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•

Regalo de tapas á nuestros suscriptores
A cuantos, durante todo el próximo mes de Enero,
se suscriban directamente en esta Administración
por un año á EL CUENTO SEMANAL, se les servirá
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las cincuenta y dos novelas de que consta la colección
de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las
tapas.
El precio de las tapas para el público es el de cuatro

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Advertimos á nuestros lectores que las suscripciones
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Número suelto:

3Ü

1

1

Abiertos los sobr~s secretos correspondientes á estos oriTemíamos (,por qu:, no decirlo ahora qae el peligro pas6?1
ginales, aparecieron como autores los señores siguientes:
que nuestro Coucu!so fuese un fiasco. :-los ,~o~·ían á pausar
:S.úmero 176, D. José ;\!aria ;\[atheu; núm. 181, D. Leoasí, primero 11;s dihcultades q~e o(rece. escnb1r un cuento
nordo Sherif; núm. 235, D. Ramón M, Tenreiro; núm. &lt;)O,
br&lt;&gt;o, de arquitectura y d11nens1ones casi.novelescas, y ~uego
D. Federico (;arcía-Sanchiz; núm. 325, D. :"\Iauricio Ló pez1:,. desconbnza injustitica,la q,ie si~nte la JUV_mtud lnc1: los
Roberts; núm. 65, D. Andrés Gonzilez-Blanco; núm. 59, don
Concursos. Afortunad:unente, la n:tdectuahdad esp:mola,
Juan T~llez y Lópec; núm. 206, !J. Juan José Lorente (de Zamucho más abundante)' vi;oro-a de lo que creemos, responragoza); núm. 173, D. Pedro González :\!agro; núm. 250, don
dió á nuestro lhmamiento, y de Stl gran csfucr,o ha resulta(;ui\lermo Hernández :\!ir (de Sevilla); núm. 230, D. ;\ligue\
do un cert1men brilhntisimo, no sólo por b«cantidad», sino
A. Ródenas; núm. 22, D. Bernardo Herrero Ochoa; núm. 295,
por la «calidad» de los o riginales recibidos.
.
D . .\lfonso G.uch del Busto; núm. 303, D. Jaime Ordóñez
Reunidos anoche e~ nuestra Redacción los tres ilustres
Lecároz; núm. 16~, !J. S,llvador \lartínez Cuenca; núm. 2S1,
novelistas que componían el Jurad~, Sres. D. Ramón del Vadoña ,\ngeh Barco (&lt;l.e Valladolid).
lle-Inclán, 1). Pío B.1roja y !J. Felipe Trigo, acordaron, «por
De 1, adquisición de estos diez y l&lt;els originales recounanimidad» conceder las 500 p~•etas del P HJ.\U,K PREm~ndados, la Dirección tratará particularmente con los au,'110 al cuento n111n. 25S, titul.,d,) Noma.da y firmado por El
tores seo-ún indicamos en la base 2.ª de «:sluestro Concurso».
bachiller Sans(m CJ.rrasco. R:1s"ado el sobr hcrado, donde
(V¿a;e é1 número &lt;le EL CuEXTO SE~axAL correspondiente
constaban el nombre y señas dc1 a~tor, resultó s~r ést~ don
al II de Octubre del año pasado).
, ;abricl :'lliró (de Ali~ante), á qmen desde a,¡m ennamos
Para concluir, felicitamos calurosamente á todos los autonuestra enhorabuena más cordial.
res recomendados, y damos una vez más las gracias á nuesDespu~s. y en vi,ta de que habü muchos cue1:tos dignos
tros queridos amigos D. Ramón del Valle-[nclán, D. Pío Bade ser a,lmitidos, el Jurado,. de acuerdo con la D1r~cc1ón de
ro¡a y D. Felipe Trigo por _la gran actividad y la p ~rspicacia
este periódico, acordó ampliar á diez y seis el numero de
clarísima con que han sabido hallar lo «meJor» en este Conorio'i.1ales rc~o1ncndodos.
curso, donde tanto «bueno» se ha presentado.
.,Estos son, por su orden &lt;l.e importancia, los signientes:
Cuento núm. Ií6, Un /,ouittJ 11t_l{oáo1 Pap::unoscas; númeLa Dirección
ro 181 U1s cuernos d! la lu. 1w, 'frota.conventos; núm. 235,
;\[adrid, 21 Enero de 1908.
/'.'111br),ja111imto, Cardenio; núm. 90, ffistoria rom&lt;Í•tli~a, Borregucnts; núm. 325, ~-,,... la_ o,arla flaua, .:\tamert?; nmn. 65,
Importante. - Los originales no admitidos quedan en
Un awor d: rrovi11d,1, Enn,¡u~ de Ofterdmgen; num. 59, Jllaesta RedacC'ión y á disposición de sus autores hasta el día 15
ltr ndmm1bilú, Pirrón; núm. 2o6, F11uos d, la c11nu, Radamés; núm. 173, Jlida~~fttia .morisfn, 1\[a~se Pe&lt;lro; n~'1:'· _250,
del próximo mes de Febrero.
Pedazos de vida, ;\lomo; nmn. 230, fíumo dt hoga1#, \&gt;rtsostoPasada esa fecha se inutilizarán.
mo; mím. 22, La e.rjiu1;, dt /,ido, Augusto Miquis; ~úm. 295,
Los interesados residentes en provincias que deseen recoSueúo dt ho¡:ar, El príncipe t'lorencio; núm. 3.&lt;?3, /· 11 la p,~,brarlos pueden decírnoslo, incluyendo en su carta un sello
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tapas para encuadernar en dos to70S la colección de 1907.

=

TELÉFONO Z599

I
0URMONT-ABEL, cuando yo le conocí, estaba
muy lejos de ser en París este pintor «para
mujeres», cuyos triunfos constituyen hoy la
mitad del aliciente de la crónica de. salones y dos
terceras partes de la crónica escandalosa y elegante.
Por entonces, Gourmont-Abel vivía en Montmartre, en lo que es ahora rue Ca11/ai11co11rt, que
no era sino la senda de
una colina inurbanizada
y pintoresca; no solía almorzar todos los días; tenía nostalgias de la provincia recién abandonada; iba por las noches á
los cafés del Boulevard
Clichy; solía tomar impresiones macabras del
llfoulin de la Galette, en
su apogeo entonces, con
Toulouse-Lautrec, su
amigo íntimo, y hasta
creo que había dibujado
sombras para el Chat
noir, y alentado y amparado á la nerviosa y admirable Jeanne Avril, en
sus comienzos coreográficos.
Gourmont-Abel iba
siguiendo aquella vid a
fácil, con todas las reservas mentales que su
temperamento egoísta,
ambicioso, calculador y
frío le sugería instantemente.
Todas las madrugadas, al regresar, tambaleante de absintio ó de
cerveza,ásu taller, cuando había dado en el puente el último arretón de
manos al último de sus
amigos trasnochadores,
..,
que vivía en un sexto
interior de la Plaza Clichy, Gourmont-Abel comenzaba á subir la cuesta que le conducía á su
taller, haciéndose las
mismas reflexiones ...
- No; verdaderamente, no valía la pena de
abandonar mi provincia y venir á París para llevar
esta vida improductiva y necia, que me gasta .. .
Sobre que los alimentos eran más higiénicos .. .
Exacto ... ¿Cómo comparar aquellos jarros de ma-

G

Fallo del Jurado

1

LA ,,/1\U ESTRA"

C é n ti ffi OS

NUESTRO CONCURSO

'i

EDUARDO f'\ARQUINA

AÑO 11 - 24 de Enero 1908 - N.0 56

=

CABALLERO DE 6RACIA, 48, ENTRESUELO - MADRID

dame Tocqueville, la lechera de la Plaza del Mercado, con estas botellas de absintio que parecen
embebidas en hu'rnos sulfurosos? ... ¡Y aquella
buena, afectuosa y grasa sonrisa de madame Tocqueville, la «orcita de manteca•, cuando por la
mañana me servía el desayuno, en la trastienda,
con mimos maternales, derritiéndose si yo le dirigía la palabra, por la fama de mordaz que tenía en
la provincia! ... Jeanne Avril tiene una cara más.
expresiva... Y en los ojos suyos, avivados de mixturas químicas, hay una
malicia y una perversión
más diabólica ... Pero ¡al
diablo los diablos! ... Entonces no me dolía el
estómago... ¡ay!. .. Y los
pobres debemos tener
buen estómago . .. Apostaré que aquella criatura
macilenta, que viene á
tentarme, con tan poca
animación y tanto frío,
piensa como yo . .. ¡Eh,
C!'ia tura desdichada, ven r
R.endido por la fatiga
de la cuesta, destrozado
el estómago por las ho rrendas libaciones
de poco precio, á
que acababa de
entregarse, Gourmont-Abel, á medio camino de su
taller, se agarraba
al poyo de un farol, arrollando en
él el brazo, y allí
mantenía con la
macilenta sacerdotisa de Venus,
que á aquellas horas rondaba todavía por el suburbio, muerta de frío,
un diálogo singular, que casi todas
las noches acababa de igual modo...
- ¿Tú eres provinciana, verdad?
- No, señor artista,
parigotte.

- Malo; de todos
modos tienes el aire de
una muchacha ejemplar; de una mujer de tu casa,
honrada y buena...
La chiquilla sonreía y aventuraba un empujón
que estaba á punto de hacer perder el equilibrio
á nuestro hombre.

�in

1

j

11

- No, no disimules; conmigo, hija mía, puedes espontanearte, contarme tus penas, pedirme
protección. Dime, dime, angel mío, ¿quién fué el
criminal? ... Porque tú y yo hemos nacido para
comprendernos ... No te canses; esa misma vida
ejemplar, burguesa. . . ¿por qué no decirlo? ... burguesa, que á ti te seduce; este orden, esta compost ura, esta buena apariencia ... y los vestidos
limpios... y los muebles bruñidos . . . y el mantel
planchado ... todo esto es mi ideal. .. No desdeñaríamos, ¿verdad?, un almuerzo bueno chez Roujun, ni un palco en la Opera...
- ¡Chouette! ... - se aventuraba á gritar la
muchachita con los ojillos encandilados y haciendo chascar sus dedos finos.
- ¡Angel de Dios!. . . ¿Quieres llegarte hasta
mi casa? .. . ¡Oh, es un cajón inmundo! ... Le faltan muebles, estilo... Pero tú le sacarás provecho... Tú tienes el instinto del hogar. . . no, no lo
niegues ... Me dirás lo que falta en mi casucha .. .
haremos inventario ... haremos inventario... Dame
el brazo. ¡Si vieras cómo sufro!. .. ¡ay!. .. ¡Y es el
absintio... ¿sabes? (Se han cogido del brazo). Yo
• solía desayunarme antes en casa de madame Tocqoeville... ¿la conoces? . .. ¡Claro que no!. .. Pero
habríais simpatizado; ya lo sé ... También una mujer de su casa, aquella buena señora.. . ¡y qué
limpieza! (Van andando; Gourmont-Abel tropieza
alguna vez). Estoy muy malo... ¿me cuidarás, verdad? ... Naturalmente ... Y si ves que me muero,
hijita mía, tú debes saber algunas oraciones ...
(Signo afirmativo de ella). ¡Naturalmente!. .. rézalas, rézalas ... mientras me voy muriendo, rézalas ...
¡es decorativo!
Llegan á la puerta del taller. No está más que
entornada. Gourmont-Abel empuja. Entran ...
Y á la mañana siguiente, ya ce.si al medio día,
cuando el pintor despierta con el mal gusto de
boca y de espíritu que le han dejado las pasadas
libaciones, y empieza á pasear por el taller inmundo sus ojos irritados y ve allí, en un rincón, sobre
l:t otomana, abrigadas las piernas con una alfombra sucia, á la infeliz mujer de la víspera, que duerme, todos los días es el mismo apóstrofe:
- ¡Eh, señora!, ¡á despertarse! .. . ¿Y mi desayuno? ... ¿Y el inventario? ... ¿Así se cuida de mis
cosas? ... ¿Este es su instinto del hogar? ... ¡Todo
está cochino! ... ¡más cochino que ayer, señora! . . .
¡No me sirve usted! ... ¡No nos comprendemos! .. .
Ha querido usted explotarme, ¡canalla! ¡Largo.. .
á la calle! ...
La infeliz muchachita se escabulle precipitadamente, creyendo de buena fe que acaba de pasar la noche con un loco...
Y todavía temblando del susto, en la calle, se
compone un poco el pelo rubio, saca un espejito,
se arregla los bandós sobre la frente y, desdoblando el pañuelito de batista, como hay en él un puñadito de algodón hidrófilo, embebido en polvos
de arroz, perfumados de «mimosa&gt;, se lo pasa pulcramente por la cara...

II
Yo no trataré de seguir paso á paso las aventuras de Gourmont-Abel, desde aquel indecente
cuchitril del Montmartre antiguo, al confortable
hotelito que hoy ocupa en Passy, cerca del Bois,

conocido de todas las damas que ha pintado Bol •
dini, y que no pueden privarse de unos cuantos
días de pose, chez Gourntont-Abel.
Lo verdaderamente curioso de este hombre es
el golpe de audacia que le valió bruscamente su
cambio de fortuna.
Lo he oído explicar diversas veces, seguido de
los más diversos comentarios.
Fué una página del París-escándalo que apasionó por algunos días á la alta sociedad, y que
tuvo el privilegio de hacer olvidar, en varias sobremesas, hasta los azares de la situación política.
En general, los hombres galantes abominaron
públicamente del proceder incalificable de Gourrnont-Abel y aprobaron la conducta de la· noble familia Dorval.
Pero en los «círculos&gt; y demás lugares equívocos, estos mismos hombres galantes no desdeñaban el trato de aquel hombre audaz que con una
«canallada• había echado á rodar la rueda de su
fortuna.
Por parte de las damas, la anécdota sufrió variadas alternativas de criterio. En público, las damas,
corno los hombres, condenaban. Pero lo público
no tiene interés; ya es sabido. Pasa como en las
comedias: la mejor se desarrolla en bastidores.
Donde las damas se pronunciaban abiertamenre sobre el proceder de Gourmont-Abel era en sus
cenáculos privados: antesalas de los modistos,
Ihea-room de la rue Rivoli, fiestas de caridad en
salones aristocráticos y puertas de las sacristías.
Solían decir:
- Este pequeño Gourrnont . . . ¡qué tupé!
- ¡Qué canalla!
- l'ero con genio...
- Es cierto ... Y sin tanta culpa corno ha pretendido dársele.. .
- La familia Dorval, por el buen ver...
- Es natural. .. pero convengamos en que la
pequeña Madelon ...
- ¡Unaalhajita!. ..
- Divorciada á los seis meses de matrimonio ...
- Tuvo relaciones con Willy, entonces, me
dijeron ...
- ¡Mujer! ...
- Me lo habían dicho ...
- Sí; fué un novelista, pero no Willy... Todo
lo contrario: un hombre de principios, un nacionalista decidido, que lleva un nombre ilustre ... No;
en eso ...
- Cubrió las apariencias.
- Exacto.
- Lo contrario ·del caso Gourmont, en una palabra.
- Me han dicho que ella estaba furiosa ...
- ¡Oh, se disimula tan bien!
- Yo creo que debió instigarle...
- Es una pervertida...
- Pero el pequeño Gourmont- Abe! tiene
genio ...
- Indudablemente; como casi todos los grandes canallas . ..
- ¡Qué horrores decimos!
- Está en el ambiente ...
- La tela de Gourmont era deliciosa...
- ¡Qué delicadeza!
- ¡Y qué intención!

palm·as, y realmente la frase hace fortuna . . .
No hace muchos días, un crítico americano,
realizando un estudio sobre p intura francesa, empezaba con ella una silueta de GourmontAbel. ..

III

- Sobre todo, ¡qué perversidad! ... ¡qué desvergüenza mordaz! Era admirable.
- ¿Le has visto en su nuevo taller?
- Todavía no; me han dicho que es exquisito
de trato.
- Un hombre espiritual. ..
- ¿Es cierto que la condesa... ?
- Sí; le empezó el retrato hace tres días.
- Esa condesa es un alma generosa. Ha querido rehabilitarle ...
- Expondrán el retrato chez Vollard. Iremos
á verlo. Será sensacional. ..
- ¡Oh, no dudo del éxito!
- Ni yo. .. Gourmont-Abel es de la prosapia
de Watteau .. .
- Pero más actual; más pervertido ...
- ¿Digo mi frase? ... ¡Oh, ha hecho fortuna!
La digo ... Gourmont-Abel, señoras mías, es el
genio elegante de vVatteau, con la joroba de
Lautrec. . .
- ¡Exacto! ¡Exacto! ...
El concurso de elegantes murmuradores bate

Antes del escándalo, GourmontAbel no perdía su tiempo picaresca.mente en las alturas de su incómodo
taller. Aquel hombre, nacido para el
regalo, la satisfacción sensual de todas
las necesidades, las buenas mesas y los salones
confortables, tenía vuelta en bilis, en su estómago,
toda la contrariedad de su vida miserable...
- ¡Dame un camino! ... - solía decir, agresivamente, á todos sus amigos, clavando en ello¡;
como una amenaza la fría excitación de sus pupilas de bilioso. . .
No podíais aventuraros con Gourmont por un
«boulevard• del centro, sin que al punto, si os
sorprendía saludando á un buen señor imponente, con apariencias de judío ó de aristócrata, no os
dijera:
- ¿Le conoces? ... ¿Le visitas? .. . ¿Es aficionado al arte? ... ¡Preséntarne! ...
Y aquel ¡preséntame!, subrayado por una sacudida brusca en vuestro brazo, estaba dicho en
un tono tan imperativo y conminante, que imponia la obediencia sin remedio.
Gourmont, cada vez más agriado, más bilioso,
más hipocondriaco, más malo, fué dejando la compañía de sus amigos trasnochadores, que no podían soportarle y ahora, ya, les saludaba de lejos,

�la obscuridad les obligaba á dejar el ventanal, estaban muchos días sudorosos y rendidos.
Sofía, la muchacha, dijo una tarde al pintor:
- Estuve ayer noche en la soirée de los Dorval. .. ¿Cómo no buscas tú quien te presente á esa
familia? Son amigos de los artistas ... Recibían á
Steinlein, á Willette, á Herman Paul. .. Pero han
roto con ellos á causa del «Dreyfusismo • . Los
Dorval son nacionalistas... ¿sabes?
Sofía no dijo más. Gourmont callaba.
En el taller miserable hacía tanto frío, que Sofia no se había atrevido á quitarse su abriguito de
pieles y se apelotonaba en él como una gata. Resplandecían, á veces, sus ojillos verdes como con
fosforescencias ...
Gourmont gustaba de acariciar aquella piel
tupida y noble del abriguito de su amiga. Hundía
con voluptuosidad sus dedos recios y menudos en
la tibieza blanda y confortable...
Sofía añadió:
- ¿Verdad que es hermoso este abrigo? ... Me
lo ha regalado Madelon Dorval; no lo había estrenado todavía. Esta muchacha adora á los artistas.
Volvió á callar Sofía. Los dedos de GourmontAbel tuvieron una presión extraña, al resbalar sobre la nutria espléndida. Pero el «rapín• calló otra
vez ...
Aquella noche Sofía no podía quedarse en el
taller; Gourmont-Abel, egoísta, miedoso de quedarse solo en la miseria aquella, intentó retenerla;
le había cogido el brazo, y su mano, como una zarpa, hacía presa en el abrigo, magullándolo. . . '
IV
- ¿Tienes concierto? ¿Tienes que estudiar? . . .
- En París - me decía una vez Gourmont- Te acompaño ...
No; no podía acompañarla ... Sofía no tenía
Abel - toda fortuna depende de la primera mujer
concierto;
Sofía no tenía que estudiar.
que tiene la intención de explotarte. Si das con
- Pues... ¿entonces ... ?
una virtuosa ingenua, has perdido tu vida.
- ¿Entonces ... ?
Gourmont-Abel dió con una insaciable.
Sofía acabó por confesarlo. Aquella noche volUna rusita rubia y sentimental, de ejos azules,
casi verdosos, fina como una serpiente, blanca vía al salón de los Dorval. Estaba invitada. Esto
como las estepas, insinuante y caprichosa como los pasaría ahora casi todas las noches. Los Dorval
niños viciados, frágil y voluntaria á un tiempo acababan de abrir sus salones. . . Y como había
como un lirio y un puñal, aquella almita llena de efervescencia... como los nacionalistas interesaansiedad, que por entonces era discípula del Con- dos en el proceso Dreyfus bullían febrilmente ...
servatorio, y á la que, por patriotismo de alianza, no podía preveerse nada, pero lo más probable
protegían muchas familias oficialmente aristocráti- era que los salones no se cerraran ni una noche...
cas de París, decidió de la fortuna de Gourmont. Estaban llenos. Se hacía música. Se hacía política,El antiguo «rapín&gt; adoró á aquella mujer como se conspiraba, se luchaba, se triunfaba tambié?-· .
Miró Gourmont-Abel á su Sofía con una mrraúnicamente pueden adorarse las cosas que son
da
de
odio implacable.
carne de nuestra propia vida. Ella cayó sobre su
- Vete - le dijo por todo comentario...
alma como el conquistador sobre su espada, y tuvo
- Volveré alguna tarde - dijo ella, prudente,
para el hombre insignificante y hosco los mismos
delicados mimos que tienen los gatos, á las ma- mimosa.
- No; voy á tí-abajar por las tardes; no vengas.
drugadas, para sus zarpas y sus uñas.
- ¿Cuándo nos veremos entonces? - preEn las alturas del taller innoble, después de
los raptos, cuando los dos amantes, descargados guntó ella con su vocecita más insinuante, más
del afán sentimental, descorrían la cortinilla sucia débil. ..
- Alguna noche...
que cerraba el ventanal, y en pie, el brazo de ella
- ¿Dónde?
descansando en el hombro de Gourmont, contemSonaban, palpitando, los corazones de los dos.
plaban el panorama enorme de París, en el incen- ¡En el salón de los Dorval!
dio de la puesta, á los pies de la colina ingente, el
- ¡Oh, mi César, te quiero siempre así!.
ansia dominadora se hacía tan vehemente en aqueY la gatita, febrilmente, evocando á la tigresa
l.los dos corazones ambiciosos, que les mantenía
que
dormía en ella, abrazó al «rapín•, que era en
inmóviles y rícridos como estatuas del deseo, apenas vibrátiles los labios y las ventanillas de la na- aquellos momentos como un témpano de hielo. La
riz, al soplo del aliento, que pasaba jadeante, ~~mo voluntad le congelaba, endureciéndolo.
Ya en la escalera fementida, volvióse Sofía para
en los galopes. Galopaban realmente sus espmtus
decirle
al pintor:
entonces en una correría de conquista, y cuando

cuando les encontraba, por las noches, en el puente, camino de su taller, adonde le aguardaban vigilias febriles de ambición y de impotencia ...
- ¿Has encontrado tu camino? ... - le gritaban ellos bromeando, locos, inconscientes. . .
- ¡Todavía no; pero lo busco! - respondía
Gourmont sin detenerse ...
- ¡Da un rodeo! ... ¡Da un rodeo! ... ¡La línea
recta es fatal, Gourmont-Abell ... Asusta á todos.
Y aun sonaban las carcajadas de los alegres
compadres en la plaza, cuando nuestro «rapín •,
ya á media senda, se decía:
- ¡Sí; daré el rodeo, locos! ... Daré el rodeo,
¡pero llegaré!
¡Llegar! . .. Había que oir esta palabra de labios de Gourmont ... Había que verle convertir
en prestigio inmóvil de triunfo toda la dinámica
torrencial que lleva en si. ..
¡Llegar!. .. Era todo, para Gourmont.. . Tenía
tales deseos de ello, que esta idea fija le sirvió de
disciplina y norma en la producción artística...
Le espoleó constantemente, y sobre todo organizó
su obra en cuerpo agresivo; fué Gourmont-Abel,
como todos los llamados «arrivistas•, un gran disciplinado, un gran técnico, un hombre enemigo de
perder su tiempo, su arte, é incapaz de hacerlo
perder á los demás . .. No salía plumada, trazo ó
pincelada de su espíritu, que no fuera embebida
de una ansia de dominación tenaz. Este es el secreto del «arrivismo&gt; .

.l
1

- Son nacionalistas ... No lo olvides...
Era como si dos ejércitos se separaran, en los
comienzos de una maniobra, para atacar por distintos flancos una misma fortaleza.
Y aquellas palabras, al parecer insignificantes,
que la muchachita acababa de pronunciar con su
vocecilla vana, recogiólas el pintor, en las alturas
de su taller, como una contraseña de guerra.
V

No se hablaba de otra cosa en el salón ni en la
mesa de los Dorval.
Aquella campaña insistente, personalísima, voluntaria, audaz, del descon oc id o
GourmontAbel, por la
santa causa
de Francia,
contra el semitismo, el
socialismo y
la impiedad;
aquella serie
de libelos
gráficos, armados de tan
venenosa intención, que
detonaban
en la atmósfera cargada
del París del
affaire como
otros tantos
latigazos de
un espíritu
hoscamente
adversario,
cruzando valientemente el rostro de la múltiple opinión, habían sorprendido á todos, habían intrigado á muchos, fueron el «suceso&gt;
durante algunas semanas y espolearon la curiosidad de amigos y enemigos.
Allí estaban, delante del grandios-.:- -,er, Jnal que daba á la serre, sobre la mesa-imperio, deliciosamente noble, entre unos bronces de Rodin, y
búcaros de cristal tallado con ejemplares raros de
flores anacrónicas, todas las revistas, todos los libelos, todos los pamfletos donde había ido apareciendo la obra caricaturesca de Gourmont-Abel .. .
Este nombre se hizo famoso en pocos días .. .
Del salón de los Dorval salió la idea de una suscripción para encargarle al genio desconocido un
álbum antisemita ...
Fué Sofía la iniciadora afortunada de la idea ...
- Pero ... ¿ha dicho usted que le conoce? hubo de preguntarle alguien.
La muchacha palideció. Hay que conocer, en
estos pequeños detalles, toda la fiebre, toda la
emoción, todo el supremo arte que pone en su
obra, en este complicado mundo de París, la mujer que os lanza.
. -Sí; le conozco vagamente ... Es un hombre
1~tratable, un salvaje ... Hace siglos que no le he
visto.

Madelon Dorval había hecho una seña á su
amiguita Sofía.
En aquel diminuto sofá Luis XV, del pasillo,
entre una mesita con bibelots japoneses y un m::nudo estante de maderas incrustadas con ediciones de bibliófilo, Madelon y Sofía hablaban, mientras los amigos de la casa iban y venían, por el pasillo, del salón al buffet, ó viceversa. Sabían ambas, con su experiencia aguda de mujeres, que el
sitio más adecuado para tratar de cosas trascendentales y secretas es aquel en que todo el mundo puede oiros. Se habla, naturalmente, con cierta malicia: levantando el tono en las palabras
insignificantes y bajándole en las que podrían
comprometeros. Nadie
sospechará,
al pasar, que
tratáis de algo secreto;
os ven entretenidos, os
saludan con
una sonrisa,
á lo más supondrán que
flirteáis ...
Madelon
decía:
-¿De modo que tú le
conoces? ...
- Un poco ...
-¿Y cómo es? ...
-Estáentero en su
obra; violento, voluntario, audaz ...
-No; el
hombre, el
hombre ...
Dime cómo
es el hombre ...
Sofía miró -..i 10s ojos á su amiga ... Había olfateado, instintivamente, un gran peligro. Replegósele adentro el alma, en un arrollamiento serpentino y continuó, impasible:
- Bajo, de la talla de César. Enérgico de trazos; las manos pequeñas y fuertes; la barba, los
cabellos recios, espesos y cortos; los dientes iguales; los labios finos, rojos; la frente de tenacidad;
los hombros de fuerza ...
Madelon paladeaba aquellas palabras y quedó
luego callada, suspensa, como en una soñación ...
Sofía, aviesamente, la dejó pensar ... Se había
inclinado un poco para arreglarse los pliegues de
la falda, que le ocultaba demasiado un pie, y alguien que)a conociera mucho habría adivinado entonces que su corazón estaba alterando ligeramente el ritmo de sus palpitaciones, por el movimiento de ondulación acelerada, en su escote finísimo,
á flor de piel ...
- Y hablando de otra cosa, amiga mía-dijo Sofía por fin . . . - ¿qué es de León, tu novelista? ...

�- ¡Oh, un farsante! - di~o Madelon con un
movimiento de desdén-. Quiso atraparme argumento para una novela ... y nada más ... Un
hombre viejo: hemos roto.
.
Ahora le tocó á Sofía quedarse pensativa.
- ¿Cómo podríamos - preguntó bruscamente

ponen en las personas demasido sa~isfechas, ~emasiado adormecidas en la monotonta de la vida
fácil los anuncios de un camt)io de actitud, de
una 'variación, de una novedad, de un interés nacien te.
Un- señor académico quiso obsequiar á las damas con hPlados. Venía ceremoniosamente á interrumpir su téte-a-téte.
Entonces dijo Sofía á Madelon, sin
dar importancia á las palabras y pasando ya su larga mano de pianista
por el hueco del guante para toma: la
cucharilla de manos del académico:

y solían darle de un día para otro algunas comisiones - Sofía Ivanowna, después de besar las
manos á madame Dorval y de presentar su frente
al bondadoso señor Dorval para que la besara, salió con Madelon hasta la puerta de la escalera,
suntuosa y abrigada, convertida en galería riquísima de cuadros, dijo la rusa maliciosa á la parisienne pensativa:
- Confiésame la verdad: ¿le amas ya un poco?
- ¡Oh, qué locura! - respondió Madelon, denegando con el gesto-. No lo digas . . .
Y en seguida, con mucha insistencia, echando
ya su medio cuerpo, blando y oloroso, por sobre
el barandal de la escalera, que era de nogal amplísimo:
- No te olvides; mañana, á las diez en punto,
me acompañarás, pequeña ... Veremos al editor.
En un refinamiento de simulación, la muchachita rusa, ya al pie de la escalinata, levantó la
cabeza, la sonrió cordialmente con los ojos, u¡i
poco avivados de picardía, y la mandó un beso
con la punta de los dedos.
VI

Madelon - averiguar la madriguera de ese monstruo?
- ¿De Gourmont-Abel?
- Sí; ¿no sabes dónde vive?
..
Meditó Sofía unos momentos; luego d1Jo:
- No; yo no recuerdo . .. Eso, un editor.
Puede írsele á ver para encargarle el álbum de la
suscripción y él se cuidará de dar con Gourmont;
no tengas miedo.
_
.
- Perfectamente; entonces mana na mismo veremos al editor ... ¿Te parece Pelletan?
- Admirable.
- ¿Me acompañarás?
- Con mil amores.
Volvieron á callar; los ojos de Madelon resplandecían luminosos, con este avivamiento que

- ¿De modo ... (pausa, porque un botón del
guante no quiere soltarse) de modo que tendré el
gusto de saludar á mi viejo camarada GourmontAbel en tus salones ... ¿verdad, Madelon?
- ¡Oh, es un empeño de honor! - respondió
ésta tomando con una sonrisa graciosa el" platito
que le presentaba el académico - . Es forzoso,
tengo que atraer á la fiera, aunque sólo s~a para
corresponder al interés de los buenos amigos de
la casa ...
El académico dijo unas cuantas banalidades,
mientras las dos damitas, á pequeños sorbos, probaban la deliciosa mixtura de crema, café y cognac
que les habían servido ...
Y aquella noche, cuando - la última de todos,
porque, además de amiga, era protegida de la casa

En 'el salón de los Dorval, aquella noche el
interés era vivísimo y la afluencia de gente extraordinaria.
Como en los grandes días, se había abierto la
puertecita de la serre que daba al jardín, iluminado de una manera que valió plácemes á madame
Dorval, con anchas flores de cristal bohemio, de
colores suavísimos ...
Los dos grandes salones, el de la mesa y el del
piano, estaban atestados ...
Las gentes habían invadido, inevitablemente,
la noble y modesta habitación de madame Dorval, que se componía de un sobrio menaje de muebles Luis XVI, blanco y oro; de una mesa, atestada de papeles y libros (porque madame Dorval tenía una inocente propensión á los ajfaires, un
virtuosismo de ministro del Interior) y de su lecho, en un rincón, igualmente blanco y oro, cubierto pulcramente de indianas caprichosas, recuerdo de una correría, siendo todavía joven, á
tierras del Asia . . .
Por su parte, el bondadoso y sonriente señor
Dorval se había refugiado, con sus amigos predilectos, en su cuartito recogido, donde tenía sus
libros, una mesa, una otomana y cuatro sillas de
roble viejo.
El pasillo, el buffet y todos los rellanos de la
escalera, hasta el vestíbulo, donde se había establecido el guardarropa, bullían de gente.
Los trajes claros, los admirables escotes de las
damas despedían, en ondas amplias, una fragancia quintesenciada y prestigiosa, que daba á toda
la atmósfera de la casa un recóndito y poderoso
valor de embriaguez.
En cuanto á Madelon, . no había descendido
todavía. Madelon, divorciada hacía dos años de su
primer marido, que le abandonó, escapando con
una prima suya, cariñosa y dulce, había continuado viviendo, independiente de sus padres, en el
segundo piso de aquel hotelito de la avenida Flandrín, conservando sus costumbres, sus hábitos,
sus relaciones y su vida, aparte de la de sus pa-

dres, quienes la invitaban ceremoniosamente,
como si se tratara de una forastera, á sus comidas
y á sus fiestas. . . Madelon era un espíritu desequilibrado y agresivo, que sólo hacía buenas migas con gente bullanguera y maleante ...
Se hablaba de algunas fiestas, en su propia
casa, que no parecían avenirse con los cánones estrictos de la moral reinante.
Madelon tenía una pobre opinión de la cultura
artística, del tacto mundano y del «saber recibir•
de sus buenos padres. Sin embargo, ella, que se
creía muy superior en todo esto, no había conseguido, á pesar de sus constantes esfuerzos, «tener
un salón•; y el de sus padres, tan poco mundanos,
á su juicio, era uno de los más famosos de París,
verdadera «puerta del mundo», cuyas invitaciones
se consideraban como patentes y certificados de
buena sociedad. Esto ponía á Madelon en un estado de irritación sorda contra el «salón• de sus
padres, y cuando se dignaba concurrirá él llegaba
siempre tarde, tenía un modo desdeñoso de mirar
las cosas, por encima y desde lejos, como dicen
que miraba á los hombres Jorge Brumell, y solía
hacer conversación aparte, en un rincón, con algunos descontentos, criticándolo todo y elaborando sordamente una escisión entre las relaciones
adictas á sus padres, con lo que esperaba ir preparando un reclutamiento feraz que acreciera, en
el momento oportuno, «su salón•.
Había tenido buen cuidado aquella noche madame Dorval de añadir, de su puño y letra, en las
cartas de invitación ceremoniosas, estas palabras
mágicas, causa indudable de la sofocante aglomeración que se notaba:
«Gourmont-Abel será de los nuestros.•
Aunque puede decirse que aquella conquista
del «hombre del día» era obra exclusiva de Madelon y de su amiguita la rusa, quienes habían
dado todos los pasos imaginables desde hacía un
mes para que llegase aquel momento; á quienes,
sin saberlo, debía Gourmont-Abel su último triunfo, el de aquel «álbum antisemita• que ya andaba
en la cuarenta edición y le había valido una fortunita; lo cierto es que, cuando Madelon, por la
mañana, sentándose á almorzar en deshabillé elegante, displicente y sola, in quieta y desconfiada,
porqite si, rompió el sobre con la cifra de su madre, y leyó la invitación con el aditamento consabido, tuvo un movimiento de viva contrariedad, y
murmuró cerrando sus puñitos:
- ¡Qué porquería! ¡Es una infamia!
Ella había pensado también en su GourmontAbel, para abrir, con el mismo aditamento que su
madre, sus salones de aquel año. Nada le había
dicho á la anciana señora que, por lo visto, se iba
dando unas mañas de mundanidad que Madelon
no sospechaba.
Gourmont-Abel era suyo; ella lo había «lanzado• ... ¿qué había hecho su madre por él? .. .
¿qué derecho tenía á semejante explotación? .. .
Y en todo caso, ¿por qué no lo advirtió antes?
¿Por qué no lo consultó con Madelon? ... ¿A qué
tantos disimulos? ... Ella y su madre, tal vez no
habíar, hablado dos veces del pintor.
Y la irritada personita seguía murmurando:
«¡qué infamia!•; y arrugaba entre sus deditos nerviosos la invitación, como si en realidad hubiera
sido un cartel de desafío, más aún, una sentencia

�definitiva y genial que, de una vez y para siempre, arruinara los problemáticos «salones• de Madelon ...
No almorzó la muchaC?hita; circuló nerviosamente, á largos pasos, por su cuarco; lloró, rompió su pañolito de batista; se dijo varias veces:
«¿cómo será Gnurmont-Abel?, ; y acabó por hacer
saber á su madre que se metía en cama con jaqueca...
A tanto como á justificar con su presencia
aquella «infamia, , no llegaba Madelon.

VII
Iba mediada la soirée. Gourmot-Abel, admitido
en el trato de todos, con una mimosidad y una llaneza muy poco «imperio• y muy «tercera república,, á pesar de las tradiciones nacionalistas de la
casa, había satisfecho á todo el mundo.
Tenía todas las condiciones del arrivista «perfecto,. Vulgar é insignificante de figura, lobastante para no despertar las rivalidades que un
aristocratismo cualquiera de la persona le habría
suscitado; de trato exquisito y urbano; muy en el
tono de la vulgaridad cortés; sin alardes geniales
ni refinamientos de selección personal; afectando
en el traje la misma compostura media que era
característica de su persona y de su trato, aquel
hombre hacía todo lo necesario por ocultar y hacerse perdonar la fuerza de vduntad, que era su
varita mágica; dominaba á la gente, sin que la
gente lo notara; triunfaba de ellos sin ofenderles;
ejercía un imperio que Je consentían todos, porque
no iba acompañado - Gourmont-Abel se habría
guardado bien.:.._de signos exteriores y aparentes.
En aquel rinconcito del pasillo donde, unas
semanas antes, Madelon y Sofía hablaban de él,
estaba, hacía rato, el pintor afectando la mayor
indiferencia, en un diálogo que mantenía con su
amiga la rusita ...
- ¿Es de verdad que no ha venido Madelon?...
- No la he visto en torla la noche ...
- ¿Viene siempre? . ..
- Es la primera vez que falta este año.
- ¿Sabía que estaba yo invitado? ...
- Debía saberlo...
- ¿Cómo es? ...
Superior al ambicioso en malicias, Sofía sonrió
esta vez.
- No te preocupes; viste bien, ha estudiado
las «poses• de tus modelos y, sobre todo ... «esto
hará ruido.,
Había pronunciado Sofía estas palabras con
una perfecta frialdad ... No podía señalarse qué
correspondía al cálculo, qué correspondía al despecho, qué parte tenía en ellas lo que podríamos
llamar la «ingenuidad feroz• de los eslavos.
Gourmont-Abel miró á Sofía.
- ¿Por qué has dicho «esto hará ruido»? ...
¿qué es «esto,?
Las gentes iban y venían... En pie, en aquel
rinconcito del pasillo, nuestros dos amigos, oprimidos por el flujo y reflujo de pasantes, estaban
tan juntos que sus hombros se tocaban ... Gourmont-Abel se sentía adivinado en sus planes por
Sofía... Sin embargo, aquel hombre positivo que
quería las cosas con tan enorme voluntad, era

incapaz de querer varias á la vez; tal vez de esta
aplicación unilateral y simplista de su voluntad
nacía su fuerza ... En aquel momento, más aún,
desde que Sofía le había dicho en el taller: «Madelon adora á los artistas•, el pensamiento fijo
del pintor era aprovechará Madelon para su triunfo. Ni por un instante se le había ocurrido que esto
podía herir la susceptibilidad de Sofía. La juzgaba
tan de su raza, que había creído inútiles las explicaciones...
- «Esto&gt; - dijo Sofía - es lo inevitable. No
vayas á creerte que me hago ilusiones: lee.
Y la deliciosa mujercita entregaba al pintor
una menuda tarjeta respaldada, donde se leían
estas palabras:
«Mi Sofía... ¡Búscame al pintor! ... ¡Oh!, ya
debe estar cansado de satisfacer la curiosidad de
todos en el salón de mi señora madre ... Dile que
una amiga del arte le invita á tomar un ponche al
é~r, sin ceremonias, á la buena de Dios, y - si
me atrevo á decirlo - entre camaradas. Estaremos los tres nada más. Subid sin que os vean.
,¡Ah, tengo pipas y tabaco inglés!
• Un abrazo.
»MADELON DORVAL.•

Cuando Gourmont-Abel hubo acabado la lectura, miró con gran curiosidad á su amiga.
- ¿Pero ... ?
- Madelon - dijo ella - no vive con sus padres. Tiene sus habitaciones en el segundo piso.
Hoy no ha descendido á la soirée pretextando
una jaqueca... Debe habérsele pasado ya, porque
hace una media hora me ha hecho entregar esta
tarjeta...
- Creo que deberíamos aceptar . . . Es una
atención ...
- Delicadísima--concluyó Sofía, con un acento intraducible.
Se miraron los dos. Las pupilas de la pianista
pobre estaban vidriadas, no llorosas. GourmontAbel había dado á las suyas una inexpresión
tenaz.
Sofía le dijo:
- Procura, disimuladamente, ganar la puerta
de la escalera... Hay cuadros allí. .. Puedes hacer creer á todos que los estás examinando ...
Yo iré á buscarte en seguida.
Como un río de pasión que repentinamente
bifurca su corriente, echaron cada cual por su camino. Gourmont, hacia la escalera; Solía, un poco
excitada, más locuaz, más nerviosa y más hermosa aún que de costumbre, hacia el bu/jet.

VIII
Había poca luz en la salita. Poca luz y tan discretamente agazapada por muebles y rincones,
que parecía un pretexto decorativo, más que un
servicio de necesidad ...
Muy cerca de la chimenea central, don&lt;le se
había encendido fuego todo el día, apeiotonada en
un sillón enorme, Madelon hojeaba unas revistas
que se había hecho traer previamente, examinando, por la centésima vez, con mucha detención,
toda la obra de Gourmont-Abel. ..
Era particular. ..

A todo el mundo había oído hacerse lenguas le has dicho, Sofía, que aquí se rinde culto á la lode aquellos diseños ... Y, sin embargo, la verda- cura?
- ¡Oh, no hace falta decirlo, amiga mía) Está
dera palabra acérca de ellos no la había pronuná la vista...
ciado nadie todavía.
- Y nos reímos de las grandes celebridades,
Madelon adivinaba la palabra aquella; sólo que
cuando están ausentes ...
no quería comunicarla á los demás.
- ¿Has leído la última novela de León?
Era la clave del enigma: sit clave del enigma,
- ¡Cocina! ... Este desdichado no podría esque nadie más había comprendido y que á ella le
esclarecía toda la obra y - orgullo y goce jun- cribir donde no escribiera nadie...
- ¡Es un farsante)
tos - le revelaba al hombre.
- ¿No le interesan á usted los libros, querido
Madelon no tenía el ardor de sus padres por
la«santa causa,. A Madelon le conmovían poco las Gourmont?
- A ratos.. . Suelo leer en mi taller, á solas,
alusiones políticas, todo el clamor de batalla social que atravesaba, como un grito de guerra, el cuando no puedo dormir...
- ¿Le gustan las novelas?
laberinto muelle de la obra de Gourmont.
- Leo á Diderot... No he salido nunca de él;
Lo que á la gentil desequilibrada le complacía más en la obra aquella, era la elegancia y la ¿para qué? ... Todo lo que Francia puede decir lo
gracia sensual de todas las figuras ... Pensaba Ma- ha dicho Diderot...
- ¿Nos ponemos serias? ... ¿Y tu famoso pondelon al contemplarla, en juegos de amor sobre
un fondo artificial y blando de pieles de nutria . .. che? ¡Una especialidad de la casa, Gourmont! ¡El
Con una perspicacia, que no era de la inteli- ponche, el éter! ... Tiene verdadero «sello.&gt; Y
gencia, sino de los sentidos, infinitamente más tiene historia: ha mareado á Saint-Saens, á Bruagudos, había sorprendido aquella mujer el secreto neau, á France, y estuvo á punto de matarnos á
Picard ...
de aquel hombre ...
- Tienes una manera de hacer el reclamo ...
Sofía conocía todas las interioridades de la casa
- ¡Excelente, para un nacionalista!
de su amiga.
- ¡Abajo la política!
Entró, como vulgarmente se dice, en torbelli- ¡Abajo!
no, seguida de cerca por Gourmont.
- ¡Y viva el ponche! ¡Juana! . .. ¡Jackl .. .
Decididamente, Sofía estaba aquella noche
más alegre, impetuosa, dicharachera y decidida ¡Miguel! ... Pero, ¿se han dormido tus criados? .. .
¡Oh, qué casa! ... ¿Me das una propina, Madelon,
que nunca.
Cuando Madelon levantó los ojos de aquellos si yo te sirvo el ponche?
- La que quieras ...
papeles que estaba revisando, le pareció Sofía
- ¡Oh, me es necesaria! .. . Quiero un recuerotra mujer.
- ¿Tú? - dijo con sincera dubitación en la do de esta noche.
- ¿Por ejemplo?
pregunta.
- Por ejemplo, esta esmeralda - dijo Sofía,
- Y nuestro amigo-añadió Sofía-, el hombre del día, que desde mañana será «el hombre arrancando suavemente un aro admirable del braá la moda, ... ¿no te parece afortunada mi compa- zo desnudo de su amiga.
Después de hacerlo, mantuvo todavía el brazo
ración, «figura de César,?
Sin darle tiempo á responder, Sofía volvióse á entre sus manos.
Madelon dejaba hacer.
Gourmont-Abel, y tomando la mano de su amiga,
Tenía Sofía cogido el brazo por dos partes.
dijo, preser, tándola:
Una mano en la muñeca, oprimiendo suavemente
- Madelon Dorval.
el haz de venas azuladas, que tenían una pulsaBesó el pintor aquella mano...
- Hija mía, nos hemos apresurado á aceptar ción divina y elocuente; la otra en lo alto, recotu invitación ... ¡Qué balumba abajo! ... ¡Qué ho- giendo la amplia manga japonesa, que en varrible! .. . Los salones de madame Dorval parece- no pretendía caer, velando el candidísimo desrán pronto los tés del Elíseo. ¡Hasta generales de nudo ...
Miró Sofía á Gourmont-Abel, que fingía disuniforme! ... Sólo falta un Delfín desdichado y alguna familia de reyes desterrados; si puede ser, traerse de una manera extraña.
Y luego, para dar las gracias á su amiga por el
una pareja con un niño... ¿no los tiene á mano tu
madre para las grandes solemnidades? ... Gour- recuerdo espléndido, levantó aquel brazo quepamont los ha echado de menos... Me lo decía su- recía el pedazo muerto de una magnífica escultura, que parecía también una serpiente aletargada
biendo la escalera...
por un opio suavísimo, y en el hoyuelo de con- ¡Qué calumnia! ... Señora, le aseguro ...
Madelon reía. . . reía á gusto; cortó un poco fluencia del brazo con el antebrazo, sobre el codo,
su risa para escuchar al pintor, y al ver el gesto donde la piel tenía una rayas exquisitas, como de
de sincera contrariedad que ponía el hombre atri- seda sutilísima arrugada en una presión, dejó un
bulado oyendo las inconveniencias de Sofía, soltó beso largo y sonoro.
Inclinóse Gourmont para depositar un leño en
el trapo nuevamente; rió Sofía también, de buena
gana, con una nerviosidad que hacía cantar su la chimenea.
Rió nuevamente Madelon y levantóse á perrisa en una gama de oro chillón, y acabó por reir
seguir á Sofía, que le había hecho cosquillas.
Gourmont-Abel, contagiado por la risa de ellas.
La rusita corría, corría sofocada, jadeante, miMadelon dijo:
- Choca, Sofía... y usted choque también, mi rando con el rabillo del ojo á Gourmont-Abel, que
querido Gourmont ... ¡Estamos redimidos de la no quería verla.
Cuando )a amiga salió del saloncito, quedaba
política! ... Somos camaradas, somos locos. . . ¿Ya

�prema caricia... También ella sentía en los labios
un calor. ..
Tintinearon los sones argentinos de unos vasos en la estancia próxima. Aflojó Gourmont sin
decir palabra, la presión con que sujetaba á 1~ selecta criatura.
- ¡Oh, es un abuso! - dijo ésta sofocada.
Y el pintor, sinceramente:
- ¡Perdón!
Llegó Sofía.
Desde que pudo verles y leyó todo el valor de
algunas miradas de su rival felina, la rusita imaginó todo lo que había pasado y algo más.
Y como no podía llorar, ni su temple de alma
se lo habría consentido, durante aquella media
hora que tardaron en apurar el ponche famoso inolvidable para Gourmont, inolvidable para la
Dorval, más inolvidable todavía para Ja rusa estuvo espiritual, brillante, feliz y oportunísima.
Habían llegado nuestros tres amigos á un pie
de camaradería tal, que al despedirse pudo decir
Sofía á Madelon, sin que la proposición pareciera
detonante ó de mal gusto:

todavía en él no sé qué tentación maligna, no sé
qué regusto sensual é irreparable que había nacido de su beso.

IX
' - Es loca, es loca - decía Madelon, volviendo á sentarse-. Pero es muy buena amiga.. .
La mujer, corno si quisiera borrar una impresión, con su mano se acariciaba el hoyuelo del
brazo donde Sofía había besado.
Repentinamente cesó en aquella tarea, y miró
el brazo detenidamente á la luz de una lámpara.
- ¡Me ha mordido -dijo, examinando bien-,
me ha mordido! Vea, mi querido Gourmont, aun
quedan huellas...
Invitaba la mujer al pintor á que mirara; ella
misma era ahora quien mantenía en alto aquella
holgadísima abundancia de la manga japonesa,
que pretendía caer, velando el hermosísimo desnudo.
Gourmont-Abel levantóse decidido:
- Es verdad; la ha mordido á usted ...
Para exarninºario bien, el pintor había cogido
la manita delicada y aristocrática de Madelon. Estaba ella sentada en el extremo del sillón monumental, y tenía todo el busto adelantado sobre la
mesita enana, de maderas embutidas, en que estaba la lámpara.
Tuvo que inclinarse un poco el pintor para
mirar bien aquellas huellas de que hablaba l\iadelon.
Y al inclinarse, la mujer se apelotonaba y encogía instintivamente, como si quisiera guarecerse

bien en el arco negro que formaba la recia figura
de Gourmont.
Este seguía examinando el brazo blanco, con
los hacecillos de venas azules que tenían súbitas
pulsaciones, solapados saltos bélicos en la nieve
deleitosa de la piel.
Sentía Gourmont una embriaguez indefinible
que le nacía del contacto de la mano aquella, de
la proximidad, del perfume y del aliento de aquella mujer desconocida y perfecta.
Sin decir nada volvió la cabeza, y vió que estaba su rostro á la altura del óvalo, delicado y
suave, de Madelon. Soltando su mano, el pintor
hincó el codo en la mesa, apoyó en el puño media
cara y envolvió á la mujer cerca, cerca, en una inequívoca mirada.
Madelon bajó los ojos.
- ¿Por qué?- preguntó el pintor.
- Me da usted miedo...
-¡No!...
,
- Esa mirada. . . parece que me busque dentro el esqueleto.. .
- O el alma .. .
- ¡Bah!
- O el alma, Madelon ... ¡Qué hermosa es
usted!
- V a á venir Sofía. ..
Audazmente, con una brusquedad de inexperiencia, Gourmont llevó su brazo izquierdo á la
espalda de Madelon, y en un zarpazo de fiera la
atrajo violentamente á sí, incrustando el revoltijo
de sedas, encajes y carne suavísima contra su corazón, potente y violento.
Acaso esperaba Madelon, resignada, una su-

,
I

. -, ¡Abraz~os! ¡Quedan suprimidas, en presencia mta, las hipocresías!
Y cuando, un poco en broma, pero un poco en
serio, Madelon y el pintor se abrazaron realmente
y el pintor - ¡oh, el éter del ponche Je había tras~
to:nad~! - ?uscab~ los labios de la mujer, c¡ue
reta, reia, reta nerv10samente defendiéndose Sofía
chilló graciosamente:
'
- ¡Tableau!
Y se escabulló como una gacela, sombras adelante, ganando la escalera, temerosa de delatarse
incapaz de contenerse, deseosa de achacar á 1~
furia de la carrera aquella punzada inevitable
cruel, dolorosísima, aquel picotazo de víbora qu~
le había partido el corazón.
- ¡Sofía! - exclamó la amiga desasiéndose.
- ¡Sofía! - gritó Gourmont á su vez volviendo á la realidad.
'
Era inútil. La muchachita había desaparecido.
Pero entonces, muy correctamente, el pintor
dijo á la dama:
- Mañana mismo, si usted no tiene inconveniente, empezaremos el retrato.
- Por la mañana. A las diez.
- A las diez la aguardo en mi taller. .. ¿Las señas?
- ¡Oh, las conozco bien! Por cierto que me cae un poco lejos; tendremos que variarlas.
Ella le tendió la mano, sonriendo.
El pintor besó respetuosamente
aquella mano.

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,

~

'

_/

/

.-

�X
Gourmont-Abel vivió aquella primera aventura de su vida con la gula y á la vez con la codicia de un avaro.
Volvía á encontrar en Madelon Dorval aquella sensación inexplicable que recorría todas los
nervios sensibles de su organismo, cuando hacía
cuatro meses, en su taller miserable, una noche
acariciaban sus dedos la nutria espléndida de cierto abriguito suave y opulento que enfundaba el
cuerpo ágil de Sofía.
No habría podido contestar el pintor si amaba
á aquella mujer. Sabía que Madelon le enloquecía,
que halagaba su ambición, que era su primer triunfo de artista. Ella, por su parte, gustaba de aquella
violencia, á la vez desordenada y voluntaria, del
pintor, que daba la impresión de una fuerte vitalidad.
Madelon - que era un poco frívola, que había
vivido de frivolidades-, por la primera vez de su
vida creía ir modelando con sus manitas delicadas un carácter férreo.
Gustaba de mostrarse caprichosa. Ponía un interés vivísimo en luchar con aquel hombre y dominarlo. Refinaba las seducciones.
Ella misma buscó el nuevo taller. Un hotelito
en Passy, cerca del río.
Compraba al pintor todos sus cuadros y tenía
delicadas tretas para no herir su orgullo 6, por lo
menos, su natural susceptibilidad de protegido.
- Traigo encargo de hacer compras. ¡Oh, esa
condesa se ha empeñado en llevar á su galería lo
mPjor de mi pintor!
Y apartaban, para la problemática galería de
aquella quimérica condesa, los dos amantes, apartaban telas, agua-fuertes, pasteles.
La determinación de precios era una subasta.
Gourmont daba los suyos. Madelon pujaba siempre. El pintor protestaba, argüía, daba sus razones ...
- Se asustarán; no querrán comprarme nada.
- Al revés: déjame hacer; conozco á mi
mundo.
- Pero es que el cuadro no lo vale... Es que
es ridículo ...
- ¿Tú qué sabes?
Y como es natural, triunfaba siempre Madelon.
Gourmont-Abel se levantaba temprano. Como
le había prohibido Madelon trabajar en pequeño,
para periódicos, par a revistas, hacer l' affiche,
•prostituir su firma», según ella decía, dedicaba
aquellas primeras horas de la mañana, horas perdidas para el trabajo grande (porque la impaciencia de la cita le desmenuzaba el tiempo en una sucesión de menudos arrebatos), en lo que él llamaba
la cocina del •agua-fuerte», es decir, preparar las
planchas, sumergirlas en los líquidos, aguardar á
que mordieran, corregirlas, sacar pruebas, hacer
los tirajes en color, etc., etc.
Madelon solía sorprenderle siempre en la misma faena. Madelon entraba con el sol en el taller
del artista. A las diez 6 diez y media. Traía la carita fría del aire mañanero; un poco húmedo el
pelotón de sus bucles de oro, que se habían embebido, al salir, en la niebla azul de junto al río.
Traía un perfume exquisito y penetrante á tocador. Un frou-frou de sedas; una soltura, una nove-

•

dad, una elegancia, una entonación siempre adecuada y justa, ligeramente audaz, de riquísimo
atavío.
Madelon comenzaba cambiando de sitio todas
las cosas; tiraba del cordón de algún visillo; graduaba la luz. Se quitaba el sombrero.. . las pieles.
Entre tanto, Gourmont-Abel, que estaba en el
recuarta lavándose las manos, despegándose de
las uñas y de los dedos, reciamente frotados en
un cepillo hirsuto, las manchas de color, hablaba
á gritos, pidiendo á :\Iadelon noticias del día, alabándole este detalle de su t raje, aquella rosa, aquella pluma del sombrero.
La mujer acababa retirándose junto al fuego,
desnudándose los altos guantes y pasando varias
veces los brazos casi desnudos por el relente cálido, como si garbosamente fuera amasando los átomos de la atmósfera impalpable.
Llegaba, en esto, Gourmont-Abel, ya correcto,
y besaba aquellos brazos, sobre todo el derecho,
y sobre todo aquel hoyuelo que - ¿sabes, Madelon? - tenía la culpa de todo.
La mañana, hasta las doce, era tranquila, afectuosa, ligeramente sentimental, llena de planes,
de propósitos, de ideas de labor.
Solían los amantes almorzar fuera de casa, en
un restaurant chic. Almorzaron varias veces en
casa de Madelon, que tenía una simpática despreocupación en punto á •guardar las conveniencias»,
y almorzaron también, alguna vez, en el taller.
La chimenea á todo fuego, el sol que, desde
las diez de la mañana hasta la puesta, no dejaba
los ventanales del taller, ponían en la atmósfera
una tibia calidad llena de vicio. Gourmont-Abel
trabajaba con luz artificial.
Las horas de claridad de la tarde se las llevaba el amor. Oficina refinada de sensaciones era
aquel recinto donde la voluntad poderosa y la
fuerza maleable de un artista, instigado por una
mujer curiosa, habían creado las formas, los modos, los artificios, las volutas más impensadas y
estupendas del amor.
Juegos de amor sobre pieles de nutria ... ¿No
estaba aquí toda la fórmula de arte de GourmontAbel. . . ?
El artista se arrancaba de los brazos de Madelon para ponerse febril á su trabajo .. . Quería ella
retenerle; su avidez autumnal pedía caricias; emergía de los encajes y las sedas su busto singular,
expresión mórbida de una voluntad impaciente
de placer . . . Los rizos de oro coronaban de llamas aquella frente estrecha y lisa; escondían las
orejitas coralinas, caían porel cuello y porlos hombros desnudos como una cascada de fuego .. . En
la fiebre que le quedaba remanente, Madelon
bizcaba un poco . . . Era un estrabismo de sibila
sobre el trípode; un fulgor felino y verdoso que
ahora se encendía en una pupila, ahora en la otra,
como si del cuerpo blando de aquella mujer surgieran y se apagaran, alternativamente, llamitas
de alcohol...
·
Sordo á sus voces, Gourmont-Abel trabajaba.
- Sigue, sigue - decía á la mujer, mientras
tenazmente iba fijando sobre la tela, con ayuda de
unas pinceladas de color amarillentas, verdosas,
falsas, suavísimas, toda aquella tensión de su figura, toda aquella ambarina llama de su cuerpo que
tenía crepitaciones misteriosas ...

. E_n pocas semanas de aquel trabajo tenaz, febnl, mcansable, tenso, Gourmont-Abel había realizado una obra y creado un estilo ...
Con los múltiples apuntes, con aquella profusión de geniales bocetos, enccrróse en su taller
toda una larga noche, y, á la mañana siguiente su
cuadro capital, Orqtddea, se parecía en el alto 'caballete central, resumiendo todos los prestigios de
aquella veleidad: complejo, sintético, dictatorial,
e~evan_do á definitivo arquetipo cada grito, cada
v_1brac16n, cada mohín de aquella delicada mujerc1ta, que era toda ella un mohín de la naturaleza
en un ocaso displicente ...
Gourmont-Abel estaba contento de su obra ...
La examinaba á las distintas luces ... De cerca ahora; ahora de lejos ... Cerraba los ventanales y encendía las lámparas para arrancarle toda
la secreta acción
de su artificio
sublime ...
Madelon le
sorprendió en
esta faena ... El
artista estaba
rendido, pálido,
febril,agotado ...
Madelon le quiso más que nunca ...
Gourmont la
contempló, al
principio con
cierta animosidad ... Te.nía
miedo de no haberle arrancado
bien todo su secreto... Una línea de su cuerpo, un temblor de su piel, el azul desvanecido de
una vena que se le hubiera escapado, pregonaría
una de~rota... _Duró algunos instantes aquella confrontación ansiosa, tenaz, voluntaria durante la cual
los ojos del artista tenían una seve;idad de juez ...
Como el cuadro era un desnudo, fué preciso
que Madelon se pre~tara voluntariamente á la confrontación completa . . .
Tenían un temblor las manos de GourmontAbel aquella mañana, que .Madelon desconocía ...
Y la hora inusitada, y la caricia relente del lecho, hacía poco abandonado, y el entumecimiento
natural del cuerpo entre las pieles rojas, sobre la
otomana, que Gourmont había dispuesto como
fondo, todo levantaba de las entrañas de Madelon un deseo imperial y magnífico de amor ...
Ya no veía el cuadro ...
:3us oji(los felinos seguían las alternativas y
ansiosas miradas del pintor, que iban del cuadro
á ella Y de ella al cuadro. En el abismo de su coraz_ón sintió Madelon, como en el abismo del mar,
fluJo Y reflujo, según la abandonaban ó la recogían
las pupilas del pintor . ..
Se había agazapado la mujercita en el revoltijo
~e sus pieles, como bestezuela menuda sobre la
tierra sangriPnta y roja, en el fondo de su madriguer~. Espiaba inquieta las primeras vacilaciones,
la primera condescendencia en la mirada del pintor, para caer sobre él ...

Pero la vacilación no vino; el entrecejo del
hombre, cargado de las preocupaciones de la creación, no se desarrugaba. Madelon comenzaba á
impacientarse ... Estaba irritada contra él ...
Tomó el pintor los pinceles, y, con mucho
ahinco, dió unas cuantas pinceladas en el cuadro;
era en el fondo: avivaba, en un sitio determinado
el r?jo de las ~ieles; ponía, en la cúspide de un~
rod1ll~, el refleJo atenuado de aquel rojo ...
Mientras tanto, había dicho distraidamentc á
Madelon:
- Ya puedes vestirte. Esto está bien.
Así, sencillamente, cesto está bien~;como Dios,
después de crear el mundo; •y le pareció bueno ».
¡Egoísmo y
orgullo y paz y
deleitación del
momento supremo!
Pero Madelon era incapaz
de comprenderlo. Y como no
lo comprendía,
se sonrojó. Sin.
tióse pospuesta
en el corazón
del artista á la
obra que, sin
ella, no habría
existido.
Sufrió su primera decepción
y se acomodó,
en silencio, la
elegancia estudiada de su
traje ...

XI
-¿De modo
que no almorzamos juntos?
-No.
- ¿No nos vemos esta tarde ... ?
- No. Tengo modistas.
- Está bien; pero lo siento ... Habría querido que almorzáramos en el taller ... ¿Te gusta mi
cuadro ... ?
Madelon estuvo torpe. El más feo pecado de
e~te mundo es la vanidad, porque él es el que más
directamente ataca y humilla á los demás . .. Y
Madelon, pensando vanidosamente que el pintor
la habí~ ofendido, no supo hallar el tono justo y
conv~111en~e p~ra responderá su pregunta ...
Miró, d1stra1da la tela prodigiosa, y murmuró:
- S1, me gusta; pero alguno de tus bocetos
me gustaba más .. .
Gourrnont-Abel le habría perdonado que
aquello fuese una mentira; lo que no pudo perdonarle es que fuera una necedad . . .
Fríamente respondió:
- Es mi única obra.
- Eso va á gustos ...
- ¡N?, va en leyes! - gritó Gourmont-Abel,
por la primera vez, oponiéndose á una afirmación
de Madelon, magnífico de fuerza . ..

�¡,
1

- Bien, bien, no discutamos: ya he notado, al
entrar, que hoy te sentías genio, amigo mío .. .
Decididamente, estaba torpe Madelon .. .
Cedió Gourmont-Abel á la necesidad imperiosa de mortificarla.
- Tal vez no te resulta parecido.
- Al revés; lo encuentro demasiado retrato;
el parecido es asombroso; pero eso le quita fuerza,
significación ...
- Yo lo veía caricatura! ... Estás ahí más canalla - perdón, es esa la palabra - más canalla
que de costumbre ...
- Sí; te has acordado un poco de tus aventuras de Montmartre mientras lo pintabas.
- ¿Por qué no ... ?
- Porque me parece una falta de delicadeza ...
- ¿Tanto?
- Si me hubieras dicho de palabra lo que has
puesto en ese cuadro, por muy genio que seas,
señor Gourmont-Abel, no te lo habría tolerado ...
- ¿Porque te ofende?
- ¡Porque me calumnia!
Ella estaba hermosísima de ira. A Gourmont
le temblaba en los labios el último insulto, el definitivo, el procaz ... Le daba miedo pronuncia1lo - . ¡Pero iba á vengarle tan bien!
Se decidió.
- ¡Y pensar que una caricia mía, un beso á
tiempo, un poco menos de emoción de artista, habría variado por completo tu criterio con respecto al cuadro!
Encendida de vergüenza, tenía las pupilas llorosas Madelon. Habría dado media vida porque sus
apasionamientos de antes no hubieran existido...

Se levantó.
GourmontAbel le dijo toda vía:
-¿No almorzamos juntos?
-No.
Madelon iba
á salir. El pintor - entonces,
precisamente
entonces-quiso darla un beso.
La tenía cogida
por la mano.
Fué tan brusca la sacudida
de la mujer para
desasirse, que
le crujieron los
omoplatos.. .
- ¡Ahora,
no!--gritó triunfando-. ¡Y delante de ese
cuadro, nunca
más!... El ó yo...
Escoge. ..
Y escapó,
encendida.
Gourmont-Abel movió la cabeza... Enfundó
las manos en los bolsillos de s11 pantalón holgado...
Encogió los hombros; tuvo una maquiavélica sonrisa contemplando la tela insultante y procaz, y
murmuró Pn voz baja: - ¡Era inevitable 1•.•

XII
A la hora, sirvieron el almuerzo.
Aquel almuerzo que él había encargado para
dos, esco,,.iendo premeditadamente los platos y los
vinos: aquéllos excitantes, capciosos éstos, con
una aenialidad de « hombre de mesa•, que si no
hubi;ra sido en él natural intuición, no habría podido adquirirla en los pocos meses que llevaba de
vida regalada. . .
.
.
Tenía el artista su pipa encendida y estaba medio tendido en la otomana, perezosamente, recogiendo con delicia las últimas emanaciones de perfume que había dejado en ella el cuerpo suave y
sensual de Madelon ...
Además de esto, lanzaba el humo al aire en
aros oblongos, haciendo para ello un movimiento
particular con los carrillos y los labios.
Además, iba dando órdenes al -maitre d hótel
que preparaba la mesa con dos mozos; y además,
de vez en vez, miraba su Orquídea y sonreía.
El cuarto se había llenado de sol ... á media
altura estaba tendida una ,;apa de humo azulada y
flotante, que se superponía en planos diferentes de
color y densidad.
En esto sonó bruscamente el timbre de la
puerta.
- Es particular - se dijo Gourmont, que esperaba aquella llamada-; no parece su modo de
llamar.
Y sin saber por qué retrogradó en su memoria
acústica á otros días miserables, cuando, á l¡is tar-

11

il

des, en el taller rancio de Montmartre, le arrancaba de sus negras meditaciones el cordón de la
escalera, sacudido por las manos de Sofía, de aquella misma manera brusca y conminante...
- ¡Sofía! - siguió pensando, todo ello con una
velocidad de sensación vertiginosa... - hace meses que no la he visto ... Desde mi primera entrevista con Madelon ... La noche del ponche al éter. ..
Cuando el beso aquel en el brazo ... Bien mirado,
Sofía tuvo la culpa. .. ¡Qué extraña mujer! ... Y
ahora... ¡tendría gracia!
Como el que hubiera llamado tardaba en entrar, se levantó el pintor.
No habría dado dos pasos, cuando penetró en
el taller, un poco pálida, pero segura de sí misma,
la rusa enigmática...
Mentalmente Gourmont-Abel comparó los ojos
de Sofía - indefinibles y tremendos - con los vagos ojos impersonales de Madelon, y tendió su
mano á la rusa.
Después del largo rodeo, los dos antiguos
amantes no tuvieron una palabra de reproche.
- ¿Esperabas á alguien? - dijo Sofía reparando en los dos cubiertos que estaban dispuestos
ya sobre la mesita.
- A nadie... Previsión nada más - respondió
Gourrnont-Abel con aplomo - . ¿Has almorzado?
- Todavía no ...
Sin consultarla, dió Gourmont-Abel las órdenes necesarias al mattre d hótel.
· - Sirvan ustedes: somos dos; no recibo á nadie; absolutamente á nadie.
Se inclinó el hombre imponente, y el antiguo
«rapín» dijo á Sofía:
- Almorzarás conmigo.
- Almorcemos ...
En los primeros momentos aquellas dos almas
iguales se espiaban. «¿A qué vendrá?• pensaba
Gourrnont; y la rusa calculaba: «¿Qué habrá su::edido? Porque la esperaba á ella; no me cabe duda.&gt;
En estas cavilaciones, iban comiendo los dos
en silencio y atisbándose...
- Tengo calor - dijo Sofía.
Se había desabrochado un abriguito de pieles
de marta. Hizo ademán de querer quitárselo. ..
Gourrnont-Abel se levantó ...
- ¿Te ayudo? - dijo.
- Me harás un favor-agregó Sofía-. «Esto»
está más abrigado que «aquello,.
Sofía pronunció esta observación á tiempo que
el pintor, á su espalda, ayudándole á sacarse el
abriguito, estaba considerando con delicia el cuello blanco, de cisne, que salía de la blusita de encajes, tan natural y fácilmente como el fino cho1-ro de agua del pilón de un surtidor.
- Tú estás más hermosa que «entonces» respondió recogiendo la alusión velada á su vida
anterior, que había en las palabras de Sofía.
Desde aquel momento la conversación fué una
delicia. Se multiplicaron las alusiones. Con cada
una estrechaban ambos el círculo, avanzando con
cautela, ganando siempre terreno hacia la cosa
trágica que en e'l momento aquel les interesaba á
entrambos por igual: sus dos corazones que sangraban. Imaginad dos felinos, con una presa entre
los dos. Cada cual pretende apoderarse de ella,
pero avanza la zarpa cautelosamente por no descubrir el juego á su adversario que, inevitable-

tnente, de un salto, á la menor sospecha, caería
sobre la presa, arrebatándosela...
Ninguno quería ser el primero en provocar la
explicación, porque aquel que la pidiera se colocaba en un plano de manifiesta inferioridad sentimental con referencia al otro.
Decía Gourrnónt-Abel:
- He trabajado mucho en estos meses.
- Así lo veo.
- ¿Te gusta ese cuadro?
Sofía le tenía ~nfrente.
- Mucho: es tu mejor obra.
- ¿Te parece un retrato?
- Es el parecido de un retrato; pero el interés
de un cuadro.
Callaron. Decididamente por aquella parte no
venía la deseaba explicación.
La rusa indicaba:
- Me he perdido dos veces al venir... Como
estos barrios están lejos ...
- Es verdad . . .
- Y creo que no había estado nunca aquí ...
- Yo mismo me confundo alguna vez... Distraído, torno el camino de Montmartre...
- Poco tiempo hace que dejaste aquel taller...
pero no tan poco tiempo...
- Un día es siempre una vida, si sabe aprovecharse...
- Es cierto.
Y volvían á estar graves ~ callados otra vez ...

I

u
/

�Reanudáronse las tentativas hasta la impertinencia. De arabesco en arabesco, la conversación
fué apurando todos los motivos triviales de relación en estos casos.
Como dos operadores quirúrgicos habían procedido aquellas dos almas, sacando una por una
con pinzas delicadas todas las vendas y gasas que
escondían la herida y dejándola por fin al descubierto.
Fué Gourmant-Abel el que, no pudiendo más,
habló á la postre:
- ¿Cómo no he vuelto á verte, Sofía, desde la
noche aquella del «ponche al éter• en casa de
Madelon?
- No necesitabas verme.
- ¿Tú qué sabes?
- ¿Tenías más que avisarme ó escribirme, en
todo caso?
Era verdad.
- No te has acordado de mí. No has tenido
siquiera la delicadeza de mixtificarme. Merecerías
que te hubiese pagado en la misma moneda, que
te abandonara á ti mismo cuando más cerca estás
de la derrota.
¡De la derrota! Sofía sabía perfectamente cuáles eran los modos de que había de valerse para
interesar á Gourmont.
Saltó éste como un tigre sobre la palabra intencionada.
- ¿De la derrota?
- Tú dirás.
- ¿Yo? ...
- Te dejé libre, camino de todas las fortunas;
te encuentro muerto, definitivamente encasillado,
al arbitrio de una mujer que te usufructúa en
nombre del gran mundo. Cuando parecía que tu
nombre iba á lanzarse á los cuatro vientos de
Europa, te dejé tranquilo. Pero en vez de hac1;r
hincapié en aquel estribo de oro que se te ofrec1a
para tomar carrera y lanzarte, te has dejado ~ncantar por la damita egoísta y te has convertido
en algo como su mueble de más precio ó su caballo favorito ... Pintas para su antesala.. . ¡Oh, el
tuvo es un espléndido mercado! Conocen tu nombre, además de los porteros de su casa, el ckauffeur de madame y la Jemme de clzambre, que todas
las mañanas pasa el plumero por tus cuadros con
la misma indiferencia con que coloca en el jarro
del salón las flores que lleva tu criado á «la señora.•
Gourmont callaba. Una sorda tempestad se
fraguaba en su entrecejo.
Sofía prosiguió:
.
- Has pretendido invadir, y te han conqmstado. Te armaste en son de guerra, y te han hecho prisionero. Eras un artista de genio, y te has
convertido en un «pintor-de cámara.•
Peintre de menage, dijo la rusita en francés, con
una acuidad de intención que no puede dar el
castellano.
- Hablemos claro, Sofía - rugió por fin el
pintor, yz. exacerbado-: tú misma me llevaste á
esta aventura.
- A la aventura, sí; á la situación que has
aceptado, no. Estás ahora peo: que ayer. De_ la
miseria has pasado á la esclavitud. En dos anos
tendrás calva y pintarás abanicos para Madelon.
Todo aquello era cierto, tan terriblemente

cierto que, como Gourmont no podía contestarlo,
se ponía iracundo y habría tapado con sus puños
la boquita de la rusa.
- En fin de cuentas - acabó por decir - ,
¿qué te propones?
- ¡Salvarte! No; salvarte, no; tú te salvarás si
quieres; abrirte los ojos nada más.
- Ya los he abierto.
- ¿Me das la razón?
- En cuanto has dicho.
- ¿Entonces ... ?
- Yo lo pregunto también: entonces ... ¿qué
medios hay para romper? ...
¡Medios! Nunca faltaban medíos en el magín
arbitrista de Sofía.. . Nunca, y en aquel instante
menos. A una mujer se le ocurren siempre medios
para triunfar de su rival.
.
Y, hay que confesarlo: desde la noche del ponche, Sofía estaba esperando aquel momento.
Era el rescate de sus largos meses de soledad
y de martirio.
Descontaba la ruptura y la quería escandalosa, brutal, inevitable, para que l.e sirviese de venganza.
Habían acabado el almuerzo.
Sofía sentóse en la otomana.
-¡Ven!
- ¿Qué medio? - seguía preguntando Gourmont, agresivo.
-Ven...
Furiosamente Sofía atrajo á Gourrnont por el
brazo y le obligó á besarla. : .
.
Volvió á encontrar el pmtor en los labios de
la rusa el impulso de su raza.
- No, no; dime antes, Sofía... dime qué medio, qué piensas, qué plan tienes ... Yo no puedo
continuar así; te necesito.
¡Oh, con aquella confesión dió el corazón de
Sofía, dentro del pecho, un bote de tigre!
Y apartándose del hombre, avanzando hasta
el cuadro solapadamente, contemplándolo con delectación infinita, dándole rodeos ceremoniosos,
escondiéndose las manos detrás de la espalda
como si temiese desgarrarlo con ellas, y hundiendo el cuello fino, esbelto, para verlo de cerca, de
cerca, para husmearlo, para embeber en el aliento
su olor á pintura fresca, Sofía acabó por llegarse
hasta él, lo tomó con ambas manos, lo alzó en alto,
en la atmósfera soleada y caldeada corno un escudo de guerra, y acabó por decir:
- ¡Este es el medio!
Luego Sofía y el pintor hablaron largamente,
ahincadamente, interminablemente, como los parlamentarios de dos potencias igualmente fuertes,
hasta noche entrada.
Y acabaron por convenir que el «medio• propuesto por Sofía, que luego conocerán nuestros
lectores, era oportuno, en efecto.

XIII
Aquella larga conversación trajo el escándalo.
Madelon había estado tres días sin asomar por
el taller. Le hacía gracia aquel mohín de displicencia, aquella nubecilla que venía á traer n1:1e:,,os
encantos á la igualdad no turbada de su lzatson
con el pintor.

Esperaba, á cada momento, una carta de éste
dándole excusas, una súplica, una cita, una petición.
Por su fantasía traviesa, alegre y casquivana
corrían ya ráfagas de perdón fácil, veleidades de
sorpresas, de farsas, de aventuras impensadas.
«Si hoy no me escribe, se decía aquella tarde,
al regresar á su casa temprano, porque tenía
«mundo•, iré mañana á verle. ¡Oh, debe estar furioso!•
Y la taimada personita sonreía, dándose de antemano la fiesta de todos los medi0s que iba á
emplear para calmar su enojo.
Efectivamente, en su casa encontró un sobre
con letra del pintor. ..
Guardóse, como una fiesta, la lectura para después de su toilette.
Vió, al pasar, que ya alguno de los invitados
aguard aba en el salón. Precipitó su tocado; no pasó
más de media hora en el arreglo de la cara, y abrió
el sobre.
Venía dentro un impreso, concebido en estos
términos:
•J. Gourmont-Abel tiene el honor de invitará
usted para esta noche, á las nueve-Galería Chanell - , donde inaugura la exposición de su cuadro Orq1tidea y de algunos bocetos, puntas secas
y pasteles.»
La sangre comenzó á batir duramente en los
pulsos de Madelon.
Estuvo á punto de desvanecerse.
No quería dar crédito á lo que estaba leyendo.
- ¡Pero esto es una odiosa cobardía! - pensaba-. Exponer este cuadro, equivale á cubrirme
de insultos en la plaza pública; peor aún, en mi
casa, entre mi gente, ante mi mundo.. .
- No es posible - proseguía - . Habrá cambiado el título . . . Pero él no tenía otro cuadro
acabado ... Lo habrá hecho en estos días ... Pero
los bocetos, los pasteles. . . En todos ellos estoy
yo... En cada uno un jirón de mi dignidad (no se
atrevía á decir de mi honor)...
- Yo no merecía esto - continuó, con un
resto de buen sentido-. Yo. . .
Dos lágrimas. Dos lágrimas de ira, de despecho, de sincero dolor; dos lágrimas irreprimibles
sobre el abandono, el desamparo y la frívola soledad en que se hallaba delante de aquella infamia.
- ¿Podemos servir á la señora?
«Es verdad - pensó Madelon - , tengo invitados» ...
Fué á levantarse. Vaciló un poco y tuvo que
apoyarse en el mármol de su tocador. . Sonaron
estremecidas todas las cristalerías . . . Madelon
echó mano del tarrito menudo, con cápsula de oro
y un rubí, de sales inglesas...
Se pasó la fina batista del pañuelo porlos ojos ...
Se miró al espejo; le pareció que quedaban huellas rojizamente plebeyas de la pasada borrasca
en sus párpados, y los bañó en un colirio perfumado... Empuñó segunda vez el lápiz chino y cubrió, con hábiles pinceladas, su dolor de corazón ... Se sintió realmente aliviada.
- Luego tomó la invitación y el sobre, mordióse
tres veces los labios para enrojecerlos bien, y dijo
al aparecer en su salón, donde algunos amigos la
esperaban:
- Esta noche, señores, acontecimiento: nues-

tro Gourmont-Abel inaugura su primera exposición.
Y, bravamente, afectando la mayor tranquilidad, dejó que la invitación pasara de mano en
mano...
Algunos dijeron:
- Ya la habíamos recibido; será sensacional. ..
Y otros:
- Iremos; ¿vendrás tú, Madelon?
- En todo caso, á última hora... Tengo mucho que hacer, pero no me resigno á perder esta
primicia...
Un diplomático respetable le dió el brazo.
El criado había aparecido, anunciando:
- La señora está servida.

XIV
Que la exposición del cuadro Orquídea y de
los bocetos y pasteles de Gourmont constituyó
un escándalo en París, lo saben ya nuestros lectores por haber oído los autorizados comentarios
de unas damas en los capítulos primeros de esta
historia.
Atribuyéronse al bondadoso y risueño señor
Dorval propósitos de llevar á los tribunales al
artista, persiguiéndole por aquella injuria y calumnia de nuevo cuño.
Como las fases de semejante proceso habrían
sido de un interés sensacional inexplicable, fueron
muchos los amigos que le animaban á ernprendelo, y ya los partidarios de uno y otro bando se preparaban á otro nuevo «affaire» mucho más picante y divertido que el que llevaban entre manos.
Condenaron los mundanos, en público, el gesto
de Gourmont; pero los artistas y escritores, ganados por la audacia y la factura genial del pamfletista, salieron con vigor á su defensa.
En las proximidades del proceso hizo Gourmont-Abel declaraciones hábiles en un periódko
semita, y á los pocos días todo París lo consideraha como un prófugo del campo nacionalista,
como un dejroqué del mundanismo tradicional,
que, habiendo visto con sorpresa el pantano cenagoso y corruptor en que sus arranques inconscientes del primer momento le habían metido, salía con indignación del sitio infame, no sin lanzar
antes con toda la potencia dictatorial de sus pinceles, su «yo acuso• formidable.
Madelon soportaba como podía su papel de
víctima.
En el fondo le importaba poco la calidad del
episodio, y no le descontentaba andar en lenguas
de la gente y hasta ser, durante tantos días, piedra de escándalo en París.
Pero lo que no podía tolerar era el abandono
y el olvido del pintor...
Era aquella su última aventura... Alrededor
de los ojos vagos de Madelon comenzaba la piel
á hacer arrugas, y en estas graves circunstancias
de la vida, una mujer que quiere amar pasa por
todo.
Ella no daba la culpa á Gourmont.
- Se ha querido vengar-pensaba-. Es que
me ama toda vía.
El mismo triunfo indiscutible del pintor después del escándalo, la apasionaba más.

�Su padre no oyó aquello. Pero Madelon salió
contenta de su casa, porque estaba segura de haber hecho abortar la idea del proceso.
En cuanto á la extradición que el bondadoso
progenitor acababa de fulminar sobre su cabecita ... ¿qué valor tenía para ella? .. .
Estaba en el siglo: los padres no nos comprenden.

1,

Madelon tuvo una entrevista con su padre.
Había que abandonar la idea del proceso, porque
ella no quería querellarse.
El buen señor oíala asombrado.
No quería querellarse. Había entre ella y el
pintor ciertas cosas que, nadie - ni su padre mismo, porque ella era libre - , tenía derecho á juzgar. Si. el mundo hablara, que _hablase. Ella ~frontaba las habladurías. Se consideraba supenor al
«suceso del día•. Prefería pagar una subvención á
los periódicos, que darles el derecho más mínimo
á lucrar con sus propias aventuras. Había en esto
un arranque sincero de raza. Por lo demás, ella no
comprendía el escándalo que había promovi~o
aquel fútil accidente .. . Verdaderamente, Pans
era muy necio ... Si algo quedaba pendiente, ella
sola podía liquidarlo con Gourmont ...
- Pero, ¿volverás á verle?
- ¿Por qué no? . ..
El bondadoso señor Dorval estaba rojo; si la
entrevista dura más, le da un ataque...

Volvió la espalda á Madelon.
Y en seguida, melosamente:
- Hija mía: hace tiempo que nosotros y tú no
nos comprendemos. He creído que venías á darme gracias por el interés que _tomaba en ~u defensa. Vienes á todo lo contrano: tal vez m1 gesto
te parece ridículo, poco moderno... No nos entendemos... ¿Por qué no viajas? . . . Te sería más
agradable estar lejos de nosotros y no vernos nunca que pasar todos los días por delante de nuestrl puerta y no poder cruzarla. La tranquilidad
de tu madre me impone este sacrificio: hija mía,
hemos concluido.
Y el bondadoso señor desapareció semilloroso,
arrastrando unas pantuflas indias y recogiendo
con una dignidad - á Madelon aquella dignidad
le pareció grotesca-, con una dignidad romana,
su holgada y blanda bata mañanera ...
- ¡Uf! .. - pensó, más que pronunció Madelon viéndole alejarse-. En esta casa siempre esta~os en tercer acto del Francés . . .

mercado propio: tienda propia.Ha habido unaligera revolución. Nuestros padres decían: «Beber en
nuestro vaso.» Nosotros corregimos: « Vender en
nuestra tienda.» Y,.1. la tienes. Acudía poca gente:
la «muestra,, la «enseña, era poco llamativa ...
No digas que mi consejo ha sido inútil.
- No lo digo.
- Te ha bastado seguirlo: exponer tu Orqnldea; colgarlo á la vista escandalizada del • Todo
París&gt; como «muestra, de tu tienda ... y ya lo ves
XV
- Sofía señalaba tres caballetes: había en los tres
otros tantos retratos comenzados de grandes daLas tardes aquellas del escándalo fueron ricas mas dreyfusistas -; el negocio marcha . ..
&lt;le sensaciones y de lucha para Sofía y el pintor.
Una infinita melancolía en el crepúsculo .. .
El golpe audaz les
Niebla sobre el río.. .
habí'l asustado á ellos
A
lo lejos el ruido inmismos la noche de la
menso de París ...
inauguración.
Sofía se acercó á
Contaban ambos
su hombre. Este cacon que la maledicenllaba. Aquella serpien•
cia descubriría semete peligrosa, corrupjanzas entre Madelon
tora, solapada, tenía,
y las figuras que el
en el crítico momento,
pintor había puesto en
miedo de perder á su
sus cuadros. Pero no
pintor... Se había senfué necesaria la maletado sobre sus rodidicencia ... Las figullas; le tenía cogido
ras eran verdaderos
con
ambos brazos por
.retratos y el ataque
el cuello.
, ,areció brutal.
-¿Te quejas de
Los mismos crítimí?
cos, ganosos de sentar
-No.
plaza de malici:i en sus
¿Por qué callas?
escritos, con tribu ye-No lo sé.. .
ron al apasionamiento
- Hace unos megeneral. Desde los peses, ¿recuerdas?, hariódicos de la clase
¡
brías dado lo mejor de
ianzáronse excomu'm
tu vida por lograr es11iones contra el pinte momento ...
tor iconoclasta. Se re- Y lo he dado...
cordaron y se glosaron en todos los tonos las paSofía tuvo un movimiento de ataque.
labras de Juvenal: •Dígase el vicio y el vicio- ¿Qué quieres decir? ...
so no.•
El pintor seguía callando. Se :1abía puesto en
. F_né entonces cuando, por instigaciones de So- pie. Sofía continuaba en la otomana, agazapada,
fia, hizo Gourmont-Abel sus declaraciones franca- encogida, espiándole.
mente dreyfusistas.
- ¿Qué quieres decir?
Festejaron los revolucionarios al recién veniEn este momento el pintor había llegado junto
&lt;lo... Acudieron las damas jacobinas al estudio del á su famoso cuadro Orquídea, que con el resto de
'.Ptntor.
la pasada exposición, aquella mañana habían deCitaron su caso los escritores avanzados. Le vuelto al taller.
-encargaron, en agua-fuerte, los retratos de Gorki y
Gourmont-Abel tomó el cnadro en ambas ma-de Gaponi. .. El paso estaba dado ...
nos. Después de contemplarlo unos momentos, dijo:
Y en el desbarajuste aquel del triunfo definiti-Tienes razón. Es mi «muestra•. Pero consivo, derramaba el pintor, por todo comentario, la dera que en la «muestra• suele ponerse lo mejor
-fnaldad de una sonrisa melancólica...
de la tienda. Yo he puesto mi corazón ...
. Sofía no le abandonaba. En la plenitud del
Esta confesión, Sofía la esperaba. El corazón es
tnunfo, s_u luchador perdía el gusto por la vida.
siempre de lo que se pierde. Además, Gourmont
La miraba á ella con cierta recriminación ine- amaba á aquella mujer. Sofía lo sabía bien. Un
fable en sus miradas.
hombre de menos temple que Gourmont no habría
Ya había llegado; sabe Dios á costa de qué sa- dado nunca el paso inexorable que el pintor aca&lt;:rificios . . . Pero ...
baba de dar.
Sofía le preguntaba:
Pero Sofía no pudo escuchar aquella confesión
- ¿No estás contento? . . .
sin un dolor humillante y real.
El respondía:
Se le llenaron de lágrimas los ojos.
- Sí. Pero me parece que he muerto. La vida
Irguióse. Echó á andar hacia la puerta.
-es demasiado fácil ...
A medio camino dijo:
- La vida es así. Todo el mundo organizado
- Estás á tiempo todavía: capitula y ella per&lt;:orno un vasto comercio. El triunfo está en tener donará ... Tienes un recurso: escapar con ella...

•

�Ha de aceptarlo,~no lo dudes; eres su último capricho ...
Iba á contestar Gourmont. La rusa le había
herido en 16 más recio de su orgullo.
En aquel momento sonó el timbre de la puerta.
Tuvo Sofía un presentimiento. Miró por un tragaluz del taller, que daba á la escalera.
Muy pálida, volvióse para decir:
- Es ella ... ¿me marcho? ...
Había una vehemencia frenética en la pregunta de Sofía.
Sintió Gourmont-Abel que el deslino inexorable clavaba en él sus ojos de acero.
Y aquel austero voluntario, acallando la tempestad de su corazón, con una calma donde no
faltaba heroísmo, dijo sencillamente á Sofía:
-- Recíbela tú.
Luego se internó en su cuarto.
Sofía estaba radiante. La venganza era cabal.

XVI
- ¡Oh, no; nada, nada, amiga mía! . .. Deciros
adiós ... Me marcho á Niza ... Ya sabía, ya sabía...
Debí figurármelo antes ... ¿Y os comprendéis,
verdad? ...
- Los dos amamos el arte ...
- ¡Felicidades! ... Salgo escapada ... Si algo
4!_ueréis, á Niza... ¿verdad? ...
El aplomo de la dama era perfecto.
Ya se retiraba, cuando pasando por delante

del cuadro pecaminoso, volvióse para decir á Sofía con la mayor naturalidad:
- Se lo habría comprado... Pero me gustaba
poco, la verdad ... Y luego confiesa que el procedimiento para encajármelo fué poco delicado ...
¡casi un chantage! ... ¡Oh, estos artistas, estos artistas! ... Y á propósito: León viene conmigo.
- ¿Otra novela? - insinuó Sofía.
- No llegaremos á tanto: un «viaje sentimental&gt; y nada más; abur.
Se besaron.
Madelon salió.
Sofía, un tanto conmovida, ganó el cuarto donde Gourmont se había encerrado.
- Abre - dijo.
Abrió el pintor.
- ¿Qué haces?
- Mira; nada. . . Es preciso que vivamos ordenadamente. Hay que llevar nota de los encargos... Esos editores belgas que me encargaron el
retrato de Gorki me parece que acaban de estafarnos; mira, cuenta...
- A ver, á ver. ..
Sofía se inclinó. Gourmont seguía:
- Doscientos cincuenta á comisión, con el
veinticinco por ciento de descuento, tú verás...
Contaban.
En el taller, la deliciosa mujercita de la «muestra• parecía sonreír. La envolvía, como un nimbo,
toda la poesía de una vida.
Y adentro del recuarto, monótonamente, batían los números un compás de marcha prosaica.

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Madrid, 16 Diciembre 1907

El Cuento Semanal

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ESTERIL
NOVELA POR ARTURO
Gófv\EZ- LOBO

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ILUS-

TRACIONES DE CÉSAR
ALVAREZ-DUMONT 1efli
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t&lt;eservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de José Slass y Cta., San Mateo 1, Madrid.

•

30

Cínts.

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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>El [usnto Ssmannl
RlmonoquB dB ,,El tuBnto 5Bmonol" para 1908
Estamos preparando un Número•Almanaque, que constará de 40 páginas
y que contiene, además de,t.ma novela inédita de uno de los colaboradores
de Et Cuento Semanal que más éxito han obtenido. numerosos trabajos

literarios.
La novela tendrá las rnismas dimensiones, aproximadamente, que las que
hasta ahora venimos publicando, y los demás trabajos, entre los que figuran

cuentos, artículos festivos, poesías, etc., irán firmados por Jacinto O. Picón,
Eduardo Zamacois, M. Linares Rivas, E. Marquina, Salvador Rueda, J. Pérez
Zúñiga, Luis Gabaldón, E. Carrere, M. Machado, A. Palomero, Ortiz de Pineda
y otros renombr.ados y prestigiosos escritores.
La portada, á todo color, es de Tovar, y firman las ilustraciones interio-

res (bicromías y tricromías) E. Estevan, Pedrero, Francés, Lozano, Alvarez
Dumont, Apeles Mestres, Karikato, etc.
Dada la índole delicada y difícil de la parte gráfica de dicho número extraordinario, que hará costosísimas y lentas las reimpresiones del mismo, rogamos a nuestros lectores y corresponsales, para poder graduar en lo posible la
tirada, que ya hemos comenzado, envíen cuanto antes á esta Administración
sus notas de pedido, pues no haremos de él segundas ediciones. - El precio
del Número-Almanaque, que aparecerá muy en breve, será el de 50 céntimos.

QOIERO
SER SflNTO
•

NOVELA f'OR RAFAEL SALJLLAS

11

=

(LUSTRACIONES

Consultorio Brafológico BRACHTHEH

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11

11

Respuestas

=====

lrazan, Palencia. - Sensibilidad bien equilibrada; buen
gusto artístico; carácter bastante vanidoso; mucha economía¡
espíritu fino y minucioso; aptitudes para la organización; ninguna expansión; voluntad seguida 'f sumisa; imaginación bastante viva; temperamento algo nervioso, pero bien equilibrado;
conciencia bastante escrupulosa.
Pensamientos y violetas. - Gran sensibilidad; carácter muy
abierto; voluntad tenaz; temperamento muy sensual; pocas aptitudes para los quehaceres domésticos; naturaleza dada a la
tristeza; deseo de proteger y amparar; gran generosidad; intell~
gencia clara; conciencia s:enerosa é i:idulgente. Más que nadie,
puede usted hacer la felicidad de la persona por quien llegue
á interesarse, porque tienl! usted un corazón amante y apasionado; pero es usted de las mujeres par~ quienes el amor reserva,
á la vez que grandes alegrias, muchos sufrimientos. Debe usted
combatir lo excesivo que hay en su sensibilidad, y, sobre todo,
no dejarse invadir por esa tristeza tenaz en la cual su espfritu
se complace.
La tonta. - Temperamento nervioso é inmaterial; economía
en ta generosidad; vivacidad; gran afición á discutir; voluntad
débil, pero propensa á arrebatos¡ gran amor al dinero; bastante
prudencia: esp!ritu cáustico; naturaleza excesivamente impresionable. Me permito no estar conforme con el seudónimo eiegido por usted: la persona que ha escrito la carta que usted me
envla no tiene, como usted ve por el retrato, nada de tonta.
Amapola X. - Espiritu poco cultivado; buen grado de inteligencia; temperamento muy sangulneo¡ salud bien equilibrada;
conciencia ancha; carácter nada expansivo; gran prudencia; actividad física; voluntad seguida; deseo de adquirir.
Manu -lano. - Culto del recuerdo; gran sensibilidad; generosidad bien entendida;esplritu hábil; amabilidad; salud bien equilibrada; caracter vivo é impaciente: imaginación graciosa; sinceridad y prudencia; ansia de ganar dinero; inteligencia cultivada.

Nota bene. - En el número- Almanaque de EL CUENTO SEMANAL, que se publicará el primer viernes de Enero próximo,
contestaré á la mayoria de los consultantes, alterando, como es
natural, el orden de prelación, en obsequio á las lectoras.
Otra. - Por habeilo así establecido desde el principio, me es
imposible contestar particularmente á mis consultantes. Ténganlo en cuenta los que, después de ver inserta su respuesta,
solicitan acuse recibo de su srgunda carta, y entre los que figura
la discreta dama que adopta el seudónimo de la flor de algo que
popularizó Curro Meloja.

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SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO
AGUA DE COLONIA ORlVE, DESDE 3 REALES FRASCO.
POR LITROS, HASTA 4 PESETAS CON ENVASE, PIDIÉNDOLA DESDE 4 LITROS Á SU AUTOR, BILBAO, REMITIENDO SU VALOR
==oo~cx:c===CDX"=i==&gt;

REGALO DE TAPAS
A cuantos,

durante todo el mes de Diciembre,

se suscriban por un año á EL CUENTO SEMANAL,
se les servirá gratis el juego de tapas para encuadernar en dos tomos las cincuenta y dos novelas de
que constará la colección de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las tapas.

ca.nts.

• l!I l!I

�El [uBnto SBmanal

Se publica los viernes
Oflclnás: Fuencarral 90 (
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409 1

/V\adrid

Camino adelante
Muy pronto, el día 4 de Enero, hará un año que apareció
el primer número de EL CUENTO SEMANAL,
S uestro periódico había tenido una gestación laboriosa
y activísima de más de cuatro meses.. Durante este tiempo,
cuantas opiniones se formularon acerca de nuestro proyecto
fueron pesimistas.
.
&lt;1En España se lee poco - decían-; al público, más que
una novela, Je interesa un telegrama ó la relación pintoresca
«del crimen de anoche». Por otra parte, aquí no hay cuen•
tistas•..»
Sin embar~o, como la idea era nueva y bonita, las simpati:is estaban con nosotros; todos deseaban que triuníásemos,
y la Prensa, siempre generosa, nos dispensó desde el primer
momento una protección que nunca agradeceremos bastante.
A cada momento nos preguntábamos: «¡Prevalecerá nuestro empeño?» Era esa inquietud, mezcla de alegría y de angustia, que únicamente co1\ocen los que de una vez y á una
sola carta arriesgaron todo su amor propio.
Y llegó el 4 de Enero. Fué un día espléndido, uno de esos
días rientes y azules de invierno, en que la gente siente necesidad de salir á la calle para caminar despacio y bañarse en
sol. El sol, nuestro aliado en aquella jornada memorable, aceleró nuestro triunfo: los vendedores trabajaron con ahinco;
el título de ¡EL CUENTO SE~IANAL! ... , repetido por centenares de gargantas, formaba un gran grito, ,qne parecía tremolar
sobre fas calles como una bandera; los tr:mseuntes, serenos
y contentos en la placidez tibia de la mañana, compraban el
periódico nuevo; que nada afüa tanto la curiosidad ó prurito
de saber qué pasa fuer2. de nosotros, como el «sentimos bien».
Como en Madrid, nuestra revista triunfó eu toda España;
aquella semana las cartas de íelicitación llovieron sobre nues•
tra mesa de trabajo. La campaña, por tanto, comenzaba bajo
augurios risueños; el camino mostrábase e,q,edito; á nuestros
anhelos ambiciosos, la Fortuna había respondido largamente.
Comprendemos, no obstante, que aun no hemos logrado,
ni con mucho, Jo que en la relatividad de todo lo humano
puede llamarse «defuútivo». La batalla primera está ganada;
el terrible reducto que la indiíerencia del público opone sistemáticamente á «lo que nace», quedó vencido. Pero dema·
siado sabemos que más diíícil que «llegar» es «conservar»
las posiciones merecidas, pues el esfuerzo personal se debi' lita y la opinión voltaria suele aburrirse hoy de lo que ayer
fué para ella motivo de curiosidad y regocijo. Por consiguiente, son numerosos y de grave cuantía los obstáculos que aun
esperan.
1 nosHasta
ahora nuestra labor ha sido de exploración 6 tan·
teo, y sin miedo á las «firmas nuevas» y á los nombres mal
conocidos ó un poco olvidados, fuimos aceptando cuantos
'trabajos nuestro criterio, demasiado indulgente quizás, estimó
publicables. Queríamos ofrecer á la mentalidad española un
-cauce libre, desenfadado, donde cupiesen las galla1das rebeldías del arte; queríamos que, bajo la protección de los «maes- .
tros», de los «consagrados», la juventud inédita, que nada
puede hacer por si misma, tuviese una buena tribuna, una
tribuna respetable, adonde asomarse. Si alguna vez nos equivoé.1.mos, sírvanos de disculpa aquel honrado propósito que
nos obligaba á ser benévolos.
·
•
Pero ya creemos conocer las tendencias del púhlico, ya
sabemos qué autores pr~fiere y, por tanto, desde aquí en adelante nuestto trabajo será cfé ··«selección y mejoramiento»,
tanto en lo .que atañe á la parte literaria como en lo concerniente á la parte decorativa, pues tenemos puesto todo nuestro empeño.en que, el tiempo andando, EL CUB:&lt;iTO SE)IANAL
neirie á ser ·\a revista literaria más culta y más genuinamente
art1stica de luantas se publican en España.
Con este objeto, á partir del próximo Enero empezaremos
árepetir dos ó más veces, aquellas firmas que mayor' éxito
-Obtuvieron en el transcurso del año que ahora concluye, y
con, ellas alternarán los autores premiados e!' nuestro Con-

AÑO 1 - 27 Diciembre 1907

N.º 52

Precios de suscdpción:
/Y\adrid y provincias: Trimestre :3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año ti.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.

Número suelto:

30

CéntiffiOS

curso y varias personalidades ilustres cuyos nombres están
en la memoria de todos y que todavía no han colaborado
aquí Así, poco á poco, iremos venciendo esa difícil cuesta
arriba que todas las empresas humanas - y como humanas
incompletas - necesitan recorrer antes de llegar á la períección anhelada. Tal s son nuestros propósitos.
Ahora bien: ¿Venceremos? ¡Seremos vencidos? 1Consesuiremos que entre nosotros prevalezca la nouvtlk, esa lindísuna
fonna literaria de la que son maestros los autores franceses
y que tan á mara\-illa responde al frívolo y sobresaltado vhir
de la sociedad contemporánea? El porvenir resolverá.
Entre tanto, seguros de prestar con nuestro esfuerzo un
alto servicio á la mentalidad nacional, continuamos nuestra
obra, que es obra &lt;le Belleza; y allá vamos todos, el público
y nosotros, camino adelante. ..

RAFAEL SALILLAS

La Dirección

=·o•~oc===o0&lt;co,c:,===-x::100&lt;====000,===-,ac:===&gt;

i

Libros y Revistas

I

A flor de piel. - Novela por Antonio de Hoyos y Vinent. - Imprenta de Idamor Moreno. Madrid.
La musa de Hoyos y Vinent es retozona, picaresca, amablemente. amoral, como la de Willy. Es un «refinado» que
describe la vida tolerante de los salones aristocráticos sin
acritud, echando sobre todas las fragilidades de sus personajes uná gran sonrisa de il'dulgencia evangélica. Y al vencedor 11¡tractivo de este criterio hay que añadir la tersura del
estilo1 pintoresco y íácil.
La Lectura. - Esta importante revista publica en su número de Diciembre notables artículos de Emilia Pardo Bazán,
Maragall, Urruti y Posada; un trabajo de A. Buylla, relativo
á «Caestio)'les íundamentales de Economía política»; un estudio acerca de «El Greco», por Rafael Domenech, y otros
originales de Bemaldo cte Quirós, Angel Guerra, M. Tenreiro! etc.
J'.rimicfas. - Poesías por Agustin Ginés. - Imprenta de
J. Gárrido Marín. Linares.

Consultorio Grafológico Gtacbtner

=

RESPUESTAS

=

r Antonio Castro. -Gran sensibilidad é intuición; buen grado
de inteligencia; combatividad por el dinero; temperamento inmaterial y absolutamente desprovisto de energía; amor al confort
y muy pocas ~anas de trabajar; satisfacción de su personaliJad;
bondad y dulzura.
C. Rhodes. - Inteligencia viva y cultivada; actividad hsica
casi febril; esplritu fino; naturaleza muy nerviosa é irritable; voluntad dominadora con accesos de arrebatos; carácter entusiasta
y algo exagerado; gran generosidad; naturakza poco ó nada ex•
pansiva y muy rencorosa; lógica extraordina:ia; temperamento
nervioso sanguineo.
Con - esa. - imagin:ición graciosa; gran gusto artistico; temperamento sensual; naturaleza dada á los celos; habi 1Jad manual; mucha amabilidad; voluntad viva; actividad bien reglada;
ninguna expansión.
Impertinente de P P y W. - Imaginación mu¡ v,va; amabi•
lídad; conocimientos variados; carácter muy rencorosn; sensibilidad apasionada; temperamento nervioso; voluntad muy débil;
generosidad prudente; conciencia ancha; poca expansión y sólo
con los extraños; algo de orgullo y de vanidad.

QUIERO SER SANTO
I
cúso,11m_. .. ¡No! No es acusación, porque no
es delito.
.
Me confieso... ¡Tampoco! N o es confesión, porque no es pecado.
Es. . . ¡no lo sé calificar!. .. Soy muy poco conocedor, muy poco psicólogo.
. Me pasa. . . ¡Eso es!. . . ¡Lo he dicho muy
bien! . .. Me pasa que en ocasiones cambio mi manera de ser, la sustituyo por otra y no soy el que
era; soy lo que me influye.
¿~~ un defecto de constitución mental? ¿Es una
deb~hdad neurasténica 6 histérica? ¿Es, por el contrano, _una desapoderada fuerza de asimilación?
Gmándome de lo poco que sé en cosas de la
mente, he de decir que me clasifico entre los visuales, entre aquellos cuyas representaciones di~anan preferentemente de las sensaciones recibidas por los ojos. Si veo repetidamente una cosa
a_l cerrar los ojos se me reproduce y en much~
tiempo no la puedo desechar. He visto huertos de
n:i-~anjos, y, al acostarme y cerrar los ojos, en vig1ha, _seg~ía viendo naranjos y naranjos en una
~uces1ón sm fin. He visto revistas militares, y, de
igual_ modo_, no me dejaba conciliar el sueño aquel!~ cinta cmematográfica que se desenvolvía en
m1 cabeza.
Ha y influencias de la misma índole que me

A

preocupan más hondamente. Al leer escritos con
ortografia deplorable ya no puedo escribir desenvuelta~ente en algunas horas, porque inevitab!emente mcurro en los mismos defectos. También me resulta peligroso, muy peligroso, observar con aten_ción á una persona, porque no tardo
en reprodu~1r de algún modo, como lo deben hacer los cómicos, el rasgo singular que la distingue
Y alguna vez me ha ocurrido parecerme que es~
persona estaba en mí.
. Quien l? sepa podrá decir si, en determinadas
c1rcunstanc1~s, estas son condiciones apropiadas
par_a producir estados de alucinación ó de obsesión.
¡yo n_o lo sél En mi sinceridad y en mi ignorancia, digo lo que siento.
Y de este modo justifico lo que voy á contar
un caso que, aunque no merezca llamarse sorpren~
dente, e_s la demostración palmaria de mi cualidad ó m1 defecto.

II
J:?urante muchos años de mi trajín profesional,
he visto C?n monotonía renovada á diario una de
las más miserables situaciones de la vida.
Me refiero á la vida penal, en cárceles y presi-

�ll

dios, en calabozos y cuadras, en patios y talleres.
Ya no sabré decir la primera impresión que me
produjo, pero seguramente fué muy grande, porque siempre he sentido con viveza. De muy joven, estudiando segunda enseñanza, vi ejecutar á
un reo y lo vi luego desprenderlo del garrote, colocarlo en el ataúd y llevárselo en procesión funeraria la Sangre de Cristo. Parecía no estar ni
poco ni mucho impresionado y que la curiosidad
únicamente me movía. Entonces no podía saber
lo que antes he manifestado, que soy un visual y
que tos que devoramos impresiones con los ojos
nos preparamos auroras y crepúsculos, y también
relampaguean tes tormentas. Así estalló mi primera tempestad en las primeras y apenas condensadas sombras del incipiente sueño. Desperté dando
un grito de horror. ¡El patíbulo, el verdugo, el
reo, la amenazadora mueca del estrangulado 1•••
Durante varios días padecí la alucinación y me
tuvieron que velar el sueño. Así me aparté para
siempre del patíbulo.
Si con las escenas presidiales no me ocurrió lo
propio - no lo recuerdo - es seguro que sólo
conocí de referencia, que no es lo mismo para el
efecto de impresión, las más horribles, las análogas, las sucedáneas de aquella escena capital. Por
otra parte, en cierto período de la vida ya tenemos el sentir apicarado y no creemos. Conforme
avanzamos en edad se nos va enfriando el egoísmo y nos acuden las ideas y conceptos desdeñosos. - «Déjalo y que lo ahorquen.• - «¡Que se
pudra!• - «No le hagas caso, es un maulón.•
1Cuántas veces he consentido hablar de esta manera, quedándome sin saber qué hacer ni qué decir! Y me ha ocurrido en esta incertidumbre que,
sin duda, relampagueó en mi pensamiento alguna
fulguración retardada de aquellas angustias juveniles, y me pareció ver en los desdeñosos y en
los desdeñados una mueca particular, como si
cada uno de ellos tuviese agarrocada una parte
muy sensible de la vida.
Y no era alucinación el presumirlo. Todo tiene
su eco~ lo tiene la alegría; lo tiene el dolor; lo tiene la locura; lo tiene la indiferencia; lo tiene el
menosprecio desdeñoso. El eco del tirano es el
servilismo, porque considerándose aquél mu y
grande, los demás se achican, se achican y se anulan. La pequeñez y la bajeza depende de contragolpes del magnate.
No lo digo para rebajar, para igualar, para alterar las cosas y que las altas torres d~sciendan á
adoquinar el suelo. No soy utopista. Lo grande
será grande, aunque con las grandezas por comparación no rija el precepto. ¡El que empequeñece para sobresalir es el mezquino! Y toda mezquindad es un mal trato, mándelo quien lo mande, dígalo quien lo diga, códigos, ordenanzas, reglamentos, leyes ...
Yo lo he comprobado en mi trajín profesional
y en una de las más miserables situaciones de la
vida. Vi el rebajamiento en acción. Los hundidos,
los maltrechos, los estigmatizados, desdeñados,
mancillados y apostrofados, no se erguían, no se
levantaban. Connaturalizados con el envilecimiento, hablaban convencidos de su mezquindad. e Somos muy malos, muy miserables, muy ruines.•
¡Se habían hundido en la desconceptuación reinante!

III
No se dirá que acudo á nada alambicado y culto al exponer tales ideas. Son ideas corrientes,
muy corrientes. Circulan en todos los cerebros y
no hay ánimo donde no palpiten y de donde no
fluyan con vengadores ímpetus. La condenación no
ha tenido otra palabra que esa. Es la voz general,
la voz de todos, la voz del pueblo, y nunca más
propiamente se la puede llamar vox Dei. El ángel
caído fué precipitado con sólo esta sentencia:
¡Que se hunda!
Tampoco nos debe sorprender que lo humano
se ampar~ en lo divino. Una fuerza de proyección
más poderosa que la del arco que despide la voladera flecha, nos identifica con la superioridac\, y
aunque alguien vitupere el pensamiento, me atreveré á decir que ciertos orígenes divinos son suplantadores y viciosos. Luzbel se ha remontado
muchas veces envuelto en la pomposidad humana.
Siempre que el hombre se ha creído un Jehová,
llevaba el diablo dentro, el diablo de la magnificación, del envanecimiento y la soberbia nutrida de
privilegiados é intolerantes egoísmos, que han tratado á lo opuesto á su manera de ser, á lo que la
contradecía de algún modo, con el mismo dictado
omnipotente que hace de la representación de los
antros de la tierra una víscera devondora que ha
de abrirse cuando la sentencia colérica pronuncie
el lacónico y decisivo:
¡Que se hunda!
Y no son las grandes potestades las únicamente capacitadas para decretar el rebajamiento, la
anulación y el exterminio. En cada naturaleza
alienta lo absoluto. Cada hombre se ha considerado rey, ¡nada menos que de la Creación! Elyo instala su trono en la más insignificante anatomía. En
el niño, en esa poquedad de hombre, se manifiesta antes que otra cosa el endiosamiento personal;
y en el hombre, que suele no ser más que un niño
grande, se exageran esas avasalladoras, crueles y
exterminadoras niñerías. Los niños, esos supuestos ángeles, son los más eficaces creadores y mantenedores del infierno. Cuando caen por precipitación ó por torpeza, no se saben culpar á sí mismos, culpan al suelo y patalean irasciblemente para
castigarlo. ¡También los hombres han desencadenado su ira ciega sobre los hombres que eran su
sostén!
Yo no sé si esto, que por tan particularizado en
todo y tan extendido á todo parece una cosa natural, es trasunto de la propia manera de ser de
la Naturaleza, que parece que en interminable sucesión se devora á sí misma y resurge de sí misma, mereciendo unas veces que se la llame próvida y otras que se la inculpe de implacable. Yo no
sé si en nosotros mismos se desenvuelve en sucesión una especie de trasunto estacional y si nuestras voliciones, juntamente con los sentimientos y
juicios, tienen, conforme á cada variedad é influjo, hálitos de primavera, destPmplanzas de invierno, bocanadas de estío ó indecisiones otoñales.
Evidentemente en nosotros, en cada uno de nosotros y en la asociación orgánica de todos, hay
algo de esa transitoria avalancha de exterminio,
siendo, tal vez, nuestras pasiones y nuestras frialdades equivalentes á los sacudimientos atmosféricos y á las convulsiones de la tierra. El simbolo

no es nada artificial. El símbolo es la analogía de
las cosas. IIay símbolos de exterminio, como hay
símbolos de sujeción, como también hay símbolos
de vida y libertad. ?lfezquina interpretación la de
considerar al hombre aislado atribuyéndole que lo
que manifiesta en su manera de ser es cosa suya.
Cada acción es una resultante de fuerzas conocigas é ignoradas. El hombre es un exteriorizador
tendencioso de las fuerzas de la naturaleza. Ha
exteriorizado en tendencias, creaciones y maneras

suyas el extermm10 natural. Además~ lo ha simbolizado en diferentes personalizaciones, incluso
las religiosas. El ángel exterminador no es un ángel ni luminoso ni florido, y parece que está formado de bocanadas de fuego y de témpanos de
hielo. De lo mismo parece formada la Edad Media. llay estaciones y hay épocas en que vivimos
bajo la mortal impresión del hundimiento, pero se
intercalan -épocas y estaciones en que surge el florecimiento de la vida natural, surge también la lo-

'

�para que no quedase ni una partícula tan sólu del
zanía del espíritu y también el sentimiento se eninflujo.
grandece. Lo más hermoso en toda la sucesión pernicinso
~le tranquiliza la serenidad de mi propio penhistórica, es el surgir de los hundidos, porque en samiento, que ve las cosas sin cristales de color.
todos esos momentos á la obra primitiva y predo- Me parece que mi humor cristalino no está empaminante ele la condenación, la sustituye la de sal- pado - según la suposición de Huarte - ni con
\·ación.
una gota de sangre, ó de cólera, ó de flema, ó de
En esa obra estamos. Es un programa de re- melancolía. Lo conceptúo limpio, con limpieza increneración natural en lo social. La Higiene es una di,;pensable para la experimentación de ver las
~ah-adora con la perenne expresión de la alegría cosas claras. En cambio, esa impregnación puede
del vivir. Salva de las decadencias de la enferme- ser el yicio colectivo de una mirada colectiva, indad; salva, por lo mismo, de los hundimientos de fluyente en la tonalidad de los juicios, en las dela muerte. La 1Iedicina es una sal\'adora, y de eny los procedimientos.
fermos reputados incurables. Se ha identificado cisiones
Y siguiendo al poeta que atribuyó el ser de las
con la Xaturaleza, haciendo del sol una medicina: cosas al color del cristal con que se miran, yu ¡mela helioterapia. Se ha identificado con las purezas do atreverme á exponer una rectificación á las miatmosféricas, elernndo á los hundidos en la tuber- radas sombrías, quitando los alterantes de la luz.
culosis á las restauradoras alturas del San.1torio. Yo puedo ver con buenos ojos lo mismo que se ve
La Economía política es una salvadora: lucha por con malos ojos. No podré decir rotundamente que
aminorar la miseria. La Pedagogía es una salvado- los malos son buenos, pero sí que los malos no son
ra y se esfuerza en hacernos á todos de la misma tan malos como los califican y los hacen, porque
fortaleza corporal, mental y moral. El nue\·o De- el calificativo es como la factura de la condición.
recho penal es un salvador de los hundidos en los Podré decir también que la maldad perpetua, la
infiernos del delito y de la pena fraguados por el de que el malo es siempre malo en aquel mismo
antiguo Derecho penal. E' antiguo Derecho con- género de maldad en que incurrió una vez, es el
denaba y condi&gt;na é imponía procedimientos con- vicio colectivo de una mirada colecth·a que por
denatorios en señalados lugares de aflicción. El influjo de una larga tradición mira de ese modo.
moderno Derf'cho reconoce lo que sintéticamente Y podré añadir que esa impresión constante de
e~puso doña Concepción .\renal al decir que el maldad es la perpetuadora de los males, es la que
vieio es debilidad y la fortaleza ·virtud. Los con- impone el estigma de la condición, la que cierra
denados no son más que débiles necesitados de los caminos de retorno, la que franquea las sendas
tú~la. La tutela es siempre una sostenedora del tortuosas, la que asocia á los viles después de hacaído con aspiraciones á ser elevadora.
cerlos convencer de su vileza y la que mantiene
. EYidentemente, en la humanidad hay algo ele- el infierno de la vida, llenando los abismos de la
vador, algo que se eleva, algo que no puede elede condenados.
varse y algo que se hunde. De igual modo en las condenación
Yo puedo pensar que el hombre no viYe de sí
tradiciones sociales hay maneras que, lejos de co- mismo, que no se sostiene á sí mismo, que lo sosrresponder á ese algo elevador, que ha de ser lo tienen sus modos de vivir. Lo que lo alimenta es
más expresivamente humano, tienden á hundir lo su sustento, y no se alimenta únicamente de proque no puede elevarse y á sepultar lo que se ductos naturales por la boca y por las narices; se
ha hundido.
alimenta también de productos sociales, de esenEsa tradición hay que anularla. Es preciso ele- cias espirituales y morales, por los sentidos y por
var. ¡Ese es el único programa de los fuertes para las potencias asimiladoras y transformadoras del
compensar con sus energías á los débiles!
cerebro. Hablando de la alimentación fisiológica,
solemos decir que una persona está bien tratada ó
mal tratada, y atribuímos á ese tratamiento los
resultantes del estado personal. Al tratamiento
fisiológico atribuimos consecuentemente los buenos estados y l0s malos estados, la rouustez ) la
fuerza, la debilidad y la atonía, el vigor de la sanY he aquí una manera de \'er las cosas que gre con la lozania del aspecto, y la pobreza de la
pudo serme adversa. Yo estoy en entredicho y se sangre con los apagamientos de color. Le atribuime acusa y se me atribuyen muchos males, suble- mos, en la evidente concordancia de las cosas, la
vaciones, motines, crímenes y muertes. Yo soy un alegria del vivir y la tristeza del morir, porque la
malvado, un malvado como jamás se ha conocido. tristeza es el camino de la muerte. Y le atribuimos
Para calificar la maldad que me atribuyen, no hay hasta la lucidez de las ideas. ~[etafisico estás.•
que acudir al Código. Eso es poco, muy poco. En
que no como.•
el Código penal hay catálogos de delitos, pero no •EsYo
puedo pensar, sin divorciarme en lo más
fuente de delitos. La fuente del mal es lo peor de mínimo de ese común sentir, recogiendo el pensatodo, y en ese origen se halla mi sentencia, por- miento común á sabios y á ignorantes, que si el
que las sublevaciones, motines, crímenes y muer- mal trato origina malas consecuencias, la transfortes son, seguramente, consecuencia de mi bon- mación se puede operar con el buen trato, camdad de corazón.•
biando así el aspecto de las cosas sólo con variaJ
De seguro que, si mi ánimo fuese timorato, de influjo. Y pensando así rectifico, aunque yo no
me sobrecogería, porque no solamente no quiero lo quiera y aunque no lo quieran los que ven con
hacer el mal, un mal determinado, uno solo, sino lentes ahumados, la opinión generalizada é incon •
'lue no quiero ser espíritu del mal. ¡Ni pensarlo secuente con otras maneras de ver que parecen
siquiera! Con conciencia de que mi bondad de co- limpias, de que los hombres permanecen constanrazón era fuente de males, me ahogaría yo mismo

temente en la manera de ser que se les atribu- hombre, será l:3- colectividad. Hay hombres que
ye, en la constancia de su personalidad y su ca- con la sola privanza del poder que ejercen, son
más 9ue hombres, porque de ellos emana algo que
rácter.
No, no es así; no puede ser así. La vida es un trasc1en?e y cr~an en el ambiente en que viven
equilibrio inestable, con tránsitos de inestabilidad un medio particular que afecta más ó menos inpara reponerse, y por eso ni la alegría, ni la tris- tensamente á la colectividad regida. Si el hombre
teza, ni la actividad, ni el reposo son cosas per- es i:noral, la m?rali?ad _trascenderá á todas partes
";lanent~s; pasan, y se recobran; vuelven, y se di- y eJercerá su mfluJO. S1 el hombre es inmoral el
sipan. En un dla, en una hora, en un minuto se va- vicio penetrará en todas las junturas del áni~o.
ría de aspe~to. Y _no se varía porque sí, porque el Este poder de emanación de un hombre influyenhombre quiera, smo porque las relaciones de la te en los demás hombres, transforma el aspecto de
vida y los estados de la vida nos hacen variar. La las colectividades. Ya lo dijo el comandante Cavida se nos aparece como un juego de reconstitu- nalejas, qu" fué un experimentador en largos años
yentes y alterantes. Nos acostamos siendo unos: de gobierno de las colectividades penales: «Todos
todos nos acostamos un poco neurastenizados. Nos los actos del jefe superior han de contribuir á aulevantamos _s_iendo otros: el sueño, como repara- mentar su fuerza moral en el concepto y ánimo
dor, es equihbrador. Podemos decir si nos acos- del penado, para que sólo su nombre sea suficientamos_ tristes, m~ñan:3- estaré alegre'. y podemos te en todas las cosas y en todas partes.• Un homexperimentar la mqmetud en nuestros estados dP. bre, un hombre solo, armoniza y desarmoniza, restaura ó debilita, eleva ó deprime, purifica ó coalegría, de que nos amague la tristeza.
. Ahora_ bien; yo, en mi juicio, con mi informa- rrompe. Un hombre, un hombre solo, hace yariar
ción y m1 experiencia en el proceso de mi vida el aspecto de una colectividad entera. La colectiinvestigadora y estudiosa, fallo contra las califica vidad no es como aparece calificada, porque á todones permanentes, porque no hay estados per- das las califican con el estigma de la condenación;
manentes, y fallo de igual modo contra las atribu- es decir, las califican de igual modo. La colectiviciones indi,iduales, porque el hombre no es indi- dad es según el influjo personal á que se la so\'idu~lmente en su grandeza lo que se supone que mete.
¿Qué importa que en la mayoría de los lugares
es, ni tampoco en su mezquindad sobre todo la
mayoría de los hombres, el montón humano en de condenación predomine el aspecto de las cosas
donde la individualidad aparece menos diferen~ia- mancilladas y vejadas? ¿Es, acaso, demostrativa
da. Y fallo así, ~o en lo fisiológico ni en lo psíqui- esa manera de ser tan uniforme? No, porque ha\
co solamente, smo en lo moral y en lo jurídico. :No demo~traciones en contrario. ¿Que son pocas?
es verdad que un hombre bueno sea siempre, y en Ta~b1én son _µocos, también constituyen una mitodo_momento, ~ueno. La religión así lo dice: «El nona excepcional los hombres que tienen en sí
más JUSto peca siete veces al día.• Xo es verdad fortaleza de espíritu con energía transformadora de
tamp~co que un hombre malo sea siempre, y en los rebajamientos y aflicciones. Esos pocos homtodo mstante, malo. ¿Por qué no admitir que el bres se singularizan por transformar en un solo
más ~iecador, el que peca á todas horas, tenga sie- concepto todo el yejatorio aparato de la rigidez.
te mmutos de bondad? El todo bueno y el todo En una sola frase se define su personalidad y su
m~lo es una cosa inadmisible, por~ue el tejido y obra:
- La penitenciaría sólo recibe al hombre· el
el Juego de la vida es una mixtión de las dos com'
binaciones é influencias, y en unos, los menos pe- delito se queda á la puerta.
Así habló Montesinos.
cadores, los contactos del mal se reducen á la más
- Estos hombres son hombres, y los trataré
~ínima ~xpres!ón, y _en los otros, en los relapsos,
a la i:náx1ma. Y ?tra idea: esos contactos que de- como tales.
Así habló Machonochic.
termman las acciones malas, así romo las buenas,
- Acépteme por consejero y por guía, y mi
no se establecen en virtud de una sola causa, no
se deben á la determinante individual al movi- afecto no le faltará jamás.
Así le hablaba Obermeyer á cada uno de los
~iento del á~imo pecador, porque lo externo, que
tiene su acción penetradora en nuestro interior que ingresaban.
:Montesinos suprimió en su establecimiento la
fisico y en nuestras profundidades anímicas actúa
estableciendo las buenas y las malas union~ pro- g_uardia militar, el aparato extremoso de las segud~~tora~ de las tendencias, y en tal caso una in- ndades materiales, y dispuso de sus penados ind1v1duahdad, sea como fuere, se modifica en bien cluso para defender el establecimiento de los asaló en_mal, según el mal influjo ó el buen influjo que tantes políticos. Hizo más: anuló la reincidencia.
. ~achonochic cambió el horrible aspecto de las
consigue penetrarla, modificando las disposiciones
pns1ones de la isla de Norfolk, y enseñó las made su propia contextura.
Hablemos concluyentemente. Los hombres no neras de dignificar al hombre y de levantar al
son calificadamente buenos ni calificadamente ma- caldo.
Obermeyer cambió también el aspecto de las
los. Los calificados de este último modo y condenados como tales, pueden seguir siendo malos y c?sas. «Los más malos participan de esta influenaun acrecentar su maldad, ó pueden manifestarse c_m, )'. entre los mejores, entre aquellos que el caucoi:no bue~os y llegar en definitiva á serlo, según tiverio más prolongado ha imbuido elementos reparadores, el éxito del tratamiento á que se los
la 10fluenc1a que los rija.
Hay muchos lugares de condenación donde som~te está comprobado por una serenidad de exvan los sentenciados á penas, regidos por hombres presión y una dulzura de fisonomía que no deja
en cuyas manos la ley y la tolerancia colocan un lugar á duda alguna.•
¡Pero la excepción es la excepción! La regla e.s
l'.Oder personal de los más absolutos. Según sea el
t

�la del hombre entallado en los conceptos restringidos en la rigurosa rigidez. Han de ser las cosas
corno fueron y no pueden ser de otro modo. Han
de ser las cosas corno las practicamos y no pueden ser de otra manera, porque nosotros somos
así y las cosas no pueden ser diferentes de nos?tros mismos. Todo nos apoya en este régimen de
igualdad de procederes. A nosotros no~ ha igualado un igualador común que tiene más fuerza que
las cosas singularizadas, y por eso prevalece y lo
demás se extingue. Ilay que ser como nosotros somos ó dejar de ser. No podemos consentir que se
descomponga el cuadro, y se descompondría si
cundiera el mal ejemplo. Donde rige el mal por
mal y rige por dictado de jurisconsultos clásicos;
donde rige la aflicción por aflicción y rige por precepto de la ley, la bondad es malvada, la bondad
es delincuente, la bondad es una acción contraria
á lo que la ley dispone.
Tú eres un malvado. Tú eres causante, con tu
mal ejemplo bondadoso, de la propagación del
mal. Has causado ya muchos males: sublevaciones,
motines, crímenes y muertes, propagados á distancia á toda la Península y más allá.
El delito está descubierto, la sentencia dictada; falta la ejecución.

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V

Al leer el escrito en que se me decían tales cosas, aunque con otras frases, que tien&lt;&gt;n la misma
fuerza acusatoria con que las interpreto, se desdoblaron todas las impresiones de la vida penal que
en mis recuerdos tenía acumuladas, y vi, efectivamente, el tradicional fundamento de mis acusadores implacables.
Vi el hierro de la ley en la propia ley, y vi los
hierros de la pena sujetando á los rebeldes. El
hierro tenía toda la razón legal y toda la fuerza
de la realidad y la costumbre. El hombre de hierro sólo cree en el hierro: hierro en las puertas,
en las rejas y en las carnes.
¡También hierro en el alma!
La realidad era verdaderamente abrumadora. La realidad se imponía. Era más
fuerte que la revolución de
las ideas. Las ideas habían dejado un rótulo y nada más:
«Odia el delito y compadece
al delincuente. » La realidad
lo había titulado de otro modo: La casa negra llamaban en
Cartagena á su presidio. Allí
desembarcó el galeote, y desembarcó con sus hierros y cordeles, libre tan sólo de las cormas, vestido de rojo, con capote, chaqueta, gorro y pantalón.
También desembarcó el
cómitre, y no se dejó olvidado
su rebenque, ya innecesario
para la maniobra forzada, pero
no para el castigo, pues en alguna ocasión se disponía que,

, sin ninguna intermisión ni demora, se conducirá
al criminal al cañón de corrección y se le darán
doscientos azotes sin perjuicio de la causa, y sin
más preparativo que el de formar prontamente la
tropa necesaria, y la asistencia de un capellán
por si quisiera confesarse, para caso de que expire.»
La dureza. del hierro, el eslabonamiento de
los hierros y la tradición férrea, que imponía que
unos estuviesen amarrados con cadena, apareados; otros, en ramal; otros, con grillete grueso, y
otros, con grillete delgado, transcendió á los Códigos y eslabonó la pena, y la
denominó como pena de cadena perpetua ó temporal. ¡El
hierro, el hierro siempre! En
el garrote, el hierro de la argolla; en la prisión, los grillos,
denominados por Quevedo
«ruiseñores del diablo•; en el
calabozo, la cadena fija á la
pared, para amarrar en blanca; en los almacenes, el depósito de férreos artefactos, tan
antiguos como la Edad Media y tan usuales como entonces; en la herrería, la pequeña maza, el pequeño bloque y
el pequeño cortafrío para remachar ó cortar 'la chaveta, y
en los procedimientos, las decisiones duras, enrojecidas y
forjadas á martillo sobre el
yunque, echando chispas.
Sin duda estas consideraciones hicieron desenvolver
en mi cerebro todo lo archi-

vado de la historia penal, y como si se personali- papel, pero no cambian las naturalezas en su arzase en un estado de obsesión histórica vi surgir, mazón de carne y hueso. Yo vivo en las entrañas,
flamante, de las hondonadas de los sótanos, yapa- y de las entrañas resurjo tal como fuí siempre. Me
recérseme, un sér extrañamente vestido, de fiso- miran mal los galeotes, sin atreverse á mirarme,
nomía dura, fulgurantes ojos, tez morena, cabello y poniéndose su máscara de disimulo para aplacar
barba negros, actitud desafiadora, formas hercú- mi máscara ceñuda; pero me miran bien los capileas y apostura de carretero al fustigar la reata tanes de las galeras de la vida, porque yo las
muevo, porque yo represento siempre el movipara avivar el viaje.
- «¡Yo soy el cómitre! - me dijo arrogante- miento: soy el rigor y soy la utilidad. ¡Dos cosas
mente-. Yo soy el cómitre calabrés, fustigador eternas! Las dos columnas de la dominación. No
de espaldas españolas. Yo forcé la maniobra, per- hay nada más allá. Te lo dice este Hércules y sus
siguiendo al enemigo ó huyendo de él. De las des- hazañas. Te lo dice el cómitre, que es más que el
héroe que muordenadas fuerrió y que pasó
zas del delito
á la historia.•
hice motores
La visión se
útiles y consuhabía insinuado
mi las sangres y
y transformado
las vidas para
de manera que,
generar el moen vez de disivimiento. Antes
parse, me paque apareciese
recía diluída en
la hulla negra y
la trama de mi
que se utilizase
propio pensala hulla blanca
miento, haciénen máquinas
do rn e consideobedientes é inrar la coincidensensibles, e m cia de los alarpleé la hulla rodes fantásticos
ja. Lo que arrocon las realidajábais antes al
des vistas y senverdugo, lo sutidas. No hacía
jeté al banco, lo
mucho que, visiacomodé al retando un cierto
mo y lo consumí
establecimiento
como se consupenal, oíamos
me el carbón en
desde la entrael hogar para
da, y al través
que d agua se
de un muro, un
evapore y emrechinar y golpuje al émbolo
pear de las cacon su fuerza
denas de los enexpansiva. Sin
mí, las cinco escuadras de galeras españolas hu- cadenados y, recordándolo, me parece que, en su
bieran estado flotantes en el puerto como boyas. actual transformación, algún aparecido pudo deY, en pago á tal servicio, cuando la galera fué de- cirme, como la aparición histórica: «¡Yo soy el cóclarada inútil, se me dejó en la orilla, licenciado, mitre!&gt;
Entramos, y al frente de la comitiva vi un homdesocupado, despalmado. Y, entonces, riéndome
de la desconsideración y acariciando la venganza, bre, trajeado con distintivos oficiales, que llevaba
por vengarme me embarqué de nuevo en otras ga- levantado el brazo derecho, y de la muñeca, penleras, surcando otros mares de la vida, de la vida diente y e? exhibición, un rebenque, un vergajo,
como se dice ahora. ¡Era el símbolo del cómitre,
penal.
»¡Yo soy el cómitre! La ley no me abandona, que le hablaba á la multitud de esa manera!
Entonces recordé otra huella del aparecido,
me revive. Mi rebenque domina, Mi forzado, con
sus trabajos duros y penosos, allí está. Si desfa- inscrita en las sucias paredes de un calabozo obsllece, le mosqueo las espaldas; si se irrita, lo apla- curo:
«Aquí estuvo el celador,
co sacudiendo; si protesta, lo arrizo para azotarlo
¡lo recuerdo con horror!,
en forma, y si aun tiene humos, arrecio en peor
cejijunto, atrabiliario,
parte, y repito lo que le oí á un capitán que tuve:
con facha de curtidor
de pieles de presidiario.»
«Mal conoce vuestra merced á estos ladrones, que
son como raposas: hácense mortecinos y, en quitándolos de aquí, corren como unos potros, y otros,
por un real se dejarían quitar el pellejo.•
VI
•¡Yo soy el cómitre, el eterno cómitre! ¡Mírame en otro traje, en otros tiempos, saltando las
Era entrada la noche, y salí de la prisión. El
revoluciones, prevaleciendo sobre las filosofías!
Ríome 1e apóstoles, renovadores y teorizantes. Hijo empleado de cancela me dió la noticia de que acade la fuerza y el rigor, mis renovados padres me baban de llegar nuevos ingresos.
Me lo dijo empleando una locución jerga!:
sostienen. Cambian las ideas en sus soportes de

�- La Guardia civil acaba de traer ocho cadenas.
Es la jerga muy expresiva, muy representativa,_ muy denunciadora. No lo han presumido los
jurisconsultos, y por eso no ven cómo se traduce
la esencia de las leyes. «Ocho cadenas• son ocho
rematados, provinientes de los presidios de Africa donde se cumplen las penas de cadena perpetu~ ó temporal. De este modo, en la jerga penitenciaria se representa la justicia al peso, y un recluso de una condena breve está poco cargado, y
otro de cadena ó reclusión, está muy cargado.
Salvé la cancela, crucé el claustro, penetré en
la oficina de filiaciones y· vi que, tras la reja, la
Guardia civil hacía entrega de los conducidos, retirándose después de formalizarla.
Me acerqué y me asomé. Los recién ingresados no me miraban. Retratábase en ellos una doble y ceñuda indiferencia: la de la fatiga y la de la
condición. Venían de un viaje largo, muy largo, del
otro lado del Estrecho, y sobre esto, desde la lejana estación á pie con el petate al hombro.
Muchas veces acostumbro á proceder como lo
hacen los experimentadores. No es cosa nueva.
En la vida, aunque lo hagamos sin saberlo, no seguimos otra norma. Y es lo comúi:i que la siga'?os
interesadamente, influya ó no el mterés afectivo.
A quién no le ha ocurrido, al ver preocupada á una
persona á quien se quiere, preguntarse, planteando la delicada ó curiosa experimentación: ¿Qué
tendrá? ¡Qué de mohines, mimos, picardihuelas,
travesuras, enfados, caricias y súplicas par~ conseguir lo que estos experimentadores afectivos se
proponen: desarrugar el ceño!
.
He aquí lo que yo me propuse y lo que hice.
Claro está que, en el sentir de al~unos, no hi~e
bien. Estos que son ceñudos por sistema, nec_es1tan, como aparato imprescindible,del entonamiento jurisdiccional, algo semejante á la máscara trágica: «¡A ver ése!. .. ¿Cómo se entiende? ... ¡Alza!
Y tú, ¿qué te has creído? ... ¡En fila! ¡Y tú, de frente!. .. ¡A cuadrarse!•
Lo que yo digo es que tales maneras me produce igual efecto que el de cerrar puertas, correr
cerrojos y dar vuelta á las llaves cuando en la galería vuelven los reclusos de la transitoria é higiénica expansión de los pas~os, y todo se queda
en silencio como una faraónica sepultura. En el
interior de cada uno, con parecer pequeño, hay
infinitamente más celdas que en las galerías de
muchísimas prisiones celulares, y esas celdas también se cierran cuando se siguen procederes carcelarios; y así como en la celda cerrada, inco1:1unicada, sepulttera de piedra, de que habló Rouvier,
se buscan comunicaciones disimuladoras, en los
hombres y en los pueblos cohibidos, no se &lt;:1esarruga el ceño ó lo desarruga la_ m_entira, la hipocresía, la humillación, el rendimiento aparente,
quedando dentro lo que queda en todo lo cerrado: algo en descomposición, que se corrompe.
A mí, en la tramoya del carácter, no me gusta
otra intervención que la de descorrer telones para
que lo velado se manifieste con sinceridad Y_ no
se encubra, y por eso no quiero que se me a~nbuyan, de primera intención, movi~ientos_sent1mentales, porque muchas veces, é ~nvenciblemente,
actúo nada más que como expenmentador, como
tramoyista que descorre.

?

- ¿Fuma alguno de ustedes?
He de advertir que tengo la costumbre de no
tutear, en lo que me parezco al famoso coronel
Montesinos.
De pronto no contestó ninguno. No me causó
extrañeza. La sensibilidad del hombre, cuando la
embotan, también se hace tarda en responder.
Además, entre hombre y hombre, de igual _modo
que en las líneas telegráficas, hay que pedir vía
libre. La sinceridad y la franqueza deben ser algo
semejante á la telegrafía sin hilos.
- ¿Fuma alguno de ustedes?
Uno de los ocho, más resuelto que los demás,
se atrevió á mirarme con alguna precaución, y al
quitársele el recelo me contestó:
- Yo fumo -. Y recogió y encendió el pitillo.
- ¿Nadie más?
Ya hubo otro confiado, con doble confianza,
pues señaló como fumador á un compañero.
Sólo los tres fumaban. Y no muy á gusto.
Yo sabía por qué. En aquellos cuerpos, asendereados por el molesto viaje, se sentían otras querencias, muy fácilmente presumibles, pero qu~ no las
quise interpretar porque mi experimentac1~n había de consentir en que hablasen ellos mismos,
recobrando una confianza largamente perdida en
un viaje muchísimo más largo, muchísimo más molesto, muchísimo más abrumador que el que acababan de traer.
Y, efectivamente, uno de ellos, respondiendo
á su necesidad, me hizo una petición, que fué atendida. Otro pidió lo mismo. Ya entonces se empezó á notar en el conjunto una cierta libertad de
movimientos, como cuando la Guardia civil les había quitado las esposas. No era otro el efe~to. ~n
aquel instante se les desencadenaba el mt~nor
atraíllado; se les rompía la chaveta de ur1os grillos
morales ó se les desprendía la invisible mordaza.
Uno de' aquellos hombres, que parecía renacido,
se atrevió á expresarse con ansiosa vehemencia y
á decir:
- ¡Tengo sed!
No tardó en tener un botijo entre sus manos,
y lo levantó para beber á ~horro y beb~a como
cuando cae la lluvia torrencial sobre la tierra en
año estéril; y los demás siete gaznates secos lo miraban, al principio con solicitud, luego afanosamente y después con ira, porque el hombre no cesaba de beber. ..
Todos bebieron, bebieron, se apagaron, aunque más tarde volvieron á lo mismo, porque su sequedad era mucha, y, probablemei;te, al qued~r
cada uno en su celda, la sed renacena, y en el agitado sueño, tal vez el primero que habló y que
bebió volviera á repetir una y más veces:
- ¡Tengo sed!

VII
La escena me habló, mientras la contemplaba,
á lo vivo de todos mis recuerdos de la vida penal.

Aquellos hombres eran el _d&lt;:shecho d~ una obra:
deshacíamos nuestros presidios de Afnca.
Me acordé de Ceuta, de la primera vez_ que estuve y me acordé con simpatía.
Se despertó en mí la inquietud que me pro-

dujo durante el viaje la lectura, tendido en el camarote del sleeping de la impresionante obra de
Relosillas Catorce meses en Ceuta. ¡No me d~jó
dormir!
Recordaba que, al embarcar en Cádiz en el
IVilliam Haynes, sentí una temerosa indecisión.
¡:V1e daba miedo aquel presidio! Era un presidio
suelto. Además, era un presidio en banderías. Los
capuletos y montescos del presidio eran allí sin Romeo y Julieta - los andaluces y los aragoneses. En estos dos bandos se dividían los presidiarios de la Pen'í nsula y Ultramar. Las renova-·
das luchas matonescas de los jefes de los dos bandos, con muerte de uno ú otro, y en ocasiones de
los dos, producían el estremecimiento de un régimen despiadadamente sanguinario. Lo último que
contaba Relosillas era el colmo de la saña. Se batieron el jefe de los andaluces y el de los aragoneses, y este segundo fué vencido y muerto. Se
presentó otro aragonés á ocupar el puesto, y comenzó la lucha, que también le fué adversa.. En
las angustias de la muerte aun tuvo coraje para
reaccionar y darle una puiíalada en el pecho al
jefe andaluz, que al herirlo había resbalado y
caído. Al ir por su pie al hospital, el andaluz
cayó súbitamente muerto: tenía interesado el corazón.
Esta era la nombradía del presidio, del de
Ceuta más que de ninguno, pero del presidio en
general. En parte la realidad, y el romance principalmente, habían hecho del presirlio un matonesco campo de batalla. Según esta leyenda, meterse en el presidio era entrar en una jaula de leones. El comandante antiguo se prestigiaba como
domador y presumía de imponerse por sí solo. Los
que dejaron fama, la dejaron por su planta presidia!, parodiando la locución torera. Eran, como
dc;!cía un clasificador, comandantes de medio cuerpo abajo.
Al dar frente á Ceuta, en la desembocadura
del Estrecho, cambié por completo de impresiones. El monstruo que había de aparecer, y que yo
llevaba formado con la sugestión de la lectura, se
convirtió en una doncella hermosa, de nítida blancura en su ropaje. Ceuta es bella, ó, por lo menos, yo la recuerdo bellamente. No parecía, por
ninguno de sus aspectos, una ciudad de presidiarios. Ni siquiera hecha por presidiarios. Y esto último era una verdad incuestionable. Ceuta nunca
ha tepido obreros libres. Fué siempre una población de desterrados: desterrados al servicio de
armas, los unos; desterrados á las obras de fortificación, los otros. Ceuta, como dije en otra parte, «puede decirse edificada sobre las espaldas de
los forzados. •
Esta consideración me reconcilió con el presidio y me enojé con los cronistas que se complacen en ocultar lo bueno. El presidio ha hecho la
ciudad y sus defensas. Ha hecho más el presidio.
Recorrí mis apuntes y encontré que tenía incluso
muy buena historia militar. En I 717, quinientos
presidiarios que llevaban los útiles para el trabajo,
practicaron una salida para demoler las obras
avanzadas del enemigo. En 7 de Abril de 1726, salieron ochenta presidiarios armados con chuzos,
llevando fuegos artificiales, con las compañías de
granaderos de los regimientos de Saboya, :Flandes,.Africa, Badajoz y Ceuta. En I 751 los presi-

diarios volvieron á salir á la descubierta á demoler otras obras avanzadas. En I 754 hicieron lo
propio cincuenta presidiarios para destruir un
puente delos mauritanos. Lo propio hicieron otros
presidiarios para destruir un cañaveral que ocultaba á los moros...
No pude continuar la consulta, porque habíamos llegado al desembarcadero. Entré sin intranquilidad en Ceuta. Asomado á uno de los baleo-.,
nes de la fonda, vi el presidio suelto, no en desorden, sino con la soltura de la vida y en convivencia con la población civil. Aquel aguador que
distribuía el agua de casa en casa, conduciéndola
en sus borricos, era un presidiario. Aquellos otros
que arreglaban las calles, eran presidiarios. Aquellos otros que iban y venían realizando diferentes
menesteres y urgencias, lo eran también. Y aquel
que lleva los niños al colegio. Y aquel otro que
vuelve de la compra. Y un tendero, y un fabricante, y un industrial. Y los profesores del colegio
de segunda enseñanza. Y los operarios de las
maestranzas y talleres. Y los criados, y los jornaleros ... ¿Quiénes, quiénes no lo eran?
Los malos presos. Regla de utilidad: al buen
preso no se le mira el delito. La utilidad hizo esta
organización. La utilidad, por aprovechar los
hombres como remeros de galeras, los libró de la
horca. Si no es piadosa, es de efectos piadosos.
La utilidad moderó los castigos, porque no quería
que le inutilizaran á los hombres. La utilidad, entre nosotros y entre los ingleses, le abrió al presidio puertas para la relación social. Ella supo hacer el sistema progresivo. Los ingleses sistematizaron y reglamentaron lo que la utilidad había
hecho. La ciencia, que no es tan original como se
cree, y que suele aprovecharse de lo qt:e encuentra definido, lo convirtió en doctrina. Nosotros,
en la espontaneidad de los procedimientos, cosechamos la obra; pero no tuvimos tratadistas, ni
entre los encuadernadores universitarios, ni entre
los atadores de balduque. Importamos como novedad lo mismo que se producía en nuestro
huerto.
Aquel primer aspecto de una ciudad-presidio,
donde las gentes libres confraternizaban con los
llamados enemigos del sosiego público, encon trando precisamente su sosiego y su bienestar en los
repudiados por la ley, y utilizándolos muy apropiadamente para los fines activos de la vida, cambió
ante mis ojos aquella misma tarde, ar visitar en el
campo exterior el cuartel de Jadú, que era más
bien que otra cosa un cercado donde estaba en
aprisco parte del rebaño penal. Aquello era presidio, con sus mismas angustias de confinamiento y
la propia incuria y dejadez que en todas partes.
Un encierro de hombres, sin ningún estímulo para
las actividades del cuerpo y para los despertamientos del alma. Monotonía que obscurece el horizonte sensible de cada sér, que lo iguala todo en
la misma tonalidad y que deprime, engendrando
con la apatía el propio menosprecio, y con éste la
degradación.
Regresamos á Ceuta, muy cercana la hora del
crepúsculo, y al ausentarse el día y al empezar la
noche, me encontré en el patio del cuartel Principal, en aquel patio de los desafíos y luchas matonescas, en el centro de un cuadro cerrado por sus
cuatro frentes con filas de hombres en formación,

�11

...

que en junto eran más de mil, vestidos de pardo
con ribetes amarillos.
Después de pasar lista, tocaron oración, que
todos oímos descubiertos, y se iba á empezar á
distribuir e l rancho. La luz mortecina de la tarde
sombreaba las fisonomías y hacía brillar los ojos,
y proyectando sobre aqnellas sombras los prejuicios que todos tenemos archivados para hacer más
resaltante la maldad, poco á poco se reconstituía
fantásticamente un cuadro del infierno. Cada hombre era un protervo y tenia en sus vísceras su atormentadora maldad. Con la alucinación del miedo,
se hubieran visto salir llamaradas de las bocas, enroscarse culebras en el cuerpo y destacar sobre
las rapadas cabezas la cabellera de Medusa.
Interiormente temblaba . .Me sentía dominado
por la leyenda del terror que nos colocan al lado
mismo de la cuna, con el espantajo del coco, apartador de las espontaneidades del sentir y el querer. Enturbiaban mis ojos los sedimentos de las te-

rroríficas tradiciones que forman en nuestra educación una Edad Media horripilante. Esa misma
tradición me hablaba al oído para señalarme algunas celebridades siniestras. En aquellos hombres
no se señalaba otra cosa que la mancha criminal
que con la sentencia condenatoria había borrado
el pasado y el futuro. - «Ese es el que hizo tal .
estrago. &gt; Desde que lo hizo, eso era, eso sería y
eso había de ser eternamente.
Aun me duraba la impresión de angustia, aunque la recatase, cuando estábamos en la Comandancia general y la conversación se repartía en detalles del viaje, en referencias de lo que pasaba en
:Madrid y en preguntas acerca de mis impresiones
desde mi llegada.
- ¿Se ha portado bien el eochero?
- Muy bien. Guía admirablemente.
l\le dijeron aparte:
- Ese cochero cumple condena por asesinato.

Todavía seguía alucinado y se me repre~entó
un demonio con librea.
- Los señores están servidos.
Mi recatado cicerone me dijo por lo bajo que
aquel criado tan correcto era otro criminal.
- ¿Y estos que nos sirven?- le pregunto durante la comida.
- También son presidiarios. Y el cocinero y
el pinche. No es una excepción. En cada casa hay
algo parecido. Si los presidiarios se fueran, Ceuta
se quedaría sin brazos y sin pies.
Se comprenderá que más que por las fatigas
del viaje y la inspección, caí en el lecho de mi
cuarto en la fonda rendido por el sacudimiento de
las encontradas emociones.
La fonda era incómoda. Disponía de una alcoba, con cierre de cristales, y de un gabinete que
era habitación de paso. El mucho sueño no me
hizo reparar en escrúpulos, y sin ningún recelo,
como si estuviera en el seguro de mi hogar, coloqué sobre la mesilla de noche mi reloj y mi cartera, donde llevaba todos mis haberes para el
viaje.
Me dormí profundamente, aunque no con sueño libre de quimeras. Siempre sueño algo, y á veces en mi sueño se entrelazan fantasías y realidades. No sé lo que soñé. Sin duda se atropellaron
muchas impresiones y no dejaron rastro. La única
que se caracterizó
fué la del delito.
El sueño es una
parálisis. Yo lo he
comprobado alguna
vt?.z. La primera impresión del sueño es
la de sentir como esposadas l as muñecas. En los tobillos
se manifiesta luego
análoga impresión .
Cuando soñando nos
encontramos en un
trance que obliga á
reaccionar para huir
un peligro, la parálisis nos coloca en situación cohibida.
Yo vi, sin despertarme, que uno de
aquellos hombres
del cuartel Principal
abría con mesura la
puerta de paso algabinete, y, yendo de
puntillas, se acercaba al cierre de cristales. Me quise incorporar y no pude.
Quise también echar
mano á mi cartera
para salvarla, y quedé como atado en
cama de cordeles.La
puerta de cristales
se abrió. El hombre siniestro se apareció ante mi.
No había remedio. No me podía defender. Si me
quería matar, me mataría; si me quería robar, me
robaría. El hombre avanzó resueltamente acercán-

dose á la silla donde había puesto mis ropas, y
prenda tras prenda las cogió una á una. Desaparecida la visión, se calmó mi angustia, respiré con
afán y volví á dormir tranquilamente.
Nada me faltaba cuando desperté, ni tampoco recordé la pesadilla. Ilice mis abluciones,
me vestí, salí á tomar el desayuno, vinieron á buscarme y nos encaminamos. á la calle para continuar visitando las dependencias del extenso presidio.
En la puerta de la fonda había á cada lado un
penado con galones de cabo. Los había puesto el
director para estar á mis órdenes. 1Ie fijé en uno
de ellos y lo reconocí.
Entonces, como una fulguración súbita, se me
representó la pesadilla, que fué realidad telepática
en mi ensueño.
- ¿Ha entrado usted Pn mi cuarto esta mañana?
- Sí, señor; á coger las ropas para limpiarlas.
¿He despertado al señor?
-No.
Ni me despertó en las mañanas siguientes. Ni
despertaban tampoco á los vecinos de Ceuta que
tenían las puertas de sus casas enteramente francas á los criminales, que con toda honradez y todo
esmero los servían.
Este era el presidio que ahora se deshace y
envía esos despojos
á los encierros que
en l a Península lo
sustituyen.

\'Ill
El vigilante de
servicio empezó á
hacer las comprobaciones de filiación, á
anotar en los libros
y á extender los doc u me n tos de ingreso.
- ¿Cómo se llama usted?
- ¿Los nombres
de sus padres?
U no de los ocho
respondió:
- No los he conocido. ¡Hasta en
esto he sido desgraciado!
Otro no respondía, ni atendía: miraba al techo, á los lacios y al piso errabundamente.
Desde e I fondo
vi que uno, mirándome con intención, se
ponía el dedo índice en la sien, haciendo taladro
en la cabeza, como si quisiera decirme: «Está tocado... &gt;
Lo miré. No cabía duda. Estaba loco.

�- ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Me gusta este pala-cio! ¡Estoy contento!. ..
¡Otro loco!
E l mismo que desde el fondo me hizo señas,
me señaló á un vecino que, musitando y accionan•do, mantenía una conversación callada.
¡Tres locos de un presidio á otro presidio, y los
Tribunales y la Administración tan satisfechos de
-que las cosas se hacen bien!
El acento señaladamente provinciano del que
en aquel momento respondía á las preguntas, me
hizo fijarme.
- ¿Profesión?
- Astudiante...
¡Estudiante!. .. No lo parecía. Dijera jornalero
ó cosa tal y no cabría duda. Fisonomía vulgar, embrutecida y aviejada; actitud en dejadez; maneras
.astrosas; el cuello de la sucia camisa, desceñido;
la ropa como queriendo desprenderse del cuerpo
abandonado.
¿Estudiante?. . . ¿Estudiante? . . . ¿Será él? ...
¡Imposible! El está en presidio, y en el presidio de
cadenas, pero no puede ser una cosa tan distinta.
1No puede serlo! Era de la juventud dorada, elegante, ostentoso, renovador de apariencias y de
gustos, apurador de placeres, eterno contertulio de
la orgía. Eso lo condujo á atentar contra la vida
más sagrada, la de.su madre, sacrificando á la disipación el sentimiento y la naturaleza.
Hace pensar en aquel admirable apólogo de
Bartrina. Una mujer de las que no ~e sacian agotando el rendimiento de su amante, le pide á éste
.aquello que sólo la pasión esclavizada otorgaría.
¡Le pide el corazón de su madre! Y él, loco, sin
duda, aunque fuera loco de pasión, realiza la monstruosidad. Y bajando precipitadamente la escalera con la entraña preciosa entre sus manos, tropieza y cae, y del corazón sale una voz cariñosa
que le dice: ¿Te has hecho daño, hijo mío?
¡Sí, se ha hecho daño, mucho daño, santa ma&lt;lre! Al quererle llevar á la insaciable orgía hasta
la sangre de tus venas, cayó, como Luzbel, en la
hondonada, en el abismo. No en el fuego, en el
--cieno. En tres años de revolcarse, ya es enteramente otro.
¡Se ha hecho tanto daño, que ni su santa ma-&lt;lre, si lo viera, lo conocería!

VII
J
1

La escena fué relativamente breve; pero, para
mí, de una peligrosa intensidad.
He empezado por contar lo que me pasa cuando me fijo mucho. Y no es una excepción. Más ó
menos, aunque no se den cuenta, á todos les ocurre. Damos limosna, porque la caridad también
-obedece á una mecánica psico-fisiológica. Nos representamos el dolor del pobre, y al representárnoslo, lo padecemos en nosotros mismos, y para
curarnos de la pena, damos la limosna, que nos
nace bien, porque en aquel instante nos alivia del
peso de la angustia representada.
A mí no me sucedieron las cosas de ese modo:
me entregué tan fija y subordinadamente á la re·presentación, que me sentí identificado, y sutil-

mente, corno si cambiara de cuerpo y el mío se
fuera á tumbarse pesadamente y á dormir, me
transporté al otro lado de la reja y fuí uno de los
ocho, no sé si el errabundo, el ensimismado, el delirante, con delirio de grandezas, ú otro de los
aparentemente sanos; lo que sé es que no fuí el
estudiante; hay cosas que no me las representaría.
Un vigilante, el que identificaba, abrió la puerta del cuarto de filiaciones en que estábamos, lo
seguimos corredor adelante, llegamos á la cancela
donde estaban tumbados los petates que habíamos traído al hombro, los volvimos á cargar y entramos puerta tras puerta, hasta una especie de
rotonda, donde había una especie de fanal gigantesco y dentro un hombre que registraba unos colosales libros y nos iba llamando á nosotros uno
á uno.
Miré con curiosidad temerosa y vi á mi espalda una galería enorme en forma de un enorme
ataúd, y á lo largo de este ataúd, una sobre otras,
á distancia del piso, tres filas á cada lado de entristecidas luces. Me representé lo que debía ser
el interior de una pirámide. Aquello me parecía
mortuorio. ¿Dónde estaban los muertos?
Me fijé más y vi en cada piso de la gigante sepultura y á distancia simétrica, una puerta, otra
puerta, otra puerta ... Son los nichos, me dije.
¡Allí están! Y añadí con sobresalto: ¡allí voy!
No me equivoqué. Nos llevaron á uno de los
cinco enormes ataúdes, me señalaron una puerta,
la abrieron, la salvé y me quedé solo y en la obscuridad, un poco atenuada por la claridad de la
noche que me descubrió el entramado de los hierros de mi reja. ·
Yo he sufrido pesadillas, muchas y muy intensas, como si fueran realidades, y sé que aun en
las pesadillas hay asomos de reflexión y que uno
se pregunta si aquello es verdad, sucediendo que
esta interferencia razonadora la anula la tenacidad
del ensueño.
- ¿Pero es verdad?- me dije-. ¡Yo aquí!
¿Por qué?
Y el ambiente me daba la respuesta. Un nicho,
sí, un nicho abovedado, nicho mayor para enterrar en vida; una cama de hierro, con su jergón
y su manta; allí la mesa empotrada en la pared y
el banquillo enfrente... ¡La celda! ... ¿Qué he
hecho?
Si un justo peca siete veces al día y si los que
no lo somos pecamos á granel, de tanto pecar sedimentado en los recuerdos, puede salir cuando
nuestra mente queda en abandono y lo pasado y
lo presente se entrecruzan, á veces en afinidades
monstruosas, de muchos pecados y de muchas intenciones de pecar, y aun más que de pecar, de
delinquir, puede surgir, ya que no en concreto, la
representación del delito, de un delito real con
todas sus circunstancias y accidentes, un estado
de conciencia delictuosa lleno de las mortificaciones é inquietudes del mal causado, de las responsabilidades contraídas y de los tormentos y vejaciones de la pena. Y eso es lo que sentí, que había hecho algo que me había conducido al deshonor y á la vileza. ¿Pero qué? No lo sabía, no lo podía discernir y lo buscaba tenazmente penetrando
en lo más recóndito de la memoria, y agitando de
esa manera las asociaciones dinámicas de los re-

cuerdos más ocultos, y de ese modo se desvelaron
mis sentidos.
El del oído se afinó de modo que me pareció,
en el silencio de la noche, percibir nna conversación muy recatada. No era en el patio. Me encaramé á la ventana y sólo percibí el «alertaaaa... &gt;
que el centinela respondía. Seguía el rumor; descendí al suelo; me aproximé á la puerta; hablaban
en la galería, no lejos de mí·; me tendí en el suelo
y acerqué la oreja al ventanillo.
- Sí, es él, no cabe duda.
Y pronunció mi nombre.

Me aproximé más para no perder palabra y
contuve la respiración.
No oía; hablaban quedo. Percibía únicamente el
murmullo de las palabras, distinguiendo alguna
q~e otra que avivaba mi curiosidad. El apasionamiento fué elevando el tono y empecé á oir claro
frases enconadas, despiadadas, implacables. U no
~e los interlocutores, aunque no me defendía, mitig':1-b~ las acusaciones de su compañero, pero éste
se 1rntaba más y le oí decir en voz alta:
- ¡Muy mala persona! ... ¡De muchísimo cuidado! ...

�Mi defensor le opuso algún reparo, pero tan nioso me lo han vestido á mis espaldas mientras
vacilante y tenuemente, que no llegó á mí lo que vivía honradamente confiado. ¡No fiéis de los indecía. Lo que llegó á lo vivo fué la afirmativa con- dicios! ¡Mezquina lógica! ¿Sabéis qué es la calumtraria.
nia? La muñidora de indicios más activa y aviesa.
- No lo creas. Las cosas no- pasaron de ese La calumnia es Yago, sugeridor de indicios á la
modo. Este periódico
fácil susceptibilidad
lo dice. Ha tratado la
de Otelo.
cuestión en muchos
¡Yago! ... Miradle
números. Lee aquí.
bien ... ¡Aquél es! No
Callaron, sin duda
me tengáis por loco;
mientras leía el requeno lo soy. ¡Aquél es!
rido, y atendí con inSi lo mataron en Vequietud ya rayana en
necia, resucitó al mola angustia.
mento. Aquél es y
- De manera que
aquél otro. Es la mislo mató...
ma figura repetida en
Sentí un estremela variación de un tipo
cimiento y puse toda la
inacabable. Siempre
atención en mis oídos
envidioso, no de Capara saber á qué se
sio, sino de cualquiera
referían, y supe que
que ocupe el puesto
era á mí, aunque me
que ambiciona y no
merece. Ansia de dolo negué y o mismo,
desechando la idea.
minar es lo que sufre.
-¡Matar! ... ¡Yo! ...
Quiere, en la embriaguez de su codicia auNo puede ser. No hatoritaria, que todo se
blan de mí.
le deba, y aquello que
Así lo dije, .incorporándome de súbito
no hace ó de que no
y mirándome las maparticipa, 1o sacude
con su desdén para
nos y la ropa, como si
humillarlo. Como mubuscara las huellas de
chachuelo díscolo y
la sangre.
mal criado, importuna
- Lo asesinó.
á las gentes con des' Al oir esa afirmaticonsideradas id as y
va, un sudor frío me
vueltas, gestos, dessurcó las sienes, creí
plantes, muecas, paladesfallecer y me apobrotas, groserías imyé en el muro.
púdicas y alguna graQuería sustraerme
al apuñalamiento acusatorio; pero el que hablaba cia de mal gusto. Es tan infantil en sus rabiecontra mí, descompuesto y airado, en vehemente tas, que quiso derribar un alta torre escupiendo
y altaner?- locución, lanzaba á granel todo el re- colérico á los sillares de la basa. ¡Se necesita tropertorio de las peores circunstancias del Código pezar con el esforzado y bonachón Otelo para que
penal, y yo las recibía como lluvi~e balas en el al noble cuerpo lo derrumbe el vérti_go del deshonor, y el miserable, en actitud triunfadora, lo
cuerlJO herido y casi inerme.
- Se quiso aliviar con lo de violentado por mancille con su pie, exclamando con malvada sonuna fuerza irresistible, con que lo hizo para evi- risa: ¡Ecco il leone/
¡Que no os guíe la calumnia, ni la desconceptar un mal, y también con que obró en defensa de
derechos ... Ya lo sabes: las eximentes. Pero, 1quiá!; tuación, su prima hermana! Padecen de dislocar
alevosía, recompensa, males innecesarios, astucia, las cosas ó de verlas desfiguradas, retorcidas ó con
abuso de superioridad, ignominia, desprecio, rein- efectos de luz afeadores. Eso es la calumnia: hacidencia. . . ¡Agravantes, todas agravantes! Fué cer lo hermoso feo; convertir á la inocente Desdémona en ramera. Eso es la desconceptuación:
condenado á muerte.
¡No sé qué me pasó! Si los interlocutores lo transformar el simple defecto, ó el desliz, ó la encontaran, dirían que oyeron un estrépito en mi fermedad, ó la miseria en monstruosidades que se
celda, que acudieron á abrirla y que encontraron deben relegar á la condenación ó al exterminio.
Son hijas de la noche, engendradora de endriagos
mi cuerpo desplomado.
y quimeras, brujerías y maleficios, asechanzas y
espantos. Un pueblo en la noche sin fin de su estacionario quietismo, vive la encogida vida del
IX
rincón, siempre asediado por la inquietud de que
el enemigo circula y que contra él sólo valen las
- ¡Calumnia! ... Yo no soy asi. Si hubiera es- puertas atrancadas, las celosías y las rejas de enpejo de imágenes morales y me mirara en él con tramados barrotes, además de la precaución de
la figura que han querido hacerme, no me conoce- tener otros enemigos en el seguro de otras somría. Si tuvierais ojos para distinguir lo contrahe- bras clausurad.as fuertemente. Y con ese influjo,
cho, no os cabría duda de que el disfraz ignomi- avivando la suspicacia y el recelo, la desconcep-

tuación va engendrando la duda y habla de oído
en oído, haciendo creer que tras de la sonrisa se
oculta el veneno, tras del cumplido el puñal, y
que la mala intención se disfraza con halagos.
¡Yo soy una de las víctimas de la sombra, sin
duda por estar enamorado de la luz! Si algo hice...
No sé lo que he hecho. . . No sé de qué me acusan ... Jgnoro los considerandos y resultandos de la
sentencia y la severidad del fallo. ¡Lo ignoro todo!
Mi cabeza es un torbellino inquiriendo lo que ocurre. ¡Matar yo! ... ¡Imposible! Ni aun matando por
equivocación ó imprudencia. Ni aun matando por
obsesión. Sí; también se mata de ese modo. Recuerdo un caso excepcional. Figura en los archivos de una Audiencia, en la de Zaragoza, y lo encontrarían de primera busca, porque es muy reciente. Unos padres dormían matrimonialmente y cerca de ellos reposaba en la cuna una hija suya. La
madre se despertó, se incorporó y puso el oído
atento para atender solícita. Miró del lado de la
cun~ y vió espantada un monstruo. Despertó á su
mando y también lo vió, é inquietos por su hija

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se precipitaron de súbito contra la horrible aparición, descargaron animosamente sobre ella todos
los proyectiles que pudieron tener á mano, despertaron á los vecinos con el alboroto, y al entrar
éstos con luces... ¡Oh, desventura!. .. ¡Lo que
apareció es el cadaver de la niña terriblemente
magullada!
¿Habré visto otro monstruo como la buena madre y sobre alguna cuna en que durmiera algo
donde tenía puesta mi afección y mi vida? ¡Habré
descargado sobre el monstruo airados golpes y
dado muerte á lo mismo que quería defender!

X
- Vamos, ¿qué tal? Parece que se está tranquilo. Todo pasa. Tome usted esta medicina y se
curará del todo.
·
- ¿Dónde estoy?
- ¿No lo ve usted?; en la enfermería.
- ¿Y usted quién es?
- Un enfermero.
- ¿Empleado aquí?
- No; yo soy un preso que tiene el cargo de
enfermero, y me ha tocado estar de imaginaria
desde que lo trajeron á usted en la camilla. Todo
esto habrá sido del mal viaje.
Dicen que viene usted de Ceuta. ¡Muchas horas, mucho calor,
mucha molestia!
- No sé de dónde vengo.
- Vamos, á tranquilizarse y
á no delirar.
- ¿He delirado?
- ¡Mucho! ... Casi tenía miedo de estar solo. Yo no soy de
aquí\ de estas casas. Ni estoy
por nada malo. Vamos, hice un
mal, pero por acaloración, y sobre lodo, por defender á mi padre, que lo atropellaban malamente.
- ¿Qué decía cuando deliraba?
-¡Uy!. .. ¡Tantas cosas! Me
daba usted pena, no por estar
enfermo y delirando, que esto
á todos, á cual menos y á cual
más, nos ocurre alguna vez.
Cuando yo tuve el tifus me dijeron que deliraba; pero no daba pena, porque decía tonterías.
Pero usted, ¡ Dios bendito! ...
Pero en fin, ya pasó; serían locadas de la cabeza.
- ¿Qué decía? ... Lo quiero
saber. ..
- Vamos... ¡Muchas cosas!
Como repetirlas, no tengo disposición para ello; pero, vamos,
á mi manera me figuré que todo
tenía la misma composición.
- ¿Cuál? . . .
- La de que usted no ha
hecho lo que le acumulan. Así
lo he entendido; porque usted

�sólo decía medias palabras, aunque seguidamente.
- ¡Y no lo he hecho!
- Por mí. ..
- ¿Qué? ...
_ l\le conformo. Pero como dicen muchos lo
mismo, vaya usté á saber.
- ¡Tiene usted razón!. . .
.
_ Y á más, ya no tiene otro remedw c¡ue cu!Dplir día tras día, si no hay quien le apadrme el indulto.
_ Lo dicen muchos; ¡pero lo dicen delirando
como yo!
- .Mire usted, eso. mismo me hizo fuerza. Yo
me decía: ¡pobretico, no habla él, habla la calentura y puede que diga la verdad!
- ¡Puedes jurarlo!
.
..
.
_ Sí, lo juro; pero ¡pobret1co! N1 Jurando tiene
remedio. ;La ley es la ley!
,
~ ¡Vamos, hombre! No se desanime. ¡Se me ha
vuelto á cáer! ¡ \'amos, hombre! Tom~ otr_a poca
de medicina, que par&lt;'ce acertada. ¡As!! As1éntese
usté. Aguarde, que le traeré otra almohada de
prestado.
El pobre mozo me arregló cuidadosamente, Y
creyéndome tranqui_lú y te!11iendo que su co~,·ersación me hubiera sido peligrosa, se mantmo en
silencio, mirándome de cuando en cuando como
queriendo que lo invitase á_~ablar.
- ¿Qué piensas? - le d1Je. .
.
.
\'acilo, como si no se atreviera á dec1rlo, )
tuve que animarlo repitiéndole la pregunta.
_ Aunque me entrometa, me paeee, me
paece ...
- ·Qué?
vofvió á callarse y á vacilar de nuevo.
- ¿Qué?
_ Pues lo diré. Que usté necesita confesión.
- ¿Estoy tan malo?
- No es por eso.
- ¿Por qué?
_ Porque usté sólo le puede contar lo que
tiene dentro á uno que se lo crea, y sólo lo puede creer un sacerdote, porque en el confesonario es en el único lugar donde no nos atrevemos á
mentir.
:\fe admiró el discurrir del mozo y lo invité á
que llamara al sacerdote.
- No todos sirven para el caso.
Xuevamente volvió á maravillar~e.
_ Pa mí, que así c~mo hay o~c1ales de cada
oficio también h¡iy oficiales de misa, y ésto_s, pa
lo co:riente de las bendiciones y los rez?s, s1rv_en
como cualquiera, ¡aunque hay algunos ... •. Mire
usté era yo pequeño y estaba oyendo misa e_n
la igÍesia con mi padre. Ya sa~e usté que los chicos no tenemos correa y decimos lo que pensamos. El cura que decía misa, ,·amos, qu~ no me lo
hubiera querido encontrar en un cammo, Y me
quitó la devoción. ~uando ~onsagraba, se me ocu:
rrió una imprudencia y le ~iré de la manga á ~ 1
padre, que se abajó p~ra 01ri:11e - . «Paece mentira - le dije - que Dios baJe á esas mano~, - .
«¡Qué ha de bajar! - me contestó muy seno. Enviará un peón».
.
El ocurrente y expansivo joven me hizo sonreir.
á ·
1
_ ¡Vamos, ya parece que tenemos mmos ....
Adelante. Si viniera un sacerdote que yo conozco,

lo dejaría á usté tan tran&lt;;1~ilo. Ya es muy anciano y dice misa por devoc1on nada más, por9ue se
retiró hace tiempo. Y otra cosa: fué canómgo e~
Ceuta. ¡Cuántas cosas como la de usté_ ~abrá.I S~
usté quiere, usté lo pide y yo le escnb1ré á m1
padre.

X
:\Ie sentí poco á poco _invadido_ de una difusa
placidez, que yo la llamana la placidez de los creyentes.
.
Los creyentes, sólo por serlo, son bienaventurados, porque pueden disfrutar de e~e goce de que
yo disfrutaba, y que con~iste, á m1 entender, en
que la sensación de las t_nstezas y amargu!as de la
vida se desecha como s1 fuese una obsesión mezquina, sustituyéndola la realid~d de una esperanza inefable que se va á cumplir. Hoy se preocupan los médicos de una ~osa que l_e han d_ado el
nombre griego de eutanasia, que quiere decir buena muerte, y nada podrá se~ com¡,arable, po~ mucho que se invente, á la unción de la ,eut~n~sia espiritual que yo sentía, y que me hab1a ahv1ado de
la mortificación de los recuerdos.
.
.
Me sentía entre dormido y despierto, mcapaz
de emoción, sin que las cosas, que poco antes me
perturbaron y que aun las tema presentes! m_e parecieran algo más que un indife~ente art1fic10. Y
esas cosas se achicaban, se ach1&lt;:aban más cada
vez, hasta desleírse, y esto ocurrió al que?arme
poco á poco dormido en un sueño que. deb1~ ser
la última reverberación del abandono mfant1l de
mis primeros años.
Dormí no sé si poco ó si mucho, porque, lo que
satisface no se ajusta á tiempo, y desperte como
me había dormido; y si entonces poco á poco Y
muellemente me fuí hundiendo en el sopor, al des:
pertar también salí gradualmente á flote, Y abn
los ojos, como he visto algunas veces descorrerse
los celajes de la aurora.
- ¡Padre mío!
En pie, á mi cabecera) con una de sus manos
apoyada sobre mi frente, estaba un venerable anciano de elevada estatura y semblante severo Y
bond~doso, que vestía el traje talar.
Se sen tú á mi cabecera después de . h~berme
examinado, adoptó una actitud de recog1m1ento Y
me dijo:
- Ilabla, que te escucho.
.
Le hablé como si no fuera un homb~e, como s,
fuera algo espiritual y como si no estuviese delante, sino dentro de mí. II_asta_ me pa_rece q~e no le
hablé sino que mi conc1enc1a se hizo l~mmosa _Y
él la leía con los ojos cerrados y en acl!t~d meditabunda. Esta luz interior sólo se enciende en
nuestros estados de pureza, y sólo_ es estado de
pureza aquel de tan pura abnegación que hasta
suprime el sacrificio, que no lleva cue_nta de trabajos y pesadumbres, que anula el ménto y la obra
personal y los merecimientos y ~as re~ompe~sas,
para ir adonde lo destinen, obediente a los dictados de una ley infinita.
Ko le hablé de mí, ni le dije, aunque él_lo comprendiera, nada de mi angustia intei:ior, ?1 de ese
dualismo cruel en que lo que somos mten_orment:
se contradice con lo que de nosotros piensan )

fallan los demás. No podía decírselo. Yo estaba
En mis paseos - y aquí está la parábola conformado. Esa contradicción la aceptaba como
me
fijé mucho desde que por primera vez lo vi, en
si benéficamente se me hubiera imp11esto para hacer una buena obra. Yo no era quién para pregun- un trabajador, en un penado que trabajaba solo
tar é inquirir el por qué mi partícula vital había en uno de los tajos de la obra, y trabajaba alzando
y descargando el pico y rompiendo la tierra casi
de ser de esa manera. Debía contentarme con la sin
descansar.
luz que me alumbraba interiormente y que alum¿Qué por qué me fijaba? l\Ie fijé en muchos y
braba mi camino, que otros desventurados siguen
en la obscuridad y tropic,an y caen y se hunden. en casi todos, considerando lo que eran y lo que
habían sido. Todos, ya por su traje, ya por la conYo me mostré obediente, obediente del todo, con
la voluntad sumida y entregada, sólo con la re- dición en que vivían, ya por no sé qué de despreserva de recobrarla para la acción dispuesta. Yo ocupado, de ceñudo y áspero, me parecían delindije, contrito: «¡Aquí estoy! ¡Cúmplase la santa ,·o- cuentes, aunque no por ello los mirara sin lástima. Yo he pensado siempre en estas cosas sin
luntad!&gt;
ningún resquicio de venganza. :\Ii pensamiento lo
El anciano y venerable sacerdote levantó pauhe visto interpretado hace muy poco por persona
sadamente la cabeza, abrió sus ojos hundidos en
de mucha autoridad, de autoridad muy alta. «Las
la órbita, me cogió una mano entre las suyas y
penas deben ser elegidas por la Justicia y ejecucon evángelica placidez me habló lo que voy á
tadas por la Caridad». Lo firma: «Alejandro Groidecir:
zard, presidente del Consejo de Estado».
- Escucha una parábola. No lo es con toda
Tal vez mi contemplación pecara de importupropiedad, pero así la llamo. Escúchala y entiende
na, porque un día, en un momento de descanso,
su sentido:
apoyada la una mano sobre el pico y con el codo
Conozco, conozco bien, por haberlo visto año
tras año, tu miserable modo de vivir, aun más mi- de la otra enjugándose el copioso sudor, me preguntó sin acritud, más bien con cortesía:
serable todavía, porque entonces era de rigor lo
- ¿Por qué me mira usted tanto, padre cura?
de «llevarán siempre una cadena al pie, pendiente ¿Qué tengo?
de la cintura, se emplearán en trabajos duros y peMe acerqué y le dije, con el amor que lonosos y no recibirán auxilio alguno de fuera del sentía:
establecimiento.»
- Te miro, porque no me pareces lo que
Conozco, conozco bien, por haber vivido mueres. Te :miro, y al mirarte no me pareces crichos años junto á la desventura, lo que es trabajo minal.
duro y lo que es no recibir auxilio. Oye este caso,
:\le miró con fijeza, con tanta como si me quique lo sé de referencia. Lo refiere Sánchez Barsiera hablar y por los ojos le brotase la respuesta;
bero, aquel gran poeta latino, alter Apolo, que por
pero se repuso, volvió á empuñar el pico y á seel delito de ser escritor doceañista murió de pre- guir trabajando sin dPcirme palabra.
sidiario en el presidio menor de que nos habla.
Lo volví á ver algunas veces y lo miré como
Dice que el huerto del gobc•rnador de la plaza de siempre, aunque sin pararme, no obteniendo otra
.Melilla estaba tan alto, que no tenía riego, y, no
cosa que una cierta mirada agradecida y un callaobstante, era un huerto de lozanos árboles, visto- do saludo.
sas Aores y sabrosos frutos. ¿Sabes cómo se regaUn día, á la caída de la tarde, al regresar de
ba? Con una noria humana. Cada presidiario de los
mi paseo, me salió al camino. Sin duda por aguarque bajaban con la cuba vacía para subir con la darme, se quedó rezagado. Estábamos enteramencuba llena, era un cangilón. Y del mucho subir y te solos.
del poco comer, los cangilones se volvían éticos,
- Padre cura, me dijo, sólo un hombre, sólo
los transportaban al hospital y al cementerio y los
un sacerdote tiene derecho á conocer mi confesustituían otros en la cadena transportadora de las sión, porque sólo él me distinguió inocente.
aguas. ¿Sabes cómo llamaban á ese huerto? El huerSacó de entre su pecho unos papeles que el
to de la sangre.
correo le había traído el mismo día, y me los di&amp;
Conozco, conozco bien, la manera de trabajar á leer.
del presidiario. La vida en Ceuta es monótona, y
¿Sabes lo que era? La declaración que ü, armás entonces, que no había campo exterior. Para
ticulo mortis hacía el verdadero criminal, el autor
mí, apenas había otros caminos que el de la catedel delito que al infeliz se le imputaba. Y agitandral, el de mi casa y el de mis paseos. Paseaba por
do aquellos papeles con la alegría más pura de mi
hacer ejercicio y por recurso, y siempre que povida, y diciendo con emoción y vertiendo lágridía buscaba la salida del campo, huyendo de la ciu- ¡nas: •¡Corro á salvarte!•, me los arrebató y los
dad vieja y de la nueva.
rompió en menudos fragmentos, dejándome sin
Aun tengo en mis oídos el sonsonete de los es- saber qué decir ni qué pensar.
labones. Quiero decirte que en mis paseos me en- ¡Qué has hecho, desventurado!
contraba á los penados trabajando. y que era un
- ¡Padre cura! Hace años, muchos años que
trabajar que rechinaba, como si se publicase de ese arrastro mi cadena. Aquí lo he dejado todo: jumodo el trabajo aAictivo. ¡Torpe humanidad! Tra- ventud, afectos, memorias, anhelos, esperanzas. La
bajar con cadena es hacer de los oprimidos pere- resignación y lo pasado me han hecho á esta vida.
zosos. Por fortuna, el trabajo es redentor y rompe El que habló, habló tarde, al morirse, y habló vicódigos y artificios inútiles. Así se desencadena- llanamente para que yo, por recobrar una quimeron los de Ceuta, por la utilidad y eficacia del es- ra, ¡que la libertad ya lo es para mi!, cometiese una
fuerzo. Al construir el cuartel del Valle, cayeron infamia. ¡Sí; es una infamia! Ese hombre deja hide los andamios algunos que trabajaban con gri- jos, nietos, una familia que vive en el ambiente de
llete.
la honradez, no mancillada por la condenación, y

�con los pape~
les malditos
que he roto
quería que
yo, salvándome, señalase á
los hijos, á los
nietos, á la familia del atroz
asesino. ¡Yo
no he querido
envilecerme y
proclamar mi
inocencia como verdugo
que marca con
el hierro infame! ¡Yo no publico el anatema!
Lo dijo con
tan ta fe, con
tanto amor de
humanidad,
que caí de rodillas y besé
la cadena de
aquel santo.
.
.
Desde entonces quedó en m1 pensamiento u~a
idea indecisa, incierta, indefinible, sin aclarar, sm
duda porque las ideas no se aclaran hasta que un
estado de realidad las revela del to~o, y eso me
acaba de ocurrir, y con la espontaneidad con que
lo he pensado te lo digo.
.
Entre los Mandamientos de la ley de Dios, fa!-

ta uno y es
éste;eldelsanto presidiario:
¡N'omancillarás!

en mi recuerdo, ante mi vista, se me reprodujo lo
que el doctor lionés escribió en el álbum penitenciario del Congreso de Roma: «En nuestros tiempos, la justicia marchita, la prisión corrompe y las
sociedades tienen los delincuentes que merecen.•
Y un anhelo de regeneración invadió mi alma,

regeneración destructora de las miserias que nusotros mismos fomentamos, y acordándome de súbito de la esencia de mi pasado ensueño, exclamé
con fervor, mirando religiosamente á las alturas:
¡Sí: quiero ser santo, como el buen hombre del
grillete, para rasgar el anatema!

XI
Unaluzme
iluminó de súbito y me hizo
abrir los ojos.
Era la luz del
día que entraba alegremente por los desgu ar ne c idos
cristales. Era
la aurora rica
en colores, armonías y esen•
cias, y además
de rica, generosa.
Me sentí restaurado, alegre y animoso, y me
lancé del lecho á buscar la purificación del baño
frío.
En el jardín , las hojas de los árboles ~e mecían con el remusgo matinal, las flores hab1an sacudido el sueño y se mostraban frescas y ostentosas y los millares de gorriones armaban una d~sveladora algarabia.
Al desviar la
cabeza se fijaron
mis ojos en la fachada de lineales y
simétricas aberturas guarnecidas de
rejas; la fachada exterior de la primera galería de la cárcel, fachada de
Tántalo que ve la
libertad y el animoso bullici:o de la vida sin poderlos coger.
Entonces se
volvieron á agitar
en mi cabeza las
memorias de la pasada noche, y en
vertiginoso torJ?ellino vi leyes, códigos, ordenanzas,
destilando sangre,
despidiendo negrura con la herrumbr~ del antiguo rigor y el antiguo
tormento y los roñosos eslabones de
l os vetustos aparatos, y más que

Pabellón de la Prisión celular de Madrid, 25 de Septiembre de 1907.

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empleado en esta
revista es de La Papelera Espaftola. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de José Blass y Cía., San Mateo 1, Madrid.

�El [usnto 5smanal

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Desde mi butaca
(Apuntes para una_psicologia de nuestros actores)
POR

Eduardo ZAMACOIS
SUMARIO: Consideraciones prellmlnares.-Maria
Guerrero. - Dlaz de Mendoza. - Rosario Pino. - Enrique Borrás. - Maria Tubau. - La vanidad en los
actores. - Los derechos del actor. - El adulterio en
el Teatro. - Teatro de acción y Teatro de ideas. Los orlgenes de la risa.- José Santiago.-¿osé Rublo.
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>Consultorio &amp;rafológico &amp;HltHTftEH
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El primer tomo compren I? la_ célebre tra?uccioi~ qu~
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.Lear y Cimbelina, traducidos por A. Blmco Prieto.
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Macltóet, Romeo y Julieta y (}/¿/lo, traducción del emmentprofesor D. ?&gt;larcelino l\le,~imll~z l'elayo.
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El tomo tercero, muy ~ten ttaducido ~?r J~Arn~ldo :\la~quez, comprende Julio Caar, Como f&lt;Ust¿,s, l.ome,ba ,il equ1vocac1,m,s y Las alegr!s comadr¿s !te Wmdso1 . .
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Libro de l os Ca ntar es. Poesías de Enrique IIeine. Traducción en verso y prólogo de Teodoro Llorente. - Casa
Editorial i\laucci. Barcelona.
Tocia la mus:i, dulce y amarga á la vez, del gran bardo
alemán, resplandece en este volumen, q:'e Llore_n'.e• el ilust re poeta valenciano, ha vertido al esp'\nOl mag,s,ral!nente.
A Heine todos le queremos; Je conocimos cuando eram~s
adolescen tes; sus melancolías v:in ligadas á _nuestras am~Jciones p'rimerns y á la tristeza de nuestro pruner desen¡pno
de amor. Por eso, porque sabe hacerlas llornr, las mujeres
adoran en él.
Almas 4e htego, por Felipe Sissone. - Lib rería de
Pueyo. Madrid.
l•'orman este volumen siete cuentos largos, llen?s d, emotividad y ele color, que dibujan perfectamente la mteresante
personalidad literaria ele su autor. ,
.
.
d
A propósito d_e ~sto, Eduardo Zamaco1s, prologuista • e
la obra, dice lo s1.gmente:
«Almas de fuego es un libro vario; á yeces, irónico; á trozos, vigoroso y romántico; á ratos, también, refin_ado y de~adentc, donde surgen y se descomponen, cual pmtadas piedrecillas de un kaleidoscop10, las diferentes «penumbras de
alma» del autor.
.
li
»Cnentos hay, como Fetiquismo, enfenmzamente comp cados de una psicología dolorosa y «bodelere_sca», donde
la feli~idad total del protagonista reposa exclu~1vam_ent': en
el contraste de unas medias negras sobre la smfon_1a _n~eve
y rosa ele unos muslos de mujer; el rotulado t fft:s~crua?,
donde campean un {uerte ambient~ de cosmopolitJsm? ~
una penetración alqtútarada y mmuciosa_ del ~lma fememna,
los titulados La diosa Ca, ne y / Oh ~aó,a, c1'1Stw11a_ mansedu11iórel, escépticos, burlones, cual s1 el ~utor hubiese empleado, al escribirlos, la parte más d~scre1da Y n_iundana de
su es &gt;íritu· y entre otros de muy desiguales matices, El d~fmso~. cu¡nt~ de una ironía á lo ;\[aupas~ant, y La bufaard,lla, á mi juicio el más tierno, 1 más delicado, el meJor de

tod~~lmas de juego tituló Felipe Sassone ~ su libro, Y i por
mi honor que hizo bien! En esta obra, mas aun CJll:e. en su
noYela JI.falos amores, late una humanidad deseqmhbrad_a,
b roniana y ardiente. La ttiste noche de amor que dese1?1aza
1~ relaciones del pintor «lllarcelo RottJ» ~on_ «Claucli!1-e»,
la linda obrerilla de L e Printemps, en Fef,qutsmo, ¿que es
sino una crisis de histerismo? ... Y la _castidad de « Oiga», Y
el tr · o-ico fin de «Julián Fons», y el ,medo que el autor d:clar:1fiaber tenido á su buhardilla vacía, ¿no son estremecimientos morbosos de un espíritu colocado, por In abund¡r
cia de lecturas y &lt;le emociones, en un estado de aguda 1perestesia ?»
.,
A lmanaqu e de ,,La llustració_n". - La llustraczo11 EsfJañol,ty Americana acaba de pubhcar su Alrnan:ique para

ANO 1 • 6 Diciembre 1907 • N.º 49

Precios de suscripción:
/Y\a drid y provin cias : T rimes tre _'.3,25 pesetas.
Semestre 6 pese tas. A no ti. _
Extra n jero: Semestre 10 pes e tas. Ano 18.
A nuncios á p rec ios conve n cionales.
Número suelto:

3Q CéntiffiOS

el año de 19()8, compuesto bajo la inteligente dirección de
D Antonio Garrido y en el que colaboran: Acebal, Alcázar,
A~gel Guerra, Bergen, Cavestany, C!arán, Coullaut Valera,
Cuenca Díaz Huertas, Estrada, Fernand~z Bremón, Fernández Sh;w Garrido Gil, Jiménez, Larrubiera, Llorente, Martín , Meuzier, :\lota; Nogales, Ortiz de Pinedo, Pedrero, P érez
y González, Pérez de Guzmán, Ruii !,ópez, Sandoval, San~a
,,!aria, Sellés, Sentenach , Sorolla, Sourel, Vera, Weczerv1k
y Zirges.
. bl
.
Es un elegante volumen, ad!Illra emenre impreso.
De l ce rcado aje no, por En_rique Díez-Canedo. - M. Pérez Villavicencio, editor. ;\ladncl.
,
.
En este libro, el delicado poeta D1ez-Canedo ha ye_rttdo
al castellano, en armoniosos y serenos versos,_ c_ompos1c1,ones
de Shelley, de Rossetti, de Richeprn, de Vt!hers de l IsleAdam, de Rimbaud, ele :\lallarmé, de Yerhme, de Moreas,
de Mreterlinck, de Gregh, de D'Annunzio, etc., etc.
Del cercado aieno empieza con un soneto en el que el
poeta se aconseja á sí mismo :
.
« DeJa por hoy tus íntimas canciones.
Libre, á la cita con la ;\lusa falta.
Hoy una recia tentación te as_alta,
y eres como escolar en vacac10!1es..
Explora el campo en todas direcciones;
vadea ríos y cercados salta.
Ni fruta dejes de alcanzar, por alta,
ni flor extraña, tímido, abandones.
Nadie viITTla, nada te rehusa
la tierra fértil; pasajeros, vanos,
han de ser los enfados de tu ~I usa : .
después, en el secreto de tu estancia,
podrás acariciarla con tus manos, .
que tendrán de tus hurto5 la fragancia.»
Rom eros del d olor . Novela, por Miguel A. Ródenas. -

M . Pérez Villavicencio, editor. Madrid..
.
.
Es una novela «rústica», una narrac16n ca1npes1~a, escrita
en limpio y ,·igoroso estilo. Hay una gran exacttt~d ~ la
descripción de los paisajes, y las figuras aparecen cli'?uJadas
con energía y sobrie_dad. A_umen~a el mérito de este hbro u n
bonito prólogo de G . Martinez Sierra.
Zarza florida, Poesías, por J. :\luiíoz San Román. - Librería de Fernando Fé. Madrid.
c:=
===O&lt;□
xoic:==•,O
O,O(
OC==&gt;====,===•OOOO&lt;IOX&gt;O-===;:::=:&gt;

La Semana Teatral
El estreno más importante de la semana anterior fué ~l
se,1orito, comedia lírica con música del maestro Cal)eJa Yonrinal de. .. (¡ni Loreto lo sabía la noche del estreno.) .
g El seiiorito triunfó completamente: el asunto, el diálogo,
la trabazón ele las escenas, todo es perfecto. Es la o bra de
un literato.
Y el público se preguntaba:
- ¿ De quién será esto?
.
Pero la «incógnita» era un penetrable. Después, Pepe
Loma «tiró de la manta» desde El Liberal, y todos hemos
sabido que el autor de la nueva obra era José Francos Rodríguez. Por cierto que la noche del estreno estuvo Francos
en Price y luego en el café de Leva~te, y hubo de hablar, co,~
varios amigos que venían del Có,mco, y que trataron a .E
se,iorito con cierto desdén: unos encontraban la obra lenta,
otsos la juzgaban sosita...
. .
. d'
Hace muchos años, Francos Rodríguez escnb16_u!I 1m 1simo cuento, cuyo protago:1isla! _para conocer la opimón
de él tenían sus amigos, se fing10 sordo, con }o que rec1 1
innúmeros desengaños. Ahora le ha. ocurndo a él algo _s~me. te con el misterio en que se h~bta envuelto. '.l[ora\ep. No
Jan
,
·
·
-• p eliaro
expongas
nunca a, tu meJor
amigo
,u
., de Juzgarte
cuando cree que tú no has de oule.

i~i

J. fl\.A SALA VERRÍA

EL LITERATO
I

no podía ser en aquel momento más halagador.
Otaño tenía treinta y dos años, era de figura bien
TAÑO, el joven y célebre escritor, entró en
parecida, alto, di' rostro claro y benévolo; era sonsu &lt;'uarto y se tendió e n la cama, dando riente por lo común y sabía recatar e l fondo de
un largo suspiro; cerró los ojos, abrió los tristeza que había en su carácter; era amable, quebrazos, se desplomó.
rido; acaso se le preparaba un risueño porveni r
Estaba tan cansado, tan hastiado, de tal modo dentro de la sociedad. Ocho días atrás publicó
sentía el agobio de la existencia, que en aquel mo- una novela, que la crítica acogió con gran entumento hubiera querido morir.
siasmo; los editores le solicitaban; ganaba ya bas«El hombre, pensó, debería tener la vida como tante dinero; sus artículos empezaban á ser cocogida de un hilo; ahora yo cogería ese hilo sutil, mentados por todo e l público; aquella misma malo rompería con un esfuerzo levísimo, acabaría dP ñana había salido un artículo suyo en el periódico
fatigarme ... &gt;
de mayor importancia de Madrid, artículo que proTendido como estaba, con los ojos cerrados, dujo honda sensación. Su carrera literaria llegaba
abandonado en cuerpo y en espíritu, comenzó á al máximo de potencia, su reputación era indiscurepasar los sucesos del día, los azares anteriores, tible, no tenía que hacer ya más sino abandonarsP
el tumulto entero de su breve é intensa carrera de al éxito, dejar que el nombre circulase y llegará
escritor. Pasaban por su mente los hPchos, las cuanto se pueda llegar: á la Academia, á la direcideas, los mil detalles de la vida, como en una ción de un gran periódico, á un b11en puesto políronda veloz y atropellada; él los veía pasar á totico, á la traducción de sus obras en el extranjedos y los iba recordando: unos le asustaban, de te- ro.
Su inteligencia, en suma, entraba en aquel
rribles como eran; los otros le sugerían un amable punto admirable de madurez y de equilibrio, y su
dulzor; pero estaba tan cansado, que solamente estilo era vibrante, fuerte, hermoso y fluido.
adquirían fuerza en su memoria los recuerdos más
- ¿Por qué, por qué esta tristeza? ...
amargos.
Venían sus recuerdos atropelladamente, y acu- ¡Qué triste es todo esto! . . .
dían los más pequeños y lejanos; todos tenían parSe volvió de lado, hundió la cabeza en la al- ticipación en aquella ronda espesa que ensommohada y suspiró nuevamente:
brecía su mente. Recordó su niñez, sus pobres
- Sin embargo, ¿por qué, por qué esta tris- años de miseria y de tristezas familiares, su primeteza? ...
ra jm·entud, exenta de alegrías y amoríos turbuEn efecto, el aspecto exterior de sus asuntos lentos, su timide7. contumaz, su torpeza, su ensi-

O

�punto muv alto y muy puro, formado de todos
los atributos' de la divinidad. ~n aquella altura
ideal, la gloria participaba de lo mefahle, de lo superhumano; era lo bueno, lo bello, lo más noble
de la existencia; serda &lt;le aureola á los guerreros, á los mártires, á los conduct?r~s ~e pueblos,
á los poetas. Asi su ~l~1a, que '.mgrn_ana y f~rn?amentalmente era rehg1nsa, me1or chclv&gt;, ~1st1ca,
inyentó un dios para su consuelo y para satisfacer
sus impulsos de a&lt;loración.
.
,
Junto con esta ~evoc~ón_ de la glona, tema
Otaño una reverencia optimista y generosa de la
opinión. Consideraba que en el mundo, por de~tro
de la humanidad dispersa, rc\·ue~ta y, en_em1ga,
latía 1111 aliento de comunidad y s1mpatla ideológicas que los grandes ~- fue~t~s talent?s lograban
infundir; este aliento 1deolog1co servia como de
espíritu universal que hacía con~xas_las al_m~s más
distanciadas; y las almas, las 111t~hgenc1~s, para
expresar concr~t~1;1cntr _su concx1~11, vahanse de
la opinión, del pucw critico que S\iha apa:e~er en
forma prrcisa ante la ohra del gemo; la ,op_tmdn ~ra
como una melodía surgit'ndo de la armumca umón
de las infinitas y disper!-aS inteligencias.
.
Ota110, pues. creía rn la rc~l~za ~e la glona,
creía en la unanimidad de la 0¡&gt;101611. fal como el
juicio crítico de la humanid~d se muestra a_cor~e
ante un problema matemático ó una expenenc1a
química se mostraría igualmente unámme ante
una obr;1 suhlimr de arte ó de filosofía. El pen~amiento del escritor pasaría claro y ¡n~ro, reve~tldo
de arrogantes imágenes, al pcnsa~11ento umv_ersal; la emoción del autor promm·ena_una emoción
semejan te en el alma de la humanidad; el ~lma
del autor se fundiría en la gran al_ma del umYerso; el uniYerso reflejaría lo recóndito de la mente
del escritor. . .
.
Otaño trabajaba con un ardor, _con u~a P3:il6n
y una fe, con un entusiasmo que 111 los anos n1 l~s
naturales fracasos pudieron enfriar. Per~ ~sa visión que él tenía de la gloria y de la op11116n se
mantuvo fuertr mientras el esfuerzo del avan_ce
ocupó toda su atención. Entre tanto q~e traba1aba preparando el éxito grande, su espmtu no po-

1111

mismamiento de solitario. ¡De todas las cosas agradables había carecido!
Pero precisamente porque careció &lt;le todo p~so
su ambición, desde muy jon~n, en poseer un t1_tulo de prestigio que le per~1ities~ pPnetrar l~1en
en lo hondo de la rxistencia social y rcsar~1rsc
allí de su escasez y humil&lt;lad pasadas. Conciu1~~a1ía un nombre que fuera como un tít11~0 n~b1hario, merced al cual su persona circulana digna y
libremente; conquistaría, aclem:ís, puesto q_uc era
enérgico y laborioso, una fortuna, y _ll_egana á la
gloria. SPría fuerte, respetallo, y adm1t1do por sus
obras espirituales; entraría á gozar del mundo;
tendría poder, mando ...
' ' toda la energía de su voluntad, reconcen1
'
tracia
y terca,
la empleó en alcanzar este_ ¡·111. I'ero
ahora que !u alcanzaba, ahora estaba. triste, rendido, con una tristeza y un cansancio abrumadores.
.d d
- Quisiera que la \ida estuviese prench a e
un hilo sutil. .. - pensó otra yez.

II
Otaño te-nía formado de la gloria un concepto
puramente rom,íntico é idealista. Cuando renunció á sus creencias de la infancia puso en el al~ar
yacío de su alma al dios de la gloria; á est~ dios
rogaba, adoraba, y en él creía. Para él la gloria era

día detenerse á analizar la esencia de la gloria y
de la opinión uni\·ersal: aun no las había alcanzado. Solamente al llegar arriba, en el reposo de la
llegada, su fuerza analítica cogió los ídolos de su
juventud, los giró y remiró, les dió cien vueltas,
y al fin sintió que su sér se anegaba en llanto.
Rompió á llorar interiormente, dando suelta á
esas lágrimas inmateriales y ocultas que manan de
ojos escondidos y que caen copiosamente en los
senos del alma. Este llanto y desencanto nacieron
precisamente cuando su novela logró aquel ruido
de aplausos y cuando sus artículos periodísticos
atraían sobre él la atención y simpatía del público.
- ¡Miserable público! - exclamaba el joven
literato Cf\n sorda irritación.
El suponía antes que las ideas de su mente
pasaban íntegras á la mente del lector, y que de
este modo el genio podía avasallar al público y
tenerlo pendiente y atado. Concebía á la idea
como formada de un modo total, redondo, pleno;
pero ahora observaba que la idea de su cerebro,
el hijo de sus soledades, al lanzarse al universo,
adquiría formas diversas, matices múltiples, y se
descomponía hasta el infinito. Conoció que la idea
no es una y total, redonda, plena, y que no moldea los cerebros á su misma capacidad, sino que
los cerebros del público son quienes moldean las
ideas á su medida. Cada mente era capaz de esta
ó de aquella magnitud ideológica; cada cerebro
era un recipiente que el destino había conformado caprichosamente, y las ideas se ajustaban á esta
capacidad caprichosa de los infinitos cerebros. Xo
era la idea quien vencía, avasallaba y moldeaba el
cerebro, sino el cerebro era quien cogía la idea y
la hacía suya. Entonces Otaño se dijo:
- ¿De manera que no soy yo quien triunfa,
sino mis lectores? ¿Yo labro mis ideas para que
otros las utilicen y les den forma á su placer? ¿:Mis
idras son siervas de mis lectores? ...
Al pensar de este modo, su orgullo se sublevaba y le hacía rugir de ira. Comprendió además
que, así como no existen dos cabezas iguales, tampoco hay dos formas ele mentalidad idénticas. Y
exclamó Otaño:
- ¿De m:mera que mi idea, concebida y depurada por mi, en cuanto pasa al dominio de los
lectores se transforma en tantos matices como IPctores hay en la tierra, y se anega en la multiplicidad de las mentes, y se pierde, se diluye en el infinito? ¿De manera que mis ideas, en cuanto salen
de mí, ya no son mías, y se me mueren y hacen
extrañas? ¿Es como si pariese hijos y se me desaparecieran?
Aquí Otaño empezó á afirmarse á sí mismo
que un creador de ideas lo mejor que puede hacer es guardárselas y no entregarlas á la inclusa
de la humanidad. No escribir más, en fin ...
Entonces se levantó del lecho, corrió hacia la
mesa de trabajo, agarró la pluma y la rompió, como
quien ahoga 6 despedaza á su tirano.
- ¿Qué me ha valido el pulir, educar, engrandecer mi inteligencia?- exclamó, desalentado.
La crítica había entrado en el campo de sus
producciones, y las había analizado: aquel análisis
arbitrario y contradictorio, vago, pedante y huído,
es lo que más descorazonaba al joven escritor.
Cierto crítico se fijaba en un aspecto solamente
del libro, y sacaba de él una consecuencia equivo-

cada; otro crítico aseguraba que la tendencia de
sus ideas era de tal forma, cuando, en realidad, era
lo opuesto; parte del público se detenía en ciertos
episodios ó aspectos que carecían de interés en
los propósitos del autor: la idea inicial y neta de
su libro y de sus artículos nadie la quería descubrir. Unos decían que la esencia de su talento era,
principalmente, descriptivo; otros, en cambio, opinaban que era discursivo; algunos le aconsejaban
que hiciese dramas; un editor le pidió una obra
sociológica; el director de un periódico le ofreció
la plaza de redactor jefe ... Ninguno acertaba á
Yer, al través de las obras, la idea y el ser del autor. Si él lanzaba un libro á la voracidad del público, el libro era dividido en fragmentos: cada lector cogía el libro y lo hacia suyo, lo interpretaba
como quería. ¡Su libro, al salir de sus manos, ya
no le pertenecía!
Aquella misma mañana publicó Otaño su celebrado artículo, y escuchó con asombro las diversas opiniones que sohre él íbanse forjando. Había
quien lo elogiaba por la precisión de la forma; otro
Yeía en la tendencia del trabajo demasiado atrevimiento; alguno lo motejaba de afectado; otros se
fijaban sencillamente en ciertos párrafos radicales;
nadie comprendió el artículo entero, completo de
forma y de idea, tal como saliera de la mente de

�mente, y cada día en diferente forma, piruetas
su autor. ¿De qué
ante la multitud...
le servía, entonces,
- ¡Ah miserable público, monstruo grosero Y
haber lanzado su
ba¡·o que p'irles siempre sangre nueva!. .. ¡No seré
hijo á la vida, si es)
. ya más.'
yo quien
me dé á ti en sacn.fi c10
te hijo era cogido
por la multitud y
III
deformado, has ta
adquirir tantos maOtaño no podía calmar la agitación de su sér,
tices, tantas idiola inquietud, el coraje de su pecho. Levantó la
s in cr as ias como
cortinilla de la ventana y
lectores existían?...
miró á la calle.
El público no
Por allí pasaba, bajo un
entendía ni aceptacielo plomizo, en la incierta
ba de corazón sino
luz de la tarde, la gente que
aquello que fuese
marchaba tevuelta y aprisa
bien sencillo y raá buscar su pan, su vicio ó su
so· admitía congodolor. Niños andrajosos, anzo' las superficialicianos mendicantes, obreros
dades, lo bonito, lo
de aire c, nsado, un ciego que
irónico, lo que le
tocaba el violín, una yieja
divertía; las obras
trapera, mujeres, jóvenes y
complicadas las cogía é
opulentas mujeres que ~ban
interpretaba como quede tiendas ó de conquista.
ría, sacándolas el jugo
Dejó caer la cortinilla y
conveniente. El público
era un tirano que, como
compraba las ideas, hacía
de ellas luego el uso 9-ue
le placía. Y los escnt~res, en el fondo, continuaban siendo juglares,
que unas veces cantaban ~ellas trovas, _otras
veces hacían piruetas, y s1emp_re_ tra?a¡aba~
á sueldo ... ¡Valla más no escnb1r! El es~ntor se descomponía como una cosa dócil Y
débil en el oceano de la muchedun:b_re.
Al llegará este punto en_su análts1s atormentado, Otaño se levantó de la cama Y co- .
menzó á pasear; de tal manera le ahogaba la ira.
- ¡Puercos lectores! - . rugía, apre~ando los
puños - . ¡Ignorantes, va01&lt;;1osos, nec,10s lectores! ... ¿Y á vosotros es á quien yo hab1a demostrar lo oculto, lo triste, lo inefable y amoroso de
mi espíritu?... ¡Ah, no, no! ¡Nunca más _volveré á
escribir! ¡No vale la pena de. daros, necios le&lt;:tores, la vida y el dolor de la vida, la flor de la vida,
por un miserable aplauso!
- ¿Qué era la gloria, finalmente? Cuando la
veía desde lejos, Otaño se la figuraba como un
algo completo y conexo, como un estado permanente que había de ofrecer una constante valoración del mérito, un grado de po~er estable, un
prestigio que el tiempo no podna alter'.1r. Pero
ahora Otaño veía todo lo opuesto: la glona era un
estado accidental, difuso; surgía la gl?ria _POr sorpresa, sin saberse cóm?, á veces ar~1tranamente;
h unanimidad del elogio duraba un ~ns~ai:ite, luego el elogio se dis~ersaba y hac}ase mdl\'ldual, se
disgregaba la glona, desaparecia; sólo ~n e'.ecto
de inercia la mantenía al fin con apanenc1a de
realidad. Hasta que llegaba otra obra nu_e~a, y la
gloria volvía á crecer: era como u~ arco 1ns. ~ara
mantener en auge la gloria, necesitaba el escntor
dar siempre nuevas y fuertes obras, _qu_e se renovase, que buscase la atención del publ~co, que lo
adulase, que sangrase el corazón contmu":mente,
que el autor siguiera sin cesa: la ondulación caprichosa del gusto de la multitud. Hacer eterna-

a

dió la espalda á la calle, al mundo, las mujeres.
- Yo pensé un día que las mujeres. . . ¡Pero
esas son bestias blancas, pedazos de carne caliente! Carne, carne blanca... ¡Eso no sirve para nada!
Pero oyó una música extraña que venía de la
calle, y estuvo un momento inmóvil, con el alma
atenta, escuchand().
Sin duda aquella música era su preferida, la
voz íntima y familiar que había escuchado otras
veces con sin igual delectación.
La música venía de un extremo de la calle, y
consistía sencillamente en uno de esos antiguos
armoniums que los viejos mendigos suelen usar todavía en las grandes ciudades.
Era un organillo del antiguo régimen, contemporáneo de la buena y sentimental época romántica, de aquel tiempo que fué como una convulsa
erupción de todas las amarguras, de todos los entusiasmos, idealidades y arrebatos humanos; de
aquel tiempo que nació enfermizo, como parto de
la revolución.
El organillo venía tocando un aire de la época,
una romanza de Rigoletto. Pero como el instrumento era ya muy viejo, la romanza llegaba desarticulada, tal como si la can tase un sér anciano y
jadeante; y á veces el tumulto de la calle, el estrépito de un coche, el grito de un vendedor, cubrían
la música del organillo y la ahuyentaban. Pero
nuevamente la música volvía á sonar, dulce, apagada, melancólica, lle na de una suave ternura,
fresca é insinuante aún, con la frescura amable de
aquella época sentimental y graciosa en que existían poetas, revoluciones y mujeres pálidas!
La música hablaba de cabezas hermosas, de
melenas románticas, de ojos febriles, de grisetas
que aman á los escritores, de escritores que mueren tísicos ó que se suicidan. Y mezclado con
la figura de Rigoletto, surgía la visión de toda
aquella multitud convulsa é incoherente del romanticismo: las barricadas de Los miserables, la
figura altiva de Ilyron, la griseta de l\Iusset, la
queja de Leopardi, las Orientales; las orgías de
Espronceda, levitas entalladas, corbatas pasmosas,
castillos feudales, claustros conventuales, grabados
de Gustavo Doré...
Otaño oía deleitado, hundido en un arrobo, la
música del organillo. Sin duda la había antes oído
muchas veces; sin duda era una voz amiga que venía por las tardes, cuando llovía, cuando caía la
vaguedad del crepúsculo, cuando el alma se siente más propicia á divagar y á evocar sueños queridos; y venía á remover en el alma de Otaño
aquel mundo sentimental, romántico, quimérico,
que estaba escondido bajo la capa de un modernismo racionalista y de última moda.
Levantó, pues, la cortinilla, atisbó la calle, vió
al músico callejero; abrió la ventana y arrojó una
moneda. Luego el organillo cambió de música,
tocó una marcha de Garibaldi, juvenil y vivaz y se
alejó por la calle _abajo, hasta extinguirse, como
un batallón de qmmeras que se desvanece...
IV
Volvió á sentarse junto á la mesa de trabajo.
Entonces se fijó en un cuadernito negro en donde
solía anotar sus ideas y proyectos á medida que
surgían en su mente; precisamente las últimas ho-

. - ¡¿/j:'I(!(

e

; ~"'t ,

jas del cuadernito estaban llenas de pensamientos
y párrafos sugeridos por aquella misma inquietud
que en el momento le embargaba. Ojeó el cuadernito y leyó en voz alta, como si quisiese penetrarse bien del sentido de sus amargas reflexiones:
«El público es un niño, ó es un monstruo voraz, ó es una mujer: aunque vista de diferentes
modos, aunque lleve levita y guantes, aunque tenga en el cerebro unas cuantas ideas cultas, el público siempre es como aquel público de los pueblos campesinos, compuesto de hombres brutales
que ven saltará los pobres gimnastas, que Yociferan, ríen, aplauden las piruetas más grotescas y
piden ejercicios arriesgados, en que haya peligro
de muerte, y al acabar dejan una moneda ó una
injuria. Si el público es así, ¿cómo puede imaginarse que un carácter orgulloso haga piruetas delante de él? El público es un tirano que pide al autor
sumisión completa: le manda, le dirige, le esclaviza ... &gt;
,•¡Ah, yo no soy ni más ni menos que una mujer! La mujer necesita que le elogien el brillo de
los ojos, la b lancura de los dientes, lo liv iano del
talle; y la mujer busca el elogio y lo compra aun á
costa de su libertad, su orgullo ó su honor. La
mujer adorna su cuerpo, adoba su cabellera y su
piel, se cubre con galas fantásticas y rrlucientes,
para que el hombre la admire; y la mujer se tiende
á los pies del hombre y se entrega á él, desvanecida, dócil, esclava. Yo también busco el elogio
desatinadamente, pulo mi estilo, exprimo mi cerebro, agoto la sensibilidad de mis nervios, me
adorno, me adobo, me exhibo desnudo, y me entrego dócilmente al lector que me acaricia; y sus
caricias me hacen desvanecer, con un desvanecimiento de hembra insaciable. ¡Ah, yo no soy digno de mi! Yo me entrego y me reparto; me doy en
venta á la multitud; sé ya lo que gusta á la multitud:
cuál adorno, cuál gesto, cuál sonrisa ó mohín doloroso le gusta á la multitud, y salgo á ofrecerle
al ~úblico lo que le gusta, y él me paga con una
cancia y con una moneda, á veces con una injuria.

�Ahora sondo ante la canc1a, ahora lloro ante la
injuria. Al despertar pienso en el público, y al dormirme sigo pensando en él: yo soy la man_ceba del
público. El público es un amante muy exigente, y
yo soy la amada siempre dócil. . . &gt; • ,
«El lector ama notablemente la 1roma: sólo los
grandes ironistas han tenido la verdadera y consecuente estimación del público. U na forma de estilo put&gt;de dar celos á los irónicos, y esta forma es
el sarcasmo, la indignación vibrante á lo Juvenal.
Por donde se infiere que el público es una selva
de almas inmundas, que sólo aullan ante el látig~
ó ante las muecas pintorescas. El lector busca a
quien le grita con gran~es voces,. á quie~ le de~cubre simas de inmoralidad, á quien fustiga los tiranos y los poderosos; el público, que es un hato

1

1

1

de plebeyos cobardes, busca al escritor que le trae
carne fresca que devorar, porque nada hay que la
canalla agradezca tanto como la decapitación de
la grandeza, de lo noble, de lo sagra_do: el qu~ t~nga bastante abnegación para servirle al publ~co
diariamente carnaza fresca y noble, ese será bien
querido y solicitado. Un rey podrido_, un papa abyecto, un genio falso, un héroe mentiroso, ~n ~lósofo desprestigiado, eso es lo que ama el publico:
escándalo, grandezas caídas, voces iracundas~ adulación á la canalla ... La canalla gusta, ademas, de
la ironía; los buenos escritores, los que saben s~nreir finamente, con sonrisas de dos filos que hieren igualmente al autor ó al _público, á la verd_~d
como á la mentira, esos escntores que salen diariamente embadurnados de yeso y que hacen bonitas piruetas, que entretienen, no molesta? mucho, son lindos, suaves, que tienen algunos pinchos
discretos, que ríen, que sonríen ... áesos los bu_sca
el público siempre. ¡Si comprendieran los escnto-

res de todos los siglos que la ironía es un signo de
abyección, un tributo á la canalla!. . . &gt;
•
Pero interrumpió la lectura del cuadernito negro, porque, á medida que i~a leyéndolo, su pecho se llenaba de mayor coraie.
Se levantó demudado, con los ojos chispeantes; crispó los puños: hubiese querido tener en
aquel momento, unidos en un haz, los pescuezos
de todos sus lectores, para retorcerlos y ahogarlos
de una vez.
Después volvió el pensamiento hacia los escritores, sus compañeros de fatiga. Los vió endebles de salud, llenos de histerismo, atormentados
por la envidia, decepcionados,, irrit~dos contra su
suerte, incapaces de abrazar a la VI?ª con _abrazo
viril; sin energía, sin voluntad, nerviosos é mtran-

quilos, sensibles á la menor impresión,_pob~es, con
grandes ambiciones y sin ninguna acción vigorosa
en el mundo de los negocios, del amor, de nada.
Desgraciados séres que se reunían en algún rincón de la ciudad para hablar de sus grandezas
imaginarias ó para contar, en un contraste i_-idículo el dinero que cobraban ó el que cobranan, el
d~stino que poseerían, el personaje político que
los protegería...

V
Otra vez levantó Otaño las cortinillas de la
ventana, y nuevamente dejó errar sus ojos por la
calle.
Era aquel momento indeciso de la huída_ de la
luz de la muerte del día, de la llegada tácita de
la ~oche· aquel momento crepuscular que en pleno camp~ suele tener tan suave, tan resignada melancolía, pero que en el fondo de las grandes po-

tranvías, y únicamente se veían figuras
y escenas lamentables: una pareja de
guardias, una castañera, dos golfos que
se calentaban al fuego, y la gente, la inmensa, la revuelta y acelerada gente
que caminaba tropezando, lo mismo
que un río de aguas turbias.
De repente Otaño palideció. Una
mujer joven había doblado la esquina
que daba enfrente de la ventana, y sus
ojos, vueltos hacia arriba en un movimiento instintivo, automático, tropezaron con la mirada del escritor.
Otaño palideció y quiso ocultarse,
soltando la cortinilla y metiéndose dentro del gabinete. Pero sin duda aquella joven y hermosa mujer tenía hondas raíces en su sentimiento, porque
Otaño, sin poderlo evitar, volvió á la
ventana y levantó la cortinilla, y otra
vez tropezaron sus ojos con los de la
mujer.
La mujer sonrió y levantó la mano, con un ademán gracioso de inteligencia; luego se dirigió al
portal y penetró en la casa.
- ¿A qué viene esta mujer trapacera? - murmuró O taño - . ¿Qué me quiere ese fardo de frivolidades? . ..
Pensó que aquella mujer estúpida, tan bella y
relarnpagueante como un faisán de adorno, no
vendría á su cuarto más que para turbar la grave
complicación de sus pensamientos. Quiso cerrar
la puerta y ahuyentarla como á un gato bonito;
pero la mujer se adelantó y llegó á la puerta antes
que él. Y penetró en el cuarto violentamente, dando saltos menudos y vivaces, sonriendo y hablando, iracunda y melosa, todo á la vez.
- Aquí estoy, Otaño, aquí estoy yo.
Se sentó en una silla, levantó la pierna, hurgó
entre las faldas y se entretuvo un momento en
arreglarse la liga. Luego se entretuvo en acicalarse el peinado, en componerse el lacito del cuello y en mirarse al espejo con cien diversas actitudes y femeniles marrullerías. Y no cesaba de
charlar, rápida, frívolamente.
- Pasaba por ahí, ¿sabes?, y te vi. .. Te vi, y
me dije: «Ahí está el ilustre Otaño, el que ya no
me quiere, el que me p osterga á las princesas de
sus sueños... • Y entré, ¡claro que entrr!, para demostrarte que yo no soy princesa...

blaciones adopta un matiz grisáceo, triste y desconsolador.
Otaño se acord.ó de su niñez. Pasó por su alma
como una ráfaga de aire libre, y pasó también un
cuadro idílico lleno de la dulce inocencia de los
primeros años. Cuando él era niño, cuando acaso
presentía la inexorable crueldad de su destino,
solía apartarst&gt;: de la ciudad é íbase por el malecón
del muelle á sorprender el último rayo del sol; y
allí quedaba extático, mudo y perplejo, viendo
cómo la luz crepuscular se diluía en la naciente
sombra y cómo los perfiles de las colinas se dibuLa princesa está pálida,
jaban limpiamente en la violácea serenidad del firtriste está la princesa . . .
mamento. Entonces se quedaba absorto y ensimismado, aguardando á que amaneciesen los lu¡Já, já, já!. .. Yo no soy princesa, ni ganas de
ceros, y cuando la primera estrella brotaba en el serlo; pero soy una mujer de corazón . .. ¿Te entecielo como una flor brillante y diminuta, el peque- ras? S oy una mujer de corazón, ¡de corazón sí de
ño O taño se conmovía hasta la raíz del alma, que- corazón!
' '
ría cantar versos, quería llorar, hubiese querido
. Y com~ si esta suprema y noble palabra huvolar, morir, conv ertirse en ángel. .. Y muchas biese agobiado á su frágil y pueril espíritu, la hertardes concluía por llorar de veras.
mosa mujer se tendió en la silla y puso en su rosMientras que ahora...
tro un gesto de cómica indignación.
Apenas si se divisaba una línea de cielo entre
Sentada en la silla, con el busto doblado lio-elos dos tejados de la calle, y aquel trozo de cielo r~mente, con el entrecejo obscuro, con los at~rera de una horrible suciedad. En lugar de las som
c iopelados ojos negros clavados en la alfombra,
bras fluctuantes, en vez de las nieblas indecisas aquella mujer sugería ideas de sensualidad más
y de los rumores suaves del crepúsculo, aquí, en bien que ideas de compasión 6 de ternura. Toda
el fondo de la calle, oíanse los ruidos agrios de aquella mujer era un conjunto de sensualismo .
los coches, de los vendedores ambulantes, de los Transcendía de toda su persona un aroma lúbri-

�- ¿Qué dices tú á eso? ¿No tienes nada que
co, tentador y vehemente. Parecía un sér excepcional creado expresamente por la Naturaleza para decirme? ... ¿Y te estás así, callado como un topo?
rodar entre los hombres, como objeto de lujuria, ¿No soy nadie yo? ... ¿O crees que tus pensamiencomo prenda de amor, de pasión primitiva, de tos valen más que mi persona? ... ¡Hijito, ilustre
sabio ó lo que seas, ten en cuenta que el tacón
concupiscencia.
Andaba por los cafés y los escenarios como de mi zapato vale más que todas tus ideas!
- ¡Bueno, basta! - exclamó por último Otauna pelota de juego, como un animal bonito que
brincaba ante el aplauso, que reía ante los gritos, ño, y se levantó con ademán resuelto-. Habíaque se embriagaba con la hirviente aura de la mul- mos quedado en que tú y yo...
- Habíamos quedado en que tú eras un potitud. Y era como un sér de condenación, inocenbre
chico, y en que yo no podía perder el tiempo
temente perverso, encargado de encender las más
torpes pasiones. Cuando la multitud hervía entu- con tus simplezas.
- Pues bien, Cielito, hermosa Cielito; eso
siasmada, cuando en el ardor de la danza su cuerpo vibraba lo mismo que un haz de fuego, enton- quiere decir que no nos entendíamos y que hicices ella se enardecía todavía más que el público, mos bien en separarnos. Ahora...
- Porque tú eras un pobrete, por eso no nos
y acentuaba sus ademanes lúbricos; y entonces
que el público rugía, como una bestia celosa, ella entendíamos. Tú eres un pobre hombre lleno de
temblaba desde los pies hasta el cabello, y hubie- vanidad, que te crees que las demás hemos nacise querido ofrecerse, de una vez, completamente, do para servirte ...
- Al contrario; yo te quería para lo otro...
al monstruo encandilado de la multitud.
para amarte.
- ¡Yo tengo corazón, sí, corazón, corazón!. .. - ¡Já, já, já!. .. ¡Qué tonto, qué romántico es
volvió á decir, mientras se incorporaba bruscamente. - En cambio, otros no lo tienen ... ¡No, señor; este ilustre sabio! ¡Para amarme como á las prinno lo tienen! Hay personas ridículas que se creen cesas pálidas! . . . ¡Já, já, jál ...
- Yo te quería para amarte, no como á las
severas, y son nada más que farsantes . ..
Pero el mutismo de Otaño debió de producirle princesas, sino como se ama á las mujeres que
una honda contrariedad, porque se fué hacia él, transitan por nuestro lado. Pero me equivoqué,
se plantó firmemente, puso los brazos en jarra, y me resultaste una...
- ¿El qué? Acaba de decirlo ...
chilló:

- Bueno, 0-elito; terminemos, porque estoy
en un trance moral que no consiente divagaciones.
:-- ¡Lo que hay es que tú eres un egoísta, un
vanidoso, un hombre fatuo! ...
- Basta, Cielito...
- ¡Y_que me cogiste para distraerte, para hacer conmigo u:1a pausa en tus trabajos ridículos! ...
- ¡Ea, acabemos!
- ¡Pero el tacón de mi zapato roto, vale más
que todos tus escritos necios! ...
Al_llegar_ aquí, Otaño avanzó hacia la puerta,
la abnó Y m!ró á ~a buena moza con tal imperio,
con tan ternble mirada, que la mujer vivaz y turbulenta c~lló amedrentada y traspuso la puerta
con pas_o hgero._Pero al llegar al pasillo, y cuando
~e v1ó libre del imperativo gesto de Otaño, la muJer_ ~e desató nuevamente en improperios y en
ch1lhdos.
- ¡~al escritor! . .. ¡Fatuo!. .. ¡Canalla! ...
. Otano se encogió de hombros, cerró la puerta
violentamente y se sentó ante la mesa. Luego apoyó_ la frente en la mano, y dejó que su espíritu sigmese anegándose en el mar profundo de su tristeza.
. - ¡Qué estúpido episodio el de esa necia muJer!: .. Pedazo de carne blanca, nido de lujuria,
vanidad de un placer enfermizo. ..

VI
Una mano llamó á la puerta.
- i No estoy! - gritó Otaño - . ¡ Al diablo
todos! . ..
Pero la mano volvió á repiquetear con más
fuerza que ant~s, de una manera autoritaria, y se
oyó una voz atiplada que decía:
- ¡Soy yo, Otaño; ábreme!
Como no le contestaran, la voz gimió nuevamente:
- ¡Otaño, Otañito, ilustre escritor! .. . 1·Abre
pronto, que soy yo!
Golpeó la puerta con furia, y gritó desaforad amente:
;-: i Abreme, Sltaño, que vengo con grandes
noticias! ¡Que traigo mucha prisa! ...
En~onces Otaño abrió la puerta de mal humor,
y entro turbulentamente en el cuarto un jovencillo feucho, mal fa~hado, de sombrero inverosímil,
d~ cuerpo mezquino, con unos ojos saltones que
m1raban descarada y burlonamente á todos los
lados.
. - ¡Hola, querido Otaño! Vengo á hablar contigo de un asunto muy grave.
S_e sentó en seguida cerca de la mesa, se repantigó muellemente, cogió un cigarrillo del ca•

�jón, lo encendió y comenzó á fumar, á escupir, á apura se muere. ¿No me ves á mí? Yo no tengo
mirarlo todo y á removerse inquieto, mientras reía prisa. Yo soy un ilustre dibujante, como tú sabes
con una risa mezcla de candor y de truhanería bien ... ¡jí, jí, jí! Pero no me apuro ni envejezco
como tú. Yo reservo parte de mi juventud para
ratonil.
- Fumas buenos cigarros, dicho sea entre pa- las buenas mozas ... ¡Ah, escucha! La Cielito creo
réntesis... ¡Jí, jí, jí! Comprendo muy bien que con que te es infiel; no te fíes.
- Yo no tengo nada que ver con esa mujer.
esta ayuda se escriban las gloriosas páginas que
- ¡Vamos, no disimules! Todos sabemos que
tú escribes. Un buen cigarro es un gran colabohabéis tenido vuesrador de la intelitras uniones ilícigencia. Si Homero
tas ... que habéis ...
hubiese fumado ...
¡Vamos, Otaño, no
Otaño se levanseas hipócrita!
tó, y dijo:
- Eso fué an- ¡Bueno, contes, en otro tiempo;
cluye!
eso ya pasó ...
- ¿Qué? ¿Qué
- Pues sabe
es eso? ... - chique ese trasto de
lló el jovencillo.
Cielito está Pn in- Que concluteligencia con el
yas, que digas lo
imbécil de Roda~.
que habías de de¿Y qué me dices tú
cirme.
de Rodas, del imEl jovencillo se
bécil de Rodas?
arrellanó en la silla,
¿Has visto en tu úpuso una pierna SO·
da un congrio más
bre la mesa, y exgrande? ¿Has leído
clamó con acento
los artículos que
meloso:
publica en El Es- ¡Oh, mi adtandarte?
.. . ¡Chimirado escritor, mi
co, te confieso que
ilustre y querido
estas cosas me
genio! Tú tienes
sacan de quicio!
prisa por dejarme,
y yo, por el contrario, desearía morirme á tu lado, ¡Cuánto imbécil anda suelto por ese mundo del
sin separarme de ti ni un momento de la vida. arte! ... ¿Pues no se atreve Urrutia á decir que
No comprendéis vosotros, los genios, que la lla- Rodé!;S es un muchacho de talento? ¿Tú crees que
ma de vuestra inteligencia nos atrae á nosotros, Rodas puede tener talento? ... Vamos á ver, sé
franco: ¿Tú crees que Rodas piensa, ni que bajo
corno la luz atrae á las ...
- Mira, Pino del demonio, no estoy ahora aquella bola cerebral guarda ni siquiera tres
para oirte, ni tengo ganas de paliquear. Acaba de ideas? ... ¿Y qué me dices de Urrutia, hombre?
¡Yo no he conocido un majadero más tonto que
una vez; dime á qué vienes, y márchate.
- ¡Bien, ilustre literato, bien por las energías! ese Urrutia! S_e figura que con ponerse grandes
Así me gustan á mí los hombres: rápidos, francos corbatas de lazo nos va á epay decididos. Pues yo también quiero ser franco y tar á los pobres burgueses...
rápido, y te diré, por no andar en circunloquios ¿Tú qué dices de !_a s corbaestériles, que hoy no he almorzado, qu~ necesito tas de Urrutia?
Otaño pensaba en aq~el
cenar á todo trance y que vengo á pedirte cinco
momento que la vida literaria
pesetas. ¿Te parece bien, ilustre escritor?
Otaño sacó una moneda de cinco pesetas, se era la más pobre que pudiera
darse en el mundo.
la dió al jovenzuelo y aguardó de pie.
- ¿Y siempre esto, siem- Toma, ahí tienes la cena. Ahora, déjame
pre, hasta morir, esta pobre
en paz.
Pero el jovencillo vivaz no tenía sin duda mu- vida de murmuración y mez- ·
chas ganas de marcharse, y con voz atiplada, con guindad? ...
- ¡Ay, Otaño de mi vifrase pintoresca y entrelazando muecas nerviosas,
saltos en la silla y carcajadas guturales, habló sin da! - siguió diciendo el jovencillo-; ¡tú vives en una
cansarse:
- No seas precipitado, Otaño; no te precipi- región fantástica de ideal, y
tes; atiéndeme á mí, que soy más viejo en este pQr eso no te enteras de las
mundo del arte. ¿Vas á trabajar? ¿Piensas pasarte miserias de este bajo munq.o!
la juventud trabajando? ... ¿Cuántos años tienes? Haces bien, haces bien. ¡Yo
¿Treinta, treinta y dos! . . . Ten calma, hombre, estoy asqueado, completaque ya llegarás. El porvenir te aguarda, el hermo- mente asqueado! No hay más
que imbéciles por Madrid, maso porvenir... ¡Jí, jí, jí! ...
Encendió otro pitillo, escupió á ambos lados las lenguas, lenguas viperinas.
de la silla, se limpió la baba de la boca con el re- ¿Crees que tú estás á salvo?
Pues qo lo estás, no; también
vés de la mano, y prosiguió:
- No vale apurarse, querido Otaño; quien se tú tienes que pagar el tributo . ,.,#.

á la perfidia humana. Por ejemplo, ayer decía en
~ornos ~l tonto ~e García que tu novela es un plagio_ de D Annunz10, que te traes las ideas de Anatollo France, que...
:¿Y para esto agoto mi sensibilidad, pensaba
Otano, y malg~s~o la flor de mi alma, para que me
muerda la env1d1a ocultamente? Si pudiese pesar
el ~r~ Y. el contra de la opinión, las alabanzas y
las 111JUna~, ¿acaso no pesarían éstas más que aquéllas? ¿Y nu carrera será entonces una caminata por
entre mal_vados, que me acechan en la sombra y
que me siguen mordiéndome, y yo nunca podré
con~cerlos á todos, y sentiré que hay algo que me
hos:1ga y mina, ojos que me celan, lenguas que
me mfa~an, manos que me hieren sin que que yo
pueda librarme? .•. ¿Y no conoceré al amigo y beberé, acaso,, co~ mi enemigo? ...
- Garcia dice - pro~e~uía entre tanto el jovenzu~lo - que está escnb1endo un artículo para
la revista La L~ctttra, en el que piensa atacarte
de un modo ternble. As~gura que tiene muy buenos datos, que ha recogido de tus obras anteriores un sinnúmero de vaciedades, no pocos galicismos y bastantes citas equivocadas. Añade García
que tú erP.s un hombre inculto ... ¿Qué dices á eso
Otaño? ¿No piensas defenderte?
'
«Me acosarán entre todos, se unirán para de-

rribarme; la rabia y la impotencia propias les dará
fuerza; no podrán consentir mi triunfo ... ¡N'o, no!
¡Nunca más escribir!•
- ¿Qué_ pi~nsas, Otaño? No me dices nada ...
Oy,e, necesitare de ti dentro de pocos días. En el
«Circulo• pensamos organizar una Exposición y
Y,º pr~sentaré 1;1nas acuarelas... ¿Me harás un ~rt~culo, ¿~I_e daras un bombo?... El imbécil de Urruha v_a diciendo por ahí que tú no entiendes nada
d; pmtu_ra. .. Voy á fumar otro pitillo. Toma, fuma
tu también.
Entonces ?taño, que sentía rebosar su alma de
asco y de fatiga, y que ya no podía resistir por
m~s t~em~o aq1;1ella repugnante exposición de las
m1senas !tteranas, se _levantó, cogió al jovenzuelo
del brazo y lo llevó nolentamente hacia la puerta.
:-- No seas bruto, Otaño, no seas incivil! ...
¡Chico, 9ué maner~ de despedir á la gente!. ..
Otano lo empujó al fondo del pasillo, sin hablar palabra, y se volvió á su gabinete.
- ¡Te aco~darás de esto, Otaño! ... ¡Me vengaré! ... - chillaba el jovencillo.
Pero Otaño cerró la puerta y se sentó, abrumado, más hastiado que nunca.
Tal era,el turbión de ideas que en aquel momen_to_ bulha en su mente, que Otaño se propuso
escnb1r l.ln artículo: ¡el último artículo!

�Pudo más en aquella ocasión el hábito que la
angustia de su alma y el desfallecimiento de sus
ideales. Estaba corrompido por la costumbre de
escribir, de darse al público en sus más intimas
ondulaciones psicológicas.
_
Pero se acordó de que había roto la pluma ...
Sin embargo, buscó en sus bolsillos, encontró un
lápiz y escribió rápidamente, sin pararse, sin titubear de un solo tirón, el siguiente artículo:
• LOS INMORALES
,La profesión más inmoral de todas las profesiones es la del escritor. Xo hay oficio tan humilde y desgraciado como el oficio de la literatura.
Sin embargo, nadie hay tampoco que sea tan altivo como el escritor.
•¿Y qué derecho tiene el escritor para sentirse
altivo? ¿Por ventura el literato es un centro, y un
fin, y una cosa única que se basta á sí misma? ¿Es
dueño, señor de sí mismo, el escritor?
,El escritor, al contrario, no es dueño de si
mismo, ni se pertenece, ni tampoco le pertenece
su renombre; este renombre, y su misma personalidad, no son pertenencias del escritor. El escritor, por consiguiente, si fuese lógico, habría de ser
humilde, puesto que es un servidor del público.
,El público manda en el literato, la fama de
éste pertenecr al público; el público es como un rey
antiguo, autoritario, que puede quitar y dar mercedes. Un tendero, barrigón y lucio, pasa por la
calle, me Ye, se acerca á mí y me sonríe paternalmente, me pasa la mano por la espalda, me aga- grado de su sér se enturbie y se haga febril, para
rra del hombro, como si tomara posesión de mi que las páginas resulten bien atormentadas, bien
persona, y elogia mis escritos.
febriles y originales. Retuerce el pescuezo á sus
,.\1 elogiarme, el rústico tendero realiza un pasiones más íntimas, para que su obra literaria
acto de benévola superioridad. En aquel momento degt:ile y caiga como un licor refinado, mortal y
yo soy suyo, yo no me pertenezco á mí, sino que
te ...
dependo del tendero barrigón y lucio¡ sin su bene- sorprenden
&gt;Coge las flores de su alma, las mariposas de su
plácito, yo, como escritor, no existiría. Vivo yo fantasía, las alas impalpables de su imaginación, el
gracias á la benevolencia de mi amigo el tendero. velo azul de sus sueños, el oro de sus esperanzas,
Y si le llamase imbécil y me rebelara, dando vue- el polvillo luminoso de sus ilusiones, la blancura
lo á mi altivez, ¿no tendría razón el tendero en in- de sus creencias, el plumón cándido de su virtud,
dignarse, como aquel á quien arrebatan una cosa la llama tímida de sus amores, y con todas estas
que es suya?
virginales excelenrias hace un compuesto y lo des,¿No es del tendero mi fama? ¿No me la otorgó tila, como un licor exquisito, terrible ... ¡Es como
él graciosamente? ¿}fo le debo yo cuanto soy y un ladrón de sí mismo, que se roba su mejor ricuanto valgo? ¿No está en su arbitrio el quitarme queza, para ofrecerla en homenaje... ¿A quién?
cuanto yo tengo, puesto que es suyo? El tendero
,Esa cruel é insaciable amada, es la vanidad.
es quien mide el mérito de mi trabajo, porque mi
• El escritor se arrodilló á los pies de la vanidad
trabajo no es nada por si mismo, sino mrdiante la y le ofreció cuanto él poseía: virtud, orgullo, inde·valuación ajena. Xo es mi trabajo como un puente pendencia, talento. Entonces la vanidad le exigió
ó como un par de zapatos, obras humanas que son más, todavia más, siempre más, hasta que no quepor ellas mismas, y dentro de ellas llevan el fin, el dase dentro de él ninguna cualidad de soberbia. Y
objeto de su valor, y son útiles y buenas sin ne- el escritor se hace siervo de la ,·anidad, y para ella
cesitar de ninguna extraña concesión ...
por ella muere...
•Perola inmoralidad del escritor estriba, prin- vive,,Los
escritores somos los juglares eternos, que
cipalmente, en su humillación continua¡ y es, ade- saltamos sobre la cuerda de la posteridad. Y para
más, inmoral, porque transforma los valores per- nosotros no hay remedio, no hay esperanza: toda
sonales y porque miente y enturbia la visión de la eternidad nos toca saltar sobre la cuerda del
todas las cosas universales.
circo. En el circo está sentada la humanidad, aten• El escritor necesita que las cosas se acomoden ta; salimos nosotros á la arena y nos lanzamos soal fin de su literatura, y no vacila en exagerar, en bre la cuerda, y brincamos á más y mejor: el púcorromper, en alterar el aspecto del mundo, con blico aplaude, el público ríe, y nosotros nos inclital de que cada una de sus páginas tenga un
dándole las gracias.
fuerte sabor de originalidad. Como además el es- namos
&gt;Cogemos la pelota de nuestra personalidadcritor saca del fondo inefable de su sér toda el y en la pelota va toda nuestra riqueza interior, los
alma de sus escritos, procura que ese fondo sa-

sueños, el ansia, las visiones, los pensamientos, los
dolores y las alegrías -¡ cogemos la pelota y la
echamos en alto y h~cemos con ella bonitos juegos. Y la ~elota va girando á la luz, ofreciendo sus
colores ?n!lantes ó siniestros; colores múltiples
que el publtco admira, aplaude y paga.
, •_Después que hemos alegrado la ociosidad del
publico con nuestros juegos, nos metemos en el
fon?o del barracón, en la gran feria de la vida.
A!h ~omemos nuestro pedazo de pan y roemos las
m1gaJaS de la _alabanza. El vino de la gloria nos
aturde; la vamdad, nuestra amada, nos azota sin
parar.
&gt;Allí, en el fondo del barracón, todos los juglares del arte nos mezclamos, y por una miga-

ja de pan gruñimos, Y por un pedacito de alaban~a trabamos fuerte pelea, mordiéndonos con
una ira reconcrntrada, allá en la intimidad del barracón.
•Luego salimos otra vez al circo. El público lleºª, I_as grndas, )as mujeres hermosas sonríen, la
n:1us1ca suena tnunfalmentc. Nosotros salimos disimulamos las heridas, tapamos el dolor, y j~gamo~ nuevamente con la pelota de nuestra personalidad ...•
VI

Pero_ de repente, cuando escribía con más calor y fl~1dez, )e.asaltó de nuevo la idea de que él
no deb1a escnbtr, de que el público era un miserable; él, (?~o, quería ser el saltimbanco orgulloso que h1c1era una mueca de desprecio ante el

�público y huyera del circo y del barracón. Sonrió
amargamente y murmuró:
- ¡No vale !a pena de contarle nada al público!
Y para afirmar definitivamente su propósito,
rompió también el lápiz, cogió el tintero y lo arrojó contra la pared; y el tintero, al estrellarse, metió un gran estampido y dejó en la pared un enorme chafarrinón.
- ¿Qué me queda por hacer ahora? ¿En qué
emplearé la vida? ...
Emprendería un trabajo honrado, digno, útil á
1a ouena marcha de la humanidad; sería comerciante, mecánico, agricultor. Pero, ¿lograría olvidar
su pasado, su intuición artística, su vicio de exprimir las ideas y sensaciones en artículos, en libros? ...
Delante de un crepúsculo de verano, ¿podría
resistir la opresión de una oficina 6 de un taller?
Cuando pasasen las golondrinas en primavera, ¿no
sentiría que se le llenaba el alma de ensueños inefables, que en seguida querría traducir en páginas
Ji terarias?
Al contemplar el divino cuadro de la Naturaleza, los mares rugientes, los horizontes azules, las
montañas· al oir el eco de los conflictos sociales;
al sentir 1~ vibración del mundo, ¿podría resistirá
la obsesión del artículo, ahogar sus ideas, guardárselas y callar?. . .
_
Ya no podría contemplar la Naturaleza con OJO
indiferente; ya no podría asistir á la tragedia humana como un silencioso espectador. Estaba condenado ya á producir imágenes é ideas, á ofrecer
sensaciones; su cerebro se había acostumbrado á
la creación; sus labios moldeaban la frase armónica inconscientemente; su hábito del análisis y de
la crítica no le permitían sosegar ante la ola de los
pensamientos que continuarhente se levantaba en
su cerebro. Y luego, la vanidad, el vicio del aplauso, la horrible é insaciable vanidad...
Era escritor por ley de su destino; ya no podría ser nada más que escritor. ¿Cómo contener
el turbión de ideas, comentarios, imágenes, sentimientos? Dentro de él se formaba diariamente
como un aluvión de aguas ideales que rebasaban
de su sér y saltaban fuera por conducto de la pluma; si dejasen de saltar aquellas aguas copiosas,
llegaría un momento en que no cupiesen dentro
de él y lo anegarían. Se formaba dentro de ~¡ una
concepción ideológica; una preñez angustJ.osa é
impaciente le embargaba cada día, hasta que se
abría en el parto, y entonces sentía una impresión
de júbilo y de sósiego. Si ahora quisiera encarcelar el aluvión de su inteligencia, las ideas romperían la cárcel y saldrían como locas...
- ¡Sí, yo terminaré por volverme loco!
De tal manera le agobiaban los pensamientos,
que ·por un instante se los figuró como dotados de
personalidad; ya no eran id~as inmateriale~ las que
rondaban por su cerebro, smo séres enemigos, séres corpóreos y tangibles ... Hast~ creía distinguirlos unos de otros, á sus pensamientos, y unos
eran rojos y le hacían muecas cínicas, otros eran
negros y le hacían guiños espantosos, y todos ellos
le perseguían, le acosaban, le mordían, y él no podía ahuyentarlos de ningún modo.
- Indudablemente, yo comienzo á desvariar.
Concluiré por volverme loco.
·

Se llevó la mano á la frente y observó que tenía calentura. Pensó en acostarse ... Pero en seguida que lo pensó, sus ideas dieron un brinco terrible en su cerebro y se le aparecieron más feroces que nunca. Unas eran rojas y le hacían muecas
cínicas; otras eran negras...
Tanto se asustó, que en lugar de acostarse cogió el abrigo y corrió hacia la puerta. En la puerta
notó la falta del sombrero ...
- ¡Sí; yo concluiré en loco!
Salió, en fin, y tomó la calle adelante, sin rumbo fijo. Nevaba copiosamente.

VII
Los copos de nieve voltejeaban en el aire y
sembraban la negrura de la noche con puntos blancos infinitos. La gente corría apresurada; como
aquella nevada era tan insólita, todos los transeuntes se asombraban viendo la nieve y prorrumpían en exclamaciones de admiración y de sorpresa. ¡Qué blanco, qué suave espectáculo! . ..
Los teatros se vaciaban en aquel preciso instante, y los buenos espectadores dominguero~,
que aun retenían en los ojos las visiones fantásticas de la escena, quedaban maravillados al ver
aquel otro espectáculo, blanco y tímido, con que
les obsequiaba la Naturaleza.
Una multitud de mujeres bellas y elegantes
llenaba el vestíbulo del teatro Real; los ojos femeninos, llenos todavía de la sqñadora poesía del
Lohengrin, los ojos que se habían anegado en la
blancura de Eisa, en la blancura del cisne mágico
y en la blancura del río misterioso y le2;endario,
se abrían asombrados al contemplar la nueva blancura de la nieve, de los levés y voltejeantes copos
que punteaban la negrura de la noche. «¡Qué lindo, qué blanco! ... • exclamaban las mujeres.
Otaño se detuvo en mitad de la plaza, y aguardó largo tiempo: parecía que deseaba sumergirse
en aquella limpia blancura, anegarse en frío y en
olvido. . . Después volvió á caminar, sin rumbo y
sin plan, como un sonámbulo.
Veía á los golfos que andaban como perrlejos,
como pájaros despavoridos; la nieve les había sorprendido de pronto, y buscaban en los rincones
algún lugar confortable en doade e_sconder s~s
pies descalzos. Sobre la capa de la 111eve, los ruidos de la ciudad se amortiguaron, se apagaron temerosamente; algo de siniestro, algo que tenía de
silencio triste, de asombro y de miedo, flotaba
en el ambiente. Poco á poco la ciudad fué enmudeciendo; aquel contraste de silencio actual con
el tumulto anterior, hacía que la capital de España apareciera como una ciudad que moría, que se
acababa. Interrumpiendo el raro silencio invernal,
los gritos de los vendedores atronaban de repente
la calle: eran vendedores de billetes de la Lotería, que gritaban agriamente:
- ¡Hoy sale, hoy! ¡Llevo la suerte! ¿Quién
quiere la suerte? ...
Después callaban también los gritos y todo se
sumía en el gran silencio de la nieve.
Desembocó Otaño en la Puerta del Sol. Vió la
plaza vacía, abandonada y sola. En medio de-la soledad nquella, como si la capa de nieve fuera un
tapiz blando y primaveral, un perro negro, lanudo1

vivaz, corría henchido de
júbilo, brincaba y se revolcaba en el suelo, hocicaba en la blanca alfombra, lanzaba las patas al
aire, rompía á correr una
carrera desenfrenada, ladrando alegremente.
Torció Otaño por la
calle del Príncipe y estuvo vagando mucho tiempo por sitios escondidos é
ignorados. La nieve le
azotaba el rostro, le cubría el cuerpo totalmente; pero él seguía como
un autómata, insensible á
los agentes exteriores,
ensimismado en su interna batalla moral.
Se paró de pronto, y
como si respondiese á
una terrible pregunta interior, exclamó en voz
alta:
- En fin de cuentas,
¿para qué vivir? ... ¿Qué
tiene esta vida de interesante? ...
Rompió á andar nuevamente y fué á dar en
la propia calle de Toledo,
allá por la parte de la Cebada. Vió unos cestos de
hortaliza arrumbados junto al mercado, algunas
verduleras arrecidas, un
carro en mitad de la calle,
casi cubierto por la nieve. Después, siguiendo
el extraño rumbo que le
marcaba su automatismo,
Otaño embocó una calle
estrecha, solitaria, que le
condujo al mismo corazón de los barrios bajos.
Por allí anduvo vagando á la ventura, sin
encontrar apenas gente:
la miserable gen te de
aquellos barrios estaba
guarecida en sus cuartuchos, al amparo de los braserillos centenarios, ó bebiendo vino en las angostas tabernas. De estas tabernas salía un vaho espeso, mezcla de vino, humo, aceite, harapos; los
hombres que bebían allá adentro tenían las caras
contraídas, los ojos apagados, los cuerpos encogidos; en los rincones más abrigados veíase la catadura de algún mozo de cuerda, triste como un día
sin pan, ó la borrosa facha de algún obrero, que
bebía silenciosamente para calentarse.
Ütaño vió una taberna abierta y entró incontinente. ¿Para qué había entrado? No sabía qué
hacer allí dentro... Pidió una botella de cerveza,
llenó el vaso y se lo bebió sin respirar. Miró en su
rededor: el dueño le contemplaba atentamente,
con una mirada que era toda una profunda interrogación; los parroquianos cesaron de charlar y

también le observaban curiosamente; hasta el gato
se le quedó mirando con gran extrañeza. ¿Qué
buscaba aquel señorito á tales horas y en tan inconveniente lugar? ... Pagó el gasto y se marchó.
La nevada iba cediendo poco á poco; la noche
se tranquilizaba: entonces adquirieron las calles
una dulce poesía invernal, una paz como de ensueño ó como de leyenda germana. La ronda de
Toledo aparecía como una gran vía fantástica,
toda blanca, toda limpia y con la nieve completamente incólume. Los árboles destacaban de la total blancura, lo mismo que si fuesen personajes
tácitos y pensativos puestos allí de centinelas del
ensueño. La luz de los faroles amarilleaba sobre
el nevado pavimento, y estaban los faroles colocados de tal manera, á lo largo de la extensa calle,
que se les veía perderse en la bruma del horizon-

�te, ni más ni menos que si se tratase de una fila de
lámparas perdiéndose en el Infinito... Todas aquellas cosas inusitadas, irreales, imaginativas, hacían
que la mente de Otaño se enturbiase cada vez
más, y que el trajín de sus ideas adquiriese las
proporciones de una verdadera locura.
Había llegado al paseo del Prado, y se le ocurrió detenerse enfrente de una ventana que tenía
las persianas corridas herméticamente. Algo de
singular le debió de atraer, y sin duda este algo
fué la música, velada y discreta, de un piano que
sonaba tras de aquellas herméticas persianas. Y
sucedió que la música estaba como hecha á la medida del estado ie alma de Otaño, porque la ventana, suavizando las •iotas del piano, sólo dejaba

pasar un rumor melodioso muy débil, muy apagado, semejante á una música que viniese de lejos,
ó semejante á una de esas músiras mentales que
únicamente se oyen cuando se sueña.
Otaño entonces traspuso la linde de lo material y alcanzaba el punto definitivo en que todo el
sér se deshace en sueño, en inconsciencia y en
fantasía. Las cosas de la calle no las miraba en su
verdadera forma, sino esfumadas, envueltas en
bruma; los árboles no los veía como árboles, sino
como objetos taciturnos, hieráticos; la nieve se le
figuraba una masa fluida que llenaba todo el mundo, y que ya no existían cuerpos pesados, ni la
tierra tenía solidez, sino que todo era fluido, flotante, blanco. ..

Bruscamente la música se hinchó, se agrandó
y se hizo robusta; ocurrió algo parecido á una ola
repentina que viniese tronando y envolviéndolo
todo. Se abrió, en fin, la ventana de par en par.
Entonces las cosas se materializaron nuevamente;
la luz fué más viva y verdadera, las notas del piano sonaban fuertes y chillonas, las fantasías y las
incoherencias se fueron, se escaparon. Una voz femenina sonó clara y vibrante para confirmar, de
un modo absoluto, la realidad de la vida.
Y Otaño despertó. Al tiempo que despertaba,
oyó que decía aquella voz de mujer:
- ¡Qué bonita está la nieve! ... Mira, Pilar,
mira qué encanto...
El encanto fué para Otaño, viendo la bellísima
mujer de la ventana. Era una joven pálida, morena, de grandes ojos garzos, de aire aristocrático é
inteligente, peinada con dos ondas que le caían
sobre las sienes y dábanle al rostro un fino matiz
romántico. A Ota.ño se le figuró aquella mujer la
más bella y espiritual del mundo entero; sintió
que el alma se le llenaba de ternura, sintió deseos
locos de poseer aquella mujer, de abrazarla y
amarla.
- ¿Por qué no había de ser mía esta joven? ...
Inmediatamente se puso á divagar su fantasía.
Si él lograse poseer aquella mujer, ¡ah, entonces
sí que tendría un objeto magnífico la vida! Amar
y ser amado, confundirse en una pasión inmensa
y ardiente... Puesto que la gloria era una ficción
engañosa, el amor vendría á completar y á llenar
su pobre existencia, y viviría una vida rica y elegante, con palacios, con habitaciones mullidas, con
viajes remotos, con alegría y con cariño...
Pero en el preciso momento &lt;.&gt;n que la fantasía
de Otaño alcanzaba su mayor altura, salió á la ventana la otra mujer, que era una jamona opulenta,
y los sueños del literato se desvanecieron.
Decía la opulenta jamona, bajando la voz y
sofocando la risa á duras penas:
- Pero chica, ¿estás loca? Tienes ahí al novio
muerto de frío ...
- ¿Qué novio?- respondió la bellísima joven.
-¿No le ves ahí? Y te mira como para comerte. .. ¡Já, já!
- ¡Qué cosas tienes, mujer! ¿~o comprendes
que es un cesante, que no habrá comido aún?
- ¡Chit, que nos oye! Pero... calla, yo le conozco.
-¿Quién es?
- Es Otaño, ese escritor que dicen que va
para académico.
- ¡Jesús, un académico mi no\'io! ...
- IJá!, ¡jál, ¡já!. . .
Las dos mujeres unieron en una sus carcajadas, y para reir más á gusto se metieron dentro de
la habitación. No contentas todavía, cerraron la
ventana, corrieron las persianas; y al poco rato
volvió á oirse la voz opaca, remota, sentimental
del piano. Otaño se restregó los ojos y arrancó á
andar nuevamente.
Mie~tras se perdía en las calles tortuosas de
Madrid, Otaño oía distintamente las carcajadas
con que las dos mujeres le despidieron; pero la
carcajada de la mujer joven, la pálida y divina joven cuyo amor había ambicionado un momento,
aquella carcajada le estaba sonando en el mismo corazón.

-¡Qué miseria esta! pensaba-; ¡qué
suerte de fracasos sentimenta1es!. .. ¡Y qué
vacía esta pobre
existencia mía!
Un coche
pasó á su lado
dando tumbos,
le rozó la espalda,casi le alcanzaron las ruedas. Una pobre
anciana, viendo
el riesgo, lanzó
u n chillido; 1a
gente se paró
consternada; el
cochero detuvo
los caballos; todos se alarmaron, menos Otaño, que apenas
si se &lt;lió cuenta
del peligro que
acababa de amagarle.
-En último
caso, ¿qué importaba? Si me
hubiese cogido
el c0che debajo, si me hubiera muerto, ¿qué importaba? . . .
Se encontró enfrente de su casa. Estaba cansado, muy cansado y muy triste. Subió, pues, á su
cuarto y cayó en la cama cuan largo era.

VIII

Sr agarró la frente con las dos manos, cerró
los ojos, se abismó dentro de sí, con un gran deseo de llorar. Estuvo en esta forma largo tiempo.
Y cuanto más se abismaba dentro de sí, sus ideas
negativas le atormentaban con mayor furia; y luego vinieron sus recuerdos á saltar en lo obscuro
de la imaginación, ¡sus recuerdoc; grises, feos, tristísimos! Vió la vida pasada, la miserable juventud, llena de fiebre y de angustia por llegar. Se le
apareció la vida como una llanura rasa; el cielo
era frío y gris, el horizonte negro é insensible ...
Todavía tuvo su ilusión un instante de alegría.
Pensó en una vida clara y sonriente, tal como su
alma, bC'névola é inocente en el fondo, solía muchas \'Cces imaginar. L'n río manso y profundo,
con molinos en la orilla, con suaves laderas verdes plantadas de cerezos y manzanos en flor. ..
Una casa blanca junto á un recodo del agua. y allí
dentro las gallinas, las dóciles reses, un perro ladrador, unos niños, una mujer que sería de buena
y cariñosa como lo fué su madre ... Una montaña
con pinos y robles, grillos que cantasen en las noches de Junio, mariposas bonitas, sol, aire puro y
blando... Una playa grande y solitaria, donde viniesen las olas á romper rumorosa y gravemente...
Los pinos se quejarían de un modo inefable, en
las horas cálidas del medio día; á lo lejos se ele-

�varían las montañas, doradas cuando el sol muere, blancas en el invierno, azulinas en el estío,
embozadas en mantos de bruma allá en la hora
religiosa del principio d~ la noche... El cú-c~, las
hojas movidas por el viento, el resonar contmuo
del agua limpia, las voces y estremecimientos de
la alta, solemne y profunda noche. ..
Sin embargo, estas imágenes amables y venturosas, en Jugar de reanimarle, por un efecto de
-fatiga, le sugirieron todavía ideas más negad?r~s.
Vió, en efecto, que todo aquello que él amb1c10naba en sus horas de recogimiento, aquello con
que soñó y para cuya conquista empleo él tanta
voluntad, ya no podría disfrutarlo en paz: estaba
corrompido hasta la entraña. La ambición, la literatura, la vanidad, el hábito, el público, le tenían
esclavizado, le corrompieron definitivamente.
En este punto de su derrotero ideológico, Otaño se puso de pie en mitad del gabinete y se afirmó á sí mismo que todo había acabado para él.
- Mi vida es ya imposible. Mi vida era la
pluma, la pluma, la síntesis de mi sér. He roto la
pluma. Ahora sólo me queda...
Dió un grito y exclamó:
- ¡La muerte, la muerte! ...
Corrió hacia la mesa, abrió un cajón, buscó
precipitadamente entre los papeles y sacó una
pistola reluciente, de dos tiros. Sus ojos se habían
abierto despavoridos, como si contemplasen un
fantasma alucinador. Temblaba todo su cuerpo.
Ante la súbita idea - la exacta, la precisa, la
culminante idea de toda su vida-, Otaño se estremeció hasta la raíz del pelo.
Fué á un extremo del gabinete, adonde esta-

ba el alto y gran espejo, se puso delante de él,
apuntó á la sien con la pistola...
Se vió á sí mismo, y se aterró de verse. Sus
ojos tenían un color desconocido; parecía que el
alma se asomaba á ellos. Quiso gritar, quiso bajar
la mano ...

~·-------------------------~
CASA EDITORIAi"' MAUCCI
BARCELOHA: tallB dB Mallorca, 166 _, SUCURSAL: [allB dB Espoz y Mina, 15 - MADRID

· · L~ ·b~~n~ ·s~fio;a· qu·e · 1~ ~~r~í~ y· c~id~b~ :__:
¡quién sabe si conducida tan oportunamente por
algún genio benévolo! - abrió la puerta del cuarto en aquel crítico instante, y dijo con acento maternal y cansado:
- Aquí tiene, don Miguel, el vaso de leche
caliente. Bébalo, porque hace mucho frío. ¡Qué
noche, Virgen santa, qué noche! ... ¡Pobres marineros, á quienes les coja esta nieve en el mar!
La buena señora, lamentándose y renqueando,
salió del cuarto. Y Otaño se encontró solo otra
vez ...
Miró el revólver, miró en su torno, y sintió una
gran vergüenza de verse en aquel trance y con
aquella arma en la mano. Escondió, pues, el arma,
y suspiró fuertemente.
Sus nervios se distendieron; la angustia que le
oprimía antes la garganta, desapareció; sintió un
raro alivio, un descanso ... Bebió, en fin, la leche
y se sentó en su banco de galeote, frente á la mesa
de trabajo.
Abrió un cajón de la mesa, buscó por allí hasta encontrar una pluma; la armó, preparó cuartillas, otra vez suspiró fuertemente, y por último se
puso á escribir un artículo.
- Esto no tiene remedio - murmuró-. La
fatalidad lo ha dispuesto así. ..

'
FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artística y literaria. No se devuelven los originales. El papel empicado en e~ta
revista es de La Papelera Española. Fotograbados de Durá y Compañia. Imprenta de Jos~ Blass Y Cía., San Mateo 1, Mad11d.

Principales obras del Catálogo
BIBLIOTECA DE ARTE Y LETRAS
Es, sin duda alguna, la colección más cuidada,
más interesante y mejor presentada de cuantas se
han publicado hasta el día.
Los tomos, esmeradamente impresos, van elegantemente encuadernados en tela, con artísticas
planchas doradas en las tapas.
Los autores fueron elegidos entre los más famosos, y en cuanto á los extranjeros, I::~ traducciones
están es~rupulosamente hechas por l.te:atos dístinguidos y concienzudos, que ocupan en las letras españolas envidiable puesto.
A ·más, todos los tomos van profusamente ilustrados por los mejores artistas nacionales y extranjer1s. - Precio de cada tomo: 3 pesetas.
Dramas de Guillermo Shakspeare, traducidos por
D. Marcelino Menéndez Pelayo, 4 tomos.
F.ortµ11y, por José lxart, 1 tomo.
'
Cuentos, por, ndersen, 1 tomo.
Vida del escudero Marcos de Obregón, por Vicente
Espinel, 1 tomo.
Dramas de Schiller ( traducciones de José lxart),
3 tomos.
La hija del Rey de Egipto, por Jorge Ebers, 2 tomos.
El Nabab, por Alfonso Daudet, 1 tomo.
La razón sacial Fromont y Risler, por Alfonso Daudet, 1 tomo.
Mireya, por Federico Mistral, 1 tomo.
Odas de Horacio ( traducciones de los mejores ingenios españoles, coleccionadas por Menéndez
Pelayo), 1 tomo.
María (novela americana), por Jorge lsaacs, 1 tomo.
Sainetes de Ramón de la Cruz, 2 tomos.
Perfiles y colores, por Fernando Martínez Pedrosa,
1 tomo.
Fausto, por Juan M(•lfang Grethe(traducción de Teodoro Llorente), 1 tomo.
Bocetos califomia11os, po• Bret Harte, 1 tomo.
Tres poeslas, por O. Wallin, T. Schiller y T. de Andrada ( traducciones de J. E. Hartzenbusch y
J. Ixart), 1 tomo.
Quinti11 Durward, por Sir Walter Scott, 2 tomos.
Poesías de Ramón de Campoamor, 1 tomo.
El hijo de la parroquia, por Carlos Dickens, I tomo.
La niña Dorrit, por Carlos Dickens, 2 tomos.
Narracio11es de la selva negra, por Auerbach, 1 torno.
Romancero selecto del Cid, 1 tomo.
Nora, por la baronesa de Brackel (prólogo de don
Juan Mañé y Flaquer), 1 tomo.
Mujeres de Grethe, por Pablo de Saint-Víctor (traducción de José lxart; prólogo de Urbano González Serrano), 1 tomo.
Viaje artístico de tres siglos, por Pedro de Madrazo,
1 tomo.
Elena de la Seigliere, por Julio Sandeau, 1 tomo.
Novelas escogidas de Mateo Bandello (traducción de
José Feliú y Codina), I tomo.
Músicos célebres, por Félix Clement, 1 tomo.
Dramas de Víctor Hugo, 2 tomos.

La Regenta, por Leopoldo Alas (Clarín), 2 tomos.
Mil y un fantasmas, por Alejandro Dumas (padre),
1 tomo.
El conde Kostia, por Víctor Cherbuliez, 1 tomo.
Dramas musicales de Ricardo Wagner, 2 tomos.
La dama joven, por Emilia Pardo Bazán, 1 tomo.
Poesías. - Libro de los cantares, por Enrique Heine
.. (tra_ducciones de Teodoro Llorente), 1 tomo.
¡HIJO mw/, por Salvador Farina, 1 tomo.
Cabellos rubios, por Salvador Farina, 1 tomo.
Oro escondido, por Salvador Farina, 1 tomo.
Murillo. - El hombre. - El artista. - Las obras,
por Luis Alfonso, 1 tomo.
La mariposa, por Narciso Oller, 1 tomo.
Misceldnea literaria, por Gaspar Núñez de Arce,
1 tomo.
El anacronópete, por Enrique Gaspar, 1 tomo.
A orillas del Ouadarza, por J. Ramón Mélida, 1 tomo.
Cuentosfantást,cos de E. Teodoro Hoffman, 1 tomo.
Historias extraordinarias, por Edgard P, e, 1 tomo.
Faustina de Bressier, por A. Delpit, J tomo.
Ana Karenine, por el conde León Tolstoi, 2 tomos.
Magdalena, por Julio Sandeau, 1 tomo.
Leoni Leone, por Jorge Sand, 1 tomo.
Leyenda del rey Bermeio, por Rodrigo Amador de los
Ríos, 1 tomo.

OBRAS DE EMILIO ZOLA
Las tres ciudade~.-Lourdes, 2 tomos.-Roma, 2 tomos. - Pans, 2 tomos.
·
Los cuatro evangelios. - Fecundidad, 2 tomos. Trabajo, 2 tomos. - Verdad, 2 tomos.
Epistolario de Emilio Zola.
Precio de las obras antes indicadas: Cada tomo en
rústica, 2 pesetas. Encuadernado en tela, con
planchas doradas, 2,50.

OBRAS POÉTICAS
Obras poéticas de Espronceda. Magnífica edición
ilustrada con ocho primorosas láminas, 2 ptas.
Obras completas de Ramón de Campoamor. Cuatro
tomos ilustrados: l.º Los pequeños ·poemas. 2. 0 Doloras y Humoradas. - 3. 0 Poemas. -4.º
Poesías y cantares. Cada tomo, 2 pesetas.
Los trovadores de México.- Poesías líricas de autores contemporáneos. Un tomo, 2 pesetas.
Parnaso argentino. - Poesías selectas recopiladas.
Edición ilustrada con veintiséis retratos. Un
tomo, 2 pesetas.
Parnaso venezoldno. - Selecta recopilación de las
mejores poesías, impresas sobre magnífico papel satinado. Un tomo de 470 páginas, ilustrado
con más de treinta retratos, 2 pesetas.
Poeslas completas de José Santos Chocano.- Nueva
edición cuidadosamente corregida por el autor,
con un prólogo de M. González Prada. Un tomo,
2 pesetas.
Poeslas escogidas de juan de Dios Peza. -Unica edición autorizada por el autor y aumentada con
varias composiciones inéditas. Un tomo, 2 ptas.

�El [usnto Ssmannl
RlmonoquB dB ,,El tuBnto 5Bmonol" para 1908
Estamos preparando un Número•Almanaque, que constará de 40 páginas
y que contiene, además de,t.ma novela inédita de uno de los colaboradores
de Et Cuento Semanal que más éxito han obtenido. numerosos trabajos

literarios.
La novela tendrá las rnismas dimensiones, aproximadamente, que las que
hasta ahora venimos publicando, y los demás trabajos, entre los que figuran

cuentos, artículos festivos, poesías, etc., irán firmados por Jacinto O. Picón,
Eduardo Zamacois, M. Linares Rivas, E. Marquina, Salvador Rueda, J. Pérez
Zúñiga, Luis Gabaldón, E. Carrere, M. Machado, A. Palomero, Ortiz de Pineda
y otros renombr.ados y prestigiosos escritores.
La portada, á todo color, es de Tovar, y firman las ilustraciones interio-

res (bicromías y tricromías) E. Estevan, Pedrero, Francés, Lozano, Alvarez
Dumont, Apeles Mestres, Karikato, etc.
Dada la índole delicada y difícil de la parte gráfica de dicho número extraordinario, que hará costosísimas y lentas las reimpresiones del mismo, rogamos a nuestros lectores y corresponsales, para poder graduar en lo posible la
tirada, que ya hemos comenzado, envíen cuanto antes á esta Administración
sus notas de pedido, pues no haremos de él segundas ediciones. - El precio
del Número-Almanaque, que aparecerá muy en breve, será el de 50 céntimos.

QOIERO
SER SflNTO
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NOVELA f'OR RAFAEL SALJLLAS

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(LUSTRACIONES

Consultorio Brafológico BRACHTHEH

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Respuestas

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lrazan, Palencia. - Sensibilidad bien equilibrada; buen
gusto artístico; carácter bastante vanidoso; mucha economía¡
espíritu fino y minucioso; aptitudes para la organización; ninguna expansión; voluntad seguida 'f sumisa; imaginación bastante viva; temperamento algo nervioso, pero bien equilibrado;
conciencia bastante escrupulosa.
Pensamientos y violetas. - Gran sensibilidad; carácter muy
abierto; voluntad tenaz; temperamento muy sensual; pocas aptitudes para los quehaceres domésticos; naturaleza dada a la
tristeza; deseo de proteger y amparar; gran generosidad; intell~
gencia clara; conciencia s:enerosa é i:idulgente. Más que nadie,
puede usted hacer la felicidad de la persona por quien llegue
á interesarse, porque tienl! usted un corazón amante y apasionado; pero es usted de las mujeres par~ quienes el amor reserva,
á la vez que grandes alegrias, muchos sufrimientos. Debe usted
combatir lo excesivo que hay en su sensibilidad, y, sobre todo,
no dejarse invadir por esa tristeza tenaz en la cual su espfritu
se complace.
La tonta. - Temperamento nervioso é inmaterial; economía
en ta generosidad; vivacidad; gran afición á discutir; voluntad
débil, pero propensa á arrebatos¡ gran amor al dinero; bastante
prudencia: esp!ritu cáustico; naturaleza excesivamente impresionable. Me permito no estar conforme con el seudónimo eiegido por usted: la persona que ha escrito la carta que usted me
envla no tiene, como usted ve por el retrato, nada de tonta.
Amapola X. - Espiritu poco cultivado; buen grado de inteligencia; temperamento muy sangulneo¡ salud bien equilibrada;
conciencia ancha; carácter nada expansivo; gran prudencia; actividad física; voluntad seguida; deseo de adquirir.
Manu -lano. - Culto del recuerdo; gran sensibilidad; generosidad bien entendida;esplritu hábil; amabilidad; salud bien equilibrada; caracter vivo é impaciente: imaginación graciosa; sinceridad y prudencia; ansia de ganar dinero; inteligencia cultivada.

Nota bene. - En el número- Almanaque de EL CUENTO SEMANAL, que se publicará el primer viernes de Enero próximo,
contestaré á la mayoria de los consultantes, alterando, como es
natural, el orden de prelación, en obsequio á las lectoras.
Otra. - Por habeilo así establecido desde el principio, me es
imposible contestar particularmente á mis consultantes. Ténganlo en cuenta los que, después de ver inserta su respuesta,
solicitan acuse recibo de su srgunda carta, y entre los que figura
la discreta dama que adopta el seudónimo de la flor de algo que
popularizó Curro Meloja.

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==oo~cx:c===CDX"=i==&gt;

REGALO DE TAPAS
A cuantos,

durante todo el mes de Diciembre,

se suscriban por un año á EL CUENTO SEMANAL,
se les servirá gratis el juego de tapas para encuadernar en dos tomos las cincuenta y dos novelas de
que constará la colección de 1907.
Los suscriptores de provincias deberán remitir, además de las 11 pesetas, 0,25 para el certificado de las tapas.

ca.nts.

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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>paquetes de tabaco, cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas. Cerca ya del anochecer, el buque zarpó. La isla tornó á esfumarse poco á poco;
los colores fueron desvaneciéndose en una misma
nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su obscuro seno, como recoge á las nubes
del crepúsculo.
En Cádiz tuvimos noticias de Buenos Aires.
Basterra, aburrido en Montevideo, volvió á la capital de la Argentina para encargarse de escribir
La Protesta. Ocurrió lo que debía ocurrir. Lo cogieron, lo metieron dentro de un buque alemán y
le dieron un pasaje para España. Al llegará Montevideo, Basterra fué á ver al capitán del buque y
le dijo:
- Yo quiero irá tierra.
Y el capitán le contestó:
- Uaga usted lo que le dé la gana. Váyase á
tierra y vuelva, ó quédese. Yo no soy carcelero de
nadie.
Basterra se fué á Montevideo y se quedó allí,
en donde vendió su billete por treinta ó cuarenta
duros. Fué una broma admirable que Basterra ejecutó para reírse del Gobierno argentino y para ganarse algún dinero. El hecho tuvo en los periódicos mordaces comentaristas. Días después fué detenido en Buenos Aires Oreste Ristori. Se le expulsó á Italia; pero, á fin de evitar que hiciese lo
que Basterra, se mandó con él á un policía encargado de vigilarlo de día y de noche.
Llegó Ris~ori á Montevideo y comenzó á pasear
por la cubierta del barco. El policía paseaba tras
él. De pronto, Ristori dió un salto y se colocó sobre la toldilla, en un sitio donde había una escalera.
- Si pretende usted acercarse - le dijo al policía - va usted al agua.
Y Ristori se comenzó á desnudar. La tripulación presenciaba aquella escena con asombro y
con inquietud. Ristori se quitó la americana y se
la arrojó al policía sobre el rostro, se deslió de sus
botas ) se las tiró también. Cuando estuvo casi

desnudo, saludó á los pasajeros que le contemplaban, y desde aquella enorme altura se arrojó al mar.
A todo esto, una falúa se acercaba al buque.
Esta falúa iba tripulada por Basterra, por Orsini y
por otro anarquista que se llamaba de Diego. Ristori desapareció por un instante bajo las aguas, y,
á poco, se vió reaparecer su robusta cabeza, cuyos cabellos chorreaban. Nadando llegó hasta la
falúa, y sus camaradas le recogieron.
Entonces los tripulantes del buque asistieron
á un espectáculo bien extraño y que no tiene precedentes en episodio alguno. Desde la falúa, aquellos valientes se constituyeron en mitin y comenzaron á pronunciar discursos ante la tripulación
del transatlántico, agolpada en la borda. El primero que habló fué Ristori, revolviendo, en un gesto
que le es familiar los cabellos, entonces empapados. Luego habló Basterra y después Orsini. En
dos idiomas distintos los oradores combatieron la
ley de expulsión y razonaron las ideas que profesaban. Luego, y como el arte de la elocuencia no es
incompatible con el arte de la navegación, aquellos brayos muchachos hundieron sus remos en el
agua y se dirigieron á Montevideo.
Locascio, que tenía algunos ahorros, tomó para
su valiente compañera un pasaje de primera clase
en el mismo buque donde él fué expulsado. En
cuanto á los demás, se esparcieron por toda la tierra y yo ignoro su porvenir. Unos cuantos, que
marcharon juntos á Río Janeiro, publicaron allí un
número único de un periódico titulado La Voz del
Destierro. Otros abandonaron la lucha y otros la
reno\·aron allí adonde fueron á parar.
La ley de expulsión torció el destino de muchas vidas, con lo cual unas fueron ganando y
otras perdiendo. ¡Qué importa! El hada Aventura
puede no ser buena, pero siempre es bella y nosotros la amábamos. No habíamos vivido nunca en
la realidad, y no era cosa de inquietarse por lo que
de ella hubiésemos podido perder. Para soñar es
igual cualquier rincón de la tierra, y para mirar al
porvenir nada mejor que deshacer el pasado.

El [uBnfo5Bmnnal

Lfl MllÑECfl
NOVE LA POR /"\IGUEL
SAWA

=

ILUSTRACIO-

NES DE /V\EDINA VERA

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artlstlca y lltetar la. m No se devuelven los or1111nales.
Fotofrabados de Dnr á y Compañla.1:7;&gt;t7-&gt;m1:7-&gt;m Imprenta de José Blass y Cia., San /'\ateo t, Madrid.

30 [ínts.

�El [uBntoSBmanal
Se publica los viernes

Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

¡M.a drid

flDVERTENClfl
Por una ausencia inesperada d e nuestro colaborador artístico Medina Vera. no ha podido
ilustrar dicho artista el presente número. Como
cuando recibimos el anuncio de su viaje estaban
ya impresas las portadas, y en semanarios de tan
considerable tirada como EL CUENTO SEMANAL no
es posible improvisar un segundo tiraje, cosa que,
de ser factible, hubiPramos dispuesto sin reparar
en gastos, al anunciar al público que los dibujos
son de Lozano Sidro, esperamos que sabrá perdonarnos la errata.

AÑO I • 1.º Noviembre 1907 • N.º 44

Precios de suscripción:
l"\adrld y provincias: Trlme.si~e :3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 peselas._.e,.ño 18.
Anuncios á precios convencionales.

Númeto suelt.o:

La Semana

3Ü

C é n ti ffi OS

r.

Comedla. - La co
con que este teatro inauguró
el sábado la temporada, r
~~mogénea y ac.:ptable en conjunto, como
ro vaudevill.,sco
qu.:, al parecer, trata tMe
ar exclusivamente
este elegante coliseo.
!...J
,
La ZtZncadilla y El 111atrmffltl
'r,o, obras elegidas
para la prest!ntación d~ la compaílfA, olttuvi.:ron esm.:r•da
interpretación, mereciendo cilarse la Srta. Oria y los señores Calvo, Mendiguchía y Ramírez.
El público se vió gratamente sorprendido con la reforma, largo tit!mpo demandada en vant&gt;, de un café elegante,
confortable y ~en servido. Tirso Escud.:ro la ha realizado,
tomando por su cuenta d café del teatro de la Comdia, que
se ve concurridísimo, y que es hoy por hoy d cenáculo y
mentidero de la gente de letras.

Gra,n Teatro. - La compañía que dirige el aplaudido
actor Sr. Salvat - que, como de ello suponemos enterados á
nuestros rectores, hará una t.:mporada en dicho coliseo, ofreJCCC
CCIXi
ciendo al público arte bueno por un precio inverosímild.:butó el sábado con el vaudeville de Luis de Larra Jl,Iodtrnis11Ío, que no produjo frío ni calor al respetable.
Libros Revistas
, Modernismo es obra vaciada en antiguos moldes, y aunque á ratos hace reir, no ofrece ori¡:inalidad en las situacioGulgnol, por José Francés. - l\I. Pérez Villavicencio,
nes y tipos. El diálogo, chispeante é int.,ncionado, es lo meeditor, Madrid.
jor de la obra.
José Francés es uno de los escritores más notables de la
El Sr. Salvat füé bastante aplaudido por el público numeúluma g,meración. Entre su novela Abrazo mortal y los cinco
roso que ocupaba el teatro.
cu.,nios de su Gu'gn ol hay mucha distancia. De año en año
Zarzuela. - El éxito indiscutible de las obras estrenadas
este autor s" perfecciona; da á su sintaxis fl x:bili,lad eleen teatros de género chico en lo que va de temporada, es ingante, enriquece su léxico y depura la originalidad de sus
dudablemente para los Quintero. La patria chica gusta más
{ábulas,
Guig11ol e, un libro triste, intensamente triste, que derra- , cada noche, y es la obra que más llenos está proporcionanma por d espíritu del lector laxitud mortal. Esta emC'ción ' do á la empresa.
Esta procura dar variedad a1 cartel, intercalando obras
de melancolía persiste largo rato. Hemos leído la última pádel antiguo repertorio. Ullimamente se han representado en
~ina, y, sin motivo concreto, permanecemos absortos, desel precitado coliseo los Madgyares y una traducción de Paori.:ntados "º la rndancolía de que todo cuanto hagamos
gliacci al castellano.
por sustraernos al «dolor de vivir» es inútil. La juventud, las
ilusiones, l~s risa~, todo es efímero; en el «guignol» humano
Belava.-/ Anda la diosa/ Este es el título de la obra estre, ólo h•y u11a ,.,aJi&lt;tad: la muerte.
nada la semana anterior eo el llamado templo de la ~icalip0/rwdns dt v ida es un cuento inspirado por el pesimissis, y ésta la frase con que comentaba la g.:nte el abucheo
mo más d.:solador, pero hermosamente siniestro, con bellecon que fué acogida la obra. ¡ Anda la diosa!, que es un arreza punzant" inolvidable; U11a tardt fru,¡uita de Mayo•.. e-s
glo - desarreglo han dicho algnnos rotativos - de Orfeo m
una narración allamente poética, de dulzura inefable; en La
los infiernos, carece de muchas de las condiciones exigibles
ltyenda rota hay un breve soplo de salud y de vigor; en
á las obras de su género.
Cuando las hojas caen, suena p ia1tissimo la elegía de los amoEllo no obstante, sigue representándose, y como hay tires concluidos; en La fuente del mal, la duda triunfa, y ante
ples guapas, lujoso atrezzo, etc., etc.• el público se fija más
la esfinge que no habla, «Diódolo», el filósofo escéptico,
en los buenos palmitos que en los chistes trasnochados, y
«cruzado de brazos, sonríe».
váyase lo uno por lo otro.
El libro de Francés es bello, muy bello, pero malsano.
LaAlegre Trompetería continúa representándose con creDespués de leerlo, el escritor rompería su pluma; el pintor
ciente éxito.
colgaría su paleta; el industrial cerraría su fábrica; el labrador entregaría el surco á la cizaña.
¡Oh juve ntud! Tú que eres fuerza, esperanza, alegría, fe,
¿por qué te complaces en llamar al dolor? - E. Z.

·'

..

y

CHAMPAONE BINET
REIMS

Accediendo á reiteradas súplicas de nuestro• lectores y coleccionistas, hemos comenzado á reimprimir
los diez y ocho números agotados de BL CUBNTO SBM.ANAL.

B.ia edición, que en algunos números, como sucede
con los firmados por J. Octavlo Picón, J. Dicenta y algún
otro, es In euarta que de ellos hacemos, exige cuantiosos desembolsos á esta empresa. Ello no ob•tante, deseando corresponder al favor con que el público nos
distingue y honra, el precio de dichas nuevas ediciones
continuará siendo el de 30 céntimos ejemplar.

SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO
VIVIR CON LA SALUD SUJETA Á LAS CONSTANTES MUDANZ._S DEL TIEMPO, ERA EL TRISTE DESTINO DE LOS
REUMÁTICOS MIENTRAS EL BÁLSAMO DE ORIVE FUÉ
DESCONO 'IDO DE LA HU\\ANIDAD. 2 PESF.TA&lt;: FRASCO

LA HABANERA, loyBrla y Platerla
Vende las cadenas de oro de ley con la garantía del contraste oficial, á menos de 4 pesetas el gramo. l\lontera, 31.

l"\IGUEL SAWÁ
(

r

r '

•. ~CGr·
t Z!

.

LA ·MUÑECA
QUELLA noche - como todas las noches el marqués de H ugo estaba completamel}.te borracho.
• ·
- Créame usted , amigo mío : d espués del
cham pagn e - ¡oh, yo e ntiendo mucho de estas
cosas! - , no hay nada mejor que el cognac; así
como, después de l cognac, no hay nad a mejor que
el champagne.
Hizo una pausa.
- No hablemos de mujeres. ¡ Mala peste en
ellas! Yo opino como Salomón: «Entre mil hombres, h ay uno bueno; entre tod as las mujeres del
mundo, no hay una bue na. »
Los ojos del marqués se iluminaron de repente con luz de fuego; luz de fuego instantánea
como la del relámpago, tan pronto encendida
como tan pronto apagada.
- ¡No, no hay una ouena! - gritó-. ¡Oh ,
las conozco muy bien ! Cincuenta y dos años
- ¡toda u na vida! - dedicado á estudiarlas ...
Sé mucho, por eso, d e psicología femenina. Como
Gcethe, yo he sometido á la investigación y al
análisis el alma de mis que ridas. Y '1.e llegado á
esta tremenda co nclusión: ¡ni u na b ue na!

A

~:)

: ,;!
1' '

ti':

;¡:!"!

..!

'

El marqués a puró d e un t rago su c:opa de
cognac, y re~itió iracundo :
')
- ¡Ni u na buena!
Y d espués de una larga pausa:
- Voy á contarle á usted, en apoyo de nii
tesis, la h istoria de mis amores con la Fanny
I-Iarrison, la célebre Fanny Harrison , qu e hizo
popular en todo el mundo su sobrenombre de
la llfuñeca. ¿Llegó usted á conocerla? Fué la
mejor mujer d e su tiempo, un encanto de criatura .. . Pero sin corazón, como todas: sin corazón.
Otra pausa.
- Sí. . . voy á contarle á usted ... Afortunadamente, estamos solos. Esta j uventud de ahora
es poco aficionada á trasnochar. ¡Si viera usted,
hace años, cómo estaba el Casino á eso de las
cuatro! ... Pero ya la gen te - repetir é la frase
de los viejos - no sabe d ivertirse.
Y n uevamente y fugazmente llamearon sus
pupilas con fulgor rojizo.
- Sí. . . voy á contarle á usted . . . ¡ Oh , es
una historia muy interesante ! IIoy me siento expansivo. Efectos del cognac. Con su permiso, voy

�á servirme otra copita. llay que acabar la botella. Luego nos dedicaremos al champagne.
Y apuró de un trago la copa.
- ¿Efectos del cognac ó mandatos imperativos
de la conciencia? ¡No lo sé! El hecho es que siento una i1J1periosa, una irresistible necesidad de hablar, de contarle á alguien ... ¡Oh, ya verá usted;
es una historia que µarece una novela! Escuche
usted. Y nada de interrupciones. ¡A interrumpir
al Congreso!
Y el marqués comenzó así su relato.

** *

-

- Sí que parecía una muñeca, una divina, una
adorable muñeca de carne... Sus ojos azules, de
extraña inmovilidad, eran como dos astros extáticos en el cielo de su cara; su boca, de labios sangrientos como los bordes de una herida, se prolongaba, se alargaba en una sonrisa, en una contracción banal; era su pelo de sol, partido en hebras doradas y fulgurantes; teñíanse sus mejillas
con la púrpura de las rosas... Una mmieca, una
divina, una adorable muñeca de carne...
Su cuerpo no, su cuerpo era exuberante de
sexo, de gracia femenina. ¡Ave, mujer!
Alta, delgada, el cuello ancho y largo, lleno de
vida, los senos pequeños pero audazmente erectiles, el vi'entre «como una taza &lt;le plata&gt;, que dijo
Salomón, los muslos fuertes, bien nutridos de carne, las piernas ligeras, ágiles, duras, como torneadas por un artífice.
Para completar este esbozo de retrato, debo
hablarle á usted de las manos de la Muit, ca - largas, finas, transparentes, suaves, acariciadoras,
casi inmateriales - y de sus pies, invisibles por
lo pequeños, que había que descubrirlos con el telescopio como á los astros, pies especiales de bailarina, hechos para posar sólo en el espacio.
¡Oh!, había que verla cuando se presentaba en
escena de muñeca, vestida, muy ligeramente vestida, de sedas y encajes, suelta y desparramada
sobre la espalda la cabellera áurea, el seno desnudo, las piernas y los brazos al aire...
Un foco de luz, que iba gradualmente cambiando de color, la iluminaba con todos los esplendores del iris, en una constante apoteo,is.
La J,[uñ, ca paseaba por la escena, andando á
saltitos como los pájaros, y sonriendo siempre, con
su sonrisa banal y acariciadora.
La orquesta acompañaba sus pasos con los sones alegres de un vals de Strauss, y ella miraba
fija y distraídamente al público con sus ojos extáticos, llenos de misterio ...
Fanny cantaba luego, con su ligera vocecita
de niña, una canción inocente como una égloga, y
que, sin embar~o, entusiasmaba á aquel público
canalla, titulada la A/u,zeca en el bosque.
Quiero contarle á usted la historia de mis amores con Fanny sin omitir el más mínimo detalle. Todo lo pequeño puede ser grande, y viceversa.
Asunto de La !,f11iicca en el bosque.
Pues señor, érase que se era una chiquilla que
despertaba todas las mañanas con el sol, y á hurto
de sus padres, se escapaba al campo para andar

descalza p.:,r entre las hierbas, húmedas de fresco
rocío.
Y Fanny se quitaba sus zapatitos de raso, mostrando al público la monería de sus pies desnudos - dos preciosos juguetitos de carne blanca y
rosada, del tamaño de un beso-, y corría loca por
la escena, riendo á carcajadas.
Luego venía la madre y castigaba á la niña con
sendos golpes. La "Jfitñt'ca lloraba á gritos, y con
sublime impudor mostraba al público las partes de
su cuerpo maltratadas por su madre.
Después de La !,/wieca en el bosque, Fanny repre~entaba un drama mímico, digno por su asunto
de Merimée, titulado EJ cuchilla y la rosa.
El bandido Alejandro, merodeando en el bosque, encuentra á la bella Dorotea, que ha ido á
contarle á la Luna, la eterna confidente de todos
los enamorados, sus cuitas de amor.
El bandolero admira codicioso las ricas joyas
con que se adorna la desesperada, y enarbolando
su cuchillo, se dirige á ella, decidido á ase~inarla.
Dorotea entonces comienza á bailar una danza
voluptuosa que enloquece de deseos al miserable-. «¡Tu amor!&gt; - grita frenético. Ella sonríe
y le ofrece el ramo de rosas que florece en lo alto
de sn corpiño-. ,¡Ven!&gt;
El bandido, después de besarla, enamorado, en
la boca, la entrega su cuchillo-. «11.átame, si no
has de quererme.&gt; Dorotea coge el arma en sus
manos, juguetea con ella, y de pronto se la clava
al bandido en el corazón.
Alejandro muere. La Luna se torna roja. Y
Dorotea llora, arrepentida de su crimen.
Había que ver á la Muñeca bailar la danza que
enloqueciera al bandido Alejandro.
Era la bacante ebria del vino nuevo y del amor
nuevo, excitando al pecado con la actitud, el gesto y el movimiento, convulsionada y frenética.
Pero lo más interesante de la !,fmieca en aquellos momentos eran sus piernas, flexibles y nerviosas como las de un potro árabe, sus piernas
«inteligentes&gt;, poseídas por el vértigo de la danza, que parecían grahar en el espacio signos y palabras misteriosas, sólo comprensibles para los iniciados en la alta hermanéutica del divino artP de
Terpsícore.

* **
- Todas las noches, al comenzar el espectáculo, ya me tenía usted en mi sillón de orquesta, esperando impaciente que se alzara el telón
para gozar una vez más de la presencia de la
1,/mkca.
Era una especie de sugestión hipnótica la que
aquella mujer ejercía sobre mí. Mis sentidos adquirían al verla mayor sensibilidad, mayor potencia.
Al aparecer en las tablas, mis ojos, fascinados,
ya no podían dejar de mirarla; y mi nariz se rlilataba, como la de un animal en celo, para aspirarla
mejor, para gustar mejor el perfume de mujer que
transcendía de su cuerpo.
Todas las noches, al salir á escena, Fanny me
miraba fijamente, con sus ojos extáticos, y prolongaba la sonrisa banal de su boca sangrienta.

\'o temblaba al
\'et la, cumo :í la presencia de un peligro,
presa de extraño
m a I estar físico, y
contestab:i, pálido de
emoción, con una leYe sonrisa :'t su oonrisa acariciadora.
Después parecía
ol\'idarse de mí y ya
no me miraba ni me
sonreía en toda la
noche. Esta actitud
de estudiado desdén
me irritab:i, mecxaspcrab:i hasta la locura.
Algunas veces;
para llamar su atención, la interrumpía,
aplaudiéndola, en el
comienzo de uno de
sus co11plcts.
Ella seguía cant~nclo impá\'ida, sin
dignarse volver :í
fijar en mí sus ojos
de misterio.
Y todas las nochc:s me marchaba
del teatro desesperado, jurando no ,·olver, y maldiciendo
del amor y de las
mujeres.
·Pero á la noche
siguiente ya me tenía usted en mi sillón de orquesta, esperando, impaciente,
que se alz:ira el telón para goz:ir una vez más de la presencia de
b 1lfo1,ccrr.
Estab:i perdido de amor por aquella mujer.

*

* *
LleJué ú ser un «habitual, del teatrucho donde s~ e_xl~ibía Fanny.
l~l umco_ acon_10dador del coliseo, antiguo bastrn~ero! ya hcenctado por sus años de no sé qué
bailes tnmundos, me saludaba todas las noches á
su modo, _encasquetándose la gorra, y me preguntaba sonriendo:
- ¿_I;a butac~ de siempre?
- S,, la de siempre.
d' Ta_?1 bién la. florista - una arrapieza como de
. 1~2 anos,de OJOS pen·ersos y hablar desvérgonza ~ - me trataba como, á antiguo conocido y
,·cni~ en todos los entreactos á ofrecermé su ~anaSt1llo de pobres flores niustia·s.
- ¿~a&lt;:emos un ramito para la llf11iiecrr?
tro ~I publ_ico canalla qúe llenaba á diario d tea' ugest1onado ·c ómo yo por la belleza de Fanny, comentaba mi prese1Ícia ¡le diversos modos.
- Es un marqués.
• •
- Dicen qul~ ha sido ~ií1istro.

- \' que es algo de Palacio
- Está loco por la J,1111iecrr. ·
- ¿Ilas \'isto c&lt;'&gt;mo la mira&gt;
- l~ues ella no está por él.
- Ella ... ella está por el dinero.
- ¡Nones! ·
.
,
- Enséñale un Cabarrús y verás.
- Para mí lo quisiera.
- ~ aunque sea un Quevedo:
-1ampoeo.
- Cuando yo te digo ... La llfufíeca es como
todas las mujeres de su clase.
- ¡:\lentira!
- Vamos, que para ti la ./Jf1tiieca y la Virg&lt;'n
de la Paloma...
- ~o tanto.
:- Parece mentira que seas hijo de Madrid y
nacido en la calle de Los Tres Peces.
- Otros los hay más brutos.
- ¿Es alusión?
- C~ll~, que nos está oyendo el marqués,
- ¡"\ahente marqués!
Y yo los oía, sí, aterrado de mi degradación,
pero sm rnluntad para huir de aquel antro.

** *

�-

ttsd tl3%

MÍít

- Una tarde, aquí, en este mismo saloncito,
me contó el pobre Cienfuegos, muerto hace poco
tiempo, y de quien seguramente fué usted amigo
- era uno de los hombres más populares de Madrid-, la historia de Fanny.
- ¡Vaya si la conozco! - me dijo-. ¡Demasiado! Yo he sido uno de tantos que han sufrido
amor por ese adorable monstruo. Pero al fin me
convencí de que era una mujer imposible. Y la
dejé antes que ella me dejara á mí. En la guerra,
como en el amor, no hay como una retirada á
tiempo. Debe ser terrible eso de oir á una mujer:
«¡Ahueque el señor!• ¡Terrible!
Sí. .. ¡vaya si la conozco! Una mujer distinta á las demás, una mujer extraordinaria. ¡Tenga
usted cuidado con ella! Nada de liarse. Hay que
huir de toda complicaci6n con Fanny. Si llega usted á caer en la red, está perdido. Y a no oodrá usted escapar. ¡Mucho cuidado, joven!
·
Y como respuesta á una interrogación mía:
- Cuando usted quiera. Es mujer que no se
niega al que sabe solicitarla. Pero insisto: nada de
enfrascarse. Fanny no es capaz - al menos yo no
la creo capaz - de querer á nadie. No hay quien
pueda vanagloriarse, no hay quien pueda decir en
verdad que ha hecho sentir á esa mujer. Fanny es
una verdadera muñeca de carne. En ella
«no hay una fibra qne al amor responda»,

como dijo el poeta.

Yo la creo incapaz de toda emoción física. ¿Me
comprende usted? ¿Falta de sensibilidad ó exceso
de sensibilidad? ¡Vaya usted á averiguarlo! Estas
cuestiones son muy hondas. Y o no sé de psicologías, ni quiero. Pero, en cambio, como le he dicho
á usted antes, sé escapar á tiempo.
Conozco á muchos don Juanes, hombres expertos en el amor, que han tratado de animar el mármol de su cuerpo. ¡Inútil empeño! Fanny es incombustible como el amianto. Puedo asegurarle á
usted que esa mujer está virgen de toda sensación
amorosa. De ahí que sea más apetecible. Pero no
olvide usted que quien ama el peligro, en _él muere
¡Psch! Después de todo, yo creo la empresa
dificil, pero no imposible. Ya le h~ dicho_ á usted
que en otro tiempo .. . Pero para ciertas aventuras
hace falta el valor de un Quijote. Y yo toda la vida
me he sentido algo Sancho.
·
Además, me encuentro sin fuerzas. Estoy en
los sesenta y cinco.
«¡Funesta edad de amargos desengaños!»

A mí déjeme usted de fantasías. Mujeres como
la Mztiieca, para usted, que todavía no ha pasado
de los cuarenta. Yo he decidido ya jubilarme. ¡Pero
con un haber de recuerdos gloriosos que otros
para sí quisieran! ¡Y que me quiten lo bailado!
Y como yo le instara nuevamente para que me
contara la historia de Fanny:
- Una historia muy accidentada, como todas
las de esas mujeres; una historia digna de ser llevada al libro ó al teatro.
Los padres de Fanny fueron famosos en su
tiempo, allá por los primeros años de la Res-

tauración. Seguramente, más de una vez
habrá usted oído hablar de ellos. El, el padre, era inglés, jockey de profesión - un
gran jockey, una especie de centauro á la
moderna - , y le llamaban de mote lo misrno que á su caballo predilecto: Perfecto IX.
Ella, la madre, era andaluza, nacida en Cártama, pueblo de la provincia de Málaga,
bailaoray cantaora de oficio, y conocida con
el sobrenombre de la Merengue. ¡ Ilustres
progenitores los de la pobre Fanny!
Es sabido el poder que las andaluzas
ejercen sobre los ingleses. Ver Perfecto IX
á la Merengue y enamorarse de ella fué todo
uno. Y como la Merengue, al fin y al cabo,
era una moza honrada, y corno la pasión quita conocimiento, Perfecto IX, después de
pensarlo mucho, acabó por irse á vivir con
ella, sin duda para que le cantase y le bailase á él solo.
Al decir de la gente, el inglés y la andaluza fueron muy felices en su matrimonio.
Curra, según la llamaba su madre; Fanny,
según la llamaba su padre, fué el principal
elemento de esta felicidad.
Pero las dichas de esta vida son de corta, de bien corta duración. Un día de carreras, Perfecto IX(el caballo), al saltar un obstáculo, tropezó y cayó, dando en tierra con
Perfecto IX (eljockey), que, á consecuencia
del porrazo, sufrió tan fuerte conmoción cerebral, que á las tres horas del percance entregaba su alma á Dios.
La Merengue lloró, mientras tuvo dinero, la muerte de su marido; pero después,
obligada por la necesidad, volvió al tab/ao
en busca del pan nuestro de cada día. Sólo
que, para olvidar sus penas, bebía ahora
aguardiente, todo el aguardiente que le pagaban, y la mayoría dP. las nocht&gt;s, al regresar á su casa, llevando corno única compaúía á su hija, iba agarrándose á las paredes
para no caerse, y llorando á lágrima viva en
recuerdo de su malogrado Perfecto.
Y claro, á fuerza de beber perdió la voz,
l~s años la hicieron engordar, y como al público le
titó por meterse con ella, acabó por no tener teat:o
ni café que la contrataran.
La pobre Merengue no servía para otra cosa
que par~ cantar soleares y seguirillas y bailarse
11nas sevillanas ó un tango ó lo quP. se «terciara•.
S; le cerraron las «puertas del cante, - como decia ella-y se encontró de pronto sin medios para
defender su vida y la de su hija. ¡A morir los caballeros!
La Merengue no tardó mucho tiempo en adoptar una resolución. «El quinto. . . no estorbar»
(frase admirable en la que ella sintetizaba su modo
de ser filosófico), y una noche, después de besar
mucho á Fanny, se dirigió al Viaducto, y aprovechando un descuido de los guardias se encaramó
~obre la barandilla, y... , ¡púm!, allá fué su pobre
cuerpo, después de dar unas cuantas volteretas
¡,or el espacio, á estrellarse en el empedrado de
la calle de Segovia.
d De modo que Fanny vino á quedar huérfana
e padre y madre á la edad de trece años.
Su primer protector fué el duque de las Tres

Gracias, gran spormant, amo un tiempo de aq·11e1
pobre Perfecto IX, muerto gloriosamente, en el
ejercicio de su profesión, una tarde de carreras.
El duque de las Tres Gracias era hombre que
pasaba de los sesenta cuando tomó bajo su amparo á la hija de su antiguo jockey.
Aquel don Juan gotoso, que tenía, como Barba
Azul, su leyenda trágica de amor y de sangre,
gustaba, á pesar de sus años, y quizá por sus años,
de la carne joven y fresca.
El caso es que Fanny tuvo que huir de su compañia, horrorizada. ¡Buen modo tuvo de conocer
el amor la pobre niña! ¡Y todavía nos quejamos de
su insensibilidad y de sus repugnancias!
Fanny sustituyó al duque de las Tres Gracias con el célebre transformista Capuani, un bellaco de gran hermosura, que imitaba á la perfección á las estrellas de París y muy especialmente
á la Cleo.
Aquel demonio de Capuani - ¿se acuerda usted de él? - , cuando salía á escena caracterizado parecía completamente una mujer. Había
que verlo con su traje ceñidísimo de mallas, para

�mejor lucir las formas, haciendo piruetas y batimane.; y enviando besos al público con sus mano:;
pequeiias y finas, blanqueadas con polyos de
arroz.
Más de una gran dama quiso verle de cerca y
le di6 cita en su casa, cá condición de que se caracterice usted como en el teatro. ¡Oh, imitando
á la Cleo, está usted delicioso!,
Capuani no hacía caso de tales citas. e Si fuera
á dar gusto á todas esas señoras, hace tiempo que
me hubieran enterrado.,
l'cro alguna vez estas cartas iban acompañadas de unos cuantos billetes del llaneo. •¿Quién
resiste á estos argumentos? •, decía el muy canalla. Y hubo noche, según cuentan, que asistió á
tres ó cuatro de estas citas misteriosas.
Pero todo el dinero que ganaba - y era mucho - se lo llevaba el juego. «¡Pcr Baco, me persigue la jdtahtra 1, Y para consolarse de su mala
fortuna se emborrachaba con Yino del más barato
y se iba á escandali1.ar por las calles, siempre dispuesto á disparar su revólver sobre el primer transeunte que osara mirarle. «;P.·r Bnco, per Baco!,
para mí no hay hombres.•
Obligado ,í trastocar tocias las noche:, su sexo,
{1 dejar de ser Capuani para convertirse en la
Cleo, en la Otero ó en la Guerrerito, había llegado á sent;r un gran desprecio hacia las mujeres.
•¡Hijas de Satan:ís! ¡1falditas! •
¿Por &lt;7ué se encaprichó de fa:111y? ¡Vaya usted
á averiguarlo!
La pobre Fa!rny s:1friú muc!10 en la compañía ele Capuani. Aquel b{irbaro, ,í pesar de sus
apariencias de mujer, tenía las' fuerzas de un titán, y la golpeaba, hasta hartarse, todas las nocl1es, con furor de borracho. •¡11ala bestia, mala
bestia!•
Fanny no se quejaba, no protestaba siquiera
de los malos tratos de que la hacía \ íctima el
transformista. ¡Acaso prefería los go_lpe_s de éste á
las caricias del duque de las Tres Gracias!
Capuani fué quién la inició en la \·ida del arte
(sin duda coa fines interesados, con el propósito de
explotarla), y él fué quien la bautizó con el sobrenombre de la l,fuíieca. c¡ Ah, maldita, si tú quisieras! . .. Condiciones no te faltan. Y como bonita,
¡más bonita que la Jfadú1ma!•
Una noche de borrachera el italiano disparó
su revólver sobre un cronpier, el !,fanitas de Oro,
á quien acusaba de robarle con malas artes el dinero, alojándole una bala entre la sexta y la séptima costilla.
Capuani tuvo que huir, que pasar la frontera,
para evitarse las molestias de un proceso y la estancia de unos cuantos -años en la cárcel.
Fanny le siguió, sumisa, en su fuga. Por aquella época comenzó su carrera de artista, en la que
le esperaban tantos triunfos. Ya conoce usted sus
éxitos de París, de Lond res, de Viena ... de todas
las grandes capitales de Europa. Durante algunos
años la 11/uiicca triunfó de todas las romanciéres, de
todas las gommcusrs, de todas las chrmtmses en
moda.
Por aquel entonces, recordando el estilo de su
madre, sólo cantaba so:eares y seguiriltas. París
~staba loco con ella. Para la gente del boulevard,
Fanny era la verdadera encarnación de aquella
Manola •descubierta• por Gautier:

«Un jupon serré sur ks anche$,
un peine énormc ít son chignon,

1111 manera, haciéndot~ sufrir. Sé que alguna vez te
he pegado más de lo Justo. El maldito vino. Por
~so, lo mejor es que me rnya. De seguir viviendo
J~ntos, acaso acabaría por darte un mal golpe. ¡Y
t1emblo, por las consecuencias!
Perdóname eso de los trescientos mil francos
y no me denuncies á la justicia. Tú estás en disposición de ganarlo. Yo, en cambio . . . Me siento
agotado, completamente agotado. ¡Ten compasión
de tu pobre maestro y amigo! ¡Líbrame de la cárcel y de todo otro mal!
Adiós, pequeña. Aunque no me creas, te juro
que estoy muy emocionado en estos momentos
que casi tengo ganas de llorar'.
Pero Dios nct me ha concedido,
como á los cocodrilos, el consuelo
de las lágrimas.
Ad i ós, pequeña. ¡Separarnos
después de haber vivido tanto
tiempo juntos! Pero así lo quiere
el Destino. Resignémonos.
¡Adiós otra vez! ¡Que seas feliz!
¡La !,[ad()1ma te guíe! ¡Adiós, /if1t1,ccn! - Tuyo,

jambe nervcusc et pie&lt;l mignon,
reil de fcu, tcint pale et dcnts bl:mches
¡alz~, ola:
¡voila'
la veritablc Manola.»

Los periódicos decían de ella:
«¡Oh, la bella española! Nadie como esa mujer
para el cantar doloroso de su tierra; nadie como
ella en d arte de la danza. \'iéndola, hay que admirarla; viéndola, hay que gritar: ¡\'iva la Andalucía!,
El canalla de Capuani, retirado provisionalmente de la escena, cya sabes, pequeña, que si
me descuido me meten en la cárcel•, era ahora su
apoderado y administrador.
Ya no jugaba. Poco á poco se había ido aficionando al dinero. • Tú no seas ton ta, y aprovéchate•, le decía á Fanny. Estas rachas pasan pronto.
¡El éxito de los artistas es tan fugaz! .. Ya me ves
á mí. '¿Quién se acuerda de Capuani? Y, sin embargo, tú sabes que en otro tiempo yo he sido el
ídolo de los públicos. Y ahora ... ¡ya me cuentan
entre los muertos!,
Y el italiano, á fuer de hombre práctico, dejaba en completa libertad á la .~fwicca para que aumentase su capital con toda suerte de ingresos
extraordinarios.
En poco tiempo, en menos de tres años, Fanny
llegó á reunir un capital de cerca de trescientos
mil francos. ¡Una fortuna, una verdadera fortuna!
Y lo que era de suponer: Capuani, que, como
ya le he dicho á usted, se había aficionado al dinero, se ºalzó un día con los fondos, dejando á la
pobre Jlmieca sin más recursos que su crédito
personal, lo que no era poco.
También rl muy cínico la dejó una carta llena
de consejos, que Fanny guarda en su joyero como
la mejor de sus alhajas, y que le aconsejo á usted
que lea si por casualidad llega á sus manos.
El marqu(-s interrumpió su narración para decirme:
- La carta á que hacía alusión Cien fuegos la
tengo aquí - y sacó la cartera-; se la robé una
noche á Fanny, y voy á leérsela ,í usted. ¡Oh,-es
un documento curiosísimo!
•1li cara pequeña: :\le yoy ... ¡Per Baco, estaba ya harto de aguantarte! l\[c voy ... llevándome
tu dinero. Poc:1. cosa, no creas; unos trescientos
mil francos. ¡Bien me los he ganado!
· Me voy ... El robo es un derecho concedido á
todos los que administran fondos, bien sean del
Estado ó bien de particulares. Hay que respetar
los precedentes.
Ya no tienes necesidad de mí, ya estás lanzada. Ahora, á poco que quieras ... Pero ha1.te valer.
Los hombres ele dinero, que por lo general son
muy brutos, aprecian á las mujeres según lo que
les cuestan. Xo olvides esto.
Oye mis consejos: no dejes el teatro. La escena es un gran lugar de exhibición, un gran escaparate. Con traje de mafias no se puede pasear
por los boulevarcs. Lo prohibe la moral del Estado. Y con traje de mallas, ó sin él, puedes presentarte en las tablas. Además, las mujeres de teatro
tiene n mucho partido entre los hombres.
A tu edad y con tu cara . . . Ya te digo: á poco

q_ue quieras el mundo se rá tuyo. Pero á condic~ón de que no te enamores. Quien más pone, más
pierde. El corazón, ¡en el bolsillo!
!~ara dominará los hombres no hay como desp~cc1arlos. El látigo tiene más aplicación para los
b1pedos que para los cuadrúpedos. Y créeme: el
hombre sería el animal más ruin de la creación si
no existiese la mujer.
~horra todo el dinero que puedas; sé mejor
t~c_an~ que J~ródiga. Ahora estás en la edad de ga11,11._ l ero la Juventud pasa pronto. No lo olvides.
La Juventud es flor de un día.
_11ir~, pe_queña: estos consejos, fruto de mi expenenc1a, btea \'alcn los trescientos mil francosno c~mpletos - que me llero.
Creo que no tendrás quejas de mí. Todo lo que
eres,_ todo In que llegan\s á ser, se lo debes á
tu Capuani. El te ha lanzado al mundo, como
u~d buen padre, después ele enseñarte á ganar la

,1

a.

Créeme, pequeña: aunque no te lo haya den1o~trado - ¡soy un hombre tan especial para las
muieres! .. - yo te he querido siempre. Pero á

Y comu posdata:
e Olddame ... No vuch·as á
acordarte más de mí. Y sigue mis
consejos y la vida será tuya.•
(Una línea de puntos suspensivos.)
«Acaso alguna vez esté en condiciones de de\'olrerte los trescien tos mil francos. Pienso poner
una casa de juego. ¡Si la suerte me
ayudara! ... &gt;
(Otra línea de puntos suspensiros.)
«¡Por Dios, no me denuncies á
la justicia!•
Concluída la lectura, el marqués volvió á guardar cuidadosamente en la cartera la epístola de
Capuani.
- Indudablemente aquel canalla tenía mucho
talento.
Y despu~s de sen·irse una copa de cognac:
- Tcrm1ncmos la historia de Fanny. Sigue hablando por mi boca el pobre Cienfuegos.

*

* *
- Vea usted si las mujeres son raras - contin'.16 mi amigo-; la Jll111icca, no sólo no denunció
á Cap_uani, sino que sin lió de tal modo su fuga ¿estana enamorada de él?, ¡vaya usted á saberlo!
- que dejó de trabajar durante unas cuantas noches, y al reaparecer en escena lo hizo vestida de
lut~ _Y despojada por completo de flores y alhajas.
I ampoco tra~ajaba ya con la alegría de antes.
Algunas veces miraba entristecida hacia las cajas.
Ya no estaba allí Capuani, como en otro tiempo,
para aconsejarla: e ¡Esa pierna más alta!• e Pero,
perra, ¿por qué no miras al público?, «¡Voy á romperte un hueso, á ver si aprendes á reir!•
El público comenzó á cansarse de ella. Ya se

�- &lt;Mira, Fanny - seguía-, la mujer es igual
oía murmurar á la gente: «Algo le pasa á la Mztñeca.• «Parece que trabaja de mala gana.• «No es que el vino . .. Un sorbo... un beso... otro sorla misma de antes.&gt; • Y está más delgada.• • Y bo ... otro beso... ¡Beber! ¡Amar! Estos son los
únicos placeres de la tierra ... •
no ríe.&gt;
Fanny bebía en silencio, sin contestarle paSu empresario llegó á aconsejarla que se marchase á América: «Hija, ¡qué quiere usted!, el pú- labra.
El seguía impertérrito de~variando:
blico es tan voluble ... Todos los artistas tienen
- «Sí; tú serías el alma del cognac si el cognac
su época. La de usted pasó ... En los Estados
Unidos tendría usted un gran éxito. Allí gusta- tuviese alma ... ¡Has debido de ser concebida en
una noche de embriaguez!
rían mucho sus trabajos.•
¡Mujer!, bebamos y amémonos. ¡Quiero mezSí, estaba en plena decadencia. Echada del
clar
el cognac con tus besos! ¡Doble borrachera!
Olimpia, echada del Casino, tuvo que buscar refugio en un cabaret de m~la muerte, donde gan~- Créeme, la vida no es más sino una serie de traba diez francos por función. ¡Ella que, no hacia gos. ¡Ay de los que ya no pueden beber!•
Y acometido de súbita crisis nerviosa se echamucho, había insultad9 á un empresario que tuvo
la avilantez de ofrecerla mil francos por noche! ba á llorar.
Estas escenas se repetían todas las noches. «El
¡Oh, el penoso descenso de los artistas!
Yo iba á visitarla de vez en cuando al cabaret. hijo de Musset• había llegado á convencerse de
Fanny, burlada por el amor y engañada por los que Fanny era un espíritu alcohólico en forma de
hombres, cansado el cuerpo y cansada el alma, se mujer.
- Vámonos - me decía la pobre-, me da
aburría.
- ¡Si no fuera por el cognac! ... Porque debo miedo ese hombre. Necesito respirar el aire ...
advertir á usted, que á la pobre - ¡terrible señal Me ahogo... Estoy algo borracha.
Ya en la calle, Fanny se cogía de mi brazo, y
de decadencia! - le había dado por la bebida.
excitada aún, me contaba sus penas.
- ¡Si no fuera por el cognac! ...
- Estoy aburrida, estoy desesperada... Vivir
Y me miraba con ojos de extravío.
¡Así deben de mirar los hartos de la vida, los así, no es vivir. ¡Oh!, ese canalla de Capuani, ¿por
que creen que en el suicidio está la solución de qué me habrá abandonado? Se fué él y vino la
desgracia.
todas las soluciones[
Al llegar á los puentes se detenía unos moLa había iniciado en el vicio, la había acostummentos
y sus ojos volvían á mirarme con extravío.
brado á beber, un poeta melenudo, decadente y
- ¿Estará ahí la felicidad?
majadero, gran parroquiano del cabaret, á quien
- Seguramente no - la contestaba yo brolos artistas del «establecimiento• llamaban en
meando-. Ahí, en el río, no encontrará usted
broma « el hijo de Musset&gt;.
El poeta, cuando se emborrachaba (una noche más que catarros y pulmonías.
Ella seguía mirando el correr de las aguas.
sí y otra. .. también), aburría á la pobre Fanny
- ¡Pues no hace frío, que digamos, para tocon sus discursos estrambóticos.
mar
ahora un baño! - continuaba yo. - Además,
- «Choquemos nuestras copas - la decía-.
Me parece que este licor pálido - «el hijo de Mus- observe usted que el Sena huele siempre mal. Hay
set • bebía siempre cognac - está compuesto de que no tener olfato para arrojarse á él. Yo, de intu sangre enferma, que al beberlo gusto de ti ... &gt; tentar alguna vez ahogarme, lo haría en un baño
de champagne.
Fanny, asombrada, se reía.
Y empujándola suavemente:
- «No, no te rías - continuaba el poeta -.
- Vámonos de aquí. ¡Está usted más chiflada
Tú tienes una extraña semejanza con esta extraña
que
«el hijo de Musset!&gt;
bebida. ¡Tú eres el alma del cognac!
Ella suspiraba:
¡Míralo! - gritaba - . ¡Míralo! Es rubio y pá- Tiene usted razón. ¿Por qué no esperar?
lido como rubia y pálida eres tú. ¡Sí, Fanny, tú eres
Todavía,
todavía...
el alma del cognac!•
Una noche, el «poeta• nos dió el gran disgusY después de apurar la copa:
- «¡El alcohol es la locura! ¿Qué es la embria- to. Cuando yo llegué al cabaret estaba ya comguez sino la pérdida temporal de la razón~ Por eso pletamente borracho. Fanny se sentaba á su mesa.
vamos para locos todos los que mezclamos el amor El la había cogido por los hombros, y mirándola á
los ojos, la decía:
con el vino...•
- «Ven... acércate á mí. .. ¡No te veo, no te
Y arrojándose sobre Fanny y besándola freoigo! Más cerca aún ... Así, juntos, juntos los dos...
nético:
.
- «¿Ves?, me he equivocado de vaso y he be- ¡Oh, qué bien estoy ahora!
¡Pero no llores! (Fanny no lloraba, ni había
bido ahora en tus labios. ¡Y qué daño hacen, pero
por qué; Fanny, según las crónicas, es mujer que
qué bien saben estos besos de fuego!•
no ha llorado nunca). ¡Si tú supieras lo feliz que
Fanny comenzaba á asustarse.
- «No, Fanny, no _te entristezcas - gritaba el soy en estos momentos! ¡Oh, sí, muy feliz! ¡Sient"
poeta-. La embriaguez debe ser alegre, estruen- un bienestar tan grande en todo mi sér!. .. Ya no
dosamente alegre... ¡Riámonos hasta la convul- me duele nada, ya todo mi pobre cuerpo es alesión! Yo me siento en estos momentos atacado de gría y satisfacción y goce. Ya que he sufrido tant0,
todos los deseos y de todas las ansias. ¡Te digo he dejado al fin de sufrir.
Y verás qué cosa más rara, más extraordinaque no hay nada en el mundo comparable á este
licor de dioses enfermos! ¡Bebamos hasta reven- ria: me parece que yo ya no soy yo, que soy otra
persona distinta, otro hombre.
tar!•
Mírame bien, mujer, y verás como no soy el
Y de un trago apuraba la copa.

mismo. Mírame: ¡si eso tiene que saltar á la vista;
si eso deben verlo hasta los ciegos!
¡Qué transformación más maravillosa! Mi cerebro no es ya una miserable piltrafa de carne y
hueso; mi cerebro es un colosal diamante de facetas rojas y deslumbradoras como la llama ... Mi
cerebro es el cerebro de Shakespeare, de Gcethe,
de Rugo ... ¡Qué cosas más admirables pienso!
¡Qué grandeza en las ideas! ¡Es la luz del genio la
que alumbra mi cabeza sobP.rana! ¡Prostérnate,
mujer, ante mí, y admírame!
Y escucha: mis ojos no ven como veían antes;
ahora todo lo que miran me parece bello y luminoso. ¡Para mí no hay nada negro, nada obscuro;
para mí no hay noche, ni sombras, ni tinieblas;
para mí todo es luz y resplandores!
Tú no sabes de qué visiones más hermosas
puede gozar la vista. Ahora te miro y me pareces
otra. Acércate... más... Quiero contemplarte á
mi sabor. ¡Qué soberana, qué suprema belleza!
En tus ojos azules hay todos los colores del prisma; no, muchos más colores, ¡muchos más! Tu
boca me parece de fuego, roja y ardiente; - ¡qué
bien deben saber tus besos! -; tu cabellera suave
se me antoja de oro y seda, y tu carne, ¡ah!, tu
carne, blanca y rosada, carne de tentación y de
pecado... ¡Divina Eva!
¿Pero sigues llorando? Ven, que quiero beber
tus lágrimas. Acaso ellas calmen la sed de mi fiebre. ¡Qué amargas me saben, qué amargas! ¡Parece
que me he llevado á la boca toda el agua salobre
del Oceano!•
(Imaginaciones del poeta; Fanny seguía mirándole asustada, los ojos secos, sin derramar ni una
lágrima).
«Mira, quizás me vaya á morir. ¡Pero no llores!
¡Si ·morir es dejar de padecer! Verás: la vida es
como una luz; viene la muerte y sopla. Obscuridad.. . noche. Y entonces se acaba todo. ¡Ya ves
que no hay nada tan sencillo!
¡Si yo fuera como el sol! ...
El sol no puede apagarse. de un soplo. ¡Aunque la muerte tiene unos pulmones! . . . ¡No hay
luz que se le resista!
¡Qué feliz voy á ser cuando me muera! Yo creo
que debe haber un lugar de promisión para los
q_ue han sufrido mucho en la tierra, un paraíso, un
cielo, una gloria ... como quieras llamarle. Y allá
iré yo, seguramente.
Pero aunque no exista ese lugar de bienaventuranza; aunque aquí acabe todo y no haya un
más allá, la muerte es el descanso, es el reposo
eterno. ¡Y yo tengo unas ganas de descansar! ...
,Qué frío siento! Aquí. . . en el pecho, en el
corazón ... Mira, la muerte acaba de entrar.•
. Todos los que estábamos en el cabaret nos dirigimos espantados á la mesa que ocupaba el poeta.
«Sí. .. acaba de entrar. .. ¡Mis ojos la han visto! ¡Qué sér más extraño! Es como una sombra...
No logro verla la cara... La tiene tapada con un
velo negro, muy negro . . . ¡Qué alta es y qué delgada! Ahora se acerca á mí y me mira de un
modo... ¡Tengo miedo! ¡Mujer, dile que se vaya,
que se vaya!
Sigue el frío helando mi pobre carne. . . La
muerte me coge en sus brazos y me besa en la
fre~t~ ... ¡Ya soy suyo! ¡Qué bien me ha hecho su
caricia! ¡Así me besaba mi madre!

¡Oh, siento un bienestar ahora! .. Ya no me
duele nada, ya no tengo frío ... La luz se apaga ...
La vida se me va... ¡Me muero... soy feliz!. . .•
Y, efectivamente, al decir estas palabras, «¡soy
feliz!,, «el hijo de Musset• cayó desplomado sobre
la mesa. ¡Una apoplegía fulminante! Cuando le reconoció el médico ya estaba muerto. ¡Pobre muchacho! Decididamente no conviene abusar de las
bebidas alcohólicas.
Fanny, horrorizada, huyó del cabaret dando
gritos. Yo estaba tan trastornado por aquella súbita desgracia, que no la vi salir del «establecimiento.• Cuando llegué á la calle había ya desaparecido. Pensé en el Sena. «¿Estará ahí la felicidad?• Sí, indudablemente en Fanny había una suicida. ¡Pobre muchacha! Y llorando por dentro único modo de llorar que nos es permitido á los
hombres - me fuí al Americano á beberme una
botella de champagne.
***

¿Qué fué de la Muñeca?
«Las olas van y vienen,
y vamos y venimos con las olas.»

Durante unos días-tres ó cuatro lo menos me dediqué á buscarla por teatros y cafés. ¡Pero
París es tan grande, y yo soy tan mal policía! ...
Una noche me pareció verla en Montmartre, del
brazo de un distinguido apaclte. ¿Era ella? No puedo asegurarlo.
Después, después ...
«Las olas van y vienen,
y vamos y venimos con las olas.»

Ahora dicen que está en Madrid, en un teatrucho de la calle de Embajadores, un poco envejecida, pero hermosa siempre. Esta gen te desaparece de pronto, como los buzos en el agua,
para volverá aparecer cuando menos se les espera. ¡La pobre Fanny! Tendría gusto en verla para
recordar aquellos tiempos. Yo la he querido siempre bien.
Y el pobre Cienfuegos terminó diciéndome:
- ¡Marqués, mucho cuidado con la MuFtecal
Esa mujer es muy peligrosa. Siga usted mis consejos. ¡Nada de liarse! Hay que huir de toda complicación con ese monstruo adorable. Si se enamora usted de ella es usted hombre perdido. Aun
está usted á tiempo. «Retirarse no es huir&gt;, ha
dicho un gran estratega.

** *
- Comprenderá usted que no hice ningún caso
de los prudentes consejos de Cienfuegos. Desgraciadamente, el amor no entiende de razones. Ya
sabía yo que Fanny era una mujer peligrosa. Pero
quizás por esto la deseaba más, quizás por esto,
cada noche, al verla de nuevo, acrecían mis ansias. Pero, asómbrese usted: yo, el gran despreciador de mujeres, sentía ante la Mztfíeca timideces
de adolescente.

�paredes para no caer, y tambaleándome como un
hombre ebrio.
Ya en el piso segundo, vi sobre una de las
puertas una gran tarj eta, escrita con letras rojas,
en la que me pareció leer:

LA MuRECA

Empujé la puerta y entré. Fanny estaba desnudándose ante el espejo. Al verme - ¡figúrese
usted la cara que tendría yo en aquellos momentos! - pareció asustarse. Luego sonrió, mirándome fría y serena, con sus ojos de misterio.
- Hace mucho tiempo que le esperaba.
La emoción no me dejó articular palabra. Ella
recibió impávida la ofrenda de mis caricias, sin
corresponder á mis besos con sus besos, sin un
estremecimiento de su carne, cerrando los ojos
para no verme.
En aquellos momentos, yo debí recordarla al
duque de las Tres Gracias.

** *

j

l

il
1

Me daba miedo llegar, «ascender» hasta el:::...
¿Cómo contenerme teniéndola al alcance de mis
manos?
Pensando en Fanny, me sentía capaz de la violencia y del atropello, como uno de esos sátiros
impulsivos, desbravadores de ninfas, de que nos
habla la leyenda mitológica.
Pero una noche... ¡El fuego del deseo me abrasaba en sus llamas! Mi cerebro, congestionado por
la acumulación de sangre, no me dejaba pensar.
Allí donde miraban mis ojos sólo veían manchas
rojas. Parecía que el corazón, en su palpitar furioso, iba á salírseme del pecho. Perdí la noción
de la realidad y creí morir.
Por un esfuerzo soberano de la voluntad me
levanté de b butaca y subí tropezando, como una
fuerza inconsciente y ciega, la estrecha y empinada escalerilla que conducía á los cuartos de los
artistas.
Hice un descanso al llegar al primer piso. Luego seguí mi penosa ascensión, agarrándome á las

Luego se vistió.
Yo me sentía ya más tranquilo, más dueño de
mí mismo, capaz de la reflexión y de la palabra.
Mis ojos, que lo veían antes todo rojo, ahora lo
veían todo azul, del color de las pupilas de Fanny.
- Perdona ... No he podido contenerme ...
Estaba loco ... Estoy loco... ¡Oh, si tú supieras
lo que te amo!
Y cogiéndola una mano y besándosela:
- Desde que te conozco mi vida no es vida ...
Siempre pensando en ti, á todas horas, en todos
los momentos ... Siempre pensando en ti, de día
y de noche . ..
La 'J1tt1zeca suspiró.
- ¡Cuánto le envidio á usted, cuánto te envidio!
- ¿Que me envidias? ¿Por qué?
- Porque amas.
Pasó así como una sombra por sus ojos azules,
y dejó de sonreírse.
- Yo no he amado nunca- continuó -. Dicen que no tengo corazón. Yo no he amado nunca.
Vol vió el azu I á sus ojos y volvió á sonreirse.
- l\1ira; yo no soy más que una muñeca, una
pobre muñeca de carne, sin alma y sin entrañas.
Haces mal en quererme. Yo soy insensible como
la piedra. La Naturaleza me ha hecho impotente
para el amor. Y ya la diosa Venus, sorda á las
súplicas de los mortales, no es capaz de repetir el
milagro de Pigmalión.
Como respuesta á sus palabras, volví á cogerla
las manos y á besárselas.
- Yo te quiero tal como eres.
La 1lfo1icca suspiró:
- ¿Dónde hallar la fuente que sacie mi sed?
La apreté ambas manos con fuerza, y mirándola fijamente á los ojos:
- ¿Y Capuani?

Volvió á obscurecerse el azul de sus pupilas.
- ¡Ah! ¿Conoce usted mi historia?
Y después de una pausa, exclamó solemne:
- ¡No; Capuani, no! ¡Ese, menos que ninguno!

** *
El marqués interrumpió bruscamente su narración para preguntarme:
- ¿Usted se hubiera enamorado de la J,fw2eca?
Y antes de que yo le contestara:
- Desconfíe usted de los hombres que no son
capaces de amará ciertas mujeres.
*
* *

- No, no fuí muy feliz-siguió el marqués el_ año _escaso _que viví con Fanny. Los primeros
d1as, s1, ~~recia contenta, pero después ...
- Deiame, yo me conozco; el teatro es para

mí una distracción; temo aburrirme en estas noches tan largas.
Yo protestaba.
- ¡No!, ya no han de verle más ojos que los
míos.
Ella insistía suplicante.
- ¡Qué tonto eres! ¿Pero es que vas á tener
celo:? ¡_Qué importa que siga desnudándome ante
el publico! Ya sabes que mi cuerpo no tiene misterios para nadie. ¡Llevo tantos años exhibiéndome!. .. Hasta en las postales me puede ver quien
quie~a tal y como soy.
Estas palabras, en boca de otra mujer, hubieran n?ª!ªd? en mí toda ilusión de amor. Pero yo
trans1gia_ siempre, sumiso á sus caprichos, porque
me sentia cada vez más locamente enamorado
de ella.
*

* *

. Yo no puedo asegurarle á usted si aquella muJCr ?ra buena ó mala; sólo puedo decirle que me
hacia sufrir _mucho.

�Una noche, sentada á mis pies, sus manos entre las mías, se empeñó en contarme, á pesar de
mis protestas, la historia de sus amores.
- No, no quiero saber nada... Calla... ¿A qué
atormentarme? Olvidemos el pasado. Yo te lo perdono todo. Tu vida comienza para mí desde que
nos amamos. Ya sé que has sufrido mucho. ¿A qué
recordar ahora? ... Quiero vivir en la ilusión de
que has sido sólo mía.
Ella insistió.
- Es un caso de responsabilidad ... Vives engañado... Es preciso que sepas. . .
La tapé la boca con las manos.
- Lo sé todo y te lo perdono todo.
- ¡Que vida la mía! ¡Figúrate! ¡Rodando por
el mundo desde los trece años!
La alcé del suelo y la senté á mi lado.
- Bésame y calla. ¿A qué hacerme sufrir recordando? ... Ya te he dicho que lo sé todo, tus
amores con el duque de las Tres Gracias ...
- ¡Oh, no me hables de eso! ¡Qué vergüenza!
- Tu amistad con el canalla de Capuani...
- Sí, tienes razqo; canalla y más que canalla.
- Tu vida en París. ..
- ¡Vida de abominación y de escándalo!
- Tu amistad con «el hijo de Musset &gt; ...
- ¿Lo sabes todo y me perdonas?
La besé en los ojos.
- Sí, te perdono porque te amo.
- ¡Qué bueno, qué generoso eres! Pero ya lo
ves, yo no soy digna de ti. Haces mal en quererme. Yo soy muy mala. Cualquier día.. . La fidelidad, la constancia, son virtudes que no ha querido darme Dios.
Volví á taparla la boca con mis manos.
- ¡Calla! ¡No hables así!
Pero ella insistió.
- Yo soy muy mala... Cualquier día... Créeme, es una desgracia que te hayas enamorado
de mí.
*

* *
Una mañana, al levantarse, me enseñó sus brazos desnudos.
- ¿Te has fijado en esta cicatriz? Es un recuerdo de Capuani. Una noche llegó desesperado. Había perdido todo su dinero - . «¡ Per Baco!, creo
que tú me traes la mala sombra... ¡Voy á matarte!• Se tambaleaba al andar. ¡Aquella noche la había tomado en grande el caballero! - «¡Perra, más
que perra, me estás arruinando. Desde que cometí la estupidez de traerte conmigo, para que me
calentaras la cama, la suerte me ha vuelto las espaldas. ¡Cochina! ¿Sabes cuánto he perdido esta
noche? ¡Mil doscientas pesetas! ¿Te enteras, perra?
¡Mil doscientas pesetas! ¡Te voy á deslomar!, Y
cada vez más furioso me amenazó con el bastón.
Pero yo era más fuerte que él y se lo arrebaté de
las manos-. ¡Borracho! ¡Conmigo te atreverás! •
- «¡Ah, me insultas!» Y de repente se arrojó sobre mí. Luchamos. Pero el miserable iba armado
de una navaja y me hirió en un brazo. El terror
me hizo gritar-. «¡Asesino!&gt; Al verme llena de
sangre se echó á llorar-. «¡Por el Santo Padre,
no me comprometas!&gt; Yo seguía gritando: - «¡Asesino, más que asesino!&gt; - «Calla y te compro un
collar de perlas., Y se arrastraba á mis pies sollo-

zando: - «¡Perdóname, perdóname; te juro por la
Madonna que no volveré á maltratarte.&gt;
Y para vergüenza de él, aquí está esta señal,
reveladora de su crimen; esta señal que, como
castigo, le he hecho besar tantas veces.
¿Por qué Fanny se complacía en contarme estos horrores? No lo sé. ¡Qué extraña psicología la
de aquella mujer!

***
Una noche me dijo:
- ¡Qué mala soy! ¿Verdad? ¡Qué mala soy! Yo
debiera quererte, aunque no fuera más que por
agradecimiento. Pero ya te lo dije la primera vez
que hablamos: yo no tengo corazón, yo estoy vacía por dentro.
¿Ves cómo no te mentía cuando te aseguraba
que la Naturaleza me había hecho impotente para
el amor? Es una desgracia, ¿verdad? ¿Qué haría yo
para ser como las demás mujeres? ¿Qué haría yo?
Mira, no quiero engañarte. Yo podía decirte,
si fuera como tantas otras, una mercenaria, una
profesional, que habías realizado el milagro santo
de hacerme sentir. .. Pero me repugna la mentira.
¡No! Mi alma y mi cuerpo están muertos y no hay
modo de darles vida. Amarme á mí, es lo mismo
que amará una sombra.
¡Vete, sí, vete y déjame! Yo no merezco que
me quieras como me quieres. Bien hacen los hombres en huir de mí. Yo soy el peor de los pecados: el pecado estéril.
Ya has podido convencerte que en mi cuerpo
no hay calor de vida, sino frío de muerte. ¡La Muñeca! Yo no soy más que eso: una muñeca.
Sí, vete, déjame. Busca el amor de una mujer
que sea mujer.No vengas á llenar tu cántaro en mi
fuente,porque mi fuente está seca y no hay en ella
agua para tu sed. Yo no soy Rebeca, sino Fanny
Harrison, la hija de la Merengue y de Perfecto IX
En el gran silencio de la alcoba, sentí el rechinar de sus dientes. La besé en los ojos. Sus ojos
estaban secos.
- Llora, Fanny, llora.
Fría como una muerta, y sin decir palabra, se
arrojó en mis brazos. Su cuerpo se estremecía convulsionado.
- Llora, Fanny, llora; eso te hará bien.
Vi brillar en la obscuridad sus ojos espantados.
- ¡No puedo! ¡No puedo!
Y rechinando los dientes:
- ¡Vete, vete, ó me iré yo!
La cogí de nuevo en mis brazos, y con palabras seguidas de besos la dije emocionado:
- Yo te quiero tal como eres, fría, insensible... Yo te quiero tal como eres. No hay mujer
que me haga sentir como tú. Tú eres mi único
amor, mi último amor. Desearía ser poeta para decirte todas estas cosas en verso.
«En tu boca roja y fresca
bebo, y mi sed no se apaga ...»

Decirte todas estas cosas acompañadas de la
música de mis besos.
¿Por qué desconfiar del amor? Yo sé que ha de

adoro tal cual eres! Basta á mis deseos con que te
dejes querer. ¡Pero de mí solo! ¡De mí solo y de
nadie más!
Y de pronto, irritado por su silencio:
- Sí, ya no puedes ser de nadie más que de
mí. ¿Lo oyes? ¡Más que de mí! He tomado de por
vida posesión de tu cuerpo. Ya no te pertenece~,
ya eres mía, ya eres de mi propiedad.
Ella entonces me besaba asustada.
- ¡Tuya, sóln tuya!
Yo seguía gritando exaltado:
- ¡Oh. la idea de perderte me vuelve loco! Ya
no podemos separarnos; ¿es verdad que ya no podemos separarnos nunca? La suerte está echada;
lo que sea de tí será de mí. ¡Unidos para siempre,
unidos en vida y en muerte!
Fanny seguía besándome para calmar con sus
caricias la furia de mis celos.
- . .. Y si tú me abandonases por otro hombre ... ¡Oh, no quiero pensarlo! Si tú me abandonases . .. ¡iba á espantar al mundo con el horror
de mi venganza! ¡Tú no sabes quién soy Yf?, tú no
sabes de lo que yo soy capaz! ¡Teme á mis celos
corno al mayor de los males! ¡Imagínate si se trocara mi amor en odio! ¡Imagínate! ¡Ni Dios, con
todo su poder, podría librarte de mi furor! ¡_Oh,
entonces, ya que no he podido hacerte sentir el
placer, yo te aseguro que te haría sentir el dolor!
Y la estreché en mis brazos furioso, con el pro* *
pósito de ahogarla.
- ¡Oh, dueño mío, cuánto me quieres!
.
Estas horribles escenas se repetían todas las
Avergonzado de mi brutalidad, besé sus pies
noches. Fanny, fría siempre como una muerta, me
contrito, en demanda de perdón.
abrazaba suspirando. Yo procuraba consolarla.
- ¡Pero júrame que no me abandonarás nunca!
- ¡Pero no te aflijas! ¡Cómo decirte que te

llegar un día en que hemos de adorarnos al unísono, que ha de llegar un día en que han de arder
nuestros cuerpos en un mismo fuego y nuestros
corazones en una misma llama.
- ¡Oh, si tú pudieras hacer ese milagro! ...
Y cogiéndome las manos y besándomelas:
- Me pasaría la vida á tus pies, adorándote.
Yo seguí hablándola con la elocuencia sugestiva de la pasión.
- Pues basta para el milagro con sólo tuvoluntad. ¡Entrégate á mí entera, en cuerpo y alma!
¡Oh, si tú quisieras, si tú quisiera_s!. .. Todo
es sensible en la Naturaleza; desde la piedra hasta
la planta, todo' es sensible. ¿Cómo no has de se~lo
tú, pobre criatura! Blasfemas al asegurar que Dios
ha podido,equivocarse haciéndote impotente para
el amo1. Pero si es así, rectifiquemos la obra del
Creador. Yo me siento con fuerzas para todo.
Mira, yo soy capaz de robar el fuego de! cielo sólo
para calentarte los pies. . . ¡Pero quiéreme un
poco! ...
Su boca se unió á la mía con un beso que terminó en un suspiro.
- ¡Ay, dueño mío, si bastara sólo con la voluntad!
- Probemos.
- Probemos.
*

�- ¡Te lo juro!
- ¡Que no amarás á nadie más que á mí!
- ¡A ti solo! ... ¡Te lo juro!
- ¡Mía para siempre!
- ¡Sí, para siempre! ¡Tuya, sólo tuya!
Apoyé mi cabeza sobre su seno y lloré hasta
quedarme sin lágrimas.
*

* *
- La señora salió esta mañana temprano y
aun no ha vuelto. Ha dejado esta carta para el
señor marqués.
Subí como un autómata las escaleras, llegué
á la alcoba y di luz.
- ¿Qué será esto? ...
Mis manos temblaban al romper el
sobre.
- ¿Qué será esto? ...
El marqués interrumpió nuevamente su narración para
apurar otra copa de
cognac.
- ¡Diablo! Esta
botella no se acaba
nunca.
Luego sacó de la
cartera un papel
arrugado.
-Aquí tiene usted la carta que me
escribió la .llfuiieca. ¡Oh, las mujeres, las mujeres!
¡Ni una buena!
Y con voz que hacía temblar la emoción, comenzó á leer:
«¿Yes como soy muy mala?¿\'es comonoten"gO corazón? Queriéndome como me quieres, me
voy y te dejo. ¡Dios mío! ¿Qué clase de mujer soy
yo? ¡Mal fruto echó á la tierra mi madre!
No te pido perdón. No lo merezco. Además, el
odio puede perdonar alguna vel, pero el amor
nunca. Y tú, á pesar de todo, continuarás queriéndome. ¡Sí!, d pesar de todo. Te he herido de
muerte en el corazón. Me voy tranquila, porque sé
que no hay mujer en el mundo que pueda hacerte olvidar á tu .llfuTteca.
~Por qué te abandono? ¿Por qué te dejo? Yo estaba decidida al sacrificio, yo estaba resuelta á no
separarme de ti en la vida. Pero ha venido Capuani, y ese hombre tiene sobre mí un poder de
sugestión irresistible. Ante él no tengo voluntad.
A una voz suya, á un mandato suyo, le seguiría á
pie y descalza hasta el fin de la tierra.
¿Que por qué ejerce sobre mí tal poder ese
hombre? No he querido decírtelo antes por no
herir tu susceptibilidad, por no provocar tus celos. Capuani - ¡perdona, pobre enamorado, esta
declaración que las circunstancias me obligan á
hacerte!-, es el único sér en el mundo que me
ha hecho sentir el amor. Y por eso le seguiría á
pie y descalza hasta el fin de la tierra.
Ese hombre es mi hombre. Y ese hombre
es un miserable; lo sé, me consta... Mala soy
yo, pero comparada con él. .. Te digo que no tie-

ne una condición buena. Un miserable completo.
¡Oh, !o conozco bien! Su único amor en la vida
es el dinero. Por el dinero ha sido ladrón, por el
&lt;linero acabará en asesino.
Ya estoy en su poder y sé la Yida que me espera. Yo no soy para él sino un vil objeto de explotación. Me lanzará de nucyo al teatro, me buscará
un «señor• de dinero ...
¡Oh, pero tengo la esperanza de que alguna noche, Yencido por mis súplicas, se digne ser mi
amante por unas horas!
Me queda aun mucho que sufrir en la vida. Ca¡JUani será tu yengador. Ese hombre ha venido al
mundo para mi castigo. ¡Si vieras lo que le odio!
¡Si vieras también lo
que le amo!
Me \"Oy lleYándorue mis alhajas y el
dinero que había en
el sccrctaire. Es decir, me voy robándote. Capuani me ha
obligado á cometer
este nuevo delito. Yo
me resistía. Pero llegó á pegarme. Y cedí, cedí como siempre. Ya te he dicho
que su voluntad es
mi ley.¡Oh, ese hombre! ¡Cómo se complace en degradarme! ...
No trates de Yolver á verme. No sé
en definiti\·a qué planes son los de Capuani. Me ha
hablado, vagamente, de un viaje á la Australia. El
estuvo allí, hace tiempo, y ganó mucho dinero. «Oh, una gran colonia, pequeña; la mayor del mundo, más de tres millones de habitantes: ¡calcula si
hay allí gente á quien explotar!•
Capuani, que en el fondo es un gran cobarde,
teme que des parte de mi fuga á la policía y me
mandes detener. • - Sí, pequeña; hay que poner
tierra de por medio.•
Yo sé que no cometerás tamaña locura. Tú eres
quien erE&gt;s y yo soy quien soy. El marqués de Uugo
no puede degradarse hasta el extremo de perseguir
á la .llfuíieca. Sería concederla demasiado honor.
¡Adiós! Ya no volveremos á vernos más. Olvídame, si puedes. ¡Qué mala he sido contigo! Tú,
en cambio ... ¡Como que eres el único hombre que
me ha amado en la vida! ¡El único!
¡Adiós! Odiame, pero no me desprecies. Después de todo, soy digna de lástima. ¡"Ko me desprecies! ¡Y adiós para siempre!•
Y luego, á modo de posdata:
•¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón!•
El marqués guardó cuid:i.dosamente la carta y
quedó en silencio algunos minutos. Después se
echó á reir y blasfemó á gritos, en un terrible acceso de cólera:
- ¡Cuando le digo ú usted que todas son unas
perras!
*
* *
- Vamos con el final de mi historia:
Leí yo no sé cuántas veces la carta de la Jin-

iieca sin enterarme de lo que leía. • - ¿Será verdad, será \'Crdad?• Luego apagué la luz y caí sobre la cama sollozando. Me pareció ver brillar en
la obscuridad los ojos fosforecentes de Fanny.
• - ¡Oh, ven, ven y te lo perdono todo!• Y estuYe llamándola á gritos, hasta enronquecer, yo no
sé cuanto tiempo: e - ¡Fanny! ¡Fanny!•
Dcsf)ués se apoderó de mí un furor frenético,
y arrojándome de la cama, corrí por la habitación
como un loco, destruyéndolo todo, rompiéndolo
todo: el espejo en que Fanny se miraba desnuda
antes de acostarse, nuestra cama, la chaissc-longue,
pequeña y estrecha, en que nos sentábamos para
hablar de nuestros amores ...
Pasado el acceso nervioso rompí de nuevo á
llorar. Después perdí el sentido y ya no sé lo que
fué de mí en mucho tiempo.
Estuve más de un mes entre la vida y la muerte. La fiebre me consumía. Los médicos llegaron
á desconfiar de mi salvación. Pero al fin sané del
cuerpo, ya que no del espíritu. «¡Bicho malo nunca
mucre!•
La convalecencia fué larga, muy larga. Un día
se me ocurrió mirarme al espejo. l\Ic costó gran
trabajo reconocerme. ¡Dios, á lo que había quedado reducido el marqués de Rugo!
Era el tipo perfecto del don Juan dccadeQtc,
el pelo y la barba blancos, la frente surcada de
arrugas, las mejillas flácidas, la mirada muerta.
Lloré mi juventud agotada y juré vengarme de
la infiel que así había dcstruído mi vida.
***

\

Recorrí palmo á palmo todo Mat.lrid en busca
de la ingrata. Lo del viaje ú la Australia me parecía una patraña inventada por Capuani para despistarme. Pero todas mis pesquisas fueron inútiles. El pájaro había volado. Pasó tiempo. Yo seguía siempre firme en mis propósitos de vcnganz:1.
Por fin, un día, alguien me dijo: e - ¿La 1l[niicca? No hace mucho que me pareció verla. ¿Dónde fué? ¡Ah, sí!, en París, en no recuerdo qué calle
del Barrio Latino. Debe trabajar en algún teatrucho ele aquel quarticr.•
Aquella misma tarde tomé el sudcxprcso y me
fuí á París. Mi amigo no me había engañado. Una
noche ...
El marqués se sirvió una nueva copa clccognac.
Después continuó:

- Una noche. . .
Estamos en la «casa• de los grandes «cancioneros• del q11artier, en el cabaret de Los gatos.
¿No conoce usted ese cabaretr Es uno de los
más curiosos de París. Yo se lo describiré. Tenemos tiempo. ,\un queda cognac.
Sentados en altísimos taburetes, fumando sus
pipas, el bock de cerveza en la mano, se hallan los
artistas del «establecimiento».
Entre ellos creo adivinar ú Capuani - ¡á Capuani! - , cuyo retrato vi hace tiempo en un periódico de teatros.
Oculto en un rincón, observo á los artistas.
¡Qué admirables tipos! El uno me recuerda á nues-

�..

1

I

tro Espronceda, con su gran melena negra, lustrosa de pomada, su bigote y perilla románticos, y
sus ojos de mirar vago y triste, absortos en la contemplación del ideal.
A su lado se sienta un hombrecillo con pretensiones de elegante, un parisiense á la moda, el bigote encrespado á lo Rostand, la cabeza peinada á
lo Cleo, la mirada insolente, el gesto altivo...
Un viejo gordo, de cabeza calva y ojos saltones, la nariz torcida, la boca desdentada, parece
presidir la reunión, y la anima, desde luego, con
sus ruidosas carcajadas.
A su lado se sienta Capuani, que entretiene al
público, desde su alto taburete, imitando el canto
del gallo ó el arrullo amoroso de la paloma.
Un tanto separada del grupo de los artistas, se
halla una joven vestida de azul, rubia, blanca, delgada, espiritual, la cabeza apoyada en la pared,
los ojos fijos en lo alto. Es la «musa» del cabaret.
En el mostrador, un anciano de barba blanca,
con enorme monóculo en el ojo izquierdo, vestido
de frac, pone en orden las botellas de la anaquelería.
Un gato de Angora, blanco como la nieve, de
patas sobre una mesa, maúlla con lúgubre acento
su canción de amores.
El cabaret está lleno de gente y hace un calor
insoportable.
***

Comienza el espectáculo.
«Abre plaza• el hombrecillo con pretensiones
de elegante, quien recita, con voz molesta de falsete, unos versos lúgubres, insultando á la Luna.
Luego aparecen el romántico á lo Espronceda
y el hombre gordo, y cantan á dúo unos couplets
sin ingenio y sin talento, que corean los espectadores.
Después entra en escena la joven vestida de
azul, que musita una candón indecente titulada
Toute la lyre.
De pronto el público prorrumpe en gritos:
- ¡Eh! ¡Eh! ¡La llfuñeca!
Y apareció Fanny.
Yo no sé que pasó por mí al verla. Fué aquello como una suspensión, como una paralización de
la vida. Creo que por espacio de algunos segundos - ¡t:xtraño fenómeno patológico! - , agotadas
de pronto mis energías físicas, dejaron de funcionar el corazón y el cerebro.
Cuando volví á la vida, Fanny se adelantaba
al público, sonriendo como siempre, con sonrisa
banal y acariciadora.
Mis ojos no se cansaban de mirarla. Estaba
muy cambiada. Ya no era aquella chiquilla alegre
de La Mu1ieca en el bosque, que andaba á sal titos
como los pájaros y reía á carcajadas.
Había envejecido; sus ojos azules no brillaban
ya como brillaban antes, con luz tomada del mismo sol; pálida, á pesar del colorete con que manchaba sus mejillas; la boca contraída por una mueca dolorosa que quería parecer una sonrisa, la pobre Fanny no era ya sino una somhra de aquella
otra Fanny de mi adoración.
¡Y su cuerpo! ¿Qué se había hecho de aquella
carne que yo besaba tanto? ¿Cómo en unos cuan-

tos meses se había marchitado, se había secado
aquella flor de amor?
Yo la encontraba hermosa, sin embargo. Su
belleza había adquirido en el sufrimiento cierta
dulce majestad. No era ya, no parecía ya la Magdalena pecadora - frivolidad y vicio-, sino la
Magdalena arrepentida - pena y amor.
Mis ojos no se cansaban de verla. Pero toda mi
cólera, todo mi odio habían desaparecido. Ya no me
sentía capaz de matarla. Recordé aquellas palabras
de su carta: «Me queda aun mucho que sufrir en
la vida. Capuani será tu vengador. Ese hombre ha
venido al mundo para mi castigo.• ¡Sí; bien estaba
pagando su traición!
De pronto, el público, puesto en pie, comenzó
á gritar:
- ¡El cuéhillo y la rosa! ¡El cuchillo y la rosa!
Cayó la cortina y á poco volvió á levantarse
para la representación de la pantomima.
Fanny apareció, como yo la había visto tantas
veces, triste y llorosa, contándole á la Luna sus
cuitas de amor.
¡Oh, qué hermosa me pareció entonces! ¡Y
pensar que aquella mujer había dejado de ser mía!
Y sentí que el fuego del amor volvía á abrasarme
el alma.
Pero apareció Capuani á representar el papel
del bandido Alejandro, y al llegar el momento en
que éste y Dorotea se besan, vi cómo la llfuñeca
se transfiguraba, y volvía el brillo á sus ojos, y el
color á su cara, y la sonrisa á sus labios.
Loco de celos, pensé matarla en aquel momento. «¡Ah, sigue enamorada del italiano! ¡Bien clarn
lo he visto! ¡Y yo, insensato, que estaba dispuesto
á perdonarla. •
Fanny comenzó á bailar. Cerré los ojos para no
verla. «¡Ah, pérfida!• Y aprovechando un momento en que el público, puesto en pie, aplaudía entusiasmado, abandoné cautelosamente la sala.
Ya en la call-e, examiné tranquilo mi revólver
Browing. Estaba bien cargado. Y esperé. Al dar la
una, cogidos del brazo, salieron por la puerta del
escenario ella y él, la Muñeca y Capuani, dirigiéndose, por el boulevard Saint-Michel, camino de los
puentes.
Seguí sus pasos con andar silencioso, esperando una ocasión en que poder abordarlos.
Iban disputando. La voz femenina de Capuani
se enronquecía al gritar. Algunos transeuntes se
detenían para observarlos.
· - Ahí va la ll111ñeca.
Llegamos al Puente Nuevo. Miré receloso á un
lado y á otro. ¡Estábamos solos! ¡Ellos y yo, y nadie más! Saqué el revólver y grité:
- ¡Eh! ¡Tú! ¡Fanny!
Volvió la cabeza asustada.
- ¡Dios mío! ¡El!
Capuani se dirigió á mí amenazador.
- ¡Mala peste de apaches! ¡Eh, compañero, cuidado conmigo, que yo también sé defenderme!
Le apunté con el revólver.
- ¡Vete y déjame con Fanny, ó te mato aquí
mismo como á un perro!
- ¡Compañero!. ..
La ,A!uñeca intervino.
- Es el marqués de Rugo.
- ¡Diablo! ¿E.! marqués de Hugo?
-Sí.

1

gañé, faltando á la fe jurada... Puedes matarme,
estás en tu derecho.
Y después de una pausa:
- No querrás creerme si te digo que hace
mucho tiempo que te esper,0 impaciente. ¡Oh',
¿cuándo vendrá el vengadór? - me preguntaba
todas las noches-. Ya estás aquí; ¡bien venido
seas! Ya estás aquí. Ahora no perdamos tiempo.
Yo besaré, agradecida, la mano con que me hieras.
Pero acaba de una vez y no prolongues más mi
suplicio. ¡Acaba de una vez!
Hizo una pausa, se ahogaba, y después continuó:
- ¡Si vieras qué alegría tuve cuando me lla*
* *
maste en el Puente! Luego, debo confesarlo, he
sentido un poco de miedo. Pero ya no; ya estoy
tranquila; ya espero, resignada, la muerte.
Estábamos solos, ¡solos los dos!
Y de pronto, con voz que hacía enronquecer la
- Levanta la cabeza y mírame.
cólera:
- No puedo ... no me atrevo.
- ¿Has visto cómo huyó el cobarde? ¿Has visLa cogí la cara con ambas manos, á pesar de
su resistencia, y estuve contemplándola unos mo- to cómo huyó sin defenderme?
La respondí con una injuria,
mentos en éxtasis.
- Para tal señora, tal caballero.
- ¡Siempre hermosa!
- Tú no sabes lo que me ha hecho sufrir duPor fin se atrevió á mirarme. Me pareció que
rante
este tiempo - siguió diciéndome Fanny - .
el azul de sus pupilas se había tornado negro.
¡Oh, he llegado á lo último! Yo no sé ya quién es
- Acaba. .. Puede venir gente.
Me sentí acometido por un nuevo acceso de más miserable, si él ó yo...
Y cogiéndome las manos y besándomelas:
turor.
- Tú has venido á salvarme... ¡Oh, verme li- ¡Silencio! ¡Tú no tienes derecho á hablar!
bre de él, romper las cadenas que me sujetan á
¡Ven aqui!
ese hombre!. ..
La arrastré hasta un farol inmediato.
Cayó de rodillas, p uestas las manos en cruz.
- ¡Quiero ver las manchas que ha dejado en
- Ahora que voy á morir me perdonarás todo
tu piel la baba de Capuanil
el
mal
que te he hecho, ¿verdad? ¡Oh, déjame que
Ella protestó suplicante.
- No me martirices... Acaba de una vez... te bese los pies! Humillándome á ti me ensalzo.
Yo seguía miránd0la, mirándola con ojos de Ya sé que he sido muy mala contigo, muy mala ...
¡Déjame que te bese los pies!
loco, que debían asustarla.
La levanté del suelo, donde se arrastraba y,
- ¡Acaba de una vez!
sin
poder contenerme, la besé, apasionado, en la
Me eché á reir.
- No tengas prisa ... Tenemos tiempo de so- boca.
- ¡Fanny! ¡Fanny!
bra. ¡Si yieras lo que gozo viéndote sufrir!
Ella se resistía, forcejeando por desasirse de
Y después de una pausa:
- ¿Qué haría yo contigo?, ¿qué haría yo con- mis brazos.
- No... , ya no es posible.
tigo? Quitarte la vida me parece poco. ¡Un casti- Pues entonces - la grité colérico - , ¡prego más grande! ¡Ah, quisiera tener en estos mopárate
á morir!
mentos la inspiración de un inquisidor! ¿Qué haría
- ¡Haz de mí lo que quieras!
yo contigo!
- ¡Ah! ¿De modo, que con todos menos conElla seguía mirándome aterrada, sin atreverse
migo? - seguí furioso-. Pero, ¿qué te he heá decir palabra.
- ¡Habla; te autorizo para que hables! Díme cho yo? . . .
- Sí, con todos, menos contigo, porque tú
qué debo hacer para castigar tu traición. Tú que
eres maestra en la maldad, debes saber de estas eres el único hombre en el mundo á quien quiero,
eosas de crímenes y venganzas. ¡Habla, mala hem- del modo especial que yo soy capaz de querer.
- ¡Calla! ¡No mientas más! La verdad es que
bra, habla! ¡ Ya ves si soy insensato que todavía
sigues
enamorada de Capuani.
gusto de oir el engaño de tu voz!
Declaro á usted que, en aquellos momentos,
Ella seguía callada, mirándome con ojos de esestaba completamente loco, y no podía, por tanpanto.
- ¡Ah! ¿No quieres hablar? ¿No quieres defen- to, ser responsable de mis actos ni de mis palabras.
derte?
- ¡Prepárate á morir! - la grité.
. La cogí por ambos brazos, sacudiéndola fu- Preparada estoy - me respondió con voz
noso.
entera.
- ¿No quieres hablar?
- ¡Reza!
- Suéltame, me haces daño - gimió la mi- ¡No sé!
serable.
- ¡Llora!
Y luego, con una voz muy triste, que yo no le
- ¡No puedo!
habla oído nunca:
Pero, á pesar de mi cólera, no me decidía á
- Sí. .. , acaba de una vez. , . Mi vida es tuya;
dispón de ella como te venga en gan:1, .. Te en- matarla, Tiré el revólver al suelo.

- ¿El marqués de Hugo?
Y el miserable echó á correr acometido de súbito terror, perdiéndose á poco entre las sombras
de la noche.
Cogí á Fanny de un brazo y la llevé arrastrando hasta Nuestra Señora.
Ella no opuso la menor resistencia.
Sólo la oí decir:
- ¿Para qué. mancharte las manos de sangre?
Si quieres, ahí, en el Sena, yo misma...
La respondí con una carcajada.
- ¡Calla, perra!

�~ue,·amente clamú &lt;ioloritla la ,·oz ele Fanny:
- ¡,\caha de una \'ez!
demasiado noble para ti ... U na na\'aja ... ¡Si tuYo hice como que no la oía, y conlinué implaviera una navaja!. ..
eablc:
).le registré los bolsillos febrilmente.
- De modo que, ni corazón para sentir, ni ce- ¡lTna nanja!•.. ¡Una navaja!...
.
rebro
para pensar; que eres una muikca, una verY de pronto, arrojándome furio~o ! obre la indadera muñeca de carne, ¿no es eso?,
fortunada:
¡Qué birn te conocía Capuani! El te bautizó
- Voy á ver si efectivamente eres una muñeco:1 ese apoca. ,\quí, en el pecho, todos tenemos
uo denigranuna piltrafa de carne que se llama cote: ¡La Ji/,;razón. ¿Qué tienes tú ahí dentro? Voy
1iccn!
;í Yerlo, aunque, para ello, sea preciso
Dieron las
destruir el precioso mecanismo de tu
dos.
cuerpo. ¿Qué tienes tú ahí dentro?
--No creas
Y, mirándola fijamente ú la cara,
que porque
con ojos de loco:
he tirado el
- ¡Sí!, el insensato he siclo yo, que
revólverme he ('namorado de una muiieca. Ahoseguí dicienra que te contemplo sin pasión, me condo -- te pervenzo de que no eres más que eso: un
dono la \'ida.
húbil artificio de mujer, una apariencia
Esta es tu
engañosa de crialura humana.
íil tima no¡Xo te aprieto más en mis brazos,
che. ¡Lástiporque temo
ma no haber
romperte!
traído una
¡Débil es la
na,·aja! Pero
arcilla con
me basta con
que la Xatumis manos.
raleza consQuic-:·11 sentruyea l homtir,alahogarbrC'; pC'rnm,ís
te, cómo podébil es la
co ;í poco \.e
pasta - ¿se
ya acabando
llama biscuit.'
tu yida. ¡Ah,
- con que
quiero que
estás hecha
sufras, quietú.
ro castigar tu
Pero ¿cócarne con tomo es posidos los torble que mis
mentos del
ojos no hayan
dolor!
visto antes
Y de pronlo que ahora
to, en un acven? Todo
ceso de locuen ti es posra, la cogí por
tizo, artifiel cuello, decial; todo en
cidido á ahoti está muergarla.
to ... ¿Qué
l'erosenmano mistetí mis manos
riosa mueve
humedeciel hilo que
das por. sus
davidaá
lágrimas.
tu cuerpo?
¿Lloras,
Fanny,
lloras?
le
pregunté.
¡Sí!, ere!&gt; una muñeca con apariencias humanas,
:\'o me respondió.
una pobre muñeca... ¿Ves? Por mús que busco no
- ¿Lloras?
te encuentro el corazón ... , por más que busco,
- ¡Si'. - me contestó entre sollozos.
por mús que escudrii\o.
La cogí, conmoYi&lt;lo, en mis brazos.
¿\' pensar? ¿Piensas? ¿Tienes cerebro y en el
¡Sí que lloraba! ¡El milagro estaba hecho! ¡La
cerebro ideas? Ya sé que,desgraciadamentc, eres
capaz de la palabra. .. ¿Pero hablas mecánicamen- muñeca se había coll\·erlido en mujer'.
- ¡Pues si lloras, estás sah'ada!
te, como los fonógrafos? ¡Dime la verdad, no me
Se separó de- mis brazos, y con yoz resuc\t;i:
mientas! Ya ves que estamos solos y nadie ha de
- ¡~o! ¡Quiero recibir la muerte de tus maen tcrarse ele tu secreto.
nos!
¡Así Dios me perdonará!
Dime; ¿es que tienes en el cerebro una mú- ¡\'etc!
quina ele producir ideas? ¡Xn me extraí'íaría! Yo
- ¡~o!
creo en todos los progresos de la ciencia. ¡Vién- ¡Te perdono'.
dote á ti, cómo no creer en ellos!
-

~o ... , esta es un arma demasiado diJna,

- Pues entonces...
Y echó á correr con dirección á los puentes.
Yo la seguí á gran distancia.
- ¡Fanny! ¡Fanny!
Siguió corriendo. De pronto se detuvo y gritó:
- ¡Adiós para siempre!
Y de un salto se arrojó al agua.
- ¡Fanny! ¡Fanny! - clamé desesperado.
Todavía la oí decir:
- ¡Adiós, amor mío!

. . . . .. . .. . . . . . . . . .

. . . .. . . . . . . . . . . . . .

La botella del cognac se había terminado. Y el
marqués, ya completamente borracho, me miró
con sus ojos ele fuego, nublados ahora por las lágrimas, y me dijo suspirando:
- ¡También las aguas del Sena pueden ser purificadoras como las del Jordán!
Luego, repitió maquinalmente (ya no se ciaba
cuenta de lo que decía):
- ¡Ni una buena, ni una buena! .. .

.. .. .. .. . ..........................
. ....... . ... ... .. . ......... . ........ .

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad art1s1ica y literaria. No se devuelven los ori&amp;inaks. Et papel empleado en esta
revbta es de la Papelera Espaftola. Fotograbados de Ourá y Comp&amp;llia. Imprenta de José Blass y Cia., San Mateo 1, Mad,id,

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                  <text>La publicación, que aparecía semanalmente, fue fundada por Eduardo Zamacois. Fue una de las diversas colecciones que florecieron durante las décadas de 1900, 1910 y 1920, con un carácter pionero, al tratarse de la primera colección literaria de novela corta publicada en España en formato de revista.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Consultorio Grafológico</name>
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                    <text>nos, amorosas y febriles, tomaron, por lo menos,
completa posesión de él. Cuando ella se recostaba
un poco, Jacinto le exigía que fuese á su lado; y él
besó aquellos labios, y él besó aquellos hombros, y
él besó toda aquella carne joven, ardiente, perfumada y divina, que á sus caricias se estremecía y
temblaba. La retina de Arriaga se llevaba á la
tumba la imagen de aquel
cuerpo perfecto, y-las manos,
la sensación imborrable de sus
curvas y del calor fresco y suave de su piel.
Así que al
quinto día dijo
el galeno que el
enfermo iba á
morir.
Serían las
cuatro de la tarde cuando empezó á morirse. Tocios sus amigos le rodeaban. Su
agonía fué larga, pero muy tranquila. Tenía la postrera lucidez de casi tocios los que clan el gran paso.
Hablaba y hablaba en francés, y hablaba ele su vicia
reciente. Como ahora se sentía ante la muerte,
pero no ante el ridículo, no se acordaba de Segovia.
Miraba con ternura á Alicia; por señas la pedía
un beso, que era dado en seguida. Pasaba lentamente la vista por aquellas cabezas femeninas,
cada una de las cuales estaba ahora enamorada de
é l. La inglesa, la italiana, las alsacianas, la parisiense, la bretona, la andaluza. Y junto á la ventana, al fondo, el zeñó Frasquito, 1\1. Renard y Antonio.
- Como me ponga bueno, que no me pondré
bueno - dijo-, vamos á ir todos un día de gran
fiesta. Alicia y yo al frente. Iremos ... á Argent euil.
Este nombre le arrancó dos lágrimas, y Alicia
reprimió un sollozo.
A las cinco dijo á Frasquito, que apenas entendía el francés:

- Üu\Tez la fenctre.
Frasquito descorrió un poco la cortha.
- Tout a fait . . . Tout a fait ...
El cantador abrió completamente y entró un
rayo de sol.
Ya no habló más el moribundo, sino palabras
sin coherPncia. No dejaba la mano de Alicia. Miraba sin ve r.
Decía:
- Alice! ...
Aime mo i toujours!. .. Alice. ..
Ah, les apaches[
-;'11oría en
francés. Seguras
de no ser oídas,
las mujeres se
acercaron y
rompie r on en
sollozos. A los
pies de la cama
se arrodillaron
Elena, E l isa,
más dolorida
que ninguna, como muerta, y la andaluza. Apoyadas en el espaldar, de pie, las alsacianas y la inglesa. Los hombres se acercaron también.
Empezó el estertor. Cayó todo el mundo de rodillas. Y como todo el mundo, cuando llama á su
madre 6 cuando reza, se expresa en su lenguaje,
aquella pequeña reunión cosmopolita comenzó á
orar, cada cual en su idioma. El que debió haber
muerto ensombrecido por cantos guturales de
unos sombríos canónigos, moría o reado y arrullado por plegarias y llantos de mujer. El inglés, el
alemán, el español, el francés, el italiano, traían
sus oraciones para el agonizante. Un dulce coro
internacional de voces encomendaba á Dios el
alma del pobre segoviano.
Cuando no se oía en el cuarto sino el murmullo
de los suspiros y los rezos, Jacinto abrió los ojos.
Era su última mirada. Volvió á cerrar los párpados, apretó más las manos de Alicia, que parecía
una loca, loca de dolor, y murió con un largo suspiro, murmurando:
- Atice!. . . Alice! ... i\Ion Dieu!

El [uEnto 5Emanal

EL DESTIERRO
ME/'\ORIAS DE
(Afh.BA

NES DE

=

ILUSTRACIO-

A.

FIN

Reserv8dos todos los derechos de propiedad artistica y literaria. ~ No se devuelven los o r l¡¡inales.
F otograbados de Durá y Compoñla.&lt;:a&lt;:tl&lt;:a&lt;:tl&lt;:tl Imprenta de José Blass y Cia., Son Mateo 1, Ma d rid.

30

Juuo

Cínts.

f'\íRA

®[i]..-J

�El [usnto 5srnanal

Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral

901 fV\a drI'd

Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Nuestto Concurso

.'

Suponemos enterado al público del Concurso abierto
para premiar con QUlNIENT AS PBSET AS el cue~to que,
á juicio de los señores que componen el Jurado, reuna mejores condiciones.
Componen el Jurado los Sres. D. Ramón del Valle
Inclán, D. Pío Baroja y D. Felipe Trigo. Secretario, don
Eduardo Zamacois.
Para conocer detalladamente todas las Bases de nuestro
Concurso, léase el núm. 41 de EL CUENTO SE~IANAL.

Libros y Revistas
La Invi•ible, novda político-social, .por Ernesto Bark.Biblioteca Germinal. Madrid.
Antes de volver á su patria rusa, quiere el autor resumir
su actividad de veinte años en España, publicando los doce
tomos de sus obras completas en castellano, y de las cuales
ya hemos hablado á propósito de su libro Filosofía del

ploar.

,

.

La Invisible es una novela politicofilosófica de gran mterés romántico. Da una cabal idea del inter&lt;sante movimiento internacionalista, extrañamente entretejido con el movimiento republicano en España.
.
Merecen citarse los capftulos donde el autor describe la
0
fiesta del primer _1. de l\l~yo de 18go; l_:1- r~dacción ~e Germinal con su director Dicenta; lus mh,hstas Padhevsky,
Abra~cof y la Venus rubia, Llubia y el libert,1rio español
Teobaldo Nieva.
Cuentos pasionales, por A. Hemández Catá. - M. Pért'z Villavicen, io, editor. :\1adrid.
En estas narracion"s, inspiradas por los calientes amores
de 1~ primera jnvencud, c~mpean _el verbo abundante .Y ':º·
lorista dd autor. La sobneclad vigorosa de las descripciones la agilidad del diálogo y la nov.,dad de los asuntos, hacen' de Cuentos pasionales un libro amenísimo.
El .Mundo. - El primer número del rotativo que dirige
Julio Bi,rdl, y del que es gerente Santiago Mataix, apareció
el lunes ú \timo.
El nuevo periódico está bastante bien confeccionado;
cuenta con buena información telegráfica y telefónica, y "n
él colaboun plumas pr.,sligiosas y brillantes.
Dese&gt;lmosle larga y próspera vida.

La Semana T eattal
Esta ha sido para los «señores cómicos» semana de fiebre. Las reprists se multiplican; comienzan los es1renos; los
revisteros de espectáculos no sabrn adónde acudir.
- El Espaftol inauguró anoche la temporada con la comedia en cuatro actos, de D. Benito Pérez G"ldós, tilulada
La loca d&lt;! la casa.
- La Comedia abrirá mañana sábado sus puertas, poniéndose "n escena Lo za11cadilla, entremés original de los
Sres. Alvarez Quintero, y la comedia en tres actos El matrimonio i•1terino, arreglada al castellano por Vital Aza. El primer .,,treno que se anuncia es el de otra obra de Vital Aza,
titula,l:t La i11róg1iilt1.
- En la Prioce~a trabaja con gran rxito la compañía
dramática que dirigen los exct:!entes artistas Carmen Cobeña y Francisco :\lorano.
La inau~ur ción, ~omo ya sabrán nuestros lectores por
la prensa diaria , ,e verificó con la comedia de Zorrilla La
lealtad de u11a mujer y la tra~t!&lt;lia .Sajro11ifl, dos de las obras
mejore, dd cantur de Don Juan.

AAO 1 • 25 Octubre 1907 · N.º 43

JULIO CAMBA

Precios de suscripción:
/Y\adrld

provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.
y

Número suelto:

3Ü

C é Il ti ffi OS

- En Lara fué muy aplaudido el arreglo hecho por Ricardo Blasco de Jl,forada histórica, gracioso vaud.ville de
Bisson y Turique.
- En el Gran Teatro comenzará mañana á actuar la notable compañía que dirige el simpático primer actor Manuel
Salvat.
- En la Zarzuela, los hermanos Alvarez Quintero y el
maestro Chapi han obtenido uno de los éxitos más brillantes de su larga y gloriosa carrera"con La patria chica.
- En el Cómico, Loreto Prado y Enrique Chicote preparan el estreno de la sátira ~n un acto, tit~lada Los .(a/sos
dioses, para la cual se han pintado dt:corac1ones preciosas.
- En Prlce ha triunfado el interesantísimo melodrama
Las dos golfas, estrenado con el título Gigolttte en el teatro
Ambigú, de París.
Por hoy, «no va más».

=

,OC:00,

•&lt;

Consultorio &amp;rafológico &amp;HR[HTNER
=

Respuestas

=

J. P. V, Madrid. - Naturaleza sensible y buena; deseo de

amparar y de hacer el bien á su alrededor; afición para los quehaceres domésticos; inteligencia muy viva; imaginación graciosa; temperamento inmaterial: carácter expansivo y since:ro; culto
del recuerdo; aficiones de coleccionista; hgera satisfacción de si
mismo.
José P. de S. - Con tan pocas lineas es casi imposible descifrar su carácter.
Naturaleza apasionada y muy celosa; temperamento l!'aterial;
salud vigorosa; orgullo desmedido; afición rMa_la buena comida;
disposiciones para el cálculu; excelente 11,emurta.
Un admirador de Larra. - lnt~ligencia viva; espiritu bastante cultivado; conciencia ancha y gen,rosa; voluntad dom,nadora· cons1ancia en amor; actividaa seguida; carácter franco y
leal· 'n. tu raleza sensible y apasionada; vivaciüad; propensión á
ten~r manias en la vejez; temperamento nervioso-sanguineo; cnriosidad para todo lo que se relaciona con las ciencias ocultas.
Un descendiente de italiano. - Inteligencia clara é imaginación muy desarrollada; buena memoria; espíritu combativo;
carácter amante de luchas y discusiones; intuición; naturaleza
puco expansiva, pero sincera; generosidact en la economla; temperamento bien equilibrado; buena salud; excelente gusto anistico; espiritu seductor; amor al confort.

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DE HIDALGO 1!. 9 CALLE DEL BARQUILLO 9

EL DESTIERRO
I
era un anarquista italiano, gordo, barbudo y jovial. Su padre tenía en 'Buenos
Aires tres grandes comercios, y el anarquismo del hijo debía parecerle un sport bastante
más caro que el automovilismo,
la bibliomanía ó el amor de los
cuadros antiguos. En cuanto á
Orsini, yo creo que un día de
aburrimiento, reflexionando sobre su porvenir, se dijo:
- La verdad es que, puesto que dispongo de un apellido
terrorífico, yo debiera hacerme
anarquista. ..
Y que se hizo anarquista de
esa manera.
Orsini frecuentaba todas las
reuniones anarquistas, donde
pronunciaba elocuentes discursos en italiano. De vez en cuan&lt;lo, su padre lo llamaba y lo ponía al frente de algún negocio;
pero Orsini era enemigo de la
propiedad y no tardaba en deshacerse de ella. Un día, el padre de Orsini estableció una
magnífica tienda de comestibles
en el sitio más céntrico de Buenos Aires, y se la regaló á su
hijo. La noticia cundió inmediatamente. Orsini estaba detrás
del mostrador y todos los días,
á medida que iban llegando los
compañeros á visitarle , él les
&lt;&gt;frecía sillas y los constituía en
club revolucionario. Durante
largas horas se hablaba allí del
comunismo, de la idea de patria,
del concepto del Estado, etc.
Por último, Orsini se levantaba,
le daba al uno un salchichón,
al otro un queso de bola, al otro
una lata de conservas y cerraba la tienda.
Otra vez ocurrió una cosa
muy graciosa. Los anarquistas más caracterizados
de Buenos Aires aparecieron de pr onto con unas
hermosas y deslumbradoras corbatas rojas, todas
iguales. Hubo policía que tomó aquello por una
contraseña, como las que usan los masones, y para
ver si un individuo tenía ó no tenía importancia
&lt;!entro del anarquismo, le miraba la corbata.
Una corbata, en efecto, puede servir para in-

O

RSINI

dicarnos las ideas de un hombre. Aparte la calidad, que es cuestión de dinero, la forma, el color
y el modo de estar colocada una corbata pueden
servir como origen para abrir una investigación
sobre las opiniones estéticas y políticas del ciudadano que la posee. Un espíritu de orden no comprará jamás una corbata muy
roja; elegirá un color discreto,
una forma de moda y cuidará
después de que el lazo no esté
ni muy á la derecha ni muy á
la izquierda, mientras que un
espíritu revolucionario hará de
modo que su corbata sea perfectamente contraria á todas las
demás.
Estas ideas sutiles las he
deducido del SartorResartus, y
las he puesto aquí para distraer
un poco la atención del lector;
pero en el caso concreto que
estoy refiriendo, las corbatas
no tienen psicología. Era que
Orsini había recibido de su padre un saldo de corbatas para
que las vendiese, y Orsini se las
fué regalando á todos los camaradas con quienes se encontró.
Cuando llegaba al café, hacía
como los prestidigitadores y comenzaba á sacar de sus bolsillos corbatas y corbatas, que
iba poniendo sobre la mesa. Un
día fué detenido misteriosamente un señor que paseaba
por la calle y fué llevado á la
Comisaría de Investigaciones,
donde lo retrataron y filiaron
como anarquista.
- ¿Yo anarquista? - decía
muy asustado-. ¡Si yo soy tenedor de libros!
- Tenedor de libros, ¿eh?
4. MÍ~A ¿Y esa corbata?
El desdichado llevaba una
corbata que era como una bomba: una corbata Orsini. Aquella
corbata constituía una profesión de fe.
Frente al teatro Politeama estaba el café Felsina que, á última hora, se poblaba de barítonos,
anarquistas, policías y ladrones. Allí solía ir Orsini
con todos sus inquilinos, porque en la última época e n que yo conocí á Orsini, Orsini era casero.
Su padre le había alquilado una hermosa casa para
que él realquilase las habitaciones y viviese con

�su producto. Ocurría que llegaba á Buenos Aires
un anarquista expulsado, ó que cualquier anarquista conocido se quedaba sin domicilio, y los compa1'íeros le decían en seguida:
- Vete á casa de Orsini.
La casa de Orsini era una verdadera madriguera de anarquistas, un foco revolucionario capaz
de estremecer al mundo. Allí vivían tipos tan curiosos como l'azzerini, un periodista italiano que
había recorrido la mitad de la tierra. Una noche
que yo me acosté en su cuarto, á medida que se
desnudaba me fué haciendo la historia de todas
sus prendas. Primero se quitó el gabán:
- Este gabán - me dijo - se lo compré á un
trapero de Londres por dos chelines. Hace ahora
unos tres años. Toda\'Ía está bien, ¿verdad?
En seguida se despojó del sombrero:
- Este son-.':&gt;rero me lo ha regalado un pintor
danés que vivía conmigo en París.
La americana:
- Esta americana se la robé á un espantapájaros en las inmediaciones de Milán.
El chaleco:
- Este chaleco me lo compré en Patterson el
-a.ño pasado...
Como buen italiano, Pazzerini era cantante, y
á las dos ó las tres de la mañana, cuando Orsini
se encaminaba á su casa rodeado de sus huéspedes, Pazzerini asustaba á los guardias cantando I
Pr,ifughi, I Laboratori y otros himnos revolucionarios.
También cantaba la Carmañola:
Dan~ons la carmaguole
Vive le son
Vive le son . . •
D:i.n~oqs la carmagnole
\ºive (,o son
De l'explosion •..
ira, c;a ira, g1. ira,
Tout,o le burgcoise
A la lanrerne ...

c\

{;\ irt, &lt;;l Íra, ~a ira,

Toute le l&gt;urgesic
A la lanternc ...

Entonces nosotros hacíamos coro:
Ton, ton
Din'\mitons, dinamitons ...
Ton, ton
Dinamitons, dinamitons ...

Yo dormí bastantes noches en casa de Orsini,
ó porque me encontraba á última hora con él en
el café Felsina, 6 porque no tenía sitio donde dormir. Había en casa de Orsini tres mujeres muy
guapas, una de ellas la del propio Orsini, y las
otras d,,s, compañeras de unos anarquistas que vivían allí.
Al evocar el cuadro de aquella casa sin casero, de aquel hoJar, mitad patriarcal, mitad falansteriano, me acuerdo especialmente de Angela y
de Arturo. Jam;\s unos ojos tan b &gt;nitos han tenido a111or para mirar {1 un hombre tan feo. La fealdad de Arturo no tenía hipérbole en ninguno de
los idillmas corrientes dentro de aquella extraña
mansión. Sh embargo, se daría una idea de esta
fealda J diciend &gt; que era tan grande como la hermosura de Angcla. Xosotro~ solíamos poner de
mal h 1rn&lt;&gt;r al libre m1trimo:1io dirigié ido 10s á
Angela, en cuyos labios el mohín de disgusto valía tanto como una sonrisa.

- Parece mentira que una mujer tan guapa
como usted quiera á un hombre tan feo como
Arturo.
Entonces Arturo, cuya fealdad no encontraba
justificación posible en ningún extremo de una
filosofía tan piadosa como la filosofía anarquista,
buscaba amparo en la filosofía popular y nos dedicaba este adagio:
- El hombre y el oso, cuanto más feo más
hermoso.
- Eso es- interrumpía Angela con vivacidad -: el hombre y el oso, cuanto más feo más
hermoso ...
- ~o lo crea usted - le decíamos á Angela-.
La filosofía de ese refrán es mucho más arbitraria
que la filosofía del Estado. Ese refrán es de origen italiano. Lo han discurrido los antecesores
de Arturo para consolarse un día que se vieron
al espejo ...
Arturo, además de ser feo, era fabricante de
tiradores de goma para matar pájaros.
- Tu oficio - le decía Pazzerini - es ridículo
y cruel. Es ridículo, porque en manos de un anarquista un tirador de goma no sirve para nada. Un
anarquista debe usar otras armas. Tú eres el armero de casa de Orsini, donde vive un grupo revolucionario que tal vez, el mejor día, tenga necesidad de echarse á la calle para subvertir el orden
social, y hasta ahora no se ha dado el caso de una
revolución hecha con tiradores de goma ... Por
lo demás, resulta cruel hacer instrumentos para
matar á los pájaros. Yo te prestaré un tratado de
Retórica para que comprendas toda la importancia lírica de los gorriones.
El bueno de Arturo oía estas graves disertaciones de Pazzerini con una profunda consternación. Arturo era feo y ridículo, pero era bueno y
valiente. En cuanto á J\ngela, como no estaba casada con él, le amaba sin obligación ninguna, lo
cual prueba que le amaba de verdad. Un día,
Blanca, Arturo, Orsini, Pazzerini, yo y otros cuantos, salíamos de un baile anarquista que se dió en
la Casa Suiza y, como ya era de día, resolvimos ir
á tomar el aire en los bosques de Palermo. Antes
de pasar adelante debo aclarar el concepto de
•baile anarquista• que acabo de emitir. Yo no
creo que el baile pueda tener jamás un carácter
político. El tango es el tango, y su influjo se produce de igual modo sobre los nervios del burgués
que sobre los del obrero, porque hay ciertos instantes en los cuales los nen ios recobran su autonomía y en los que todas las cabezas son de igual
modo antipolíticas. Pero tampoco el anarquismo
es incompatible con la corcogralia ni con la orquéstrica. Un anarquista puede pre,ocuparse mucho del malestar soci1l y al mismo tiempo marcarse muy dignamente unos compases de polka.
Los anarquistas de Buenos Aires habían celebrado una fiesta en la Casa Suila v habían bailado
allí con tanto entusiasmo como se puede bailar en
los salones de la marquesa de S ¡uilache. Cuando
salirnos de la Casa Suila ya el sol brillaba en las
vidrieras, y Orsini nos convid.S á oxígeno.
- ¿Qc1eréis venir á Palermo?
- \'amos.
Y nos fuinns á Palermn.
Estuvimos viendo la casa de fieras, que no
describo aquí, porque en Buenos Aires, como e,-.

todas partes, las casas de fieras son cosmopolitas
y no tienen color local. J,uego echamos á andar
por una hermosa avenida, y al llegar á la estatua
de Sarmiento nos detuvimos.
La estatua de Sarmiento es obra de Rodin, y
lo más notable de ella es el pedestal: un bloque
de piedra, enorme é informe, en el cual Rodin ha
pretendido esbozar el Apolo futuro. Un ho_mbr:e
robusto, desnudo y hermoso, parece como s1 qmsiera salir de la entraña del bloque en un esfuerzo
lleno de gallardía.
- Esa figura es una barbaridad - dijo Arturo -. Los brazos son demasiado largos.
- Eso está hecho conscientemente - expuso
Orsini - . Da la idea de que los brazos se alargan
en el esfuerzo gigantesco de la figura.
- Sin embargo, yo e11cuentro que ese hombre
es muy feo.
- Seguramente - observó Orsini - sería mucho más guapo si
Rodin te hubiese
tomado á ti por
modelo.
- Pues yodijo Paaerini - no
veo ninguna desproporción en los
brnLos.
- Eso no. Los
brazos son, efectivamente, muy largos.
- ¿ :\Iuy largos? ...
Pazzerini, en
menos de un segun do, se quitó
aquella misma
americana que un
propietario mi Ia nés había destinado para asustar á
los pájaros ladrones, se despojó del
chaleco que había
adquirido en Patt e r son, se desprendió los tirantes y saltó la pequeña verja que circundaba el
monumento. Luego se encaramó al pedestal y se
puso á medir los bra;,;os de la figura.
Una voz terrible y extraña gritó:
- ¡Detenidos!
Era ur. vigilante que, al ,·er la escena, debió

suponer que Pazzerini pretendía llevarse 1~ _estatua para decorar su cuarto de casa de Orsm1.
- Vengan ustedes á la Comisaría.
En la Comisaría esperamos dos horas á que
llegase el comisario. Ya en presencia de él, le contamos toda la verdad y nos soltó.
- Bueno - le preguntó entonces Orsini á
Pazzerini - . ¿Son largos los braws?
- N"o lo sé. Como tengo los tirantes de goma,
se me achicó la medida .. .
Llegamos á casa de Orsini á las ?ºCf' del día:
Las compañeras de .\ngela ya hah1an hecho sus
labores. Eran dos italianas tan guapas como la
compañera de Arturo.
Dadas las actuales tendencias de nuestra literatura, yo debía decir que seduje á aquellas tres
musas rojas; pero prefiero observar una honradez clásica á manchar este párrafo con una fanfarronería morlerna. Después de todo, el hombre
que ve á una mujer bonita, no contrae la obligación
imprescindible de
cortejarla inmediatamente.
Las tres mujeres
de casa de Orsini
servían para regorijo de sus maridos, para cuidado
de sus chicos y para ornamentación
del patio de la casa, en donde había
un lavadero sobre
el cual mostraban
los brazos desnudos al tiempo de
lavar la ropa, realizando así una función de belleza pública á la vez que
un acto de gran
utilidad doméstica.
Por las tardes, solía
hacerse una tertulia en el comedor
de Orsini, y al poco
rato cuando el tabaco ardía mejor en las pipas y
la h~bitación se cargaba de humo, aquellas mujeres y aquellos hombrrs parecían habitantes de
una nube que yo quisiera describir aquí de una
manera simbólica: una nube azul, hecha de anhelos, de dolores y de esperanzas; una nube en la

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calaveras... En cuanto nos íbamos, algunos aficionados llamaban al mozo:
- ¿Han hecho algo hoy los anarquistas? Traígalo usted.
De vez en cuando, entraba en el Sportman alguna mujer elegante, y tanto Basterra como yo,
pensábamos que, á nuestra vista, un escalofrío de
terror la recorría la medula; pero, desgraciadamente, nosotros no ejercíamos en su medula influencia ninguna.
Basterra y yo nos habíamos dado á conocer en
el Sportman de una manera grosera y heroica. Era
la fiesta de los franceses. La orquesta comenzó á
ejecutar el himno nacional argentino y todos los
concurrentes se pusieron de pie y escucharon con

El estribillo de este himno, cantado con toda
la fuerza de tres mil pulmones, hacía retemblar
los edificios:
Torpe burgués...
Atrás .. .
Atrás.. .

Generalmente, en una misma manifestación
se cantaban himnos en diversos idiomas:
'
Bersagliero, ascolta, ascolta...
11 signa! della rivolta.

Ó:
Sú la libera bandiera
Splende el sol del'awenir.

En Buenos Aires, se puede calcular que la
mitad de la población está compuesta por italia-

i¡~. r
1

yo figure en una novela. ·Hace tiempo, he tenido
el honor de servirle como personaje al Sr. Baruja,
quien halló interesantes ciertos detalles míos para
el último libro de su serie La luc!ta por la vida.
Por cierto que Baroja ha tenido en mí, á la vez
que un personaje, un crítico y, en el artículo que
yo dediqué á su obra, no tuve grandes reparos que
II
oponer á mi figura. Sin embargo, yo no puedo
Llamo poderosamente la atención del público estar conforme con el papel, verdaderamente insobre el hecho de que yo haya dormido algunas significante, que represento en la obra de mi ilusnoches en casa de Orsini. Este hecho no tendrá tre amigo. Confieso francamente que me creo con
para el público ninguna importancia, pero es por- derecho á desempeñar en las novelas un cargo de
que el público no me conoce. El público se imagi- más importancia y, ahora que soy novelista, no
nará que yo soy únicamente el autor de esta no- debo perder la ocasión. Mis aventuras son tan
vela; pero, en realidad, soy algo bastante más im- dignas corno otras muchas de tener un historiaportante: soy el protagonista. A los diez y seis dor, y este historiador voy á serlo yo. Seguramenaños yo era protagonista de novelas, y á los veinti- te, ningún otro me describiría con más cariño ni
dós las escribo. Indudablemente he decaído mucho. con más exactitud.
En la época de estas andanzas tenía yo unos
Yo soy el protagonista de esta novela ó de esta
historia y quiero presentarme al lector en el se- diez y seis años. Por las noches salía de casa de
gundo capítulo, que es donde los novelistas sue- Orsini y me iba á tomar café á la Rottisserie Sportlen presentará los personajes de.más importancia. man, hecho que, como todos los que se relacionan
Cierre el lector las páginas de este volumen y con- con la vida del héroe de una historia, tiene tamtemple esa caricatura de la portada, que envuel- bién una gran importancia. No quiero describir
ve en un mismo ridículo á un héroe y á un histo- aquí la Rottisserie Sportman, porque, tan lejos de
riador. Los soldados boers, después de la lucha Buenos Aires, me sería imposible cobrar el reclahomérica que sostuvieron en las montañas del mo. Sin embargo, me es indispensable advertir que
Transvaal, se dedicaron, para ganarse la vida, á la Rottisserie Sportman es en Buenos Aires lo que
reconstruir, por medio de pantomimas, sus episo- Chez 1,/axim en París ó el Ideal Room en 1\ladrid,
dios más interesantes. Yo también, si cuento estas compar1l.ción esta última ya bastante fácil de cobrar.
aventuras de mi vida pasada, es para ir sostenien- En el Sportman yo me reunía con un camarada que
do la presente. Creo que al lector le dará igual to- se llamaba Basterra, y entre los dos nos dedicábamarme á mí de protagonista como tomará un ami- mos á espantar á los burgueses mientras disfrutágo mío, que acaso viniese luego á pedirme dinero, bamos de todas sus comodidades. Pedíamos unos
cuantos programas con los nombres de las piezas
diciéndome:
- ¡Soy un personaje de usted que se encuen- que iba {t ejecutar la orc¡uesta de zíngaros y pintábamos en ellos alegorías terribles, signos de
tra en muy mala situación! ...
Por lo demás, no será esta la primera vez que muerte, bombas, puñales, manos ensangrentadas,

que se cantaba, en la que se reía y en la que se
blas~maba; una nube que tenía juntamente la
vaguedad poética, la humedad bienhechora, la
quimérica hermosura y el rayo implacable...

las cabezas desnudas. Sólo Basterra y yo estábamos sentados.
- ¡Que se levanten ésos! - dijo una voz.
Nosotros permanecimos inconmovibles.
- ¡Que se levanten ésos si no quieren que los
levantemos! ...
Y un mozo, muy respetuosamente, nos rogó
«de parte del mostrador&gt; que nos levantásemos ó
que nos fuésemos.
- No le doy á usted contestación para el mostrador-le dijo Basterra- porque no acostumbro
á tener correspondencia con los muebles. Por lo
demás, nosotros nos levantaremos.
. Y, en efecto, cuando terminó el himno argentino, la orquesta tocó La Marsellesa. Entonces
Basterra y yo dejamos á un lado nuestros sombreros y nuestras pipas y nos pusimos en pie. ..
El anarquismo tenía entonces en Buenos Aires, y supongo que lo seguirá teniendo, un carácter. cosmopolita, pintoresco y alegre, capaz de entusiasmar á cualquier imaginación juvenil. Frecuentemente se daban veladas teatrales de las
q_ue, hombres y mujeres, salíamos en manifestación cantando ácoro himnos subversivos.
Hijo del pueblo, te oprimen cadenas
Y esta injusticia no puede seguir.
'
~¡ tu existencia es un mundo de penas,
Antes que esclavo, prefiere morir.
Prefiere morir. ..

nos. Pues bien, la mitad de los italianos son anarquistas. En Buenos Aires ha vivido mucho tiempo Pedro Gori, anarquista, italiano, orador, escritor, catedrático y hombre, en fin, de un extraordinario mérito. Cuando Gori daba una conferencia,
el teatro se llenaba de público; y bajo la sugestión
milagrosa de aquella palabra, bajo la magia de
aquel gesto, se estremecía el espíritu más indiferente. Un día se anunció una controversia pública entre Pedro Gori y José Ingegnieros, una de
las personalidades más notables en el partido socialista argentino. Este Ingegnieros, que por cierto estuvo en Madrid cuando la visita de Loubet,
y con el cual he tenido el honor de tomarme aquí
unos chatos de Montilla, es un hombre de ciencia,
pero pierde, frecuentemente, su dignidad cientí-

�fica. En la época de esta historia, publicaba en
Buenos Aires una revista de nombre pavoroso:
Archivos de criminologia, Aicdici11a legal y Psiqttiatrla, desempeñaba la cátedra de Neuropatologia
en la Universidad central, y tenía un consultorio
médico muy acreditado; pero, cuando le llamaban
á ver una joven enferma, él se sentía.más artista
que médico y, en vez de reconocula científicamente, la examinaba con arreglo á los preceptos
de la estética.
- ¿Qué le parece á usted mi chica) - le preguntaba el padre.
Y él formulaba este solemne diagnóstico:
- Es muy bonita.
En seguida extendía una receta y cobraba
treinta pesos.
La noche de la controversia anárquico-socialista entre Ingegnieros y Gori, el teatro Iris estaba
lleno de gente. Ya había pasado la hora anunciada cuando se presentó Ingegnieros, agobiado bajo
la carga de un enorme paquete.
- ¿Qué trae usted ahí?
- Cuartillas.
- ¿Cuartillas para leérnoslas ahora?
- Indudablemente. Esto es una cosa muy seria. Yo me estuve documentando durante tres meses y todo esto que traigo es indispensable.
Nos quedamos aterrados. Llegó el momento
preciso y Gori se dirigió á la multitud:
- Aun cuando el amigo Ingegnieros haya venido aquí con todo un expediente de cuartillas...
Entonces Ingegnieros arrojó sus cuartillas al
aire, sobre las filas de butacas más próximas al
escenario, y se puso á gritar:
- Si es una broma. Están en blanco.
Los mitins en Buenos Aires se daban al aire
libre, en las plazas públicas, y generalmente en

la Plaza Victoria. Yo no
sé si se elegía esta plaza porque
era la más
céntrica de
la ciudad ó
porque, al
mismo tiempo, era la
que más se
prestaba pan. los discursos anarquistas. En ella,
el orador se
encaramaba
á una pirámide que
hay en el
centro y desde allí iba
haciendo
una crítica
de la sociedad por un
orden arquitectónico,
esto es, derivándola de
los edificios que le rodeaban. Miraba enfrente de
sí y se encontr¡tba con la casa de Gobierno:
- He ahí el Gobierno - decía-. ¿Y qué es
el Gobierno? El Gobierno... (crítica del Gobierno).
Luego, señalaba la catedral, que estaba á su
izquierda:
- Esta catedral - exclamaba- representa la
Religión. ¿Y qué es la Religión? La Religión ...
(crítica de la Religión).
Entre la casa de Gobierno y la catedral estaba
el Banco Argentino.
- Ved ese Banco -vociferaba el orador-.
Ese Banco es el Capital. ¿Y qué es el Capital? El
Capital. .. (crítica del Capital).
Y, por último, se dirigía á su derecha, en donde estaba el Congreso:
- He ahí el Congreso - añadía-. He ahí el
sistema parlamentario. ¿Y qué es el sistema parlamentario? El sistema parlamentario... (crítica del
sistema parlamentario).
Un día subió á la pirámide un italiano que se
llamaba Locascio.
- Ved esa catedral - comenzó á decir - -. La
están recomponiendo porque está vieja. Es el último puntal que se le pone á la Religión, pero no
servirá de nada. La Religión se hunde porque está
muy vieja, y todo lo que está viejo se hunde ... se
hunde...
Entonces, como Locascio no encontraba palabra para seguir, se hun_dió también. Desde la pirámide cayó al suelo, como si el Dios á quien había
ofendidv le hubiese castigado. Y hubo uno que
dijo:
- Pero, hombre; yo no creía que este Locascio estaba tan viejo ...
Frecuentemente, cuando los oradores habían
examinado ya, en un sentido sociológico, la arqui-

tectura de todos los edificios que les rodeaban, sacerdote le bendijo ni le bendecirá; pero yo le
utilizaban, en clase de ejemplos, á los vigilantes. educaré con cariño y él será bueno, como yo soy
- ¡Los vigilantes! - decían-. ¿Y quién vigila buena.
Y ella era buena de verdad. Todas aquellas
á los vigilantes? Dicen que vienen á mantener el
gentes eran buenas, y en la casa de Orsini ó en la
orden; pero, en realidad, vienen á destruirlo.
Y, en efecto: los vigilantes, para confirmar este mesa de un figón partían su pan como hermanos
aserto, desnudaban los sables y se lanzaban sobre de una misma esperanza. Lo maravilloso era absnosotros. Los mitins terminaban casi siempre en traerse por un momento de la conversación genecarreras, lo que les daba un carácter gimnástico ral en cualquier tertulia y pensar qué cosa rara y
muy agradable. Entre los oradores que hablaban grande se habría propuesto el Destino al citar en un
en los mitins con más frecuencia, había una va- mismo punto del universo á hombres de tan disliente muchacha que se llamaba Virginia Volten. tinta especie: á un francés, que fabricaba anteojos
Recuerdo un mitin que se hizo cuando la muerte para ver los eclipses; á un estudiante ruso, á un
de Zola. Sobre una tribuna improvisada apareció barítono italiano, al doctor Creak, millonario inVirginia, que, á la sazón, estaba en ese estado que glés, y á mí, que soy natural de Villanueva de Arolas gentes suelen llamar interesante. Virginia co • sa, un pequeño pueblo de la provincia de Pontemenzó á hablar de Ft·cimdidad, llevándo~e las ma- vedra, adonde no ha llegado aún - tal vez por dificulta'.les postales -- la noticia del nóumeno ni
nos al vientre.
- Yo estoy embarazada - decía -y os mues- la del fenómeno. Me daban ganas de decir:
- Ilueno, señores, ya va siendo tarde. ¿Qué
tro con orgullo este vientre que está henchido por
el amor. Mi pudor ha sido antes. Mi pudor ha con- vamos á hacer aquí? ¿Para qué hemos venido dessistido en no ir á la iglesia con mi novio para noti- de tan lejo,, y con qué objeto nos hemos congreficarle al cura las intimidades de nue&lt;;tra pasión. gado? ¿Vamos á hacer la Social? Pues no perdamos
tiempo.
Yo no me junté con mi amante para cumplir un
En realidad todos estábamos convencidos de
sacramento, sino para divertirme; pero comprendo que me equivoqué, porque ahora siento que en que íbamos á hacer la Social, pero no teníamos
mis entrañas nace á la , i Ja un nuevo sér. Ningún prisa. La Anarquía nos había encantado á todos,
porque la Anarquía era para nosotros, más que una
concepción filosófica, un entretenimiento sentimental. En cualquier velada de teatro, en cualquier mitin ó en cualquier manifestación pública,
la Anarquía tenía expositores elocuentes, mujeres
hermosas y canciones aladas; tenía un espíritu
alegre, aventurero, cosmopolita, valiente, generoso y artístico; todo 'lo cual mantenía el entusiasmo
de los viejos y suscitaba el de los jóvenes. «¡Oh,
justo, sutil y poderoso veneno!• -decía, hablando
del opio, Tomás de Quincey. Justo, sutil y poderoso es también el veneno de la Anarquía, y nin-

--....

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- ~-:--~-:::::----- -1!11!

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g~n fumador de opio, ningún bebedor de ajenjo,
nmgun tomador de morfina ni de haschis, ha tenido sus sueños poblados de visiones más hermosas
qu~ las visiones que pueblan el gran ensueño anarqmsta._ L3: Anarquí_a es también uno de los paraísos artific1ales, y bien vale la pena visitar esteparaíso cuando no se dispone de uno natural. La casa
de Orsini estaba en él, así como la reunión del café
Felsina, en donde no había más que un representante de la realidad: el camarero. ¡El camarero del
café Felsina! ¡El camarero del Sportman! Yo les
odiaba y me decía:
- ¿Por qué tendremos estos porteros en nuestros paraísos?

.

-

-

.. --

--- ---- ---:::::=::--_
.-

-

III
Una tarde me fuí á casa de Basterra.
- ¿Quiere usted venirse á Campana? - me
dijo aquel excelente amigo mío.
- ¿A Campana?
- ¡Ah! Pero ¿no sabe usted lo que ha ocurrido?
-No.
- Pues si es terrible. Se habían declarado en
huelga ,los e~pi~ados de una fábrica frigorífica y
los hab1a sustituido la tropa. Ayer los huelguistas
se fueron á la prefectura para formular una solicitud, y los recibieron á tiros. Hay un muerto y va-

rios heridos. Se ha declarado el estado de sitio en
Campana y se ha enviado allí á un comisario para
que se encargue del mando militar de la población.
Yo voy como delegado de la Federación obrera.
A las dos horas, Basterra y yo estábamos en
el tren, camino de Campana.
- Usted hablará - me decía Basterra.
Basterra quería decir que yo pronunciaría un
discurso. Yo había pronunciado mi primer discurso hacía dos ó tres días, en un centro anzrquista
que se llamaba Los caballeros del ideal, y había pasado un miedo espantoso, que todavía me estremece al recordarlo, y del que podrían verse indicios si se examinara esta cuartilla en el consultorio grafológico de EL CUENTO SEMANAL.
- No, Basterra, yo no hablo; no sirvo para eso.
- ¡Pero si el otro día ha estado u~ted muy
elocuente! ...
Llegamos á Campa:-ia al anochecer. Un grupo
de huelguistas nos aguardaba en la estación.
- ¡Viva el delegado de la Federación obrera!
¡\'iva Basterra! ¡Viva la huelga! . . .
Para mí no hubo ningún viva. Yo sentía cierta
envidia al observar que no me vitoreaban, y cierto orgullo de ir con un hombre vitoreado. Acompañados por los huelguistas nos dirigimos al hotel.
Los huelguistas habían cortado la luz, y la ciudad
estaba iluminada tan sólo por una luna blanca,
piadosa y triste. De vez en cuando se oían las pisadas de un caballo, y. á poco, una especie de trágico centauro pasaba á nuestro lado. Eran soldados de caballería que recorrían la población con
las tercerolas montadas. Todo estaba en silencio
y en sombras.
Por fin llegamos al hotel, que era precisamente el hotel donde se hospedaba el delegado especial del Gobierno argentino. Mientras cenábamos,
los huelguistas nos expusieron la situación. Habían tomado el local de la Sociedad Italiana para
dar un mitin, pero el jefe militar se negaba á autorizarlo. Basterra y yo le mandamos una carta pidiéndole una entrevista. Al cabo de un rato, el
comisario nos mandó llamar.
- Yo autorizaría el mitin - nos dijo - si no
temiese que se iba á alterar el orden.
- Nosotros le damos á usted palabra de que
no se altera el orden si usted se abstiene de mandar al acto fuerzas de policía. Dado el estado de
espíritu de los huelguistas, sería muy posible que
ocurriese un choque entre ellos y los policías; pero
no habicnclo policías, nosotros, por si se altera el
orden, nos ponemos desde ahora mismo á la disposición de usted.
- Yo no puedo dejar de mandar policía. Además, el mitin acabará de sobrexcitar á los obreros. Yo sólo autorizaría el mitin si ustedes les hicieran ver á los obreros la necesidad de concluir
la huelga.
- Pues bien, les aconsejaremos que vayan á
trabajar.
- ¿Palabra?
- ¡Palabra!
- Nos fuimos á la Sociedad Italiana, que estaba llena de huelguistas. Era una Asamblea de
gentes extrañas, hoscas y rudas, dispuestas á todo.
Basterra me llamó aparte y me dijo:
- Nosotros aconsejaremos que siga la huelga, ¿eh?

- N'o. Yo no hablo.
- Usted habla - dijo Basterra - . E inmediatamente me anunció:
- Va á hacer uso de la palabra el compañero
Fulano.
El compañero Fulano era yo. Yo ~staba acostumbrado á hacer uso de la palabra para contar
anécdotas, decir banalidades amorosas y pedir
café; pero no para tratar asuntos tan serios como
la huelga de Campana en un acto público. Lleno
de miedo, exclamé:
- ¡Ciudadanos! . ..
Y después de este comienzo, que desde los
tiempos de Demóstenes á los de Dan ton, y desde
los de Danton á los de Facundo Dorado no ha
hecho nadie tan elocuentemente como yo, empecé á proferir exclamaciones ingenuas y balbucientes:
- La autoridad estará siempre contra vosotros, y vosotros jamás podréis poneros de acuerdo con ella. Hab¿is ido á la prefectura de policía
á exponer unas cuantas razones, y os han contestado con unos cuantos tiros. ¿Es posible razonar
así? Con un fusil que dispara no hay manera de
razonar. En vano invocaréis los más poderosos argumentos. La contestación del fusil será siempre,
siempre, igualmente absurda y salvaje. (Permítame
el lector que me ponga en este punto unos cuantos aplausos.)
- Un hombre, compañeros - añadí-, no
puede entenderse con un fusil. Cuando queráis
entenderos con un fusil, delegad otro fusil, y ambos hablarán entre ellos el lenguaje de los fusiles.
Cuando queráis hablar con vei:1te fusiles, delegad
otros tantos. Y si no los tenéis, elegid un instrumento cuya voz sea de la misma especie y tenga
la misma potencia que toda una descarga de fusilería ...
Terminé de hablar, y entonces comenzó Basterra. No reproduzco el discurso de mi camarada,
porque, á estas horas, resultaría muy atrasada una
reseña de aquel mitin memorable. Ello es que se
acordó proseguir la huelga, y que por la mañana,
en el primer tren, Basterra y yo regresamos á la
capital. Al despedirnos, no pude reprimir un movimiento de orgullo. Los huelguistas ya no decían sólo «¡viva Basterra!» Decían también «¡viva
Camba!&gt;
La huelga de Campana fué el origen de la
huelga general que poco después tuvo lugar en
Buenos Aires.
El 11 de Noviembre, fecha trágica en los anales del anarquismo, se celebraba en el teatro de
Ribadavia un mitin «monstruo• para conmemorar
la muerte de los mártires de Chicago. Primeramente se representó un drama de tesis. Luego
comenzaron los discursos. Ilablaba Basterra, al
que debíamos seguir, según los carteles, Orsini
y yo. De pronto se me acercó un compañero:
-- lle recibido un aviso de Campana para que
vayáis allí Basterra y tú. En caso de que no pueda
ir alguno de los dos, que vaya Orsini con otro.
Te advierto que faltan veinte minutos para que
salga el treo.
- Pues tendré que ir con Orsini, porque Basterra está hablando.
- Bueno; ¿quieres que avise á Orsini?
- Avísalo.

�habría corso. Basterra y yo nos fuimos á Palermo.
Tomamos el aperitivo en el Pabellón de los Lagos,
y luego nos pusimo_s á dar un paseo por la gran
avenida en donde iba á ser la batalla de flores.
Alguno; obreros estaban ultimando los preparativos de la fiesta. Nosotros nos acercábamos á ellos
y les decíamos:
- No se molesten ustedes. No va á haber corso.
Y los obreros nos miraban asombrados.
Basterra y yo íbamos por el medio del paseo,
y nos decíamos:
· - Vaya una plancha la que se van á tirar

- ¿La huelga general?
- Sí, hombre; aquí mismo hacemos una orden
del día y se la damos á La Prensa. Mañana aparece en todos los periódicos y los obreros no tendrán más remedio que ir á la huelga.
Fué aquella una broma que los burgueses de
Buenos Aires no nos perdonarán jamás. Probablemente, cuando algún parroquiano del Sportman
le preguntase al mozo •¿han hecho algo hoy los
anarquistas?• , el mozo le diría que no; pero, realmente, aquella noche habíamos hecho má~ que
ninguna. De todas las cosas que hemos escnto en

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Camino de la estación, yo le decía á Orsini:
- La verdad. Tenía preparado un discurso
bastante elocuente sobre los mártires de Chicago:
me da pena tener que guardarlo hasta el año que
viene .. .
- A mí me pasa lo mismo; pero como tendremos que hablar en Campana, yo lo colocaré
allí.
- El caso es que no pega.
- Yo lo pegaré. Se hace un preámbulo, y en
paz. Es muy fácil: «¡Compañeros . .. ! •
Y en actitud tribunicia, Orsini improvisó un
brillante preámbulo:
·
- Estáis luchando á brazo partido contra los
tiranos y los explotadores, y tal vez algunos de
vosotros sientan desfallecer su espíritu en una
lucha tan desigual. A estos hombres débiles es á
los que me quiero dirigir, porque los fuertes no
necesitan para nada de mi palabra. A los débiles,
en cambio, hay que recordarles su deber, y hay
que ponerles ante los ojos entristecidos el ej_emplo de los mártires que han luchado por su misma
causa. La historia revolucionaria está llena de
nombres gloriosos. Precisamente hoy hace años
que en la ciudad de Chicago ...
Ibamos en un tranvía, y Orsini, que se había
entusiasmado á las primeras palabras, se olvidó
en seguida de los viajeros y habló con tanto énfasis como si estuviera en pleno mitin. Se daba
el caso, verdaderamente extraño, de que todos
los viajeros eran unos humoristas, y cuando Orsini cesó de hablar recibió una ovación estrepitosa. Uno de los compañ~ros de tranvía le dijo:
- Debía haberme apeado en la calle anterior,
y he permanecido aquí para oirle á usted; de modo
que me veré obligado á tomar otro tranvía. Reciba usted mi enhorabuena, y estímela usted en
todo lo que vale.
- Vale diez centavos - le contestó Orsini.
- Justamente.
- Pues por diez centavos no podría usted

comprar en ninguna tienda más ideas ni más frases. Yo soy un comerciante loco, y lo vendo todo
muy barato.
- No crea usted que estoy avergonzado me decía luego Orsini, ya en el tren-. Un orador
no debe elegir su público ni debe ir mirando, una
por una, las orejas que le han de escuchar. Un
orador que conociese á todos sus oyentes, un
orador para los amigos ó para la familia, sería
muy ridículo. Por lo demás, no puedo quejarme.
He tenido un éxito que ya lo quisiera usted en
Campana ...
Afortunadamente, en Campana sólo hablamos
con unos cuantos compañeros y con el jefe militar de la ciudad, el cual, en cuanto me vió, me
dijo:
- ¿Conque iban ustedes á aconsejar que terminase la huelga, eh? Pues ahora mismo se va usted á la cárcel.
Yo me disculpé con Basterra, que estaba á salvo de todo peligro, y conseguí suavizar un poco á
aquel hombre irascible. Me dejó en libertad, pero
de ninguna manera quiso autorizar el mitin.
- Perdonen ustedes - dijo - , pero estoy
muy escamado.
- ¿Qué dice ese besugo?- nos preguntaron
luego los huelguistas.
- Dice que está muy escamado ...
Orsini y yo llevamos un Mensaje de los huelguistas para la Sociedad de Estibadores de Buenos Aires.
La Sociedad de Estibadores se declaró en
huelga para secundará sus compañeros de Campana. Luego, y poco á poco, fueron declarándose
en huelga otra porción de gremios, adscritos todos á la Federación obrera. Me acuerdo del día
en que se declaró en huelga la Sociedad de cocheros. A la noche, y no sé con motivo de qué
fiesta, debía celebrarse el corso en Palermo.
Los cocheros se reunían aquella tarde para
dejar de ir al trabajo, y no habiendo coches, no

esos cochinos de burgueses. Lo que es esta noche se van á aburrir de lo lindo.
-Sí, sí.
-- Y esas burguesitas que estarán terminando de arreglarse ... sus maridos las encontrarán muy nerviosas por la noche ...
Aquella noche, en efecto, no hubo corso.
Basterra, yo y algunos camaradas nos permitirnos la voluptuosidad de pasear lentamente
por el centro de la avenida de Mayo y de la
calle Florida, en donde todas las noches, menos aquella, el movimiento de coches era incesante. A la noche siguiente, todos los delegados de todas las Sociedades obreras se reunieron en el teatro Iris para ir á la huelga general.
El teatro Iris está enclavado en la Boca, que es
un barrio obrero habitado casi todo él por italianos. Yo estuve allí con Basterra á primera hora, y
luego nos fuimos al Sportman.
- Me parece que esta noche no se declara la
huelga general - me dijo Basterra.
- Sí; parece que esos hombres no se van á
poner de acuerdo.
Nos habíamos puesto á pintar nuestros monos,
cuando se nos acercó un amigo que era redactor
de La Prensa.
- ¡Qué! ¿Hay huelga general?
- Por ahora no se sabe nada. Vuelva usted
por aquí dentro de un par de horas.
El amigo se fué, y Basterra me dijo:
- ¿Quiere usted que hagamos la huelga general?

los programas del Sportman, ninguna fué tan siniestra como aquella. Aquella costó mucho oro y
mucha sangre.
IV
La huelga general fué terrible. Imaginaos una
gran ciudad, una gran ciudad_ cosmopolita, _industrial y moderna; una gran cmdad cuyo cielo se
halla turbado constantemente por el humo~de las
fábricas y por la voz de las sirenas que anuncian
á los buques entrantes ó que llaman al trabajo á
los obreros; una gran ciudad circundada de mástiles y de chimeneas; una gran ciudad, en fin, que
es como una gran máquina funcionando al agua y
al fuego; como una gran máquina compuesta_ de
muchas máquinas pequeñas y en donde todo gira,
todo chirría, todo palpita y se estremece sin cesar.

�Imaginaos esta gran ciudad como esta gran má- preciable espectáculo! Una revolución es siempre
quina, y acosttJ.mbrados al movimiento y al ruido, una obra de arte. Ningún artista ha podido imagi~ed que, de pronto, la máquina se para en seco. nar jamás una tragedia comparable á la RevoluTal sucedió en Buenos Aires. No rodaba un coche, ción francesa. Cada uno de aquellos anónimos reno giraba una grúa, no gemía el pito de una fábri- volucionarios, exaltados por el ambiente de terror
ca; las altas chimeneas se elevaban al cielo rígidas y de heroísmo que le rodeaba, era un artista de
y siniestras; arriba no había humo y abajo no ha- su propia vida y era un artista superior á los trábía brasa. Y el alma misma de la población, el _gicos griegos. La sociología puede ser antiartística
alma inquieta, nerviosa y alegre del monstruo, se mientras se desarrolla en libros, en discursos y en
llenó de frío y de espanto.
estatutos de Sociedades obreras; pero cuando se
El segundo día de la huelga iba yo del brazo lanza á la calle, ya es otra cosa. La sangre lo encon un camarada por una de las calles más céntri- noblece todo, y en la huelga general de Buenos
cas, cuando acertamos á pasar junto á dos gordos Aires no se echó de menos este gran elemento liburgueses de chistera y levita. En aquel momen- terario. Enardecido por él, yo confeccionaba mis
to, uno de ellos le decía al otro:
proclamas y yo mismo las pegaba y las repartía,
- Esto se va poniendo muy serio.
esquivando las miradas de la autoridad. Aquel
Y, ciertamente, aquello se iba poniendo muy entusiasmo sería ridículo en cualquier otra cirserio. Había m1a fábrica en donde, á pesar de la cunstancia, pero allí no.
huelga, unos obreros estaban trabajando. Se enteCreo que fué el segundo día de la huelga. Basró un grupo de muchachas tejedoras y se fué allí. terra y yo estábamos en el Sportman, cuando se
- ¿No tenéis vergüenza?- les dijeron-. ¿Se- nos acercó un compañero periodista, muy estimaréis cobardes cuando nosotras somos valientes?
do en Buenos Aires: Florencia Sánchez. Este comLos huelguistas mataron é hirieron á una por- pañero nos comunicó que el Congreso, reunido en
ción &lt;le esquzrols. Muchos policías fueron también sesión extraordinaria, acababa de votar la ley de
muertos y heridos. En el puerto, un oficial mandó residencia para expulsar á todos los extranjeros
á los soldados que disparasen sobre un grupo de peligrosos. Al mismo tiempo se había declarado el
propagandi~tas de la huelga, y los soldados se ne- estado de sitio en la capital.
garon á disparar. Indudablemente, aquello era
Basterra y yo echamos á andar por la calle de
serio .
Florida y torcimos por la de Corrientes. Al llegar
Yo me dedicaba á escribir manifiestos en un á la calle de Artes se nos ocurrió entrar en la Soestilo á lo Roque Barcia, según averigüé después, ciedad de cocheros, que hacía esquina á las dos
cuando conocí á este escritor. Aquellos manifies- calles. Yo conocía mucho aquel local porque en él
tos tenían por objeto enardecer el espíritu de la habían estado instaladas antes las oficinas de El
multitud, y yo mismo iba adquiriendo cierto ardor Curreo de España, periódico del que yo fuí redacbélico á medida que los escribía. Seguramente, no tor. Entramos y nos encontramos á unos cuantos
faltarán amigos que me desprecien al saber que compañeros que hablaban muy animados.
yo he cultivado ese género de lit&lt;'ratura. Sin em- Se ha votado la ley de residencia y se ha
bargo, cada una de aquellas páginas, que se im- declarado el estado de sitio; de manera, que nos
primían en hojas sueltas y que se fijaban clandes- cogerán en seguida y nos echarán.
tinamente en las paredes de los edificios, tenía
Nos pusimos á charlar y, cuando quisimos samás emoción y más intensidad que muchas cosas lir, un compañero nos advirtió que la policía roque he escrito después con arreglo á otros trata- deaba la casa. Estábamos bloqueados. Entonces
dos de estética. Yo no me avergüenzo de haber hicimos subir café y nos decidimos á pasar allí la
escrito aquellos manifiestos, y hasta me gustaría noche. Por la mañana, y aprovechando un descuitener aquí alguno para reproducirlo en estas pá- do de los pesqttisas, salimos. Subimos por Corrienginas. Hay quien opina que en arte únicamente se tes y, al llegar á una calle transversal donde vivía
debe hablar de las rosas; pero las rosas, que siem- Basterra, vimos á un hombre que se había dormipre son poéticas, no son oportunas en toda oca- do en pie, arrimado á una esquina. Este hombre
sión. Yo no acierto á acatar esos dogmas en vir- se despertó violentamente y pareció desconcertud de los cuales se pretende reglamentar el sen- tarse. Continuamos andando y observamos que
timiento. Esos dogmas son así: «Cuando un artista nos seguía. Ya en la calle del Callao acordamos
se halle en presencia de un jardín, de un cre- dividirnos en varios grupos. Basterra y yo, que
púsculo ó de un paisaje, contrae la obligación in- formábamos uno de ellos, tomamos un tranvía, y
quebrantable de enternecerse. En cambio, le que- el hombre extraño nos siguió. Ya no nos cupo
da terminantemente prohibido el derecho de emo· duda de que era policía. Nos bajamos sin avisar, y
ción ante el mendigo que le pida una limosna, y el policía se bajó también. Por último, después de
ante todo lo demás. , Yo soy un cismático de este haber tomado tres ó cuatro tranvías, conseguimos
dogma, y muchas veces, cuando el mendigo que extraviarlo. F;itonces, Basterra me dijo:
se me acerca es más pobre que yo, le doy una li- Yo me voy esta misma tarde á Montevideo.
mosna: una perra chica ó una perra gorda, con la Yo tengo familia y no puedo abandonarla. En Moncual, dicho sea de paso, no pretendo comprar una tevideo veré el giro que toman las cosas, y ya de-habitación en el cielo, cuyos alquileres supongo cidiré.
que no serán tan baratos.
Nos metimos en un coche de los que utilizaEn cuanto al acto de una huelga como la de ban los huelguistas para vigilar la huelga, y nos
Buenos Aires, si alguno me dice que fué un des- fuimos otra vez á la Sociedad de cocheros. Cuanpreciable espectáculo, yo le contestaré que no do quisimos salir había un policía en la esquina.
opinaría de igual manera si hubiera sido, á la sa- Basterra llamó á tres camaradas, y les dijo:
zón, dueño de una fábrica en aquella ciudad. ¡Des- Se puede hacer una cosa. Vosotros bajáis y

rodeáis al policía de tal modo que, para perseguir- después de cenar, yo le acompañé. Ya á la puerta,
nos tenga que abrirse paso por el medio. Proba- me dije:
«Si me voy á mi casa me van á detener. Lo meble:Oente no se atreverá, y si se atreve, no le
jor es que me quede á dormir aquí.&gt;
dejáis.
Y me quedé á dormir en casa de Orsini.
Los camaradas bajaron. A poco uno, que obAquello fué una estupidez, de la que no me
servaba la escena desde un balcón, nos dijo:
arrepiento. Si la policía vigilaba mi casa, porque
- Podéis marcharos.
había en ella un anarquista, mncho más debía vi- ¿Qué ha ocurrid~?
.
- ¡Qué iba á ocurnr! ¡Que el pesqmsa ha to- gilar la de Orsini, que era una madriguera.
Por la mañana salí á la calle, y no habría anmado el primer tranvía!
.
Nos fuimos á una taberna, almorzamos y pedi- dado aún cincuenta pasos cuando se me acercó
mos café. Luego nos marchamos á la dársena. un policía y me detuvo. Echamos á andar hacia la
Basterra quería á toda costa que yo me fuese con Delegación, y al cabo de un rato noté que una
mujer muy hermosa me seguía, y que en aquel
él á Montevideo, pero yo me negaba.
momento me saludaba con la mirada. Era la com- Le mandarán á usted á España...
- Pues me harán un favor. Precisamente yo pañera de un anarquista que se llamaba Tulio y
que vivía en casa de Orsini. Cuando llegué á la
quería irme y no podía.
Me despedí de Basterra y le di un gran abra- Comisaría volví la cabeza y la saludé.
El policía me condujo á una sala, en donde
zo. Basterra fué en Buenos Aires mi primero y mi
último amigo. Hacíamos una vida ~asi común. unos señores escribían y tomaban mate.
- Este, detenido- dijo.-Viene por orden del
Cuando le dejé, yo me puse muy tnste, porque
jefe
de policía.
comprendí que á aquel amigo fraternal, á aquel
Aquellos señores me examinaron minuciosacompañero de las pequeñas miserias y de las pequeñas opulencias, á aquel hermano de ensueños mente.
- Usted, ¿por qué viene?
y de esperanzas, yo no le volvería á ver nunca . ..
- No lo sé.
La autoridad había prohibido toda clase de re- ¿A usted no le gustará irá un calabozo?
uniones obreras, y La Prensa les había ofrecido
-No.
un gran hall á los huelguistas. Al dejará Basterra,
- Pues quédese usted aquí. ¿Quiere usted
yo me fuí á La Prensa, donde había un. rniti_n á la
sazón. Allí me encontré con Oreste R1ston que, mate?
- No. Muchas gracias.
según supe luego, no pudo salir de La Prensa e.n
- Usted se lo pierde.
diez días. Conversé un rato con él y con otros caPasaron dos horas mortales. De pronto metramaradas, y al anochecer me dirigí á El Sol.
&lt;El Sol al anochecer? Sí, señ?X:e~: El Sol. El S~l jeron un paquete.
- ¡Vaya unas amigas bonitas que tiene usted!...
era una revista anarquista que dmg1a Alberto Gh1Yo me puse á presumir un poco, y mientras
raldo. Las oficinas estaban en la calle de San Martín. Se bajaban unas escaleras y, ya en el sótano, tomaba el paquete hice «¡pschsl&gt;, como si eso de
se llegaba á un cuartucho lóbrego, húmedo y frío. las mujeres bonitas fuese para mí una cosa coAquello era El Sol. El Sol no tenía puerta, ignoro rriente. El paquete contenía los siguientes objetos
si por la falta de dinero ó si por las convicciones nutritivos, á la par que sentimentales:
Un panecilo,
anarquistas de Ghiraldo; de modo que allí llegaba
U na tortilla y
uno, entraba y, si era gimnasta, podía sentarse en
Un bistek.
una silla, donde yo no pude contar nunca más de
Y o me lo comí todo, pensando con ternura en
tres pies. Arrimadas á las paredes había grandes
pilas de números atrasados, de folletos y de obras la solicitud de aquella buena y bella mujer, de la
de Gbiraldo. Aquellas pilas eran otros tantos asien- que me despedí, no para entrar en la Comisarí~,
tos. Todas las noches, á primera hora, se bacía una sino para entrar en otro continente. Estaba ya ditertulia en El Sol, y los asistentes se instalaban giriendo cuando llegó el comisario.
- ¿Qué quiere usted?
respetuosamente sobre aquellos duros volúmenes
- Yo, nada.
de filosofía revolucionaria. La luz de El Sol era
- El señor - dijo uno de los escribientes una vela, que le daba á la asamblea todo el carácviene detenido.
ter de un agua-fuerte de Rembrandt.
,
- Detenido, ¿por qué?
Desde el primer día de la huelga, El Sol hab1a
- No sabemos. Viene á la disposición del jefe
comenzado á publicar un suplemento diario. Cuan.
..
.
do yo llegué me e ncontré allí á Ros, el tesorero de de policía.
- Siempre será un anarquista- d1Jo el comila Sociedad de Estibadores, que estaba buscado
por todo Buenos Aires; á Ghiraldo, á un chico es- sario.
- No sé si lo seré siempre. Por ahora, sí.
cultor que se llamaba Castro , y á Florencia Sán- Pues le exportarán á usted en seguida, amichez. Florencia Sánchez ignoraba que un periodista no debe manejar la tinta como un tintorero. go. No van á quedar en Buenos Aires ni los rabos
Muy ocupado en hacer el suplemento, se había de todos ustedes.
Al anochecer me sacaron de la Comisaría y me
arremangado los brazos y los presentaba de tal
suerte bañados en tinta, que á uno se le ocurría metieron en un coche de presos. El c)che ectió á
pensar cómo se las habría arreglado para pintarse rodar estrepitosamente. Llegamos al departamento de policía, me tomaron el nombre y me condude un modo tan difícil y tan perfecto.
Estuve un gran rato en El Sol, y á las nueve jeron á un sitio que habían habilitado para lo_s
de la noche me fuí á cenar con Castro á un restau- anarquistas detenidos en virtud de la lq de resirant contiguo. Castro vivía en casa de Orsini; y dencia.

�ta, leguleyo y ju~aizante, el mismo que se había
ca1do des~le su tnbuna en el párrafo más elocuente ~le un discurso; allí estaba Querchussoff el ruso
y _Stenley, el alemán, y Stefferson, el yanqui. Allí
esta~an t~idos, ª!egres, joviales y dicharacheros.
\ o fu1 abrazandolos uno á uno, como si me los
enco~1trase después de una larga ausencia. C
d
terminé esta difícil labor, me asediaron tªpn ~

~n~:

V
- ¡Es Camba!
- ¡Viva! ¡\'iva!
- illol~, che! Te estábamos esperando.
- Aqu1_s~ está muy bien. Es lo mismo que la
casa de Ors101.
Yo me iba_mara~illando poco á poco. ,\llí estaban _todos mis an11gos ele toda mi vida en Buenos 1~ 1res. ,\llí estaba :\Iuntesano, el profesor ,·e~etanan? que sólo _comía hierbas y qur, aunque
~ra débil y enferm1_zo como una criatura, decía:
Todo el que practica el sistema vegetariano se
ponr sano y fuerte.• Allí estaba ::\lattey el que
co~ .:\falatesta había hecho en BL1enos ,\ires las
primeras propaga~das anarquistas, y sobre cuya
enorme cabeza afeitada había gravitado el peso de
un-:t condena á muerte; allí estaba Troitiño recién
salido de la peniten,ciaría por supuesto ho:nicidio
de tres csqwrols; alb estaba Locascio, el anarquis-

•

re

- Y á ti, ¿dónde te han cogido?
- Oye, ¿sabes algo de Fulano?
- ¿Traes Et Sol?
- ¡Cuenta, cuenta!
Frecuentemente, los oyentes me interrumpían
el relato con el secreto desionio de convertirse á
su vez, en narradores.
"
•
- Pues _á mí me cogieron en ...
- Lo n11~mo me h~ pasado á mí; pero yo ...
Aqu~llas 1'.1t~rrupc1one_s me indignaban.
- S! se~1~ interrumpiendo, me callo.
- No, no. fe escuchamos.
Yo conté mi pequeña historia, y cada uno me
c~ntó la suya. _El primero en contar, después de
mr, fué Locasc10.
- yerás. Llegaro~ los policías, y como mi
companera es muy valiente ...
A ~edida que habían ido entrando los presos
Loeasc10 les h~bía ido diciendo lo mismo:
'
- Como m1 compañera es muy valiente
Y en seguida que entraba un nuevo det~~ido
se llamaba á Locaseio:
.- - Üfe, cuéntale á este lo de tu compañera.
Ls muy mteresante.
. - N'o es que sea interesante - decía Locasc10 -. L_o que pasa es que, como mi compañera es
muy valiente . ..
Este Locascio era un hombre sublime y ridículo con su levita impecable, su barba asiria y su
larga melena. Cuando yo lle~é disponía de tres
colchones, que había recibido por distintos conductos, Y me ofreció uno. En aquel colchón dormi
tres noches. La primera noche, las ventanas de
nuestro departamento estaban cerradas con grandes barras de hierro, y, además, en cada una de
&lt;'_llas había un soldado con la bayoneta calad·
l~stas precauciones eran altamente humanitaria~·
ya_ &lt;!u? no trataban de impedir la evasión, sino el
smcicho, puesto que, si ~lguno se tiraba por una
'entana, todo su porve111r consistía en estrellarse
con~ra las losas del_ patio. Expusimos esta obser'\~c1ón ante un oficial, y al día siguiente ya no temamos centinelas. En cuanto á la prisión fué corta Y a~radable. Había allí tipos muy curidsos y escenas mteresantísimas. :\le acuerdo ahora de un
pobre hombre que había inventado un aparato
para r~solver el problema del movimiento conti•~uo. ha u1! aparato digno de Silvestre l'aradox.
Se compoma de un cajón lleno de a,.,ua y de una
rueda con_ muchos Call{!ilones. La ;'ueda giraba;
u~10~ cangilones se llen_aban de agua, y en el mo'\ lmiento ~e la rueda, iban á vaciarse dentro de
ot_ros cangll~nes, lo cual debía producir el movin11ento continuo del armatoste. La policía había
toma~o aquello por una cosa explosiva y había
clct~mdo al ~utor. Este autor se creía una especie de Galileo, víctima de la injusticia de los
l~ombres, Y á la vez que se quejaba de sus vicisitudes, decfa: •E pur si 1m1ovc.• Quería decir

que, á pesar de todo, su rueda se moyía. Fre- das las cosas según la más pura filosofía anarquiscuentemente se enfadaba con nosotros, y excla- ta, pust• una de sus enormes manos sobre el hombro del ladrón.
maba:
- Amigo mío - le dijo - , su profesión
- Yo no tengo nada que ver con ustedes. Yo
ele usted me parece muy útil, y, seguramente,
soy un hombre de ciencia...
También estaba detenido un andaluz que se usted estará conforme conmigo en este punto
dedicaba á la fabricación de pasteles en un pue- de mi teoría. Donde hay hombres que guardan,
son de menester hombres que roben. De este
blo de la provincia. Era un tipo notable.
- ¿Por qué ha venido usted á Buenos Aires&gt;- modo el dinero circula y la propiedad se modifica .
El pohre ladrón estaba asombrado. Poco á
se le decía.
poco
fué tomando confianza con nosotros, y cuanY él contestaba:
- Pues verá usted. :\[e enteré de que uste- do en algún grupo se hablaba contra la propiedad,
des estaban haciendo la revolución, y me dije: al ladrón no se le ocurría nada que oponer á aque, Yo no abandono á mis hermanos.• Dejé los pas- llos argumentos.
- Eso es lo que digo yo - exclamaba -. ¡Si
teles y tomé el tren.
yo
pienso
lo mismo que ustedes! ...
- ¿Y cómo le detuvieron á usted?
- Xo lo crea usted - le dijo una vez Steffer- Pues Yerá usted. Estaba yo en la calle de
son - . Usted
Ribadayia y vi
destruye la proá unos soldados
piedad ajena
que se metían
para construir
con los obreros.
la propia. Xo
Los obreros son
hay nadie más
mis hermanos.
partidario de la
Yo, al principio,
propiedad que
me callé; pero
un ladrón.
yo soy andaluz,
Las horas se
y ele pronto me
pasaban
alegreempezó á hermente en la pri' ir la sangre ansión. Casi todos
daluza en las
estaban contenyenas. Entontos. Orbietto,
ces les dije á los
un italiano que
soldados: • \'os
había arribado
otros sois los
en
su juventud
siervos del caá las márgepital.• Y me denes del Plata
tuvieron.
para arreglar
Otro de los
un asunto de
de-tenidos ni era
ocho días y que,
anarquista,ni se
á los cincuenta
había declarado
años, no había
en huelga, ni sipodido aún requi cra estaba
gresar
á su adoloco. Todo su
delito consistía en tener una mujer bonita. Un co- rada Italia, se pasaba el tiempo cantando.
- Ancora - nos decía - io me vado á manmisario se había enamorado de ella, y para verse
libre del marido lo detuvo como anarquista, influ- ghiare la polenta...
No faltaba, sin embargo, el acerbo sentimenyendo á fin de que lo expulsaran.
También habían puesto con nosotros {1 un la- tal. El padre de l\fontesano, al verá su hijo detedrón. Como nadie sabía quién era, se le llegó á to- nido, se puso tan malo que se murió. Montesano
mar por un espía y estu,·o á punto de ser muerto recibió la noticia en la prisión, y sus ojos miopes
á puñetazos. Después de una conferencia privada se arrasaron de lágrimas detrás de los lentes ...
Hablábamos acerca de nuestro porvenir, y cada
entre los más juiciosos de la prisión, se le llamó y
uno elegía el sitio de la tierra adonde quería irse.
se le dijeron estas frases cariñosas:
- Oiga, ché. Xo le va á quedará usted ni un Una tarde nos llamaron uno á uno y nos llevaron
á la oficina antropométrica. Allí nos desnudaron,
hueso sano. Usted es un espía.
Entonces el hombre, temblando de miedo, bal- nos retrataron y nos filiaron minuciosamente. :'\os
hicieron embadurnar las manos en una tinta muy
buceó:
- Están ustedes engañados. Yo no soy un es- espesa, y luego nos calcaron las yemas de los depía, se lo juro á ustedes. Yo soy un senidor de dos sobre una hoja de papel blanco. Otro día nos
llevaron ante el jefe de policía, el cual nos preustedes. Soy ladrón ...
. - ¡Ah! ¿Es usted ladrón? -gritó alegremente guntó adónde queríamos ir.
- Yo - dije - quiero irme á Barcelona.
Stenley - . ¡Tanto gusto! Si quiere usted trabajar,
Y otros nueve dijeron lo mismo.
• hí tiene usted tarea. ¿Se dedica usted á los colLo que más nos inquietaba era el no tener nochones, ó prefiere usted los r('lojes? Mejor será el
servicio completo: un reloj para saber la hora de ticias de la huelga. Sabíamos que la huelga continuaba, pero ignorábamos su marcha. Xi los soldormir y un colchón para acostarse.
dados
ni los oficiales querían decirnos una palabra.
Entonces Querchussoff, que interpretaba to-

�~b·Qué pasará? ¿Qué no pasará? .\quclla incertidumre era espantosa.
Una tarde habíamos hecho alfombra de nuestros colchones y,sentados á la turca, nos habíamos
resto á fu°'.ar y á charlar. Las pipas humeaban
anzando hacia el techo volutas azules que e
1
~rado de nuestro espíritu, se nos aparecí~n
adas d~ bellas visiones. Se contaban anécdotas
la so~risa florecía en todos los labios mientras
as pup1~as se hallaban dormidas, quién sabe en
q_~é sueno _fastuoso y brillante. De pronto aparee, un oficial ante la puerta de nuestro de artamento Y comenzó á leer una lista.
p
-:- Que trai~an t?do lo que tengan ...
,l no de los mclmdos en la lista era yo que ne
te111~ nada._.. Abracé á mis amigos y ~e des~
ped1 p3:ra s1emp:e. El oficial nos hizo andar por
una sene de pasillos y nos llevó á otro departamento.
'
-:: :Mañana - nos dijo - saldrán ustedes para
E spana.
. Xos hicimos traer cena de la calle y cenamos
tristemente. Estábamos de sobremesa cuando
uno de los camaradas me dijo:
'
. - Oye, lamba. Yo quisiera pc-nsar una frase
celebre ...
- ¿Una frase célebre?
-:-- Sí. Una f:ase como la de Méndez-Xú11ez en
el C..1lla~,, por_ ejemplo, ú otra cosa parecida.
- No entiendo... ¿Para qué?
. - Pues, para cuando nos rnyamos á ir. La decm1&lt;1s desde el vapor. ..

~li-

r'

\'I
l'or la ma~ana muy temprano fué á despertarnos un oficial de policía Xos to ó 1
b e•
d'ó á
· ·
m os nomr :"'• nos i .. cada cual nuestro pasaje para Espana, y nos dijo:
- Y cngan llstedes.
Llegamos á la puerta y, por un rato estuvimos
contemplando la calle, el sol, el ciclo azul y las

muchachas bonitas. Un prisionero
de algunas horas se
entrega á la liberta? con igual alegria que un prisionero ?e muchos años. Nosotros hacía tres días que
no ve1amos nada de todo ac1uello" por fin lo . ,
mos t
,'
' , eiaen onces, aunque lo veíamos por última .
An_te la puerta del siniestro edificio había ci~e;~
carruajes. En cada un,, de ellos nos instalamos do
de nosotros con_ dos policías. En el mío me hicie~
rofin. la deferencia de ponerse un escribiente " el
o c1a.1
,
El coche comenzó á rodar y á poco entró
la_ Av~nida de ~la yo. Era esta '1a calle, más cé~~
tnca ) más bonita de Buenos Aires. Yo miraba los
~afés, donde tantas ve.ces ~1abía estado; los teatros,
onde tant? me babia divertido; las aceras por
?º.nde habta paseado tantas veces, y sentía' que
os recu~rdos brotaban de mi corazón á borbotones, ard1en tes y encendidos, como podría brotar un chorro ele sangre. Algo mío se quedaba ali'
y yo yolvía la cabeza para dirigirle una últim; !•
r~da. Ln que. SP quedaba allí era un trozo de~¡
'ida, el más mtenso seguramente y el más lle
de encantos.
no
~lientras tanto, el oficial que me acompañaba
hacia todo lo posible por serme agradable. Para
ser agradable hasta hablar, cuando se habla con
agr~do'. p~ro, cuan~o se dicen cosas faltas de ingemo ) clt oportumdacl, á medida que se habla
~·a aumentando el d_isgusto del que escucha. C~~
~alme~te, aquel ofi_c1al no poseía el arte dC' la con' ·';;'sac1ó~, y lo mejor que hubiese hecho hubiera
s! ~ cultl\ar el arte del silencio. Todo su afán cons1st!a en demostrarme que el anarquismo no tenía
r~zon de s~r en Buenos Aires. Aquel hombre habm descul_llerto en_ la Anarquía un nuevo carácter
~ue J?asó madYert1do para Kropotkine y para Bakounrne¿ d carácter local. El concebía el a a
.
mo
n rqms. en G e ta ~e, en \'a11ceas, en Ciempozuelos
y tal
\ cz en Cuenca; pero en Buenos Aires, no.

- Aquí - me decía - no puede haDer cues- dársena, y para evitar que, si adelgazábamos de
tión sncial, y si la ha habido hasta ahora, es por- pronto, pudiésemos fugarnos por allí, un soldado
que la han fomenta,fo ustedes, los extranjeros. se paseaba en la dársena, junto á la ventanilla, y
tenía el maiiser montado.
Por eso les echamos á ustedes.
Yo sentía cierta emoción. Aquellas precaucio- Sí, sí - le decía yo-. En cuanto salg~ el
nes me realzaban á mis propios ojos, haciéndome
,apor, se ,·a la Anarquía. Le han comprado ustecreer que yo era un hombre realmente peligroso
des un pasaje de tercera.
- Indudablemente. La Anarquía no tiene ra- y temible. Yo asistía á aqnella escena de mi vida
con la secreta vanidad de saber que se trataba de
zón de ser aquí. Aquí nu hay miseria.
una escena novelesca. Aquel momento era para mí
Entonces yo le señalé á un pordiosero que, con
l'I saco al hombro, acertó á pasar en aquel instan- un momento decisivo, v yo me daba muy claramente cuenta de ello. ;\li vida había tomado un camino.
te junto á nuestro coche:
En
él no abundaban ciertamente las legumbres,
- Perdone usted. La alforja de ese hombre no
pero había rosas 4ue yo cogía sin temor de&gt; las es\'a cargada de oro - le dije.
- ¡Claro! Como que ese hombre es un men- pinas y que yo deshojaba en un desvanecimiento
infantil de belleza y de perfume. De pronto, una
digo...
Aquel hombre era mendigo y el oficial era mano tiránica me i;olocaba ante otro camino. Y
tonto. Las tonterías florecian bajo su altivo bigote con los dedos ensangrentados por las últimas flocon una dignidad \'erdadcramente legal. Y, en res, yo echaba á andar sin rumbo y sin fin ... Una
nueva vida comenzaba para mí; una nueva vida
tanto, el coche rodaba, ráudo, ,·eloz.
Atravesamos la Plaza Victoria y llegamos al material y SC'ntimental, puesto que de la vida anpuerto. l;na pintoresca multitud ponía en las dár- terior, concluída apenas comenzada, no podría resenas notas alegres de color y de vida. Por allí ha- novar ni los intereses ni los afectos.
Estu,·imos en la enfermería, convertida en pribría muchos hombres que, al igual de nosotros,
sión, desde las diez de la mañana hasta las cuatro
irían á internarse en el horizonte ignorado del
ó cinco de la tarde. Aquella espera fué una espeOceano; pero aquellos hombres tenían un fin y
nosotros no; aquellos hombres se marchaban por ra histórica, y, sin embargo, yo no puedo fijar exacsu yo)untad y nosotros íbamos guiados por una tamente el número de horas que duró. Lo que sí
recuerdo es que pasamos un hambre horrible. Havoluntad ajena y tiránica. En las noches de tempestad, cuando el furor de la ola hiciese crujir el bíamos cenado el día anterior á las ocho de la noche, y hacia las dos de la tarde comenzó á invacasco de nuestro buque, ellos podrían ver, como
dirnos un apetito que bien merece pasar á la hisuna estrella, la luz del hogar lejano en donde, al
toria. El lector sabrá perdonarme esta pequeña
final de las borrascas, encontrarían paz y reposo.
digresión
de carácter gástrico. Los héroes necesiPara nosotros, en cambio, no habría paz ni porvetan
comer
como los demás mortales, y cuando se
nir y, después de la tempestad, nuestro destino
les retrasa el almuerzo, les duele el estómago. En
seguiría siendo un enigma inquieto y amenazador.
cuanto á los centinelas, consignaré que el apetito
Entre aquella multitud, los emi~rantes tenían amilos humanizó algún tanto; y que como el apetito
gos que les despedían. N"uestros amigos se quedaera común para ellos y para nosotros, comenzaron
ban presos para marchar, como nosotros, hacia
á identificarse con sus prisioneros y á participar de
una ventura forzosa, y los que, por acaso, estuvienuestro odio hacia los que nos mantenían en prisen libres, se comprometerían seriamente diciénsión. Yo les hice algunas consideraciones en este
donos adiós.
Ibamns ya por las dársenas, cuando yo yi á un sentido, y les dije:
- Ustedes se creen que nosotros estamos prehombre corriendo hacia nosotros:
sos y que ustedes no, pero ustedes están tan pre- ¡Paraos! ¡Paraos! ...
\ o no podía parar. El hombre seguía corrien- sos como nosotros. La prueba es que ustedes no
pueden irse. Para que les pongan á ustedes en lido), por fin, nos alcanzó. Era un compañero. Anbertad, es preciso que nos pongan en libertad á
dando á la par del coche, nos dijo:
nosotros. En realidad, ustedes dependen de nos, - ;Tened cuidado'. Esto está lleno de poliotros mucho más que nosotros de ustedes.
c1as ...
La conversación se hizo general entre nosotros
Inmediatamente se dió cuenta de todo, comy los centinelas. Generalizado el apetito se geneprendió que había cometido una indiscreción y se
ralizó la charla que, á pesar de la solemnidad del
fué. Llegamos al sitio en donde estaba el buque,
momento, se había limitado á un solo tema, nada
Y el coche se detuni. Poro á poco fuimos entranfilosófico ciertamente: la comida. Yo me a,·ergüendo los diez expulsados. l' n jefe de policía anotaba
zo de aquel hambre terrible que llenó de pensanuestros nombres y nos entregaba á un soldado,
mientos Yulgares las horas más épicas de mi exisel cual, por una serie de escaleras y ele pasillos,
tencia. ¡\ pesar de mis lecturas, no recuerdo á ninnos_ conducía hasta la enfermería. Cuando ya esgún héroe que haya sentido en una forma tan imtuy1mos todos allí se nos registró por centésima
periosa el deseo ele comer, y esta reflexión aumen\ ez desde que habíamos sido detenidos. Se puso
con nosotros á cuatro centinelas armados de fusil ta mi desconsuelo.
l'or fin, á eso de las tres ó las cuatro, se oyó
Y de bayoneta calada y se cerraron fuertemente
un chirriar de goznes y se sintieron unas pisadas
todas las puertas que, hasta la cubierta del buque,
fuertes, como de un hombre que ,·a cargado. Se
eran lo menos seis. Pero aun no he enumerado toabrió la puerta ele la enfermería, v, ante nuestros
das las precauciones. En la enfermería había una
ojos anhelantes, compareció un rnarino con una
de esas Yentanillas redondas que hay en el casco
cazuela y sus accesorios.
de los buques y por las que, dilicilmente, cabe la enorme
Carezco de palabras para describir nuestra alecabeza de un hombre. Esta yentanilla daba á la

�íbamos á hendir ni la línea baja del cielo que iba
á elevarse ante nosotros. Se nos había encerrado
y se nos llevaba por fuerza. ¿Adónde? ¿A qué?
Entonces uno de mis camaradas se levantó
p~ecipitadamente y metió su cabeza por la ventanilla. Sacó una voz enfática, y dijo:
. - Podéis ec~arnos á nosotros, pero nunca podéis echar de ah1 nuestras ideas ...
Aquel hombre era el que, la noche antes, me
había dicho que quería pensar una frase célebre.

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.....

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1§;&gt;

gría. Como aquel marino no ha habido otro
que haya tenido un recibimiento tan triunfal, una apoteosis tan grandiosa. La cazuela
contenía una sopa de macarrones abundante
y mala; pero después de tanto apetito no
era cosa de ponerle reparos.
Invitamos á los centine·as que, mucho más desgraciados que nosotros, no habían recibido comida
y que, ante nuestro ofrecimiento, acabaron de perder toda idea de esa dignidad inherente al principio de autoridad. Pero los centinelas eran víctimas
del infortunio. Recién comenzado el almuerzo recibieron orden de irse y nosotros nos quedamos
solos. Notamos gran estrépito sobre la cubierta
del buque. En seguida oímos que recogían el ancla.
El soldado que custodiaba la ventanilla desapareció, y lentamente, muy lentamente, el buque empezó á marchar.
Por fin nos íbamos. Buenos Aires se quedaba
allí, como es natural; pero en él se quedaba también algo nuestro, algo que, en el momento de
partir, nos dolía como si se nos desgarrase. Encerrados en nuestra prisión, no veíamos el mar que

VII
El viaje fué apacible, nostálgico y sentimental.
A poco de zarpar el buque se nos sacó de la enfermería, y nosotros fuimos todo el camino como otros
tantos pasajeros. Eramos libres. Si queríamos abandonar el buque, nadie nos impedía arrojarnos al
agua. Sólo en los puertos, que tanta alegría ofrecen al que, durante varios días, no ha tenido ante
sus ojos más que un mismo horizonte, se nos ponían vigilantes encargados de nuestra custodia.
Los hombres era;-i malos, pero los dioses fueron buenos, y ante la proa de nuestro buque iban
calmando los vientos y las aguas. De estar un poco
mejor instalados, el viaje hubiera sido delicioso;

pero el Gobierno argentino había considerado que,
dadas nuestras ideas, nos ofendería ir en primera
clase. Nuestros pasajes eran de tercera, y en la
proa del buque nos confundíamos con los bueyes
que iban á comerse los pasajeros de las clases superiores.
Yo me explico el que la gente se vaya á América en tercera clase, pero no el que vuelva en
ella. El que va en tercera clase lleva consigo la esperanza de un vellocino que no tardará en indemnizarle de todas sus desdichas; pero, el que vuelve
como se fué, es un fracasado. Nuestros compañeros de travesía eran gentes que habían tenido un
ideal hermoso y que volvían con una triste realidad. Desde lejos habían vislumbrado la gran ciudad transatlfotica en un miraje de oro y de púrpura; pero, á medida que fueron acercándose, la
ilusión se desvanedó, y entonces comprendieron
que toda aquella belleza era el producto fantástico de la lejanía.
Al medio día nos servían un rancho infecto, y
luego lo digeríamos á los acordes de un acordeón.
Había entre nosotros un buen hombre, que en
veinte años de lucha sólo había podido adquirir
un acordeón. Por las tardes, este hombre se sentaba en cuclillas sobre la cubierta y comenzaba á
tocar. Era una música triste. Las notas más alegres salían como sollozos de la vieja caja del acordeón. Yo he pensado que aquel acordeón tenía un
alma, un alma vulgar y agobiada como la nuestra,
y que aquella música tan lament;ible era el alma
del acordeón. A todos nos molestaba el horrible
instrumento y, sin embargo, hdcíamos corro en
torno del instrumentista y nos poníamos á oírlo.
¿No demuestra esto cierto parentesco espiritual
entre el acordeón y nosotros? En cuanto al propietario del acordeón, yo me figuro que, cuando
se muera, se morirá abrazado á él. Se oirá un solo
gemido y, si se acude prnnto, podrá advertirse
una débil vibración en el pecho del moribundo y
en la caja del instrumento: dos vibraciones acordes que formarán una sola queja...
Yo no tenía nada en que ocuparme, como no
fuese en soñar, que es, por cierto, una ocupación
bastante seria. Tendido panza arriba, en lo más
alto de la proa, me ponía durante largas horas á
mirar el cielo. Las puestas de sol eran hermsísi~as. Yo contemplaba toda aquella gloria con atención verdaderamente ref)orteril, y veía cómo la
alta inmensidad se iba poblando de estrellas. Esto
ocurría cuando me colocaba panza arriba. Otras
veces me instalaba panza abajo, con la cabeza fuera
de la toldilla, y entonces examin~ba el mar, que
también era inmenso y también azul. En las noches del trópico, llenas de sopor y de calma, el
mar también tenía estrellas. Yo las veía palpitar
en torno del buque, como flores de plata en un
manto obscuro. De día, la contemplación del mar
~e proporcionaba un grato espectáculo. Largas
hileras de golfines hacían regatas con el vapor. De
cuando e:i cuando, como en un alarde o-imnástico,
salían fuera de las aguas y hacían un pe~fecto salto
mortal. Luego tornaban á hundirse, y acomodaban
su velocidad á la velocidad del transatlántico.
Los pasajeros de tercera se divertían como
podían. Venía entre nosotros un pobre muchacho,
abogado y tonto, que era propietario de dos preciosos objetos: una capa y una hamaca. A primera

hora de la mañana se embozaba en la capa, se instalaba en la hamaca y se dedicaba á desdeñarnos.
¿Puede imaginarse cada más ridículo? Una capa y
una hamaca son dos objetos tan distintos, tan contradictorios, que únicamente se les concibe hermanados en la vanidad de un hombre. La capa es
para el frío y la hamaca es para el calor. La capa
es para el invierno y la hamaca es para el verano.
La capa es para andar, para pasearse, y la hamaca es un instrumento de pereza, para dormir y fantasear. Llegamos á la misma línea ecuatorial, que
nos fué indicada por un cañonazo. Pues, en la
misma línea ecuatorial, nuestro hombre estaba perfectamente embozado en su capa.
Una vez cosieron sigilosamente, y sin que su
propietario lo advirtiera, la capa á la hamaca. Llegó la hora del rancho, y el joven jurisconsulto quiso levantarse; pero aquel día la capa tenía un peso
mucho mayor que de ordinario. El abogado, por
no dejar la capa, dejó de comer.
Otro día, mientras echaba una siesta, le pintaron al abogado la cara con un corcho quemado.
La tripulación formó corro alrededor suyo y lo
despertó con su gritería. El abogado siguió despreciándonos. La gente se reía y, poco á poco, el
abogado se creyó en el caso de escamarse.
- No sé de qué se ríen ustedes ...
- Nos reímos de usted.
- ¿Es que tengo monos en la cara?
- Sí, señor.
Entonces el abogado corrió á mirarse en un espejo y se cercioró de que, efectivamente, tenía
monos en la cara. Se lavó, se embozó, se sentó y
nos despreció más profundamente que nunca.
Nosotros intimamos pronto con el resto de los
pasajeros. Por las noches nos poníamos al lado de
la cocina y nos constituíamos en mitin. Allí, Troitiño hacía largas disertaciones sobre temas de la
filosofía anarquista, y el joven de la frase célebre
adoptaba actitudes apostólicas.
U na mañana vimos una nube en el horizonte.
Un mismo grito salió de mil gargantas:
- ¡Tierra! ¡Tierra! ...
Ante los navegantes, las ciudades se aparecen
como nubes, y esta circunstancia constituye un
divino ptivilegio de belleza que los reyes no pueden otorgar á las poblaciones del interior. Había
un pasajero que tenía un catalejo, y el catalejo fué
pasando de mano en mano.
- Yo creo que no es tierra. Es una nube.
- Le digo á usted que es tierra.
Era tierra, en efecto. Era Santa Cruz de Tenerife. Serían á la sazón las nueve de la mañana y
hasta media tarde no llegamos al puerto. Sin embargo, aquello nos llenó de alegría y nos proporcionó un agradable entretenimiento. Arrimados á
la toldilla del buque, íbamos observando cómo se
concretaba poco á poco la vaguedad de la primera visión, cómo la nube se iba convirtiendo en tierra, cómo el color azul iba tornándose amarillento
y salpicándose de motas blancas. El pico de Tenerife, coronado de nieve, se perdía en el cielo. En
cuanto al puerto de Santa Cruz, me pareció uno de
esos prodigios que hacen los confiterns en lastar·
tas familiares y onomásticas. Permanecimos en el
puerto una~ cuantas horas. Infinidad de pequeñas
barquillas rodearon el buque des'le el primer momento, y los vendedores ofrecían á los tripulantes

�paquetes de tabaco, cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas. Cerca ya del anochecer, el buque zarpó. La isla tornó á esfumarse poco á poco;
los colores fueron desvaneciéndose en una misma
nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su obscuro seno, como recoge á las nubes
del crepúsculo.
En Cádiz tuvimos noticias de Buenos Aires.
Basterra, aburrido en Montevideo, volvió á la capital de la Argentina para encargarse de escribir
La Protesta. Ocurrió lo que debía ocurrir. Lo cogieron, lo metieron dentro de un buque alemán y
le dieron un pasaje para España. Al llegará Montevideo, Basterra fué á ver al capitán del buque y
le dijo:
- Yo quiero irá tierra.
Y el capitán le contestó:
- Uaga usted lo que le dé la gana. Váyase á
tierra y vuelva, ó quédese. Yo no soy carcelero de
nadie.
Basterra se fué á Montevideo y se quedó allí,
en donde vendió su billete por treinta ó cuarenta
duros. Fué una broma admirable que Basterra ejecutó para reírse del Gobierno argentino y para ganarse algún dinero. El hecho tuvo en los periódicos mordaces comentaristas. Días después fué detenido en Buenos Aires Oreste Ristori. Se le expulsó á Italia; pero, á fin de evitar que hiciese lo
que Basterra, se mandó con él á un policía encargado de vigilarlo de día y de noche.
Llegó Ris~ori á Montevideo y comenzó á pasear
por la cubierta del barco. El policía paseaba tras
él. De pronto, Ristori dió un salto y se colocó sobre la toldilla, en un sitio donde había una escalera.
- Si pretende usted acercarse - le dijo al policía - va usted al agua.
Y Ristori se comenzó á desnudar. La tripulación presenciaba aquella escena con asombro y
con inquietud. Ristori se quitó la americana y se
la arrojó al policía sobre el rostro, se deslió de sus
botas ) se las tiró también. Cuando estuvo casi

desnudo, saludó á los pasajeros que le contemplaban, y desde aquella enorme altura se arrojó al mar.
A todo esto, una falúa se acercaba al buque.
Esta falúa iba tripulada por Basterra, por Orsini y
por otro anarquista que se llamaba de Diego. Ristori desapareció por un instante bajo las aguas, y,
á poco, se vió reaparecer su robusta cabeza, cuyos cabellos chorreaban. Nadando llegó hasta la
falúa, y sus camaradas le recogieron.
Entonces los tripulantes del buque asistieron
á un espectáculo bien extraño y que no tiene precedentes en episodio alguno. Desde la falúa, aquellos valientes se constituyeron en mitin y comenzaron á pronunciar discursos ante la tripulación
del transatlántico, agolpada en la borda. El primero que habló fué Ristori, revolviendo, en un gesto
que le es familiar los cabellos, entonces empapados. Luego habló Basterra y después Orsini. En
dos idiomas distintos los oradores combatieron la
ley de expulsión y razonaron las ideas que profesaban. Luego, y como el arte de la elocuencia no es
incompatible con el arte de la navegación, aquellos brayos muchachos hundieron sus remos en el
agua y se dirigieron á Montevideo.
Locascio, que tenía algunos ahorros, tomó para
su valiente compañera un pasaje de primera clase
en el mismo buque donde él fué expulsado. En
cuanto á los demás, se esparcieron por toda la tierra y yo ignoro su porvenir. Unos cuantos, que
marcharon juntos á Río Janeiro, publicaron allí un
número único de un periódico titulado La Voz del
Destierro. Otros abandonaron la lucha y otros la
reno\·aron allí adonde fueron á parar.
La ley de expulsión torció el destino de muchas vidas, con lo cual unas fueron ganando y
otras perdiendo. ¡Qué importa! El hada Aventura
puede no ser buena, pero siempre es bella y nosotros la amábamos. No habíamos vivido nunca en
la realidad, y no era cosa de inquietarse por lo que
de ella hubiésemos podido perder. Para soñar es
igual cualquier rincón de la tierra, y para mirar al
porvenir nada mejor que deshacer el pasado.

El [uBnfo5Bmnnal

Lfl MllÑECfl
NOVE LA POR /"\IGUEL
SAWA

=

ILUSTRACIO-

NES DE /V\EDINA VERA

FIN

Reservados todos los derechos de propiedad artlstlca y lltetar la. m No se devuelven los or1111nales.
Fotofrabados de Dnr á y Compañla.1:7;&gt;t7-&gt;m1:7-&gt;m Imprenta de José Blass y Cia., San /'\ateo t, Madrid.

30 [ínts.

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                    <text>El Cuento Semanal
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ses, Fuertes fué absuelto. A mí se me procesó;
pero libre bajo fianza, pude, con nombre supuesto, tomar pasaje en un vapor que partía para
América.
La tarde antes de mi marcha fuí al cementerio
de A lmanzora para despedirme para siempre de
Soledad. Era una serena tarde de otoño; in.terrumpían sólo el augusto silencio del camposanto, el
piar de los pájaros y el ruido de las hojas secas al

j

~

:I¡!

1

desprenderse de los árboles y chocar con las losas
de las sepulturas.
Llegué á la de Soledad. Una lápida de mármol,
á cuya cabecera extendía sus brazos una cruz,
también de mármol, cubría la fosa en que dormía
para siempre la mujer de mis amores. De los brazos de la cruz pendían dos coronas, ofrenda de
don Luciano y de su hija.
Me hinqué de rodillas, y mi memoria se llenó
de recuerdos y mis ojos de lágrimas. Pasó no sé
cuánto tiempo. Una campana de timbre argentino
anunció que el cementerio iba á cerrarse. Era forzoso salir. Miré á mi derredor; no había nadie...
Entonces, inclinándome sobre la piedra mortuoria
y juntando mis labios con el mármol, dije muy
quedo:
- ¡Soledad, perdóname!

FIN

Reserve dos todos los derechos de propiedad artlstlca y IJteraria.&lt;:;tiNo se devuelven los origine les.
Fotogra b ados de Durá y Compañia.~~=~= Imprenta de José Bioss y Cia., Sen Moteo f, Madrid.

CÓMO MURIÓ
fl RR I fl Gf\ =-=-=
NOVELA POR (LAUD10 fROLLO == ILUS-

TRACIONES DE /V\E-

DINA VERA

Cill!llill!ll!ll!I

�El [uBnto 5Bmonol
Se publica los viernes

Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

¡

¡ /v\adrid

Libros y Revistas
Prosas líricas, por Enrique Morales Ruiz. Palabras de

Arturo Gómez-Lobo. - Imprenta de E. Pérez. Ciudad Real.
::,e trata de una obra póstuma, obra de melancolía y de
&lt;:ansancio en cuyas páginas parece flotar la tristeza del presentimiento que, al escribirla!!: tenia el autor de no verlas
impresas nunca.
¿Qué resta de ese autor? Sin duda algo muy tierno.
«Dijo la paz de unas vidas - escribe su prologuista Gómez-Lobo - ; la quietud de una tierra inerme; la monotonía
de un&amp; calle ancha - vaso de sol - en donde se percibe el
leve latir de las fuerzas soterradas; la corta peregrinación
de dos corazones por tierras de amor; el cantar sabio de un
arroyo que baja de un monte, atalaya del llano.»
Lo eterno. - Comedia en un acto original de Juan Górnez Renovales, estrenada en el teatro Eslava de Jerez de la
Frontera, por la compañía de D. José Tallad, el 12 de Enero de 1907.

~===:,o:ao::===•oooococx,c==:xooccr.::====&gt;

La Semana Teatral

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre·6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convencionales.

Númeto suelto:

3Ü

Cén

ti ffi OS

Cómico. - Aquí, como en todas partes, Loreto y Chlcote triunfan sin reservas.
Las obras que más éxito obtuvieron en la temporada anterior, La br_ocha gorda y La Puerta del Sol, han sido reformadas y meJoradas notablemente.
En la primera de estas zarzuelas, Loreto, imitando el
gesto, la vo, y hasta lindísima figura de La Fomarina, está
deliciosa. Tanto, que seguramente este invierno el público
irá á ver á La For11arina para ver «si se parece» á Loreto
Prado; ni mas ni menos que el año anterior fuimos todos á
cerciorarnos de si, efectivamente, Loreto se parecía á La
f-tornarina.

Esta semana se celebró la reprise de la aplaudida «alcaldada en cuatro cerrojazos y un prólogo»; titulada/ Qutse
va ti arra,-/, en la cual Enrique Chicote y Julio Castro cantan un «número» nuevo con muy graciosos couplds.
Gran Teatro. - Ha comenzado á actuar en este coliseo
una excelente compañía de Varidis. Hay coupletistas, acróbatas, cinematógrafo, etc. Todo muy pintoresco y variado.
Distínguense principalmente Nelson Follet y la Dika,
con su groom; las hermanas Mariano en el trapecio balancín,
la troupe tirolesa, The Lysthép's, etc.
Es un espectáculo de un cach,t internacional muy agradable.
••.
·

=cc====xx,a===acx,0-====n:=ccc==::&gt;

A polo. -«¡Ya está abierto A polo!» Es una frase callejera

que pone á los madrileños de buen humor, porque evoca
frescores otoñales, perspectivas de invierno. Es la señal de
que el aborrecible verano, perezoso y sudón, se ha ido.
La inauguración de «la catedral», donde «ofician» desde
hace tantos años los generosos empresarios Arregui y Aruej,
íué espléndida.
De telón adentro, salvo algunos nombres que nadie ha
-0lvidado, «lodo está igual». Allí vimos á Rosario Soler, hoy
más que nunca en la plenitud de su caliente hermosura española; Maria Palau, «boca de risa», pizpireta, ílexible y
pen·ersa, como una belleza del boulevard; Felisa Torres,
siempre jl;raciosa y bonita; Elisa Mornu, Amalia Campos,
María Valdemoro, Antonia Espinosa, Isabel Carceller, y la
excelente, la insuperable característica Pilar Vida!.
Ent, e los del «sexo feo•&gt; figuran e n primer término (no
por feos precisamente, sino por graciosos), Emilio Carreras, Pepe ;\!oncayo ·y García Valero; D. José... (ya saben
nuestros lectores que nos referimos á Mesejo ); Sarazzi, buen
actor y baríLono de grandes facultades; Vicente Cardón,
Manzano, Soriano, Mihura ... y otros.
En los carteles subsisten actualmente El luísar d, la
.f(Ullrdia, La mala sombra, L a suert,• loca y Ci11ematógrafo na,:io11al. Pronto empezarán los estrenos.
Zarzuela. - En el elegante coliseo de la calle de Jovellanos se han estrenado con gran éxito un arreglo de la famosísima obra de l\Iascagni Cavallería ru.rticann, y un sainete de los Sres. Labra y Chapí, tilulado Los vtlerall{&gt;s. La
temporada, por consiguiente, empieza bien.
La Empresa ha tenido la buena idea de resucitar E l dúo
;Ú la .-lfri,&lt;111,1, en que mucho sobresalen J oaquina Pino y el
tenor Simonetti; el inolvidable sainete La ca11ció1t de la Lo/a,
del maestro Ricardo de la Vega, y La co¡,a e11ca11tndo, de
Benavente.
Edu.va.- Continúan en este teatro las representaciones
de L,1 f¿,z dd ole, La gatita b/a¡¡ca, :..a /1osteri11 d,t L aurel, La
,:011q11i.rta .td marido y Ap,,ga y vci1110110s.
Alli la alegre «sicalipsis» triunfa, y el buen público aplau-0c á las tiples que lucen ante el incendio de la batería la
esplendidez de sus esculturas. ¡Ah, la poca ropa! Carmen
Andrés, por ejemplo, es una respuesta, una hermosa respuesta hecha carne, á todas las duda¡; que Colomhi11, en España r ;\[me. ;\ladrus en París han suscitado acerca del inJlujo que las faldas ejercen sobre la belleza de la mujer .

•

CLAUDI0 fR.0LLO

~ÑO__L:_!_3 Se).)tiembre 1907 - N.º 37

Consultorio &amp;rafoldgico &amp;RAtHTMEH
(Véase el núm. 3.0 de nuestra Revista.)

=

Respuestas

=

Admiro á Galdós filósofo. - Sensibilidad excesiv&amp;; actividad física muy seguida; voluntad pacienzuda, con momentos de
terquedad; buen grado de inteligencia; conciencia ancha; temperamento nervioso; ligero cansancio físico; sinceridad; carácter
muy expansivo; generosidad que sabe contar; afición para la buena comida
Según manifiesta usted el deseo de saberlo, para hacer un retrato grafológico no me fijo ni en el estilo ni en la ortografia, y si
no fuera por poder contestar á ciertas preguntas particulares
que me hacen n11s consultantes, no leería tan sólo las carlas, lo
que á pesar de lo raro que parece, lacilitaria mucho mi trabajo y
contribuiría a la sinceridad del análisis.
Luisa Catalana, de Barcelona. - Naturaleza bastante interesada; agitación; ausencia total de voluntad; cierta tendencia á
la exageración; carácter bastante rencoroso; temperamento muy
nervioso; salud bien equilibrada; ligero espíritu de contracción;
criterio justo; conciencia ancha.
Joaquinita G. Gata. -Afición extraordinaria a discutir; constancia; voluntad seguida, con tendencias á la dominación; expansión, sobre todo con los extraftos; orden; naturaleza que sujeta
siempre los impulsos de su corazón á las leyes de la razón; equilibrio perfecto en todas las facultades; temperamento vigoroso.
Eduardo Guzmán. - Espíritu fino y delicado; carácter amable; Vúluntad débil; gran constancia en amor; conocimientos variados y buen ~rado de cultura; prudencia en los negocios; gran
desconfianza; bastante actividad física; juicio seguro; corazón
tierno y sensible en exces~ deseo de hacer el bien en torno suyo;
temperamento inmaterial.

CHAMPAGNE

BINET

REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IGUAL PRECIO

COMO MURIÓ ARRIAGA
I
EL BOULEVARD DE CLICHY

boule,·ard de Clichy, en París, parece
como un brazo doblado. El hombro es la
plaza Pigalle; la mano, muy grande, muy
abierta, es la plaza Clichy, y frente al codo se
abre el puente de Colaincourt, luego calle de Colaincourt, sobre el cementerio de Montmartrc,
en el cual sabe la lectora que está la tumba de
la Dama de las Camelias, Margarita Gautier. Si al
brazo que hemos dicho, queremos darle u na estructura, ya enormemente g igantesca, el hombro
lo tendremos
hundid o e n la
Chapelle, yla palma de la mano en
las a I tu ra s des
Ternes, muy cerca de la Estrella.
E I boulevard
de C!ichy es la
ante sala del famo so r.Iontmartre, el cual i\Iontma rt re, después
de conocido, resulta, como todo
lo humano, inferior á su fama.
Pero es preciso
conservarla; los
extranjeros la guardan por snobismo, y los parisienses por mercantilismo, puesto que ciertas particularidades del famoso barrio son un ingreso natural de París. La cueva del Cabaret del Infierno es,
por ejemplo, tan producth·a cual la gruta de Lourdes, sólo que aquélla es inocente y ésta es embaucadora.
Frente á la plaza Blanche, e n el trozo principal del boulevard Clichy, esto es, e ntre el codo y
el hombro, entre la e ntrada del puente de Colaincourt y la plaza Pigalle, se inicia la espina dorsal
de Montmartre, la calle de Lépic, tan empinada,
que á la mitad de e lla tienen que detenerse los
carruajes porque no pueden arrastrarlos los caballos.
Este pedazo del boukvard Clichy es una de
las pocas porciones del París que no se acuesta á
su hora. E n la plaza Blanche es tá el restaurant dé
la plaza Blanche, y más arriba, por la misma ace-

E

L

ra, e n la plaza Pigallc, la Abaie Théleme, La ratamuerta y La r ata que no está muerta. Además, ef
Cabaret del Infierno, que para visto una vez, es.
distraído; el Cabaret del Cielo, que aun para visto
una vez sola, es tonto; dos ó tres modestos restaurants; dos ó tres panaderías; dos 6 tres librerías de viejo; tres 6 cuatro tiendas de cuadros,
donde jamás se ve uno bueno; y algunos baratillos con muebles y cachivaches desastrosos, que
tienen pretensiones de mobiliario y de arsenal artísticos, donde los pintores pobres de Montmartre compran , cuando colocan á buen precio un
cuadro en la calle de Laffite 6 una colección de
dibujos á los editores de la orilla
izquierda, cosas.
que v uelven á
vender en cuanto
se concluyen los.
cuartos. En esta
acera la s casas
son buenas y los.
vecinos burgueses, comerciantes; vecindario
pacífico, bellas
personas. En la
acera de enfrente
"" 1/ ,,l~~
se halla el Molino
Rojo archifamoso,
levantando al cielo sus grandes aspas coloradas. A
su izquierda, más
lejos, el Cabaret
de la Muerte, donde no se ven ángeles azules ni
diablos encarnados, sino muertos que van descomponiéndose, hasta llegar al esqueleto; donde se toman vasos de cerveza, puestos sobre un ataúd, en
medio de un salón 0bscuro y enlutado; donde se
observa, e n fin, cierta tétrica gracia. A la izquierda, más lejos, se e ncuentra el Cabaret de Quat'z'
Arts, e n el cual, en e fecto, hay un poco de arte.
Aquí está la avenida Rache!, vía corta y ancha
como un pequeño square, que lleva al cementerio
de Montmartre. E n esta esquina de la aven ida de
Rache! hay un restmerant modesto, con sus mesas,
como todos, e n la acera y un salón e n el entresuelo, anunciado especialmente en la fachada, para
bodas. Desde los balcones y desde la puerta se
ven las cruces y mausoleos de la necrópolis, indicadores de có mo termina todo e n este mundo.
Salvo una peluqueríá, una panadería, otros varios tenduchos, tocias las accesorias de esta acera

�son (r) brascrías y tabc-rnas, &lt;los d&lt;' éstas, buenas
y dos de aquéllas, elegantes. Casi todas las casas,
inferiores en altura, en arquitectura y en confort,
y sólo superiores en años á las fronteras, son hoteles, hoteles de esos parisienses donde se \ i\'e y
no se come ó come cada cual lo que puede, &lt;'n
su cuarto. El personal de huéspedes está compuesto, casi todo, por prostitutas, chulos, ladrones ,
asesinos; las cocottes, los maqttercaux y los apaches.
Hay un hotel en este lado, á la entrada de la calle
&lt;le Lépic, que se titula de La bella estancia, en d
que suenan tiros casi todas las noches y al que á
cada momento tiene que subir la policía.
Así, pues, entre una y otra acera, materialmente separadas por unos cuantos mrtros de calle
&lt;le adoquín y andén central de asfalto, hay varias
leguas, tal yez no en número cxcesin,, de camino
moral.
Las dos fach1.das Sl' conocrn, pero ni se hablan
ni se estorban. Ambas tienen los negocios fuera;
-el burgués, en el centro de París, y el apache, don&lt;le le pilla. Todos Yi\Cn tranquilos .•\lgunas noches, un viejo matrimonio que duerme en una alcoba de la acera honrada, se despierta al ruido de
&lt;lisparos que suenan en las casas de la acera malévola.
- ¿Qué es eso?
- Tiros ahí enfrente.
- Duerme, •gallinita,.
- Duerme, «palomito•.
Y los esposos vu&lt;'h·en á conciliar tranquilamente el sue110.
Al otro día, si es uno prima, eral de esos en que
todo París Yivc en la calle, nadie diría mirando
.aquel amplio boulc,·ard tan alegre, tan bello, que
la mitad ele las noches es perturbado por los juer_guistas del Rat .Mort ó del restaurant de la place:
Blanche, ó por los bandoleros del lado del ~foulin.
Las familias circulan con sus niños por el centro
asfaltado, entre los árboles; por los boquetes del
metropolitano suben y bajan filas de personas, cual
las hormigas por sus hormigueros, y desde los
balcones, las terrazas, las puertas ele las tiendas,
fas dos aceras se miran sonriendo amable y bona.chonamcntc.

II
EMPIEZA UN ARTICULO

Por dos trocitos de las sendas calles de Douai
-y de Bruxclles, se "ª del lugar que hemos descrito
.al squarc de \'intimillc, plaza pequena, poco transitada, con un jardinillo húmedo y enverjado en el
centro, adonde los nenes de la yecindad bajan {1
jugar con sus niñeras.
( 1) Unas veces subrayados, otras no, el lector encontrar-\
en estas cuartillas numerosos galicismos. Van puestos de
propósito. Así como opino que traducir, traduzca quien traduzca, es matar un libro, creo que cuando se babia de otro
país se debe, si se puede, lomar de él cuantas ,·oces sean
posibles y compatibles con la facilidad de entender del lector. También se encontrarán algunas cosas en francés qui:zás poco ortográfico, porque no me he tomado la molestia
de consultar con un amigo que lo escriba bien, y porque yo
.sé de francés muy poco más que Jacinto Arriaga. Además,
y esto lo explica todo, ni en ese francés, 1ni en mi español,
son excesivas mis pretensiones de purista. - C. F.

Cna ele las a,cnidas de C'sta plaza, que ofrece
el contraste muy frecuente i-n las capitall's populosas, de un lugar solitario junto á un paraje concurrido, es la continuación de la calle ele Bruxellcs, la calle donde murió Zola, y , a á salir á la
parte más alta de la ruede CliclÍy, inmediata á la
plaza de este nombre, acabando así el trapecio que
fi,rman la calle ele Uichy, la plaza y un trozo del
IJoulevarcl de Clichy, y el otro pedazo del mismo
b lUlernrd de que ya hemos hablado.
El número 5 de la rue de Bruxelles tiene este
letrero en su fachada: ll1aison mwblée. Entremos
y subamos hasta el último piso, en cuyo descansillo, que es como una saleta bastante amplia, sin
muebles, hay yarias puertas numeradas . ."\ la izquierda se abre un corredor, á cuyos lados otras
cuatro puertas dan paso para otras tantas chambres. Penetremos en el número 41, el primer número de la derecha. Es una pieza cuadrada, ni
chica ni grande. En un rincón, contra la pared,
se Ye una cama antigua, pero confortable, de madera barnizada de negro. ,\ &amp;u lado, una mesa de
noche. En igual línea que ésta, una cón_1uda, y presidiéndola, un gran espejo ele marco dorado, que
casi llega al techo. Entre el cristal y el marco,
pinchados, como danzando al aire, duplicados por
el cristal sus cuerpos de peluche ,·erde y colorado, con los ojos de azabache, saltones, y con el
rabo tieso, están cinco ó seis de esos diablillos
que dan en el Cabaret del Infierno; retratos de
actrices y literatos, y algunas bailarinas con un pie
en el suelo y el otro lo más alto posible. En el otro
rincón de este testero, hay un larnbo de caoba
con tapa resquebrajada de mármol, mueble antiguo también, como todos los que estas casas van
quitando de los primeros pisos que hay que renovar, para llevarlos al cinquiéme 6 al sixiéme. Enfrente de la cómoda se halla un sofá de terciopelo
rojo, al que podemos conceder que sea de Utrech,
pero al que hay que acusar de ancianidad. Yerde
es el tapete, lleno de papeles, de periódicos, de
libros, que cubre el \ elador colocado ante el sofá.
Frente á la cama, entre dos sillas, se abre una
ventana que da á un enorme patio. En fin, en
puerta y ventana, hay porticrs de cretona negra
con grandes flores rojas, y las paredes, de papel
vC'rdc claro, sin dibujos, se adornan con retratos,
con postales y con bibclots, desnudos de mujeres,
sobre unas repisitas. En el alféizar de la ventana,
que está abierta, hay un cacharrito azul con unas
flores. Sobre la cómoda, otras esculturillas bonitas
y baratas. El cuarto es alegre, claro y limpísimo.
Le da el sol.
Ante la cómoda acaba de ,·estirse un hombre .
Tiene treinta y ocho años, pero es la suya una de
esas fisonomías movibles, que en la tristeza se
aycjentan, que en el entusiasmo ó la alegría parecen niñas y que cambian veinte veces al día de
apariencia de edad, según sus impresiones. Si en
este instante preguntamos á este hombre por su
edad y nos responde, sonriendo como está, aunque se halla solo: «la de Cristo», no hay fundamento para decir que engaña.
Es de aspecto agradable y simpático. ~ada saliente , emos en su favor, pero tampoco en contra.
En sus ojos hay algo de espíritu y de luz, y sobre
todo, de sincera vehemencia. Su pelo, que blanquea un poco por las sienes, escasea algo y aun

algos por la coronilla. El bigote es completamente negro.
Acaba de ponerse la americana y ,·a á salir.
Se echa una ojeada gencral,que no le descontenta;
en efecto, no va mal vestido, y su calzado, su camisa, su corbata, acusan algo de distinción natural
y de b 1en gusto. Coge un !"&gt;itillo, lo enciende, lo
pone cuidadosamente en la boquillita de ámbar y
sale, llevándose la lla,·c. Por la escalera, con voz
que hace todo lo gutural que puede y con tono ele
niñez, de alegre despreoc,1pación, va cantando:
«Le roí fait battre le tambour,
pour voir /1. toutes cettes dames... »

Di\ isa al garzón que está barriendo por el entresuelo, y canta más fuerte, y luego se hace el
sorprendido cual si, embobado en su cantata, no
hubiera , isto al mozo, cuando éste, escoba rn
mano, se adelanta á saludarle co:1 familiaridad.
- Bon jour, m'sicu.
- Bon jour, mon Yieux. TI n'y a pas de lettrcs
pnur moi, ce matin?
- :;\fais non! \'ous sarez bien qu'il n'est pas
l'heurc•, cncore, pour le facteur.
Sí, es muy temprano, las ocho de la mañana, y
hasta las nuc\'c ó nucye y media no llegará el cartero. .\demás, él no espera carta; pero lo que importa á este hombre, que no es francés, es hablarlo
á todas horas, en c•1anto se despierta, hasta soñando, y busca todas las ocasiones para ello con
motivo ó sin él.
,\1 pasar por el bureau se halla con el patrón,
excelente sujeto, un pro,·enzal con un ca helio duro
y á~pcro, que tiene la propiedad rara de erizarse
cuando su poseedor se enfada.

- Buenos días, señor Renard; ¿no ha venido
nadie á buscarme?
- Pero, señor, ¡si son las ocho de la mañana!
Y con los pelos en acción:
- ,\demás, ¡si casi nunca viene nadie á preguntar por usted!
- Es que estoy esperando una visita de España.
- Pues no ha venido nadie.
- Bueno, hasta la tarde.
- 1Iasta la tarde.
Es una mañana suavísima de Abril. Kuestro
hombre sale, y continúa cantando:
~ ... et la prcmicre qu'il a vu
lui ll. raYi son a... ñ... •me ...»

Por sitios que conocemos ya, llega al boulcvard
de Clichy, y cerca del ~folino Rojo se sienta á la
puerta de un café. Pide un café, unos croissmrts,
una copita ele cognac, de que escribir. Cuando toma
su modesto clcs1yuno, coge un sobre y estampa:
Fe1úl!es pour l'illtjrimerie
Señor director d el Diario Cusmopolita.
Segovia (Espagne).
Deja el sobre á un lado para que se seque y
para que el camarero pueda verlo. Corta luego en
cuartillas algunos de los plieguecillos de papel
cuadriculado que le ha traído el mozo, y al frente
de la primera pone:
CRÓ::-;-!CAS PARISIENSES

L\ ACTITUD DE LAS C,\l\IAR.\S
:\lcdit:t un poco. Enéiende un pitillo. Se distrae mirando á los obreros, á los empleados, á las

�criadas y á las obreritas, que pasan veloces por el
boulevard. Vuelve á concentrar el pensamiento;
da otra chupada al cigarrillo; empieza:
Tengo fundados moti\'os para creer que las
( ámaras actuales ... •
\' sigue en su trabajo sobre el hacecito de
cuartillas.

do \'ohieron á Seg1wia, la mujer, muy preocupada
durante unos días, entró cierta mañana en el cuarto de su hermano, que se vestía para ir á rezar la
misita diaria, y le espeM sin más prcparati\'os:
- Oye: Jacinto y yo hemos decidido casarnos.
El can6nigo, sin alterarse mucho, respondió:
- ¡Qué barbaridad! l~se muchacho es tonto y
hí estás loca.
III
- ¿Por qué estoy loca: -Y ya enfureciéndose:
- ¡Pues lo queremos! Y además no hay más remeJUNTO AL ERESMA
dio. ¿Ln entiendes bien? ¡No hay más re-me-dio!
- ¡Bueno, bueno! - replicó el excelente homEste hombre, á quien tenemos escribiendo un
bre
que, sin sospecharlo, llevaba el espíritu de Volartículo á la puerta de una brasería parisiense, es
Jacinto Arriaga, cuyo nacimiento, como ya dijimos, taire dentro df.'I cuerpo. Y ,í los quince días los
casó con la misma indiferencia que los hubiera exelata ele treinta y ocho años, y cuya vida ha co- comulgado.
menzado hace tres meses.
A los siete meses la esposa trajo al mundo un
Jacinto nació en Zamarramala, un pueblecito,
pobrecillo infante muerto.
casi aldea, á media hora de camino ele Sego,·ia.
i\l año y medio, harto de comer y ele beber,
! lijo de unos labradores pobres, quedó sin padre
á los dos años y sin madre y sin amparo á los rcventcí el buen canónigo como una caldera que
seis. \'ivían en Segovia un canónigo que había estalla sujeta ,í más prcsiém de la p"sible. L'I \'ida
sido su padrino de bautismo, y una hermana de de los esposos, que no volvieron á tCn&lt;"r otro hijo,
éste, que cuando el nene quedó huérfano contaba continuó igual, mon&lt;&gt;tona, sin el accidente que la
diez y ocho años. La muchacha propuso recoger al vivificara de alguna alegría 6 de algÚ'n dolor. Ella,
chico, y su hermano replicó que sería un engorro. como todas las mujeres de un marido joven, que
«Le cuidaré yo&gt;, replicó aquélla; y como el buen Yiven siempre en el miedo de perderlo, era celosa,
canónigo fuera un amable egoísta, de esos que ha- tiránica y gruñona. 1Iás que por timidez, él la obecen el bien por ahorrarse la molestia que puede decía y la soportaba por indiferencia, por falta de
acarrear no hacerlo, consintió, para evitarse una una pasión ó un objetivo que le hici&lt;'ra saltar sobre
pelotera con su hermanita, que se aburría, que no todo, y también por gratitud y por bondad nativa,
era fea, pero que no era guapa, y que no tenía pues en aquella mujer con quien compartía el
novio con quien entretenerse, circunstañcia que desabrido lecho conyugal, miraba y reconlaba ,i
la buena madre ,·oluntaria que cuando nirio lo arnrhacía muy razonable que la distrajeran regalándo- llaba
en la cuna.
le un niño.
Así,
prisionero en la tranquila cárcel de una
No fué ascética ni mojigata la educación de
éste. Ni el canónigo ni su hermana eran santurro- vida apaisada, transcurría su existencia, sin otra
nes. El iba al coro como á la oficina. Ella rezaba distracción que los paseos solitarios y las lectucosas habituales sin ahondar mucho y sin derro- ras. Tal vez por la índole de las primeras que, sin
char fe. Tenían algtín dinero; se sentaban á una orden y por casualidad, vinieron á sus manos; tal
mesa ele príncipes; ella sin apetito y él como un vez por cualquier rara predisposición, el caso es
que aquel hombre, jamás salido ele una ciudad que
1Ieliogábalo.
.
El tres veC&lt;"S obligado protector del n"'ne, por s61o habla de cosas y de tiempos muertos, se afihaberlo apadrinado en el bautismo, por haberlo cionó á leer, y cada día con más pasión, cosas
recogido y por su santo personal sacerdocio, no nuevas y ex6ticas. Para su examen en Telégrafos,
se metió sino en que Jacintillo no le perturbara Jacinto había estudiado francés, y lo aprendió muy
bien, ó mejor dicho, fácilmente, y de la misma tal
el sueño; y la \'ida de la casa transcurrió muy en
paz, porque la hermana tenía cuidado de alejar al facilidad nació el contento con que lo estudiera.
pequeño cuando por las noches el señor canónigo Se examinó, se casó, ocupó su plaza y no vohió á
se acostaba resoplando, con sus dos botellas ) sus ocuparse del adorable idioma. Mas á su oficina de
enormes tajadas en el cuerpo, y por las tardes se Segovia vino un oficial que había corrido mucho
dormía la siesta con sus grandes tajadas y sus dos mundo, que había ,ivido en ,cinte partes, y un
botellas entre pecho y espalda. De manera qu&lt;' el año en Londres y un par de ellos en París. Y aquel
niño estudió poco, y como á los diez y ocho años hombre, que de todo cuanto había ,·isto y recorrino sabía una palabra, lo prepararon para una ca- do conservaba perenne é imborrable el recuerdo
de la ciudad luz, despertó en la imaginación de Jarrerita corta, la de telegrafista.
cinto,
que no tenía tampoco en qué ocuparla, el
Lo prepararon en Sego\ia, y para que no viniera solo, fué la solterona quien lo trajo á Madrid; amor al gran pueblo. Hay quien se enamora por
al canónigo no había quien lo sacara de su casa, ni un retrato ó una referencia.
El compañero de Arriaga no se hacía creer sólo
de sus costumbres. Se examinó Jacinto, obtuvo
plaza y se logró que fuera destinado á Segovia. por su palabra. Ilustraba y documentaba sus conPero, ¿qué había ocurrido en los tres meses que el versaciones con fotografías, grabados, periódicos,
joven y la hermana del canónigo pasaron en la cor- libros. Algunas veces, paseando con el índice por
te? El ambiente de ~Iadricl, los cafés, los teatros un plano de París, seguido por la ávida mirada de
que un barbarismo llama sicalípticos, la \'ida me- Jacinto, le describía edificios y lugares. «¿Ve usted
dianamente libre de la mediana capital, ¿qué in- esto? Aquí está la estatua de Gambetta... Puesto
fluencia tuvieron en el joven y en la que se figu- delante de la estatua, mirando al frente, atra,iesa
raba seguir siéndolo? Fuera ello lo que fuese, cuan- la vista el arco de triunfo del Carroussel, se adelanta por las Tullerías, se detiene en la plaza de

;n

la Concordia y, partido por la aguja de Cleopatra_,
,·e á lo lejos y á lo alto C'I arco de la Estrella. ¡Que
París! ¡~ada hay como París! Esto es la plaza de
la Opera. Esta calle que se encuentra detrás, es 1~
(haussée d'J\ntin. Pues aquí, en esta acera, casi
enfrente de una casa , ieja, en que se halla, por
cierto una sucursal del :iront&lt;" de Piedad, hay una
rotiss;rie, donde almorzaba yo casi todas las mañanas.•
Jacinto encontraba algo \'Crdaderamente superior en aquel hombre, que había visto el arco de
la Estrella por una arcada del del Carroussel, con
la aguja de Clcopatra en medio, y que había almorzado muchas \eces en la Chausséc d'Antin, al
lado de la Opera, al lado de los grandes bulc\'ares, ¡los bulevares!
.
. ,
Otras ,·eces, la sangre de este Joven que v1V1a
en la castidad y casi en la abstinencia, se encendía al oir la descripción de los lugares alegres y
de sitios descaradamente canallescos. ¡Qué noches
las de su amigo en el l\loulin de la Galette ó en el
Bal ele Boulier! Luego le hablaba de los cajés-concerts; de ciertos establecimientos que hay en las
transversales angostas del boulevard Sebastopol,
donclc las camareras sirven en traje de bebé, en
marineritas; y detrás del boulevard San Dionisio,
en callucas infectas, que parece mentira cómo no
ha derribado la piqueta que reformó París, hay
otros cafés, donde las dependientes acuden al parroquiano cubiertas con una capa y se sientan _á
su lado y se quitan la capa, y con ella se han qmtado ya todo el \'estido.
Pero no es esto, cosas para una \'CZ, para los
días de trueno, que dan idea de la licencia de
París, lo mejor del gran pueblo, sino su encantadora libertad. Estas preocupaciones españolas y Jacinto pensaba en las que conocía, las de Se-

govia - !&gt;1111 ridkuleces de que
l:,t C,LJ~ital &lt;le
Francia se reiría todo el mundo. ~mgun pa1s como
aquel puede ofrecer la independencia, la dcspreocu¡&gt;ación la ligereza encantadoras de su trat&lt;;&gt;,
1
¿Y las mujeres?
¡Qué mujeres.1 «'!'uve yo una armguita... &gt;
Trasladaron ele ScgoYia al oficial, pero el parisianismo de Jacinto nadie se lo ~acaba ya ~lel
cuerpo. Suplió á su amigo con los libros, que_ a ~a
esposa decía que eran científicos, y con penóchcos que recibía clandestinamente, para que no los
,iera su mujer, pues contenían estampas del t_odo
incompatibles con la más tolerante. de las ~1encias. El más grande disgusto de s~1 nda matnmo~
nial fué un día en que su costilla le encontro
ante un periódico, en cuya portada, ba)o el tí~ulo
L' Amottr, palabra que ella supo traduclf, halla hase un señor viejo y muy gordo d~ndo u_n beso_ en
la nuca ú una muchacha en camrsa y sm medias.
JI uyó con sus periódicos y leía en la oficina, entn•
tcl&lt;'grama y telegrama, 6 en la soledad de sus
paseos.
.
.
Aquel poético Eresma que sahc tanta h1stona
de España, que no entiende sino de avcntt_i_ras guerreras y de sentimientos fra_ilunos ó !111~nJ1les; que
impregnado del tiempo medmeval_odra a lc'.s ron~anos que alzaron el acueducto, od~a á los r_ngemeros que han abierto el túnel segonano, y sol? ml&lt;_&gt;ra á los constructores del Alcázar; aquel poético no
que ha inspirado tan sólo •ayes del&gt;, «brisas del&gt;,
«cantos del&gt;, «lamentos del&gt; y demás versos del
Eresma, ¡cómo se estreh1ecía en lo más hondo ele
su cauce cuando una \'Cz el aire le arrojaba algún
candente ejemplar del Frou-Frou, olvidado por
Jacinto en la orilla donde había leí~o! Y a9uellas
monjas del Parral, que tras sus cclosra~ podran ver
sin ser vistas, al contemplar en med10 de aquel
bello derruído claustro, que hace pensar en cosas
altas aun al cerebro que jamás haya pensado, ¿qué
sentirían, indignación 6 excitacio~es pecadoras,
ante el sacrílego, sentado en una piedra, que desplegaba en otra piedra aquella mala pre~sa, llena
de torpes láminas, cátedra torpe de erotismo?
¡Oh, terrible plle-1Jtéle! - _así se llamaba, por
más señas, uno de los pericíd1cos - ; ¡oh, ternhlc
péle-méle de nuestra edad, que ing_t&gt;rta~ lo prof~110 en lo cli\·ino y metes á la afrodita \ enus baJn
las tocas virginales de la madre de Dios!

*

* *

Bueno... El día mismo en que Jacinto Arriaga
cumplía los treinta y siete aiio~, se m~rió su_ mujer. Pareció como si la pobrecita hubiera dicho:
«basta de aquí no paso&gt;; porque, en efecto, aquella ex~clente alma, acabada de partir en _busca _de
la del canónigo no obstante haber recogido, cnado, hecho hombre, amado, protegido, en fin, á Jacinto de todas las maneras, obró con tal torpeza
que !~izo de Jacinto un aburrido, un desdichado.
Hay muchas buenas gentes cuyas bondades dan
tal extraño fruto.
Lloró con toda su alma noble el viudo, porque con toda el alma quería á aquella muje:, de
quien había tolerado los defectos en ara a las
bondades. Durante algunos meses, ~omo_ también
suele ocurrir muy á menudo, el mando sm esposa
vivió con ésta más de lo que vivió toda la vida, y
se acabaron los libros, y los periódicos, y los sue-

�ños parisienses, y no hubo sino el culto á la muerta; y la corriente del Eresma y las buenas monjas
del Parral viewn correr mil veces las lágrimas de
aquellos ojos que antes miraran encendidos, sonrientes y fijos en el texto de unos periódicos alegres. Continuó el planeta dando yueltas, se consoló Jacinto, y, ¿cuál sería su vida en adelante?
Una mañana de primavera, perfumada y tibia,
Jacinto estaba solo en aquel bello, derruído claustro del Parral, donde casi nunca entraba nadie,
salyo algún que otro forastero. No se oía sino el
cl)rrer precipitado y burbujeante del Eresma, y
de cuando en cuando el golpe, doloroso para oídos
artísticos, de un arco al truncarse, de una columna al caer sobre el piso, en que crecían hierbas
silvestres. En medio de tal calma, de sublimidad
imponderable, que hace nacer en el filósofo fuertes amores por la soledad, Jacinto, que no era un
pensador y que además estaba saturado de toda
aquella ambiencia, pensaba, tal vez como las monjas de allá adentro, en el ruido y el bullir del
mundo.
Algo que, durante mucho tiempo, permaneciera ausente de su ánimo, volvía pujantemente á él:
París. Estaba el hombre sentado en una piedra,
en medio del patio, como siempre, por miedo á
colocarse en los costados, donde el derrumbamiento de una arcada concluyera su historia. A su
espalda tenía el muro enrejado del convento; ante
sí el río, que no yeía, escuchaba. París. Y levantándose, exclamó:
- ¿Por qué no he de marcharme?
Salió de allí, y al salir para siempre, decía
con impaciencia, con fiebre:
- Sí, me voy. ¡En seguida me voy!

***
Jacinto había heredado de su mujer una renta
de setenta duros mensuales; pudo, pues, pedir su
excedencia del cuerpo de Telégrafos, sin que el
problema de vivir le preocupara. Hizo sus preparativos y se fué. Cayó en París en un hotel cualquiera de la calle Trevisse, donde paró muy pocos
días. El de su llegada, á la hora de haber pisado
el Quai d'Orsay y cambiado febrilmente de ropa,
salió de casa y se abismó en los grandes bulevares.

IV
LA DAME DE LA RUE DES BOURGUIGNONS

Una de las ridiculeces de Arriaga era no parecer burgués, sino bohemio. A poco de llegar á
París pensó en aparentar una situación, y ofreció
artículos gratuítos al Diario Cos11topolita, de Segovia.
Cuando recibía las mensualidades que su banquero le giraba, Jacinto decía que eran su sueldo,
y casi diariamente, el buen telegrafista, después
de leer la prensa de París, se ponía d trabajar.
Estas primeras mañanas de Mayo, que en el
gran pueblo suelen ser muy bel'as, Arriaga había
tomado la costumbre de irse á escribir al cementerio de Montmartre, jardín tanto cual cementerio, en donde ya no entierran. Esto le parecía del
mejor gusto, muy de artista. Los tres primeros
días se colocó á escribir frente á la' tumba de Mür-

ger, rasgo que también le pareció muy propio; pero
opinaba mal del busto aquel de un señor barbudo,
calvo y viejo, con más aspecto de empleado que
de poeta, y fué á sentarse definitivamente en un
banco que estaba frente á Reine. Allí escribía,
admirando al enorme humorista, de quien había
leído algunas estrofas en un Yiejo almanaque de
una casa de específicos americanos, la de Murray &amp; Lamman, que daba los versos de aquel
genio entre anuncios de aguas de olor y de zarzaparrilla.
Una mañana miraba á Reine, como preguntándole qué escribiría, cuando una mujer joven y linda, después de un Pardon 11/úw, dicho con delicioso acento, se colocó á su lado. ¡Qué bonita era,
en realidad! ¡Y qué elegante! No tendría más de
veintidós ó de veintitrés años aquella rubita, que
clavaba con disimulo sus ojos, de un azul transparente, en las cuartillas que llenaba Jacinto.
Al cabo de un rato, la joven sacó un reloj,
miró la hora, se levantó y se fué, llevándose las
miradas y algo más, de Jacinto, sobre su cuerpecito, que aparecía y desaparecía, serpenteando, entre los árboles. - ¡ Qué bl)nita es! ¡Qué feliz se
debe ser con ella! - sintió Arriaga; y quedó un
largo rato nostálgicamente pensativo. Pero ni la
había dicho una palabra, ni la quiso seguir. El telegrafista surgió en su espíritu; recordó á su mujer,
al canónigo, á la insignificancia de su vida, á lo
minúsculo de su historia ... No, una tan linda parisiense no podía estar destinada para él; y su
hambriento corazón de apasionado y sensitivo, lloró sin lágrimas. El no había sido nunca completamente desgraciado, pero tampoco sería nunca feliz. Y su tristeza, ante aquella mujer, visión perdida, tomó tan fuertes tonos que, durante un momento, pensó en el regreso á Segovia, á sus paseos
junto al Eresma, á su Parral, á su rincón.
A la otra mañana apareció la joven. Jacinto,
que seguía mirando á IIeine, al divisarla, comenzó
á escribir con pulso tembloroso. También ella
vino á colocarse á su lado. Y ella fué, fué ella misma quien hubo de comenzar las relaciones.
- Perdón, señor, usted está siempre aquí - lo
había visto dos veces-, siempre escribiendo... ¿Es
usted literato?
- Oui, mademoisselle.
- Señora, si usted gusta. ¡Qué hermosa profesión la ele usted!
- No tanto, señora.
A pesar de la sencillez del pas si tant, madame, ya Jacinto delató su extranjerismo al pronunciarlo.
- ¿De qué país es usted?
- De España.
Hubo, como En tren expresó, un poco de alabanza para los dos países. Luego un silencio, que
él debió cortar y no cortó. Ella después:
- ¿Tendrá usted su familia en España?
- No, señora.
- ¿Aquí entonces?
-Tampoco.
- ¿Es usted solo?
- Completamente solo-. Y al decir esto
Arriaga, con ese gran talento de actor que junto
á una mujer tienen aun los hombres más torpes,
hizo uno de esos gestos-discursos, en los que puede suponerse las borrascas, los dramas, las tra-

gedias mismas de una vida interesante y tormentosa.
- Soy solo, y ya seguiré solo, porque todo lo
probé y todo es muy malo - concluyó con frase
que debía ser de una no".ela.
.
.
Dijo esto sin afectación, con aire tnste, que
consiguió hacer de hombre de m~ndo.. Y es _lo curioso que, por dentro, con la puenl satisfacción de
los que llegan á conseguir cualquier beligerancia,
siendo ellos pobres séres que nunca la esperaron
ni soñaron, Jacint? estallaba de gozo a( considerar
que estaba en Pans, en pleno cementeno de Montmartre frente á Heine y hablando en francés con
una bellísima francesa que no era una cocotte, sino
una dama. La imagen de su compañero el telegrafista pasó por su memoria, ya sin prestigio alguno.
Hablaron más. Ella, con la franqueza que antes que con los íntimos se tiene á veces con aquellos que si queremos no volveremos á ver nunca, y
que no nos conocen y que no pueden «delatarnos•,
contó lo que era socialmente: casada con el jefe de
la sucursal del Crédit-Lyonnais de la plaza Clichy.
- Mujer de un b1trocrnte - dijo con gesto que no
ocultó el desdén. Al marido le gustaban las flores
y las aves, y vivían en un hotelito en Bois-Colombes - añadió en tono lleno de ironía.
En suma-diré yo- era una •romanesque,al castellano no puede traducirse bien esta bella
palabra - , una madame Bovary más parisiense,
esto es, menos buena y más cauta.
Refirió que muchas mañanas, aburrida de su
Bois-Colombes, se venía á París, paseaba por los
bulevares, leía en el parque de Monceau ó en el
cementerio de Montmartre, y luego acudía á reunirse con su marido el breve rato en que, como
jefe, podía salir de la oficina, para almorzar con él
en el Duval de la calle de Clichy; y siempre allí otro gesto resignado - porque él era un hombre
rutinario y metódico. Vida tremenda - vie manquée, comentó en un arranque de sinceridad, mirando á Arriacra con aquellos g1-andes, transparentes y profund~s ojos, en los cuales parecía posible
que otros ojos, que otra alma entrara y caminara
kilómetros de camino espiritual.
Y á una mirada de Arriaga -: Pero jamás, jamás, jamás fa! taré á mi marido.
Arriaga lo creyó, y por haberlo creído ganó
mucho, pues al llegar el turno de definirse él mismo ante aquella mujer enamorada del arte, de la
literatura, de la bohemia intelectual, en Yez de declarar una pasión que en efecto empezaba en el
telegrafista, se sostuvo en sus afirmaciones de que
todo había terminado para él. Había concluído
todo, puesto que con aquella gran tragedia de su
espíritu, de que no quería hablar, tan reciente se
hallaba, que quizás por ella se encontraba en París, terminaron el amor, la esperanza, la posibilidad
de que él amase.
Almas parecidas, almas desengañadas, quedaba para ambos la amistad; también fué ella quien
propuso esto. Y una sonrisa cerró el pacto.
Se veían ya todos los días, y fué aquello el
proceso usual de cuantos sincera ó falsamente empiezan por negar el amor para concluir enamorados. Almas, después de todo, ingenuas; él porque
no había vivido, ella porque no había comenzado
á vivir, estaban á la mi5ma altura y se entendían.
Luego les ligaba el encanto del exotismo de cada

uno, sobre todo á Jacinto, que si de pronto hubiera oído á Alicia expresarse en español, tal vez habría dejado de quererla. Más que á la mujer, quería en ella el francés, y el acento, mezcla de pájaro y de niño, con que lo pronunciaba. Y como él
no ~abía sino un francés literario, ambos hablaban
con las más nobles palabras del idioma, lo cual á
ella, que no entraba en psicologías, le daba idea
del talento de su amigo y, por su elevación de frase, de su elevación de alma.
Tenían conversaciones de ensueño. Era el tema
principal de ellas: «¡Si yo pudiera amar! ... ¡Si yo
pudiera amar! ... &gt;
Un día se confesaron ambos que si pudieran
querer, cada uno de ellos querría al otro. El final
se acercaba.
Como Alicia era tan libre cual su marido esclavo, pasaban los amigos gran parte del día juntos. Muchas mañanas él escribía su artículo delante de la joven, en un café solitario, y estos mo-.

�mentos en que él, como abstraído, mirándola de
tarde en tarde, ponía tonterías en el papel, eran
el arma de seducción más poderosa de Jacinto.
Alicia, que no había tratado á ningún literato, se
conmovía ante la severidad y la nobleza de aquel
grave semblante, que en el momento de escribir
no se fijaba ni aun en ella, conocedora ya de que
era amada.
Al día siguiente de aquella mutua confesión,
«si yo amase alguna vez, os amaría,, él tuvo la
exigencia coquetona de que á la próxima mañana, en vez de venir ella á París, iría él á BoisColombes, á pasar por delante de su casa, á esperarla en una esquina lejana, para marcharse juntos
á pásear al campo. Esto era inocente, y Alicia consintió.
Aquí tenemos á Arriaga que baja de su tren en
Bois-Colombes y enfila la calle de Bourguignons,
en que vive la dama. Va radiante. Como tantos hombres con más deber de ser fuertes y serenos que este pobre Jacinto, la satisfacción que le
rebosa, antes que de amor, es de amor propio. Su
corazón enamorado olvida que le espera una mujer bonita, inteligente y tierna, mientras su vanidad, ridículamente hipertrofiada, recuerda que
una mujer de veintitrés años, preciosa, elegante,
que puede escoger, que es casada, todas las circunstancias que avaloran el mérito de un seductor, le espera á él. Y al pasar por delante de los
escaparates, el pobre se miraba por ver si estaba
guapo; no si estaba, para ver que lo estaba. Estos
impulsos, que en otros hombres deleznables duran
lo que dura su pasión, en Arriaga, que era bueno é
ingenuo, duraron un instante. Su corazón volvió
á predominar. El la adoraba. Ella era el sueño, el
único sueño de su vida, de toda su vida. Esperaba ser amado. ¿Lo sería?
Llegó Alicia, haciéndose admirar desde lejos
por su gentileza. Ambos del brazo dejaron BoisColombes, y apartándose· de la vía férrea y de la
carretera, marcharon por el campo abierto, por
entre algunos raros sembrados, en medio de los
cuales se erguían de cuando en cuando unos cerezos ya floridos.
Alicia iba muy contenta. Charlaba y reía como
una niña. Andando, llegó la pareja hasta el otro
pueblecito de Colombes. Como quien tiene una
idea repentina, dijo Arriaga algo que pensaba hacía una hora:
- ¿'fa~os á almorzar juntos?
- S1, SI.
- ¿Habrá aquí dónde?
- Sí; pero aquí hay quien me conoce. Tomemos el tren, vámonos á Argcnteuil; allí hay algunos restaurants campestres que no son feos.
Tomaron el tren en la estación de Colombes,
y en pocos minutos llegaron á Argenteuil. Este
pueblo, este nombre, esta jornada, quedarían para
siempre en el recuerdo de Jacinto. Era este el día
primero de su vida que iba á pasar en téte-,l-téte
con una mujer bella, ante la mesa, propicia á la
franqueza, de un íntimo banquete.
A los treinta y ocho años iba á correr su primera aventura, y esto no acontecía en un rincón
del campo segoviano, ni en la Corte, sino en Francia, en París, centro rlel mundo, del lujo, del placer, de los amores.
1
A la espalda drl restaurant qur eligieron, una

gran explanada ofrecía al aire libre las mesitas cubiertas con los blancos manteles. Profusión de macetas había por todos lados. En un ángulo se alzaban dos columpios. Hasta tres parejas amorosas
almorzaban al llegar Alicia y Arriaga, y de las cuatro jóvenes, Alicia era la más bella.
A pesar de la confianza con su amiga, Jacinto
no sabía por qué se hallaba esta mañana algo turbado. A pretexto de que la lista era ininteligible,
dejó á la dama que ella sola eligiera el men,í,. A
Alicia le entusiasmaban los caracoles, y había caracoles; no había langosta, y fué sustituída con
una ensalada de homard; unos chateaitbriands, queso, unas frutas, completaron el sencillo almuerzo,
rociado con un agradable Chablis, porque á Alicia
no le gustaba el vino rojo.
Refiere el autor estos nimios detalles, porque
él no da importancia á lo que le parece que la
tiene, sino á lo que es de importancia para el protagonista; y todos los requisitos del almuerzo, su
duración, el sitio en que estaba la mesa, las señas
del camarero, hasta la moneda que le dió de vuelta cuando entregó para pagar un billete de cincuenta francos; y los caracoles, y la salade d' homard, y los chateaubriands, y el Brie, y el Chab!is,
y el café, y el cognac, y el color del cielo, y los
matices de la tierra y las miradas de Alicia, fueron cosas imborrables, magníficas, eternas, como
la eternidad cupiese en lo humano, para Jacinto
Arriaga.
Nada ocurrió de particular en el almuerzo. Alicia, muy contenta, hablaba frivolidades ingeniosas,
sin recordar que hay en la vida el capítulo amor.
Arriaga esperaba, sentía en el pecho ese vago ruido, esa inquietud, ese rumor moral de los enamorados, y no se atrevía á manifestarse. Sería después, á la vuelta; más tarde, más tarde ...
El cognac consumó la obra del Chablis. Alicia
estaba decididamente alegre y tuvo una media hora
del delicioso júbilo alcohólico, que pasa pronto en
quienes no han bebido demasiado.
- ¿Vamos á subirnos al columpio~ ¡ Los dos!
¡Los dos!
Arriaga, primero por atemperarse al contento
de Alicia, luego sinceramente ya, por sugestión,
estaba jubiloso. Sin embargo, se asustó del columpio; pero añadió riendo, loqueando, despreocupado, chico alegre:
- ¡Vamos! ¡Los dos! ¡Los dos!
Subieron ambos á la tabla del ligero balancín.
Cada uno se asía con una mano á una de las cuerdas, y enlazaba la otra al talle del compañero. Al
vaivén lento del comienzo sucedieron los moyimientos rápidos, cada vez más rápidos, que impulsaba la dama. Por un momento olvidó Jacinto qué
cintura estrechaba, para pensar en que iba á caer
y á abrirse la cabeza.
- ¡Prenez garde! Prenez garde! - exclamaba.
Alicia no hacía caso. Las otras parejas plus serieuses, que seguían de sobremesa, miraban sonriendo. De pronto, Alicia, desasiéndose de Arriaga, saltó ligeramente al suelo. Jacinto, falto de
apoyo y de equilibrio, agitó en el aire la mano
izquierda, y luego, en vez de apoyarla en la cuerda del mismo lado, la pasó á la otra, á la de la derecha. El desequilibrio aumentó; la tabla del columpio se inclinó más; á la brusca sacudida, voló
el sombrero del tclegrnfista; los pelos &lt;le los pa-

rietales de la nuca, que el pobre hombre llevaba
siempre sobre la coronilla para tapar la calva,
fueron diseminados por el aire y flotaban alrededor de la cabeza como un nimbo grotesco. El columpio seguía en su bailoteo y su ocupante no
acertaba ni á bajarse, ni á restablecerse en él. Las
parejas, testigos de la escena, estallaron en risas,
y más fuerte que nadie rió Alicia, que decía entre
carcajadas:
- Ah, les cheveux! Cest rigoló! Oh, qu'il est
drole comme ,;;al
El no veía ni decía nada, y suspendido á medio metro de tierra, lo que á él le parecía como
colgar sobre el abismo, el negro abismo de su ridículo y su desventura, consideró por esos saltos
del pensamiento, que en situaciones graves recuerda las situaciones calmas, que Segovia entera, con su mujer rediviva, el canónigo resucitado,
los cadetes de
la Plaza Mayor,
1as monjas del
Parral, le miraban, diciendo:
-¡Anda, por
tonto! Por habernos clejado.
Por haber salido de tu banco,
¡pobre ostra!
Luego consideró París, su
amor, su vida,
su ilusión, todo
perdido. No había caído del co1u m pi o, pero
había dado la
caída mortal á
lo ridículo.
Alicia había
cesado de reir;
vino á ayudarle.
Ya en el suelo, Jacinto se enjugó el sudor, se alisó
el pelo con la mano, se puso el sombrero que Alicia había limpiado de polvo, y le daba, todavía
sonriendo.
- Merci, madame - dijo muy serio.
Ambos salieron por entre las otras parejas, que
se sonreían. Iba él ceñudo; la joven no se daba
cuenta del daño tremendo que había hecho. Se
había reído, mas con la ingenuidad y la insoi,t,cience
francesas, sin dolo, sin malicia; reir por reir, de
una cosa graciosa, que no disminuía su afecto por
la persona de quien se riera. Eso de creer que
quien, por una vez, cae en postura que no sea
gallarda, está perdido para siempre, es cosa, por
ejemplo, de la raza española, intolerante y poco
amena, que cuando alguien da un minuto que reir,
lo considera muerto.
Por eso, sin sospechar siquiera el por qué del
enfado de Arriaga, le preguntó con mimo:
- Mais, mon cher, je vous trouve un petit peu
faché; et pour quoi, s'il vous plait? Qu'est-ce que
vos a\'ez, mon ami?
- No, yo no tengo nada.
- Siii!
- ¡Que no!
- Mais siiii!

Y eatonces él, comprendiendo que Alicia no
hacía burla:
- Alicia - empezó gravemente - : toda la
mañana estuve triste y disimulando la tristeza. Ya
no la puedo contener. lle vuelto á sentir aquellas
tormentas amorosas que creí muertas para siempre. Yo quiero como no he querido nunca, y yo la
adoro á usted.
- Ya lo sabía, querido amigo, y yo también
le quiero á usted
un poco - respondió ella, sonriendo gentilmente.
Vibrante y febril, deteniéndose en el campo
solitario que á la
sazón alra vesaban, Jacinto la
besó en la frente.
Ella, audaz, con el
franco valor de
quien desea una
cosa y la ejecuta
sin temores, le
pagó la ca.-icia
con uno de esos
besos hondos,
profundos, sostenidos, que se reciben en la boca
y estremecen I a
medula. Jacinto
experimentó algo
como un vértigo.
Desde aquí sesint ió mucho y se
habló poco. Tomaron el tren par a Bois-Co!ombes, donde ella se
quedó, exigiendo
de Jacinto que
continuara hasta
París. Por el trayecto, como tuvieran la fortuna ~e ir solos en un
coche, se comieron á besos, mientras se daban
cita para el día siguiente.
V

LAS VECINA'S

Jacinto tenía medios para vivir en el principal
ó el primero del hotel, pero prefería el último piso,
por la misma razón.que le inducía á escribir junto á
Mürger 6 frente á Reine: por conducirse á lo estudiante, á lo artista bohemio. Excepto él, toda la
población del sixieme era femenina: una cocotte y
cuatro obreras. La cocotte era una bretona, espléndida y abundante mujer, que en el trato ele Par(s
había adquirido lo que faltaba á su hermosura: ligereza y gracia. Era pobre, porque en París sobran mujeres. Lucía mu_y gentilmente sus blancas
y rotundas carnes; y salvo lo rná_s riguroso_ del invierno, andaba por su enarto, siempre ah1crto, \'

�Luisa era parisiense, de lo más parisiense, y no lo parecía. Sus diez y ocho años tenían la amplitud carnal de una matrona e!-'.panola; parecía valenciana y hasta r~cord,_tban esos «re\'entones, claveles de \ alenc1a
sus grandes ojos verde~, muy lu~1in?~os,
muy abiertos. Y no era smo de la n11sm1s1rna
\'illette. Su \'Oz, la gangosa y gutural drl
parisién de barrio bajo y baja estofa, de
cabaret y de faubourg. Reía á todas horas.
Leía á De 11usset y á Víctor Ilugo, y aun
debe conser\'ar como una joya, pues agradeció mucho el regalo, una edición muy
mona de Les Chatiments que Jacinto le compró en los muelks. Era honrada. Se dejaba besar por Jacinto mientras le decía: •¿Qué
saca usted dr' esto?• Su nodo, un chauffmr
sicmpn· de viaje, venía á \'erla los domingos,
y ella se sent1.ba ron él á la puerta de su
cuarto, para que \'iera todo el mundo que
no hacían nada malo. Iba á casarse pronto
y adoraba á su futuro, hermos•&gt; tipo de obrero inteligente. Trabajaba en una tintorería
de la plaza dr la Trinidad, lo cual afeaba,
ennegrecía sus manos, gordezuelas y chiquitas.

•

* *

por rl pasillo, con una falda y la camisa, de la que
desbordaba la opulrncia del seno. Sr ignoraba su
nombr&lt;.&gt;. Ella se hacía llamar Elena.
Al lado ~&lt;.&gt; esta bella mujer, en una misma
rhamóre, habitaban las dos cosas más altas, más
delgadas, más fanáticas, más hurañas y más feas
de que el lector pueda tener noticia. Eran de la
Alsacia. Dos mujeres que parecían dos hombres.
Creían mucho en Dios, rezaban é insultaban diariamente á Combes, á quien llamaban «ese perro
francmasón. • Hacían en su cuarto, y á destajo, armazones de sombreros. Bebían absenta y después
de beber, se peleaban.
¡Qué pobre niña la italiana! Era de- Turín- se
ll_arnaba Elis~, muy d&lt;.&gt;lgada también, sin pe~ho,
sm formas. Extremadam&lt;.&gt;nte rnor&lt;.&gt;na, tenía muy
bellos dientes, cabellos de azabache, rnz dura que
la afraba é insondables y mara\'illosos ojos negros, que equivalían á una entera hermosura. Era
muy buena; todas las noches, á las nue\'e después de haber llegado del taller de modista de
la ruc de Lafayattc, donde estaba empicada; después de hacerse en una maquinilla dr alcohol la
S'.&gt;bria cena, escribía á Italia: á su madre-, para decirla que la quería; á su hermano, empleado en
una casa de comercio, jefe de la familia, pidiéndole perdón por la falta que la l'xpatriara. Contaba esto llorando y moslranclo junlbs los retratos
de su padre, de su hermano y de su seductor. Xo

co:¡ueteaba, y era pueril, bondadosa y sencilla
como_una ni~a. Sufría, y los domingos, en que no
trabaJaba, deiaba que las alsacianas la atracaran de
absenta, y se emborrachaba también. Entonces
c~ntaba, decía cosas obscenas, decía que iba á dedicarse á cocottc, se sentaba en el suelo co:i las
pirrnas extendidas, abiertas, y C'l terrible \'aso en
la mano, sir:i noción del pudor, enseñando aquellas pantorrillas flacas como caiias, aquellos srnos
flácidos y chicos, extraviados los ojos. A última
hora rompía á llorar. se lanzaba á su cuarto. «¡Oh
la mía ~amá, la mía mamá!,, gritaba en italiano, y
se el orrn ia.
,\1 otro día, la cortinilla roja de su alcoba, que
formaba ángulo con la ,entana dr la de Jacinto,
n_o _se alzab~. La_ roz fea de la joven no gritaba, ding1éndose a J\rnaga: «Buenos días, señor Arriagd,
¿no se leranta usted?• Xi había con\'Crsaciones de
lecho á lecho, al trarés de las ventanas. A\'crgonzada de la borrachera del día antes, se ,estía quedito y marchaba silenciosa, sin entrar un momento
en el cuarto de Jacinto, que la reiiía se\'eramente
por sus intemperancias. Arriaga y ella se portaban
como hermanos. El aspiraba - y ella no quería portarse como amante. En realidad, quizá Elisa hubiera lle_gado á enamorarse del telegrafista, si éste
no hubiera andado tocio el día tras el pecho
ex~' erantc de Elena y las amplias caderas de
Luisa.

Tudo este mundo quería á Arriaga, pero
se reía un poco de él. .\unque en Francia :'1
un hombre de treinta y ocho anos no se le
considere, corno en España, casi un , iejo,
tampoco se mira en él á un niño, y un mozalbete quería parecer el pobre Arriaga en
sus maneras y conversaciones. Encantado del tra- rccon,cnnon; la , misma de él á ella cuando la
,
.
to de aquella población femenina, no faltaba de joven bebía absenta.
Los días de estas sorpresas, ya se sabia: .\rnarasa á las horas en que estaban las mujeres. Los
domingos no salía, permanecía en el sixic111t, Peri- ga, {t la salida de los talleres, se iba á la calle de
quito entre ellas, olfateándolas, oliéndolas, roz;ín- Lafaycttc á esperar á la modista. Daba con ella
dolas. llélene, la golfa profesional, lo \'Ol\'Ía loen. un largo y melancólico paseo, que él quería hacer
Cuando entraba en el cuarto de .\rriaga para alegre, que h situación y el temper.amento de!ª
pedirle una bujía, unas cerillas, unos terrones ele muchacha hacían ine,itablemente triste, y la pecha
azúcar, {¡ simplemente para cha•l::tr y pro,·ocarlo perdón y la juraba que la amaba de yeras.
- Perdón de nada - decía la italiana con
con sus hombros, sus senos, sus brazos hermosícierto gesto altivo-. Yo no tengo nada que ver
simo,; al aire, Jacinto la devoraba á besos.
con usted. Yo no seré nunca su amante. Pero en
- Xo sea ustrcl bruto; me hace usted mal mi país no es como en Francia; yo me eduqué de
decía ella riendo.
e,tra manera; me disgusta que un amigo á quien
Luego añadía:
quiero, ande siempre detrás de una coc_otte.
- Esos pasatiempos cuestan caros.
Como hermanos se querían en realidad aquePero él no quería esto. En sus pretensiones
de Tenorio inédito, estimaba un desdoro tener á llos dos séres, pobres, buenos y desgraciados en
Elena por dinero; quería su conquista. ?-Iuchas ve- el fondo. Mas como Arriaga pretendía otra cosa
ces, cuando las otras trabajaban, y ella y él solos de la Yida, cuando veía que la prostituta, con sus
en el piso, de codos en la ventana, se besaban burlas y la seducida, con su gravedad, no le concedían nada, hacía la rueda á la tintorera. Esta le
{1 la \'ista de todos los wcinos, impasibles ante el
natural y amoroso espectáculo, él la hablaba al decía en fresco: «En seguida. ¿Y mi novio? Si lo
.
oído, la pronunciaba largos y encendidos di~cur- su piera, lo rc\'en taba á usted.•
Todas estas cosas indignaban á las alsacianas,
sos amatorios. La joven, alguna vez, por embromarlo, se ponía seria, en actitud de quit'n sicntr que le llamaban incesantemente •¡puerco!,, «¡collegar hasta rl fondo del alma las palabras que chino!,, devorando su rabia por no ser pretenoye. Entonces él se acaloraba, creía lograda la didas.
Algunos domingos, día feliz, se YÍ\'Ía en famiconquista; mas ella prorrumpía en una de sus
desesperantes carcajadas, se libraba de él y es- lia. Jacinto proponía comer juntos, en casa, para
libertarse todos ellos de la monotonía del restaucapaba hacia su habitación, diciendo:
- Xo es desaire, pero no quiero amantes. Ya rant. Por imposición de las mujeres se pagaba ft
escote, pero Jacinto siempre aportaba los extralo sabe usted ...
Algunas wces los sorprendía así la italiana y ordinarios de un vino decentito, ele dulces, de aldirigía á Jacinto una larga y profunda mirada de gún plato selecto.

�Como campo neutral se elegía el cuarto de
Arriaga; allí comían todos, menos Luisa (estos días
pegada á su chauffe1er), que luego, á los postres, venía con la tintorera y aceptaba una copa «á
la salud de todos•. En tales días de los tales banquetes, Jacinto dominaba; las alsacianas no mentaban la absenta; Elena y Elisa, depuestas sus antipatías, se sentaban juntas, y todas miraban fraternalmente á Jacinto, quien á petición de las
mujeres contaba cosas de España y contribuía á
nuestra leyenda y á nuestro descrédito con historias fabulosas de toreros, de amores d~ celos trágicos, de aventuras bravías.
'
Después de haber comido y charlado ampliamente, Arriaga solía proponer un paseo y una cerveza al Bosque, al Jardín de Plantas, ó más lejos:
á Charenton, en vaporcito, ó á Fontainebleau, en
tren. Las mujeres palmoteaban; pretextaba Elena
que tenía que irse al boulevard «á trabajar»; mas
pronto aquel cuadro, aquella excursión familiar
la ganaban. En un momento, las cuatro tenían
puestos los sombreros, y salían ruidosamente, saludando al pasar por el b1trea1t á M. Renard, que,
con los pelos tiesos, miraba con indignación áaquel
español, tan poco práctico.
A la vuelta, temprano, á la hora de dormir
Elena, que en ciertos arranques de pudor sentí~
vergüenza de abandonar sus compañeros para
lanzarse á su vida habitual después de haber pasado el día como persona honrada, regresaba también. Arriaga, excitado por tantas horas junto á
las mujeres, esperaba que se encerrasen todas é
iba á llamar, quedito, al cuarto de la prostituta.
- ¡Elena, venga usted! - suplicaba.
Mas ella no cedía.
Era cuestión de amor propio. Los del sixieme
sabían este pugilato, y ni Jacinto ni Elena querían
quedar derrotados. Pero sin estar enamorada de
Jacinto, Elena sentía no complacerle; le estimaba
por ingenuo, por bueno. Con esa alma tan hermosa que tienen las mujeres que parecen vivir de no
tenerla, se conmovía al ver el desaliento de Jacinto.
Entonces, al dejarse besar, lo besaba casi maternalmente y lo empujaba con suavidad, diciendo:
- No, no. Además, yo lo quiero á usted como
á un hermano.
El hombre se iba triste á su cuarto, rumiando
su desgracia de que entre tantas mujeres como
hermanas, no encontrara una amante.
Ya en su habitación, se acercaba á la ventana.
Aunque hiciera frío, Elisa tenía la suya abierta;
estaba en la cama, tenía la luz encendida y no dormía. Aun Jacinto charlaba algo con ella.
Arriaga, tras del rato de palique, se acostaba á
su vez. Desde las sendas camas se miraban. Al fin,
después de la postrera Bonne nuit, las luces se
apagaban y el sixieme dormía tranquilamente.
*

* *

No paraban aquí las relaciones caseras y familiares de Jacinto. Varias veces, cuando asomado á
su ventana miraba al patio, una de esas enormes
coitrs francesas llenas de huecos y ventanas pertenecientes á distintas casas, había visto á la izquierda un balconcito donde fumaba sin cesar un
hombre como de cincuenta años, seco, enjuto, cetrino, todo el rostro afeitado, el pelo á lo torero.
/\que! tipo no podía ser sino español. Por el fnndo

del cuarto donde el flamenco estaba, solía cruzar
una muchacha. Arriaga no hacía caso del hombre
pero quiso entablar relaciones que pudieran acer~
carie á la mujer.
- ¿Con que somos paisanos? - preguntó un
día bruscarnen te al vecino.
- ¡Ah! ¿Usted es español? - respondió el otro
con muy marcado dejo de andaluz y con acento
de profunda alegría. Y sin dar tiempo á más:
- Paisano, no me desaire usted. Vamos á tomar una copeja. Ahí le espero á usted, en la taberna de la esquina.
Jacinto no tenía que hacer y bajó, aunque bien
hubiera preferido que el andaluz le invitara á su
casa.
Sentados ante unos vasos de cerveza - esta
perra bebía, como decía el señor Frasquito - se
dieron á conocer los dos españoles. El señor Fr'asquito era tocador de guitarra y bailador, y formaba pareja con aquella joven que sólo había entrevisto Arriaga. Habían corrido la Ceca y la Meca.
Habían trabajado en Inglaterra, en Alemania, en
Bélgica, en Dinamarca, en Rusia... Ahora-estaban
en un cajé-concert de la avenida de Wagran y esto probaba que la niña no era precisamente la
Otero -, pero esperaban que el invierno próximo
irían contratados á la Boucle...
Frasquito se quejaba de Francia. El no había
aprendido el idioma, ni nada. Creía que el hombre
estaba hecho para vivir en el «barrio de San Bernardo&gt; y que todo lo demás eran monsergas.
- Pero la pícara Carmela - añadía franqueándose -no sabe sino estar por aquí. Después é tó vamos á parmá, porque yo estoy ya viejo, la niña
tiene veintinueve años y pierde facurtades, y tó lo
poco que ganamos lo gastamos en ropa. A mí no
me toman pa bailá si no voy vestío de mataó de
toro, ¡hecho una facha y gastando un sentío! Y es
lo peó que tampoco servimo pa España; si allí nos
ven, nos afusilan. Aquí tó se ha de hacer sartando,
y ni ella baila, ni canta, ni yo bailo, ni canto, ni
toco, ni ná. Y aluego yo no he podío sabé en mi
vida sino el españó, y grasias. Ella habla de tó un
poco; en dié año que llevamos po estos mundo, de
tó sabe meno de españó. Vendrá usté á verla.
Esto era lo que quería Arriaga.
Y conoció á Carmela, que era, efectivamente,
una joven ya vieja, maquillée, pintarrajeada, que
no tenía perfume, ni encanto, ni gracia, ni era ya
andaluza ni de ninguna parte; pero era una mujer:
también la galanteó Jacinto. Una tarde, respondiendo á indirectas muy directas suyas, le regaló una
falda .. . Tal vez hubiera continuado aquel pequeño
lío, que repugnaba á su temperamento carnal, pero
poética y tiernamente carnal, sin el encuentro con
Alicia. Además, Carmela era española, y aunque
hablaba francés, no era francesa. Lo principal para
Jacinto era la inocente pose de hablar francés ...
en Francia. El francés para él era como el juguete
que desea y al cabo logra un niño.
\'l
UNA VISITA

Como los inquilinos del si:xieme no tenían timbre eléctrico en sus cuartos, ni derecho á que el
camarero subiera cada cinco minutos, un tnbo

acústico que partía del descansillo servía para comunicarlos con el b1treau. Pues la mañana, muy
de mañana, de uno de los domingos en que la población del sixi'eme no trabajaba y el jefe de la sucursal del Crédit Lyonés de la plaza de Clichy se
había de ir al campo con sus amigos, el pito del
tubo acústico sonó. Acudieron Luisa y una de las
alsacianas.
- ¿Qué hay?
- ¿El señor Arriaga?-dijo Antonio, el garzón.
- Señor Arriaga, que le llaman á usted.
- ¿Qué es?
- ¿Qué es? - repitió Luisa por el tubo.
- Dígale al señor Arriaga que hay una dama
que pregunta que si puede subir.
- Señor Arriaga, que hay una dama que pregunta que si puede subir - dijo Luisa, ya con una
risita maliciosa.
Jacinto salió como una flecha.
- Sí, sí; que suba - dijo él mismo, y se inclinó sobre la barandilla para ver si era quien sospechaba.
Salió la otra alsaciana, salió Elisa, salió la cocotte. Jacinto vió subirá Alicia.
- Señoritas, seamos formales; no os riáis, no
bromeéis, no perjudicarme.
Lo dijo demudado, en tal tono de súplica, que
no dudó ninguna de ellas que se trataba de un
lance ele amor.
- Si ustedes fuesen tan buenas que se retiraran ...
Las mujeres se quitaron de en medio. La cocotte y las alsacianas se pusieron á mirar por las
rendijas de sus puertas; Luisa y Elisa, cuyos cuartos estaban en el pasillo, se ocultaron en un ángulo, ·espiando en la sombra. Y en todas había la
misma risa de malicia y de burla; no sabían por
qué, pero esperaban ver llegar á un mamarracho.
Hubo, pues, un movimiento general de extrañeza
y de envidia, cuando, sin ver á las que la espiaban, apareció Alicia gallarda, lindísima, con porte
señoril, de burguesita, que á las ventajas de la decorosa posición une el buen gusto y la elegancia.
- Amigo mío, he querido ver su chambre y
darle á usted una sorpresa. ¿Le parece á usted
111al? ¿No tendrá usted nada que ocultar?
- Bien sahe usted, Alicia...
X o se oyó más. Los dos amigos habían penetrado en la habitación y cerrado la puerta. Las
cuatro mujeres, de puntillas, sin otro comentario
que el elocuente de sus miradas, vinieron á apostarse junto á la alcoba de Jacinto, á escuchar.
- La ha dado un beso.
- El suplica .. .
- Dice que no .. .
- Otro beso.. .
- Dice que sí; pero que ...
- No se oye bien ...
- No se oye bien sino cuando se besan.
Y esta observación fué de la italiana, que estaba un poco melancólica.
Cuando las muj eres notaron que la visita, que
fué breve, terminaba, voh ieron á sus escondites.
La pareja salió de nuevo al descansillo; ella, sin
notar que era observada; él, inquieto, como temeros(_)_, porque no se le habían escapado los leves
CruJ1dos de las puertas, las pisaclitas, las risitas, los
cuc-hicheos,

- ¿La acompaño á usted?
- No, ahora no; voy á tornar el metropolitano
ahí, en la plaza. Voy á despedirá mi marido.
- ¿Hasta luego, pues?
- Hasta luego.
- ¿Me quedo tranquilo?
- Tranquilísimo. A las ocho en punto estoy
aquí.
- ¡Oh, Alicia, por Dios!
- ¡Se lo juro!
Cuando la hubo perdido de vista, Jacinto se
quitó del pasamanos y entró en su habitación.
Todas las mujeres se metieron en el cuarto de las
alsacianas. Querían bromear y reírse de Jacinto,
pero no podían, no había de qué. Aquello era una
aventura y una aventura muy gallarda. Por la distinción, po:r la gracia, por la belleza, Alicia las derrotaba á todas. Aquellas mujeres, con ninguna de
las cuales tenía Jacinto la menor relación; aquellas
mujeres, á dos de las cuales Jacinto no había solicitado nunca, mientras que las demás lo rechazaban, sintiéronse como defraudadas, estafadas por
Arriaga. En el compañero de alojamiento que las
convidaba, las paseaba, las perseguía, pasaba con
ellas el tiempo posible, habían sospechado al pobre hombre que, fuera de ellas, á nadie conocía,
y en ellas tenía lodo su mundo. Y resultaba que
no era así, que no constituían sino un fútil entretenimiento para Arriaga, quien en el fondo debía
menospreciarlas, pues que se dedicaba, y para
triunfar, á más altas empresas. Fué un despecho
loco el de aquellas mujeres; así que cuando Jacinto, saliendo de su cuarto, acercándose á la puerta
entreabierta de las alsacianas, murmuró el «¿se
puede?• , fué contestado con el «pase usted• más
frío que sea posible sospechar.
El esperaba alguna broma. Nadie le dijo nada,
y este silencio de hostilidad le asustó. Se hizo el
tonto, calló un poco, y luego, viendo venir sobre
sí alguna tormenta que
quería alejar, dijo ingenuo, prefiriendo el camino de la franqueza y la
nobleza:
-Amigas mías, como
yo á ustedes se lo cuento todo y soy como un
hermano para ustedes,
voy á referirles una cosa
y á pedirles un favor.
- ¡Qué tiene usted
que contarnos! - gruñó
una de las alsacianas.
- ¡Qué nos importan
los asuntos de usted! ladró la otra.
Pero Jacinto habló
como un niño que suplica. Sí, él tenía relaciones
con aquella señora, pero
relaciones hasta la fecha
honestas. Ella iba á venir
aquella noche á cenar con
él; él conocía el carácter
bromista de sus amigas;
suplicaba que no hubiese ~
ninguna indirecta, ninguna broma; nada, en fin ...

�Al hablar así vaticinaba; porque efectivament~, exceptuando á Elisa, en el ánimo de aquellos
diablos de hembras bullía la idea de jugar alguna
mala ¡:Jasada á la pareja.
Y_ Luisa, un_ poco conmovida, touchée, por la
emoción de Jacmto, dijo:
- Señor Arriaga, esté usted muy tranquilo·
no le molestaremos en nada.
'
La cocotte exclamó:
- Mon cher ami: no le incomodaremos á usted·
podr_án ustedes dormir tranquilos.
'
l~l replicó en ~ompleto telegrafista de Segovia:
- No, ¡pero s1 no vamos {1 dormir!
- Ya lo supongo.
*

* *

¡
1

¡Cuánto anterior tormento significaba esta primera ~1~che de amor para Arriaga!
. A!1c1a, hembra francesa, esto es, casi extraordmana, un poco loca, un poco buena, un poco virtuosa,_ un poco disoluta, un poco honrada, cambiaba vemte veces al día de parecer y de actitud.
La tarde aquella en que sola con Jacinto volviera
en un coch~ del tren desde Argenteuil á Bois-Colon~bes, hab1a dado sus labios y su alma· pero en la
mu¡er ca~ada dar los labios y el alma, q~iere decir
que va a ~arse completamente; ella no lo había
dado todav1a, y hacía un mes de la mañana del alm~erzo_. Sus palabras: • pero jamás, jamás faltaré á
1111 manclo•, íbanse sosteniendo.
Jacint_o h_ac_ía esfuerzos enormes por mantenerse en s~ ¡ov1ahdad im¡:uesta de estudiante; pero
no pod1a. Aquella mu¡er, presa que diariamente
pare;ía como caída ya en sus manos y que se le
volv1a á escapar todos los días, le volvía loco le
desesperaba. Hab_ía enflaquecido un poco; quízás
las canas de sus sienes se habían multiplicado· sin
él qu_erer, sin él notarlo, comenzaba á cambiar.
Pendiente de los gestos de Alicia, todas las tardes
s~ sepa~aba de ella creído en que la haría sc1ya al
d1a s1gmentc.
Y_Alicia ~1isrna, ¿qué esperaba? ¿Lo sabía acaso'
Quena~ Jac1~to, le parecían pocas las horas que
pasab~ ¡unto a él; mas cuanto llegaba el momento,
~-ª ló,g1co, de franguear •el P,uente que sep:u-a á
Eva 111ocente de _Eva pecadora•, se arrepentía, y
~-s l~ peor, qu~ sm,s~be1: P?r qué. Tal vez por pru11to 111descer111_do e mstmt1vo de mortificar á su
amante platómco.
E:sto era tanto más cruel para Jacinto, cuanto
qu~ iba ac?rnpañado de protestas de amor, de can_c1as apasionadas y sinceras, de no faltar á una
cita, de _alargar los minutos que quedaban antes
de las diarias despedidas.
En el interior pueril é ingenuo de Jacinto Arria7a, tales tormentos tenían la ;ompensación de que,
~ fuerza de_ hablar todo el dia con la francesa, se
iba perfecc1onand~ en ;!_francés. En lo de gemir,
des~sperarse, suphcar e implorar, Coquelín no ¡0
hubiera pronunciado mejor. Además padecía se
des~si:craba, se encontraba algo en berlina, ;lgo
en ~1d1culo; pero era todo esto en Francia, en s1t
PanL
*

* *

Muy temprano solían reunirse los enamorados.
El la esperaba, en el café, en el parque ó en el cementeno; hacia su artículo. Luego, cogidos de ta
mano, paseaban hasta la hora de almorzar, en que

e!la iba á buscar al marido. Quería Alicia que Jacinto ah~1~rzara en el mismo restaurant, en otra
mesa, m1randola; pero él, español, se resistía por
pu~or y por celos. Una sola vez, por dar gusto á su
amiga, almor~ó en el Duval, contemplando á aquel
hombre á qu1c_n no engañaba todo lo que quería;
Y apenas comió, y pasó todo el tiempo fluctuando en dob!e sentimiento de pedir perdón á su
pobre nval, o estrangularlo.
Por las tarde~ :ecorrian todo París; ella, q~e
no era de las_ pans1enses que no han salido jamás
de su qttartzer, que conocía todos los rincones
ilustraba á Jacinto, y éste se distraía de su pasió 1~
y de_s!-1 tema único, viendo lugares y escuchando
a Ahcia. A la_s seis ó las siete, ella emprendía el
regr_eso á Bo1s-Colombes, á preparar la cena del
mando. Algunas veces, cuando se hacía muy tarde? la dama se marchaba en el tren y Jacinto la
de¡aba en la estación; pero generalmente, después de haber ll;gado á la gare, él suplicaba:
• Vete en el tran v1a• ; y daban la vuelta por la calle de Roma y salían al boulevard des Batignolles
para encontrar el tranvía que va hasta Bois-Colombes.
Ya en este sitio-: Mira, acompáñame á pie
hasta las barreras, aUí me subiré al tranvía· así
charlamos un poquito más.
'
Subían lentamente la avenida de Clichy y al
l!egar á las barreras, de día rientes, de noch~ peligrosas, se sentaban para descansará la puerta de
un ca~a~et, frente al cual se encontraba un puesto
de pohc1a.
. Jacinto no se encon~raba á gusto en aquel sitio, no sólo por temor, smo por repugnancia á mezclarse ~on las gentes que por allí pasaban. Era to
más ba¡o ~e la población parisiense: obreros borrachos, metas de las fur!as de la guillotina, ladrones que pasaban tranquilamente ante las barbas

e!

de los guardias. Y por depravación de espíritu, por
amor á lo raro, por hacer lo que no era lo ordinario en su vida, Alicia parecía allí como encantada. Sentada con su amigo á la puerta del cabaret,
él con un bock delante, ella con un aperitivo ligerito, sentía correr el tiempo y gozaba con llegar
tarde á casa, aun contando con la reprimenda del
marido y con que dormiría sin cenar, por tener que
decirle al esposo que había comido ya en París,
con su tía.
En este lugar, ya anochecido, estrechando la
mano de Jacinto, mirándose en sus ojos, eran los
más grandes deliquios amorosos de la parisiense.
Ahora era cuando lo prometía todo: de mañana ya
no pasaría; «cuando quieras, corno quieras•; él,
crédulo, transportado, olvidaba el disgusto que le
producía el lugar, y decía que sí, cuando ella le
proponía marchar hasta Bois-Colombes á pie, dejarse de los coches públicos, en los que no se puede hablar.
Cogidos del brazo emprendían la caminata de
una hora; ella fantaseaba, hablaba cosas del espíritu; luego, en arranques de amor que parecían
locos y enloquecían á Arriaga, proponía al infeliz:
- Sí, yo me daré á ti; pero deseo darme á ti
solo y para siempre; ¿quieres que deje á mi marido?, ¿quieres llevarme á España?
Así marchaban, ya de noche, por las largas y
amplias a\'enidas, bien iluminadas, pero solitarias.
Algunas veces caía esa lluvia menudita de París,
y los dos se estrechaban más, bajo el paraguas.
A los lados, de trecho en trecho, se veía la puerta
débilmente iluminada de un cabaret de arrabal,
donde no había sino apaches. Otras ocasiones,
Arriaga sentía cómo tras sí crujían los cailloux, las
piedrecitas del camino; volvía la vista y veía venir
dos ó tres hombres, que le aterrorizaban. Recordaba toda la negra historia de los alrededores de
París. Alicia, despreocupada y valiente, seguía hablando de amor, pero él entonces no la oía; esperaba un lazo que se arrollara á su pescuezo, un estilete que se le hundiera en un costado ...
Hasta que los extraños no pasaban y desaparecían, Jacinto no ,•olvía á enterarse de que marchaba
enlazado á su platónica querida. Esta, una noche,
creyó notar en él cierta inquietud, y preguntó:
- ¿Temes á los apaches.&gt;
- ¡Yo! ¡Un español! ¿Cómo?
Y medio temblando, porque en efecto había
vist o salir de una taberna un grupo sospechoso,
la dijo que en un último extremo sabría morir
matando y no sería el peor modo de acabar, el de
acabar junto á su Alicia.

VII
LA CENA

Lo tratado era, pues, que Alicia iría á cenar
con Jacinto y permanecería á su lado hasta el otro
d!a por la mañana. El pobre enamorado hizo nerv10~amente sus preparativos. Arregló su cuarto lo
me¡or que pudo, lo inundó de flores, celebró una
con~erencia con Antonio, y éste se encargó de que
s1rv1eran una cena delicada. Luego el enamorado
se marchó á la calle; no quería estar aquel día entre las vecinas. Paseó, miró, no supo bien por
dónde anduvo, no vió nada, ni se enteró de nada;

lo de todo amante con poco hábito de serlo. Mucho antes de la hora de la cita estaba ya en su
cuarto, pero en vez de asomarse á la ventana, corrió la cortinilla. Había entrado sigilosamente,
corno un ladrón, procurando no hacer ruido con
la llave ni al cerrar la puerta. Hubiera dado la mitad de su existencia por alejar, «volatilizar• á la
población femenina del sixieme.
Empezó á obscurecer. Jacinto no quiso encender luz. Pretendía pasar inadvertido hasta el último instante, hasta que no tuviera más remedio
que dar señales de existencia. Desde su cuarto
oía ruido en el cuarto de las alsacianas. La voz de
Elisa, ronca y dura, sonaba más desapacible que
nunca. Jacinto conocía demasiado á la muchacha
para no suponer que aquella noche se había entregado á la ración de absenta.
Pasó más tiempo, unos pocos minutos que no
acababan nunca. Arriaga hubiera salido á esperar
al descansillo, mas le contuvo el temor á las vecinas. Al fin, dos golpecitos en la puerta. Abrió y
abrazó con delirio á la mujer, que sin rubor, sin
turbarse, devolvió las caricias, se quitó el sombrero, se quitó los guantes, lo arrojó todo encima de
la cama, y se sentó diciendo:
- ¿Por qué no enciendes luz?
Obedeció Jacinto y luego se sentó junto á Alicia, con los labios secos, la mirada brillante, mas
sin querer tocarla; ahora, más que por timidez, por
buen gusto.
Fué ella quien le tomó una mano, preguntándole con su deliciosa voz de hada:
- ¿Y ahora ... ? ¿Estás contento? ¿Tu est content de moi?
El, borracho de felicidad, la miró con pasión,
sin responderle.
A poco entró Antonio seguido de un mozo de
restaurant. Como éste traía una gran bandeja, fué
preciso abrir bien la puerta. Jacinto miró al cuarto
de la alsaciana; no se veía luz por las rendijas.
Alicia miró al ángulo del pasillo, á la obscuridad.
- ¿Qué se mueve allí? - preguntó.
- ¿Allí? ¡Nada!
- Será alguna vecina - dijo Antonio.
Estaba visto que Jacinto no podía estar tranquilo, ni ser feliz completamente.
Se fueron los criados. Alicia comió en calma,
dirigiendo de vez en cuando á Aniaga una mirada de pasión. Al telegrafista le parecía en unos
momentos que nunca se acababa la comida, y deseaba en otros que nunca terminara.
Corno habían servido, por orden de Jacinto,
todos los platos de una vez, á la hora de tomar el
café lo hallaron frío. Alicia misma fué á calentarlo
{t la maquinilla de alcohol, que estaba encima de la
cómoda. Luego, ante el velador, ante las tazas, los
amantes se sentaron en el diván, juntos, muy juntos. El telegrafista rodeó con sus brazos el cuello
de Alicia; las bocas se juntaron ... El se levantó
atrayendo á la joven hacia sí, cogiéndola ambas
manos, dispuesto á tomar posesión de aquella plaza
por tanto tiempo sitiada.
Y ella, de pronto, desprendiéndose de él, retorciéndose las manos, estallando en sollozos, como
desesperada:
- ¡Oh, yo te adoro! ¡Pero no puede ser. . . no
he faltado nunca á mi marido... no puedo ... no
•
quiero
....1

�- ¿Qué dices?
- ¡Oh! Perdón, perdóname; ¡no puedo!
La histérica, la loca, que en su comedia de virtud había llegado i sugestionarse y á creerla, sollozaba, imploraba, estaba pronta {1 caer de rodillas. El:
- ¡Alicia, por Dios, me estás matando!
- ¡No puedo! ¡Perdóname! ¡Yo te adoro! ¡No
puedo! ¡Déjame ir! ¡Déjame que me vaya! ¡Adiós!
En medio del paroxismo aquel, Jacinto adivinó
una repentina, pero fría y decidida resolución, que
por el momento era implacable. Al mismo tiempo
sintió, al otra lado de la puerta, leve rumor de voces y unas risitas apagadas. Las vecinas oían, lo
sabían todo. El ridículo caía de nuevo sobre él.
Como en todas las ocasiones de su vida, su ritor1iel/o mental lo lle\·ó á su pueblo, á su plaza Mayor, á su Segovia.
En un momento se hizo cargo de la situación;
todo era imposible. Caballeroso, altivo, frío, dijo
en voz baja:
- Cálmese usted, señora. Esté tranquila.
- Pero, ¿no te enfadas? ¿Tú me quieres siempre?
- No, no me enojo. ¿Por qué? ¿Con qué derecho?
- Dame un beso. Me voy. Hasta mañana.
Y él, siempre hidalgo:
- No, señora; no se irá usted sola. Es tarde,
son las once. Habrá ya poca gente por las calles.
Voy á acompañarla á la estación.
Mientras decía esto había tomado el sombrero,
dispuesto á partir. Ella, en silencio, le siguió.
Al apagar la luz y abrir la puerta, se oyeron
unos pasos quedos y ligeros. Al salir, Jacinto oyó
unas leves risas y vió en un ángulo el movimiento
de unos bultos obscuros.

***

En vez de tomar el cam'ino más largo, como
siempre, por alargar el tiempo de estar juntos, entróse Arriaga por la calle de Amsterdam, para
cortar terreno. No hablaban. Caminaban de prisa,
sin darse el brazo, sin mirarse. Ella marchaba con
la cabeza baja.
En la estación había muy poca gente. Acababa de partir un tren á Bois-Colombes, y faltaban
quince minutos para que hubiera otro. Lentamente, Alicia y Arriaga se internaron en su andén, llegando hasta el final, solitario y obscuro.
- Jacinto, ¿me perdonas? Yo te quiero, yo te
quiero siempre. No sé qué me ha pasado hoy. Yo
seré tuya, Jte lo juro!
El, llorando, ya •entregado», sin defenderse,
depuestas la frialdad y la altivez:
- Alicia, yo no soy sino un pobre, solo, muy
solo, muy aislado en mí, falto de consuelo y
de cariño. Quiéreme, yo te lo suplico. Por ti me
estoy muriendo. Si es preciso, yo moriré por ti.
Pero oye: el tormento que sufro es insufrible. Si
no vas á ser mía, no vengas más á verme.
- Seré tuya.
- Pero dame una palabra, júrame cumplirla.
¿Me prometes que si no es para entregarte á mí,
no volverás?
- Sí, te lo prometo.
- De todos modos yo te querré si~mpre. Ven,
abrázame.

Alicia, conmovida, se deshiw en lágrimas. Llegó á esto el tren y la mujer partió.
*

* *

Jacinto vió en silencio cómo el tren culebreaba y desaparecía, sinuoso, en el túnel de Batignolles. Lloraba como un niño. Había cifrado la vida
toda en aquella deliciosa, cruel criatura que se le
escapaba, y su existencia entera estaba rota para
siempre.
Entró en el café de la estación. No era bebedor, pero apuró una tras otra muchas, muchas copas de cognac. Temía ir á su casa; aunque era
hora de que las vecinas estuviesen acostadas, temía que las implacables alsacianas le esperaran
despiertas para burlarse de él. Con el ridículo, no
sólo terminaba el gran encanto de su amor, sino
el otro con aquella su pequeña familia del sixii:me.
1 larto de beber, no ebrio, pero muy excitado,
tomó el camino de su casa. Al mismo tiempo que
Jacinto, llegó á la puerta cierta hembrita que vivía en el principal. Era una inglesa, cuya cara podría tomarse por la viva imagen del orgttllo, de la
castidad y del pudor, que trabajaba en el MoulinRouge, que no dejaba de buscar, como podía, suplementos al sueldo, y que despreciaba á todos
los pobladores del szxieme, Arriaga inclusive.
Jacinto la dejó pasar; subió lentamente tras
ella. Al llegará la puerta del cuarto de la artista,
él, que era tímido, la dijo con la brusca audacia
del alcohol:
- Tengo tres luises para usted ...
A la mañana siguiente, muy temprano, el tC'lcgrafista tuvo la desgracia de encontrarse á la tintorera, que bajaba la escalera.
- ¡Oh, lá, lá! - exclamó ésta riendo coh su
graciosa impertinencia de midinette; y sin hablarle
más, siempre riendo con descaro, continuó su camino.
Subió Arriaga y se encerró. No salió en todo
el día. Alicia no pareció. Por la noche, Luisa contó á las otras la pequeña aventura con la inglesa.
Todas juntas, menos la italiana, llamaron al cuarto
de Aniaga y entraron con amable hostilidad.
- ¿Conque... con la inglesita?
- ¡Buen mico le dió á usted su amiga!
Cuando le dejaron, Jacinto lloró, lloró largamente, amargamente, intensamente. Luego, como
se ahogaba, se asomó á la ventana. En la suya estaba la italiana.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
Reinó el silencio. Al cabo de un poco, dijo
Elisa con vo7, que esta vez sonó á dulce y suave:
- Señor Aniaga, señor Arriaga, no se apure
usted.

VIII
CÓMO MURIÓ ARRIAGA

Pasaron cuatro días, que en lo adjetivo no fueron muy mal para Arriaga. Estas penas de amor
son tan simpáticas, que las vecinas del sixieme depusieron sus hostiles burlas. Hasta las alsacianas
se rindieron, y en cuanto á Elena, mujer corrida,
de sobra comprendió y justificó la noche pasada
con la inglesa. Todas, sin referirse á la aventura,
por esa delicadeza innata en las mujeres, hacían

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por consolar á Jacinto. I';st: tan~bién prosuraba
consolarse. El amor á Pans, a la vida en Pa11s, por
un fenómeno moral no demasiado ra_ro, le confortaba y sostenía. Convidó á las vecm_as, fué dos
tardes á charlar con el señor Frasqmto y con la
bailadora. Pero su Alicia ...
No venía. Esto desesperaba al pobre que, aunque fuera para quedar ~url~do nuevamente, la esperaba. No podía presc111d1r de los largos paseo~,
las caricias, las charlas en aquel francé_s tan ~ehcioso de su amante platónica. El qutnto dia lo
pasó 'en una mortal agitaci_ón. Por la noche, á las
nueve, charlaba con sus anugas, cuando se levantó como tocado de un resorte.
- Voy por tabaco - dijo.
Se metió en su cuarto, tomó el sombrero, _se
marchó á la estación y se metió en el t_ren_ de Bo1~Colombes. ¿A qué iba? ¿Lo sabía _él_, s1qmera? BaJÓ
del tren, llegó junto á casa de Alicia. Al través de
las persianas se veía una luz. Entró en una taberna, y con lápiz escribió rápidamente unos renglones. Volvió y entró en la portería de la casa._ Llamó aparte y con misterio á la portera; la d1ó un
duro; le pareció poco y le d1ó otro; después la
dijo:
- ¿Quiere usted hacer el favor de dar esta
carta á madame Alicia?
- No puede ser.
- ¿Está su marido?
- Sí; mas quien no está aquí, es ella.
- ¿Dónde está?
,
. ,
- Ilace cinco días que se marcho á Cala1s, a
pasar una temporada con sus padres.
.
Como Jacinto sintió el golpe, mas no lo deti.1116,
el autor tampoco lo define. Fué algo _enorme. El
pobre se marchó atontado. El que temia á la soledad de aquellos sitios de la banliett, no fué á bu~car el tren, sino que siguió la calle de Bourgmonons entró en la grande y destartalada plaza de
"'
'
llourguignons,
temible, solitaria, y se d'1spuso á regresar á pie. Marchaba como un borracho ó como
un loco, haciendo zigs-zags, con el sombrero en la
mano.

Anduvo hacia París largo rato. Al aproximarse
á las barreras y al pasar por junto á uno de aquellos tabernuchos que él temía tanto, pero que no
vió ahora un hombre que se hallaba á la puerta
se le ace:có y le &lt;lió un fuer~e golpe en un costado. En aquel momento surgió un C?Che y el a~a~
che huyó sin decir ni h~cer más. Jacmto, se ac~1c~
vacilante al carruaje, que volvía de vac10, subió a
él y dió las señas de su ~as~. Al entrar e~ ella,
dijo á Antonio, que dorm1a Junto á la pue1 ta en
una cama de campaña:
,
.
- Antonio, acompáñeme, ayúdeme a subir. Me
han dado un golpe. Creo que me han herido.
- ¡Herido! ¿Dónde?
,
- Aquí. .. En el costado ... Aqu1. ..
- ¿Dónde fué?
- En las barreras.
y en su debilidad, esto de las l~arreras aun lo
dijo con cierta petulancia. Al dernbarlo al golpe
de un apache, París lo consagraba.
- ¿Le han robado?
- No ... Eché mano al cuello del miserable...
Huyó...
d
.,
Cuando Antonio le acostó, le des~u ó, v_10 en
el costado un boquetito del cual salia un hilo de
sangre.
- Cest un coup d'estilet.
.
El camarero, que quería mucho á Arnaga, se
alarmó, despertó al patró~, y el buen M. ~enai:d,
con los pelos tiesos, tam~nén_ ~uy conmov1do, dispuso que se avisara á la Justicia Y. se. b_uscara á u_n
médico. No nos importe lo de la iust1~ta. El médico llegó cuando ya el telegrafi_sta ard1_a en fiebre.
Vió al herido, auguró mal, sahó, vol v1ó con otros
médicos, cloroformizó, rajó, sondeó, puso. un apósito y se marchó diciendo que era posible que
Arriaga no contara aquello.
..
Sí que lo contó, pero en sus fie~r~s y delmos.
Lo refirió todo, toda su historia pans1ense, 9ue se
limitaba á unas aventuras que no hubo y ª. un?s
amores para los que no halló corresponde?c1~. En
el tal capítulo de enamoramientos, aparec1a s1e_mpre Alicia como un sol; mas, rodeándolo, también

�aparecían Elisa, Luisa, Elena, cual planetas que
giraran alrededor de un astro principal.
Inútil es decir que aquel día en que Jacinto
cayó en cama, ninguna de sus vecinas fué al trabajo. Por la tarde, llegaron la bailarina y el señor
Frasquito. Al obscurecer, antes de irse al l\Ioulin
subió la ingles~ unos minutos. Ya al día siguiente'.
como aquello iba para largo, se organizó el cui.dado al enfermo. Durante todo el día, lo asistían
las alsacianas, que trabajaban en casa, y que trasladaron al cuarto de Jacinto todos sus t1-ebejos, y
también, durante gran parte de él, turnando, b
cocotte, la andaluza y el señor Frasquito, cuyos trabajos eran por la noche.
Y por la noche, icrualmen. ,
.,
te por turno, y qmtandose horas de sueño, Elisa,
Luisa, Antonio y las mismas alsacianas. Aquellas
dos cosas tan altas, tan altas y tan feas, que odiaban tanto á C~mb~s y pasaban la vida renegando
de todo, eran mfattgables, se portaban muy bien.
En cuanto á la inglesa, sin haber por qué - y
esto había que agradecerle, decían las mismas alsacianas - subía dos veces diarias para hacer al
herido dos pequeñas visitas. El patrón no dejaba
un momento la escalera para dar un vistazo á aquel
pauvre espagnol, como decía con los pelos en ristre y con su fuerte voz meridional. El médico afirmaba que aquello iba para largo y que era muy
posible que acabara mal.
.
Jacinto estaba casi siempre en delirios, durante los cuales no cesaba de mezclar los nombres de
Alicia, París y las vecinas del sixieme. En los momentos de lucidez contaba su aventura con el apache. Le hirió á traición, ¡y cómo huyó, sin robarle, cuando ya herido, le dió en el rostro un puñetazo formidable y le echó mano al r:uello para estrangularlo! Robarlo á él, ¡un español! - Todo por
las mujeres - añadía sonriendo con misterio.
Porque su aventura con Alicia, qi1e había pa-

recido ridícu'.a, contada ahora por él, en los ratos
tranquilos, parecía propia del mismísimo don Juan.
Alicia era una mujer virtuosísima, muy enamorada
de su marido, un gallardo mozo de treinta años. El
la conoció, y tras duro asedio, se hizo amar de ella·
pero Alicia, virtud romana, resistía. Vencida po;
el amor, vino á su cuarto; vencida por el deber,
huyó y se fué á Calais con sus padres, pues viviendo en París no podría resistir más á Jacinto-.
Hombre terrible - dijeron, mirándose las alsacianas. Ahora comprendía Elisa por qué se sentía
atraída hacia él; ahora comprendía la andaluza por
qué la amó un día solo, desdeñánclola luego; ahora comprendía Luisa que hay algo en este mundo
de más fuerza seductora que un chaztjjmr; ahora
conocía la cocotte, por qué Jacinto no pagaba, sino
borracho, cuando no estaba en sí, las horas en
que hacía felices á las mujeres ... La misma inglesa confesó con pudor y con orgullo que era un
hombre excepcional. Y en un rasgo ele admiración
que honra á Inglaterra, sacó el portamonedas, una
vez que Jacinto dormía, y dejó en la mesa de noche tres luises, los tres luises ...
Todo aquello que contaba el herido tuvo una
corroboración, la más fehaciente. Era el cuarto día
de enfermedad; Jacinto estaba despejado; la herida no presentaba mal cariz; el médico había dicho
que quizá no muri~ra el enfermo. Tempranito, á
poco de haber salido las obreras, muy contentas
porque el paciente se encontraba mejor, en el primer correo vino una carta con el timbre de Calais.
Era de Alicia. Jacinto la leyó. Dos lágrimas
brotaron de sus ojos. Metió la carta bajo la almohada y durante el día la leyó otras muchas veces.
Las alsacianas no se atrevieron á preguntar una
palabra. Por la tarde, cuando vino el médico, encontró peor al enfermo.
- No me lo explico - elijo con esa frase con-

sagrada de los jueces y de los médicos que nunca saben explicarse nada.
Por la tarde, al volver las mujeres, Jacinto estaba amodorrado. Las alsacianas refirieron lo de la
,carta. Elena, que también estuvo de calle casi todo
aquel día, cogió la esquela y la leyó á las otras.
¡Oh, y cómo no había mentido Arriaga! Eran
muchas carillas desbordantes de una ciega pasión.
Luchando entre su deber y su amor, loca por Jacinto, Alicia creyó lo mejor huir á Calais á refugiarse
y buscar fuerza y consuelo en el hogar honrado de
sus padres. ¿Qué haría en lo sucesivo? Lo ignoraba. :Mas cierta, como estaba, de que su pasión era
incurable, ó se moriría ó se mataría ó iría á pedir
.á Arriaga de rodillas que la quisiera un poco, que
tuviera piedad de ella, que la llevara con él y para
siempre lejos de París, lejos de todo, á Italia ó á
su España.
¡Qué prestigio! Si Jacinto curaba, ¡cómo lucharía por su amor todo el sixicme! ¡Y toda la casa y
todo el barrio, puesto que, sabidos por siete mujeres su aventura y su mérito, su nombre había
de correr de boca en boca! Todas le miraron suspirando. Las mismas alsacianas ...
Como respondiendo á un sentir general, dijo
en voz alta la cocotte:
- El nos decía cosas por bromear. Pero, ¡cómo
había de querernos! Valia más que nosotras.
He aquí de qué manera el perenne pobrecito
burlado, quedaba consagrado burlador.
La carta volvió á su sitio. A las ocho salió el
herido de su letargo. Tomó la carta, la leyó, llamó
.á Elena, la mujer vivida, la que comprendía más
bien ciertas cosas.
- ¡Elena! Un favor. Yo no puedo escribir.
¿Quiere usted poner un telegrama?
Y le encargó uno para Alicia.
- Dígale usted que estoy así, por ella.
Elena se dispuso á bajar.
- Ahí tiene usted dinero.
- ¡Tengo yo!
A la mañana siguiente, á las seis y media, paró
un carruaje á la puerta de la JJ1aison 111eublée, saltó de él una dama enlutada y dijo secamente á
Antonio, que acababa de abrir:
- Eso al cuarto del señor A rriaga - y señaló
una gran maleta.
Subió rápidamente; en el descansillo del sixii::me encontró á Elena que acababa de volver de la
calle, y antes ele acostarse había entrado á ver
.cómo estaba el enfermo. La miró Elena, la conoció
ó la adivinó y se fué á ella con un dedo en los
labios.
- Señora, está durmiendo, no le despertemos.
- ¿Cómo está?
- Un poco peor. La llama á usted. Yo le puse
.á usted el telegrama.
Alicia se echó á llorar.
Con gran sigilo entraron la maleta en el cuarto
de Jacinto. Con mayor sigilo, después de acercarse al lecho de Arriaga y besarle en la frente,
que mojaron algunas lágrimas, abrió la dama la
maleta y ante las alsacianas Elena todas las vecinas que habían acudido no se' atrevían á hablar, tomó posesión del cuarto, se. cambió de ropa,
Y envuelta en una flotante bata blanca, un pañuelo en la mano, se sentó junto á Aniaga. Estaba
encantadora.

y

En voz baja comenzó el cuchicheo. Se lo contaron todo; lo que había ocurrido y lo que no ocurrió.
¡Qué elogios á la Yirlud de ella! ¡Qué elogios á
la pasión ele él! Un hombre que había corrido tanto, ¡cómo se había enamorado en esta vez! ¡Oh,
qué español! ¡\" qué ,,aliente! Refirieron la lucha
con el feroz apache, como si la hubieran presenciado. Y herido y todo, no pudo robarle, y yencido
el criminal, huyó. Por un hombre así hay que dar
la vida.
Elena preguntó:
- ¿Usted se quedará aquí, señora)
En realidad, Alicia tenía pensado estar allí durante el día; al anochecer irse á su casa, decir al
marido que .había llegado en el tren ele la tarde y
volver con su amigo la mañana siguiente.
Pero, así como Jacinto había ascendido á temible Tenorio, había subido ella á casi una Lucrecia; el prestigio, como amante, de Arriaga, teníalo
ella como amada y amante. Conoció á lo que estaba obligada, y decidida en un momento su gentil
cabecita de presumida, de coqueta y de loca, respondió con heroísmo:
- ¡Cómo me he de marchar! Para mí han concluído familia, honor y todo. N"o hay para mí más
que este hombre adorado. Si sana, me iré con él,
donde él me lleye; si muere, moriré yo también.Todas las mujeres se admiraron; nadie habló;
Elisa y la cocotte lloraban como dos Magdalenas.
¡Lo perdían! ¡Lo perdían para siempre!
El enfermo hizo un movimiento para despertar. Las vecinas, prudentes, viendo que al momento no era suyo, salieron de la habitación. Quedó sola la pareja; y cuando Jacinto abrió los ojos
vió á su lado, arrodillada, estrechándole las manos, á Alicia, que lo miraba con pasión.
- ¡Alicia!
El grito debió oírse en la plaza Clichy, en la
oficina donde el esposo trabajaba. Besos, lágrimas, juramentos y risas se mezclaron.
- ¡Tuya! ¡Contigo para siempre! ¡No te dejaré más!
Desde fuera oían las mujeres con el corazón
encogido, sollozantes.
- ¡Cálmate! ¡Está tranquilo! ¡No te incorpores!. .. Te harás mal. ..
- ¿11e quieres siempre?
- Sí, Jacinto mío.
- ¡Ven, yen!. ..
- St prudente. Cálmate. Estás malo.
- Alice! Alice! Mon amour! Mon ame! Ma vie!
Toute una vie!
Y sonaban besos. Si las mujeres no entran nuevamente, aquí acaba la historia.
Cuando fué el médico, Jacinto estaba peor.
- Xo me lo explico - dijo aquél, y eso que
había mirado á Alicia, cuya belleza era bastante
á explicar tantas cosas.
*

* *

Pasaron cinco días y cinco noches. Jacinto deliraba siempre, ya en la calentura patológica, ya en
la fiebre de amor. De cualquier modo, era feliz.
Pero se moría y se moría de Alicia. ¡Aquellas cinco noches!. .. Ella no se apartaba de su cama; comía, ::'e desnudaba, se vestía junto al enfermo. El
veía semidesnudo aquel cuerpo hechicero. Sus ma-

�nos, amorosas y febriles, tomaron, por lo menos,
completa posesión de él. Cuando ella se recostaba
un poco, Jacinto le exigía que fuese á su lado; y él
besó aquellos labios, y él besó aquellos hombros, y
él besó toda aquella carne joven, ardiente, perfumada y divina, que á sus caricias se estremecía y
temblaba. La retina de Arriaga se llevaba á la
tumba la imagen de aquel
cuerpo perfecto, y-las manos,
la sensación imborrable de sus
curvas y del calor fresco y suave de su piel.
Así que al
quinto día dijo
el galeno que el
enfermo iba á
morir.
Serían las
cuatro de la tarde cuando empezó á morirse. Tocios sus amigos le rodeaban. Su
agonía fué larga, pero muy tranquila. Tenía la postrera lucidez de casi tocios los que clan el gran paso.
Hablaba y hablaba en francés, y hablaba ele su vicia
reciente. Como ahora se sentía ante la muerte,
pero no ante el ridículo, no se acordaba de Segovia.
Miraba con ternura á Alicia; por señas la pedía
un beso, que era dado en seguida. Pasaba lentamente la vista por aquellas cabezas femeninas,
cada una de las cuales estaba ahora enamorada de
é l. La inglesa, la italiana, las alsacianas, la parisiense, la bretona, la andaluza. Y junto á la ventana, al fondo, el zeñó Frasquito, 1\1. Renard y Antonio.
- Como me ponga bueno, que no me pondré
bueno - dijo-, vamos á ir todos un día de gran
fiesta. Alicia y yo al frente. Iremos ... á Argent euil.
Este nombre le arrancó dos lágrimas, y Alicia
reprimió un sollozo.
A las cinco dijo á Frasquito, que apenas entendía el francés:

- Üu\Tez la fenctre.
Frasquito descorrió un poco la cortha.
- Tout a fait . . . Tout a fait ...
El cantador abrió completamente y entró un
rayo de sol.
Ya no habló más el moribundo, sino palabras
sin coherPncia. No dejaba la mano de Alicia. Miraba sin ve r.
Decía:
- Alice! ...
Aime mo i toujours!. .. Alice. ..
Ah, les apaches[
-;'11oría en
francés. Seguras
de no ser oídas,
las mujeres se
acercaron y
rompie r on en
sollozos. A los
pies de la cama
se arrodillaron
Elena, E l isa,
más dolorida
que ninguna, como muerta, y la andaluza. Apoyadas en el espaldar, de pie, las alsacianas y la inglesa. Los hombres se acercaron también.
Empezó el estertor. Cayó todo el mundo de rodillas. Y como todo el mundo, cuando llama á su
madre 6 cuando reza, se expresa en su lenguaje,
aquella pequeña reunión cosmopolita comenzó á
orar, cada cual en su idioma. El que debió haber
muerto ensombrecido por cantos guturales de
unos sombríos canónigos, moría o reado y arrullado por plegarias y llantos de mujer. El inglés, el
alemán, el español, el francés, el italiano, traían
sus oraciones para el agonizante. Un dulce coro
internacional de voces encomendaba á Dios el
alma del pobre segoviano.
Cuando no se oía en el cuarto sino el murmullo
de los suspiros y los rezos, Jacinto abrió los ojos.
Era su última mirada. Volvió á cerrar los párpados, apretó más las manos de Alicia, que parecía
una loca, loca de dolor, y murió con un largo suspiro, murmurando:
- Atice!. . . Alice! ... i\Ion Dieu!

El [uEnto 5Emanal

EL DESTIERRO
ME/'\ORIAS DE
(Afh.BA

NES DE

=

ILUSTRACIO-

A.

FIN

Reserv8dos todos los derechos de propiedad artistica y literaria. ~ No se devuelven los o r l¡¡inales.
F otograbados de Durá y Compoñla.&lt;:a&lt;:tl&lt;:a&lt;:tl&lt;:tl Imprenta de José Blass y Cia., Son Mateo 1, Ma d rid.

30

Juuo

Cínts.

f'\íRA

®[i]..-J

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                    <text>r

\./,o .

El [uEnto 5Emanal

El [HBDfo&amp;Bmanal

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

POMPflS DE JflBÓN
Novela, por PABLO f'ARELLADA

El [UBnto SBmanal

EPILEPSifl
ó accidentes nerviosos

NÚMEROS PUBLICADOS

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
polibromurada, con las

0

l. Desencanto (novela), por Jacinto Octavlo
Picón.
2.0 La sonrisa de 0locconda (bocetos de comedia), por Jacinto Benavente.
3.0 Aventura (novela),de G. Martlnez Sierra.
0
4. La cita (novela), por Eduardo Zamacols.
5.0 La guitarra (drama en tres actos, y en
prosa), por Salvador Rueda.
6.0 La maldita culpa (novela), por AntonJo
Zozaya.
7.° Cada uno... (novela), por Emllla Pardo
Bazán.
8.0 Una letra de cambio (novela), por Joaquin Dicenta.
9. 0 Reveladoras (novela), por Felipe Trigo.
10. El alma viajera (no'{ela), por Jose Francés.
11. La caravana (novela), por Eduardo Marquina.
12. La soledad del campo (novela), por Juan
Pérez Zúñiga.
13. Del Rastro á Maravillas (novela), por Pedro de Réplde.
14. Guillermo el apasionado (novela), por
Manuel Bueno.
15. La espuma del champagne (comedia en
un acto), por M. Linares Rlvas.
16. Ni amor nl arte (novela), por Pedro Mata.
17. Un suel!o (novela), por Amado Nervo.
18. Historia de una reina (novela), por Alejandro Sawa.
19. El milagro de las rosas (novela), por
Franc1sl!o Vlllaespesa.
20. La madrecita (novela), por S. y J. Álvarez Quintero.
21. El fin de una leyenda (novela), por Slneslo Delgado.
22. De corazón en corazón (novela), por
E. Ramlrez-Angel.
23. La conquista del jándalo ( novela), por
Alejandro Larrublera.
24. Las 'tres Reinas (novela), por Mauricio
López-Roberts.
25. El tesoro del castillo (novela), por Carmen de Burgos Segul (Colomblne).

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El vitriolo.
Felipe (zarzuela).
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�El [uento Semanal
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Se publica los viernes
Oficinas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Libros y Revistas
Rima■ del trópico, por Alfredo Gámez Jaime. - Imprenta de Arcbi.-os. Madrid.
Rs un libro sano; libro caliente, lleno de emotividad y
de color. Al frente del volumen figura un gallardo prólogo
de Salvador Rueda, del cnal entresacamos los párrafos siguientes:

«Acaba de llegará nosotros la voz de un poeta americano, cuyos versos transmiten al espirilo la emoción firme
y reconfortadora de la vida. Me refiero á Alfredo Gámez
Jaime, que, acaso por venir de la República americana
donde el idioma español se conserva más puro (Colombia),
trae en sus poesías la fórmula largo tiempo esperada (é iniciada yn espléndidamente por algunos) de la fusión, bajo
un troquel propio, de los elementos ambulantes que se observan en la lírica general de aquellos países.» •..••.••...•
.........« Canta lo mismo lo externo que lo interno, el
sentimiento que la pldstica, la armadura carnal del hombre
que sn alma. Es amplio de visión; abarcador ambicioso de
horizontes emocionales; inopinado, al ,·olar de unos asuntos á otros; perseguidor de la imagen, que muchas veces le
brota repentina como una lumbrarada.» .•.••
Marrueco■,

Politlca é lntereaes de Bapall.a en cate
Imperio, por Eduardo Caballero de Puga. - Imprenta de
E. Arias. l\ladrid.
Obra ilustrada, mu y bien documentad:i y de gran actualidad.
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Azul. - Ha empezado á publicarse en Zaragoza, bajo
la dirección de Eduardo de Ory, esta notable revista, entre cuyos colaboradores figuran los literatos españoles y
americanos más eminentes.

El Nuevo Mercurio. - El núm. 8.'' de esca importante
revista publica una sección titulada ,,~Conoce 11stt:d E.-.p2ña?»,
en la que colaboran Paul Adam, René Bazin, jules Clarctie,
:More! Fatio y olros prestigiosos escritores.
Ademlls publica artículos de Miguel de Unamuno, Rubén
; &gt;ario, Pérez Tria na, E. Lora y P. Aumechian.
Páginua Ltb.-es. -

El núm. 7 de esta reví.ta publica el

siguiente sumario:
«El nuevo renacimiento», por Claudio Reina; «Consejos
útiles», por Clemencia Jaquinet; ~Los siete enigmas del Universo», por Fernando 1'arrida del Mármol; «Primeras civilizaciones: La India», por Ramón Baños Martínez; «Anarquía
é individualismo», por Teresa Claramunt; «Sumisión y rebeldía», por M. Meléndez Muñoz; Papel recibido; Folletín: «El
mundo y el hombre», por Ralph \Valdo Emerson.»
Burla Burlando. ·-Tales el título de un semanario frs(h•o ilustrado que ha comenzado á publicarse en Granada.
El periódico en cuestión abunda en notas de buen humor
y está todo él escrito con ingenio y t,Pril,
Deseamos toda clase de prosperidades al simpático
colega.
Hojas SelectaA. - Sé ha publicado el nürn. 6q de b revista mensual llo¡as Stltclas. correspondiente á ~cptiembre, cn cuyos pA¡?inas, pulcra mente ilustradas, se cons•gra la alcnción debida á los asuntos de culminantc actualidad.
Publica ademh las acostumbradas secciones de «Moda
parisiense», nota cómica, nota política y pasatwmpos.

Yeclanerfo1. - Colección de poesías de Maximiliano
C. Soriano. -- 'fipogr,ilia l\lodcma1• Elda.

f.

FRANCISCO
ARO 1 - 6 Septiembre 1907 - N.º 36

VILLEGAS
(Z EDA}

Precios de suscripción:
Madrid y provincias: Trimestre 3,25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año ti.
ExtranJero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
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Número suelto:

30 CéntiffiOS

CONFESIÓN

Por el Arte. - Publica esta revista, cuyo número correspondiente á Agosto hemos recibido, interesantes artículos
que firman F. ~Iontagud, J. :M. Alcoreno, Manuel Abril,
J. Huidobro, J. Villaseñor; profusión de grabados, noticias,
etcétera, etc.

I

N

Consultorio 6rafoldgico 6RA[ HTN E8
(Véase el núm. 3.0 de nuestra Revista.)

=

Respuestas

=

J. R. B., Zaragoza. - Sensibilidad exceslvn; Impresionabilidad; carácter amable; gran deseo de ganar dinero; actividad; espfritu de organización; Inteligencia culttvada; mucha prudencia
en los negocios y disposiciones para el comercio; combatividad;
vivacidad; naturaleza poco entrglca; temperamento bien equilibrado.
Un neurasténico verde. - Espíritu muy independitnte; gran
amabilidad; Inteligencia muy claro; buen grado de cultura: gran
propensión II la melancolía y al desaliento; carácter sensible, á la
vez que muy rencoroso; voluntad dominadora; i:ran sinceridad;
temperamento nervioso-sangulneo; desconfianza

Meflstófeles. - Naturaleza bastante Interesada; gran actividad lfsica; bastnnle vanidad; sensibilidad muy despierta; espiritu
vivo; gran nervosidad; afición á discutir; bastante tenacidaa en la
resistencia: expansión con los extraftos; conciencia generosa y
bien equilibrada: inclinación á lo misterioso; puede usted cultivar
las ciencias ocultas, de tas cuales me dice poseer algunos conoc,.
miento~, porque tiene usted disposiciones muy marcadas para
ellas; fijese ea el signo tan raro que en JU graf,smo adorna ta d
minúscula, y tendrá usted el secreto del signo de la curiosidad de
lo oculto.
facasse -Amor al dinero; deseo de proteger; gran intuición;
generosidad bien entendida; equilibrio en las facultades; formulismo; voluntad pacienzuda con accesos de terquedad; expansión
prudente y sólo con los extraftos; poca vivacidad.
M. Htscbvan, Barcelona. - Sensibílldad desequilibrada; esplritu muy fino; l(ran inteligencia: vivacidad; voluntad que se gasta á troche y moche y que hace falta en los momentos decisivos
de la vida; temperamento débil; inmaterialidad; actividad fisica;
carácter Incomprensible (insais/ssable); ninguna expansión.

Oazeful.- Espirituacaparador; gran facilidad de asimilación;
Inteligencia mlly clara: es usted de estas naturalezas privilegiadas que poseen comprensión tan viva, que vislumbra todas tas
cuestiones; pero cuidado, porque et defecto general de estas naturalezas es :onlar demasiado con su maravillosa facilidad, lo
que puede dar por resultado un espiritu muy brillante, pero algo
suptrficial; carácter amable; salud bien equilibrada; mucha lógica; voluntad dominadora; actividad; buen gusto arlfstico; vanidad; naturaleza ávida de honores y alabanzas; creo que podrla
usted cultivar las letras con txilo.
Carmen la lista -Sensibilidad moderada; la cabeza domina
el corazón; deseo de perfeccionarse; ninguna expansión; voluntad
tenaz, á veces terca y tiránica; buenas d1sposic1oms para ta •conomfa; conciencia bien equilibrada; inclinación á ta tristeza: bastante afición á los quehaceres doméstico,¡ temperamento san•
guineo-nc1v10s0; deseo de agradar y de seducir.

CHAMPAGNE BINET
REIMS
SUPERIOR Á TODOS LOS DE IOUAL PRECIO

estoy de ali\ iar las pen~s
e n que mi corazón rebosa, depositando en un pecho amigo la narraci(m de ellas. Todos los periódico~ han traído y llevado mi nombre, y rcfendo y comentado, por supuesto, falseándolos, los hechos que componen el doloroso. drama en
que me he \ isto envuelto. lmpos1hle es, po~
consiguiente, que no haya llegado hasta ~1
la noticia de mis desventuras. Para que tu,
tan recto como clarividente.
seas mi juez ó para que, si
no quieres serlo, me compadezcas, ó en todo caso,
con el fin de desahogar, por
medio de algo así c~mo _una
confesión general, mt atnl:&gt;Ulada conciencia, te escnbc~
estos renglones, en los c uales he de ser tan sincere&gt;
como el creyente convencido lo es á los p ies de su
confesor.
En la casa que poseo lejos de mi patria, en esta riscosa soledad, en donde he
de permanecer el resto de
mis días, podré trazar puntopor punto, ser~na ~ impar~
cialmente, la h1stona de mt·
vida. Soy como un náufrago•
que, resucito á no embarcarse jamás, cuenta, desde su
roca solitaria, ,los incidentes.
de su desastrada navegación
al t ravés de los mares tempestuosos.

1

ECESITADO

** *
Hasta poco ha la vida era
para mí una llan_ura _monó~
tona: ni altos ni baJOS, ni
grandes alegrías ni gran~es..
disgustos. Las pasiones violentas me parec1an
cosa de teatro 6 de nm ela, ó cuando más, raras
excepciones, raptos de una especie de l~~ura
que solamente debía de atac~r á los e~pmtus
desequilibrados. Yo me cons1d~rab~ libre de
tal peligro. Vivia, ó vegetaba mas ? 'en, com?"
aparentemente vege tan todos los seres anodinos que com ponen e l rebaño humano.
:,\li jmentud fué como la de la mayor parle de

�los jóvenes burgueses: seguí á trancas y barrancas
una carrera universitaria, acabada más por la tolerancia dañina de los profesores que en virtud de
mis propios esfuerzos; adquirí, en vez de ideas,
unas cuantas frases que sonaban á ciencia, pero
que estaban huecas, y con las cuales, sin embargo,
logré conquistar una posición. A los veinticinco
.años, muertos mis padres, me encontré dueño de
un capital, cuya renta, unida á mi sueldo, me daba
ücupar en sociedad un puesto en\'idiable. ¿Quién
me tosía á mí con mis cuatro mil reales de ingreso
.al mes, mis veinticinco añus, mi figura no despreciable y mi salud á prueba de excesos '-iue, á decir verdad, rara vez cometía? Porque yo era como
suelen ser los jóvenes de la moderna clase media:
serio, ordenado y económico. Ya habrás reparado
en que el ideal de la juventud contemporánea es
el ser práctica, y yo realizaba ese ideal. :\Jis vicios,
que también los tenía, estahan sujetos, por decirlo
.así, á una rigurosa disciplina. Cuando podía satisfacerlos gratis no desaprovechaba la ocasión; cuan&lt;lo tenía que pagarlos, buscaba siempre lo barato.
Podría decir al céntimo lo que me han costado las
.1legrías de mi juventud. Todo, absolutamente todo, lo conservo apuntado, con la exactitud con que
.anota el comerciante las operaciones de su casa.

** *

Cierto que el medio no crea nuestro carácter
pero ¡cuánto no lo modifica) aun deforma! La ciudad donde nací, y en la cual he pasado mi juventud, es una de esas de Castilla en las que sólo vive
lo que está muerto: sus , iejos monumentos, reliquias melancólicas de una sociedad desaparecida.
,\ la sombra de sus vetustos paredones, duermen
más que viven, unos cuantos centenares de familias hurañas, apegadas á legendarias rutinas, aisladas unas de otras, conservadoras de los defectos y
vicios del pasado, sin ninguna de SLIS virtudes y
enemigas de todo progreso espiritual; allí el fanatismo sin fe, la codicia sin grandeza, el deseo sin
pasión, el odio sin valentía; la , ida ha quedado
estancada y se ha corrompido.
En tal mundo, la hipocresía se convierte en
una segunda naturaleza: la más leve falta, si se
hace pública, es motin1 de escándalo; las más naturales expansiones de la juventud, actos de cinismo; calificase de ridículo el entusiasmo; el amor
debe ser mesurado y andar oculto; la intimidad y
aun el simple trato entre personas de distinto sexo,
es cosa I irohibida. Bajo estas apariencias austeras el
diablo anda suelto, pero siempre imisible. Poco importa que no seas casto con tal de que seas cauto.

***
Un hombre serio, y yo lo era á los veinticinco
a1'íos, no est{t bien soltero; el matrimonio da respetabilidad y suele servir á una persona práctica
para doblar dr un solo golpe su caudal. En todos
los negocios se arriesga el dinero por la hipótesis,
más ó mcnos probable, de obtenc&gt;r una ganancia;
en el negocio del matrimonio, no; se juega sobre
!.eguro. Para la mayor parte de los jóvenes como
yo era entonces, la cruz del matrimonio es la cri,z
&lt;!el signo de la suma.
Eso fué mi boda: una operación aritmética.

11aría de los Angeles, Angelita, como su papá
la llamaba, es hija de un acaudalado señor, hombre respetable, mangoneador de la política provincial y diestro en manejar los asuntos públicos,
sin olvidar los prirados. Además de respetable es
práctico, cualidades que caminan casi siempre en
íntimo consorcio. No hay cuidado. de que se deje
llevar de ridículos romanticismos - son sus palabras-, y para él es romanticismo puro todo acto
que no nos acarrea alguna utilidad. Hizo contratas
con el Estado, administró fondos ajenos, prestó
dinero á réditos y se hizo rico; se casó, fué padre
de una hija y se quC'dó dudo.
Angeles es en lo fisico un tipo insignificante;
una rubia linfática, ojos apagadPS, carnes flácidas
y manos lindas. Tales manos son una agravante de
la pereza de ,\ngelita; su esmero en cuidarlas Ir
impide hasta pegar un botón; son un adorno d •
su persona, no instrumentos de trabaj ,.
Yo la conocía desde niño, cosa que nada tienr
de particular, porque á Angeles, desdr que saliú
del colegio, se la veía en todas partes: en el paseo,
en la iglesia, rn el teatro, en el balcón. Antrs de
nuestras relaciones tuvo los novios á docenas,
como que era uno de los mejores partidos de b
provincia. Pero los noviazgos duraban poco. En
cuanto el padre se enteraba de que el pretendiente era un pelagatos, le decía á su pimpollo: «Angelita, no sigas tonteando con ese muchacho... ,
no tiene sobre qué caerse muerto: esas relaciones
no son prácticas•; y Angeles, incapa,: de sentir el
amor y penetrada también inconscientemente del
positiYismo paterno, plantaba con la mayor frescura al novio inservible, que en seguida era sustituído por otro, el cual, á los pocos días, sufría
la misma suerte... Y así sucesivamente.

.,

El padre, que desde mis primeros escarceos
estaba como quien dice al cabo de la calle, )' que
tuvo buen cuidado de hacer inquisiciones análogas á las mías, sobre mi estado ji11ancie1·0, me recibió en palmitas. En un ,·erbo quedó concertado
el enlace. «Si mi hija lleva para cenar, pens~lx1,
éste lleva para comer.• Y yo me repetía: •S1 yo
llevo para comer, ella llcYa para cenar... • Xo po
día haber, por lo tanto, más perfecto acuerdo entre los contrayentrs. La boda quedó concertada
para unas cuantas semanas: después de nuestra
conferencia.

* *

El último de la serir fuí vo. Desde mucho
tiempo antec; había puesto los ,íjos en ella ... ; no
los ojos del amor, ni siquiera los del deseo, sino
los del interés. Procuré enterarme, tem!'roso de
1111 posible desengaño, de la cantidad á que ascendía la hijuela de mi futura, y me convencí de que
era abundante y saneada. Tal maña hube de darme en husmear los bienes de Angeles, que, sin
vanidad lo digo, antes de comenzar mis operaciones diplomáticas cerca de ella, habría podido hacer con toda exactitud y minuciosidad el inrentario de su caudal.
De este modo documentado, empecé mi campaña; adulé al padre, le pedí consejo - que no
necesitaba - para emprender no sé qué negocio;
cortejé á la hija, ensalcé la belleza de sus manos,
y cuando me penetré de que el padre me trataba
con visible deferencia y de que la chica no me miraba con sobrecejo, expuse á :-\ngelita mi atrevido
pensamiento.
La primera con,·ersación que sobre asunto tan
delicado tuve con ella, me comprobó lo que ya
sospechaba yo, esto es, que Angeles era «un pedazo de carne con ojos•. Tan flácida como su
cuerpo blanducho era su alma; ninguna pasión, ni
buena ni mala, podía agitarla. Era una masa mantecosa modelada por la rnlgaridad. «Yo. . . si es
verdad lo que usted dice ... Hable usted á mi
papá, y si él quiere... ¡Qué cosas tiene usted! ...
Todos los hombres dicen lo mismo... •

** *
\' llegó el día de la IJocla. \'estida ella ele ~!aneo, con el wlo y el ramo de azahar consabidos;
yo de negro, circunsprcto y gra,·e, como el _caso
requería; estirados y solemnes nuestros padrinos,
elegidos entre lo más granado de la ciudad, _Y
amigas y amigos hechlls un brazo de mar, nos_ d_1rigimos, todos en coche, á la iglesia, dando ennd1a
á la burguesía provinciana, que se asomaba á los
balcones á Yernos pasar y asombrando al pueblo
soberano, que se agolpaba á las puertas del trmplo.

** *
1

•

Pocas eran las ilusiones que me había forjado
yo acerca del carácter y atractivos personales de
mi esposa; tampoco, ya lo he dicho, pasó por mi
corazón, respecto de ella, nada que se pareciese

al amor verdadero. Esto es la verdad pura; pero
no lo es menos que jamás creí que pudiera existir
una mujer tan insensible y apática _como ella. ,Su
temperamento era como mech~ moJada, que n,111guna llama podía encender. S1 á veces en m1 el
deseo tomaba apariencias de amor, ~n~on~rábame
con una pasiúdad indiferente que 111 stqut~ra me
rechazaba. Cuando esperaba de ella un suspiro, me
contestaba con un bostezo; cuando daba yo á mis
palabras el calor de la pasión, solí~ ella interru~pirlas para hablarme de los d~sc~1dos ~e ~a ~oc1nera. En un principio aquella 111d1ferenc1a trntaba
mi amor propio. Después llegué_ á percatarme _de
que mi mujer era un sér refractario al amor. ¡Qmé_n
sabe si muchas castidades no son como la castidad ele mi esposa: la Yirtud de callar que tiene el
mudo!
*
* *
,\ todo llega uno á hacerse, y yo también hube,
al cabo de algún tiempo, de acostumbrarme á la
compañía de :\ngeles. ! lasta he de declarar 9-ue
me molestaba poco. No encontré en ella, es cierto esa comunidad de ideas y de gustos que, cuand~ se amasan co_n el amor, son la gloria en la tic-

�rra, y si aquél falta, lo suplen; pero en cambio, por
lo mismo que la penetración de mi mujer era escasa, me veía libre de suspicacias y sospechas, para
las cuales no faltaba algunas veces motivo.
Mi conducta era correcta, como correspondía
á mi cualidad de hombre serio, cualidad que iba
acentuándose conforme los años pasaban. Con
todo género de precauciones evitaba el escándalo; pero de cuando en cuando, como mejor podía,
buscaba compensaciones á las frialdades de mi esposa. ¡Ruines compensaciones que, si encendían
momentáneamente el deseo, causábanme después
tedio y hasta algo así como menosprecio de mí
mismo!
Y de este modo se pasaban los días y los años,
y pasaron diez, y durante ellos mi vida fué la imagen_.q_el limbo, sin pena ni gloria... un camino sin
cuestas ni hondonadas ... la llanura inacabable del
aburrimiento.
Conservaba, sin embargo, la vaga conciencia
de que existían en mí fuerzas para vivir otra vida,
fue_rzas que, como tantas otras, se perdían sin empleQ, anuladas por el medio en que la suerte me
había colocado.

II
Las vacaciones del verano de 190... (sabido es
que en el verano hay vacaciones para todos), no
sólo me dejaron libre de trabajos apremiantes, sino
que me emanciparon por algún tiempo de mimonótona vida conyugal. Mi mujer, para quien San
Sebastián era el mejor de los mundos posibles, se
extasiaba ante la Ídea de pasar en la capital donostiarra un par de meses. A mí la vida de San
Sebastián, en compañía de mi esposa, me aburría
soberanamente. El ir y venir á hora fija por el boulevard, el bañarme con ella todas las mañanas á la
vista del público, las veladas y cotillones del Casino, el contacto con gentes que yo no conocía y
que además me parecían cursis ... todo era causa
de que no me apeteciese el viaje veraniego á la
concurrida ciudad vasca. ·
Por fortuna, un acontecimiento inesperado vino
aquella vez á librarme de la obligada excursión de
todos los años. Hacía poco tiempo que h!1bíamos
heredado de un lejano pariente unas tierras de escaso valor en Andalucía, y yo, así se lo dije á mi
mujer, debía ir en persona á fin de sacar el mejor
partido posible de la ve1'1ta.
A Angeles le pareció de perlas mi idea. Ella
se marcharía con su padre á remojarse en las aguas
de la Concha, y yo, una vez despachado el asunto,
iría á reunirme con ellos.
Como se pensó se hizo, y el mismo día en que
mi mujer y mi suegro salían camino del Norte, yo
me alejaba en dirección al Sur.
En cuanto el tren que me conducía hubo salvado el puerto de Despeñaperros, me pareció pasar de un mundo á otro completamente distinto
de aquel de donde acababa de salir. Todo era diferente: la vegetación, los tipos, los vestidos, el
lenguaje, e l acento. A la aridez de las llanuras de
la Mancha y á la austeridad de los paisajes castellanos, sucedíanse las rientes perspectivas andaluzas: extensas vegas regadas por ríos de sosegado
curso, que ya se deslizaban por entre cenicientos
olivares, ya por extensas praderas en que retozapan potros de arrogante estampa ó pastaban toros

de feroz aspecto. De cuando en cuando un pueblecillo de blancas casas diseminadas en torno de
alegre torre, con sus huertos cercados por pitas y
chumberas, sus ramilletes de palmas y sus setos
de rosales.
, En una estación, de cuyo nombre no me acuerdo, dejé el tren para tomar la diligencia que había
de llevarme á Bellamar, el pueblecillo término de
m~ Yiaje. Amanecía. Entre las ramas de un árbol
enbrme plantado en medio de la plazuela en donde estaba el parador de la diligencia, piaba, saludando la venida de la aurora, un enjambre de pajarillos.
Como media hora duraron los preparativos de
la partida. Una desgreñada moza, descalza de pie
y pierna, ayudaba al zagal á poner maletas y baúles en la baca del coche, contestando muy -complacida á los chicoleas del mozo. El mayoral, en
tanto, iba sacando de la cuadra y enganchando al
enorme vehículo, una antigua diligencia con berlina, intetior y rotonda, hasta ocho caballos de largas crines, que al sacudir, como para desperezarse,
las cabezas, hacían sonar los innumec_ables cascabeles de sus colleras. Tres viajeros soñolientos esperaban el momento de marchar, sentados en et
b~nco &lt;le piedra que rodeaba el tronco del árbol.
Cuando estuvieron enganchados los caballos,
el mayoral, _un mocetón moreno, fornido y simpático, de ancho sombrero, pantalón ajustado y chaquetilla corta, gritó con acento andaluz muy cerrado:
- ¡Cabayeros, ar 'coclte!
Y mientras los viajeros soñolientos se acomo~
daban en el interior de la diligencia, yo trepé al
pescante, deseoso de disfrutar del fresco airecillo
de la mañana y de recrear mis ojos con la contemplación del paisaje. Montó el zagal en uno de
los caballos delanteros, chascó el mayoral la tralla,
oyóse el «adiós,, «adiós• de la moza, y el viejo
armatoste, arrastrado por los ocho caballos y dando saltos sobre el empedrado, recorrió una larga
calle y salió á la carretera, cuya cinta blanca, serpenteando entre campos y praderas, aparecía y
desaparecía á causa de los altibajos del camino,
hasta perderse en el horizonte.

alegres caseríos de blancas azoteas, rodea_dos de
palmeras y de plátanos. Numerosas acequ~~s que
se entrecruzaban hacían pensar en un prohJo bordado de piata s¿bre verde terciopelo. Veíanse á
uno y otro lado del camino extensos viñedos cuyos pámpanos y hojas, en vez de arrastrarse por
tierra merced á redes de alambre colocadas en
alto por medio de cañas, formaban extensos túneles de temblorosas bóvedas.Las chumberas extendían por todas partes sus pinchosas palas, como
grandes manos que _Pi?iesen Jimosma á los b?rdes
de la carretera, y limitaban las hereda~es o fo!maban macizas manchas en los oteros leJanos. En
los remansos del río, cuya línea tortuosa señalaban altos árboles, lavaban grupos de mozas que,

-..

'

~

~·• ....,
...

*

* *

Habíamos subido ya hasta la venta del Altorcao, que no era otra cosa que unos cuantos paredones cuarteados entre montones de escombros.
Un poco más allá había una cruz de piedra rodeada de cantos; cada canto representaba un Padre
nuestro rezado por el alma del que allí perdió la
vida...
.
Paró el coche en lo alto de la cuesta á fin de
dar algunos minutos de descanso al ganado. Los
mulos echaban un chorro de sudor por cada pelo.
- Mire usté - dijo el mayoral.
Allá lejos se extendía el mar, cuyas brumas
apenas dejaban entrever junto al horizonte lo_s cont ornos abruptos de un cabo. Del agua azul venía
hasta nosotros una brisa fresca y olorosa que templaba el calor del sol. La diligencia comenzó á
bajar rápidamente hacia la arenosa ribera. El paisaje, que por el lado de la cuesta que acabábamos.
de dejar atrás era árido y peñascoso, se había convertido d e repente en hermosísimo panorama. En
medio de valles frescos y apacibles, destacábanse

don Luciano Cárceles, que este era el nombre de
la persona que deseaba comprar mis recién heredadas tierras.
En el ancho portalón, delante del cual descansaba llena de polvo la desenganchada diligencia el fondista ó posadero, cómodamente repantigado respiraba satisfecho la fresca brisa del mar.
~ ¿Sabe usted- le pregunté - dónde vive et
señor Cárceles?
- Cárceles hay dos, sin contar con la de los
presos - contestó el posadero, no queriendo desaprovechar la ocasión de hacer un juego de palabras-. Usted ¿por quién pregunta, por don Juan
Cárceles, el maestro de escuela, ó por don Luciano Cárceles, el amo ó poco menos de este pueblo~

al sentir el cascabeleo de la diligencia, suspen&lt;lían
momentáneamente su labor para mirar el coche.
A medida que avanzábamos, el caserío era más
nutrido y la vegetación más espesa. Hasta nosotros llegaba ya el rumor del oleaje que se desh~cía en la arena dorada de la playa. Al doblar la diligencia un recodo del camino, apareció ante nuestros ojos, como á dos kilómetros de distancia, el
pueblo de Bellamar, parecido á un rebaño de blancas ovejas custodiadas por un viejo rabadán, que
tal parecía el torreón ruinoso de la antigua alcazaba, erguido sobre el cerro á cuya falda, mirando
al mar, se escalonaba el pueblo en forma de anfiteatro.

III
Mediaba el día, cuando después de asearme y
de variar de traje en la posada con honores de
fonda en que acababa de dar con mis huesos, molidos de la larga caminata, me dispuse á visitar á
~

'l •r#'/

,

- Por don Luciano pregunto - le respondí.
- Pues mire usted, echando por esta calle
abajo - el posadero se había levantado y accionaba delante de la puerta - y luego tomando á la izquierda hasta llegar á la plaza _de
la fuente y torciendo después .. : Pero 1~eJOr
será que le acompañe á usted Colás. ¡Colás,
niño! - gritó.
Por una de las puertas interiores del zaguá_n
salió el niiio, un mocetón de treinta años cumplidos, que olía á cuadra.
- Ve con el señor á enseñarle la casa de don
Luciano Cárceles.
- ¡l\lfuehas gracias! - dije yo, y eché á andar
detrás del ni,io.
El sol dejaba caer sus rayos de oro d~rretido
sobre los moriscos edificios del pueblo, enplbegados todos ellos· su blancura, herida por el sol, producía un resplandor que cegaba_ Hacía un calor
asfixiante; mas al pasar frente á las bocacalles que
daban al mar, sentíase suave carici¡i de fresc_ura.
Subimos y bajamos varias cuestas, unas polvone1:tas de carretera y ot:as empedradas con puntiagudos chinarros.Al cabo de unos cuantos m111utos.
de fatigosa marcha, llegamos á una plaza á la que
daban alguna sombra grandes y copudos castaños. En el centro de frondoso jardín, uno de cuyos frentes dominaba la marina, alzábase un hotel

�elegante y coquetón, por cuya verja de entrada
se veía una escalinata protegida por elegante marquesina y flanqueada de grandes macetas.
- Esa es - me dijo Colás - la casa de don
Luciano Cárceles.
La verja estaba abierta; entré, subí la escalinata, y empujando una puerta de cristales que ostentaban la cifra del dueño, me encontré en un
espacioso recibimiento, fresco y sumido en apacible media luz. En la puerta que daba frente á la
de entrada apareció una hermosa mujer vestida
de claro y con flores en la cabeza.
- ¿Don Luciano Cárceles? - pregunté yo.
- ¡Ah!, ¿pregunta usted por mi tío? - dijo la
joven con gracioso acento andaluz y con una voz
un tanto opaca, pero insinuante y sugestiva-.
Pase usted, pase usted. Voy á avisarle en seguida-. Y haciéndome e ntrar en un gabinete más
bien agradable que lujoso, con mecedoras de las
llamadas de Viena, cortinas de cretona clara y
persianas verdes en las d os grandes ventanas,
desapareció ligera y silenciosa.
- ¡Hermosa mujer! - pensé.
A los pocos momentos se presentó
por la misma puerta
por donde yo acababa
de entrar un señor
más que maduro, pero
fuerte y bien plantado, de fisonomía franca y movible, vestido
con un traje de dril
de blancura impecable.
- ¿A quién tengo
el gusto de hablar?
-Soy el dueño de
las fincas que usted,
según carta que recibí
hace algunos días,
quiere adquirir.
-¡Ah! ¡Usted
es! ... Siéntese usted,
siéntese usted ... Me
alegro tanto. De palabra se entiende la
gente mejor que por
carta...
·
- Eso he pensado
yo también.
- Las cosas claras - dijo sin hacer
caso de mi interrupción. - Ya se lo dije á
usted por escrito. A
mí me convienen esas
tierras. Otro empezaría á hacer ascos. Yo
no. A mí me gusta la
franqueza; e l pan,
pan ... Puesto que
usted está resuelto á
venderlas, he de decirle que nadie se las
pagará mejor que yo.
¿Sabe usted por qué?
Pues porque con ellas

redondeo mi finca del Almendral. Lo que yo ofrezco no será mucho, convengo en ello. La propiedad
aquí en Andalucía ha bajado tanto, y se comprende ...
- Si, es verdad - dije yo tratando de poner
un dique á aquel torrente de palabras-. Si á usted le parece, podemos tratar. ..
- Tiempo hay de sobra. Además, por mil pesetas más ó menos no hemos de reñir. De todas
maneras, si usted se empeña ... yo doy quince mil
pesetas ... lo dicho; tres mil duros, y apuesto á
que no hay en el pueblo quien le dé á usted dos
mil. Sesenta mil reales; ya se lo he dicho á usted
para redondear... Bueno. De modo, que si usted
acepta, mañana vamos á casa del notario ...
Hablé yo, volvió á hablar él, y después de una
hora larga de repetir los mismos argumentos y
frases, convinimos en que me darí1 18.000 pesetas.
- Y apara quiero presentarle á mi hija y á mi
sobrina. Mi sobrina es la joven que ha visto usted
á la entrada. ¿Guapa, eh' ... Pues ahí donde usted
la ve, está casada con un hombre que tiene mi

--

carnaba totalmente mi ideal. Su figura, su rostro,
sus ojos soñadores, las inflexiones de su voz, se
correspondían con la mujer creada por mis ilusiones y mis sueños. Sentía, sin embargo, con el gozo
de haberla hablado, no sé qué especie de disgusto
por haberla conocido. Su preseneia inquietante representaba para mí un deseo que me parecía imposible satisfacer. Bien ó mal_, yo iba caminando
por la vida sin pena ni gloria, como casi toq~s los
humanos. Estaba acostumbrado á la mediocridad
de mi existencia; ¿para qué venía aquel rayo de luz
á hacerme entrever un paraíso cerrado para mí?
Ni por un momento pude pensar que á aquella
mujer le pudiera inspirar yo más que indiferencia.
Casada ella, y por lo que había dicho don Luciano, enamorada de su marido; casado
también,
nuestro encuentro en la vida era la intersección
de dos líneas que se cruzan en un punto para no
volverse á encontrar jamás.
** *
No obstante estos razonamientos, esperé con
impaciencia la hora de ir á casa del señor de Cárceles. Me vestí con esmero, me acicalé con prolijo
cuidado y me eché á la calle.
Un cuarto de hora antes del medio día, apretaba con mano temblorosa el botón eléctrico de la
verja. Una doncella, muy repeinada y peripuesta
de blanco delantal, abrió la puerta, y en lo alto de
la escalinata apareció don Luciano, tan pulcro
como el día anterior.
- Pase usted, pase usted. Las muchachas están ocupadas en su tocado. Ya sabe usted, las mujeres se pasan las horas muertas delante del espejo... Es natura), están en la edad ...
Y cogiéndome del brazo, añadió:
- Venga usted, daremos una vuelta por el
jardín.
Bajo las extensas alamedas «no era enojoso el
estío.• El sol filtrábase con dificultad al través de
las tupidas copas de los árboles, formando de trecho en trecho, sobre la arena de los paseos, corno
una complicada blonda de prolijas y tenues labores.
Entre el verdor de los arriates y macizos se entreveían blancuras de mármol. Daban, como dijo
el poeta, olor sobeio las flores bien olientes, y se
oía el murmullo misterioso de un surtidor.
- ¡Esto es un paraíso! - dije, realmente asombrado.
Sonrióse don Luciano con satisfacción, y dijo:
- Todo es obra mía. Hace veinte años, cuando nació Lola, compré el solar, un huerto en que
no se criaban más que algunas docenas de hortalizas. A fuerza de cuidados he ido haciendo lo que
*
usted
ve: esos árboles los he plantado yo. He traí* *
No pude apartar del pensamiento la imagen de do flores de Valencia, de Murcia, de Galicia ...
Soledad. El i&lt;leal de belleza que nos formamos Desde que murió mi mujer este es mi mundo, aquí
de la mujer, esbózase confuso entre las nieblas de ·vivo hace veinte años, y aquí moriré.
En esto habíamos llegado á una plazoleta, en
nuestra imaginación. Pasa el tiempo, á veces toda
la vida, sin que la borrosa figura se concrete y de- cuyo centro se alzaba un gran cenador, fresco como
termine en una mujer real. Otras nos gustan, pero una gruta. En el centro estaba servida la mesa.
á todas les falta algo; ninguna es la imaginada, la Sobre blanquísimo mantel brillaba la vajilla de
sonada, la nuestra. Cuando ella surge ante nos- porcelana, la cristalería y la plata.
Una doncella, la misma que me abrió la puerotros, pare~e que despierta nuestro sér, y allá, en
)as profundidades del alma, brota un grito seme- ta, se acercó al señor Cárceles:
- Cuando el señor quiera.
¡ante al ¡eureka! del sabio siracusano.
- ¡Santa palabra! - exclamó don Luciano - .
Esto me acontedó á mí con Soledad: ella en-

misma edad. Con don Alberto Fuertes... Quizás
le haya usted oído nombrar. No es un viejo, pero
ya la vejez le anda pisando los talones. Y se quieren, ¡vaya si se quieren! Es un Otelo. Es natural,
cuando se tiene una mujer como Soledad, tan guapa y con tanto ángel. .. Viv~n en Almanzora, á
diez leguas de aquí. El e_st~ bien; y eso que es_aficionado á tirar de la oreJa a Jorge .. . ¿Qué quiere
usted? En algo se ha de pasar el tiempo. Ahora ha
tenido que hacer un viaje ... , cuestión de un mes;
y por no dejar sola á mi sobrina, nos la ~andó
aquí. Ella y mi l;lija hacen muy buenas nugas .. .
Pero estoy hablando, hablando. Lola, Soledad... .
Oyóse crujir de faldas y entraron en el gabinete las dos jóvenes. Lola, la hija del señor de
Cárceles, era delgada, insignificante. Hablaba muy
poco, como si el don de la palabra lo hubiese agotado don Luciano, no dejando nada para ella.
Soledad era morena, con esa palidez mate, propia de las mujeres levantinas y andaluzas; sedosas y larguísimas pestañas daban sombra á sus ojos
africanos. Tenía recta la nariz, finas las cejas, rojos y grosezuelos los labios y los dientes parejos y
bien formados, deslumbrantes de blancura. En su
cabello negro y ondeado ostentaban sus hojas sangrientas dos claveles. Era alta, ligeramente gruesa, de amplias caderas y de pecho abultado, que
temblaba al andar cadencioso de su dueño. No he
conocido otra que mereciera con más justicia que
ella el nombre de real moza. Su traje claro y vaporoso realzaba todos los encantos de su figura, y
el descote dejaba descubierta la garganta hasta el
límite que separa lo honesto de lo atrevido. Mientras el señor de Cárceles hacía las obligadas presentaciones, yo saciaba mis ojos en aquella hermosa imagen del deseo.
- Mañana - dijo el locuaz señor - nos pertenece usted. Al medio día, ¿eh? Comeremos á la
antigua española. A mí lo español me gusta más
que nada. Probará usted el vino de mi casa; le tengo de mi misma edad ... Datemos luego una vuelta
en coche: le enseñaré á usted el Almendral. Después tocará el piano Lola: es una profesora, aunque no está bien que yo lo diga, y oirá usted cantar á Soledad al estilo de la tierra . . . Tiene un estilo que... ¡Vamos, me río yo de las cantadoras
de profesión!
Corté como pude la palabra á aquel hablador
infatigable, y después de despedirme de las dos
jóvenes y de desasirme de la mano del señor de
Cárceles, que me fué hablando hasta la puerta de
la verja, me alejé á buen paso camino de la posada,
mientras el buen señor me gritaba:
- ¡Ya lo sabe usted! Mañana, al medio día.

yp

�¡Ea!, llama á las señoritas y di
que las esperamos.
No tuvo necesidad de dar el
recado la doncella. Por la escalera del hotel, que daba á la plazoleta, aparecieron Lola y Soledad, ambas con trajes claros y
mangas flotantes, escotados los
cuellos y en ellos cintas de terciopelo negro. Ambas también lucían rnjos claveles en el cabello.
- Hemos hecho esperar á ustedes - me dijo
Soledad, al mismo tiempo que me daba la mano.
- Tuya ha sido la culpa, papá - dijo Lola.
-¡Mía!
- Sí, de usted - replicó Soledad - . Lola ha
tenido que hacer el dulce de fresa que á usted le
gusta tanto ... - Y dirigiéndose á mí, añadió-:
Un bocado exquisito.
Ya estábamos sentados, y la doncella de antes
y otra también de buen palmito, limpias como las
venas del oro y vestidas con cierta coquetería, comenzaron á servir el almuerzo.
Por las muestras, el señor de Cárceles era un
gozernut refinado. Los platos eran castizos, platos
andaluces: aves, caza, pescados con salsas especiales... todo sazonado con exquisita delicadeza.
De los vinos nada hay que decir; allí el Montilla
oro, que en efecto oro líquido parecía; el Jerez,
rey de toda especie de mosto; el vinillo de Niebla,
la Manzanilla, el Málaga, daban á cada plato el
acompañamiento que la estética del paladar exige.
A decir verdad, yo, más que á la inagotable
elocuencia de don Luciano, atendía á Soledad, que
cada vez me parecía más hermosa y atractiva.
- Brindemos por el ausente - dijo el señor
de Cárceles levantando una copa. El ausente era,
sin duda, el marido de Soledad.
- Y á propósito - siguió don Luciano -;
puesto que somos amigos, porque yo le tengo á
usted ya por un buen amigo mío, ¿será inoportuno
preguntarle á usted por su familia? Au1_1 no nos ha
dicho usted si es soltero ó si está casado.
- Sí que lo estoy.
Y al decirlo miré á Soledad.,
- ¿Tendrá usted hijos? ...
- No; mi matrimonio, por esa parte, no ha

sido bendecido por Dios - contesté sonriendo.
- Estará usted ya deseando verá su esposa- •
dijo Soledad.
- Mejor que nadie puede usted juzgarlo, puesto que también se halla ausente de su marido.
- Es verdad - saltó don Luciano - . Los dos
están ustedes, como quien dice, viudos temporalmente. Los dos echarán de menos á sus
mitades. Por eso nosotros debemos esforzarnos, ¿verdad, Lola?, en hacerles llevaderas sus penas.
Soledad se sonreía; pero era evidente,
á lo menos así me lo figuraba yo, que aquella conversación le hacía poca gracia.
Ya habíamos acabado de tomar el café,
y Soledad propuso que oyésemos tocar á
Lola. A don Luciano le pareció de perlas
la idea. Nos trasladamos al salón, y allí,
mientras su hija hacía prodigios de ejecución y Soledad daba vuelta á los papeles,
el buen señor, tendido en una mecedora,
se quedó dormido al arrullo qe la música.
Yo, en tanto, contemplaba á mi sabor la figura
de Soledad, que se destacaba gentil en la grata
penumbra de la habitación.

***
El resto de aquel día fué también encantador.
A la caída de la tarde, las dos jóvenes, don Luciano y yo, dimos en coche un largo paseo por un
pintoresco ·camino que se extendía por la orilla
del mar en forma de cornisa. Lo apacible del ambiente, la solemne serenidad del paisaje, en que
se combinaban, por un lado la aspereza de las rocas con los tonos verdes de los parrales, y por el
otro lado el mar, en cuyas olas se apagaba lentamente el sol; los cantares lejanos y dolientes que
el viento nos traía de los hombres que trabajaban
en los huertos, todo derramaba en mis sentidos
indecible bienestar.
La intimidad de aquel día había hecho crecer
entre nosotros la confianza, como si nuestra amistad datase de meses y no de horas. Don Luciano
charlaba, como de costumbre, más que catorce;
Soledad me hacía notar las bellezas del paisaje;
hasta Lolá se aventuraba á decir alguna que otra
palabra. Yo me sentia más comunicativo, me encontraba á mí mismo. La alegría desbordaba de
todo mi sér, y nunca como entonces hablé con
tanta sinceridad. ¡Qué lejos me parecía mi casa sin
amor! ¡Qué tediosa mi existencia hasta entonces!
Sentía rota la integridad de mi existencia. Mi yo
de otro tiempo no existía, se había deshecho, para
dar lugar á otro yo. Mi alma, un alma nueva, nacía
entonces.
Al regresar de nuestro paseo y separarme de
mis recientes amigos, me dirigí á la posada. A la
puerta, con la capota llena de polvo, estaba la diligencia en que llegué días antes á Bellamar. Me
dió un vuelco el corazón, pensando que muy pronto me metería en aquel viejo armatoste y me alejaría, quizás para siempre, del hermoso rincón en
que acababa de gustar tanta felicidad.

IV
Hecha y firmada la escritura y recibido el precio de las tierras vendidas, nada justificaba mi per-

manencia en Bellamar. Había corrido ya una se- me decidí á emplear el mismo procedimiento que
mana que á mí me pareció un soplo, desde mi lle- el protagonista de Negro y Rojo pone en práctica
gada ~l pueblo. No hay que decir qu~ durante t~da para convencerse ó desengañarse de los sentiella, el señor de Cárceles me agobió á obseqmos mientos de la mujer amada.
y á agasajos, y que mi intimidad con ~l y coi: su
Por las noches, como he dicho, nos sentábasobrina é hija habían aumentado de d1a en dm y mos en la terraza del hotel frente al mar, ó lo conde hora en hora. i Qué excursiones por aquellos templábamos apoyados en la balaustrada. Don
hermosos campos! Durante ellas, don Lu'ciano me Luciano, dando descanso á su elocuencia, solía
hablaba de todo lo existente y de algo·más; yo le dormitar al arrullo del piano que Lola tocaba de
contestaba maquinalmente y seguía cov, Ja vista cuando en cuando en el contiguo salón: «Esta nolos graciosos movimientos de l¡is dos jóvenes, que che - me dije - en el mismo momento de asomar
correteaban por las prader&lt;l$, saltaban los arro- la luna, estrecharé la mano de Soledad; si ella me
yuelos y hacían ramos con las floreci_llas silvestres. rechaza, partiré mañana mismo de Bellamar.
Otros días paseábamos en bote, aspirando con de- (
*
licia la brisa y recreándonos desqe el mar con el
* * '
cuadro que ofrecía á nuestros ojos/el pueblo blanco
L- Ni la más tenue nube n\anchaba el satinado
y riente recostado con dejadez oriental á la som- azul del firmamento, salpicado aquí y allá de pábra de frondosos bosquecillos de plátanos, palme- ,1.idás estrellas temblorosas. Por el Oriente, sobre
ras y laureles,_
Í!as crestas de los montes lejanos, suave claridad,
Por .las noches, en la terraza del hotel, colum- ,cada vez más intensa, anunciaba la próxima salida
piándonos en -sendas mecedoras, frente á la mar de la luna; el murmullo quejumbroso del mar forazul que la. luna recamaba de plata, escuchábamos •,maba como el sordo acompañamiento de las notas
los sones del piano que Lola tocaba con rara maes- que lanzaba el piano. So\edad estaba junto á mí;
tría. Soledad cantaba también algunas veces á me- me envolvía el perfume que emanaba su cuerpo.
dia voz coplas andaluzas, á las que ella sabía dar Ambos guardábamos silencio; don Luciano dorincomparable encanto.
,, mía. Apareció en el cielo el borde plateado de la
El sentimiento que me inspiraba Soledad cre- luna en menguante, poco á poco fué asomándose
cía con la rapidez y violencia de un incendio. su faz dolorida por encima de los picachos de la
Nunca antes de entonces sentí yo aquel contcn- · sierra, y por último, se remontó en el azul del cielo
tamiento con que contemplaba á la sobrina del se- vertiendo torrentes de luz pálida en el mar é iluñor de Cárceles, aquel gozo con que escuchaba su minando con poética vaguedad jardines y caseríos.
voz acariciadora, aquella delicia con que aspiraba
En aquel momento cogí y estreché con pasión
el aroma con que ella embalsamaba el aire con sólo la primorosa mano de Soledad. Fijó la hermosa
pasar. Mi alma, ante Soledad, estaba en perpetua sus ojo, en mí con expresión, no sé si de tristeza
adoración. Hacía, sin embargo, inauditos esfuer- ó de asombro, y la delicada mano forcejeó algunos
zos para ocultar el estado de mi espíritu. ¡Oh!, instantes por desasirse. Al fin, como pajarillo pripero á ella no le pasaban inadvertidos ni mi amor sionero que después de inútiles tentativas renunni mis esfuerzos para ocultarlo.
cia á escapar de su prisión, se abandonó vencida
De mis labios no salia una palabra que indi- á mis caricias.
case ni sombra de enamoramiento;en nuestros diáEn aquel momento sentí como si se paralizase
logos la letra era vulgar, pero sin que yo me lo mi corazón, en tanto que se esparcía en oleadas
propusiese; antes bien, tratando de evitarlo, latía por todo mi cuerpo un deleite inefable, como jasiempre un sentido esotérico, que de seguro pene- más lo había sentido.
traba ella con toda claridad.
Pasó así no sé cuánto tiempo; Lola se apartó
¡Y era preciso partir, alejarme para siempre de del piano y se acercó á nosotros; el se!'lor de CárSoledad, sin decir le u na vez siquiera « te adoro•, celes se despabiló, y yo, soltando la mano de Sosin recoger de sus labios una frase que no fueran ledad, dije:
las vulgares de la conversación!
- Esta es la última noche que paso al lado de
El señor de Cárceles solía nombrar á menudo ustedes.
al ausente; aquellas remembranzas me ponían nerSoledad me miró en silencio largamente.
vioso: «Si estuviera aquí tu marido&gt;, decía en al- ¿Tan pronto nos deja usted? - exclamó
gunas ocasiones á Soledad, cuando paseábamos Lola.
por las pintorescas cercanías del pueblo; «estás
Y don Luciano, sinceramente contrariado, saltriste, no pienses tanto en él., A veces se enca- tó en seguida:
raba conmigo: «¡Qué lástima que no haya usted
- Eso no puede ser. Usted no se va hasta la
traído á su señora! ... ¡Hubiéramos tenido tanto semana que viene. Tenemos que hacer varias exgusto en conocerla!• A cada una de estas frases, cursiones. Es menester que visite usted también
se cruzaban instintivamente las miradas de Sole- la Alcazaba. ¡Estar en Bellamar y no ver lo que
dad y las mías.
hay en ella de notable! ... No, no lo consentireLa intención de hablarle una vez siquiera de mos. ¿Verdad que no lo consentiremos?
amor, me aguijoneaba con atormentadora impaHablé de ocupaciones apremiantes; dije que
ciencia. Escribirle pintándole el estado de mi co- mi detención en Be llamar iba siendo ya demasiado
razón, me parecía ridículo; esperar una ocasión larga; empleé, flojamente á la verdai, los pretexpara decirle algo de lo que llenaba mi alma, equi- tos de que se suele echar mano en casos semevalía á desistir de mi propósito, puesto que mi es- jantes, cuando se :aparenta resistir para ceder al
t~ncia en Bellamar no podía prolongarse por más cabo... El señor de Cárceles me interrumpió ditiempo. Dando vueltas á estos pensamientos, re- ciendo:
cordé cierto pasaje de una novela de Stendhal, y
-Nada, nada ... No se va usted mañana.

�sición se había gastado el hombre casi todo su
caudal: había allí clavos de las primitivas puertas
de la fortaleza, una herradura del caballo del rey
Zagal, un chapín descolorido y deshilac~ado de la
traidora amante de Aben Humeya, vas11as de extrañas formas fabricadas en el siglo xvn, cuando
prosperaba en Bell9-mar la industria cerámica; espadas, cascos, broqueles y cimitarras llenos de
herrumbre; tocas, marlotas, caparazones, frenos,
sillas de montar,
ladrillos, pedruscos, azulejos ...
qué sé yo.
Visitar la casa
de don Exuperio
era muy superior
á la paciencia del
que no la tuviese
benedictina-.
«No se puede usted figurar, me
decía el señor de
Cárceles, lo que
sabe es te hombre. De cada chirimbolo de los
que tiene en su
casa, cuenta una
historia que y o
no sé si será verdadera, pero que siempre es larga. Si usted quiere, le llevaré á que vea su museo.
- ¡No! - contesté aterrado.
Tal era el cicerone que nos acompañaba en
nuestra excursión al castillo.

** *

l

¡Pues no faltaba más! Comprendo que le aguijonee el recuerdo de reunirs.e con su esposa· pero
tres ó cuatro días pronto se pasan. Vamos,' Soledad, ruégaselo ttí.
Soledad, con tono entre suplicante y despechado, contestó sin mirarme:
- Si de algo sirviera nuestro ruego. . .
Lola añadió:
- Tiene razón papá; por tres ó cuatro días ...
- Usted, Soledad, ¿qué haría en mi caso?
- Yo ... quedarme.
- ¡Bravo! - gritó palmoteando don Luciano.
- Hasta el lunes - estábamos en jueves - es usted nuestro. Subiremos al castillo; esa fortaleza
moruna en ruinas que habrá usted visto en lo allo
de un cerro. Es un punto de vista excelente· se
d?mina d~sde al_lí un panorama _precioso. Según
dice don Exupeno, hay en el castillo cosas de mucho mérito? recuerdos históricos ... c¡ué sé yo ...
Y á propósito, llevaremos. á don Exuperio·, el buen
senor se perece por explicar... Es un sabio un
pozo de ciencia ... ¡Qué memoria la suya!
'
No me halagaba mucho, la verdad, la idea de
ir saltando escombros y trepando por torreo:1es
cuarteados. l\Iejor hubiera querido consagrar las
tardes que iba á permanecer aún en el pueblo á
rcc~rrer con Soledad, Lola y su padre, los valles
cubiertos de flores ó los tortuosos senderos de la
costa, q~c escuc_har disertaciones arqueológicas
entre rumas cubiertas de ortigas y jarnmagos.
Pero, ¿qué hacer? Subiría al castillo.

-

- ¡Poco que me gustan á mí - dije - esas excursiones! ¿Irán ustedes también?
- Iremos todos. Ni mi hija ni mi sobrina han
visitado las ruinas.
Me despedí: al estrechar la mano de Soledad
advertí que temblaba.
'
V

A las cinco de una hermosa tarde subíamos por
la tortuosa senda que conduce al castillo don Luciano dando el brazo á Soledad y yo qu~ daba el
mío á L ola. Detrás de nosotros caminaba don Exuperio. Era el tal como de cincuenta años bien corridos, largo y estrecho, amojamado y huesudo. Su
cata~ura rccorda~a 1~ de Don Quijote: usaba gafas
que el llamaba «v1dnos correctores,, y vestía con
el desaseo propio de los sabios. Llevaba un &lt;Tran
'.
t,
som brero d e paJa
y se apoyab:t en un grueso
bastón.
Nadie como don Exuperio conocía las antigüedades de Bellamar. El se sabía de memoria el texto
de c'.1antos do~um~ntos históricos se guardan en los
archivos cons1stonal y parroquial; tenía al dedillo
los linajes de todas las casas señoriales de la comarca, y se había echado y se echab:t al coleto
cuantos libros, directa ó indirectamente, tratab:tn
de algún _suceso ó persona de Bellamar, ó por lo
menos, citaban el nombre del pueblo. A los bibliotecarios y archireros de Almanzora, la capital de
lJ provincia, los traía locos. Su casa era un revuelto museo de cosas Yiejas, en cuya busca y adqui-

Hablando don Exuperio y oyéndole nosotros,
llegamos al torreón de Carlos V. Era un gigante
por fuera, todavía vigoroso, que alzaba su frente
coronada de almenas como si intentase defender
aún los montones de ruina que yacían á sus pies.
Salvando trabajosamente los escombros que le rodeaban, penetramos en la enorme torre. Parecía
aquello un hondísimo pozo que se perdía por la
parte de abajo en pavorosas profundidades y que
dejaba ver en lo alto un pedazo de cielo azul. Una
estrechísima escalera que junto al muro subía, desde las negruras de abajo, permitía ascender á la
plataforma que rodeaba, á guisa de corona, la parte superior del torreón.
Antes de que nadie pudiese impedirlo, Soledad comenzó á trepar por la escalera.
- ¡Soledad! - voceó espantado don Luciano.
- Vas á matarte - gritó Lola.
- Baje usted, baje usted - añadió don Exuperio.
- ¡No hay cuidado! - contestó Soledad, que
había salvado ya la mitad de los peldaños.
Yo la seguí.
- No miren ustedes hacia bajo - dijo don
Exuperio - . ¡Hacia arriba . . siempre hacia el
cielo! ...
Los escalones estaban carcomidos; un mal paso
podía hacernos caer allá, sabe Dios dónde, en las
hondisimas cavernas de la Alcazaba, que nadie conocía, ni el mismo don Exu perio.
Llegamos por fin á la plataforma.
Nuestros amigos, viéndonos en salvo, se apar-

tarun del torreón algo más· tranquilos. Era la primera yez que me encontraba á solas con Soledad.
Ansiaba decirle t-Odo lo que desde que la ví llenaba mi pensamiento; quise hablar y mis labios no
acertaron á decir una palabra.
Durante algunos momentos contemplarnos en
silencio la tersa superficie del mar. Del puertecillo salía en aquel momento lentamente un vapor, cuya sirena parecía despedirse con un adiós
ronco y dolorido.
Soledad rompió el silencio.
- ¡Qué triste
es ver un barco
que se aleja!
-¡Muy triste!
¿Pero no le parece á usted que es
tan triste para el
marinero abandonar el puerto en
c,ue ha encontrado hospitalidad ...
cariño?
-¡Ay del que
se queda!
-¡Ay del que
se va!
- El que se
va - siguió Soledad dejando vagar por el mar su
mirada soñadora - fácilmente olvida. Otros lugares, otros semblantes, la diversidad de vida y costumbres borran poco á poco los recuerdos del pasado. Pero, ¿cómo habrá de olvidar el que tiene
siempre delante de los ojos objetos y lugares que
le hablan del ausente? Aquí le vi por primera vez,
por aquel paseo fuimos juntos...-Soledad calló de
repente, como arrepentida de lo que acababa de
decir.
- ¿Le hablará á usted de mí todo esto que
pronto he de dejar?
Soledad, apoyada en una de las almenas, parecía -absorta en la contemplación del hermoso panorama que se extendía frente á nosotros; la brisa
del mar agitaba suavemente el velo que adornaba
su sombrero de paja.
- Oigame usted, Soledad. Son estos momentos supremos de mi vida. Hasta que la he visto á
usted no vivía, porque ignoraba lo que era querer.
Usted ha sido una revelación para mí, sí, una revelación de belleza, de ternura, de amor. Si pudiera mostrarle mi alma se vería usted en ella.
- ¡Por qué no nos habremos conocido antes!
- dijo como hablando consigo misma.
- ¡Oh, sí! - dije aproximándome á ella y apoderándome de una de sus manos, mientras el velo
de su sombrero, impulsado por la brisa, acariciaba
mi rostro-. ¿Por qué no nos habremos conocido
antes? - Después de una pausa, añadí: - Pero al
fin Dios nos ha reunido.
- ¿Está usted seguro de que ha sido Dios?
- ¿Quién sabe? El acaso se ha dicho que es
obra de los cielos. Me parece que antes de ahora
la conocfa á usted; mi alma, sin darse cuenta de
ello, la buscaba; se ~ncontraba sola porque estaba separada de usted ... Mis días eran corno noche obscura; faltaba en ellos el amor, que es la
luz ...

'

.

�Los ojos de Soledad, llenos de lágrimas, se fijaron en los míos.
-- Esas lágrimas-seguí yo - me responden.
&lt;Verdad que no me engaño? ¿Verdad que es nuestro amor más fuerte ·que nuestra voluntad, más
poderoso que nuestro deber?
- Sí; aunque usted me juzgue mal, he de decirlo: yo tampoco sabía antes de ahora qué cosa
era querer. .. Ansiaba hacer esta confesión. Por
eso he subido hasta aquí; sabía que me seguiría
usted. ¡Oh, Dios mío! ... ¡Y pensar que dentro de
unas cuantas horas se alejará usted de aquí. .. quizás para siempre!
'
- Volveré; juro á usted que volveré':
Desde abajo, Lola, don Luciano y don Exuperio nos hacían señas para que bajásemos. Fué preciso obedecerlos; yo delante y ella apoyándose en
mí, descendimos lentamente. El interior de la torre casi estaba en tinieblas. Al llegar al pie de la
escalera enlacé el brazo al talle de Soledad, la
atraje hacia mí y cambiamos un beso largo y apasionado, cuyo recuerdo aun parece que me quema
los labios.
***

- Vamos á echarle mucho de menos - interrumpió Lola.
- Si usted desea - expuso gravemente don
Exuperio - µormenores de la historia de este pueblo, de su origen, de sus primitivos habitantes, de
su fauna, de su flora, de sus costumbres antiguas ó
modernas, de sus hijos ilustres, en una palabra, de
cuanto aquí existe ó ha existido, no tenga usted
inconveniente en dirigirse á mí. Lo poco que yo
sé, cuanto soy y valgo, están incondicionalmente
á su disposición.
Algunos viajeros habían ocupado ya sus asientos en la diligencia¡ .las seis mulas sacudían impacieH tes sus colleras-.
- ¡Al coche! - gritó el mayoral arrellenándose en el pesc·ante y empuñando las riendas.
Di un abrazo á don Luciano, sendos apretones
de manos á don Exuperio y Lola, y estreché y retuve durante algunos segundos entre las mías las
temblorosas manos de Soledad, dejando en ellas
una carta en que le vaciaba mi corazón.
Subí al coche, agarróse el zagal al fr.eno de la
mula delantera, y el pesado vehículo empezó á
rodar por el enguijarrado suelo de la plaza con
gran estrépito de herrajes y campanillas.
Mis amigos se dirigieron á la bocacalle que enfi Iaba la carretera, y desde allí me saludaron agitando sus pañuelos. Poco después la diligencia
torció el primer recodo del camino, y dejé de ver
los blancos pañuelos que me decían «adiós».
Recostado en un rincón del coche, con los ojos
cerrados, me puse á rehacer, con no sé qué especie de pena deleitosa, el hermoso pedazo de vida
que detrás de mí acababa de desvanecerse.

- ¡Qué locura! - dijo don Luciano cuando
nos vió salir del torreón-. Hemos estado con el
alma en un hilo.
- Se descubre desde allá arriba - dije, dominando á duras penas el temblor de mi voz - una
vista tan hermosa ...
- Estás pálida - exclamó Lola acercándose
á Soledad y cogiéndola las manos.
-Es natural-apuntó don Exuperio-. El menor descuido hubiera podido causarles la muerte.
- ¿Qué, te sientes mala? - preguntó cariñosamente don Luciano.
VI
- No; no es nada. Un ligero desvanecimiento,
un mareo... Ya pasó.
Una vez en mi casa escribí á Angeles, excusán- Así se manifiesta - aseguró sentenciosa- dome con no sé qué pretexto de ir á San Sebasmeute don Exuperio - el vértigo de las alturas. tián, donde ella lo pasaba tan guapamente en com- Ea, ea, á casa - dijo el señor de Cárceles-. pañía de su padre, tomando nota en los paseos y
Dame el brazo, Soledad, aunque mejor será que por la noche en el Casino, de los trajes y moños
se lo des á Mendoza. El tiene mejores piernas que
que allí lucían las madrileñas, para copiarlos desyo. V en tú, Lola.
pués y asombrará las señoras y señoritas de X. ..
Y precedidos de don Exuperio, que á cada ¿Qué otra cosa podía ella desear? Además, las expaso se volvía para ilustrarnos con sus eruditas cursiones y viajes á Biarritz, San Juan de Luz y
explicaciones, iban don Luciano y su hija. Soledad Bayona la encantaban, principalmente á causa del
y yo cerrábamos la marcha.
placer de pasar de matute por la frontera galas y
La suave presión de su mano y el roce en mi perifollos comprados en Francia. Al padre de Anbrazo de su seno de diosa, me producían no sé qué geles le gustaban también tales expediciones. El
especie de embriaguez.
hombre, aunque nunca había llegado más allá de
Nos detuvimos un momento antes de salir del
decía luego dándose tono: «¡Oh, los viajes
castillo y contemplamos el mar, sobre cuyo azul Bayona,
por el extranjero ilustran mucho!•
se proyectaba la vaga claridad del crepúsculo.
Cuando al cabo de un mes Angela regresó de
Lejos se destacaba todavía, en el confín del hori- San Sebastián, reanudamos nuestra vida de antes.
zonte, el humo del vapor que poco antes habíamos Mi suegro no me molestaba gran cosa; enfrascado
visto salir del puerto.
en sus negocios no se fijaba en lo demás. Para él
su hija - y no se equivocaba - era feliz. No le
*
* *
faltaba nada: tenía buena casa y buena mesa, vesY llegó el día de mi marcha. El coche salía á tía con lujo, y su marido ganaba lo bastante y algo
las cinco de la tarde. Lola, don Luciano y don más para vivir con holgura. ¿Qué otra cosa podía
Exuperio me rodeaban en la puerta del parador, desear?
haciéndome mil protestas de amistad. Soledad
guardaba silencio.
***
·- Aquí - decía el señor de Cárceles - deja
Encerrad:&gt; en mí mismo, yo solamente pensaba
usted unos amigos que le quieren de1 v eras. Siem- en Soledad; saboreaba una por una todas las palapre recordaremos con placer estos días.
bras que había oído de sus labios; recordaba hasta

los pormenores más insignificantes de los días felices pasados en Bellamar; me representaba á todas horas la imacren de la mujer querida; la besaba con el pensa':niento, y cuanto de bello veían
mis ojos con ella lo relacionaba. Si se cruzaba conmigo en la calle una mujer hermosa, «no es tan
hermosa como Soledad•, pensaba yo. Nunca como
entonces me parecieron bellas las flores, ~o por
las flores mismas, sino porque podían servir p~ra
adornarla y realzarla. Las alhajas de las joyenas
me hacían imaginar cómo brillarían en los hombros de ella. ¿Qué más? ::\1e pasaba á veces delante de los escaparates de las zapaterías mirando el
calzado que, por su elegante forma, evocaba en
mi memoria el recuerdo de los lindos pies de Soledad, ceñidos por ajustadas botas de piel amarilla ...
Placíame por extremo pasear por sende~os solitarios, entre árboles espesos, le¡os del rmdo de
la ciudad. Allí podía pensar libremente en ella y
leer y releer sus cartas, á las que no podía contestar por temor á que dieran en otras manos que
las suyas. Sus cartas largas, trazadas con lápiz y á
menudo en párrafos truncados, revelaban bien á
las claras la intranquilidad con que habían sido
escritas. Casi todas lo estaban con fechas atrasadas y en papeles arrugados. «No sabes las veces
que he tenido que esconderla en el pecho.» En
ellas me contaba punto por punto su vida, sus
tristezas, sus ensueños; me entregaba, me abandonaba su alma toda entera. «Quizás me preguntes
por qué aborreciéndole, me he casado con un hombre que podía ser mi padre. Piensa en la clase de
educación que se nos da á las m 1jeres, en el desconocimiento en que estamos de la vida conyugal
cuando vamos al matrimonio. Antes de mi boda,
él me parecía un hombre respetable, bien educado
y cariñoso. Mi padre, que presentía ya su próximo
fin y que á todo trance quería dejarme colocada,
le trataba con gran consideración. A mí, yo no
quiero tener secretos contigo, me halagaba que un
hombre de buena posición, casi viejo, se mostrase

tan rendido y obsequioso. ¡Oh, cuánto nos engaña y hace engañar la vanidad! Ni había pensado
yo, ni podía pensar entonc~s, en_ los debe,res y sacrificios que supone el matnmomo. Ademas, yo no
sabía qué cosa fuese el amor. El amor, que dormía
en el fondo de mi 'alma, no despertó hasta que tú
lo llamaste ... Ir por los paseos muy elegante, cocrida del brazo de mi marido, dando envidia á las
~uchachas de mi edad, era todo lo que el matrimonio significaba para mí. •
.
.
Y continuaba desplegando ante mis o¡os el
cuadro doloroso de su existencia. •Al día siguiente de mi boda, ¡qué desengaño! El hombre aquel,
tan comedido y obsequioso en visita, era en la intimidad brutal, exigente y bajo, que bajeza grande
es obtener por fuerza lo que sólo debe otorgarse
por espontáneo cons~n timien to. Con forme ~asab_an
días mejor iba conociendo su carácter y mas odioso lo encontraba. Duro, celoso, irritable, comprende que me es repulsivo, que ha encontrad? en mi,
hasta ahora, la sumisión, la fidelidad maten al, pero
nada parecido al amor. Por esto se han recrudecido en él antiguos vicios; pasa las noches en el
Casino jugando y vuelve á casa á la _mad:ug~da, y
no siempre sereno. Esto aumenta mt ant1pat1a hacia él. .. Así he vivido durante cinco años, hasta
que ha entrado en mi alma, con tu cariño, un rayo
de felicidad. Cuando pienso que á cien leguas de
mí hay otro corazón que late al compás del mío;
cuando mis pensamientos te acarician como manos cariñosas, me parecen insignificantes todas
mis penas. ¿Qué valen ellas comparadas con este
placer, nunca sentido por mí, de querer y ser querida?,
* **

Pocos días después de salir yo de Bellamar, Soledad había ido á reunirse con su marido. Por sus
cartas conocía, como si hubiera vivido en ella, la
casa que en Almanzora, la capital de la provincia,
habitaba el matrimonio. Veía con la imaginación el
jardín y su cenador en medio cubierto de plantas

�~repadoras; los setos de jazmines y los rosales cuaJados de rosas; la azotea, desde la cual se dominab:i
el mar; la fachada con sus rejas enguirnaldadas de
claveles. También estaba enterado de los sitios
que frecuentaba Soledad, de sus vestidos de las
galas con que se ataviaba. Entre los plieg~ecillos
de ~us cartas me mandaba hojas de las flores que
hab1an adornado sus cabellos. Como todos los pri~e:os amores, el nuestro se complacía con esas
d1vmas nonadas, que constituyen lo más dulce de
la vida.
«Escríbeme, me decía en otra carta· mi marido va á estar ocho días fuera de Alman~ora: dirígele á él el sobre.• ¡Con cuánto placer cogí la plun:ial ¡Tení~ tantas cosas que decirle!. .. Jamás he
sido tan smcero como lo fuí entonces· los sentimientos en que rebosaba mi corazón ~e vertían
apasionados, sobre el papel. Le hablé de mi vid~
prosaica y vulgar hasta que la conocí á
ella, le confié hasta mis pensamientos
más íntimos, le hice ver toda la grandeza de mi amor, le mostré, en fin, lo
más hondo de mi alma ... Cerré la carta
y, por extremo de precaución, hice que
el sobre, dirigido al marido de Soledad,
conforme ella me indicaba, fuera de
otra letra que la mía.

estaba lejos, me acerqué á una
de las rejas. El corazón me latía
con tanta violencia, que sentía en
la garganta sus latidos. Golpeé
suavemente el cristal; una mano,
que yo bien conocía, levantó el
visillo, y vi á Soledad en pie, iluminada por el resplandor de la
lámpara.
- Soy yo - dije.
Por adivinación, sin duda,
hubo de conocerme, porque oir-

** *
Y pasaron algunos meses, y el viento de la ausencia avivaba de día en día
el _fuego de mi amor. La primavera, esa
pnmave~a. enfermiza de Castilla, que
parece tmtar bajo la amenaza constante de las escarchas y de los hielos, me
hacía soñar con la primavera exuberante y lujuriosa de Andalucía. Grande
era mi impaciencia por correr al lado de
Soledad; pero aunque mi mujer como
he dicho, se ocupaba poco ó n~da de
~i persona, tenía y~ que tomar precauciones, á fin de evitar un escándalo promovido
no por su amor hacia mí, sino por su amor propio'.

VII
Busqué un pretexto y e~prendí mi viaje; llegué al anochecer á la estación de Almanzora. Di
en la fonda un nombre supuesto y, ya bien entrada la noche, salí á la calle.
Por las cartas de Soledad sabía las señas de su
casa, y orientado además por el plano de la ciudad, que d~ ant~mano había estudiado, pude, sin
pr~guntar a nadie, dar con lo que buscaba. El piso
baJo de la casa tenia dos rejas adornadas al uso
de Andalucía, con macetas de ~laveles. Al través
de las entreabiertas maderas brillaba luz. Por la
c~lle apenas pasaba gente. Medio oculto en el quicw de una puerta, sin quitar los ojos del resplandor que se escapaba por las ventanas, esperé duran~e una hora. A cada persona que pasaba junto
á rru, de las contadas que transitaban me estremecía de terror, como si pudiera conoc~rme ó adivinar por qué estaba yo allí. Con este temor se
mezclaba mi impaciencia por ver á Soledad. Al
ca~o salió un hombre de la casa y se •alejó calfe
arnba. Le seguí con la vista, y cuando calculé que

vivir. Cuando recuerdo aquellos momentos de felicidad suprema, aunque después me han atormentado pesares horribles, no puedo maldecir
sinceramente el haber nacido. Amar y ser amado
es pasar, aunque sea rápidamente, por el cielo.
¡Oh jardín de delicias por cuyas espesas enramadas penetraban envidiosos los rayos de la luna
y cuyo ambiente embalsamaba el aroma de las
Aores! ... T odavía me parece oir el suave susurro
de las hojas estremecidas por el aliento de la noche, y ver los dibujos primorosos que formaba en
la arena la sombra del ramaje de los árboles. Allí,
dulces confidencias, placeres nunca sentidos ni
siquiera imaginados. ¿Qué cosa puede haber más
bella? Las estrellas en el cielo, la primavera á nuestro derredor y el amor en el fondo de nuestras
almas.
Descuidados, saboreábamos nuestra ventura.
El marido de Soledad, atraído por el juego, iba al
Casino á las primeras horas de la noche y no volvía
de allí hasta la madrugada. Para mayor seguridad
nuestra, Soledad había hallado modo para que las
criadas pasaran la noche fuera de casa.
A la una dejaba yo el h1.1erto; el resto del tiempo estaba en mi cuarto del hotel esperando que
llegase la noche. A veces, por no despertar la suspicacia de los huéspedes, salía de la fonda y me
dirigía á la orilla del mar, cuya azulada llanura se
armonizaba, no sé por qué, con el estado de mi
espíritu.
*

* *

me er~ difícil, y verme, imposible, á causa de la
obscundad de la calle. Abrió, temblando, la vidriera, y con un acento en que se juntaban la pasión
la alegría y la sorpresa, exclamó:
'
- ¡Eres tú!
- Sí, yo soy, que no podía vivir lejos de ti;
yo, que te adoro.
- ¡Y dicen que la alegría mata!
El contento brillaba en sus ojos al través de las
l~grin~as. Nos contemplamos algunos instantes en
silencio! c_on t:is manos enlazadas, y luego dijo:
- El iard111 de la casa da á una callejuela paralela á esta calle. Ve allá; aquí pueden vernos.
Obedecí; forman la callejuela altas tapias de
huertos, á las cuales se asoman las copas de los árboles. Rechinó la puerta de uno de aquéllos cntreabrióse, y un momento después Soledad se
ab:111donaba en mis brazos, mientras nuestros labios se juntaban en larguísimo beso.
** *
Por tediosa que haya sido nuestra existencia
y por amargas las hieles que en ocasiones hayamos apurado, hay horas é instantes en ella de tan
~xquisi~a dulzura, de tan glorioso placer, que nos
rndemmzan de todos los dolores padecidos y nos
hacen comprender lo que vale el don divino de

volveríamos ,í reunirnos para no separarnos nunca. Nuestro apartamiento no sería más que un
breve paréntesis en nuestros amores. Sin embargo,
no acertábamos á separarnos. Junto á la puertecilla
del jardín, que aquella noche estaba iluminado por
la luna en toda su plenitud, estuvimos abrazados
durante algunos minutos.
- ¿Volverás pronto?- me dijo apoyando su
cabeza en mi pecho y fijando en mis ojos los suyos
llenos de lágrimas.
- l\fuy pronto-le contesté-. ¿No sabes que
no puedo vivir sin ti?
Haciendo un supremO" esfuerzo, me desasí de
ella y salí corriendo.

** *

Llegué á mi hotel, me acosté y traté de dormir. Inútil propósito. La imagen de Soledad y el
recuerdo de sus ardientes caricias ahuyentaban
mi sueño. El tren partía de Almanzora á las cinco
de la mañana y á las cuatro ya estaba yo en pie.
Cuando llegué á la estación, la luna iba á ocultarse. Lejos, la ciudad dormía arrullada por el
murmullo monótono del mar.
Entré en un departamento de primera y me
instalé cómodamente en un rincón. Sólo había un
viajero que parecía dormitar en el lado opuesto al
que yo ocupaba. Momentos antes de ponerse el
tren en marcha subió al vagón un tercer viajero,
que al reconocer al otro empezó á hablar amistosamente con él.
Silbó la locomotora, y el convoy, con gran estrépito, salió lenta,mente de la estación de Almanzora; apresuró después su marcha y emprendió
1uego desenfrenada carrera en medio de la obscuridad.

Pasó una semana con la desesperante rapidez
con que vuelan las horas felices. Forzoso era separarnos, más que por otra cosa, por evitar que
se descubriesen nuestros amores. La proximidad
*
de esta separación no nos entristecía; teníamos
* *
trazados ya nuestros planes para lo porvenir. PenDe pronto, y cuando yo, distraído, contemplasaba realizar todos mis bienes; mi mujer se quedaría con su dote, que estaba intacto, porque yo ba, apoyada la frente en el cristal de la ventahabía tenido cuidado de no gastar de ella un solo nilla, el blanquecino resplandor que anunciaba la
céntimo. Mis rentas habían bastado y aun sobra- proximidad de la aurora, oí pronunciar á uno de
do para sostener los gastos de la vida conyu- mis compañeros de viaje el nombre de Soledad y
gal. Además, el padre de Angeles nadaba en la el de Alberto Fuertes. ¿Por qué se mezclaban en
opulencia; separándome yo de su hija no causaba su conversación aquellos nombres? Agucé el oído,
á ésta ningún quebranto; antes bien, dado su capero el estrépito del tren sólo me dejó percibir alrácter y su temperamento, lo pasaría mucho me- gunas palabras sueltas: «Jardín, infamia, sorprejor no teniéndome á mí á su lado. ¿Por qué, pues, sa ... &gt; Vago temor asaltó mi pensamiento. ¿Se nos
había de sacrificar mi felicidad por una mujer á habría espiado? ¿Se habrían hecho públicos mis
quien no quería y de quien tampoco era .querido? amores con Soledad?
lloras me parecieron los treinta minutos que
Por su parte, Soledad aborrecía á su esposo,
cada dia más soez y brutal. Me amaba y la amaba tardamos en llegar á la primera estación. Al decon pasión avasalladora. «En amor-ha dicho uno tenerse el tren, sustituyó al estruendo anterior un
de nuestros clásicos - no hay caso injusto. &gt; Hui- gran silencio, sólo interrumpido por el hervor de
ríamos juntos, romperíamos nuestras cadenas y se- la caldera de la máquina y por las voces de los
ríamos felices en América, sin tener allí que ocul- mozos, que parecían venir de otro mundo. El diátarnos, ostentando nuestro cariño á la luz de sol. logo de los dos viajeros llegó entonces distintaFácil había de sernos, aprovechando la pri- mente á mis oídos, y sus palabras fueron otros
mera ausencia de Fuertes, tomar pasaje en alguno · tantos puñal&lt;ls que se clavaron en mi corazón.
de los barcos que hacen escala en el puerto de
- Siempre tuve yo - dijo el viajero que había
Almanzora. Ya arreglaríamos las cosas de modo entrado el último en el coche - á ese Fuertes por
que ni rastro dejase nuestra fuga. Vida nueva_en malísima persona. ¿Qué dirá usted que ha declaun país nuevo también. Y t razanJo proyectos en- rado?
cantadores, pensando ea nuestro hogar futuro y
- ¿Pero ha prestado ya declaración? - presaboreando nuestro amor y nuestra esperanza, guntó el otro.
llegó la noche de mi marcha.
- Eso me acaban de decir en el Casino. Como
~uestra despedida fué larga; el dolor de la au- tenía que madrugar para tomar el tren, he pasado
sencia templábalo la seguridad de que muy pronto allí la noche. A eso de la una y media fueron á

�..

buscar al juez, que estaba jugando al tresillo. Fuertes acababa de asesinar á su mujer.
- ¡Eh! ¡Cómo! - grité yo saltando más que
levantándome del asiento-. ¿Que han asesinado
á Soledad? ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Soledad vive; diga
usted que vive!
Los dos viajeros me miraron con expresión de
estupor.
- ¡Hablen ustedes, por Dios! ¡No comprenden
que me han atravesado el corazón! ...
- ¿Es usted acaso pariente suyo? - me preguntó urto de los viajeros.
- Sí; pariente... Pero lo que usted ha dicho
es, sin duda, una equivocación. Soledad no ha
muerto. ¿Verdad que no ha muerto? ...
Los sollozos me ahogaban y no pude seguir.
- Deploro de todo corazón mi inadvertencia
- dijo el que había hablado primero-. Por desgracia, lo que acabo de contar es cierto. Esa señora pariente de usted, ha sido asesinada por su
marido.
. Sentí como si una oleada de sangre me invadiese el cerebro; nubláronseme los ojos, me flaquearon las piernas y me dejé caer en mi asiento
casi sin sentido.
Mis dos compañeros de viaje se acercaron solícitos á mí.
- ¿Se ha puesto usted malo?
- Tranquilícese usted.
Haciendo un esfuerzo violento, pude dominar
algo mi emoción.
- ¡Ha sido - dije - una sorpresa terrible!
¡Estaba tan aj eno!
- A todos los que conocíamos á esa señora
nos ha sobrecogido la noticia. Figúrese usted . ..
- ¡Oh, sí; cuénteme usted todo ... todo ...
- Según parece - siguió diciendo el viajero
que había pasado la noche en el Casino - , Fuertes, después de perder cuantos billetes llevaba encima, fué á su casa en busca de dinero. Asegura
c¡ue al entrar en su despacho, cuyas ventanas dan
al jardín, vió en él á dos personas: una era su mujer Y, la otra_ un ~om~re. Sigue diciendo que, ciego
c.le_ co_lera baJó al Jardm (el despacho está en el piso
pnnc1pal); el hombre había desaparecido. Fuertes
trató de seguirle, pero Soledad se lo impidió. Forcejearon, y él, loco de rabia, hizo fuego ... y ya
sabe usted lo demás.
Por fortuna, la claridad del día era aún escasa
y mi interlocutor ni su compañero podían adver~
tir la congoja y el espanto que sin duda delataba
mi rostro.
- Pero lo cierto es - siguió el viajero - que
:ºn su re(ato el tal Fuertes no ha logrado enganar á nadie. Su esposa era una señora sin tacha.
En una ciudad pequeña, como Almanzora, en que
todo se sabe, ¿cómo hubieran podido permanecer
ocultas unas relaciones ilícitas? El mismo marido
al ser interrogado por el juez, no ha podido meno~
de contestar que no tenía sospechas de nadie. A
S_oledad no se la veía ni en paseos ni en teatrós:
s1 de algo se la motejaba, era de huraña. Créame
usted: el relato d e Fuertes es un tejido de embustes. Yo me explico lo que ha debido de pasar de
este modo: Fue1·tes es un vicioso capaz de jugarse
la cabeza. La noche pasada perdió urra cantidad
crecida. Cuando se quedó sin un real - como si lo
hubiera visto - fué á pedir á su mujer el dinero

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que ella guardaba, quizás sus alhajas. Ella, á quien
su marido ha despojado de todos los bienes que
llevó al matrimonio, se negaría á entregarle lo que
él r~clamaba.. : Sobrevendrían las palabras duras,
los insultos, qmzás los golpes, y al fin e l asesinato ... Seguro estoy de que no hay en Almanzora
una sola persona que no piense como yo.
- Cierto - dijo el otro viajero-. Y el infame,
después de haber asesinado á su mujer, trata de
deshonrarla.
El golpe que acababa de recibir me había dej2do tan aturdido, que no podía ni pensar. Las
ideas flotaban sueltas en la inmensidad de mi dolor; me parecía caer, corno acontece algunas veces
en los sueños, en una mina ten ebrosa que nunca
se acababa; sólo me daba cuenta del horror de mi
caída. En medio de la confusión en que estaba sumida mi alma, únicamente anhelaba volver á Almanzora. ¿Para qué? Lo ignoraba, pero decidí
volver.
Muy alto estaba ya el sol cuando se detuvo el
tren en una estación, como abandonada en una extensa y rojiza llanura. Cogí la maleta y, despidiéndome de mis compañeros de viaje, salté al andén.
Apenas me hube apeado, el convoy emprendió de
nuevo su marcha, y yo, inconscientemente, me

quedé mirándole marchar, hasta que desapareció
Deliberadamente me hospedé en fonda distintras una colina lejana.
ta de aquella en que antes estuve alojado. En el
hotel, corno en todas partes, no se hablaba de otra
*
* *
cosa que del crimen de la noche anterior. Los pe¿A qué hora pasa el tren descendente? - pre- riódicos locales publicaban artículos y noticias
gunté al jefe de estación.
acerca del espantoso drama. La explicación dada
- A las cinco y cuarenta - me contestó.
por el criminal y hecha pública á pesar del secreMiré el reloj ; eran las ocho. Tenía que esperar to del sumario, era considerada como un tejido de
nueve horas mortales. La estaci5n distaba del pue- mentiras; el asesino no se había contentado con
blo unos cuatro kilómetros y al pueblo me dirigí, arrancar la vida de su víctima: la calumniaba desnecesitado como estaba de aplacar a lgo con el can- pués de muerta.
..
sancio mi exaltación nerviosa.
En cafés y corrillos se comentaban las pérdiLa dilatada extensión que mis ojos alcanzaban das de Fuertes en el juego; la venta ó hipoteca
á ver, limitada en la parte del Poniente por altas d:! la, fincas de su esposa, venta ó hipoteca aumontañas, era de color de sangre y estaba inte- torizadas generosamente por SolP.dad; el abandorrumpida á trechos por praderas pequeñas en las no en que durante años la tuvo su vicioso marido,
que pastaban escuálidos jamelgos. Al final del ca- reclnída en su casa como en una cárcel, y viendo
minejo por donde yo avanzaba lentamente, -se agru- día por día cómo se acercaba á ella el fantasma de
paban unas cuantas casuchas en derredor de uná · la miseria. La prensa describía el entierro de Sodesvencijada torre. En un campo lejano, un labrie- ledad: una manifestación de duelo en la que hago lanzaba al viento su canto monótono, cuyas no- bían tomado parte todas las clases sociales de Altas se arrastraban perezosas por la rojiza llanura. manzora, dando de tal modo rotundo mentís á las
¿Para qué ir al pueblo? Dejé el camino y eché pérfidas afirmaciones del criminal.
á andar por una senda que sabe Dios en dónde
*
terminaría. Aquel camino siri rumbo se hermanaba
* *
perfectamente con el estado de mi espíri~u. MuerCuando llegué á mi ca~a, después de un mes
ta Soledad, ¿qué objeto ni qué fin tenía ya para mí de ausencia, mi mujer, sin manifestar la menor
la vida? Volverá mi antigua existencia, nunca. En sorpresa, me dijo con acento indiferente:
ios últimos meses la seguridad de que había un
- Creí que no volvíás.
corazón apasionado que latía por mí, de que una
- Muy cerca has estado de acertar.
mujer enamorada me consagraba todos sus pensa- ¿Por qué lo dices?
mientos, me infundían halagadoras esperanzas y
- Es largo de explicarlo; ya hablaremos.
eran como la razón de mi vivir. Ahora, en un ins- Como si no me lo explicas. Ya te he dicho
tante, todo se había desvanecido.1¡0h, Dios! ¿Era muchas veces que nq soy curiosa.
posible que aquella mujer ad9rad~ que pocas hoAl día siguiente, sentados uno frente á otro en
ras antes palpitaba de amor entre mis brazos, es- el gabinete de Angeles, la hablé de esta manera:
tuviese rígida, inerte, t endida en el ataúd?
- Lo que voy á decirte, hace mucho tiempo
Y en medio de estos pensamientos, me aco- que no es un secreto para ninguno de los dos.
metían impulsos de cólera insensata, de rencor Angeles, tú y yo no nos queremos.
monstruoso contra el hombre que había manchado
Angeles se encogió de hombros y movió la casus manos criminales en la sangre de Soledad ... beza con expresión de indiferencia burlona.
¡Con qué gozosa rabia y refinado ensañamiento
- ¿Y ahora te desayunas tú de eso?
arrancaría yo poco á poco la vida á aquel infame!
- N'o; desde antes de nuestra boda ya lo sabía.
¡Con qué saña placentera le vería ª"'onizar! Ni esa
- Entonces, ¿por qué te casaste?
satisfacción me quedaba: le defend~n de mi odio
- Por la misma razón que te casaste tú; por
los muros de la cárcel. ¡Oh, pero su condena sería lo que se hacen tantos matrimonios como el nues~rri_ble; nadie sospéchaba de Soledad, y por con- tro; por desconocer que el único lazo que puede
s1g mente, el crimen sería considerado por los jue- unir para siempre dos corazones es el amor. Heces, no como la venganz:t de un marido celoso, mos \'ivido junt.os, y sin embargo, nuestras almas
n_o como el_ castigo de un agravio, sino como ase- han estado y están á tanta distancia una de otra,
sinato motivado por la codicia. ¡La cadena p:.::rpe- que ha sido imposible entendernos. ¿Por tu culpa?
tua!. .. ¡Quizás el patíbulo! Y mi d~sesperación ¿Por culpa mía? No lo sé; pero el hecho es evidense iluminaba con el resplandor de una alegría te. A medida que ha pasado el tiempo, tú lo safrenética.
bes, nuestro apartamiento espiritual es cada vez
_Después de caminar largo rato m~ senté en un mayor. Sinceramente creo que nuestra vida bajo
penasco al que daba sombra un árbol solitario, no el mismo techo es materialmente imposible.
muy apartado del sendero. Allí, sumido en mis do- ¡Ah, comprendo! - dijo Angeles con más
lorosas imaginaciones, permanecí brgo rato ... vehemencia de lo que yo esperaba-. En las coCuando advertí, como al d espertar de un sueño, rrerías de estos ú !timos tiempos, ya lo sospech,aba
que ya era muy avanzada la tarde, emprendí el yo, has encontrado por ahí alguna mujer que te ha
regreso á la estación.
sacado de tus casillas. No me lo niegues ... Pero
. _Aun tuve que esperar largo tiempo. A la hora si crees que por eso me va á entrará mí ni frío ni
md1c_ada llegó el tren, y á las ocho de la noche, calor, te equivocas de medio á medio.
rendido de cansancio, quebrantado el espíritu y
Cierto temblor en la voz, cierta nerviosidad
en ese estado de inconsciencia que sigue á las gran- c¡ue yo nu:1ca había sospechado en ella, me indi. d_es tempestades del ánimo, me apcab:1 en la esta- caban bie:i á las claras que lo que no pudieron
ción de Almaozora.
ni caricias ni ternuras lo podía ahora su vanidad
*
herida.

* *

�-Lo que quiero-seguí yo-es que sin ruido,
sin violencias de ninguna especie, convencidos
como estamos los dos de nuestro mutuo desvío,
nos separemos como dos buenos compañeros de
yiaje que, al llegar al punto en que sus respectivos caminos se bifurcan, se separan sin ira ni rencor para seguir cada cual su destino. Tu dote está
intacta; yo tengo lo suficiente para vivir; hijos no
hemos tenido. Ko hay entre nosotros nada que
nos una. ¿Por qué hemos de continuar sujetós por
la misma cadena? ... Esto es lo que tenía que decirte.
Y seguidamente, sin dar oídos á las alteradas
voces de mi mujer, salí
del gabinete y luego de
casa.

** *
Apesardelavio!encía de los primeros
momentos, los ánimos
de mi mujer y de mi
suegro se calmaron
pronto. Ella volvió en
seguida á su indiferente
tranquilidad, un momento alterada, y él,
que en lo tocante á negocios era un águila,
quedó en· cierto modo
satisfecho al ver que,
en punto á intereses,
que eran para el buen
señor lo supremo de la
vida, transigí
sin protestas
con cuanto qui¡'"
so proponerme.
Realicé mi
e apita I q u e , \~~
aunque menguado por las
habilidades d e
mi suegro, importaba lo bastante para con
sus rentas vivir modestamente, pero sin estrechez,
y me trasladé á un pueblecillo próximo á Almanzora, á esperar la solución del drama terrible comenzado con la muerte de Soledad.Después de la
celebración del juicio oral, dejaría para siempre
España.

i

VIII
Ocho meses pasaron antes de que se viera la
causa seguida á Fuertes por el asesinato de su esposa. Durante ese tiempo puedo decir con verdad
que solamente pensé en el trágico suceso. Reconstituía la escena sangrienta tal y como yo la imaginaba; creía ver á Soledad, suplicante, pidiendo
piedad; me parecía verla caer herida de muerte,
y contemplaba su cuerpo adorado bañado en sangre sobre el césped de aquel jardín, testigo de
nuestros amores. La idea de que el matador pudiera ser sentenciado á muerte, prodújomc al principio, como ya creo haber dicho, rencorosa alPgría. ¿Qué mejor venganza que verle morir infa-

memente? Mas á medida que pasaba el tiempo y
se acercaba el día en que el delincuente iba á ser
juzgado, aquel gozo perverso se trocaba en inquietud dolorosa. Las nubes de rencor se desvanecían
ante mi conciencia, que se iba levantando en mi
alma con resplandores de aurora. Ante esta luz,
cada vez más intensa, veía yo menos infame la acción de Fuertes, y más negra y villana la mía. Yo
había penetrado como ladrón en su hogar, y sorprendido sus más íntimos secretos ... «No hay
nada, pensaba, contestando egoístamente á estos
remordimientos, que no esté justificado por el
anrnr. .. • Pero ¿acaso no sentía también Fuertes
amor por Soledad? ¿No
le había dado su nombre, no había sentido
en presencia de la in\
fidelidad celos furio1
,·,,
'
sos? ¡Quién sabe si el
desamor de ella, su
desvío, su repulsión
--~
mal d~imu~da, exci,,,
taron las malas pasiones de su marido! Los
mismos vicios de
Fuertes, ¿°no se habrían exacerbado en
la atmósfera de aquel
hogar, en que faltaba
ternura, estimación,
hasta piedad?
A veces me acon) teda que la imagen de
la mujer amada se presentaba ante mi alma
en todo el esplendor
de su lozana hermosura, y me parecía oir su
voz y sentir sus caricias y respirar su
aliento, y entonces la
cólera y el rencor contra el matador me hacían enloquecer...
¡Ah!y aquello duraba
poco: la voz justiciera
de la conciencia acallaba los gritos rencorosos de
la pasión.
*

* *

Haciendo uso de una recomendación que difícilmente pude encontrar, entré en la sala antes de
que hubiese comenzado el acto.
,\ una señal del Presidente un hujier gritó:
«Audiencia pública», y por la puerta del fondo de
la sala, á empujones, insultándose y en confusión,
penetró abigarrada muchedumbre, cohorte pingajosa de golfos, mujerzuelas y vagos, para quienes
los espectáculos judiciales son mucho más atractivos y emocionantes que las funciones de teatro.
Aquietado el tumulto, dió orden el Presidente
de que entrase el acusado. Abrióse la puerta lateral del estrado, y entre dos Guardias civiles apareció Alberto Fuertes, vestido de negro, pálido, viejo y abatido. Toda mi sangre me afluyó al corazón,
y sentí no sé qué emoción indefinible, en la que se
mezclaban odio y piedad, compasión y remordimiento. Prodújosc en la sala un murmullo hostil

para el procesado; sentóse éste en. el ~a~1quillo,
situándose detrás de él dos Guardias c1v1les armados de carabinas, y una vez hecho el sorteo de
los jurados, y prestado por ellos juramento, empezóse el juicio.

***
- Yo - dijo Fuertes con voz temblorosa y entrecortada - volví aquella noche á mi casa antes
de la hora de costumbre. Iba en busca del dinero
que tenía guardado en mi despacho, para retornar
al Casino y probar de nuevo fortuna. Ll~vaba,
como siempre, la llave de la puerta, y nadie me
sintió entrar. Penetré en el despacho, por cuyas
ventanas entraba la luz de la luna. Abrí el cajón
en que guardaba el dinero, y u_n ruido_que venía .,
del jardín me hizo levantar la vista y mirar. Cerca
de la puertecilla falsa vi á mujer en los brazos de
un hombre.
Hubo en el público un largo rumor.
- ¡Orden! - gritó el Presidente.
- Creí que me engañaban mis ojos - siguió
Fuertes - ; me acerqué á una de las ventanas_ y
me convencí de que mi mujer me traicionaba. Ciego de cólera cogí el revólver, gue estaba_ guar_dado en el mismo cajón que el cimero, y baJé al Jardín, en lo qtÍe empleé algún tiempo, porque la
puerta de la escalera interior estaba cerrada, y á
causa de mi aturdimiento no acertaba á encontrar
el pestillo. Cuando llegué al sitio en que había v~sto
á. la pareja traidora, el hombre había desaparec1?º·
Mi mujer lanzó un grito. «¿Adónde vas?• me d1Jo,
cerrándome el paso. «Apártate•, le contesté. «N°O•,
.afirmó resueltamente ella, «no pasarás.• Traté de
separarla violentamente de la puerta, resistió y la
derribé. Entonces se abrazó á mis rodillas, gritando: «¡Te he dicho que no saldrás, y no saldrás!•
Furioso, sin saber lo que hacía, amartillé el revólver y disparé ...
Tuvo el Presidente que imponer de nuevo orden, para acallar los murmullos de indignación del
público. s\ las preguntas del juez y del fiscal,
Fuertes contestó invariablemente:
- Lo que he dicho es la verdad.
El desfile de testigos fué largo, y sus declaraciones todas adversas para Fuertes. La que más
impresionó al público fué la del señor de Cárceles.
Emocionado, con lágrimas en los ojos, dijo:
- Soledad era un ángel; quería á su marido y
le respetaba; en las largas temporadas que pasó
en mi casa de Bellamar, ni una sola queja salió de
sus labios. Yo la creía la más feliz de las esposas ...
El bueno de don Luciano se extendió en tan
largas consideraciones, que el Presidente tuvo necesidad de atajarle.
Fuertes soportaba con la cabeza baja todos los
cargos que se amontonaban sobre él. Yo sentía
tremenda angustia ante aquel hombre á quien meses antes habría ahogado con placer entre mismanos. Empecé por arrebatarle su honra, y ahora con
mi silencio le arrancaba la libertad, acaso la vida.
Mi proceder era peor que el suyo; mi crimen, más
bajo que su crimen. Así hablaba mi conciencia impulsándome á levantarme y decir la verdad toda;
pero cuando ya las palabras reveladoras iban á
salir á mis labios, me detenía el recuerdo de Soledad. ¿Era noble en mí hacer pública su falta, en-

tregar su memoria adorada al ludibrio de aquellas
gentes? ¿l labía muerto por mí y había de ser yo
quien cubriera de oprobio su nombre?
*

* *

En tanto, seguía el juicio. Al fiscal le costó
poco trabajo probar la delincuencia de Fuertes.
Llegó_el 111Qmen to de juzgar. Las dos horas que
el Jurado estuvo deliberando, me pareci~r9n dos
siglos. Al fin se abrió una puertecilla si~uada detrás del sillón presidencial, y los doce Jueces de
hecho, gra\'es y silenciosos, fueron á ocupar sus
asientos. Aunque estaba ya muy arnnzada la noche, ni una sola de las personas que asistieron
al comienzo del juicio había abandonado su puesto. Entre la multitud veía yo la cara anhelante de
don Luciano Cárceles.
Apretándome con la mano el c_orazón, caiei:ituriento, con impaciencia tan congoiosa que nadie
que no haya pasado por situación semeja1_1te pued_e
imaginar, esperaba la lectura del veredicto. Quizás el reo estaba menos intranquilo que yo.
En medio de solemne silencio comenzó á leer
el Presidente del Jurado; sus palabras caían sobre
mi corazón como gotas de plomo derretido. A todas las preguntas se contestaba de acuerdo con
la acusación fiscal. Ni una sola circunstancia atenuante. Fuertes era considerado como autor de un
delito de parricidio perpetrado con aleYosia y premeditación, y cometido por el estímulo de la codicia.
Un estremecimiento de satisfacción circuló por
la sala. El procesado, abatido por el golpe tremendo, sollozaba roncamente con la cabeza entre las
manos. Entonces sentí como si un vértigo invadiese mi cerebro; un impulso ciego, irreflexivo,
superior á mi voluntad, algo que venía de no sé
qué misteriosas profundidades de mi sér, y levantándome de mi asiento grité con voz que no me
pareció ser la mia:
- ¡El Tribunal se engaña:ese hombre ha dicho
la verdad. Su mujer tenía un amante, y ese amante
soy yo!
Tras breves instantes de estupor, alzóse en la
sala un clamor semejante al ruido del mar alborotado. De todas partes salían gritos:
- Está loco. Está loco.
El señor de Cárceles gesticulaba desaforadamente, y me dirigía desde su asiento palabras que
yo no entendía. Fuertes me miraba con extraña
expresión.
- Si el público no guarda silencio - gritó el
Presidente - haré despejar la sala.
- No, no estoy loco - dije yo cuando se hubo
restablecido algún tanto la calma-. Puedo probar lo que he dicho. Yo he penetrado traidoramente en la casa de ese hombre; estaba en el jardín
la noche del crimen, y me alejé sin que él me conociese é ignorando yo que había sido sorprendido.
Esa es toda la verdad.
- Son tan graves - dijo el Presidente - las
manifestaciones que aquí acaban de hacerse, que
el Tribunal tiene que deliberar acerca de ellas. Se
suspende el juicio.
*

:m declaración

*

*

fué ·eficaz; después de los trámites legales, en los que se emplearon \'arios me-

�El Cuento Semanal
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ses, Fuertes fué absuelto. A mí se me procesó;
pero libre bajo fianza, pude, con nombre supuesto, tomar pasaje en un vapor que partía para
América.
La tarde antes de mi marcha fuí al cementerio
de A lmanzora para despedirme para siempre de
Soledad. Era una serena tarde de otoño; in.terrumpían sólo el augusto silencio del camposanto, el
piar de los pájaros y el ruido de las hojas secas al

j

~

:I¡!

1

desprenderse de los árboles y chocar con las losas
de las sepulturas.
Llegué á la de Soledad. Una lápida de mármol,
á cuya cabecera extendía sus brazos una cruz,
también de mármol, cubría la fosa en que dormía
para siempre la mujer de mis amores. De los brazos de la cruz pendían dos coronas, ofrenda de
don Luciano y de su hija.
Me hinqué de rodillas, y mi memoria se llenó
de recuerdos y mis ojos de lágrimas. Pasó no sé
cuánto tiempo. Una campana de timbre argentino
anunció que el cementerio iba á cerrarse. Era forzoso salir. Miré á mi derredor; no había nadie...
Entonces, inclinándome sobre la piedra mortuoria
y juntando mis labios con el mármol, dije muy
quedo:
- ¡Soledad, perdóname!

FIN

Reserve dos todos los derechos de propiedad artlstlca y IJteraria.&lt;:;tiNo se devuelven los origine les.
Fotogra b ados de Durá y Compañia.~~=~= Imprenta de José Bioss y Cia., Sen Moteo f, Madrid.

CÓMO MURIÓ
fl RR I fl Gf\ =-=-=
NOVELA POR (LAUD10 fROLLO == ILUS-

TRACIONES DE /V\E-

DINA VERA

Cill!llill!ll!ll!I

�</text>
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                <text>Fernández Villegas, Francisco, 1856-1916, Colaborador</text>
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                <text>Pedrero, Ilustraciones</text>
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                <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>��o

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El [11ento Semanal )

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· NOVELA F'OR F. SE ..
. RRANO D.E LA FED~USA

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ILUSTRACIONES

DE

A.

LOZANO

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�El tuBnto&amp;Bmanal
Se publica los viernes

911c1nas: Fuencarral 90
Teléfono 2054
Apartado de Correos núm. 409

Kipsco de .. El

(

1

/v\adrid

tuBnto SEmanal"

Alcalá 31 (acera de Apolo)

Se admiten suscripciones y anuncios. Se
venden números atrasados y colecciones.
Cuantos deseen comunicar con esta Revista, pueden dirigirse á nuestro Kiosco.

ADVERTENCIA
A todos los suscriptores de ,.EL CUENTO SE-

MANAL" en Madrid .que deseen recibir el ptr16dico
ea provincias durante los meses de Julio, Agosto y Sep11embre, se les enviará sin aumento de precio si remiten á L1 Admlnistracl6n de este peri6dlco las señas de
la nueva dirección y el importe anticipado por el tiempo
de su ausencia.

=
Libros y Revistas
Hbtorlu perveraaa, por Ramón del Valle-Inclán. Casa Editorial Maucci. Barcelona.
En este libro resplandecen aquellas exquisiteces de for111&amp; y de pensamiento á que el autor de J:,p1ta/omio nos tiene
acostumbrados: la vivacidad en las descripciones, b riquea elegante del léxico, la sobriedad é impecable tersura del
estilo y la belleza de las figuras, refinadas y caballerescas.
1.a verdadera redención, por Rafael: Ruiz López wa Editorial Maucc;i. Barcelona.
Los rasgos culminantes de esta novela, una de las que
meJor definen la personalidad de Rafael Ruiz L6pez, son la
ternura y la pasión. Diríase que dentro del alma artista del
antor conviven un hombre y un niño.
1.a cueva de lo• buboo, por Luis Liípez- Ballesteros. Sáenz de Jubcra, Hermanos. l\ladrid.
Forman este volumen, además de la novela cuyo titulo
:figura en la portada del libro, otras novclitas y cuentos rnuy
notables, tales como El uimm d.: don l,1Qa11cio, 7eójil", J:.l
rn11niÍI&gt; dt las almas, etc.
López-Ballesteros es un novclador original, pintoresco
y robusto, cuyo verbo libre y caliente i11nora esa fría ecuanimidad empachosa de los estilistas. Creo que no debe
dolerse de que ello sea como digo. Las pasiones, esas grandes corrientes del alma que, cuando se desbordan, de todo
triunfan, ~iempre son íncorrectas.
Los aficionados á L'\ literatura deben desear que Luis
López- Ballesteros, que hace años descolló en la novela
con Ludia extra,i11, y en el teatro, con l.a butt1tr11t11t11ra,
no olvide el «jardín s:igrado» dd libro.

. Cantes gitano,, pnr El f/acl,11/er A,,tada. - Imprenta
Moderna. Logroño1

AÑO 1- 28 - JUNIO
1907 - N.º 26
--Precios de suscripción:
l'\odrld y provincias: Trimestre 3.25 pesetas.
Semestre 6 pesetas. Año 11.
Extranjero: Semestre 10 pesetas. Año 18.
Anuncios á precios convenclonales.

Número suelto:

3Q CéntiffiOS

Componen este libro algunos centenares de solearu,
uguiriyas gitanas y se-rr,mns, que rdlcjan fielmente el esplritu ,·ehemenle y dol9rido de nue5tro pueblo.
81 Clnemató~raln llu"trado. - Con este título, y bajo
la dirección de nuestro dlStinguido compañero en la Prensa D. Ramón '.\lendoza, ha comenzado á publicarse en Madrid una revista decenal.
Deseamos al colega muchas prosperidades.
Azul ... , por Rob~n D11rio.-F. Granada y C.", Edi•
tores. Barcelona.
De este libro, publicado diecinueve años' ha, dccin don
Juan Valern .
• • • &lt; Desde luego, se coí\oce que el autor es mny Joven:
que no puede tener mh de veinticinco aiios, pero que los
ha aprovechado marnvillosamente. l la aprendido muchlsimo, y en 10,lo lo que sabe y expresa muestra singular
talento artístico ó po¡\tico. Sabe con amor la anti~ua literatura gnega; sabe de todo lo moderno europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto
cabal del mundo visible y del espíritu humano ..• »

La preexcelenle labor que despuh ha realizado Rubén
Darlo, justifican plensmente estas palabras, casi proféticas
entonces, del maestro inolvidable.
Cuadros de miseria. Copiados del natural por José
Nakens. - Imprenta de Domingo Blanco. Madrid.
Resplandecen en esta obra aquel estilo robusto lleno
de concisa virilidad, aquella voluntad espartana, aquella
honradez sin tacha y aquella inamovible firmeza de criterio, que han granjeado á Nakens, juntamente con la admiración ferviente de sus partidarios, la simpatía y el respeto
de sus enemigos.
00CO

f.

•

SERRANO DE LA FEDROSA

occ:

i FO R JV\ALASI

La Semana Teatral
A polo. - Con un «lleno» enorme celebró, hace ~ocas
noches, su beneficio el popularlsimo actor Emilio Carre•
ras. Nosotros queremos mucho á Carreras; es quizás el
hombre á quien debemos más horas de risa.
Se estrenaron dos obras; El príndpe fi."uroki, que valió
á su autor, Sr. Gilli, muchos aplausos; y ÍA suer/t /qca, ori~inal de Amicbcs y (.;arcía Alvarez, menos afortunados en
esta ocasión que otras veces.
El público, no obstante, celebró mucho una especie de
tan~o donde la bellí~ima Rosario Soler luce y derrocha
á dntaros la picante ssl de su escultura.

Gran Teatro. - Sin las preciosas decoraciones de Mar1inez Gari, la dirección magistral do Enrique Chicote y los
prodigios de travesura y de ~racia de l.oreto Prado, es
e'&lt;'idente que Ln anloreha tÚ lfimmto habría fracasado rui•
dos amente.
La obra es del corle de ¡Al _,1gt111 patos/ y de 5.m 7ua1t
,ú Lus, pero bastante menos chm&lt;&gt;sa q ae nqoéllas.
l)islinguiéronsc en la interpretación las Sras. Franco y
Blanc, y los Sres. Ripoll, Soler y Llaneza.
Circo de Parlsb. -- llan ,ltbutndo en el hermoso Cin:o
de la Plaz:i. del Rey la Srta. Rosa de 1'"rance, bajo cuya
dirección un puñado de perros a rnacstrados realizan sorprendentes ejercicios, y Los Cltimmlas. dos cantantes de
gran originalidad.
&lt; Todo Madrid» pasará por el Circo de Parish.

L

A _s~ñora

d~. Andilla era una jamona g uapa;
sus &lt;lo~ h1Jas eran muy bonitas; la sobrina
de Mermo, u~ia ~mchacha muy hermosa· las
&lt;l?s _hermana_s ele_ (,uttérrez Baliza, monísima~; la
\ !u~a del bng~d1er (n~intinueye años), una prec10~1&lt;l_ad; _las chicas de don Ele uterio, dos buenas
mozas .. ; ' era, &lt;:~fin, una tertulia de hellc-zas.
Ilab1a t~mb1en una _fea, Antoñita; tal vez e l
acaso la hab~a llevado alh para que siry iera de unidad de medida a l apreciar la excelencia ele las demás; e ra co~o l_a figurita humana q ue pone el pintor en un pa1saJe de monta11as para dar idea de la
gran_cleza de las cumbres. Pero hasta esta fea tenía
gracia y no poco partido entre los much·tchos
Y había, por último, en &lt;·ste musco d~ muJ~res
guap.~s, algo que con?!laba á Antoñita, y este algo
~ra ~.len.~, la hermos1s1ma, la arrebatadora Elena,
I,~ marav~lla, el asombro, la perfección; la que e n la
c&lt;1lle hacia ,·oh·er la cabeza 110 sMo á lus hombres,

~i.no á las mismas mujeres; la que en el paisaje h11fl 1era e~taclo representada por la blanca nube que
o ta_á mmcnsa altura sobre las cumbres más soberbias.
. Sin la. presencia de Elena, Antoñita hubiera
sido senc1llamente la fea de la reunión. ahora
Elena
•
b a uno ele los extremos
·
'y ',\nto-'
_.
re pnsenta
mta
extremo or~uesto; e n medio quedaba e l
monton de las mediocres.
Así les ~lc~í.t ella cuando i enía á pelo:
-:- .\qm, !:.lena es la primrra tiple, yo httiple
cómica y ustedes el coro.
. Algunas corútas hubieran preferido que las hubiese llamarlo feas.
'
. .
na· De bu_&lt;:na gana_ hubieran querido odiará Ele'. P:rn, e&lt; {¡~1!&gt; odiar á un soberano que trae dinei o a _la nac1011 y a_demás renuncia á su sueldo?
A~~uell.i ~crmosur~. incomparable a traía á los mue '.1ch1'.~ a la rcun~on de la señora de Andilia, ,
los atr.i1a · con drsmtcrés, sin entablar relacione~
amorosas con ninguno.

:1

�De die1., nueve
El amigo que lo presentaba lo había anunciase resoh-ían inme- do en estos términos:
diatamente á dar
- Un perfecto caballero, una verdadera notacelos á Elena con bilidad en la ciencia médica, un hombre muy listo
alguna de las otras y un excelente partido para la muchacha más exichicas; y como Ele- gente.
na continuaba en
Y la amable Conchita, que llevaba la bondad
su indiferencia y hasta el punto de poner su amor propio en el núlas amigas favore- mero de matrimonios que salían de su tertulia,
cidas eran bonitas, repitió aquellas palabras la víspera de la presenlos despechados tación entre las chicas que aun estaban vacantes.
acababan por afiTodas las miradas se volvieron hacia Elena.
cionarse m u y en
- ¿Te rendirás ahora, Gibraltar? - le pregunserio á las que ha- tó Antoñita.
bían querido uti- ¡Ah! Pero ese caballero, ¿viene metido en
lizar como instru- un sobre en que se lee mi nombre?
mento de ven- Es la costumbre - replicó Antoñita con
ganza. Dicho se acento de cómica resignación.
está que, sabedo- Pues bien; si no es tuerto, ni cojo, ni enano,
ras e 11 as del pa- ni habla gangoso, ni es cabezota con el pelo rizapel de víctima que do, y si vosotras me lo cedéis y él no lo lleva á
sus novios preten- mal. ..
dían asignarles, en
La dueña de la casa intervino en la discusión.
cuanto lograban
- La verdad es que Elena se defiende mucho.
encalabrinarlos
- Doña Concha, eso quiere decir que me dey coger ellas lo alto de la cuesta, les hacían rodar fiendo demasiado.
de lo lindo y los trataban á zapatazo limpio. Hacían
- No, hija mía, hace usted muy bien; el matrimonio es una cosa muy seria. Pero, en fin, como
Jlerfectísimamcn te.
Ejemplo, el pobre Juanito Cansino. Al ir por usted no ha tenido desengaños...
la mañana al :\Iinisterio, había de dar unos paseos
- No tengo motivo para tanta cautela, ¿verpor enfrente de la casa de su novia, hasta que ésta dad?
- Parece poi· lo menos que ...
levantase un visillo y le saludara con la manita;
-desde el Ministerio, telefonazo entre once y doce,
- Y hasta se puede creer que estoy tan ory en seguida á escribir la carta que, al terminar gullosa de mi persona, que no encuentro quien la
Jas horas de oficina, llevaba un ordenanza; por la merezca.
- No, eso no - dijeron á un tiempo muchas
tarde, paseos por la acera de enfrente hasta que
voces; y Antoñita prosiguió:
fa doncella bajaba con la consigna; á escape, en
.seguida á la cuadra para alquilar un caballo, ó al
- Todas sabemos que eres tan modesta como
teatro para tomar una localidad, según el empleo guapa, y por lo mismo es necesaria una explicaque la niña diera á la tarde, ó bien á meterse en ción; hay que dar una explicación; pedimos una
el portal de enfrente si llovía, esperando las aso- explicación. (Así habla mi padre en el Congreso).
madas de la novia tras de los cristales con reca- Sí, sí; que se explique-exclamó el coro.
&lt;litos y tarjetas 1·espaldadas,intercaladas en el tex- Pero, niñas, eso es escudriñarme. No me ha
to; y llegada la noche, á comer con embudo y á solicitado nadie.
- ¡Quiá!
vestirse de prisa para no quedarse sin localidad ó
- Yo misma no sé por qué...
para acudir á casa de Concha, que así se llamaba
- ¡Quiá!
la de Andilla.
Hubo un silencio apremiante.
Más descansados estarían, seguramente, los
- Bueno-dijo Ell'na-;¿me dan ustedes per.sitiados de Puerto-Arturo; pero así son los noviajes en nuestra tierra. Si los futuros cónyuges son miso para que me ponga colorada?
- Concedido.
ricos, el noviaje así entendido constituye uHi'l '- :- Ahora que tengo el permiso, me parece más
&lt;:ciente preparación para lo que ha de ser única
ocupación del marido: esto es, prevenir y realizar difícil decirlo.
los gustos de su mujer; y hasta se puede afirmar
- ¿Es un secreto?
- No; es una preocupación, una manía. Suque la luna de miel durará diez ó doce días.
Si los novios no son ricos y el marido ha de pongamos que... en fin, cuando yo era niña leí un
trabajar y conquistar un puesto en el mundo, esta cuento en el cual se trataba de dos hermanas, una
manera de amar á la española, que suspende todo muy hermosa y otra muy fea; las dos estaban catrabajo social del hombre á la edad en que debe sadas y á la fea le iba muy bien en su matrimonio
ser más vigoroso y decisivo su esfuerzo, aportará y su marido la quería cada vez más, porque tenía
.segura1nente al matrimonio una renta de patatas, un ángel que la protegía y que le había dado un
alubias, lagrimitas y palabras gordas, que basta frasco de sal para que echase cada día un poquito
para encanijar á los hijos y matar al más débil en el plato de su marido.
- Hay feas con suerte - interrumpió Antode los cónyuges. :No hay que decir que es el
ñita.
marido.
- A la hermosa le iba cada \"Cz peor, y todo
Basta de noviazgos y vengamos al momento
en que iba á ser presentado Ramón Brieeño á la se volvía disgustos y peloteras en su matrimonio,
hasta que un día se presentó en casa de la fea dise;inra de Andilla.

11

,,j 1
l

tra menos fea; en cambio, el que
se acostumbra á una guapa...•
Antoñita no dejó á Elena terminar el cuento. Se arrojó frenéticamente, en sus brazos, y entre un
chaparron de besos, le decía:
- Tú sí que eres mi angelito
protector. ¡De1a que te coma á besos, preciosa!, que me has dado
consuelo para toda la vida.
Se interrumpió bruscamente y
después de una pausa, exclamó:'
. - Bueno; ¿y cómo meter esa
idea tan hermosa en la mollera del
pr_imer zanganito que se presente?
Mira, me dirás cómo se llama ese
libro; compraré dos ó tres docenas, y desde esta noche me colocaré en la puerta, y conforme vayan dejando los abrigos, «¡zas! ¡Lea
usted eso!»
- Con que ya ven 1,1stedes continuó Elena poniéndose como
una guinda-, que si pierdo la cabeza Y me cuento entre las guapas,
he de contar también con más desengaños que otra cualquiera en mi
matrimonio.
.- Di - preguntó Antoñita-:
¿qmén era ese talento monstruo,
autor del cuento?
_- Carlos Rubio; mi padre dice que era muy
amigo de Sagasta.
- ¡Ah! Entonces le habrá conocido papá seguramente. Se lo preguntaré.
.,- Ahí viene.
- Es verdad. Di, papá, ¿tú sabes quién era
Carlos Rubio?
--:-- ¿Carlos Rubio? ... ¡Ah, sí! Un chiflado. Siempre iba muy sucio.
La indignación de Antoñita no encontraba pa)abras para desbordarse. Poniendo los brazos en
Jarras y meneando la cabeza, dijo á su padre:
- ¡Así está el país!
El papá, acostumbrado á estas salidas de Antoñita, se encogió de hombros y pasó á otra sala.
Ella, como si aun pudiera oírle, le lanzó á través
del cortinaje estas palabras:
- Pues sepa ·su señoría que si su señoría me
ha hecho fea, Carios Rubio me ha hecho feliz.
. El grupo de . muchachas rompió en una carcaJada.
II

•
ciéndole: «Mi casa es un infierno y tú tienes la
culpa.• «¡Yo! ¿Por qué?, «Porque soñaste en alta
voz cuando el ángel te dió el frasco de sal, y yo,
antes de que desperta:as, te quité la mitad y la
voy echando en la co1!uda de mi marido; y no sé
cómo es esto; pero á ti te prueba muy bien y á mí
rematadam~nte.• Entonces se les apareció el ángel y les d110: «Esa sal se llama la costumbre. El
que se acostumbra á una fea, cada día la encuen-

Ya_ necesitaba Ramón Briceño ser un Don Juan
T en_ono para correspond_er á la expectación que
h~?1 provocado el &lt;lnunc10 de su visita. Nunca se
VIO la señora de Andilla tan estrechamente rodeada de sus amiguitas. Hasta la brigadiera mostraba aquella noche un empeño tan decidido en
no apartarse de Concha, que hubiera desao-radado
profundamente al brigadier si hubiera vu~lto del
otro mundo.
, Y la verda~ es que la figura de Ramón no tema n_~da que impresionase á primera vista, como
se VIO cuando, acompañado de Meseguer, sa-

ª

�f"

- Usted es un hombre excepcional. Ninguno
ludó á la dueña de la casa y tomó asiento junto
de nuestros contertulios conoce á Carlos Rubio.
á ella.
Era correcto, casi vulgar. Los ojos sí, eran ne- Es inicuo.
La de Andilla se había separado del grupo, y
gros y de mirada dura, agresiva, dominadora; Ramón ofreció su brazo á Antoñita y continuaron
aquel mirar parecía que calaba muy hondo, que
registraba é inventariaba el espíritu. Después, paseando.
- Dígame usted, señor Briceño: ¿es verdad
como si no hubiera encontrado en el inventario
que
ese escritor era muy sucio?
cosa alguna digna de atención, la mirada se apa- Esa fama ha dejado, pero disculpable. Cuangaba ó se distraía. Dijérase que los ojos de aquel do el cerebro consume demasiada energía, queda
médico habían contraído el hábito de la disección: poca actividad para los cuidados de la existencia.
funcionaban como escalpelos, y satisfecho el estu- Carlos Rubio tenía el aseo caro. Dé usted á un pedio, abandonaban la carne hecha piltrafas.
timetre una botella de agua, y la administrará tan
La conversación tampoco era brillante. En el
sabiamente que tendrá agua para todo. Otros, en
discreteo que en seguida tuvo que mantener con cambio, necesitarían un baño oriental; pero si se
media docena de señoritas, no parecía el jugador
impetuoso que, con peligro de perder unas cuan- les diera, serían aseados.
- También los hay muy cerdos.
tas piezas, avanza hasta dar un jaqne, sino el ju- Es que el cerdo es un animal muy calumgador machucho que conserva su fuerza en buen niado. Se revuelca en fango porque no le ponen
orden, aunque adelante !entamen té. Sin embargo,
Colonia.
alguna que otra réplica tan viva como ingeniosa agua- de
Me parece que usted no ve dificultades, y
y un impetuoso rapto de entusiasmo, al hablar cree que todo es cuestión de emplear estos ó los
precisamente de la disciplina y el dominio del sistema nervioso, demostraban que en aquel carác- otros recursos.
- Así es.
ter, limpio y cuidado como un paseo público, las
- Sin embargo, hay en este mundo muchas
avenidas más largas y tiradas á cordel podían descosas imposibles.
embocar en cráteres volcánicos.
- ¿Cuáles?
Las cuatro palabras que cambió con Elena no
- ¡Bravo! Esa es una pregunta valiente; pero
tuvieron gran importancia. Ramón recurrió en la contestación también es de mucha fuerza. Pueaquel momento á la perfidia que emplean los adu- den ser imposibles las cosas que dependen de la
ladores con los soberbios; cuando el hombre tiene
ajena.
aires de estatua, basta sustituir el pedestal por voluntad
- ¡La· voluntad ajena! Se la conquista y se la
una nube para que la estatua vacile y se rompa
dorna.
las narices.
Antoñita miró atentamente á Ramón.
Briceño quemó en cuatro palabras tanto in- ¿Le parece á usted fatuidad?
cienso, que otra que no hubiera sido Elena se hu- Precisamente porque me parece usted un
biera aturdido y bamboleado; pero la joven con- hombre serio, me sorprende esa seguridad de
testó con tal modestia que desarmó á su contenatraerse á los demás.
diente. Fué un tanteo que duró un momento, y
- Pues es positiva.
pasado el cual, los esgrimidores levantaron los flo- ¿De manera que tiene usted un talismá 1?
retes, se saludaron cortésmente y se dirigieron
- Es posible.
cada uno por su lado.
- ¡Válgame Dios! ¡Qué mal repartido anda
El interés de cuantas personas formaban el
todo!
corro estaba satisfecho. No había flechazo. Ramón
- ¿Por qué dice usted eso?
no pretendería á Elena, y si la pretendía ~- !dría
- Porque usted que tiene prendas y condiciocon las manos en la cabeza.
nes para hacerse amar por sí mismo, tiene además
Y nada más. Cada una de las muchac'.:: que un talismán para que le quieran; mientras que yo,
no tenía novio se propuso aprovechar la ¡, r;mera pobrecita de mí, no tengo una cosa ni otra.
ocasión de cazar al nuevo contertulio; los bailari- Usted es un encanto.
nes volvieron á su delicioso ejercicio; los señores
- ¡Señor Briceño! Vamos por partes. Yo soy
de espada-mala-basto siguieron regañando al que la fea de la reunión, y aquí está prohibido atentar ganaba y regañando al que perdía; Elena continuó á mi soberanía de coquito; ¡cuidado con ello!
en su apacible serenidad, y Ramón, que daba una
- Es deliciosa - decía Briceño riendo.
vuelta con la señora de Andilla, se encontró de
- Lo que sucede es que soy buena y me gusmanos á boca con Antoñita.
ta intervenir y meterme en una porción de cosas,
- La señorita de Almeida.
siempre con buena intención y á título de amiga
- ¿Usted es hija de don Ulpiano?
desinteresada. ¡Forzosamente desinteradal, que si
- Sí, señor; y sobrina de Carlos Rubio.
pudiera. . . Pero estoy segura de que todas mis
- ¿Del escritor?
amigas me prestarían el novio para baila,.
- Del mismo.
- Harían mal.
- I&gt;ero, señorita, si Carlos Rubio viviera po- ¿Otra vez? Pues sepa usted que lo hacen,
dría ser abuelo de usted; pero tío...
siempre que están cansadas. Cuando alguna se
- Es que yo le he declarado mi tío adoptivo. sienta y viene el no\"Ío á sacarme, veo yo que anCreo que si viviera no me negaría ese favor.
tes le habla ella al oído. Y es que le dice: «Hom- Al contrario; se sentiría orgulloso de esa bre, haz bailar á la pobre Antoñita.• Y alguna vez
distinción.
replica él, seguramente diciendo el muy borrico:
- Por lo que observo, usted conoce las obras «¡Es tan fea!, Y observo yo que replica ella, ¡claro!,
de... mi tío.
le dirá: «Pues por eso.• En seguida viene el novio
- Conozco un torno de cuentos.

•

o

y me saca. Y yo les digo
i todos: «Es usted muy
amable.•
Briceño soltó la carcajada y Antoñita continuó:
- Sí, sei"íor; yo soy,
en cuanto al amor, una
pobrecita de pedir limosna; yo, si no fuera por mi
cetro, me pondría á la
puerta de esta casa para
decir á los que salieran:
«¿Me da usted un corazoncito, aunque sea moruno, por amor de Dios?,
Por eso me interesa mucho eso del talismán; porque usted podrá estar
equivocado, pero habla
u~ted en serio, y si tuviera usted razón ... ; porque yo tengo mucha fe en
los inventos y en las cosas científicas, sí, señor;
Y aquí ya sabemos que
usted es un médico que
tiene hecho pacto con Satanás, para curar á todas
las princesas moribundas
c?n u~a m~tita de perejil,
s1, senor, s1; todo se sabe.
Briceño se reía de
muy buena gana· hacía
mucho tiempo que' no disfrutaba de una conversac_ión de mujer tan divertida.
- Vamos á ver sei'ior Briceño; habl~mos
con toda seriedad: ;es
posible que alguien que
no sea usted se enamore
de mí?
- ¿Y por qué no he
de ser yo?
- Porque usted no
me gusta. Así; las faltas
de .. : compostura hay que
castigarlas. ¡ El demonio
del hombre! En tramos en
~l terreno de la formalidad y todavía le quedan
ganas de reir. ..
. --:_ Basta, ~asta- dijo
Bnceno-; ehJa usted entre sus amigos y conocidos, Y usted verá que no
la engaño.
- Ni una palabra más.
Ahora eche usted fuera
la media docena de preguntas que está usted rabiando por hacerme.
- Allá van - contes~ó Briceño mirando á
su _interlocutora como
quien firma un pacto-:

¿tiene Elena relaciones?
- Xinguna.
- ¿Sabe usted si su
corazón se ha interesado:
- Xo se ha interesado.
- ¿Es acaso que está
engreída con su belleza?
. - Xo, señor. Es que
tu:"ne mucho miedo.
- ¿I lan hablado ustecles_ esta noche después
de m1 presentación?
_ - ( Co1t tristeza). Sí,
senor.
- Le he producido
mal efecto...
- Ni malo ni bueno.
- De manera que
todo e I esfuerzo de la
primera impresión se ha
perdido...
- Completamente.
- Así me había pa
recido.
- Supongo que, por
eso, no desistirá usted.
- ~o sé clesistir. Sé
únicamente que si yo me
h_u bies e enamorado de
]•,lena, podría asegurar {t
usted que antes de ,eint&lt;.&gt; días Elena estaría enamorada de mí.
Antoñita experimentó cierta emoción al recibir aquella confidencia.
Ramón hablaba como un
loco ó como un hombre
capaz de hacer milagros.
- ¿Y se ha enamorado usted de Elena?
- Ya hace tiempo.
La conocía sin tratarla.
Desde esta noche ya sé
que la amo. Y me amará.
- Usted es seguramente digno de ella; pero
ya sabe usted que ...
- Es té ustecl tranquila; me querr{1 antes de
1 cinte días.
- No se lo ackertiré
porque no es un peligro'.
- Es indiferente.
·

** *
Ramón y su amigo
;\feseguer salieron juntos
de casa de Anclilla.
- ¿Qué tal? - preguntó el segundo.
- l\Iuy mal. La primera impresión ha sido
un fracaso.
- ¿Qué ha ocurrido?

�pleaba ahora una ingenuidarl afectuosa y ~encilla;
·11 o así romo el trato de un hermano, to &gt; amrn
~. Ti·a1~queza. Por este camino había aclelanta(~O mu,h ,
1 , ·mo &lt;i&lt;' Ekna; ¡&gt;&lt;'ro ésta no hacia otra
primer~ \'ista 6 nunca. Pero confiesa q1H' tu no has c o &lt;n e ,tm
cc&gt;rres
cosa que
estado mu y hábil
ponder á lo que
que digamos.
creía amistad Y
- Tienes ralealtad, sentimienzón.
tos que pueden llr_ Ese sistema
var al am0r como
de marear á fuerza
10 s callgrrjos nos
de alabanzas, sú!o
lle,·an á casa, danes bueno para hado antes la \uelta
cer cacr á cscn topor las cinco parres emine 1tes, artes del mundo.
tistas notables \
Ramón estaba
otras , ·anidacks
ya desespc:~do,
hambrientas de i'1cuando surg10 un
cicnso.
incidente que le es_ ¡Qué quieperanzó de nuevt,&gt;,
res! :\le acordé Cil
Juanito Cans1aquel momento de
n O desprendió e 1
cómo caycí uno de
primer copo de una
esos gwios, vok~bola de nieve. Era
dq por sus enemisobrino de la de
gos, que I&lt;' adulaAnclilla, y por paban á toda:, huras.
sar la tarde con su
Era un hombre c•xnovia, que había de
cclente y le hicieir al día siguiente á
ron creer que tenía
mostrar á Concha
un gcnio t&lt;'rriblc y
unas labores, dijo á
que era jaque y _treesta última:
mendo y c:xplos1vo.
- Tía: si me
Daba pena y risa.
das de merendar,
- Pues amigo,
vendré mañana
la mujer está más
tarde.
acustum!nada al
-Y aunque no
piropo y no muerhubiera meriende ese cebo tan
da también ven"rnsero. ¿Y quf
drías- contestó la
"pil'nsas hacer-.
de Andilla, quc ha- Camhi:, r de
bía pe1wtrarlo la in•
t.íctira.
tención dc su so-&lt;:\[ostrarte
brino.
indiferente?
_ ¡,,o, no; rc1Cá! De eso
clamo la merienda,
s(• ríen ellas. Xo;
f&lt;n-malmente.
aunque un poco
- Bueno, homtarde, apelaré á la
bre, la tendrás.
sinceridad.
_ ¡Quién tu-¿Y si también
\ iera ·una tía y un
falla es e recnrso?
.
_ ¡.\h! Entonces... si no me· quiere por bue- buen estómago! - exclamó un señor ~ayor, que
debía de carecer de ambas cosas ..
nas, me querrá por malas.
- También hay para usted, n~1 g(•neral. .·
- Hombre - elijo su companero de tr~s1llo.
clon Fabián - , si por un poco &lt;le poca vergu&lt;'nza
TI 1
se mcriencla yo mc apunto.
.
· _ y yo ~e disparo_ añadió don Ul1m~no.
Desde aquella noche, Ra!llón fué e) _contertu~
_ .y)'º
, vol_ dijeron muchos, contmuanl
, • •
lio más asiduo de la de Anchlla y tamb1en el más
do
la
broma.
, _
_ , .•
. ¡· ºta(l&lt;1 · Los• muchachos
le preguntaban una cosa,
so ICI
·
1
nta- Pero, señores - dcc1a Concha - ' esa se1 ia
los \·iejos otra, las muchachas... no e pregu
una merienda de negros. .
,
.
han nada, pero le daban cuerda.
. .
- Justamente; convert1remos !a rasa &lt;n una
Fn cuanto llegaba le hacían prcs1d1r un corro
..
.
de chicas, en el cual las cuestiones iban tom~n~, ranchería, en un campamento..
- Pero sin ac,'ptar la menenda - ch¡o la hncada día mayor vuelo. Elena formab~ parte, del c rro, pero sin gran asiduicla~. Ramo~ hab1a cam= gadiera.
_¿Qué?' ~
biado de táctica con ella. Le3os d~ 'olcarle el pe
_ ¿Cómo es eso?
destal con el explosirn del elogio forzado, cm-

-

Lo p&lt;'or: que no le h&lt;' producido imprcsibn
ninnuna.
.
t · f á
·: _ :\la! negocio. De las mu3cres S&lt;' ~11111 a '

•

•

- ~IU) !-&gt;&lt;'ncillo. Propongo que cada uno traiga con qu(• nwrendar y cada familia se coma lo
que traiga, formando rancho aparte; y cada grupo
tienda su mantel donde buenamente pueda: en
una mesa de tresillo, en una b 1taca, en el suelo,
&lt;'omo si estm·ic~ran10s c·1 e! campo.
Un palmoteo ct•rrado de la gente jo\'l'n acogí(,
la proposiri{m.
- ¡Será cli\'ino!
- ¡l'..nc-antador!
- Trat-ré mi instantánea.
- l~sta l'a ¡uita se pinta sola para idear diabluras.
- .\miga mía - le dijo un tresillista machu&lt;'h,, , eso de sentarse en el sucio St' queda para
usted, que tiene ...
- ¡Don Joaquín! - interrumpió á tiempo la de
.\ndilla.
- Pero ¿por qué quiere esta sefiora que me
sie:itt· en el suelo, si estoy e,1 los huesos?
- Rectifiquemos; habrá mesitas para la gente
de eda,I.
- Muy bícn - dijo d general - ; así tiraré los
huesos á los pollos que me rodeen.
- J !ablando seriamente, debemos hacer como
en las Exposiciones: á metro cuadrado por persona; que se apunte cada familia lo que necesite, y
que lo acote ele antemano.
- Con unas estaquitas cla,·aclas en el suelo.
- Estaquitas, no; pero algo que señale la instalación, sí.
- Tiendas de campa11a, sería muy bonito.
- \' árboles, y una carretera con carros y mulas - decía Concha, aterrada.
- :\"o te asustes, Conchita. Señores, hay que
pensar en cosas que ocupen poco espa: io; por
ejemplo, cada grupo traerá una pantalla, un bastidor, así, de medio metro, y que pinte en él lo que
quiera: la fachada de una casa, la de la Plaza de
toros...
- Yo, un cuartel - dijo el general.
- Yo, una casa de socorro, por si hay borracheras y puñaladas - dijo Ramón.
- ¡Jesús! ¡Se han vuelto locos! - decía lonc ha; y luego añadió: - Paso por todo, menos por
eso de que cada cual traiga su merienda. Xo me
arruinaré por dar á ustedes de merendar.
- ¡No, no, no! - gritaron treinta voces - .
Queremos traer lo que nos dé la gana.
•
- Y nada de obsequios.
- Kada. Se dará una señal, y á sentars~cada
cual en su puesto, como los albañiles al ciar las
doce.
- ¡Ah! - dijo Antrn'íita - ; cada familia debe
traer su sirviente que lernnte los manteles y YU&lt;'lva á arreglarlo tocl 11. El salón ha de quedar dispuesto en seguida para el baile.
- Entonces, digamos cena.
- Pues sea cena; ¡qué más da!
- ¡Sí, cena, cena!
- Otra cosa- dijo ,\nto11i1a - : para aclarar
algunos bastidores que estarán mal pintados, ¡porque se prohibe darlos {1 pintar!, se exige algo de
tocado en la cabeza; por ejemplo: el que haya pintado la fachada de la Plaza de toros, puede ponerse un:i montera; el general, un casco, y así los
demás. Eso puede venir con la meriendd, y no se
llama la at&lt;'nción en la calle.

- Mu) bien, muy lncn.
-- .\ l11s so!tcros - continuó ,\ntoñita - se
les prohibe en absoluto que traigan sin ientas
(¡sabe Dios lo que traerían!); ellos mismos cogerán su mantclito por las ruatn, puntas é irán á san1dirlo á la cocina. ( Risa gcncrnl¡.
- Es usted implacable coa los S.Jlterus.
- ¡Toma! ¡Como ellos conmigo!
;
vociferó e! general.
1Artículo último! - ¡,\ \er, á ver!
- Se prohibe añadir ni una palabra más al
proyecto.
- ¡Brarn!
- Sí, falta una palabra - exclamó don Ulpiano.
- ¿Cuál?
- La fecha.
- Es ,erdad. Y ,·a á ser difícil.
- Xo: pasa&lt;Jo mañana es \iernes, y como estamos en Cuaresma no es día de compromisos.
¿Les parece á ustedes buen día pasado mañana?
-¡Sí,sí!
- Yo pcnsaba casarme e l viernes; pero lo
aplazo.
- ,\ usted no lo casan los once curas, ¡camastrón!
- Está dicho: el viernes, á las nueye de la noche, la cena gitana.
- ¡Viva la cena gitana!
- Y esta noche se sortearán los puestos del
aduar.
- ¡Viya Concha, la caiil!- gritaba Cansino,
que se empeñaba en ,itorearlo todo.
- ¡Ay, churumbel, sobrino!, ¡buena la has armado con tu merienda!
- ¡Si esto va á ser delicioso, tía!
- Está bien; por mi parte, quieran ustedes ú
no quieran, yo pondré una mesa que pueda sen 1r
á cada cual de complemento.
- ¿Para los que quieran ir al robo?- prcgun tú
un t1-:.!sillist;, .
- Eso '.!s; pero sin dejar sus cartas.
- Es i'lútil - decía don Fabián, que era tragón - ; piens , t:·acrme bola.
- Y además yo le daré á usted co.ii'lo- concluyó el general.
*

* *
Aquella misma norhc se sortearon los sitios.
!as mesas, los ,·eladores, los talmrC'les y los cuadros de alfombra; tocio menos la mesa del comedor, que sólo había de servir de aparador.
Ramón, que ,cía con simpatía aquella idea
extravagante, tuyo también un ale,.(rc'&gt;n en el sorteo. Le tocó un metro cuadrado de santo suelo,
(Antoñita había ::.ido implacable), pl'ro á los pit·s
de Elena.
- ¡Qué felicidad! - le dijo Ramón - ; cenar{junto á usted.
- Sí; pero... en cl piso bajo.
- 'Usted podría cleyarmc ;í la altura de las
personas de Yelaclor.
- El regla¡nC'nto ele la cena lo prohibe.
Las dos últimas frases tu vieron respcctiramente los acentos de una declaración y unas calabazas.

* **

�Pasada la sorpresa, Ramón continuó su paseo y su
soliloquio:
- Supongamos que esas
jóvenes no quieren dejarse
convencer y encuentran más
poético entregar su corazón
al que acertó á ponerse una
corbata colorada ó hace un
gesto especial para sonreír
con media boca. Supongamos, en fin, que por darme
gusto se han casado sin pasión súbita ni emoción misteriosa. ¿Es que la vida conyugal, con toda su intensidad de adaptación, no ha de
engendrar el amor? l\lás aún:
si, como ellas creen, no nace
ese amor novelesco entre
los cónyuges, ¿no es bastante que el hombre y la mujer
estén bien educados para
que la mujer no eche el
amor -de menos?
Cuando por la tarde Ramón daba cuenta á Mcseguer de sus reflexiones, :\1eseguer se reía como un bendito.
- Está visto - dijo que, aun siendo un sabio
como tú, no se conoce el
matrimonio desde fuera.
- ¿Estoy equivocado?
- En algunas cosas. Sobre todo, es deplorable que
la mujer sólo se deje impresionar por prendas de ropa
y no por prendas de carácter; pero no es posible prescindir de impresionarla. Preséntate á ella si es
preciso metido en una armadura y cubierto con
un casco con plumas negras; pero enamórala. Sin
eso, no te cases.

-- En último extremo - decía Ramón al día
siguiente á los árboles próximos al Observatorio
.\stronómico - , yo estoy seguro de hacerme amar
ele Elena á la hora que quiera; pero ... ¿es que no
merezco yo la suerte de Pedro, Juan, Francisco, etc., que sin otros recursos que su físico y sus
IV
ruegos lkgan al corazón de la mujer? ¿Que no llegan todos? Com·enido. Pero tampoco yo estoy_ en
el caso de dar crédito á paparruchas como la simA las nueve y cuarto de la noche siguiente, los
patía inexplicable, la pasión súbita y otras tonte- salones de casa de la bondadosa Conchita presenrías por el estilo. Xo. El amor puede nacer de- un taban un aspecto rarísimo.
trato inclifcren te, nutrirse al principio de estimaApenas había sitio desocupado, y la multitud
ción 1 aumentar con la frecuencia y la costumbre que los llenaba parecía haberse escapado de una
de v erse y hablarse, y acabar por constituir una casa de locos.
necesidad; todo lo demás es monserga. Pero ¡ya
Caballeros y señoras vestlan los trajes habituase Ye!, es una monserga que estas niñas han lc•ído les, pero el general cubría su cabeza con una antien cirn novelas tontas, la han tragado como ar- gua gorra de cuartel con sus galones y su borla;
tículo de fe, y hoy, si al \'Cr por primera vez á un seguramente la última que había usado cuando
hombre no estornudan ó no sienten un chasquido eran de reglamento. Un poco inclinada sobre la
en el tobillo, dicen: « No m&lt;' he &lt;'namorado. • « Ese oreja, daba al simpático general un aspecto alegre
hombre no puede hacer mi felicidad.•
y emprendedor, como si hubiera conseryado en el
- ¡Pues no, señor! ¡Todo menos eso! - dijo forro las ideas y los ardimientos de otros tiempos.
enérgicamente· un hombre alto y delgado, que cruEl bastidor representaba, como el general haz{¡ por delante de Ramón y se alejó, apaleando con bía anunciado, un cuartel; el soldado que hacía la
el bastón el sc•to de la senda.
·
centinela á la puerta tenía el poncho que llevó la
Era otro que hablaba solo. En el Retiro son l infantería á Marruecos, y estaba rodeado de quinfrecuentes estos encuentros.
ce á veinte señoritas, debajo de las cuales se leía

•

•

esta pregunta en letras gordas: ¿Estd el teniente
- ¡A ver!, ¡mis pistolas!
Carrillo?
- ¡Ay!-gritú el otro viejo con voz de tiple-,
El general fué muy felicitado por este episodio ¡mi bote de ungüento! Que este bárbaro me ya á
histórico.
disparar un tiro á quemarropa... y va á matar á la
Don Fabián había tenido una inspiración de portera.
mal gusto. Comía con su señora, y el bastidor
- ¡Toma el taburete, pelmazo!, ¡y así hayan
plantado á un lado de la mesita representaba una clavado c-n él una aguja!
jaula de espesos barrotes de las que sin·en para la
Al ruido de las carcajadas que prorncaba la
exhibición de fieras.
contienda llegó Conchita, y enterada de lo que
A pesar de que la broma pasaba de la raya, ocurría, mandó traer una sillita baja.
como todo el mundo sabía las continuas disputas
Aun no se consolaba el perdidoso que, lleno
de aquellos cónyuges, que no tenían otro defecto de rencor, dijo á su amigo:
que el de pasarse la vida discutiendo, la ocurren- Al freír será el reir.
cia ~e don Fabián fué también muy celebrada.
- ¿Por qué?
l~l domador llevaba en la cabeza un gorrito de
- Tú te llevas el taburete, pero yo me he
piel y no había podido conseguir que su mujer S&lt;' traído unos perdigones en chocolate ...
encasquetara una magnífica melena de león que
- ¿Y no me darás?-preguntó el otro, ponienhabía adquirido para el caso.
'
do una cara como si oliera las perdicillas.
Elena estaba lindísima con un casco que imi- ¡No! - repuso ferozmente el amigo.
taba la cabeza de una paloma; y el bastidor, que
- ¡Toma el taburete!
•
representaba un palomar, era un cuadrito de Ho- Si no lo quiero.
rado Lengo.
- ¡Toma el taburete, ó te doy con él en lo!.
La brigadiera, defendida con su bastidor, copia sesos!
,
'·
del palacio de Trianón, estaba arrogantísima con
Y esta ,·ez acabó la con tienda á gusto de amsu artístico peinado y su cabeza empolvada.
bos respetables señores.
.
Ramón había pintado la fachada de una Casa
Por todas partes se producían incidentes pade Socorro, á cuya puerta llegaban unos camille- recidos.
ros conduciendo sobre parihuelas un corazón enorUn académico no quería que se les llamara
me chorreando sangre y atravesado por la simbó- comensales, puesto que faltaba la mensn, y decía
lica flecha.
que eran comientes á secas; y un aficionado al
Las muchachas se habían despachado á su
mosto se alarmaba al oir lo de •ÍL secas• y pedía
gusto comentando los defectos de la pintura, que otra palabra. Por fin vinieron á una transacción
estaba muy lejos de parecer un Velázquez.
patriótica, aceptando los tres la denominación de
- ¡Ay, qué pena!, ¡cómo han puesto á ese po- tragantes.
bre animal!
Los bastidores eran objeto de las más severas
- ¿Qué animal? ¡Si es un corazón!
críticas; como quiera que cada cual sabía que el
- ¡Ay!, perdone usted; creí que era un bicho suyo era muy malo, se desquitaba burlándose de
que traían al Matadero.
los demás.
- Señorita, ¡si es la Casa de Socorro!
Pero el que más dió que hablar fué el de Jua- ¡Cuidado que soy torpe!
nito Cansino.
- ¿Y en qué se conoce que esto es una Casa
Xadie sabía lo que aquello representaba: el
de Socorro? - preguntaba otra.
lienzo estaba dividido en dos partes por una línea
- En el farol, en este farol rojo.
ho~izontal; la parte superior pintada de blanco y
- ¡Toma! Por eso no la conocía yo. Si el farol
la 111f~rior de gris sucio. Ni una figura, ni un adorme parecía el morrión del portero.
no, m nada que revelase el mistrrioso asunto.
- Tiene usted razón, porque la cabeza del
- Yo necesito saber lo que es eso - decía
p_ort_ero está toca_ndo al farol; pero por algo soy Antoñita, en cuya cabeza bailaba un tremendo goc1ru1ano; ahora mismo le corto la cabeza al por- rro de plu~as.
tero...
- Adivínelo usted - decía Juanito mirando
- ¡No, por Dios! ¡No queremos verlo!
de soslayo á su novia.
. Y las muchachas huyeron lanzando alegres
Esta no quería mirarle. Sabía lo que significansas.
ba la pintura, y como el papá no autorizaba las
En un gabinete inmediato, dos señores que pa- relaciones, encontraba la broma un tanto atrevida.
saban de los cincuenta disputaban por un tabu- Pues á mí me parece que eso no es el mar.. .
rete que ambos tenían asido, y no estaban lejos (l,,fovimiento de negación de :Juanito) ni el río .. .
de quedarse cada uno con la mitad.
(ldem) ni el campo...
- Te digo que no lo suelto.
- Nada de eso.
- Ni yo tampoco.
- Y ese paraguas, ¿tiene que ver con la pin- Pues nos estaremos así hasta la consuma- tura?
ción de los siglos.
- Tiene que ver.
- Pero, ¡malvado!, ¡si sabes que me tocó en
- ¿Qué es?
suerte!
- ¿No se lo dirá usted á nadie?
- No, señor; ya dije entonces que este tabu- Lo juro por su vida de usted.
rete no se sorteaba.
- ¡No! Por la de mi futuro suegro.
- ¿Y q1:)ién eres tú para decirlo?
- ¡Pobre señor!
- ¿Yo? El padre del taburete.
- Pues lo blanco es una pared y la faja gris
- Lo creo: porque también tienes cuatro es la acera de enfrente, donde me paso la exispatas.
tencia.

�- Me parecerá exquisito.
- Elena lo hizo como lo había dicho, y Ramón
tragó el pedacito de pan.
- ¿Sabe usted lo que esto significa? - le preguntó ella.
- Usted dirá.
- Que hemos partido el pan y la sal y ya no
podemos dejar de ser amigos nunca.
- ¡Elena!
- ¿En tan poco estima usted mi amistad, que
no queda contento?
- Yo estimo la amistad de usted en mucho;
pero quiero más.
- ¿Y quiere usted que le mienta?
Ramón bajó la cabeza y no contestó.
De su doloroso ensimismamiento le sacó la voz
de Elena que le decía:
.
- Amigo llriceño, ¿querrá usted sacarme .í
bailar en cuanto empiece el baile?
Como sucede en estos casos, Elena y Ramón
discutieron, argumentaron, alegaron y no se avinieron. La Lógica es una señora muy pedante y
entonada, y Cupido es un chiquillo muy alegre y
rebelde á toda disciplina.
El ünico silogismo que el Amor admite es el
siguiente:
Premisa mayor: Yo te amo.
Premisa menor: Yo amo á otro.
Co11c/11sión: ¿Quién me compra un lio?
V

•

Antoñita se echó á reir, y la novia de Juanito,
que comprendía sin duda el asunto de la conversación, lanzó á Juanito una mirada fulminante.
La cena fué animadísima: se brindó por Concha, por la brigadiera, hasta por Juanito Cansino,
y se obtu\lieron instantáneas de todos los grupos.
- ¿Se ha fijado usted, Elena, en que estoy de
rodillas á sus pies? - decía Ramón cuando la cena
iba á terminar.
- Va ust~d á cansarse.

- Xo; porque esta es la postura de la adoración y yo no puedo cansarme de adorar á usted.
Elena reflexionó un momento. Ramón se había
puesto muy serio y parecía esperar con ansiedad
una contestación.
- ¿Ve usted este pedacito de pan? - dijo
ella.
- Sí.
- ¿Se lo comerá usted aunque lo espolvoree
con un poquito oe sal:

e

••

Pasaban los días sin que la situación se modificara en lo más mínimo.
La inquietud de Ramón iba en aumento. - «El
día menos pensado - decía - se la presenta un
mequetrefe que le causa á primera vista cierta.i~presión, ella se cree enamorada y entonces m1 situación será horrible. ¡Xo! Xo espero más.&gt;
Como Antoñita estaba en autos y veía que el
médico no imitaba á los demás buscando una víctima entre las señoritas disponibles, le dijo una
noche:
- Usted debe ser un amante modelo, para
sostener relaciones puramente espirituales.
- En efecto; soy tan sensual como el que m.á?.
- No; si digo lo contrario: puramente espmtuales.»
- Pero Antoñita, ¡si estamos diciendo lo mismo! ¿A qué llamamos relaciones puramente espirituales? A las que establecen la vista )' el oído, ¿no
es esto? Pues la \ista y el oído son dos sentidos, y
á todo lo que les pertenece se debe llamar sensual.
- ¡Puf! Eso es un chiste barato.
- No tanto Antoñita. Que se ponga un neJO
á mirarla á usted todo lo tiernamente que quiera
ó á pintar su amor con la elocuencia de Cicerón:
¿á que le da usted calabazas? Donde hay juven~ud
y amor éste es siempre sensual, corporal, material,
grosero, como usted quiera llamarle ..En ocasiones
sale por un cauce ancho y en otras tiene que correr por un alambre estrecho, como la electricidad
y hasta por un filamento, como un cabello al llegar
á la lámpara. ¿Y qué sucede? Que al encontrar ese
cauce estrechísimo la violencia con que pasa por
él lo incendia y nos alumbra. Lo mismo en el amor.

�•
Cuando dos amantes no pueden hacer otra cosa
que mirarse, las miradas forman un arco voltaico
que lo pone todo en claro; no necesitan palabras.
- Pero, en fin, se llama así: «amor espiritual»
- dijo Elena.
- Cl¡i.ro; porque si echamos al espíritu de los
ojos, ¿dónde diablos va á meterse? ¡Como no haya
vino en el estómago!
- ¡Ah, materialistón! - exclamó Antoñita - .
Ya está enseñando la oreja. Bien se ve que está
usted acostumbrado á emplear el hipnotismo y á
convertir en muñecos á los pobres enfermos.
- ¡El hipnotismo! El hipnotismo es el sello de
hostia; la medicina que encierra es la sugestión, y
esa la emplea usted y la empleamos todos,
-¡Yo!
- Pues, ¿qué es la amistad, sino sugestión? ¿Y
el amor? ¿Y el respeto del criado al amo? ¿Y el
prestigio que da la fama? Se aproximan y hablan
dos personas; cada una tiene su opinión; sin embargo, una de ellas cede á la voluntad de la otra.
¿Por qué? Porque la arrastra, la sugestiona como
amiga ó como amante.
- Perdone usted, Briceño - dijo una joven
del coro-; el amante y la amiga se resisten, discuten ...
- Y el hipn'otizado también. Antoñita sería un
sujeto terriblemente razonador y rebelde.
- Es de familia. Como papá es progresista...
- ¿Quién de nosotras es más fácil de dormir?
- preguntó la brigadiera.
- Elena - contestó Ramón.
-¡Yo!
- Usted caería como un pajarito.
- Buena cosa me ha dicho usted. Voy á huir
de usted cielos y tierra.
- ¡Cá! Está usted ya luchando entre el temor
y el deseo.
- ¡Yo! - exclamó Elena-, no lo crea usted.
Y añadió en voz baja al oído de Antoñita -: ¡el demonio del hombre:. ¡Si parece que adivina!
- Debo advertir á usted que los farsantes rodean el hipnotismo de un aparato ridículo completamente innecesario. ¿Ha observado usted que,
para dormir, se nos vuelven los ojos hacia adentro
y arriba? Pues una cosa parecida es nuestro artificio; una postura de los ojos que desvía el curso de
la sangre en el cerebro y produce un sueño que
tiene muy poco de particular.
- Lo agradezco; pero...
- Vendrá usted á pedir que la duerma.
-¡Yo!
- Ahora mismo querría usted estar lejos de
aquí, pero no se siente con fuerzas para marcharse.
Elena se sentía mal, y por disimularlo con~~&amp;

.

- ¿Y por qué he de marcharme? Para que vea
usted que no le temo, voy á sentarme.
- Hace usted muy bien en no temer. Dentro
de pocos momentos la habré dormido á usted y
verá que no le pasa nada.
- Lo veremos - dijo Elena dejándose caer en
una butaca.
- ¡Ya lo creo que lo veremos! ¿Qué decía usted, Antoñita?
Antoñita no decía nada. Recordaba la afirmación de Briceño y recordaba también cómo había

traido el hipnotismo á la conversación, cómo había
envuelto poco á poco;¡á Elena; comprendía, ya tarde, toda la habilidad con que había llegado el médico á aquel punto, y veía, en efecto, á Elena
como un pajarito pronto á sufrir la fascinación de
la serpiente.
La conversación se fraccionó, y Briceño aprovechó el descanso en que le dejaban para mirar á
Elena.
Fué una mirada de paz: ambos se miraban
como se miran y sonríen dos buenos amigos que
no están conformes y han agotado sus argumentos.
Pero en el alma de Ramón había una tremenda
ansiedad en aquel instante. ¡Con cuánto trabajo
había llegado á lo que en mecánica se llama un
disposi#vo! La luz iluminando de lleno el semblante del médico, Elena ya preparada y mirándole sin
desconfianza, las conversaciones fundiéndose en
un charloteo confuso, que era más bien un ruido
aislador; así el fenómeno tendría las apariencias de
un accidente casi fortuito, de.los que no obligan á
pedir permiso á la familia, reunir gente y desplegar una práctica de sacamuelas.
- Si suena siquiera un reloj antes de que la
duerma, todo se ha perdido, po'rque no volveré á
verme en otra - pensó Ramón.
Decíamos que Elena miraba al médico con ojos
y sonrisa de niño travieso, como diciéndole: «¿Ve
usted como no me duermo?&gt;
Ramón también la miraba fijamente; pero su
sonrisa era enigmática. Lo mismo podía significar
«Usted ha ganado», que «Ahora verás lo que te
espera.»
Y cumo había algo de reto en la actitud de la
joven, ésta no quería apartar los ojos porque no
se achacara á miedo, á pesar de que la fijeza de la
mirada iba haciéndose molesta. El amor propio,
origen de tantas caídas, la sostenía en aquella inmovilidad peligrosa.
Hubo un momento en que dudó de si miraba á
Ramón porque quería, ó porque los ojos de él la
sujetaban; sintió la angustia del que, inadvertidamente, ha caído en un lazo, y el miedo la hizo desfallecer, como á esas personas que en sueños se
ven acometidas por un asesino y quieren gritar y
no logran producir sonidos; entonces vió que la
.expresión de Ramón había cambiado y revelaba la
satánica alegría del que dice á su víctima: «¡Ya
es tarde!»; sus ojos se llenaron de agua; su vista
y su inteligencia se nublaron ...
Ramón se incorporó bruscamente, y exfendiendo sus manos, dijo con acento duro é imperioso:
- ¡Duerme!
Elena dobló la cabeza sobre un hombro, cerró los párpados y por sus mejillas resbalaron dos
lágrimas.
Fácil es comprender la sorpresa y el revuelo
producidos entre las muchachas; pero Ramón se
adelantó á las consecuencias, diciendo con autoridad profesional:
- Si hacen ustedes el menor ruido, no respondo de lo que ocurra.
- ¿Se ha dormido?- preguntaron en voz tan
baja como si estuvieran en la iglesia.
- Sí. Sin querer. Un momento en que se ha
quedado mirándome, y yo, distraído, efecto de la
costumbre, he dado la orden.

-- Pero ¿no le pasará. nada?
- Nada, si ustedes callan-. Y dirigiéndose á
Elena, la tranquilizó; le dijo que estaba sumergida
en el sueño hipnótico; que seguramente se encontraba tr.anquila y gustosa (afirmación de Elena);
que la despertaría cuando ella quisiese, y que, entre tanto, no tenía otra comunicación con el mundo que él, á cuya voluntad estaba sujeta.
Elena se estremeció ligeramente al oir esto último, y Ramón continuó:
- ¡Oh, ya verá usted que soy un tirano muy

Ramón practicó así esos juegos iniciales del
hipnotismo y le sugirió la idea que más le interesaba.(
-'- Se encuentra usted perfectamente-dijo-,
y siempre que la hipnotice á usted será para experimentar igual sensación de bienestar ·y de placidez.
- Sí, sí - diJt&gt; neryiosamente Elena, como si
Briceño hubiera esperado aquella respuesta.
- Así es que en cuanto me vea usted otra noche, deseará'usted que vuelva á hipnotizarla (li-

soportable, pero tirano al fin! Por ejemplo: yo no
quiero que levante usted el brazo derecho, y no
puede usted levantarlo. Hará usted los mayores
esfuerzos y no logrará levantar ese brazo. Pruebe
usted.
Elena expresaba una fatiga visible. Se adivinaba que hacía esfuerzos inauditos, pero en vano; el
brazo permanecía inerte.
- No puede usted. Pero ahora le mando yo
que lo levante (Elena levantó et brazo como 11n rmtómata) y que le sea imposible bajarlo (Aquí se repitieron los esfuerzos de antes y ta1t injructzeosos
como aquéllos). Bájelo usted ya.
Cayó el brazo de Elena.

gero 1,wvimientJ de protesta de Elena,
ahogado por la palabra enérgica é imperiosa del hipnotizador). ¡Sí! Deseará usted vivamente que vuelva á
dormirla, y si yo tardo en proponérselo, usted no podrá resistir á su
deseo y vendrá á reclamar de la
Ciencia la desaparición de ese malestar que la curiosidad ha hecho
nacer. Esto lo digo yo, y sucederá.
- Sí; sucederá - articuló Elena
con voz débil.
- Bueno; ahora voy á despertar
á usted. No recordará usted nada de
lo sucedido durante su sueño, y se
encontrará usted en un perfecto esta do de ánimo y contentísima de
haber realizado este experimento.
Frotó un instante con las yemas de los pulgares los párpados de Elena y ésta abrió los ojos.
- ¡Calla! ¡Me he dormido! Mejor dicho, me ha
dormido usted, doctor, ¿verdad?
- Así es.
- ¡Qué alegría siento! No me acuerdo de nada.
¿He soñado alguna tontería?
El asombro de las demás muchachas no estaba
exento de miedo. No hay cosa que entregue tanto
el ánimo como ver dormir hipnóticamente á otro.
Cualquiera de aquellas jóvenes hubiera caído en
plena hipnosis al simple mandato de Briceño.
Pero no entraba en los p lanes del médico que
Elena se convirtiera en espectadora. Toda aquella_

r

•

•

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S&lt;'SÍÓn de hipnotismo había durado cinco minutos;
Xadie, sin embargo, St' asustaba por semejante
había salido bien, no había llamado la atención de velocidad. Elena era una beldad en extr.!mo codinadie y había senido para infundir la idea de la ciable, de esas cuya posesión legítima parece un
repetici6n.
monopolio y un abuso, algo así como un latifundio
Briceño se apresuró á salir del gabinetito don- de belleza, cuya propiedad hubiera debido fracciode se había verificado la iniciación. ) á poco fué narse. Esta era, al menos, la opinión pecaminosa
alcanzado en C'l salón por Antoñita.
de los que forman calle á la puerta ele los teatros
- Ahora ya no lo dudo; le t1uerrá á usted en cuando sale la gente. Pero aquellos mismos inúticuanto usted se lo mande...
les que invocaban la propiedad colectiva, faltos de
- V sin mandárselo.
cualidades para ser due1'ws absolutos, se drscu- Y hasta se tirará por un balcón, si usted se brían respetuosamente al paso de la fC'liz pareja,
lo dice. ¡Pobre Elena!
y era su saludo el homenaje que- nunca se regatea
- ¡!'obre! ¿Tan mal cree usted que le va á ir á la virtud indiscutible.
con mi cariño?
Los amigos de él sabían que se había enamo- Sí, sí; me da miedo. Es mucho atar un alma. rado locamente de Elena y que, contra su costumSería preferible hasta que le engañaran á uno.
bre de pensar mucho las cosas, se había casado en
- ¡Pero .\ntoñita! Todo esto no es más que un seguida; de donde inferían que no era un amur
ahorro de tiempo.
pasajero el que se había posesionado de su es- Y á usted, ¿quién le hipnotiza? ¿Quién res- píritu.
ponde de que usted querrá á Elena como ella le
Y en realidad no era falta de amor lo qur hava á querer á usted?
bía reducido á ruinas la dicha de aquel matri- Yo estoy profundamente enamorado de monio.
Elena.
Ruinas, sí; la luna de miel había sido para ellos
- ¡Ojalá! Pero lo dudo; no hubiera usted teni- muy corta.
do la habilidad y la sangre fría que ha demosAl año de matrimonio no habían tenido sucetrado.
sión, y sabido es que, faltos de este elemento aglu- Eso no; cada cual ama á su manera.
tinante de la familia, los matrimonios no son una
- ¡Hum! - Y haciéndole la señal de la cruz se combinaci6n, son una mezcla.
apartó del médico.
Oigamos á la misma Elena contar á la señora
de Andilla y á ..\ntoñita, que habían ido á visitarla, el relato de sus penas.
VI
- l\Iire usted, Concha, esto no hay quien lo
entienda. Yo no puedo dudar de que Ramón me
Una nuch(· calurosa, apoyados Ramón y Elena quiere; yo le quiero con toda mi alma; no tenemos
en el alféizar de una ventana, y dormida ella por un sí ni un no; yo sé que Ramón me es fiel. .. y,
la tiránica n1luntad de su nue\·o señor, éste, exas- sin embargo, él es desgraciado ) yo no puedo ser
perado por la resistencia pasiva de Elena, siempre feliz.
obediente, pero no enamorada, puso fin á un dis- \TerdadC'ramen te es una charada lo que está
creteo que se hacía muy largo sin llegar á un usted '1iciendo, Elena; pero créame usted, yo tenacuerdo, con cstas frases:
go alguna experiC'ncia de estas cosas: todas esas
- Hay que quererme, hay que desearme, hay niñerías acaban t'n cuanto \'iene el primer hijo.
que identificarse conmigo, alegrarse ó c-ntristecer- Xo, no - contestó Elena mordiéndose los
se con mis alegrías ó mis tristezas. ¡Hay que amar- labios y saltándosele las lágrimas-; nosotros no
me! - terminó con ruda energía, dand,&gt; con el ta- seremos felices nunca.
cón en el suelo y clavando sus ojos en la hipnoti- Pero, niña, ¿qué fundamento tiene ese diszada como dos garfios de abordaje.
disgusto?
¿Qué pasó entonces en el alma de Elena? Su
- Xo puedo adivinarlo; indudablemente yo no
rostro se tiñó de carmín, moviéronse sus labios sin sirvo para casada, por bruta, por incapaz. La verpronunciar palabra alguna, y sus manos se junta- dad es que siempre he sido muy pava, y ahora me
ron sobre el pecho. La hermosísima cabeza se al- atasco donde otra más lista resolvería la cuestión
zaba ansiosan1C'nte hacia Briceño como buscando en dos manotadas.
su norte.
- Una en cada carrillo de él - interrumpió
.-\1 choque poderoso d&lt;' la férrea \·oluntad de
.\ntoñita.
él parecía haberse roto el delicado fanal que guar• - Yo no digo tanto - objetó la ele Andilla -;
dara el amor ele ella, esparciendo por todo su sér pero ¡\·aya!, que cuesta trabajo \·erla á usted sufrir
la inquietante y rmbriagadora esencia que nos sin motivo. ¡Una chica tan guapa, tan virtuosa, tan
arroja en brazos del sér querido, con la incontras- enamorada de su marido! ¿Qué más puede pedir?...
table fuerza de una reacción química, que termina
- La primera V&lt;'z que le hable - dijo Antorn la formación de un cuerpo nuc\·o.
ñita - va á tener que oirme.
Desde aquella noche venturosa tocio había ido
- i Xu, por Dios! - dijo tlena -; comprená las mil mara\illas y á paso de carga: declaración
dería que yo había hablado dr ello y sería peor.
oficial, petición de mano, preparativos, formalida- Pero usted le ha preguntado...
des y boda.
- Sí, señora; lo único que me dice es que yo
En tres meses, Ramón había llegado á la meta no debo mortificarme, porque la culpa es suya.
de sus deseos, siendo el ingeniero de s'u. propia Nada, que había soñado con una Elena y ha envida, determinando previamente el trazado de la contrado otra muy distinta.
línea férrea de su dicha y lanzándose por ella en
- Vamos, no digas tonterías, hija. Si yo me
un expreso loco.
casara y me saliera luego el gaznápiro de mi ma-

•

(

•

(

,.

•

rido con que se había equivocado, la emprendería
con él á bofetadas hasta que nos llevaran á la dt·lega, como dicen los chulos.
.
Poco más hablaron las tres muJeres hasta la
llegada de Ramón, que venía de visitar sus enfermos.
Ramón se mostró jovial; parecía el hombre más
ctichoso de la tierra, y la conversación fué desd_e
aquel momento un tejido de hipocresías y mentiras impuestas por el decoro.
.
Antoñita se contentaba con abnr de vez en
cuando unos ojos como platos, al oir ciertas cosas
y recordar la procesión que andab~ por dentro.
Por último se marcharon las v1s1tantes, y Ramón quiso aprovechar el ficticio ?uen humor de
que había hecho gala, para sugestionarse y sostenerlo de veras.
Iba á proponer á Elena ir por la noche al teatro, cuando ella, que adivinó su pC'nsamiento, se
adelantó y dijo:
- Ramón, ¿te parece que \·ayamos al teatro
esta noche?
Una nube de plomo que le cayera encima no
le hubiera puesto más desesperado. Con acento de
infinita amargura, exclamó:
.
- Muy bien; ¿por qué no á la Comedia?
- Es precisamente el teatro en que estaba
¡1ensando.
Ramón lanzó un rugido y salió á escape de la
habitación.

VII
Algunas noches después Ramón se s_entó ante
sus disrípulos para darles la clase gratuita de enfermedades nerdosas, que le ocupaba los martes,
jueves y sábados.
.
.
La habitación era la últtma de la casa, próxima
á una escalera de sen·icio, por la ·que subían los
&lt;'Studiantes.
.\ntes de que Ramón se pr&lt;'scntara, los estudiantes habían puesto un papelito sobre la mesa,
como acostumbraban siempre que le pedían algo.
Ramón tomó el papelito, lo leyó, ) tu\O que
hacer un esfuerzo para disimular su emoción. El
papelito decía: «Se suplica al scño~ proresor qur
nos diga algo acerca del amory el hipnotismo.•
Fué para Briceño una p~ñalada. .
Largo rato pasó, coor~mando sin dud_a sus
ideas, cosa que los estuchan tes . no extra,na_ron,
puesto que le obligaban á impro~1,sar. Por ultimo,
haciendo un ademán de resoluc1on, c-mpezó con
voz no muy segura:
- Señores: no me sorprende la petición de ustedes; por el contrario, me la explico_ y aun la celebro. Es w1a desgracia que muchos ltbros d_e te?&lt;to estfo escritos, no por los que hacen _la ciencia,
investigando y encontrando verdades, smo por especuladores que llevan minuciosa cuenta de lo que
trabajan otros, y se enriquecen con ello. .
.
Estos ruquitos, estos majaderos, estos 1mbéc1-

�•

•

•

les ( ~o_rpresa de los alumnos, acostumbrados á una
exquiszt~ correc~ión de lenguaje en las explicaciones
de Ramon) sacrifican y ocultan la verdad siempre
qu~ choca, á juicio de ellos, con el pudor ó con la
sen~·lad¡ esa seriedad del asno, incompatible con
la ~1enc1a, corno si un libro de ciencia fuese una
~ev~sta de moda~ que hubieran de hojear las sen_ontas, ó C?~º s1 no fuera asunto serio el que encierra la felicidad de toda la vida.
&lt;;oged un li?ro d_e Anatomía y veréis con qué
sob_nedad de~cnbe ciertas cosas; hojead una Fisiol?gia Y ve~é1s que pasa como sobre ascuas por
c1~rtos ~ap1tulos; y en cuanto al amor, al impulso
pn1;11ord1al de la humanidad, á la llave de la Pato!o~ia humana en su_s nueve décimas partes, esos
1d1ot_as autore~ de libros lo dejan en el tintero, y
sonnen des~enosamente ante esa nüierla; como si
ellos no hubiesen andado en su tiempo con la ¡¡:ui1

tarra al hmnbro, y como si hubiesen dejado más
tarde la ~area de perpetuar su nombre al cuidado
de lo~ cnados de la casa. (Tremenda explosión de
carca;adasy aplausos de los estudiantes),
¡De cuántas desgracias son responsables estos
explotadores de las ideas ajenas!
Veng~mos_ al asu_nto. En el amor hay dos clases de hipnotismo, o por mejor decir, dos clases
de sugestión; pues, como ustedes saben, aquél no
es más que e~ procedimiento para producir ésta.
Hay la sugestión suave, lenta y sana, que emplea
para hac~rse a~~r tod? el mundo, y hay también
la sugestión rap1da, v10lenta, agresiva, ¡criminal!,
que se logra con los procedimientos hipnóticos,
. To~ios ustedes conocen el fenómeno: entre un
h1pnotlzador y _una hipnotizada, á poco que el prime'.o se empene, es asunto de media docena de
l!~s1ones que la mujer se enamore del hombre que

e

•

ha secuestrado su albedrío. Este procedimiento
es una puñalada para la mujer y un veneno mortal para el hombre. (Ramón pasa su mauo por la
cara con violencia, como si quisiese aplanarla borrando las Jaccionts; despttés, mds tranquilo, continúa):
Tratemos del primer procedimiento.
El hombre se encuentra en presencia de la
m'Jjer á quien ama y, al declararle su pasión, lo
hace con la misma zozobra que el jugador que
arriesgara su último dinero y tuviera que pegarse
un tiro en caso de pérdida. No sabe si saldrá su
carta ó la contraria. Más aún: no ha hecho nada
para lograr que sea la suya la que salga. Todo lo fía
á la suerte, lo cual sería imperdonable pudiendo
ser él y no la suerte quien decidiese; pero más
imperdonable todavía no siendo él ni la suerte,
sino un cerebro femenino que se da á conocer sin
esfuerzo, al que quiere estudiarle y que, sorprendido y halagado por las circunstancias que prefiere, otorga en seguida el •sí• que se desea.
¿Qué circunstancias, qué condiciones personales son estas? El trato con la mujer lo revela pronto; el asunto es, como en las cajas de caudales,
formar una palabra con la cual cerró la Naturaleza el corazón de la mujer; «inteligencia•, « fuerza», belleza•, elegancia• , «melancolía,.,•, y una
vez hallada la palabra, el corazón se abrirá, mostrando su riqueza amorosa. (Pausa). De cada diez
veces, en nueve formen ustedes, desde luego, la
palabra «fuerza• (Risas de los nl111nnos). Entre las
más delicadas y porcelanescas beldades de un salón es objeto de muchos mimos el poeta; pero á la
hora de bailar le quita la pareja el sportman.
De cualquier modo: ya sea haciendo alardes
de matón, ya de hombre económico, bien de místico, bien de bohemio, tal vez de melancólico, tal
otra hablando mal de las patatas fritas, hay que ir
al asalto del corazón de la mujer, después de haber estudiado los caminos que á él conducen.
Si, como es probable, entráis en la fortaleza,
tened mucho cuidado con la sugestión, Tan peligroso es abandonar el poder hipnótico que nos da
nuestra condición de hombres, como abusar de la
imposición hasta matar el menor asomo de independencia, Precisamente el encanto de la vida
conyugal se cifra en ganar una tras otra esas batallas minúsculas que ofrece el trato íntimo; y es
mayor todavía si tenemos la suerte de perder alguna de vez en cuando, porque así animamos al
contrario, peleamos con más ahinco y es más gustosa la victoria siguiente. Es la lucha del maestro
de armas y su discípulo,
Bien entendido que hablamos siempre de mujeres medianamente educadas, por lo menos; no
de esa clase de bestias irreductibles que, para mover la maldita lengua, se ponen detrás del Código
y no hay manera de taparles la boca si no es yendo á la cárcel, como se ve frecuentemente en las
clases populares.
Pero con mujeres que merezcan el nombre de
tales, la sugestión bien administrada es un encanto
eterno ... Sin duda Ramón iba á continuar los elogios de
la armonía conyugal; pero se detuvo, se ensombreció su rostro, frunció el entrecejo, y al cabo
rompió, como quien suelta de los hombros un peso
abrumador:

e En cambio, señores, no hay nada tan horrible
como el amor logrado por la violencia, por la coacción del procedimiento hipnótico corriente. Para
que haya armonía, se necesitan dos ó más notas
distintas; el do y el ,ni y el sol armonizan en el
acorde de tónica; pero, ¿se puede llamar armonía
á la suma del do y el mismo do? ¿Es posible que
suene bien un piano si, teniendo pisado el do, pisáis también el mi y éste suena también como do?
La vida, señores, es un perpetuo roce con el
mundo exterior; el músculo necesita, para vivir y
fortalecerse, pesos que levantar y resistencias que
vencer; si éstos faltaran, el músculo se atrofiaría;
el tubo digestivo lucha á sus horas para separar
lo útil de lo inútil, y transformar convenientemente lo primero; dadle sustancia alimenticia prepa. rada ya de tal suerte que nuestros jugos nada tengan que hacer en ella y pueda pasar en el acto á
la sangre,y desorganizaréis el tubo digestivo y mataréis al paciente; el aparato respiratorio necesita
eliminar el ázoe y absorber el oxígeno; dadle oxígeno puro y abrasaréis los pulmones y acabaréis
co¡¡ la vida; en una palabra: nuestro cuerpo vive
luchando y venciendo resistencias, y tan mortal
sería para él suprimir la resistencia, la lucha que
ésta provoca y el esfuerzo que ello exige, como la
falta de vigor para obtener esas victorias de cada
momento y sucumbir'arrollado por el obstáculo.
Y si esto sucede con órganos y sistemas de
condición secundaria, ¿qué no sucederá con el cerebro, el primero, el más delicado, el más noble
de todos y, por lo mismo, el más sociable, el más
necesitado de ese ejercicio vivificante que se llama
controversia?
Es necesario á la vida del cerebro el choque
con la opinión ajena.
.
Solamente los brutos creen tener razón en
todo,
No puede vivir el cerebro sin reducir contradicciones, sin dar y tomar ideas, sin comercio intermental: el aislamiento lleva directamente á la
locura.
Dad un paseo por el campo y acabaréis hablando solos.
Porque, notadlo bien: la contemplación de la
Naturaleza despierta en nosotros multitud de
ideas, pero estas llegan á ser en tal número y se
mueven tan desordenadamente, que el pensamiento gira como un torbellino sin producir cosa
alguna de provecho y se pierde en un laberinto de
incongruencias;si entonces se abren vuestros labios
para lanzar alguna frase, veréis que la palabra, colgada como una señora gorda del brazo del pensamiento, le contiene, suprime los torbellinos vertiginosos y le encamina paso á paso hacia un objeto
determinado. Con ayuda de las palabras, el hombre extiende la doctrina, articula sus principios,
construye el sistema y determina una tras otra las
aplicaciones, (Aplattsos, en seguida contenidos para
no perder la continuación). Y es que la palabra no
sólo es un elemento regulador de la actividad del
cerebro, sino también su excitante más poderoso;
es que la idea que sale formulada en palabras por
la boca vuelve á entrar en el cerebro por el oído
y, como si fuera opinión ajena, estimula nuestro
pensamiento invitándole á la contradicción, á la
rectificación, á la depuración de la propia idea. El
que habla solo, discute con su propia voz; el que

�•

)9

mesa, afianzando la mano izquierda al ~orde y señalando con el índice de la d~re~ha, gntó:
«Pues esa, ¡esa es la obra mlame de la sug_estión hipnótica! Envuelve el cerebro de la mujer,
,aprieta las ligaduras, descoyunta y rompe los resortes del pensamiento, destruye toda fuerza de
Jnde¡iendencia y lo arrastra. e? _p~s del n_uestro,
matando su personalidad, su 1111ciativa, su h~ertad
y su gracia; y dejando el n~estro c_omo musculo
·sin pesos, como estómago sm trabajo, _como pulmón quemado por el exíg~n?, como piltrafa 1~erviosa impropia para la felicidad y para la vida.
JSííííí! ... •
Con la cara al ras del tablero de la mesa, Ramón babeaba las palabras:
.
«Es indudable - contmuó sm abandonar tan
-extraña postura, - es indudable que así como
Dios hizo al hombre libre para quererle ó para
.odiarle pudo sujetar su corazón, pudo negarle ese
.albedrí~ y que todas las criaturas hubiesen ama.~o
y amase~ eternamente f la divinidad.:. Pero Dios
no lo quiso porque sa~1a lo que los miserables humanos tan amigos de imponer amores y resp~tos
por la 'ruerza, ignorarán todavía por muchos anos:

Dios sabía que el amor, si no es espontáneo, no
satisface.•
,
Dos estudiantes se habían abalanzado a él y
procuraban incorporarle.
. .
En esto se oyó tras de la puerta v1dnera el
ruido sordo de un cuerpo que cae al suelo. ,
Ramón se puso en pie, levantando con él a los
que le sujetaban. Estaba terri_ble, de,scomp~esto.
_ ¡Ah!-gritaba :--,¡cuán -~1en dec1'.'-el emmente fisiólogo inglés miss Antomta, sobrina, de Carlos Rubio: c¡Es mucho atar un alma! ¡Sena preferible hasta que le engañaran á uno!•_
.
Abrióse la puerta vidriera y saltó una cnada
llena de susto.
- ¡Señorito!. . .
.,
Ramón levantó el tintero para arroiarselo á la
cabeza.
· - ¡Fuera de aquí! ¡Todo e~tá roto!. ·.._
Y cayó desplomado en el sillón, respnando fas
tigosarnente.
.
- ¡Está loco!-decían en voz baja los alumnos.
Unos le rodeaban, otros ayudaron á la criada
á. levantar á Elena, que había caído desmayada en
el pasillo.

.ll3 F ~brero 1&lt;yJ7.

escribe, contiende con su propia letra, y en uno y
otro caso, al decir «discute• y «contiende», quiero significar que contradice y purifica la verdad
perseguida en aquel momento. Así como el diamante sólo se talla con polvo de diamante, las palabras son también las partículas con que se labran las facetas del pensamiento, . (Los estudiantes rompen en una ovación delirante y prolongada.
Un estudiantón que está en primera fila, coge la
mano del profesor y le contempla embobado y sonriente).
Cuando Ramón consiguió calmar con sus ademanes el frenesí de sus discípulos, había desaparecido de su semblante la animación producida
por el entusiasmo científico. Sólo quedaba en él
la excitación oratoria, pero apuntada, sin duda, á
la zona negra del asunto, á la que venía bordeando sin afrontarla, por temor á poner el dedo en la
llaga propia. Ya era irremediable; había que enlazar aquella fisiología cerebral con el amor y
el hipnotismo, que era lo que aguardaban los
alumnos.
« Hemos dicho antes que la palabra que hablamos ó que escribimos excita nuestro cerebro
como si fuera ajena, como si no reconociéramos
nuestra voz ó nuestra escritura y discutiéramos
con otra persona. Y es que el mayor placer y el
más fecundo del cerebro es ese: la comunicación
con otro cerebro, el choque de ideas, la discusión,
el ejercicio que conserva la salud del órgano.
Y como también hemos dicho antes, la nota
producida por el otro cerebro ha de ser distinta
de la que el nuestro produce: si nosotros damos el
do, la mujer debe dar el mi ó cualquiera otra de
las notas que con el do armonizan, que son todas·

menos el si, ¡cosa curiosa! La nota característica
del que en música se llama acorde de sétima dominante, y fuera de la música significa que no hay
marido que transija con ese acorde de la señora.
Ahora bien; ¿qué armonía, qué trato, qué vida
es posible cuando el cerebro de la mujer no da
una nota distinta, sino exactamente la misma que
nosotros y de una manera insistente, monótona,
infalible, que taladra el oído, perfora el cráneo y
desgarra como un proyectil nuestro cerebro?,
Al decir estas palabras, Ramón · había ido poniéndose en pie, y cogiendo un libro que tenía sobre la mesa, lo arrojó de plano contra ella á la conclusión del párrafo.
Entre los alumnos se produjo un silencio en
que se mezclaban la sorpresa y el temor. No sabían lo que le pasaba á don Ramón, pero era indudable que le pasaba algo.
Ramón, como asustado del ruido y corno avergonzado de aquella violencia, continuó:
« Ko; no hay trato ni vida posible cuando el
cerebro de la mujer es como un pedazo de nuestro
propio cerebro, cuando la idea que ha de salir al
paso de la nuestra es la misma idea que ha brotado en nuestra mente, cuando hasta las palabras
con que íbamos á formularla (Estrujando el papel
que habían escrito los alumnos) salen por la boca de
la mujer en vez de salir por nuestra boca. •
Las manos de Ramón temblaban. Su voz pasaba repentinamente d e ronca á chillona. La mayor
parte de los alumnos estaban sobrecogidos; algunos, alarmados y llenos de zozobra, habían visto
moverse los visillos de la puerta que daba paso al
interior de la casa.
De pronto Ramón, echando el cuerpo sobre la

•
FIN

¡ ti
literario -,, No se devuelven los orlglneles.
Reservados to-fas
los derechos
de p~~,z;~~I
i"m;r::1a de Jos~ Blass Y Cia., San /\'\ateo 1, l'\adrld.
Fotograbados
de Durá
y Compañia.
-

�r

\./,o .

El [uEnto 5Emanal

El [HBDfo&amp;Bmanal

PUBLICA EN SU NÚMERO PRÓXIMO

POMPflS DE JflBÓN
Novela, por PABLO f'ARELLADA

El [UBnto SBmanal

EPILEPSifl
ó accidentes nerviosos

NÚMEROS PUBLICADOS

CURACIÓN RADICAL
aun en los casos en que
fracasa la medicación
polibromurada, con las

0

l. Desencanto (novela), por Jacinto Octavlo
Picón.
2.0 La sonrisa de 0locconda (bocetos de comedia), por Jacinto Benavente.
3.0 Aventura (novela),de G. Martlnez Sierra.
0
4. La cita (novela), por Eduardo Zamacols.
5.0 La guitarra (drama en tres actos, y en
prosa), por Salvador Rueda.
6.0 La maldita culpa (novela), por AntonJo
Zozaya.
7.° Cada uno... (novela), por Emllla Pardo
Bazán.
8.0 Una letra de cambio (novela), por Joaquin Dicenta.
9. 0 Reveladoras (novela), por Felipe Trigo.
10. El alma viajera (no'{ela), por Jose Francés.
11. La caravana (novela), por Eduardo Marquina.
12. La soledad del campo (novela), por Juan
Pérez Zúñiga.
13. Del Rastro á Maravillas (novela), por Pedro de Réplde.
14. Guillermo el apasionado (novela), por
Manuel Bueno.
15. La espuma del champagne (comedia en
un acto), por M. Linares Rlvas.
16. Ni amor nl arte (novela), por Pedro Mata.
17. Un suel!o (novela), por Amado Nervo.
18. Historia de una reina (novela), por Alejandro Sawa.
19. El milagro de las rosas (novela), por
Franc1sl!o Vlllaespesa.
20. La madrecita (novela), por S. y J. Álvarez Quintero.
21. El fin de una leyenda (novela), por Slneslo Delgado.
22. De corazón en corazón (novela), por
E. Ramlrez-Angel.
23. La conquista del jándalo ( novela), por
Alejandro Larrublera.
24. Las 'tres Reinas (novela), por Mauricio
López-Roberts.
25. El tesoro del castillo (novela), por Carmen de Burgos Segul (Colomblne).

Pastillas Antiepilépti cas de Ocboa

.

No quitan el apetito
No deprimen
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El lazareto (zarzuela).
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                    <text>��CARTAS AMATORIAS

DE LA AVELLANEDA
INTRODUCCIÓN

No obstante el parecer de don Marcelino Menéndez y Pelayo acerca de la publicación de estas cartas que ahora ven la luz
en Cuba por primera vez, parecer expresado en el sentido de
que la Avellaneda
no hubiese agradecido mucho estas revelaciones póstumas, tan frecuentes
en F rancia como desusadas entre nosotros (a),

entiendo que deben ser conocidas en nuestra patria las epístolas amorosas que la insigne poetisa camagüeyana escribió a don
I gnacio de Cepeda y Alcalde, nacido en Osuna (España) el 21
de enero de 1816. Y lo entiendo así, porque pienso en estos asuntos lo mismo que los franceses: que todo cuanto se relacione con
las grandes figuras nacionales, debe ser estudiado, conocido,
divulgado, cuidadosamente recogido y reverentemente examinado, a fin de que ningún aspecto de ellas quede en la sombra; y
sin gue tales escudriñamientos signifiquen, en absoluto, falta
de respeto a l a memoria de quienes, cualesquiera que hayan sido
sus defectos en la vida privada, siempre merecen, por sus éxitos personales y el brillo de su actuación pública, la consideración que nadie les niega por la publicidad de sus desánimos o
flaquezas. Por el contrario, l a divulgación de estas intimidades suele acrecentar la simpatía pública por determinados personajes, aunque no han sido raros los casos en que el conocí( a)

Hi&amp;toria de la Poeala Hiapano-Americana, Madrid, 1 911, t. I, p. 273.

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�18

19

CUBA CONTEMPORÁNEA

CAR'rAS A)fATOHI.\S DE LA AVELLANEDA

miento de íntimos detalles personales ha hecho descender algunos grados el nivel de la admiración popular.
Lo mismo que se ha hecho en Francia con Gcorge Sand-que
tantos puntos de contacto tiene con la Avellaneda-, con Víctor
Hugo, con Napoleón y con otras figuras descollantes en la historia literaria y política francesa, y que en cierto modo viene
realizando en Cuba con el inmortal Martí nuestro compatriota
Gonzalo de Quesada, ¿ hay razón para que aquí no se haga con
la Avellaneda, f'S decir, para que se repita entre nosotros respecto de ella, puesto que ya está hecho en España ·desde hace
seis años YEntiendo que no.
No puedo prever cómo será recibida en Cuba la divulgación
de estos documentos en que

sen que ésta no era buena en los comienzos de la vida literaria de
la poetisa, o que era anticuado su modo de escribir,-que fué
después ganando en perfección y en belleza, notables en las últimas cartas de esta colección.
Por mi parte, debo hacer constar que en esta reproducción
respetaré fielmente los modos de escribir de la poetisa y del
comentador y anotador de sus cartas amatorias. Sólo introduciré una variación, que nada tiene que ver con los textos, que en
nada los altera: consiste en que las notas irán numeradas correlativamente en cada una de las partes de que consta el libro de
donde copio, en vez de recomenzar la numeración en cada
página en que las haya. Además, también hago constar que, salvo
indicación en contrario, todas las notas son del señor Cruz de
Fuentes : son mías las que aparecen entre paréntesis cuadrados,
en el texto del prólogo, de las cartas o en el de las acotaciones del
Sr. Cruz de Fuentes, y las que señale con estas letras: N. del C.
(Nota del copista.)
Como antes he dejado entender, presumo que no faltarán
comentarios maliciosos por la publicación de estas cartas; pero
quiero ignorarlos. Las publico porque sé que en Cuba,
desde que en 1907 apareció en España el libro que las contiene,
muchas personas desean leer estas epístolas escritas con todo
el fuego que tradicionalmente se atribuye a las hijas de los
trópicos. El único ejemplar llegado a la Habana, según mis noticias, es este del cual las tomo: pertenece a la biblioteca del
Ateneo de la Habana, donde muy pocas personas pudieron verlo a causa de que estuvo perdido algún tiempo.
Cierto día, cuando catalogaba yo, por razón de mi cargo de
Secretario de Canje y Correspondencia del Ateneo, los volúmenes guardados en sus casi vacíos estantes, tuve la alegría de
que mis manos diesen con el preciado libro perdido; y temeroso de que algún bibliómano, bibliófilo o malintencionado, lo hiciese desaparecer quizás para siempre, sin más provecho que el
suyo personal, decidí copiarlo y dar a conocer la copia en la
primera oportunidad favorable. Ninguna mejor que esta del
año en que se celebra el centenario del fausto natalicio de la
gloriosa camagüeyana, que será solemnizado con festejos nacionales el 23 de marzo y la erección de una estatua en su ciudad

hay datos muy importantes para la psicología de la poetisa, que en parte
confirman, y en parte rectifican, la idea que por tradición de los que la conocieron, se tiene de ella (b);

pero es indudable que, a1mque sólo sea por lo interesantes que
son, deben ser conocidos aquí lo mismo que lo fueron en España,
donde, a pesar de la exigua tirada de la obra de la cual los tomo
(300 ejemplares, no puestos a la venta), están bastante divulgados; y nadie, que yo sepa, se ha escandalizado por la publicación de ellos, ni nadie, tampoco, reparó en que acaso el comentador de estas cartas puso demasiado empeño en hacer resaltar los defectos ortográficos de la ilustre cantora, que las trazó
sin pensar en que algún día sus arrebatadas epístolas amorosas
serían objeto de nimia crítica y de la curiosidad de sus compatriotas.
No se me oculta que los documentos deben ser publicados
tal y como fueron escritos ; por lo tanto, creo que ha hecho
bien el señor Lorenzo Cruz de Fuentes, recopilador y comentarista de estos a que voy refiriéndome, en respetar la ortografía
de la Avellaneda: pero, a mi entender, no tuvo necesidad de
señalar el "abandono" y el "descuido" de la escritora : con
haber indicado que respetaba escrupulosamente la ortografía de
los originales, era suficiente para que los lectores comprendie(b)

Op. cit., p. 272•78.

�20

COBA CONTE~IPORÁNEA

natal ; y como sé que presto un servicio a las letras de mi patria
con la publicación de estas cartas, ninguna consideración ha sido
bastante a detenerme en el propósito de darlas a luz, acariciado
desde que cayeron en mis manos.

•••
A.demás de los interesantes artículos que dedicaron a este
libro, entre otros notables escritores españoles, don Francisco
Rodrígue7. Marín en la revista matritense A. B. O. (reproducido
en el Diario de la Marina, Habana, edición de la tarde del 22
de enero de 1909), y la Condesa de Pardo Bazán (véase el diario citado, edición matinal del 24 de julio de 1910), el admirado
crítico cubano Enrique Piñeyro, fallecido no hace mucho en
París, dedicó también a estas epístolas, tres años después de
publicado el volumen que las contiene, un bello artículo en El
Fígaro de esta capital, número del 22 de enero de 1911. Está
fechado en París el 30 de diciembre de 1910; y como da una
síntesis exacta del contenido del libro, admirablemente escrita
como casi todo lo que salió de la elegante pluma de aquel compatriota casi olvidado, con evidente injusticia, no resisto al deseo de transcribirlo íntegro, menos el último párrafo, que no hace
al caso para mi propósito. El artículo se titula La Avellaneda y
Safo, y dice así:
Gertrudis Gómez de Avellaneda falleció en Madrid el año de 1873, y en
el cortejo que acompañó su cadáver al cementerio '' no éramos, dijo Carlos
Frontaura, al siguiente día en el Eco de Ambos Mundos, más que seis escritores"; ¡ tan olvidada la tenían ya, allí donde habia vivido muchos años y
ganado lauros infinitos en teatros y liceos! Creo que asimismo ha sido hasta
el presente, recordada apenas de tiempo en tiempo por sus antiguos cofrades ó por los nuevos cultivadores de las letras.
Mas he aquí que al cabo de treinta y tantos años de aquella triste mañana de Febrero en que, tan poco acompañada, la llevaron al Campo Santo
de San Martín, vuelven inesperadamente á la superficie en el mundo español su nombre, sus escritos y la historia entera de su vida, á suscitar animadas discusiones, á dar pábulo á interesantes apreciaciones. Todo ello en
virtud de la aparición de un librito, impreso en corto número de ejemplares,
no puestos de venta en las librerías, ni tampoco en casa de la persona que
quiso costear la edición! El pequeño volumen, que á manera de bólido des·
prendido de la bóveda celeste atravesó nuestra atmósfera y cayó crepitan-

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

21

do contra el suelo, se compone de una autobiografía, nunca impresa, desconocida, en que cuenta Gertrudis los sucesos más íntimos de su vida hasta
el año de 1839, y de cuarenta cartas amorosas, escritas en diversos momentos desde ese mismo año hasta 1854, dirigidas á un caballero andaluz que
conoció en Sevilla, por quien muestra inequívocamente sentir el más vivo,
ardiente afecto, y es el mismo individuo para quien fué escrita la autobiografía. No hay misterio alguno en el asunto, ni respecto á la persona ni en
cuanto á los sentimientos que las agitaron; pero es de sentirse que solamente se uos comuniquen las cartas de la amante y no las del hasta ahora
ignorado individuo que logró inspirar á tan bella é inteligente mujer pasión
tan larga y tan profunda. Sábese perfectamente, sin embargo, que se llamaba D. Ignacio de Cepeda, que era en 1839 un joven de veintitrés años, que
concluía sus estudios en la Universidad, y que Gertrudis, joven entonces de
veinticinco años, se enamoró de él perdidamente, es decir, con toda la capacidad de amar concentrada en su corazón volcánico, y que bien se reflejaba
en su encendida tez morena, en sus radiantes ojos negros y en su impetuoso
carácter. Duraron esos amores quince años, como de las fechas de las cartas
se deduce, pero interrumpidos varias veces: por oposición de la familia del
novio, por viaje y residencia de la poetisa en Madrid; luego por el primer
matrimonio de Gertrudis. Reanudados después de la viudez, extinguiéronse
por último en 1854. En este año hacía ya tiempo que residia D. Ignacio en
Huelva, ocupado en dirigir grnndes y ricas propiedades agrícolas heredadas
de sus padres; mientras ella, establecida en Madrid, se consagraba á escribir para el teatro en busca de nuevos laureles, que en efecto recogió abundantemente con piezas como "Los Duendes en Palacio" y otras, no de las
mejores suyas, pero sí de las más aplaudidas entre todas. También Cepeda contrajo en ese año matrimonio con una dama distinguida de su provincia, y esta señora, viuda hoy, es la que ha costeado la impresión del tomo,
acompañado de minucioso artículo necrológico en honor del difunto consorte.
Confieso que han sido para mí estas cartas una gran sorpresa, paes hasta
este momento había siempre pensado, por todo lo que de ella directamente
sabía así como por sus escritos, que el orgullo y la entereza habían sido
los rasgos predominantes del carácter de la .Avellaneda, y que á los actos
de su vida podía aplicarse mejor que á sus escritos aquella frase, de gusto
bien dudoso, atribuida á D. Juan Nicasio Gallego: '' es mucho hombre esta
mujer". Recordaba igualmente que la vez única que en su tomo de poesías
claramente parecía aludir á un desengaño amoroso, había expresado su
pena en versos que realmente tienen mucho más de coléricos y orgullosos
que de tiernos y doloridos; versos que cuadran bien con lo que Ferrer del
Río, su contemporáneo, en alguna parte llama '' la altivez y soberbia de
su carácter". Son éstos:
Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos;
Nunca, si fuere error, la verdad mire!
Que tantos años de amarguras llenos
Trague el olvido : el corazón respire !

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CARTAS AJ\IATORIAS DE LA AVELT,ANEDA

COBA CON'l'E:lfPORÁNEA

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
Una vez y otra vez pisaste insano ....
No era tuyo el poder que irresistible
Postró ante ti mis fuerzas vencedoras.
Quísolo Dios y fué: gloria á su nombre l
Todo se terminó: recobro aliento:
¡ Angel de las venganzas! ya eres h~mbre;
Ni amor ni miedo al contemplarte siento.
No son muchos los versos amorosos entre los de la Avellaneda Y, como á
los que acabo de citar, apenas le viene bien el adjetivo, si, por eje~plo, se
les compara con las dos odas casi completas y los otros frag~entos mmortales que nos quedan de la gran poetisa griega, que en la isla de Lesbos nació y vivió seiscientos años antes de J. C. No babia existido hasta el presente razón directa de recordar á Safo al tratar de la poetisa cubana. Pero
el caso es aho1·a diferente. La Avallaneda amó, no cabe duda, amó con pasión física, profunda, dominadora; del mismo modo que la mujer admirable de Lesbos amó á Faón, el hermoso barquero, de que vagamente nos habla
la leyenda. Pero cúmplenos deplorar---eolocándonos en un punto de vista
de arte exclusivo,-que por desgracia al confesar y expresar la interesante
cubana su ardoroso sentimiento, no lo hiciera en verso sino en prosa. Las
cartas á. Cepeda, palpitante imagen de lastimosa realidad, eco vibrante de
gritos de pasión incontrastable, no tendrían precio, serían extraordinaria
maravilla, si estuviesen engastadas en el fino y. resistente metal en que fijó
ella sus poesfas. Una prosa rápidamente escrita, no releída por su autora
antes de emprender el camino que por fortuna la traería al fin y al cabo
hasta nosotros, sin tener siquiera corregidas las faltas de ortografía, no
puede consolarnos de la ocasión frustrada, única en cierto modo, de poseer
en hermosos versos castellanos la historia auténtica de una pasión femenina
arrebatada, no etérea y mística como la de Victoria Colonna, ni circunspecta y vacilante como la Elizabeth Barrett, sino esencialmente humana y sin
otro objeto que ser igualmente correspondida. Esto precisamente fué lo
que apenas pudo la infeliz lograr, pues Cepeda resultó más tibio, más indiferente en suma que el mismo Faón. Muy violenta debió ser la indignación
de Gertrudis y el rompimiento de las relaciones, cuando ni siquiera parece
ella haber pensado en reclamar sus cartas y evitar así que pudieran algún
dfa publicarse por iniciativa extraña y en desfavorables condiciones, como
ha sucedido.

•••
El libro que contiene estas epístolas de la egregia poetisa,
"la más grande de todos los tiempos", como alguien la ha llamado, consta de 158 páginas en 8.0 , y se intitula así:
LA AVELLANEDA I Autobiografía y cartas de la ilustre poe-

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tisa I hasta ahora inéditas, 1 con un prólogo y una necrología 1
por I D. Lorenzo Cruz de Fuentes, 1 Catedrático del Instituto
Gral. y Técnico de Hitelva, 1 Individuo correspondiente de la
Real Academia de la Historia, 1 &amp;c., &amp;c. 1 Publícase á expensas de
la Ilma. Sra. D.ª María de Córdova y Govcmtes, 1 viuda de Cepeda. 1 Huelva, 1 I mprenta y Papelería de Miguel Mora y Compa1íía, Sagasta, 6. l 1907.
En la última página, la correspondiente al colofón, dice lo
siguiente: Esta obra no se vende. Tirada, 300 Ejemplares.
El libro está dividido en cuatro partes : la primera, que es
el prólogo, consta de ocho páginas; la segunda, titulada Autobiografía de la Sra. D.ª Gertr-udis Gómez de Avellaneda, cuenta
treinta y dos; la tercera, rotulada Cartas de la Sra. D.ª Gertrudis Gómez de Avellaneda, tiene noventa y cuatro y en ella aparecen cuarenta epístolas numeradas de la I a la XXXX (sic; en
vez de XL), y la cuarta y última, intitulada Necrología del Ilmo.
Sr. D. Ignacio de Cepeda y Alcalde, que es la persona a quien
fueron dirigidas, consta de catorce páginas.
En la primera parte, o sea el prólogo, el señor Lorenzo Cruz
de Fuentes atinadamente presenta a La Peregrina en el nuevo
aspecto de su estilo epistolar. V arias de estas cartas, sobre todo
algunas de las últimas, realmente son notables por el vigor y la
elevación del pensamiento, por la elegancia del estilo y la belleza de los conceptos. El compilador, en ciertas partes, creyó
prudente suprimir pasajes o palabras; y por noticias particulares que tengo, parece que en este volumen de que voy tratando
no están todas las cartas de la Avellaneda al señor Cepeda.
Si el señor Cruz de Fuentes se decide a hacer una segunda
edición de este libro ( como parece ser su propósito), &amp;las publicará todas y añadirá nuevos datos tendientes al conocimiento
íntimo de la genial lírica? De esperar es, y que complete los
pasajes tnmcos de algunas de estas cartas. Así será el libro
doblemente interesante, y no dudo que en Cuba tendrá excelente acogida esa segunda edición de obra de tan grande interés
para nuestras letras.
CARLOS DE VELASCO.
Enero. 1914.

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CUBA CON'l'EMPORÁNEA

PRÓLOGO
Las obras de D.ª Gertrudis Gómez de Avellaneda están ya juzgadas definitivamente por la crítica literaria y el nombre ilustre
de su inspirada autora ocupa lugar preeminente entre los más esclarecidos poetas que brillaron en el parnaso español, y como
el primero entre las poetisas, que hablaron la lengua de Cervantes. No seré yo quien repita aquí sandia y torpemente lo
que con tan profundo conocimiento de la materia y por elegante
modo dejaron consignado en luminosos artículos periodísticos,
en cartas laudatorias ó en eruditos prólogos, varones tan preclaros como D. Juan Nicasio Gallego, don Alberto Lista, D . Nicomedes Pastor D~az, D. Juan Valera, D. Pedro Antonio Alarcón, D. Severo Catalina y el Duque de Frías, por no citar más,
que sobresalen en la república de las letras, unos como poetas,
otros como críticos, otros como novelistas, y todos como maestros
consumados del bien decir.
Pero con tener el público un perfecto conocimiento del soberano arte de la .Avellaneda desde que salieron a luz los cinco
tomos de sus obras literarias (1), que nos la presentan ceñida
su frente de la triple corona de novelista, de poeta lírico y de
autor dramático, todavía nos es posible conocerla bajo un nuevo
aspecto por todos ignorado, como modelo en el estilo epistolar,
merced á unos manuscritos, que paran hoy en nuestro poder,
trasmitidos por el que fué su propietario el Ilmo. Sr. D . Ignacio
de Cepeda y Alcalde; quien mirando en mí, no seguramente al
más hábil de sus amigos, sino á uno de los más devotos y sinceros, quiso confiarle el honroso encargo, que yo acepté agradecido como un halago de la fortuna, de dar a los moldes de la
imprenta tan preciosas reliquias. Hasta aquí habíamos apreciado los altísimos méritos de la ilustre hija de Puerto-Príncipe,
de la insigne Tula, como familiarmente era llamada, por los
(1) Obraa literarias de la Señora Doña Gertrudi8 G6mez .4.vellaneda--Oolecci6n Oompleta--Madrid--lmprenta 11 Bstereotipia de M. Rivadeneyra, calle del D,..
que de Osuna, número 8-1869.

CARTAS A~TORIAS D.I!: LA AVELLANEDA

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escritos dedicados a ver la luz pública, en los que quiso ella
darse á conocer al mundo literario como artífice de la palabra
y del pensamiento, más [sic] ahora han de ser avaloradas también
esas sus bellas cualidades de escritora correctísima, espontánea
como pocas, y de muy profunda pensadora, aún en aquellas producciones que trazó su pluma, condenadas al nacer por su autora á ser rotas o quemadas sin remisión alguna, cruel sentencia
que por suerte no llegó a cumplirse. Estas son la autobiografía
y las cartas que publicamos, inspiradas en la más ardiente y
noble pasión amorosa que puede concebirse y dirigidas, con el
sigilo de que tanto gustan los enamorados, al que fué sagrado
objeto de sus más puros y dulces amores, á sit ídolo, á su Dios,
como repetida vez le llama.
Corría el año 1839 cuando la Srta. Gertrudis Gómez de .Avellaneda, que ya había acreditado el pseudónimo La Peregrina
con que firmaba algunas de sus producciones poéticas, conoció
en Sevilla entre la buena sociedad, que le aplaudía y le admiraba, á D. Ignacio de Cepeda, joven entonces de 23 años, hijo
de noble familia ursaonense, estudiante de la Facultad de Derecho, tipo de hermosura varonil, culto sin presunción, elegante sin amaneramiento, bondadoso y afable por naturaleza, y
para que nada le faltase para llenar las aspiraciones del más
exigente corazón femenino, era rico por su casa, que poseía cuantiosos bienes de fortuna en la dicha ciudad, en Osuna, en Villalba del .Alcor y en Almonte. Con estas raras cualidades, difíciles de reunir en un solo sujeto, no es de extrañar que la eminente poetisa, que también se hallaba en la exuberancia de la juventud, empezando por ser su amiga más sincera, no tardase en
ver prendida en SJ&gt; pecho la llama del amor y que aceptase como
un don del cielo á aquél su amigo, que satisfacía los estímulos
de su corazón de fuego, y en el cual se armonizaban y sintetizaban las realidades de la vida con los ensueños de mujer, que
en su portentosa imaginación se había forjado.
Pero esas ilusiones, ese férvido entusiasmo de que están, no
llenas, sino rebosantes las cartas de aquella época, fueron para
la genial cubana como el heno, verde á la mañana, seco
á la tarde, ó cual gentil amapola tronchada al nacer por rudo
arado. La revolución operada en su espíritu fué súbita y dolo-

�CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

27

CUBA CONTE)IPORÁNEA

rosa: el ídolo cayó de su profanado altar y se destruyó el culto.
Cuál fué la causa de tanta desventura Y No lo sabemos á cien6
cia cierta. Los celos tal vez; la pasión absorvente, [sic] avasalladora, que no conocía límites, de la franca india, como graciosamente á sí propia se llamaba la simpática Tula; y la templanza sostenida del Sr. Cepeda ante el temor instintivo de entregarse con armas y bagaje á aquella inteligencia poderosa,
que algún día podría anularle con su superioridad indiscutible,
debieron hacer el milagro. El hecho es, que en los primeros meses del año 1840, pierden las cartas su tinte apasionado, para
reducirse paulatinamente á una correspondencia entre dos amigos muy íntimos, muy queridos, pero nada más que amigos,
como antes lo habían sido; y que esa transformación de afectos costó á la poetisa una de esas crisis morales, que forman
época en la vida del individuo, dejando en el alma huellas imborrables. '' En un rapto de mal humor-decía-he rasgado dos
actos de mi drama (2). En otro rapto de mal humor hice trizas el vestido que debía ponerme esta noche. . . no será extraño,
que en otro me arroje por el balcón. . . A Dios, ten compasión
de una mujer, que pudo ser algo en el mundo y que ya es nada.
Amame ó mátame. . . no hay para mí otra alternativa. ¡ Tantos
días sin verte 1. . . tienes de hielo el corazón t. . . ¡ qué significa
esto?. . . te pesa ya mi amor Y. . . Acaso te pese, pero no tanto
como á mí la vida." (3)
De aquí nacieron el pesimismo, la tristeza, el desengaño y la
melancolía, que impregnaron su alma tierna y apasionada desde sus años juveniles y de que van saturadas muchas de las poesías líricas engendradas por su fecundo numen. Bien lo echa
de ver sin acertar con la explicación el eximio poeta y profundo crítico Sr. Gallego (4). "Al lado-dice-de las ideas nobles y de la elevación de espiritu, que distinguen á nuestra poe-

tisa, se notan ciertos suspiros de desaliento, desengaño y saciedad de la vida, que harán creer al lector ( como nosotros lo
creímos al ver algunas muestras en un periódico de Cádiz) que
son fruto de la edad madura, de esperanzas frustradas, de ilusiones desvanecidas por una larga y costosa experiencia. ¡ Cual
fué, pues, nuestro asombro cuando nos encontramos con una
señorita de veinte y cinco años, en extremo agraciada, viva y
llena de atractivos!. .. Posible es, que la señorita Avellaneda
tenga fundadas razones para estar disgustada, hasta el punto
de pintarse consumida de tedio ( tal es el asunto de uno de sus
más bien torneados sonetos) (5), cuando su condición social, sus
pocos años y sus dotes personales debieran lisonjearle infinito;
pero es harto más probable que esté algún tanto contagiada de
la manía del siglo y sea más ficticio que real el desaliento que
nos pinta en algunas de sus composiciones. Acaso tendrán en
esto no pequeña influencia las horas desusadas que dedica a
su estudio, y suelen ser desde la una a las cuatro de la mañana.''
Y en parecida equivocación no pudo menos de incurrir por
falta de datos el gran estilista, el sabio maestro ·de las letras patrias, don Juan Valera, al juzgar en notabilísimo artículo (6)
con la altura de miras, que le era propia, las producciones líricas
de la Avellaneda, de la cual asegura con sobrado fundamento,
que en ese género--"no tiene ni tuvo nunca rival en España,
y sería menester, fuera de España, retroceder hasta la edad más
gloriosa de Grecia para hallarle rivales en Safo y en Corina, si
no brillase en Italia, en la primera mitad del siglo XVI, la bella
y enamorada Victoria Colonna, Marquesa de Pescara;"-pero
abunda en la misma opinión del Sr. Gallego, de que nuestra
poetisa se había contagiado del menosprecio del mundo y de los
hombres,-"sentimiento propio de este siglo y fuente de rica
y elevada aunque amarga inspiración; "-y al establecer un paralelo entre ambas poetisas, afirma de la española, que-'' se había visto obligada acaso a conservar con frecuencia su ideal en

(2) El drama L1011cia que entonces escribla y que fué estrenado en Sevilla
el 6 de Junio de 1840.
( 3) Carla escrita en SeTilla y remitida i la Posada de la Castalia, calle del
Burro (hoy Alfonao el Sabio), con esta indicación en el sobrescrito--""'- D. Ignacio
Cepeda en S. :M. (au mano). No tiene fecha, coal\ muy común en esta correspondencia, pero de au contenido se deduce qua fué escrita en los Carnavales de 184.0.
( 4). D. Juan Nicasio Galle¡o en el prólo¡o i la l.ª edición de las poeala■
de la Avellaneda, Madrid. 18n.

(5) Alude, sin duda, al titulado Jfi .ICal, que 1!.¡ura el último en la edl·
ci6n mencionada en la nota anterior.
(6) Publicado con motivo de la aparición de laa Obras Lit,rarial de la Avellaneda, Madrid, 1869, y reproducido recientemente en el número extraordinario la
Revista Uni6n Ibtro-A.11urieana, correspondiente al 80 de Abril de 1905.

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CUBA CONTEMPORÁNEA

abstracto y en vago, por no poderlo fijar, ni concretar, ni determinar en persona alguna de las que ha encontrado por el mundo, "-mientras que la italiana tuvo en su marido, el heróico [sic]
Marqués de Pescara, vencedor en cien batallas, il suo bel sole,
el motivo perenne de sus apasionados versos.
De hoy más podrá asegurarse, sin miedo de caer en evidente
error, que ese desdén misantrópico, ese desaliento y tedio de la
vida, que cual ténue [sic] sombra envuelve á casi todas las poesías
líricas de la Avellaneda, no nacieron de su prurito de imitar á
los vates melancólicos, muy de moda en aquella era, antes bien,
fueron los ópimos, aunque amargos frutos de un estado psicológico, determinado por el choque de pasiones, que en tempestad
tumultuosa se desencadenaron en su pecho, y que el ídolo que
adoraba, deshecho y pro/anado en 1840 y renacido á los siete
años como el fénix de sus cenizas, no era un ser extraterrenal,
abstracto, ni quimérico, sino vivo, animado, de carne y hueso
como los demás hombres, y de altiva frente,
'' Que alumbrada pareeia
Por resplandores del alma.''

Para nadie será ya un secreto, que D . Ignacio de Cepeda era
el afortunado mortal, por quien sonaron los acentos más delicados de la apasionada lira de la Avellaneda; ora cante en bien
pulidas estrofas el placer de haber hallado el tierno objeto de
sus amores,
Reflejaba su mirada
El azul del cielo hermoso;
No cual brilla en la alborada,
Sino en la tarde, esmaltada
De tornasol misterioso.
Yo, en profundo arrobamiento,
De su hálito los olores
Cogf en las alas del viento,
Mezclado con el aliento
De las balsámicas flores.
Porque era, no hay duda, tu imagen querida,
Que el alma inspirada logró adivinar .....
Aquella que en alba feliz de mi vida

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

29

Miré para nunca poderla olvidar.
Por tí fuá mi dulce suspiro primero;
Por tí mi constante, secreto anhelar . ....
Y en balde el destino, mostrándose fiero,
Tendió entre nosotros las olas del mar (7);

ora llore en sentidísimas endechas su ausencia y definitivo apartamiento,

,

No existe lazo ya: todo está roto :
Plúgole al cielo así: ¡ bendito sea l
Amargo cáliz con placer agoto:
Mi alma reposa al fin: nada desea.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada .....
Mas ¡ ay 1 ¡ cuan triste libertad respiro l

Hice un mundo de tí, que hoy se anonada,
Y en honda y vasta soledad me miro.
¡ Vive dichoso tu! ¡ Si algún día
Ves este adios, que te dirijo eterno,
Sabe que aún tienes en el alma mía,
Generoso perdón, cariño tierno (8).

A la primera época, de las dos que dejamos indicadas, pertenece la autobiografía escrita á ruegos del Sr. Cepeda, ó lo que
parece más verosímil, por propia iniciativa de su autora, que
quiso dar á conocer su pasado al hombre á quien ya había entregado su corazón. Aparecen en ella consignados con notable
ingenuidad los recuerdos de la niñez y de la primera juventud,
su venida á España y á Sevilla, y hasta secretos del bogar doméstico, por lo que exigía en el primer párrafo, que llamaríamos
prólogo, que el fuego devorase aquel papel inmediatamente que
fuera leído, y que nadie más tuviese noticia de su existencia; y
(7) Poesla titulada ..t ti, que figura en la edición de 1841 y fué escrita por
la A,•,llnneda A fines del afio 1839.
(8) Poesla t itulada también Á. Cl, como la anterior, publicada en la edición
de 1850 y que probablemente escribirla su autora en Noviembre de 1847, luego
de quedar rotas para siempre sus relaciones amorosas con el Sr. Cepeda.
Además de las dos composiciones Á. tl, hay otras en la colección completa de
sus obras (1869) como el "Soneto imitando una oda de Safo", "Amor y Orgullo",
"'Mi Mal" 1 "El Porqué de la Inconstancia", &amp;c., &amp;c., respecto á las cuales es tam·
bién evidente el motivo de su inspiración.

�31

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

30

COBA CONTEMPORÁNEA

como dudando de que se hubieran cumplido tan duras condiciones, decía á los pocos días en carta al Sr. Cepeda (9) : "Respecto al cuadernillo, que dí á V., sabe V. mis condiciones. Están en
él consignadas las personas por sus nombres y encierra confianzas, que sólo á V. pudiera yo haber hecho, pues soy sumamente
reservada en asuntos domésticos. Por todo esto no estaré tranquila hasta saber que ha sido quemado por V. mismo: lo ruego y lo
exijo. "-Igual advertencia hace en algtmas de sus cartas que
corresponden al citado año 1839, y en las que fueron escritas
en la segunda época de relaciones amorosas, o sea el otoño de
1847, cuando, ya viuda de su primer marido la eminente poetisa,
volvió á tratar de cerca al Sr. Cepeda, que se detuvo en Madrid
larga temporada al emprender su viaje, no de recreo, sino de
instrucción, por diversas cortes europeas.
Unas y otras, así como la autobiografía, fueron guardadas con
esmero y cariño, como oro en paño, por su ilustre propietario, no
ciertamente por vanidad, que nunca conoció esa pasión, sino por
grato recuerdo de sus años juveniles; y así, no consintió jamás
en que fueran publicadas en vida suya, limitándose á dar su
permiso para que salieran á luz después de su muerte,-"si
podían servir para enaltecer más y más el mérito de la insigne
escritora y satisfacer la curiosidad de querer conocer hasta el último punto sus más íntimos pensamientos, "-como me
decía en carta de 16 de Julio de 1902, contestando á mi amistoso
requerimiento de que no quedasen condenados á perpétuas [sic]
tinieblas manuscritos tan preciados. Comprendiéndolo así la Ilma.
Sra. D." María de Córdova y Govantes, viuda del Sr. Cepeda,
ha querido rendir un homenaje de cariño á la veneranda memoria de su esclarecido esposo, costeando la presente edición, que
seguramente le agradecerán los amantes de las buenas letras, y á
la que se ba creído oportuno agregar por el autor de estas líneas
una NECROLOGÍA del Sr. Cepeda, que por sus talentos y sus méritos fué digno objeto del amor de la primera de las poetisas españolas.
(9) Escrita en Sevilla probablemente el 8 de Agosto de 1889 y mandada ¡¡ la
Pos:lda de la Castaña con esta indicación en el sobre :-"AJ Sr. D. Ignacio de Cepeda, el joven, en S. M."

Hora será ya de terminar este desmedrado prólogo, para que
los lectores (si alguno paró mientes en él) puedan saborear las
hermosas páginas que dejó trazadas la pluma de la inspirada
escritora.

AUTOBIOGRAFÍA
DE LA SRA. D.A. GERTRUDIS GÓ}IEZ DE AVELLANEDA
"23

DE JULIO Á L.A.

1

DE LA NOCHE. "

(l)

Es preciso ocuparme de V. (2); se lo he ofrecido; Y, pues,
no puedo dormir esta noche, quiero escribir: de V. me ocupo al
escribir de mí, pues sólo por V. consentiría en hacerlo.
La confesión, que la supersticiosa y tímida conciencia arranca á una alma arrepentida á los pies de un ministro del cielo,
no fué nunca ~ás sincera, más franca, que la que yo estoy dispuesta á hacer á V. Después de leer este cuadernillo, m~ _conocerá V. tan bien, ó acaso mejor que á sí mismo. Pero ecs1Jo dos
cosas. Primera: -que el fuego devore este papel inmediatamente
que sea leído. Segunda: que nadie más que V. en el mundo, tenga noticia de que ha existido.
V. sabe, que he nacido en una ciudad del centro de la Isla
de Cuba (3), á la cual fué empleado mi papá el año de nueve
( 1) En el original no se dice el año, ni el Jugar de la confección de este cuad6,-nillo, como lo llamó su autora, que consta de 21 hojas en cuarto, sin foliar; pero
RU contenido y los antecedentes, que he tenido á !&amp; vista, no dejan lugar á la
menor duda de que fu6 escrito en Sevilla el año 1889.
La poetisa escribe constantemente devo, deve, de1;ia.; adoctar; tttbe, tubo; pro•
hi-vir, prohivia; conaerbo; ecsesiba, en.aesibamente; acit1 (proposición); aprovar, apro11aba; y usa rara vez de !&amp; X, supliéndola por S cuando le sigue consonante Y por el
grupo O. S. cuando Je sigue vocal. Estas ligeras faltas, as! como el uso de S por
e ó por z, ó de letra mayúscula por minúscula ó viceversa, se han re_spetado en
la presente edición tales como aparecen e11. el original; lo cual se advierte desde
ahora para que los lectores no carguen r. cuenta del cajista lo que es propio del
descuido y abandono con que en esta ocasión escrib!a la Sra. Avellaneda.
(2) D. Ignacio de Cepeda y Alcalde, A quien se le entregó este cuaderno. En
el texto se le nombra varias veces por su apellido).
(3) Puerto Pr!nc!pe, ciudad harto atrasada entonces, que no tenia escuelas
públicas, ni teatro.

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CUB.\ CO~TElll'ORÁ..'IEA
C,\RTAS A)f.-\TORI.\S DE LA A \'ELLA~EDA

y en la cual casó algún tiempo después con mi mamá, hija del
país (4).
.
. .
No siendo indispensables estensos detalles sobre m1 nacimiento para la parte de mi Ilistoria, que pueda intere~ai: ~ V., no le
enfadaré con inútiles pormenores, pero no suprimire tampoco
algunos que pueden contribuir á dar á V. más esacta idea de he,
chos posteriores.
Cuando comencé á tener uso de razón, comprendí que habia
nacido en una posición social ventajosa: que ~i familia_ materna ocupaba uno de los primeros rangos del pa1s, que mi _Padre
era un caballero y gozaba toda la estimación que merec1a ~or
sus talentos y virtudes, y todo aquel prestigio que e_n una cmdad naciente y pequeña gozan los empleados de cierta c_lase.
Nadie tubo este prestigio en tal grado: ni sus antecesores, m sus
sucesores en el destino de comanda&gt;1.te de los puertos, que ocupó en el centro de la Jsla; mi padre d~ ha brillo á _s u empleo con
sus talentos distinguidos, y había sabido proporcionarse las re1:J.ciones más honoríficas en Cuba y aun en España.
.
Pronto cumplirán 16 años de su muerte, mas estoy cierta,
mu,· cierta que aun vive su memoria en Puerto Príncipe, Y que
no se pron,uncia su nombre sin elogios y bendicio_ncs: ~ ~adie
hizo mal. y ejecutó todo el bien que pudo. En su v_ida ?l~bhca Y
en su vida privada. siempre fué el mismo, noble, mtrepido, veraz. generoso é incorruptible.
Sin c:mbargo. mamá no fué dichosa con él: acaso porq~e no
puede haber dicha en una unión forzosa, acaso_ porque s1e~do
demasiado joven y mi papá más maduro, no pudieron tener s1mpatías. l\fas siendo desgraciados, ambos fueron por lo menos
irreprochables. Ella fué la más fiel y virtuosa de las esposas,_ Y
jamfts pudo quejarse del menor ultraje á su dignidad de muJe1·
y de madre.
. ,
Disimúleme V. estos elogios: es un tributo que det•o rendir a
los autores de mis días, y tenqo cierto orgullo cuando al recor~ar
las virtudes, que hicieron tan estimado á mi padre, puedo decir:
soy su bija.
0

(4) Sabido es que loa padres de la Avellaneda fueron el capitfi.n de navlo
D. Manuel G6mez de A..-ellaneda y D .• Francisca de Arteaga.

33

Aun no tenía nueve años cuando le perdí (5). De cinco hermanos que éramos, sólo quedábamos á su muerte dos : :Manuel y
yo ; así es que éramos tiernamente queridos, con alguna preferencia por parte de mamá acia 7\Ianolito y por papá acia mí.
Acaso por esto, y por ser mayor que él cerca de tres años, mi
dolor en la muerte de papá fué más vivo que el de mi hermano.
Sin embargo, ¡ cuán lejos estaba entonces de conocer toda la
estcnsión de mi pérdida!
Algunos afios hacía que mi padre proyectaba volverse á España y establecerse en Sevilla; en los últimos meses de su vida
esta idea fué en él más fija y dominante. Quejóse de no dejar
sus huesos en la tierra nativa, y pronosticando á Cuba una suerte
igual á la de otra Isla vecina (6), presa de los negros, rogó á
mamá se viniese á España con sus hijos. Ningún sacrificio de
intereses, decía, es demasiado: nunca se comprará cara la ventaja
de establecerte en España. Estos fueron sus últimos votos, y
cuando más tarde los supe deseé realizarlos. Acaso éste ha sido
el motivo de mi afición á estos países y del anhelo con que á
veces he deseado abandonar mi patria para venir á este antiguo
mundo.
Quedó mamá joven aún, viuda, rica, hermosa (pues lo ha
sido en alto grado) y es de suponer no le faltarían amantes, que
aspirasen á su mano. Entre ellos Escalada (7), teniente coronel
del regimiento que entonces guarnecía á Puerto Príncipe, joven
tambié11, no mal parecido, y atractivo por sus dulces modales y
cultivado espíritu. l\famá le amó acaso con sobrada ligereza, y
antes de los 10 meses de haber quedado huérfanos, tuvimos un
padrastro. l\fi abuelo, mis tíos y toda la familia. llevó muy á mal
este matrimonio; pero mi mamá tubo para esto una firmeza de
carácter, que no había manifestado antes, ni ha vuelto á tener
después. Aunque tan niña, sentí herido de este golpe mi corazón;
sin embargo, no eran consideraciones mezquinas de intereses 111!
{5) . Los tenía cumplidos, puesto qne nació el 23 de ?i!ano de 1814, y según
su propia cuenta, au padre hablA muerto i fines de 1823. Igual equivocación dejó
anotada en algunas de aus cartu. Los editores de sus poesfas en 1850, la supusie•
ron nacid&amp; en 1816.
{ 6) Santo Domingo.
{7) D. Gaapar Escalada, Teniente Coronel del Regimiento de León.

�35

CU.BA CONTEMPORÁNEA

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

que me hicieron tan sensible á este casamiento: era el dolor de
ver tan presto ocupado el lecho de mi padre y un presentimiento
de las consecuencias de esta unión precipitada.
Afortunadamente sólo un año estuvimos con mi padrastro,
pues, aunque una real orden inícua y arbitraria nos obligaba á
permanecer bajo su tutela, la suerte nos separó. Su regimiento
fué mandado á otra ciudad, y mamá no se resolvió á dejar su
país y sus intereses para seguirle. Ocho años duró esta separación; sólo dos ó tres meses cada año iba Escalada á Puerto Príncipe con licencia, y se portaba entonces muy bien con mamá Y
con nosotros. Por tanto, éramos felices! Aunque tenía mamá
otros hijos de sus segundas nupcias, su cariño para con nosotros era el mismo. A Manuel, sobre todo, siempre le ha querido
con una especie de idolatría, y á mí lo bastante para no poder
formar la menor queja. Dábaseme la más brillante educación
que el país proporcionaba, era celebrada, mimada, complacida
hasta en mis caprichos, y nada esperimenté que se asemejase á
los pesares en aquella aurora apacible de mi vida.
Sin embargo, nunca fuí alegre y atolondrada como lo son
regularmente los niños. Mostré desde mis primeros años afición
al estudio y una tendencia á la melancolía. No hallaba simpatías
en las niñas de mi edad; tres solamente, vecinas mías, hijas de
un emigrado de Santo Domingo, merecieron mi amistad. Eran
tres lindas criaturas de un talento natural despejadísimo. La
mayor de ellas tenía dos años más que yo, y la más chica dos
años menos. Pero esta última era mi predilecta, porque me parecía, aunque más joven, más juiciosa y discreta que las otras.
Las Carmonas ( que este era su apellido) se conformaban fácilmente con mis gustos y los participaban. Nuestros juegos eran
representar comedias, hacer cuentos, rivalizando á quien los hacía más bonitos, adivinar charadas y dibujar en competencia
flores y pajaritos. Nunca nos mezclábamos en los bulliciosos juegos de las otras chicas con quienes nos reuníamos.
Más tarde, la lectura de novelas, poesías y comedias, llegó á
ser nuestra pasión dominante. Mamá nos reñía algunas veces
de que siendo ya grandecitas, descuidásemos tanto nuestros adornos, y huyésemos de la sociedad como salvajes. Porque nuestro
mayor placer era estar encerradas en el cuarto de los libros, le-

yendo nuestras novelas favoritas y llorando las desgracias de
aquellos héroes imaginarios, á quienes tanto queríamos.
De este modo cumplí trece años. ¡ Días felices, que pasaron
para no tornar más!. .. -Cepeda! mañana continuaré escribiendo. Estoy fatigada y la pluma es malísima, &amp;qué hará 'V.
ahora 1 Dormir acaso ! Ojalá !

34

"25

POR LA MAÑANA"

Hoy no le veré á V. verosímilmente, pues según su sistema,
creo que no irá á la ópera, á la cual iré yo. Creo, empero, que
el motivo de no ir V. no será hallarse malo, pues me molestaría
infinito esta suposición, creyendo que mis impertinentes instancias de anoche para que fuese V. á Cristina (8), fuesen la causa
de ello.-Voy á continuar mi relación y procuraré abreviarla.
Mi familia me trató casamiento con un caballero del país,
pariente lejano de nosotros. Era un hombre de buen (aspecto)
personal y se le reputaba el mejor partido del país. Cuando
se me dijo que estaba destinada á ser su esposa, nada ví en este
proyecto que no me fuese lisonjero. En aquella época, comenzaba á presentarme en los bailes, paseos y tertulias, y se despertaba en mí la vanidad de mujer. Casarme con el soltero más rico
de Puerto Príncipe, que muchas deseaban, tener una casa suntuosa, magníficos carruajes, ricos aderezos, etcétera, era una
idea que me lisonjeaba. Por otra parte, yo no conocía el amor
sino en las novelas que leía, y me persuadí desde luego que
amaba locamente á mi futuro. Como apenas le trataba y no le
conocía casi nada, estaba á mi elección darle el carácter que
más me acomodase. Por decontado me persuadí, que el suyo era
noble, grande, generoso y sublime. Prodigóle mi fecunda imaginación ideales perfecciones, y ví en él reunidas todas las cualidades de los héroes de mis novelas favoritas : El valor de un
Oroondates, el ingenio y la sensibilidad apasionada de un SaintPreux, las gracias de un Lindor y las virtudes de un Grandisón.
Me enamoré de este ser completo, que veía yo en la persona de
(8) Paseo junto al Guadalquivir, frente al palacio de San Telmo, donde se
reunta la buena sociedad sevillana en las noches de verano.

�36

CUBA CONTEMPORÁNEA

mi novio. Por desgracia, no fué de larga duración mi encantadora quimera; á pesar de mi preocupación, no dejé de conocer
harto pronto, que aquel hombre no era grande y amable sino en
mi imaginación; que su talento era muy limitado, su sensibilidad muy común, sus virtudes muy problemáticas. Comencé á entristecerme y á considerar mi matrimonio bajo un punto de vista menos lisonjero. En aquella época, mi futuro tubo precisión
de ir á la Habana, y su ausencia, que duró diez meses, me proporcionó la ventaja de poder olvidar mis compromisos. Como no
veía á mi novio, ni casi se me hablaba de él, apenas, rara vez, me
acordaba vagamente, que ecsistía en el mundo. La Amistad ocupaba entonces toda mi alma. Adquirí una nueva amiga en una
prima, que educada en un Convento, comenzó entonces á presentarse en sociedad. Era una criatura adorable ; yo, que no ama
ba á ninguna de mis otras primas, me incliné á ella desde el
primer momento en que la ví.
He notado en el curso de mi vida, que si bien alguna vez se.
ha engañado mi corazón, más frecuentemente ha tenido un instinto feliz y prodigioso en sus primeros impulsos. Rara vez he
encontrado simpatías en aquellas personas, que á primera vista
me han chocado, y muchas he adivinado en dicha primera vista,
el objeto de mi futuro afecto.
l\Ii prima obtuvo desde luego mi simpatía y no tardó en
ocupar un lugar distinguido en mi amistad. únicamente Rosa
Carmona la rivalizaba, pues ninguna de las otras dos Carmonas
fueron de mí tan queridas corno ella. Cuando estábamos todas
reunidas, hablábamos de modas, de bailes, de novelas, de poesías, de amor y de amistad. Cuando Rosa, mi prima y yo estábamos solas, solíamos ocuparnos de objetos más serios y superiores á nuestra inteligencia. Muchas veces nuestras conversaciones tenían por objeto los cultos, la muerte y la inmortalidad.
Rosa tenía mucho juicio en cuanto decía, y yo admiraba siempre la esactitud de sus raciocinios: En cuanto á mi prima, era
como yo, wia mezcla de profundidad y ligereza, de tristeza y alegría, de entusiasmo y desaliento : Como yo, reunía la debilidad
de mujer y la frivolidad de niña con la elevación y profundidad
de sentimientos, que sólo son propios de los caracteres fuertes y
varoniles. ¡Yo no he encontrado en nadie mayores simpatías!

CAR'fAS A~IATORIAS DE LA AVELLA:SEOA

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Siendo las cinco jóvenes, no feas, y gozando reputación de
talento, fuimos bien pronto las señoritas de moda en Puerto
Príncipe. Nuestra tertulia, que se formó en mi casa, era brillantísima para el país : En ella se reunía la flor de la juventud del
otro sexo y las jóvenes más sobresalientes. Todos los forasteros
de distinción, que llegaban á Puerto Príncipe, solicitaban ser introducidos en nuestra sociedad, y nos llevábamos todas las atenciones en los paseos y bailes. .A.trajimos la envidia de las mujeres, pero gozábamos la preferencia de los hombres, y esto nos
lisonjeaba.
Volvió en eso mi novio, pero yo no le ví sin una especie de horror: Desnudo del brillante ropaje de mis ilusiones, parecióme un
hombre odioso y despreciable. 1\fi gran defecto es no poder colocarme en el medio y tocar siempre en los estremos. Yo aborrecía á mi novio tanto como antes creí amarlo. Él no pudo apercibir mi mudanza, porque jamás habíale yo mostrado mi afecto.
Mis ilusiones nacieron y acabaron allá en el secreto de mi corazón, porque, tan tímida como apasionada, no concebía yo entonces que se pudiera, sin morir de vergüenza, decir á un hombre:
yo te amo. Como no devía casarme hasta los 18 años, y sólo tenía
15, y como mi novio me visitaba muy poco, aquel matrimonio me
ocupaba menos de lo que devía. Mirábalo remoto, gozaba lo presente y no interrogaba al porvenir.
Lola (la segunda de las Carmonas) y mi prima, entablaron
relaciones de amor casi al mismo tiempo, y esta circunstancia, al
parecer sencilla para mí, tubo, no obstante, una notable influencia : Ellas amaban y eran amadas con entusiasmo : yo era la confidenta de ambas. Entonces se operó en mí una mudanza repentina y estraña. Híceme uraña y caprichosa: Las diversiones y
el estudio dejaron de tener atractivos para mí: Huía de la sociedad y aun de mis amigas ; buscaba la soledad para llorar sin saber por qué, y sentía un abismo en mi corazón. Y o no era ya el
objeto más amado de dos de mis amigas: ellas gozaban en otro
sentimiento una felicidad, que yo no conocía. ¡ Yo sentía celos y
envidia! Pensando en aquella ventura, que mi imaginación engrandecía, invocaba al objeto que podía dármela: ¡ aquel objeto
ideal que formé en los primeros sueños de mi entusiasmo ! Creía
verle en el Sol y en la Luna, en el verde de los campos y en el

�gg

CUBA C'ONTEMPOltÁNEA

azul del cielo : las brisas de la noche me traían su aliento, los
sonidos de la música el eco· de su voz: Y o le veía en todo lo que
hay de grande y hermoso en la naturaleza!; ¡ deliraba como con
una calentura !
Sin embargo, aquella situación no estaba destituída de encantos. Yo gozaba llorando, y esperaba realizar algún día los
sueños de mi corazón.
¡ Cepeda! ¡ cuánto me engañaba!. . . ¿ dónde ecsiste el hombre que pueda llenar los votos de esta sensibilidad tan fogosa
como delicada Y ¡ En vano le he buscado nueve años ! ; ¡ en vano !
He encontrado hombres!, hombres, todos parecidos entre sí:
ninguno ante el cual pudiera yo postrarme con respeto y decirle con entusiasmo : Tú serás mi Dios sobre la tierra, tú el dueño absoluto de esta alma apasionada. Mis afecciones han sido
por esta causa débiles y pasajeras: Yo buscaba un bien que no
encontraba y que acaso no ecsiste sobre la tierra. Ahora ya no le
busco, no le espero, no le deseo : por eso estoy más tranquila.
Esta tarde ó mañana continuaré escribiendo. A Dios!

"25

POR LA TARDE'~

Fué introducido en nuestra tertulia un joven, que apenas
conocía. Una antigua enemistad, trasmitida de padres á hijos,
dividía las dos familias de Loynaz y Arteaga. El joven pertenecía á la primera y mamá á la segunda; por consiguiente, ninguna relación existió hasta entonces entre nosotros. Un primo
mío había sido el primero que rompiera la valla, uniéndose en
amistad con un Loynaz. Las familias, que en un principio llevaron muy á mal dicha amistad, por fin se desentendieron, y Loynaz, prevaliéndose de ella, solicitó visitarme. Mamá lo reusó algún tiempo, pero tanto instó mi primo, tanto ridiculicé yo aquella enesmitad rancia y pueril, que al fin cedió y Loynaz tuvo entrada en casa. No tardó en granjearse la benevolencia de mamá
y en ser el más deseado de la tertulia. .Aunque muy joven, su talento era distinguido, su figura bellísima y sus modales atractivos.
Mis compromisos y la enemistad de nuestras familias eran
dos motivos poderosos para alejar de él toda esperanza respecto

CARTAS AMATORBS DE LA AVELLANEDA

39

á mí; pero sin tomar el aire de un amante, él supo mostrarme
una preferencia, que me lisonjeaba. Nuestras relaciones eran
meramente amistosas, y toda la tertulia las consideraba así. En
cuanto á mí, no me detenía en ecsaminar la naturaleza de mis
sentimientos: Leía con Loynaz poesías, cantaba dúos al piano
con él, hacíamos traducciones, y no tenía yo tiempo para pensar
en nada, sino en la dicha que era para mí la adquisición de un
tal amigo.
Por el verano nos fuimos al campo, á una posesión prócsima
á la ciudad, y llevé conmigo á Rosa Carmona, que, desde que mi
prima tenía amante, había llegado á ser mi amiga predilecta.
Loynaz, mis primos y muchos amigos de ambos sexos, iban á visitarnos con frecuencia. ¡ Tube días deliciosos! Sin embargo, entonces mismo se me ofrecieron motivos de inquietud y de penas.
Yo estaba encantada con Loynaz, pero me hallaba muy lejos de
creerle el hombre según mi corazón. Encontrábale más talento
que sensibilidad, y en su carácter un fondo de ligereza que me
disgustaba. Como amante, no llenaba él mis votos, mas le miraba
como amigo y me había aficionado infinito á su trato. Rosa me
hizo entrar en aprensión. Empeñóse en persuadirme, que nuestra prete_ndida amistad no era más que un amor disfrazado, y
por lo IlllSmo más peligroso. Recordábame sin cesar mis compromisos Y hacía de mi novio elogios, que hasta entonces no le había
yo oido. Ponderando las ventajas de aquel matrimonio, me intimidaba al mismo tiempo con suponerlo inevitable, porque sólo
con escándalo y afligiendo á mi familia, decía ella, podría yo
romper un empeño tan serio y tan antiguo.
A fuerza de decirme que yo amaba á Loynaz, llegó á persuadírmelo; pero como siempre conocía yo que no era él quien podía
comprenderme y que no me inspiraba ni estimación, ni entusiasmo, aquel amor no me hacía dichosa cual yo deseaba, y en vez
del orgullo que deve sentir un corazón, que encuentra lo que
busca, yo sentía aquella especie de humillación, que nos causa
la persuasión de habernos aficionado á un objeto, que n9 nos
merece.
Volvimos a la ciudad en el mes de Septiembre á asistir á
las bodas de mi prima, que se casó entonces con el hombre que
amaba. Sus amores y los de Lola Carmona habían comenzado al

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41

COBA CONTEllPORÁNEA

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

mismo tiempo, como ya he dicho, y al mismo tiempo casi se casaron ambas, aunque de un modo bien diferente. Mi prima vió
aprovada su elección por toda la familia; Lola, contrariada por
la suya, se casó depositada y se marchó inmediatamente á la
Habana con su marido. .Así me ví privada de una de mis
amigas.
Acompañé al campo á los reciencasados, y cuando volví un
mes después, encontréme una gran mudanza. Loynaz había sido
despedido de casa, y, bajo el pretesto de que quería marcharse
con su marido, mamá había fijado para dentro de tres meses mi
matrimonio, que antes señalara para el cumplimiento de mis
18 años. El novio á todo se prestaba: ni me amaba (según he
creido siempre) ni me aborrecía. Deseaba establecerse con una
niña de su familia, que tubiese inocencia y alguna hermosura.
:Mi abuelo le había dicho que yo era la que buscaba, y que me
daría además todo su quinto (9) (que ciertamente no era despreciable), si me casaba con aquel hombre. Esto le había decidido á él y esto era lo que le movía.
Al llegar yo y saber las novedades ocurridas, quedé anonadada, y sin saber á qué atribuirlas. Pero no tardé en saberlo todo y
en sufrir el primero y más terrible de mis desengaños.
Es tarde, Cepeda, continuaré luego.

dad, la música por lo menos pudiera atraer á V. á la ópera. Yo,
que be padecido sin duda penas más reales que las que V. pueda
tener, yo que conozco tanto como V. por lo menos, el mundo
y la Sociedad, no siento esa misantropía; y aunque no vea ni
á la sociedad ni al mundo al través del encantado pr isma de las
ilusiones, aún conozco que necesito del uno y de la otra : Aqué
secreto es, pues, ese que V. me oculta 1 ¡ingrato! V. se apodera
de mi confianza y me reusa la suya: V. se llama mi amigo y
disimula V. ~nmigo ! Escuche V. No le demando á V. sus secretos, no; yo los respeto; pero pídale V. á Dios que no los
haya yo adivinado.
Si la idea que desde anoche me persigue no es una aprensión
mía; si la vida retirada, que V. hace, tiene el motivo que sospecho .. . yo seré siempre su amiga de V., pero conoceré que V .
no lo es mío. Más; conoceré que es V. capaz de arterías y pequeñas falsedades, conoceré que V. no me ha comprendido, y ...
qué sé yo!, veré en V. 1m hombre como todos los demás: De
anoche acá V. ha decaído tanto en mi opinión, que . . . (por qué
no he de decirlo todo 1) que casi temo aumentar con el nombre
de V. la lista de mis desengaños. Y o perderé, si así fuere, yo
perderé una ilusión, una última ilusión que me ha lisonjeado
algunos días ; pero V. perderá más: sí. Porque, ¿ dónde hallará
V. otra amiga como yo T V. no sabe, no puede saber, cuán puro,
cuán desinteresado, cuán tierno es el afecto que me inspira.
Pero, &amp;á dónde voy a parar 1; yo me contradigo !- No, caro Cepeda, no perderá V. mi amistad mientras ella tenga para V.
algún valor; pero yo le suplico á V. en nombre del cielo y de la
sinceridad de mi alma, yo le conjuro á V., que si esta amistad
perjudica á intereses del corazón más caros, que si teme V. escite
ella celos y origine disgustos á un objeto querido, no se valga V.
de pretestos para evitarlos. Oiga V. Es demasiado noble y pura
nuestra amistad para que sufra las sombras del misterio ; yo no
podré tolerarlo ciertamente; pero si la manifestación de ella
puede ofender al amor, el amor es primero: la amistad deve ser
sacrificada, y lo será: yo lo ecsijo. )'li corazón no variará por
esto y en él siempre ocupará Cepeda un lugar distinguido. (11)

'' Á LA

1

DE LA. NOCHE''

He visto á Curro (10) en el Teatro, á V. no: tampoco lo esperaba. &amp;Pero habrá de continuar V. un género de vida semejante Y No es cierto que el solo disgusto de la Sociedad le inspire á
V. esa especie de misantropía; no, no es posible. Se necesita haber padecido mucho, haber sido la víctima de la sociedad para
aborrecerla en ese grado. V. que no tiene motivos positivos para
estar quejoso de ella; V . puede conocer sus vicios é injusticias,
y no entregarse á ella con la imprudencia de la inesperiencia y
la sencillez; pero no es posible que sin poderosísimos motivos
huya V. de ella tan obstinadamente á los 23 años. Si no la socie(9) La quinta. parte de su capital.
(10) D. Francisco Oepeda, hermano de D. Ignacio.

(11) Como babrin observado los lectores, la poetisa suspende en todo este
apartado la narraci6n de sn autobiorrafla para dejar escape al impulso de loa

�43

CUBA CO:STE:\JPOHÁNEA

CARTAS AMATORIAS DE LA A \'ELLANEDA

~Iañana continuaré mi historia y acaso la concluiré; pero
no la tendrá V. tan pronto, porque mañana no nos veremos. Es
preciso evitar un trato tan frecuente, porque su sociedad de V.
me haría disgustar de cualquier otra, y yo no deseo estrechar el
círculo de mis goces, sino ensancharlo lo posible. A Dios, hasta
mañana, es decir, hasta mañana en este papel, pues repito que
voy á probar, si me es ya necesaria absolutamente la sociedad
de V., estando tantos días como posible me sea sin verle.

quejaba de un desaire, que no había merecido. ''No ignoro, me
decía, los compromisos que respecto á V. ha contraído su familia, Y V. sabe mejor que nadie con cuanta delicadeza los he respetado,
pero, pues no se ha sabido apreciar mi conducta, no
.
quiero por más tiempo violentarme: sepa V. que la amo y que
á todo estoy dispuesto, si encuentro en V. iguales sentimientos.''
Me pareció que había en aquella carta más orgullo que pasión, pero m~ conmoví sin embargo. 'Tratando á aquel joven,
nunca le hubiera amado, porque su frivolidad, tan visible, era
un antídoto colocado felizmente junto á cualquiera dulce emoción que me inspiraba: pero cuando no le ví, cuando le creí desairado injustamente, ofendido y desgraciado por mi causa mi
afecto acia él tomó una vehemencia, que acaso jamás hubier~ tenido de otro modo. Sin embargo, tube bastante prudencia para
dominarme, y en mi contestación le decía, que estaba resuelta
á sacrificarme por complacer á mi familia, casándome con un
hombre, que aborrecía. "No soy insensible á su afecto de V. (le
decía al concluir), pero respetaré mis vínculos, y suplico á V.
no vuelva á escribirme. " (12).
No hizo caso de esta súplica: me escribió, dos veces más, cartas muy apasionadas, invitándome á romper un empeño, que le
hacía infeliz y á mí igualmente, pero no le contesté y cesó de
escribirme.
A pesar de esta conducta tan prudente y de la resignación
con que me prestaba á un enlace aborrecido, sufría mucho de
parte de mi familia. ~famá era y es un Angel de bondad, pero el
~ran defecto suyo es un carácter tan débil, que la constituye
Juguete de las personas que la cercan. Mis tíos la inducían á tratarme con rigor y continuamente la disponían en mi contra interpretando odiosamente mis más sencillas operaciones. ' &amp;Y
pensará V. que mis tíos deseaban mucho la realización de mi matrimonio Y Nada de eso; aparentábanlo así, pero hubiesen dado
cualquier cosa por impedir dicho enlace. En primer lugar les pesaban las mejoras, que mi abuelo se disponía á hacerme ; en segundo, deseaban para su hija mi novio, y acaso al emplear tanto

42

'' 26

POR LA MAÑANA''

La despedida de Loynaz y la procsimidad de mi casamiento
fueron para mí dos golpes tan sensibles como inesperados: pero
¡ cuál quedé al saber la mano de la cual ine habían sido asestados ! . . . Rosa, mi amiga, mi confidente Rosa, había persuadido á
mamá, que ecsistía una correspondencia amorosa entre Loynaz y
yo, que él me inducía á romper mis compromisos, y conociendo
ella mejor que nadie la pureza de mis sentimientos y rectitud
de mis intenciones, fué bastante vil para aparentar temores de
que, arrastrada por la pasión, que me suponía, diese algún paso
imprudente é irremediable. ¡ Logró completamente su objeto 1
¡ Cepeda! ; ¡ y sólo tenía 15 años aquella mujer 1; ¡ qué habrá llegado á ser después !
Yo no conocía ni el mundo, ni los hombres: era tan inocente
é inesperta como en el día en que naei ; babia creído que Rosa me
amaba y que era incapaz su corazón de una perfidia: El conocimiento de aquella primera decepción fué para mí un golpe
mortal, que cayó de lleno sobre mi alma.
Pero, admire V. mi candor y sencillez! Rosa logró persuadirme, que sólo mi interés y la ternura de la amistad la habían desidido á aquel paso, y me juró, que sus intenciones eran las más
puras y desinteresadas. La creí y la perdoné 1
Loynaz me escribió, y por primera vez dejó de designar con
el nombre de Amistad el sentimiento que yo le inspiraba. Refería cómo mamá le había probivido continuar visitándome y se
celos, que comenzaban f. levantarse en su pecho, y que, como indicamos en el
Pa6L00o, fueron nna de laa causaa de la ruptnra de relaciones amorosas con el
sellor Cepeda.

1

4l

{12) La preciai6n que da f. esta cita y i la anterior la Sra. .Avellaneda al cabo
de_ ~iez afios, que hablan aido escritas las cartas, demuestra que conservaba loa
on11nalea de Loyna1 y los borradores de las contestaciones.

�44

CUBA CONTEMPORÁNEA

y tan inmerecido rigor conmigo, no tenían otro objeto sino precipitarme á una resolución atrevida, que secundase sus miras
secretas : ¡ harto lo lograron 1
Estaba ya en vísperas de mi matrimonio; casa, ajuar, dispensa, todo estaba preparado. Pero hubo un momento en que no
me hallé con fuerzas para consumar el sacrificio, uno de aquellos
momentos en que se obra sin pensar. Y o dejé furtivamente mi
casa, y me refugié con mi abuelo, que estaba en una quinta
prócsima á la ciudad. Me arrojé desolada á sus pies, y le dije
que me daría la muerte antes que casarme con el hombre, que me
destinaban.
Aquel rompimiento fué ruidoso: toda mi familia se mostró
altamente sorprendida é indignada de mi resolución : mis tíos,
que en su interior se regocijaban, fueron los primeros en declararse contra mí: sólo en mi abuelo hallé bondad é indulgencia,
aunque nadie sintió tanto como él la rotura de un casamiento
que él había formado: ¡ yo sufría mucho!; no ignoraba que la'
opinión pública me condenaba; ¡ despreciar un partido tan ventajoso! ¡ tener el atrevimiento de romper un compromiso tan serio, tan adelantado, tan antiguo! ¡ dar un golpe mortal á mi
familia! Esto pareció imperdonable: se dijo desde luego, que yo
era una mala cabeza (mis tíos y mis primas fueron los primeros
en decirlo), que mi talento me perdía, y que lo que entonces
hacía, anunciaba lo que haría más tarde, y cuanto haría arrepentir á mamá de la educación novelesca que, me había dado. Mi
padrastro fué entonces á Puerto-Príncipe y se apuró la medida
de mis sufrimientos.
Una especie de fatalidad, que me persigue, hace que siempre
se tomen circunstancias y casualidades funestas para hacer parecer más graves mis ligerezas : digo ligerezas, aunque ciertamente no creo lo fuese la de romper un compromiso, que mi corazón
reprobaba.
Circunstancias independientes de mí, enteramente independientes, originaron disgustos entre mi abuelo y mi padrastro.
Éstos llegaron á ser tales, que mi abuelo salió de casa donde
vivía cuando no estaba en el campo, y se fué á la de un~ de mis
tíos. El público que sabía la rotura de mi casamiento y nó los disgustos posteriores, que hubiera entre Escalada y mi abuelo, no

CARTAS AMATORIAS DE J.A AVELLANEDA

~

I

45

dejó de declarar, que mi abuelo salía de casa altamente indignado conmigo. 1\1i tío y mis primas, que siempre vieron con envidia y temor la predilección, que mi abuelo tenía por mamá _Y
por mí, se aprovecharon de tenerlo en su _casa p~ra co~b~tlr
dicha preferencia, haciéndole creer que era mmerec1da. Pmtoseme como una loquilla novelera y caprichosa: dijeron que mamá
me pcrdfo. con su ecsesiba indulgencia y la libertad que me dejaba de seauir mis estravagantes y peligrosas inclinaciones; en fin,
no dcsp:rcliciaron ningún medio para prevenir en contra de
mamá y de mí al pobre viejo paralítico, que, sin vigor físico ni
moral era una cera á propósito para recibir todas las impresiones'. ¡ Consiguieron su objeto!: mi abuelo murió tres meses
después de mi rompimiento y apareció un testamento, que anulaba el que había hecho á favor de mamá y de mí, dejando su
tercio y su quinto á mi tío ·Manuel, en cuya casa murió.
Mi padrastro, para descargarse de la culpabilidad de ser
causa de esta mudanza y de los perjuicios de mamá, pregonaba
que por la incomodidad, que le causara mi rompimiento, había
mi abuelo dejado la casa y variado sus disposiciones á favor de
mi tío echando sobre mí la culpa, que sólo él tenía. M:i tío Y mis
prima~ (que no me perdonaban el tener algún mérito, ni aun
después que me habían robado el afecto de mi abuelo), decían,
que el golpe mortal, que yo le había dado al pobre anciano, ha:
bía precipitado su muerte : en fin, todo el mundo decía, que m1
locura en romper el matrimonio había privado á mamá del tercio de mi abuelo y á mí misma de su quinto.
Yo tenía un alma superior á intereses de esta especie, y ¡ sábelo
Dios!, en las lágrimas que vertí, una sola no fué arrancada por
el pesar de perder aquella codiciada herencia. Pero mi corazón
estaba desgarrado por las injusticias de que era objeto. Yo tenía el íntimo convencimiento de que mi abuelo no se fuera de
casa por causa de mi rompimiento: sabía cuánta indulgencia
y cariño había yo hallado en él después de aquella pretendida
locura, que se decía haberle ecsaltado tanto: ningún remordimiento tenía de ser causa de su muerte, pero, no obstante, sentía que me agoviaba el dolor y el arrepentimiento. ¡ Cuántas veces lloré en secreto lágrimas de hiel, y pedí á Dios me quitase la
ecsistencia, que no le había pedido, ni podía agradecerle 1 ¡ Cuán-

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47

CQBA CO~TEMPORÁNEA

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

tas envidié la suerte de esas mujeres, que no sienten ni piensan;
que comen, duermen, vejetan, y á las cuales el mundo llama muchas veces mujeres sensatas! Abrumada por el instinto de mi
superioridad, yo sospeché entonces lo que después he conocido
muy bien : Que no he nacido para ser dichosa, y que mi vida
sobre la tierra será corta y borrascosa (13) .
Faltaba una cosa para colmar la medida de mis pesares y la
suerte no me la reusó. Supe, sin poder dudarlo, que Rosa Carmona y Loynaz se amaban. Sólo entonces comprendí los motivos
de la anterior conducta de aquella falsa mujer, y el más profundo desprecio sucedió en mi corazón á una amistad indignamente burlada.
Estas fueron, ¡ oh Cepeda!, estas las primeras lecciones que
me dió el mundo: Esto encontré, cuando inocente, pura, confiada, buscaba amor, amistad, virtudes y placeres; ¡ inconstancia! ¡perfidia! sórdido interés ! ¡ envidia! crimen, crimen y nada
más. ¡, Soy culpable, pues, de no amarle 1 ¡, puedo tener ilusiones? . . ... Pero vivo como si las tubiera, porque el mundo, amigo
mío, se venga cruelmente del desprecio, que se le hace. Es preciso aparentar vida en la frente, aun cuando se lleve la muerte en
el corazón.
Cepeda!, querido Cepeda! ¡, Será cierto que V . siente como
yo cuán poco vale este mundo y sus corrompidos placeres?; ¡, no
será V. otra nueva decepción para mí?; ¡, quién me asegura que
no es V. un hipócrita?; ¡, quién me garantiza su sinceridad? .....
Cepeda!, Cepeda!, si V. no es el primero de los hombres, forzoso es que sea V. el último, y ... . . · lo confieso, vacila mi juicio
entre estos dos estremos. Sin embargo, ya ve V. que mi imprudencia me arrastra: Este cuaderno es una prueba de ello. Acaso
me arrepentiré algún día de haberlo escrito. ¡ Qué importa !
Será un desengaño más, pero será el último.

graciada, y como yo lloraba un desengaño. Su marido, aquel
amante tan tierno, tan rendido, se había convertido en un tirano. ¡ Cuánto su.fría la pobre víctima! ¡ y con cuán heróica virtud ! l\fi cariño acia ella llegó al entusiasmo, y mi horror al matrimonio nació y creció rápidamente. Yo no trataba sino á mi
prima, y aquella vida sedentaria, triste y contemplativa, alteró
mi salud. Púseme tau delgada y enferma, que alarmada mamá
me llevó al campo. Allí pasé tres meses de soledad : soledad esterior 'S soledad del corazón!; no me mejoré y volvimos á la ciudad.
¡ Triste, muy triste fué aquella época de mi vida!; aun me afüje
el recordarla. Tenía la esperanza de morir pronto, pero momentos tenía en que me parecían demasiado lentos los progresos de
mi mal y sentía impulsos de apresurar yo misma su resultado.
Uis principios religiosos y el afecto entrañable, que tenía por
mamá y mi hermano, (14) sofocaban este impulso.
1\fi padrastro tenía también una salud quebrantada, y lo
atribuía al clima. Persuadióse que moriría, si no se venía á España, y como no aborrecía la vida como yo, determinó realizarlo. Este proyecto me sacó de mi desaliento; deseaba otro cielo,
otra tierra, otra existencia: amaba á España y me arrastraba á
ella un impulso del corazón. Disgustada de mi familia materna,
anhelaba conocer la de mi padre, ver su país natal y respirar
aquel aire, que respiró por primera vez. Tomé, pues, un empeño
en decidir á mamá á establecerse en este antiguo mundo. Escalada, por su parte, usaba de toda su influencia á fin de determinarla, pintándola (15) mil ventajas en el cambio. Pero mamá
resistía apoyada por sus parientes.
A pesar de esto, Escalada vino á Puerto Príncipe y empezó á
vender tierras y esclavos, y á mandar sobre los bancos de Francia todo el numerario posible. Luego, creyendo más fácil desidir
á mamá si la sacaba de su país y familia, la propuso ir á parar
algunos meses en Cuba, (16) donde estaba de guarnición

"POR LA TARDE"

:r-.n única amiga era ya mi prima Angelita;

(14) Aunque tenia tres hermanos, Pepa, Emilio y Felipe Escalada, del segundo matrimonio de su madre, quiso aqui 1a poetisa referirse exclusivamente 6, su
hermano entero D. Manuel Gómez de Avellaneda, por quien sintió siempre un
carillo entratlable.
(15) El uso del Za, como dativo, en vez de le, es incorrección, que no debe imitarse. En igual defecto incurre varias veces la inspirada poetisa en este escrito:
sirva la presente advertencia para lo sucesivo.
( 16) Quiso decir S an/iago de Cuba.

era como yo des-

(13) No se equivocaba la eximia escritora. Su vida fué breve, puesto que
no cumplió los 59 •años de edad, y las contrariedades, que sufrió su espíritu,
fueron grandisimas, aun en medio de los triunfos literarios, que un dia alcanzara

'

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CUBA CONTElIPORÁNEA

su regimiento. Todos secundamos sus esfuerzos y lo conseguimos.
Sensible, más sensible de lo que yo creía, me fué el arranque
de mi país y la separación de mi prima; pero al llegar á Cuba
los objetos nuevos me dieron nueva vida.
Santiago de Cuba es una ciudad poco más ó menos como
Puerto Príncipe, y más fea é irregular. Pero su bellísimo cielo,
sus campos pintorescos y magníficos, su concurrido puerto y la
cultura y amabilidad de sus habit:mtes, la hacen muy superior
bajo cierto aspecto. 'l'ube en aquella ciudad una aceptación tan
lisonjera, que á los dos meses de estar allí ya no era yo una forastera. ,Ta más la vanidad de una mujer tubo tantos motivos de
verse satisfecha. Yo fní generalmente querida y obsequiada, y
jamás podré olvidar los favores, que he devido á los habitantes
de Cuba. Entonces volví á tener gusto al e..:;tudio y á la sociedad.
Hice algunos versos que fueron celebrados con entusiasmo ;
entreguéroc á las diversiones, en las cuales era deseada y colmad¡,, dr ob~eqnios. V. supondrá que no me faltaron aspirantes: tengo algún orgullo en decirlo : los jóvenes más distinguidos del
país se disputaban mi preferencia. Ninguno, empero, la consiguió
esclnsiva. l\fi predilecto en un baile era el mejor danzador, en
un paseo el que montaba con más gracia un hermoso caballo, en
tertulia el que tenía más amena y variada conversación. Ninguna ilusión de amor tube en Cuba, y por consiguiente, no saqué
de ella ningún desengaño. Acaso por esto la amo tanto.
Loynaz fué á Cuba cuatro meses despu'és que nosotros, é intentó renovar sus pretensiones. Escusaba sus amores con Rosa
diciendo, que ella le había en cierto modo comprometido, y me
juraba que yo era su primero y único amor, y que su viaje no
tenía otro objeto que obtener mi perdón y reconciliarse conmigo.
Yo no me negué ni á la una ni a lo otro: Perdonéle y le otorgué
mi amistad, pero fuí infl.ecsible respecto al amor. Antes de volverse á Puerto Príncipe, solicitó la promesa de seguir con él
correspondencia por escrito, y, mediante que prometió serían
sus cartas meramente amistosas, condescendí á su demanda. En
efecto, ambos seguimos dicha correspondencia con admirable
esactitud hasta su muerte, acaesida á mediados del año de 37,
cuando él cumplía los 25 de su edad y cuando ya estaba yo en
España.

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

49

l\Ii padrastro supo aprovechar tan bien su ascendiente sobre
mamá, y yo por mi parte le secundé de tal modo, que al fin logramos determinarla á venir á España.-El día 9 de Abril de
1836, nos embarcamos para Burdeos en una fragata francesa,
Y sentidas y lloradas, abandonamos ingratas aquel país querido,
que acaso no volveremos á ver jamás.
Perdone V.!; mis lágrimas manchan este papel; (17) no
p.uedo recordar sin emoción aquella noche memorable en que ví
por última vez la tierra de Cuba.
La navegación fué para mí un manantial de nuevas emociones.- ' ' Cuando navegamos sobre los mares azulados, ha dicho
Lord Byron, nuestros pensamientos son tan libres como el Occéano. ''-Su alma sublime y poética devió sentirlo así: la mía lo
esperimentó también. Hermosas son las noches de los Trópicos
Y yo las había gozado; pero son más hermosas las noches deÍ
Occéauo. Hay un embeleso indefinible en el soplo de la brisa,
que llena las velas ligeramente estremecidas, en el pálido resplandor de la luna que reflejan las aguas, en aquella inmensidad que vemos sobre nuestra cabeza y bajo nuestros pies. Parece
que Dios se revela mejor al alma conmovida en medio de aquellos dos infinitos--¡ el cielo y el mar !-y que una voz misteriosa
se hace oir en el ruido de los vientos y de las olas. Si yo hubiese
sido atea, dejaría de serlo entonces.
También esperimentamos tempestades y puedo decir con Heredia:
.
·
"Al despeñarse el huracán furioso,
al retumbar sobre mi frente el rayo
palpitando gocé .. . ...... .. .. . . ''
Por fin, después de malos y buenos tiempos y de sentir todas las impresiones consiguientes á una larga navegación el
primero de Junio saludamos con júbilo las risueñas costas d~ la
Francia.
Los días que pasé en Burdeos me parecen ahora un lisonjero
sueño. Abríase mi alma en aquel país de luces y de ilustración.
No amé, no sufrí, apenas sé si pensaba. Estaba encantada y mi
(17)

A1in se ven en el manuscrito las- manchas de las 1'grimas.

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CUBA CONTEMPORÁNEA
CARTAS A~IATORIAS DE LA AVELLANl!:DA

corazón y mis ojos no me bastaban. Fué forzoso dejar aquella
seductora ciudad y no lo hice sin lágrimas.
Ningunas simpatías podía yo encontrar en Galicia, y viniendo de una de las primeras ciudades de Francia, la Coruña me
pareció inferior á lo que realmente es, pues hoy la creo una
de las más bonitas poblaciones de España. Pero el carácter gallego me desagradaba y el clima me sentaba mal. Sin embargo,
acaso me hubiese acostumbrado y se disiparía la primera impresión desagradable que sentí al llegar á ella, si motivos inesperados no me hubiesen dado reales y positivos pesares. A Dios, hasta
luego.
"POR LA NOCHE"

Mi padrastro se había manejado bien con nosotros hasta entonces : entonces se desenmascaró. Estaba en su país y con su
familia nosotros lo habíamos abandonado todo. Su alma mez'
quina abusó
de estas ventajas.
No molestaré á V. con detalles enojosos de nuestra situación doméstica; bástele saber que no hubo pesares y humillaciones, que yo no devorase en secreto. :Mamá era muy infeliz, y yo
carecía de fuerzas para sufrir sus pesares, aunque llevaba los
míos con constancia. l\fanuel (18) tubo precisión de marcharse
al estrangcro; tan comprometido se vió por mi padrastro. ¡Oh!
sería nunca acabar, si quisiera contar por menor las ridiculeces,
tiranías y bajezas de aquel hombre, que yo devo y quiero respetar todavía como marido de mi madre. Dios Jo sabe, y será algún
día juez de ambos.
En aquella situación doméstica tan desagradable conocí á
Ricafort y fuí amada de él: también yo le amé desde el primer
día, que le conocí. Pocos corazones ecsistirán tan hermosos como
el suyo; noble, srnsible, desinteresado, lleno de honor y delicadeza. Su talento no correspondía á su corazón : era muy inferior
por desgracia mía. Conocí pronto esta desventaja: aunque generoso Ricafort parecía humillado de la superioridad que me atribuía: sus ideas y sus inclinaciones contrariaban siempre las mías.
( 18)

51

No gustaba de mi afición al estudio y era para él un delito que
hiciese versos. Mis ideas sobre muchas cosas le daban pena é inquietud. Temblaba de la opinión y decíame muchas veces :-qué
Ioararás cuando consigas crédito literario y reputación de ingeni~ Y Atraerte la envidia y ecsitar calumnias y murmuraciones.
-Tenía razón, pero me helaba aquella fría razón.
Aunque mostra.Qa de mi corazón el concepto más elevado y
ventajoso, no se me ocultaba que le desagradaba mi carácter, y
me repetía que este carácter mío le haría y me haría á mí misma
desgraciada. Yo me esforzaba en reprimirlo y sofocaba mis inclinaciones por darle gusto; pero esta continuada violencia me
entristecía y notándolo él se convencía de que no podría nunca
'
,
hacerme dichosa. Sin embargo de todo esto, nos amábamos mas
cada día.
Mis pesares domésticos llegaron á afectarme tanto, que necesité desahogar mi pecho y se los comuniqué : ¡nunca olvidaré
aquel momento! ¡ Yo ví sus ojos arrasados de lágrimas! Entonces, con aquel acento, que la falsedad no podrá nunca imitar, me
rogó aceptase su corazón y su mano y le diese el derecho de protejerme y vengarme.
Muchos dias vacilé; mi horror al matrimonio era estremado,
pero al fin, cedí : mi situación doméstica tan insufrible, mi desamparo, su amor y el mío, todo se unió para determinarme, y
cuando le dije que consentía en ser su esposa, tomé la resolución
de consagrar mi ecsistencia á hacer la suya dichosa, y quitármela en aquel momento en que no pudiese llenar este objeto. Talento, placeres, todo se aniquiló para mí : sólo deseaba llenar las
severas obligaciones, que iba á contraer, y hacer cuanto en mi
poder estubiese para aligerar á Ricafort las cadenas, que le imponían. ¡ Oh Dios mío!, porqué no pude hacerlo!. . . . . Tú sabes
si eran puras mis intenciones y sinceros mis votos! : porqué no
los escucbastes? ( 19) Yo no aseguraré, que hubiera amado siempre á Ricafort, ¿ porque quién puede responder de su corazón 1,
pero cierta estoy de que siempre le habría estimado, y que nunca
le obligaría á maldecir el día en que se uniera á mi suerte, pues
si no puedo responder de mis sentimientos, puedo por lo menos

Su hermano, ya citado en otra nota.
( 19)

Sobra la

6

Jlnal.

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CUBA CONTE:.\IPORÁNEA

CARTAS AUATORIAS DE LA AVELLANEDA

responder de mis acciones. Pero nada de esto devía ser : la funesta debilidad de mi carácter devía trastornarlo todo.
Nuestra unión no pudo verificarse por de pronto. Él era
altivo y yo también : ni uno ni otro queríamos depender de nuestras familias ni un solo día, y gracias á mi padrastro, mis intereses estaban embrollados, y Ricafort no contaba sino con un sueldo mal pagado. Hice proposiciones racionales á mi padrastro,
que no las admitió! : solicité de la Corte el derecho de mayoría
pintando mi situación esepcional, pero antes de obtener resultado fué depuesto Ricafort, padre, y el hijo tubo orden de reunirse á su regimiento. Hice justicia al General (20) : Conocía su
caracter y franqueza y no dudaba, que hallaría en él un padre;
pero yo tenía demasiado orgullo para entrar en su familia como
una mendiga, y resolví no casarme hasta no poder aclarar mis
intereses y decir á Ricafort cuáles eran éstos y la mayor ó menor
seguridad que presentaban.
En fin, después de muchas vacilaciones y penosas escenas
Ricafort marchó á su destino. Dolorosa me fué, muy dolorosa
esta separación, aunque estaba yo muy lejos de creerla eterna;
pero pasados los dos primeros meses pensé mucho en las diversidades, que ecsistían entre Ricafort y yo, me pregunté á mí
misma, si aquella superioridad, que él me suponía, no sería tarde ó temprano un origen de desunión, y reflecsionando en las
contras del matrimonio y las ventajas de la libertad me dí el
parabién de ser libre todavía. Vino mi hermano por entonces á
la Coruña ..... mucho necesito ahora de la indulgencia de V.,
querido Cepeda, porque me avergüenzo todavía de mi ligereza.
Vino mi hermano y desaprobó mi unión. Representóme la triste
suerte de los militares en las actuales circunstancias (21) : hablóme con entusiasmo de un viaje, que quería hiciésemos juntos
á Andalucía para conocer la familia paterna ( de la cual me
hizo elogios que hoy conozco inmerecidos) y de lo dichosa que
sería yo con mi mayoría, pudiendo gozar una vida cómoda é independiente conforme á mis indicaciones: sobre todo me dijo, y
fué lo que más impresión me hizo, que, si me casaba con Ricafort

y le seguía, nos separaríamos él y yo para siempre acaso. t, Qué
diré á V. para justificarme 1. . . . . nada, nada es bastante. Fuí
debil é inconsecuente. Marché con mi hermano á Lisboa : no he
vuelto á saber de Ricafort.
Si se eceptua el dolor de la separación de mamá, puedo decir que dejé con placer la Galicia. Eran muy pocas las personas,
que en ella me merecían algún afecto, y no ignoraba yo que tenía
muchos enemigos : De este número eran todos los parientes de
Escalada. Gracias al cielo no podían herirme en mi honor por
mucho que lo desearan, pero daban mil punzadas de alfiler á mi
reputación bajo otro concepto. Decían, que yo era atea, y la
prueba que daban era que leía las obras de Ruseaux (22) y que
me habían visto comer con manteca un viernes. Decían, que yo
era la causa de todos los disgustos de mamá con su marido y la
que la aconsejaba no darle gusto. La educación que se da en
Cuba á las Srtas. difiere tanto de la que se les da en Galicia, que
una mujer, aun de la clase media, creería degradarse en mi
país egercitándose en cosas, que en Galicia miran las más encopetadas como una obligación de su sexo. Las parientas de mi
padrastro decían por tanto, que yo no era buena para nada porque no sabía planchar, ni cocinar, ni calcetar ; porque no lababa
los cristales, ni hacía las camas, ni barría mi cuarto : Según ellas
yo necesitaba veinte criadas y me daba el tono de una princesa.
Ridiculizaban también mi afición al estudio y me llamaban la
Doctora. Una hermana de Escalada dió de bofetones á una criada de casa, porque interrogada respecto á mí, en una casa en que
ella había dado tan brillantes informes, tubo la pobre mujer la
estravagancia de decir que yo era 1m Angel, y que, lejos de ser
imperiosa ni ecsigente en la casa, todas las criadas me querían
por mis buenos modos.
V. supondrá cuán poco sentiría dejar aquel país y si podré
volver á él con gusto, aun cuando tenga la desgracia de que
vuelva á él mi familia.
Luego que rompí mis compromisos y me ví libre, aunque no
más dichosa, persuadida de que no devia casarme jamás y de
que el amor da más penas que placeres, me propuse adoctar un

(20) El Sr. Ricafort, padre, que por lo visto era el Jefe de la comandancia
militar de la Coruña.
(21) Ocioso parece advertir al lector, que se estaba en plena guerra carlista.

J

53

(22) Sin duda quiso escribir Rot&lt;sseau (Juan Jacobo), cuyos libros ,sobre todo
el Contrato aocial y el Emilio, andaban tan en boga en aquella época.

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CUBA CON'fEMPORtÚrnA

CARTAS AMATORIAS DE LA AYELLANEDA

sistema, que ya hacía algún tiempo tenía en mi mente. Quise
que la vanidad reemplazase al sentimiento y me pareció que valía más agradar generalmente que ser amada de uno solo: tanto
más cuanto que este uno nunca sería un objeto que llenase mis
votos. Y o había perdido la esperanza de encontrar un hombre
según mi corazón. No busqué ya pues ni amor ni amistad: deseaba impresiones débiles y pasajeras, que me preservasen del tedio
sin promover el sentimiento. Sin embargo, no podía aturdirme
por más que me esforzaba. Separada por primera vez de mamá,
sin esperanza de volver á ver á Ricafort ( al cual amaba aún),
sintiendo más que nunca el vacío de mi alma, disgustada de un
mundo que no realizaba mis ilusiones, disgustada de mí misma
por mi impotencia de ser feliz, en vano era que quisiera aturdirme y sofocar en mí este fecundo germen de sentimientos y dolores.
Otro desengaño tube además, y no de los menos dolorosos. Yo
amaba mucho á mi hermano : con él había llevado el desinterés
hasta un grado que otros me vituperaron : con él había sido siempre afectuosa, condescendiente y delicada. Al verme sola con él
por el mundo esperaba que su conducta conmigo correspondiese
á la mía: ¡ me desengañé muy pronto! Conocí que el hombre
abusa siempre de la bondad indefensa, y que hay pocas almas
bastante grandes y delicadas para no querer oprimir cuando se
conocen más fuertes.
Hubiera yo querido mudar mi naturaleza. Creí que sólo sería
menos desgraciada cuando lograse no amar á nadie con vehemencia, descon:6ar de todos, despreciándolo todo, desterrando
toda especie de ilusiones, dominando los acontecimientos á fuerza de preveerlos, y sacando de la vida las ventajas que me presentase, sin darles no obstante un gran precio. Yo me avergonzaba ya de una sensibilidad, que me constituía siempre víctima.
Más de un año hace que trabajo por conseguir mi objeto, no
sé si será trabajo perdido. En este tiempo dos veces he contraído pasageras relaciones; tan pasageras que una de ellas no duró
quince días. Mi corazón, no las formó, fué la cabeza únicamente,
la necesidad de una distracción, el ejemplo de la sociedad en que
vivía: nada más. Fueron empeños de sociedad más bien que de
amor.

Bien en breve me fastidié, y rompí sucesibamente aquellos
semiamores sosos con tanta ligereza como los había contraído.
No hablaré del proyecto de mi tío :B,elipe (23) de casarme en
Constan.tina (24) con un mayorazgo del país, y de cómo mi hermano, que tan opuesto era á que yo me casase, tomó un empeño
entonces á favor de mi novio. Esto no merece mayores detalles,
pues en nada ha influído semejante proyecto ni en mi corazón
ni en mi destino. Pero devo estenderme más en la relación de un
compromiso recientemente concluído y que V. no ignora. Es preciso no callar nada y que sepa V. los motivos, que tube para formarlo y para concluirlo. ¡ Los motivos que tube para formarlo l. . . . . embarazada me veré para decirlos : mas no importa. n1i franqueza ecsije que yo los diga; la delicadeza de V. le
ordena olvidarlos tan luego concluya de leer ésta.
Adios: necesito un momento de descanso: Además son las
diez y voy á vestirme para ir á buscar á Concha (25) para el
Duque (26). Espero que yendo yo tan tarde no encontraré á V.
en casa de Concha.

5-t

.....

J

"Á LA

1

DE LA NOCHE"

En efecto, no encontré á V. y he sabido que no estubo. ¡ Mil
gracias l Conozco ahora que ecsiste realmente entre los dos una
prodigiosa simpatía. V e.o que al mismo tiempo hemos tomado
una misma resolución. Sí, es preciso : es absolutamente preciso
vernos menos frecuentemente. Nos haríamos de otro modo cada
vez más insociables y raros. Por tanto, declaro á V., que yo por
mi parte voy á huir á V. con esmero. Estamos los dos demasiado tristes y desilusionados para querer estarlo más. Preciso es
que busque V. sociedad más alegre y yo lo mismo. Pero no busque V. una amiga sin.cera: yo reclamo este título, ¿entiende VY:
por fin, me resuelvo á quebrantar mi propósito. Sí; yo ofrezco
á V. mi am.istad. Pero tenga V. entendido, que puedo ser su ami(23) D. Felipe G6mez de Avellaneda, hermano del padre de la poetisa.
(24) Pueblo de la provincia de Sevilla donde nació el padre de la Avellaneda.
(25) La Srtn. Concepción Noriegn, amiga Intima de la poetisa.
(26) La plaza de Sevilla llamada entonces Duque de Medina Sidonia y poco
después, como ahora, Duque de la Victoria.

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CUBA CO~TEMPORANEA

CARTAS A~fATORIAS DE LA AVELLANEDA

ga sin verle diariamente, ni acaso nunca; y que será V . mi amigo, mi único amigo, pero no deseo, ni deve V. desear ser mi tertuliano y acompañante. Mañana acabaré esto: no sé cuando se
lo daré á V. Buenas noches : tengo una terrible jaqueca.
" HOY

27

POR LA TARDE"

Al mismo tiempo que empezó á obsequiarme Méndez Vigo (27)
dirigíame otro (28) algunas atenciones. Este otro me agradaba
más de lo que yo deseaba. Sentíame inclinada á él por una fuerza estraña y caprichosa y me estremecía al pensar que aun podía
amar, tanto más cuanto que, creyendo entonces que existía una
_enorme diferencia entre los caracteres é inclinaciones de aquel
dicho sujeto y yo, preveía en un nuevo amor un nuevo desengaño. Sin embargo, un instinto del corazón parecía advertirme, que
era llegado el momento en que devía espiar ( 29) mis pasadas inconsecuencias, y sin saber porqué me sentía dominada.
Sé cuanto más fuerte se hace una inclinación combatida y no
quise combatir la mía, pero no quise tampoco entregarme á ella
esclusivamente, por que temía se hiciese de este modo omnipotente. Era, pues, preciso oponer la vanidad al sentimiento y distraer con un pasatiempo el interés demasjado vivo que sentía.
¡ Cepeda!, yo prescindo de todo para ser sincera: por Dios!,
no me juzgue V. con severidad.
El hombre que me interesaba se desviaba de mí, y el que no
me agradaba redoblaba sus atenciones y asiduidades. El primero me causaba con su influencia en mi corazón serias inquietudes y me picaba con su indecisión; el segundo me lisonjeaba y me
divertía con su amor de niño y me parecía bien poco peligroso.
Hice lo que me pareció más conveniente á mi tranquilidad y
lo que supuse de menos consecuencia. Admití los afectos del uno
y procuré sofocar los que el otro me inspiraba. ¡Ya está dicho
todo! : ahora olvídelo V.
No disimularé que el candor de mi joven amante, su amor
(27)

D. Antonio,

f,

quien cita luego por su nombre.

(28) El propio D. Ignacio de Cepeda, para quien se escribió esta autobiografía.
(29) Como se ve fácilmente, por usar con frecuencia de la S en vez de X, cuan-

do va seguida de consonante, ha dicho la poetisa upiar por e,:piar, vocablos de
muy distinta ai¡nijlcaci6n.

l

¡

57

entusiasta y mil prendas apreciables, que descubría en él, llegaron á conmoverme. ¡ Pobre niño! ¡ cuánto me ha amado!; &amp;porqué este caprichoso corazón no supo corresponder dignamente?. . . . . no lo sé !
Me inspiraba un afecto sin ilusiones, sin calor: un afecto indefinible, que algunas veces me parecía devía semejarse al que
una madre siente por su hijo: no se ría V. de esta comparación.
En qué consistía que ese joven no me produjese otra clase de
amor? Yo no podré decirlo, porque no lo sé á fé mía. No es mal
parecido, ni tonto, V. lo sabe, y aun puedo decir, que ecsisten
ciertos puntos de simpatía entre nuestro modo de sentir, pero
él me amaba á mí como yo amaría, si encontrase un hombre según mis deseos. Pero él no era este hombre: en vano me esforzaba, y á fuerza de decirle que le amaba quería persuadírmelo á
mí misma : en vano me reprochaba de caprichosa é ingrata interiormente: en vano! Confesaré á V. lo que entonces no quería
confesarme á mí misma: Al lado de aquel joven sentía momentos
de insoportable tedio, y sus espresiones más apasionadas hallaban frío mi corazón y me producían á veces un no sé qué de
hastío.
¡ Era esto un capricho inesplicable del eorazón, porque yo le
quería! ¡ Sábelo Dios! Yo le quería, repito, pero no podré, sin
desmentir mi íntimo convencimiento, decir que le amaba. No
puedo esplicar esta diferencia, pero la concibo perfectamente.
Estaba él demasiado enamorado para limitar sus deseos á
unas sencillas relaciones, pasageras sin duda. Quiso arrancarme
la promesa de que sería su esposa y absolutamente la reusé. Manifestéle mi repugnancia al matrimonio, y tampoco le oculté que
mi amor no era de naturaleza tal, que me inspirase el deseo de
ser suya. Llamóme muger original, fría, sin corazón : ¡ Cuántas
lágrimas ! ¡ Cuántas reconvenciones!
Yo hubiera roto con él, si la compasión no me hubiese inspirado esperar para hacerlo á que se pasase, como no dudaba sucedería, esa ecsaltación de amor, que entonces le poseía. Le ví
padecer tanto, que me conmoví, y como se ofrece la luna á un
chiquillo, que llora por ella, le ofrecí yo á él que sería suya algún día.
Una vagatela le indispuso luego con mamá, y le trataba ésta

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COBA CONTEMPORÁNEA.

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

con tal esquivez y aun desatención, que, ofendida yo, le prohiví
por su propio decoro venir á casa en algunos días, para que se
calmase mamá y hacerla yo entender lo desatenta que estaba
con él por un motivo tan pueril. El pobre muchacho creyó ya
que no volvería á verme: qué sé yo lo que pasó en aquella cabeza.
Lo cierto es, que hizo mil locuras irreparables. Después de algunos días de afán y mortal inquietud, que mis cartas las más tiernas no podían calmar, cometió la imprudencia de hablar á su
padre y escribir á mi hermano diciendo el deseo y resolución
que tenía de casarse conmigo; sin haber consultado antes mi
voluntad, acaso porque dudaba de ella.
Interrogada por mi .familia, desde luego declaré seriamente
que no pensaba en semejante matrimonio, y mi hermano se lo
escribió así á Méndez Vigo.
Entonces fué Troya! : no molestaré á V. con pormenores enfadosos. El pobre chico creo que se trastornó, pues, entre mil
disparates que dijo y hizo, me escribió una carta (que conserbo
como casi todas las suyas) en la que me juraba se daría un pistoletazo, si no me casaba con él antes de tres meses.
Temí cualquier cosa de él, mucho más cuando supe, (Bravo (30) lo sabe también) que andaba llorando en los paseos y
cafees como un loco: tube, pues, a su situación todas las consideraciones, que ecsijía, le escribí cartas llenas de ternura y le ofrecí que sería suya más tarde.
Pero nada bastó : no sé qué espíritu maligno se había apoderado del pobre joven. Saben sus amigos hasta que punto se estraviaba por momentos su razón.
La piedad tal vez me hubiera determinado á casarme con
él ( á pesar que menos que nunca me inspiraba aprecio ni confianza aquel carácter tan débil y aquella cabeza tan frágil), si
el orgullo de mi nombre no me lo hubiera absolutamente prohivido.
El padre de ese joven, que, según tengo entendido, es responsable á su hijo del dote considerable que le llevó su primera
esposa (y que sin duda no deseaba desposesionarse de él, como
tendría que hacerlo casándose su hijo) dijo, que no aprovaba

su matrimonio sino dentro de tres años, pues aun era muy joven
para contraer tan serio empeño. En consecuencia á esta manifestación reusó venir á pedir mi mano, como parece quería su
hijo, y éste le amenazó con que pediría al Jefe político la licencia, que él le reusaba. Todo esto pasaba sin que yo supiese nada,
ni remotamente lo sospechase. ¡ Puede V. figurarse mi indignación á la primera noticia, que llegó á mis oídos! Se apuró mi sufrimiento y rompí enteramente con el imprudente joven, escribiendo al padre una carta en la cual le manifestaba, que jamás
había tenido la intención de casarme con su hijo ni con su aprovación, ni sin ella. Por tanto devía mirar como locuras del joven
todos los pasos, que hubiese dado con este objeto, y le aconsejaba
y rogaba le mandase á viajar para distraerle.
Pocas personas sabrán en Sevilla estos pormenores, pero
muchas han sido sabedoras de la desesperación de .Antonio (31) y
de los reproches que me dirijía en su ecsaltación. Así es, que por
una fatalidad de mi estrella siempre me condenan las apariencias, se me juzga sin comprender mis motivos. Yo sé que se me
censura haber jugado con la sensibilidad de ese joven y se me
tacha de inconstancia y coquetería. Y a V. conoce mi culpa!: no
he tenido otra, sino entablar (como hacen todas en Sevilla) unas
relaciones, que suponía ligeras y sin consecuencias de ninguna
especie: ¡ esta es toda mi culpa y sabe Dios cuánto me he
arrepentido de ella! Si después no pude resolverme á sacrificar
mi libertad y mi delicadeza casándome con él sin la pública aprovación de su padre, ciertamente no merezco por ello censura, y
sería muy despreciable á mis ojos, si hubiera procedido de otro
modo. La pasión no me haría faltar á mi decoro entrando á la
fuerza en una familia: ¡ cuánto menos la compasión!
lVIarchóse por fin .Antonio y yo respiré : parecióme ver la luz
después de una larga prisión ó lanzar un peso enorme largo tiempo sostenido.
Lo confieso : quedé cansada de amor : aquel amor delirante
y frenético, que yo no había participado, me causaba fatiga.
Por eso me fijé más que nunca en mi sistema de no amar nunca. He jurado no casarme nunca, no amar nunca; y aun me pro-

58

(30) D. Pedro Gómez Bravo y Pern!a, amigo intimo del Sr. Cepeda desde que
estudiaron juntos en el Colegio de la Asunción de Córdoba.

•

(31)

El Sr. M6nde• Vigo.

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CUBA CONTEMPORÁNEA

pongo ya abjurar también todo empeño, aun los más sencillos y
pasajeros.-Un mes después de la marcha de :Méndez Vigo volvió
V. de Almonte. (32).
Está concluida mi historia! : pensé antes no haberla escrito
sino en su ausencia de V., porque quería tener con V. una correspondencia epistolar, pero luego varié de idea, porque no pienso ya que devemos entablar dicha correspondencia. ( 33)
Nada más me resta que decir, caro Cepeda; ahora recuerde
V. mis condiciones.-Éste será reducido á cenizas tan luego sea
leido, y nadie más que V. en el mundo sabrá que ha existido.
Á Dios: no sé cuando nos veremos y podré dar á V. este cuadernillo.
Acaso con él voy á disminuir la estimación con que V. me
favorece y á debilitar su amistad : no importa! ¡, Devo sentir el
dar á V. armas para combatir una amistad, que acaso conviene
á ambos deje de ecsistir1 Ya seré siempre amiga de V. aun cuando no ecsista amistad entre nosotros. Es decir, le estimaré á V .
aun cuando cese de manifestárselo.
Á Dios, querido mío: sacuda V. esa melancolía, que me aflije.
Créame V.: para ser dichoso modere la elevación de su alma y
procure nivelar su ecsistencia á la sociedad en que deve vivir.
Cuando la injusticia y la ignorancia le desconozca y le aflija,
entonces dígase V. á sí mismo : Ecsiste un ser sobre la tierra que
me comprende y me estima.
Sí, creo comprender á V. y estimarlo: ¡ si me engañase! ¡ si
fuese V. otro de lo que yo le creo ! . . . . . sería un desengaño más:
¡ y qué importa uno á la que ha sufrido tantos!!
(Hay la rúbrica de la Avellaneda).
P. D. He leido ésta y casi siento tentaciones de quemarla.
Prescindiendo de lo mal coordinada, mal escrita, &amp;c., ¡, Devo
dársela á V.? No lo sé: acaso no. Ciertamente no tengo de que
(82) J.. este pueblo, donde pasaba temporadas el Sr. Cepeda por tener aill casa
sus padres, fueron dirigidas desde Sevilla las c&amp;rtas de la Avellaneda en Agosto
y Septiembre de 1839; cartas que fueron contestadas 4 Doña Ama.dora de Almonte

que era el pseudónimo adoptado por la poetisa mientras permanecieron en se·
creto esas relaciones amorosas.
· (38) Por lo visto, volvió á variar de idea la eminente escritora, pues se con•
serva la correspondencia epistolar posterior á esa resolución suya.

61

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

avergonzarme delante de Dios, ni delante de los hombres. Mi
alma y mi conducta han sido igualmente puras: Pero tantas vacilaciones, tantas lijerezas, tanta inconstancia ¡, no deven hacer
concebir á aquel, a quien se las confieso, un concepto muy desventajoso de mi corazón y mi carácter?
6Devo tampoco descubrir los defectos de personas, que me
tocan de cerca, como lo hago? . . ... No ciertamente, Cepeda: no
devo. Para resolverme á dar á V. este cuaderno es preciso que le
estime á V. tanto, tanto, que no le crea un hombre, sino un ser
superior.
No sé, pues, qué hacer: lo guardaré y seguiré, para darlo ó
quemarlo, el impulso de mi corazón cuando vea á V. por primera vez.
(Hay la, rúbrica de la Avellaneda).

CARTAS

&lt;1 &gt;

DE LA SRA. D.A GERTRUDIS GOMEZ DE AVELLANEDA

I
UN A HOR.\ DE DESVELO Y MELANCOLÍA EN LA NOCHE DEL
LIO

(2i

=

13

DE JU-

DEDICAD.A. Á MI "COMPAÑERO DE DESILUSIÓN".= PARA
ÉL SOLO

Á vejez prematura te condena
el desaliento de tu joven alma!
sientes del tedio la insufrible pena!
ningún consuelo tus dolores calma !
En tus amores viste decepciones,
crimen y error en el imbécil mundo,
( 1) Estas cartas adolecen de los mfamos defectos ortográficos notados ya en
la autobiografía, y además se advierten en ellas los vocablos siguientes: descritiva,
ptmellon, quando, baya, egtrcer, utrahordinario, inborrable, ineaauato, ésa.rico, haya
por halla, hora por ora, obserbar, vercivir, vervalmente, cuyas faltas, como las otras
á que nos hemos referido, van desapareciendo conformo avanza la fecha de la co·
rrespondencia.
(2) Sevilla, 1839.

�62

CUBA CONTElIPORÁNEA

y sucedió á tus dulces ilusiones
desengaño mortal, tedio profundo.
Así la aurora de tu hermosa vida
se despojó de mágicos colores,
así la senda de tu edad florida
yace marchita sin verdor ni flores.
Ay! yo comprendo tu penar insano!
porque mi suerte cual tu suerte fiera
aquí en mi seno con airada mano
fecundo germen de dolor vertiera.
También, cual tú, costosos desengaños
atesoré con ávida amargura,
y el horizonte de mis tiernos años
surcó una nube de foral pavura.
Cielo sin claridad, campo sin flores,
estéril arbol en fecunda tierra,
mi juventud sin goces, sin amores,
á la esperanza del placer se cierra.
Éste es ¡ Ignacio ! mi fatal destino,
y éste también el que te acecha airado,
si de la vida al áspero camino
te lanzas sólo en tu vigor fiado.
No del sentir el mágico tesoro
exhausto yace en mi oprimido seno :
ven pues ¡querido! y el ardiente lloro
podamos juntos confundir al meno.

También tiene el llanto
goces silenciosos,
perfumes preciosos
de pálida flor.
Como hay en noche
benigno rocío,
que del seco estío
mitiga el calor.
l\:Ias no los lazos de amistad me nombres,
que en la amistad del mundo yo no creo,

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

63

y en el lenguaje impuro de los hombres
traiciones temo, si cariños veo.
Ni del amor la copa emponzoñada
libaremos sedientos de ventura:
la del dolor tomemos, y, apurada
entre los dos, partamos su amargura.
Del pesar 1~ terrible simpatía
esa nos una y nuestro lazo sea,
.v de la muerte á la región sombría
juntos el mundo descender nos vea.
Acaso en esa tumba
dó juntos bajaremos,
un destello gocemos
de lumbre celestial.
Acaso un genio aguarda
nuestras almas dolientes
para abrirles las fuentes
del placer eternal.
G. G. de A.

1fe hace mal, mucho mal, oir á V. espresar sus ideas, dolores
y esperanzas.-Ya ve V. por esta composición qué pensamientos
me inspira.-Atienda V. á los versos y no á las ideas.
Efectivamente, á veces me abruma esta plenitud d e vida y

quisiera descargarme de su peso: He trabajado mucho tiempo
en minorar mi ecsistencia moral para ponerla al nivel de mi
ecsistencia física. Juzgada por la sociedad, que no me comprehende, y cansada de un género de vida, que acaso me ridiculiza; superior é inferior á mi secso, me encuentro extrangera en
el mundo y aislada en la naturaleza: Siento la necesidad de
morir. Y sin embargo, vivo y pareceré dichosa á los ojos de la
multitud.
Mas lo creerá V. así? .... . No, yo lo sé, y por eso temo nuestras conversaciones. Esto mismo que escribo no podría hablarlo
sin conmoverme demasiado: porque cuando ambos nos sentimos uno junto al otro abrumados de la vida, cansados del mundo, entonces no sé qué delirio irreprimible me hace desear la
muerte para ambos.

V

�6-1

COBA CO~TEMPORÁNEA

V. me habla de amistad, y no ha mucho que sintió V. el amor:
y O no creo ni en una ni en otro. Busco en emociones pasageras,
en afectos ligeros, un objeto .en que distraer mis devo~adores
pensamientos y me siento así menos atormentada: porque mconstante en mis gustos cánsome fácilmente de todo, Y los afectos
ligeros, que apenas me ligan, no me ~r_iv~ del derecho de se:
guir el instinto de mi alma que cod1~1a liberta?·. Algun~ vez
deseo hallar sobre esta tierra un corazon melancohco, ardiente,
altivo y ambicioso como el mío: compartir con él mis goces Y
dolores y darle este ecseso de vida, que yo sola no puedo soportar: Pero más á menudo temo en mí esta inmensa _fac?ltad
de padecer, y presiento que un amor vehemente susc1:aria e~
mi pecho tempestades, que trastornarían ac~so mi !az~n Y fill
vida. Además : ¡, llenaría aún el amor el abismo de m1 alma!
Todo lo he provado y todo lo desech~: amor y amist_~d ! : !, que
puedo, pues, ofrecer á V., querido mío? La eomp~s1on de un
corazón atormentado! . . . . . y mis versos para distraerle un
momento de ocupaciones graves.
(Hay una rúbrica).
DOMINGO

4

DE AGOSTO &lt;3 )

Re recibido la de V. á su devido tiempo y sin que haya
ocurrido la menor novedad: No sé por qué le parecía á V. poco
seguro este conducto, cuando es el menos sugeto á riesgos (4):
Sin embargo, puesto que V. dudaba y me _di,ce aguarda le a~use
el recibo de la suya, lo hago, y me permitire, aunque falte ~ su
encargo de v., añadir algunas líneas más. Si le es á V. eno~oso
leerlas, guarde V. esta carta sin pasar de esta línea, pero leala
algún día.
.
.
Algún· día remoto cuando yo haya deJado p~ra s~empre est~s
países, y que mi memoria, sin tener bastante mfl.uJo par~ ~g1tarle ó enojarle, tenga el necesario para hacerle grat~ un ult~o
recuerdo de mi cariño. Acaso no nos volveremos a ver mas:
- (S) Año 1889.-En ésta como en todas las demá~ cartas de _esa 6poca, que no
expresan el lugar, deberá entenderse que fueron escritas en Sevilla.
( 4 ) Suponemos que el conducto seria algún confidente de los enamorados.

CARTAS AMATORIAS DE LA AVl~LLAXEDA

65

!, quién sabe? V. se marcha á Almonte hoy ó mañana, yo partiré á Cádiz con mi hermano (5) dentro de 10 ó 15 días y estoy
resuelta á permanecer un mes por lo menos (6) : Si en este tiempo mamá tiene orden de marchar á Galicia (como todo lo anuncia) en ese caso me quedaré en Cádiz, y acaso cuando le deje
sea para atravesar nuevamente los mares y separarme de V.
1.800 leguas. ¡, Porqué, pues, reusará V. oírme, acaso por última
vez? ¡ Es tan solemne tma despedida aun cuando sólo sea para
tres días de ausencia! .. . ¡, quién nos asegura al dejar un objeto
querido que volveremos á encontrarle V Oh!, y en esta horrible
duda, en esta posibilidad terrible de una eterna separación ¡, deverán despedirse enojados dos amigos que se han querido V ¡, deverán separarse sin dirigirse tma mirada de consuelo, una palabra de reconciliación? Cuando se buscasen sin poder hallarse,
cuando no esperasen volver á verse más ¡, no sentirían entonces
un tardío arrepentimiento de no haber perdonado 1
V. se ha resentido conmigo : ¡ cosa rara! ¡ es V. un hombre
singular!: otl·o en lugar suyo se hubiera lisonjeado, porque mis
tonterías de la otra noche á mí sola me perjudicaban, á mí degradaban, á mí ridiculizaban (7) ; y yo sola tengo derecho por
lo tanto para estar irritada conmigo misma. Pero V. no sé por
que pudo ofenderse tanto. Sin embargo, básteme saber que lo
e~tá para ~o querer se marche V. en esa disposición. Yo no estoy,
ru tengo a la verdad motivo ninguno de estar con V. enojada,
porque del mismo modo que yo me perjudiqué á mí misma y
sol_amente á mí entregándome á aquel rapto estravagante y caprichoso de cólera, pues prové con mi conducta que era una necia, y una imprudente, sin sentido común; así V .... (8) se
perjudicó, porque mostró que no tenía un corazón tan puro
como me lo había dicho, y yo creía, ni una conducta digna del
hon:ibre, que se atrevía á ofrecer una grande, tierna y santa
anustad. Ay! Las grandes pasiones se tocan casi siempre: yo no
(5) D. Manuel, su hermano de padre y madre.
( 6) El contenido de las cartas siguientes demuestra que si realizó la poetisa
su viaje á Cádiz, fué obra do muy pocos dias.
'
'
(7) Se refiere á una escena destemplada que tuvo con el Sr. Cepeda, ,; quien
habla acusado de vanos amorios.
( 8) Se ha creído oportuno suprimir tres renglones inspirados en los celos
que devoraban i In poetisa, y faltos por tanto de verdad.

�66

CUB.\. CO:STE)lPOR.b:EA

sé si puede dar una grande amistad el que ha dado multiplicados amores!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .............. . ...
Nell 'anima innocenti
Y aric non son fra loro,
le limpide sorgenti
d'amore é d'amistá.

C.\ln.\S .UL\TOHIAS DE LA AYELLA:Sl-:DA

6í

memoria. A Dios, pues, tú que me inspiras una ternura fraternal tú por cuva dicha daría una parte de mi sangre, recibe mi
' ' y ya que
. no me lo retornes vierte sobre él una lágrima de
A Dios,
reconciliación : tendría un placer en verte esta noche, pero no lo
ecsijo. A Dios.

(Está rnbricada.)

III &lt;9&gt;

JI etastasio.
En las almas inocentes
una misma es la fuente
de que manan el amor
y la pura amistad.
Ha dicho ::\Ictastnsio y acaso lo he creído yo misma así, y por
eso no esperaba saliese del puro manantial de una alma cual la
de V. dos sentimientos tan diversos. y que diese amores vulgares
un corazón capaz de sublime amistad.
Pero en todo esto no hay que det'a irritarnos al uno contra
el otro. V. es bastante generoso para perdonar la dureza de mi
franqueza en atención á que la inspira un interés vivísimo, y qlte
con permitírmela con V. le doy una prueba de cuán superior le
creo á esos fátuos vanidosos, que no tienen bastante razón para
conocer, que no la han tenido siempre, y no pueden perdonar el
que se les bable el lenguaje algo áspero de la verdad. Yo tampoco devo ofenderme, antes bien agradecer la confianza que V.
me ha dispemiado : sólo me irritó en un primer momento el que
no fuese V. tan grande, tan sin igual, tan sublime corno lo deseara mi corazón. ¡ Pero porqué sería tan injusta que se lo reprochase á V. como un crimen!
Cepeda! tu eres lo que has sido, lo que serás siempre para
mí, el más amable de los hombres y el más querido de los amigos: esto eres todavía y esto tienes que ser mientras yo viva:
¡ porqué pues nos separaremos de este modo 1 ¡, te lo aconseja así
tu corazón? ¿podrás no conocer el mío? En cuanto á mí, no puedo, ni quiero : Es preciso que te diga, que te quiero aun más que
á ningún hombre he querido, y que si el destino ha ordenado no
te vuelva á ver más, conserbaré de tí una tierna é inborrable

::\Ii amable amigo: cumpliendo mi promesa y siguiendo los
impulsos de mi corazón, tomo la pluma para saludar á V. Y preguntarle si ha llegado sin novedad á esa (10) , si ha desaparecido
el esplín y el dolor del pecho, y si no ha olvidado sus amigos.
Yo me encuentro bastante embromada con males de estómago y un istérico que me devora. Paso muchos días en cama poseída de tristeza y fastidio insoportable, pero espero que pasará, pues hoy me encuentro mejor.
Nada nuevo ocurre en Sevilla: Dícese que pronto comenzarán
las óperas, pues ya vinieron los papeles, que faltaban á la compañía: También se corre que viene el famoso Carlos la Torre,
pero no hallo á esta noticia la menor verosimilitud, pues Sevilla no puede sostener al mismo tiempo compañía de verso Y
compañía italiana.
El Duque (11) sigue lo mismo que V. le dejó: voy no todas
las noches y me fastidio grandemente. Temo que V. me haya pegado su misantropía, pues hago un verdadero sacrificio en salir
de casa.
He concluido mi traducción de la La Fuente (12), y espero
me diga V. si quiere que se la mande y cómo: Ahora comienzo
á traducir el A.nniver.~ario de "l\Iilevollc (13), poeta casi tan dulce como Lamartine, aunque menos profundo.
(9) No tiene fecha, pero au eontenido indica que debió ser escrita en la 2.•
quincena de Agosto de 1889. El sobre esti dirigido en esta forma: "Condado dt
Nitbla.--Sr. D. Jpacio Ctptda en A.Imante."
(10) La villa de Almonte.
(11) La plan de este nombre.
(12) Poesla de Mr. Lamartine contenida en las NvzvAS MsoITAOION3S, que
se publicaron en 1823.
( 13) MiUwou• quiso eaeribir la Avellaneda.

�68

CUBA CONTE)IPORÁNP.:A

CARTAS A)fA'l'ORIAS DE LA AYELL,\NEDA

¡, Y V., mi tierno amigo, qué hace Y. • . • Cuando se pasee V.

por los campos á la claridad de la luna, cuando escuche el murmullo de un arroyo, el soplo ligero de la brisa, el canto de un
ruiseñor, cuando persi1:a el aroma de las flores ... entonces piense V. en su amiga; porque todos esos objetos son tiernos y melancólicos como mi corazón. Perdón! no he olvidado nuestro convenio, y contendré la pluma.
Escríbame V. : si absolutamente no quiere dirijir las cartas a mi nombre, puede rotularlas á D.ª Amadora de Almonte,
nombre algo bizarro, que creo no corre peligro de hallar tocayo.
A Dios, Cepeda: cuídese V. mucho, diviértase y cuente siempre con el afecto fraternal de su amiga, T11la.
P. D. l\fi viaje á Cádiz se dilata.

IV
SR. D. IGNACIO CEPEDA
He recibido la amable de V., mi caro amigo, con tanta mayor
satisfacción cuanto que informada por Concha (14) de que no
estaba V. en Almonte, sino en otra parte, que designó su hermano (15), y de cuyo nombre no me acuerdo (16), temía hubiese padecido estravío mi carta. Varias veces mandé una criada
al correo y siempre me dijo que no había carta, hasta que ayer,
siéndome imposible salir yo, me valí de Concha, la cual fué ella
misma al correo y me trajo al momento la suspirada de V. (17)
Celebro que esté V. bueno, como en ella me dice, y menos melancólico que en ésta : Yo por mi parte quisiera poder decir otro
tanto, pero por desgracia no es así. l\ris dolores de estómago me
han dado mucho que hacer, y mi melancolía se aumenta cada
día. ¡ V. me pide que la venza ! . . . . . Ciertamente, es grande el
influjo que una súplica de V. egerce en mi corazón, pero en este
punto acaso no esté en mi poder el complacer la solicitud de su
(14) La Srta. Concepción Noriega, ya citada en la AUTOBioORAFÍA,
(15) D. Francisco de Cepeda.
(16) El Sr. Cepeda estaba en la Riliza, dehesa del término de Lucena del Puer•
to (Huelva), propiedad de su padre.
(17) Ocioso parece advertir al lector, que la epfstola amorosa no habla sido
llevada por el cartero 6 rasa de la Avellaneda por venir rotulada á Dofia Amadora
de Almonle-Lista de correo.

69

tierna amistad. Aparte de la ausencia de mi mejor, de mi único amigo, que es suficiente causa para melancolizarme, tengo
tantos otros motivos de tristeza! ¡ La espectativa de una separación acaso prócsima y larga de una madre que amo con ternura!
i la indecisión en que batallo sin saber aún, qué partido tomar,
ni qué suerte me espera! ¡ la necesidad de independencia y el
temor de la opinión, que me impide proporcionármela! ..... En
fin, tantas y tantas cosas me agitan al presente ( en que según
las apariencias se aprocsima el día de la crisis) que la amistad
misma, la dulce y lisonjera amistad de mi Cepeda no será poderosa á darme tranquilidad. Pero, basta: hablemos de otra cosa:
¡ yo quisiera que mis cartas fuesen tan risueñas ! ¡ ah! ya lo veo,
imposible ! La amargura de mi corazón se mezcla en todas ellas.
Perdón!
:ivfandaré mi traducción (18) por el conducto que me indica
pero será luego que tenga tiempo para escribirla, pues el borra~
dor está ininteligible y la única copia leíble, que tenía la he
mandado á Cádiz por compromiso. Los Sres. Redactores del nuevo periódico de literatura, que sale en dicha ciudad con el nombre de La Aureola, me han escrito una lisonjera carta rogándome cediese á su periódico algunas de mis composiciones y aun. negarme, me he visto forzada á complacerles' por
' haque qmse
ber intervenido en el asunto un paisano mío á quien estimo y
que se ha empeñado de un modo, que no podía yo sin desaira~le
mantener mi negativa. Así pues he cedido á La Aureola mi traducción, poniendo la condición de que no se imprimiera firmada
con mi nombre sino enteramente anónima.
Ya enviaré á V. tan pronto pueda una copia, y de antemano
reclamo su indulgencia. Preciso fuera que V. conociese el original para que formase un juicio esacto de la grandísima dificultad
de la traducción. Lamartine, uno de los más grandes poetas de
la moderna escuela y acaso el más dulce y fácil, tiene sin embargo algo de vago y metafísico en su poesía, y una manera de
decir que es ciertamente intraducible. Sus ideas en muchas compo~iciones son tan delicadas, que se marchitan, por decirlo así,
baJo la pluma del traductor y sus giros son á veces tan atre(18)

La de La Fuente de Mr. Lamartine, ya citada en la carta anterior.

�-70

. .......--

CUBA CONTE)íPORÁNEA
CARTAS AMATORIAS DE LA

vidos que intimidan. He procurado en La Fuente traducir con
la esactitud posible, penetrándome de los pensamientos é ideas
del autor, pero estoy muy lejos de la satisfacción de creer, que
he logrado imitar con mediano acierto su versificación fl,uida y
armoniosa, y aquel colorido místico y melancólico, que distingue
sus composiciones.
Respecto á mi novela (19), he sometido sus diez primeros capítulos á la censura de mi compatriota, ya mencionado, hombre
instruido y de gusto, que felizmente se halla ahora en esta ciudad, y he tenido el gusto de que mereciese su aprobación. Él ha
animado mi tímida pluma, asegurándome que la parte descritiva
está trazada con esactitud y variedad y que los caracteres están
bien delineados y desenvueltos con vigor. Su bondad le ha hecho
propasarse hasta dar al estilo elogios inmerecidos, y juzgar de
altamente interesante el plan de la novela. Á pesar de mi amor
propio he conocido el favor de este juicio, pero me ha animado
sin embargo á continuar haciendo esfuerzos para merecerlo
mejor.
Ya ve V., mi buen amigo, que le hablo de cosas que no son
más que cosas: ya ve V. que evito un lenguaje, que V. llama de
la imaginación y que yo diría del corazón : V. le juzga peligroso
Y le destierra de nuestras cartas. Yo suscribo á su formidable
sentencia, pero ¡, qué temes tú, amigo mío? ¡, qué peligro quieres
evitar? Acaso oyendo y empleando el idioma del corazón temerás no poder impedirle adelantarse demasiado? : temerás sentir
ó inspirar un sentimiento más vivo que el de la amistad? ...
Si es cierto, tranquilízate: yo te aseguro, que no me amarás
nunca sino como á tu hermana, y que en mi alma no hallarás jamás otros afectos, que los que hoy día me envanezco de espresarte. Yo he meditado mucho en estos días sobre la naturaleza de
nuestros sentimientos, y te lo juro, este ecsamen me ha tranquilizado. Yo perdería mucho si tu dejases de ser mi amigo para
ser mi amante. Amantes!. . . ¡ cercan tantos á una mujer
joven y de tal cual mérito! Pero ¡, dónde hallar un amigo como tú ? Amantes!. . . mira, me empalagan ya; esa cáfila
(19) Se refiere II la titulada Sab, que la autora no tuvo t. bien incluir en la co·
lección completa de sus obras literarias (Madrid, 1869).

1

t

¡

A YEJ,LA~EDA

71

de aduladores, que asedian nuestro sexo, me ~arecen poca c_os~
un para divertirse una un rato con sus nec10s galanteos. 1Ni
ª
· porque soy una
puedo
yo creer que me amen ! Uno me ob seqma,
forastera que no conoce, cuya clase acaso juzga dudosa,. cuyas
costumbres ignora y acaso pueden ser fáciles, cuya conquista no
le parecerá dudosa, y me obsequia creyendo que puedo ser, su
capricho, su juguete, su pasatiempo,. ~u placer de. algunos d1as.
Otro me obsequia, porque hace profes1on de ob_se~mante ~e cuantas mugeres bien parecidas se le presentan: sm ideas, sm cálculos, sin esperanzas, sólo por el prurito de ,galantear y hacer de
elegante. Otro me obsequia porque ~da a la cuart~ pregunta
como suele decirse y oliendo donde gmzan: Soy Americana Y por
ser Americana supone que soy rica, lo cual basta para que for:°'e
sus cálculos de matrimonio. En fin, otro me h~ce e~ amor solo
por vanidad: porque se lisonjearía de. ser m1 n_ov10, no p~rque yo le guste, sino porque cree _darse 1mportancia en la s~ciedad con la preferencia de una muJer, que es celebrada, que d~cen
tiene algún talento. Hé aquí, querido Cepeda, los motivos
que impulsan á la mayor parte de aquellos, que_ me hacen la
corte : y estando yo en esta persuasión ¡, podré 01rlos con otro
objeto, que el de burlarme de ellos 1
.
y v. qué hallará en las mugeres que digan amarle 1 Una ~ce
que le ama, y no ama más que su colocación : Desea un marido,
un estado, que es la ambición de las mugeres vulgares, ! lo busca en V. Otra dice amarle y sólo ama en V. á su pasatiempo, _al
que le regala el oído, y la lisonjea en la sociedad: al q_ue sat1sface su vanidad, y al que dejaría sin pesar por, otro mas galán,
de más representación social, de más nombrad1a, &amp;c., &amp;c. Otra
dice amarle y sólo ama en V. sus propios placeres, Y . .... __i oh!,
rubor causa decirlo, pero lo vemos cada día para ve~gu~nza
nuestra : vemos esta clase de mugeres que degradan la di~md~d
de su sexo, y son á mis ojos más despreciables, que la escoria mas
vil de la tierra.
. y tal es el amor en nuestra triste y corrompida sociedad!
' podía él ecsistir entre nosotros 1 Oh ! no, Jamas.
. , t E sos
• cómo
~rofanados nombres de amante Y_ querida déjal~s á otros Y á
otras. 'rú serás mi amigo, yo tu amiga de toda la vida, Y no deves
temer que sea degradado nunca el santo caracter de nue~tros

�72

COBA COl'\'rR)1PORÁNEA

vínculos. ¿ Temerás tú cuando yo no temo 1 Todo lo dicho te prueba, que nada arriesgas en dejar hablar tu corazón. No interpretará la vanidad tus palabras, ni puede tu amiga confundir la
espresión de tus sentimientos con la jerga insípida del galanteo,
que llaman amor. En cuanto á mí, haré lo que quieras : no te
espresaré mi cariño, si esto te hace mal, pero ¡ me cuesta tanto
este esfuerzo!
Cepeda! ya lo ve V.; mi pluma corre á pesar mío y dice más
de lo que quiero decir: Yo deviera ofenderme en vez de alhagar
á V., pero mi orgullo tan susceptible en otras no lo es en esta
ocasión. No tema V., vanidoso; no tema V., que yo le crea enamorado si usa conmigo un lenguaje tierno: ¡, me cree V. una niña
ó una vieja~ No tema V., repito, y para tranquilizarse enteramente sepa V., que el día en que le creyese á V . enamorado de
mí, ese día cesaría de amarle, y no le vería á V. más. Con que,
con esta seguridad su libertad no corre ningún riesgo conmigo,
ni tiene V. necesidad de alarmarse de mi ternura, como sí viese
en ella un lazo de hierro pronto á aprisionarlo. ¡ Amable melancólico! ¡ qué poco mundo tiene V. ! Perdóname amigo esta frase,
pero me hace gracia, tanta gracia ver tu temor y adivinar tu
corazón al través de ese velo con que piensas cubrirlo ! Me temes, Cepeda, no lo niegues, temes que me posesione yo de tu
corazón, temes los lazos de hierro, que pudieran ser consecuencia de tu amor por mí, y crees evitar algo acogiéndote á la sagrada sombra de la amistad. Oh!, eres un niño, sí tal crees: ¡ cuánto
te engañas, querido, cuánto, si crees que la amistad señalaría límites, que el corazón respetara! ¡, qué importa el nombre á los sentimientos? ¿ dejan de ser los mismos? Lo que deve tranquilizarte no
es eso, sino el saber que no hayas en mí un enemigo de tu libertad,
y que por mi propio interés cuidaré de no dar á tu corazón, más
vehementes afectos, que los que hoy abrigue.
Raro, original es el papel que hago contigo. Yo muger tranquilizándote á tí del miedo de amarme : ¡ es cosa peregrina! Pero
contigo no soy muger, nó, soy toda espíritu, y ninguna regla es
aplicable á este cariño esepcional, que me inspiras.
Muy larga es esta carta, pero no imitaré yo á los que acaban
las suyas jurando (nada menos que jurando) ser más corto en
lo sucesivo. Ésta es larga, pero aun lo será más la que escriba

CARTAS AMATOR!AS DE LA AVELLANEDA

73

cuando no se me ordene no usar espresiones que conmuevan demasiado y hagan. m1icho da1io.
Nada nuevo ocurre en Sevilla: el primero del entrante coli'lienzan las ópera~: se hará dicho día el Juramento de Mercadante: La señora Hossi, nuestra actual prima dona, dicen que
es muy buena.
El Duque sigue bien, aunque las noches son ya algo frescas:
La alameda vieja (20) es la que deve estar muy sola después
que se ausentó mi amable misántropo.
Y o sigo yendo al Duque, siempre que puedo, y luego iré a las
óperas y á todo lo que se presente. Lamartine comienza una composición suya con este verso :
Et j 'ai &lt;lit dans mon crour: que faire de la vie Y
Y yo he dicho á mi corazón : qué haré de la vida 1
No hay remedio! : hacer lo que hacen los demás y dejar correr
. el tiempo.
A Dios, mi amado amigo, cuídese V., diviértase y vuelva
pronto donde le llaman los votos más sinceros de una amistad
tiernísima.
Espresiones de Concha, y mil afectos de su invariable.-Tula.
Sevilla y Agosto 28

839
P. D. Ruego á V. disimule la incoherencia de esta, y su poca
unidad y defecto de estilo. Veo que está rara, pero va según mi
cabeza. ¡ Tengo tanta confusión en ella! : y luego mi humor hoy
es malísimo.
( Continuará.)

(20)

La de Hércules.

�r

U

LA APOTEOSIS DEL «CAUDILLO&gt;&gt;

173

casmo en el rostro macilento o plácidamente abotagado de los
caciques-buhos, y ponen el fuego santo de la ira patriótica en
quienes anatematizan la apoteosis del ''caudillo'' y censuran la
inconsciencia o la mald.!.d de los que la preparan con la esperanza de que p~eda ser nuevamente dispensador de buenos bocados!

,

NUESTRA POBLACION RURAL
Y LA LIGA AGRARIA
Vivamente interesado por el bienestar de nuestra población
rural, y considerando que el objeto de la Liga Agraria ha de
ser favorecer no solamente los intereses de los capitalistas y directores industriales de las grandes empresas agrícolas, sino
también el mejoramiento de las condiciones de vida en
nuestros campos, para que los trabajadores manuales puedan
tener las mismas oportunidades que las grandes poblaciones
ofrecen a sus residentes; erigiéndome en defensor espontáneo de
las clases trabajadoras, de los obreros del campo, escribo estas
líneas a fin de cooperar-si mis ideas fuesen prácticas y practicables-a la obra de fomento agrario en que la Liga se halla
empeñada.
El programa de la asamblea reunida el 15 de noviembre último en los salones del Centro Asturiano, contiene dos artículos
que revelan los buenos propósitos de la Liga y que se prestan
para su desenvolvimiento amplio: los artículos tercero y cuarto.
El tercero establece las que se consideran urgentes necesiclades de los agrarios de Cuba. Se reducen al abaratamiento de
los fletes y der echos arancelarios, al fomento de la inmigración
y a facilitar el crédito hipotecario.
El abaratamiento de los fletes y derechos arancelarios favorece inmediatamente, y de modo igual, a los empresarios y a los
trabajadores manuales ; porque tiende a rebajar el costo de
. producción, por una parte, y por otra permite r educir el precio
de los artículos de primera n ecesidad.
El fomento de la inmigración es problema que. debe estudiar-

JULIO Vn,LOLDO.
Habana, febrero, 1914.

�CARTAS AMATOmAs DE LA AYELLANEDA

CARTAS AN1ATORIAS
DE LA AVELLANEDA
(Continuación.)

V
SR. D. IGNACIO CEPEDA &lt;21 )

Con una imaginación muy viva y á la par un corazón sensible el silencio de dos correos (22), que ha guardado mi amigo,
me tiene sobrado inquieta y afligida para poder imitarlo. No
habiéndome sido posible salir sola con una criada, pues siempre que lo he intentado se me han agregado personas de mi
familia, no he podido ir personalmente al correo; pero he
enviado en los dos, á que roe refiero, á una criada de mi confianza y siempre me ha dicho, que no tengo carta. Dudando aún y
figurándome fuese efecto de su mal leer, como sucedió la vez
pasada, mandé á Solano, aquel muchacho de las Mendizábal,
que viene mucho á casa, donde V. le habrá visto algunas veces,
y tampoco roe dió noticias satisfactorias. Aunque ya no tenga
esperanza, con todo, pienso ir yo misma mañana, si logro salir
solamente con una criada, para cerciorarme por mis propios
oJ·os.
· --.: ; '~,. ;~-~l
"Mil temores me agitan al trasar estas líneas: ¿ estará V. en(21) No tiene fecha, pero debió ser escrita en los primeros d(as de Septiem•
bre de 1839, porque en ella se da cuenta de baber llegado á Sevilla la noticia del
"brazo de Vergara, hecho que, como es sabido, tuvo lugar el 31 de .Agosto de ese año.
La indicación del sobre es: Condado de Niebla--Sr. D. Ignacio Cepeda en A.lmonte.
(22) Hay que tener presente, que el correo entre Sevilla y Almonte era entonces bisemanal, los miércoles y los silbados.

li5

fermo 1 ¡, contendría mi última carta alguna espresión, alguna
frase, que le haya enfadado con su amiga 1 O acaso un olvido,
una falta de interés en esta correspondencia le ha desidido á interrumpirla tan bruscamente. Todo puede ser y acaso haría yo
mucho mejor en imitar su silencio, que en inquirir la causa.
Pero ya V. lo ve, no puedo hacel'lo, porque esa virtud, que llaman prudencia, no es la que más predomina en mi caracter, y
siento demasiado para poder pensar mucho. Así mis acciones
no son siempre las que se aguardan, y se resienten algunas veces de poca re:flecsión y mucha franqueza. Pero si hago mal en
escribir á un amigo que estimo, porque él manifiesta poco deseo
de este recuerdo, el orgullo podrá condenarme, mas no ciertamente mi corazón, ni acaso el de V. Luego que V. mismo me diga,
que fué voluntario este silencio, que me inquieta, entonces quedaré satisfecha y no seré importuna. Jamás seré la primera en
romper las relaciones amistosas, que nos unen, pero no reusaré
nunca el borrar hasta sus recuerdos de mi corazón cuando crea
que ellas no son de igual interés para ambos.
Grandes y felices novedades se han verificado en nuestro horizonte político. Maroto con varios otros Generales y veinte y
un batallón ha reconocido á la Reina pa.~ándose mediante un
convenio con Espartero al ejército de éste. Dícese además, que
D. Carlos se ha acojido al pavellón Inglés, y si esto es cierto, no
concibo cómo ese pobre hombre ha olvidado un ejemplo no remoto de la tenebrosa política del gabinete de S. James (23).
Las cortes se han abierto el primero de este mes con la mayor solemnidad, y bajo tan felices auspicios &lt;levemos esperar
una pronta y perfecta paz. Ya era tiempo !
Mamá está de enhorabuena por decirlo así; la consolidación
del gobierno actual la saca de grandes inquietudes. Su marido
había empleado mucho dinero en papel y bienes nacionales y
estaba, como suele decirse, con el credo en la boca. Ahora el papel ha subido prodigiosamente y si la cosa no varía, su fortuna
se triplica y se asegura con grandes ventajas. La suerte favorec~
de una manera tan visible á mi padrastro, que los mayores des(23)

Alude sin duda al proceder de los ingleses con N3pole6n I, después de

la batnlla de Waterloo.

�176

CulH. C'ONTEMPORÁ:-IEA

CAn'fAS A~L\TORTAS DE l,A AY!!:lJ, ANll:J)A

atinos, que hace, se convierten en beneficio suyo, y los que le han
llamado loco en sus empresas impremeditadas y atrevidas le admiran al verlas felizmente realizadas.
Con todo, yo estoy muy lejos de alegrarme de la conclusión
de la Guerra por lo que respecta á mi interés personal; pues
todo esto tiende á separarme más presto de mamá, ó á alejarme
de este país, que amo, si me resuelvo á seguirla.
En fin, el tiempo desidirá : por ahora no quiero pensar en ello.
Hemos tenido dos lindas óperas de Mercadante y Donizzetti:
El J1tramcnto y Marino F'alicro: en estos días el Teatro ha estado iluminado y la concurrencia ha sido grande. Pero, créame
V., caro Cepeda, en nada gozo. Su ausencia de V. deja un gran
vacío para mí en todas las ceremonias, y deseo con ardor vuelva V. pronto á donde le llaman los votos más sinceros de una
amistad la más tierna.
A Dios hasta entonces-Gerfrudis.

due) ( 26), un mes deve ser mío, y ecsijo me lo ofrezca V. y se
comprometa á no dejar á Sevilla hasta pasado dicho mes.
Mi dulce amigo, 1, me lo negará V. ?
Tengo, más que nunca, ahora necesidad de un amigo, y
1, quien si no es V. merece de mí este título? Después que le
quiero á V. he roto poco á poco todas mis otras relaciones de
amistad, y en V. be concentrado todos mis afectos. Con nadie
I uedo aconsejarme sino con V., y con nadie sino con V. me
permito confianza. Ya ve V. á lo que esto le obliga: á no desoirme cuando le digo: 'l'e necesito.
A Dios, no volveré ya á distraer á V., sino esperaré el día
en que me diga: Por un mes pertenezco esclnsivamente á la
amistad.
(Está rubricada.)

VI

r

Tengo enfermo á mi hermano y también lo está mi padrastro
en Bilbao: por consiguiente no salimos de casa.

(Hay otrn rúbrica.)

C24&gt;

Querido amigo mío : por fin está á mi vista la grata de V. de
l1 del presente, que ha disipado todas mis inquietudes. Seré
corta, muy corta como V . me lo aconseja; pero escuche V., que
voy á usar una vez de los derechos, que me da la amistad.
Necesito de V., de sus consejos, de su talento para iluminarme, de su cariño para dirijirme en la prócsima crisis, que deve
:fijar mi destino (25). Necesito de V., amigo mío: es preciso que
hablemos largamente, pues tengo mucho que decirle, mucho.
.Ahora respeto sus estudios y le dejo á plena libertad; pero
tenga V. presente que es jóven y tiene toda una vida que consagrar al estudio, al amor, á la patria, á su familia, y que la
amistad sólo le pide algunos días.
Un mes siquiera ( después que concluya V. y se gra(24) El ser esta carta la contestación í, una del Sr. Cepeda, fecha 11 do Septiembre de 1839, nos Ita guiado para colocarla en este lugar. En el sobre se lee:
"Condado de Niebla-Sr. D. Ignacio Cepeda en Almonte"; y se ve claramente la
cifra "1839" en el sello de la Administración de Correos de Sevilla.
(25) Alude sin duda á lo quo dijo en la carta anterior; que tendría que separarse de su madre ó resolverse á acompai\arla en su viaje á Galicia donde
residfo su padrastro el Sr. Escalada.

177

VII

&lt;27&gt;

.Antes de anoche te dije, que había enviado á tu casa un
libro y no pude añadir, por los testigos que había, que dicho
libro era, como lo es el que hoy te mando, un pretesto para escribirte, sin que el portador se haga cargo. La fatalidad hizo
que no te encontrase en tu casa el mensajero, y rasgué la carta
en un momento de impaciencia contra la mala suerte, que la
hizo volver por dos veces á mis manos, cuando la suponía en
las tuyas.
Nada empero contenía dicha carta de importante; era solamente la espresión de mi tristeza en varios días, que no te veía,
(26) El Sr. Cepeda se preparaba. entonces en Almonte para. recibir la investidura de Licenciado en Leyes, pero lo delfoado de su salud retrasó ese acto
bosta el 18 de Febrero de 1840.
(27) El Sr. Cepeda debió acudir galantemente al dulce requirimiento hecho
en la carta anterior, pues la presente y las seis que le siguen fueron escritas
indudablemente en Sevilla en Noviembre y Diciembre de 1839 y mandadas por con•
fidente, ó por el correo interior, á la Posada de la Castalia. Ninguna. de las siete
tiene fecha, descuido corriente en su autora, por Jo que han sido ordenadas (sin
presumir del acierto) según los grados de p:isión, que acusan en el abrasado corazón
de la poetisa.

�]iS

l'i9

CUBA CONTEMPORÁNEA

CAlí'l'AS AMA1'0RIAS Dl!: LA AVET.f,ANEDA

y una proposic1on, que ahora voy á repetir en pocas palabras.
V eremos si te agrada.
Pronto vas á graduarte y creo que saliendo de eso podrás
verme con más frecuencia: aun antes de graduarte nos hemos
de ver algunas veces, porque ¿ cómo vivir así, querido amigo 1
¡, quién tiene resistencia 1 : la mía comienza á faltarme no obstante todos mis propósitos. He pensado, pues, que devemos convenir en una cosa, y es que siempre que tu vengas y esté yo
sola aprovechemos tales momentos para realizar un deseo, que
tengo hace mucho tiempo, y que es el de leer contigo alguna
obra interesante. Aun estando mamá podemos, si nos agrada,
entretener un rato en la lectura, pues ningún inconveniente
veo en ello, si á tí no te desagrada mi proyecto. Con este objeto
he hecho una lista de algunas obras de mi gusto, que voy á
nombrarte para que tu escojas la que te parezca y me lo digas.
Yo la tendré en casa inmediatamente y la comenzaremos en la
primera oportunidad. ¡ Qué placer presiento, mi dulce amigo,
en leer contigo una obra interesante!
En primer lugar, porque quiero que conozcas al primer
prosista de Europa, el novelista más distinguido de la época,
tengo en lista el Pirata, los Privados rivales, el Wawerley y el
Anticuario, obras del célebre W alter Scott.
Seguidamente Corina ó Italia por 11fadame Stael. Novela
descriptiva del más hermoso y poético país del mundo, y hecha
esta descripción por la pluma de una escritora, cuyo mérito
conoces. Además han dado algunos amigos en decirme, que hay
semejanzas entre mí y la protagonista de esta novela, y deseo
por eso volver á leerla contigo, y buscar la semejanza, que se
me atribuye con ese bello ideal de un genio como el de la Stael,
Sigue la Atala del inmortal y divino Chateaubriand, porque
te agradan todas las escenas de la naturaleza, todos los corazones prúnitivos, en fin, el hombre en su estado normal; y esta
linda obra te satisfará.
Luego las poesías de Lista, Quintana y Heredia, porque
como dice uno de estos poetas :
. . . . . . . . . . Verás la poesía
del corazón y mente descendiendo
al corazón y mente arrebatarse.

Esta es mi lista, escoje tú la obra, que mejor te parezca y
avísamelo. Verás qué placer gozamos en los momentos, que pasemos juntos. A tu elección dejo también tus visitas á casa, pero
no quiero que dejemos de vernos por un motivo . . . . . leeremos
juntos ¡, no es este un placer 1 A Dios, mi bien.
(Está rub1·icada.)

VIII
SR.

D.

IGNACIO CEPEDA

Hasta hoy sábado que vino el correo general no se me h'"a
traído la carta de V ., querido Cepeda, y para que ésta no duerma hasta el miércoles en la estafeta determino enviarla directamente á su casa de usted.
Cuando antes de anoche me dijo V. que mandase al correo,
porque me había V. escrito, se olvidó advertirme que la carta
venía á mi nombre y no al adoctado en nuestra correspondencia. Así, aunque ayer mandé, no me la trajeron porque la persona encargada buscó á D." Amadora de Almonte y no á mi
nombre. En fin, ya está en mis manos esta querida carta.
Una vez por semana!. . . solamente te veré una vez por semana!. . . Bien: yo suscribo, pues así lo deseas y lo ecsijen tus
actuales ocupaciones. Una vez por semana te veré únicamente;
pues señálame por Dios ese día feliz entre siete para separarle
de los otros días de la larga y enojosa semana. Si no deterininases ese día ¿ no comprendes tú la agitación que darías á todos los
otros 1 En cada uno de ellos creería ver al amanecer un día feliz,
y después de muchas horas de agitación y espectativa pasaría
el día, pasaría la noche, llevándose una esperanza á cada momento renovada y desvanecida, y sólo me dejaría el disgusto del
desengaño. Dime, pues, para evitarme tan repetidos tormentos,
qué día es ese que devo desear : ¿ será el viernes 1 : en ese caso
comenzaremos por hoy ( 28) : si no, será el sábado. ¿ Qué te parece 1 Elije tú: si hoy, lo conoceré viéndote venir; si mañana,
avísamelo para que yo no padezca esta noche esperándote. En
(28) Obsérvese la distracción qne sulre la escritora. No era viernes cuando
eseribia, sino sábado, día en que se habla repartido en Sevilla el correo general,
como .ha dicho en el principio de esta carta.

�180

CIJB..\ CONTF.MPOllÁKEA
CAlnAS A)CATOJlIAS DE LA AYEl,LA~EDA

las restantes semanas ya sabré el día de ella, que tendrá para
mí luz y alegría.
Ya lo vé V., me arrastra mi corazón!: no sé usar con V. el
lenguaje moderado, que V. desea y emplea; pero en todo lo
demás soy dócil á su voz de V., como lo es un niño á la de sn
madre. Ya ve V. que suscribo á no verle sino semanalmente.
Pero, p10 irá V. al Liceo?: ¡, ni al hailc 1 Para decidirle á V.
no será bastante, que yo le asegure no habrá placer para mí
en estas diversiones, si V. no asiste?
No eleve V. tener en casa meuos confianza que en la de Concha, y puede V. venir con capa, ó como mejor le parezca: Pero
si absolutamente no puede V. tener esta confianza en casa, dígame V. dónde quiera que le vea; en casa de Concha ó donde V.
designe, y no me sea imposible ir, allí me hallará V.
Cepeda ! Cepeda ! &lt;leves gozarte y estar orgulloso, porque
este poder absoluto que egerces en mi voluntad deve envanecerte. ¿ Quién eres, ¿ qué poder es ese 1 ¿ quién te lo ha dado 1. .. .
'l'ú no eres un hombre, no, á mis ojos: Eres el Angel de mi
destino, y pienso muchas veces al verte, que te ha dado el mismo Dios el poder supremo de dispensarme los bienes y los males, que devo gozar y sufrir en este suelo. Te lo juro por ese
Dios que adoro, y por tu honor y el mío ; te juro que mortal
ninguno ha tenido la influencia -que tú sobre mi corazón. Tu
eres mi amigo, mi hermano, mi confidente, y, como si tan dulces
nombres aun no bastasen á mi corazón, él te da el de su Dios
sobre la tierra. ¿ No está ya en tu mano dispensarme un día
de ventura entre siete T Así pudieras también señalarme uno
de tormento y desesperación y yo lo recibiría, sin que estuviese
en mi mano evitarlo! Ese día, querido hermano mío, ese día
sería aquel en que dejases ele quererme; pero yo lo aceptaría
de tí sin quejarme, como aceptamos de Dios los infortunios inevitables, con que nos agovía.
No me haga V. caso: tube jaqueca á media noche y creo que
me ha dejado algo de calentura (29) : ¿ no es verdad 1 mi cabeza no está en su ser natural.
(29) Obsérvese la graciosisima corrección, que asimisma [aio: por "a si misma"] se hace la poetisa, aparentando retirar los conceptos emitjdos con tanto !ue¡:o
y verdad como ternura y delicadeza.

181

A Dios. Lo que es esta nochr. si V. me ve, será en casa, porque C. (30) ha quedado en venir, y no puedo yo ir á su casa
sabienilo viene ella á la mía.
Deseo leer ú V. un Himno patriótico, que acabo de componer (31), y otros versos á un Jilguero (::32).
A Dios otra vez, mi dulce amigo: no conscrbes ésta, rásgala,
tP lo ruego. Es una carta de dislates, que sólo la desconfianza
de que todas las que escriba hoy salgan lo mismo me hace mandar ésta. Hay días en que está uno no sé como: días en que el
corazón se rompería, si no se desahogase. Yo tenía necesidad de
decirte todo lo que te he dicho; ahora ya estoy más tranquila.
No me censures por Dios.
(Está rnbricada.}

IX cs3&gt;

/:

Caro amigo: aprovecho la visita, que ha venido á hacerme
una de mis antiguas criadas, menos torpe de las que tengo actualmente, para ponerte estas líneas, encargándola (34) llevárielas.
No irás al baile, ya lo sé, y no quiero infringir mis propósitos imporlunándote con ohjeto de verte en él. Pero como deseo
contarte qué tal estubo ~- lo que hice. y lo que ví. y lo que hablé . . . . todo!: como deseo referirte las personas que estaban,
los trajes de las señoras, en fin. todo. todo como ya dije, espero
que tu tengas también alguna curiosidad de saberlo, y te im·ito
(sin comprometerte) á que vengas mañana por la noche.
El baile, según parrcc. no estará demasiado concurrido, pues
anocl1e mismo ,irnos despnebando en el Teatro hiUetes sueltos,
Y se nos dijo, que había sido preciso liacerlo, porque no había
más que 44 suscritorrs. Pero si V. estuviera. ¡, no estaría harto
concurrido para mí? .... No se:·á ! ¡ pacirncia ! Voy adqnirien(30)
(31)
(32)
(38)

La Srla Concepción Noriega repelida n• citada.
Ignoramos si llegó ~ publicarse.
Impresos con el titulo Á. mi jilqutro en la colección de 1841.
En el sobre lleva eata indicación: "Sr. D. Ignacio Oepeda en S. M."

(au mano").

(34) Vuelvo á incurrir en el defecto, ya notado en la AUTOBIOOBAPIA, de usar
del la como dativo en vez de le.

�182

CUBA CONTEMPORÁXEA

CARTAS .UIATORIAS

do con V. una resignación admirable, de la que no me creía
capaz: porque á la verdad, vida mía, puedo muy bien decirle á
V. aquel verso de una comedia de 1\foreto:

183

Un momento ha vencido
mi audacia imprudente,
esta alma tan soberbia .....
¡ vedla ya dependiente !

¡ Qué tibio galán haceis ! !

Y sin embargo yo lo sufro con un estoicismo heróico. ¡, Sabes
que á veces me pregunto á mí misma, porqué he de querer á un
hombre tan poro complaciente, tan poco asíduo, tan poco apasionado como tú? 1\Ic lo pregunto y no alcanzo respuesta de
rni pícaro corazón, tan caprichoso. Pero, no, Ignacio mío, no es
verdad! Él me responde siempre satisfactoriamente y me dice
que te ama porque eres bueno. noble. sincero, porque eres el
mejor homhre del mundo, y es justicia amarte cuando se ha
tenido la dicha de conocerte.
Ya lo ves: aunque mis cartas comienzen algunas veces
amargas, ó festivas, siempre las concluyo más tiernas que devieran ser, y tu abusas, ingrato, de esta ternura mía para hacer
cuanto te se antoja y nunca lo que yo deseo. Ya me las pagará
V., Señor mío, el día en que esté yo ele humor de hacer desesperar á V. : digo, si acaso V. se desespera por alguna cosa ....
Baya esta heridita entre tantas flores como le prodigo, porque
á fé mía, que no merece V. tanta bondad.
A Dios, mañana, eh? .... esto es, si puede V., si se lo permiten sus estudios, visitas, &amp;. ; y ahora acuérdate un momento
de que te ama á pesar de tus indocilidades tu demasiada
buena, G.
0

X
Voy á prohartc que no soy tan dócil, como anoche mi:' reprochaste, á tn antigua orden. Voy á saludarte con ht pluma., ya
que veri:almente no purdo hacerlo hoy. Vida mía!, qué mala
noche he pasado, qué mala estoy, qué triste ! . . . . No tengo vida
sino para amarte; para todo lo que no es tu amor estoy insensible. Ni me agrada escribir, ni leer, ni bordar, ni la calle, ni
mi casa. Si algún talento be tenido, creo positivamente que lo
he perdido ya, porque me encuentro lo más necia y fa,:;tidiada.
He leido no sé donde:

DE LA AVELLANEDA

'

Yo hr mandado siempre en mi cornzón y en mis acciones con
mi entendimiento, y ahora mi entendimiento está subyugado
por mi corazón, y mi corazón por un sentimiento todo nuevo,
todo estrahordinario. ¡ Posible es, Dios mío, que cuando yo me
crC'ia lihre ya del dominio del amor, cuando me persuadía haberle conocido, cuando me lisonjeaba de experta y desilusionada haya caído como una víctima débil é indefensa en las garras
de hierro de una pasión desconocida inmensa y cruel! ... ¡ Posible
es, Cepeda, que yo ame ahora con el corazón de una niña de 13
aííos !... ¡, qué es C'sto que por mí pasa? ¡, qué es esto que siento? ...
dímelo, dímelo po1·que yo no lo sé. Es harto nuevo para mí, te lo
juro. Y yo be amado antes que á tí, he amado, ó lo he creído así,
:r sin embargo, uunca, nunca he sentido lo que ahora siento. Es
amor esto? No, hay algo de más, no es amor solamente. Es el
infierno, que se ha venido á mi corazón. ¡ Qué feliz era! ¡ cuán
tiernamente te amaba! ¡ los Angeles me envidiarían! Y ahora,
ahora, cuán desgraciada! ¡ cuánto sufro! ¡ cuánto, querido mío!
¿ Y por qué? ¡, qué ha sucedido? 1, qné cosa me atormenta? Nada,
yo no lo sé. Es acaso que Dios castiga el eseeso de amor, haciéndole un martirio? Es que el corazón humano es estrecho y se
l'OJJ1pe cuando está demasiado lleno? ... Es un presentimiento
de desgracia? ¿ es una plenitud de felicidad? 1, es un defecto de
mi organización, o una inconsecuencia de mi espíritu ?. . . . . Yo
no lo sé, pero estoy abatida, padezco. soy desgraciada.
No te pido, que vengas á menudo, no: ni aun el Lunes como
has ofrecido. 1\1ejor será mas tarde: el martes, el miércoles, el
jucYes ..... en fin, cuando yo esté menos triste que ahora, porque tu presencia tan cara, tan deseada antes, ahora aumentaría
mi tristeza. Cuidado ! Cepeda, cuidado ! . . . ten cuidado de mi
corazón, tenlo ... mira que puedo morir. Tñ no sabes, no puedes
saber, que puedes matarme, no lo sabes. Pues bien, acaso te es
muy fácil. Si quieres mi vida, si quieres conserbar tu amiga,
ctúdala; dale tranquilidad, dale sosiego. Yo conozco que eres

�18-1

C0B.\ CON'n:MPOR.{NEA

más prudente que yo, y me acuerdo que alguna vez me has
pedido paz y olvido. Olvido nó, pero paz, yo quiero dártela y quiero tenerla. Tú tenías razón, la tenías. Paz! sí,
paz!, yo la necesito como tú y como tú la demando. De hoy en
adelante de común acuerdo nos daremos paz, bien mío. ¡ Desgraciados los que quieren apretar el corazón basta romperlo! : los
que dan impulso á una máquina sin saber si tienen fuerzas para
detenerla cuando quieren! Es santa, es sagrada la vida del corazón y nos empeñarnos en gastarla. Por que todo se gasta, todo!
Hoy no puedo resistir mi corazón: me ahoga! : mañana acaso
estará parado y frío. Nada es inesausto! Se deven respetar los
sentimientos y se devc temerlos. Ellos pueden dar la dicha ó la
desgracia. Tú no querrás darme sino felicidad. Si para dármela
antes bastábatc amarme; para dármela al presente es preciso
más. Es preciso que me compadezcas, y acaso . . . acaso, que dejes de verme. ¡ Cuánto me cuesta decírtelo! : rompe ésta, y A
Dios.

(Hay una rúbrica).

XI

A

L.\. t.'NA DE L..\ NOCHE :

No robaré sino un momento de estas horas, que consagras al
estudio: solo tm momento y perdóname. Acabo de leer tu carta
y me es imposible dormir esta noche sin decirte, que eres un
Angel, y yo. . . una loca. Mira; lloro y lloraré muchos días mi
conducta de esta noche; Cepeda!, perdón! Yo deví conocer que
las pueriles arterías, que acaso se us311 con razón y utilidad con
hombres V11lgares, no devían emplearse con un corazón, con un
caracter tan superior como el tuyo. Yo deví conocer, que una
111ín venganza era indigna de tí y de mí: ¿ &lt;Jué podré decirte T
'rn no sabes aún cuan frívola, cuan loca he sido; porque acaso te
habrás creído que el deseo de ver la comedia, o de complacer á
Ojeda, como te dije, me impulsaba á ir al Teatro. Lo habrás ereido y me juzgarás pueril solamente: ah!, soy más; soy injusta,
suspicaz, orgullosa, neciamente orgullosa y vengativa. He ido al
Teatro, y estaba resuelta á ir aunque llovies~n rayos, porque esta-

1&amp;5

ha incomodada, ofendida; porque soy tan loca, que me llené de
sospechas al saher, que no estahas C'n tu casa cuando mandé mi
carta; porque cuando ví que viniste de tarde á C'asa me figuré que
lo hacías para poder rC'tirarte temprano y marcharte á otra partC';
porque en aquel momento mi fatal imaginación me pintó toda
tu conducta conmigo como tibia, calculada, cautelosa: porque
Jmbo un momento en que me atreví á decirme á mí misma:
"Ese hombre no me ha amado nunca, y sólo ha querido aprovechars&lt;' del afecto que conoció me inspiraba". Y á esta terrible sospC'cha mi orgullo me dictó mil necedades. Aun hay más;
cuan&lt;lo hajé y te dije que iba al TC'atro me enfadó la frescura
con que lo oistC': Yo deseaba, que te incomodases, que te quejaS&lt;'S, que te dieses por sentido. Tu frillldad me pareció una prueba
&lt;le indiferencia, y la oposición que hiciste á ir al Teatro fué en
mi concepto una consecuencia de tu resolución de hacer alguna
otra visita en esta noche. Yo hubiera sido feliz, si me hubieses
dicho: yo no quiero que bayas á la comedia Esto deseaba ... vé
cuán loca soy !, y por mucho que quise disimular mi incomodidad, creo que tu deviste conocerla. El ver que te quedaste en el
Teatro disipó una parte de mis inquietudes, y tu carta . . . ¡ bendita sea! ... tu carta me ha hecho conocer cuánto es tu corazón
más tierno, más confiado. más hermoso q11e el mío: me ha hecho
conocer, que soy más ligera que una niña, más injusta que la
muger más inferior, y que tu eres siempre tierno y sincero. Es
verdad que yo amo con más vehemencia, más eselusivamente que
tú; pero tú me aventajas en que amando menos sabes amar mejor. Tu ternura sufrida, confiada, s 11hlime m su nobleza, vale
más que mi amor de fuego, injusto, F:ospcchoso y tirano. Ya estoy arrepentida y te pido perdón, jurándote por la memoria
de mi padre y por lu de tu m~dre, qne jamás volveré á incurrir
&lt;'11 semejantes necedades. ¡ :'.\fe perdonas, no es verdad T: porque
tu alma llena de nobleza de1•e estar tam hién llena de indulgencia. En lo sucesivo, manda, dispón, yo quiero obedecerte en todo,
y tú obra libremC'nte, porque todo Jo que hagas será bueno y
justo. , Lo oyes f ....
Ven cuando puedas, yo no te ecsijiré ya nada; pero cuando
te vea dime que me perdonas y déjame besar tu mano: ¡ tu
mano querida que esta noche no quise acercar á mis labios!. ...

�CU B ·l CO~TElIPORÁl'\EA

186

C..\ltT.~!- .DfATORIAS llE L.\ .\YBLI.ANEDA

, b mi corazón. Yo no deví espeA Dios: tengo tu carta aqm so red
admirarme. y bien. i Tú
d tí . esta carta no eve
rar otra
cosa
e
,
.
'd
nada tengo que temer
.
mi. h ermano · m1 i o1o . .. . D. ,
eres m1. arrugo,
de tí, y mi sola obligación es adorarte. A ios.

(Está rnbt·icada.)

XII
un momento á sus estudios con
Perdóneme V. que_ le robe
y
lo he dicho á V. otras
,
so
moportunas.
a se
.
.
l
algunas meas, aca
s mu eres razonables. que msp1ran
veces, que no soy una de esa
g por lo muy sensato de sus
d
· v g dejar de
admiración al hombre. que ama~,
.
az de cierta pru c&gt;ncia, . .
procederes. Yo soy ~ncap ;
un nií10 que no sufre con• . , -.:r h , l\h corazon es como
'
.
escribir
a
v. o~. ..
.
ll
..,
evo misma me ame,'al tomar
' la pluma, untrad1cc1on, Y aunqu • . .
t
.o puedo resistir al deseo de
· di ' md1scre a n
portuna, antoJa za ~
. '
a'caso un acontecimiento impor· que cosa ... •
t á y
con ar
..... ,
. rr 1 d Nada &lt;le eso: lo que tengo que
tan te? i una aventura sm., ': a N
1 ,Je V ni me crea pueril.
,
. un sueno ! o se )lll
.,
,
contar a V. es..... '
V
t n alto concepto de m1, que
Por desgracia ha formado . un a . da a' ocultar lo que reals·1 me veo precisa
t . ·l
para no desmen u º. ca
di V que no det:o ser celosa,
mente siento. Fn eJ~mplo: me ce ~e con celos me pongo al
porque tengo demasiado talentDo, Y qt modo por no rehajar tni
.
es vulgares. e es e
1
mvel. de
. t o 1•mpulsada á devorar en
· s de v · me sien
. as , muger
1
sublimidad a os OJO
., d l
·smo modo al eeder al deseo
,
· t , entos Ahora e mi
secreto
o1 m.
~
i me avergiienzo, pensando q ne voy a
de contar ~ V. m1 su:n~ e~. á la suhlime idea, que de mí se ha
parecerle a V. muy lil enoi

m":

formado.
.
una mucrer que se tcn~a
Vea V., purs, si es desgrapcia para tic' lo ~ta. de tener V.!
to , ¡ ero por q
de ella un _alto conc~p .
no hallará en mí una de esas mu• No le he dicho Y~ m1s!na que
d rlas de esas que son tan rad mro sm compren e
,
.
.
a' las debilidades Y caprigeres, que yo a t
t
tan superiores
zonables, tan s;nsa as, . sienten celos, ni sueñan cosas, que les
eden callar! y o se lo he
chos del corazon, que ~:
cause una viva impres1on Y que no pu

187

dicho á V., que soy como Dios me ha hecho y no como yo quisiera ser. y no es culpa mía. si no me halla V. tan sublime como
se ha figurado: porque se le antojó figurárselo. ¡ ::\Ii talento!
Ah Cepeda!. . . . . ¿ crees tú que el talento sea un antídoto contra la sensibilidad? 6 te parezco una mugrr vulgar cuando me
siento morirá la espantosa idea de que otra muger, acaso indigna de una mirada tuya. reciba tus caricias. tus espresiones de
amor? i me rebajo á tus ojos cuando recelo y tiemblo de ver
profanado el ohjeto de mi culto .v de mi idolatría?
Los tibios no temen:
¡ infelices ellos !.....
Ha dicho lm gran poeta; y los poetas en punto á sentimiento
nunca se engañan.

Yo nunca he sido celosa. nunca. pero era porqur no amaba:
Porque á tí, á tí estaba reserva&lt;lo hrccrme conocer esta pasión
única, que yo me engañé alguna nz ere.vendo sentir por otro,
y á tí que amo tanto estaba resen·ado tamhién hacerme celosa.
Pero ¿ no comprendes tú mis crlos? . . . . . No sabes tú lo que
rres á mis ojos? Rodeado estás para mí clr una atmósfera de .....
de qué diré 1 ¡ de santidad! Sí. rerdóneme Dios si esta palabra
le ofende. Creo que eres sag-rado. que nadie sino yo tiene el derecho de mirark. de amarte. dP d&lt;'cí1-tclo. C'uando una muger
ama. como yo te amo, no ve un hombre en su amante; nó ! : es
1m angel, es un ser divino en cuya frente cree descubrir un sello de santidad. Oh!. desgracia al hombre. que echa lodo sobre
este sello sagrado. y que dice á Au amada: yo no soy más que
un hombre l Yo tengo celos, sí, pero antrs que tu me lo dijeras
no se me ocurrió la idea de que por ellos me rebajase á tus ojos.
¡ Cept'da !, una muger vulgar no ama como yo, ni tiene celos como
yo. Fna mugcr vulgar celaría en tí su novio, yo celo mi ídolo,
mi Dios, que tiemhlo ver profanado.
Pero aun cuando sea una debilidad de mi corazón este sentimiento, hágame él menos suhlime, hágame más vulgar, yo no
puedo vencerlr. Yo seré sublime en amarte, y esto me hasta.
Porque yo te amo con un amor que tú mismo no comprendes:
yo lo he conocido! No lo comprendes, nó. Este culto de mi corazón, esta pasión pura, inmensa, tu corazón no la ha entendido.

�1S8

cunA CONTEMPOR,\NJ,:A

Y o misma, yo tcm blaha el llegar á amar con todas las fuerzas
de mi alma; como que conocía sus inmensas facultades, conocía
mi natural tendencia al entusiasmo, y me figuraha en 1ma gran
pasión combates continuos, ambición insaciable del corazón,
agitación, delirio y un penoso esfuerzo de la razón contra el
sentimiento. ¡ Cuím feliz soi al ver que me engañaba! Yo te
amo, te adoro, y sin embargo-¡ el ciclo me es testigo !-nunca
be sentido mi alma tan llena y satisfecha. Si se e$cptúa el disgusto de vertP. tan de tarde en tarde y de cavilar en esos amores
que tubiste, y acaso tienes aún. si se eceptúa eso nada me agita
y soy feliz. Desde el momento en que me dijiste, que me amabas
y yo te abrí mi corazón. desde aquel momento, que tanto había
temido, cesaron todos mis sobresaltos, todas mis vacilaciones.
Me sentí feliz y lo soy cada día más. Nó, yo no deseo más, yo
renuncio á toda otra felicidad. &amp;Cuál es superior á la de amarte
y ser amada de tí? b me creerás, empero, si te digo, que con todo
este amor yo no deseo inspirarte eso que los hombres llaman pasión! No, yo quiero que me ames con cstrcmo, con vehemencia,
como yo te amo, pero no quiero que tu amor difiera del mío.
Creo que me entenderás: una queja me has dado anoche, que
me fué dolorosa. Por Dios, no des motivo de que vuelvas á tenerla. Cepeda!, tú no me has conocido: tú no has comprendido
mi amor. Yo quiero tu corazón, tu corazón sin compromisos de
11inguna rspccic. Soy libre y lo eres tu; libres det·cmos ser ambos siempre, y el hombre que adcinicre un derecho para humillar
á una muger, el hombre que abusa de su poder arranca á la
muger esa preciosa libertad: porque no es ya lihre quien reconoce un dueño. Si el mundo fuese más pnro, más santo. si volviésemos á la edad de inocencia en que este mundo viejo y corrompido era aun joven y puro, entonces yo no sé cuales serían
mis opiniones; pero hoy día sé, que el hombre que es amado
con idolatría. con veneración, puede hacerse culpa.ble de egoísmo y crueldad cuando se reviste con el derPcho de superioridad.
¡ Y qué mayor superioridad que la de ser árbitro del destino de
otro, Creo que me comprenderá V., Cepeda! : yo no estaría tranquila, si no le dijese á V., que no me ha comprendido, y que yo
sería despreciable á mis propios ojos, si la pureza de mi corazón
no justificase la demasiada franqueza, que con V. me permito.

C.\RTAS A)I.\TORL\8 HE l..\ A \"EI.T•.\XF.DA

Dios mío!, Y V. ha creido
Atención.

baSt a. i :\Ii sueúo ahora!

He soñado anoche
1
.
tro, V. recibí
,' .que ioy,_ mientras yo estaba en el Teavo á V U a udna \1S1ta _m~1y mteresante. En el sueño le veía
·· eno e remordilll1entos d ·
•
agradablemente la noche: i Pobre .T ec1r, _rmentras p~ba muy
voy al Teatro por e.studiar r
E.
ella creera que no
ticiosa, me tiene embron1ad. .a.. s··. s ebsucno, como soy supers. m c1•1 a~go nad
··
tranquilizarme Sab n
. ·
·
,
a ecs1Jo para
. ~ e Y. que uo qmero las c
. lºb
pontánearncntc (•) L
.
osas smo 1 re y esDios. ( Está rubricada/ que se pl{lc ya no es voluntario--A

t ... , :

XIII

C35l

Xo me será posible decir vervalmente nada d
,
e su carta porque ya V. me conoce.
los objetos que me in~~:::a~roppen:a a conmoverme hablando de
, v
.
··
•
re11ero tomar la plu
d
a l . graeias por la pura al ,
ma para ar
carta tierna entusiasta 1·egr1~, que me ha hecho sentir con su
r
'
Y 1sonJera.
1 o la acepto!, yo acepto esa arnistad
.
.
cer, Y la correspondo con la mía L
, ' que ~e hsonJeo mereno partirá V. con nad1·e que p . ª, mia esclus1va, Cepeda, que
C
.
,
oseera solo , ·
preciso retirarla no sería pa
I
l , un1co. uando fuese
hombre después de Cepeda 1:ªoit odca: ad en ?tro, nó: i Ningún
&lt;lo , ' e
rn ra e illl I Ninguno
.
mio. uando se apaaase e
.
.
' quer1tú has encendido incap;z queºc1a~1 cdorazón este santo fuego que
,
'
ria e otro alguno . s'l
•
• o o mur1end o a todo sentimiento po&lt;l ,.,
1 amarte á tí
.,
,a cesar ce
E sta confes1on no me causa ni b
.
.
creo digno de oirla Y capaz d
ru .ºr, m embarazo porque te
que me anima no necesita ~ compi_ehe~derla. El sentimiento
ni deve ser ultrajado con art;;, eosCm1ster1osos_ para espresarse,
lo digo sin turbación ni inquiet~:- uando te digo que te amo, te
vulgar de tma muger á un h
porque este amor no es el amor
om re, es el casto y ardiente amor

b

(*) Aquí sel1nla el comenta · 1
tAneamente"; Y no es error,
e,~ror dt'. la •~vellaneda, la • de
el Sr. Cruz de Fuentes olvida Que en In é
s eocr,to llempre. En otras ocasiones
muchas palnbrns se escribían tal c~m
po,·n en que fueron escritas estas cartas
(35) Su contenido nos indica o apnr?cen en ellas. (N. dtl O.)
'
del Sr. Cepeda ' Almon'que deb16 ser escrita en vfsperas de Ia marcb a
KI,

ai;:J~:; ~:~:

"a.pon•

�100

C\JBA CONT~)IPORÁNEA

CARTAS A:lfATORIAS DE LA A \'ELLANEDA

de una alma pura y apasionada á otra alma digna de ella. Sentirlo, inspirarlo, me llena de orgullo, me engrandece á mis ojos
y me hace probar un placer indefinible, celestial, que deve se~
mejarse á la felicidad de los Angeles.
¡ Cepeda! ¡ querido de mi corazón ! perdóname haber interpretado siniesttamente algunas acciones tuyas, haber dudado
momentáneamente de tu afecto y sinceridad. Y a se disiparon
todas mis dudas y temores: tu carta ha bastado. Cada letra tuya
es á mis ojos w1 sello de sentimiento y de verdad. Yo he llorado
sobre ella, dulce amigo, lágrimas deliciosas cual no han salido
otras de mis ojos: he llorado y hubiera querido en aquel momento verte, y que llorases también. ¡ Ese llanto hace tanto bien!
l\Ii corazón desde entonces está tranquilo, gozoso, feliz! . ....
Cuarenta ó cincuenta días pasarán sin vernos: yo quiero
que en ese tiempo se consagre V. todo al estudio; lo quiero, pero
no lo deseo. l\fi razón forma un voto y otro mi corazón. Yo que
no tengo estudios forzosos me prometo pensar mucho, muchísimo en mi amigo ausente.
Á Dios : recibe mi más tierno Adios, pues no podré dártelo
sino muy frío vervalmente, ¡ y ojalá que aun así pueda dominarme lo bastante para no manifestar tma emoción demasiado visible! Los ojos indiferentes que nos obserban verían en mi enternecimiento el dolor de una muger, que se separa de su amante, y esta suposición sería una injuria, una profanación. Tú
solamente, tú eres el que sientes como yo, y el que apreciarás
este Á Dios que te doy solo á tí: Recíbelo: yo imprimo en él
mis labios y deposito en él la espresión más tierna del más puro
y santo afecto.

(Está rub1·icada.)

191

XIV cas¡
SEVILLA

15

DE ABRIL DE

1840 :

Teniendo la convicción de que me hahr-á V. escrito, aun no
be podido ir al correo á sacar la carta, que duerme indudablemente en aquellas cajas. (37) Siempre que he salido me han
acompañado tantas personas, que no me he atrevido á llegar al
correo, y tampoco me he resuelto á fiarme de las criadas de casa
pues son nuevas las que hay ahora y no sé si merecen confianza.'
Pienso mañana, si ya no llueve tanto como hoy, proporcionar
salir con Carmen y Concha (38 ) bajo cualquier pretesto y llegar por el correo; pero no quiero perder la oportunidad del
que sale hoy para escribir á V., porque deseo abrir nuestra correspondencia con una esplicación, que evite á ambos embarazos
en lo sucesivo.
En la separación acaso eterna á que pronto nos veremos condenados será para mí un consuelo recibir algunas cartas de V.
Y dirijirle las mías; pero es preciso para que esta correspondencia esté exenta de inconvenientes determinar su naturaleza
amigo mío. Nuestras cartas serán las de dos amigos, no amigo~
como lo hemos sido en algún tiempo, porque aquella amistad
era una dulce ilusión ; la de ahora será más sólida porque no
será hija del sentimiento, que antecede al amor, serálo sí de aquel
que sobrevive á él, y que se funda precisamente sobre sus desengaños. No sé si hablaría así otra muger en mi posición respecto á V.; pero ya he dicho mil veces, que no pienso como el
común de las mugeres, y que mi modo de obrar y de sentir me
pertenece esclusivamente.
V. me ha dicho, juzgándome por ajenas opl.Illones, que soy
inconstante, Y yo sin negar que en cierto modo merezco este
(36) 1'.ªS doce cartas, que publicamos á continuación, siet-e de 1840 y cinco de
aíios post-er1~r~s, demuestran la ruptura de las relaciones amorosas, á las cuales
habla sobrev1V1do una amistad franca y cariñosa, según hemos hecho notar en el
PRÓLOGO.

(37)

Por lo visto, el Sr Cepeda habla dirigido el sobre á D.a :.!madora de .¡¡.

(38)

Las Srtas. de Noriega, hermanas.

monte.

�192

CUBA CONTEMPOR.ÜiEA

CARTAS AMATORIAS DE LA AVEI.LANF.DA

nombre, me atrevo á asegurar á V. con la franqueza, que me
caracteriza, que no lo he sido nunca con V., ni podré serlo en
ninguno de los afectos, que justa y profundamente haya sentido mi corazón. Pero soy, como ya le he dicho á V., incapaz de
imponer cadenas al sentimiento más espontáneo y más independiente, ni de admitir como amor todavía lo que ya no es
más que el esfuerzo de un corazón noble y agrauecido, que quiere engañarse á sí mismo ¡ Cuán poco me conoces, Cepeda, si
has pensado un momento, que podía yo imitar á aquellas, qut&gt;
cuando cesan de ser amadas aun quieren oprimir con el peso de
su cariño ! Porque el amor, que ya no se participa, no es un
bien, nó, es un mal, una tiranía.
Largo tiempo me he hecho ilusión sobre tus sentimientos
y he interpretado lisonjeramente la frialdad de tu· conducta.
En vano se me decían cosas, que devían desengañarme! Pero
por fin te he visto anunciarme friamente una separación acaso
eterna, te he visto desechar sin conmoverte las proposiciones,
que una loca pasión me dictaba, te he oído confesar que tienes
secretos, que no me juzgas digna de saber. . . . . últimamente
he sabido positivamente que otras distraceiones más nuevas te
ocupaban en las horas en que yo suspiraba por verte, y como
no soy tonta, aunque sí sobrado confiada, ví por fin rasgarse el
velo, que yo misma había puesto sobre mis ojos. Sábelo Dios!:
desde aquel momento miré rotos para siempre todos nuestros
vínculos, pero no formé la menor queja de tí. Sólo una cosa
pudiera reprocharte, y es la falta de franqueza, es no haberme
dicho ya no te arno. Porque la inconstancia no es un vicio, ni
un crimen, es solamente una debilidad del corazón, ó acaso una
cualidad inherente á la naturaleza humana; pero la falsedad,
el engaño, es un delito, una bajeza indigna de todo corazón
noble. Nunca creo que tiene motivo de quejarse el amante, que
cesa de ser amado, si no es cuando cesa de serlo sin que se le
diga. El amor es un fuego divino, que Dios enciende y apaga
á su voluntad, y la voluntad del hombre es impotente para :mantenerlo, ó reanimarlo una vez estinguido. Pero cada uno puede
ser sincero siempre que quiera, y yo no puedo perdonar al
pérfido, mientras que sólo compadezco al inconstante. Pero adiviné, que si tu no habías sido franco conmigo era efecto de una

suma delicadeza y quise ahorrarte el embarazo de una declaración penosa, o la perseverancia en una conducta violenta y aun
culpable, pues hay culpa donde hay artificio. En efecto, yo me
he adelantado á decirte: eres libre; y hoy te lo repito con toda
la solemnidad posible.
No es del caso decirte, si he padecido mucho ó poco al tomar
la resolución de romper nuestros vínculos. . . . . ¿ á qué conduciría eso f Basta que sepas, que me hallo con valor para renunciar tu amor sin morir, y que después de penosas luchas conmigo misma he triunfado de una pasión insensata. 1, Acaso no
te amo ya YSoy demasiado franca para ocultar que te amo tanto
corno el día en que más te lo haya manifestado; pero confieso
también, que tengo en mí fuerzas superiores á las que creía encontrar, y que no creo difícil convertir mi amor en el afecto de
una hermana. Como quiera que sea, es cierto que sólo deseo hoy
ver á V. tranquilo y dichoso y merecer una amistad menos viva,
pero más durable, que aquella que me hizo algún tiempo tan
dichosa. Todos los otros vínculos, que nuestros corazones hayan
imprudentemente formado, quedan rotos desde hoy. . . . . ¡ y
ojalá pudiésemos aniquilar su memoria! Á Dios! : escríbame V.
directamente.
(Está -rubricada.)

193

XV
SEVILLA

21

DE ABRIL DE

1840 :

Por fin logré poder salir sin muchos testigos y fuí al momento al correo. He visto su carta de V. y antes de contestar á ésta
quiero advertirle, que en lo sucesivo siempre que me escriba V.
rotule las cartas con mi nombre, para lo cual ya he hablado al
cartero diciéndole la hora en que deve traerme ·mis cartas, á
fin de recibirlas yo misma de su mano. Siéndome tan difícil
poder salir sin personas de mi familia tendría que mandar sacar
las cartas de D.' Amadora de Almonte á alguna criada, ó al
mozo, lo cual quiero evitar, porque habría de decirles el nombre
mencionado, y sabiendo que no es el mío desde luego se creerían

�195

CUllA CON'fE~IPOHÁNEA

CAnTAS ,ÚI.\TO!l!AS DE LA kVEl,LANED.\

instru_ídos en una correspondencia secreta: lo saldrían diciendo
por todas partes y yo temo mucho dar á esta clase de gentes el
derecho de creerse enteradas de mis asuntos. Además, las criadas no saben leer, y el mozo cuando acaricia demasiado la
botella habla más de lo que conviene. Aunque no sea nuestra
correspondencia epistolar una cosa que requiera tan escrupuloso secreto, yo no gusto de mezclar criados en nada qne me interese, y prefiero recibir sus cartas de V. como las demás, aun
cuando tenga el trabajo, por mejor decir la molestia, de levantarme temprano los días de correo, á fin de que nadie reciba mis cartas sino yo misma. Ahora voy á contestar la grata de
V. brevemente, pues tengo una jaqueca qu~ me atormenta desde
anoche cruelmente.
No sé cómo entender aquéllas palabras: "Tú has amargado
mi destino.'' Dios me es testigo que he deseado hermosearle en
vez de amargarle, y que mi propia ventura me interesa menos
qne la de V. Si hay un destino obscurecido, amargado, si hay entre los dos un porvenir destruido no es el de V., Cepeda, nó.
¿ Dice V. que mi imaginación vistió con sus galas el sentimiento
vago, sin color, que yo le inspiraba, y que le hizo elevar hasta el
cielo para descender luego convertido en vrrdad? .... Lo comprendo, sí, lo comprendo. Yo misma he visto descender esa
ve,·dad destruyendo mis más dulces ilusiones; pero ciertamente
mi imaginación al engañarme no ha hecho mal á nadie sino á
mí. Y bien: por una ley eterna de la naturaleza todo lo que
tiene principio, tiene crecimiento, plenitud, decadencia y fin.
Yo no pude esperar nunca sustraer de esta ley al sentimiento,
que inspiraba, ni al que me animaba. Ilarto preveía, que una
pasión que coloca al alma en una situación violenta no podía
ser eterna, y que su misma actividad ecsesiva devía acelerar su
destrucción.
Yo comprendía, que el encanto que me inspirabas, ese perfume del amor, que se evapora como una esencia preciosa, devía
forzosamente agotarse con el tiempo; pero tenía la convicción
de que al marchitarse esa ilusión, frágil y pasajera como las
flores, quedarían llenando su vacío sentimientos más sólidos y
no menos hermosos. El aprecio de tus virtudes, la estimación
de tu caracter, el tierno cariño devido á tu corazón noble y sin-

cero, la consideración y el agradecimiento, que toda muger sensible profesa toda su vida al hombre, á quien ha elejido libre y
espontáneamente por su protector y su amigo. Estos sentimientos no están sujetos, como las ilusiones de la pasión, á mudanza
forzosa, y ellos llenan el alma cuanuo la pasión ha desaparecido.
Yo no podía asegurar cuánto tiempo conserbaría el hechizo de
mi amor, que te transformaba á mis ojos en un ser ideal ó celeste; pero sé, que con el cabello blanco y la tez llena de arrugas aun serías para mi corazón, helado por los años, el primero
ele los hombres y el objeto de mi estimación y mi ternura. Esto
que creía respecto á mí, esto pensaba también de tí. Sin esperar hacer eterna en tu alma la ilusión del amor, me lisonjeaba
con creer que nunca desaparecerían de ella la amistad, el afecto profundo, que sobrevive á la juventud y aun á la muerte.
Sí, á la muerte; porque el principio eterno de vida, que sentimos en nosotros y que vemos, por decirlo así, flotar en la naturaleza, este soplo de la Divinidad, que circula en sus criaturas,
no puede ser sino amor. Amor espiritual, que no se destruye con
el cuerpo, y que deve ecsistir mientras ecsista el gran principio
del cual es una emanación.
He visto huir de tu corazón el amor, y, si he llorado, no he
osado al menos quejarme. Es una desgracia para la cual estaba
preparada. Siento yo misma entibiarse mi corazón progresivamente con la frialdad del tuyo, y preveo la destrucción de mis
últimas ilusiones; pero me resigno. Lo que no puedo soportar
es la idea de que una separación eterna va á ponerse entre los
dos, y que tú has tenido el valor cruel de anunciármela; que
tienes secretos y me los ocultas; que tienes pesares y me los callas; que nuevos amores te ilusionan y no has querido tener la
franqueza de confesármelos; en fin, lo que me aflije, lo que
roba todas mis esperanzas no es perder al amante, nó, es buscar
al amigo y no encontrarlo. ¡ Esto no lo preveía!; para este desengaño no estaba mi corazón preparado! Precisada á estimarte
menos, á mí misma no puedo estimarme, y rebajándote á tí, me
humillo yo propia.
1, Pero á qué conduce todo esto T. . . . Cepeda! olvidemos todo
lo pasado : aun podemos ser amigos, porque aun nos estimamos
lo bastante para creernos recíprocamente dignos de este título.

Hli

�1\)6

CARTAS AMATORIAS DE T.A AVELLANEDA

COBA CONTE~IPOR,\NEA

Coloquémonos en lo positivo y no queramos con un idealismo,
que no puede realizarse, prepararnos cada día nuevos y dolosos desengaños. Ni el amor, ni la amistad son tales como los sueña una imaginación poética, y cual los apetece un ardiente corazón. .\Iucho tiempo había que yo lo sospechaba y entreveía
esta triste verdad. V. pudo obscurecérmela, ó mejor diré, V.
logró encubrírmela con uu velo de oro, y le soy á V. deudora
de unas ilusiones, que ya no esperaba gozar. ¿ Serán ellas las
últimas de mi vida! Lo ignoro. Paréceme que aun tiene mi corazón tesoros de afectos, y que aun necesita para agotarlos muchos desengaños. Pero podré sentir por otro lo que V. me ha
hecho sentir? Es ya digno mi corazón de ser legado á un noble
corazón 1 Este fuego divino, que le l1a abrasado, le ha envilecido
en vez de.sublimarle? ... . No lo sé. Una cosa únicamente puedo
asegurar, y es, que si yo fuese hombre y encontrase en una
muger el alma, que me anima, adoraría toda la vida á esa muger. ::.\Iarchita mi alma á fuerza de desilusiones aun se siente
con fuerzas para amar, y no atreviéndose ya á enlazarse con
otra, acá en la tierra, siento que ansía desprenderse de su cárcel é ir á buscar en el cielo una fuente de eterno amor. Esto me
da placer, porque jamás me siento tan infeliz, como cuando en
momentos de desaliento creo que estoy destinada á sobrevivir
á mi corazón. Déjame pues, Cepeda, déjame aun la postrera
ilusión. Déjame creer, que no has despreciado mi corazón por
hallarle indigno del tuyo. Ah!, será preciso que al perder la
dicha sienta también abatido mi orgullo?. . . . A Dios.
(Está rubricada.)

XVI
SEVILLA

29

DE ABRIL DE

1840 :

Querido amigo: tengo á la vista la grata de V. última: ~ qué
más podré decir respecto á ella 1. . . . Vale más no tocar nuevamente un asunto espinoso y del cual harto hemos hablado ya.
Estoy además tan agoviada de negocios de toda especie, que
apenas tengo lugar para respirar.

]9i

&amp;Se hará mi Drama (39) sin que V. le vea 1 Estamos ya en
los ensayos y creo que para el 15 de l\1ayo se podrá egecutar.
No puede V. figurarse lo mala que es la compañía dramática,
que nos ha venido, y el trabajo que me dan en los ensayos Asisto á todos, como también Ojeda, pero, por más que hacemos, tenemos ambos la desagradable persuasión de que saldrá muy
mal el Drama. Por lo demás todo se me presenta del modo más
lisonjero. Las empresas de Valencia, S'!Yilla y Granada se han
disputado el Drama, como si fuese una obra sin segunda, y lo
he cedido á las tres (prefiriendo á Sevilla para qur lo ejecute
primero) con convenios ventajosos para mí. Lombia, primer
actor de esta compañía, hombre de talento y más buen literato
que cómico (40), ha hecho tales elogios del Drama á la empresa de Madrid, que según me anuncian se me harán pronto proposiciones por aquellos Teatros, cosa tanto más lisonjera para
mí cuanto que Figueroa y Fernández, que han hecho los mayores empeños, porque se ejecuten sus Dramas en Madrid, aun
no han conseguido, que se hayan aceptado por la empresa. Tampoco Granada ha admitido ni la Estela, ni Isabel de la Paz, y
á mi L eoncia no solamente la piden con los términos más honoríficos para la autora, sino que los periódicos (que tendré el
gusto de enseñar á V. cuando nos veamos) están llenos de elogios más lisonjeros, no del Drama, que aun no conocen, sino
del talento que suponen generosamente á la autora. Málaga en
su lindo periódico "El Guadalhorce ", redactado por los hombres más distinguidos de aquella ciudad, hace también un anuncio del Drama muy lisonjero para mí, manifestando el mayor
deseo de que se haga en aquel Teatro. No sé cómo han cundido
tan pronto la especie, que en todas partes se sabe ya, que he
hecho un Drama; pero esto me ha proporcionado el placer de
' conocer las simpatías, que mis composiciones líricas han tenido
en todas partes.
Aquí sólo '' El Sevillano'' ha dicho algo, pues los otros periódicos los reserva la empresa para cuando esté en víspera de
egecutarse.
(39) El titulado Leoncia, no comprendido por su autora en la colección com·
pletn de sus obrns.-(Madrid, 1869.)
(4.0) D. Junn Lombin, nutor de varias composidones drnmáticns y de un arto
de declamar, que tituló El Ttatro.

�CUBA CONTl,MPORÁNF.A
CARTAS A~fATOHIAS ni,; LA AVELLANEDA

Respecto á la novelita, aun antes de haber abierto la suscrfoión, tengo aquí 20 suscritores, que, á los primeros rumores,
qne corrieron de esto, fueron á sentar sus nombres en la imprenta del "Conservador", que es donde se hará la impresión ( 41) ; de Granada me escriben lo mismo los redactores de
"La Alhambra ", que apenas ha corrido la voz de que iba á
abrirse suscrición para una novelita de La Peregrina (42),
cuando todos los socios de aquel Liceo habían acudido á sentar
sus nombres; y de Málaga me dicen, que tengo ya doce suscritores y diez y ocho suscritoras. ::\Ie dicen que el bello secso :'11alagueño está decidido en mi favor, y que mis versos han hallado
entre ellas una estrahordiuaria simpatía. He dado tres ó cuatro
composiciones nuevas en días pasados á periódicos de Granada
Y :\fálaga, que ya verá V. cuando venga; la última que dí á
"La Alhambra" ha agradado muchísimo, según me dicen. Por
este último correo me escriben de Valencia los redactores de
"Psiquis", periódico de literatura, pidiéndome composiciones
con grandes elogios de las que han visto en otros periódicos, y
enviándome de regalo una porción ele poesías, música y figurines.
Ya ve V. como devo estar muy satisfecha con el ecsito tan
brillante de mis ensayos literarios. Dios quiera que al conocer
la novela y el drama, no decaiga el entusiasmo y que por querer ser Dramática y Novelista no pierda el concepto, que como
poeta lírico be adquirido. Dicen que el quP mucho abarca poco
aprieta.
No sé cómo me he distraído, que escribiendo en esta página
me he pasado á la otra, como V. notaría arriba. Pero así va;
no deja de entenderse.
Mi Padrastro está en ::\Iadrid: acaso muy pronto se marchará
la familia á dicha villa. Lo que es .ro, vaya la familia ó no, cuento marcharme á fines del verano.
( •'1) Creemos ron sobrado fundamento, que no lle'.!6 , imprimirse en SevillR, sino en Madrid á fines del afto a:gu iento 6 principios de 1842, pues D. AlbPrto
Li1ta, á quien !ué dedicada, acusaba i su autora el re,ibo de un ejemplar en
rarta !ecb:ida en Cádiz el 20 de Marzo de 184!!, J hablando del libro le decla: "Sab
me ha parecido un ensayo feliz, que promete , Espalla un buen novelista."
,éaoe lo que dice la Avellaneda de su novela en la Carta n.o 4.
(42) Sabido es Que con el pseudónimo La Pertprina firmaba la Avellaneda
sus primeras producciones !fricas.

Mi hermano (43) se ha ido á Constantina porque mi tío (44)
está muy malo; y mi tía (45), abuela de las de Fajardo, murió
el 25 de éste.
A Dios, amigo mío, crea Y., que al renunciar el derecho de
dar á V. otro nombre más dulce, no han variado los sentimientos
de aprecio y ternura con que será siempre su más amante hermana,
Gertrudis.

XVII
SEvn,L.\. 12 DE ::\fayo

(46)

Querido amigo : ignoraba que V. estubiese enfermo y al saberlo me ha sido cstrcmadamente sensible. No estoy, como V.
supone, tan preocupada con mis obras, que no sea sensible á
todo cuanto tenga relación con V., y ciertamente el ecsito del
Drama me ocupa mucho menos, que su salud de V. Cuidarse,
querido, y no ser injusto otra vez.
Leoncia no está aun capaz de salir al público, pues necesita
ensayarse más. Los actores están más interesados que yo en su
lucimiento y por lo tanto no se egecutará hasta el 29. Ya me lo
piden de Madrid también, y mando una copia por este correo.
Estoy tan ocupadísima este correo con un sin número de
cartas, que tengo que contestar, que me veo precisada á dejar
á Y. por hoy, rogándole que se cuide, y que crea le quiere con inalterable afecto su amiga, Gcrtrudis. ( 47)

XVIII
SEVILLA 26 oE )f.\.yo c•s&gt;

El haber tenido muy mala á mamá, y no el &lt;&gt;star tau ocupada, como V. supone, en admirar mis obras, es la causa de no
(43)
(44)

(45)

D. Manuel, hermano de padre y madre de la Avellaneda.
D. Felipe Gómei de A.-ellaneda.
D.• Maria, hermana de D. Felipe, citado en la nota anterior.

( 46)

1840.

(47)

El sobro dice: "Sr. D. Ignacio Cepeda en Almonte."

( 18)

184.0.

�200

CUBA t1l:-IU~MPOU,{:rnA
CART.\S A~L\ TORI.IS DE LA A Vl•:LI,A~EOA

hahcr vuelto á escribirle después de mi última. No por esto
niego, que me hayo bastante molestada con mi Drama y Novela, porque me rohan mús horas de aquellas, que yo quisiera coui:;agrarl"s; pero no me ocupo de ellos para admira1·Irs, sino para
corrcp-irlcs. En fin, creo que si V. r;11i('rC wr la p;·imcra y segunda t'gccución de Dconcia dct·c salir para esta incontinenti.
Para el 2!) y :JO de éste está s1'ííalad11, ~· an11que haré lo posible
por retardarla, á fin de que V. la ,ra, no sé si lo conseguiré.
Hoy mismo he hablado respecto {t esto con Lombia. ~- ú la Damt1,
y me han dicho, que era un gran trasto1·1vl ('Sta nueva dilación,
pero qnc verían con el empresario, si se transfería para el l.º
de Junio La Novela tiene ~·a muchos sm;critorcs. pero ni aun la
he copiado (•n limpio. por lo cual cs~á Ojeda enfadadísimo conmi!:'"o. Ya ve V. cuan negligente estoy con mis obras.
Los males de V., querido, más son aprensiones que otra
cosa.
Y. se figura que padece y padece realmente en esta aprensión : yo soy el reverso de la medalla. Física y moralmente estoy
enferma. pero me engaño á mí misma diciendo, que nada sufro.
¡ Ah Cepeda!. . . sus males quiméricos y mi felicidad mentida
deren pasar del mismo modo . .. . Pero no hablemos de eso : sería
infringir un solemne propósito.
Por SeviUa no ocurre novedades dignas de ser referidas.
Solamente que se espera de un día á otro al hermano del Rey
ele Inglaterra, y que se preparan bailes. toros y otros festejos.
Y. sabrá ya la muerte del desgraciado Córdova, y que ha
pasado por esta su cadáver, que segvn sus últimos deseos, devc
descansar en su país de V. (49). De todos los a:nigos y partidarios que tenía en Cádiz y Sevilla en los días de su prosperidad,
no ha habido uno solo que acompañase los restos rnortalE&gt;s del
proseripto. Temerían contagiarse con su desgracia. . . . ¡ Qué
lección! ¡ Qué despreciahle es el voto de un público tan mczc¡ni-

(49) El General D. Lnis Fernánde1 de Córdo.-1&gt; muerto en Liabo,. y lle.-ado i
enterrar 6 Osnna, de donde era natural el Sr. Cepeda. La buena acogida y mtíl•
tiple• ■tcnc,onea que recibiera el General, durnnto la (1&gt;0&lt;"a de su destierro en
aqurll" ..-illa, lo movieron i dejar ronsi~nnda en su testamento aquelln dispo&amp;i•
1·ión, para que ae cumpliern su palabra de caballero de que 1:olrur11 6
ciro
6 muer'o.

ºª"""

201

!

no tan inco~stante ! . . . . ¿ Cree V. que pueda yo, aun cuando
~ubiese la aptitu_d de conseguir cierta gloria, dar un valor real
a ese fantasma impostor, que llaman opinión, aprecio público,
etc. etc? Ah, no ! Y o nací para tener mi mundo en un corazón
que me_ amase . •:• no 1~ he conseguido y permanezco peregrin~
en medi? de la tierra, aislada en medio de la creación.
A Dios, Cepeda; venga V. á ver mi Drama, aunque luego
se m_arc~e, Y á despedirse de la autora, que acaso no volverá á
ver Jamas. El mes que viene parto para )Iadrid (50).

(Está rubricada.)

XIX
JuNro 3 DE 1840 cs1¡
Dos líneas nada más : estoy en guerra otra vez con mis muelas Y no me a~rcvo, á escribir, sino lo indispensable para decir
á V.,_ que_ ~or mteres de que V. vea el Drama he ido dilatando
su eJecucwn en términos, que el público se ha enfadado
do8
h
fi .
, pues
veces se an Jado los carteles anunciándole y dos veces
~e ha~ quedado esperándole. Definitivamente se hace el 6 d
este sm falta
alguna, "J s1· v . no viene
· ha b r án sido
. mfructuosas
.
e
•
las d~te~c1_ones y nunca conseguiré mi objeto.
. Mi VIaJe á l\Iadrid acaso sea el primero de Julio, acaso se
dilate hasta fines;. (52) pues esto depende de la compañera que
llevo.. qu_e es la vmda de mi primo Castro, que ha venido de
l'lfadnd a conocer la familia v retorna el mes q
·
.
,.
ue '-'lene, pero
aun no sabe con fiJeza el d1a. )Ii padrastro está también en
Madrid.
i Busco yo la opinión púhliea con preferencia á los m'
duces afc t r
1
'
as
.,
_e os · · · · · · i os más dulces afectos!.. . . . ¿ es v
qmcn lo dice 9
-.:r á
·
·
,
·,
. '·. · · · · ' ·, qme~ m1 corazon los ha prodigado, v.,
que era m1 umverso Y por qmen yo hubiera sacrificado no sola-

(!~))

EEI v!aje ~e la Poetisa i la Corte se retrasó hasta el otoflo.

scr,ta, sin duda alguna en Sev·u
sobre ae lee: "~r. D. Ignacio Cepeda en A;m:n::~~ se ve por eu contenido. En el
cart~~2)

I

Se d1lat6 basta el otoño, segiln dejamos consignado en nota A la anterior

1

�202

CUBA CO);TEMPORÁ.NEA

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

mente los inconstantes y frívolos elogios del mundo, sino también todo aquello que no era V. . . . . ¿ V. dice que yo aprecio
más que á los afectos el sufragio del mundo 1. . . . . Ah! : no sé
si es esta la sola Yez, que habla V. lo que no siente.
Quando venga V. verá varias composiciones mías, que no
conoce, y que no incluyo, porque las tienen los amigos como sucede siempre; una que acabo de recibir va adjunta. ( 53)

XX
SR.

D.

IGNACIO CEPEDA

MADRID

24

DE NOVIEMBRE DE

1840:

Mi nunca olvidado amigo: Hasta hace muy pocos días no ha
llegado á mis manos una carta de V. y me apresuro á contestarla tan pronto me lo permiten mis ocupaciones.
Por Perico Bravo (54) he sabido que está V. mejor de sus
calenturas: le doy la enhorabuena y deseo se restablezca pronto
y perfectamente.
Aquí me va muy bien en esta corte, á donde vine (poco después que V. dejó á Sevilla) por motivos de intereses y asuntos
domésticos, que tenía que arreglar con mi padrastro, y también
para probar, si variando de clima y de objetos llenaba el inmenso vacío de mi alma ó aturdía por lo menos mi devorante
pensamiento. En efecto, estoy algo mejor, moralmente, que en
Sevilla; pero no en amores, como V. supone ( que ya para mí no
existen), sino porque aquí me he consagrado esclusivamentc á
la literatura.
He devido á este Liceo la más lisonjera acojida: estoy rela-

(58) Esta carta no fuá firmad&amp;, ni rubricada por la Avellaneda.
La poesla, que venia adjunta, es la titulada La Primav•ra, que se incluyó
luego en la edición de 1841 y en la Coleeción de 1869. Aparece impre,a en una
hoja, que perteneció sin duda á una revista literaria, por traer trozos de dos ar·
tlculos, uno sobre la poesla pastoril y la égloga piscatoria, y otro con noticias de
China.
(54) D. Pedro Gómez Bravo y Pernía, ya citado en fa AUTOBIOGRAF!A.

203

cionada con los talentos más notables de la época y con varias
familias, que me proporcionan amable sociedad. J\Ii hermano
se ha venido también, y lo que es ahora estamos en perfecta
armonía y perfecta independencia. ( 55)
He hecho muchas composiciones para este Liceo, que han
agradado mucho, especialmente la última, que saldrá un día
de estos en la revista Española. He vendido toda la colección
á un empresario de libros y se darán en un tomito para el mes
de Enero . (56) El drama Leoncia se ha hecho en Cádiz y Granada con feliz éxito, principalmente en Granada, y ahora se
está ensayando aquí. Pronto daré al Teatro otro Drama y espero que será muy superior al primero. (57)
Y a ve V. que no pienso en amores . .... para mí pasó la juventud del corazón, amigo mío. Sólo me queda de sus últimas
ilusiones un recuerdo profundo de amargura y una cicatriz
eterna, que señale el lugar en que estubo, la herida, como la losa
que marca un sepulcro. . . . Ah!, sí,. . . . . la comparación aunque triste es esacta: mi corazón es el sepulcro en que yacen
yertas é inanimadas todas mis esperanzas de ventura.
Deseo se conserbe V. bueno y le ruego no olvide que tiene
su más sincera amiga en
Gertrudis G. de A.
P. D. La dirección para las cartas á mí es calle del Clavel,
número 3, cuarto 2. 0

(55) La armonía no era moneda corriente entre la poetisa y su hermano Don
Manuel, que es á quien se refiere.
(56) No salió á la luz el tomo de poeslas hasta los últimos días de 1841, es
decir, casi un afio después de lo calculado por la .Avellaneda, pues D. Juan Nicasio
Gallego firmó el Prólogo en Noviembre de ese año.
( 57) Tardó casi cuatro años en representarse. Se refería al drama titulado AJ·
/01180 Mtmio, estrenado el 13 de Junio de 1844 en el Teatro de La Cruz de la corte.
Su autora le llamó Munio A.lfonso en la edición de 1869, luego de razonar en nn
prefacio el motivo de la trasposición de nombres.

�CARTAS AMATORIAS DE LA A\"J&lt;JLJ,ANIWA

20-1

205

CUBA CON'l'EMPORÁ.'IEA

Tus cartas, cuando con ellas quieras complacerme, diríjelas con solo mi nombre, que esto basta. Pensamos mudar de habitación, no sé donde iremos á parar; pero soy muy conocida y
los carteros buscarán mi casa.
A Dios, no seas perezoso y ven á ver á tus amigas, ya que
una sola no puede atraerte. Siempre tu apasionada-Tula.

XXI
S1t. D .

lGN.&lt;1.CJO CEPEDA:
MADRID

1\lAYO 13

(SS)

Con tus apariencias y fama de sincero eres á veces un poquito mentiroso, y muchas sobrado sagaz y astuto. ¡, :Ole lisonjeas
en tu carta para que envueltas en dulzuras trague las mentirillas, que me envías, y no heche de ver la sutileza de ciertas csplicaciones?
Bien; yo soy la criatura más fácil de engañar, ó por lo menos
de darse por engañada. Hago por creer todo aquello que me halaga, y no hay para mi estóma«o manjar indigesto con tal que
me lo den con azúcar.
No te mando mis poesías, nó; ni te digo si has entrado en
algo en el pensamiento de alguna de sus composiciones. (59)
Si quieres mis obras y mi retrato, que saldrá pronto en mi tercer novela, ( 60) ven á buscarle. Aquí te daré libros y esplicaciones, allá nada te mando.
Es una vergüenza, que no vengas á Madrid, y una ingratitud, que dejes se marche sin verte una amiga, que, si no la más
querida, es sin duda la más apasionada de cuantas tienes.
Pienso marcharme en este año bien sea á país estranjero,
bien á América. Necesito estender mis conocimientos y mi reputación literaria, y ya nada nuevo me ofrece España. Pero quisiera verte antes y decirte un largo y tierno adiós.
1\fi corazón primitivo ó nó, ( 61) siempre es fiel á la religión
de los recuerdos, y hay cuerdas en él, que no se gastan, aunque
tal vez se enmohescan.
(58) Es del año 1843, cuya cifra se lee en el sello de la Administración de Co·
rreos. El sobre lleva esta indicación: "Provincia de Huelva-Sr. D. Ignacio Cepeda.\lmonte."
(59) Y aun en algoa, antes y después de la fecha de esta carta, según hemos de·
jado consignado en el PRÓLOGO.
(60) La titulada Doa m-ugerea, á cuya lectura en el original, no impreso aún, in·
vitaba al Sr. Cepeda en carta de 13 de Marzo de ese mismo año 1843.
Su primera novela fué Sab, ya citada en otra nota, y la segunda se tituló La
Baroneaa de Yo""'· La primera y la tercera no fueron incluidas en la edición
de 1869.
( 61) Subrraya la frase, porqne el Sr. Cepeda habla calificado de primitivo, esto
es, bondadoso y sencillo, á la par que fuerte é impetuoso, el corazón de la poetisa.

XXII
/í

MADRID

5

DE JULIO (~2 )

Apenas vuelvo de mi paseo tomo la pluma para tí, aunque
nada puedo decirte, que no sepas. A pesar de tus quejas te creo
profundamente convencido de lo mucho que te quiero. Pero
me supones distraida en lo que llamas mi gloria; me supones
perdida en una inmensidad de goces; das por cierto que soy
feliz, y hé aquí porque no quisiera escribirte. Sé que me quieres; que padecerías si destruyese esas ilusiones, que te formas
respecto á mi destino : y ¿ cómo conservártelas sin mentir 1. . . ..
¿ ni qué decirte si no te hablo de mí 1
Abrumada con el peso de una vida tan llena de todo, escepto
de felicidad; resistiendo con trabajo á la necesidad de dejarla;
buscando lo que desprecio, sin esperanzas de hallar lo que ansío; adulada por un lado, destrozada por otro; lastimada de
contínuo por esas punzadas de alfiler, con que se venga la envidiosa turba de mugeres envilecidas por la esclavitud social;
tropezando sin cesar en mi camino con las bajezas, con las miserias humanas; cansada, aburrida, incensada y mordida sin cesar. . . . . hé aquí un bosquejo de esta mi ecsistencia, que tan
fausta y brillante te finges.
Envejecida á los 30 años, siento que me cabrá la suerte de
sobrevivirme á mí propia, si en un momento de absoluto fastidio no salgo de súbito de este mundo tan pequeño, tan insuficiente para dar felicidad, y tan grande y tan fecundo para llenarse y verter amarguras.
Y a lo ves: nada grato puedo decirte : en otros días buscaba
(62) Es del año 1845, según se lee en el sello de la Administración de Correos
y esti dirijido [sic) el •obre al "Sr. D. Ignacio Cepeda en Sevilla."

�ctJnA

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELT.ANEDA

un corazón que recibiese el mío : ahora no busco más que los
medios de ~turdirle ó aniquilarle. Todos, hasta tú mismo, han
tenido una gota de hiel, que dejar en mis recuerdos: todos,
hasta tú mismo, han tenido una esperanza, que marchitar en
mi alma, y ahora cojeis todos el fruto : ahora para nada os
sirvo • ni aun para escribiros una carta agradable.
Sin embargo, sabes que te quiero, y que con estas insulsas
ó amargas líneas, te envío un sentimiento, un afecto de inalterable amistad.
Tula.
P. D. Querrás hacerme un pequeño obsequio? Una persona
desea, por motivos personales que sería largo esplicar, . saber
cómo se llamaba el padre de Gabriel García Tassara, sevillano,
que reside en esta ( 63). Si puedes averiguarlo, sin que nadie
sospeche el motivo porque lo haces, te estimaré me lo digas. La
misma persona desea saber, qué concepto merece en esa nuestro joven; dónde reside su familia; y qué antecedentes tiene.
Se me ha recomendado el secreto y yo fío en tu discreción,
que sabrás guardarlo. Estas averiguaciones no son, ni pueden
ser en perjuicio del tal : no media otro interés, que el del corazón. Adios. Dime también el nombre de su madre y padrastro.

XXIII

''

207

CO~'l'Ell1POH,(:-;EA

MADRID

25

DE JULIO &lt;64 )

Querido Cepeda: perdona el innoble papel en que te escribo:
se va el correo, estoy de mudada y no encuentro otro papel á
mano. Te ofrezco, antes de todo, mi nueva habitación calle del
Horno de la Mata, n.º 9, cuarto principal, y luego voy á contestar brevemente tu grata última.
No he visto la carta á que te refieres, ni mamá la ha recibido,
según dice; por consiguiente ignoro qué solicitud es la que en
ella me recomendabas: mi influjo es poco ó ninguno, pero si
( 63) Ocioso parece advertir al lector, que el Tassara es el inspirado poeta do
eso nombre.
( 64) En el sello de la Administración de Correos se lee claramente, 1845.-El
aobre está dirigido como en la anterior.

me esplicas el negocio haré en tu obsequio cuanto pueda para
que consiga tu amigo lo que pretende.
Te doy gracias por las noticias que me das del joven consabido (65) . ¿Has sospechado acaso que fuese Pepita (66) la
interesada en ellas? No, amigo, te aseguro que nó bajo mi palabra: (67) te aseguro también que no es cuestión de matrimonio ( 68) .
Ese joven, es decir el sujeto de quien te demandé informes,
no trata apenas á mi familia, y por lo que respecta á mí puedo
asegurarte que creo concluida para siempre la amistad, que
le tube Es una de aquellas personas, que juzgué ligera y ventajosamente y que en el día no juzgo ni bien ni mal. Es para
mí un ente nulo. La esplicación del interés, que tenía en saber
el nombre de sus padres y el concepto que gozaba en esa, se:r,:ía
cosa larga y hoy inoportuna. Te repito sí, que no es cosa de
matrimonio.
Conque piensas en casarte? . . . . . No te lo censuro, ni lo
apruebo. Para mí la verdadera felicidad no consiste en el estado
que se tiene; así como no creo que la bondad de los gobiernos
consista en su forma. El matrimonio es mucho ó poco según se
considere : es absurdo ó racional según se motive.
Yo no me he casado, ni me casaré nunca; ( 69) pero no es
por un fanatismo de libertad, como algunos suponen. Creo que
no temblaría por ligarme para toda la vida, si hallase un hombre capaz de inspirarme una estimación tal, que garantizase
la duración de mi afecto. Más; tengo la convicción de que no
hay dicha en lo que es pasagero, y digo, como Chateaubriand,
que si tuviese la locura de creer en la felicidad la buscaría en
( 65) El Sr. Tassara, de quien habla en la carta anterior.
( 66) La Srta. Josefa Escalada, tipo de rara hermosura, hermana de madre de
la Avellaned~.
(67) Bien pod!a asegurarlo bajo su palabra la Srta. Avellaneda, puesto que era
ella misma la que acababa de cortar las relaciones amorosas, que habla soatenido
con el Sr. Tassara.
(68) No mentla la escritora, porque en el momento que hablaba (b) ya no ae
trataba de casamiento.
(b) Deberla decir "en que hablaba"; y más exactamente aún, "en que escri•
bla". (N. del O.)
( 69) Sabido es que la notable poetisa se cas6 dos veces: una con D. Pedro Sabater, Jefe Pol!tico de Madrid, y otra con el Coronel de Artiller!a D. Domin¡¡o
Verdugo.

�203

ctJnA dO]l;TE)fPOHANEA

la costumbre. El matrimonio es un mal necesario del cual pueden sacarse muchos bienes. Yo lo considero á mi modo, y á mi
modo lo abrazaría. Lo abrazaría con la bendición del cura
ó sin ella : poco me importaría: para mí el matrimonio
garantizado por los hombres ó garantizado por la recíproca fé
de los contrayentes únicamente, no tiene más diferencia, sino
que el uno es más público y el otro más solemne: el lIDO puede
ser útil á la impunidad de los abusos y el otro los dificulta: el
uno es más social y el otro más individual. Para mí es santo todo
vínculo contraído con recíproca confianza y buena fe, y sólo
veo deshonra donde hay mentira y codicia. Yo no tengo, ni
tendré Ull vínculo, porque lo respeto demasiado; porque el
hombre á quien me uniese debía serme no solamente amable,
sino digno de veneración; porque no he hallado, ni puedo ballar
un corazón bastante grande para recibir el mío sin oprimirlo, y
un caracter bastante elevado para considerar las cosas y los
hombres, como yo los considero.
Tu no estás en ese caso : eres el hombre y puedes buscar felicidad en una muger aun cuando ella no esté á tu altura. Créeme sin embargo; no te cases con una tonta: la mayor virtud no
compensa el defecto del talento; y aun me atrevo á decir, que no
hay virtud en la estupidez. Las ligerezas, las faltas mismas de
una muger son males más remediables, que la incapacidad de
comprender aún las mismas virtudes, que acaso se practican. El
talento se extravía, pero la tontería no sabe s:quiera que sigue
el buen camino, y si lo deja no lo recobra jamás. Cásate, si lo
crees conveniente, pero acuérdate siempre de que una amiga
te aconseja, no juzgar nunca virtud la frialdad de las almas
ineptas, ni pensar como algunos, que la ignorancia garantiza el
corazón.
Esta es ya muy larga y aun no te he dicho, que pienso establecerme en París. Sí, amigo mío; parece que en aquella capital puedo prometerme mayores ventajas de mi pluma, y como
no soy rica y quiero asegurarme una vejez sin privaciones, pienso en irme á donde mejor paguen. Esto, sin embargo, aun no es
cosa decidida. V eremos ( 70) .
(70)

No lleg6 6 realizarse tal proyecto.

CAR'I"AS AMATORIAS JlF: LA A\'ELJ.A]l;EDA

Estoy cansada del mundo, de los obsequios, de las calumnias,
de la adulación, de la gloria y hasta de la vida. Necesito otro
espacio mayor ó menor que este: otra vida de más calma ó de
más agitación. El amor no ecsiste ya para mí; la gloria no me
basta: quiero dinero, pues: quiero la vida de los viajes ó la vida
del retiro muelle y lleno de goces del lu.jo. Tampoco me sería
ingrato irme á una pobre aldea á criar pichones y á cultivar
flores; pero aun no puedo, porque necesito de mi pluma.
En fin, si tu te casas con una buena chica, que tenga talento,
que sea bonita para que no sea celosa, que te quiera mucho y
merezca ser correspondida, suspenderé mi curso vagabundo para
ir á donde quiera que esteis á cantaros un lindo epitalamio y
á pasar ocho días con vosotros. &amp;Aceptas 1
Adios; acabo de publicar una oda, que ha alborotado á
:;\Iadrid, y que me ha valido un gran regalo del Infante D.
Francisco de Paula ( 71). 're la manderé un día de estos, y hoy
me repito tu amiguísima-Tula.
P. D. La gota de hiel (72) no encerraba acusación ninguna. No era hiel de engaños, ni perfidias, nó: yo no escribo á
gentes que engañan : era hiel de otro género. Hay hiel en el
fondo de todo cáliz dulce: hay hiel. . . . . y bien amarga!. ....
en la indiferencia, que sigue á un sentimiento, que se creyó inmutable.
Yo he dicho en una novela:-" No acuscis al corazón de perder sus ilusiones; así como no se acusa al arbol por ceder sus
hojas al inclemente soplo del viento.''-&amp; Pero el arbol desnudo y el corazón desengañado no pueden llorar la pérdida de
sus flores Y Sin acusar á nadie se puede decir : han hecho á mi
corazón un daño con voluntad ó sin ella.

(71) La oda titulada El B,corial, escrita i petición del citado Infante, estando
con la poetisa en aquel real sitio.
(72) Contesta la Srta. Avellaneda 6 las observaciones, que debió hacerle el
señor Cepeda A esta frase contenida en su carta anterior :-"Todos, hasta tú mismo, h:in tenido una gota de hiel, que dejar en mis recuerdos."

�XXIV
SR..

D.

IGNACIO CEPEDA:
J\lADRID

14

DE FEBRERO DE

211

CARTAS A)IATORIAR DE LA A\'ELLANEDA

CUBA co:-TE~POlL&lt;\.N'EA

1847

Desde que recibí la tuya última deseaba tener un día libre
que dedicar á tí; pues no podría satisfacerme el limitarme á
las fórmulas de una lacónica contestación : pero está escrito,
que yo me vea incesantemente contrariada, y sucede que hace
más de un mes me encuentro con las roanos tan cuajada de sabañones, hijos legítimos del cruel frío, que aquí está reinando,
que no puedo mover la pluma sin padecer atrozmente. No quiero, sin embargo, retardar por más tiempo el darte noticias mías,
diciéndote, que me he mudado á la calle de San Marcos, n.° 18,
cuarto principal, adonde debes dirigirme tus cartas, siempre
que te dé la lmmorada de recordar mi existencia.
Siento muy mucho, que no salieras diputado, aunque des
por tu parte tan mezquino valor á una circunstancia, que te
obligaría á volver á ver á tus antiguas y leales amigas. Siéntolo, digo, porque, á pesar de todo, tendría un placer, de los poquísimos de que soy ya susceptible, en charlar largamente contigo de aquellos días, ya lejanos, en que tan sinceramente nos
llamábamos amigos. Acaso no me conocerías ya: he envejecido
veinte años en estos siete, que han pasado. 1\fi alegría huyó
para no volver: desapareció aquella coquetería, que alguna vez
te dió enfado, pero acaso era lo que más te agradaba en mí;
porque tal es el corazón del hombre. Todo pasó, todo, como
nuestros sentimientos de entonces, y resta de la Tula, que conociste, una sombra pálida y fría, que va por momentos diafanándose más. ¿ Quédame siquiera el talento Y No lo sé; pero siento que se apagó la última chispa de la creadora llama de la poesía.
Se empeñan en probarme que soy hoy más gran poeta que antes;
mienten: equivocan la rima con el estro: la mano y el oído
hacen los versos : la poesía necesita del corazón, y el mío es un
cadáver lleno de heridas, que ya no brotan sangre.
Te hago un retrato, que de seguro no despertará en tí los
deseos de volver á verme. Sin embargo, escucha: ven : deja por

•

un mes siquiera ese clima de juventud y ardores : ven bajo el
templado y con frecuencia nublado cielo de Castilla. Aquí se
siente de otro modo, y creo que todavía tendría yo un destello
de poesía para celebrar tu venida, y un lado vivo en el corazón para aposentar recuerdos, que nos habían de enternecer.
¡, Y no se goza en la ternura Y
Tu has sido más dichoso que yo, y acaso tu corazón pudiera
aun rejuvenecer un poco el mío fatigado. Tu amistad conservará tal vez perfumes que la asemejen al amor, y la mía podrá
participarlos. Pero no quieres 1: Amas tu Sevilla con su implacable sol, con sus flores impertinentes de lozanía perpétua, con
sus mugeres que no envejecen á los 30 años, porque no sienten
nunca: la amas, y es probable que yo encuentre el reposo final
antes que tú el cansancio de esos goces. Oreo que debo morir
pronto: que me llama imperiosamente mi pobre amigo, el compaiíero de mis últimos días de juventud, alma ardiente y generosa, que también envejeció y murió á los 30 años (73). Ya ves
que mi carta no es divertida; pero allá va á probarte al menos,
que no te olvida tu siempre fiel amiga, T1tla.

XXV
SR.

D. loNACIO

CEPEDA :
MADRID

1.0

DE AGOSTO DE

1847

Te escribo, querido Cepeda, en un día de triste aniversario
para mí : en el día en que en el pasado año quedé viuda (74) ;
pero he recibido hoy tu carta de Cádiz, y no quiero que quede
justificada la acusación, que en ella me haces, de ser tarda en
contestarte.
Celebro que no haya tenido efecto la semi-pensada boda, de
que me hablaste. Tu no eres para casado; pocas mugeres entenderían tu carácter y acaso no hay una sola, que te pudiera
hacer feliz. Pero ¡ de qué modo se alcanza la felicidad en la
tierra 7. . . . ¡, cuál es el camino que conduce á ella Y. . • . Tú,
( 73) Su primer marido D. Pedro Sallater, que babia fallecido en Burdeos el
1.o de Agosto del afio anterior al en que se escrib!a esta carta.
(74) Véase la última nota de la carta anterior.

�212

CGDA CO:STEMPOllÁ:SEA

CARTAS A)[ATORIAS DE L.\ A\'ELLANEDA

como yo, acabarás por remontar tus esperanzas más allá del
mundo visible: como yo creerás en Dios y de Dios sólo esperarás esa dicha, que perseguimos en vano durante nuestra fiebre
juvenil, como el niño que corre tras las caprichosas formas de
la bruma, empeñado en abrazarlas.
:,re voy haciendo devota; no devota vulgar; ya comprenderás
que esto no es posible; pero devota á mi modo.
A propósito de matrimonio; te diré que á pesar de mis :n
aüos (75) y de mi aspecto de sepulcro de ilusiones, un joven de
25, que diz que es mny rico, se empeiiu en hacerme contraer segundas nupcias. Es habanero, lo cual es para mí un gran defecto; es más joven que yo, lo cual aún es un defecto mayor; es
de un talento mediano, de esos que se encuentran sin dificultad;
de una figura que no es mala, pero que me causa mala impresión, porque tiene un aspecto marchito, ajado, y cuando esta
clase de deslustre en una cara juvenil no es efecto de un ardoroso pensamiento, de una alma desvastadora, se me antoja que
debe causar asco, porque revela secretos vicios. Mi apasionado,
sin embargo, pasa entre los que le conocen por hombre de buenas costumbres y hasta frío. En efecto se me figura que ese pobre joven es todo hueso y fibra; allí no hay ni sangre ni nervios: quiero decir, ni pasión, ni sentimiento. La hecha de joven
pensador, inglesado, melancólico, escéntrico; pero á mí sólo me
parece un pedante de cierto género, propio del país en que
nació: parece un ser muy vulgar con pretensiones de no serlo.
¿ l\Ie ama ese hombre? Creo que no es posible: nos divide un
abismo. Lo cierto es que me dice, que quiere casarse conmigo;
que aparenta un entusiasmo por mí, del cual no le creo capaz:
y ya sea que todo lo que dice se aparte de la verdad y hable
como buen americano, sin pensar lo que dice; sea que por vanidad quiera comprar con su libertad la posesión de una muger,
que tiene alguna celebridad, lo cierto es, repito, que está empeñado en sacarme un sí, que reuso con más fastidio que enojo
de su pretensión.
)Ii familia me hacen muy sensatas refleesiones para probarme que seré una loca, sino lo agarro á dos manos: mis amigas

se conjuran para convencerme de que es un joven interesantísimo y que nació para mí: pero yo me empeño en creer, que
merezco mejor destino, que el de pertenecer á un hombre como
él, y á pesar de que me espanta la soledad que me amaga, á pesar de que siento necesidad de lazos, de hábitos, de deberes domésticos; en fin, te lo confesaré, á pesar de que creo, que el
ser madre me reconcialiría con la vida, que empiezo á aborrecer,
no me resuelvo á unirme á un hombre, á quien me es imposible
respetar y del cual me río muchas veces, aunque no soy maligna.
Mamá y Pepa se van por fin á Galicia; ambas te dicen mil
cosas y ofrecen escribirte antes de su marcha. Los hermanos
varones siguen buenos : Felipe no está en Madrid, aunque viene á menudo: Manuel tan calavera como siempre : Emilio en la
Academia de Artillería (76). Las Noriegas (77) buenas y pobres. Los chicos cada día más monos y guapos. Y a ves que soy
estensa y esacta en cuanto me preguntas.
&amp;Porqué no te haces sacar diputado y vienes á vernos, amigo
ingrato 1 Si la política no te agrada, hacerlo debes por la amistad al menos. El papel se acaba, pero no el deseo de charlar contigo, que siempre tengo para que conozcas, que te quiere sin
alteración,
Tttla.

(75) La cuenta de sus aiíos no la llevó nunca bien La A\"ellaneda. Ya d¿jamos consignado cu otn noto, que bnLln nacido ~l año 181'l.

XXVI
HOY :MIÉRCOLES

6 DE

ÜCTUBRE ( 75 )

Recibo en cama todavía tu contestación á la mía de anoche.
y veo en ella palabras y aun párrafos enteros, que no puedo
dejar un momento sin respuesta. Dices que, haciéndote &lt;'ntendf'r
que me pareces de poco valer no cs¡Jere yo jamás r¡iw tú deduzcas
la consecuencia de que te quiero. Desde luego es indudable, que
(76) D. Felipe y D. Emilio Escalada, hermanos de madi·o de la Avellaneda. Las
dom/is personas ya las conoce el lector.
(77) D.• Concepción y D.• Carmen, amigas de la poetisa.
( 78) Las once cartas siguientes fueron sin duda escritas en Madrid y re•
mitiC:.os ¡¡ mano r. su desti no durante el mes de Octubre de 1847, temporada
que el Sr. Cepeda pasó en In corte cuando se dirijla [sic] al extranjero, y corres•
ponden ¡¡ la segunda y 1íltima época de las relaciones amorosas de la poetisa
con el dicho personaje. Como no tienen fecha, 6 excepción do esta primera, han
sido colocadas de modo, que no resnlte incongruencia en su coordinación.

�214

CUBA CONTEJIIPORÁNEA

CARTAS AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

no podía yo esperar tan anómala consecuencia, ni creo que, si
ella ecsistiera, tu aceptarías ni estimarías en nada un cariño
semejante. ¡, Qué es el afecto que no se funda en la estimación?:
pero tu tergiversas de una manera increíble el sentido de mis
palabras, y te agravias y me agravias al interpretar mis sentimientos. ¡ Yo creerte de poco valer!. . . . ~ en qué fundas tan
inconcebible suposición? Yo, es verdad, te he dicho. más ó menos acaloradamente, que no hallaba en tu corazón aquel grado
de calor en los afectos, que el mío siente y busca en los corazones
que ama ; te he dicho (no sé si con justicia, pero si sé que con
indicios claros de no ser absurda mi creencia), que tu no posees
una de aquellas almas espansivas y tiernas, que simpatizan con
todos los agenos pesares, adivinan todos los combates y borrascas
del sentimiento y suavizan con su ternura activa y férvida las mismas pasiones. que escitan. He creído y lo he dicho con mi natural veracidad, que eres más sentimental que sensible profundamente, más amable que amante; que tienes más bondad que
pasión y menos ternura que talento. Pero se deduce de esto que
te tenga por de poca valía? ¡, Es la facultad de amar, por ventura, la so]a escelencia del hombre? Tu honradez, tu veracidad,
tu clara inteligencia, tu lealtad de alma, tu caracter, frío si se
quiere, pero noble y digno son cualidades de poca valía? ¡, Tan
vulgares las crees, que puedas suponer, que pasen para mí desapercibidas? No; siempre te he visto digno de ser amado, aun
cuando alguna vez haya creido, que tu no sabes amar. Acaso ni
aun eso he creído; sólo he comprendido que á mí no me amabas.
Pero ni tu falta de amor á mí, ni aun la tibieza, que en general
pudiera tener tu corazón en la región de las pasiones, es motivo
pai·a que yo piense que vales poco : ¡ qué absurdo, amigo mío !
Napoleón no sabía amar y ciertamente que á nadie se le ha
ocurrido, que por razón de su poca ternura dejase de ser el
primer hombre del mundo. Newton, dicen que jamás tuvo una
querida ( 79), y yo me hubiera enorgullecido de tenerlo por
amigo.
Y o no creo que Tasso, porque amó hasta morir de amor y sin

juicio, valiese más que Newton ó Napoleón; diré si, que el alma
de Tasso simpatiza más con la mía; que lo comprendo mejor;
que, si lo hubiera conocido y amado, lo hubiera creido más capaz de hacerme dichosa que lo fueron Newton y Napoleón. El
gran genio de Tasso nacía de un alma eminentemente apasionada, el de los otros de un espíritu altivo y profundo ; todos valían mucho y se asemejaban poco.
Perdona esta especie de digresión: yo no he pretendido nunca que puedas ser otro de lo qiie Dios te hizo, ni menos he pensado, que debas estar descontento de lo que eres. Oh, nó ! : al
contrario : poseer lo necesario para hacerse estimar y estar esento de la cruel facultad de amar mucho es un privilegio envidiable, que sólo reciben los que nacen para ser felices. Puedo haberme engañado al creerte de este número, pero ciertamente que
no te he ultrajado, que mi creencia esaeta ó errónea no te es en
manera alguna ofensiva. Esto sólo he querido probarte.
Yo misma soy juzgada mal : muchos, que creen conocerme,
dic"lll que yo soy lo que creo de tí, esto es, que tengo más e~píiitu que comzón: se engañan torpemente; pero jamás les ac,,sl)
de que me agravian: me desconocen : esto es todo.
Dices además, que te parezco singular, y creo que lo c,ov
por mi mal. No pretendo que mis singularidades sean virtud,;-,;
sé sí que nacen de origen elevado. Impetuosa y sincera puedo
parecer inconsecuente, pero lo que hallarás siempre en el fondu
&lt;'S 11erdad. Ni quiero pasar por mejor de lo qi1.e soy, ni siendo
Jo que soy me hallo descontenta de mi suerte. Sé que hay en mí
·nncho bueno y mucho malo; que todo el que me conozca debe
.forzosamente estimarme como yo me estimo, y no más, ni menos. Estimarme, no como á ser perfecto, no lo soy ni quiero parecerlo, pero sí como alma elevada, incapaz de bajezas; capaz
de estravíos y de grandes virtudes. No sé, si soy siempre prudente; temo que no lo seré mmca; pero desafío que se me pruebe que he sido alguna vez falsa ó mezquina. Ilfis defectos tienen
la talla de mis cualidades, y tal cual soy me he presentado á
tí. ¿ Me amaste tú como soy 1 1, Me crees rugna ?. . . . . no lo sé;
pero sí sé que, tal cual soy yo, no hallarás otra en el mundo.
Serán peores ó mejores, pero no serán como-T1tla.

(79) La palabra querida deberá entenderse en el mejor sentido, esto es, en
el de que no am6 jamás A mujer alguna.

215

I

!

�216

cun.-1.

CO~TEMPORÁNEA

XXVII

Anoche hemos hablado mucho de mi marido Y te he dicho
que una de sus cualidades, no 1a má~ ~preciable en é~, era u~
talento profundo y luminoso. Como quisiera hacer~e amigo suy_o,
esto es ligarte en cierto modo á la respetuosa Y tierna memona,
que d~ él conservará eternamente mi corazó~, te mando hoy
esas páginas, acaso las más notables que ecs1stan de nuestra
historia contemporánea, como una muestra de la verdad, que
te dije. Los cuadernillos adjuntos son las primer~ entregas de
una obra estensa, que trabajaba mi pobre anngo cuand~ la
muerte lo arrebató en la flor de sus años: Obra que hubiera
sido admirable y que desde su comienzo fué juzgada tal por
los hombres eminentes de todos los partidos. Verás en esas pocas páginas, únicas que se imprimieron an~nimas Y sin pretensiones, verás, digo, la revelación de un gemo_observa~o~ ! perspicaz, verás la elevación de ideas y la rect:.tud de Jmc10, que
anuncian, que el autor hubiera llegado á 1ma altura grande
como historiador, si la muerte no hubiera corta~o su car:era;
y te agradará su estilo sencillo, puro, elegante siempre Y a veces brillante y enérgico á la par.
Quiero que conozcas lo posible al hombre que fué mi es~o~o
y que era digno de ser tu amigo : me p~rece q~1e p_uede ecs1stir
estimación ann cuando ya no ecsista qmen la msp1ra, Y yo deseo tu estimación no solamente para mí, sino para todo lo que
me toca; para todo lo que vive en mis recuerdos. Esto _te probará una verdad, que yo misma conozco hoy mucho meJ01: q_ue
hace tres días, y es que siempre ocupas un lugar muy d1St,1~guido en la región de mis afectos, que ert&gt;s 1ma de las poqms1mas personas á quienes yo aprecio de corazón.
.
Además paréceme que quiero ahora, que necesito, tomar
alguna infl~1encia en tu alma: ¡, sabes por qué? Po~que intento
co nvertfrte: intento hacerte creyente; porque te qmero Y estoy
cierta de que no hay felicidad posible para un alma escépti-

CAltT.\S .\:UATOf(IAS nE LA AVELL..\KEDA

ca. (80) Puesto que es preciso creer algo, tener una fe, y que es
absurdo y peligroso buscar esto en los hombres, menester es
elevarnos humillándonos: este es el gran secreto. La verdad
está cerca, el orgullo la busca allá donde no puede hallarla: no
comprende que en su vuelo insensato se aleja del blanco á que
quiere encaminarse. Y bien, yo quiero que cuando nos separemos otra vez, ay !, acaso por la última; yo quiero que lleves de
mí un recuerdo eterno y sagrado ; una tsperanza inmortal;
quiero que hablemos mucho de Dios, de esa verdad única, y
para ello necesit o que me concedas un poco de aquella amistad,
que me daba en otro tiempo algún derecho á ser entendida por
tu corazón. Esta amistad no nos será peligrosa; no: Dios á
quien invoco para que se haga col!.ocer de tí, la santifica; y
este mi corazón, herido é incapaz de ilusiones, responde de que
no puedes ya hacerle ningún daño, ni recibirlo de él. Así pues,
amigo mío, concédeme sin temor tu afecto fraternal, y dame
ocasiones de traspasar á tu alma, que me es querida, el celestial
consuelo, que dulcifica la mía: la religión ! Créeme; las almas
elevadas no pueden vivir sin ella : necesitan esa escala divina
para remontarse fuera de la tierra. Yo. . . . perdona mis delirios y aunque me llames loca: yo siento en mí una misteriosa
revelación, que me dice, que esa luz que brilló para mí, que
estaba. en las tinieblas, no se me ha dado para mí sola: que eres
tú el destinado á verla, á sentirla en mí, y que tu camino futuro será alumbrado por ella. Oh! si yo pudiera hacerte este inmenso bien. . . . entonces tu afecto hacia mí sería inacabable.
Pensaba ponerte dos líneas y he emborronado un pliego. Y a
lo ves: he dado en la manía de hacer prosélitos y eres ahora el
objeto de mis tiros.
¿ Te veré esta noche~ ¿ 8í? A dios: te quiere con un afecto
puro y tierno de hermana tu antigua amiga-Tula.
(80) Deberá advertirse, que ~sta rarla rorresponda á la época do '°erdadera
exaltación religiosa, que tuvo la célebre poetisa; que de otro modo no tendr!an
explicación las frases dirijidas [si-e], medio en broma, medio en serio, a) Sr. Cepeda,
modelo ronstante del cab31lero cristiano lo mi:smo en su juveutud, que en stt ve•
nerablo ancianidad.
Protestando el Sr. Oepeda de esas palabras de la Avellaneda, me decía en
carta del 16 de Julio de 1902 :-"Jamás vió en mí una sombra que obscureciese
mi constante creencia de católico, apostólico, romano, en los pocos dfas que ella
(la poetisa) tuvo de exagerada devoción, en que me dijo se habla metido á beata, annquo no vulgar."-(Véase la carta xxv.)

�218

CUBA CO.:iTF:MPORÁNEA

XXVIII
Anoche te escribí y rompí la carta, esta noche tl' escribo también: pcl'O salga como quiera no la romperé. Hesíg~ate.
.
l\Iis n('rvios sigurn &lt;'11 su agitación y uo me deJall &lt;lorm Ir,
sin embargo no me hallo mal; casi estoy contenta. He pasado
más de tres horas á tn lado y aunque no hayas rstado mu;v afectuoso, tampoco has dicho ck esas palalJras tu.vas, q1_1r alarman
á mi vivísima snsceptibilida&lt;l. 'l'r (Scriho, pues, en primer lugar,
porque te quiero esta noche casi tanto como antes de la maldita
noche de mi dolor de estómago: y en segundo lngar porque se
me ocurre• dreirte dos palabras sobre una que te he oido Y que
te rebatí. Dijistr, que deseabas hablar de mí con Tassara. Escucha : yo ,w trmn que hables ele mí con 'l'assara, porque yo te
he dicho más de lo que por él puedes saber : esto es, no es porq ne
rrcele que le oigas nada en mi daño el haberte suplicado que
no me nombres á él. He sido su amiga (81) y si él es caballero,
como creo, no puede hablarte mal de mí, por orgullo al menos.
Si no es caballero, si me tiene mala voluntad, si su franqueza
contigo rs mayor que con otros de sus amigos, te &lt;lirá que soy
un caracter voluhle, inconsecuente, ligero, que no tengo corazón, que he querido hacer con él 1111a comedia, etc.; pero aun
cuando tenga de mí el peor concepto posibl&lt;'. y sea capaz de
espresarlo, es bien cierto, que no puede decirte eosa más grave,
que lo que por mí misma sabes; esto es, que lo he querido: esto
no te lo dirá, porqu&lt;" él no lo sahe tanto como rn, y tú por mí.
Siendo yo tan franca &lt;JU&lt;' te he dicho, con admiración tuya,
las borrascas, que mi imaginación levante por ese hombre, el
estremo con que me empeñé t"n hacerme amar y el valor que dí
á los sentimientos. que le inspiré. por dudosos que furrau, k
he dicho más que tu me pregu11tah11s y más ele lo que tie,ws
derecho a saber. Si llegara un caso que creyera ele mi deber
darte cuenta de cada palabra ó afecto de mi vida anterior, lo
haría también, como lo hice noble y lealmente cuando hubo un
hombr e sincero y amante, que me dijo: yo te amo. Es pues
(81) Su novia, quiso decir, por el mes de Junio de 1845, lo cual dejnmos indi•
cado en nota , la carta :u.in.

CARTAS .\)IATIIRl.\S DE LA .I.VEI.LA!\EJ&gt;A

:?Jfl

indudable, que yo no temo que tu sepas por T . más de lo que
por mí sabes, y que estoy tan lejos de temer, que lo que sabes
y más (y cuanto he pensado y obrado y imaginado) te diría yo
propia, aun cuando fuese en mi daiio, si tu me dijeses algún
día: "mi corazón, que te ama, quiere leer en el tuyo página
por página."
Aun sin esto tu sabes que soy franca contigo y aun con todo
el mundo. ¿ Sabes, pues, por qué se11tiré mucho que hables de
mí á. Tas.-;ara? 'l'c debo esta explicación y te la daré en dos
palabras.
Tengo orgullo: por esceso de él, sí; por esceso de orgullo he
sido y soy indulgente con tu amigo. Sé que él no me conoce;
que se ha formado de mí un ente ideal, qne no soy yo; al paso
que yo lo conozco á él mejor que su madre. Porque lo conozco,
lo aprecio; porque no me conoce, no es él capaz de comprender
que le aprecio. Yo soy indulgente como Dios cuando me siento
superior, y por eso soy indulgente con T.: tengo sobre él la
superioridad de conocerlo sin ser conocida, y además la de haher sido mejor y mas leal y más generosa que él. Y o sólo pudiera odiar á la persona con quien huhiese sido yo misma mala
ó falsa, porque esa persona tendría en ese caso la superioridad
única que me irrita, la del obrar mejor que yo. Con T. no hay
eso; pi&lt;'nse de mí tan mal como quiera, no puede decir jamás
que él ha obrado mejor que yo, y acaso lo que le haga aborrecerme es el sentirse en este punto en posición desventajosa respecto á mí. Pero por mucha que sea mi indulgencia r mi orgullo, tengo también mi poquito de vanidad, y sabie~do que ese
hombre no quiere ocuparse &lt;le mí, que hasta grosero se me ha
manifestado, que lo es no solamente conmigo sino con mis mayores amigos, sólo porque lo son ; no puedo prescindir de la
repugnancia que siento á que&gt; tú, ú otro que me trate. le busque
una conversación que él, en su orgullo inmenso, pueda creer
se le suscita con anuencia mía. Y o le perdonaría desde luego
el que hablase de mí con odio, con desprecio, como quisiera, no
le doy en el día bastante valor para ofenderme por lo que piense de mi: pero me desagradaría mucho, que él pudiese suponer,
que yo tomaba interés en averiguar ahora lo que él cree y dice
de mí, cuando tengo motivos para saber que no se ocupa de mi

�CART.\S A~f..\TORIAS Dfl T..-\. A\'ELLA:SEDA

2:!0

existencia ni para bien ni para mal. Su ambición, su deseo de
figurar lo absorve completamente, y la mujer con q'.1ien , está
enredado es la única, que le conviene. bA qué, pues, irle a recordar mi nombre! , A qué exponerme á la humillación de que
.
. q
él sospeche, que se hace con m1 anuencia.
.
Este es mi solo temor; y en prueba de ello te digo, que lo
que únicamente te suplico, te ecsijo, es que jamás le digas, q~1e
yo he pronllllciado sn nombre en tu presencia; que no le deJes
el menor pretesto para creer, que yo sé que es tu amigo, ó que
tn sabes por mí que lo ha sido mío. Por lo demás bien puedes,
si tanta. curiosidad tienes en saber cómo piensa respecto á mí,
dE&gt;cirle cuando venga al caso, quE' te han dicho qne lo ha amado
m 11ch o w1a amiga tuya, y nombrarme en huen hora; no me
importa, como tampoco el que te diga cuanto mal quiera de ~í.
Sólo ecsijo, que no sepa jamás que su nomhre se ha pronunciado entre tú y yo. y que es por mí por quien sabes lo que sabes.
Si él se estima. creo que te dirá. que soy nna persona á q11irn
aprecia: si es fátuo, te dirá que sí, que he rstado loca por él, Y
acaso añadirá, como en gloria suya, que él jamás me amó: en
esto no sé si mentiría. Si es que realmente me amó y que ahora
me ahorrrce, te dirá que soy el diablo y que me desprecia ó me
cletrsta .... esto último ine lisonjearía. Dilr, pues. lo qu0 qnicras, con tal que alejes todo indicio de ser yo sabedora. Este es
mi solo interés.
Pero quisiera yo saber. . . ¡, esa curiosidad tuya, el disgusto
mal disimulado con que me oías esta nocl1e cuando te ensalzalJa
mi pasado ídolo, qué significan! )fo amas tú realmente~ ; ¡ tienes celos! ..... Si tal creyera . . ... no té : sería infeliz. pero
tendría placer, doloroso placer. De exprofeso te hablaba de él
esta noche : me estendía, ponderaba de intento: es la única vez
que he visto en tu cara la cspresión de la pasi.ón; y esta confesión, que ahora te hago, te esplicará porqué después he estado
más cariñosa contigo. Sí; cuando te hablaba de T. me pareció
que tenías celos: me pareció que me amabas: todo lo que dijiste
no bastó á destruir en mí la imprE&gt;sión de aquella idea. Y bien,
Cepeda; si tu me amases y tuvieras celos de un afecto anterior
á mi casamiento, serías más riguroso que aquél, que me dió su
nombre; pero no te tacharía de injusto. Yo no podría mentir

221

negando lo que realmente fué; esto es, que fuese por capricho ó
sin él, fuese una pasión fatal ó un acaloramiento del orgullo,
yo he querido á ese otro, que no eres tú, ni es Sabater: pero
¡ puedes tú suponer que quede de aquello nada en mi alma t
¡ Pedirías á una viuda cuenta de su corazón en un pasado, que
cesó de pertenecerle á ella misma desde que un hombre incomparable la colocó bajo la égida de su nombre respetado t Además, • es tan grave delito amar en una muger que era libre f
Severo has estado, muy severo, y sin embargo siento que te
perdonaría de todo corazón, si fuese tu severidad efecto de
celos. Si no es así, no me lo digas, nó ; porque un rigorismo frío
me parecería basta ridículo.
'fe be dicho que soy un poco loca y ya ves como te lo pruebo
enviándote esta larga carta; y para que sepas que además de
un poco loca soy loca por completo, acabo diciéndote que te
amo y que te he mentido siempre que lo contrario haya dicho.
Haz tú de este amor lo que quieras; hazlo un culto, una pasión
loca ó una amistad tierna; creo que puedes darle caraeter á tu
placer, y que yo siempre quedaré contenta con tal que, ya me
hagas tu amiga ya tu amante, sepas comprender, que soy exclusivista y exijente, y que no tolero nada á medias.
Es casi de día y aun sigo viendo visiones, tal está mi cabeza.
Adios, te abraza-T.
(Continuará.)

�LA. COMPAÑÍA DE JESÚS

;

BlBLIOGRAFlA
Emilio Bacarclí l\Ioreau. HACL\ TIERRAS VIEJAS. (Notas e impresiones de viaje) . . . Imp. F. Sempere y Comp.", Editores.
Valencia. [1913] 8.°, 159 p.
El laborioso autor de las Crónicas de Santiago ele Cuba, cuyo tercer
tomo saldrá bien pronto de las prensas, ha 1eunido en un pequeño volumen
sus impresiones de viaje por Europa y por Asia.
Hacia tierras viejas se intitula el volumen, queriendo indicar con ello
el término y la finalidad de viaje tan útil y recreativo: Egipto y Palestina. La descripción del trayecto, pasando por Nueva York y París, es,
empero, igualmente interesante. La razón es obvia.: no son las impresiones de viaje lo interesante de este libro, sino las reflexiones intensas y vibrantes de un alto y noble espíritu, un espfritu del siglo xx, que se revela
en cada una de esas páginas. Muchos libros de viaje se han escrito, y no
faltar{m quienes hayan superado al señor Bacardí en la descripción de
los sitios que han visitado. En muy pocos libros de esa índole, sin embargo,
podremos encontrar, como en éste, la revelación de un carácter y los reflejos purísimos de un alma. Por eso el libro del señor Bacardí, que una vez
más se muestra ferviente enamorado de los grandes ideales de verdad y
de bien que al tra\·és de los siglos persigue inútilmente la humanidad, es
algo más que un libro de viajes: es un libro sano y honrado; es, en suma,
por los altos conceptos que encierra, un libro civilizador.

Juan Barros. EL ZAPATO CmNo. Novela. Santiago de Chile,
Imprenta Barcelona. Moneda, esquina de San Antonio. 1913.
s.•, 162 p.
El autor de este libro parece, al tra\·és de la impresión que dejan sus
páginas, ser joven todavía. El libro tiene el únpetu y la espontaneidad
juvenil, y, consecuentemente, también revela alguna inexperiencia en el
manejo del idioma y en el estudio de las almas.
Empero, este libro muestra un temperamento. Sorprende, en toda la

313

dormía, yendo a tocar a la puerta del colegio el propio Gobernador, a las doce de la noche del día 15 de junio de 1767. Fueron
sorprendidos todos en sus celdas, durmiendo, al pie de cada cual
colocaron dos centinelas y, ya prisionei:os, fueron sacados de
ocho a nueve de la mañana del siguiente día, sin dejarlos llevar
nada, sólo sus hábitos y breviarios; siendo alojados unos a bordo
de los barcos que a ese objeto estaban preparados, y los otros
recluídos en Regla, hasta que les llegara la hora de partir.
Confiscáronseles los bienes, que según inventario ascendían a más
de $ 4-00,000
Después de casi un siglo de ostracismo, en 1853, volvieron los
jesuítas a estas playas, siendo alojados primero en el colegio
por ellos fundado, que se nombró más tarde, según dijimos antes, de San Carlos y San Ambrosio, e instalándose luego, en
1854, en el entonces convento y hospital.de los padres belemitas
y que es hoy el actual colegio y convento de jesuítas (plaza de
Belén).
Fieles a la advertencia que hicimos al empezar este trabajo,
creemos no haber tomado partido en pro ni en contra. de esa
institución. En el primer sentido no lo hemos hecho, porque
nos faltan el prestigio y autoridad que otros tienen, para hacernos escuchar al hablar de "tan poderosa organización", y, por
ser tan modestos nosotros, no habríamos de elevar más el concepto de que disfruta; y en la segunda forma, ¡ líbrenos Dios
de la Santa Excomunión! No hemos he·cho más que "exponer".
FRANCISCO

G.

DEL VALLE.

ITab'.rna. 6 rlc letrero !le 1%1.

Cáustica es la pluma del joven e inteligente nbngndo autor rle este lntencionnrlo trabajo, pluma que colahvró en las f'xtingulrlas publirociones lit ulnrlns Rrri,ln de E,tudi~11les
tk Dtredio y El Estudio, y que lntegrllmPnte redactó, durnnte los nllos de 190-J a 1907. el
Boldln Oficinl &lt;Id Colegio de t."otarios de la lTnbana. Es de actna lidad la publi~nción rle este
bien informado articulo donde a grnn&lt;les trazos se r~fiere In hl~toria lle In Comrnllla que
pomposa y recientemente ha celebrado aqnt el centenario &lt;lo su restablecimiento y por ~¡
damos las más expresi,·as gracias al Dr. Gonzilez del Yalle.

�CARTAS A:M.A.TOR:t.A.$ DE LA AVELLANEDA

CARTAS AMATORIAS
DE LA AVELLANEDA
( Oonclusión.)

XXIX
Siento que te hayas creído en el deber de escribirme : para
darme noticias de tu salud era bastante un recado verbal. Has
querido sin duda atenuar el disgusto que iba á causarme el
saber, que no habías dormido bien y que te sentías m~lo,. con
decirme que me estimas profimdamente y que eres el mas sincero de ,nis amigos. Te doy gracias por estas líneas de tu billete.
Y o no sé si eres mi amigo; no sé siquiera si yo deseo que lo
seas; pero en lo tocante á la estimación, que dices tener de mí,
te aseguro que creo merecerla, y que espero conservarla. Yo no
se por qué añades, que debo estar muy satisfecha de mí misma.
Para merecer tu aprecio y el de todas las almas nobles, creo
que es suficiente la lealtad de la mía y la honradez de mis sentimientos; pero para estar satisfecha de mí misma, como presumes debo estarlo, menester sería que gozase ya esa paz, que
me deseas, y que en vano pido cada día á Aquel que únicamente puede dármela: á Dios!
Anoche te reías de mí, porque entiendo como lo entiende la
Iglesia católica, en la cual he nacido, los preceptos divinos (82):
(82)

315

hoy me dices, casi en tono de zumba, que nada temeré de Dios,
ni de los hombres. Si yo fuese una de esas almas que recelosas
de patentizar su flaqueza hacen profesión de sprits forts, como
dicen los franceses ( 83) ; si tuviera la desgracia de pertenecer
á la numerosa clase de gentes menesterosas de cierto género de
triste celebridad, acaso al oirte me amedrantaría [sic] con el recelo de parecerte vitlgar : acaso creería que la fé de mis padres
era una cosa ridícula y que mi gloria consistiría en ocultar la veneración, que me inspira. Pero no es así : yo no temo. jamás el
ridículo; es un traje que no le viene á mi talla: tengo orgullo
en prof~sar las creencias en que fuí educada, y que he adoptado
libre y meditadamente después de muchos años de examen
profundo. No busco la reputación de espíritu fuerte; desprecio
íntimamente á los que hacen alarde de una incredulidad, que
creen necesaria para probar su inteligencia, y doy gracias á
Dios porque la mía, la que él me concedió, es capaz de llegar á
la altura en que se ve la mezquindad lamentable de aquellas,
que sólo alcanzan la despreciable gloria de escarnecer lo que
no son capaces de admirar.
Yo temo á Dios; pero sólo á Dios. Los hombres pueden inspirarme compasión, si son débiles y sin justicia; afecto, si son
rectos y capaces de dignas acciones; pero temor jamás. Si yo
desdeño la opinión del vulgo, es porque conozco á los hombres :
conociéndolos no es posible ni temerlos ni respetarios.
Cuando yo obro bien adoro la mano soberana, que me ha
sostenido: yo, por mí, soy como todos los hombres fragil y culpable: no puedo estar satis/echa de mí misma nunca, j amás;
porque lo bueno que en mí exista me ha sido dado gratuitamente.
Mi libre albedrío, que es lo que tengo, no me lleva forzosamente al bien, y hé aquí porqué yo lo esclavizo á los preceptos
de Aquel, que me los dió.
Todo esto no te parecerá muy sublime; si andas á caza de
peregrinas ideas, las mías no te satisfarán; pero yo estoy muy
contenta con ellas; muy contenta: ellas han sido el áncora, que

También los entendls asl el Sr. Cepeda, según hemos indicado en nota

fr. la earta XXVII; pero en su afán d e oír las chispeantes ocurrencias de su interlo·

cutora, aparentaba con tranquilidad estóica [sic] herirla en lo mfr.s Intimo de sus
sentimientos.

( 83) La frase espíritu fuerte era equivalente en aquel tiempo á enciclopedista,
volteriano, incrédulo.

�316

CUBA CONTEMPORÁNEA

he encontrado en este proceloso océano de la vida, en que tantas tempestades han turbado mi juventud: ellas son mi esperanza para los años de la vejez. Yo que como Salomón puedo decir,
he examinado y juzgado cuanto existe bajo del sol y he visto
que todo es vanidad; yo que nada he poseido que me satisfaciera, y que he conocido que existía una distancia inmensa entre
el vacío de mi corazón y los goces de la vida humana; yo que
no anhelaba gozar, sino saber, esperar y amar. . . yo, repito, he
visto asombrada, que esas creencias sencillas, al alcance del
vulgo, pueden lo que no han podido ni el amor, ni la gloria mundana, ni los esfuerzos de la inteligencia : han llenado aquel vacío; me han enseñado la ciencia mayor; me han alumbrado con
la luz de una esperanza más grande que mi propia ambición.
Si no gozo todavía la paz, la espero al menos; y esto es un gran
bien, créelo. Oh!, para almas como la mía se necesitan grandes
sacrificios, grandes luchas, grandes esperanzas. Todo esto lo he
hallado en esas creencias, que te causan risa. He hallado más
aun: he hallado una fuerza, que desafía al mundo, que se burla
de las opiniones humanas. Si lo que produce tales resultados es
una mentira risible, preciso es que la mentira sea lo más grande que existe : que la mentira sea Dios.
Esta larga carta no te robará ninguno de los instantes, que
necesitas para tus ocupaciones y visitas : la mandaré de noche
para que la halles al irte á acostar y la leas en cama, mientras
esperas el sueño.
Y bien, aun tengo que hablarte de tu billete, aunque tan corto sea. Dices en él, que si meto la mano en mi corazón no encontraré nada, que me alarme. Lo he hecho : sí : he examinado
mi corazón y creo que pasada la terrible escitación de anoche,
en medio de la cual lanzó á mis labios un grito de pasión, creo,
digo, que en efecto se ha calmado. Si no lo hubieras escitado tanto; si, respetándolo más, hubieras gozado de lo que él te daba sin
precipitarlo en una región peligrosa, creo que acaso le hubieras
hecho mayor mal, que el que hoy siente. Hubieras sido muy
peligroso, siéndolo menos en apariencia. Anoche he visto al
hombre; mi corazón le amó sin embargo : hoy se ha dado cuenta
de todo aquello y me parece que, libre de la emoción física, que
entonces le turbaba, ha comprendido que im hombre siempre es

CARTAS· AMATORIAS DE LA AVELLANEDA

35fi

-5.º, que en lugar de la violenta y por lo mismo cada vez más
insuficiente y más incierta dotación, que los Estados Pontificios
dan á su soberano, todos los pueblos cristianos llenarían noble
Y dignamente este deber común, materialmente imperceptible
para cada uno. Deber católico que ampliaría ó completaría este
pensamiento con solo incluir en la cuota de cada nación la suma
con que todos sus individuos contribuyen hoy por gracias apostólicas al sostén de la curia romana ..... ;-6.º, que esta dotación colectiva, que debería distribuirse con arreglo al número
de católicos de cada país, podría, y acaso convendría mucho
.
que tuviera
un pequeño aumento respecto á los Estados del Pa-'
pa; aumento que, con el caracter de reconocimiento de su soberanía temporal, no sólo dejaría vivos esos derechos para las
eventualidades del porvenir, sino que contribuiría poderosamente á salvar los graves obstácuos, que para una renuncia pura
Y absoluta de los Estados temporales, pudieran presentarse;7.º, que las consideraciones de la soberanía temporal, que para
el Papa es lo accesorio, no pueden llevarnos hasta desconocer
que la violenta conservación de estos Estados y sus rencorosa~
protestas contra el Soberano temporal van desviándoles del Soberano Pontífice y constituyéndoles en verdaderos protestantes.
l\1al inmenso que, si se reconociese posible atajar con la indicad~ renuncia, esta sería dulcísima para nuestro santísimo padre
P10 IX, cuyas grandes amarguras afligen también profundamente á toda la cristiandad." .... .. ....................

.. ..rr'a:i:i· ~~~- ~¿ct~ht~- "i~1{ ~~~ibid~.- -~~. ~~b¡;g~; -~~~ ~~~~¡¿. j;~r
las personas timoratas, que la conceptuaron ofensiva á los oidos
piadosos, al paso que tachaban de liberal á su autor - y como
éste no se había propuesto en modo alguno disminuir
respeto
Y la admiración, que debe inspirar el santo Padre, sino defender su independencia y la dignidad de la Iglesia católica se
apresuró á retirar de la circulación su folleto. ¡ Con cuánta ~orpresa ;erían cuatro años después esas personas piadosas, que
se hab1an confirmado por desgracia aquellos temores y aquellas
predicciones! (16)

:1

. (16) Sabido es. que el 20 de Septiembre de 1870 invadieron los soldados de
Vietor Man~~! la ciudad d~ Roma y que desde aquella techa se constituyó el
Pont!ftee prisionero volnntar10 en el Vaticano.

�356

CUBA CONTEMPORÁNEA

Desde ea época, la más culminante de su vida ejemplar, habitó constartemente el Sr. Cepeda su casa de Almonte, que, según su pro¡ia frase, tiene tanto de palacio como de cortijo. De
allí le sacó il pueblo en masa para darle la vara de Alcalde la
mañana del22 de Septiembre de 1868, al recibirse la noticia del
comienzo di la Revolución : allí fué el consultor constante de
todos los A:untamientos, que se sucedieron en la villa; el abogado gratuio de cuantos demandaron su dictamen ó su consejo; el bie:thechor más decidido de los pobres, que pronunciaban su noIIDre con respeto, porque jamás cerró sus oidos á las'
miserias ajmas y su dinero fué siempre el primero para remediar las cahmidades públicas ó las necesidades privadas.
Aristócr:ta por su c1ma, por condición ingénita y por sus
aficiones tu·o por rara cualidad inherente á su caracter la de
ser afable, lano y cortés en su trato, á estilo de los grandes señores, lo msmo con el rico que con el pobre, con el rudo que
con el instr1ido, con el anciano que con los niños. Vivió no obstante en cie:to distinguido aislamiento de sus convecinos, único
medio de cmservarse inmune á las rencillas y pasiones políticas
locales; mai su casa estaba siempre abierta á todo el mundo,
que por tralicional costumbre entraba y salía por ella con plena libertad ~orno en la suya propia, pero con un respeto extraordinario cano si aquel recinto fuera un templo.
Obró sienpre el bien, practicó las virtudes cristianas, fué
amante de 11 verdad, generoso y caritativo, no hizo mal á nadie,
no tuvo enenigos. ¡ Dichoso él, que al bajar al sepulcro, cargado de años : de merecimientos, pudo decir desde lo íntimo de su
conciencia ané la justicia, aborrecí la iniquidad, por eso he sido
querido y nspetado de todos !
LORENZO CRUZ DE FUENTES.
Hueln 18 Joviembre 1907.

[FIN]

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                  <text>Primera gran revista del pensamiento cubano del siglo veinte, que alcanzó un gran prestigio internacional, aunque su existencia no fue ajena a intentos de proscripción e ignorancia en el interior de la isla. Apareció con periodicidad mensual en La Habana desde enero de 1913 hasta agosto de 1927,  El grupo de sus redactores fundadores, fueron: el historiador, escritor, periodista y diplomático Carlos de Velasco y Pérez (1884-1923), que fue su primer director, hasta finales de 1920; el escritor, bibliotecario y abogado Julio Villoldo (1881-1953), su administrador, redactor jefe desde 1922, y director interino en tres ocasiones (de septiembre de 1919 a febrero de 1920; de abril a julio de 1925 y de mayo a julio de 1926); el poeta, periodista e ingeniero Mario Guiral Moreno (1882-1963), que fue su segundo y último director; el periodista José Sixto de Sola Bobadilla (1888-1916), que fue redactor-jefe desde abril de 1916; el escritor y abogado de origen dominicano Max Henríquez Ureña (1885-1968) y Ricardo Sarabasa.</text>
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                <text>Cuba Contemporánea, Revista Mensual, 1914, Año 2, Tomo 4, No 1, Enero</text>
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                <text>Velasco, Carlos de, 1884-1923, Director</text>
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                <text>Henríquez Ureña, Max, 1885-1968, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Autobiografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda</name>
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                    <text>·RE\11/TA MtN/UAL

. DlREC.TOK:E.60MtZCARitiuo

.l!efudf98 COS""ºl"-ºllraa:_ Un no_veUat.a .tfel reallemo (p.61., M).

po,-,Jun

C&amp;:»ix.--J)p,eeíu.fiJapl!no- amerll:ana•~ Del p.otme Cynnna (otro$
rr~'°')¡ p01' Arturo Trnres RioBttO (WJ.-Cy,ano, POJ'·Jum,
Blf1'1IIJI (.Oi).~eatl'Oa grt1ndu-ce14bor~do,rt~ ex-tra_nJet'C)a: el humor
ansto-taf6n·. _por A,.,L Je:1De- (4tllt)~ _Cuentos. ftp@ok!S_: _e:i mllanc,~
~r Jos"t; Caisttlló11 (484).-Anrotogla: Con su.e flnoe. Vütldo,s.- ••&amp;~ dfr4a esra noclut/ ..' .;--2:t bello nMO •..--el v~eno.- La f11t~te de
aan-gk....,:..Clelo de nlebh1s.-,.-MoQtn etetrabundá.-1!1 Ju.:o. porCl!rlO&amp;"BSJuklslre, rraducelótr de E/lodoro Ptréhe ·('80).-:'.".Crónh;e dri:P.,_
r{~: Bl· le:afro. lo&amp; libros y elarte., por/. •~el (4l'?). Crón1~ 1 ~
de: Portuvil: Poeraa iqodernot1t-POI' tJ.rrmw de &amp;rgoa (Colotnblrte)
'"".J),.,~tw11~ llter:.vio. &amp;: Cu_estloile&amp; e&amp;Jifflc:a.s...La crhita del "'70, por
11. "Cinridnoa-A6&amp;iUls ("'5:0).-1..ffc~rA!S novfalmoa~ et movlmfetlt-o _ul-'frafata ~11ñol, l&gt;Or Ouillerm1J de Torre (A'ra).-Crónka de,ttall¡tt L.o$
fletma, ló.s llh,pe y el arte. 9ºr '4opardo Nll1'inl (41M).-BI fecN-o .ea
e.tpaft~ ílmPl'@foát:!IJ, por: Cduardo Haro (!05).,--J!I dl1e en Ba}&gt;Bffa:.
BI ~ladór .y cln@'Qor lZalit6,n T.eí- y Boldd, PM. !J,ill~ de
te.

N,rtoa (Mt,.....,.Md13fea~ por YBgile,$ (323.!).-~lenlh.!d: Pe.laaj.~--Bnsuena..-Vída ~ Edliardo N. áel Portillo
un gJórfo~ aoler•
La caH de:1 COffl'ultffl) Maldon~o. póí'_ A berfo Va/ero:Hartfn (liBO),......
Blbl~nff1, por. c. P., A'rlliro Tol't't4 Rk&gt;seco~ Q, de Tt&gt;tre y n,..
h$I .LIIMO tfe
J!!!'p-(686). Crónica. ~cana:. ·a1 eapano.1 "".. loa
&amp;,ados Dnfdo,a..~J!t-.tro m la Atvrm'tlna (661),-BJ,tu~ crftf@a de
·Jllstoria·"'tttiosn: eO:nliodO uturli1fsJa en la mltoJoífa coffl]Hlrada, Poi'
edmundo Oonú/ei.:-/Jlartco (-6'1BJ,
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J~-Oe.

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NÚM. 2.l.

NOVIElllBRE DE 1920
8i1181'1pc16A: Un de, 30 peseta.
......

Ittinero ·euelto,

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2,50 peaetu.

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SOCJ~DAD' l!SPJ\80LA' DI! LIBllflRIA
Fa,raa,

21.- ■ ADRID

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us UIIRlllúÁll DB áSPAWA v AIIÉIIICA, BIBLIOl'II~ D8
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B$TACIÓIQl8 V LIBl&gt;BIIIA DB YJUIIIBS, CABAU.BaO J&gt;B OIIAC)lt., ll8)
.

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us .

��UN NOVELISTA DEL REALISMO

Ignoro si C. F. Ramuz es conocido en Francia, pero lo

ea en la Suiza francesa.

En efecto; aparte de ..üfllé Pacl,e, peixtre wudoi.s, que
publicó en la Reuue h'elxJomad.aire, todas sus novelas hap
lfU'ecldo eo las revistas ginebrinas. La lirada de sus obras
es muy modesta. Un editor de Lausana, a quien hablé, me
dijo:

cFaera del público que lee y quP lee mucho, existe en
nueatros campos, sobre todo, un público que no compra
. _ que un libro por atl.o, y siempre del mismo autor, El
autor de esas gentes no es M. Ramuz, sino M. Beojamin
Vallotton.•
JI. Benjamín Vallotton es una especie de Georges
Ohnet, de la Suiza francesa; pero más mediocre, m.ás mal•
.-no. Y empleo esta palabra en su sentido pasivo, es decii:,
enfermizo, condenado a perecer, y en su sentido activo, '
•to .es, pernicioso para la salud intelectual de sua lectores.
Por auerte el cantor de Vaud, más astuto de¡Jo :que aparen1a, acaba de darle un puesto en uo colegio para la enseAllma del francés, pensando que con eso leerá mis la litelÚllla francesa, la comparará con la suya y dejará de es-

cqbir.

¿Pero qaé nos importa que un autor se lea o se;compre?
No ae trata aqui de comercio, M. Ramuz es de Vaud. Ha
1

■ l ■ LIOTECA Cl:NTNAL

u. A. N. L.

�, .Mi.1#(tl0
vela~ Jea-1..w ~ ~

vieto,
báy néepeionea, y acaso
de todo elite Olimpo. alguna Yutille a
1-0'MjJIM 61lfllillwandt, alpn Pap,i, de
Nfld, de Degas. Para estJ)S pinto rea la pin

(proas), NO#Vlllu 111
f1"""'1ia

(no'f'ela}, &amp;flUlll

el'O de nov-elas cortas. Tiene, ademla,

u

Yie ~ (novelas), que a~ no baa

o laay belleza ni hay fealdad. La bellUA es la
llfoa ardst.-s son raros. Mú raros aún lo
• exceptiio a Huysmans, digno descendieat

umen.

No me ocupar6 aqui mú que de SUB
re todo, de úa cwconBlarecu • la w,,
estra, y, como aseguraba Rachilde cuand
i
obra maestra.

flamencos, tqué- han hecho los escritores
tura eon esos dones de pintor? ¿Qu~ ha
Gautier? Han pintado bellos- jóvenes y heue con frecaem:ia no son m4s que trajes, se

ea

•••
Cuando busco determinar el lugar que .óelipai:
i:quz en la historia de la ~o\tela francesa, me V®
acribir que es un realista; pero esto es por ~
Pfllabra. El realismo es una aflagaza; el art~ realisti

anl•

posible. Imposible, desde luego, porque sólo se
a él los menos apropiados, y son los 6nicos ~
t,0naagrane. No hay arte realista sin impera

ser impetaooal en arte tio es otra eos. que
contraria( sus dones, violentar sus gastos, ~ t
mob a conttaviento, ceftirse los peores ~ esto., ¿a nombre de qué? ¿En nombre del Arte? N
eso. En nombre de la verdad; porque se estA p
que el realismo ea la verdad. ¿Quién puede intpi_.
jante aventura.•. , sino puros idealistas? ~ ~ • o
en au concepción, lo es rpAa en au e.JCCUCil»n;
arriesga a pintar la realidad si no se reconoce
to de pintor. ¿Y quiénes más que los pintores es
de belleza? Y ai la palabra belleza cbct'ca, dir:é
sas agrailables de ver, y que son a: la vista lo ~
paladar un plato deliciQSo. Penetrad en los ~
como una et~ puesta de sol, como un etemo
~ los bfOB de las carnes y ·lae llamastk 1
¡Qwitas VenU8l ¡Cúntas Ad~ ¡Culntaa

a de Merimé. ¿Qué han hecho los Gonoomt
I ¡La Fi1,ü &amp;i8a! Pensad a4n en
és de M"""- Baoory. cansado de tener tanto
estilo ca pan seco.-, se recreó en &amp;la""'6. CX..
te de su espíritu va hacia la plirpura, al sol,
dicen los Goncourt de su 0111,,ltx, Dnnailly. To. orea que abandonaron el pincel por la pluma.
~~~~~ haberlo hecho, son semejantes a este pintor.
pretendan ser novelistas realistas, tendrm
tni cósa que el oro., la p6rpura o el sol.
persuadido de que no podt4 haber noveliata
con mis modestia, que de todos los escritó-

aubert y comprendido éste) que ae han pto..
la realidad, ninguno se aprozima tanto a su
a.

•••
húteria. de una joven campesina, madre~ in-Luc
.U es la historia de un campesino
aa mujer, hasta votv~ loco. Affltl! P~
UD

pintor que busca su camÚlcJ; Lt,a,.. ei,la líiatoria de 11D notario que se casa

IIC&gt;ll

que se arruma por ella. a,..,¡ &amp;llit es la

BeJet.

�388

COBMÓPOLIS -

xr-1920

Como se ve, todos estos asuntos son bastante comunes
para que el autor los hdya inventado. Esto, sin embargo1
.no es una condición del género. El escritor realista puede,
por el contrario, si le place, hacer el relato de las situaciones más inverosímiles. Si los caracteres son verdaderos, la
inverosimilitud del argumento hará entonces más intensa
la sensación de lo real. Y el mismo M. Rarnuz da un ejem~
plo en Le Jeu a Cheyseron, especie de Ilíada pueblerina y
montañesa.
En una obra realista pienso que si hay algo que deba
dar la sensación de lo real, es el diálogo. Anoto, sin insistir
1
en ello, que en las novelas de M. Ramuz no solamente los
personajes dicen lo que deben decir, sino que con frecuencia se tiene la impresión de que ellos no pueden decir otra
cosa.
Antes de casarse con su criada Emilio Magnenot, notario en Arsens (pueblecillo del Vaud de los dos mil habitantes), se ha casado con una joven de la localidad: Helene
Buttet, &lt;{joven de buena familia&gt;. De novios van a pasearse
a lo largo del río.
«Pasaron cerca de la fábrica de electricidad...
Él dijo:
-Debería usted ponerse el chal.
Dijo ella:
-Si usted quiere ...
Y le deja hacer Dice ella aún:
-¿Trabajan toda la noche en la fábrica?
-Es cosa obligatoria. Sin ello, las lámparas se apagarían.
Después la fábrica quedó oculta a sus ojos.&gt; (De Las circunstancias de la vida.)
Se casan. El autor nos describe el cotidiano levantarse
del notario.
«Al fin estaba vestido y ponía su reloj en s.u bolsillo.
-No sé por qué este rel9j ~e atrasa.
-¿Habrás olvidado, acaso, darle cuerda?

ESTUDIOS COS!l0l'Ol,I1'AS

389

-¿Cómo quieres que lo olvide? Es cosa de todos los
días.
·
Antes de salir iba a abrazar a su mujer. Aún no babia
aprendido ella. No ponía la boca, sino que volviéndose en
la almohada presentaba la mejilla, una mejilla fria. Él se
preguntaba alguna _vez: «¿Era una mujer así lo que yo necesitaba?»
La mayoría de los novelistas, aun los más escrupulosos,
. prestan a sus personajes una extraña clarivi1lencia. Los seres más limitados se entregan a una especie de introspección, dt' la cual serían incapaces algunos psicólogos. Los
burgueses de M. Ramuz son menos analistas.
·
Frieda Henneberg, la criada del· notario, se ha dejado
violar por él y luego le ha obligado a casarse y a dejár Arsens por LausaP-a. No tarda mucho en mostrarse tan mala
madre como esposa. Ávida de lujo, entre Qtros locos gastos, incita a su marido a alquilar un piso demasiado caro
para él.
«El notario pide dos días para reflexionar Está resuelto
a no ceder esta vez; sin embargo, consiente. ¿Cómo ocurrió ésto? Aí anochecer habían vuelto a su casa; Frieda, en
una habitación al lado, cantaba durmiendo al pequejíuelo.
E:iita noche le había cogido y abrazado dos o t;res yeces, y
el niño se había puesto a sonreir, porque ya comenzaba a
tener conocimiento. En segtáda le había dado de comer, le
había desnudado ella misma, desenrollando su larga faja, y
en ese instante le mecía. Cantaba meciéndolo. Cantaba una
canción alemana, algo triste, con notas sostenidas, que van
disminuyendo al fin de las estrofas, y su voz se extinguía.
Después recomenzaba. Era ya de noche y no debía de ha.her en el cuarto de al lado más que una bujía y una lamparilla y la mujer con el niño; y Emilio escuchaba.
Escuchó aún un poco; su mujer cantaba siempre; entonces se levantó, abrió la puerta, la vió sentada cerca de la
cuna, y dijo:
-Si quieres, iré a alquilar el piso.&gt;

�-.-.~~~

balta cl4nde Jlev&amp;Ra41.uz eu pasión por-la " '

a.Rio . . . . .ot vela a H~1-a, 811 ~
-riblfáda.
~Alpna vez pentiaba que el aueAo p,dría·m •

Su reloj -.i&gt;a
c:Mvo de la pared. Vi6 que eran laa once. ~
.t¡ue .estaba alli. Aún estarla otra hora. .• , aedelt~ se cerraban.
Cuando ios guadafladores siegan no se sóld
lilléa derecha. sino un pie ante o~ en una ~
Y el pripiero entra en la hierba con .u gaadal!a J
~ndo, haciendo QD camino elato, que repr~
do cmutdo llega su turno de entrár, luego el -~~
#,O Wl cuarto.
¡Qué linda mai'lana! Desciende sobre el boaq\le
íobre la fina punta de los Arboles y mira de álto a
el prado las flores de -tr.es o cuatro especies;-'$ •
cia el es~e donde están los patos-, y luep
mino clende el vaquero marcha pata

~ levantabá bruscamente..•

la~-• •

berr«d.Ci&gt; a su espalda. Ya se levantan hui nilia&amp;tCID
8INl4o y se frotan los ojos.
De pronto~ a Emilio que lieleaa l e ~
to,. lo mira••••
No ~ puede dar mejor lá sensación del au-..
el durmiesite cuando entra en el 1ueilo no tiene~el autor no lo expresa, Se contenta con pasar del
to al presente y de aligerar como en sueA• .i
relato.
Si la ·realidad, segim la fórmula de Scho1peíJMi1_.
es mis cque mi representación111, haJ taotM
·
iadividuos. I,aego si el autor pinta la suya, _.. di
personal y por consecuenda, :eaJillta. S i ~
y lo otro, la realidad que deberá diaetitir
de
.sonajes. Pero nada es mAs ~oso- S'e -..1 ua

ea•

Flaubert:
•El (Homais) siente gran. e n ~ lK&gt;t''-

~..
~tede
61 ~ y aieJlte que se
ate hombre, nlú agarrotado qu~ un..Se:
C(Mn01111al&amp;g0••

qv.e cita este pas,tjeenú:Bo,,,o,I N..,.~

. mo aqui ae. mueatra .ya el autor.,.¡
Seytal ¿Cómo puede comprende la sdora
.

DiMrmt:o; yo me fiemo la escena que acaba de lé.erle

~ , donde estarúi r~preao•
-alcoba una bliJgqesa normanQ, la seflora Hota y 11\1.aov:elista moderno, f'laubert, que nQ

que1-eer.
alpllo&amp; fragmentos de M. Ramuz.
ente, los pasajes mú incideutaL
· esto es, aqeellos en que el autor, en
br-e de inten'anir con todo aa arte, t
t111 maneras de veF, de sentir y de

recibir «los mt&amp;sicos..,
:r.; el autor~• trata.
- - e a las ciuda~, y io mismo en lOá grani!íeDIOil;
vid concbaida la jornada, loa hombres y
e,:i sus instmmentoa de metal; constitu..
, nombran un director y se estudian 1-a
®

ee todo; ea preciso actuar; se habla

u.ea o cuatrO ai\os..se celebra$e una pn
~ - o ~ o t vaains~ eaLauaao
Da11ZD11UQ.1paabmre

resefta híJórieadé.la ciutlad.-

de Vf&gt;ltaire., de'-oaaseau...
G ~ , COJl soc:abea gs,rda J ,u
eiscribe 111 historia sentado en 81J •
ll~tó4a~taflUllen.te;

�392

COínfÓPOLIS-XI-1920

se presentan más a menudo viniendo de Francia, mientras
que BonaparGe comienza a ser un gran general que infunde
miedo a los demás generales, •y los soldados están contefltos de ir con él a la guerra. Algunas veces pasan tropas,
pero lo más frecuente es que el ruido se produzca leios y
las montañas impidan oir el cañón; o bien se verÍ partir
hombres del país con su bello uniforme, y luego no se sabe
nada más de ellos.,
En Lausana Frieda se aburre e invita algunos amigos:
«Desde luego, la señorita Walter toca la m&lt;!ndolina y
lleva su instrumento. Es un instrumento maravilloso. Con
un pequeño triángulo de cuerno, se frota sobre las cuerdas
de hierro y se obtiene una música fina, henchida de sentimiento, Solamente la mandolina no da de sí lo que puede
dar si no la acompaña el piano. ¡Qué lástima! Frieda no tenia piano.,
He aquí otros pasajes menos incidentales sacados, uno
de Jean-Luc persecuté:
«Hablaban pues, y luego permanecían un largo momento sin decir nada. Se tiene algunas veces una idea que os
pasa por la cabeza y os quita la pipa de la boca para darla
a conocer; después de esto, se pone otra vez la pipa en la
boca y se espera que vt:nga otra ... ,
Un pasaje, de Aline:
~Mientras que marchaban los dos, el uno al lado del
otro, J ulien buscaba en su cabeza. Hay veces que se tienen
obstruídos los tubos de la cabeza. Entonces miraba en el
aire.,
Así, M. Ramuz, hasta en sus relatos toxna de sus personajes, no solamente su modo de pensar y sentir, sino su
modo de hablar¡ reproduce su estilo.
Pero semejante método no deja de tener sus peligros.
Porque no es la lengua de burgueses y campesinos lo que
el autor quiere reproducir, sino la lengua de burgueses y
campesinos «vaudois&gt;. Y no han faltado críticos que adviertan a M. Ramuz: «Cae usted en la «vaudoiserie». Se
queda usted al margen de la lengua francesa.»

ESTUDIOS COSMOPOLlTAB

393

Trátase de responderles. En ausencia de una estética de
la lengua francesa me vería muy embarazado. Pero M. Remy de Gourmont, jugando así una buena partida a todos.'
los pedantes de colegio, ha formulado esta Esthetique, y leo
(página 148, II):
«Para censurar la deformación . lmgüistica, .M. Descp.anel habla desde el punto de vista del uso y la corrección
académica. Es también lo que ha guiad.o al coleccionador
del Almanaque Hachette para el año de 1899. Este modesto y anónimo defensor del bello lenguaje ha recogido cerca de trescientas faltas (según escribe) de francés y las ha
corregido valientemente. No da explicaciones. Es un Dites,
Ne dites pas, en toda la sequedad brutal de estas especies
de Manuales e intitulado con firmeza: Si nous parlíous
franfO,is. &gt;

t

Noto,, no sin alegría, que estas deformaciones (M. Remy
de Gourmont da la lista) son, en su mayoría, las mismas
de esas de las cuales están compuestos parecidos Dz'tes, Ne
dites pas, aparecidos en la Suiza francesa y del cual el más
conocido se intitula, más enérgicamente aún: Parlons franfais. Luego si en la Suiza francesa el pueblo habla ~al,
puede consolarse, porque toda Francia está con él. Porque
no supongo que el Almanaque Hachette esté especialmente editado para Suiza, ni que su redactor anónimo haya ido
a componer su catálogo en los campos del cantón de Vaud.
Se creerá que todas esas faltas, son condenables. Pero
nada es más falso. Pasando revista a esas deformaciones,
M. Remy de Gourmont prueba de una manera incontestable, que no solamente el deformador no está del lado que
cree M. Deschanel, con todo el mundo, sino que el mal
francés del pueblo es siempre francés, y a veces mejor francés que el de los gramáticos.
Por lo demás, esta defensa es casi superflua. Apenas si
M. Ramuz usa de estas formas de que acabamos de demostrar la excelencia. Si peca contra la lengua académica, es
sirviéndose de expresiones o de palabras de las cuales el
pu,:!blo ha cambiado o amplificado el.sentido, pero de las

�894

COSMÓPOLIS

xr-192-0

cuales respeta la forma. En las citas ya hechas, un gramático puntilloso haría notar que la «traite» (herrado) significa
la acción de ordeñar, y no la leche contenida en un recipiente, que se ha ordeñado, etc., etc.
Pero hay algo más en literatura que cuestiones de gramática. e:Admitimos, se dirá a M. Ramuz, que vuestro lenguaje es correcto) pero no es bello.» Y esto, en efecto, se
le dice con frecuencia. En un estudio consagrado a M. Ramuz, estudio muy inteligente y de los más admirativos,
M. René de Weck cita este pasaje:
«Se pensaba que era necesario que se hubiese arrastrado allí dentro con las manos; se pensaba que en esa prensa
que se había arrastrado allí dentro y que había debido desgarrarse allí dentro. ¿Y a precio de qué esfuerzos había salido de allí? (Le mort du gran Favre, novela.)
Después dice que este modo de escribir es, por lo menos,
extraño, y que, por otra parte, no podía ser el lenguaje de
leñadores. Pero, ¿qué importan estos detalles? Se comprende que M. Ramuz no puede escribir la lengua del país con
sus frases arrastradas, que no acaban nunca. Frente a ella,
su actitud es idéntica a la del novelista frente a la vida; no
lo toma todo, elige. Y así como de sus personajes y de su
ambiente no recoge más que lo esen_cial, así de su lengua. je, de su modo de hablar, no reproduce más que el tono.
_ Algunos novelistas, como por ejemplo los Goncourt,
que no confiesan otra ambición que la de dar al lector la
sensación de la vida, van derechamente al fin contrario.
Para ellos la vida es una sucesión de cuadros, de cuadros
con su marco, y cuanto mejor la describen mejor la pulen
y más dan, como es natural, la impresión de una tela pintada. Es pintura y no vida. De suerte que el lector, en vez
de tener entre él y la realidad una sola cosa, tiene dos: primera., un cuadro pintado; segunda, la de;;cripción de este
cuadro. El que suprima lo uno y lo otro, dará verdaderamente la sensación de lo real. Eso es lo que hace M. Rarnuz, en la medida de lo posible. Su estilo es un estilo hablado. Es hablado, luego ·es viviente. Se oye a lo largo del

ESTUDIOS COSM.OI'OLITAS

395

relato la voz misma de los personajes y sus voces y sus
acentos; se las oye y se les ve, de modo que puede decirse
que entre el lector y la vida no hay casi nada.
Y si la belleza de un estilo no es otra cosa, en suma,
que su virtud éreadora, hay que ~onvenir, respecto a M. Ramuz, que su lenguaje e:s bello y que no ha querido, tle sus
humildes personajes, más que recibir lecciones de arfe.
La característica del «vaudois», burgués o campesino, es
la de no tener prisa nunca. e:Hay tiempo» es su divisa. El
estilo de M. Ramuz, no tiene prisa. Su estilo «tiene siein:_
pre tiempo». En las líneas de sus novelas, los minutos se
suceden como en la esfera de un reloj. Conozco pocas novelas que marquen mejor que las suyas la infinita lentitud
de la vida en el campo o en un pueblo. A un novelista le
será muy difícil definir esta lentitud con hábiles metáforas,
se~uir la marcha de las sombras en el.Pavimento de la plaza vacía, escuchar, vivir el pueblo y concordar un instante
el ritmo de su frase al latido de esta vida, si el acuerdo no
es constante o no siente la lentitud de esa vida.
Así se apercihen todos los efectos del contraste que
casi sin pretenderlo el autor van a brotar de su relato .
Cuando un personaje no ha dicho nunca «¡vamos!~, sino
cereo que será preciso ir», y que no solamente su. exístenda, sino toda la vida en torno suyo ha sido tan calmosa y
proporcionada; si de pronto ese hombre arrojando a su
mujer le grita: «¡Vete!» ~¡En seguida!», el lector comprenderá la inmensa cólera de que ·está poseído.
Y estos no son más que sentimientcs, estados de alma
pasajeros que se expresa□ por sí mísmos; pero hay además los caracteres. Cuando en esta misrna lentitud de palabras y de gestos se oye de pronto a un viejo exclamar
febrilmente: «¿Cuánto han costado los huevos esta maflana? ¿ Cuánto las legumbres?», es superfluo añadir que se
trata de un avaro.
Hay más. En fuerza de escuchar «a los viejos de los
gruesos pant~ones de pana", M. Ramuz ha hecho suyas
todas sus maneras de hablar o más bien, muy diestramente,

�396

397

COSMÓPOLIB-XI-1i}2Q

ESTUDIOS COSMOPQUTAS

las ha transformado en otros tantos procesos literariosTomemos algunos ejemplos de Les circonstances de la
vie:
cDespués, estando reunida toda la boda, los señores
dieron los brazos a las damas, las campanas sonaron, tocó,
el órgano y el cortejó hizo su entrada. Hizo su entrada y se
sentaron.»
El primer «hizo su entrada» marca el principio de la
acción y el segundo su fin.
Los personajes suspenden el relato, lo cortan con adverbios de tiempo que desempeñan el papel que las pausas
en la musica.
Y acaso no yerran, puesto que estas pausas existen en
la vida.
«Era, pues, allí. Entonces, al entrar, se llegaba, ante
todo, a un corredor mal alumbrado; en seguida ... -»
Nada más pleonástico que su lenguaje. Acojamos, pues,
el pleonasmo. Osemos hacer de él un procedimiento, impresionista, que mejor que ninguna metáfora costri~a al
lector a ver la frecuencia y la prosecución hasta el enervamient'o y le dé, en fin, de las cosas una sensación tan viva
como la realidad misma.
En el teatro, cuando la ópera Tannhaüser es ver&lt;iaderaroente interpretada, se ven los peregrinos; están fatigados
por un largo viaje, avejentados, encorvados, y salen entre
las rocas por una pequeña senda que ellos siguen ...
los árboles se escurren; · uueve debajo, no en ot:ra parte.
A esta hora las muchachas van a buscar agua a las
fuentes, -con grandes cántaros vacíos que traen ll-enos.
Hay infinidad de cosas que siendo percibidas por un
personaje cualquiera, no le hacen impresión ninguna. El
novelista puede muy bien no cuidarse de ello y expresar
la sensación que él mismo sentiría. ,Así Charles-Louis Fely&gt;e, escribiendo: «Los tranvías hacían ouau ... ouau...
como bestias feroces'&gt;, puede contestarse con nombrar
sencillamente cosas sin darles importancia.:'Pero el lector
no ve nada. Para ser a la vez artista y realista, es preciso.

que el lector vea la cosa; pero sienta que el personaje,
.siéndolo también, no reciba ninguna impresión.
e Y allí múy cerca se encuentra la estación del tranvía ..
Cada minuto sale uno con el conductor de pie en la delantera, haciendo sonar el timbre.&gt;
Ingenioso procedimiento que fuerza al lector por imágenes, que por contra quitan a la cosa la banalidad que
quiso dejarle. Pero no podría abusarse de tal manera de
escribir, y M. Ramuz no abusa. Jamás sacrifica la claridad
de la visión.
«Había un pupitre de pino parecido a los que se ven en
las escuelas, aunque mucho más grande. Estaba barnizado
de negro; veíase dentro toda la ventana con el dibujo de
las cortinas; _entre el reflejo argentado1 la tinta formaba
manchas mates ... ~
Después del taller visual, el auditivo:
«Y luego el teléfono; se coloca el catálogo de los .abonados en la tablilla y la bolita entre los timbres se agita
tintineando cuando se cierra la puerta con violencia.»
En fin, M. Ramuz se acuerda de cuanto ha aprendido entre los escritores mas artistas, y sin duda también entre lvs
pintores (se diría de un Cézama), y por eso dirá de lo alto
de un camino en pendiente: cEntonces 1 de pronto la pendiente cesa y aparece todo el pueblo.•
Se dirá acaso, en este caso, que el autor pinta su realidad. Le parece en efecto. Pero lo que a la verdad importa,
es menos la intensidad que el caráct.er de la visión. Y aquí
aún, Pl autor ha conservado fielmente el tono de sus personajes. Y este tono le basta para expresar ese carácter.

***
Cuando refiriéndose a uRa novela se ha hablado del
diálogo, del análisis psicológico, del relató ... , ¿qué queda?
Parece que no queda nada, pero quedan nada menos que
los paisajes.
Pienso que M. Ramuz exclamará como Paul Fott: &lt;Bien
ladino será quien desc~bra en mí el poeta sen timen ta&gt; ol

�398

COSMÓPOLIS- XI-1920

el poeta lírico .. Y1 en efecto, su máscara es con frecuencia
impecable y no se adivinarí.a apenas bajo la peluca de cabellos lisos del novelista realista, la melena delpoeta.
Sin embargo, tiene capítulos enteros de novelas donde
el lirismo impera en absoluto, y hasta cuando lo oculta entre las cenizas grises de la más fria realidad, se le siente
alentar. Más de un lector atento que lea toda su obra no
tardará en darse cuenta que hay en M. Ramuz no solamente un lírico, sino un místico a lo Claridel. Notaría, sin
duda, que su modo de expresión, el m;ís natural, el más
espontáneo, sería el poema en prosa. No es sino por sacrificio, por devoción artística, por lo que M. Ramuz se ha
hecho realista.
«He querido, rws diría M. Ramuz si quisiera confesarse,
pintar los burgueses de Les circonstances de la vie, porque
para mí el objetivo único es el de dar al lector la sensación
de lo real, lo cual no se consigue pintando gentes hermosas,
it1teligentes y buenas. He visto ·y escrito todo esto, pero ..
¡que me dejen mis paisajes[ »
Así hablaría M. Ramuz, pero vamos a ver con qué docilidad plega su romántica fantasía a las necesidades del
realismo. Y desde luego no confundamos la naturaleza y
los paisajes. Es claro que la primera existe por los campe•
sinos , y que cuanto a los burgueses de Les circonstances de
la vie, casi todos son viticultores o propietarios. Viven con
la angustia de la lluvia o del sol; interrogan el color y la
forma de las nubes y el cariz dd horizonte lo mismo que
se espía en el rostro de un déspota los signos de la cólera
o de la serenidad.
La mayoría de las Nouvelles et Morceaitx son la historia
de montañeses, víctimas de la naturaleza. La naturaleza se
convierte en uno de los . personajes del drama, y sm duda
el más importante de todos. Hay el hombre y el árbol. Hay
el hombre y la pendiente. Hay el hombre y la niebla.
¡Cuántos admirables pretextos para M. Ramuz, para ceder
a su pasión de describir montañas, cielos, árboles y nubes!
Además, si estas gentes, en su mayor parte, ignoran lo

E!-.TUDI0S C0SM0P0t.ITAS

399

sentimental de la naturaleza, todos, a lo menos, conocen el
invierno con su frío y su obscuridad-y el verano con su
calor, la sed y el sudor;y para expresar estos estados, M. Ramuz sabe eRcontrar notas tan delicadas como realistas:
«Era mediodía. La }1ora en que las ranas sufren en el
hueco de los terrones a causa del sol, que se ha bebido el
roGío, y sus gargantas lisas se abrasan pronto.»
Tiene el cuidado de elegir sus comparaciones pintorescas, tales como las haría un campesino que, sentado delante
de su granja, levantara la cabeza y mirara al cielo:
«Hacía un tiempo gris un poco fresco y soplaba ligeramente el cierzo. El cielo tenía nubes blancas, redondas,
que se tocaban como los guijarros delante de las cuadras.,. .
Cuanto a los paisajes, hay ur,o y muy VBsto que sirve
de lienzo de fondo a Les circonstances de la vie, que es el
lago Leman. Hay tantos lagos Leman como escritores lo
han descrito. Sólo entre los contemporáneos tenemos a
l\lrne. de Noailles, que lo italianiza¡ a M. Jacques Cheneviere, de la Suiza, parece que lo japoniza; a M. de Reynolds,
que lo heleniza; a M. de Traz, que lo orientaliza; a M. Cingrio, que lo latiniza ... , etc., etc. Todos tienen igualmente
razón. Peró, oriental, japonés, italiano, latino, se concibe
que el lago Leman no sea nada de esto para Helena Mag~
nenat:
. «Helena continuaba mejorando. Pronto pudo por sí
misma abandonar el lecho. Se la instaló en un sillón delante de la ventana ... ¿Qué es lo que entonces veía?
Frecuentemente había niebla; no veía gran cosa ... A
v~ces distinguía el lago. Hubiérase dicho una llanura de
arena, pero una completa llanura, sin un montículo, ni un
:-surco, como un desierto muerto y sin más orilla que aquella
donde el cielo se juntaba con el agua. Luego se abría un
boquete en una nube, y la luz, saliendo por allí, se extendía
fo~mando un cono con la punta hacia arriba, y en la superficie del lago era como un círculo dorado. Parecía reani mar el agua, porq_ue en el sitio donde tocaba al agua na-

�400

COSMÓPOLlS-XI-1920
llSTUDlOS COS.MOPOLIT.\S

cían pequeñas ondas con su brillo y el gris que las rodeaba se hacía más turbio.&gt;
Si se quiere sentir lo realista que es este pasaje, hágase
la prueba siguiente: Léase, ciérrese el libro y vuélvase a
leer al otro día; cosa extraña., la descripción os parecerá
dar débilmente el espect4culo que os hizo ver. Pero si se
busca la causa, se la encontrará sin esfuerzo. La descripción del novelista nos ha hecho ver un paisaje, un «efecto
del sol sobre el lago&gt;. Pero esta imagen creada en nuestro
espíritu no ha permanecido intacta; hemos añadido incons·cientemente la idea de belleza que no encontraremos en
nuestra segunda lectura, porque esta idea de belleza que no
existe para Helena el autor no la ha expresado.
Así, aun cuando describa el sol por el placer de descri•bir, M. Ramuz · se somete y subordina su visión a la del
personaje.
Las descripciones de los románticos no son con frecuencia sino poemas intercalados, «fugas sin relación con la
obra».
Las de los naturalistas nos informan algunas veces sobre el estado de ánimo pasajero del personaje.
O de otro modo: en las descripciones románticas no
existe frecuentemente más que el autor; en la naturalista
existen el autor y el personaje. En las de M. Ramuz no
existe más que el personaje. Sin embargo-y ya lo be dicho-, el estilo de M. Ramuz está lleno de fuentes líricas, y
3. veces un surtidor de agua sube, sin ningún énfasis, pero
cuyo elegante rumor detona extrañamente en estos con
,ciertos burgueses:
«Se acababa de franqQear la línea de separación de las
aguas. Sobre una vertiente la lluvia que cae se va al Ródano, que la 11eva al mar Mediterráneo; sobre la otra vertiente el agua va al Rhin, que la arroja en él mar del Norte. Y
de un lado está el Sur, y se huye hacia las comarcas de la
viña y del olivo; pero del otro está el Norte. Se nota en seguida que las cosas han cambiado. Ya no existen los dulces frutos, ni el árbol que abraza la hiedra y abre sus ra-

40l

mas blandas sobre el lis y el rosal, ni .la dulzura de vivir
cerca de la madreselva, cuando el zumbido de las abejas lo
llena todo como un rumor de campanas, sino una rudeza
particular en el aire, en la luz y en los movimientos del
sol, porque el revestimiento de tinra está consumido y h
roca está perforada por sitios donde la hierba crece sola
con los tristes pinos ...
Hay pasajes donde el autor se muestra más aún. Después de haber descrito Lausana engrandeciéndose, los nuevos edificios, la ciudad avanzando día por día sobre la campiña, exclama de pronto:
«¿Te acuerdas tú? Allí donde estaba el papellón de las
viñas donde se venía en verano ... se veía la laria;a ribera
que lucía ante nosotros.&gt;
El pintor realista pinta en su taller. Pinta invisiblemente, Pinta los barrios nuevos, las calles nuevas de una ciudad que se desborda por los campos, que se traga sus queridos paisajes, y de pronto, levantándose y volviéndose hacia el amigo que le mira pintar, exclama:
¿Te acuerdas tú?
Pudiera temerse que tales interrupciones comprometieran la precio,;a impersonalidad de la obra. Pero en verdad
no es así, p 11diera decir que es lo contrario. Ciertamente
que_ el autor aparece, pero tan diferente de su oura, tan por
encima. y tan dueño de ella, que el realismo se beneficia.
Estas intervenciones tan claramente marcadas, son efectos
de contraste que se sentiría que no exi5tieran. No es en sus
persoaajes donde el autor aparece· es al lado y esto es
1
' muy diferente. Ese punto de comparación, ese breve gesto
de poeta, lejos de dañar a la ilusión realista, la sirve. Tal
en una calle de rrovincia, un vestido de parisina.

Por lo demás, y ya lo he dicho, no hay realistas. Pero
creo que M. Ramuz lo es tanto como se puede serlo. Lo e¡
por sus argumentos, que son de siempre y de todas partes.
Así concebido el realismo, es vecino de la poesía. No se lee
!

��■

PO[SIAS HlS1'AllO-At\El2.ICANAS
V

DEL POEMA CYNTHIA
(OTROS FRAGMENTO$)

Se prohibe la. reproducción de estos versos en su forma total.
A. T. R.

Luces, bohemia y oro, mujeres y tragedia,
y mentira y vergüenza, rastrerismo y comedia;
he aquí mis veinte años, mi tablado de farsa,
pero ya siento el asco de esta infame comparsa.
Pero hoy sobre mis labios queman todos los vinos;
pero hoy se hacen cilicios los divinos racimos
de senos luminosos, de lenguas escarlatas,
hoy me avergüenza el vicio, las orgías baratas,
los poetas de circo, las mujeres de feria,
el labio carcomido, la pupila de histeria.
Hoy hombre libre, fuerte, por esferas divinas,
rectas como una flecha, lanzo mis golondrinas
hacia los cielos claros y los mares remotos,
y me quedo en la calma de mi estanque de lotos.
No creo en Dios, lo lie dicho, y por eso soy libre,
creo en la leche tibia y en el pan de gengibre,
en el lecho campestre y en la palabra suave,

POESfAS KiBPA~0-.AMEBICANAS

en la manzana blanda y en el canto del ave.
Vida sin trascendencia ... ¿Qué queréis? Es la vida.
Vida que es una flauta y una luz encendida,
vida que es una senda que no se alarga nunca,
alguien dirá: fracaso, esperanza ya trunca.
Y bien, ya no discuto la opinión de la gente,
si ellos quieren ser ríos yo quiero ser la fuente,
si eilos quieren ser mares yo quiero ser el lago,
al gesto decisivo mi gesto largo y vago.
Cynthia, todo lo has hecho con tus grandes martirios ...
Recuerdo el despotismo de los reyes asirios
que a las reinas clavaban los 0jos con azores
y cortaban sus labios como sangrientas flores.
Pero todo eso es nada pensando ... No pensemos.
¿A qué hablar de estas 1.;osas que tanto conocemos?
Basta que tú comprendas que has logrado tu fruto,
tú tienes suficiente con tu lloro y tu luto.
Si, soy el hombre libre que se alzó de tu vida,
por ti soy una flauta, soy una copa henchida,
por ti voy como un canto desconocido y fuerte,
como un atleta griego camino hacia la muerte.
Cynthia, tatuemos hondo, tatuemos bien profundo
esto, sin nombre, nuestro, a los ojos del mundo.
Hablaré de lo intenso de esta tragedia griega
donde andaba la suerte como una vieja ciega
cori el cabello loco por los hombros roídos,
con labios purulentos y con dientes podridos.
Las manos eran huesos roídos por las cales,
los ojos eran luces de negros funerales,
cuando andaba crujían sus rodillas agudas,
temblaban como gajos sus piltrafas desnudas.
- Andaba con saltitos, con aullidos y gestos,
monstruo de apocalipsis, quién sabe de qué incestos
de eternidad, quién sabe qué satiresa loca,
a qué dragón infame &lt;lió su vientre y su boca.
Diré (le las arañas de los cuartos obscuros
que van gelatinosas subiendo por los muros,

405

�4-06

COSMÓPOLI8-X1-1920
POEsfAS HIPANO·.AMERICANA

1 1

st1s piernas torneadas para estrangular cuellos,
cuando ellas se aproximan se hielan los resuellos.
Se nos clavan sus ojos en el cerebro ardiente,
se nos crispan las manos, nos entrechoca el diente,
se nos va levantando de terror la melena,
una pavura enorme nos aprieta las venas.
Y las arañas trepan por las carnes desnudas,
frías, alucinantes, con sus patas peludas
enroscan 1 desenroscan sus anillos, avanzan,
aprietan en los muslos y sobre el vientre lanzan
hilillos de oro y muerte. El cerebro se muere
de un terror de cavernas, .. ¡La ARAÑA! ¡Miserere!
Y de los perros locos en las noches de invierno,
de los hijos malditos del dolor y el infierno;
de los perros que lloran en un largo lamento
que se aguza y se alarga con las trompas del viento.
Perros en las aceras despedazando grillos,
cuyos caparazones crujen como cuchillos,
mascando como vidrios asquerosos insectos
con vientres oliváce~s de líquidos abyectos,
que les traban las lenguas y les untan las patas,
perros que saborP.an los sesos de las ratas,
perros que desentierran calaveras humanas
y que se quedan tiesos al llegar la mañana.
Toda tragedia humana, blasfemia, cuchillada,
horror de tumba, todo, no ha sido nada, nada,
junto al dolor terrible de la tragedia de astros
que estalló en nuestras vidas dejando eternos rastros.
ARTURO TORRES RíoSECO

(Chileno.)

CYRANO
I
Fuiste grande, Cyrano. Fuiste grande y heroico ...
Tu vida fué un poema bello y triste a la vez;
el Dolor te hizo al cabo resignado y estoico,
sin que nunca abdicara tu indomable altivez.
Tu espíritu selecto era una abeja de oro
que libaba en la Gracia, lo BellC? y lo Ideal,..
pero tus labios nunca gustaron el tesoro
de mieles que entrañara su divino panal ...
Te traicionó la Vida, te defraudó la Muerte,
que no logró rendirte aun llegando a vencerte,
pues tu blanco penacho no se abatió jamás ...
Y para tu alma limpia como la luz que riela,
fué e! dolor incurable de ser feo una espuela
que, al herirte constante, te ennoblecía más ...

II
Como en un vaso que hubo, resta algo de la esencia,
queda en el alma nuestra tu amargura al pasar;
quizá porque despierta la cruel reminiscencia
&lt;le lo que ambicionamos sin poder alcanzar ...

La comedia que hiciste, esa amena comedia
.para quien ignoraba tu secreta pasión,
en tu espíritu era dolorosa tragedia,
dardo que laceraba tu noble corazón ...

407

�._-

----

-~;..;._

COSMÓPOLIS.- XI-1920

Todo te ha sido adverso en tu vida incompleta;
diste a otro tu alma de hidalgo y de poeta,
y él hubo flores, frutos ... y tú espinas, dolor ...

Y en la postrera etapa de tu amargo camino,
como la última burla sangrienta del Destino,
te acarició la frente, ya imposible, el Amor ... (1)
JUAN BURGHI. .

(1) Del libro que, con el título de La quietud, del remanso, acaba de pu·
blicar.

EL HUMOR ANGLO-SAJÓN
/

No estamos tan convencidos, como parece haberlo estado el siglo xvm, de que la naturaleza sea por todas partes
la misma y que el mismo género de bromas se encuentre
bajo todos los climas. Admitimos que la risa tiene su patria
y que las agudezas que acompañaban al imperator subiendo
al Capitolio, tengan semejanza con las que debían resonar
algunos siglos más tarde sobre los tablados de Shakespeare. Diríamos de buena gana que el humor es la alegría natural de las razas anglo-sajonas. Todo se compenetra, sin
duda, y una poca de esa sal británica ha podido ser recogida en algunos rincones de la tierra de Francia. Pero no se
la encuentra aquí en abundancia ni en el estado puro. El
humor, por el contrario, ha echado potentes raíces en las
orillas del Támesis, como en las ondulantes llanuras de Irlanda. Metodistas y puritanos, cuando emigraron no dejarvn de transportar a la Nueva Inglaterra una rama frondosa del árbol nacional que se desarrolló vigorosamente. Y
en compañía de Artemuz Ward, de Whilcomb Kiley y-de
otros, vino un día Mark Twain a sentarse a su sombra y
desenvolver sus originalidades. Allí encontró la gloria.
Y Twain explica que el humor representa una gran
fuerza bienhechora. En ella se refugiaba cuando la vida le
parecía áspera. Se puede pensar que sobre las olas del Mi•
sisipí, donde fué piloto, como en los placeres californianos

�-

-410

I

i
1

1

1

COSMÓPOLIB-XI-1920

donde buscó el oro, el humor le ayuda con frecuencia a
amar la vida. cEl humor proclama, es en suma 1~. gran cosa;
es nuestra salud. Cuando aparece, toda dificultad se vence,
todo resentimiento se disipa. Y las tormentas de nuestra
cólera ceden a un alegre sol.&gt; Twain no estaba lejos de
creer, ese día, que toda la dignidad del pensamiento americano residía en el humor.
Frecuentemente una paradoja no es más que una verdad disfrazada. ¿Qué verdad disfraza la paradoja de Mark
Twain? ¿Y qué es el humor?
Como todo lo espontáneo, es dlficil de definir. Lo artificial puede dejarse encerrar en la estrecha rigidez de nnestras fórmulas. Pero es más penoso sujetar lo que participa
de la espontaneidad misma de la vida. Hay muy gentiles
monografías coquetamente tituladas: Definición del humor,
que siempre van a parar a esta conclusión: el humor es indefinible.
Existen, sin embargo, análisis más precisos de esta alegría natural. M. Piérre Mille, por ejemplo, ha explicado en
el prólogo de su .Antología de humoristas fra'llccqe,s contemporáneos, que el humor es la broma o burla de lús espíritus
~oderados y burgueses. El alma del humorista le parece
impregnada de bondad y sencillez. Va en persecución de
lo que es chusco y se divierte. Juega con lo extravagante.
«No se imagina este humor de ninguna manera con odio;
creo poder demostrar que no precipita ningún movimiento
de energía.» He aquí ~xplicaciones claras, netas, llenas de
int~rés. Recuerdan las que Taine ha dado del humor en el
capítulo VID de sus Notas sobre Inglaterra. Las recuerdan
porque los extremos se tocan y la pequeña disertación de
M. Piérre Mille forma con la de Taine un contraste casi absoluto. Lejos de descubrir en el humorista un alma que languidece de bondad, Taine habla de ese csabor poderoso,
punzante y aun algo amargo» que él encuentra en el humor. «El hombre que bromea así, dice, raramente es benévolo y nunca dichoso; siente y acusa fuertemente las disom,1cias de la vida. No se divierte así; en el fondo sufre y se

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NUESTROS GRANDES COLABORADORES E.ltrRANJBROB

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irrita.&gt; Puede decirse que experimenta «un sentimiento
contenido de tristeza y de cólera~. Como se ve, no reina
entre las diversas teorías sobre el humor una armonía absoluta,
¿Deberá optarse por la fórmula dada por Thackeray en
sus célebres Conferencias y nos limitaremos a definir el humorista como «una especie de predicador laico?» "Sin embargo, todos los predicadores no son humoristas, ni todos
los humoristas predicadores. Si el humorista es a veces un
moralista, es siempre un moralista disfrazado. Y lo que interesa conocer es esa ley obscura, pero cierta, que ha presidido ese disfraz.

Los hechos tienen una doble significación: su significación material y lo que puede llamarse su valor ideal. Por
humilde que sea su apariencia, un. hecho no se nos propone
solamente como tal; lo interpretamos como una cosa verdadera, como una cosa bella o como una cosa buena. Le concedemos una significación espiritual, que es de orden científico, estético o moral. Y descubrimos, por ejemplo, en
Una manzana, que cae la ley de gravitación universal; en
una salida del sol, un espectácul,) de belleza; en la vida de
San Vicente de Paúl, buenas acciones.
La lectura de un suceso se convierte así en una especie ·
de ascensión, en la cual el espíritu se eleva del orden material al orden ideal. Sólo esta iniciación con la sianificab
ción metafLiica y moral de lo real, puede hacernos toda
realidad emocionante. Nos revela de alguna manera el
alma de las cosas, con la cual la nuestra entra en comuni•
cación.
Así el principio del humor consiste en hacer abstracción
de ese alma de las cosas y no parar atención sino en la
Iealidad material con su fría objetividad. La ascensión del
espíritu hacia las cumbres no se ejecuta o se realiza
sólo en parte. Un ejemplo. Pongamos el nombre de Cris~
tóbal Colón. Como todo vocablo, no es más que una re-

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COBMÓPOL.IB-x:r-1920

NUESTROS GRANDES COI,4BOUADORES EXTRANJBROS

unión de sílabas. Puede bastar para evocar toda la epopeya
de las carabelas y el descubrimiento de un nu~vo mundo.
Así se carga de lirismo. Pero por una razón particular, un
humorista rehusa atender esta poesía; afectará considerar
como una denominación cualquiera el glorioso nombre,
fingirá tomarlo por el primer recién llegado y así tendremos el diálogo de Mark Twain con el guía que le acompañó en Génova.
«El guía.-Venid, señores; voy a mostraros un autógrafo auténtico, una carta escrita por Cristóbal Colón, de
su puño y letra,
El ame,,icano.-(Toma el documento y lo examina largamente en silencio, con aire indiferente y desinteresado).
i\L Ferguson ... ¿decía usted? Pero ... repítame el nombre del
individuo ...
El guía.-Cristóbal Colón, el gran Cristóbal Colón ..•
El americano.-¡Ah! Sí ... Cristóbal Colón ... Bonito nombre ... ¿Y dice usted que esta es su escritura?
El guía.-Escrito de su propia mano.
El americano.-De su propia mano ... El gran Cristóbal
Colón ... (Una pausa.) Y bien, nosotros tenemos en América niños de catorce años que escriben mejor.
El guía.-Pero es del gran Cristóbal Co ...
El americano.-¿Y qué importa el nombre del autor? La
verdad es que no he visto nunca una escritura más mala.&gt;
El nombre de Colón no es aquí más que un nombre
cualquiera. Sus prestigios son desconocidos. Un manuscrito suyo sólo sirve de tema a consideraciones de orden caligráfico.
Sólo adoptando esta actitud psicológica, es como un
oficial inglés dice en las trincheras a otro francés: «¿No ha
observado u~ted cómo nos escatiman en Inglaterra las condecoraciones de guerra?» Y cuando el oficial francés piensa
que es una virtud inglesa el aquilatar las recompensas, el
oficial inglés muestra el humor de su país añadiendo: &lt;Verdaderamente, este año, la cinta está carísima en Inglaterra.,.
Otro ejemplo hará más sensible aún el procedimiento.

Una mujer llorando, despierta siempre nuestra emoción:
Es un espectáculo al cual concedemos un valor estético,
psicológico, moral.
Para poner un obstáculo a este trabajo de idealización,
rwain hace decir al joven Adán, a quien Eva hace ingenuamente la corte: «Esta nueva criatura, de cabellos largos, es
muy fastidiosa. Me sigue por todas partes. Se ha metido en
el refugio que yo me había construido contra la lluvia. Y
cuando he querido arrojarla, una fuente ha brotado de cada
uno de los dos boquetes que tiene en la cabeza y que le
sirven para mirar. Y se ha secado este agua con el revés
de la mano ... etc ... »
Adán es ya un observador preciso, pero la insignificancia de las lágrimas no le parece muy familiar. La exactitud
material de la anotación le basta. Adán es un humorista.
El robo y el asesinato pueden convertirse como las lágrimas en ocasiones de humor. Porque si robar y matar
c;on errores morales, son al mismo tiempo acciones materiales. Una de las burlas clásicas del humor consistirá, pues,
en contar la vida escabrosa de un desalmado, poniendo de
relieve, con una opulencia de detalles minuciosos, toda esa
existencia; pero sin tener el aire de apercibírse que se describe de ese modo una larga serie de delitos y crímenes.
Fielding ha llevado al extremo este género de burla en su
historia de Jonathan Wild el Grande. Y cuando Swíft an1;1nciaba que había encontra&lt;lo la solución de la cuestión irlandesa y que consistía en comerse con coles a los niños irlandeses, su alegría feroz obedecía dóciltnente a esta misma
ley fundamental del humor: no mostrarse atento sino a la
exactitud material de los hechos, fingir no entender la re•
sonancia psicológica o el alcance moral.
De ello resulta que la actitud natural del humorista es
una imperturbable gravedad. En general la broma anglosajona tiene el gesto sobrio, un continente austero y no
sonríe nunca.
Es semejante al Júpiter Olímpico de Leconte de Lisle
que debe contemplar las cosas humanas sin pasión y re~

�IRJJl8Tll08 &amp;IWfDIB COt.ABORADORBS IIXTRAJrJBBOS
. COIIIIÓPOLIIJ-D•1020

ftejarlas sin intetés en sus pupilas. Esta impasibilidad ha
chocado a todos los psicólogos del humor. Algunos blll
intentado descubrir ahí la definición misma de ese género
de alegria. Sin embargo, no es más que una consecuencia.
de esa voluntad primera del humorista; hacer abstracción
del alma de las cosas, única realidad que sería emocionante.
La anécdota humorística puede hasta aparecer desnuda
de reflexión y de la más elemental coherencia. Aquí aún
obedece a su ley secreta. No se ejercitan la inteligencia
crítica, la potencia de coordinar y de comprender. Diriase
que el espíritu permanece extraño a la significación lógica
de las palabras y de lo¡¡ hechos. De aquí la brutal fórmula
de Mark Twain: «Alinear sin parecer darse cuenta incongruencias y absurdas tonterías, he aquí la base del arte
americano.• Al joven redactor que le interviuba, Twain responderá con la mayor sangre fría cualquier cosa y compondrá asi uno de los más característicos diálogos de su
manera,

«-¿Qué edad tieneusted?-Diez y nueve afios y medio.
-¡Hombre!, si parece que tiene usted treinta y cinco a
treinta y seis.-¿Y cuál es el hombre que considera usted
como el más notable entre los que ha conocido?-Auron Burr .-Pero si tiene usted diez y nueve años, no ha
podido conocer a Auron Burr.-Pues bien; si usted conoc:e
mejor que yo lo que haya podido ocurr 1rme, ¿por qQé me
interroga?-No objeto nada. Explíqueme u:sted en qué circunstancias conoció a Auron Burr.-Muy sencillo. Encontrándome por casualidad en sns funerales, me suplicó que
hiciera un poco menos de ruido y ... -Pero ¡gran Dios!, si
estaba muerto, ¿qué podía importarle que hiciera usted
ruido?-Por mi fe que no sé nada. Él fué siempre un poco
maniático desde ese punto de vista .•. , etc.•
El principio de la risa es aquí la burla pura que ex:traila
y derrota nuestra dialéctica desconcertada. El p ~
miento no tiene éxito mis que no poniendo en duda la
buena fe del humorista. Se trata de aparecer veridico baF

~ la

~nverosimilitud y sencillo de espíritu hasta la ineonsEl humorista aparentará, -pues, un aire ingenuo.
-O ~•en coñfiando a otros seres reputados sin malicia el
cwdad~ de contarno~ su historia, cede la palabra a AdAn y
~a, a Jóv~nes esqu_1males, a un polich o a algún campesino estúpido. Twam no conocía cuento más gracioso que
cierta anécdota donde Whitcomb Kiley hace hablar a un
P_Obre campesino tuerto; este se dedica a contar una histona que encuentra chistosa y mezcla y embrolla todos los
detalles, se e~travía, vuelve al relato y de nuevo se pierde, etc. Twam asegura que a los diez minutos el auditorio
ríe hasta llorar y concluye: «Esto es arte delicado, completo, perfecto.&gt;
La existencia de este género de cuentos humorísticos y
el éx~to que obtiene, revela el error que se ha cometido al
definll' el humor_ co~o una especie de dialéctica exagerada. Es la ~usenaa misma de la dialéctica y una cándida incoherencia la que caracteriza algunas de las historias americanas. Lejos de ser un nuevo Spinoza que nos llevaría
hasta las deducciones extremas, Twain nos desconcierta a
eces con una candidez aparente y con contradicciones
buscadas. o siempre desdeña caminar con ese ángel de lo
absurdo del que estaba prendado Edgar Poe. ¿Por qué no
--tmcerlo? Afectando no discernir la significación lógica, mo-~ o estética de las palabras y los espectáculos, no se emocionará con la fealdad, el crimen, ni aun con la contradicción.
Est~ impasibilidad es ficticia y no engafia al lector. Es
c?"veruente, por otra parte, que sea así. Si el humor care-,
cera verdaderamente de alma, nos dejaría indiferentes u
~oatiles. N? simpatizarlamos con él. Pero tampoco nos deJamos doD11nar por su flema imperturbable. Si todo el artificio del humor se concreta en una aparente frialdad todo
el arte del h~orista consiste en dejarnos adivinar q~e detris ~e esta ·frial~d ~e°:te hay una sensibilidad que se
~c,ona y un_a _mteligencta que juzga. Pretendem'ls por
,encuna de la ngidez buscada de las actitudes, el estremeC1~1a.

•

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NUESTROS GRANDES COLABORADORES EXTR.&lt;NJEROS

-H6

COSMÓPOLIS--U-1920

cimiento de la vida interior. Las palabras in?:nuas Y los
relatos helados, dejan transparentar la emoc~o~ latente Y
el perfil del espíritu. Rompemos el ?b~táculo ng1d_o, detrás
del cual se abriga el flexible sentimiento del art1s_ta. Y el
humor se revela a nosotros cargado de mela~colla_ o ~e
pi.edad, de odio o de cólera, algunas :eces de ligera uo~ia,
benévolo y como enternecido. Sentimos que el b.um~nsta
tiene un alma-pero que por razones que con vend~ia determinar-ese alma afecta descartarse tras una mascara
donde nada se estremece.
Hela aquí con esa máscara de im~a~ibilidad. P~ede también, si lo prefiere, elegir otra. La ng1dez flemática representa acaso su disfraz favorito o a lo men?s el más notado;
pero no es más que uno de sus posi~les disfraces. P~ra 'fingir que desconozcamos lo que expenm~nta, puede ~1mular
el alma del humorista que no experimenta nada, su_ ~rtificío es entonces la impasibilidad. Pero pu~~e tambien,
ya· sea mostrar sentimientos extraños y fict1c10s,. ~~ sea
confesar directamente su emoción sincera, a cond1c10n de
que la forma de esta confesión sea tal que no conozcam?s
bien a primera vis.ta, si es una broma o una confidencia.
El h~mor ligero de algún cuento de Dikens ~os coloca en
esta indecisión buscada por el autor. Y T~am ha muert?
sin que sus lectores hayan podido _saber s1 tal o cual pág1no debían o no ser tomadas en serio.
Otros relatos dejan, por el contrario, aparecer con claridad que la anécdota contada es imaginaria y que la emoción ~onfesada no es más que un juego. El humo: no es
aquí ni imposibilidad ai imperceptible mofa; se aphca .ª de·
tallar gravemente cosas alegres o alegremente cosas t_ns_tes,
y 'a.e un modo general a disimular, detrás de un se~tm~:~n·
to ficticio, el sentimiento verdadero. Cua~~o Twarn \ls1,ta
Italia está obsesionado por el inagotable 1u:1smo de su guia.
La el~cuencia continua, fastidia. Los príncipes y los_ reyes
representan algunas veces, dice Pa~~al. Los amencano~
que visitan Italia, representan tamlnen. Cuando ~l e~tu
sia::.ta guia presenta, pues, a Twain como una maravilla,

una momia egipcia, el americano, con una actitud atenta y
recogida, se repite a sí mismo varias veces el nombre de
•momia&gt;, como si se tratase de una realidad absolutamente
nueva para él; contempla esta momia, y con una gravedad
ingenua deja caer estas palabras decisivas: ~¡Qué grave es
este caballero! ¡Qué dueño de sfü Así disfraza su admiración burlesca, su verdadero estado de ánimo.
Puede disfrazar también en una aparente cultura científica su aparente ingenuidad. El humor adopta así una actitud sabia; pero que se revela generalmente defectuosa por
algún punto. Escuchad a Twaio, explicando gravemente
que él no acelltará jamás que Georges, el famoso criado
negro Je Wáshington, haya muerto en 1809 de edad de no•
venta y cinco años, como lo anunciaba la Gaceta de Boston;
ni en 1825, a la edad de noventa y cinco años, como decia
un diario de Filadelfia; ni el 24 de noviembre de 1840, a la
respetable edad de noventa y cinco años, como escribía el
diario El Republicano, de San Luis; ni en 1864, etc. Eso era
imposible. «Porque si está reconocido que tenía noventa y
cinco años cuando murió por primera vez en 1809, hay que
con·venir que tenia ciento cincuenta y un años la última
vez en 1864.» Así simplificado, el procedimiento del humanista es claro; afecta ser clarividente para las cosas pequeñas· y ciego para las grandes. Ejerce sobre dificultades secundarias su poder de observación y de análisis; se muestra
sagaz para descubrir los errores de detalle; para resolver
un problema accesorio acude a las reglas del método histórico y de la crítica de textos, y dirige . al buen sentido un
llamamiento correcto;.. pero desdeña someter a la autoridad
del buen sentido lo que constituye la cuestión principal. En
otros casos más sutiles aplicará a contrasentido los métodos
de los sabios. Sus observacione~ serán meticulosas y _precisas; sus inducciones firmes, pero ficticias, y no ofrecerá
duda la incorrección de sus argumentaciones. Hojéese el
Diario de Eva traducido del original, por Mark Twain: Eva
revela ingenuas preocupaciones cientlficas. Su ~lma infantil es ya el alma de un físico, para la cual no parece tener
3

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tedótl,ltlJe un dta ddwi$Stuatt Jfill
Celebra la · observación~ 18i e •
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Jotuleclda con esta•~ ~ptina ·
8'1Me i., cósas eotl tm toti\Ílo Mbémi
bien. Pero, por ~esgracia1 sus ex
y wa mtnn~iosas obsetvaeion.eá la cottd.
a saber soormente ql$ lás·piedraa
euerpos flotantes COlfViene oolocat'al la
la&amp; hopas~ las montaiitis.· Así queda
~urdo de-su ptimitivadia,léetiéa ..
&amp;i su monog,affa ~bre la risa', M. ·&amp;e1~•t1 • ~
al hamor una fégintr -que, natutalment
' ción. Él húmoristt es un moralista, dice
motali!ita. que se disftá2a ele s:ibio•,
pensar cen lié' anat6mieo que ti:ó
· siino -~ ~ o s » . :Describé «m· ·
e$1 afectando creét 1111e u.~ como las
Sí pu&amp;ie gustar ~ ~1éffnia'GS
~ s , de 1. . beeh'fls ptecisos&gt;,
~OI\ descftdiddo mis y mu en el
paM aeotar las partiddaridade8 con um
El\ sama, el h'l1mot procede ccon -ftecuent
n que.f!OS sü~etei t. stgmeme defim"cióti:
éi'6n di to moral en cientfflco•. Y más a
m€W-parec~, en ~ oobfortnmee a
ley pteciumertte' in'\l'ena. .¿Qo:é otra
posición de lo cientiliéó·en psicol6 ·
at0ral,. la 1lttgjda ~raeión de Twain
momía egipcia y iplff' ll.dominaofóii-de
este-caballero em~ádo?·No es .
mor hacer • ·o tal ~ d ó no lracef
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�420

COBMÓPOLIB-XI-1920

la ,manera normal de expresarse. cObservar bien, i.entir
mal y pensar a contrasentido», es la ley aparente que el
humor parece seguir. El humorista puede, pues, fingir no
tener sensibilidad ni flexibilidad dialéctica; debe siempre,
aun en sus agudezas extremas, afirmarse como un observador exacto. No que sus observaciones sean siempre completas y que agoten necesariamente todos los aspectos del
fenómeno que estudia; su exactitud consiste en que no le
falten jamás estas dos cualidades: sinceridad aparente y
precisión. Sabemos hasta que todas las potencias psicológicas del artista parecen absorbidas algunas veces por esta
aplicación única de recoger bien la materialidad de las cosas y anotar correctamente el fenómeno que pasa.
Cuando quiere mostrar buena fe, el humorista afecta
candor. Afecta ver el mundo a través de su mirada ingenua. Cuando, por el contrario, se muestra preocupado ante
todo de aparecer preciso, toma del hombre de ciencia o
del hombre de negocios su lenguaje sin fantasíás. Los métodos severos del investigador científico le gustan por su
incontestable rigor. Los pone en práctica con una ostentación buscada. Parecer objetivo es la divisa. Recurre a los
términos técnicos; rivaliza con las inducciones de los físicos, las clasificaciones del naturalista, las estadísticas del
historiador de costumbres. Repite a cada instante que no
utiliza sino testimonios de ciertos documentos auténticos y
comprobados. Pone al lector en presencia de la inexorabilidad de los hechos. Todo humorista busca el rasgo característico, y el gran humorista lo encuentra. Registra con
precisión, restituye con exactitud, se revela hábil en la observación y pintura de los más nimios detalles. El valor
documental de la obra es indudable. Para formarse la idea
de un hogar inglés en el siglo xvm, se hojean los álbums
de Guillermo Hogartti. Sus estampas humorísticas es el
repertorio donde la Inglaterra de hoy aprende a conocer
las costumbres.
A este don de observación objetiva, el humorista une
un dominio particular de sí mismo. Es su virtud soberana

NOESTROB GRANDES COLABORlDORES EXTRANJEROS

421

la que da a su fría burla un sabor original. Al humorista le
está per~itida toda pasión, pero le está prohitlida toda expresión directa de esa pasión. Como estatua viviente imita la materia impasible. El decano de San Patricio :recta
la serenidad mientras sobre su alma se abate la tormenta
con ardor extremo. Otros disimularon detrás de un torrente de lágrimas sus risas, o ~etrás de una burla sus lágrimas. En el momento de surgir en su espontaneidad se detiene la ~moción en el alma del humorista. Se conc;ntra y
calla o d~sfraza su ~cento. Se domina una energía secreta
que repn~e la acción desordenada de su primer impulso.
E!1 esto, sm duda, veía Mark Twain en el humor una virtud
b1enhechora y un poder de salud.
El don de observación objetiva y el dominio de sí mismo, con~tituyen precisamente, en los países anglo-sajones,
d?~ cu~hdades nacionales. Forman parte del patrimonio espmtual de la raza. De la una deriva el hombre de acción·
la otra produce la flema, que es el modo con que la raz~
afirma su sangre fría.
. No es extraño que a la expresión directa de estos sentimientos los anglo-sajones hayan preferido con frecuencia
la expresión humorística. Haciéndolo cede a la atrae,,ción
de las virtudes nacionales. Obedece a su vocación espiritual Y se somete a la ley de su raza. Prefieren descubrir
mejor que explicar y observar mejor que l:l.educir. Así han
!~evado hasta en el estudio de realidades abstractas las cualidades del espíritu positivo. La extrañeza de que Tackeray
haya colocado en sus ~onferencias sobre humoristas ingleses a numerosos y diversos escritores ingleses, no tiene
fundam~ntot pues en esa literatura tiene el humor un puesto de primer orden.
El juego del espíritu francés obedece a otro ritmo. y el
contraste es más vivo aun entre ciertas formas espafiolas
de la broma y las salidas del humor.
Si el principio de _la risa varía según los pueblos, es na
tural ~ue el hum~r mglés no sea bien apreciado fuera de
los pa1ses anglo-sa1ones. El humor, producción autóctona ,

�COSMÓPOLIS-XI-1920

no se exporta. En Francia choca a veces por su aire de
brutalidad. No gustan sus invenciones macabras ni sus relatos chocarreros. Es que nadie puede tener dos almas y
apreciar igualmente el genio de dos raza&amp;,
Tal como es el humor, mezcla de observación robusta y
d~ sangre fria, es un género de broma que nadie encuentra
insulsa. Taiñe lo compara a las bebidas nacionales inglesas: sanas y fortificantes. Por su carácter objetivo acusa
una claridad de visión, y por su frialdad pone a prueba los
temperamentos. Nada de romanticismo. Otros juegos del
espíritu tienen más elegancia y gracia, pero no tanta precisión y fuerza.
No excluye la delicadeza y la gracia; pero su distracción es ante todo de orden moral. El humorismo domina
su emoción y le" impide µiostrarse. Es la reserva de u~
alma que, en lugar de desenvolverse, sólo se deja entrever.
Bajo lo rudo de su corteza, el humor revela un alnta preocupada de la elegancia moral.
Por hacer resaltar lo ridículo, el verbo humorístico
puede tener la eficacia moral de la risa, de la cual se ha
dicho que corrige las costumbxes. Este carácter satírico del
humif. se acentúa más en los ingleses que en los yanquis.
Com~·'.1a burla inglesa, el verbo americano es robusto, pero
deun sabor menos amargo.
Acaso la joven América participa aún, cuando se divierte de una cierta puerilidad. El autor de Outre-Mer ha
hablado de esta «candidez-», de ese «yo no sé qué casi infantil&gt;, cuya sensación le persigue, lo mismo en las tabernas de Cbicago que en los círculos de Nueva York. Juventud del alma americana, pero también sobresalto de una
energía constantemente en acción.
Como toda actividad en ju.ego, el humor es a la vez
tensión e impulso, actividad y reposo. Guarda en sus manifestaciones extremas, como las más elementales, su sig~
nificación oxiginal. Cqando en el gran teatro de Chicago,
un autor, en medio de una escena trágica, ejecuta de pronto uno o dos saltos peligrosos y reanuda su declamación,

JIIUl!STBOS Gll,\NDES

COLABORADORES EXTRANJEROS

423

-este clonw artista re'Vela, por su . piraefu, q~e no le. engaña
su papel y q1.1e conserva en sus declamaciones patéticas el
dominio de sí mismo. Y ei público americano ríe y aplaude, _p orque ha ..r~n-Ocido en tal extravagancia una' virt11d.
de la raza, E1 análisis revela en el humor un fondo de virtudes nacionales. Hace aparecer hasta en las invencí~nes
más fantásticas de su Mark Twain ciertas cualidades americanas: juventud, don de visión y de gesto preciso, una
claridad de observación que seduce, uniéndose' a una san•
gre fria que nos desconcierta; porque é-1 jamás se desconcierta.
Homero ha hafulado de la inmensa risa volcada por el
mar. A esta risa se asemeja un poco el humor. Tan pronto
risa imperceptible, de las olas, tan pronto agitación tumultuosa, y diríase sin pena que sale a la superficie de la
raza. Sin embargo, estas dislocaciones obedecen a leyes
· precisas; sus agitaciones se ligan a la vida secreta de las
prófundidades; y su gran sabor marino, intolerable para algunos extranjeros, fortifican a los hijos de la ribera.
A.-L. jEUNE.

�CUENTOS ESPAÑOLES

EL MILAGRO

.,
I
Lázaro de Vílobre, el cojo mendigo que recorría las aldeas implorando en los casales un bien de caridad, lleV'aba
dos días negados. ¡Ni una sola puerta se le abrió propicia!. ..
Los larnentos de sus infortunios, a pesar del dejo eofermi•
zo con que los plañ.ía, sólo alcanzaban · aquellas palabras
'desalentadoras como un camino interminable: « ¡Dios le socorra! ... , Pero ninguna mano se le tendía piadosa para donarle una limosna.
._ ¡Madre de Dios y qué duros estaban los corazones! La
noche anterior hubo de robar la comida a unos perros para
no caerse de desfallecimiento; y a punto estuvo de troncharse la pierna sana al saltar el muro de la majada,
Pasados ya los días luminosos y fragantes de las romerías, cuando ehtre el estrépito de las &lt;reveiranas&gt; le daban
los mozos «patacones para que dijera a las rapazas sus fa.
masas desvergüenzas, llegaba ahora la época mala, los días
tristones en que se corrían las nubes entoldando los campos, cruzaban fuertes i:áfagas de aire y caía una lluvia torrendal ql.le espantaba a la gente, haciéndola huir presura •
sa. Los hombres bajo sus mantas pardas y las mujeres con
los refajos echados sobre la cabeza. En aquellos días los .
caminos eran despiadados, y todos los pazos se hallaban
cerrados con gesto duro.
Mal invierno se le presentaba a Lázaro de Vilobre. La
monterilla de pelo empezaba a quedársele calva, y las muletas se le partieron y tuvo que atarlas con unas cuerdas

425

llenas de nudos, que a veces se desataban y caían las muletas en dos pedazos, poniéndole en trance de rodar por el
suelo. Unicamente tenía en flamante uso la levita con que
iba vestido, y que le daba grotesco aspecto de espantapájaros: una levita de anchas solapas del setenta, que recogió
una noche de p)enilunio en un basurero adonde fué arrojada al morir un sefior tísico. .
Tirando de las muletas como de unas cadenas, el cojo
de Vilobre se encaminó hacia San Mamés. Iría a la iglesia
y allí imploráría la gri:icia divina como ayud¡i suprema a su
miseria. La Virgen no sería como la gente de las •aldeas.
Ella haría un milagro y le encontraría remedio a los males
que le roían el cuerpo y el alma, tal que una lepra inexorable.
Y con fe de iluminado, como los peregrinos que desde
muchas leguas desviados acudían a Compostela para llevar' sus ex votos de cera al sepulcro del Apóstol, Lázaro de
Vilobre se encaminó hacia San Mamés, arrastrándose con
las muletas trabajosamente .
Llovía copiosamente, con hilos finos que hacían brillar
el campo con un color suave de verde lavado y encharcaban los senderos poniéndolos intransitahles. Las nubes,
pardas y apelotonadas, estaban muy bajas, como un toldo
ubscuro. Y a lo lejos caminaban unos bueyes, agobiados
bajo el peso del yugo, tirando de unas carretas cuyas ruedas gemían largamente, tal que los viejos violii,es que tañen los ciegos mendicantes en las romerías.
)

lI
Cuando entró en la iglesia Lázaro de Vilobre, estaba
silenciosa y vacía. En la penumbra de los altares parpadeaban las estrellitas · de las lamparillas, y a la luz rojiza
que proyectaban los vasos de vidrio, tenia Jesús Crucificado un tono sangriento que infundía espanto. El sacristán
apagaba las velas del altar mayor, y un hilo de humo ensortijado ascendía, despidiendo un desagradable olor a pa-

�426

COSMÓPOLlS-Xl-1920

bilo. Por uno de los altos ventanales de poHcromada vidriera entraban los gorriones-por un ángulo en donde el
cristal estaba roto-escapando de la lluvia y se reftt_gíaban
en las gradas de los altares y revoloteaban en el barandal
del púlpito, tal que en las solanas que se adelantan sobre
las parras de los huertos.
Lázaro de Vílobre se sentó en el suelo, frente al altar
de la Virgen) y se recostó en la verja de la capilla. Era una
Virgen de dulce semblante que resplandecía sobre un fon•
do azul tachonado de estrellas doradas. En el pecho tenía
hundidos los síete puñales de plata, y del cuello pendía un
collar que fulguraba con luces preciosas y limpias.
-¡Ma1pocado de mí, Virgencita de mi alma! ¡Malpocado de mí que no tengo pan que llevarme a la boca! ... Largos días llevo andados por los valles y por las Il,lOntañas
sin hallar quien se conduela de mis penas, ni del hambre
que me martirin, ni de las llagas que arden en mi carne,
ni de la miséria que me corre por el cuerpo. Ládranme fos
canes y los rapaces me arrojan piedras. Y he de dormir en
los pajares, entrando furtivamevte como un malhechor ...
En sus palabras tremolaba el acento de un íntimo y
cruento dolor; y la levita se estremecía sobre el miserable
cuerpo mutilado que temblaba de frío y de humedad.
-¡Malas meigas sean conmigo si de tantas cuita.s soime
culpable! En jamás hubo pena que yo no sintiera como
propia y n¡,mca sentí la comezón de hacer una acción mala.
.Sólo peco con las desvergüenzas que dígalas a las mozas;
pero_ ello es porque los galanes incítanme a ello ... y porque
.a las rapazas no las desagrada en el fondo, a pesar de los
melindres y gazmoñerías de fuera ...
El sacristán se había ido y la nave de la iglesia estaba
solitaria y callada. La lluvia seguía cayendo y en los yentanales se la oía tamborilear con insistencia. Pasó algún
tiempo, y Lázaro de Vilobre, que se había quedado dormido, .abrió los ojos precipitadamente y miró inquieto hacia el
altar de la Virgen. El collar resplandecía maravillosamente,
como una cinta de chispas de luz. Fué una lucha interior

CUEr-TOS ESPAiOLES

427

violenta y rápida: Lázaro se arrastró cautelosamente hasta ,..._
una lápida que ponía ante el altar un largo epitafio borroso. Entre las rendijas crecía una hierba raquítica y de vez
en vez asomaba la chata cabeza de alguna lagartija ... Un
instante rapidísimo fué todo. Después Lázaro de Vilobre, el
cojo mendigo, ...salió de la iglesia pálido y sintiendo que el
corazón le golpeteaba fuertemente, con una violencia inusitada, con agitaciones de saltamonte...
Había robado el collar de 1~ Virgen.

m'
Pocos días habían pasado cuando Lázaro de Vi-lobre fué
detenido por una pareja de la Guardia civil. Cuando se le
prendió se dirigía a tierras de Castilla y llevaba en uno de
los bolsillos de la levita el rico collar. Tuvo que volver á
San Mamés entre los guardias de la benemérita, cuyos cha•
rolados tricornios relucían siniestramente, y cuantos le hallaban en el camino le gritaban con reconcentrado odio,
como mordiendo 1as palabras:
-¡Ahí le va el sacrílego!
-¡Malas liendres te coman!
-¡Que la bruja bisoja te arranque los pelos y te chupe
la sangre!
-¡Al sacrílego!
- ¡Al sacrílego!
Frente al juez y al párroco el cojo de Vil&lt;:&gt;bre se sintió
despa.vorido, y ya le parecia verse colgado en la horca y
picoteado por los cuervos o quemado vivo en una hoguera
como un brujo.
El juez le miró ceñuda mente, tras los redondos cristales
de sus gafas de buho, y le preguntó:
-¿Robaste el collar de la Virgen, Lázaro de Vilobre?
.El mendigo calló. La lengua se le pegó al paladar y un
frío sudor le bañó el rostro.
La pregunta terrible volvió otra vez a estremecerle:
-¿Robaste el collar de la Virgen, Lázaro de Vilobre?

�CUHNTOS ESI'A~OLl!S

428

429

COS.MÓPOLIB-XI-1920

Y entonces una idea rápida le iluminó y contestó serenamente:
-¡Soy inocente!. ..
-¡H~brá desvergonzado!... ¡Pues no dice el pícaro
que . es mocente cuando le encontraron en el bolsillo el
collar!
-La -yirgen hizo el milagro y medió su collar de piedras prec10sas para remediar mi miseria ...
El pánoco, al escuchar aquellas palabras, no pudo contenerse y gritó a Lázaro, con acentq violentísimo:
-¡Qué herejía dices, condenado! Robástelo, robástelo ...
No mientas.
Pero ya Lázaro insistía firme y seguro como si mismamente fuera verdad lo que decía.
-¡La Virgen hizo el milagro!. .. Yo la rogué por mis
dolores, por mis penas y por mi miseria .. Yo lloré amargamente ante ella durante muchas horas. Yo tracé con mi lengua seca siete cruces sobre el polvo de las losas ... Y la
Virgen me dijo con su voz dulcísima: «Lázaro de Vilobre,
toma mi collar y vende sus piedras preciosas. Con las esmeraldas y los topacios y los brillantes, podrás comprar pan
y mantas y unas muletas nuevas.&gt;
Todos los que escuchaban el extraño relato sentían una
intensa emoción. Las palabras del mendigo eran de un tremante poder, como brasas. El viento de lo sobrenatural
estremecía las almas. Unicamente el párroco seguía negando".
-¡Mientes! ¡Mientes, condenado! Robástelo, robáste•
1
lo ... ¡Ladrón!
Lázaro tuvo entonces las palabras geniales que habían
de valerle en aquella cuita, como si fueran un dictado
divino:
-~~o p:edica el señor párroco, desde el púlpito, la fe?
¿No dtJO miles de veces que a quien ruega con fe a la Virgen, ella le atiende y le ampara? ¿No nos relató muchos
milagros sucedidos? ... Pues si usted tantas veces dijo que la
Virgen hace milagros, ¿cómo negará éste? ...

Ante estas palabras, dieparadas tan certeramente, el párroco ya no pudo oponerse, que sería tanto como negar el
poder de la Virgen y el quitar toda fuerza a sus argumen•
tos de predicador. ¿Cómo le sería posible hablar luego,
desde el púlpito, de la fe y de los milagros? El cojo de Vilobre le había metido, acertadamente, en un callejón sin
salida. Fué preciso creer lo que Lázaro contara. Se le absolvió y se le dejó el collar y no hubo más remedio que
ver en todo aquello un misterio impregnado en fragante
aroma de santidad.
Pocos días después se celebró una procesión. Iban todos los eampesinos de la comarca, con estandartes de flecos de oro y con velas encedidas. Acudieron muchos penitentes. Y ~ázaro de Vilobre, el cojo mendigo, iba entre el
alcalde y el párroco, con su levita grotesca como un espantapájaros.
JOSÉ CASTELLÓN.

�,U/T0J..OGIA.

431

Entonar sus loanzas son nuestros ideales,
no encierra tiranía su dulce autoridad,
su carne tiene aromas puros, angelicales,
y sus ojos nos visten trajes de claridad.

CARLOS BAUDELAIRE.

CON SUS FINOS VESTIDOS ...
Con sus finos vestidos ondeantes, nacarados,
al andar, se diría va en danzas armoniosas,
cual las serpientes que los faquires sagrados
hacen en sus bastones moverse cadenciosas.
Y como en los desiertos, i'os cielos y arenal~s,
insensibles los dos al dolor inclemente,
como las largas olas des~liegan sus randales,
ella se desenvuelve a todo; indiferente.

Sea en la \loche y en su amplitud solitaria,
sea en la calle entre la multitud sedentaria,
su fantasma en la noche danza como una llama.
A veces habla y dice: «Yo soy bella y ordeno ...
Por el amor a mí sólo la belleza am'a ...
Yo soy la Madona, la Musa, el Angel bueno.:.
EL BELLO NAVIO
Te quiero enumerar, ¡oh, muelle encantadora!
las bellezas que tu juventud ateJora;
pintart&lt;t quiero tu hermosura,
en que se une la infancia con la edad madura.
1

Sus dos ojos bruñidos son minerales bellos,
y en la naturaleza simbólica y euraña,
en donde án_gel y esfinge hacen fraternidad,

Cuando pasas, flotante en el aire el vestido,
pareces una nave que del puerto ha partid0,
dando toda su tela al viento,
y va con ritmo dulce y ·perezoso y lento.

en donde todo es oro, diamantes y destellos,
con raros resplandores de astro inútil, se baña,
de la mujer estéril, la fría majestad.

tu cabeza se yergue con encantos graciosos;
con aire plácido y triunfante,

Sobre el cuello alto y gr-ueso y los hombros hermosos&gt;

niña majestuosa, vas camino adelante.
¿QUÉ DIRÁS ESTA NOCHE? ...

¿Qué dirás esta noche, pobre alma 'abandonada,
qué dirás, corazón marchito tantas veces,
a la más buena, a la más bella, ·a la más amada,
ante cuyas pupilas de pro'1to refloreces?

Te quiero enumerar, ¡oh, muelle encantadora!
las bellezas que tu juventud atesora;
pintarte quiero tu hermosura,
en que se une la infancia con la edad madura,
Tu seno avanza y llena el moaré en brillos varios
tu seno triunfante, que es como un bello armario,

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�COSMÓPOL!S-XI-1920

CIELO DE NIEBLAS
Tu mirada se cubre de un velo vaporoso;
-¿es azul, gris o vetde tu mirar misterioso?pasa de tierna a cruel alternativamente,
y en ella el cielo pálido se refleja indolente.
Me recuerdas los días blancos, tibios, velados,
que hacen bañarse en llanto los pechos hechizados,
y cuando inquietos por un mal desconocido
llaman los nervios al espíritu dormido.
A veces me recuerdas las lejanías brumosas
que matjzan los soles de estaciones nubosas ...
¡Y cómo resplandeces, húmedo paisaje,
que enciende el sol en puesta de un cielo con celajel
¡Oh, mujer peligrosa! ¡Oh, climas seductores!
¿Amaré -v uestra escarcha, tus nevados blancores,
y sabré arrancar de la implacable invernada
un placer más agudo que el hierro y que la helada?

ANTOLOGiA

¡Traspórtame, vagón! ¡Condúceme, fracrata! ·
· 1 ¡E1·
¡L e¡os.
cieno aquí se hace de nuestros i,,llantos!
¿-yerdad que algunas veces tu corazón, Agata,
dice: _«Lejos de crímenes, de dolores y espantos,
trasportame, vagón; condúceme, fragata?»

¡Oh 1 qué lejos estás, paraíso perfumado
donde es bajo los cielos todo alegria y am~r,
donde es cuanto se ama digno de ser amado !
y nvs ahogamos en la voluptuosa flor!
¡Oh, qué lejos estás, paraíso perfumado!
Pero el verde paraíso de amores infantiles
los viajes, las canciones, los besos y las rosas'
los violines vibrantes en tornp a los pensiles ,
con el vino y las noches en las selvas frondosas ...
¿Pero el verde paraíso de amores infantilec:; ,
el paraíso inocente de pla,;eres furtivos,
está mucho más lejos que la India y que la China?
¿Se podrá renovar con los gritos más vivos?
¿Aun podría animársele de una voz argentina
al paraíso inocente de placeres furtivos?

MOESTA ET ERRABUNDA

EL JUEGO
Dime: ¿Tu corazón, a veces vuela, Agata,
lejos del océano de la inmunda ciudad,
hacia otro océano donde la claridad de plata
es azul y P,rofunda cual la virginidad?
Dime, ¿tu corazón, a veces vuela, Agata?

¡El mar, el vasto mar consuela en las labores!
¿Qué demonio ha dotado al mar, ronco cantor,
que acompaña al gran órgano del viento en sus clamores,
de esa ficción sublime de inmenso mecedor?
¡El mar, el vasto mar consuela en las labores!

435.

, ~n hu~didos sillones las cortesanas viejas,
pahdas, OJerosas, &lt;le mirada fatal,
coqueteando y haciendo~de sus flacas orejas
caer un clis-clás sonoro de piedras y metal;
junto. al tapete verde rostros inexpresivos,
descoloridos labios, mandíbulas sin dientes
y con infernal fiebre los dedos convulsivos'
buscando en lo~ bolsillos vacíos, impacient~s;
cuelgan arañas de pálidos resplandores

,

�COS).!ÓPOLIS-x:r-1920

y hay quinqués proyectando a sus luces inquietas
las frentes tenebrosas de preclaros poetas,
que van despilfarrando sus sangrientos sudores.
He aquí el negro cuadro que en un sueño nocturno
vi pasar ante mis ojos clarividentes~
♦
.
yo mismo, en un rincón del antro, taciturno,
estaba, rnudo y frío, contemplando a estas gentes,
envidiando de todos la p;:isional locura,
de aquellas prostitutas la fúnebre alegría,
ante mí traficaban todos con gallardía,
¡el uno con su honor, la otra con su hermosura!
Me espanté de envidiar de este hombre, la demencia, .
que corre con fervor• a una sima ígnorad_a,
.
y que, ebrío de su sangre, tiene por preferenc~a:
el dolor a la muerte, y el infierno a la nada.
Traducción de
EuoDORO PocHE

r

•

EL TEATRO,
LOS LIBROS Y EL ARTE

Teatro.
L'Enfa.nt Maítre, por M. Henry-Marx (Teatro del Vau.
devílle .)
Haríamos un agravio a Henry-Marx si examinásemos su
obra COP. indulgencia. El autor ha declarado que prefiere el
dolor de la verdad a las dulzuras de la mentira. Su desdén
irónico y avisado ha previsto, por otra parte, que en la lucha con la muchedumbre sería vencido de antemai:10, pues
conoce el mal gusto del público y sus apetitos en comunidad.
« ¡El teatro es horrible!-exclarna asistiendo desde lo
alto de su Olimpo a los espectáculos de hoy en día-; aporto a él una vida que trata penosamente de ser arte y estoy
dolorido.&gt;
Pero eso seria antes; ahora, no. Porque con el fracaso
de su ob~a, que confirmaba al mismo tiempo que su desprecio solitario, su inaccesible genio, habrá sentido una ola
je felicidad inundar su corazón.
En su drama deben considerarse dos cosa~ las doctrinas füosófrcas- y el coi:ifücto pasional. Sin duda el autor no
ha deseado que se haga esta.delimitación. Su propósito era
pred,;amente determinar las reacciones mutuas de estas dos
expresiones. opuestas del alma para hacer surgir el complejo humano. Esta unidad viviente no la ha realizado. La
obra parece cortada en tro-zos, pues las declamaciones me-

�438

COSMOPOIJB-XI-1920

tafísicas o éticas alternan con jirones de acción dramática.
Hablar de la filosofía de M. Marx constituye una empresa peligrosa. No es ni bastante particular ni l&gt;astante
clara para que pueda seguirse su marcha gradual. Se oculta en los repliegues obscuros de couplets tortuosos, y sólo
una lectura atenta podría disipar la pesada atmósfera de incertidumbre y la confusión que aturde el cerebro del espectador.
El _gran pensador, héroe central de su drama, parece
más bien un hombre de acción que un especulativo·. Por lo
que puede comprenderse considera que nuestra vida es un
perpetuo conflicto entre nuestra fuerza y las fuf!tzas exteriores. El placer y el dolor con todos sus matices son la
traducció~ en lenguaje subjetivo de todas las perip~cias de
este conflicto, y la voluntad humana debería tender a la dicha en el esfuerzo perpetuo y alegrf' de una victoria siempre renovc1da. A este sentir del personaje se Je opone en la
obra una doctrina, según la cual la vida interior encontraría, por el contrario,
su plenitud en el dolor, y de él sacaría &gt;
• •
po~ ~n mov1m1ento superior de resignación, una especie de
fehc1da~ dep~rada. Son éstas sutilezas de psicología puramente ltteranas, y no se podría en estos lugares comunes,
en estas vagas afirmaciones, encontrar los dog~as de un
s1sterna general coherente. Pero M. Max. ha escrito su obra
menos para revelarnos una ciencia de principios y de cau-'
sas, que _por ofrecer a nuestra meditación el ejemplo de
una pareJa mod~lo que satisface-en el matrimonio libre su
gusto superior de la verdad.
Claudia Helliot, ilustre filósofo, vive desde háce veinte
al'ios con su mujer Edith en una intimidad y en una con. fianza basadas en una sincerinad absoluta y recíproca. Así,
cuando llega el momento en que el profesor se enamora de
Silvette, una de sus discípulas, y a su vez Edith siente hacia el secretario de su marido una atracción de ·una violencia toda psicológica, los dos encuentran lo más honrado y
derecho, confiarse sus debilidades y discutir sobre ellas.
No se crea que después de estas confidencias van a sepa-

º.

CHÓ?HCA DE PAl!ÍS

439

rarse. Han sabido liberarse de prejuicios y gozan juntos de
una dicha fundada en la inteligencia y el afecto fraternal.
Vivirán unidos y libres. Además les reúne un lazo más poderoso que todos: el amor que ambos profesan a su hijo
Sergio, joven filósofo, apóstol del dolor, que prolonga di.gnamente la familia. Y con saber que Sergio ama precisamente a Silvette1 la amiga de su padre, que sufre por ello
y que se queja, si así puede decirse a su propio sufrimiento, ya se tienen los elementos de la tragedia. El desenlace
es éste: Claudio conoce el secreto de su hijo y a:cepta la
salida de la casa de Sylvette. Perseguirá su alta misión de
conductor de almas cerca de su mujer, de su hijo y de su
fogoso secretario.
Si el autor hubiera pretendido, sencillamente, al contarnos esta historia, analizar el estado de alma de seres especiales, colocados en circunstancias especiales, no se le podrían
negar ciertas cualidades de penetrante observación. Pero
es como predicador como se dirige al público. ¿Qué conclusiones puede entonces sacar de este ejemplo dramático?
¿Quiere hacernos comprender una vez más el eterno alegato en favor del derecho de amar? Pues no lo enriquece
con ningún argumento nuevo. ¿Quiere darnos como modelo ese matrimonio que conserva en todos los desfallecimíentos una inalterable serenidad? ¿Por qué entonces ha
apelado a dos seres excepcionales, de una cultura extraordinaria y de un ambiente tan particular? La muchedumbre,
muy alejada de ellos, no experimenta otra cosa que indignación. No puede reconocer en la sensibilidad refinada de
sus personajes ninguno de sus propios sentimientos. Luego
si el autor ha formado así sus protagonistas, es por las
necesidades de la causa. La psicología ha emprendido la in verosimilitud de colocar en simples mortales preocupaciones tan extrañas y gustos tan decadentes.
Sin embargo, M. Henry-Marx. ha conservado cierto espíritu de lógica y se muestra consecuente consigo mismo.
Ha glorificado en el drama la belleza de la vida en la escuela del dolor. Por eso ha querido santificar al a~ditorio

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�COIIIÓPOLl.&amp;-Xl-1920

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pii'l.a, la justicia pontifical consideraba las maldades de los
artistas como pecadillos de niños mimados.•
Las primeras cuentas del Caravage con la Justicia datan de 16oo. Pero entonces sólo había hecho el auster a
un pugilato donde su amigo Onorio Loughi, arquitecto, de
talento, escandaloso y pendenciero, babia desempeñado el
papel principal. Cuanto a él, estaba entonces convaleciente y un muchacho le llevaba la espada. Después de restablecido, fué acusado de haber atacado a dos transeuntes en
la caJle de la Scrofa y de haber dado a uno una estocada
que, felizmente, sólo le atravesó la capa. Poco después hirió
a un antiguo sargento del castillo de Santangele, que retiró
su queja quizás mediante dinero. Caravage permaneció
tranquilo durante dos años. Pero de 1003 a 16o6, no hubo
atlo en que no fuera complicado en algún asunto criminal.
Primero una serie de sonetos contra un pintor llamado
Baglione, cuyo talento no estimaba. El embajador de Francia garantizó que el autor del libelo no era Caravage, y el
Gobierno de Roma puso al pintor en libertad, con la condición de que estaría un mes encerrado en su casa y no buscaría a su adversario. Mantuvo su palabra; pero su amigo
Loughi Je buscó por él y estuvo a punto de matarlo. Caravage tuvo miedo de las consecuencias y huyó a la Marche,
donde pasó el invierno de 1603.
Vuelto a Roma, un día que comía en una fonda, anojó
un plato a un criado, hiriéndole en la cara. Gracias a sus
protectores salió bien. Pero la Policía no lo perdía de vista
y lo detenía en cualquiera ocasión; en 16o4, por.que una
noche, en unión de dos compañeros tiró unas piedras y prorrumpió en injurias; en 1665, porque llevaba armas sin permiso. El cardenal del Monte se cansó entonces de hospeuar a un amigo tan comprometedor, y desde el verano de
16o5 quedó sin domicilio fijo.
En julio de 16o5 tiene otro mal asunto. Tiene una ritla
en el Corso con un pasante de notario por cortejar a una
mujer llamada Lena, que era la esp lsa del pasante. No
ocurrió ese día nada; pero el 29 de julio el pasante recibe

CRÓNICA DE PAEfs

una estocada en la nuca y acusó a Caravage, que huyó a
Génova. Al fin se arregló el negocio. Pero al año siguiente, a causa de una disputa en el juego, tuvo un duelo con
su amigo Tommasoni, al cual dejó muerto en el campo1 saliendo a su vez gravemente herido.
Una vez curado, se refugió en un castillo que los Colonna tenían en la Sabina.
Pintó allí una .MiJ.gdalena y los P1:Yegrfoos de Emaüs;
hizo vender estos cuadros en Roma, y con el dinero de la
venta ganó Nápoles. Pero sea que no encontrara trabajo o
sea inquietud suya, en 16'J7 pasó a la isla de Malta. Le
acompañaba un joven pintor holandés llamado Spada, que
le admiraba fanáticamente y le imitaba en todo.
El gran Maestre de la Orden, Mof de \ Vignacourt, le
recibió como correspondía a su fama, le encargó algunos
retratos, le nombró caballero honorario, y después que hubo
pintado la degollación de San Juan, le regaló un collar de
oro y dos esclavos turcos. Pero el carácter de Caravage no
permitía que dieran este favor. Tuvo una qut!rella con un
caballero de Malta, y Wignacourt lo hizo prender. Su fü•l
Spada, por no ser menos que su maestro, robó a otro caballero de Malta una esclava morisca y huyó con ella.
Del calabozo se escapó Caravage 1 :según se cuenta, escalando los muros, y en un barco logró llegar a Sicilia. En
realidad, M. Rouchés sospecha que el gran Maestre, después
de tenerlo en prisión algunas semanas, lo hizo conducir en
una barca a las costas de Sicilia. Pasó en Mesina el año 16o8,
donde trabajó mucho y fué bien pagado. Por la Nativid~d
de la Iglesia de los Capuchinos recibió mil esc~dos. DeJ?
esta ciudad misteriosamente, y después de pmtar Natt•
vidad, que le fué encargada en Palermo, volvió a Nápoles.
Allí fué herido en la cara en una riña en las puertas de una
posada.
Después de esta aventura parecía que sus desgracias
habían concluido¡ pero no fué así. El cardenal Gonzaga había obtenido su gracia en Roma. Fletó un falucho para ir
por mar a Civita-Vecchia o a Terracina; pero sea por la

�COS.'dÓPOLIS-XI-1920

temp~stad o sea por no querer desembarcar directamente
en los Estados Pontificios) lo hizo más al Norte, en Orbetello, que tenía una guarnición española y que lo aprisionó
confundiéndolo con otro. Cuando después de algunos días
lo pusieron en libertad, el falucho había desaparecido, llevándose toda su fortuna. Como loco se puso a correr a la
orilla del mar bajo el sol de agosto y contrajo unas fiebres
que en varios días lo llevaron al sepulcro.
La vida del Caravage es más accidentada que edificante.
El milagro es que entre tantas aventuras y llegando apenas
a los cuarenta afíos, haya dejado una obra considerable
poderosa y patética, que hace de es.te artista uno de lo~
. más grandes pintores de su tiempo.
Le Lion d).Arras, por Paul Adam. -Paul Adam había nacido para remover masas pesadas, agitar multitudes y desplazar en el papel ejércitos y pueblos.
Pero lo que le es particular es el haber imaginado siempre estos movimientos como organizados.
Hay en esto una sensible diferencia con las multitudes
que viven, por ejemplo) en las novelas de Tolstoi. El puebl~ crea~o por el novelista ruso, es incierto y movible. Se
agitan mtl persoaas) mil inquietudes, Caracteres diferentes
impulsan los hombres en sentido opuesto. La humanidaa
es, en_ sus .obra~, un mar alborotado, donde las olas surgen
en todas duecc10nes. En un genio latino, por el contrario,
todo se ordena y todo tiene su lugar. Esto oéurre en el libro pó~tumo de Paul Adam que se acaba de publicar y que
es el pnmero de una trilogía sobre el Artois.
Este .libro está compuesto de una manera síngular que
desconcierta nuestros hábitos. Está constituido por dos
cuadros. En el primero se ve en 1788 a Justo-Emilio Haricourt casarse con su prima Cecilia y unir así 1a fundición
de que es heredera con los talleres de Dunkerque, que pertenecen a Justo-Emilio y a sus hermanos.
En el segundo cuadro se ve a este mismo Justo-Emilio,
precursor de la areonáutica, dominar en z792 el campo de
batalla de Valmy con un globo Arras-Egalité que escolta-

CRÓNICA. DE PARÍS

445

tan los voluntarios de la ciudad. Así el libro obedece a una
especie de plan: Arto is, en la paz; Artois, en la guerra.
Los personajes de Tusto-Emilio y Cecilia no sirven más
al autor que para organizar este díptico. Unidos a esa dinastía de los Haricourt, de la cual Paul Adam ha escrito la .
epopeya) son como los símbolos del Artois, a tal punto,
que no pudiendo Cecilia ser llevada. directamente en la
guerra y no apareciendo en la segunda parte, el autor supone cierta vivandera que se le aset?-eja y que bastará para
presentar en el tumulto del combate los cabellos rubios y
la tez clara de la provincia.
Este papel simbólico está compartido entre los dos esposos del si1?;uiente modo: En el prímer cuadro) es Cecilia
dueña de 11a fundición, la verdadera heroína del Artois. Sin
piedad para sus quince años, el autor la ha obligado a montar d~sde la primera página sobre el león dorado que corona la atalaya y que había sido fundido por sus antepasados.
Está allí temblando de miedo, la saya y la toca flotando al
viento. Pero toda la provincia está extendida y como ofren da a sus pies. Allí conoce su noviazgo y el gusto de reinar en su casa y gobernar su hacienda.
«Recibirá ella misma sus granjeros y su parte de rentas
sobre los bienes numerosos esparcidos en la campiña. Estas tierras más bellas, puesto que son el gaje de su liberación, las abraza Cecilia en su propia vida, con el esfuerzo
de los que la hacen opulentas; ellos sufren por esto en esos
bosques, en los espacios verdes y dorados, en el fondo de
las calles rumorosas, a las sombras de esas iglesias que
tocan ...,
Este modo de incorporar la tierra, el cielo, el mar y la
vida anónima de los hombres, es propiamente 1a manera
del novelista. Sin embargo, en la segunda parte, Cecilia
desaparece. El que aparece, sólo es Justo-Emilio, y como
ella representa el Artois pacífico y campestre, él representará el Artois guerrero.
Cada una de las dos partes está únicamente formada de
cuadros. No hay, en realidad, ni argumento ni intriga, pues

�446

COSMÓPOLIS-XJ-1920

no puede llamarse así a un matrimonio sin incidentes. La
multitud de personajes secundarios, por numerosos que
sean, no añaden nada a la anécdota. No le!: sucede absolutamente nada. Lo que pasa ante nuestros ojos es el movi•
miento de su acostumbrada vida, sin un solo episodio excepcional. Pero el azar de la historia y la elección del autor
quieren que esos personajes en esa ciudad de Arras y ':!n
el verano que precede a la Revolución, nos interesen por sí
mismos; son los dos Robespierre y su hermana Carlota y
los oratorianos Fouch{ y Lebon. Les vemos vivir. Maximilianb Robespierre entra en su casa de regreso del Tribunal. Su hermana ha preparado la mesa. Su hermano Agustín mira a las encajeras por la ventana abierta. Se sient~n
los tres en sillas de paja con el respaldo esculpido. Comen
y se separan. Es todo.
Es esta una forma nueva de novela histórica. La forma
arcaica era mezclar los personajes reales e los inventados.
Siendo ya patente el absurdo del sistema, se vino a colocar
los personajes conocidos, molestos ppr su notoriedad misma en segundo término, donde nada tenían que hacer, sosteniéndose la acción por los personajes inventados. Paul
Adam, suprimiendo la acción, se contenta con pintar el movimiento ordinario de la vida, sobre el cual estamos lo suficientemente informados para que este cuadro movible sea
casi exacto. Comprendido así, la novela se aproxima cuan
to es posible a la historia.
El novelísta está servido por dos cualidades de primer
orden. Tíene primero un don de pintor verdaderamente
asombroso. He aquí el Benedícite dicho por el tío Haricourt
ante la familia reunida en torno de la mesa:
«Nadie habla, ni madame Haricourt, blanca y alta, velada, cargada de cruces, de medallas, de escapularios, de
pie cerca del dueñ.o y cuidadosa de vigilar el orden del ser•
vicio; ni el viejo Thomas1 tan limpio y cuicfado al final de
la mesa, entre el intendente y el contramaestre de los Molinos; ni las Ursulinas invitadas que besan la cruz de sus
rosarios. Los tres invitados con frac y peluca saludan. En la

CRÓNICA DE PARÍS

sombra de la habitación, con las medias azules, tocadas,
con el refajo recogido por el cordón de la delantera, las
cuatro criadas se arrodillan delante de la mesa donde es•
tán las soperas, las escudillas de madera y las rebanadas
de pan.,
¿Puede imaginarse un cuadro mejor pintado? Pero este
don no sería nada sin el otro, que es el poder de infundir a
los personajes la vida y el movimiento. Todo este mundo
se agita. Sin duda, en medio de tanto personaje, el autor
no tiene tiempo de conceder a cada uno más que una palabra y un gesto, que repite indefinidamente; así su conjunto
hace el efecto un poco de un concierto de autómatas. Pero
vista en conjunto y a distancia esta muchedumbre, tiene
una animación sorprendente; los fundidores golpean sobre
el yunque; los arrieros cargan en ·sacos; las encajeras agitan las veinte casullas de sus cuadros; Robespierre pronuncia un discurso sobre la virtud; Carnet un discurso sobre
las fortificaciones; Fouché, de los labios delgados, apremia
áspero a Carlota Robespierre; el .tío Haricourt jura; todo
este mundo se remueve y habla a la vez.
Cuanto mayor es la multitud que el autor debe agitar,
está más contento el autor. Arna verdaderamente el número, la fuerza, el exceso. Ju~to-Emilio, dejando de leer, rechaza con su mano los libros que hay sobre la mesa. ¿Cuáles son estos libros?
«Rechaza los tomos abiertos de la Enciclopedia; lo~ planos y grabados de la fundición; los folletos relativos al arte
del maderamen; de la fabricación de la seda; los manuscritos explicando las más recientes experiencias de. los químicos sobre la composición del gas expansivo; un informe de
Lavoisier sobre las ventajas que pueden obtenerse de la
invención de los globos.,
Sin embargo, el autor goza en este tumulto. Reconoce
su mundo. Desencadena la tempestad y devuelve la calma.
Sabe la historia de cada uno. Al final destripa algunos personajes. Se da el placer de un Dios.
Le Monde a Coté, por Gyp.-Los personajes que nos

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1

COBMÓPOLIB -

XI-1920

muestra Gyp en esta novela, son de todos los tiempos. La
heroína J osette de Skaer ha crecido en Bretaña en un gran
castillo, que es su herencia. Su padre ha muerto en un accidente de caza. Su tía, madame de Jonau, que la cuida,
hace el oficio de casamentera, tan bien, que Josette la arroja C'Uando se apercibe de esta industria. El tutor de la joven, el buen Delalonde, tiene un hijo, Andie, del cual se
enamora Josette. Pero el ·honrado tutor corta en §eco este
idilio y casa a su pupila con un M. Moray, que es muy rico.
Gyp ha tratado a Josette como una buena hada trata a
su hija. La ha colmado de dones. La ha hecho muy bella,
esbelta, vigorosa, con aire de diosa, unos ojos inmensos de
uh verde límpido que endurece la cólera, una tez de un bebé
inglés, una nariz recta, dientes deslumbradores, cabellos
negros.
«De toda la persona de la condesa se exhala un no sé
qué de sano y de fuerte, una especie de gracia casta y robusta. Josette es buena, violenta, sincera y franca con exceso. Su carácter entero. se pliega incompletamente a las
exigencias mundanas. Adora las cosas grandes y bellas,
execra las mezquinerías y no disimula jamás la impresión
sentida,,.
Es poco decir que es la heroína del libro. Es su diosa
tutelar. Su retrato es como una profesión de fe. Tiene aún
otras gracias. Esta amazona descuella en todas las artes.
Sabe pintar y es excelente música. La violencia misma y la
rudeza de su carácter no dejan de tener encanto. Exigente
y fiera, sabe amar.
El arte de Gyp es que, con perfecciones tan singulares1
Josette es •un ser vivo. Sus sentimientos son verdaderos y
naturales. El autor, que la ha dado un alma vioJenta, la ha
librado de todo exceso. Sin duda se defenderá con vigor
de la innoble La Réole. Sin duaa engañada por su marido,
le responde con una indiferencia de princesa ofendida. Arna
aún a Andié, pero este amor no llega a hacerla olvidar de
lo que se debe. Andié a su vez se deja arrastrar por un des•
dichado amor por madade de Guibray. Josette sufre, pero

CRÓNICA DE PARfs

449

no se queja y perdona. Pero Gyp no quiere dejarla indefinidamente escarnecida por un marido indigno ni por un
suspirante versátil. Así tiene en reserva desde el principio
del libro a M. de Lafére, de poca edad más que Josette, que
la ama desde la infancia. Gyp mata a M. de Moray y da a
Josette a M. de Lafére. Y de tal modo sabe que hace bien
en esto, que se hace aplaudir por la madre de Moray, que
exclama: «¡Bien sabe Dios lo que ha hecho!»
Arte.

El Salón de Oto1-io.-El estudio de esta Exposición requiere más tiempo. El día antes de enviar esta crónica he
asistido al barnizado, al cual ha concurrido todo el París
artístico. Dos retrf1tos atraían a los curiosos: el de Mauricio Rostand y el del ciudadano Rappoport. El primero, graciosamente sentado sobre un canapé en una postura muy
estudiada, representa una de las tendencias de este Salón,
la tendencia del refinamiento excesivo. La otra escuela está
representada por el ciudadano Rappoport, barrigón y barbudo, la escuela de esos brutos que peinan con un cuchillo
entre los dientes las Venus hotentotes.
El pintor Van Dogen, retratista del ciudadano ~appoport, ha colocado su cuadro entre una bañista desnuda, provocativa, con las pupilas inquietantes, y una modista mundana de los Campos Elíseos, muy correcta, con su vestido
de paño de oro. El San Antonio del bolchevismo entre las
vírgenes sensatas y las vírgenes locas.
El Salón es curioso y su estudio será interesante. En la
próxima crónica nos ocuparemos con la extensión que merezca de esta Exposición, que ya puede llamarse la de los
dos extremos: la del culto y refinado Rostand y la del bárbaro Rappoport.

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POETAS MODERNOS

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La poesía es el género literario que más se renueva,
evoluciona y adelanta en Portugal, sin perder por t&gt;SO nada
de la pasada grandeza de su origen provenzal, impregnado
del más refinado lirismo.
Nosotro:; estamos familiarizados con sus poeta clásicos
y con sus grandes poetas modernos, a partir de Anthero de
Quental, Almeida Garrett, Jo.ao tle Deus y Antonio Nobre .
Entre los contemporáneos cuentan con admiradores el simb9lista Eugenio de Ca:.tro, el batallador Góroez Leal, el
épico Guerra Junqueiro y muchos otros; pero conocemos
poco a los; nuevos, a los que comienzan la lucha y que son
los que más dan en su obra la modalidad del espíritu que
se desenvuelve y se afirma en la vecina República.
Tres libros nuevos, con sus hoja:. sin separar, con ese
incitante olor de imprenta, que tiene algo del casto mbterio del azahar, están en este moniento sobre mi mesa. Como
mudos y velados, con esa timidez del que va a país extraño
y teme que no entiendan su idioma. Pero son tres liLros
;
que pueden hablar alto, sin miedo a no ser comprendidos
en la universal comunión del arte:
Clepsydra encierra toda la vida poética de un hombre,
modelada en preciosos ver:;os. La mayoría de estas poesías
están escritas lejos de la patria, y por lo tanto, son más
portuguesas, más íntimas, no sólo por ese fenómeno de que
la patria lejana es más amada, ruesto que en la di.stancia se
olvidan los defectos y se aviva el recuerdo de las bellas cosas, sino porque en la lejanía, donde ni siquiera se habla

CRÓNICA l,ITEnARIA DE PORTUGM,

451

nuestro idioma, donde no se pierde ninguna palalira en la
convers~ción t1 ivial, el lenguaje se hace algo muy fuerte,
muy recio, muy entrañable; adquiere una mayor sensibilidad; hablamos con nosotros mismos, dialogamos con nuestro corazón, que interroga y responde.
. Están
. escritas . tn Macau, en esa ciudad de la China ,
m1st~nosa y exótica, que ha influípo en la gran sensibilidad
emotiva, de extraña víbratibilidad del artista.
. Camilo Pes::;_anha ha_pasado veintisiete años como perdido, en ese pa1s de Oriente, sin dar noticias de su vida
sin escribirle _apenas a sus amigos, sin publicar nada, y
cabo de ese tiempo, aparece un día en Lisboa, recita sus
versos, lee sus traducciones directas del chino, lega al
-:-Iuseo de las Banellas Verdes una precio,,a colección de obJetos -de arte chino y después dei:;aparece de nueyo.
E3 como si dormido por el opio durante todo ese tiem•
po, se hubiera despertado un momento' y se sumiese otra
vez en su contemplación solitaria.
En esta visita a Portugal nos ha dejado Camilo Pes•
sanha estos vers?s. y esas tradiciones que ha hecho paciente~1~nte, de ese 1d10_m~ duro, monosilábico, en ~uya gramahca no puede ex1st1r analogía, porque las palabras son
&lt;:?mo grana~illas de un rosario, sueltas y dispersas, imposible de dosificar por lo vario de todas ellas, que envuelven un centenar de acepciones; palabras llenas y palabras
i 1acías, que es preciso juntar como las fichas del dominó
cuyas combinaciones son accidentales; palabras que se en:
lazan )' no se soldan jamás. Se debe a una mujer inteliaente! la ~lustre escritora doña A na de Castro Osario, lae- pubhcac1ón de e::.tos versos y la preparación de otro volumen
de prosas dispersas, que completará la extrañ.a fio-ura de
ese espíritu que tiene en la vida intelectual portu;:esa un
0
valor inestimable.
Camilo ~essan~a se ha apoderado del espíritu oriental,
sus traduccwnes tu~nen un elemento que no se encuentra
·en los escr~tores que, como Judith Gauthier, interpretarán
poemas chmos, quizás a tra,•és de otro i1ioma, y con espíri-

ai

�COSMÓPOLIS-Xl-1920
CRÓNICll LlTEIIARIA DE PORT!7&lt;UL

tu europeo, Pessanha es como si un chino escribiese en su
idioma, está psicológicamente preparado para interpretar
el pensamiento simbólico y la idea velada y superior de la
poesía china.
He aquí el fragmeQ,tO de una de sus traducciones:

VOCES DE OTOÑO

453

En la poesía original de Camilo Pessanba hay un elemento oriental mezclado a la saudade portuguesa, esa saudade que no es sólo la bella y poética palabra, que expresa
a la vez melancolía, recuerdo y nostalgia, sino un sentimiento arraigado, de raza, como la morriña del noroeste &lt;le
España, y da un parentesco a su poesía con nuestra poesía
gallega.
El poeta dice:

(Din-Tang)

+: Yo, Ao-Geong-Tze, estaba de noche leyendo cuando
oí aquel rumor de las brisas del Sudoeste. Al oirlo reflexioné lleno de sobresalto.
-¡Es singular! Al principio era el tamborilar de la lluvia que después s~ transforma en azote de viento, para lue•
go, en un vertiginoso crescendo, dar lugar a estos violen•
tos estampidos, -como de grandes olas, que asustan a la noche. El viento y la lluvia, precipitándose en torbellinos,
son como una conflagración retumbante de armaduras resonando. Lo mismo que los guerreros, cuando avanzan hacia combate, hincan los dientes en la mordaza y aceleran fa
carrera, no oyéndoseles gritos de excitación o de miedo,
sino el estruendo de los peones y de los caballos en

marcha ...
Le pregunto &lt;:i.. mi joven discípulo~
-¿Qué ruidos serán éstos? Ve a informarte.
Vuelve y me responde:
-En el cielo brillan puras las estrellas y la Luna; la Vía
Láctea esplende. En ninguna dirección resuena la voz humana. Son las voces de la arboleda ...
Yo murmuro;
-¡Ay! ¡A.yl ¡Oh, dolor! De dónde será, de dónde proceden todas estas voces otoñales,&gt;

··········· ················ . ············· . ·~---·-•··
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Eu vi a luz em um paiz perdido.
A minha alma e languida e inerme.
Oh! Quem podesse deslisar sem ruido!
No chaó sumir•se, comó faz um verme ...

s.~s composiciones tienen el vago ensueño de lo~ ojos
,que siguen las visiones que el opio forja y delinea en los
espirales de humo de su cigarro. Son palabras como balbu,ceos, palabras sugeridoras, que nos recuerdan la poesía de
Juan Ramón Jiménez:
Se andava.no jardim,
Que cheiro de jasmím!
Tao branca do luar!
••••

,.._. · •

ti

••••••••••••••••

. ...... ,. ................ .
Eis tenho-a junto a miro.
Vencida, e minha, emfim,
Após tanto a sonhar ...
Porque en.t riste90 assim? ...
Náo era ella, mas sim
(O que eu quiz abrai;-:ar),

�454

_

CRÓNICA LITERARIA DE PO!ITUGAL

455

COSM,óPot.Is-;ia-1920

A hora do jardim ...
O aroma de jasmim ...
A onda do luar ...
A mayor abundamiento podemos ver esta otra, para
tener completa idea de la verdadera poesía que impregna
lús versqs de este poeta moderno y delicado.
.Foi um día de inuteis agonías.
Dia de sol, inundado de sol!,..
Fulgían nuas as espadas frias ...
Dia de sol, inundado de sol!. ..
Foi um dia de falsas alegrías.
Dáhlia a esfolhar-se,-o seu molle sorriso...
Voltavam os ranchos das romarias.
Dáhlia a esfolhar-se,-o seu molle sorriso ...
Dia impressrvel mais que os outros dias.
.Tao lúcido ... Tao pallido ... Táo lúcido! ...
Diffuso de theoremas, de theorias.,.
Odia futil mais que 03 outros dias!
Minuete de discretas ironias ...
Tao lúcido ... Tao pallido.,. Tát&gt; lúcido!. ..

Reinha Santa es el bello poema de un escritor joven.
que nos da en esa obra sus primeros versos, es decir, losprimeros versos que publica, porque quien con tanta rotundidad y perfección se expresa, no nos ofrece sus primeros
balbuceos; es una obra uien pensada y sentida, en la que
se ve que el autor no se ha precipitado a publicar sus composiciones con ansia de autor novel. Antes de haber publicado Joáo de Castro este libro, ha debido romper o guardar
en el fondo de su cajón muchas y bellas composiciones.

•

Este libro es una muestra de su talento v de su sensibilidad artística; libro de pensador y de poeta" que se une, sin
solución de continuedad a los hermosos y vibrantes libros
de Anthero de Quental, cuya vieja lira, encordada con un
nuevo cordaje, pulsa el poeta.
En el alma de Joao de Castro existe ese doloroso anhelo
de perfección, ese ansia de redención de la humanidad sufriente que toma forma y carne en su canto .
~ El joven pintor belga Albert Jourdain, maestro del simbolismo, a través de un impresionismo directo de las figuras y del paisaje, ha sintetizado el espíritu del poema con
un magnífico dibujo, colocado al frente de la obra que se
inspira en estos versos.

No destro9ado caminhar da viq,a
En que o sonho mais brando é violenciat
Alma tragica e for9a enfebrecida;
E, do triunfo humano de existencia;
Rica o travor da luta já vencida,
Passeia o ten estandarte de clemencia.
Los te,cetos dantescos y simbólicos de toda la obra son
dignos de este valiente comienzo. Sin poderse llamar pe•
simista, hay en toda la obra un dejo de dolor, del dolor
humano que engendra el deseo de perfección, dolor de 'hu•
manidad que aspira a la superhurnanidad: dolor inherente
de la vida:
Acorren to minha alma aos sofrimentos,

Na tragedia de erguer os novos ceus,
E de ligar, em alma, os elementos ...
Ardem, em mim, de esfon;os fogareus;
E ligam-se humilissimos tormentoSi
Repetindo a paixao do Cristo-Deus.

�4óG

C08MÓPOU8-XJ- 1920

CRÓNICA lJTERARIA DE PORTUGAL

457

-Homem, fac;o o universo á minha imagen.
E sou o campo, sofredór, da luta,
E a voluntaria dor, alta e selvagem.

Gesto da vida a perdoar delirios,
E a continua largada da aventura,
E a inutil colheita de martirios¡

Por meu unico esforc;o ergo a disputa;
E ao mesmo tempo sou crem;a e miragem
Criando além, e sonho que se escuta.

Gesto de piedade e de doyura,
A transformar o mal em brancas lirios
E as ambir;oes em rosas de ternura.

-Homem, espero a Bondade do universo
Que, em si mesma, a nossa alma nos sonhou,
O corac;ao, de lagrimas submerso,

Un critico portugués ha dicho que este poema de Joáo
de Castro es cLa elegía de la vida y el poema del alma&gt;.

Que a no8sa !uta de homens trespassou
De tanta magua e dór, e o bem disperso
Que o oosso sonho agora concentrou.
Él ama la figura de la Santa Reina Isatiel como un símbolo de dulzura, de consuelo; la ama por las manos piadosas que curan las llagas, por la sonrisa que tranquiliza los
corazones; por lo que hay en .ella de perdón y de sublime
renuncia, que conduce a otra vida más perfecta; la ama por
su gesto materno, y frente al mal fatal que lo llena de pe-_
sadumb1e, la Reina Santa reprPsenta el principio del bien,
que cambia el dolor en dulzura con su gesto; porque en el
poeta hay también un gesto de renunciamiento, de cansancio, sin perjuicio de la . exaltación y de la fuerza creadora:
Ternissima renuncia de can sayo
Do que era orgulho e magua criadóra,
O entusiasmo brutal que armou o bra,;o
Da revolta cruel e vencedora;
E descanso, por fim 1 no seu regayo
De piedosa mae cor.soladora.

**•
Anwede Natal.-Género distinto de los otros dos li.
bros nos ofrece éste de Antonio Ferro. Antonio Ferro es
el por avoz de lo juvenil y de lo arbitrario, el miembro correspondiente de Pombo en Portugal.
Ferro ha tenido en sus primeras obras los desplantes
necesarios para subir a la tribuna y sentirse ya destacado
entre la multitud, y ahora parece que ya, serena su palabra, lanza los versos de la primera madurez.
En el libro anterior a éste que acaba de publicar, La
Teoria de la Indiferencia, la paradoja conseguía las mayores
alturas posibles y había verdaderos rasgos en los que el
orgullo llegaba a cristalizar como un brillante, gracias a su
talento.
Hoy con Ar-z:ore de Natal sale de la bola dorada del orgullo, como rompiendo la crisálida de una gran adolescen
cia, y lanza sus versos en que ya reconocemos la verdad,
no vulgar, de la vida.
Son versos fuertes, apasionados, muy modernos, como
podremos comprobar con la lectura de estos tres hermosos
sonetos:

�458

COSMÓPOLS -:1:1-1920

MADRUGADA

Tu ~ais ser mae ... Tu vai amanhecer ...
No teu ventre suave que se enflora,
Eu sinto já prenúncios duma aurora, .
O sol que, atrás das nuvens, quer romper...
Vais ter um fiiho de outro, meu amor .. .
Tu que já foste mae dum filbo meu! .. .
Un filbo, sim ... Que o meu amor nasceu,
Como um menino, no teu corpo en flor ...
Mesmo esse filho que tu vais gerar

E' quási meu ... Pois com o corayao
E' que o teu corpo o tero que imaginar ...
Le esta sina, escuta esta adivínha:
Parecer-se-há com ele na expressao,
Mas vai ter urna alma igual t\ minha!

PRAIA DE BANHOS

Teu corpo salutar-praia de banhos ...
O mar sereno ... As ondas sao teus seios,
Ondulando na calma dos rebanhos, ..
U m mar onde me afogo sem receios!...
Praia donde só meus dedos sao banhistas
Na caricia das ondas socegadas ...
Meus dedos decadentes sao 'artistas
Que nao gostam de praias frcquentadas ...

CRÓNICA LITERARIA D1! PORTUGAL

Armam barraca en teu colo formoso ...
As tuas brancas maos-len9ol sedoso.
Onde se enxugan vagarosamente ...

E' breve o día na encantada praia:
No Oriente dos teus olhos o sol raia,
Logo a seguir nos meus é o Poente ...

INSPIRAQAO

Eu lembro-me de ti... o que nao sei é donde ...
Nao sei bem se te vi na Santa dum missal,
Se em góticos vitrais de 'velha catedral,
Cuja recorda9ao de todo se me esconde .. .
E quem sabe se foi na esquina duma rua .. .
Na gravura dum livro ... ou no azul do ceu .. .
Num romance de amor, talvez num sonho meu ...
Numa flor que murchou, na palidez da lua ...
Quem sabe se serás un verso mal medido
Que eu in utiliseis por nao lhe encontrar nada,
Senhora da Saudade a quem atnor prometo ...
Ah! sim ... Já sei agora! Eu tinha-me esquecido •..
Nunca te conheci ... Foste por mim creada:
E' urna inspira9ao ... Tu és este soneto!...
CARMEN DE

BuaGos.

(ColombineJ

�ESTUDIOS lJTBIURJOS

.

7UDl

), VI'" ¡,-y"".

1llfAJRJ
CUESTIONES ESTÉTICAS

La crisis del teatro.
III
Las consideraciones expuestas en los anteriores artículos, fijan la naturaleza apJsionada dei teatro, y explican la
razón de su estado precario en nuestra cultura. Porque
esta cultura, racional, que repugna toda alucinación, toda
embriaguez mística, no puede transigir con la esencia genuina del teatro, con su carácter de mixtificación y delirio
y trata de desnaturalizarlo, infundiéndole 'cualidades racionales, dotándole de verosimilitud, privándole de su vida
orgiástica. Nuestra cultura quiere cada vez más convertir
la obra escénica en un libro; transacción monstruosa que
explica suficientemente el conflicto en que se debate la
existencia de nuestro teatro. Pues por un lado se le priva
de la música, del c:oro, de los perfumes rituales, de todo lo
que pudiera aumentar su poder alucinatorio, su manera de
obrar apasionada, su moralidad peculiar, y de otro se le
obliga a subsistir, a realizar fines racionales y utilitarios
que no son los suyos, conservando su pristina apariencia.
De esta suerte, el teatro:se convierte en un género literario
híbrido, que no tiene la belleza tranquila del libro ni la virtud dinámica y patética de los verdaderos espectáculos; la
tragedia anti~ua y la gran comedia que es su reverso se
.
'
convierten en arquetipos inaccesibles, y la gran emoción,

461

superior y pura, de los simulacro::; teatrales, huye de los
circos nobles para buscar un refugio en los otros circos de
boxeo y de lidias taurinas , donde la pa:)ión se brinda a las
plebes ingenuas, a los legítimos clientes del e:,;pectáculu
teatral, por una forma tosca, inelaborada, exenta de toda
moralidad ap:i:,;ionada y mistica. Nuestra cultura ha reducido el teatro a un simulacro sin carácter, en que el espectador no tiene participación alguna 1 porque no comulga
ya en el misterio pavoroso de las pasiones, en ei gran se~
creto primordial de las existencias diversas, cuyo origen ~n
otro tiempo revelábale simbólicamente la escena en forma
de misterios divinos o simulacros heroicos. El teatro se
nos aparece hoy como un vestigio absurdo, heredado de
las antiguas civilizaciones apasionadas y religiosas, como
un rito cuyo sentido no somos capaces &lt;le comprender y a
cuyo cumplimiento le falta el indispensable fervor. El proscenio es un altar cuyo fuego se ha consumido.

Y, sin embargo, tal fenómeno parece absurdo en una
civilización que aún se dice religiosa, y cuya vida moral
parece inspirarse en una fe, es decir, en una voluntad irracional de creer, en una exaltación mística. Nuestra cultura
católica tiene en su fe oficial el origen auténtico de las
inspiraciones teatrales. ¿No ha nacido ella de una tragedia,
&lt;!e la tragedia incomparable del Cristo, de la tragedia más
cercana en el tiempo a nuestra humanidad y no tiene camo
base de sus diversas iglesias, la piedra ensangrentada de
una tradición de martirio, no vive ella religiosamente de
una emoción . trágica, de la embriaguez de pasión sentida
en lo antiguo por una muchedumbre al pie de las cruces?
¿No es en esto semejante a la civilización helénica que nutría su sentimiento trágico, su dilección al simulacro en
los mitos de dolor y de sangre de sus tradiciones históricoreligiosas? La pasión del Cristo bien puede compararse en
virtudes emotivas con el jubiloso suplicio de Dionisos, y el
largo vía crucis cristiano regado con sangre, bien vale, en

,)

�462

CO!!IJÓPOUS-lX-1920

EKTUDIOS LITERARIOS

,

cuanto a poder de delirios orgiásticos, por el báquico itinerario regado con vino. Difícilmente podría concebirse otro
simulacro en el que las .nuchedumbres pudiesen comulgar
más plena y apasionadamente que el simulacro de la pasión
y muerte del Cristo. De las llagas del crucificado fluyen
veneros trágicos, raudales de auténtica emoción teatral.
Todo el evangelio es una constante exaltación de la pasión alucinada, de la sencillez infantil de los sentimientos,
de la volvutad de creer, de todo eso que constituye el alma
de las muchedumbres para las cuales se edifican los escenarios. La religión cristiana está fundada en la fe; es por
lo tanto de esencia artística, invita a la aceptación del absurdo lógico, pide al creyente el más heroico asentimiento. Su fórmula suprema-credo quia absurdum-son las palabras que debieran inscribirse en los frontales de todos
los proscenios.

La pasión cristiana dotaba a nuestra civilización d~ la
posibilidad más legítima de tener un teatro, al mismo tiempo que de la liturgia más bella y apasionada. El pueblo, que
asistía con complacencia a los simulac1 os religiosos de un
mismo y reiterado sentido, era es.encialmente un público
teatral. Se comprende que el apogeo del sentimiento religioso entre nosotros, españoles, coincidiese con el apogeo
de las representaciones escénicas. El asentimiento que la
fe exicría
a la verdad oculta de los misterios, que •eran ante
!-,
•
todo, misterios de amor y de pasión, la asistencia y participación de las turbas devotas en los ritos• simbólicos que
desentrañaban el germen dramático de la doctrina en su
doble aspecto de pasión y de transfiguración, explican ~a
coexistencia de dos brillantes géneros teatrales: la comedia
de capa y espada y el auto sacra me.o tal. También el teatro
de Shakespeare florece en una época de fe cristi~na y de
fervor dionisíaco y seguramente le enardecen por igual los
incensados cordiales de los templos y la embriaguez de los
pimentados licores ingleses. Como en los tiempos del pri-

mer teatro griego, las turbas que pueblan las gradas del
anfiteatro y se encaran con las representaciones figuradas
de las pasiones y de los vicios-de la pasión, la tragedia, y
del vicio, la parodia-, han sido iniciadas en los misterios
teatrales por las ceremonias del culto, conocen el lenguaje
simbólico de los gestos y de las abreviaciones emblemáticas, tienen dado su asentimiento a las figuraciones convenidas, al absurdo aparente de las representaciones paradigmáticas. Han sido iniciadas sobre todo en los misterios de
la simpatía, en la interpretación simpática de la vida. De
ahí la perfecta· concordia que existe entre actores y espectadoret:i y la complacencia con que éstos asisten a un juego
escénico, cuyas apariencias materiales son de suma sencillez, cuyos recursos técnicos son tan limitados, tan candorosa y francamente pobres. Pero es que no sólo asi:sten,
sino que también participan en el simulacro, pues esas plebes teatrales, libres en las exfansiones de su entusia::;mo,
no contenidas por el severo decoro de nuestros días, se
asocian con sus gritos propicios o reprobatorios a las acciones simuladas en la escena, las sostienen, las dotah de cierta efectividad, actúan de coro, acompañan las peripecias de
los actores y realizan esa fusión de lo figurado y lo real,
esa voluntaria alucinación que es el propósito • umo y la
suma victoria del teatro.

Puede afirmarse que la práctica de los simulacros reli
giosos, la costumbre de la participación en los ritos litúrgicos, es lo único que justifica y explica la existencia del
teatro. En los simulacros del templo es donde se inicia la
muchedumbre en el gusto histriónico, en el gusto de la embriaguez teatral. Allí la condición social del teatro toma su
más amplia razón de existir. El fervor religioso crea los teatros insuperados de los siglos de oro ing:és y español. La
sociabilidad cortesana crea el pálido teatro raciniano. Ba3ta
comparar un teatro con otro para comprender hasta qué
punto el sentimiento apasionado de las religiones es supe-

�464

COSMÓPOLlB-'l:I-1920
ESTUDIOS LlTERARIOS

rior en el respecto de engendrar emociones de índole teatral, al sentimiento de la solidaridad cortesana o de castas
socio.l.es. Conviene insistir sobre este concepto: que ~l teatro es el espectáculo de participación más amplia, el nt_o de
]a más difusa simpatía, y que, por lo -tanto, ha de pedir su
razón de vida al más amplio vínculo apasionado y se ha de
manifestar en series de gestos, cuya imitación sea lícita Y
posible. Hay que tener presente que todo espectador ~s un
actor posible, que en otro tiempo lo fué con to~a realidad,
y que si hoy, por el decoro, se contiene en los arnb1tos de
la pura contemplación, el asentimiento que prns~a a la fars_a
se dt!riva de ese fervor simpático que hace posible la mimesis. Cuanto más propicie el espectáculo teatral esa opción contemplada tanto más se habrá legitimado en las
esencias de la teatralidad. Si en un tiempo eL teatro se convirtió en una cosa para ser vista, en su origen fué un~ ac•
tuación unánime y universa. EL sumo teatro se cum~lró en
los misterios, en que corifeos y coros actüa~an, r~clta.ndo
letras consagradas y ejecutando simulacros s1mbóhcos. Las
religiones posteriores al paganis~~ conservaron ese ~odo
de ser y obrar teatrales de la gentilidad, e~e arte de 1_nter-•
pretación plástica y apasionada ~e las noc10nes filosofi~as
vinculadas en los doo-mas, Sus ntos fueron representac10º
.
..
nes teatrales por excelencia, en las que la re1terac1on apasionada de piüabras y gestos constituía una forma de comunión fervorosa.

Es indudable que toda comunión en un ~enti~iento, al
hacerse lo bastante amplia) culmina en una hturgta y en un
teatro. Rito y simulacro escénico son dos sem?lantes de
una mi¡;ma cosa, dos formas de satisfacer una misma necesidad: la complacencia en la reiteración de ciertas palabras
y gestos apas1onados y de adquirir mediante e}la la sensación de la comunicación plena. Por eso a la muerte de las
antiguas religiones la nueva religión social ?use~, con tanteos torpes e inspirado~) las formas de una hturgrn y de un

465

teatro propios. Y esa liturgia y ese teatro han de inspirarse en la mímesis alegórica de la pasión de un mártir, o en
la sátira de un enemigo notorio de los p1·ecursores glorificados; ha.n de adoptar formas trágicas y cómicas. Así la
~ntigüedad tuvo la tragedia de Prometeo y la comedia de
Marsias. Y así el cristianismo tuvo una tragedia en lapasión del fundador y su comedia en la sátira de Judas y en
las burlas de Herodes. Así de la emóción de pánico y de
triunfo d~sdoblan las religiones las formas de su teatro. Y
por eso en nuestros días, en que el más numeroso vínculo
social lo constituyen las preocupaciones burguesas, el sentido práctico y la ponderación menuda, ha podido nacer
esa comedia híbrida, ni tragedia ni farsa, en la que es numeroso el teatro tealista. Pero estos días nuestros son precisamente los ' que plantean el problema de la decadencia
del teatro. Puede afirmarse que ningún venero de necesidades teatrales, es decir, de comuníón intensa y apasionada, ha sustituído aún a la antigua comunión religiosa, madre de nuestro último teatro serio. La religión cristiana es
la que toda vía, mientras confusamente se diseñan las ceremonias cívicas del futuro, conserva la esencia de la liturgia
y del rito teatral, el concepto trágico y cómico del teatro,
con sus mitos de Cristo y de Judas, el anhelo y el culto de
las grandes comuniones apasionadas, el recuerdo y el secreto de esas participaciones colectivas en un simulacro de
evocaciones simpáticas. Sólo pensando en ella, en su liturgia coral, podemos concebir la existencia de un teatro.

Para legitimar lo absurdo con que una representación
teatral se muestra a nuestra contemplación lúcida-absurdo que la mayor propíedad escénica no pued_e justificar,
porque siempre ella •misma carecería de justificación-, es
menester tener presente una vez más que el teatro responde a un anhelo, no sólo de contemplación, sino de participación fervorosa. Sólo podemos concebir al pueblo apiñado
frente a un escenario, mudo y quieto, si antes lo hemos
6

�...

..,.-....-:sr-1990

DTUDt08 LITDAIUOII

.
am tia liturgia cristiana. y si le con-visto oficiando en una _P,
también en el simulacro ea
cedemos la opción a parncipar d . u·ficarse por la eziaí osólopue e3us
..
cénico. El drama pro an
r . 0 de la pasión divma.
tencia y actuación del drama re ,gitosda, una adaptación del
.
la
Representa una emoción transpor atro • del cristianwmo,
Oen
•
·
t
fervoroso.
•
d
mismo sentimien °
d ha reivindica o la
.
d ma ha ampara o,
1
existene1a de ese ra
. d' 'duales y de todas aa
I
dramas
m
IVI
existencia de to dos os
. d a la pena de muerte.
desde la esclav11u
.
d
formas de drama, .
tanteen el amlnguo eHa sido una iniciación eficaz Ycons las representacionM
.
•nt d ·do el gusto a
Jeite trágico, h'l I un 1
evoca anegándose en
1 1e
delascuaes
'
1
tri\gicas, cada una
d' del Dios rememorada en os
su sentido total. La trage
ón era admitido el
. la
a cuya actuac1
.
templos con s1mu eros,
mínima participación ht&lt;u•
1
pueblo, aunque sólo fuera en:
o un cirio encendido, o
gica que supone el llevar en . m: preces de consuno con
un estandarte bordado, 0 reCJtarlb
gusto de loa simula. ' dí enlaa pe ese1
.
el sacerdote, m,un a
ba esas representaciones
eros trágicos, las acostumbrla. ªdel entusiasmo. La turba,
.
· das por el cu tiVO
•
1· ·
cérucas mouva
1 ceremonias re igiosu.
.
por completo en as
'd ..,,..,
nunca ociosa
.
sacerdotes estiin um os ....pues hasta en la misa fiel~ y
fomentaba su necesidad.
el hilo de la plegaria, sat1sfacia !
figuradas y artistica
. . 'ó en esas comuniones
.
y
de part1c1pac1 n
.
tar los simulacros escén1c011
y se bacía apta para mterpre i1a e ésto insuficientes. POI"
encontrarlos justificados,
':!u. da e~ los mi.,;terios relique la muchedumbre teatr : micianc1· ón activa en el dn• pre una mtene
aiosos • anhe1a siem fr 'ó el coro en la escena y se le pef
.,.
ma; y por eso ae 1e ? eci mudez en los momentos de ~
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de aprobación o censura qe
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467

litúrgicas y asumen caracteres francamente teatrales, uniendo maravillosamente lo sacro y lo
JJl'Ofano en una compenetración tan perfecta que nos perliílte formar idea de lo que hubo de ser una representación
~ en la anti¡¡-üedad, cuando aún el simulacro escénieo no se había desprendido del todo de sus afinidades filiacon los primitivos misterios. Me refiero a esos simulasacroprofanos que en algunas ciudades cristianas de
Andalucía-así en Ronda-se celebraban hasta
ll poco en la. Semana de Pasión para figurar el martirio
1 Cristo. En esos simulacros en que los personajes de la
· n eran representados por !)iadosos y espontáneos hisones, en que un joven era figuradamente inmolado en el
o simbólico y una madre real lloraba sobre su doloroso
-crucis, entre las marias y los discípulos a lo largo de
ºnos trazados en colinas reales, bajo el gran cielo apanado de Andalucía y entre el florecer de una primavera
tica, culminaba la esencia misma del teatro. Los que
enciaron esos espectáculos de pasión, en que la fuerza
la mímtsis ocasionaba a veces accidentes cruentos, los
vivieron durante una semana en ese ambiente de aluºón voluntaria y justificada y se sintieron poseídos por
plenitud de aquella efusión de sentimientos simpáticos,
'bieron la rnb alta iniciación en el misterio teatral y puon sonreír toda la vida de la pobreza de los otros simuos escénicos.
·

Comparado con el efecto obtenido en los simulacros haes de nuestros escenarios, el alto pathos de esas repre~
· nes casi litúrgicas se nos aparece como algo extraor•o, inasequible y, para muchos, poco deseable. Porque
la forma de un delirio orgiástico que repugna a nuestro
de lucidez, a nuestro espíritu amigo de los espectáculos
y lógicos. Parece absurdo. Pero eso es precisamente
que constituye su supremacía desde el punto de vista teael hecho de abolir la facultad critica, de convencer ple-

�.as

..,...u~

COlll61'0t.ll-D-tfl0

namente a los sentidos y al espiritu, de aumimot_eá,l i-C~
vido que es al mismo tiempo recuerdo eficacísimo de"".· · .
timientoa y costumbres que permanecen en nosotraé ' ·, .
la letra mls antigua de un palimpsesto. El teatro,· en · · · . · ·
.;;_y a esto se de_b e su supervivencia a pesar de tod&lt;&gt;-b.\ · _· •
uno de nuestros instintos mis vitales, la tendencia .~ : •· ·
trabacer la realidad, a violar las leyes del tiempo y é.l ... ·'
c:io, a afirmar eficazmente nuestra .fantasia, encarn .·:
en una acción que satisface por el modo plástico y aó
los. anhelos que e~ forma de aspiración o de_ nostalgia ·•
presa
la poesia lir1ca. El teatro es la e:ipres16n · mis .pbitli,
•
- . '&gt;
de nuestra fantasía y responde a ese anhelo sentiio ~fil
hombre sólo-no por nmg,ln otro animal, patrimoilio
so pavoroso de un sistema nervioso perfeccionad
. o ,Y. , . .. . •
constituye nuestra cimera singulai: y terrible-de jugar, ·__ \
su propio misterio y el de lal cosas. :Esos hombres, actdJlii
primitivos que con las heces del vino se embadama~W.
semblantes y sobre zancos se encumb~ban para adg · "'
sobrehumana estaturat esos hombres que disftazad&lt;&gt;1, ·i' · ·-"':_
burlar el conocimiento diario, representaban dna
·- ·
elemental expresada par medio del grito y de la mi~~-..
universal palabra-daban, inconscientemente, fo~a • _ y alegóric:&amp; al estado- de necesidad artística, ere.do .·• ~homl)re por eate conjunto de supersticiones innatas, q~ - ..,
convierten en un ser religioso y polltico, capaz der .
~- '
con variedad sorprendente los tapices de la existeiicia . ..
especie. Mediante la a&lt;;eión teatral, el hombre disfi; ·· ,
satisface el anhelo mis vivo de su fantasia, burlala ·
·
consabida de la retina o del ewejo, viola las je.-cr.' '
creadas por su superstición o inventa otras ou.eváa
cierto sentido defrauda a au propio destino, antid ·:---·"· _
úna presentida metempsicosis. La posibilidad de ·1.a··-¡'&lt;1111
esto, aun en la forma precaria de la escena~ l.á · , ..
aunque efímera, de un disfraz, confiere al bombtetal· .
sobre las normas fatídicas, le.hace tan semejante. : ·-, ~·ejercen un po&lt;kr sobre el hado-se hall disfrazado · · ··
los monarcas y los sacerdotes y cuantos han asuádi{
,·L•1

·&lt;

·:21

'! ·,·.

-

...
-que le oommñca ese entáaiasmo peculiar a
'·' _ y le coloca en un estado de locura iluminada, so. al del poeta, en cuanto que le erige en hér()e. Pero
;•tasiaslno, como emanado de la acción, es prá-ctico,
r':"·: • de la solidaridad del ndmero, requiere el asentilO plural, ya que la acción, si solitaria en el desipio,
· . ~ en la consumación numeroaá. Ese entusiasmo
· desrne4idd, que como un cAliz que. supera la medida
. ~ ··Qal, siquiera el bebedor sea Alejandro, necesita aer
· ··do. Los actores comparten t:ae ciliz, henchido de
· -. · ·o, se lo trasmiten anos a otros y se lo brindan al
·
. , que en el verdadero espectácalo teatral es
histriónico, ya que con sus eiclamaciones apasio•

cierra en realidad el círculo del proscenio, Pero
if). tienda a suplantar los hados v a alterar las catego•
ha de parecer siempre artüicial y falsó a quien
r(:ipe del grado de entusiasmo requerido ; por la ac~ a,rtistica. Basta que este entusiasmo.exista para que
ci6n falsa y convewd.a .s e jus.tifique.• Esto eKpli.,_tencia ·de un teatro infantil espontáneo, que cada
,y se renueva, .reprodoeiendo la génesis del prio báquico; y eeto explica también cótno, a una
~ refinada ca~l la que formaba la corte de Luis XIV,
~ l[QStar las mgen~ farsas representadas ante su
. . . . poi:los cómicos italia:1101, representando las peri•
lliI~ Pierrot. Coloml,ina y Arlequín-esa postrera en~ del mito de Prot~o. El afAn de jugar con el misat-,..herQico como el de los milos, por jugar con su som-

l~

.~
.
·
B

11:
~

'.cUñrazar la imagen del espejo y de coronar con al-

a la talla mensurable, este afán que para lograrel asentimiento del nwnero y que es el mismo
do lu religiones y sobre todo sus formas ritua~~ oficios-y _h asta sus orname•tos-mitras, tiaras,

&amp;•

~f;

upas ploviales-es el que ha creado también el
providente, lo sustenta. Porque siempre que doa

~ .é:omalgando en una \Disma exaltación, falsean sus
. .;_r. t: voces cotidianas; .concediéndoáe un consenfi.

�471

COSMÓPOLIB-XI-1920

ESTUDIOS LITBRAR108

miento mutuo y activan un?.. escena inesperada dentro de la
farsa real-¿no se ve esto cada día en torno al cáliz báquico, que como un trofeo sagrado, se custodia en nuestras
tabernas?-vuelve a nacer el teatro antiguo. Dos niños que
se tiznan el rostro o se visten con las prendas de sus hermano.:; mayores y dialogan en términos convenidos o con una
mímica de imitación crean el teatro. El teatro ha nacido así
muchas veces, y con sus caracteres más gloriosos, en los
desvanes trasteros o en las tabernas de los sábados.

en busca de una comunión apasionada, no por el aliciente
&lt;le una curiosidad intelectual. La mímica, el elemental y
terrible gesto dinárr:ico, suscitador de energías simpáticas,
ha de tener en ellas más importancia que la letra, que se
brinda niás adecuadamente a la delectación serena y solitaria. Porque lo importante en estos simulacros teatrales es
la pasión compartida, la pasión solidaria y plural.

470

Esta diaria creación obscura del teatro, derivada del
anhelo de comuniones simpáticas tanto como de la fantasía,
jnstifica la persistencia del teatro en los escenarios y en la
razón suprema de su existencia. Ella explica el milagro cotidiano de los escenarios; y es la iniciación primera de todo
público teatral, como una suerte de carnaval diminuto en
que el hombre aprende a burlar las condiciones fatales &lt;le
su existencia. Jugar con el tiempo y el espacio, defraudar
las nodones lógicas, simpatizar en la ficción artística con
sus semejantes y agrandar su zona de pasión, he aquí lo
que el hombre busca en el espectáculo teatral. De ahí la,
necesidad del decorado y las caracterizaciones y esa tradición de cosas convenidas que constituyen el aparato ritual
del teatro. De ahí también la necesidad de que en él las
cosas se parezcan a la vida, pero no sean la vida misma.
Porque la farsa es un sueño, un delirio, una embriaguez, no
otra realidad. Frente a la vida, frente a las ciudades que
son su creación más genuina, los teatros se alzan como
otras ciudades de sueño y de locura que suplen la insuficiencia de aquéllas, como autónomas ciudades fantásticas
creadas por una vida más libre. Por eso dijimos que en el
teatro todo debía estar resuelto, todo debía ser armónico,
:;..in estar empañado por la congoja de un conflicto. El teatro, imposible en los desiertos, es el lazo más vivo de sociabilidad, es la emoción artística o religiosa compartida,
es el rito de la simpatía. A las fiestas escénicas debe irse

Todo debe ser aceptado de antemano en el teatro; porque una sorpresa demasiado viva obraría en los espectadores con acción inhibitoria; argumentos conocidos, exentos, por lo tanto, del interés puramente intelectual, tipos
característicos que sinteticen con rasgos universales las
distintas edades y condiciones del hombre, compendios
convenidos de todas las cosas, una figuración tradicional
de la vida son los mejores atractivos de los simulacros teatrales, porque, descartando todo motivo secundario, refieren todo el efecto estético a la complacencia en la reiteración. Esta es la causa de que los mitos se perpetúen tan
prodigiosamente en los escenarios, y de que, por dos veces, en la antigüedad helénica y en el renacimiento italianos los hayamos yisto florecer con el florecimiento del
arte escénico. Esta es tambiél} la causa de que los preceptistas antiguos pudieran catalogar en limitadas categorías
todos los argumentos escénicos posibles. Porque en resumen, el teatro no es más que la representación estética de
las pasiones humanas, y en realidad, un solo drama y su
parodia es lo que se representa en él, desde sus tiempos
más remotos.
Pero el teatro es la pasión actuada, representada, no
descrita, y de este hecho recibe su fuerza y también su debilidad. Porque su vida depende del culto geneial de los
sentimi,-:;ntos simpáticos y apasionados, de la afición del
hombre a vivir una vida apasionada, a participar en simu.
lacros solidarios y embriagarse en común con beleños artís'ticos y religiosos. La decadencia del Carnaval marca en-

�472

COQÓPOUB-XJ-192,0

f"ZlflllTrtR

tre nosotros el ocaso, interino, por lo menos, de nuestro
teatro.

El teatro no puede ser gustado sino por un pueblo cuyos miembros sientan el anhelo de ser persona, es decir,
máscara; el anhelo de realzarse en participacioP1es rituales,
reliaiosas o políticas. El teatro representa el término medio ~ntre la liturgia religiosa y las funciones cívicas. Hay
pueblos que no lle¡{aron a tener teatro, porque la liturgia
religiosa absorbió su vida; fueron persona en el templo;
así los semitas. Otros no lograron tenerlo, porque las actua•
ciones políticas brindaron demasiadas fórmulas a sus acti•
vidades simpáticas; asi los romanos. Nuestra civilización
actual no lo tiene, por su indigencia de simpatía, por su
culto decidido a la intdectualidad solitaria. El teatro ofrece hoy libros a esa intelectualidad, no simulacros. En la
crisis escénica se evidencia luminosamente nuestra incapacidad para la vida apasionada. No hay acción tan universalmente simpAtica que la deseemos ver representada,
que nos incite a la complacencia. Nuestras representaciones
teatrale" termi nao en un largo bostezo, como una arenga
que no alcanzó su fin persuasivo. Nuestros actores nos
ofrecen confrontaciones más o menos interesantes de la
realidad, exhiuiciones patológicas, argumentos tomados al
follP.tin, manifestaciones del dolor individual, que no puedtn ser simpAticas, tesis psicológicas, todo menos esa emoción clara 1 sintética y universal, capaz de ser sentida por
•
todos, o ese maravilloso absurdo elemental que nos restl·
tuiria a la ingenuidad dichosa con que en nuestros juegos
infantiles vimos nacer, por la virtud de un disfraz primitivo,
el eterno teatro antiguo.
R. CANSINOs-AsSENS

EL MOVIMIENTO ULTRAÍSTA ESPA\OL

I

Epilogo del novecentismo.
Simulti\neamente al estallido del último obús-septiembre de 1918-en los agros de batalla, donde algunos intelectuales europeos, representantes de las más nuevas y prometedoras generaciones, se truncaron heroicamente-desde Charles Peguy a Emst Stadler, pasando por Ruperl
Brocke y Umberto Boccioni-afloró en el campo intelectual de Espada una audaz, juvenil y potencialísima tendencia de superación literaria ilimitada: el Ultraísmo.
Ya anteriormente, durante los años de guerra, fueron
aurgiendo aisladamente diversas figuras y tendencias, unánimes en el anhelo de rebasar las imperantes normas modernistas, aboliendo sus últimos residuos caquéx,cos y supenr ideológicamen!e los credos y módulos peculiares del
movimiento novece11tista o modernista de 1900, por antonomasia, y subsiguientes generaciones epigónicas. Pu&lt;"s la
evolución literaria vigente en las letras espallolas, hasta el
advenimiento del ultraísmo, ha sido, en el sector po~tico,
la iniciada por el magno aeda Rubén Dario, y f.-cundatriz
de una triunfal modalidad, jalonada por una larga estela de
prestigiosas figuras, que poseen un indudable valor ger-

minal.
La próvida cosecha lograda por estas generaciones

��LITIIBATURAB NOVÍSIMAS

477

cosMÓPOUS-XI-1920

476

se nuevos módulos literarios y hallando otros arquetipos
estéticos. Y he ahi la gesta que realiza ahora triunfalmente
la aguerrida falange ultraísta. Pues su intento, en definitiva,
no es solamente prolongar el área de posibilidades litera•
rias, en cuyo perímetro puedan fluir fácilmente los libres
temperamentos innovadores y las personalidades originales, sino sustituir el panorama de acción mental, comen•
zando por tejer horizontes vírgenes y novidimensionales.
Derívase de aquí, implícitamente, un absoluto abandono .desdeñoso de las fórmulas consagradas, y el emproároiento espiri'.ual de los luciferes hacia la búsqueda de normas intactas, como al comienzo de una nueva era. De ahí
la actitud ingenuísta de recién nacido espiritual con que el
nuevo lírico afronta tollas las perspectivas al bañar su sensibilidad resurrecta en el ácueo aman,ecer cósmico. El poe, ta ultra•modem.ista, no pretende asimilarse, ccmo sus an~
tecesores, filamento derivados de las normas aceptadas;
por el contrario 1 olvida todo nexo filiador de raigambre umbilical, y en un férvido impulso rec1eador va afrontando
todos los espectáculos y emociones con un gesto candoroso ... A&lt;ií, en ~se estado de amnesia mental, y de impubertad espiritual, el poeta renacido forja sus fragantes c0ncepciones totalmente originales, no extraídas de la vida, sino
de la confluencia de sus espasmos extrarral\iales y de sus

\

1

puras sensaciones intraobjetivas.
Ved ahor i una exposición sintética de los recientes albores ultraístas: El &lt;'( Movimiento Ultraista» que lanzó sus pri·
meras pro yecciones inc.ividuales en el otoño de 1918, no
surgió conjuntamente hasta febrero de 1919, en que tuvo
su primera exteriorización pública, a través del escueto y
notificador manifiesto lanzado a la Prensa de Madrid. por
un grupo de jóvenes literatos, enue los que únicamente
han destacado después su nombre César A. Comet,J. Rivas
Panedas, Pedro Garfias y el firmante de esta glosa. Sus
afirmaciones cardinales, resumíanse así: &lt;'(Declaramos nuestra voluntad de un Arte Nuevo que supla la última evolución Uteraria vigente en las modernas letras españolas, el

novecentismo. Respetando la
.
des figuras de esa época
obr~ realizada por las gransar la meta alcanzada ' nos sentlmo~ con anhelo de rebapor estos pn
, •
mamon la necesidad de un ul . mogemtos, y proclatro lema: UL'IRA d t
tra1smo. He aquí nues.
, en ro del cual
b ,
tenJenc1as avanzadas
é .
ca ran todas las
tarde se definirán y
nca~ente ~lt~aístas, que más
pecíficos.»
n su d1ferenc1ac1ón y matices es-

h¡ll;;:

En eSía
pléyade
·
Rafael
Cansinos
As ultraísta , apadrinada
inicialmente por
- seos-gran e til.
.
afirmativo- algunos d
s ista poemático y critico
.ieve mdividual
.
' en e
e .sus compon
t
.
.
en es teman ya un rel
d
sa misma dirección
.
e los hechos suscitadores de
. ~~pera~1z. Mas uno
aportación del creacionisn r _su apanc10n conJunta fué la
cente H,.tidobro h'
wl meo que el poeta chileno Vi, IZO a 1as etras l ·
.
otoñ.o de 1918 dura t
_uspanoamencanas en el
d P .
'
n e su estancia en M d .d
e ans. Los «Poemas A i·
a n , al regreso
bro, s ..m las obras e
r icos&gt; y «Ecuatorial», de Huido,
n español que co t
1·
ces, marcan su posesió d 1 , . . no ros ibros en fran.
n e creac10msmo
.
germinales había obte 'd 1
, cuyos vislumbres
1
m o e autor de c:T
E'f..,
e, 1916, mas cuya real·1zac10n
. . frutal loour6 1 iel» en Chi1917,alcontactoconlos mo'd u1os con ~a gr · en París, en
R everdy, y con la est·t· .
de Pierre
e ica mnovador ::s dguineos
1
-: de la que en definitiva el
. .
e grupo cubista
r1vación teórica seg· h, dcreac10msmo, es sólo una de'
un e emostrad
·
.
« T eoremas críticm, de N
E . . o en mis antenores
L
.
ueva stetica&gt;.
a entromzación de la lírica de H .
mósfera juvenil acabo' d
'd
. u1dobro en nuestra at'
e evi enc1arno
••
?os-Ass~ns, la decrepitud del ciclo m s, c~mo dIJO Cansimconsc1encia que supo . 1
. odermsta, y la máxima
.
tos e mspirarse
en h ma e segu1 •· cu1fivando temas extin.
ermes exangu·· - N
.
e:.. o se ha de mferir
d e aqm que el ultra'
1smo sea una de ·
.6
mo, como malévola
.
. nvac1 n del creacionis.
mente, e rnflmdo p
.
c1as, ha escrito Huid b
E.
or recientes disideno ro. 1 ultraís
· ·
mente antes de qu ·1
. .
mo e:x:1stta ya virtuale e nos h1c1ese la
t ·
ros
y
de
los
post
1
d
.
apor ación de sus lib
u ª os esenc1ale- d l 'd
•
E spaña, y destacados e .
d'
::, .. e l eano cubista. En
.. esa irecc1on de vanguardia exís-

ª

�478

COSMÓPOLIS-XJ.-1920

tia ya algú.n joven literato, solitario en su actitud mentalmente extrarradial. (Y si no fuera por no r::-mper la impersonalidad de este estudio, revelaría mis mismos antecedentes ultraístas, desde r9r7, como ha constatado Joaquín de
la Escosara en el artículo que ·acaba de dedicarme en Cer•
vantes, de octubre.) Mas ante la comprobación total de la
senectud novecentista se afirmó más imperativamente · 1a
necesidad galvadora de alzarse contra la bisutería poética
invasora y los ficticios valores literarios aceptados.
De ahí el surgímiento del núcleo ultráico, como una
floración de la juvenil voluntad ~uperatriz que ansía polarizarse en horizontes novidirnensionales, desdeñando las
rutas de secuencias ritualistas. No son admisibles, por lo
tanto, confusiones respecto a las intenciones esencialmente
constructivas y renovadoras· &lt;lel ultraísmo, que :;urgió respondiendo a la ley biológica del evolucionismo y del devenir eterno. Se incorpora así el Ultra al circuito de galvanizaciones intelectivas, diferenciándose en absoluto de movimientos exclusivamente derrocadores y disolventes-tal
Dadá-, que causan promiscuación en las auténticas gestas
innovadoras.
Prosiguiendo la reconstrucción histórica de los orígenes ultraicos, no debemos olvidar que Cansinos-Assens,
crítico afirmativo, que tributó el más efusivo homenaje de
apoteosis triunfal a sus contemporáneos los hermes de la
generación novecentista, en sus estudios críticos de «La
Nueva Literatura-, (Edc. Sanz Calleja, Madrid, 1917), ha sido
quien, primeramente, y en una invicta paradoja, se ha alzado, al surgir el ultraísmo, frente a ellos, y ha mostrado sus
senectud cumplida, incitando a la juventud a la búsqueda
de otros faros, y al hallazgo de sí mismos, de sus propias
personalidades en el rasgarse de los horizontes intactos. A
esta actitud avanzativa, disconforme y ávida, corresponde
el hecho de que Cansin0s asumiese en los albores de nuestro movimiento ultraísta el papel de guía y porta-estandarte teórico-aunque él íntimamente no ~odificase su espíritu islámico,ysólo bajo la firma pseudónima de« Juan Las»,

UTERATURAB NOVÍSIMAS

aceptase nuestras directrices y se desfoblase en algunos
experimentos líricos. Y a la incorporación cans~niana, debió también la pléyade ultraísta el disfrute de sus dos primeros órganos de expresión: las revistas de vanguardia
Grecia y Cervantes.

III

Característica~, delimitaciones y matices.
¿Qué significa, qué norma de intenciones literarias entraña la palabra ULTRA? ¿Cuáles son los hitos limítrofes y
las direcciones cardinales del cMo~imiento Ultraísta»? He
aquí la síntesis de las interrogaciones más insistentemente
formuladas por cultos y profanos. El últra-dilucidaremos
ahora sumariamentl:!-es el lema distintivo y el reflector lu,
minoso que llevan en la hélice los velívolo~ ultraístas. El
Ultra, por el momento, no marca una he~mética escuela
sectaria ni una dirección estrictarr..ente unilateral como
otros movimientos subversivos: El Ultra viene a ser en España el vértice de irradiación descubridora y de fusión potente adonde afluyen todas las pugnaces tendencias estéticas de vanguardia, que hoy disparan sus intenciones innovadoras más allá de los territorios mentalmente capturados.
El ULTRA es el lampadario-proyector de los lucíferos
· ultraístas. El ultraísmo es la etiqueta genérica de un movimiento que engloba varios «ismos» específicos en una perfecta coexistencia, como rosas consanguíneas, aún en su diversa foliación polipétala.
Como ha dicho Cansinos-Assens, el ultraísmo cresume
una voluntad caudalosa que rebasa todo límite escolástico.
Es una orientación hacia continuas y reiteradas evoluciones, un propósito de perenne juventud literaria, una anticipada aceptación de todo módulo y de toda idea nuevos.
Representa el compromiso de ir avanzando con el tiempo.»

�En las precedentes palabras se hallt. contenida impltcite.mente toda la intención superadora y avanzativa del ult,_.
mo, cuyas ca, acterlsticas peculiares van apareciendo en el
libre fluir eclatante de originales personalidades individualizadas.
Paralelamente, en la identificación de orígenes é'inftue&amp;f'.
cias va resaltando la filiación neta del ultraísmo y su en
lace con otros cismos» extrarradiales del momento lit~
rio. Y a ~emos. señalado cómo la aportación del creacionilS•
mo pvr Vicente Huidobro en 1918, con la incorpoiaclóa
del ideario cubista a nuestras intuiciones ortales, fué tlftO
de los ht-cbos que, u.nido a las incitaciones teóricas de Can·
sinos y al ejemplo rebelioso de algunos de nosotros yadestacados solitariamente en la vanguardia estética, •
directamente influyeron en el brote conjunto del movúniebto ultraista. Diversas traducciones y críticas, publicadas en
CenJantes y Grecia. de los más característicos trozos cubietas, futañstas, expresionistas y dadaistas, por Cansino.
Assens, Borges, Lasso de la Vega y el firmante, han aclimatado estas corrientes extranjeras en nuestra zona ultraista. El ULTRA es, con todo, un movimiento autóctono. Y
si en algunos de ::;us poetas pueden discernirse asimilaci9nes exóticas a sus fibras temperamentales, en otros sólo .r&amp;
.alta su personalidad, renovada por la sola virtud de su voluntad liberadora.
Al advertir la proyección mental de ·los ultraistas ha•
cia otros rasgados horizontes, puede constatarse cómo el
esfuerzo de esta pléyade ha tendido inicialmente a una
suer~~ de desplazamiento espiritual allende las frontera
opacas, con el fin de situar nuestra avanzada literaria ea
coºnexión con las vanguardias extranjeras. Pues ano .ele
nuestros objetivos esenciales, en el espacio y en el tiem~,
•es llenar esa laguna de distanciación que siempre ha aisla.•
do a España, haciéndola marchar en sus últimas evoluci~
nes literarias extemp&lt;&gt;ráneamente y a la zaga del movimiento mundial. De ahí que tendiendo los ultraistas a nivelarnos sincr6nicámente hayamos dado cabida y repercusión~

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ideológicas y literarias, A:ill ·
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fratemalmentt;por Ye&amp; ¡nnera en Espaffa, e
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erzua: a los -a11yoa y .aoonipqados a las 4ltimas
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Se publica mensua/menle en MADRID.

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REDACCIÓN Y ADMINl5TRACIÓN: Plaza del Cordón, 1, ,bajo.

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Arroyo. - Secretarío, A. Balles-

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de .......................... .~............ .......... de !92 .
Señor:
La Revista hispano·americana Cervantes, que desde su fundación se ha afanado por recoger en sus páv-inas lo más selecto
y brillante del pensar y el sentir .ie los escritores de habla
castellana, presentando, al lado de las. producciones de grandes
maestros del idioma, gallard9s ensayos\ie las juventudes que en
España y en América se levantan asegurando la rontinuación de
una inmortal y gloriosa tradición cultural, reanuda hoy con nuevos bríos, base estable y propósito firme, su publicación, que se•
guirá, mes por mes, con toda puntualidad.
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dirigimos -a usted pidiéndole ~u aquiescencia para cont:frle en el
. número de los :,¡uscrirtores de Cervantes; y si, como esperamos,
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como égida amparadora de nuestro empei'lo, que es, sobre todo,
de unión y de propaganda hispano americanas.
Las condiciones y precios de suscripción los encontrará usted
en el Boletín adjunto, cuyo cupón se servirá, si lo tiene a bien,
devolvernos, una vez llenados sus blancos. Debemos declarar a
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tos por la .enorme carestía del papel, ocasionada por la guerra,
prometiéndole de manera formal rebajar el valor ·cte la Revista
tan pronto como, normalizadas las circunstancias, baje el del
papel.
Quedamos a sus órdenes como sus atentos s. s.,
q. e. s. m.,

Cu~nTÉ DE REDll.&lt;...CJóN: 1 Literarura

Españolé!, R. Cansinos-Assens.Literatura Au1ericana, César E.
Arroyo.- Secretario, A. Ballesleros de Martos.

de ---··············-.............................. de 192.. _
Señor:
La Revista bispano·americana Cervantes. que desde su fundación se ha afanado por recoger en sus páginas lo más selecto
y brillante del pensar y el sentir u.e los escritores de habla
· cas.tellana, . presentando, al lado de 111s producciones de grandes
maestros del idioma, gallardos ensay~s de •las juventudes que en
España y en Améric-a se levantan asegurando la continuación de
una inmortal y gloriosa tradición cultural, reanuda hoy con nuevos bríos, base estable y propósito firme, su publicación, que seguirá, mes por mes, con toda puntualidad.
·
Conocedores de su amor, nunca desmentido, a las letras, nos
dirigimos a usted pidiéndole su aquiescencia para contarle en el
número de los su:,;criptores de Cervantes; y si, como esreramos,
se sirve otorgárnosla, prestará usted apoyo a una empresa que no
es de lucro, sino de cultura, recibiendo en cambio, mensualmente,
un tomo no menor de ciento sesenta páginas, nítidamente impre•
sas en magnífico papel. con originales de lo.¡; líteratos más ilustres
y de los jóvenes q·ue más prometen en los dilatados dominios espirituale&lt;; del genio cuyo nombre sagrado y eterno hemos puesto
como' égida amparadora de nuestro empeño, que es, sobre todo,
de unión y de propaganda hispano americanas.
Las c¿-ndiciones y precios de suscripción los encontrará usted
en el Boletín adjunto, cuyo cupón se servirá, ::si lo tiene a bien,
devolvernos, un-a vez· llenados sus blancos. Debemos declarar a
usted, sinceramente, que los precios fijados nos han sido impuestos por Ja enorme carestía del papel, ocasionada por la guerra,
prometiéndole de manera formal rebajar el valor de la Revista
tan pronto como, normalizadas las circunstancias, baje el del
papel.
·
Quedamos a sus órdenes como sus atentos s. s.,
q. e. s. m.,

�~ _...E_ma re.~

~e .iradiaeión ultriica es ~~
!il!lilf.k1&amp;.y_poJ1facéttca-16o péginas en 8.º-, q11e (fui• ~lffl)8,oA.qsena desde enero de 1919, ha recogido
valiosos brotes de la cosecha ultrai ta, contribu-

El Movimiento Ultraista Hspailol sólo tiene, por d
mento, una expresión literaria, y. deotro de ésta su mu
trido sector es el de la poes.ia lírica. Aislad~ reperCIISlU
-como la admirabilísima pintor-a '8 grabadora No.rah /J
ges, la pianipa Carmen P. Barradas y los pintores V~
~ - 0 0 1 1 permiten augurar, empero, que p ~
igual que el futurismo, cubismo y expr~ienismo, a
A-tte Uluaista podri rotularse asf ampliamente al tl!:n
una ramificac;ión músical y pictórica, con su Bstética • •~
na y su bUaJDentos critico-filOIÓficOs.

¿Qué órganos de expr~ión tiene enia Prema e:IJPIIM
el ultrafamo?, preguntado lo lectores profanos ~
conozcan maestra,I publicaciones propias, de radio
y- limitado. Si en Francia e Italia, les países. de terrea
tletico 111'8 cultivado, estas tendencias de v ~
~xteriorizan dific(lmente y en una esfera peeuliu-, en·J1.¡¡¡¡;~
&lt;la, donde han uiatido pocas revistu de avanzada,
tá de esptritu admoaal y colaborador, obviar esta •

requiere un muüno ~ o .
Nuestro ultraísmo literario ba tenido en los al
tiefte hoy su mis puro órgano. de upresi6~ en la •
decenal 6nda, que.aacida baJo la advocación r u ~
hélénica-de ahi su nombre:...., ha efeotuado un belh,
tar transmutativo al evolucionar hacia el ultraism~
eed al entusiasme auguml de 1111 director, Vandc►.ViUllt
ia primavera de 191~ a~endo laa. primicias de lQti
mog!nitoa altratstas 91-«:ia se publica, -al ~ t e ,
junio del actual, en Madrid, habiendo acentuado su u:·tlfl!~t:&amp;
dón superatriz y seleccionado rigurosamente su te:&amp;tP,.
eliminar algunas firmas equivocas e incorporar otru
afines a la tendencia.

~ esta tendenda en EspaAa,ypartictilannen. ~epilblicaa del Snr de la Amér.iea espat1ola. Como
n~ efímeras, demostrativas empero de nuestro
.iraad:iante, están: Ullra, hoja literaria, aparecida en
, de octubre a diciembre de 1919, dirigida por Joa·
de la Escosur.a, y Perseo, en mayo del mismo ailo Jan..
en Madrid por Santiago Vera. Aisladamente otri:a re•
de Madrid, selectamente literarias, como E8¡,aff(J y
~s, han insertado o reprodacido originales u~
difundiendo nuestra tendencia.
.
la expansión verbal del Ultra han &lt;iontribufdo las
~,~•cias dadas en Sevilla por Vando-Villar y Adriano
le, _Y en Sanbplder y Bilbao por Gerar.do Diego, dula P,'IDlavera y el otoAo de 1919, respectivamente.)
$\ el capitulo ele proyecto. a detarrollar durante esta
destacan, a ID'8 de varias corifereacias, Jectunis
vas Y ~eeiclnnea, ves revistas en preparación:
..,._,,_, dirigida 'Jk)r Joaqufn de la Eacosura · /ajl.«:tor
psr Ciria ~ t e , y Y. . ., que
el fir~

Janzd

de esta crónica.

V

Loa Poetas Ultnlatas.
os ahora a los paladines ultraístas. Pasan de.
Y pl'osistas de muy diversas personalidades
1"enltos destacados dentro de esta modali~
de e1loi tuviesen ya un perfil avanzado
lalu:asen su primer vagido de pubertad en

�LITKRA~'UHAS NO\TIBIMAB
COSMÓPOLIB-J{I-1920

484

Con ser tan relativamente rápida la profusa reproducción vivípara de poetas ultraístas-aflorados en diversas regiones de España, y no sólo en Madrid-en la .siguiente Antología, formada expresamente para CosMÓPOLIS, sólo
incluyo los nombres de poetas más valiosos, prometedores
y ultraistas per nativitatem. He aquí algunos specimens de
poemas ultraístas, seleccionados entre los má.s característicos de cada poeta:

ELEMENTAL
Yo construyo mis saltos
con 7,os cuatro elementos
La Tierra

CABARET
So'/tre las mesillas florecen adelfM
SombrÜlas que cubren estrellas
En la orquesta se encienden .sonidos
El pline trenza ws violines
Para jugar al foot-ball
los baila1·ines buscan la pelota
que nunca lanza1•án
Naufragan en las cubetas
botellas ~ champagne
Linternas so,-das
se ocultan en los zapatos charolados '
Las risas taladran el aire.

El Agua

EUGENIO MONTES

• El Aire
El Fuego

Po1· la pantalla siumltánea
a la- luz de las trompetas
pasan los días salvajes

e1Z un friso de onomatopeyas
En mis manos se refugia
el espacio aturdido
Cada minuto al estalla'I'
deja un nido nuevo bajo 1tiis parpados
Como perdigones
vuelan mis pájaros

Viiir
Volar
Las hojas nuevas rompen a cantar
En totno a mi cetro
danzan lc&lt;J cuatro elementos

PRIMAVERA

La primavera ha volcqdo siis canjilones
y han saltado las venas de los árboles
Jli ~razón se ha abierto esta noche pasada
Y mi cuart-0 bon·acho
bebe el sol espumoso a grandes tragos
Primavera
LatJ fiores pulsan sus cuerdas

PED.ao

(Jrea1·

GARFIAS

RUSIA

La Tierra
El Aire

El Agua
El Fuego
GERABDO DIEGO

La trinchera avanzada es en la estepa un barco al abordaje
con gallardetes de hun•as
Mediodías estallan en los ojos

�4SG

C03MÓPOT,IS

XI-] 920
TJ'.'l'EBATUI\AS NOVÍSlMAS

Bajo estandartes de Bilencio pasan las muchedumbres
Y el sol crucificado en los poni1,,ntes
se pluraUza en las vocinglerías
de las torres del Kr,·eml
El mar vendtá nadando a esos e¡érci~os
que envolverán sus torsos

en todas las praderas del continente
En el cuerno salvaje de un ,u·co fris
clamm·emos su gesta
bayonetas
que portan en la punta las mañanas

Jo:RGE-Lurs

BoRGES

El viento como un perro
se pegaba a tu falda
Yo te hice una hamaca con mi~ «amada&gt;
Y la mejilla de tu cariño
se ha apoyado en mis palabras mullidas
Tu desnudo
Como un violin de notas malva
mis ojos lo templa.ron
Despué,~
mis besos amr1,1•illos
crecieron en tu ca?·ne
Y la amapola del corazón
se ha deshojado entre mis manos.

1

J. Rrv AS P ANEDAS

NOCTURNO DE CRISTAL
Los cisnes
cobijan la lunci bajo sus alas.
¿Quién ha s1mbrado el fondo negm
de anzuelos de ot·o1
Las hojas de los Mboles
sobre el estanque sueil,an

con un viaje a Ultramar.
Me ha tentado el suicidio
y

al mirarme a7 espejo

me ha espantado mi doble
ahogándose en el fondo.
LUOIANO DE SAN SAOB

(Lucía Sánchez-Sao-rnil)

BENGALA
Y en el afre el confetti de tu risa
La luna podó estrellas

487

ESTRELLAS
El buen TORRERO ASTRAL encendíó el FARO
!J se sentó en la peña de una nube,
El BAÑERO
iba tirando estrellas a la noche.,.
El mar de olas azules
se llenó de blancura de palomas.

En la.s aguas del ciel,o
se bañaban las VÍRGENES DESNUDAS.
ERNESTO

NOCTURNO
La noche ha a!Jie1·to s1t paraguas
Llueve
Los pájaros ,j,e la lluvia

LóPEZ p AR.&amp;A.

�488

1
1

i¡

1

·I

LITERATURAI&gt; NOVÍSIMAS

COSMÓPOLIB-XI-1920

picotean los trigos de los charcos
Los árboles duermen
sob1·e una pata
Revolteos, revol-teos
Desta1·tala un coche
su estrépito infen1al de endecasílabo
Un hombre cruza como un mal pensamiento
Los mos11uitos de agua
colm enean las luces
Incendios de alas
Revoloteos
Llueve.
JOAN LA.RREA

OCASO

Su recuerdo cortó las amar1·as
de mis pensamientos
Sobre elu,1·co fris de la ilusi6n
vuela con las alas abiertas
y su vuelo tiene matizaciones
de filrn ya'Tlkl!e
.Ah01·a todos los veleros
tienen las velas desplegadas
El filo de las horm,,
df'shoja las flores del otoño
y unos ci-mes manchados de parro
est1•ían el lago azul
Yo ke dejado de fumar
Pe1·0 distraído
he volcado la pipa sobre mi eorazón
que se ha cubierto de ceniza.
Jo-!\QUíN DE LA

EscosuBA

489

VERBENA
Las carreteras vírgenes

cogidas de las manos
ofrecen sus vientres desnudos
a los aeroplanos
En un beso sin alas
me 1·emonté a ttna estrella.
Aquella nube blanca
que me enjugó las lág1imas
hoy ha muerto de pena
De mi sortija penden
_
todos los merende1•os
y en mis lwmb1•os reposan
los sendero~
HE G.AIDO
Las miradas de todas la.y doncella.~
se habían enroscado en mis pies.
ADELANTE
El humo de mi pipa pita como un tren
J osÉ

DE CmIA y EscAr,&amp;NTE

MAÑANA
Un lienzo blanco extendido
regado de_pájaros
Abajo el me-ntecillo agita
los fiecos de las aceras
Una casá perezosa
continúa en el lecho mientras
las otras saborean el desayuno
y refiejan en sus ojos abiertOfs !J limpios

�4-90

COSMÓPOUB-Xl-1920

-----------------------·-la viva ·i,deli(jencia de dla
Pero ,la noche 8e ha escapado
y la luna sutil se ha caído hada arriba.
ÜÉSA.R

.1\,

ÜOMET

...

LITHRATURAS NOVÍSnIAS

CANCIÓN LEJANA
Yo quie;•o
columpiar mis miradas de un lucem
Y ante mis ojos cuantas

NATURALEZA MUERTA
Lienzo col l'rJ,ado de frutos maduros
Estiva y esplendorosa moldura•
Jardineros sibaritas y sanguinarios
han 1·oto los cordones umbilicales
Novilt,nio, cuerno de la abundancia
Sandias, mujeres sangrantes

Uvas-perlas-mglesas.
Las magnolias se nos ofrecen como modelos
Las palmeras se han preitdido las cu/Jan~ de oro.
Mi corazón. kaki y mí~ ojos ciruelas
en la bandejci de mis manos.
Metam61'fosis del gusano de sed11;.
¡ Yo también soy natu,raleza muerta!

luces de filamento
y la luna
pantalla cinemática
boya para los náufragos
Los marineros
por exceso d.e carga
lanzan :sus canciones por la borda
Me bañaba en tu risa
terma de brisa fresca
y mi cuerpo esponjado eu tu recuerdo

ro d01·miri.a biempre

en la palme1•a ruhia de tu pelo
y mi boca jirafa
para morder las piñas de tus besos.
ADRIANO DEL VALLE

IsAAC DEL VANDO•VILLA.R

CREPÚSCULO
DIA.N~
El hortera paseante en bicidela sortilegio
compromiso con ;ni criada desnuda en el patw
Es la recepcíón pel'fumería en lo.,· alrededores del domingo
comadrona espiritual de las entidades periódicas
.casa de dormir al servicie de la ley
sonando con la murga a pasof! de entresuelo
s&lt;wbete y cine 1·estaurant hebdomadwrio
algarabía soleada de los bailables caí•tomancia
RAFAEL

LA.sso

DE LA VEGA

El sol vueUo de espaldas
Lanza pu,iale1s de oro
A los espejos de la mariana
Las arañas viajeras
cuelgan chales de sombra
en las espaldas de las mujeres
qu.e visten t'rajes de cola.

Las locomotoras viudas
Gritan con sus gargantas ebrias
· De haber bebido el /!ter de [(18 adioses

491

�LITBBA'fURAB l(OV'falr.fAB

COSJ4ÓPOLI8-XI-1920

49:l

Mientras en todas las ventanas
El paoo real de los incendios
Abre sus ojos tornasoles
Los niños en el arroyo
Pm·a sus madres pobres
recogen el último oro

Las est1'ellas 1•ompen el negro
cascarón de los telescopios
y la luna otoñal esparce
sus hojas secas sobre todo

BRUMARIO

El viento gesticula
Psalnwdia la arboleda

Lluvia ast1·al
.Aviónicas hilanderas
tejen el lino nostálgico
de la neblina boreal
Pintores pluviosos
ba:1'1úzan las praderas ancladas
Ella se ha prendido
el collar hepatacromista
del arco-iris 1·esurrecto

OTOÑE CE

VI

Bl nexo y el vórtice del ULTRA

JuAN Lás

·

493

AJENJO

SOLEDAD

El·Jwrizonte mustio
de11tríe sus p étalos

y en el brumaria a,idrógino
el vértice
de la atara~ i.a dehisoe11te
GtrrLLERMO DE ToRRE

En esta selección de los diez y seis anteriores pbetas más
personalmente ultraístas, he atendido preferentemente a
· marcar, en los poemas transcritos, los peculiarismos distintivos de cada uno. No obstante, el lector apreciará en ella
cierta homogeneidad genérica, de técnica y cerebración
lírica, y e&amp;pecialmente, la obsesión del imaginismo creacionista que signa todas sus visiones. Así estos specimens
anatómicos, algunos de los cuales semejan esquemáticos
cuadros simultaneístas, constituirán un muestrario revelador para muchos lectores del Movimiento Ultraísta Español.
Y como estos jóvenes poetas aún no han comenzado su
siembra de libros-¡ab, la abyección editorial que padecemos!-la indicación anterior de las Revistas donde colaboran, servirá de guía orientadora a los lectores deseosos de
conocer más producciones ultraístas.
Como escritores que desde el primer momento se manifestaron simpatizantes de ias normas ultráicas, colaborando
en f':Jrecia y Cervantes, debemos retener los nombres de los
excelentes poetas Mauricio Bacarisse, Rogelio Buendía,
Vicente Risco, Pedro Raida, Antonio Espina, Salvat Papasseit; los criticas Adolfo Salazar, Miguel Romero Martinez¡
los prosistas Ciriquiain-Gaiztarro, Antonio M. Cubero, Juan
Héctor Picabia, Joaquín Edwards, Pedro Iglesias&gt; Toaquín
de Arocai y posteriormente:, acogiéndose a nuestras publicaciones, León Felipe, Eliodoro Puche, Prieto Romero,
Correa-Calderón, Ciria Escalante y Francisco Vighí, y los
sud-americanos Hugo Mayo, José-Juan Tablada y Bartolomé Galindez. Cardinal mente los altos t&gt;spíritus consagrados de Ramón Gómez de la Serna, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset y Gabriel Alomar, han
mostrado su conformidaá y adhesión a nu~stros propósitos

�LJ'.rERAl'UHAS NO,iSJMAS

494

COSMÓPOIJS-X!-1920

innovadores, revelándose así ellos como los más jóvenes y
dignos supervivientes de sus generaciones ancladas.
Respecto a la repercusión lograda en 1a Prensa cotdiana por la· tendencia ultraísta, sólo articulüs malévolos y
falsas referencias, debidas a la miopía de comentaristas obtusos, recordamos como eco y reflejo de la mediocridad e
incomprensión que inunda la atmósfera donde vegetan los
e::;critores 1docenados o mercantilistas. No obstante, estas
diatribas, que s011 paradój~camente estimulantes, al averiguar su origen, al igual que las parodias grotescas, para
~ satisfacer el instinto grosero de las muchédumbres, 1an
contribuído, junto con la admiración decidida de las figuras literarias que gozan auténtico relieve, y aislados comen·
tarios elogiosamente comprensivos, a difundir nuestra tendencia en todas las latitudes. Dignamente, los · poetas ultraístas han permanecido en el risco de su altiva seriedad
fervorosa, sonriendo despectivamente ante diatribas y parodias impotentes, y sin recoger las alusiones procaces de
los saurios.
'
Sintéticamente-y como decía Cansinos en la primera
Ant-0logía del UltraismoL aparecida en la Revista Cervantes-junio y julio de J 918-sólo los obstinados podrán negar ahora que un nuevo movimiento lírico ha nacido y ha
cuajado en España, lo bastante fuerte, continuo y múltiple
para ejercer un proselitismo práctico. La lectura de los
precedentes nódulos poemáticos-agregamos nosotrosevidencia al cot¿jarlos con otros de la poesía novecentista
antecesora, su diferenciación explícita pot la disimilitud total de su estructura, imágenes e íntimas intenciones. Márcase así el florecimiento de una dirección peculiar, independiente, con sus matices nuevos y características propias. Algunas de elJas-como el cultivo de la imagen y el
ideario pragmatist11. y occidental-son comunes a toda la
pléyade, y otras, distintivas de cada poeta. Níng011a preocupación de similitml o jerarquía escolástica, coostriü.e o limita los libres y personalisimos impulsos temperamentales
de cada poeta. La diversidad más amplia y polifacética des-

tácase en _todos los conjuntos ultraístas, donde coexisten
consangumeamecte
• ·t us y tendencias ~emelas vacia,
. e spm
d~s en cauces _personales que recogen la polarizaci¿n es e
c1fica ~e un -mismo lirismo ultráicamente gené .
,p Ge As~, aDl~ado de genuinos creacionistas epig~1~:-os como
rar o iego, Juan Larrea y l~ugenib Montes
lelo a mí, ha ynxiapuesto la sensacio·n d1· a' .. -;-qlu~, para,¡ · l
n 1n 1ca a a imagen
~u tt_p _e y ha iniciado cabriolas «dadaiza11tesit-dest
:agmp1stasdpurosr como P_e dro Garfias, Adriano del Va~:yn
vas . ane
. cu b ista interrral al ú
. as \ en •orno
'
, a lgun
6
expreswmsta conc.entrado COH10 J -L B _
&gt;.
g n
turistas básicos
.
.
'
.
·
·
.
or¡;es
Y
vanos fo1
d
, pues a mfl.~enc1a mannetiana se halla incorpora a a nuestro ideario novísimo y al es
d
simultaneidad nunista que ajusta el r;t , d
pasmo_ e
t 1
l .
.
• mo e nuestras d1ás~ es u tra1stas al ritmo de las vibrátiles hél'
.
meas.
ices cosmogo-

º:

ahí ~ue esta pluralidad de influencias entrelazadas
aga imposible definir el Ultra con esa concreción s· 1·
ta que o-ust
•
1mp 1s,,, a a ciertos espíritus unilaterales. Pue .
antes subra é
s como
y_ -no es una escuela dogmática y cerrad d
,
de t~d~s hayan ¿e s~~uir la misma ruta uniforme.
mov1m:e~to de a rea ilimitada, latitud mu~dial e irradiación
por_venmsta. La voluntad de innovacion y superación n
la libre dehis~er:.cia de los espíritus velivolantes, vir;u:1contenida en la palabra
palabra predesd~ que muchos balbucearon, pero ninguno llegó
nunc1ar, como dice Cansinos-es el , .
a p~onal
1
.
umco nexo asunc10' en a c~nfluenc1a de corrientes iiterarias propulsadas
por los l~c1feros ultraístas. Así, nosotros situados e I
::n~uar~1a pvrveniri ta, atalayamos los h~rizontes in~ac~
s, Ilum1:11ando1 como una bella constelación juvenil 1
~ayectona
noviespacial de las audaces evo! uc10nes
.
' .ª
ticas.
esteh

ªE/~

:::te

Ultra-esa

GmLLERMO D.E

ToRuE

�CHÓNICA DJD ITALlA

LOS TEATROS, LOS LIBROS Y EL ARTFJ

En el Manzuni, de 1'1ilán, se ha estrenado Un sogno d'amore, comedia en cuatro actos, de Giovanni Kossototoff. He
aquí d argumento:
Andrea Luganski, convertido improvisadamente en
rico, abandona Ru:;ia para divertirse en Paris, llevando
consigo un ansia de amor~s, de pecado, de ~ureza, de orgía y de idilio. Bn su patria te~ía una promet1d~ que ha dejado de querer, porque la sencillez de esa. relacwnes le parecía insípida. Una noche, en París, oye y ve en un teatro
de variétés una actriz que lo intricra. Hay en ella una co a
qu~ confusame1!te contrasta con el lugar ~onde aparece,
con la profesión que ejerce y con la venalidad de la cual
vive. Y suefia c'in obtener de aquella cortesana el amor
de una mujer honrada. Tiene necesidad de esa complicación y ..:e complace en imaginar que aquella flor de estufa
puede darle cl perfume de las violetas deJ prado. Propone
a esa actriz Mnry Chardin, un coRtrato: durante un mes,
vivirá con él y fingirá ser la más tierna, la más púdica de
las mujeres.
Comienza el juego y el ruso se quema las alas. Parece
que también ),e las quema Mary. Su vida es exquisita, delicada, toda llena de pasión. ¿Quién se acuerda del pacto
concluido? Aquello no es una comedia: es la agradable
verdad. Sin embargo, alguna vez, Andrea tiene un pequeño
tormento. Aquel amor que ve en los ojos de I\lary, ¿es sentimiento o ficción? ¿Es Mary una enamorada o una comedianta? ¿Da su corazón sin reservas, o da su arte porque se

l97

obligó a ello? Cuando Andrea la interroga sobre esto, Mary
responde con ambigüedad; su palabra confunde y aguijonea
el ansia del amante¡ pero su mirada está llena de amor y sus
caricias on apasionadas, Decididamente, no es la actriz
la que habla, es la mujer, y un día es también la madre,
pues Mary revela que una nueva vida palpita en su seno.
Toda duda desaparece; aquel hijo que va a nacer anulará el loco contrato. Andrea y :Mary están ya ligados por
algo más poderoso que una relación interesada. Andrea lo
proclama abiertamente, lleno de alegría.
Los días pasan felices, y el mes fijado para el experimento termina. Y he aquí que el mismo día que acaba el contrato, Mary cambia de fisonomía y de tono. «La comedia ha
terminado, dke., Y ante el estupor y la ira de Andrea, repite que el amor era una ficción, el hijo una invención, y
que todo detalle de la felicidad que le habia dado en aquel
mes, no era más que el cumplimiento de la palabra empeñada. Mary le ha dado la ilusión de la vida conyugal, Ja
ilusión de la paternidad. Es inútil que se dese. pere; ella
se va.

La comedia, en este punto, elabora la tormentosa e indefinida figura de Mary. ¿E:s una ¡:,erversa? Lo es un poco. Ha
sido atraída por Andrea, que le gusta por el ardor de su pasión y por aquel modo caballere co y poético de sentir y
hablar; pero no pudo amarlo. La vida la ha maltratado &lt;lema iado. Cada vez que amó, el amor Yerdadero que dió a
un hombre, hizo de ella un guiñapo a merced de hombre
amado, que pronto se cansó de ella y la rechazó sin piedad. Si Andrea la ama así es porque no la pose~ tal como
es, sino que posee en ella una mujer imaginaria, que ella
ha representado con arte, con su cerebro, vigilándo&amp;e, dominándose, plegándose al gusto de aquel juego convenido.
En d fondo de esta comedia, siente, sin embargo, un impulso de amor por Andrea, que naufracra en la imposibilidad de convertir e en pasión. En fuerza de hacer la ficción
del perfecto amor, Mary ha llegado a desear la hipóte~is

�dél amor; pero aitte la realidad,. tleae ta fria. u·~•
~ la comedia ha manchado sns alaa.
•
Vuelve a au vida loca de teatro-, de comercio
vicio; bebe, ae embriaga, invocando a Andfu:•1-•'' Ji
cbadsldolo cuando lo tiene cetca. Porque Andrea la
la reconviene, llora 111 frialdad irónica y s u ~
nos, la insQlta, la maldice, la pide delirando e l ~
mientraa ella, ofreciendo el amor verdadero Y no li'
día del amor, no puede dar mú que el ~ porq•
cortesana.
La comedia termina cuando Andrea se marclla,
to a dejarla para siempre, y ella, tdgicamente, lo
huta que la embriaguez, la arroja por tierra, ad(&gt;.ñlUl'éi(i
do en un brutal estupor 811 monstnloso dolor.
El p6blico aplaudió mucho la obra en todos los

Los tres prinreros lo merectan; el cuarto, no. De-toAéNI
dos, la comedia es muy interesante Y esti

lJ.w dd

vacíones psicológicas, tortuosas y febriles, que a f t l i ~
4errambiul sin alcanzar la meta y que es mis COnJDQ
ra por esta imposibilidad dolorosa y anhelánle de 1
una nttida claridad. 1t1 per110naje de Mary Ue-.a ~
cho peso de humanidad y mucha Jaojarasca d.e
librería, F.s una nota cruda y vigoroaa de verdad, tra
ú. manera roJDintic:a. El diilogo, a menu.do prolijo,
taesencíado, y la comedia, en conjunto, más rica ~
que en belleza. Es una tentativa mágntfica, am'l~
fecta, de reconsµ,:aeci6n de un carácter femenm.e:
cual abundantes e ingeniosos elementos geneMlcé.,;
de e~mponer la unidad del personaje y tal Ye&amp; lo
. La comedia fu~ maravillosamente i n t ~
mente por esa actriz tan fina y expresiva que- se l.111111aa
Botelli, que dió todo su relieve al personaje de Maty
En el teatro de Olimpia se ha dada un cas(), quidi
co en la historia del teatro en Italia. Se anunci6 el.
de' La td8tl dM 8lilor /)tnl&amp;(&gt;Ni, obra dél gran l:nuboria

�501

COSMÓPOLIS-xr-1920

CllÓti!CA UE IT AL.IA

En el teatro Carcamo, de Milán, se anuncia para esta
temporada el estreno de una ópera que llama la atención,
porque el autor del libreto es el poeta Giuseppe Nolli, que
murió durante la guerra en el torpedeamiento de un buque
en el mar Jónico. La música es del maestro Carlo Viscardini.

La familia Uzeda, estirpe de virreyes, florece en aquel
periodo histórico, en el cual con algún retardo sobre la revolución francesa, la Sicilia entra en un régimen aún feudal en la crisis política y socíal de la revolución italiana.
La época es la misma elegida por Ver:ga para su obr~ Mastro don Gesualdo; pero en Verga es el pueblo y en De Roberto es la ciudad; en Verga la historia del protagonista
domina de tal modo, que no deja casi campo a la política,
. y en De Roberto la existencia misma y la más significativa
aventura de la noble familia, tienen por base la vida exter..
na, el cambio histórico que se va determinando. La luz, un
poco gris;, del nuevo día, penetra en el cerrado edificio y da
nuevas y diversas expresiones a los rostros de aquellos heredero:: de fuerzas y de pasiones ancestrales. Sólo que hay
pasiones que, por su profunda humanidad en el bien y en
el mal, son de todos los tiempos; pero en manifestaciones
diversas viven poderosas radicadas en los instintos, y estas
pasiones constituyen la robusta armazón dramática de la
novela, que es juntamente histórica y psicológica, evocación de una crisis que está narrada con sagacidad y cultura de historiador y con arte de novelista.
El escritor no domina bastante la arquitectura de su
obra. El cuidado del episodio, el deseo de la plenitud de
cada singular desenvolvimiento y la coociencia de tener
ante si un pequeño mundo rico en significados, le impiden
gobernar con rigmos.a medida las proporciones generales.
Se siente como en ciertos escritores románticos y en otros
veristas, extranjeros más que italianos, una amplitud de
programa que lleva a la construcción maciza; la embriaguez
del análisis se sobrepone al escrúpulo de la esbeltez de la
perspectiva. Pero esta difusión no es prolijidad. No hay en
1 vicere páginas inútiles, frías o superabundantes. Seguramente un rigor mayor de arte hab-ria elegido entre aquellos
episodios y renunciado a algunos para servir a los más significativos, dándoles igualmente, o acaso más, el sentido de
esa verdad rica en características interiores y en aspectos
diversos.

500

Voy a ocuparme de un escritor siciliano, cuya obra atestigua una noble conciencia y un valor artístico no común,
de Federico de Roberto. Ha publicado una serie de volúmenes que basta o debiera bastar para una fama permanente. Le ha ocurrido el no mantenerse en bastante contacto
con la multitud de lectores cuando ésta crecía y buscaba,
ávidamente, nuevas obras suyas.
¿Cansancio o escepticismo? De Roberto es, sobre todo,
un novelista, y el haber continaado escribiendo buenos artículos de evocación histórica y el haber dedicado la fuerza de s1,1 lógica y la claridad de su cultura, así como su fervor de italiano, a la guerra de ideas que se combatia al
lado de la de las armas, no podía bastar a mantener vivo en
el aran público el interés que despertó con sus obras Viceb
'
re, Illusione, Sorte, Messa di nozze, 11 albero della scienza y
Una página della storia dell' amore,
En estos días ha aparecido una ~ueva edición en dos
volúmenes de su novela 1 vicere, mientras ultimaba 8U nueva novela que tiene por titulo La cocotte.
.
I vícere sigue siendo la obra en la cual el escritor siciliano ha dejado la muestra más vasta de su poder de observación y de psicólogo y de su valor como novelista.
La historia de la familia Uzeda está narrarla en esos dos
volúmenes con una difusa riqueza de particularidades, con
las cuales contrasta, sin duda, la rapidez de alineamiento y
de episodios de la corriente novela de hoy, pero con una
fuerza de vida de- la que carecen los elegantes e ingeniosos
muñeca.s movibles en las apresuradas fábulas de los más
modernos.

�502

C0SMÓl'OLIB-XI•1920

Pero el lector que se proponga con la lectura su nutrición intelectual, encontrará intensa vitalidad en todas las
figuras de la novela, principales y secundarias, admirables
de evidencia como la tiránica doña Teresa, con cuya muerte se abre la novela, hasta el taimado heredero de los Uze~a, con cuya _profesión de ambicioso que s~ adapta a los
tiempos, la novela termina.
La nueva novela de De Roberto, que lleva por título La,
cocotte, es, juzgando ya por su cubierta, una concesión al
gusto discutible.
No creo que un escritor como Federico de Roberto haya
querido hacer tal concesión. La protagonista es una mujer
buena, una fiel y amorosa mujer que se ve obligada por las
circunstancias a fingirse mujer de fáciles costumbres para
poder reunirse con su marido en la zona de guerra. Esta
«necesidad, tiene un fondo de verdad y un justo tono de
ironía. Es una novela ligera, pero no indigna del talento
del escritor, al cual el público debe una mayor atención.
Entre las noticias de arte dignas de mención, la principal es la formación de la gran orquesta que, dirigida por el
famoso maestro Arturo Toscanini, actuará en su día en el
teatro de la Scala, reformado, y que por el pronto recorrerá las principales capitales del mundo dando conciertos,
Italia no quiere ser sólo el país de los cantantes, sino el
de la música y los músicos, y a este efecto, con concursos
muy valiosos, está formando Toscanini, en el Conservatorio
Verdi, esa orquesta de 98 pn,fesores, que será la primera del
mundo.
. El propósito de esta orquesta es, ante todo, la realización del arte. Los profesores que de ella forman parte han
•sido elegidos por Toscanini entre todos los que tocan un
instrumento en Italia, después de una observación larga y
personal suya. Así los ha llamado de todas las ciudades
italianas y no de las principales orquestas, sino algunos que
tocaban en cafés y que no conocían su propio mérito, pero
que habían llamado la atención del maestro.
En esta orquesta se introducen innovaciones propues-

CRÓNICA DE [TAU~

503

tas por Toscanini, que se están ensayando en el Conservatorio Verdi, y que producirán efecto asombroso entre los
públicos inteligentes. Ha desaparecido la clasificación de
primeros y segundos violines p&lt;lra la mayor armonía y unidad de la masa de cuerda, y se han construído instrumentos nuevos de metal de mayor potencia y diafanidad en el
sonido. Se proponf' Toscanini una entonación perfecta, un
completo equilibrio y una mayor pureza en los sonidos que
conserven la energía de las vibraciones. Esta orquesta es,
en fin, algo nuevo que superará las dificultades de toda partitura, de todo poema sinfónico y que llamará la atención.
Por lo pronto se dedicará a dar conciertos, y después
de tres en Milán, dará uno en casi todas las grandes ciudades de Italia., hasta el 27 de noviembre, que saldrá en el vapor Wüson para Nueva York. El Gpbierno de los Estados
Unidos le ha ofrecido un tren especial para que la orquesta dé conciertos en todas las grandes ciudades de la Unión.
En marzo regresará a Italia y de allí irá a Londres.
Entre las novedades que estrenará esta orquesta, figura
una Danza delle Gusmidi, de Re~pighi; el &lt;intermezzo-&gt; de
una ópera de Sualdí, La Figlia del Re; una Danza, de Riock;
Piemonte, de Sinigallia, e llusfraziconi di un poema cavalleresco, de Malipiero.

Estos días hubo cierta alarma en la Prensa porque gu bernativamente se había ordenado que los muebles que tienen los palacios reales que el monarca ha cedido a la
nación, se destinaran a las Embajadas de Italia en el extranjero.
Ante la campaña insistente de la Prensa, que censuraba
que se privara al país de tesoros artísticos, el marqués de
Mainoni, arquitecto encargado del examen y d.istrib~ción
de los muebles, ha hecho declaraciones terminantes de que
nada que tenga valor artístico saldrá de Italia.
Cuadros, tapices, muebles y objetos que tengan mérito
artístico, serán trasladados a los Museos, y sólo aquellos

�604

C0S.MÓPOLl!i-Xl-192O

muebles que no merezcan tal honor, serán destinados a los
palacios de las Emba_Jadas, que están amuebladas con una
pobreza que no hace ningún honor a la importancia del reino italiano. Verdaderamente, con lo que sobra en esos palacios, como el de Palermo y el de Caserta, se pueden
amueblar espléndidamente las Embajadas italianas sin que
sufra ninguna pérdida el tesoro artístico del país.

La Exposición Nacional de Brera ha reunido un gran
número de obras que han acudido a disputarse los tres premios llamados «Príncipe Umberto». Aunque estos premios
no son cuantiosos (4.000 liras), el prestigio que confieren
es grandjsimo, pues siempre han aspirado a él los mejores
artistas de Italia. Y a causa de la dificultad de los transportes, no han podido llegar a tiempo muchos envíos.
Se ven en esa Exposición un tríptico de paisajes de un
pintor que acaba de desaparecer, Vittore Grubiey, en el
cual destaca su espiritualidad sugestiva y su técnica amorosa y sabia; un Mattino, de Mitti Zenetti, donde tiene su
mejor expresión el romanticismo de 1830; L' Alpe di Fucechío, de Arturo Tosi; Un coro di chiesa, de Cattaneo; Un -rittrato di Signora, de Dodero; una Famiglia di contadini, de
Octavio Steffenini, una de las mejores pinturas de esta Exposición; t.n Mercato di pesce a Ghioggia, de Leonardo Bazzaro; dos retratos llenos de carácter, de Cambou; una Santa Teresa, de Giuseppe Amisani, y del mismo autor un exquisito interior titulado La toilette, y una gran v-ista de Verana, de Marco Caldecini.
Son estas, en realidad, las obras principales; pero recordamos a otros pintores que también presentan cuadros dignos de mencionarse, y entre ellos un tríptico de Giorgio
Bel1oni, con asunto de la guerra y muy inspirado; unos pai- ·
sajes de Giuseppe Solenghi, de mucha frescura; una tela de
Ambrogio Alciati, titulada Fine di un sogno, página romántica exquisita; otra de Atillio Andreolli, &amp;lo amore, que ha
compuesto con sentimiento · una figura de violinista; Le=

líOá

CRÓWICA DE ITALIA

pt1,:u;e1 de Ettorre Beraldini, cuadro muy bien observado;

Te all'aperto, de Donato Pristo, de fino colorido. Presentan
también cuadros de algún valor artístico Mascoritti, Biaz.;i,
Bettinelli, Roberto Borsa, D'Andrea, Cantinotti, Vinzío,
Grolla, Bava, Bosoni, Cavaleri, Strombo, Mantovani, Ar.pini, Gratino, Zambelli, Fornari, Ballestini, Menato y algunos más.
Laescultnraestá también nGtable.nente representada,sobresaliendo entre las obras Oristo el' U,manitá, de Oreste
Labo; Seminatrice, de Vitaliano Marchini; ll Pescatore, de
Achille Alberti; L' Idea, de Guido Bianchi, y un grupo de
Antonio Carbonoti.
·•
Hay también algunas tallas, en madera, de gran mérito.
LEONARDO MARINI

�EL TEATRO EN ESPAÑA

(IMPRESIONES)
Nuestro teatro tiene, al empezar todas las temporadas,
el mismo gesto de cansancio y vejez. Ni un sólo intento de
innovación, ni de reconstitución siquiera. Ni las audacias
de Gemier, ni la pureza tradicional de los coliseos clásicos
italianos y franceses.
Desfilan las temporadas agobiadoras y monótonas, sin
un destello en los horizontes del Arte. La dramática castellana, sin continuadores fecundos, parece como agotada de
savia y virilidad; detuvo su avance triunfador hace muchos años, y aún sigue en ~u quietud letal, esperando la
pluma capacitada que la inyecte nuevas y poderosas energías.
La característica más desconsoladora de nuestro teatro
es el exceso de producción. En este mes de octubre se han
estrenado en Madrid cinco obras de autores españoles. Una
producción sintomática de aspiraciones muy lejanas de los
c aminos del Arte. ¿Será preciso clasificar las obras de literarias y comerciales? Tal es el interesante pleito que se ba
levantado en torno a Louis Vtrneuill con motivo del reciente estreno en París de su comedia L'inconnu.
En este principio de temporada ha habido, sin embargo, un momento de expectación. Dos autores jóvenes llegaban a la escena con firme paso y considerables orientaciones: D. José López Merino, autor del drama Pedro Fie-

507

rro, y Ceferino R. Avecilla, con su tragicomedia El ocaso de
los demonios.
Al mismo tiempo, Linares Rivas nos ofrecía su Cristo.balón, la tragedia rústica gallega; Felipe Sassone nos daba
a conocer La noche en el alma, comedia que aparecía con la
.arbitraría clasificación de novela escénica, y Paso y Rosales, en nombre del teatro cómico, estrenaban en la Comedia Baños de sol.
Ved cómo la producción teatral tiene un apresuramiento extraño que nos hace recelar de los autores y de sus
ideales. Pudiera argüirse que el autor novel ha escalado el
teatro sin que, naturalmente, tengamos anteceder.tes de su
labor artística, y que esta ha podido ser preparada y madurada durante los años de lucha. En cambio, en los demás
autores que se han presentado al público al empezarse la
temporada, no cabe suponer otra cosa sino que han preparado su trabajo y han obtenido su producción, con vistas al mercado que se aproximaba con las parecidas coti.zacíones de todos los años.
Por esó, la progresiva decadencia del teatro español
tiene una de sus causas en la falta de amor de sus cultivadores. Se mercantilizan las plumas que tuvieron aciertos
-inneaables ya colocándose al servicio de empresas que
t:,
'
afrontan el teatro como una industria. fácil en estos tiempos del oro-Martinez Sierra, Benavente, Sassone-, ya
emprendiendo una desesperada competencia para obtener,
.a costa de todo, las recaudaciones más altas en la Sociedad
de Autores-Linares Rivas, Mu.ñoz Seca, los Quintero, Arniches ...
No vemos, en cambio, el noble afán de superarse, de
evolucionar, de innovar. No admiramos un puro anhelo de
Arte. Siempre los caminos trazados, siempre la misma sistemática obstrucción a todo lo nuevo. Y aun esto es más
lamentable, los mismos prejuicios, los eternos convencionalismos, el constante dique al pensamiento y a la forma.
La producción dramática española sólo es considerable
..en cantidad, lo cual prueba que nuestros autores únicamen-

�IIL TIA'llllO D

BUAIA

~L19-ld49IO

Nos interesan, en primer término, los dos autores. jóvete han logrado el dominio de la compasici6n o cc,mmua:ióo ..
Atentos ~1 tecnicismo, ;penas se preocupan de otras eaen•
dales cualidades del Arte. Cuando los nuevos derroteros
que marca el espíritu de la época, se muestran dar.os y
avanzan por ellos los diamaturgos de otros países, los ••
tores espatioles continúan estacionados en su manera de
concebir y ver el teatro, siempre a través de un descarado
afán de conquistar los carteles. A lo sumo se apreeunll en
adquiñr los derechos de traducción de las obras que se ele-van a las cumbres de la universalidad.
De ,este modo, el teatro cHtellano .apenas interesaioera
de lEspai'la. Sólo Benavente es conocido en Europa y América; los Quintero no han pasado de Italia. Aun en la misaa
América del Sur nuestro teatro apenas es estimado y se ha
hundido, por el progreso indudable de los dramaturges
criollc,s, en el más completo descrédito.
Sin embargo, dos jornadas gloriosas debemos k'Olel'y.resentes. 8ptml;Bh looe (Maria del Oan,um) enNew:-York, y 71,e
bond of interest (Los intereses c,,,ados) en Londres, anteriormente sancionada con éxito-en New-York. Las dos obras
espaftolas, de tan distinta tndole, han levantado air:oso
nuestro pabellón. El estimulo es positivo y fuerte. Pero l0S
comediógrafos de IDspafta siguen obsesit!mados ~ la cantidad. Frecuentemente les oímas exclamar: Tengo pl'eplil'B·
dos vemte actos, treinta actos ... Otr.os dicen en las iatlr·
wie1'8: Este año estrenaré una comedia, un sainete, un mama, 1211a zarzuela ... ¿Veis, pues, cómo su labor no obedece a
una orientaci(m artística, &lt;Di a un firme empet\o dramáticoi. ..
Por eso,
teatro espaílol, vive cansado y envejecido.
Swi cultivadores parecen decididos a eX1ffimirle tenamnen•
te, a conrinuar la explotación.
Veamos, de todos modos, lo que significan las ciaco
obras nuevas con que ,ge ha empezado 1a 'temporada ,en.
Madrid.

el

11a,, sedores López Merino y Avecilla.

P#dro Fierro contiene, sin duda, un temperamento de
a1ltOr dramático. El oca.so de /.os demonios nos hace presenmr un coaredióg•afo modem.o.
El señor López Merino ha afrontado, sin vacilaciones
-el drama pas~nal, con todas las caracterlsticas del género:
y ha conseguido en Pedro Fierro una emoción escénica hábilmente preparada. Pudiéramos decir del sei'lor López Merino, en estos tiempos de la preponderancia de la técnica,
,que es un autor de neursos. Esto no debe satisfacerle al seftm Lópa Mermo, dado su· nervio dramático y sus condiclones de escritor. Pedro FIWl'o es un alarde de ese tecniciamo tmunfador. Pero, nada más. Unos tipos exactos y su
jll8t0 colorido de tierra malagueña. Pasión y arte escénico.
Ea realidad, no es poco obtener ~ la pluma de un novel
qae no p1etenQe ser nuevo, sino continuador de nuestro
teatro teatro dramático de hace medio siglo.
V-emos al seftoE López Merino preocupado en demasia
de le procedimientos teatrales. Los tres. actos de Pedro
lür,-o están construidos, fabricados. Un constante afán de
ir ~oduciendo en el ánimo del esp,ectadOI' efectos inespetadOSr demnestra qae el señor López Mer.ino sigue los paSM de sus antecesores en el género. La emoción, insistimos, no es espontánea ni pura, sino lograda de un modo
demasiado teatral. El protagonista .d e la obra no está, tampoco, creado: es el producto del actificio, del obsesionante
&lt;leteo de conseguir una figun efectista.
Exenta de un ideario deconsiceración,la obra del señor
López Merino no tiene más valor que el apuntado de una
ableluta posesión de la técnica. Es, sin embargo, una prolDIISa muy cercana a la realidad. Si el teatro· espaftol está
urgentemente necesitado de innovadores, también psecisa
da cultos y efllSivos continuad.orea de la tradición.
!f1l aca89 de l08 d8ffft1tlioB es una tragicomedia de positivos
&amp;Ciertos y de lamentables errores. El espíritu de la época,
dé que hablábamos al principio de este articulo, ha inspira-

1

�510

COS.l.!Ól'OLIS-XI-1920

do al Sr. Avecilla una idea audaz y un poco endemoniada.
El deseo de practicar el bien de un modo rigorista e inquebrantable, causa~ a veces, la derrota de 'los naturales derechos a la felicidad. El tema, interesante y hondo, dimana
de los tiempos goethianos, y es, sin embargo, de una latente actualidad.
El Sr. Avecilla le ha desarrollado por medio de una acción interesante y &lt;le unas figuras adecuadas. Pero se ha
olvidado mantener la verdadera psicología de los caracteres apuntados en la iniciación de la obr~. Santa Angustias
es sólo un propósito deliberado del autor; de aquí que no
adquiera realidad el personaje y se quede sólo en una figura eicénica sin valor. Javier Gil es un atormentado que obra
en todo momento como conviene al artificio de la obra, sin
que hallemos en el tipo las posibilidades del verismo. Paz
vive también en una insconciencia que el dramaturgo ha
hecho exagerada y convencional. En cuanto a El diablo
percatados de la significión de su intervención en la tragi-'
comedia, no podía, de ningún modo, aparentar un carácter.
Este es el error de la obra del Sr. Avecilla. Error también el recordarnos la comedia del famoso autor austriaco
Franz \Volnar, que conoció el público madrileño en italiano, representada hace años por Zacconi, y la temporada
pasada, en este mismo teatro de la Princesa, por Ja com•
pañía Atenea, en castellano.
El diablo de W olnar opera en las altas esferas de la so•
ciedad. La obra es una sátira despiadada; pero también
ocurre que todo está previsto por el auditorio, que la acción
se repite en los tres actos, prolongando la situación inicia•
da en el primero, y que, por lo tanto, el final no llega a sorprendernos. No hay que decir que en la obra del Sr. Ave•
cilla, aunque las consecuencias .son las mismas, son otras
las derivaciones.
Admiramos, sin rodeos, la idea que expone el Sr. Avecilla. Este es el acierto, y de él puede enorgullecerse el
notable escritor. La felicidad en nuestro momentáneo paso
por la tierra, sobre todo. Vivir, vivir, exclama el diablo, y

EL TEATRO BN ESPAÑA

511

a nosotros no nos parece entonces el espíritu del mal. En
su ocaso, emprende una decidida batalla contra el bien que
impone su ley haciendo imposible toda felicidad natural.
Por su valentía, por su franqueza, la idea en sí vale por
toda la tragicomedia.
.
.
Los aciertos parciales son el tipo de Don Dimas y la bellísima escena en el tercer acto, entre éste y la señora ama
Doña María Teresa; la construcción del acto primero y los
admirables versos del prólogo.
El ocaso de los demonios, repetimos, anuncia la proximidad de un dramaturgo de consideración.

La simpática vivacidad de Felipe Sass01:e, su verbo
flúido, su ingenio fertilisimo, su espíritu inqmeto, se reflejan en La noche en el alma, cinco capítulos de novela, teatralizados con pericia y acierto.
Este cachet personalísimo de Sassone es lo único importante. Su romanticismo desordenado, bohemio, unas veces
audaz y otras impregnado de una deliciosa bonhoniie, predomina en Le. noche en el alma. Nunca se ha exigido más al
hrillante autor de tantae agradables comedias. .
,
Su nueva obra no es más que eso: la frase oportuna,
los tipos traz~dos a tono con la sensibilidad artísti~a personal del autor, la acción fácil y hábilmente conducida, amenidad exuberancia de destellos geniales.
N~ encontramos, en cambio, un intento de escalar las
cimas del pensamiento. En realidad, no echamos de menos
esta ansiedad de los demás dramaturgos. Nos basta con
lo que el autor nos ofrece con toda sin~eridad.
El asunto de La ,ioche en el alma no tiene novedad. Tampoco es esto una característica del teatro ligero y super~cial de Sassone. Es un argumento adecuado para una historia de Magazine.
.
Los cinco capítulos de La no~he en el al'!!a son 1~ualmente amenos y deliciosos. Hubieran obtemdo el mismo

�612

COSIIÓPOLIJ-XJ-1920

BL TBATBO BH BIPdA

éxito si Sassone los hubiese recitado desde el escenario.
La fluidez de las escenas mantiene el interés escénico.
El Sr. Sassone cultiva, además, el chiste con una facil'idad extraordinaria y una gracia fertilisima que nos comunica la simpatía de este escritor afortunado. Es, sin duda,
un comediógrafo dotado de envidiable espíritu de observación, que sabe darse perfecta cuenta de todos los ambientes.
El aire o sabor mundano que tienen sus comedias ejerce
en los auditorios una eficaz sugestión. Una comedia de
Sassone despierta siempre curiosidad. Pero ¿es posible esperar algo más cónsiderable que esta clase de trabajo a que
nos tiene acostumbrados el autor de A campo traviesa?
Repetimos que es suficiente, y creemos contraproducentes las excitaciones en este sentido. Sassone hace un
teatro de puro deleite. Sus problemas psicológicm;, sus tesis, sus demostraciones, apenas nos preocupan el tiempo
de escuchar la comedia. Esto ya es encantador. No sentimos las inquietudes de un estado moral gra visimo, ni las
torturas del truncamiento de fraseo, ni las angustias del innoble equivoco del tUtracá,1. Todo es suave y, selecto, y
hasta el momento romántic~ que pretende el autor, como
ocurre en La tuH;he en el alma, no llega nunca a contaminarnos demasiado.
Así es la nueva producción de Felipe Sassone. ¿Por qué
hemos de exigirle más? La noclu en el auna es Felipe Sassone, y si él se nos muestra por completo, ¿cómo no hemos
de elogiar esta admira ble sinceridad?
Confesamos ·que pxeferimos La noclte Mi el alma a la humilde tr.agedia de Linares Rí vas, Cristobalfn&amp;.
De Oristoialón a Mmelic hay una distancia que no puede. recorrer la pluma dramática de Linares Rivas. Esta tragedia de Cri.stolJaJl»c es apenas un drama rústico sin interés
y sin nervio, que ha logrado vivir débilmente merced a las
habilidades de Linares Rivas.
La clasificación de tragedia lleva en sí una aspiración
de grandeza ideológica y pasional, que el autor de Cristtr

ólB

bal6tt no ha alcanzado en su obra. El protagonista se nos
presenta con una deplorable confusión espiritual; resulta
un tipo, sólo un tipo, y no un posible personaje real.
El público madrileño, que rechazó con violencia La
ftglia di Torio, no podía interesarse por este deleznable
Cn.toba/6n.
El colorido y el ambiente son lo único digno de valoración. Encontramos hiperbólica la pintura de los tipos influidos por la superstición, sin que neguemos en absoluto
la existencia fatal de esta morbosa enfermedad del espíritu,
arraigada hondamente en los campesinos gallegos.
Cri"sf.obalón se olvidará pronto. Es otro el Linares Rivas
que nosotros recordaremos siempre.

¿A cuántas generaciones ha hecho reir Antonio Paso?
Es éste, sin duda, uno de nuestros autores cómicos de indiscutible ingenio, de pletórica gracia española. Necesita,
como los d~más, asomarse frecuentemente al campo extranjero. Pero sus aspectos cómicos tienen más relieve y
su diálogo más fuerza ent!apélica que lo que de costumbre
encontramos en los humoristas franceses.
Antonio Paso, en colaboración con el Sr. Rosal~, ha
estrenarlo Baiio8 de sol, en la Comedia, un juguete delicioso, sin apenas argumento, pero con una idea ingeniosa.
Algunas concesiones al astracán desvirtúan el diálogo, en
ciertos momentos fino y lleno de observaciones oportunísimas.
Baños de sol es, por ahora, la única digna representación
que el teatro cómico tiene, en este principio de temporada,
en los escenarios madrileños.

Del teatw extranjero hemos tenido en este mes de octubre Casa de solt6ro, del escritor inglés Addar Chambers,
y Loa nuevos pobres, del comediógrafo {francés Maurice
Donnay.

�514

1 •

COSMÓPOiJS-IX•1920

EL TEATRO EN &amp;PAÑA

En realidad, ninguna de estas dos obras interesaba
nuestra atención. La chasse a l'homme es sólo una comedia
circunstancial, que hallaba su ambiente propicio y favorable en Francia. A nosotros, la sátira fuerte y certera que·
contiene la comedia, ha Uegado muy debilitada, por los
efectos de la transplantación. Casa de soltero ha obtenido las
consecuencias de su inevitable exotismo.

esto pudiera privarle de su absoluta independencia y de su
amada libertad.
No es Gasa de soltero la primera comedia inglesa que
corre: tan infausta. suerte en España. Ha ocurrido In mismo
con obras interesantes y bellas de dramaturgos británicos.
En la temporada anterior a esta obra que comienza; se dió
el caso con Brigde, estrenada en Eslava. Y es muy posible
que la famosa obra de Bernard San, Pigmalión, que conoceremos pronto1 encuentre en nuestro público la misma indiferencia, sólo explicable en la falta de inquíetudes espirituales y artísticas de los espafíoles.

Los nu(?)l)os pobres tiene, sin embargo, una agradable
amenidad. Maurice Donnay es tan experto que en cada escena se cree en el caso de ver la scene afair. Todos los mo mentos son propicios al humour y a la ironía en la comedia. Más bien es una gracia audaz y unos firmes trazos de
caricatura lo que distingue al popular comedióarafo. En
esta obra se inician unas derivaciones hacia el se:timenta~ismo que desarmonizan el tono y desvirtúan los efectos
espirituales. Los nuevos pobres, repetimos, es exclusivamente una obra de finalidad satírica y aun de una disfrazada
amargura, a causa de algunos indeseables efectos de determinada alianza política.
Aparte de esto, Los nuevos pobres es obra que cumple
sobradamente con las exigencias teatrales. Una variedad
de tipos anecdóticos nos deleitan con las ingeniosidades de
ese sprit tan latino, mejor, tan parisién, de Maurice Donnay.
Una serie de figuras trazadas con ciertos atisbos de realidad conducen y desarrollan la acción-por otra parte, falta
de mayor interés-de esta feliz comedia de oportunismo
que sólo ha producido en nosotros un simple impulso d~
curiosidaq.

1

1
!!

Casa de soltero es, por el contrario, una comedia de admira?le _delicadeza, honda y emocional. Nuestro público no
cons1gmó penetrar en su psicología extraña y complicada.
No llegó a sentir ni a comprender el espíritu que la animaba. Fracasó la obra, a pesar de su alto valor ideológico y
de los firmes aciertos teatrales que contiene, tales como el
afortunado tipo del vagabundo rebelde, al extremo de renunciar a los beneficios de un bienestar seguro, sólo porque

EDUARDO HARO

�-~

~ r ~-

. 1

EL ARTE EN ESPAÑA

ti

EL REPUJADOR Y CINCELADOR RAMÓN TEIXÉ
Y BOLDÚ

l

En el resurgir poderoso que las artes decorativas, que
yo denomino Bellos Oficios, por parecerme este nombre
más comprensivo, determinativo y abarcador, tienen en
España, Cataluña, y más especialmente Barcelona, ocupa
uno de los primeros lugares.
Para que este resurgir se transforme en una esplendorosa floración, que traiga consigo la renovación completa
de las tendencias artísticas nacionales y venga a consolidar
su pujanza y poderío, sólo es necesario reali,zar una labor
propagandista, algo 11sí como un apostolado por medio del
cual se desvanezcan .los errores existent~s, se destruyan las
rutinas imperantes y se extingan los prejuicios ambientes·
es decir, que hay que despertar en el público y los profe~
sionales amor y comprensión-pues nada se comprende sin
amor-hacia los Bellos Oñcios, cuya trascentlencia es tanta
que hoy se nos ofrecen como la única posibilidad de despertár en todas la!:l almas el sentimiento de la Belleza.
Las artes llamadas un tanto arbitrariamente por Wilde
~imaginativas,,, pues imaginativas son todas las artes verdaderas, desde la talla de un mueble y la decoración de
una vidriera, a ~a pintura de un cuadro y el modelamiento
d_e una estatua, atraviesan hoy en España una crisis agudísima, como lo demuestran la última Exposición Nacional y
el Salón de Otoño, que actualmente se está celebrando.
Existe una verdadera muchedumbre de pintores y escul-

'

517

tores, de los que apenas se destacan quince o veinte nom•
bres con personalichid y talento creador. Los demás, todos
son mediocres y vulgares hasta dejarlo de sobra, y como
son los más numerosos, lo invaden todo, predominan en todas partes y son los que dan el tono general a nu~stro arte,
y así es él de anodino e insubstancial en su con1unto. Esa
afluencia exagerada de pintores y escultores contrasta con
la falta de sentido artístico que existe en el país. Siendo la
Pintura y la Escultura máximos exponentes de la cultura de
un pueblo, se da entre nosotros la paradoja increíble de que
exista en medio de un ambiente inapropiado una enormr. legión de pintores y escultores que, como no puede"vivir
con el producto de su arte, se dedica a la intriga y al asalto
del presupuesto del Estado y a la conquista de una vanagloria deleznable y nociva. La abundancia no ha sido nunca expresión de pokncia y calidad, y entre nosotros _la
abu'i-idancia puede trocarse ,en sinónimo de decadencia.
Como dijo también Osear Wilde, es preferible carecer de
arte en absoluto a poseer un arte malo.
Nosotros quisiéramos no tener pintores Y es~ultores, ~i
tenerlos ha de causarnos el tormento de presenciar Expos1cionés como las precitadas,
En España hemos dedicado demasiada atención a la
Pin tura y a la Escultura. Desde el siglo pasado, la rnayor~a
de los escritores no han hecho más que ensalzarlas, sm
ningún espíritu crítico, sino por la trivial creencia de que
con eso sentaban plaza de seres privilegiados y excelsos.
·Cómo extrañarno:: de la abundancia de pintores Y escul~ores si a cuantos manifestaban inclinaciones artísticas se
les hizo creer que sólo la Pintura o la Escultura eran dignas de alaban.zas, y únicamente en ellas se podía alean.zar la
gloria y la inmortalidad?
Ha llegado la hora de perseguir con saña ~ los malos
pintores y escultores, de olvidar un poco la P_mtura_ y la
Escultura y de prestar atención a las demás mainfest.ac1ones
artísticas gemelas o derivadas de aquéllas. Es preciso preocuparse de la educación artística del pueblo, con el fin de

��M!O

(J08K6,ou1-D-19IO

Teixé no fué conocido en Madrid hasta elafto pasado,
que presentó unas cuantas obras en la I ~...posición de Belloa
Oficios, que se celebró en el Circulo de Bellas Artes y de
la cual me cupo el honor de ser su iniciador y organizador.
El envio era pequeflo y no de lo mis fuerte y caracteristico
de este notable artUice; sin embar~o, no pasó desapera"l&gt;i
do para la critica que vió en aquellas pocas muestras
anuncio de un artista nada vulgar. Fué una lástima que
Teixé, en aquella ocasión, no diera a conocer al público
madrileft.o toda la gama de su arte, pues hubiera c o ~
do la consolidación de la fama que hace an.os goza en Bar•
celona.
También en el Salón de Otofio, que ahora se está cele•
brando en el Retiro, tiene doe cuadritos de pintura al óleo,
que demuestran la robustez de su temperamento y la ólida
educación de sus facultad-es.
A pesar de ello, no es en la pintura en donde Teixé me
parece admirable, sino en sus trabajos de hierro forjado
repujado. Es aquí en donde alcanza todo su valor, en don•
de se manifiesta todo su talento.
Para mi, Teixé es, antes que bada y sobre todo, repuja-dor y cincelador. Lo demás no lo considero sino como demostraciones eficientes de su cuidctdosa preparación y ele
las dotes nada comunes que pasee. o es un artífice incol
to que . ólo sabe de su especialidad, sino que es un artistá
con todas las ansias e inquietudes de los embrujados por la
quimera de la BellE;za.
Entre sus trabajos notabilísimos figuran: el titulado «El
árbol de la cruz&gt;, hermosa obra hecha por encargo del presidente de la Mancomunidad Catalana, seft.or Puig y Cada·
falch¡ los hierros forjados del lindo chalet que en Argentona posee el señor Gati; las cuatro !Amparas que ~ran en
el Salón del Consejo de la Mancomunidad; el retrato en
hierro rebatido del sei'\or Prat de la Riba que posee la Di•
potación de Barcelona; la paleta de acero plateado y
cromado que utilizó la Infanta Maria Luisa de Orleans ~
la colocación de la primera piedra del Hospital de la Cru

po•

1

Placa para mueble figurando uni1 puerta, de chapa de
hierro repujado y c11lado.

�Anillo de hierro
con piPdras artificiales.

Perchero luminoso de hierro forjado y repujado. El pie, el
eje y los brazos están huecos. para que pase el hilo c&lt;,nductor de la eJectricidad .

Medalla de esmalte. ·

Pendentif de hierro esmaltado, simil oro, incrustado en oro.

Anillo de hierro
con piedras artificiales.

Pendentif de hierro forjado y esmaltado.

�ae ~ 1 1a arqaUJa de hféffl&gt; forjado 1, ,epa-

OOJl eamaltea 4'18 1)08" ~ Qbiápo:-de Vich.
Oln. de la ca,acter(aticas · - - linguJu utffice. IQD
joyas de hierro. Colgaota, IQl'tija, pen,Jientea, bn).
-. alfileres y medallones de original &lt;h'bujo y finflima
)ílbor, demuestran del modo mú terminante que el mérito
Ju joyas no estriba en ba calidad del metal, amo en -la
tibor de qaien 1aa creara.
-..&amp;aajoyu van tambis adornadas coa piedru artificia-

hficha1 por el mismo Teixé, y aon nuevas pruellu que
la habilidad y el gasto deUcadkirno del ainplar

:El trabajo de eaas piedras artmciales le ha llevado a
esmalte, qae 61 denomilla dé ..... y qae ea una
JQ8 11141 grandea conquiatu. Divenu obru lleva ya•~
con eae esmalte, y todu ae distinpen por la delide la labor y la finara y truapuencia del eamalte.
puede competir con loa m'8 acreditados del mundo
1m

Arqueta &lt;le hierro repujado y forjado con esmalt(·~ de
• massa,.

Ramón Teizé y Boldi, infatigable y denodado trabaja.
.a,tista aiagular y notable, bieo merece que el p6blioo
1le otorgue 1U aplaaeo, pues n abaep:i6D J III ta•
le hacen acreedor a la comideraci6n ~ camtGa deben
por el ftorecimiento de nuestras antiguas artea,
en alg6n tiempo nntuarial.
BAI.LBITD06 na

Los gladiadore.,.
Placa de hierro ro?bc11ido a mar1illo.

IIArros

�~·-~lil ftltr
_,.__~~!
-áillli-~1
......

~--

m'ilaiealemt)i

...................

loa lm1lanté1$ con~ - la
Bl ,ptC1111f8 'l'le1'W.&amp; contillaaei6il.. ■u,___.,.
l ! ! l ~ ~ . . ......_,,,_ 4üamtiiiiilli

• de E. Cha..,;. e
., ..~da•• d•G· 1-aUré; P

C'-8&amp;01li •Lif htúl ~ j•.A,aip
O, de A.. Roael; 11.a PilPMll
de D ' ~ ) . de Ddeiu-Wo

; Prel114io de .ut&gt;1Ulllb

~

lflll~_,.

cer Atte,
pan nep:iéll a:111--~iw
,M8Cí&amp;.ies'lía ed1'pa- pero"ailiñ utea• .....il!
•tado•e cawflltri'crOIIIO se-uüoia, ,..,..
sible, pues el pf.lblico ayuda con su.fervOr,
ll1bs OOllCieftGI popdla.eak
~et&amp;•
iW:teainl

Olrlota Dármen, que..._
~ ~~ pi,\nistiA,, -.ucJ, P ,..-.~
dano M. y Céaal' Fiperido, vio
dado al pianista turuDdatena. Y eñtre las o
,que
de laa ~ admiradáa por el pflbll

ad_.

-0rquesta, citaremos 1- sigU.ientes:
Sinfoaitas: Tercera. de Sámt.Saeie;
no«; ·T~, de A. 0.4&gt;n\k; Primen, de .8
comple~, de Bo'íodio; cFJ divino pQGMl,-.
Segunda, de Ed. Elgar; «Alpina•, de R. Stn
cCockaigne», de E(l. Blpr; •Aubad.e»,
· princesa lejana• (preludio para una cona •
-cLas brujas de Macbeth• (impresi61) ~

dll~--•~imóae
.cloa
• Pd~,$-.ueri
0,$

....
ieildo

•

~!Oi-..u~

a
1'4 (~Uli2ádo' p,Obli~ y ha
elQOSd
.osd$
. lloNttoí que, ~ t e , s
~, confésamos él'1f P ~ n s
·

e pianista.

• • • e~ 01&gt;Docidfaimo, y IDl ~ Iop6
El Doaan)O y el 'f&amp;ls todldos poi' •

dommio ~ - . ~:d• 11a
daá ~ona, y a·--o entM)clet,

que le diplltan. IIIA8 ~ qu.e artista.
y moélesto, Fl'iedma1i no l!IJN il ~ ; toca
lo hace poniendo su m ~ iuape,able

.

oncitp;to éle Frieclman, tledicado a Brahma

�524

C0SMÓPOLlS-Xl-192O

Y Bee:hoven, ha sido un éxito más unánime que el prime.
ro. Fnedman acertó a dar a Brahus todo su valor; su virtuosismo indiscutible halló ocasión· de demostrarse plenamente en un tema
. de Haendel. Oyó una bo-ran ovación en la
A
s?nata « pass1?nata", del gran Beethoven, que tocó marav11losamente, sm exaltaciones románticas.
También gustó much·o la sonata en 4:mí menor&gt; de
Beethoven, y en suma, el programa más adaptado sin d~da
al temperamento de Friedman; fué un éxito completo.
YAGüES.

PLENITUD

I

PAISAJES

Llueve.
La habitación, en penumbra, tiene un encanto familiar,
recogido y silencioso. El tic tac sonoro de un gran reloj de
caja pone un paréntesis isócrono de ruido, de inquietud,
El viento ha callado su violencia entre las ramas altas
de la arboleda, y un poco a lo lejos se oye el rumor sordo
del río desbordado, mientras la lluvia golpetea en los cristales del balcón y en el cinc de los bordes.,.
Es el paisaje del color gris del cielo, y las hojas húmedas que tiemblan, y la tierra mojada estremeciéndose al
gozo de aquella fecundación, parecen exhalar un gemido
dulce que ahonda más el silencio.
La tarde se ha ,entristecido súbitamente. Las montañas
próximas han desaparecido, bajo un cendal plomizo, hasta
cerca del valle, cuya esmeralda parece erguirse más lozana, y donde las casas de labranza, rompiendo la monotonía
de los prados, de vez en vez, tienen una apariencia desolada de abandono.
Llueve sin término. Emana la tierra una fragancia de
sensualidad. Han huído hacia un refugio los ganados que
pastoreaban y los zagales y las mozas del labrantío. Esco~
dido en un nido cercano se oye un arpegio de temor, de
cariño aterido junto a la hembra.
A lo lejos, una luz viva ha rasgado la nube sombría.
-¡Jesús!-murmura alguna mujeruca en el interior de
la habitación.
1

�ó26

C0811ÓPOLl8-!I-198()

PL&amp;lllTUD,

-Poned las velas a Santa Bárbara -gime temerosa, una
voz dulce.
Los hijos sollozan:
-Mamá. Mamita: ¡Qué miedo!
El padre, valeroso, bromeando, les dice:
-No seáis coba?des; es que en el cielo están de broma,.
San Pedro cumple hoy sus días, y ha ido una murga a festejarle.
-¿Como la de Nava?-inquiere la niña inevitablemente
curiosa.
-Eso es-confirma aquél-; como la de la fiesta en el
pueblo ...
De pronto, un chasquido violento interrumpe la calma.
Ramas que se desgajan, un ruido seco. detonante ... En la
casa un grito.
Los niños pequeños, fuertern.ente cogidos a la falda de
su madre, lloran. La abuela preside un rezo lleno de inquietudes, que arrastra un bisbiseo medroso ante el cuadro de
la imagen bendita.
El padre ha dicho:
-¡Un rayo! ¿Dónde habrá ido a caer?
-Fuera de_ aquí-comenta un viejo aldeano que pertenece a la servidumbre de la casa-. Ese ha caído en los ála~os de d?n Miguel. ¡Milagro no haya «matao&gt; alguna bestia, que siempre las han de cobijar bajo la «arbolea», y no
hay cosa peor. En tormenta, como ahora, es «aonde&gt; van a
parar los rayos.
·
El rezo de las mujeres cesa. Los hijos tranquilizados
al brillo de la tarde, en el corredor, salen
la habitación:
y alrededor del hombre y de la mujer, solos ahora, todavía
en la penu~bra, el eco del reloj sigue 1&gt;9niendo la inquietud de su tic tac, que, como el humo del cigarro, el color
d~ la nube y de la bruma de las montañas, que va desbac1endose lentamente, abre el alma desasosegada, febril, a
todos los ensueños, a todos los anhelos más lejanos, más
amados, más imposibles ...

de

ENSUE~OS
La mujer se acerca al amado .y le besa calladamente.
-¿Piensas?-le dice.
-Siento-,-responde con una voz extinguida.
Entonces ella arrodíllase y escucha, absorta, llena ~
amor y de admiración, las palabras que el hombre pronuncia, como si evocase algo lejano, invisible, que ha nacido
quizá en su fantasía.
.
-No deseo nada, Alma. Acabo de realizar mi ilusión
mejor. Esas brumas, esas montañas, aquellas nubes que van
yéndose hacia otros lugares, que irán a ensombrecer y fecundizar; esos árboles que tienen las ramas temblorosas, y
ese olor de la tierra mojada me compensan de todos mis
deseos sin logro. No me inspiran. ninguna idea, no; me dan
una sensación que gozo plenamente... Dame las manos,
Alma. Te brilla el cabello como si unas gotas de la lluvia
te lo hubiesen mojado; tienes los ojos puestos en algo que
te hace muy feliz ...
-Esas nubes, esa bruma, las hojas de los árboles, la
cima alta que tú estás viendo tan lejos-responde iluminada.
·
-Mira, mira-advierte-qué rojos se te pusieron los
labios ... Dámelos ... Estoy viviendo la hora mejor de mi
vida. Fíjate: el sol va apareciendo tímidamente. También
él se asusta de la lluvia y parece que dice, al reaparecer:
&lt;¿Se puede salir?&gt; Vuelven los ganados al pastoreo ... Mira,
aquella casa del monte brilla al sol. ¡El arco iris!. ..
Los dos amantes están unidos en un abrazo íntimo. Son
un alma, una sola vibración.
Como él ha dicho, nada les sugiere todo aquello; gozan
de la sensación de plenitud, en que los ruidos pequeños y
lejanosf las cosas,. como dormidas en el tiempo; el silencio
tan hondo que tiene un susurro de vida interior, de Naturaleza, de sosiego infinito, les envuelve en el humo de su
propio ens ue.ño.

�.

loa

w,litaria qllf' .......... al ~ . i . "
~11e~-1a~deeata~-f1ltlliile .ueoc-; pn,medenc»una .._ a
la palabna mejores ... ¿Te ~
de lnoertiduiííbM, -

...

}1lí!le"Dl"-"" :_.

abwlonillto eá llledio del c:aillpo-•
ntrenplllll~.V••la~.
1!I, Yoh'W a.élJiil.,.
,..,,. como1a nvebiclón de 1111ll vÍ4•
, el alma illíantil de loe hijos pei¡llelot
~~1 ~µ,qaietad, dolor de~-•·
~01&gt;0 11. D8L POBll'll,LO

�o
LA, CASA DEL COMUNERO MAi.DONA
1.a ton,e 1 oligút¡UG polf1ica autoriwk e11
por un re, eittnnjero, ~ y 111111g11ina,rio; 14
da protec!clón de un moaarc:a a loa muchos y üºr4Ai¡p
meneos, que en son de hipócrita conq&amp;alfta apoae,¡
en DueaQ'aS cierraa, f lll vejatori.:. desvlo laacia loa
IÍDIOB cáatellanos, de quienea llO CGlllpreodJa lli el ·
lllblevaron el ea~ poco aufrldo de los ~
tu tpicaa Uanuraa de CaatiUa, mis dado al lmpetii
qae • la paciencia cobarde, y antes 1nclinado a la
la guerra que a la blandura de la resignación. Ea
en Segovia, en Salameaca, en Guadalajua, en V
en Zamora, ea Madrid, culminó sangriento y arreg
•tagonismo entre los cutellanos bravos y r·eauew¡~
a!llbicioso y absorbeate poder real, extranjeriado y
_pótico.

llo sos principios, an~onse los nobles al
aquella sublevación bermosfs.hu. y memorable. Ya
postrimeriaá, filé únioa.uente el pueblo, heroico, -t

~ . el que sostovo el grito rugieaú! y
eoárllolando, con bien ~ a 8'ereza, el altivo
morado de aquldros COlblUIUOB gloriosos... Hato
el yugo de su conde; NAjera_.'él de au duque, y
apartó del va9'llaje del conile de Tenclilla. Poco '8c
perQ' sin decaer an momento Sil bravura, qnerdóse
pu"blo ...
Castilla entera, erizada de revueltas y molina,
base en la hirviente y roja ■angre de aus hijos.
Tia ahorcaban alguaciles y arrutraban pr

,.¡,.

,..,..1el'Q aia C'4iU, qa,r •
,....,.....,_ _
1 . . clelot" aíi!o«iadCJII; anUidp

• llll'tliilalo. . _ _ Jp:,i"8~

del=--~~•-.
.
.......,..~

üilDl:IH!kocle•lll'IIIU~

el tono ge6J¡ico., . . . . ritriillo, - . . k
earil-..e ...-i. ■
ee•*!liCC~~, • • 111itr•11eliad el'J'h·

HQU• clli ( ? ~

·"'1dll!lltalie-heri4oa

eD

Jo.mil

iDOi!PliabaaJi!'lph¡ MI 1A

:l "'l""'"-!.""'-.éllfaNciclor'~ iJmíl¡¡
iil'-n!Jé
1 ~ pot:ilo!ot.,. ~ ...
.
ni lis cc-:-teq'a. ~ de

'ª"'.
,~7:~--

1.11m(a; :.-.p¡,-=-~...._......

i1Jl!IIPII.... coa- 411 '8imo _ ,

~

.._,eoidó ,r.

liif,~llllij-•-q_q Jllifri4'C)a: ,or "leauntl,l¡a

,.,..,,...~.»-._,....,..._!JOI'

.....,...ot
.. 'deij ••k• IÑlweapal►

llllllll'Cl61111 •

PApanir.

·~,:.

�tm,,lQ q~ irr

-on. en
· a ae un re.y ettranjero, y la santidad
_.._al t ~ cáldeado-el Animo en et N
hidalga y de la varonil indignáción,
o todoe los castellanos, para mugua y

leales i

con lo · comueres.
(J01DO Luis CenillO 6e A1bomos-a
franc()S

cligna de ~or causa, vengó su muje

••cena

~es ·

invitando•
&amp; ros
doe y baciéndolef_ asesitlar • ptitljd
h11bo lfaidoretJ OIIJlO Pedro Gifén;
&amp;arios poi modÓ ~ Y
1 sin embaTge&gt;, reftenó loa
hei'Oicos ca:steHabw. Todo to q
,._o y lllfdclo luchaba a ana 1 «.,odl4Q,~•~D1ílrtJt:·¡
.-ao y la tirania .Haatá:toaucJ.érigos :n
~ t o , áeptdB e.
jagti

~-

_.,la

-~~-1~~~
BeriJ asaltó la plaatde T ~
Oda JU11a, mdyPJll'Ü41 •

~ ~ t e que toa a~ pue
de lll,diO del
préf1 •

e.mP.&gt;,

e entre laa llamas utes c¡ue entrep
• -_, 4~1111 ~ caeatan las
lo .Uto deJám~ r ;a cuupo
iáil~tino aarilla.quea
liados, siendo el dODaíre. '11# loa
ta m1teade matmto. ceo ta1)8le:ta.&gt;
..La
de loa comu~ M
a t t ~ y. ,,_ali.élite ~ é a

•--lllil

rebeldfa

ticoa~COlllO ucia

en tiiaLde fa m~:cle
.

dela~cle

«Alá 1aa- lierilai de ---

maa•

. ..._a•.
--·•--···--!di'

dattdt&gt;

oywpllóaó
üiz labrado ~r
tú
hitviente, heroica y ieat..
esa fué 1.a caaaa de su derrota, fm
'6n¡ hubo iinprevúioues y
males~eg~ ~ - t i l
~ perqes fue,za
· •• porque él nt9t, i.
tilez«, el c»taje, cmminatQj
como pena~ de -oto,

•.ira

ª'"

tan - - ~ tan; ~

i:eey ~cías,- uaa

~~e~•·

PJMIIQlt,~:auiP,abro►.-, ~

, _ . d. eie.lo-, p ~ de. n
•
íobre i.-tt~ y ea
v&amp; d e l a ~ rizando l
caariaÓÍ51'4~h
lalel~de~

'°

VilJalat, en
glodoao ~ • morado qaedé maltffii•. ~ _pot ~ ; abandona&amp;&gt; c1eli
r media élocena de leócea castel
gerlo del barro y wla la)
tó, con toda e11 atipa 1 A_.. ai
soldados del ij4teite rut ..
y los comuaeroaf..-oa Y
Ptá.vo y Maldoaaio,

--~aa-o

de..- .

'

�COSMÓPOLIS-Xl-1920

mujeres que traje sus hijos y sus esposos a la matanza y
que después me salvé huyendo!- Y diciendo esto arreme-

1
1

1

tió con sólo cinco escuderos de su casa contra el escuadrón imperial, al grito de ¡Santiago y Libertad! Peleó con
heroica bravura, hasta que fué herído en una corva por un
c ,tballero llamado D. Alfonso de la Cueva, al cual se rindió. Otró caballero, llamado Ulloa, al saber que el rendido
era Padilla, le hirió en el r:ostro de una cuchillada, ensangrentándoselo. También quedaron prisioneros Juan Bravo y
Francisco Maldonado, abandonados de sus tropas. Los imperiales acuchillaban sin piedad a los fugitivos, robándoles,
al extremo de dejarles en cueros. Al mismo Padilla le quitaron una rica ropilla de brocado que llevaba. Los capitanes
fueron conducidos al castillo de Villalba, propiedad del cobarde Ulloa, y a la mañana siguiente los trasladaron a Villa.lar, para juzgarlos y sentenciarlos. Se les condenó a ser
degollados y confiscados sus bienes y oficios, como traidores al rey. Bravo y Maldonado recibieron la sentencia con
exclamaciones de cólera; Padilla, con serenidad imperturbable. Confesaron los tres, y Padilla escribió dos cartas
célebres: una a la ciudad de Toledo y otra a su esposa,
Doña María. Los tres marcharon al suplicio montados en
mLllas, cubiertos de negro. En la carrera gritaba el pregonero: «Esta es la justicia que manda hacer S.M. y los gobernadores, en su nombre, a estos caballeros, mandándolos degollar, por traidores.»
,Oyéndolo Juan Bravo gritó enfurecido: «:Mientes tú y
quien te lo mandó decir; traidores, no; más celosos del bien
público y defensores de la libertad del reino.» A lo que
dijo Padilla: (Señor Juan Bravo, ayer fué día de pelear
como caballeros, hoy lo es de morir como cristjanos.»
Brayo guardó silencio, y al llegar a la plaza dijo al verdugo: «Degüéllame a mí primero, para que no vea la muerte•
dd mejor caballero que queda en Castilla.»
»Y el verdugo hizo su 1epugnante oficio ... Así, orgullosos y serenos, arrogantísimos hasta el instante último,
murieron los ttes heroicos comuneros, poniendo con su

DE UN' GLORJOSO SOLAR

53&amp;

sangre, leal y gener:&gt;sa, los tres mejores rubíes en la áurea
corona de Castilla.&gt;
Lector: ven conmigo por esta castiza y evocadora calle
de la Compañía. No te detengas demasiado en la contem•
plación sabrosa de sus rejas, de sus escudos y _de sus za~uanes, y echa el paso largo y resuelto, que qmero llevarte agudo a la estupenda plazuela donde_ yérguense, s~gra&lt;l0s ..,v bellísimos , los muros, un poco ramosos ya, de 1a parroquia de San Benito.
.
.
.. .Ya estamos en ella. Rodea de mi brazo la 1gles1a y
encárate con esta casa pequeña y armónica; vieja y dorada, que muéstranos su portalada típica y sus es~udo_s hidalgos ... Descúbrete con emoción, lector. De aqu1 sa1_16 un
día, bien armado y garrido, lleno de bravura y de Jdeal,
stJñando con libertar su noble pueblo de Castilla, D. Fran•
ci 3co Maldonado, dueño de esta casa gloriosa. Sa]ió ent:e
las aclamaciones de los valientes comuneros, que erig1éronle por su capitán. Salió gallardo y sereno, jugánd?se:o
todo en la aventura, y tan leal y desengañadamente Jugose la vida en el embite, que no tornó jamás-honra Y prez
a su memoria-a posar sus plantas en esta plazuela, cu!as
piedras no han vuelto a resonar bajo l_a. gallardía Y_ _gentileza del firme andar de D. Francisco; m Jamás volv10-goce
de Dios su ánima-a penetrar en esta portalada solariega
y típica, bajo estos dinteles rojizos y vetustos ...
ALBERTO V ALERO MARTÍN
'

.,

Salamanca.

�b87

IIIBUOGJWIA

mez Carrillo es el p,1eta andariego y multicolor que todo lo

L1 Voz de Guipúzcoa publica el siguiente notable estudio critico acerca de la famosa: nbra de nuestro director,
qw! con mucho gusto publicamos:
«El poeta andariego: La Grecia eterna, por Gómez CarriJlo.-El editor D. Jos~ Yagües nos hace una exquisita remesa espiritual: son los últimos libros que Mundo Latino
acaba ele poner a la venta y de los cuales hlblábamos ligeramente días pasados. Apenas recibidos, hemos entrado a
saco en la mesa de nuestro director. ¡Oh, la emoción inmensa ele hojear un libro nuevo!
Hemos puesto la mano sobre La Grecia eterna, de Góruez Carrillo. Y hemos dedicado es!u buena mañana domin•
guera, llena ele paz y tranquilidad, a recorrer los paseos
donostiarras del brazo del príncipe bohemio de la literatura his;:,anoamericana, con todo el orgullo que hubiéramos
sentido al acompañarle realmente en uno de esos viajes
que el il~stre es&lt;.:ritor nos relata en sus p~ginas maravilln;as.
Nosotros sentimos por Gómez Carrillo una devoción
sin limiks. Artífice admirable de la prosa armoniosa, poeta
alt,simo, Gómez Carrillo es d escritor má, diverso y más
vario; su literatura no tiene patria; es una literatura cos•
mopulita. Asi como Rub6n Dario era un poeta francé~ que
escriLia en español, Gómez Carrillo es un artista universal
que escribe en la lengua que mejor cunviene a la interpretación precisa de sus sensaciones.
Al contrario de los escritores que se resignan siempre
a pintarnos los mismos paisaJes con la misma pale.a, al
contrario de los escritores quietos que no tienen más que
una ventana para contemplar al mundo y a las cosas, Gó-

contempla y todo lo estudia y todo lo relata. Su musa no
es una buena matrona que gusta de dormir.e beatíficamente en la estepa castellana, o entre los naranjos del Sur, o
entre los pinos del Norte¡ es una mujercita inquieta, susceptible de todas las sensibilidades; una mujerd:a frívola
unas veces, y otras profundamente humana, qut: guota de
verlo y recorrerlo todo; que un dia baila una danza gaucha
en un rancho argentino, para beber al dia siguiente una
cmominette» en una ctaverne• montmartresa o soñar en
los muelles londinenses, o valsear en Viena, o curiosear en
los museos de Italia, o reir liricamente en los camµos floridos del Japón heroico 'Y galante.
Esta variedad ,.miversal del insigne cronista de lo, viajes y de las mujeres, nos encanta más que nada a través &lt;le
su prosa diamautina; su prosa a,.hnirable que no tiene la
pesa,iez académica de los clásicos modernos y que aparece esmaltada de audaces neologismos y ele impresiones
nuevas.
1

Era natural r¡ue Gómez Carrillo dedicase u11 gentil ho.

menaje a la Grecia eterna. Como hombre de uutn gu,to,
como viajero espiritual enamoralo de la belleza, Gómez
Carrillo estaLa ol&gt;ligaáo a ello. Y con un admirable prólo•
go del ilustre Moréas, Gómez Casrillo nos ofn,ce una de
las obras más hermosas que se han e,crito sobre la Grecia
antigua y moderna.
1ras el pórtico deJean Moréas-tl genial poda griego
que sodó a la sombra de '.'luestra Seliura de Pans-van des
filando todas las maravilla,; del pais de Homero. Bn su ~ri
mera crónica, el artista iledica un magniliw cant" al mar
de lw. Odisea, e=se trágico mar, ese «nr:gro mar- JJ&lt;lra d que
el padre de los poetas «no encuentra más que quejas y maldiciones,. Y canta el poeta a las viejas islas que y~ nv conservan más que un rancio pretitigio l~gendario en tiUs (:Uln·

�lí88

IIIBL108RA,fA.

OOOIIÓPOLIB-11•1900

bres áridas y unos nombres .armoniosos: ¡llaca! ..• ¡Cefalo• 1•••. iZakºtn t os 1.. ..
013
. .
La pluma de Gómez Carrillo se desborda de hnsmopero de un lirismo sobrio y elegante siempre-ant~ ei cielo y los campos atenienses. Luego, como un peregnno, recorre los viej'ns templos y vive en la antigüedad por unoa
instantes. No se detiene como un erudito demasiado minucioso a examinar cada objeto, cada columna, cada estatua,
cad.1 motivo decorativo, no; busca la sensación especial, la
sensación particular que la visi-:'.ln en su conjunto produce
al filtrarse por su temperamento de hombre moderno y exquisito.
Por eso, en toda la obra, no hay una sola pái;na que
re. ulte cargada de erudición. Para los eruditos, es posible
que pareciese demasiado frívola y superficial a veces,_ si ~
alcrunos momentos nó viniese la amplia cultura del mteh"'
gente viajero a demostrarnos que lo hace así por coquetería de •cicerone• un poco mundano.
Hay en el libro un bello capitulo titulado eLa raza etel:"
na&gt;. En él, Gómez Carrillo defiende la tesis de la inmorta•
lidad del genio griego. Afirma que los griegos de hoy son
los dignos herederos de Uiises y canta al genio actual con
el mismo entusiasmo que al antiguo. Este capitulo fué muy
comentado por las criticas que se hicieron en Franci.. de la
versión francesa de esta obra. El 2utor tiene la gentileza de
ofrecernos, ante¡¡ de este capitulo, un interesante fragmento de un libro de lvonne de Romain, en el que se combate
su tesis brillantemente.
Para nosotros, uno de los más lindos capítulos del libro
es el que lleva por titulo «La mujer de Atenas&gt;. Gómes
Carrillo, cantor de las mujeres de todos los palses, ador•
dor de todas las damas-como uno de aquellos galantes Cá•
balleros que firmaban sus madrigales con la punta del fl.orete-es el más indicado para hablarnos con toda fidelidad
y galanura de esas mujeres que no conocemos más que a.
través de las antiguas leyendas.
Y dice Gómez Carrillo:

•¡Ah, 14!!1 mujeres de Atenas, y sus gracias, y sus sonrías, y su~ ondulaciones, y sus coqueteriasl Yo apenas he
tenido aún el tiempo de verlas pasar, gorjeantes y ritmicas;
apenas he podido, er¡ dos o tres salones literarios, respirar
el ligero aroma de violetas que stis cabelleras negras exhalai\ y perseguir las chispas que se encienden, se apagan,
huyen y vuelven a encenderse en sus pupilas negras; ape11!18 he besado, respetuoso, sus manos desnudas. Pero · no
iDlporta. Estos breves dias me bastan para hacerme la dulee ilusión de que las conozco en la intimidad.
-Si madana, en cualquier parte del mundo, una ateniense pasa a mi lado y me sonríe, la reconoceré entre mil
m11jeres-le digo a Mauricio.
-Si es A ntigona-me contesta mi amigo- , lo creo.•
Esta Anli¡{ona es una churai'la y exquisita• amiga de
(¡ómez Carrillo y de su acompar'lante. Ella le sirve para
tejer el más delicado y gentil elogio de la mujer de Atenas,
l!le la mujer de ahora, que no es el tipo de belieza acadélllk:a que nosotro~ imaginamos. Porque Gómez Carrillo

dice:

•El tipo de los rostros de Praxiteles, el tipo del siglo

,qllinto y de las medallas de Aspasia, no es, en realidad,

eo la moda

de un momento, como lo fué más tarde, en

.llalia, el tipo de las madonas de Rafael. Antes, un arte meDCIII impecable, pero mis variado, expresaba la gracia en
toclos aua instantes ingenuos o perversos. Los pintores primitivos, que eran ignorados hace cien años, han ensanchado el campo de los conocimientos estéticos toscanos. En
Grecia. cuando las esculturas arcáicas de Delos y de otraa
ialas hayan logrado popularizarse, se verá, tal vez, que la
l,e)leza antigua no fué siempre de una pureza académica.•
Habla el autor de las muchachas de Atenas, t¡ue son
como lindas estatuas clásicas vestidas a la moda de París.
-¿No te parece estar viendo parisienses?-pregunta el
autor a su amigo.
-¡Como que, sin duda, son parisienses de viaje!-contesta el compai'lero.

�MO

COSMÓPOLJS-XI-1920

« Y nos acercamos para ver si hablan francés, y oímos
en sus labios la grave lengua de Palamás.&gt;
. A las muchachas de Atenas ya no les queda del prestigio antiguo más que los nombres: Aspasias, Crisis, Pené•
pole, Artemisas ...
«¡Oh, Aspasias de traje tailleur! ¡Oh, Penélopes de som.
breros parisienses! ¡Oh, Cibeles de sombrillas inglesas,
cnánto mejor estarías con nombres menos pedantes! Cuando os oigo citar, no puedo dejar de acorJarme de los buenos negros de Martinica que, si bautizan a un hijo, le po•
nen Bonaparte o Temístocles ... »
Pero a Gómez Carrillo le importan poco las modas y los
trajes tailleur, para compararlas con sus hermanas desnudas de los Muscos, y decirlas mentalmente los más lírico~
piropos.
El capitulo que dedica luego a las cortesanas antiguas
es de una belleza incomparable.
«¡Las cortesanas griegas! ¡Las sacerdotisas admirables
que hicieron del amor un culto, de la voluptuosidad un
rito, de la belleza una virtud!...&gt;
Y ante la pluma florida de Gómez Carrillo desfilan Nee- ·
ra, la esclava de amor que ~entretenía, a Stephanos; Lais,
que tiene una aureola de más interesante poesía; Bachis,
Clenice, Corina, Gnatene, Herpilis, Hiparkia, Leontium,
Nicareta, Philena ... Para todas ellas tiene Gómez Carrillo
un elogio galante; a los pies de todas aquellas mujeres que
los antiguos inmortalizaron por su belleza y por su gracia
y por su ingenio-como Aspasia, que &lt;lió a Sócrates lecciones de poesía-tiende el poeta los óleos de un madrigal.
S-ólo tiene duras palabl·as para Frine, «que completa la trin¼-lad de la gloriosa galantería junto a Lais y Aspasia, y
que no tuvu ni alma ni inteligencia; sólo belleza.

Muchos otros capítulos tiene el volumen, deliciosamente labrados por la pluma artífice de Enrique Gómez Carrillo. No hemos de comentarlos todos, para no fatigar al
lector.

BIBLIOGRAFÍA

Además, las criticas propiamente dichas de &lt;"Sta obra de
Gómez Carrillo, están hechas ya. Nosotros, con estas líneas
humildes, no hemos pretendido otra cosa que expresar
nuestra admiración sincera de discípulos al príncipe bohemio de los crc,nistas hispanoamericanos.
E. P.-.

Nuestra literatura en los Estados Unidos. - Main currelits
of spanish literatitre_.-En menos de un año se han publica-.
do tres libros sobre·nuestras letras hispanas. De orientación
diversa, con finalidades diferentes, todos tres son interesantes al escolar de hoy, porque están preñados de una simpatía de raza, de una intención fraternal, de un anhelo de
comprensión digno de aplauso.
El primer libro, Main currents of spanish literature es
obra de J. D. M. Ford, profesor de literaturas de la Universidad de Harvard. Es difícilmente una obra literaria,
por cuanto está dedicada al colegio yanqui. Ford conoce a
fondo nuestra literatura, ha peregrinado por nuestros vieios archivos madrileños, es un l@ctor fervoroso de los mode1 nos, y así está capacitado para trazar la vertical histórica de nuestras letras desde la época caballeresca del ro- ·
manee, hasta nuestro período actual, que es de 1·enovación
y de pujanza. Main cun'ents of spanísh litemture es el mejor
texto de líteratura española publicado hasta hoy en el paist
por su presentación sintética y por su claridad. Es inferior,
sin embargo, a la obra de Fitzm?.urice Kelly, en documentación y en atrevimiento crítico. Agrega el autor algunos
estudios sobre versificadores sudamericanos del siglo XiX,
Bello, Heredia, Olmedo, etc. Como nuestra lírica verdadera tendió su vuelo con la publicación de Azul, faltaba el libro que definiera el esfuerzo novecentista, el desprendimiento vigoroso de la labor dariana. El libro de Isaac
Goldberg vino a llenar este vacío.
Studies in sprmish american literature.-He aquí una serie d~ estudios definitivos sobre nuestros· escritores novecentistas. Nietzsche afirmó que el crítico que no establece

�542

BIBLIOGRAFÍA
COSMÓP0LIS-X.r-J.92O

superioridades e inferioridades entre los autores y los libros, no tiene razón de ser. Yo afirmo t&gt;ntonces que este
libro de Go!dberg e:; mucho mejor que los ensayos de
González-Blanco sobre los mismos temas. Creo que los
estudios sobre Darío, Blanco-Fombona y Rodó son simplemente magistrales. Y luego me admira el conocimiento
que este escritor tiene de los poetas de la última generación, com.o José M. Egurén, y otros de menos importancia.
Como toda ob.ra literaria, este libro tiene defect0s. Acaso
Isacc Goldberg haya-escuchado demasiado a la crítica
existente y se haya contagiado con nuestro eclecticismo
toleran te, en vez de juzgar con un criterio de ho111bre de
otra civilización, con otra sentrroentalidad y con otra con.
cepción estética. No digo qu~ extreme su estilete para dar
punzadas pseudo-científicas, a la manera del judío Nordau;
perv si que es deseable que ponga en acción el elevado
gusto artístico de su raza, manifestado en una rigidez de
apreciación ebrea y en una franqueza oriental. Concede
Goldberg demaEiada importancia a la vida de los escritores,
lo que le conduce a extremos desagradables, como en el
caso de Blanco-Fombona, al que aescribe con ciertas proyecciones de epopeya, a causa de unos puñetazos que este
lírico diera a un p-oeta de Venezuela . Pero dejando estas faltas, que nece.=;ariamente desaparecerán en libros posteriores,
Studies in spanish american litemture es el libro más completo y mejor orientado que existe actualruente sobre nues tros escritores modernistas. Así lo ha entendido Rufino
Bl~nco al emprender la traducción de esta obra, que ha de
publicarse al mismo tiempo en italiano y en francés.

Hispanic anthologi.-Este es un libro de 800 páginas)
que trata de abarcar la producción total de nuestra poesía.
Hay en él traducciones estupendas de Artbur Symons y de
John Masefield; versiones correctas de Muna Lee y Edmond
Gosse; parodias insignificantes de Thomas ·vJalsh, Peter
Goldsmitb, George Ticknor, Mrs. Elliot y varios otr()s. La
presentación de la :µoesía peninsular está más o menos

ó43

bien. Quizás falte refinamiento en el gusto artís!ico ~el
colector; quiz§s, si los reformadores y los revoluc1~na~1os.
estén escasamente representados Cl¡alitativa y cuantnabvamente, y quizás si será imperdonau1.e el de no haber incluido la obra del que será por muchos siglos el poeta r:1fL;;
fuerte y con más medula peninsular, D. Eduardo Marquma.
No menciona tampoco a Ramón Pérez de Ayala, La parte
dedicada a nuestra América latina es sencillamente detestable. Se conoce que el autor tiene un conocimiento romo
de nuestras letras del siglo XIX y que desconoce por entero
la producción actual. Hay un soneto _d~ Gabriela N~.,tr~1,
que a fuerza de mistificación se conv1rt1ó en su antites1s.
Nada de Arturo Capdevila, de Juana Ibarbourou, De Egu·
ren de la enorme Delmira Agustini, de R. Meza Fuentes,
de ,Alma Fuerte, etc. Pero, en cambio, hay una serie de
nombres anónimos, colectados de nuestras esmirriadas revistas, y poemas que verdaderamente despresti?ian nuestras letras americanas. Creo que de nue;:;tro penodo novec entista el único poeta verdadero que aparece es Daniel de
la Vega. Los demás, o han pasado de moda o son m~ros
imitadores. De los escritores latino-americanos establecidos
en los Estados Unido!:?, el de mayor valer es Salomón de la
Selva. Su nombre no aparece en es1a antulogia.
Es de lamentar que la Hispanic Soátty of America. haya
apadrinado una obra que, como producción artística, es un
fracaso, y que como propaganda cultural es de efectos contradictorios.
ARTURO TORRES RíOSECO

New York, .1920.

El Libro N11evo, por Ramón Gómez de la Serna.-Ramón Gómez de la Serna acaba de publicar un nuevo líbro,

el Libro Nue·vo que, por lo pronto, nos_ obliga a de~ir e~~a
redundancia el título de la obra, que siempre tendra uruaa
cierta juventud a sus facciones, por mucho que amarillee
el papel.
En las páginas centrales de este libro hay una crítica

�bU

COSIIÓPOI.IB-xr-1920
ffiBUOGRAFfA

de ~Azorin&gt;..sobre Gómez de la Serna, que nos di~culpa de
dedicar p_rohJos comentarios a esta prosa zahareña, sorprend_ente, d1scola, ~ vecc=s disparatada, pern descubriendo
si_empre alguna novedad o alguna gracia recóndita de la
vida.
Dice «Azorín":
«Ramón Gómez de la Serna pudiera titularse psicólogo
de las cosa~. Una gregu~ría abarca una pAgina, media pA ·•
na, ocho !meas, dos lineas. La base de la greguería es la
observac1ó_n escrupulo ·a fina, delicada, de la realidad. Ena~ora~o Gomez de la Serna de los escritores raros (como
S1lvetto Lanza, Santos Alvarez, Ros de Olano, etc.), se
ap rta ~e sus procedimientos en este· ras~o fundamental
del reahs!no. Como esos escritores aludidos, Górnez de la
Serna quiere hacer algo distinto de los géneros lite .
cread .
. 11
. . .
ranos
G
os, pero s1 e os prmc1p1an por deformar la realidad
. ómez de la Serna se apoya precisamente en la olJsen•a:
?1ón :scrupulosa de las cosas y de la vida. Todas las cosas
nnag-~n~bl~&amp;, ~n efecto; todos los tipos, todos los aspectos
del v1v1r d1ano pa .. an por la pluma de nuestro autor·
sobre los detalles exactos, fidelisimos, de ese panora~! del
;undo,
~e ¡~ Serna, interpretándolos, haciéndonos
er su esp1nt~, tabnca su original y sutil greguería.
. Ram~n Go.mez de la Serna figura en la nueva enerad~ ltt~r~tos ~ poetas. Perteneciendo a otra gen!ración
aria,. :se _no:, preguntara qué rasgos, qué caracterisa ' que cualidades quisiéramos encontrar en los ese ºt res del P:esente, dudaríamos un poco... en cuanto al
lo. Dudanamos u~ poco en cuanto al estilo-cosa funda.
. personal nos
hmental
h hen .d escntor-po rque 1a expenencrn
a . ec. o ir_ de UAO a otro extremo en esta cuestión d
tecni~~ literaria. Si hace años podíamos proclamar
nn~va~10n y la turbulencia en el estilo Crriros nuevos,
ne_ol og,smos, etc.), poco a poco hemos ido viendo-y
as11 o h~mos expuesto repetidas veces-qut' la exactitud
y e mattz son lo esencial en la expresión. Federico Nietza..

~?~ez

~16:

t;:e.

!ª

s1

:t~-.
1:

che, en una pAg11;1a de El, viajero v BU sombra, ha definido
insuperablemente el perfecto estilo literario. «Hacer neologismos o arcaísmos-dice Nietszche-, preferir lo raro o
lo extraño, tender a la riqueza de los términos más que a
su restricción, es siempre la sei'1al de un gusto que no ha
alcanzado todavía su madurez o que está ya corrompido.
Una noble pobreza, pero en un camino sin apariencias, una
libertad de maestros, es lo que distingue en Grecia a los
artistas del discurso: ellos quieren poseer menos que posee
el pueblo -porque el pueblo es quien atesora mAs riquezas de lenguaje en cosas antiguas y modernas-; pero lo
poco que poseen, quieren poseerlo mejor. Se acaba pronto
de enumerar sus arcaísmos y rarezas, pero la admiración
es sin límites si se tienen buenos ojos para observar la manera ligera y suave que esos artistas tienen para acercarse
a lo que hay de más cotidiano y vulgar aparentemente en
los vocablos y en los giros.•
Fígaro. (Revelaciones, «Ella&gt; descubierta, epistolario
inédito, numerosos grabados), por Carmen de Burgos (Colombine).-Es una obra extraordinaria que resume la época
más bella de Madrid y de:;taca la figura romántica, humana y hamletiana de «Fígaro•.
·
Carmen de Burgos ha sabido destacar lo que de más
vivo y de más seductor había en el tema, con esa frescura
que nunca hay en estos libros medio de erudición, medio
de resurrección.
Por obscuros vericuetos, por las intrincadas calleju~las
del pasado, se aventura Carmen de Burgos, haciendo sus
pesquisas, buscando papeles antiguos, legajos de cartas, ya
con la letra parda y desvanecida.Por fin encuentra una caja,
y en esa caja lee: ,Papeles de Fígaro». La tiene conservada
la familia con singular apego. Es la fortuna que se' han ido
transmitiendo de padres a hijos y que~ella sabe utilizar poniendo en su transposición la nota clara y simpática de su
talento.
11

�546

COSMÓPOLIS-XI-1920

Cmr.o ella·dedica su libro a Ramón Gómez de la Serna,
y este escritor ha trazado el epílogo de su obra, debe rematar esta critica el elogio sobrio y caluroso que hace de
la obra y de la escritora:
«¿Cómo epilogar este admirable libro de Carmen de
Burgos?
Yo hablaría de ella con esa fe que doce olños de constante amistad han cuajado en mi espíritu, del es,pectáculo
único que ha sido para mí su sensatez, su comprensión y
su rebeldía. Pero no es eso lo que ella quiere.
Me tengo que referir a este libro, cuya preparación ha
sido obra de su devoción durante mucho tiempo,·pues hace
años que aparece anunciado entre sus libros en proyectoaunque parecía esperar a ese hallazgo del cofre de los secretos y los ma.1uscritos de «Fígaro&gt; .
Este va a ser el libro que quede sobre Larra, el que primero de·scubre lo que de verdaderamente inédito quedaba
de él y el que reúne todos los antecedentes dispersos de un
modo vivo y «simpático~. Todos, después de este libro,
tendrán que referírse a él, que copiarle, que seguirle. Car, men ha hecho'esto con sencillez, con una idea genial, instintiva y clara de la distribución, corrigiendo hasta a los
contempor.áneos y amigos de «Fíg-aro», que tantas falsedades dijeron de él, y todo esto sin qué resulte muerto y abogado en la insoportable prosa negra de los eruditos, y sin
dejar por eso de tener algo más de la erudición necesa.,:-ia.
¡Gran libro de erudición, sin una nota, porque cuando el
qae escribe sabe escribir, dice todas las cosas en su sitio!
Eso le da vida fresca y continua, sin esas hemiplejías de
las notas.
Sentado frente a Carmen ante su amplia mesa de trabajo-esta mesa con la forma de un piano de cola y que por
tener sólo tres pat~s parece la mesa de los espiritistas, a la
que por·eso quizás acuden a ella las esencias de los muertos y poi: eso Carmen hizo aquel hermoso libro sobre Leopardi, desgraciado también e impar1 y ahora sobre cFfga-·
ro:.-he visto y he Jeído los documentos y he oído las cuar-

BIBLIOGRAFÍA

'

547

tillas de Carmen, saturándome de «Fígaro:., y sacando del
cerillero de él, que la familia ha dedicado a la escritora, las
cerillas para mi pipa, cerillas con una luz en algo inspirada
directamente en é1.»

En la tierra florida. Novela, por R. Cansinos-Assens.Editorial Mundo Latino.-Madrid, 1920.-1«El armónico lirismo remansado, que constituye el primer c~ficiente en
la ecuación psicológica de nuestro dilecto Cansino$-Assens,
se extravasa durante raptos ingenuístas en diáfanos y ortodoxos recipientes literarios: -cuentos sentimentales, nóve•
las costumbristas ... Porque en su paisaje temperamental, y
contiguo a su ancho río de caudaloso imaginífero, creador
de acendradas psalmodias poemáticas, se desliza también
un agua diáfana de ritmos ingenuos y familiares.,
Estas palabra:s que iniciaban mi critica a los primeros
albores novelesco¡¡; de Cansinos-Assens en El eterno milagro y La Madona del carrosel, hallan su ratificación plenaria
en esta serie de armónicos capítulos, enlazados por un tenue nexo argumental, que componen su reciente libro En
la tierra jfo'l'ida.
Pues, sinte.izando, más que una novela conjunta, donde
el acelerado interés novelesco se desarrolle en episodios
desbordantes de acción, En la fierra florida es una coordinación evocativa de pequeños cuadros locales, que reflejan
facetas de la vida sevillana, en el marco de una familia humilde, contristada, y sólo conmovida por proble'mas domésticos y afectivos. Y he aquí., en este límite, a Cansinos
en próxima contiguidad maleable con los noveladores ri•
tuales, que siempre sitúan sus c~:mcepciones _en ambientes.
ortpdoxos. Tangencialidad que &amp;alva el autor de Salomé en
la literatura con sus dotes imaginativas y peculiar frondosidad lírica, estilizanrlo y delineando esce1;1as y caracteres
con una neta pulcritud estética. Pues sólo un artista de su
altitud, que posea simultáneamente esa facultad introyectiva emocional, puede conseguir dar un relieve pfastico y

�548

COSMÓPOLIB -

XI-1920

una exaltación patética a episodios nimios y congojas estrictamente familiares, de unas vidas humíldes que se esfuman en la distancia de lo absoL,to.
¿Quieren decir estas reflexiones marginales que los elementos episódicos contenidos En la tierra fiorida, son insuficjentes para componer una totalidad novelesca varia,
intensa y sugestiva? No; según las normas de su autor, que
siempre ha rehuido la multiplicidad acciona}, y ha preferido eternizar los personajes y los ai-gumentos en un gestó
único y remansado, estatificando así paralelamente su monotonía emocional. Mas Jesde nuestro ángulo visual, aunque amemos esta lenta y melancólica psalmodia de su prosa, en las composiciones poemáticas, tejidas por leves vilanos aéreos de partículas sentimentales, en la novela moderna otorgamos nuestra predilección al nuevo género en
triunfo: la novela de acción multánime e inaudita, en cuyas
páginas el lirismo sólo aparece tamizado o imbibido a través del vértigo episódico y de la transmutación de fondos
o panoramas enmarcadores. Género al cual no ascenderá
Cansinos-Assens, pues no obstante poseer una imaginación
insuperable, ésta se desvanece en humaredas líricas, no logrando cristalizar en roncrecciones episódicas originales.
En ta tierra fiorida- es, con todo, un bello libro eurítmico, ungido de palabras piadosas, donde el «artesano poeta&gt;
que es el autor de El mdnto de la Virgen, reitera sus exaltaciones nostálgicas a las inefables lejanías del Sur.

Nocturnos de Otoi'io.-Las ventanas del misterio.-Volúmenes IX y X de las obras completas de Emilio Oarrere.Editorial Mundo Latino. Madrid, 1920.-Tras El caballero de ·
la muerte y el Dietario sentimental, que marcan dos momentos característicos en la obra poética de Emilio Carrere, esta
nueva serie de poemas coordinados bajo el títul0 de Nocturnos de Otoño, significa una reiteración de los habituales temas y _[&lt;)eculiares módulos líricos que personalizan la literatura de este poeta.

BIBLIOGRAFiA

t ,

549

Melancolía otoñal. Nostalgia de amores pretéritos. Elogios de tipos pierrotescos, audaces y bohemios. Evocaciones de legendarios romanticismos. Introspecciones sentimentales. Y nocturnos galantes de la más des-enfrenada
sensualidad, alternando «paralelamente&gt;, como en Verlaine
y Max Jac¿b-La défense de Tartufe-, con plegarias místicas de un anhelo extrahumano: He ahí sintéticamente los
motivos que nutren sus rimas-bellos endecasílabos y alejandrinos-de una emoción autumnal.
El dominio métrico y la cristalización temática de Carrere se manifiesta plenamente en poemas como «María del
mar», «Teresa&gt;, «Nochebuena trágica,, «Marta y María-.,
etcétera, todos los cuales le confirman en su altitud magistral dentro de los dominios novecentistas.
Paralelamente a sus inquietudes líricas, destaca en el
espíritu de Carrere una franja de preocupaciones teosóficas,
cada día más acentuadas ante la opacidad inexcrutable del
«más allh. Su espíritu se alucína en un peregrinar psíquico por las regiones del Misterio extraterreno. Y el poeta
se asoma a esas ventanas, logrando sólo atisbar indecisas
visiones, muchas veces deformadas en el espejo caricatura!,
bajo la influencia de su ingenio ironizante. Así tras las sagaces exploraciones de Maeterlinck en La Moi·t, L' Hóte inconnu y Sentiers dans la montagae, estas amenas crónicas de
Carrere son divagaciones extrarradio del Misterio y lindantes con lo Pintoresco.
El Roto.-Novela chilena, por Joaquín Edwards Bello.
Prólogo de V. Blasco Ibáñez.-«Editorial Chilena».-Santiago, 1920.-Como la «novela del día&gt;, en todo el Sur de
América, como la obra reciente de mayor éxito literario en
Chile, califican y elogian todos los críticos de aquella República El Roto, novela del bajo pueblo americano, con la
que Joaquín Edwards Bello ha dado nuevas pruebas de su
intensa personalidad creadora.
El Roto es la más acertada plasmac1ón novelesca de los
bajos fondos chilenos. «El roto-escribe Edwards-es el minero, el huaso, el bandido; lo más interesante y simpático

�550

661

COBllÓPOLlS-XI-1920

mBLIOG.flAFÍA

que tiene mi tierra: es el proaucto del indio y del español,
fundidos en la batalla de Arauco.»
Una efusiva y encomiástica epístola de Blasco lbáñez a
Edwards sirve de prólogo a El Roto, y nos advierte ya del
carácter y de la estructura totalmente naturalista que posee
esta novela. Pues, en efecto, El Roto enlaza directamente
con las obras más inténsas de la escuéla naturalista francesa. De ahí que, aun admirando la perfección técnica con
que Edwards ha llevado a cabo esta novela, consideremos
algo anacrónico El Roto. No obstante, los elogios y las incitacionesque espontáneamente le dirige Blasco lbáñez, nos
parecenjustificadas, compartiendo su creencia de que Joaquín Edwards puede llegar a ser el primer novelista, no
sólo de Chile, sino de toda la América del Sur.
Por lo pronto, con El Roto ha alcanzado ya una cima
magistral. Esta novela, repetimos, está forjada y encajada
dentro de las normas naturalistas, en el buen periodo de la
escuela: Zola, Maupassant y Huysmans en su primera época. De ahí que tenga su escenario en una casa de lenocinio y de que sus personajes principales sean una tocarlora
del burdel, su hijo Esmeraldo-el roto-y varias pupilas
del prostíbulo; más gariteros, políticos venales y otras gen·
tes de la misma índole. En este ambiente se desarrollan escenas de un des-nudo realismo, a veces conmovedor, y las
más de ellas, nauseabundo. Sin embargo, el personaje
central-el roto-es descrito y disculpado por el novelista
con una maestría suprema y una piedad cauterizante.
Dcl talento de Jacques Edwards-así firmaba el camarada cordial, que hasta hace poco tuvimos en Madrid-esperamos pronto una nueva obra más ajustada a las normas de
hoy, y en la cual resplandezca toda la visión humana e irónica de la vida que h-:i captado en sus exc.ur;;iones este espíritu cosmopolita.
G. DE TORRE

Vertical: Manifiesta ultraf,sta, por Guillermo de Torre.Edición del autor.-Depósito y venta: Lib.1:ería Yagües.Madrid, 1920.-Cumbre inicial de los espasmos innovadores, vértice de los impulsos energéticos intencional~s de
,este profundo hoy dia rebasador y ul4áico, es el subversivo
manifiesto Vertical, que ha lanzado desde su más alta a~te~
na el intrépido poeta y crítico Guillermo de Torre.
Esta obra, que en España es una primicia, ha sido acogida con cordialidad por nuestro grupo de vanguárdia, y
con asombro y admiración disimulada-pronta a transparentarse en muecas de indignación-por la otra ribera. Ha
sido la revista tJrecia, órgano del Movimiento Ultraísta Espanol, quien ha difundido de Norte a Sur, de Este a Oeste,
y de Cénit a Nadir, esta pcimera hoja de un libro de estética novísima que se conserva en blanco, y que se escribe
en negro, en rojo y en acústica. Sin ser una obra menos,
como ocurre con toda
obra
más, por lo que tiende a ser su
1
•
fin y el logro de sí misma, este manifiesto sin limitación
ahonda, perfora e ilumina en la atmósfera novidimensional,
y se nece-sitaria un catalejo de muy largo alcance para determinar el por qut! sí y el por q"lté no, etc., etc... Pe-ro nos
basta con alcanzar alguna estrella que nos sale al paso o
algún cohete que estalla a nuestros pies.
En la perspectiva meridiana del sol perpendicular, Guillermo de Torre recoge, en un cíndice de sensaciones, visiones y cerebraciones&gt;, las antifilosofías automáticas del
libre circuito mental. Y en su trayectoria hacia el vértice
del «simultaneísmo nunista», Torre descubre una nueva
planimetría estética y fija su actitud verticalista.
Si el Arte fué antes cazar pájaros para exhibirlos tras
las doradas barras de una jaula artificial, hoy fabricamos
aves multiformes que lanzamos al espacio, para que con
sus propias alas vuelen a su capricho, hasta desaparecer de
nuestro radio visual.
Automatismo: El mando es un laboratorio para el artista taumaturgo: alquimia Rimbaudiana, creación pura y
-electrolisis integral.

�ü52

COSMÓPOLlS-XI-1920

Vertical: Guillermo de Torr~-nuestro más joven, culto y apasionado pionnier ultraespacial-ha lanzado sobre
la planitud amorfa de la literatura actual una gavilla de luminarias teóricas que sintetizan nuestros genuinamente
contemporáneos móviles directrices.
RAFAEL LASSO DE LA VEGA

El español en los Estados Unidos
El catedrático de la Universidad de Salamanca, D. Federico de Onís, que está ejerciendo sus funciones profesionales en la Universidad norteamericana de Cclombia, ha
enviado para que se lea en el acto inaugural del curso salmantino un interesante estudio acerca de «El español en los
Estados Unidos&gt;.
Hubiéramos deseado publicar íntegro el discurso del
profesor Onís, pero su mucha extensión nos obliga a dar
solamente un extracto. He aquí lo más esencial de este
trabajo:

La vida fuera de la patria.
«No hay experiencia espiritual tan honda como la de una
larga estancia en el extranjero. El simple vivir es una polémica constante e inevitable entre el ambiente y la propia personalidad. Todas las ideas, sentimientos, normas y costumbres que forman la trama de nuestro ser, desde la fisiología
hasta la más alta vida espiritual, han de sufrir la crítica
agresiva de un ambiente implacable y hostil; todo lo que
hay en nosotros debe sufrir una revisión profunda y ha de
ser bien justificado, si es que ha de vivfr. Y cada día sentimos cómo nos vamos desnudando de todo lo que era débíl
y pegadizo en nosotros, de lo que no es capaz de afirmarse
y de luchar, mientras vemos surgir limpias y firmes las líneas
constitutivas de nuestra inconmovible personalidad. Tenía
razón Cervantes al decir que las largas peregrinaciones hacen a los hombres discretos.

�554

555

~OBMÓPOLIS-x:i-1920

CRÓNICA AlreRICA~A

.El espaH,olismO.

·servar que el español, sin dejar de serlo, por el mismo hecho de serlo, resultaba ser un hombre corriente, que, si por
algo se distinguía, era por su facilidad de adaptación y su
-comprensión del carácter norteamericano.

He vivido en estrecho contado com estos hombres sin
sentirme jamás forzado a violentar mi manera natural de
ser; mi españolismo radical ha salido triunfante de todas las
pruebas, y siempre he podidd afirmarlo sin temor y sin ver
güenza; es más: él ha sido la llave que me ha abierto todas
las puertas. He comprobado así en cabeza ·propia una verdad en que siempre había creído. No· nos entendemos los
hombres de los distintos pueblos por aquello que hay de
igual entre nosotros, sino por lo que más genuínamente
nos diferencia y separa.
Todo esfuerzo imitativo de adaptación, toda simulación
de lo que no somos ni podemos ser, toda suplantación de
nuestra personalidad, por lo que creemos ser la personalidad ajena, todo empeño por destruir la barrera que nos separa de los demás hombres, no es más que un esfuerzo vano
que conduce derechamente a la incomprensión, si no al
desprecio, por parte de los demás.
Desde mi llegada no me faltó ni por un momento, no
sólo la ayuda y la confianza ilimitadas de las autoridades y
de los compañeros, sino el entusiasmo y la simpatía fervorosa de los estudiantes; confianza y entusiasmo que, como
comprenderéis, eran otorgados al profesor español que llegaba, y no a mi persona, entonces para ellos desconocida.
Pero yo he podido saber después, cuando ya la duda había
desaparecido, que mi llegada fué recibida con una duda expectante, que no se refería tanto al saber y a la competen-cía científicas como a la posesión de las cualidades mínimas
Iie'Cesarias para encajar en el ambiente universitari9 norteamericano. En una palabra: se pensaba que un español,
aunque inteligente y cultivado en alto grado, sería un hombre de psicología extraña que entraría en conflicto con el
nuevo ambiente, no siendo capaz, por lo tanto, de desarrollar una labor no.rmalmente fructífera. El asombro y la reacción consiguiente fueron grandes cuando pudieron ob-

Los Estados Unidos y Espaf¡,a.
No debe irritamos esta prevención nacida del desconocimiento, al que nosotros voll,mtariamente y por tanto tiempo hemos contribuido. La prueba de que no hay en los Estados Unidos prevención contra nada que de España venga-y hay que decirlo en honor de este pueblo, cuya conducta contrasta tanto con el estrecho nac10nalismo de los
pueblos europeos, que parece querer siempre afirmarse negando a los demás-está en el entusiasmo sin reservas con
que todo lo español se acoge. Conocidos de todos son los
éxitos ruidosísimos logrados aquí por nuestros pintores Sorolla y Zuloaga; por nuestros músicos Casals y Granados;
por nuestros cantantes Maria Barrientos, Lázaro, Mardones, Gogorza; por nuestros escritores Benavente, Baroja,
Blasco Ibáñez. A este último, con notoria equivocación,
que ya van rectificando, le han convertido en un ídolo popular, y no vacilan algunos en considerarle el más grande
escritor del mundo; vemos, pues, que hasta cuando se equivocan-y sus equivocaciones son tan grandes como sus
aciertos-hacen objeto de su mal dirigida admuación a un
español. Pero yo quiero hablaros de otros éxitos que, por
referirse a españoles más modestos, ¡son más significativos,
ya que demuestran que no son sólo valores excepcionales
los que se aceptan, sino que todo valor, sea el que sea,
existente en un español, encuentra reconocimiento en este
país, sin prejuicios ni reservas. Del corto número de jóvenes españoles que han venido aquí a ampliar sus estudios
y a cultivar sus especialidades, son varios los que han encontrado no sólo la acogida cordial que han disfrutado todos, sino la invitación a ocupar puestos pagados1 y a veces
muy honrosos, en Centros de investigación y de enseñan-

�M6

C08..\IÓPOLl8-X!•I 920

CRÓXICA AMERICANA

za. En el Instituto Rockefeller, donde la ciencia médica de
tocio el mundo está representada por algunas de sus más
_gr~des figuras, como Loew, Carrel, Noguchi, Levine, ha
podido estar España repre&lt;::entada también grada.s al doctor López Suárez, sobre cuya labor, yo; que no sé nada de
esas cosas, nada me atrevería a decir, excepto el hecho de
habc~le visto allí t~abajando en su laboratorio propio, haber v1sto sus trabajos fi.mados por él y el doctor Levine, o,
por él sólo, entre las publicaciones del Instituto v haber
1
oído las palabras de respeto y consideración con que se le
recuerda en aquella casa. Un joven profesor de la Universidad de Murcia, el Sr. Monidez, ha saltado del sórdido engendro del caciquismo español a u:1 laboratorio de la Institución de Carnegie, donde habrá tenido ocasión de me
ditar a distancia acerca de las diferencias entre el conservadurismo español y el capitalismo norteamericano. El
doctor García Banús, joven naturalista, ha enseñado en un
colegio de la Universidad de Yale, y habrá sabido apreciar
la generosidad de los norteamericanos al ver en perspecti.
va, para cuando en su España quiera enseñar, el calvario
grotesco d~ las ?posiciones. Otros espmoles hay para quienes las Uruvers1dades de los Estados Unidos, más generosas con ellos que las de Esp al1a, han abierto sus puertas
sin opos~ciones y sin e=,~alafón, pero con seg;uridad de que
su trabaJo será reconocido y recompensado. Asi ha sido.
posible que dos docenas de españoles, cuando menos, enseñen en Universidades y colegios norteamericanos nuestra lengua y literatura, con franco y general aplauso.
Ha habido siempre en los Estados Unidos cierta gente,
po~a, pero muy selecta, que ha hecho a nuestra España
obJeto de su amor y su devoción. Aunque la mayoría lo olvidase&gt; siempre había aquí gen tes que recordaban que España era el pueblo que descubrió América para el mundo,
Y ~ue e~pañoles fueron los primeros que exploraron la
misma tierra de los Estados Unidos, donde aún quedan
tantas huellas de nuestra civilización. Espai'la era además
el páis romántico por excelencia, cuya tierra, historia ;~

667

literatura1 se ofrecían' llenas de emoción exótica y le_;.;endaria. Lo:; nombres de Wáshington, Irving, Longfellow, Prescott, Ticlmor: Lowells, Howlls, vendrá en seguida a la
imaginación de todos.
La «Sociedad Espa,lola de América-..

Toda esta tradición españofüta de los Estados Unidos
vino a culminar en la creación de la Hispanic Society of
.America cuya Biblioteca y Museo constituyen el monumento rr:ás grar¡dioso que se ha levantado a Es~aña en el
extranjero. La inteligencia, el amor y la devoción de un
solo hombre, Archer M. Huntington, nombre que debe sonar siempre en labios españoles con gratitud y aJmiración,
han hecho el milagro dt:: reconstituir en el seno de esta
·ciudad de Nue·.;a York una síntesis espléndida de lo más
alto de nuestra civilización, que estará aquí ante los ojos
de los norteamericanos como una enseñanza perpetua de
lo que nuestro espíritu es y de lo que hemos hecho por el
mundo. Ni siquiera p11ede quedarnos el resquem.:-r de pensar que tanta belleza pudiera estar ante nuestros ojos en
nuestra propia tierra. Nada nos ha sido arrebatado; precisamente, míster Huntington, mejor español que nosotros
mismos, ha ido recogiendo pacit&gt;nte y piadosamente toda la
parte de nuestro cautlal artistico que andaba ya perdido
por el extranjero. Cuando ha hecho por su cuenta_ e~cavaciones en España, allí han quedado siempre los originales.
y gracias a este esfuerzo, sin daño ninguno para Españ~,
ha resultado el beneficio inmenso de salvar para la posteridad tantas riquezas bibliográficas y artístícas que hubieran
permanecido ocultas o hubieran acabado por perderse tal
como andabar. desperdigadas por el mundo. Ahora están
aquí , en mao-nífico
edificio propio, en fundación perpetua,
,:,.
abiertos a los estudioso:; y al público, dando a conocer España, con su presencia muda, mucho mejor que todas las
interpretaciones qlle de e11a se hacen en todas las clases y
en todos los Jibros. Nada falta allí; todas las épocas y ma-

�~ de

nuestto- arte eltán repl'éaelítaW~

ejemplves ae t&gt;rimer-órden; pódrfa 8égQ1ri6
wa 4e •• .coleceione¡s un estudio compJetQ de lu di..lffi!l_.
Cá,mt08

fases ele la arqueología eapaflola; en su Biblioteca •
da una colección riquisima de obras de todo .género.
necientes, sobre todo, a nuestro siglo de oro, mué
obras raras y no pocas única~ de stJs muros cuelgan
clros admirabledl de n11f!!Btr08 primitivos y de los
1Daeftro8 motlemo, desde El Greco, Velüquez, ·D : l ó ~
Zmba:rln y Goya, basta Fortuny, Sorolla y Zllloaga.
1- vatiedades históricas de la civilización espaflO~
da '8ta en • mú amplio y verdadero sentido; es decjt
aqaeJ. que comprende dentro. de si lás diversas m~lidtlJM
4el ,esptritu ibérico, tales como Galicia, Portugal, catalilllll
y, delde luego, todes loa pafaea de América, adonde
ftoles y portugaeses ~plantaron su civilización, aon
gidas bajo el mismo techo ybtmianadas bajo la adv'oca•
de.la gran Qispania.

SIBpdal•laa--""'!
Antes de la gtterra uo 11e estudiaba el espaflbl en1iii
áíelal, y hoy ie atnctia en todas, reanientt-o sólo ....-..Niaffa York, -el afio pa&amp;ao, ~ de 25 .óOO estudian•
dé todo él pats, m4s de 20().ooo; qtte se estudia •
en las int)umerabtes escttelas p-r-ivadaa; qae colegios.-y
ffl'Sidadee, donde antes no ae estadiaba, c~faa aho1t
mllares de estadiatites; que aquellos otros, donde
se 'e8tlldi6, hu -risto 'maltiplicarse su numero y el
pteteaorea; il1le el espadol se ba equiparado a 189 etiu:
pe tnéderffltS ea consideración oficial; qtte ha amll'eilttwl;t
en la misma proporción el número de estudiantes •
daae9- avanzadas 4e lengua y literatura, donde ae
loa in"NStigadotes, qae segwrán dando un-alto
ock, este movimiento, en el fondo de ~
;pnctiOJ
mercial; que1os maesll'N de espaftol de todo elptis,
bajan de 2.000, han Begad&amp; a formar un cuerpo mti181■

*

le la liiociactéa Naeioaud -de lfaelb-oa de Eapdol,

m.••·

iiene sa órgano propio, la acelerite re~
f,l" ~ B I ~ abor« Imita qué pDIIIO ha tenido ...
y uau conaecuencias de valor espiritual-del .eatttdio del espaftol, tan seftaladamente inte'1 pactic,a. Y cóille ba senido huta para enaanchu
~•m·izar la comprensión 4e loa especialista y erudib misma cultura general norteamericana podemoa
que- se ha enriquecido al dadir a oav inffueneias
~eras la que hayan podido ejercer nuestro 8l'le y
IIIIIÜlllra J el cooocimiento de maestn vida y cóitwn•
•tadeada tien.m COlltrafda a la vee Eapafta yloa &amp;tUnidoa con 108 ntaestros de eapaftol, y aingularmu•
«,Qñ.él ho1J1bre que ha unificado y encauzado RI edser1.awrenoe A.. W-dkms, organisader y preatdeate de la
•
Nacional de Jlaeatroa de Espdol, y ·d irector de
~IIDQl!W'8 modemaa ea las escaeJaa públicas de la ciudad
a York.
'a estudia el eepaAol lo naejt.,r que 18 puede, no aólo
aapeet&lt;&gt; pnictico, ain&amp; co::ao npNli6- de una civili• Cada dk hay mú jóvenas en las Univéraidadea que
Ja lengua y literatura eapaflolu eomo ot,jeto de su.
INc:iali"dad. SólQ en esta Ullffl'l'lidad de Colombia Jaay
.dO mú de cien estudiantes que tom$11 mía canos de
y literatura, y .de entre e1loa m'8 de ana ~
preparando su tesis de doek&gt;r aobre un asumo espa•
No pcKkfa ciecirae lo mismo-de nila¡?ana otra Ulli'NI'•
del mundo, ni siquiera de niagwul de Espale. Algo
ocUJTe en lu demás Uai~•aidades Eleios Bsaados

·6•

Otaro eetá qae la pan masa .de eatuáiantes DO puede
a estas altm'al, y.ha de- contentarse con·dos o tres
;ele etpaAol; pero, contando cea.ata limitadma, aeada los estudiantes la cantidad conveniente tle ,plitenqna, histo1'ia y geognfia; se lea da a leer li-

•los mejorea aµtorea, se ~bran repruentauonea
laa-eseuelu, se crea ea las clases un ambiade

.....,.•

�o

~ de eaadro&amp;

y•·

oia.ae.. cantlltl canciones popalare.
1e bate todo lo que se p1teEle
,apailol el mú alto v.iot' eduéativo. Porq
os ~canos-,-aun mirando 1por el lado p r ~ éste es el 6nico CIUllino
tomar, la &lt;mica manera eficas y seria de caDdii:
ahmmOs para e~tar eon frúto aa p ofetíi&amp;i~

o.a loa g,ande8 pueblos ,ezpuaivo
s On'ldol-tienen puetitos soa.c0jos eob
q11e habla espd,ol. Vienen a traemOII saa
ernos 111U próductos. a enviarnos S1l ima.
• ~ n080b'os su cultura. Los impilsa
· ad, tu int.erée, En el fondo. de todo

"Ciertamente una ratz económica. Peio eso
r ,que todo en-el 111aado sea econoaúa. Ya -ltetmiOiO
!ID() loanorteamerican9'tal ~ • n
cuenta~ tl(llllGB los qepoaitarjos Y
• ·OJi• Y al prbaer coatae!P, aiD
.- -.llh-a:,p&amp;tte, :eeta ei,,iliaei6n ae les ha
de au cua. u,gratemos, ,pUel, lo
~ se nos juqpe, que se
hiapno que de lho»a en adelante se
aéti'fidád .-dora o tflr,ectiva, se stntirt •
·&amp;i del mando; y d--,areceti el
la ligereza in'elpOD8able de qae ram
~ poli«icoe. nuestros eteritorea y
tistaa-. Colecdvameate nos iremos componiend
para sufrir cen dignidad la mirada del a
·
vetaremOS de la siesta eterna sobre las :vieja
apolilladas-, dejaremoa • ua lado las gro
&amp;milivea~
Loa bombrés buscan una idea mu
4&amp;.la humanidad. . . e l l a ~ D
~ Beta es la hora de todos, _.

llutlll_.

�562

COSMÓPOLlS-XI- 1920

Contribuyó a ello la feliz interpretaci.ón de las principales
figuras del elenco. El actor Casaux compuso un Moisés Ravinowisky, personaje polaco, en el cual realizó una feliz
«machietta,. Tuvo momentos de mucha verdad, y aunque
a ratos exagera, obtuvo un éxito.
Pierina Dealessi, que tuvo a su cargo la principal figura
femenina, interpretó con raro acierto esa extraña mujer que
ha creado la fantasía de Velloso. La actriz tuvo amplia
oportunidad de demostrar sus actitudes interpretativas, dignas de ser más tenidas en cuenta por los autores proveedores de la casa.
Serrano compuso también un eficaz tipo, al igual que
Costanzó. Los demás, discretos. La presentación bastante
cuidada.
Al final, el autor se presentó en el palco escénico.&gt;

La dama del Plaza Hotel.
Con esta pieza, estrenada anoche en el Buenos Aires y
que firman los conocidos autores Francisco Collazo y Samuel Linning, salimos del ampa porteño, pero nos internamos en los caminos accidentados de lo exótico y cinematográfico. Porque «La dama del Plaza Hotel», a pesar de
su título, parece inspirada en alguna de esas películas norteamericanas que llenan el mercado uui.versal del teatro
mudo, triunfando por la precisión matemática de una técnica admirable y un derroche fastuoso de detalles, así como
por la combinación magistral de todos los efectos necesarios.
Pero una cosa es el cine y otra cosa el teatro. Aquél es
detallista y éste sintético. En el cine los asuntos se diluyen,
se estiran y suple a la palabra el detalle gráfico, que hermosea los asuntos. El teatro requiere una firmeza anímica
sin quebrantamientos. Bueno, Observatnos que nos vamos
desviando de nuestro propósito, que es simplemente el Je
reseñar qne la obrita estrenada anoche no nos ha conven-

CRÓU:A AMEB!CANA

563

cido. Y creemos que, lo que nos pasó a nosotros, le ha ocurrido a la mayoría del público asistente al estreno.
El género policial que han abordado los autores, resulta ingenuo en esta ¡::ieza. Lo policial debe ser hecho a base
de intrigas interesantes. Y en cLa dama del Plaza Hotel»
todo es ingenuo, pues el misterio no existe en su trama, y
las escenas donde se busca la emoción, como en el tercer
cuadro, resultan de una infantilidad deleznable.
La presentación de l¡:t obra fué cuidada, aunque el primer cuadro, que debe representar dos habitaciones del
«Plaza Hoteh, parecía por la pobreza serlo de algún restaurant barato, y el penúltimo no daba ni remotamente la
impresión de que estuviéramos en Nueva York. Era un pasacalle de cualquier obrita del género chico español.
Los intérpretes, discretos. Otra cosa lamentable fué el
fallar -el séptimo cuc~1illo en el truco a ca:-go de la Catá,
Era el mejor efecto de la obra y lo malogró el encargado ·
entre bastidores de produ9ir el efecto.
Con «La dama del Plaza Hotel~, nuestros autores no
aportan nada al género policial que en breve explotará
Rambal en el mismo escenario.

La gran revista.
Esta obra de espectáculo de Bayón Herrera, Collazo y
el maestro Antonio de Bassi, fué estrenada ayer en la Opera, en la sección de la tarde, por la compañia Vittone Pomar. La expectativa creada en el público a raíz de la reclame hecha a la obra por la empresa de este teatro, no ha
quedado del todo satisfecha, sin que quiera esto significar
que «La gran revista » no haya alcanzado buen éxito, no;
sencillamente que, a causa, tal vez, de haberse exagerado
sus valores, la realidad, que siempre aparect&gt; algo desmejorada al presentarse desprovista del velo optimista que la
imaginacióq le ha creado, influye en el ánimo del espectador y le predispone más bien a una indiferencia benévola
que a un entusiasmo caluroso ...

�CRÓXJCA AMERfC.UIA

564

565

COSMÓPOLIB-Xl-1920

«La gran revista» es una ob1 a muy vistosa, y la mayor
parte de' los cuadros de que se compone agradan por el
buen gusto de los vestuarios que lucen los intérpretes y
los decorados que recuadran las di versal" escf'nas.
Y es. muy grato el constatar que, siquiera en lo referente a la presentación de las obras, nuestro teatro va elevándose y haciéndose más artístico, menos conventillero, aunque nuestros autores parece como si experimentaran la
nostalgia de lo burdo, cuando la obra no tiene la notita cha
bacana o antihigiénica; y así vemos en la revista que comentamos un cuadro, que tiene como escenario la boca de
una cloaca, y como personajes al encargado de su cuidado
y ciertos desperdicios que caen en ella ...
De los siete cuadros de que consta «La gran revista»,
alcanzaron la completa aprobación de la sala los titulados
«Juventud, divino tesoro&gt;, «El piano mágico", especie de
«poupurrit», de trozos de música bailables, de óperas, operetas y cuplés, etc. «Un .drama en el Fars Wesh, que llamó
h atención por lo bien vestido que ha sido, aunque alguno de sus intérpretes, que debe hablar con acento norteamericano, largue un «spiantó» que, naturalmente, disuena, aunque provc;icó comentarios elogiosos sobre nuestro
idioma lunfardo, por su prodigiosa difusión en el extranjero ...
Otro cuadro que fué aplaudido es el que se titula «Las
tres ·gracias», en el que la Bozán logra lucirse ampliamente.
El octavo cuadro, o sea el que lleva por título « Un tango fantástico», le ha sido quitado a la revista.
El público, aunque no muy entusiasmado, como decimos al principio, aplaudió la obra y obligó a ,presentarse a
sus autores.
Tiene lucida actuación en las diversas fases de la J)ieza
la Bozán, María Esther Podestá, la Sánchez, Vittone, Pomar, Camil'i.a, Petray, Muñiz, etc.

En' la cor-r:iente.
El doctor Gonzalo Bosch, que ya tiene dadas-a la escena
nacional varias obras, producto de su . personalidad de dramaturo-o
º , hizo estrenar anoche en el Liceo , por la Compañía- Quiroga, su última lucubración dramática, que consta
de cuatro actos 1 y cuyo título es el que se indica en el epígrafe.
El público, numeroso, que asistió a este estreno, acogió
la referida obra en forma cortés ..
Nos presenta esta vez el autor de, &lt;Los venenos,. el
«caso» de una joven (Cora), honrada y buena, que, influenciada por ·un amigo de su ·padre, y aun por éste mismo, que
es un hombre sin delicadeza ni honor, decide seguir la carrera d~ las tablas, aunque esta resolución traiga como
consecuencia el rompimiento de $US relaciones amorosas
con Roberto, un joven médico que la quiere honestamente,
y que no pudiendo cons~ntir semejante profesión en la que
va a ser su esposa, ahoga su amor y se retira derrotado.
Luego nos hace asistir el doctor Bosch a la odisea de
la pobre joven, pues ha de saberse que ese señor (don Benito) que indujo a Cora a' hacerse actriz, Io hizo con la idea
de poder cortejarla con más perspectivas de éxito, y debe
haber acertado EO más en sus designios, pues ya en el segundo acto vemos que Cora e~ la amante de don Benito.
Pero la chica, a pesar de que tácitamente ha consentido
con los manejos turbios de su «protector», sigue, según
ella , siendo íntimamente de una moralidad sin mácula, y
sufre atrozmente cuando llega al convencimiento de que ha
sido engañada en forma vil por todos, por todos· los que la
empujaron a hacerse artista, sabiendo que ella ,no tenía
condiciones para esa profesíón, pues su fracaso y su retiro
prematuro de [as tablas así se lo han demostrado. Todo se
ha reducido a quesu padre la ha entregado a ese libertino de
don Benito, ttn pago de ciertos compromisos pecu~iarios de
aquél, que fueron solventados por éste.

�566

667

C08.MÓPOllS-Xl-19:?Q

CRÓNICA A!.IF.RICA~A

Bien; pasa el tiempo y Cora, para olvidar las penas, la
derrota de su vida y la fuga de sus más caras ilusiones, se
ha hecho morfinómana, se ha separado de su amante y
ambula ahora, solitaria, por esas calles de Di'Js, en tal for.
ma minada por la terrible droga, que se ha con vertido en
un espectro, en una lacra humana, físicamente liquidada,
aunque siempre, con el alma sensible, para seguir sufriendo
en sus momentos lúcidos. Está derrotada, definitivamente
vencida.

· y a h ')ra mor fi n ómana recalcisu desgraciada ex novia,
trante...
b
Hasta aquí las impresiones del cronista sobre la o ra
estrenada anoche en el Liceo.
_
.
La interpretación, discreta; la señora Qmroga, haciendo
la morfinómana, hizo todo lo que pudo para convencer;_ eR
el papel más ingrato que le hemos visto hacer a esta simpática e inteligente actriz.
Correctos Perelli, Fregues y Olarra.
La presentación, lucida.»

En cambio, Roberto, aquel joven médico a quien Cora
rechazó en cierta ocasión, es ahora un hombre de posición,
ha formado un hogar, es f~liz ...
Es, «En la coniente,, una pieza lenta, deshilvanada,
poco teatral; los personajes se desempeñan de una manera
incolora, desdibujada, tenue, diremos; y cuando el autor se
acuerda de que está haciendo una obra dramática, hace que
los intérpretes digan su parte con un poco más de vehe•
mencia, creyendo que con esto ya queda salvada la dramaticidad de la producción ...
Luego abusa el doctor Bosch de parlamentos innecesa•
rios al asunto central, y hace en el segundo acto que tres
personajes se pongan a filosofar sobre bueyes perdidos, re•
tardando en esta forma la pronta solución del asunto plan•
teado.
Y es tan pesada la acción, que el público llega al acto
final visiblemente fatigado y deseando de alma que la infeliz Cora diga su última palabra y el telón, cerrándose suavemente, lleve un poco de tranquilidad a los espíritus ...
Los personajes, como hemos dicho, están tratados con
una inseguridad y falta de verdad absolutas; además, hasta
hay algunos que están palmariamente de más, el de Horado, por ejemplo. Luego esa escena del cuarto acto, en que
Roberto da orden a un sirviente de que haga pasar a esa
mujer que desea hablarle, es de una ingenuidad infantil; y
Fregues (Roberto) no pudo impedir que se insinuara en sus
labios una sonrisita irónica, mientras esperaba la llegada de

�ESTUDIOS

EL MÉTODO NATURALISTA EN LA MITOLOGIA
COMPARADA

I
Mi modo de concebir la,religiosidad primitiva es el (mico conforme a las exigéncias de la razón moderna. Evidentemente, la religión no tiene un origen milagroso, y dados
los hechos, debemos afirmar que se. ha desenvuelto lentamente, según leyes regulares y universales ¿Cuáles son
estas leyes? Para mejor determinarlas, me será permitido
examinar, ante todo, el sistema o método que quiere sacar
el origen de la religión de ide_a s sencillas y vagas, accesibles a las inteligencias más primitivas, sistema que llamaré
natural ísta.
No merece tal sistema el desprecio que algunos escritorf's le han prodigado. Es, sin duda, el más antiguo, el más
adoptado y el más seductor de todos. Si algo falta a ese sistema par~ la verdad completa, culpa es de las exageraciones de sus adeptos y no de su valor intrínseco. Escudriñando el pasado, encontramos al naturalismo mitológico
con ropaje metafísico por primera vez- (si no es lícito hacer
caso omiso de las exégesis teosóficomaterialistas de algunos pensadores arios e iranios) entre los helenos, que lo
desarrollaron con brutal franqueza en los voluptuosos jardines de Epicaro, y entre los romanos, que acabaron de

cru-rrcos

DE HlSTOIUA RELIGIOSA

569

formularlo con las líricas blasfemias de Lucrecio. Desde el
punto de vista del método, del criterio y de las consecuencias de estas opiniones casi primitivas,,el sistema,naturalista no es lo que habría que esperar de una filosofía desarrollada; y aun• dejando a un lado las escuelas de otros tiempos, cabe siempre preguntar: Naturalista ¿en qui' sentido?,
porque hoy mismo el sistema tiene di versas acepciones, no
sólo según los mitólogos) sino según las numerosas diferencias entre las religiones antiguas y los comentarios modei-nos. Por eso aquí el trabajo de la elección, l'embtr.rras du
choix, que dicen los franceses, no estriba tanto en examinar el conjunto de esos comentarios para escoger lo bueno
que cada• uno pueda contener y desechar lo malo que. cada
uno se ofrece, cuanto en determinar de una manera precisa la fórmula en que pueden condensarse las pretensiones
del -sistema total, con arreglo a sus exigencias mejor otientadas. Esta fórmula, a mi juicio, no puede ser otra que la
que corresponde a las exigencias evolucionistas de todo
naturalismo crudo, exigencias que llevan, sin poder remediarlo, a considerar el fetiquismo como una forma universal de la religión primitiva. Ahora bien, semejante fórmula
no se encuentra en ninguna escuela filosófica anterior al
siglo xv1II, y para reconocerla y apreciarla es preciso dirigirse a las doctrinas indicadas e iniciadas por algunos pensadores de dicho siglo.
Un pen...ador inciclopedista, a quien debemos una con ..
cienzuda obra acerca del Culte de dieu,e fetiches (I 760) y
que posteriormente (1765), dió a luz una Histolre des navigations aux terres australiens (libro mediano, por cierto),
el presidente de Brosses, el alter ego del célebre Buffon y
corresponsal de Voltaire, intentó el primero demostrar la
universalidad originaria del fetiquismo por el paralelo de
la antL2:ua religión del Egipto con la religión actual de la
Vigticia y por el estudio, así de las tribus salvajes más inferiores (las de las costas occidentales del Africa) como de
l;;g; de Polinesia y otras tribus relativamente elevadas del
salvajismo. Permítaseme citar sobre este punto las exce-

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COSMÓPOLIS-XI-192O

ESTUDIOS CRÍTICOS DE HISTORIA RELIGIOSA

lentes observaciones de Brosses, que nada han perdido de
su vigor e importancia, a pesar del tiempo transcurrido y
de los progresos de la ciencia: tLa confusa aglomeración
de la antigua mitología no ha sido para los modernos más
que un caos indescifrable o un enigma puramente arbitrario, tanto, que se ha querido usar delfigurismo (lo que lla•
mamos ahora simbolismo) de los últimos filósofos platónicos, que prestaba a naciones ignorantes o salvajes un conocimiento de las causas más ocultas de la naturaleza, y
encontraba en el montón de prácticas triviales de una multitud de hombres estúpidos y groseros las ideas intelectuales de la metafísica más abstracta. A.penas se ha conseguido más cuando, por relaciones en su inmensa mayoría forzadas y mal sostenidas, se ha querido volver a encontrar
en los hechos mitológicos de la antigüedad la historia detallada, pero desfigurada, de todo lo que ha sucedido en el
pueblo hebreo, nación desconocida por casi todas las demás y para la que constituía punto capital de su conducta
el no comunicar su doctrina a los rxtranjeros ... La alegoría es un instrumento universal que se presta a todo. Una
vez admitido el ristema del sentido figurado, se ve en él
fácilmente todo lo que se quiere, como en las nubes; la
materia nunca estorba; no hace falta má~ que ingenio e
imaginación.
Es un vasto campo, fértil en explicaciones, sean las
que quieran aquéllas de que puede haber necesidad... Algunos sabios más iuíciosos, que están bien instruídos en la
historia de los primeros pueblos, cuyas colonias ha descubierto el Occidente, y que están versados en el conocimiento de las lenguas orientales, después de haber desembarazado la mitología del fárrago indigesto con que los griegos
la han sobrecargado, encontraron por fin la verdadera clave en la historia real de todos esos primeros pueblos, de
sus opiniones y de sus soberanos, en las falsas traducciones de una infinidad de expresiones simples, cuyo sentido
no entendían los que continuaban sirviéndose de ellas,
en los homónimos que han hecho otros tantos seres y per-

sonas distintas de un mismo objeto, designado por diferentes epítetos ... Pero el§tas claves, que inician perfectamente
en la inteligencia de las fábulas históricas, no siempre bastan para dar razón de la singularidad de las opiniones dogmáticas y de los ritos practicados por los primeros pueblos.
Estos dos puntos de la mitología pagana giran, o sobre el
&lt;;Ulto de los a~tros, conocido con el nombre de sabei&lt;1mó, o
s•)bre el culto, quizás no menos antiguo, de ciertos objetos
tern.stres y materiales llamados Jetiques entre los negros
africanos, en lós cuales subsiste este culto, y que, por tal
razón, yo llamaríajetiquismo. Deseo se me permita servirme habitualmente de esta expresión, y aunque en su significación propia se refiere en particular a la creencia de los
negros de Africa, debo advertir con anticipación que me
propongo hacer igualmente uso de ella cuando hable de
cualquier otra nación en la que los objetos· de culto sean
-animales o seres divinizados, y lo mismo haré en ocasiones1 aun hablando de ciertos pueblos para los que los objetos de esta naturaleza sean, más bien que dioses propiamente dichos, cosas dotadas de una virtud divina, oráculos,
amuletos y talismanes preservativos, porque es bastante
frecuente que todas esas maneras de hablar no tengan en
el fondo la misma fuente, y que éste no sea más que el accesorio de una religión general difundida por toda la tierra,
que debe examinarse aparte como constitutiva de una clase particular entre las diversi;!.s religiones paganas.»
Un autor que hubiese poseído de los precedentes principios una noticia tan exacta como Brosses; habría podido
ampliarlos más y deducir de su significación consecuencias
a la vez históricas y mitológicas. Brosses se limitó a describir las prácticas fetiquistas de las tribus salvajes del
Africa y otras partes del mundo, comparándolas con las
prácticas religiosas de las principales naciones de la antigüedad y concluyendo de la semejanza exterior que ofrecían la identidad íntima de su sentido dogmático. Pero su
conclusión fundamental no estribó en esto; lo que principalmente tendió a demostrar foé que semejante sentido y

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COSMÓPOLIS-Xt-192O
ESTUDIOS

semejante identidad deben considerarse como primitivos.
Así, las deducciones verdaderamente personales de Brosses
pueden condensarse en la fónnula, según la cual en todos
los pueblos el comienzo natural de la religión estuvo en d
fetiquismo, del que pasaron al politeísmo y después almonoteísmo. Y, no obstante (vale la pena fijarse en ello, por
lo mismo que se trata de un filósofo de los más avanzados
entre los dél siglo xvnr, aunque no exento de la iniluencia
de las ideas teológicas de su tiempo) 1 Broses se empeña en
hacer una excepción con el pueblo elegido de Dios, afirmando que los judíos nunca adoraron fetiques. El Antiguo
Testamento nos da el más brillante ejemplo de lo contrario, y no entenderíamos plenamente el desenvolvimiento
de la antigua religión judía, si no tuviéramos en cuenta el
hecho más anómalo y merecedor de análisis que esa religión presenta desde los teraphin, los thummin y el ephod,
hasta los becerros de oro y las serpientes de bronce (Sepher
Bereschit, XVVID, 18. Sepher feremiah, II, 27).
Muy débil también, en esta parte de la obra de Brosses,
es la noción general del fetiquismo, como un culto subjetivo-objetivo, en que se armonizan el elemento formal y el
elemento ritual. «Estos ft:tiques di vinos-decía-uo son
otra cosa que el primer objeto material que place a cada
nación o a cada particular elegir y hacer con's agrar en ceremortia por sus sacerdotes: es un árbol, una montaña, el
mar, un pedazo de madera, una cola de león, un guijarro,
una concha, sal, un pez, una planta, un árbol, una flor, un
animal de cierta especie, vaca, cabra, elefante, carnero, en
fin, todo lo que se pueda imaginar seme¡ante a esto. Estos
son otros tantos dioses, cosas sagradas y también talismanes pandos negros, que les tributan un culto exacto y
respetuoso dirigiéndoles sus votos, ofreciéndoles sacrificios, paseándolos en procesión, si de ello son susceptibles,
o llevándolos sobre sí con grandes muestras de veneración
y consultándoles en todas las ocasiones graves.
&gt;Juran por ellos, y tales juramentos son los únicos que
no se atreven a violar estos pueblos pérfidos .... , Hay en

cníncos

DE HISTO!U.A RELIGIOSA

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cada país el fetique general de la nación, teniendo ad~más
cada particular el suyo, que le es propio y le sirve penate ..... Cada ciudad está bajo la prot~cción de su propio feti
que, al que se adorna a costa del público y se le invoca
para el bien común .... : Si los negros tienen necesidad de
lluvia, colocan ante el altar ' cántaros vacíos; si están en
guerra, ponen sables y zagayas, para solicitar la victoria; si
necesitan carne -o pescado, colocan huesos o espinas; para
obtener vino de palmera, dejan al pie del altar el cíncelito
que les sirve para hacer incisiones en el árbol. Con tales
señales de respeto y confianza se.-creen seguros de obtener
lo que piden; pero si les acontece una desgracia, la atribuyen a algún justo resentimiento de su fetique, y todos sus
cuidados se vuelven a la investigación de los medios de
apaciguarle.»
Como puede no!arse, Brosses resume en el pasaje ante•
rio-r el resultado de sus investigaciones; pero al designar
como fetiques a los animales y a objetos como las montañas, los árboles y los ríos, ha elegido ·una expresión demasiado extensa. Despu'és de haber supuesto el fetiquísmo
como culto de cosas naturales y no artificiales, se ve -elevado a otra suposición no menos falsa y no menos supérflua: se ve forzado a admitir que esa palabra está relacion·tda,con la latina fatum, y con su derivado moderno fata,
hada. He aquí el error. El fetiquismo adora siempre algo,
no sólo artificial, sino -indigno de . adoración legítima: es
una superstición. Por 1el contrario, el culto de, los animales
y el de las plantas (r) o de los seres inanimados son verda•
&lt;leras idolatrtasr,:can razón más clara de ser y .finalidad más
(1) Parece lógico que, con la tendencia innata a espiritualizar las cosas
naturales, las estim[l.Se el hombre por productos de potestades independientes entre sí, poderosas, activas y ordenadas, y que una vez concebida su actualidad, comenzase a clasificarlas, señalándoles nombre y lugar en el teatro
de la realidad cósmica. De aquí se supone que nació la adoración a los vegetales o fitolatría; pero esta teoría, casi unánimemente recibida antes de
ahora, ha sido rudamente combatida después de las investigaciones concretas de los psicólogos y ,sociólogos.

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precisa: la zoolatria y la fttolatría envuelven siempre un
sentimiento de admiración o de gratitud.
Y Brosses llega todavía más adelante en su generaliza•
ción del fetiquismo. Cree firmemente, como consecuencia
de su identificación del culto de los fetiques con el de otros
cuerpos materiales, que fetique e ídolo son una misma cosa.
Conviene, sin embargo, hacer restricciones.
·
En primer lugar, el fetique es en sí y por sí mismo algo
sobrehumano, mientras que el ídolo (al menos originariamente) se reduce a una representación o expresión de algo
que no es el mismo. Generalmente hablando, el concepto
de ídolo se resuelve en la imagen de formas esculturales,
de figuras humanas o vivientes, al paso que el fetique no
implica más que una chuchería. Pur otra p~rte, el fetique
es un ídolo de clan o de tribu, el ídolo un fetique de ciudad
o de nación. Esto explica por qué el ídolo corre el riesgo
de volverse fetique,• y aun puede avanzarse con algún autor
moderno que la expansión de la vida social ha determinado de hecho esa transformación del fetique, ídolo doméstico y grosero, en ídolo, fetiql!e nacional y artístico. Pero es
tiempo de terminar esta crítica de Brosses y estudiar su
teoría en autores más recientes.
En primer término hallamos al erudito Meiners. Toman•
do por punto de partida las puras groseras¡creencias del fetiquismo, trata este autor de llegar a cierta manera de .:naturismo» concreto. Los principios fundamentales de su sistema se encuentran en la Allgemeine Kritik Geschichte aller
Religionum, publicada en los años de 1806 y 1807; es una
obra excelente y llena de sólida erudición, aunque ya en
algunas partes incompleta y anticuada (r). En ella sostiene
claramente o con leves reticencias, y siempre con mucha
gravedad, que un espíritu exento de preocupaciones tiene
que considerar el fetiquismo como el principio de la religión y como el origen de las 'religiones. Más tarde (en 186o)
llegó a proclamar «innegable» que el fetiquismo 1::no es so1

(1) Véase, sobre todo, el tomo I, pág. 398 y siguientes.

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lamente el culto más antigno, sino también el más universal&gt;. Hizo prodigios de ingenio para desenvolver esta proposición, y prodigios mayores de erudición para confirmarla. Merced a esta masa de ciencia, su obra ha sido una de
las minas teológicas e históricas más explotadas por los
racionalistas religiosos.
Pero no podía tener, ciertamente, aún este investigador
gran influjo filosófico. Para alcanzarlo era necesario que el
combate relativo a la ideogenia del sentimiento religioso
tomase mayores proporciones y se desarrollara su significación e importancia con el advenimiento de la novísima
sociología. Al prurito de obtener tal y tan cómoda forma
de explicación, satisfizo Comte (en su Cours de philosopie
t,ositive, publicado de 1830 a 1842), que adoptando y envileciendo las opiniones de Meiners, redujo toda la idea religiosa a las prácticas fetiquistas. Para Comte, el dios mismo
tle las religiones míticas y simbólicas no es más aue un fe.
tique o ídolo engrandecido., y según su modo de ver, el último grado de la evolución religiosa será la sustitución de
la idolatría por la antropolatría. L'Jzumanité se substitue définitivement a Diett, sans oublier ses services provisoirtis. Hasta ciertos espiritualistas (1) que jamás hubiera uno creído
que tenían ideas contrarias a la elevación del fondo universal de las religiones, parece que se dejaban arrastrar en
ocasiones de la misma tendencia, aunque sin deducir siempre las consecuencias que implicaba. Muy particularmente,
empero, fué Comte quien en este punto se mostró superficial e ilógico, desconociendo a las representaciones religiosas otro carácter que el de ser disolventes transitorios
'Cle las fábulas antiguas, y negando con igual convicción el
alor religioso de la metafísica popular. Lo más notable y
contradictorio en Comte, dado su criterio sensualista general, era que suponía y afirmaba que en el estado teológie¡o el hombre dirigía sobre todo sus investigaciones hacia
(1) Por ejemplo, Vacherot (La Religión, 9, 84, 312¡ y Ca.stelar (La Ilevoución Religiosa, 1, prólogo, 16).

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co·sMÓPOLIS

-XJ-1920

la naturaleza íntima de lus seres, las causas primeras y finales de todos los efectos que le admiraban; en una palabra,
hacia los conocimientos absolutos (I). Y como nada de ésto
es perceptible por los sentidos, se vió reducido ~ suplir la
observación por la imaginación (2). ¿Curtam varie?
Hubo además, otros escritores que, con el filósofo Say'
. .
ce (3) a la cabt-za, convirtieron esa teoría del fetiqmsmo en
sistema subjetivo utilitario, diciendo: La mitología no sólo
precedió a la religión, sino que germinó del fetiquismo, en
virtud del cual atribuyó el hombre ,existencia y operación
espiritual a los objetos materiales, al dardo, a la lanza, al
árbol, al fuego, enriqueciéndolos con atributos divinos, Y
en especfal al sol ardiente, a la fiera borrasca, al horrendo
vendaba}, al fragoso trueno; y de aquí nació la religión, que
pQr la necesidad de proveer el hombre a su ~ubsjstenc~a,
le apremiaba a ver fuera de enojos -a los d10!:,es conJUrados contra su bienestar, de cuyas operaciones formal,&lt;.\
sab~osas y complicadas historias.
EDMUNDO GoNZÁLEZ-BLANCO

(Continuará.)
Cowrs de pldlosopie positive, 1, 4.
(2) Véase a Defoumy, La soeiolo¡¡ie po8iti·vi8te, 25.
(3) Frinoiples of compara.ti-ve philology, 830.

OBAU.eRO AUDAZ
8' por mf (9.' edición).

mor.

LÓPEZ DI! SAÁ
Loa Indianos vuelven.

Bruja de amor.
Loa amigos del Sol.

Pll'llda.

Las épocoa qut; se van
GÓMEZ CAllRILLO
estudios cosmopolllas.
·Y la moda,

aonrlan de la esllnge.
mbree y s1.1perhombrts.
Orecia elema.
plena bohemia.

RAFAEL CANStNOS

Las cuatro Gracias.

En la fierra Oorida:
8ALLe5TeR05 DB MARTOS

Artistas eapaftolea contemporáneos.
EMILIO ~ERE

JOSB

FRANCÉS

El divino amor humano,
Elvira la espiritual,
La torre de 108 siete jorobados.

fO!! del mar y de la fierra.
ujer de nadie.

rto.
artístico 1919.

Nocturnos de OJoño.

Las ventanas del misterio.
El reloj del amor y de la muerte
Retablillo grotaco y aentimentol.

(1)

B XTRAN JBRO

lbae11: Emperador y Galileo. Espectros. Una casa de mufieca. Un eaeint1g()
je) pUeblo. La C48a de Rosmer, IA dama del mar. el pato silvestre. Bel.da Oablu.
~ftlfto Byolf. Juan Oabrld Borkman.-Mcturice Marc/l: MytDena.-Lani,n:BI
~ciclllo de los vlejoa.-Chabmdt: Bl lriunro de AfrodlJa.-lJertl,uoy: Sybaria.

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                <text>Cosmópolis. Revista mensual, se publica en Madrid desde enero de 1919 (número 1) hasta diciembre de 1922 (número 48), fundada por “el opulento uruguayo don Manuel Allende” a disposición del narciso escritor y diplomático guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, quien fue su director durante los tres primeros años, en enero de 1922 (nº 37), ha de ser sustituido como director por el periodista y diplomático hispano-cubano Alfonso Hernández Catá. Cada cuatro números de este proyecto forma un tomo (con paginación correlativa, salvo el tomo X)</text>
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                <text>Gómez Carrillo, Enrique, 1873-1927</text>
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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>leeeión 1\riel
AAO XI -

VOL. 111

SUJ'l.1:ARIO
Vnlor social d 1 .lrhol

l ,n ,lcgr!n de In guerra

r uru..s de cristal
Mrndacidad
E I secreto de la c.1 sn d&lt;' lo, euc-a llptus
~A'.'/ 1 OR • •• • • • •••

l..u c11,nc1as r.Murnlc-s rn la e cuela pnmaria
E pui,ntc de los suspiros ( Tra
duce ón de Rllfad Pomho)
U O HISPANO.... .. ll&lt; Vitr, cuem-ro
(,un¡;1derodoncs sol.re .. rJon

Jnan

euaderno 88

!ali

:Josr, Costa 'Rita, oqubrt
Impronta (;r,-fla•

1s

dt 1916

��COLE0810N ARIEL

UalorSOdal dt1 árbOI
bien de día desj,erlam:os en las tíWt_,
ravillow de Jvavarra. Es la -regi,6n
- ..uuo a los ttrboles. ©urante dos .se,na,,u;U
podido recorrer el llano y la S'iwf'a:,
las vegas de fJ&gt;era/,ta a las cumbrts d8
1mc::t.tt1,a lks, con esta deleitosa contemplade que el tlrbol es para los navarros al,.
efftre familiar y evangélico, principió ,
, como el Verbo en el Credo católicd.
&amp;i el cam,po y en la ciudad, en los h1'8'r•
pequeitos como en los bosques dilatadm,
tia'IJarro cuida los árboles con un amtw
nO'IJÍo y una ternura paterna/,. Se dirla
m el ciudadano y el campesino tienen coniencia de este apostolado; que nacen con el
a sus árboles, como con el culto a sus
ueros¡ que sienten toda la generosidad, toda
poesia, toda la utilidad social de los ár1.es, como Horacio o como Wat Withman;
,Porque el árbol, que da sus frutos y su
1StJlfnlwa1 sus troncos para construir y su k;ia para el hogar, es moralmente el stmboló
generoso, la dddiva sin interis, el biM .fi,i
miramientos de recompensa.

,- ~-&lt;dll"'"L-

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)

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1

I

•

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818Lt0TECA CltNTIIAL
U. A. N. L.

�YALOa 800I.u,

OOLBOOl61' A.:BJKL

fl6

En el or/Ún poético, los árboles de Virgi•
lio y de fRousseau representan la suavidad
de las "Geórgicas" y la melancolia de las
"Confesiones'. Los árboles de Giotto y de
Leonardo, la ingenuidad de "La imida a
Egipto" y el desmayo inefable de la ".Anun•
ciación"¡ Los árboles de rBeetJwven y de Wag•
WlY, la gracia rústica de la ,Pastoral y el
gigante concierto de "Los murmt1L!os de la
selva".
,Pero, además, el árbol avanza socialmen•
te desde el campo a la ciudad no co11w un
paria, sino como 1m Liberto. En las gran•
des urbes modernas, las calles más lltjosas
y aristocráticas se marcan por dobles filas
de árboles. Los Jwteles más suntuosos tie•
nen como el mejor or1ialo sus frondas. Las
universidades, !os cuarteles, Los Jwspitales,
las iglesias, todo gran edificio niuivo, se adoma con la p01npa de sus ramajes. /f)iría•
se que el árbol es u,i nuevo barómetro de La
civilización.
El pleito entre la industria y la agr_icultura por la hegemonía social parece haber
hallado en el árbol un arbitrio prudente y
satisfactorio. ,Porque, en lo porvenir, los
campos no serán la gleba desolada y dura
que empujara a Espartaco y a la Jacquerie
contra la ciudad egoísta, sorda al dolor de

- -- --

j

í

los escla
DEL ÁRBOL
la.
vosy dela .
61
ciudad ¡
tierra E
de su qutm1f:ade llevar al ~mn lo j,or'Uenir
cultor.
Y los conjuros d Po las magia;
©e hoy md
e su arte agrimasa gris
• Y triste
s lampo
la
deco la ciudad
. agonía de
casas a
serd la
©ickens y las
asmático j,retdndose en
El campo e . ara Ver~c:=en las viera
es
·
nvtard
•
.
a la ciudad
l , el tncens
questa de susp,.
ario de sus firaga . sus d rbo, E!te doble a;aros escondidonetas, la arrustica de
v_alor social s.
campi~ e?~ y artede~e1,:bol-salud
do por M le
mito de 'T: · icado en la
" u e agro en la .A ript-olemo ca
Y en, Le
ntolo , • ntapuertas de la ""!• entre los dgia:
sus ram
ciudad lle
rboles .A la
sus f ro::d's los 1:1-urmulo~ndelas pu~tas
el d l
están los dioses
.
sus hoj'as. En
dor e caramillo
rúst.
· Pan se
• Y T riptole
icos: Pan
viejo sdtiro ocu~ard al vert mo, el semóra-:
desnudo .Mque tiembla al e,_porque es
porque ¡s unas Triptolemo 1;:;rar un óra:~
lo al cuido ¿oven casto y fi
se ocultard
sus viñas ,,
sus laurele;erte, atento si
.
y ala Podade

!!;

t

tk

CRISTODAL DBCASTRO

�LA ALEORfA DI LA OOBRR.A

ta attgría dt ta gutrra
T

A guerra es alegre. El cronista ha
W vis1tado recientemente el frente inglés
en Francia y jamás se ha cruzado con un
grupo de soldados británicos sin o irles
cantar canciones humorísticas. En cuanto se ha acercado al cañoneo, en cuanto
ha visto estallar granadas cerca de su automóvil no ha sentido más que un sólo
deseo: el de echar a correr hacia adelante,
el de asomarse a las trincheras de primera fila, el de agarrar un fusil y ponerse a
disparar tiros, el de embestir a la bayo°:eta. Y el cronista no es ningún valiente,
smo hombre profundamente susceptible
al miedo. Mas por lo mismo que sabe
muy bien que e[ miedo se apodera, en
cuanto se lo consiente, hasta de la última
de S?S fibras, también s~be que el placer
máximo del hombre consiste en dominarlo y superarlo.
Pero. este sentimiento
es en él nuevo '
.
y con Viene anahzarlo. El cronista se ha -

'

•

69

bía refutado con argumentos el principio
pacifista.
Por principio pacifista no entiende el
deseo de paz, porque éste debe ser común a todos los hombres de ideas morale~, sino la convicción de que la paz-la
vida humana-------es el valor supremo. Esta
valoración es falsa. Antes que la vida
está el honor. Por honor. entiendo la obligación que tenemos todos los hombres
de mantener la justicia.
El principio de la guerra por la guerra
es malo, porque la guerra es en sí un
mal. Pero peor que la guerra es la injusticia. La verdadera escala de valores es
ésta: l?, la justicia y la paz, que no necesita de ser interpretado; Z/, la justicia y
la guerra o la guerra por la justicia. Estos dos estados expresan categorías positivas de bondad. Después de ellos se
puede enumerar los siguientes: 3?, la guerra por la guerra, es decir, la guerra por
el placer de pelear. Este estado es un mal,
pero no tan malo como este otro: 4?, la
guerra por la injusticia, es decir, la guerra emprendida al objeto de · dominar o
explotar al extraño. Pero este mismo estado es muy superior a este otro: 5?, la
paz por la injusticia, es decir, la decisión

�10

OOLl!:OOIÓN AlUIL

de aguantar toda clase de injusticias antes de decidirnos a arrostrar la muerte
por la defensa del derecho.
De la justeza de esta escala de valores estaba perfectamente convencido el
cronista antes de visitar el frente. Su vista no ~a . alterado ni poco ni mucho esta conv1cc1ón fundamental. El bien máximo es ]a paz justa; el bien mínimo, la
guerra Justa. Pero el mal mínimo es la
guerra injusta. El mal supremo, el bochorno, la deshonra, la paz injusta. Antes la m~erte. Y esta escala de valores no
reza ~mcamen~e para los conflictos internac10nales, smo también para los internos.
. ~o que el cro_nista no sabía antes de
v1s1tar el frente. mglés en Francia es que
la guerra pudiera ser alegre. Sus ideas
sobre la guerra las había tomado de los
g:randes novelistas del siglo XIX y especialmente de Tolstoi y de Zola. Tolstoi y
Zola y much&lt;;&gt;s generales, pintan la guerra c?mo un mfierno de terrores, dolores
y fatigas.
El cronista no había reparado hasta
hace pocos a~os e? que la visión que
un buen n~ve)1sta tiene de la vida tiene
que ser pes1m1sta desde el punto de vista

LA ALEGRÍA DE LA GUERRA

r..

71

humano. ,y ello por la razón sencillísima
de que en toda novela nos pinta el paso
de un individuo, el héroe o la heroína,
por el mundo. El mundo queda; el individuo se va, y todos sus sueños de felicidad se desvanecen. Hay novelas en que el
autor termina anunciándonos la futura
felicidad del héroe. Sólo que esta promesa se queda en promesa y no se cumple
nunca. Las grandes novelas son las que
conducen el héroe a la muerte. Novela
que no acabe con la muerte del héroe no
es de primera clase.
De todos los aspectos de la vida, la
guerra es uno de los menos desagradables. Si en vez de buscar mis textos entre los grandes novelistas hubiese apelado a mis recuerdos de infancia, habría
caído en la cuenta de que la visión de los
novelistas es parcial. Cuando yo era niño
estaban frescos en torno mío los recuerdos de la carlistada. Carlistas y liberales
los evocaban a diario. Y claro está que
muchos de ellos no eran agradables.
Hambres, fatigas, fríos, insommos, hospitales, hedor de carne purulenta.
Pero ¿habéis conocido un soldado que
no se goce del recuerdo de los dolores de
la guerra? Por encima de la memoria del

�CD

la

upo mil'DO, el de aea
nljfüllato, en un ~c:i
.... 1111

•

algo lllÚ grande CJ•

lfo ~ que eate J?~ ee
que dirige loe
al P4?lftb&gt; que dirige la ¡uerra. Baa
timo aoldado llega. mú o._
aenoienda de atar pelrndó JI" u
U8a 1ttperior. Claro 9ltt 4JUAI lllC
aquf nierameote al ejhcitcrqueoo.rn•
por la ~etit.ia. Pero huta el I01d11•
• • aombata por uua cauu injusta
tamblá por algo superior a lf misia IOJdado que• dicé: "NoeiE qu·
ru6n en •ta guerra. Lo que al!
ae de eete lado pelean loe mb, :, co
eatoy", taml,ién puede 't.eaer
la MDciencia, aunque no tanto
aquel otn, que diga: "Loa mfaa ea
de eete ladc:i; la razón, del otro; 1 yo,

.119....
la algeneial

Jal'U6a."
La guerra puede aer honibJe cuando
oblip a pelear a un hombre oontra su
n · u: o cuando ae dirige DJ111 y ae
:, ..,_,. a loa soldaclG11 a ma7or cantjda4

dé privaciones o de tensióñea
de las que pueden soportar aus

~-NH

Pero cuando existe en el soldado Ja
'CODCienciade !ajusticia de su causa, cuan•
do au alimentación es suficiente, cuando
tiC!l;le bastante vestuario para afrontar
tl trio, cuando no abusa el mando de aus
fuerza.a y cuando se le trata con respeto,
la guerra es alegre, ha sido siempre alegre, tiene. que aer alegre. Si no fuera alerre, no la soportarían los hombres.
A la idea de la muerte se familiariza el
aoldado ya horas antes de entrar en fuego. Puede venir en cualquir momento.
Noes razón para entristecerse. Yase llabeque puede venir. Vendrá cuando Dios
quiera. Contra la muerte nada puede el
.liombre. Contra lo que puede es contra
el miedo. En esta batalla sf que no es poli.ble alcanzar la victoria. Y es cosa inexplii:able, pero positiva. En cuanto se ha
li:,grado dominar el miedo, el alma se nos
llena de alegría. Y esta es la alegría de
la guerra.
.
RAMIRO DE MAEZTU

�PAREDES DI: OBISTAL

Partdts dt cristal

P

ocos meses atrás, un' caballero, que está
recogiendo datos sobre ~l ?esarrollo material y moral de Cuba, m~ p1d1ó alg~n breve

escrito mío, sobre cualq~ter tema;_ sin duda

para que pudiera tenerse idea de m1 m&lt;;&gt;do de
discurrir y de expresarme. Con ese motivo escribí los siguientes párrafos:
,
"Acabo de releer esta frase, que le, ba~e. muchos años: "Las democracias han de_ v1v1r en
casa de cristal". Entonces me entusiasmó; y

ahora me ha entristecido.
"·¿ Es que la edad me ha ido petrificando
el
.
• ?
cerebro y me ha conve~tido e~ re_acctona~1O_.
·Hace daño la luz excesiva amis OJOS enveJec1áos? No por cierto. Todavía me regocija la espléndida claridad meridiana, y me hace encoger de hombros la idea de que los pueblos
puedan subir de nuevo y a reculones la cuesta
que bajaron. Ni el hombre, ni los hombres viven dos veces.

"Me ha entristecido, porque ha hecho surgir
ante mí el terrorífico escenario de Europa, cu•

na de la libertad, y campo ho_y del más _tremendo cataclismo que han podido producir la
demencia y la ceguedad de los hombres.

...

73

"Grandes democracias son Francia y la Gran
Bretaña; sobre el sufragio universal cree levantar la fábrica de su gobierno la Confederación Alemana. Y a pesar de las paredes transparentes de sus casas, ¿quiénes vieron los tremendos combustibles que se hacinaban y la
mano o las manos que lanz-aron la chispa que
bizo saltar un mundo?
"A los primetos resplandores del incendio,
vimos correr despavoridos, desde sus plácidos
retiros veraniegos, a jefes de naciones, que las
sintíéron amagadas en el corazón; locos de
sorpresa y espanto se precipitaban los directores de grandes partidos opuestos por principio a la guerra; y el común de los ciudadanos
se desbandaba en todas direcciones, sin saber
donde encontrar puerto de refugio.
''Me ha entristecido, porque en esa misma
democracia, gobernada hoy por nn letrado de
la misma escuela del autor del nítido aforismo, ¿logra nadie, por perspicaz que se crea,
penetrar en los meandros del cerebro del estadista o los estadistas que hunden hoy a un
Huerta y levantan mañana a un Carranza,
envían notas conminatorias a los poderes europeos beligerantes, y aceptan o parecen aceptar sus intrincadas y untuosas respuestas?
"Cuando era yo niño, tuvo fama el palacio
de cristal en que celebró Inglaterra su prime• ra exposición. Cierto. A través de su transparente armazón se veían las poderosas máquinas
CO!l que la industria había revolucionado el

�OOLaOCIÓlf .t.amr.

mando fabril. Lo que no ee vda, ni podfa verae, era el engranaje interno de ruedas y palancas, ni la voluntad directora que, por su medio, les comunicaba vida y las ponfa en movimiento."
He vuelto a leer ahora Jo que entonces ha
bfa estampado, y advertí que, aun circunscribiéndolo sólo a lo que se llama vida pública,
mi punto de vista alcanza tal generalidad, que
empezó por sorpenderme y acabó por convertirse en verdadera lección de mortificación y
modestia.
j Lo que se ha atronado nuestros oídos, desde hace Jo menos ciento cincuenta años, con
el dogma de la soberanía• popular! ¡Cuántas
tremendas sacudidas y cuántas sangrientas
revoluciones en América y Europa, para defender, sacar triunfante y afianzar ese nuevo artículo de fe! Solemnes constituciones, a guisa
de flamantes tablas de la ley, fueron promulgadas, y descansaban todas sobre esa amplia
bd. A cada uno nos tocaba nuestra parte
alícuota de soberanía.
Casi un siglo después los estadistas alemanes hicieron un peregrino descubrimiento. No:
el pueblo no es soberano. La soberanía se cierne mucho más alto, pata cobijarnos a todos.
No se encarna en la masa amorfa, ni en la masa organizada, ni en los hombres, ni en un
hombre. La soberanfa pertenece al Estado. Se
necesita leer a los tratadistas penetrados de
ese gran princlpio,en Alemania y fuera deella,

PuaDa N

a&amp;lft.U.

ff

para formaree id~ ~ la devoción, de la T ~
ración con que se mclinaban reverentes, casi se
prosternaban, ante esa deidad recóndita, omnicomprehensiva, permanente, exclusiva, ilimitada: ¡el Eatadof El triste soberano desposefdo, el átomo humano, mi vecino, yo con mi
cédula o mi planilla o mi infolio electora11 reducidos a cero, a menos que cero, a cantidad
negativa. La defenestración de Praga, la de
Belgrado.
Y sin embargo, si rodando por el polvo se
puede pensar, nos conviene convencernos de
que aunque la soberanfa del Estadonosparezca a primera vista más etérea que la del pueblo, no falta, ni ha faltado nunca quien la ejerza con mAs efectividad y por tanto más eficacia real que los lectores desperdigados o.colegiados. La soberanía popular ha sido y es un
mito. La del Estado lo parece; si no fuera
porque los que desempeñan esa función subordinada, secunrlaria, está uno por decir insignificante, del gobierno, la atrapan por los aires,
la vivifican, la encarnan y la ejercen.
Nuestros tratadistas se asombrarán y hasta
se indignarán por esa afirmadón necia, que no
atiende a la distinción profunda, a la separación completa, que establecen entre el Estado
y el gobierno. Lo reconozco: una cosa, lo superior, lo ideal, es el Estado, y otra subordinada, inferior, inferiorísima, el gobierno. Sólo
que el gobierno es real, lo ejercen hombres que
tienen en sus manos todos los medios reales y

�PAR'&amp;DZI D:&amp; OR18Til

78

79

OOLEOIÓN ARIEL

basta Ideales para actuar sobre otros hombres. Una bicoca.
To suck, to suck, tbe very blood to suck
Pues bien, supongamos, y no es poco snpo·
ner, que armado de mi boleta electoral del
todo consc_iente de la al.ta función que m¡ dispongo a eJercer; conociendo bien o bastante
bien, o ca~i bien a todos y cada n~o de los que
voy a eleg1_r pa_ra que me ~e~ leyes, me impongan contnbuc10nes, admm1stren la hacienda
pública, me gobiernen, representen a la nación
y la dirijan en sus relaciones con los demás
pueblos; sin que nadie ejerza sobre mi coacción
ni siquiera presión moral; seguro de que mi
voto ha de ser considerado cosa sagrada intangible, que nadie manosea, adultera o 'sustrae diestramente; segurísimo de que nadie ser~ osado a inflar o desinflar el número de
votos obtenidos por
. tales o .cuales candidatos·'

&amp;~pongamos, _repito, qu~ mt voto, uno, entre
e1ncuenta o cien o doscientos 1nil ha contri-

buído a elegir el gobierno de mi ~onfianza o
preferencia. Y supongamos que éste ha triunfado honradamente, sin violencias ni artimañas públicas ni secretas, con el desconsuelo,
pero con el respeto de sus adversarios.
En e~ta situación naturalísima, pero casi
fantástica, al menos por estas tierras de Hispano-América, ¿qué voy a ver yo, el elector
de marras, a través de las transparentes paredes cristalinas de las mansiones oficiales de
mis gobernantes? ¿Qué voy a saber de los an-

tecedentes genuinos de l~s resolucion':' q_ue
más me importan y conmigo a todos mis cm·
dadanos? ¿Quién me da cuenta de los ver~~deros móviles de actos que pueden ser dec1S1•
vos para el porvenir de mi pueblo, y que nunca
son indiferentes?
Comprendo que mi gravemiopia exasperará
a algunos que me pondrán, casi con lástima,
la mano e~ la boca y me dirán enarcando los
ojos: ¿Y la razón de estado?
El golpe es contundente. P;ro exista o no
esa famosísima razón, de que tanto se ba_escrito y sobre la que tanto se ha pretendido
edi{icar, me permito de~ir que, basta ahora al
menos los que la maneJen han procurado encerrarla algunos estados bajo tierra, lejos de
exhibirla en caja de cristal.
.
Si estamos enfrascados en sutiles y trascendentales negociaciones con uno o más poderes
extranjeros, segundarán mis sesudos maes·
tros, ¿vamos a salir tañen~o las campanas y
convocando a cabildo abierto, para que nos
tengan por idiotas, si no por locos de atar, los
estadistas que manejan el otro cotarro y rom·
pan sin más sus tratos con nosot_ros? .
Evidente me parece, de toda ev1denc1a; pero,
vuelvo a todos lados la cabeza y no distingo
por parte alguna las transparentes paredes en
que habíamos convenido que se encerraban,
para no estar encerrados, nuestros democráticos contratantes.
Puedo leer cada vez que quiera los mensajes

�80

OOLEOOIÓN A&amp;UL

que envía el Ejecutivo a las Cámaras, y en que
se enumeran ce por be los motivos razonados
de las leyes que se solicitan. Acabo de recibir
precisamente el mensaje del presidente de la
A:gent!na al Congreso en mayo de este año.
Tiene ciento ochenta páginas. Relata minuciosamente "cuanto se relaciona con la situación
política interna y externa" de esa próspera república. Es de cristal. Pero sospecho que hay
serpeando por esas páginas muchas venas
ocultas, de que nada sabela turbamulta de los
argentinos; y, por fuerza, menos que na8a los
que no somos argentinos. Claro está que este
es un mero ejemlo, y que lo mismo cabe decir
de nuestr_os mensajes y de cualesquiera otros.
El mal, si mal hay, no está en la nacionalidad
T odos quisiéramos que gobernar fuera otr~
c?sa. Pero no se trat a de lo que quisiéramos,
smo de lo. que es. Y por _desgracia la verda d
desnuda v1ve muy escondida y tiene parentesco muy remoto con la verdad vestida, q ue es
la que tratamos, 1:,a ardua función del gobierno impone en cas1 todos los casos la reserva
en no pocos el secreto. Hay fiestas de aparat¿
P'.'-ra los OJ'?s; hay negocios delicados que conviene, que importa no divulgar a destiempo.
Contentémonos con qne la reserva sea la necesaria, la legítima, y qne de ella resulte el éxito
a petecido, de donde debe salir siempre un be·
tleficio para la nación . ENRIQUE JOSE VARONA.
Vedad o, 10 d e agosto, 1616,
(Cw6a Ca,itm,pmi,ua. Habana.)

mtndaddad
'C)oc.1.s cosas me han abatido y edtristece

..

t' más el ánimo de español qne lo que o{ una
vez decir a un amigo mio, hombre agudo y de•
sapasionado, que había recorrido une parte
de Europa estudiando instituciones de en•
señanza pública y sobre todo residencias de
estudiantes,casas de pensión e institutos aná·
logos. Y es que venia muy dolido del mal con•
cepto que en general se tenía por ahí fuera de
los estudiantes españoles. Acusábaseles de va•
rias faltas y sobre todo se decía de ellos que
son, con los griegos, los más embusteros de
todos. La mendacidad aparecla como un tris•
te estigma inmoral de nuestro pueblo. Y es
cosa sabida que la mendacida d es hermana
mielga de la mendicidad. Es altamente simbólico esto de que sólo discrepen en un sonido las
sendas expresiones verbales de esos dos vicios
mellizos.
Hay que hacer observar, como creo haberlo
dicho otra vez, que ha habido un tiempo en
que los más de jóvenes que sallan de España a
estudiar en el extranjero no eran, ni con mu•
cho, de lo más escogido moralmente. Sol!an

�1lOD.á.CID.il&gt;

82

83

OOLJ:OOIÓN J.RIJ:L

ser muchachos de que sus padres no podían
hacer carrera, señoritos-¡esta hórrida clase
española! - que iban a pasearse dándose un
baño de europeísmo o a divertirse malgastándoles los cuartos a sus padres, o tal vez para
poder decir luego que habían estudiado en el
extranjero y traerse un titulo de esos de exportación que dan desdeñosamente a los que
no han de hacerles competencia. Sé de una ciu- .
dad extranjera donde durante mucho tiempo
se ha tenido a los señoritos españoles por cretinos-era la expresión-, juzgándolos por los
que conocían de un instituto español allí desde hace siglos establecido. Y no sé si la cosa
ha cambiado. Porque hasta los que nada tenlan en rigor de cretinos parece que llevaban
una vida, la del señorito español bien acomodado, a propósito para hacer creer en su cretinismo. O por lo menos en su filisteísmo, y a
las veces beotismo. Todo parecía interesarles,
si es que algo de veras les interesaba - lo característico del español es que fuera de casa
no le interesa nada-, menos los valores de
cultura.
Pero eso de la fama de mendacidad es cosa
terrible.
Pensando luego muchas veces en ello, he creído que de todos nuestros males públicos el
más fatal es éste de la embustería. No creo que
eeamos peores que otros pueblos en otros respectos, pero basta que seamos uno de los pueblos más embusteros para que todas nuestras

buenas cualidades no nos den el fruto que debieran darnos.
La -mentira es el arma de los débiles, y en
tal sentido defendió Schopenhauer la licit~d
de su empleo. Pero así co_mo hay una mentira
defensiva hay otra ofeus1va. Y es natural que
Schopenhauer defendiera el empl~o de una arma si la creía eficaz, pues es •ab1do que en su
casta llaman defenderse al agredir. En lo que,
por otra parte, no les falta razón, pues un lobo que se echa sobre una oveja para devorar•
la lo hace para defenderse del ham~re. Y asl
no es fácil saber cuándo una mentira es defensiva y cuándo es ofensiva. Lo que la experiencia enseña es .que cuando uno se acostumbra a esgrimir la mentira,. para defende_:9C
acaba por esgrimirla sin necesidad defensiva
alguna, por ejercitarse en s_u empleo y hasta
por pura virtuosidad y tecmqnería.
.
Acaba uno por enamorarse de la mentira
por la mentira misma. Se hace de ella un arte,
y cuando se hace un arte de la mentira, acaba
por no ser el arte más que una mentira. Y ya
a nadie se engaña.
Lo más desconsolador acaso de nuestro régimen de mentira es que ésta a nadie engaña,
y así nos acostumbramos a dudar _de todo, lo
mismo de la verdad que de la mentua. De aqut
nuestro tan característico esceptismo público.
"¿Y si no fuera mentira, si por casualidad
esta vez me hubiese dicho, contra su costumbre y acaso su propósito, la verdad?" Esta

�N

OOL:SOOIÓK ilIXL

duda le atormentaba una vez a un pobre
amigo mío ante ciertas manifestaciones que le
hizo un político español, es decir, un embustero entre embusteros. Porque el político espaflol es un embustero elevado al cuadrado o en
eegunda potencia, pues loes en cuanto español
y en cnautoprofeslonal de la política. ¿Y quién
no conoce aquello de los que engañan con la
verdad? Hay embustero que, sabiendo qne no
le han de creer, dice la verdad para que no se
la crean.
¿Quién ignora que entre nosotros, desde el
presidente del Consejo de ministros abajo, el
arte _supremo del político que ocupa el poder
consiste en escamotear la verdad? Mienten
cuando afirman, mienten cuando niegan y sobre. tod&lt;_&gt;, mienten cuando se callan. Po;qne
,:1 silencio puede ser una gran mentira. Y el
ailencio que oprime a España es un silencio de
mentira.
¿Y la genealogía de la mentira?
Somos holgazanes. Yo no sé si es que somos
holgazanes por ser pobres o es que somos pobres por ser holgazanes. Este problema que
tau _agudamente ha tratado el Sr. Salillas,
lo mismo en El Hampa que en su teoría básica de picarismo español, encierra un tremenqo
circulo vicioso.
Por ser holgazanes somos cobardes. y la
peor cobardía es la cobard!a para el trabajo
esa cobardía que lleva a tantos desgraciado;
a exponer su vida ante un toro, diciéndose con

KENDAOJD.il)

86

d . "¡más cornás da
el Espart,~ro q~el:;az:~ería
espiritual a su
O
!'hambre! Y a
a los aficionados, a la
vez lleva a los rdos~dmirar a los que arricecobardía menta e
a ue esa admiragan su vida ante el toro{ Ynoq de inteligencia.
ción no exi~e ffuerfa ~:'tos llamados ioteliPorque la 111te ,gene d las peores plagas que
gentes _en eso es una e
nos afligen.
rdioseros. NuesPor ser cobardes, somd_os pocla no es sino hija
tica men ,can
.
d
tra caracterís
uí se mendiga to o,
de cobardfa. Porque ª'!
la mendiga le
. t·,c~a· y a qmen
n 0 título más h ohasta laJUS
ho el
llaman soberbio. Que es y
norifico en España;
a mendigar, dicen que
&lt;;uando uno se ntegaaben mis lectores aquequiere Imponerse. Y~ _s
í7 ·No las tolello de: "¿Con imp~st~t~:=~uªd:s~ áe hacer jusro!" Que es e1 m~ o d" amente le contesta~
ticia. Si uno la pide d!fa"ciones y 'evasivas, y s1
con embustes o conh 'bilidades alza la voz de
harto de soportar . a la verdad entonces es
hombr~ lib~e Y esgnm~sí al medos, piensa la
que qmere imponerse.
, .

f

1

j
..

.

canalla.
.
mos embusteros. El ar?'ª
y por me~d,gos so el embuste. El mend•g?
de la pordiosería es
do a un mend1.
orque cuan
tiene que mentir, p . r con la verdad-y .se
go se le ocurre men11~ga ha tenido que monrha dado casos de e
ltado el tipo estupense de hambr~. O loa rlelsu Sabido es, en.efecto,
do del mendigo orgu oso.

�•

86

MENDACIDAD

OOLBOOIÓN .ABIZL

87

que el orgulto consiste en esgrimir la verdad y recerlo-y entre éstos se cuentan no pocos de
defenderse y atacar con ella. En cambio lo los que pasan por maestr~s co1;1sumados e!1
que se llama humildad o modestia no saete'ser habilidades -,ese hombre dtabóltco de que digo dejaba de parecer hábil con tal de serlo.
más que el artificio doloroso de la mentira.
Toda la reforma moral, y por lo tanto polí- Era, en fin, de los que saben hacerse el tonto.
tica, de España, no estriba más que en esta- Y en cierta ocasión de unas elecciones senatoblecer el amor y el respeto a la verdad y a la riales, decía a uno de los dos candidatos: "mire usted, señor X, yo no tengo tJ?ás reme~io
veracidad.
El amor no es más que veracidad y así que decir a Z que le he. de votar y hacer c~.r
aquellas palabras del divino Maestro 'de que que le votaré, ¡pero mt voto es para usted! ;
y luego se iba a Z, y le decía lo mismo con real que ama macho le será perdonado mucho
lación a X, y es que prom-eteria a éste su voto,
cabe traslad9..r diciendo que al que sea veraz
serán perdonados sus pecados. Sólo a un bom• pero para no dárselo, y al cabo se vino a mt y
me dijo lo que babia dicho a uno y a otro, y
bre prometió la gloria eterna él, el Cristo, y
cómo
aseguraba a X que engañaria a Z proeae h~mbre faé un bandolero que se confesó,
que fué veraz, que no calló lo que sentía de sí metiéndole su voto y al;eguraba a Z que engañaría a X prometiéndoselo. Y a mí, que no era
y del ot-ro.
candidato
ni mucho meoolil, no podía engaUn ámbito plúmbeo de mendacidad constrifie a nuestra vida pública. Y es la más terrible , ñarme, y me decía: "verá usted, mi papeleta
llevará tal marca." Y en efecto, salía una pamendacidad, la del secreto en que están todos.
peleta con aquetla marca de infamia. Y ~I
Todos, en efecto, están en el secreto, y por eso
hombre que hacía esto era un hombre hábtl
es más secreto a6n. La verdad puede pasearse
que no necesitaba mentir para engañar.
desn~da por las plazas sin que nadie la vea.
Acaso lo de decir siempre la verdad, créanla
Por tr desnuda no la ven. Y si se viste sólo
o no oportuna los hábiles y los discretos seven su vestidura'y no la ven a ella. Y la vestigún la feria, sea todo un programa y sin otra
dura de la verdad invisible resulta una terricosa alguna. Ponerse cara al oleaje del porveble mentira. Con esos vestidos visten un manir sin más soluciones que la de no callar la
niquf cualquiera.
~erdad y que de su declaración surja la solu&lt;;onocí un h~m~re diab61ico, especie de Mación
que haya dc.apl_icarse. Que si ante un hequ1q.velo prov1nc1ano, exento de la vanidad
cho se dice toda la verdad, toda y sola la verde su maquiavelismo. Es decir, que así como
dad, la verdad entera, y no más que ella, al
hay quienes dejan de ser hábiles con tal de pa-

1;

�_.;;M;;.,__ _ _ _ _~coLsooróx

.&amp;.:an:L

punto ee ponen todos los hombres de buena
voluntad de acuerdo en lo que hay que hacer.
Y ante el secreto o la mentira todos disienten,
aunque parezcan conchabarse. Sólo la verdad
une.

El sec1eto de la casa de tos eucanptus

MIGUEL DE UNAMUNO .

I
Carmen de Borja guardaba de la noche
en que los revolucionarios mataron a su hijo Carmelo, teniente de milicias en Santa Fé, un
sombrío recuerdo.
Era viuda y vivfa con Laura, su única hija,
en "la casa de los eucaliptus", como llamaban a
su est ancia a ocho legua·s de la ciudad, sobre el
arroyo "Leyes", rodeada de oscuros eucaliptus,
que en las noches de viento gemían como almas
en pena.
Carmelo Borja, su hijo, recién ascendid'b a teniente por el gobernador Bayo, había estado en
ella el día anterior. Corrían rumores de revolución y el joven los relataba con gusto, para lucir su valor ante su madre acongojada.
• Al medio día se despidió de ella y de Laura, y
volvió a la ciudad, a caballo, con su asistente,
&amp;iguiendo el ancho camino polvoso, que llevaba
a Santa Rosa, foco de las revoluciones .
. No t uvieron ningún mal encuentro. Ero invierno y la ruta estaba solitaria, aun en las cercanías del pueblo.

O

OIA

�'BI, REéRETO ••••

00

91

OOLEOCIÓN ABIEJ,

Pero esa noche, como, a las once, el teniente
Borja que volvía de una tertulia, al cruzar la
plaza de Mayo para ir a la policía donde él vivía, topó con un pelotón de jinetes que desembocaron al galope, de la oscura calle transversal.
-¡ Quién vive !-gritó el teniente sacando su
revolver.
-¡ La revolución !-le contestó el que mandaba la tropa; y como en aquellos tiempos eran
muchos los revolucionario~ por sport, sintió sin
duda la necesidad de completar la respuesta, y
añadió:
-¡El capitán Insúa!
Sonaron varios tiros, que dieron el alerta.
La guardia de la policía que dormía con el
arma al brazo, parapetada detrás de las gruesas
columnas del cabildo, rechazó sin grave esfuerzo
a los ·asaltantes, cuyo propósito de sorprenderla
dormida se había frustrado, y que, una hora más
tarde, regresaban derrotados por el camino de
Santa Rosa.
Sobre la gramilla verde de la plaza de Mayo,
con la luz de un farol, hallaron esa noche tres
muertos y en medio de la calle, encontraron al
teniente Borja herido de un balazo por el capitán Insúa.
La herida era grave, y él, que comprendió que
se ~o:ía, pidió que avisaran a stt madre, para
monr al lado de ella.

•

Cuando el chasque llegó a "la casa de los eu•
caliptus", eran las cuatro de la madrugada. Ladrá¡onle los perros y al ruido se despertó doña
Carmen y llamó a Laura.
-Alguien llega del pueblo-le dijo-, malas no•
ticias, sin duela.
Oyeron la voz del capataz, que desde afuera
anunciaba al chasque. Laura se abrazó a su madre y se echó a llorar, y ambas escucharon el
relato de lo sucedido.
-¿ No ha muerto, entonces?
-No, pavona; quiere verla.
Mandaron atar la volanta de tres caballos, y
un rato después, obscuro aún, doña Carmen y
Laura, acompañadas del capataz y de Magdalc•
na, su mujer, que había criado a Carmelo y noraba como una criatura sabiéndolo herido, se
pusieron en marcha a la ciudad. •
El camino era recto y parecía una cinta blanca, a la luz indecisa de las estrellas. Los gallos
cantaban al alba fria que se anunciaba, y lamadre no podía dejar de oi!, aunque estaban ya lejos, el rumor acongojado del viento en las copas
- de los eucaliptus que rodeaban su casa. ·
Llegó a tiempo para hablar con su hijo, que
murió como a las once, y al dia siguiente, ambas
,mujeres desoladas volvieron a "In casa de los cucaliptus", resuelta la madre a confinarse en ella,
para llorar mejor al muerto.
o

�92

OOLJ!OOIÓN A.RIEL

lL S&amp;ORffO ••••

. Laura tenía veinte años y era de una magnífica hermosura. Su madre había deseado casarla,
para no sacrificar su juventud y quizás con el
vago deseo de que los nietos repararan un día el
inmenso hueco que había dejado en su corazón
la muerte de su hijo.

II
La más caracterizada figura de caudillo revolucionario en esa época, era la de Ventura Insúa,
que usaba el grado de capitán, con que años an-'·
tes le agraciara un gobernador en la guardia naciona1.
Gozaba por su valor y su fortuna en campos
y haciendas, de un ilimitado prestigio en todo el
norte de la p_rovincia, principalmente en 'la costa, donde en un día a una voz, reclutaba 500 jine- ·
tes criollos o indios, que lanzaba como un torbellino sobre la ciudad abierta, sin más propósito
que mantener en constante alarma a los gobernadores enemigos.
A los treinta y cinco años, en el apogeo de su
fama, fuerte y bello, acostumbrado a salir ileso
de todas las· sangrientas algaradas, estuvo a
punto de morir en una de sus efímeras revoluciones.
Había entrado en la ciudad hacia la media
noche, y fué su ataque tan inesperado y violent&lt;?

..

93

que poco faltó para que se adueñara de lapolicía y apresara al gobernador en su casa, Pero
sus tropas esa vez eran escasas, y aunque se batieron con un soberbio desprecio de la vida, al
alba tuvieron que abandonar la ciudad, perseguidas por un piquete de soldados a caballo.
Ventura Insúa huyó de los últimos. Montaba
un caballo admirable y famoso, pero cansado ya
por el combate, y sus perseguidores no habrían
tardado en apoderarse del caudillo, si éste, que
conocía los escondrijos de las orillas del "Leyes",
no hubiera aprovechado las últimas sombras de
la noche, para esconderse entre las pajas altas
y tupidas que al!( crecían.
Cuando fué día claro, los soldados del gobernador debían estar lejos, porque sin el rumor de
los pájaros en las cañas, y el grito de los patos
que pasaban, siguiendo el curso del arroyo, el
silencio habría sido absoluto.
En aquellas vecindades no había ni gentes ni
haciendas. _Eran campos abiertos, de grandes
propietarios, mal poblados con estancias aisladas, a pesar de que la ciudad no quedaba a más
de cinco leguas.
En la refriega, el capitán Insúa fué herido en
el pecho de un balazo, y aunque su herida no
era mortal, comenzaba a temblar de fiebre, y
sentía que si no lo curaban, podía morir alli, echado en ·la tierra pantanosa, sobre algunos co-

�a. amoano •••.

-~-------=OO~LZOOl==Ó~lf;....::A.::ltRLc.=_ _ _ _ _ __

jinillos, junto a su caballo, que permanecía quieto, amujando las orejas a cada ruido sospechoso.
Todo el dfa ld pasó asf, devorado por la sed.
Sentía la bala hacia el hombro izquierdo, como
una quemadura. Al entrar la noche, resuelto a
desafiar todo peligro, montó a caballo con un
esfuerzo doloroso, para llegar hasta el riacho.
Bebió echado de bruces el agua turbia por la
greda, y parccióle que su fiebre disminuía.
La soledad del paraje le dió ánimos para seguir costeando el arroyo hacia el norte, en busca
de un vado para tomar el camino de Santa Ro·
sa, o esconderse en una de las isletas, de sauces,
como un paisano matrero.
Asf anduvo dos horas, pero la fiebre se hizo
tan violenta, que se sintió al fii¡ de sus fuerzas.
El ladrido de un perro anuncióle una casa o
una estancia cercana, y arriesgándose a todo,
trató de llegarse a ella.
Cuando estuvo cerca reconodó el paisaje en el
bosque de sombríos eucaliptus que rodeaban la
estancia.
La noche era limpida, sin viento y sin estrellas; la luna estaba por salir, y parecía una aurora, tan intenso era el resplandor que la precedía.
El capitán Insáa conocía la casa, aunque no
a sus dueños, y le tembló el corazón acordándose de la muerte del teniente Borja. Pero sintió

•

95

que iba a morir si pasaba una noche más a campo, y como alU podfan ignorar los detall~ de
aquel suceso que ahora le remordía, lleg~ sin-vacilar hasta la tranquera y llamó a gritos, que
provocaron la furia de los perros.
Eran como las diez y las gentes dormfan, pero
Insúa oyó abrirse una puerta , poco después entró a caballo, guiado por el capataz, que, por lo
extraordinario del caso, despertó a doda Carmen
de Borja:
-¿ El capitán Insúa ?-dijo ella con un ligero
temblor en la voz, que no advirtió el capataz.
-P.ide permiso para pasar la noche-explicó
éste.- Se encuentra herido y con fiebre.
Abrióse la puerta ante la cual se cambiaban
aquellas palabras. Laura encendió la luz y el capitán Insúa entró en el gran comedor, casi desnudo de muebles y adornos, donde las damas lo
aguardaban.
• No fué cordial el saludo; un misterioso resentimiento envolvía los gestos de la dueña de casa,
y su hija, cohibida por lo inesperado de la visita,
no se mostró más amable.
La luna habfa salido, pero la noche pareció
obscurecerse repentinam~te, porque la masa
~egra de los eucaliptus, proyectó una sombra
densa sobre toda la casa.

�96

OOLEOOIÓN ARIEL

EL SECRETO ••••

•

III
Durante cuarenta dÍas que dur6, con desesperantes alternativas, la enfermedad del capitán
Insúa, "la casa de los eucaliptus" apareció más
clausurada y misteriosa que nunca.
El gobierno habría pagado a peso de oro al
que apresara al caudillo revolucionario, pero
nadie sospechó dónde se alojaba, y llegó a creerse que se había ahogado, vadeando el arroyo.
Doña Carmen de Borja no se acercaba nunca
a su húesped. Disponía las cos~s con una obsequiosa hospitalidad, y dejaba que Magdalena, la
mujer del capataz, y aun Laura lo atendieran.
Una tarde, en el verano que ardí.a ya sobre
los campos, el capitan Insúa escttchaba un relato de Magdalena, en la galería del este, desde
donde se divisaba el riacho, por una calle abierta entre las resecas totoras de la margen. ·
Laura sentada allí cerca, escuchaba también,
con el corazón oprimido por una inexplicable
angustia, porque lo que relataba la mujer era la
muerte de su hermano.
-Yo lo crié-dec;íil Magdalena-y fué todo
mi cariño; lo recibi de meses, el mismo día en
que se murió el único hijo que he tenido y que
era de su edad. El cambio me consoló de perder
el mío. Ah! señor capitán; qué mal alma tuvo a.
quel que lo mató! Mi señora doña Carmen, que

n

97

habló con el niño Carmelo, poco antes de morir,
debe saber el nombre del asesino, y nunca nos
lo ha dicho.
Insúa se babia puesto intensamente pálido; la
mujer que contaba aquellas cosas, tenía los ojos
bajos, llenos de lágrimas, y no lo vió; pero Laura, a quien había intrigado siempre aquel miste~
rio, sintió .un agudo dolor en el alma, pues adivinó en el gesto del hombre que palidecía, la
p~gina sangrienta de aquella vida.
-Oh, Dios mío !-exclamó apretándose el corazón.
•
Magdalena se levantó, llamada por la señora,
y el capitán Insúa que oyó el suspiro de la joven,
se le acercó.
-Laura ! ¿ qué tiene?
Días antes, él, ganado poco a poco, por la suave y serena belleza de ella, le confesó que la a.
maba, y ella, simple en sus actos y en sus pensamientos, le declaró lo mismo, con toda la vehemencia de su alma virgen. Convinieron en que
él la pediría a su madre una vez que estuviera
fuerte y pudiera irse, y que cuando se casaran,
renunciaría él a sus locuras revolucionarias.
El único temor que asaltaba al capitán Insúa
era de que algún día, la noticia de que él mató
al hermano de Laura, p_udiera destruir aquel
amor que era ya toda su dicha.
.
Alguna vez sospechó que la madre lo sabí11 y

"

�98

•
.1

•

OOLBOOIÓN A.RIEL

EL SECRETO •• ••

esqu!v~ba su compañía; pero la bospitalid'ad y
el afecto de que lo rodeaban deshizo sus temores y lo confirmó en el propósito de guardar su
terrible secreto.
Esa noche Laura pensó que la muerte sería
menos triste que su vida. ¿ Qué iba a hacer ahora
que tenía la intuición de que la sangre de su
hermano la separaba como un río del hombre
que era su dueño ?
Su amor triunfó y también a ella le impuso el
secreto. Si lograba esconder en el fondo de su
conciencia a quel descubrimiento que había revelado a sus ojos con una luz despiadada la vida de él, y lo ocultaba de tal ffia1;era que ni él
llegara a saber que ella sabfa, ni su madre sospechara quién fué el que mató al hijo que lloraóa, ¿porqué no había de pode"r amarle aún y .
ser su esposa ?
•
En su alma sencilla, el problema quedó resuelto, Y al día siguiente, como si tuviese temores
de que sus ilusiones puciieran destruirse r ~aó a
'
&lt;&gt;
su novio que hablara con su madre.
•
El capitán Insúa, que había pasado también
una noc!ie de angustias , temblando por su secreto, comprendió entonces que Laura na da había
sospechado, y habló con la madte.
Y doña Ca rmen de B~rja tuvo a su vez que tepri.
mirlos latidos tumultuosos de su cora zón, que protestaba contra aquel amor imposible que le evoca-

•

99

ha la escena en que su hijo ensangrentado y moribundo le contó cómo había hallado la muerte.
Pero se jugaba la dicha de su hija, a la que no
podía condenar a compartir su sombría soledad,
y puesto que aquel secreto era suyo sólo, y podía
guardarlo para siempre, pues el mismo matador
parecía ignorar el nombre de su víctima, ahogó
su venganza y otorgó el permiso.

IV
Los tres, defendiendo el mismo secreto, quedaron así atados al recuerdo del muerto, y "la
casa de los eucaliptus" pareció tornarse más
misteriosa, entre la obscura faja de árboles que
gemían al viento.
A veces en las tardes serenas, los tres se reunían a conversar en la galería que daba hacia el
riacho, pero cruzaban algunas palabras y se quedaban callados, sin que ninguno de ellos pudiera explicarse aquellos inevitables silencios.
Sólo Magdalena, la criada, como un perro fiel
rondando el misterio parecía olfatearlo, y sus
ojos enconados por la tristeza, declaraban a to·aas horas, a los tres tácitos cómplices, que si ella
hubiera sabido, nunca habría perdonado.
G. MARTINEZ ZUVIRIA
(La Nota. Buenos Aires . )

�101

Las ciencias naturales en la escuela primaria
L,rales
dificultad de enseñar las' Ciencias Natues mayor en las escuelas de EnseA

ñanza Secunda!ia que e~ las _tJniversidades, y
en las de Ensenanza Pnmana mayor que en
las de Enseñanza Secundaria.
La dificultad de enseñar aumenta en sentido inverso al grado de enseñanza. La razón
es la siguiente:
En cada ciencia natural el material acumulado ~s tan enorme que la tarea principal y
no fácil del profesor es la selección de lo más
~ecesario, lo _más importante para la •ensenanza inmediata.
Es natur~l qu~ esta selección difícil para un
profesor umvers1tario, sea más difícil para el
profosor de enseñanza secundaria y primaria.
Tal vez en la prlictica no haya tal dificultad
porque la preparación del profesor de ense~anza .s•cundnria y primaria es generhlmente
msufic1ente y In selecei6n se hace fácil porque
el caudal d~ conocimientos no es muy grande.
La sclecc16n d~be ser más severa, más pensada, y hecha con más arte y ciencia en las
escuelas primarias y secundarias que en las
escuelas de enseñanza superior.
Y la causa es que interviene un factor nue-

LAB CI'INCIAS NATURALES ••••

vo: el alma del niño, su capacidad mental, sus
inclinaciones, los defectos y las ventajas de
su entendimiento, a los que el profesor debe
atenerse si quiere enseñar bien. El profesor
univ.ersitario no tiene esta tarea ante sí: para
él lo más conveniente es considerar al estudiante como un ciudadano que viene a apren· ·
der, que sabe lo que quiere y lo que debe, que
esalumnohov v seráamigo detareasmañana.
y para ·poder hacer esta selección con arte
y con ciencia el profesor de enseñanza primaria debe tener un caudal de conocimiento mayor que el profesor de enseñanza universitaria, y en la escuela del porvenir, donde los
intereses materiales no intervendrán tanto
como hoy en los problemas ele enseñanza, el
niño tendrá al profesor más reconocido, más
célebre, más sabio.
La enseñanza de las Ciencias Naturales en
la escuela primaria es por lo tanto una tarea
muy grave y las dificultades son tan "grand.es
, que es permitido preguntarse: tal vez conviene prescindir de esta tarea, pues si.el niño saldrá de la escuela con ideas falsas, perderá el
interés, el amor hacia la ciencia_ y en lo futuro aprendería sólo mecánicamente.
Ante todo es evidente el dilema: ¿qul: se elebe enseñar al niño? ¿El conocimiento de los
hechos de que tratan las ciencias naturales o
del cemento que une estos hechos, de las ideas
en que la totalidad forman la concepción del
mundo?

�:':,)

Ro hay ~11df que :,a de 1111a edad muy _ .
prana el níll.o debe apreadtt 1111 gran n6mao
de hrchoe, que ee refieren a la vida que Je m,.
dea, y por la capacidad de nmemoria ae Pfflt'
ta apto para apttnderlos, pero loe hechoe JlOi'
• al eolos no p~tan el saber y aislados
cerebro del ,milo quedarán pronto borradoil
¡,or nueva■ tmprmioaee y por eeta economla
de!• memori~ que ae resiste a guardar ma•
tcrial pa~o 1111 orden y eia ' cieacia · ee aabido qae el aillo olvida pronto lo qu~ apnmde
pronto.
Be paee neceearlo hacer ua srlecci6a en~
loe. hechos qae ee eneellan al nillo. ,¿Y coa qaf
gatane en ~ta aelecci6n? A ªª!litro modo del
ver 1.a ee~6n de loe hechoe del dominio de
Ju c1e11C!a• nata_ralee que ae eaeeiian al nillo
debe venficane aJastándoee a la .t tgla eiguieate: aquellos hechos qae demr,estran..-e /a aa.
turale.l'll es bella, qrtedartúJ grabados en la
memoria.:y-alma del niño.
• Paedé parecer aua paradoja: al aillo hay
que eneellarle la filosoffa de fas cienciae natural~, hay q_ae principiar con ellos donde
term!ºª el sabio. La vida no me,-rfa eer yj.
da, d1~ Henry Poiacaré, al terminar lllia vida
· Jabonosa y fecunda, si no fuera bella
BI nillo recibirá con mlls facilidad ~na imagen que una descripci6a de un hecho cualquiera, ae!'- muy exacta, muy verfdica y recibir4
eealmta 1ma~ coa c~riild, ai ea bella', porque el
a del níll.o ee emtfttea y flo aaalftica 1

en•

,

•

lo taufo ~ m'8 apta para 188 idea• de la
teai• y no del análiaie.
,))e laa impresione de . Jo bello vendri el c!'-·
• 0 y el am.or hacia ,e} an}vet'so, siempre m•
OIIO, y hacia las CtCIIClaB Natar!'les 9ue ae
iífan2:an por penetrar en ■na m1stenos, aArselos y apropiarse de ellos. •
Bien y en los dominios de las Cienctas Nata•
( ~. g. en minera logia y geolog{!' que son
aeatra
eepecialidad) hay matenal de eo11
"li,a para demostrar que la aataral~ ~ be,U., merece eer vivida, pensada y admirada.
Bl cristal con sua periecta~ formas geomé~ . CQD •n• col&lt;!re9 ll!ªgn(6cos, an verda•
ttero pñncipe del re100 m10eral, que_ como loe
pñnctpes necetiÍta condicion~ yecaharee para
desarrollo, libertad y eepacto ante todo,Bl -C(ietal que, nace, crece y maere y vtve
m'8 que millares de generaciones_ha~!'-1;1ªª; ':1'!ª
simple roca, un grano ·de gramto Vle,JO, VICJO 1
de 111111 v,jcz incalculable, qae ae destt'll:,e porel asna, por el viento, por el hielo Y. dest!"'·
:,&amp;doee forma una roca pucva _qnc ta'!1~1én
-rivirA para ser destruida y as{ BID fin, sv;1vir.y
morir, morir y vivir. Una montaña a)ta, ma·
~osa, inaccesible_, capaz de ~ugenr hasta
~ miedo en la imaginact6n ~1 mño, la moa- .
talla que crece, five y muere; el rio_ q~e COI!
una fuerza poderosa transporta mtllares de
toneladas de mineral desde la montAña hasta
loe vallee y el mar; el reino de fño ~pe~uo, '
de nieve penitente, de montañas de hielo que ,

.us

�t

104

OOLEOOION ARl&amp;L

se mueven lentamente hacia los valles para
alimentar los campos del labriego, o destruirlos si f!e les antoja; el rayo de sol que deshace
las piedras, y el· sordo ruido en la montaña
de las piedras desprendidas que llaman en la
imagen de los mineros, niños también, espectros de magos buenos y malos¡ el fósil, el resto de un ser ·orgánico que ha vivido millones
de años atrás y cuya imagen petrificada podemos contemplar, y mil hechos más, explicados al niño en una forma debida, tendrán el
efecto de que ya hemos hablado: despertar en
el alma del niño el amor y el interés hacia las
Ciencias Naturales.
La sabiduría fría, exacta, puntual, vendrá
después.
Enseñar al niño consideramos un arte, y el
maestro ·debería tener como tarea principal
amalgamar el arte con la ciencia.
MOISES CA!'.TOR
('Rmsl.z tú F,/4sojia . Buenos Aires).

El Putntt dt los suspiros
D e JIOOD

.Otra otra infortunada
'Ya
'
..'
cansada
de vivir.
Importuna despechada_
Que po,. fin logr6 morir.
Re;ogedla con. ~landura,
Con gentil solicitl,(cl.
. Cuá» delgada! Sri figura
~uenta aún su desventura,
Su belleza•y j uventud.
Co11;0 al niño los pafiales,
Como lienzos fun erales .
Se le adhiere el casto_traJe,
Do aún gotea el o[ea;e
Del naufragio del clo~-0~.
¡Recogedla sin ulfraJe.
¡Recogedla con amvrl
.Ni una burla ni un agravio . '
'Le hagan mente, o tacto, o labio. \
Pensad de ella como hermanos,
Como débiles humaMs;

•

�106

OOLl!IOOJÓN

.1.arxr.

Pensad sólo en sus -an!]UBtias
Y sus manchas ol11idad.
t Qué hay en esas forma,s mustias
Que no implore caridad1

t Quién 81'8 padres noa ·diria1

No hagáis honda, cruel pesquisa
Del conflicto que insumisa
La encontró con el deber;
Ya la muerte en su torrente
Llevó el fango. y solamente
Queda el oro de su sér

I Ah, en ,,z mund~ cuánto es rara
La cristiana caridad!
I Oh gran lástima! ¡oh avara
Inhumana humanidad l
¡ Que a 14 na víctima i~fensa
Falte hogar en esta ,nmens~
Babilónica ciudad!

.. Sus errores, sus deslices
¡ Son de tántas infelices
Hijas de Eva! . ... Su cgntagi4

Desvalida la encontró.
Por la herencia que nos toca
Enjugad en esa boca •
~ espumas del naufragio ... ..
Trago acerbo, 1pero el último •
Que el amor l,e prestJntó.
¡ Ricos era1i sus cabellos!
Componed/os cual solía
Cuando, mísera, esperaba
Y creía en el amor.
¡Ah! decidnos. gaj"os bellos,
¡,Dó está el peine que os peinaba1
,Dó el. humikl,e toca_dor1

107

SL pumrr&amp; DB L08 BUSPIBOB

, Tuvo 'hermana, tuvo 1iermano1
i o uno aca.so más cercano
y más caro todavía1

I Ya no hay padres. no hay hertnanos1
t Ya no hay vínculos hu~anos1
¡Beina, pues, la indiferencia
y el amor se deaterró1.
.
l y aun la santa Providencta
Á su grey desamparó1
Desde aquí tal vez la mísera
Al nocturno cierzo impío,
•
Recorría tántaa lárnpdras
Que .-eflej" anc°h? rí?,
y la tibia lus de innun_ieras
Galerlas y ventanas
.
Qtu3 pintaban en su _e11píritu,
Tras de velos y persia~a~,
Cada cual la paz Y el Júbilo
De un amor y de un 00.gar,·

el

•

�J08

OOLBOCIÓl'I' 4AUL

~fiettt~as ella, aislada y huérfl¡na
.no t~nia más gue lágrimas
'
Y ni dónde ir a llorar!
Y la endeble criatura
Tiritaba de hambre y frw
No de liistérica pavura '
Al mirar de tánta altur~
Relumbrar siniestro el

rio.

Ya palpaba los dolores
No sus duendes !/ terrO:.es.
Ya sab{a el cuento serio ,•
Que la vida le ensBñó.
y tentábale el misterio
Que la fácil muerte esconde.
El transporte de lanzarae ,
De ex~ialarse sn un segur:ao
:ara ir . ... ¡qué importa a dónde1
'yFuera? Juera de este mundo{
.
esa idea devolvió
Á su labio la sonrisa.
Dióse prisa y se lanz6.
Y en, alegre libertino
mirarte en esta dscena
·Que ameniza tu camino
Por el Támesis o el Sena.
Á.

109

'SL PVD'd DS t.08 817BPIBOII

Ven, recoge tus lawreles,
Y regálate cual sueles
En el baño y el festín.
¡ Brinda y bebe sin espanto
De esa espuma y sangre y llanto
Con que riegas tu jardín !

Recogedla con blandura,
Con gentil solicitud.
¡ Cuán delgada! Su figura
Cuenta aún su desventura,
Su belleza y juventud.
Componed sus miembros frígid-Os
Con esmero casto y pulcro
Antes, antes de que rígidos
Se revelen al sepulcro,
Y que al menos en s·u fosa
Paz y abrigo se les dé.
Y cerradle li,égo, luégo,
Esos ojos ya sin fuego, ·
Que parecen los de un ciego
Que nos mira y no 110s ve;
Porque alli quedó clavada
Sólo esa últimci mirada
Con que ansiosa y acosada
A abrazar la muerte/ué.

--

�110

•

OOL'&amp;ootÓN A.RIEL

, I Triste fin de una existencia
Aun más triste! En su demencia
La empujaron al abismo
La crueldad del egoísmo
Y la afrenta de su error.
Débil fue, mas no inocente.
Cruzad, pues, humildemente
Sus do~ manos sobre el pecho.
Cf!al s_i orara sin despecho
· Silenciosa y reverente .
/ Y delito y delincuenÍe
Dejad ambos al Señor!

Bolíoar, gutrrtro

•

guerrero pocos han luchado como
Bolívar y por tánto tiempo y con enemigos tan poderosos y disciplinados ~amo !o_s
que España le puso delante. Orgamzó y d1r1gió once campañas, desde la del Magdalena,
. en Nmeva Granada, en l.812, hasta la del Perú
en l.824 y 1825, y mandó en Jefe treinta y siete batallas campales, entre las que figuran las
dos de Carabobo, la de Araure, las de Boyacá y Bomboná, y, finalmente, la de Junín. Como guerrero, por otro aspecto, Bollvar es único, y apenas si pueden señalarse semejanzas
más o menos acordes con el escenario y la época en que actuó.
La disciplina y la aud¡,cia triunfan con Alejandro en los antiguos ~iempos. Las tres batallas que le abrieron el Asia fueron decididas
por las falanges macedónicas qne él mismo
mandaba y que arrojaba sobre masas estúpidas y confusas. En el Gránico y Arbelas vence
él con Grecia sobre Persia, la civilización sobre
la barbarie, la libertad occidentalsobre el despotismo de Oriente, pero el siglo de Alejandro
fue para Grecia el suntuoso y triste crepúsculo

C

RAFAEL POMBO
( El Marconigrama. Londres).

r

(í)

OMO

(1) Capitulo de: un libro inédito.

�113

112

COLEOCIÓN ARTEL

que precede a! oca~o del sol. Nadie le ha igu.alado en glona, nmguno en belleza heroica.
Aristóxenes refiere en sus Memorias que su
cnerpo exhalaba grato aroma; que manaba
de su boca y de toda su persona un olor delicioso 9u~ _Perfumaba sus vestidos. Sus ojos
eran v1v1s1mos, agrega Plutarco, llevaba el
cuello ligeramente inclinado hacia el hombro
izquierdo, y su tez era muy blanca y esa blancura tomaba el tinte de la rosa en el rostro y
en el pecho. Llevaba consigo la Ilíada, considerándola como el oráculo del arte militarpor la nochelaguardaba bajo su cabecera co~
su espada. Llegado a Troya, subió al templo
de ~inerva e hizo un sacrificio a la diosa y libaciones a los héroes; regó con aceite y colocó una corona sobre la tumba de Aquiles. Su
pasión fue la gloria, la fama su fin. Ser aplaudido y coronadó de rosas en Atenas hé ahí el
ideal de sus conquistas; mas no tr~spuestos
aún los umbrales de la juventud, embriagado
con las delicias de OrieEte, cubierto de laureles
fallece, como había nacido, porfirogénito, en-'
tre la P?rpu_ra y el vino. Nadie le ha igualado
en gloria, ninguno en belleza heroica por eso
decía Chateaubriand que es el hombr~ que más
se ha asemejado a los dioses inmortales!
Aníbal fue el primer militar que mostró dotes estratégicas, ,y, según Napoleón, no tuvo
par en la antigüedad. El, colocando la infantería en el centro, la caballería en las alas y al
frente la artillería, inventó el orden de batalla

que en las más tormentosas épocas del mundo
fué la cartilla de los guerreros, la de Gustavo
Adolfo, Condé, Turena y el gran Federico. Su
vida ~ué la más vasta, la más grande, la más
enérgica del mundo. A los nueve años ciñe la
espada y jura venganza en el altar de sus padres. Increíblemente audaz para correr hacia
el peligro y maravillosamente prudente en él,
nos_ ~ice Tito 1;,ivio; infatigable de cuerpo y de
espmtu, dorm,a sobre elsuelo,cubierto con su
capa; frugal, sufrido, descuidado en el vestir
se le distinguía sólo por sus armas y sus caba'.
llos; era el primero en llegar al combate y el
último en retirarse. Con una tropa de ;alva¡es, ~I decir de Polibio, escala los Alpes cuando
la m~ve cubre las montañas, y, desde su cima,
reamma los corazones de sus soldados most~ándoles con e! de~o las fértiles llanuras que
nega el Po, los ¡ardmes de Italia y la campiña
r~mana. Acampa en los pingües campos del
P,amonte, avanza sobre Turín, sobre Milán·
vence al enemigo en las orillas del Te~in des'.
pués en las del Trebia; franquea los Ape~inos
y los pantanos del Arno; desbarata al Cónsul
Flaminio en el lago de Trasimene· costea el
A_driático, desciende hacia Apulia: y, describiendo un semicírculo, se cierne, como un águila sobre su ~resa, so~re Roma. En Canoas parece sucumbir para s1empre el valor latino y
Anibal, ebrio de triunfos, se entrega a las d~licias de Capua, mas para luchar aún catorce
años, para desplegar todo el poder de su ge-

�114

OOLJ:OOI6N AltllL

:BOLÍVAR, GUERREt!O

nio, para marchar, correr, volar de ciudad en
ciudad, de confin en confin, para caer y levantarse y escapar y aparecer, como el Terror, ante Roma. Su fin fue la libertad de su patria, y
el odio inmisericorde a los enemigos de ella, el
resorte de su acción. Traicionado y perseguido, después de cincuenta años de brega, cuando ya no puede luchar más, toma el veneno y
muere por una causa santa; la más santa de
todas, la resistencia contra el usurpador extranjero.
El genio guerrero de Julio César se mostró
en el arte de acampar, asaltar y fortificarse
contra los ataques de los bárbaros. En menos
de diez años que ha durado su guerra en las
Galias, dice Plutarco, ha tomado por asalto
más de ochocientas ciudades, sometido trescientas naciones diferentes y combatido, en
batallas campales, contra tres millones de
enemigos. Es el mortal más completo que ha
vivido jamás. Tuvo todas las seducciones humanas: era fuerte, bravo, arrogante, elocuente,
noble, pródigo, elegante, hermoso; vencedor de
Grecia, respetó sus glorias y dió libertad a los
vencidos de Farsalia, diciéndoles: "os salvan
vuestros grandes muertos"; vencedor en Alesia, la destruye, la arrasa en sus cimientos, y
unce Vercingétoris a su carro triunfal. Tuvo
todas las virtudes y todos los vicios: gran político,gran orador, gran guerrero, gran escritor, gran seductor, y todo sin escrúpulos; fué s~
pensamiento triunfar y dominar sobre todos

y conquistar a Roma, su patria, que había conquistado el mundo. Mas, cuando sueña en ensanchar aún las fronteras del imperio; vengar
a Craso sobre los partos; domar los dacios y
getas y agregar a sus hazañas las de Alejandro, regresando de las márgenes del Indo circundado de gloria inmarcesible, César, como
una bestia feroz acorralada por los cazadores,
se debate en elSenado,entre los puñales de sus
amigos, hasta caer cubierta la cabeza con su
toga, al pie de la estatua de Pompeyo!
Federico, el grande, descubrió el arte de emplear las armas: infantería, caballería, artilleria, según las condiciones del terreno. En Leuthen, batalla que Napoleón llamó su obra
maestra, dió grande importancia a la infante•
ría, provista ya del fusil de bayoneta, inventada por Vauban, el primer ingeniero de su
tiempo, quien por tal reforma fue el verdadero
fundador de la táctica moderna. Pensaba que
la mejor defensiva era la ofensiva, y a su tenacidad en las retiradas y actividad en las victorias, sus más heroicas virtudes, debió el hacer frente durante siete años a una coalición
de naciones: Francia, Austria, Rusia. Guerrero extraordinario, genial administrador, fundó la grandeza de Alemania; político escéptico,
preparó la descuartización de Polonia; filósofo impío; elegante escritor francés; comentador de Maquiavelo y Montesquieu en sus
ocios de Sans-Souci; clásico historiador; poeta aun en los campos de batalla; amigo de to-

115

�11&amp;

OOLBOOIÓN ARIEL

BOLÍVAR, GUURBRO

do lo grande y todo lo bello, y amigo de Voltaire!
Napoleón dió importancia capital a la topografía y al estudio minucioso y científico de
los mapas, esto es, aplicó las matemáticas a
la guerra. "El terre_n o es el tablero de un general, decía; su buena o mala elección decide de
su talen to". Fue maestro consumado en la dirección de los movimientos generales, en los
planes de campaña y en el arte de escoger el
punto propicio para herir y de buscar, para
vencer, un aliado en el terreno y un presagio
seguro en la superioridad de la fuerza. "Calculaba bien, marchaba con celeridad, y la fortuna hacía el resto." Prefería a las grandes y
pesadas masas de combatientes, los pequeños
y ágiles ejércitos que movilizaba y hacía maniobrar como fichas de ajedrez: "No es el
gran número, conversaba en Santa Elena, el
que proporciona la victoria. Alejandro derrotó trescientos mil persas con veinte mil macedonios. Los planes más audaces fueron siempre los que mejor me salieron".
Napoleón fué también legislador y, a su pesar, propagandista de la revolución: ''He dado un código a Francia que sobrevivirá a los
demás monumentos de mi poder"; dió al mundo portentosa lección de energía, que guarda
in taeta, como preciosa herenéia, el pueblo francés; pero guerrero ante todo y sobre todo llevó el arte de la guerra a su perfección y dió la
última mano al gran cuadro heroico de la bis-

toria, prestándole una sublimidad cuasi divina que no podrán ajar los siglos. Su quimera
imperial ha devorado, entre 1804 y 1815,
más de u a millón setecientos mil franceses, a
los cuales hay que agregar dos millones de
hombres extranjeros, muertos a título de aliados o de enemigos. "Sólo tres bellos días cuen•
to en mi vida, decía: Marengo, Austerlitz y Jena". ¡Cuánta gloria en tres palabras!
Bolívar, sin inventar nada, reunió asombrosamente casi todas las pujanzas y virtudes de
sus predecesores. En Junín, Carabobo y Bomboná mostró el arrojo olímpico de Alejan•
dro; en la campaña de Boyacá fué un nuevo
Aníbal, más grande por haber vencido más
grandes obstáculos; tuvo la seducción, la elocuencia, el estilo, las debilidades y el genio
pasmosamente múltiple de César; el talento,
el buen gusto, la actividad. la constancia, el
rictus de impiedad del gran Federico; la visión
aquilina y la rápida y segura ejecución de Bonaparte, y, más que todo, la audacia, la f.érrea
voluntad, el sublime coraje, el sublime rencor
y el sublime ideal de Aníbal. Como él, Bolívar
lucha no sólo con los hombres sino también
con los elementos: "Si la naturaleza se opone
a nuestros designios, exclama entre las ruinas
de un terremoto, lucharemos contra ella y la
someteremos"; corno él, lo guía una divina
venganza, la más digna de las pasiones humanas, contra el brutal español y h.do lo que él
significa de fanatismo, superstición y tiranía:

117

.'

�118

COLECCIÓN ARIEL

BOLÍVAR,GUERRERO

"Diga usted a su rey y a su nación, le dice al
gobernador de Carta gen a que le proponía tratados de paz en nombre de Fernando VII que
el pueblo de Coloro bia está resuelto a
batir por siglos y siglos contra los españoles,
contra todos los hombres, y aun contra los
inmortales, si .éstos toman parte en la causa
de España"; recorre más espacio en América
que los T~me!-Janes y ~engiskanes en Asia; escala con e3ércitos salva3es las más altas montañas, acampa en los más inclementes desiertos y vadea los mayores ríos. En todas lascosas se ha instruido no por la especulación sino
por la práctica, y como Napoleón que se jactaba de que nada había en la guerra que no
pudiera hacer él mismo: "Si no hay nadie que
haga pólvora, yo sé fabricarla; sé construir
cureñas, sé fundir cañones", Bolívar era competente para todas las faenas, desde las más
elev_adas: estrategia, diplomacia, legislación,
hac!enda, hasta las más bajas y manuales, pero importantes para el éxito de la guerra.
Véase, si no, aquella célebre carta, escrita en
vísperas de Junín, en la cual daba minuciosas
instrucciones a sus intendentes y proveedores
sobi:e los potreros, pastos, aguas que debían
servi~ ~ara engordar las caballerías que iban
a dec1d1r la gran batalla; sobre la calidad espesor, dimensiones de las herraduras, cla~os
etc. Ante los asombrosos éxitos alcanzados
puede afirmuse, pues, sin vacilar, que todas
las órdenes, instrucciones, ordenanzas, decre-

co:n

.

119

tos del Libertador, fueron obras maestras de
previsión, de buen juicio, de tino, de genial
competencia.
Tenaz, cítiico, calculador, astuto, fecundo,
terrible, colérico, indolente, enamorado, cruel,
todo como et cartaginés, murió como .él en la
tristez~ y la desolación, pero _más afo_rtunado,
viendo vencidos a sus enemigos y hbre a su
patria. Sabio legislador, pero mal político, lo
mismo que Napoleón, no tuvo como él la ambición de Alejandro y de César, la de los conquistadores que aspiran a dominar y reinar
en una patria engrandecida por ellos. Aníbal
y Bolívar fueron héroes y !Dártires de la l~bertad y del derecho. Todos tienen sobre el Libertador es cierto, la excelsitud y esplendidez del
escen~rio yla maravillosa pátina de los siglos.
CORNELIO HISPANO
1916.

(Revista Moderna. Bogotá.)

�OONSIDERAOIONP::• SOBRE "DON .TUAN

consiaeraciones sobre "Don Juan"

CON

la visita a las tumbas de este gris no·
viembre, de nostalgias y esplines, llega todos los años la evocación de aquel simpático
descarado por quien las tumbas se poblaron, el
''gallardo Y calavera" Don Juan del alma mia.
Cinco teatros de Madrid representan el drama
de Zorrilla ante una sala llena. Enrique Borrás,
el prestigioso actor y el más ilustre tenorio de
este año, es un Don Juán mitigado pero admirable. ¿ Confesaré que me place la obra entrañablemente? Sonreiré por supuesto de algunos
"ángeles" o "palomas de amor'', sonreiré cuan~~- la metáfora adulzorada y sevillana tiene prohJ1dades de arabesco. Nuestro realismo minu.
cioso admite difícilmente espectros y ánimas en
• pena. Pero en conjunto "Donjuan" deja en nosotros la resonancia de un drama de Calderón.
"La vida es amor ...... " y sueño a ratos.
. Parece un acto sacramental, una tragedia mfs.
t1ca._El gran conflicto escolástico de los siglos
medios entre la predestinación y la libertad
aquí se resuelve de la más simpática y español¡
manera. ''Está de Dios" que Don Juan se salve.

11

121

Se respetará, sin embargo, su libertad, su albedrlo, pero, mostrándole en una fantasmagoría la
muerte próxima, se le invita eficazmente al acto
de contrición. Es un ºacomodo con el cielo'',
uno de esos santos tartufismos que inventara a
menudo la caridad peninsular y sobre todo la
andaluza. Triunfan la gracia santificante y la
voluntad de una mujer.
No olvidéis que estamos en la tierra de Maria
Santísima. Y es una delegada suya, una de esas
p:Uidas y meladas sevillanas de Murillo, la que
llega del otro mundo a rescatar el alma del amador. ¡ Cúal tarea más santa y cuál rescate
más profano 1 El pecador no sabe si se convierte o ama, la religión y el amor se asocian, la ruta
al cielo se transforma en un viaje de novios.
Pero hay muchos otros "españolismos" que
voy notando al pasar pára comprender el éxito
asombroso de este drama. Todo es innegablemente español aqui. Lo es la arrogancia fanfarrona con las mujeres. ~1irad en la calle el de~
senfado con que la requiere de amores el más
hampón transeunte. Recordad la facilidad con
que Don Quijote, a pesar de eu mala catadura y
su fino entendimiento cree y razona el amor
rendido de Altisidora. Es española-leed cartas
de novela popular y los "avisos" amatorios de
los periódicos-este intelecto de amor flo•rido,
este arábigo lujo de tropos con que se adorna

�122

OONSIDER.A.CIONES SO:SRE "DON JUAN"

OOLEOOIÓN ARllCL

aquí la frase apasionada. Y la aventura .donjuanesca, la conquista por la conquista más que por
la presa, el afán sin tregua ni término, están
delatando la voluntad antigua de Teresa 1 de
Quijote, de Ignacio. ¿ No es idéntico tesón con
objetos diversos? Un corazón, el cielo, la ínsula,
Dulcinea, doña Inés, todo es semejante .blanco
para la puntería de estas almas certeras y aceleradas. Esa misma recomendación devota, esa
idea del Cielo como un concurso en donde amistades Y compadrazgos pueden aprobar o suspender al postulante, ¿ no la hemos compartido todos, cuando creíamos? Y en fin, las vacilaciones
de Don Juan en el cementerio y en el banquete,
su brusca duda sobre la realidad del mundopor donde Calderón se acerca a la filosofía alemana-¿ no fué siempre como en tan castiza a ventura de Segismundo, el minuto de fatiga en el
esforzado, el minuto en que el árabe soñador
suplanta al capitán de tercios de matarifes?
Es español nuestro héroe, pero es también universal. ¿ Quién no lleva un Don Juan adentro?
Un Don Juan que no siempre puede salir a luz
pero sueña, por lo menos, en ver rendidas a todas ~as mujeres. El Tenorio es nuestro mal pensamiento, nuestro querido mal pensamiento de
los veinte años. Los tuvo siempre este hombre
Y fué tal vez su tragedia. La nuestra es no tenerlos sino una vez. Envejecemos. A la pereza de
I

123

corazón le llamamos fidelidad, y al miedo a la
aventura "sentar la cabeza". Pero con melancolía sedentaria miramos a los divinos nómades
del amor para quienes tiene un sentido terrible
la palabra eterno.
.•
Fué el resquemor de Don Juan. 1Canno ete~no ! ¿ Existe acaso? Cuantos han amado os dirán si son sinceros, que se disipa luego, por lo
me~os, la dulzura del primer diálogo Y la virginal torpeza del beso. Amarse e~ pronto una costumbre y un confort. No mudamos muchas veces de mujer ni de domicilio, por no desordenar
algunos pensamientos y algunos libros.
Pero allf en cualquiera esquina, emboscada
nos espera Ía mujer ideal-ideal porque es distinta, encantado.ra porque el hálito no la ha
desprestigiado aún. Si la aceptamos, pasará luego este minuto como los otros. En van~ los poetas, urgentemente cordiales, están urdiendo halos morosos para la pasajera santidad del amo~.
Toda la lírica no ha sido sino un reproche al cariño que se disipa, que no pued~ menos q~e disiparse. ¡ Pólvora en salvas I Qutzá no extste la Elegida, la única. No siempre fué mala ventur~
si no le dimos a Dulcinea tan soñado entendimiento de hermosura que en ninguna venta del
mundo la ·hallaremos. No me extraña que un
gran poeta haya tenido por compañera de su
vida a una cocinera. Si no llega la que no pue-

�12'

OOLEOOIÓN A.RIEL

de venir, ¡ qué más dan fregonas o marquesas 1
Vamos tropezando por supuesto con lo que
Schopenhauer llamaría las emboscadas de la es.
pecie. Esta mujer que pasa, es precisamente y
con urgencia, la felicidad. Sigámosla, abandonemos todo para seguirla hasta la esquina en
donde la trocaremos por cualquiera otra. La
primavera pérfida colabora a estos altos de gala
. ~n el camino. Todos hemos sentido en esos peligrosos días tibios, macerada el alma en ternuras, la necesidad de balbucear sandeces o penas .-viejas. HLJoró sobre mi chaleco", dice la burla
de Francia. ¿ Sobre cuántas blusas que pasan
vamos a hacer lo mismo ? Instalaríamos en un
pisito discreto a cada mujer y si nos niegan la
golosina, somos capaces de no dormir selún el
código r?mántico.
·
¡: ¡ •

¿ Compa~tió Don Juan tales ansias? Lo ante~or _me parece expresar precisamente "lo que no
smt1ó Don Juan". Tuvp demasiada salud espiritual para hacer el ridículo como Alfredo de Musset en Venecia. Estaba en primavera siempre.
Si quisiéramos valernos del manoseado mito
g~ego, diríamos que la flecha de este 1&lt;rquero
e¡emplar, iba directa al blanco. Era el halcón
de las monterías viriles y no esta golondrina nostálgica de aleros en que ha venido a -simbolizarse_ nuestr_o va~il_ante y ~barde amor. Mi amigo
G1ovannt Papm1, el admirable florentino, escri-

CONSIDERACIONES SOBRI.

11

D0N JUAN"

125

bió un cuento:" El hombre que no pu d o amar " .
Era Don Juan. Estoy de acuerdo si reputamos
al amor como un abandono, como una entrega.
y Don Juan no se ha entregado nunca. Le gus·
ta hojear mujeres. Es un precoz aficionado al
"reman psychologique" de cada vida. Le suponemos ahora como un Sthendal curioso infinitamente. No dirá, como los vulgares amadores,
que todas las mujeres son iguales. Sabrá ~iscernir en cada cu31 gracia y modales sm dupltcado.
Y concebimos que pueda sentir, al envejecer,
la melancol!a del químico moribundo sin haber
agotado las experiencias. Por este resquicio tiene cabida la mfstica. ¡ Miseria I No podemos acaparar todos los éxitos. Mil y tres dicen que
fueron los suyos. Pero hay millones de enamoradas probables. Y ante la melancolía de esta parquedad, excuso que un espíritu delicado vaya a
la iglesia para emplear su amor sobrante. Ya,
por lo demás, el amor a Inés significa 1~ fatiga
de Don Juan. Dice que ama en ella la virtud y
esto infiere vejez. Para los paladares estragadós
fué siempre condimento la pureza. Pero el buen
apetito de Casanova acepta todo, monja u horizontal, sin preferencias.
Se ha enmohecido la veleta. Desde entonces
ya no nos interesa o nos seduce de otro modo.
Nietszche hubiera seguido en este Juan amortiguado, la trepadora floración de la "mala con·

�. ."
&lt;;1~nc1a .

00LEOOI6N A.'Ril!!t

Considerado como 1
ic1smo en un alm f
a lucha del cato.
a uerte el d
Y se eterniza Don J '
rama se profundiT
·
uan es I · •
al vez prolonga la selvát·
. e mstinto joven.
bárbaro. Me lo figur
tea tndependencia del
.
o como un moz
. .
quien de pronto unos b b
o v1s1godo a
a llamar pecado s
dom re$ tristes le enseñan
uar orpáa•
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gunos años, retando hasta tco. e va a reir al.
un desacato pueril y
a las sombras en
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está dentro y el mo b
' pero el morbo
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N o me digáis que esr osól
l a remord1m1ento.
cala vera. Toda Esp - o e drama de un mozo
con una tristeza impanta destá aquí debatiéndose
ora a de s
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vez has vencido , Ga1·1
amana.¡ y otra
I eo !
Mas, combatiendo al am
do vida nueva a
orla Iglesia le ha daunque enfermiza Al h .
escarbarse la con .
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tente, abre el camino d l n e1 examen peni.
· morosa" que tanto combat· e a1 "delec t ación
1eron os te61rea dos veces el p
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eca o, al comet 1
1o. Además, el seduct
er o y al expiar.
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or cobra el
..
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de Fausto M·
prest1g1o dia.
• 1entras má á d"
garita, más fácilmente la . ~ e n ida sea Mar.
convertir al pecad
l
m1s16n evangélica de
- I
or, a entrega d
na nés vence al b
esarmada. Doca o, mas no 1 "d
galeote de amor está
o v1 amos que su
.
Porque no podemo ya. un poco neurastémco
•
s imagina
D
·
tenido en una ave t
r a on Juan de
n ura. Aquí
•
del personaje de la ti º6
. no hablamos sólo
cc1 n, sino del "h0
·
mme-a-

ª

OONSIDE'RA.Oio:iU:9 soiRE ' 1DON .TUA.N"

127

femmes" que todos hemos visto alguna vez. Pone su genio en su vida como Wilde. ¿ Concebimos a un novelista que no escribiera más novelas porque la postrera fué exqelente? En el amor
hay también una especie de producción constante, de genio creador. Tal vez ninguna gloria se
equipara a la del viviente drama en tres actos,
a la del sublime tríptico: la frescura matinal de
la primera escaramuza, la gloriosa certidumbre
de poseer y la crueldad del abandono. ¿ Crueldad? Don Juan no puede mirar atrás. Su error
es ayer y su obra de arte es mañana. Manón se- ría su amante ideal; pocas mujeres se llaman
así; las más Ofelia o Gretchen.
Gajes del oficio son las quejas de la mújer preterida, pero muy útiles para el seductor las je.
remiadas. Por cada Ofelia muerta, se duplica el
prestigio de Hamlet, Y está probado que cuando se quema una falena en la lámpara, acuden
parvadas al reclamo. En el amor al peligro ha
hallado un francés filósofo la mejor base de la
moral. En el mismo fundamento reposa el amor
de las mujeres. Cuando la señora de Bovary se
va a la cita con Rodolfo, su mayor deliquio es
pensar que el excelente Carlos podría despertarse y sorprenderla. Por lo demás, poco les importa llorar después. Para consolarlas siempre hay
iglesias iluminadas, la fantasmagoría del enam'.&gt;rado místico. Tienen allí eI asilo las in váli-

•

�OQt,BOOIÓN ABl~L

1 1

128

das de corazón que verán a Dios. Y es la más '
admirable contribución del catolicismo al amor, 1
la de haber ense!lado a las victimas de Don Juan .
que hay un sabor e~celso en las lágrimas.

\

VENTURA GARCIA CALDBRON
(El Ffpro , Habana .)

,

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                    <text>eolección 1\riel
AÑO XI -

VOL 111

1

'

SU:NI:ARIO
LORD SALISBU RV ... . •• ...
LUIS ARAQUISTAIN ... ... .

Las naciones n1orihundas

Europa y Am&lt;!rica
RAM!RO .DE MAEZTU ... . La verdadera originalidad
ER:--ESTO REHA:--1 •..••.... Pleg;1ria

.,

JOSE RODRIGI 'EZ CER~!A El milagro de los claveles
URBANEJ-\ ACHELPOHL Ji:! mejor disfraz
ARMANDO DO:--OSO . . . . •. Los grandes líricos alemanes

1

1

contemporáneos

A. :\I .\RGARIXOS C... ... . .

Hombro contra hombro

11

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Colección Rríel

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�tas nadonts moribundas
Fragmento de un famoso discurso &lt;k Lord Salislmry

rFodéis dividir, en términos generales, a
las naciones del mundo en vivas y morí=
hundas. Por una parte veis grandes países
de enorme poderío que van creciendo cada
año en potencia, en riqueza, en dominio, en
perfeccionamiento de su organización. Los
ferrocarriles les han dado la facultad de
concentrar en un punto la totalidad de la
jue_rza militar de su población y de reunir
ejércitos de una magnitud y de una poten=
cia nunca soñadas por las generaciones que
pasaron. La ciencia ha puesto en manos de
esos ejércitos armamentos cada vez más
poderosos en su eficacia destructora, y que,
por lo tanto aumentan el poderío- el terri=
ble poderío - 1 de los que tienen la fortuna de
poder emplearlos.
Junto a estas espléndidas organizacio•
nes cuya fuerza nada parece disminuir y

�4

COLECCIÓY A.RIEL

cuyas actuales aspiraciones para lo futuro
solo podrán resolverse mediante un arbitrio
sangr~ento1Junto a ellas1 hay cierto número
de sociedades a las que no puedo denominar
sino moribundas1 aunque el epíteto haya de
ª?Li~drseles, naturalmente1_en grados muy
distintos y en mity diversas medidas de a=
plicación cierta. Son principalmente sacie=
dades no cristianas1 pero siento decir que
no
todas estdn en tal casoI • en semeiantes
'J
E,
✓s:ados, la desorganización y el decaimien=
to progresan casi tan de prisa como la con=
centración y el poderío c_reciente van pro=
l[resando en las naciones vivas que están
;unto a ellas. 0ecenio tras decenio van de=
bilitándose1 empobreciéndose encontrándose
1
1:ds /altas de hombres que dirijan O de i1;1,s=
tttuciones en que puedan fiar) acercándose
al /Jarecer cada vez más a su destino y a.
garrdndose1 no obstante) con extraña tenaci=
dad a su propia vida.
El desgobierno en ellas no sólo no se CU=
r~ sino que acrecienta de continuo. La sociedad y la sociedad ofi.cial la adm • • ~
.,
,
inis~ra=
cion, es una masa corrompida) de modo que

LAS NACIONES MORIBUNDAS

5

no hay terreno firme en que se pueda asen=
tar esperanza ninguna de reforma o restauración) y cada una en su ~ra,do ~fr~cen
un cuadro terrible a la porción mas ilustrada del mundo) un cuadro que) por desgracia el aumento de n~estr~s '»:edios ~e información y comunicación _dibu;a con lineas
más oscuras y más conspicuas a la faz ~e
todas las naciones, apelando a sus senti=
mientas tanto como a sus intereses y pidiéndoles que aporten remedio. Hasta cuándo
es verosímil que pueda durar este estado de
cosas no intentaré profetizarlo. Todo lo que
puedo indicar es que el proce~~ c~ntinúa) que
los Estados débiles van debilitandose y los
Estados fuertes fortaleciéndose cada vez más.
No es necesario el don de profecía para
n-iostraros cuáles han de ser los resultados
inevitables de este doble proceso. tPor una u
otra razún- por las necesidades de la polí=
tica o sopretexto de la filantropía-las na=
ciones vivas irán poco a poco amenguando
el territorio de las moribundas) y rápida=
mente aparecerán semilleros y causas de
conflicto entre las naciones civilizadas. No

�6

OOLEOOIÓN ABIEL

hay que suponer1 claro está1 que a ninguna
de las naciones vivas se le consienta el provechoso mon0polio de curar y sajar a esos
infortunados pacientes (risas) y la controversia estribará en quién ha de tener el
privilegio de hacerlo y en qué medida lo ha
de hacer. Tates cosas introducirán causas
de fatal disentimiento entre las grandes,..
naciones1 cuyos poderosos ejércitos se están
mutuamente amenazando. Tales son a mi
1
parecer1 los peligros que nos amenazan en
el período que se aproxima. Es un período
en que nuestra resolución1 nuestra tenacidad
1
nuestros instintos imperiales1 han de llegar
a su máximo. .No permitiremos, indudablemente1 que Inglaterra se halle en posición
desventajosa en ningún caso de nuevos
arreglos que puedan ocurrir. Por otra parte,
no hemos de sentir celos en el caso de que la
desolación y la esterilidad sean vencidas por
el engrandecimiento de una rival en regiones a las que no puedan extenderse nuestras
armas.
(ESPAi;IA, Madrid.)

Europa yJlmtrica
• d e la guerra no
r consecuencia
. se
~~!ocratiza Al~~&lt;1;nia, e_stlo es, siG~~
.
1 f milia impena y a su
s~ le qmlta a ~o\bsoluto del ejército,. la
bierno e ~an s ue una tregua. Segmrf
paz
q d a d e1 u'ltimo medio s1. dno 1seraazmá
arma
sien o a p . á t'tánicamente
en el res1 e trabaJar 1
•
1
g o, s. . t de las economías nac10na es,
tablec1m1en
gigantescos presutornarán otra vez 1os se intensificará de
puestos ~e ¡;er~~ los armamento~ y al
nuevo
la nva
b de
unos anos, c1'nco' diez o vemte,
~~b~evendrá otro terrible choque que acabe de destruir a Europa.
se abre ante
, 1 panorama que
He aqU1 e
neraciones eurolos oj~s de las nuev!sJ:mania en forma
peas si no se vence 1i ro ara Europa
qu: deje¿g: ::~ig:~J! arlostrarlo? Seen era.
os los recuerdos que esrán tan espants deje en la conciencia
ta ~,uerra de ;a~r;otunda la certidumbre
de
y d e rep etirse si no se desde :H,uropa
que habrán

S

°

ª-

!

�8

OOLEOOIÓN ARIEI,
EUROPA Y AÚRIOA

militariza a Alemania, que en este caso el
Continente europeo sufrirá probablemente una despoblación como nunca antes en
su historia. La emigración no es sólo una
fuerza del ha~ bre hacia el pan; el emigrante huye_ t_am bién m_uchas veces por motivos espintuales, ávido de una libertad y de
una se&amp;"uridad que acaso no halle en las
viejas civilizaciones.
Este es el gran peligro para Europa:
que los hermanos y los hijos de los que
ahora sucumben a millones en los campos
de batalla se alejen de los viejos países europe_os como de u~ polvorín situado en
medio de una lJuvia de chispas. ¿Quién
podría seguir aquí trabajando fecundamente en todas las artes de la paz si no
desaparece en lo alto la turbonada de una
nuev~ guerra? El espíritu, para que crée,
necesita garantías de reposo y duración.
Un hombre o un pueblo amenazado de
11?-Uerte no puede entregarse a otras actividades que las que le su2"iere el instinto
de conservación.
e.
Europa, es verdad, ha vivido durante
medio siglo bajo una t?rme_nta y no por
esto se ha despoblado m ha interrumpido
la tarea de acrecentar los tesoros materiales e ideales del hombre. Es que los euro-

9

peos se habían acostumbrado a vivir bajo
la amenaza, y además había~ puesto
una confianza excesiva en los dioses que
tenían el rayo en la mano y en los pararrayos que habían de detenerlo. Era tan
monstruosa la idea de una guerra europea,-y la realidad ha superad~ con sus
horroresalaidea,-queno parecrn que hubiese nadie dispuesto a contraer la responsabilidad de provocarla. Este fué el primer
error. Por otra parte, se tenía tal fe en la
acción pacifista de la mayor parte del ca·tal Y del trabajo, que era general la
pi
.
"bili"tana
, una gu erra
creene1a
de queimposi
de esta magnitud. Este fué el segundo
error.
.é .
Cuando se restaure la paz, conc1 rtese
como se concierte, no hay d~1da _que estas
fuerzas de contención-conciencia de responsabilidad en los goberna:1te~ Y anhelo
de paz en una parte del capitalismo Y en
toda la clase obrera-serán mayor~s g,ue
nunca y, por lo tanto, h2brá desmmmdo
el peligro de una nueva guerra europe~ •
Pero la memoria de la actual será tan d~lacerante, que E_uropa te!Ilerá su repeti ción con centuplicada ansiedad. Ese estado psicológico, mezcla de terro: y d~sengaño, puede engendrar un refiuJo emigra-

�---------

ICUBOPJ. Y .AlliBIOA

10

OOLKOCI6llf ilBL

t?rio de inmensa gravedad para el contmente europeo.
En la !uta de oi:ie_n,te a occidente que
va recomendo la civilización a través de
los siglos, América es el nuevo punto de
descanso.. Freo.te a Europa, despea.azada
e? lucha mtestma por sus propias instituciones secu~ares,. América se ofrece ancha
en el espacio y nea de contenido suficiente l?ara tod?s y limpia aún de ~as compleJas máqwnas de Gobierno que acaban
por hacer omnipotentes a los menos contra los más. ~o es extraño que el europeo,
encorvado baJO el peso de sus oligarquías
de un cap.i~alismo implacable y de uno~
d~beres mili~ares aplastantes, vuelva los
OJOS a Aménca co:rno a la tierra de promis~ón donde el hombre puede, sin esfuerzos
&lt;:1clópeos como aquí, en Europa, ser más
libre y hallar mayores holguras materiales.
Allí .no hay t~davía peligros de guerras
cont.mentales m paces armadas que son
tan. msoportables como las guerras. Con
el he~po, a~aso esté también condenada
~l_llénca a .enredarse en esos sistemas pohticos, regidos por la fuerza sin derecho
no por el derecho con fuerza, que acaba~
con los pueblos y con las civilizaciones
aunque todo hace esperar que en es~

11

Continente los hombres y las naciones alcancen un grado de libertad y de respeto
mutuo no conocido antes en la historia.
De toda suerte, sea cual fuere el destino
lejano de América, su realidad inmediata,
si Europa no emerge triunfante de la ordalía que en estos momentos sufre, acrecentará poderosamente la fascinación que
ha venido ejerciendo, desde su descubrimiento y singularmente a fines del siglo
XIX y comienzos del XX, sobre los europeos.
Esta es la gran amenaza para la continuidad histónca de Europa. Si después
de haber perdido en los campos de batalla
varios millones de hombres jóvenes, que
eran la fuerza física y la lozanía espiritual,
las nuevas generaciones optasen por la
emigración antes que arrostrar una nueva
guerra deestaíndole,¿qué seria delcóntinente europeo? Dejarían de fructificar los
campos, de producir las fábricas, de crear
obras insignes las ciencias y las artes, de
parir nuevas libertades la política, y Europa entraría gradualmen,te en la categoría de esas regiones del mundo oriental
que duermen hoy, realizada su misión,
un profundo sueño del espíritu, esperando quizás que en la eterna rotación de las

�12

OOLl!:COIÓN ABI!:L

cosas vuelva a ellas otra vez, en un día
lejano, la hora de despertar impetuos,·
mente.
Europa tiene la intuición de que esta
guerra es para ella en conjunto, y no sólo para algunas de sus· partes, una lucha
de vida o muerte. Alemania es como un
quiste, cargado de ponzoñas, que le ha
salido al cuerpo europeo. Y esta guerra
es como uua operación quirúrgica emprendida para eliminar los malos humores de la autocracia y del militarismo germánicos. Francia no quiere resignarse a
dejar de ser el centro nervioso del mundo. Inglaterra guarda aún en su seno
grandes tesoros de libertad y quiere vivir
todavía su magnífica grandeza para llevarlos a buen parto. Italia también anhela que perdure aún la hora europea para
que puedan madurar los frutos de su pujante rena&lt;:imiento. Rusia, que es1;iritualmente comienza a ser una potencia europea, lucha heroicamente porque Europa
no sucumba en _la cñsis o salga de ella en estado de descomposición y decadencia. La
Europa sana hará un esfuerzo sobrehumano par~ extirpar el tumor que amenaza su existencia. Todo es preferible, incluso la muerte por la vida, antes que

EUROPA Y AMÉRICA

13

transigir con un nuevo estado de cosas
en que la vida europea sea una muerte
lenta.
Los aliados sacrificarán el último hombre y hasta el último franco con tal de
abatir, de un modo u otro, el poderío
militar de Alemania, porque una paz indecisa sería mortal para toda Europa.
Acaso el mismo pueblo alemán vea a la
postre que sus intereses, como miembro
de la familia europea, amenazados de disgregación si la guerra no termina de manera decisiva, están asociados a la derrota del régimen de autocracia que impera
en Alemania. U na revolución eF'Ilinaría
espontaneamente el maligno tumor.
Es, pues, Europa entera, sin excluir a
los neutrales y no sólo unos u otros beligerantes, la que está empeñada en una
lucha de vida o muerte. Toda Europa,
incluso la misma Alemania, está interesada en una inequívo.. a derrota de la
autocracia germánica. Otra cosa significaría que la ci" :lización europea comenzaba a decaet·. Y esto, por ahora,
no puede convenirte a fa misma América. Una emigrac:ión excesiva y desordenada de hombres, huyendo aterradamente ante la idea de una nueva guerra

�14

OOLEOIÓN ARIEL

europea, no sería provechosa para. ,el
continente americano. Toda evoluc1on
progresiva requiere su tiempo y su compás. Funesta es la batallad~ hombres
para el desai:rollo de un pa1s; pero. el
exceso repentmo puede engendrar violentas conmociones. Parece fatal q1;1e
América sea la heredera de Europa; sm
embargo este proceso ha de ser gradual
para qu~ la herencia no abrume y d_e,squicie. He aquí cómo en suma, tamb1_en
América debía estar profundamente interesada en el triunfo de ~urop~ sobre
sí misma, no sólo por afimdade~ ideales,
sinó también por ley de su propio desenvolvimiento.
LUIS ARAQUISTAIN
( Amlrica Latina. París.)

ta otrdadtra orlginalidad
TI mí me parece que la causa

de que nuestros
r:lintelectuales no traten asuntos de interés
mundial consiste, en parte, en que se afanan demasiado en buscar temas nuevos. Con ello se olvidan de que la verdadera originalidad no consiste en querer introducir motivos nuevos en la
conciencia humana, sino en tratar originalmente, esto es, espontáneam ente, los motivos eternos, que son esencialmente inagotables. Y basta
nutrir el espíritu de los clásicos universales-que
no son los de cada nación, sino los comunes a
todas las naciones-para que sus temas se bagan,
naturalmente, nuestros temas. No crean nuestros escritores que la elección de asuntos es cosa
baladí y que lo importante es el estilo. Nadie lee
hoy ninguna de las 120 novelas de Jorge Sand.
Y era el mejor escritor de su tiempo: ''la vaca
lechera del bello estilo", la llamó Nietzsche.
Pero dentro de cien años se seguirá leyendo a
Ibsen. Lo que interesaba hace 2.300 años a los
clásicos de Atenas y Jerusalén, seguirá interesando al mundo dentro de 1 .ooo años.

�16

Y también puedo dar un buen consejo a los
lectores, si es que les atañe la gloria e influencia
d~ las letras españolas. Presten su apoyo enérgico a los escritores que les hablen de lo que a
ellos les interese, y no de lo que sólo les distraiga.Cuando el tema de un escrito sea fundamental para su propia vida individual, es porque se
hallan ante.un tema universal,a menos que no se
trate de quitar ~ poner a un ministro, de quien
esperan un destmo. Y si aplicando este criterio
dan s~ apoyo a los escritores de lo interesante,
contnbuyen a que la patria literatura se haga
también interesante.
RAMIRO DE MAEZTU.

-Plegaria
Que htce s ohre ta F.lcrópolúi cuando ttegué a
comprender su perfecta hetteza.

nobleza! Oh belleza sencilla y verdader a! Diosa cuyo culto i-ignifica razón y sabiduría, tú cuyo templo es una lección eterna
de conciencia y de sinceridad, tarde llego a l
umbral de t us misterios; traigo a tu altar
muchos remordimientos. Para hallárte han
sido menester dcs\"elos infinitos. La iniciación
que tú conce~ías al ateniet?se, al nacer, con
una sonrisa, yo la he conquistado a fuer za de
reflexión, al precio de largos esfuerzos.
Yo nací, diosa de los ojos azules, de padres
bárbaros, entre los Cimerios buenos y virtuosos que habitan a la orilla de un mar sombrí~, de rocas escarpadas, batidas siempre
por las tormentas. Allí apenas se conoce el
sol· las flores i-on los musgos marinos, las al.
gas' y las conchas multicolores
que se encuentra n en el fondo de las bahías solitarias. Allí
las nubes parecen sin color, y la misma alegría es algo triste; pero allí manan de las rocas fuentes de agua fría y los ojos de las jóvenes se asemejan a esas verdes fuentes donde,
sob re fondos de hierbas onduladas, se mira
el cielo.

O

H

'

�18

PLEGARIR, DE RENAN

OOtEO&lt;llÓN A.RIEL

Mis padres, tan atrás cuanto podemos remontarnos, vivian consagrados a las navegaciones remotas, por mares que ignoraron
los argonautas. Yo oí, cuando era niño, las
canciones de los viajes polares; fuí arrullado
al recuerdo de los témpanos flotantes, de los
piélagos brumosos y blancos como la leche,
de las islas pobladas de aves_ que cantaban a
sus horas, y que, alzando el vuelo en bandada, oscurecían el cielo.
Fuí educado por sacerdotes de un culto extraño, salido de los sirios de Palestina. Ellos
eran sabios y santos. Me enseñaron las largas historias de Cronos, que creó el mundo, y
de su hijo que, se dice, hizo un viaje a la tierra.
Sus templos son tres veces más altos que el
tuyo, oh Euritmia! y parecen florestas, pero
no son sólidos y se derrumban al cabo de
quinientos o seiscientos años. Son fantasías
de bárbaros que imaginan que se puede hacer
bien algo fuera de las reglas que tú trazas a
tus inspirados, oh Razón! Pero estos templos
me agradaban; yo no había estudiado tu arte divino, y en ellos encontré a Dios. Allí cantaban himnos de los cuales me acuerdo aún·
"Salve, estrella del mar.... reina de los que gi~
menen este valle de lágrimas", o bien: "Rosa
mística, Torre de marfil, Casa de oro, Estrella matutina .... " Escucha diosa, cuando me
acuerdo de esos cáQticos, se derrite mi corazón y casi me torno apóstata. Perdóname
esta ridiculez; tú no puedes figurarte el encan-

19

to de que los magos bárbaros han !mpregnado esos versos y el dolor con que s1go tras la
razón desnuda
., •
11 d
y luégo, si supieras cuán d1fi.c1l ha eg'.1
. t e.l Toda nobleza ha desaparecido.
a ser servir
d y
Los escitas han conquistado el ~un o. a
no hay república de hombr~s hbres; s?l~
quedan reyes hijos de sangre tmpurah_ma
tades que te harían reir. Cargant~s tper oreos llaman ligeros a los _que te s1rven ....Un~
pambeocia terrible, una liga de todas l~s to:
terías, extiende sobre el mundo u:i:ia p anc ú a
de lomo bajo la cual nos asfixiamos .. A in
afa a uellos que te honran, cuánta p1ed~d
~ebes t~ner! Te acuerdas de aqu~l caledont
ue hace cincuenta años, rompt6 tu tempo
~ g~lpes de martillo para transp~rt,arlo: T~~
Je? Así proceden todos .... Yo escnb1, seg n a .
~nas de las reglas que tú _amas, &lt;:h Teoi:~ada del joven dios a quien serv1 en m1 ma v1_
me tratan como a un Evhemero; me
f anc1a, y
, bº t
e
escriben para preguntarme _que o ~e o . m
propuse. Ellos no estiman smo lo que s1r¡e
para hacer fructificar sus bols~s d~
er:s y para qué se escribe la vida e os t~. oh Cielo! s1 no es para hacer amar lo dts~s,o que hubo en ellos, y para demostrar que
vino divino vive aún y vivirá eternamente en
es
el corazón de la humantºd a d?.
Recuerdas aquel día, baio el arconta~fo ~e
Dionisodoro, en que un cbiqui_t? y f&lt;:o JUdt~,
que hablaba el griego de los smos, vmo aqu1,

°

1~

f .

rore~.

�OOLIOOIÓN A.BU:L

reco_rrió ~us_ pórticos sin comprenderte, leyó
tus mscripc1ones al revés y creyó encontrar
en tu recinto un altar dedicado a un dios que
~ería el dio~ desconocido? Pues bien, aquel
Judío ha trmnfado; durante mil años te han
llamado ídolo, oh Verdad! durante mil años
el _mundo !'la sido un desierto en el que no ger•
mmaba una fl~r. Durante ese tiempo tú te
c~llaste, oh Salp1_nge! clarín del pensamiento.
D10sa del orden, imagen de la estabilidad ce·
leste, éramos culpables por amarte, y hoy
que, a fuerza de concienzuda labor hemos
logrado aproximarnos a ti, nos acusa~ de haber cometido un crimen contra el espíritu humano al destrozar cadenas que ignoró Platón.
Tú sola eres joven, oh Coral Tú sola eres
pura, oh Virgen! Tú sola eres sana, oh Higia!
Tú s?la eres fuerte, oh Victoria! Tú guardas
las ciudades, oh Promacos! Tú tienes lo que
debes tener de Marte, oh Area! La paz es tu
fin, oh Pacifica! Legisladora fuente de las
. .
.
'
constituciones Justas; Democracia, tú cuyo
dogma fundamental es que todo bien viene
del p_ueb)o, Y, que, dond_e no hay pueblo para
nutrir e msp1rar al genio, no hay nada enséñanos aextraer el diamante delas much~dumb:es impuras. Providencia de Júpiter, obrera
d1vma, °!adre de toda industria, protectora
del trabaJo, oh Erganea! tú que haces la no·
bleza d~I trabajad&lt;;&gt;r civilizado y le pones tan
por encima del escita perezoso; Sabiduría, tú

PL'tGARIA t&gt;E RUAN

21

que Zeus engendró despnés de haberse recon•
centrado sobre sí mismo, después de haber
respirado profundamente; tú. que habitas ~n
tu padre, completamente umda as~ es~nc1a;
tú que eres su compañera y su conc1enc1a; Energ!a de Zeus, chispa que enciende y mantie•
en el fuego en los héroes y en los hombres de
genio haz de nosotros espiritualistas cumplidos. El día en que los atenienses y los rodios
lucharon por el sacrificio, tú preferist~ habi.
tar con los atenienses por ser más sabios. Tu
padre sin embargo, hizo descender a Pluto en
una n~be de oro sobre la ciudad de los rodios,
porque ellos también habían rend_ido home•
naje a su hija. Los rodios fuero1;1 neos, _pero
los atenienses tuvieron el mgemo, es decir, la
verdadera alegría, la eterna alegría, la divina
infancia del corazón.
El mundo no se salvará sino volviendo a ti,
repudiando sus ligaduras bárbaras.Corramos,
acudamos en tropel. Qué bello día a_quel en
que todas las ciudades que han recogido des·
pojos de tu templo, Venecia, París, Londres,
Copenhague, repararán su~ r&lt;;&gt;bos, formar_án
teorías sagradas para restttu,r los ?espoJOS
que poseen, diciendo: "Perdónam&lt;;&gt;s, diosa! era
para salvarlos de los malos genios de la no·
che" y reedificarán t~s muros.al són d~ laflau;
ta, para expiar el crimen del mfame !,1sandro.
Después irán a Esparta a maldecir el suelo
donde fue aquella maestra de erro.res som·
bríos, y a insultarla porque ya no existe.

�PLEGARIA DE RENAN

22

'

2S

OOLECJÓN ARI EL

. F irme en ti, yo resistir, a mis fatalés conseJeros; a mi esccpt ismo que me hace dudar del
pueblo; a mi inquietud de espíritu que,cuando
he halla~o la verdad, me la hace buscar siempre; ª. mi fant asía que, después de que la razón
~e ha 1m,P~esto, me impide sosegarme. Oh Arquegeta. ideal que el genio encarna en sus
obras maestrns, yo prefiero ser el último en tu
c?sa que el primero fuera. Sí, yo me asiré al estilobato de tu templo; olvidaré toda disciplina que no sea la tuya, me haré estilita sobre
tus columnas, mi celda estará sobre tu arquit ~abe. Y i:ún algo más difícil! por ti me haré,
s~ puedo, mtolcrante, parcial. Sólo a ti amaré.
1' o voy a aprender"tu lengua y a desaprender
todo lo demás. Seré injusto con el que no te
perte?.ezca; me haré el servidor del último de
t us h1.1os .. Los habitantes actuales de la t ierra
qne tú &lt;l_1ste a Erecteo, yo los exaltaré y los
ensalzare y trataré de amar hasta sus defec•
tos; yo me persuadiré, oh Hipia! que descienden de los caballeros que celebraron allá arriba, s~bre el mármol de tn friso, su fiesta eterna. 1' o arrancaré de mi corazón toda fibra
q~e no sea razón y arte puro. Dejaré de amar
m1s enfer~cd~des, y de complacerme en mi fiebre; Sosten rm firme propósito, oh Salutaria!
Acorreme, oh tú que salvas!
Cnántas dificultades, en efecto preveo!
C.uáros hábitos espirituales tendré 'que cam:
bmr. Cuánto~ recuerdos hechiceros deberé
arrancar de m1 corazón. Ensayaré, más no me

siento seguro de mí mismo. Tarde te be cono·
cido, belleza perfecta. Yo sufriré vacil.aciones·
debilidades. Una filosofla, perversa, s10 duda,
me ha hecho creer que el bien y el mal, el pla,
cer y el dolor, lo bello y lo feo, la razón Y la
locura se transforman los unos en los otros
por matices tau indiscernibles como los ~el
cuello de la paloma. No amar nada, .no odia~
nada absolutamente, llega aser s~b1duría. ~t
una sociedad, si una filosofía, s1 una rehgi6n hubiera poseído la verdad ~b~oluta,
esa sociedad esa filosofla, esa reltgtón ha·
bría vencido' las demás y viviría sola en la
hora presente. Todos los que .ba!ta hoy han
creído tener razón se han en ga nado;. clara·
mente lo vemos. ¿Podemos n?sotros ~m loca
presunción creer que el porvemr no no~Juzga r~
como nosotros juzgamos el . pasado . He ah1
las blasfemias que me sugiere mi espíritu profundamente relajado. Una literatura qu.e, C?·
mola tuya , fuera sa~a del todo no excttana
ahora más que el tedio.
.
Tú sonríes de mi ingenuidad. Sí, el tedio ......
Estamos corrompidos, qué hacer! Ire más. le·
jos, diosa ortodoxa, yo te diré la depra':ac16n
íntima de mi corazón. Razón y buen sentido no
bastan. Hay poesía en el Estrimón he~ado
y en la embriaguez del tracio. Vendrán .s!~los
en que tus discípulos pasa rán por los disctpu•
los del tedio. El mundo es más grande de lo
que tú crees._Si t~hubiera.s visto las nieves del
polo y los m1stenos del cielo austral, tu fren-

•

�/
24

COLECCIÓN ARIEL

te, oh diosa siempre
cible; tu cabeza má serena, no sería tan apa•
sos géneros de belle!agrande, abrazaría diverTú eres verdadera pura
f;
mol no tiene manch~
' 1er ecta; tu már•
gia Sofía, que está e~ 1;.ro e. templo de Habién un efecto divino izanc10, produce tamyeso. El es la imagen
s~~ l~drillos y su
El se derrumbará per · ~
ve a del cielo.
grande que pudier~ con~ si tu cela fuera tan
derrumbaría tamb·,
ener una multitud, se
U .
1en.
n mmenso río de olvido
u!1 abismo sin nombre Oh "&lt;?s arrastra en
dios único! Las Jágrim~s d abismo, tú eres el
son verdaderas lágrimas· { todo~ los pueblos
los sabios encierran una , o~ sudenos de todos
do· es aquí en el mundo s11n
l1ªrbe
olo eyverdad.
s ·- LTotoses
pasan
como
lo
h
b
ueno. os
a
b!leno que fuesen eter!os
rs, y DO sería
mdo no debe ser ja , . a e que se ha teun_o en paz con ella ~!!n~na cadena. Queda
cmdadosamente en el
d
la ha envuelto
donde duermen los dio su ario de púrpura en
ses muertos.

J~f

ºf

º.

(Traducción de Cornelio H'
ERNESTO RENAN
1spano.)
(EJ Gn(lico. Bogotá. Colombia.)

€1 milagro dt los cta~dts
ono lo vió el Hermano cuando, con un indígena desfallecido iba, a la media noche, para el hospital que acababa de fundar; y hubo horror en sus ojos y hielo de pavura en su corazón.
Un breve relámpago de espada, un cuerpo de
hombre que caía en brazos culpables, un grito
que rasgó la tiniebla como una puñalada ....
Garrida y noble ella; galán él. Un padre colonial, con puntillos de honor, rectilíneo, como un
trueno la voz, la mano en el puño del acero, tal
cual lo pedían la perilla hidalga y el bigote entrecano, quemado por los heroicos soles de Flandes. Esa noche les sorprendió; y la estocada rom·
pió a la vez una vida y un beso.
Nada supo la autoridad, porque el cadáver fué
enterra&lt;io a prisa por la servidumbre, en un campo cercano; pero ella sí lo supo, enloquecida, a}
volver del desmayo; y en sollozos gemía cuando
llegó la orden implacable que la arrojaba a la

C

calle....
En la casuca humilde, el hermano Pedro ponía
bálsamo en las llagas de sus enfermos, - llagas

�26

OOLEOOIÓN ARIKL

que para él eran como rojas flores de su místico
jardín. Todo lleno de aromas del campo estaba
el patio, pequeño como un pañuelo, ardiente de
sol. La salutación de los vecinos franciscanos
pon{a melódica pureza en el luminoso amanecer.
Y el Hermano tenía para los indígenas doloridos,
palabras más suaves que_ el bálsamo; y pensaba,
al componer la almohada .de éste o al llevar agua
en el tinajo para la sed de aquél,-que el Señor
Dios se dignaba bendecir su obra y ungía sus manos piadosas y su espíritu, que era santo en fuerza de ser ingenuo.
Resonó una aldabonazo imperioso. Y al abrir,
se presentó ella, lívida, albor"otada la cabellera
como por un ráfaga de locura, empurpurado e1
delantal de batista con la sangre adorada .... Se
arrojó a los pies del Siervo de Jesús, que la reconoció y rememoró el nocturno paso de tragedia;
y se sintió henchido de una misericordia infinita.
Ella le dijo su pena de una sola vez.
Pensaba dedicarse a la plegaria en un convento,
el resto de su vida, miserable ya: llevar su casco
roto y su arboladura deshecha al puerto de salvación. Pero antes quería visitar la tumba de]
bien amado y llevarle siquiera una ofrenda de
flores. Y como estaba tan desamparada, sin un
maravedí y pronto la ciudad serfa un hervor de
comentarios, acudía a él, al varón justo, para que
la ayudase.

EL llILAORO DE LOS CLA.ffl,Ui

27

Pedro'· nunca vacilara
:N' o vaciló el hermano
. ntó por la sepulara
el
bien.
Levantá:1dola
pregsaur
a algún puesto
p
1l que iban a pa.
6
• tura. Pens e a
d del Hermano los de
o el firme an ar
..
de flores; per
. d interrogadora• le dtJO:
jó atrás. y ante la m1ra a or voluntad del Señor.
-Sígueme, que esto ~s p lt al pié del monte,
Llegaron al campdo indcu laº• mañana. Ella cayó
'
n el ar or e
.
que vest1a co lá rimas la tierra removido rodillas y banó con , g
en oración y fué
p dro se puso
.
da;~ el h~rmano e delantal con que ella se cuel imlagr~, porqu
6 de claveles en que se conbría los OJOS se colm
que cayeron des,
gre del muerto, Y
vert1a 1a san
. .
.
sobre la tumba ....
b dados en lluvia silenciosa
or
'
JOSE RODRIGUEZ CERNA

:1

(Esfinge . Tegucigalpa. l

�'&amp;L :IBlOB DIID'W

El mttor disfraz
Bajo el sol la pedrera rebrillaba. Era como una
gris escarapela en medio de la greña tostada que
vestía la desnudez veraniega de los cerros. Abajo,
entre la pedrería desmoronada, rota,algunos ranchos se d~sputab~n l?s palmos de tierra plana
para ergwr su m1sena, en virtud de un tácito
. por el cual sus moradores, ayudarían a'
convemo,
agrandar la llaga, la escarapela a su dueño don
Melchor Quiñones, quien ya sin otros bienes de
fortuna sino la dicha roca, se armara de un pico
Y una chomp a, para extraer el sustento cotidiano
a la prole que pródiga le circundaba.
La pedrera parecía arder bajo el sol, un solazo
de e~tfo. Un ruido seco , monótono, la fabla
del hierro con la piedra, repercutía doliente en la
desolación de los contornos.
~riba: en la escarapela, haciéndose mayor en
la d1afamdad del aire, la silueta de un hombre se
dibujaba. Y era el hombre arrogante y varonil a
pesar de su madurez cincuentona y de las prematuras arrugas que surcaban hondo, su tez dorada
por los resoles. Su traje estrafalario prestábale un
aspecto raro, estrambótico. Vestía calzones de

29

iio militar rojo, viejos y estropeados y sobre
a guardacamisa mugrienta un paltolevita nede luengos faldones. La cabeza cubríala un
ñuelo o tapajo de colores vivos, sujeto tras la
uca con un nudo del cual se desprendían unos
mo cintajos chillones. El hombre golpeaba
on la chompa la piedra viva. A ratos como patomar alientos se enderezaba y volvía el busto
enérgico y arrogante y su silueta estrafalaria se
delineaba en el vado, en la soledad de los cerros.
Ningún pensamiento torturante parecía ~al~r
bajo la amplitud bondadosa de la frente, m mn·
gún encono mordiscar bajo la arcada caja del pecho. Su mirada se deslizaba tranquila por los
contornos y lejanías. Aparentaba su ánimo poseer la apacible conformidad de los que espera~
confiados y candorosos en el acaso, en la volubrlidad del destino.
La chompa golpeaba a veces presurosa Y tenaz, como que si un tropel de necesidades aguijara el brazo de don Melchor Quiñones. La chompa
era la que hablab a y decía de la miseria , desam•
paro y ruina, en la cual cayése don Melchor, no
obstante el esfuerzo opuesto al derrumbe. Todo
por qué ley, por qué motivo, no sabía distinguir•
lo con claridad palmaria la cliompa, pero sí estaba convencida de que fuera necesaria y fatal consecuencia de la confabulación de los nuevos elementos e intereses, al dislocarse las unidades colo-

�31

30

OOLF.COJÓ~ ARJl':L

niales, por que todo cambio o nuevo rumbo de
una sociedad o civilización, encierra en sí todos
los trastornos y desquiciamentos de una colosal
derrota.
Ese era el hueso de la historia, que vestían las
calladas amarguras, df quien no quiere ceder sino tras luengo y desesperado forcejeo. Acosado
~uiñones: ampárase en aquel cerro realengo, va~
héndose de ilusorios derechos coloniales, de cuando los suyos contaban en su mayorazgo dilatados
valles Y villas y casales. Allí, escondido, en un
ranchón improvisado a las faldas del cerro que
bautizó "Monte Parnaso," sobrellevara co~ entereza sus penas y araña que araña la piedra,
arráncal~ el escuálido sustento con la orgullosa
conform1dad de un cristiano viejo y bien nacido.
C~ando compromisos sociales o urgencias de
la vida le empujan hacia la ciudad, don Melchor
Qui1iones se transforma como que si recobrara
~odos sus r.ucros al echarse encima la gastada
mdumcntana de los buenos tiempos. Altivo sin
arrogancia pueril, 'guarda intacta la caba1Je~osidad de cuantos le precedieron en el arraigo. Sálenle al er¡cuentro los amigos y no olfatean necesidades ni miserias. A fuerza de afabilidad y de
soltura guarda las apariencias, consérvase don
~lelchor Quiñones. Xo sabe lamentarse. El implora~ le es valla invencible. Desconoce los procedimientos acróbatas, los descoyuntamientos verte-

brales, es un hombre de una sola pieza, fuerte,
sólida, capaz de asaltar, pero no de ovillarse como can hecho a la servidumbre. Cuando indiscretos le inquietan acerca de su alejamiento, habla con calma de su retiro .voluntario al "Monte
Parnaso", una cosa misteriosa, la cual, nadie sabe
dónde se encuentra, ni para lo que sirve ni vale,
pero donde él trata de rehacer su fortuna o ampararse del desastre. Don Melchor, como muchos
otros, es solo una sombra, la sombra de los muertos, porque existen extraños seres, con los cuales
a diario nos codeamos, que sólo son sombras vanas, proyección de esperanzas y energias soterradas, en asecho de una nueva reencarnación a la
hora propicia de los resurgimientos.
Ya iban para tres los días con aquel martes de
carnestolendas, que la chompa golpeaba, golpeaba sin cesar en un loco afán de ganar tiempo.
Día y noche don Melchor Quiñones, mientras los
otros andaban de mojigangas, transformados en
mamarrachos, tunstas, bailarines e invertidos,
hería la roca por preparar trabajo rendidor, impulsado por los crueles y silenciados aprietos
del calamitoso hogar, en la ª?soluta carencia de
cuanto pueda engañar una larga e hiposa agonía.
A ratos Don Melchor interrumpía el trabajo,
vencido por la contracción tenaz del esfuerzo. Se
enderezaba, echaba hacia atrás los hombros, tomaba aire y volvía bajo el esplendor del sol a la

�32

:&amp;L MEJOR DISFRAZ

OOLEOOIÓN A.RIEL

mísera faena, como que si con el mecánico gol·
peteo, ahuyentara las penas, aletargara el pensar. Pero el roer de las penas y el aletear de
los pensamientos, no conocían tregua apesar de
la aparente confianza en sí mismo, que la optimista expresión del semblante divulgaba. Don
Melchor estaba lleno, rebosaba amarguras infinitas, solicitado de continuo por atormentadoras ideas, en la burla perenne que el destino hacía de sus más triviales esperanzas. A sus años,
errado había por todos los caminos, llamado a
todas las puertas con golpes claros y precisos,
pero en balde, que existía en él° un algo que lo
extravió siempre, algo que estaba en él mismo,
en su órbita, en su médula, algo que no había podido vencer ni la asidua perseverancia ni la varonil energía
La pedrera ardía. La chompa golpeaba. Un
niño escuálido subía por un sendero movedizo
hacia la bruf1ida escarapela. Cuando estuvo cerca, gritó:
-Qué dejes eso papá! Qué cuándo vienes almorzar ?
La fabla del hierro con la piedra repercutía
doliente en la desolación de los contornos.
El niño continuó subiendo, subiendo. Hun•
díanse los pies en los cascajos y subia, subía ja.
deando. Voceó:
-Papá, papá. Ya nosotros almorzamos!

'

33

' do

La chompa golpeaba impertérrita, con son1
aordo, seco y profundo.
. .

El rapaz, alcanzó la cima. Su vocec1ta Jadeosa

se dejó oir:

.
-Son las tres. Ven, ven a almorzar.
Don Melchor sonrió_sorprendido. El niño asomaba en la pendiente su cabecit a rubia, pero
la chompa no se detuvo.
Se impacientaba el rapaz. Era monótono el
trabajo. El sol era candela. No había dónde gua.
recerse. Hasta los dient es de la roca e?haban
chispas. Era la aridez absoluta del casca10 y la
calisa.
El niño buscaba la sombra de Don ~elchor .
-¿ H asta cuándo, hasta cuándo, papá.
Don Melchor por distraerle:
-Este es el último barreno. No ves, lo at aco l
Ahora la mecha. Acerca la ceba.
El niño :
- ¡Ay l ¡ay l ¡qué sol !
Don Melchor arreglando las mechas :
- Uno , dos, tres.
El niño :
-Déjalos, d éjalos papá .
Don Melchor:
-Ya estamos, ves I Ahora t e vas corriendo,
corriendo. Cuidado con caer .
El niño:
-Contigo me voy.

�S5

- 84
- : - - -- - -~0'!'0~LltOO~!!&lt;I6~N~A!Rl!!E'!!f,_ _ _ _ _ __

Don Melchor:
- ¿ Estás
loco? Voy a dar ·r uego a 1as mechas
.
El mño, rehacio:
•
-Me quedo contigo.
Don Melchor , encaminando al niño por 1

ª-

~~

-Corre que te alcan zo. Me esperas allá h .
¡ Anda !
a aJo.
El ~iño:
-¿ Tú vienes?
Don Melcb.,r:
-;:-Prendo las mechas y t e alcanzo.
El rapaz se aleja saltando A
hasta las rodillas en los ca ·.
veces se hunde
Dnn ~Iekhor le hace señatc:~~s. Se vuelv~ y ríe.
vez más El . .
p
que se aleJe cada
.
.
muo canana con lentitud
d
tiene, ora se aleja revoloteando en 1 'oradse e.
mo pi.a ·
a vere a co•
.
nposa en prado florido . Don Me! h .
ciente sig
d
e or unpa. ue su escender caprichoso El .
ha perdido con los matorrales

.

m~o. se

guc. Don 1lelchor aún en 1 ' ya no se le d1st ma punta de los ·
atalaya. Ni sombra de rapaz N
pies
rr.:inco, la soledad, el sol.
. l ada, nada ; el ba.Jonla:\lelchor
da la espalda al barranco y exa
b
mina s ce as. Dialoga interiormente:
-Tres son, tres los barrenos que se 11
tres dfas. )lafiana habrá lajas I3 .
evaron
s
•
.
,
Ja$ para toda
.
onne satisfecho, A chup d h
aviva el tizón de su tabaco · L as ceha
os ondos
as están bien
la "... mano.

calculadas, le darán tiempo para ponerse en salvo.
Se inclina y enciende las mechas. Se aleja con lentitud, después a zancadas, Juego corre y se vuelve tratando de achatarse sobre el sendero. Han
de estallar pronto. Los calzones rojos llamean.
Los cintajos del trapajo se baten como alas. Desciende, desciende. Se detiene. El rapaz le ha salido al encuentro. No hay tiempo para incre par.
Corren juntos. El sendero es estrecho. Don Melchor le estimula:
-Corre, corre, corazón, corre, hijo.

Enorme, enorme, en un solo estallido revien•
tan las minas, Corren bajo una lluvia de cascajos
y una laja pasa silbando como una flecha, Los
golpean los pedruscos, El rapaz se detiene indeciso como si el sendero se borrara a sus ojos.
Cúbrelo con su cuerpo don Melchor. Un soplo ardiente Je hace volver hacia atrás. Inmensa, chamuscada, candente, una piedra como una ráfaga

pasa por encima de su hombro. El niño rueda,
rueda cerro abajo. La piedra le aplastó el cráneo.
Suspenso, en alto los brazos, don Melchor semeja un gigante . Ciego, se precipita por la ladera que huye bajo los pies, en un rodar de piedras,
Dentro los cariaquitales del barranco alzó a su
hijo. Corre, corre. Sobre su hombro la cabeza del
rapaz se agita, bambolea desangrándose.
En el ranchón del "Monte Parnaso" no hay

�36

EI, MEJOR. DJSFllAZ

OOLECOIÓN A.RIEL

bálsamo, no hay hilas. Don Melchor en su traje
estrafalario corre, corre.
Las primeras callejas de la ciudad, contrahechas,
torcidas, jorobadas, están ahf. La botica no anda
lejos. Ya se distingue la alameda parroquial.
En plena fiebre de carnestolendas la calle rebosa. La llenan los carruajes, los autos y peatones. Las serpentinas se cruzan y engarzan en los
balaústres. Los Golfos ruedan en el arroyo. Se
disputan a puñetazos las baratijas. En su vano
empeño por alcanzar la suprema imbecilidad, por
todas partes mete su nariz pintarrajeada, la numerosa y vaTia pros.'lpia del hazmereir. Don ?lielchor, corre, salta, empuja, golpea. La chusma corre tras él, ansiosa1 alborotada. Ya llega. Le ahoga
el jadeo: don Melchor se agarra a las puertas de
la botica. Intenta hablar, no puede y extiende.
hacia el farmaceuta la mano crispada en medie;,
de la muchedumbre que Je envuelve y arropa.
El farmaceuta al primer golpe de vista:
-¡ Extraordinario, extraordinario, el mejo~
disfraz 1
Un Bachiller que se apertrecha con aguas de
olor:
-Un girondino.
Los golfos:
-Un girondinc;,. Un girondino.
Don Melc:hor:
-¡ Mi hijo!

37

•• -

al B b'ller·
El farma~euta
~c 1 • •
.
-Tiene
un leJ· os Mirandmo.
El Bachiller:
-El año terrible.
Don Melchor:
-Muerto. El médico.
El ·Bachiller:
-La santa gui.llotina.
El farmaccuta:

1· ·t res un amolador.·

-Lo que debe so 1c1 a

El Bachiller:
.
- . Está roma la cuchilla?
l Melchor iracun
·
do·.
Don
·1
1
_ 1Imbéc1 es.
Los golfos:
-El girondino.
b cia la multitud:
Don Melchor avanza a
-¡ un médico 1
Los golfos:
-Un girondino.
'd .
como enloquec1 o.
.
h
Don Melc or
.
M' hi'o . mi destmo sea,
-Malditos, malditos. t J ,
se...
detiene Su mirar es vago,
Don Melchor se
.. desmesuradamente
ronto sus o¡os
a esalocado. De p en h . c1a
. él , hacia
su person
•
abiertos se vue1v
trafalaria y rota.
La chusma vocea:
-El:~ondino 1

�SS

I

Don Melchor corre corre h • la
El Bachiller:
'
acia
pedrera.
- ¡ Qué tipazol
El farmaceuta;
-¡ El mejor disfraz 1
LUIS URBANEJA ACHl!:l,POHL.
/

Caracas, 1916.
( La Rm f4 .)

g¡anoeslírtcos alemanes contemvmánuos
f.QN la época en que se inició el movimiento

~U

naturalista en la literatura alemana, prersor de toda la corri,.ute de r enovación lite- b
raria moderna, escribía Federico Nietzsche:
"Ha querido el destino que yo tenga la mala
•uerte de ser contemporáneo de un agotamiento del espíritu a1emán, de una pobreza que
inspira piedad". El viejo romanticismo germánico, redivivo en las instituciones tradiciona les, en el régimeu foudal que Napo1eón fué
el primero en combatir, y la lenta pero segura prusianización tudesca, no hadan ntás q\te
contribuir a mantener un sistema político caduco que coartaba el desenvolvimiento de las
instituciones y repercutía en el ambiente de los
cenáculos artísticos: la ausencia de libertad,
de amplia iniciativa, de cosmopolitismo, man ifestábanse en los versos mediocres de un
P lateo y de un IIeyse; ~n lns estrofas prosaicas de un Teodoro Storm, de un Conrado
F ernando Meyer y de un Teodoro Fontane.
Si el primer cuarto del siglo diednueve habla sido una brillante realincif&gt;n iuca.l literaria, los arios que le siguieron fueron estériles
~ n bellas cosechas: uno que otro fuerte espírit u aislado, como robles en medio de una árida
llanura, no lograron constituir una uueva
selva como en los brillantes años del apogeo

�/
40

OOLEOCIÓN AJUn,

de Goethe y Schiller, cuando toda nna generación altísima sublimó las más bellas aspiraciones tudescas en las flores magníficas de
centenares de obras inmortales. Felizmente, y
aunque algunos años antes, en medio de esa
generación que se iniciaba, alzáronse tal dos
cipreses sagrados, las enormes presencias de
Hebbel, el poeta de "Judit" y de la magnifica trilogía "Los Nibelungos", creador genial
que ha resucitado en el teatro moderno el
amplio espíritu de los maestros griegos; y
Moerike, cuyo canto resnena como una voz

aislada y magnífica en medio de la vulgaridad ambiente de su tiempo. Con sobrada razón ha dicho uno de sus amigos que si este
lírico toma un puñado de tierra entre sus
manos y lo moldea un poco, bien pronto se
transforma en un pájaro que bate sus alas y
echa a volar. En los versos de Moerike ha
reencarnado el espíritu de Goethe: tal es la
pureza de su canto, tal la admirable limpidez
de su arte, tal la amplia armonía de sus poemas transparentes; baladas dulces, suaves,
armoniosas: urnas de cristal a través de las
que se ve un corazón que sangra y un espíritu
eternamente inquieto. A veces se diría que este poeta es como un niño que vive ma:ravillado ante el milagro de la vida y de la naturaleza.
Despúes de la guerra del 70, la embriaguez
del triunfo ahoga todas las voces: los estruendos patrioteros acallan los ecos más puros

LOS BB.4.NDM LÜLIOOS • • • •••

u

•
dio del vértigo de la
que se insmúan !º me el gl ante de la saga
nación que resucita, ast
g_ bros tras el
.d todos sus m1em
que ha reuu1 o
a nuevamente para la
combate Y dP~'jf.1;. canta y nadie le esculucha. Gott e . e
ue a uel momento de
cha: no parece s100 q añotes y trotar de ca•
bronce, de arrastrar d~~ poeta pindárico, hueballerías r~lam;se a oeta ha nacido en no
co y son aJero · ese P .
ha hecho la
oficial del ejército irnsttl~~e
sus ojos el
campaña de1 set en a Y d s batallas Lilien•
sueño triunfal dedlas grpªaºtrioterlsmo lnsopor•
a pesar e su
..
·
croo es '
.
ta de transtcl6 n, neo e0
table, un curto~o p~e t!vo y declamador: un
consonantes, tma¡p~a
. un rincón de a·
d
"6 "La
V1'ctor Rugo en m1matura,
¡ lirica de don e nact
quella enorme s~y¡ ,, Detleve de Liliencron
Leyenda de los tg os ·lar en la poesta lírica
marca una etapa si~g?. 1movimiento natuale?'ana: cuan:~:e ~~~c~:s:r; canta a la vida,
raltsta, ya él e "d" p las emociones fuertes,
las luchas cuott tanas, ·entos de la energía.
los grandes deslfm~:fs':ncia militar que le
Por e~~ ª"':ª?ª ª li ro del instante, desape rm1tt6 vivir el pe gl
tamf O y a a muer te·, por eso
.
fiando a1 des
y
hubiera
querido
que
biéa gustaba e Ia ca:o Shakespeare y Turtodos los p~etas, c~lla En las noches cruza
gueneff, se dieran a
· le a ante las cam·
Liliencro~ los campos, se a d:Í\rabajo diario,
piñas, asiste_ a I;&gt;- edpº\:?Í~motora, trueca la
ensalza el tnun10 e

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�OOLJ:OOION ,llUJ:I.o

espada por la azad .
fi
tiforme, variado ~• es, en n, un .P?Cta mul.
' co, sonoro or1gtnal
anuncia en sus versos l
b.'
' que
la poesía lírica tudesc: ~:md to to~al que en
Su influencia entre la jo
e ven_ir tr~s él.
ria alemana es
ven generación ltterapronto han de ~:~~~:od~ P~:ltq;h.ets bien
t man y
de Verltaeren.
Las obras de Tol t 0
d
.
Ibsen y de Zol . s Y Y e Dosto1ewsky de
a, 1mpu1san d fi ·t·
'
movimiento naturalista
e DI 1v3:mente el
un golpe en el teatro de .¡jue se mamfiesta de
man, de Halbe
en to auptman, de Suder•
promut've la Esce!a Libr:~ el d~spertar que
desde ese instante la infl e I!erlm. -~ partir
dernista va en au~en
uenc1a estettca moha de malograr- en el to _ascendente, que nada
vista editada p¿r 1 Eprimer ~úmero de la retas palabras: "El d~re~f n~ )Libre se leían escontenido en un solo co o e nuevo arte está
es verdad" He
Cncepto: este concepto
. rmann onrad h bl t
bº
de la nueva tendencia de I
a , a ~m tén
toda convención , " q u e' no ahapoes1a
d · libre
· de
más que en lo verdadero
e 10_sp1rarse
primitivo"· que habl •d~n lo natural, en lo
razón.
'
a irectamente al coAl desenvotvimiento .
.
de Alemania debe
gigantesco mdustrial
vo: una poesía uecosrrb~ponder un arte nuefuerzo del trabajo
energía, el es"Nuestro mundo ha d .ªª acta de la vida:
co-escribe Arno Rol eJadNo de ser romántiz . uestro mundo es

1: ur:t 1~

tan soto moderno". El primer libro de este
poeta es un libro lírico de abierta índole so-

iial; en "El Libro del Tiempo" se escucha el
ftSOnar de los martillos; se anuncia la gesta

del trabajo y se siente la miseria que crea ta
desigualdad social. Pero no será. esta obra sino sus libros futuros los que afirmen ta excelencia de su personalidad tfrlca: ''Phantasus"
y "Dafnis", serie de esquises del siglo diecisiete, prueban cuanto se ha alejado de sus fieros
arrestos iniciales. Antaño cantaba: ''Tan lejos como la vista alcanza, se ven nada má.s
que los trigos, tal si fuesen hombres que aguardaren la madurez" (1). Sólo concibe al
poeta moderno que participe de tas inquietudes de su tiempo:
Modun sei der Poet,
Modem vom Scheitel bis zum Sohle.

Hoy la poesía de Holz se ha tornado refinadamente cosmopolita, y parece el poeta haber
olvidado ese su lema tras el cual riñó sus
mejores luchas por el naturalismo: "Que el
arte y la naturaleza sean tan sólo una coaa" (2).
También Schlaf, uno dé los primeros teorizantes del naturalismo, se alej6 de su punto
inicial de partida y, sigttiendo la orientación
de Watt Whitman, cuya influencia ha sido
definitiva en sus obras, se mantiene en un in(1) Sonst nichts, sowie der Bli.ck auch schweifte .•.
(2) Kunst und Natur

Sel eines nur,

�OOLSOOIÓN .lltIEI,

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~:
1

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1

LOII GUNI&gt;:U r.t.rooa •••••.

46

t~nso aislamiento fitos6fico, contemplando ta
no a peligrosas bizarrías verbale~ e ideol6givida que pasa con serenidad y dulzura. Su
s. A él se le atribuye la patermda? de una
i1;1dividualismo es altamente interesante: rabra humorístico-crítica que en la hterat'!-ra
e1onatista en el fondo, concibe sus poemas
contemporánea tudesca tuvo un eco parecido
con el espíritu de un catedrático que viviese
al de "Le livre des. Masques" de Remy de
en su tebaida ideal, totalmente desconsolado
Gourmont en Francia.
'd
de tod?s los valores, p~ro ardoroso creyente
Una vez' más, como antes ~ab_ía su~ed1 o
de la vi&lt;;la. En su poem1ta Otoño leemos esta
-~ con el naturalismo, la influencia literaria co~dulce nota final: "Así... mi cabeza en tus romopolita acentuó ?efiniti_vamente el movidillas: ¡Qué dulce!_ ¡C6mo mi pupila parece
miento de renovact6n linea: sobre todo el
~ormtrse en tu puptla! ¡Qué suaves siento dessimbolismo francés y los mejores yoetas c_onhzarse los minutos!" (1).
temporáneos ingleses: norteamericanos e tt~:
La fundación de una serie de publicaciones
lianos: Baudelaire, cuyas "Fl~res del Ma
sucesivas dan vida definitiva al movimiento
traduce Stephan George; Verlame, que llega
iniciado en la lírica: la ''Deutsche Dichtung''
a ser popular en los cenáculos; Mallarmé, .
.
"Die Gesellschaft", la "Neue Rundschau"
Jales Laforgue, Henri de Regnier, alguna~ de
sobre todo "Die Insel'', dirigida por Otto
cuyas traducciones aparecen en la revista
Julio Bierbaum, acogen a todos los nuevos
" Pan "· Wal Whitman, cuyas " Leaves of
p~r!aJiras. En "Die Gesellschaft", Bierbaum
Gass,, ~erte al alemán Juan Schlaf de~pués
m1c1a una campaña cruda y activa en dede h;ber leído los poemas del lírico americano
fensa del arte nuevo contra los rimadores
en la traducción de Knortz y ~olleston; Maeª?&lt;?Cenados y co1:1tra los que siguen la tratcrlinck, Verhaeren, D'Annunzio, que en. Hud1c16n de los antiguos poetas tudescos. Biergo de Hofmannsthal encuentra u~ s~guid or.
baum es un buen poeta, pero antes que tal
Pero es justo reclamar en este movimiento ases menester considerarle como a uno de los
cendente derenovaci6n literaria un lugar muy
que dieron mayor impulso al movimiento de
alto para Federico Nietzsche. &lt;;uando_Branrenovación literaria en Alemania. El verso de
des publica su ensayo sobre el i_deol6g1co_ de
Bie~baum es suave_, correcto, con algo de par''AsíhablabaZarathustra", sus libros comiennasiano y de sentimental; su "Irrcrarten der
zan a ser buscados ávidament~, :'e. le lee con
Liebe" es un bonito libro, sencillo, ~taro, ajeinterés profundo y su obra pr:nc1p1a a trans·
formar los sentimientos y las _ideas. de la nue(1) Sol Mein Kopf auf deinen Knien •••
va generación. Nietzsche ha sido, s10 lugar a

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�L08 G!U.l(I)III IJ!U008 ••••••

OOL&amp;OIÓ1' U!&amp;

duda, el msyor lírico n •d
el 61tlmo cuart d 1 • act .º en Alemania en
biaba Zarathu~ra~' siglo d1eclnueu. "As! haes un poema un
f
fi co poema vaciado en diam . '
magn •
imágenes, su vocabula . fnfna prosa; su■
luminosa de su
rí d no, a orma breve y
za ideológica d: !':s ~ os,_ la espléndida bellepoeta admirable un rceraectdones, ha.cen de él un
· pesa sobre
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genial cuya ID•
·
fl nencta
)'
de la pasada centuri a a ttera~ura de fines
presente Cl
a y de comienzos de la
.
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aramente encontra
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Ntetzsche en Ja fuerte indi ºd r:os a go de
en los poemas en la . v1 ua ! ad de Ibsen,
en .las sutiles
s tdeolog,as de Dehmel
Gourmont en los cc1ooes morales de Remy
~ramas d¡ Hauptm~':om~. ~e thlaf y en los
Joven generación una d . t~ zsc e le da a la
individualismo y hace dctn;a fundada en el
alemana Jo q
h" .ª cm s por la lengua
ller ni M ~e no . tcte:on ni Goethe, ni Schi'
oer1ke, nt He1ne·
t
prueba con los más bello . es.~ e~, poner a
les toda su ductilidad
s e9uiltbnos verba•
e
armomosa
omo en Francia habla
..
parnasianos, Gauthier sob::ontec,do con los
clamaron la doctrina estéf tddlo, que pro•
arte, en medio de los
. tea e arte por el
romanticismo, as! ta:~r;:otes estruen~os ?el
pronto los que hablan sid en Al~mama bien
turalismo se iban 1 • d 1os confeos del nalos excesos de su e~~~n. o p~o a poco de
mann escribía "La
~- mientras Hanpt•
joven l!rico fundaba 1':,8~~1~?ttn defi;8"a?nele", un
ª er urd1eKunst"

.tse •

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.,

en la que comienza a dar a conocer a los slm•
bolistas franceses: Baudelaire y Mallarmé,
Verlaine y Laforgue. Mientras los naturalistas querían hacer de sus obras reflejo de la vida
múltiple y libre, Stephan George sólo buscaba el refinamiento morboso de lo exquisito:
las sensaciones suaves y complicadas, los rebuscamientos satánicos del arte, los vocablos
sugerentes y las ideas obsesoras. Su estética
es ante todo individualista hasta más allá del
bien y del mal; su literatura es enemiga de la
democracia. El poeta vive encerrado en su
turris eburnea y no escucha ni quiere oir los
tumultos de la urbe civil. Vive para él en consonante consagración ideal, en eterna actitud
misteriosa. Su aristocratismo ~s intransigente: desprecia las multitudes, odia las antologías, edita sus libros en ediciones lujosas, con
caracteres especiales y papeles riqn!simos.
Del cenáculo que presidía George hace algunos años, era uno de los más fieles concurrentes Rugo de Hofmannsthal, que más tarde
se alejó del maestro para constituirse también eu jefe de capilla. Hofmannsthal fué uno
de los primeros más constantes colaboradores de la "Blatter fúr die Kunst" . En el primer número de la revista escribía el autor de
"Elektra": "Ella quiere que sea el arte algo
puramente intelectual que se base sobre una
nueva manera de expresión y de sensibilidad"
Dicho manifiesto iba directamente enderezado contra el naturalismo, cuya vida comen-

�oor.aoor6w ilDIL

zaba ya a arrastrarse con languidez. Fono
do cerca de George y bajo la influencia de 1
simbolistas, especialmente de Gabriel d'A
nunzio, su obra acusa una transparente p
reza: minucioso y artista, su estilo semeja
encaje sutil, tejido con hilillos de oro puro
en el que el poeta ha prendido sus emocioo
como un joyero una perla. Enamorado de lo
exótico, casi todas sus obras son motivos a•
r_rancados a la historia y a la leyenda y estihzados a traves del crisol de su sensibilidad.
Como George, Hofmannsthal se refugia en el
P!lsado, huyendo la vulgaridad presente, la
vida actual, falta absoluta de interés para su
ar1;e: el ~ena~miento, la antigua Grecia, el
Onente mistenoso de las Mil y una Noches, le
atra~n co1;1 el canto~ enervante de un perfume
rancio y leJano. Un fltmbolodel armonioso equilibrio de su poesía podrían ser aquellos versos
de su pequeño poema Ambos: "Llevaba la copa en la mano; su barbilla y su boca semejá.banse a su _borde. Tan suave y seguro era su
paso, que ni una gota se derramaba de la copa" (1). Oigamos, en cambio, este final de su
Vo~Frühling , que denuncia la influencia cercanfsima de las "Serres chaadcs" de Maeterli!1ck: "Se ha escapado (habla el poeta del
viento) por la flauta en un tembloroso grito;
a la hora crel;'usc~lar ha volado lejos... ha
pasado en el silencio, a través de la pieza ru(1) Sie tru¡den Becher ID de Hand•••

LOS oUIO&gt;U Lfmoos;,....~- ....

49 • -

y ha extinguido dulcemente la lumbre
la lámpara (2).
. .
Suma y compendio de todo el lmsmo tudesactaal es Ricardo Dehmel, cu~a. obra decaden6 tempestades _en 1~ ºl?m16n c~andió a la estampa su hbro MuJer y Umver". Es el de Dehmel el temperamento r:J?-ás
mpleto y vigoroso de la presente genen~_c1ón
·ca germánica: fuerte, sensual, expresivo Y
iginalísimo. No ha existido un lí~co que,
mo Dehmel, haya comprel!dido e mterpredo a Verla ine: sus traducciones del poeta
e ' 'Sagesse" son perfect as. Dehmel es en el
ndo un naturalista doblado de un filósofo
• quieto: contempla la vida, los seres, el amor
niversal y el amor human.o, fuente sagrada
de la vida. Su poema Oración noct urna de la
novia es uno de sus mejores cantos,_y da la
edida de todo su ardoroso sensualismo. La
m,nada invoca al amante porque su "soledad
la incendia"; quiere estar cerca de él, be_ber
eus fuerzas, fundirse con él e? el fuego ardiente del amor: "Noche de ardiente deseo, mundo que atormentas, sueño t erreno: ¡sol, so)!
¡Oh, mi amante, mi esposo!". Est e poema,
que aún sigue escandalizando a pa~atos como
el incomprensivo Muret, promoVtó más ~e
una discusión violent a cuando Dehmel lo dió
a la estampa. El libro ".Las t ransformac}ones de Venus" es un curioso poema erótico
(2) Er glitt durch mit Schweigen • .•

�CIOL'EOOI6K ilIZL

en la que presenta la alegoría venusina; todas
las formas del sentimiento amoroso: Venus
Bestia y Venus Creadora; Venus Perversa y
Venus Primitiva. El amor abarca para el
poeta el arco de la vida desde el nacimiento
hasta la muérte misma en el símbolo fecundo.
Dehmel es un poeta total, un poeta com pleto como Walt Whitmann o el belga Verhae·
reo. Su cauto abarca la vida entera en todas
sus manifestaciones, desde sus orígenes hasta
su evolución más elevada y abstracta. Hombre profundamente sincero, de carácter de hierro, ha hecho de su vida una tremante hogue•
raen la cual se funden todos los prejuicios y
los convencionalismos todos. En 1899 separóse de su mujer con acuerdo de ella misma
porque, según reza en su autobiograffa, "un
amor más fuerte me había cogido" (weil eine
stii.rkere Liebe mich ergriff).
Los poemas de Ricardo Dehmel tienen, como la poesía de Vedaiue, todo el encanto $U•
gerente de las palabras que se pronuncian a
media voz, en sordina, dejando que caigan
sobre la sensibilidad como pétalos húmedos:
he aqui la Ciudad tranquila, una ciudad silenciosa, dormida, que solo turba el canto de
un niño: "Y a tra ,('S del humo y de la niebla,
se inició un canto suave que brotaba de la
garganta de un niño" (1).
(LosDUS. Santiago de Chile,)

ARMANDO DONOSO

(tt,,. und durch den Rauch und Nebel. .•

f

ederfco Nfet.icbe
EL OTOÑO

He aquí el otoño que me hiere
con su espada de hielo el corazón.
1Aléjate J Mi espíritu se muere .
mientras el viento canta su canción.
El sol sube despacio sobre el monte,
descansa a cada paso en su ascensión;

la esperanza ha huldo; el horizonte
es triste. Me duele el corazón.

El mundo se marchita ... se marchita ..•
el arpa mustia suena su canción, .
la canción del otoño que está escrita
sobre la nieve de un corazón.
Traducción de Wilheim Kcfper ·

ECCEHOMO

V d d ' Yo no conozco mi origen-voraz co¡ era.
.
totomo la llama-ardo y me consumo .-_y cuan
co se convierte en luz,-y Jo que deJo no es más
que carbón.-l. Verdad ¡ 1soy como la llama 1
Traducción de A. D.

�52

COLECOIÓlf .UI&amp;L

ULTIMA VOLUNTAD

¡ Irse I Verle morir como .yo le ví un dia,-a
aquel amigo que fué luz-en mi oscura juventud.-Grave e inquieto era; tal un danzador-en
medio de una batalla:-entre los luchadores el
más alegre ;-entre los gloriosos el más firme.Fuerte, pensante, sereno-en la claridad de su
destino.-Tembloroso cerca de ]a victoria,-rebosante de alegría ante el presentimiento-de un
triunfo ganado en el umbral de la muerte;-dando órdenes en la agonía, cuando-lo que ordenaba era su muerte.
1Ah! i Irse! Verle morir como yo le ví un díacon el gesto de un vencedor.
Traducción de A. D.

LfRIC08 .UillUNU

63

LA ISLA DE LA FELICIDAD

La luz bromea en el caliente establo
y en él dos vacas de reposo gozan.
Gallo y gallinas, a la prole atentos,
con prodigiosos desperdicios sueñan.
El zagal, en la hebilla de las calzas,
tierno cantar al hermanito silba.
Mozo, gallo y polluelos, descuidados
viven ante el raudal del Universo.
Traducción de E. Diez C;medo.

Oton 'juUo Bferbaum
SUEÑO EN EL CREPUSCULO

Detlev de l.-ílíencron
LA GOLONDRINA

Mecen al niño los maternos brazos·
cruza el aire en ziszáz la golondrina.'
Mayo; ternura fiel de un ser al otro·
cruza el aire c·n ziszás la golondrina. •
Luchas del hombre; sumisi5n o triunfo•
cruza el aire en zisi:1:s la golondrina. •
Tres puñados de tierra sobre un féretro•
cruza el aire en ziszáz la golondrina ! '
'fraduccióo d~ E. Oí~&amp; Ca.11cdo.

Praderas dilatadas, dulzura vespertina;
surgiendo estrellas van; el sol declina;
busco a la más hermosa, lejos, en los confines
de los prados, en esta dulzura vespertina;
voy por entre los setos ue jazmines.
En ta paz vespertina, por la tierra del amor,
camino sin cesar, no me apresuro;
suave lazo sedeño me retiene seguro,
en la paz vespertina, en las tierras del amoY,
ID un tibio, azulado resplandor.
Traducción de E. Diez C&amp;11edo.

�54

• LÍRICOS

COLB:OOIÓN ARIZL

'8ítardo Oehmd
LA CIUDAD SILENCIOSA

Hay en el valle una ciudad.
Obscuro va quedando el día,
pronto en el cielo ya no habrá
luna ni estrellas; noche fría
tan sólo reinará.
Los montes al pueblo en la masa
cautivan de nieblas ingentes;
ni techo, ni patio, ni casa,
ni sonido el humo traspasa:
sólo, apenas, torres y puentes.
El caminante siente miedo:
pero, en el fondo, una sutil
lucecita brilla en las nieblas
y un canto de alabanza, quedo,
sale de una boca infantil.
Traducción de E. Diez Canedo.
NOCHE EVOCADORA

Mientras los campos se obscurecen-mis pupilas se tornan más transparentes.-Ya apunta la
luz de una estrella-y los grillos redoblan su letanía.
Cada voz es más evocadora :-lo vulgar hácese
milagroso.-Detrás del bosque el cielo está más
pálido,-mientras las cimas se bañan de claridad.

ALDAMB:8

· ·ero '- como la lui
y tú no notas al pasar, v1a1
~ en el amplio seno de las som~:~~~o;:~:~fnesperadamente, te sientes sobre•
cogido.

Traducción de A, D.

]lrno ftol~
FRENTE A . MI VENTANA

Canta un pajarillo
ante mi vent ana.
Arrobado le escucho; mi corazón aguarda.
Canta.

Me recuerda lo que tuve de niño
y que luego olvidé.
T raducción de A. D.
E N UN JARDIN

En un jardín,
bajo los árboles ensombrecidos,
ardamos la noche de verano.
ª~un no despunta ninguna estrella.
De una ventana,
en crescendo,
•
. í
llegan los acordes de un v1ol n.
La lluvia de oro deslumbra.
Las lilas embalsaman,
mientras en nuestros corazones
se levanta la luna.
T raducción de A.

D.

�56

ÚBICOI .a.LDIAD8

SOBRE EL MUNDO

Pasan las nubes sobre el mundo.
Su luz pasa
a través del bosque.
1Corazón, olvida !

se disiparon en el valle obscuro
mis vagos pensamientos de crepósculo,
y entre las aguas de una mar tranquila
me hundí callado•.• y se me fué la vida.

Vi cálices de flores misteriosas

Del sol benéfico
fluye un sopor agradable,
Y de las revueltas flores nacen
propicias consolaciones.
i Olvida 1 ¡ Olvida!
De la espesura, el canto de un pájaro ...
Canta su canto.
1La canción de la felicidad !
Traducción de A. D.

nugo de nofmannstbal
SUEÑO VIVIDO

y negras, que brillaban en la sombra:

y en corrientes de tinte anaranj~do
-como tibios fulgores de topaciouna luz que pintaba la floresta,
de triste claridad amarillenta,
y todo estaba lleno por las olas
de una rara cadencia melancólica,

Y sin lograr siquiera comprenderlo,
mi turbada razón, pero sabiéndolo,
clamaba sin cesar entre mi mente,
que aquella realidad era la Muerte ..,
y la Muerte hecha música; la hermana
de los hondos anhelos; la que ama

El Valle del Crepúsculo llenaban
perfumes grises de color de plata,

a los seres que viven, y los busca,
toda vigor, entre la noche adusta.

como cuando la luna se tamiza
p or entre nubes de borrosas tintas.

y en silencio y oculta entre mi alma
lloraba por la vida una Nostalgia,

No era la noche sin embargo. Presto
co n los aromas de matiz de argento

y lloraba y lloraba como llora

el que se va-llevado por las olas

11'

�·, 68

OOLEOOION ABIEL

en una enorme embarcaci6n marina
de fantásticas velas amarillasque a los-tenues fulgores del ocaso,
desde las aguas de un azul opaco
consigue divisar en la ribera
todo el cariz de la ciudad paterna:
y se ofrecen las calles a sus ojos
y percibe el murmullo de los pozos,

y de los caros bosques familiares
aspira los aromas otoñales,
y se finge de pies entre la arena,
como en las horas de la edad primera,
transido de inquietud, con las pupilas
arrasadas en lágrimas esquivas,
y ve el roto cristal de su ventana
y tras ella su alcoba iluminada...
Pero la enorme embarcación marina
que no surte jamás en las orillas,
sigue adelante en el silencio mudo
que hacen las aguas de un azul obscuro,
sobre los viejos mástiles tendidas
melancólicas velas amarillas 1. ..
Tradu~ión de Guillermo Valencia.• . ~

LÍBICOS ALDL.Ura6

ó9

Stepban George
ANIVERSARIO

Hermana, toma el cántaro
de tierra gris;
·
no olvides la costumbre, Yvente luego
en pos de mí:
Hoy ha siete veranos que lo vimos:
recuerda ... En tanto
que Bl hablaba, nosotros en el pozo
hundíamos risueñas nuestros cántaros !
Después ... un mismo dia
nuestro novio perdimos: Hoy, hermana,
iremos a buscar en la llanura
la fuente que sorobrean
dos álamos y una haya,
para que allí
llenemos en silencio nuestros cántaros
de tierra gris ...
Traducción de Guillermo Valencia.

�HOKBBOOOX'l'lli HOJI.BJtO

ffombro contra bombro

e

las varias tribus
hermoso territ .
que poblaban el
pública Oriental lo~r; que hoy forma la Re.
lugar prominen'te a uaraníes ocupaban un
ta con los Charrú~s ufque en guerra abiersil, sus implacables Íer°s M_~melucos del Braban caza como a b tegu1 ores, que les daban y vendían por es:1:~s.feroces, los herraEn una de las mu h
.
•
los Guaraníes conf;d:rs mvas1on,es de éstos,
un poderoso e]ército 'ldos, hab1an reunido
las inmediaciones de{ue::n~:n acampando en
Las reyertas y rivalid
y.
tre los caciques uar a ,es, tan ~omunes enrompimiento, y pr2xim~ntes, o~as1onaron un
cada uno se retiró co0
a venir a las manos,
le pareció.
su gente donde mejor
Uno de los caclques G
.
taba mayor número' de uaym1rá~, el que convadear el río y se guare .~om~atten!es, logró
Los demás formand c1 en a vecma selva.
charon hacia ~l nort o alas paralelas, marEl enemigo que ac:~haba
•
cuando los vió dividid
bsus moví1!31entos,
os y astante leJosunos
NTRE

l

61

de otros, cayó sobre ellos y los fué batiendo
en detalle.
Los que escaparon de aquella espantosa
carnicería, anduvieron tres días y tres noches
vagando por los montes, perseguidos siempre
por los Mamelucos, hasta que, muertos de
hambre y de frío, pudieron llegar a las márgenes del Uruguay, favorecidos por la oscuridad de la noche.
'Estaba muy crecido el río y había vara y
media de agua sobre el paso, que era un estrecho banco de arena. La fuerza de la corriente ponía espanto, y los baqueanos declararon
que era imposible pasar.
Los fugitivos, cuyo número crecía por instantes, llegaban, y al ver a sus compañeros
detenidos por aquel obstáculo insuperable, se
sentaban tristemente a la orilla del río, escondiendo la cabeza entre sus manos.
Empezó a despuntar el alba y a divisarse en
lontananza, en la cumbre de las lejanas cuchillas, las ordas de los Mamelucos, que husmeaban su presa. Las mujeres y los niños rompieron en sollozos y gemidos. Algunos hombres
corrieron instintivamente hacia la orilla, pero
al tocarla, retrocedieron amedrentados por
el imponente espectáculo que ofrecía el Uruguay desbordado.
Un joven alto, robusto, de vigorosa musculatura y excelente nadador, detúvose únicamente, y, confiado en su destreza y en sus
nervios de acero, se precipitó en el río.

�62

OOLICOIÓN ARU:L

Otros y otros le siguieron.
Lucharon un momento ... pero debilitados
por _el cansancio y la falta de alimentos remolmearo_n, y describiendo un ancho cir~ulo,
desaparecieron arrebatados por la corriente.
Poco después, sus cadáveres flotaban sobre
las olas. Horrible desesperación se apoderó del
al~a de los Guaraníes, y de nuevo los niños y
muJeres ensordecieron el aire con sus alaridos.
Lo~ que se encontraban seguros en la selva,
acudieron ~I tumulto desde la orilla opuesta
Y una sonnsa satánica iluminó el pálido ros'.
tro del vengativo Guaymirán, que capitaneaba aquella tribu, la única que se había salvado del desastre general.
En ~•to un grito formidable retumbó en el
espac.10 como el sordo rugido del trueno: los
enemi?os acababan de divisar a los dispers?s.-¡Protegednos, hermanos!-gritó un anciano adivino, dirigiéndose a sus antiguos
compañeros-los Mamelucos, después de deg~llarnos pasarán el río mañana y harán lo
mismo con vosotros.
El cacique pareció reflexionar, y un murmullo de &lt;;ompaslón_se levantó entre su tribu.
_Las muJeres, los 01ños y los heridos les tendieron sus brazos.
_El sol rompió las densas nubes que lo envolvt~n y trepó lentamente por el horizonte ilummando con rasgos de fuego aquella escena
desgarradora.
-Sí, es preciso salvarlos-exclamó un joven

RODILO OON"l'tlA BOOBO

entusiasta-caerá sobre nosotros la maldi:
ción de Dios y el desprecio de los hombres, SI
ne&gt; lo hacemos.
.
-Unidos, somos invencibles,. tornó a decir
el adivino: pero a)slados y ho_stiles seremos la
presa y el escar010 de las tnbus más despre•
ciables.
.
,
Guaymirán levantó l'?s OJOS ~l astro, s1m•
bolo de su común creencia, y herid~ en las pu·
pilas por su lnz irresistible, sac~d1ó su larga
cabellera como si quisiese arr'?iar de sí los
malos pensamientos que le d~n:unab3:ni y vol·
viéndose rápidamente al v1eJO ad1vmo, le
gritó:
-Que cien hombres de los más fuertes, en·
lazadas las manos con las manos, hombro
contra hombro, se adelan~en en lí~ea ~ecta
sobre el banco hasta la mitad del no. Noso·
tros haremos lo mismo y formaremos as! un
estrecho canal que sirva de tránsito .ª los débiles, y de invencible barrera a la puJanza del
río. Así lo ejecutaron, y entonces, a favor de
aquella muralla de pechos hum3:n_os, asegurándose en ella, el resto de los fug,tivos pasó
y trasladó a la ot~a orilla a los niños, a los
heridos y a las mujeres.
Cuando llegó el feroz Mameluco enco~tró
la playa desierta; pero confiado en que ba¡ase
el río, sentó allí su campamento.
Los Gnaraníes derrotados, ganaron la selva, comieron y ?urm!eron tra~quilos esa noche, y, restableetdos de sus fatigas, en la ma-

�CJOI.WOOIÓN ABIU.

drugada del siguiente dia, aliados con la nu•
merosa falange de Guaymirán, sorprendieron
a los Mamelucos y no dejaron uno solo con
vida.
Pueblos del Río de la Plata y de toda la
América española, partido que por diversos
senderos perseguis uu mismo ideal, el imperio
de las lnstitaciones, el bien, la felicidad de la
patria, imitad en la buena como en la mala
fortuna el proeeder de Guaymirán: unidos
sois invencibles, pero aislados y hostiles, seréís la presa y el escarnio de las más despre•
ciables tribus.

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del Parque Central, construido
especialmente para tipografía y
que presta grandes comodidades
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                  <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                    <text>A.riel
eo.tección
AÑ'O XI - VOL. II
SU::tv.1:ARIO
LUIS ARAQUISTAIN ...... :
RAMIRO DE MAEZTU......
ANTONIO JOSE IREGUI.. ..
E. DIEZ CANEDO.. . ..... ...

Apropósitodeuna donación
El honor en la Edad Media
El árbol y el hombre
La poesla castellana y Rubén
Darío
ANTONIO MACHADO ...... Apuntes, Parábolas, Proverbios
y Cantares.
ELISEO RECLUS..... ... . . . .
CARLOS GO!IIZALEZ PEÑA
ENRIQUE JOSE VARONA..
ALFREpO TENNYSON....
JUAN ll¡IILTON...... •. . . • . ..

Enseñanza de la geograffa
Flor de madroño
Como Byron
Noche de verano
Soneto a su mujer, difunta

euaderno 86

sa

:Jost, eosta ~lea, Stptttmbrt 1s dt 1916
Imprenta Greffas

��OOLECCION ARIEL

tPero bien salta a la vista que el espíritu
fÜ su _ilantropía (•) era, sin embargo, profundamente reconstructor. .Al dar ese mill6n a la Casa del Pueblo, le animó seguramente el deseo de que la clase obrera se sirfliese de él, mediante la enseñanza, para sus
reivindicaciones. Con sagaz intuición observó quizd que el problema de la clase obrera
en general, pero muy singularmente de la
española, es la elevación de su niv§l mental.
Y más concretamente aún, la gran cuestión
de la clase obrera española es formar un
mú;leo numeroso de directores competentes. La característica del partido obrero
~pañol ha sido hasta ahora, en sm fmzciones públicas, la honradezj ya es tiempo de
qué también lo sea la competencia. Un parlido como éste tiene la obligación de que sus
periódicos posean más sustancia ideológica
y mayor poder crítico que los demás perió•
• La del millonario español Dn. Cesareo del Cerro, que legó
al morir 1000000 de pesetas a la Casa del Pueblo.

61BLlOTE CA

CENTRAi,.

U.A. N.L

�dú:os¡ que sus concejales sepan 'de na47"'1~
m1,1nicipal más que los demds concej~
que sus representa•tes de todo orden cont&gt;..,
can las cuestifmes . públicds-económieas
pedagógicas, militarBs, etc.-mejor qus
demás rep,ressntantes¡ que sus organi8~
res conozcr.ln la técnica de organizar mejor,
que los hombres de los otros partidos. fJ&gt;s-ro
· ¿cómo conseguir esto? Los obreros tienen
escaso tiempo para el estudio, y los hombres
que van a ese partido ya preparados son 'i(&gt;•
cos, poquísimos.
Si el Sr. Cerro hub-iera conocido la escuela de estudios superiores que el partido so-cialista alemdnsostiene en Berlín, le hubiera
interesado tan magnífica institución, y aca.
so, dado su espíritu, hubiera aconsejado la
creación de otra semejante en España. En
esa escuela se enseñan nada mds qué cinco
o· sei~ materias fundamentales e indispettsables para hombres ya adultos-todos ellü$
obreros-que luego serdn concejales, diputa:.
dos, organizadores, propagandistas, directores de cooperativas y de periódicos. Cursos
brefles-seis meses continuos-, pero int8~

p...,...---~_.._. .. ---- ·--.....
.JAftTj,t ~.,

l partido sostiene a /,os alumnos y
, durante el curso, a las familias
sostén eran. Esta escuela p,r.epara homa la gobsrnación y dirección Je la
idad. fPero sus enseñanzas se vierten
tarde sobre la clase obrera total. Un
· dico escrito por hombres b-ien preparaun aisiurso p,ronunciadp en el fParlasobre impuestos, por ejemplo, por un
ico en su materia, darán a la clase obrera
contenido pedagógico que no podrán
llar en ninguna otra parle. U1!'I escuela
, además de ser un anticipo de lá univérideal, de la unwersidad para todos,
encerrar potenci,a/,mente más energía
adora que muchos afws de lucha ha-

.

LUIS ARAQUISTAIN

�Bt. HONOR '.IN l l BDAD IIEDJA

€1 bonor tn la €dad mtdia
Américo Castro ha publicado reD
cientemente en la ''Revista de Filología española" un estudio sobre el "ConON

cepto del Honor'' en nuestra literatura de
los siglos XVI y XVII. Sabido es que el
honor desempeñaba una función principaHsima en nuestro teatro clásico. Perderla
honra equivalía a perder la vida. Así era
la sociedad española de aquellos siglos. Y
así hablaban y obraban los personajes de
Lope de Vega y Calderón.
Y a no pensamos así los españoles. Los
mejores creen que la virtud, el obrar bien,
vale más que el honor, definido como la
opinión favorable que los demás tengan
de nosotros. Y los peores españoles piensan que la vida y la riqueza son bienes muy
superiores al de la honra y al de la virtud.
¿Po~ qué no pensaban así los españoles
de los s1glosxv1yxvn? ¿Por qué creían que
la _vida sin el honor carece de sentido y lo
primero que se les ocurría, al sentirse infamados, era la idea de matar a alguien o

325

de morirse de melancolía? He aquí el tema que Don Américo Castro se plantea
en este estudio que juzga "inactual".
¿Inactual? Y o no sé de estudio alguno
que penetre más hondo en el problema de
la guerra europea. Claro está que el Sr.
Castro no ha pensado para nada en la
guerra al consultar los centenares de libros en que ha documentado su trabajo.
Pero ya verán ustedes.
Las raíces del concepto del honoren los siglos XVI y xvn hay que buscarlas en la Edad
Media. Al investigar la Edad Media el Sr.
,C astro encuentra en las Partidas que Alfonso el Sabio llama hombres honrados a
los de buena posición. El primer motivo
de honra era en nuestro siglo xm la posición, ''y así, el máximun de honra se debe
al rey", el segundo la realización de notorias proezas y en último término la virtud
del hombre. Por otra parte se llamaba "honor'' al donativo (casa, tierra, rentas o usufructos de algún realengo) hecho por el
rey a un vasallo.
Solo que aún no hemos llegado al punto esencial. Lo esencial del honor en la Edad Media consistía en ser el signo externo de la posición social de cada hombre.
Los honores del rey eran la corona real y

�OOL900IÓ1' .dISL

el cetro: como el honor del alcalde era la
vara o las llaves de la ciudad. El honor
mío, si mi oficio se hubiese conocido en la
Edad Media, habría consistido, por ejem•
~lo, en el permiso para lucir en las proces10nes un bonete adornado con una pluma de gallina y para andar detrás de los
arqueros pero delante del usurero mayor
de la ciudad.
En la Edad Media no existían derechos
s~bjetivos, tales como el derecho de propieda_d, al modo que los ha creado la re- volución francesa. El artículo 17 de la De• claración de los Derechos del Hombre di~e: ."Como la propiedad es un derecho
mviolable y sagrado, nadie puede ser privado de él, como no sea cuando la necesidíl;~ pú~lica, legalmente constatada, lo
exiJa ev!dente~ent_e, y. bajo la condición
de una mdemmzac16n Justa y previa".
Este concepto del derecho a la propiedad es el que rig-e en todas las sociedades
moder!1as, lo mismo en Alemania que en
Fran:1a, en los. Estados Unidos. que en
Espana, y por cierto con gran satisfacción
de l~s clases conservadoras de todas las
naciones.
En la Edad Media, no se conocían los
derechos subjetivos, invención moderna,

BL BONOB 'IN LA '&amp;DAD X'SDIA

827

o la idea de la personalidad. Ninguna
· ión social se fundaba entonces en un
ho ~ubjetivo. El rey mismo podía ser
puesto, y era depuesto frec_uentf:mente,
o no desempeñase a sabsfacc1ó~ g~1 su función específica de hacer JUSben la distribución de los honores, que
n, a la vez,. las posiciones sociales.. ~n
anto a los disfrutantes de estas posic10' nunca se hallaban tan seguros de
como lo están ahora. Lo que el rey
ba, el rey quitaba.
·
En las sociedades modernas el honor
ha sutilizado tanto que ha perdido to'base material. Lo importante, desde
punto de vista material, es ser rico, J?Orue la mala fama no nos puede qmtar
ri9.ueza. U na vez ricos somos ya indend1entes de lo que los demás piensen o
'gan de nosotros. De ahí que la riqueza
el supremo bien para los más de los
om bres modernos.
Este deseo de poseer riqueza-sanciodo por el concepto subjetivo del derecho-es lo que ha hecho colonizarse el
mundo. Los hombres se han lanzado en
estos siglos a las India~ de Orie1:3te y de
-Occidente, con el propósito de ennqueccrae, para no necesitar luego ajustar la vi-

�328

OOLEOOIÓN A.RIEL

sa a lo que piensen de ellos los demás.
Así se ha colonizado el mundo, pero
cuando estaba ya colonizado, surge Alemania y dice:
"No por haber venido tarde me voy a
quedar sin la parte del mundo a que aspiro. Vosotr&lt;;&gt;s os habeis apoderado del
planeta en virtud del derecho subjetivo
del primer ocupante. Yo opongo a vuestro derecho subjetivo el de creerme con
más fuerza que vosotros''
He aquí un conflicto de derechos subjetiv&lt;;&gt;s contra derechos subjetivos. Y este
conflicto no puede ser solucionado de un
D?-odo ju~ídi~o. Ni tampoco podrán soluc!onarse Jundicamente los conflictos que
sigan a esta guerra hasta que los hombres no caigan en la cuenta de que los
derechos subjetivos son absurdos y de
que, en realidad, nadie tiene derecho
más que a cumplir su deber, es decir
a desempeñar la función que le corres~
ponda.
Pero si la sociedad es justa encomendará a _cada ciudadano y a cada pueblo,
l&lt;:1- función para que se halle mejor capacitado. Esta apreciación que los demás
hacen de la capacidad de cada hombre o
de cada pueblo es realmente su honor.

EL HONOR EN LA ltDAD MEDIA

829

No hay solución jurídica a l~s ~onftictos
creados por los derechos subJetlvos a la
propiedad y a la soberanía ~mo no sea
restaurando en su valor medioeval el estímulo del honor, como fundamento de las
sociedades, y acapando de raíz con t?d~s
los derechos subjetivos, tanto de los mdividuos como de los Estados.
De lo cual se deduce que la Ed8;d Media hacía muy bien al da~ tanta 1mportancia al honor. Es que sm honor no ha-bía entonces ni posición ni pan.
RAMIRO DE MAEZTU

�EL ÁRBOL Y EL HOKBB.E

El árbol y ti bombrt

e

ntre las leyes más admirables que la naturaleza nos muestra como rectoras de la vida, ninguna tan sabia ni tan profunda como esta
de la correlación universal, que liga el sér al sér,
el árbol al hombre, el agua a la vida, la mente a
la estrella, la luz a la hoja y a la flor, a la pupila
y a la imágen.
\
¡ Qué misteriosa gravitación del lampo que
humaniza el sol, fijando la luz y el calor en el
árbol para sazonarlo en el fruto que luego ha de
bullir en la arteria purpúrea y destellar de nuevo en la célula y el neurona ! ¡ El sol es el que
prepara y adereza la vida del vegetal nutricio,
encarnándose en la flor y en el fruto maduro; él
es quien fija el carbono en la hoja, separándolo
del oxigeno, que adereza así para el pulmón!
¡ Qué profunda correlación entre el insecto y
la flor que fecunda con el mensaje de amor que
de otras flores trae en sus alas, y esa del aire,
Illensajero de amores en los cálices, donde deposita los gérmenes de vida! Cuando el miasma
devora la vida, viene el ciclón que lo sepulta en
zonas que lo encadenen. Cuando el insecto devora al animal, viene el ave que lo salva. ¡ Cuando la sequedad despuebla la llanura, viene el

331

vbol que llama el nido, condensa el agua pluviosa' y hace brotar el manantial.

.
El árbol es el amigo del hoffibre y paranmfo
de su hogar. El árbolspan, el árbol-agua, el
árbol-sombra, el árbol-lumbre, el árbol-paz. El
es el que morigera el.invierno y templa el verano,
apacigua las tempestades y amansa los ~uracanes y aquilones, guarda la humedad am~1ente
y llama a las nubes pluviosas, hace fluir los
manantiales y congrega a su sombra las cunas
y los nidos. El es el que da capa vegetal al sue~o
húmico regularidad al meteoro, a la cabana
abrigo 'al 'cuerpo salud, a la ciudad pulmón, al
niño frondas y al poblado horuelos. El árbol
del pan, el artocarpo, da al labriego el ~ande
cada día sin trigo ni maíz, y el de la lluvia da
a )a región que la sed devora, sombra, humedad
y manantial aéreo.
1Imagen fiel de los hombres, los árboles entrelazan sus raíces en el subsuelo profundo, como el
hombre en los más hoµdos estratos de la raza y
de la historia, para vivir y crecer, elevando unos
y otros sus cabezas hacia los cielos_ estrellados,
bajo la santa comunión de la paz, sm que falte
nunca luz bastante para nutrir las frondas y las
mentes ni savia bastante en el seno de la roa'
•
dre tierra
para nutrir
ramas Y e~pe~anzas 1•
Obrero de vida, el vegetal distribuye e~ cada estación la mies y el textil, la fibra Y el tmte,

�332

'\

m, ÁRBOL T Et BOKBBlt

OOLIIOO!Ó1' il.IU,

el combustible y el sustento, transformando el
hidrocarburo en jugo nutricio. Ampara a la agriC?ltura c_ontra la sequedad y la inundación, contra el hielo y el vendaval. A la industria da su
fibra, al riel su apoyo, al palacio su columna
al navío su armadura, sostén al alambre, al libr~
su hoja, al laúd su armonía.
Mulle el pensador la cuna del hombre en el
bosque nativo, donde colg6 el nido primitivo de
sus hijos, Y de cuyas ramas form6 la masa y la
fle~ha, el cayado y el báculo. Su fe prístina simboliz6 en el árbol el bien y el mal, hizo de él con
qué domar las ondas procelosas del mar y con
qué penetrar en el misterio del más allá: el féretro. Bajo la paz de las encinas nemorosas ofici6
la fe druídica y tambiém la justicia franca. La
leyenda tom6 de él con qué encender las ascuas
proféticas de Isaías, y de sus simientes hizo el
maestro de los maestros la sublime parábola
del sembrador, y puso en el labio ungido de Asís
este himno: "¡Hermano!"
El árbol,
. el agua y el aire , trinidad de vida '
que el dios Pan encarna en el hombre en el más
eufórico de los sentimientos humanos: el sentimient~ de la naturaleza; de donde fluyen las
creencias, que al través de las edades apaciguan
las ansiedades humanas y calman las tempestades d~l dolor. La dendrolatría cuelga del árbol
sus mitos y la poesía sus ritmos, como el ave sus

813

-.atares. El arbolado es el que guarece la paz
los prados, almacena el sol para devolverlo
a el carbón terciario, hecho luz y calor al soplo
ftOCBdor de la ciencia y el arte.
Un árbol es una idea, que crece; una idea es
• árbol, que da verdad por fruto. Las ideas
andan por los arbolados, como las auras por las
:frondas. Higiene de las urbes, discurre la vida
por el jardín y el parque; belleza da a las calles
'J avenidas; esparcimiento, granero, techo, he,.
raldos del pensamiento escrito. Es el exponente
de la cultura moderna, adorno de las ciudades.
Emblema de la patria, el. árbol acompaña al tra·
bajo, sombrea las cunas, disciplina el vigor del
Diño y dota de viático de vida al hijo. Sembrad
árboles al pie de cada cuna, dice el sabio. Cuando es tiempo de enviar al hijo en busca del pan
espiritual a la escuela, os dará sus primeros frutos para alimentarlo; cuando sea tiempo ?e ~U•
trir su espíritu con las verdades de la ciencia,
ya os dará su cosecha de mader~ y combust_ible,
y cuando vaya a aprender a vivir de sí mismo
por medio de una profesión, os habrá colmado
muchas veces con sus frutos.
Regulador de la vida, el árbol rige la lluvia,
el viento, el calor y el aire; enfrena el torrente
y la inundación y acrece el manantial: la ~rza
que quita al huracán la distribuye .en las bnsas
y las auras refrescantes; quita al coruscante

u

�334

COLECCIÓN ARllL

meteoro su energía destructora, protege el plantío contra el frío, el hielo, el granizo y el polvo.
Vivo, es el árbitro de la vida, guión orgánico entre el mineral y el fluido, gas, aire o líquido; entre el blastema y la sangre, entre la luz y el
pensamiento, cuyo órgano nutre con sus jugos.
Muerto, abona con sus despojos el suelo que le
dio la vida. Primero fue abrigo, hogar y foco;
luego se hace emporio, mensajero de lajdea en
el periódico y el libro. ''Muriendo, el árbol ha
adquirido una vida superior: de tosca materia,
casi se ha convertido en espíritu".
Defensor de la vida, el árbol es el soldado que
vence la muerte, al miasma febril, con el elíxir
de su corteza trófica; al desierto inhospitalario,
con el oasis umbroso; al granizo y la helada,
con sus paramentos de frondas; al fuego abrasador, con la frescura de su follaje; a la inundación, la marisma y la torrentera, con sus hercúleos troncos. Zapador del progreso, el árbol avanza en silenciosa marcha, por las estepas y las
faldas de las montañas, trepa a las rocas alpinas,
escala la cima de los Andes y del Himalaya, y
clava, cerca del azur, su cimera alada, donde
anidan el ensueño deI azul y el verdegay de la
esperanza.
La conquista y el dominio del trópico la hará en primer lugar el árbol prolifico, precusor
pel poblado, heraldo de la agricultura. Despen-

EL ÁRBOL Y EL I!OMIIRE'.'..-_ _ _ _S:..:3:..:.5_

------

saque deambula al través del valle y del _collado; camino que anda cargado de pan Y vm_o,
leche y miel, lumbre y combustible; frutos m1l.
' Hablad de libertad al pueblo, donde el terreno
~esnudo de árboles sólo muestra la esterilidad
del eriazo como una maldición! ¡ Hablad de fe
al pueblo, cercado por el desierto, donde sól~
se arrastra por sobre la pátina musgosa, el liquen del fetiquismo y el espejismo dolie~te del
hombre, que sueña paraísos! Hablad de 1deal~s
a los que mueren de soledad y de laceria, sucio
el cuerpo, sucia el alma, ayunos del árbol Y
del agua que le sirve de guía. ¿ Podrá nacer
allí la noción del soberano, la planta democrática, la concepción del derecho y d~ la ju_sticia, donde el yermo devasta el suelo mhosp1talario, bajo el cielo inmisericorde? El gobierno
será para él el peor castigo, la religión flagelo
y la ley cadenas.
El arbolado nos brinda esa copa de azul, que
amor escancia. Un vagaroso ensueño circula
por entre el follaje, penumbra d_el misterio q~e
habita en las frondas. La serenidad Y la alegria
extraen del árbol los goces de la vida, como
éstos la savia de la tierra; las despliegan al viento en la cabellera de hojas Y de flores, que
en callado ahinco elevan en pos de más luz en el
regazo etéreo del tiempo.
ANTONIO JOSE IREGUI

(Cromos. Bogotá.)

�LA PO'BSÚ OA8T:ILLANA ....

Ja voe.sia ,a.steffauá g~n.6éu 'l)ario

U

iuicioso crítico de la América española,
q uien se debe quizá el más cumplido estudio que de Rubén Darío se ha hecho, escribió en él las palabras que siguen: "Rubén
Darío, acaso pertenece hoy, más que a la
América, a España". Esta opinión de Pedro
Henr{quez Urtña no es más que el complemento, a muchos años de distancia, de la tan
conocida de José Enrique Rodó: "Indudablemente, Rubén Pario no es el poeta de América". El joven maestro dominicano y el reconocido maestro oriental convienen, pues, por
exclusión, en una característica del poeta
muy digna de ser tenida en cuenta: en su noamericanismo. No hay que tomar, con todo,
en un sentido de rigurosa literalidad tales
pareceres por autorizados que sean. En el de
Pedro ~enríquez, hay ya una palabra que
atenúa.
Para las nuevas generaciones literarias españolas Rubén Dado no es tampoco un americano. Un Andrés Bello, un José Joaquín de
Olmedo, un José María Heredia, un Olegario
Víctor Audrade, con estar dentro de la tradición quintanesca y mostrarse, en la forma,
muy próximos a nosotros, están, espiritualN

337

mente, más lejos, no solo por la materia del
canto, americana en ellos, sino por algo más
fuerte: por el transcurso del tiempo, corno lo
están nuestros mismos Quintanas y Gallegos,
Arriazas y Listas. Nuestros verdaderos ;compatriotas no sonfos que han nacido en nuestro
suelo sino los que viven en nuestros mismos
dias. Los grandes cantores que abren en España y en América, el siglo XIX, tienen otras
preocupaciones, se sustentan de otras ideas,
brotan de escuela muy distinta. Rubén Darío
se levanta en el centro de nuestra sensibilidad y tiene la virtud de orientarla por caminos nuevos. No es el momento de hablar de
nna literatura española y de una literatura
hispano-americana ( tp ucho menos de tantas
literaturas como estados). El idioma es lo
que da independencia a una literatura y sólo
en modalidades exteriores se diferenciarán
las literaturas de América de las de sus viejas metrópolis, mientras no posean un medio
de expresión substancialmente distinto . Pero ¿cuántos cientos de años se necesitarán
para la formación de las lenguas neo-españolas?
Sólo para los muy apegados a la tradición,
a la inmovilidad de las formas lingüísticas,
puede aparecer Rubén Darío como un iconoclasta. Negar que en nuestro país se le ha
discutido, sería vano; pero más vano sería
tal vez afirmar que los que le discutían conocieron de su obra más que las ocho o diez poe-

•

�338

OOLEOOIÓN ARlEL

sías repetidas en todas partes, cien "!eces
parodiadas y más de una vez no en_tend1das.
Hay que insistir en afirmar lo castizo de sus
versos, siguiendo a Valera que decía, de los
de Azul... : "Los versos de Usted se parecen
a los versos españoles de otros autores, y no
por eso dejan de ser original~s: n&lt;? recuer~an
a ningún poeta español, 01 antiguo, n_1 ~e
nuestros días". Desde que esto se escnb1ó
(1889) el verso de Darío cambió bástante:
pero véanse, en cuanto a la forma, el Friso,
el soneto A maestre Gonzalo de Berceo, para
no citar más, en Prosas profanas; el Trébol
de Cantos de vida y esperanza; los tercetos
de la Visión en El canto errante, y tendremos,
en todas las grandes etapas de la poesía de
Rubén Darío, fuertes ejemplos de versificación
clásica suficientes para mostrar a quien Jo
dude que, si eligió otros caminos, no fué por
más llanos, sino por más adecuados para su
sentido poético. Aun_a los_ mismos vei:sos _qu_e
se tiene por revoluc10nanos, no sena d1f1cil
hallarles abolengo. Quedan sus "versos libres" a la manera francesa, explicables también por nuestra silva, su tentativa de métrica bárbara, discutida por quien más elementos de comprensión debiera teuer, por el
vulo-o literario, y &lt;le gran efecto en la lectura
en ;oz alta y sus ricas e innumerables combinaciones rítmicas v agrupaciones estróficas.
Todo esto trajo Rubén Darío a la posía española, en lo exterior y embarcada en tan opu-

LA POESÍA CASTELLANA • • ••

339

lenta nave toda la riqueza de un alma en que
se funde la refinada sensibilidad de las viejas
razas con un fmpetu juvenil, primitivo, que
denuncia otra sangre.
El contacto con la poesía francesa determinó en el genio de Rubén Darío la corriente que
hubo de llevarle a plena sazón. Un libro suyo,
L os Raros, habla con elocuencia en este punt o . Los descubrimientos, las admiraciones de
Darío apuntan allí¡ pero fuera pueril reconocer ud. maestro suyo en cada uno de los escrit ores que estudia. No debe tanto como se ha
dicho a Verlaine y nada a Mallarmé. Mucho,
en cambio a Banville, a Gautier, al mismo
Catulle M~ndés¡ no poco a Moréas, a Tailhade, aun a poetas obscuros c&lt;?m? Paul_ ~u~gou,
en quien se hallaría ~l mov1m1en!~ m1c1al de
algunas muy notorias compos1c1ones-que,
por otra parte, son en Darlo totalmente diversas y a veces superiores a sus dechados.
En resumen, sus maestros fran~eses, más hay
que buscarlos entre los parnas18:nos que entre
los simbolistas; como parnasiano le define
Rodó cuando escribe: "Los que, ante todo,
buscais en la palabra de los yersos _la realidad
del mito del pelícano, la 10genmdad de la
confesión, el abandono generoso y veraz de
un alma que se os entrega toda entera, renunciad por ahora a cosechar estrofas que_ sangren como arrancadas a entrañas palpitantes". Esto lo dice a propósito de Prosas profanas; pero lo dice mejor aun el poeta en la

�?40

OOLEOOIÓN ARIEL

primera composición de'los' Cantos de vida y
esperan~a, que eu estas páginas se repr~d~ce.
En ese libro, su personahdad aparece ya_ libre
y definida; pero aun, como e~ los posteriores,
su acento se.,moldea en amplios vasos que le
tienden ya Gabriel D' Annunzio, ya Walt
Whitman. Todo esto lo trae también a la
poesía española.
Cuando llega~Darfo a España, en ~892, la
poesía languidece, Zorrilla va a morir; callan
Núñez de A.rce y Campoamor. Apenas preludian Manuel Reina y Ricardo Gil. Sólo se oye
a los Velarde, a los Ferrari, a los Cavestany
-si es que se les oye. Y sobre todos, se alza
la voz nueva y robusta de Salvador Rueda.
Darío es su amigo. Escribe el Pórtico para su
colección titulada En tropel (1893). Ha dado
ya a diversas revistas composiciones posteriores a Azul... , entre ellas la Sinfonía en gris
mayor (España y América, Madrid, 25 Septiembre 1892). Pero cuando se le conoce vredaderamente es a raiz de Prosas profanas;
algún raro ejemplar de la primera edición corre de mano en mano. Jacinto Benavente en
1\tfadrid Cómico y en La Vida Literaria,
Luis Ruiz Contreras en la Revista Nueva, reproducen poe~ías, publican originales inéditos. Un grupo de poetas jóvenes se forma en
torno suyo. Surgen los nombres de Francisco
Villaespesa, Juan Ramón Jiménez, Manuel y
Antonio Machado, entre otros menores. La
n_u eva poesía castellana empieza.

LA POESfA OASTELLANA ••••

341

¿Qué debe a Rubén Daría la nueva poesía
castellana? Para los que se figuran que todo
en ella son "princesas pálidas" la re!'lpuesta
es ~ácil. Quizá nosea muy difícil tampoco, yla
meJor que se puede dar es la que una escritora francesa, Rachilde, dió a los que le preguntaban qué papel había desempeñado Verlaine
en la poe¡,fa de su tiempo: "Abrió las ventanas". Rubéo Darío abrió también las ventanas a los poetas españoles. Les dió a conocer
los poetas extranjeros que él amaba; leyó
con ellos los poetas primit-ivos españoles· les
libertó de la rigidez de una versificación 'atada por inflexibles reglas; les dió la preocupación de la forma, transformando el período
oratorio, que hace impresión cuando se redondea, en la expresión cortada, rica en sug:estiones, valiosa por sí misma: algo de exotismo; algo de arcaísmo; algo de preciosismo.
Y, con todo, eso les trajo el don de una exquisita sensibilidad para lo nuevo. No se ha
hablado aún, gracias a Dios, entre nosotros,
del "sucesor de Rubéo!&gt;Darío". Ni11gún poeta
tuvo sucesores jamás. Interrumpido queda el
canto que el poeta no pudo acabar, y los oíd.os se vuelven no al que intenta continuarlo
s100 al que canta con más dulce o más viva
expresión un canto nuevo. Si en los principales poetas españoles de hoy se encurntra algo
que a Ruhén Daría se debe, predilección por
los metros que él empleara, por cierta manera de elocución, por cierto vocabulario, en to-

�OOLEOOIÓN ARIET,

342

dos ellos hay personalidad bastante para ser
algo más que discípulos del maestro. Con oídos nuevos han escuchado la música del mundo, con ojos nuevos han contemplado la naturaleza, con nueva sensibilidad han seguido
el movimiento de su espíritu; con nueva voz
han cantado. Pero el maestro los puso en libertad y los soltó en el aire, para qne en él se
fuesen, como las bandadas de que hablan las
Florecillas, unos a oriente y otros a occidente, unos al norte y otros al mediodía.
No en todos los poetas españoles de hoy influyó Darío: Ahí están Unamuno, Eduardo
Marquina, Enrique de Mesa. Pero, esto no
obstante, algo ha cambiado en la poesía española desde que Rubéu Darío apareció y por
sn nombre ha de empezar el capítulo de nuestra historia literaria en que se estudie la poesía de los comienzos del siglo XX.
E. DIEZ-CANEDO.
(España. M adrid.)

ffpontes,

Parábolas, Proverbios gcantares

Ya en los campos de Jaén,
amanece. Corre el tren
por su s brillantes rieles
devorando matorrales '
alcaceles,
'
te~raplenes, pedregales,
olivares1 caserí as1
praderas y cardizales,
montes y valles sombríos.
Tras la turbia ventanilla
pasa la devanadera
del campo de primavera.
La luz en el techo brilla
de mi vagón de tercera1
entre nubarrones blancosJ
.oro y grana.
La niebla de la mañana
huyendo por los barrancos.
¡Este insomne sueño mío!
¡Este frío
de un amanecer en vela! ....
fJ?.esonante,

�344

OOLEOOIÓN ABIBL

jadeante,
marcha el tren. El campo vuela.
Enfrente de mí, un señor
sobre su manta dormido¡
un fraile y un cazador,
-el perro a sus pies tendido.
Yo contemplo mi equipaje,
mi viejo saco de cuero¡
y recuerdo otro viaje
hacia las tierras del 1Juero.
Otro viaje de ayer
por la tierra castellana ....
jpinos del amanecer,
entre .A.lmazán y Quintana! ....
j Y alegría
de un viajar en compañía!
Y la unión
que ha roto la muerte un día!
jManofrta
que aprietas mi corazón!
'Tren, camina, silba, humea,
acarrea
tu ejército de vagones,
ajetrea
maletas y corazones.
Soledad,
sequedad.
'Tan pobre me estoy quedando
que ya ni siquiera estoy

APUN'l'BS, PARÁBOLAS ....

conmigo, ni sé si voy
conmigo a solas viajando.
Si hablo, suena
mi propia voz como un eco,
y está mi canto· tan hueco
que ya ni espanta mi pena.
Erase de un marinero
que hizo un jardín junto al mar,
y se metió a jardinero.
·
Estaba el jardín en flor,
y el jardinero se fué
por esos mares de 1Jios.
Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
.Abrió los ojos el niño
y el caballito no vió.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar ·
y por la crin lo cogía'. ...
"j .A.hora no te escaparás!"
.A.penas lo hubo cogido
el niño se despertó.
'Tenía el puño cerrado.
El caballito voló.
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad

�346

COLEOCIÓN ARJEL

un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
"¿Tú eres de verdad o no?"
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: "Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.''
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: "¿·Tú eres sueño?"
¡Quién sabe si despertó!
Si me tengo que morir
poco me importa aprender.
Y si no puedo saber,
poco me importa vivir,
"¿Qué es amor?", me preguntaba
una niña. Contesté:
"Verte una vez y pensar
haberte visto otra vez."
Todo hombre tiene dos
batallas que pelear.
En sueños lucha con /JJios¡
y despierto, con el mar.

APUNTES, PARÁBOLAS .....

347

Pensar el mundo es co,no hacerlo nuevo
de la sombra o la nada, desustanciado y fr{o.

Bueno es pensar, decolorir el huevo
11t1iversal, sorberlo hasta el vacío.
Pensar: borrar primero y dibujar después,
1J quien borrar no sabe camina en cuatro pies.
Una neblina opaca confunde toda cosa:
e] monte, el mar, el pino, el pájaro, la rosa.
Pitágoras alarga a Cartesius la mano,
Bs la extensión sustancia del universo humano.
Y sobre el lienzo blanco o la pizarra oscura
se pinta, en blanco o negro, la cifra o la figura.
Yo pienso. (Un hombre arroja una traíña al mar
y la saca vacía; no ha logrado pescar.)

"No tiene el pensamiento tra{ñas sino amarras,
las cosas obedecen al peso de las garras",
exclama, y luego dice: "Aunque las presas son,
lo mismo que las garras, pura figuración."
Sobre la blanca arena, a parece un caimán
que muerde abincadamente en el bronce de Kant,
Tus formas, tus principios y tus categorias,

redes que el mar escupe, enjutas y vac{as.
Xratilo ha sonreído y arrugado Zenón
el ceño, adivinando a M. de Bergsón.

Puedes coger cenizas del fuego heraclitano,
•as no apuñar la onda que fluye, con tu mano.
Vuestras retortas, sabios, s6lo destilan heces.
¡Oh, machacad eurt"apas en vuestros almireces!

�348 .

COLECCIÓN ARIEL

Medir las vivas aguas del mundo . ... ¡desvarío!
Entre las aos agujas de tu compás va el río.
La realidá es la vida, fugas, funambulesca.,
el cigarr6n voltario, el pes que nadie pesca.
Si quieres saber algo del mar, vuelve otra ves,
un poco pescador y un tanto pes.
En la barra del puerto bate la marejada,
y todo el mar resuena conw una carcaja_da.

349

APUNTES, PARÁJIOLAS ••••

lijo del mar, navega,-o se pone a volar:
Bu pensamiento tiene un vuel(! de gaviota,
que ha visto un pes de plata en el agua saltar.
Y piensa: "Es esta vida tma ilusi6n marina
'ae un pescddor que un día ya no puede pescar." El soñador ha visto que el mar se le ilumina,
:y sueña que es la muerte una ilusi6n del mar.
Sanlúcar de Barramtda, 1915.
ANTONIO MACHA.DO

Puerto tie Santa Maria, 1915 .

Sobre la limpia arena, en el tartesio llano
por donde acaba España y sigue el mar,
hay dos hombres que apoyan la cabeza en la mano;
uno duerme, y el otro parece meditar.
El uno, en la mañana de tibia primavera,
junto a la mar tranquila,
ha puesto entre sus ojos y el mar que revérbera,
los párpados, que borran el mar en la pitpila.
Y se ha d&lt;&gt;rmido y sueña con el pastor Proteo
que sabe los rebaños del marino guardar;
y sueña que le llaman las hijas de Nereo,
y ha o[do los caballos de Poseid6n hablar.
El otro mira al agua. Su pensamiento flota,

(La Lteh,ra. Madrid.)

•

�LA ENSEÑANZA DI!: LA GEOGRAFfA

Enstñanza dt la fitografía
rama de la instrucción puede ser
concebida sin sus complementos natura·
les, mediante los cuales forma un conjuntó
con el resto del saber. Sería, pues, aventurado querer trazar un plan de estudios geográficos sin tomar en cuenta todas las otras
disciplinas de la enseñanza.
No teniendo a mi alcance el programa detallado &lt;le las materias que dividen el tiempo
de los alumnos, en las escuelas a que me dirijo en este momento (1) admito como cierto
que la descripción de la Tierra, o geografía
INGUNA

N

(tjEliseo Reclus, cuyo nombre no debe s~r prece~ido ni s~guido
de adjetivos, tenla verdadero mterés en la 1~strucc1ón del niño ar•
gen tino. Entendía que nuestro suelo seria asiento de un gran pueblo, cabeza de esta América, y muchas veces en el transcurso de
una amistad de veinticinco años fueron motivo de nuestras conversaciones o correspondencia los destinos de est~ pals. Cuan.do du•
rante su destierro en Suiza trepábamos las C';'lmas qu_e dom1~an s
habitación de entonces, en Clarens, y el vecmo trágico castillo
Chillon, y admirábamos el azulado lago de Grnebra, ante las eter
nas nieves de los Alpes, surgía de nuestra charla el futuro de Patagonia que yo acababa de recorr 7r y d~ cuyo oeste esa~ verdes &lt;:vli
nas esas aguas esas nieves casi eran imágenes reducidas. Vernt
año's después fr~uenté su sencillo hogar-colmena de Bruselas y e
problema del noroeste argentino y del P~dfico fué en&lt;:arado por SIi'
luminoso saber. El dilatado Chaco, las tierras correntmas y entr
rrianas avanzadas no comprendidas del porvenir nacional, los lla
nos de Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba y San Luis, las serranl
centrales, tan poco apreciadas como conocidas en sus riquezas na
turales, las montañas, lagos y se_lvas australes, lo~ bos_ques tucum
nos, salteños y misioneros, las tierras secas del mtenor tan sem

851

propiamente dicha,ocupa a los niños durante tres horas, a lo menos, por semana. Ade!Dás tengo efl cuenta un número al menos
Jgual de h?ras _dur~te las cuales, con motivo d_e la h_1s.tona _umversal o nacional, la geografí~ s'?hcita el mterésde los alumnos de manera indirecta.
Considero también como ya establecido·
ue los paseos y las excursiones en plena nauraleza, 1~ gran educadora, deben ser numerosas y sertamente dirigidas. En fin, supongo
~l maestro.como un espíritu amplio, generaltzador, abierto a todas las impresiones nuevas. No lo querría demasiado recaraado de
tarea, pues una cierta tregua es indispensa;,ble para que el pensamiento no se entorpezca
Y para que el profesor no se haga un pedante
oun nulo.
No es una paradoja decir que las lecciones
jan~s ª1ªs de Estados Unidos, convertidas en vergeles como all{

le:~

~s

ngeles, en Mendoza y San Juan, el uso de la~ a

as de

Jilo ~l ~:dt5 tbs, de l?s lagos, de los arroyuelos, sin gasta~s co-

os.• o1es sm talarlos, en fin, la conservación de la ' r
~~ªn~en~c,o al a trayés_ de las genei:aciones venideras, con efa~

h

1
:im
b res deela ~n1ct!~~:~átk':.' q~e ~~ti~:~ió ¿¡ c;i~:e~~~ti,ed~~:
1)0s~~:1~ ~ue ha t~ast~rnad'? su organismo con 1~ alteración ele la

1emas

Iros

e -~~ m dn.': espinal el R!o Paraná, fueron otros tantos
c1arovi entes. Cuando más t;ude le recordé desde a uí nues-

i«..~,~º.f'~nes anhel'?s y le pedI que escribiera algo sobre la ense-

:c-;·en _e a geo~afia, tan poco cultivada en la escuela ar entina
,_ hoyvió¿as Pj}gmdas que s!gu_e~ y que he conservado inéditas has:
&lt;él . • on e :is eseo prmc1p1ar este volumen de EL MONITOR
1mero que~ publica bajo mi dirección, Léanlas ma ·
'
medátenlas y pract(quenl~s-harán obra buenae~~~! 1~
sente 1ºanfrrar n a la vez la m_emona de su autor teniendo siempn,
ase con que termm~n.

¿:
Jlat~\~u;o:,

F.

P. MORENO.

�INSd°ANU DI:

852

OOLZOCIÓ!I .Utt'KL

suplementatias, o todo lo que se les p~rezca,
deben ser evitadas, con el mayor ~mdado,
por el profesor, fuera del tiempo. estrictamente consagrado a la enseñanza direta.
En los paseos, el que acom palie a los niños,
hermano, amigo o maestro de escuela! de~e
abstenerse absolutamente de dar expltcac10nes que no le sean pedidas. Pero si es ingenioso y si comprende bien el arte de hacer pen·
s~ a los alumnos, no dejará de guiarlos su•
cesivamente en los alrededores, de modo de
hacerles adivinar a ellos mismos y compren·
der a fondo, una completa lección de cosas.
Aun en las planicies de aluviones, encontrará
muchas irregularidades ~~ terre':10 que para
los discípulos serán plan1c1es, colmas, valles y
quebradas. No faltará tampoco en alguna
parte del distrito de la escuela un curso de
agua, riachuelo o río, P?r el que lo~ mucha·
cbos puedan seguir las riberas o el hilo de la
corriente mostrándose los unos a los otros,
los recodos, los rápidos, los grandes fondos,
los vados y los bancos de arena; ellos ve~án
tam biéo los di versos accidentes de la orilla
con cantiles, promontorios, taludes, arenales
y playas.
. .
,
..
Si tienen la suerte de v1v1r en pa1ses de sitios
grandiosos, de montañas o lito~al_ oceánico,
entonces la variedad de los pa1saJes les per•
mitirá ver metódicamente, como en resúmen,
la Tierra toda y conocerla y comprender quizás todos los fenómenos. ¡Y qué constrastes

t¿

GEOGRil'fA

863

tam !'ién en las transformaciones que el hombre _mtro~uce en la superficie de la tierra,cultivos diversos, bosques y jardines! En fin
las excursiones realizadas a través de lo~
caml!os son las °:'ejores para facilitar la vista
del cielo con sus Juegos de luz y de sombra y
la Í&lt;,&gt;rma si_e~pre cambiante, de las nubes que
el viento d1v1de, desparrama o acumula en cirros y ha~e desploma~ en aguaceros sobre el
euelo. Y s1 por casuahdad, los niños se hau
despertado muy temprano o se pasean tarde
a_lapare'7r las estrellas, aprenderán los mistenos de! c1eloy_ las relaciones del astro terrestre
con la m_mens1dad del espacio. Pero, en todas
esas lecciones de cosas, que se confunden con
la alegria de la marcha y de la vida al aire libre, recuerde el profesor siempre las palabras
d~ Spencer: "Debe decirse al niño lo menos po·
Slble y hacerle encontrar lo más posible".
En la escuela las lecciones toman otro carácter y se hacen más precisas en su enseñauza, pero sobre t':'do ahí está el peligro, porque
los. maestros disponen de manuales que lfs
ammoran la tarea y que les dispensan de sacar •!_curso de su prop\o fondo. Por su parte,
los_mnos, cuya_memo~1a recibe y guarda tan
~c,lmente las 1m presiones, se dejan imponer
sm pro:°star la recitación nemoténica de algunas !meas y parece que todo dice: la lección
de geogr~a está hecha, la conciencia queda
en paz. S10 embargo, cuán en desacuerdo está
tal método con la verdadera enseñanza, por-

�111111

que ella dispenea de todo esfuerzo a la
geucia, propiamente dicha, y se1imita a fi
rar palabras que se graban ea los repliega
del cerebro y que ocupan un sitio que po
llenar más provechosamente el conocimiea
real de las cosas. Yo me he encontrado con •
ños que, atravesando un rio, no tenían
alguna de que el nalnbre de esa corriente d
agua, recitado en la clase tuviese la menor
!ación con el agua corriente que fluía bajos
piés. La memoria sin el pensamiento es u
cosa que degrada, que rebaja al hombre,
reduce a simple materia bruta, como la r
en que ha grabado su nombre.
No acudamos, pues, más que moderadam
te a la memoria y limitémosnos a saber mir
La lógica de las cosas querrá precisamen
que esas primeras miradas tengan un cará
absolutamente sint,tico, comprendiendo a
vez los horizontes opuestos, el del cielo y el
la escuela. Ea efecto, para aprender a con
la Tierra, es necesario medirla, determin
sus rasgos, fijar las posiciones relativas.
prof, sor se verá, pues, obliga do antes que
do, a ejercitarse con sus alumnos, en ver b"
en qué medio se encuentra la sala de la escuel
y el espacio que ocupa: es un trabajo de
grafia que comienza por lo infinitamente
queño, el trabajo inmenso de la medición d
mundo, pero que no puede hacerse sin el e
pleo de medios que precisamente nos son a
ministrados por el conocimiento de la ast

en la que el~ tiene de 111ás grandioso
• la más sencill!l aposición ,géográfic~
ta la observación del meridiano Sin
rgo, esa observación entra fácilmente en
po de los estudios directos que el niilo
emprender y verificar. Desdeluego, comrá de una manera ~eral que el sol "se
ta" en
zona del horizonte, que cada
varia débilmente y c¡ue "se pone" ea tr
• cuyo punto diario es igualmente ºoc:
ra ble. Reconoce aal los dos lad!s odel contorno tetreatre, el oriente y el
•ente. Esto "8 es mucho, pero el Ju ar
0 de esos dos puntos cardinales noglo
clar!'-mente ~odavla, a cansa de la
~60 d1um_a, !'11entras, que la línea del
iano se d1bu~ará diariamente a mediocon una exactitud perfecta.
vara derecha plantada en tierra, a
de cuadrante o de gnomon basta para
ar la sombra en el momento del día
ue ésta ~s más corta. Esta sombra es
• da pr~isamente en el sentido del nor1_ se h_ab1ta el hemisferio septentrional· en
1recc1ón del sud si se vive en el hemi~feopuesto. El escolar que comprueba la
ón de esta soro bra, conoce así nna de
lfneas fundamentales de la geometria te: la del meridiano que une un polo al
polo. Laconstrucci6n de una linea transque corte el meridiano en ángulo recdará los otros dos puntos cardinales.

ª.ºª

�S56

OOLEOOIÓN ARIEL

El niño posee pues, por las medidas precisas,
los primeros elementos del mapa. En adelante, sabrá orientar todas las líneas trazadas
en la superficie terrestre.
En cuanto a la medida de distancias, puede practicarla como nuestros antepasados,
sea por el número de pasos o por el de codos o brazos, sea por cualquier otra medida
convencional, la del metro, cuyo origen geo
désico se le enseñará luego.
Estos primeros estudios, que pueden com•
binarse con los paseos y aun con los juegos,
deben, sin embargo, hacerse seriamente y con
método, pues son el punto de partida de toda la enseñanza geográfica. Preparado con
esos conocimientos, el alumno puede ya dibujar el mapa, es decir, el plano, de la sala
de clase; luego puede medir y situar un espacio más grande, y finalmente, abordar toda
una extensión considerable, un campo con
casa y granja, arroyos y senderos, colinas
y valles. Adquiere así el verdadero ~entido
de las orientaciones, de las distancias, de
las posiciones relativas.
Según los formatos del papel que emplea
para su trabajo, aleja o aproxima los diferentes puntos que aparecen en su mapa, y sefamiliariza así con un nuevo conocimiento
de capital valor en la ciencia: aprende a determinar las proporciones y a servirse de es. calas diferentes. El maestro de escuela debe
insistir durante mucho tiempo en ese nuevo

ENSEÑANZA. DE LA. GEOGRAFÍA

357

progreso y hará reproducir el mismo mapa,

en grande y en pequeño, de manera que la
vista aprenda a distinguir prontamente la

proporción exacta de las reducciones del dibujo. Una vez alcanzada esta conquista, el escoiar se encontrará mejor preparado, como
geógrafo, que la mayoría de sus contemporáneos adultos.
Calculamos en un semestre el período preparatorio de los cursos de geografía, consawado a esos trabajos preliminares.. Según
naestra opinión, el curso correspondiente de
historia, desarrollado durante el mismo espacio semestral, trataría paralelamente de la
istoria local del pais, que el niño puede abar'Car con su mirada o que tiene siempre presente a su inteligencia en sus conversaciones diarias. Así el escolar francés oirá hablar constantemente de París y el alumno argentino
tendrá sus ideas dirigidas hacia el estuario
del Plata.
· Seo-uro ya de su geografía local, el alumno
emp~enderá sin peligro el estudio de la geografía de conjunto. El uso de globos es enton:ees indispensable, pues sin el empleo de una
esfera le es absoluta mente imposible al niño
comprender la superficie verdadera de su país,
comparado con la superficie de la Tierra entera. Pero en toda escuela bien provista, el globo terrestre está allí; fácilmente manejable,
sea que se le tenga suspendido libremente del
techo o colocado sobre un ancho plato de ma-

�358

COLEOOIÓN A.RIEL

dera, o que se le haga girar alrededor de un
eje de metal. La experiencia adquirida en las
escuelas, desde la época de los grandes descubrimientos mundiales, es decir, desde hace
cuatro siglos, nos enseña que la forma más
cómoda de globos para la enseñanza de la
geografía, no pasa de 2 metros de circunferencia, que es la proporción de la veinte millonésima parte 1: (20.000.000) en relación con las
verdaderas dimensiones de la Tierra. En un
globo de este tamaño, nada incómodo, por
cierto, convendrá que el maestro haga determinar por sus alumnos la forma y la posición
relativa del país natal estudiado en el curso
preparatorio. La verdadera localización de la
comarca conocida, comparáda con el resto de
la Tierra, no puede dejar de fijarse entonces
en el espíritu con una precisión absoluta. Tal
es el medio de aprender, y no existe otro, pues
los mapas planos son necesariamente inciertos y engañosos. No pueden tener utilidad sino para los que saben; y engañan fatalmente
a los que están todavía en el período del estudio. Es pues, un verdadero crimen contra la
enseñanza lógica y normal colocar mapas o
atlas en manos de los niños. En efecto, los
roa pas de tal o cual comarca olvidan toda re·
presentación de la redondez de la tierra y por
eso mismo aquellos aparentan ser una parte
indefinida de la superficie del globo: ninguna
proporción verdadera está indicada. Hecho
tanto más grave por cuanto estando las pro·

ENSERANZA DE LA GEOGRAFÍA

359

yecciones de las costas dibujadas de acuerdo
con procederes diferentes, resulta que las representaciones son diversamente erróneas, sea
en la zona central o en el contorno. Sucede a
menudo con el manejo de los mapas, del sistema más frecuentemente usado ( el de los meridianos paralelos, trazados según el método
de Mercator) que, comarcas de la zona glacial, insignificantes por sn extensión, parecen
diez veces mayores que las vastas tierras
ecuatoriales. El testimonio de la vista deja, a
pesar de todo, una impresión duradera y de(initiva en el espíritu maleable de los niños.
En fin, los mapas de atlas son igualmente
condenables puesto que, a excepción de una
sola colección, la del inglés Proctor, qne por
lo demás es de mny pequeñas dimensiones, estos mapas están trazados en diferentes esca·
las y por consecuencia no pueden compararse
entre ellas sino con la ayuda de cálculos matemáticos, para los cuales el espíritu no está
preparado. En un atlas, el país origi~ario está siempre representado con proporciones colosales en relación a los países lejanos, y es
por esto que se supone sin trabajo que Java,
sacrificada en el atlas, es una pequeñísima isla
y que el Japón es un archipiélago insignificante. Lo cual hace pensar: ¿cómo puede co_loc:1r·
se ali! una población décuple de la que indica
el censo en la R. Argentina? El precepto absoluto en la escuela primaria modelo es, pues:
suspender el empleo de mapas y de atlas du-

�OOLJ:OOIÓN ilIICL

rante todo el periodo de estudio y reemplazarlo por el manejo de un material escolar
que no falsee las ideas. La escuela tipo de que
hablamos posee ya un globo a la escala del
veinte milésimo, en el cual el escolar puede reconocer todos los puntos designados en sus
posiciones relativas y todas las tierras mencionadas en sus dimensiones proporcionales.
Pero ese globo modelo no es suficiente; es indispensable emplear un globo de trabajo, sim•
ple bola torneada, según la misma escala del
veinte millonésimo y revestida de uua cubierta apizarrada en la cual el alumno dibujará,
y borrará los trazos de la tiza. El nifio fijará
ahí el lugar preciso de su pueblo natal, trazará el curso del rfo vecino, el macizo de la montaña más próxima; todos los delineamentos
geográficos que sean objeto de la enseñanza
tendrán inmediatamente su sitio en el globo
de estudio. Los alumnos comprenderán fácilmente, o me¡or dicho, verán. La comprensión
se hace por vía directa y por ló tanto, sin ningún esfuerzo.
El globo de estudio es del mismo modo absolutamente indispensable para otra disciplina científica. Servirá también para las leccio•
nes de cosmograña. Lá línea del meridiano
que el alumno en su curso preparatorio
aprendió a trazar sobre el suelo mismo, la dibujará sin esfuerzo sobre la redondez planeta•
ria y:e-irvidirá la superficie de polo a polo en
tantos cortes como se Je pedirán, en 360 o

ENSElbNZA. DI: LA 011:00RA.PfJ.

361

400, por ejemplo. Sabrá desarrollar también

la línea del ecuador a igu·al distancia de los
dos puntos matemáticos de los polos, conformándose para las latitudes con la convención
de las líneas paralelas que se suceden en cada
hemisferio, cada noventa o cien grados. Con
la misma evidencia comprenderá que la tierra
al dar vuelta alrededor de stt eje presenta su
superficie al sol durante veinticuatro horas;
y nada le será más fácil que hacerle contrastar de hora en hora la sombra de la noche y
la luz del día en Ja superficie del globo. Y hasta Je proporcionará una satisfacción hacerle
coincidir exactamente, el rayo del sol sobre
el globo con la hora precisa del lugar en que
se encuentra, de manera que en el mismo instante la bola suspendida en la escuela ocupa
con la Tierra misma, una posición estrictamente paralela. La inclinación del eje terrestre, la línea de la eclíptica, el equilibrio de los
trópicos, serán explicados igualmente por la
posición del globo con relación a un foco de,
luz que representa el sol. Es muy natural que
puedan aprenderse tantas cosas por el empleo
de un simple globo escolar, puesto que ese globo, infinitamente pequeño, respecto a la Tierra, no deja de ser por eso, su representación
exacta.
Esto no es todo: las lecciones de historia se
darán también por medio del globo. Ya hable
el maestro de los hallazgos en el suelo profundo, ya de fósiles, o del hombre de Trinil o

�36.2

COLECCIÓN ARIEL

del de Neardenthol, ya mencione las grandes
invasiones y el rechazo de los pueblos, los
grandes choques de las naciones, la población
de las tierras, los lugares donde acontecimientos memorables han ocurrido, los alumnos
señalarán con facilidad en el globo, el punto,
la línea o figura que corresponda exactamente con la lección.
Pero el maestro experto que quiere estar
completamente seguro de la atención de sus
alumnos, no se contentará con llamarlos al
globo apizarrado, los unos después de los otros, para darles una lección práctica, sea de
geografia o de historia. Les pondrá también
entre sus manos un globo de "juguete", de
pequeñas dimensiones ( al 8.000.000 por
ejemplo con más o menos 50 centímet;os de
circunferencia, 16 centímetros de espesor), a
fin de que tengan a la vista el medio de se=ir
las explicaciones dadas sobre el globo de" demostraciones, dibujando en él todos los puntos y. líneas, según el modelo. Deben poder
maneJarlo con desenvoltura y hacerlo girar a
voluntad. Esto constituirá uno de los objetos
de estudio más precioso y a la vez, más cómodo que poseerá el alumno.
Por importantes y necesarios que seau en
la enseñanza escolar los objetos que se colocan al alcance de los niños, no valen ciertamente, como medio educativo, lo que las obra~ que provienen del trabajo personal y reflexivo. Durante el período de estudios, a lo

ENSEÑANZA DE LA. GEOGRAFÍA

363

menos desde principio del segundo año, llegará un momento en que el profesor no deberá limitarse a la simple de~cripción; y el joven
estudiante tendrá mayor iniciativa propia en
sn educación geográfica.
Suficientemente hábil para dibujar un mapa
de su pueblo de residencia, con orientación y
proporciones verdaderas, se ejercitará en adelante en representartambién las regiones accidentadas con su verdadero relieve y la forma de
su estructura. Este trabajo metódico, practicado segúnlos procederes regulares que el profesor le indicará; le dejará una impresión imborrable de las formas terrestres, de su aspecto, de su arquitectura íntima y de su parte de
influencia en el transcurso de la historia.
Durante el segundo, y sobre todo, durante
el tercer año del curso, el profesor puede, creemos, servirse de mapas, pero solamente de
mapas que representen una extensión poco
considerable de la superficie terrestre, 500.000
kilómetros, a lo más, de modo que con muy
débil esfuerzo de imaginación pueda uno figurarse la ligerísima inclinación que esta mínima parte de la película terrestre debería
tener realment~. Pero para espacios más extensos, sobre todo para las regiones continentales, Europa, Asia, Africa, Australia, América del Norte y del Sud, y aun para las
partes de los continentes, tales como la Argentina, el Brasil, Bolivia, se hace indispensable el empleo de "discos" o "escudos" globu-

�364

t

OOLEOOIÓN A.RIEL

lares, es decir, fragmentos o cortes circulares
de la superficie del globo que componen los
países respectivos. La experiencia nos enseña
que el mejor método para exponer esos discos
es suspenderlos en la pared de la escuela, donde producen un efecto estético muy atrayente, Pero su gran mérito consiste en fijar para
siempre en el espíritu de los niños la impresión verdadera de la forma terrestre de las
diversas comarcas. Gracias a este método de
enseñanza, el discípulo tendrá, lo que'faltaba a
sus predecesores, educados según los procedimientos antiguos: una gran facilidad para
disipar el caos aparente de las posiciones geográficas. Posee el hilo conductor a través de
ese dédalo, sobre todo si ha tenido la suerte
de tener por director de estudios a un hombre
que haya comprendido la vida, las cosas y sn
constante evolución al través del espacio y
del tiempo. Aun desde el punto de vista moral, obtendrán ventajas apreciables los jóve•
nes que hayan aprendido la geografía y el
encadenamiento de los hechos históricos en
presencia del globo, más que por medio de
mapas erróneos y difícilmente comprensibles.
El mejor medio de formar h,pmbres rectos,
valerosos, llenos de iniciativa, es guiarlos por
nna clara exposición de la verdad.
ELISEO RECLUS .

rlor dt madroño

D

E vencida iba la tarde cuando Juana divisó,
a lo lejos, en la serenidad de la llanura, el
ganado que, a modo de sutil franja negruzca y
ondulante, volvía al establo.
Encaramóse sobre la cerca de toscas piedras;
guiñó los ojos, herida por la viveza de la claridad
vesperal, y lleváridose la diestra a la altura de la
frente, a guisa de pantalla, envuelta en el rebocillo azul, medio deshilado y no poco raído, se
dió a mirar, a mirar tan larga, tan fijamente como se lo permitía su buena vista campesina, en
dirección de donde las bestias se aproximaban.
Tramontaba el sol en aquel instante. Dijérase
un bólido rojizo que caía en un in visible mar del
ocaso, lanzando fulguraciones de oro. La paz de
la sombra se iba haciendo en los llanos, en los
pequeños valles de la toluqueña sierra, en tanto
que mesetas y picachos se bañaban en una luz
macilenta, y en la suave transparencia azul nubes errantes se coloreaban levemente. Una dulzura infinita parecía descender de lo alto. En el
grave silencio de la tarde, oíanse lejanos los gri•
tos de los "caleros" que azuzaban el ganado; el

�366

COLECOI6N ARIEf,

mugir lento y solemne de los sementales que entre las vacas venían, y el ladrido de los perros en
la corralada. Apenas si un soplo de viento levantábase de vez en cuando, arrastrando la paja
abandonada en la cercana era.
Y Juana miraba, miraba .... Allá venía, sf. Distinguíale marchando con asentado paso a la vera
del camino, la "cobija" al hombro, el ancho som~
brero de palma, medio deshecho por el uso y los
temporales, echado hacia atrás; el apretado pantalón azul un tanto caído, y los brazos colgantes,
rozando casi las manos el Jamo del perrazo negro
y enjuto que trotaba a su lado. ¡Y de qué buenas hechuras su hombre le parecía, siguiendo a
la vacada ! ¡Y cómo quisiera que se acortasen las
distancias para tenerle ya cerca, darle un cachete
y un tirón de orejas cariñoso, precursores ambos
de la cena calientita y picante que los dos comerían junto al fogón, iluminadas sus caras famélicas por el esplendor rubicundo de las brasas! Pero no, no llegaba; lejos aún Je te1úa. Ni todos sus
desevs fueran capaces de cambiar el tardo paso
de las bestias, ni así se desquiciara el mundó, el
buenazo de su marido echaría a correr por verla,
dejando atrás a los animales. Como a las niüas
de sus ojos les quería, y más que a élla, a Flor
de madrofio, la muchacha codiciada en cinco leguas a la redonda en los tiempos todavía recientes de su celibato.

J'LOR DE IU.DROSO

367

¡ Ah, las murrias de eJlaal principio, ante aquel
amor de su hombre por toros y vacas ! ¡Las grescas que armó I Las caras que pu~o de recién casada, cuando José de Jesús desaparecía en los establos horas enteras 1
'
Que tal hiciera si con otra mujer .. de razón,"
aunque
. fea,.se hubiese presentado ante el cura,
no importaría;¡ pero con ella, buena moza como
otra ninguna; con ella, a quién habían "arañado
las manos" el mayordomo, el caporal y el 1'hontero, y algo más que las manos el "niño" del amo
que de mal gusto no pecaba!. ...
En la casa de la hacienda, una legua no distante del establo, allá tras de las lomas, había
nacido y se había criado. A la sombra de los señores creció y se hizo guapa. Supo vestir tan ri.
camente sus enaguas de percal bien planchadas,
sus rebozos de Santa María, y hasta calzó zapatos. Pusiéronla por mote Flor de madroño, porque de la flor del madroño tenía la rosada blancura, la redondez simpática, una exuberancia
apetitosa dentro de su pequeñez casi minúscula;
y Flor de madroño se la quedó paralos díasde su
vida, con regocijo de la gente charra que la pretendía, y de los gañanes que, no muy confiados,
hasta ella solían alzar los sandios ojos. Y sucedió
que ni charros ni palurdos consiguieron nunca algo más que una mirada: Flor de madroño, que
se distinguiera entre el ''gatería'' de Toluca1
.

�368

OOLEOOIÓN ABllt

adonde una vez la llevaron sus amos, y que por
bocado sabroso para paladar que supiera catarlo
se la tuviese, fué a caer en brazos de José de Jesús el vaquero ni más ni menos ....
'
·
1
1'y no se arrepentía,
por Maria santísima
. Lo
pensaba ahora, mirándole ve:3-ir, ya más cerca,
más cerca, envuelto en la clandad de una ráfaga
solar que descendía de la cumbre sobre aquella
parte del camino que trepaba en la falda del cerro. No se arrepentía, no. José de Jesús era bueno como los trigos de la vega: no se e1:1~orrachaba no tenía tampoco el vicio del despilfarro. Cabalita como la recibía entregábale la "raya"_ los
sábados, y en sus cinco sentidos habfal~ visto
siempre, limpia la boca de aquel tufo hediondo a
pulque que traían los peones de El Salto, cada
domingo que iban a Santiago. Tampoco enamo-

raba....
•
t 1
Pero al llegar aquí de su rústico elogm men a •
Flor de madroño se puso seria1 de risueña que estaba; llevóse las puntas del rebozo a la boca, y
clavó las pupilas con mayor fijeza e~ José_de Jeús que se encontraba ya a escasa d1stanc1a.

s No podía creerlo. ¡ Cómo era posible que Jasé
de Jesús volviese a entenderse con María Petra,
la mujerzuela aquella con quien tuvo sus dares
y tomares en días de soltero! ¡Ni cómo podl~ suponer que María Petra viniera al establo mismo,
y allí, entre la~ bestias, quizá en los pesebres .... ¡

FLOR DE lUDROítO

369

1 No I Todo se reducía, sin duda, a puras imaginaciones de su comadre. No se falta a una mujer
a los seis meses de casado. Si fuese al año .... ¡ vaya .... ! Pero ¿ y el ensimismamiento de José de
Jesús?¿ Y aquel no querer hablar, ni reir, ni bromearse, que Je notaba desde el sábado, en que
había ido a la hacienda para dar aviso de la enfermedad de la "Consentida?" ¿ Qué eran? ¿ A
qué obedecían?
-1 José de Jesús !-gritó, viéndole a pocos
pasos.

Ya las primeras vacas se acercaban al establo.
Olfateaban la pastura fresca, el caliente rincon•
cilla bajo de techo, junto al pesebre, propicio a la
noche , y era de ver la alegría que revelaban sus
ojazos de ordinario tranqui19s. A saltos, cornadas
y coces rnetíanse por e} enorme portón abierto en
el muro blanco, coronado de tejas rojas, donde
cabrilleaba el último esplendor del crepúsculo.
Invadían el patio empedrado, oloroso a boñiga,
en el centro del cual, dentro del recinto apartado que les correspondía, hallábanse ya los becerros, que asomaban el hocico húmedo por entre
los travesaños de las puertas, bramando mansamente, como si ltan:asen amorosos a las madres.
Pero lo peor era que se apelotonaba, que se estrechaba el ganado en el recio portón. sobre todo
aquella tarde, con gran enojo de José de Jesús,
que ya venía corriendo, seguido del perro negro

�370

FLOR l&gt;E IUDliOIO

OOLEOOIÓN' A.Rlltt.,

~ descargarlo sobre
las lucientes ancas de las bestias. .
-¡ Eh, tú, calero, échales duro s1 no queren
y con el puño en alto, pronto

,!

ajuiciarse! ¡Errea, ''Bonita!'~ Mándale una
guanta da a1 "Don Juan Tenorio.. !..,.
d
Corria sudorosa, rojo, encoraJ1n~ o.

.. su misa
y Flor de madroño le d iJo,

.

- .

y nsuena:

-José de Jesús....
,
y él respondió:
"d "?
..
. .... ¿Cómo va la "Consenti a
-Guenas,
muJer
-Mal.
• ·
tente
y pasó de frente, sin volverse s1qu1era, a
al tro iezo del ganado contra el muro.
. 1
-· ~m úi"alo pa allá !-repetía.-¡ Dale rec10.
l
P él; respondíale e1 " co1ero " • mozuelo
Gritaba
de cara terrosa y sucia camisa y calzón de mant Gritaban también del interior los demás vaa.
queras
y todo en vano, porque "Don Juan Te. ,,'uno de los sementales, suizo de pura ranono
• t
l puer
za empefiábase en bravuconear Jun o a a
. ta' sembrando miedo y desorden. Fué_ pre~iso
q~e José de Jesús llegase, y rápido, sm mira. tos mavores le asestara un pufi.etazo en
m1en
.,
'
é
l retumplena testuz,.acompañado de un i rrea. . .
bante, para que 1a hermosa bestia se decidiese
d 1
entrar seguida a continuación por el resto e
;anado,'que iba desapareciendo lentamente por
el amplio portón.
y en tanto José de Jesús, huraño, atendía a

371

estos menesteres, Flor de madroño quedó pensativa y como absorta en un pensamiento junto
a la cerca, envuelta en la luz azul pálida, de la
noche que empezaba a insinuarse. No llor6 como
en tales ocasiones solía hacerlo; no se indignó
por la frialdad del saludo; no habló. Con andar
distraído de sus piés descalzos sobre el suelo tapizado de estiércol, encaminóse a casa al humilde cuarto que a ·un lado del portalón del establo
se hallaba, y por el cual salía de lo alto del techo, chimenea arriba, el humo plomizo del fo.
gón, en la melancolía del crepúsculo que comenzaba a extinguirse.
Preparó la frugal cena de la noche. Arrodillada ante el metate, la blancura de sus brazos, libres de la opresión de las mangas, contrastaba
con el amarillo de la masa de maiz con que hacía las tortillas, que de sus manos pasaban al coma!, rodeado por las llamas rojizas de los leños
del fogón, y del coma! al cesto. Trafagueaba
maquinalmente. Su pensamiento corría por
otra parte. A su memoria acudían las palabras
de ]a comadre: -" Ande, no sea tonta, no se
11
"fíe : a la otra le gusta su marido, y vendrá a
quitárselo el día que menos lo aguarde."
Habíase quedado inmóvil, cuando él entró. Ni
una pregunta,:ni un gesto; encerrábase el vaquero en o~stinado mutismo, Cogió el tosco plato de
1

�117!

OOLBOOIÓ11' ABBL

chile rebosante; se acercó al cesto de las tortillas,
y empezó a engullir en silencio ....
-¿ Qué te pasa, José ?-interrogó, mirándole.
-Nada.
Había terminado ya. Se puso en pie. Salió ....
Y pasaron las horas.
:Flor de madroño no se dió cuenta de su paso.
Aquel sentimiento informe, nacido a la primera
sospecha, iba creciendo en su interior, creciendo,
creciendo .... Era como si una espina, una grande
espina punzante, a modo de las que en los senderos torturaban a menudo sus pies, se la hubiera clavado en las entrañas. Era como si las lengüetas de aquella lumbre del fogón, que enrojecían su rostro, se alargaran, quemándole el alma.
Mustia, habíase agazapado en el rincón lleno de
humo y de hollín; no pensaba; no sentía. Cuando salió de su anonadamiento, vió que José de
Jesús aún no había tornado. Congojosa y sorprendida se levantó. Fué hasta el umbral. Reinaba la noche en los campos; la luna, en su último
cuarto, esplendía en el piélago azul.
E instintivamente, Flor de madroño se dirigió
al establo.
Penetró en el ancho zaguán, internándose en el
patio en torno al cual se alzaban los blancos muros bañados de clara luz de luna, y se percibía la
respiración de las bestias. Detúvose junto a la
puerta de largos travesaños que encerraba aslo

J'LOR DIIKADRO:ltO

973

críos; algún becerrillo dejó oír, en la noche, su lamentación por la madre lejana.
Le faltaban las fuerzas. El flaquear de sus piernas, un deseo grande de gemir, impedíanla que
siguiera adelante. Mas, al propio tiempo, los celos
que se despertaran ya en su ánimo, la dieron valor para llevar a cabo la pesquisa. Su marido estaba allí, y era menester encontrarle.
•
Maquinalmente se dirigió hacia la parte del establo que todavía se conservaba sumida en la
sombra. Tres pasos más allá, Flor de madroño
escuchó el rumor ondulante de una voz: un cuchicheo de ternura, infinitamente amoroso,que la
heló.-¡ Con que, era verdad;la rival vencía!Cautelosa, avanzó hada la puerta, que se hallaba
entreabierta. Un vaho saturado de olor de estiércol y de silo envolvió su rostro que, sin ruido,
iba asomando lento por entre las maderas de la
puertecilla rústica. Las vacas, echadas las unas,
al pesebre aún las otras, rumiaban quietamente .... Y descubrió allí en la penumbra, junto a
una de ellas, casi abrazado al lomo ancbfsimo, la
cara junto ala noble testuz de abierta cornamenta, a José de Jesús, que hablaba quedo, dulcemente, al animal enfermo, a la "Consentida,"
que por la tarde volviera del campo, entre las úl.
timas del ganado, con paso débil y el mirar de sus
grandes ojos inquietantes, revelador del mal que
la consumía.

�374

OOLEOOIÓN ABIEL

Flor de madroño retrocedió, sorprendida y gozosa, emprendiendo el retorno a la casuca, bajo
la luna.... Y aquella noche, en el quicio de su
puerta, a la entrada del establo, mientras aguar- daba al vaquero, sintió gana de cantar, y hubiera apostado que las estrellas le sonreían.
CARLOS GONZALEZ PEÑA
(Nosotros, Méjico.)

tomo Byron
J

A Gabriel Zlndegui, en Londres.

TINTE el horror prolongado de esta furio·
n.sa demencia de la guerra europea, se sien- .

te el ánimo casi impedido de protestar, por
temor de ser acusado de creerse uno superior,
siquiera porque conserva algunas vislumbres
de razón. Más de una vez he leído, en periódicos parisienses, burlas acerbas contra los que
se permitían dolerse de esta inútil matanza
sin medida, que sólo ha de deftir en pos de si
inacabable estela de rencores y anhelos de
venganza.
Pero hay un aspecto de las enormes pérdidas que está sufriendo la humanidad, el cual
bien se puede considerar y deplorar desde ahora; porque para él no cabe alegar compensación, ni sombra de compensación.
Los grandiosos edificios arruinados, las fábricas colosales destruidas, los pueblos, las
ciudades taladas y hasta derruídas, todo puede restaurarse. Los millares y millares de niños huérfanos y errantes, pueden ser recogidos y educados. Los ríos de sangre humana
se secarán al cabo, y nuevos hombres vendrán
a ocupar los huecos que esos otros innumera-

�878

OOLaaará ilDL

b1es han dejado. Pero ¿quién o qué devolved.
al mundo 1os a1tos ingenios que prematuramente ha perdido?
En medio de la anivenal mediocridad humana, ésos que acendran en su mente la quinta esencia de nuestra espiritualidad, esos vasos tao exquisitos y tao frágiles, tienen demasiado valor, para que 1os veamos sin espanto
caer quebrantados y ser arrastrados en el
vórtice de] torbellino. ¡Cuántos artistas, cuántos pensadores, cuántos investigadorea de Ja
naturaleza y de) hombre habrán sido abatidos, no por la mano de Ja fatal segadora, en
Ja forma de morbo o longevidad, sino por
el choque tremendo de las pasiones humaoaa
·des bordadas!
Voy a circunscribirme a un solo caso, porque se trata de un mancebo, en la plenitud de
la vida y en el primer florecimiento de su genio. No porque sea el único llegado a mi noticia, ni siquiera el único de su lengua y de su
dedicación artfstica. Si Rupert Brooke, inglés como Byron, poeta como Byron, cayó
como él en el próximo Oriente; Thomas Mac
Donagh, joven como Brooke, y también poeta señalado, ha cafdo en Dublrn bajo las has inglesas.
1aPero hay elementos tan especialmente trágicos en e1 destino que ha cabido al insigne poeta
inglés desaparecido sin gloria para sus armas
en el Egeo, que me mueven a señalarlo, entre
los devorados por esta guerra insensata.

OOIIO--

ffl

La fama ha consagrado de ribito el ftllOmbre de Rapert Brooke por los cinco aonetos

que, con el tftulo sombriamente laminoso de
"1914-," se publicaron el afio pasado y alcansaron de seguida m tíltiples ediciones. Estos sonetos, en un parnaso tan rico en esa forma
poftica como el inglés, se colocaron desde luego al lado del celebérrino de Blanco Wbite
Nigbt and Deatb y el igualmente bello de
Lee-Hamiltoo A Fligbt from, Glorv. El crltico de Tbe Times dijo que en ellos la nota peraonal se patentizaba con mayor realce, que en
niag6n otro sonetista inglés desde los tiempos
de Sidney, el renombrado autor de Astropbel
and Stella. Y como es sobre todo el lirismo lo
que caracteriza a la mocleroa poesfa inglesa,
de los lakistas acá, el elogio resultaba en realidad extraordinario.
Que los sonetos de Brooke son personales,
por los sentimientos que traducen y por la forma de que los viste, no puede _negarse, y basta
leerlos para encontrarse poseído el lector por
la emoción que despierta siempre lo hondamente sincero, cuando se expresa de modo que
hable al corazón. Pero en la hora de espanto
uiversal en que fueron producidos, lo que demuestra desde luego su excelencia es que fueron escachados y repetidos por un pueblo entero, que sintió revelada su alma de ese ÍD9tante supremo por la voz del poeta. El poeta
sintió por todos, como todos y habló para todos. Vaticinó.

•

�378

OOLEOCI6N Al!.IET,

Now, Gotl oe tluznked WM has maldttd u, with His IU1ur.

Así prorrumpió el poeta, y con él toda su
nación se encontró dispuesta y aparejada para esa hora suprema. El poeta miraba tranquilo, serenamente la mu~rte, y consagraba
para siempre a la patria distante la pequeña
porción de tierra extraña, donde habían de
blanquear sus huesos, la fosa en que serían
arrojados; y cada soldado inglés en Bélgica,
en Turquía, en Egipto, en la frontera de la India distante, en las remotas regiones alemanas de Africa, confirmaba el voto.
Mucho más personales aparecen las poesías
anteriores del joven escritor; porque, en esa
tierra consagrada irónicamente a la originalidad, sus versos se distinguen por un sabor peculiar, que los hace inconfundibles con ningugunos otros.
El exotismo, que tanto se ha celebrado en
su gran contemporáneo Rudyard Kipting y
que ha traído tantos lectores al francés Pierre
Loti, constituye la atmósfera natural que respira Brooke, y que lo hace contemplar, entre
regocijado y zumbón, el desfile mental de las
más pintorescas imaginaciones. Nada hay semejante, en lo que yo conozco, al cielo que
promete a la tahitiana Manua, donde la infinita variedad de las cosas que asedian nuestros sentidos terrenales se reducen a la perfecta unidad.
...there, on tbe Ideal Reef,
Thunders the Everlasting Sea.

COKO BYl!.ON

879

Naturalmente, esta doctrina nada tiene de
original, y no es en ella donde veo la singularidad del poeta; sino en la serie de ilustraciones de la doctrina, propias todas y cada una
para herir la mente, diversamente conformada y poblada, de la joven isleña del Gran
Océano. Y no es menos sutilmente irónica
aunque no tiene nada de original sino por 1~
forma, la conclusión en que invita a Manua a
vagar en torno de la perezosa y cálida laguna, enlazada la mano con otra mano humana, o a confiarse a las blandas caricias del
agua en la ribera. Carpe diem ...
Y sin embargo, en este espíritu, que parece
tan dispuesto a revolar ligeramente sobre los
afectos y hasta sobre los grandes problemas
que se han llamado trascendentales, se descubre de súbito una profunda vena de melancolía, con la cual toca las fibras más sensibles de
nuestra lira interna. El joven marino inglés
que data sencillamente tantos de sus verso~
En el Pa,;ííico, se revela hermano menor el
Benjamín como si dijéramos, de aqu.el Jaq~es,
que puebla con sus saudades la semi encantada y encantadora floresta de Arden. Nada es
más capaz de descubrirnos la fragilidad etérea de n,ue~tras más arraigadas pasiones, que
el cambio mcesante de panoramas y el anudar
y romper reiterados de nuestras relaciones,
que nos condenan al papel de huéspedes perennes. El mundo ha vuelto a ser para nosotros posada de trajinantes, pero sin mansión

�980

OOLICOIÓN A.RIEL

definitiva a donde arribar mañana. Desde que
el hombre midió la tierra y, con el auxilio de
su invención y su industria, la ha encontrado tan pequeña que en pocos días la circunva•
la, con el cambio de lugar todo va cambiando
en sus sentimientos. Las instituciones que sirvieron de descanso y abrigo al hombre seden•
tario no están ya aparejadas al judío errante
moderno. Y sentimos como pensamos, y pen•
samas como sentimos.
El poeta, que ha sabido encontrar bella ex•
presión y transparentes símbolos para estos
nuevos estados del alma moderna, ha sido un
gran poeta. Su muerte extemporánea denuncia, con clamor más penetrante, el horrible
crimen de lesa humanidad que se perpetra en
Europa.
ENRIQUE JOSE VARONA
(Revista Contemjorduea. Cartagena, Colombia.)

•

~ocije be verano
(DEL INGLES, DE LORD TENNYSON.)

Duerme el pétalo rojo, duerme el blanco.
No se mueve el ciprés en la avenida,
Ni en la taza de pórfido el pez de oro:
Vela el cocuyo: vela tú ante mí.
Se abate el pavo real como un fantasma,
E irradia su luz blanca junto a mí,
Yace la tierra, Dánae ante los astros,
Como tu corazón yace ante mí.
Huye en silencio el meteoro, y deja
Un surco, cual tu pensamiento en mí.
Repliega el lirio toda su ternura
Y en el seno sumérgese de11ago.Plégate tú, mi amada, y te desliza
Como un lirio en mi ser, piérdete en mí.
(Trad. de Julio Arc~val.)

�jonefo a .5U mujer, bifunfa

!INDICE

(DEL INGLES, DE JUAN MIL TON.)

Creí ver a mi santa compañera,
Traída a mí desde su sepultura,
Como a Admeto, la pálida figura
De Alceste, el brazo de Hércules trajera.
Mi esposa, cual mujer que parto hubiera,
Según la Antigua Ley, lavada y pura,
Y tal como en la Gloria mi alma a ugura
í·- Para siempre gozar su vista entera
'
Llegó de blanco, y pura cual su mente.
Aunque su faz velada, yo veía
Ternura, amor, bondad, ornar su frente
Como en rostro ninguno se podría.
Mas se inclinó a besarme tiernamente
Y desperté en mi noche, al nuevo d!a.
(Trad . de Julio Arcevat.}

AGUAYO, A.M.: De una encuesta, p.127
ALTENBERG 1 PETER: De diecisiete a treinta, p. 257
ARGUELLO, SANTIAGO: Ante el cadáver de Darlo, p. 31
BAEZ, CECILIO: El descubrimiento de América, p. 78
BARBAGELATA, HUGO D.: Influencia de las ideas francesas
en la Revolución de Hispano América, p. 265
BUNGE, CARLOS OCT AVIO: Sugerir ideales, p. 68
CARBONE, ADELA: Los niños juegan a la guerra . .. p . 195
CARLYLE, TOMAS: BoUvar. p. 130
CASTELLANOS, JESUS: Cultivemos nuestro jardín, p. 169
CASTRO, ALFONSO: Conviene hermosear la escuela, p. II
CHAVERRA, GASPAR: El rey mudo, P• 63
CH~KHOFF, ANTON: La dormilona, p. 19
DE HOYOS Y VINENT, ANTONIO: El pájaro maravilloso,
p. 83
DE LA ROSA, LEOPOLDO: Salmo de creencia, p. 53• El Señor Jesucristo, p. 253
DE REISSET, VIZCONDE: Los amores de la Princesa de
Clermont, p. 204
DE TEJADA, GONZALO M.: Loores a San Isidro Labrador, p.
182

DIEZ CANEDO, ENRIQUE: La poesia castellana y Rubén Darío, p. 3:36
DOMINICI, PEDRO CESAR: Talento y carácter, p. 1
FERNANDEZ FERRAZ, VALERIANO: Una carta, p. 57
GONZALEZ DIAZ, FRANCISCO: Lo sustancial, lo cualitativo, p. 164
•
GONZALEZ PEÑA, CARLOS: Flor de madrofío, p. 365
GRAY, TOMAS: Elegía, p. 157
GUZMAN, ERNESTO A: La primera lluvia, p. 39. Tu cabellera, p. 41

�~ t i m e ÚltdA, PBDIO, 111 ~

I'• to. lAít

- - p . po
HISPANO, CORNELIO: Loo de l'allll\
p. 11N
IREGUI, ANTONIO JOSE: El ""-l 7 el 1-bre, p. ~
KANTOR. M.; Sobno olgallCIII dnmu de IIJseG, p. uo
ÚNARl!S, OSCAR: La perf'ecta o1ecrfa, p. "7S
LUGONES, LEOPOLDO: 1&gt;e1"111m, de loo po&amp;,,jll,
Un buen queso. p. 303
MACHADO, ANTONIO: Ap,p,... P-.., Pto.- ,f
Cantares, p. 943
MAEZTU, RAMIRO DE: El de la M.........
uJ, p. ,s. El 'honor en la 1ldad Media, p. SI&amp;
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WHITE, E. M-, Berpon y la edacacidn, p. ors
ZALD_U MBIDE, GONZALO: La ~cia 1 la raena. p. -

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Dlas Rodrlg•~• Sa
E. Rodó,
EstadO.f Unidos.- Litn-ahlrtJ A

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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                    <text>olección Rriel
AÑO XI - VOL. 11

SU:M:ARIO

1

PETER ALTE-NBERG.. . .. . De diecisiete a treint/1
JOAQUIN MONTANER .• •• El viajero
HUGO D. BARBAGELATA. Influencia de las ideas francesas en la Revolución de Hispano-América.
OSCAR LINARES.. . ... ..... La perfecta alegría.
FEDERICO UIIRBACH.. . . Simiente de agonías
ALBERTO NIN FRIAS..... El culto de la madre
MANUEL MARIA MUÑOZ.. Del cercado bíblico
LEOPOLDO LUGONES .. . Un buen queso
RAMON PEHEZ DE AVALA La sclfreliance
REPERTORIO BIBLIOGRÁFICO

e u ad e r n o 8 5 .
San :José, Eosta "Rica, Setiembre 1. 0 de •~16
Imprenta Gr"llla•

��ARl'ICL
REPERTORIO AMERICANO

COLECCION

PUBLICADO EN CUADERNOS QUINCENALES POR

J. G 1\RI11 ME&gt;NGE
S 1\ N

J I!) S B

D B

e

t, S T 1\

R I e 11 ,

cs.

COLEOCION ARIEL

R.

Condiciones:
La serle de 12 rusderuos ( en Costa Rlra ): &lt;!!, 3 .00.

La •erle de 12 cuadernos ( en el F.:dranJero); $ 2. 00 oro am.
NO mero •uelto : &lt;/J: 0.25
7 68 páginas,

Dt ditCiSittt a trtinta

dos libro• de escogida, variada J reronfortnnte literatura

POR TRES COLONES

Trad. de Manzu! I){az Rodrlgwz

EDICIONES DE

LA LECTURA

Entré una vez casa del primer peluquero

Pa,eo de Recolt!tos, !25, Marlrid.

•
CIENCI A

de la ciudad.

Y EDUCACION

OBRAS PUBLICADAS
L. IlRACKENBU RV . - /,a e,,sc1ia11m de la Gmmdtira.
GilJBS, LEVASSEUR Y SLUYS.-Lae11sc11a1Zz11,l,l,z Get\t;r.ifía
LA VI S:,;E, ~10NOD, ALTA~l!RA Y COSSIO -/,z enmi,w::,1
de la Historia.
EDi\lU:S:DO LOZANO.-/_,,, wscña11oa de tu cimciar jf&lt;ims y

nntur11ler.
COi\l PAIRE.-Prs1&lt;1/o,:z1, llerb,r•t y 1/erbert Spmrer (3 volúmen~s.)
J\flEL REY.- úi¡:ka. Et,"cn y Ps11olo,,:ía. (3 volúmenes.)
JULIAc'! BE:5TEIR0.-Jui,io.r w1/,!/l{OS "npriori"'. s~,;1í11 A~mt.
ADOLFO POSA O A y otros.- D,ntho Usuat.
p¡.~:,;TALOZZL Co11u&gt; cnse,ia Gertmdis a s11.r hijos y El .INtMo. (2
volúmenes.)
W. R E IN . - Resu1tu11 de P,:d,f1,1/0JfÚ1.
]. r. HERBART.- Pttl,r.trogfn g,11eral derivada dd fin de l.1 ed11•
tadón.
1'11. DA VI DSO:sl. - /,a ed(ltauf11 del p11rbl&lt;&gt; .!fn~,;&lt;&gt;
p BARTII.- Ped,~!?~r:' ~- (Tomos I y II. PARTF. Gi-:1\F.RAI. y ES•
PE&lt;:JAI •. )

H Wl::IMER.- /hr/oria de la Pedn.t:-t!;!"
LL'IS DE ZlJLUETA .- El ,11,wtro.
P. NATOí&lt;P - Curso de l'ed.1!!,!,'Ía y l'tdilf!&lt;!f?lrr snr,rrl. (2 Ynli.J
FRA:\'Cl'-CO Gl:-:ER DE 1.0.~ RIO:... -H11sa¡•,1ss,&gt;l•rc ed11r,1,~··11. •
R. AL TA~ll RA -Fdo.r~fl11 de/,, llislana y Teorfa de /,1 rh•lli:,1cM11,
~1 ILTON. /Je ed11r,1ri,:11. '/'¡;1,/u,·ci1i11 ,Id iJ~, 11,,... fnr .,_\~1Mlia Cd's,io.

· -: • ....

~

,

.•

~

Olía a .Agua d.e Colonia, a servilletas recién lavadas y a suave humo de cigarrillos. . . . Sultán flor, cigarrillos de las Princesas egipcias.
Ocupaba la CaJa una muchacha muy Joven, de sedosos y rubios cabellos.
u¡.Ah!" pensé "un Conde te seducirá, ¡oh,
encantadora!" Ella me vió con una mirada
que decía: Quienquiera que tú seas, uno entre miles, yo te digo que la Vida está delante
de mí, la Vida! .... ¿.No lo sabes?
Yo lo sabía.
ª¡.Ah!" pensé ubien podrá ser un Principe".
Se casó con un mozo de café que murió
al año.
Tenia formas de gacela. Seda y terciopelo
no realzaban su belleza . ... y probablemente
era más bella desnuda.
BIBi..t":&gt;TECA

CENTRAL

U.A.N.L

�258

-- .
~

ooUOOJ6•ÁJUSL

El mozo de café muri.ó.
La encontré por la calle con un niño. Y
me miró con una mirada que decía: .A
pesar de todo, tengo la vida delante de mí,
la Vida . . . . ¿.No lo sabes?
Yo lo sabía.
Un amigo mío tenia el tifus. Era un compañero de juventud, rico, y habitaba la villa
del Lago.
Cuando le visité una jóven dama de sedosos y rubios cabellos, preparaba las sábanas
frías. Sus tiernas manos estaban completamerzte agrietadas por el hielo. Me miró.
¡Esto es la vida! .... ¡Le amo! .... ¡porque. eso, eso es la Vida! ....
.Al estar bueno y sano él abandonó la dama
a otro joven rico.
.
Se separó de ella f dcilmente, muy fácilmente.
Eso pasaba en estío.
J.1ás tarde lo sorprendió a él la nostalgia . . . . en otoño.
Ella lo había citidado, había fundido en él
su dulce ezterpo de gacela.
Le esc,-ibió: ¡ Vente!
Una tarde, en octubre, la vi entrar con él
en el salón encantado en donde resplandecen
ocho columnas de mármol rojo.
La saludé.

_____ ......,.. _______

-------- -

I&gt;B I&gt;Ill:élstll:'n A 'I'llUN!'A

2M

Ella me miró: La Vida está detrás de mi,
la Vida! ... ¿·.No lo sabes?
Yo lo sabía.
.
Volví casa del primer peluquero de la
ciudad.
.Aún olía a .Agua de Colonia, a servilletas
recién lavadas y a suave humo de cigarrillos . ... Sultán flor, cigarrillqs de las Princesas.
En la Caja se hallaba sentada otra muchacha de crespos cabellos brunos.
Y ella me miró con la gran mirada
triunfaldelajuventud-profetis Divae Au- ..
gustae Victrici-: Quienquiera que tú seas,
uno entre miles, yo te digo que la vida se
extiende delante de mí, la Vida., .... ¿·Sabes
lo que es eso?
Yo lo sabía.
"¡.A!" pensé "un C01;ide te seducirá . ...
bien podrá ser un Príncipe" . ...
PETER ALTENBERC.
(La Rroí.sta. Caracas.)

�'lt,

€1 vialtro
os "tipos" de viajeros conozco esenD
cialmente distintos: Dante y Ulises.
Tienen de común el "viajar" pero se diferencian en el por qué del viaje. En Ulises el viaje fué motivado por la fatalidad.
Expatrióse por de1?er, y a su ~etorno. los
dioses le entorpecieron el cammo, dejándole ver tierras y hombres. Y Ulises no se
expatrió nunca porque su_ patria estaba
dentro de él.
Dante, sí. Dante no amaba a su tierra, v cuijndo se quiso alejar de ella se
separó para siempre de sus moradas, de
sus colinas y de sus árboles. Su tierra era
otra distinta &lt;le la que hollaban sus pies,
y el airecillo que respiraba otro airecillo
diferente. Paseaba por las calles sin verlas,
olía los olores sin olerlos, y no pisaba lo
que quería pisar. Llevaba dentro de sí
otra patria de sueño, y se naturalizó en
sus dominios fantásticos a fuerza de meditación y de silencio. Es decir, Ulises y
Dante viajaron de opuésta manera, pero

VUl&amp;RO

261

los dos fueron curiosos. Aunque también
se diferenciaron en la curiosidad, porque
la curiosidad de Ulises era' motivada por
un sentimiento de nostalgia, de añoranza, y la del poeta florentino por una preocupación retórica.
.
De los dos viajeros tiene algo D. Miguel
de Unamuno. Quisiera llamarle "nuestro
D. Miguel'', pero no p~edo, porq u~ D ..
Miguel no es nuestro. Ni de Vascoma m
de Cataluña, ni de Castilla, ni de nadie.
Unamuno es de él, y precisamente P?rser
tan de sí mismo viaja. No sé la curiosidad,
la razón de existencia de los grandes viajeros. Es algo más propio y menos de los
demás que la cur_iosidad. E:1 _los ~iajeros
de la casta de Uhses, que naJan sm querer viajar, la razón no existe porque la
causa de los viajes es generalmente la fatalidad, el sino. En los del linaje de Dante, en cambio, la razi'&gt;n es más explicable
e idéntica: viajan por voluntad de cncon•
trar fuera de ellos el aire, el sol y la tierra
que llevan dentro de sí.
Unamuno tiene más de esta manera de
viajero de Dante,,que de la de Ulises .. Pero no se expatria ni puede expatriarse
nunca porque donde quiera que vaya se
descubre más a sí mismo. Hasta que se

�262

COLEOOIÓN ARil!.L

descubra del todo y acabe por viajar eternamente desde su pedazo de tierra.
Ulises fué viajero en unos años de su
existencia tan sólo: en los que duraron
sus trabajos. Luego, en su reino, en sucasa, volvió a la tranquilidad de su vida
de buen rey, y como su conciencia no le
acusaba de deslealtad ni de impureza, finó sin grandes remordimientos, iluminados sus ojos viejísimos con la claridad del
recuerdo de sus heróicas hazañas. Todo
esto, porque murió en su tierra, y él había
besado su tierra.
Pero Unamuno, pasa de largo por la
tierra. Le tuesta el sol y le endurece la
piel el aire. Pero no mira con sus ojos
materiales. Dentro de ellos vigila constantemente el espíritu, y la fortaleza del espíritu le deforma las imágenes y le trastoca todo, y constantemente se pelean sus
sentidos con el mundo exterior, venciendo siempre sus sentidos, que están gobernados por un Señor, y no por un ama de
llaves.
Ninguno de lo~ españoles ha llegado ,a
abarcar tanto, m ha penetrado en tantas
reconditeces como D. Miguel de U nam uno.
Todo le ha sido m·a teria apropiable, y en
todo ha sabido encontrar un matiz o un

n vwno

263

descoyuntamiento. Pero esto ha sido y es
engañarse a sí mismo. En el fondo de todo, a mi entender, no existe más que una
duda terrible, que un misterio. Y al traves de sus obras, ahondando un poco,
se descubre siempre esta vena corriente
en toda su intensidad, siempre impetuosa. U nas veces se esconde como el río
Guadiana y parece que se pierde; pero
más allá sale de nuevo con más brío y
con más empuje. Y, o ella ha de acabar
con don Miguel o D. Miguel ha de acabarla a ella.
Esta manera de viajar de D. Miguel
para descubrirse cada vez más a sí propio,
se ve mejor que en su prosa en sus versos. Ahí duerme su famoso' 'Cristo de
Velázq uez". Yo no sé por qué llama a su
Cristo "El Cristo de Velázquez". ¿Acaso
es "su" Cristo ese Cristo, ni otro de nadie? Leyendo esta obra estupenda se adivina el esfuerzo de creación, el hermetismo de este viajero. De un Cristo, de muchos Cristos que ha mirado D. Miguel
con sus ojos, ha tomado el arranque para
crear el suyo. Y se vé cómo va dándole
vueltas, amasándolo casi, como si fuese
una bola de arcilla gue tomase contornos
de hombre; como s1 el escultor pugnase

�OOLIIOOIÓ• AatKL

por meterle un espíritu dentro de la ma•
sa. Y o creo que s1 un día o una noche D.
Miguel, torneando su figura de Cristo,
viese que se animaba.el brazo y se articulaban sus miembros y la pasta se hacía
carne, y se movían los ojos y tomaba calor de vida su cuerpo, yo creo firmemente, que D . Miguel no se asustaría. Le parecería este portentoso milagro la cosa
más natural del mundo. ¿Para qué, si no,
había viajado con él, y dormido con él, y
le había dado su misma vida?
Y este trabajo gigantesco, sólo por temor, por un temor de negrura, de oscuridad, por apego a la tierra. Por esto el
viajero busca su negrura y dice que la ama. Pero la ama porque teme hallarla
para siempre y cree que vale mucho más
acostumbrarse a ella poco a poco. ¡Si él
adivinase con alguna ra7,6n un poco de
luz, un rayo declaridad!. ... Entonces no
viajaría más D. Miguel de Unamuno. Los
últimos años de Ulises serían sus últimos
años ...
JOAQUIN MONTA~ER
( R.rp.,ña

~!adrid,)

INFLUEJfCIH DE LBS IDERS FRHNCESHS
En la Revolución de Hispano-América

e

s ya por demás ~abido que las teorías de
los filósofos franceses del siglo XVIII, así
como los principios divulgados a sangre y
fuego por los hombres de su Revolución, ejercieron no poca influencia sobre el grupo de intelectuales de cada uno de los pueblos de Hispanoamérica, que encontraron, en cierto modo, en los caudillos los brazos ejecutores de
sus ideas emancipadoras.
Hasta curas como el mejicano Hidalgo fueron semieociclopedistas.
Acaso nunca como en la Revolución Francesa y como en la de la Independencia del
Continente sudamericano anduvieron tanto
en marchas paralelas la acción en las teorías,
el brazo que ejecuta con la cabeza que piensa
y ordena.
Ocioso fuera. pues, insistir en un corto artículo periodístico sobre la influencia que las
ideas francesas ejercieron sobre el general Miranda, precursor de la Revolución Hispanoamericana, jefe francés de los tiempos glorio10s de Valmy y de la toma de Amberes, alma

�é'üi'opea. de la mol~ Btaropa, ai no~
dmieoto, por ~aeaci6a 7 por teadenaa
meaos. FÜé Mitaada como esas A ~ de
dos eabnas que ornan escudos de dos pafaelt,
a loa que representan con toda la exteriot:i-

diúi del sfmbolo, no siempre arm6aico, ai
siempre simpitico.
1
Cambia de aspecto el asunto cuando q ~
moa referirnos a la iatlaencia que las idea• y
los ejemplos fra~ceses ejercieron sobre loe
grandes hombres que, de una manera o de
otra, fueron primer-ds en la Revoluci6a de la
que nos consideramos hijos y defensores.
. Por suerte, la historia, no siempre pródiga
ea datos ex,actos sobre nuestro pasado, que,
sin embargo, es de ayer, nos permite -obattvar aquella influencia entre los que, CODJO
Bolívar y San Martío, por ejemplo, son pa_dres indiscutibles del movimiento al que debemos nuestra existencia de naciones mdependientes.
V fueron Bolfvar y San Martio, de com6n
ascendencia hispana, los que, poniendo de la.do su originali6ad nunca desmentida, dieron
más pruebas de inspirarse para la ejecaci6n
de sus actos ea las obras de los pensadores
franceses.
El estratega de los Andes, el ilustre vencedor de Chacabuco y de Maipo, bebió la teoña
de sus campañas militares, iniciadas ~n España, en los libros del Conde Hip61ito de Gaibert, q •1e hicieron época en su tiempo, al que

Jlláá con sus lacabraoio11e1 táctico qtte
aua eeeritoe acamédiéoa o con eas rom4aamqres con Mademoiae1le de Í'Bspinaae:
Y qué decir de Bolfvar, quien, después de
iar a fos enciclopedistas franceses v de
a Bnileau y a Mme. de Stael, nutrió su
'tu con los libros, ingleses en su mayotfa,
Bentbam, de Helvetius, de Hume, de Bol' de Hobbes, de Spinoza y de Montes.. u, al que completó, seg6n la feliz afirman del profesor antillano E. M. Hostos. De
nth~m, al que la Convención hizo ciudadafran~és y al que Brissot-quien a principios
1793 propuso el Comité de Salud Pública
expedición contra las colonias españoacompañó siempre en sus frecuentes visia la primera República; de Helvetius, que,
que de origen extranjero, nació en Frao• de Hume, que pasó toda su primera ja•
tad en Reims anteli de venir a París como
talrio de Lord Hertford (1761), lo cual le
motivo a que trabase estrecha amistad
RoussJ!au; de Holbach, al que unieron fuer•
vínculos intelectuales con su tráductor
• on, y con Diderot y too Lagrange; de
ibbes, que discutió mano a mano con Des~. que fuera antes su amigo a la par que
iteo; de Spinoza, en fin, cuyo nombre encietodo un programa de filosofía y que se
•6 en 11} carrera siguiendo los pasos de
1mismo Descartes.
la influencia de Rousseau sobre Bolfvar

�268

OOLECIÓN A.RIEL

INFLUENCIA DE LAS IDEA.a FRANCESAS

atribuye el distinguido historiador venezolano Gil Fortoul su misantropía prematura y
la manifiesta tendencia del héroe a dramatizar todo; influencia que se ve clara en su correspondencia epistolar "de estilo pintoresco
y a menudo musical en el que estallan a veces
explosiones de cólera y estremecimientos de
impaciencia".
En la famosa carta que dirigió a Olmedo
juzgando su canto a la Victoria de]unín, carta acaso la más literaria que el Libertador escribiera,se notan la gran autoridad que sobre
él gozaban, tanto como los clásicos latinos,
los autores franceses de renombre. "He oído
decir, advertía Bolívar a Olmedo, que un tal
Horacio escribió a los Pisones una carta muy
severa, enla que castigaba con dureza las composiciones métricas; y su imitador M. Boileau
me ha enseñado unos cuantos preceptos para
que un hombre sin medida pueda dividir y
tronchar a cualquiera que hable muy mesuradamente en tono melodioso y rítmico."
Y párrafos atrás agregaba: ''Usted debió
haber dejado este canto reposar como el vino
en fermentación, para encontrarlo frío, gustarlo y apreciarlo. La precipitación es un
gran delito en un poeta. Racine gastaba dos
años en hacer menos versos que Vd., y por eso
es el más puro versificador de los tiempos modernos".
Sintetizaba, en fin, una observación muy
justa en esta frase: "También me permitirá

269

Vd. que le observe que este genio icca que debía ser más leve que hablador y embrollón lo
que _no le han perdonado los poetas al b~en
Enrique en su aren_ga a la reina Isabel; y ya
Vd. sabe que Volta1re tenía sus títulos a la indulgencia"...
•
Es notorio que, antes q11e sobre Sao Martín
.y sobre Bolívar, los citados :filósofos influyeron sobre 10:5 hombres que presintieron nuestra Revolución; desde aquel limeño Olavide
qu_e. a causa de sus ideas sufrió destierros ;
P,nstones y al que Voltaire dijo por carta: "serta de desearse que España tuviera cuarenta
hombres como vos", hasta Nariño, por citar
otro más moderno, que en 1793 publicaba en
Bogotá una traducción de los Derechos del
Jf&lt;?mb~e y q1;1e proyectaba fundar centros pohttc&lt;;&gt;-hte.ra~10s en cuyas paredes sólo se vieran mscnpc10nes extractadas de los libros del
propio Voltaire, de Montesquieu y de Rousseau.
Todos sabem_os el juicio que al autor de "El
espíri!u de las leye_s" inspir1;1-ron América y
Espana, dos potencias sometidas a un mismo
amo qu~ l~s trataba como a señor y a vasallo; nadie ignora que su cariño por la vida de
naturaleza llevaron al pensador del "Emilio"
a en~alzar las virtudes de los habitantes del
contto~nte colombino; es notorio, por último
3ue el Inmortal hij_o de Poitou afirmaba qu;
por más desgraciados y bárbaros que nos
parezcan los pueblos del Nuevo Mundo, son

�270

COLECCIÓN ARIEL

aún más superiores en -inteligencia y sobre todo en felicidad a los salvajes de Europa, es
decir, a los paisanf)S que van a la iglesia y al
ejército".
No fué, pues, una admiración no compartida la que los ~telectuales primitivos de América profesaron por sus maestros franceses.
Por eso, refiriéndose a su influencia en el momento en que debió estallar nuestra Revolución, ha podido afirmar el malogrado historiador francés Julio Mancini, en un libro
primigenio, que será el mejor monumento elevado a su memoria: "Muchos jóvenes de Méjico, de Nueva York, de Nueva Granada o del
Plata fueron a Europa, a Francia especialmente, a impregnarse de la atmósfera intelectual que tantos extranjeros iban a respirar a
París: los criollos que quedaban en América
aprendían el francés y se iniciaban en su literatura con celo más ferviente que el que mostraba la juventud europea. En parte alguna
''El espíritu de las leyes" fué más comentado,
ni Montesquieu, el inspirador de la constitución de los Estados Unidos, más admirado
que en los centros intelectuales de las colonias
españolas. En "La historia filosófica" de Reynal los jóvenes americanos aprendieron su
historia. Rousseau suscitaba fogosos discípulos. En las sociedades literarias que se fundaban en todas las ciudades coloniales se leían,
se recitaban con pasión las tragedias clásicas
francesas. Se entusiasmaban con las respues-

INFLUENCIA DE LAS IDEAS FRANCESAS

271

t~s de los personajes de Corneille, con las alusiones de Tancredo.
"La injusticia produce al fin la independencia.", y con el frenesí de las heroínas de Racine
que se disponían a resucitar en las admirables
amazonas de la Revolución americana. "El
mundo" era así más ''francés" todavía de lo
que imaginaba Rivarol".
Hasta la misma España llegaron por intermedio de criollos, los ecos de las ~uevas teorías libertarias, hasta las mismas Cortes de
Cádiz, en las que hizo oír su voz de "Mirabeau
ame~ican~" el notable quiteño José Mejía Lequenca, digno co.mpatriota del enciclopedista
~anta Cruz Espejo, que, según escritor espa~ol c&lt;?ntemporá~eo, no fué soportado por los
~er~tles como liberal, pedisecuo de Condillac
e 1m1tador de Destutt-Tracy", ideólogos que
no desdeñaron la práctica y que contribuyeron al nacimiento del idealismo moderno.
El Centenario de la Revolución Argentina
de Mayo celebrado hace pocos años en el Plata, probó con sus abundantes ediciones bibliográficas que la influencia de aquellos pensadores fué también eficaz en esa tierra que
tuvo al fr~ncés Liniers como virrey, después
de haber sido héroe de la Reconquista de Buenos Aires contra los ingleses en 1806.
Pu~den decir los porteños a los bogotanos
que s1 en los albores de la Revolución fué Nariño el primero en traducir los "Derechos dd
hombre", Mariano Moreno le quitó la gloria

�272

- - - ll&lt;FLUENCIA

COLECOIÓN ARIEL

de ser el único y la de enriquecer ~l original
con un prólogo que le honra. También en las
"Memorias" de Belgrano se encuentran las
palabras siguientes, qu_e valen más que las
congeturas de los eruditos y que las ~fir~aciones más o menos fundadas de los historiógrafos: ''Como en la época de 1789 me ~allb?en España, y la revolución d~ la Francia. hiciese tambien la variación de ideas, y par_ttcularmente en los hombres de letras _con qutene_s
trataba se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el
hombre, fuese donde fuese, disfrutara de unos
derechos que Dios y la Natu;aleza le }tabfan
concedido y que aún las mismas sociedades
habían ac~rdado en sus establecimientos indirectamente."
.
Y si de Buenos Aires pasamos
Montev~deo, nos apercibimos _de que también en ese
rincón platense las ideas francesas echaron
raíces en lo más fuerte de su guerra.
En 1816, en pleno gobiern&lt;;&gt; artigu!sta, el
presbítero Larrañag~, ~l_?. su d1scur~o inaugural de la primera_ bibltotec_a pública que tuvo Montevideo, hizo el elogio y recom~ndó la
lectura de la constitución de la República Italiana por Napoleón, y su famoso código ?el
pueblo francés, exclamando, aden:iás_, a guts~
de epílogo de un párrafo patnóbco-:erudito-repnblicano: "confesemos, como dec1a ~aciano Bonaparte, a la faz de todas las nac10-

ª.

'

DE LAS lDEAS FRANCESAS

~i3

nes y de todos los siglos, que Dios es tan necesario como la libertad al pueblo francés, y
plantemos el signo augusto de la Cruz sobre
la cima de todos los departamentos".
Mas si la cruz la propia España la tenía ya
plantada por doquiera, no pasaba lo mismo
con los libros de origen extranjero, que se adquirían por contrabando, y sólo se leían a
hurtadillas, hasta que con la fundación de
aquella biblioteca se popularizaron en el Uruguay actul:1.1 las obras francesas de naturalistas como Buffon y Tournefort o de químicos
como Chaptal, Macquer y Fourcroy que fuera diputado de Paris a la Convención de 1792.
Hoy nadie discute la real y eficaz influencia
de las ideas revolucionarias francesas en la
guerra por la emancipación de Hispanoamérica, así sobre doctos como los ya citados,
como sobre otros indoctos, dignos compañeros de aquellos negros esclavos de Coro que
se lanzaron a la revuelta para libertarse,
después de haber oído, de boca de sus amos,
describir, con riqueza de detalles, la toma de
la Bastilla, el fusilamiento de Luis XVI y las
escenas del..Comité de Salud Públic:1 y de la
Convención. En lo que suelen diferir las opiniones es en la manera de apreciar dicha influencia, que algunos espíritus conservadores
creen más bien perniciosa.
Desaparecerá la discrepancia si se la juzga
por los efectos que aquélla produjo sobre los

�274

OOLEOOIÓN ABIEL

más grandes capitanes del Continente: Bolívar y San Martin.
Las nociones generales filosófico-politicas
que los citados autores dieron al genial Bolívar-quién llegó a ser profeta en su tierra-no
cabe suponer hayan sido perniciosas a su causa como no lo fueron las sabias teorías aprendidas por San Martín en los libros de Guibert.
Huelga ponerse a investigar si todos los
que en Hispanoamérica se inspiraron en los
principios de la Revolución Francesa se mantuvieron consecuentes con ellos hasta el fin
de su vida politica. Debe, en cambio, dejarse
constancia de que las doctrinas revolucionarias de 1789 fueron uno de los factores prin•
cipales de aquel movimiento insurrecciona!
que, sin una preparación previa y sin comunes ligaduras, se propagó por todo un Continente; en el que se produjeron para una
misma época convulsiones semejantes en distintos centros, al igual de esas flores bellas
que parecen dispersas, en un mismo amanecer,
luciendo colores idénticos y formas homogéneas porque son producto de igual polen
salido de una sola antera en una tarde propicia a la fecundación a la distanci\.
HUGO D. BARBAGELATA
Parfs, 1916.

(la Nota. Buenos Aires.)

[a perfecta alegría

LAS

Florecitas del buen San Francisco, en
una tarde inolvidable, vertieron en micorazón su aroma le collados vírgenes. Por gracia
del aroma, aquella tarde pasó alada, hacia la
muerte, sin la más~leve pesadumbre.
La crónica del pobrecillo de Asís y de su Orden es, en verdad, como un continuo florecer.
Aquí oímos palabras del Santo, sabias y simples,
tal pedrezuela_s que despreció el palurdo y que
eran diamantes caído~ en el camino; un lobo se
reconcilia con los hombres; los pájaros hacen
silencio de oración y vuelan, a una palmada del
Santo, signando una cruz en los aires, bajo el
azul vibrant~. Donde caen las gotas de su sangre, el Santo recoge rosas!
Y todo se sucede en paisajes de Italia: en aldeas blancas: entre pinares oscuros, a la orilla
de los arroyos purísimos ...

•
Pero de entre la crónica, ligera y sonriente, que
guarda la gracia cautivadora del paisaje, surgió

algo más vivo,-claridad de claridades,-cotno

�276

OOLEOOIÓN A.RIEL

otro milagro franciscano, a llenarnos el espírit
de emoción.
Según San Francisco y la crónica de su ÜI"
den, la perfecta alegría, no era otra cosa que 1
suprema humildad. Y mi emoción más profun
da estaba en reconocer, mezclándola con la má
cruel amargura, por nuestra vida y por las cosa
presentes, una estupenda verdad en la homilí
franciscana; verdad que, siendo única, pareci
llegar tarde y apenas remover en el corazón
apretado en púrpura de vanidades, una esperan
za vergonzante de antaño y, sin saberlo, puest
en suplicio: doncella olvidada en el fondo de u
na cárcel obscura, cuyo suplicio pedía ahora
arrastraba el llanto a los.ojos!
A un lado la forma militante q,ue la bumilda
toma entre las filas de la Orden, en guerra co
los enemigos y falsos devotos del buen Jesús, 1
cuales infestaban el mundo; y aparte tambié
-porque no era para nosotros y nuestro tiempo
-el carácter de renunciación religiosa que con
fundía a cada paso la humildad con la pobre
por la pobreza misma, algo de la eterna
pura humildad tocó aquella tarde mí espfrit
como a la puerta de una iniciación ...
En el libro cerrado, pero sin marchitarse nun
ca, porque eran ~rendas de amor et_erno, qu
daron las florecitas del buen Francisco dan
en silencio su aroma de collados vírgenes,

LA PERFECTA ALEGRÍA

277

nto se alzaba sobre mi espíritu, con dulce imrativo, la lección inaplazable:¡ Ser humilde!
Sobre la. tierra oscura, el Angelus levantaba
enorme basílica de la tarde. El día era, al ca• , un fulgor colorido, lejaqo, en los vitrales góticos del crepúsculo.

*

l Ser humilde!¡ Serlo a nuestro modo y confore a cada naturaleza !
Comenzaría por aceptarme a mí mismo, con
~queñez y flaquezas; sin punto de confusión las
'°88~, el am?r y el dolor serían entonces pura y
nc1lla realidad, y el traidorzuelo o el hipócrita
~ ar~a_straría ~ mis ojos ingenuos con ingenua
d1c1ón de sierpe, cumpliendo con su natueza.
Por~ue la humildad enseña a serpuro-quie.
decirse, conforme a sí mismo-y a ver la pu:ra de las cosas, en el agua o el fuego!
~ntre los otros y yo, no habría más ocasión a
o Y confusiones, porque ahora, por sobre los
hondos prejuicios, había un modo de ver
ue lo refería todo a la más pura y sencilla reaad, de donde, como de la materia el perfume,
. conceptos se redimían, en definitiva, mís-

lioos....
*
Tal suerte de ingenuidad, serena y olímpica,
mo nacida en la Hélade, sacudía de sí toda a-

�278

OOL'ICCIÓN AB.IBL

dulación para el poderoso,-aun para aquél co
quien los otros se perdonasen la vida ; y, de con
tinuo, se interrogaba en siletié:io a qué hacerse
perdonar también, de falsos maestros, las pala
bras y las acciones. Para el amor y el dolor no
había amos ni maestros posibles!
Los seres y las cosas amanecían ahora com
nuevos y aun conforme al primer amanecer de 1
vida y así, por virtud de una emoción prístina.
de enamorado o de niño, acaso gozara Jll divino
placer de nombrar los seres y las cosas por la
primera vez, en un éxtasis paradisiaco: el ár
que da sombra; la rosa apenas nacida y ya· muerta; el pájaro que voló sobre el gajo más alto y
da un trino, o fué nota amarilla o muy roja en e
aire diáfano y tembloroso.
Porque la humildad enseñaba, conjuntamente con ser púro-a imagen del agua o del fu
go-a ser libre!

*

Si amaneda en torno infortunio y pobrezas, el
amanecer no sería menos un milagro. La choz
del ol vitlo, por real, buena; el alero de desamparo
alegre. El paisaje alejaba por todas partes deso
lariones: el valle árido, las colinas rojas y abrup
tas; pero un zagal tañía, a lo lejos, su flauta pri
mitiva y, en una rama seca, saludando las cosa
• del amanecer, un pájaro cantaba. Todo era bue
no y alegre.

JtB.P&amp;CT.&amp;. ALJtGBf.&amp;.

279

Al zagal y al pájaro, su hermano menor, les
bastaba, por ser humildes, con reconocer su liber•
tad, para darla sin esfuerzo y con devoto regocijo,
en aquel grado supremo de libertad, que es la
expresión.
Porque la humildad enseñaba, juntamente
con ser puro y libre a ser artista, al modo fra.
terna/ del muchacho y del pájaro!

*
Y más luego y por último, en toda grandeza
discurría, de un principio o a poco, según debía
verse desde limpidísima certidumbre, un raudal
de humildad, a la medida que, de propio y sencillo móvil, la grandeza se diera punto por punto
en sf misma, sin afectación ni timidez. El místico,
el poeta, o el héroe al igual del águila, el árbol o
el río, que sin afectación ni timidez, dan de un
todo en el vuelo, la majestad o la corriente.
De donde, por inversión de los términos, todo
lo lento que se quiera, pero perspicua y serenamente, la humildad enseña también a sergrande, aun en cuanto a proporciones humanas se
comparase. Y en el espíritu y la naturaleza tan
grande venía a ser, según la humildad, el insecto
como el águila, y n6 le era menester, perdonarse
de ésta porque volase de las cumbres cerniéndose al medio día sobre el césped!

•

�280

OOLEOOIÓN ARtEL

La lección de Francisco llenaba el mundo, Y
era apenasel balido de una ovejuela! Pero su ver•
dad, por todas partes impresa, sólo en los corazones , sería vida y sendero ....
Sobre la tierra obscura se cerraron, tachonadas
de estrellas, las puertas de zafir de la noche de
primavera. Para quien se abriesen, como azul y
do rado misterio, la palabra del Santo sería viva
realidad del corazón I Porq ue¿ qué era fa perfecta alegría, sino la gracia que vive esparcida en
las cosas y los seres y que en el laude del pobrecillo de Asís se r ecoge oriente en la perla, sin dejar de ser pura y libre?
Para algún corazón de poeta, cada estrella seria una florecita franciscan a , y fuera el testimonio poético de que, realmente, sobre los obscuros
caminos, un día floreciera aquella, la perfecta
alegría, perfumando el mundo....
OSCAR LINARES.

Simi~nt~ dt agonías
, No debemos prrg1111/amos si los que lloran tienen, 111oti1..10 para ello o 110 lo tienen. sino sencillamente qué podemos /iacer para que no lloren.
M. MAETERL/NG.

Dolor de la miseria, dolor de las mezq uinas
alarmas terrenales, dolor de las pequeñas
angustias de la vida, ¡ cu án so rda mente minas
las existencias p álidas que trágico domeña s !
No hier es co n la saña de indómitas pasiones,
pero en sigilo el ánima t orturas lentamente,
y la fugaz, la frágil paz de los corazones
con el presagio inq uietas de una ansiedacl cr ecient e.

Valencia, junio de 1916
(La Revirta. Caracas.)

l\Iás ínt imo, más t riste, más cauto, más sombrío
que el drama de la muerte y el drama del ha stío,
del alma que emponzoñas t e ocultas en el fondo;
Y si un esquivo rayo de compasión te alcanza,
te escudas con tu estoico fracaso de esper anza,
tor vo dolor sin lágrimas, tan mísero y tan hondo !
Dolor el m ás amargo de n uestra a marga vida,
dolor de la m iseria , solo dolor sin ga.usa,

�282

SIMIENTE DE AGONÍAS

COLECCIÓN ARIEL

I

muriendo eternamente por una nueva herida
y eternamente inquieto por una nueva causa.
Dolor que sigilosb te envuelves en la sombra
de tu girón de harapos para celar tus huellas,
fa la esquivez altiva que tu pudor asombra
devuelves un difuso relampaguear de estrellas;
Dolor de la miseria, dolor de la amargura
de carecer de todo, ¡ de todo !, en la insegura
senda del fugitivo tránsito hacia la muerte;
Dolorqueenlas tortuosas revueltas del camino
la tregua de un instante demandas al destino
para cegar los ojos de la contraria suerte;
Nada tu melancólico ensaflamiento iguala,
dolor de inconmovibles, de acerbas persistencias,
tan plenq de congojas, que tiemblas bajo el ala
de la piedad que acorre tus mudas impotencias

283

Dolor clemente y pródigo, que desolado gimes
del corazón las ansias y heroico te redimes
para otros corazones soñando el bien perdido.
Dolor de la miseria, dolor de las silentes
concentraciones íntimas de un tímido aislamiento,
dolor de las amargas derrotas inconscientes·,
trémulo y angustiado dolor del desaliento.
Germen de taciturnas t ~ndencias agresivas,
y claudicantes ansias propicias a la entrega,
de humíllaciones trágicas en el desastre altivas
y de altiveces frágiles transidas en la brega.
Dolor de la miseria,.simiente de terrores,
simiente de agonías sin quejas, sin cl~mores
que turben el opaco silencio de tu abismo; .
Triste dolor perenne, tan sordo, tan callado,
que de tus propios ayes te alejas desolado
y para no sentirte te embriagas de tí mismo._

Y nada la tristeza dramática domina
ni la zozobra amengua de tu escondido llanto;
si la misericordia tus heces ilumina
su lumbre diafaniza recóndito el espanto.

¿Zozobra?¿ desaliento?¿ terror? ¿ inelancolía?
¿ locura de abismarte?¿ tristeza de rendirte?
Cada un dolo;, y todos, presagian la agonía
con que solloza el alma la angustia de sentirte.

La exaltación y el crimen son llamas del momomento.
y t~, fatal, perduras, dolor del sufrimiento
de la humillante lástima y el desdeñoso olvido ....

Burlado eternamente por el azar, recelas
de todo aventurero y alucinante empeño,
y para no engañarte con la esperanza, vuelas
muy lejos de la dulce promesa del ensueño.

•

�284

COLECCIÓN ARIEL

La dicha, la quimera de dicha que sostiene
las ansias del terreno peregrinar, no tiene
para tus lobregueces un compasivo halago;
Dolor de ver la vida pasar, sin que deslumbre
un resplandor de aurora fugaz tu pesadumbre,
ni aclare una sonrisa tu deambular aciago.
A veces turba el vasto silencio en que clausuras
• la espíritual tragedia de tus meditaciones,
un tormentoso oleaje cotno de crispaturas
y un ulular siniestro como de imprecaciones.

SUIIÉNTE l&gt;E AGONÍAS

285

Si piérdese en la sombra y extínguese en el
viento
de tus lamentaciones el plañidero grito,
con tus lamentaciones forja un remordimiento.
como la culpa, ingente, y como tú, infinito.
No temas nuevos golpes ni más adversidades;
nada hay sobre las vastas, las negras tempestades
que el pávido ll\Ísterio de tu recinto asordan.

Y sé, para la vida falaz que te rechaza,
un treno, una quimera, un eco, una amenaza
de todas las miserias que tu caudal desbordan.

Dialogas con la vida, de arrestos que fracasan,
de empeños que se rinden y fuerzas que se agotan,
y entre la vida estéril y tus demandas, pasan
nuevas infaustas horas que tu afanar derrotan.

El alba, la esperanza, la dicha en flor, aleves
esquivan la infinita desolación terrena ......
tú solo, como Cristo, te exaltas y conmueves
con la inextinta lágrima de la amargura ajena.

Con el vigor indómito del tormentoso oleaje,
del ulular siniestro con el gemir salvaje
ampara y fortifica tu míseria flaqueza ....

y has exprimido en todos los odres el veneno

Y así, en el gran silencio donde hosco te encastillas,
si una obsesión de abismos te dobla las rodillas,
que una visión de cimas te yerga la cabeza.
La súplica, la instancia, la persuación, no llegan
jamás a la inconciencia con que la suerte escuda
la sórdida avaricia, ni adoloridas ruegan
sin que al dolor que evocan otro dolor acuda.
o

Tú solo, que has sabido de todos los azares
del vino de la vida, los llantos seculares
compartes, sollozando con el dolor ajeno.
Tú solo, del milagro· de consolar al triste
la comunión conoces, que sólo tú sufriste
con elclamordeangustiaqueotramiseriaarranca,

Y sabes, en tu e1_1sueño de comunión propicio,
que emerge del celeste y heroico sacrificio
toda radiante el alma serenamente blanca.
FEDERICO UHRBACH.

�EL CULTO DE LA MADRE

61 culto de la madre
CONFERENCIA LEÍDA POR EL DOCTOR ALBER1'INO NINFRÍAS EN EL SALÓN DE LA. "ASOCIACIÓN CRISTfAN.A.

DE JÓVENES", EL VIERNES 12 DE MAYO 191G.
Ex-tolo carde.

e

hombre de letras, como el pintor y el
escultor, tres seres qt1e buscan interpretar a la naturaleza al trav6s de sus almas,
amantes de la belleza, recogen en el camino
sus mejores inspiraciones. El tema de esta r_eunión, de un alto significado moral, me ha s1d?
dado como una visión, al atravesijr un~ bulliciosa vía de nuestra metrópoli. En el frente de
una gran vidriera había un cuadrito encantador fresco y saludable corno las brisas de la
mafiana sobre las campiñas verdes y odorantes. Representaba un claro de frondoso bosque
y ocupando el_ plano principal veíase a una madre, esposa sm duda de alguno de los guardianes deL religioso asilo de la naturaleza; vestía humildes ropas, y su cabello, algo desgreñado evidenciaba a lo lejos, a la mujer hacendosa' del hogar. Pero su sacro gesto hací!'olvidar todo ello para concentrarse en ~u divina maternidad. Levantaba de un carnto de
manos a su hijito de las entrañas, a la supreL

287

ma ilusión y lnz de sus monótonos días
El artista en color~s, cuyo nombre ignoro,
supo lo que era el cariño de una madre su abnegación, su dulzura y aun más; el h~cho de
escoger el artista como ambiente de sn expresión artística un bosque, prueba cuan hondo
era su pensar. En efecto, ¿qué palabra lleva
en_ s! u~ concepto más profundo y está, si quer~ts, mas cerca de Ja idea de Dios, si no es pre•
· c1sameute el vocablo naturaleza? En todos
los idiomas veis acoplado ese término al de
madre. Madre naturaleza, dicen los filósofos
los artistas y los físicos.
'
La madre es, a todas luces, lo que está más
cerca al impulso admirable e insomne que
muestra todas las fuerzas en nuestro derredor. Ella está en una comun~ón más intima
con la esencia del mundo; ella penetra con
mayor facilidad lo invisible, taller maravilloso de toda la vida y de todas las vidas. ¡Qué
clara es la visión espiritual de la mente mat~rna! Posee u_na_ intuición sorprendente; pres1ente la prox1rn1dad de los acontecimientos·
adivina de una manera precisa el carácter d;
las personas con quienes sus seres más queri~
dos entran en relación.
¡Con qué tacto la madre refiere al hijo todo
aq~ello que le puede perjudicar, que le puede
herir y con cuanta energía le alienta!
Las acciones mejores de los hombres son las
r~alizaciones de la idea de una madre. Ella
vtó, el vástago ejecutó.

�EL CULTO DE LA MADRE

288

289

COLEOCIÓN AR1!1,

Cuánto hermoso cuadro se levanta ante mí,
de esas escenas de la invencible amistad de la
madre con su hijo. La madre ha rodendo tiernamente el cuello del hijo y así enlozada, su
mirada en la de él, le habla con convicción firme y profética de las cosas de su porvenir.
El hijo ha ingresado triste, en los brazos de
la autora de sus días, sale contento y esperanzado. Preguntada un día, la nobilísima
Cornelia, aquella matrona de la Roma consular, por una amiga que la visitaba: "¿dónde
están tus joyas?" contestóle aquélla, atrayendo hacia sí a sus dos hijos: "llelas aquí".
Y esos dos jovencitos fueron más tarde los
más grandes tribunos del pueblo Romano.
No podía ser de otro modo. Detrás de todo
gran hombre, hay una gran madre, y el caso
no es una excepción, aunque tratéis de hombres tan opuestos como ser Goethe o Napoleón. hluy poco, en comparación de las madres 1 oís hablar de los padres, en las memorias de estos dos héroes del pensamiento y de
la acción. Lo mejor y más divino de sí mismo,
lo atribuye el autor del Fausto, al alma de
alta distinción espiritual de su madre. Ella
t.ra, fuera de toda duda, la clase ue madre que
esperamos para un poeta genial. ''Fué", dice
uno de los mejores biógrafos del escritor,''una
de las personalidades más gentiles de la literatura A.lemana, y la que se ha hecho un lugar
prominente entre ellas." Fué de naturalez~
sencilla, dotada de un gran contento de ánt-

mo y un corazón afectuoso que se hacía querer de cuantos la trataban. Para resumir en
po~a.s palabra~ tanta grandeza, diré fué "la
delicia de los mños, la predilecta de los poetas
y de los príncipes".
Refiérese que después de entrevistarse con
ella un culto espíritu, exclamó: "Ahora comprendo cómo el gran poeta baya podido llegar_ a ser el hombre que es".
. Ningún cumplimiento más hermoso ni más '
Justo para su memoria.
En unos versos autobiográficos, el artista
declara: ..
.
"'Von Mlitterchen die Frobnatur
Die Lust zu fabuliren."
'
"De mam:l me viene mi. disposición a la alegria
y el amor de narrar cuentos,"

Cuando el vencedor de Austerlitz es coronaen Nuestra Senora de. Pans, _su primer preocupación es que
prese~cie la_ sin par ceremonia de hierática
mag01~cenc1a, la anciana madre.
¿Quién p_odría apreciar mejor que ella la carrera -:ertiginosa del hijo? Napoleón era sim- '
p}e ~~m~nte c~ando el saqueo de "las Tullenas ; diez y siete años más tarde, amo de la
,Europa.
. Las dos figu(as más patéticas de la histo. na, son los dos hijos de Eduardo IV, Rey de
Inglaterra. Muerto el popular Monarca en la
~or de su edad, dejó tras sí a hijos demasiado
Jóvenes para las responsabilidades del caso.

~º emperad&lt;?r de los. franceses,

�290

COLEOOIÓN ARIEL
EL CULTO DE LA MADRE

Puesta la regencia del Reino en man&lt;?s. del
tío, el Duque de Gloucester, éste ambicios?
monstruo buscó deshacerse de sus ,do.s sobn•
nos. Sabía harto bien, el astuto pnncipe, que
mientras permanecieran los adolescentes al
lado de su madre, ella sería para ellos su más
segura defensa.
.
.
.
El primer paso hacia el cnmen que meditaba el regente, en el fondo tenebro~o de su conciencia, fué separarlos de la re~n~. Hay un
cuadro que comenta este acontecimiento y es
de los más tristemente conmovedores que se
han concebido. La acción tiene lugar en ~estminster Hall, soberbio salón de grandiosas
proporciones. A un. lado, !emos a la augusta
madre en una trág1ca actitud de ~~sesperanza y asida fuertemente de sus dos htJOS cuyas
faces baña con lágrimas de sangre. E.sa noble
señora sabía que se despedía 1¡&gt;ar:i,. siempre, Y
el que hoy estudia el hecho histortco y sabe
como terminó, participa de ese dolor, ante el
cual todos ellos se desvanecen como la noche
al abrirse el dia.
¡Pobre madre!
Si tiene capacidad para la dicha más alta,
también el dolor arremete contra ella sus más
furiosos atagues.
Rodin, el Miguel Angel de los modero.os
tiempos, ha esculpido una cabeza de muJer
que obsesiona en verdad.
Le ha llamado el dolor. Solo es menester
darle una rápida ojeada para saber de qué

291

dolor se trata: la horrible e indescriptible angustia de una madre ante la desaparición de
su hijo amado.
Cuando era pequeñuelo, presencié un suceso
semejante; jamás se borrará de mi ser, mientras viva. Hubo de arrancarse por fuerza a la
madre del lecho donde yacía un cuerpecito
frío; sus sollozos sumían en la pena más
acerba.
En una de las grandes novelas del siglo "El
Sendero de Dios" por Bjornson, hay una des.
cripción de este· asunto altamente sentida.
Han operado a un niño muy próximo a la
muerte, y la madre, sugestionada por su angustia, va a ver si vive aún. Se ha escapado a
la severa vigilancia que ejercía la familia sobre su descanso. Dice el novelista: "No dijo el
niño una palabra, ni movió parte alguna de
su cuerpo por temor de volver a sentir el dolor de antaño; y a ella parecíale como que su
espíritu volaría del sitio si se movía y si ella
le tocaba o enunciase palabra alguna. Pensaba que su respiración aun pudiese ser demasiado fuerte, buscó hacerla casi imperceptible,
ni movía manos ni cabeza; en esta quietud serena parecíales estar bajo la sombra de alas
de ángeles. Era un momento parecido a aquel
en que le había dado el ser, al oir los primeros
rumores de la voz viviente. Y ahora la vida
volvía por segunda vez con respirar temblo. roso. Los ojos. del hijo eran como luz en la
nieve. No se cansaba ella de su fresca lumino-

�292

OOLEOIÓN ARlEL

sidad; flotaban en los suyos; anhelaba ella que
esta situación no terminase nunca.
"Mas el muchacho fué vencido por el poder
de sus ojos y se entregó al sentimiento de s.eguridad que le inspiraba su presencia. Volvió
a entornar los ojos, abrióles de nuevo una o
dos veces ... Sí, ella estaba allí, y en ese pensamiento durmióse".
¡Qué derroche de muda ternura se experimenta al leer ese trozo! ¡Cómo llega el escritor
al fondo eterno de la madre todo amasado de
intuición y el más fino de los amores! A todo
hogar penetran en su danza loca, las horas
tristes, las horas amargas, las horas en que
un confuso destino parece anonadarnos. El
mundo en este momento está sembrado de
esas horas fatales. Sobre ningún ser hace
mayores estragos la guerra actual que sobre
las pobres madres. La Conflagración presente
de los pueblos, es la tragedia de las madres.
Pero, con qué entereza se han hecho a esta situación sin precedentes en la historia de la
raza. ¡Madres maravillosas! las ha calificado
un periodista.
Se ha recogido una carta, cuidadosamente
guardada contra el pecho de un oficial ruso,
muerto en el campo de batalla. Era de sumadre. He aquí algunas frases de ese ajemplar
documento:
"Tu padre murió luchando muy lejos nuestro. Ten presente que tú eres el hijo de un héroe. Mi corazón rebosa de pena y llora al pe-

•

EL CULTO DE LA JIIADRE

293

d_irte seas digno de él... No wivimos para
siempre en este mundo. ¿Qué cosa es nuestra
vida? Una gota, acaso, en el océano de la
Hermosa Rusia.
..
" ...Cuando seas enviado a realizar alguna
gran acción, no te acuerdes de mis lágrimas
sino tan sólo de mis bendiciones. ¡Que Dios
te guarde, amado hijo mío! Por todos lados
se dice que el enemigo es cruel y sal\raje. No te
dejes guiar por la venganza ciega. No levantes tu mano sobre una cabeza caída; sé misericordioso hacia aquellos cuya suerte sea el
caer prisioneros tuyos ... "
. El amor de madre es sublime, heroico, grandilocuente; desdeña fijarse en lo bajo, lo egois-,
ta, y despliega la belleza de sus anchas alas
en toda ocasión solemne. Vive v muere en la
belleza. No vacila, hace; tiene Ía grandeza de
las antiguas leyendas. Ese amor está hecho
de la pasta de los héroes, cuando se trata del
hijo.
El hogar es quien da carácter a un país. A
pesar de cuanto se me dijese otrora, siempre
tuve fe profunda en la salud moral del pueblo
francés. La base de mi creencia estaba en la
insuperable terneza de la madre en Francia,
su inteligencia, su espíritu previsor, su alegría
y energía del vivir.
¿Quién no se inclina hoy ante esta nación,espléndida en su heroísmo y en su resistencia?
Recuerdo haber leído un episodio de la guerra queme quedó muy grabado. Se trataba de

�294

OOLECCIÓN ARJEL

una madre que no solo había perdido a su esposo, sinó también a sus dos hijos. En el
momento de comenzar el relato de su caso,
estaba de pié, al lado de la cama de su tercer
hijo. A este acababa de serl~ ampu~ada ~na
pierna. La lámpara de la vida del Joven tb~
extinguiéndose poco a poco.
Al día siguiente, la infeliz madre tuvo el
valor de ir a despedirse y agradecer a la enfermera por las atenciones que había recibido
su hijo en sus últimos momentos: C:on frases
hondas tributó su eterno agradec1m1ento, luego dirio-ióse completamente enlutada, con paso dig~o a la puerta de salida, por entre una
doble fil¡ de camas; al llegar al dintel, volvió
la cabeza en dirección a la cama vacía de aquel que hasta ayer había sido su postrer
esperanza.
U no de los más valerosos generales de Francia, en la expedición a la península de Galipolí el General Goura.ud fué por dos veces tan
~al herido que tuvo que cortársele el brazo
derecho.
Al regresar a París, buscó ocultar su pérdida a su querida madre, pero al abrazarle se
dió cuenta de lo sucedido y retrocedió horrorizada. Se echó a llorar sin consuelo. Gouraud la tomó cariñosamente con el brazo
restante y le dijo: "¿Por qué lloras?-no te
alegras de verme?" y de esa suerte a~ogó su
llanto y borró con un beso sus lágrimas de
dolor sincero.

EL OULTO DE LA !,[A])RE

295

En todas las circunstancias de la vida este
culto a la madre es un freno a los malos impulsos; es un salvaguarda contra las desilusiones del vivir.
Jamás se perderá por entero el que siente
fuertemente este afecto y aunque se halle en
el abismo del pecado o en los tormentos de
una pésina situación, podrá por sobre toda
aflicción, elevar a Dios su alma, porque ha
amado a su madre.
Con cuanto entusiasmo entonces recordamos esos versos de Rudyard Kipling, que cometiendo quizás una profanación poética,
buscaré traducir aquí:
Si se me ahorcase sobre el pico más alto,
Madre mfa, madre mía
Y o sé quien seguiría mis pasos,
Madre mfa, madre mía.
Si me ahogare en la mar más profunda
Madre mía, madre mía
Yo sé las lágrimas de quien vendrían hacia mí,
Madre mía, madre mía.
Si yo fuera condenado en cuerpo y alma,
Madre mía, madre mía
Yo sé qué oraciones me rescatarían,
Madre mfa, madre mía.

�296

-

COLECCIÓN A.RIEL

A este poema solo le encuentro dos cosas
comparables en el dominio de las artes: "el
Dolor" de Augusto Rodín y ''la Pietá" de Miguel Angel.
Me parece verla, a esta última, la efigie simbólica de todo dolor: es la madre del Cristo
que murió por salvar a infinitas generaciones
de hombres. ¿A quó pena puede compararse
la suya?-¿No era su hijo el más irreprochable y bien intencionado de los hom bres?-¿No
hería su frente sin mácula un rayo inextinguible de bondad y de amor? No solo llora a su
hijo, sol)oza por la humanidad entera que ha
sacrificado en él, su dicha, su quietud, su a•
gradecimiento. Para haceros concebir cuan
grande es este tesoro del amor maternal, os
he hablado de su aspecto triste y doloroso.
A.sí lo exigen los tiempos que corren, pero lo
ha sido también por aquello de que nunca es
tan grande nuestro afecto hacia alguna cosa como cuando la perdemos.
Cerremos esta parte con la reminiscencia,
entre todas trágicas del Antiguo Testamento,
de aquella madre cuyos siete hijos fueron colgados para servir de pasto a las fieras y a los
pájaros del aire. Un escalofrio de horror hiela la sangre de nuestras venas, cuando sabemos a la infortunada madre en continuo ace•
cho para ahuyentar del lugar del suplicio a
toda persona que pudiera dañar a esos cuerpos mutilados. Con su constancia logra dar
tranquila sepultura a todos ellos.

EL CULTO DE LA MADRE

297

Sin embargo cuánto recuerdo nos evoca la
madre a pesar de todos estos horrores descriptos.
Escuchad éste de las románticas regiones
de Escocia, fuerte y bella tíerra de grandes
corazones. Espera su turno un jovenzuelo para hablar con el coronel. Ha estado haciendo ejercicios de recluta desde algunos meses.
-"Qué puedo hacer por tí?" le pregunta el
paternal jefe.
-''Yo deseo marcharme a casa", responde
el tímido muchacho.
-"Y por qué?" contéstale tan solo.
-"Yo no vine a9uí para hacer ejercicios;"
y agrega con énfasis, "yo me enganché para
pelear".
·
Era este el hijo único de una viuda . pero
~lla consintió con buena voluntad en dejarle
tr al frente. El fundamento del edificio social
está en el corazón de la madre. De ahí manarán las virtudes y prosperidades de la patria.
Si ella dedica su vida a un fin; si ena vive de
una existencia superior para que los que la
sigan vivan mejor, si ella subordina su mentalidad perseverante y conservadora a la satisfacción de un noble porvenir para sus hijos:
entonces nada puede derribar las fuerzas de
su puro amor.
Ella es quien vence o sucumbe en la batalla
moral de los pueblos.
¿Qué hay en el fondo de ese culto a María
tan lleno de ingenuidad, de frescor de corazó~

•

•

�298

COL'IOCIÓN ARI'IL

y de los generosos impulsos de la juventud,
si no es un tributo a la maternidad? En In. glaterra especialmente, dedicábase a la madre
de Jesús, el mes de Mayo, el más hermoso y
florido del año. Asociábasela conmemoración
al retorno de la vida de las plantas. Iban los
innumerables festejos y servicios religiosos
como envueltos en las sutiles aromas de los
azahares y madreselvas. ¡Cuanto significaba
expresar su ser en la alegría del más cándido
y pristino de los amores, tenía cabida en el
poético mes de Mayo!
María, la virgen María, la dilecta del Señor,
la princesa de Davídiéa estirpe, reunía en su
persona a todos los afectos individuales para
constituirse en el arquetipo de todas las madres.
Y aún hoy día, en estos tiempos de menos
poesía, pero si de más tragedia, en cuántos
pechos no arde todavía esa pasión sagrada.
Los campos, la montañ.a, el mar, siempre fueron los últimos asilos de la naturalidad en el
hombre.
Romain Rolland ha escrito una obra que
viene a ser para nuestro siglo, lo que fueron
''Los Miserables" para las letras del pasado.
Su héroe es un hombre de genio y como tal
un martir a su manera. Como toda alma
grande, Cristóbal no cuida de las convenciones sociales. En perpetuo choque contra individuos mezquinos y faltos de comprensión,

EL CULTO DE LA lllADR.11:

290

obligado Kraft, a huir de su patria enada al culto de la fuerza bruta
No .ha tenido el coraje de comu~icar su reJuc160 al ser que más quiere, y anda perple• como ocult~rle su propósito. ' Mas lo ioetable llega siempre.
Es un _Domingo lleno de sol. La tarde está
r declinar suavemente. Madre e hijo han
ta~o conversando de manera afectuosa. Ha
h1do de ref?Cote un~ pausa en el coloquio
la ~obre Luisa, rendida de caosaocio, hase
rm1do ~on el grao libro de todo hogar cris•
o, ab1ei:to sobre sus rodillas. Unos pálirayos 01mbao su fisonomía' estóica y regnada.
Está tranquila, estd serena.
·
¿N.? est~ cerca de su hijo amado?
Ast la v1ó por .~!tima v~z el hijo genial, y de
suert~ tambteo o.s deJo, amigos míos, con
evocac16n de una imagen parecida, imagen
fuerza y de reposo, de amor y ternura por
uella que es única en la vida de todo ser.
ALBERTO NIN FRIAS

•

�t&gt;a. OIBOilO BJBLtOO

-

1

Dtl ctrcado bíblico
Vosotros, pues, pondrélspoesfaen
tro trabajo; y sólo as! recibiréis nna Yida

cbosa•en pago de vuestros esfuerzos.- E
GoNZALEZ BUNCO. Jmú tú Ntu/ll'dA.

,

-

-Lahrador, labrador, tu lucha es vana,
estéril es tu ajdn: verds mañana
que se cubren de abrojo~
/,os surcos que regaron
•
el agua de tus ojos
· y el límpido relente
.
que la fatiga salpicó en tu frente.
Y a no amards la tierra
que la semilla encierra¡
tu heredad desolada
serd de los reptiles la morada.
Con la simiente riega poesía,
si anhelas que lozana
la mies resurja de la madre pía·
al lucífero albor de la mañana . ...
- Herrero, noble herrero
de fuerzas giganteas

en el yunque golpeas
duro bloque de encendido acero
templarás tu fragua
'
vertida en- infierno
vivirds en un martirio eterno
rJJios y sin amor, sin pan, sin agua.
rJ'ara que la existencia te sonría
t11s. ensueños el dolor no trunque1 •
compás del martillo poesía
arce en dulce calma
ndo forjes el hierro sobre el yunque . . . •
orque el son del martillo es armonía
ra aprender la mús_ica del alma!
- Maestro, las lecciones
dictas en el aula
los incautos niños
ulliciosos gorriones
idos en la jaulariles serán como la. avena
arrojó el labrador sobre la arena
quieres que el fastidio
·
la esc~la no espante la alegria
convierta en lóbrego presidio
rama poesía
'

I

�302

OOUOOIÓN AllllL

en la lección, y el niño
marchará con cariño
como dócil cordero
por el arduo sendero
de la sabiduría . • • •
.
.A si, hablaba Jesús de,,,Galilea
d ·1
r
el bar¡Jo murmuró: j'.oen i o sea. -

J

MANUEL MARIA MUNOZ
(Colombiano)
Bolivia) enero de 1916.
La Paz (
'
CW1f, Pú/Jliea de Colombia. Bogotá.
(De la Revista tú la /nslnl&amp;

Un butn ~UtSO

N

O, no; el Amor es bueno y nunca desampara
a sus pacientes. Qye mi dulce amiga la historia de Inés y Florencia, para que te convenzas
de tan importante verdad.
Inés y FJorencio, ambos nacidos y criados en la
opulenta finca donde servían, eran dos gallardos
muchachos que se adoraban desde la niñez. Hast a aquí todo va bien, y aun ha de parecerte mejor
si te digo que los chicos se besaban como unos
glotones cuantas veces podían, con el incentivo
de esas brisas campestres que en la primavera
hacen estremecer tan profundamente a los bos.
ques venera bles. Cuanto podían se besaban, y
hadan muy bien, a despech~ de tu aspaviento
convencional; cuanto podían, porque, ¡ ay I no
aiempre les era dado.
La señora, una viuda ya entrada en años, era
muy beata y se escandalizaba al sólo nombre del
Amor, como no fuera éste el divino. No obstante,
sus amigas afirmaban, que en su devoción a San
Antonio, por ejemplo, no todo era desinterés celestial, llegando uno de sus primos, viejo entre

�304,

OOtBOOIÓN ARlEL

santurrón y calavera, a afirmar que Santa Rita
compartía aquella predilección ....
Lo cierto es que había sido devota del buen
santo hallador de novios, desde su más tierna juventud: y tanto, quese rezaba de memoria la novena y los trece martes.
La señora quería mucho a Inés, pero desconfiaba de Florencio, habiendo opinado' ya varias ve.
ces que creía llegado el momento de buscarle empleo en la ciudad. ¡ Cómo abominaba Inés en esos
momentos la palidez que la cubría l
Para ella eran las preferencias y hasta los mimos compatibles con la rigidez aristocrática de la
dama; pero¡ a qué precio! precisamente poresto,
apenas podía hablar con su novio. Cuando no
trabajaba con la vieja ama de llaves, doña Catalina, una flacucha de:rigidez gendarmeril, bordaba junto a la señora en el costurero cuya suntuosidad tenía algo de bazar, mientras aquélla, en
compañía de una hermana solterona quelaacompañaba, consunúa las horas descifrando charadas
y fugas de vocales. Esto formaba su rr.anía y su
vanidad. El resto del ·día lo consagraba a la
oración.•
Sólo en la mesa tenían algún esparcimiento los
muchachos. Después de servir Inés a las señoras,
almorzaban con doña Catalina, en un recogimiento casi terrorífico; pero a veces llamaban de
adentro (generalmente para averiguar alguna fe-

305

UN BUBN QUISO

cha) y el ama acudía.¡ Ah, besos furtivos, caricias
miedosas, dramitas en dos pelliscos ! Era el mo. mento de entregarse las cartas en letra menudísima y sin apartes; el minuto suspirado de decirse tantas cosas yno acertar más que a estrecharse
las manos : fugacidad deliciosa que les alegraba
un día entero como una exhalación de perfume ....
Ahora bien, cierta ocasión de esas, Inés y
Florencio tuvieron un gran disgusto. Aquella negó rotundamente a éste un rulo que la pedía, y
hasta le reprochó que hubiese mezclado aturdidamente el día anterior la leche de los quesos.
Lo primero fué una coqueterfa y lo segundo
merece una explicación.
Inés hacía unos quesos riquísimos que la señora
prefería, motivando esto mil querellas como la
mencionada. Eran de comerse frescos, pero tenían
un término de treinta horas que la chica respetaba con veneración; y por esto aquel reproche
asumió caracteres muy serios para Florencio.
Tres días después, como la coqueta no cediera,
la escribió que se iba a envenenar; y ella, alarma,
da al verle tan triste y para evitar que lo hiciera
durante el almuerzo, le respondió con amoroso
sobresalto:
"Mi rico no fué usté ya sé adorado bien de mi
alma, hoy en la mesa te daré si acaso llaman, y
con esto recibe muchos besos de Inés".
Hizo con_el papelito una cedulilla bien apreta-

�da :, la gaard6 en. el
· a la
oportunidad.
Fabricaba hada rato uno de sus q
1ecberfa, dando el áltimo amasijo a la
cuando sintió pSIOS. ¡ Los ele él r•••• Con
1il1a en la mano, aguardó palpitante, pero
del amado noviecito, apareció dofla Cata
persona.
La oedulilla rodd por entre loe dedos de lalí
sobre~ pasta, que autmanoa oprimieron coa in1,.
tintiva precipitación. Por fortuna no la habla:
visto, y en cuanto se fuera. ...
Pero en vano retardó su obra. La vieja no N
movió de allí, y como empezara a regaAar por la
tardanza, el queso entró en el molde y puó a la
despensa,sin que lainfeliz hubiera podido retirar
de sus entradas el secreto de su amor.
¡ Qué dos días aquellos 1 1 Con qué aPJlliedad
~ntó una y mil veces la puerta de aquella nefa•
ta despensa en procura de una remota casuaU•
dad! ¡Cuántos ingeniosos hurtos concibió! ¡Cuántas promesas hizo a los !l'lntos I Pero dofla Ca•
lina no candaba nunca en falso, y los santos suelen ser tan ocupados....
Por fin una noche, mientras servía a la mesa.
la catástrofe se produjo. El ama trajo, con cierta
prosopopeya de mal augurio, un nuevo queso 4111
la seftora se dispuso a cortar. (Era esto un capricho de golosa, harto honorifico para Inés, bi~ so

de-.) Un baenqu_eac,. 1Serfa eee?... •No
era,porque parecía mú ...,: pero Id debía de
~ . porqtae tenla una depnslóa en el borde....
81 cachUJo entró leota,,,.,t.e.... entró .... en•· DeaprendicSle la tajada.... ¡ Ah, quf 1atia-

l ¡ No era 1 '
~ al cortar

e\ segundo boeado, la ae&amp;&gt;ra no-

lllg:o dtll'O en la pasta, ucarb6 un poco, y el
jltipl maldito apareció.
s,C: ;1',aa.lsae6litoera aquello, que produjo un solem"M ililen6io. La seftora, con una talma fria, más
\el'ril)le que 1aa amenuas de los profetas, deaJlablaba lentamente la ce4u1illa;y en esemomentv Ja eblca, desde el fondo de su anonadamiento,
\alblt.Qe6 al azar, con una voc en que desfallecían

tólloloe~
..-$e me cayó del aeno....

Bl papel acabd de deaenwlYerae.
Y¡ oh t cincuenta veces oportuno "Tyrothrix

íU fptmi1"

y otras tantas sublime "bacterium
.,, "bacillua butyrricui"1 cuantossuculentoe
ínfcn&gt;bios, acedan, SUODan y maduran-esas ma.
-.villat del arte caseoso: toe ácidos de la fermenta:é;i6n hablan decolorado ta anilina, y s61o aparedan vagamente, en un matiz rojizo, palabras
auettu; sin ningwi significado al parecer:
~

Mi i no 111
adorado bien de mi alma,

�COL~OIÓN

AJlmt.

en la mesa
s ca
llama, con sto rec
e os e es
Las cejas de 1a señora se fruncieron ante tan

profanas palabras ....
.... Pero ¿ qué cambio es ese en sus facciones?
¿ Por qué mira abara a Inés con enternecida benevolencia?

Es queacaba de dar con el secreto del involuntario criptógamo y comprende lo temerario de su
sospecha,
En efecto; ¿ no correspondían exactamente
esas palabras a la oración del noveno martes de
San Antonio?
"Mi divino Jesús, único y adorado bien de mi
alma. que en la mesa eucarística os llamáis, con

justo derecho, el pan de los fuertes .... ".
¡Chica ejemplar! Se pasaba copiando oraciones
durante sus asuetos¡ quién lo creyera 1¿ Reprenderla? Nunca; pues ¿a qué mayor gloria podfa
aspirar un queso?

Y desde entonces, bajo la advocación complaciente del beato paduano-mi patrón quetidoqué besos, qué locos besos se dieron los chicos al
almorzar.
LEOPOLDO LUGONES
(BdUWIUS M{nittta.s. Buenos Aires.)

ca stlf rtlianct
La sustancia de la demQcracia es, pues, una
creencia aplomada y entrañable de que los
hombres, cada uno de por sí, tomado aisladamente, alimenta las ralees de su personalidad
en un elemento divino, que cada ciudadano
posee una dignidad espiritual inalienable, la
cual, por dignidad también, hemos de consentir que se manifieste y afirme libremente, en
tanto no veja o acosa la dignidad de un tercero. Pues este sagrado derecho a no admitir
jerarquías espirituales sobre nuestra propia
alma, a sabernos jueces de nuestra conciencia

y árbitros de nuestra conducta, a no aceptar
opiniones ajenas que no hagan eco íntimo y
veraz en el recinto último e inexpugnable de
nuestro sér, todo esto, tan helénico, tan sajón,
tan democrático, es la selfreliance, la confian•
za en sí mismo de que nos habla Emerson. La
confianza en sí mismo nada ti.ene que ver con

la seguridad del triunfo. La confianza en sí
mismo es el cumplimiento del deber, triúnfese
o no se triunfe de primera intención; es la buena voluntad por la causa de la justicia y de
la verdad; es, por consecuencia, la meditativa
consideración de obstáculos y posibilidades
antes de emprender la acción; la cautela, la serenidad, el cálculo, es poner plomo en los pies
en lugar de alas en los homóplatos.
RAMON PEREZ DE AYALA

�REPERTORIO BIBLIOGRAFICO

tos oalorts littrarios

e

'

de esperarse que Azorín diera a uno de
sus libros el título que lleva el último:
Los valores literarios. Excesivo para este volumen de artículos sueltos cuyos temas son a
veces las discusiones (en otro lugar plausibles)sobre los toros o el duelo; más digno de
una obra compacta,el título sintetiza las tendencias de la labor crítica de Azorín.
Su esfuerzo aspira a la formación o a la renovación de las tablas de valores en la literatura española. Representa el sentido literario
de la actual generación, que cree en la necesidad de ir al pasado, pero renovando o &lt;lepuraudo los valores tradicionales.
¿Lleva consigo este esfuerzo las condiciones
de su eficacia? Quizás no todas. La crítica de
Azorín, atada a la volandera forma de artículos periodísticos, ejerce influjo rápido, momentáneo, sobre el público que lee la prensa
de Madrid. Y este influjo, repetido, deja a la
larga un sedimento de criterio renovado en
un corto número de lectores. Temo que no
vaya mucho más lejos. En los inconexos volúmenes de artículos de Azorín, aunque corre
un espíritu, falta la organizaci611, el otro eleRA

REPETTORIO BIBLJOGR.ÁFIOO

311

mento sin el cual no existe el libro, sólo capaz de producir revoluciones ideológicas. El
efecto, aunque no se pierde, se diluye v aminora.. Obsérvese la influencia de Nietzsche, y
qué d1ferentes procesos atraviesan el que le
va leyendo a pedazos, en sus volúmenes de
aforis1:11os, y el que lee desde luego un verdadero libro, como El origen de la tragedia:
conozco más de un caso de revolución intelectual iniciada por esta obra.
Además, la crítica de Azorín es a posteriori.
Aunque toda crítica lo sea, existe una quepara el público se presenta como simultánea
con _la obra juzgada: es la de los prólogos.
Crítica que será molesta en los libros de autores contemporáneos; pero indispensable en
las ediciones de clásicos destinadas a público
numeroso.
El clásico no es libro abierto para el lector
que carece de cultura histórica; y la mejor forma de presentarlo es una interpretación sobria. Como son las de la bibloteca inglesa de
E,;eryman. Como,sin ir muy lejos, la que trae
la novísima edición de La Gala.tea de Cervantes, por Schevill y Bonilla.
Para que las ideas de Azorín sobre los clásicos españoles alcanzaran éxito definitivo,
ningún medio mejor que exponerlas en prólogos de eiliciooes populares, como esperamos que haga con El Criticón de Gracián.
No solamente los prólogos: la selección de
las obras que se reimpriman tiene valor críti-

�312

COLEOOIÓN ARIEL

co. En la formación de bibliotecas clásicas
españolas ha prevalecido el desorden. Principian a apartarse de él las colecciones de La
Lectura y de Renacimiento; pero mucho hay
que enseñar todavía, y mucho podría enseñar Azorín: así, debe corregirse el rutinario
olvido de escritores de primer orden, como
Juan de Valdés y el Arcipreste de Talavera,
más importantes que otros constantemente
reimpresos, como Luis Vélez de Guevara. Para nuestra América, que ya necesita conocer
a sus clásicos, ha acometido labor semejante,
con excelente instinto crítico, Rufino Blanco
Fombona, cuyas virtudes intelectuales, aunque diversas de las de Azorín, también representan el sentido literario moderno.
Tal vez Azorín ha desdeñado la necesaria y
eficaz labor de las ediciones críticas, por su
propia hostilidad-de intensidad variable, y
más a menudo implícita que confesada-contra la erudición. Hostilidad explicable; pero
injusta. Explicable, porque la erudición española anterior a don Manuel Milá v Fontanals, aunque significa trabajo enorme y dig•
no de respeto, fué a menudo indigesta e inexacta, y no es precisamente un placer la consulta
aun de Jos más insignes eruditos, como Ga•
yangos o Amador de los Ríos. Pero injusta:
no sólo porque la erudición española ha ganado en seguridad de método y claridad de
exposición a partir de Milá y del creciente influjo extranjero,-al punto de que España

REPERTORIO BIBLlOGRÁFIOO

319

ofreee hoy, en don Ramón Menéndez Pida!,
modelo de investigador sobrio y de espíritu
amplio,-sino porque la erudición es el instrumento previo de la crítica; es el conocimiento
exacto de las obras y de la historia literaria.
Puede el erudito no llegar a crítico: entonces
su papel es acopiar materiales para la verdadera crítica. Puede el crítico no ser erudito,
pero está obligado a saber sacar el fruto de
la investigación ajena, a saber manejar la erudición. Erudición y crítica deben completarse; y si se dan en un mismo escritor,-SainteBeuve, o Mr. Saintsbury,-mejor aún. Como
tampoco se empecen crítica y creación: así en
Lessing, o en Coleridge, o en Walter Pater,
o en Anatole France.
La hostilidad general de Azorín contra el
criterio académico, estancado en tablas de
valores dignas de exterminio, es sin duda la
que motiva su hostilidad contra la erudición,
que en España acostumbraba ir unida a aquel
criterio. Y es también la que motiva su hostilidad, inmerecida, contra don Marcelino Menéndez y Pela yo. Al romper con el mundo académico, a que oficialmente perteneee don Marcelino, Azorín niega al maestro. Sin advertir
que este puede ser un aliado de los modernos,
aunque parezca serlo de los antiguos. Blanco
Fombona se muestra más avisado que Azorín
al entenderlo así, como también al hacerse
editor de clásicos, función erudita que el vulgo
no espera del artista creador.
. .

�314

OOLEOIÓN ilIEL

Azorín, urgido por necesidades de polémica
y de oposición, no sólo ha negado a don Marcelino, sino que ha dejad~ de leer much.as de
sus obras; sólo así se explican sus negaciones,
rotundas y extremas.
·
Porque Menéndez y Pelayo tiene limitaciones, pero aun con todas ellas, es uno de los
mayores críticos.
.
.
.
Azorín se queja de su estilo oratorio! la sinfonía marcelinesca, como solemos decir entre
amigos; pero, ¿por qué se niega a ver que ese
estilo fué templándose con los años? ¿No ley6
las declaraciones del maestro en el nuevo prólogo a la Historia de los heterodoxos españoles? ¿No ha leído, por ejemplo, el sobrio discurso en memoria de Milá?
Dirá Azorín: templado y todo, conserva la
orientación fundamental hacia la elocuencia.
Y bien: ¿por qué hemos de rechazar sie-r:nl!re el
estilo elocuente? Es excelente cosa escnbtr como Marco Aurelio; pero ¿no tuvo Cicerón derecho de escribir? ¿Confundiremos la elocuencia de Menéndez y Pelayo con la insoportable retórica que suele multiplicar sus frondas en losparlamentos?Si en ocasiones fatiga
el estilo del maestro, o el arrastre verbal le lleva a la inexactitud, no pretendamos declarar
que esto sucede siempre: ni siquiera predomina.
Azorín no sólo se queja del estilo, que es la
contra posición del SU)'.O propio. Su. censura
principal es para la crítica, que el estima aca-

REP&amp;RTORIO BIBLIOGRÁFICO

315

démi.ca. Para mí, el crite~io académico es el que
con~ibe el arte como artificio y lo somete a un
conJunto de reglas fijas; reglas que históricamente se derivan de las postrimerías del Rena&lt;:im_iento y so~ i!lterpretaciones de los procedimientos arttsbcos de la antigüedad: faleas, cuando se refieren a Grecia; menos falsas,
cuando .se refieren a Roma, el primer país de
tendencias académicas.
.Y como empecé por conceder, sigo concediendo. que en Menéndez y Pelayo haya influído el sistema académico, el espíritu del siglo
XVIII.español. Es Blás: aunque su criterio pasó rápidamente del formalismo de la preceptiva a la síntesis estética, nunca rompió por
completo con la retórica. Nadie como él hizo
burlad~ los ridícul.os excesos en que cayó la
preceptiva académica del siglo XVIII en España: al hablar de las polémicas de Hermosilla
y otros personajes de aquella época de gusto
lamentable, D. Marcelino se vuelve hasta hu~orista. Y. sin embargo, leyendo su exposictón_de l1;ts ideas deLessing se advierte que no
se atrevió a romper-acaso no sintió el problema-con la teoría fundamental de la retórica, la teoría de las reglas. Concedamos toda via más a Azorío: Menéndez y Pelayo no se
propuso renovar los valores literarios, y a veces, sobre todo en su primera manera, dejó intactas valuaciones notoriamente equivocadas. Por último, aunque atenuó mucho, nunca perdió del todo, con relación a co¡¡as de

��!118

OOLBOClÓN ARI'&amp;L

co, pero ni toda su labor e~ c~tica, ni es tan
vasta ni tan rica en apreciaciones como la de
Mené~dez y Pelayo. De los otros críticos y
eruditos anteriores a él, o contemporáneos
suyos, no hay para qué hacer me~~ria; o son
notoriamente inferiores, o sólo h1c1eron trabajos parciales. De los últimos es Cla.rin, que
representa el tránsito hacia los nuevos rum
bos críticos.
La diferencia principal entre la critica de
Menéndez y Pelayo, y la que Azorín propone
y muestra, proviene quizás ~e que. aqu~lla ve
la obra literaria en perspectiva histórica, en
valor tradicional, y esta la ve como fuente
de gustos y experiencias individuales,. actuales. Menéndez y Pelayo, con su actitud d,e
historiador, se creé obligado a conceder igual estudio a Graciáo, que todavía nos enseña, y al P. Mariana, que poc~ n~s dice hoy.
Azorín se contenta con prescmdir de Mariana.
Pero sin la historia literaria de Menéndez Y
Pelayo no habríamos llegado a la crítica
individua.lista. de Azorín. Y bien podemos conservar las dos. Ambas nos hacen falta.
Reconózcase, ahora, que Azorín trae un sentido nuevo al entendimiento de las letras españolas. No es lo que vul&amp;arm~nte se llam~
impresionismo. No es escéptico, smo afirmat!vo. Es una especie cle individualismo, e1;1emi•
go de las fórmulas acumuladas, abstracciones
que tienden a quedarse vacías por el uso; se

REl&gt;ER'l'ORtO BIBLIOGIÚ.11'100

319

d_irige a la obra sin prejuicios, y en Jo posible
s1.n preconceptos, y la estudia como cosa individual y concreta, libremente, interpretánd?la por las enseñanzas que ofrezca en expen_enci~ huIJ?ana y en recursos literarios. La
historia misma.se.contempla de modo personal_. Los proce_d1mientos de selección y de sínte~i~, necesar~os a toda historia v a toda
critica, los aplica Azorín a sorprender nuevos
aspecto~ y a ens::iyar síntesis nuevas.
El ha mtr?ducido, por ejemplo, el elemento
de la sugestión o de la asociación inesperada
Así cuando habla de la extraña ligereza de D.
Esteban Ma_nuel de Villegas, y aun nota, d~
paso, el .realismo de aquel súbdito: No quiero,
d_el rústico que roba el nido en una cancioncit~ del poeta .. Cuando reconstruye la psicologia, de emociones temblorosas, de San Juan
d~ la Cruz. Cuando traza el retrato imaginario de Don Juan Manuel. Cuando al hablar
de la .segunda parte del Quijote (la preferida
también por ~enénde2 y Pelayo, la preferida
por nuestro siglo), evoca los grises de Veláz.
que~ Y aun I&lt;;&gt;~ dos sorprendentes cuadros de
la Villa Méd1c1s: de estas intuiciones necesitaba la crítica española.
Y también necesitaba rectificaciones como
la excelente que toca a Don Juan Valera· como la que toca a l_os ditirambos de Cej~dor.
Próx111;10 ~ te~mmar, he recibido, en admir~ble C&lt;;&gt;tnc1denc1a, cartas de amigos, hispanistas Jóvenes, que hablan de Azorín. Uno,

�390

OOLBOOIÓJI AlUZL

desde París, dice: "Azorín completa nuestro
entendimiento de cosas de España. Vivíamos
demasiado exclusivamente bajo la influencia
de D. Marcelino". Otro, desde México: ''Artfculos admirables: sobre Don Juan Manuel;
sobre Hita...Pero a veces habría que acordarse de GracfAn: "No dar en paradoxo por huir
de vulgar". Otro, el más entusiasta: "Muchos hombres como Azorin necesita España.
Aceptemos que en crítica literaria podrá no
ser demasiado ecuánime, por reacción contra
los Gil y Zárate que han existido, pero nadie
puede negar que hace pensar ... No vive e!1 el
mundo abstracto, donde todo se va volvtendo símbolo de ahorro de esfuerzo; donde para vivir se ahorra la vida en abstracciones:
vida algebraica en que las personas no se entienden ... La crítica de Azorín como fundamento de un pensamiento_ español.. .." .
Los tres no dirán lo mismo; pero si vienen
a dar en esto: que tenemos en frente a nueva
fuerza critica de las letras españolas.
PED RO H ENRIQUEZ UREÑA
H abana, julio de 1914.
(El F{g'a,o, Habana.)

T.r,. lJ:lrE~- Las kl oradas. Por don T omás Navarro.
SO DE MOLINA - T eatro. Por D . Américo Castro.
CILAS O - 06ras. Por D. Tomás Navar ro.
VANTE S-D01t Quijote de la 1Vtlnck,,. Por D. Francisco Roriguez Mario, de la Real Academia Española. (8 vols. )
VEDO - Vida del Buscón. Por D. Américo Castro.
RRES VILLARRO EL - Vida. Por D . Federico de Onís
QúE DERIVAS- Romances. Por D. Cipriano Rivas Clier ifT
('t vols.)
JU-AN DE AVILA - Epistolario Espiritual, Por D. Vicente
García de Diego

CJPREST E D E H IT A- Liórv de Bum Amor. Por O.Julio
Cejador (2 vols.)

U,LEN DE CASTRO - Las moredad,s de Cid. Por D. Víctor
Said Armesto

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Vicente García de Diego.
~:SANDO DE ROJAS. -La c~lestmna. Por D. Julio Cejador.
(2 vol~ .)
LLE GAS-i!nftims o amatorias. Por D. Narciso Alonso Cortés,
E'MA Df~ MIO CID. Por D . Ramón Mcnéndez Pida! de la
• R;..al Academia Española.
•
A VIDA D E LAZARILLO D E TORMES. Por D, Julio Cej ador.
ftRNA:,; 0 0 OE HERRERA. - Poesía.,. Prólogo y notas por
D . Vicente García de Diego.
~.RVA NT ES -Nowlas ejemplares. Prólogo y notas por D. Francisco Rodríguez Marín, de la Real Academia Espafiola.
• LUIS DE LEON - De los nombres de C.-,sto. Tomo l. Por
D. Federico de Onís
,i¡, ANTO:--:JO DE GUEVAR.\ - .llvu,s-prerü&gt; de corte y alalHut:" de
Edición y notas de l\J. Martfnez de Burgos.
]EREM BERG -- Epútol,uio Por D. Narciso Alonso Cortés.
U E VEOO- Los suClio.,. Tomo I. Por D. Julio Cejador.

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EDICIONES NITIDAS Y CORRECTAS • • •

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                  <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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Cuaderno 72

DARIO

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REPERTORIO AMERICANO

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J .\DIE TOR:'&gt;10 ,

1916
SAN

J O SE D E

COSTA RICA Imprenta Grenas

C

. A.

�OBRAS DE RUBÉN DARIO
Verso
PRBIERA.S NOTAS
ABROJOS
PROSAS PROFA.NAS
CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA.
EL CA.N'l'O ERRANTE
POEMA DEL OTOÑO Y OTROS POEMAS
ÜA.NTO A LA ARGENTINA. Y OTROS POEMAS

Prosa
A

DE GILBERT

Los RAROS
ESPAÑA CONTEMPORÁNEA
PEREGRINACIONES
LA CARA.V.ANA PASA
TIERRAS SOLARES
OPINIONES

P .ARISIANA

'

LETRAS
TODO AL VUELO
AUTOBI0WFÍ.A, -

...:-------

ROBEN

ten León de Nicaragua en la noche del 6 de Febrero de ,9 16

Verso y Prosa
AZUL ...

EL VIAJE A. NTcARAGUA.

DARIO

( Dibujo de V.isqucz Díaz)

�A?RECIACION
7TN día, como alguien hiciera notar a
URubén Darío la maldad escondida en tre algunas frases mías sobre un poema
suyo, murmuró, según parece :
-Lo que me consuela es que él sabe
mejor que nadie cuán injusto es eso.
Y, a fe de hombre honrado, mi gran
amigo tenía razón. Porque si hay alguien
en el mundo que admira su obra, que
admira su esfuerzo y que admira su vida,
soy yo. No tengo más que evocar·las primeras sensaciones de mi vida literaria,
para sentir, en el acto, todo lo que al autor de "Azul'' le debe mi alma. E l mismo ha contado, en más de una· ocasión,
cómo nos conocimos. Fué allá, en nuestra
Tierra Tropical, cuando el colegio acababa apenas de abrirme sus puertas odiosas.
El era ya célebre. Cubierto de laureles,
Yolvía de países más hospitalarios que el
suyo propio, para dar a la juventud centroa·m ericana la magnífica lección de su
independencia y de su riqueza intelectual.

�4

APRECIACIÓN

Don Juan Valera lo había consagrado.
América toda lo consideraba como el más
joven, como el más grande de sus maestros. Y los adolescentes iban a él llenos de
.
'
entusiasmos, para ofrecerle sus primicias.
''Entre los que primero llamaron a mi
puerta- ha podido escribir-hallábase un
chico de ojos soñadores y de labios sensuales". El recibimiento que aquel chico
tuvo, los cronistas lo conocen. Mas lo que
el mismo Rubén ignora, es que antes de
llamar a su puerta, la mano en apariencia
firme había temblado, como la de Reine al
levantar el aldabón de la casa de Goetbe
como la de Gautier al tirar de la campa~
nilla del cuarto de Rugo... ¡Ah! ¡ son
cosas é~tas que todos dejamos para las
memonas o para los artículos necrológi~os ! Pero ya que una verdadera inmortah_dad lo ha convertido en un ser excepc10nal, de .e~os que pueden saborear en vidalos anticipos de la eternidad, nada me
es tan gra!o como escribi~, aprovechando
su ausencia, en esta págma que él se ha
reservado para sus.íntimas devociones las
líneas que los escritores cruardamos' en
general para los entierros. e.
¡Rubén_ D~río ! . . . Y o no sé lo que tal
nombre s1gm:6.ca para los literatos que

APR1'0IACION

5

a!iora comienzan a dar cuerpo a sus vis10nes, pero estoy seguro de que hace veinte añ?s, cuando los adolescentes de mi generación oían esas silabas sonoras y raras,
que parecen haber sido creadas de intento para la celebridad, algo de profundamente grave agitaba nuestras almas. El
único libro que entonces había publicado
el gran poeta, era el legendario ''Azul ''
que no tiene ni la profundidad, ni la intensidad, ni la serenidad de obras suyas
posteriores, y que, sin embargo, nos hacía ya entrever los maravillosos horizontes en los cuales, más tarde, ha abierto
sus alas la musa castellana. Al lado del
joven maestro, en aquel entonces, otros
bellos poetas cantaban. En México hallá~ase, en p!ena fuerza de producción, Gutiérrez ~áJera, y en Cuba agonizaba, como.un d10s condenado a todos los dolores,
J uhán del Casal. Luego, dispersas, oíanse en el vasto Continente las voces de José Martí, profesor de lirismo; de Pérez
Bonalde, descubridor de mundos raros;
de Domingo Estrada, 'd espertador de almas; de Francisco Gavidia, escrutador de
arcai:os. Ninguno de estos seres su periores m de otros cuyos nombres olvido,
ejercían, empero, en• nuestros círculos, el

�6

poder mágico del cantor de "Azul".
¿Por qué? . .. Nadie, a la sazón, hubiera
podido decirlo a punto fijo. Nadie sabía
sino una cosa y es, que en aquel tomito
impreso en Chile y en el que veinte países
yeían un brevi_ario, había u?a riqueza
magotable de imágenes, de ntmos y de
novedades. Mas ahora, considerando mejor aún que la ob~a la personalidad del
gran J.&gt;Oeta, comprendemos que si su influencia era mayor que las demás, es porque su genio era el· único que compendiaba todas las aspiraciones ideales de
u? _universo ávido de independencia espmtual y de perfección artística. Lo que
nuestra generación, cansada de la solemnidad clásica, había entrevisto en el relampagueo de cien genios incompletos, el
nuevo apóstol n os fo ofrecía complet o y
compacto, en un haz luminoso.
Aquella magnífica lección salvadora era
la que, confusamente oída e instintivamente comprendida, nos hacía a todos
nosotros vasallos del joven maestro.
Y cuando digo t odos nosotros, no empleo una fórmula vaga. Aun los que menos parece.o deberle, le deben, entre los
h (!ml?res de mi gen~ración, gran parte del
-~~oro q-~~ poseen. Así, p9r. ejemplo ...

7

APRECIAOION

APRECIACION

¡Pero es tan penoso hablar de sí mism&lt;? 1••
Rubén Darío ha cont ado _cómo, habiéndome encontrado en camino de Madrid,
pudo hacerme torcer el rumbo hacia París . '' Y o le di su patria ideal '', dice. J-i:n
realidad, algo más me dió, algo que, in gratamente, he olvidado más de una vez,
y que es el fondo mismo de mi alma. A
él le debo, en efecto, la primera lección fecunda de belleza. El me enseñó a comprender,· que hay en el saber escribir algo
que es más que saber , y algo que es más
que escribir. Al salir de los libros clásicos,
al escaparme de la r etórica, " A zul" fue
el evangelio que me hizo sentir q1;1e!, por
encima de todo, el arte es una rehg1on.
E. GOMEZ CARRILLO.
Agosto de 19u,.
I

•

�LA CASA DE L AS IDEAS

9

II

LA CASA DE LAS IDEAS
I

e

frase de Elisée Reclus: ''La ciudad de los libros" despierta en mí
este pensar: ''las casas de las ideas".
En efecto; si la palabra es un ser vivien.
fe, es a causa del espíritu que la anima: la
idea.
Así, pues, las ideas, con sus carnes de
palabras, vivientes, activas, se congregan,
hacen sus ciudades, tienen sus casas. La
ciudad es la biblioteca, la casa es el libro.
. Helas allí como los humanos seres; hay
ideas reales, augustas, medianas, bajas, viles, abyectas, miserables. Visten también
realmente, medianamente, miserablemen.
te. Tienen corona de oro, tiara, yelmo,
manto o harapos. Imperiosas o humilladas,
se alzan o caen, cantan o lloran. Evocadas
por el hombre, dejan sus habitáculos, abandonan sus alvéolos, resuenan en el aire o
silenciosas, penetran en las almas por '10~
ojos. Luego vuelven a sus casas, después
de hacer el bien o el mal.
STA

Tenéis aquí una vieja catedral: es un
misal antiguo. Muestra sus ferradas y pe•
sadas puertas; sus muros, sus esculturas,
sus vidrios coloreados, sus rotondas, sus
flechas, sus agujas, sus campanarios. En
los nichos de las .mayúsculas viven los santos, las vírgenes, los mártires. A su rededor clama un pueblo de ideas santas, canta
como a son de órgano o al vago vibrar de
tiorbas celestes. Las ideas angélicas, encarnadas en palabras castas y blancas, dicen en coro rezos, himnos, glorías, hosan nas. Las martirizadas pasan purpúreas,
cerca de los azules y oros que pulieron los
monjes. U nas llevan los ramos de lirios en
las manos otras clavos, coronas de espinas o pal~as. ¡Palmas! Cuando el triunfo
de Nuestro Señor Jesucristo llena las vastas naves, el pueblo de ideas fieles se congrega. Es el ambiente de los profetas, el
mundo de los doctores, la atmósfera de
los beatos. Un incienso de fe perfuma el
aire. Los altares, bello$ de oro y ·de cirios,
presentan la magnificencia mística de sus
arquitecturas. Por las cornisas, por los tallados de las puertas, por los calados de
las piedras, piruetean los demonios bufos

�10

RUBÉN DARfo

con los frailes obscenos; un cabrón que termina en largo y crespo follaje veget al,
quiere ascender hasta la soberbia expansión de los maravillosos e historiados rosetones.
Esa vieja historia es un castillo feu dal.
Oís el cuerno del enano, en tráis por el
puente levadizo. Encon traréis dent ro al
castellano, a la castellana, a los pajes, a las
dueñas. Las ideas están vestidas a la usa nsa de entonces; todo es hierro, lorigas, caparazones; en lo~ cintos las espadas, e n
los blancos cuellos las golas; en los puños
gerífaltes. Y suena el rumor de las mesnpdas de ideas. Ellas claman, vitorean, dicen
decires, cantan cantos, tienen sus fiestas,
sus cacerías; pelean bravas, juran y se signan, saben de respeto y de honor, de D ios
y de los caballeros. .De noche, al calor del
buen hogar, cuentan cuentos.
_ En esa Iliada pasa, t ruena un mundo
de ideas gigantescas; viven en palabras
desmesuradas, altas, vibrantes, sonoras,
primitivas, divinas. Ha'y ideas que pasan
desnudas · como Venus; otras que ululan
como Hécuba; otras heroicas y veloces
como Aquiles. En esa portentosa ciudad
griega por donde quiera os halaga la mar_avilla del ritmo, reina la música en su

LA CASA DI!:

LAS IDEAS

l1

sentido original; al mandato de una lógica
imperiosa, todo se mueve obedeciendo al
número; al paso escucháis cómo hacen vibrar el bosque de aritmética las cigarras
del verso.
En ese usado A n A mandi os sonríen
variad as y graciosas ideas femeninas. Provocan, llaman a la batalla del amor; así
como ese ojeado Aretino, propiedad quizá
de alguna refinada marquesa del tie1npo
pasado, es un curioso prostíbulo.
E n las bib!iotecas existe el "inferí", como
en ciertos museos los gabinetes secretos,
y en los estereoscopios las vista~ reservadas. ¿En dónde había de estar sino en er
infierno la Faustina del divino Marqués?
III

Los impresores y los encuadernadores
son los arquitectos de las ideas congregadas. Ellos les levantan sus palacios, o las
aloj an en casas burguesas; las adornan de
formas elegantes, caprichosas, modernas,
graves, cómicas; las ilustran, las refinan o
las ponen en aislados gheto~; las colocan,
las recaman de oro como si fuesen personas imperiales; tapizan sus casas con las
pieles de los animales, con costosos pergaminos, telas ricas, sedas y galones. Mu-

�1-2

RUBÍ:N DARIO

- - - - - - -chas, fastuosas y vulgares, moran en palacetes opulentos de keapsake; otras, hermosísimas, puras, nobles, llevan pobremente
en ediciones modesta·s su perfecta gracia
gentilicia.
Las primeras son semejantes a ricas herederas, feas y estúpidas; las otras a princesas olvidadas, hijas de reyes caídos, virginales, supremas, avasalladoras por la
sola virtud de su potencia nativa. Hay
uñas heroicas, yámbicas, masculinas. Haylas soldados, espadachines, verdugos, perros furiosos. ¡No toquéis a los que manejan ideas!
Allí viven las ideas en sus casas, en sus
ciudades e imperios, las bibliotecas; tienen.
sus Parises, sus Londres, sus aldehuelas,
sus villas. En las puertas de sus mansiones
se ven nombres anunciadores de sus jerarquías, desde la Bz"bHa hasta Bertoldo, desde Hugo hasta el Sr. X. Pues todo en ellas
Y sucede como en los hombres, y así,
son unas porfirogénitas, otras plebeyas.
como el hombre también, unas mueren y
caen en el olvido; otras ascienden a la inmortalidad, por la suma gloria del genio·
(Del volumen Letras)

AZUL .... .
.. .. Esta mañana de primavera me he
puesto a hojear mi ~mado viejo libro, u_n
libro primigenio, el que iniciara un movimiento mental que había de tener después
tantas triunfantes consecuencias; y lo hojeo como quien relee antiguas cartas de
amor, con un cariño melancólico, con una
"saudade" conmovida en el recuerdo de
mi lejana juventud. Era en Santiago de
Chile, a donde yo había llegado, desde la
remota Nicaragua, en busca de un ambiente propicio a los estudios y disciplinas
intelectuales. A pesar de no haber producido hasta entonces Chile principalmente
sino hombres de estado y de jurisprudencia, gramáticos, historiadores, periodistas,
y, cuando más, rimadores tradicionales y
académicos de directa descendencia peninsular, yo encontré nuevo aire para mis
ansiosos vuelos y una juventud llena de
deseos de belleza y de nobles entusiasmos.
Cuando publiqué los primeros cuentos y
poesías que se salían de los cánones usua.

�RUBÉN DáRfo

les, si obtuve el asombro y la censura de
los profesores, logré en cambio el cordial
aplauso de mis compañeros. ¿Cuál fué el
origen de la novedad? El origen de la novedad fué mi reéiente conocimiento de
autores franceses del Parnaso, pues a la
sazón la lucha simbolista apenas comenza.
ba en Francia y no era conocida en el extranjero y menos en nuestra América. F ué
Catulle Mendés mi verdadero iniciador,
un Mendés traducido, pues mi francés todavía era precario. Algunos de sus cuentos
lírico-eróticos, una que otra poesía, de las
comprendidas en el "Parnase contempo•
raine'', fueron para mí una revelación.
Luego vendrían otros anteriores y mayores: Gautier, el Flaubert de "L'-l tentatioo
de St. Antoine'', Pé3:ul de Saint Víctor, que
me aportarían una inédita y deslumbra nte
concepción del estilo. Acostumbrado al
eterno clisé español del siglo de oro, y a
.su indecisa poesía moderna, encontré en
los franceses que he citado una mina lite•
raria por explotar: la aplicación de su
manera de adjetivar, de ciertos modos sintáxicos, de su aristocracia verbal, al castellano. Lo demás lo daría el carácter de
nuestro idioma y la capacidad individual.
Y yo, que me sabía de memoria el "Die•

AZUL ••••

15

cionario de galicismos" de Baralt, comprendí que, no sólo el galicismo oportuno,
sino ciertas pa.r ticularidades de otros idiomas son utilísimas y de una incomparable
eficacia en un apropiado· trasplante. Así
mis conocimientos de inglés, de italiano,
de latín, debían servir más tarde al desenvolvimiento de mis propósitos literarios.
Mas mi penetración en el mundo del arte
verbal francés no había comenzado en tierra chilena. Años atrás, en Centro América, en la ciudad de San Salvador y en compañía del buen poeta Francisco Gavidia,
mi espíritu adolescente había explorado la
inmensa selva de Víctor Hugo y había
contemplado su océano_ divino en don&lt;le
todo se contiene. ·
¿Por qué ese título "Azul"? No conocía
aún la frase huguesca "L'Art c'est !'azur",
aunque sí la estrofa musical de "Les chatiments'':
Adieu, patrie,
L 'onde est en furie.
Adieu, patrie!
Azur!

Mas el azul ·e ra para mí el color del en.
sueño, el color del arte, un color helénico
Y homérico, color oceánico :y firmamental,
el "coeruleum", que en PJ;nic es el color

�16

RUBÉN DARÍO

simple que semeja al de los cielos y
zafiro. Y Ovidio había cantado:
Res pice vindicibus pacatúm viribus orbem
Que latam Nereus coerulus ambit bumum.

Concentré en ese color célico la :floración espiritual de mi primavera artística;
Ese primer libro, -pues apenas puedo co
tar el volumen incompleto de versos qu
apareció en Managua con el título de "Pr'
meras notá.s"-se componía de un puñad
de cuentos y poesías, que podrían califi
carse de parnasianas. "Azul.. .. " se imp ·
mió en 1888 en Valparaíso, bajo los au
picios del poeta de la Barra y de Eduard
Poirier, pues el mecenas a quien fue
dedicado por insinuaciones del primero d
estos amigos ni siquiera me acusó reci
del primer ejemplar que le remitiera.
El libro no tuvo mucho éxito en Chil
Apenas se fijaron en él cuando D. Jua
Valera se ocupara en su contenido en un
de sus famosas "Cartas Americanas" d
"Los lunes del Imparcial". Valera vió m
cho, expresó su sorpresa y su entusias~
sonriente-¿por qué hay muchos que qui
reo ver siempre alfileres en aquellas man
ducales?-perQ no se dió cuenta de la tra
- é~ndencia de mi tentativa. Porque si

AZUL ••••

17

librito tenía. algón personal mérito relativo, de allí debía derivar toda nuestra futura revolución intelectual. A los que asustaba lo original de la reciente manera les
fué extraño que un _impecable como don
Juan Valera hiciese notar que la obra estaba escrita "en muy buen castellano".
Otros elogios hiciera "el tesorero de la
lengua", como le llama el conde de las
Navas, y el libro fu é desde entonces buscado y conocido tanto en España como en
América. Valera observa, sobre todo, el
completo espíritu francés del volumen.
"Ninguno de los hombres .de letras de la
península que he conocido yo con más espíritu cosmopolita, y que más largo tiempo
han residido en Francia, y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras, me ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como usted
me parece: ni Galiana, ni D. Eugenio de
Ochoa, ni Miguel de los Santos Alvarez.''
Y agregaba más adeiante: "Resulta de
aquí un autor nicaragüense que jamás salió de Nicaragua sino para ir a Chile, y
que es autor tan a la moda de París y con
tanto chic y distinciún, que se adelanta a
la moda y pudiera modificarla e imponerla". Cierto; un soplo de París animaba mi

�18

RUBÍ:N DARfo

esfuerzo de entonces; mas había también,
como el mismo Valera lo afirmaba, un gran
amor por las literaturas clásicas y conocimiP.nto "de todo lo moderno europeo". No
era, pues, un plan limitado y exclusivo.
Hay, sobre todo, juventud, un ansia de
vida, un estremecimiento sensual, un relente pagano, a pesar de mi educación religiosa y profesar desde mi infancia la doctrina católica, apostólica, romana. Ciertas
notas heterodoxas las explican ciertas lecturas.
En cuanto al estilo, era la época en que
predominaba la afición por la ''escritura
artista", y el diletantismo elegante. En
el cuento El rey burgués", creo reconocer la influencia de Daudet. El símbolo es
claro, y ello se resume en la eterna protesta del artista, contra el hombre práctico y
seco, del soñador contra la tiranía de la
riqueza ignara. En "El sátiro sordo", el
procedimiento es más o menos mendesiano, pero se impone el recuerdo de Hugo y
de Flaubert. En "L:i ninfa", los modelos
son los cuentos parisienses de Mendés, de
Armand Silvestre, d:! Mezeroi. con el aditamento de que el medio, el argumento,
los detalles, el tono, son de la vida de
París, de la literatura de París De más
11

AZUL ••••

19

advertir que yo no había salido de mi pequeño país natal, como lo escribe Valera,
sino para ir a Chile, y que mi asunto y mi
composición eran de base libresca. En 11 El
fardo" triun fa la entonces en auge escuela
naturalista. Acababa de conocer algunas
obras de Zola, y el reflejo fué inmediato;
mas n.o correspondiendo tal modo a mi
temperamento ni a mi fantasía, no volví a
incurrir en tales desvíos. En 11 EI velo de
la reina Mab", sí, mi imaginación encontró asunto apropiado. El deslumbramiento
shakespeareano me poseyó y realicé por
primera vez el poema en prosa. Más que
en ninguna de mis tentativas, en esta perseguí el ritmo y la sonoridad verbales, la
trasposición musical, hasta entonces-es
un hecho reconocido-desconocida en la
prosa castellana, pues las cadencias de algunos clásicos son, en sus desenvueltos
· períodos, otra cosa. "La canción del oro"
es también poema en prosa, pero de otro
género. Valera la califica de letanía. Y
aquí una anécdota. Y o envié a París, a varios hombres de letras, ejemplares de mi
libro, a raíz de su aparición. Tiempo después, en "La Panthée" de Peladán aparecía un "Cantique de l'or" más que semejante al mío. Coincidencia posiblemente.

�AZUT, ••••

20

21

R UBÉN DARfO

No quise tocar el asunto, porque entre el
gran esteta y yo no había esclarecimiento
posible, y a la postre habría resultado, a
pesa~ de la cronología, el autor de ''La
canción del oro" plagiario de Peladán.
"El ru b'"
i es otro acento a la manera
parisiense. Un "mito'', dice Valera. U na
fantasía primaveral, más bien; lo propio
que "_El palacio del sol", donde llamara la
atención el empleo del "leit-motiv". Y
otra na~ra 7ión ~e París, más ligera, a pesar
de su s1g01ficac1ón vital, "El pájaro azul''.
En "Palomas blancas y garzas morenas''
e_l tema es autobiográfico y el escenario la
tierra centroamericana en que me tocó
nacer. Tod~ e~ él es verdadero, aunque
dorado de ilusión juvenil. Es un eco fiel
de
adole~cencia amorosa, del despertar
de_ mts sentidos y de mi espíritu ante el
ent~ma de la universal palpitación. La parte titulada "En Chile" que contiene "En
busca de Cuadros", "Acuarela'', "PaisaJ·e"
"Agua 1uerte
l'.
'' , ' 'L a V '1rgen de la Paloma"'
"La cabeza'', otra " A cuarela'', ''Un retrato'
de Watteau", '!Na tu raleza muerta" "Al
carbón", ''Paisaje", y "El ideal'', co~stituye~ ensayos de color y de dibujo, que no
teman ante~e~entes e? nuestra prosa. Tales traspos1c1ones pictóricas debían ser

m!

seguidas por el grande y admirable colombi°ano J. Asunción Silva,-y esto, cronoló·
gicamente, resuelve la duda expresada por
algunos de haber sido la producción del autor del Nocturno anterior a nüestra Reforma. "La muerte de la emperatriz de la China -publicado recientemente en francés en
la colección "Les mille nouvelles nouvelles",-es un cuento ingenuo, de escasa
intriga, con algún eco a lo Daudet. "A
una estrella", canto pasional, romanza,
poema en prosa, en que la idea se une a
la musicalidad de la palabra.
Luego viene la parte de verso del pequeño volumen. En los versos seguía el mismo método que en la prosa: la aplicación de ciertas ventajas verbales de otras
lenguas, en este caso principalmente del
francés, al castellano. Abandono de las
ordenaciones usuales de los clisés consuetudinarios; atención a la melodía interior,
que contribuye al éxito de la expresión
rítmica; novedad en los adjetivos, estudio
y fijeza del significado etimológico de cada
vocablo, aplicación de la erudición oportuna, aristocracia léxica. En "Primaveral"
-de "El año Hrico",-creo haber dado una
nueva nota en la orquestación del romance, con todo y contar con antecesores tan

�22

RUBÉN DARIO

ilustres al respecto como Góngora y el
cubano Zenea. En "Estival" quise realizar
un trozo de fuerza. Algún escaso lector de
tierras calientes ha querido dar a entender
que - ¡tratándose de tigres! - mi trabajo
podía ser, si no hurto, traducción, de Leconte de Lisie. Cualquiera puede desechar
la inepta insinuación con recorrer toda la
obra del poeta de "Poémes barbares". Ello
me hizo sonreir, como el venerable ''Atheneum" de Londres, que porque hablo de
toros salvajes en unos de mis versos, me
compara con Mistral. En "Autumnal" vuelve el influjo de la música, una música íntima, "di c:imera'', y que contiene las gratas
aspiraciones amorosas de los mejores años,
la nostalgia de lo aun no encontrado-y
que, casi siempre, no ~e encuentra nunca
tal como se sueña. H ay en seguida, aconsonantando con lo anterior, la versión de
un ''Pensamiento de otoño", de Armand
Silvestre. Bien sabido es qu&lt;:&gt;, a pesa'r de ·
sus particularidades harto rabelaisianas y
de su excesiva "galoiserie", Silvestre era
un poeta en ocasiones delicado, fino y sentimental. "Anagke" es una poesía aislada
y que no se compadece con mi fondo cristiano. Valera la censura con razón, y ella
no tuvo posiblemente, más razón de ser

AZUL ••••

23

que un momento de desengaño, y el acíbar de lecturas poco propias para levantar
el espíritu a la luz de las supremas razones. El más intonso teólogo puede deshacer en un instante la reflexión del poeta
en ese instante pesimista, y demostrar que
tanto el gavilán como la paloma forman
parte integrante y justa de la concorde
unidad del universo; y que, para la mente
infinita, no existen, como para la limitada
mente humana, ni Arimanes, ni Ormutz.
Concluye el librito con una serie de sonetos: "Caupolicán", que inició la entrada
del soneto alejandrino a la francesa en
nuestra lengua,-al menes según mi conocimiento. Aplicación a igual poema de forma fija, de versos de quince sílabas, se
advierte en "Venus". Otro soneto a la
francesa y de asunto parisiense: "De invierno". Luego retratos líricos, medallones,
de poetas que eran algunos de mis admiraciones de entonces: Leconte de Lisie,
Catulle Mendés, el yanqui Walt Whitman,
el cubano J. J. Palma, el mejicano Díaz
Mirón, a quien imitara en ciertos versos
agregados en ediciones posteriores de
''Azu1....'' , y que
. empiezan.
.
·

�24

RUBÉN DARIO

Nada más triste q ue un titán que llora,
Hombre-montafia encadenado a un lirio,
Que gime, fuerte, que, pujante, implora,
Víctima propia en su fata!"mar tirio.

Tal fué mi primer libro, origen de las
bregas posteriores, y que, en una mañana
de primavera, me ha venido a despertar
los más gratos y perfumados recuerdos de
mi vida pasada, allá en el bello país de
Chile. Si mí "Azul....'' es una producción
de arte puro, sin que tenga nada de docente ni de propósito moralizador, no es
tampoco lucubrado de manera que cause
la menor delectación morosa. Con todos
sus defectos, es de mis preferidas. Es una
obra, repito, que contiene la flor de mi juventud, que exterioriza la íntima poesía
de las primeras ilusiones y que está im•
pregnada de amor al arte y de amor al
amor.
Paris, Junio de 1913.

PROSAS PROFANAS

inútil tarea intentar un análisis exeSería
gético de mi libro "Prosas Profanas''

después del estudio tan completo del gran
José Enrique Rodó en su magistral y célebre opúsculo, reproducido a manera de
prólogo en la edición parisiense de la Viuda de C. Bouret, y en la cual no apareció
la firma del ilustre uruguayo por un descuido de los editores. Mas sí podré expresar mi sentimiento personal, tratar de mis
procedimientos y de la génesis de los poemas en esta obra contenidos. Ellos corresponden al período de ardua lucha intelectual que hube de sostener, en unión de mis
compañeros y seguidores, en· Buenos Aires,
en defensa de las ideas nuevas, de la libertad ·del arte, de la acracia, o, si se piensa
bien, de la aristocracia literaria. En unas
palabras de introducción concentraba yo el
alcance de mis propósitos.
Ya había aparecido "Azul..." en Chile;
ya había aparecido "Los Raros'' en la capital argentina. Estaba de moda entonces

�26

RUBÉN DARÍO

la publicación de manifiestos, en la brega
simbolista de Francia, y mnchos jóvenes
amigos me pedían hiciese ·en Buenos Aires
lo que, en París, Moreas y tantos otros.
Opiné que no estábamos en idéntico medio,
y que tal manifiesto no sería ni fructuoso,
ni oportnno. La atmósfera y la cultura de
la secular Lutecia no era la misma de nuestro estado continental. Si en Francia abundaba el tipo de Remy de Gourmont, "Celui-qui ne-comprend-pas" ¿cómo no sería
entre nosotros?. El pululaba en nuestra clase dirigente, en nuestra general burguesía,
en las letras, en la vida social. No contaba,
pues, sino con una "élite", y sobre todo
con el entusiasmo de la juventud, deseosa
de una reforma, de un cambio en su manera de concebir y de cultivar la belleza.
Aun entre algunos que se habían apartado de las an~iguas maneras, no se comprendía el valor del estudio y de la aplicación constante, y se creía que con el solo
esfuerzo del talento podría llevarse a cabo
la labor emprendida. Se proclamaba una
estética individual, la expresión del concepto propio, mas también era preciso la base
del conocimiento del arte a que uno se con ·
sagraba, una indispensable erudición y el
necesario don del buen gusto. Me adelanté

PROSAS PROFANAS

27

a prevenir el perjuicio de toda imitación, y,
apartando sobre todo a los jóvenes catecúmenos de seguir rr.is huellas, recordé un
sabio consej o de Wagner a una ferviente
discípula suya que fué al mismo tiempo
una de las amadas de Catulle Mendés.
Asqueado y espantado de la vida social
y política en que mantuviera a mi país original un lamentable estado de civilización
embrionaria, no mejor en tierras vecinas,
fué para mí un magnífico refugio la República Argentina, en cuya capital, aunque
llena de tráfagos comerciales, había una
tradición intelectual y un medio más favorable al desenvolvimiento de mis facultades
estéticas. Y si la carencia de una fortuna
básica me obligaba a trabajar periodísticamente, podía dedicar mis vagares al ejercicio del puro arte y de la creación mental.
Mas abominando la democracia, funesta a
los poetas, así sean sus adoradores como
Walt Whitman, tendí hacia el pasado, a las
antiguas mitologías y a las espléndidas historias, incurriendo en la censura de los
miopes. Pues no se tenía en toda la América española como fin y objeto poéticos más
que la celebración de las glorias criollas,
los hechos de la independencia y la naturaleza americana: un eterno canto a Junín,

�RUBÉN' DARIO

PROSAS PROFAN'AS

una inacabable oda a la Agricultura de la
zona tórrida, y décimas pa.trióticas. No negaba yo que hubiese un gran tesoro de poe•
sía en nuestra época prehistórica, en la conquista y aun en la colonia; mas con nuestro
estado social y político posterior llegó la
chatura intelectual y períodos históricos
más a propósito para el folletín sangriento
que para el noble canto. Y agregaba, sin
embargo: ''Buenos Aires: cosmópolis. ¡Y
mañana!" La comprobación de este augurio
quedó afirmada con mi reciente ''Canto a
la Argentina".
En cuanto a la cuestión ideológica y verbal, proclamé ante glorias· españolas más
sonoras, la del gran D. Francisco de Quevedo, de Santa Teresa, de Gracián, opinión que más tarde aprobarían y sostendrían en la Península egregios ingenios.
U na frase hay que exigirla comento:
"Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa
es de mi tierra; mi querida es de París."
En el fondo de mi espíritu, a pesar de mis
vistas cosmopolitas, existe el inarrancable
filón de la raza; mi pensar y mi sentir continúan un proceso histórico y tradicional;
mas de la capital del arte y de la gracia, de
la elegancia, de la claridad y del buen gusto, habría de tomar lo que contribuyese a

embellecer y decorar mis eclosiones autóctonas. Tal di ~ entender. Con el agregado
de que no sólo de las rosas de París extraería esencias, sino de todos los jardines
del mundo. Luego expuse el principio de
la música interior: · "Como cada palabra
tiene un alma, hay, en cada verso, además
d~ la armonía verbal, una melodía ideal.
La música es sólo de la idea, muchas ve•
ces". Luego profesé el desdén de la crítica
de gallina- ciega, de la gritería de los ocas,
y aticé el fuego del estímulo para el trabajo,
para la creación, "Bufe el eunuco: cuando
una musa te dé un hijo, queden las otras
ocho en cinta". Frase que he leído citada
en una producción reciente de un joven es•
pañol, ¡como de Théophile Gautier!. ..
En "Era un aire suave... '', que es un aire suave, sigo el precepto del Arte Poética
de Verlaine: "De la musique avant toute
chose". El paisaje, los personajes, el tono,
se presentan en ambiente siglodieciochesco.
Escribí como escuchando los violines del
rey. Poseyeron mi sensibilidad Romeau y
Lulli. Pero el abate joven de los madrigales y el vizconde rubio de los desafíos, ante
Eulalia que ríe, mantienen la secular felinidad femenina contra el viril rendido; Eva,
· Judith, u Onfalia; peores que todas las

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29

�30

31

RUBÉN DARÍO

PROSAS PROFANAS

''sufragettes". En "Divagación" diríase un
curso de geografía erótica; ]a invitación al
amor bajo todos los soles, la pasión de todos ]os colores y de todos los tiempos. Allí
flexibilicé hasta donde puede el endecasílabo. La "Sonatina'' es la más rítmica y musical de todas estas composiciones, y la que
más boga ha logrado en España y América. Es que contiene el sueño cordial de toda adolescente, de toda mujer que aguarda
el instante amoroso. Es el deseo íntimo,
la melancolía ansiosa, y es, por fin, la es•
peranza. En ''Blasón" celebro el cisne,
pues esos versos fueron escritos en el álbum
de una marquesa de Francia propicia a los
poetas. En el "Del Campo'' me amparaba
la sombra de Banville, en un tema y en
una atmósfera criollos. En la alabanza "a
los ojos negros de Julia" madrigalicé capri•
chosamente. La "Canción de Carnaval"
es también a lo Banville, una oda funam •
bulesca, de sabor argentino, bonaerense.
Dos galanterías siguen, para una dama cubana. Fueron escritas en presencia de mi
malogrado amigo J ulián del Casal, en la
Habana, hace más de veinte años, e inspirados por una bella dama, María Cay,
hoy viuda del general Lachambre. "Bouquet" es otro madrigal de capricho. "El

faisán", en tercetos monorrimos, es uÍl
producto parisiense, ideado en París, escrito en París, trascendente de parisina.
"Gan;onniere" dice horas artísticas y fraternas de Buenos Aires. "El país del sol",
formulado a la manera de los "lieds de
France" de Catulle Mendés, y como un
eco de Gaspard de la N uit, concretan la
nostalgia de una niña de las islas del trópico, animada de arte, en el medio frígido y
duro de Manhatan, en la imperial NewYork. "Margarita"--que ha tenido la explicable suerte de estar en tantas memoriases un melancólico recuerdo pasional, vivido, aunque en la verdadera historia, la
amada sensual no fué alejada por la muerte sino por la separación. "Mía", y "Dice
mía", son juegos para música, propios para
el canto, "lieds'' que necesitan modulación.
En "Heraldos,, demuestro la teoría de
la melodía interior. Puede decirse_ que en
este poemita el verso no existe, bien que
se imponga la notación ideal. El juego de
las sílabas, el sonido y color de las vocales,
el nombre clamado, heráldicamente, evocan
la figura, oriental, bíblica, legendaria, y el
tributo, y la correspondencia.
El "Coloquio de los centauros" es otro

�32

RUBÉN DARÍO

"mito'', que exalt.a las fuerzas natural_~s,
el misterio de la vida universal, la ascens10n
perpetua de Psique, y luego plan.tea el _arcano fatal y pavoroso de nuestra rnelud1ble
finalidad. Mas renovando un concepto pagano, Thanatos no se presenta com~ en la
visión católica, armada de su gu~dana, larva O esqueleto, la medioeval rema de. la
peste y emperat_riz de la gue~ra; antes bien
surge bella, ca~1 atrayente, sin rostro angustioso, sonriente, ~ura, cast_a, y con_ el
amor dormido a sus pies. Y, baJO un principio pánico, exalto la unidad del universo,
en la ilusoria Isla de Oro, ante la vas~a
mar. Pues como dice el divino visi_onar~o
Juan: "Hay tres c~~as que dan test1mon1~
en la tierra: el espmtu, el agua y la sangre,
, que " uno " . ( "Ep:
y estos tres no son mas
B. Joannis Apost .. V, 8.: Et ~r;s sunt, qui
testimonium dant 10 terra: spmtns, et agua,
et sanguis·1 et hic tres unum sunt.' ')
En "El poeta pregunta p_or Stella", el
poeta rememora a un angélico _s_er desa~arecido, a nna hermana de las hh~les mu~eres de Poe que ha ascendido al c1e!o cristiano. Luego leeréis un pr?lo~o liri~o, que
se me antojó llamar ''pórtico , escrito hace largos años en alabanza del n:uy buen
poeta, del vibrante, sonoro y copioso Sal-

PROSAS PROFANAS

33

vador Rueda, gloria y decoro de las An.
dalucías. Y como en ese tiempo visitase yo
lo que es llamada harto popularmente tierra
de María Santísima, no dejé de pagar tributo, contagiado de la alegría de las castañuelas, panderos y guitarras, a aqnelb
encantada región solar. Y escribí, entre
otras cosas, el "Elogio de la seguidilla".
En Buenos Aires, e iniciado en los secretos wagnerianos por un músico y escritor belga, M. Charles de Gouffre, rimé el
soneto de "El Cisne' '-¡ave eternal!-que
concluye:
¡Oh Cisne! ¡oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
Del huevo ami de Leda brotó de gracia llena,
Siendo de la hermosura la princesa inmortal,
BaJo tus blancas :1las la nueva Poesía,
Concibe en una gloria de luz y de armonía
La Helena eterna y pura que encarna el ideal.

"La página blanca" es como un sueño
cuyas visiones simbolizaran las bregas, las
angustias, las penalidades del existir, la fatalidad genial, las esperanzas y los deseo gañas, y el irremisible epílogo de la sombra eterna, del desconocido más allá.
¡Ay, nada ha amargado más las horas
de meditación de mi vida que la certeza
tenebrosa del fin; y cuántas veces me he
refugiado en algún paraíso artificial, poseído del horror fatídico de la muerte!

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BUB~ DARÍO

"Año Nuevo" es una decor~c!6n si?eral,
animada, se diría, de un teolog1co ahen~o.
La"Sinfonía en gris mayor" trae necesariamente el recuerdo del mágico Thé~, del
exquisito Gautier y su "Symphome en
blanc majeur". La mía es_anota?a "d'al?rés
nature", bajo el sol de mi patna t~?pical.
y O he visto esas aguas en estagnac10n, las
costas como candentes, los viejos lobos de
mar que iban a cargar_ en goletas y b;r·
gantines maderas de tinte, y que partlan
a velas desplegad~s, con ;um~o a Europa.
Bebedores taciturnos, o nsuenos, cantaban
en los crepúsculos, a la popa de sus barcos,
· acompañándose con sus acord:ones, _cantos
de N ormandfa o de Bretana, mientras
exhalaban los bosques y los esteros cercanos rodeados de manglares, bocan~das c~lidas y relentes palúdicos. E~ 11 Ep1tal~m10
bárbaro" se testifica en la lira el tnunfo
amoroso de un grande apolo_nida. ~l ''.~esponso" a Verlaine prueba mt ad_m1racio~ Y
fervor cordial p '.)r el Pauvre Leha?, a quien
conocí en París en días de su tnste y en•
tristecedora bohemia; y hago ver las dos
faces de su alma pánica, la que da a la car•
ne y la que da al espíritu, la que da a las
leyes· de la huma_n a n_atural&lt;;z:1 y la..que da
a Dios y a los misterios catohcos, parale-.

PROSAS PROFANAS

35

lamente"· -~n el "Canto de la sangre'' hay
una _suce_s1on_~e correspondencias y equivale.nc1as sunb0licas, bajo el enigma del licor
sa grado qu e mantiene la vitalidad en nues. tro cuerpo mortal. La siguiente parte del
V?lumen, "Recreaciones arqueológicas", indican por su título el contenido. Son ecos y
man eras de épocas pasadas, y una demos~ración, para _los desconcertados y enganados contranos1 de que, para realizar la
obra ~e reforma y ~e modernidad que empren diera, he necesitado anteriores estudios
de clásicos y primitivos. Así en "Friso'' recurr_o al_ elegant~ verso libre, cuya · última
realización plausible en España es la célebre "Epístola a Horacio" de D. Marcelino
Menéndez y Pelayo. Hay más arquitectura y escultura que música; más cincel que
cuerda o flauta. Lo propio en "Palimsesto''
en d-0nde el ritmo se acerca a la repercusió~
de los números latinos. En "El reino interior" se encuentra de la influencia de la
poesía inglesa, de Dante Gabriel Rosetti
Y de algunos de los corifeos del simbolis~
mo francés. (¡ Por Dios! Si he querido en
un verso hasta aludir al "Glosario" de
Powell...) ' 'Cosas del Cid" encierra una ley~nda que narra en prosa Barbey d'Aure v1lle y que, en verso, he continuado. "De-

�37

PROSAS P ROF ANAS

36

RUBtN DARfO

cires, layes y canciones"renuevan antiguas
formas poémicas y estróficas; y así expreso
amores nuevos con versos compuestos y
arreglados a la manera de Johan de Duenyas, de Johan de Torres, de Valtierra, de
Santa Fe, con inusitados y sugerentes escogimientos verbales y rítmicas combiµaciones que dan un gracioso y eufónico resultado, y con el aditamento de finidas y
tornadas. Y, para concluir, en la serie de
sonetos que tiene por título "Las ánforas de
Epicuro"-con una "Marina" intercaladahay una como exposición de ideas filosóficas; en "La espiga" la concentraci6n de un
ideal religioso a través de la naturaleza; en
"La fuente" el autoconocimiento y la exal•
tación de la personalidad; en "Palabras de
la Satiresa" la conjunción de las exaltacio•
nes pá1'1ica y apolínea- que ya Moreas,
según lo hace saber un censor, más que
listo, había preconizado, ¡y tanto mejor!;en "La anciana" una alegórica afirma•
ción de supervivencia; en "Ama tu ritmo..."
otra vez la exposición de la potencia {nti•
ma individual; en "A los poetas risueños",
un gozo amable, un ímpetu que lleva a la
claridad alegre y reconfortante, con el exul·
torio de los cantores de la dicha; en "
hoja de oro", el arcano de tristezas autum·

nales; ~n "Marina", una amarga y verdadera página de mi vivir; en "Syrinx" (pues
el sonet? que aparece en otras ediciones
con el titulo "Dafne", por equivocación
debe llevar el d~ ''Syrinx") paganizo aÍ
cantar _la concreción espiritual de la metamo,rfos1s; "La gitanilla'' es una rimada
anecdo~a. Loo después a un antiguo y sabres~ c1tareda de España; lanzo una voz
de aliento Y ~e ánimo; indico mis sueños.
y tal es ~se hbro, que amo intensamente
Y. con_ delicadeza, no tanto como obra propia, sino porque a su aparición se animó
en nuestro continente toda una cordillera
de ~~esía poblada de magníficos y jóvenes
e~~mtus. Y nuestra alba se reflejó en el
VIeJo solar.

..

�CANTOS DE YIDA Y ESPERANZA

CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA
C

I

un "Azul. .. " simboliza el comienzo de

Vmi primavera, y "Prosas profanas" mi
primavera plena, "Cantos de Vida y Esperanza'' encierran las esencias y f.avias de mi
otoño. He leído, no recuerdo ya de quien,
el elogio del otoño; mas, ¿quien mejor que
Hugo lo ha hecho con el encanto profundo de su selva lírica? La autumnal es la
estación rdlexiva. La naturaleza comunica
su filosofía sin palabras, con sus hojas
pálidas, sus cielos taciturnos, sus opacidades melancólicas. El ensueño se impregna de reflexión. El recuerdo ilumina con
su interioi4- luz apacible los más amables
secretos de nuestra memoria. Respiramos,
como a través de un aire mágico, el perfume de las antiguas rosas. La ilusión
existe, mas su sonrisa es discreta. Adquiere el amor mismo cierta dulce gravedad. Esto no lo comprendieron muchos,
que al aparecer "Cantos de Viqa y Esperanza'' echaron de menos el tono matinal de "Azul...", y la princesa que es-

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taba triste en "Prosas profanas'', y los caprichos sfglo xvm, mis queridas y gentiles
versallerías, los madrigales galantes y preciosos y todo lo que, en su tiempo, sirvió
para renovar el gusto y la forma y el vocabulario, en nuestra poesía encajonada en lo
pedagógico-clásico, anquilosada de siglode-oro, o apegada, cuando más, a las fórmulas prosaico-filosóficas o baritonantes y •
campanudas de maestros, aunque ilustres,
limitados. Apenas Becquer había traído
su m~lodía a la germánica, ·aunque el gran
Zorrilla imperase, Cid del Parnaso castellano, con su virtuosidad genial y castiza.
Al escribir ''Cantos de Vida y de Esperanza" yo había explorado, no solamente el
campo de poéticas extranjeras, sino también
los cancioneros antiguos, la obra ya cor1~pleta, ya fragmentaria de los primitivos de la
poesía española, en los cuales encontré riquezas de expresión y de gracia que en
vano se buscarán en harto celebrados autores de siglos más cercanos. A todo esto
agregad un espíritu de modernidad con el
cual me compenetraba en mis incursiones
poliglóticas y cosmopolitas. En unas p~labras liminares y en la introducción en
endecasílabos se expfü:a la índole del nuevo libro: la historia de una juventud allen

�,10

RU BtN DARÍO

d~ tristezas y de desilusión, a pesar de las
primaverales sonrisas; la luéha por la existencia, desde el comienzo, sin apoyo familiar, ni ayuda de mano amiga; la sagrada y
terrible fiebre de la lira; el culto del entusiasmo y de la sinceridad, contra las añagazas y traiciones del mundo, del demonio
y de la carne; el poder dominante e inven. cible de los sentidos en una idiosincrasia
calentada a sol de trópico en sangre mezclada de español y chorotega o nagrandaoo;
la simiente del catolicismo contrapuesta a
un tempestuoso instinto pagano, complicado con la necesidad psicofisiológica de estimulantes modificadores del pensamiento,
peligrosos combustibles, suprimidores de
perspectivas afligentes, pero que ponen en
riesgo la máquina cerebral y la vibrante
túnica de los nervios. Mi optimismo se sobrepuso. Español de América y americano
de España, canté, eligiendo como instrumento el exámetro griego y latino, mi
confianza y mi fe en el renacimiento de la
vieja Hispani a, en el propio solar y del
otro lado del Océano, en el coro de naciones que hacen contrapeso en la balanza sentimental a la fuerte y osada raza
del norte. Elegí el_ hexámetro por ser
de tradición greco-latina y por que yo

CANTOS D:E VIDA. Y ESPERANZA.

41

creo, después de haber estudiado el
asunto, que en nuestro idioma, "malgré"
la opinión de tantos catedráticos, hc1y sílabas largas y breves, y que lo que ha faltado
es un análisis más hondo y musical de
nuestra prosodia. Un buen lector hace advertir én seguida los correspondientes valores; y lo que han hecho Voss y otros en
alemán, Longfellow y tantos en inglés,
Carducci, D'Annunzzio y otros en Italia,
Villegas el P. Martín y Eusebio Caro el
colombiano, y todos los que cita Eugenio
Mele en su trabajo sobre la "Poesía bárbara en España", bien podíamos continuarlo
otros, aristocratizando así nuevos pensares.
Y bella y prácticamente lo ha demostrado
después un poeta del valer de Marquina.
Flexibilizando nuestro alejandrino, con
la e xplicación de los aportes que al francés
t rajeran H ugo, Banville y luego Verlaine
y los simbolistas, su cultivo se propagó,
-quizás en demasía,-en España y América. Hay que advertir que los portugueses
tenían ya tales reformas.
Hay, como he dicho, mucho hispanismo
en este libro mío; ya haga su salutación el
optimista, ya me dirija al rey Osear de
Suecia, o celebre la aparición de Cyrano
en España, o me dirija al presidente Roo-

�42

RUBÉN DAR.fo

. sevelt, o celebre al cisne, o. evoque an6nimas figuras de pasadas centurias, o haga
hablar a D. Diego de Silva Velázquez y a
D. Luis de Argote y Góngora, o loe a Cervantes, o a Goya, o escriba la letanía de
-~ uestro Señor Don Quijote. ¡H ispania por
siempre! Yo había vivido ya· algún tiempo
y habían revivido en mí alientos ancestrales.
El título-"Cantos de Vida y Esperanza",-si corresponde en gran parte a lo contenido en el volumen, no se compadece con
algunas notas de desaliento, de duda o de
temor a lo desconocido, al más allá. En
"Los tres reyes magos" se afianza mi
deísmo absoluto. En la ' 'Salutación a Leonardo"-escrita en versos libres franceses
y publicada hacía tiempo en el "Almanaque
de P.euser" de Buenos Aires_-hay juegos
y enigmas de arte, que exigen para su
comprensión, naturalmente, ciertas iniciaciones. En ''Pegaso'' se proclama el valor
de la energía espiritual, de la voluntad de
creación. En "A Roosevelt'' se preconiza
la solidaridad del alma hispano-americana
ante las posibles tentativas imperialistas
d~ l~s hombres ~el Norte; en la poesía
siguiente se considera la pqesía con un especial don divino y se señala el faro de la

CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA

48

esperanza a nte las amenazas de la baja democracia y de la aterrorizadora igualdad;
en "Canto de Esperanza" vuelvo mis ojos
al i:1menso resplandor de la figura de Cristo, y grito por su retorno, como salvaci6n
ante los desastres de la tie.rra envenenada
por las pasiones de los hombres, y, más
adelante, de nuevo hago vislumbrar a los
meditabundos pensadores, a los poetas que
sufren la transfiguración y la final vi_ctoria.
"Helios" proclama el idealismo y siempre
la omnipotencia infinita; "Spes" asciende
a J esús, a quien se pide "contra el sañudo
infierno una gracia lustral de iras y luju rias"·, la "Marcha triunfal" es un ''triunfo"
de decoración y de música. Hay una parte
titulada '-Los cisnes". El amor a esta bella
ave simbólica desde antiguo:
ignem perosus,
Quoe colat elegit contraria flumina flammis ..•

ha hecho que tanto a mí como al ,e.spañ_ol
Marquina nos haya censurado un critico hispano-americano, anteponiendo al av: bla~ca de Leda el ave sombría, aunque m10erv1na,el buho. D e cierto, juzgo en su metamorfosis más satisfecho al hijo de Sthenelea
que a A:,cálafo. Y cor. todo, en varias
partes afirmo la sabiduría del ~uho. Por
el símbolo císnico torno a ver lucir la espe-

�44

RUBÉN DARÍO

ranza para la raza solar nuestra; elogio al
pensador augurando el triunfo de la Cruz;
me estremezco ante el eterno amor. En
"Retratos'' presento en lienzos evocatorias
pasaJas figuras de la grandeza y del carácter hispánicos: cuatro caballeros y una abadesa. Luego ritmo al influjo primaveral, en
un romance cuyo compás corto de pronto.
En "La dulzura del Angelus" hay como un
místico ensueño, y presento como verdadero refugio la creencia en la divioidad y la
purificaci6n del alma y hasta de la naturaleza por la íntima gracia de la plegaria.
"Tarde del trópico" fué escrita hace mucho tiempo, cuando por la primera vez sentí bajo mis pies las vastas agnas oceánicas,
en mi viaje a Chile. Era para mí entonces
todo en la poesía el semidiós H ugo. Los
"Nocturnos", en cambio, dicen una cultura
posterior, ya han ungido mi espíritu los
grandes ''humanos", y así exteriorizo en
versos transparentes, sencillos y musicales,
de música interior, los secretos de mi combatida existencia, los golpes de la fatalidad,
las inevitables disposiciones del destino.
Quizás hay demasiada desesperanza en algunas partes; no debe culparse sino a los
marcados instantes en que una mano de
tiniebla hace vibrar mayormente el cordaje

CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA.

martirizador de nuestros nervios. y l~s
i vida· "un vasto dolor y cmverd a des de m
· . .
o·
ueños"·
vago nend a d os peq . , ''el v1aJe,, a un
" 1
d
te por entrevistos b_a,rcos ; e g_r~,no" e
o raciones que florec10 en blasfemia ; 1~~
azoramientos del cisne ent~e los. charcos ;
''el falso azul nocturno de mquen,da bohe . " ... Sí, más de una vez . pense en t que1
m1a
pude ser feliz, si no se hubiera opues o de
"rudo destino''. La oración me ha salv~ o
siempre, la fe; pero h~me atacad? tamb1é_n
la fuerza maligna poniendo e~ m1 enten_d1miento horas de duda y de !ra. Mas &lt;'.no
han padecido mayores agresiones los más
grao d es Santo s). He cruzado por lodazales.
..
Puedo decir como el vigoroso meJ1cano:
"Hay plumajes que cruzan _el pantano-Y,
no se manchan: mi plumaje e~ de esos_.
En cuanto a la bohemia inquenda, ¿habn_a
yo gastado tantas horas de mi vid~ en a~1tadas noches blancas, en la enfona artificial y desorbitada de los alcohole~, en el
desgaste de una juventud . demasiad? robusta, si la fortuna me hubiera so~re1do y
si el capricho y el triste error aJenos no
me hubiesen impedido, despué:, de una
crueldad de la muerte, la formac1on de un
hogar? ...

�46

CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA

kt1BÉN DARfO

Esperanza olorosa a h. b
Del ruisefü'r primaver~f" as frescM, trino
Azucena tronchad
y ffi/ltinal,
Rebusca de¡ d" ha por un fatal destino,
a lC a, persecución del mal

sea n d a d as a la suprema
·· ·· R
, Y gracias
.
zon, s1 puedo clamar con
aovertura de este libro· "S' el ve~so de la
.
· 1 no ca1 fué
~ue D ios es bueno·!" En la ''C
'6
porno en primavera'~ d"
d' anc1 n de oto.
floridos en un
igo a tos a los años
. . ,
a melancolía conata q . .
se 1ns1ste en
, ue, s1
día algo c
parangon_ar, tendría su melo.
orno un sent1me t 1
t1ano Es de tod
.
n a eco musse.
as mis poes' 1
,
suaves y fraternos
ias a que mas
do. En "Trebo!" ~~razones ha_ conquis_taespañolas·' en "Ch antas
}'." h,o, menaJe a glorias
· .·
teologal incensa la más bl~na aspiración
tudes· en los si .
su ime de las vir'
gutentes versos· "·Oh
moto mentaJI"
¡
· 1
terre tencias maléfic!s~sa a _amenaza de las poel peligro de la ~/ mas adelante se señala
mosa Varona queerna enfemiga, _de la hernos o rece s
1
~anzana ... ; en "Filosofí "
iempre a
Justeza de la obra t ª1 se comprende la
,
na ura y de l d" .
razon, contra las feas
-·
a tvrna
cias; en "Led ,,
Y darnoas aparien.
a se vuelve a cant I 1 .
•
p siq
. · ar
d el Cisne·, en "D"ivrna
" a .g ona
en el torbellino lírico I 'I _u1s ... se tiende,
.
' a u timo consu I
I
consue1o cnstiaoo ''El
e o, a
sos", cuyo sentido. .
soneto
trece ver10comprend1do ha hecho

?e

41

balbucir juicios distantes a más de un critico de poca malicia, es un juego a la Mallarmé, de sugestión y fantasía. Los versos
que van a continuación elevan a la idealidad y alivian del peso a las miserias morales. Después vendrá un paternal recuerdo,
un himno al encanto misterioso femenino,
un loor al Gran Manco, un madrigal ocasional, un canto a la siempre para mí atrayente Thalassa, una meditaciún filosófica,
seguida de otras, una silueta bíblica; alegorías y símbolos. Un soneto hay que
tiene una dolorosa historia: "Melancolía''.
Está dedicado a un pobre pintor venezolano que tenía el apellido del Libertador.
Era un hombre doloroso, poseído de su
arte, pero mayormente de su desesperanza. Le conocí en París; fuimos íntimos, me
mostró las heridas de su alma. Yó procuré
alentarle. Pasado un corto tiempo partió
para los Estados U nidos. Y no tardé en
saber que en Nueva York, en el límite de
sus amarguras, se había suicidado. "Aleluya" exalta el don de la alegría en el universo y en. el amor humano. "De otoño"
explica la diferencia entre los mayos y los
diciembres espirituales; en el poema "A
Goya" me inclino ante el poder de aquel
genial príncipe de luces y tinieblas¡ en

�48

49

RUBÉN DARfO

OAN'l'OS l&gt;E Vtl&gt;A Y ESPERANZA

"Caracol" junto el misterio natural a mi
incógnito misterio; en "Amo, amas", pongo el secreto del vivir en el sacro incen.dio
universal amoroso; en el "Soneto autumnal al marqués de Bradomin",. al celebrar
un gran ingenio de las Españas, exalto
la aristocracia del pensamiento; en otro
"Nocturno" digo los sufrimientos de los
invencibles i_nsomnios cuando el ánima
tiembla y escucha; en "Urna votiva'' cumplo con la amistad; en "Programa matinal"
se expone un epicurismo todo poético; en
"Ibis'' señalo el peligro de las ponzoñosas
relaciones; en "Thanatos" me estremezco
ante lo Inevitable; ofrendo una ligera y
rítmica galantería bauvillesca; en "Propósito primaveral" de nuevo se presenta una
copa llena de vino &lt;le las ánforas de Epicuro.
La ''Letanía de Nuestro Señor Don
Quijote" afirma otra vez mi arraigado idealismo, mi pasión por lo elevado y heroico.
La figura del caballero simbólico está coronada de luz y de tristeza. En el poema
se intenta la sonrisa del "humour''-como
un recuerdo de la portentosa creación cervantina,-mas tras el sonreír está el rostro
de la humana tortura ante las realidades
que no tocan la complexión y el pellejo de

Sancho. En ''Allá lejos" hay un rememorar de paisajes tropicales, un recuerdo de
la ardiente tierra natal, y en "Lo fatal",
contra mi arraigada religiosidad y a pesar
mío, se levanta como una sombra temerosa
un fantasma de desolación y de duda.
Ciertamente, ·e n mí existe desde los comienzos de mi vida, la profunda preocupa•
ción del fin de la existencia, · el terror a lo
ignorado, el pavor de la tumba, o, más
bien, del instante en que cesa el corazón su
ininterrumpida tarea y la vida desaparece
de nuestro cuerpo. En mi desolación me
he lanzado a Dios como un refugio, me he
asido de la plegaria como de un paracaída.
Me he llenado de congoja cuando he examinado el fondo de mis creencias, y no he
encontrado suficientemente maciza y fundamentada mi fe, cuando el conflicto de
las ideas me ha hecho vacilar y me he sentido sin un constante y seguro apoyo. Todas las filosofías me han parecido impotentes, y algunas abominables y obra de locos
y malhechores: En cambio, desde Marco
Aurelio hasta Bergson, he saludado con
gratitud a los que dan alas, tranquilidad,
vuelos apacibles y enseñan a comprender
de la mejor manera posible el enigma de
nuestra estancia sobre la tierra.

�RUllfN DARfO

Y el mérito principal de mi o~ra, ~i alguno tiene, es el de una gran sinceridad,
el de haber puesto "mi corazón al desnudo" el de haber. abierto de par en par las
pu~rtas y ventanas de mi castillo ínterior
para enseñar a mis hermanos el ha~itáculo
de mis más íntimas ideas y de mts caros
sueños. He sabido lo que son las crueldades y locuras de los ho!11bres: He sido
traicionado, pagado con ingratitudes, ca•
lumniado, desconocido en mis mejores intenciones por prójimos mal inspirados, atacado, vilipendiado. Y he sonreído con
tristeza. Después de todo, todo es nada,
la gloria comprendida. Si es cierto que "el
busto sobrevive a la ciudad'', no es menos
cierto que en lo infinito del tiempo y del
espacio el busto, como la ciudad, y ¡ay! el
planeta mismo, habrán de desaparecer an•
te la mirada de la única Eternidad!
Parfs. 1913

LA LARVA *
se hablase de Benvenuto Cellini
C
y alguien sonriera de la afirmación
que hace el gran artífice en su "Vida", de
OMO

haber visto una vez una salamandra, Isaac
Codomano, dijo:
-No sonríais. Yo os juro que he visto,
como os estoy viendo a vosotros, si no una
salamandra, una larva o una empusa.
Os contaré el caso en pocas palabras.
Y o nací en un país en donde, como en
casi toda América, se practicaba la hechi~ería y los brujos se comunicaban con lo
invisible. Lo misterioso autóctono no desapareció con la llegada de los conquista• .A propósito _de esta página, quizá sea oportuno recordar

el s1gu1ente pasaJ e de la Autobiograf{a de Darlo:

" Como dejo escrito, con Lugones y Piñeiro Sorondo hablaba
~ucho sobre ciencias ocultas. Me había dado desde hada largo
tiempo a esta clase de estadios, y los abandoné a causa de mi
t xtremada nerviosidad y por consejo de médicos amigos. Yo
habla desde muy joven tenido ocasión, si bien raras veces, de
observar la presencia y la acci~n de las fuerzas misteriosas y
::ir.aña~, que _alÍn no han llegado al conocimiento y dominio de
ciencia oficial. E n Caras y Caretas ha aparecido una página
Ñ!ª en que narro cómo en la plaza de h catedral de León, en
1caragua, una madrugada vi y toqué una larva, nna horr ible

�T,A LARVA

52

53

RUBtN DAldO

dores. Antes bien, en la colonia aument6,
con el catolicismo, el uso de evocar las
f~erzas extrañas, el demonismo, el mal de
OJO, En la ciudad en que pasé .mis primeros años se hablaba, lo recuerdo bien,
como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas y de duendes. En una
familia pobre, que habitaba en la vecindad
de mi casa, ocurrió, por ejemplo, que el
espectro de un coronel peninsular se apareció a un joven y le reveló nn tesoro enterrado en el patio. El joven murió de la
v_isita extraordinaria, pero la familia quedó
nea, como lo son hoy mismo los descendientes. Aparecióse un obispo a otro obispo, para indicarle el lugar e n que se
enco_n traba un documento perdido en los
archivos de la Catedral. El diablo se llevó
mate~alización sepnl~ral, estando en mi sano y comple to j uioio.
T a~b1é n en La Nación, de Buenos Aires, he contado cómo en
la _cm~ad de _G11a!emala t11ve el anuncio psico-fisico del fa1lecim1ento de m1 amigo el diplomitico costarriqueiio J orge Cast ro
~eraández, en los mismos momentos en que él morla en la
c111dad de Panami ; y la p~vorosa visión nocturna q11e tuvimos
en San Salvador. ~l escritor polltico Tranquilino Chacón, in•
crédulo y ateo; vmón que nos llenó mis que de asombro de
espanto.
"He cont~do ta~bi~n los casos de ese género, acontecidos a
gentes de m1 conoc1m1ento. En Parls, con Leopoldo Lugones,
hémos observado en el doctor Encansse esto · es el célebre
Papus, ~ s interesantlsimas; pero aegú~ lo dejo' expresado
no he seguido en e_sa clase de investigaciones por temor j usto'.
a alg11na perturbación cerebral."

a una mujer por una ventana, en cierta
casa que tengo bien presente. Mi abuela

me aseguró la existencia nocturna y pavorosa de un fraile sin cabeza y de una mano
peluda y enorme que se aparecía sola,
como una infernal araña. Todo eso lo
aprendí de oídas, de niño. Pero lo que yo
v1, lo que yo palpé, fué a los quince años·
lo que yo vi y palpé del mundo de la~
sombras y de los arcanos tenebrosos.
. En aquella ciudad semejante a ciertas
ciudades españolas de provincia, cerraban
todos los vecinos las puertas a las ocho, y
a más tardar, a las nueve de la noche. Las
calles quedaban solitarias y silenciosas. No
se oía más ruido que el de las lechuzas
anidadas en los aleros, o el ladrido de los
perros en la lejanía de los alrededores.
Quien saliese en busca de un médico,
de un sacerdote, o para otra urgencia nocturna, tenía que ir por las calles mal empedradas y llenas de baches, alumbrado
apenas por los faroles de petróleo que daban su luz escasa colocados en sendos
postes.
Algunas veces se oían ecos de músicas
o de cantos. Eran las serenatas a la manera española, las arias y romanzas que decían, acompañadas con la guitarra, las

�54

BUBÉN DARfO

ternezas románticas del novio a la novia.
Esto variaba desde la guitarra sola y el
novio cantor, de pocos posibles, hasta el
cuarteto, septuor, y aun orquesta completa y un piano, que tal o cual señorcete
adinerado hacía resonar bajo las ventanas
de la dama de sus deseos.
Y o tenía quince años, una ansia grande
de vida y de mundo. Y una de las cosas
que más ambicionaba era poder salir a la
calle e ir con la gente de una de esas serenatas. Pero ¿cómo hacerlo?
La tía abuela que cuidó de mi niñez,
una vez rezado el rosario, tenía cuidado
de recorrer toda la casa, cerrar bien todas
las puertas, llevarse las llaves y dejarme
bien acostado bajo el pabellón de mi cama.
Mas un día supe que por la noche habría
serenata. Más aún, uno de mis amigos,
tan joven como yo, asistiría a la fiesta,
cuyos encantos me pintaba con las más tentadoras palabras. Todas las horas que precedieron a la noche las pasé inquieto, no
sin pensar y preparar mi plan de evasión.
Así, cuando se fueron las visitas de mi tía
abuela-entre ellos· un cura y dos licenciados-que llegaban a conversar de política,
o a jugar al tute, al fusileo o al tresillo¡ y
una vez rezadas las oraciones y todo el

LA LARVA

lí5

mundo acostado, no pensé sino en poner
en práctica mi proyecto de robar una llave
a la venerable señora.
'
Pasadas como tres horas, ello me costó
poco, pues sabía en donde dejaba las llaves, y además, dormía como una bienaventurada. Dueño de la que buscaba y sabiendo a qué puerta correspondía, logré salir
a la calle, en momentos en que, a lo lejos,
comenzaban a oirse los acordes de violines, flautas y violoncelos. Me consideré un
hombre. Guiado por la melodía, llegué
pronto al punto en donde se daba la serenata. Mientras los músicos tocaban, los
concurrentes tomaban cerveza y licores.
Luego, un sastre que hacía de tenorio, entonó primero "A la luz de la pálida .luna",
y luego "Recuerdas cuando la aurora .... "
Entro en tantos detalles para que veais
cómo se me ha quedado fijo en la memoria
cuanto ocurrió esa noche para mí extraordinaria. De las ventanas de aquella dulcinea, se resolvió ir a las de otra. Pasamos
por la plaza de la Catedral. Y entonces ....
He dicho ya que tenía quince años, era en
el trópico, en mí despertaban imperiosas
todas las ansias de la adolescencia.... Y en
la prisión de mi casa, de donde no salía
sino para ir al colegio, y con aquella vigi-

�56

RUBÉN DARÍO

lancia, y con aquellas costµmbres primitivas.... Ignoraba, pue·s, todos los misterios.
Así, cuál no sería mi gozo cuando, al pasar
por la plaza de la Catedral, tras la serenata, vi, sentada en una acera, arropada en
su rebozo, como entregada al sueño, a una
mujer. Me detuve.
¿Joven? ¿Vieja? ¿Mendiga? ¿L0ca? Qué
me importaba. Y o iba en busca de la soñada revelación, de la aventura anhelada.
. Los de la serenata se alejaban.
La claridad de los faroles de la plaia
llegaba escasamente. Me acerqué. Hablé;
no diré que con palabras dulces, mas con
palabras ardientes y urgidas. Como no
obtuviese respuesta, me incliné y toqué la
espalda de aquella mujer que no quería
contestarme y hacía lo posible porque no
viese su rostro. Fuí insinuante y altivo. Y
cuando ya creía lograda la victoria, aquella figura se volvió hacia mí, descubrió su
cara, y, ¡oh espanto de los espantos! aquella cara estaba viscosa y deshecha; un ojo
colgaba sobre la mejilla bue.s osa y saniosa;
llegó a mí como un relente de putrefacción. De la boca horríble salió primero
como · una risa ronca; y luego, aquella
''cosa," haciendo la más macabra de las

LA LAltV.l

57

muecas, produjo un ruido que se podría
indicar así:
-"Kgggggg... !"
Con el cabello erizado, di un gran salto,
lancé un gran grito. .Llamé.
Cuando llegaron algunos de la serenata,
la "cosa," había desaparecido.
Os doy mi palabra de honor, concluyó ·
Isaac Codomano, que lo que os he contado
es completamente cierto.

�DILUCIDACIONES

DI LUCI DACION ES

,,y

os pensamientos e intenciones de un
Wpoeta son su estética", dice un buen
escritor. Que me p1ace. Pienso que el dón
de arte es aquel que de modo superior hace que nos reconozcamos íntima y exteriormente ante la vida. El poeta tiene la visión
directa e introspectiva de la vida y una supervisión que va más allá de lo que está
sujeto a las leyes del superior conocimiento. La religión y la filosofía se encuentran
con el arte en tales fronteras, pues en ambas hay también una creencia artística. Estamos Jejos de la conocida comparación del
arte con el juego. Andan por el mundo
tantas flamantes teórías y enseñanzas estéticas... Las venden al peso, adobadas de
ciencia fresca, de la que se descompone más
pronto, para aparecer renovada en los catálogos y escaparates pasado mañana.
Yo he dicho: Cuando dije que mi poesía
era "mía en mí,'' sostuve la primera condi.
ción de mi existir, sin pretensión ninguna
de causar sectarismo en mente o voluntad

95

ajena, y en un intenso amor a lo absoluto
de la Belleza. Y o he dicho: Ser sincero es
ser potente. La actividad humana no se
ejercita por medio de la ciencia y de los
conocimientos actuales, sino en el vencimiento del tiempo y del espacio. Y o he
dicho: Es el Arte el que vence el espacio
y el tiempo. He meditado ante el problema de la existencia y he procurado ir hacia
la más alta idealidad. He expresado lo expresable de mi alma y he querido penetrar
en el alma de los demás, y hundirme en la
vasta alma universal. He apartado asimismo, como quiere Schopenhauer, mi individualidad del resto del mundo, y he visto
con desinterés lo que a mi yo parece extraño, para convencerme de que nada es
extraño a mi yo. He cantado, en mis diferentes modos, el espectáculo multiforme
de la naturaleza y su inmenso misterio.
He celebrado el heroísmo, las épocas bellas de la historia, los poetas, los ensueños,
las esperapzas. He impuesto al instrumento lírico mi voluntad del momento, siendo
a mi vez órgano de los instantes, vario y
variable, según la dirección que imprime
el inexplicable Destino.
Amador de la cultura clásica, me he nutrido de ella, mas siguiendo el paso de

�60

I&gt;lLt!OlDA&lt;ltONlilS

:RUBÉN DARÍO

mis días. He comprendido la fuerza de las
tradiciones, en el pasa-do, y ·de las previsiones, en lo futuro. He dicho que la tierra
es bella, que en el arcano del vivir hay
que gozar de la realidad ali-mentados de
ideal. Y que hay instantes tristes, por culpa de un monstruo malhechor llamado Esfinge. Y he captado también a ese monstruo malhechor. Y o he dicho:
E: incidencia la Historia. Nuestro destino supremo
Está má, allá del rumbo que marcan fugaces las épocas,
Y Palenke y :.-i A tlántida no son más que momentos soberbios
Con que pun túa D ios los versos dt su augusto Poema.

He celebrado las conquistas humanas y
he, cada día, afianzado más mi seguridad
de Dios. De Dios y de los dioses. Como
hombre, he viYido en lo cotidiano; como
poeta, no he claudicado nunca, pues siempre he tendido a la eternidad. Todo eJlo
para que, fuera de la comprensión de los
que me entienden con intelecto de amor,
haga pensar a determinados profesores en
tales textos; a la cuquería literaria, en escuelas y modas; a este ciudadano, en el
ajenjo del Barrio Latino, y al otro, en las
decoraciones "arte nuevo'' de los "bars" y
musichalls. He comprendido la inanidad
de la crítica. Un diplomado os alaba por
.o menos alabable que tenéis; y otro os

')

censura en mal latín o en esperanto. Este
doctor de fama universal os llama aquí
' 'ese gran talento de Rubén Darío'', y allá
os inflige un estupefaciente desdén .... Este
amigo os defiende temeroso. Este enemigo
os cubre de flores, pidié ndoos por lo bajo
una limosna. Eso es la literatura. Eso es
lo que yo abomino. Maldígame la pótencia
divina, si alguna vez, después de un roce
semejante, no he ido al baño de la luz
lustral que todo lo purifica: la autoconfesión ante la única Norma.
.. • *

Jamás he manifestado el culto exclusivo
de la palabra por la palabra. "Las pa1!1bras
-escribe el señor Ortega y Gasset, cuyos
pensares me halagan,-las palabras son
logaritmos de las cosas, imágenes, ideas y
sentimientos, y por tanto, sólo pueden emplearse como signos de valores, nunca como valores." De acuerdo. Mas la palabra
nace juntamente con la idea, o coexiste
con la idea, pues no podemos darnos cuenta de la una sin la otra. Tal mi sentir, a
menos que alguien me contradiga después
de haber presenciado el parto del cerebro,
observando con el microscopio los neurones de nuestro gran Cajal.

�DILUctt&gt;AatONU

83

62

En el principio está la palabra como
única representación. No simplemente como signo, puesto que no hay antes nada
que representar. En el principio está la
palabra como su manifestación de la uni11
dad infinita, pero ya conteniéndola. Et
verbum erat Deum.''
La palabra no es en sí más que un signo, o una combinaci6n de signos; mas lo
contiene todo por la virtud demisírgica.
Los que la usan mal serán los culpables si
no saben manejar esos peligrosos y delicados medios. Y el arte de la ordenación
de las palabras no deberá estar sujeto a
imposición de yugos, puesto que acaba de
nacec la verdad que dice: el arte no es un
conjunto de reglas, sino una armonfa de
caprichos.
Yo no soy iconoclasta. ¿Para qué? Hace
siempre falta a la creación el tiempo perdido en destruir. Malhaya la filosofía que
viene de Alemania, que viene de Inglaterra o que viene de Francia, si ella viene a
quitar, y no a dar. Sepamos que muchas
de esas cosas flamantes importadas, yacen,
entre polillas, en ancianos infolios españoles. Y las que no, son pruebas por corregir
para la edición de mañana, en espera de
una sucesión de correcciones. Aquí se está

ahora, editorialmente-en Palma de Ma-

llorca-desenterrando de sus cenizas a un
Lulio. ¿Creéis que este Fénix resucitado
contenga menos de lo que puede dar a la
percepción filosófica de hoy cualquiera de
los reporters usuales en las cátedras perio•
dísticas y más o menos sorb6nicas del día?
Construir, hacer, ¡oh juventud! Juntos
para el templo; solos para el culto. Juntos
para edificar; solos para orar. Y la cons•
tanda no será la menor virtud, que en ella
va la invencible voluntad de crear. Mas
si alguien dijera: ••Son cosas de ideólogos," o "son cosas de poetas," decir que
no somos otra cosa. Es expresar: además
del cerdo y del cisne, que nos han adjudicado ciertos filósofos, tenemos el ángel.
¡Tener ángel, Dios mío! Pido exégetas
andaluces.
Mallorca.

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CLÁSICOS CASTELLANOS
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Ut: l&lt;O ! , ..,

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l'Ot-:\1.\ DI, \:IO CID l'ur lJ k.uu6n M,·uéndez P1d1l &lt;Ir la
R~"' Ac ulc-1111.t Ei:;p.d,ol:1
L._ \'lll\ DE L\Z~RILl.0 DE IOR\IE, l'or I&gt;. Julio Ce_jadrr.
FEk:S \:S 110 OF IIER~ER:\ - l'~tt11s l'rülog &gt; y notas por
D \"1l·t-ntt.· (j ,rcf,1 tk Diego.
r,~:R\' A:-1 l li..:, - \' • ,l, r¡tm/larrr P«'llngn y no•,, por D. Fran
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FR. Ll'IS DI!: 1.Eü:S
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                  <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text>Colección Ariel, 1916, Cuaderno 72</text>
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                <text>García Monge, Joaquín, 1881-1958, Director</text>
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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text>San José de Costa Rica, C.R. </text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>(

COLECCION

ARIEL

SUTu'.I:ARIO
J OSE ENRIQUE RODÓ . .. .

La \i1era1ura posterior o. la gm·rm

J..\VfER DE VlA'.'!A ... .... . . La borrega guach.i (C11t'IJl0)
;\ \ Al1R f C10 MAETER-

LIXCK ....... . .. .. ....... .
JUA:-.- E. ()'LEARY.
M I GUEL DF:

·ENRHJL'E

J.

L:\'A1,Jl!:--l0.

VARONA.

(iOXZALO ZALDü:\J!HOE.
ROBERTO $0UTHEY .....
HíSPAl\"O

El lwroismo
Poe:sfr1s.
Papc-letá:- ;i. la :1lenrnna
Tcc11icismo y filosofía
Cómo Jebe leers1.1 el Qnijotr-

t:n nmahlc estudio de V. Ga1·cia Calderón
La bata1\a de Blcuheim
Uu cnntor de raza

SAN JOSE, COSTA RICA, FEBRERO 1~ OE 1916
l111prent,,1 Greñas

*

CUADERNO 71

/ /

��Coi....:icccioN

.,..

.-. RI:EL
REPERTORIO AMERICANO

tol~cción Jlrid

Pf'.BLIC.AOO E~ ClT

ADEnxos QUINCE'·
,.,,.'LES POR

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J. GAR'-!111 Me&gt;lVGE
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B ee_STA RIC!A,
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Súmero •••Jto: C 0 _ ~ .,. 2 .0o oro am.
2

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11

hros ole ••eoglda

768 Página,.;
YA

•

Po•~ ; R ; - : , ~•o•onrortante
- - -

literatura

LO~Es

LA LITERATURA POSTERIOR A LA GUERRA
me pregunta si creo en el adveniS miento
de una ''literatura de la gueE

rra", de una literatura en que la guerra
encuentre su expresión. Se me pide además que manifieste mi idea del sentido
en que ha de producirse la evolución literaria después de los acontecimientos que
parecen remover el eje del mundo. He de
separar, ante todo, esta última inquisición . Concedo escasa fe a los augurios
en materia histórica, ya se trate de historia literaria o política. Téngalos por
nel..'.esariamente falsos, a lo menos cuando se procede por vía de razonamiento, y
no de intuición inspirada, como el que
goza del don de profecía. El razonamiento es incapaz de dominar, en su complexidad infinita, el génesis del hecho histórico, que escapa así a cualquiera anticipación que no sea la concedida al visionario. Todo hecho, todo eslabonamiento de hechos, son cosa esencialmente
nueva y única, y la experiencia del pasa-

&amp;IB~IOTECA CEM'TRAI.
U.A.ILL

\

�66

LA LITERATURA POSTERIOR A LA GUERRA

COLECCIÓN ARIEt

do no puede cooperar a la previsión del
porvenir en mucho mayor grado que el
análisis de los sorteos puede dar luz S?·
bre la bolilla que caerá mañana. Nadie
como el gran Schopenhauer ha m~strado la radical vanidad de ~odo calculo
que se aplique al curso desigual Y errabundo de la historia; de toda ley q_ue
quiera imponerse en ella a título de ~nducción y la sonrisa helada ?el g~n.i al
misántropo se ilumina en mi_ esi:intu
siempre que veo renovarse el empe~10 de
arrebatar, con los medios de la logica, el secreto del futuro.
.
Pero es indudable queladtfic~1ltad l?u~de ser menor cuando el propóstt_o se h~ita a una previsión !1º afirmativa, smo
negativa: no a definir aq~ell_o que ha de
ser, sino simplemente a eltmtoar algo de
lo que no ha de ser.
.
Los que esperan, o temen, º.1:ª~1teratu·ra de penacho heroico, patnotica en el
tono guerrero, narradora y· s?ñadora
de batallas, es proba ble que a&lt;-;iert~n en
cuanto a la inmediata y trans1ton~ repercusión que esta tremenda realidad
que presenciamos tendrá en el desperta~
de la imaginación humana; p_e ro ~s casi
, seguro que se equivoquen, s1 entienden

I

----- --

..IAR-.t~:::&gt;

A:..:1Tv f1A

-'.M .A .U:

~

67

que ése puede ser el carácter duradero de
la evolución literaria en que verdaderan:iente trascenderá la obra social y espirit ual de la guerra. Asistiremos a una
e~plosión es_truendosa y fulgurante de E.
nsmo marc_1!l y de las narraciones épicas, de pas10n y orgullo de patria y de
alardes de fuerza y poder; pero nada de
ello brotara de las hondas entrañas de la
conciencia social, donde se preparan aquellas direcciones ideales capaces de
prevalecer por largo tiempo y de marcar
h uella en el mundo. Será, por decirlo así,
el "~cto reflejo" con que la imaginación
fascinada responderá a la primera impresión de la victoria. Pero el gran impulso de renovación literaria que infali~
b~emente ha de sobrevenir, llegará más
b!en_como reacción que como desenvolvimiento de esa fugaz literatura guerrera.
_
En los albores del siglo pasado todo
er~ guer:a en ~1 mu_ndo, y milagros ht&gt;rotcos, e 1naud1tos eJemplos de la tran!-form8:dora fuerza de las arma!-, y las gener&amp;c!ooes que abrían lüs ojos a la luz
re~ogian de la viva realidad imágenes
mas, portentosamente épicas que l:ci ~ que
podian ofrecerles la ficción ni la historia.

�LA LITERATURA POSTERIOR A LA GUERRA

68

69 .

COLECCIÓN ARIEL

Una literatura caduca y exánim e prolongaba ficticiamente sus moldes, mientras la atención humana se concentraba, toda entera, en aquella maravillosa
realidad . Todo annnciaba que la transformación literaria había de ser tan vasta y profunda como la transformación
social y política. Y del ambiente predispuesto por el glorioso cuarto de siglo de
la Revolución y de las guerras napoleónicas nació, realmente, una de las más radicales transformaciones literarias de
que haya ejemplo en la historia de la humanidad; pero esa transformación fué el
romanticismo, literatura nada heroica ni
triunfal, más íntima que colecfr,a más
inclinada al recogimiento melan~ólico
que al estrépito de las batallas aunque
demasiado complexa para que pueda negársele, sin relativa inexactitud, ninguna de las cuerdas de la lira. De aquellas
generaciones infantiles cuyo deslumbramiento ante la gloria de las armas y las
pompas de la apoteosis imperial pintó
tan animadamente Alfredo de Musset en
las primeras páginas de la "Confesión
de un hijo del siglo" salieron, pocos a ños más tarde, los nostálgicos soñadores, los heridos del amor trágico, los

atormen~ados del tedio y de la duda,
para. qutenes el espectáculo del mund o
extenor era apenas un episodio subordinado al drama de la propia conciencia.
En el temperamento épico de Víctor Hugo halló la leyenda napoleónica colores
y armoní~s. que la glorificasen, p~ro esta
r~ma de hnsmo rememorador de victonas que_da confundida y dominada en la
fi_:ondostdad del más espeso roble de poesta que h~yan contemplado los siglos.
~a gl&lt;:na de la guerra, como motivo
de mteres humano que trascienda en el
art~, es cosa superficial, efímera, y para
decirlo en una sola palabra, "infantil."
1:fe r_efiero al arte de los tiempos de civihzac_10~ madura y complexa. El mismo
sentimiento de grandeza nacional de ostentaci~5_,n de imperio, de predo~inio y
exp~ns10_n de una raza encumbrada por
la v1ctona, es escaso y precario como
fondo de una literatura. Lo másfrecuente es que apenas la voluntad heroica de
un pu:bl o ha alcanzado para él la más
alta c1n: a de la fortuna y del poder, el
pens~mtento de ese pueblo, movido por
el deJo amargo de toda aspiración satisfecha, t ome el declive de pesimismo que
lleva a considerar, por abajo de las glo-

�70

COLECCIÓN ARTEL

rias del mundo, la irreparable miseria
del destino humano. S9n , por el contrario, las razas humilladas, los pueblos en
secular esclavitud o abatimiento, pero
que mantienen dispierta la conciencia de
su ser colectivo, los que encuentran fuentes de honda y persistente poesía en el
sueño de gloria nacional, que entonces
se levanta sobre ellos con la· idealidad de
todas las Tierras Prometidas.
La relación entre el carácter social y
el literario se establece a menudo en forma que lo que este último interpreta es
el anhelo, acaso inconsciente, del primero, de ser lo que no es, de adquirir lo
que le falta, de romper los límites del
hábito y las imposiciones del ambiente.
La vida de la imaginación es el desquite
de la vida real. Por la imaginación pacífic::i tenderán los pueblos a quitarse el
sabor de la guerra. Pasa colectivamente como en lo que se refiere al carácter
que cada autor infunde en sus escritos: la
parte de personalidad puesta en transparencia por la obra no es siempre la
misma que el hombre manifiesta en la
sociedad y en la acción, sino, con mayor
frecuencia, otra más íntima, tal vez contradictoria con aquélla y que busca el re-

LA LITERATURA POSTERIOR A LA GUERRA

71

gazo de Ja fantasía para tregua y olvido de la realidad. Los poetas-soldados
del Renacimiento componían églogas e
idilios. Moliére y Moratín rdan poco, y
tenían poco de que reir en el escenario
del mundo.
La guerra traerá la renovación del
ideal literario, pero no para expresarse
a sí misma, por lo menos en son de gloria y de soberbia. La traerá porque la
profunda conmoción con_que tend~rá ~
modificar las formas sociales, las mstituciones políticas, las leyes de la sociedad internacional, es forzoso que repercuta en la vida del espíritu, provoca ndo,
con nuevos estados de conciencia, nuevos caracteres de expresión. La traerá
porque nada de tal manera extraordinario, gigantesco y terrible, puede pasar en
vano para la imaginación y la sensibilidad de los hombres; pero lo verdaderamente fecundo en la sugestión de tanta
grandeza, lo capaz de morder en el centro de los corazones, donde espera el genio dormido, no estará en el resplandor
de las victorias, ni en el ondear de las
banderas, ni en la aureola de los héroes,
sino, más bien, en la pavorosa herencia
de culpa, de devastación y de miseria: en

�72

COLECCIÓN ARIEL

la a ustera majestad del dolor humano,
levantándose por encima de las ficciones
de la g loria, y proponiendo, con doble
imperio, al pen!-amiento angustiado, los
enigmas de nuestro destino, en los que
t\&gt;da poe~fa tiene su raíz.
JOSE EXRIQUE RODO.
( LA NOTA. Buenos Aires.)

Nada hay más repulsivo que ve1' a gentes agitarJe en favor de una rect[t ud general
asbfracta, cuando no se atreven a alzar los
bi-azos contra la maldad concreta.
'l'.

ROOSEYELT.

Suele suceder que ''sal y pimienta;, res1eltan frecuentemente excesivas, imprecisas, y
que el propósito irónico no pasa de i'ntento
frustrado. Tanto la ironía como el lwmo1'ismo son terrenos literarios donde es fácil
nsbalar. Quien intente moverse en ellos, o
ha de dar rimda sueltri al caudal espontáneo de su espíritu, y en ese caso hay el riesgo de descubúr el contenido mental, o ha de
ser síntesis de una cieltura muy varia i·n.
tensa y trabada.

LA BORREGA GUACHA

T

familia continuaba aún de sobremesa
cuando Julia regresó de la cocina cargada
con la vajilla que, como de costumbre, había levantado en un santiamén.
-Apurate en levantar la mesa pa zurcirme en
seguida la boca, el poncho grueso,-ordenó don
Pablo.
-Está bien, tata,-respondió ella con su humildad habitual,.
-Y hacé ligero, porque dispués tenés que dir
al arroyo, porque ya sabés que no me gusta
amontonar ropa sucia.
-Está bien, mama.
-Pero antes,-intervino J aime, - tenés que
plancharme la bombacha blanca.
-Ya tengo la plancha en el fuego.
Y las órdenes dadas, ninguno se preocupó más
de la muchacha, quien, con asombrosa celeridad
zurció el poncho, planchó la bombacha y, luego,
echándose al hombro un gran Ho de ropa, se dispuso a partir para el lavadero, mientras los
otros ganaban sus camas respectivas para dor•
mir tranquilamente la siesta.
Abrumada, más que por el peso de la carga

W

A

�74

COLECCIÓN ARIEL

por el dardear feroz del sol de enero, Julia recorrió las diez cuadras que mediaban entre las ca·
sas y el lavadero.
No se le ocurrió una queja ni un r eproche.
Aquella desconsideración era tan antigua, que
habíase acostumbrado a considerarla como algo
natural, lógico y hasta de perfecta justicia.
¿ Qué derecho tenía para protestar? .... Tanto
como los bueyes a radores o el matungo carretonero, pues, al final de cuentas , ella era, cual
aquéllos, un animal doméstico, obligado a pagar
con su trabajo el sustento y el albergue que le
daban.
Había nacido en la chacra, hija.de una ''peona"
que murió al darla a luz. No hubo nadie que re •
clamara su paternidad, ni nadie que la solicita1 a
invocando derechos de parentesco. Doña Paula
se dió la pena de criar la guacha. La calaba za
que servía de biberón iba del hocico del c·achorro o del cordero a los labios de la chica, sin
cambiarle siquiera el trapo que hacía de tetina.
Eran guachos todos. Y como todos los guachos,
creció ruin, pequeña, delgaducha, fea y afeada
más aun por esa humildad que obliga a hacerse
lo más insignificante posible, a ocultar cuanto
pudiese darle algún realce,-mimel.ismo moral,
basado en las conveniencias de pasar inad vertido, como compensación de la carencia de armas
de defensa.

LA BORREGA GUACHA

75

Poesía una cara pequeña, fina, aborregada, y
de ahí que todos la apodaran : la "Borrega guacha", mote ofensivo que nunca hizo mella en su
alma de escasa sensibilidad.
¿ Experimentó alguna vez ansias amorosas?
Quizá; pero en todo caso fugitivas y desde
mucho atrás anuladas, expulsadas de aquel cuerpecito, donde las fatigas cotidianas agotaron
t empranamente los escasos encantos juveniles.
Sin embargo, el capricho del destino le t uvo
reservado papel de protagonista en un drama
emocionante.
Aquella tarde, al disponerse a regresar, ya en
el gris del crepúsculo, terminada su tarea, fué
bruscamente sorprendida por la aparición de un
desconocido en el claro del lavadero.
-No se asuste, moza- díjole con voz suave y
t riste, el forastero;-no vengo p'bacerle mal, sino
más bien pa pedirle ayuda.
Algo tranquilinda por la sincera afabilidad
de aquella voz, J ulia se atrevió a mirarlo. Era
un mozo apuesto, de rostro casi lampiño y densamente pálido. Por debajo del ala del chambergo se advertía u n pañuelo blanco, manchado de
rojo, que le vendaba }a frente, y otro pañuelo de
seda blanco, que le cruzaba el pecho en bandolera, ofrecía también grandes máculas de sangre.
-Vengo mal herido-continuó diciendo;- y la
polecfa me persigue de cerca.... Ya no tengo

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COLECCIÓN ARIEL

juerzas nipa peliar nipa juir .... Usté ha' e conocer en este monte algún lugar seguro don.de refugiarme durante tres o cuatro días .... y si quisiese
ser güena ....
Súbitamente se le llenaron los ojos de lágrimas
a la mansa '' Borrega guacha".
-Sígame-respondió; y a través de estrecha
y tortuosa vereda lo condujo hasta un sitio del
bosque que parecía un cenado"r natural construído con murallas de árboles colosos y disimulado
por lujuriante vegetación de zarzas y enredaderas: una verdadera cripta sobre el ras de la tierra. Al pie de un guayabo centenario amarilleaba
la paja de un ranchejo de dos metros de largo
por uno de alto y otro de ancho.
-Aquí vivió seis meses el matrero Lucas Peña,
sin que pudiesen descubrirlo tres policías que lo
perseguían a pleito y que l'olfatiaban pu'acá
-dijo Julia, con la expresión más natural del
mundo ....

Quince días habían transcurrido, y durante
ninguno de ellos le faltó a la "Borrega guacha"
algún pretexto para visitar al asilado, llevarle
alimentos y curarle las heridas.
Rápidamente se estableció entre ambos una
franca camaradería. El le contó sin recelos toda
su historia. Se llamaba Faustino Sierra, era

LA tl.ORREGA GUACltA

77

"guacho" como ella, había crecido sin afectos,
sin dirección, sin amparo y después de mucho
rodar, con poco amor al trabajo y menos aun a
la subordinación, terminó por dedicarse al cont rabando de haciendas. Varias veces su cuadrilla
anduvo a los tiros con las policías, y en el último
encuentro, mal herido y bajo una persecución
tenaz, llegó a aquel paraje, donde la bondad y
la discreción de Julia le permitieron abrigo seguro y medios de restablecerse rápidamente.
- ¡ Usté ha sido mi madrecita !-exclamó emocionado.-Y si quisiese ser más güena entuavía,
sería mi novia, y al calor de nuestros cariños secaríamos las ropas que durante tuita la vida
hemos llevao sobre el alma!. ...
- ¡ No diga esas cosas !-exclamó la Borrega
con voz ahogada y con el rostro con vertido en
una ascua .
Y a poco:
-Aura que ya está juerte, vayasé y .... olvidesé de mí.
-Olvidarla, nunca. Vamonós juntos, matreriemos juntos, cu.semos nuestras tristezas.y d'ese
casal nacerá la alegría!. .. .
El hablaba con voz cálida, insinuante, sincera.
Ella temblaba y sollozaba, repitiendo invariablemente:
-¡No! ·¡ 'ho !. ... ¡ vayasé !. ...
Faustino la vió vencida. Bruscamente la es-

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79

COLECCIÓN ARI.EL

LA tlORliEGA. GUAC11A.

trechó entre sus brazos y le besó frenéticamente
los labios.
Julia desfallecía ante aquella caricia, la primera recibida en la aridez de sus treinta años. El
violento latir del corazón la ahogaba. Una cortina roja le nubló los ojos y la voz se apagó en su
garganta.....
Serenado, Faustino explicó: .
-Yo he conseguido un buen caballo y un apero ... . Cuando cierre la noche y los viejos se haigan acostao, venite .... Yo soy baquiano y te garanto que al amanecer estaremos del otro lao de
la frontera .. .. ¿ Vas a venir? ...
-¡ Sí !-contestó ella, sin saber lo que decía, y
escapó rápidamente hacia las casas.
Como autómata, en completa i nconsciencia de
sus actos, hizo la cena, la sir vió, lavó el servicio,
levantó la mesa y se r etiró a su cuarto, todo con
la misma regularidad de siempre, sin que ninguno hubiese advertido en eila algo anormal o insólito.
Encendió la vela, sentóse al borde de la cama
y permaneció abismada, intentando vanamente
un raciocinio que le permitiera orientarse en
aquel tan obscuro y complicado trance de su
hasta entonces simple y monótona existencia.
Largo tiempo permaneció así. Luego se puso
de pie y sacó del baúl sus prendas demingueras,
que fué extentiendo prolijamente sobre el lecho.

Luego se quitó la bata y la pollera, y tomando el
peine fué a arreglarse frente al pedazo de espejo
enclavado en el m uro.
·
Se observó" con pena. Encontróse fea y vieja.
Ni su rostro ni su cuerpo podían ofrecer el menor aliciente al más benévolo de los amantes, y
experim~ntando por primera vez el sentimiento
de rebelión contra las injusticias del destino,
rompió a llorar, y estrujando con rabia las prendas domingueras, las volvió de nuevo a la obscuridad del baúl.
Luego lloró, lloró por largo tiempo, regando
con s;i llanto los pétalos ~e su única ilusión deshojada al nacer. ...
Cuando logró un poco de calma, tomó un pedazo de papel y un lápiz, y escribió en toscos caracteres:
"Vay asé. V ay asé solo, porque yo .... ¡ yo no lo
quiero l... ."
.
Tornó a llorar copiosamente y al final salió,
corrió, llegóse con sigilo a l escondido potril. A la
entrada encontró el caballo de F austino, ensillado, pronto para la p artida. Con una espina de
tala clavó la esquela en el cojinillo y se marchó
con la misma premura, sin que F austino hubiese
tenido tiempo de advertir su presencia.
Y al d[a siguiente; la "Borrega guacha", con
el corazón sereno, con los ojos áridos, conformada, curada de aquella repentina cuan insensata

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COLECCIÓN ARJ1:L

crisis emotiva, retornaba tranquilament e a ssu
rutinarias tareas de animal doméstico.
J AVIER DE VIANA
(Mundo Argentino. Buenos Aires.)

EL HEROISMO.

Del Uruguay es Javier de Viana. Autor de varias colecciones
de admirables cuentos camperos: Macachines, Le,7a Seca, Ytryos.

" Sí-dijo Carlyle ahora tiempos-la idea de
wn soldado testarudo: que obedezca ciegamente,
que dispare aun contra su propio 17adre, a la voz
de un oficial, es un gran refugio para las mentes
aristocrd.ticas."
.
La misión tl,el periodista, en caso de que haya
una verdadera rnisi6n para los del 9ficio, tiené las
apariencias de un sacerdocio, y una de las miserias con que el sacerdote ha de luchar ordinariamente es la que le hacen sufrir la indiferencia del .
público y la incapacidad orgánica de las multitudes para percibir las verdades de alcance remoto.
B. S.A.NÍN O.A.NO .
Era un perfecto alemán, un hombre que s6lo ve
el anverso de las cosas, nunca el reverso; un hombre de una sola tesis, sin antitesis, y por lo tanto,
sin síntesis, que es lo que enriquece indefinidamente el espíritu del hombre.
LUIS AR.AQUISTA.IN.

U

N A. de las sorpresas consoladoras de esta

guerra , es el heroísmo inesperado, y, por
decirlo así, general que se revela de súbito en
cuantos pueblos toman parte en ella. Creíase
de buena fe que el valor, la resistencia física y
moral, la abnegación,el olvido de sí mismo, el
renunciamiento a todo bienestar, la facultad
de sacrificarse y de hacer cara a la muerte, no
pertenecían sino a los pueblos más primitivos,
menos felices, menos inteligentes, menos capacitados para razonar, para darse cuenta del
peligro y represent~rse con la imaginación el
espantoso abismo que separa a esta vida de
la que no conocemos. Poco faltaba para que
todos se pers uadiesen de que las guerras se extiogurían alguna vez por falta de soldados, es
decir, por falta de hombres bastante ciegos o
desgraciados para aventurar, en provecho de
una idea más o menos invisible, como todas
las ideas, las únicas realidades· incontestables
que cada cual posee en el mundo, es decir, su
salud, su _b ienestar, la integridad de su cuerpo

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83

COLECCIÓN ARJEL

EL HEROISMO

y, ante todo, su vida, que sobrepuja a cuanto
existe. Tanto más natural era que se cediese
a este razonamiento, cuanto que a medida
que la existencia se hacía más dulce y los nervios más sensibles, los medios de destrucción
en la guerra se iban afirmando más y más
crueles, implacables e irresistibles. Parecía cada vez más verosímil que ningún hombre hubiera ya de soportar los horrores infernales
de un campo de batalla, y que después de las
primeras hecatombes, los ejércitos enemigos,
oficiales y soldados, presa de pánico incoercible, huirían, volviéndose la espalda, en u n
espanto natural y simultáneo, de los azotes
sobrehumanos que van aún más. allá de las
monstruosas previsiones de aquellos que los
desencadenaron.
Y he aquí,con gran asombro nuestro, que es
lo contrario lo que ocurre. Con estupor echamos de ver que, hasta nuestros días no teníamos más que una idea harto incompleta, harto
inexacta, del valor del hombre. Lo considerábamos como virtud excepcional, y a medida
que remontamos el éurso de la historia, tanto
más admirada cuanto más rara. Recordad,
por ejemplo, a los antepasados de todos nuestros héroes: a los de Homero. Miradlos de

cerca. Ellos, que son los primeros profesiooanales, los primeros maestros de la bravura,
que se la han enseñado a toda la antigüedad,
cuyos modelos eran, no son muy valientes en
el fondo. Tienen un saluda ble temor de los
golpes y heridas y un miedo ingenuo y manifiesto a la muerte. Sus empeñados combates,
declamatorios y decorativos ante todo, són
harto poco sangrientos; hay en ellos más ruido que daño, y se habla más que se hiére. Las
armas defonsivas, y ello es característico, son
muy superiores a las ofensivas, y la muerte es
un acontecimiento insólito, imprevisto, casi
incoveniente, que introduce la confusión en las
filas, y con la mayor frecuencia para ·en seco
el combate o determina un sálvese q uien pueda, que parece perfectamente natural. Las heridas se cuentan, describen, cantan y deploran
como fenómenos considerables. Son, en cambio, frecuentes las huidas menos confesables,
los pánicos más vergonzosos, y el viejo poeta
los re.fiere sin vituperarlos, como incidentes
ordinarios, impÚtables a los dioses e inevitables en toda guerra.
Esta clase de valor es, poco más o menos,
el de toda la antigüedad. Pero, sin pararnos
en ello, sin detenernos más en las batallas de

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COUCCIÓN ARIEL

la Edad Media y del Renacimiento, en que las
peleas más encarnizadas de los "condottieri"
no dejaban a menudo en el terreno más que
media docena de victimas, llegamos ya a las
grandes guerras del Imperio. En ellas, el valor empieza a parecerse al nuestro; pero hay,
sin embargo, diferencias notables. Primeramente, que se trata sólo de profesionales. No
es la nación entera la que se bate; es una delegación, una i,elección guerrera, que se va extendiendo, es verdad, poco a poco; pero sin
que nunca llegue, como hoy, a cuantos, de los
diez y ocho a los cincuenta años, son capaces
de sostener un arma. Después, y, sobre todo,
que toda guerra se resolvía en dos o tres batallas, es decir, en dos o tres momentos culminantes, esfuerzos inmensos, pero de algunas
horas, a lo más de un día, en que se polariza·
ban toda la energía, todo el heroísmo acumu-.
lado durante largas semanas o largos meses
de preparación y de espera. Luego, con la victoria o la derrota, se acababa todo, venía la
relaj ación, el descanso, la vuelta al bogar; no
h a bía que hacer frente a l destino más que una
vez; y sabido era que en el encuentro más
espantoso había veinte o treinta probabilidades contra una, de escapar a la muerte.

EL HEROISMO

85

•••
Ahora todo ha cambiado, y aun la misma
muerte no se parece ya a lo que era. Entonces
se la veía de cara, se sabía de dónde venía
'
quién la enviaba. Tenía una forma que, terri
ble como era, seguía siendo humana. No erandesconocidos sus hábitos, sus prolongados
sueños, sus breves vigilias, sus días malos,
sus horas de peligro. Ahora, a todos sus horrores, añade el espanto intolerable del misterio. Ya no tiene rostro, ni hábitos ni sueño
' en ace-'
ni reposo. Está siempre tensa, siempre
cho, presente en todas partes, dispersa, inasible y densa, insinuante y cobarde, difusa, obsesionadora, innumerable; surge de todos los
puntos del horizonte, emerge de la tierra y
cae del Cielo, infatigable, inevitable y llena
todo el espacio, llena todo el tiempo, durante
días, semanas, meses, sin un minuto de .interrupción, sin un segundo de remisión . El hombre camina, duerme, vive dentro de su red
fatal. Sabe que el menor movimiento a la d~recha o a la izquierda, el inclinar o levantar
la cabeza, el encorvar o endereza r el busto
detiene y fija su mirada y su rayo. No habí~
ejemplo de semejante preponderancia de las

�87

COLECCIÓN ARIEL

EL HEROISMO

fuerzas de la nada. Nadie había creído hasta
aquí que. los nervios del hombre pudieran resistir a tal prueba. Los nervios del hombre
más valeroso están templádos para hacer
cara a la muerte en el espacio de ~n abrir y
cerrar de ojos; pero no para vivir más que en
la espera de la muerte. El heroísmo era una
cumbre áspera y aguda que se alcanzaba. un
momento, pero que había que dejar en seguida, porque las cumbres no son habitables.
Hoy es un llano sin límites, ta~ inhabitable
como las cumbres, pero del que no se puedf!
ya bajar. Así, en el momento m_ismo en que el
hombre parecía más agotado, más sujeto a la
molicie del bienestar y de los vicios de la civilización, en el momento en que se sentía más
feliz y parecía necesariamente más egoísta, e;
que con un mínimo de fe buscaba en vano un
ideal nuevo y parecía menos capaz de sacrificarse por una idea cualquiera, se ve de pronto
frente a un peligro sin precedente, ante el cual
es seguro, o poco menos, que no hubieran resistido ni aun siquiera pensado en resistir
los pueblos más heroicos de la Historia; y, en
cambio, él, ni siquiera piensa que sea posible
no resistir. Y no digáis que no tenía dónde escoger, que el peligro y la lucha eran 10ev1-

t ables, que babia que defenderse o morir est rangulado, y. que en casos por el estilo ya
no hay cobardes. Eso no es cierto: tenía, tuv_o
siempre, tiene aún donde escoger. No va en
ello su vida, sino la idea que se forma del ho
nor, de la felicidad: de los deberes de su vida.
P ara salvar la vida, no tenía más que ceder
ante el enemigo; el invasor no le hubiera ext&lt;'rminado. A un pueblo grande no se le extermina, aun es imposible sojuzgarle seriamente
y hacerle desgraciado por mucho tiempo. Sólo
tenía que temer la vergüenza. Ni siquiera ha
visto apuntar en el horizonte de sus temores
más instintivos la tentación infame y ni aun
sospecha que pueda existir; y, sean c~alesquiera los sacrificios que le aguardan, nunca la
echará de ver. No se trata, pues, de un heroísmo que sólo sería una manera de ir tirando de
la desesperación, el heroísmo del animal acorralado qne lucha ciegamente para retrasar
en un segundo la llegada de la muerte. No; es
el heroísmo libremente aceptado, deseado,
aclamado, unánime, el heroísmo por una idea
y por un sentimiento, es decir, el heroísmo en
su forma más pura, más neta, más virgen, el
sacrificio sin mezcla y sin segunda intención,
por lo que se considera como deber para con-

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�COLEOIÓN ARIEL

88

sigo mismo, para con los suyos, para con la
humanidad y lo porvenir. Si la vida y la ausencia de riesgo fuesen más preciosas que la
idea de honor, de patria, de fidelidad a las
tradiciones y a la -raza, había, repito, y hay
aún medio de escoger , y acaso jamás, en niogun.a guerra, fué la elección más fácil, porque
nunca los hombres se sintieron -y estuvieron,
en efecto, más libres para escoger.
Pero, ¿tenéis seguridad de que esta facultad
de elección, que, como acabo de decir, ni siquiera ha osado asomar su sombra rastrera por
los más bajos horizontes de las conciencias
menos nobles, no se hubiera echado de ver o
no se hubiese hablado de ella en otros tiempos
que tenemos por mejores y más virtuosos que
el nuestro? ¿Podréis hallar un pueblo, aun entre los mayores, que, en el curso de una guerra junto a la cual todas las demás guerras
parecen juegos de niños, de una guerra que amenaza y élgota su vida entera y cuanto posee, podréis hallar, digo, en la Historia, no ya
un ejemplo-que no lo hay-sino alguna analogía que os consienta presumir que tal pueblo no hubiera fla,queado, no hubiera, por lo
menos, aunque sólo hubiese sido un instante,
bajado los ojos a una paz sin gloria?

EL HEROISMO

89

•
Parecían, sin embargo, mucho más fuertes
que nosotros, todos los que nos han precedido.
Eran rudos, austeros, estaban más cerca de la
naturaleza, eran pobres, y, a menudo, desgraciados. Tenían pensamientos más sencillos y
más rígidos, estaban acos_tumbrados a los
sufrimientos físicos, a las fatigas y a la muerte. Pero no creo que nadie osará sostener
que hubieran hecho lo que hacen nuestros
soldados, que hubieran soportado lo • que
vemos soportar en torno nuestro. ¿No tenemos, pues, derecho a deducir de ello que la
civilización, al revés ele lo que se temía, lejos
de enervar, depravar, debilitar, disminuir, rebajar al hombre, le eleva, le purifica, le afirma,
le ennoblece; le hace capaz de sacrificios, de generosidades, de actos de valor que no conocía?
Es que la civilización, basta cuando parece corromper, añade inteligencia; y que la inteligencia, en el día de la prueba, es altivez, nobleza, heroísmo en potencia. He aquí, como
dije al empezar, la revelación inesperada y
consoladora de esta horrible guerra; podemos
contar difinitivamente con el hombre, tener
plena confianza en él y no temer ya que, si se

�COLECCIÓN ARIEL

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aleja de la brutalidad primitiva, pierda s us
virtudes vir.iles. Cuanto más adelante va en
la conquista de la naturaleza, tanto más parece apegarse a los bienes materiales, pero más
aún, sin embargo, sin darse cuenta de ello,
allá en el fondo, en lo mejor de sí mismo, se
hace capaz de desprenderse de sí, de inmolarse
por la salud de todos, tanto mejor co~ prende que nada es si se compara con la vida eterna de sus muertos y de sus hijos. Tan grave
era la prueba que, antes de la guerra actual,
nadie hubiera osado mirarla di: frente. El porvenir de la humanidad estaba en · entredicho;
y la magnífica respuesta que de todas partes
nos llega viene a tranquilizarnos · plenamente
en cuanto al resultado de otras luchas más
formidables, que, sin duda, nos esperan cuando no se trate ya de combatir con nuestros
semejantes, sino de hacer cara· a las fuerzas
más crueles y más poderosas de los grandes
enemigos misteriosos que la naturaleza tiene
reservados en contra nuestra . Si es cierto, y
lo creo así, que la humanidad vale lo que vale
la suma de heroísmo virtual que en sí guarda,
puede afirmarse que nunca fué ·más fuerte ni
mejor, y que llega en este momento a uno de
sus puntos culminantes, en donde puede

91

EL HEBOISMO

afrontarlo y esperarlo todo. De ello, por encima de ·nuestros pesares, tenemos derecho a
felicitarnos y congratularnos.
MAURICIO MAETERLINCK.

Yo trato débilmente de hacerle ver que la libertad no es lo que se posee, sino lo que se busca; que
no es la sumisi6n a ser gobernado, sino la aspiraci6n a gobernarse; que es m!is libre quien se queja de no serlo o desea aumentar su libertad, que el
~ue se tiene por bastante o excesivamente libre.
LUIS AR.A.QUIST.A.IN.

La inteli,qencia de un pueblo se mide, más bien,
por su rapidez en la percepci6n. Un hombre inte ligente es el que siempre se halla de vuelta ante las
coscts. Un pue'Jlo inteligente, no es el que hipoteca
Slt opini6n en manos de una casta, sino el que discute, deshace y rehace a todas horas sus proyectos.
JOSÉ S..I.NCHEZ RóJA S.

La tendencia bitrocrática, que se ha Cl)nS iderado
la enfermedad de la Amé,.ica latina, ha penetra do
la enseñanza1 porque el pro/esor busca un empleo
tnás o menos transitorio y el alumno piensa en ser
mañana competidor de·su profesor.
JUAN

B. TER.ÁN.

�A Mt H!JA

A MI HIJA
Flor de mi juventud1 hija querida1
.Alegre compañera de l«s horas
Más dulces de mi vida1
¿En qué región del universo moras?

¿Por qué me dejas padecer la pena
.Más honda y más cruel, sin que a nt:i llanto1
Idolatrada nena1
rJ?.espondas en la paz del camposanto?
¿Será posible que de ti no quede
Sino un poco de polvo ceniciento1
Que bajo el soplo leve
Se esparcirá del implacable viento? ...

Te busco en mi horfandad y no te veo,
Te llamo y no respondes a mis cuitas,
Y sorda a mi deseo
.Ante mi pena cruel no resucitas.

En medio de mi angustia me golpeo La frente, en vano, por saber lo ignoto.
Por ver lo que no veo
rJJel sepulcral abismo en lo remoto.

¿.No escuchas mis palabras, no te espanta
Lo horrendo del dolor que me devora1
Hija amorosa y santa1
.Ni ves al pobre mártir que te llora?

La noche nos rodea1 e impenetrable
Se interpone el .Afisterio en el camino.
Guardando el espantable
Enigma de la Vida y del (/)estino .

¿En dónde estás estrella luminosa
(Perdida de la tumba en el arcano,
Por qué la dolorosa
Senda no alumbras en que lloro en vano?

l'Pero mi .Amor, más fuerte que la nada,
Y mi dolor, más grande que la muerte1
Hace hablar la callada
Tumba en que yace tu materia inerte.

¿ En dónde estás fragancia de mi huerto1
Incienso de mi altar1 lumbre encendida
En el templo hoy desierto
rJJe mi brillante juventud florida?

93

Y si tu voz no escucho1 hija querida1
Y si tu grata imagen no contemplo1
Gua/. vida de mi vida
Sobre mi propio espíritu te- siento.

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COJ,ECCIÓN ARIEL

En las horas sin luz de mi agonía
Gravitas de mi alma en lo profundo1
Y siento· que eres mía
Y que sigues mis pasos en· el mundo.
· En mis noches de insomnio1 cuando velo1
rBajo mi pesadumbre enloquecido1
'Tú bajas desde el cielo
H asta mi corazón adolorido!
T ú me sostienes en la lucha impía1
Y cuando cedo al fin 1 y desjallezco1
Hija del alma mía1
En tu recuerdo me repongo y crezco.
Yo sé que en el hogar estás presente1
Que junto a mi carninas sin ventura1
Y llenas wµestro ambiente
Con los efluvios de tu alma pura.
Yo sé que mi dolor no te es extraño1
Y que al cumplir la ley de tu destino1
Heridos por un rayo
Fuimos al mismo tiempo en el camino.
Y o sé que te he de hallar1 que tú 11ie esperas,
Prolongación eterna de mi vida1
Y que en otras riberas
Entre mis brazos te veré algún día...

A MI ItTJA.

Mas ¡ay! en la horfandad de tu cariño
Ro hay fe que me consuele poderosa1
Y lloro como un niño
.Ante la amarga realidad odiosa!
Flor de mi juventud1 hija querida,
.Alegre compañera de las horas
Más dulces de mi vida1
¿En qué región del universo moras?
Asunción, julio 14 de 1915 .

i MUERTA!
Sobre mi pobre m esa de trabajo
Y a la luz de la lámpara
Que ilumina mis noches de vigilia1
Entre las cuatro tablas
0e tu ataud1 tendida para siempre1
Te vi dormir callada
El sueño de la muerte1 sempiterno1
El. sueño que no acaba!
rRosa entreabierta1 de perfume llena1
En la primer mañana
0e una tranquila juventud dichosa,
Por la mano tronchada

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�¡MUERTA!

96

97

COLECCIÓN ARlEL

0e tu destino cruel1 rodaste mustia
Y empapada en mis lágrimas1
Hasta el oscuro fondo de la tumba
Que tus despojos guarda!
Y eras de mi existencia la alegría1
Y e-n mis rudas batallas
.Alentadora fuerza 1 fé constante1
Inmortal esperanza.
r:Bajo la sugestión de tu cariño,
Vibrante en tus palabras
Y en la acariciadora luz divina
0e tu dulce mirada1
La dicha florecía e-n mi camino1
Y la perfidia humana
Se estrellaba a mis pies1 sin conturbarme1
Impotente y huraña1
Mientras en otros mundos mis ensueños
.Agitaban sus alas!

***
Oa sis de paz y amor en el desierto
0e nuestra vida amarga1
En ti descanso hallaba a mis fatigas 1
Olvido a mis desgracias 1
Consuelo a mi dolor o a mi tristeza
Cuando al hogar tornaba1
Tras la lucha diaria de que sale

En girones el alma1
Herido el corazón por la calumnia
(J)e las gentes ingratas
Y por tanta maldad que nos acosa
Con inclemencia bárbara!
.Aún tu presencia llena nuestro ambiénte;
.Aún llenas nuestra casa
Con los recuerdos1 frescos todavía1
0e tu risueña infancia.
. 'lit alcoba1 saturada en tu perfume1
rJ'arece que te aguarda1
Y tu mudo piano1 entristecido1
'Tu larga ausencia extraña.
En cada objeto que tocó tu mano
fParece que nos hablas1
Y tu nombre repiten por doquiera .
Las aves y las plantas
0 e ese' Jardítf, en que cruzar aún vemos
Tu silueta blanca1
Y escuchamos los ecos que dejaron
'Tus últimas pisadas!

***

Imposible creer que ya no existes1
Que ya no queda nada
0e todo lo que fueras en el mundo1
Y entre las cuatro tablas

�98

COLECCIÓN ARIEL

(Duermas de tu ataud el largo sueño,
El sueño que no acaba! .. . .

***

Y yo te contemplé sobre mi _mesa,
Envuelta en tu mortaJa,
y puse un postrer beso al separarnos
Sobre tu frente hela1a_.
Yo te seguí, rebelde a mi infortunio,
Cual pálido f antas1:1-a, .
Y te dejé en la puerta misteriosa
(/)e tu última morada.
Y o vi cómo las sombras de la tumba,
Sobre ti se cerraban,
M ientras velando al pie de tu sepulcro
La muerte se sentaba,
Para guardar lo que de ti allí queda:
Polvo, m iseria, nada!
J UAN E. O'LEARY
Asunción, Julio 20 de 1915.
Del Paraguay. De O'Leury dice Rubén Dari? en al~una p~r:
te· " Ni hemos de omitir tampoco el nombre de q uien ha sido cahfi
ca'do como el mas brillante .de los poetas nue_vos'del Paraguay: Juan
E O ' Leary, periodista valiente y autor de libros evocadores.

Y yo creo y opino que el viaje d _E spaña-a p~sar di: la indiferencia, por no decir malquerencia
con que aqui se nos acoge- debe ser. comp lemen·
tario para la educaci6n de todo americanoR.

BLANCO F OMBONA.

PAPELETAS A LA ALEMANA

U

discípulo mío que acaba de llega r de
Madrid me ha contado un dicho muy significativo, y es que, hablando con un compañero suyo, que trabaja en uno de esos llama ·
dos seminarios de investigación científica, le
dijo éste: "No sabes, chico, las ganas que tengo de que derroten de una vez a los alemanes !" " ¿Y por qué ?"- le preguntó mi discípulo. ''Pues porque entonces- le contestó- podrían a caba rse estas condena das papeletas,
en redactar las cuales, o en copiarla s, se nos
va el tiempo. ¡Nos dicen que eso es trabajar ...
a la a lema ná!"
La anécdot a, rig urosamente hist órica , está
lleca de enseñanza, y nos presenta en escena
a un joven español, muy español, es decir, según alg uien creerá, muy indisciplinado.
Pero es que a es to cabe replicar a quello que
dicen replicó el generalísimo J offr e a un oficia l
alemá n, que le decía una vez que el soldado
francés era, sí, excelente, pero que ca recía de
disciplina. "De la vuestra"' re plicó Joffre. Y
así debemos replicar cua ndo se nos a cuse de
no tener disciplina. Pues mientras no sepan
los que nos .dirigen ·implanta r una disciplina
N

�100

COLECIÓN ARIEL

a la española, y, sobre todo, 9ue deje ~a~P?
a la rebeldía y a ta libre críttca, _las. d~sc~phnas traducidas nos harán más mdisciplmados cada vez. Y, sobre todo, la _disciplina a la
alemana. O a la turca.
Y francamente, la disciplina esa de las papeletas es un poquito fuerte. Figurémonos que a
un estudiante de arquitectura que va a las
obras de una gigantesca ca!e?r.al a que el
arquitecto director de éstas le micie en su arte,
le manda el tal arquitecto que se ponga, cercha
y pico en mano, a 13:brar pi~dras, y _que al ca~o
de haber labrado diez o vemte o mil, se va sm
haberse enterado de la traza general del monu•
mento. ¿Creen ustedes, lectores, que este estudiante se conformará con que le echen un ser·
moncito sobre la utilidad de la especialización
y que no debe descuidarse ni la ~ás menu~a _pie•
dra del edificio y otras andrómmas y retoncas
cientificistas y metodológicas por el. estilo?
Porque ¡sí, señor! hay una retónca metodológica, o si se quiere, una metodología retó·
rica que no es menos retórica q~e la otr~,
que la tan injustamente desacreditada: El silogismo medieval y el teorema algébnco de
hoy son tan figuras retóricas como la paradoja, pongo por caso. Y como aq~el19: frase
sacramental que suelen emplear losJesuitas en
sus sermones cuando, después de una demos·
tración, no quedan muy seguros de que el pú•
blico quede convencido, y és que añaden:
'' Queda, pues, evidentemente demostrado,

PAPELETAS A LA ALEMANA

101

etc.:• Y !os que no empleamos esta retórica
l?gica, smo otra, pasamos por unos arbitrarios y extravagantes paradojistas.
¡Qué se le va a hacer!
Y a propósito de jesuitas, me acuerdo de aquel que en una cátedra del Colegio de Deusto
les de.cía a sus alumnos: '·est.e argumento co~
mo tiene fuerza es en latín, ¡en latín!" ¡Estupe~do ! ¡Un argumento que prueba más en
l~~m que puesto en castellano! Y hay así tarubien 3:rgumentos que como tienen fuerza pro. batona es en alemán. Lo que se aplica a las
papeletas.
Mis lectores de Barcelona habrán oido hablar del hombre de las papeletas que fue un
cat: drático de griego como yo, e1'Doct.or Balan: Y se murió sin haber publicado más que
un hbro de ... ¡papeletas!
El_ homb:e de las papeletas puede llegar a
sufr!r un smo tan terrible como el que suele
sufnr el hombre del diario. Sabido es en efect&lt;;&gt;, que el desgraciado que se·pone a llevar un
d_rano, acaba por hacerse el hombre del diano, Y. en vez de apunta: en él lo que se ha visto, 01do, pensado, sentido o sufrido en el día
V~ 9: ver, oir, pensar, sentir o sufrir para eÍ
dtano, y tanto sus penas como sus goces, se
ven perturbados por la preocupación de lo
que hará despúes de ellos en el diario.
, Yo tengo desde hace años un amigo en Berhn que me preguntó una vez si guardaba sus
cartas-que no son ni pocas ni cortas-, y al

�102

COLECCIÓN ARIEL
PAPELETAS A LA.

contestarle que sí, me pidió que se las enviase, y me las devolvió encuadernadas y con un
índice de materias; ¡con un verdadero Sachrtgister! ¡Y ~sí pasarán a la posteridad! Lo que
no sé es si ha hecho encuadernar las que yo
en varios años le he escrito - que tampoco
son pocas ni cortas, pues he sido un epistológrafo formidable-, y si las ha provisto también de su correspondiente Sachregister, para
que los futuros investigadores de mi obra y
mi acción literarias puedan sacar de ellas papeletas a la alemana.
Y es fácil que esos futuros investigadoresiº?• la investigación!, ¡die Untersuchugn!-de
m1 obra, cuenten cuántas veces empleo en mis
cartas la palabra amigo o arbolo trama o
mentecato o ramplonería, y establezcan cuidadosas estadísticas comparativas de mis giros en las cartas y en los artículos públicos ...
Porque esto del estudio estadístico del estilo
es una cosa llena de porvenir. Estilista que no
se basa en la estadística, es cosa al aire y sin
fundamento. Mientras no lleguemos a poder
p~nsar, medir y co~tar el estilo, a poder cubicarlo como se cubica la grava para el asiento de las carreteras, estamos perdidos. Es menester saber qué tanto por ciento de veces el
ilQstre López emplea el gerundio, y qué tantQ
de veces la oración con el relativo qué. ¡Todo
lo demás es retórica!
No faltará lector que me diga que el estilo
no es, en rigor, sino retórica. Bien; pero ¿dón-

ALEMANA.

103

de se ha visto que un retórico, por bueno que
como tal sea, pueda h~blar competeotemr_nte
de la retórica, y más s1 babia de ~l~a retón~Rmente? ¿Quién hace caso de la cnt1ca poética
que un poeta haga de otro? ¿Es que a un hombre, metodológico, verdaderamente metodológico, ocupado en sacar papeletas _de Shakespeare, pueden convencerle los poéttc?s c&lt;;&gt;n:1entarios que del gran poeta dramát_1co _mglés
hizo aquel otro gran poeta, también mglés,
que se llamó Coleridge? ¿Es que los en~ayos
sob re Shakespeare• de este otro• maravilloso
· d
soñador, pueden s:1tisfa~r a un mvestlga or,
lo que se dice un mvestJgador, del gran dramaturgo?
La investigación es, ante todo y sobre todo, papeleteo a la alemana.
.
¿Que las papeletas hacen falt~? ¿Y quién lo
duda? ¡Como hacefalta Alemama!Y l~reco~ocen los más radicales germanófobos, si pasión
no les quita conocimiento. Hace falta Alemania y hacen falta las papeletas a I:1 alemana, pero ... Pero lo que dice el humorista norteamericano Oliver Wendell Holmes, hablando
de los hechos-de aquellos hechos q!'-'e recomendaba el inmortal Tomás Gradgnud de
la novela de Dickens-, y es qu_e no por9~e el
pan sea bueno y sano y necesario y nutr1t1vo,
ha de permitirse que le metan a uno un mendrugo de él por la garganta cuando está hablando.
¡Y, además, las papeletas nos traen en Es-

�104

105

COLECCIÓN ÁRIEL

TECNICISMO Y FJLOSOFTA

paña tan melancólicas, tan tétricas asociaciones de ideas! La papeleta nuestra típica, castiza, tradicional, es la papeleta de empeño. Y
al querer adoptar la papeleta a 1a alemana,
investigativa, ¿no corremos el riesgo de que se
nos convierta en otra papeleta de empeño
más? Sobre todo, tratándose, como se trata,
de un:t ciencia que tom.1mos a·préstamo.

res contrastando con la anestesia de los más,
dei' pueblo en general. Diríase que unos cuantos se sienten obligados a indignarse por lo
que los demás no se indignan. Y como esos
cuantos suelen ser los que más valen, creo que
no estaría de más que templasen su indignación cou algo de serenidad. O acaso con algo
de humor.
El humor en ámbitos morales como el nuestro hoy es un gran derivativo. Le impide a
un¿ cocerse en· su propia sangre ·enfebrecida.
El humor es un desahogo. ¿Habría surgido
acaso el Quijote sin el humor que templó la
sangre espiritual de Cervantes?
Mas vengamos a lo que yo decía en aquella
mi pecaminosa pequeña elucubración sobre
eso de las papeletas a la alemana. ¿Las condenaba? No. Como no se me ha ocurrido nunca condenar ni aun la erudición-que es muy
otra cosa que la filología-y eso que me es
muy poco simpática. Mas creo que no sé poner la razón y la justicia sobre mis simpatías
y antipatías. Porque no me conmueve la música, y hasta ,la tengo miedo como a la morfina, no se me ocurriría nunca suspender un
concierto, aunque pudiese hacerlo.
Sí, las papeletas a la alemana y el tecnicismo filológico están bien, muy bien, pero ...
Decíame.José Ortega Gasset en una de nuest ras conversaciones últimas que lo característico de la cultura alemana, de esa Kultur a
que he hecho tantas veces blanco de mi

TECNICISMO Y FILOSOFIA
"f.;;¡¡ E dejado pasar algún tiempo antes de
• J hacerme cargo de ciertas protestas que
provocó en algunos de mis mejores amigos y
compañeros en la lucha por la cultura, mi artículo "Papeletas a la alemana", aparecido
en este mismo semanario,* en su número del
5 de -Diciembre pasado.
Parece ser mi sino esto de no ir mucho t iempo concorde del todo con un grupo cualquie•
ra. Y es que soy rebelde a toda consigna . No
comprendo que treinta hombres suscriban
t~ei?ta artículos de fe . Ni menos que por disc1pl~na de escuela baya uno de callarse ciertas
cosas.
Me apena, por otra parte, la hiperestesia de
que sufren aquí en Espar.a muchos, losmejo~ Nuevo M1111do cie Madrid,de· &lt;lond~ hemos tomado ambos artículos. .
·

•

�100

COLECCIÓN ARIEL

chanzas, no es precisamente el especialismo ni
la t_éc1;1ica, sino la filosofía. Que cualquier espec1~ltsta alemán, el más especificado, el más
técotco y más tecnicista, lleva implícita una
concepción total filosófica, lleva una filosofía,
que o aprendió costosamente, o la ha absorbido, por así decirlo, en un ámbito intelectual
filosófico . Y creo que tiene razón·. Y que esa es
la verdadera fuerza de la Kultur, piense uno
lo que pensara del espíritu filosófico que la informa.
Sí, c?n~zco obras alemanas muy específicas,
m1;1y ~e~ntcas, en que para nada se habla de
pnnc1p1os _g~nerales filosóficos, en las que no
hay metafís1c~ expresa, y que están, sin embargo, henchidas de jugo metafísico. Más
mucho más que los libros que sobre filosofí~
aquí se e~criben, y en los que, por lo común,
no hay nt el más leve sentido filosófico.
Benedetto Croce, en el apéndice bibliográfico de su Estética, al juzgar la "Historia de las
ideas estéticas en España" de nuestro Menéndez y Pelayo, escribe e3ta's palabras: "Menéndez y Pelayo se inclina al idealismo metafísico; ~ero parece querer acoger algo de los
otros sistemas, y hasta de las teorías em píri~as; y_la obra sufre, a nuestro parecer, de esta
mcerttdumbre del punto de vista teórico del
auto~"· Lo que me parece muy:Justo. Porque
~e~endez y Pelayo no tuvo nunca una conv1cc1ón_ fil&lt;;&gt;sófica, ni siquiera un sentido filosófico, s1qu1era escéptico o dialéctico. .Todo

TECN!CISMO Y

FILOSOFIA

107

aquello del vivismo no pasaba de ser una fantasía entre lite_raria y patriótica. Y si no tuvo
ese sentido no fué por diletantismo-el diletantismo es algo muy respetable-ni por literatismo; fué, creo, por cobardía espiritual.
Tembló siempre de asomarse a la boca de
ciertos abismos; se arredró ante ciertos problemas. Y así se daba el caso de que para él la
música y hasta la religión, no parecía ser más
que otro género literario y que escribiese sobre el misterio de la eucaristía como fuente de
inspiración de los autos sacramentales en una
prosa elocuente, sí, pero en la que se nota la
falta de aquel calor intimo que le comunicaría
un creyente en la eucaristía que frecuentase el
sacramento de la comunión.
Entre algunos de aquellos que se han doli;fo
de mis chanzas a las papeletas a la alemana,
es frecuente el hablar de la endeblez íntima de
la crítica de Menéndez y Pela yo. Y esta ende_.
blez no dependía de su técnica ; dependía de
aquella su incertidumbre de punto de vista filosófico. Aquella especie de escocesismo a la.:
catalana que salió de Barcelona, de Llorens y
de Milá y Fontanals, aquella pseu..do-filosofia
a ras de tierra-en la que no cabe elevar!'e
mucho más que se elevó Bala:es, y fué bien·
poco-no bastaba para fundar una crítica sólida y fecunda. Era un sistema de escamotear
los problemas.
.
Pues bien, a la nueva escuela crítica y filoJógica que ha s~cedido a la de.Menéndez y Pela~

�108

OOLECOJÓN' ARJEL

yo, derivada e~ gran parte de la de éste, dígase lo que se quiera, puede ocurrirle lo mismo
y por la misma causa, por falta d; certidumbre en el punto de vista filos6fico. Y no sirve
tra.er y a.dap~ar las papeletas y la técnica de
la mvestigac1ón, de la Untersuchung, si no se
tra; ? no se saca de dentro un criterio y un
esp1ntu filosóficos, expresos y no sólo implícitos, que las informe.
Y no quiero decir nada de la otra erudición
d~ la de los comentaristas, más o menos inge:
ntosos y más o .menos leídos, que no sólo carecen de formación filosófica, sino que la desdeñan, o por lo menos temen metene en
honduras de donde presumen habrán de salir
co1,: jaqueca y con los pies hechos un puro sab~nón. No, no pongo a estos bibliófilos al
mv;l de aquello~ honrados investigadores.
S1, le tengo miedo, le tengo mucho miedo a
la técnica cuando viene sin raíces.
Es una escuela de humildad y de veracidad,
lo sé. Pero me temo que se convierta en otra
forma de jugar al tresillo o de hacer solitarios, en .otra forma de pereza espiritual. En
otra rutina.
H~ oído quejarse a alguno de los jóvenes sometidos ~ ~sa rigurosa disciplina. Y si le oyese
a un nov1c10 de una orden monástica quejarse
de los ejercicios ascéticos a que se le somete,
supo~dría gue no tiene fe ni vocación alguna .
Y s1 esos Jóvenes carecen de fe y de vocación
para la ciencia, es ante todo y sobre todo

TECN'lOISMO Y FJLOSOFIA

109

porque no se ha sabido mostrarles cuál es el
paraíso a que la ciencia lleva, cuál es la finalidad de ésta, porque no se ha sabido darles filosofía. Nadie atraviesa con fe y resolución el
desierto si no se le ha dado antes una visión
de la tierra de promisión. Porque eso de encontrar placer en la .investigación por la investigación misma, eso de deleitarse en la
caza técnica de pequeñas verdades, eso es algo
tan patológico como matar el tiempo haciendo solitarios con la baraja. Cuando no es un
opio para matar profundas penas. Y esto no
puede pedírsele a un joven.
En una novela cultural, Amor y Pedagogía,
puse hace años en boca de un personaje de
ficción la especie de que el fin del hombre es la
ciencia, y el de la ciencia catalogar el universo
para devolvérselo a Dios en orden. Si se nos
hace creer que Dios nos pagará este trabajo,
acaso ello baste para meter filosofía, y hasta
religión, en el papeleteo técnico.
MIGUEL DE UNAMUNO.

La educación ele un pueblo es algo más qué idea,
libros .Y conocimientos j es una actitud espiritual
frente a los hechos de la vida, un smtimiento,
frente a una disposición altruista de la voluntad,
un amansamiento de la bestia trágica que suele a
ratos poner todo el material de su cu,ltura al servicio de una barbarie redíviva.
E. NESLON.

�REPERTOQIO BIBLIOGRBFICO

e

COMO DEBE LEERSE EL QUIJOTE

se ha escrito sobre E l Quijote, en lo
que va de año, que bien fundadamente puede creerse que este libro apacible y deleitoso habrá tenido algunas docenas más de lectores de
los habituales. Y con toda llaneza confieso que
ése me parece el resultado más apetecible de todo este continuado rumor de plumas y discursos.
No vaya a presumirse que esto envuelve censur~, ni asomo de censura siquiera, de la glorificación de este centenario. El entusiasmo tonifica
Y fortifica, sobre todo, si, como en este caso, el
entusiasmo es genuino y legítimo. Soy cervantista de la antevíspera. Leí el Quijote de niño; y fué
para mí manantial de risa y acicate de la fantasía. Dormí muchas noches con un viejo espadín
debajo de la a lmohada, descabecé en sueños muchos endriagos, y encanté y desencanté, no pocas
Dulcineas. Lo leí de manee bo ; y la poesía sutil de
las cosas antiguas se levantó, como polvo de oro
de las páginas del libro, para envolver en una
atm?sfera de encanto mi visión del mundo y de
la vida. Lo he leído en la edad provecta; y me
parecía que una voz familiar y amiga, algo casca.ANTO

ltEl'ERTORIO BJBLIOGllÁFICO

111

da por los años, me enseñaba sin acrimonia la resignación benévola con que debe nuestra mirada
melancólica seguir · la revuelta corriente de las
vicisitudes humanas,
Pero es natural que, habiendo encontrado en
esta lectura fuente siempre fresca y abundosa de
impresiones acomodadas a la disposición de mi
ánimo, desee a otros muchos el mismo refrigerio.'
De aquí que haya acabado por creer que la mejor manera de honrar al autor de El Quijote sea,
no aumentar la secta de los cervantistas, sino
acrecer el número cielos lectores de Cervantes.
Esta implica, lo confieso, cierto temor de que
se malogre ese justificado deseo; que no tengo
por mío exclusivo, sino de todos los que a porfía
elogian y encomian el peregrino libro. Y mi temor nace de dos clases de consideraciones.
Ha dado sobre El Quijote una legión de comentadores, intérpretes, levantadores de horóscopos,
descifradores de enigmas y adivinos, que asombran por su número y desconciertan por la
misma sutileza de sus invenciones. A fuerza de
querer encontrar un sentido acomodaticio a las
frases más sencillas, y una fotención recóndita
a los pasajes más claros, hacen sospechar a lbs
desprevenidos que esa obra de verdadero y mero
entretenimiento pueda ser un apocal{psis o un
tratado de metafísica hegeliana.
A los familiarizados con el libro, este intento

�112

COLECCIÓN ARIE:::L:;___ _ _ _ _ __

de hermenéutica profana divierte o enoja, según
los casos; pero no perjudica. l\fas no es entre ellos
donde se han de buscar los nuevos lectores. 'A éstos debe decirse y repetirse que El Quijote es uno
de los libros más llanos que se han compuesto ;
claro como río sereno, y caudalo&amp;o de ideas, sin
confusión; de estilo añejo, como el buen vino,
•pero no anticuado; que habla dél tiempo viejo,
pero no de un tiempo tan separado de nosotros
que el alma de sus personajes nos parezca extraña y distante de la nu~stra. Tantos ejércitos maravillosos d~scriben esos exegetas, que el lector
puede amilanarse, o encontrarse chasqueado,
cuando se desvanezca toda esa fantasmagoría.
Otros han tomado por distinto atajo. De tal
suerte extreman el elogio, que más parecen corifeos entonando un ditirambo, que escritores que
recomiendan una exquisita obra del ingenio
humano.
No les niego yo su perfecto derecho a sustituir
las razones y aún la razón por perpétuos j e~ohé !
¡ evohé ! Cada cual expresa su delectación íntima
a su manera; pero, desde el punto de vista en
que me coloco aquí, temo que el efecto de sus
desmesuradas hipérboles sea contraproducente.
Lo de desear son lectores sinceros, que va:yan, sin
prejuicio de snobismo, a apurar el contenido de
esa rica copa en que ·escanciaron las gracias; y
no individuos que se estén palpando y mirando

ltEt&gt;ERTCRto lltBILtOGRÁFICó

118

por dentro con susto, si por acaso no se encuen.
tran, desde las primeras páginas, en un mundo
de ¡,rorligios, y no se ven rnspendidos, en cada
caµítulo, a la re-gión de los encantamentos pregonados.
Hacen, sin quererlo, estos críticos, tan poco
criticistas, el papel del ingenioso Chanfalla en
El Retablo de las Maravillas. A fuerza de
anunciar portentos, que ellos ven y manosean,
parecen declarar memos y bolos a los que no
miren por sus ojos y con su mismo ángulo visual.
El pobre lector se azora, y aunque dice para sus
mientes ¿ si seré yo de esos?, proclama a voces
que se cierne a dos dedos del empíreo. Ninguno
de los confusos espectadores del retablo quería
ser judaizante; y ninguno de los atortola dos lectores quiere pasar por imbécil.
Aunque me· acusen de algo sanchesco, prefiero
para los qti.e lean El Quijote, la disposición de
espíritu del estudiante del cuento, que se solazaba tendido en mullido césped y reía a pedir de
boca en los pasajes de risa. Ese de seguro no tenía entre las manos ningún Quijote comentado y
puntualizado. Los que han leído la deliciosa fábula por esparcimiento, y la han celebrado con
risa franca y sana, son los que luego la recuerdan
con suave emoción y pueden descubrir la vena
de plácida tristeza que va, casi a flor de tierra,
serpeando por todo su contexo,

�CóLECCIÓN AR!:ilL

114

-"Mirad, escribano Pedro Capacho, decía el
alcalde Benito, haced vos que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano." Cervantes
escribió a derechas; no subamos en zancos a sus
lect ores.
ENRIQUE JOSE VARONA .
9 de mayo de 1905,

UN NOTABLE ESTUDIO DE V. GARCIA CALDERON
García C~lderón acaba de mostrarnos, de elegantísima manera, que el mejor
crítico es el verdadero artista, y no el profesor
artillado de sistemas, que toma de asalto las
obras maestras e instala en el libre dominio del
arte la tiranía de su método. En la actual y ya
larga crisis de la crítica, en espera de un nuevo
Taine, o mientras venga a sacudirla de su torpor
algún brusco y magnífico Barbey ·d' Aurevilly,
nos contentamos con glosas sutiles que prolongan la resonancia espiritual de la emoción, la sugestión o la belleza inclusas en la obra a que
acudimos. Era, no hay duda, airosa la arquitectura que levantaba ciertos principios dir ectores,
en forma que se creía capaz de dar ordenada y
"

ENTURA.

V

NOTA.-Se refiere el Sr. Zaldumbide al estudio La Literatura
Peruana ( 1535- 1914), escrito recientemente por U.Ventura Garda
Calderón. Dicho trabajo lo ha publicado "La Revue Hispanique"
de París. y es la primera de una serie de historias literarias de los
pa!ses de América, encomendadas a diversos escritores. La de
Costa Rica ha sido encomendada a don José rabio Garnier.

llEPERTORIO BIBLIOG._
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co umbrar, por
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n a
e una épo
V G
ca, . ,-arcía
ea lderón los posee
De ahí 1 'd d en grado excepcional.
a vi a e estas pá ·
gan su fuego a cald
grnas_suyas, ora ponolvido, ora evoque ealr manuscritos ateridos de
n a vuelo con
· 1.
gracias pretéritas del ol . . '
magra igera,
c omaje, ornato profuso y

:ª

�116

COLECCIÓN A.RIEL

leve de una existencia por tantos otros respectos
ahogada y pobre, ora sonrían de inocentes afanes
de poesía, importados romanticismos o melanéolías nativas.
La condensación forzosa de este género de resúmenes le ha obligado a darnos u n "comprimido" de literatura peruana. No ·era del caso que
desarrollase ahora, e·n grandes frescos, la historia
suntuosa y vacua de la holganza limeña en el
esplendor de la colonia; ni que hiciese a cada
paso alarde de menuda y premiosa precisión efe
erudito. Rasgos vehementes, pequeños golpes de
segura percusión, toques elípticos, repentinos, de
un relieve sorpren·dente, van grabándose corno
netas incisiones de la imaginación que de suyo
las amplifica hasta figurarse el medio, la época,
el pergeño viviente de sus tipos. La historia, y su
filosofía, y su trascendencia a la literatura, hallárnoslas refundidas, sirviendo de fondo y sosteniendo el vigor de estos dibujos suscintos. Acaso
se da, aquí o allá, al detalle pintoresco y al caso
excepcional, un valor sintomático de la época
algo exagerado, un color que se destaca demasiado sobre el gris muerto de la realidad restante: es lo que pasa al querer hacer cuadro significativo. Pero todos esos trazos acentúan con feliz
intención el· aspecto expresivo de la ciudad.
Lima aparece así, mos&lt;:;rando en la viñeta galante, su fisonomía deliciosa de malicia y \'olupt uo•

REPERTORIO BlBILIOGRÁFICO

117

sidad. La diseña con visible delectación. Ama a
su Lima este parisiense,-sobre todo a su·Lima
del siglo XVIII-depurada en doble, exquisita
nostalgia, en la ilusión del tiempo y de la distancia. Visión aguda, de artista, tal vez exacta vívida siempre. Picaresca de inclinación, versaÍlesca por los gustos suntuarios, por ia policía de los
hábitos cortesanos y la elegancia de sus liviandades; criolla por la enjundia y la •"lisura" de su
natural, refleja todos sus aspectos en su varia
l.Tteratura . ''Limeña fué exclusivamente la literat ura peruana," dice García Calderón, pero añade :
"Lima no es el Perú; a lgunos creen que es lo
contrario del Perú." Como quiera que sea, lo representa_brillantemente: la provincia alucinada
la imita, la sierra.bravía ha abdicado de su hurañerfa '! aspira a fundirse en la blanca metrópoli
que disuelve antes que plasma. De las ciudades
que España estableció en ultramar, la .de los
Reyes fué la mimada. Guarda con amor el lustre
de su blasón colonial. Es en América el último
- ¿ no fué el único ?-residuo de aristocracia en
el cundiente aplebeyamiento. Preserva del olvido, encerrada por su literato más nacional en la
form~ más ascendrad~ment e limeña, la parte
afectiva y consubstancial de sus tradiciones y
p~rsist7en la risueña villa el perfume de la ~rac1a antigua. Mas no basta a · consolar asuenamorado historiográfico de no haberla gozado en
su siglo de oro.

�118

COLECCIÓN ARJEL

Nos muestra con particular cuidado las correspondencias del espíritu de la ciudad arcaica con
su literatura de circunloquios. Mas donde su regocijo toca al lirismo es al oir la risa de Ca viedes. E l encrespado culteranismo, yendo de par
con el boato de las costumbres, había ahogado
la espontaneidad nativa. Al cabo, a la manera de
los fabliaux que se abrieron paso de suyo por
entre los centones de la literatura heroica y caballeresca, surge, y refresca esta aridez, la alegrí&amp;
del viejo burlón. Es la vena nacional.
De verle a García Calderón tan entretenido en
reir con ese malicioso, o prestando oído tan c~rioso a los cuentos de nodriza del viejo Palma,
tan sutilmente intrigado, en fin, por ia pícara
osadía de la "tapada" y los donaires de sus taimadas de saya y manto, le creeríamos sensible
únicamente a los halagos de esta Capua despreocupada. Pero: tope con un alma erguida o una
noblé causa, y héle ya férvido y serio.
Tal a su encuentro con González Prada: acaba
de ceder una vez más a la seducción limefia de
las " Tradiciones", a la charla deliciosa del "archivero sentimental", cuando pasa a "Horas de
Lucha" y "Páginas Libres". El tono cambia, se
eleva; contenido, no es sino más intenso: "Rencores de González Prada, que van dejando al des·
nudo las aristas del estilo y del alma, como el

REPERTORIO BIBILIOGRÁFJCO

119

ácido en el cobre de la agua fuerte· ! Alentado por
muchos, cuántas obras maestras hubiera escrito!
En cambio trabajó solitario y vejado, acorazándose en su arrogancia, que pudo sólo parecer sequedad agresiva a quienes no le vieron nunca en
la intimidad mudar el rostro leonino para un
urgente disimulo de lágrimas". Y es admirable la
silueta que traza de aquel anciano, de cándida y
fuerte belleza marmórea, que el escultor no necesitaría ennoblecer para hacerla digna del pedestal.
Es uno de sus más envidia bles dones el de pasar, sin forzar su sinceridad, de la risa heiniana
o tunante, o de la desmemoriada voluptuosidad,
al entusiasmo decisivo, a la gravedad ardiente.
Su sonora sensibilidad multiplica todos los ecos.
Un libro, una voz, una sugestión cualquiera, y
su lucidez impaciente, adivinatoria , galopa adelante, adelante. Ve la espiga inminente en el
grano, discierne en seguida la pepita de oro entre
la bruna escoria. Y así su cólera, certera y rápida, como su borbollante generosidad, sirven por
igual a l hombre y al escritor, dejando entrever en
él, como quería Pascal, que el hombre sobrepasa
al artista.
Espíritu de natural tan abierto y simpatizante, no desdeña en este breve recuento sino a los
por dem:is tibios e insignificantes. Penetra con
igual sinceridad en la intención de los que él

�120

COLECCIÓN A.RIEL

llama "poetas umbríos" como Buendía, y en la
claridad centelleante de poetas meridianos como
Chocano. A modo de aquel Lunarejo de quien
hace tan vivo elogio, y que escribió un "Apologético" de Góngora sin contagiarse de gongorismo, García Calderón sonríe encantado por la
enrevesada gracia de los culteranos y excusa sus
flaquezas sin caer en ellas. Elegante actitud, la
de defenderlas sin compartirlas.
Relativamente rica en tiempo de la colonia, la
literatura peruana lo es también hoy en día. La
generación de 1900 cuenta con un historiador del
fuste y substancia de Riva-Agüero, que limita
una fuerza capaz de cargar con los archivos del
mundo entero a discernir y fundamentar los in•
tereses vitales de su país ; con un poeta como
José Gálvez, abundante y fino, vasto en sus designios cuand0 la épica le tienta como hábil miniaturista cuando mira en torno, algo enternecido; con un pensador, escuchado, admirado ya
en toda América, Francisco García Calderón.
Un escrúpulo de extrema delicadeza le obliga al
autor a mentar tan sólo el nombre de su hermano. Habría tenido que darle lugar eminente. Fué
el iniciador del actual renuevo de la cultura, el
que ha disciplinado a la europea el arte de pensar y de estudiar las cosas de América. Empapado en la más alta ideología contemporáñea,
atento a las más arduas solicitaciones intelectua-

REPERTORIO BIBLIOGRÁFICO

121

les, trabajado por un enorme afán de síntesis,
nos ha dado ya obras de alto y sostenido vuelo.
Le apremia una fuerza lúcida e inapaciguable, le
sobra aliento: pronto nos dará obras mayores.
Tiene, en fin, un prosador de rara estirpe.
Ventura García Calderón es uno de los más singulares escritores de América. En medio a la
manía de extra vagar que llaman modernismo
los destrozadores del castellano en América, este
innovador conser va una pureza escrupulosa. Su
instintivo, aristocrático horror al lugar común,
le aleja al mismo tiempo de la anarquía improvisada, de la arbitrariedad verbal. No consiente a
su inteligencia actitudes flojas o desgarbadas.
Enhesta todos los desmayos de la perezoza condescendencia al menor esfuerzo. De ahí lo apretado de su prosa: a veces rechinan las junturas.
Prosa cenceña, toda nervio e inteligencia, avezada a las sabias gimnasias del estilo, que queman
las grasas inútiles: ripios, pleonasmos, redundancias. Prosa densa, tensa, bruñida, despide a ratos
como una eléctrica crepitación. Tiende, por movimiento ya natural, a la elípsis; y ajusta su ceñida curva la precisión del epíteto sobrio y rico.
Este no es aquí gala de quita y pon, sino el punto en que culmina y vibra la fuerza interna del
pensamiento. Cualquier página suya da esta impresión de la maestría de un artista urgen te
muy dueño de sí: dueño de sí, no para moderar-

�122

COLECCI ÓN ARlEL

se o transigir, sino para soltarse por entero, sin
perder la medida en el ritmo raudo. Las bellas
frases pasan, enarcadas, reticentes, el ojo vivo.
GONZALO ZALDUMBTDE."

LA BATALLA DE BLENHEIM"'

París, diciembre de 1915.
(Et Fígaro. Habana.)

"'[JL caer de la tarde de verano, terminado el
trabajo, el viejo Gaspar ballábase sentado al sol poniente, en la puerta de su choza , y
cerca de él, en el césped , juga ba su nietecita
Guillermina;
Vió ella que su hermano Pedrito rodaba por
el suelo una cosa grande y redonda, que bahía encontrado jugando cerca del riachuelo;
se acercó el niño a preguntar qué era éso que
se había encontrado, t a n grande, tan liso y
tan redondo;
Gaspar lo tomó de las manos del muchacho,
que aguardaba ansioso la respuesta ; sacudió
la cabeza el anciano y, dando un suspiro, dijo:
"Es el cráneo de algún infeliz que cayó en la
gran victoria;
Suelo encontrarlos en el jardín, porque h ay
muchos en estos lados, y a veces, cuando estoy arando: Ja reja los desentierra, porque

n

" L legará un dia, decía Gambetta, en. que la
política, traida a su 00eto verd,adero y arrebatada
como recurso a los mañosos y a los intrigantes;
un día en que habiendo renunciado al uso de las
maniobras desleales y pérfidas, al espíritu de corrupción, a toda esa estrategia de disimulación y
se subterfugios, vendrá a ser lo que en efecto es
ngcesario que sea, una ciencia moral, que exprese todas las relaciones entre los intereses, los hechos y las costumbres; llegará im día en que se
impon drá así a los espíritus como a las conciencias
y dictará las reglas del dt;recho a las sociedades humanas." E sta es la n oción rnodernfl, de la política,
de las relaciones entre los hombres y los pueblos.

• Del Ecuador. "Uno de los más sutiles crfticos de América,
después de Rodó. "

" Se dió esta batalla- una de las grandes batallas de la lib'ertad-el 13 de agosto de 1704.

�124

OOLEOOJÓN ARJEL

fueron muchos miles de hombres los que murieron en la gran victoria"¡
"Pero cuéntanos de que se trataba-le grita
Pedrito; y Guillermina lo mira con ojos llenos
de asombro: cuéntanos de qué se trataba en
la guerra y por qué se mataban los unos a los
otros";
"Fueron los ingleses quienes derrotaron a
los franceses, pero por qué se mataban es cosa
que no pude averiguar; empero todos decían
entonces que había sido una grao victoria¡
Mi padre vivía en Blenheim, allá junto al
arroyuelo¡ quemaron su casa, la arrasaron
por tierra y tuvo que salir huyendo¡ así, con
su mujer y su hijo huyó, sin tener en donde
recostar la cabeza¡
A sangre y hierro devastaron todo el país
por estas partes, y murieron muchas madres
que estaban criando y muchos niños recién
nacidos¡ pero por supuesto, que estas cosas
tienen que suceder en toda gran victoria;
Dicen qne era un espectáculo horrible el del
campo, después de la victoria, porque había
en él miles de cuerpos que se estaban pudriendo al sol; pero estas cosas naturalmente, tienen que suceder después de toda gran vic•
toria;

f,A BATALLA DE BLENttEIM

125

Grandes alaba.n zas ganó el Duque de Marlborough y también nuestro buen Príncipe
Eugenio." ''·Pero todo eso era una cosa tnuy
l
h ..
perversa!"-dice Guillermina. "Nu, n~, 1J_t~,
-contéstale Gaspar-fué una gran victoria.
••y todos alababan al Duque que tan gran
victoria había ganado." "Pero, ¿qué bien
resultó de todo aquello?" preguntó Pedrito.
"Eso no lo puedo yo decir, pero fué una
. . ,,
gran victoria.
ROBERTO SOUTHEY.*

(Trad. de Hispa11ia. Londres.)

A sí para M azzini como para Fichte, el
primer problema era el de la salvación personal, el de la conciencia. M azzini escribió Los
rio los deberes del ciudadano. Fichte expu.so un sistema filosófico que
DEBERES DEL HOMBRE,

se suele denominar, junto con los ele Schelling
y Hegel, idealismo absoluto, el ciial consiste,
empleando términos toscos y s,nneros, en hace1·
del Yo centro y epítome del Universo.
RAMÓN PÉREZ DE AYALA..
~oeta laureado de Inglaterra (1774- 1!43.)

�121

trN OANTOR DE RAZA

primera v ista ; leída a la luz de sus escasos
versos, resplandece como acero . incendiado
por el sol. Dice:

UN CANTOR DE RAZA

e

las hojas secas que arrastra este
cierzo de guerra, ensombrecedor de nuestros días, recojo una, roja de sangre como tantas otras. Lleva el nombre de un predilecto
de las musas, sin duda también, amado de los
Dioses, porque se lo llevaron en plena primavera, apenas entreabiertas las rosas. Vagaba
por valles y collados, por urbes y por campos,
recogiendo el rumor de la naturaleza y de la
vida y modelándolo en estrofas, que soltaba al
viento, como abejas runrunantes y errabundas. Oyó la voz de guerra, y, como en todo
cantor de raza a nida el luchador, acudió al
combate, el más a ustero de los poemas. Lo
llevó la suerte al viejo mar de Grecia, azul como el ensueño y rítmico al espíritu, con el
aleteo invisible de memorias luminosas en la
noche de los siglos. Como Byron, hubo de
morir bajo ese cielo, que arropó la cuna de
Apolo y de Minerva. Se llamaba Rupert
Brooke. La biografía que publicaron los diarios, es de una aridez de arena calcinada, a
NTRE

"l\ació en Rugby, Agosto 3, 1887.
Estudió en el King's College, 1913.
Teniente de Marina, Septiembre de 1914.
Expedición de Amberes, Octubre 1914.
Expedición al Mediterráneo, Febrero 1915.
Murió en el Egto, Abril 1915."

Acaso a ún en opbre prosa quede un eco remoto de la divina nota de su verso. Poco a ntes
de su partida ele Inglaterra, ap~reció un soneto, que, vertido al castellano dice:
"Tan sólo recordad esto de mí, si yo muriere: que allá,
en algún extranjero campo, hay un rincón que por siempre jamás será como Inglaterra misma. Ese palmo de tierra enriquecida, ocultará una ceniza, más rica todavía;
ceniza que de Inglaterra brotó, a la que Inglaterra modeló
y lP. dió conciencia, y sus flores para que las amara Y sus

caminos para vagar pcr ellos, y u:l cuerpo que fué de
ella, que respiró su atmósfera, que bañaron sus ríos Y
que sus patr ios soles bendijeron .
"Y pensad que este cor.lzón, libre al fin de todo ímpetu
perverso ya vibración en ·la eterna Mente, no por ello, menos habrá de devolver en alguna región del infinito, los
pensamientos de Inglaterra recibidos: sus aspectos Y sonidos; sus sueños, tan felices como sus dlas; y el reir entre
amigos aprendido; y \a ternurn de los corazones ingleses, en
paz, bajo el cielo de Inglaterra."
HISPANO

( /Jispama. Londres.)

�128

OOLSCCIÓN .a.R!It

Para Cunservadores J' libtrales espafwles,
e' ·
s ;- f rr"' ,td
(.,11.:zd
o
, a e rp t,rl d,· Er. E ·••np10 1
t. I \ .iu,
.11/o!icre Reco1da i el coloquiuenlre A1-ga11
y su hermano Beraldo. •·Pero, enji11, veng-amos al hecho. J Qué ltacer cuando se está e,i
firmo f", pregunta A rg(ln. "Nada, hermano mío", replica Beraldo. "¿Nada?", loma
a preguntar, lleno de asotnbro, A rgan. De
raldo, sosegadamente, con la frescura y la
tranquilidad, con la frivolidad y la inco,uciencia de un conservador o de un Nberal espaiioles: "Nada. No se necesi'ta más que per•
manecer en reposo. La naturaleza, ella misma, sin necesidad de nada, cuando la dejamos hace,,, se libra dulcemente del desorden
en que ha caído. 11.'uestra inquietud, nuestra
impaciencia es lo que hacen que todo se eche
a perder,· casi todos los hombres mueren de
sus remedios, no de sus enfermedades.''
Beraldo es el vivo retrf!to de 1,ut!stros gobernantes. 11fiedo a las respunsab:lid(1áes,
miedo a fa acción, miedo a fas nformas, miedo al cambio, miedo al porvenir: lze aqní toda ,zuestra mcntal:"d,:dpolítica. D ejemos qtte
el país siga marchando él mismo; permaneacamos en reposo. Las dificultades se resolverán ellas mismas.
AZORÍlí.

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cc,rtftal1Mt

vida de lu _..,.;. y el r.-tiaaarieDto

~~ todo ba IÍdo du-

,:C-.,!.t por el ia,1pe Pablo IAee tradac;Go·

1••~k\!a-:'!eo.ióa de Loe
ya ~=1110, ha ~ o ~ obra ea
toda~ropilédad y todo ~ - . _
J&gt;B LOB 8fGl,'08 te11111••
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•1n~cer el Catálogo ,fo la C11s11 .PROMETEO, do
Valencia.
No e~ necesario c&gt;l t'logio de estas obras fam
en todo el mundo. Pero RÍ hay tp1e hacerlo
traducei6n, C!Orreeta, cnicln.doAA y exn.ota, 11
a &lt;·abo con una fülelidad y un primor literario ver•
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                    <text>eoltcdón Jlritl
LEOPOLDO LUGONES

El PROBLEDIR FEDIIIISIR

euaderno 70
1916

SAN JOSE DE COSTA RICA Imprenta Grei'las

C. A .

��COLECCXON

A.RIEL

Coletdón Rrlel

REPERTORIO AMERICANO
PUBLICADO EN CUADERKOS QUINCENALES POR

J . Gll.Rlillll. Ml!lNGE
S R N

J

c., SE 'D B

ee

S T 1\

R l e 7\.

e•

LEOPOLDO LUGONES

11.

c o n d i c io nes;
J,a 11erle de 12 cuadernos ( en coda Rica): C1t 3 .00.
¡ ,. Merie de 12 tuaderoos ( eu el Est ranjero): $ 2 ,00 oro am •
~ú me ro 11uelto: &lt;!!, o .25

EL PBOBLEIIIR FEIIIIHISIR

7 69 pági n.8-1",
Olhl llbro11 111' e,ienglda, ,-arlada '/ reront.trtante literatura
PO I~ T H ES COLONES

EL SENON.ITO CHULO
Ta\ ts el thulo ,le un m1gnfftcc, artícu lo que publica Eugenio Noel en el número corriente del semanario ·•E-.paña".
En dicho número, que es, en conjunto, uno &lt;le los
mejores del gran semanario madrileño, aparecen tamh\ér¡, entre otros. los sie:uientes trab'ljns f1ATAL1:'Ñ.l
COMO LÁTIGO, pnr Luis Olariag-a, UNA YAGA OP INJÓN - -~
SOBRE AS1'URU.S, por Jo~é Ortega y Gasset; L.1~1,:~Aa:,C"
y.\SC-'RAS, por Ramón Pérez de Ayala; NUF.STRO
PINTOR ·pRL"{CJSOANO, por J\!;in ch· la Encin:&gt;_, N
0
.AMOR Nl cosoCIM1ENTO, por E. Diez- Canrdo, y L\ "--- -LJII
CUESTlÓN DEL OÍA p ir una alta p •rsonali&lt;iad, que
h:1bla &lt;le las reformas del Ejército con la firma X .
Pase a h11u,1rlo a /1, Lihnría de do1i" ./lfar(a v. áe Li,us
A 10 d nlimvs dejemplar .

'

11:'JIDLIOTECA

CENTRAL

_ _ _ _ _ __:U~-~A.~N~.!:L:...._ _ _ __

BI BLI OTEC A AY ACUC HO
( HISTOR l ,\ DE A \1ERTC,\)
1. ,lhmurias dd gmeral {Y úa ry.
Vende t:!&gt;tas obras la LIBRE.RIA de 1lon J'IME TORMO,
frente 11.\ Correo

1916

SAN JOSE DE COSTA RICA- C. A.
Imprenta Greilaa

,

J_

�APRECIACION
~E

visto los comienzos de este otro

J. J y americano "spectacle magnifique".

.
a,n, a, zeers- Luego,
Los t,·a.ba.10s que v
L,:ft 1v.f1CIO]f
se rep1·oducen, de
J •..,
.
con, eL con,•
:1. B~~en,os j1 ires,
e . . to d,eL a,d,m,ira.:io Lusen,timien,

gon,es

-

--------

Enorme suma de condiciones geniales apoyadas por la más potente y sana voluntad.
E ncontrábame en lo vivo de mi sabida campaña intelectual, en la querida gran ciudad de Buenos-Aires, cuando un día se
presenté en nuestra ,·ibradora hermandad
del Ateneo un joven que, al rno~trar sus
credenciales rimadas, fué considerado ya
triunfante. ¡Un astro! nos comunicam.os
todos, con el gentil entusiasmo que allí
animaba a coetáneos y menores . .Nuestra
unanimidad vaticinó cosas grandes. Para
saludar tal orto escogí la más sonante y
dorada de mis trompetas. Y todas las previsiones tenidas se han ido cumpliendo.
La obra de Leopoldo Lugones, es según
la expresión de uno de sus críticos ''\•asta
y bella como una creación natural", o bien
"como una vasta serie panorámica de montañas.' 'I-Cn verdad,las que han atraído mayormente en esa encantada cordillera,

�.--=4_ _ _ _ _ _--=A=..Plt:c:.:E:..:C.=IA:..:Cc::.cIÓ:.=N

_ _ _ _ _ __

son, por el brillo de sus cumbres, por la riqueza de sus entrañas, por más de un misterio cabalístico o miliunanchesco, las
Montañas del Oro. Fijaos bien en las
otras alturas: hay amontonamientos de
rocas, entre las cuales históricas ruinas;
hay colinas fértiles, con pequeñas ciudades, jardines y quioscos ele arte; hay aglomeraciones clefábricas con chimeneas y casas de veinte pisos como las de los yanquis;
hay intrincadas y sabias arquitecturas,-y
abajo, la extensa pampa con sus bíblicos
ganados. Pero las Montañas del Oro, que
conocen bien tan sólo los simbades del castellano, montañas que consagrara la Primavera, y en donde tiene su palacio la Ju Yentud, digo en verdad que atraerán siempre a todos los buscadores de milagro y cateadores de poesía. ¡ A u reo, bravo, caro Lugones ! Vigoroso por temperamento, nutrido de los mejores saberes y remiso en toda
aplastadora apretura escolar, desde muy
temprano, supo apro,·echar el don, rarísimo si se mira bien, dela autocomprensión
y Yalorizamiento propio. Tal, por mayor
suma de aristocracias, se denunciara anarquista de los más encendidos. La violencia del color-¡aplaudido sea el profeta!fué ·con el tiempo comida por el sol, no

\

í

I

LEOPOLDO LUGONES
(Caricatura de R'
D
,os, e Nosotros. Buenos Aires.)

�6

APRECIACIÓN

sin que hoy subsista el nato combativo
caza- coronas y amigo de la república francesa, a pesar de las Españas ancestrales:
Antiguamente dedan
A los Lugones, L1111oms,
Por ve11ir estos varo11es
Del gran castillo. Y tenían
De Luna los sus blasollis.

Su geneología mental- ¡ por Dios, siempre descendemos, o ascendemos de alguien , y ha existido el Adán literario !-¿le
emparenta con cuales antecesores? pero
ning ún espíritu encuentro más fraternal
para el suyo, q ue el de Edgar P oe,- tant o en todo va b uscando su equilibrio nuestra balan za continen tal. ¿1\las, a don de no
llega la vista, a cualq uiera de los puntos
cardinales que se dir ija, desde la cumbre
de su s montañas?
L ist o p ar a t odos los combates, - ·apolíneo, hercúleo, perséico, dad dico, ello
trans mut ado en san gre neomundial, su
in iciación en el or den del Arte, queda como un acontecimiento en la hist oria del
pen samien to h ispan o-american o, y no un o de mis men ores org ullos el haberme
t ocado ser , en días floridos, A nquises de
t al Marcelo.
Todo conq uistado: renombre, respeto
y consideración en los propios patr.ios as-

APRECIACIÓN

7

?edrines, admiración y afecto entre sus
iguales. Todo, hasta el denuesto regocijador y la parodia plausible. Todo, menos
la verdadera comprensión de ciertas cosas
s~yas al lado de las cuales se ha pasado
sm penetrar lo que dentro se contiene.
Mas, ¿desde cuando es comunicado a todos el schiboleth?
L~ _ohra primigenia ~e tal hér_?e, cuyo
a11;á~s1s se~ para estud10sos y mmuciosos
c~1ticos, h~ceme pensar en las adolescencias proféticas, en una pérdida y encuentro, no en el templo entre los doctores sino en el bosqu~ entre los leones. Hay'aní
sob~etodo, u_n mfuso conocimiento de cosas rnme~onales que se han trasmitido a
través de mnúmeras generaciones, y que
hac~ vaga_~ente reconocerse, apenas, con
a~gun rans1mo contemporaneo, en un ráp1d_o choque de miradas, o en la similitud
de mterpretación de un gesto, de un signo, de una palabra.
Y a en 1~ tarea de ideas, revélase la inag?table mm~ ".erbal, la facultad enciclopédica, el domm10 absoluto del instrumento
Y.la preponderancia del don principal y dist~ntt:70: ~a_fue~za. ~ropaganda patriótica,
c~enc1a c1v1l, h1stona, cuento, enseñanza,
discurso ocasional, todo es pletórico, todo

�8

APRECIACIÓN

está lleno de Yital y Yiril fuerza. Verdad
que oiréis un son de flauta. en los ~repú~culos del Jarclín . . Acordaos ~e P?hfemo que canta Teócnto y Pom:;s111 pinta.
Y luego: ¿"Quid dulcius melle et qu1d fortius leone? ¿No habían Yibrado antes en
una lengua de potente amor Yersos capaces de encender estatuas?
No creo } o que en nuestras ~ierras de
Amúica haya hoy una personahda~ superior a la de Leopoldo Lugone~, q U1en a~te:, de llegar al medio def cammo &lt;;}e la nda, se ha le, antado ya mconmonble pedestal para el futuro monumento. Las
l\.lontarins del Oro, Los crepúsculos del
jnrdín, rr imperio jesuítico__ La guen?
"1t1&lt; ha Las fuerzas extnmas, Lunann
~entim~ntal, Piedras liminares, Didáctica, Prometeo. Odas seculares.*
Allá en la lejana Córdoba del Plata,
una anciana tiembla aún de temeroso gozo maternal. ¡Misia Custodia, qué nombre
el de usted, para ser llrrndo en la Catedral
de las glorias argentinas! ...
RIJBE~ DARIO.

-;-¡ñadimos: El l.i/Jro Jiel, Lu R,finna Educaáv11nl, Historia de
S&lt;1nnimto, El,&gt;JÚ&gt; de Am&lt;gkino.

EL PROBLEMA FEMINISTA

N

agente de disolución social tan
activo como el feminismo, que otra
vez más aparece en la historia marcando
un contraste de la civilización.
El fenómeno es conocido, en efecto, Cada crisis disolvente de las que sufren los
pueblos en determinadas épocas, para
transf.&gt;rmar sus conceptos y caracteres socia1es, presenta en el feminismo la expresión más grave de su trastorno. Como se
trata de revoluciones, la subversión inherente a tales movimientos parece materializarse en ese supremo absurdo de la mujer
igualada al hombre, contra toda razón y
todo interés natural, presentando al fin de
cuentas, como consecuencia forzosa, los
resultados constantes del unisexualismo:
la esterilidad y la corrupción.
Es conocido el método de perseguir la
lógica hasta sus últimas consecuencias,
para saber si opera comci instrumento de
la verdad. Es el método seguro, y el único
INGÚN

�___::_10=..___ _ __ _LE_OPOLDO LUGONES

además, como que en_ él. se aduna 1~ certidumbre o sea el cnteno matemático, a
la realid;d de las ciencias experimentales.
En ese desarrollo lógico estriba toda la
crítica filosófica, pues es, regularmente, el
fruto más positivo de la filos?fía.
.
Y bien: aplicando ese metodo al feminismo, pronto se obtiene el res_ultad? que
antes formulé, como consecuencia racional:
si las mujeres fuesen iguales a los ho~bres,
no existiría sino un sexo, y la especie humana se habría vuelto estéril. Ahora bien:
el amor estéril (porque el amor subsiste
dentro de la doctrina feminista) es la suprema corrupción, al constituir uri placer
sin la compensación del resultado que normalmente produce, o sea la procrea~i6n de
hijos. La mujer y el hombre, unificados
por la igualdad, formarían un m~nstruo, el
andrógino, o sea el producto típico en que
se complace la imaginaci6n enferma de l~s
decadencias. Lógicamente, pues, la doctrina produce una monstruosidad, lo cual es
harto significativo; porque si el método de
la finalidad lógica reviste el carácter q~e
más arriba le atribuí, ha de haber tamb1en
en ello una realidad experimental.
Es, en efecto, lo que ccurre. Cada_ crisis
feminista ha coincidido en la historia con

EL PROBLEMA FEMINISTA

11

una crisis de esterilidad, lo cual asimila
desde luego el feminismo a la prostitución.
Cuando la mujer honesta abandonó en
Grecia el gineceo para entregarse primeramente a las c9mpetencias del lujo callejero
con las cortesanas, y frecuentar después
las escuelas de los filósofos, los conciliábulos de la política, en virtud de derechos inh_erentes a su pretendida igualdad, ya teorizaba con los mismos argumentos de
ahora, la civilización griega sucumbió en
la ~~ble .~st~rili~~~ de la materia y del esptntu. ¡S1 pudteramos tener hijos sin
mujeres!", sería la última exclamación de
su pesimismo. No los tuvieron, porque las
mu1eres habían empezado por querer tenerlos, confiando a las esclavas la función
m~terna, así degradada en reproducción
animal, y con ello perdiéronlo todo: libertad, patria, honor y genio. Hasta el genio,
que foé a esterilizarse también en la aridez
de la retórica alejandrina.
La inmensa Roma viril de las conquistas había de ver repetido el fenómeno. La
matrona abandonó el hogar para lanzarse
al lujo de la calle, cuyo tono, hoy como
ayer, lo ~ió siempre la cortesana. De eso,
f~~ a la literatura, a la filosofía y a la poht1ca, con los mismos argumentos actuales

�12

LVOPOLDO LUGONES

sobre su igualdad y su derecho. Ju venal
lo expuso en sus sátiras, como lo había
hecho Aristófanes en sus comedias, y estos
documentos adquieren de nuevo la ª:tuali;
dad más completa. La consecuencia fue
que las matronas renunciaron a la epónima
tradicional maternidad. Y Roma se hondió
en la iniquidad, en la sangre; vió rebajarse
su espíritu en la retórica: dejó de ser.
El espantoso cataclismo medioeval que
tiene su fórmula histórica en los terrores
del Año mil, foé, ante todo, una crisis de
maternidad. El aborto y el infanticidio
disminuyeron la población de Europa hasta acabar con ciudades enteras. El Tíber
llegó a convertirse en un inmenso pudridero con los cadáveres de los párvulos •
arrojados en él. ¿Y qué era? Que la corrupción de Bizancio, con el ejemplo de
sus princesas literatas y adobadas por todos los artificios de la perfumería oriental,
practicada en un laboratorio inmenso donde la química más sutil se cerraLa en un
misterio de santuario, por Zoe, la emperatriz, aquella lujuriosa dídima de las cróni cas-era que eso, dije, se había propagado
por el Occidente con el ~fecto habitual.
Corrupción tan espantosa causó el secular
desangramiento de las Cruzadas.

Et PROBLEMA FEMINISTA

18

Repetición del fenómeno, en significativo sincronismo con _las grandes guerras, y
la profunda corrupción, y la espantosa iniquidad del Renacimiento. Florencia y Venecia,. aquellas Atenas medioevales, sucumbieron de eso. Edad de tiranos, de
lujo, de esterilidad y de retórica. Es el
momento en que las lenguas romanas tanto perc\ieron con la pedantería humanista,
como tn el anterior ciclo medioeval, la crisis intelectual consiguiente se caracterizó
por el abandono definitivo del latín y la
adopción de los dialectos bárbaros en que
se había descompuesto.
.
. Nueva crisis de feminismo como principio y fin de la Revolución Francesa. Damas que abandonan el hogar por el lujo
de la calle, por la literatura, la filosofía, la
política. Dos cortesanas que hacen política,
señalan, efectivamente, el principio y el fin
de aquel sangriento período: madame de
Pompadour y Theresia Cabarrús. Aquella
saludable catástrofe que señaló el principio
del fin a la civilización monárquica, o sea
al último ciclo cristiano, se repite, por lo
que concierne al feminismo, en la crisis
presente, con asombrosa fidelidad. Y desde
luego, en su rasgo más característico: la
esterilidad, sugerente de las mismas la-

�14

LEOPOLDO LUGONES

mentaciones, diagnósticos y remedios que
en el siglo xvn1. Son, efectivamente, aquellos dos países donde la mujer es más dueña y está más orgullosa de su personalidad,
los que presentan la natalidad más pobre:
Francia y los Estados U nidos.
Observamos, entretanto, como su útil
recapitulación, que el feminismo ha preludiado y acompañado siempre a las crisis
sangrientas con que acaban las civilizaciones. Así en la civilización griega, en la
romana, en la feudal de la primera edad
media, en la comunal que la sucedió, en la
monárquica finalizada con la R evolllción
Francesa. La ley es constante, como se ve,
para el mundo greco latino, y se repite
con progresiva frecuencia, porque la aceleración de los ciclos históricos es una
consecuencia del progreso generc,l. Así
nuestra sociedad vuelve a encontrarse e n
el mismo estado que la sociedad de la Revolución.
Esa constancia del fenóme no, es significativa y comporta una prueba de suyo,
hasta que la contraprueba la convierta en
demostración.
Los éxitos de la civilización que los pueblos disfrutan en la prosperidad y en la
paz de las ideas, coinciden a su vez con el

EL PR.OBLEMA F.tMI_N_IS_TA
_____
15'---

estado exclusivamente doméstico de la mujer. La madre de familia, que no es tan
sólo la productora de hijos, sino principalmente la formadora de hombres, resulta,
en efecto, el elemento más importante de
la sociedad de la civilización. Más importante que el hombre, porque sin ella no
hay hogar ni patria; tampoco existe para
ella ni es posible que exista condición más
alta sobre la tierra. De aquí que su permanencia en ella, caracteriza las civilizaciones felices: aquellas e.n que el miedo de
1~ vida inse~ura no _suprime el goce superior, la heroica ple01tud de las posteridades numerosas. Así, cuando las civilizaciones son más robustas y más amables,
c~ando aseguran a todos con mayor eficacia el encanto y la utilidad de la vida, la
mujer hállase reclusa en el gineceo griego,
en la casa romana, en el castillo medioeval, en el inviolable domicilio hidalgo. Allá,
como la semilla oculta, está renovando la
patria que así viene a constituir una emanación de su ser, pues en su seno fecundo
y en su enseñanza, fórmanse los héroes,
los trabajadores, los pensadores que engrandecen y que ilustran la patria. Ocupada como las plantas nobles, de florecer y
de fructificar, cualquier otra misión resul-

r

�16

LEOPOLDO LUGONES

taríale inferior y absurda. Por esto, ella
misma la -prefiere y busca, y se enorgullece
de estar colocada así, mientras no la per turba el desorden de próximas cat ástrofes.
Que entonces, · cuando en vez de su libertad femenina equivalente a un reíno, el
reíno del hoge1r, donde tie~e como todo
soberano el deber, dijéramos constitucional
de la residencia; cua ndo en vez de esto,
quiere la libertad del hombre, abdica; y
así caída de su maj estad natural · en nna
condición aj ena, su destino conviértese en
esta triple fatalidad: o la mala ~adre, ese
monstruo; o la solterona, esa víctima lamentable; o la cortesana, esa alimaña venenosa.
En esta degradáción va implícita la ruina de la patria y el horror de la guerra.
Porque el hombre, o sea el defensor de la
patria que su compañera forma y renueva,
el guerrero, el eterno combatiente, no es
sino un bárbaro primitivo cuando le falta
su dama. Es ella, la reina de la casa, del
"domus" antiguo, la "domina", la ''dama"
nuestra, quien ''domestica", en efecto, y
"domina" la fiera siempre despierta en el
combatiente, pero también, por la misma
razón, quien la instiga a toda ferocidad: la
responc:able de toda guerra, porque sólo

EL PROBLEMA FEMINISTA

17

por ella, por su a mor, pelea el hombre.

La guerra bajo todos sus aspectos, operación táctica de ejé rcitos, revoluciones
políticas, huelgas, atentados anárquicos,
obedece siempre a este móvil recíproco en
los adversarios: tentativa de uno que quiere aumentar su haber con el haber de otro,
y ~esistencia de este último a dejarse despoJar.
Mas ¿para qué quiere ese haber el hom•
bre? Para engrandecer y embellecer su hogar, que sin la mujer no existiría. Porque
es ella quien ha exigido para asegurar el
éxito de su misión materna, la civilización
estable del hogar. Y la pareja re pite, aun
en los mayores refinamientos de civilización, el estado de la caverna primitiva: ella
es quien se q ueda dentro, el elemento permanente ~e civil ización útil que empiez~
con la cocina, y de estética caracterizada
en el arreg lo del rudime ntario menaj e; él
es quien sale y comba te para asegura r la
existen cia común: el que vuelve con la
presa. Faltá rale a quel estímulo de estética
y de bie nestar, y nu nca dej aria de ser un
cazador salvaj e.
E l objeto adquisit ivo de las g uerras, es
la apropiación de b ie nes desproporcionados
con las necesidades de los ·gobernantes y

�18

tEOPOLDO LUGON'ES

jefes que los aprovechan, en cua?to e~as
necesidades provienen de sus ex1genc1as
personales; pero no cuando se tr~ta ~e
satisfacer el lujo que es una ex1g~nc1a
femenil. Para esto quiere el hombre riq~ezas desmesuradas, y así es como la mu3er
resulta la responsable de la guerra. E l
sólo, para él mismo, contentaría.se con ~uy
poco. Su civilización sería rud1m~ntana Y
sobria. Es la mujer quien le estimula al
bienestar y a la belleza, nunca d&lt;:genera dos en pasión exhibicionist_a, en lu30, cuando ella sabe limitarse al reino de su ?ogar.
EntoÓces basta al hombre el traba30. N o
necesita combatir, o sea volv~rse por u_na
exageración de su ~nergí8:, violento _e injusto. Cuando la muJer exa3era sus exigencias, el trabajo normal que es un encanto
solidario, no basta. Sus frutos resultan escasos o tardíos. Y entonces los reemplaza
el despojo que exige combates.
Cuando el patrón obstinado y cruel que
se niega a aumentar. en unos cuantos cen tavos el salario bien miserable de sus obreros, nos dice que no pue~e, esta declaración no expresa un imped_imeoto P:rsona~.
El sabe que sus obreros tienen razoo, qu~ zá le conmueve aqutl reclamo d~ la_ m~seria. Pero si cediera, su venta d1smrnm-

EL PROBLEMA FEMINISTA

19

ría, y con ella el presupuesto de su hogar,
que es opulento, mas no cómodo; porque
las exigencias de la sociedad donde actúa
son cada vez más tiránicas, no sobre él,
sino sobre su mujer, sobre la reina que nadie ni nada debe atreverse a tocar. El se
sacrificaría, pero es incapaz de sacrifica.ria
a ella. Y entonces, no queda más que la
g uerra sin solución posible, porque su causa no está en el patrón atacado; en el res
ponsable visible de la iniquidad, sino en
una influencia más fuerte que la suya.
Así la guerra social en que estarnos com
prometidos, tiene por· causa y por respo11sable a la mujer. -Es su abandono del
hogar el origen de todos esos males, por9ue la echa a las competencias del lujo, al
JO~electualismo, a _la política, a todas las
exigencias insaciables con que pretende
substituir, sin conseguirlo nunca, la verdadera superioridad de la condición abandonada. Es que la mujer no resulta inferior
al hombre porque sea desigual a él. Repito
que, al contrario, es superior como elemento social, puesto que representa la
estabilidad, el bienestar y la estética de la
civilización. Su error está en que se compara, y en que así comparada, resulta inferior al hombre intelectualmente. Pero el

�20

LEOPOLDO LUGON"ES

hombre, a su vez, resulta inferior a ella en
otras cosas. El feminismo no revela, así,
sino la ignorancia femenina en filosofía y
en historia. La lógica nunca fué un tesoro
femenino; y en cuanto a la historia, desdeñada por una pedagogía excesivamente
racionalista, como asignatura mnemónica,
representa la gran deficiencia de la cultura
contemporánea. Si las mujeres supieran
historia, advertirían que el feminismo es
uoa doctrina de infamia y degradación.
Atendamos, en tanto, una objeción que
hace rato formularon las lectoras de estas
líneas.
La igualdad que el feminismo pregona,
no es la de los sexos, sino la de los derechos inherentes a la condición humana. Y
así la esterilidad deducida como una consecuencia del sexo único, es un sofisma.
Queremos que la mujer se iguale al hombre, pero sólo como e ntidad jurídica.
Desde lu ego, insisto una vez más en la
esterilidad efectiva que coincide con las
épocas del feminismo; en el menosprecio
de la maternidad, que el intelectualismo
femenino comporta; en el abandono de la
maternidad que ocasiona el lujo. Es que
todas esas, son formas de egoísmo, mientras la maternidad significa una generosi-

EL PROBLEMA FEl!INl8TA.

2L

da? supr~ma. Belleza, seguridad, salud,
q u1~tud, lib~rtad, los mejores encantos de
la vida ego_,s~a, todo lo sacrifica la mujer
madr~ al d1v100 dolor de fructificar para la
es~ec,e, _con ~a ~ta frecuencia, ay de mí,
baJo el nego umco de las lágrimas.
Pero es que al reclamar la igualdad de
derechos, sólo se piensa en ellos abstractamente: ~orno si fueran una cosa que la ley
puede dispensar "ad libitum'', o los deberes humanos ejercer y disfrutar sin atención ninguna a sus diversas condiciones.
Nadie ignora que sucede precisamente lo
contrario. Los derechos son una consecuencia de aquéllas, provienen del carácter
moral, )ntelectual, fisiológico, que reunidos
determinan a su vez la actividad normal
d~ los individuos; de manera que una actividad normal distinta de la masculina, ha
de engendrar y exigir también distintos
derechos. Y es lo que pasa. No basta la
condición ~umana, pues los niños la presentan, y sin embargo, no tienen los mismos derech0s que el adulto. Al contrario,
cuanto más c\istintos sean al hombre y
la mujer más profunda resultará la armonía social, más agradable la vida en común, y más fecunda sexualmente hablan.
do; pues la acentuación del dimorfismo

�22

LEOPOLDO LUGONES

sexual estimula la inclinación mutuamente
complementaria que recibe el hombre del
amor. Cuanto más hombre sea el hombre,
y más mujer la mujer, más robusta ha de
resultar la pareja y más intensa la atracción que la ha formado.
Esto nos lleva otra vez al fondo de la
cuestión práctica, que no es, como va vién•
&lt;lose un mero desarrollo lógico. Es precisamente una feminista quien lo ha demostrado hace poco, por medio de un libro
poco &lt;lifor.dido, aunque a la verdad interesante. La señorita Arria Ly &lt;lió mucho
que hablar h vez pasada con motivo de un
desafío lanzado por ella a lln periodista,
con todas las reglas masculinas del caso,
dos padrinos, o mejor dicho testigos, para
eludir con el común de dos la necesidad
un tanto irónica de decir madrinas, pues
se trataba de &lt;los señoritas; pistola o espa da, a elegir; acta y sangre.
Como el provocado no aceptara, la señorita hubo de abofetearle en público, aunque sin mayor éxito a los efectos del lan ce; pe.ro lo más interesante en esto no es
el desafío mismo. Desqe el ya clásico con
que se disputaron a puñaladas el amor de
Filipo de Macede,nia, Olympias, madre de
Alejlndro, y otra princesa degollada por

EL PROBLEMA FEMINISTA

23

aquélla en el lance, los duelos femeninos
son cosa vista. Menos frecuente es el caso

de la señorita Ly, si b ien existe, en literatura al menos, 'el clásico de Clorinda.
Pero repito que no es esto lo interesante,
sioo la causa del incidente, o sea una crítica adversa a cierto libro de la señorita
Ly, titulado de esta significativa manera:
"¡Vive Madernoiselle!" Fácil es adivinar la
tesis: el matrimonio . es una desventaja para la mujer. El estado de señorita es su perior al de señora; y en cuanto al porvenir de la especie, no es cosa que deba
preocupar a las mujeres, ''víctimas" de la
maternidad. Esta consecuencia egoísta y
epicúrea, coincide, como fácilmente se echa
de ver, con la propaganda crist:iana de la
virginidad, que la iglesia decla·ra estado
superior al materno; pues toda doctrina
co ntraria al desarrollo normal de las condi~iones naturales de los sexos conduce
fatalmente a la esterilidad. El cristianismo
proclamó también, en teoría a lo menos, la
ig ualdad de la mujer....
En cambio, el libro en cuestión tiene el
mérito de la franqu eza y de la lógica: descubre la última consecuencia del feminismo, o sea la monja laica, todavía más quimérica que la antigua amazona, pues ni

�24

LEOPOLDO LUGONES

siquiera entiende que el sentimien~o del
honor, tanto como sus consecuer etas sociales, son cosas distintas en el hcmbre y
en la mujer. Las amazonas guerreras, las
Clorindas, . las Ju a nas de Arco, las rusas
exterminadoras de Sacher Masoch, en dos_
palabras: los marimachos soldadescos, las
"varonas", sólo interesan al sentimentalismo degenerado de ciertos histéricos; pero
la feminista es una plaga general, un elemento de corrupción, que si ayuda, ciertamente, a disolver esta civilización cristiana tan poco apetecible, resulta intolerable, sin embargo, al comprometer con su
desvarío el desarrollo normal de la vida,
o sea la propia condición fund,1mental del
mejoramiento futuro. So origen y hasta su
consecuencía son cristianos, vale decir, retrógrados en su aparente audacia revolu ·
cionaria.
Pero la literatura feminista acaba de
enriquecerse con otras dos obras, si bien
de muy diversos caractere~, móviles y propósitos. L:1s memorias de la princesa Luisa de Sajonia, lanzadas hace algunos meses a la publicidad, y las actualísimas de
doña Eulalia, infanta de España. ·
Inútil añadir que lo menos interesante
de estas producciones, es para mí el es•

EL PROBLEMA FEMINISTA

25

cándalo, después de todo me9iocre, pues
en esta capital de la revolución, no hay
cosa más {;ulgar que una princesa destornillada. Lo cual ya es de suyo un triunfo
sabrosamente revolucionario. Un destino
trascendental en su aparente ligereza, hace
que París sea el quebradero de las monarquías, el sitio donde la gente de sangre real
viene a exhibir todos los vicios y las bajezas, La compostura y la dignidad han quedado para los plebeyos jacobinos de la re
pública. Así también, entre nosotros, no
está abajo, en la capa directamente limítrofe, la supervivencia de la indiada.
Los seudo libros principales tienen una
importancia indirecta pero grande para el
asunto, al comportar dos rebeliones en el
seno de esas familias inmóviles de la monarquía, donde, naturalmente, el dogma
de obediencia que esa forma de gobierno
representa en su plenitud, impera absoluto. Como ejemplo, será indudablemente
nefasto para todas las mujeres chifladas
de aristocracia, que viven de imitar en las
princesas lo más fácil y vistoso, o sea las
malas costumbres; pero dichas damas no
merecen una profunda piedad.
Sucede lo mismo con las casas reales,
donde todos los sentimientos, empezando

�26

LEOPODO LUGONES

por aquellos más nobles, hállanse subordinados a las conveniencias de la política,
haciendo de tales familias despreciables
raleas cuyos mismos dolores son farsas
indignas de compasión. Lo que interesa,
como digo, en aquellas aventuras, es la .
rebelión inherente, o sea el procaso interno
de destrucción que revelan en las dos monarquías más reaccionarias de Europa: las
dos casas cuya unión representó durante
el auge absolutista el máximo poderío.
Algo quiere decir, sin duda, que la princesa real de la beata Sajonia, una Hapsburgo-Borb6n, y de los ultra-reaccionarios
Borbones de Nápoles, se eche a arrastrar
por media Europa, en un escándalo periodístico, el honor de su marido y de su familia con el vengativo cinismo de una
criada despedida; así como que una infan ta de España salga declarándose ''feminista rabiosa", socialista y enemiga de la
Inquisición, aunque luego se retracte para
no perder la pensión que la sirve su necesitado país, por el trabajo de haber nacido
pr10cesa.
Pero ello significa algo más: que ninguna mujer, por reina que sea, puede liberarse sin escándalo de la tutela del hogarTodos esos libros son, antes que nada,

KL PROBLE\lA PEMINISTA

escandalosos, y en ello estriba su deplorable valor; .pues de lo contrario, apenas
habría nada menos interesante que las calav~r~das de la princesa de Sajonia y el
feminismo de la 10fanta de España.
Revelan estos actos una cosa más importante aún: la extensión de la calamidad
que se ha infiltrado por do quier y que
t~do lo corr?mpe, imponie_ndo con urgencia la necesidad de correctivo. Ello requiere, ante todo, la acción de las mismas
mujeres a quienes es necesario revelar
claramente la falacia de semejante empresa; pues una apreciación superficial puede
presentárselas tolerable, a título de mal
entendida solidaridad.
Los países jóvenes y ricos deben evitar
en lo posible toda emigración de las enfermedades que sufren estos más antiguos,
como resultado de la miseria y del desgaste. Su juventud y su anhelo de progresar, suelen arrastrarlos a una imitación
excesiva que no discierne entre lo provechoso y lo nocivo, sacrificando, en ocasiones, excelentes pre.odas nativas a novedades de dud~s~ ~tilidad. Tal, por ejemplo,
esa cultura 1hm1tada de la mujer en establecimientos preparados para los hombres,
o sea la apertura de las enseñanzas secun-

�28

LEOPOLOO LUGONES

daria y superior, sin reflexión rrevia, por
inercia, por imitación, por defi~tente apreciación de lo que es la ver.dadera cultu:ª·
Desde luego, el acceso d: nues~ra~ muJeres a la ilustración masculrna, co10c1de con
una visible deficiencia de su ~ducación.' co!1
un desborde espantoso de luJO y con 10cl1naciones callejeras cada vez más desarrolladas. Estos son, en todas partes, los
prodromos de la esterilid~d, las causas
esenciales de toda corrupción. Sal-v:o excepciones rarísimas, el ho1:1bre sa_cnficará
siempre al lujo que su mnJer le p~da to?o
principio moral; de tal manera es tmpenoso en él el in stinto de proteger y agradar
a su compañera, la formadora y conservadora del hogar. He dicho y~ que _tº?ª la
ambición masculina de ennquectmtento
proviene de ahí, y por_ e_ll?, el supremo ?r•
gullo del rico es la exh1b1c1on de una muJer
lujosa. Del propio i:1?do, el esfu~rzo por la
gloria, por las pos1c10nes ho~onficas, persigue como supremo coronamiento, aunq?e
más o menos indirecto y obscuro, la satisfacción de ser algo ante una mujer. Así
es ella quien nos civiliza ~ n'?s degrada, a
costa, sin duda, de un sacnficto como lo es
para ella el amo~; pero esta es la. ler de
justicia sobre la tierra: no hay supenondad

EL PROBLEMA FEMINISTA

29

que no exija un sacrificio correspondiente,
y aquélla es la primera entre todas. Así, la
misma alternativa compensadora que constituy e la vida de las cosas y de los seres
la ley suprema, puesto que a ella nada escapa, está ense ñándonos la quimera del
egoísmo que pretende hacer de la existencia un continuo goce: subordinarlo todo a
la satisfacción individual.
Ahora bien, el organismo de la mujer,
constituído ante todo para la maternidad,
es egoísta de suyo, al resultar, así, absorbente, centrípeto, eminentemente conservador. Desde el movimiento instintivo de
la defensa, el hombre opone sus brazos al
peligro: la mujer los aprieta so~re su seno.
Luego, la envidia que constituye la crisis
negra del egoísmo, constituye una afección
bien femenil; y no es difícil percibir sus
efectos en la pretensión feminista de la
igualdad con el hombre: todos los derechos
de é,,te, pero también todos los de la mujer. Con poco esfuerzo probaríase, entretanto, que los derechos masculinos son una
consecuencia del destino combatiente del
hombre, de su condición de guerrero; precisamente de aquello que la mujer no será
jamás por imposibilidad física; pero no
hay, por ahora, tiempo para demostrarlo,

�30

:EL PllOl3LEMA FEMINIS'l'A

Ll!OPOLDO tt1GONl:S

y cualquier persona inteligente sabrá hacerlo, por lo demás, si le interesa. U nicamente quiero advertir que para mí esos
derechos no son, como suele afirmarse, una
compensación del servicio militar. El hombre es el eterno combatiente de la libert~d
y de la justicia, y por ello el organizador
de ese combate. En esto consisten sus
derechos y para esto son. A la mujer incumbe custodiar y convertir en bien privado la justicia y la libertad que ha conseguido el hombre.
No extrañe el lector si en vez de una
crónica sobre el feminismo y sobre las memorias de las princesas he preferido hacerle la filosofía del asunto. Aquéllo érame
más fácil; pero entiendo que esto resulta
más útil. El escándalo no interesa a ningún esplritn recto; y tanto esas memorias
de damas aristocráticas como las ridículas
comparsas de "suffragettes", son esc.:ándalo
liso y llano. Eso es lo que hace ruido, lo
que se oye y puede parecer por lo mismo
fruto de porvenir. Error profundo. Allá en
el silencio de sus hogares, millones de ma•
dres silenciosas y fecundas como la tierra
útil, son las verdaderas autoras del porvenir que aseguran prolongando la vida.
Ellas no hacen ruido, ni teorías, pero ha-

31

~en _h_ijos, que es mejor. Pueden decir con
JUSltcta que_ cada una de esas vidas inteligentes equivale a muchos libros; que con serv~r una patria y formar una raza, es
más tmpo_rta~te que constituir gobiernos y
mandar eJércttos; que aun siendo inculta y
g rosera, vale más la fecundidad de una
madre 9 ue la producción intelectual de
una doctora, porque las doctoras son reemplazables por los doctores, mientras sin
madres deJa de existir la patria.
Pnrls.

1912

�EL PROBLEMA

NUEVAS VICTIMAS DEL ORDEN

C

OMO era de esperarse, la reapertura de
las sesiones parlamentarias, no obstante su desusada solemnidad, puesto que con
la primera ha entrado la _l~y de la autonomía
irlandesa en su fase dec1s1va, hubo de contar el inevitable incidente sufragista, si bien
provocado esta vez por los dipucados ~onservadores. Las intrépidas propaga~dt?tas
del voto fe menino, eviden temente eliminadas por la coladera polichl, no tuvieron
ocasión de exhibir sus energías. Pero ellas
andan manifestán&lt;lose por esas calles y paseos, con la agresiva vivacidad de cost u~bre. Esta persistencia, comunica al m~v1miento un carácter de seriedad que es imposible desa~ender y que ciertamente 1,e
1
asegura el triunfo, tan luego c~mo un po,_t·
tico inteligente comprenda su 1mporta~c~a
re(J'eneratriz ante el progresivo desprest!g10
del sufragio. Aquí está la coyuntura favo·
rabie que un día u otrJ convertirá_ en ley
esas aspiraciones, comportando, srn duela,
el desengaño habitual, pero señalando tam·

FEMINISTA

83

bién con ello la adhesión de tales energías,
hoy extraviadas, al gran movimiento de
transformación social cada vez más emancipado de la tramoya política. Cuando vot~n las mujeres que desean votar, adquiriendo, así, la experiencia negativa del voto,
pues ello es inevitable, su esfuerzo dejará
de gastarse en la rotación de ese volante al
vacío, y su descontento, bien expl icable a
decir verdad, engrosará la imponente masa
cuya resistencia pasiva aisla paulatinamente a los gobiernos en un círculo vicioso de
impotencia y de inutilidad.
Entretanto, cometen desórdenes, embarrullan, comprometen la quietud de los pri.
vilegiado~; y mientras éstos llegan a comprender el precioso refuerzo que esa nueva
masa de electores comporta en su misma
aparente hostilidad, el castigo suministra a
la causa los mártires necesarios rodeándola
de la simpatía que suscita como una protesta natural, todo esfuerzo injusto o excesivamente perseguido.
Así sucede con las sufraguistas condenadas a trabajos forzados por tentativa de
incendio y vías de hecho contra dos ministros, sentencia excesiva, como todas aquellas que ca, tigan intenciones, y agravada
hasta la crueldad por la alimentación forza-

�34

L EOPOLDO LtrGONES

EL PROBLEMA FEMINISTA

sa de los reos, decididas a hacer la huelga
del hambre, mientres no se las traslade de
la prisión donde están mezcladas con asesinos y prostitutas.
Tratándose de gente honesta, condenada
por delitos de opinión, aquella ide.ntidad
con semejantes perdidas, es atroz y deses·
perante. Pero los defensores del ord~n, no
sabeo ni pueden distinguir. La rebelión es
para ellos el crimen supremo, sobre todo
cuando alardean de demócratas y campeones de la justicia social, no habiendo, como
es sabido, cuña peor que la del mismo palo.
Agentes de un dogma que estab_lece la
diferencia social y política de la muJer por
imoo~ición de obediencia, no como resultado· natural de una conformación dis~inta,
niéganse a ver en este movimiento,
extraviado sin duda, una consecuencia
de la iniquidad social y como de ésta
viven y prosperan a fuer de g o l.,ernantes,
castigan como rebelión contra un orden de
cosas para ellos naturalmente ventajoso, lo
que no es sino uu fenómeno enfermizo de
aquella misma iniquidad.
El hogar desordenado por la explotación
\ capitalista de que los g obiernos son humildes servidores, ha lanzado al mundo una
enorme masa de mujeres, las cuales, subs-

traídas a la maternidad y al trabajo doméstico, que en toda sociedad bien organizada
compensa la actividad exterior del hombre,
asegurando la estabilidad de la familia así
constituída, por el rendimiento equivalente
de uno y otro sexo, afirman su derecho a la
vida, siquiera sea defectuosa y antisocial,
ejercitando actividades anormales, desde
que presuponen una COfT!petencia artificial
con las masculinas. Este desarrollo unilateral de las energías humanas, es la causa del
desequilibrio que nos trastorna. Fuera necio pensar que la mujer, llamada a instruirse, no aplicará al mejoramiento de su vida
los resultados de aquella instrucción. Cuando el destino de los sexos se completa en la
integración de la familia que imperiosamente tienden a constituir, la mujer aplica
esos co11ocimientos al desarrollo de su actividad normal: quiere instruirse para ser
mejor esposa y mejor madre. Alcanzado este objeto, nada más desea; pues el concep•
to de la felicidad, estriba para cada ser en
el desarrollo normal de sus actividades. El .
hombre procede, necesariamente, del mismo modo. Y así es como la determinación
recíproca de los sexos en ei desarrollo de
sus actividades peculiares, somete toda la
vida humana a la ley de amor cuyo impe •

85

�L'EOPOLDO LUGONSS

rio constituye la dicha individual y social
en un común resultado de armonía. Fuera
de esto; no hay sino egoísmo y esterilidad:
vida inútil, como lo es toda fuerza obligada
a actuar en círculo vicioso. La mujer com petidora del hombre, es un contrasentido,
según lo demuestran las mismas consecuencias de esa pretendida emancipación. E l
movimiento feminista, blasona de hostilidad contra el hombre, el aislamiento sexual,
la capacidad quimérica de vivir sin su con •
curso, es decir, el suicidio de la especie co mo término de tan absurda evolución.
Pero la superioridad de la especie
humana, consiste en que ella es voluntaria
y racionalmente capaz de vivir para un
ideal desinteresado, en ese sacrificio permanente del bienestar individual a la feli cidad colectiva, que es el fundamento del
progreso social. Así vive la mujer para el
hijo y el hombre para la patria; así es como
únicamente pueden ambos vivir, en el concepto humano de esta palabra, sin estar
sometidos a la fatalidad del instinto. Por lo
mismo que el ser humano puede, con su
voluntad y su inteligencia, modificar el re•
sultado de sus actos a semejanza del animal, la diferencia entre éste y aquél es
absoluta. De ahí proviene la responsabili-

EL PROBLl!MA

FE:lfl_N_rs_TA=------=3:.:..7_

dad_ en cuya virtud somos provechoso~ o
nocivos a la -especie, según sacrifiquemos
o no a las satisfacciones egoístas nuestra
propia actividad.
La suciedad actual padece y se desmorona porque ha erigido en ley suprema el
egoísmo. El error del movimiento feminista, estriba en la creencia de que la emanci pación impuesta a la mujer, su expulsión
del ho~_ar mejor dicho, la d_esíntegración de
la famdn engendrada por una explotación
feroz, comporta un progreso. La mujer que
acepta ese resultado y lo fomenta y propaga ~orno un bien, autoriza su propia degradación. Mas fuera soberanamente injusto
echar sobre ella sola toda la responsabilidad. Ella es, por el contrario, la menos resP?nsable. No ha hecho más que seguir el
eJemplo pernicioso del egoísmo masculino,
aceptar las consecuencias de una situación
que no ha creado. Al faltarle el hogar y el
hombre, su vida carece de objeto. Entonces
en tra a competir en el único género de activid~d que le resta. La ley del egoísmo,
que impera con terrible simplificación, ha
convertido el mundo en un inmenso rebaño
de siervos explotado por unos cuantos pastare~. Hogar, creencias, esperanzas, están
sacrificados a la ley inexorable de vivir a-

�38

EL PROBLEMA FEMINI_ST
_ A_ _ _ _ 39

LEOPOLDO LUGONES

quellos como las bestias de labor, costeando ·con un máx1mun de actividad una existencia reducida al mínimun de las satisfacciones puramente orgánicas, para que los
otros, los privilegiados, gocen correlativamente hasta un exceso nunca visto. Y la
mujer ha caído víctima de esta fatalidad,
como que al no existi_r hogar, creencias ni
esperanzas, su divina misión de fecundidad
y de consuelo, concluye sobre la tierra.
He aquí otro de los grandes crímenes del
orden que los gobiernos representan. pues
aquél consiste, como es sabido, en el sostén
de los privilegi-J s cuya subsistencia determina la constitución de la sociedad actual.
La mujer arrojada de ~u paraíso conviértese en el elemento de disohci6n y de dolor
que preveía la terrible leyenda; entonces el
demonio del orden, monstruo de egoísmo,
corno que es la expresión y el guardián
celoso de aquella calamidad, castiga en la
pobre extraviada las consecuencias de su
propio crímen. La encarcela y martiriza en
esta Inglaterra de los gentlemen, en esta
tierra de libertad, en esta patria de aquel
único William Shakespeare, 'ª cuya dulce
magia eternizáronse en belleza el amor y la
piedad, que personifican como suaves perlas de dolor Oesdémonas y ulietas.

J

Estúpida como siempre, la bestia autoritaria empéñase todavía en justificar la empresa quimérica, en agrandar el abismo de
aisla:n iento que separa los sexos y va convirtiendo la sociedad en una casa de fieras,
inferiores a aquellai; mismas del bosqt.ie.
Porque leones y tigres están sujetos a la ley
de amor, renegada por los humanos como
si fuera un principio de esclavitud, un consenti miento de oprobio. No comprende que
en esa aceptación de su aislamiento, la mujer
som étese todavía a la fatalidad de las instituciones tiránicas, que esa lucha por los derechos políticos P.S un acto de fe en la miserable comedia parlamentaria, una alianza
implícita con el ord~n; y lejos de apreciarlo así, empéñase en desengañar a la víctima,
en precipitarla hacia los desenlaces que no
busca y que están naturalmente fuera del
orde n como todas las actuales aspiraciones
de libertad.
.
Yo no soy un feminista, desde luego.
Entiendo que esta doctrina, lejos de procurar la dignificación de la mujer, sistematiza
el desalojo de su posi : i6n augusta, obligándola a entrar en competencias imposibles
cuyo res.ultado es la corrupción y la miseria.
Por lo mismo que le atribuyo una importancia tan grande, como que sin ella no

�40

LEOPOLDO LUGONES

hay a mi modo de ver, familia ni patri~, su
pretensión de convertirse en una especie de
semihombre, inferior desde luego a su de
chado masculino, me parece la más deplorable de las quimeras. Conforme en que lu che por mejorar su lamentable estado per?
de acuerdo con el hombre que padece analoga. injusticia, y no para áejar de ser mujer, sino para serlo conforme a la l~y de :a~,
monía natural violada por una sociedad tnlcna. El feminismo es una enfermedad socialun mero agente de destrucción. La mujer
no padece por falta de igualdad ni de_derechos políticos que el hombre posee sin ser
más fdiz con ello. Lo que causa su desve n
tura, es, por el contrario, la igualdad· an ~e
la miseria, ante los trabajos de competencia
masculina, ante deberes que no le incumben.
Cuando ella trabaja en el hogar, como esposa y como mad~e, ha ce ~a _parte de la??r
que le concierne, en su max1ma expres1on
de rendimiento útil; porque el hoga r así formado, es el fundamento de la civilización y
de la patria. Sus derechos son de carácter
interno, por que no le compete la vida exterior. Pero en su santuario cerrado, ella
gobierna, que es decir, dirige, con tanta
eficacia como el hombre. El hogar es más
necesario que el parlamento, porque sin

- - - - - -41-

EL PROBLEMA FEllIINIST4

parlamento se puede vivir, pero sin fami-

lia no.

Mas con esto no se niega a la mujer el
derecho de discutir. Como todo ser inteligente, la libertad· de pensar, de propagar,
de equivocarse· también, que sólo errando
se aprende a ~alir del error, es inherente a
su condición humana.
De aquí que toda violencia contra ese
derecho, merezca la más enérgica condenación. La Iucha por la libertad, es respetable
hasta en sus mayores extravíos pues la aspiración que la engendra existe en todos los
corazones como un gérmen de distintiva nobleza humana; y después de todo, la mujer
no deja de ser tal por el hecho de querer
con vertirse en hombre.
El gobierno liberal, que tolera ahora mis.
mo la incitación a la guerra civil predicada
por los legisladores unionistas, se muestra
implacable con esas pobres mujeres cuyo
delito consiste en querer votar sometidas a
la ley, como cualquier ciudadano obedien.
te y tranquilo. Es que aquello forma parte
de la política, vale decir del orden de cosas
que los gobernantes explotan en su provecho, y que por lo tanto les resulta infinita.
mente respetable; pues de este modo es co-

�LEOPOLDO LUOONES

42

mo entienden los políticos la consabida. cantilena del bien público.
Todo ello no será obstáculo para que las
sufraguistas consigan su_ pr_opósito. ~sto ~ad a remediará, pero es ciertamente 111ev1tab1e. Tengo observado que entre los propagandistas dominicales del Hyde Park, s
oradoras reunen el auditorio · más nutrido.
El día que puedan votar, sus adheren tes,
desenO'añadas de la falacia poHtica, habrá
consú~ado el desengaño público respec
a ese ídolo infantil y vano cuyo vientre i
fiado de boletas pare siempre el mismo r
tó:.. Bajo este concepto, es preferible qo
lo consigan cuanto antes. La política se po~
drá más divertida, lo cual no· es poco decir.
tratándose de prof~sión tan ingrata para
pueblo que la costea.
Londres. 1913

EL JARDIN VENENOSO

e

l suic_idio involuntario de una damisela
prostituta y borracha quien se fué de la
mano en sus habituales dosis eterómanas
ha inspirado a la prensa de París tal canti~
dad de crónicas,comentarios y grabados, que
durante una semana fué dicha persona una
heroína de leyenda. Todos lo_s diarios, des~e el_ más casquivano hasta el más grave,
rivalizaron en celo para informar a sus lectores sobre aq_uel drama repugnante y vulgar; pues lo cierto es que hasta en el mundo_ del ·vicio, los eterómanos son ya persoD~Jes cursis. Pero lo más singular es que
ningun a de las publicaciones en ·cuestión
!uvo un ~ palabra de comentario para la
1nmoral1dad del asunto, consecuencia de
una desastrada vida, hecha andrajos por la
más t?rl?e degradación a la juvenil edJa
de veintidós años. Ninguna evidenció como
serfa_ útil, el horror de esas caídas que
convierten un ser humano, desde las misnt¡¡s puertas de la infancia, en pozo de
deyecciones a tarifa, acumulando sobre

�44

LEOPOLDO LUGONES

esta suprema infamia l?s vicio_s _mortíferos cuyo efecto presenciamos dtanamente.
Abundaron, por el contrario, los detalles
gratos al ejerciéio de la carrera que ejercía
la persona en cuestión, desde su estreno
infantil, celebrado por la literatura pornográfica a la cual debió fama y seudónimo,
hasta su "colocación" eventual en manos
de tal o cuai personaje, sus instalaciones
fastuosas, su elegancia irreprochable, su
espiritualidad celebrada y hasta su especialidad en bailar el tango completamente desnuda. El mismo vicio que la ha llevado al
sepulcro, resultaba elegante manía, paraíso
artificial lleno de dulces tentaciones en su
propio riesgo; su muerte, extinción poética
de doncella tendida entre flores-pues así
la describían-rodeada de coronas valiosas,
visitada por numerosa concurrencia de personas elegantes entre las cuales no faltaban
los indispensables argentinos...
La propaganda y el respeto del vicio resaltaban en toda aquella información. Notábase un verdadero interés por presentar
la carrera infame de la her'ofna bajo los
rasgos más halagüeños y divertidos, sin
una sombra, sin un desagrado, antes con
exajeración favorable como aquella relatia a su inteligencia y espiritualidad; pues

t;:L l'RO:l!Lt;:MA FEMINISTA

45

cualquiera deducirá el estado intelectual
de una persona entregada desde los trece
años al ejercicio de la prostitución y al
abuso del éter.
Y no se crea que la prensa aprovechaba
el incidente, como suele a veces acontecer,
por falta de noticias interesantes. Abundaban éstas, por el contrario, tanto en lo relativo a los asuntos balcánicos que amenazan embrollarse de nuevo, como en lo que
respecta a los disturbi~s irland~~es o a las
recientes grandes mantobras mtlttares. Por
esto mismo la extraordinaria publicidad
acordada al caso en cuestión, adquiere una
deplorable importancia.
Fácil es inferir los estragos que causará .
entre las muchachas pobres a quienes la
miseria y las tentaciones de la gran capi~al
i'ncitan a traficar con sus encantos. La misma muerte de la cortesana, vista a través
de esas crónicas, adquiere un romanticismo
trastornador para las imaginaciones juveniles. La pornografía ha abandonado ya
aquel argumento hipócrita en c~ya vi_rtud
describía la inmoralidad para est1gmat1zarla con filosofías que resultaban inoficiosas
o necias. Y es que el vicio, al tener por atmósfera natural el escándalo, no reconoce
otros correctivos eficaces que la incomuni-

�_46=--'------

LEOPOLDO LUGONÉS

caci6n y el silencio. La exhibición, yor ,i~famante que sea, tórnalo, al contrario, c1n1co y audaz. Es él quien tri?~fa en aquéll a,
poniéndola luego a su serv1c10. ·
_
Ahora bien, todo esto causa un ,fano
enorme a la moralidad interna y al presti•
gio exterior de la Francia. Sus verdaderos
amigos, los que no la queremos para gozarla como a una meretriz, según lo piensa y
practica la clientela del bnlevar, sino para
amarla mejor en la intimidad de su noble
espíritu, observamos con pena esas demasías que tampoco podemos callar sin mengua de la verdad debida a nuestros propios
países. Porque su influencia es tan poder~. sa, que habemos menester combatirla sm
descanso en cuanto pueda resultarnos perjudicial.
·
.
. . .
Suelen los franceses decir que la op1016n
del extranjero inspírase sobretodo en la
novela de exportación. Pero la prensa de
París no está escrita con ese objeto; y cuan·
do la vemos emprender con tanto ahinco
la apoteosis de la cortesana, debemos suponer que sus lectores lo exigen o que ella
padece el más lamentable error.
De ahí resulta que la libertad de espíritu
tienda a confundirse con el desenfreno,
justificando la moral represiva de absolutB·

1':L PROBLEMA FEMINifTA

47

tas y clericales; que el vicio constituya una
señal de distinción, que los individu.os
ingenuos disfracen su pobreza espiritual
con la arriesgada frecuencia de los peores
espectáculos, en los cuales creen saturarse
de esencia ultra parisina. El lucro inmediato
que se realiza con semejante clase de extranjeros, redunda en perjnicio incalculable
para el prestigio francés, pues como los
dichos son la mayoría, y sobretodo la mayoría que hace ruido, tienden naturalmente
a generalizar para la nación entera los re~
sultad os de su experiencia deplorable; con
lo cual sufre detrimento aquello mismo
que constituye la verdadera superioridad
fra ncesa.
He dicho el lucro, y aquí está la verda.
dera razón del extravío comentado. La
cortesana empezó, efectivamente, por imponerse al comercio, en vista de ser ella
quien más y con mayor desprendimiento
gasta y hace gastar; lo ·que en una civilización tiránicamente dominada por el comercio, es motivo de éxito respetable. Bastaría esta circunstancia para caracterizar
le1 bajeza. de semejante civilización, demostrando, por otra parte, fa superioridad de
aquellos principios que no dan provecho
material, pero sí honra y nobleza de espí-

�48

LEoPOLDO LUGONES

ritu; pues como no me cansaré de afirmarlo las verdaderas excelencias de la Yida
e~tán dentro de nosotros, constituyendo
dominio privado en el cual solamente se
dignifica criando alas de espíritu la fiera
bestia carnal. De este modo, no hay comparación posible entre las satisfaccio11es
materiales de la cortesana, y la suave serenidad espiritual que constituye la dicha
de las puras; mas esto requiere enseñanza,
para que cada ser humano aprenda a gozar de su alma, y no se muera como l~_s
paralíticos, sin haber paseado su propio
jardín. No hay comparación posible, repito, entre una y otra cosa, porque son de
calidad diversa, de combinación impracticable; estribando en esto que la inocencia
no desee al vicio, como éste, a su vez, la
desdeña. Mas cuando la enseñanza consiste, al contrario, en fomentar y elogiar tan
sólo los éxitos materiales, la satisfacción
interior desaparece, la moral no es ya un
estado de conciencia, sino ur.a cadena, y
la fiera así contenida aumenta, como es
sabido, en ferocidad. Las revoluciones más
sangrientas han demostrado cómo educan
en realidad los principios que ellas renega•
ron. Sus siniestros agentes son, desde luego, productos del régimen caído.

EL PROBLEMA FEMINISTA

49

. ~n esto_ c~nsiste el peligro profundo del
v1c;10 ~mn1st1ado ayer, glorificado ahora.
lmpos1ble, entretanto, capitular con el vicio; no porque Dios o las conven iencias·
sociales lo manden, sino porque aquél,
como todo abuso de la vida, atenta contra
la vida misma. En este concepto inconmovible y verdaderamente humano de la mor~!,_ concílianse todas las opiniones. El
v1c10 es malo, no en virtud de mandamientos divinos~ de las leyes humanas, sino
por9ue sacrifica a una actividad parcial de
la vida toda esta compleja función, engendrando con el exceso de placeres materiales, enfermedad, miseria, ruina, embrutecimiento, cobardía, esterilidad.
A c~usa de que la moral no significaba
eso, siendo una expresión despótica del
dogma de obediencia, sólo había de producir inmoralidad. Y es lo que pasa. Conforme a un símil famoso, esas mismas damiselas son en su brillante frivolidad, en su
vag~bundo casquivano, de apariencia despreciable? bala_~í, las moscas azules, agentes ~e d_1soluc1on cadavérica. Van por
doquier, 1ofestándolo todo. Las mujeres
hon radas entran a competir con ellas; el
teatro y la literatura revisten de especiosa
alcorza su sexcesos. Esto nada significa

�50

LEOPOtDO LUGONES

para el observador de pacotilla literaria, el
necio que disfraza de elegancia su escasez
mental, el mtntecato c11ya superioridad
escéptica es con mucha frecuencia un ardid de encubridor; pero si bien se mira,
siendo el objeto de la civilización, en sus
tres cuartas partes, el bienestar de la mujer, las peores calamidades que la amenazan provienen también de esta última. Civilizar, significa organizar progresivamente
la vida civil cuyo fundamento y objeto definitivo es la instalación, la seguridad, la
mejora del hogar. Sin éste, no existe la
civilización; y nadie ignora que el hogar
es el santuario levantado por el hombre a
la madre y a la esposa.
Ah ora bien, la cortesana es por excelencia el enemigo del hogar; d.e suerte que
cuando su influencia predomina, peligra
con éste la civilización.
Basta observar lo que al respecto enseñan esas grandes reuniones mundanas,
donde por las audacias del traje y de las
maneras es cada vez más difícil diferenciar
a la dama de la meretriz. El lujo excede
ya en aquellas mujeres los más famosos
caprichos de las reinas antiguas. Cada una
consume, transformado en dinero, el trabajo de millares de hombres. Son las es-

. EL PROBLEMA FEMINISTA

51

posas y las mancebas de este banque:º'
aquel ministro, esotro potentado de la 10dustria o del comercio: los que gobiernan,
en una palabra. Cada año, cada día, sus
mujeres exigen más lujo para esa áspera
competencia material, que al revés de la
distinción del alma, encanalla . igualando
bajo idéntico atavío la infamia y el decoro.
La explotación de los hombres que producen la riqueza no puede cesar, ni atenuarse,
ni inspirar lástima siquiera, pues cómo ha
de vacilar el explotador, entre la satisfacción de la bien amada y los dolores de la
anónima cuadrilla que le suda oro en la
sombra. Pero el prodigioso aumento de
los tesoros a cuya producción sacrifica el
hombre lo mejor de su inteligencia, tampoco basta. Entonces es menester emplear
los métodos bárbaros del despojo a la
fuerza, y la guerra inicia su negocio siniestro. Para saber qué se hace de sus productos no ocurramos a la morada del pobre
diablo, soldado heroico ayer, trabajador
servil ahora, como anteayer y como ma~
ñana. Este, a lo sumo, tendrá laureles,
sin contar el glorioso aditamento de un
brazo inútil o una pierna rota. Los palacios
de los potentados, el lujo de sus mujeres,
nos revelarán el secreto. No sino para esto

�52

LEOt&gt;OLDO LUGONES

se negocia con los instrumentos de matar
y con la sangre humana que vierten.
El hogar obrero, destruido a su vez por
la explotación despiadada, que no reco_n?ce edad ni sexo, aumenta con su desqu1c10
los elementos de la prostitución y del crimen. De ahí salen las moscas azules- que
propagan por todas partes la podredumbre. Estimularla es agravar y acelerar la
sangrienta crisis que, amos y siervos, nos
arroja unos contra otros.
.
Insistamos, pues, en nuestro decente silencio sobre ciertos delitos y ciertas famas
lamentables. País joven y sano, pero también llamado a realizar enormes esfuerzos,
si ha de ocupar con el poderío que soñamos su puesto entre las naciones, irremediable sería el despilfarro de su juventud
en la malhadada imitación de tales excesos. La justificación del vicio a título de
refinada distinción, fué en todo tiempo
un ardid de las aristocracias corrompidas.
Teugamos el sano orgullo de nuestra sa1ud
democrática. Nada n,ás necio y ridícu 1o
que esa pretensión de hacerse a París, frecuentando sus tabernas y sus mujerzuelas.
Quienes así proceuen, sólo demuestran la
clase d e París qu e les corresponde. No es
el foco luminoso, gloria y espera1~za de la

EL PROBLEMA

FEM!NTSTA

53

humanidad, quien tiene la culpa. A él acuden juntamente el sabio en su vigilia, y en
su vagancia el insecto. Sólo que uno saca
provecho de su luz, mientras el otro se
tuesta aturdidamente en ella.
Hay dos m odos de conocer París. U no
que comienza a las once de la noche, tomando por hito las aspas del Moulin Rouge, para rematar a las siete de la mañana
el peregrino, ahito de explota~ión desvergonzada, de lubricidad grosera, de vergüenza ante su pro.pía estupidez, de tango,
de c?ampagne caro y mediocre; otro que
empieza a las ocho de la mañana, constituyen do la jornada habitual de todo hombre
laborioso. Añadiré que es este el de los
grandes y profundos encantos. En París y
en todas partes, no hay compañero como
el sol.
Mientras tanto es deplorable que en todos estos escándalos ruidosos figura la
clientela argentina como elemento indispensable. La crónica mencionaba singularmente a los individuos de nuestra nacionalidad en el cortejo de la damisela· suicida.
Esto nos pondrá_ de moda, pero a costa de
nuestro buen nombre, más apreciable, sin
duda, que la notoriedad. Basta y sobra
con el tango, cuyo carácter y procedencia

�55

LEOPOLDO LUGONES

EL PROBLEMA FEMINISTA

nadie ignora, pero que sirve para justificar
la desvergüenza so pretexto de exotismo.
Pues muchas personas, generalmente más
necias que corrompidas subordinan el decoro a su situación geográfica. Así, a los
tangueros de por acá, que para deshonra
nuestra justifican con el rótulo arge~tino
su inn c ble coreografía, corresponden muchas curiosas de por allá, que so pretexto
de exotismo a su vez, y haciendo gala de
altanera despreocupación, presencian espectácu1os enteramente inaceptab~es para
una mujer honrada.
El pretexto de q!le eso es conocer las
cosas de París, constituye una hipocresía
miserable. Todo el mundo sabe lo que se
puede conocer en ciertos medios, así como
lo que el pudor no puede conocer sin
mancharse. Nadie, sin estar predispuesto
va a engañarse con el rótulo de "artístico''
puesto por algunos espectáculos a los llamados "desfiles de modelos" que no son
sino desv ergonzada5 exhibiciones de desnudez, ni concurrir so pretexto de una rareza, que no es sino extravagante tontería,
a los famosos "cabarets" donde reinan notorios el alcohol y la prostitución. Hay
señoras argentinas que van, sin embargo,
allá; y cumple a la más alta cortesía varo-

nil decirles que se deshonran ·con ello. No
les vale la habitual absurda pretensión de
ser casadas. El estado de matrimonio exige un pudor todavía más intransigente que
el de la virginidad; pues si la soltera no
compromete más que a su persona, la esposa mancha cuando falta, a su marido y
sus hijos. Aho ra bien: el pudor es virtud
de tal naturaleza, que nunca queda enteramente ileso al contacto voluntario de_la
infamia. No discuto, por ej ~mplo, la inte·
gridad corporal de las esposas, que frecuentan un teatro consagrado a la glorifi.
cación del adulterio; pero sé que sus almas,
o sea lo más interesante en verdad, no
pueden quedar tranquilas después de haber presenciado espectáculos semejantes y
el hecho mismo de que los soporten por
mal entendida vanagloria de cultura extranjera, es ya un indicio de detrimento
moral. Cuánto más no ha de serlo la contemplación de escenas directamente encaminadas a la pr~ctica del vicio .
. Por este camino se va pronto muy lejos.
Siempre recordaré a propósito la patrióti
ca indignación co n que un amigo me decía
haber enconcrado en cierto hotel de Niza
rodeando una mesa de juego, 4 ó 5 señoras interpoladas con otras tantas c;ortesa•

54

�56

LEOPOLDO LUGONES

nas, por ellas mismas conocidas como tales, en una verdadera intimidad de tertulia.
No quiero, naturalmente, presenciar detalles; pero este recuerdo me da pie para una
advertencia necesaria. Es un error atenerse al otro conocido pretexto de que en el
extranjero nadie nos conoce: socorrida autorización, por otra parte, pues para man·
tener el imperio de la ley de honor, basta
conocerse uno mismo. Hay quienes ven y
aumentan más de lo que pudiera creerse.
Afortunadamente, nuestras costumbres,
imponen todavía su noble severidad allá
en la patria que ojalá nunca las pierda.
Pero no conviene arriesgarse demasiado,
y d-icha advertencia concierne sobre todo
a las gentes de más alta posición social,
porque suya es la responsabilidad en la
materia. Mientras el país conserve intacta
esa facultad de reaccionar, tendrá vida
sana y carácter propio. El tesoro ·más precioso de la patria es la honra de sus muje- ·
res. Y por de contado que no concibo esta ·
virtud como un resguardo material, sino
como aquella integridad de alma y cuerpo
cuyo símbolo pusieron los poetas en el
aroma de la flor; de tal suerte que aun
hallándose invisibles la flor y el alma, están perfuman~o en torno por emanación

EL PROBLUIA

FF.:\l INISTA

57

natural de su ser. Las mujeres argentinas
cometen el más grande error, cuando modifican o disimulan con arreglo a tipo extranjero su personalidad tan llena de hermosura y de nobleza. Y esto, aun en los
pequeños detalles. He visto más de una
vez por los vestíbulos de los grandes ho -.
teles, señoritas argentinas, que en ingenuo
remedo de las parisienses de figurín habían aprendido a caminar como los maniquíes vivos de los grandes costureros. Semejante costumbre, causábame la peor
impresión, pues aquel paso constituye en
la calle una gracia equívoca que evitan las
personan dece ntes. Ahora poco, encontré
de nuevo algunas de esas mismas señoritas de Buenos Aires. Ya no caminaban así.
Habían tomado de nuevo el porte gracioso y distinguido que tan noblemente caracteriza a la porteña; y puedo asegurarles en nombre de la estética, que estab an mucho mejor. El padre Horacio, auto·
ridad en la materia, llama'' decentes" a las
Gracias....

�EL PROBLEMA FEMINISTA

El MERCADO DE LA MISERIA

e

s difícil concebir lección de cosas más,
terrible qne una visita a las ferias de
reventas autorizadas en todas las grandes
capitales para el comercio de viejo, o mejor dicho, para el mercado de la miseria;
pues no otra cosa significa esa valorización de los más innobles desechos, codiciados y adquiridos por criaturas humanas
cuya condición resulta más degradada todavía.
·
La sociedad, sin saberlo, ni quererlo,
por la propia fatalidad lógica del móvil
que principalmente la impulsa, viene, así,
a juzgarse y a sentenciarse. Después de
haber erigido en principio fundamental el
comercio, vése obligada a respetarlo bajo
sus aspectos más innobks, con tal que
ellos comporten una transubstanciación en
dinero; pues este elemento, al igual del
fuego sagrado, todo lo purifica y ennoblece. Fuera tiránic0, sin dud'I, impedir que
el propietario de una ropa usada o de un

59

sombrero viejo los venda exactamente como hacen con sus artículos el joyero y el
modisto de la Rue de la Paix; pues una
vez reducidas a dinero esas prendas, quedan ya igualadas bajo el mismo respetable
denominador, al no existir diferencia de
calidad entre la moneda del opulento y la
del miserable. Un franco vale lo mismo en
mano del señor y en la de su lacayo. Por
eso tienen inevitablemente un espíritu inferior la colectividad o el individuo que
regulan bajo el patrón de la fortuna su
respeto y su menosprecio. La fórmula del
cuánto tieni-:s tanto vales, es un dogma
comercial, sin duda, pero no representa
ninguna excelencia humana. Por el contrario, entre los valores que constituyen este
estado superior, y los que el comercio
aprecia, existe una incompatibilidaq completa. Valor es, en efecto, sinónimo de
precio en materia comercial; mientras en
material moral, los valores se caracterizan
por no tenerlo. Nada valen en dinero; y al
mismo tiempo todo el dinero del mundo
no alcanzaría para comprarlos. Las sociedades que olvidan esto. y es el caso de la
actual, son colectividades inicuas y tristes,
donde la felicidad hállase substituida por
el placer, el respeto por el miedo, el amor

�60

L~OPOLDO LUGONES

de la libertad por _la concupiscencia de la
tiranía. En vano la democracia ha intentado remediarlo. Sólo ha conseguido substituir las tiranías personales por el despotismo, quizá peor, de la masa. El estado
de esclavitud material y moral en que el
soberano democrático se encuentra, ha variado tan poco desde los tiempos dé la
esclavitud legal, que por el camino de la
política deberá contar con su par de millones de.años para conseguir una diferencia
apreciable. A la vista de esos mercados de
la mise.ria, como el que recorrí hace pocos
días en los alrededores de la plaza de
Italia, no puede uno menos de reflexionar
sobre esta cosa siniestra de la historia: el
progreso no es para los miserables. Resulta increíble lo poco que ha variado la vida
pa:ra el pobre en los dos mil años de nuestra civilización cristiana. Quien vea en su
tabuco de Londres, de París o de Buenos
Aires al zapatero remendón, al tachero, a
la costurera; en su pescante al cochero, en
su chalupa al pescador, habrá contemplado
exactamente las mismas imágenes de la
Roma cesárea. El traje, el calzado, la comida son casi los mismos. El hombre de
cultura media lo ignora, porque está acostumbrado a considerar la antigüedad clá-

EL PROBLEMA. FEMINISTA.

61

sica bajo una falsa idea de museo escultórico. Si se le enseñara la historia como es,
vería que la misma injusticia abarca todos
los ramos de la actividad humana. Pero
esto resultaría incómodo para los moralistas felices que predican el encanto del
dogma de obediencia. Todos hemos asisti do en nuestros libritos de lectura primaria
a la consabida escena en que el niño rico
y anémico encuentra" dur_ante un paseo
por la campaña al rozagante labradorcillo
que le ofrece huevos frescos y flores, repleto de salud, aunque no tiene vestidos
lujosos, juguetes caros ni carroza: todo
ello para sacar en consecuencia que el
campesino pobre disfruta una condición
superior a la del ciudadano rico, y debe,
por lo tanto resignarse a su suerte. Mas,
fuera de que hasta hoy no se ha visto un
rico de la ciudad trocar sus "detestables"
millones y su "pompa engañosa" por las
"delicias" de la miseria labriega, mientras
abundan los campesinos que han hecho y
aspiran muy justamente a hacer lo contrario,
las estadísticas están ahí enseñándonos que
la mortalidad infantil es mucho más numerosa en la campaña.
Al mismo género de mentiras pertenece ·
la aserción en cuya virtud los beneficios

�tEOPOLDO LUGONES

de la ciencia permiten vivir al ganapán
contemporáneo en mejores condiciones que
el señor de la Edad Media; pues mientras
hoy, como ayer, aquél tra~aja con e~ceso
para ganarse una mísera v ida, padeciendo
frío, hambre, desnudez, el barón no trabajaba, vivía harto, disfrutaba de todas las
corr.odidades existentes entonces, o sea de
las únicas que podía apetecer, resultan?º
así, entre su vida y la del mísero, la misma diferencia de ahora.
No falta en ningún hogar miserable de
nuestras ciudades el candil de botella en el
cual sobrenada un poco de aceite que embebe un pábilo aboquillado, como mecha
por un tubito de metal. Los pobres de la ·
Roma cesárea, conocían igual utensilio. El
fuego invernal de millares de casas inglesas está alimentado por la misma turba hedionda y fuliginosa que encendían, con
igual objeto los primitivos británicos. &lt;;uando examinamos los documentos antiguos,
como aquella famosa tarifa de Diocledano
y las diversas estimaciones que hacen sobre
los precios convenientes y sobre los salarios muchas leyes romanas, sorpréndenos,
en verdad, la diferencia escasísima del costo entre aquello y n nestros artícul~s de
limentación. La naturaleza y la cahdada

EL PROBLE'.MA FBMINIS'l'A

63

d~ éstos, tampoco ha variado; si alguna
diferencia apreciable existe, es en contra,
debido a la perfección científica de nuestras falsificaciones. Todo lo cual no significa en ningún modo cantar "las delicias del
tiempo viejo". Por el contrario, para el pobre, tode,s los tiempos han sido igualmente
malos. No hay, en consecuencia, sino un
medio de abolir la iniquidad, y es suprimir
la miseria. Mientras exista este azote el
mismo progreso resulta una maldición ~ara la mayoría de la humanidad, puesto que
multiplicando los medios de mejorar la vida, no sabe tornarlos accesibles a quienes
más los necesitan.
¡Abolir la miseria! Los ilusos que esto
con_cib 7n_ por 1;1edio de las famosas leyes
de JUSt1c1a
social, y como obra de oo-obiernc'
,
d e b enan pasear un momento por esos mercados siniestros que las grandes capitales
no se avergüenzan de exponer a pleno sol.
Entonces verificarían cómo el cimiento de
iniquidad y de miseria en que la sociedad
descansa ha permanecido inconmovible, a
la. manera ~e una. estructura geológica,
mientras vanaba, feliz y engañoso, el revoque superficial.
La aludida feria de la Avenue d'Italie, o
el mercado de comestibles horrorosos que

�64

LEOPOLDO LUGONES

he visto e_fectuarse en"tre la niebla y el lodo de la callejuela de . Whitechapel, es
una evocación viviente de las suburras y de
los ''ghettos". Podría aplicársele punto por
punto la noticia romana o la crónica medioeval. La gente que circula por ellos, está revelando iqéntica supervivencia de barbarie.
Sus facciones expresan con una especie de
dolorosa brutalidad, el tipo primitivo de la
raza. Abundan lo's craneos y las mandíbulas que en la craneología de los museos
caracterizan a la humanidad de las cavernas. Entre la basura de las callejuelas
sórdidas aquellos individuos causan la im. presión de ser basura a su vez. Recuerdo
haber andado horas y horas por Whitechapel, sin encontrar una sola persona
cuyo traje no indicara la doble o triple reventa. El mercado de pingajos tiene en
París centros importantes, lo cual revela
el crecido número de gente que se viste
con ellos: así los contornos de Saint Severin, el centro del Marais, la isla de San
Luis, la zona trasera del Panteón y los alrededores de la plaza de Italia.
La feria de· esos artículos desarr6Ilase
sobre más de un kilómetro de calle, en la
avenida del mismo nombre. El calzado viejo y los comestibles forman los más abun-

EL PROBLEMA FEMINISTA

65

dantes renglones: medias remendadas tres
o cuatro veces, hasta haber perdido comp_l_etamente el pie, botines igualmente traSIJados; y entre los alimenticios un cajón
de azúcar negro como la arena mojada
que hierve literalmente de moscas. La can~
tida_d de conejos colgados en los puestos
sug1e~e a un compañero ocurrente, esta
reflex16n: "conejos usados.... en experienciencias científicas"; pues efectivamente,
estarrics en un barrio de hospitales. El más
c~rcano e_s el hospicio d; Bicétre cuya siniestra clientela proporciona, según se ve
de un visitante a la feria. En otro puesto
. venden llaves viejas, cerraduras falseadas
llamadores rotos, bisagras y alcayatas des~
parejas. En otros, abanicos del mismo
jáez, y esta mercancía sórdida entre todos:
pelo postizo, de suciedad sospechosa, descoiorido, opaco, sugerente de miseria y de
cmnen. Hacen macabra compañía, las dentaduras con sus cepillos correspondientes,
los aparatos de ortopedia y de otros tratamientos, fatigados hasta la ruina por el
uso de personas diversas.
Si me atrevo a insistir sobre estos detalles es para que se aprecie con la debida
alarma el inmenso peligro de contagio implícito en la tolerancia de semejante co-

�6é

tEOPOLDO LUGONES

EL PROBLEMA PE)IINTSTA

mercio. Toda ciudad rica y moderna como
las nuestras debe prohibirlo con tiempo,
inexorablemente; porque una vez establecido caerá bajo la protección que disfruta
]a: propiedad. Esto para no mencionar la
degradación que semejantes transacciones
fomentan en comerciantes y compradores,
puesto que a la sociedad mercantiliz_ada
poco le importa los valores morales. Quien
vende o compra pingajos, acabará necesariamente pl'r degradarse, pues semejante
hábito de satisfacer sus necesidades le
acostumbrará a la vida innoble, aboliendo
en su ser toda idea de mejoramiento viril;
y como ese kilómetro de feria copiosa re- .
vela con claridad no menos la extensión de
tal comercio qu.e el número de su clientela,
el resultado es positivamente horrible.
Y sin embargo, esa triste humanidad
del tugurio posee esencialmente todos los
sentimientos nobles, todos los gérmenes
de reacción superior que constituyen y
exaltan la dignidad.
Aquellos siniestros abalorios y adornos
de desecho, aquellos postizos lúgubres, re\'elan un resto de coquetería, una preocupación de belleza que la más dura miseria
no ·ha alcanzado a abolir. La tarea de
agradar es un acto solidario, en el cual va

'

67

implícito el encanto más delicado de las
~elaciones sociales. Del propio modo los
Juguetes, que ~amLién los hay, indican
en esos desgraciados una supervivencia de
ternura paterna, ciertamente conmovedora
?ado lo terrible de su condición. ¡Y qué
Juguetes! Muñecos de palo, toscos perendengues exactameute análogos a los que
hallamos en las tumbas prehistóricas o en
man.os de los indios. :E:l progreso, que ha
realizado tantas maravillas en la materia,
tampoco alcanzó hasta los juguetes de los
pequeños miserables. Para hallar mama rrachos tan primitivos como los que he visto en Whitechapel y en la Avenue d'ltalie
hay que ir a los museos etnográficos, a lo~
bosques centrales de Africa y de América.
De ta! m_odo, mantenida y fomentada
por la m1sena, está la barbarie en el seno
de 1~ civilización. ¡Y esta pretende todavía
castigar con. l_as mismas leyes, o imponer
la responsab1ltdad de los mismos derechos
.a.esos primi_tivos y retardados de sus propios su~urb10s! Injusticia tan estúpida no
puede smo engendrar las más ciegas reacciones de venganza.
Así se explica la exclusividad con que
predomina en el barrio la prensa de combate cuya argumentación torpe y brutal

�68

_ _ __

Ll:OPOLDO Lt:GONES _ _ _ _ _

EL PROBLEMA FC_MJN_IS_T_A_ _ _ _.;;.:69~

_

excita las indignaciones de la gente delicada. Así se comprende cómo entre los
habitantes de una misma ciudad pueden
mediár abismos pasionales y psicológicos.
En semejantes medios no se concibe otra
reacción \'iril que el odio, otra reivindicación que el despojo violento.
Las clases gobernantes mantiene_n en
ellos el orden a la fuerza, la moral del terror, pero no la justicia. De esto no pueden jactarse el absolutismo ni la democracia. Y mientras la sociedad siga prosperando sobre estos fondos de miseria, de
barbarie, de contaminación, de lodo humano, en una palabra, su solidez será muy
discutible. Por otra parte, esas basuras son
combustible de volcán. Un día fomentan y
estallan. Y contra toda lógica, contra toda
conclusión filosófica o científica, descúbrese que, en esas ciegas reacciones está el
único progreso positivo de la humanidad.
La evolución es siempre un movimiento
circular. Sólo la revolución avanza o retrocede, porque es un desplazamiento de los
centros normales que determinan la actividad evolutiva, conservadora de suyo.
Las revoluciones son buenas y malas, como todo en este mundo; pero el bien de

la li~ertad col_e ctiva sólo es asequible por
medio de la revolución.
Hay que abolir la miseria, esto es evidente, si la civil_ización va a reinar alguna
vez ~obre la t1err~. Pero ello equivale
ta?'b1én a hacer sa1tar en pedazos los cimientos de la sociedad. Abolir la miseria
e_s cambiar la constitución social en lo que
tiene de más inamovible; y he aquí lo
que pensaba el fi16sofo, mientras iba contemplando aquella feria donde las sórdidas
carnazas, los innobles pingajos, la quincallería residual, sugerían, derramadas sobre
las aceras l!enas de sol, la idea de recientes bocanadas de metralla.
París. 1913.

�INDICE
Páginas
APRECIACION •..•••• , • • ••• •• ••••••••• •, • • • .•• • • •, • • • • • • • •

3

EL PROBLEMA FEMINISTA... • • . • . . • . • • • • • . • . • • • . . • . ••• •

9

NUEVAS VICTIMAS DEL ORDEN • •• ••• •• ,.... ... ....... ...

32

EL JARD!N VENENOSO ........... , ....... , . • •• , •• ,.......

43

EL MERCADO DE LA MISERIA ...•••• ••• . . • •• , . . . .• . . . . • •

58

�A~TORES MEXICANOS MODERNOS
(E DJCJOXES P O!l&amp;t.A)
Enrique Gtm:álti ,Varline:: -

-

Los senderos ocultos {Poesfas) .•• . . . . . . . •..... ,(//, t , 50

La muerte del cisne \Poesías) •.•••• • • • .•••.•.. (J/,

l

50

1
1.

50
50

2

00

Problemas filosóficos . ,.. . . . .... . . . .. . . &lt;Jt
r;nriqut F"nd,rdtz GratUJt/c,s: - Mirtos (Poeslas) • . . ..... C!t

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                    <text>eeLEeeieN 1\RIEL
euaderao c,c,

Noviembre 15

J05E ENRIQUE RODO.... El Centenario de Cervnntes.
ANTONIO MACHADO..... Por tierras de Alvargonzález.
P. HEXRIQUEZ UREÑA. .• La poeslade Enrique Gon2:Uez
Martínet.
J LAGOS LISBOA.......... Lavandera.
CORNELIO HISPANO:..... Los templos.
ENRIQUE FERNANDEZ G. Poeslas.
APOSTILLAS.

191S

SAN JOSE DE

COSTA RICA.- C. A.

Imprenta Greftas

��COLI-CCCION

(!E)LE(!(!IE)N 1\RIEL

A.RIEL

REPERTORIO HISPANO-AMERICANO
PUBLlC.!DO EN CUADERNOS QUINCENALES, POR

J. G11RelA MeNGB
S7'N J8SB DB eesTa Rlea. e. JI.

El CENTENARIO DE CERVANTES

Condiciones,
La aerle de 12 cudernoa ( en Coata Blr.a) : &lt;!t 3.00.
La serle de 12 eaader■os ( e■ el Extralljero); $ 2 .00 oro am.

:u.ero auelto : &lt;!l, 0.25
768 pll.ginas,
doa llbroa de Hco«lda, nrlada r reeoaronaatAI llhratara
POR. TRES COLONES

ESPAÑA
El número de "ESPA&amp;A" correspondiente al jueves último, lleva estos trabajos: SE VAN, SF: VAN, por
J os(; Ortega y Gasset; Los PROBLEllAS DEL BACHILLE·
RATO, por L. de Hoyos; EL E SCULTOR JULIO ANTONIO,
por Juan de la Encina; CR1s·m1A DE SUECIA, por R.
Pérez de Ayala y Los Es l'A.SOLES PINTADOS POR ~í Mis·
l!OS, por Antonio Zozaya.
En l:i parte gráfica destacan los retratos de TODAS
LAS PRIMERAS AC'l' RICES que actuarán en Madrid esta
temporada, el de Lr.OYD GEORG E con su semblanza, una
curiosa fotografía en que aparecen juntos EL KAIS ER
y FEI,Il'E u, una divertida historieta de Bagaría y la
página en colores por Moya del Pino.
Precio del númeo DIEZ CÉNTIMOS. En la Li•
brería de la Srra. v. de Lines.

e

SPAÑA se dis pone a celebra r, dent ro de pocos
meses, * el centenario de la mu erte de Miguel
de Cervantes. Un centen ario más, como el de Calderón y el de Velázquez- ocasion es, no m uy lejanas, de fiestas semejantes,-no im portaría gran
cosa. Las solemnidades de la pompa oficial, las declamacion es de la vanida d oratoria , los re buscos de
la erudición pedantesca, b astarían para mantener
el consecuente ritual de conmemoraciones de esa
especie. Pero debe fiarse en que la sugestión y el
estímulo de la oportunidad enciendan en el alma
de la j uventu d española- donde hay prometedoras potencias de meditación y poesfa,-la inspiración q ue concrete en estudio, poema u obra de
arle, la grande ofrenda que aun debe España a
su más alto representante espiritual, que fué a la
vez el mayor prosista del Renacimiento, y el más
maravilloso creador de caracteres humanos que
pueda oponer el genio latino al excelso nombre
de Shakespeare.
•

En elmes de Abril de 1916. (N. del D,)

~--a-,-a~L'""'.l~O~T;.-;;E~C~A:-;C~E~NM1TrRR~A;:¡:L~--\

IL-------~u.~A.~N.::.::'-~----

�2

JOSÉ ENR1QUE RODÓ

La ocasión obliga, con igual imperio, a esta
América nuestra. El sentimiento del pasado original, el sentimiento de la raza y de la filiación
histórica, nunca se representarían mejor para la
América de habla castellana que en la figura de
Cervantes. Cualesquiera que sean las modificaciones profundas que al núcleo de civilización
heredado ha impuesto nuestra fuerza de asimilación Y de progreso; cualesquiera que hayan de
ser en el porvenir los desenvolvimientos originales de nuestra cultura, es indudable que nunca
podríamos dejar de reconocer y confesar nuestra
vinculación con aquel núcleo primero sin perder
la conciencia de una continuidad histórica y de
un abolengo que nos da solar y linaje conocido
en las tradiciones de la humanidad civilizada. Y
esa persistente herencia no tiene manifestación
más representativa y cabal que la del idioma,
donde ella se resume toda entera y aparece adaptando a sus medios connaturales de expresión las
adquisiciones y evoluciones sucesivas. Confirmar
la fidelidad a esa forma espiritual que es el idioma Y glorificarla en el recuerdo de su escritora_rquetipo, es, pues, el modo más adecuado y más
smcero con que América puede mostrar el género
de solidaridad que reconoce con la obra de sus
descubridores y civilizadores.
. No ~ay otra estatua que la de Cervantes para
s1mbohzar en América la España del pasado co-

EL CKNTENARIO DE CJlJRV:!NTES

3

món, la España del sol sin poniente. Los reyes
que la abarcaron con su cetro, aun cuando mereciesen alguna vez mármol o bronce, no podrían
encarnar jamás en mármol ni bronce americano,
porque representan la autoridad de que nos
emancipamos y las institacfones que sustituimos.
Solo la noble imagen de isabel la Católica dominaría sin incongruencia en suelo de América, rescatando en gloria perenne las joyas que costearon
la aventura sublime, y figurando como el numen
maternal de nuestra civilización. Pero el símbolo
requiere en este caso formas más recias y viriles
que esa suave fisonomía de mujer. Los portentosos capitanes de la Conquista, los legendarios sojuzgadores de mares y de tierras, tienen un cadcter que excluye la entera apoteosis americana,
como personificaciones de la ejecución brutal,
consumada con sacrificio del indio, que también
es carne y alma de América. Los colonizadores,
gobernantes o misioneros, en quienes se apacigua
y endulza la empresa civilizadora, proporcionan
más de una figura capaz de ser glorificada en la
parte del Continente a que se contrajo su influencia; pero ninguna de magnitud continental. En
cuanto al Descubridor, a España pertenece su
gloria, sin duda, pero no su persona; y las esta,
tuas que reproducirán infinitamente su imagen,.
de uno al otro extremo del mundo concedido a
su fe, no son las aptas para significar el genio roi-

�4

EL CENTENARIO DE CERVANTES

JOsi ENRIQUE ROD6

e

ginal Y propio de la civilización transplantada.
Sólo queda buscar el símbolo personal en el
mundo del espíritu, donde esa civilización forja
sus normas ideales y sus medios de expresión, y
escogerlo en quien tiene dentro de ella personalidad más característica y más alta. Hay, además
entre. el genio de Cervantes y la aparición d;
Aménca en el orbe, profunda correlación histórica. El descubrimiento, la conquista de América,
son la obra magna del Renacimiento español, y
el verbo de este Renacimiento es la novela de
Cervantes. La ironía de esa maravillosa creación
abatiendo un ideal caduco, afirma y exalta d;
rechazo un ideal nuevo y potente 1 que es el que
determina el sentido de la vida en aquel triunfa¡
despertar de todas las energías humanas con que
se abre en Europa el pórtico de la edad moderna
A un objetivo de alucinaciones y quimeras, com~
el que perseguía el agotado ideal caballeresco,sucede el ~rme objetivo de la realidad, abierta a los
fines racionales y a la perseverante energía de los
hombres. El mundo imaginario que había dado
t~atro a las hazañas de los Amadises y Esplandianes se desvanece como las nieblas heridas por
el sol, Y lo sustituye el mundo de la naturaleza
redondeado Y conquistado por el esfuerzo huma~
no; _la América vasta y hermosa sobre todas las
fic1:~ones, que con su descubrimiento completa la
noción del mundo fiscfo, y con el incentivo de su

5

po'i&gt;sión ofrece el escenario de proezas más inauditas y asombrosas que las aventuras baldías de
los caballeros andantes.
La filosofía del "Quijote" es, pues, la filosofía
de la conquista de América. La radical transfor•
mación de sentimientos, de ideas, de costumbres,
para la que el hallazgo del hemisferio ignorado
fué causa concurrente, es la que adquiere forma
poética imperecedera en esa epopeya de la burla,
donde el jovial espíritu del Renacimiento dirige
sobre los últimos vestigios de un ideal moribun ·
do, las mortales saetas de la ironía. América nació para que muriese Don Quijote; o mejor, para
hacerle renacer entero de razón y de fuerzas, incorporando a su valor magnánimo y a su imaginación heróica, el objetivo real, la aptitud de la
acción conjunta y solidaria y el dominio de los
medios proporcionados a sus fines.
Mientras muere vencido el Ingenioso Hidalgo
y perece con él el tipo de héroes de las fábulas de
caballerías, melancólicos como Tristán, vagos e
inconsistentes como Lanzarote, inmaculados como Amadis, se consagra en las tremendas lides
de América el nuevo tipo heróico, rudo y sanguíneo, de los Corteses, Pizarros y Balboas, perseguidores de realidades positivas; apasionados,
tanto como de la gloria, del oro y del poder.
Mientras la armadura herrumbrosa y la adarga
antigua y el simulacro de celada del iluso caba-

�6

7

JOSi KNRIQU!.: RODÓ

EL CENTENARIO DE CERVANTES

llero, se deshacen en rincón obscuro, respla ndecen
al sol de América las vibrantes espadas, las firmes corazas de Toledo. :\fientras Rocinante, escuálido e inútil, fallece de vejez y de bam_bre, se
desparrama!\ por las pampas, los montes y los
valles del Nuevo Mundo los briosos potros anda¡ uces, los heróicos caballos del conquistador, progenitores de aquellos q ue un día habrán de formar, con el " ga ucho"y el "llanero", el organismo
del centauro americano. Mientras se disipan en
el aire los mentidos tesoros de la cueva de Montesinos, fulguran con deslumbradora realidad la
p lata de Potosí, el oro de Méjico, los diamantes y
esmeraldas del Br~sil. Mientras fracasa entre risas burladoras el mezquino gobierno de la Insula
Barata ria, se ganan de este lado del mar imperios
colosales y se fundan virreinatos y gobernaciones
con que se conceden más pingües recompensas
que las que rey alguno de los tiempos de caballería pudo soñar para sus vasallos.
Así el sentido crítico del "Quijote" tiene por
complemento afirmativo la grande empresa de
Espa1ia, que es la conquista de América. Así, al
figurar una vi va oposición de ideales, dejó escrita
ese libro la epopeya de la civilización española,
deteniendo, como hechizada, en el vuelo del tiempo, la hora culminante en que aquella civilización
Hega a su plenitud y da de sí nuevas t ierras y
nuevos pueblos. Y así el nombre de Miguel ele

Cervantes, no sólo por la suprema representación
de la lengua, sino también por el carácter de su
obra y el significado ideal que hay en ella, puede
servir de vínculo imperecedero que ~ecu~rde a
América y España la unidad de su h1stona y la
fraternidad de sus destinos.

JosE
Montevideo, 1915.
( La Nol&lt;,. Buenos Aires.)

ENRIQUE RODÓ.

�LA·TJERRA DE ALVARGONZÁLEZ

LA TIERRA DE ALVARGONZALEZ
7TNA mañana de los primeros días de ocU tubre, decidí visitar la fuente del Duero
y tomé en Soria el coche de Burgos que había
de llevarme hasta Ciclones. Me acomodé en la
delantera cerca del Mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico a su
alde~ ~atal, esco~dida en tierra de pinares, y
un vteJo campes100 que venía de Barcelona
donde embarcara a dos de sus hijos para La
Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla
sin encontrar gentes que os hablen de tierras
de Ultramar.
Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma,
bordeado de chopos que el otoño comenzaba
a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda ent~e grises colinas y cerros pelados. Soria, mística y guerrera, guardaba antaño la puerta
de Castilla, como una barba cana hacia los
reinos moros que cruzó el Cid en su destierro.
El Duero, en torno a Soria, forma una curva
de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección
del venablo.
El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo
escuchaba al campesino que discutía con el

9

mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Durcielo, una joven vaquera había
aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a ~n
rico ganadero de Vl:!-ldea':ellano, preso P&lt;;&gt;r 10dicios en la cárcel de Sona, como autor mdudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba
de la justicia porque la víctima era pob~e. En
las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan
del juego y de la política, como en las grandes del arte y de la pornografía,-ocios de
me:caderes-pero en los campos, sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los
crímenes de los hombres.
-¿Va Vd. muy lejos ?pregunté al ~ampesino.
-A Covaleda señor, me respondió. ¿Y Vd.?
-El mismo c;mino llevo, porque pienso subir a Urbión y tomaré el valle del Duero. A la
vuelta bajaré a Vinuesa por el puerto de Santa Inés.
-Mal tiempo para subir a Urbión. Dios le
libre de una tormenta por aquella sierra.
Llegados a Ciclones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano que continuaba su viaje en la diligencia hasta San
Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.
Siempre que trato con hombres del campo,
pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros
ignoramos, y en lo poco que a ellos importa
conocer cuanto nosotros sabemos.
El campesino cabalgaba delante de mí, si-

�10

- ---------

ANTONIO MACHADO

lenci~so. El hombre de aquellas tierras, serio
y tac1t~rno, habla cuando se le interroga, y

es sobrio en la_respuesta. Cuando la pregunta
es tal que pudiera excusarse, apenas se digna
contestar. Sólo se extiende en advertencias
útiles sobre las cosas que conoce bien, o ·cuando narra historias de la tierra.
Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos
a nues~ra espalda. La iglesia con su alto campanario coronado por un hermoso nido de cigüeñas, descuela sobre unas cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino rea l destácase
la casa de un indiano, contrastando con el
sórdido caserío. Es un hotelito moderno y
mundano, rodeado de jardín y verja. Frente
al pueblo se extiende una calva serrezuela de
rocas grises, surcadas de grietas rojizas.
Después de cabalgar dos horas, llegamos a
la Muedra, una aldea a medio camino entre
Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos
un puente de madera sobre el Duero.
-Por aquel sendero, me dijo el campesino
señalando a su diestra, se va a las tierras de
~lvargonzález; campos malditos hoy; los meJOres, antaño, de esta comarca.
-¿Alvargonzález es el nombre de su dueño?
le pregunté.
-Alvargonzález, n;i.e respondió, fué un rico
labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama
como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras·
de Alvargonzález a los páramos que la ro-

LA TIERRA DE ALVAROONZÁl,EZ

11

dean. Tomando esa vereda llegaríamos allá
antes que a Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando elhambre les echa de
los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas q?e fueron de
Alvargonzález, hoy vacías y arru10adas ..
Siendo niño oí contar a un pastor la historia de Alvarg~nzález, y sé que anda inscri~a
en papeles y que los ciegos la cantan por berras de Berlanga.
Roguéle que me narrase aquella historia, y
el campesino comenzó así su relato:
Siendo Alvargonzález mozo, heredó de sus
padres rica hacienda. Tenía casa &lt;:ºn huertas
y colmenar, dos prados de fina hierba, c_am·
pos de trigo y de centeno, un trozo de encmar
no lejos de la aldea, algunas y untas para el
arado, cien ovejas, un mastín y muchos lebreles de caza.
Prendóse de una linda moza en tierras del
Burgo no lejos de Berlanga, y al año de conocerl; la tomó por mujer. Era Polonia, de
tres hermanas, la mayor y la más herm&lt;;&gt;sa,
hija ile labradores q_ue llamaban los Pen~áñez, ricos en otros tiempos, entonces duenos
de menguada fortuna.
Famosas fueron las bodas que se hicieron en
el pueblo de la novia y las tornabodas que celebró en su aldea Alvargonzález. Hubo vihuelas, rabeles, flautas y tamboriles, danza aragonesa y fuegos al uso valenciano. D~, la
coma..-ca que riega el Duero, desde Urb1on,

�12

ANTONIO MACHADO

donde nace, hasta que se aleja por tierras de
Fuegos, se habla de las bodas de Alvargonzález, y se recuerdan las fiestas de aquellos días,
porque el pueblo no olvida nunca lo que brilla
y truena.
Vivió feliz Alvargonzález con el amor de su
esposa y el medro de sus tierras y ganados.
Tres hijos tuvo, y, ya crecidos, puso el mayor
a cuidar huerta y abejar, otro al ganado, y
mandó al menor a estudiar en Osma, po rque
lo destinaba a la iglesia.
Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de
Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el
buen padre tuvo nueras que antes de darle
nietos, !e. trajeron cizaña. Malas hembras y
tan codic10sas p:3ra sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la muerte
de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban, no goza han lo que tenían.
El menor, a quien los padres pusieron en el
se°:1inario, prefería las lindas mozas, a rezos y
latmes, .Y colgó un día la sotana, dispuesto a
no vestirse más por la cabeza. Declaró que estaba resuelto a embarcarse para las Américas. Soñaba con correr tierras y pasar los
mares, y ver el mundo entero.
Mucho lloró la madre. Alvargonzález vendió el encinar, y dió a su hijo cuanto había de
heredar.
-Toma lo tuyo, hijo mío, y que Dios te
acompañe. Sigue tu idea y sabe que mientras

LA. TIERRA DE A.LVARGONZÁLEZ

13

tu padre viva, pan y lecho tienes en esta casa; pero a mi muerte, todo será de tus hermanos.
d
Ya tenía Alvargonzález la frente arruga a,
y por la barba le plateaba el bozo azul de la
cara. Eran sus hombros todavía robustos Y
erguida su cabeza, que sólo blanqueaba en las
sienes.
.
d
Una mañana de otoño sah6 so1o e su casa,
no iba como otras veces, entre sus finos galgos terciada a la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador n~ pensaba en cazar.
Largo camino anduvo baJO lo~ álam~s amarillos de la ribera, cruzó el encmar y, Junto a
una fuente que un olmo gigantesco sombreaba detúvose fatigado. Enjugó el sudor de su
fre~te, bebió algunos sorbos de agua y acostóse en la tierra.
y a solas hablaba con Dios Alvargonzález,
diciendo: "Dios, mi señor, que col~aste las
tierras que labran mis ll)anos, a quien de_bo
pan en mi mesa , mujer en mi lecho y por quien
crecieron robustos los hijos que engendré, po_r
quien mis majadas rebosan de blancas mert:
nas y se cargan de fruto los árboles ?e mi
huerto y tienen miel las colmenas de m1 abe·ar- sabe Dios mío, que sé cuanto me has daJ '
.
do, antes' que me lo qu1t~s.
.
,
Se fué quedando dormido mientras asi rezaba· porque la sombra de las ramas ! el agua
qu~ brotaba la piedra, parecían decirle: Duer
me y descansa.

�14

ANTONIO MACHADO

- Y durmió Alvargonzález, pero su ánimo no
había de reposar porque los sueños aborrascan el dormir del hombre.
Y Alvargonzález soñó que una voz le hablay ve~a como Jacob una escala de luz que
iba del cielo a la tierra. Sería tal vez la franja
de sol que filtraban las ramas del olmo.
Difícil es interpretar los sueños que desatan
el haz de nuestros propósitos para mezclarlos
eon recuerdos y temores. Muchos créen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños
Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan:
En los sueños malos, que apesadumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son
estos sueños memorias de lo pasado, que teje
y confunde la mano torpe y temblorosa de un
personaje invisible: el miedo.
Soñaba Alvargonzález en su niñez. La alegre fogata del hogar, bajo la ancha y negra
campana de la cocina y en torno al fuego, sus
padres y sus hermanos. Las nudosas manos
del viejo acariciaban la rubia candela. Lamadre pasaba las cuentas de un negro rosario
~n la pared ahumada, colgaba el hacha relu~
ciente, con que el viejo hacía leña de las ramas de roble.
Seguía soñando Alvargonzález, y era en sus
mejores días de mozo. Una tarde de verano y
un prado verde tras de los muros de una huerta. A_la s?mbra, y sobre la yerba, cuando el
sol caia, tiñendo de luz anaranjada las copas
de los castaños, Alvargonzález levantaba el

?ª•

15

LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ

odre de cuero y el vino rojo caía en su boca,
refrescándole la seca garganta. En torno suyo estaba la familia de Peribáñez: los padres
y las tres lindas hermanas. De las ramas de
la huerta y de In yerba ~el prado se _elevaba
una armonía de oro y cristal, como s1 las estrellas cantasen en la tierra antes de aparecer
dispersas e~ el cielo silencioso. c_aía la tarde
y sobre el prnar obscuro, aparec1a, dorada y
jadeante, la luna llena, la h~rmosa luna del
amor sobre el campo tranquilo.
Co~o si las hadas que hilan y tejen los sueños hubiesen puesto en sus ruecas un mechón
de ~egra lana, ensombrecióse el soñar. de Alvargonzález, y una puerta do.rada abnóse lastimando el corazón del durmiente.
Y apareció un hueco sombrío, y al fon?º•
por tenue claridad iluminado, el hogar desierto y sin leña. En la l?ared colg~ba de una es·
carpia el hacha bruñtcla y reluciente.
._
El sueño abrióse al día claro. T~es ~11?-os
juegan a la puerta de la casa. Lamu3ervig1!a,
cose y a ratos sonríe. Entre los mayores brmca u~ cuervo negro y lustroso de ojo acerado.
-¿Hijos, que hacéis? les pregunta.
Los niños se miran y callan.
-Subid al monte, hijos míos, y antes que
caiga la noche, traeclm~ un brazado de leña.
Los tres niños se ale3an. El menor, que ha
quedado atrás, vuelve la c_ara y su madre lo
llama. El niño vuelve hacia la casa los hermanos siguen su camino hacia el encmar.

r

�lG

ANTONIO MAOilADO

LA TIERRA DE ALVARGoNzÁLgz

~ es otra vez el hogar, el hogar apagado y
d_es1erto, y en el muro colgaba el hacha reluciente.
Los mayores de Alvargonzález vuelven d~l
monte con la tarde, cargados de estepas. La
madre enciende el candil y el mayor arroja
as~illas y jaras sobre el tronco de roble, y
qutere hacer el fuego en el hogar. Cruje la leña y los tueros, apenas encendidos se apa·
gan. No brota la llama en el lar de Álvargonzález. A la luz del candil brilla el hacha en el
muro, y esta vez parece que gotea sangre.
-Padre, la hoguera no prende; está la leña
mojada.
Acude el segundo y también se afana por
hacer lumbre. Pero el fuego no quiere brotar.
El más pequeño echa sobre el hogar un pu•
ña~o de estepas, y una roja llama alumbra la
coc10a. La madre sonríe, y Alvargonzález coge en brazos al niño y lo sienta en sus rodillas, a la diestra del fuego.
-Aunque el último has nacido, tú eres el
primero en mi corazón y el mejor de mi casta;
porque tus manos hacen el fuego.
Los hermanos pálidos como la muerte se
alejan por los rincones del sueño. En la dies•
tra del mayor brilla el hacha de hierro.
Junto a la fuente dormía Alvargonzález
cuando el primer lucero brillaba en el azul,
una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que
brotaba en la piedra parecía relatar una his-

y

17

toria vieja y triste: la historia del crimen en
el campo.
• b
·1
Los hijos de Alvargonzález c~m1n_a an st en·
ciosos, y vieron al padre dormido Junto a la
fuente. Las sombras que alargaban la t_arde
llegaron al durmiente antes que los asesm~s.
La frente de Alvargonzález tenía un tachon
sombrío entre las cejas, como la huell_:,l de una
segur sobre el tronco de un roble. Sonaba Alvargonzález que sus hijos veoí_an a matarle, y
al abrir los ojos vió que era cierto lo que soñaba.
l
Mala muerte dieron al labrador, los ma os
hijos, a la vera de la fuente. Un hachazo en _el
cuello y cuatro puñaladas en el pecho pus
ron fin al sueño de Alvargonzález. El hac - a
que tenían de sus abuelos y que tanta lena
cortó para el hogar, tajó el robust~ cuello que
los años no habían doblado todav1a, y el cuchillo con que el buen padre cortaba el pan
moreno que repartía a los suyos en torno de
la mesa hendido había t:l más noble corazón
de aqueÍla tierra. Porque Alvargo_nzález era
bueno para su casa, pero era también mucha
su caridad en la casa del pobre. Como padre
habían de llorarle cuantos alguo~ vez llamaron a su puerta o alguna vez le vieron en los
umbrales de las suyas.
Los hijos de Alvargonzález no saben lo q~e
han hecho. Al padre muerto arrru:tran hacia
un barranco, por donde corre un no que bus-

1t

�19

ANTONIO :r.tACllADO

LA ~!ERRA DE ALVARGONZÁLEZ

ca al Duero. Es uo valle sombrío lleno de helechos, hayedos y pinares.
Y lo llev~n a la L_aguna Negra, que no tiene
fondo y alh lo arroJan con una piedra atada
a los pies. La laguna está rodeada de una
muralla gigantesca de rocas grises y verdosas, donde anidan las águilas y los buitres.
Las gentes de la sierra en aquellos tiempos
no osaban acercarse a la laguna ni aun en
l~s. días claros. Los viajeros que, como Vd.,
v1s1tan hoy estos lugares, han hecho que se
les pierda el miedo.
Los hijos de Alvargonzález tornaban por el
valle_, ~ntre los pinos gigantescos y las hayas
decrepitas. No oían el agua que sonaba en el
fondo del barranco. Dos lobos asomaron, al
verles pasar. Los lobos huyeron espantados.
Fueron a cruzar el río, y el río tomó por otro
cauce, y en seco lo pasaron. Caminaban por
el bosque para tornar a su aldea con la noche
cerrada , y los pinos, las rocas y los helechos
por todas partes les dejaban vereda como si
huyesen de los asesinos. Pasaron otra vez
junt? .ª 1~ fuente, y la fuente , que contaba
su vwJa h1~toria, calló mientras pasaban y
aguardó a que se alejasen para seguir contándola.
Así heredaron los malos hijos la hacienda
dt:I. ?uen labrador que una mañ;rna de otoño
s,lto de su ra~a, y no volvió ni podía volver.
Al otro dh se encontró su manta cerca de la
fuente y un reguero de sangre camino del ha-

rranco. Nadie osó acusar el crimen á los hijos
de Alvárgonzález, porque el hombre del campo teme al poderoso, y nadie se atrevió a sondar la laguna porque hubiera sido inútil. La
lagunajamás dev11elve lo que se traga. Un
buhonero que erraba por aquellas tierras fué
preso y ahorcado en Soria, a los dos meses,
porque los hijos de Alvargonzález le entregaron a la justicia, y con testigos pagados lograron perderle.
La maldad de los hombres es como la Laguna Negra, que no tiene fondo.
La madre murió a los pocos meses. Los que
la vieron muerta una mañana, dicen que tenía cubierto el rostro entre las manos frías y
agarrotadas.

18

*
* *

El sol de primavera iluminaba el campo ve~de, v las cigüeñas sacaban a volar a sus hijuelos en el azul de los primeros días d~ ma)'.~·
Crotoraban las codornices entre los trigos Jovenes; verdea bao los álamos del camino y de
las riberas, y los ciruelos del huerto _se llenaban de blancas flores. Sonreían las tterras de
Alvargonzáiez a sus nuevos amos, y prometían cuanto había rendido al viejo labrador.
Pué un año de abundancia en aquellos campos. Los hijos de Alvargonzález comenzaron
a descargarse del peso de su crimen, porque a
. los mal vados muerde la culpa cuando tet?eo
al castigo de Dios o de los hombres; pero s1 la

�LA TIERRA DE ALVARG.::.ON:;.:Z=.:Á:.:L:..::F.=.Z_ _ _ _
21_

20

AN'l'ONlO

MACRAl&gt;O

fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan
alegremente, como si estuviera bendito.
Mas
codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando lleaó
0
el ~erano s!guiente, la tierra empobrecida, parec1a fruncir el seño a sus señores. Entre los
tri.g_os ha b_ía más amapolas y. hierbajos, que
ru01as espigas. Heladas tardías habían matado ea flor los frutos de la huerta. Las ovejas_morían ~or docen~s porque una vieja, a
quien se tema por bruJa, les hizo mala hechicería. Y si un año era malo, otro peor le seguía. Aquellos campos estaban malditos, y
los Alvargonzález venían tan a meno!', como
~han a más querellas y enconos entre las muJeres. Cada uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse, porque el odio
había envenenado la leche de las madres.
Una 1:oche de invierno, ambos hermanos y
sus moJeres rod~aban el hogar, donde ardía
un fuego mezqu100 que se iba extinguiendo
poco a poco. No tenían leña, ni podían buscarla a aquellas horas. Un viento helado pen~trn ba por las re1:dijas del postigo, y se le
01a bramar en la chimenea . Fuera, caía la nieve en torbellinos. Todos miraban silenciosos
las ascuas mortecinas, cuando llamaron a la
puerta.
-¿Quién será a estas horas? dijo el mayor.
Abre t6.
Todos permanecieron inmóviles sin atrever-.
se a abrir.

!ª

Sonó otro golpe en la puerta y una voz que
decía:
- Abrid, hermanos.
- ¡Es Miguel! Abrámosle.
.
.
Cuando abrieron la puerta, cubterto de nieve y embozado en un largo capote entró Miguel, el menor de Alvargonzález, que volvía
de las Indias.
Abrazó a sus hermanos, y se sentó con ellos
cerca del hogar. Todos quedaron sil~ncioi;:os.
Miguel tenía los ojos llenos de lá&amp;nmas, Y
nadie le mira ha frente a frente. M 1guel, que
abandonó su casa siendo niño, tornaba hombre y rico. Sabía las desgracias de su bogar,
mas no sospechaba de sus hermanos. Era su
porte, caballero. La tez morena, algo quemada, y el rostro enjuto, porque las fiebres de _DI·
t ramar dejan siempre huella , ·pero en la mira·
da de sus grandes ojos brillaba la juventud.
Sobre la frente, ancha y tersa, su cabello casfaño caía en finos bucles. Era el más bello de
los tres hermanos, porque al mayor le afea~a
el rostro lo espeso de las cejas velludas, baJO
la estrecha frente, y al segundo, los ojos pequeños, inquietos y cobardes, de hombre ast uto y cruel.
Mientras Miguel permanecía mudo Y abst raído, sus hermanos le miraban al pecho,
donde brillaba una gruesa cadena ~e oro.
El mayor rompió el silencio, Y d 1J0 :
-¿Vivirás co~ nosotros?

�LA TIERRA Dll:. ALVAROONZAL!-Z_ _ _ _ _23
_

22

ANTONIO hlACIIADO

-_Si quer~is, contestó. Mi equipaje llegará
manana.
-Unos suben y otros bajan, añadió el seg':ndo. Tú traes oro y nosotros, ya ves, ni
lena tenemos para calentarnos
El viento b~tía la puerta y ei postigo, y aullaba en la chimenea. El frío era tan grande
que estremecía los huesos.
'
Miguel iba a hablar cuando ·llamaron otra
vez a la puerta. Miró a sus hermanos como
preguntándoles quién podría ser a aquellas
horas. Sus hermanos temblaban de espanto.
Llama~on otra vez, y Miguel abrió.
Apareció el hueco sombrío de la noche y
una racha de viento le salpicó de nieve rl r'ostro. No vió a nadie en la puerta mas divisó
una figura que se alejaba bajo lo~ copos blancos. Cuando volvió a cerrar, notó que en el
umbral_había un montón de leña. Aquella noche ard16 una hermosa llama en el hogar ele
Alvargonzález.
Fortuna traía Miguel de las Américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus
hermanos. Décidió afincar en aquella aldea
donde ha?ía nacido, mas como sabía que toda la hacienda era de sus hermanos, ks compró una parte, dándoles por ella mucho más
oro del qu~ nunca había valido. Cerróse el
tratn, Y ~1guel comenzó a labrar en las tierras mald1ta5:.
El oro devolvió la alegría al corazón de los
malvados. Gastaron sin tino en el regalo y el

vicio, y tanto mermaron su · ganancia, que al
año volvieron a cultivar la tierra abandonada.
Miguel trabajaba de sol a sol. Removió la
tierra con el arado, limpióla de malas hierbas, sembró trigo y centeno, y mientras los
campos de sus hermanos parecían desmedrados y secos, los suyos se colmaron de r~bias y
macizas espigas. Sus hermanos le miraban
con odio y con envidia. Miguel les ofreció el
oro que le queilaba a cambio de las tierras
malditas.
Las tierras de Alvargonzález eran ya de Miguel, y a ellas tornaba la abundancia de los
til'mpos del viejo labrador. Los mayores ~astaban su dinero en locas francachelas. El Juego y el vino llevábanles otra vez a la ruina.
Una noche volvían borrachos a su aldea,
J,o··que habían pasado el dia bebiendo y festejando en una feria cercana. Llevaba el may&lt;;&gt;r
el reño fruncido y un pensamiento feroz baJO
la frente.
-¿Como te explicas tú la suerte de Miguel?
dijo a su hermano.
•'La tierra le colma de riquezas, y a nosotros nos niega un pedazo de pan.
-Brujería y artes de Satanás, contestó el
segundo.
Pasaban cerca de la huerta·, y se les ocurrió
asomarse n la t opia . La huerta e~tab:i cnajada de frut' s . Bajo los árboles, y entre los ro-

�T,A TIERRA t&gt;E ALVAROONZALEZ

2-i

25

--------

ANTONIO MACHADO

sales
di isaron un hombre encorvado hacia
la
ti¡rra.v

-MJrale, dijo el mayor. H as t a d e noche
trabaJa.
-¡Eh! Miguel, le gritaron
Pero
el hombre
· 1vía la cara. Seuía
trab
. d aq ue'I _no vo
g
ªJªº
o
en
la
tierra
t d o ramas
o arrancando h'terb as Los 'cor
dos an
rrachos, ach~caron 1· .
.
ª tó at'tos boba la cabez1 el a vmdo que les aborrasca,
cerco e luz q
,
rod ear la figura del hort I
ue parec1a
hombre se levantó
e ano. pespués, el
mirarles, como si
avanzó hacia_ ellos sia
huerto _para seguir t~:~:~:n~~ro rmcón del
bre tema el rostro del . J I b · Aquel homlaguna sin fondo bab'vteJo. a rador. ¡De la
para labrar el huerto~: ;t1do lvargonzález
Al día siguiente a b ~ue ·
han haber bebido' m:c:s :rmano~ recordararas en su borrachera o
~ visto cosas
do su dinero hasta erd l s1gu1_eron gastun-

b

1f

;10.0

:t-;~;::.'"ba sus r,m!:,; ti::,: :r::a:~
Los mayores volvieron
·
nas la sangre de C ,
a s~nttr en sus vemen les azuzaba al a_10, y el recuerdo del cri. .
crimen.
Dec1d1eron m a t ar a su hermano V a•1' 1
·c1·e
, . " o
h1 roo.
_Ahogároole en la presa del molía
nana a pareció Miguel fl t d o, y una maLos malvados llo
o an o sobre el agua.
lágrimas fingt'da
raron aquella muerte con
s, para aleJar sospechas eu

la aldea donde nadie les quería. No faltaba
quien les acusase dd crimen en voz baja, aunque ninguno osó llevar pruebas a \ajusticia.
Y otra vez volvió a los malvados la tierra
de Alvargonzález.
Y el primer año tuvieron abundancia porque cosecharon la labor de Miguel, pero al segundo, la tierra se empobreció.
Un día, seguíd el mayor encorvado scbre la
reja del arado que abría penosamente un surco en la tierra. Cuando volvió los ojos, reparó que la tierra se cerraba y el surco desaparecía.
Su h ermano cavaba en la huerta, donde sólo medraban las malas hierbas, y vió que de
la tierra brotaba sangre. Apoyado en la azada contemplaba la huerta, y un frío sudor
corría por su frente.
Otro día, los hijos de A.lvargoozález tomaron silenciosos el camino de la Laguna Negra.
Cuando caía la tarde, cruzaban por entre
las hayas y los piaos.
Dos lobos que se asomaron a verles, huyeron espantados.
Al llegar a la laguna contemplaron un momento el agua tranquila.
¡Padre! gritaron, y cuando en los huecos de
las rocas el e~o repetía: ¡padre! ¡padre! ¡padre! ya se los había tragado el agua de la laguna sin fondo.
ANTONIO MACHADO

�_

LA POESIA. DE E . GONZÁLEZ M

R
_EP--=.EQTOQIO
:::
BIBLIOGQBFICO
La poesía de Enrique González Martínez

e

(*)

L ansioso llegó ad
d .
de la sabiduría. on e v_,ve el maestro

-Toda mi juventud h
los caminos de la t"
e marchado por
des ni a buscar pi ,erra, y no a ver vanidaaceres M h
en las cosas· much
.
uc o observé
Pero la sabiduría ~ei~r~ de los hombres.
tos del mundo é
~ ora de los secre. a ti.
, sa me ia1ta· B use ándola
vine
-Demasiado pides.
-Muéstrame siqui
marchas rumbo ~I . e~a, 1~ ruta en que
si no lo descrifro ~1steno u]niv~rsal. Que
como algo más ' . menos o sie nta en mí
que interrogacié,n
El
·
le dijo:maestro le t ocó sob re los párpados,
y
- Ya estás e o el camino.
.
... . Cuando de nuevo
al maestro, dijo:
se e ncontró frente
-He vivido largos d '
. _
en la ruta del mi t .
,as , anos tal vez?
•
s eno, y sorprendí la luz

b)

;.rólogo al próximo libro del
, , El\~\~ pr6Jogo dice Sanln Cano~neth:- La mu,rt, dtl cis,u.
go e Henñquez Ureila es una rcvelac16n'".
de Julio de 1915·

'*"~~

27

de mi espíritu, y vi que iluminaba mundos
nuevos, y me sentí llenarme del alma universa\. ¿Cuál es tu secreto?
-Cerré tus ojos. Bajo la actitud inmóvil, h acia adentro marchabas. El camino
eres tú mismo.

** *

Imag ino así la ruta espiritual de este
poe ta . P arte d e la múltiple visión de las
cosas, de la riqueza de imágenes necesaria
al hombre de arte, y, camino adentro, llega
a su filosofía de la vida universal. Su poesía adquie re doble carácter: de individualismo y panteísmo a la vez. Las mónadas
de L eibniz penetra n en el unive rso d e Spinosa gracias al milag ro d e la síntesis esté tica.
I

l ntere!&gt;antísima para la h istoria psicoló g ica de nuestro tiempo es la formación de
la corri.,n te poética a que pertenecen los
versos de En rique González Martínez.
E sta poesía de conceptos t ranscende ntales
y de emociones sutiles, es la última trans for mación di~I romanticismo: no sólo del
romanticismo interior, que es de todo
t iempo, sin o también del romanticismo en

�28

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

cuanto
.
. forma h1'stó nea.
Co
vo1uc16n triunfante
mo en toda relas literaturas no ' len_ el romanticismo de
vo atinas la d'
.
graves fueron ¡
.
s 1sens1ones
as tn ternas E F
.
-a 1a que seguímos d d .
n_ rancia
con devoción ú . ' es e hace cien años
los pueblos de k~a, para bien Y para mal'
la poesía romá t' gua castellana-, junto~
mar ti ne y Mu:s1ecta pdura, la de Hugo, La•
, esnuda e
•,
·
t o d a rnquietud i'nd·1v1'd ua1 ím xpres1on
t
. de
'
peI u que rnun da b a desbordánd ose a vec
una nueva ret6ri
. ,es, _os cauces de
.
ca, surg10 V1
e Iog:10 del silencio
su
gny, con su
crát1cos; surgió Ga Y. s desdenes aristo, .
ut1er con su
. .
• '
curiosidad
hed 001st1ca y su
Parnaso se le
aristocrática ironía. El
vanta como
contra el exceso de .
p~otesta, al fin,
su _estética, pobre
;iolenci~ Y desnudez:
o limitativa al me p 0 su actitud negativa
nos, quedó t d
•
a 1a del romanticismo
ª ª a Y sujeta
contradicción T
por_ el propósito de
· ras Ia tesis r á ·
engendra la antítesrs
. parn ·om nt1ca' que
y aun dura, la sfntesi .
a_s1ana,_ aparece,
tanta violencia .
s. ~! smzbolismo. Ni
do cabe en la p~~!fanta impasibilidad. Topor sfm bolos T d ' pero todo se trata
.
·
o o se depu
ce, se vuelve, tambié
, ra y ennobletracto. De a uf
n, mas o menos absto, el peligr¿ ' ahora, el lirismo abstrae.
que está engendrando la

LA POESfA DE E, OONZÁLEZ ?d,

29

reacción, la antítesis contraria a la actual
tesis simbolista bajo cuyo imperio vivimos.
Esta es, entretanto, la fuerza que domi•
na en nuestra poesía hispanoamericana: el
simbolismo. Hemos sido, en América, clá•
sicos, o, mác; a menudo, académicos; hemos
sido románticos, o a lo menos, desmelena•
dos; nunca supimos ser en verdad parna•
sianos o decadentes. Nuestro modernismo,
años atrás, sólo parecía tornar del sírubolismo francés elementos formales: poco a
poco, sin advertirlo, hemos penetrado en
su ambiente, hemos adoptado su actitud
ante los problemas esenciales del arte.
Hemos llegado, al fin, a la posición espiritual del simbolismo, acomodándonos, más
que a sus difíciles tanteos estilísticos de
ayer, al tono lírico que de él heredó la
poesía francesa conternporáneá.
lI

Así lo demuestra la obra de Enrique
González Martínez; así lo demuestra el
culto que: suscita entre les jóvenes. Aunque muchos en América no le conocen to•
davía, González Martínez es el poeta a
quien admira y prefiere la juventud intelectual de México; fuera, principia a imi•
társele en silencio.

�30

Raras veces conocerá los valores li"te1-arios de México quien no visite el país; porque la crítica se ejerce mucho más en el cenáculo que en el libro o el periódico.
¿Quién, en nuestra América, no conoce
las colecciones de versos, populares entre
las mujeres, de poetas mexicanos que florecieron antes de 1880? Sus nombres ¿no se
repiten como nombres representativos entre
los lectores medianamente informados? Pero la opinión de los cenáculos declara {y
con verdad) que México no tuvo poetas de
primer orden entre las dos ce nturias trans.
curridas desde Sor Juana In és de la Cruz
hasta Manuel Gutiérrez Nájera. Este es,
piensa Antonio Caso, la personalidad literaria más influyente que ha aparecido en
el país. De su obra, engañosa en su aspecto de ligereza, parten ,incalculables direcciones, para el verso así como para la
prosa. Con su aparición, que históricamente es siempre un sig no, au nque no s iempre
haya sido una influe ncia, principia a for.
marse el grupo de los dioses may ores.
S e is dioses mayores proclama la voz de
los ce náculos: G utié rrcz N ájera y Ma nuel
J osé O thó n, mu ertos y a; Salvador Díaz

31

LA POESfA DE T. GONZÁLEZ )(.

PEDRO HENRfQUEZ URESA

. • Amado Nervo, L u is G). Urbina Y
Miren,
ál Martínez ( I •
Enrique Gonz ez
randes poetas anteCada uno de \osGg ález Martínez es
r ·
riores tuvo su hora . onz
el amado y pre1enel de la hora presente,,·0·1cian como al
.6
es que se
,
.
do por los J ven .
clero en la mten-0 mverna
,
b
calor de extran
d cultura que so resa actividad de arte y e si ilosa, entre las
.
enclaustrada Y g .
vive,
d. lución socia.
.
1
amenazas de iso .
tributan bomenaJe
Este poeta, a qte~s de su patria, lleíntimo las almas she ec eoas cuatro años.
· tal ace ª P
•
1
g6 a 1ª. cap1
n solícito entusiasmo, os
L e acogieron, co
d la tra d·1
1c'ón , en la Acarepresentantes e
de la moderna
demia; los representantes
Traía ya cuatro 1·,_
cultura, en el Ateneo.enderos ocultos, a d m ibros· el cuarto, Los s
. . s donde pasó
' V eni'a de las prov10c1a '
rable.
la juventud.
. ronunciada en e
n elegante confcrenc;a p oo esta selección
(i ) :S:o hace ~fcho!n~idla espontáne~mcn1 de !caza, ausente
Ateneo de Madric 1.' coi
ta D. Fr.1nc1sco . mente la primera
1!n México sobre.la
el distinguido ~ít f°rioraños atrás. P~0
de su pals de e a I criterio que pre, a e ·uentrn e n La, ,un
declaraci~n oficl~l clepoetas nacionales, se.¡oda por los Sres. Cas·
si¡:nilicac1ó'\ de os..
antologla compi 3
)
Este, por su
11
mrJo1m ~r;q:r:.::;::-i"~{~rcaclo y
:~~\:¿.,{1&gt;J¿,~1ros,ddecGlar;~e~
i ro ,ea •
. 1
ubhcado en
"La poesfa e o
p arte, en art,cu o p 'ó la más joven: . •
este poeta iba a
nombre de su gcncrac1 n '¡ " L a influencia fque Reyes en rn ar•
Martlnez es nues1~a ~~s ¡u unciaba Y~ A\~~s~o la R,úsla d,·
ejercer sobre los J ve .,,,os uullos (19u ), rnse
t lculo sobre Los """'
A f/Úrica, de Parls.

-

/&gt;.~

1~

hl

�32

PEDRO IllNRÍQUll:Z UREj¡,A

III

rrió. .. ¿Qué mundos de experiencias reco. este_ poeta, capaz de tantas en lo
vernte
.
,entre las
d 1 anos
. qu
. e t ranscurrieron
a o escenc1a impresionable y la .
·1
madurez? s
,
Juven1
d 1
·.
u . poes1a esconde toda hueUa
d!ste etstenc1~ exterior y cotidiana. Es
tual· b os dcom1en~os, autobiografía espiri~
. 1º ra e ar_te simbólico, compuesto no
con os materi ales nativos
.
,
esttia ideal del pensa mient~ ti~ºe~~;ió~a
cendidi:~ ,est~uvo, des?e su despertar, en~
JO imas ansias y angustias. Pero ob servó e n torno su . 1
d .
rodigio d I
r
yo, e se OJO el
P
e as 1ormas y lo
1
maravilJa del sonido:
s co ores, la
Yo ama ba sola
t ¡
,
las nubes y los ca:peno/ los ~brepusculos r ojos
. d
' a n era y el mar
Del Jar
fn me atraía l ·
····
(la sangre de la rosa l n ~ Jazmí~ y la rosa
, a nieve del Jazmín)
Ha 1agaban mi oíd 1
····
la balada del vient o las voces de las aves,
.
o, e canto del pastor ....

Entonces ~e .componen los inevitables
sone~os descriptivos; se consulta a v· T .
se piden temas a la G recia decorat1í~~1 ~o,
losppoet~s fra nceses; se tra duce a Herediae
. e ro Junto a las rientes escenas mitol6 .
g
los. p a1saJes
· · d e escuela mexica-·
naicas,
(la entre
q
ue com:enza e n Pesado y c u1mtna
•

LA POERfA DE E. GONZÁLEZ )(.

33

n Pagaza y Othón), flotan reminiscencias
mánticas: arcaicas invocaciones a la on marina y al rayo de las tormentas; voconfusas que turban la deseada armoa. En este conjunto que aspira al reposo
rnasiano, suenan ya notas extrañas: se
deslizan modulaciones de la flauta de Verlaine. ¡ Ay de quien escuchó este son

-poignantl
En el bosque tradicional, atraen al poeta
dos símbolo~: el árbol majestuoso, la fuenJe escondida. De ellos aprende, tras los
primeros delirios, la lección de recogimien •
to y templanza. Ellos le librará n de dos
embriagueces, peligrosas si persisten: la
interna, d dolor metafísico de la adolescencia torturada por súbitas desilusiones;
la externa, el deslumbramiento de la juventud ante la pompa y el deleite del mundo
físico.
Halla su disciplina, su norma: el goce
perfecto de las cosas bellas pide ''ocio
atento, sile ncio dulce''; y el goce de las al tas emociones pide el aquieta miento de los
tumultos íntimos, pide templanza:
Irás sobre la vida de las cosas
con noble lentitud ....
Que todo deje en ti como una huella
misteriosa grabada intensamente ....

�34

PEDRO BENRÍQUEZ UltERA

Porque este sigilio, esta templanza, le
llevan ahora lejos del culto de los ídolos
impasibles; le llevan a escudriñar bajo esuntuoso velo de las apariencias. A la imal
gen decorativa y vana .del cisne, sucede el
símbolo espiritual &lt;le! buho, con su aspecto
de interrogación taciturna.
Yo amaba solamente los crepúsculos rojos ....
Al fenecer la nota, al apagarse el astro
i oh sombras, oh silencio! dormitabais también ...

No: ahora procura "no turbar el silencio
de la vida", pero afina su alma para que
pueda ''escuchar el silencio y ver la som
bra". Su poesía adquiere virtudes exquisitas: se define su carácter de meditación
solemne, de emoción contenida y discreta·
~u ambiente de contemplación y de ensue~
no; su clara melodía de cristal; su delicada
armonía lacustre Extasis serenos ante "el
alma de las cosas", ante los rumores del
misterio universal.
Busca en todas las cosas un alma y un sentido oculto ....
Hay en todos los seres una blanda sonrisa
un dolor inefable o un misterio sombrío.... '

•Todo es revelación; todo es enseñanza
-dice Rodó-; todo es tesoro oculto en
las cosas''. Todo l!S símbolo:

LA POESÍA DE E. GONZÁLEZ M.

35

A veces una hoja desprendida
de lo alto de los árboles, un lloro
de las linfas que pasan, un sonoro
trino de ruiseñor, turban mi vida ....
.... Que no sé yo si me difundo en todo
o todo me penetra y va conmigo ....

He aquí cómo, después de salvar las sirtes de las embriagueces juveniles, alcanza
el poeta la suprema y tranquila embriaguez ael panteísmo:
En el santo abandono de un éxtasis profundo
palpitaré al unísono con el alma del mundo ....
Y me hundiré en el sueño inefable y profundo ...

Pero no se extinguió la vieja sabia romántica; la experiencia del dolor, sie_mpre
personal, íntima siempre, es _acaso qu1:n la
remueve,-como aquella tristeza ~nt1gua
que interrumpió su felicidad olvidad1zat:
Yo podaba m! huerto y libaba ~i vino ....
Y la vieja tristeza se.detuvo a ffi1; lado
y la oí levemente decir: ¿ Has olvidado?
De mis ojos aun turbios del placer y la fiesta
una lágrima muda fué la sola respuesta ....

La inquietud le pide que mire hacia
adentro:
Te engañas: no has vivido mientras tu paso incierto
surque las lobregueces de tu interior a tientas....

Halla su camino. Está ante las puertas

�36

LA POESfA DE E OONZÁLEZ M

37

!&gt;EDRO HENRÍQUEZ trR~A

de_ la madurez. Ha conquistado su
equilib no, su autarquía:
.. ··Y sé fundirme en la 1
.
y en los milagros de 1a\P eganas del paisaje
l\Ias en mis reinos b. ~z crepuscular ....
do sólo yo sé peoef:a iet1vos
se agita un alma con s'
su impulso propio y _usdglo ces ex~lusivos,
su O or particular.
IV

, La autobiografía lírica de Enri
zalez Martínez es 1 1 .
.
que Gons1.6 n perpetua H .a listona de u na ascenro, a la vez h . ac1a mayo~ ser~nidad; pe, ac1a mayor s111cendad h .
m á s severo y h d
, ac1a
Espejo de nuest;ans 1:/oncepto de la vida.
anhelos, esta poesía es hts, voz de nuestros
tro siglo y d
P enamente de nuese nuestro mu d
T
.
tempestades azot
n o.
err1bles
t
ero Ném · · _an ª nueS ra América·
es1s vigila p
.
,
P
desmayo
toda v ... c·1' '6rontTa a castigar todo
'
n I ac1 n.
amp
entre e: , 1 . oco pretend amos olvidar
.
mvo os Juego
s, _entre
devaneos ingeniosos el d b
de construir, que el ~o
e ~r de edificar,
tro credo no
mento impone. Nuessímbolo de n puede ser el h_e donismo; ni
faisán de oro uoestlra~ preferencias ideales el
' fi
e cisne de seda ·Q é ·
ni can las Prosas ,1, , r,
. e u s1grío, cu · 0
rro_¡anas de Rubén Da} s senderos comienzan en el jardín

florido de las Fiestas galantes y acal•an en
la sala escultórica de Los trofeos? Di . ersi6n
momentánea, juvenil divagación en que reposó t'l espíritu fuerte antes de entcnar los
Cantos de vida y esperanza.
La juventud de hoy piensa que eran,
aquellos, "demasiados cisnes";· quiert! más
completa interpretación artística de la vida;
más devoto respeto a la mce-..idad de inte
rrogaci6n, al deseo de ordenar y construir.
El arte no es halago pasajero, destinado al
olvido, sino esfuerzo que ayuda a la construcción espiritual dd mundo.
Enrique Goozález Martínez da voz a la
nneva aspiración estética. No habla a las
multitudt&gt;s; pero a tra, és de las almas ~electas viaia su palabra de fe, su consejo de
meditación:
Tuércele el cuello al ci, ne

a~ engañoso

plumaje ....

;11ira el buho sapiente... .
El no t iene la gracia del cisne, u~as su inq uiet a
pupila, que se clava en la sombra, interpret a
el misterioso libro del silencio nocturno.
V

Bajo las solemnes contem placion es del
poeta, vi,·e, con amenazas de tumulto, la
inquietud antigua. Así, bajo la triunfal armonía de Sbelley, arcángel cuya espada

�38

PEDRO HElmfQUEZ UREÑA

flamígera señala cumbres al anhelo perenne, solía gemir, momentánea, la nota del
desfallecimiento.
El poeta piensa que debe "llorar, si hay
que llorar, como la fuente escondida"; debe
purificar el dolor en el arte, y, según su
religión estética, transmutarlo en símbolos.
Más aún; el símbolo ha de ser catarsú: ha
de ser enseñanza de fortaleza.
Pero la vida, cru el, no siempre da vigor
contra todo desastre. Y entonces, el artista cincela, con sombrío deleite, su copa de
amargura, c!.lyo trágico esplendor seduce
como filtro de encantamiento. En las pági •
nas de La muerte del d sne luchan los dos
Ím?ulsos: el de la fe; el de la desesperanza,
la voz sollozante y conmovedora de los
días inútiles v del huerto cerrado.
Son duros Íos tiempos. Esperem os .... E speremos que el tumulto ceda, cuan do baje
la turbia marea de la hora. Vencerá , en•
tonces, la sabiduría de la meditación, la
serenidad del otoñ o.
P EDRO H E NR ÍQU E Z UREÑA.
Washington, marzo de 1915.
( Cuba Cofltemporáflea. Habana.)

LAVANDERA
A ARMANDO D ONOSO

Ca e la tarde. El estero
pasa las yerbas rozando,
y jacta_ncios? y artero
va ind1screc1ones charlando .
Junto a alameda frondosa
la joven cantando lava
y se duele ruborosa
de p enas h ondas escla va.
E n su afán al agua in1plora
y al viento penas deslíe ...
(Ella ve que el agua llo;ª¡
y el agua pasa ... y sonne •)
"Tú -la dice ingenttamente,t ú que sabes mi aflicción,
co~o refrescas mi frente
refresca mi corazón!"
"Tú, que curiosa escudriñas
la inocencia y el peca do,
de mis locuras de niña,
,,
borra manchas ... si has h allado 1.
"¿Aquéllo? ... Amor, fr~nesí,
que tú ya sabes.:. pasó ·,
(Su candor percibe un s1
y el agua rezonga n6.)

�40

LAVANDERA

"Verdad que e
. .
naufra é . n mar tra1c1onera
(S
. gu .. 1 Qué se ha de hacer I"
usp1ra una enredadera
.
y el agua !Íe aJ correr.)
''Fué escollo el que soñé
i Todo el que sufre delira~~erto ...
(Unavemedita·Esc· t
y el a
. . .
ier o
gua lílS!S t e : i Me11tiraÍj
"D~olt_ra pasión insondable
1
oys e iquios ... nunca más "
(p el aoua
·
·
"' suena implacable.!.
ues ya verás, ya verás!) .
y así, sentada a la orilla
rumorosa del estero
lava y 1~ cuenta sen~illa
sus deslices af artero ...
y ni ve que hasta la Jeve
say
1 a que sus formas vela
e agua a saltar se atreve•
y va esplorando en la t e1a.
l\1ueve el dolor su alma
.
como el viento ávida fla~:st1a
y el agua ensaya
•
rimas para un e _en su angustia
p1grama ...

Ella apura. su agna
. copa ...
~es~ emlbnaga en la ilusión
ue avando la ropa
q~eda blanco el corazón l
/Del vol_umen Yo t!J.i sol.,
Santiago de Chile. 19i5¡

J.

LAGOS LISBOA

LOS TEMPLOS
O

Et'IERE

Diógenes Laercio que Epicuro, el se-

.1'\, reno enemigo de los Dioses en la Grecia decadente, era asiduo visitante de los templos.
Yo también tengo esa piadosa costumbre, y no
hay ciudad, ni aldea cuyos templos o iglesita de
espadaña no despierten en mí irresistible curiosidad de conocerlos y de santiguarme en sus piscinas con sus aguas benditas. A los coloniales templos de la ciudad de Buga, mi tierra natal, con
sus apolillados cuadros de Angelino 11edoro, pintor romano, sus altares dorados, sus custodias
cuajadas de pedrería, sus ornamentos y sus platas
labradas, debo la primera sensación de belleza y
de piedad, y a los de Popayán y Bogotá, ricos en
suntuosos a rtesonados y artísticas obras de talla,
mi amor de las cosas sagradas. Y es porque yo
experimento una rara emoción, que me huelgo
en saborear y multiplicar, al penetrar solo en estos solitarios refugios de los espfritus selectos y
apasionados, al ponerme delante de esos cuadros
fascinadores, de anchísimos y pesados marcos con
guirnaldas de ángeles, lienzos enriquecidos con
la pátina de los tiempos, que representan, en fon-

�¡,

42

CORNELIO IDSPANO

dos celestes, ermitaños de venerables calvas, torturados y medio desnudos, que agarran en sus
escuálidas manos las Sagradas Escrituras, y a
quienes acompaña, en su perpetua soledad, un
león de indómita cabellera o la trompeta del juicio final. Lienzos que hacen desfilar a los Patriarcas de la antigua ley, enmedio de rebaños y
gavillas, o a la Samaritana, con el cántaro al
brazo, que se dirige al antiguo pozo, o a los israelitas, de regreso de la tierra de Canaán, que traen
a cuestas, como muestra de su milagrosa fertilidad, enormes y lozanos racimos, purpurados
por la tarde.
Los templos convidan a soñar en cosas terribles
y deleitosas, a la vez. Cerca de las tinieblas y
las fulgurantes llamaradas de los infiernos, de las
horribles muecas de los demonios empedernidos,
aparece, en un muro bañado por la luz matinal,
un huerto fresquísimo, con diáfanos arroyos de
agua, y la casta Susana, desceñida la túnica, y
tan blanca y tan tímida como los corderos pascuales.
Los templos me recuerdan lecturas que han
dejado honda huella en mi espíritu, me reviven
los primores de esos libros llamados vejestorios
por el vulgo de a ctualidad, que contienen en
caracteres góticos, con estampas magníficas, bajo un grueso forro de dorada piel de camero,
las Vidas de los Santos Padres del Desierto,

43

LOS TEMPLOS

.
tores griegos o la Leescritas por antiguols bª~naventurado Santiago
ie ·¡Y enda D orada. de
de San Bas1·1·10
.
0 las Homt 1as
de Voragma,
del Método que debemos
Magno, en que habl~'b s de los gentiles,* o las
seguir para.leez: los t rocuando dirigiéndose a la
de San Juan Cnsóstomo,_
asf· "Una vez más
· empieza
•
malvada Eud oxia,
á ueña ver la car
na vez m s s
d
Herodíades e ira, u to" Todo en estos libros
beza de Juan en un ~lad r·· la rustir.idad de las
• bl y fascina o •
.
es admira e . f ble senc1·11ez del relato ' la mimágenes,
. 1·ngenuidad, la des.
. la me
ºóna, la . d"1vma
~emosa
invenc1
iumbradora elocuencia.
la lectura de los
Los protestantes condenabr?n I s Padres de la
En cam 10
filósofos paganos.
1·aron y los monies
.
d·a on y esco 1
,
.
iglesia los estu i r
. del monte Casmo,
de Italia, en el monast~1~a antigüedad,y en la
conservaron los tesoros etºb rtinas leían los au·1·d d d sus sedes i u
'
tranqu1 1 a e
d Escrituras.
tores gentiles con las S_agr~ asme incite a más seNada que me sobre~oJalm f'. yde mis propias pisa.
ue oir e eco
ria meditac16n q
d
capillas ocultas,
d s losas e esas
das sobre las sor a
o santuario agolóbregas en cuy
.
penumbrosas Y
te aceite de ohvas,
de transparen
niza en un vaso
en los rincones,
,1 ma bermeja. Parece que
una la
. mos ublicado esta fa.

°

.

- . -.n el número 27 de 1'.' Coleccúfn Arul he
p
mos!\omilía ele _S an Bls1lboén
la Dtfe11s,1 de Eut,-qj&gt;ro, de San Juan
Hemos publicado tam 1
Crisóstomo •

�44

CORNELIO HISPANO

duermen los largos dejos de las vísperas crepusculares o los últimos resonantes arpegios del órgano sonoro, y se respira un ambiente ultraterrestre en que se confunden las esencias de las
flores marchitas, de los óleos y resinas aromáticas, con el sacro olor. de las ceras amarillentas,
de los linos y vasos de las consagraciones.
Pienso que por estos presbiterios vetustos, en
las .grandes solemnidades, en las pomposas liturgias, han pasado con sus rostros de verde ancianidad, sus puros cabellos blancos, sus capas pluviales, sus rojas casullas y albas sobrepellices los
austeros Prelados, dechados de santidad y amor
de Dios Y que aquí, ante la mesa del banquete eucarístico, se postraron temblorosas de fer vor
y castidad, legiones de impolutas vírgenes, de
matronas veneradas, de severas esposas, u ofrecieron para siempre su corazón, como un presente, cándidas prometidas, ruborosas por la primera vez, y coronadas de azahares.
A un eximio orador sagrado de Bogotá le oí
decir en brillante festividad: "Santa Teresa, esta
Safo del amor divino!" Cuando visito los templos, cuando recorro estos solitarios refugios de
los espíritus selectos y apasionados, y respiro el
ambiente de las cosas sagradas, yo siento toda la
intensidad de esa frase dulcísima.
CoRNELIO HISPANO

Caracas. 19u
( El Cojo Ilustrado. Caracas.)

EL VINO DE LESBOS
Si queréis de mi lira
oir los sones,
dadme vino de Lesbos
que huele a flores !

y si queréis que dulces
amores cante,
venga Lelia a mi lado
y el vino escancie !
Pero no en cinceladas
corintias copas,
por que el vino de Lesbos
se liba en rosas !
El Amor nos lo brinda,
y el que lo bebe
arder en sacro fuego
feliz se siente !
Es suave como el néctar
que en los festines
de Olimpo, Ganimedes
alegre sirve !
Que venga Lelia hermosa,
y sus hechizos

�46

E. PERNÁNDEZ GRANADOS

celebraré en m.is cantos
bebiendo vino'!
Veréis cómo la niña
si oye mis co~las
me da el vino de Les b os '
.
pero en su boca l
1 Por que el vino de Lesb·o~' .
se liba en rosas !

EL BRINDIS
Coronadas las frentes
de mirto y ros
descubiertos los senosas,
y altas las copas
por el cantor de L aura
.
'
brindan las moza
y a los brindis
suceden s
.
nsas sonoras
El, en tanto, beodo,·
el vino toma
y, olvidando
b. a su a mad a
rinda por todas·'
y al apurar del néctar '
la última gota
nnalá gnma
·
ardiente •
deja en la copa.

POESÍAS

EL BANO
Atraviesa el Guadalupe
deslizándose tranquilo
entre frondosos laureles,
rosas, naranjos y mirtos,
eterno amor murmurando
en su lenguaje argentino,
un lugar lleno de flores
en la montaña escondido.
El aire que allí se aspira
es suave, apacible, tibio,
y está lleno del aroma
de los labios purpurinos
de Laura, la Primavera
de aquel feliz paraíso,
donde sus más tiernos cantos
ensaya el ave.! en su nido,
son más risueñas las frondas,
es más rumoroso el río
y siempre se mira el cielo
azul como los zafiros.
Que siendo aquellos vergeles
de t._ql Primavera asilo,
jamás, con su helada corte,
llega el Invierno aterido.

47

�APOSTILLAS

48

E' FERNNÁOEZ GRANADOS

Apenas florece el alba
viene la virgen al río, '
que se estremece de gozo
al presentir sus hechizos
Sonriendo, sobre la gra~a
desata el blanco vestido ,
desprende su cabellera ,
que ~ubre su espalda e~ rizos,
Y de¡ando descubiertos
sus hombros alabastrinos
con sus dedos sonrosados '
conteniendo los latidos
de su delicado seno
desabróchase el co;piño
y muestra al sol, ruborosa,
de su hermosura
el prod'1g10
. • •••
L
d
on as, al recibirla
exhalan tenue suspir~,
Y blanca llu via de perlas
baña su cuerpo divino·
Y se quedan cintiland~
aquellos senos tao lindos
como botones de rosa '
salpicados de rocío.

ª

ENRIQUE FERNÁNJlEZ GRANADOS,

( De Myrlos.

EDIC!Ol&gt;ES PORl(ÚA México•

1915 J

PURISMO DE OLLA PODRIDA

El otro día, al abrir Los lunes del Imparcial, tuvimos un violento sobresalto al creer
tropezar con un espectro: el de D. Antonio de
Valbuena. Suponíamos que este buen señor
había dejado de existir hacía medio siglo o
cosa así. Aún vive, eterno cancerbero del purismo de la lengua.
Con humor y solaz, ¡qué divertido ensayo
psicológico podría escribirse sobre el purista!*
Su misión consiste en esforzarse por que el
idioma nativo conserve su ranciedad, su sabor a olla podrida y fritada de aceite. Nada
de palabras nuevas o exóticas, nada de giros
extraños. Para los que tales crímenes cometen, el purista tiene siempre a mano un vocablo aplastante: ¡galicursis! Si el purista fuera
consecuente, tendría que indignarse de que sus
hijos crezcan, de que sus hijas celebren coyunda, de que las sociedades humanas cambien,
• Una admirable contribución a esta psicologia del purista
puede hallarla el lector en la obra Camino de Ptrftedón del egregio escritor venezolano Manuel O!az Rodr(guez .

�APOSTILLAS

de que la corteza terrestre se modifique, de
que los mundos siderales se transformen; en
suma, de que todas las cosas, en virtud de leyes físicas o biológicas, sufran el eterno proceso del cambio. El purista ve en el idioma
un objeto de museo, algo fósil por el cual hay
que velar celosamente. ¡Nadie lo toque! Si
hubiera estado en mano de los puristas, no
habría más que un idioma: el cavernario,
compuesto de unos cuantossonidos onomatopéyicos. Pero los ríos no corren cuesta arriba
'
y las lenguas cumplen las leyes de su desenvolvimiento a despecho de todos los Valbuenas y "Chicos del Instituto" que pretenden
detenerlo con sus palmetas, tan inocuas como risibles.
(D e Espa,ia. Madrid.)

UNA VICIOSA COSTUMBRE
Sefialaré un a desviación causada por su
ejemplo. * Los que le ei,cuchábamos y leíamos con atención y respeto de neófitos entre
1880 y 1885 , tendíamos a creer, naturalmente, que la mayor parte de las voces usuales
" El_ ej~mplo del colombiano Luis Eduardo Villegas "hombre
docto, ¡unsconsulto de muchas letras, y ardiente ador:1dor de la
hermosa lengua castellana."

APOSTILLAS

51

eran provincialismos, o eran incrustaciones
artificiales procedentes del contacto con otras
lenguas, señaladamente la francesa, que la enseñanza elemental ponía al alcance de muchas
mentes. Esa tendencia se completaba con el
anhelo de buscar la palabra castiza entre los
términos poco usados. Existía la palabra
aceiter~ de uso corriente. Si llegábamos a
enterarnos de que la palabra alcuza significaba lo mismo y aparecía en un escritor castellano de nota, la palabra aceitera llevaba todas las probabilidades de morir arrinconada.
Una tarde, guiado por uno de los empleados del instituto, me acerqué a ver las notas
con que el Dr. Villegas señalaba el_anda~ de_ la
clase. Eran una revelación. Dee1an, st bien
me acuerdo: Arreitigorrea hizo novillos. Elejalde marró. Barrenccbe. Exposición nutrida. Optimo." Hacer novillos y marrar son
voces castizas; pero las h a y igua lmente sanas
que a nda n en b oca de todos. De esta tende~·
cia del Dr. Villega s provino, sin duda, el vicio, reconocible toda vía en algunos escritores,
de preferir entre dos palabras la menos favorecida por el aura popular, y el de trasegar
por nuestros buenos autores del siglo XVI Y
XVII en busca de giros y vocablos que la gen-

•

�52

•

APOSTILLAS

APOSTILLAS

rese más y con más inteligencia por ese arduo
problema.
Ven, sin duda, que mientras por una parte se
prosigue el esfuerzo inicial, por otra éste se tuerce insensiblemente y al cabo toma un rumbo peligroso. La escuela que responde al concepto
moderno del estado libre es la escuela laica. Las
razones son obvias. Pero entre nosotros se han
multiplicado y prosperan las escuelas confesio-

te ha puesto a un lado. Esta viciosa costumbre tiene por coronamiento el trasegar de día
y de noche por el Diccionario de la Academia
en busca de palabras extrañas para echar
mano de ellas, y en solicitud de las usuales
que el centón no acoge para arrojarlas al olvido. Dicen memo porque está en el Diccionario, aunque nadie usa la palabrt'ja, y no se
atreven a decir prescindencia o evanescente
o velívolo, si les viene a cuento, porque dormía sobre sus laureles el a.cadémic-o a quien
por acaso le correspondió redactar esas páginas del Diccionario.
B . SANIN CANO.
( Hispa11ia. Londres.)

EL MAESTRO PUBLICO*
Cuba independiente se ha esforzado no poco
por ganar el tiempo perdido; y ha dedicado buena parte de sus energías a la obra fundamental
de educar a sus futuros ciudadanos. Obra reparadora y previsora. Pero usted y, con usted, no
pocos hombres perspicaces han advertido que se
hace necesario que la conciencia pública ~e inte• De una carta del Dr. Varona al Presidente de la F,mdaciún
Luz Ca6ailtro.

53

J

nales.
Claro está que no intento poner siquier a en
entredicho el perfecto derecho que tienen los
maestrc,s que rigen esos establecimientos y el no
menos perfecto de los padres que envían a ellos
a sus hijos, los someten a esa disciplina y consienten que señalen a sus vidas la dirección que
alli se les da.
Pero afirmo que cuantos miran con ojos claros
por el porvenir de la patria deben dar la voz de
alerta no a los convencidos, no a los creyentes,
sino a los imprevisores, que suelen ser los más.
La reacción, que entre nosotros va sordamente
ganando terreno y cada día intenta el asalto de
un nuevó reducto, en nada pone más empeño
que en dominar la escuela.
En toda sociedad pequeña resulta siempre fácil que se coliguen elementos poderosos, e imperen. Entre nosotros, mucho más fácil, por
circunstancias históricas bien conocidas. Esto

�54

APOSTILLAS

obliga al país a vigilancia incesante y a esfuerzos
reiterados. Par desgracia, desde el punto de vista
cívico, no es el cubano ni vigilante, ni esforzado.
En materia de educación popular parece contentarse con el saludo a la bandera y el canto del
himno. Bueno es lo uno y también lo otro. Pero
como partes de un todo, como exponentes de un
espíritu. El espíritu inspirador de la revolución,
que abrió sus aulas para todos, con iguales dere·
chos, con igual dignidad; no para que subrepticiamente se deslice en ellas la práctica de esta 0
la otra confesión sectaria.
El maestro público desempeña un cargo de alta
confianza; a que no puede faltar sin hacer traición a sus deberes. Si su conciencia lo obliga a
ser propagandista de un credo, debe dejar de ser
maestro público. Puede abrir enfrente de la escuela pública una escuela confesional,
No hay que tergiversar mis palabras; y esto
no va con _usted, doctor. El maestro público
puede ser smceramente cristiano, mahometano
budhista o fetichista; pero no catequizar en s~
aula, ni dentro de los muros de su escuela. Eso
es todo. Lo cual no quiere decir que sea poco.
La escuela pública, como el cuartel, como el tribunal, como el palacio, como todo lo que pertenece al estado, tiene que ser neutral. El maestro
y el magistrado pueden mantener una capilla en
su casa; pero no en la residencia o la mansión
oficial.

APOSTILLAS

55

Insisto en esto, porque lo considero capital;
pero ello no implica la menor lesión para la personalidad moral del maestro. No se quebranta
porque se le señale el circuito dentro del cual ha
de moverse.
Precirnmente soy de los que creen que el maestro de primeras letras debe disfrutar de no pequeña libertad en sus relaciones con los discípulos. No me parece conveniente que se le asfixie
bajo la balumba de preceptos meticulosos. Y
esto, porque la verdadera enseñanza en ese período no corto de iniciación es individual, de
maestro a discípulo, a cada discípulo.
Hay reglas útiles y necesarias, pero no deben
resultar al cabo cadena inflexible para el que enseña. El fin de ésta es hacer hombres, no ma•
niquíes. Por eso el maestro no debe ser a su vez
un maniquí, que adiestra hábilmente a otros
como él.
Con hombres convertidos en maniquíes se ha·
ce lo que el mundo está viendo hoy con asom·
bro y dolor. Máquinas tremendas para destrozar. Aspiramos a que nuestra pequeña república
sea la morada pacífica de hombres dueños de sí
mismos, de hombres que se respeten y se inclinen con respeto ante el derecho de sus iguales.
ENf&lt;IQUE JOSE VARONA
(C116a Contemporá1ua. Habana. 1915j

�56

cao•••s.s.••

APOSTILLAS

Henríquez Ureí1a
Léase el admirable pr61ogo de
·
González Ma1·a LA. Y.UERTE DEL CISNE d e E urique
tíuez egregio poeta de Méjico.
'
la enta de LA. UUBR·
Tenemos ejemplares para v
TE DEL CISNE¡ a t 1 5Q.
LAS CIEN .MEJORES POESÍAS
También tenemos dt,
Pr .
ll.EJICANAS a que alude _el citado prólogo:
emo:
'
•·
0 Ennque Fert 0.75. De otro buen poetameJtcan '
roo
n~dez Granados, tenemos ejemplares del ~
MYRTOS
Muy elogiado por Gutiérrez NáJera.

UNA SOLA DISCIPLINA
Un pueblo no es la suma de sus especialis tas;
nn pueblo puede muy bien no ser inteligente v
est a r ma t erialmente lleno de sabios; un sabio
- en el sentido alemán de especialist a , de investigador de una disciplina- puede ser perfectamente un hombre tosco, sin ninguna finura intelectua l.
He observado que en los pueblos pequeños
de escasa mentalidad se atrib uye el summun
del talento, de la habilidad, de la cultura, a
los abogados. Para un ignorante, un abogado es un hombre que sabe de todo, que entiende de todo y q ue pa rla de todo. Hay que oir a
los abogados charlar con perfecto desenfado,
haciendo uso de una maquinilla, de una lógica
abogadesca, para producir ideas. A nadie se
le ocurre pensar que ese abogado puede ser
u na eminencia en Procedimientos Judiciales y
un perfecto botarate en todo lo demás. La int eligencia más b ien se pervierte que se desarrolla con el cultivo constante de una sola disciplina. La pa ciencia experimental n a da t iene
que ver con la agilidad, con la frescura del espíritu. Un sabio no t iene otra a utoridad que
la del radio de la disciplina que cultiva. Yo, al
menos, conozco sabios mny brutos e ig noran- ,
tes muy int eligentes, mucho más inteligentes
que los sabios de mayor monta.
JOSE SANCH EZ ROJAS .
( Hispania. Londres.)

Precio: \l!i
..H. 0.75.
.
:!!'RANCIA vors10También tenemos J A.RDINES DE
'
.
iws poética-; de autores franceses, por Enrique
González Martinez, a &lt;I!: 2. oo el tomo.

++++------+++t

iPROSAt
ARTICULOS DE

+
\
+
Un volúmen de 15◊ -págs,, &lt;t ◊, 5 ◊, +
+
+
t+++--------++++
EKNEST~l\KTIN

D E V ENTA.. EN LA.. IMPRENTA. GREIAS

;¡

\

�LA NOTA
Revistn Semanal, editada en Buenos Aires. 1&lt;::x1ie•
lente. Cuenta con la colaboración de e:-;critores
distinguido:; del Uruguay y de la República ,Ar·
gentina: Rodó, Lugones, Zorrilla. San Martín, Becher, Ugarte, Ingenieros, Rojas, etc.
En prueba de ello, el interesantísimo artículo de
Rodó: EL CENTENARIO DE CERVANTES. De LA NOTA lo hemos tomado.
S11,.~eric.ió11: 12, ¡u.-·o., ,irge,1t,,.os el aiio.

La recomtintl.amos a nuestros ami~os y estudioso~.

Libros - Verl6dlcos - Folletos
Hof as sueltas
Recibos talonarios - eheques

Imprenta Greñas
Calle Central Norte
Tarjetas de visita
Pactaras- Etiquetas -1 nvltaciones
VREe1es

Meo1ees

v::::=====~..,:::=====~"~

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                  <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>GUILl,ERMO VALENCIA ••.•.. • Cómomirnelpo&lt;'tanfloll-

var
ALBERTO MASFERRER...... ..
ENRIQUE BANCHS . .•••.•.•• .

Dios pr.&gt;tege a los niños
J.a Oda a los Pndresde la
Patria

RUB~N DARIO.. ••. • •••••••.••..•

El id al 1-flle. Henrieue

SANTIAGO PEREZ TRIANA....

J.a doctrina de Monroe en

JOSE F.NRIQUE RODO. .. . • • •

Bélgica

MIGUEL DF, UNAMUNO .•. ••.

Sobre el destino

un aspecto nuevo

1915

SAN JOSE DE COSTA IIIICA.
Imprenta Grell••

���2

OUTLLERMO VALE'llCli

portento~o y épico, un hombre. i Y ese
hombre era Bolívar!
La palabra vuela, cansada, para decir
lo que fué él: predecir, luchar, vencer,
crear, orar, gemir, cantar, rugir, maldecir, convencer, soñar, padecer, agonizar,
morir ... Morir, no como quiera, sino como la columna dórica cansada de llevar
sobre sus hombros el peso inmenso de las
naves; contemplando cómo España ataba
de su escudoala fiera soberbia y melenuda,
y dejaba volar, a cobijar el nuestro, con
la sombra sagrada de sus plumas, esa ave
libre que gusta de armar su nido sobre
el pico más alto de las sierras.
Y esa fué la visión del poeta. El ,·ió al
héroe mártir; y supo contemplar su perfil
vencedor sobre el muro negro y derruido
de los tiempos que fueron; y su gesto
aguileño y su abrazada tez y sus mismas
quemadoras pupilas en que reverberaba
el rojo sol del comba te. Y vió cómo, al
acompasado galopar de su caballo, la tierra brotaba soldados que iban formando,
asu espalda, como la cauda inmensura-

CÓMO MIRA EL P&lt;iETA A BOLÍVAR

3

ble de un cometa; y cómo iba llevando,
de monte en monte andino, los incendios
de la guerra y la voz de Dios....
El poeta tomó esos rasgos esenciales y
fué a llevar a la fragua volcánica el sagrado crisol que contenía el bronce futuro
de la estatua inmortal. Inmortal. .. porque Bolívar vivirá mientras la lengua castellana nos esté pregonando en América,
e"? las estrofas del poeta, un pasado glonoso y un compromiso para lo futuro.
GUILLERMO VALENCIA
( El Fígaro. Habana.)

�DIOS P ROTEOJ; .l. LOS NJÑOS

DIOS PROTEGE A LOS NIÑOS
( Del fr anrls.)

no creas que Dios no piensa en
ti porque eres débil y pequeño.
Más pequeño es el pajarito qtte revolotea oculto en los zarzales, y Dios le
viste y alimenta.
Dios baja a la casita de la abeja, y
cuando ésta se va, él cuida sus barrilitos
de miel, guardados en el hueco de un roble.
Dios protege al diminuto insecto, escondido bajo una brizna de hierba .
Dios está e!l todas partes: lo mismo
en la choza del pobre que en el palacio
del rico, y a sus ojos n o vale má s u na
estrella que el huevito de un colibrí.
Si duermes, él está junto a tu cama,
y gua rda tu sueño.
El vela sobre ti, como vela sobre el
IÑO,

N

5

árbol, al que calienta con su sol y refresca con s u lluvia.
A toda hora extiende su mano sobre
tu cabecita para protegerte. Confía ¡oh
niño! en Dios. Y serás fuerte y bueno,
porque de él vienen toda fuerza y toda
bondad.
AL BERT O MASFERRE R.

�ODA A LOS PADRES nE LA PATRIA

7

como echa el viento el trigo a un mismo lado
se amaron en razón de este prestigio;
dos manos juntas bajo un gorro frigio.

LA ODA A LOS PADRES DE LA PATRIA
f l EINA la paz entre

los argentinos ...
~Contemplo la concordia de los hombres,
la justa imbricación de sus destinos,
la mutual armonía de los nombres,
la energía solemne de las urnas,
el fermento de las resoluciones,
y laboriosamente taciturnas
las frentes graves de las vocaciones...
Mi individual dolor se desvanece
como hoja seca en selva que florece.
¡Ob, Dio.;! pienso e1. los h &gt;mbrcs que han vivido

cuando en la Nada estaba mi latido,
cuando como en la cuerda está la nota,
cuerda nunca pulsada, el ser dormía
latente y vago en la tiniebla ignota,
insospechado en la tiniebla fría ...
Y Ellos ... ¡cumplían su deber! que uncidos
a la aspereza de un humilde estado,
cada cual en su sitio, como un diente
de engranaje en el hueco respondiente,
por una misma voluntad unidos

Llevaban, pertinaz, lq iniciativa
en la pupila como lumbre viva;
su hora de reposo era un perfecto
ángulo de mensura de un proyecto.
Uno escarbaba en la naturaleza
la utilidad que en ella se apereza;
otro organiza, acuerda y anticipa
la ley, que sólo es ley cuando emancipa;
quien, sacudido del dolor de Apolo,
juntaba a todos en un templo solo;
y otros, vidas cordiales y serenas ...
tienen igual deber las azucenas
que hacen claros los ojos que las miran
y perfuman las manos en que expiran.
Por ellos nuestro pan arraicra
el bcrusto
b
suave y fácil de cosa que en derecho
se posee y recibe nuestro lecho
el peso de la paz de un hombre justo.
Por ellos se remansan las miradas
en proporciones como musicadas
y se despierta en familiaridad
con su viril confianza, la bondad.

�8

J!lNRJQUr. BAN_C_H_S_ _ _ _ _ __

¿Quienes fundan la estirpe? Aquí, el prim~ro
el hombre que primero en e11ta tierra
llevó la carta que el abrazo encierra,
el chasque que en hipante parejero
el incierto pavor de la distancia
cruzó llevando a la cintura opreso
un pedazo ele idioma en que confeso
se prolongaba un eco de constancia
una angustia lejana, acaso un beso.
El puso pensamientos frente a frente,
a chÚla familiar trajo al ausente
y el llano calmo unió al agudo monte.
¡A cuántos fué su aparición, suspensa
allá en la indecisión del horizonte
del dolor de estar solos recompensa!
Y salga aquel que espíritu afincable
puso en la pampa abierta el alambrado
y circundó su esfuerzo en la inviolable
seguridad del término marcado.
En la extensión de vaguedad indivisa
todo está errante como en el desierto;
la vagabunda planta que allí pisa
no está tranquila y el derecho incierto
tiene el fugaz capricho de la brisa.
Brava y alzada la perdida hacienda
defrauda al hombre su opulenta ofrenda.

ODA A 1,03 PADKE9 D)': LA PATRIA

Estérilmente en su salvaje estado
se embastece la estampa del ganado.
Y nadie goza el previsor orgullo
de saber el valor de lo que es suyo.
El pedestal primero de la vida
libre es la propiedad. La patria es hecha
de propiedades: y jamás la olvida
aquel que en algo siembra o algo techa.
Grande es aquel que hincando la medida
con el poste en que paran los enjambres,
rayó la pampa coo lo1o cuatro alambres.
Pero más grande el otro que sediento
de la confusa entraña de la tierra
sacó a la luz el óptimo elemento.
La sangre de cristal sacó a la sierra
y el suelo yermo como la ignorancia
recibió con su pecho calcinado
el redimirlo surtidor, alado
de pronto como un vino que se escancia
solo y protesta en súbita arrogancia
la oscura eternidad de su prisión ...
¡Música nueva en la desolación
de los paisajes tristes y marchitos,
el agua, el agua pioneer, redención,
de los paisajes foscos y malditos!
Y este es el reino de su maravilla

*

9

�10

E:SRIQUE BANCHS

porque ella hinchó la eicótica semilla,
constituyó esencial a la argamasa,
regó los corredores de la casa ...
Porque ella en el país sólo alternado
por el sol en la arena difractado
trajo el carnero de los ojos de oro,
con su cabeza de bigornia el toro,
el caballo de oreja pronto erguida,
el perro al que un galope sobresalta
y se adelanta a toda bienvenida,
el flamenco rosado que resalta
en los charcos dormidos como una
pálida rosa en límpida bandeja
y la colmena grávida que aduna
rumor de lluvia con rumor de queja...
Rindióse el hombre en un recogimiento
culminante en los años y divino
cuando, hélice en el mar azul del viento,
giró la rueda del primer molino.
Bien vale un verso el que primeramenle
puso un eje de acero a la carreta,
la carreta que áspera y gimiente
a su µobreza indígena sujeta,
reptaba en la sin fin llanura yerma
tarda y difícil como bestia enferma.
Pero hubo alguno que alivió la enorme

ODA .l. !,OS PAl)Rt:S D ■ LA

P.\TRTA

rueda atascada de su propio peso
y en llanta fina la encerró, conforme
al ligero vigor. ¡Hierro, progreso,
Hierro fundamental y activo ea donde
un invocado porvenir responde!
Se crea y limpia en la fornalla roja
como el artista en la miseria crea,
y es fino pero fuerte, como idea
que no por ser sutil s11 fuerza afloja ...
Recuerda al hombre por quien ves hogaño
cruzar por los macizos alfalfares
donde la juvenil edad del año
se cuaja en leve floración violeta
o en los caminos que tentaculares
rasgan el verde igual con tersa veta
cruzar como libc'.!lulas ligeras
ves tílburis, volantas, jardineras ...
Hay algo que une más que una bandera,
más que un conciliador paño celeste
que en los aniversarios sombra preste
sobre rica mansión, taller, tapera;
hay algo que une más que a comulgantes
el Pétalo de lirio de la Forma;
más que el idioma que es cincel y norma
de las Promesas siempre tremulantes
ed emoción sobre el tiem¡.,o y la desgracia ...

11

�ENltlQ US

llANC Hfi

ODA ~ L08 PAIIRE,;

Es el camino eu que el tra½&gt;ajo espacia
lar and wide su impulso. ¡Los caminos!:
nervadura de unión que imprime al suelo
la sensación de la presencia humana.
Prolongan en la mansa y silenciosa
libertad de los campos bajo el cielo
la colmena r ag itación urbana,
y en su vinculación todos vecinos
no queda solo el solitario duelo
ni se afinca el placer p orque rebosa
por ellos, general y desbordante.
Quien dentro de secreta frente esconde
la a ventura posible, a llí, inquiet a nte
se va el ca mino g ri-s ¡quien sabe a dónde!
Todos se acuerdan dél cua ndo se espera
de la mano del Júbilo al a usente,
todos están en él cua ndo inclemente
la materna región arroja afuera
inhóspita su propia p role herida ...
P a rte desde un umbra l cual bendecida
prolongación del alma del hogar
y pa rece que en él se prolongara,
(¡queda , sutil y lánguida algazara!)
el rumor de la ch arla familiar
o el zumbido astiHado del telar.
¡Ab, pero son magníficos! Magníficos
CtHtOdo pom posamen te la opulencia

ns LA 'J'T R IA

predial derrama en ellos los muníficos
rebaños, y vibrando en la querencia
responde a la ternura del balido
la pena lenta y honda del mug ido ...
Los rebaños: la vaca resignada
que se detiene y vuelve la cabeza
con lástima en los ojos empañados,
el carnero que embiste el aire en cada
sombra alada al sentir que la ufaneza
maternal de celosa golondrina
le arra nca en sus revuelos a locados
la hilach a suelta de la la na fina
para el nido que a mpa ran los tejados,
y el caballo que eu cónica carrera
cargad tirón final que ha r oto el cincho
y la puja que ha roto la pechera
en el trémulo bronce del relincho ...
¿Qué rumor de t ormenta más fecunda
que a quella tempestad sorda que inunda
el tráfico g regal en los caminos,
oblación de vigor a los destinos
insospechados de los argentinos?
Diga quien vió una tarde declinante
mover en los caminos cenicientos
las pa r vas de heno en los camiones lentos
que penetra ndo en el confín distante
parecen majestuosa serranía,

13

�14

t.NRIQUJI!

BANCTIS

0l&gt;A A T,OR P,\IIR'P'S

nr.

t,A

p.,TRTA _ _ _
l!l_

diga si olvida esa melancolía
que desde el fondo de una tarde agraria
le sigue como sombra solitaria.
Laudativa emoción me agranda el pecho
cuando en la soledad de tierra nueva
veo blanquear simétricas y agudas
las carpas de los peones camineros.
Ellos los sin bogar, que dejan hecho
un paso a los bogares, los que en prueba
de haber pasado con sus obras rudas
fundan tras sí perennes derroteros.
Pero un hombre existió, hoy ignorado
en el claustro sombrío de la historia,
que el primero dejó un bache colmado
y el pantano avenó; luego apoyado
en su confianza fuerte y placentera,
miró el camino inaugurado qu'era
la ruta inaugurada de su gloria.

la semilla que encierra el eucalipto
como un sáfico solo, encierra un alma ...
¡Arbol de majestad!: suena debajo
de él como en un templo la sandalia,
él, siempre en el azul como un proscripto
al alto azul por su grandiosa calma.
¡Arbol con la presencia de los dioses!
En su fronda sombría son las voces
de la progenie alada salmos graves,
la crepitante fronda, fronda de hoces
donde duermen las nubes eon las aves ...
Todo su alrededor parece un atrio
para que eleve él sólo su calosa
rectitud, erguimiento en que reposa
la recia majestad del campo patrio ...
¡Haya en lugar de piedra y signo inscripto
en mi llorada tumba un eucalipto!

Como columnas son de gloria anónima
los eucaliptos. Raza de columnas
a la que falta la expresión epónima
de quien un día, dúctiles alumnas
fueron; pues, tallos frágiles había
uno que su principio sostenía
en la tierra de plata. Gr.o que trajo
de una ignota comarca de la Australia

La obra, que es la idea regazada ,
en innúmeras formas reconcentra
la armoniosa mecánica del músculo.
Sólo el hombre dispone la educada
fuerza en obra prevista; él sólo encuentra
que como una esperanza sin crepúsculo
la reoovante forma de la idea
la nueva acción de nueva fuerza crea ...
Qu:en difciplina el álacra cohorte

�16

ENR.l'~UE

BANOJJS
Ol&gt;A A LOS PADRES DE LA PATRJA

de alados sereti que en kls frentes moran
ed\:lca la justeza de su porte,
arma de pN"suasiva gracia al gesto
y los músculos ciegos incorporan
la docta dirección que marca el puesto
de su fuerza en el límite dispuesto ...
Miremos al que mueve en sublevada
a&lt;Yua
el ala del barco, el ágil remo,
o
al que abre en incisiva cuchillada
el cogote berreante del becerro,
al que amasa y enforna el pan supremo,
al que golpea el rutilante hierro,
al que levanta isócrono martillo,
al que encaja en la tierra dividida
médula de la paz, la cañería,
al que engarza la piedra en el anillo:
beso perenne en mano prometida,
al que en alta techumbre o campanario
es, con ojos vultúridos, vigía
que apronta agudo g rito salutario,
a l que junto al tumulto maquinario
tiene en la diestra estopa o aceitera
de penetrante pico de cigüeña,
al que va en la oración a la carrera
con larga vara de flameante punta
y enciende los faroles, al que ordeña
la vaca del cencerro lastimero,

y al que con latigazo cohetero
ensoberbece percherona yunta ...
Todos ellos unánimes resienten
el imperio vital de un pensamiento,
todos un implacable mandamiento
utilitario y tácito consientP.n.
Pero en más bello cauce se arteriza
con un desinterés alegre y sano
y e,1 espontánea libertad sonrisa
el noble exceso del esfuerzo humano:
Digo el deporte en que la mara villa
corporal se aligera en regocijo
como se goza el alma en la sencilla
alegría de feria popular,
y burla en devaneo la ejemplar
rigidez del deber y horario fijo.
Y el deporte es así: es disciplina
natural y graciosa. Natural
como el canto de alondra repentina
volando en la sonrisa matinal...
¡Canto la prez del jueg0 a la pelota,
la arrogante salud que en fuerza e:ii:plota!
¡La clara vastidad de los frontones
donde las voces son aclamaciones;
el va y el ven15a, el saque, el uno ll cero
que suenan como golpes en acero,
que infunden en el pecho eco latrante¡

17

�18

ENRIQUE B.U.OllS

el muro, monumento resonante
que marca con un grito de victoria
el vigor de la mano proyectoria
que limpia, o con la cei-ta, o con la pala,
tiene el impulso súbito del ala¡
saltatriz y violenta la esferilla
de verga y encerada cabritilla,
inesperada, ubícua, sagitaria,
ligera y fuerte, leve y lapidaria;
y el salto y la carrera y el anhelo
que como lanza audaz le para el vuelo!. ..
Honro al hombre que trajo el ejercicio
alegre y franco y canto el beneficio
que de rejuventud al joven dota.
¡Honro la prez del juego a la pelota!

Pero más que el trabajo renovante
que entretiene la espera que es la vida,
pero más que el deporte equilibran te
que es música en vigor aparecida,
y más que la moneda de los justos:
la buena voluntad; signos robustos
decoran la riqueza memorable
de la Nación, como en escudo noble
el azur, el sinople, el gul, el sable,
bestia rampante torreón y roble.
Son rúbricas que en grave documento

ODA A LOS PADRES DV. LA PATRTA

por voluntad de pueblos federados
suprimen las aduanas interiores ...
¿Cuándo a todos un mismo pensamiento
Y un mismo nombre nacional abraza
y tienen suelos patrios cosechados
y un corazón que colman los dolores,
cuando por la cultura igual son raza
y una igual caridad los llama hermanos
y de una igual mar.era dicen ¡juro!
como de igual manera dicen ¡amo!
serán la dura obra de sus manos
el fruto del negocio y el maduro
fruto del árbol o industrioso ramo ,
extranjeros allí donde a los hombres
un mismo nombre nacional abraza?
¿Allí, en el patio mismo de su casa
gritará la alcabala ¡no se pasa!?
¿Y tierra igual, cortada por dos nombres
será hostil entre sí? ... ¿En la bandera
el blanco y el azul se cruzan guerra?
¿Nadie podrá bajar de la al ta sierra
el pino agudo que será piragua,
ni bajará la balsa libremente
sin que el ogro fiscal grite ¡detente!
frente al tranquilo progresar del agua
que álamos mira, p almas más allí
Y más lejos los pinos misioneros

19

�20

E?ffilQUE B \NCHS

y torva confusión del tacuarí?
¿Tendrá castigo el poncho calchaquí
porque se junta en un telar lejano,
y la tinaja del licor cuyano
se quebrará en el límite frontero
por que viene de casa de un hermano?
¿Se habrá de ver desierto el natural
camino de los ríos y el umbral
del puerto natural encadenado
y el derecho de tránsito vedado
del suelo ¿para qoé reconquistado? ...
Los que crean no saben detenerse
en la alameda vaga de la historia;
la voz del verso sin embargo fuerée
al creador en obra de memoria,
y rememore y surjan en su frente
los nombres que firmaron la gran Acta,
como en las plazas públicas el día
en que la nieve cae tenazmente
surgen sobre la sábana compacta,
sobre la blanca y gris monotonía
bajo los foscos cielos invernales,
los monumentos en los pedestales.
Coronas que eternizan en las frentes
la forma de los brazos cuando abrazan,
gajos apasionados que entrelazan

(\DA A LOS PADREd DE LA PaTRIA

el adamante grito de las gentes,
coronen proras. Y coronen proras
que arando soledades mugidoras,
en la concavidad tesaurizan~e
trajeron más tesoro y mara villa
que aquel que se llevaron al Levante
con las frontales joyas mejicanas,
con las pálidas perlas antillanas,
con los racimos de la cochinilla
' ...
con el quetzal huraño y majestuoso
En buen día y minuto venturoso
el pardo Estuario atravesando, aterra
la quilla que primera en nuestra tierra
trajo un libro de versos ... ¡Fiebre santa!
que levanta la carne cual se encorva
la espalda del león. ¡Arma que canta!
y rompe al hombre la potencia torva
de la perversidad; desgarra al Diablo
que en la naturaleza humana incuba
los huevos de la Ira. Gran venablo
cuya punta sutil es el vocablo
cargado de sentido que si hiere
hiere en el sitio aquel que nunca muere
y lo hiere de amor para que suba
donde todas las almas se confunden
en la Unidad!... Oid: las almas se hunden
en tu sombra de oro, Poesía,

21

�22

JINRIQ OE BANCHS

cual paisaje de pinos y de nieve
en la sombra de plata de la luna.
Y su esencia inmutable que rocía
una flotante claridad de estrella
comprende todo y como un ala leve
cruza el pavor de una región tao beHa
que nunca la cruzó presencia alguna
conscientemente... Oid, cómo se siente
( como el antiguo trípode elocuente),
resonar en el pecho de la Musa
simbólica, el fatal latido pánico,
el del mar, el del campo y el uránico
desde una eternidad. Oid, confusa
rompiente de una ola de sollozos,
y canciones de cuna y alaridos
y el fragor de metales laboriosos
y el fúnebre vagar de los vencidos.
¡Porque es eterna! Y como Eterna trae
en pie la altura que en el tiempo cae.
Su diestra permanente, original,
fértil como la tierra primordial,
conduce con firmeza oracular,
segura como un río que va al mar,
a un nuevo fin, principio de otro fin ...
¿Quién ignora que existe? Quien ignora
que se abraza, se espera, que se llora,
que por diciembre hay flor en el ja.rdín.

ODA A LOS P ·lDRES DE LA. PATRIA.

Porque Ella es sentimiento. Y es su perla
la lágrima, la risa su collar
y la pasión el férvido telar
que enaltece su mano. Para verla
la carne transitoria se traspasa
con los siete puñales de las siete
virtudes. Se hace templo y se hace casa
de voluntad que le señala el cielo
como el angel de piedra en los sepulcros.
iMejoramiento espiritual, anhelo
de admonición constante y excitante
cual repetido golpe de florete,
invisibles cinceles, finos, pulcros,
que tallan, pero a golpes, el diamante
de esta satisfacción insatisfecha
que es la Vida, encadenada a todo:
en la humedad vital unida al lodo
en su renovación nunca deshecha '
unida al armonioso movimiento
y unida al Tiempo por el pensamiento ...
La poesía es como punta aleve
que estéril calma sin cesar conmueve
con redentora cruelda d . Inyecta
la fiebre por las cosas esencia les ·
.
.
'
encaJa un nervio en el vigor dormido
con la firmeza de una línea recta
Y llena el corazón de los mortales

23

�24

ENRIQ UE B \NO US

con el letal terror del negro olvido
macizo de mutismo irrevocable.
¡Daimon de luz, el hombre que nos trajo
el ligero, sagrado y venerable
verso violento de inquietud, que bajo
música sirenida vierte envidia
emulatriz! ¡Divina en su perfidia!
Recojo los pendones de la oda
y este es mi voto, Patria: Que tu suerte
en las obras sencillas se haga fuerte,
como en mísero nido se acomoda
el águila. Tu fuerza ensamble toda
en deber cotidiano. No una diosa
te llames y te engañes de pomposa
fiesta. Sé como un hombre, como un hombre
con las obligaciones familiares
y con la utilidad de sus pesa res,
con el día apretado de simiente
como una granada. Que tu nombre
tan metálico, límpido y sonriente
suene a verdad austera y a palabra
de honor. Y por ti juren los varones.
Respétate, que así tu mano labra
tu propia y exclusiva recompensa.
Regocíjate en ti, como el que piensa.
Tu sextuple millón de corazones

ODA A LOS P ADRES DE LA PATRIA

25

tenga la integridad de los pilares.
¡Tan maziso pilar pide la raza
de las virtudes! Amate en tu casa:
alégrate en la furia de tus mares,
alégrate en tus grandes parlamentos,
en el áspero son de tus trigales,
en los mandatos de tus trbunales,
en las asociaciones y esponsales,
en tus auroras y en tus nacimientos,
alégrate en tus pinos y tus vides ...
No te quiero tan próspera que olvides
el difícil Deber. Y no te asombre
que se mueran las patrias como el hombre ...
... ¿Qué pastor colosal en la tiniebla
suprema empuja los rebaños de astros?
¿qué báculo fata l lleva la niebla
de Galaxía ? ¿quién borra los r astros
en el sendero inánime de Cronos?
¡Quién que sea te libre de los ma les
y aparte de tus hombros maternales
la formida ble g a rra que se a ba te,
tremenda, insospechada y sin combate,
en las Dominaciones y los Tronos!
E RI QUE BANC HS
( Nosotros. Buenos Aires.)

�Ml,LE. HF.NRIBTTE

EL IDEAL DE MLLE. HENRIETTE
-"¡Au revoir, mademoiselle Henriette, au
revoir!"
Yo oi bien; la señora la despidió así en el
muelle ... aquella señora robusta, parlanchina,
que llevaba un collar de perlas, posiblemente
verdadero, y un sombrero imposible, imposible, como aquellos tacones que le echaban su
fuerte humanidad para adelante y la hacían
andar en la punta de los pies, y con movimientos de pato ... Yo oí bien: ''Au revoir, mademoiselle Henriette ... "
Y aquí, en la lista de pasajeros, me encuentro con que mademoiselle Henriette se llama
Mme. de ... Y a la verdad, el aspecto, la manera de mirar, antes bien, seria, grave, más
que de una señorita, a pesar de la juventud,
son de una señora ...
Va sola, en camarote de lujo ... No se habla
con nadie. Come en una mesita, solitaria. El
tipo es de criolla. Morocha , cabellos negros y
espesos, ojos ardorosos, con grandes ojeras;
cuerpo firme, rico en realidades; criolla o ar-

27

gelina, pensé yo ... Luego resultó que no compreudía una palabra de español...
Las familias hispano-arnt-ricanas que van a
bordo, la miran con cierta prevención ... Aunque ella no se muestre sino como un modelo
de recato, algo se sospecha... Ninguna dama
ni damita la busca; se pasea sin mirar a nadie; y en su silla de cubierta se tiende a contemplar el mar, o a leer alguna novela francesa.

Había puesto el libro abierto sobre las rodillas ... Tenía un aire melancólico ... Estábamos
solos en un extremo del barco, adonde yo había ido a dt:jar vagar la mirada por el horizonte.
De pronto, sin poderme contener, dije, como
distraídamente:
-Mademoiselle Henriette ...
Sorprendida, me miró con una expresión de
recelo ...
-Monsieur...
-Perdóneme, le dije. Sé que cometo una
indiscreción; pero la curiosidad humana, primero, y sobre todo la curiosidad literaria...
Yo bien sé que en la tarjeta puesta en la puerta de su camarote y en la lista de pasajeros
aparece usted con el nombre de Mme. de...;

�28

RUBÍ:N PARIO

pero, al mismo tiempo, no puedo olvidar que
una señora que llegó a despedir a usted a bordo, la llamó Mademoiselle Henriette... Ante
un misterio, el instinto del periodista, o del
escritor ... usted comprende ... Luego, la belleza extraña de usted, la distinción ... Así pues,
madame o mademoiselle ...
-Mademoiselle, me interrumpió sonriendo.
Al poco tiempo nuestra amistad se había
afirmado. La conversación de la joven me ha·
bía interesado; no se trataba de una mujer
común, más bien de una joven que hubiera
recibido una educación cuidada y una instrucción notable. Su voz era suave, entre sedosa y cristalina, y en sus labios muy encarnados, sin recurso del lápiz, aparecía, cuando
hablaba, una sonrisa de sentimental...
Padeció un poco de mareo y tuvo que guardar cama. La atendí lo mejor que pude; le
hice llevar a tiempo su tila, su champaña helada, su apollinaris... Sin interés, sin más
interés que una cierta simpatía por esa ave
sin compañero, con todos los medios para la
consecución de la alegría, y, sin embargo, reveladora siempre de una íntima tristeza ...

MLLE. BENRJETTE

29

*
El sol iba descendiendo al horizonte, tras
un grupo fantástico de colosales leones de
oro, que se alzaban sobre una montaña azulada. En el mar blando iba tranquilo y casi
sin movimiento perceptible el vapor. La iniciada amistad había llegado al capítulo de
las confidencias ... Verdaderas o no, ¿qué me
importaba? ¿Y qué propósito había de tener
en engañarme, en narrarme cosas inventadas, en hacerme creer patrañas, esa pobre
mujercita? Yo le creí todo completamente¡
no dudé un instante de su sinceridad, y, en
los pasajes conmovedores, según mi consuetudinario sentimentalismo, sentí que se me
humedecían los ojos, con la bienhechora y
sedant~ irritación de las lágrimas... ¡Incurable modo de ser!. .. Cuestión de nervios ...
Había nacido en una provincia francesa.
Hija de industriales ricos, ellos se esmeraron
eu educarla convenientemente. Desde nifia fué
muy aficionada al sport. Ahora mismo, en
Europa, ella manejaba sus automóviles ... En
su casa se hacían, desde su adolescencia gentil, sueños dorados, un matrimonio "muy
bien", un marido de prestigio y de fortuna,
si no con título ... "Pero sin saber cómo ni

�30

RUIIÉN DA.RÍO

cuándo, impensadamente, apareció el anuncio de la ruina; lleió la ruina... Todos los
negocios se vinieron abajo, y con el_los todos
los castillos en E~aña... o en el aire ... Nos
quedamos en la miseria ... Papá murió de pena ... Mamá le siguió poco después ... Yo quedé sin apoyo ninguno ... Es decir, sí, me quedó un protector, un amigo de papá, que
acabó de costear mi educación, y que luego.:.
Lo que tenía que suceder, a pesar, de la diferencia de edad, se enamoró de m1 .. •
... Me llevó a su casa, me vistió como a una
princesa ... Se desvivió por complacerme en
todos mis deseos y caprichos, y luego, ~ablando con claridad, fatalmente, necesan~mente, fué lo que tenía que ser: fuí su quend a... "
?
Q .
-"¿Pero usted ha amado ya.... mere usted a su amante, que desde luego, veo que es
un hombre generoso .. •"
-No no he amado ... ni creo que pueda ya
.
amar ...' Y, sin embargo, ¡estoy tan Joven
a ú n.1
En cuanto a él, es un excel.::ntehombre, un hombre que 00 puene ser mejor, por carácter, por
distinción, por corrección ... Pero ... ¿cómo explicarle? ... Para mí yo necesito otra cosa ... un
amante que haga locuras de amor, que me

- - - - - - - - - - : M L L E . HENRIETTE

31

ame como yo creo que se debe amar.. . Y eso,
estoy convencida, no lo hacen sino los que
son muy jóvenes, o los que son muy viejos ...
¿Comprende?... Y él _no es suficientemente joven, ni suficientemente viejo ... Y él lo sabe...
Me deja, en absoluta libertad, viajar, distraerme, porque comprende que de otro modo
sería todo imposible... No hay mutua condición de amor ... Yo veo en él algo como mi padre; él ve en mí algo como una bija suya... Y
tiene el talento y el buen gusto de no querer
imponerme a la fatalidad y de no ser celoso . ..
Se quedó en silencio, mirando largamente el
mar.
-Pero, en fin, usted es joven, está en lo más
florido y fragante de sus años, sin que sea
una chiquilla inexperta ... Algún ideal debe de
tener... No ha de pasar la vida en solitarios
y poco gratos viajes, aunque, permítame usted que lo crea, dada la libertad de su espíritu, dando alguna vez, cuando le viene en voluntad, satisfacción a su capricho...
·
-¿Sí, tengo un ideal? Ya lo creo que lo tengo. Escuche usted: mi ideal es, si ya no el
amor, que veo imposible y destruído antes de
que pudiera nacer, por el tiempo y lo fatal de

�32

RUBÉN DARfo

la vida, lograr un cariño, un afecto, y apartarme del bullicio de las ciudades, e irme al
campo a cuidar mis flores, mis gallinas, mis
pavos, mis patos, hecha una "fermiere" '. en
una existencia pacífica, en espera de la veJez ..
Y, sobre todo, tengo el horror-me dijo, y
transformó su cara un gesto de espanto-el
horror de que llegue a morir en la soledad, en
el abandono, sin que haya quien me cierre los
ojos, .. ¡Oh, sería horrible!
En su faz, cuando calló, se advertía una palidez de marfil dorado, en donde se reflejaba
el perlado rosa del crepúsculo ... ¡ Sugestiva dama! Burguesa, pero ¡cuánta nobleza en el rostro, en el ademán; y cuanta elegancia, mane•
ras de gente "nacida", y el timbre de la voz,
y lo nocturnamente lui;ninoso de sus ojos negros... En algún momento, mi pegaso, si gustáis, llegó a piafar... Y mi fantasía ... Una alma como esa, ayuna de afectos, viviendo sin
el incomparable consuelo vital de otra alma
hermana ... Y la cultura que se reconocía en
toda su persona, su deseo de sanas realizaciones la cordura de su modo de pensar, que se
diría de una mujer hecha para la familia, para el ''home, sweet home" ... Indudablemente,
pasan cosas en la vida, injuslicias de la suer-

MLLE. HENRIETTE

33

te... ¿Por qué esa pobre joven no podría realizar su ansiado ideal? ... Y para cambiar de
conversación:
-¿Dónde va usted a desembarcar, señorita ... ?
-En el primer puerto, en Lisboa ... De allí
tomaré el Sur-Expreso para París, y luego
iré a Burdeos...
Durante todo el resto de la travesía nadie
tuvo que decir nada del comportamiento de
la francesa, la cual continuaba siempre muy
seria, muy "chic" y muy distinguida. Solamente uno que otro- pasajero solía dirigirme alguna broma respecto a mis atenciones
y asiduidad con la dama bella de los ojos
obscuros.
Llegamos, por.fin, a Lisboa. Después de las
visitas de sanidad y de alfandega, los pasajeros, sustituídas las gorras por los sombreros
y listos para ir a tierra, aguardábamos la lle~
ga&lt;la de los vaporcitos que debían conducirnos. Mlle. Henriette apareció, hecha un gra~ado de modas, y cerca de sus baúles y valiJas, finos y flamantes, como si acabasen de
salir del almacén.
En uno de los vaporcitos que rodearon la
escalera del barco, venían como hasta cuatro

�34

RUBÉN DARfO

muchachas y una vieja flaca, vestidas mod~stamente, y que parecían familia de trabaJadores acomodados. Todas comenzaron, al
ver a la francesa, a saludar con los pañuelos,
con las manos, con las cabezas, y a hablar, a
un tiempo, en una jubilosa algarabía... Mlle.
Henriette se olvidó por completo de las personas de a bordo, y comenzó también:, muy
contenta y risueña, a saludar a las recten llegadas.
. .
- "·Oh menina!" -gritaba la vteJa.
l
'
·
· I"
- "¡Oh,
menina,
lindo passe10.
-gn'ta han
las muchachas.
. . .
-"¿E meu pae?"-clam6 en el meJor idioma
de Lusitania, la encantadora francesa.
-"Picó a casa, Gracind~,"-contestó la
mamá...
. MU
¡Conque Graciada ...? Ni Mme. de ... ll1
e.
Henriette, la del ideal... y luego, hasta había
sido portuguesa!...
.
¿Pero qué necesidad de mentir tendrán todas estas mujeres?...
R U BEN O.ARI O
( L,z N,zrüi11• Buenos Aire~)

La Doctrina de Monroe en un aspecto nuevo
Interpretación original y amplia de la Doctrina
de Monroe hecha por el Dr. Santiago Pére•
Tria1_1a en el discurso memorable que pro·
nunc16 en el hanc¡uete ofrecido por la C:\mara de Comercio de Boston a los Delegados de la Conferencia Pan-Americana.
(Trnducido del Herald, de Boston, de 20
de Junio de 1915, por Luis Tulio Bonafoux.)

de varios días de sesión en Was.
hington y de un viaje al través de varios
Estados y ciudades de la Unión, la Conferencia Financiera Pan-Americana termina aquí
esta noche. Es oportuno recapitular sumariamente en esta coyuntura los hechos principales relacionados con esa Conferencia, y llegar
a algunas conclusiones acerca de sus propósitos y de su significación. Pué convocada por
el Gobierno de los Estados Unidos, y todas
las naciones del Continente aceptaron la invi,
tación con presteza. Otras Conferencias PanAmericanas han tenido lugar antes, pero el
alcance de ellas no fué limitado al estadio de
asuntos específicos, como ocurre en el caso
presente. La Conferencia actual fué convocada con el fin exclusivo de mejorar las relacioD

ESPUÉS

�LA DOCTRINA DE l!ONROE

36

37

SANTIAGO PfREZ TRIA.NA

nes financieras. Se podría haber dado por sentado que esta Conferencia había de tener
menos importancia que las anteriores, pero
ese no ha sido el caso.
Circunstancias de la historia que van haciendo los contemporáneos, tanto dentro como fuera del Continente, han contribuido a
dar a esta Conferencia un carácter trascendental e histórico. Las condiciones de la vida
internacional y nacional en los países americanos habían llegado a un estado de madurez
propicio para las transformaciones fundamentales.
La guerra europea, trastornando repenti•
namente o destruyendo en su totalidad el concierto industrial y económico establecido de
larga data, había creado la necesidad imperativa de hacer recomposiciones que no solamente ocuparan el lugar del anterior estado
de cosas, sino que suministraran nuevas formas y nuevos métodos libresdel peligro de que
vuelvan a ocurrir las calamidades presentes.
En la América Latina-con una sola excep·
ción-las naciones habían alcanzado ya su
mayor edad, es decir, esa condición de estabilidad indispensable para cualquier participa·
ción permanente y fructuosa en los asuntos

internacionales. Por otra parte, la posición
de los Estados Unidos era tal que podían extender sus actividades económicas e industriales más allá de sus propias fronteras. Si al
estal_lar la guerra el estado de intrauquilidad
parc1~l o total hubiera prevalecido en la América Latina, o si las condiciones de vida de los
Estados Unidos los hubieran retenido dentro
ds sus propios límites, las mejores intenciones
del mundo no hubieran bastado para establecer una cooperación práctica y fructuosa.
Los dos rasgos esenciales en las dos secciones pueden resumirse respectivamente de esta
manera: Los Estados Unidos tienen un excedente de capital y un excedente de producción
y,sobre todo,están equipados para aumentar
indefinidamente esa producción; la sección latina del Co~tinente, tomada en conjunto, po•
see fuentes mtactas de riqueza natural, está
escasamente poblada, no parece destinada
por la naturaleza para ser un país manufacturero, carece de fábricas y requiere, para su
desarrollo, emigración y capital. Este estado
de cosas fué puesto en relieve por el actual
conflicto europeo con una exactitud que tiene
el carácter de una demanda perentoria.
La re(lnión de la Conferencia, convocada

�38

MN-TIAGQ PÉR'E'&lt;I TRIANA

exclusivamente con fine!! pacíficos que forman un contraste directo y deslumbrador
~on la locura de la guerra que domina la conciencia de los hombres en todas las grandes
naciones del Viejo Mundo, es por si sola un
acontecimiento cuya alta significación histórica salta a la vista. La ley escrita y las evoluciones normales de la vida dentro de la ley
siguen siendo supremas a través de todas lás
naciones independientes de América. A este resultado no se llegó por una combinación feliz
o fortuita de las circunstancias. Tuvo su origen en la previsión de los que crearon las instituciones nacionales de este país. Su previsión estaba ligada a la sabiduría. Tomaron
la resolución indomable de que la justicia, tal
como Dios nos permite que la entendamos y
hasta donde dependa de nosotros, fuera la
lev, la ley suprema de la vida, tanto para los
i;dividuos como para las colectividades.
Si en estos momentos de oscuridad e inquietud, América puede continuar su evolución
normal hacia la libertad y hacia la justicia,
ello se debe primordialmente a los principios
fundamentales sentados por los fundadores
de su libertad y de su independencia, principios que fueron proclamados poc pi:imera ~z

LA DOCTRINA DE MONROE

39

en el Norte y adoptados luego en el Sur por
cada una de las secciones, a medida que éstas
completaron su independencia y comenzaron
a vivir libremente.
El trabajo que hemos llevado a cabo en esta
Conferencia forma un eslabón en la cadena de
la historia. Las combinaciones económicas y
comerciales pueden tener una importancia
enorme, y la tienen en este caso. Pueden significar la exploración y la llegada de numerosos
pobladores a grandes regiones desiertas hasta
entonces; la redención de una nación débil y
su trasformación en comunidad próspera y
dominante. Tan felices resultados han sido logrados repetidas veces en el curso de la historia. Nuestros esfuerzos tienen, sin embargo,
miras más altas, pues el objeto fundamental
de ellos es reforzar en todo el Continente el
edificio de la libertad erigido por nuestros antepasados. Cualquiera omisión por parte
nuestra de hacer en cualquier momento de la
historia lo que ese momento requiera para la
conservación de ese edificio, constituiría un
pecado imperdonable; cualquiera concesión
que hiciéramos a la tiranía en cambio de ventajas materiales, de poder comercial, político
o económico, sería traicionar por completo

�40

SANTIAGO PÉREZ TfüANA

los ideales consagrados del patriotismo. De
esta manera el adelanto en las relaciones financieras-el eslabón que tenemos que forjar
en la actualidad-se convierte en una realidad
viva identificada con el pasado, el presente y
el futuro de nuestro Continente.
El 22 de Noviembre de 1822, los mc. ... arcas
aliados de Europa firmaron un tratado secreto en Verona, mediante el cual se comprometieron a hacer cuanto en su poder estuviera
para lograr la supresión del gobierno representativo donde quiera que estuviera establecido, y para impedir que se propagaran las
instituciones representativas allí donde no
existieran. El 2 de Diciembre de 1823, el Presidente Monroe hizo una Declaración que ha
venido a ser una de las más portentosas y
más preñadas de consecuencias en la historia
del mundo. Sostenía en ella que, desde aquella
fecha en adelante, los Continentes americanos,
merced a la condición de libertad e independencia que han asumido y mantenido, no pueden ser considerados por parte de ninguna de
las Potencias europeas conio tierras propicias
para colonizaciones futuras; que el sistema
político de las Potencias aliadas de Europa
es esencialmente distinto del de América; que

LA DOCTRINA DE MONROK

41

cualquier amago de parte de las Potencias
europeas d.e extender su sistema a cualquier
parte de este hemisferio, sería considerado por
los Estados Unidos como peligroso para su
paz y su seguridad.
La época en que fueron pronunciadas esas
palabras coincidía con el período de calma
que vino después de la Revolución Francesa y
de las guerras napoleónicas. Los monarcas
victoriosos de Europa no se sentían seguros
en sus tronos; su visión de la vida estaba oscurecida por la procesión de los acontecimientos ocurridos durante los treinta años anteriores, acontecimientos que permanecían en
la memoria de esos monarcas como una advertencia y una amenaza. Todas las tradiciones, todas las cosas sacrosantas de la vida,
tal como ellos las concebían, habían sido pisoteadas en nombre de esa Utopía horrible
llamada "Libertad," por intermedio de ese
monstruo espantoso llamado "El Pueblo.'' ...
Era imperativo impedir en absoluto que volvieran a ocurrir semejantes calamidades; la
libertad debía ser desarraigada como una
planta venenosa, y el pueblo debía permane
cer en una condición de servidumbre absoluta, de manera que no pudiera pensar en su-

�42

eAlll'l'IAGO PÉREZ TBIANA

blevarse, ni siquiera en sus sueños más fantásticos. Así entraron los monarcas en su pacto.
En las páginas de la historia, la Declaración
de Monroe se presenta como una respuesta
al pacto monárquico. Y si se estudian esas
mismas páginas de historia hasta nuestros
días, no se necesitará una investigación profunda para fijar la evolución de los dos sistemas incorporados en los dos documentos.
La Declaración de Monroe cerró el C'ontinente de América al sistema europeo, y consagró el Continente americano al sistema de la
democracia. En Europa el sistema del equilibrio del poder prevaleció en todo el siglo diez
y nueve y hasta la época actual; la catástrofe
europea señala el resultado inevitable de un
sistema basado en la desigualdad y en los
privilegios.
Los Estados Unidos han cumplido con la
palabra empeñada: el Continente de América
ha sido mantenido libre de toda conquista
europea. La Declaración del Presidente Monroe no es un tratado internacional, ni pretende proteger a los débiles e indefensos; se funda
únka y exclusivamente eu la prosperidad y en
la conveniencia de los Estados Unidos. Como
esa pro,speridad está identificada con la líber-

LA DQCTRINA DE M0NllOJI!

t ad y la justicia, a la cual aspira la democracia, todos los elementos de egoísmo desaparecen en tanto que el elemento de la grandeza
entra en la Declaración. Ahí está la calidad
fundamental y esencial de todo lo bueno y excelente qae entraña la Doctrina. La encina extiende sus ramas obedeciendo a las leyes de su
naturalevi; sin embargo, da abrio-o
a los pá.
o
Jaros del aire y sombra benigna al viandante
contra los calores del sol meridiano.
Al impedir que se introdujese el sistema europeo en el territorio de sus vecinos, los Estados Unidos no hacían en principio sino proteterse a sí mismos. En 1826, Daniel Webster,
hablando en la Cámara de Representantes,
declaró que la preocupación que causaría al
Gobierno de 106 Estados Unidos el desembarque de tropas extranjeras sobre el Contiuente
americano, aumentaría proporcionalmente según la proximidad en que e.stuviera la tierra
invadida con los Estados Unidos; que una invasión en el Golfo de Méjico requeriría medidás rápidas y enérgicas, mientras que el desembarque de una fuerza extranjera en las
regiones, entonces remotas del PI~ta, no exigiría probablemente sino una protesta diplomática. Las cosas han cambiado, sin erubar-

�44

SAN'rIAGO PÉREZ 'l'RIANA

go,desde aquellos tiempos; la región del Plata
se encuentra hoy día más cerca de los Estados Unidos que el Golfo de Méjico en los
días de Webster.
La Doctrina de Monroe ha salvado la soberanía de las naciones americanas del peligro
de la conquista europea. En los cuarenta últimos años las Potencias europea~ han conquistado 'todo el territorio d~l Hemisferio
Oriental disponible, hasta la última pulgada.
Esas actividades militares y predatorias de
Europa han tenido multiplicados objetos:
han justificado, hasta cierto punto, los es_tablecimientos militares y navales; han serv1do
de puerta de salida para las energías em~rendedoras y para el capital, aun por medio de
las armas; han constituido una especie de válvula de seguridad para la presión cada vez
más fuerte de los armamentos y los amagos
de revolución subsiguientes. De haber sido posible continuar las guerras de depredación en
el Hemisferio Occidental, la guerra europea
actual no hubiera sucedido, y esas guerras· de
devastación se hubieran desencadenado con
la furia de un huracán desde el Río Grande
hasta la punta más al Sur del Continente.
La aserción proveniente de algunas regiones

LA DOCTRINA DE MONROE

45

-especialmente de la América Latina-de que
las naciones ibero-americanas están en capacidad de protegerse ellas mismas, es futil e
insostenible. La ley de la necesidad invocada
por las grandes Potencias militares no reconoce más ley que la de la fuerza superior. ¿Qué
fuerza superior podría oponer cualquiera de
las naciones, o un grupo de naciones de la
América Latina, a una gran potencia militar
europea? ¿Qué podrían hacer para impedir
que se desembarcase una fuerza de medio millón de hombres, escoltada por una flota de
Dreadnoughts, las naciones ibero-americanas
mejor organizadas, o las que, como la Argentina, Chile y el Brasil, tienen poblaciones más
numerosas? Después de lo que hemos visto en
los últimos treinta años-ataques verificados
sin la menor provocación contra las poblaciones civiles, degüellos de multitudes indefensas en el sendero del conflicto territorial, y
declaraciones de guerra hechas después del
hundimiento premeditado de buques o del
bombardeo de fuertes-¿puede asumirse siquiera por espacio de un segundo que Ja propiedad indefensa del débil no Je sería robada
por el fuerte sin remordimiento ni vacilación?
La Doctrina de Monroe, es decir, el princi-

�46

SANTIAGO P.KREZ TRIANA

pio de la inviolabilidad del Continente por
parte de conquistadores venidos del exterior,
debe ser inatacable, para lo cual se necesitan
los esfuerzos unidos de todas las naciones del
Continente. Las espaldas del gigante son anchas y el gigante poderoso; empero, para sostener esfuerzos tan vastos como el Continente
mismo y coevos con los siglos que pasan, no
se debe rechazar o ignorar ninguna cooperación honrada ni engendrar la menor hostilidad, por insignificante que parezca.
El antagonismo aparente entre los dos Continentes, Europa y América, no está en la
naturaleza de las cosas, sino que se enéuentra en las convenciones y en los intereses
creados por los hombres. América no ha cerrado nunca sus puertas a los hombres como
hombres, pero las ha cerrado, y continuará cerrándolas, al sistema que puede significar una amenaza a la libertad y a la democracia. El sistema europeo significa no solamente
el sedimento de la opresión, sino que también
significa los intereses creados y arbitrarios
en contra de la democracia, que tratan de extender su dominio a otros países so pena
de perecer en su propia tierra bajo la ola
amenazadora de la rebelión popular. Re-

LA DOCTRINA DE MONROE

47

cuérdese que las naciones de Europa, sin una
excepción, continuan pagando las guerras de
Napoleón, 1;1.sí como también todas las guerras del siglo diez y nueve, y que en estos momentos están amontonando sobre las generaciones futuras deudas que las esclavizarán
económicamente al través de los siglos venideros. Recuérdese así mismo que todo esto es
un resultado de estos sistemas rechazados
del Continente americano por la Declaración
de Monroe. Puede verse así cuán trascendental es la Doctrina de Monroe para el Continente de América y para el bien de la humanidad.
Con el objeto de conseguir para la Doctrina
de Monroe un apoyo absoluto en toda la extensión del Continente, es preciso llevar esa
Doctrina al punto extremo de su desarrollo
lógico. La Doctrina de Monroe ha cerrado
eficazmente el Continente al conquistad~r europeo, pero no ha impedido el ejercicio de conquista en ambas secciones del Continente. No
estoy formulando ninguna acusación; mi argumento es de carácter puramente analítico.
Debe decretarse y pactarse entre todas las naciones del Continente que en el territorio de
las naciones americanas no puede efectuarse

�48

SANTIA GO PÉREZ '.l'RI.A.NA

ya ninguna conquista, proceda ésta del hemisferio mismo o del exterior.
Dicha declaración, en cuanto t oca a los Estados Unidos, ha sido hecha ya por su Pres1dente, y no debe suponerse que alguna de las
otras Repúblicas americanas sea menos explícita. La inviolabilidad interna es el fundamento esencial de la inviolabilidad exterior.
La idea de que la violencia y el saqueo-es decir, la conquista-son iniquidades en el ex.
tranjero y virtudes en el vecino, no merece ser
considerada o aceptada por los pueblos respetuosos de sí mismos.
El Continente sabe que la justicia no es una
cuestión de cantidad, sino de esencia; que el
crimen no puede convertirse en virtud porque
es perpetrado colectivamente, y que no hay
poder humano que pueda dar a la iniquidad
el carácter de patriotismo.
Al volver la vista hacia la historia de esta
tierra, hacia los preceptos escritos de sus esfuerzos colectivos, y hacia la obra realizada,
nosotros, los del Sur, creemos muy de corazón
que esos son los principios que nos guían. No
os llamamos perfectos, pues ningún hombre
ha sido perfecto en este mundo, como tampoco ninguna nación. Pero creemos en la sinceri-

LA DOC'.l'RINA DE MONR0:1,!

49

dad de vuestro propósito, como debéis creer
en la nuestra, y podremos así darnos la mano e ir hacia el sol naciente. Si pidiérais
adulación como tributo, mis labios permanecerían mudos y mi corazón se negaría a admiraros. Nos separamos llevando un mensaje
de alegría para nuestros pueblos. Hemos pisado la tierra reverenciada donde se firmó el acta de Iodependenei!l y donde la voluntad del
pueblo se cristalizó en ley; hemos estado al lado de la tumba de Washington y cruzado las
llanuras silenciosas sobre las cuales diríase
que aletea el espíritu de Lincoln como un recuerdo de inmortal fragancia, y estamos aho•
ra sobre el suelo consagrado por dos veces a
la libertad, donde por primera vez el hombre
luchó y sufrió y murió por la libertad de la
!ierra, y, más farde, por la libertad del esclavo. Hemos visto vuestros campos sin límites
que encierran la ·promesa risueña de la cosecha venidera. Hemos visto vuestras ciudadP.s
diligentes y magníficas y v uestros talleres laboriosos, y hemos sentido el latido conquistador de la vida en el campo y en la ciudad,
donde quiera qµe hemos ido; hemos visto las
multitudes prósperas, los hogares felices y los
mercados llenos de animación; hemos visto

�50

SANTIAGO PÉREZ TRIA.NA

los mares errantes en su peregrinación eterna
y los océanos encerrados en el_ i~terior; y s_e
nos ha dicho que todo ese prod1g10 no constituye sino la orla de la clámide imperial, que
más allá, en todas las direcciones, el milagro
se extiende, inconme.nsurable y resplandeciente.
Y sabemos que una obra semejante sólo pudo realizarse bajo el ala protectora de la libertad, y que vuestro tesoro esencial, mucho
más precioso que vuestra riqueza y vues.t ro
progreso, se encuentra en los principios de libertad e igualdad de vuestras instituciones y
en vuestra lealtad hacia esos principios. Si
vuestra lealtad desapareciera, vuestra grandeza se esfumaría como un sueño soñado de
día ...... Y así os decimos adiós. Raya un alba
perpetua en el horizonte, pueS' la labor de los
hombres no tiene fin y cada esfuerzo noble es
un sol naciente. Que nuestr"o esfuerzo signifique la unión de América en beneficio d~ la libertad del hombre.

s. PÉREZ TRIANA .

EELG-ICA

D

los tres claros nombres de nación que
han hecho resonar, en signos de armonía,
las músicas marciales*que acabáis de oír, permitidme que destaque, para que aparezca el
primero en la expresión verbal de nuestra
ofrenda, el menos vinculado a fuerza materia,
y a deslumbrante gloria: el nombre de Bélgica. Quien fué el primero en la resistencia sobrehumana, quien lo es en la magnitud del sacrificio, séalo también para la simpatía que
busca mitigar el dolor. Y porque en el corazón
de Francia la generosidad es la naturaleza
misma, y porque la libre Inglaterra tuvo
siempre el tono y el sentido de una caballeresca dignidad, me parece que de ellas parte espontáneamente el noble ademán que nos invita a conceder la . prelación en el recuerdo,
como tendrá la predilección en la historia, al
E

( HisjaNia. Londres. )

* La ,ldarsellaise, el God save tite Kfog, y la Braba1t,omu, ejecutadas en una gran velada r¡ue no ha mucho se celebró en Montevideo, para reunir fondos con que aliviar el dolor de los heridos de
Francia, Inglaterr a y Bélgica.

�JOSÉ ENRIQUE RODÓ

pueblo incomparable que las ha escudado con
su pecho, y que ha de ser, de hoy en más, entre ellas, prenda inmortal de fraternidad y de
alianza.
Bélgica era, en las representaciones habituales de nuestra imaginación, el taller doméstico, todo paz y virtudes, que disfrutaba su
áurea medianía en seguridad inviolable. Bélgica es ahora el altar hnmeante y sangriento
del valor sublime. De ese sosegado fondo de
granjas y dehesas, donde renace, magnificada,
la Arcadia pastoril; de fábricas que ennegrecen la niebla y barcos que cortan los ríos indolentes; de primorosos jardines y casas pulquérrimas, en suma, de trabajo apacible, que a
alguno puede parecer opaco y sin vuelo, se ha
adelantado de súbito la máscara trágica de
las Iliones y las Zaragozas. ¡Transfiguración
extraordinaria, que recuerda cuando del plácido heno amontonado y oliente a la bondad
de la tierra, se levanta y difunde la llama del
incendio, con el irrefrenable impulso del rayo!
¡Reveladora enseñanza para los que imaginan
que la energía de la guerra ha menester cultivarse por sí misma y en ejercicio de su propia
obra de destrucción y muerte, en vez de brotar, a su hora, de aquella fundamental y ar-

BÉLGICA

53

mónica energía que, templando los resortes
del carácter social, forma la volundad para
las artes pacíficas e inspira los ejemplos del
valor civil!
Difícil es encontrar en la memoria el parangón a la grandeza de esta Bélgica que ahora
conocemos. Todo cuanto puede contribuir a
enaltecer la acción humana, por los sentimientos que la animen y el término a que se dirija;
todo cuan to puede tender a embellecerla y
glorificarla por la heroica fiereza como se manifieste, todo se congrega en Bélgica y realza
esta inenarrable tragedia de su historia. En
los mayores portentos del pasado, en los más
clásicos y nobles, falta esa ar~onía y perfección de estatua guerrera. Cuando no hay lugar para la duda en la justicia de la idea porque se combate ni se percibe desigualdad en el
denuedo ni sombras de iniquidad y alevosía
empañan el esfuerno fundamentalmente generoso, queda a la crítica tomar por blanco la
calidad del pueblo combatiente: la turbulencia
de sus inclinaciones, la rudeza de sus costumbres, su inferior condición, respecto del extranjero que le oprime o del invasor que le
amenaza. Aquí, ni una mácula, ni un pretexto, ni una diferencia siquiera en valores de ci-

�54

JOSÉ ENRIQUE RODÓ

vilización. Nada falta a la gloria de Bélgica;
nada puede restarse a la soberana razón de
que ella irradia. Es éste el más ejemplar conjunto de hombres defendiendo el más sagrado
de los derechos con el más alto y constante de
los heroísmos.
Pero, después de todo, ¿por qué hemos de
asomhrarnos de esta marcialidad indominable, ni considerarla allí nueva? Y ¿por qu~ se
imaginaría el invasor que ese llano suelo de
Flandes había de encorvarse a su paso, como
el lomo del caballo que conoce a su dueño? ..... .
Para desengañarle habría bastado que compareciese en su imaginación el simulacro heroico de aquella Flandes, erizada de hogueras
y patíbulos, en que se resolvió, para la libertad, el porvenir de Europa, frente al otro soberbio imperialismo de Felipe II. Bruselas,
Amberes, Lovaina, Mons, Gante, Malinas, no
fueron siempre, por ci~rto, nombres de paz.
Esas ciudades de mercaderes y artesanos, ya
eudurecidas, desde su nacer, en la diaria defensa contra las águilas feudales, se iluminan de
sangrienta luz en la guerra por la protesta religiosa y la autonomía política. Si la resistencia extinguióse en ellas, para concentrarse en
la emancipada Holanda, fu.é sólo cuando el

BÉLGIOA

55

cadalso y la emigración las dejaron en soledad que convirtió en agrestes patizales sus
calles populosas. Todas esas ciudades aprendieron, hace tres siglos, la ciencia de sufrimientos y energía en que hoy ilustran al mundo; todas ellas conocieron, sin envilecerse, el
brutal ultraje del saqueo, la humillante tortura de la exacción, el trágico espanto de las
matanzas. Amberes caída pensará que vuelven sobre ella los días de horror en que los
tercios de Alejandro Farnesio ciñéronle, en
cruento delirio, palma de elección entre ciudades mártires. Y en la Bruselas que custodian,
desde el bronce, las sombras de Egmont y de
Horn, el paso de las patrullas imperiales ha
de despertar, en cada ángulo de piedra, los
ecos del glorioso grito rebelde de aquel "Vivan
los gueux", que allí resonó por vez primera
y fué la consigna de las muchedumbres insurrectas que, ostenta ndo como blasón de democracia las apariencias de la mendicidad, el
sayal ceniciento y la escudilla de palo, dieron
al estupendo siglo XVI una de sus páginas
más bellas, y uno de sus triunfos mejores a la
historia de la libertad humana.
No importa que el nuevo opresor domine,
desde Lieja hasta Ostende, las ciudades de

�50

JOSÉ ENRIQUE RODÓ

Bélgica, y busque radicar entre sus despojos,
signos permanentes de ocupación y de conquista. Más duraderas prendas de triunfo alcanzó el Duque de Alba, que, en la plaza de
Amberes, pudo contemplar la estatua de
bronce que le representaba hollando el pecho
de los flamencos vencidos. Y estos vencidos de
estatua se reincorporaron. Y ahora, alzándose del barro sangriento de sus ca:mpiñas desoladas, de los escombros de sus ciudades rotas,
donde lo único verdaderamente irreparable
serán las profanadas maravillas del tiempo,
volverá Bélgica a su ser, radiante de esperanza con esos niños que están conociendo en la
inocencia la virilidad del infortunio; acrisolada en su persona de nación por la solidaridad
suprema del dolor compartido e inculpable.
Volverá Bélgica a su ser. El sentimiento humano rechaza, en cuanto a esto, hasta la
sombra de una duda; y si la duda cupiese, y
semejant e pueblo pudiera, en edad como la
nuestra, ser testado del mundo por la primiti•
va razón de la conquista, no habrá conciencia
de hombre libre que no prefiriera, una y mil
veces, el cataclismo anárquico que hiciese sal
tar e-n bastillas los fundamentos de esta ci viliz~cióo, antes que la persistencia de un orden

BÉLGICA

57

de naciones en que fueran posibles tamaña iniquidad y tamaña vergüenza!
Entretanto, no es necesario esperar a la reparación ineluctable, para que la gloria de la
nueva Bélgica quede consagrada y perenne en
la conciencia universal. Más alto que la Esparta de Leonidas, porque el valor que aquí
resplandece no es la facultad exclusiva, sombría, infecunda, que se cultivó artificiosamente en aquel monasterio de soldados; más alto
que la Polonia de Kosciusko, porque el delirio
frbril de la anarquía no ha preparado la obra
al hierro del conquistador; más alto que el
México de Juárez, porque no ha habido manos propias que guiasen el caballo del extranjero; más alto todavía que la España alzada
contra Napoleón, porque en las armas de estos invasores no se propaga el estímulo de libertad que atenúe la violencia conculcadora
del derecho,-el. nombre de Bélgica la mártir,
Bélgica la heroica, Bélgica la inmaculada, perdurará en la mente de los hombres como el
símbolo supremo del sacrificio 'Varonil y del
ánimo contendor de la fuerza.
Asociándonos, de este lado del mar, a su infortunio y a. su agra vio, nos parece estrechar
sµ cabeza ensangrentada en el regazo frater-

�58

JOSÉ ENRIQUE RODÓ

'

nal de esta América que identifica su interés
más caro con la universal inmunidad del derecho, y es la espectadora serena, pero no impasible, en la tragedia que domina el secular escenario de la humanidad.
Cuando el eje ideal de la civilización vacilara; cuando la arrebatada demencia de la guerra obscureciese del todo, en las más nobles
razas del mundo, el sentimiento de aquellas
nociones superiores que han guiado, entre
parciales eclipses, la ascendente marcha de los
pueblos: bien, verdad, derecho, justicia, aún
quedaría, en la desolación de ese naufragio, el
asilo de la conciencia americana. Cuidemos,
dentro de cada uno de no~otros, nuestra parte en la reserva augusta que nos está confia da; y desde la paz y la distancia que nos
comunican cierta semejanza de posteridad, juremos a Bélgica la mártir, a Bélgica la heroica, a Bélgica la inmaculada, gloria y amor en
el corazón de América!
JOSÉ ENRfQUE

Ronó.

SOBRE EL DESTINO

E3L Destino, el Sino, el Hado, la fatalidad o

la
Suerte, el Ananque de los griegos, el ·Fatum de los romanos, ha sido el eje, el quicio, de
la concepción y del sentimiento trágicos de la vida. ¿ A qué repetir una vez más que toda la tragedia griega está penetrada por ese sentimiento
y esa concepción de la Fatalidad?
En el. teatro cristiano-el inglés de Shakespeare, el nuestro, el castellano, de los grandes maestros del siglo XVII-ese Haá.o parece que se templa por el sentimiento del libre albedrío humano.
Pero fijémonos bien y veamos si ese libre albedrío, si esa libertad, no es un nuevo sino, una nueva fatalidad.
Muchas veces he pensado si la concepción cristiana del libre albedrío humano, tal cual nos la
presentan después de la caída de nuestros primeros padres, no es otra forma de la Fatalidad. La
libre voluntariedad, el libre albedrío de los héroes del teatro cristiano-cuando le tienen y
ejerce,n, que no es siempre-es una terrible forma
de fatalidad. Hay algunos de ellos cuya verdadera tragedia es no poder dejar de ser l~bres de

�60

MIGBEL DE UN AMUNO

ese modo. Recordad a Hamlet. ¡ Y a cuántas reflexiones no se prestan aquellas palabras del Segismundo de La vida es sueño,
"¿Y teniendo yo más alma
tengo menos libertad?"

La lucha del destino contra la libertad es el
nervio de la tragedia toda de la vida. O mejor
aún, el problema del Destino, del Destino humano, es el fondo de la tragedia de la vida. Lo que
hace trágica toda la vida humana, toda verdadera vida que sea verdaderamente humana, es el
presentimiento, es la visión o la no visión íntima del Destino.
Pero no es de este Destino así, de este Destino
trágico, con letra mayúscula, del que ahora quería deciros algo. De ese Destino nunca puede
decirse bastante. Y todo lo que de él se diga es
como si no se dijera nada. Pero estamos trágicamente destinados a no poder no pensar en él. Es
del otro, del destino con letra minúscula, del
destino minúsculo, del cómico, no del trágico,
del que quiero hablaros aquí ahora. ¿Cómico?
No, no tan cómico. En cierto sentido tan trágico como el otro.
Sales, lector, de presenciar una de esas augustas tragedias que repercuten a través de los siglos, Edipo Rey, o Hipó lito, o Macbeth, u OtekJ,
o María Estuardo, o La Estrella de Sevilla, o

SOBRE EL DESTINO

61

Don Alvaro, o Los espectros, y al salir, pensando en el terrible todopoderío del Destino, un amigo, llevado de una asociación de ideas puramente verbal, de una identidad de vocablos, te dice:
"¿Sabes?, a Fernández le haa dado un destino
en Hacienda". La caída mental es tremenda.
Desde aquel altísimo, celestial Destino te encuentras de pronto ante un destino ... ! en Hacienda, o en Fomento, o en la Tabacalera l
A este destino minúsculo se le puede diminu.
tizar, llamándole un destinito. ¡ Un destinito
de ocho mil reales con descuento !
Y este destino minúsculo es para muchos todo
el Destino humano. En torno a ese destino se
devana la comedia de su vida. "Cómo se va a
casar si no tiene todavía destino ... '', se dice uno.
¡ No tiene todavía destino! Pero en cuanto a alguien le han destinado ya a algo parece que no
tiene más en que pensar.
¿ Qué es en España un político? Un señor que
reparte destinos. ¿ Y qué es un ciudadano? Es
decir, un ciudadano ... ¡no!¿ Qué es en España
un elector ? Un pobre señor que busca un desti _
no, ya para sí, ya para alguno de sus hijos. O
que busca sostener el que consiguió.
·'Pero, señor, ¿ quién le meterá a ese hombre
en eso?" oís que se dice de uno de esos llamado s
espíritus inquietos a quienes les da de pronto l a
.humorada de sentirse ciudadanos, hombres ver-

�62

l!I&lt;HJElL DE

UNAlll"l'NO

daderamente civiles, esto e~ humanos, preocupados del Destino de su patria o siquiera de su
aldea. Y se añade: "¿ No tiene ya su destino?
¿ Qué busca, pues?" Y no les digáis lo más sencillo, lo más inmediato, cual es que busca vivir•
porque para los tales, para los que así juzgan,
vivir es estar destinado en Hacienda, en Fomento, en la Tabacalera, o li:1 otra función así. Vivir
para ellos es eso, es estar colocado.
Y este minúsculo destino viena a ser, si bien
se mira, tan trágico como es el otro, el gran Destino. Y lo más trágico del destino minúsculo, de
la colocación, es que impide a los más encarar y
ver el otro, el mayúscalo, el gran Destino. El
catecismo de la doctrina cristiana que nos enseñaron en la primera escuela resuelve ese pavoroso
y eterno problema del Destino como lo resuelve
todo, con cuatro palabras y con una sencillez
que por lo sencilla es tanto más trágica, y es que
pregunta: "¿ Para qué viene el hombre al mundo?" Y en un santiamén responde sin v.acilar:
"Para servir y amar a. Dios en esta vida y gozarle después en -la eterna", y todo queda tan llano. Pero en la práctica de nuestra vida la contestación es otra: Es esta: "para obtener un
destino ... " en las oficinas que sea. Y ese destino puede ser de escribiente cuarto o de ministro.
Es igual.

SOBRE EL DESTIN0

63

"Al fin, ¡ gracias a Dios !" oí exclamar una vez
cuando, al cabo, le hicieron ministro de la corona a un desdichado que lo estuvo esperando y
solicitando durante treinta años. Y ese pobre
hombre- pensé-¿ habrá alguna vez pensado en
el Destino, en el otro, en el grande?
~sta lamentable clase media nuestra española,
acervo de todo lo mediano, de todo lo mezquino,
garba de pordiosería, de cobardía y de envidia,
esta nuestra lamentable clase media- ¡ y tan
media !-española, vive uncida al yugo del destino minúsculo. La patria, cuyo supremo destino nada le importa, no .es para ella más que una
fábrica de destinos. Y en ella nacen todos predestinados a destinados, es decir; a borregos.
Para eso se les educa; para eso se les instruye.
Desde que, mozo, entra en carrera el futuro
funcionario público no piensa sino en el destino,
pero en el minúsculo. Hay quien a los quince
años tiene ya vocación de notario o de juez o de
abogado del Estado o de médico de partido o
de jefe de negociado de Gobernación. De lo que
apenas tiene casi nadie vocación a los quince
años es de ciudadano o de hombre de ciencia o
de artista. Y menos de hombre. Alguno, por
sentir a esa edad ya vocación de concejal o de
diputado provir.cial o a Cortes o tal vez de ministro, se cree con sentimiento de ciudadanía, con
conciencia política. Pero no es más que el destino.

�64

lílllUEL DE UNAYUNO

¿ Sabéis lo que hace tan trist
.
monótona vida de nue
.. e la tnstfsima y
tas? ¿Sabéis lo que ha~:ras vieJas ciudades muerventud sea ~na ale ría que la alegría de su juramente fisiológica g
puramente exterior, pu' como la del c
.
o
a
quien
se
le
d
.
anano enjaula.
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¿ Sabéis lo que hace a alpiste en abundancia l
· d ades muertas e~ que
esas nuestras viejas
c1u
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1
:,pano as lang ·d
mente y se ajen I
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os pocos los p
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quienes
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.
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Destino les quita I
p_resenttm1ento del gran
que esos jóvenes edesueno de la vida? Pues es
nuestras · ·
muertas no piensan ás
v1eJas ciudades
culo, en el que I m q~e. en el destino minús.
es penmtirá c
servilmente y
asarse, vegetar
.
procrear hiJ.
d .
mismo. ¡ y este .
os estinados a lo
s1 que es destino trágico !
MIGUEL DE UNAMUNO
(Nun,o ,lfundo, ;\,lndrid.)

:lga esta Revista. La di1ig~ con
gran
un poeta y estudioso castellano,
don Narciso Alonso Cortés. Véanse las seccionel de la REVISTA. CASTELLANA: Literatura,
Historia, Ciencias, Artes. Es bimensual.
El sumario de ambos núm ~ros:
L.1.s MORATORIAS, por R. Pérez Requeijo.
CASTILLA, por Juan Dtaz-Caneja.
POESÍAS de A. L. Argüello.
EL CAS nu.o DE PoNFERRADA, per E. Díai·

Jbn6nez M.

POESÍAS . por Luis Barreda.
EL CENTENARIO DE ENRIQUE GIL Y CA·
RI.ASCO, vor Narciso Alonso Cortés.
REDIMIR AL SORDO-MUDO, por F. Mendiza-

bal.PALACIOS Y CASAS SEÑORIALES DE VALLA·
DOLlD, por Juan Agapito y Ro::villa.
REGISTRO BIBLIOGRÁFICO.
DIVERSOS CRITERIOS EN ESPAÑA CON RES
PECTO Á LA GUERRA, por E. G6mez Diez.
EL CA.TARRO Y LA A.RAÑA (cuento), por Luis

Maldonad"
LAs c~DENAS (cuento) de H. Garcia Luengo.
POESÍAS, por A. Torres Ruiz, F. de Cossio,
C. R. Pinilla y A. G. JJ~ngoa.
EL MONITOR DE EDUCACIÓN COMÚN
JULIO

31

DE

1915.

BUENOS AtRES.

Pc1rte del sumarie:
Pc:dro Bertolini: Palingenesia pedag6gica.
Mary S. Cutting: La vida social de fos niñ -is,
H . Turner Bailey: Un ideal definido en di-

bujo .

�Genaro Sisto: La luch•1 antipalúdica.
P. Sollier: Bases psicológicas del método froebeliano.
Dora E. Miranda: Los Andes.
Pedro Caracoche: Cómo debemos educar a•
nuestros hijos.
CULTURA
VoL. l. Nos. 5 y 6. BOGOTÁ.
Mensuario excelente, dirigido por D. Luis
López de Mesa.
Véanse algunos de los titulos &lt;¡ne registran
los dos cuadernos que hemos recibido:
Lo INCONSCIENTE EN EDUCACIÓN, por M.
Jiménez López -LA ESPINA (poesía inédita)
de M. A. Caro.-EL EVOLUCIONISMO, pnr Ló
pez de Mes• -REFORMA DE LA EDUC!CIÓN
NACIONAL, por la Dirección.-LA CAR'l'UJA DE
MIRAFLORES, por A. Nieto Cab,llero.

m
Libros - Verl6dlcos -

Folletos

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Recibos talonarios

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eheques

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Calle Central Norte
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VREetes

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-uu

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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>El Verbo de la Noche y el
verbo del Sol
La paz por la ciencia
Los nii\os ( verso )•

Es la guerr:i ( verso )
Vindicación de la memoria
UEL RODENAS . •••••. , .••••• Pan del camino (cumto ).
ERTORIO BIBLIOGRAFICO

STILLAS

191S

SAN JOSE DE COSTA RICA. C. A

Imprenta Grellaa

��COLECCION Á..1.~IEL
N[LJo:CCIOlUS de LOS Bl1EXON Al:TORES, l'LAi-lCOS J BODERXOS

Director I J, G.1\Rel.11 Mt!&gt;NGE
S1\N JE)SB 0B eeST1l Rle1l, e. 1\ .

C o udi c ion eE&gt;:
La Rerle rle 12 rollf tos ( en Costa m ea ) : q¡,; 3.00.
J,n serie de 12 folletos ( en el Extranjero ); $ 2.00 oro am.
Xúmero suelto : &lt;Jt 0 .25
'768 p áginas,

EL VERBO DE LA NOCHE
Y EL VERBO DEL SOL

dos libr os de escoltilla, variada y r econrortante literatura

P O R

T R ES C O LONE S

PROXIMO CUADERNO :

Hipólito Taine: LOS JOVENES DE PLATON,
CON UNA APRECIACIÓN DE l'RANC-lSCO OARCÍA CALDERÓN.

BIBLIOGRAFIA
_La Casa PRO:.\IETEO, de Valencia, acahn. rlr p ublicar los famosos poemas de Homero traducidos del
griego por Leconte de Lisie.
JiJ l gran poch frauc11s, ap,·ccianrlo h drsorientación que sufrí,1 el público por las falsas yorsinncs de
las obr1s do Homero, acometió la tarea de trad ucirla~ ?tl\'ean;ient~, retrocediendo hasta las foontes pt·im1t1vas. El mas grande de los poetas no fné traducido esta ,,cz por un p1•ofcsor do griego, sino por nn
gmn pot·ti\. La. l líadri y In. Odisea tradnri&lt;las por Lecont.e lle [,islo son obras cornpletn.mcnto nnovas. 'l'odo
en ellas es di,-tiuto do las tra.,l ucuiouos anteriores: el
ambioott·, el modo de hablar de los pcrsonajrs, hns ta
sns nombres. re,;hrnr,tdos con arreglo a la verdad.
Los pocm,s vcncmbles qnc bn.,io la plnma &lt;le tr.1dnctorcs académicos nacier011 d1,rmidos, ticne&gt;n a ho-

La edad de oro amanecía, y los g riegos, divinos pastores, contemplaban aún las pá lidas
estrellas. E ra en el silencio de las maj adas, sobre las colinas con olivos, entre los perros
vigilantes. Sus almas se revelaron con la a urora. Aquellos cabreros tenían los ojos soberanos de las águilas, y todas sus intuiciones
las arrancaron a la celeste entraña del Sol.
Los bosques de sagrados senderos, los arroYotl claros, las grutas de donde vuelan en los
ocasos los pájaros de largas alas, las sombras
de los laureles, las playas lejanas y doradas
con el ma r azul, fueron los pobladores de sus
almas. Con ojos maravillados bajo la luz, recibían todas las imágenes como especies eucarísticas, y eran tantas y tan diversas las imágenes, que en ellas se cifraban las normas del
conocimiento. El sentir de los griegos fué hijo
del mar y del cielo, de los bosques con genios

BIBLIOTECA CENTRAL.

1

_ _ _ _ __,.;u;,;·..,;,A,_•...;N...;._'"_ _ _ _ _ __

�2

RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN

y de la lujuria de las formas. La varia emoción que iban devanando los ojos por los
agrios caminos, dió agilidad a los cuerpos y a
las mentes. No recibían el conocimiento del
mundo como una herencia fría en la urna de
las palabras; para aquellos pastores, las ideas
significaban números y formas bajo el ritmo
del Sol. Cuando se reposaban en las alturas
mirando al fondo de los valles arados, verdes, ·
intensos, experimentaban la emoción mística
de la Suma. Lo que habían aprendido de una
manera semoviente, era gozado en quietud.
El conocimiento cronológico sehacíaextático,
y las almas se despojaban de la memoria, como de la tela del tiempo, para aprender por el
divino camino del Sol. Aquellos hombres místicos, después de arar el pardo regazo de la
llanura, de conocer sus senderos uno a ulfo,
como largos relatos, se hacían centro v conciencia de visión sobre las cumbres. Y cada
noche estrellada, reunidos en torno de las hogueras, sintiendo el vaho de los rebafios, era
el goce de recordar las imágenes del día y hacerlas revivir en el relato de los más ancianos.
¡Y fué un ciego cantor, para quien la noche
parecía eterna, quien primero en la música de
las palabras hizo arder la corona del Sol! ¡El

EL VERBO DE LA NOORE

3

padre Homero pudo llamar a sus versos con
un nombre de flor: HELIO-TROPOS!
Son las palabras espejos mágicos donde s_e
evocan todas las imágenes del mundo. Matnces cristalions, en ellas se aprisiona el recuerdo de lo que otros vieron y nosotros ya no
podemos ver por nuestra limitación mortal,
aun cuando todas las imágenes y todos los
verbos sean eternidades en 'el seno de la luz,
como explicaba el mago Apoloni.o de Tyana.
Para el iniciado que todas las cosas crea, Y
ninguna recibe en herencia, la luz es numen del
verbo Las palabras en su boca vuelven a nacer puras como en el amanecer del primer día,
y el poeta es un taumaturgo qu_e_ trans~orta
a los círculos musicales la creac10n lummosa
del mundo: en los números pitagóricos, aprisiona las Ideas de Platón. Pero las imágenes,
eternidades de luz, sólo dejan en la palabra la
eternidad de stt sombra, un rastro cronológico de aquello qne los ojos contemplaron y
aprendieron de una vez. El pensamient o humano es como el fruto sagrado del Sol.
Los mitos helfoicos nacen en las cristalinas
cuevas de los montes, en el verdoso seno de
las frondas, en la azul ribera del mar. Si el
eremita ama su yermo, es porque su pensa-

��LA PAZ POR LA CIENCIA

LA PAZ POR LA CIENCIA •
SRIOR!S: SEIORES :

Ha querido el destino que el acto más trascen~eotal de nuestra vida universitaria se
reali~ase este año bajo las penosas circuns~anc1as de una guerra europea, de magnitud
Jamás alcanzada en los anales humanos, la
cual, ~unque se desarrolla lejos de nuestro
suelo, 10te~esa con la mayor intensidad el a lma argentina, por la vasta solidaridad de cult?ra que 1~ une e identifica con todas las nac10n:s amigas compr~metidas en_ la magna
C~)llt1enda. E lla ha nacido de esa vieja civilizac1ó_n,_ se ha nutrido de _sus ideales filosóficos y
r~lig1osos,_y ha or~a01zado su gobierno político y ré~1~e? social sobre los principios de
su credo JUnd1co.
_Dna ~mplia corriente y una universo) armon~a de ideales "humanos" y pacificadores b 3 b:a. arrull~cio los oídos del mundo en estos
ú t11~nos anos; y en Europa y en América disponiaose los congresos a conferenciar y a ce•

IJi~cur o en la colación de grados y tltulos de la t;'-IVI'R
L.\ Pt.AT.\ , .,¡ 15 de ngosto de 1 1 . o;
CJUln V. Gon1.,ílcz, !'residente de la U nivcr~idad ?~trcsor
d e 1 1ona 0 1p1omáuca.
·

º:· /.°ª

~IDAD. A( IOSAI. 111{

t

ei

7

lebrar los triunfos de las formas orgánicas
para la solución de las diferencias entre las
naciones. Los amigos de la guerra o de la paz
armada, oprimidos por el peso, y el volumen
de sus ejércitos y escuadras, en tierra, del
agua y del aire, llegaban a consentir, p or lo
menos, en la sinceridad del antiguo aforismo
de "conservar la paz por la disposición para
la guerra"; y los más tolerantes de los pacifistas conciliaban con aquéllos en la próxima esperanza de un desarme general, como consecuencia del exceso de las a rmas y de sus presupuestos, y de una liquidación en el papel, de
todas las montañas de hierro y oro a cumulados por esa política. El autor europeo de " La
grande ilusión", como los autores americanos
de la fórmula llamada por sus nombres,-Wilson-Bryan,-para evit ar la guerra, después
de llenar el espacio con la auspiciosa repercusión de sus bellas doctrinas, habrán quedado
bajo el silencio de los hondos desengaños,
tanto más dolorosos cuanto más inesperados.
La guerra ha estallado en las más altas cabezas de la civilización, en las dos r azas y núcleos directivos de la marcha de la humanidad
contemporánea, representativos del resultado
de todas las filcsofías, religiones y políticas
que han luchado por ganar el corazón y la
conciencia del género humano desde los comienzos de la historia: las filosofías no han
conseguido aún armonizar, o sea dicho, "pacificar" las almas de las sociedades, en cons-

�8

JOAQUIN V

GOl"ZÁLEZ

tante agitación y lucha contra· las desigualdades, o contra las injusticias inveteradas
que sólo cambian de forma en cada evolución
libertadora; "los enemigos de las actuales formas de sociedad, decía un escritor iriglés el
año pasado, ya se llamen en un país antimilitaristas, en otro anarquistas, y en un tercero
revolucionarios, todos son semejantes. Ellos
forman el elemento subjetivo de nuestro sistema de civilización, cuya columna dorsal es el
Estado, y esperan el momento más propicio
para introducir lo que ellos juzgan el sistema
más conveniente, cuya columna dorsal es el
Estado ... en ruinas ... Dado el desgraciado caso de una guerra, la revolución social, con tedos sus horrores Hamará a nuestras puertas.
La Europa necesita paz externa, por la fon•
dación del equilibrio político, y tam hién paz
interna por un justo equilibrio social entre el
capital y el trabajo."
Entre tanto, los es1 adistas, los conductores
de los más cultos pueblos del mundo, en cuyas
entrañas labran su descomposición los que
nuestro autor llama "enemigos del orden social", han desencadenado sobre el mundo la
guerra de siempre, la guerra de matanza y de
aniquilamiento, bajo cuyos escombros renacerán más que las mieses, los nuevos odios destinados a renovar otras guerras en el futuro.
Y la filosofía seguirá tejiendo sus redes metafísicas, en el espacio mental, con menos fijeza
que las arañas industriosas, las cuales tejen

LA PAZ POR LA Cl.ENCIA

!)

las suyas sobre puntos ile apoyo materiales y
con sujeción a principios matemátieos indestructibles; mientras que los primeros crearon
Estados v si:;temas rnciales mucho más deleznab1es, e~ comparación, que la leve telaraña
en los arbustos.
Cuando las r eligiones han logrado su temporal anhelo de gobierno político, en busc~
del reinado de la paz idei.J, fundada en la um·
dad de un dios o de un dogma, los emperadores inventaron el martirologio de los creyentes, y estos triunfantes, crearon el martirolog:o de los no creyentes; y cuando la Europa
fue unificada por Carlomagno bajo la fe católica , "el espírit u del mahometismo pasó l_entamente al cristianismo; y durante dos siglos,
- -dice Lecky,-en todos los púlpitos se predicó
rl deber de hacer la guerra a l infiel, y pintaron
el campo de batalla como el paso más ~egu~o
hácia el cielo prometido". La nueva v1ctona
del principio religioso en ti siglo xv, lanzó
sobre la Europa el furor de las guerras de la
Reformn que la extenuaron por el odio y por
la sangre; y cu::mdo ese summum espiritual,
embebido de la filosofía moderna y atemperado por la nueva corriente de tolerancia y solidarid ad moral en la cultura, proclamaba las
promesas del reino pacífico, una guerra d_e
fondo religioso, y exterioridad étnica y rcaltdad política y hegemónica, comienza en los
dominios del islamismo, se propaga en la sangre de dos razas ri vales, e incendia al fin el

�JO

JOAQUIN V. GONZÁLEZ

castillo fuerte de la civilización más preciosa
que los hombres han conocido.
¿En cuántos siglos la política ha realizado
la evolución de las formas orgánicas de las
sociedades, desde las autocracias bárbaras
hasta las más amplias y liberales democracias
modernas? Y todas han reflejado sus influencias sobre la "justicia internacional", hacia la
que tienden como un último ensueño. de perfección: es la supresión de la guerra, la fundación del Estado social por exceleneia, la realización del reino jurídico universal. "El crimen
de la guerra" de nuestro Alberdi, adoptado
por el pensamiento europeo, fué la última expresión condenatoria del estado regresivo y
antijurídico, proscripto de la reciente filosofía
política, y reconocido por el universal movimiento en favor de los principios del arbitraje
y la extricta justicia internacionales; los gobiernos iniciadores y mantenedores de esa
grande Asamblea de las naciones, cuya sede
se ha fijado en La Haya, son los actores directos de la guerra pendiente, destinada a remover, sin duda, de raíz, en la conciencia contemporánea, todos los resultados de la historia. ·
¿Qué es entonces la política? ¿Dónde se halla la luz conductora por la tiniebla en la cual
ha entrado de nuevo !a humanidad? ¿Cuál es
la realidad de las promesas hechas y de las
enseñanzas trasmitidas por las nacioiies antiguas de Europa a las naciones nuevas de

LA PAZ POR LA OIENCTA

11

América, las cuales se llaman a sí mismas
discípulas, hechuras, creaciones de las primeras? Diríase que, lejos de asistir a una prueba
formidable del valor efectivo de los progresos
técnicos en lucha de predominio, presenciamos
una inmensa catástrofe de la organización del
mundo civilizado, sobre las bases de las conquistas y de las convenciones anteriores. Ni
los congresos de Westfalia, de Viena y de Berlío, ni las alianzas e inteligencias compensad?ras del ~ct?al equilibrio mundial, en el que
directa o rnd1rectamente entran los continentes de América y el Oriente lejano, habrían logrado re¡.,resentar las aspiraciones o las
conquistas pacificadoras de las religiones, la
filosofía o la razón jurídica, que sirven debase a la actual organización del mundo; y fuer•
za será meditar en los gabrnetes o en las cátedras, donde se estudian los problemas de la
vida y el destino de los pueblos, sobre las causas del tremendo desastre que conmueve hoy
los cimientos de la sociedad de las naciones.
Hace tiempo algunos ilustrados escritores
proclam arou la bancarrota de la ciencia, en
vista de las agitaciones sociales contemporáneas y de la universal inquietud de los espíritus; pero ellos veían el problema bajo una faz
restringida e incompleta. Porque la ciencia
aún no es libre, ni gobierna con plena autonomía, ni los demás órganos de los Estados la
oyen ni le entregan todo su material, ni sus
instrumentos ni sus medios de acción. La po-

�12

JOAQl'ÍN V. GON7.ÁLEZ

lítica la mantiene todavía aherrojada y sometida a sus intereses y caprichos, sin permitirle
desplegar la plenitud de su vuelo; ni las formas de gobierno o arnci:=icion:s d: Es~ados_la
consultan y obedecen, m sus 10sp1rac1011es mo-énitas sobre las religioues y filosofías, pueden aún sobreponerse a los dogmas obligatorios o a los sistemas tradicionales, o a las
imp~siciones de la fue~za,_ que tienen educada
y habituada a la couc1enc1a humana.
Luego, la ciencia no es responsable sino en
la medida de su libertad, de los resultados de
sus descubrimientos y experiencias sobre la
felicidad de los hombres; ni tampoco del uso
interesado o injusto que la rutina, el egoísmo,
la razón de Estado, la ambición o el poder
hacen de los agentes o instrumentos que ella
les entrega, como el obrero asalariado que
enajena en manos del patrón capitalista la
labor de sus manos o la creación de su ingenio. En cambio, ningún criterio puede negar
que ella es única autora de cuanto bienestar
positivo y real goza el hombre civilizado, y de
cuanta ventaja aprovechan para sus fines
egoístas o particulares, los poderosos de la
fortuna o las ambiciones de dominio de los
caudillos de pueblos.
Parece indudable que la humanidad ha perdido la brújula de su derrotero en el tiempo
presente. Una red inextricable de sendas y
rumbos divergentes la han extraviado y confundido, y no atina a ver sobre el horizonte la

LA PAZ POR LA CIENCfA

"luz magna" que el profeta anuncia guiando
al pueblo errante en la tiniebla. Y no es porque no sepa donde se halla esa luz, como siempre le aconteciera en los más críticos momentos de su historia. Ha buscado por siglos la
verdad por el camino de la ficción y la libertad por la senda de la esclavitud;y cuando un
espíritu inspirado le dijo que él era la verdad,
y fJUe sólo por la verdad iría a la libertad, se
obcecó en su error, suprimió al profeta providencial, y cayó en la peor esclavitud, la de la
mentira y el fraude, sobre las cuales edificó
todas sus religiones, filosofías y políticas positivas. Al pensamiento unificador y pacificador reemplazó con la discordia y la guerra a
sangre y fuego; al mandamiento del amor y
la fraternidad y la ayuda recíproca, substituyó los odios n:ligiosos y sociales, y el interés
y el egoísmo, que han creado los profundos
abismos entre las naciones, las sociedades y
las clases de una misma sociedad; ha fundado
la guerra permanente y continua, que corroe
su corar.ón y enferma y extermina las mejores
plantas y frutos de su intelige~cia, y ha alejado, quien sabe por cuantos siglos más, la iniciación de la nueva era de la pez, o de la labor
por la paz del mundo.
¡Cuánta doctrina engañosa y brillante, aún
vestida con el ropaje de la ciencia, ha venido
a ensalzar los beneficios de la guerra! Se cree
que ella desarrolla y crea las virtudes viriles,
los heroísmos y acciones grandiosas, que dig-

�14

JOAQUÍN V. GO::-IZÁLEZ

nifican y elevan la persona humana. Entretanto desconocen la existencia de esos otros
fecundos heroísmos pacíficos, que consisten en
arrancar a la tierra sus elementos de bienestar y amplitud de la vida misma, y a la sombría y feroz igoorancia sus víctimas mil veces
más miserables que las del hambre o de las
fieras. La guerra, que saca del odio su fuerza
mortífera o eliminatoria, no puede conducir a
la paz, sino como preparación de otra era de
guerra; porque en la naturaleza humana, la
revancha del vencido se convierte en una vocación, así dure décadas o siglos su cumplimiento. Alberdi se había anticipado a Spencer
en la enunciación del principio que la paz no
puede ser fruto de la guerra, sino de las artes
y los medios de la paz, como observa Baty en
su traducción del "Crimen de la guerra". Y la
paz tiene sus fuerzas viriles insuperables, tanto más fecundas que las de la guerra, porque
son creadoras y continuadoras, mientras que
las segundas son destructoras y finales. La
una tiene por misión aniquilar y cegar fueates
de vida, la otr¡i crearlas y ensancharlas sin
término, porque se propagan y desarrollan
las unas de las otras.
La ciencia es la fuente de todas las creacio
nes útiles; y ella cierra sus labora torios silenciosos cuando la guerra ensordece el ambiente
y arrastra a la muerte estéril en manos de un
hermano, al estudioso y al sabio que habría
preferido morir de un heroísmo sublime, vícti-

LA PAZ l:'OR LA CtENCtA

15

ma d_e un in vento fecundo para el bien de sus
s~meJan_tes. La guerra ahonda y ensancha las
?1ferenc1as entre las razas y las naciones, aleJando cada vez más el ansiado día de la univers~l fraternidad; la ciencia muestra un solo
ca mino, el de la verdad única posible, el de la
verdad que es, que todos los hombres y naciones y_razas deber_án ver del mismo modo, porque t1_~nen los mismos ojos y la misma comprens1on de las verdades simples u objetivas,
que ~on~ucen a _las co~puestas y subjetivas.
La c1enc1a es, as1, la úmca senda que conducirá a la armonía de las sociedades humanas
má~_desemejantes y discordes, por la propia
acc1on de ,sus ":étodos; y 1~ ciencia es organismo que solo ~1ve en ambiente pacífico, para
de~plegar en el sus lentas y progresivas conquistas. Ella encierr_a el_ secreto de la paz del
mu~do y de las conciencias, la unificación de
los intereses m~teriales y de_ las aspiraciones
m~rales, las úm.cas bases positivas posibles de
la igualdad social, y de la justicia fundada en
la v_erdad de la naturaleza humana.
Ni_los partidarios teóricos de la guerra como mstitución útil al progreso del mu~do
p_u eden desconocer el valor decisivo de la cien~
eta en s~s resultados ~~contrarresta bles; y así,
d_eben 01r la observac10n profundamente cienbfica que se formula en obras recientes sobre
la "Eugénica" o ciencia de la selección humana, cua_ndo nos dice que "bajo la corriente de
la contmua guerra, en la cual centenares de

�JOAQUÍN V. GONZÁLEZ

LA PAII PO!t LA l'IEll'ClA

miles de los más fuertes miembros ~e la comunidad social son exterminados, m1ent_ras que
solo quedan los más débiles par~ ~ont_rnuar el
núcleo fundamental, la raza origmana se ?ebilita progresivamente, y puede al fin c~trnguirse. Cuando, como es fre_cuente, el contmuo
despotismo sigue al continuo guerrear, )?s
nuevos pueblos sometidos, no por la selecc10~
sino por la fuerza, al ser conservados ~n P?~tción inferior, no pueden formar una oac10n
con la integridad social de sus predeces,?res, Y
habrán de disgregarse y desapar~:er . Los
campos de batalla, agrega otro soc10_logo alemán, quedarán cubiertos con los c~day;res de
millones de nuestros hombres mas JOveces,
sanos y fuertes. L os mejore_s son los 9ue, s:
pierden: sólo quedan los ancrnn?s_, los t_nvalidos, los enfermo!&gt;, porque el serv1c10 obltgatorio arrastra a todos los aptos para cargar las
armas; y además, los sobrevivi:nt~s
los
campos de batalla no son lus mas mcltcados
nara la continuación de la raza, a mrnos que
~e dé a los neurópatas el ~ri~er lugar ..., porque si al estruendo de la tecmca y dd tra~co,
se a g regan los horr?r~s de la guerr~ ¡_que g:~
neración de neurastemcos se. produ~tra,, Y co
mo los males de·la neurastema arrumaran las
generaciones!"
.
Desde los más prim:irios pr obl~tnl'IS relativos a la formación del núcleo social de la nacionalidad , hasta la posesión de los más sencillos medios de utilización de los recursos

?e

17

naturales, la ciencia es nuestra guía y maestra y artífice insuperable. Por eso es la labor
permanente de las generaciones en este eterno
vaivén de la ola figurativa del humano progreso. La Escuela y la Universidad son sus laboratori_o s .Y tal!er~s! no ~ólo para trabajar
en el maten,il µnm1t1vo, smo para formar en
la vida del trabajo la esencial frakrnidad del
esfuerzo común y solidario. Este reemplaza
por ~irtualiclad propia a los postulados convenc10nales y a los mandatos autoritarios de
los dogmas religiosos o .filosóficos heredados,
los cuales, por otra parte, no pueden subsistir en la c?n_ciencia de un niño, apenas éste
pueda perctbtr la verdad elemental de la ciencia; a menos que la religión o la filosofía no
sean un efluvio natural de la ciencia misma.
El descubrimiento en colaboracióa, de una
verdad, de un elemento, de una cualidad cualesquiera, crea desde luego un vínculo indisoluble de compañerismo, acaso más fuerte que
el parentesco; y por sucesivas agregacione~,
la esfera de la armonización y consenso colectivos va ensanchándose, hasta abarcar la totalidad de una nación o de una raza.
La ley de armonía ha sido asi sancionada
por el propio imperio de la conciencia, y ninguna fuerza que no sea la de una necesidad
superior, podrá desalojarla, n! debilitarla. El
conocimiento de la verdad sobre las cosas y
las ideas, descubre en los corazones las excelencias, las virtudes y las sinceridades más

�18

JOAQUÍN V. GONzÁLEZ

LA PAZ POR LA ClE...~CIA

asombrosas; y entre los hombres que vivie:º!1
separados por vallas infranqueables de preJUlcios, diferencias y odios de muerte, se abre como un nimbo de luz, a cuyo resplandor. se
confunden sus almas en un~ íntima comumón
de amor y solidaridad, porque han desaparecido entre ellos las únicas causas de separación, es decir, la ignorancia recíproca sobre
las cualidades comunes, que ocultaban el tesoro de sus más hondas simpatías y afinidades. Por eso he dicho alguna vez,-inspirado
en la enseñanza de Leonardo de Vinci,-el espíritu más ingénitamente científico producido
por el cultivo humano, - que "conocer es
amar como ignorar es odiar,'' y porque la
histo;ia mental de la humanidad enseña con
sobrada elocuencia que los ignorantes son los
depositarios de los odios ancestra1es, hered~dos o transmitidos de inmediato por el gemo
de la guerra, para encender las hogueras o armar los brazos fratricidas, o .guiar el puñal
del asesino, o envenenar de ingrat itud y de
injusticia hacia sus benefactores más abnegados el alma de las sencillas comunidades, de
puehlos o de al~eas privadas de la c~ltura intensiva o ambiente que los domestica o conduce por el buen camino.
.
Sólo la ciencia, cultivad a en labor continua,
tenaz, de generación en generación, y en cooperación consciente o ignorada de pueblos a
pueblos, puede acercarnos a f~rmar ese espíritu de justicia social e internacional, tan anhe-

lado por los filósofos y filántropos, que cual
santos de una religión profana y sin dogmas,
orasen a voces con el lenguaje del amor y de
la_ verdad, corno F~anklin, corno Washington,
como Jefferson, quten concebía una noción de
nacionalidad que "comenzase una nueva era,
esperaba una época en la cual los intereses dominantes dejai;en de ser locales para ser universales, las cuestiones de diferencias de front~~a~ y soberanías fut&gt;sen secundarias, y los
t&gt;Jerc1tos y armadas quedasen reducidos a una
función de sien ple policía ... " Son palabras dictadas, corno las de la inmortal despedida del
ch_acarero de Mount Vernon, por un senti°:11ento d~ in.tenso amor humano, que nada
stno la c1enc1a es capaz de inspirar; porque
ella descubre ante las sencillas como las más
~Itas. co1;1ciencias, la verdad de la pequeñez
1g11ahtana de todos los hombres, y desmonta
todo el aparato formidable de las vanidades
agresivas y dominantes, que engendran las
au~ocrncias, las tirnnía-&lt; y las clases oligárquicas, adueñadas de la libertad y del trabajo
?el pobre, el cual, agobiado por su ignorancia
irreparable, queda reducido a la esclavitud de
hecho por la im posibilidad de una liberación
que estriba más en la ceguera de la mente qu;
en la condición material de la servidumbre.
Debemos, ent&lt;?nces, todos los consagrados a
la tarea del estudio, en todo país de la tierra,
proponernos una nueva v más intensa teniendo en cuenta que vamo·s en auxilio
nues-

de

�20

JOAQUíN V

GONZÁLEZ

tros hermanos de otras razas y naciones, considerados, acaso, inferiores, porque ignoramos
sus cualidades y virtudes esenciales. hasta
privarnos de su colaboración en nuestro propio progreso; en ayuda, en primer término, de
nuestros compatriotas y vecinos más próximos de nuestra América, expuesta por su inexperiencia y juventud, a errores más perniciosos porque comprorr.eterían su porvenir,
ya que tiene la suerte de mantenerse, gracias
a la distancia geográfica e histórica que la !'epara ile Europa. incontaminada de las ra~iones impulsivas de la guerra presente, ~i bien ·
no podrá d&lt;sinterarse de la suerte de los beligerantes, con quienes la unen lazos de una íntima solidaridad de raza, de intereses v tradiciones formados en la enseñanza le s;.is
mae~tros, y en el aire de su cultura, absorb1 ia
por la nuestra en constante corresponékncia
ideal; y al estudiar con ese profundo interés
solidario, la filosofía de esta guerra, no olviciemos que estudiamos un problema propio,
porque corresponde a nuestra misma civilización. En el desquicio probable de los ajustes
de esa vieja fábrica, no podríamos preci~ar
con exactitud la misión S'lperior que le está
reservada a nuestra América y a nuestra patria, ya sea como sujetos de experiencia de
nuevM principios emergentes de a'}uella terrible lección, ya como hogar de refugio o de
reconstrucción de les ideales y doctrinas de
solidaridad y justicia derruídos, ya de reno-

LA PAZ POR LA CIENCIA

voc!ón de los despojos saugrientos que de ese
antiguo acerbo de principios sociales y políticos, quedarán esparcidos por los sangrientos
o incendiados campos de batalla.
Señores profesores y estudiantes que me es-

cuch!is,-y oj_alá me oyeran todos los que
ens~nan a la Juventud de mi patria,-quiero
deciros con toda la convicción de mi espíritu,
templado ya en el yunque de treinta años de
vida artiva intelectual, que estoy muy lejos,
-ante el espectáculo de la guerra europea 1 de abdicar, como he observado en mucb os
otros, de los más fervientes ideales, y de la fe
en la fuerza y valor de los principios directivos
y su~eriores de _la justicia y de la razón, en las
relaciones políticas de las nacionescivilizadas:
La ~uerra, por grande y comprensiva que sel'!,
e~ s1empre ~n accidente pasajero en la suce
s16n de los tiempos; y aunque no sea un medio
de fundar la paz, sus solucio'les de hecho pueden crear una situación favorable al dcsarrolln de las instituciones justicit:ras y liberales
y a las labores de las ciencias, las !~tras y la~
artes, las cuales, al elevar en un grado más el
nivel de la universal cultura, asegurarán por
~ríod os cad~ vez más largos de paz convenc1ona l, la acción de los elementos constitutivos de la paz definitiva sobre las bas:-s eternas de la verdad y de la justicia.
~~oque nunca he pensado que pudiera adm1t1rse un derecho y una moral internacionales para América, en oposición a los de

�22

JO.AQUIN V. GONZÁLEZ

Europa, es indudable que la diferenciación
geográfica hace posible la coexistencia de dos
modalidades diferentes en la aplicación de sus
principios generales. De esta manera el naufragio de ellos en un continente puede ser
reparado por el otro, como ya pudo compro·
barse este equilibrio cuando Canning enunció
su inmortal afirmación: "He llamado a la
~id~ un mundo :nuevo para restablecer el equihbn_o en el antiguo". Así, no porque hayan
sufrido las conquistas de justicia internacional tan hondo descalabro con la presente
g~erra, nos dejemos invadir por el desaliento,
nt menos por la reacción hacia las imposiciones bárbaras de la fuerza; acaso la misma Eu•
ropa, cuando se haya cansado de matar y de
destruir los frutos preciosos de su cultura y
su trabajo seculares, venga a buscar en la olvidada América la brasa encendida para reavivar el fuego sacro de los seculares ideales de
derecho, de justicia y solidaridail humanos,
con los cuales tendrá que reconstruir, allá en
el viejo solar de las razas madres, el común
hogar devastado por los odios y rivalidades,
no menos funestos por ser pasajeros.
Hay una sonrisa compasiva, o al menos interrogante, sobre las organizaciones corpora•
tivas que se han impuesto la misión de pacificar el _mundo; se pregunta sobre el destino y
la actitud de la Conferencia internacional de
La Raya, erigida en Corte permanente de arbitraje entre las naciones, y de los demás con-

LA PAZ POR L.A CIENCIA

23

gresos científicos consagrados al progreso de
la moral y la justicia universales. Pareciera
que estas creaciones convencionales debieran
decretar de modo infalible la solución de todos los conflictos y remediar todas las imperfecciones humanas, corregir los errores y rectificar las corrientes de la historia, por obra
de una magia omnipotente e incontrastable.
No se recuerda que ellas fueron establecidas
como agentes de labor y experiencia, fundadas en el concenso voluntario de las naciones,
y sólo como órganos de consejo y no de legislación imperativa. Y basta para sus fines con
esa relativa soberanía e independencia, porque las conquistas morales o jurídicas de las
naciones no se han realizado en un día, y ya
es mucho que ellas reemplacen a la sangre y
al fuego que han costado siempre las simples
enunciaciones de las nuevas fórmulas de gobierno en los siglos pasados. A ese género de
corporaciones pertenecen los institutos científicos y las universidades que en todo el mundo
trabajan en el mismo sentido, y sería renegar
de la ciencia misma, desconocer su valor o
utilidad, porque su existencia no hubiese sido
bastante para impedir una revolución o una
guerra.
A pesar de sus transitorias regresiones hacia el error o la violencia, la humanidad marcha a su perfeccionamiento; el ideal, conservado v cultivado en los solitarios laboratorios
de Ía ciencia, d'el arte y de la poesía, es la es·

�JOA~IJ!N V. UONZÁLEZ

trella lejana del derrotero eterno, y hacia ella
se encamina la peregrinación de la humana
grey. La ciencia es su guía, el arte es su inspiración y su ritmo; y así, unidos los corazones
al rumor de la armonía inefable que ellos exhalan en las almas, la marcha es triunfal, y
durante las jornadas, van realizándose muchos de los prodigios esperados. No es posible
abandonar la columna, ni arrojar los estandartes porque caigan en el camino los rendidos o los desalentados o los excépticos; no
habría conquista en la vida si admitiésemos
tal posibilidad, y en los procedimientos de la
ciencia se explicarían menos tan perniciosas
intermitencias de hastío o cobardía. Los estudiosos, los letrados, los profesionales del saber, tienen la misión de los oficiales en la marcha del ejército simbólico; ellos son un estímu•
lo perenne para el soldado de fila, son un
ejemplo vivo e infatigable de voluntad y de
acción. En nuestra joven y aun informe nacionalidad sería una falta imperdonable la prédica del descreimiento y la vacilación; los que
siguen sus estudios en las aulas, tras la enseñanza y conducción de los maestros, y los que
van a ocupar su puesto en la labor pública del
oficio, confiados en su propio esfuerzo, todos
son responsables de su parte en la labor de
salvar la integridad del patrimonio moral de
la Nación.
J O AQUI;-; V . GONZALE7

LOS DOS NINOS
( De Giwamtt Pa.rcoli)

I.
De tarde. La pareja bulliciosa
de niños retozaba alegremente
en la quietud de la alameda umbrosa
Jugaban abstraídos. De repente
lanzáronse, con pasmo de los tilos,
insólitas palabras a la frente.
Se hallaron ojos nuevos; intranquilos
parpadeos de cólera inflamada,
y por manos, dos garras de diez filos.
Sed de sangre brotó de su abrasada
garga nta , y por sus pálidas mejillas
la miraron correr, atropellada.
Pero tú te presentas de puntillas,
buena madre, y con voz dominadora
separas las airadas fierecillas
y les o rdenas : "¡ Hacia el lecho a hora I''

�26

GUILLERMO VALENCIA

LOS DOS NIÑOS

27

lII.
II.
Las sombras los circuyen. Procesiones
de fantasmas, el labio sigiloso,
parecían surgir de los rincones.
Y fué de oírse el lánguido sollozo
crecer bajo el imperio -de algo obscuro
que volaba entre el lóbrego reposo.
Volviéronse los dos con inseguro
movimiento; y entrambos eorazones
se escucharon latir con ritmo puro.
Llega, cual sobre manto de vellones.
la madre-tras la palma sonrosada,
la luz-a remirar a sus leones.
Contémplalos absorta: en apretada
red de abrazos, se estrechan dulcementt·
Duermen ambos, el ala replegada.
Y ella los besa con amor riente.

i Hombres! En vuestras iras de felinos
pensad en el misterio pavoroso
que amarga vuestros míseros destinos;

pensad en el silencio tenebroso
que sobrevive al grito delirante,
y, de la guerra, el ímpetu furioso.
i Hombres, paz! En la tierra vacilante
enorme es el misterio, y sólo atina
el que brinda su amor al semejante.
i Paz, hermanos ! La mano que se inclina
tarde o temprano a acariciar, desame
el gesto airado, la pasión dañina.

a fin de que la calma se derrame
por nuestra faz cuando, sin ser oída,
se acerque, sin que nadie nos la llame,
i la Muerte con su lámpara encendida!
GUILLERMO VALENCIA
( El Fígaro. Habana.)

�ES LA GUERRA

y vaciado y roto miles de botellas;

ES LA GUERRA
Fué la víctima sangrando;
fué la mujer, con su afrenta;
el incendio sin excusa
y el pillaje con la prenda;
fué el crimen y la barbarie
y la crueldad con las pruebas,
y nos dijo el general:
-¿ Qué se ha da hacer? ¡ Es la guerra !
Han violado a las mujeres
bárbaramente, en presencia
de maridos amarrados,
torturados en la infamia de su esc:unio y su vergüenzi
v delante de los padres y los nifios,
~..1ancillando la vejez y la inocencia.
¿ Pero a quien echar la culpa
si eran buenos y eran cultos
y es la ocasión ? ¡ Es la guerra !
Han bebido hasta embriagarse
y ponerse como bestias;
han volcado, desfondados los toneles

han regado, han inundado
ele champaña las bodegas ...
Ellos son y no lo han sido
porque finnes no tenían las cabezas.
Eran sahios,
cultos eran ...
i Estas cosas, son las cosas
de la guerra !
Han robado, han saqueado, han violado
cerraduras, como p_uede hacer cualquiera,
y han cargado con dinero y con alhajas
Y con cuadros y con ropa, y hasta cuentan
que han matndo, puramente
por robarles a las víctimas
el rdó y portamonedas.
Son honrados y son cultos ...
Es tentación del momento:
¡ Es la guerra !
Han incendiado a su paso
las ciudades indefensas,
l_os pueblos encantadores
y las míseras aldeas ...
fueron dejando un reguero
de ceniza y de pavesas ...
Ellos no tienen la culpa,
que son sensatos y cultos:
¡ Es la guerra !

29

�30

VICENTE MEDlNA

Han hecho infamias sin nombre,
han cometido vilezas,
se han ensañado en las víctimas
como chacales y hienas,
han manchado , han deshonrado
la Humanidad y la Tierra ...
pero es todo esto una cosa
puramente pasajera .. ,
Ellos son civilizados ...
¡ Es la guerra !
Han acariciado sueños
de grandeza;
han tenido el ideal de un solo tipo
super-hombre de la Tierra,
conquistando, dominando, cultivando,
eliminando la enclenque raza enferma
y borrando hasta los rastros
y las huellas
de los pueblos decadentes, en la historia y en el arte
y en la ciencia ...
Pero ellos estaban locos ...
¡ Es la guerra !
VICENTE MEDINA
(De Cancümes de la guerra.)

LA VINDICACION DE LA MEMORIA
T a l vez ha llegado el momento de proceder
seriamente, y en virtud de las luces nuevas
traídas a la pedagogía por los psicólogos, a
una vindicación de la memoria,-y aun de la
memorización-y aun del memorismo,-o a lo
menos a reconocer con franqueza, respecto de
éste, la parte · que en justicia le corresponde
dentro de cualquier sistema de educación, serio, sólido y eficaz. Por demasiado tiempo nos
ha faltado tal franqueza . Toda la pedagogía
r omántica desde Rousseau hasta Herbert
Spencer y aun más tarde, nos ha impuesto,
con la superstición de lo espontáneo, una ciert a repugnancia a lo que hemos llama do desdeñosamente "medios mecánicos" o "medios
librescos", y sensibilísimamente, "medios fatigosos" de aprender y de enseñar. Señalemos
de paso el error que muy a menudo se comete,
al considerar las corrientes pedagógica y científica del siglo XIX, continuación de las del
Renacimiento. No; el humanismo es una cosa,

�LA VINUH' ,CWN D~; LA )LEM0ltlA

32

EUGENIO D'0ltS

el romanticismo otra muy distinta. Rousseau
abre un ciclo mental, no y.a diferente sino contrario al iniciado por Rabelais y por Comenio. Recuérdese aquel admirable capítulomatriz sobre la reforma de la educación &lt;le
Gargantua, impregnado de lo que podríamos
llamar el sentido heroico de la educación; y
compárese luego con las blanduras del "Emilio" de donde ha salido la ralea infinita de las
blanduras modernas; y claramente ~e verá
que en las últimas hay ya un principio de vuelta a la sensualidad viciosa de los primeros
maestros del gigante. Es muy probable que
a un pedagogo como los que aun encontramos hoy, imbuídos del espirita ochocentista,
Rabelais le hubiese colgado también el mal
nombre de "sorbonagro". No es un secreto
para nadie que la historia de la filosofía con
sidera ya el Positivismo como una nueva 0rma de la Escolástica. Voces diversas, independientes y concordes se han levantado últimamente en Europa, para llamar al siglo
XIX, "otra Edad Media".
Quien esto escribe tuvo ocasión de dar, en
el invierno de 1909-1910, un cursillo sobre la
Atención, con el complemento de algunos trabajos experimenta les, realizados por una com-

pañ:a de jóvenes de mérito·, a cuyo lado no
falto alg~n. veterano de la:- lides científicas y
en que _sirvieron de sujeto, algunos correctores de tmpre nt ª· e ursi·11O Y experimentos no
lleg:i.ron a darnos . tal vez todo lo que buscábamos; pero me p,irece que dejaron más clara
q ue_ la luz u ria ~esis que ya comienza a ser genera 1 . ~n la _psicología modernísima: que la
a.teoc10n
.
d' . , hacia una cosa exige ' como previa
con tc1~n, poseer ya un cierto conocimiento
de la mtsma; que lo que se llama el interés es,
más que otra cosa, un nombre con que se disfraza
conocimiento
si se quiere,
.
1a
t -ad este
.
.
• O,
r.
ucczón
efectiva
del
conocimiento
.
El ·
previo.
ps1có1og? americano Pillsbury ha realiz,do
de est1. tests un estudio 'lmp11·0
y 1um111oi;o
.
e
Acaso sus_ conclusiones sean más radicales d~
lo que debieran. en el sentido de unir demasiado estrechameute
. do
.
' y • sobretodo , d t'mas1a
proporcionalmente
la
atención
con
el
.
.
conoc1m1ento anterior (*). Pero no put&gt;de negarse
(*) Precisamente el objeto ¡ 1
.
a que
acabamos de refe . e e cursi-11o)'. traba¡os
experimentales
a Pillsl&gt;urv en el sentid~1dnos er., el de rn tentar una rectificación
demasiadó 'completo. lejos ed~n~!~ar que so ~on~imiento anterior
que por consiguiente las condi .· orccer, ~er¡ud1ca la atención, y
eneuc_ntran no en la ~usencia det'ones .ó~tJmas P:'ra la atencióu se
segumlact, sino en lo que de o c~'"?~1m1ento, n1 en su demasiada
condiciones en que Ja tentativa"
"J·aber illqtfi~to''. Las
celona, entre dos semestres de estudio izo. 1 nrante_un VJ3Je .ª _Bar-

s;1;~rª~d

en e extranJero, unpidierón

�3-l

EUGENIO

n'o&amp;s

r¡ue el resultado de esta labor moderna ha tenido que ser el que se desvaneciera la mitología pedagógica, forjada en torno de este "interés", vi!rdadero "Deus ex machina" en todas las teorías de lo espontáneo.
Desde el instante en que se acepta que el conocimiento precede al interés, el proce!-o mental que supone la educación en el educado nos
aparece invertido y la admisión de su origen
central, debe ser reemplazada, como en tantos otros problemas de la psicología, por la
admisión de su origen periférico. Conocirla
es la posición que James y Langes dieron a la
1ec,ría de la emoción, sintetizada en la famosa
frase del primero, "No lloramos porque estemos tristes, sino r¡ue estamos tristes porque
lloramos". Ya el modo como la intuición formidable de Bias Pascal planteó el problema
de la creencia, conducía a una conclusión, que
hubiera podido formularse así: "No tomamos
agua bendita porque creamos, sino que creemos porque tomamos agua bendita.'' Otras
teorías modernas han impuesto la solución
periférica en las cuestiones genética!', sea de
que se llegase a conclusiones definitivas; y las que, por el rnomenlo
se obluvieron_ pare~fan más bien confirmar la opinión de Pyllsbnry.
Pero los que mtcrvm1111os en el ensayo no nos damos por vencidos
y pensamos continuarlo próximamente.

LA VINDJCA('lÓN DB LA ~lrMO RIA

:l5

índol&lt;' natural o normativa, se refiera a fenómr·nos. que se estudian o a la conducta que
rlt ha seguirse para alcanzar tal o cual resultado. Análogamente y en lo que se refiere a
la adquisición de conocimientos, los hechos
aducidos pr r Pillsbury y por otros contemporáneos nos imponen, en pedagogía, la tesi!' de que no sabemos las cosas porque anteriormente nos hayamos interesado por ellas,
sino que nos interesamos por las cosas ?orqLte anteriormente las hemos, basta cierto
punto, sabido. Y como saber las cosas nn
quiere decir, despué,- de todo, sioo poder recordarlas en el momento oportuno, podemos
sustituir legítimamente h anterior fórmula,
por la que !'igm·: No recordamos las cosas
porque ellas nos h ayan interesado, sino que
nos interesan, por el recuerdo que ya tenemos
de ellas. Es decir, que el primer movimiento
de actividad mental para llegar al conocimiento de un objeto ha de ser de índole mnemónica. E l Génesis de cada conocimiento hu, "E n
mano puede, por lo t anto, narrarse asi:
su principio era la Memoria".
Las consecuencias normativas que se sacan
de aquí rehabilitan , como nec~sa ~ios, e11 la
base v comienzo de todo aprend1u1Je el esfuer
'

J

�LA VINDICACIÓN DE LA MEMORIA

zo, el dolor, la disciplina de la voluntad, suj:
ta, en una palabra, no a aquello que place, st·
no a aquello que desplace. Hay en toda ~dquisición de conocimiento, como en toda mvenctºón , (¿·aprender una cosa no es, desde • el
punto de vista de la actividad mental, lo mismo en el fondo, que inventarla?) un momento 'que llamaríamos milagroso, si no f~ese
porque las modernas teorías de lo subconsciente como almacén biológico, desde donde las
cosas pasan, en un momento dado, ~l campo
de la conciencia, parecen proporcionarnos
una explicación aproximada, ya que no completa del fenómeno. Este momento, ~omento
de gracia, separa de una manera casi brusca
el estado de no posesión del estado de po~~
sión del conocimiento de que se trate. ¿Tenets
presente lo que os ha ocurrido en cada uno
de vuestros aprendizajes deunalengua nue~a?
Recerdad, recordad. Hubo un día, una mana·
na, una hora, en que al tomar un libro, al
comenzar una conversación, o simpleme~t~ al
levantaros, os disteis cuenta de que sa~1azs el
francés, el inglés, el latín. El día ankrtor, la
noche precedente, la hora inmediatamente
anterior, no poseía.is aun esa lengua. Desde
este punto en adelante. la poseéis. Entre la su

37

ma de los conocimientos acumulados hasta
entonces y la suma de fuerza y de facilidades
que a partir de este instante sagrado, tendrá
el sujeto a su disposición, hay una diferencia,
y una diferencia decisiva. Es, diríase, el momento en que se cobra el interés del capital,
interés de mil por ciento: En teoría el interés
corre siempre, se produce siempre; pero de hecho hay un momento en que se cobra, en que
éste aumenta el capital, mejor dicho, en que
torna capital lo que antes no era sino dinero.
En teoría, la planta brota de la tierra por
una acción continua; pero de hecho hay un
momento, un momento histórico en que hay
planta, en que tenemos planta. El niño se forma largamente; pero hay un minuto en que
nace. Así es la invención. El sabio madura
lentamente la invención que ha de venir; pero
la invención en sí misma se realiza en el tiempo de 110 relámpago. Así en el cambio de espíritu religioso, en la conversión. La tempestad espiritual viene de lejos; pero la fe se
adquiere en el tiempo de caer de caballo en el
camino de Damasco. Así finalmente en cualquier aprendizaje: estudiamos días y días el
alemán; lo sabemos en un minuto. Silabea el
párvulo torpemente, tiempo y tiempo; una

�38

EUOl!NIO t&gt;'ORS

mañana se levanta sabiendo leer. Toda adquisición mental es, en rigor, una int~ición.
Pero la bao µreparado largos r, zonamien~os.
No es la intuición el 1:frcto d&lt;'. los nizonanw n tos: ro vano buscaríamos en éstos causa eficiente para aquélla; pero ést~ es _el premio d~
aquéllos, o tal vez mejor, el premt~ d~. ~a actitud que suponen aquéllos, como st d1Jer~mos
Ja recompensa de la humildad que ha tenido d
razonador ... Si; hay que empezar por lo exterior, hay que empezar por la actitud. Hay
que abandonar todo orgullo. '·Toma agua
beridita,-diremos siempre con Pascal-toma
agua bennita".
Lo que be llamado alguna vez "la _pa~adoja de la invención" consiste en lo s1gu1ent~De una parte: todo invento, todo descubrimiento científico es hijo de la casualidad. De
otra parte: únicamente realizan iovencio~es,
series, descubrimientos científicos, los sab10s.
¿Hay aquí una contradicció n?N?. Vol~~~os
siempre a la concepción psicul6g1ca penfenca.
La iovenci6n, el descubrimiento, no son un
efecto de la erudición, del continuado estndio,
de la actitud vital y aúu profesional; pero son
su recompensa, el milagro concedido a 1~ la~ga humildad, y, únicamente a ella. La mspt·

LA VINDICACIÓN DE LA MEMORTA

39

racion, la intuición genial, no es el efecto del
razonamiento, pero le sigue. El mismo razonamiento no es un efecto de la memorización
no está determinarlo por ella, pero la sigue.'
Y la memorización a su vez, sin que pueda decirse que sus causas sean el esfuerzo áspero,
la disciplina, la lectura, el darse a cosas pot
las que aún no se t iene amor, sigue a todos
esos ejercicios y nace tamb:én en el momento
de gracia en que, después de haber reparado
una cosa, dos, veinte, cien veces, se la recuerda ... Altiva señora es la verdad; no la poseerá nunca quien antes no se haya arrodillado
ante ella.
Pedagogos, haced arrodillar, haced arrodillar. Para aprender las len.guas, aún no
se ha
inventado nada mejor que las bo-ra•
mát1cas. Para aprender a multiplicar, aún
no se ha inventado nada mejor que la tabla
de multiplicar. Cuantos, bajo la inspiración
del espíritu ochocentista y sometidos a la superstición de lo espontáneo, han querido llevar hasta su término la metodología de lo intuitivo, de lo razonable, de lo atrayente han
debido confesar, si son sinceros, su fracaso. En
la obra de la enseñanza, ni en la obra de la educación puede prescindirse de una parte, aún

�40

EUOENJ.0 D'ORS

mecá nica, de memorización. Reduzcámosla , si
así parece preferible, sustituyámosla a vecrs,
pero siempre s~rá de locos ol~idar a quella~
primeras palabras del evan geho del Conortmiento.
EUGENIO D'ÜRS
( Revist,, de Educación. Barcelona.)

PA N DE L OA. I1 I NO
Sobre el campo, que quiebra su monotonía en
la raya blanca de la carretera, cae el sol de Julio
abrasador e implacable. Los barbechos, recién
cavados, enseñan sus terrones rojizos, limpios
de maleza, y son, en medio de los recuadros de
granada mies, como sangran.tes llagas de la t ierra. La llanura se prolonga ampliamente, seca,
quemada, sin un regato que dé música de aguas,
ni un árbol que con su copa dé frescura de
sombra; tan sólo a lo lejos, donde termina la tierra. de sembradura y comienzan los yermos, mirando a una barranquera de amarillos matices,el
tronco mezquino de un almendro seco se retuer-.
ce dolorosamente: diríase yencido de tanta soledad. Los rubios tallos del trigo maduro se doblan, dejando caer con desmayo las morenas
espigas. En el fondb la masa gigantesca de la
sierra bai'íada de luz, con tonos de sombra en
sus arrugas y con pinceladas azules en su cumbre, se recorta sobre la placa del cielo teñido de
a ñil.
El polvoriento camino se arrastra interminable, cortando parcelas y saltando hondonadas,

�__:-Í=~------"-ll_Cl_U_E_L ,\

ltÓO~;NAS_ _ _ _ _ __

trepando perezoso por las suaves lomas y revolviéndose bravío en valientes curvas; a las veces
parece que acaba en lo más alto de una cuesta,
pero luego asoma subiendo por la falda. de o~ra
más empinada; en sus cunetas crecen h1erbaJOS
y se perfilan los montones de grava recubiertos
de polvo.
.
Sobre la carretera y sobre el campo, sobre el
almendro seco y sobre las mieses enceradas, sobre
los barbechos, por encima de la sierra, el cielo
azul, limpio, uniforme; y en medio del cielo, como su joya única, un sol de lumbre con nimbo
de blancuras.
Hundiendo los pies en el polvo caliente y
marcando en él sus huellas hondas y precisas,
caminan dos mujeres como sombras de tristezas.
Una de ellas es anciana, menuda de cuerpo, angulosa de cara; tiene gris, casi blanco el cabello,
del que le asoman algunas guedejas bajo la fimbria de la saya, que lleva revuelta sobre la sesera para resguardarla de los latigazos del sol. La
nota carmín del zagalejo se remueve al andar
perezoso de las piernas que cubre; la cabeza se
humilla sobre el plano del seno, y los ojos-dos
puntos de luz en sombra de arrugas-giran cansados en las órbitas, mirando siempre a tierra.
La otra mujer es moza, ancha de flancos, a ven. tajada de estatura, morena de carnes, pero de un
tono que se empalidece en el rostro fundiéndose

PAN DEL CAMINO

43

en t inte wate, color de cera, color de santo,
color de angustia. El ca bello negro, lustroso y
abundante, se esconde bajo los girones versicolo_
res de un:i seda deshilachada, que acaricia con
una de sus puntas la carne de la nuca, y con las
otras dos, suavemente anudadas baj o el mentón,
las redondeces de la garganta. Ciñe corpifio que
acaso fué en un tiempo de lustroso y crujiente
percal, y que ya no es más que un harapo tachonado de remiendos azules: la falda es verdinegra,
color de vejez, y sus plantas desnudas pisan sobre esparteñas rotas.
Vieja y moza marchan lentamente, cansadamente; a las veces enjugan con el dorso de las
manos el copioso sudor que corre por sus mejillas, y se paran un momento para d&lt;!r una tregua de paz a sus pechos jadeantes. Caminan largo rato en silencio, como queriendo escuchar los
r uidos del campo, pero el campo está mudo. Tras
una de estas pausas, la joven habla con tristeza:
-¡ :.1 adre, no puedo más ! En cuanto llegue a
lo alto de la cuesta, me tiendo en los trigos y no
paso de allí.
La vieja suspira y dice:
-P;:irarsc es peor, hija: el sol te hnrá mal.
-¿ Acaso no me hace mal el sol mientras voy
anclando? ¿ No me hace mal el polvo que me entró hasta los ojos, ni la fatiga, ni el hambre? ...
-Guardaras ue la hogaza de ayer, y no nos

�44

MIGUEL A. RÓDENAS

pasaría ahora lo que nos está pasando.
-¿ Y quién guarda pan cuando s~ tiene gana
de comer? Aunque ahora lo tuviese, ¿ cómo iba
a guardarlo?
-Razón llevas, pero más que el cansancio,
eso es lo que me acaba.
Y llegan a lo alto de la cuesta y en la cuneta
se sientan, tendiendo tras ellas sendas manchas
de sombra amora~ada. Linda el camino por aquella parte con un bancal de liego, y el mozo que
lo labra, vestido con blanco calzoncillo y con camisa blanca, acércase al perezoso andar de los
bueyes, apoyado en la mancera. La ronca voz del
gañán suena plácidamente cuando habla a las
bestias.
-¡ Anda.tú, Colorao!¡ Anda, Palomo!-Y se
oye, según se va acercando, cómo la reja parte la
endurecida costra y cómo la vertedera levanta
los resecos terrones. Llega junto a las mujeres
y allí se para; térciase el mugriento chambergo
de fieltro, lía un cigarro, enciende a golpes de
pedernal la yesca, y con la primera bocanada de
humo que se desmadeja en el aire quieto, dice
su saludo:
-¡ Buenas tardes nos dé Dios!
- ¡ Mejores que éstas sean, buen hombre! dice
la anciana.
- Pues qué, ¿ tan mala se presenta? Quitando
el bochornazo, por lo demás ...

PAN

DEL CAMINO

45

-Aun con el bochorno, teniendo llena la tripa, bueno es el tiempo.
-¿ Acaso no comieron ?
-Desde ayer en la madr;igada no catamos el
pan ... y llevamos muchas horas andando.
-¿ No encontraron ahí abajo un mesón?
- ¿ Y de qué nos sirvió el encontrarlo si no
llavábamos qué gastar?
'
-Pues mal ~amino emprendieron; por aquí,
c-omo no sea deJando atrás mucho terreno, no
hallarán más que miseria.
· -¿ No pintó bien la cosecha ?
-Hogaño, ni para coger lo que sembrarnos.
En toda esta cañada, desde aquí mismo hasta
el pié de aquel cab: zo que le llaman el cerro de
La Luz, ni siquiera segaron; ¡ una ruin a !
-¿ Y es cuenta de ricos?
-Las malas cuentas siempre nos tocan a los
pobres. ¡ Tres meses hace que no beben gota estos secanos ! ¡ Tiene que haber más hambre este invierno !
. La vieja se pone en pié, sacúdese el polvo y
d•.ceasuhija:
'
-Vamos, María Isabel, que por poco que sea
más hallaremos caminando que sentadas aquí! '
María Isabel se resiste, la madre ruega, y, tras
los lamentos y las quejas, emprenden de nuevo
la marcha; despídense del labriego, que se queda mirando al llano entre bocanadas de humo, y

�:\IIGUEL A

47

RÓDENAS

se alejan silcncio,amente, bajando por el lado
opuesto la loma que acababan de suhir. A sus oídos llega, serena, la voz del jayán:
-¡ Anda tú, Colorao! Anda, Palomo! Y, ya
desde abajo, le ven encorvarse hacia la mancera ,
tras los bueyes, recortando su silueta blanca en
el espacio.
Vuelve entonces María Isabel la. caheza, y,
dando al aire un suspiro, dice tristemente:
-¡ Se quejan y tienen que esperar al invierno
para sentir hambre!
La madre se detienf&gt; un momento, m(ra a derecha e izquierda, y dice al fin:
.
-¿ Es un coc~e lo que suena, María Isabel?
María Isabel se para y c-scucha largo ralo:
después mueve negativamente la cabeza y responde:
-No, madre, yo no oigo más que el ruido del
telégrafo.
-¿ Estás cierta?
-Sí, madre.
Y tornan a emprender el camino. En la lejanía,
pastando en una rastrojera, se mueve la masa
gris de un rebaño, salpicado de las notas oscuras que ponen los escasos corderos de negras lanas. Al borde del camino aparece, en un recodo, la casilla de un peón caminero, cuyas paredes recien enjalbegadas, deslumbran; en la
mancha carmín del tejado se destaca la chime-

nea, dejando escapar una ténue columna de humo que sube derecha hacia el cielo. María Isabel, al verla, dice a su madre:
-¿ Será aquello un mesón?
La anciana mira fijamente ~l sitio que le seña!an, Y, c~an~o lo ha observado bien, vuelve abaJar los oJos sm decir palabra.
Al llegar junto a la casilla, oyen el agudo cacareo de un gallo y un bando de palomas torcaces raya el aire sobre sus cabezas. Ya desde 1
puerta divisan, en el interior, al peón camineroª
que,. sentado ante
una minúscula mesa ' con su'
.
muJer un enJambre de pequeñuelos, ataca el
con_temdo de humeante cazuela. Hasta las dos
muJeres llega la ~aliente tuforada del potaje,
azuzando con rabia su apetito.
L~ vieja no puede contenerse, se acerca, Y, de
rodillas en el umbral, implora:
-¡ Por la mujer, buen hombre, por los hijos, un
pedazo de pan !
Con voz de pesadumbre responden desde dentro:

r

-¡ Que Dios la ampare, hermana; quizá la socorran en el pueblo: aquf somos más las bocas
que los cachos !
-Mire que ...
Pero María Isabel la arranca de allí.
-¡ No pida, madre, no pida!
- ¿ Qué hacer entonces, si no pedimos?

�y seca, heroica, sale de labios de la joven. la
respuesta: •
-i Aguantar!
·11 del caminero va quela casi a
'
Paso tras paso,
fin se oculta tras un
dándose lejos, hasta
p~:ncales de trigo y &lt;le
repecho; entonces, a o:iñas enfermizas y des~ccenteno suceden ~nas as con muchos sarm1endradas de pequenas ce_p ,
. ~o. el terreno
'
.
mngun rac1
'
tos escasa s hoJas y
ballones rectos, de
'
,
alarga en ca
,
donde enra1zan se
r·1etas por la sequ1a.
rtado en g
color blancuzco, co . d del viñedo cruza otra
d las lm es
n
Rozando una e . . donde las dos se cortan, u
carretera , y en el sitio
de sostiene dos carte. t do de ver '
A la
tosco palo, pm ~ I Encina;·, en el otro:
les; en uno reza. A

qt

Puebla del Marqués.

. res cobíjanse en la
llí l s dos muJe
Llegadas a ,
ta aquel palo Y es. a sombra .que. proyec
mezqum
cuchan con atención.
h a suenan cascabeles 1
-¡ Ahora sí, madre, a or on cascabeles, son
..
or suerte no s
-No, h 1Jª• P
. no le ves?
campanillas de un carro, ~za que es la que va a
Por la carretera que cr
' t· ado por cuatro
un carro ir
l
la Puebla, avanza .
de la recua viene e
.
la
pnmera
m ulas . Junto a
d por los hom1)r05•
•
t lla cruza a
.
carretero con 1a ra
, stín de color cen¡zov atado a la trasera, ~n n~~emente, resistiendo
~~ que se deja lleva~ l 1;;1y sacando de las fauen el lomo la llama e
'

ª

·

49
CC's rosadas la lengua bermeja. Las mulas van
regando en la sereninad de la tarde el tintineo
de sus campanillas, que se ajusta a l lento rodar
del armatoste; el toldo de blanca lona se bambolea en los baches, y entonces suenan, entrechocando , los herrajes de la galga. Mientras el carretero chasca_ la lengua, pasan las bestias el cruce de los caminos, y cuando ya se han alejado
algunos pasos de las dos mujeres, dice la anciana:
-¡ Vé, hija, vé !
María I sabel a van za hacia el carro, y cuando
llega a él deja de oirse el sonar de las esquilas.
Las mulas, quietas, husmean en los yerbajos que
crecen al borde dela carretera, y el can, tumbado
en el polvo, jadea y se rasca nerviosa111ente. En
Is. limpidez del cielo aparece una nube blanca
que se descrecha a poco y cuyos girones caminan
lentamente hacia la sierra, poniendo en el suelo
fugitivas caricias de sombra según van pasando
bajo el sol.
Sentada en la cuneta, con la mirada fija en el
sitio por donde desapareció la zagala, permanece Ja vieja quitándose las maltrechas esparteñas;
a élla se acerca un peregrino cubierto con pardo
sayal ; cuando va a pasar, la vieja le detiene:
-Atienda, hermano, ¿ conoce algún remedio
para estas grietas, que no me dejan andar ?-Y al
decirlo muestra los pies hinchados y sangrientos.

�50

MIGUEL A. RÓDENAS

-Para curarlos-dice el peregrino-no hay
como la quietud. Para aliviar el escozor, mojarlos en agua fresca.-Vuelve la cabeza a uno Y
otro lado, y añade después : Pero por aquí ni
charcos veo.
-Y alguna yerba que con venga· ¿ no conoce?
-Que se críe por el llano, no sé de ninguna.
La vieja se lamenta y el peregrino l¡;¡. mira con
piedad; luego reanúdase el diálogo:
- ¿ Va Vd. a la Puebla?
-Hacia allí voy, pero no hago cuenta de cuándo llegaré; si Dios me ayuda, pienso que ha de
ser bien entrada la noche.
Las campanillas vuelven a oirse, sacudidas
primero reciamente y después con monorrítmico
sonsoneo; tabletea el carro, blasfema el arriero,
y la anciana, levantando la cabeza, exclama:
-Pues no se detenga, porque aun le queda camino.
-¡ Que Dios la alivie, hermana!
-¡ Que El le acompañe!
Y se pierde en la tolvanera que levantan las
mulas, cuando aparece María Isabel, anudándose el pañuelo bajo la barba y limpiándose el sudor que a chorros se desliza por sus mejillas. Antes de llegar al cruce, se detiene y llama:
-¡ Vamos ya, madre !
Y la madre cálzase la esparteña y responde
jovialmente:

PAN DEL CAMlNO

51

- ¡ Vamos, vamos, hija !

El sol comienza a reclinarse poco a poco sobre
la sierra ; las sombras se alargan desmesuradamente, corre un vientecillo temp1ado y suave, y
apáganse, entre el rumor que este viento hace en
las mieses, los últimos ecos de las esquilas que
se alejan.
A poco caminar, las dos mujeres llegan a la
puerta de un mesón; María Isabel grita con júbilo:
-¡ Aquello, aquello es ventorro, madre !-Y la
vieja responde:
- Y hemos dado con él cuando más falta nos
hacía.
Lléganse a la mezquina choza, levantan la roja
cortinilla que cela la puerta y se hunden en la
grata penumbra del figón.
La posadera, quealoirlas aparece en una puerta del fondo, pregunta, después de saludar:
- ¿ Quieren tomar algún refresco?
-Refresco, no; queremos algo de comer,-dice
la madre.
-Si es caliente, tendrán que aguardar; no hay
nada hecho.
Míranse largo rato vieja y moza, como consultándose. Un rayo enfermizo de sol atraviesa la
cortinilla y pone un tinte rosado en la claridad
de los rostros; de muy lejos llega el lamento de
una campana. Por·fin, María Isabel ordena:

.

�52

:MIGUÉL A, RÓDl!lNAS

-Dénos pan blanco, un azumbre de vino y
queso fresco.
El ama de la venta va en busca de lo que le
pidieron, y, al encontrarse solas, pregunta la anciana:
- ¿ Alcanzará para todo, hija?
Y María Isabel tras contar unos cuartos,• responde:
-Sf, madre, para todo alcanza.
MIGUEL A. RODENAS.
( Hispania, Londres .)

- -- HEPEBTOQIO
-- -

BIBLIOGBBFICO

PLATERO, PLATERITO
Juan Ramón Jiménez-el delicado poeta-ha
contado la historia de Platero; .,. puedenverla
por sí mismos los lectores y tendrán en ello
un exquisito regalo. Platero, Platerito. ..
¿Quién es Platero? ¿Quién es este ser que con
tanto amor nos describe el poeta? Platero
es ... un borriquito. Los borriquitos se prestan a mil consideraciones de diversos géneros.
(Hay hombres que no se prestan a ninguna .)
Hay muchao; clases de borriquitos; este que
nos pinta Juan Ramón es simpático en extremo. No es grande ni desgarbado, sino pequeño y vivaracho. Tiene unos cascos redondos
y menudos, y unas orejas puntiagudas y tiesas. Cuando se para y levanta la cabeza, parece que está pensando alguna cosa. (Lo cual
no pueden hacer tampoco muchos hombres. )
A Platero, a Platerito, lo hemos visto en mu(•) Véase el volumen Platero y yo (elegía and,tluza). " Bibliotec11
Juventud", editada por LA L ECTURA de Madrid.

�R~PEít'l' 1R!n BIBLlO(';R.\FI("O

chas partes y en diversas ocasiones de nuestra vida.
Recordaremos algunas de estas ocasiones.
A Platero le hemos visto una vez-allá en Levante-en nna montaña cubierta de pinos y
de matas olorosas. Había una sendita que se
retorcía entre las quiebras. Platero iba con
un viejecito. El viejecito había estado haciendo unos haces de hornija y los había puesto
sobre los lomos del borriquito. Estaba hecha
la faena del día; estaba ganada la comida;
esta carga de leña, el viejecito la vendería en
el pueblo. No había más que echar a andar.
Pero en este crítico momento, el borriquito
no quiso poners'.! en march ,L Allí estaba, entre los pinos olorosos, en la sendita, con los
pies juntos y las orejas tiesas, inmóvil, como de bronce. (Arriba resplandecía el cielo
a zul, el cielo de Levante.), Primero
fueron las
.
cariñosas excitaciones del viejecito; luego, las
palabras fueron un poco más escuetas; más
t a rde hubo algún discreto empellón. Pero
Platero, Platerito, 110 se movía. NÓ quería
march a r. ¿Por qué? No lo sabemos; los borriquitos t ienen t a mbífo sus misterios. Y el viej o viendo la ob stinación, la tozudez de Platero, se desesperaba. No sabía ya lo que hacer

REPERTORIO BIBLIOGRÁFICO

55

para que el borriquito marchase. Nosotros
contemplábamos la escena desde un elevado
risco. Y entre lo que decía el viejecito, ya furioso, ya exasperado, oímos la siguiente frase: "¡Este borrico será la causa de que yo me
condene!" De que yo me condene; es decir, de
que, por su obstinación yo me entregue al pecado de la ira y haga y diga cosas que me lleven a los infiernos en su día. ¿Comprendéis
toda la trascendencia del cuadro y su interés
supremo? ¡Este borrico, Platero, Platerito,
con sus orejas tiesas, siendo la causa de la
condenación de un hombre por toda la eternidad!
Otras veces hemos visto a Platero llevando
un costal de trigo al molino. (¿Y aquella linda molinera de aquel día? ¿ Dónde está?) En
una romería también hemos reconocido a Platero, llevando un zaque de vino y unas alforjas llenasde vituallas. No hace mucho leíamos
una antigua traducción de Las Ge6rgicas, de
Virgilio, una traducción del siglo XVI. En el
libro I encontramos este pasaje: " Muchas
veces sucederá el que un hombre lleve un jumentillo perezm;o, y unas veces le carga de
aceite; otras le carga de la fruta, que ordinariamente es cosa que va le poco; otras veces

�5'7

REPERTORIO BIBLIOGRÁFICO

REPERTORIO BIBLlOGRÁFICO

le echa los guijarros para empedrar; y tal vez
le suele llevar a la ciudad cargado de la masa
negra de la pez." A Pla.tero, a Pla.terito, le
hemos visto, sí, cargado con corambres de
aceite y con serones de fruta. ·Tal vez le hemos visto también llevando piedras para el
empedrado. Pero como no lo hemos visto
nunca, querido Juan Ramón, es como dice
Virgilio: cargando de la masa negra de la pez.

cual es, sea quien se fuere el autor que la firme. Si en vez de una apropiación completa,
dicha obra sufre una serie de vflriantes ( que
pueden ir desde pequeños retoques y ttaducciones, hasta la incorporación de algunos
fragmentos y motivos en otra obra de arte)
la única cuestión literaria que se presenta es
ver si el retoque es feliz, si la traducción es
bella, si la imitación es oportuna, si el nuevo
organismo artístico tiene vida.-¿Qué valor
tiene el arreglo del Enamorado de Boyardo,
hecho por Francisco Berni? ¿Cómo ha triunfado Manzoni en la imitación de un pasaje del
Fausto, cuando refiere la tentativa de suicidio
del Innominado? Citemos el caso de Manzoni, para añadir luego que si se pudiera emplear, en cuestiones estrictamente literarias, el
feo vocablo "plagiario", todos los escritores,
los artistas, los pensadores serían plagiarios;
porque todos se reatan al pensamiento y al
arte precedentes, desarrollándolo y variándolo. Todos nuestros discursos habrían de ser
considerados como secuela de plagios, puesto
que en ellos se hallan fundidos f•ases, imágenes, comparaciones que ya fueron creaciones
artísticas de otras mentes; toda la vida sería
plag io.

56

AZORIN
( Bfa,,,o y Negro. Madrid.)

EL PLAGIO,
SU ASPECTO LITERARIO Y MORAL

En realidiad, el plagio es concepto que no
tiene relación alguna con la literatura. Literariamente ( o sea en el campo literario, científico y artístico), el plagio no existe. Esto,
que parece paradoja, resultará cosa de elemental buen sentido, con sólo reflex.ionarlo un
instante. En efecto, quien se apropia, sin más
ni más, uoa obra literaria Ajena, en nada
-eltera la esencia de dicha obra, que sigue tal

��60

61

REPERTORIO BIBLIOORÁFICO

RÍ!!PEln'ORIO BlBLIOGiliICO

su oficio; el artista debe procurar hacer de
artista, y la búsqueda de las imitaciones y derivaciones, por él realizadas, toca al crítico y
al historiador; que para ésto son pagados.
Pero ( ya que argumentamos casuísticamente,
detengámonos un momento más) la objeción,
si diestra, no es del todo justa. El artista es
también hombre, y por eso, no puede desinteresarse de la tarea asignada al crítico y al historiador, y mucho menos tenderle insidias y
tratar de obstaculizarlo. Por mi parte, si alguna autoridad tuviera entre los literatos
italianos contemporáneos, querría aconsejarles que se a bandoparan a las confesiones, tan
sinceras y amplias como sea posible, acerca de
la génesis de sus obras. De este modo, darían
con ello buen ejemplo de lealtad; ahorrarían a
los críticos futuros largas investigaciones, discusiones y errores; e impedirían a los futuros
eruditos universitarios hacer fortuna, descubriendo sus plagios.
Suele decirse que el mal del plagio consiste
en defraudar a los otros del mérito que les corresponde. ¿Pero qué cosa es ocultar el mérito
ajeno sino, ciertamente, alterar la verdad histórica? Eso se reduce, pues, a l mismo fundamento, por nosot ros apuntado. Por lo demás,

señalando las propias fuentes no·sólo se logra
señalar el mérito ajeno, sino también, por casualidad, el demérito ajeno.
Tal nos parece el criterio con que debe juzgarse el plagio, pero en los casos concretos,
las dificultades de un juicio exacto no son pequeñas. A menudo ocurre que los artistas imitan inconscientemente, o de pronto olvidan la
génesis de sus concepciones; algunas veces, no
dan importancia a las derivaciones por una
especie de característica ingenuidad. Y con los
artistas (nos referimos a los artistas verdaderos) hay que tener, se sabe, paciencia e indulgencia. ¿Querríamos lanzarnos como perros
mordedores contra quien-interpoladas en su
vasta producción original-nos ha dado alguna traducción espléndida o variación de poesías ajenas, sin advertirnos su procedencia?
Bastaría, a lo sumo, con no alabárselo.
B.CROCE
(Trad. de los Saggi Filusojici. Vol. l.}

Juan Sale Serrallonga, a quien el mismo
Maragall dedicó un estupendo poema , * una
(") La ji d'e,, Stm1/lon,,ua. Véase el tomo I de las Potsús de
Juan Maragall. Edición de Gustavo Gilí, Barcelona.

�62

RBPERT0Rt0 Bmuooilixco

APOSTILLAS
de las cosas más hermosas que en España se
han escrito.
MIGU E L DE U)IAM U.&gt;:O

NO LOS QUIEREN

(Nuevo Mimdo. Madrid.)

Al estudiante que desee auquirir un conocimiento elemental de íilosofia, le será a un
tiempo más fácil y más provechoso leer algunas de las obras de los grandes filósofos que
aprender generalidades de los tex~os. ~e recomiendan especialmente las que s1gu.en.
Platón: República. Sobre todo los libros VI
y VII.
Descartes: Meditaciones
Spinoza: Etica.
~
Leibnitz: Monadologia.
.
Berkeley: Tres diálogos entre Hylas Y PhIlonous.
Hume: Investigaciones concernientes al Humano Enteudimiento.
.
Kant: Prolegómenos a toda metafísica. del
porvenir.
BERTRAND RUSS ELL
(Tke fJro6/mu of / kiú,sopkyJ

En Granada, como en tantos otros lugares
de nuestra yerma España, se ha declarado la
guerra al ciprés.
Al ciprés, al árbol solemne, al único árbol
que crece con respeto de sí mismo, que tiene
instintos arquitectónicos, que tiene estilo, que
tiene verdor todo el año, que tiene poesía toda la vida, le han declarado inútil los de la
derecha y los de la izquierda.
Un día talaron los cipreses de un cementerio
en un pueblecillo porque al cura párroco leparecían tristes, y en vez de los cipreses plantaron acacias, los árboles de casa de baños, de
fielatos y de "hermanitas". El reaccionario
no quería cipreses.
Otro día, Blasco Ibáñez me preguntó que
por qué pintaba yo cipreses, que eran árboles
clericales. El hombre "avanzado" tampoco
los quería.
Otro día los quitaron de un claustro. Ahora los han quitado de la Alhambra, en los
"calvarios" los dejan morir, en los "cármenes"
no los dejan vivir, y hoy uno, mañana otr0,
España se va quedando sin cipreses, y ya no
tiene derecho ni a ser cementerio: sólo tiene
derecho a ser llanura desierta.

�'ñ~~,,.

dias. nevo. nntl!\
sentada., rte gTic•
un&amp; ªPº':isa.roente pr~iñetns de \o\ull\en.
A mochos españoles les parcccrú que
ieión pT'!:." en colore,; 1na. peseta.
col'lsta.
s cubieT
'\o e\ de u
a \a. veno:i-sea que
muerte de los cipreses no tiene importancia.
· es 110
L
..1 ' d
0 rrse
¡Mueren tántas cm:as! ¿Y quién se ocupa de -Sn pTtlC~o o.Cl\ba ~e, P\owp\c~· \~ente c10 os
ello? De1anrlo aparte motivos de estética, de Jtiad,a, C\0 t,·o.ducccton n"ta1·á ,guo.
. I'
J
C&gt;IJ- to'IJ\ ~,
breve, co ··
\ s c\i11,tc&lt;'
belleza y de poesía, hoy que tanto se le habla
b\ica-q1. en
demás de º~cb\ fra11a nuestro pueblo de sentimit"nto patrio, seg"'......-- enes• es•ns 0hrns \lls poT el gran ¿ñ"'\nc\o nn
mi patriotismo, el ciprés tiene tanta impo
~egniT!ui ª
de nuevo ,adora hn s
.
.
.
t.To.dnc:
"c\ y cv~&lt;
tancia que, cada uno que se echa aba30, es ,eg08 verl'\t6n u \it¡-i•a1•,o.
una raiz de nuestra casa que se nos arranca. s cuya.
\ mundo
El ciprés, como el campanario, como la cruz r~tigio en e
RE~lSl AS
•

ést.TOS

•

a,

de nn

ª\,o.

:¿;s

de término, como la atalaya , son siluetas que
recordamos cuando estamos lejos de nuestra
tierra, son piedras miliarias de nuestro patriotismo, señales que definen para nosotros
lo que añoramos cuando estamos lejos, que
marcan en nuestro coraz 6 n 1as fronteras d e
nuestros amores mucho más que las cartas
geográficas; y si cuando al vol ver a casa, en
lugar del ciprés y del campanario, de la a talaya o de la cruz de término, encontramos un
árbol vulgar o un llano yermo, cree uno que
no 11ega a su casa y se vne1ve d esaIen t a d o, y
desde entonces ya no tiene patria, por más
que digan lo contrario banderas y geografías.
. ,
P or 1o tanto, ca d a c1pres
que se va arrancando no es un árbol, es un hombre que se
arranca, y hoy estamos tan faltos de ellos,
que el que desarraiga uno, sea liberal, sea librepensador, merece-es mi opinión humilde.d.
och o años d e pres1 to.
SANTIAGO RUSIÑOL
(De Ptmiáa, Medellln, Colombia.)

L {\. 5

1&gt;t1.uri-'1ESPA~A- • '. e 1 ~\1~)
:, d.c Jnho d
,r1CA.S, ,10 r
3
11
Núntcr-&gt;_ et w. IDEAS 1;º ' or Jouqní~
, pe. . pah's o.r·L,cn\os-EL Á L,.,ur:&gt;• f; tL, 'P Rn.n1ot1
-PrnW' ' · Gasset.
1;1S)lÜ, por 'oEL },tlJ. Ortega..-[ M.b.QDlb.
DE AQDHJES
Dicentn.. El El, TAt,Oi:
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Mercante.
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�..ndo lllOl'lll"
?ferio A. "Boja..: Un episodio
Sarmient-,.
Ramón .Melgar: El tipo vencedor de ..
hnm'lna.
José Ingenieros: Los fundamentos de la
biológica.
De nuevo recomendamos a nuestros estad"
RE\"JSTA DE FILOSOFIA. LI'
dirige
1
mente el Dr. José lngenieto!' .- es ella una
pnblicacioues que de veras honran al pensa~
nnl!fltra Améric.l.

Libros - Verl6dlcoa - Folletos
Rol•• sueltas
Recibos talonarios - E!beqaN

Imprenta Greñas
. Calle Central Nórte
Tarletaa de visita
Pactaraa-Etlqaeta■ -lavltacloaN

P'REE!lf&gt;S

.Mf&gt;DIE!f&gt;S

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                  <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752127&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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                <text>Colección Ariel, 1915, Cuaderno 60, Agosto</text>
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                <text>García Monge, Joaquín, 1881-1958, Director</text>
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                <text> Colección Ariel de Joaquín García Monge. La misma fue una importante revista cultural que iniciara en 1906 bajo la dirección de su fundador y terminada en 1917 por Alfredo Greñas, sucesor de García Monge en la dirección de la revista. La Colección Ariel se caracterizó por difundir una selección de literatura clásica y moderna de distinguidos intelectuales latinoamericanos, europeos y estadounidenses. A partir de 1908 la revista incluye una sección denominada "Rincón de los niños"  </text>
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                <text>García Monge, Joaquín, 1881-1958, Director</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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