriana, es magnífica, porque es
ciega con la grandeza de las fuerzas naturales. Shakspeare, es violento, pero no dogmático: Time la bárbara alegría de un cosaco
quemando aldeas, violando mujeres, degollando viejos inútiles. La
crueldad española, tiene toda la bárbara liturgia de los Autos de Fe.
Es fría y antipática. Nada más lejos de la furia ciega de los elementos, que Torquemada: Es una furia escolástica. Si nuestro teatro
tuviese el temblor de las fiestas de toros, sería magnífico: Si hubiese
sabido transportar esa violencia estética, sería un teatro heroico como
la !liada. A falta de eso, tiene toda la antipatía de los códigos, desde
la Constitución a la Gramática.
202

DON ESTRAFALARIO.

. ¡Adiós gracias! Pero alguna vez h
. ay que ser pedante, Don Manolito. El Compadre Fidel es s
fl"
upenor a yago Yago
d
a l
que con 1cto de celos quiere ve
. ·
, cuan o desata
espíritu _mucho más cuitivado sól~g~!~• ~entr_as q~e ese otro tuno,
a. e divertirse a costa de
Don Fnolera. Shaks eare ri '
zón de Otelo: Se des~obla en~~sc~~ el ~t~d~ de su corazón, el coraoro: Creador y criatura
son del mismo barro human E t o~ e
mento deja de considerar-e
n_ an o ese Bululú, ni un solo mode su tabanque. Tiene un: digu~1~~ºJ dpeor_z:at1:1raleza, a los muñecos
mmrg1ca.

r

L

DON MANOLITO

.

o que usted echaba de menos en el diablo de

ffil.

Or b aneJa.
.
203

�LA PLUMA
LA PLUMA
DON ESTRAFALARIO.

Cabalmente, alma de Dios.
DON MANOLITO.

¿Qué haría usted viendo ahorcarse a un pecador?
DON ESTRAFALARIO.

Pachequín. Ya me tenía la mosca en la oreja. Caer, no ha caído.
¡Friolera! Si supiese qué vainípedo escribió este papel, se lo comía.
Para algunos canallas no hay mujer honrada. Solicitaré el traslado
por si tiene algún fundamento esta infame calumnia: Cualquier ligereza, una imprudencia, las mujeres no reflexionan. ¡Pueblo de canallas! Yo no me divorcio por una denuncia anónima. ¡La desprecio!
l..oreta seguirá siendo mi compañera, el ángel de mi hogar. Nos casamos enamorados, y eso nunca se olvida. Matrimonio de ilusión.
Matrimonio de puro amor. ¡Friolera!

Espantarme las moscas con el rabo.
FIN DEL PRÓLOGO

ESCENA PRIMERA
E CABO ESTRIVEL Una ciudad emSAN FERNAND_O D
. tales de los miradores, el sol enpingorotada !obre canti~es. En los cr~a tur uesa del mar. A lo largo
ciende los mismos cab1tlleo~quebn¡aduras telámenes y chimeneas. En
de los muelles, un mecerse
ar ode . t'agarita del Resguardo. Olor
la punta, est remecz·da por bocanas
b
Olaire,de brea. Le vante firesco. El
de caña quemada. Olor de ta a,co. ;; barco de guerra. A la puerta
hi11ino inglés en las rn~zotas C.º1J:/: ca;~inero, y en el marco azul del
de la garita con el fusil tercia '
. 1 pipa del teniente Don Pasventanillo, el gorro de. c;tartel, uu:aº;;,:lra~raposa, cautelosa, ronda [a
cual Astete-Don Fn~ era ·
iedra y escapa agachada. La piegarita: Por el ventaniilo asesta una
Don Friolera lo recoje turulato,
dra trae atado un papel con un escrt o.
y espanta los ojos leyendo el papel.

.f

DON FRIOLERA.

·E to es un rayo a mis pies! ¡LoreTu mujer piedra de escánda!º· l ~ i fuese verdad tendría que
ta con sentencia de muerte! ¡Friolera. dS I En el Cuerpo de Carabinedegollarla! ¡Irremisibleme~te c~ntn~i;n será el carajuelo que le ha
ros, no hay cabrones. ¡Fnole;·
Afortunadamente no pasará
trastornado los cascos a esa u ar ... ueblo de canallas. Pero hay
de una vil calumnia: ~ste pueblo, es ~~I solivianta ese pendejo de
que andarse con pupila. A Loreta m

df ¡

204

SE ENTERNECE contemplando un guardapelo, colgante en la catima del reloj, suspira y t11fuge una lágrima. Pasa por su voz el trémolo de un sollozo, y se le arruga la voz, con las mismas arrugas que
la cara.
DON FRIOLERA.

¿Y si esta infamia fuese verdad? L~ mujer es frágil. ¿Quién le iba
con el soplo al teniente Capriles?... ¡Friolera! ¡Y era público que su
esposa le coronaba! No era un cabrón consentido. No lo era ... Se lo
achacaban. Y cuando lo supo mató como un héroe a la mujer, al
asistente y al gato. Amigos de toda la vida. Compañeros de campaña. Los dos con la Medalla de Joló. Estábamos llamados a una suerte pareja. El oficial pundonoroso, jamás perdona a la esposa adúltera. Es una barbaridad. Para muchos la es. Yo no la admito: A la mujer que sale mala, pena capital. El paisano, y el propio oficial retirado, en algunas ocasiones, muy contadas, pueden perdonar: Se dan
circunstancias: La mujer que violan contra su voluntad, la que atropellan acostada durmiendo, la mareada con alguna bebida: Solamente en estos casos admito yo la.caída de Loreta. Y en estos casos
tampoco podía perdonarla. Sirvo en activo. Pudiera hacerlo retirado
del servicio. ¡Friolera!
VUELVE A DELETREAR con las cejas torcidas sobre el papel:
Lo escudriña al trasluz, se lo pasa por la nariz, olfateando: Al cabo lo
pliega y esconde m elfondo de la petaca.
205

�LA PLUMA

LA !&gt;LUMA
DON FRIOLERA.

¡Mi mujer piedra de escándalo! El torcedor ya lo tengo. Si es verdad quisiera no haberlo sabido. Me reconozco un calzonazos. ¿Adónde voy yo con mis cincuenta y tres años averiados? ¡Una vida rota!
En qué poco está la felicidad, en que la mujer te salga cabra. ¡Qué
mal ángel, destruir con una denuncia anónima la paz conyugal! ¡Canallas! De buena gana quisiera atrapar una enfermedad y morirme
en tres días. ¡Soy un mandria! ¡A mis años andar a tiros!. .. ¿Y si cerrase los ojos para ese contrabando? ¿Y si resolviese no saber nada?
¡Este mundo es una solfa! ¿Qué culpa tiene el marido de que la mujer le salga rana? ¡Y no basta una honrosa separación! ¡Friolera! ¡Si
bastase!. .. La galería no se conforma con eso. El principio del honor
ordena matar. ¡Pim! ¡Pam! ¡Pum!. .. El mundo nunca se cansa de ver
títeres y agradece el espectáculo de valde. ¡Formulismos!... ¡Bastante
tiene con su pena el ciudadano que ve deshecha su casa! ¡Ya lo creo!
La mujer por un camino, el marido por otro, los hijos sin calor, desamparados. Y al sujeto en estas circunstancias, le piden que degüelle, y se satisfaga con sangre como si no tuviese otra cosa que rencor en el alma. ¡Friolera! Y todos somos unos botarates. Yo mataré
como el primero. ¡Friolera! Soy un militar español y no tengo derecho a filosofar como en Francia. ¡En el Cuerpo de Carabineros no
hay maridQs cabrones! ¡Friolera!
ACALORADO, SE QUITA EL GORRO y mete la cabeza por el
ventanillo, respirando en las ráfagas del mar. Los cuatro pelos de su
calva bailan un baile fatuo . En el fondo del muelle, sobre un grupo de
mujeres y rapaces bambolea la caja vacía de un muerto. Pachequín, el
barbero, que fué llamado para raparle las barbas, cojea detrás, pisándose una punta de la capa. Don Friolera, al verle, se recoge en la garita. Le tiembla el bigote como a lo.s gatos cuando estornudan.
DON FRIOLERA..

¡Era feliz sin saberlo, y ha venido ese pata coja a robarme la dicha!... Y acaso no... Racionalmente esta sospecha debo desechar!,.
,106

¿Qué fundamento tiene? ¡Ninguno! ¡El canalla que escribió el anónimo es el verdadero canalla! Si esa calumnia fuese verdad ateo como
soy, _falto de_ los cons_uelos religiosos, náufrago en la vid~... En estas
ocasiones, sm un amigo con quien manifestarse, y alguna creencia
el hombre lo pasa mal. ¡Amigo! ¡No hay amigos! ¡Tú eres un ejemplo, Juanito Pacheco!
·
Se recobra, cambia el gorro por el ros y sale de la garita. El carabinero de la puerta se cuadra, y el teniente le mira enigmático.
DON FRIOLERA.

¿Qué haría usted si le engañase su mujer, Cabo Alegría?
EL CARABINERO.

Mi teniente, matarla, como manda Dios.
( Continuará.)

�LA PLUMA

LA REALIDAD INVISIBLE
(1917-1919)

(LIBRO INÉDITO)
NOSTALIA

¡ESTA ansía de apurar
todo lo que se va;
de hacerlo permanente,
para irme de su siempre!

Abierto todo,
a ver si nos parecemos
a su cuerpo; a ver si somos
algo de .su alma, estando
entregados al espacio;
a ver si el gran infinito
nos echa un poco, invadiéndonos,
de nosotros; si morimos
un poco aquí; y allí, en él,
vivimos un poco.
¡Abierta
toda la casa, lo mismo
que si estuviera de cuerpo
presente, en la noche azul,
con nosotros como sangre,
con las estrellas por flores!
4

2

¡NUBE blanca,
ala rota-¿de quiénr:que no pudo llegar-¿a dóndd-

3
DEJAD las puertas abiertas,
esta noche, por si él
quiere, esta noche, venir,
que está muerto.

¡COSAS que me has de alumbrar
-vistas si'empre, sin ser vistas-;
cosas que tengo que ver
en ti, luz de cada día/

5
NUEVA VJDA
¡ALEGRIA que tienes tú por mí!
-¡Ay, tarde clara y buenal¡Otra vez a vivir!

�LA PLUMA
¡Atrás, atrás, atrás; a comenvzr_de nuevo;
jos, más lejos-yo abro, con mi~ brazos
en cruz, el mundo-, lejos el comienzo;
lejos, lejos, lejos el fin!

8
CANCIÓN; tú eres vida mía,
y vivirás, vivirás;
y las bocas que te canten,
cantarán eternidad.

¡La vida toda, nueva.mente, enmediol
¡Tú, de cristal, de alma!
¡Ay, carrera diáfana y feliz!

9

LA ofensa que me Izas lzecko
en el sueño, me sigue echando sombra
-como una nube estaciouadaen el día, sin fin.

6

SETIEMBRE
VOY a taparle a su carta
los p¡es, que esta noche kara
ya Jrü,, a la madrugada.

¡Ay, qué insistencia
tan triste; qué batalla
inmensa, sofocante, inestinguible,
en no sé qué de mí! Parece
que mi se~eto luclta, en mi ;nconsciencia,
con tu misteri,,;
¡que medio yo enterrado, lucha
con me~a tú que vuelas!

·7
MAR IDEAL
LOS dos vamos nadando
-agua de flores o de hierropor nuestras dobles vidas.

,

i .

'

\
10

-Yo,por la mía y por la tuya;
tú, por la tuya y por la mía.-

,.
De pronto, tú te ahogas en tu ola,
yo, en la mía; y, sumisas,
tu ola, sensitiva, me levanta,
te levanta la mía, pensativa.
210

VUELTA

ARBOL que trai~o en mí, como mi cUl'rpo,
del jardín; agua, alma;
¡qui música me hacéis allá en mi vida·
cómo soy melodía y ritmo y gracia
'
de ramas JI de ondas,

�LA PLUMA

LA PLUMA

de ondo.s y de ramas;
rcómo me abro, con vosotros, y me cierro,

cojie1ido el infinito,
y dejándolo ir-luces y al&lt;Zsl11

LA tierra se quedó en sombra;
granas, las nubes ardían;
y yo pensaba en la muerte,
que ha de partirnos un dia.
12

¡A Y, mañana, mañana,
que no lo seas sólo de la infancia;
mañana, lumbre p11,ra
de la madurez, nunca
ya relegada por la vida;
presente eterno, májica i;onquista!

puede ser mi eternidad,
¡quépoco tiempo más único!
y 14

i VID A mía, ardiente ámbito
que te dilatas, sin fin,
'
cada instante-corazón
que quisiera tener todo
..-.,,
dentro de su tierna carnepor cojer
'
en ti la libertad fúl_;ida
de tus flechas infinitas!

q

JUAN RAMÓN JIMBNBZ

!

'

- ¡Ay, luz de nuestra sombra,
echada de nosotros por la tarde,
con pureza de madre,
sobre el oculto prado de las rosas solas!13

LA OBRA
¡SÍ, para muy poco tiempo!
Mas, como cada minuto
212

213

�Shelley o en Verlaine, cuando un poeta es regocijado en su obra, de seguro que no es por mucho tiempo, y no tarda en buscar una compensación a esa sonrisa pasajera en oleadas de tristeza.
Sin embargo, un día nació un poeta feliz, precisamente en la época en
que los poetas eran más melancólicoll, más desesperados, en pleno mundo
moderno, y en el país mejor dotado de sentido crítico en el mundo: en
Francia. Fue Théodore de Banville.

UN POETA FELIZ

(I

.

-

s raro casi sin ejemplo, que un gran poeta sea feliz y que su
obra.exprese por modo exclusivo el deleite de vivir y los atr~ctivos del universo. La serenidad del propio Goethe y su aleJamelanmiento de tantos dolores no se sustraen tampoco a
colla que sazona toda la poesía humana, al menos en Europa. D1~e que
solo la melancolla y la tristeza, el dolor y la angustia son susceptibles de
expresión fuerte y de ese acento particular que presta a las palabras más
usuales la dignidad súbita y duradera del lirismo. No obst~nte, sabemos,
no sin vaguedad, que los poetas de Persia ponfan sus deleites en las flores en las caras bonitas y en las golosinas, pero la poesia persa la vemos
a t;avts de narradores y traductores que le han robado un poco su sabor,
y ni Ornar Khayam ni Hafiz tienen siempre alegre el corazón. Los gr~ndes poetas chinos, tan breves, parecen,_ por lo. que de ellos sabemoS, tm•
pregnados de amargura; ni los latinos m los griegos nos presentan el caso
de un poeta verdaderamente contento de la vida Y capaz de hallar en ~e
su contento un móvil de la inspiración; el propio Horacio se nos anto¡a
un solterón a veces satisfecho, a veces gruñón, más que un ser humano
halagado por la vida.
De ordinario, el pesimismo es la atmósfera de la gran poesía; ya la
busquemos en Dante O en Villón, en Shakspeare o en Camoens, en
214

!ª

Hoy, al parecer, está un poco olvidado, o al menos se le hace poco
caso; muy atenuada ya la gloria de Víctor Hugo y de Lamartine, y acrecida
la de Baudelaire y la de Verlaine, la fama de Théodore de Banville, que
tenla un poco de todos esos poetas, se ha obscurecido algo; pero tengamos por cierto que es una nube pasajera: el nombre de Banville y sus páginas mejores sobrevivirán mucho tiempo, mostrando el hechizo mayor y
lo más delicado que el genio poético francés ha visto nacer.
No era solo un poeta: era la poesía misma. Tenia el mágico don de
transmutar en belleza cuantos objetos tocaba, con una gracia, una vena,
una vivacidad sin par. Y en una época que contaba con dos poetas tan
abundantes y hábiles como Hugo y Gautier, lució muy a menudo tanta
holgura e ingenio como ellos.
Puede y debe decirse que en Francia, nadie, desde los orlgenes de la
literatura, ha dominado como Banville el instrumento de la poesía. Cierto
que Víctor Hugo tenia a su servicio un vocabulario inagotable; Gautier
pose(a el arte de dibujar los contornos con mano segura y armoniosa;
• Verlaine acertó, divinamente, a dar a las palabras de uso diario una acepción lírica; pero ni el mismo Villon, antaño, ni el inimitable La Fontaine en el siglo xvu, ni Vigny, ni Musset, ni nadie en nuestro tiempo ha
desplegado un «virtuosismo, par~jo del de Banville sin caer jamás en el
mal gusto ni en las amplificaciones h'l:eras.
En Banville, todo es encantador: el hombre, sus pensamientos, sus imágenes, su apreciación del mundo, de las cosas y de la gente. No es que
viviese, como suele decirse, en las nubes; conoda muy bien lo bueno y lo
malo, los defectos y los vicios de su época, pero tenía el don extraordi:115

�LA PLUMA
I

1

•

nario de evadirse, a su antojo, a una región todo armonla, claridad, belleza.
Murió hace unos veinte años, tras una vida dilatada, que el amor al
arte llenó por entero. Conoció el triunfo siendo muy joven, pues no tenla
diez y nueve años cuando publicó sus primero~ poemas, que e~an ya perfectos y personales. En Francia no se ha conoc1do un don poético tan precoz. De ordinario, los primeros versos de un poeta, aunque lu~go haya de
ser grande, se resienten de su admiración por otros poetas. C1ert~ que en
los primeros versos de Banville hay un poco de Hugo y de Gaut1er, pero
hay mucho más del propio Banville.
.
.
Los volúmenes Can·atides y Stalact{tts, primeros que pubhcó, son de
inspiración abundante y perfecta; y tras de mostrar en esos poer:ias la amplitud de un lirismo que tomaba los temas en la antigüedad, ~":1so pro~ar
de qué manera sabia extraer ese lirismo de escenas muy fam1hares,. contemporáneas; de qué manera podla encerrar en un verso representac1~nes
divertidlsimas, incluso chocarreras, caricaturas muy finas,_Y ere? un hbro
único, Odes Funambuksques, donde la raca ingeniosid~d ae la n~a, de la
imagen y del ritmo llega a tan alto punto, que no tiene semeJante en
Francia.
iHabéis visto algu&amp;a Vf'Z uno de esos prestidigitadores que t~man u:
sombrero y un huevo, cascan el huevo en el sombrero y emp1e~an d
pronto a sacar de él un conejo vivo, unas flores, unas banderas, kilómetros de cinta, cohetes chispeantes, y le devuelven luego el sombrero a su
dueño como si todo aquello fuese cosa naturalisima y al alcance de ~uaL
quiera? La poesía de Banville en las Odu Funambulesques es del mis~?
orden: espiritual, sorprendente, siempre seductora, perfumada, exqutst·
ta. Si toma un objeto, un tema tan moderno como el sombrero de que
se vale el prestidigitador, saca de él flores, cohetes brillantes, pero no
flores imitadas, flores de papel o de trapo, sino flores de verdad, suaves,
olorosas.
Por prendado que estuviese de las bellas formas griegas? no l? estab~
menos del punzante aguijón del espiritu moderno; le hubiese sido fácil
abandonar sus pensamientos al hechizo de las formas y de los paisajes he·
:n6

LA PLUMA
lénicos, por los que alimentaba intima afición; pero amaba, ante todo, la
vida. Cierta frase suya es significativa: cuando en la muerte de Baudelaire tomó la palabra para rendir el postrer tributo al gran poeta, tan menospreciado en vida, le alabó sobremanera por haber aceptado al hombre
moderno en su plenitud; también Banville aceptó plenamente al hombre
moderno, no según Baudelaire, que penetró en lo más recóndito de nuestras inquietudes o de nuestras aspiraciones, pero con el afán de mostrar
su insospechado atractivo. Bien se vió cuando a Théodore de Banville se
le ocurrió cultivar el periodismo, no fugazmente, sino durante mucho
tiempo, y más por gusto que por necesidad; raro, suntuoso periodismo. Se
ignora por qué inimitables vias, lograba siempre sacar de cualquier tema
chorros de chispas, y envolverlo en los mágicos colores de su ingenio.
Portentoso era su don verbal: cuantos le conocieron proclaman que en
Francia, donde los buenos conversadores no faltan, nadie ha igualado su
deliciosa vena, inexhausta, sorprendente.
Poetizó cuanto iba tocando, y el dia que se le ocurrió escribir para el
teatro, lo hizo con la misma fortuna. De todo el teatro poético francés del
siglo XIX, sus obras serán probablemente lo único que quede, ya sean en
prosa, cómo Grlngoire, ya en verso, como Le Baúer, Ftorlse, Les Fourberies de Nerlne, Socrate et sa femme, o Le Beau Leandre. Es al verso
francés, en el teatro, lo que Marivaux y Musset son en la prosa. Teatro
de ensueño, donde nadie ha acertado como él, incluso cuando sus rivales
han sido el Verlaine de les Uns et les Autres, o el Rostand de /,es Romanesques o de Cyrano.
En:prosa escribió cuentos, en demasía olvidados, y crónicas, donde parece conservarse el eco se su palabra. En poesia, mostró mejor que nadie
la infinita ductilidad de la lengua y de la métrica francesas; cultivó todos
los géneros, empleó todas las formas, hasta las más extrictas: sonetos, baladas, rondeles, letrillas; las vivificó y renovó, tratándolas, incluso las más
dificiles e ingratas, como quien juega.
Ostenta la frescura, la ingenuidad de los poetas franceses del siglo xv1
Y toda su habilidad técnica; su gracia, su elegante abandono se parecen a
los de La Fontaine; y nunca le falta el acento moderno, los modos de ser
217

�LA PLUMA
y de expresarse propios de un espíritu cuya vida terrestre ha transcurrido
en la segunda mitad del pasado siglo. Seguramente es una de las figuras
más amables de todo el arte francés, y con justicia le dedicó cierto día un
escritor inglés un libro suyo con estas palabras: «a una de las almas más
exquisitas que han santificado nunca la humanidad•. A través de toda su
poesía o de su prosa, circula el aire, resplandece ·el sol, las formas se mueven armoniosamente, y el corazón se hinche de amor, de esperanza y de
alegria, de alegría profunda, exaltada, segura. La poesla de Thédore de
Banville es una poesía de paraíso terrenal.

G. JBAN-AUBRY

AMANECER
( Descripción y glosa.)

flrio de puñal
g color de acero.
'JI soledad:
sombra de lo quieto.
(:De lo que vive quieto,
sin saber si está muerto
sin sentirse viviendo.) '

!Primeramente,
del profundo miedo,
nace un temblor
--g no del viento-.
fNace un temblor
en el árbol escueto
Y en la superficie
de mi cuerpo.
efe estremecen los gallos
lúbricos g los pe"os
guardianes, g los pájarros
cazurros.
, :n8

�'
LA PLU~A

LA PLUMA

A LA PUESTA DEL SOL
.Cuego,
la columnita blanca
del fogón tempranero,
vacila, y se derrumba
para siempre en el viento.
{;l temblor
es lo primero. ..
.Cos niños
no pueden saberlo,
no deben saberlo, ·
pero si las madres
y los viejos
y los libros sagrados
de los pueblos.
!Por esto dormimos
hasta luego.
{;s preferible
irrumpir en un mundo lleno
de esplendores, y canto y fuerza,
en triunfo completo
del día,
que salir inquieto,
medrosico
y jorobado de miedo.

'

I

... 'JI «l irse,
abro sin órbitas
los ojos. CIJeo
la gloria póstuma
y pienso:
Cf;odo y todos
así se fueron,
más allá de los montes,
más allá de mi pensamiento.
Cf;al vez sepan
que yo quedo
en esta limpia, gigante azotea,
sin luz y pronto sin cielo.
11

/;l chapitel de un campanario,
duro pico recto
en el delirio escarlata,
del adiós postrero
fija mi vista
y mi sentimiento.
cSin dogmas,
pero con mandamientos,
llevamos nuestra cruz
de cara al cielo.
221

�LA PLUMA

LA I&gt;L UMA
111

euando el oro es sangre,
un verdor inmenso,
transparente, sigue
su vuelo,
y se remonta
en azul intenso.
9lllí la estrella:
el primer lucero,
húmedo,
tierno,
adorable.
eomprendo
los románticos
excesos.

'

'

1

1

IV

Sajo mi azotea,
en la masa negra del pueblo,
surgen estrellas
de aires siniestros.
$Pavorosos,
quietos,
amarillos
puntos de entierro.
'Godavía
flota en el viento
el pañuelo claro
del viajero
222

por encima
de los montes fronteros.
¿$ecordará sus chopos
y el apacible huerto?
V

'1/a son miles las bellas
viuditas del cielo.
Lloran, a ritmo
perfecto,
sin destruir
la belleza del universo.
¡eJ.ué lejanas,
en todo secreto,
de la sorda
luminaria del pueblo/
¡CVivir con ellas,
lejos, lejos,
en el mar düatado,
en el doble /imamentol
VI

eomienzan todos
los motivos del miedo.
&amp;l más cobarde,
el ladrido del perro.
VII

.Cos álamos templan
sus ramas al viento
223 t

�LA J?LUMA
que nace, que fliene
de noche a paseo .
.Cos álamos barren
0 crean los sueños.
VIII

¿:Por donde vas ya,
viajero?
¿t;stás en el mar,
0 en un país feo,
sin fiestas, sin, flores,
sin felices, corazones nuevos?
¡5Dime tu dicha,
l;rrante y l;ternol
IX

;/{ace frío.
eorre más viento.
!Bajo, al querer
de mi cuarto libresco.
9l manejar
espectros.
CVete con !Dios,
tú, viajero.
CVoy a seguir
educando a estos pequeños
que quedan conmigo.
9l estos
alborotados, pero fieles
pensamientos.

X
PosTRACI ÓN .

¿91, qué seguir
en el engaño viejo?
¿:Por qué decir
que el sol es viajero?
¿9,t,entiré también
al pensar que se fueron
madre, hermana, novia,
juventud y ardores primeros?
¿Wo seré yo
quien se aleja de ellos?
CVivo,
en efecto,
bajo la techumbre
de un hogar nuevo.
CVivo,
en efecto,
bajo el dosel
de un ideal nuevo.
CVivo,
en efecto,
bajo la inminencia
de un cambio perpetuo.
cSigo mi órbita,
huyendo
de los cariños
que me quieren sujeto.

I

�LA PLUMA
'Godos vivimos
huyéndonos.
.Ea vida es
la careta del miedo.
eada hora
es un crepúsculo nuevo.
eada hombre, cada cosa,

UN MANIFIESTO Y DOS POEMAS

un viajero,
, b 't
or salvar su or z a,
que,
. .l. te o maltrecho.
huyeptrzun,an

J. MORBNO VILLA

rEYI rGUERRILLEROSJ
Super jiu/mina Baóyloni1...

9

la margen del río he levantado mi tienda. Viviré solo;
cazaré por el día, y a la tarde, mientras se enciende la
Jumbre,
miraré reflejarse en el agua el sol poniente. El
'
.
a1resuave se llevará en lo alto la alta trenza del humo y
esperaré el momento en que brota la llama, música de la hoguera,
sola música en el silencio.
¡Ey! 1Guerrilleros!
Por el rfo veré pasar lentas las balsas, confiadas del mar; tal vez
lejanamente, cuando hrille la estrella, cantará un remero.
¡Eyl ¡Guerrilleros!
A la orilla del camino he dejado mi hatillo. Voy a cortar la flor
campestre y la hoja olorosa. Me mirará la moza que airea el heno y
gozaré su nuca entre sus trenzas reidoras; por taparle la boca he sentido el relámpago de sus labios y el corazón de su lengua entre mis
dedos.
'
¡Ey! ¡Guerrilleros!
Baj0 el álamo gigante brota un arroyo y hace al escondite travesuras bajo los berros.
¡Ey! ¡Guerrilleros!

�LA PLUMA
solo mi hatillo a la
t - voy a su. b.u.. -Subiré
·
'
é ·
A lo alto de la mon ana
1 de sendero: Buscar m1
t áspero sin sena
é1
espalda, ante mí el mon e b .. ,' paso entre los brezos, rec:petar a
·
camino entre la fron d a, me a ruée I · il\o que fuma una pipa
ante
fin a trama de la araña y saludar ª1 gr I del c·1elo veré la gloria del
. . f erte e azu
'
d
su puerta. Arriba respirare u
\ante como los soldados e
1 daré al mar tremo
sol en su ocaso y sa u
.
. voz se oirá a lo lejos.
Jerges. Gritaré con voz recia y m1
¡Eyl ¡Guerrilleros!
. tan profundamente t que
. si ·Vamos a reir
·Eyl ·,Soldados solitano 1
•
o s1· fuese corazón od o
1 •
os a reir com
1 V
nos temblarán las piernas. i am . .
or amor de lo eterno, por
' p r amor de lo v1e10, p
nuestro cuerpo. 1 o
d lo bello'
O or amor e
·
•
1
1
amor de o nuev , P
¡Ey!........ ¡Guerril1eros.
•

los arbrid vuestros peeh osI Iffsparad
l
.
·Soltad vuestras flechas, a
t ·ella para vuestro ojal,
1
d I
cosl Cortad una es L
• t
Je
cabuces, desperta os e
.
de mi amada. Con la Vía Lác ea
Yo arranco Orion para el lazo . é sus ojos y oleré el clavel de su
haré un chal y al través suyo mirar 11 Nuestro gozo es tan ser'io que
risa. ¡¡Mucho cuidado con las b::::~¡s montañas y las sacudiremo~
d a miedo a las gentes. Abrazard . ve Arrancaremos unos rayos a,
l · dos e me •
· ·
hasta qued11.r todos sa pica
h Nos envolveremos en un g1ron
sol y nos los clavaremos en el ~:~ o~ofundamente nuestras pierna;;
1 Y hundiremos en el suelo
p
d
azu
do por el otro la o.
. d'
que romperemos el mun. d d tú estás.-Ni tú tampoco. N1 na ie.
-Pero yo no iré hacia on e
l t. y el de más allá.
.
d alerta y a la tuya e o to
Contestarás a m1 voz e
t
ará al mundo entero.
cadena que a ron
1
Formaremos una
¡Ey! ¡Eyl ¡Ey! ¡Guerrilleros
to de la meditación. RespetaPLRO a la tarde llegará el momend_ á tu frente como yo,-lejos
•¡
· Hun 1r s
•
remos el momento del s1 enc10.
1
da cumplir su función teade mí-en el suelo, para que el so pue
228

L:A PLUMA
tra! y envolverte con su sinfonía de órgano. Luego, calladamente, recogerás tus sandalias, descansarás a la linde del sendero, te pondrás
en la oreja la flor campestre y en la boca la ramita de romero. Levantarás tu tienda al borde del río, te sentarás sobre las piernas cruzadas para ver correr el agua entre los áloes, salpicada del último
suspiro del sol, y mientras llega el instante de que brote la llama mirarás al humo calmoso perderse en la más alta claridad.
1

Surtidor.

,

SEÑALES

Quisiera ser como la brisa que pasó por prádos de violetas para
llegar hasta ti, pero mi alma es de vendaval. Déjate transportar por
mi arrebato. Acurrúcate entre mis brazos y al través del tumulto de
las nubes en que se enredan azorado$ .los luceros adolescentes te
lle,·aré al paí&lt;; que nunca has soñado. Te llevaré con vuelo furtivoal paraíso del que me arrojó mi fantasía. ¡No tiembles por la lengua
flameante! Di bajito el conjuro y mi corazón abrirá temblando sus
puertas.
T

.

***
Cuando Jos árboles se embozaron en su secreto y las- flores del
prado envolvieron su chal por la cabeza, a la hora en que el grillo
e:hó su cítara a la espalda, ·:olviendo quedo a su cabaña, cuando el
cuclillo se durmió cansado de cantar en vano y la urraca hizo el último ruido con su vuelo negro-¡ay!, así es mi canción-¡cu-cul¡cu-cl!!, tiernai perenne, monótona y sin esperanza-, todo se oculta
entonces y el silencio cae a plomo del cielo. ,
t
l
¡Sal tú, luna míal Estallaré en un brote hasta tu altura y los mil
espejos de mis brazos te copiarán infinita. Todo yo seré uno y mil,
-mil angustias en un solo deseo-y las mil lunas de mis lágrimas
caerán con una música inefable en la estremecida negrura en que
0

229

�LA PLUMA
LA PLUMA

otras mil lunas te esperan. Mis deseos se fundirán en mis recuerdos
y aún temblantes huirán en. el ~orbo del, r~moli~o para que de nuevo los lance mi corazón hacia h en una ultima s1stole.

•••

en un trémolo inmenso y mi canto es en él un sordo sollozo repetido.
Pan contempla ávidamente sus cuernos rizados al refrescar en
mí sus belfos jadeantes. Mi alma inagotable se evapora en el silencio
abrasado. A lo lejos una flauta apagada me ofrece el duo imposible.

"

Todo amanecerá en una sonrisa sonrosada. Yo canté desde por
la noche. Llego al claror de la aurora después de cantar ~n vano l~
noche entera. ¡Dame mientras dura tu mañana ~l b~nefic10 del olv~lio! Déjame despertar contigo, primavera; en mis cristales van a mirarse todas tus flores.

*•*
Mi alma es clara y tumultuosa. Mira al través de ella, Y para ti
abrirá el arco iris su abanico.
Trazará para ti su espléndida aureola, y tú en el centro, cruzad~
las piernas, perdidos los ojos en el cielo pr~fun_do par~cerás una_d1. · d d de Oriente. y O llevaré hasta ti mis nzos tremulos,~nsas
:~n~ ):grimas-para besar tu vestido. Te ~antaré mi vida palpitante;
te llevaré en el hueco de mis manos m1 corazón, puro b_orboteo.
Bajo tus pies abriré mi cor0la cristalina, te ofreceré todo m1 ser en
extrema reverencia y las palomas tornasol picotearán los granos de
colores que estallan en mis supremas volutas.

* *•

1~:

Refrescará mi húmeda esencia el ardor del paisaje griego. Los
abrasados olivos de mi esfuerzo ocultan el terror pa~ida. Ruedan
ojos chispeantes. Gimen con sordina los deseos excitados al olor __
la carne desnuda. Esplendores carnales relampaguean en el espeJlS•
mo lejano de donde brotan los ardores de la tierra en la lenta d~nza
de su remolino. De la axila de Afrodita brota una perla. Todo vibra

El Arquero.

.

(

.

Por ser hoy el día de la primavera toma tu arco, arquéro · divino,
y vámonos a disparar al sol las flechas de n~estros deseos. Hinquemos en tierra la rodilla. Demos al aire el pecho. ¡Ese b~azo hacia
atrás! Gime doblándose el arco, y todo mi cuerpo, en una tensión
extrema, saltaría igual que la saeta.
1Ey! ¡Bien tirado, tirador! ¡Mira cómo zumba la cuerda!-¡Tu flecha va a quebrar un rayo al soll-Tras de ella saltaré en una curva genial y mi parábola me hará caer al a!:iombro de otros mundos.
¡Cómo resplandece tu cara! El sol no tiene llamas tan bellas como
tu cabellera enloquecida; el relámpago de tus ojos rinde a hts más
atrevidas flechas. ¡Calla! 1Callal Tus palabras se me clavarían en la
carne, Sebastián tembloroso; pero t~das flor,ecerían, de tal modo al
llegar a mi alma que la primavera misma tendría envidia. ¡Primavera!
Para nada quiero vivrr sino para tu gloria. Ten mi cuerpo mismo si
mi podredumbre puede servirte tanto co~o la de un mendigo; pero
deja que mi jugo más puro engalane el sendero por donde pasan los
pies que no cambiaría por tus flores.

***

r &lt; r ,. ,

l

1

Todo mi arco reverdece a tu aliento, y la cuerda se distiende en
una laxitud perfu nada. Pero, ¿dónde han volado mis flechas? Por
sus plumas ha pasado el estremecimiento de la vida nueva y han
escapado en busca de presa. ¡Eh! 1Cuidado, flechas mías! ¡Moderad
2 31

�LA PLUMA
el ímpet1,1l Recordad vuestra agudeza. Sois demasiado duras para el
beso, y será mortal vuestra caricia.-¡No importa! ¡Dejadlas! Quieren
el corazón palpitante.-(¡Ambiciosasl ¡Yo me quedaré en el paisaje
soñado, redondas colinas, vallecito para mi reposo!).-

•••
¡Ahl ¡Qué descanso, el de en tu pecho! Sólo tú te me abres cuando todas las puertas se me cierran. Mis brazos están rotos y mi arco
se cae de mis manos. Déjame, Diana, que me pierda en su noche y
sienta renacer mi vida al ritmo suave de su vientre tibio.

Como el bordón de mi arco, así es mi expresión, honda y grave.
Le clavaré en la tierra y haré de él un arpt eólica qua llegará hasta
las estrellas. Abril, tus brisas le harán sonar en lentos rumores de caricia. Tus furias c.iesatadas, pasión, le harán vibrar hasta temblar la
tierra.
El aire entero llevará por el óltimo escondrijo el eco de mi canto
-monótono y profundo-y a su arrullo colgaré mi arco del pico de
una estrella, balancín que mecerá mi ensueño. No tengas miedo de
la altura. Dame la mano, te subiré hasta mí. En un abrazo silencioso
y est1·echo veremos en lo hondo pasar los mundos envueltos en tristezas. Nos llegarán sus suspiros en un temblor ligero, veremos el
brillar de sus ojos cuando miren a la altura, y el vientecillo amigo
nos traerá en homenaje el eroma de la primavera.

ADOLFO SALAZAR
21

marzo

1921.

J

. Para 1z: viento fuerte,

•••
11
1

EMOCIONES PEREGRINAS

viento dtl mar y viento de la tierra,
-camarada de nuestro pensamientotodas mis ilusiones y mis penas,
en un cantar amargo
que tenga miel en la garganta a,·e
:t na.
lI

La carne se tleslzace
,
Y la noche es tierna. ·
Tú lle.gas al 1tmbral en busca -1
,
,,, za,
yo, voy buscando a mi alma en ,as
; t1nu
. . b;,as
euando llegues a mí
·
seré polvo entre el polvo de /,a t urra;
.
,
cuando yo 1/e~ue al alma qzu me guia
ya habrán muerto en la noclte las tstrt!las.

�LA PLUMA

LA PLUMA
ll l

Sobre el mar esta noche
se ha perdido soñando el Pensamiento.

-¿De dónde viene?-el alma me z'nterroga.
Yo le pregunto: -¿Qué eres? y el Silendo
murmura: -¡No te importa/

¿Ha perdido su ruta
o ha encontrado el camino verdaderg?
Su retorno a la playa
lo anunciarán el mar y los luceros,
con un silencio hondo,
y un derramar de lumbre por los cielos...
O habrá bsrrasca sobre el agua, y sombra...
y sombra... y sombra, en el espacio inmenso .. .
Según la buena o mala
nueva que traiga el alma en su regreso ...

Mi alma es esta noche
un ánfora de sueños y de estrellas.
Hasta el final de toda ambición mía
cada sueño me lleva,
y las estrellas de oro son caminos
por donde el alma va hacia Dios, abierta ...
V

Hay una barca azul que ahora navega
por el sereno mar de mi memoria.
¿Adónde va? ¡Quz·én sabe!
234

VI

Mas todo, hermana mía,
será para nosotros como un sueño.
Se perderán los árboles de oro
y hurtará Dios al sol los claros fuegos
para encender las lámparas astrales;
y se hundirá en la nt'ebla el pensarm'ento ...
y acaso algún lucero nos sorprenda
a media noche hablando con el vi'ento ...
Vl I

Y he de llegar un día
hasta tu hogar pidiéndote posada;
yo que te he dado el cobre que posees
para evitar la ruina de tu casa...
¡Bien sé que en el camino de la vida
algún ladrón ha de robarme el alma...!

FERNANDO GONZALBZ
Isla de Gra~ Canaria, I92I.
23,5

�LA PLUMA ¡
guste de _ta!es representaciones, y aficionado
arte, tan Injustamente venid
yo sobremanera a ese
o a menos en la
'd
..
ch as gentes cultas hirió pa f I
cons1 erac1on de mu,
r tcu armente mi at
'ó
¡os espectáculos que
en los t t
enc1 n la torpeza de
.
ea ros de la villa
t
·
se. Sm duda influyó no
.
y cor e suelen ofrecerpoco en m1 opinión el
]a temporada teatral de p . 1
recuerdo reciente de
an , rnn fecunda en d' r
compendio de los mejores pro ósit
l ver idas enseñanzas,
Y Norteamérica.
p
os en ese respe~to, de toda Europa

EL TEATRO
DE LA ESCUELA NUEVA

m

un año por este tiempo, regresaba yo de pasar unos
meses en París. Sólo quien pudiera ver entonces el renacimiento tumultuoso de la capital del mundo a la
vida pacífica, se dará cuenta de la triste estupefacción
que en ánimo sensible como el mío hahía de causar el regreso a esta
corte de la Mancha que es \fadrid, donde toda quietud tiene inconmovible asiento. No me importa arrostrar, a fuer de sincero, la posible confusión con tantos e!epañoles con pensión de ida y vuelta a
quienes no quisiera parecerme. La sensación fué como de caer de un
sueño a un pozo.
Poco a poco fuí discerniendo en aquella primera impresión, que
al principio se me antojaha algo así como una parada sorda en una
marcha acelerada y sonora, los molivos de mi disgusto. Que no derivaba precisamente del desacuerdo entre la realidad que aquí se me
ofrecía y un vago ideal inasequible, sino de la simple comparación
de un ambiente propicio a todos los entusiasmos con la sequedad
agostadora de este en que naufragan las más fáciles esperanzas.
Espejo de costumbres el teatro, y no tan solo por las que en los
escenarios se representan, mas por las que significa el que el público
ACE

236

Entonces y con denodado atr . .
ev1m1ento se me ocurrió la idea de
fundar un teatro que no f
uera uno más.
y menos que nada un teatro artístico
Pero entendámonos.
.
Nacidos los teatros llamados de t
mática de la injusta tira . d
ar t. del deseo de libertar la drama e empresar10s ¡
abuso que de tal calificac'ó
h
y ogreros, el uso y el
i n se
a hecho d
. t te, ha derivado su concepto · t·
. e vem e anos a esta par¡
pns mo a cierta acep · ·
¡
a cua1 tanto vale decir teatro t· t·
c10n vu gar, ::.egún
d d .
•
ar ts ico como ab 'd
e uc,r erróneamente la cal'd·
'
urn o, en fuerza de
1 '1d d e una
· ·
represent · ·
razon mversa del gusto del . bl'
Co
ac10n escénica en
pu ico.
sa que s b
.
verd a d' nunca es eficaz.
o re no ser siempre
.
Procede el error de la persistencia en
cuya boga ha malogrado ta t .
. esa fe estética o esteticista
1
,
.
n os ingenios que
tica la obra de un esp,·r·t
.
'
ve en a creación artís1 u superior as
'bl
selecto de la humanidad
1
' equ1 e tan solo a un grupo
temporáneos, desligada dee~ ed que ap~nas cabe alguno de sus cond d
o a emoción social
.
es e luego para el gran p. bf'
E
, e mcomprensible
vado semejante dogma a s~s •c_olt.. stablecida así la jerarquía y Ilet
u imas consecuen ·
1
an e un espejo sería dechado d ,
c1as, e monólogo
excelencia, tan só.!o superable :~eneros teatrales y arte cumbre por
go propio.
p la muda contem , Jación del ombli237

�LA PLúMA
.
ex eriencias más fructíferas en punto a
los nombres que ilustran las
De otra parte, incluso las ~
. t t I de que son pionurs
.
d lecen a mi ver de c1errenovación ea ra '
de
la
moderna
escena,
a
o
.
d
.
mejores tenlativas
. 1 de la representación rahace al fin esencia
.
1
ta confusión en o que
I de obtener la mayor comunión
ede ser otro que e
é .
mática. Que no pu
t d s Ahora bien el verismo ese mposible entre autores y espec a ~~e .b
esa c~n sus detalles de
co que ha dado lugar a la come,_1~ urgeuno' es lo mismo que sim·t '6 naturlf. is,a-qu
propiedad y su rec1 ac1 n
. . - tanto como la fantas:a decoratribuído al desequilibrio
ple y a veces es todo lo contt ano h '
ás modernos an con
'
t
áf ca de todos los países, y
tiva de los tea ros m
. . . 'd
la producc1on ram 1
..
d ¡
que se observa en
l
del comercio espmtual e
mucho más en el nuestro, tan -~bª. z~~\a subversión del buen orden
mundo. Se origina ese desequ1 , no 'ó dramática la preponderan..
. e en la representac1 n
teatral, que reqmer
t . . de los actores y el serv1c10 escia del texto sobre la interpre ac1on 1 t se vale para comunicarse
"ó
·
esivos de qut: e au or
cénico, medios expr
fi es exclusivos de la acc1 n
• .
0 en modo alguno n
con el publico, per
6 . s más atentos a explotar
La . disciplina de los c mico '
l
representable.
m
. .
• turales que a atemperarlas a os
el fácil éxito de sus cond1c1o~e::1 n_~ d de 'papeles exige; la necesidiferentes caracteres que la d1~ers1 a l des decorativos y mojigan11
te de encubrir con a ar
dad, por o tra par ' .
ue suelen escribirse para re egas la pobreza literaria de las obras g da tras temporada, alimentan
nar los carteles de novedades tempora
.
el mal y corrompen el gusto. .
ede ser obra de unos
·ó que se impone no pu
.
Pero la restaurac1 n
' rt I de exquisitez, a mndel teatro, a t u o
.
pocos, ni se trata de, excluir
. . rime con su benepláciguna categoría de pubhco.
ta las salas madnlenas, imp
f
El que recuen
h" tó . al éxito de los dramaturgos y
to cierto carácter de sanción ts ~,ca
bres de Jacinto Benavente,
cómicos en boga. En ese respecto os nom
238

LA PLUMA
los Hermanos Quintero, Carlos Arniches, María Guerrero y Fernando Mendoza, Lara y Loreto Prado, significan algo con lo que se podrá estar o no enteramente conforme, pero que revelan direcciones
artísticas creadoras cuando menos de modalidades adecuadas, no
siempre sin lucha, a una clase media de espectadores perfectamente
definida.
La producción dramática española, posterior al Tenorio-y hasta

el Tenorio desde los últimos clásicos del gran siglo apenas hay más
jalones en la rota tradición que Moratín y el Don Alvaro-, adolece,
sin embargo, de falta de carácter, no ya porque rehuya los temas
calderonianos, grotescamente degenerados en Echegaray, pongo por
caso, sino por su irrealidad representativa, no obstante la invención
de la fotografía y su influencia en la literatura. Y quizá por esa misma influencia, un tanto nefasta con sus pretensiones de supeditar el
arte en general a la instantánea sin composición, es decir, sin concepto general que resuma, explique y de tina en tipos genéricos, en personajes, las personas, y en dramas los acontecimientos cotidianos
cuya fatalidad escapa al simple observador.
Durante el último tercio de siglo y en los primeros aiíos de éste,
Galdós, y en la actualidad Valle-lnclán y Unamuno, se esfuerzan,
por distintos derroteros, con intenciones manifiestamente dispares,
en reanudar la representación dramática de la vida española en el
teatro, con cierto conceptismo harto más tradicional que los mejores
intentos de continuar la tradición en sus formas literarias exteriores.
Mas hay entre ellos y el público un valladar casi infranqueable, que
cómicos y empresarios defienden con absurdo denuedo. No quiere
esto decir que sus obras constituyan, a mi juicio, indiscutibles cánones. Pero ya el hecho de que no supediten su inspiración al criterio agarbanzado de empresarios y cómicos, ni desdeñen tampoco la
colaboración del espectador, antes bien, la estimulen incluso irritán239

�tA PLUMA
dola, denota una inquietud mucho más atractiva para el buen aficionado que la fácil transigencia en que se frustran algunos temperamentos sensibles, pero flacos y sin resistencia contra la adversidad,
o en que hallan escandaloso acomodo otros, desfachatados simuladores de toda nobleza arüstica y social.
No se me oculta, pues, desde un principio, la dificultad de conseguir mi propósito, toda vez que es menester no tanto renovar los
procedimientos escénicos al use,, en sus detalles más llamativos a
primera vista, siquier no conciernan a la esencia de la representación, como sus normas fundamentales. Es decir, que fundar un teatro nuevo significa constituir una cooperativa espiritual, en que
autores, cómicos y público, mas que la complacencia en un espectáculo perfectamente realizado, se propongan la contemplación en
cada ensayo de un ideal, inacabable de tan vivo.
La primera experiencia intentada no pudo ser más halagüeña. Ya
en distintas ocasiones habíame invitado mi amigo Manuel Núñez de
Arenas, presidente de la Escuela Nueva, a constituir una sociedad
dramática que representase las obras del teatr@ moderno extranjero,
tan insistentemente desdeñadas por los empresarios. La circunstancia de celebrarse a principios del pasado verano el Congreso General de la Unión de Trabajadores, nos sirvió de aliciente. En pocos
días se improvisó, con unos cuantos muchachos, de buena voluntad
todos y con excelentes dotes escénicos algunos, una representación
en el Teatro Español de Un enemigo del pueblo. El éxito clamoroso de
la prueba, me convenció de que podíamos contar con un elemento
sin cuya buena fé todo empeño sería inútil: el público. El público,
que arrebatado por la acción del drama, intervenía con ingenua simplicidad en favor del héroe ibseniano, cuya pasión de hombre fuerte
triunfaba de todo prejuicio político en el ánimo de una masa de espectadores socialistas.

LA PLúMA
Aquella noche pusimos la primera piedra del Teatro de la Escuela Nueva. No todo el mundo sabe la labor que la Escuela Nueva se
propone. Ni es esta ocasión de dirimir una cuestión ?e.límite~..He de
hacer con todo, una salvedad. Presidida por un soc1ahsta m1htante,
la Es~uela Nueva no es, sin embargo, un partido político, ni menos
una añagaza encubridora de proselitismos inconfesables .. Sus fin_e~,
eminentemente sociales, sí, tienden a borrar en la cvmumdad espmtual del trabajo esa diferencia absurda que separa 1&amp; l~bor del ob~ero
manual de la del intelectual, sin exigir a uno y otro mnguna abdicación de la personalidad, sin que esa mutua inteligencia signifique la
menor participación en una acción ajena a la obra pura del pensamiento. La mayoría de los socios de la Escuela Nueva no somos socialistas y lo que es más, los hay individualistas exaltados. El teatro
de la Escuela Nueva, por ende, goza de absoluta autonomía artística
y administrativa dentro de la agrupación, y si hemos querido de~orar con nombre tal nuestro propósito, es porque, aparte la debida
conmemoración del éxito a que debe su nacimiento, y la simpática
trascendencia que de tales títulos se deduce, por lo que significan de
aprendizaje y de juventud, nuestra creencia de _que e~ t~atro es ante
todo una acción social y por ello la suma expresión artisbca, nos mueve a preferir el beneficiarnos de su influjo-semejante en algún respecto de su intención a la Sociedad Fabiana de L&lt;,ndres, ~u.ya cabeza más visible desde el continente es Bernard Shaw-e mJertar en
ella nuestra actividad de la manera más adecuada ·a nuestro gusto,
antes que suscitar nuevos apartadijos tan sólo diferenciados por la
sutileza de un nombre sin obra.
No sólo tuvo Un enemigo del pueblo un éxito de buen público.
Había entre él no pocas personas de calidad que supieron prever, a
través de la imperfección inevitable del improvisado ensayo, las posibilidades de una continuidad menos azarosa. Don Ramón del Valle-

�LA PLUMA
Inclán y el poeta Luis G. Bilbao, incansable perseguidor del ocio
ajeno, soliviantaron de nuevo en las amistosas veladas veraniegas de
nuestro círculo, mis aficiones teatrales, y al amparo de la revista España, y con graciosa intervención conminatoria de Díez-Canedo, surgió otra vez en el horizonte la inconsútil arboladura de mi teatro
tantasma.
Ya en vías de realización el proyecto, bajoJ la dirección augusta
del propio autor de las Comtaias bárbaras, interrumpiéronlo ciertas
dificultades económicas, con que nuestro optimismo no contaba, y la
obligada ausencia de Valle-lnclán, retenido por la molicie familiar en
,
su casal gallego. Pronto, sin embargo, recibieron nuestros súbitos
ímpetus y desmayos un impulso definitivo en pro de una realización
inmediata de tales quiméricos afanes. Y si ahora la idea toma cuerpo
y se afirma en una realidad prometedora de mejores esperanzas, débese a la deliciosa terquedad de una mujer-apenas si lo es todavía-cuyo talento literario, de tan varonil humorismo, augura ya
para sus muchos lectores las singulares gracias cuya exuberancia ha
de hallar adecuada expansión en la escena. He nombrado a Magda
Donato, verdadera musa de carne y hueso, insospechada negación
viviente del feminismo de penúltima moda de nuestras ridículas,
¡ayl, por lo general nada preciosas, estampa de la simpatía, e infatigable trabajadora. Nada serían nuestras mejores intenciones sin su
risueña voluntad.
Otro poeta, fiel a la belleza inmaculada, nos brindó desde luego
su concurso entusiasta. Y el nombre de Juan Ramón Jiménez figura
ya entre los beneméritos creyentes de esta fé a cierra ojos en un teatro nuevo.
El Ateneo, representado en el secretario de su Junta de Gobierno D. Victoriano García Martí, y especialmente D. Andrés González
Blanco, en nombre de la Sección de Literatura, nos prestaron desde
242

LA PLUMA

::1

luego benévolo apoyo y
. h
o emos podido anunciar un abono
cuatro primeras funcio~es
co que colmaba la sala de' la :a11:nsayo obtuvo por parte del póbli~
La representación del drama d S del Pr~do, cordialísima acogid
a.
. e, ynge Ymetes hacia el m ar, d e cuya
ttraducción por Juan Ram ó n Junene
a a nuestros lectores , y d e esa pequz y- su esposa hemos dado cuenLa
guarda cuidadosa sir . .
ena maravilla cervantina q
'
nuevo
'
v10, cuando men
ue es
f
. ' con espectadores más peli
os, para experimentar de
/ncJones teatrales al uso la pruebgrosos, por más avezados a las
. lo; es d~cir, la posibilida~ de hall· a logra~a _con Un enemigo delpueJuez. y sirvió para que, con Ma dJr un pubhco colaborador más que
~a~~ec~n y Fernando Bilbao al!o d~~nato, apuntaran ya Francisco
c1 n an de conseguir de
o mucho que el estudio
sus naturales condiciones có .
y la
partiéronse los demá!:
ca
d ,
· papeles de acto
micas. Rem mara e~1a, Asunción Ruiz Medran res y tra~oyistas en fraternal
- tlte, Pepita Serrano, Adela M o, cuya ~rac1a infantil tanto r nores Benito Pui
y ercedes Barno mis a .
p o
timo y . '
g, Luz, Cano Coloma Alb' 1
m1gos los sepnmero Augusto Ferná
,
10 ' rtega, Xammar ól
comparsa y pintor cuy
ndez, alternativamente galán ó' Y_ . •
os apunte d
.
c mico
ya la orientación simplis~a e~c:~:hvos tan acertadament:
ueva.
f
respecto del Teatro d 1

O

~:: 1:1:º~
e·

e a

um~lenos agradecer a la Prensa
q~e ha visto en nuestro intento ta
la d~f~r_entisima atención con
apenas sugería. Crítico ha ha::~s pos1b1hdades que nuestro ene a Correspondencia de Esp ~
o como el Sr. Aznar Navarro
cuenta de la representación det;; que ha puesto a contribución ~
~cerca ~e la e!iicuela de arte dramát~;oeo, algunas apreciaciones mías
que es. el Teatro del v·1euxolomb1er
de París· SonroJ'árame
_
empeno de ju!,tificar la pobrez d, a no advertir en la cita el piadoso
la vastedad de nuestros deseo: ;o:~:s;os primeros resultados con
orrás, el Sr. Alsina, el señor

:ª-'1

2 43

1

�-RoWa14.Aogel Vegue, Andrenio, los críticos anónimos de El RetafJlo y El Tie,,,po, los fotógrafos de La Tribuna y Hoy, han contribuido
a difundir la buena nueva de nuestra intención, disimulando las muchas faltas de nuestra impericia de bisoños. Gracias les sean dadas,
y con ellos a Luis Araquistain, que desde las columnas de La Voz
nos ha animado a tomar ejemplo de los actores argentinos, nuestros
huéspedes, y entre bastidores del Teatro de la Escuela Nueva nos

presta su ayuda.
Pero qúiero que todo el mundo advierta en nuestro propósito,
-90bre cualquier linaje de consideraciones, el decidido buen humor
que nos anima, y que esperamos nos libre por siempre jamás del terrible estrago de la pedanteria. Amén.

C. RIVAS CHBRIP
X

o

SIMETRf AS
1

fMi alma vibrando en mis 'Versos.
'Y la tuya con ellos vibra.

6~ las aguas dormidas de un estanque
mi alma se duplica.
11

!Por el fNorte
la tormenta,
por el 6ste
la galerna.

'Y la 'Vida en la rosa de los 'Vientos
jugada a La ruleta.
11 I
e 1',;oda., laa CNaa údfraa., ao,r
wtelodioaaa. 'G'odal lot eoau pn:r
fartda. .a• eanto.•
Cutn.a..

flormas de infinitas melodías
trazan las dormidas golondrinas.
¿Cuándo os lanzaré, notas aladas,
de los telegráficos pentágramas?
VALBNnN ANDRBS ALVARBZ

�"IRIS"

LIBROS Y REVISTAS

{;[ rayo de sol
busca
mi sentimiento,
y quiere
que yo cante
a los
siete
colores
que en su seno
reposan y esperan
la
gota
de
agua
'Y no puedo siquiera
cantar
su
luz
blanca
y
diáfana.

Mario Pnccinl.-Viva l'anarckia-Romanzo di un r,iaggiatore in ;oe.r/a.-Bcm-

v.1 .

9

JOSB DB BBNITO

..

pórad, Fire nze.
No es propiamente una novela, aunque así su autor lo subtitule, el filtimo
libro de nuestro colaborador italiano. No hay en él trama, intriga, ni apenas
acción que guíe al lector a través del alegato que Mario Puccini se propone en
cerca de cuatrocientas páginas de nutridísima prosa, cálida, colorida, animada
de esa vivacidad característica de sus crónicas de LA PLUMA, subsistentes
incluso a pesar de la' traducciún, siempre desteñidora del estilo. Casi sin ficción
alguna, con la menor cantidad de elementos imaginativos, el alegato nos lleva
derechamente a la moraleja de la conclusión. Que viene a ser esta, en fin de
cuentas: Desquiciado el mundo por la tremenda convulsión de la guerra y trocados los valores morales sobre que se sustentaba el compromiso social en qnc
florecía el progreso humano, bienvenida sea la anarquía definitiva, la destrucción del orden actual en que perecen degeneradas las normas de una civilización caduca. Porque del caos resurgirá el orden nuevo y la vida recobrará su
sentido.
Ahora bien, con innegable acierto crítico, ha huído Mario Puccini de hacer
semejante generalización en términos abstractos,.sino que la ha referido a su
país y, más estrictamente aún, ha planteado el problema con toda la sinceridad
que su espíritu de hombre de letras lo siente; es decir, reduciendo su vaste&lt;!ad
a las proporciones inmediatas de su conciencia de italiano, para quien el tumulto y confusión actuales significan una solución de continuidad en la tradición profundamente humanista de su patria.
No es tampoco cosa, sin embargo, de adoptar posturas trágicas ni ademanes exagerados. Para llegar más derechamente al ánimo del lector y ganarlo
con la evidencia, no es menester un tratado de pura didáctica, de doctrina escueta; rehuyendo, pues, otro señuelo novelesco que el del título, se puede exponer el panorama espiritual de Italia después de la guerra tal como lo ve un
hombre de buena fé. Así ha hecho Puccini.
Su viaggiatore in poesia no es un &amp;oñador divagante por mundos fantásticos;
es un comisionista literario que va recorriendo las principales ciudades de Italia para ofrecer a los libreros y a los lectores la mercancía de un editor que

•

247

�· LA PLUMA

LA PLUMA
quiere restaurar con la lectura de los clásicos el principio edu~ativ?, rebajado ahora basta el extremo que significa,1 los escaparates de las hbrenas llenos
de cubiertas procaces, fácil incentivo del gusto perver~o.
El tal comisionista recorre de punta a punta la penrnsula, p~dece Y se conmueve ante la agitación social subve, lidora, justifica en su ám~o los desmanes del desvalido babia con el profesor, con el lego, con el artista, con el pa•
triarca de las let;as. De la ruina de sus mejores esperanzas ~e salva la m.is
fructífera. El ¡viva la anarquía! de este espfrilu sut_il, de este ánimo ponderado
que es Mario Puccini, no es el grito de deses~erac16n, que nos sacud~, de. los
grandes tétricos rusos anteriores a la revolución; es el a)erta, sarcásh~o Sl se
quiere, pero seguro y confiado, de quien se siente nutrido de la savia de un
clasicismo renovado de generación ~n generación.
.
Libro eminentemente representativo de la _hora actual, resume ~t~a ~anarckia Jas mejores cualidades de su autor, e°; quien s~ .t~m~lan Y equihbi ani las
modernas experiencias literarias de ese crisol de c1v1hzac1ones que es Ital a.
c. R. c.

• **
Carlos Pereyra.-La obra de España en América.-Biblioteca Nueva, Madrid,
11

Este nuevo libro del Sr. Pereyra es un intento de sistematización históri~a
de la obra de conquista y colonización de América por los españo_les; es decir,
que no se dirige tanto a esclarecer tal o cual episodio poco conocido de aquella secular cadena de proezas o a rememorar entre alabanzas las que todos
general
.
creemos conocer, como a ordenarlas en e 1 marco d e una expl1. cación
mi'
declarando cuáles fueron los datos esenciales (geográficos, étnicos, econó •
cos) que los conquistadores y colonizadores tuvieron que barajar Y las fuerz:s
profundas que actuaron permanentemente en aquella al parecer desordena
empresa así como el aprovechamiento inteligente de esos dat_os Y fuerzas por
las cabez'as directoras de la conquista y colonización. El criteno con que e 1 s~ñor Pereyra utiliza las noticias que ha reunido es irreprochabl~: cLa tendenc~a
del autor-escribe en el prólogo-es esencialmente_ ~rítica. Esllma que una ª •
miración indiscreta daña tanto o más que una hoshltdad cerrada, sobre todo
cuando lo que se busca no es defensa de causas, sino descubrimiento de verdades. Convertir leyendas negras en leyendas blancas es tan ilegítimo como
contrario. Y en los tiempos de fineza analítica que alcanzamos, puede ser m s
temible para los que escribeo sobre asuntos históricos verse conde!iado_s por
una son.risa que por una franca desaprobación•. Si el estudio de la h1sto~1a. colonial americana suscita a la postre en el ánimo del Sr. Pereyra un senti~uen
to admirativo por la obra de España, no es-podríamos decir remedan
e
humor a veces acerbo del Sr. Pereyra-no es culpa suya: la grandeza de esa
obra se impone por sí sola. e Esos sentimientos no existían en el au~or _antes
de comenzar sus estudios y como le fueron sugeridos por vía tan mdir_ecta
que muchos de ellos naci~ron revisando afirmaciones autiespañolas de his!0 •
riadores a quienes consideraba en posesión de la verdad, tienen toda la deSlO·
teresada pureza de su origen intelectual&gt;.

ª

lº

° 1

, ..a

•

La economía del libro del Sr. Pereyra es una comparación de la obra colonizadora de España con la de los anglo-sajones. El fallo del autor es favorable
a los españoles. Ni nuestras conquistas en América «fueron obra de la miseria
desesperada de aventureros famélicos que buscaban enganche en las gradas de
Sevilla», ni los colonos ingleses eran puros apóstoles de la libertad y de la tolerancia, comlil se ha supuesto. El oro, te fabuleux ,nétal, era un señuelo, pero
no fué jamás el nervio de la conquista: la explotación agrícola y ganadera prestd la base permanente y sólida sobre que se asentó el dominio español, e hizo
posible la continuación de aquellas empresas, concebidas algunas con percepción genial del futuro y realizad..1s v consolidadas las más con una especie de
•empirismo organizador» de muéha fuerza, que no dejaba de medir y aprovechar, aunque no lo hubiese aprendido en cátedras ni libros, el valor de los
recursos disponibles. Introdujeron los españoles en América la civilización de
su tiempo; ya se sabe. Además, el continente descubierto y conquistado por
ellos fué objeto de estudios desinteresados, de investigaciones científicas, y los
trabajos de los españoles en América, sobre todo en el orden de las ciencias
naturales, aportaron una contribución valiosa a la cultura universal. Pero entre la magnitud de aquella obra, que el Sr. Pereyra califica con justicia de colosal, y sus resultados postrimeros, la desproporción es manifiesta. Ni la colonización robusteció, que digamos, el cuerpo político español, ni prosiguió con
la pujanza que mostraba en las primeras décadas, ni l,s creaciones de España
en América parece que tuvieron el arraigo y el vigor necesarios para afianzar
su normal crecimiento. ¿Por qué causas? El Sr. Pereyra señala dos: una insuper~ble, por ser de orden natural, la configuración geográfica de América, que
dispersó la acción de los españoles, estorbando la concentración del esfuerzo'.
y otra de mal gobierno: la desastrada política naval y comercial de. la Corona,
que con el sistema de privilegios, sin enriquecer el Tesoro, apartó de la espansión económica en América y de la defensa del imperio colonial a la masa
de la nación.
El Sr. Pereyra ha pensado y escrito su libro con la infatigable preocupación del prestigio histórico de E spaña, tanto más de agradecer cuanto que
el Sr. Pereyra no es español de nacimiento , 3unque lo sea de raza. Tan lo es de
raza, que el más fino español, puesto a redorar los blasones de la patria, difícilmente le aventajaría en celo. Esa capacidad de desposarse sin reservas con
una causa española, de emocionarse ante nuestro pasado (aunque en ciertos
aspectos, por ejemplo, en lo tocante a la rivalidad con los anglo-sajones, el
tema del Sr. Pereyra está más vivo y patente para los americanos que para los
españoles) es un brote amablfl: de nuestra sensibilidad nacional t\ue retoña
transplantada en otras tierras. El autor no llevará a mal, con todo, que hagamos algunas salvedades frente a ciertas apreciaciones suyas, tales como las
relatiyas al influjo de la expulsión de los jesuitas en la pérdida de] imperio
ooh:~mal, al verdadero papel de la Inquisición y a la intolerancia española.
~m1gos y detractores del Santo Oficio han vertido en polémicas estériles más
tinta que sangre de herejes vertió la propia Inquisición; sólo que la tinta es
menos costosa. Y el definitivo valor de algunas de esas posiciones lo muestra
el hecho de que, tras de prevenirnos mucho contra el anacronismo, lo más
'49

�LA PLUMA

LA PLUMA

•

fuerte que suelen decir (y acaso probar) los que se chacen'cargo de la diferencia de tiempos•, es que los estragos de la Inquisición no fueron tantos en número como se supone. Así el Sr. Pereyra, que tiene en este punto predecesores españoles ilustrísimos. Más que nada, el Sr. Pcrcyra toca el tema pera delllOStrar que si los españoles fueron caigo• intolerantes y crueles, no lo fueron
menos sus rivales y detractores los anglo-sajones. Quizá. Es un relativo con•
suelo para el amor propio .nacional pensar que todos hemos escrito muy but:·
nos capítulos en la historia tic la barbarie. En nuestro tiempo prosperan forro.is
de cipresión y de bárbara tiranía que escandalizarán a otras generaciones. Lo
que no está permitido es aferrarse en formas de intolerancia retrasadas con
relación al espíritu predominante en cada época.
En general, cuanto uno lee tocante a la declinacién de España en América,
no deja de suscita» en el ánimo un desencanto melancólico; no por ver frustradas antiguas ambiciones de predominio, con las que uno nada tiene ya que
ver, sino por el despilfarro de las ener&amp;ías y capacidades de un~ raza prócer,
que !.e extenuó sin recompensa proporcionada. Y a este propósito, hurgando
en tales historias, descubro, y confieso humi~demente, mi incapacidad para
elevarme al codio histórico,; no puedo aborrecer al inglés por las piraterías
del Drake. Ni es posible aceptar ningún discurso sobre la decadencia española que pretenda explicarla por la envidia de los otros pueblos conjurados para
pet"dernos, como no sea en el sentido profundo de la advertencia del poeta:
... Colón pasó los godos
Al ignorado cerco de esta bola.
Y es más fácil, ¡oh España!, ca muchos modos,
Que lo que a todos les quitaste sola,
Te pued;,n a tí sola quitar todos.

M. A.

•••
8ergio Yuly evich Wltte.-Mánorias.-Vcrsión castellana de M. Domenge.
Dos volúmenes. Madrid, Calleja, 1921.
Los hombres y las cosas de Rusia están desde hace años en el plano de la
actualidad candente, con lo que nada ha salido perdiendo nuestra ilustración
particular. Antes, muy pocos hubieran podido dedr de Rusia más que el personaje de Gogol: cRusia es un inmenso imperio•, salvo los jóvenes que por
abrazar la profesión de cónsules profundizaban, si puede decirse así, en la ¡,te'!•
grafía política elemental. La revolución ha concluido de encadenar la cunos1dad y las preocupaciones del mundo a los fastos rusos, y no habrá hoy persona algo leída que no haya empleado la mente en esta operación: esbozar una
explicación de aquel cataclismo fundándola en el estado moral deJ pueblo
ruso, revelado en su literatura. Que la atención de nuestro público está, como
en todas partes, vuelta hacia Rusia, se prueba por la frecuencia relativa con
qui: aparecen libros de autores rusos o tocantes a Rusia. ¡Grande ha debido de
ser la conmoción, para repercutir sensiblemente en la bibliografía española!
Estas 1lle111orias del conde \Vitte tienen importancia. No diremos que sean

,50

un ?ibro csensaciona\., en el sentido de que revele algún secreto capaz de cambiar la ~p:e~iación (lUe hasta ahor~ se.haya hecho de ~iertos personajes y sucesos h1stoncos: el proceso del zarismo se ha substanciado a plena luz, los testimonios pululan, y la causa está fallada. Pero el libro, abrumadora acu~ación
contra d régimen imperial y sus hombres, es de gran fuerza por dos razones:
por el punto de vista conservaaor y la calidad del personaje ql!e lo ha escrito,
y P&lt;?r pr_esentar ordenados, ensartándolos en et hilo de la política interna de
Rusia, htlo que durante años tuvo entre los dedos el autor, los hechos culmi·
naates en el cuarto de siglo que precedió a la gran guerra, y los móvilt-s usuales de una Corte, dt' un Gobierno, de una casta, que c.;xplican plenamente las
catástrofes ulteriores, cuando no las justifican. Witte es uno de esos estadistas
reformadores por instinto de conservación, que suelen aparecer en todos los
pueblos cuando uc régimen secular fatalmente se desquicia. Dotados de mejores cluces•, de más talento o de más calor humanitario que 111 gencrnlidad de
los hombres de su misma extracción, e incapaces por •tra parte de ponerse
sin reservas al servicio del porvenir, que en su t·sencir, ks repul(na, pretenden, por 1~ común en balde, s~crificar la mayor p:,rte de la carga con tal de llevar el 11av10 a puerto. Su destmo es desagradar a todos v frac.is ~r. Sus frn:-tra&lt;los pl~ne~ ~irven, ulteriorme~te. para ~liment.ir en_ los ingenuos ele idl-as sanas la 1lus1on de que tales o cuales calastrofcs pud1crcm evitarse con un ¡.,oco
de cordurn, sin perder por ello los buenos frutos de una gran reforma. Aquel
fracaso suele ser merecido, y esta ilusión no pasa de ser tal, porque ótr'a cosa,
en trances como esos en que la~ almas crujen, sería-lección inmoral-el tt'iunf~ de la_ h~bili~~d, de las componendas y de las frías combinaciones del empinsmo sm esp1ntu.
Memorias del género de las de Witte pn..tenden casi ~iempre persuadirnos
qu~ el auto_r, aunque él no 1,, declare, es un grande hombre. En el caso de
~1tte, esa 1mpres1ón es más fuerte, porque, colocado en una posición interme~16, y ~ás _atento_ en su coudu~ta a la oportunidad fogaz que al vigor de una
1deolog1a bien articulada, necesita defrnderse haciendo fuego por las dos bandas. Sin disimul~r su desprecio por los revoiucionarios, desnuda, moralmente,
a la caterva oficial de la Santa Rusia. y es más sañude con los Emperadon·s,
los grandes duques, y los generales, que con los caGecillas del terrorismo; al
fin, é~tos le hicieron menoli daño que los palaciegos. Y la verdad es que el
hombre que pretende haber tenido siempre razón solo, contra tocios sus contempor_áneos, altos y bajos, \·erdugos y víctimas, no abriga mediana opinión de
su mérito.
De origen noble, conservador por temperamento leal a la dinastía, Witte
~ropugn6 una política de concesiones graduales y de moderado con5titucionahsmo. Ya en los comienzo'i de su carrera «la opinión pública estaba envenenada por el espíritu de lib1ralismo, que, en esencia, es enemigo de todos aquello~ que se destacan a causa de su posición o su riqueza; de aquél espíritu que
amma a las muchr-dumbres revolucionarias y que, años más tarde, fué respons~blcs del re1;&gt;u_gnante asesinat? d_e un emperador tan grande como Alejandro Ir.. Participó en las organ1zac1oncs secretas para la represión del terroris2,1

�•

LA PLUMA

LA PLUMA

Teatro Selecto Centemporáueo.- Biblioteca Nueva, Madrid.
mo. «Los revolucionarios-decía en una carta-deben ser combatidos con sus
propias armas, particularmente por me~io de. una orga!1ización secreta que
tuviera por objeto contestar a cada mamfestac1on terronsta coc un co_ntragolpe de igual naturaleza&gt;. Pero le disgustó el modo que tenía .d~ funcionar
asociación («La Santa Hermandad»), llena de _«gentuza an:b1c1osa&gt;. Propu~o
que en el periódico oficial se pu~licara la r:lac1ó~ dC; sus m1em,bros, Pai:ª qu~,
por miedo a los terroristas se dieran de baJa los 1nsmceros; as1 ese purificana
)a organización,. No Je hicÍeron caso, y se marchó. Witte tení~ una idea grandiosa del porvenir de Rusia, fundado en la paz, en la e~plotac1ón de los recu~sos naturales del Imperio y en el afianwmiento de la l~b7rtad de los camp_es1nos mediante la propiedad individual del su~lo. Fué n¡m1stro de Ferrocarriles,
reorganizador de la Hacienda J?ública, neg?c1ador_ a~ortunado de la paz con. los
japoneses, y presidente del pnmer ConseJO de mm!s~os de la Rusia cons~1tucional en los días críticos de 19051 cuando se orgamzo en Petrogrado el pnmer
Soviet. Fracasada su política de conciliació_n entre el ~artido ~e)a &lt;;=o~te Y los
constitucionalistas, Witte se retiró del Gobierno y casi de la_ vida publica_.
Al referir su intervención personal en las grandes cu~sbones_que agitaron
a Rusia en los últimos treinta años, ya fuese~ de orde~ 1nfernac1onal (expansión en Oriente y guerra con el Japón, mane¡os del Kaiser alemán antes Y ?espués de la Conferencia de Algeciras, contratación de los grande_s empré?tlt?s•
etcétera), ya de orden ioter~or (proyecto~ d&lt;: re~ormas, pe~secuc1o~es de Jud1os
y terroristas, bárbara reacción de Stolypm, mtr~gas pala~mas), y.71tte traza un
retrato poco lisonjero de la Rusia _prepote~te; s1_n excepción c~s1, todos aquellos personajes, desde el zar al último f1mc1onano, ~on una g~v11la de locos, fanáticos, aventureros, ineptos y simples canall~s, ávidos ~e millones, Y mancha•
dos de crímenes. Un capítulo en~ero es~á dedicado_ a Nic?lás. ll; «_su carácter
-dice-es esencialmente femenmo; es mcapaz de Jugar hmp10 y siempre busca medios clandestinos· no tolera a su lado a nadie que le aventaje en tal_ento;
era partidario de una política agresiva»; la ~arina era uoa m~jer histénc~ Y
desequilibrada con fuerza de carácter suficiente para contagiarle su estado
morboso. DesfÚan por estas páginas tip~s de vaudev_ill~ y siniestrosyajarracos;
así Stolypin, en cuya época «la pena capital se convirtió en un as~smat? cometido por las autoridades gubernamentales•. Toda esta parte del libro tiene un
interés patente para el lector español.
.
. . .
El Sr. Domenge ha traducido e,stas J!fem~rzas de la ed1c1ón m~lesa.1:a tra•
ducción no está mal. Nos parecena meJor s1 el traductor se hubiera suJetado
menos a la sintaxis del idioma de que traduce. Pued: que sea erróneo_ nuestro
criterio, per(I esa sujeción, sin añadir nada a la fide_hdad, mengua el vigor expresivo del texto castellano. Con te.do, .e~ta traducción es clara; _no es ~na de
esas traducciones que es menester «ad1vmar&gt; a atr~vés de una _mebla v1sc?sa.
Nos permitiríamos señalar, a riesgo de pecar de exigentes _(¡quién estará !1bre
de estos pecadillos?) algunos descuidos: como e Cuartel Jat!no• por «Barno la~
tino»; «billones de rublos•, por miltiar1s, y otro m~y ext~ano (pág. 127. vol. ,1).
«Inasmuch nuestro ministro de Negocios Extran¡eros, ignoró... etc.&gt;. Cre1a
mos que i,;asmucl, era un adverbio.
M.A.

!ª

De muy pocos años a la fecha se ha producido en la librería española un
evidente cambio en el criterio general porque se regía nuestro comercio de
libros. De una parte, ha surgido la editorial planteada en gran escala, con cierto burocratismo germanoyanqui, si no adaptado aún a las .realidades del mercado hispanoamericano, grandemer,te prometedor para lo futuro; o bien se
han transformado en un sentido más propiamente literario do! 41ue fué origen de su fortuna, algunas casas ya muy prósperas antaño. De otra parte,
se ha presentado en nuestro horizo11te, todavía tan limitado, el editor co,1sciente, rarísimaJavis hasta ahora por estos incultos yermos. La cColección Granada», del Sr. Jiménez Fraud, y la •Biblioteca Nueva», del Sr. Ruu Castillo,
revelan en ese respecto un progreso innegaale en nuestro ambiente, tan ingrato por lo común a toda tentativa de orden espiritual.
Una nueva serie inaugura ahora el Sr. Ruiz Castillo con cuatro pequeños
volúmenes de teatro, escogida muestra de la dramaturgia europea poco conocida todavía en España. Dos dramas de Andreief: La vida del nombre y Hacia
las estrellas, otro de Galworsthy: La l,uelga, y otro de Bjornson Bjornsterne:
Laboremus, respectivamente traducidas por Tasio, Luis Araquistain y Enrique
Díez-Canedo, denetan en el Sr. Ruiz Castillo la persistencia en esa varia yacertada elección característica de sus ediciones anteriores. Distanciados en el
tiempo, en el espíritu que los engendró, en el clima social que los ha producido, aparecen los cuatro volúmenes unidos ante nuestra consideración por un
nexo en cierto modo común: el de la inquietud desagradable que desde luego
su lectura nos produce. Inquietud y desagrado que, sin embargo, solicitan en
nuestra atención muy diferente curim,idad en cada caso.
Quizá, no obstante lo manido del tópico, pueda volver a ser lícito, a propósito del Labonmus de Bjornson, el habhr de las brumas nórdicas de que tanto
se abusó por estas latitudes, con mucha menos justicia, allá por los años en
que empezamos por 'iquí a entrever a Ibsen. Sin que por esta vez nos sea dado
achacar nuestra relativa incomprensión a esa vaga niebla en que los malos
traductores solían dejar el sentido original de aquella sobras de suyo difíciles,
por extrañas a nuestro temperamento. Enrique Díez-Canedo une a su conocimiento de lenguas extranjeras el mucho más raro del habla castellana, con lo
cual y su buen gusto y excelente juicio, reduce a las posibilidades del nuestro
cuantos problemas lo sean tan solo de expresión. Pero él mismo señala en su
prólogo a Laboremus la característica distintiva de Bjornson con respecto a
lbsen, que hace de la condkión eminentemente noruega de aquel, la cualidad
de su_ boga exótica. en tanto que éste nos conmueve más por hombre que por
noruego. La moral e incluso el procedimiento artístico de Laboremus se nos
~tojan ya un tanto caducos. Lo cual no quiere decir que no creamos necesario Y hasta imprescindible para nuestra curiosidad su lectura, como provechos(sima la reacción que en nuestro ánimo produce.
• De muy otro orden es el desasosiego que los dos dramas de Andreief despiertan en nuestra conciencia. Y no porque nos sacuda el arn:bato de que nos
sentimos arrastrados casi siempre en la gran literatura rusa. Antes bien, el
253

�LA PLUMA

malestar que nos invade leyendo La vida del luJmj re Y, J!acia las estreltas, se
origina, a nuestro juicio, del desacuerdo entr~ el sentimiento del autor, que
parece querer hallar en el occiden,talismo s~ci~l de Europ~ _un descanso a sus
torme ntos de místico eslavo, y nuestro sentimiento, prop1c10 a _abras_arse e.n
esa gran hoguera espiritual de Rusia. En uno ";( otro drama, la misma rnge~UI•
dad con que se afrontan sin la menor to~tuos1dad pla~entera ! los sentidos
teatrales, los problemas vitales por esencia, nos a~gustia y agobia, más que sobrecogernos ni ganarnos por el terror o la compasión .
La lluelga, título español de La lucha, de ~al_w_orsthy, nos ofrece otra
ocasión de comprobar, con ciertas salv~dades, un JWCto análogo al que la comparación de Bjornson e Ibsen u:is sugiere. Galworsthy pu~ue representar a
nuestros ojos el polo espiritualmente opuesto a su compatriota Bernard Shaw.
Las comedias desagradables de éste nunca lo son sino por voluntad querel_lante
de su autor, que no consigue irritarnos _con s~s sorpresas de tan aguda hteratura. La lluelga, en cambio, retrata la vida m1_sma con harta verdad, ~o. nos
ahorra ninguna de las vicisitudes de la_ co~ed1a humana tal_ y como adiano se
nos ofrece en las columnas de los penód1cos. Sobre 9.-u ~ nmguna uu~va aportación significa, en punto a visión del natural y cons1gu1ente ~oraJeJa, al clasicismo ibseniano de que :;e nutre el teatro e~ropeo C?~temporaneo.
De desear sería, con todo, que su influencia benef1c1ara de algún modo al
nuestro estéril y caduco. Bienvenido el aire saludable que nos llega por estas
ventaniÜas y respiraderos que el Sr. Ruiz Castillo abre a todos los vientos de
Europa.
C. R. C.

Libros recib idos.-Alberto Masfen:er: Pensamientos y formas. Notas de
viaje. García Monge, San José de Costa R.ica, 1921. Manuel González Zele~oo
(Magon): La propia. Segunda edición. García Mooge, San José de Cost_a Rica,
19 21.-Jorge Rodembach: La ciuda_d d~ las aguas pmerta~. Novela_. Versión c~stcllana de R. Cansinos-Assens. Editonal América, Madnd.-Enn9-ue F~denco
Aroiel: Diario intimo, tomo segundo y ú.ltimo. Traducción de Mana Ennqueta.
Editorial América, Madrid.-Obras de Remy de ~0~1 mont: Una noche e~ el Luxemburgv. Traducción de J. ~ómez de la _Serna. Biblioteca Nu~va_, Madnd.-E/
sueño de una mujer. Traducción de J. Gomez. de la Sern_a, Biblioteca Nuev:a,
Madrid. -Georges Duhdmel: Vida de los márttres. Tradución de Rafael CalleJª·
Calleja, Madrid.
R~vistas.-Hermes, Bil':laa.-Letras, Córdoba.-Athenaeum, Zaragoza~Pá¡;ina, Sevilla.-España y Amirica, Cádiz.- \ os, Orer:,se.-Reperforio Am~ncano,
San José de Costa Rica.- Vida Nuestra, Buenos A ires. -Claridad, Santiago de
Chile.-Cuba contemporánea. La Habana.-Die A.ktion, Berlín. -Le Crapouillot,
París.- Le Progrés Civique, París.-La Revue de l'Epoque,, París.-Me,·cure de
France, París.-La Connaissance, París.-Belles-Letfl•es, Pans.-La Ronda, Roma
l'he Atlantic Monthly, Boston.-Cultura Venezolana, Caracas.
Z$4

LA PLUMA

•

GACETILLA
La voz del pasado, o vejamen de la generación del 98,-De fijo
que ustedes no leen la Gaceta. Bien. Nosotros tampoco. Pero hay hombres
para todo: un amigo nuestro que emplea sus ocios en cerner la prosa oficial
con la maligna y casi siempre fallida esperanza de hallar entre esa ganga un
grano de oro, nos envía un número del periódico del Gobierno (12 de febrero
de 1921) que pronto será una joya bibliográfica. ¿Dónde diablos ha ido a refugiarse la amenidad? Se trata de un dictamen eyaculado por la Academia Española apropósito de la adquisici6n de las obras de Tamayo para las Bibliotecas
públicas. Cumplimos el deber de copiar unos trozos de esa pieza de crítica literaria descomu~al, para instrucción del lector y en prueba del respeto que
nos merece el cnteno de los encargados de velar por la observancia de las
tradiciones que nos legaron nuestros mayores majaderos. Acerca de la paternidad de la obi'a tenemos fuertes dudas, no obstante la firma que lleva al pie;
¡está probado q11e lo que no se le ocurre a un académico, se le ocurre a otro!
Ea todo caso, la Academia ha prohijado el fruto de ese vientre anónimo.
El informante empieza triscando en el pradecillo de la ironía: «... como de
lo escueto del texto burocrático sólo resultara que un Sr. D. Joaquín Tamayo,
solicitaba la adquisición para las Bibliotecas públicas de las obras escénicas de
un tal&gt; D. Manuel Tamayo y Baus, creímos probable una coincidencia de
nombres y apellidos, y que se trataría de una modesta tentativa literaria, necesitada del apoyo moral de esta Corporación... • Pero no; se trataba del propio
autor del Drama Nuevo (¿cómo lo habrán sabido?), y la Corporación sa pregunta escandalizada: «Pues si las obras de D. Manuel Tamayo no pudieran honrar las Biblotecas españolas, ¿cuáles serían dignas de preferencia?&gt; En efecto,
¿cuáles? De seguro que no las de Novo y Colson. «Convendremos-prosigueen que la pregunta (alude a la que le kace el seño,· ministro) pueda ser efecto de
tramitación reglamentaria deferente para esta dependencia de la superioridad,
y no de _lamentable desco~sideración hacia el gran dramaturgo.• Convenido.
¿Qué opma la «dependencia de la superioridad,? Opina que «... lo solicitado...
es urgente en esta época de inundación y turbia literatura y de premeditado
de~acato contra los viejos escritores... La juventud modernista, necesariamente iconoclasta, ya que agota sus entusiasmos en la propia estimación, finge no
conocerle, después de saquearle, y le ultraja para eludir riesgos de competencia, po_rque es más fácil silbar al catedrático que aprer.der la asignatura.• Luego, el_rnfor~ante da_ un sallo atrás y escribe: «La labor esquisita del ingenio
p~rec~ó lesiva a los mtereses del pelotón de torpes, y el tribunal supremo de
ah.manas del Parnaso que despertaron al ruido del aplauso popular decretó
pnmero la flagelación y escarnio del escritor, y como este aún alentase, fué
condenado por la conspiracióu del silencio a la pena de muerte en vida (na/mente, la pena de muerte... en mue,·te debe de hacer muy poca impnsión); al destierro en pobladtl (¿po,· qué nor); a la incomunicación con su patria; al aislamiento
en el vacío o en ambiente deletéreo; porque los gases asfixiantes no son moder_na invención teutónica (jte veo, ge,·manófllo.?; ya en España la envidia literana había enseñado a envenenar el aire.•

�LA PLUMA
cEn el año de 1898 (At¡uf comienza el v,jamen de la gtneracidn del 98), afortunado y fecundo creador de superhombres, favorecidos con el prodigio de la
literatura infusa, y fundadores de una España nueva para su uso particular, se
exarcebó la crisis a la vez artística y social por la repentina irrupción en el
genio (¿será en et gremior) de compositores dramáticos, de mil o dos mil jóvenes, hasta entonces dedicadc,s a otras labores de su sexo, y que fijas las miradas de águila sobre las contadurías, reclamaron vacantes de ingenio dramático
bien retribuído y exigieron en tumulto el total programa de solidaridad y reivindicación obrera: igualdad de jornal, prohibición del destajo, obturación de
bocas inútiles, vía libre basta las cumbres del Parnaso y rebaja de edades para
el pase a la reserva de dramaturgos a fin de •refrescar las escalas,; y esto lo
han conseguido porque todos están frescos.,
Ya se conoce que esos dos mil jóvenes eran unos perdis; y, claro, &lt;qué iban
a hacer? Pues una barbaridad como esta: •Creyeron suficiente alzarse de puntillas (nunca l,a sido suficiente alzarse de puntillas) y estirar los brazos (¿para
clavar banderillast) para llegar con la punta de la pluma a dC'nde la de Tamayo trazó el surco luminoso, que no ven los ciegos de entendimiento ni los que
cierran los ojos por no admirar, y ante cuyos resplandores no tiene sombras
ni máculas la pureza artística, ni la Ciencia enigmas ni secretos, y cansados de
aquel martirio (el de estar de puntillas), inverso del de Don Quijote (que estarla de manos, por lo visto), reputaron más cómodo que el excelso poema dr&amp;·
mático descendiera a la altura de cualquier transeunto.,
(¡Hum! ¿Qué pretenderá hacer aquí ahora ese transeunte? Nada bueno, probablemente) ¿Y cómo se pone a su altura el poema dramático? Véase: cAI
efecto, prohibieron la forma poética, •ya llamada a desaparecer»; la tésis fundamental, el argumento ingenioso, la acción, la pasión, la emoción, el efecto
escénico, el estilo noble, el concepto profundo y la frase primorosa calificada
de latiguillos y embelecos cursis para engañar al inocente espectador; y con lo
poco que quedaba de lo que fué literatura, fabricaron el llamado arte •sincero,, que si lo fuese habría de declarar vencida su parva elocuencia por la pantomimo muda del cinematógrafo.• (¡Ah! Ya sabemos a dónde iba el transeunte:
al cine.) cEn esta que el pobre grande hombre !!amó e desdichada patria nuestra,
tan pródiga en coronas de laurel hasta para los que fueron del comercio de esta
corte, y en la que dentro de poco no podremos dar un paso sin tropezar con estatuas pre:naturas, al mismo tiempo que aguantamos a los eriginales, no ha habido un azulejo barato para inscribir el nombre del que es gloria nacional y orgullo de la R. A. E... ,
La Academia aprueba el •preinserto dictamen,, y D. Emilio Cotarelo, secretario de la cdependencia de la superioridad•, se lo comunica al director de
Bellas Artes. El cual se habrá quedado sin respiración. También nosotros. Pasado el primer susto, solicitamos de la Academia que eleve una estatua, aunque sea de las prematuras, al autor del informe, e inscriba su nombre en un
baldosín, que siemprl" costará menos que un azulejo, por barat~ que sea, y lo
ponga a la altura de cualquier transeunte... , 1para q.ie no tenga que alzarse de
puntillas cuando lo h&amp;ya menester!
256

r

1

I

MA DRID, MAYO 1921

1

NúM. 12. :

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA
ESPERPENTO
SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA SEGUNDA
COSTANILLA DE SANTIAGO EL

.

Puerto.-Casas encaladas
t
.
VERDE, subiendo del
Pacheco, Pachequín el B~/bea zos florido~, morunos canceles.-:Juanito
ro, cuarenton coio y
· udo
torera y kepis azul raso-uea l
.•
:;
narzg , con capa
'
o
a guz.arra sentado ba · l • l
cotorra, chillón y cromático D ~ L
i_¡o e Jau ote de la
ae una c
.
. ona oreta, la señora tenienta, en la re a
asa fronteriza, se prende zm clavel en el rodete.
':l
PACHEQUfN.

17

Una jaca terciopelo,
Un trab_uco y un puñal...
A tus pies, gachona mía
Pongo todo mi caudal. '

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Fernando González</name>
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                    <text>LA PLUMA
Buenos Aires. Cooperativa Editorial Limitada, 1920.-R. Mesa Fuentes: Elogi1&gt;
de la Fiest• de ta Prima1Jera. Santiago de Chile, 1920.-Manud ugarte: Las esjOllláneas. Barcelona, Biblioteca Sopena.-José María Salaverría: Santa Teresa
de Yenh Enciclopedia, Madrid.-Pedro Prado: A/sino. Editorial •Minerva&gt;, Santiago de Chile.-Luis Araquistain: España en ,t crisol. :Editorial cMinerva&gt;,
Barcelona.
Revistas,-&amp;,aña, Madrid.-Belles-Lellres, París.-Cuba Contemporánea,
La Habana.-L:i Ronda, Roma.-La Gonnaissance, París.-EJ Espectador, Barcelona.-Letras, C6rdoba.-Yuoentud, Santiago de Chile.-Nos, Orense.-Arg-uitectura, Madrid.-Claridad, Santiago de Chile.- Vida /Vuestra, Buenos Aires.Reju·torio .Americano, San José de C. R.-Die A/ilion, Berlín.- Via Lióre, San
Jo~ de C. R.-Le Carnet-Crilig-ue, París.-España y América, Cádiz.-Mercure
de France, París.-Hermes, Bilbao.-Aclion, París.-Athenaeum, Zaragoza.-La
Lectura, Madrid-Le Progrt!s Cioig-ue, París.

AÑO 11.

.\IADRID, MARZO 1921

NúM. 10.

FEDRA

GACETILLA
Los chicos de la escuela... ultraísta.-Siguiendo la moda de Parísdel año pasado-unos cuantos jóvenes que pretenden ocupar las avanzadas
literarias, celebraron noches atrás la primera velada ultraísta. Pese a la excelente disposición de los espectadores, el espectáculo resultó sobremanera
lato. Sobr.S tiesura de ateneo provinciano y faltó, no digamos ya humour, sino
simple buen humor. Nosotros sólo sacamos en consecuencia que el señor Lasso
de la Vega no sabe francés, que el señor Paskiewiu-perfectamente caracterizado de polaco-no sabe español, y que ninguno de los demás lectort·s sabe

TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACTO TERCERO

dad4.
A la manera de... «Padre nuestro que estás en los cielos; santificado sea el
tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en la
tentación, más líbranos de mal, amén.

1

1.ª

F1,;DR.,, muy débil, casi moribunda, apoyándose eo el brazo de E
FEDRA.

VSTAQUU.

Por fin va a acabarse esta tortura'
· Llega la hora del
d escanso!
EusTAQUIA. p
FEDRA.
/ro, q~é ~a~ hecho, hija mía?
No podia vivir más no d' . .
~re e hijo enemistados p~r ia ~1v1r en este infi~mo;_pahto, sin mi Hipólito' M p h m1 y sobre todo sm Hipódrá a verme morir ·a dasa a orlabvendrá, no? Ahora venrme e eso de viático
l , 1t·
•
mo ... no. el primero' Ah .
d
... e u 1' uia?
así, Eustaq
.
o1 a ven rá a perdonarme, no es
EusTAQUIA. s·i, se le ha llamado y Pedr
.
y en vista de tu estado d .º6 en su f?ndo ansiando verle
, 1 su vema ...

128

129

•

�LA PLUMA

'LA PLUMA

.
. to lo hecho; ahora quiero
.... Ahora s1eénl . él no! Me moría... no
Vendrá... vendrá
· · pero con , sm
de él
vivir vivir, v1v1r,
e iba a su cuarto, hoy ya ,
d'~ más' Cada vez qu
·unto a la que fue su
po 'lo a U~rar allí y desesperrme,~ luego ese Marcelo,
~:a• se me rompía el cora7:
penetrábame hasta lo
t~rrible Marcelo... su ~d 1 guarda mi acusador.
ese
ª que 'adivinar
· · lo .
más hondo; era ~1· demonio
l ée tenía
. . nado m1 secreto, o s '
d
Ha a 1v1
la
No es lo peor eso.
t
odré decir la verdad, toda
lEusrAQUIA. y ahora, ante la muer e, p dre e hijo, vivirán e~ paz_'!
FEDRA,
d d a Pedro. y ellos, pa
d án de este m1 sacuver a
.
erte Se acor ar
d ?
• mí sobre m1 mu
·
• me lo conce es
su1; u' , \timo favor, Eustaqu1a,
fic10? n u
d )
EuiTAQUIA- Habla.
No; me lo conce es.
FtoRAEusuQUIA - Habla!
Otóro-amelo!
. .
FEDRA,
~torgado...
.
.
lt1·ma
confesión,
la
de
m1
enor
P
EusTAQUIA.
mi Virgen.
Toma esta carta. Es m1 us·n ello la Virgen,
FEDRA,
meo- es la verdad entera. ~aria Cuando haya yo m':1e1 de l~s Dolores,no lll:e per~~ta bo~a que llevará su último
to, cerrados estos OJOS y a Pedro, a su padre. Se la enbeso, entrega esta carta
tregarás?
EusrAQUIA. Sí!
Me lo juras?
.
FEDRA,
Te
lo
juro,
pero...
.
.
en
su
memoria
...
EusTAQUIA,
no'· quiero vivir pura
Oh,
no,
·•
,
,
· lma
Fl;DRA,
.
No descansana m1 a
!
EusTAQUIA, Pues lo que es as1...
Así;
solo
la
verda~
H1pu~~~\uedase
bajo
el
pesot:eu:
FEDRA,
. ,ase al infierno s1
después de muer

FJDRA,

~d.~

~~e~~r~~~~:rQ;:~~r:~:=~~b:~~~~r~:

2~:n!~·/!1º0
h" sobre m1 recue .
dre e lJO
ómo murió?
a mi madre... e
~USTAQUIA. Deja eso!
130

•

EusTAQUIA.
FtDRA.

EusTAQUIA .
FEDRA.
EusTAQUIA.
FEDRA.
EUSTAQUIA.
FtoRA.
EUSTAQUIA.
FEDRA . •

Sí, murió pura, besándome. Y yo moriré pura también.
Solo la verdad purifica. Todo lo verdadero y lo verdadero solo es limpio. Si no me presento con la verdad,
cómo me admitirán en el cielo y me perdonarán lo mucho que he pecado en gracia a lo mucho que he amado? No es verdad, ama, que Nuestra Señora de los Dolores, que su divino hijo me perdonarán?
Si crees, confiesas y te arrepientes ...
Oh, sí, sí, ahora creo, ahora sí que creo y reconozco y
confieso mi crimen... el último sobre todo, el de mi
muerte. Perdón, Jesús mío, perdón! Jesús mío, maestro
del dolor, tú con el dolor me has dado la fé salvadora.
Nunca hubiese creído que en vaso tan frágil como
cuerpo de mujer cabría tanto dolor sin hacerlo pedazos.
Pero esto que has hecho, Fedra, esto es un pecado
muy grande!
Sí, lo sé, pero dí, no es un sacrificio?
El sacrificio habría sido decir la verdad, toda la verdad.
Sin la muerte? No, sin muerte no hay sacrificio.
Pero la muerte es Dios quien ...
Dios me la manda!
No blasfemes, Fedra!
Oh, Jesús mío, sigo loca, loca; cúrame con la muerte tú
que te dejaste matar en cruz para curamos ... Perdóname! Y ahora vamos, entremos, quiero acostarme; no
puedo ya tenerme en pié ... Vendrá, sí, vendrá! (Se retira apoyada en el brazo de Eustaquia.)

PxDRO

P!DRO.
lliRCELO.
PEDRO.

y

MA1tCIIL00

(entrando con Marce/o.) De modo que...
Esto es cosa grave, gravísima. Ya ayer me ternia... Y
esta mañana peor! Temo ...
Hasta...
131

�LA PLUMA
Sí, hasta eso. Ha sido terrible, fulminante ... no me lo
explico ... alguna traidora dolencia... pesares .. .
Y grandes ...
PEDRO.
El corazón está deshecho.
M.ARCELO,
Sí, deshecho el corazón, pero, dime, por lo que más
PEDRO.
quieras, Marcelo, dime, sabes algo?
De su enfermedad?
MA_RCELO.
De
la de su alma.
PEDRO.
El alma no entra en mi profesión. Y si he de decirte la
MARC"iLO.
verdad no creo en ella ni en sus enfermedades.
Pero...
PEDRO.
Dejemos ahora eso. Lo urgente es tratar de curarla si es
MARCELO.
posible y me temo que no; alargarle la vida cuanto se
pueda y será muy poco, y en todo caso y esto es lo
más seguro, que no sufra. (En este nzomento sale del
cuarto Eustaquia.)
Sí, sí, nada de sufrir! (a Eustaquia.) Cómo va?
PEDRO,
EusTAQUIA. Cada vez peor.
Entremos a verla. ( Entran.)
MA.RC"iLO.

LA PLUMA

MARCELO.

3.ª
EusuQUIA,

Esto se va... Pobre Fedra! a lo que llevan estas pasiones! Jamás la hubiese creído capaz de semejante cosa.
Y no puedo quitarme de la cabeza a su madre y aquella
muerte tremenda. Parece que con aquel beso, lo único
que de ella recuerda ésta, le transmitió su alma y su
sino. Y esa medalla, esa medalla, qué cosas secretas ha
oído! qué ardores la han calentado! Me pidió más agua
(llama) y salí a respirar. Parece morirse de sed ... está
que abrasa (a Rosa que aparece.) Trae más agua, Rosa!

ROSA.
EusTAQUIA.

RosA.
EUSTAQUIA.

RosA.
EusTAQUIA.

RosA.
EusTAQUIA,
132

ªª

t

EusTAQUIA .a: HIPouTo.

HIPóLITO.
EUSTAQUIA.
HIPóLITO.
EUSTAQUIA.

(desde_ la, puerta.) y o.
Oyh, Hipolito, adelante'
Fedra?
·
Mal,
muy
mal
se
llamado. ·
'
muere Y de prisa. Por eso se te ha

HIPóLITO.
EUSTAQUIA.
HIPóLITO.

Se muere? de qué?
De pasión!
Qué fatalidad' Jamás lo h .
la culpa (pasa Rosa h . ~b1ese creído. y yo, yo tengo
PEor qué?_ por no hab~e~i~~~rto llevando el agua) yo...
•ustaqma... !
Ah, vamos.
No, eso nunca nunca n
ner remedio a tiem o , C ~ca. .P~ro ac!15o pude yo poadiviné antes?
t. orno v1v1 tan ciego? cómo no lo
bres!
orpes, qué brutos somos los hom-

EUSTAQUIA .
HIPóLITO.
EUSTAQUIA.
HIPóLITO.

qul

4.ª
EusTAQUli

A y D.ios mío! morirse así ta .
sin sustancia ... y cuand '·b n Joven, t!ln de repente, tan
0 1
Quién? Fedra?
amadrmar mi boda...
Sí, me lo había prometido
ba excusarse diciéndome aunque ya al último buscaría la ~esgracia a mi matri~~::ala mano y que llevaEs posible. Pero ya l
· .
Esto, ésto sí que par~c;ef, no ~o qu1e~e él cielo...
pobre señorita Fedral V raer esgracia... mal agüero
al ir a salir.) Aquí e~tá oy por el agua ( desde la puert;
Quién? (Vase Rosa.) ···

y Ros.&amp;..

Y cómo sigue?
Mal, muy mal, cosa perdida, Rosa.

EUSTAQUIA.
HIPóLITO.

Algo ...
No vemos la sima hast
pude vivir junto a ella~ue .esta:nos a su borde. Cómo
besos?
n ciego. cómo no entendí sus

�LA PLUMA
EUST/..QUIA.

LA PLUMA
EusTAQUIA.

Es que hay cosas que vosotros los hombre!! creéis se
os deben de juro y por eso no reparais en ellas. Un
hombre rara vez entiende de diferencia de amores; sois
todos egoístas, libertinos por egoísmo y por egoísmo

Mira, tu padre está ahí dentro·
c~lo, y no conviene que te u ' en e~ cu;irto, con Mars1 ~ale, y sin aviso. Ve ahi :fa ver_ as1, tan de súbito)
gmen sale. (Vase Hipólito.)'
gabmete, y espera. Al-

virtuosos ...
Eusn.QUIA Y MA1tCELO.

Dxcaos y RosA.

(que sale lloranrfe.) Pobrecilla! da pena! Me llamó, me
dió excusas por no poder ya amadrinar mi boda; «aunque te lo prometí)) decía... como si fuese suya la culpa...
Y consejos! No tendré otra ama que más me quiera.

RosA.

(Vase.)
EusTAQUIA II

134

EusTAQUIA.

Disgustos...
L
d isg~stos
º; ha
que
sido? no matan así· Necesito saber la verdad·

MARCELO.

EUSTAQUlA.
EUSTAQUIA.
MARCELO.

HxrouTO.

Sí, mi virtud, una virtud ciega, era egoísmo. Sintiéndome firme no sentí que se caía ella... Y luego aquella
vida de campo en que busqué alimento a mi exceso de
vitalidad... aquello me hizo torpe. Y yo que recuerdo
habérsela recomendado a ella invitándole a ir. conmigo,
solos los dos, al campo! Acaso habría sido mejor, acaso
habría yo visto claro más a tiempo ... No, no me lo per-

dono ...
ya tarde...
EusrAQUIA. Es
Siempre es tarde. Pobre madre! Y quiere verme antes
HIPóLITO.
de morir? También yo. Para pedirle perdón de mi torpeza, de mi ceguera, de mi brutalidad de cazador que
no advertí cómo se caía y no la sostuve a tiempo, antes
que la cosa no tuviese ya remedio ...
Y ahora este terrible paso ... no ha sabido esperar... Ya
EusTAQUlA. le decía yo que esperase, que era aun joven, que erais
füpÓLITO.

(saliendo.) Bueno señora ah
cer, solos, usted tiene qu~ s ~ra !que estamos, al pareesto?
a er a verdad; qué ha sido

MARCELO.

7.ª

H1PÓL1TO.

MARCELO.

jóvenes...
Calla, calla! Un padre nunca muere!

EusTAQUlA.
MARcELO.

EusTAQillA.
MARCELO.

EuSTAQUIA.
MARCELO.
EUSTAQUIA.
MARCELO.

EUSTAQUIA.
MARcELO.

Pues ... lo que usted supone.
'
Se tomó unas pastillas ...
Tres o cuatro Pero o D"
No tenga ust~d cuid~d~·
n Marcelo .. J
caso. y no preo-unto
,'
cua es mi deber en cada.
Qué? qué es lo ºque ad1?~s, porque lo otro... lo adivino
Para qué soy medico,
, . ivmar
•
señora? Ad ,
,
dre, a la madre de Fed h
emas conoci a su ma
aig_o, po, rradición de
":inocido a su he,mana,
DeJemos viejas historia
, e su abuela...
Sí,
dejémoslas·
pero
st·
..
sangre...
,
, nora, hay cosas que van con la

:t• I?f

r:.;.;J.

si

Don Marcelo!
No, si no he dicho nada! Bien
,
.
b~e Pedro y eso que de
trate de disuadir al po11
S1, de ella qué tenía u ed ª ··:
, .
Nada; es ella misma q ~ ecrr? q~e tiene ahora?
No la juzoqmen se ha Juzgado!
Ved d· ºu~mo~, pue~, nosotros.
. r a , se Juzgo, se condenó ha
tidad de la cosa juzgada! p b ; que respetar la santanto a ver cerca otro enferi/e edro! E~ fin, voy en
falta. (Vase.)
' aunque aqm ya no hago
1 35

�LA PLUMA

LA PLUMA
I 1.ª
PEDRO
EusTAQUIA

PEDRO.

EusTAQUIA.
PEDRO.

y

PEDRO.

por usted y por...
. do del cuarto)
(sal zen
· Pregunta
,
Ahí, en el gabinete esta. 1 vea (va Eustaquia a busPues, sí! 9~e ven~a... 9ue :ame ·f~erzas para soporta~
car a H_ipolzt~) Dios mb10 't Estoy acorchado. No sé s1
esto! M1 debilidad me as a.
vivo ...

PEDRO.

EUSTAQUIA.
PEDRO.

EUSTAQUIA.
PEDRO.

EUSTAQUIA.
PEDRO.

10.ª

EUSTAQUIA.
EusTAQUIA, P11DRO e H1PÓUTO.

.
ueda cabizbajo frente a su padre que le
Entra Hip6lito coi:i Eustaqu1a ytsee~ silencio con la mirada.
mide un momen o
PEDRO.

H1PÓLITO.
PEDRO.

HlPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEPRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

H1PÓLITO.
PEDRO.

136

Estás otra vez aquí ya?
Me mandaste llamar.... h matado' (se cubre la cara.)
Yo no! ella... ella a qmen as
.
Padre, padre, per~ónll
ll 1 y es ella ella la que dice
Perdón? Ve a pedd~rrtsel º. a e e~it"te ella p~rdón ... l ve si su
te llama para pe 1 e o... p
corazón es grande!
· · d tan ciego, por
Sí, necesito su perdón, por haber v1v1 o
no haber...
más tarde aún, entra!
Es ya tarde! Pero antes que sea
entra a que te perdone, entra!
Contigo, padre...
1 1 O has dejado acaso de ser
Eh? cómo? No! enltra so_ o~ cara de la muerte ... ve tu
mi hijo? Veos so os, ca1 a
obra en todo su horror!
1

Padre
Te he· dicho que entres! (entra H•"'
iroTt
i o.)

y

EusTAQUIA.

Yo también quiero morirme, ama, y que mw-amos todos! Para qué vivir? para qué haber nacido? Y luego ...
Luego ... qué?
Nada, cosas que oye uno por dentro, dichas por una
vocecilla de demonio cuchicheándonos en lo obscuro,
cuando se está a solas y no quiere uno oir, no debe oír...
No, no debe oírlas ...
No oye usted? esos sollozos dentro! qué se dirán?
Entre usted a oirlo!
No, eso es sagrado! Ahora llora... ahora silencio... qué
silencio!
( aparte.) El último beso... el primero!
12.ª
DICHOS e HIPÓLITO.

HIPóLlTO.
PEDRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

EUSTAQUIA .
HIPóLITO.

EusTAQUIA.
HIPÓLITO.
EusTAQUIA.
HrPÓLITo.

(saliendo descompuesto.) Se está acabando, padre, y
quiere despedirse de ti.
Qué, te perdonó?
Sí, y Dios nos perdonará a todos!
Terrible penitencia la que té aguarda, terrible! ( entra al
cuarto.)

Qué?
Esto es superior a mis fuerzas; vale más luchar a puñetazos con un oso enfurecido. Diga, ama, qué ha sido
esto?
Hijo mío!
Vamos, qué ha sido?
Pues, lo que te figuras ...
Qué ho1rnr! Sí yo, yo la he matado con mi ceguera, yo!
Pobre madre! pobre padre!
137

�LA PLUMA
LA PLUMA

HIPÓLITO.
DICHOS

PEDRO.

EusTAQUIA,
PEDRO.

HIPÓLITO,
PEDRO.

EusTAQUIA,
HIPÓLITO.
EusTAQUIA.
HIPÓLITO.
EUSTAQUIA.
HIPÓLITO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPÓLITO.

y

PEDRO.

(saliendo.) Descansó al fin. (Siéntase sollozanao.) Cuando
entré apenas si tenía fuerzas para mirarme ... ese perdón
acabó con las que le quedaban ... ni pqdo siquiera darme el beso de despedida... parecía no verme ... miraba
no sé a donde ... Sólo sacó un hilito de voz para hablarme de no sé qué última confesión escrita que usted,

ama ...
Eso para más adelante ...
No, ahora, ahora mísmo!
Pero padre ...
Padre? eh? qué es eso? a ver, qué es? aún hay más secreto? sabré al fin la verdad toda? (va hacia el hijo.)
(interponiéndose.) No, no! sea! ( entrégale la carta que Pedro se pone a leer.)
( a Eustaquia.) Y eso, qué es?
La verdad.
La verdad? toda la verdad?
Sí, la verdad toda!
Oh ... (intenta ir al padre, pero se detiene) pero sí, sí!
ahora hace falta la verdad, por él, por roí, por ella, por
su mejor memoria y por la verdad misma sobre todo!
(yendo a Hipólito con la carta en la mano.) Y esto que
dice aquí, hijo, qué es?
La verdad!
Toda la verdad?
Sí toda; la verdad desnuda, la verdad después de la.
muerte.
Y por qué no me la revelaste antes, hijo mío?
Quién? yo? contra ella? contra tí? contra tu paz, tu sosiego y tu honor? y para qué? solo para defenderme?
Sí, bien hecho! eres mi hijo, hijo mío, de mi sangre!

PEDRO.
138

•

PEDRO.

HIPóLITO.
EusTAQUIA.

Pero cómo has podido dejar así Oh
como loco, no sé lo que me d. ···
, n?, ~o, no, estoy
to o vivo... Hijo! hijo! hijo mí1;io ... no se s1 estoy muer-.
(yC:'-do a sus brazos.) Padre!
(mientras le tiene abrazado.) Después d
una santa mártir! ha sabido morir'
e todo ha sido,
Sepamos vivir, padre!
·
Tenía razón, es el sino!
FIN

MIGUBL DB UNAMUNO·

�HAIKAIS
DE LAS CUATRO , ESTACIONES
A Adolfo Salazar.

I
6n la capilla de la noche
velos de nieve
¡Primera comunión de invierno!

II
f]{oy le ponén a los aleros
las golondrinas
sombreros de paja.
· (Un baikai de entretiempo.)

'Godavía ... Pero no:
mira el campo, las nubes, tu alma:
¡ya!... Pero no: todavía...
III
.,Ca tierra llega hasta el mar
y llega el mar hasta el ~íelo
y el cielo llega hasta q)zos.

IV
fil[ escaparate todas
las riquezas del año: .
.liquidación por derribo.

BNRIQUB DffiZ CANBDO
"1 40

..

EL RETRATO DESCONOCIDO
una gran ansiedad y un temor inexplicable en conocer de cerca la vida de aquel viejecito de mirada abs-traída, que estaba retratado tan finamente, con tanta
pulcritud, en aquella fotografía del año 60. Este retrato .
conservaba aún aquella indefinible expresión, esa expresión que sale
muy de adentro, de un dibujo a la pluma, que encontré un día en el
archivo de mi casa y que representaba a un joven, a un adolescente,
con un libro abierto sobre la mesa y mirando, al través de la ventana, el campo. Era un dibujo de vagos contornos, con líneas apenas .
insinuadas, que me hizo pensar en algunos de los primeros retratos
de Rossetti y en la impresión que me producía el campo, cuando salía a verle, en una larga convalescencia. Aquel adolescente había vivido en medio de una gran paz. No tuvo sobresaltos su vida, ni brus-co~ cambios, ni un gran dolor, ni una gran alegría. Sin embargo,
cuando el adolescente es un viejecito, que viste de negro, asiste todas las mañanas a la iglesia, es hermano de muchas cofradías, tiene
en la mirada, en esta mirada de un retrato perfecto, algo que no se
puede uno explicar sin pensar en un dolor misterioso, en una callada ansiedad, en un presentimiento, en una resignada tristeza que estf..t

D

ENÍA

�LA PLUMA
iLA PLUMA

ue deja en el corazón la
lejos del vivir cotidiano y aparente, per_o q señora que tanto le coaso Hoy la anciana
'
S bé
.
'
h detalles de su vida. a r
.huella honda d e su p
.
va a contar mue os
nocio y le quiso, me
. t
te este retrato pulcro, fino, son.algo de lo que ahora pres1en o an
,riente.
. . . cu ·o retrato me enseñas, hijo mío,
Era muy bueno este v1eJecito, yd
meneé a preguntarle. Era
·
señora cuan o co
.,
.me ha dicho la anciana
t asados en la que él nac10 y
'
.
la ciudad de sus an ep
&lt;tan bueno que en
1 11
ban el buen señor. Nónca tuvo pnen la que tú naciste, todos e . ama
d mandó a nadie por deu'd'tos cuantiosos, nunca e
1
sa en cobrar sus re 1
,
1
·t d de sus rentas entre os
rtió mas de a m1 a
das muchas veces repa
or Ame'rica cuando era
'
y ··
r Europa Y P
pobres de su ciudad. iaJO pv . . d
via·¡es formó una bibliocuantos D1anos e sus
'
.
. "6
;joven; escnb1 no se
ba los días enteros. Fué siemsa en la que pasa
teca selecta y numero ,
. tt
pestre· nada me gusta com,
, ·t b ólico un espir u cam
•
,
,pre un espm u uc
,
.
has veces En ella se caso y en
,1,
• a Je oí decir mue
·
.mi ciudad camresin • . . d
t no suvo una paz inefable, 1a
.,
.
ya smtten o en or
J
f
ella muno, anciano '
·de la adolescencia, esa paz pro unpaz nunca olvidada de la nmez y d odía turbar.
.da, fuerte, venida de 1~ al_to, q:e natea :ensamiento doloroso, este re•
Pero este mirar ensimisma o, es
t
t ato tuvieron una raíz
El
.
t parece ver en es e re r '
.cóndilo sentir que e
.11 de aquel noble señor.
.
da
soc:egada
y
senci
a
muy honda en l a v1
.
.
. da iba siendo cada vez
.
.
que esta vida, que su vi
,1)ensaba de cor.t muo
.
.
f ·ón de otra vida antoda ella era inevitable repe ici
menos suya, que
.
.
. nte llena de aparente sileQcio,
. d
vida misteriosa, vac11a ,
tenor' e una , .
d ella conturbada, triste, fata l.
ero
allá,
en
lo
intimo
e
,
D ue's de un gran á\bun
·P
·
a pausa esp
,
Hizo la amable ancia~a un ·1 h bia unas cuartillas, amarillentas
.
retrato· Junto a e a
. .
d , aquel bello retrato y compren,dorado saco un
,
ran emoción cuan o v1
. .
1 d 1 ulcrv viejecito y a aquel d1buJo, que
ya. Senh una g,
.dí que se parecia tanto a e p

me hacía pensar en Rossetti. Luego leí las cuartillas, y después mi
ansiedad y temor por el vacilante viejecito se convirtieron en una
cálida simpatía humana .
Las cuartillas, con letra muy clara, decían así:
«¡Oh adolescente pálido, de frente limpia y de triste mirar!, ¿dónde te he visto una vez en la vida? ¿Qué misteriosa voz me dice junto
a mí, que también tengo tu misma mirada, más hacia aJentro que
sobre el vano espectáculo de afuera, y la tristeza de lo irremediable,
lo impreciso y lo fatal? Como esta voz me dice, ¡oh retrato amigo!,
que hay una línea tenue que nos une a tí y a mí, que hay en mi espíritu vacilante el mismo impulso, ·1a misma ansia que en el tuyo, que
tu vida va siendo mi vida también.
Nada sé de tí ni quiero saberlo. Viviste hace muchos años, pasaste sin que te conocieran; un silencio, una amable penumbra te
envolvió en la vida. Hoy he preguntado-¿quién observaría el temblar de mi voz?-¿de quién es este retrato? Y alguien ha comenzado
a recordar. «No, no es de Diego, el hijo menor de mi pobre hermano; no, no es de él, pero ¿cómo se le parece tanto?:. He querido ver
los retratos de Diego, y he sentido una gran alegría al comprender
que este adolelicente pálido, de mirada triste, con la fusta de juguete
enarbolada, como para dejarla caer suavemente, sin ruido y sin enojo, no era Diego, no se parecía en nada a Diego, un mozo altivo de
figura donjuanesca. Sigues siendo desconocido, y por eso tienes sobre mí, ¡oh figura ondulante y frágil!, aquel secreto influjo de Hylas,
el mancebo perdido, o alguno de los príncipes suaves que pintó
Van Dyck.
Algún día te buscarán en el álbun de los grandes escudos; verán
tu puesto vacío y nadie pensará-¿cómo se habría de pensar?-que
yo he sentido una rara alegría cuando he abierto las planchas doradas
del feo libro, he cortado las líneas de papel que te aprisionaban, te
143

�LA PLUMA

he colocado un buen rato sobre mí, he comenzado a hablarte y para
no apurar este difícil goce te he guardado cerca de mis cartas, y un
pensamiento amable y cándido se ha apoderado de mí. El pensamiento de un diálogo sin palabras, en la media noche cuando todos
los ruidos se hayan apagado y el cielo se haya cubierto de esplendo,
lunar. ¡Oh, adolescente, todo parecía feliz bajo la luna!»

EL VIAJE DE ESPAÑA

JOSB M.ª CHACON Y CALVO

ELCHE
(;/ cauce abrasado
de un río sin agua;
sobre la ladera
-rojiza, escarpadaun
pueblo mu11
blaneo que no es flrC
JC'I
.,
. •
vrán ni {}a/ata.
equmez,
ffosado en gentil

mariposa alba
5_:lbre
el rojo peta/o
de un clavel u,
Je cnc,urcza
C"JA
•
t , ch
.,
e es un 'lJZtano del jardín de 9lrabia. ,
6ste betunero

~tsenor
s~brá el fl&lt;orán palabra a palabra?
ventrudo que el an J,

uen pasea
con culmosa marcha
•
¿aguarda el expreso en que h J
el tMah
a ue venir
a
orna nuevo de la era cercana?
¿i7antasía todo?

'º
144

¿9l uno, aunque anda suelto, reclusión le cuadra?
1 45

�LA PLUMA

!B ·emos del tren. tJxigeno y sot
&lt;lJ rea1•J
creen
iaad · $,.yan los fantasmas.
s del tren y, la realidad,
.
.
!Ba1amo l
- 'JI ahora con substancia.
nos torna a ensueno.
.
,
(;stamos en (;[che, es decir, «aq::i:• b. I
en c/1,ra ia
l
¡y a la vez estamos, penos,
.Eas palmeras son...
¡una extravagancia/
-{;so desde .fuego- .
!Pero éstas, tan altas
son, y tan robustas,
y tantas ¡y tantas!
-!Baedeker nos dice
que de cien mil pasan'}/ hay en este bosque
de la flora rara,
un ímpetu tal,
una... yo diria seguridad clara,
; un hervor de vida que se siente plena
y no cede raya;
que uno, amedrentado, regresa a su tren,

al otente y la fuerte encina,
se mete en su jaudla.l
!Pájaro que sabe e nog P
del roble y del haya,
yo no se, q ue· hacer en medio de este bosque,
del trino y del ala.
.
.
(;n la paz del extraño silencio
y la luz extraña,

LA PLUMA
los mástiles fuertes de los fuertes troncos
¿aguardan la vela que les troque en nautas?
.Ca quietud inquietante g nooisima
del bosque asombroso, enfermo de afasia,
a los nervios lleva
a tensión tan alta, ·
que si el tren no parte...
/qué haré de la lira, del trino, del ala/
¡{;/ bosque de G/chel
¡/;xótico ingerlo en tierras de /;spañal
¡Claridad g silencio/
J'Y un bosque es umbria que cantal
Gn tierra de absurdos,
(;/che es el absurdo por antonomasia.
:M.ástiles que esperan
la vela pirata;
columnas de templo
que se hunde, o se alza
-entre nieblas se muere la tarde,
g en neblina nace la pura mañana-.
(;/che, en mi recuerdo,
es:la vieja estampa
del viejo libro de familia, que uno
de chiquito, a diario hojeaba.
Cosas que pasaron en los lueñes tiempos,
g en tierras lejanas,
donde uno no ha ido g no puede ir
porque, « la quimera, solo van las almas.
147

�LA PLUMA

(;l bosque de (;lche
es la plenitud del ;lslam de &amp;spa~a.
.Eos tJmeyas tienen el solar aqur,
en que hacer su casa.
#

tSi el pasado vue~ve,
los vientos clama,
como fNietzche, ,oco, a
cobijaréis un dia, palmeras,
la tienda blanca
de tJmar, el del verde estandarte
y la media luna dorada.
(;l templo de &amp;lche
la deidad agua~da. ¡, • este templo;
ffor eso nos de1a tan 1rro
con toda su traza,
no tiene sentido;
es... «la cosa rara&gt; .
. duda;
lo «raro&gt; es «curioso", sin 1m
y
.
mueve las a as.
pero lo curioso no
LUIS G. BILBAO•

COMIENDO PERDICES

.

felices?
Comiendo perdices-final dichoso de cuento de hadasestaban cuando nos volvimos a ver. Otro que yo hubiera
aceptado como auténtica aquella estampa de la felicidad,
cuyos colores tan bien mentían los que el amor enciende. A mí no
me era dificil penetrar la verdad, por mi intervención, no tan liviana y azarosa como ellos mismos quizás supusieran, en la extraña
aventura de su boda. Creo que, en todo caso, me bastara no más mirarlos para descubrir luego la superchería de su contento. Es menester
la ceguera profesional de un juez, la ingenuidad de una criada lugareña, la torpe envidia de las amigas casaderas, para confundir la engañosa apariencia de una luna de miel, harto ajustada a un modelo
clásico, con la felicidad natural e insospechada.
Para mí la actitud de ella fué una revelación. Despojada de todos
los atributos que mi imaginación había ido acumulando en adorno
de su figura en tantos años de amistad desinteresada, comprendí en
un punto mi derrota moral. ¿Era la misma mujerr
El vulgo de sus conocidos no experimentaba el menor desasosiego, la incertidumbre más pequeña en su identificación. Yo, por
mi parte, nunca hubiera arrostrado tampoco el escándalo de una declaración negativa de su personalidad. Mis ojos reconocían los su_

II

RAN

149

�LA PLUMA
yos; el rubio bermejo de su cabeza ensortijada, de ángel rebelde fogueado en el infierno, y cuya mirada celeste hubiérase contagiado
del verde pecado terrenal; la pálida tez picardeada graciosamente por
leve paño pecoso bajo los ojos; la boca, gordezuela y entreabierta;
los apretados dientes, cuya correcta hilera había conseguido descabalar, obligando caprichosa a un dentista a destacar ligeramente un
colmillo-lo que añadía cierta malignidad a su sonrisa, hasta entonces sobrado inocente-; el hoyuelo de la barbilla; el cuello de chico;
y las manos, aquellas manos inconfundibles, no tanto por delicadas
cuanto por expresivas-¡singular convergencia espiritual de todo su
ser en las uñas pulidas!-Era ella.
Pero la manera como insistió en hacerme ver su felicidad; el im¡:mdor con que una y otra vez repitió palabras capaces, por manidas, de
encanallar los sentimientos que encarnan, que sólo el silencio puede
salvar de una ruina definitiva ante la propia conciencia; la exacta
correspondencia de gestos e inflexiones de voz con la emoción que
pretendía representar, y que tan mal se compagina con la verdadera,
ridícula siempre por el desequilibrio expresivo que la sinceridad s.upone, me convencieron de mi derrota, repito. Toda mi labor educativa de tantos años mo5trábaseme cuán vana en la primera comprobación experimental.
De limitarse a ostentar su dicha con cuantos artificios sugiere la
astucia, sin pretender la aquiescencia de su marido, aún hubiera podido yo seguir creyendo en cierta complicidad conmigo, en cierto
disimulo que me asegurase la mutua inteligencia de antaño, en algo,
en fin, que permitiera atribuir su ventura, no al abandono de sí misma a una fatalidad placentera, mas a la voluntad triunfadora, al humorismo consciente con que yo había querido fortalecer su terquedad femenina. Aquel empeño en solicitar el asentimiento de su marido me descubrió la realidad terrible. Estaba vencida. ¿Y él?
150

LA PLUMA
· Él desafiaba impávido m·1 reproche y
~1s pal~bras la menor alusión alevos . no e~ que yo deslizara en
p10 sentir hasta el punto d
a. Pero, ¿como disimular el
l
e que no se d I t
proen e movimiento apenas perceptibl
e a e en el gesto contenido
en sus matices más recónditos al a e'. en el tono de voz, familiare~
·
t ud sm
• recelo ni recato?migo
· h emos comparti.do .la JUven
. con. q UJen
M1 propia naturalidad, la forzada
mdiferencia complaciente con q
·
ue me most b
ue,
sm
osar
confesárnoslo
cada
I
ra a en aquel momento
q
tn:s, eran indicio evidente de I
cua' tanto habíamos temido los
os callados c
m
º. a cuenta de su traición. Traición
. argos que nutrían mi ánimeJante a esa grosera catástrofe en ' entiéndase bien, en Rada seu~~ mujer, la dignidad de dos hom!ue_ su~I~ perecer, a manos de
pmtu que hasta entonces nos había . es, _tra1c1ón, quiero decir, al esmsp1rado, traición al desinterés
queE~uiaba nuestras acciones.

espectáculo de aquella felicidad
me ~rovocaba invencible naúsea. i:as cartas en que uno y otro
toda v~a daban pábu((; a la esperan:e lefineron su fatal encuentro,
guardia de su independencia Mº t . mbos me confiaban la salvaun refugio contra la vulgarid~d ,en ras_ se reservaran en mi ánimo
a~untaran, en holocausto a la ~ poco t~portaba que las gentes se
d1cación. Aún hoy, al cabo del /ral social, el tanto de aquella claumo en mi opinión de entonces ~:pohvuelvo a leerlas y me confirc~rreo, como escritas que esta~an
o ~e recibirlas¡ en el mismo
ntficar a mis ojos la confabulación
a misma fecha, no podía sigme mostró patente. Decía él:
en contra mía que al verlos se

e:~

«En la frontera, a tantos de ta t
&gt;H ' t
nos.
.
e eme de vuelta. ¡Y qué vuelta' Q .
.
rusmo de un telegrama p
: mzás sena preferible el lacoara anunciarte · • 1 ·
cumplo cuarenta años.
m1 u tima aventura. Hoy
» y mañana me caso.

I

�LA PLUMA

LA PLUMA
&gt;Lo que oyes. Sé que no te producirá tanta impresión la noticia
en sí, como el dártela con !;Olemnidad para nosotros improcedente.
Aunque nunca hemos descartado la posibilidad de ajustar nuestros
actos a la pauta normal de la vida exterior, desde luego estábamos
tácitamente conformes en rehuír toda complicación que menoscabase nue,tra integridad moral. Si hay en el mundo una fraternidad sin
,entimentalismo es la nuestra; fraternidad en que has conquistado la
primogenitura sin comercio de lentejas-por más que digas que soy
yo el inspirador de tu filosofía, sé muy bien hasta qué punto es tu
seguridad la que me alienta-. El suceso no merecería, pues, comentari• que subrayara la simple participación de boda, sin las circunstancias que lo han originado. La sorpresa no está en que m• case,
sino en quién es la novia.
&gt;Como en las novelas que no leo, volvía yo hace una semana de
la última ronda por mi mundo. De haber sido un romántico melenudo, tendría a estas horas la boca amarga con el gusto del hastío. De
haber corrido en pos de juveniles engaños, estaría desengañado.
Esto por lo que hace al viaje. No creas, sin embargo, que el aburrimiento ha entrado por mucho ni por poco en mi decisión.
&gt;Volvía, como te digo, perfectamente sereno, cuando he aquí
que, al llegar a la frontera, me encuentro, por azares del desbarajuste ferroviario, sin equipaje, y, lo que es peor, sin dinero, en absurda
obediencia a los últimos decretos fiscales del ministro de Finanzas
francé,. Total, que en protestas vanas se me fué el tiempo, y con el
tiempo el tren. No me quedaba más solución que aguardar el de la
noche. Y al hotel de la estación me dirigía ya, cuando, al cruzar la
sala de espera, me sentí asaltado por una mirada irresistible.
&gt;Es lástima que el abuso vulgar haya achabacanado la palabra,
porque no hay otra que mejor sirva para el caso. Restitúyela todo
su sentido. A ti no voy a disimularle la verdad, que nadie más sería
152

capaz de comprender, sin atribuir lo
.
s? ... y no temas que infli·a a
sucedido a un flechazo amor smceraclón innecesaria. J
nuestra harmandad la ofensa de u:a
&gt;Aquella mirada que fué .
mis OJOS
· en las pupilas
' de queprimero
· atrayente, concitó
surtí un e fl ~vio
ª.• y vencido ese pequeño sobresalto que produce siempre lo im
do ya n uestras atropelladas p previsto
Ib
, apen as me dt. cuenta cuana ras reconstituían con cie~ rotos
pormenores un pasado vivo
en recuerdos imprecisos
&gt;Ella y yo hemos
pensado un
·
en no solicitar antes, de uno y ot~omomento que habías hecho mal
en que ahora se juntan tus me· • , esta nuestra mutua comprensión
nos ha enturbiado el ánimo el JOres afanes. Pero ni en ese momento
defendernos contra nosotros mfs::ar q_ue nos juzgaras incapaces de
dado con que nos has tenido sin s, m mucho menos que en el cuibra de celos. Después hem
conocernos, hubiera la menor soro
. tu sabiduría en losmotivos d e esta ocasión noos acertado
a descu bnr
b ta
sus
contingencias
no de pen d an
de tus
hilos
'
o
s
nte
E
·

aú:

&gt; n _fin, que ella me da el descanso
la serenidad, las zapatillas de orillo
, la paz, el sosiego, el reposo,
, que ya voy necesitando ...
&gt;Porque son cuarenta 1
»Salud.&gt;
os que cumple este don Juan.

y la firma al pie.
La carta de ella prestáb
esperanza se apoyaba:
ase más todavía al equívoco en que mi

:AQuerido
ta~tos de tantos, en la frontera
maestrillo· No
.

primera quiebra de su ~onfi::ah: des~edido de usted por evitar la
q_ue _estoy curada de toda sensible~a~l Cre? tenerle bien probado
cmd1do de la menor consideración .
ego1smo con que he presa cubierto de sospecha I
de orden familiar y social me po
a guna en ese respecto · He d eJa
. do mi casa
ne
1 53

�LA PLUMA

LA PLUMA
sin duelo ni zozobra. Pero ya en el umbral de la suya para decirle
adiós, me he vuelto atrás poseída de no sé qué extraña cobardía
ante el presentimier.to de una escena excesiva. No hay por qué negar que el humano barro en que usted ha sabido encender la lamparilla ardiente en que me consumo, me liga esta vez a una preocupación indigna de discípula de tal maestro. Pero he preferido soslayar
la despedida, a arrostrar su desprecio de usted si mi flaqueza se derramaba en lágrimas importunas. Por lo demás, no se trataba de pedirle consejo. Demasiado sé que usted no puede por menos de aprobar mi empeño. Mi vocación de aventurera quizás sea innata; a usted cabe, sin embargo, por entero, la responsabilidad de mi decisión;
a usted debo el afáu de vivir los sueños, de convertir la novelería en
realidad.
&gt;Y ahora, una noticia sin importancia: Me caso mañana.
&gt;La gente a quien haya escandalizado mi fuga, no acertará jamás
a comprender la lógica de mi fantasía. Se les antojará que para este
viaje no hacía falta tan inusitado aparato. Cualquier otra solución
más inmoral hubiera parecido más adecuada a mi gusto por la libertad. A usted no necesito decirle cuánto más fiel a sus enseñanzas
soy casándome, que no alardeando de fáciles travesuras.
&gt;Una vez pasado el Bidasoa-mi Rubicón-, me senté en la primera sala de espera. Proponíame no más encontrar un compañero
de viaje. Cuando vi entrar al elegido de mi capricho voluntarioso, le
impuse nuestro común destino. El azar solo ha intervenido para reunir en el tiempo de un horario de ferrocarril y en el espacio de una
estación dos criaturas de un mismo pensamiento: el de usted.
&gt;Este don Juan ha de encontrar en mí, cada día, el renovado ardor, la complicada variedad de deseos, el eterno femenino que la limitación de las demás mujeres le ha obligado a buscar en una tras
otra. Por algo me dijo usted, no sé cuándo, que yo era una entele154

quia viva, una entdequilla de
ma 'd
carne y hueso. Quiero hacer de m1··
n o un sultán monógamo.
&gt;H&lt;ista la vista.&gt;
Y aquí su nombre.
Pese
a la intención de ambos, encaminada
.
J'b
ya . d
l rarse de mi tiranía, el texto de una
sm uda alguna a
y otra carta denota cuán arraigada estaba en su ánimo . tó .
habíanme servido para i m1 rle nea, arma la más eficaz de cuantas
nocu ar en aquellos d
.
mentación el humor inmunizad
. os SUJetos de experior contra Ja deg
.6
.
n moral de
1a H umamdad. No me inf1m1'dó ' pues gran co enerac1
1
..
que bastara tan poco tiempo
' .
sa a noticia, ni creí
, A
para arrumar en
,.
mio. I reunirnos de nuev f é
su espmtu la obra del
o u cuando eché d
1
proceder quirúrgicamente .
.
e ver a necesidad de
si no quena cont ·
cend encia con la realidad cot'd'
ag1arme de su condes1 1ana.
-Niña mía-le dije aprovechand
de él en busca de cioarrostá
o. una ausencia momentánea
No te rías; el caso e; grave É:t: ~ per~1~a. Tú verás lo que haces
que afrontes una prueba h; . s p1rrem1s1blemente perdida, a meno~
11
d
ro1ca. rueba hero.
ama o a sugerirte. Allá te las com
i~a que no soy yo el
No hubo más. ¿Para qué? N' h ~ongas contigo misma.
vé y . d
1 ac1a falta mas ta
.' s1 udara yo de mi fatal influ.
.
mpoco. Así la salmi confianza, la esquela rosa tan ~~• aqu1 tengo para robustecer
su I mente perfumada, que recibí
la misma mañana del e'-t - '
- rano suceso de l
1,
por los periódicos el nú
d
a ca ,e de...-Todos sabéis
mero e la casa -L
.
morandum descuidadamente I 'd d .
a esquela simula un mese
t
o v1 a o al revers d l
.
pre extaba su en-:ío El
t
.
o e aviso con que
.
·
pre exto decia·
Querido maestrillo Le es
.
vemr
·« sin
· empacho Hemos
·
peramos
maña
.
na a cenar. Puede usted
·
·
variado el me ·
szempre perdices, cansan.
nu, por aquello de que
&gt;Su fiel discípula.&gt;

�LA PLUMA

LA PLUMA
. e!lcrt·to con lápiz:
En el' reverso se !eta
«Lunes.-Ritz.
&gt;Martes.--Real.
.
:.Miércoles.-Estudio Zub1aurre.
&gt;Jueves.-Té Legación.
&gt;Viernes.-Filarmónica.
&gt;Sábado.-Prueba.
&gt;Domingo.-?&gt;
. 0 nada en esta clave!
. .
1Y el Juez Instructor no ha v1st
ya de mi reivind1cac1ón
Yo fuí a cenar aquella noche setguroveces a aliviar mi espera
d.6 dos o res
profesora!. La doncella acu t
l tardanza inusitada de sus seno•
con oficiosas suposiciones sobre a ·t ·ón que su demora apenas
. d de innegable ag1 ac1 '
res. É l llegó pose1 o . .
recobró al punto.
justificaba. Pero a mt vista_ se • -insinuó la doncella al ver que
-La señora no ha vemdo aun
.
ás al comedor.
o
nos encaminábamos sin m
. atención a sus menores m me apresuré a llenar el
Quizás fuera efecto de mi exces1vab
. ·entos· pero me parec1·6 que duda a, Y
v1m1
'
d" minuto:
gran silencio aquel de me io
Es que hov tenia prueba.
. n nutó Parecía como
•
l bra no se 1 ,
•
1
No obstante recalcar yo la pa a '
turas en qué templar e
. . le prestara nuevas apoya
. . intervenc10n
s1 m1
lta al maestro
ánimo.
. .
d.. flemático-no le ocu
Veo que la d1sc1pula- lJO
.
.
l marido ignora.
. . d
. aun las menudencias que e
\la me babia invita o a
n1
1
uela en que e
Yo entonces saqué a esq
.
.cenar y le mostré el reverso.
eda llenar todavía el hueco
~Se la traigl)-insistí-para que pu
una interrogación al
h
como ves, por
. .•
"ble que le haga tra1c1on
a ora, d el domingo , detentado
.
, a manana es post
destino inmediato. De aqut d l apuntación habitual.
. si. no se ayuda e a
la roemona,
156

-¿Vamos a buscarla-interrumpió él entonc.?s-, y cenamos en
cualquier parte?
La doncella se atrevió a proponer la posibilidad de que nos cruzáramos en el camino sin vernos.
Pero a esta objeción supo responder él con tan sosegado aplomor
que recobró del todo mi estima.
-No; sé muy bien dónde está la señorita.
A la criada, por otra parte, no podía extrañarle tal extravagancia,
hecha como estaba al caprichoso afán del matrimonio por trastrocar
las costumbres, no bien empezaban a serlo.
Echamos escalera abajo, y luego calle arriba, sin vacilar él en la
dirección, ni yo en seguirle. Entramos en Lhardy, pidió el reservado
a su nombre; nos sentamos a comer.
Cuando aparecieron las perdices me miró y se sonrió elegantemente.
Yo respeté su silencio acerca de ella. Ya en los postres, solicitó
de improviso mi opinión. Y se la dí sinceramente satisfecho de haber recobrado sobre él un ascendiente que me pertenecía de juro.
Ni que decir tiene que ni él al pedírmela, ni yo al dársela, hicimos
la menor alusión al suceso material que la ecasionaba.
-Te reconozco-Je dije-, y celebro ese auto-rescate en que te
complaces. Creo que de cuantas actitudes propones, la más difícil, y
por lo tanto la más digna de nuestra especulación, es la fuga. La
propia entrega a la justicia de los Tribunales, el arrostrar la cárcel e
incluso el patíbulo, el desafiar la audiencia pública, revelan una gran·
cobardía. La confesión, la aceptación de la defensa abogacil, las protestas de inocencia, no son, en fin de cuentas, sino procedimientos
acomodaticios para esquivar el miedo físico a la huida. En la huída,
por encima de toda otra consideración, hay que proveer materialmente, y no con argucias sentimentales ni moralejas a la propia sal157

�LA PLUMA

vación. Un verdadero hombre de acción, que aspire a perpetuar su
memoria en la pantalla cinematográfica, no en gestas literarias, no
debe aceptar otro punto de vista que el de la fuga.
Desde la frontera me puso un telegrama que interceptó la policía. Después no he vuelto a saber de él; espero, de un momento a
otro, carta suya, datada en algún país con el que no haya Tratado
de extradición.
El Juez instructor no ha conseguido hacer la menor luz en el sumario.
Y, sin embargo, o mucho me engaño-sólo la complicación innecesaria que en un ánimo policíaco susciten los folletines de ese
género, puede turbar la simple vista hasta el punto de hacer indesdfra ble la verdad en sus señales más claras.
El cadáver, en posición de decúbito supino, fué hallado entrada
ya la tarde del día siguiente. La dueña de la casa adujo en su descargo la frecuencia con que ocurría el que una pareja amorosa permaneciera silenciosamente recluíca horas y horas en aquel mismo
gabinete clandestino de cuarta plana, sin que a ella le fuera dado
permitirse curiosidad alguna que menoscabara la discreción en que
su clientela confiaba. Había oído, sí, a la hora del crimen sin duda,
cierto ruido como de persecución, rodar de sillas, y sofocados gritos
y risas. Pero lo estimó como amoroso Juego. El criminal, a quien no
había visto entrar, por voluntad de la asesinada que al contratar la
habitación exigió abrirle ella misma la puerta-cosa, en verdad, un
·tanto extraña, ya que suele ser la dama quien, en casos semejantes,
se recata, y el galán quien espera; pero, ¡son tan incongruentes las
exigencias ae los enamorados!-el criminal salió tan inopinadamente, que nadie en la casa-la dueña, una amiga corredora de alhajas
y la criada-se dieron cuenta de su huida.
Levantado el cadáver, y hecha la autopsia, los forenses dictamiC1.aron que babia muerto estrangulada.
58

LA PLUMA
La declaración de la duncella ent
.
e~ebrec16 más el misterio. Aseguraba la muchacha que ni 1 ,
1 d'
e menor disgusto pa ,
os ias anteriores al suceso l " 1· .
. recia empañar en
,
a 1e 1c1dad del m t ·
.
servia desde su instalación en M d ·ct
a nmomo, a quien
ª
ri • La noche ant
en la mesa para cenar el seño h b'
. .
es, sentados ya
•b
•
r a 1a rec1b1do u
t
o rec1 o no esperó siquiera el «boton
n~ car a, cuyo sobre
es&gt; del Continental que fué a
llevarla. El señor luego d 1 1
,
e eer a, había mirad
senora, que parecía muy risueña también
o muy sonriente a la
-Es un anónimo-había dicho el _·
.
cella entraba con la sopa.
senor, a tiempo que la don-

-¿Y no sabes de quién?-había c
go a reír los dos.
ontestado ella, rompiendo lueEn el registro judicial se encontró el a 6 .
tracto en mi primera declaració
fi
n nimo, que me fué mosLa esquela decía:
n, a n de que reconociera la letra.
«Tu mu·Jer te engaña. Soy yo quien te 1 •
de celos, porque te quiero s· .
o dice; yo, que estoy loca
¡
· 1 quieres detalle
os. Te espero en la calle de (
.1
s, manana puedo dárte'ód'
y aqu1 a calle y el ,
n icos han divulgado) L
numero que los pet
. a casa es de absolut
ti
roa e abriré la puerta. A las ocho.&gt;
a con anza. Yo misLos peritos calígrafos estuviero
.anónimo era de puño y letra d !In conformes conmigo en que el
e e a.

C. RIVAS CHBRIF

1 59

�LA PLUMA
sufre deseo de elevación y no aspiraciones mediocres, ni mucho menos
estériles compromisos.

LETRAS ITALIANAS
de nuestros escritores alguna
quisiera destacar ~e la ma;:s demás, y en cierto sentido
figura menos confundible qu~l var a cabo un esfuerzo nada
más expresiva, tendrla qu~enete -No existe hoy, como otra
común. y el por qué es ev1 ran ~rosista que domine sobre la
0
1
vez hemos ::t;::c::r :r~: :::::. s~:e!e ho[h:ntr:r::~::t:~s : ci::m~:
0
masa y dé
é de la desaparición de Goe
(p
a la influencia del
Ale_mania ~;~~:), que los escritores, a fin ~: ~:::~:e una concienc~a
temao un
uieren antes que na
consumen s10
gran poeta muerto, q
l t En tal rebusca se afanan y
to es
l
roblemas de ar e.
i las cosas, el momen
clara de os P
Claro que estando as
é
s de transide las poca
d
poco menos.
resulta o o
.
presenta los caracteres .
. en talentos criesencialmente tip1co y
mo hoy ha sido Italia tan nea fi bre de re.
N ca en efecto, co
.
s jóvenes tanta e
c1ón.- un ,
o se ha sentido en 1o.
el treintenio que
ticos: nunca comob~cZ: de investigación. M1entrasl e~gera navecilla de
·miento Y no
barcaban en ª
.
1 los escritores se em
nac1
d"do
~a o liviana ofrecida por
nos ha prece
'
n la fama pequen
ria1 . ·t· ción o se contentaban co
. rte de los jóvenes se asoma se
h la mayor p:i
l .ona· y el esa im1 a
un público amorfo, oy
d. lo desentraña, lo se ecc1
,
·t,limente al propio mundo, loe::~
abrasa en ellos todas_ las :::~:en
fuerzo es tan intens;e;:e~sta rebusca, este ansia, esta ~::s1::• quien las.
simpatia; como que reve
dades, y los cansa. . .
por lo demás asent1m1ento y
u1EN

;;da,

En los elementos supervivientes de la vieja generación (y digo vieja
por entendemos y distinguirla de la joven) la crítica nueva ha ido descubriendo en estos últimos tiempos valores auténticos que quedaban en
sombra; y esta tensión, esta afición a investigar son asimismo indicio de
seriedad: en cuanto se muestra evidente en los jóvenes el deseo, y aún
diríamos la necesidad de esclarecer a toda costa el pasado antes de buscar el porvenir, y de ver con lucidez el camino que los ingenios de ayer
han recorrido.
He aquí el caso de Albertazzi: Un escritor que produce desde hace
veinte años, solitario, encerrado, testarudo, en una forma de arte suya
que no halaga el gusto ajeno, antl!s bien lo irrita, humorista fino y comedido, clási!:o en las intenciones, seguro en la escritura, honrado. Renato
Serra, el joven crítico del grupo cvociano", fué el primero en darse cuenta; pero tal reconocimiento se ensancha ahora, y se ocupan de él otros
críticos de primer orden: Cecchi, Pancrazi, Tonelli, Spaini.-Hemos dicho
escritor clásico, y no retiramos el terrible y grande epíteto.-La palabra
tal vez responda imperfectamente al concepto que queremos expresar;
pero es, por otra parte, la más próxima, la más segura, la menos incierta.-El arte de Albertazzi, enteramente humano, compuesto, todo color,
es en efecto de los raros que obedecen a la tradición, en cuanto saben
mantenerse siempre en una linea de sobriedad, ya que no excelsa: con
caracteres netos y precisos en punto a la escritura, con toques leves y,
con todo, firmes, de!representación.-En suma, Albertazzi es, a diferencia
de otros muchos novelistas italianos de hoy, un verdadero escritor.-Las
novelas que Carducci no escribió, las ha escrito Panzini, ha dicho el propio Serra; pero nosotros diremos que las ha escrito Albertazzi. En efecto,
el arte de Panzini es harto nervioso, e incluso cuando grande, femenino de tono; de suerte que responde poco o nada al temperamento carducciano, firme, huesudo, rígido.
Albertazzi sí que se le parece; y no sólo en aquellas novelas que evocan mundos y lugares pasados y lejanos, sino también los modernos de la
1(

160
161

�LA PLUMA
LA PLUM A

. .
sin embargo nervio- sin nerviosidad Y
rente
·1· de Bolonia de Romana,
·onados· sin ímpetu apa
• .
todo, emoc1
•
E m1 1a,
sos· sin excesiva emoción y, con
; pesar de ello agilísimos.
·. es muy verdad que apenas_ eny De ahí nace la vena de Albertazzt, y . ro es sie,1,pre carducc1ana,
é abrevarse, pe
,cuentra luego otra agua en qu
.
de factura y de esqueleto: ,
l demás bien poco si en Albertazz; n~
Mas esta semejanza dma por. o
o humor que es comp eta
·
cunoso Y seren
s caracin"luso responde en su
existiera y personalis1mo, un
' yo de su temperamento; y q_ue - la que desde niño ha resmente su , .
l h dado vida, y en
tere!i fijos a la tierra que os a
d
buscan mepirado.
las cortas, cuan
nO
Sus novelas, y sobre todo sus nov:. os s"' desarrollan las más veces
dios históricos o resueltamen~e fantá:, 1c fi~l.-La lengua, aunque rot~, es
.
de Emilia labonosa, tenaz,
. ·embre ha recurndo a
en esa tierra
'
_ .d
Albertazz1 s1
.
,
ura,
de los escntore:;
·taliana·
y
por
anad1
la toscana, la 1
' '
italiana, amante como es .
las buenas fuentes del habla
.
los del diez y seis.
.
bre todo de los trecentlstas y
. l de la mayor parte de
antiguos, so
r desgracia, a
como, po d h"1spazos '{ muchas veces sorSu fantasía no es plana,
.
· a to a c
'
·
· a1os novelistas italianos, sino v1v ~ b. eran desechado, hieren la 1mag1~á
rendente.-Motivos que otros u 1 a de la nada aparentemente, P_ón de Albe,tazzi de tal suerte , que creé, nsele en complejas y azarosas.
&lt;:t
r ras trubraca(y es inútil investigar
•
l
zobulas deleitosísimas, y tramas ige
as ra
Pero lo que cuenta sobre todo en s~.º de conocer, de seccionar el hornnes de ello) es la necesidad d: estu iar,
d
no· y por eso,
. h la Humamdad.
bre, o mejor d ic o,
.ó está en segun o p1a . .
L
En su obra, toda otra preocupact n
estamos ante un clásico. . os
l éndo\o de que
,
rec1sadecía, nos convencemos ey .
\ hombre, porque \o ve1a~ ~
dásicos contemplaron esenc1al~~nte ~versal sin exciuir la esp1ntual. y
mente en el centro de toda la :1 a un and~ sonríe sobriamente ante sus
Albertazzi ama a los hombres, rncluso ~un sentimentalismos, sobrio y razocon un amor s1
defectos y manías; pero

°

1 .

nado.
t62

• *

*

El caso de Panzini es menos triste que el de Albertazzi. Es muy verdad que Panzini ha trabajado veinte años sin aceptación del público ni de
la critic:i-; pero desde el día en que Borgese, Cecchi, Serra, Prezzolini y
algún otro empezaron a estudiar su obra, Panzini ha avanzado mucho.
Discusiones críticas, concesiones periodísticas: y luego, la fama, un público que fué aumentando poco a poco, el acatamiento casi unánime de
la nación. Hoy Paozini es de los escritores más leídos y más gustados.
Hay ya quien habla de repeticiones, de cansancio y hasta de senilidad:
porque Panzini produce mucho, y los escaparates de las librerías tienen
siempre de muestra algún libro suyo. Pero Panzini no nos parece a nosotros en modo alguno cansado ni envejecido. Cierto que su arte no da
ya aquella clara y d iamantina poesía que admiramos en La lanterna dí
Diogene; pero por otra parte se ha reforzado y ensanchado; y mientras
en un tiempo se contentaba con coger apenas cierta tranquila poesía de
las cosas y de las vidas humildes, hoy, turgente, parece, por el contrario,
preocupado de los problemas esenciales de la vida, y trémulo se vierte
en dolientes elegías.- Sus últimos libros ll díavolo nella mza librería
(Moñdadori) y ll mondo erotando (Treves), no son novelas, sino páginas
líricas de sarcasmo y de pena, donde raramente el poeta se abandona a
las descripciones cristalinas de un tiempo, y solamente eleva su grito sobre las tristes consecuencias de la decadencia moral del siglo: por de contado, en páginas ligeras y perfectas como suyas.
Sea como quiera, este escritor está todavía vigoroso y con fuerzas, y
yerra quien lo cree al margen de su actividad. Yo &lt;liria más bien que,
prt:cisamente hoy, si logra la fuerza de síntesis que sólo los más grandes
tuvieron, su dolor, su ansia y su arte podrán confluir, límpidos, en una
obra orgánica y definitiva: en la verdadera obra maestra, en suma.

***
Pirandello no ha sufrido como Panzini una oscuridad de veinte años,
y mucho menos la durísima suerte de Albertazzi. No diremos que su fama
haya estado ha1&gt;ta ayer a la altura de sus méritos; pero es cierto que desde que se asomó al arte no le faltó la atención del público y de la critica;
r63

�•
LA PLUMA
y si en estos últimos tiempos su posición se ha reforzado y es considerado

como uno de los más grandes y nobles escritores italianos, débese sobre
todo a que ha dedicado últimamente su actividad al teatro, el cual, y no
sólo en Italia, tiene el mérito (o el inconveniente) de conducir a un escritor al contacto inmediato con la muchedumbre: contacto que lue~o se resuelve en ei aplauso y la fama.
Luigi Pirandello es un escritor casto. Y digo casto, no porque rehuya
las situaciones veristas ni haga ostentación de moralidad, sino porque yo
siento en él, como tal vez en ningún otro escritor moderno, una honradez
de intenciones muy rara hoy en dia. En efecto, aun cuando la poca fortutuna de sus primeros libros le sugerla que el camino para llegar al público
era muy otro, supo obstinarse en un tipo de arte escéptico, amargo, enervante, fiel a su temperamento, que le llevaba a verlo todo tras una lente
de desconfianza e incredulidad.
Cójanse sus primeros volúmenes y hojéense los últimos publicados por
los editores Battistelli y Treves, el Carnevau dei Morti y Tu Rldi. En
ellos está Pirandello con su sonrisa cortante, tras de sus personajes y sus
¡ áginas, con su obstinada y singular amargura que raramente encuentra
un filón de bondad, y a él se aferra.-Han tardado en llamarle maestro;
pero hoy dla, entre los novelistas italianos, él es ciertamente quien presenta sobre todos los demás una muchedumbre de figuras varia y numerosa; el que más se ha acercado, aunque sólo sea de pasada, a todos los
problemas del alma y del cerebro humano. Su arte no es llano, libre, fácil:
es triste y desconsolado: pero tanto más convence y llega a nuestro ánimo, cuanto más se abandona precisamente al espasmo de la negc1ción. Si,
alguna vez sentimos en sus novelas el sofisma; otra nos parece que sus
personajes han n~cido más del razonamiento que de la vida; pero hay
tanta originalidad, por lo demás, eu sus movimientos fantásticos y psicológicos y tanta coherencia, que el lector está dominado y vencido, incluso antes de que dude de la verosimilitud de lo que lee y oye.
Muchas discusiones ha suscitado también su teatro, por llevar a la escena personajes y acciones extrañamente, y aun dir!amos diabólicamente
trazados; pero pues que el arte es también malicia, además de instinto, su
164

LA PLUMA
teatro
.
. qu
. d responde a esa castidad d e conc1enc,a
'b
sm uda,• personal y nuevo • El est,·1o de Pira d 11e arn a declamos·, y es
.
n e o ¡cuán adherido está a
1a materia, a la sustancia de sus creac,onesl
D
d
llozante como es, puede sorprend
espe azado, roto, casi sobriedad clásicas· pe ·o •i bº
~r a un amante de la Unea y de la so'
" ien se mira nos da
ra podido expresarse de otro mod ,d
m~s cuenta de que no hubieº.' ~ que su construcción angustiosa
responde perfectamente a la
angustia V1sual y 5
• •
ta1, en una palabra, es su estilo.
ens1t1va del escritor: que

•••
y lleg~mos a los más jóvenes. Uno de 1
los más discutidos es Marino Mo tti E
os ~ás notados y también de
sorprendido nunca. Quien recuer;e ,"us ste_ escntor, en verdad, no nos ha
poesfas debió sentir en el Moretf d
primeras novelas y sus primera,
ser más tarde, lograda la madure l : ~nton~s lo que había de llegar a
ba los personajes delicados y s fz:d os veinte años Marino Moretti amaexc
ºó
u n os que a los tr · t
•
~pc1 n, sus personajes. y su arte
etn a y cinco son, sin
~ac10so, también hoy, aunque cada
ayer nos parecía delicado y
~steza, se nos muestra pequeño, humilde s veteado de melancolía y de
vierte en este escritor un sufi . .
. y' en el fondo, amargo. Se adno h bº
nm1ento continuo y pat t
. en e, como si la vida
u iese encontrado para él una hora b
¡°mo hombre, tiene el mismo carácter de uena, 01 hallado cario.o alguno.
s~ arte: tímido, bueno, incapaz
e hacer mal; una verdadera alma d
~arece nacido en época ajena a la su ea franciscano. Marino Moretti, que
tiempos vertiginosos que le ha
dy '. que no parece responder a los
re ·
n pro uc1do sufre
,.
b
,
, en e,ecto, como nadie·
P c1samente porque no tiene ti
y se ie ob ligado todos los d' uerza asta a.te fis ·tea 01· moral para luchar ,
retr~sado; como uno de esos1::;e:n; ntuevta renunci~. Yo le llamarla un'
· atrá s, a un paso más t(• .nd an o enfermizos Y cansados, que
la vida d eJa
pues que su arte es en cuanto hum~~ o _Y tardo que el de los más. Pero
un carácter, leemos a Moretti e
'. e srncero, y pues que tiene en fin
·
de niño, su casi calculada timºdon 5 impatia .y gusta
.
mos su tierna
dulzura
eoriqu
' ez, que lo distingue d 1 d
ece con contornos aunque i d .
e os emás, que lo
,
n ec1sos, personales. He aquí dos nue-

día~:

165

�•
LA PLUMA
LA PLUMA

,.

vos volúmenes suyos: La voce di Dio y Lestofanti (Treves), y he aqui
una vez más a sus personajes que parecen temblar de continuo con los
vendavales de fuera, como si estuvieran todos en un claustro o en una
estufa bien cerrada. l!Cuántos son ya los personajes de Marino Moretti?
Una muchedumbre: y si intentamos coordinarla, la vemos andar pesadfi.
y tarda, como una procesión religiosa, en una atmósfera indecisa, sin sol
y neblinosa: hombres, mujeres, niños, unidos todos por la cadena del dolor que por lo demás pesa sólo lo bastante para humedecer sus rostros
de lá~imas y dar a sus cuerpos un grave cansancio.

•••
Rosso di San Secondo no es todavia un escritor formado, pero no se
puede negar que es rico de posibilidades y susceptible de desarrollo.Yo prefiero este tipo de escritor, porque quien desde las primeras obras
se logra, ya se sabe la meta a que puede llegar; mientras que quien lucha, quien se afana, quien a cada paso se ve obligado a buscar el camino
que le parece haber perdido, ese, a mi t&gt;ntender, puede quizás no triunfar; pero si triunfa tiene ante si un espacio más vasto y horizontes menos
cerrados. Rosso di San Secondo es, por lo demás, uno de los escritores
bien dotados que no saben todavía su propio mundo. Ha dado ya a la
literatura narrativa y al teatro varios volúmenes y comedias, y ha conseguido un nombre envidiable. Pero por lo que hace al arte está todavia
por colocar. Ha dado, es verdad, en las Elel{ie a Marike, en Ponentino y
en otras páginas, discreta medida de su ingenio. Ha escrito una novela
sólida, La fuga, una comedia irónica,· Marlonette che pasione!; mas, en conjunto, es un escritor sin hacer todavia.-Del Occkio chi·uso (Bellini,
Roma) a lo commemoro Loletta y a la recentísima Festa delle Rose (Treves), ha progresado notablemente, pues en sus primeras síntesis dramá·
ticas se nadaba harto en la literatura; pero, sin embargo, no puede decirse en conciencia que tenga aún el dominio de S\J:S propios medios, que
sepa, en suma, lo que debe decir.
Es muy verdad que un escritor puede desperdiciar tres o cuatro años
o malgastar en experiencias cuatro o cinco volúmenes; pero me parece
166

que San Secondo
empieza a desperdiciar d emas1a
. d o. De la se "d d .
.
.
gun a , mcluso excesiva, de sus primeras páginas, a., 1a marcha mcoh
ña d e las últimas,
el
paso
es
ilógico
y
el
·
dº
.
erente
.
proce 1m1ento f tá · y extrapue
e
dec1r
en
sustancia
qué
se
pro
d
.
pone m. a d ónde va an st1co;
T' no se
aun en la rebusca, se afana todavía o
t bl
. a parar.- iembla
rituales con el mundo de fuera p p Ir es a _ecer ciertas relaciones espi. ero a relación no
¡
con claridad, y cuando cree habe r la a1canzado con i se e · revela. todavía
. .
un nada se la veda de nuevo co trº~é
d 1
mprov1sada mtu1c1ón,
10
•
'
ns
n o o a desb d d · •
mverosímilmente extrañas· Con t od o, en estas pági a an a as !lógicas
o
.
das Y no satisfactorias se siente .
. .
n s, aunque equivoca'
viva Y casi simpática l fi
tor, y no se pierde la esperanza de ue a
ª. _gura del escridiapasón, cese en un momento d d q
p sada esta cns1s, ahora en su

a o.

••*
y detengámonos ahora un momento en otr .
. .
sa la crítica desde las columnas d
. º. Joven, que s1 bien profe.
e un gran d1ano roma
b
Y esencialmente
.
' poeta · Hablo d e E mi·uo Cecch1. En E no ~es, soá re todo
conocidos sus ensayos críticos· los ás b 11
..
spana ser n pronto
~anctis; pero, repito, Cecchi n~ est:todoeé~::m duda desp~és de los de
libro: La storla della leterattuY&lt; . le (T
sus ensayos m en su noble
tividad critica y de coment . -a ing. se reves), en las páginas de su acano, en suma La figura d
t .
muy otroa
. caracterese yesno
e Joven
. . relieve considerada en t o dos sus
¡
•¡ tiene
.
e 1 espmtual y el moral· En e~ect0 , 1os tiempos
.
,
os
u
timos
no le da
t 1
n, Y a vez no le
d arán nunca la razón precisam t
jano y anacrónico qu~ no pued;n e porque en su acción hay algo de letumbres de los hombres de h
~ngran:rse en modo alguno con las cosnas de un diario romano y oy. lomo , ~ dicho, habla desde las columºd
, , como os cnttcos de todo el
d
v1 ad periodlstica ha de versar
I
mun o, su acti ducción mediocre y a
d
' por o general, y perderse, sobre la propaga a que su país le da S ·
·
que ejercita esa profesión hu 'Id
.
. e1s o siete años hace ya
~
m1 e y tnste: y con todo
1
•
anos, nadie ha podido acus 1
d
,
' en se s o siete
dios, de concesiones p tiºóardo nunca e compromisos, de términos me• ar
e un punto el
·
¡
de tanto tiempo no se ha apart d
pnmer da y hoy, después
'
a o un centímetro de la línea que se im167

�LA PLUMA
puso. Tales firmeza y austeridad no han sido sin amarguras. Ahora bien,
como el lector comprenderá, si esa austeridad no tiene compensacion~s
inmediatas, es rica y densa de compensaciones intimas, y he aquí que un
día, en este joven contrito y severo que no ha pedido honores a la vida
ni a los hombres, que ha aguantado insultos y enemistades, he aquí, digo,
que despunta tlmida, pero segura, la obra poética, tl libro personal. Quien
comprenda cierta soledad augusta y cierta tenacidad, sabe ya lo que Emilio Cecchi puede haber dado en el libro susodicho, que se intitula Ptscí
Rossl (Vallecchi, Firenze). ~Qué ha dado? Una sensibilidad cargada y
constreñida, el dia que encuentra sú vena y trabajosamente descubre sus
raíces, ya se sabe cuán clara y segura puede ser, cuán rica de pensarnieato y densa de calorías, aunque Umida. Ptsci Rossi es un libro del
que no se puede hablar en una crónica breve, porque cada página, y aun
diremos cada palabra, es viva y justa. Además, no es libro de poeta,
libre y suelto, sino de un hombre que se afana dolorosamente en busca
de un mundo nuevo, y, lo que es más raro, habituado a las selecciones,
a las eliminaciones, a continuo y febril temor de lo supérfluo. Esta lucha
no persiste en todas las páginas; pero claro que en un nuevo libro ciertos
ataderos con la cultura, ciertos peligros de tropiezos y salidas falsas, que
todavía se transparentan, desaparecerán; y el poeta surgirá de su crisálida Hmpido y cristalino.-Pero, repito, más que en sus resultados inmediatos, hemos querido considerar hoy a Emilio Cecchi como problema
en desarrollo, y, as{ considerado, se puede declr en verdad que es de los
más interesantes y prometedores de nuestra generación.

MARIO PUCCINI
Memento.- Savi L"pes. Le orittini neo-latini (Hoepli-Milano). - Nicola
Moscardelli. L'ultima foglia (Vallecch1-Firenze).-V. Spinazula. L'artc di Dante
(Riccardo Ricciardi-Napoli).-G. D, Ruggiero. Storia della filosofía (LaterzaBari).-Edizioni Politúlu de •ll Soleo&gt; (Cittá di Castello).-G/i Scienziali ltaJiani (Nardeccbia-Roma).-f. Pastoru:lu. 11 Randagio (Mondadori-Roma).E. Bo11aiuti. Escursioni spirituali (G. Bardi-Roma).-A. Tilglur. Filosofi Antichi
(Athanor-Todi).-Ennini. Poeti epici latini (Istituto Calogerá-Roma).-Manzo,ú, Carteggic, (Hoepli-Milano).-Turri. Dante (Barbera-Firenze).-P. Barólra.
Quaderni di memorie (Barbéra-Firenze).-Corrado Ri&amp;ci, OrC::ed ombre dantesche (Lemonnier-Fireoze.-Lettere di S. Gerola1'W (Desclée-Roma).-E. Tret11s. Santo Frence1co (Battistelli-Firenze), etc.
168

ANDANDO
Dí lo mismo m la tOTTe

que en la choza del pobre:
la palabra que cueste,
nunca la que te sobre.

Paso de caracol,
lleva el sol,
Aprende:
marcha lenta y peremne.

Aquí, mata de trébol.
Allá, flor del espino.
Lefos,
un /ir,:o.

�LA PLUMA

LA PLUMA

A éste, la paz del día,

"Líbrete DZ:os...!" te dirá la gente.

y al ,tro el sombrerazo.

n,:os no te debe li"bra, de nada;

Al hada del sendero

ni del beso hedz·ondo, ni del filo del hacha.

todo, todo y aun algo.

Todo nos salva.

Cogerás de la nieve,

Un pantano podrúio,

porque tu corazón
se quen,a de otra suerte.

un bosque transparente,
lagos con barcarolas
mares con misereres

y cogerás la flama

atraviesa; de todo

de todos los saharas;

nos queda lo que debe.

porque los corazones

Porque al fin, el destino

se pasman
llegando a derta raya,

es llevar en elpecho,
acribillado el lirio
que brotó la mañana
de nuestro natalicio.

y hay que arrofarles
llamas.
No hay mayor alegría

La flor se desbarata

que cumplir lo temido:

lo mismo con el beso

posarás por la barra

que con la puñada.

del puente quebradizo.

170

17 0

•

�LA PLUMA

DE LAS MONTAÑAS
Así, como vosotras, en tl mitin
de ta naturaleza multifqrme;
junto al valle de almendros
y la fresca ladera
y ti río y los fardiºnes.
Así, como vosotras, en el mitin
de nubes y de soles,
siºn adornos, sin cambios,
en sobriedad eterna,
un tanto arisca. lefos
y por encima de nuestros te1ados.
J. MORBNO Vll.LA

... CASTILLO FAMOSO
embarullado y sin norte en lo material, a merced de
la improvisación en el ordenamiento exterior de su vida,
no está menos indeciso al borde de las rutas del espíritu.
Su cuerpo aumenta (leso es crecer?) con todo lo que, viniendo de otras partes, aquí se aglomera; pero aun no se le vé con
vigor propio sobrado para echar en el suelo raíces tan profundas
que no se puedan arrancar. ~o procede de dentro a fuera; toma lo
que le dan; engulle, pero no asimila ni depura. Toda novedad superficial es posible y se le abre un crédito proporcionado a su insolencia de advenediza. La mente de Madrid .se despierta ahora del sopor
infantil, y su curiosidad, que empieza a irritarse, se esparce en devaneos. Madrid recobra sangre, y goza sinti•ndose vivo, como el que
maltrecho y todo, se escapa de un trance de muerte. Si la villa se remoza, se alegrarán los nietos de mis amigos; de aquí a cincuenta
años, nacer o vivir en Madrid puede que sea nacer o vivir en alguna
parte. Sin coherencia ni densidad, al Madrid de hoy le falta el galardón de la madurez inteligente. Ni gusto, ni estilo.
A Madrid le cupo en suerte estilizar la decadencia de España; de
la gloria apenas si conoció más qu'! el orgullo, de la grandeza, el empaque, de la opulencia, el sinsabor de haberla disipado. La villa debía
de ser entonces horrenda, fosca a pesar de esta luz, pero destiló losresiduos de un espíritu ya amanerado y sutil, y ardió con una llama.
ADRID,

l7J

�LA PLUMA

.quizá venenosa, única: pocos espectáculos habrá visto el mundo
como el de aquella hoguera en que vino a suicidarse una civilización
peculiar, macerada por el fanatismo candente, por la guerra, y por el
aislamiento. Fué Madrid, sus ingenios, su gusto, su público, quien
redujo a líneas de arte ese mundo agonizante y su proyección profunda en el pasado. Quizá solo en aquel tiempo baya sido Madrid verdadera capital de España, y por ello una gran literatura nacional es,
de paso, por más "de un rasgo, madrileña. A través de esas obras
literaiias se vé muy bien al pueblo a que iban dirigidas, sobre todo
a través del teatro. Los mejores espíritus de la época arengaban
desde las tablas, y al avivar en el auditorio la memoria poetizada de
sentimientos y hechos colegidos en las gestas y en el ámbito nacionales, producíase la conmoción instantánea y contagiosa que solo la
palabra hablada suscita; el público no imponía su gusto en la mera
estructura formal, imponía su alma toda, quería contemplarse en
aquel espejo, y así, cada victoria del genio era el destello de una
conciencia despierta aún, que se acendraba, y que ansiaba perdurar
cuando ya apenas le restaba cuerpo donde albergarse. Por este hecho se mide el verdadero valor del advenimiento de la capital política a la primacía literaria; y como entonces no había un ágora, el
pueblo madrileño, apasionado por su teatro, entretuvo el hogar único
donde las esperanzas, los ensueños y los desvaríos del espíritu de la
gran familia ibérica hablaban en libertad. Prodújose el fenómeno
propio de las grandes épocas de unidad espiritual, que a veces sobrevive y a veces se adelanta a la dislocación o al agrupamiento territorial: hubo una materia poética común a todos los rangos de la
sensibilidad, y que, elaborada por los mejores con insuperable dignidad de estilo, era popular.
Madrid dimitió esa función presidencial en beneficiQ de nadie, o
.más bien se quedó sin asamblea en que presidir. Yo tengo escasa
174

LA PLUMA

afición a lo pintoresco, y al repasar la ten
.
dos siglos de estupor, muy cum lido
ue vida de Madrid en sus
leñas más preciadas lejos d
p
s, algunas de las flores madrila vida de España ,M d ºde envanec~rme, me humillan. Índice de
, a n se encogió s
hi 6
su propia salaa, y tuvo un or ullo de ' e ac c , recociéndose en
de hacer de la necesidad v!tud
pobre, ese orgullo que pretencomo para afrectar a quien n
y s~ revuelca en ella, y la exhibe
drid oficinesco y jacarandoso o ~e aviene ~ com~artirla. Fué el Masus fines, que decía· «De
~i~d cont~adictor interno, sin idea de
verlo.• El día en que .Mad ºd a n al cielo, y allí un agujerito para
n , encerrado en sus
t t .
.
que empezaban a disputarle la rim .
.
cua ro apias, vió
a un localismo rival n
d p acta, se d1ó tal vez cuenta de que
cendencia y que lo pl:bpue e op~n~rsele otro localismo sin trans.
'
eyo madnleno no debe
d
riosidad de barrio ja á
.
pasar e ser una cuE
, m s un valor de ctrculación nacional.
n las promesas actuales de re
. .
.
pruebas de nuestra buena vol t ~ac~m1e~to m~nle~o abundan las
acaso hagamos otra capital y ~~aª Es ~dn~ rev_1~e sm memoria, y
los valores esquilmado Co
pana sm visible soldadura con
s.
mo es hoy un islot
d
mundo en que apenas
f .
e a yacente a un
tor, quisiera empezar apart1c1pa, Madrid, para advenir a centro direc'"
en erarse y a no quedar •
. .
siempre mal. Pero le
ialta el archivo de la e
tumbos entre la ingen~~e~enci~, y anda sin tino ni contraste, dandG
llega, y le ocurre lo
a y e recelo. Tan pronto se pasa como no
do el hombre más p!uvee a_ldpaleto desconfiadillo y crédulo, que sienm o contra los timo
que se deje timar. Nótese el re
s'. apenas pasa día sin
oye el «argumento de cult
speto y veneración con que Madrid
·
ura•, aunque consista
¡
simple expresión verbal S 1 1
por o común en
. o o e argumento patriótico le aventaJ·a y
cuando luchan qu
t · t·ismo vence. Esa es la delan'
tera que les 11 , e no es raro' el pano
evamos a los pueblos se . bá b
cultura tiene tanta fu
.
m1- r aros, donde la idea de
erza que sirve para arrancarles en su nombre la

M

1 75

�LA PLUMA
independencia. La cultura en Madrid se emplea para todo: para rogar
que no se escupa, o lanzar una empresa industrial, o cohonestar la
pedantería, o defender un arte pedestre, o proscribir la jovialidad del
humor. Es broquel imperforable que sirve, cuando menos, para detener el primer golpe. Luego cada cual, puesta la ropa en salvo, nada
como puede. ¡Y qué de negocios hemos visto, que en otras partes se
contentarían con la etiqueta de su utilidad, autorizarse en Madrid
ante los pazguatos con las ínfulas de la cultura! Eso comprueba el
vigor del resorte, y le da a Madrid cierto viso de pueblo colonial.
Pero el simple respeto exterior y afectado es, si se compara tiempos
c◊n tiempos, una adquisición formidable, y lo mejor sería cultivarlo
hasta que cale y deje de ser el cobertor de un desdén profundo que
ya no se atreve a ser cínico. En rigor, la mente de Madrid no eo; aún
bastante.,,afilada para escindir y disecar las especies intelectuales, ni
las especies intelectuales mismas ~on aquí tan robustas y varias que
puedan ni necesiten combatir entre sí para que las mejores sobrevivan. Esto es lo que explica y disculpa la buena voluntad con que
Madrid se amolda a las con... 1usiones provisionales de los aprendices. En Madrid, el triunfo es de los que empiezan. Es que no hay
críti:::a, me dicen. Cierto; o más bien la crítica es proporcionada al
vigor de las obras que se producen. Un caletre bien formado y
amueblado, puesto a tasar Jo que hay aquí con un criterio valedero para más de seis meses, no tardaría en granjear fama de
caníbal. O por lo menos, tendría que degollar a muchos inocentes, cuando lo mejor es quizá dejar que sigan viviendo a
crédito hasta que sus esperanzas y las nuestras acaben por fructificar o se marchiten solas. Todo hombre que se parapeta detrás
de unas gafas y se recalza el sobaco con un cartapacio henchido de
papelotes, y calla, abrumado por la gravedad de sus descubrimientos
de principiante, me parece respetable, y estoy pronto a seguirle una

LA PLUMA
vez y otra hasta los bordes de los Mediter .
.
hace, por lo común Madrid
raneos que mvente. Así
.
'
' que no se acuerda de
d
sm cesar a la experiencia fatigosa de un
. ~ª- a, y retorna
aprend1zaJe mtt"rminable.
Madrid descubre cada lustro . 1
, mc uso cada año el
la santidad, el poderío, y se aco e
. • amor, 1a am bición,
nal obligatorio que el corazón _g gustoso sm otra espera al doctrivida le duele como un chasco Jovedn PS~omulga. Cada lección de la
.
pesa o. 1 sus guías no t d
n guar que no hay cerros en Úbeda· ue
ar an en aveque las nieblas llegan puntuales a'I q
las lechuza~ son blancas;
todo, este no es un país tan mal obe;mpezar Bru~ar~o (después de
marismo, se llama a enga ·o L g
nado), Madnd, mcapaz de hun • es vuelve la espald
abandonados gastan la ma t .
a, Y 1os maestros
.
es na en probar que s
ó ·¡
Jan en pureza a los a etitos de
us m v 1 es aventaMadrid no aprende lu ex . lo~ prede~esores que fracasaron. Pero
.
penenc1a es discontinua L
en el punto de partida. y habiendo oído
. o repone todo
voz trémt1Ja
,
preguntar tantas veces con
por q~é están las dos osas
de banarse en el mar siempre medrosas

no se le ha ocurrido, para poner a
_'
mandar a la escuela a los
prue'Ja la calidad del lirismo.
ignorancia de la astr )no ~re~ntantes, no sea que se trate de simple
sado que está por nacer~ 1a. ero ese sería el Madrid docto y avi-

BL PASBANTB BN CORTB

e

p

ti)

176
1 .1

1 77

�LA PLUMA

cSn el rincón mostraban sus perfiles austeros
'Gestigos del heroico simbolismo de ayer,
'Y entre una paralela de epígramas fumaban
C:uatro femmes savantes ajenas a EMoliére.

AL POETA ARGENTINO EVAR MENDEZ
..,.
te he evocado esta noche en París
-.:,var, •
· ya,
GJ
l f'1' ,t que te ad"zvzna

eon le pnnce
;,; ar,z c:r◄
l
t
b
confrére te saludan os va es

cSn la niebla fluyente de los vasos pletóricos
9Je ca/é, de cerveza, de ilusión o de geen
;i)ibujó la voluta los enérgicos rasgos
9Je una cara silueta: ¿9?.ictus era o ;Joaquín?

0

'Y
como a ueln.
la «Closerie de .lilas»
G.ue gestan g orza en

- sentimentales, de
.
cu bl, de tus vemte
anos
cfl,a
J
t u es,'
•'uerzo y tu gran
p le ios de 0nsueño, ue
&lt;Gas a ac
h or el arte que amabas
cSinceridad de luc a P_ d 9l uel Pauvre Lelian...
9l traves de la magza e q
• ·tas a la .luna
'° t , tus complicadas vzsz
,
\.;On e . , l reino de l a misan
· t ropza
'JI tu excurszon a
. dote una
, te salvaron las musas dan
,
'Y como
.
d . Primavera, Poesza ...
fllor en Ma1, que es eczr
· tas precoces
9lllí estaban algunos d adazs
a11
,
l . l ue les daba c1,wnon.,
Con sus ~ubes
s~ agitaron libérrimas,
.tas han e~asle '°h l O » fR.oberto y 9lbsalón.
flaltabas tu Y e « \.; u '

J;9/,~:

flverio trajo en sus ojos dormilones y lúcidos
.Ca seda incomparable de su bella amistad
'Y oyó en lenguaje eslavo reverencias la obra
;i)e ffngenieros, poeta de una nueva verdad.·
Cf;rajo el vizconde el dardo de su fina ironía
flJerard su fantasía, su pluma 9)'/;sparhés,
'Yo traje en mi recuerdo .Ca Pua y .Ca &lt;:Siringa
'Y fMonsegur y Crespo trajeron su ajedrez.
flrente al poeta jóven que cenó cien estrellas
flJebiendo luego el lírico licor en el caJé:J
'lin estudiante pálido nos recordó en su jerga·flue así inzció sus años el glorioso !l)onnay.~--

-·~

.Ca pléyade entusiasta puso en tensión ¡~;·;,das
!De oro de la lira... cSurgióJEMoreas, CVerlaine...
179

�LA PLUMA
LA PLUMA

!Paul flort melodizaba sus sencillas leyendas
Yo recité a .Cugones, a ff{errera y a 9?..ubén.
~obre la brisa eólica que aligeró la atmós(era
Cargada de quimeras, de humo azul, de pasión,
~intióse imponderable en sus alas inmensas
.Ca música del viento que desala ~anón.
Pues viejos cancioneros, bardos ilustres, críticos,.
flilóso/os que inquieren nuestra razón de ser,
{;uardan fresco el espíritu y el corazón alegre
Con la luz que proyecta sobre ellos la mujer.
:Dos hastiados misóginos en agudas saetas,
Concretaron la oculta potencia de su spleen,
Un futurista ameno negó a 93ergson, y un sabio
:Dijo que el infinito tendrá algún día fin.
fl&lt;.arys, hindú sereno, sostuvo ideas graves
t2ue ~are 'Galo!f, el vate ruso, oyó y aplaudió
Y ante madame Orlo/f que vivia cien éxtasis
fliloso/aba el verbo sutil de ~ercereau.

91,lguien lloró al poeta con t
tlue al punto su sollo
h. an honda emoción
P
a1
zo se zzo gr
ura -viher el ~uerte
l
ave,Y total:
a,
/4
esca tor que
l .
.¿ouscó y hall ' l
en e marmol
o as manos de la Marcha Nupcial.
Cuando cesa la orquesta d, l
'G'rás de la dicha al
e as almas los ióvenes
'Yo me d" . .
t' egres y ruidosos se van
zrz10 so o como anf .
,
fMe asiste en el cami l lana a mz casa,
no a uz de 9Udeharán.

'!f.

pues que tu recuerdo me ac
-•
!Poetzca que quiso regalarme !Pi ompano en la noche
'Y puesto que d, [/¡
.
aul flort,
fl.ue sabe del ;;ac: ~a;cza tu sensibilidad
r, e amor, del dolor...
'Y tienes una lira ar
!Para soñar y vives t p la ~antar y un alma
'be envío con la pros: g. .ºrz~ en un rincón,
P
•
szn rztmo de · • l
..La Joven /ortaleza de . . .
mz epzsto a
mz vze1a a/ección.
VICBNTB .MARTINBZ CUIT~O
París, Febrero

Ciencia y literatura, pintura y escultura,
'Godo el bagaie lírico de tu t2uartier .Catín
~e estremeció un instante cuando una voz adusta
!Pronunció en la velada el nombre· de fRubén.
180

1921.

�LA PLUMA
de los predominantes en la crítica de la sociedad española al comenzar el

LIBROS y REVISTAS

siglo.
Quien pretenda orientarse en lo que acerca de España y de sus destinos se
ha pensado y escrito por los españoles contemporáneamente al desastre, as(
como en los años que más de cerca le siguieron, advertirá que toda aquella
producción, en su fase puramente crítica, si tiene hoy un valor documental e
informativo, puesto que nos revela un estado de conciencia ya histórico, no
puede imponérsenos por el vigor de sus conclusiones ni, menos aún, por la
autoridad de sus métodos. Lo primero que hicieron «algunos» buenos españoles en aquel trance fué naturalmente chillar, enfurecerse, o plañir, y rasgarse las vestiduras. Pero fueron solo algunos. Si su escaso námero, y la sordera com6n, los inutilizaron como i.ombres de acci6n, la falta de reposo y la
turbación del alma (causada por \a noble angustia ante el presunto aniquilamiento inminente de Espada) no les preparaban mejor para una crítica s6lida,
que exige tiempo y postula la esperanza. Con un pie en la acción politica inmediata, y otro en la filosofía de la historia y en la crítica, se corre mucho peligro de no hacer en ninguno de los dos campos cosa de provecho. La perdición
del español moderno, que es no saber o no poder partir como se debe las vocaciones y no acertar a realizarse plenamente dentro de los limites escogidos,
no perdonó a los pioneers de la regeneración nacional. Sus escritos son en demasía turbulentos y están contaminados de arbitrismo; muchas de sus conclusiones las contaría maese Nicolás, el barbero, entre los «advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes». En rig•r, los inventores y propugnadores del europeísmo dejaron tras de sí una obra que, en conjunto, es lo
menos europea posible.
Refiriéndose a Costa, Araquistain echa de menos un serio estudio crítico
de la obra del cleón de Graus,. Estudio difícil, porque la producción de Costa
es múltiple y desigual; estudio que para ser completo y veraz, debería explicar
la obra por el hombre, puesto que lo descomunal en Costa fué el c:irácter.
Se ha hablado de levantar el mausoleo de Costa en la cima del Moncayo. Bien;
pero del .Moncayo mismo se sabe qué altitud tiene y de qué materiales está
hecho. Yo no quisiera escribir (porque no lo pienso) nada que parezca irrespetuoso para Costa. Vivió como un héroe. Fué el corazón español lacerado. .:Encarnó una España llena de honradez y de buena fe, que aspiraba fervorosamente a salvarse sin salir demasiado de sus antiguos quicios. Su formación
historicista y su temperamento excesivamente conservador prestan un alcance
insospechado a su idea de «reconstitución». Costa pasa por haber arrinconado
ciertos chirimbolos histórioos de que se había hecho un uso desmedido; quizá
sea así; pero otros le eran caros, y le emocionaban, sólo por su prestigio espaliol. Costa, como todos los espaiioles de s..1 tiempo (¿llegan a dos las excepciones?), fué también un sorprendido, un desengañado; en su inmenso coruón, el
fracaso despert6 ecos formidables; pero el atrezzo oratorio del siglo XIX ocupa
todavía harto sitio en su alma: se vé que hay demasiada batalla de Villalar, demasiadas Cortes de Castilla, demasiado Justicia de Aragón... Y acaso también
demasiada confianza en el leal entender y en la cordura de capa parda de los
honrados varones concejiles. En suma: la solidez de su punto de vista histórico
113

�LA PLUMA

,.

y la eficacia del resorte moral que pretendía disparar nos parecen muy discutibles. ,Costa-observa Araquistain-sintió profundamente la emoción de España y de lo español...; pero se le escapó lo genérico humano•. Me inclino a
darle la razón, a pesar de que Co11ta repite mucho: ,Antes libres que solventes, antes hombres que españoles•, porque probablemente solo quería expresar con eso la rebelión contra el Estado oligárquico y caciquil. Menos dudoso
es que el programa de Co3ta, despensa y escuela, no pasa de ser una fórmula
previa, preñada de cuestiones capitales, de los verdaderos problemas. Araquistain se pregunta: «¿Qué escuela quería Costa? ¿Y cómo yeía la distribución
de la riqueza?» Con la respuesta a tales preguntas se mide todo lo que hoy nos
separa de aquel hombre. En general, la violencia y la minuciosidad de la visión inmediata que Costa obtiene de las cosas, le achican el horizonte; ta1 es
la plasticidad de su imaginación, que todo se representa en ella con relieve doloroso; de ahí su estertor, sus urgentes clamores, y la asignación de plazos brevísimos para el hundimiento total de España; la futil superficialidad de ciertos
e remedios• quizá viene también de la ansiedad que no admite espera: resulta
que España ha de salvarse por obra del Estado (unas Cortes, unos jueces), el
c1;1al necesitará salvarse primero a sí propio mediante un esfuerzo cuyos mó•
viles y trámites no se veo muy claros. En lo alto, como garantía intangible,
está el «cirujano de hierro•; su función consiste, en último término, en ~uplir
la conciencia colectiva de sus compatriotas.
El criterio con que Araqui11tain. se aplica a j11zgar las cosas de España (criterio que no es solo personal, sino expresivo de lo que significa actualmente
el europefsmo) difiere del de Costa por más de una razón. Su preocupación
dominante es el hombre: el fin de toda acción pública, de toda política, C6 elevar ilimitadamente la dignidad de cada individuo. En el caso de España, son
aceptables los caminos que conduzcan a establecer la equivalencia entre lo
español y lo humano: que lo específico nacional no sea una minoración de valores universales o un estorbo para percibirlos. En el orden:político, ese liberalismo se realiza mejor que nada por la democracia. Araquistain, que en política es socialista militante, ve en el socialismo cun retorno a lo elemental por
entre la maraña de las desviaciones históricas•. cEl socialismo -aiiade-, como
todo grao movimiento espiritual, parte de la idea de humar.idad para coocluír
en el individuo concreto y físico, pasando por la nación étnica y geográfica•.
Ese modo de anteponer la categoría de humanidad a la categoría nacional, y
esa consideración superior del movimiento ascensional del proletariado (prescindiendo aquí de lo que sea meramente esp{ritu de partido o de clase), movimiento que Costa no ponderó como era debido, son, cuando se refieren a los
problemas de España, dos rectificaciones importantes al costismo. Pero hay
otra quizá más profunda; consiste en fiar menos en una revolución constitucional y política que en la transformación moral del individuo, en nuestro caso,
del español. Cuando se tiene del carácter nacional la idea que Araquistain expoae en los &lt;iltimos capítulos de su libro, no se puede poner mucha espcrania
en el milagro de una convulsión social, aunque de ella salga abolida la propiedad.
,Atonía del sentido moral para todo lo que cae fuera de la órbita doméstica•:
tal es la dolencia española. Y eso ¿cómo se cura? No será por la coerción extc184

LA PLUMA
rior. Araquistain
. se da así la mano con quie
~gra_ron h. ero1camente la vida (con h
, nes_. p_ensando en otra España conc1ón
mtenor del. hombre nuevo• y o no
ero1smo
d1st10to
ro'
A a · t ·
estoy Je·
d del de Costa) a la ,,
rma_r qu1s am; y s1 uno se pone a catalo
J OS
e com:;&gt;artir la opinión de
v;erte que todos los propósitos desiote gar Jªs observaciones personales, ada canee de nuestros ojos han e
. resa os que se han ido tronchand
comEo por ser frívolos, o' pueri)e;e~,~~ nf tanto por ser estúpidos los gesto~cª!
. sa preocupación moral do0::ina cr ener e~ ~1 corazón una cloaca.
viene que este su libro despierte en el etl cspmtu d_c Araquistain y de ella
ce or resonancias graves.
M. A.

f

•••
Zonobia Camprabi de Jlménez J
Esjada, traducciones.-I. JinetesyLA~anl Ramón Jlménez: El Yirasol ., la
'
,._za e ma,· de Job.o B S
J
Nunca como ahora se han vi~to los e
'
. yngc.
ta;;t colmados_de traducciones. A juzgar sC:pF~es de las librerías españolas
e_ /r~s, pud1e~a creerse en una cxplos[ó r da c~an_da que de ellas hacen los
f~~a°E el afán 10tcrnacionalista caractcrí~ti~: c~n~s1dad en el_ púb!ico, contauropa. Mas son tales el desconcie
e ª producción literaria de
~e obras extr_anjcras y la falta de criteri~to en que se multiplican las ediciones
e a su elección, que luego se echa d
he, salvo raras excepciones presi
ra!1cia no se debe sino a la escasa r~ ver . asta qu~ punto semejantt- 'exube:
~1c~ que para el editor supone la idqi~~~~~n
y.ª la ventaja econó1 1 n desplanola
an¡eros.
e a propiedad de títulos ex
r De ahí q uc 1a ¡abor en c..c se r d
cothlabToración con su esposa ~~s ob.:~af.udan
IRamó'?' Jiménez, cuya de0
rana
agorc sigoifi
'
a versión modelo d R
~~~ctor quizás no'advier~u;,;J~~~/:¡~~rf;pccció; en_ cada caso, algo má~
er que de e llo depende en much
' ero_ ª~ importante a nuestro el!falta suele mostrarse la producción / parte la d1gn1dad litcrari;. de que tan
~f~ ~~: m~lgtastado muchas palabras ~~~~·c1!:!p~!~ idcl tordpchabuso pcriodístid
micn o a la atención del lector
ecua o a menester ahora
,:d. Córrese el riesgo si no, de que vo~=~r qu~ las ~es~ituya su prístina clari. reza, moral, cuando referidos al ar
. os 1nsushtu1blcs, como conciencia
b1~~ la moral arlistica de Juan Ram¿~ rcrgan toda eficacia expresiva. Ahor~
na ' ad en las letras españolas sus r
im ~ez_ d~fine de tal modc; su perso_dan tan singular relieve ¡ su ac~~~~~clnnc1p1os deri_vados de la Dclleza
vure~~os que mejor expliquen la serena ar!~~~ca de vc10te año~, qnc no hay
•
en que su obra se deseoni •No serán• pues, nunca sus traducciooc
mucho menos apartamiento del ca . s mer? ~escanso de la labor original
prolongación de aquella, y hasta~'~¡° pro¡1c!o a su inspiración, sino natu:
mana, como si quisiera ayuda 1
~ra ec1rsc que su explicación más
cruzada por el triunfo del esp(ri;ucsib:~P;f hcsfudcrlzo ~on el ajeno en la común
u e a berra.

~f:1ª
1

{;'ºª

;:1

q:~

�..
LA PLUMA

LA PLUMA
Inauguran con Jineles hacia el mar Zcnobia Ca~prubí y Juan Ra~ón Jimé•
nez una nueva serie de traducciones, cuyo solo utulo general El 'J,,-ast1l y la
Espada dice más oon s11gestiva concisión que cien páginas de advertencias y
progra:nas. El nombre de Synge, la boga de cuyos dramas ha trascendido a
Europa no ha mucho, es desconocido en España. Un grupo de a1!cionados y
actores incipientes :preparan para .muy en breve la reprcsentac1ó_n de este
cuadro trágico en que alienta el espíritu heroico_ de esa Irlanda, q~izás menos
enigmática para un público español que para el rn_glés. Teatro poético en toda
su excelsitud, no se diluyen los caracteres dramáucos en vaguedad de ensueño
sin evocación posible en la escena¡ antes bi_en, hieren dire~tament~ _nuestro
sentimiento con la representación escueta, simple, de la realidad estilizada en
los menudos pormenores cotidianos que llenan la secular gravedad del
tiempo.
.
.
Escrito Riders to tite sea en una a manera de deformación poética de un
dialecto gaélico, han procurado sobre todo los traductores_ la fidel!d~d literal,
sin adaptarla a ninguni, modalidad popular española que c1rcunscn~1era a ?e•
terminada región, en el ánimo del lector o del _espectad&lt;?r, el ª~J?ho sentido
humano de esta tragedia, en que la muerte gobierna la vida trad1c1onal de sus
personajes, no ya con la vaga fatalidad, un tanto literaria, de los dramas de
Maeterlinck, sino con esa su terrible pr&lt;'sencia de todos los días.
C.R. C.

***
Eduardo MarqaJna: E.I beso en la herida.-Novela.-Estrella, Madrid

}:i

•••
Aa«a.to Strlndbcrg: Da,ua Macabra
Publicaciones «España•, Madrid

19~0.

Escriia acaso con el pie forzado impuesto por el editor a la serie de •Novelas para mujeres• en que ésta se incluye, revélascnos una vez má~ patente el
esfuerzo de trabajador incansable con que Eduardo Marquina, líneo, drama•
turgo, novelista, multiplica su activida? literaria.
.
.
Adviértese en todas sus obras un smcero afán de comu01cac1ón con el púb!ico, empeño en que suelen fracasar la mayor parte de los e~crito~es, por
desestimiento voluntario y altivo unas veces de la menor trans1genc1a, de la
menor abdicación personal en aras de la mutua comprensión¡ por el deseo
exagerado las más de obtener el aplauso _aun ~ cost~ ?el propio sentir. Mar•
quina se propone honradamente la conv1venc1a esp1ntual con el lector, con el
espectador, concediéndoles sí, desde luego, el derecho a la amenidad de la novela o el drama que ofrece a su consideración, pero sin renegar del lirismo,
de la presencia del poeta que dignifica cuanto toca.
El beso en la herida es, pues, una novela eminentemente romántica, pese al
ambiente natural en que sus amorosas peripecias se desarrollan. Romántica,
en cuanto al autor, sin rebozo, exalta a conciencia la abnegación de una mujer
wwrena y slfJillana, destacandú la pasión en que se consume la protagonista
sobre el sencillo cuadro de la vida diaria. Romántica .además en cuanto al procedimiento del novelista, que parece haber querido imponer al lector un ritmo
acelerado a medida que la narración avanza, disimulando el drama que ha de
estallar luego, bajo los claros tonos, la limpidez del aire, el grato olor a Sevilla
186

J

de la primera parte cuya com
• •
cia de Valera, para preci itars~O 1C16 n nos recuerda a veces la alambicada gras11cesión de acontecimie!tos rá i~spufs conforme la a~ci6n transcurre en una·
mente acumulados, como en
amente expu_eSt os e mcluso melodramática1
Alarcón o de Fernán Caballero. l\~e~~~Jraasm~rtéticas de D._ Pedro Antonio de
parezcan falsos inventados si . .
. icamente, decimos, no porque nos
n_eos, e~to es, p¿r reducidos.' pa~ ~~s:~~ca~~ó¡° huma_na, sino por extemporáCJO de tiempo breve en realidad
gu ª emoción del lector, a un espalando en la lenta progresión de 1~:ra t~n gran des~arga como se ha ido acumu-·
el romanticismo de Et beso en la he,-~;rtulos anteriores. En resumidas cuentas,
sobrado de la que tan fielmente a areceno se nos m~estra_ falto de vida, i;ino,
rcl11s, bt'llos frescos, firmes 6leot ta en sus pá;1?as pmtada-lindas acuac~mo el de la gitanilla plañidera s~brel eta! belhs1mo apunte al agud fuerte,
misma, contada por la gente ue l .
e cadáve~ de_ Almudena-. La vida
el p_oetA dramático, cuya nob~ in:e~~:ó~T~l ei91a historia, espiritualizada por
capitulo, sacados del Shakespeare de Ot ¡, ~e ªJ;n los versos que glosa cada
La 1 empestad y, sobre todo de e,
e ~: e 0 ~ 0 Y ~u_lieta, de Ha,,,/et, de
'
omo gus1t:1s, espeJO de hnsmo dramático.
C. R. C.

192

;.-

T rad

.

uccióo de Manuel Pedroso. _

Coincidiendo con &lt;'1 anuncio de la í
~ el Teatro de la Princesa ha inau ur;acasada cor_npañía dramática alemana
rial, dando la primera versión caste,1 d~ sus pubhcac1ones esta nueva editoq~e demuestra la persistencia en sus ªºIt
e un/fª~ª de Strindberg. Elección
huo del semanario España el mirad e I ores e mismo propósito loable que
una curiosidad mal avenida con el aº: eu~opeo ~e cuantos españoles sienten
Es lástima que el buen aficion d
o ambiente nacional.
probar con la representación esc~nfc! ~ea;ro no haya tenido ocasión de coma buen seguro para el lector que b
e e ecto de la lectura, desconcertante
agrado de la facilidad.
usque ante todo en una obra iiteraria, el
No es, sin embargo, Danza .A:facabra un d
rama.oscuro. Por el contrario, los
1:3racteres muéstranse tao descarnados
t!camente, que nos sobreco en el án. por 1a p~s16n 9ue los gobierna dramáSino con la fatalidad implac:ble de 1~:o n~ c?n irrealidad de fantasmas vagos,
en toda su desnuda crueldad.
sentimientos humanos puestos en juego
El espectáculo de la vida exa b d
.
en.el que el Mal triunfa ioclus~ ~r 1 ~ en un confh_cto ~e terrible sencillez,
ahí toda la tragedia. Horrible e
upre~a purificac1ón de la muerte. He
espíritu como toda concep&lt;.iónpe:~oª? ldepres1va~ao!es bien, fortalecedora del
La composición del drama a ri~a _me?te pe mista. .
severa línea de los sentimientos pu
".1~ta desproporcionada, se ajusta a la
el desequilibrio aparente, efecto de~ ~6:_1g10ao ~on un rigor tal que justifica
a .,1ca estricta con que se desarrolJa la.

ºyª

!

tª

187

�LA PLUMA
acción lenta, saturada de reservas diná:nicas, que hacen inevitable la explosión
'final de cada acto y armónica la relación total de las escenas, desmedidas a
fuerza de agotar el dramaturgo toda la capacidad de pasión-de mala pasiónde sus personajes.
Creciente la boga de Strincfüerg en el Norte de Europa de la guerra a la
fecha, llenos los teatros de Alemania del gran público que acude a las representaciones de sus obras, cuya actualidad ha llegado este año incluso a París
-donde el teatro extranjero suele obtener pocos sufragios, quizás por la perfecta adecuación del propio al ambiente francés-, la publicación de Dansa
Macabra revela el prurito digno de encomio de continuar la obra de España,
al tanto siempre de las modalidades exóticas susceptibles de ejercer una influencia renovadora en nuestro público y en nuestros escritores.
c. R. c.

**•
Ja.an de la Bocina: Los Maestros del Arfe Moderno. l. De Incres a TouJou,eLautnc.-Madrid, Calleja.
Reunidos en volumen, que tendrá adccuaaa continuación en otro próximo,
cobran estos artículos periodísticos toda la significación que su autor se propuso al escribirlos. Leídos en serie se nos muestra mejor la intención del cr(tico, supeditada en cada caso a un concepto estético, en modo alguno abstracto
ni puramente especulativo, antes bien fundado en la interpretación lógica de
las obras que considera. Además, esta consideración y aquel concepto, enderezados no ya a construir ninguna teoría sistemática, sino simplemente a exponer ante el profano las causas y efectos inmediatos del arte contemporáneo,
pretenden ante todo dar a los hechos su plenitud, revelándolos no en su anatomía, minuciosamente desligados, vacíos de su propio aliento, mas coa la apariencia, el color, la animación de la vida misma.
Constituyen este primer volumen hasta veintidós semblanzas de los pintores y escultores cuya obra determina las corrientes artísticas más importantes
del pasado siglo: Oc lngrcs a Toulouse-Lautrec, los uombres de Corot, Dclacroix, Courbet, Puvis de Chav~nncs, Mcunicr, Manet, Rops. Degas, \Vhistlcr,
.Fantin-Latour, Rodin, Odilon Rcdon, Monct, Pisarro, Sisley, Renoir, Cézanne
Gauguin, Carriérc y Van Gogh son, cuándo jalones de etapas netamente definidas en la historia del arte, cuándo simples puntos de referencia en que apoy.a.r
la visión crítica del arte contemporáneo. No se propone Juan de la Encina
ningún empeño erudito, sí solo divulgar, interpretando a los ojos del público
su significación, las teorías en que los artistas encauzan el prurito de expansión espiritual. ¿Qué carácter, qué íntimo sentido tienen el academicismo de
lngres o la romántica exaltación de Dclacroix? ¿Cómo se explica la gran conq11ista de la luz por lo? pintores impresionistas y el audaz retorno al concepto
grávido de la representación plástica, que implican las tendencias ahora predominantes? ¿Hasta qué punto se funden y triunfan en superior armonía de
contrarios las dircccionc::s más opuestas en principio? ¿De qué suerte se influ:-yen mutuamente medios técnicos inventados con muy diferente propósito del
188

LA PLUMA
fin estético a que luego sirve ? ·Q
~as :e~c•b·ones ~~rendidas deci~e~ l~ép~~nud~J indcidencias, qué azares ajenos a
~n e a or cntica no es menester
ucc1 n e la obra maestrar ¿Qué consuda per la torpe repetición acadé:rra con~ervar una tradición pura, ervergentes a las nuevas auroras&gt; ·Qué ca,_abnendo todos los días los ojof de 1
de los artistas en lucha con ·el
d~nsenanzas se desprenden de la vida he o·ªs
l~s de l~s -~anifestaciones liter1:r~a~ºo ambi~n~c? ¿Qué transfusiones espir:t~~~
!~~~~t~:::tª11 en ocasiones pcrnicios:1:;~~~s~~:ce!u :ipoác~
predstan.
singular
mmo
e pmtores
y
Tales son algunas de las consider .
tura de los amenos artículos de J
ac1ones que al aficionado sugiere la 1
nas afean tal cual descuido en el
de la Encina, cuya limpidez literaria a e~=
voca-dt tan li~eral-al traducir los
alg~na que otra interpretación eciuíque errores fácilmente subsanables en do_s.
e alguno~ cuadros, erratas más
e 1c1ones sucesivas.
C. R. C.

~!~u

tgJ

c. R. c.

�LA PLUMA

LA PL UfMA
,

. o al texto impreso de una (a-

ción a Dario.-No a Dano, srn E el último número de
Una c&lt;;&gt;rrec . La haila,'ina de los ji~s &lt;fesnudos. Cdo provisional-nuestro

mosa poesia ~uya.
a la palabra último un sen I
vidcntemenEspaña-y quE1s1é_ramobt::.canedo señalaba el erro~ cor: ~~::ora de aquella
colaborador nnquc . . 6 en El canto errante la prunc
te a su juicio, se ,mpnm1
composición:
Iba en un ¡aso rttmico y felino
A auances dulces, áriles o ~u'!4s,
C•n airo de animal y de d1vmo
La bailarina de los jies desnudos.

. fi . y al hacer la indica1 t xto repite e1mo. •
d
1·m•
En vez dcbl a~jc~i;~:~:r~:fa~
coerrección que su_g~~~mo; :º:¡
de
0
ción, apunta a,e c
or la economí l de la compos1c1 ' al 0 uien por habérpucsta, más aun qu~ fa hemos visto así. Qu~siéramos 9-~e arime~tc o en ma•
·toda ella. Pero nunc
haberla visto unpresa ongm.
sela oído decir _al poetafio p~: o invalidara nuestra hipótesis¡- El primero es
nuscrito aut~ntic?, c~n :alidad han venido luego a confirmar ª~ticular a DíezDos testimo01osllo~quín D. Juan Alcover, que, en c~rt~oi de Miramar, la
,del noble p~eta ma
n el oeta una tarde en un _mira ue fué por cierto
Canedo le dice: «Pasé coen M~llorca· entrevista inolv1dab_le
d de un ocaso
segu~da v; que écs~~vfargo silcncio'impucsto porJa ~bhfo~ ~os recordamos
la últ1i:nª· cspu ~zo palidecer intcosam~ntc a
~~ilarina de los pies des•
rmarav11loso,. que .
Darío recitó preosamcnte a d ·t dice:
versos propios y a1cn1~·
verso de la estrofa que uste c1 a
.nudos, y, en efecto, e ercer
..
Con algo de animal y de dmno.•
.
.
a la memoria unos
l
rta de Alcovcr, se oos v,1cnenal
lur. son los
Al citar este trozf de
vierte o las anteriores l~ncas . g~or~os hoy en el
versos suy~s, sobre Ro~~~ Darío con el título de L liostt, m e
versos dedicados a u
libro Cap al tard:
41 ·¡
Ha arrib,zt un h•me intensament j ' '
gue la dolsa lira ¡unteja ¡er joch; .
~ ·ne-~aporta
un até /,cálit,
a terra mve,
,_
porta un até jove d1l pais del foc .

~::~f:

.°i_;

·J

L

:.i~:

.
mar ue en • Los Lunes de El¡,,..
El segundo testimonio e~ de Gabri~~rº rot~n~amentc e~ que siempre(~~

:?~a1E:~€! 1;::i~ty~;?~}~?}::7i;~:;:2~~:.

0

·{sfe,.a~~~:;i~:~~it
~te ~r:,masl
¡ d'go como es oa u •
b
d
leo esa bella poes a '1 b fi /'no es efectivamente, a sur a.•
J..a repetición de la pa a ra e '
'

Así, pues, las futuras ediciones de Rubéa Darío habrán de tener en cuenta
esa corrección, que ao es un descuido del poeta, como otros que Alomar y
Dícz-Caocdo han citado, sia.&gt; mero error de copia o de impresión, rutinariamente aceptado luego.

Bl semanario «España•: Esta revista, fundada por García Bilbao hace
seis años, dirigida eo sus comienzos por Ortega y Gasset, y ulteriormente por
Araquistaio, cesa de publicarse. El punto a que ha llegado la carestía de los
medios materiales de confección de un periódico, y la apática reserva de nuestro público, que cuando su devoción es mayor, suele no pasar de uoa actitud
expectante, fiando la defensa de aquello que le place más a la buena voluntad... ajena, han dado con ella en tierra. Volvemos a quedarnos sin periódico
libre. Ciertos tipos y clases de la sociedad española se alegrarán, porque el
semanario Espa,1a, que ha machacado sin tregua en la recia costra de la insensibilidad nacional, veía corroborada su autoridad por el rencor de los beocios
recalcitrantes. Si, eo contra de nuestro deseo, la desaparición del semanario
España es definitiva, y quienes lo han defendido hasta lo último dejan a otros
la dificultosa tarea de reemplazarlo, ni su fundador, ni quienes lo han dirigido
y orientado deberán pensar que su esfuerzo ha sido estéril. España no es un
propósito malogrado. Quien pretf'oda conocer las inquietudes, las esperanzas
que, en una fase crítica de la vida espiritual española, han agitado a lo más
selecto de la generación que ahora llega a la madurez, tendrá que buscarlo en
esas páginas. &amp;paña ha removido muchos falsos valores enquistados en el
aprecio público, ha puesto en circulación otros nuevos; las líneas generales de
,u acción suponen una idea de lu que debiera ser nuestro país, tao distinta de
la realidad presente, que los españoles de mañana, si valen más (esperámoslo)
que los de hoy, mirarán en el pensamiento director de Espa,1a un brote precoz
de su propio espíritu.

***

La invención del cine ¿pned• compararse a la de la imprenta?La excelente revista parisina Le Crapouillot, nacida en las trincheras, acaba
de publicar (16 de febrero) un número cspccialmcotc dedicado al cinematógrafo. «La invención de la imprenta-escribe M. Pcrrot-no fué sino un perfeccionamiento mecánico en el desenvolvimiento de la escritura manuscrita.
La invención del cinc es, por el contrario, uoa revolución; es una transformación completa en la manera de expresarse y de comprender, uoa especie de
esteoo-ideografía, legible por todos». Artículos sobre la estética del cine (Alcxandre Arnoux, Galticr-Boissiére, Delluc, Braga, Colio), al~uoas fotos, y muy
buenos dibujos de Oberlé, Jean Loup, Foy, Naza y otros, componen un número
que los españoles devotos de este nuevo arte leerán con provecho. Y al que
más le aprovechará será al autor de los insufribles e letreros chistosos» con
que empezaron a estropear las cintas en un cine de la calle de Génova, y que
ya ha hecbo escuela.

�LA PLUMA
a ,las
atencl.ón SO"tenida
.
írancesas que /lconsagran
~.
• cosu
·
Entre las revistas
Ad ás de las crónicas
po1ibcas,
inespañolas se cuenta L'Europe_ No~v\tros ~:n buenas recensiones de cuanto
serta periódicamente 1!nª. revista e l
aquí se publica de algun interés.

**•
. .
arís) re resenta, en lo político y social.
El semanario Le P1·ogrés Civu¡ue (P uí Esp'tiia. Se halla, no obst3:nte su gran
un papel análogo al que representaba aq 11 mamiento a la generosidad de sus
difusión, en un apuro grave, y _hac~e~en ~il francos. La suscripción se cu~re
lectores, pidiéndoles un donatlvpo
, Civique cuantos atienden a las senas
b
leer Le rogres
.
pront_amente. .D e eén úblico planteadas hoy en Francia.
cuestiones de mter s p
. . 1R
.
dí . Lusitania Madrid, Ed1tona e11:s,
Libros recibidos: Rogeho Bl~e: i \o.-Mario 'puccini: Viva l'anarckta,
1920.-Canci~nero de amor..:.._~ª~~iam'e/ Vida de los mártires, trad. de Rafael
Bemporad-F1renze, 192 1.
•
Calle·a Madrid, Calleja, 1921.
J •
• •
, -La Connaissance, París.-N?s, Oren~e.es, Pans.
B
Ai.r·es -Re,.u·tono Amencano,
Revistas•• Belles-Lett1
.
v,·d
Nuest1·a
uenos
·
-r
E,,,, Ar uitectura, Madnd.- 1
Vía LibYe San José de C. R.- 5rana
sa! José de C. _R.-Die Aktion, Ber~~-París.-Le' Carnet-Critique, París.-Le
y América, Cádiz.-~eYcur~ de Fra~o~velle París.-La Revue de l' Epoque, PaProgrés Civique,. Pans,-;L EPdo_fe Sevilla ...'.....Atkenaeum, Zaragoza.-L;i Ronda,
rís.-Le Crapouillot, Pans.- gina,
Roma.

ª

,'

GACETILLA
&lt;Si Churruca hubiese derrotado a Nellion en Tra-

PeqtJ.eñas causa■...
d
fectos: ...yo ganaría ah ora tanto dinero como BerProducen ¡ran es e
nard Shaw•.
R. de Maeztu (El Sol, 5 de marzo).

falgar ... •

*

**

E n Madrid, y en ...-arlas expesiciones:
-Aaah....
-¿Eh?

.

.

-¡Hil ¡Hi! ¡H1!
-Oooohl
-¡Uh!

192

Algunos críticos de arte.

A.&amp;O II.

1

MAD RID , A B RIL 1921

NÚM. 11.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERPENTO

SV AVTOR

DON RAMÓN DEL VA LLE-INCLÁN
PRÓL O G O
AS FERIAS DE SANTIAGO EL VERDE, en la raya
de Portugal. El corral de una posada, con entrar y salir de
gentes, tratos, ofertas y picardeo. En el arambol del corredor, dos figuras asomadas: Boinas azules, vasto entrecejo,
gozo contemplativo casí infantil y casi austero, todo acude a decir que
aquellas cabezas son vascongadas. Y así es lo cierto. El viejo rasurado,
expresión mínima y dulce de lego franciscano, es Don Manolito el Pintor: Su compañero, un espectro de •ntiparras y barbas, es el clérigo he193

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>El paseante en corte</name>
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                    <text>LA PLUMA
apuro del hombre que ha perdido su yo. La gran víctima de la guerra eu A lemania es el individuo. Al volver de la guerra, perdido el hábito del silencio.
del coloquio íntimo y de una vida fundada en h duración individual, no sabían escuchar su alma, no podían reanudar una vida personal. El hombre queha perdido su yo, ¿es el prototipo de la generación presente? ¿O no es eso más.
que una apostasía pasajera, y el alma volverá de su destierro para ser 1Qás
humana que antes? Tal es el problema en que estriba el porvenir de la vida
del espíritu en Alemania.

Libros rccibldos--Juan de la Encina: Los maestros del arte moderno. Madrid, CaUeja.-G. IC Chesterton: Pequeña Historia de inglaterra, versión caste-

AÑ"O II.

llana de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Calderón: Teat,·o. 1: Et Alcalde de Zaiamea.
La 'IJida es sueño. Et mágico prodigioso. El prínci¡e constante. Prólogo de J. Gómez Ocerín. Madrid, Calteja.-Lope de Vega: T,atro. 1: Peribáiie,: y el comendo:dorde Ocaña. Ltt est,·eila d, Se'IJilla. El castigo sin venran,:a. La dama boba. Prólo
go de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Napoteón explicado ¡or si ,,,ismo. Memorial de
Santa Elena, por el ·Conde de las Cases. Tres volúmenes. Madrid, Calleja.Don Juan Manuel: El Conde Lucanor. Prólogo y notas de Sáochez Cantón. Madrid, Calleja.-Rubén J)ario en Costa Rica. Ediciones Sarmiento, cuadernos 1-¡
y 18; 1920. San José de Costa Rica.
Rev1stas.-España, Madrid. - Hermes, Bilbao, diciembre. - La R1mda,
Roma, agosto-septiembre.-Cuba Contemporánea, La Habana, noviembre y diciembre.-Pe~aso, l\1ontevideo, octubre.-Die Aktion, Berlín, núms. 49-50-51-52.
Esjaña y América, Cádiz, diciembre.-Re.flector, Madrid, dieiembre.-Escena,
Madrid.-Vida Nuettra, Buenos Aires.-Repertotio americano. Noviembre y
diciembre, 1930. San José de Costa Rica.

MADRID, PEDRERO 1921

NÚM. 9.

FEDRA
TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACT,O SEGUNDO

FIIJ)RA y EUSTAQUIA.

GACETILLA
¡Adiós, j11ventudl-Estos días anda retirándose de la escena (por lo menos de la escena peninsular) Rosario Pino. Mucho nos ha gustado siempre esta
actriz, representante-según hemos leído-de la feminidad en las tablas. (Por
lo visto, las demás actrices, o no son femeninas o representan la feminidad,
en otros sitios). Recordamos con fruición algunas muestras de su repertorio
que suenan, sobre poco más o menos, así:
-•~No hallais, querida mía, que la señora de Monsigny rebasa verdaderamente esta noche las conveniencias?
-¡Sí a fe! No sabría deciros en qué medid:1 me intriga su aparente enredo
con el señor de Trevoux.
-¿Quien es, después de todo, el señor de Trevoux con quien tanto se
mnestra?•
Y luego don José Laseroa escribía: «Es un plato de ternera sin ternera.
¡Excusez d" peuf• ¡Inolvidable tiempo!
64

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

5

Per~, hija mía, te veo enflaquecer, ir...
Muriendo, ama, muriendo. Esto no es vivir. No sé qué
hacer para defenderme.
Acude a la oración, hija, reza...
~o me brotan las oraciones libremente. Algunas vez he
mtentado rezar, pero se me resiste, pienso en otra cosa
en él, Y esto me parece sacrilegio ... No es posible no '
me faltan ganas de rezar...
' ···
Aunque sea sin ganas... Además, eso te distraerá...
~o, eso me enciende más ... Mira, ama, en estos últimos
tiempos, antes del día aquel, temiendo estallar al cabo
65

�LA PLUMA

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA .
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

· si con él me encontrase a solas, cada vez que a punto de
ello estaba santiguábame antes para que la santa señal
de la cruz me defendiese y apretaba contra mi pecho
esta santa medalla, la de mi madre, que me diste. Pero
un día, buscando ese estallido, deseando salir de una
vez de aquel infierno, dejé de santiguarme para tener
valor de declararme, pero aquel día estuve más encogida, más azarada; a cada momento sentía ganas de ir a
un rincón para santiguarme allí a hurtadillas ...
·
Por qué no lo hiciste ante él?
Habría sido tanto como declararme. Ko, no podía, y
echaba de menos la santa señal... ardíame la frente como
pidiéndomela ... me faltaba la cruz ...
Y era esa cruz que no tomaste sobre la frente la que te
protegía!
Más ahora? ahora nada sirve una vez roto el nudo de la
lengua ... Rezar... rezar... con estas cosas no sé ya si creo
o no ... Pero rezo, rezo a la Virgen Santísima de los Dolores ...
Reza a su hijo ...
A quién? al hijo? no! nol Desde que abrí mi pecho a él,
a Hipólito, quémanme sus miradas. Y él me las hurta y
me esquiva y ya no me besa. No le creí tan astuto como
para encubrir a su padre que no me besa ya como antes
me besaba.
Lo que yo me temo es que al cabo su padre se percate
de ello ...
Acaso sea lo mejor ...
Qué dices?
Que así no se puede vivir, ama. O se me rinde o se va
de casa; le echo de ella. Verás en cuanto le amenace.
Ahí val (a Hipólito, que pasa por elfondo.) Hipólitol (yendo hacia él.) Hipólito!

LA PLUMA

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

EUSTAQUIA .
FEDRA.

EUSTAQUIA .
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

. HIPóLJTO.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

HlPóLJTO.

Fmu
HIPóLJTO.
FEDRA.

HIPóLITO.

66

(entrando.) Qué me quieres? acaba!
Tengo que hablar contigo a solas.
Pues habla y acaba.
No, pero a solas contigo.
A solas ya te he dicho que nol
(cogiéndole.) Sí, vete, ama vete!
Pero, hija...
'
Vete, si no doy voces, llamo a Pedro y se lo digo todo
todo...
'
Serias capaz?
Ahora soy capaz de todo. O hablamos a solas una vez
o me confieso a tu padre, Hipólito.
Pero para acabar?
Para acabar, sí! Vete, ama.
Váyase!
Me quedaré aquí fuera ...
Cómo? qué? en mi casa? es que se me trata como a
una...
Fedra?
Vete, ama, vete o será peor!
Váyase, ama, s_í, v~yase. Me basto y me sobro yo solo.
y men~s _mal si as1 se acaba de nna vez esto, porque no
es ya VlVlr. (Vase Eustaquia.)

FEDRA.

1:

HIPOuTo.

Bien, acaba!
Hipólito!
Qué, volvemos a empezar?
Sí, vuelvo! Mira que no como , que no d uermo, que no
67

�LA PLUMA
LA PLUMA

vivo, que tus ojos me queman, que muero de la sed de
tus besos, que esto es el suplicio de Tántalo... Por qué
no me besas como antes, Hipólito?
Y me lo preguntas, madre?
HIPÓLITO.
Así no puedo vivir...
FEDRA.
Ni yo tampoco! .
HIPÓLITO,
Lo ves? Y tenemos que vivir, vivir ante todo! Para algo
FEDRA.
somos jóvenes...
Y él viejo, no es así?
HIPóLITO.
No
le nombres, Hipólito!
FEDRA,
Sí, le nombraré, pues que su nombre es todavía para tí,
HIPÓLITO,
pobre madre, un conjuro. Pedro, tu marido, mi padre ...
Calla, calla! No puedo vivir, no vivo así, viéndote a diario, sintiéndote cerca de mí, bajo el mismo techo, de día
y de noche, respirando el aire mismo que respiras, tu
aliento. Desde que...
Pero cómo empezó esto, madre?
HIPÓLITO.
No empezó! Te quise siempre, desde antes de conocerFEDRA.
te, y luego que una vez casada te ví por vez primera, estalló ...
Los amores sanos no nacen sino como en el campo el
HIPóLJTO.
amanecer, poco a poco ...
No, poco a poco ya no! de una vez!
FEDRA.
Pues mira, me iré, pretextaré algo para un largo viaje y
HIPÓLITO.
en tanto te curarás.
No, no te irás, no quiero que te vayas, y no me cw·aré,
FEDRA.
no quiero curarme! Pero ... resistamos, sí, resistamos ...
tienes razón! Mas tus besos, Hipólito, tus besos! siquiera los de antes...
Aquellos no pueden volver; les arrancaste su inocencia!
HIPÓLITO.
Con que no, eh? con que no? Pues bien, oye y fíjate, mis
Fi:DRAúltimas palabras, las definitivas; óyelas y piensa bien en
ello. Tu padre ha debido de notar ya que no me besas;
tu padre ve mi demacración y mi desasosiego; tu padre
aunque se calla ha de sospechar ya algo, lo sospecha, y
se lo he de decir yo ... yo ... yo!
Qué vas a decirle?
HIPÓLITO.
61

FEDRA.

HIPóLlTO.
FEDRA.

HIPóLITO.

Que eres tú quien me solicita!
Fedra! Fedral
(arr_ogante.) S~, le diré que eres tú y esta casa se os convertirá en un mfiemo ya que no quieres sacarme de él
se lo diré!
···
Maldita seas! (vase.)

Faou.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO .
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

Y

Paoa.o,

( que ha oído las últimas palabras de su hijo entrando)
Qué es eso, F~~ra? qué ha dicho? qué es lo 'que ha dicho nuestro h1Jo? callas? he oído bien? no te maldecía?
Vamos, Fedra, habla!
Querellas domésticas ...
No, no, no, .i:sas palabras en mi hijo tan comedido siempre, tan cannoso, tan dueño de sí... Desde el día aquel
en que le abordaste por lo de su casamiento observo entre vosotros dos yo no sé qué... parece rehuirte... ué
etrs ello?ilva?mos, habla! qué ocurre en esta casa antes ian
anqu a
(Fedra apoya la cabeza en el pecho de su marido y romhe
a sollozar.)
-r
Vamos, cálmate, hija mía...
(estremeciéndose.) Hija?
podrías serlo ... Vamos, cálmate! Dime qué es ello}
c t?-º él te maldecía así, él, mi Hipólito? y a tí que le·
qmeres tanto ... ?
Le quería...
Le querías ... y ahora?
Ahora...
Vamos, qué hay?
L~ que hay es que tu hijo ...
Mío? y tuyo ...!
Ojalá lo fuese!

s¿,

69

�LA PLUMA
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
P EDRO.

F EDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO .
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

7•

Pues ...
Que no se siente ya hijo mío ...
Qué? te ha faltado al respeto?
Al respeto...
Vamos qué? acaba... me tienes en ascuas ...
Que tu'hijo es casi de mi edad misma... podría ser mi
hermano ... mi marido.
Qué? Habla claro, Fedra!
Más claro aún?
No, más claro no, sobra! Ahora se me aclaran las nieblas de estos días. Hay cosas que no deben decirse.
Pero es posible? vamos, dí!
Déjame, déjame!
f
Y tú, Fedra, tú?
Yo? es que puedes creer...
No, no quiero creer. .. y tú?
Figúrate lo que habr~ lu~~ado ... lo que lu_c,ho...
Oh mi hijo, mi propio hiJo! pero él tamb1en ha luchado.'.. lucha... sí, sí, qué es si no esa manía de la caza?
busca en ella el olvido de su pasión... pobrecillo! pero
dime, qué te ha dicho?
Decirme ... poca cosa... casi nada...
Oh no, no, no; son recelos tuyos, figuraciones, suspicacias ... quién sabe? vanidades de mujer!
Pedro!
No, no puede ser! no es!
Desgraciadamente sin poder ser es.
Y tú, Fedra, tú?
No te dije que lucho...
Pero por qué?
Es al fin tu hijo, mi hijo ...
Voy a llamarle y que se explique aquí, los tres cara a
cara...
Oh, no hagas esol
Cómo?
No, déjale!
(llamando.) Eh, también tú?

LA PLUMA
FEDRA.
PEDRO.

Llámale, pues (aparte.) Dame fuerzas, Virgen de los Dolores!
( a la criada que aparece.) Que venga Hipólito! Ahora se
pondrá todo en claro. Esto es horrible... no puede ser!

DICHOS E Hu&gt;ÓLITO.

PEDRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HrPÓLITO.
FEDRA.

HrPóLITo.
FEDRA.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.

( Entra Hipólíto cabizbajo; Fedra se cubre primero la vista
con las manos, pero luego apoya la cara en las palmas y
se le queda mirando fijamente.)
Por qué maldecías a tu madre, hijo! callas? vamos, habla, por qué la maldecías?
Ella te lo dirá, no yo, padre.
Me lo ha dicho ...
Entonces ...
Y qué, no te defiendes? no lo niegas? confiesas, pues, tu
infame pasión?
·
Yo, padre, ni niego nada ni nada confieso.
Ah, con que además hipócrita? te creía todo menos eso;
en mi familia no los ha habido nunca ...
Y ella, por qué no habla ella?
Yo, Hipólito, he hablado, he dicho cuanto tenía que decir, a tí primero, a tu padre después. No he hablado
claro?
Sí, muy claro!
No te propuse la paz? Y tú te has empeñado en traer la
guerra, tú. Es la fatalidad, bien lo sé, pero ...
Es_to es mon~truoso, lo que aquí pasa. Debiste, hijo, lo
primero confiarte a mí, abrirme tu pecho ...
Perdón, padre, perdón!
Perdón? ha:y ~osas imperdonables! Y el perdón presupone arrepent1m1ento y penitencia!
Sufriré la que me impongas!
No podemos ya vivir los tres bajo un mismo techo.
Me iré de casa.
71

�LA PLUMA

LA PLUMA
F:&amp;DRA,
PEDRO.

FBDRA.

HIPÓLITO.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

7.ª

Y qué dirá la gente?

Diga lo que quiera! Aunque la gente no sabrá nada, no
debe saber nada; esto ha de quedarse aquí, enterrado,
entre los tres... si no haría algo que no puede decirse!
Oh no, todo se arreglará ... !
Cosas hay sin arreglo...
Cómo? luego insistes? Vete, Fedra, déjanos solos!
Pedro, Pedro!
D0janos, he dicho.
Por Dios!
Déjanos! (vase Fedra.)

PEDRO.

PBDRO E HIPÓLITO,

PEDRO.

HIPóLITO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIP ÓLITO.
P.&amp;DRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

(tras un breve silencio.) Pero hijo, Hipólito, cómo te has
atrevido a poner ojos ... ojos? y labios en tu madre? cómo
has osado revelarle nada? era esa tu caza? callas? vamos,
habla, ven acá, confíate a mí! Sí, sí! es una desgracia, lo
sé ... Qué? callas? no lo niegas? Oh, esto es horrible! Qué
has hecho, hijo, qué has hecho de la tranquilidad de tu
padre? y yo que la traje a casa sobre todo por tí, por tí,
hijo, para que tuvieses madre ...
Ojalá no la hubieses traído! Pero te juro, padre, que soy
inocente!
Inocente? inocente de qué? Luego Fedra miente? habla!
miente? luego ... ah! eso es acusarla!
Nunca, padre, nunca, nunca!
Inocente? Ah, sí, comprendo ... inocente ... claro! pues no
faltaba más! pero la inocente es ella ... ella!
Padre!
Vete y no volvamos a vemos; será lo mejor!
Padre ... antes de irme ...
(se adelanta a él y luego arredrándose.) No, no, no, me
quemarían la cara! No, vete! (Cúbrese la cara con las manos y solloza. Hipólito se va lentamente.)

Imposible! él, él, mi hijo, mi hijo único! Costó la vida a
su madre, a su pobre y santa madre! Aquellos primeros
años, cuando volvía yo a casa sobresaltado, imaginándome que le hubiese ocurrido algo y al llegar y encontrarle durmiendo tranquilame·n te en su cuna me inclinaba a pegar casi mi oído a su boca para sentirle respirar. .. sí, estaba vivo! Mi hijo, mi hijo único! Será un castigo por haberle dado madrastra? por no haber respetado mejor la memoria de su santa madre ... Pero ... me
sentía tan solo! No me bastaba él! Y por qué no le casé
con ella? Oh egoísta, egoísta! No tuve paciencia a que
me diese nietos, quise tener más hijos ... y de Fedra! no
le quise solo! Fué la carne, la carne maldita! Será esto
un castigo? J\ili hijo, mi propio hijo, mi hijo único!

8,ª
FE.DRA

FEDRA.
PEDRO.

F1mRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

y

PBDRO.

(entrando) Qué, se fué?
Sí, se fué. Y aún juraba su inocencia!
Cómo? Se atrevió ...
A neg~r su fa!ta~. a acusarte? no! aún no ha llegado a eso; aun es m1 h130! Pero ven, Fedra mírame a los ojos
así! Es verdad eso?
'
'
Sí, eso es verdad!
Y tú, Fedra, tú?
Te he dicho que lucho ...
Pero por qué?
Por domar mi corazón de madre!
Y tú antes ... vamos, antes de esa declaración no te habías percatado de nada?
Hace tiempo ...
Y cómo no me lo dijiste?
Esperaba que el tiempo ... la lucha...
73

�LA PL'GMA

LA PLUMA
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

Y sabiendo eso consentías que te besase, le besabas? ...
No ves que era echar leña al fuego ... ?
Sí, pero otra cosa habría sido provocar antes de tiempo ...
Antes de tiempo? Estas cosas deben ahogarse antes de
tiempo. Mi hijo, mi propio hijo! mi hijo único! Esto, Fedra, debe ser un castigo ...
Un castigo?
Un castigo, sí, por haberte traído a mi casa, por haber
querido tener de tí otros hijos, por no haber guardado
mejor la memoria de su madre, de su santa madre ...
Sí, yo tengo la culpa, yo!
Cómo? tú? tú tienes la culpa?
Sí, yo, por haber cedido a venir a tu hogar a cubrir el
hueco que dejó otra mejor que yo; yo, por no haberos
dejado solos a padre e hijo.
Quién tiene la culpa, Fedra, quién? El? tú? yo? quién
sabe de culpas? qué quieré decir culpa? qué es culpa, dír
(mirando al suelo.) No sé...
·
No sabes lo que es culpa? Fué la mujer, la mujer la que
introdujo la culpa en el mundo!
Pedro!
Alguien llega...
Marcelo, de seguro. Este llega siempre a destiempo y no
quiero ·verle ahora...
Por qué, Fedra? sabe algo? sospecha algo?
Me voy. Volveré así que se vaya (vase.)

PEDRO.
MARCJtLO.

PEDRO.

MARcELO.
PEDRO.
MARCELO.

PEDRO.

MARCELO.
PEDRO.
AllAR.cELO.

PEDRO.
MARcELO.
PEDRO.
MARCELO .
PEDRO.

MARCELO.
PEDRO.
PEDRO

MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

74

y MAR.CELO.

Qué? _se ha salido Fedra?
Querías verla?
Como médico, a ver cómo sigue ...
Agitada ... ya ves ... disgustos ...
Sí, y en ella por constitución de herencia una neurocardíaca...

MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

Y qué, dí, qué? cuando te ha hablado de sus dolencias ...
Yo no soy confesor, soy médico, Pedro.
Pero dime, tú eres mi mejor amigo, tú ... no es verdad?
tú eres como mi hermano...
Conzo, otra vez como ... Repórtate, Pedro, que no estás,
bueno hoy...
No, no lo estoy!
Se te conoce y estando así no se debe querer hablar de·
ciertas cosas ...
De qué cosas?
Qué sé yo... de cosas de familia ... íntimas ...
Pero tú sabes, tú ...
Yo sólo sé que estás, contra tu costumbre, fuera de tí,
que tu mujer anda fuera de sí también hace algún tiem-•
po y que tu hijo vive más dentro de sí que nunca; te
parece saber poco?
Pero no sabes más?
Ni debo. Y basta de esto. A otra cosa. ·
A otra cosa... a otra ... y entras y sales aquí como en tu.
casa... Oh, esta intimidad a medias...
Entonces me retiro ...
Que se yo ... pero no, ven, ven, te necesito, necesito
dentro alguien de fuera, oye. No estoy bueno, no! no sé·
lo q~e pasa en mi derredor. Lo sabes tú? pero cállalo,
eh? s1 lo sabes, cállalol cállalol que no lo sepa nadie ni
tú mismo! No, no sé lo que me digo. Hablemos de ~tra
cosa.
Sí, es lo mejor. E Hipólito?
~ipólito, otra cosa! Qué? qué sabes de Hipólito? Vamos,.
d1 1 qué sabes de él?
De_ tu hijo? De tu hijo apenas puedo saber cosa. No necesita de mis servicios.
Lo crees?
Pues no he de creerlo? Tu hijo está sano, enteramente
sano; es el único sano de la casa. Gracias al campo.
Y de la cabeza?
Perfectamente bien. Tu hijo es uno de los hombres más.
75

�LA PLUMA

LA PLUMA

PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARcELO.
PEDRO.
MARCELO.

equilibrados, más dueños de sí, más serenos, más sanos
que conozco. Pocos padres más afortunados que tú ...
Pues mira, Marcelo, tengo motivos para sospechar que
no anda bien de la cabeza.
Quien no anda bien de ella eres tú, y esa tu sospecha
me lo confirma.
Es que no sabes ...
.
Acaso quien no sepa eres tú...
Habla más claro, Marcelo, sin enigmas!
Enigmas los tuyos, Pedro. Y te dejo. Donde hay enigmas sobro yo; soy incompatible con la Esfinge. Te dejo.
He llegado en mal hora. Adiós.
No, no, quédate!
No me quedo; estorbo. Hasta pronto.
Y de esto, Marcelo, sabes, de esto ...
De qué?
De lo que no sabes, ni palabra, eh? ni palabra!
Pedro!
Si no ... si no ... en fin, no sé, vete! (tomándole la mano.)
No sabes nada, nada, nada...
Demasiado sé con no saber nada ...
Del enigma... ni palabra! Si no ...
Adiós! (vase.)

FEDRA

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

10.ª

.PEDRO.

Que infierno! Sabrá algo? Sospechará algo? Pero no soy
yo, yo quien me delato? Habrá que negar a todo el mun.do la entrada en esta casa. Una cárcel... un sepulcro...
Que nadie lo sepa, que nadie lo sospeche ni barrunte,
que nadie lo adivine. El honor ante todo! (vase.)

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FJ:DRA.

RosA.
FEDRA.
,FEDRA.

(entrando.) Ah, se han ido los dos! Qué es lo que he
hecho? Estaba loca, loca, no sé lo que me hago...

ROSA.
FEDRA.

y RosA.

( desde la puerta.) Señorita...
Entra, Rosa, entra. (aparte) Así no estaré sola... conmigo.
Querría decirle ...
Habla sin miedo, qué?
Como no ha vuelto a decirme nada de aquello ...
De qué? de qué no te he dicho? Vamos, habla!
Pero no se acuerda, señorita?
De qué es lo que no me acuerdo? anda, dí!
Pues ... de lo de amadrinar mi boda...
Aaah! sí, sí, dispensa, Rosa, es verdad! no me acordaba
ya de ello! Ya ves, con tantas cosas y con esta pobre
cabeza... Y bien, qué? persistís en ello, en que sea yo•
vuestra madrina?
Nosotros? Eso queremos saber, si sigue usted en ello ...
Yo? Pues mira, Rosa, no es por volverme atrás, no! no!
no! yo no soy de las que se vuelven atrás, no! lo entiendes? yo cuando digo una cosa la sostengo, sabes? sí, la
sostengo ...
Pero es que lo he puesto yo acaso en duda?
No, no, tú no lo has puesto en duda, no, tú no! Pues
bien, sí, seré si queréis la mad1ina de vuestra boda, pero
me parece que no os conviene ...
A nosotros?
No, no os conviene. Yo llevaría la mala suerte a vuestro matrimonio; serias infelices; yo tengo mala mano,
muy mala mano...
Aprensiones, señorita...
Desgraciadamente no!
Como me lo prometió ...
Es verdad, te lo prometí, pero desde entonces 8.cá...
Sí, ya he notado que la señorita se está volviendo otra .. _
Cómo? qué? qué es lo que has notado? díl

�LA PLUMA
ROSA,
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.

Nada... nada...
dílo!
Vamos , dí , qué has notado?
. d' t
Por Dios, que me da mie o ....
Miedo? Yo? de qué? vamos, habla!
No, no, no se puede seguir más en esta casa.1 (huye.)
13.ª

FEDRA.

( que lzace ademán de seguir a Rosa, pe:o se detie1;e.) Bah!

or una criada! Estoy loca, lo,ca perdida. Yo misma me_
~elato. No se puede seguir as1; hay que acabar y acabar
de una vez y del todo. Tengo que ~elarles en paz y 9-uedarme en paz también yo ... en la umca paz para mt ya
pos1'ble... en la última paz , en la que no acaba, en la paz
eterna!

FIN DEL ACTO SEGUNDO

MIGUBL DE UNAMUNO

JULES LAFORGUE
sería buscar su nombre en los manuales que con la pretensión de enseñar literatura se atienen de ordinario a normas
oficiales y a las recompensas académicas. No obstante, acaso
nadie, ni el propio Stephane Mallarmé, ha influido tan profundamente en la generación francesa joven. Hace algunos años, cierto
poeta nuevo, escribía de alguien: • Era un joven como los demás; pero había leído mucho a Laforgue, y de eso siempre queda algo.&gt; Nada más
cierto: fácil es descubrir en un momento, entre los franceses jóvenes cultivados, a los que han leido a Laforgue y a los que no lo han leido. Hay
otros maestros más grandes, se puede discernir influencias más visibles;
ninguno de nosotros en Francia puede olvidar lo que debe a Baudelaire,
o a Verlaine, como a Balzaco a Flaubert; pero el gusto por Laforgue es un
sentimiento tan especial, penetra tan hondo en nuestro corazón, que no
le tenemos sólo admiración, e incluso quizá no sea admiración tanto como
ternura, donde las exigencias del corazón y de la mente al propio tiempo
se satisfacen.
Murió a los veintisiete años, dejándonos só lo tres volúmenes: uno de
poemas; el segundo, de cuentos, titulado Moralités legendaires, y el ter&lt;:er0, colección póstuma, que contiene cartas y fragmentos; pero aunque
se hayan leido una vez sola, ya no se olvidan nunca; y si se leen, se vuelve a ellos en busca de su gracia, fresca al par que penetrante como ninguna, en busca de un alma fraternal que ha conocido nuestros deseos,
ANO

79

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
nuestros ensueños todos, y nuestras melanc')llas también, que el poder de
su genio inimitable magnifica.
1t
No oiréis jamás a nadie, a menos que esté desprovisto por comp e_ o
de tacto, afirmar ruidosamente su admiración por_~for_gue: no se::o;ª;~
d"das pero su obra entera implica tal d1screc1ón, un p
re a escon i
'
do que lo natural es imitar su actitud al hablar de él.
alma tan conmove r,
· d
A é
Su vida cabe en muy pocas palabras: nació, por casuahd~ ' en m rica del Sur, de una familia bretona, que, poco de~~ués, ~olv'.ó parae:s~::
blecerse en el Mediodía de Francia, en Tarbes: v1v1ó algun tiempo
l
ris muy oscu_ramente y cai;i en la miseria, trabajando sin descéandso ~n
~
'
•
t f é elegido lector de franc s e a m
tivarse: después, repentmamen e, u
. d 188&gt;
eratriz Au usta: pasó asl cuatro años en la corte de Alemama. e
~ 1886, y v;lvió a Paris, donde murió de tisis el 20 de agosto de 1887'
casi el dla de cumplir los veintisiete años.
No puede decirse que Jules Laforgue haya sido nuestro cmaestr_od•, no
.
.
ioguno le hemos conoc1 o, Y
sólo porque murió tan Joven, smo porque n
es para nosotros, sobre todo,fraternal.
. tó a los diez años de su muerte: sus obras hablan
Laforgue nos cooquis
Al
·mer pronto
sido publicadas en folletos rarísimos, por lo general.
pnl .
. t
d B udelaire· y de Ver ame, c1er o
descubrfase en sus obras un poco e a
d
Theocvirtuosismo•, una holgura y un giro de la mente que recuer an a
dore de Bainville (en sus Odes. Ftmambuksques), pero con un acento y

t

una {ronia tierna, exclusivamente suyos. .
.
diera paMás tarde un critico le comparó a Henn Heme: al pronto pu
recer exager~da la comparación: es más exacta de_lo que p~ie; peroe!
.
i de Reine es más seca y rechina más: tras la rronla de
o_r~ue p
iron a
d b
grado se expandma, pero
clbese la ternura de un corazón que e uen
que conoce harto los peligros que presentan las frases huecas del romanticismo exasperado.
· f ,
en otros momentos, coTenfa corazón ardiente e inteligencia na, y,
.
.
.
. t d c nsiste en esa alianza
azón frío y ardiente intehgenc1a: su geruo o o o
r
tu . hasta en sus burlas hay una profundidad desconcertante, y sus
fil:sóficas se bañan siempre en el sentimiento de la vida. Con ser

f:::
80

más idealista que nadie, tampoco nadie ha tenido más cabal sentido de
la realidad: lo expresó en un grito ya clásico: c¡Ohl ¡Qué cotidiana es la
vidal&gt;; si con esto padece, si aspira a metas eternas, la vida le alcanza y
le conmueve precisamente por lo que tiene de cotidiano. Nadie quizá, eo
Francia, ha padecido con tanta grandeza esa aspiril ~ión a lo infinito, y
ese discreto y profundo enternecimiento ante la vic.Ja efímera. Como dijo
en una de sus ceñidas sentencias, que con tal facilidad toman forma y
color de adagios: cEI hombre se agita y Todo le arrastra,&gt; Sus poemas
están por entero impregnados del sentimiento de la inutilidad de todo
esfuerzo humano, y al propio tiempo sabe que toda nuestra dignidad
existe cabalmente en la medida que desafiamos esa inutilidad, y obramos
y pensamos como si fuésemos eternos.
Ni aun en las rebeliones de su orgullo contra lo transitorio le abandona la ternura, profunda, verdadera como ninguna, por ser tan directa
y tan verdaderamente humana. Rehunde su propio corazón a fuerza de
burlas; pero siempre está dispue!&gt;to a socorrer el corazón de quienes sabe
que padecen su mismo mal. Ni en sus poemas ni en sus cuentos se hallará la sensibiliddad lacrimosa y literaria que debilitó la expresión de un
Musset, pongo por caso; su alma, tierna y joven, posee una firmeza estoica, pero de un estoicismo sonriente. Sabe padecer, y sabe hasta dónde
se puede padecer, cuando a las exigencias de la emoción se añade la
fiebre de una mente que lo mide todo en su valor verdadero; y así dijo:
•Se necesita, de tiempo en tiempo, una separación, una tristeza de estas,
para mantener en el corazón la suavidad de la infancia&gt;.
En los poemas, nota la forma más directa de su emoción; en este respecto casi puede decirse que cuanto ha escrito en verso es el brote primero de los pensamientos cuya expresión completa se encuentra en las

Moralftls ligmdaires.
De sus poemas, el grupo que lleva por título Les Complaintes, es único
en nuestra literatura: cada Compiaínte se explica por las otras, forman un
todo, y bajo su apariencia negligente, sarcástica y desmadejada, son, con
toda seguridad, los testimonios más puntuales, más profundamente verdaderos de un alma de francés joven y cultivado, de fines del pasado siglo_
6

8r

�LA PLUMA

LA PLUMA
En los poemas exhibe a veces un virtuosismo que el propio Theodore de Banville no rebasó; pero incluso ese virtuosismo le cansa, y se esfuerza por despojar al verso de todo atractivo externo para no conservar
más que ;,u esencia conmovedora, y esto le llevó a escribir sus últimos
poemas ea una espe-::ie de verso libre que, en ciertos casos, como en el

Solo de Lune, aún no ha sido rebasado.
El volumen en que recogió sus poemas, bastada para asegurarle la
inmortalidad; pero aquel joven de veintisiete años dotó a la literatura
francesa de una colección de cuentos, que por la seguridad, la personalidad, la resonancia del estilo, puede rivalizar con las obras más líricas dt:
Flaubert, o los cuentos mas bellos de Villiers de l'lsle Adam.
En la colección de las Moralills légmdaires, Jules Laforgue intentó (y
consiguió) mezclar dos tendencias contradictorias: la de la introspección
filosófica y la de la ironla sonriente más moderna. Son seis cuentos en
prosa: Hamlet ou lts suites de la plélé .filíalt; Le Miracle dts roses; úlzengrln,.fils de Parsifal; Saloml; Pan et la Syrinx; Persle et And1omlde, y
en una lengua maravillosa por la agilidad, la riqueza, el ritmo, los saltos
imprevistos y las súbitas salidas, evocó a través de esos personajes legendarios las obsesiones de un alma moderna.
Se ha dicho en cierta ocasión que su Hamltt era más Hamlet que el
auténtico: el monólogo que pone en su boca es, en efecto, de una penetración psicológica que no hubiese rechazado Shakespeare, si hubiera vivido en nuestro tiempo. ,Morir, yo, vamos; hablaremos de eso más tarde; tiempo tenemos. Morir, ya se sabe; se muere uno sin darse cuenta,
como se cae todas las noches en el sueño. No tiene uno conciencia del
transito del último pensamiento lúcido al sueño, al sincope, a la muerte.
Ya se sabe; pero no ser más, no estar más, no participar. No poder siquiera oprimir contra su corazón humano, una tarde cualquiera, la tristeza secular que cabe en un simple acorde del piano•.
En cada una de las Moralitls ltgendaires las sonoridades cambian,
pero el timbre es siempre el mismo: a pesar de la iron1a presente, el corazón asoma siempre la punta de la oreja, si cabe decirlo as1. Nunca insiste, ni pesa, todo es discreto; cómo sabe poner su leve pincelada hasta
82

en una simple descripción de paisaje· por eiemplo
et la Syrlnx:
'
'
• en este trozo de Pan
,El álamo, árbol tan distinguido que er
.
llorón, llora por el obscurP.cimiento d l ige su hora, tembló. y el sauce
ensombrece las lejanías y las c r
Le as aguas. La soledad inquieta
mas. as ranas van , em
y 1as estrellas no tardarán las estrell
..
pezar a cantar,
La
'
as no pueden tard
lectura de las obras de Lafor e s
ar.•
fácil, en el sentido de esa facilidad fn1m~;:~ en prosa o en verso, no es
obras hueras; pero aplicándose a 11
de la mayor parte de las
de re~exión, se descubre uo aspec:oº;a:eae:cuentra tan copiosa materia
nla lfnca peculiar dtl g . 1:
• g do, tan moderno de esa iroe010 rancés que ilumina n 61
1
actual, su ardiente escepticismo
.
o s o a a generación
1 tr d' .
Y s11 entusiasmo tacitu
.
a a ic16 n de la s~nsibilidad fr
.
rno, pero mcluso
Yo sé que todos los d
. ancesa, ~• puede decirse asf.
cerca de veinte años segu~ m1 g_en~rac1ón que leímos a Laforgue hará
•
•mos smt1éndonos al
1
conmovidos: por mi parte ya no 1 1
'
vo ver a él, fascinados
0 eo nunca sin
•
'
'
mo amigo con quien lo lela antaño
.
pensar en aquel carfsiª:'.go muerto en la guerra, y que en
los días terribles de la batalla d
de Laforgue hallaba la fuerza baet er un, tan sólo en las tiernas ironías
d
s ante para sosegar
•
os y su esplritu casi abrumad
sus nervios extenua.
o, como en uno de
a quienes, en noche de trá .
esos seres de elección
fd b
g1cas aventuras pode
fi
i um re de verle apaciguado
l
'
mos con ar, con la cerdura intolcráble.
' e corazón, abrasado aún por una quema-

°

V

G. JBAN-AUBRY

�LA PLUMA

III
Arribo.
La estancia en silencio
Descanso.

IV
El Dolor
(Pensamiento importuno en mi paz: dril y blanco)
Es dura escuela
Pero
El Reloj.
doctora
en la vida.
Ris-Ras de
persianas.

CONC ÉNTRICA
I
Mediodía
Melodía de candente mediodía .
Saetas de ascua de trigo amarillo.

I

V

•

Trigales rojos...
Veo ...
Ensueiio unánime
Apenas
Veo.

II
La casa bermeja
(oli'· Su parra ...
su patio ...)
Lejana.

r.
, ·¡
1.nmovi

No viene
No llego .
-Agua en jarrodel patio!
¡ Tumbarse desnudo en las losas mojadas
Debajo
de
uH-

toldo
s&lt;Jf#brio...

Vl

I

'Negaciones interiores
Que piden disculpa
Y parten!
Párpados entornados
Y sorda atención de nadie

ss

�LA PLUMA
_ Saetas de ascua de trigo amarillo Milodía de candente mediodía.

VII
Medwdía.

SI
Aquello
Estuvo en nada.
Un momento quizás Y• •·
Pero
En mí vmcitron egoísmos de hombre
y·en tí prejuicios de moral sensata.
Igual
. .
.
Aconteció siempre en mi historia
Con cuanto quise conseguir
Igual
¡A punto kttyóse cuanto a punto estaba.1
Para mt
Aquello y lo otro y esto
Siempre, siempre
.
Desvanecióse cuando a punto estaba.
Para mí
(¡Nunca ...!) tofÍQ
0kt Todo
¡Siempre

Estuvo en nada!
ANTONIO BSPINA GARCIA
86

EN TORNO A GANIVET
este Madrid no sabe uno jamás a qué carta quedarse en
el juego de las valoraciones literarias. El silencio envuelve
por igual a muertos y a vivos, o, peor aún, los envuelve
la alabanza pegajosa de los estúpidos, especie de engrudo
que deja al artista y a cuanto representa, inabordable e intocable. Cualquier pretexto es bueno para eximir a la inteligencia de la penosa y comprometida función de juzgar; penosa porque es esfuerzo, y comprometida
porque la opinión propia, si es libre y expresa, puede ahuyentar a una
clientela, o enojar al patcón, o frustrar la esperanza de un destino de seis
mil reales. A los grandes se les deja dormir en sus hornacinas por puro
respeto. No se nos ha olvidado que al morir Galdós opinó D. Antonio
Zozaya que !a pretensión de criticar la obra de D. Benito era empresa
superior a la inteligencia humana. A los menores se les dispensa el
amistoso favor de desdeñarlos. Madrid, tan conservador en todo, lo es
más que nada en literatura, por falta de discernimiento. Ante valores
coetáneos de los toros de Guisando, tenidos por actuales, todavía es de
ritual quitarse el sombrero; subsisten, como el buen paño que no se
vende en el fondo del arca, a fuerza de no usarlos. Acuñada uea reputación, no corre peligro de desgastarse nunca, por la sencilla razón de que
no circula. Muere un escritor. Pasarán años, lustros, siglos acaso: no se
observará que sus obras se reimpriman, ni que se le dediquen artículos o
libros, ni que se hable de él entre gente de letras, ni quedará ya rastro de
N

87

�LA PLUMA

LA PLUMA

.su influjo en la literatura viviente. «Este es un escritor olvidado»-dirá
para si el discreto-. Error. Un accidente basta para demostrarlo: si el azar
de una lectura, de un viaje, o una fogarada de patriotismo local encienden
un pec,ho ingénuo en admiración súbita, se apresura1a comunicar al público
su descubrimiento: trátase de vindicar una gloria perdida. A esa voz responden las ranas desde sus charcos. Resulta que todas las ranas de la
península venían infundiendo eu sus renacuajos ese mismo culto. Muévese iran estruendo. Así el ladrido de un can suscita en el silencio de la
noche el ladrar de los demás canes de la aldea. Alborotan hasta reventar.
Luego se abate sobre el escritor otra montaña de silencio, que puede
tener la densidad y la duración de la gran pirámide de Egipto.
De tales explosiones suele quedar memoria: una estatua, el nombre
de una calle, una lápida en gerundio. Si el héroe o genio no tomó la precaución de marcharse a la tierra sin dejar huella, está además expuestísisimo a que le zarandeen el esqueleto. En España, lo primero que se hace
-con los hombres ilustres es desenterrarlos. Del cadáver con pretens;ones
de celebridad que no ha sido «reivindicado• alguna vez, bien se puede
creer que usurpa su faina. La manía de la exhumación sopla por ráfagas,
como la del suiddio o la del desafío. Hace años, el Parnaso español pudo
meter que era llegado el día del juicio final: .no dejábamos a nadie yacer
tranquilo. Hubo un ir y venir de ataádes y un trasiego de huesos que
apestaba. Los poetas, siempre desvalidos, no se defienden. No así un
santo que hay en mi pueblo, hecho carne momia, en una caja de sándalo
y plata que huele muy bien-a santidad. Un obispo quiso traérselo a
Madrid, y el santo no lo consintió en manera alguna. Apenas la procesión
que se lo llevaba salía por las puertas del pueblo, se nubló el sol, comenzó a llover, se desbordó el río, y los fieles, gritando ¡ Milagro! 1Milagro!
obligaron a devolver el santo a su iglesia. A!&gt;egundó
obispo con otra
tentativa, y el santo volvió a llover y a tronar y a sacar el río de ma~e,
con lo que para siempre le dejaron en su capilla y en su cofre. Las glonas
de tejas abajo, menos bien en cour, no pueden desencadenar los elementos naturales sobre esas comisiones gestoras y juntas de centenario que,
con estilo de sub-comité electoral suburbano, hablan de «timbres• Y de

71

88

•florones», y se arrojan sobre los restos gloriosos para llevarlos de una
parte a otra, reprentando al vivo la fábula del asno cargado de reliquias...
En estos dfas que corren, la gloria póstuma de Ganivet padece un
recrudecimiento eruptivo. Se habla de él en algunas casas doctas; algún
periódico vocifera su nombre, no sin erratas, confundiéndolo insistentemente con Gavinet, el pensador hurdano, cuyas obras habremos de editar
a bajo precio, andando el tiempo, para qué lleguen al gran público; responden a tales clamores ecos de provincias remotas. Ganivet reaparece
con igual reputación que tuvo en los comienzos del siglo, cuando un
golpe de mano de la critica lo impuso audazmente a la devoción del público: la de inventor de España: apóstol y fundador de la patria espiritual
venidera. La persistencia de los lugares comunes que con periodicidad
mensurable se condensan en torno de Ganivet revelan, o que no se le
lee, o el desuso del juicio. Si este escritor estuviera tan presente en nuestro ánimo como suele afirmarse, la mente, al surcarlo, no lo respetaría
como a un fetiche. Creo .más bien que a Ganivet se le lee de joven, y
no se le echa de menos en la edad madura. Los que leyeron a Ganivet
hace veinte años y conservan el recuerdo de una impresión considerable
vuelvan a leerlo y a leerlo despacio, confrontándolo con las cuestion~
-serias que atacó: hallarán un caso personal interesante, una tragedia intelectua~, pero de su ob_ra se encontrarán a una distancia igual al progreso
cu111phdo por el espfntu del lector en punto a reflexión y orden y en el
-dominio de sus medios y de los problemas.
Ganivet es el tipo acabado del autodidacto, de cultura desordenada y
retrasad~, mente_ sin disciplina. Grande es la actividad de su espíritu;
lee'. medita; escnbe alguna vez. Todo lo va a poner en tela de juicio.
Quiere llegar a la «fuerza madre•, aislar «el eje diamantino alrededor del
cual giran los hechos del diario vivir», esculpir con sus manos su propia
alma. Pero si~mpre se nos aparece como abrumado y aterrado por los
problemas mismos, y escapándose de ellos mediante una pirueta. En el
fo~do,. ~s que solo le interesa su propia persona. La fugacidad de la vida,
la mutihdad del esfuerzo, ensombrecen su ánimo; impropera al Destino
89

�LA PLUMA
que no le permite escribir su nombre en la esfera celeste. No conoce la
ternura ni el amor, ni la naturaleza apacible. Su desesperación es sombrfa
y seca. Se resiste a aceptar la vida; y puesto que el vivir carece de objeto, le dará de su persona lo menos que pueda, encastillándose en su
fiera soledad. Es un bilioso, huraño; vive «requemado física y moralmente•; es misántropo y misógimo; en rigor, poco sensible: eso es lo que
le faltó para ser un gran artista.
Tal es Ganivet en el Epfstolario, breve colección de cartas que despiertan la maligna curiosidad de conocer no tanto las ulteriores epísto~as
del autor como las de su amigo y corresponsal Navarro Ledesma. Un biógrafo con más inteligencia y mejor gusto que Navarro, menos ofuscado
por la amistad, no tan propenso al énfasis espafiolista, más delicado Y
sutil, en suma, habría escrito en torno a Ganivet un libro magnífico probablemente; el hombre mismo, su ambición intelectual; su locura y su
muerte y aquel su sentimiento trágico del vado y de la insipidez de la
existen~ia son por sf solos temas fecundos; pero, tratados históricamente.
haciendo ~urgir a Ganivet del medio en que se crió y no se educó, hubiesen sido el germen de un libro que aún no existe y que acaso ya nadie lo
escriba: tan difícil es restituir el ánimo al punto crítico de fines de siglo.
Está por hacer el drama del español que, en el umbral de !a madurez.
cuando ya ha conseguido despojarse de los harapos con que vistieron su
inteligencia juvenil, entrevé su fracaso y descubre que no le restan medios ni tiempo para advenir a los órdenes superiores de la cultura. Tal
fué fntimamente el conflicto en que sucumbió Ganivet, victima de esta
época que no entendia ni entiende la pasión intelectual;. conflicto q u~ a
pocos perdona, del que unos se evaden arrojándose a ciegas en el histrionismo, y que otros devoran p.ua sí, con la triste certidumbre de haber marrado el blanco. Sólo no arriesgan nada los que, mejor orientados,
empeñan desde luego su talento, grande o chico, en las batallas del arribismo, donde no se pierde más que la vergüenza. En Ganivet, sobre la
desproporción entre los fines y los medios, hállase además una prevención hostil contra el ambiente europeo en que espiritual y físicamente
tenía que vivir sumergido. Él no lo dice. Acaso no se da cuenta. Con
90

LA PL U ~1 A
todo, cree uno verlo a dos dedos de considerar la civilización entera,
como una engañifa, y la historia de los pueblos cultos como una inmensa
mistificación. En esto es muy de su raza, donde pululan los hombres (sobremanera odiosos) a quien «no se la da nadie&gt;. Ganivet es demasiad°'
propenso a explicar los hechos históricos (los verdaderos y los imagina-dos) por pequeñas causas. Esa hostilidad, estrecha el encierro en que ya
él de por sf estaba puesto. No acertó a librarse. Si hubiera amado más,.
habría coqueteado menos y la salvación hubiese sido posible. Se excedióen aplicar por medida su existencia personal. Y cuando cree haber llegado al «eje diamantino•, abandona cabalmente toda veleidad critica, y
apacienta, en ¡,áginas de noble contextura, los sentimientos nacionaleshereditarios y las esperanzas españolas marchitas.
Navarro Ledesma, que no escribió la biografía posible de Gani vet (y,
perdió el tiempo en escribir la de Cervantes, libro nulo), proclamó desde
la tribuna del Ateneo la misión del autor del Jdearium: « ••• si existe una
España joven, robusta, pensadora, valiente y capaz de redimirse por los.
hechos y por las obras del espíritu, el alma de es a España debe identificarse con el alma de aquel Ganivet, el filósofo, el poeta, el patriota: el in-mortal&gt;. Cierto: un hombre inteligente no se encuentra todos los días, ni,
aun entre literatos; pero Ganivet fué mucho más que eso. Ganivet fué el
primer superhombre, precursor de la humanidad futura, tipo moral y
físico perfecto, con su pequeña cabeza y su sotabarba: c ... era un hombreúnico y señero, distinto y desligado en todo y por todo de los demásseres humanos: un eslabón roto de esta servil cadena que humanidad se
llama: era más, mucho más que el vulgar homo sapiens, codeado y des-preciado aquí y allá diariamente ... No creo desvariar afirmando que era,
mi amigo un extraño ser, precursor de razas futuras, en las que, por virtud de no sé qué misteriosas selecciones, llegarán a condensarse calidades
y partes meramente humanas con otras de tipos zoológicos más antiguos,
y más fuertes ... • Bien. La arenga de Navarro fué aclamada en el Ateneo.
Pasó entonces por el cenit la estrella de Ganivet y lograron sus escritos
relativa difusión. Su figura de profeta y sus ideas llegaban a tiempo. Ha-blando de España, era el único que hablaba de ella con amor y dolor sin91

�LA PLUMA
perder el recato; no agredía, no injuriaba; no se le vió retorcersefen bas•cas de iracundia fluente; sus esperanzas, y los juicios históricos en que las
fundaba, caían sobre el lacerado corazón español como bálsamo lenitivo.
De entre las confusas memorias que nos restan de tales años, sobresale la
actitud general de criticismo acerbo, petulante, tan poco informado y tao
miope como la gárrula oquedad españolista tronchaga por la guerra. El
pesimismo era un refugio de la yaoidad; una tabla de salvación personal.
A los españoles de entonces, tanto como el hecho mismo de su reciente
derrota, les avergonzaba el sentimiento de haber hecho el ridlculo. Les
·.gustaba recibir badilazos en los nudillos: Costa les llamaba brutos, puercos, eunucos, y se hundía el firmamento con los aplausos. Tal estado de
espíritu no podía durar mucho, y, en efecto, no duró: fué mudándose en
,cuanto expiraron sin catástrofe los plazos señalados por Costa, y en cuanto
los españoles se dieron de bruces contra este hecho: que el seguir siendo
un pueblo es una carga que no se dimite sin más ni más y cuando se
,quiere. Ciertos escritos absolutorios de Ganivet-radicalmente opuestos
a ese estado de ánimo-fueron muy bien recibidos. Al fin se hacia justi.,cia pc1r un hombre moderno, librepensador, y que (¡cómo no había de estar enterado!) escribía desde el extranjero. Fué sobre todo bien recibido
por los jóvenes posteriores al ciconoclastismo&gt;. Había surgido un nom·&lt;bre que poder alabar, al menos en público, sin' ponerse en ridlculo. ¡Qué
descanso para las pobres almas, fatigadas de ser maldicientes! ¡Qué gozo
poder abandonar una postura incómoda y aflojar los músculos faciales
-c~ntraidos por una mueca de altivez, de hosquedad perenne; y poder
olvidar la propia y abrumadora importancia para dar vado a los instintos
de probidad y bondad que pocos pierden en absoluto! La causa profunda
,de la exaltación de Ganivet al rango de guia y maestro de una España
venidera consiste acaso, más que en la substancia ideal de sus escritos,
en una coincidencia de problemas de juventud. Todo Ganivet es un afa,noso tanteo de la vocación. La España de hace veinte años, ioorieotada,
-empezaba por preguntarse qué podría hacer, y los jóvenes, sobre todo
los jóvenes, los que aún no sabían a qui gene-ración iban a pertenecer, se reivolvíao, como Ganivet se revolvió, en un enredijo de cuestiones previas.

LA PLUMA
uanivet-dice en alguna parte Uoamuno-hubiera rechazado el calificativo de intelectual. Era ante todo un hombre; un creador... Cierto;
pero_ aspiró a crear por el pensamiento, y a la energía, persistencia y profun~dad de ~u pensar sacrificó no pocos ornamentos de la vida. Quería,
ser mdepend1ente, como en todo, en la función mental. Pretendía elaborar nuevas ideas, o ensayaba combinaciones nuevas de ideas recibidas
Este es un mérito que debe tenérsele muy en cuenta, porque estamos e~·
España, donde (y sobre todo en su tiempo) el oficio de escritor público
no supone siquiera la posesión de las primeras letras, y menos todavía
del ~ábito de discurrir. Escritores de fama hemos conocido que, tras de
publicar una veintena de volúmenes, han podido llevarse la mano al cráneo dicie~do: ~¿Pará qué servirá esto que bulle dentro?» Achaque viejo,.
como sena fácil demostrar buceando en esa formidable Biblioteca de Rivadeneyra, a donde a todos nos gusta decir que vamos a aprender el castellano· L o umco
' · que puede hacer creer en el reverdecimiento probable
del esplritu español es el hecho manifiesto de haberse enriquecido el
caudal_ de ideas circulantes, la apetencia más viva de adquirirlas y el
afáo-rncluso indiscreto, pueril-de lucirlas. Pero Ganivet ,fué tan inde
d"
,&lt;
-·
p~n •ente como él se propuso y se figuraba ser? Su noble esf11erzo ¿se ha
VlS to recompensado por algo verdaderamente nuevo ni sobre t~do de
~uficient~ solidez? No lo creo. Le faltaba quizás técnica; de fijo le falt~ba
•~formación; cuando rehace 1~ fisonomla de España está preso de sugestiones emocionantes, pero deleznables; pretende resolver ciertos problemas cuyos simples d:itos sólo una crítica severa podrá algún día fijar.
J?e todos los escritos de Ganivet, el ldeariitm Español es el que más .
~os '.mporta por el momento. El Jdearium es un libro •inspirado,. Le
mspira el amor a España, el sentimiimto patriótico. Su móvil profundo es
1~ necesidad de no verse-en cuanto español-solo, perdido en la historia, Y e_1 cons1gu1ente
· ·
deseo de poner a salvo los valores que naufragaban ..
El senti~o general del ldearium es de reacción anticrítica; su espíritu, de
conformidad con la tradición, que es especiosa, y como siempre, saca del
mero hecho de haberse ido formando la razón mayor para subsistir e imponerse. Tal género de escritos rara vez evitan el peligro de alterar fr[93

Q2

..

�LA PLUMA
•volamente las representaciones históricas. Pueden estar bien como efusión lírica, pero entremeter el sentimentalismo vago en tratados de filosofia de la historia, si es bueno para consolarse de añoranzas, lleva en de,rechura a éonfundir una emoción con un juicio, y al amparo de un goce
estético pasan de contrabando, como verdades probadas, las imaginaciones del autor. En el ]dearíum, libro atrayente, entre otros motivos, por
el calor y la honrada intención con que está escrito, ese defecto es obvio,
así como la flaqueza y confusión del discurso. No siempre se sabe cuándo
,el autor expone y cuándo aprueba. Pasa con excesiva sencillez de la críitica al donaire. Pretende explicar demasiadas cosas a fuerza de alegorías,
y en lugar de poner al descubierto la raíz de un hecho, lo envuelve en
una paráfrasis, en algo superpuesto que coincide con su forma, pero sin
--declararla más. Su propensión a pararse en simples diferencias verbales
entre las cosas, o, por el contrario, a establecer meras analogías verbales
entre las cosas, es funesta. Sea ejemplo su •explicación&gt; de política insular, peninsular y continental, que nada explica; o bien: la prueba de
•que los españoles nunca hemos servido para la gran organización militar,
es que a nuestro general más ilustre sólo se le llama Gran Capitán ... (Entonces, cuando nuestros abuelos le llamaban a Napoleón el Capt"tán del
.siglo, &lt;qué entendía Ganivet? ¿Que era inepto para ascender a comandante?) Una idea fundamental del libro es la supuesta e virginidad• del espíritu español; ocurrencia fútil y sin sentido, figurada en la primera página
del libro con una alegoría extravagante y equivocada, y desenvuelta lue·go en esta forma: ha habido una España romana, una España visigoda,
,una España árabe, una España europea; &lt;por qué no ha de haber una
España española?-En definitiva, esa España virgen, o esa España por
,nacer, postulan las normas tradicionales: e Continuemos-dice-con nues~tro sistema tradicional que, malo o bueno, es el fin nuestro.• El programa nacional del porvenir «debe estar sustentado en los sillares de la tradición..., porque habiéndonos arruinado en defensa del catolicismo, no
cabría mayor afrenta que ser traidores a nuestros padres y añadir a la
,tristeza de un vencimiento, acaso transitorio, la humillación de someter,nos a las ideas de nuestros vencedores.&gt; No es esto un arranque arbitra94

LA PLUMA
rio; de las corrientes de ideas que ha combatido España durante tres y
más siglos, dice: «La Reforma no fué más que la manifestación de la rebeldia latente en espiritus que acaso no fueron nunca cristianos&gt;; y la
filosofía moderna, «desde Bacon acá... es de un valor ideal nulo.&gt; Como
el personaje de cierta novela que eón un «SÍ&gt; y un •no&gt; iba al fin del
mundo, Ganivet, con esas ideas, va hasta los confines de la historia. &lt;Qué
flOS está reservado a los españoles? «España debe intervenir a titulo de
nación católica en la cuestión romana, y a título de nación cristiana en
'la cuestión turca.&gt; La cuestión romana que nosotros tenemos que arreglar es la del poder temporal de los Papas. No es para asustarse; Ganivet
,cree que el poder espiritual vencerá a la potencia política establecida en
Roma.
En general, puede decirse que Ganivet no era un crítico demasiado
sagaz~ Las filosofías de D. Pedro Antonio de Alarcón le parecen cosa
buena; del criterio de D. Marcelino Menéadez y Pelayo en los Heterodo~os españoles, dice que es amplio y generoso; de doña Emilia Pardo Bazán piensa que no debió salir nunca de Marineda; Taine le parece un espiritu poco o nada francés; Velázquez es un genio «aislado•; el propio
Velázquez, y Goya, son genios ignorantes, no porque desconozcan las reglas, sino por carencia de reflexión técnica. Hombre de prevenciones
indomables, que le hadan rebotar con asco ante el solo enunciado de algunos problemas de nuestro tiempo: «El pueblo como organismo social
me da cien patadas en el estómago, porque me parece que es hasta u~
crimen que la gentuza se meta en cosa que no sea trabajar y divertirse...
Mucho amor, y mucho palo para los pequeños.• &lt;y las pobres mujeres?
•~l p_orvenir próximo de la cuestión femenina parece ser la gradual emancrpacrón, y con ella el rebajamiento del hombre y de la sociedad. y si
llega un día en que la mujer de carrera, hoy tolerable por ser uJt bicho
raro, se encuentre en todas partes..., habrá que suplicar a la Providencia
que caiga sobre nosotros otra nueva invasión de bárbaros y de bárbaras,
porque puestos en los extremos es preferible la barbarie a la ridiculez...
La civilización trae el rebajamiento, y el caso particular este de las mujeres nos lo patentiza•.
95

�LA PLUMA
Ganivet se ha confesado y retratado en sus obras. El progama del estudio que eseá pidiendo consiste en mostrar el tránsito de su exaltación
romántica de la personalidad y del concepto que tuvo de la voluntad a
los resultados capitales de las ideas que barajó: el despotismo político
ilustrado (La conquista del reino de Maya), la restauración del ideal his•
tórico español (Idearium), y la insurrección antisocial del individuo (Lo~
trabajos de Pío Ud). No es ya prematuro afirmar, aun sin conocer las
conclusione!l de ese estudio, que Ganivet, sea cualquiera la estimación en
que definitivamente se le tenga, debe decaer de su rango de apóstol de
la España futura: ni las aspiraciones que agitan a nuestro pueblo, ni las
ideas profesadas por demagogos y pensadores de :algún fuste vienen
de él.

PIEDRA BLANCA

f

CARDBNIO

ºr este tiempo /ué cuando a la 'Vuelta
una torpe ilusión desvanecida,
a¡eno al escarmiento, le dí suelta
de nuevo al alma y la salvé con 'Vida.
~

'G'u corazón, huido a donde /ragua
la soledad su triste encantamiento,
yerto y mudo yacía, como un agua
. . to
que se estremece al blanaiJo m ov1m1en
de. sonámbulas
ondas• 'Y ,uzmago
1 ,
b
s~n. sa er mi virtud; niño inocente
tzre la P_iedra y al romperse el lago
descubnmos un mund&lt;&gt;' di/erente.
U~ mundo cuyos límites no abarca
quzen educa su vista en la costumbre;
7

96

91

�LA PLUMA
LA PLUMA

un mundo como aquel a donde el 9lrca
patriarcal arribó, cuando la lumbre
del renacido sol secó la fria
mar desbordada, fforeció el capullo
de la rosa otra vez, y la armonía
pacífica fluyó en el tierno arrullo
de una paloma mensajera.

;}/ada
de cuanto en la luz vibra y el sonido
difunde, se le oculta a tu mirada
ni deja de tener eco en mi oído.
;Jlacen nuestras dos almas una sombra
sola, fundidas desde entonces, una
sombra en pena vagando por la al/ombra
de quimérica plata, que la luna
extiende a nuestros piés en los caminos.
'Y a los dos, para siempre de la mano,
leyendo en las estrellas, los divinos
designios se nos muestran y el arcano
de nuestra vida.
!Desde entonces, sueños
y realidades truecan su figura

ante tus ojos y los míos, dueños
de la razón y esclavos de locura:
(!Dueños de una razón sin otra norma
que el propio corazón -única piedra
filoso/al- 6sclavos de la /orma
simbólica del árbol con la hiedra.)
!Después el tiempo inexorable arranca
la flor de cada día ...
6 inconsciente
ante el enigma de esta piedra blanca
que evoca una e/émerides, la gente
tal vez no alcance a comprender y sienta
m_~edo del monstruo que le sale al paso,
hz¡o _de nuestro espíritu en que alienta
lln centauro con alas de pegaso.

A UNA MUSA VIVA
cSi, ya lo sé. .Ca !Primavera
rosas enciende en las mejillas,
per~ el tiempo no tiene espera,
veras las hojas amarillas.
99

�LA PLUMA
LA PLUMA

'Verás el campo mudo y yerto
con una mortaja de nieve,
tu corazón será un desierto,
pesadumbre tu gracia leve.
0sa luz tan clara y tan pura
en que viertes el pensamiento,
se perderá en la nada oscura,
tu voz no volará en el viento.
:Por más que le aprietes la venda·
a la f é que hace andar la noria.
¿Cómo quieres que no comprenda.
que la existencia es transitoria?
~e tornará opaco el color,
y flácido tu cutis terso,
se apagará con el amor
la música del universo.
.llegará un triste amanecer
que no oirás el gallo cantar.
- !De vivir alegre al no ser
hay muy poco trecho que andar~

-musgo mísero, que no yedraborrará cuanto te recuerde.
'Ven aqui, gocemos ahora,
por que no nos castigue !Dios,
de este sol que los montes dora.
{;l mundo es de nosotros dos.
{;l aire las nubes se lleva,
los torvos pesares se van,
abandónate y sé como {;va,
_yo seré el inocente 91.d.án.
'Grasciende la divina pauta
.Y el cielo se copia en la finfa.
Slaré de cañas una f[aut~.
cloy el sátiro, tú la ninfa.
.9 (1 suave son de este concierto

el cuerpo del alma se ayuda,
cuando de la siesta despierto
estás a mi lado desnuda.
-$e desgarra el último tul
irrumpe el sol, la vida empieza
'
pintada de verde y azul
renace la naturaleza.
•

.luego después, sobre la piedra
de tu tumba, una yerba verde
100

J

-

�LA PLUMA

LA PLUMA

'JI en líquido cristal fluye la /uente

ENDECHA
'Gus pasos no delatan ya mi huella
ni me alivia el andar tu blando peso,
falta en l~ música del mundo un beso ...
!Pero aún lloramos con la misma estrella.

SERENIDAD
91,cordes la razón y el sentimiento
el ánimo viril van ya templando
y responden sumísos a su mando,
el gesto, la actitud, el movimiento.
'[J{i gira veleidosa a cualquier viento
la veleta del alma; porque el cuando
y el cómo de las cosas, según ando
por la vida me muestran su elemento.
!De suerte que me tomá ese reposo
en que la luz divina se reparte
por la naturaleza indiferente.
102

el perenne concepto con que el arte
pone paz en la lid en que ardió el coso.

SOLEDAD
'Gráeme la soledad en sus horas lentas
los mudos ecos de un a/án diario
que en cien rotas memorias, el horario
marcan del tiempo en huellas incruentas.

'JI así, vano ha de

ser que luego mientas
románticos tormentos en tu almario,
espíritu s1,1,ti/ que al incendiario
corazón soliviantas con tus cuentas.
!Porque me he visto ya en el claro espejo
de esa razón serena que en un punto
ilumina el camino de los hombres,
y no he menester más de tu consejo,
!Dolor, que con 9/,mor vas siempre junto.
cSé que uno y otro sois tan solo nombres.
C. RIVAS CHBRIT
103

�LA PLUMA

TEATROS
W AGNERISMO
recuerdo no alcanza al estreno de La Walkyria en Madrid, que tantas veces hemos o ido referir con escándalo:
¡Aquellas representaciones en que el dir~ctor llevaba la orquesta con la partitura de piano en el atnll ¡Aquella traducción castellana-¿de Luis París?-que equiparaba el drama lírico de
Wagner a la ópera española, culminante como tal género en esta frase de
la Raquel de D. Tomás Bretón:
c¡Judías para rato hay en Toledo!,
¡Aquella resistencia de los abonados, que sólo ante la «Cabalgata• se
rendian ...1 Pero aún guardamos memoria del primer Sigfríed, que e~tonces se llamaba Slgfrído, y era el magnífico tenor Giuseppe Borgatti, en
quien Naturaleza y Arte daban espléndido mentís a la teori~, después tan
en boga, de que las óperas de Wagner, mal cantadas al estilo ale~án, estaban mejor que cantadas bien al estilo italiano. La interpretación d~
Borgatti, no superada en el Real de entonces acá, unía a 1~ má~ pura emt ·
sión de voz, propia del bel canto, la fuerza, la gracia, la animación dramática, en fin, de la escuela de Bayreuth.
•
Y, sobre todo, recordamos la que pudiéramos llamar cons.zgrac{ón del
Real al culto wagneriano con lá primera serie de la tetralogía completa
y el estreno de Tn·stdn e [seo, bajo la dirección de Walter Rabi y con
UESTRO

104

varios cantantes alemanes, algunos tan excelentes como la señora Gusalewitz. Entonces fué cuando el wagnerismo, como tal profesión de fe,
alcanzó el punto máximo de su desarrollo entre nosotros. Se generalizó
en el paraíso el uso de las guías temáticas, cuando no de la partitura
completa¡ se consideró irreverente la repetición tradicional de los trozos
hasta entonces inveteradamente interrumpidos por los ap)ausos de una
claque mal educada en debuts y despedt"clas de «divos,; decreció por modo
considerable la venta del argumento de la ópera a la puerta del teatro; y
hasta se constituyó una Sociedad wagneriana, que tuvo cierta prosperi-dad y no poca influencia en los eclécticos programas de la Banda Municipal. Aprendimos los neófitos a preparar debidamente el ánimo con
ayunos y penitencias (a que obligaban las horas, mal acordadas con las de
comer, de los espectáculos wagnerianos, y la dureza y estrechez de los
asientos desti nados en las alturas a los elegidos), y aun a hacer antes de
cada representación severo examen de conciencia. Bien es verdad que,
recién salidos del colegio, no nos parecían tan rígidas semejantes prácticas de religiosa comunión, a que jesuitas, agustinos o laicos de la Institudón Libre de Enseñanza nos tenían acostumbrados a los jóvenes. Únicamente los alumnos de los Institutos del Estado pudieron librarse de tales
nor_mas y resistir con cierto ingénit0 nietzscheanismo a la tentación wagnenana, merced a la indisciplina en que se habían enseñado.
No lo decimos a humo de pajas; estos livianos apuntes para una historia del wagnerismo en España, que brindamos al erudito acaparador de
datos, son exacto trasunto de nuestra experiencia personal. Hemos cono&lt;:ido al ingénito nietzscheano suso aludido. Era compañer0 nuestro en la
clase de «Teoría de la Literatura y de las Bellas Artes,, de la Universidad
Central. Y fué el único que se negó ter uinantemente a asistir con los demás a las representaciones wagnerianas. La preparación, a cuanto decia,
le había aburrido. Nosotros, inflamados del entusiasmo que el catedrático de la asignatura acertó a comunicarnos, no comprendíamos tanta ini.ensibilidad. La preparación se nos antojaba perfecta: Nos eacaminábamos los alumnos departiendo amigablemente con el profesor hacia las
primerílS frondas de la Moncloa, presididos sin duda por el romántico es105

�LA PLUMA
piritu de Rousseau, y logrado que habíamos el primer banco libre, el más
despierto de la clase abría la traducción de la Tetralogía, de venta a la.
sazón en la Contaduría del Real, y en medio del grupo que en derredor
suyo formábamos los demás, hasta seis u ocho, empezaba a leer:
«Acto segundo, Lugar abrupto. Aparece Brunilda en lo alto ?e una roca.
WoTAN
(Al pie, con escudo y lanza.) ¡Apresta tu corcel, virgen guerrera.
apresta tu corcell
.
BRUNILDA.
¡H6 hetoh6! ¡Ho, hotoh6! ¡Hotoh6!» (el lector asp~ra~a 1~ hache
fuertemente, pero no elevaba la voz con alardes h1Stn6n.:cos. antes bien, Ida con sobriedad y mesura). •1Aaay, háya1. ¡Aaay,
háyai...l•
Luego, en el teatro, guía en mano, comprobábamos con regocijo que
la austeridad del director alemán no nos escamoteaba ninguno de los largos parlamentos señalados en el libro c~n un asterisco-:--para eterno op:obio de la tradición ¡taliana que se atrev1a a cortar el hilo de las Parcas.
las discusiones familiares de Wotan y Fricka, o la relación del Viajero-,
y la comprobación de nuestra resistencia nos servia de descanso y nuevo
aliento para los actos sucesivos.
La guerra, que tanto ha influido en los destinos del mundo neutral.
en el que va incluido el sereno limbo de las Artes, ha trast~ocado órdenes y jerarquias, derrumbado imperios kolosales y descubierto muchas
fuentes cegadas. ~Que se ha hecho de nuestro wagnerismo?
La facilidad que en el desequilibrio económico de Europa hallan las
Empresas para proporcionarnos espectáculos inasequibles antes al público madrileño, nos ha deparado el poder asistir, no ya a unas cuantas representaciones de Wagner-perfectas en punto al estilo ~onvenient~ a
tales óperas y sobresalientes en lo que hace a la acabada mterp ·etac1ón
de algunos papeles principales, como los encome~dados a l~ ~eñora
Dahmen, al señor Kirchof y al señor Lattermann-, smo a la rev1s1ón de
nuestro wagnerismo de un tiempo, y deducir una enseñanza decisiva, que
bien pudiéramos condensar en este grito: ¡El wagnerismo ha muerto!
¡Viva la música de Wagnerl
De todo el aparato retórico, de toda la balumba pseudofilosófica, del
106

LA PL U ~l A
concepto grandioso cuya realización corona en Bayreuth el imperio germánico del arte, quedan una ópera magnifica, Trlstdn e /seo, algunos ac-tos de otras, modelos de expresión dramática por medio de la música, tal
cual escena sublime, y un mundo de cartón-piedra y oropel escénicos envuelto en el vapor de agua y las fogatillas con que se figura en el Real
cel fuego encantado•.
Por lo que hace a los espectadores, se ha llegado a una transacción,.
que hubiera parecido antaño imposible, entre el patw y la cazuela. Se
consienten y disculpan las estridencias de algunos ejecutantes; se permite
la admiración calurosa al protagonista, con menoscabo de la adhesión a~
conjunto indisoluble; se agradecen los cortes en la partitura, y ya no se
hace demasiado hincapié en las diferencias, antes fundamentales, entre la
gran ópera y el drama lírico, diferencias que no están tanto en la pretendida superioridad del argumento wagneriano sobre el libreto de Meyerbeer, cuanto en la dignidad artistica de una y otra música.
La experiencia hubiera sido cumplida si la Carmen cantada después
de la Tetralogía, justificara con una interpretación menos desmayada el
entusiasmo de Nietzsche por la posibilidad de una música medite"ánea,,.
melódica, sana, natural; y más todavía si en el repertorio del grupo francés se hubiese incluido el Pelkas et Melisande. As{ como así, la batalla
está empeñada ahora en el Circo de Price, en torno a Debussy. El público de la Quinta y La Revoltosa, de la Overtura de Tanhauser y La boda
de Luis Alonso, ha protestado la /ben.a del autor de L'apres midi d'unfaune. La culpa es del Sr. Pérez Casas, que acata la dirección del Circulo
de Bellas Artes en la confección de sus programas. Bien está que se proteja y estimule la produccióu art{stica nacional; no es la mejor manera
pretender sacar al glnero chico de las casillas donde yace. El señer Arbós,
a quien vimos dirigir un Concierto de música española el año pasado,
en la Ópera de Paris, pudiera decirnos si aquel público tan comprensivo
supo o no discernir entre el fárrago de Pows gitanos y demás colorines.
locales, la música, española si, pero música sobre todo, de Manuel
de Falla.
Pero los bailes rusos anuncian su vuelta a Madrid para la próxima,.
107

�LA PLUMA

LA PLUMA
primavera. El estreno de El sombrero de tres picos será digna señal de la
.colaboración española en la Sociedad Artistica de las Naciones.

FLORENCIO SÁNCHEZ
No para estrechar lazos, que de tan apretados ahogan a veces, sino
para representar comedias, ha venido a Madrid la Compañía Argeatina
de la señora Camila Quiroga. El éxito no ha podido ser más halagüeño .
Desde el primer dla la prensa batió palmas en su honor, y el público, un
tanto remiso en acudir, llenó el teatro en las últimas representaciones.
Bien que no hayamos podido asistir a todas, faltos de tiempo, harto
aprovechado por la Compañía en dar variedad al cartel, y nada sobrados
de plata con que pagar los elevados precios señalados a las localidadespues la D irección artlstica, con exagerado respeto sin duda a nuestra independencia crítica, no nos ha favorecido con ningún billete de los prodigados a los periódicos-, hemos conseguido formar juicio acerca del
teatro sudamericano-ya que no sin cierta preferencia por:los autores ar,gentinos, se nos han dado obras de algún escritor chileno y, las mejores,
de un uruguayo.
No era desconocido en España el nombre de Florencia Sánchez, e incluso José Tallavi había representado con poco éxito en el Español un
drama suyo, Los muertos. Ha sido, con todo, para nosotros una revelación,
y es de esperar que, visto el triunfo de Ba"anca abajo, alguno de nues·tros primeros actores lo incluya en su repertorio.
A nuestro entende.r, Ba"anca abajó es la obra maestra de su autor,
,cuya temprana muerte añade tan romántica simpatía a su figura. Los mis,mos elementos que componen en términos generales el resto de su teatro-de que hay escogida muestra en una reciente edición d@ la cEditorial Cervantes•, de Valencia-, lucha entre padres e hijos, la fa,alidad
-del medio ambiente, la enemiga entre el campo y la ciudad, el anárquico
pesimismo que la realidad le inspira, se concretan con simplicisima y
,grande fuerza dramática en Barranca abajo, donde el color local, la re1,producción exacta de tif,OS y paisajes, la viveza del diálogo, sólo sirven
1o8

de marco a un conflicto sentimental que, si circunscrito en su apariencia.
exterior a caracteres argentinos, alienta con una pasión humana que lo
hace universal. Hasta Florencio Sánchez, el teatro rioplatense bárbaramente popular en las primitivas pantomimas de circo gaucho, mera adaptación de los géneros inferiores del europeo en las primeras comedias na-cionales, podrá ser de costumbrts más o menos argentinas, pero no es
teatro. Después ...
Después, y por lo que hemos visto, es demast'ado teatro, en la peor
acepción de la palabra. Se parece harto al mal teatro de todas partes, y
especialmente al italiano. Las comedias de salón se parecen al teatro italiano imitado del francés. Cierto que, dicho sea en honor de los dramaturgos sudamericanos y contra la mal enteadida protección que se dignan,
dispensarles algunos críticos de la madre España, no pretenden seguir
las huellas de Calderón, Lope, ni Tirso. Ventajas de no tener tradiciones
arraigadas... en las columnas de los periódicos.
La Compañía de la señora Quiroga es buena. El conjunto que ofrece·
es muy superior al de cualquiera de las españolas. Interpreta acabadamente las obras de carácter popular. Se ve que los actores argentinosimitan el ejemplo de los italianos, y aún mejor diríamos que lo son. La
señora Mancini, los señores Escarsela, Acchiardi, Olarra y Fregues, la señorita Arnoedo, son cómicos de primer orden. La señora Quiroga, muy·
bella, los preside dignamente y, lo que es más, nunca sacrifica a su lucimiento personal el reparto de una obra, ni condiciona su representación,
la circunstancia de tener ella o no el primer papel.
Los actores argentinos han ido de Madrid a París. ,Alli verán cómo,
todo el arte teatral no está en el Boulevard ni en el Francés. Ni se arredren melancólicos ante los esfuerzos de Gémier por bajar del escenario
a la pista, de que sus antecesores argentinos desertaron. Verán que el
teatro más moderno, de tan realista o de tan idealista, no tiene decoraciones. Lo cual evita, por lo menos, el ponerlas malas.

UN CR1TICO INCIPIBNTB

�LA PLUMA

APUNTES PARA UN A GEOGRAFÍA
MUSICAL DE E-UROPA. 1920
IV INGLATERRA
de las cosas que parecen haber sido carac~erísticas de
Inglaterra, fué la fidelidad guardada a l~s pas1~nes que la
conquistaron del modo más rápido e 1m1:rev1sto. ~o~ lo
menos en arte, o, más por lo menos todav1~, en, mus1ca.
En este aspecto, Inglaterra tiene con Esp·~na mas. de un
punto común; pero en el plano de su modernida~ musical, 1~ ?1f~rencia es completa, porque mientras lo que caracteriza a la nac1on msu:
lar es su firme voluntad de tener un estilo moderno, entre nosot:os, s1
existe éste es bien a pesar de la pluralidad de gentes de) ,ofic10. No
hay que c¿ntar, claro está, co~ los «s_eniors» de la ~rofes1on: En ln.glaterra, tanto como en Espana, se dieron una mana especial para
erigir una falsa tradición a la que rodearon de todos los resp,etos Y,
como era falsa, daban el grato espectáculo de q?e ~ua nto mas acatamiento guardaban a sus formas exteriores, ma~ hndam~nte se les
escapaba el espíritu de la cosa. Si hoy pretendiese algmen qu~ el
modernismo tan activo despertado en Inglaterra ?es?e fecha re~ien\te, no es más que una repetición del fenómeno md1cado, podna teNA

m

11er apariencias de razón si, por fortuna, aquel país no contase con
.algunos músicos que, esta vez, hagan creer que se trata de algo de
más hondo arraigo.
Amorcitos ligeros de solterones a los que se guardó luego fidelidad perdurable. La vieja gran Bretaña: comenzaba a aburrirse de
sus músicos isabelinos, cuando llegó como un cometa de radiante
cabellera el exuberante Haendel, todo sonoro del más espléndido
italianismo operístico. Un siglo después, todavía reinaba sin rival en
los corazones más embebidos por el sentimentalismo de las «ballads»
cuando otro hermoso invasor, galantería llena de encajes los emborrachó con su perfumado marrasquino; Mendelssohn tenctría todavía
en Inglaterra una adoración muy estilo Nuevo Testamento, tanto
com_o Haendel lo f~~ al estilo del_ Viejo, si otro músico de las postrimenas del Romanticismo no hubiese aparecido por el Oriente rena110 con todas las exigencias del perfecto músico protestante.
La impersonalidad brahmsiana era, en efecto, la más perfecta hechura en que acomodar el espíritu musical inglés de fines de siglo.
'Toda la música victoriana parece la creación irremisible de un pastor
evangelista. Tschaikousky fué después su último estremecimiento.
Luego, pasa de un salto a la época moderna, en donde las más diversas tendencias conviven con los residuos tradicionales en una
amable e indiferente cortesía.
La fragmentación c!el credo actual se apodera de Inglaterra sin
haberle dado lugar a gustar de las efímeras irisaciones del simbolismo y del impresionismo. En música, simbolismo quiere decir estéti-0a, e impresionismo, técnica. Cualesquiera que sean las tendencias
de los novísimos compositores ingleses, hay en ellos menos intención del inte.riorismo peculiar de aquella estética, y menos luminosid_ad '! frescu_ra externa pr~pia de los materiales que utilizaba el impre-s1omsmo. S1 se busca que es lo que constituye el esqueleto de un
arte, esto es, el sistema orgánico que le hará tenerse en pié, se en•contrará que, naturalmente, es un principio constructivo, y será él
1~ que ~segure su ~liación con mucha mayor veracidad que sus manifestaciones exteriores. La herencia artística, como la fisiol~gica,
n? se obtiene por procedimientos circunstanciales, sino por filiación
directa. De aquí la conveniencia de los cruzamientos que en arte son
tan eficaces cuanto combatidos.
11 I

u,10

�LA PLUMA

'

1

LA PLUMA

Fuera de Eugene Goossens, que siendo el mus1co más ~onsiderable de la joven escuela inglesa, no es un inglés de raza, los demás
muestran en su sistema óseo demasiado homologismo con lo escolástico de su país para hacer sosP,echar que lo joven en ellos no es
más que sus treinta años. Diversos «ismos&gt; los caracterizan; pero en
ellos-como también en Italia y en España-esos matices, ¿son algo
más que veleidades? Vemos unos orientalismos puramente superficiales, unos modernismos «fin de siecle&gt;, unos nacionalismos que
andan informándose, indagando razones que presentar, y hay 1 final
irremediable, unos tradicionalismos que se remontan, como en todas
partes, a los tiempos heroicos del clave y la espineta.
Pues, con todo eso, la música contemporánea de Inglaterra tiene
un color propio, y no la aqueja ya aquella impersonalidad de sus antecesores. ¿Y en qué consiste? Pues en el fenómeno general que se
observa en toda la geografía musical europea, y que consiste en que
la gente nueva descubre lo que, !:iiendo tradicional er.. su país, lleva
en su fisiología, ¡;erfectamente asimilados, gérmenes de un exotismo
renovador.
Clara y lisamente: que su organismo artístico está «mejor alimentado&gt;. (Academia=cristalizacióo. Conservatorio=clorosis. Aquéllo significa parálisis; éstos, degeneración.)
Pero véase que una cosa muy importante diferencia el poder de
asimilación de los jóvenes músicos ingleses, consecuencia de su
buen deportismo, de las ifl\Ítaciones pasivas, exteriores y sedentarias de las viejas épocas a la moda de Haendel, etc., etc.
Nosotros pondríamos un nombre a esa función del excelente organismo de los jóvenes ingleses: «facultad de occidentalizau. En
efecto, ahora que se habla de un occidentalismo musical de creación
reciente, se ve que es la nueva escuela inglesa quien ha sido la iniciadora. No tenemos mucha simpatía nosotros por esa facultad, cuyos ingredientes son ciudad
sociedad. Algo gris, gasolina, gran
hotel y smocking a sus horas. Entre la facultad de asiaticismo de
los rusos, de mediterranismo de los franceses o la del expresionismo
actual de los alemanes, que consiste en encontrar la tripa de carnero
a través de la cuerda de violín, desde luego preferimos las dos de
en medio.
Si se me pre¡untase por algún ejemplo de lo más típico de: ese

occidentalismo, contestaría sin re
Lord Berners, profundamente disti~~~o mostrand? ~ &lt;?oossens y a
les-por lo demás-, y tan gran hom~reen sus ?tstmhvos personateur e~te otro; Goossens con su creciente d~~~2c10
aqttél, como ama1
• ª " n por la dureza y la
enérgica expresión de ¡0 pétreo y 10
se en puntas d e .:nstal
·
estallido d mticizo
. .
, Berners con su romperzadas en todas direcci¿nes.
e ns,1s cortantes como aristas, lanEllos, tanto como los músicos de tend
.
~han-Williams, nacionalistas como lrela enc1as_poéticas, como Vaunl Scott, u ori~ntalistas como Bantock-~~• o P!ntorescos éomo Cynos vamos aleJando demasiado de
\J no c1!amos más, porque
parse por la riqueza del color y la 192~)~d c0m1enzan a despreocupe~~liare_s a las primeras músicas ~:~c'f~' ad _del material sonoro.
Mus1cos ingleses de menor nombradí: g o, mixtura r~so-francesa.
más fieles a esos principios en cuy d , ~ero . muy estimables, son
do Scriabin y Schoenberg es
~ eca enc1a tal vez hayan influíBerners parece enfrascado ~n d~~~:~~s e atent~mente ~n las Islas.
do fórmulas casi algebráicas
F. xpres1ón musical, buscanGoossens busca en algo que ta;;:;,.:us ragmmts pkysiologiques, y
gún informes reservadísimos en ~ n 1:reocupa en Alemania Y, seun sistema exclusivamente
á . spaSa: el fundar la música sobre
acaba de estrenar seria di ná ~tco. u poema Etern«l Rytkm que
I
A
d d S
n m1camente lo qu
Tr
• •
ccor: e choenberg es al arm . _
e e1 vcrscluedenu
Ahora toma
ontsmo puro.
trales.
mos el tren para buscar a éste en los países cen-

di

ADOLFO SALAZAR

+

112

8

113

�LA PLUMA

BUSCANDO SU HUELLA
C:omo arriba
no le encuentro,
la escalera
bajo presto:
quizá le halle
en el huerto.
CVoy al banco,
voq al seto,
voy al pozo, b4jO el tilo
predilecto;
llamo y busco,
voy y 'Uengo,
más... en vano,
que en el huerto,
cual arriba,
nada veo...
C:omo manos invisibles
van los vientos
a su paso
sacudiendo
con gran furia
,14

los abetos.
..Clueven hojas
llueven pétalos ...
&amp;n el pozo verdinegro,
sacan agua:
sube el cubo y va gimiendo.
C:on angustia
voy y vengo;
por la verja
salgo y entro.
CVuelvo arriba...
Qrave y lento
el reloj
mide el tiempo...
..Cos salones,
en silencio,
se recogen
tras la sombra y el misterio.
'llna 9,tusa
alza el dedo

señalando
hacia el cielo...
'Godo solo
todo escue;o
como páramo,
cual desierto
'
como triste
cementerio...
cSalgo al punto
Y el extenso
corredor
atravieso.
&lt;Subo al alto ' mas t,10 mzsmo·
•
nada encuentro
.
.Ca veleta,
···
en extraño voltejeo,
hace burla
de mi duelo.
fe_or el largo caracol
szlba el viento
.Ca redonda ci:raboya
es un ojo que da miedo...
.Coca, bajo
los estrechos
escalones;
huyo luego
por los grandes
aposentos
silenciosos,
Y de nuevo,

-

angustiada,
corro al huerto.
.l:os
rincones escudrzno,
.J
touo exploro, toJ
uo veo·
la avenida
·
de los fresnos
el ruinoso cobertizo
.
donde duermen los cone¡os
e l estanque,
'
los senderos
los recodos.:.
¡fN~da encuentro/...
¡fNz sus pasos
hallo impresos
en la tierra!
¡fNi los ecos
de su voz
guarda el viento!
fJdo es todo,
nada espero;
han volado
los
gorriones
de los suen-os,.
•1
J
soto queuan
los recuerdos
como buhos
agoreros...
'Una lágrima rebelde
una lágrima de fuego:
rueda y cae
por el suelo

'

�LA PLUMA

-gruesa gota
que, sediento,
traga ansioso
el sendero.'Goca y entra
el temido sufrimiento...
'JI a su yugo, resignada,
tiendo el cuello...
,..fJunto al tilo
predilecto,
-ya sin hojas,
cual fatídico esqueleto,sobre el banco de madera,
caer dejo
el gran fardo
de mi cuerpo...

';}legra nube
cruza el cielo
cual un torvo
pensamiento,
cual presagio
de un gran duelo,
9,(,uere el sol;
hunde el viento
sus rencores en las ramas;
tiembla el seto,
y en el pozo
verdinegro
que los musgos
han envuelto,
la mohosa carretilla
lanza un grito lastimero...

MARIA BNRIQUBTA

116

LIBROS Y REVISTAS
Jnllo Camba.-La rana r,iajera.-•Calpe•, Madrid-Barcelona,

1920.

Al pie de la cubierta y frente al título de la casa editorial, se lee: Los humoristas. Est~ rana viajera figura, pues, clasificada por el coleccionista en un rango literario que la define ante el lector, para quien "l libro ha de ser, por la
etiqueta, cosa densa. Al crítico le quedan dos caminos para juzgarlo: Limitarse a la autoridad de las retóricas y decidir si está bien o mal según se ajuste o
no a los preceptos doctrinales del humorismo como tal género clásico-aprendido en las clases-, o deducir lo que es el humorismo de lo que los humoristas-con voluntad de tales-escriben. Nosotros preferimos este segundo criterio. Y con arreglo a él se nos muestra el humorismo, por arte de Julio Camba,
como amenísima manera literaria de decir en broma las cosas de sentido
común.
Julio Camba confiesa lisa y llanamente en las dos primeras págiuas, la
intención del libro: Hace ya algunos años, el director del periódico doude a la
sazón escribía, le mandó al extranjero. •Mis artículos de entonces-dice-,
como los que más tarde escribí desde otras capitales, tenían la pretensión de
estudiar experimentalmente el carácter nacional, pero el único sujeto de experimentación que había en ellos era yo mismo. Yo estoy en mis colecciones
de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol...
Y si lo que quería mi director era observar el efecto directo de la civilu:ación
europea sobre un español de nuestros días, ahí tiene el resultado: una serie
constante de movimientos absurdos y de ,.ctitudes grotescas. Ahora el poeta
vuelve a su tierra, es decir, la rana torna a la charca... ¿Cómo encontrará su
charca la rana viajera, después de una ausencia de tantos años?
•Mientras he estado ea el extranjero, yo he tenido un punto de referen.cia
para juzgar los hombres y las cosas: España. Pero esto era únicamente porque
yo soy español y no porque España me parezca la medida ideal de todos l?s
valores. Ahora, y para hablar de España, me falta este punto de referencia.
Forzosamente haré comparaciones con otros países. Y no sólo resultará que
España no puede ser un modelo para las otras gentes, sino que no sirve ape117

�LA P L U l\J A
LA PLUMA
nas para los mismos españoles. La rana encontrará su charca muy poco confortable.•
Continúa por lo tanto Camba la dirección moralista del grupo de escritores
conocidos en bloque por la «generación del 98•. Sólo que al tono elegiaco ha
sucedido la alegre ironía, y al énfasis serio, la simplicidad ligera. En el fondo
la intención satírica es la misma, y el mismo también el lírico egotismo de entonces, si bien disimulado cuidadosamente, con cierto pudor, que evita toda
expansión propiamente poética ¿Esta limitación preconcebida, puede llegar a
constituir un defecto por encallecimiento de la sensibilidad? En todo caso preferímoslo cien veces al exceso contrario.
Fino costumbrista, agudo observador de la realidad diaria en su aspecto
cómico, ha sabido Camba en sus crónicas de El Sol-de que son excelente
muestra las reunidas en este volumen-conferir a su obra una dignidad rarísima en la nefanda literatura de los periódicos, dignidad no tanto literaria cuanto de intención, por el espíritu liberal quP. anima sus divertidas moralejas en
las que siempre se advierte un sincero propósito antifilisteo.
Si por acaso el lector echa de ver en las sátiras de La rana viajera cierta
falta de imaginación, es decir, de esa voluntad de interpretación cómica del
mundo por la reducción de la realidad al absurdo, con que suele por lo general mostrarse el humo,- de los humorislas extranjeros, ello demuestra hasta qué
punto el humor de Camba se alimenta en la observación directa de la vida española, de suyo tan absurda y disparatada que háse\e de buscar el contr~ste
grotesco inventando paraísos, perfectamente terrestres en cualquier otro clima
espiritual.
.
Ha conseguido Camba una popularidad merecida y, lo que es más, _la ¡usta
apreciación ele su esfuerzo artístico púr huir de los dos grandes enemigos d~l
espíritu del escritor: la vulgaridad, en que se pierden los afanosos de glona
callejera, y la pedantería, en que se malogran los sedientos de lisonjas de corrillo. Habrá quien quiera confinarle en el género chico, diciéndol~ ~ue el género chico es el grande, y quien pretenda incitarle a hacer oposiciones a la
cátedra de Salmerón&gt;, valga el tópico anacrónico. Camba, que merced •a la
vis cómica nativa ha sabido ascender del periodismo a la literatura-aún hay
ciases-, nos debe, con o sin etiqueta de humorista, un libro nacido para tal, no
sólo la selección anual de sus crónicas, cuyo mayor precio a nuestros ojos está
en el sentimiento de unidad que las preside.
C. R. C.

•••
Ra~ón Gómez de la Serna.-El drama del palacio deskabitado.-EditorialAmérica, Madrid.
Reúae este volumen cinco poemas dramáticos en prosa, escritos hace ya
tiempo por su autor, e incluso publicados separadamente en ediciones juveniles, según dice la advertencia inserta a la mitad del libro, donde se cuentan
ade:nás algunas curiosas vicisitudes de tal cual de estos ensayos teatrales en

J18

su n~nnata vida escénica. ~o se induye_ el más interesante acaso, si no nos
enga°:a nuestro buen recue_rdo de su pnmera lectura, el titulado Un cuento de
1
Calle1a, recientemente reimpreso por la Editorial de este nombre· e
•
Beatriz, ~fortunada réplica a ~a Salomé de Osear Wilde, que con el adtE
El lunát1C11, nos parece lo me1or del tomo.
'
No quiere Gómez de la Se_rna que sus dr~mas formen parte de ese «es antoso Teat,:o para leen. ¿Cons1gu_e su propósito? A nuestro juicio, no. Un &amp;-ítico ext_ran1ero, grandemente aficionado a la producción de Gómez de la Se
le estima como uno de los mejores poetas españoles contemporáneos ri:1•
duda alguna, el gran temp7ramento literario de Ramón, como él gusta ll~a~~
se. a. sec~s, propende al hnsmo, y a~aso uua de las razones a que se debe su
o~~g1nahdad está_ en _la desproporci6n, el desequilibrio entre los temas ue
ehJe Y su expres1óu madecuada, voluntaria, conscientemente arbitraria. q
Adolecen, pues, su~ dral!1as de falta de vigor dramático, y, no ob4stante !&gt;U
b~eved~d, de ~x_ceso hterano, ?e poca concisión. Más que tales dramas son
divagaciones lineas en prosa dialogada.
'
Es verdad que la ma~or parte, si n_o todos, son obra de juventud, primeros
tanteos en que lo_ más digno de aprecio, cuando se publicaron, era su rebeldía
a las normas cornentes entonces; y si hoy no seducen desde luego al sim le
lector, como alguno_s trozos escogidos de la literatura posterior de Ram~n
son suipamente curiosos para el crítico, que ve esbozuse en ellos ¡¡,_ maner~
Yª tan acu_sada y personal de este escritor, sin duda el más literato de los jóvenes nacidos al mundo de las letras después de los que en la actualidad ostentan y aun detentan el nombre de maestros.
•~nevas carpeta~ con dramas esperan la hora propicia de un teatro que
necesite el repertorio del que no quiere ir al teatro.• A buen seguro, que por
~';1Y apartado del nu~stro que pueda ser cuenca el criterio artístico de Ramón
?!lle~ de la ~erna, siempre nos sorprendei-á con nuevas muestras de ese esp1ntu mdefin1ble que alimenta la obca del verdadero artista.
C.R. C.
• **

~~a~

Romain Ro,lland.-Clerambault. Histoire á'une conscience libre pendant la guerre.-Pans, Ollendorff, 1920.
í «Pa~a mí-dice Cl_erambault-es libre el hombre que puede desprenderse de
~ frop10, de sus pasiones, d e sus instintos ciegos y de los del medio y de los
e momento, n~ para obedecer a su razón, como suele decirse-la ;azón tal
co:;io la entendéis, es un engaño, es una pasión más endurecida intelect~ali:;'" a, Y por tanto fanatizada-, sino para tratar de ve~ por encim~ de las nubes
he J?Olvo que levant:1n los rebaños en el camino del presente, para abarcar el
d onzo~te, a fin de situar lo que sucede en el conjunto de las cosas y en el or~n umversal.:. para op~n~rse con plena conciencia [a las leyes del universo)
siuson ~ontrana~ a la fehcida? y al bien. Porque la libertad consiste en esto
q e e 1 ombre libre es por s1 solo una ley del universo, ley consciente, únic~
que está encargada de hacer contrapeso a la aplastante máquina ... • Cleram119

•

1

�LA PLUMA
bault adquiere penosamente esta idea-idea capital del libro-y la formula,
poniéndola como base de su polémica contra todos los que. sea rutina o cálculo, se dejan engullir por el calma multitudinaria•. ~ntes de hacer ese d~scubrimiento, Clerambault-poeta famoso, burgués feliz, no muy sobrado de rnteligencia-no era libre: no era libre en la paz, pues no se hab1a preguntado cuál
podría ser el valor verdadero de sus ideas generosas y vagas, ni de su creencia
en el advenimiento próximo de la fraternidad universal, confrontándolas con el
«conjunto de las cosas•; no era libre en la guerra, al comienzo, cuando apenas
repuesto del estupor que le produjo el derrumbamiento de sus ensueños, se
puso a cantar, confundido con la turba, «despersonalizado•, la guerra y la patria. La furibunda acometida que da a la patria, a la nación, cuando están en
guerra, no la dió contra el ficticio r~~oso anterior, bajo_el qu~ ~e escondía un
orden podrido, En el fondo, tan prisionero de la multitud v1v1a Clerambault
antes de la guerra, como al arrojarse al arroyo del boulevard, 3:ullando su patriotismo; pero en esa segunda postura. hundido _m,oral y m~tenalmt;~te en las
turbas, víctima del contagio, está lamentable y ridículo, ébno. Un h1~0 de Clerambault, Máximo, se alista voluntario. «Una oleada de alegría heroica arrastraba a su generación. ¡Hacía tanto tiem~o que aguardaba (yaº? se atrevía ª. esperarla) una ocasión de obrar y de sacrificarse!» Cua?do las n~gr_atas r~ahd~des de la guerra. sin quebrantar el ánimo firme, enfrian el ard1m1e~to Juvenil
de los primeros tiempos, y se inicia la divergencia de los combatientes con
los civiles en la apreciación del giro de la campaña, Máximo perece. Golpe
terrible, que despierta la conciencia de Clerambault. En rigor, era hombre 9.ue
había reflexionado poco. El infortunio, que a muchos les hace con~~er a Dios,
a Clerambault le cura de frivolidad. Pensando en la muerte del h1Jo, se pregunta: «¿Para qué? ¿Por quién? Era men':ster. al m_enos ~ersuadirse que por algo
grande y necesario.• Pero: «aunque tuv1ese1s vemte mil veces más razón_ en la
lucha, la razón ¿vale los sacrificios con que hay que pagarla?• La conclusión_ es
negativa. En la guerra, quienquiera que sea el victorioso, siempre es vencida
la Humanided. Y entonces, sobre el pobre Clerambault, se desploma esta verdad: el culpable del estrago, el culpable de aquel derroche de las energías juveniles de Europa, es él, y con él su generación, la de los hombres maduros,
que han ofrendado la sangre de sus hijos al ídolo patriótico, en que no creían;
ante los muertos se acusa, y les pide perdón. Es el momento en que _la conciencia de ClerambauJt cobra libertad; es come si adviniese a la dignidad de
hombre: «Todo el que es hombre de verdad-dice M. Rolland en el prólogodebe aprender a estar solo en medio de todos y a pensar sólo por todos, Y
caso necesario contra todos.• Clerambault lleva valientemente el. fardo de su
su libertad. H;cen falta almas como la suya: «por la sumisión cadavérica de las
iglesias, la intolerancia sofocante de las patrias, y el unitarismo _entontecedor
de los socialismos, volvemos a la vida gregaria.• ¿Y cuándo más mtolerante la
patria que en el trance peligroso de una guerra? Clerambault emprende contra la aberración del instinto patriótico, contra la inútil matanza, contra el heroísmo infecundo, una aventura desigual. No le basta que la luz se baga en su
alma: quiere desligar su responsabilidad e impedir que se pierdan todos; la
alternativa es clara: o dejar que el daño SI! cumpla, dejar que los demás se
120

LA PLUMA
pier?an, o arriesgar.;e a hacP.rles daño, a lastimar su fe, a granjearse su odio
por mtentar salvarlos. Clerambault acomete la gran quijotada. Publica su e Demanda de perdón a los. I?uertos•, un adi_6s a la patria que amó. «¡Patria! ¿Po.t
qué nos has hecho tra1c1ón?... P~tna vendida a los ricos, a los traficantes con
el ~lm~ y los cuerpos de l~s naciones... que te gozas en encender el celo san1:umano de los pueblos, diosa de presa, falso Cristo que revoloteas sobre la
mata!lza, con tus alas en cr_uz y garras de halcón. ¿Quién te arrancará de nuestro cielo?• ~lerambault se p~e~a la vida. La familia y los amigos le abandonan;
una campa°:ª de rr~nsa, dmg1da por su camarada más antiguo, Je denuncia
com? enemigo pú_bhco; encartado en un proceso «contra el gran complot derrotista•. un patriota frenético lo asesina.
Monsieur Roltand advierte desde el principio que este su libro no es una
novela. En efecto, es un libro de historia y de moral. Describe la repercusión
de la guerra en un espíritu honrado, since1:o y generoso, pantalla puesta por
el autor para proyectar sob_re ella los conflictos que agitaron la vida intelectual
Y, moral en_ cuanto se. ro~f)IÓ la paz _de Eu_ropa. El propio Clerambault apenas
si es un ca1ácter, un 10d1v1duo, un tipo. Cierto que padece .-o sus sentimien!OS personales, en su afecto de marido y de padre; pero eso, en realidad, nos
interesa poco, nos conmueve poco; se ve de sobra que eso no tiene más que
un valor figurado. En Cl_erambault se agita y sufre una conciencia que no siempre p_are_ct; encerrada, s1 puede decirse así, en los límites extrictos de una pers~na 1nd!v1d~al; creemos ve1 un alma enorme, difusa, prendida aquí y allá,
P r los ambitos del mundo, a las vidas torturadas de que es vocero Clerambault. Lo q11e nos importa en este poeta es el conflicto mismo que define y representa, Y en la medid_a que el conflicto se ha insinuado en nuestro espíritu.
El autor h~ye de reducir el tema a un caso dramático particular, y desde un
punto de vista de filósofo de Ja historia y de moralista juzga a Jos hombres en
l.a guerra, Y_ sus móviles, y el valor de las ideas que soÍían defender: el fallo es
condenatono.
Aunque no sea «Clerambault» un libro autobiog1·áfico las observaciones
:\1. Rolland ha podido_hacer a su propia costa desde 19'1 4 se hallan de seg_ 0 aprovechadas en la pintura de los desengaños y malandanzas porque atrav;er5a el apóstol del humanitarismo. Y también se saborea esa experieneia en
~ ~rm~nto á~ido qu': destilan muchas páginas, por las que desfila usa galería
e tipos (sab10s, escritores, políticos militantes, y gente! sin notoriedad: burgueses, soldados), en algunos de los cuales se aglutinan rasgos tan peculiares
ue nos tienta el maligno gusto de ponerles un nombre conocido El curso de
1&lt;Ios
' ·
·
b'1 est ª d os d e _ammo
porque ,·a pasando Clerambault no es ciertamente
autod ~gráfico. ~a id~a ~eueral del libro ha obligado al autor a suscitar en el alma
e persona1e principal todas las reacciones imaginables que podía producir la
iUCrra. Cada una de ellas, aislada, es verdad históricamente· quien más quien
menos,_ei~ nuestra corta experiencia personal, todos hemos podido comprobar
que existieron. Verlas pasar por un mismo sujeto ya es muy raro; el arre!)ato
bon ~ue el gran corazón de Cleramhault se va aohiriendo a ellas hace de este
re un ser descomunal. Así, tras el primer desengaño de s~s esperanzas
,pac cas, Clerambault se abraza al embeleco de la «guerra contra la guerra».

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qi:

ºm

12(

�LA PLU.MA

LA P L U 11 A
•Quería persuadirse que aún podía aceptar el hecho de 1~ g~erra y participar
en él, sin renegar de su pacifismo de ayer, de su humamtansmo. de anteayer,
ni de su optimismo de siemprt-... Clerambault ccmeozab~ a ~abncarse una tesis, un ideal-absurdos-donde se acordaban los contrad1ctonos: la guerra contra la guerra, la guerra por la paz, por la paz eterna.• Esa fu~, durante las hos- .
tilidades la tésis oficial, y sirvió para lo que los no conformistas _b~n lla!11ado .
después pintorescamente e/e bourrage du cr4ne•; en ella no participó, cierto,
M. Rollaod, que desde el primer día se colocó cau-dessus de la melée• y emprt-ndió su resonante campaña por la unidad moral ~e Europa y l?s derechos
primordiales de la humanidad. Cabalmente, en este libro, coronamiento de sus
polémicas de esos dños, M. Rollan~ _fustiga a lo_s pens.1;dores conterráneos suyos que pusieron la Razón al serv1c10 de los odios nacionales. cEn l~s guerras
de hoy día, que engloban a pue~los entero~, se hace lev~ del pensamiento; tanto como los cañones, el pensamiento mata, mata el alma, mala más allá de l~s.
mares, más allá de los siglos..• A las insa~as de los pensadores de Al~mama
respondieron sin tardanza las extravagancias de los h~bladores de Pans y ~e
otras partes.• Clerambault ap:e~dió que Kant _conduc1a a Krupp, tr~gaba. sin
chistar los singulares descu~nm1~ntos_ de los mtelectuales d~ su pa1s, •pisoteando el arte, la ciencia, la 10tehgenc1a, el alma del otro pa1s, en el _decurso
de los siglos, trabajo de delirante mala fe, que negaba al pu~blo enemigo to~o
genio, y encontraba en sas títulos de gloria más excelsos el signo de su 1Dfam1a
actual.,
Las figuras secumlarias que rodean a Clerambault representan sendas respuestas personales ~l confl.icto implicad? e~ el hecho de la guern. ¿Qué v":le
en si la idea de patna, y basta dónde se 1ust1fican por ella los estragos (materiales y morales) de una guerra como esta? Y después: ¿Cómo se acomoda la ~onduct&amp; a la respuesta dada en lo íntimo de la conciencia? Muchos de esos. tipos
quedan descalificados moralmente. Todos se somet~n ": la norma pat:1ótica,
aunque por muy varios modos. Por de pronto .. • •_el 10st10_to de la pat_:-1a es ~l
único, acaso, que en las condicione_s a~tuales se hbra de a1a~s~ en la vida cotidiana. Los demás in.1tintos, las asp1rac.1ones naturales, el legitimo ~fán de amar
y de obrar, se veo, en la sociedad, ahogados, mutilados, constreñidos a pa:sar
por las horcas de las apostasías y de los compromisos. Y cuando el hombre, al
llegar a la mitad de su vida, se vuelve para n:iirarlos, ve que todos llevan en la
frente el sello de su derrota y de sus cobard1as; entonces, amarga la boca, s_e
avergUenza de ellos y de sí propio. Sólo, el instinto de la patria ha p~r~anec1:
do aparte, sin empleo, pero sin mácula. Y c_u~ndo resurge, resurge 1DV1olado,
el alma que lo abraza traslad~ a él su~ aa:ib1c1one~, sus a~o:es, sus deseos a~dientes traidonados por la vida. Med1c. siglo de vida oprimida toma el desquite.• Así Camus, el o.;uperpatriota, un bruto, un filisteo: •La horda en armas c?ntra el extranjt-ro... eograndr.ce a la muchedumbre de los que vegetan en la impotencia de un egoísmo anárquico; los sube al pi~o ~uperior del egoísmo org":nizado. Camus se despertó de pronto con el sentimiento de que por vez pnmera no estaba solo en el mundo.• Y a su lado, el periodista patriotero que de
escalón en escalón había llegado a mirar como sagrada no ya la patria, s_in&lt;? la
guerra; y entre los perspicaces, un sabio cobarde, que no obstante su intlm~

infidelidad a la patria, oficia de pontifical eu las sesiones imprecatorias de la•
Academia, y otros intelectuales, que (dos veces heroicos) aceptan con frialdad
un sacrificio estéril. Con ser tan reales sus sentimientos, no vemos que esos
tipos se muevan en .in medio donde haya aire y sol; falta una onda vital que
los envuelva a todos y los haga vibrar. Forman galería, mas no sociedad. Son.
piezas de museo, descritas y catalogadas a maravilla, dispersas en un ambiente
enrarecido, yerto. Ya se dice que el libro no es una novela. Aun como historia,
erraría quien pretendiera tomarlo por un ccuadro• de la conmoción moral provocada en Francia por la guerra. Había todo lo que M. Rolland cuenta. rero se
echa de menos algo. ¿El qué? No sabría decirlo; aca90 el perfume de las virtudr.:5 humildes, simplemente humanas, de la generosidad, del dolor sin palabras;
en fin, aquella atmósfera que no podía respirarse sin enternecimiento, y que,
trasladada al libro, bañaría a las figuras que por él pasan, haciendo que fuesen
su~ perfiles menos escuetos, menos hirientes, y creando una gradación de térmmos.
La moral de este libro, ,cuál es? ¿Qué uos propone? Con el c?so de Francia
por tema, Clerambault predica una lección universal. Nos muestra al hombre
arrastrado por fuerzas ciegas, por obscuros instintos idealizados; al hombre
víctima del Pensamiento. ¿Va a fulminar Clerambault desde el ápice de su indignación una sentencia condenatoria sobre todos esus pobres pueblos cuyasumisión le irrita y que tienen por santa una causa en cuanto les exige sacrificios cruentos? Clerambault es compasivo; el amor a los hombres desborda de
su corazón. cSe preguntaba si la ley de amor que sentía dentro de sí no estaría
hecha para otros mundo~ y otra humanidad.• Es además optimista. Llegó un
día en que •apartó los ojos del hecho irreparable de la guerra y de los muertos, para volven,e hacia los vivos y hacia el porvenir que está en nuestras ma"?'·• Cleram_bault a_o~ocia .e~ ~vangelio de una sociedad en que los grandes
dioses: ~~tna, Justicia, Familia, Derecho, se vean por lo menos decapitados
de ~u ~niaal mayúscula. Y que esta guerra, lejos de sumir a los jóvenes en el
pes1m1smo. IP.s abra el camino del porvenir: •Hechad la cuenta de estos duros
años; h~béis sufrido por la patria. tQué habéis ganado? Habéis descubierto la
fraternidad de los pueblos que se bateo. ¿Es pagarlo demasiado caro? Que uno
de los frutos de esta guerra de naciones, sea al menos la fusión de la espuma
de las clases, la unión de las dos juventudes, el mundo del trabajo manual y el
del pensamiento, que deben, completándose el uno al otro, renovar el futuro.•
_¡Cuántos q~e han padecido la crueldad de la guerra se rebelarán ct&gt; ntra la
!és1s de este hbro, se negarán a admitir que han hecho un sacrificio por una
idea vana, aunque grandiosa! Pero este país es líbre-dice soberbiamente Clerambault refiriéndose al suyo-cpo1·que siempre ha tenido y tendrá almas
como la mía, que se niegan a sufrir un yu~o que su conciencia repele.•
M. A.

***

Teatro Anti~uo Bspañot.-Nuevas ediciones de Lope de Vega, Vélez de
Guevara y Calderón.

. Ha_st_a hace veinte años puede decirse que no le era dado a un español emi•
tir op101ón alguna acerca d e nuestro teatro del siglo de rro, que no implicase·
123

122

�LA PLUMA
\

'LA PLUMA
.acatamiento al intangible dogma:de f~ nacional. Por entonces empezaron algu•
nos de los más significados náufragos ideales a arrojar por la borda el lastre
-de aquella tradición literaria cuyo ca~dal pretendía_n salvaguardar las. Academias. Data de poco tiempo la tendencia a una reacción, menos apoteótica o ca,tastrófica, en punto a líteratura, de las que h_asta aquí nos han g~iado.
.
Cierto que por lo que hace al teatro clásico, nada se ha reahzado escénicamente desde la restauración antaño de unas cuantas corneciias de Lope; Calde:rón, Tirso o Moreto, por la comP_a~ía Guerrero-M_eod~za, _con u!1 gusto que hoy
nos parece de todo punto inadm1s1ble. No ha habido s1qwera d1rect~r capaz de
.afrontar la representación íntegra de las obras cuyos títulos aprendimos a venerar de memoria en las aulas del bachillerato. Pero el lector no 9C ve tan constreñido como antes a los ingratos volúmenes de los Autores Españoles de Rivadeneyra, o a los menos asequibles aún de las ediciones académicas; y. si no
.hay todavía colecciones completas qu&lt;: sustituyan a aquellas y la~ meJ~ren,
·váose ya publicando con cierta regulandad, acelerada en estos filtJmos tiempos, nuevas vulgarizaciones de este tesoro, mítico hasta ahora para los más de
los españoles.
Tres tomos de teatro clásico, ordenados con diferente criterio cada cual Y
con rarísimo acierto todos tres, ofrece a nuestra consideración el Sr. Gómez
Ocerio. Coostituven el primero, El remedio en la desdicha y El mejor alcalde el
Lectu_ra
,rey (Lope de Vega: Comedias, I. «Clásicos castellanos•, edición de
1920) por él anotadas y prologadas en cola?o:ación con Ra~ón M. Tenre1ro.
Ateniéndose los prologuistas a los descubnm1eotos más recientes acerca de la
vida de Lope, y especialmente a la biografía ~e _Rennei;..y_ Castro, refieren a
grandes rasgos las andanzas del Fenix !~nen mbm~ relación, ~on su obra, Y
-destacan luecro en ponderado apunte cnnco las cualidades poeticas que prestan a su teatt~o el secular verdor con que se nos muestra frondoso. No es 81 r~medio en la desdicha de las comedias más famosas de su autor. Pero no ha movido a los coleccionadores al elegirla el menor afán erudito, sino, sin &lt;luda, el
deseo de restaurar en un rango preeminente, dentro de la jerarquí~ de las
•obras de Lope, una de las más acabadas. Que bastara, aparte los méntos comunes a sus hermanas el haber ea ella un carácter como el del moro celoso,
tan raro en el mundo trágico español, poblado ~e fautasma_s y ~ntelequ)as, de
dogmas y conceptos, pero escaso en personas vivas, para 1ustificar el 10terés
-que suscita a nuestros ojos. Por lo demás, af?r.tunados comentadores, se han
ilimitado Gómez Ocerin y Tenreiro en esta ed1c1ón, a anotar al margen _de las
. pá¡!;inas, aquellos pas~jes o palabras cuyo sentids oscuro o desusado dific~lta
la simple lectura del profano, y a señalar afortunadament~ las fuentes de _rnspiracióo del poeta, tan empapado siempre en el ali~nto nacional de las crónicas.
En otra edición clásica (Calderón: Teatro. Calleja, 1920) nos muestra Gómez
"Ocerin la disc,eccióo suma que le distingue de tantos e~uditosa la yio_let~ como
suelen corromper el propósito de estos libros que, dedicados al publico mdocto, no tienen otro propósito que el de d_a~ limpios textos, con breves prólogos
,en que cabe siempre, al par que la noticia elemental acerca del autor, alguna
fina consideración crítica. Se insertan en ese tomo ;Et alcalde de Zalamta, La
wida es sueño. El mágico prodigi11so y El príncipe constante, selecta muestra del

fª

1

1 1'

1

124

género trágico de Calderón en sus modalidades características. Dada nuestra,
natural propensión a confundir términos y perspectivas, no estaría de más intentar algún día cierta gradación razonada en la admiración que del ejemplo de
n!1estros cl_ásicos se_ deduc~. En el magnífico c~mino de perfección de la poesia dramática espanola, qu1z~s el mod~lo máxim~ es ese Alcalde en que se cifran por modo caba_l tantas virtudes dIBpersas e 10cluso desperdiciadas en laexuberancia. de_ nue~tra mejor época litera.ria. El punto de honor español cobra
aquí plena s1gn1ficac1ón humana y un senhdo de augusta serenidad, hasta entonces nunca logrado con verdadera eficacia literaria, y degenerado después.
en el mismo teatro de Calderón.
El rey en su imaginación, de Véle2 de Guevara, publicada en las ediciones
del Teatro Antigu~ Español, del _Centro de Estudios Históricos, completa con
otro modelo la sene qui", con diverso método y adecuadísima intención en
cada case, nos propone Gómez Ocerin. Aquí el rigor erudito, la simple exposici.ón_ d~cu~enta~a de un texto inédito muéstranos hasta qué punto, una sana
d!sc1phna hteran~ nunca ~enoscaba, antes b!e!l· realza la labor de investigac1ó~. Et rey en su imagznaetón, cuya fábula deliciosa tantas afinidades tiene con
vanas obras de- otros coetáneos de Vélez, señaladas detalladamente en una-.
n_ota del e_i,rég~ta, _es, dentro de los cánones por que se rige con harta poca vanedad la msp1rac1ón de nuestros grandes dramáticos, de una perfección técnica c?mparable a las comedias mejor compuestas del autor de Reinar después de
morir.
Otro volumen de Lope, con que inicia la colección de su teatro la Eeitorial
Calleja, reune Pe1·ibáiiez 'V el comendador de Ocaña La estrella de Sevilla Et castigo_sin vengan~~ La
~oba, p~o!ogado por Alfonso Reyes. La sen~-illez, la.
clandad, la agihs1ma d1sttoc1ón espmtual, peculiares de la literatura de nues-•
tJ:o colaborador, se mu~stran por modo notable en las breves pero jugosas pá•
gmas en que evoca la v~da del monst,·uo de la naturaleza jalonada por las pasiones amorosas_cuya realidad supo mate,·ializar-Lope no era el Dante-artísticamente en heroínas cuyo pseudónimo poético mal encubre su condición ver- &lt;Nl.dera. Un juicio, no por sucinto menos justo, determina el valor positivo que·
hoy J:&gt;ªr~ !1osotro~ puede tener la lectura de las obras en que mejor se declara·
la ag1tac1on exterior, el leve reposo, el desorden lírico, el gusto por la intriga.
novelesca, de la fuerza natural que fué Lope de Vega.

r

1ª~ª

C. R. C.

***
Jo■é. María de Cossío.-Epfstolas para amigos.-Imprenta y Librería de la,
Viuda de Montero, Valladolid, 1920.
·

Dest~adas efectivamente a los amigos a quienes van dirigidas estas epístola~ p~é~1cas, D:º_ha querido el autor _que trasciendan 11. los lectores sino en lim1tad1s1ma ed1c1ón fuera de co'?erc10. El mismo tema general presídelas a todas, saber, la alabanza de la vida campestre, lejos del bullicio ciudadano, tan
rep~tida desde que el mundo es mundo, o cuando menos desd-! que los poetag;,

ª.

12s

�LA P L U il A

LA PLUMA
~estudian retórica. Limpios, claros, correctos, estos versos de José Mada Cossío,
no logran sin embargo transmitirnos la emoción virgiliana que el autor pretende· y ello quizá se debe a que por huir de las modas efímeras del momento, se
atiene con exceso a las normas de un clasicismo un tanto de segunda mano.
.Parece como si cantara el campo por haber leído sus excelencias en el propio Virgilio si se quiere, mas no por haberlas sentido.
Al final dullese el poeta, en una ~omposi~ión así titulada, de no p_odcr. expresar sus sentimientos con la eficacia patética que él descara. Su s1ncendad
"lllaoifiéstasc en noble lucha con el exceso lírico a que suelen entregarse los
románticos degenerados. Pero una cosa ~s la contenc~ón digna y otra la poesía
-preceptiva, que cela con normas aprendidas la emoción personal.
Más que cantar la serena soledad de un. dolor-que_ el poeta 1:1º s~ _atreve a
afrontar Jiricamcnte-diríase que quiere distraer el ámmo con c¡ercic1os P?é"ticos, si desprovistos de personalidad, nutridos e~ cambio de ~i~rta_pcrfccc16u
académka rara en estos tiempos en que los colonncs de la ongmahdad suelen
a duras p¡nas encubrir la desnudez de la ignorancia.
C. R. C.

***

Ventora García Calderón. - Cantilenas. - Ediciones «América Latina•.
París, , 920.

De la musique ar,anl toute cJUJse.
tout le reste est lit terati,re.
Si fuera posible resumir un juicio en un epigrama, ninguno c_u~pliría mejor al último libro del señor García ~alderóo, que el que tr~nscnb1mos refundido de la poética verlcoiaoa. Música ante todo, y ~uy b1e':1 acord~da por
cierto son estas Cantilenas si nacidas al azar de ocasiones diversas, 10spiradas to0das por un mismo se~timiento lírico, m~y cáracterístico del ambic_nte
literario anterior a la guerra que tiene en Pans su Meca. Lo demás es litei!,t

ratura.
Pero el desenfado genial de Verlaine y el entusiasmo con que le hacen coro
los filisteos, pueden atribuir a tni opinión un equívoco q_ue imp~rta salvar. E'nteodámooos: será despreciable la literatura como matena poética, c_uando pretenda aparentar una cualidad distinta de la propia, por_ ejemplo, la mgenu~dad
natural; pero si el poeta lo que se propone es cantar sinceramente la_ rcahdad
de su vida, ¿qué v.,rdad, ni mucho menos qué belleza menoscaba ~a literatt,ra,
que no es simple técnica artística, sino una atmósfera mor.al, a¡ena muchas
veces a la profesión de e!:'cribir, y que no t~do el mu_º?º resiste~
Ventura García Calderón, peruano de ongen, pans1én de afición, poeta por
·temperamento, hubiera exhal3:do románti~amente generosos_ exces~s, a no
disciplinar la expansión del ánimo con el ngor de una expresión cefilda. Sus
versos no nos sorprenden tanto por el aliento qu_e los inspira, común a to~a
una época estética, cuanto por su d&lt;"coro,. su sobriedad, S? rotundez, la gracia
de su movimiento. Los poemas en prosa msertos ~n Ca~ttlenas muestran hasta
.qué punto la elocuencia americana, la ex:u~eranci~ nativa del ~utor, cobran
,plena eficacia expresiva ajustadas a la música del ntmo Y de la nma.
C. R. C.
126

Toledo.-En Les Marges (enero 1921), M. CamiJle Pitollet habla de la imperial ciudad. M. PitoJlet viene publicando en esa revista unas notas de viaj~
por España. en las que a la emoción contemplativa se mezclan los recuerdos
literarios. «¡Oh ciudad relicario, que abres de par en par a los delirios de la
imagin:tción las p~ertas de la _Historia ..:! Decir Toledo es erigir sobre el azul
heráldico de un ciclo de Casti\la las piedras rubias que corona el campanile
gótico de una catedral legendaria; pero es también desencadenar las ondas rumorosas de ese río donde bebieron los poetas del idilio y de la égloga, de la
epopeya y del auto sacramental; y es, en fin, revivir la espléndida época de
esos varones castellanos firmes y elegantes como las torres de sus palacios,
ouros como el t~~ple de sus espada~. Luego todas esas fantasmagorías se esfuman en una v1s1ón de Thcotocópuh... Como en un batir de alas, paSd entonces el alma española, y las palpitaciones de esta Patria que sólo aguarda, para
vo)ve! a ser grande a vers~ li~re de la incuria de algur:os malos pastores madnlenos, le clavan a uno, sm piedad, un momento a la d11ra roca donde, anonad1do, está soñando. ¡Oh Toledo, sombra de Jo que fuiste, musco silencioso
fría necrópolis adormecida&lt;?º la gloriosa vega y acunada por el rumor del Tajo:
a través ~e tus blancos molinos y tus verdes cigarrales, no eres más que una
e~peratnz muerta, C';1Yª momia rígida, sin diadema ni manto, yace en sepulcro
abierto, para que curioseen los filisteos y se delecteo los artistas. Pero tu alma
sig~e viviendo. Y vivirá siempre, en Arte y en Historia, reliquia eterna, trofeo
racial.•
Xenh1s en el infterno.-El propio M. Pitollet, hablando de letras catalanas, _nos cuenta en La Co11naissance (diciembre 1920) la abjuración del germanofihsmo, hecha desde Berlín, por un escritor barcelonés. «A nosotros-comenta M. P.-tales confesiones nos colman de profunda alegría. Y al consig·
narlas en estas páginas efímeras no podemos por menos de anotar el caso de
ese alambicado sofista de X1nius, que, en plena gue rra, tomó sobre sí-verdad
que, acaso, contra sus propios sentimientos y a través de mil reservas prudentes-la defensa de Alemania y de sus métodos... Hoy, Xenius, tras de salir,
dando portazos, de la Veu del poeta Carocr-aspirante (!oh Cataluña, vela tu
faz) a un consulado de España-, continúa sus glosas en el Día Gráfico, enemigo de la Llip regionalista. Pero ocurra Jo que quiera, no debería olvidarse jamás por nosotros que en el momento más crítico fué traidor a la latinidad. Pecado contra el Espíritu, que no se le perdonará... •
¿Guitarra?-En Aclion, suntuosa revista de vanguardia, Jean Coctcau inserta un poema en prosa, Le mauvais ooyageur, donde se habla de España; ,España, tinta de china y corrida de tinta roja. España, jaula de loros. España,
que besa a la muerte por debajo de la pierna. España, guitarra que recibe telegramas. España, persiana del cielo. España, abanico del mar!•
Libros reclbidos.-León Tolstoi: Caudillo Tártaro; versión de R. Cansinos-Assens. Madrid, Editorial América.-Jacioto Grau: La ,·etiención de :Judas.
Madrid, Editorial América.-Pedro Miguel Obligado: El ala de sombra, poesías.
(27

�LA PLUMA
Buenos Aires. Cooperativa Editorial Limitada, 1920.-R. Mesa Fuentes: Elogi1&gt;
de la Fiest• de ta Prima1Jera. Santiago de Chile, 1920.-Manud ugarte: Las esjOllláneas. Barcelona, Biblioteca Sopena.-José María Salaverría: Santa Teresa
de Yenh Enciclopedia, Madrid.-Pedro Prado: A/sino. Editorial •Minerva&gt;, Santiago de Chile.-Luis Araquistain: España en ,t crisol. :Editorial cMinerva&gt;,
Barcelona.
Revistas,-&amp;,aña, Madrid.-Belles-Lellres, París.-Cuba Contemporánea,
La Habana.-L:i Ronda, Roma.-La Gonnaissance, París.-EJ Espectador, Barcelona.-Letras, C6rdoba.-Yuoentud, Santiago de Chile.-Nos, Orense.-Arg-uitectura, Madrid.-Claridad, Santiago de Chile.- Vida /Vuestra, Buenos Aires.Reju·torio .Americano, San José de C. R.-Die A/ilion, Berlín.- Via Lióre, San
Jo~ de C. R.-Le Carnet-Crilig-ue, París.-España y América, Cádiz.-Mercure
de France, París.-Hermes, Bilbao.-Aclion, París.-Athenaeum, Zaragoza.-La
Lectura, Madrid-Le Progrt!s Cioig-ue, París.

AÑO 11.

.\IADRID, MARZO 1921

NúM. 10.

FEDRA

GACETILLA
Los chicos de la escuela... ultraísta.-Siguiendo la moda de Parísdel año pasado-unos cuantos jóvenes que pretenden ocupar las avanzadas
literarias, celebraron noches atrás la primera velada ultraísta. Pese a la excelente disposición de los espectadores, el espectáculo resultó sobremanera
lato. Sobr.S tiesura de ateneo provinciano y faltó, no digamos ya humour, sino
simple buen humor. Nosotros sólo sacamos en consecuencia que el señor Lasso
de la Vega no sabe francés, que el señor Paskiewiu-perfectamente caracterizado de polaco-no sabe español, y que ninguno de los demás lectort·s sabe

TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACTO TERCERO

dad4.
A la manera de... «Padre nuestro que estás en los cielos; santificado sea el
tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en la
tentación, más líbranos de mal, amén.

1

1.ª

F1,;DR.,, muy débil, casi moribunda, apoyándose eo el brazo de E
FEDRA.

VSTAQUU.

Por fin va a acabarse esta tortura'
· Llega la hora del
d escanso!
EusTAQUIA. p
FEDRA.
/ro, q~é ~a~ hecho, hija mía?
No podia vivir más no d' . .
~re e hijo enemistados p~r ia ~1v1r en este infi~mo;_pahto, sin mi Hipólito' M p h m1 y sobre todo sm Hipódrá a verme morir ·a dasa a orlabvendrá, no? Ahora venrme e eso de viático
l , 1t·
•
mo ... no. el primero' Ah .
d
... e u 1' uia?
así, Eustaq
.
o1 a ven rá a perdonarme, no es
EusTAQUIA. s·i, se le ha llamado y Pedr
.
y en vista de tu estado d .º6 en su f?ndo ansiando verle
, 1 su vema ...

128

129

•

�</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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8JB&amp;a,JOl'E"c4 CEIVTFfA L
. L. .

4
------. J.

~

VOLUMEN SEGUNDO

MADRID
I

9 2 t

•

l

�'

-

ÍNDICE DEL VOLUMEN II

19 21
«.la pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.•

ENERO A JUNIO
NOMBRO 8.0 (BNERO)

lllPJ.\.&amp;NTA ARTÍSTICA, DE S.UZ HERMANOS
NORTl1 21. MADRID; TELiFONO

17-65 J.

Miguel de Unamuno: Fedra (acto 1.0 ) • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •
Luis Fernández Ardavín: Motivos lfricos..............•........
Cardenio: Fantasías. La muerte de Lepe................... ... .
Goethe: El Caminante. (Traducción de Ramón M.ª Tenreiro) .... .
Mario Puccini: Letras italianas .......•..... .. .... • ...........
Alonso Quesada: Teatro clarucho. Poesía ..................... .
Valentín Andrés Alvarez: Simetrias. Poesías................... .
El paseante en Corte: •..castillo famoso...................... . .
Federico Garcla Lorca: Poesías...•..•........................
Libros y Revistas: Ramón Pérez de Ayala: Belarmino y Apolonio.
Alberto lnsúa: Las fronteras de la pasión.-Manuel Ugarte:
Cuentos de la pampa.-John Brande Trend: :TluM§slery o/Ele/u
Tlu Dance o/tlu Selsu.-Van den Borren: Orlande de Lassus.Homeco Seris: Una nueva vanedad de la edicwn príncipe del
Quijote.-La crisis intelectual en Alemania!•...... . .........
Gacetilla .••....•..•.•.........•••••.•..................•..

1

16

19

25
31
39
41

43

49

54
64

w

�LA PLUMA

LA PLUMA
Pqinu

NOMBRO 9.0 (FBBRBRO)
Miguel de Unamuno: Fedra (acto 2.0 ) . . . . . . . . . . . . . . . . . . • • • • • • • •
G. Jean-Aubry: Jules Laforgue ... ...... . ...... . . - . . . . . . . . . . . .
Antonio Espina: Poesías.... . ........ . .... . ........... , . . . . . .
Cardenio: En torno a Ganivet. . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: Poesías .................. .. .. • .. .... , . . . . . . .
Un critico incipiente: Teatros.. . . . . . . . . . . . . . . . . ... • . . . . . . . .
Adolfo Salazar: Apuntes para una geografla musical de Europa. IV
Inglaterra .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
María Enriqueta: Buscando su huella, poesla.. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros y Revistas: Julio Camba: La rana víajera.-Ramón Gómez
de la Serna: El drama del palacio deshabt'tado. -Romain Rolland: Clerambault,-Teatro antiguo Español. Nuevas ediciones
de Lope de Vega, Vélez de Guevara y Calderón.-José María
de Cossie: Epístolas para amigos.-Ventura García Calderón:
Cantilenas.-Revistas....................................
Gacetilla ............... . . .... .... .................... .. . : .

65
6g
84
87

"

181
192

97
104
110
114

117

1 28

NOMBRO 10 (MARZO)
Miguel de Unamuno: Fedra (acto 3.º).... ... ................ ..
Enrique Diez-Canedo: Haikais de las cuatro estaciones. . . . . . . . . .
Jesé Mª. Chacón y Calvo: El retrato desconocido.......... . . . . .
Luis García Bilbao: El viaje de España. Elche_ Poeslas...........
C. Rivas Cherif: Comiendo perdices, cuento........ . ...........
Mario Puccini: Letras italianas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
J. Moreno Villa: Poesías . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El paseante en Corte: ...castillo famoso .. .. . . .. .•. ... . . , . . . . . . . .
Vicente Martlnez Cuitiño: Al poeta argentino Evar Méndez. Poesia.
Libros y Revistas: Luis Araquistain: España m tl criso/.-Zenobia

Camprubl de Jiménez y Juan Ramó n Jiménez: :Jineus hacia tl
mar.-Eduardo Marquina: El beso en la luri.ia. -Augusto
Strindberg: Danza macabra.-Juan de la Encina: Los maestros
&lt;kl Arte Moderno.-José M.ª Chacón y Calvo: Hermanito Mmor
Una corrección a Darío.-Revistas........ . ... . ............
Gacetilla. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

129

140
141
145

149
16o
16g

17 3
178

NUMBRO 11 (ABRIi.)
Ramón del Valle Inclán: Los cuernos de don Friolera. . . . . . . . . . .
Juan Ramón Jiménez: La realidad invisible. Poesías...... . . . . . . . .
G. Jean-Aubry: Un poeta feliz ... . .. . .........................
J. Moreno Villa: Poesías.....................................
Adolfo Salazar: Un manifiesto y dos poemas....... .. . . ........
Fernando González: Emociones peregrinas. Poesías.... . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: El Teatro de la Escuela Nueva.. . . . . . . . . . . . . . . .
Valentín A. Alvarez: Simetrías. Poeslas....................... .
José de Benito: Iris. Poesía.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros y Revistas: Mario Puccini; Vív.i l' anarchia!-Carlos Prreyra: La obra de España tn Amln"ca.-Sergio Yulyevich Witte:
Memorias.-Teatro selecto comtemporáneo.- Revistas. . . . . . .
Gacetilla. . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

193

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214
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255

NOMBRO 12 (MAYO)
Ramón del Valle lnclán: Los cuernos de don Friolera...........
Luis G. Bilbao: La voz de la sangre. Poesla....................
Adolfo Salazar: Apuntes para una geo~rafía musical de Europa. V.
Alemania... . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Pedro de Répide: Poemas extravagantes.......................
Mario Puccini: Letras italianas • • • . . . • . • . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . .

257
279
281

286
289

...

�LA PLUMA

Gustavo S. Galarraga: Horas. Pocsfa..........................
Rogelio Buendfa: Canciones para nadie,. . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . .
Paul Colin: Letras alemanas.. . . . . . . . . . . . . . . . • . . . • . . . . . . . . . . . .
Juan José Domenchina: La corporeidad de lo abstracto. Poesías...
Notas de un cicerone: Exposiciones de Primavera...............
Libros y Revistas: E. Marquina: Agua en clsterna.-G. de Nerval:
Sílvia.-Ramón Pérez de Ayala: El sendero andante.-Luis Araquistain: El pelz"¡¡ro ¡ianqui.-Alfonso Reyes: El cazador. Szm.
palías JI diferencías.-F. T. Marinetti: Le taclt'lísme...........

297
298
299
304
3og

312

ERRATAS
Página 113, línea 18 dice:physiologiques. Debe decir: psychologiques.
Página 230, línea 9 dice: Mira al través. Debe decir: Mírame al
través.

NUMERO 13 (JUNIO)
RamGn del Valle lnclán: Los cuernos de don Friolera...........
321
Fernando González: Poesías..................................
345
Alfonso Reyes: Cartas de Jorge Isaacs a Justo Sierra............
347
Angel Espinosa: Poesías........... . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . .
356
G. Jean-Aubry: Henri de Toulouse Lautrec.....................
359
Luis B. Inglott: En la muerte de un amigo. Poesía.. . . . . . . . . . . . .
364
365
Paul Colín: Letras belgas ............. ... ...........•. •..... .
Adolfo Salazar: Apuntes para una geografía musical de Europa. VI, .
España.....••..•....................... • , ·. • • • •• • • - • .. •
371
Antonio Espina: Poesías .......................... •• .. • ..... •
375
Libros y Revistas: Ramón Gómez de la Serna: Libro nuevo-Et pasto del Prado.-Alberto Masferrer: Pensamientos§ formas.Dmitri Ivanovitch: La ventana y otros poemas.-Cesare Arroyo:

Retablo ... ................................ • . • .... • • • • . • .

377

Gacetilla ..............•...................... , •., •. , • • • • • •.

383

Página 371, línea 14 dice: uno de allí. Debe decir: uno allí.
Página 373, línea
cia rural.

1.ª

dice: constancia moral. Debe decir: constan-

Página 373, lineas 1 7 y
se parece mejor a esos.
·

18

dice: parece mejor que esos. Debe decir:

Página 373, línea 29 dice: mencionados, pero este tanto como. Debe
decir: mencionados; él tanto como.

�A~O 11.

MADRID, ENERO 1921

NúM. a.

PEORA
TRAGEDIA EN TR ES AC TO S
PERSONAJES
FBDRA.
PEDRO, su marido.
HIPóuTO, hijo de Pedro y al nado de Fedra.
EusTAQUIA, nodriza de Fedra,
MARCELO, médico, amigo de Pedro.
RosA, la criada.

11

argumento generador de esta tragedia es el mismo dtl H1de Eurípides y de la FEDRA de Racine. El desarrollo
es completamente distinto del de ambas tragedias.
De los personafes de aquéllas sólo he conservado con
sus p ropios nombres tradicionales a Fedra e Hipólito, la nodriza (-.poCfocr) de Euripides, Oenone en Racine, ha cambiado en mi EusTAQUIA. En Eurípidesjiguran además Venus, Diana, Teseo, dos nuncios,
criados y un coro de muferes trezenias, y en Racine, Teseo, Aricia, Teramenes, lsmena, Panopey guardias.
L

PÓLITO

�LA PLUMA

LA PLUMA

ACTO PRIMERO

Déjalo, Fedra!
Es decir que sí, que luchó. Y dime, venció acaso?
EusTAQUIA. Y qué es vencer?
P'EDRA.
Eso me digo también yo: qué es vencer? Acaso vencer
es lo que dicen ser vencida ...
EUSTAQUIA. Fedra!
En fin, murió. . Luego, aquella infancia que se me borra
FEDRA.
como un sueño de madrugada ... Después el convento
en que me educaron las madres ... Ojalá hubiese entrado para siempre en él! A punto de ello estuve; quería
tanto a la madre Visitación! Pero pudiste más tú ·Eus'
taquia, y no sé si te lo agradezco...
EusTAQUIA. Ni yo ...
FEDRA.
Y v~no _mi mat~imoni? con Pedro, tú sabes mejor que
nadie como. Fm vencida por su generosidad y entré en
esta casa, la de Hipólito ... Empezó llamándome «madre:t.
~adre! que nombr_e tan sabroso! cómo remeje las entranas! pero ... la fatalidad! la fatalidad!
EUSTAQUIA. Hablar de fatalidad es querer ser vencida, Fedra!
FEDRA.
Y era él, su padre, mi marido, el que al principio, viéndole tan encogido y tímido le decía para animarle: «anda
hijo, da un beso a tu nueva madre... a tu madre!:. Aque~
llos besos... ! No ves aquí, ama, la mano de la fatalidad
o de la Providencia?
EusTAQUIA. Te veo en mal camino.
FEDRA.
Eso es lo malo, ama, el camino, pero una vez que se
llega...
EusTAQUIA. Adónde?
Fl:DRA.
Adonde sea, que se yo... , al destino!
EUSTAQUIA.
No digas eso, por la Virgen Santísima!
FEDRA.
A ella pido ayuda y consuelo en mi aflicción... Pero no
puedo más, ama, no puedo. Cada vez que llamándome
madre me besa al despedirse, una ola de fuego me labra
la carne toda, se me aprieta el corazón y se me anuda
la garganta. Y debo de ponerme blanca, no? blanca
como una muerta...
EusTAQUIA. Te he dicho que le esquives. Esas cosas salen a la cara.

EusTAQUIA.
FEDRA.

FEDRA

y EusuQU.IA.

Pero qué, no se te quita eso de la cabeza, Fedra?
Ay, Eustaquia! si hubiese de ser de la cabeza solo, ya
se me habría quitado; pero ...
EusTAQUIA. El corazón es más rebelde, lo sé.
Y ahora es cuando más me acuerdo de mi madre ...
FEDRA.
EusTAQUIA. Acordarte? No puede ser...
Sí, aunque te parezca mentira me acuerdo de esa madre
FEDRA.
de la que perdí toda memoria... toda ... ? de esa madre
a la que apenas conocí. Paréceme sentir sobre mis labios su beso, un beso de fuego en lágrimas, cuando
tenía yo... no sé... dos años, uno y medio, uno, acaso
menos ... Como algo vislumbrado entre brumas . .
'
EusTAQUIA. Sueños.
Tal vez...! Y dime, ama, tú que tanto conociste a mi
FEDRA.
madre... !
(tristemente.) Siii ...
EusTAQUIA
Cómo era?
FEDRA.
EusTAQUIA . Te he dicho más de cien veces que dejemos eso.
No, no podemos dejarlo y menos ahora; necesito de
FEDRA.
estos recuerdos.
(aparte.) Si lo supiera todo...
EusTAQUIA
Nunca has querido hablarme de mi madre.
FEDRA.
EusTAQUIA. No lo he sido, no lo soy para tí yo?
Pero la otra, la que me llevó en sus entrañas ...! Qué
FEDRA.
fatídíca niebla vela su memoria? Por qué me lo callas,
Eustaquia! (abrazándola.) Vamos, háblame de ella ...
EusTAQUIA (acariciándola.) Ten juicio, hija, ten juicio. A qué viene
ahora estor
Y me lo preguntas tú, tú, Eustaquia, tú? Ahora, en
FEDRA.
estos días de lucha, es cuando más necesito de su memoria. Dime, luchó ella?

EusTAQUIA.
FEDRA.

2

3

�LA PLUMA
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAPUIA.
FEDM.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

4

Lo habrá echado de ver él, Hipólito, ama? Lo habrá
advertido su padre, mi marido?
No lo creo, pero más tarde o más temprano ... Hay que
acabar con eso!
Sí, tienes razón, voy a acabar con ello; pero sabes cómo,
ama?
No quiero saberlo!
Es que lo sabes ya.
Fedra, Fedra, este amor culpable ...
Culpable? qué es eso de amor culpable? si es amor no
es culpable, y si es culpable ...
Claro, no es amor!
Ojalá no lo fuese!
Ay, hija, la más grande de las culpas es el amor!
No puede ser, ama, no puede ser! He querido resistir... ,
imposible! Pido consuelo y luces a la Virgen de los Dolores, y parece me empuja...
Por Dios, no desbarres!
Es que no soy yo, ama, no soy yol
Pues quién?
No lo sé; alguna otra que llevo dentro y me domina y
arrastra...
(aparte.) Como su madre!
Y tú te empeñas en no darme el consuelo y sostén de
decirme c9mo luchó y venció mí madre ...
Hablemos de otra cosa!
Esto es providencial, Pedro...
Piensa en él, tan bueno, tan noble ...
Pensar... pensar ... de qué sirve pensar sólo? con pensar no se hace nada.. .! Muy bueno, muy noble, muy
amante, pero es el medio de que para traerme a su hijo,
a convivir con Hipólito, se ha valido la Providencia ...
Dí el Demonio más bien...
Qué más da... ! Pero no puedo más y voy a acabar. Viviendo con él, cada día a su lado en la mesa, viéndole
cuando acaba de levantarse de la cama, con el sueño
todavía en los ojos... es como una llovizna continua,

LA P LUMA

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
F1mRA.

EusTAQUIA
F EDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
Fi:oRA.

EUSTAQUIA .
F:EDRA.

EUSTAQUIA.
FEORA.

EUSTAQUJA

cala hasta el tuétano! Y luego a los besos de costumbre heme hecho ya, pero cuando al pasar me roza ...
qué cerco!
Resiste, hija, resiste.
No cabe resistencia. Esto así, contenido, me abrasa; revelado ~ curaría mejor. Está escrito, es fatal! Y si al
menos tuviese un hijo que me defendiera...
Haz cuenta ...
Oh no, no! él? no! Un hijo mío, de mis entrañas uno
a quien hubiese dado mi pecho (estremeciéndose/ pero
a Hipólito...!
(cubriéndose la cara.) Lo que se te ocurre! Estás poseída, embrujada; creería en un bebedizo ...
Y por qué no? Los que no sienten, los que no viven,
los que no aman ni sufren llaman superstición a eso del
bebedizo. Qué más bebedizo, dí, que su aliento esparcido por toda esta casa?
Piensa...
Otra vez piensa...
.
Piensa, sí, que es el hijo de tu marido, que es tu hijo...
Y como a tal le quiero ... no...! sí! Cómo pueden juntarse los dos amores, o salir el uno del otro? Y luego a
él, a Pedro, como a padre ...
Respétale, pues, como a tal!
Respeto ..., respeto ... , qué triste, qué frío es eso del respeto! Cuando tengo que abrazar a Pedro veo en él en
sus ojos sobre todo, los de mi Hipólito... , son los ~ismos, y me hago la ilusión ...
Calla!
Eso quisiera yo, que se me callase lo que llevo dentro...
(abrazándola.) Pobre hija mía! No sé qué decirte que
no te lo hayas dicho ya tú antes. No es esta dolencia de
las que_ se curan con palabras ajenas. Y luego se me
sub~ m1 mocedad al pecho ... , recuerdos ... , sí, sí, es una
fatalidad haber nacido mujer. Pero aquí viene tu marido y me retiro (vase.)

s

�LA PLUMA

LA PLUMA
FEDRA.
FxDRA

PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

fEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FÉDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

6

y

P.11DRO,

su marido.

( entrando.) Buenos días, Fedra, qué tal hoy?
Mejor, Pedro, algo mejor.
Y esajaqueca?
Bah, quién hace caso de ella... ?
Cuídate; no te levantes tan temprano y sobre todo no
te preocupes demasiado por cosas no merecedoras de
ello. Eres en demasía cavilosa, Fedra, le das sobradas
vueltas. a las cos.as, y hay que tomarlas cop-io vienen ...
No siempre es posible.
Y vivir, vivir! E Hipólito?
Qué?
No ha vuelto aún Hipólito?
No, todavía no ha vuelto.
Dichosa caza! Así se le van los días; hace tres que falta, y así se le van los años. Es bueno, honrado, trabajador, pero fuera de su trabajo parece no vivir sino para
la caza. Corre el tiempo, nosotros solos con él, yo caminando a viejo y ... vamos, te lo diré de una vez, Fedra,
sin perspectiva de nietos!
·
Pedro!
He hablado de esto varias veces con Marcelo, que es
quien me aconsejó cuando andaba tan delicadillo el chi"
co lo de la caza, y Marcelo...
Dale con Marcelo ...!
Pero por qué esa mala voluntad a mi mejor amigo? dicen que es siempre así... celos acaso?
Celos? yo? de él? no ... pero...
Caprichos, pues! Bien; se va el tiempo que vuela! A
sus años debía Hipólito pensar ya en casarse.
Qué dices?
Y no le he observado en camino de ello. Tú que por la
edad tienes con él más confianza, tú que eres su confidente, su hermana más bien que su madre, no le has
oído nada de esto?

PEDRO.

FEoRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

No, nada!
No habéis nunca hablado de ello?
Nunca!
Pues es preciso que le abordes, Fedra, que le sonsaques
su ánimo, que le hagas ver que hay una edad en que
~e debe pensar tomar estado y no vivir como un hongo, que yo pues no tengo hijos de ti, quiero tener níetos de él...
,
Pero, Pedro, cómo quieres que yo...?
Tú? pues claro! cosa más fácil... Si a ti no te atiende,
a quién atenderá? Porque él, tan seriote, tan esquivo,
ese oso cazador y cazador de osos, contigo se ablanda.
Te adora...
Lo crees, Pedro?
Que si lo creo? Te adora! Él lo tapa, como sus sentimientos todos, pero adora en ti, no lo dudes. Y tú, tú
le quieres como a hijo propio, no?
Le quiero, sí, le quiero con toda mi alma!
Ya sabía yo bien al tomarte por mujer que él recobraría madre! Es, pues, menester que abordes con él ese
punto, y creo que le persuadirás. Aquí viene!

D1cRos e H1PÓUTO, que entra en traje de caza, deja la escopeta a un lado,
abraza a su padre y luego a Fedra, que le retiene un momento.
PEDRO.

HIPÓLITO .
PEDRO.

HIPÓLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.

\
(aparte, al ver cómo Fedra retiene a Hipólito.) La convencí; hoy le aborda.
Qué ataque de ternura es éste? qué tramabais?
Que no nos abandones tanto, hijo ...
Ya sabes, padre, que necesito de la caza. Debo al aire
del campo la vida y aborrezco la ciudad. O el hogar,
esta nuestra casita, o el monte!
Pues el hogar!
Hay que salir de él, para mejor quererle y a.preciarle.
Los hombres caseros, comineros, suelen serlo por egoís7

�LA PLUMA

F.!DRA.

HIPÓLITO.

FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.
PEDRO.

HIPÓLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

8

mo. El que se encierra en casa es para mejor molestar
a los suyos, por falta de valor para luchar con los de
fuera. Hay que salir de casa para gustar todo su encanto, y adónde mejor que al monte? hay sociedad como
la de los robles? La vida de campo, bajo el cielo libre, al
aire libre, sobre la santa y libre tierra, mejora al hombre. ALií no hay odios ni envidias; los robles, los arroyos, las rocas no envidian, no odian .. .
Ni aman!
Que no aman... ? No, como nosotros no! y por eso nos
purifican y elevan. La naturaleza no sufre fiebres ni necesita luchar para querer. Por eso t:S el verdadero templo de Dios. Cuánto mejor, madre, que fueses más a él
que no al otro ...
Contigo? cuando quieras!
Sí, tengo algún día que llevarte conmigo de caza...
Sí, síl
No me parece mal...
Conmigo de caza. Ya verás cuando te tumbes al pié de
un roble, cara al cielo, cómo se te curan esas aprensiones y se te acaban esas palpitaciones de corazón. No
hay como el campo; allí se ve todo claro!
Pues quiero ir contigo a él para que lo veamos todo
claro!
Y yo creo traeros del campo algo de su aliento, no es
así? No oléis a tomillo, a mejorana cuando entro?
(husmeando.) Sólo huelo a ti/
O queréis que sea como esos ...
No condeno tu afición, hijo. Es una de las más nobles
y te libra de vicios. Pero entre esos libertinos que ensucian su hogar y tu braveza y despego rústicos ...
Despego yo? yo braveza? por qué? porque no ando con
arrumacos y lagoterías? El cariño no es babosería ni
violencia...
Hombre, no cabe decir eso así, tan en redondo ...
Pues sí, en redondo, el amor no es violencia.
Es que hay amores que no se concibe sino violentos...

LA PLUMA
HIPóLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPÓLlTO.
PEDRO.

HIPóLITO.

Te empeñas, madre, en no comprender la ternura, au~
sintiéndola. Eres demasiado exaltada en tus sentimientos ...
Demasiado? Cosas hay en que no cabe demasía, creo ...
Cuando vayas conmigo al campo, madre, verás si se te
curan las demasías ...
Bueno, basta de metafisicas! Yo, Hipólito, no dudo de
que nos quieres, pero obras son amores y no buenas razones ...!
Obras? qué quieres de mí, padre? qué queréis de mí?
qué tramábais?
Ya te lo dirá tu madre!
Madre, qué es esto? qué significan las palabras de
padre?
Ya te lo diré ...
Dímelo! ahora!
Bien, os dejo.
Para qué? no! quédate!
Os explicaréis mejor a solas.
Si es conjura... bueno! (vase Pedro.)

F EDRA x
HIPóLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.

FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.

HrPOLITO .

Y bien, qué es ello, madre? callas? qué es? (poniindolt una mano sobre el hombro, a lo que tila se estremece.)
Vamos, habla! Tu beso me pareció antes más largo, más
apretado ...
Y acaso más caliente...
Tal vez. Me diste miedo con él. Hace algún tiempo que
me das miedo; noto en ti algo extraño que me sobresalta, y luego esas palabras de padre ... vamos, qué es ello?
Nada, un capricho ...
Caprichos padre? lo dudo ...
Dice que se siente solo ...
Ko estamos nosotros con él?
9

�LA PLUMA
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.

FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
Fi.DRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

H1PÓLITO.
FEDRA.

10

Sí, pero dice que a tu edad ...
No comprendo...
Desea que vayas pensando ya...
Ah, acabáramos, en casarme!
Eso! Y tú?
Yo?
Sí, tú, tú no piensas en casarte, no?
Por ahora, no! casarme? para qué? Y sobre todo no es
ésa resolución que deba tomarse así, en principio y por
principio; eso viene ello solo. Hay que dar al tiempo lo
suyo. No es cosa de una vez resuelto casarse, echarse
uno a buscar con quién. Y hoy por hoy, como no fuese
con Diana... Ahora si, lo que dudo, llegase a enamorarme...
Quién sabe...
Claro, nadie puede decir «de esta agua no beberé».
Quién sabe si no lo estás ya...
Quién? yo?
Esas cosas no se confiesan y menos a los padres ...
A los !?adres tal vez nol Pero tú, en rigor de verdad, no
eres m1 madre ...
No, no lo soy, no!
Aunque lo seas por ley y por cariño ...
Oh, por cariño! Pero de veras no estás enamorado?
acaso tengas ...
Te aseguro que no!
Bah, bah! Este despego, este salir tanto de casa, por
dos, por tres, por ochó y hasta por quince días con
achaque de la caza... Ah, Hipólito, Hipólito; a una... a
una mujer no se le engaña...
Engañarte? yo? a ti? Te juro que si llegase a enamorarme
serías tú quien primero lo supiese ...
Oh, gracias, gracias, Hipólito, pero enamorarte... de
quién?
De quién? Vaya una pregunta! No te entiendo, madre.
Ya me entenderás, Hipólito, ya me entenderás. Y si tú
te casaras, si te hicieses de otra...

LA PLUMA
HrPóLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
F:ED.RA.
HIPÓLITO.
F.tDRA
HIPÓLITO.
FEDRA.

HrPÓLITO.
FEDRA.

HrPóLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HrPóJ,ITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HrPóLITO.
FEDRA.

HrPóLITO.

Si me casara ... qué? (silencio.) Vamos, dí, qué?
Que no podría yo vivir viéndote de otra!
(alarmado.) Cómo? qué? no te entiendo bien, madre!Tú de otra? imposible!
(arredrándose) Madre!
.
. ,
(yendo hacia il.) No me llames madre, por Dios, H1polito, llámame Fedra!
Fedra!
No, así nol nol no así, Hipólito! Me entiendes ahora?
No quisiera entenderle ...
Lo ves claro ahora sin salir al campo?
Ah! Y era esto, esto, el calor de tus besos?
Sí, esto era, Hipólito, esto; ven, mira...
No! no!
Es la fatalidad, Hipólito, a la que no se puede, a la que
no se debe resistir...
Piensa en mi padre, Fedral
Tu padre es quien me empuja a til
Y era para esto, para esto para lo que te dejó ahora sola.
conmigo? para esto?
Pues bien; sí, me he aprovechado, lo ves? él, él mismo
me ha hecho romper mi secreto para contigo, él ha provocado que me salga a la boca el secreto del corazón.
Y de la bocal
Sí, que brote en palabras el secreto de mis besos! Todo
era hasta romper el nµdo que ligaba mi lengua; ahora
todo está claro y me siento libre, libre de un tremendo
peso; ahora respiro ...
Ahora empiezas a ahogarte, madre, y a ahogarme...
De ti, sólo de ti depende, Hipólito. Quiero ser tuya,
toda tuya!
No, lo que tú quieres es que sea tuyo yo!
Si, mío, mío, mío y sólo míol
Tu hijo ...
Pues bien, hijo, ven a mis brazos!
No, ya no! _Me voy, y no volveremos a vernos a solas...
11

�LA PLUMA

LA PLUMA
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.

Que no? Nos veremos, sí, y más que nos veremos! Hipólito, ven...
(arredrándose.) Antes querría verme con una jabalina
acorralada!
Tan mala... , tan fea te parezco?
Estás loca, madre, loca perdida, y tu locura es contagiosa...
Pues ven, ven que te la pegue, y locos los dos, Hipólito,
los dos locos...
Y él, mi padre, imbécil, no es eso? No, adiós! Y no volveremos a vernos ... , al menos a solas ... adiós!
Espera, Hipólito, siquiera el de siempre, el de despedida,
hijo...
Hijo? ya no! tuyo no, de él, de él siempre, de lmi padre,
de tu marido! Y... el de siempre? no, sino el de nunca ya.
adiós! pobre madre! (vase.)

RosA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.

5.ª
FEDRA.

Oh, yo le rendiré, yo! No puedo más. Esto es más fuerte que yo. No sé quién me empuja desde muy dentro...
Aquel beso de fuego en lágrimas ... Y es el deber, es el
amor filial o me desprecia? Sí, sí, me desprecia... Una
jabalina acon-alada ... tan fea soy? Quiere a otra, no me
cabe duda, no es posible si no... Mas no, no, no, es leal,
generoso, veraz. Sí, sí, es su padre (cubriéndose la cara),
¡qué horror! Soy una miserable! loca, sí, loca perdida!
Virgen mía de los Dolores, alúmbrame, ampárame! No
puedo estar sola, llamaré con cualquier pretexto. La soledad me aterra (llama.)

FEDRA.

FKDIIA

M-ARCELO
FEDRA.

MARCELO.
FEDRA.

MARCELO.
FEDIU.
MARCELO.
FEDRA.

Fsou. y RosA, la criada.
FEDRA.

Anda, Rosa, recoge eso y llévalo. Espera, di, tienes
novio?

Sí, señorita.
Y te piensas casar con él?
Si nó para qué le tendría?
Es cl~o. Y dime, le quieres mucho?
Bastante...
Nada más que bastante?
Luego que nos casemos veremos...
Y va a ser pronto?
En cuanto él consiga una colocación que busca.
Eres demasiado joven todavía.
Pero si una no se casa joven, señorita ...
Qué?
Qué sé yo ...
Es verdad. Mira, te hago estas preguntas, Rosa, porquequiero ser la madrina de tu boda.
·señorita!
Sí sí eso me dará acaso buena suerte.
'
A ' nosotros
más!
No sé, acaso ... mas en fin yo os amadrinaré. Pero vete_
(aparte) siento pasos. (Vase Rosa.)

MARCELO.
FEDRA.

y

MAIICELO

(entrando.) Qué? cómo va la paciente?
Paciente? le he llamado yo acaso?
El buen médico no debe esperar a que se le llame...
Médico? y bueno?
A ver hoy el pulso.
No, es por tomarme la mano.
Bueno, ya sé bastante.
Qué es eso? qué dice usted? qué es lo que sabe? Y_ con·
qué derecho usted, el amigo íntimo y de la infancia de
mi Pedro, el que entra aquí como en su propia casa...
Y con qué derecho supone ústed, Fedra, lo que calla?-·
Oh, no se le escapan ciertas cosas a una mujer...!
13

�LA PLUMA

LA PLUMA
MARCELO.
FEDRA.
MAR.CELO.
FEDRA.

Enamorada, lo sé!
Cómo? ¿Qué es eso de enamorada?
De su marido, claro está!
Basta, basta! ( aparte.) Hay secretos que revientan por
los ojos.
8.ª

PEDRO.
.MAR.CELO.
PEDRO .

(entrando.) ¡Hola, Marcelo!
Bien y tú, Pedro?
Bien. Ví salir a Hipólito, Fedra, y me parece que iba preocupado, inquieto; no contestó acorde a lo que le hablé ...
Le abordaste?

f"EDRA.
PEDRO.
_MARCELO.
hDRO.

Sí...

Drc110s

.MARCELO.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
.MAR.CELO
FEDRA.
MA.RCELO.
PEDRO.
FEDRA
MARCELO.
PEDRO.
MA.RCELO.
FEDRA
MARcELO.

y PEDRO

Y nada, no quiere oír hablar de eso ...
Vaya, me voy, pues tenéis que hablar...
No, Marcelo, no es nada. Y a ti podemos decírtelo todo.
Es sólo que me parece es ya hora de que Hipólito vaya
pensando en casarse, en traernos primero nuera, después ... quién sabe ... nietos, y encargué a Fedra, que de
tanto ascendiente sobre él goza, le abordase ese punto ...
Muy delicado ...
Y qué dice?
No quiere oír hablar de ello...
En fin, ya me lo contarás, porque sacabl:!- una cara...
( aparte.) Pobre Pedro!
Sí, ya te lo contaré, pero ahora... (aparte) No me voy,
no le dejo con él.
Repito que me voy, pues tenéis que hablar ...
No, tú eres como de casa.
( aparte.) Qué ceguera!
Los que son como de casa sin ser de ella estorban más.
O se es o no se es; pero lo de como si se fuese ...
Pues bien, tú eres de casa!
Uno más?
(aparte.) Qué bruto! (alto.) Vaya, me voy!
No; yo. Adiós! (vase.)

FtDRA.

PEDRO.
FgDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
Fl':DRA.
Pl':DRO.

F.EDRA.
PEDRO.

F1mRA.
hDRO.
FEDRA.
PJ:DRO.

F:tDRA
PEDRO.

F:tDIU
PEDRO.

y

PEDRO.

Y bien, qué dijo?
Dijo...
Qué?
Que no piensa en eso; no está enamorado ... para qué
casarse?, dijo ...
Luego no le convenciste?
No le convencí, no!
Para cuándo, pues, tu persuasión? tú, que siempre me
persuades de cuanto se te antoja? Ah, Fedra, es que no
pusiste ni empeño ni calor en tu demanda...!
.
Que no?
No no porque tú eres de las que consiguen cuanto se
' ' Si hubieras sabido hablarle al corazon
. ...
proponen.
Calla, Pedro! calla, calla!
Lo ves? tampoco tú quieres que se case, tampoco tú...
Yo?
Sí, tú; no quieres otra mujer en casa, no quieres
nuera...
Pedro, qué dices?
Sí, estoy harto de saber que las madres suelen tener celos de sus nueras, pero yo creía que tú, Fedra, tú, siquiera por mí...
(cubriéndose la cara.) Calla, calla, calla!
Bien, egoístas todos... egoísta él, egoísta tú ... al fin sois
jóvenes y en tanto el pobre viejo...
(yendo a él y abrazándole.) Pedro!
Convéncele, Fedra, convéncete!
ll!1" DEL ACTO PRIMERO

MIGUEL DE UNAMUNO

�LA PLUMA

¡.Cas lágrimas de mi llanto,
lentamente
las convierto en poesía
decadente...!
¡G.ué triste verdad es ésta:
debiendo de estar llorando
todos estamos de fiesta ...!
'Y al final
la pena de irse callando
es mortal...

MOTIVOS LÍRICOS
EL VINO TRISTE
;

I

'Y aunque pienso no adivino

'Ya vuelvo a estar triste, amigo;
ya sé que, aunque no lo quiera,
la tristeza va conmigo
escondida,
y estoy alegre por Juera
de mi vida ...

la causa de este misterio
de tener tan triste el vino
y de estar,
igual que en el cementerio,
tristes en el lupanar...

fNada me ha de libertar,
porque mi vida interior
es la que me hace llorar
y sentir
que sólo es consolador
el morir...

Il
ELLAS ME DICEN...

0llas me dicen:-Oye, ¿tú no quieres?
¿fNo te han querido nunca las mujeres...?'Y yo las digo: -cSí, pero ya no.
-¿Porqué?
"
-Porque no os tengo fe.

.los libros me dan espanto;
la mujer, melancolía.
2

17

�LA PLUMA

Porque no quiero yo.Y ellas exclaman: -¡{:}h, si lo supieran!
¿Gres un hombre que huye los cariños?
-clí. Yo tan sólo ya quiero que me quieran
los niños...
III

FANTASÍAS
PERO HAY AMOR

Yo llenaba mis versos de ideas tenebrosas,
y ella, en cambio, llenaba de brazados de rosas
los jarros de mi estancia...
¡tlué modo tan distinto de comprender las cosas!
Para mí era la vida petulancia,
y para ella, fragancia ...
¡(:)lor de Palmerones y capullos de flrancial
Sl,rrojé las cuartillas tediosas
y la cogí. del talle para aspirar las rosas!
¡Gl amor es la única comprensión de las cosas!
LUIS FBRNA.NDBZ ARDAVIN

11

LA MUERTE DE LEPE, O ERUDITOS AL
CIELO Y EL GARROTE MÁS BIEN DADO
en la Biblioteca. Arrastrar de sillas, tintineo de llaves,
crujir de vidrieras batidas contra los armarios, bisbiseo de
coloquios entrecortados, sobre un fragor continuo de pisadas, voces y derrumbamiento de pilas de libros; en fin, el _estruendo propio de una sala de estudio. Humaredas azules, escapadas
de los cerebros en ignición, se espesaban en el aire. Más de cinco minutos tardó en recobrarse del mareo repentino y del susto.
Repuesto un poco, esquivando con dificultad los empellones de los
viandantes (aquella tarde de lluvia, el torrente circulatorio de la capital
hacia en la Biblioteca un remanso\ recorría con los ojos las hileras de pupitres.
-Entre tantos imbéciles-decíase angustiado-,¿no estará mi hombre?
Estaba. Tras una cortina de libros se alzó su voz inconfundible, entre
saxofón y clarinete:
-¡Matías: las obras de lbsen, las obras de San Isidoro, las obras del
marqués de las Guadalerzas, el Derecho civil del señor Sánchez Román!
La Creación (al menos, el ámbito de la Biblioteca) enmudeció. Las miradas convergieron en el sitio donde sonó la voz; un halo blanquecino

II

NTRÓ

19

�LA PLUMA
LA PLUMA
circula un cráneo, del que se alcanzaba a ver la bóveda .calva, removida
por corrientes subcutáneas. Cuando la reflexión dió treguas al espanto, las.
lenguas se desataron:
-1Qué tiol
-¡Vaya un cliente!
-¡Se ve que es el cerebro de más circunvoluciones de España!
-¡Viva la raza!
Pero ya salía de la Biblioteca, acompañado por el visitante.
-Siento interrumpir su trabajo, señor de Lepe.
-En efecto, estaba en un momento de inspiración. Me he puesto a.
redactar una nota bibliográfica sobre la Descripción de la basllica de Sarz
Sekrln, y me va saliendo una monografía copiosa, como para renovar estos estudios. ¿Qué le voy a hacer? No es uno dueño de su vena, ~verdad?
Yo tengo sobre el románico ideas propias (véase mi programa inédito de·
Arqueología transcontinental comparada). ¿Qué mé quería usted?
-Maestro, como los ejercicios han concluido, y la votación es mañana ...
-Ni una palabra. Para mi, el catedrático es usted, sin discusión.
-¡Oh! Tantas gracias...
-Espero verme continuado por usted. La Historia literaria ya no me
interesa. Mi actividad es polimórfica, y, por decirlo asi, tentacular; nada
me impide dar cima a mi gran colección de Pensadores hebraizantes de
Bembibre (ya sabe usted, la escuela de que procede todo el racionalismo
moderno), y acabar el raspado y Jeterioro críticos, definitivos, de los códices de Silos; pero mi apetencia actual es otra: en cuanto dé la última
mano a la tragedia...
-¡Ahl ¿Una tragedia?
-Si, Los Ilergetes; obra de afirmación nacional: Indivil y Mandonio representan el espíritu vernáculo frente al extranjerismo invasor. En cuanto.
la deje a punto, voy a entregarme a mi gran proyecto: investigar las insti~
tuciones protectoras del trabajo en el primer Imperio asirio; el Instituto deReformas Sociales patrocina la obra. Hay que marchar con los tiempos.
En cuanto a ust~d, por mí váyase tranquilo; pero tiene un competidorte20

nible, y en el Tribunal hay tres señores de la cáscara amarga. Trabájelos,
muévase. ¿Quiere usted un consejo? Vea a la presidenta de la Junta de
Damas de Honor y Mérito y al Comisario regio del turismo. ¡Ya está usted en la pista!
Trabajó. Se movió hasta echar el bofe. No sentia la lluvia. Se cayó en
las zanjas, de cegato que era ¡y tan distraído! Y cada vez que le llevaron
a la Casa de Socorro le dieron friegas y coñac para reanimarle, pero no
ropa nueva, ni le quitaron el barro de las botas. Entraba hasta el despacho con el paraguas chorreando, y en el aire caldeado todo él empezaba
a vahar como puchero a la lumbre. (La policía, para encontrar l(?S hilos
de su conjura, no tuvo mas que seguir las huellas que fué dejando plan_
tadas en las alfombras.) Veianlo entre brumas. El veía tipos borrosos, que
no le hacían c;iso o le oían en silencio, mirándole con desdén. A las señoras les pareció pedante y tosco. Los varones graves le confirmaron de ingenuo y frlvolo. Sacaba fuerzas contra el miedo, y quería persuadir a todos de sus méritos. Le impon!a como nadie el hombre que se paseaba a
grandes trancos, por lo oscuro, las manos en los bolsillos, y que de vez en
cuando se paraba para atender a la conversación y le dirigía miradas
torvas.
-Vamos, vamos. No se ponga usted asi. ¿Es cuestión de vid- o
muerte? Si ahora no cohabita usted con el éxito, todo llegará.
-¿Y mi método? ¿Y mis ensayos?
-Acabará por hacérsele a usted una buena cabeza; pero aún cultiva
usted la arbitrariedad.
-¿Porque he dicho que Gonzalo de Berceo es una criatura ridícula?
Es mi sentir.
- ¡Qué pifia! Está usted falto de informaéión.
-Pero tengo los datos esenciales. Sé que Lope de Vega adivinó el telégrafo: por eso en mi programa ya no le llaa:.o el Fénix de los Ingenios,
sino el Marconi español. Si Fox .Morcillo no se llega a ahogar, hubiese
construido un sistema filosófico. Más: NUé hizo Descartes? Aprovecharse de las ideas de Francisco Sánchez. También sé que la Inquisición no
,quemó a don Ephraim de Santa Maria, el poeta, sino a su padre.
11

�LA PLUMA
-Muerto don Marcelino, eso no es cuestión.
-¡Europa nos envidia el rito mozárabe!-clamó desesperado.
-Est:i por ver.
-¿Y mis investigaciones? Probado ya que el Quijote es obra con clave, he hallai o en la aventura de los yangüeses una alegato por la Sociedad de Naciones.
-Eso ¡al señor Altamira, al señor Altamira, al señor Altamira...! ·
-¡He refutado la tesis de Rodríguez Marin sobre la cena de Don Quijote!
-Es interesante. Más objetivo...
-¡Y como soy amigo de Cejador, no les pondrá a ustedes en su Hütoria si me tratan sin piedad!
-Mejor, acaso. s~ aliviaría la crisis de los transportes.
En lo oscuro profirió una voz:
-¡¡Creí que se movía usted en otro plano!!
Se derrumbó el teatro. Vióse el opositor amarrado a un escaño de p,n&lt;&gt;
con entalladuras obscenas hechas a navaja. Los curiosos atendían ampliando con la mano el pabellón de la oreja. El autor de los Ilergetes emitia un ruido oficial melifluo.
-El tribunal deplora, por mi boca, no disponer de dos cátedras. Los
dos competidores son de mérito sobresaliente. Por mi parte me impond ría
cualquier sacrificio con tal de no verme en el caso de elegir ...
-¡A mí! ¡A mí! ¿Verdad?
_
Eligieron al otro. Revolcándose en el banco, escupía a los jueces.
-Le hemos preferido porque, al fin, es hijo de viuda pobre...
El público rompió a silbar.
-¡Canallas! ¡Farsantes! ¡A ellos! ¡Mueran!
Los estudiantes apedrearon los tranvías. Se interrumpió la circulación •
en la calle de San Bernardo. En el Ateneo empezaron a recoger firmas en
un pliego. La Policia hizo varios disparos al aire.
Se restableció la calma.
-Señores-exclamó uno del públi&lt;:o-. Es inútil matarlos a todos. Lo
22

LA PLUMA
mejor es producir ahora mismo una vacante para que el hombre insigne,
preterido por ese motivo tan fútil...
-¡Está en la ley de Reclutamiento... !
.
.
átedra
¡Propongo
que
el
presidente
del
tnbuC
- ... pued a ocupar una .
•
nal se suicide en el acto!
El tribunal, sobrecogido, se retiró a deliberar. Volvió a poco. Ríos de
lágrimas corrian por el rostro de los juec~.
. .
-Señores: rechazamos el suicidio por mmoral; pero no el martmo. Yo,
presidente, no me suicido; pero estoy pronto a dar mi cuello ~l verdugo,
si alguien del público se presta a serlo, para que el derecho tnunfe de la
legalidad.
Y el secretario, blandiendo un martillo, según el rito, voceó:
-¿Hay quien quiera dar garrote a nuestro Lepe, el divino? ¡A l~ ~na!
Instantes de congoja, en que el silencio pareció eterno. El publico,
rompiendo las compuertas del pavor,, prorrumpió en imprecaciones dolientes:
-¡Grande es el sacrificio, ¡oh Lepe!, y riguroso es el Destino que fulmina sobre ti sus rayos por tu misma excelsitud! ¿Qué Virginio, qué Scé\fola, qué Guzmán el Bueno igualó tu civismo? Trasp_a sado estoy de
horror.
El secretario: ¿Hay quien quiera dar garrote a nuestro Lepe, el divino?
¡A las dos!
El público: Vuelve a mi la esperanza. Nadie viene. Veo los redondos
ojos dorados del pájaro nocturno brillar sobre t'\ cabeza. La diosa le envía en tu amparo. Te cobija en la sombra de sus alas.
El secretario: ¿Hay quien quiera dar garrote a nuestro Lepe, el divino?
¡A las ...
-¡Yo quierol
Se adelanté un enmascarado con una guita liada al talle.
-¡A las tresl-gritó el secretario, dando un martillazo-. ¡Queda adjudicado el garrote!
El público: ¡Mas, ay, que ni el Padre de los Númenes puede esquivar
los decretos del Hado! Esfuérzate, pues es llegada tu hora. El arroyo de
23

�LA PLUMA
mis lágrimas te abre el camino de la Estigia. Ofrenda tus obras a Carón,
que las arrojará al profundo p1ra que no zozobre el barquichuelo. Consuélate, que vas a entablar coloquios perdurables con tus sombras dilec•
tas, y entre el Tudense y el Brocense sabrás por fin quién fué el Anónimo de Córdoba. Y tú, implacable, ¿quién eres? ¿Qué ánimo te mueve? ¡Oh,
cruell ¿Quién te envfa?
El enmascarado agarrotó con mucha sutileza a Lepe en su sillón. Apiló contra él sus obras completas y las prendió fuego. Arrojó sobre la mesa
una tarjeta, y dijo al marcharse:
-Soy el Análisis Objetivo, del Centro de Estudios Históricos.
Se encendió una discordia fratricida. U nos, pedían la cabeza del ejecutor. Otros, que le diesen una recompensa. La Policia le echó el guante;
pero él manifestó una cédula absolutoria s uscrita por su víctima: &lt;Ahorcado y conforme. Lepe.• Pusiéronle en libertad. Los bandos se acometieron con furia. El G-obierno declaró .que su deseo era que no hubiese vencedores ni vencidos, y nombró una Comisión de arbitraje. Los pliegos
puestos en el portal de la casa de Lepe se cubrie ron de firmas. Los que
u.o firmaban para protestar contra la ejecución, firmaban, a ruegos de los
árbitros, para solicitar del Gobierno el premio del ejecutor. Terminado el
entierro, el cortejo fúnebre fué a depositar los pliegos en la Presidencia
del Consejo. Así, el entierro fué cuna imponente manifestación de duelo•,
y se pudo conceder al ejecutor la Cruz del Salvamento de Náufragos.

EL CAMINANTE
CAMINANTE.

D ios te bendiga, mujer,

y al dulce niño

M UJER.

CA.RDBNIO

CAMINANTE.

que nutre tu pecho.
Deja que aquí, en esta roca,
a la sombra del olmo,
deposite mi carga
y a tu lado repose.
¿Qué oficio te lleva,
en el calor del día,
por el sendero polvoriento?
¿Traes mercadr,¿rías de la ciudad
por las aldeas?
¿Te sonríes, extrar~jero,
ante mi pregunta?
No traigo de la ciudad
mercaduría alguna.
Fresco viene el crepúsculo.
Muéstrame el hontanar
del que tú bebes,
amable mujer moza.

.........

�LA PLUMA

LA PLUMA
MUJER.

CAMJNANTE.

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.

CAMINANTE.

MUJER.

CAMlNANTE.

MUJER.
26

Aquí arriba, por la senda rocosa.
¡ Ve delante! A través del bosquecillo
llega el senderq a la cabaña
donde yo habito,
junto a la fuente
de donde bebo.
¡Huella de la ordenadora mano del hombre
entre las malezas!
¡Tú no has dispuesto estas piedras,
profusa diseminadora, Naturaleza!
¡Aún más arriba!
¡Cubierto por el musgo un arquitravef
¡Te reconozco, espíritu formador!
¡Has impreso tu sello en la piedra!
¡Más allá, extranjero!
¡ Una inscripción sobre la que piso/
¡Nada puede leerse!
¡Idas sois, vosotras,
palabras hondamente grabadas,
que debierais mostrar La piedad de vuestro amo
a millares de nietos/
¿Te asombras, extranjero,
por estas piedras?
Arriba son muchas las piedras
alrededor de mi cabaña.
¿Arriba?
Ahora a la izquierda
subiendo por el bosquecillo.
Aquí.
¡ Oh, musas y grru:iasf
Esta es mi cabaña.

CAMINANTE.

MUJER,

CAMINANTE.

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.

¡Las ruinas de un templo!
Aquí al lado, abajo,
surte la fuente
de que yo bebo.
¡Ardiente te agitas
sobre tu tumba, gl!nio!
¡Se ha hundido sobre ti
tu obra maestra,
oh inmortal!
Espera, voy por el vaso
para qne bebas.
La yedra ha revestido
tu esbelta forma divina.
¡ Cómo os afanáis
por elevaros sobre los escombros,
par de columnas!
¡ Y tú, la hermana solitaria de allí al lado!
¡Cómo, desde lo alto,
11tajestuosamente enlutadas,
con lúgubre musgo en la sagrada cabeza,
miráis vuestras hermanas
rotas a vuestro piel
¡Del zarzal a la sombra,
cúbrenlas escombros y tierra
y la alta hierba ondula sobre ellas!
¿Así estimas tú, Naturaleza,
la obra maestra de tu obra maestra?
¿Insensible destrozas
tu santuarior
¿Siembras cardos en él?
¡Cómo duerme mi niño!
27

�LA PLUMA
LA PLUMA

.CAMINANTE.

MUJER.

"CAMINANTE.

MUJER.
28

¿Quieres desca1tsar en la cabaña,
extranjero? ¿O prefieres
quedar al aire libre?
¡Hace fresco! Toma al ni,io,
para que vaya a buscar agua.
¡Duerme, duerme, amor mío!
¡Dulce es tz, reposo!
¡Qu.i blandamente respira,
rebosando celestial salztd!
¡ Tú, nacido entre los restos
de un sagrado pretérito!
¡Pósese su espíritu sobre ti!
Aquellos sobre quienes flota
gozan de cada uno de sus dias
con dignidad de dioses.
¡Ábrete, colnzac/p germen,
magnífico ornamento
de la resplandeciente primavera,
y reluce entre tits compa1ieros!
¡ Y al caerse los pétalos marchitos
ascienda de tu seno
colmado fruto
que bajo el sol madure!
¡Alabado sea Dios... ! ¿Y duerme todavíar
Nada tengo que pueda ofrecerte
con el fresco trago,
sino un trozo de pan.
Te lo agradezco.
¡ Con q1té delicia florece todo en tomo
y verdea/
Pronto regresará mi marido

CAMINANTE.

MUJER.

MUJER.
CAMINANTE.

de las ltazas a casa.
¡Quédate, quédate, lzombrel
Y toma con nosotros la cena.
¿ Vi·¡;Ís aquí:
Allí entre aqitellos muros.
Ya mi padre lzizo la clzoza
con ladrillos y piedras
de los escombros.
Aquí vivimos.
Dióme como mujer a un labrador
y murió en nuestros brazos...
¿Has dormido bien, corazón 11iíor
¡Qui avispado está y q11,i juguetón
el bribonzuelol
¡Naturaleza, que en eterno germinas!
Creas a cada ettal para el goce de la vida;
a todos tus lzij'os, maternal, Izas dotado
de una heredad, de una cabaña.
Arriba, en la cornisa, edifica la golondrina,
ignorante de los ornatos que embadurna;
teje la oruga en torno a la amarilla rama
el albergue invernal de su nidada;
y tú, ¡olz, hombre!,
de las ruinas excelsas del pasado,
compones, como de remiendos, una choza
para tu abrigo,
y sobre tumbas gozas ...
¡Adiós, 11iujer feliz!
¿No quieres quedarte?
¡Dios os guarde
y bendiga a vuestro lzijol
2c,--.

�LA PLUMA

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.
CAMINANTE.

MUJER.
·CAMINANTE.

¡Buen viaje!
¿Adónde me llevará aquel smaero
que sube la montaña?
A Cttma.
¿A qué distancia está?
/
Tres leguas buenas.
¡ArEós...!
¡ Guía tú mis pasos, Naturaleza!
¡El caminar del extran:fero
que marcha sobre tumbas
de un sagrado pasado!
Condúceme a un asilo
resguardado del Norte,
(Í,()nde breve alameda
proteja de los rayos del mediodía.
Y cuando regrese
con la noche a mi cabafia,
dorada por los últimos rayos del sol,
haz que me reciba una mujer cual ésta
con el hy·o e,, los brazos.

J. W. GOBTHB
{Trae!ucc i611 de R. M. Tenrcico.)

LETRAS ITA LIANAS
1~ Italia inteligente espera su nuevo poeta y mira, sin
un amor excesivo, pero con simpatía, a los cinco o seis escritores que luchan con seriedad por hallarse a si propios y al
Arte, entreténgome yo a veces estudiando en los escaparates de las librerias los escondidos rostros de los libros de crítica y de
pe11samiento y las reimpresiones de los clásicos, y advierto que las novelas fáciles y mediocres con sus cubiertas triviales ocupan el primer lugar
de esos escaparates, mientras las obras de los críticos, de los filósofos, de
los hombres de estudio en general, se recatan tímidamente en segundo término. Echamos de ver que no son muchas; pero ya a primera vista descubrimos nombres de resonancia mundial a estas fechas; son obras de Croce,
de País, de Farinelli, de Anile; son reimpresiones de Tommaseo, de Dante,
de Manzoni, de Foscolo. Pero el público fija su mirada preferentemente
en la primera línea de los escaparates; y sólo algún joven curioso o tal
cual hombre de lentes, se esfuerza por llegar alU donde se han refugiado
los pensadores y los grandes escritores de ayer.
Ahora bien, si el Hbrero no los considera, si la muchacha vestida de
seda y calzada con chapines de raso no los busca, si al estudiante no le
preocupan, el jove'l curioso y el hombre de los lentes fijan la mirada lar1:º rato en aquellos frontispicios, y luego de reflexionarlo mucho, acaban
comprando el pensador y el clásico.
IENTRAS

31

..3•

...

�LA PLUMA

LA PLUMA

Y cuando veo al joven curioso y al hombre de los anteojos decididos
a tal adquisición, ya no temo por la literatura de mi país ni por Italia.
Pues ¿qué pueden contar las cinco mil muchachas vestidas de seda Y los
cinco mil estudiantes que compran la novela de moda, qué pueden contar,
mientras haya un solo joven que se fija en los libros serios, y ni por un
momento mira las cubiertas lujosas de las noveluchas?
Ya no temo, porque esos dos compradvres tímidos, pero reales Y tangibles, me dicen que la seriedad, la honestidad, la elención de los bu.enos
estudios no han muerto todavía en Italia; mientras que presto morirán,
no quiero decir dónde, los pobres alimentos de los novelistas de tres al
cuarto.

•••
En tanto, la Italia inteligente está toda alterada por la reciente co~vcrsión de Giovanni Papini. No es un rumor falso ni una actitud reclamtsta; Papini, el satánico Papini, entra en el seno de la Santa Madre Iglesia.
Los periódicos hablan de la con versión, en los círculos intelectuales se la
discute, un periodista se ha avistado con Papini y le ha interrogado para
saber la verdad. Y Papini ha dicho: «sí señores; yo ya no veo la verdad
sino en el Eva?gelio.• Y está esr,ribiendo-es más, se dice que terminando-una obra profunda y de gran volumen: la vida de Jesucristo.
Se puede discutir a Papini cuanto se quiera; y tanto más hoy que la
nueva generación se acerca a nuestro último clásico, aún vivo, Verga,
como buscando en la obra-toda l)umanidad-de este gran esc;ritor, un
nuevo punto de partida, después de veinte años de rebusca, de manías,
de cabriolas puramente verbales. Papini es ya un recuerdo de nuestra juventud y nada más. ¿Quién lo lec hoy en Italia? Tal vez algún joven de la
nueva generación, que oye pronunciar su nombre, y busca ansioso sus
obras; pero l0s hombres maduros y los jóvenes de treinta años están tao
lejos de Papinl, como si al siglo pasado y no al nuestro perteneciera. La
verdad es esta: Papini ha sido un constructor. Quien construye, y con material humano, quizá esté durante algún tiempo en un plano más modesto
que el dialéctico o el sofista; pero ya llegará el momento en que se le bus3i

cará con preferencia y se hará la luz eÓ torno SU) o. Papini es, ciertamente, uno de los más vigorosos, si no de los escritores más profundos de Ja
genLTació~ actual_; pero no _ha dejado, por desgracia, y tal vez no dejarámás que hbros ammados, violentos, libros de destrucción; allí donde otros
más mode~tos y encerrados dentro de sí, come, Panzini o Pascoli, fijaban
en verso o en prosa momentos y pausas de la vida. Si, hubo uu momento
en que todos hemos crefdo poeta a Papini; pero fué una ilusión suya y
nuestra; más nuestra, acaso, que suya, pues que intentó sus notas líricas
con poc.a convicción, con poca emoción, y aprovechándose admirablemente del eJemplo más modesto de Softici y de otros jóvenes menos conocidos
que él. Mas Papini renace, a cuanto dicen las crónicas, a nueva vida, con
la obra que está escribiendo, y nosotros, que le estimamos, esperaremos
esa obra con tuda la fe que él se me, ece ) nos inspira: porque su tormento_ por encontrarse a si mismo es, com,idérese como se quiera, de los más
tr~g•_cos y dc,lorosos; como el de un prisionero que busca por todos los
~ed10s, con manos, boca y dientes, el romper las cadenas que le suJetan.

•••
Otro di~léc~ico y crftico de mucha fama es Borgese; dudoso a su vez
duran.te algun tiempo entre la poesía y la critica, lejos de la propia comprensión, ¡,~r? obstinado en hallarse, Borgese, a quien los jóvenes estima~ Y los vteJOS respet~n, ha abandonado tiempo ha la poesía, y aun la
:rihca, como tal expresión cuotidiana, o al menos frecuente. Pero no ha
bandonado sus estudios predilectos; y aunque desde las columnas d
uno de _nne~tros grandes diarios, ll Corriere della Sera, escriba de polític:
i-tde ~•stona, corre la voz de sus estudios acerca de un gran problema
t erano ~oderno; es decir, de que prepara su obra máx1ºma Entretanto,
aparecen. en_ los escaparates sus libros agotados, que Treves. reim rime v

r;-

!uaen;)c:,~b~~c;u:\:P;~~ura ~trnprar.1:e aquí la Storia della cr~íca
. mer ' ro, y la primera muestra digna de su noble
p ersonal,.dad d e escritor.
Borgese posee como nadie en Italia la facultad de comprender desde
3

33

�LA PLUMA

LA PLUMA

blema y de resolverlo con claridad y
luego dónde e~tá el ~udo ~e un pr:eden echarse en olvido, ni aun hoy,
fuerza. Sus artículos hteranos no p
tan vivos como cuando
.d
olumen no parezcan
no obstante recoga os en v
d
charse en olvido, tan ta es la
. .
.ódicos· no pue en e
1
¡os leímos en os peri
' .
d. léctica formidable y su ong1c itor inspira con su 1ª
simpatla que este es r
h terminado porque Borgese es
·6
otra parte no a
'
nalidad. Su func1 n, per
' t·1 en estos años de guerra y de
.
y fecundo· y su es 1 o,
d
todavla muy Joven
'.
.
se ha reforzado y adens:.i o, y
.. d
61 ::io ha perdido, sino que
polltica, no s o
.
d
na obra nueva de singular mtt e1, y
es menester esperar de él, s10 du a, u
potencia.

•••
está también a su vez, de cuando en cuand~,
Croce, el célebre Croce,
h
"nistro de Instrucción Púbh,
obstante ser a ora mi
en los escaparates, y no
.
t b·en parece acelerarse, más por
ca su producción no se detiene, ~n esd_t1 'r..aterza que por su voluntad
•
.
d
fidells1mo e i or
'
'
obra de sus amigos y e su
. .
tá estudiando importantes re,or. E f to como m1nastro es
.
y su trabaJo. n e ec ,
.
otra parte reimpresiones o
l'
que p'll.bhca son, por
'
.
.
filosóficos, antaño aparecidos en rev1smas, y los vo umene_s .
colecciones de estudios hteranos y
. . s·endo la figura más
.
Pero Croce continua •
é
O
tas
campo del pensamiento Y
memorias acad micas.
.
.
. d
omento h1stónco, en e 1
, .
representativa e este m
. tiempo 00 "igue como cntic desde hace a1gun
.
.
de la alta cultura, pues qu
.
él y pudiéramos decir leJos
cola producción actual, que nace ya a1ena a '
.
d
·stcma filosófico.
. •de sus ideas Y e su si
. G fle su más digno hermano espm
No le ha abandonado Gic,vanm I en ªd.'t.ntas ha seguido siempre con
. .
·d as persona es y 1s 1
,
tual, que, s1 bien con '. e
.
.
Gentile se cuenta entre los filófidelidad la dirección ideológ!ca croc1anab.
er encerrada en un pequeño
ás productivos y su o ra, ay
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sofos mo ernos m
'.
úblico más vaitO, y merec1 o
mundo de lectores, se ha extendido a un p
la adhesión de los di~cípulos.
. des ierta ahora la curiosidad italiana
Otro pensad:&gt;r, Gmseppe Rens'.,
p b t· ada Es acérrimo luchador.
-6
f
fernente y o s 10
•
con una producc1 n con mua,
Z . helll por Perrella, sucédensc
Sus libros, editados por Sandro n, p or ,ame
,
34

violentos, polémicos, audaces. Combate el ide~lismo crociano con un fervor, una nitidez, una gallardía que, como decía, llenan de curiosidad a los
hombres de estudio. Partiendo de unas cuantas premisas negativas y de
lucha, se afana ahora en construir su sistema, basado y fundado en el es•
cepticismo. Pero la simpatfa que inspira en torno a sf no es pueril y menuda, pues que Rensi muestra, pese a sus intemperancias verbales, ser un
talento nuevo y moderno.

***
Otros pensadores, crlticos y filólogos siguen, por el contrario, su camiM tranquilamente. Ettore Romagnoli, uno de los más insignes grecistas
italianos, ha roto muchas lanzas contn la cultura y los métodos de estudio alemanes en sus libros Lo scimmione in ltalía y Mintroa e /.o scimmione (editados por Zanichelli), pero hoy, aquietado ya, trabaja en traducciones del griego, ensayos sobre poetas griegos y comedias. De estos dfas es
la p11blic.. dón de sus tres comedias: U triltico dell'amore e dell'ironia
(ed. Zanichelli), en la cual encontramos al perfecto traductor de las ironías
fen-ces del divino Aristófaoes. Cario Pascal, por el contrario, no abandona
sus trabajos filológicos. Nobles trabajos los de Cario Pascal. Quisiera -yo
que se conocieran en España los estudios realizados por el célebre latinista sobre Horacio, Catulo, Virgilio, Tacito (ed. Battiato), y, sobre todo, su
obra más vital, Scritti vari sulla letteralura latma (ed. Para vía), donde este
alto ingenio desentraña con singular agudeza el pensamiento y el arte de
los más preclaros escritores de la antigua Roma. Tiene el don de colorear
111cluso la materia más árida y puramente cieotffica, de darle vida, fuerza,
interés, y con una simplicidad de medios que pocos poseen.
Arturo Farioelli es, por el contrario, harto conocido en España, y no
tendré que esforzarme en recordar sus estudios acerca de ella. Hoy, en e1
quadrigésimo aniversario de su profesorado, Italia le festeja. Bien lo merece el maestro, el hombre de estudio, que ha dado a conocer en Italia, en un
admirable ensayo, a vuestro Calderón, y a muchos escritores alemanes
ayer desconocidos en Italia. Farinelli es catedrático de literaturas comparadas en la Universidad de Turfn, y, más que autor de ensayos, es un
35

�LA PLUMA
LA PLUMA
maestro admirable. Sus disclpulos reúnen hoy en volumen (ed. Bocea) tales lecciones, documeRtándolas históricamente y dándoles unidad y cuerpo, para que se acerquen a Farinelli los j?ven~, n~ ya c_on la simple curiosidad que inspiran las obras de pura mvest1gac1ón, sino aquellas que
tienen un punto de partida y una meta claros y definidos.
Otra obra critica muy leída y comentada en estos dias es el Balzac in
Jtalt"a, de Giuseppe Gigli (ed. Treves), estudio exacto e inteligente llevado a cabo sobre fuentes históricas del tiempo, del periodo en que Balzac
vivió en Italia, período nada extraordinario por lo demás, del cual sale
Balzac empequeñecido, y, como hombre, lleno de máculas y fla'luezas.
Dos buenos estudios acerca del Dante atraen también en estos dlas la
atención de los doctos sobre el gran poeta cuyo centenario se celebra
en 1921: uno de Cortese (editado por Angelo Signorelli), y otro de Falorsi (editado por Lemmonier), diversos en cuanto a método y ejecución,
pero útiles entrambos para el conocimiento de los problemas da_ntescos.
De Giuseppe de Lorenzo, cuya fama rebasa ya las fronteras, reedita Laterza un volumen de ensayos sobre el Bttdismo, a que dedica estudio y pasión De Lorenzo años hace; y Zanichelli La ltrra e fuomo, obra de poesla
y ciencia bien fundidas, y una de las más bellas de cuantas ha producido
este singular poeta y hombre de ciencia. El propio Zanichelli nos da los
Saggi di scimza e di vita, de Antonino Anile, médico napolitano, conocido
también en Italia como poeta, y que por la singularidad de su filosofía
tiene muchos lectores en todos los campos.
y he aqul después las reediciones de los clásicos, las más caras a
quienes gustan los libros, jóvenes y no jóvenes. Infatigable en este aspecto es La\erza, que con sus Scriltori d' Italia está levantando un monumento duradero en favor propio y el de Italia; libros que por su aspecto
exterior, el carácter de letra y el cuidado en las reprnducciones son verdaderamente perfectos. Otra colección de clásicos imprl.mese en Italia por
la Unione Tipografica Edilrice 1 ori1use, guiada, cuidada, dirigida por uno
de los más notables hombres de letras italianos, Gustavo Ba\samo Crive1\i; pero asi como la colección dt" Laterza, por su alto precio y su fiso no ·
mia aristocrática está destinada más bien al mundo de los filósofos y de
36

•

los hombres de estudio, ésta de Balsamo Crivelli tiene intenciones más
vastas; y en efecto, es la más buscada por los jóvenes, los estudiantes, los
padres de familia. Un nuevo editor de Florencia, Luigi L. Battistelli, inicia entre tanto una colección ibérica antigua, comenzando con los dramas
de Calderón, que serán muy buscados. La lista podia ser aún muy larga;
~ero creemos que es bastante por hoy, si bien es menester decir y repetir que, no obstante parezcan prevalecer en el movimiento editorial italiano las obras decadentes y amenas, muchos editores ofrecen obras puras
y nobles. ¡Acaso no es de hoy también la traducción de la Jú"ada, que
Nicolo Festa, grecista insigne, ha intentado nuevamente, e impreso Sandroo en belllsima edición? ¿No es de koy la reedición, en un solo volumen, de todas las obras del Dante, nobilísimamentelimpresas por Barbera?
~y no más de ayer el nacimíento de una colección extranjera de Bemporad, de otra, extranjera igualmente, de Quintieri, de una colección de
obras inmortales en las ediciones de la Risorgimento, dirigida por Caddeo?
As!, pues, no desesperemos.
Porque incluso en el género oarrati vo no nacen sólo obras antiguas·
'
y, aunque de raro en raro, alguna joya reluce.
Ved en las ediciones de Mondadori, de Roma, ll díavolo nella mla líb1 er~a, de Alfredo Paozini, obra maestra de prosa fina, humorística y humamsta, ! otra de Tommaso Monicelli, Crepuscolo, en que el ingenio de
este escritor recoge algunas de sus novelas, delicadas de tono y exquisitame~te humanas. Y de hoy, en las ediciones de Bemporad, de Florencia
(e~i~or que se lanza ahora con buen éxito a la literatura amena), son Verg,mtd, de Fausto Maria Martini, obra de prosa clara, en la que se narra sin
literatura, antes bien con mucha y verJadera poesia, el retorno de un
cuerpo Y de un alma de la muerte (Martini fue gravemente herido en la
guerr~, Y tuvo un brazo y una pierna atrofiados) a la vida; y l a pace túgli
angelz, d~ Francesco S~pori, novela honrada y, aunque no muy robusta,
noble Y smcera; Y Na7a 1ripudians, de Annie Vivanti, obra tal vez exageradamente dramática, pero expresiva y humana.
En Italia trabajan bien este campo, los jóvenes sobre todo. Giannino
Omero Gallo, por ejemplo, ha hecho en tres volúmenes Le oasi túl dolo31

�LA PLUMA
rt, que ahora reimprime Zanichelli, la prueba segura de una prosa sin retórica y altamente poética. Los oasis del dolor son las ciudades donde la
guerra recogió en hospitales famosos a los heridos y moribundos. Y es de
ver cómo este prosista poeta describe esas ciudades y el dolor que en
ellas reside, en una prosa cálida y densa, con un fervor poético que nunca
rompe los moldes clásicos, que no cae en fin en el énfasis. La obra lleva
un prólogo de G.briel D' Annunzio.
En suma, aun en el campo de la fantasla, si bien raramente y no siempre con éxito, hay quien trabaja con celo y ,eriedad, y se yen en los escaparates novelas y tomos de poesias de escritores conocidos o no, Ma rio
Borsa, periodista de renombre, lla publicado en la casa Edilrict Risorgimmt,, de Milán, una novela, La casdna sul Po, en que se refiere sin pedanterla la historia moral y espiritual de un joven italiano, al que la guerra ha aplacado ansias y dudas, conduciéndole de nuevo, luego de crisis
espirituales y rebuscamientos, a la casa rústica donde nació. Y han publicado buenas novelas Giuseppe Lipparini (Le /antas/e della r:ovant Aurora), Mario Sobrero (La vloktla di Parma), Enrico Franchi (Prlmavtrtlta, novelas cortas y cuentos, Marino Moretti (La voct di Dio), Ugo Malato
(Li·monella se dlverte), Paolo Arcari (La facda che non capisce), Pierangelo Baratono (Commmtl al libro delk Jale), Ferdinando Paolieri ( Novelle
{ncredibíll), Lina Poretto de Stctano ( Le notí della puríld).
Esta ennmeración es harto menuda y estéril para que valga ser co1:tinuada. Pero sirva de testimonio de que en la Península itálica hierve algo
que no es humo tan sólo, y de que, en fin de cuentas, con todo nuestro
pesimismo, no ha muerto nuestra esperanza.

MARIO PUCCINI

DE LOS POEMAS BURLESCOS

TEATRO CLARUCHO
(PROVINCIA)
'Gelón y una lira en el centro.
'Gimbre. !Desparece la lira sin ruido.
cSe oscurece la sala.
cSilencio y principio.
!Decoración dara,
"
de color de ojos de !Rosario !Pino.
;,Muebles lijeros, como !Rosario !Pino. CJJaporosas
cortinas, como !Rosario !Pino. ;No está derecho el /orillo.
6stá puesto de prisa, como !R.os'lrio ;lino y su arte,
que es imperceptible y rapidísimo.
!Palabras en la escena:
don ;,Manuel .linares !R.ivas, diluido ...
fR.osario !Pino y la segunda dama
también fR.osario !Pino.
!Parlan. fR.isas de acotaciones.

�..
LA PLUMA

LA PLUMA

(6goísmo
del don :Manuel .linares que pone su propia gracia
g luego la manda a reir con un paréntesis rigi.do.)
6moción encasillada de antemano.
:Molde de un puding lírico.
Un 'Vaciado dramático.
tJ una sordina literaria. tJ una sensación de oficio.
Pasa el amor, con un bienestar de magnesia
por un tubo digesti'Uo ...
Comedia de vals, de vals que no se oye
sino en el corazón que es donde tiene el nido .
.lágrimas de clase media. 6sparcidas, hacen una
enorme, que es cual un lienzo cristalino
que cubre el escenario.
6s como un telón de cristal sutilísimo .
.Ca emoción al través de esa lágrima...
¡'Gela de araña que teje el artesano espíritu!
'Godo es, como el agua olvidada
en un vaso aburrido;
como el día que cae en un parque
. que tiene una estatua g sabe a domingo;
como un hombre que guarda sus horas
en un armario y las saca g las usa con tino_...
C:omo un sueño entreabierto de siesta ...
C:omo un honesto baño tibio ...
40

'Geatro clarucho . .linares. !Rosario.

Pro'Vincia. ¡;Mongolia g datismol
!Datismo de cielo, datismo de alma.
Programas datistas. fH.astío pianísimo ...
!De nada me vale el silencio ...
rcSe llena el silencio, de voces sin grito .. I
ALONSO QUESADA

SIMETRIAS
I

Gl alma turbia y sombría.
fR.ocío, gotita limpia.
Cuando ella vuela al azul
baj as a la tierra tú.
6/la desciende del sueño
cuando tu v uelves al cielo.

�•

LA PLUMA

•

II

flué en un bello día de abril
cuando !Dios me dió aquel tesoro;
/ué una bella noche de .luna
cuando lo llevó el !Demonio.
III

6spacio g tiempo,
quimeras,
quimeras del Pensamiento.
¿Jy(is pasos en el 6spacio
y mis ritmos en el tiempo,
quimeras,
quimeras del Pensamiento.

Y tú que lo creas todo,
Pensamiento,
que te creas a ti mismo,
Pensamiento,
quimera de una quimera,
Pensamiento.
VALBNTIN ANDRBS ALVARBZ

. .. CASTILLO FAMOSO
AURID-lcntitud, desbarajuste, trabas inútiles-se compendia.
en el tranvía. El jaulón con ruedas que arranca a trom¡;¡icones, se enhebra por calles tortuosas y va de atasco en atasco,,
preñado de broncas, dejando a los clientes frustrados, boquiabiertos, al mari:en de la vla, es una pieza capital de la armazón
madrileña, y si todas las restantes se perdiesen, ella sola bastaría para
reconstruir nuestro sistema urbano. El tranvía es espejo de las costumbres-como el teatro- pero no las corrige, ni mucho menos deleita, misión que le achacábamos al teatro en clase de retórica; antes las
recoge, las encauza, propiamente las encarrila para sacarles friamente el
jugo. El tranvía zurce corruptelas dispersas; celestinea entre la tardanza y
el mal humor; acopla la suciedad con el despotismo. Todo ello es acarreode la villa, que, á lo mejor, se espanta viéndose así condensada en el tranvia. Madrid entonces pretende que el tranvía es una calumnia que le levantan; pero no: nada hay dentro del tranvía que no vaya suelto por esas calles. Hasta el hedor: si en el interior del tranvía hiede a cinematógrafo, eso
lo pone el público, el mismo público que en el cinematógrafo hiede a tranvía. Es más que un achaque de la capital. No le diré, pues, a Madrid: «Me
duelen nuestros tranvías• (como a algunos les ha dolido la Península ibérica) reeditando otra parodia del j' ai· mal d votre poüríne, que inventó una
preciosa memorable. Más propio es encaramarse a la torre de Santa Cru z;
43

�LA PLUMA
LA P L U i\I A
y gritar desde ali!, como almuédano delegado por la Academia de Ciencias Morales y Polfticas: • ¡Hermanos, las ciudades tienen los tranvías que
~e merecen I•
El tranvía es el vehiculo perteneciente al esbozo de progreso material que apuntó en Madrid hace veinte años; se entiende el tranvía con
trole. Cuando España acabó de perder las colonias, el tranvfa empezó a
perder las mulas; sucesos correlativos inaugurales de un período históri~o. No lo he mos olvidado: hubo renovación espiritual y apetencia súbita
de ventajas y adelantos prácticos; descrédito de oradores; auge de inventores, adornados con el prestigio que les usurparon después los pedagogos;
constitución oficial de la «generación del 98•, con escala cerrada y amortización de las vacantes; disquisiciones doctas acerca de la aptitud política
de la raza. Se comprendía que aoui iba a pasar algo. Madrid fué perdien,do la calidad de apacible lugarón manchego: llegaron unas cupletistas
francesas: los señoritos se vestían de frac para asistir al primer music-hall
de la Alhambra: de la Puerta del Sol salió una mañana el tr~nvía eléctrico del barrio de Salamanca: pareció máquina mortífera, innecesaria (¡en
Madrid no hay distancias!), y se la obligó a ir despacio (¡qué más quería
~llal) para que los peatones pudieran pasearse tranquilamente, sin mirar
atrás, por entre las vías. Desaparecieron los encuartes: golpe mortal para
lo pintoresco madrileño. Las mulas en reata, que bajaban al trote la cuesta de Atocha, rebotando los ganchos en los adoquines, con un bigardo
caballero en la grupa, ¿qué se hicieron? Y el desconcertado coro de blasfemias, trallazos, voces y patear de cascos herrados, áspera ofrenda de la
exasperación de Madrid, ¿no lo echan de menos las hostiles divinidades
carpetanas? Así como la introducción de la libertad ahuyentó a los frailes, y la del agua del Lozoya dispersó a los aguadores, el flúido eléctrico
acabó con las mulas del trnn via y sus encuartes. Pero, al fin, de la especie
fraile y de la especie aguador-ornamento del viejo Madrid, único en las
galas-se sabe lo que ha sido: el fraile ha vuelto, y los aguadores, solt:idas las cubas, se abatieron sobre los ministerios, embajadas, senadurías y
otras gangas; los más generosos se pusieron a capitanear movimientos de
-Opinión. En cambio, de las mulas nada se sabe. No es creíble que se ha44

yan extinguido; cierto que los híbridos... Pero también los frailes son hibridos, si n o de nacimiento, por vocaci0n y de resultas, y la especie sobrevive, pese a la esterilidad de sus individuos.
Error fué el de amputarle las mulas al tranvía, propio del aturdimiento en que nos sumió el desastre. La nación bebia los vientos por el europeísmo y aceptaba a tontas y a locas cuanto viniese de fuera, sin pararseª meditar si era conforme a nuestras tradiciones y al genio de la raza. El
tranvia eléctrico estará muy bien en el extranjero, pero lo que es aquí ha
sido un fracaso; la prueba es que no anda. Cada pueblo tiene sus móviles
peculiares; es inútil preteuder cambiárselos. La mula, animal español por
excelencia, más típicamente español que el Loro, es la bestia que mejor
cuadra a sus compatriotas racionales, mirados como carga transportableLa mula es áspera, brava, testaruda, personalista; pero esos defectillos no
son sino espinas de la bondad e ingenuidad radicales de su carácter. Es
sufrida, sobria, recia; levanta los cascos de buen grado, pero en varas o
en ganchos, en reata o en bolea, acaba siempre por tirar; sólo es variable
el número de palos que necesita. Las mulas se han asociado mil veces a
los destinos de la Patria; los sucesos capitales de nuestra historia han pa•
sado casi siempre en mula, o se acometieron en mula; desengancharlas.
del tranvía fué un atentado de leso espíritu nacional.
Entre los carros de la carne y los carros de los muertos (que son los.
otros medios de transporte más notables de Madrid) el tranvía sin mulas
está haciendo, en mi opinión, triste papel. tA qué se debe la grandiosaapariencia del carro de la carne sino a la bien entendida restauración de
la reata de mulas, tras un destrenamiento fugaz? Las cinco bestias, el
carro de gran porte que se bambolea y se derrumba de un adoquín a otro,.
Y los cuatro bipedos Vt!rdinegros, untados de grasa, con sus blusillas cortas y sus trallas, que con un estentóreo ¡¡Rrrr... oooühll gobiernan el
rumbo de las caballerías, forman un cortejo único, inolvidable, enviado
por los barrios bajos a las sumidades de la villa a boca de noche, y pasan
sonando, tronando, apestando, con bazuqueo y roce de carnes desolladas
Y batir de los tendales de cuero que sahuman al vecino con el vaho de la
sangre. ¡Pavorosa máquina! ¿Es la re~ogida de los muertos de una gran.

45

�LA PLUMA

LA PLUMA
tbatalla, o pasan los relieves del festín de Moloch, o es la comitiva triunfal
de una sub-raza de caníbales que lleva los cuerpos de sus víctimas a al,guna escondida caverna para devorarlos a placer! Junto a esa visión truculenta, el tranvía, muy fértil de por sí en vejaciones y percances, se nos
antoja un poco insulso, una especie de comedia casera para.familias bur,guesas Y gentes de buen conformar. Lo mismo si se le compara con el carro de lus muertos. Todos juntos, previenen las postrimerías del madri&lt;leño. El catecismo conoce cuatro postrimerías del hombre natural; las del
madrileño no pasan de tres, pero son horrendas, y no hay ninguna que
corresponda con la postrimería gloriosa de los justos. Ir en tranvía, o colgado de un gancho ea el carro de la carne, o abrigado en un coche estufa
-de las pompas fúnebres, son las tres últimas cosas que pueden sucederle
al habitante de Madrid, a poco que propenda a trasladarse. Incluyo lo del
carro, porque, sobre no estar muy cierto de la condición que sus clientes
,gozaban en vida, reliquias de espíritu franciscano me incitan a considerar
los cuadrúperlos como hermanos menores, y los saiudo, cuando los veo
pasar abiertos en canal, como a convecinos frustrados. De igual modo,
veo en los ocupantes temporales del coche fúnebre a nuestros convecinos
-más sensatos, que optan por ausentarse definitivament€, descontentos y
fallidos en su calidad de pasajeros. Se adivina que, resignándose a perder
de una vez todo el tiempo que tenían, se han tumbado para hartarse de
•dormir, diciéndole antes al cochero: «¡Por horas[ Un paseo hasta las afueras. Ve despacio. ¡Hace un sol tan hermoso!• Son los únicos viajeros que
-están seguros de llegar a su destino. Pero no se dan cuenta del ridículo
aparato con que los llevan; de no ser así, poco tardarían en rebela1se. Ni
perciben las palabras impías que se pronuncian a su paso. Siendo yo estudiante de leyes, volvía con unos compañeros de no sé que lección prác'1:ica, y como nos cruzásemos con un entierro, el docto catedrático que aos
acompañaba, dijo:
-¡Mirad, hijos; llevan a enterrar al de cujus!
Andados los años, me encontré aspirante a la Filarmónica; me recon,-comfa por la tardanza en el ingreso, y cada vez que topaba con un entie:aro, hacíarne esta pregunta, risueña como la esperanza:
46

-¿Sería socio de la Filarmónica?
Tampoco se dan cuenta de la loca alegria que respiran los acompahantes del duelo. Quien se para a mirar el desfile de los coches de un entierro sorprende, Tentanilla tras ventanilla, en los rostros que no se creen
observados, todos los matices de un regocijo animal estúpido; el regocijo
de quien acaba de salvarse de un gran peligro. ¡Imaginan que no se han
de morirl Y van dulcemente mecidos por el deleite de hacer coro en un
suceso aciago que, de momento, los deja indemnes. Pero lo que asombrarla verdaderamente a los muertos, si lo viesen, seria el barullo y la prisa
con que los enterradores regresan a Madrid, una Tez desembarazados de
-su carga; ponen los caballos al trote; se despojan, haciendo un montón
-con ellas, de las insignias funerarias (bastoncillo de zahorf, como para
alumbrar muertos ocultos; peluca de estopa rucia y sombrero bicorne): parecen mascaradas y cabalgatas del Carnaval, que al llegar la noche, rendidas de vocear y correr, abandonan el jolgorio.
Yo no creo que los muertos de Madrid viajen con tanta aflicción como
.aquel de la fábula:
Un mort s' en allait tristement
s' emparer de son dernier gtte;
un cure s'en allait gaiement
enterrer ce mort au plus vite.
¿Tristemente? En Madrid, morirse es cordura. Si el saltatumbas le despa-cha au plus vt'te, el muerto se ríe de él y de la vana agitación de los enterradores. Los madrileños conscientes se mueren por sustraerse al tiempo, por bogar en la eternidad, por dar a su vida el fondo perteneciente a
su ritmo lento. Corno viajeros, los muertos son los únicos madrileños que
or~anizan su experiencia personal y saben la inutilidad de tener prisa.
No así el madrileño que per~iste en viajar en tranvía. Es un tipo atolondrado; pueril, para quien llegar a la Glorieta de Bilbao o a la Puerta de
Atocha vale la pena de zambullirse en el remolino de groserías y de arbitrariedades vejatorias que asalta los coches. Aún no se ha abierto bastante
-camino la idea de que el tranvía es sólo u11 lugar de esparcimiento y re47

�LA PLUMA
creo para familias modestas, campo de operaciones de galanteadores furtivos, vehículo de enfermedades infecciosas, depósito ambulante de malos
humores; pero no carruaje que puedan utilizar las personas que se estimen. En tranvía viajan las gentes más feas de Madrid; sobre todo en verano; son los clientes de Bagaria. Viajan también los más pazguatos: los
que toman siempre la dirección contraria, los que nunca saben el precio
del billete, los que le cuentan al cobrador, al guardia, al viajero contiguo,
adónde van y con qué motivo. Viajan los más impertinentes; los que ocu pan el estribo o la portezuela como finca pro,Jia, las familias que discuten
sus asuntos íntimos en el instante de subir o apearse, concierta'\ bodas,
organizan excursiones, se recomiendan negocios y cambian prolongados
y tiernos adioses. Viajan las señoras gordas, los viejos perláticos, y esas.
hembras temibles rebujadas en un mantón de ocho puntas, con una cesta
en el brazo izquil'rdo y un chiquillo en el derecho. Viajan los peor educados, que compiten en aspereza de genio con el conductor {quien apuñala
con los ojos el espacio y da vueltas a fa manivela con igual furia que si le
retorciese el pescuezo a su mayor enemigo), y con el cobrador (que nos.
alarga, entre reniegos, el billete, bien untado de saliva, especie de cédula
de excomunión). Viajan los conquistadores castizos: uno muy moreno, cejijuni:o, de bigotes puntiagudos, de pavoroso mirar, que al mismo tiempo
subyuga, protege y perdona a una jovencita que va en el interior... Yo,
que siempre voy a pie, los desprecio. Pero a ninguno tanto como a .estos.
dos: al hombre servicial, que abre solícito las barandillas de la plataforma
para que salgan otros, o le avisa al conductor cuando han acabado de
subir los viajeros; y al señorito que desde la acera sale corriendo para dar
alcance al tranvía, y lo atrapa, y de un salto cae en la plataforma como
quien cae de la luna, y mira sonriente a los demás viajeros mendigando
un chispazo de simpatía, y no le hacen caso, y él se ve muy solo, muy
extraño, y se azora, y no sabiendo qué hacer rompe a silbar el andante
de Beethoven oído. la tarde anterior en el concierto de Price. Este es el
Gran Camarlengo del Augusto Colegio de Cretinos.

VELETA
Viento del Sur.
Moreno ardiente.
Llegas sobre mi carne
trayéndome semilla
de brillantes
miradas. Empapado
de azahares.
Pones roja la luna
y sollozantes
los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
Ya lze enrollado la noche de mi cu,ento
en el estante.

Sin ningún viento
¡lzazme caso!
Gira corazón,
gira corazón.

BL PASBANTB BN CORTB
4

I

�LA PLUMA

LA PLUMA
Aire del Norte.
Oso blanco del viento.
Llegas sobre nti carne
tembloroso de auroras
boreales.
Con tu capa de espectros
capitanes
y riéndote a gritos
del Dante.
¡ Oh pulidor de estrellas!
Pero vienes
demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.

y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.
L as cosas qne se van no vuelven nunca,
¡todo el mundo lo sabe!,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿ Verdad chopo maestro de la brisar
¡Es inútil quejarse!
~

SÓLO TU CORAZÓN CALIENTE
Y nada más.
lvli paraíso, un campo

Sin ningún viento
¡hazme caso!
Gira corazón,
gira corazón.

Brisas gnomos y vientos,
de ninguna parte;
mosquitos de la rosa,
de pétalos pirámides.
Alisios destilados.
Entre los rudos árboles,
flautas m la tormenta.
¡Dejadme!
.
Tiene recias cadenas mi recuerao
50

.sin ruiseñor
ni liras.
Con un río discreto
y una fitentecilla.
Sin la espuela del viento
sobre la fronda
-vi la estrella que quiere
ser hoja.
Una enorme luz,
que fuera luciérnaga de otra,
En un campo de
miradas rotas.

�LA PLUMA
LA PLUMA

Mi corazón se vuelca sobre la fuente fría.

Un reposo claro
y allí nuestros besos
( Lunares sonoros
dtl eco)
Se abrirían muy ltJos
Y tu corazón caliente.
¡Nada más!

(¡Manos blancas lejanas,
detened a las aguas!)

Y el agua se lo lleva cantando de alegría.
(Manos blancas lejanas,
¡nada queda en el agua!)

FBDBRICO GARCIA LORCA

MI CORAZÓN REPOSA JUNTO
A LA FUENTE FRÍA + + + +
( Llénalo con tus hilos,
araña del olvido.)

El agua tU la fuente su canción le decía.
(Llénala con tus hilos,
araña del olvido.)

Mi corazón, despierto, sus amores decía.
( Araña del silencio
téjele tu misterio.)

El agua ele la fuente lo escuchaba sombría.
( Araiia del silencio
tijele tu misterio.)
53

52

�LA PLUMA

LIBROS Y REVISTAS
Ramón Péres de Ayala,-Belarmino y Ajolonio.-Novela. Madrid. Calleja, 1921.
• Saber poco o, mucho, ¿de qué sirve? ~3:da ciencia, d~ por sí, es ~na abdicación al conocer mtegro. En la edad teolog1ca, la humamdad ~e figuraba haber
penetrado el sentido de la vida y la mue~te; el ho~bre se hab1~ a~ostu~brado
a la presencia de lo absoluto en cada realidad relativa; el conocimiento mt~gro
se ofrecía al alcance de la mano. En la edad científica, cada sabio no y_e s1 no
lo que tiene delante de las narice_s. Para a~~ender al concepto y emocion de la
vida, 0 situarse en el punto de vista de Sin&lt;?, C?~º hace el filósofo, o zambullirse con todas las potencias en los dramas md1viduales. El drama y la filosofía son la única manera de conocimiento.&gt; Así dice, en la sobremesa de una
casa de huéspedes, Don Amarant0 de Fraile,_ •ostentando _didácticamente un
tenedor de peltre, al modo de férula_&gt;. Belarmmo_ y _Apol~mo son la representación viva de los dos modos de arnbar al conocim1ento mtegro que el Sr. de
Fraile, iróaico y pedante, propone en las primeras páginas de esta novela.
Belarmino como su antecesor el tudesco Jacobo Bohme, es zapatero y filósofo; Xuantip~. su mujer (Xuana, la Tipa): se pare~e a la mujer de Sócrates, no
sólo en el nombre, sino en el humor agno y dommante con que aten~za_ a su
marido. Belarmino, por seguir las solicitaciones del dnteleto», el geniecillo o
demonio que se rebulle en su alma, aban?ººª poc? a poco el ~~nester zap ateril, afronta serenamente (dos veces estoico), la m1sena,_p_ara v1:-ir, en la co~templación de la Idea: e Su deber era abandonarlo todo, vivir de limosna, sufr~r
penalidades dormir bajo los porches, alimentarse de hierbas, con tal de seguir
la voz del I~teleto.&gt; Se afana en buscar una explicación del Universo. No le
satisface repetir, como las gentes vulgares, palabras y pal:i-bras, sin pararse a
escudriñar en su significado. •El aquel de la filosoha-dice-no ~s más que
ensanchar las palabras, como si dijéramos, meterlas en la horma. Si encontr_ásemos una sola palabra en donde cupieran tedas las ~osas ... , eso es la filosofi~,
tal como lo apunta mi inteleto.&gt; Belarmino, desprovisto de cultura y de técmca, maneja un lenguaje en embrión, que desconcierta y suspende a sus colo-

54

cutores, y un tecnicismo de su inventiva. Pero la sorpresa y la risa que su modo
de hablar provoca, sólo son duraderas en Ios espíritus superficiales: «De las
palabras no cuenta la estructura, sino el timbre y la intención. La cuestión de
la filosofía está en buscar una palabra que Jo diga todo cuando nos da la gana.•
Así, Belarmino, leyendo y meditando el Diccionario (epítome del universo).
descubre que en el Diccionario están todas las cosas, porque la cosa y la p:1.la•
bra es uno mismo; nacen las cosas cuando nacen las palabras, cuando un clnteleto• las conoce y les da nombre. Belarmino, entonces, trueca l)iccionario
por Cosmos y Cosmos por Diccionario. Agudamente va cambiando la aplica- ·
ción de los nombres a las cosas, quitando a los vocablos la significación que
les ha dado la rutina, y pone en libertad los conceptos, los sf!res que en ellos
estaban sepultados. Son creación suya, invención de su inteleto. En suma, Belarmino acomete una reconstrucción idealista del universo. Pero no la articula
en teoría o sistema: cuando cda en el blanco•, como él dice; cuando descubre
la •luz increada., cae en definitivo ensimism,miento, corta la comunicación
verbal con los demás hombres, vive, apenas con apariencia carnal, en los prados elíseos de un asilo.
Por su la~o, ~~olonio penetra el sentido íntimo de la vida y del mundo.
merc~d a la _mtu1c1ón poética. Es un imaginativo, rebelde a la disciplinf y al
estud:10, sensible con exceso, propenso a enternecerse, exuberante, enfático.
Respiraba en verso. Suponía que cada persona es víctima de una pasión y los
hom?res mufi:e~os de una pieza con un solo resorte. Tiene de común con Belarm1?0 el 0~1c10 de zapatero, la ignorancia, la falta de medios de expresión,
la actitud res!gnada ante el infortunio: Apolonio va a dar también con sus hueso_s en un asllo. Pero en la novela, a Apolonio ese le ve• menos que a Belarmmo. Esto puede depender de dos causas: O porque la historia de Apolonio
está contada, en buena part'!, por un tercer personaje. y sus gestas, referidas
a la huella que han dejado_ en la vida personal del narrador, aparecen para el
que lee en un p_lano más distante que las de Belarmino, las cuales pasan todas
ante nuestros OJOS: o I?orque (Y_ esto es lo más probable), Belarmino se va formando por la ~ed~taci?n y el d1acurso, en un lapso de tiempo q ue nos permite
º?servar su ag1tac1ó n mterna, dejándonos así más fuer~e impresión de humanidad Y de vida, al paso que Apolonio, por el arrebato que naturalmente le
posee, se zambulle desde luego y para siempre en el piélago que Belarmino
descubre sólo tras un largo rodeo.
El autor, h~ce vivir en esos dos personajes una dialéctica. Encerrado cada
u:~ enslos lun'.~e~ de su vocación, Apolonio y Bel~rmino se niegan mútuamente;
P 0 e a opos1c16n se resuelve en una armoma superior que los abarca a
~ntam?c:is, En el fondo, Belarmino y Apolonio son dos apasionados de la vida
e esp,ntu. L?s ?ºS se esfuerzan por comprender y crear. ·B~larmino pretende
ril?e~sar_ el Dicc~onario, es ~ecir, el_ Cosmos; quiere profundizar las potencias
º . ¡etiv~,. de _la vida, convertir la existencia en formas de pensamiento. Apolo010 Sspira a IDCorporar en formas dramáticas las ideas que hierven en su caletre. ou do_s •rancheros de la cultura&gt;, dice de ellos el Aligator personalmente
'
,,
dmueven. ansa y compasi·ón,· son d os I·1ustres grotescos, maniaticos,
portadores
e una idea grande; la magnitud de esta fidea refrena las burlas en el ánimo

55

�LA PLUMA
del lector, solicitado al mismo tiempo por la admiración y la lástima. Son rivales, pero su rivalidad •no era zapateril, sino de otro orden más íntimo y personal&gt;. Los sucesos de la novela prestan la coyuntura para que la conciliación
necesaria se produzca. Como medios de abarcar el conjunto de la vida, la filosofía de Belarmino y la intuición artística de Apoloaio se completan. Apolonio
ve en la filosofía de Belarmino la expresión de la poesía que hay ca toda cosa;
Belarmino ve en la poesía de Apoloaio la expresión intuitiva de la verdad de
las cosas. En un campo neutral plantado de asfodelos, Apolonio y Belarmino
s~ encuentran por fin, exentos cuanto es posible de toda ligazón terrena y a
solas con sus ideas; allí, en el asilo, los dos zapateros, que creían odiarse, acaban dándose un abrazo: es la soluci6n armoniosa de la antinomia; el desenlace
del conflicto intelectual figurado en ellos.
El autor dice que no sabe qué pensar en la pugna de lo qu~ Belarmino y
Apolonio representan; pero la soluci6n apuntada nos permite creer que lo sabe
perfectamente, sobre todo si a esa solución se le da su valor verdadero recordando que los dos héroes se va1 por último a vivir con el cura don Guillen, el
hijo de Apolonio, súbitamente enriquecido. El tal don Guillén parece estar en
la novela para corregir, completándola, la doctrina de don Amaranto de Fraile
acerca de los modos de penetrar el sentido íntimo de la vida: junto a la filosofía
y la ibtuición poética, don Guillén es la intuición religiosa. Estando aún en el
seminario, la crítica bíblica le quitó la fe; percibió la nulidad de los testimonios
hist6ricos del cristianismo. Pero rehizo su creencia cristiana por un acto de
voluntad de creer, robusteciendo y exaltando el elemento espiritual de su ser.
Testimonios y dogmas son cosa secundaria. Lo importante en el cristianismo
es la creación del espíritu. Esa religión depurada no le impide a don Guillen
seguir siendo cun. Asciende a la virtud más áspera: la castidad, y se esparce
en proyectos de mejoramiento social, conducentes a satisfacer el común deseo
de felicidad que es lo primordial humano, y el consiguiente derecho a la felicidañ que todos tienen, «pero derecho aquí mismo, en la tierra•. Don Guill~n.
como Bclarmino y Apolonio, es un entusiasta, un hombre de arrebatada vida
interior, fortalecido por ella contra las borrascas y las pesadumbres, para quien
no existe al parecer más realidad que la del espíritu y sus obras; otros personajes de la novela viven también abrasados por una llama, tienen el mismo
empuje, pero los dos zapateros y el cura, dentro de ese violento gii:o, conservan un continente sereno, uua confianza en la vida, una sonrisa que les presan aureola de santidad. Y esto importa señalarlo, porque el demiurgo beaévo•
;o que los inventó, no podía, dentro de la 16gica de su invención, n'!garse a
colmar (figuradamente) sus esperanzas. Cuando don Guillén, contra liU deseo y
su consejo, se encuentra heredero de una beata millonaria, saca del asilo a los
dos zapateros, y llevando de la mano a An~uslias, la inocente pecadora, desaparecen los cuatro de nuestra vista, como si asccnd iesen al cm µíreo. • Viviremos juntos una vida venturosa•, dice don Guillén. «Seremos todos felices• ,
dice la infeliz Angustia~. •¡Qué dramas voy a escribió exclama A polonio.
•¡S6lo es verdad el amor, el bien, la amistad!,, concluye Belarmiao. Este desenlace, que en otra novela de distinta fórmula no tendría cabida, acaba de dar
a la historia de los do~ zapateros su significación profunda. En la escena, ente-

56

LA PLUMA
nebrccida de súbito, queda sólo el Aligator epilogando sobre los sucesos pasa&lt;los; sentirnos que Belarrnino y Apolonio han subido al limbo luminoso de los
hombres que injustamente se frustran.
¿Cómo se hace de dos personajes de ese porte materia novelesca? Mostrándonos su oposición con el ambiente (una ciudad asturiana) y el rechazo de sus
palai&gt;ras y actitudf's incomprensibles en el ánimo de una colección de tipos,
en su mayoría ridículos o poco inteligentes. Y tejiendo, en segundo término,
una sencilla historia de amores frustrados, en la que el influjo funesto de la
rivalidad de ambos zapateros interviene decisivamente en el momento oportuno. Este momento es aquel en que la novela hace crisis, el más feliz del libro;
hasta que llega, los pcrsoc,ajcs van poco a poco cobrando significaci6n a nuestros ojos, y se aumenta el caudal de alusiones y preocupaciones intelectuales
que Belarmino, a su modo, maneja o sugiere; pero está la acci6n como en suspenso; las fuerzas que van a jugar en la novela se acumulan y amr.na.zan.
Cuando el autor les da suelta, prodúccse en las posiciones relativas de los personajes la mudanza esencial, la cri.lis; nOll lo cuenta en un capítulo que es, no
s61o el mejor de esta novela, sino probablemente lo mejor que Ayala ha escrito hasta hoy como novelista: la fuga de los novios, la pérdida de Angustias, la
captura del St'minarista y, sobre todo, la muerte de Novillo, el vejestorio enamorado de la solterona, y la revelaci6n del dolor en el corazón de la ridícula
F~licita, están tratadas con una seguridad de mano, con tal tino, con tan sobrio
p10cel, y coa tan perfecta inteligencia de la gradación de los sentimientos, que
nos parecen en oxtremo bien. Esta es la t:úsp:de de la novela. Ea la arquitectura del libro, las líneas eeneralcs y los recursos técnicos empleados se corresponden con cierta simetría antes y después de ese momento, como en dos
vertientes.
Una palabra, para cerrar esta nota, ::-especto del estilo. Pérez de Ayala
es uno de los pocos (poquísimos) escritores contcmpo1·áacos que pueden dar
razón cabal de los vocablos y giros que empican.
Es todo lo contrario del alarido, de la arbitrariedad, de las piruetas, del
descoco, en suma, de la barbarie . Me parece que una cosa es renovar el idiom~, Y. o_tra cscri_bir mal, a secas; y está uno harto de ver que, no sólo j6vencs
prmc1piantes, smo gente madura, y hasta viejos maestros, rivalizan en humillar el ~astelbno a la llaj1:za de los medios de expresión de una mente cerril,
~acubncndo con pr~t7n~1das a_nsi11.s de remozamiento lo que no es sino brutalidad natur~l o do°:11~10 msufic1ente del habla. Pérez de Ayala apura la capacidad c~pres1va del 1d1oma al ~ervicio de una scnsibi!idad y una cultura modernas, 5111 romper su estructura clásica. Nadie le confunde con los autores d•
trasuntos y jasticlies. Su asimilación del genio del idioma es demasiado seria
para es~. A veces parece un arcaizante. tan s6lo porque restaura ea su sentid? prop_10 los vocablos que, ~al cmpleadc,s, iba? perdiendo todo valor y signifi~anc1a. Por la pausa del ntrno, y por la densidad v encadenamiento de Jos
pcnodo_s, su castell~no co_ntiaúa uua gran tradición én la novela literaria. En
'!,e~armmo y A1_olomo s':1bs1stca todas las cualidades de su estilo; gana en prec1;1ón, en sobriedad, virtudes que implican rigurosa disciplina en quien, como
Percz de Ayala, gusta finamente el &lt;sabor carnal&gt; de las palabras, y sabe oír'

57

�LA PLl'M .4.

LA PLUMA
la cadcnoia de frases amplísimas. Esta prosa de abundante caudal (pero sometida a una técnica siempre alerta), tersa y unida como el haz de un espejo,
se presta mejor que a nada a los discursos, disquisiciones y rcfcrcnr.ias p.iestos por el autor en boca de algunos de sus personajes, y a pasar insensible y
suavemente de una alusión en otra, a gusto de la fertilidad del ingenio. Pérc~
de .Ayala es parco en describir la naturaleza exterior; cuando posa en ella los
ojos, la interpreta en notaciones breves, agrupadas alrededor de una imagen
principal, en la que vienen a cobra1· trascendencia poética las Hncas escuetas
de la visión corpórea. Esta actitud oc Pércz de Ay ala, se opone (no es el único que la ha adoptado) a la tendencia que venía predominando en la novela~
explicarla seriamente por lo que de sus ideas generales pueda colegirse en su1escritos, requiere un repaso de todos sus libros.
Pérc:t. de Ayala escatima sas novelas. Hada ocho años que no publicaba
ninguna. ¡Ah! ¡Ese periodismo, ese periodismo literario, por qué ha de absorver a los que valen para cosas mejores!
M. A.

***

Alberto Insúa.-l,as fronteras de la pasión (Novela),-Rcnacimiento

1920.

El hablar de literatura de e:'Cportación y de importación no implica menoscabo ni reducción a términos exclusivamente comerciales del valor artístico de
obras y autores. En lo que va de siglo, la europeización literaria iniciada en las
postrimerías del pasado se diYersifica en dos tendencias definidas: de afirmación nacionalista la una, muestra de lo típico español con vistas a la exposición
unir,ersal; de adaptación española de los modelos extranjeros, la s•gunda. Los
nombres de Blasco Ibáñez y Jacinto Beoavente presiden, en cierto modo, una
y otra dirección. No se ba producido aún la corricntt&gt; en que se fundan ambas.
dando a lo característico español la significación humana por excelencia de las
grandes obras rusas y escandinavas, pongo por ejemplo de literaturas nacionales influyentes en el espíritu moderno.
Alberto lnsúa se esfuerza en aclimatar entre nosotros un género eminentemente francés. Hay un tipo de novela parisiense que subsiste en el favor del
gran público amorfo, pese a los vientos y mareas de las renovaciones literarias posteriores, derivado, sí, de la gran tradición novelística francesa, pero
bastardeado al someterse a la prueba dtl lector sabidillo, siempre más fácil de
hallar que el lector inteligente. En España la novela psico1ógico-amorosa,
pu!'de d!'cirse que no ha tenido hasta la fecha cultivadores capaces de darle
carta de naturaleza. El éxito de Ft-lipe Trigo amenazó con una ola de imitadores de mala condición, relegados luego de los escaparates de las librerías al
vendedor clandestino de libros pornográficos. El propósito de Insúa no~ parece muy loable, en cuanto intenta dignificar literariamente, según reglas establecidas en los modelos del género, la novela erótico sentimental, tan desprestigiada.
Las fronteras de J:z pasión es el caso triste de un buen burgué~ madrileño
con ínfulas de enamorado a la alta escuela. Casado por conveniencias ~aciales
58

con _,m je.Jaso tú ,·arne, halla rlesp11~s el amor en figura de mujer edueada en el
e%1' anJero. El deber _pone a la pasión una frontera infranqueable. Separados
m s que por la fatahda~ por la vida corrünte, cuando el ~namorado vuelve ;
~cr a la amada_ de un d1a, respeta la felicidad maternal de aquella mujer y
uyc a sum,erg1r su dolor en la vulgaridad diaria.
. Tal en lineas generales la trama de la novela, en que el autor se ha ateo¡do al n atural co~ fiel empeño, aun a ::osta de que pudiera disminuir el inter • nove1esco la pmtura real de un ambiente tan anodino.

c.

*

R.

c.

**

Manuel U1arte.-Cuentos de la Pampa.-Calpe.-Colección Universal.-Madrid,

1920.

Por pr~mcra vez se editan reunidos en castellano estos cuentos a bl"
?dos en erent~s periódicos y revistas, y antaño coleccionados en t~!diic~ió:
rancesa ontes_ e_ la Pampa.-Garnier Hermanos, París), e italiana (Racconti·
~el{ª A,mpa.-Bibhoteca Amena, Fratelli Treves Milan). éJaro es el propósito
e autor, re~ueltamentc dec!ai:ado ad,-más en el breve prólo O del volumen·
f,~:~r de r~he~c lo ca~actcristtco americano, denko de los 1rmites de la lite~
tant/ espanolla, efs dcc_1ór, rebuy_endo la imitación de temas netamente ibéricos
como a a ectact n exótica en pos del m del
t
·
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que es también el nuestro, •debe existir una mo~ali~aex ran1~ro. A su juicio,
buscar lógicamente esa modalidad en América Los d americana, y h_ay
que
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~~~~t~~ 1:~e:ri.~~ ~:s~~~a:a::~~~!~ªt::~;;a:~ -~!u/;~r::;i~t:::~ªt~
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~d~~:ªdes~~s~1i~~, ~!~:r~t;:::;::f~fi!.~~~~o~ l~e~~esl1:C:!;~ª~~:. ~~~~cd:}
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renovación mundial

~~ntro de esa. modalida_d_ general, alienta en los catorce cuentos ue com00
~utor p~; ~~':~p~~;t~oe~fttj/:trosp~c~!v0 , que refleja la preferiÍlcia del
1
mento del cosmopolitismo ar cnt~noen e _iemp~ como parece, dado el increprovincianc, todavía de las cfudades de trernta a_no~ a la fecha. En el ambiente,
colonial, late el dra~a vi~leoto de I cu)'.~ esp~n?l!smo conservaba u.o aspecto
caballos salvajes-, tiñendo de un ro~o ~ ~I prt~iti(a-el gaucho, el malón. los.
Y lo que es m.is, la intención
J • e ama_ a u~ del alba nueva.
rada por el interés o I
d jropiamente hterana está sobre todo avaloatrae y distrae al le~to:e =seo e r_elato, que, aparte toda otra consideración
, poco cuno~o que sea.
~
C. R. C.

***

Jobo
E lche.-The Dance •f tite Seises.-Music Brande
&amp; LettersTrend
-L ·d-Tlu MY_Slery 0,.,
J
.
on res, abnl, 1920, enero, 1921.
El autor de estos dos ensayos b
ú .
Mr. J. B. Trend, es persona tan c:º r~ m s1ca y esce_nas religiosas en España,.
noci ª como apreciada en los círculos artís59

��LA PLUMA
LA PLUMA
• y por masas. Perdido el sentido de lo individual y particular, abarcan fácimen-

De sumo interés para el bibliófilo y el erudito, no lo es menos para la cul·tura española en Norteamérica h. nueva contribución del señor Seds a los estudios que tan dignamente preside la Hisjanie S,citty.
c. R. c.

***

La crlsia intelectual en Alemania .--Antes de la guerra, escribe monsieur
.Bernard Groethuysen en La Nouve/le lfevue Franfaise (noviembre), 1~ literatura y la filosofía constituían en Alemania un mundo apar'&lt;:. El pensamiento era
un refugio cerrado a las ideas del día, donde se veían las cosas sub ae1e,·nitatis
sje&lt;:ie, y no se quería saber nada de política. Las circunstancias han cambiado.
La et.!rnidad es poca cosa frente a las exigencias del presente. Por es~ e~ ahora tan difícil aislar la literatura y la filosofía del conjunto de los mov1m1entos
sociales y políticos.
La crisis intelectual de Alemania es uu hecho que todo el mundo conoce:
Jos espíritus fermentan, los viejos no saben qué ha cerse ~n un II?undo que ya
no es el suyo, los jóvenes, desesperados o exaltados, no tiene n p1~dad para los
viejos; antes de poseer una convicción hacen el gesto correspond1ent_e, y a ve-ces, a fuerza de repetir el gesto, se forma en ellos algo muy parecido a una
convicción; la cambian después por otra, variando de absoluto, f:X~re$án_dolo
siempre con palabras tajantes y sonoras, que ocultan mal el abat11mento mterior. Tales son los síntomas generales de la crisis.
Antes de la guerra, con saber en qué punto del espacio y del tiempo se e staba, parecía bastante. Ser alemán o ser de su siglo parecían co~as igualmente
naturales. Lo cual no significaba más que hallarse colocado en cierto~ cuadros,
en los que la vida evolucionaba, siguiendo el orden que le era particular. La
_¡ucrra trastornó en mucho las concepciones del tiempo y del espacio, y todo
el mundo se entregó a la historia universal. El orden de los tiempos es ahora
,un problema para los alemanes, y a fuerza de pensar en él, han perdido el reposo y la estabilidad.
El abandono a la vida y la confianza en el momento presente parecen hoy
perdidos. El hombre, en nuestros días, parece que no sabe obrar sino desp1;1és
de rehacer el plan de la historia. Pero los alemanes no sólo se han convertido
en historiadores; han pasado también a la cate6oría de personajes históricos.
Es un efecto de la gran guerra. A muchos les produjo gran alegría, al principio,
desempeñar un papel en la historia universal. Y aun después de pasar por la
experiencia de que la historia se hace a menudo a costa de los que creen hacerla, el prestigio de los historiadores no menguó; los hombres de la gene~ación presente parece que ponen toda su confianza en los constructores de historia, que pretenden interpretar el destino de cada uno sacándolo de los datos
de la historia univusal. No se oye hablar más que de siglos y épocas; todo es
mundial y universal. Todo se vuelve visiones apocalípticas. ¿Pero es cosa probada que por despreciar al individuo ha adquirido la nueva generaci6n gran-deza real? Más cierto es que la guerra continúa en los espíritus. En el fondo de
las concepciones históricas de sus sabios, hay un cierto afán de manejar pueblos,
.de no contar los individuos más que por unidades; se si¡ue pensando en masas
62

te tiempos y pueblos; pero es de temer que figurándose ver las cosas en grande,
no hagan más que perder la visi6n de los matices.
Hacía Dotar Goethe que las guerras estimulan la voluntad más que el entendimiento, el espíritu político m~s que e.l espíritu artístico,_ y se pierde toda
relación directa con el mundo sensible. As1 ahora, en el comienzo de toda pro&lt;lucción artística hay un yo quiero; una convicción muy terminante precede y
&lt;lirige Ja inspiración. El artista no _se abandona más que a lo que le parece l_egítimo, y convencido de haber edificado un mundo conforme a las reglas, disfrutará del placer de tener ruón, de haber cumplid• sus deberes de hombre
moderno.
Todo estriba en eso, en los actuales momentos: tener o no tener razón, ir o
no con su tiempo. La obra de arte presenta una intención, más que una reali-dad; una exhortación a una cosa, más que la visión de una cosa. En el fondo,
esos poetas y artistas son moralistas.
La crisis artística y literaria de hoy se parece to todas las crisis de ese género. Periódicamente, el arte se rebela contra el arte, la literat ura contra l a
literatura. El artista y el poeta, en esos momentos, parecen reprochar a su
arte no ser más que arte, y a las imágenes, no ser más que sombras. Es una
tensión entre el arte y la vida, pero tensión interior, porque se trata siempre
de difecencias entre Jo qne el artista siente y los medios de que el arte dispone
para expresado. La tendencia entonces es a suprimir cuanto se interpone entre el artista y la obra de sus visiones. Se busca un arle directo, que retorne al
alma, de la que se ha apartado, o por convenciones, o por bien parecer. o-y
-esta es la teoría actual-dejándose guiar por una realidad que no es la suya
propia, la realidad de las cosas exteriores. El arte parecerá más verdadero por
expresar sin rodeos Jo que pasa en el alma del artista.
La crisis del arte se complica con una crisis de sentimiento: esa alma que
busca la expresión inmediata es un alma en pena. Pero no pretende expresar
sus sufrimientos con gestos patéticos. Buscan lo grotesco con preferencia a lo
patético para expresar la dt:sesperanza.
La generación actual está poco preparada para la tragedia. Antes de la guerra, la vida y la literatura eliminaban de la conciencia los elementos trágicos.
El único gran poeta trágioo de entonces, el sueco Strindberg, compuso la tragedia del individuo GUC ha padecido en cuerpo y alma, y cuyos sufrimientos
t!enen un v~lor trfgicc:i humano. La tragedia que ahora se representa es histór~ca, demasiado histórica para poder ser humana, y como na venido del exterior más que de dentro, le falta el yo trágico. Si los sucesos son trágicos, los
personajes apenas lo son.
La juventud intelectual alemana. arrancada bruscamente del refugio que se
había labrado, se ha encontrado con las puertas cerradas cuando ha querido
volver a él. Se ha juntado en bandos y grupos errantes, lo único que se ve
donde antes se veía iD.dividuos. Pero el individuo no ha abdicado voluntaria~ente su personalidad. Busca en el grupo lo que en sí propio no halla, y poméndose de acuerdo con otros, se cree original. Grita y gesticula; pero no logra convencernos de su originali&lt;lnd: por dd&gt;ajo de sus gritos, se percibe e l
63

�LA PLUMA
apuro del hombre que ha perdido su yo. La gran víctima de la guerra eu A lemania es el individuo. Al volver de la guerra, perdido el hábito del silencio.
del coloquio íntimo y de una vida fundada en h duración individual, no sabían escuchar su alma, no podían reanudar una vida personal. El hombre queha perdido su yo, ¿es el prototipo de la generación presente? ¿O no es eso más.
que una apostasía pasajera, y el alma volverá de su destierro para ser 1Qás
humana que antes? Tal es el problema en que estriba el porvenir de la vida
del espíritu en Alemania.

Libros rccibldos--Juan de la Encina: Los maestros del arte moderno. Madrid, CaUeja.-G. IC Chesterton: Pequeña Historia de inglaterra, versión caste-

AÑ"O II.

llana de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Calderón: Teat,·o. 1: Et Alcalde de Zaiamea.
La 'IJida es sueño. Et mágico prodigioso. El prínci¡e constante. Prólogo de J. Gómez Ocerín. Madrid, Calteja.-Lope de Vega: T,atro. 1: Peribáiie,: y el comendo:dorde Ocaña. Ltt est,·eila d, Se'IJilla. El castigo sin venran,:a. La dama boba. Prólo
go de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Napoteón explicado ¡or si ,,,ismo. Memorial de
Santa Elena, por el ·Conde de las Cases. Tres volúmenes. Madrid, Calleja.Don Juan Manuel: El Conde Lucanor. Prólogo y notas de Sáochez Cantón. Madrid, Calleja.-Rubén J)ario en Costa Rica. Ediciones Sarmiento, cuadernos 1-¡
y 18; 1920. San José de Costa Rica.
Rev1stas.-España, Madrid. - Hermes, Bilbao, diciembre. - La R1mda,
Roma, agosto-septiembre.-Cuba Contemporánea, La Habana, noviembre y diciembre.-Pe~aso, l\1ontevideo, octubre.-Die Aktion, Berlín, núms. 49-50-51-52.
Esjaña y América, Cádiz, diciembre.-Re.flector, Madrid, dieiembre.-Escena,
Madrid.-Vida Nuettra, Buenos Aires.-Repertotio americano. Noviembre y
diciembre, 1930. San José de Costa Rica.

MADRID, PEDRERO 1921

NÚM. 9.

FEDRA
TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACT,O SEGUNDO

FIIJ)RA y EUSTAQUIA.

GACETILLA
¡Adiós, j11ventudl-Estos días anda retirándose de la escena (por lo menos de la escena peninsular) Rosario Pino. Mucho nos ha gustado siempre esta
actriz, representante-según hemos leído-de la feminidad en las tablas. (Por
lo visto, las demás actrices, o no son femeninas o representan la feminidad,
en otros sitios). Recordamos con fruición algunas muestras de su repertorio
que suenan, sobre poco más o menos, así:
-•~No hallais, querida mía, que la señora de Monsigny rebasa verdaderamente esta noche las conveniencias?
-¡Sí a fe! No sabría deciros en qué medid:1 me intriga su aparente enredo
con el señor de Trevoux.
-¿Quien es, después de todo, el señor de Trevoux con quien tanto se
mnestra?•
Y luego don José Laseroa escribía: «Es un plato de ternera sin ternera.
¡Excusez d" peuf• ¡Inolvidable tiempo!
64

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

5

Per~, hija mía, te veo enflaquecer, ir...
Muriendo, ama, muriendo. Esto no es vivir. No sé qué
hacer para defenderme.
Acude a la oración, hija, reza...
~o me brotan las oraciones libremente. Algunas vez he
mtentado rezar, pero se me resiste, pienso en otra cosa
en él, Y esto me parece sacrilegio ... No es posible no '
me faltan ganas de rezar...
' ···
Aunque sea sin ganas... Además, eso te distraerá...
~o, eso me enciende más ... Mira, ama, en estos últimos
tiempos, antes del día aquel, temiendo estallar al cabo
65

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Libros recibidos: V. García Calderón: En la veróena de Madrid. Amúica
Latina, París, 1920.-Giuseppe Manfroni: Sulia soglia del Vafica1UJ (1870-1901),
Volumen l. 1870-1878. Bologoa, Nicola Zanichelli, ed.-Gioo Damerini: A-,r di
Venezia. Bologna, Zanichelli, 1920.-Giannino Omero Gallo: Le Oasi del Dolore tII, III). Bologna, Zanichelli.-Giuseppe de Lorenzo: M,rale Budd!,ista. Bologna, Zanichelli.-Arturo Issel: Fra le neóbie del passato. Bolo~na, Zanichelli.Concetto Pettinato: I)ora 1·ossa. Bologna, Zanichelli.-Antomno Anile: Ne/la
scienr.a e nella vita. Bologna, Zanichelli.
Revistas: La Lectura, Madrid, agosto.-Arquitectura, Madrid, abril.-Hermes, Bilbao, octubre.- Vida l\fuestra, Buenos Aires, agosto y septiembre.-España, Madrid.-E.11aña y América, Cádiz, octubre.

AÑO I.

1

MADRID, DICIBMBRB 1920

Gacetilla.
Tradncciones.-Puestos a traducirlo todo, lSe debe traducir también
el nombre propio y el apellido del autor• de la obra trucidada? Vemos anunciadas traducciones de las obras de Carlos Maurras, Arna/do Benett, Renato Benjamín, Salvador Giacomo... Esperamos que, no tardando, se traducirán las tragedias de Pedro Corneja y Juan Raiz, el Novum Organum, del canciller Lord
Tocino; las fábulas del cbuenhombre• Lafuente, los laracteres, de Juan del
Brezo; el Gil Bias, de Renato El Formal; las obras selectas de Juan Estuardo
Molino; las de Juan Pablo Juez, y tantas otras poco conocidas hasta ahora. lmit~mos a madame Emitie Le Brun, que más de una vez ha citado a Anatolio
Fran:ia.

• **
De la influencia del clima en la resolución de loa enredos escénicos.-Ingente es la figura literaria del Sr. Linares Rivas; coloso de la dramdturgia española, tiene un pie en la ribera de la comedia chistosa y otro en
los bravos riscos de la tragedia, rústica o urbana.
A este último pie le brotó, años ha, una Garra. Hasta entonces nos había
deleitado (moviendo sin tregua el otro) con esas comedias en que todos los
personajes, tontos, al parecer, se toman el pelo mutuamente: «Tu padre vino a
Madrid arreando mulos.&gt;-«Peor hubiese sido que los mulos le arreasen a él.&gt;
Si la calidad de este diálogo erá insuperable, el Sr. Linares logró al menos encontrar para su Gan·a un conflicto hondísimo: la lucha, en el corazón de un
bígamo, entre el amor y las leyes. Cuando La Garra se representó en el Uruguay, que es país adelantado, el bígamo se m~rchaba con_ 1~ segunda mujer, la
amada; cuando se representó en Eslan, el b1gamo se su1c1daba, pero un cura
le daba la ahsolución; y al representarse en la Princesa, ¡qué hubiera dicho el
abono!, se mataba sin que le absolviese nadie.
Dícese que hay otra versión de la obra, apropiada al público de Compostela. El lector adivinará con qué gusto vamos a comparar los rugidos de Cristobalón en Lara con los que ensaya Borrás para espectorar esa tragedia en el
Odeón.
288

Peeegeínación.
1
bn momento crepuscular
pensé cantar una canción
en que toda ia esencia mía
se exprimiría por mi voz:
predicaciones de cSan :Pablo
o lamentaciones de ;Job,
de versículos evangélicos
o preceptos de &lt;:Salomón
¡0h 9Jiosl
¿ff{acia qué vago C:ompostela
iba go en peregrinación?
¿C:on C/Jalle-fJnclán g con cSan f/?oque,

NÚM. 7.

�LA PLUMA
adónde íbamos, 6eitor?
¿'JI el perrillo que nos .eguía
no sería, acaso, un león?

LA PLUMA

11

!lbam&lt;M sig,,.iendo una vasta
muchedumbre de todos los
puntos del mundo, que llegaba
a la gran peregrinación.
&amp;ra una noche negra, negra,
porque se había muerto el clol.
fNos entendíamos con gestos
porque se había muerto la voz.
$.einaba en todo una espantosa
y profunda desolación.
¡t)h !Dios!

¿'Y adónde íbamos aquellos
de aquella larga procesión
donde no se hablaba ni oía
ni se sentía la impresión
de estar en la vida carnal
y si en el reinado del/ ay I
y en la perpetuidad del ¡oh/
¡tJh, ;i)iosl

290

.Cas torres de ia catedral
aparecieron. .Cas divinas
horas de la mañana pura,
las sedas de la madrugada
st1ludaron nuestra llegada
con campanas y golondrinas.
¡tJh, !Dios/
;Jamás hablamos visto
envuelto en oro y albor,
emperador de aire y de mar,
sino aquel '8eñor ;Jesucristo
sobre la custodia del '8ol,
/oh, !Dios/,
para te querer y te amar.
C:Visión fué de los peregrinos,
mas brotaron todas las flores
en roca dura o campo magro,
y por los prodigios divinos,
tuvimos pájaros cantores
cantando el verso del milagro.
:Por la calle de los difuntos
vi a Wietzsche l/ :JCeine en sangre tintos,·

�J

LA PLUMA
parecía que estaban juntos
¡e iban por caminos distintosi

•••
.Ca ruta tenía su fin.

'JI dividimos un pan duro
en el rincón de un quicio obscuro,
con el fMarqués de $radomm.

LA PLUMA

t;l perfume que nace de tu sustancia propia
unge los palpitantes senos de la floresta,
!J la estación que ríe bajo su luz de fiesta
hace tus gracias suyas y tus sonrisas copia.
!Pues al paso de 9lora la 'Gierra se conmueoe
y con formas de oro, de púrpura, de nieve,
de azul, la maravilla de su misterio expresa;

así, llena de música, la selva melancólica,
traduce por el canto de la flauta bucólica
lo que arde, lo que aspira, lo que ama y lo que besa.
fMaravilloso champiñón decorativo
que floreciste tantas funciones sanguinarias
en las luchas carlistas, y que por ser tan varias
tus formas, te conviertes en tiara del esquivo;

RUBBNDAIUO

hacia adelante, o hacia atrás, casco, aureola,
ya redondez de hongo, o arista de peñasco,
9ll ponerte en mi testa, me siento un poco vasco,
ya f!parraguirre, o bien 'llnamuno, o .Coyola.

floca.
9l tus pies 'Griptolemo, déa, su cornucopia
vierte, mientras tus manos alzan sobre la testa
encrespada de oro la simbólica cesta
en donde el f!ris mágico sus riquezas acopia.

293

�edad de oeo

LA PLUMA

(Jiiatoñetas de niños de toda, clase. y pa~a)

dijo el castellanito: cPor el duro, voy a traerle al señor cinco grillos
de lolii buenos... »

(1913=1920)

2

GuadaHama

Clib•o inédito)

(Madrid)

el geiUo ,~al

•Qtt
'

1

(Madriá)

angustia el grill? aq~~I de aqu~ljunio raro-junio cóncavo
Y profundo-, alh encuna de ffi1 ventana abierta, tan dentro
de mi soledad, como un cascabelón en el mismo centro ir:iterior de mi oído! Mi sueño era un infiriito de pesadilla y sobresalto:
era todo el cielo negro de verano, hecho monótono goterón sonoro
Y pesado, de estrella de plomo y eternidad de sombra; el mar inmenso de betún nubiano, condensado en una breve ola terrible y ahogante, que, en cada rítmico golpe, me atragantaba; era el mundo en
concentración, que descansaba sobre mis sesos auditivos, preso yo
por la cabeza-¡qué tirones!-de él.
_ ... Por fin, no pude más; y le dije al niño del portero, dueño del
grillo real, que si me lo quería vender; que le daría un duro o dos
.
o cmco,
lo que él quisiera; con la idea de llevarme el acerado 'anima-'
lito oscuro al Retiro y hÓspedarlo entre la yerba más distante.
El ch~quillo abrió unos ojazos enormes, asombrados, que a mí
me parecieron dos grillotes melancólicos, de honda música triste,
creyendo yo que se le convertían en pena, con mi pregunta.
¡No, gracias al dios del silencio, existente, parapií, aquel día! Me
29•

torrecilla de la Prosperidad, mísera, y los pardos chopucos invernales del Canalillo, se cortan hoy sobre un cielo sucio, vagamente estriado de verdes, telón acuoso del Guadarrama.
Marylin, de pronto, ha arrastrado a Walusia a una ventana, y,
encaramándola un momento, le ha dicho: «Walusia, mira, hoy no
hay Sierra. Se la han llevado esta noche los ladrones.»
W alusia alza sus vivos ojitos negros a los míos, abre sus braci. llos gordos, encolchonados de triples mangas que se le han subido,
sofocándola, y al fin se echa sobre mí, llorando desconsolada, como
si sucediese una cosa horrible: «¡Hoy no hay Sierra, Juan Ramón;
hoy no hay Sierra!»
3
el desmonte
(Madrid)

L

I

A

niño está sentado-¿desde cuándo?-en la húmeda arena dura,
esperando no sé a quién que lo ha dejado allí sin valimiento¿esa mujer del mantón blanco a cuadros marrones, oculta casi en el
desmonte, con un guardia civil?-. En la esplanada sucia, como la
mujer y el guardia no están, están solo el niño chico y la tuna· grande, que nace opaca y friolenta-octubre-, deslumbrada del crepúsculo, tras la torre de la Guindalera.
Un momento, el niño, en la volubilidad de su mirar, ve la lunaluna, tunera, cascabelera-, y, echando la cabeza atrás, le tiende
L

E

2 9S

�LA PLUMA

LA PLUMA
cuanto puede sus bracitos. Luego, el cansancio se le une &amp;I olvido·
Y mira un bichillo que pasa, se queda oyendo una corneta desento~
~acta que raja tristonamente el ocaso de dramáticas fajas, o se entretiene en recorrer con su dedo el charquito que, como un filtro sin
llave, acaba de dejar bajo sí.
...Llora un_ poco, pero también se olvida y se cansa del llanto; y
otra vez, perdidos los ojos arriba, le tiende sus bracitos, en un peq~eño esf~erzo inmenso y desesperado, a la luna, que va ennochec1endo, brillante ya y definida, toda la alta soledad.
. 4

(Madrid)
s invierno, y está siempre con su mantoncillo de pico, cuarta
parte, cortado, de uno de mujer, tapándose con él la boca. Graciosísima, la niña. Su cabecilla redonda, peinada lisa-cierto esmero
¿de quién?-, y su tieso rabito trenzado con una cinta blanca al fin
me recuerdan la luna llena con una estrella cerca-que a su vez me'
recuerdan un barrilete nocturno, con un farol en la punta de la cola
=¡qué misterios, cuando pequeños!Ya me conoce, y sus ojitos nuevos y alegremente tristes me ven
venir, y me sonríen, desde todos los lejos de estas calles. Yo, en vez
de darle el dinero que ~a al bolsillo colilloso del hombre borrado de
la esquina, la llevo a una panadería o a una confitería y le compro
algo que le guste; y ella se viene conmigo paseando y contándome
cosas, hastaJtue se come del todo lo que sea.
Creo que se siente defendida por mí. Sin duda, se figura, confusamente, que su padre de la esquina es hombre de no sabe qué grandes derechos-El Tío de la Lista, Ravachol, El Destripador de mu296-

5
la matiposa
(Madrid)
la asturiana polaquita, buscando, como siempre-los ojos
verdes saltados contra el suelo, ávidas las cargadas manitas
· rojas, sorbiendo distraída su nariz-, buscando por la tierra cristalitos,
bichillos, palitroques, ¿qué?, se ha encontrado una mariposa blanca
medio muerta, al pie de un chopo. La ha cojido, limpiándose las ma- ·
nos en el delantal, con la inocencia de una delicadeza virjen que
«quiere ser&gt; delicada, y, corriendo, la ha puesto sobre una gran marARYLfN,

la mendiguiUa

E

jeres, La Mano negra, El Verdugo, alguien trájico y estraño, destacado en entrevistos crepúsculos matutinos y vespertinos de telarañosos suburbios bajos, con desnudeces y tizonadas; de lo que ella ha
oído aquí y allá, y no une ni entiende-; y si le anda cerca, la
niña me dice, disimulando contra mi abrigo: «Señorito, tenga usté
mucho cuidao, que está ahí mi pare, y no quiere que yo coma dulses.&gt;

M

garita:
«Ahí. Para que se muera a gusto.&gt;
Las manos a la espalda, nerviosamente entrecojidas por los dedos, sacando la barriguilla, caída la cabeza, ha buscado con sus ojos
marinos mis ojos, segura, sin pensarlo, de haber hecho una cosa
grande, merecedora de mí.
Un momento después, olvidados los dos, un punto, de la mariposa, 1a mariposa no estaba ya en la margarita. ¿Se la había comido
un pájaro? ¿Había revivido al impulso de la flor movida por la brisa? ¿Se la llevó el aire a la corriente próxima? ¿O se había evaporado
sencillamente, como de rocío, en una asunción milagrosa, desde el
alma de la flor, por el cielo radiante del entretiempo?

�LA PLUMA
Marylín, cuya sombra alargaba por el cerro el sol bajo-campo
.agriverde, con cerca agrirroja de ladrillo-, me miraba sorprendida,.
diciéndome con las manos inquietas lo que no podía ni sabía decirme con la boca. Su esplicación era más cierta por no ser nada, y►
por no ser nada, la convencía y me convencía.

Caegos
I

y6

el

fNo tienes perdón.

«perlodi&amp;ta&gt;

(Madrid)
que, con la noche de la calle mal alumbrada, apeEs nastan semenudo
ve. Le sale a uno de cualquier parte, de uno mismo casi,.
y me clava en el brazo un periódico que a él lo tapa.
Grita entonado, el papel ya bajo el brazo, las manos eri los hondos bolsillos de su chaquetón de otro: «¡La Corres, con la muerte deGallitooo!»
«¡Chiiico!», le riñe la hermana, algo mayor que él, abriendo la.
ventanilla de su casita encendida y abrigada del puesto; «¡que eso
no eees, que eso era hace cuatro dilias!»
Él se va derechito y empinado a ella, y: «¡Tú! ¡que hace cuatro
día; pero si lo sé, si es pa vendé, boba!»
Da media vuelta, y con un lastimoso contoneo torero militar de
sus poquedades y miserias, mirándose la sombra que le saca una farola de gas-verdelimón en la maraña cobriza de un arbolucho aún
seco, que hospeda a la media luna-, se dice, oyéndose él sólo
«¡Soy má chulo yo!»

JUAN RAMÓN JIMBNBZ

{;l 9l,rcángel de la balanza,
considera menguado al hombre
que la ocasión desampara.
'Yo no sé qué mosca de oro
/ascinó tu alerta mirada;
go no sé por qué te dormiste
cuando la ocasión alboraba.
'Yo no sé como no sintieron
tus manos-proas de esperanzael encontronazo divino
que hace posibles las hazañas.
l;n el CValle de ;fosa/at,
el 9l,rcángel-la acción sagradate rechazará por inválido
con un ademán de su espada.

-

�L A PL U MA

. .. ...
V

[Pues el momento vino a ti
con todo lo que tú soñaras,
y lo deiaste patinar
y hündirse dé nüevó -en·¡a nada.

:for 9lmistad quiero deci.r descanso,
acog~dor albergue, hospedería,
burladero interino de la lucha.
Cualquier otro concepto me fastidia.

II
VI

6n el trance resbaladizo

'Vas derramando tu vida
en un sinsentido ameno,
como las nubes
por el cielo.
'Y después vendrán las llantinas,
el remordimiento cruel;
nube cargada
quiere llover.

pude ver que tu mano era
de yeso {río.
9l mi vacilación angustiosa,
que duró minutos o siglos,
tu mano, en vez de acudir,
quedó plegada a tu egoísmo.
¡!Descuida! 'Ya no se ·tocan
nuestras manos ni en el infinito.

J. MORBNO VILLA

III

¿'Y para qué la petulancia,
cuando sabes que yo te admiro
sin !cáscára?
IV

Cepos pusiste en mi senda nocturna;
yo los colmé de flores y agua pura.

.

'

�LA PLUMA

el

vte,o
Cuento teat,a(.

E

el Sabina!, pueblo del interior, distante muchas leguas de la costa,
tienen los hermanos Isidro y Matías Sosa una 'tienda en la que se
vende de todo, comestible_s, bebidas, telas, quincalla, granos... Los
•negocios no andan bien. En peor situación que su hermano está Matlas,
el cual, cargado de hijos y de deudas, vive en un pago cercano al pueblo.
En éste, en la plaza única y en la misma casa en que se halla la tien•&lt;la, vive Isidro con su suegro el señor Alejo, su mujer CarÍnita y su
hija Lola.
N

• ••

Habitación baja de la casa de Isidro. En el fondo un alto paredón, en
·el cual se abre a la derecha la ancha puerta que da a la plaza y a la iz. quierda una ventana.
A poca distancia de la puerta y en sentido perpendicular a la pared
•del fondo, se encuentra el mostrador, ancho y tosco, que divide la escena
en dos partes desiguales; a la derecha, el espacio destinado al público que
entra a comprar, y a la izquierda, otro espacio, convertido en almacén y
atestado de fardos, cajas, toneles... En los rincones, montones de maíz,
trigo, habas ... A la izquierda, las habitadones de la familia. En el primer .
piso viven Isidro, su mujer y su hija.
Hay en ese piso una galería exterior, de la que parte una escalera angosta, por la que se baja a la tienda. En una habitación del piso bajo
,duerme el Sr. Alejo.
-302

*•*

Es el dla del Patrono del pueblo, en pleno invierno. A las seis de la
mailana es aún noche cerrada.
Las campanadas lentas del alba y, poco después,el golpear de los cascos de varias caballerlas en el empedrado de la plaza.
.
•. d d
Fuertes porrazos en la portada. Una voz ronca y enérgica gnta es e
afuera:
-¡Isidro!
(Los cristales de las ventanas ~ue ~ao a la galerla se iluminan. Una voz aguda de muJer gnta:)
- ¿Quién es?
MATÍAS.
¡Pazl ¿Eres tú, hermana Carmen?
CARMEN.
Ya voy, hermano Mattas.
MATÍAS.
¿Qué hace Isidro!
.
CARMEN.
Ya va. Se está acabando de vesttr •
.
¡Cuerno con el gaodull Bajen pronto a abnr, que hace un
MATÍAS.
frío de todos los demonios.
CARMEN.
1Volando, hermano Matíasl
.
l en
(Al cabo de un rato aparece en la galería Isidro, faro
mano. Grita desde arriba, mirando a la plaza por una
ventana:)
¿Hermano Matías?
MATÍAS •
1Presentel
ISIDRO.
¿Cómo te ha ido?
d
Ya te lo diré, hombre. Baja de una vez y abre esa con eMATÍAS.

ISIDRO.
MATÍAS.
ISIDRO.
MATiAS.
ISIDRO.
MATfAS.

nada puerta.
. d ¡
tó )
(Isidro baja; quita los barrotes y cerrojos e por o.
1Bueoas y santas nos dé Dios, hermano Matlasl
Buenos, hermano Isidro.
¿Qué tal te ha ido!
Regular.
.
¿A qué hora saliste de la ciudad?
subir
Daban las Animas cuando las bestias empezaban a
303

�LA PLUMA

ISIDRO.
MATÍA.S.

MATÍAS.

ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.
MATfAS.

la cuesta de San Nicolás. El condenado maltés no pudo
d~spacharme antes, porque la quincalla la tenía aún sobre.
el muelle.
¿Traes los percales, los mantones, la loza, los calderos?
De todo viene un poco. Empecemos ¡,or el encomienzo (al
arriero). Ea, señor Suárez, a descargar. Y abra mucho el
ojo, 110 me rompa nada, si no quiere que yo le rompa a
usted una pata. Encomience por la yegua. Tú, enciende
de una vez la farola. Me·da rabia de tropezar con tanto
chisme, que no vale dos pesetas.
(Isidro enciende la farola, que cuelga de una viga, encima
del mostrador; el arriero entra y sale.)
Pues, como te iba diciendo, salimos de la ciudad a las
ocho de la noche, y como ahora son las seis de la mañana,
más o menos, resulta que me traigo en los huesos mis
diez horas de caminata. Suerte que la noche estaba clarísima, con mucha estrella. U nicamente en el paso de La
Plata tuvimos algo que sentir... Cuidado, señor Suárez,
atienda: ese bulto ~n el rincón... Bien... Se presentó neblina, y como había llovido la tarde de antes, resbalaba el
piso como si lo hubieran fregado con jabón. Por cierto
que estuve a dos dedos de ir a tomar la mañana al otro
barrio, como el otro que dice.
¡Jesús! ¿Cómo fué eso, hermano Matfas?
Pues si; en lo más amargo de la cuesta, resbaló la yegua
que yo llevaba de cabestro, y por un milagro no fuimos a
juntar nuestros huesos, los míos tan aperreados como los
de ella, en el fondo del barranco.
¡Perra vida!
y todo por cuatro cuartos, jinojo; por salir del apuro de
hoy pa entrar en el de (mañana. ¡Ay, hermano Isidro! Si
tú me hubieras hecho caso, a estas horas estaríamos en

LA PLUMA

ISIDRO.
MATiAS.

ISIDRO.
MATÍAS.
ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.

MATÍAS.

ISIDRO.
MATfAS.

Cuba o en Buenos Aires, a paleando los pesos, en vez de
arrastrar esta miserable vida de ratones, entre sustos y
amarguras.
Escucha ... ¿Y el pagaré?
Por ese lado, menos mal. Tenemos ocho días por delante.
No pude conseguir más del condenado Procurador. Si a
los ocho días no le pagamos por lo menos dos años de
intereses, vendrá la ejecución, el embargo... La curia se
comerá la tienda, y esta casa que fué de nuestros viejos.
1Y nos dejarán en la calle, a pedir una limosna, hermano
Matfasl
No seas gallina, hermano Isidro. Aún nos quedan algunas
cartas que jugar. Por lo pronto, el día de hoy es nuestro.
¡Hombre! ¿El día de hoy...?
El día de hoy es nuestro, este día de la fiesta del Señor
San Sebastián, Patrono de la Villa del Sabina!. Verás
cómo en la venta de hoy sacaremos para pagar los intereses y aun algo del príncipal al maldecido Carranza.
Eso estarla bien, si no fuera la competencia, como el
otro que dice. Pero no cuentas con Santiago el Largo, con
ese infernal jorobeta, que ayer tarde publicaba por todo
el pueblo una rebaja del veinte por ciento sobre los artículos de quincalla, esos mismos que has traído de la ciu•
dad, exponiendo tu pelleja.
¿El jorobeta? Dale memorias. Ese no abrirá su tienda en
todo el día. Si quiere jeringarnos, tendrá que esperar a la
feria del año que viene.
¿Qué me dice, hermano Matias?
Hermano Isidro: pongo en su conocimiento, que en la
asomada de los Pájaros, alli donde la vereda hace una
vuelta, ¿sabes?, casi a la vista de Aregayeda, en el tramo
más angosto y más peinado-que· da frío de mirar pa
305

�LA PLUMA

LA PLUMA

ISIDRO.
MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

lsIDRO,

MAl'IAS.

lsIDRO.

MATIAS.

lsrnRo.
MATÍAS.

ISIDRO.
MATIA.S.

306

bajo-, hay ahora cerrando el paso, un peñasco más gordo y más pesado que la Catedral.
¡Jesús, hermano Matiasl
Yo mismo lo puse alli, cen estas manos cQmO tenazas que
heredé del viejo Matías Sosa. ¿Qué te habías figurado? Yo
mismo lo arranqué de la ladera y lo arrastré volteando
hasta el camino, arriesgando esta perra vida que no vale
cuatro cuartos.
Resulta, pues...
Resulta que el pas:&gt; de la Plata está cerrado. Los arrieros de· Santiago el Largo tendrán que dar la vuelta grande
por Verdejuelos. No llegarán al Sabina! antes de las dos
de la tarde. Somos los dueños del mercado, co~o el otro
que dice. Venderemos al precio que nos dé la gana. Hun·
diremos al jorobeta.
Y •.• ¿no habremos gravado nuestra conciencia, hermano
Matías?
(Ríe.)
Acuérdate de lo que padre nos decía: ¡Antes que nada,
muchachos, a portarse bien!
¡Portarse bien! Eso lo pudo decir el viejo, que tuvo siem·
pre una suerte loca en sus compras y en su labranza; pero
nosotros, pobres diablos, arruinados, sin una perra, en la
última encavadura, ¿qué otro remedio nos queda sino robar como todo el mundo?
¡Qué cosas tienes, hermano Matías!
Sí, como todo el mundo. No me vuelvo atrás.
(Tentado de risa, querieftdo contenerla.) Es gracioso, muy
gracioso. Conque todos ladrones, ¿hi?
El robo, hermano Isidro, es tan natural como la respiración. Robamos sin sentirlo, sin darnos cuenta. La vida es

ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.

un paseo con las manos metidas en los bolsillos de los
demás.
Yo robo, tú robas, ¡¡hi, hi!!
Aquél roba. Todos robamos.
¡¡¡Hi, hi, hil!!

* **
LOLA.

ISIDRO.
MATÍAS.
LOLA.
MATÍAS.

Lou..
MATÍAS.

SUÁREZ.

MATiAS.

ISIDRO.

(Bajan_do la escalera con la tacita de café para el ab el )
No gnten, no griten, que va-i a despertar a papá
PD~dre, écheme la bendición. Buenos y santos tío Mat~~:·
1Os te haga una santa.
'
·
¿(onq~e al señor Alejo le llevan el café a la cama?
También se lo llevarán a usted cuando te
h
años cc,mo él.
nga oc enta

l1 ~-

Lo dudo. Primero, porque no llegaré a ellos y segundo
p?rque, aunque llegare, me figuro que no habrá hijo n:
met~ que me alcance una taza de sustancia.
No diga eso, tío Matías. Un padre es un padre.
(Incomodado con el arriero.) 1Señor Suárez, señor de la
p_achorra, guárdese ese pasito moderado para l
s1ón
. aa bpr_oce. ddel Santísimo Corpus! 1Vivo • vivo! Q mero
nr la
tlen a al ?olpe de las siete, desde que empiecen a repicar.
Don Matias, más no puedo hacer, créame. Me esto cayendo de pura debilidad ...; atiénteme las manos /verá
que las tengo como el yelo...
.
Hable cl~ro, señor mio. Necesita combustible, ¿verdad?
A_ ~er, Isidro, saca el ron; pero no el bautizado, no· el leg1hmo de Jamaica.
'
(Beben. Grito agudísimo y ruido de loza que cae y se rompe en el cuarto del abuelo.)
¡Misericordia! ¿Qué es eso?

�LA PLUMA
LA PLUMA
Condenada chiquilla, &lt;QUé te pasa?
(Bajando
la escalera, como una loca.) ¡Madre a moro.sal
CARMEN.
¡Mi niña! ¿Qué tiene mi niña?
(Saliendo del cuarto, despavorida.) ¡El abuelol
Lou.
¡Ay,
mi padrito de mi alma!
CARMEN,
¡Espere.
madre; no entre ahora, por Dios! ¡Espere!
Lou.
¡Confesión,
confe1ión!
.
ÚRMEN,
¡Callen,
condenadas
mujeres,
ordinarias,
gritonas!
Ba10,
MATÍAS.
muy bajo, que va a enterarse la vecindad. Ven acá, Lola,
¿qué pasa?
Entré ... a llevarle el café al abuelo ... Todo estaba oscuro ...
Lou.
Le llamo ... No me contesta •.. Me figuré que estaba dormido... Le tiro por una mano ... ¡Ay, que la tenía yelada
como el granizo.. .! ¡Ay, que está muertito, créame, señor
padre; créame, señora madre!
¡Muerto sin confesión!
.
¡Quietos todos! Nadie resuelle... Vista hace fe ... Yo les
MATÍAS.
diré a ustedes lo que pasa... Mucho silencie... (Enciende
una cerilla y entra en el cuarto del abuelo. Si~encio m~droso. Al cabo de un instante sale. Las dos mu1eres e Isidro le rodean, ansiosos.)
KUJER'lS B Isrn. ¿Qué hay? ¿Qué ha pasado? ¿Qué tiene el v~ejo?
Bajito, caramba, bajito. Pues ... nada ... no tiene compostuMA'IiAS.
ra ... Se fué con Dios.
(Llorando a gritos.) ¡Ay mi padrito! ¡¡Ay mi abuelito de
ARM.
Y
Lo
LA.
C
mi alma y de mi corazón!!
.
¡Silencio, escandalosas, ordinarias, mal criadas...! :'a1s. a
MATfAS.
despertar a toda la vecindad. (Brutalmente.) ¡S1lenc10,
IstoRO.

rayol
Matías habla bien. Más que lagrimas y suspiros, aprovechará al difunto un padre nuestro por el ánima •
Eso es. Rica idea. Vayan, vayan mis niñas a rezar un pa-

•

SUÁREl •

M.lTIAS.

SuAREZ.

MAT!AS.
ISIDRO.

MATIAS.
ISIDRO.

MATlAS.

drenuestro por el ánima... Adentro, no tengáis miedo. Yo
dejé encendida la vela... Adentro, adentro. (Entran las
dos mujeres en el cuarto del abuelo.)
(Muy atento.) Yo, por servirles, podrla ir por el cura.
Usted ajunta las caballerías y se marcha volando pa la
cuadra, ¿sabe? Y si yo llego a saber que el señor Suárez
le cuenta a alguna persona, quien quiera que sea, lo que
aqul ha pasado, es a saber, que el tío Alejo ha fallecido,
usted me conoce, señor Suárez, usted conoce a Matías
Sosa, el del Sabina!, pues le juro por la salvación de mi
ánima que donde quiera que le coja le parto el espinazo,
¡Cuidado con eso, señor don Matfas; cuidado con eso!
Usted no me conoce. Por el rigor yo no voy a ninguna
parte. Por el bien, un niño me lleva por delante con una
caña ... Ya sé que usted me lo pide con polltica, con muchísima política. Por eso yo le digo al señor Sosa que
Fortunato Suárez no despegará la boca para mentar al
señor Alejo; y si le preguntan que si ha muerto, dirá que
e.s vivo ... Usted no me conoce, señor don Matías. Por el
rigor, yo .. .
Bueno, hombre, bueno. Andando.
(Sale Suárez.)
¿Has visto qué fatalidad? Es tonterfa empeñarse, desengáñate. No hay más remedio que bajar la cabeza y canfor~
marse con la desgracia.
No me vengas con gallinerías. ¡La desgracia! ¿Qué mayor
desgracia que ser un gandul, sin coraje ni voluntad?
¿Pero qué quieres hacer, hermano !.latías? Con un cadáver dentro de la casa, ¿cómo es posible abrir el establecimiento? Quedarfamos sin dignidad, deshonrados, como
el otro que dice, a los ojos del público.
Entonces, tte conformas con perder el día de hoy, la oca309

�LA PLUMA

ISIDRO.
~ATIAS.

i.SIDRO.
MATIAS.

IsIDRO.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

sión de la feria, la venta segura, el precio que nos dé la
gana, sin competencia?
¡Hay un cadáver dentro de la casa, señor!
¡Y de aquí a ocho días habrá dos, porque cadáveres, cuerpos putrefactos, comidos de cuervos, son los hombres
arruinados, sin una peseta, a quien todo el mundo da con
la punta del piel
Pero hay que cumplir con la sociedad, hermano; hay que
hacer el duelo.
¿y quién te dice que no se haga? Pero se hará a su tiempo; por ejemplo, a las dos de la tarde, cuando hayamos
concluído nuestras operaciones.
Pero el cadáver, hermano Matías. ¿No sabes que la gente
está acostumbr~da a ver todos los días al viejo, sentadito
junto a aquella ventana? Si hoy publicamos que no sale
por estar malo, los vecinos querrán entrar a acompañarle,
a darle un rato de conYersación. Y si entran, hermano
Matías, excuso decirte; si entran y le ven tendido como
un leño en aquella cama y nosotros tan frescos despachando detrás del mostradór, excuso decirte, hermano Matías,
cómo quedaremos. Quedaremos como un trapo, como ...
Asl seria si no vieran al viejo; pero como le verán, hermano Isidro, como le verán sentado allí, junto a la ventana, como todos los días.
¿Qué dices, hermano Matías? ¿En qué piensas, por Dios
vivo?
¿Te has figurado que Matías Sosa, este hermano tuyo que
anoché mismo le ha visto dos veces la cara a la Muerte
en el paso de la Plata, va a retroceder ahora por estúpidas consideraciones a un cuerpo sin vida, a un pedazo de
palo, cuando se trata del pan de sus ocho hijos? Tú no
me conoces. Mírame bien, hermano lsidro. Yo no soy un

.,

ISIDRO.
MATIAS.

l

ISIDRO.
MATIAS.

IsiDRO.

MATIAS,

IslDRO.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

CARMEN.

ISIDRO.

hombre, soy una fiera capaz de derramar la sangre del
prójimo y la mía.
Sosiégate, hermano, no te acalores, no te precipites.
Acabemos de una vez. Dentro de poco saldrá el sol y empezarán los repiques... Ya se siente el rebullicio de la
gente en la plaza. ¡Qué feria vamos a tener! Haremos
doscientos pesos, trescientos quizá, rescataremos el pagaré, nos salvaremos de Carranza y de la Curia. ¡Animo,.
hermano Isidro! Entre los dos cargaremos al viejo y le
pondremos, allí, vuelto de espaldas en aquel sillón.
¡Jesús mío!
Al verle tranquilo, envuelto en su capa, la gente se ·figurará que está dormido.
Las manos me tiemblan, hermano Matías. Las gotas de
sudor me caen de la frente ... ¿Ves? Yo no sirvo para estas cosas.
¡Miserable gallina! ¡Quita! Lo haré yo solo.
No, no, espera, yo te ayudaré. El Señor me perdone ...
Pero escucha ... , ¿y Carmen? ¿Te figuras tú que Carmen
consentirá que le toquen el cuerpo sagrado de su padre?
¿Quién lleva los pantalones, ella o tú?
Pero señor, de todos modos hay que contar con ella,
como principal interesada que es en el cadáver.
Conformes. Pero, ¡vivo, vivo! Mucho tiempo hemos perdido ya.
(Isidro, desde la puerta de la alcoba, llama a su mujer.
Salen madre e hija. Diálogo en voz baja entre Isidro y
Carmen. Protestas y gestos de horror de ella: exclamaciones sofocadas.)
·
(Rompiendo a gritar.) ¡Jesús me valga! ¡Mi padre, los restos sacratísimos de mi padre! ¿Estás en tu juicio?
Espera, mujer, no te sofoques. Si no se trata de perj11di31 1

310

�LA PLUMA

CARMl!N.

MATIAS.
CARMEN.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

ISIDRO.

CARMEN.

MATIAS.

CARMl!N.
MATIAS.

31:?

cario en nada ..• La cuestión e~ tenerle de cuerpo presente, como el otro que dice, un par de horas ... ¿A él qué le
importa? Más bien se alegrará de hacei-nos un favor.
Eso no es cosa tuya. Tú no eres capaz de eso. La ocurrencia debe de ser de tu hermano Matías, que nunca ha
creído en el ánima, ni en la justicia de nuestro Padre celestial.
Sí, señor¡,; la ocurrencia es mía, y como yo lo mando no
hay más remedio que obedecer.
Pues te equivocas. Primero me matan que dejarte manipular el santísimo difunto.
Pero, condenada mujer, ¿no comprendes que ese cuerpo
ya no sirve para nada, que es como un pedrusco, como
un pedazo de palo?
Eso, un pedazo de palo, que ni siente ni padece. Lo mismo que yo te decía, mujer.
¿Prefieres, mujer estúpida, verte arrastrada _por esos sue•
los, echada de esta casa por el granuja de Carranza, que
te rematen hasta la camisa y andar errante por esos campos con un palo y unas alforjas, pidiendo limosma, pasando hambres y vergüenzas?
Espera, hermano Matías. No la sofoques. Ya verás cómo
acaba por comprender la razón.
¿Y el pecado? ¿Tú no cuentas con el pecado grandísimo
que vamos a echar sobre nuestra conciencia?
Ea, bastante tiempo hemos aguantado tus majaderias. Se
me acabó la paciencia. ¡Sus! ¡Largo de aquí!
¡Her¡nano Matías, por caridad divinal
¡Largo de aquil
(Carmen sube lentamente la escalera. La chiquilla la sigue, sollozando. Matías, desde abajo, les impone silencio.)

LA PLUMA
CARM:SK.

LOLILLA.

MATus.:
CARMEN.

Lou.
MATIAS.
CARMEN.

LOLA.
MATIAS.

lsIDRO.

MATU.S.

Ism:ito.
MATIAS.
ISIDRO.
MATIAS.

lsIDRO
MATIAS.

¡Ay, Redentor mío! ¡Ay, Madre amorosa, qué dolor tan
agudo!
¡Hi, hil
¡Cállense, cállense!
¡Ay, qué corona de espinas! ¡Ay, qué hiel y vinagre! ¡Ay,
qué callejón de la Amargura!
¡Hi, hi, hil
¡¡Cállensell
¡Ay mi padre, ay mi padritol ¡Un alma tan buena, tan devota de la Santísima Virgen y del glorioso patriarca San
José!
¡Hi, hi, hil
11Cállensell
(El llanto de las mujeres se aleja. Ya no se oye.)
Ea, ya estamos libres. ¡Jinojo, vaya unos trabajos! ¡Triste
cosa tener que ganar las miserables perras con el sudor
del cuerpo y las amarguras del alma! En fin, ¿qué hemos
de hacer? Vamos, hermano Isidro, a la obra ... ¿Qué es eso?
¿Qué te pasa? Estás temblando...
No lo puedo remediar. El corazón se me encoge cuando
pienso que lo tengo que tocar con mis manos. ¡Ay, hermano Matfas, qué paso tan fuerte!
¿Conque le tienes miedo a los muertos?
No lo puedo remediar.
¡Idiota! ¿Tú crees que los muertos viven?
¿Qué sé yo?
Pues si viven, no están muertos . Entendámonos. Una
cosa u otra. De modo que tú... ¿te quedas en tierra?
(Casi llorando.) No puedo, hermano Matías; no puedo.
los brazos se me parten.
Quita, hombre, quita; da vergüenza... ¡Iré yo sotol No
necesito de til rNo necesitó de nadie!
313

�LA PLUMA

LA PLUMA

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS,
ISIDRO.

MATIAS.

IsIDlilO.
MATIAS.
ISIDRO,
MATIAS.

IsmBo.

MATIAS.
314

(Entra solo en el cuarto del abuelo. Al salir, marcha pe~
sadamente, con la cabeza erguida, jadeante, llevando en
brazos el cadáver, envuelto en una capa.)
¡Vivo, hombre, vivo! ¡Pon el sillón de espaldas a la puerta .. .! Así... ¡Ea, ya está!
(El cadáver queda sentado· en el sillón, de espaldas al
público; sólo se ve la €abeza blanca, apoyada en el respaldo. Matías se deja ca.er sobre un fardo. Respira con
trabajo.)
¿Qué tienes, hc&gt;rmano Matías?
¡Qué he de tener! ¿Te parece poco todo esto?
Tienes razón. Tú eres muy fuerte, pero no eres de hierro. Debes estar rendido. ¿Quieres tumbarte un ratito en
mi cama? ¿Vamos arriba?
¿Dormir yo ahora, cuando va a empezar la batalla? Esta
noche dormiré, si puedo. ¿Sabes lo que me pide el cuerpo? ¡Ron! ¡Venga ron! Echate una copa, que· bien la necesitas. Tienes la misma color que el difunto ... ¡Buen par
de gallinas estamos!
(Beben. Pasa algún tiempo.)
¿Oyes? ¡La señal...!
¿La señal? ¿No serán tus oídos?
No sé; me pareció oír muy claro el golpe del esquilón.
¡Espera, espera un poco .. .!
(Ambos atienden. Golpes débiles, agudos, espaciados de}
esquilón.)
¡Sí, es éll ¡La señal! ¡Ahora la campana...! ¡Benditos repiques,· que alegran y refrescan el alma!
(Los golpes de la campaña, lentos y acompasados al principio, se precipitan luego, se confunden en resonante algarabía. Estallido de cohetes.)
¡Te acabaste al fin, noche de perros, maldecida noche de .

MATIAS.

EL

GENTIO.

MATIAS.

horror y pesadilla! ¡Ya no tengo miedol ¡El padre Sol está
ahí fuera, llamando a la puerta, metiendo por las rendijas-.
monedas de cinco duros! ¡A la obra, hermano Isidro!'
¡Abre el portón de par en par, que entre el padre Sol!
¡Que entre todo el mundo!
(Isidrn abre el portón, Penetra en la tienda, con el sol deL
amanecer, una oleada de gente; hombres que vociferan y
cantan, mujeres que ríen, chiquillos que tocan trompetillas y tambores.)
(Frenético, medio borracho, golpeando con una pesa eL
mostrador.) ¡Adelante, señores míos! ¡Vengan todos a
honrar la casa de Matías Sosa, la primera tienda de la
villa del Sabina!! ¡Aquí encontraréis toda clase de artículos, nacionales y extranjeros, de todas las partes del universo mundo; comestibles y bebidas, lanas y sederías, pañuelos y mantones, quincalla y perfumería! ¡Alto! ¡Esperen un poco! ¡¡La religión siempre por delante!! ¡Caballe-ros, digan todos conmigo: nViva nuestro Patrono San
Sebastián!I
¡¡¡Vivalll
(Isidro se acerca tímidamente al mostrador, protestando
con el gesto contra el escándalo.)
Sí, sí, por D ios; tienes razón; ya no me acordaba ... (Vociferando.) ¡Vean ustedes si en esta familia hay honradez,
si hay ... caridad! ¡¡¡Si hay cristianismolll ¡Mientras loshijos se desloman trabajando, el viejo duerme tranquilamente en ur. sillón!
(Voces en el público, unas que preguntan, otras que con-testan.)
-¿Está dormido?
-Sí, está dormido .
-Dormido ... dormido ... dormido ...

�LA PLUMA
(Las voces, los cantos se atenúan, degeneran en murmullo, que poco a poco se apaga... El silencio se.extiende, se
prolonga indefinidamente...)

Melodías líeicas

..
1

LUIS Y AGUSTlN MlLLARBS

1'

)

Calendat?ío.

jiooiembte.
ffor la /R.eal Orden Otoñal
se declara el frío oficial

la magia del ritmo
!Dama cuarentona
-u hombre de prebendacuándo, el ritmo va
mula canonesa;
cuándo, cabo fino
de ágil hacanea
-trote menudo
y corta crencha.
&lt;:Jh !Dios, que el milagro del ritmo ya esdivertida invención de veras.
'Y ley del vivir. 'Y del triunfar.
!Porque es, entre todas, saber la senda.
'Y entre las mil lucecitas del cielo,
formar la nuestra.

y la poesía sentimental.

C:aen las hojas y los nidos,
los árboles se han declarado
en huelga de brazos caídos.
fllnimas, campaneo tétrico;
las golondrinas se marcharon
(caducaba su kilométrico).

'Y cuando anda el vivir en trastorno
y está como a golpe de ruleta,
saber ponerse en el color
en que la 9ortuna parará su rueda.

C/;odos hablamos del Ocaso
de que la vida es un fracaso

y referimos nuestro caso.

Dicta Ca (foa

F. VlGHl .
...-s 16

1

'Verso mío, has de tener
la alegría triun/al de 9Jeethoven;

�LA PLUMA

y ha de ser, tu canción,

ebrio trovar de ruiseñores.
61 maestro del ritmo que riges,
f ué el riachuelo, sierpe saltarina,
bajo la ventana de la alcoba
en que, infante, ensoñabas tu vida.

'Y f ué tu maestro la senda

,l

Apuntes
paea una qeogcafía musical
de eucopa.=1920.
&lt;-.&gt;)

por las brañas y los lentiscos,
en que ibas, ausente y poseso,
hilando el copo de estos linos.

'Y la golondrina que chiaba eufórica,
divirtiéndose en saltos mortales,
cuando rosa y o,o· venía el alba,
cuando oro y rosa se iba la tarde.

'Y la fina aguja del chopo
-lama, buril y estiloque dibujaba por las estrellas
sobre el cielo sus Jeroglíficos.

***
-'Y habéis de tener, mis versos, la honda
fluidez del canto gregoriano:
que a la carreta cargada de mies
no le va el ritmo del tren rápido.
LUIS G. BILBAO

in
líAllA
razones de tiempo, las que establecen el aspecto del mapa
en las geografías artísticas! Madre de todos, Italia hubiera comenzado, en otro siglo, una serie de papeletas!análoga a esta. Hoy, va
exactamente detrás de Francia y de Rusia. Y con fruto esto, aunque esté
todavía un poco verde y áspero al mordi9Co, mientras que lo parvo de su
cultivo alemán apenas produjo una cosecha débil, incolora y blanducha.
Saludemos el desfile de los buenos esplritus que prepararon el terre•
no-Sgambati, Martucci, Alfano-; pero no hacemos aquí historia retrospectiva. Para combatir la degenerada actitud de dentro de casa, llamaron
a las virtudes del vecino, que, al trasplantarlas, se llenan de veneno. Se
cegaron voluntariamente al luminoso camino del estilo-la intensa esencia de su raza-, tuvieron veleidades germánicas, que pasaron en seguida,
y las cuales esgrimían como arma contra los que derrochaban en malos
pasos la rica herencia tradicional y, en resumen, hubo un espacio temporal de incertidumbre, de decaimiento y de desorientación, hasta que llega•
ron los ecos de las músicas de Rusia y de Francia.
Júbilo general y rebato de corazones a voleo. Cada cual agarró un
trozo de la túnica salvadora, y armaron la más jovial algarada. La Italia
musical de nuestros días es el árbol lleno de pájaros, en el que cada uno
-canta su propia alegría por haber encontrado lo «nuevo&gt;.
Diferencia en esto de España, de casi todos los países musicales, en
ROFUNDAS

P

319

�LA PLUMA
LA PLUMA
general; mientras que el periodo tr~nsit_orio, ~l que media ~ntre el w3:gnerismo hasta el despertar de la conciencia nacional, es sensiblemente igual
al seguido en España. El wagnerismo no empapó del mismo modo a Inglaterra, que seguía con sus adoraciones mendelssohnbrahmistas; a nosotros, si; pero despertamos al mundo nuevo con menos alegría que los
italianos, que se recobran como después de un mal sueño disipado.
Unos países son, esencialmente, sinfónicos, aun cuando miren hacia el
teatro. Otros, como Italia, son, sustantivamente teatrales, aun pensando
en hacer música de cconcierto&gt;. Las primeras impresiones del arte ruso.
sirvieron en Italia para colorear, con algún matiz de novedad, a la
música de escenario. El realismo de Mussorgski producía una impresión
grave entre los pocos que lo conocían, los cuales lo ocultaban con un cuidado que parecería gracioso si no fuese ignorante; este afán de ocultar
ocurrió también entre nosotros.
Entendido a medias, el realismo del autor de cBoris&gt; conducía al
verz'smo. Contra él-esto es, contra lo exótico en el arte teatral italianose alzaron los músicos de la estirpe nueva, porque, además, ese teatralismo sensacional condensaba todos los vicios de la decadencia italiana, mal
encubiertos por un traje que preteudía estar a la mod~, y porque por ~ntre ellos no circulaba más que una sangre corrompida y un propósito
de engañar al incauto con sw espantajos sentimentales.
En este sentido, el &lt;verismo&gt; es_ un 3:traco estético al público d~ ~?ntos· del mismo modo que el sensacionahsmo de Strauss lo es al pubuco
de Íistos. Arte de pícaros, en una palabra; aquél, con la ~anzúa de la. melodía en lo blanco de los ojos; este otro, por sus momgotes grand1filosofista s.
.
En un ambiente tal, con las emanaciones mefiticas del pantano vensta
y las de la cloaca-máxima straussiana, se comprende que la pureza de
intenciones del simbolismo francés o la fresca sangre sonora de los rusos
apareciesen como efluvios de un paraíso encantado.
Algunos de los- primeros ':11ús~cos ~el crin~vamento&gt; hablan incluso
estudiado en Alemania, y sentido Juveniles veleidades ~or Bru~kner y p~r
Mahler; pero Francia, con su ~orizon~e claro a lo Puv1s, les htzo sacudir
las sandalias y acogerse al s~ave ambiente del te~plo nuevo. Luego, la
irrupción de Strawinsky les tnfl.amó con un neofit1smo ~•~no de generoso
entusiasmo. Alguno de los nuevos proclamó que la mus1ca empezaba el
día del estreno de Le sacre du Printemps.
.
.
Nunca se vió un trompeteo más entusiasta, llamada al cammo recién
abierto. Y con·el desprecio de los operistas y el asombro de los demás,
320

un g~po de ardit{ comenzó a trabajar en Italia, apenas sospechados de
los mismos que los habían hecho nacer, y apenas sostenidos por la fe ni
el aliento de nadie.
Hoy mismo, de~~ués de Pizzetti, de Casella, de Malipiero, de Castelnuovo, de Tomassiru, el cuerpo general de opinión en Alemania O ea
Francia, en Inglaterra o en España o aun en la misma Italia no cree de
un modo convencido en la autenticidad de la joven música italiana. Veremos despu~s que esto mismo ocurre respecto de los nuevos compositores germán~cos. A lo qu_e _menos se acostumbra el público es a que un
pueblo cambie en su tradición o la haga evolucionar. Parecería tan raro
hace unos pocos añ?s qu~~er convencer de que Francia, por ejemplo, no
era sólo Gounod-Saiot-Saens-Massenet, y Alemania no Beethoven-Schumann-Wagner, como que Italia no era tampoco Bellini-Verdi-Puccini. y
otro tanto al afirmar que habla una floración musical tan nueva como rica
en ese país, o en Inglaterra o en Espafta.
Nada menos pertinente que hablar de &lt;escuelas&gt; en esas tierras asi
como tampoco en la nueva Alemania. Entre los jóvenes italianos ap~nas
ha)'. otros rasgos co~~nes que los del temperamento o los que dan la seme1anza de las cond1c10nes que los han lanzado a la lid. Hay un cgrupo&gt;
-la escasa docen~ de n~mbres que todos los días repetimos (1)-, pero
no otra cosa. La diferencia de temperamentos, de intenciones, de sensi•
bilidad y aun de procedimientvs (dentro de la generalidad de lineas que
su genealogía les da), es mayor que la semejanza de sus rasgos comunes.
J?efinense éstos como sensuali~ad palpitant~ y ~lerta; viveza de imaginación, de concepto, de percepción y de reahzac1ón; agudeza de intuición
y claridad sintética, un amor por la expresividad de la disonancia y una
limpieza de línea con una acentuación sui glnerls en el modelado, que es
tradición permanente en el arte italiano. Una cosa son todos: italianos
hasta la médula; brotes de un árbol tradicional, cuyas ralees se extienden
~n lo má~ hondo de l_a historia, con sus ventajas consiguientes y con sus
mconvementes también; un arte todo en el aire y en el rayo de sol· un
arte_ todo en el brillo de ojos y en el cascabeleo del oído. Pero ¡qué gran
motivo éste! ¡Qué verdadero su impulso a la creación! Lejos de las inconfesables gestaciones del verismo y de la ciénaga sensaciomi.lista.
Esos músicos italianos son e puros&gt;. He aquí su principal valor. Lo
que les mueve no es la baja palpitación grosera de los post-románticos
sinfónicos u operistas.
'
(1) Véase la nota bibliográfica sobre el libro de G. M. Gatti en este número.
321

�LA PLUMA

lo

Y, por
menos, hoy es esa condición su más alta ventaja. Su obra
no puede aspirar a otros cumplidos mas que por lo limpio y bello de sus
orlgencs. Ahora que, para ser obra verdaderamente, le falta aún mucho
camino. No dudo yo de la vitalidad de la tendencia; por eso creo que la
obra vendrá. Hoy estamos todavia en los propileos. Algunos, Casella,
Malipiero, parecen ser las primeras concreciones estelares de la nebulosa. Pero todo en ella es movimiento y evolución material. Es tan fina la
sensibilidad de un Mario Castelnuovo, tan !frico el dramatismo de Pizzetti, Malipiero está tan deslumbrado por la iridiscente palpitación de la
disonancia, Casella tiene un temple tan fuerte y tán noble; todos ellos,
Davico, Santóliquido, Victorio Gui, Perrachio, Alaleona, Balilla-Pratella,
tienen tan rica vena y tan aguda vibracióR, que la obra no se hará esperar. Sin duda se está ya formando. Mucho de lo ya hecho integrará ese
corpus total necesario. Hoja3 tiernas, de su abundancia nacerá la opulencia del bosque nuevo.
.
Hasta entonces contentémonos con el jardín.

ADOLFO SALAZAR

t
l

t

La co.s tu m bce

E

ec~ _de socieda.d ~ue pregonaba el regreso y consiguiente instalac1on de los senores de Serrano en su hotel del banio de Argüelles, había suscitado de nuevo la maledicencia madrileña en torno a las segundas nupcias del joven ez ministro conservador:
-¡Casarse sin guardar luto siquiera a la otra pobrel
-¡Tirar así una carrera política por la ventanal Porque esas cosas se pagan, ¡vaya si se paganl
-¡Darle madrastra a la niña!
-¡ Y qué madrastra!
-¡Si los hombres de talento hacen a lo mejor cada cosa! ¿Qué
necesidad tenía de casarse con ella?
-¡Pchs! ¡Vaya usted a saber! Quizá todo sea cuestión de costumbre.
Tal vez no estuviera muy lejos de lo cierto el caracterizado senador que tan experimentada opinión aducía.
Viudo de aquel modelo de esposas
L

«cristiana, amable, cariñosa y seria•
322

323

�LA PLUMA

LA PLUMA

que, como el cantor de estas rancias virtudes, era del campo de Salamanca, donde poseía pingües heredades, César Serrano, apenas
transcurrido el novenario, volvió a sentir la comezón de tomar
estado.
En lo que influyó no poco el consejo de la mujer que había arrebatado a la legítima la sobremesa de la cena diaria, transcurridos que
fueron los cinco años primeros de los diez que estuvo casado.
-Mira, César-le dijo-, tengo miedo. Lo que oyes. Míedo de
qua te me vayas. Ya ves tú lo que son las cosas ... Ahora que se ha
}levado Dios a la otra pobre ... Y es que me has dicho tantas veces
que yo era tu libertad, 9.ue al verte libre tengo ~iedo. C~ate. Cásate
para que yo esté otra vez segura de que necesitas de mt. De tu mujer nunca tendré celos.
.
Entonces, desafiando la unánime oposición de deudos y correhgionarios, se casó con ella.
Hicieron el viaje de novios imaginándose que lo eran, y por mejor ayudar al ánimo a recobrar ciertos virginales :~ntimiento; que
yacían dormidos en el recuerdo. A la vuelta, la fam1ha enarbolo desde luego bandera de paz-tal significó a sus ojos el blanco pañuelo
con que les saludó desde el andén la niña, huésped de la abuela durante la paterna luna de miel.

***

Sentados en el sofá como estaban, echóseles la noche encima.
-¿Estás contenta?
. .
Ella, por toda respuesta, se le quedó mirando, luego mclmó ruborosa la cabeza y así permaneció un instante, fijos los ojos en el ca324

lado del delantalillo, cuyas puntas tenía graciosamente cogidas con
cuatro dedos.
-¿Estás contenta? Di.
Tomándole la barbilla con cariñoso imperio, le obligó a levantar
la vista.
-¿Lloras?-Y le besó calladamente los párpados.
.
-¡Tonto!-replicó ella desprendiéndose de sus brazos; y limpiándose el dulce llanto con el pañuelo de su marido, devolvióselo
luego al bolsillo superior de la americana, de modo que asomara dos
puntas coquetas-. ¡Que si estoy contenta! ¡Pues podía no!
-¿De veras, Churrunga?-Esto cogiéndole ávidamente las manos, a la vez que buscaba en sus ojos la verdad de tan tierno halago.
-Te voy a pedir... una cosa-le interrumpió.
E intentó disimular con mentido carraspeo la emoción que su
voz delataba.
-¿Qué quieres?
-A ver si vas a creer que se trata de algo importante...
-Me asustas ... ¡Habla!
-¡Qué bobada!
-¡Acaba de una vez, mujer, no me tengas así!
-¡Ay qué gracia! Pero tontín ...
El afán de restarle importancia al favor, aumentaba el recelo del
marido.
-¡Por algo se me antojaba a mí que no estabas satisfecha del todo!
-¡Eso sí que no, César...! Quería decirte simplemente que ... ,
¡pero no te enfades! Queria decirte que no me llames ya Churrunga.
Él echóse un poco atrás, sin dejar de mirarla, y se limitó a contestar pausadamente:
-Ya.
-¡No creas que es por mí! ¿Que por quién? Al pronto, parece
32 5

�LA PLUMA

LA PLUMA
una simpleza. Es... por ti. Piensa que soy ... tu mujer. Y, sobre todo,
que tengo que ser una segunda madre para tu hija.
Se hizo un silencio. Duró lo que el eco dél reloj de cuco al dar
las nueve.
-¿En qué piensas?
-En que... ya no eres, no puedes ser Churrunga; pero te iba tan
bien. ¿Cómo te voy a llamar ahora?
-¡Ay qué gracia! ¡Como si yo no tuviera nombre cristiano! ¡Y
poco bonito que es!
-Pues... ¡sí que es verdad! Mira que no haber caído... Rosa.
Rosita.
Al conjuro de aquel nombre parecia como si los apasionados sentimientos de antaño se le trocaran en los propios del ánimo matrimonial.
La niña no cenó aparte como en casa de la abuela, sino con ellos,
para que se acostumbrara a no ser huroncilla.
-Es muy mona; se parece toda a su madre.
Y así diciendo, cogióle de la mano la madrastra para llevarla a
acostar ella misma.
Luego de bien arropadita le dió un beso en la frente, y volvió al
comedor.
Su marido, e~ zapatillas, bostezaba ante La Correspondencia.
-¿Qué haces ahí? ¿No sales? ¿Y por qué? ¡Tienes que salir! ¡No
faltaba más! ¡Nada de sacrificar costumbres! En los años que hace
que te conozco, no has dejado de salir una sola noche de tu casa.
Le obligó a calzarse de nuevo, le ayudó a ponerse gabán y sombrero le dió un beso en la mejilla y, empujándole a la puerta, permane~ió luego en el rellano hasta verle desaparecer escalera abajo.

126

***

.

1

11

l

Echó a andar como sonámbulo. Cansado de vagar por calles y
callejas, despertó al ruido de las palmadas que él mismo daba, inconscientemente, ante un portal.
Abrióse en esto el balcón de un entresuelo, cuya vista érale también familiar, y oyó una voz femenina que decía apresurada:
-No llames al sereno. Ya baja la chica a abrirte.
Se pasó la mano por los ojos. Entró.
En el oscuro recibimiento le salió una mujer al paso:
-Creí que no volvías más.
Y como penetró resuelto, seg uiale ella corredor adelante dándole
quejas:
-No tengo un perro. ¡Hasta el casero me ha mandado un recadito! Gracias a que los porteros son buena gente y han hecho
que me fiaran en los ultramarinos, que si no... ¿A ti te parece n
medio regular? ¡Dos meses sin dar señales de vida! ¿Pero te has
quedao mudo? ¿O es que pintan morros? ¡Pues di que sólo eso faltaba?
A su grito de asombro, cuando estuvieron a la luz del gabinete,
respondió risueño el intruso:
-No soy un apache; no se asuste.
-El caso es que a primera vista...; pero, ¿quién es usted?
-¿Qué más da? Ya nos conoceremos... Por lo pronto, no se preocupe de esos piquillos que dice deber, ni se acuerde de ese perdido.
-Pero... ¿quién?
Y le miraba entre espantada y curiosa, engolosinada con la aventura. La•criada, que atisbaba con recelo desde el pasillo, cuando le
vió echar mano a la cartera se retiró discreta a la cocina.
- No vaya usted a creer tampoco que estoy de remate. Apuesto
a que vamos a ser muy buenos amigos. Yo no quiero nada. Nada
327

�LA PLUMA
más que libertad. Un poquito de libertad ... de tapadillo. Después de
cenar... todas las noches ... la libertad ... Churrunga.
Estaba ganada.
-¡Ay qué paso más chusco! ¡Y vaya un nombre que me pone!
~Que, ¿no te gusta? Ya verás qué bonito suena.
-Más que el mío desde luego.
-¿Cómo te llamas?
-¡Anda! ¿Y a usted qué le importa?
-Es verdad, Churrunga, es verdad.
Y se dieron las manos.

~

1

Teatcos. .
«pigmalión.&gt;

C. RIVAS CHERIF

Shaw, detenido años ha ea la Ciudad Lineal-diez o doce van
transcurridos desde la representación de Mrs. Warren's professíon
con el título de 1 rata de blanca¡ (I) en el Teatro Artístico que alli
dirigía el señor Miquis-, ha vuelto a entrar en España por San Sebastián
,este verano, y en Madrid por el Pasadizo de San Ginés. Coincidiendo con
el estreno de Pigmalión, la empresa de Eslava ha publicado en los periódicos una nota oficiosa dando cuenta de la representación en un teatro de
Londres de una comedia de la firma Martínez Sierra. La noticia alimentó
en nuestro ánimo cierta falaz esperanza: la de que semejante intercambio
no fuese tan sólo efecto de un azar casual, sino de un propósito general
beneficiosísimo para el público madrilef\o. Pero nuestra ilusión se desvaneció, no más vimos levantarse el telón en la comedia de Bernard Shaw,
y aun antes, al salir el propio señor Martínez Sierra a leernos, a telón corrido, unas cuartillas explicativas del alcance y significación de la obra
que se iba a representar. El empresario de Eslava, cubriéndose con la
pinta, nos advertía que el Pigmaü'ón era, como todas las de su autor, una
comedia inverosí'11til, escrita para un público-el inglés-que, muy realista en la vida, gusta, al revés del nuestro según el exégeta, de la inverosiERNARD

B

lMP ROMPTU
CVamos a cantar sin copla,
vamos a cantar por cantar,
como el viento cuando sopla
por el encinar.
· 'jj vamos a hacer de manera
que para decir su intención
cante cada. cual lo que quiera,
mas todos a un son.

1
'Í

329

�LA PLUMA
militud en el teatro. Cuentan que uno de los primeros actores más aplaudidos por la claqut y de que más se ufanan los gacetilleros, decía, resu.
miendo en sucinta opinión la que P{gmalt"ón le merecfa, que en España..
tenemos 25 autorea dramáticos como Bernard Shaw. Quien no haya
visto la representación de Eslava juzgará excesivo el número. Nosotros►
sin embargo, nos atreveriamos.desde luego a contar hasta tres, y claro que►
entre ellas, a la firma Martínez Sierra. Ya sea :efecto del expurgo
del tradu.c tor, ya de la dirección artística al dar a la obra el tono con que
ha sido representada, es lo cierto que de la gracia c,riginal dei Pigmalión
apenas si queda otra cosa que la liviandad caracteristica de las comedias.
de Benavente, de Linares o de la firma Martinez Sierra. A ello ha contribuido no poco la int~rpretación, adaptad-i a las condiciones de la señora
Bárcena, sugestiva en extremo, pero cuya acusada personalidad tan repetidamente perjudica a los varios caracteres que le están encomendados
en el reparto de las obras. Llámese Desdémona, Margarita Gautier o Nora,
siempre es Catalina. Nosotros casi preferiríamos que Naturaleza no hubiera dotado a la señora Bárcena de tan delicado metal de voz, voz para
dar el sí de las níñas, cuya ingem1idad teatral cuadraría tan bien a su temperamento.

UN CR1T1CO INCIPIBNTB

330

I',
t

l tBROS Y REOtSt~S
Ramóa

Meaé■ des

Ptd&amp;l.-E.rJudios liJ1rario1.-Atcnca. S. E.-Madrid.

Tanto se ha abusado en estos últimos tiempos del dictado encomiástico de
maestro, atribuyéndolo con vano halago y sin sentido, ora a quien le quedaba,
mucho todavía por aprender, ya a quien de poder enseñar algo diera malísima·,
ejemplaridad a los supuestos discípulos, que es menester, en casos como el presente, llamar la atención del lector sobre la justicia y conciencia con que lapa-Jabra se empica. D. Ramón Menéndez Pidal lo merece sin que semejante título,
Je acarree la enojosa compañia de cuantos lo detentan una temporada, según
Jo impone la moda pasajera de una generación, en el caso más favorable, cuando no de un corrillo.
Heredero de cierta preeminencia magistral, de que había hecho un trono su
glorioso antecesor, ha sabido depurar, reducir a proporciones científicas, el legado espiritual de Meoéndez y I'elayo, cuya leyenda amenazaba, en boca del
vulgo, arruinar la obra fecunda del historiador literario. Meoéndez y Pelayo era•
unfenómt1'o, declarado vo~ pojuli monumento nacional. Había que reaccionarcontra la maravilla, sacrificándola en aras de la sana razón. Desprovista de todo
oropel, mantiénesc incólume la memoria del gran escritor a través de la obra
del crítico, profusa, desordenada , excesiva, discutible en su magnificencia. Menéndez Pida! personifica ese criterio clásico que ha sido menester para encau- zar dentro del sistema europeo, digámoslo así, de la crítica literaria, el caudal de
la erudición española. Criterio que implica tanto el rigor en los métodos de investigación cuanto el estudio de la literatura desde un punto de vista propia-•
mente literario, espiritual, no sujeto tao sólo al tecnicismo de la papeleta que ·
mata.
Tal la enseñanza que se despr ende de estos Estudios, leídos por su autor·
en recepciones a cadémicas o publicados en diferente s revistas de 19 02 a la fecha; trabajos que, no obstante aparecer coleccionados modestamente sin otro.,
orden que el cronológico, no son ensayos nacidos al azar, hijos de la ocasión,
sin más nexo entre sí que el de la pluma que los ha escrito, mas que responden.,
331

�LA PLUMA

LA PLUMA
.:a una unidad de concepto, que trasciende al lector sugiriéndole la serena

al ~errar el l_ibro se i:os_ antoja ronca de so2tener el mismo tono agudo de la
pnmera págma a la ult~m~.. Adolece principalmente, a nuestro juicio, la obra
entera d_el deseo_pec11har_1s1mo en las ~scritoras de dar una impresión de fuerza varonil. La senora ~spma descubre su feminilidad en la invención, allí donde para más rea(zar_ 1~ tremenda fatalidad del sino adverso mezcla inoportunam~nte el drama_1,nd~v1dual a la tragedia colectiva, drama por otra parte tan dilwdo en la _d&lt;::cr1pc1_ón del fondo, que no capta nuestro interés.
Esta op~mon der!va de una discrepancia fundamental t&gt;ntre el gusto artístico de la_ senora !tsprna y _el nuestro. Digamos en holocausto a la verdad que la,
razón, _s1 es el publico _quien la da, parece estar de su parle, pues que en el
poco tiempo transcurndo desde la salida de El metal de los muertos está ya a
punto de agotarse la primera edición.

gra-

vedad intelectual que en tales páginas alienta.
Presídelas, sin duda, en punto a su importancia, el estudio sobre La Crtftli,ca general, al que sigue en nuestra preferencia el discurso acerca de La j&gt;rimitiva poesía Hrica española con que inauguró D. Ramón Meuéndez Pida! el pasado año el prirnero;deJsu presidencia del Ateneo. Muéstrase en todos ellos, aun
en los que _;¡retenden ser sólo apuntes o notas breves de ternas apenas esbozados, el mismo sentido general, que s11.be recrear a la luz de hoy día los fundamentos de un espíritu español, persistente en la literatura castellana.

C. R. C.

•••

c.

·Concha Espina.-El ,mtal dz los muertos. Novela.-Gil Bias. Madrid, 1920.
Al criterio absu.rdo de la r:nayor parte de los editores y libreros españoles,
atentos, al parecer, al sistema de venta preconizado en el inveterado refrán del
buen_ paño encerrado en el arca, ha sucedido de algún tiempo a esta parte el
prunto de anunciar a la norteamericana, es de cir, con exagerada despropor
-ción entre la mercancía que al público se ofrece y su calidad. No es esta la
única concomitancia que el lector, a poco curioso que sea, observará entre la
última novela de la señora Espina y los procedimientos artísticos y editoriales
-de que suele valerse al escribir y publicar las suyas otro de nuestros primeros
escritores, según la fama ambirnuodial, el Sr. Blasco Ibáñez. Tengan o no que
-ver semejant~s nclamos con el mérito literario de las obras así expuestas a la
pública conside ración, revela n en todo caso un afán mercantil digno de respeto, ya que la indife rencia o la falta de información adecuada del común de
los lectores exculpan el exceso ditirámbico.
Et metal de los muertos es una novela-llamémosla así pues que tal nombre
le da su autora- sumamente interesante en cuanto al propósito. Creemos que
ila señora Espina ha intentado romper la monótona liviandad del ambiente
con una obra cuya gravedad correspondiera con épica grande za a la crisis sodal del mundo. Que el alegato puede St&gt;r considerado obra de arte, es cosa
palmaria aun antes de Zola, y a partir de él según ciertas reglas todavía no subvertidas en su género. La trágica cuestión de Ríotinto es de por sí tan apa!&gt;ionante, que incluso a través de las informacioces p eriodísticas impresiona a
todo ánimo sensible. ¿A qué obedece, pues, que su lectura en las páginas de Et
metal de los muertos no suscite en el nuestro esa emoción expiatoria propia de
las grandes obras? (que no son siemp re las más voluminosas). En nuestro en·tender, a que la novela no está lograda.
Pese a la precisión detallista con que la señora Espina acumula cuantos términos técnicos le ha podido proporcionar el estudio documentado del lugar de
la acción, y quizá precisamente por ese exceso, int:xpresivo para el profa•no, se confunde el lector, un tanto abrumado por el esfuerzo de la autora, que
332

R.

c.

***
Mario Pu~cini.-Essere o non essere. Racconti.-Edizioni A. Mondadori.Rorna.
;

!,a interesantísima crónica con que ha inaugurado Mario Puccini su colaboración, ~n LA PL_mu basta µara dar, a través de la imparcialidad informativa
del cntico, un_a idea clara del propósito literario que anima al autor de Essere
o non essere, dignamente presentado ya a nuestros lectores por Enrique DíezCanedo. La lectura de los tres cuentos que componen el volumen nos confir~an e?- es": idea, que juzgamos de provechosa ejemplaridad en el desconcierto.
litera.no reinante. La hermandad hispano-italiana es, por otra parte, tan indudable,_que todo fenómeno social, cuanto más literario, tiene para nosotros doble ahc1e1:1te po~ el solo hecho de producirse en un país tan afín al nuestro.
. ¿Qué mtenc16n revela Mario Puccini en medio del desaforado lirismo futuns~a qu_e ~a sucedido, juntamente con la nueva disgregación dialectal de laumdad italiana, al genial D'Annunzio? La de volver al natural. No haya equívocos. Pero tampoco m_ayores sobresaltos. Esa vuel~a. al natural ¿puede significar
nunca ya la aceptación del 11aturalismo como d1v1sa? No; el mero hecho de
propo~er como modelo al octogenario Verga no implica en el homenaje al
autor_ ilustre de l.avalle~·ía rusticana la consagración de la teoría ve,-ista, que
constituye a nuestros OJOS el peso mu•rto de su literatura. La elección de tal
maestro_ sign_ifica la co_ndenación del énfa~is d'annunziano y del desbarajuste
del mannettismo. Es simplemente un llamamiento a la honradez literaria.
Pero ~n los tres cuentos que integran Bssere o non essere-Kitorno al mondo,.
G_aratten, L_a veritá-hay además un humorismo de tan buen temple, quiero decir tan cermdo a través de ese criterio sutil hecho en fuerza de buenas letras
que ello solo basta para hallar en su lectura el reposo deleitable de que est~
faltas cuantas solicitaciones suelen hacernos los libros, monótonos en su mons-truosa inconexión, que nos brindan los escaparates de la •ueva Europa.
33J

/

�•

LA PLUMA

LA PLUMA
Tenemos noticias de que algún editor es_p~ñol piens~ publicar, no tardando,
Ja traducción de este último libro de Pucc101. La elecc1on nos parece lo más
.acertada.
C.R.C.

*

**

&gt;Guido M. Gatti.-Musicisli moderni d'/lalia e di fuori.-Pizzi

&amp;: C. Editori,

Bologna, 19,0.I
El nombre que encabeza e sta colección de artículos críticos es_ e l que ea
.Italia significa lo más claro y más intelige?te , a la par 51ue lo_ meior informado~
de entre los escritores musica les de su pa1s. Y este pa1s, Ita ha , es uno de lo
,más afortunados en posee r escritores de esta índole: Fausto Tonefra?ca,
Giovvanni Bastiauelli, Domenico Alaleona, entre_otros, SI? contar los mús1_cos
mismos que impulsan el movimiento de renovación, el «nnovamen_to• ~usical
, ue dió cuerpo a )a «Sozieta Italiana de Musica ~oderna~ y a la simpática reiista .Ars nova. Casella, Pizzetti, l\falipiero y el ag1ta~o _Bahlla Pratella defienden
, con la pluma los ideales que dictan sus obras de mus1ca.
.
.
Estudiar éstas de acuerdo con esas ideas estéticas y defio,1~ .la persooah?~d
de c;ida uno de esos músicos es lo que Guido M. Gatti,_el c11t1co de
Critica .
6tusicale, de Florencia, de otras revistas milanesas y director de It Piano Porte
. ~a de las más interesantes revistas m?dernas: de la cual hablare':°o.s enCe~a
sección), intenta en su serie de estudios pubhcados por la casa p¡zz1 &amp; • e
, Bolonia.
.
l"b
nueve·
Los músicos italianos de los que Gatti se ocupa ea su 1. ro son
. •
.Franco Alfano, Alfredo Casella, Mario Castelnuovo-Te~esco, Vmzem:o _Dan~o,
Vittorio Gui, G. Francesco Malipiero, Luigi Perrachio, lldebrando P1zzettt Y
,F. Balilla Pratella. Se ve que todos ellos pertenecen . al gr~1po moderno &lt;;1e su
aís y que el e~critor no ha pretendido un_a _ordenación 01 por ~d:ides 01 por
-~iscutibles categorías. Fraternidad y cord1ahdad ~on las c_arac_tensbcas de e~e
ru O ue no cuida de otras consideraciones smo de 1r directamente ~ a
'. ~on~uiJa de su arte y a tirar fuerte de las orejas del o,·ecdziante, el auditor
neutro y pasivo.
1 ¡·b ·t d Guido
Ocho esbidios sobre músicos extranjeros completan e I no e
•Gatti. Son todos ellos los que más interesan en el momen~o actual a ~d~s los
entusiastas por el nuevo arte musical: Emmanuel Cha~ne~, ~laude . e ussy,
Eugene Goossens, Gabriel Grovlez, Jobo Ireland, Enk Sat1e, Cyril Scott Y
,{)éodat de Severac.
.
d d fi ·
personaEl juicio crítico de ese escritor y su _rápida manera e e mr un~ erle traelidad hace que se le siga con el mayor mterés y mueve el deseo ~e _e Es lá
li ando de,músicos como Strawinsky, Bartok, Falla, Schoenbery, Scnabrn
P .

1:ª

i.

Guillermo d• Torre.-Manifiesto oertical.
De entre los jóvenes que con más ardimiento preconizan la conversión del
~undo litera~io ~ la va~a fe cat~lica que i~radian las numerosas capillas futu!"l~tas, expresiomstas, sm:~ul!ane1stas, dada1stas, ultraístas y creacionistas, diseminadas por el ~undo, d1st10guese en Madrid por su fervor apostólico Guillermo ~e Torre, asiduo colaborador de la revista Grecia. Ha publicado ahora un
mamfi~:t? exornado co? grabados en ma_dera de la señorita Borges, manifiesto
de facilísima comprensión, pese a los sistemáticos detractores de las nuevas
fórmulas, aunque no de fácil lectura por la rigurosa disciplina esdrújula a que
el Sr. Torre somete su estilo. Y sólo hemos de oponer un reparo a la novedad
del P:~pósito que M_ani_fiesto ver~ical exalta: la de su arcaísmo. Porque, aun
transigiendo con atnbuir un sentido figurado a tan ardua posición, ¿cómo no
ver las afinidades retóricas de semejante teoría con alguna de las metáforas
más coreadas estos últimos aiíos, verbigracia, la de una España vertebrada y en
pie? Y en último término, ¿no podría un especialista descubrir en el r,erticalism,
del Sr. Torre antiquísimos vestigios de la mística pasión de San Simeón Estilita?
C. R. C.

•••

Corpus Barga.-Parfs-Madrid.-Un viaje en el año r9.-Madrid, 19w.
Algunos amigos de Corpus Barga han editado en lindo· volumen, fuera del
-comercio, las crónicas en que antaño refirió su viaje aéreo de París a Madrid
con el aviador francés De Romanet. Por gracia especial de su autor, un hombre
raro en el mejor sentir,., de la palabra, nos ha cabido en suerte uno de esos curiosos ejemplares.
Ya la verdad que merecían el ser coleccionados aquellos artículos en que
el simple lector hallará grande complacencia, el bibliófilo avara satisfacción en
poseerlos, y e5pecialísimo interés el historiador literario; pues que tal viaJe representa la prlmera y preciosa tentativa en lengua española por describir ade~ua_d~mente, sin corrección, pero con propiedad aérea-no a ras de tierra-, el
incipiente vuelo del hombre.

....

C. R. C.

Libros recibidos: Maeztu, Unamuno, Campion, Baroja, Mourlane: Del espíritu de los r,ascos. Biblioteca de Hermes, vol. l. Bilbao, 1920.-Rafael Calzad11:
La ~alria de Colón. Buenos Aires, Roldán, 1920.-Manuel Ugarte: Cueutos de la
Pampa. Madrid, Calpe, 1920,-Luis del Valle: Emociones. Zaragoza, Editorial
Athenacum, 1920.-E. Mazorriaga: Platón el Divino. Estudio preliminar a la
traducción directa de sus «Diálogos». Tomo l. Madrid, Biblioteca Clásica, 1920.
335

. 334

�LA PLUMA
Ramón Menéndez Pida!: Un aspecto. en la elabo,-arit/n del Quijote. Discurso leído
en el Ateneo. Madrid, 1920.-Christian Roeber: Poemas. Biblioteca Poética, número 1. Septiembre, 1920. Buenos Aires. Valentín de J:'edro: Kimas de pasión.
1
Madrid, 1920.
Revistas: España, Madrid.-Spanien, nÚf!l 4, Hamburgo.-La Lec/u,-a, noviembre, Madrid.-He,-mes, noviembre, Bilbao.-Nos, núm. 1, octubre, Orense.-Die Aktion, 47-48, Berlin.-Vida, núm. 3, La Coruña.-España y América,
noviembre, Cádíz.

Gacetilla.
Azorin de Tarascón.-:-Ha estado a pique de perderse para 'los fastos de
la energía española la gesta de Azorín en París. Agradezcamos el desenfado con
que el propio Azorín nos cuenta en El Sol sus proezas. En 19:8, Azorín se fué
a la guerra. No en viaje colectivo y segu,-o: «Fuí a París solo, silenciosamente,
sin reclamos de Prensa, en los momentos de más angustia para la hermosa
ciudad: en la primavera de 1918. Los alemanes habían avanzado hasta ChateauThierry; salía a bandadas la gente en los trenes; el formidable cañón de largo
alcance lanzaba, cronométricamente, por el día sus proyectiles¡ los aviones
dejaban caer durante la noche sus bombas. En mi cuartito del hotel (jamais
on ne se se,-ait cru devant la demeure d' un ké,-os ...) en estas horas trágicas, en el
silencio de la gran ciudad(... mais quand on entrait, coquin de so,-t...!), leí al
divino Racine, al divino Cervantes(... un komme était assis, devant le gué,-idon).&gt;
Caro ha podido costarle a España el irrefrenado ardimiento de Azorín: afrontar, solo, el bombardeo de un cañón, que para ser el primero que oía tronar no
era un «pequeño cañón&gt;, como antaño hubiera podido creerse, sino un cañón ..así de grande!, y, lo que es peor, ¡cronométrico! ¿Qué harán Pepita, Rosita,
Carmelita, D. Antonio, D. Fabián, D . Andrés y de.más entes azorioescos al
saber el peligro que ha corrido su epónimo? Pero una duda nos asalta. ¿Estaba
realmente solo Azorín? ¿No le acompañaban siquiera el comandante Bravida,
Costecalde el armero, Bezuquet el boticario? Porque estos eran sus camaradas
de aventuras, según cuenta la historia: L'int,-épide Azorín kabitait alo,-s, á l'entrie de la flille, la troiriéme maison á main gaucke su1· le ckemin d'Á'llignon...

PIN DEL VOLUMEN 1

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA PLUMA

...
"l

l

~~ ¡·
. ")" ,1
►

1

¡

ALBERro.-¡Ellal&gt;
y un trozo de la escena X. Alberto, oficial de húsares, regresa de la guerra
carlista y describe una carga de caballería:
cALBERTo.-Mi puño vigoroso movió el acero como un relámpago lejos y
cerca, sin tregua ni piedad y en sangre tinto. La gente, acobardada, ensanchó
el cerco; lancé el caballo, y un jefe enemigo se interpuso. Empuñaba un sable
como yo; el furor le cegaba como a mí; sus ojos brillaban como los míos...
¡Plaza!, gritamos, ¡Plaza!, y nuestros aceros chocan y chispean prontos al quite.
De un tajo cercené su mano izquierda al par que él con su diestra armada deshizo la testuz de mi caballo.
MARQUÉS /muy agitado).-¡Caballos había muchos!
AtBERTo.-El mío me arrastró a tierra.
l'l!ARQUÉS (con ansiedad).-Pero un tigre salta.
ALBERTo.-¡Y salté como un tigre!&gt;
La crítica estuvo acorde al proclamar el triunfo del drama: •Todo el mundo
estaba conforme-escribía El hstandarte-en que la obra del Sr. Novo y Col•
son pertenecía a las que poseen el raro privilegio de acallar los gruñidos de
los descontentadizos, de los envidiosos•. Pero no lo estuvo al apreciar su tendencia: «El Sr. Novo y Colson-decía D. José de Laserna en Et Imparcial-no
fué anoche a plantear en el teatro Español ningún problema jurídico, ni sociológico, ni teológico, ni de ninguna clase, como viene siendo uso y costumbre
en estos últimos tiempos». Ea cambio, para el Sr. Ruiz Contreras: «Dos problemas tenebrosos perturban a todas horas nuestra sociedad, amenazando el
pedestal en que ésta se apoya: la familia. Estos dos problemas, enunciados
concisamente, se reducen a estas interrogaciones: Si el hombre duda, no ya del
amor de su mujer, sino de la concepción de su hijo, ¿cómo .se cerciora?, ¿cómo
castiga? Si el hombre, seguro de la concepción de su hijo, no fía en la pureza
de su mujer, ¿cómo se decide,, ¿cómo perdona? En uno y otro caso faltarán
siempre definitivas pruebas. El primero de estos problemas ha servido al s.e ñor
Novo para escribir un poema tan abundante de verdad y poesía que seduce y
convence.,
Nosotros deducimos que la importancia del drama del Sr. Novo estriba en
haber propuesto un medio de prueba (cuando menos sorprendente), para cerciorarse de la «concepción del hijo»: abofetearlo.

AÑO l.

1

l\'.IADRID, NOVIEMBRE 1920

NÚM. 6.

Apuntes y canciones.

I

f.lCay una mano de niño
dispersa en la tarde gris,
o en la tarde gris se borra
una acuarela infantil.
tJtoño tiene en el sueño
un iris de abril.
...no sueñes más, cazador
de escopeta y galgo.
'1/a quiebra el albor.
241

�LA PLUMA

II

'lf es una mañana
tan coloradita

como una manzana.

1

Prosper Mérimée nació el 27 de
septiembre de I803 , en Par{s,y murió en Cannes, el 23 de septiembre
de I870.

II I

0n el lagar, rojo vivo;
agua en la pera madura,
oro en los chopos del rfo.

IV
¡fMas... ya seca tos,
y las hojas negras
en el ventarrón/
V

{Jolpes de martillo
en la negra nave, .
la del galón amarillo;
y en los aros de un tonel
jocundo y panzón
para el vino nuevo
de tu corazón.

ANTONIO MACHADO

A

de verdad, no es posible; pero bien se alcanza que merece
algo más que estimación.Nada suyo nos inflama, y por mucho apego
que se tenga a nuestros autores excelentes, se puede muy bien no pensar
para nada en él, durante meses, a despecho de Carmen. Si por ventura
le hacemos objeto de nuestra atención, ya no nos deja en mucho tiempo.
Los recuerdos de su persona, tanto como la lectura de sus obras, diluyen una especie de irritación en nuestra curiosidad vivísima: no se llega
fácilmente a penetrar sus razones de ser; acontece incluso que no se le des- ··
cubre ninguna. Si nos esforzamos en aprehenderlo del todo, por alguna
parte se nos va, y el verle escaparse así, escurriéndose de nuestras manos,
nos colma de mal humor.
Parece que lleva máscara: quien le examine se convence de ello, y
busca por donde irá a asomar, como suele decirse, la punta de la oreja;
pero no se advierte rareza alguna en ella ni en la barba: la máscara
tiene tanta naturalidad que muy bien pudiera ser, al fin y al cabo, su mismo rostro. A veces se asoma a él una expresión en que, al parecer, su
corazón se refleja: cree uno haber sorprendido la intriga, tocar al 5n un
nudo; nada de eso: la trama es tan tupida que todas nuestras presunciones se disipan ante la superficie, sin perforarla.
MARLE

(1) M. G. Jean-Aubry nos favorece con este artículo, que se publica, al mismo tiempo que en LA Pwiu, en varias revistas extranjeras.
243

I

�LA PLUMA

-

A punto de cansarse de buscar, se aparta uno de tal hombre; pero
cabalmente su inmovilidad es lo que nos hace volver a él; sobre todo,
porque percibimos que no la finge, y que la reserva, e incluso el encogimitnto, le son tan naturales como pueden serlo a tantos otros la indiscreción y las efusiones.

.u
ti

I

**•
Hijo de un pintor académico, cuyo padre habla sido intendente, y de
una institutriz irreligiosa, viva, seca, a ratos pintora, le transmitió el uno
su espíritu ordenado, la prudencia normanda, la otra el odio a los curas,
cierto don para las réplicas, y la inveterada propensión a no poder enternecerse; ambos, la facultad de ver claro, de mirar con precisión, y esa
pertinacia particular, que ni los grandes ni el pueblo tienen, y que nunca
h a sido en Francia la virtud menor de los burgueses. Añádase aún la rigidez de hábitos, la tiránica puntualidad y la sumisión a los trastos caseros
que lo más a menudo convierten a un hijo de familia en un solterón
ocsde sus veinte años, y aún cuando se decida a casarse.
Sin embargo, cuida su espíritu y su vestir, con esmer9 elegante, aplica
su obstinación al saber, y acierta a dar a su prudencia el precio de las
amistades más firmes.
Esa elegancia corrige la excesiva rigidez que en otro caso hubiera
tenido su porte; no llega al cdandysmo• de un Delacroix o de un Eugenio
Sue; ni en el esplendor de la ju 'i'entud, adoptó aires de león; no muestra aquella «hermosura diabólica• que arrebataba en el joven Musset.
Esbelta es su apostura, pero se echa de menos en él la belleza del rostro,
la elevación del pensamiento y la dist\nción natural que realzaban la
alcurnia hidalga de Lamartine o de Vigny al rango de la primera nobleza.
Su vestir no tiene la elegancia intermitente del de Balzac, ni la extremada
a veces, a menudo dudosa, y siempre conquistadora de Beyle; es elegancia habitual, mesurada, sin ningún esplendor llamativo, y tan distante de
las exageraciones de la moda como de los usos rancios.
Un poco rígido siempre, no por eso parece militar; desde la juventad
244

LA PLUMA

despliega más bien un género de soltura semi-circunspecto propio de los
secretarios de Embajada que ya han dejado por los salones, con sus primeras ansias, sus primeros desaciertos. Hubiera podido vestir, sin parecer
ridículo, uniforme militar; llevó sin esfuerzo, sin creer en ellas, la casaca de
senador, la de académico; lo mismo hubiera llevado la de ministro, si hubiese amado o despreciado a los hombres lo bastante para pretender dirigirlos.
De la misma índole es la elegancia de su espíritu. Es su preocupación
cotidiana, y de recia estofa; nada le debe a la ambición, ni al afán de brillar. Si su certero golpe de vista o cierta acritud de su natural, han podido
hacer a menudo de Mérimée un hombre chispeante y valerle más de un
buen ~~• sirviéronle de distracción momentánea, más que de regocijo,
y su vida entera se nutrió del gusto de aprender para sí mismo. Supo latín, griego viejo, griego moderno, inglés, ruso y español, sin que a ello le
compeliese más obligación que la de su curiosidad.
De lo que sabe quiere saberlo todo, y no ve inconveniente en ignorar,
de lo que ignora, todo; si algo disimula, más es la extensión de su saber
que la de su ignorancia, disposición harto rara en el mayor número, en
unos tiempos en que cada maestro de escuela empezaba a creerse más sabio que Aristóteles, y tantos minúsculos ingenios se ponían a esparcir.
obligadamente, esa mitad de nada que constituye sus conocimientos.
En su espíritu, por bien provisto que esté y refinada que sea su elegancia, pone la misma discreción que en su vestir. No se le verá ostentar sus
dotes, ni, de espaldas a la chimenea, asumir con gracia remilgada el papel
de hombre diserto; dialoga recatadamente en el hueco de una puerta o en
uno de los rincones del salón, desde donde, de vez en cuando, dispara, alzando o bajando la mira y el tono, un dardo veloz y agrio. Son las flechas
que estrictamente necesita para proteger su retiro.
Por conservar siempre fría la cabeza, guarda en sus relaciones tanta serenidad de juicio como en sus burlas; no sufrió decepciones sino en la medida en que a veces se le antojó algo más que amistad; de la amistad, en
cambio, gustó casi todos los aspectos, no quizá los más amables; de fijo
los más segaros. No es vasto el número de sus amigos, pero todos de lo ·
2-45

�LA PLUMA
LA PLUMA

u
ti

más honorable y de provechoso trato, Víctor Jacquemont o Henry Beyle,
Jean-Jacques Ampere o Panizzi, o Turguenief.
Impone respeto a todos, basta a quienes le quieren poco, tratados por él
sin miramientos; incluso le agradecen su sinceridad, porque no le mueve
la envidia, ni la esperanza de recibir nada en cambio. Da lo que le place,
sin esperar ni pedir cosa al~una; sabe hacer un favor, gunde o chico, y
hacerlo con discreción. Si a veces se enoja, aún más contra si propio que
contra los prójimos, es que también se juzga con claridad y mide su capacidad lo mismo que la ajena. Su extremada carencia de entusiasmos e ilusiones, presta a su trato una igualdad perfecta que hubiese sido harto insulsa si no la hubiesen salvimentado los recursos y gracias de su saber.
Por lo demás, aunque su idea de los hombres es tan pobre, no llega a aborrecerlos; gusta un placer perverso midiendo sus defectos, y sabiendo de
antemano a lo que as{ se expone, resígnase a pedirles sólo distracción
para su aburrimiento. &lt;Por qué habrla de huir de los hombres? Ama el retiro, como todas las cosas, con moderación.
Exterior, modales, lenguaje, juicio, saber, sentimientos: por donde se
le mire es ccortesano cumplido•: mas no enteramente en el sentido antiguo. Víctor Cousín, que le trató, pero que era de esos filósofos de quienes Pascal ha dicho que no ven exactamente lo que tienen ante si, ha declarado que Mérimée era un ccaballero&gt;. Eso es, cabalmente, lo que no
fué, lo que le falta, lo que no puede alcanzar para que su figura sea grande o conmovedora, y nos arranque algo más que estimación.
Es, no un caballero, sino un «gentleman•; no por defecto de linaje,
que otros sin mejor abolengo: acertaron a ennoblecerse basta ese punto.
Para ser caballero hay que sumar a la distinción de la cuna o del ingenio,
la adhesión firme a una creencia, y hallarse pronto a darlo todo por ella,
incluso la vida; ya sea, como el cruzado, por el rescate de un sepulcro,
ya, si se trata de un ateo, en honor del amor, o por puro amor del honor.
El caballero puede, si se le antoja, ser anticuado, ignorante, incluso
insolente a ratos: el levantado corazón y los graciosos modales compensan las faltas; en este punto, acaso más que en otro alguno, es cierto que
la fe salva. Sin esa vasta fe, aunque se tenga toda la cortesania del siglo,
246

no se pasa de gentleman. Es el antiguo «cumplido cortesano• que viste a
la moda de Londres, y acepta los convencionalismos, los usos, el sastre
de fama y la tiesura; no importa haber nacido en París o en Manchester:
caballeros, Sbelley o Byron, pero tan sólo gentleman un Guizot o un Mérimée. En comparación del caballero, el gentleman es siempre un poco mezquino y escaso, se le ve muy tasado el paño, y que nunca olvida que es
imprudente gastar demasiado, inconveniente perder demasiado. El gentleman no ignora la cotización de los valores mundanales; su mengua es no
tener por verdaderos los que no están sujetos a medida, y poner respeto
en demasía allí donde fuera menester amor.

***
Nacido en el albor del siglo, un año después que Víctor Hugo, nace
para la literatura en el momento de florecer el romanticismo, hacia el que
ninguna de sus dotes naturales le inclinaba: puede incluso decirse qUie
todas le alejaban de él, excepto su afición al colorido y su don dramáti
co. ¡Pero cómo gradúa sus colores más sombríos, frente a las intemperan
cias de Dumas, padre, y de Hugol Y cuando más vivamente brilla, no va
a dar ni en la blancura de las palideces lamartinianas ni el abigarramiento
improvisado de las Orientales. Sin embargo, sabe mejor que nadie el partido que puede sacarse de lo exótico como trampantojo, y en el certamen
de imaginaciones pintoreicas en que rivalizan los románticos, les gana a
todos la partida, fabricando en unas semanas, sin salir de Parls, una supuesta colección de retratos, de impresiones y de poemas dálmatas; la
Guzla, con la que se dejaron engañar, entre otros, Goethe y Puchkin.
Hubiera, pues, podido cultivar la falsificación con más fortuna que la
cultivaron muchos otros: e, incapaz de experimentarlos, ostentar sentimientos descomunales, desencadenados, salvajes, a pesar de la cortedad
de su aliento y de la flaqueza de su pecho. Parece que si lo ensayó, fué
sólo para demostrar la facilidad del juego; y, siguiendo su inclinación más
cierta, cuando toca los grandes sentimientos, no es para inflarlos, sino,
todo lo contrario, para mondarlos hasta el hueso.

��LA PLUMA

LA PLUMA
corazón de las jovenzuelas educandas del convento; lo mismo que en
todo Le Carrosse du Saínt-Sacrement.
En l' Occasíon, la atmósfera del convento en La Habana, los estragos
que causa fray Eugenio el confesor, las rivalidades y las pasiones de aquellas niñas españolas, sus pudores y sus audacias, se evocan con tan fina
pincelada y tanta gracia que puede colocarse a la Mariquita de Mérimée
entre la Marianne de Marivaux y la Clara d' Ellebeusse de M. Francis
Jámmes. Por su parte, Le Carrosse es una obra maestra; merced a una de
esas ironías que no faltan en la historia literaria, el joven dramaturgo sólo
acertó de veras en una comedia, ágil y ligera como ninguna. Tanto acertó, que es de lamentar que no llevase más adelante la aventura, pues, entre
las tétricas rocas fingidas de su obra dramática y las piedras estériles de
sus documentos históricos, ese sainete brotó como flor hechicera, inesperada y solitaria.
Le Carrosse du Saint-Sacrement enlaza Les :feux de l'Amour et du
Hasard a ll ne fautjurer de 1 íen: la obra está llevada como jugando, tan
pronto sueltas las riendas, tan pronto tirantes; el secreto de este acierto
de Mérimée es que se atrevió a dejar e11 libertad aquel ingenio que tenía,
vivo y malicioso, fácil para acudir a sus labios, pero que parece haberse
ahogado, de ordinario, en su tintero.
Alguien ha tenido recientemente la ocurrencia de volver a representar
esta obrita, fracasada antaño en el Francés merced a los silbidos de espectadores demasiado presurosos en salir a la defensa de la religión, que suponían ultrajada. Asombro han producido su frescura, sus cualidades mil:
intriga ingeniosa, verdad en el acento de los personajes y sus oposiciones.
Desde la torpeza del secretario Martínez hasta la amorosa credulidad del
virrey, desde la cólera refrenada del licenciado y la untuosa benevolencia
de monseñor hasta la maulería de la Périchole, insinuante, desenvuelta,
humilde o arrogante, todo es seducción, hechizo y fantasía. ¡Por qué no
habrá escrito más a menudo con tan buena tinta! Allí queda lo mejor de
su juventud, del tiempo en que aún le parecía que ante la malignidad de
las mujeres, mejor es sonreír que lamentarse.
Al alejarse de la juventud, su mente apenas percibió en las maulas fe-

meninas otra cosa que los aspectos más sombríos, y empleó precisamente
lo mejor de su talent(• en pintar, con negros colores, a las mujeres, al mismo tiempo que deseaba verlas a su alrededor en grupo lo más numeroso
posible.

***
No le guardaban rencor. Muchas tuvo por amigas; las amaba asumanera, con interés, sin amor, como a niños temibles: se complacía en las
menudas atenciones, era muy obsequioso, pero se mantenía sobre aviso.
A decir verdad, le daban mied.:&gt;; siempre conservó algo de hijo único,
formal, que por temor al desenfreno no se atreve a dormir fuera de casa,
que se retira, empero, lo bastante tarde para regalarse con un poco de
licencia, aunque siempre lo bastante temprano para poder dar un beso a
su madre. Se empeña en pasar un poco por calavera; eso siempre seduce
bastante a las mujeres; pero no tiene gusto, ni salud, ni valor para serlo,
El miedo al engaño le retiene, y el temor a los arrebatos, temor burgués. Visita a las mujeres en su casa, pero sin morar jamás ~n ell~, Y en
cuanto a recibirlas en la suya, el solterón no lo tolera. Se las 1Dgema para
serles desagradable en la justa medida necesaria, a fin de desalentarlas en
sus veleidades de dominación: y como otros afectan ser amables, él fingía el
mal humor para estar a cubierto de sus ataques y atraerse algunos favores.
Más de veinte años se entregó a ese comercio en sus Letres d une Inconnue. Despliega juntamente la seducción y la firmeza necesarias
ret~nerlas. Las trata como a niños indómitos; ellas le tratan como a mno mimado. En ese juego se pasa la vida.
Muchos hombres cuando no las desprecian por ello, alaban a las mujeres por haberl.es a~ado, y los otros se alaban de haberlas amado. Mérimée se inclina poco a la loanza, y a la loanza propia menos que a la de
nadie: quizá, en el fondo, no tenía de qué alabarse, y su ~usto era demasiado certero para no percibir esa mediocridad. Las muJeres que hayan
podido entregársele, han debido de hacerlo por tiempo bastant~ breve
-salvo en la correspondencia-, como algunas se entregan al médico o al
confesor, por despecho, ociosidad, perversidad, necesidad, lástima, o . in-

Pª~:

251

�LA PLUMA

-

cluso camaradería, mas no por pasión o amor. Tiene la discreción profesional d,:I médico y del confesor: por añadidura, no sería propio de un
gentleman hacer gala en sus dichos o en sus libros de sus conquistas: ade
más, sus preámbulos, sus prudencias, eran harto suficientes para infundir
sin tardaoza en sus conquistas la idea de la amistad en lugar de la del
amor. Con las mujeres jugaba a quién engaña a quién, como con las literaturas extranjeras y los monumentos históricos; ¡pero con mucho menos
acierto! Están más vivas, son menos frías, y a menudo, su ardimiento se
fatigaba muy pronto de no poder encandilar su natural refractario.
Si es verdad-dicen que no, pero el caso entra en sus maneras-que
Sainte-Beuvc, viendo a George Sand desasosegada por su temperamento y
sin saber a quién ofrecérselo, le procuró a Mérimée, el hipocritón debió de
regocijarse mucho, a solas, con el caso, hasta bastante tiempo después de
sucedido. Nos imaginamos aJoseph Delorme, entre bonachón y apicarado,
guiñando un ojo y relamiéndose de gusto, al término, desde luego previsto, de aquella asombrosa conjunción: era el encuentro, sin ceremonia, de
Don Juan y de Cleopatra, o quizá, más sencillamente, el de la carpa y la
liebre. A la mañana siguiente la dama bajaba de cuatro en cuatro la escalera
de Mérimée, sosteniéndose la falda y llevándose el papel, los cigarros, las
plumas y el tintero que trajera consigo; apenas en su casa, escribió a su
•proveedor&gt; quejándose del envío. La verdad: aquello no le cuadraba.
&lt;Cómo era posible que se mostrase dispuesto a contentarla, sin poner en
ello al menos un poco de éxtasis? Los más ardientes entusiasmos se deshacían en espuma contra semejante iceberg; los arrebatos más fogosos no
podian derretir sus témpanos. George Sand no pudo aguantar la mirada
inquisitiva que no parecía sorprenderse de nada, ni al hombre cuya mesurada solicitud descifraba a una persona como si fuese una inscripción.
En fin, para decirlo todo, George Sand no buscaba sino holgarse con él, y
pase que fuera hasta en público, pues habría de saberse por sus libros,
pero no sobre una mesa de operaciones.
A Mérimée no le gustaban las hembras doctas: supo tenerlas aún a mayor distancia que a las demás. Se esquivaba con facilidad: no por falta de
seducciones: si su rostro no las tenla, su espíritu poseía muchos atracti252

LA PLUMA

1

t

vos, y en el trance de la muerte todavía suscitó pasiones. Gustaba de
exhibir cierto cinismo de expresión, un cinismo elegante, que no desagrada a las mujeres, pero por mucho que se aventurase no iba a ciegas: en
eso era como ciertas audaces vírgenes inglesas, que siempre sabeo hasta
dónde llegan.
Mérimée siempre teme perder la cabeza, sabe muy bien que es lo más
valioso de su persona.
De palabra o en sus escritos se las da de valentón, de incrédulo, de
perverso; diríase que se dispone a poner por obra el espiritu implacable
de Les líaisons dangereuses; pero se detiene en el tocador, todo lo más llega
basta el umbral de la alcoba: adora estar entre mujeres, con dificultad
prescinde de su compañía; pero, tocante a su amor, prefiere reducirlo a
materia de conversación, y, ya encanecido, se le ve seguir siendo con la
mayor naturalidad puntual secretario, taimado en su galantería, de la corte
de amor de S'.-lint-Cloud.
. Hay hombres que no se casan para poder hablar bien de las mujeres,
como hay otros que sólQ se casan para decir o pensar mal de ellas. Mérimée, que no tuvo motivos de queja de las mujeres, se atrinchera en la recámara de su celibato, donde, con fría tinta y aguzada pluma, narra una y
otra vez la perfidia del eterno femenino: la mujer implacable, a quien
mueve, no la pasión ni los sentidos, sino la malignidad pura, el demonio
de la perversidad, el atractivo del mal causado por gusto, una especie de
desinterés satánico, cuya suprema flor brilla en Carmen; este cuento es el
fruto postrero de su imaginación misógina y el más célebre de todos.
Sin embargo, en esa galerla de mujeres inicuas que va de Madame de
T rouville a Carmen no son las figuras sombrías las que mejor sostendrán
su nombre: casi nadie lee Carmen, remitiéndose a la ópera de Bizet, que
la deformó más de la cuenta; la Périchole y Colomba, que sólo son maliciosas y atrevidas, se leerán mucho más tiempo.
No se ha engañado la opinión que mira en Colomba el mayor titulo de
gloria de Mérin,ée. Mateo Falcone, L'Enlévemmt de la Redoitie, L'Abbe
Aubain son obritas maestras; pero la grandeza sencilla de Colomba es más
rara. Sin contar que merced a Co!omba adquirió el mérito de incorporar
253

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LA PLUMA

u

de golpe toda la Córcega a los dominios literarios franceses, y transcurridos ochenta años aún la conserva para s{ solo. Mérimée realizó en esa
obra un magno esfuerzo de imaginación: doscientas cincuenta páginas de
invención son un aliento desusado para quien, de ordinario, se afana por
ser breve. Cierto, aun en Colomba, habría mucho que reprender: el joven
Ors Antonio es de una insulsez desesperante, y su enamorada inglesa,
Miss Lydia, no pasa de ser un fantoche que va de la sequedad a la tontería; allí hay bandidos un tantico letrados, un paisaje harto inconsistente;
pero la figura de Colomba todo lo anima y vivifica, y se olvidan los defectos: tiene la grandeza de una idea fija, una belleza casi antigua, algo que
es al mismo tiempo vasto y limitado, a la vez insólito y clásico.

**

*

El gran esfuerzo de Colomba parece haberle agotado: en los cinco
años siguientes no escribió mas que tres cuentos-verdad que uno de
ellos es Carmen-. Después, el autor se acaba; ya no había de escribir
mas que aburridos estudios históricos, fríos dictámenes académicos, y algunas traducciones excelentes. A los cuarenta y tres aiíos, cierra su vena,
que parecía al comienzo abundante y fácil. Cietto que ya es inspector de
monumentos históricos, es de la Academia francesa, y de la de Inscripciones y Bellas Letras; pudiera creerse que sólo había cultivado las letras
por ganar esa inmortalidad provisional; pero Mérimée era de esos espíritus que desean honores no más que para palpar su vanidad. La verdad es
que su juventud no había sido sino lumbre de paja, y que la última chispa se había extinguido antes de tiempo. La animación, la burla y la malicia juveniles fueron enfriándose con extremada prontitud. Al perder la
mayor parte de sus gustos, sólo le quedó su natural: su natural se inclinaba al orden, y sus gustos a las libertades.
Educado en la observancia de las r{gidas normas burguesas, siE transgresores le inspiran irresistible afecto: el aventurero, el paria, los gita·
nos, los bandíttl, son los héroes gratos a su corazón. Empezó, a sus
veinte años, por un lromwel, antes que Víctor Hugo; el tema estaba en
254

el ambiente literario¡ Balzac empezó también por ahí. AtJn puede achacarse la culpa de esa elección al romanticismo; pero más adelante no es
romanticismo ni pura casualidad, si escoge, para pintarlos, a los ladrones
y gitanos de España, a D. Juan y Enrique de Guisa, a los bandidos corsos, o a Don Quijote, a Catilina o al falso Demetrio, a todos los que, por
motivos plausibles o no, o simplemente por gusto, rompen con las leyes y
el Poder. De igual modo, en tiempos más cercanos, se le vió acoger bien
el golpe de Estado, y no desaprobar a Napoleón III sino en los días del
Imperio liberal.
En el fondo, conocedor de sus cortas fuerzas y de su escasa inclinación a la violencia, lo que le gusta es contemplar, mentalmente, la fuerza
y la violencia ajenas. Ser gentleman le ahoga; harto le gustaría verse salteador de caminos, pero salteador con buenos modales, por supuesto,
pues no es de su agrado la fuerza bruta, y no tiene ni pizca de militar. Lo
que le place es esa violencia mesurada que piden los preparativos de un
complot, realzada, si el caso llega, por la generosidad: su héroe, como
para otros muchos espíritus de la época, criados entre los excesos de energía de los ejércitos napoleónicos y la etiqueta arcaica &lt;le la corte de los
borbones, es el bandido hombre de mundo, que mantiene la observancia
de la urbanidad en medio de su desprecio de las convenciones; pero su
héroe no es Zampa, ni Fra Diavolo; no es el bandido pico de oro que recita una perorata a la entrada de un valle que lleva ca la libertad de las
montañas•, o exhibe ante cualquier recién llegado la franqueza jovial de
don César de Bazán: su héroe es hombre de pocas palabras, sin familiaridad ni rudeza, posee el temple flexible del acero castellano, la galana altaneria del hidalgo.
Bien se percibe todo lo que le llevaba hacia España: pudo imitar el
alma dálmata, comprender a Inglaterra mejor que hombre alguno de su
tiempo, inaugurar la Córcega, y, uno de los primeros, llegarse, a través
de Gogol, Puchkín y Turguenief, a la híbrida fermentación rusa; su patria
de letras es España. Antes de su primer contacto la comprendió y la
amó, y sus Lettres d'Espagne, de 1830, están, hoy todavía, colmadas de
verdad y de hechizos. Sin trabajo percibió cuanto España encierra de in255

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tenso y comedido: era conforme a su corazón: era la proyección viviente
de cuanto hubiese querido y no osaba ser.
Al alcance de ese calor, su juventud aletargada se animaba de nuevo.
El marco español le ronda desde antes de su primer viaje, de su primer
libro. Durante los veinte años que se ocupa en obras de imaginación, no
cesa de recurrir a España: fueron sucesivamente los estudios sobre Don
Quijote y Cervantes, La, Famílle de Carvajal, La, Perle de Tolede, Lettres
a'Bspagne, Le Musée de Madrid, Les Ames du Purgatoíre, Carmen y
L'Húto{re de Don Pedre r.w, roí de Castt"lle.
Cuando se !e acabó el gusto de escribir y no le quedó más que el hábito; cuando el último ardor de su espíritu hubo pasado, y el cronista
mató en él al cuentista, España no le prestó ya la inspiración deseable: el
intenso ardor del alma castellana o andaluza dej, de encandilar su yerto espíritu; se contentó, en punto a cosas españolas, con lo aportado por
su imperial amiga Eugenia de Montijo, y ya no vió de España, a través
de las brumas del recuerdo, sino lo que puede verse desde Biarritz,
adonde iba con la corte imperial. Por la fuerza con que lo español le posee
se mide la vivacidad de.la imaginación de Mérimée: es la piedra de toque
de su espíritu: cuando ya no le conmueva, su obra ha concluído; en adelante no hará más que trabajos.
Todavía durante veinte años esos trabajos, crónicas de historia, traducciones, dictámenes de arquitectura, servirán para distraer el aburrimiento de su natural apagado. Su gusto por lo verdadero le había in clinado siempre hacia la historia. Antes que Vitet, antes del Cz'nq-Mars, de
Vigny, de la Catheríne de Médícis, de Balzac, de Notre Dame de Parzs, de
Les troís mousquetazres, adelantándose a los imitadores de Walter Scott,
escribió La :facqueríe y la Chront'que du régne de Charles IX Aunque escritas en la primavera de su vida, y en una de sus épocas mejores, son
obras fastidiosas: aún peor fué Don Pedre, una vez pasada la juventud.
Sabido es que Mérimée no tenía ni la acritud candente de un Saint-Simon, ni la calurosa fuerza de resurrección de un Michelet: escribía meras
crónicas, a las que necesariameate les faltaba el haberlas vivido.
Por respetable que sea, y a pesar de su abundancia y del interés que
256

\

en algunos lugares presenta toda esa parte de su obra, sólo para Mérimée fué qe algún precio, pues con ella cumplía sus deberes de inspector
de mr.inumentos históricos, o mejor aún, mataba el tiempo: porque encontraba menos aburridos los unos que el otro. Cumplió sus funciones a conciencia, con honradez, con buen gusto, como lo hada todo;
sin duda ha librado de la ruina más de un monumento antiguo; pero de
toda la tinta que en eso gastó, la única que aún nos parece fresca es la
de las traducciones del ruso, y la del precioso folleto sobre Stendhal.
Al hi&gt;blar de Beyle, Mérimée no evocaba solamente al autor de la
Chartreuse, sino los años de su propia juventud, el tiempo lejano ya en
que veía a Beyle en casa de los Stapfer, de Delecluze o de la condesa de
Teba: en que, novel en la carrera de escritor, escuchaba con avidez al ex
oficial de dragones y ex comisario de víveres, que había estado en Italia,
Alemania, Moscú, y visto a Napoleón, y que de todo ello no sacaba grandilocuencia alguna, sino anécdotas escuetas y vivas, agudezas, paradojas
e historias de mujeres. Acertó a descubrir un espíritu asombroso donde
tantos otros no veían sino a un hombre gordo y bajo, algo fátuo, que cortejaba a las señoras.
Comprendió a Stendhal y amó a Beyle. •Pocos hombres-ha dichome han agradado más, y no hay ninguno cuya amistad haya sido para mi
de mayor precio.» Baste eso para reservar a Mérimée una hornacina en la
capilla stendhaliana. Pero se ha querido decir que le debe a Beyle casi
todo: eso es ir un poco lejos, es, incluso, errar el camino; el apodo de
Sten.ihal flaco, que se ha dado a Mérimée, por mucha gracia que tenga, es
injusto. Se ha pretendido que Stendhal le había enseñado mil cosas a Mérimée, y, ante todo, la manera de ver; pero la visión de un escritor es precisamente lo que no se le puede enseñar, es tan suya como su cuerpo; esas
maneras de injertos o de transfusiones no existen más que en la imaginación de los que creen que uno se fabrica a voluntad, y que el natural obedece a los programas. Tiene de común con Stendhal su volterianismo y
su afán de ver claro: fuera de eso, las divergencias son más que las semejanzas. Stendhal es un buen muchacho ingenuo que quiere echárselas de
disoluto; en Mérimée hay más de la mitad de un libertino que a toda cos257

�LA PLUMA

m guarda las maneras de un gentleman. Stendhal es todo imaginación,
primer 'DOVimiento, generosidad cordial; es siempre amigable, ~ propensión a darse a todos no se agota: después razona, traza planes, sienta reglas, decreta cómo se seduce a una mujer, y llegado el m~ment?,
apenas si se atreve a hablarle, no sabe cómo estar, es ardiente e tnhAb'.l,
ingenioso, delicioso, dice lo que hay que decir y lo que ~e. ~ebe call~; .stn
embargo, entre cada dos impulsos del corazón, no hay 1u1c10 más_lucido
que el suyo. Mérimée carece de primeros movimientos, o más bien son
retráctiles; su propensión a economizar le impide entrega~se. Stendhal se
lamenta d~ la necedad de su tiempo, se asusta de los esp1as a cada paso,
maldice la ruindad de las mujeres, pero sabe hallar en todas partes cebo
para su interés, su indiscreción o su pasión; en fin de cuentas, no hay en
el mundo lugar donde no se divierta; porque Beyle le divierte a Stendhal
hasta lo infinito. Mérimée se aburre de Mérimée.

.l.

•••
No es un aburrimiento trágico, un aburrimiento literario a lo Chateaubriand rugiente a lo Flaubert, o rechinante como el de Baudelaire, es un
'
·
· · oto
aburrimiento
que se arrastra y que se conserva bien,
un a b urnmie
cuya acritud no llega jamás a ser cólera, un aburrimiento que ~u~stra e~e
género de paciencia y esa urbanidad constante que sólo la mdiferencia
puede dar.
Su inc!tferencia, cada vez mayor, acrece su pulcritud primera. Entre la
turba de pequeños ambiciosos que se afanan por adular al Em?e:ador, 0
tratan de ganar algún empleo lisonjeándole o atacándole, ~énmee sabe
devolver al César lo que César le ofrece, y se contenta con distraer lo mejor que sabe a la emperatriz, a quien sigue mirando un poco como en ~tros
tiempos, cuando, siendo niña, la llevaba a la pastelería; la emperatriz le
compensa ahora los pasteles de antaño. Quizá es el único que en aquella
Corte dice verdaderame~te lo que piensa. Se le ve ir y venir, con su porte
siempre rígido, pulcro en el atavío, pero conforme a una moda lig:ramente
atrasada que hace sonreír a los jóvenes, a quienes ni siquiera mira, Y_ cuyas mejores obras le parecen, erradamente, muy ridiculas. Se le ve ir Y
258

venir, puntual, con paso firme, sin premura; los que encuentra a su paso
no le quieren: saben que tiene su opinión y que apenas les hace caso, pero
le estiman, con todo, y envidian su cortesacía, su firme adhesión a los
amigos; saben que ha escrito, con estilo ieco y preciso, media docena de
cuentos que durarán más que muchas obras orgullosas. Las mujeres, de
quienes ha dicho tanto mal, halagan a cual mejor su espirit11al incredulidad. Mérimée corresponde con menudas atenciones.
Va al Instituto, al Senado, a las Tullerías, con el mismo andar correcto
con el mismo porte rígido, sin premura... De súbito, todo se desmoron~
en torno suyo, el Imperio se derrumba, Francia es puesta a sangre y fuego. Huyen los que le querían, y en favorecerlos emplea su postrer esfuerzo._ Quebrantado, llévanle a Cannes, para curarle. ¡Qué sol podrá ya rearumarlol Está al cabo de todo, incluso del escepticismo. Senador, académico, familiar de los grandes, muere sin que le hagan caso, y quien se
había complacido en el variado espectáculo de la maulería de las mujeres
ardientes y osadas, se extingue en los castos y serviciales brazos de dos
viejas solteronas inglesas.

G. JEAN-AUBRY
Agosto-Septiembre,

1

1920.

�· LA PLUMA

la cabalgada del nooicio

LA PLUMA

1
.,

Estoy montado en el caballito,
el caballo que corre, el caballo que vuela, porque es dt cartón•
Atraviesa el Océano como un submarino,
como un submarino con alas navega debajo del mar,
y luego recorre el espacio
y sube a la Luna y baja a la Tierra, porque es de cartón ...
Hoy no cabalgo en mi mula,
la mula que mata al jinete y es ella inmortal
(cuidado caballo la mu?a cocea).
De la mula desciendo un instante,
monté el caballito, y volando voy ya;
mas tengo temor,
como soy un novicio no puedo librarme
de caer al abismo del sentido vulgar.
Pero el caballito la intención presupone-y ampara;
¡oh la sacra intención!,
y corre el caballo y vuela el caballo, por que es de cartón.
Y el volar del caballo es una melodía
de silencio, y es un color que no tienen palabras.
(Los colorts del Iris sí tienen palabras).
Y vuelo y vuelo en mi caballito de cartón
¡Oh el encanto aviatorio del vuelo primero,
en un aeroplano que es un caballo de cartón
y que está separado de ta mula,
de la mula vieja, inmortal y de mal olor... !
Pero tengo que volver a montar esa muJa,
y además soy fotógrafo.

Me esperan mi mula y mi fotografía.
hn mi fotografía hago retratos al minuto
subido sobre la :mula, que de vez en cuando me arrea una coz.
Me esperan mi mula y mi fotografía.
Ya volveré otro rato, caballito, ¡adiós!

Una cot?cida de tocos ·

...

Suena el clarín que nadie oye,y sale e/ toro.
El toro par-ece un perro y un eiefante;
tiene siete cuernos que no son cuernos;
los cuernos del toro canz·no y elefantino son navajas.
Acomete,y asoma el bandullo de un torero,
otro torero l uego con las tripas fuera.
Todos los toreros dejan su sangre en el ruedo.
Suena otra vez el clarín que nadie oye.
Mi caballo de cartón va a matar a/ toro·
le da pases naturales con una muleta in~isib/e.
Los siete cuernos, que son siete navajas, están ineficaces.
El toro muere de un soplo de mi caballo de cartón.
Nadie aplaude. No gusta el espectáculo.
Pero mis palmadas resuenan como una ovación.

NILO FABRA

260
261

�LA PLUMA

c~6nicas
de "la Dame de Cceu~".
Otoño.
primeras músicas, las primeras tardes, todavia sin fuego,
ante un rescoldo de amistad interrumpida por un veraneo -lento,
aliviado tan sólo por unas cartas que comenzaban siempre asi:
«Hija, me aburro enormemente.&gt;
Las últimas hojas de los tisicos y de los poetas. «Dentro de poco no
ha de quedar ninguna•, nos decimos al ver sacudidos los árboles por uno
de estos días de racha, en que lluvia y viento se disputan el señorío de
las calles desapacibles. Pero las hay tan tenaces, tan resistentes, que se
pegan a la rama y duran, y duran, como esperanzas de hogar pobre. Cuando las echamos de menos, ya verdea la masa arbórea del parque vecino.
«Acompáñame a casa de la modista... • • Vamos juntas al concierto de
Sauer... &gt; «Te espero mañana a tomar el te... &gt; Tal es la sustancia de las
esquelitas que van llegando en la bandeja ..• • Ven a callejear conmigo ... &gt;
¡Callejear! Ser un elemento más de la muchedumbre que se apretuja,
de seis a ocho, en unos cuantos metros de acera, ante los escaparates deslumbradores, las vallas de los derribos, la curiosidad momentánea y el
lento alud infranqueable de los coches que bajan y suben por el arroyo.
Pensar que nunca hubo en Madrid tanta gente como ahora, como en estos
días, como en este momento, en que todos salen a verse, a reconocerse, a
escudriñarse con los ojos, para volver a una larga indiferencia.
Porque seremos muchos; pero somos siempre los mismos. Anteayer

O

262

TOÑO... Las

nos reuniamos veinte personas en un salón. La tetera servia de contrapunto a las conversaciones. Ayer, diez y ocho de las veinte, mas dos desconocidas, nuevas presentaciones, apellido que nunca se entiende la primera vez, llenábamos un reducido local de exposición. Hoy, los mismos,
hemos cambiado saludos y sonrisas de palco a butaca ea un estreno. Mañana comeremos juntos los más en casa de uno de nosotros. Pasado mañana nos vemos en un baile o en un funeral; si buscamos un paseo solitario, a todos se les habrá ocurrido pasear a solas por el mismo sitio; nunca
hablamos de la muerte; pero, cuando nos llegue la hora, segura estoy de
que todos iremos a parar al mismo patio.
Grata es la compañia, en algunos momentos; deliciosa, muchas veces,
la conversación; pero ver siempre, oir siempre, hacer siempre lo mis:no,
es un suplicio dantesco. ~Qué leyes de atracción invencible forman estos
grupos de sociedad? Por mucho tiempo los huimos, pero el día en que un
diente de la rueda nos coge, toda nuestra carne se va tras él sin remedio.
Esto se nos habla olvidado, en la dispersión veraniega, a los que no
fuimos arrastrados tan fuertemente que sólo cambiásemos de lugar la costumbre. Ya está aquí el otoño a decirnos que no hay evasión. Los que
hablan del retorno eterno dicen verdad. ¡Quién pudiera salir hacia la eterna f11gal
Bajemos el tono. Ya está a.qui todo el mundo. Hay que contestar a tantas preguntas...
Nada, hija. Yo acabé por meterme en un monte de la provincia de
Avila, tocando a Extremadura, y sólo hice vida animal. Ni labores, ni libros, ni cartas apenas. Sólo contar cinco kilómetros de ida y otros cinco
de vuelta, por la carretera, o subir a un pico, y volver derrengados, pretexto para descansar una semana enterita. Cuando no pude más, volvf ami piso de la calle de Goya, y no salí más que por la mañana. ¡Unas pan
za.das de leer! He descubierto a madame de Stael y a Juana de lbarbourou, a Emily Dickinson y a Magda Donato, a George Sand y a ... Alfredo
de Musset. ~No habrá firmado el uno los libros de la otra, y al contrario?
Te sonrfes de mis descubrimientos. No sé por qué. Tal vez porque lo
viejo te parece ya muy conocido y lo demás un camelo; pero te aseguro
263

�.......................______ ......

LA PLUMA

.... . r-

que no. Tal vez porque me ves entrar denodadamente por los caminos del'
feminismo-por lo menos en cuanto a lecturas-; ¡tú que leíste a Samuel
Butler desde que te enteraste de una opinión suya: la de que el autor de
la Odisea era una mujer! Este s[ que es descubrimiento ... Ahora acabo de
recibir un nuevo tomo de Marcel Proust; ya tengo lectura para todo el invierno.
Y nada más, hija m[a, nada más. Las murmuraciones y los escandalillos, tú me los traes. Si aqu[ no quedaba nadie... ¡Ahl, ¿el salón de otoño?
Pues mira; eso que te dije antes del aburrimiento de verse los mismos
en todas partes sucede allí con los cuadros. Parecen los mismos que habla en primavera y que el verano les ha sentado mal. Hay una sala bolchevique tan arrebolada como yo cuando volvía a mi casa después de haber estado unas horas al sol, en el monte, los prim-eros días. No lo entiendo, ni lo _entenderé, mientras no nos decidamos, mujeres y hombres, a dejar estos tonos mortecinos de nuestro vestir, resto de pasadas edades
ascéticas. Me encanta una &lt;maternidad• de Vázquez Diaz. Quieren convertirme al solanismo, y creo que los cuadros de Solana están bien; a mí
me han convencido de la necesidad absoluta e impres~indible de los museos. Yo no tendría un cuadro as[ en mi casa, aunque te digo que me parecen bien. Hay, en otra sala sin vientos de revolución, dos retratos de
Miguel Angel del Pino, que sí, que me gustan: voy a ver si quiere retratarme antes de que se vuelva como Benedito.

LA DA.MB DB CCBUR

r

J

..........

._.Cinematógeafo.

1

..
l.-Lu2..
Al principio nada fué.
Ni el agua para en ella el pez.
Ni la rama del árbol para la f aiigada
ala delpá;aro.
Ni la fórmuta impresa para casos de duelo.
Ni la sonrisa en la faz de la niña.
Al principio nada fué.
Sólo la tela blanca,
y en la tela blanca nada.
Por todo el aire clamaba,
muda, enorme,
la ansz'edad de la mirada.
Y Di"os movió su diútra
y puso en modón la palanca.
Saltó el mundo todo entero
con su bri"nco primeva/.
La tela rectangular
le opr1:mz'ó en normas severas,
le organz'zó bruscamente

�LA PLUMA

LA PLUMA

C()n dos líneas verticales,
eon dos líneas kfJrizontales.
-La cabelléra suelta al vi"entoy en el tefer y el aestefer
· · · · ···
de la tela del senHmiento.
Y el primer día de la creación,
se levantó de su rincón
y vino a asomarse a la tela:
en la mano diestra llevaba
el primer corazón del hombre, ·
que era el último corazón.

tl.--Oscuridad.
El arco voltaico de.fa
desparramarse su alma,
y lo entenebrece todo
la luz, madre de t-inieblas.
Ha vuelto la tela blanca.
Pero ya es otra; se hizo
tela maravillosa.
Entre hz"lo e hz"lo de su trama
está encerrada toda cosa,
y guarda, avara,
et mundo entero perdido.
Y todas las almas sz"enten

su curso como de estrellas
que flivieron en ,ya/fes flfJridos de ta tierra.
Y el caos tomó ante los OJOS
todas las formas /ami'lzares:
la dulzura de la colina,
la dnta de los bulevares,
la mirada llena de inquz·na
de los traidfJres de melodrama,
y la ondulación de la cola
del perro ne! a su amo.
El hombre tuerto sintz"ó
tjue su OJO de crz"stal iba a quebrarse
a la embestt"da de tantas visiones,
En el fondo gritaba un erudito
«¿Y la palabra, y la palabra?&gt;
Y todos los esfuerzos del mundo,
la fuerza lograda y gastada,
las máquinas maravz"llosas
para fJolar, para correr,
para amar, para aborrecer,
se pusieron a funcionar.
El primer día de la creación
humillado, pobre y vencido,
se marchó a llorar a un rincón.
Pero ya el instinto acechaba
en los OJOS de la muj'ttr

�LA PLUMA

y besaron labios humanos.
Ahora vueltas al espado

1
j

extratm-enaJ,
siguen rodando hasta el día
que el destz'no astral las torne
a acercar al mundo puro
de la tela blanca.

PEDRO SALINAS

los ttabajos del ()ombee...
i:os trabajos del hombre grandes en sí son éstos:
coger leche en vasijas de madera;
coger espigas punzantes y tiesas;
guardar vacas al lado de las frescas choperas;
sangrar los abedules en los bosques;
retorcer mimbres junto al vivo arroyo;
clavar y remendar zapatos viejos
junto al hogar oscuro, junto a un gato sarnoso,
junto a un mirlo que duerme y unos niños que juegan;
tejer, alzando un ruido retumbante,
cuando, a la media noche, cantan agrios los grillos;
hacer el pan, hacer el vino;
sembrar en el jardín ajos y coles;
recoger huevos tibios.
FRA,;NCIS JAMMBS
(Del libro D, I' ,A,.g/lus d, /'.Aube a I' .A1'gll"s dt Soir, próxim&lt;&gt; a publicarse, traducido por E. D!ez•
Canedo.)
~

68

Peoposiciones sobte el Hai::k.ai

A

salir til bazar literario la última novedad-flor exquisita del jardín
japonés-, se descubre que, más o menos sospechadamente, esa
flor se daba también en nuestros climas.
,Pero era el mismo su perfume, penetrante tanto como sutil? Si la arabesca geometría de su aspecto simulaba un reflejo ficticio, por entre la fina
traba de sus hojas no se enreda igual aroma.
Cultivemos, pues, la variedad nueva. Nuestro invernadero occidental
puede hacerla crecer de una manera insospechada.
L

**

*

Desde el primer momento, los franceses, al practicar el Hai-Kai, han
soslayado la identidad métrica; realmente, para la poesía actual una simple novedad silábica no podía tener atractivos demasiado fuertes. Es el nú ·
cleo poético encerrado en el Hai-Kai, su concepto de una forma leve y re.
donda-en la agudez de sus puntas estrelladas-, menuda a tent"r dans la
main y ágil como un éter, el motivo principal para la sugestión. Gota
transparente, el rayo se quiebra en ella luciendo sus siete colores: sea ésta
su estética; un puntillismo de sensaciont&gt;s que construya la imagen en e}
fondo de la intuición.

***
No se trata de reproducir una forma exótica característica, sino que,
penetrado su principio, pueda servir para sujetar alguno de los vivos des~&amp;9

�LA PLUMA

LA PLUMA
tellos que se escapall por los intersticios de la poesía occidental. Hay en
el Hai-Kai algo de la vibración estelar; palpitante, claro, inmediato... y remoto.
Nace el Hai-Kai a flor de agua; burbuja irisada y vertiginosa, vuela por
el azul, breve espejo universal, y al instante aprecia el ánimo que nos separa de él una distancia infran9ueable.

•••
La armonía vocal interesa más en el Hai-Kai europeo que su construcción métrica. Su brevedad no tolera una repetición silábica; aun la asonancia es ya redundante: que la eufonía resulte de la armónica variedad sonora de la silaba. Ninguna sensación podrá darse dos vec;es en un HaiKai; tampoco, acaso, en una serie de ellos enlazados por un principio íntimo. Cada palabra, como cada sílaba, debe poseer una virtud propia y
distinta, pincelada de un matiz puro y limpio. Libre y redonda en su individualidad, cada una está sometida a la necesidad de la anterior, dictando la ley a la que sigue, necesidad .e n que se encuentra la libertad su- ·

prema.

***

En la pulsera de Hai-Kai es análogo el principio.

•••

El titulo es como la llave de su esencia secreta. Hoy se da sólo titulo a
cada grupo de Hai-Kai. Pero se podría, en rigor, aclarar con ese rayo a
cada uno; enganche de luz que seria como la vértebra de la serie, dejando
a cada Hai-Kai una libre indiferencia para s.1s compañeros.

** *
Una gota de ironía, a veces, daría su sazón. Pero el lirismo del HaiKai proviene de la atmósfera en que se mueve, herencia del tono musical
de que ha brotado.

•**

iSe me perdonará por buscar un preludio en esta lira nueva?

***

Aaciu ea la calle ·desierta
Fria claridad perfwnada

Loa _..,lal!lt6■ lleaee.de triw

tnterioc
Flores sobre la mesa
El blanco mantel se ofrece
Abre la risa de tus labios

encuentro
Furtivo sobresalto transparente
Ya estás en la sazón armoniosa
No me ha olvidado tu mirada

El mar a través de las hojas
Arpegios de velas lejanas
Te has disuelto toda en el sol

Oíafe
El humo se enreda en el paisaje encharcado
Un árbol seco sobre los lívidos desgarrones fugaces
Tibio dormitar junto a tu cuerpo

Cotidianamente
Las dos Sol-Ventas
Gris Vaivenes Cocido

Nº4

ADOLFO SALAZAR

�LA PLUMA

1

J

... castillo famoso.

t

i

ADRID, apenas habitable

el resto del año, me place en octubre-si la
otoñada es benigna y nos regala, tras las tormentas de septiembre,
remedo de abril, con días suaves, de luz tranquila, propicios al devaneo ambulativo. Sólo en otoño está Madrid en su ser. Mayo florido, es
un mes cargante, sin más día pintoresco qúe el día 2, en que los milicianos,
barruntando a Murat, plantan sus tiendas y emplazan un cañón al pie del.
Obelisco, y cruzan el fusil ante el peatón asustadizo, diciéndole con voz
grave: c¡Atrás, paisano... !&gt; La primavera, cuando la hay, tiene en Madrid
demasiada sazón. Le sobran sugestiones violentas;_sus promesas parecen
amenazas. Es desmedida, como la pasión de los que matan por amor. -En
primavera, llena el ámbito madrileño la toreria-. En verano, ya se sabe que
Madrid no existe. Lo devora el sol. Los madrileños emigran, o revientan
como las chicharras el día mismo de Santiago (cornadas en la capea de
Vicálvaro, puñaladas en la corrida de Alcalá); redúce~e la vida de los que
permanecen a las funciones vegetativas; triunfa en la calle, a su modo, el
pueblo menestral; comilonas nocturnas sobre el asfalto abrasador de las
glorietas, tertulias a lo largo de 1~ aceras, música de voz y guitarra a la
puerta de la taberna; fuera de eso quedan la miseria triste, las pretensiones abortadas de unos pocos, y los señoritos que a las altas horas pasan
en manuela por la calle de Alcalá, de vuélta de las verbenas, haciendo
la vida del hombre malo. El otoño devuelve a la villa su equilibrio, y a
nuestro ánimo el reposo. En otoño, los m¡¡drileños están de mejor humor;
su semblante parece menos hostil, menos agresivo su mirar. Acaso el oto-

M

•

I

\

ilo nos exime de una vida estricta~ente mbana; Madrid es me.nos riguroso, pocque le necesitamos menos. Conta¡los son los dfas cleme~tes; Madrid
traspone. el telón brumoso de las Awmas, y se arroja en el invierno. La
urbe nos atenaza de mil modos, lc,s humores se destemplan, se articulan
gestos de violencia sin objeto ni fruto. Violem:ia exacerbada en los modales. Violencia en la expresión de los gustos: hay conciertos que parecen
sesiones patrióticas del Congreso. Violencia en las opiniones: el autor de
este melodrama es un Sófocles, este grotesco rimador, un Lope de Vega•
Llena el ambiente madrileño la politiquería. Madrid fatiga el telégrafo con
las vanidades de los tiburones parlamentarios. Llegada la primavera, le
entregan la antorcha al torero.
El Madrid antiguo me lo imagino siempre con luz de otoño: para el
caso, Madrid se abisma en la antigüedad cada ayer; todo lo más, cuando
el recuerdo personal se borra. La villa vive al dfa, no deja rastro apenas,
no se defiende contra el tiempo. Nada evoca menos que Madrid. Ha devanado sus siglos en silencio; lleva a cuestas un pasado sin fechas, sin perspectiva ni relieve. Su luz ha debido de ser esta luz de octubre, que pone
olvido del mundo y torna amable la vida mientras se toma el sol; pero
también parece que la vida misma se apaga cuando la luz se va. Madrid
venia. a ser un personaje harto desvencijado, con menos años que achaques y más pretensiones que talegas, retirado en sus tierras, divirtiéndose
con poco en sus holgorios caseros, sensato hasta aborrecer las aventuras,
campechano y servicial ,pero mal provisto para visitas de cumplido; en
fin, chombre de recato, de los de en mi casa me como, y otras hidalguías
celosas, cartujo de alojamiento, atusado de visitas, calvo de amigas&gt;. Tenía una solana para los días despejados del invierno, 1ma huerta para explayarse en verano, las noches de más calor se aventuraba a bajar al soto
y a una alameda al borde del rlo.
Madrid, hidalgo perezoso, rural como quien más, vivía de las tierras,
suyas o ajenas, y de lo que le daba un pequeño comercio que habla puesto a nombre de un pariente pobre trafdo de provincias. Pero a fuer de señorito, no habla visto nunca el campo. Sfrvale su fealdad de disculpa.
Para hallar algún deleite en la visión de esas tierras calmas, de ~os yesa273

�LA PLUMA
res, de esas lomas áridas que asedian a Madrid por las tres cuartas partes
de su perímetro, hay que ser algo poeta o un •mucho usurero. Los lugares amenos de esto, vallecitos carpetanos son del rey: Madrid, para no
ahogarse de polvo en los espartales de San Bias o en los altos de Maudes, tenia que meterse en un café o hacer la revolución. Y de hecho, la
conquista del Retiro, 6nico ccampo» que los madrileños han sabido gozar en medio siglo, quizás es el legado más valioso, sin duda el más durable, de aquella cEspaña con honra• parida por la álgarada de Septiembre.
¡Y hubo que derribar para eso un trono.centenario!
Desde el Retiro ha vuelto la villa a dirigir una mirada desdeñosa a los
andurriales de Vallecas, ya de antiguo aborrecidos. En estos años, Madrid
ha oido hablar del paisaje castellano, del horizonte castellano; el tema de la
meseta y sus hechizos, entronizado por dos o tres buenos poetas, ha degenerado en muletilla de juegos florales; Madrid se ha resistido a tomarlo demasiado en serio. c¿El horizonte castellano?-se dijo-¡Veámosloh Y en
el paseo de coches alzó un tabladillo-como un mozo travieso que arrima
una mesa a la pared y sobre la mesa pone una silla y se encarama a lo
alto-pará asomarse por encima de las tapias del Retiro. «¡Ah! ¿Es esa la
conmovedora parda gleba, el sayal franciscano, la tierra madreh-exclamó, cegado por las nubes de polvo que levantaba un regimiento de artillería al avanzar fieramente por el camino viejo de Vicálvaro. Y no ha
vuelto más. Al mirador del Retiro se asoman algunas extranjeras pazguatas que fundan un sistema de historia española en la desolación del Cerro
de la Plata y el provinciano a quien, por tanda, le corresponde ofr y «ver•
que el Cerro de los Ángeles es, en efcto, el cen.tro de España.
El paseante, madrileño ni poeta ni usurero, egoísta tan sólo, propenso
a la contemplación, se angustia al trasponer los chopos que bordean los
altos del canalillo. Virtud de la luz de otoño alumbrando estos collados,
es mostrar desnuda su paz lúgubre. Yo no he visto nada más triste que esas
cuestas lustrosas, de visos leonados-el estfo ha curtido los rastrojos-con
un asilo, un hospital, un convento de ladrillo flamante, agrio, en lo alto; o
que esos arrabales donde los hoteles alternan con los muladares. Madrid
lucha aquí con el desierto, pero con poco gusto de embellecerse la vida;

L

aw~ • •

'Jµpidoa,

~~---

_

pi:aÚras y uemes,
perdidos? T,
• ladol!e ..Madrid, al pie de lá Moncl09, lmá ugett-.
¡aeliciosos, qae hMt: años vimos arribcados, ~ 1•

vie1
1fsimos, para ensayar elí ~ terreno un c n l t i ~ .
• qae
Carlos III defendió durante sus últimos años la vida de un árbol del camino del Pardo. Y el Rey le deda: •Cu~ndo yo muera, ¿quién te salvará,
pobre arbolito?» Aquel rey beato y de pocos alcances era, por lo visto, un
sentimental, y ya presentía el adveñiníiento- &lt;ti!l t~cnico desalmado que
esgrime su suficiencia contra la amenidad y la fantasía.

EL PASEANTE EN CORTE

Soneto blaneo.

1

rRima con esta paz la paz del alma
-vesperlt'no crepúsculo en el campo,
remanso s{lencíoso en la conáenciao es que el mundo su luz de mi la tomar
rEs la verdad esto que ven niis ojos
-las cosas señaladas con mi nombre
cada cual con su peso y su medidao mi mirada crea el Universo?
Una interrogaáón más en la sombta,
un salto para el vuelo en el vacío, ·
sin que por eso una respuesta ,:lara
ni un apoyo en el aire nunca encuentre.
Tal esta sed que lenta me consume
:¡ tk vago itkal sólo se abreva.
C. RIVAS CHBRIP
275

274

\

�LA PLUMA

del ama y el cura
(la gente murmara).

l

l

:&gt;(\

!Perr"8 con fXll'laTUX1$

guardan chivas blancas
y reses tudttncas
de robustas ancas. o'X\,

reew

en Ceroeca.

!Recuas de animales
potrancas lechales
toros sementales
médicos rurales.

CA la moUMta dct Cenmmuda.l

aT

~

v.:
flerias de Ceruera
en la !Primavera;
gente bullanguera

por la ca"etera.

1 Ol9ft0

9{,[ sol matutino
despierta el camino
y canta un albino
sonoro molino.

~.\'

.fa moza galana
sueña en la ventana
del molino. {}rana
la espiga temprana.
,- '!i

q¡
276

H

!Pasó con presura
la cabalgadura

·,

Un carrero-tralla !.t U ffi. )
que al aire restalla-.
!Detrás la canalla
que vende quincalla.
f.Mendiaos
tiñosos,·
ó
mineros ruidosos;
pernianos, colosos
cazadores de osos.
~ozos de la raga
de !IJurgos; de 9/,maya,
pico que atalaya
Castilla y CJJizcaya.
277

�LA- PLUMA

/ !Blanca molinera/
por la carretera
suena la pandera
g el amor espera•
.Se abre la primera
flor de !Primavera.

teatros.

..

FRANCISCO VIGID

el• Tenorio•.

D

de difuntos. Elevan las campanas su voz antigua sobre el sordo,
distante rumor del tráfago ciudadano. Difundido en el aire, grato aunque pobre tufillo de castañas asadas-¡cuántas, calentitas, cuántas!- Puebla el inmenso cementerio peripatética muchedumbre. Pasan
las gentes deletreando los epitafios inexpresivos. Memorias lapidadas.
Las menos tienen estatua; y esa, yacente. Sólo una se yergue en tan ruinosa desolación. ¿Piedra viva o espiritu tallado en mármol? ¿La corona que
le ciñe la frente es aquel lauro oficial de un tiempo? No, renuévalo todos
los años el sentimiento popular. Estamos ante la efigie de Zorrilla, poeta
nacional.
No venimos a desafiar su fantasma convidándole a cena impla. Descanse en paz gloriosa. Que no descienda de su pedestal, que no recobre
su figura pintoresca, que no vuelva a arrastrar la ralda capa romántica por
el polvo de la picardia española. El españolismo con que lo vemos no es
ese de juegos florales y fiestas de raza enclenque. El Dios de Don :Juan
Tenorio le ha salvado para siempre de las miserias terrenas.
Por única vez en el año tienen 10s fastos teatrales una significación
trascendental, un sentido de rito religioso. Avivemos esa llama, no se extinga el resplandor de tan sagrado fuego. Todas las demás representaciones que dia tras dia se suceden con mentida variedad, adolecen de vaIA

e(

·mueo
.Alto es el muro que orilla mi camino, y su
tksnudez rectilínta st prolonga hasta lo infinito.
Lo mciende el sol como tnorme hoguera, to· blanquea
la luna como sepulcro.~ 1if, e:•
De dla, de noche,pesado, inflexible, oigo detrds
del muro tu paso.
SI que estás allf, que me buscas, me quieres,pálido
con la palidez marmórea de la última vez que te vi.
SI que estds ahí; mas no encuentro puerta que
abrir, nipuedo forzarlo con brecha.
Paralela a tu paso camincJ sin ofr más sin
. mds que ese recl,amo único; '
seguir
esperando encontrarte al fin, mirarte dichosa a la
cara, desma_Jar dlchosa en tu ptcho.
Pero el fin cada vez mds se al,Ja, y en mi no hay ~a
fibra que no estl cansada;
y al otro lado del muro, tu paso se escande a
martillazos en el :atir de 11tls arterias.

ADA NBGRl
(Trad. E. D. C.t

279

�LA PLU1,1A

I¡,\ PLUMA

etas-, Vamo11 al teatro por distrw' el ecio o el ltdio de un «abajo "1A 11,•
tria. y-,n01tlatigado el ánie . - esNpi. . risa o sent'-ie.-a\ism&lt;&gt; -f
f-,OS •lto. De vez en &lt;:_uant&amp;, al cual pelledi8ta 6n_ge n o • ~ ~ -~

•ffO t:

~ arU4co i clama con vo~• - - - •
la creación de'1fn teA.lr1
nacional. Algún diputado recoge platónicamente en el Congreso la idea
quimérica, y dos o tres cómicos viejos se aprestan luego con harta premura a hacer valer sus derechos de antigüedad en el futuro escalafón de actores patn·os.
No es eso. No ha de serlo. ¿Puede haber en España un teatro nacional, popular? ¿Qué pautas tradicionales, qué leyendas, qué mitos lo sustentarían? .Sólo el Don Jua,t Tenorio de Zorrilla resume en estos tiempos las
cualidades propias del teatro, del teatro español.
Gallardo y calavera, Don Juan es el .mismísimo demonio; satánica fatalidad le empuja. Y en una frase se sintetiza el drama: c-úusticia por
doña Inésl-¡Pero no contra do"1 Juanl• El jurado popular de tres generaciones ha sabido hacer esa justicia. Magnifica y consoladora tragedia de
la redención por el amor.
·
Hasta ahora la representación ritual del Tenorio ha conservado su virtud, pese a las profanaciones burlescas, no ciertamente del vulgo más indocto, con que la leyenda ha pasado al dominio público. cConvendría ir
pensando ya en restaurar el prestigio escénico del Don :Juan de Zorrilla?
Mientras ha habido actores educados en la manera romántica de D. Pedro
Delgado, mientras, mal que bien, han sobrevivido los tipos de doña Inés,
del Comendador, de Brfgida, de Ciutti con el empaque tradicional" que los
caracteriza a ojos del pueblo, el Tenorio ha sido a modo de misterio
litúrgico. Pero no hay ahora actor capaz de representar dignamente el protagonista. A los mejores les falta. la prestancia personal, el decoro caballeresco; los que más se precian de guardadores de una tradición, que nada
tiene que ver con la que nosotros preconizamos sino en aquello que por
deleznable y caedizo la frustra, son tan defectuosos de facultades, tan entecos de cuerpo, que justifican sobradamente la impresión que hace pocas
tardes, en el Español, recibía un pequeño espectador al lado mio, según
colegí de esta pregunta a su padre, viendo la escena del primer acto en•
280

tre el raquítico don Juan y et €oaeadador. tonante baria: «cPor qué le
,..W. ae hombre a e• _.o?&gt;
··
..\ttotado, ,-es.. et fW.6--5nw.lemente rc¡...;.niico, cde qu~ nuevos mo•os
~ representaciS. •,_~"!' )!.-,,~"Falta aú en el teatro español contemporánlo e sentido estétleo, fáltales a los atrectores de escena
la visión critica, el concepto de la plástica moderna. Las dos partes en que
el drama de Zorrilla se divide muestran bien a las claras esa diferenciación esencialmente española, tan caracterjgtica de algunos grandc,s pintores, entre 1a primera apariencia de las cosas materiales y su espiritualización en la parte supPrior del cuadro. Amor profano y amor divino, pecado
y contrición postrera, picardía y misticismo, muerte y transfiguración.
cSe ha representado nunca hasta ahora el Tenorio destacando tan poético
contraste? De esa manera se disimularía, corrigiéndolo sin enmendar una
tilde al autor, el vicio que en nuestro sentir desvirtúa la fuerza de la tragedia: la persistencia de la figura de Don Juan, después de muerto, con la
misma consistencia carnal que en los actos anteriores, sin el tránsito de
su ánima en pena, desde que el capitán to mató a la puerta de su casa
hasta que entra en la gloria asistido por el espíritu de doña Inés.
Hemos dicho que la representación anual del Tenorio tiene una tras•
cendencia popular de que nuestro teatro carece-fuera de ciertas reliquias
de fiestas religiosas, como la Pasión, de Elche, la Semana Santa de Sevilla,
o la procesión de tos endemoniados, de Jaca-. ¿Quiere esto decir que la
posible restauración del teatro español deba, a nuestro juicio, seguir una
tendencia puramente literaria, es decir, inspirada en temas ajenos a la realidad actual, preñada de futuro? No. Que a tener Don :Juan un hijo, tal
vez éste desafiara a Dios muy de otra suerte que cautivando novicias.

UN CRÍTICO INCIPIBNTB

�LA PLUMA
mental a la novela, se desprende de la posición ideal en que el autor se coloca,
al contemplar la vida desde el vértice de los cincuenta años. Hay aquí una visi6o panorámica, limitada y ordenadora del mundo de nuestros sentimientos a
la que se afi.ade una agridulce sensación de renunciamiento. Y por esta puerta,
no me parece avcnturadQ afirmarlo, Baroja descubre una perspectiva cristiana
de la vida.
·

•••

llBROS Y ReOtS!AS
Pío Baroja.-La sensualidad pet"f!ertida (novela).-R. Caro Raggio, editor.
Madrid.
La historia de Luis Murguia, cque no es un literato, ni siquiera un dilettanti
de la literatura, sino un curioso, un aficionado a la psicología, un crítico de una
i.ociedad vieja, arcaica y rutinaria&gt;, y que pretende dar en su biografía cuna
impresión exacta de la sociedad española de a fines del &amp;iglo XIX y principios
del xx:•. es una historia interesante, algo melancólica y bastante superficial.
Nuestro héroe nace en Cádiz,_por casualidad, se queda huérfano en edad temprana, le llevan a un colegio de Barcelona, se traslada después a Arnazábal y a
Mota del Ebro, estudia en Villazar y en Valladolid, se establece en Madrid,
donde ensaya sus fuerzas para luchar en la vida; sin saber qué hacer, va a París y vuelve desilusionado completamente y sin haberse enterado de lo que
París es; hace vida de provincias, regresa de nuevo a Madrid, encuentra un modesto pasar, viaja por España comisionado por un chamarilero; vuelve a París,
tiene una aventura amorosa con cierta rusa que le hace traición ... hasta que,
por último, perdido en tales andanzas lo mejor de su vida, se establece otra vez
en su país de adopción, situado seguramente a orillas del Bidaso.t, donde es de
suponer que terminarán sus días escribiendo a ratos perdidos y en otros momentos cultivando su pequeña huerta de Itzea, si no recuerdo mal.
Ni una sola emoción fuerte, ni una sola sacudida violenta conmueve esta
existencia sencilla, primitiva y vasca. Una niñez triste, ya descrita en otras ocasiones, sirve de fondo a una vida de pequeños sucesos descoloridos que, a pesar de todo, nos interesan por hallarse próximos a nosotros y porque se quiebran en planos sentimentales exactos, al parecer.
Baroja abandona en su nueva obra el camino inseguro de las divagaciones
filosóficas y nos ofrece estos que él denomina Ensayos amorosos de un hombre
ingenuo en una époea de decadencia, que se leen con fruición. Novela formada
con recuerdos propios, presenta un doble interés en sí misma, y aparte de lo
que signifique en la evolución literaria de su autor: uno, el principal, a nuestro
juicio, es el que presta al relato cierta cordialidad o efusión que iluQ1ina como
una luz dorada y suave ciertas páginas de la obra. El otro, que da unidad senti282

J. A. P.

AHonao Reyea.-E/ plano oblicuo (cuentos y diálogos). -Madrid, octubre de

1920.

La personalidad de Alfons~ Reyes nos sugiere la respuesta a una pregunta
que acaso nadie ha formulado todavía, con estar en la conciencia de todo crítico; es esta: El descubrimiento del Nuevo Mundo literario, sintetizado en términos generales en el viaje y la conquista de Rubén Darío, ¿qué continuidad ha
tenido en las relaciones hispanoamericanas de estos últimos veinte años? Rubén Darío significa la participación española en el concierto europeo, participación cuyos últimos vestigio¡; habían desaparecido al cerrarse el romanticismo
como tal escuela. Ahora bien, ¿qué hay del Pirineo para arriba en el m_apamundi literario, aparte el caos revolucionario? Hay ... todo lo demds; es decir, la
literatura por la literatura, tendencia eminentemente francesa y que acaso
pueda constituir un peligro de degeneración intelectualista; pero que en España,
y hoy por hoy, es el único refugio de todo ánimo libre. Libre, se entiende, de
la contaminación grosera de un medio ambiente torpe, como lo es en el que se
aboga nuestra literatura contemporánea.
Esa tendencia intelectual es la que, adornada del más fino humorismo, representa Alfonso Reyes, escritor en quien se cumplen verdaderam~nte las afinidades electivas hispanoamericanas, tan gastadas en las salvas ofic1ales.
Distingue a Alfonso Reyes entre los cultivadores de nuestras 17tras una
ecuanimidad rarísima, no ya en sus hermanos del Continente-tan diferentes,
pero caracterizados a nuestros ojos con ciertos rasgos hipe1 bó~icos col!1unes-,
sino en los españoles de hoy, mel'lguados herederos de la castiza sobnedad_de
espíritu. En este _plano oblicuo nos ofrece la realidad sutilizada en una eX:pre_s1ón
literaria, sujeta, sí, al rigor filológico, pero en el que las papeletas científicas
vuelan, convertidas en pajaritas, en alas del arte.
En las J&lt;ejúblicas del Joconusco (ilfemorias de un súbfli~o alemdn), cuento qu~
llena las páginas centrales del volumen, nos par7ce as1~1smo el ce!1tro esp1ntual del libro, el punto ea que convergen su sentido clásico, su gracia moderna,
su medio tono tan digno y sugestivo, irradiaotes hacia las últimas modas y los
últimos modos de la l:&gt;uena sociedad literaria.
Si literario en demasía se te hace, lector, El plano oblicuo, en que Alfonso
Reyes te propone las cosas todas, esto es, ordenadas en una perspectiva de
alusiones que se escapan a veces a tu ignorancia, ¿es justo achacar a defecto
suyo tu falta de gusto por las buenas letras?

C. R. C.

�LA PLUMA

LA PLUMA

S. R. C~Jd:-Ckác~aras de_cef~.-(Pensamientos, Anécdotas y Confidencias).
Madnd, 1mp. y hb. de N1colas Moya, 1920.
c':,o que los franceses llaman ~d _1,-iste edad de los lul.o1, podría calificuse
tamb1én ~ edad de los ,:etrat~s. _Proxuna debe estar tu muerte cuando tus am~
gos y admll"adores te piden tns1s~ntemente el busto. Ap.resúrate a complacer~
les antes que t~ ,cabeza, que com1;nza a desecarse, se convierta en calavera.&gt;
Ye. co_n ocas1on d_el retra~o al oleo que uno de nuestros primeros pintores
está haciendo de CaJlll, hab1amos offio comentar ea alguna tertuli"a 1·t
·
·
"6
1 b"ól
. .
1 erana,
esa m15.ma._preocupac1. n que e I ogo ms1gae corrobora en la reflexión suso
trans~nta. Tal pe!1sam1ento 1 pr~side con serena gravedad, a1Jenas ·d isimulada
por cierto hum?nsmo me_l~ncóhco, pese a la rudeza aparente con que a veces
s 7 expresa, las mteresantis1mas _páginas de las Clzáckaras de caji, en que el sabio emplea sus mal llamados ocios.
. 1:'ocas l~cturas tan apasionantes como ésta, no tanto por la novedad, el &lt;\trevun1ento n1,Ja manera de exponer pensamientos, anécdotas y confidenciag1 vúlgares. las n_ias vec;s. en fuerza ~e huma~s, como porque' en ella se descubre
·con ~mcenda_d ,trag1ca, el dolorido senh: de uno de los pocos homb,es cuyo
he~01smo ~ot1d1ano resplandece ya con.mm.aculada gloria en la desolación. d panola. Tuste consuelo el que de estas 1rón1cas chácharas se desprende, consi~
deraad? la soleda~ a que un Caja! se ve condenado en el yermo espiritual de
su patria. ~oble eiemplo e; de su vida-que la vejez aureola de un nimbo clásico-consc1_entemente pred1~ado en la severa admonición fi nal del libro:
•··· Un ¡_oven pnede ?~cirio todo;_tiempo habrá de rectificar ignorancias,
err~res o ligerezas.~~ v1e¡o debe aspirar a ser reflexivo y grave, pues le falta•
rá tiempo para escnb1r su fe de erratas.
Si las f11:erzas JlO flaq11eaa demasiado, lo más cómodo y socialmente loable
para el _anciano e 7 continuar y desarrollar _la obra iniciada en la juventud. y si
se considera déb_il ~ agotado pa~a la función creadora, escriba sus recuerdos,
c_ontando a sus d1sc1pulos y admiradores, para ejemplar enseñanza, cómo realizó la ardua empresa que le condujo al éxito y a la fama.&gt;
c. R. c.
***

rá cae año de Revista-dice el Sr. Cossío-como el documento más precioso,
auperior sin duda a los Estudios literarios, y aun a estos mismos Estudios de
Literatu,-a y A,-te, para penetrar en los orígenes de la personalidad de don
Francisco, porque allí aparecen ya definidos y tensos, no algunos sino todos
los hilos rectores con que se ha tejido el opulento tapiz de su labor intelectual
y de su vida. Tres son los más fuertes: el espíritu filosófico, la acción social
educadora, y la multiplicidad de intereses o inextinguible curiosidad, que le
mantuvo en perenne vibración, y permitiéndole renovarse cada día, le otorgó
graciosamente el don de aquella eterna actualidad en que siempre viviera.&gt;
Finísimo crítico, no se engañaba ciertamente D. Francisco al considerar tales artículos de su mocedad, «tan sólo como hijos de ese afán que el espíritu
siente por representarse sus propias ideas e impresiones, segwi los acontecimientos de la vida van solicitando su atención, y promoviendo en él un círculo
de reflexiones desordenad.:.s e incompletas&gt;. Al lector desapasionado de hoy
le asaltan repetidamente, leyendo las páginas literarias, o filosóficas, o de pedagogía, que nos quedan del Sócrates sin Platón que fué D. Francisco Giner, esta
reflexión amarga: ¡Malaventurado país, y tiempos desgraciados estos en que un
hombre tal, ha tenido que sacrificar, quizá, su propia obra en aras de una labor
social-de simple roturación del baldío patrio!
Quedan sus discípulos, se me dirá. Cierto, mas no con ellos el impulso vivificador del maestro, cuya virtud no estaba tanto en la profesión de un sistema
determinado, como en el propio ánimo generoso, disperso en un trabajo sin
emulación en foerza de humilde. Y no será la menos inquietante, la consideración del escaso resultado obtenido por la Institución Libre de Enseñanza,
como vivero de artistas y literatos. ¿No será, acaso, muestra palmaria del fracaso de una educación integral, el verla reducida, en sus frutos artísticos, a
cierto dilettantismo, que mal encabre con severa frialdad protestante, la simple
ausencia de catolicismo?
Y entiéndase aquí catolicismo, en su acepción más universal, ajena a toda
confesión religiosa.
c. R. c.

Prancls~o Giner.-Obras completas, III.-Estudios de Literatura y Arte.-

• ••

Madrid, 1919.

Jblien Tienot.-Un demi-siecle de Musique Franfaise.-F. Alean, Paris, 1919

. En la serie ?e l~s obras de D. Francisco Giner, que sus discípulos publican
p1ados~mente, mcluyese abora e~tos Estu1ios de Lite,·atura y A,·te, editados
por pnmera vez en 1876, colecc160 de arhculos «escritos en su mayor parte
p_oco después de los veinte años , edad en que no es dado a la medianía producir sazonados frutos•: según decí~ entonces su propio autor.
Por demás sugestiva es la sucmta referencia que D. Manuel B. Cossío, co•
labor~d◊r de D. Francisco de por vida en la obra de la Institución Libre de
Ensenanza, hace, en el prólogo de este tercer volumen de la Revista Meridio•
nal, A&lt;: qt"~ada, en que los primeros artículos de Gine~ vieron la luz. •Queda•
284

1

La colección de historia, biografía y estética musical que publica el célebre ·
editor de ·filosofía contemporánea Félix Alean, reanudó sus trabajos apenas
empezó a despuntar la paz por el horizonte. Nada más oportuno q ue continuar
esas publicaciones con una que abarcase en una ojeada general la música francesa comprendida entre las dos guerras: la primera, clarín que hizo despertar el ánimo nacionalista de los músicos franceses, mientras que la segunda los
encontraba ya en la plenitud de la sinfonía.
JuJien Tiersot, abundante tratadista en materia de musicología, dedicó permanentemente su actividad al estudio de la música de su país. Sus libros sobre
la Historia de la Canción popular en Francia y sus colecciones de cantos re285

�LA PLUMA

LA PLUMA
gionales y de viejas melodías son indispensables para el estudiante del folklore; al tiempo mismo sus trabajos históricos sobre Ronsard y la m&lt;isica de su
época, Rouget de l'Isle y su vida, la música durante la revolución francesa,
13erlioz y la sociedad de su tiempo, gozan de una reputación bien cimentada,
mientras que sus Musiques f,ittoresques y sus Notes d'etl,nograp!,ie musicale son
de lo más valioso en este género, tan atractivo como poco cultivado.
Su nuevo libro goza de una cualidad general a esta biblioteca musical: una
rara ecuanimidad y amplitud de espíritu que se traduce por la claridad en la
visión y el desapasionamiento en los juicios.
Recorrer la historia de la música francesa contemporánea desde su resurgimiento al año siguiente de la guerra franco-prusiana, al fundarse la Sociétl
Nationale de Musit¡ue, y llegar hasta las últimas consecuencias de la Socilté
Musicale lndependante, sabiendo analizar con la misma simpatía y tranquilidad
de ánimo al viejo Saint-Sal!ns o a Mauricio Ravel, es un mérito de que pocos
podríamos alardear.
Cincuenta años de vida musical significan un período decisivo en la historia
&lt;ie este arte. No es posible hoy desconocer las flaquezas de los fundadores de
la Nacional, ni negar las virtudes de los músicos posteriores a 1900; pero sí es
justo reconocer a éstos como los creadores del más espléndido jardín musical de Francia, y no lo sería el olvidar que aquellos viejos músicos fueron quienes prepararon el terreno y que aun realizaron muy bellas conquistas. ·
Monsieur Tiersot divide su libro en trece capítulos. Su enumeración hará
ver con qué orden recorre este fértil período de la historia musical: Antes
de 1870, los supervivientes.-1871, la fundación de la Sociedad Nacional y Héctor Berlioz.-Bizet.-La generación de 1871.-Saint-Sal!ns, Lalo y sus contemporáneos.-César Franck.-D'Indy y la escuela franckista.-Gabriel Fauré y la
escuela de Saint-Sal!ns.-El conservatorio.-Bruneau y Charpentier.-Claudio
Debussy.-La joven generación.
Pocos estudios más serenos sobre Debussy y los jóvenes existen en Francia
que los del Sr. Tiersot, a pesar de no ser un entusiasta sin reservaa; y es digno
de señalarse el que para ese autor no haya pasado inadvertido el intenso interés del más joven sector musical español por las nuevas manifestaciones del
arte francés.
Una extensa bibliografía aumenta el valor de este volumen.-S.

"

..

Paul Landormy.-Bral,ms.-F. Alean, París, 1920.
A la obra anteriormente reseñada de Tiersot sigue un estudio crítico-biográfico de uno de los músicos alemanes más desdeñado, considerado como el
caso típico de la opacidad germánica. Jobannes Brahms, que ha provocado los
entusiasmos más irrazonados junto a la denigración más despiadada, necesitaba
un estudio como el actual, en el que un perfecto equilibrio de ánimo y la más
justa medida crítica saben ponderar los tan desiguales niveles existentes en la
obra de ese músico.

Paul Landormy es tan conocido entre musicólogos como entre filósofos, repartida su actividad entre ambas disciplinas, y, compositor ademís, sabe ver
cor;,. claridad en la regron en que se mueven las intuiciones y la voluntad inconcreta de los creadores.
.
El estudio de Landormy está dividido en cuatro partes, en las cuales la segunda y cuarta comentan a las otras dos, la 1Jida; el l,om/Jre; la o/Jra; el a,·tista.
Ese capítulo en que el autor describe con tan sutil análisis al «hombre• aclara
singularmente al que critica al «artista•. El ánimo blando, sentimental, enemigo
de violencias y de brusquedades-temperamento de sedentario-explica bien
la excelencia de Brahms a los géneros menores, su «romanticismo de pequeña
envergadura, sentimentalidad burguesa que se contenta con algunas fantasías
al claro de luna y con un pesimismo sin protesta•. Su falta de energía para
crear formas nuevas ni aún para rebelarse contra las antiguas, en una época de
plena revolución, le lleva a contemplar con mirada fría los monumentos clásicos que pretende insensatamente imitar. Así llena esos anchos bastidores de
sustancia inerte o gro!.'era, por turno, según se cree inspirado por sentimientos
poéticos o entu~iásticos.
Saber evitar esas pretenciosas obras en las que Brahms fracasa, pero buscarle en la agradable penumbra de sus obras menores, es lo que Landormy aconseja
con claro razonamiento.-S.

"

..

Carl Van Vecbten.-Tt,e Mu¡ic of Spain (preface and notes of Pedro G. Morales).-Kegan Paul, Londres, 1920.
La Biblioteca de Música y Músicos, de los editores Kegan Paul, Trench
Trubner &amp; C.º, de Londres, contiene obras del mayor interés, entre las que los
estudios crítico-biográficos se unen a los trabajos de divulgación y a las exposiciones históricas.
EÍ último volumen publicado del Sr. Van Vechten, sobre la música en
España, participa de esa triple índole. Se comprenderá, pues, que en unas 160
páginas, s6lo puede contemplarse el arte musical español en muy rápido desfile.
El interés de Inglaterra por la música española crece cada día; un libro bastánte completo en su información y que acoge por igual todos los géneros musicales, desde la danza más popular a las obras &lt;;le más refinado arte, pt1ede, a
falta de trabajos más detallados, servir bien de introducción, pero hace desear
que se le vea pronto sustituido por otros más detallados y puntuales.
El prólogo de Pedro García Morales presta una utilidad grande a ese libro,
ciñendo su materia un tanto disuelta y ajustándola a un principio de unidad
crítica. La falta de valoración de las categorías, sen~ible en el Sr. Van Vechten,
se remedia así, en todo lo posible, por razón de la excelente información y del
seguro juicio crítico de García Morales, que no se olvida de señalar los ú ltimos
acontecimientos-no por ser los últimos los menos significativos de nuestra
vida musical.-S.
·

�LA PLUMA
Libros recibidos: V. García Calderón: En la veróena de Madrid. Amúica
Latina, París, 1920.-Giuseppe Manfroni: Sulia soglia del Vafica1UJ (1870-1901),
Volumen l. 1870-1878. Bologoa, Nicola Zanichelli, ed.-Gioo Damerini: A-,r di
Venezia. Bologna, Zanichelli, 1920.-Giannino Omero Gallo: Le Oasi del Dolore tII, III). Bologna, Zanichelli.-Giuseppe de Lorenzo: M,rale Budd!,ista. Bologna, Zanichelli.-Arturo Issel: Fra le neóbie del passato. Bolo~na, Zanichelli.Concetto Pettinato: I)ora 1·ossa. Bologna, Zanichelli.-Antomno Anile: Ne/la
scienr.a e nella vita. Bologna, Zanichelli.
Revistas: La Lectura, Madrid, agosto.-Arquitectura, Madrid, abril.-Hermes, Bilbao, octubre.- Vida l\fuestra, Buenos Aires, agosto y septiembre.-España, Madrid.-E.11aña y América, Cádiz, octubre.

AÑO I.

1

MADRID, DICIBMBRB 1920

Gacetilla.
Tradncciones.-Puestos a traducirlo todo, lSe debe traducir también
el nombre propio y el apellido del autor• de la obra trucidada? Vemos anunciadas traducciones de las obras de Carlos Maurras, Arna/do Benett, Renato Benjamín, Salvador Giacomo... Esperamos que, no tardando, se traducirán las tragedias de Pedro Corneja y Juan Raiz, el Novum Organum, del canciller Lord
Tocino; las fábulas del cbuenhombre• Lafuente, los laracteres, de Juan del
Brezo; el Gil Bias, de Renato El Formal; las obras selectas de Juan Estuardo
Molino; las de Juan Pablo Juez, y tantas otras poco conocidas hasta ahora. lmit~mos a madame Emitie Le Brun, que más de una vez ha citado a Anatolio
Fran:ia.

• **
De la influencia del clima en la resolución de loa enredos escénicos.-Ingente es la figura literaria del Sr. Linares Rivas; coloso de la dramdturgia española, tiene un pie en la ribera de la comedia chistosa y otro en
los bravos riscos de la tragedia, rústica o urbana.
A este último pie le brotó, años ha, una Garra. Hasta entonces nos había
deleitado (moviendo sin tregua el otro) con esas comedias en que todos los
personajes, tontos, al parecer, se toman el pelo mutuamente: «Tu padre vino a
Madrid arreando mulos.&gt;-«Peor hubiese sido que los mulos le arreasen a él.&gt;
Si la calidad de este diálogo erá insuperable, el Sr. Linares logró al menos encontrar para su Gan·a un conflicto hondísimo: la lucha, en el corazón de un
bígamo, entre el amor y las leyes. Cuando La Garra se representó en el Uruguay, que es país adelantado, el bígamo se m~rchaba con_ 1~ segunda mujer, la
amada; cuando se representó en Eslan, el b1gamo se su1c1daba, pero un cura
le daba la ahsolución; y al representarse en la Princesa, ¡qué hubiera dicho el
abono!, se mataba sin que le absolviese nadie.
Dícese que hay otra versión de la obra, apropiada al público de Compostela. El lector adivinará con qué gusto vamos a comparar los rugidos de Cristobalón en Lara con los que ensaya Borrás para espectorar esa tragedia en el
Odeón.
288

Peeegeínación.
1
bn momento crepuscular
pensé cantar una canción
en que toda ia esencia mía
se exprimiría por mi voz:
predicaciones de cSan :Pablo
o lamentaciones de ;Job,
de versículos evangélicos
o preceptos de &lt;:Salomón
¡0h 9Jiosl
¿ff{acia qué vago C:ompostela
iba go en peregrinación?
¿C:on C/Jalle-fJnclán g con cSan f/?oque,

NÚM. 7.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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      <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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